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viernes, 27 de marzo de 2026

MONSTRUO DE OJOS SALTONES: PRIMER BESO

Achim Stößer

 

Un romance moderno,
una interpretación perfecta
Actuando como dos tontos,
diciendo tonterías
Susurrando dulces naderías,
como solo hacen los jóvenes amantes

Extreme, «When I First Kissed You»

 

Una ráfaga de viento alcanzó a Mildred, le arrancó el sombrero cloche de la cabeza y dejó al descubierto su corte bob. El sombrero cayó al vacío mientras ella se aferraba a uno de los desnudos pilares de acero. Un reflejo humano, pero absurdo, considerando el motivo por el que estaba allí.

A diferencia de la ciudad de sombras grises, el viento allá abajo, cuando había comenzado su ascenso cerca de la medianoche, dormía. Aquí arriba, sin embargo, a más de mil pies sobre el suelo, había corrientes ascendentes y ráfagas que silbaban a través de las vacías aberturas de las ventanas y que ya varias veces habían amenazado con arrancarla y arrojarla al abismo.

Mildred se soltó del pilar y trepó al siguiente travesaño. En la oscuridad, la grúa que se alzaba como una silueta junto a ella parecía una bestia primitiva.

Dejó que su mirada recorriera las luces de Manhattan. Le parecía que desde allí arriba, desde una perspectiva desde la cual, en otros lugares, únicamente las aves contemplaban la ciudad, no solo podía abarcar la isla, sino toda Nueva York, casi todo el Empire State, aunque este yaciera en la oscuridad. Un leve mareo la invadió, sus rodillas temblaban; a diferencia de los mohawk, que apenas tres horas después volverían a trepar por el esqueleto del edificio para remachar los últimos vigas de acero, ella no carecía en absoluto de vértigo, aunque apenas podía dimensionar la enorme altura a la que se encontraba por las diminutas luces bajo sus pies.

Mildred alisó la amplia falda plisada de su vestido de noche hasta los tobillos –tan poco adecuado para aquella escalada como sus zapatos de tacón–, se sentó con cuidado en una tabla de madera y se apoyó en uno de los pilares. El metal áspero estaba casi dolorosamente frío contra la piel desnuda de su espalda. Abajo, los relojes debían de estar a punto de dar la una; aquí arriba, el tiempo parecía haberse detenido.

—Vayamos, pues, y construyamos una ciudad y una torre cuya cima alcance el cielo —susurró.

Sacó de su bolso sus utensilios de fumar, colocó un cigarrillo en la boquilla y aspiró mientras encendía la punta con el mechero. Necesitó varios intentos hasta lograrlo por culpa del viento. El humo le raspó la lengua y el paladar, y lo exhaló hacia el aire. El médico le había recomendado fumar contra sus ataques de asma. No le había servido de mucho; más bien al contrario.

Tendría que tomar impulso si quería caer realmente en la calle y no sobre el techo de alguno de los anchos niveles inferiores, si es que eso era posible desde allí. Se preguntó cuánto duraría la caída: ¿segundos, minutos? Se sentiría, estaba segura, como horas. Durante un breve instante comenzó a dudar de su decisión.

Aunque en gran parte había subido por escaleras y andamios, había sido un camino largo y penoso escalar aquel falo de acero y piedra, pero no quería actuar precipitadamente. Al fin y al cabo, no se trataba solo de su propia vida, sino también de la vida que llevaba dentro. Volvió a dar una calada; la punta del cigarrillo brilló roja en la oscuridad.

¿Cómo podía un Dios omnisciente, todopoderoso y bondadoso permitir que uno de sus siervos hiciera algo así? ¿Cómo podía seguir viviendo con ello? Creían en serpientes que hablaban y zarzas ardientes, en ángeles y demonios, en el cielo y el infierno, pero nadie le creía que un sacerdote hubiera hecho aquello. Ante eso cerraban ojos y oídos.

Si saltaba ahora, todo acabaría. Ningún infierno para ella por su impureza, ningún limbo para el niño no nacido. Ni siquiera oscuridad, solo un sueño eterno sin sueños del que no habría despertar: la nada. Y esa nada era infinitamente mejor que esta vida, este infierno en la Tierra, estos monstruos, estos inhumanos que se llamaban a sí mismos humanos.

Quizá era cobarde desaparecer así, pero ya no le quedaban fuerzas.

Echaría de menos algunas cosas, los libros, la música. No, en realidad no echaría de menos nada, porque ya no existiría. Lo único que quedaría sería su cadáver, un cuerpo destrozado en una masa repugnante de carne, astillas de hueso y sangre, que algún desgraciado bombero o forense tendría que raspar con una pala de una de las innumerables calles de Gotham, y unos pocos recuerdos que se desvanecerían en las mentes de monstruos en cuyos pensamientos habría sido mejor no haber estado nunca.

El cansancio la invadió; sus ojos querían cerrarse. Absorta, comenzó a tararear «Blue Skies», y por eso tardó un poco en percibir el zumbido sobre ella. Alzó la vista: allí arriba no podía haber nada. Sin embargo, una sombra se acercaba. ¿Era un zepelín? Aunque estaba previsto el atraque de dirigibles, aún pasarían meses hasta la inauguración del edificio más alto del mundo y hasta que el primer aerostato pudiera amarrar. ¿Y qué loco intentaría ahora, en plena noche cerrada, encontrar el mástil de amarre, incluso si ya estuviera instalado?

Pero cuando la hoz de la luna menguante abrió algunos dedos de luz entre las nubes, reconoció que el objeto volador no era un cigarro, sino que parecía una concha plateada formada por dos platillos. Débiles luces en su superficie se encendían y apagaban sin patrón aparente.

La boquilla del cigarrillo se le cayó de la mano y desapareció en la profundidad con el rescoldo extinguiéndose, hasta impactar ocho segundos después, en silencio, sin que nadie lo notara.

Algo parecido a una escotilla se abrió en la nave. Una luz deslumbrante desde el interior cegó a Mildred; sus pupilas se contrajeron casi hasta desaparecer. Solo cuando su retina se adaptó intuyó a alguien acercándose. La escotilla se cerró; la figura que se movía ágilmente por las vigas de acero solo se distinguía vagamente en la oscuridad que volvió a imponerse. Solo el casco que le cubría toda la cabeza parecía iluminarse desde dentro.

El pigmento visual de sus ojos se fue regenerando poco a poco, y entonces reconoció que la criatura llevaba una especie de traje de buzo brillante… pero tenía una docena de extremidades. En una de sus ocho manos sostenía algo que le recordó a un secador de pelo… o a una pistola atómica de una tira cómica de Buck Rogers. Un secador no podía ser. Aquello debía de ser un hombre del espacio.

Como convertida en estatua de sal, Mildred se quedó mirando fijamente al marciano. Este se acercó a gran velocidad, zigzagueando, saltando de viga en viga con destreza, casi con elegancia. Por un instante se detuvo en su danza grotesca. La mano que sostenía el arma de rayos temblaba. El material plateado del traje no parecía goma, sino más bien una armadura de placas. Ella intentó retroceder, pero no había salida: tras unos pocos pasos, la estructura de acero terminaba. El marciano la alcanzó y la sujetó con varias garras. Tras el visor vio la mueca de un monstruo de ojos saltones. Cuatro ojos rojos. Oyó, amortiguado por el casco, un ronroneo, luego un bufido como el de un gato rabioso, y palabras incomprensibles, extrañas, apagadas, como venidas de lejos. Mildred se zafó de su agarre, saltó con decisión a una viga más baja, resbaló. Estuvo a punto de caer, luego echó a correr, tan rápido como la oscuridad se lo permitía.

El marciano la siguió, acortando distancia. Ella le arrojó el bolso, pero rebotó sin efecto y cayó al vacío aparente. Se apretó de espaldas contra un pilar cuando su perseguidor la alcanzó y la rodeó. Se debatió; su mano palpó una barra de hierro o una herramienta olvidada y golpeó con todas sus fuerzas, tanto como le permitía el agarre de múltiples brazos. El visor de su casco se hizo añicos; el aire terrestre le arrebató el aliento y, jadeando, la soltó. Un olor a huevos podridos le llenó la nariz; tosió. Su corazón latía desbocado.

El monstruo la agarró de nuevo con varios brazos y la arrastró consigo como un lobo a su presa. Su cabeza golpeó contra un pilar de acero, y perdió el conocimiento.

 

Desde su fuga del lugar que los impíos llamaban sanatorio, había vagado sin rumbo por el espacio, de sistema solar en sistema solar, de una roca muerta a otra. Pero ahora, desde un pequeño asteroide con forma de estómago de rumiantes que eligió como base para explorar aquel sistema, había detectado indicios de vida avanzada. Señales de radio analógicas, débiles y ruidosas, cuyas ondas transportaban lenguaje, música e incluso, en ocasiones, imágenes en movimiento, habían captado su atención como un faro.

Y ahora, más rápido de lo que se había atrevido a esperar, había encontrado lo que buscaba y había llevado a una de las entidades nativas a su segmento de aterrizaje.

Aún yacía inconsciente, respirando pesadamente sobre una camilla. Rruuptuurr se había liberado del entorno nativo de su traje y solo llevaba su banda de iniciación y, por supuesto, el maquillaje adecuado en las articulaciones de sus ocho brazos, únicos toques de color en su piel por lo demás impecablemente blanca como la nieve. También le había quitado a ella su primitivo traje protector, que, aunque compuesto por varias piezas, resultaba prácticamente inútil. Sus brazos estaban obscenamente sin maquillar; solo en el rostro parecía haber aplicado algunos pigmentos, lo que le daba un aspecto más bien de payaso que decoroso.

En la atmósfera húmeda prosperaban plantas exuberantes de hojas gruesas que trepaban por el suelo, las paredes y el techo, extendiendo incluso sus dedos hacia las ventanas. A través de los ojos de buey se veía la débil luz de estrellas lejanas. La ventana del suelo del segmento de aterrizaje permitía observar el planeta. En el continente de la cara ahora oscura se distinguían las luces de la aldea donde había capturado a la entidad, así como las de otras poblaciones aún más pequeñas.

Altavoces ocultos llenaban la estancia con una cantata coral. La mesa junto a la camilla estaba dispuesta con un festín de los más exquisitos platos de carne, dos grandes vasos de leche fermentada de animal saltador y un cuenco con ocho ramas de jugo tumb. Eran sus últimas reservas de carne, valiosas; nunca había tenido muchas, pues sortear la prohibición impía era casi imposible, y también la leche y las ramas se estaban agotando.

Rruuptuurr observaba impaciente su conquista. Era casi como en aquel viejo cuento en el que el príncipe no se atrevía a despertar con un beso a la princesa que llevaba ciento veintiocho órbitas solares dormida y que había rescatado de la torre del dragón. Todo su cuerpo temblaba.

Había atendido cuidadosamente la herida sangrante en la parte posterior de la cabeza de la mujer. Al lavarse después las manos, una sensación incómoda lo había invadido al ver el agua ensangrentada fluir hacia el lavabo: era de un rojo extraño, como jugo fresco de bayas piramidales. Pero la sensación se disipó pronto.

Por fin ella empezó a moverse, volvió en sí, jadeó. Con los ojos cerrados murmuró algo, y él lamentó no poder entender sus susurros amorosos. Su piel brillaba como barnizada. De excitación, sus sacos laríngeos azul oscuro se inflaron como globos y al mismo tiempo palidecieron.

Ella abrió los ojos, vio el verde casi omnipresente de la flora, luego a Rruuptuurr, sus múltiples brazos, sus cuatro ojos rojos ahora aún más visibles sin casco… y gritó.

Un extraño llamado de cortejo, le pareció, y se dio cuenta de que sabía demasiado poco de las costumbres de los nativos de aquel mundo.

Con timidez, dejó que sus manos superiores y el racimo de lenguas largo como un brazo recorrieran su cuerpo. Ella se apartó, respirando con dificultad. Las ventosas de sus muñecas se le adherían a la piel y se desprendían con un sonido húmedo, dejando marcas rojas.

El aire circulaba entre sus hinchados sacos laríngeos. Los crujidos, silbidos y siseos crecieron hasta formar un concierto cacofónico. Una baba viscosa brotó de las bolsas mucosas en sus axilas.

De pronto, su elegida vomitó el contenido de su estómago; no comprendía qué significaba aquello, sobre todo porque no le resultaba estimulante. Dudó.

—¿Por qué…? —arrulló.

Por supuesto, ella no lo entendía.

Ahora incluso intentaba liberarse de su abrazo. Sus sacudidas y contorsiones lo desconcertaban: casi parecía que quisiera resistirse a su presencia, se retorcía como un gusano ensartado. Aunque no comprendiera el honor de haber sido elegida por él como su primera compañera, debía entender la fortuna de poder unirse a él. Aún no había tenido ninguna compañera; si muriera en ese instante, sus cuatro almas inmortales permanecerían solas en el jardín para toda la eternidad. Y la esencia de aquella maravillosa criatura lo salvaría de ese destino, aunque ella aún no compartiera la fe verdadera en el Uno, el Óctuple, ni siquiera supiera de su existencia.

En cambio, ella se resistía, apenas podía respirar, jadeaba. De pronto logró recoger sus dos únicas piernas y empujarlo con ellas. Dado que la baja aceleración del segmento apenas simulaba gravedad, él salió despedido varios brazos de distancia y chocó contra la pared. Ella rodó fuera de la camilla y cayó al suelo, más flotando que cayendo. Se incorporó apoyándose en la mesa, agarró un cuenco lleno y se lo arrojó. Rruuptuurr retrocedió sobresaltado. El cuenco y las rodajas de asado chocaron contra la pared y descendieron lentamente; solo algunas gotas de salsa lo mancharon. Sus sacos laríngeos se habían desinflado en flácidos pliegues azul oscuro.

Luego lanzó un pesado tenedor de dos púas. Una de ellas se clavó por encima de la rodilla en una de sus patas delanteras. Aulló con un gemido y arrancó el tenedor. Sangre amarillo intenso brotó de la herida, menos de lo que había esperado. Pero su atención se desvió, y no advirtió que ella había descubierto las armas de rayos colgadas en la pared. Era demasiado tarde: ya había arrancado la más grande de su soporte… y disparó.

Rruuptuurr saltó hacia arriba, a un nivel intermedio del techo, y se puso a cubierto. Debía de haber perdido la razón para disparar un arma de rayos dentro de un segmento de aterrizaje.

El disparo no lo alcanzó y solo chamuscó algunas plantas, de las que se elevó un humo acre, aunque en volutas tan finas que el sistema no consideró necesario extinguirlo. El nivel donde se encontraba resistió el disparo, y también el segundo y el tercero. Ahora el arma tardaría un momento en recargarse.

Rruuptuurr se incorporó de un salto, descendió; debía desarmarla antes de que causara daños serios.

Pero fue demasiado lento. Cuando ella disparó de nuevo mientras retrocedía ante él, tropezó con una enredadera y, al caer, alcanzó la ventana del suelo, que se rompió al instante y se convirtió en una lluvia brillante de fragmentos estelares, como el rostro del Señor.

El torbellino de la atmósfera que escapaba casi lo derribó.

Jadeando, ella corrió hacia la abertura y, fracciones de segundo antes de que la nave sellara la fuga y restableciera la atmósfera con un siseo, saltó en un intento desesperado de huida… hacia la nada. Así se convirtió en el primer ser humano que vio el planeta desde aquella altura, aunque solo por un instante antes de perder el conocimiento. Pero ya no pudo contarle a nadie la increíble belleza que había contemplado, pues cayó –desde mucha mayor altura y durante mucho más tiempo del que había planeado– hacia la muerte. Su cuerpo se hundió en el océano.

Rruuptuurr miró fijamente el suelo, ahora opaco, que por lo demás parecía intacto.

Furioso, hizo salir y retraer varias veces su diente incisivo de la vaina mandibular, saltó hacia los controles, se desplazó un trecho alrededor de un cuarto del planeta y disparó al azar. El rayo, por casualidad, se dirigió hacia una pequeña isla cercana a un continente que, a la luz del amanecer, recordaba vagamente a una bota. Tuvo suerte de impactar, sin saberlo, en un volcán activo: así su presencia pasó desapercibida, aunque el volcán entró en erupción con violencia y una nube piroclástica de ceniza, escoria, piedras y gases calientes mató a seis habitantes de la isla. La avalancha ardiente destruyó parte de un asentamiento, viñedos y embarcaciones, e hizo hervir el mar, que se había retirado ligeramente. De ese modo, el disparo irreflexivo de Rruuptuurr no dejó huellas evidentes.

Puso rumbo de regreso al asteroide donde su nave principal lo esperaba como un montón de caracoles planos apilados.

Aun hirviendo de rabia como el agua del mar calentada por la lava, arrancó algunas plantas, las arrojó y golpeó la pared sin control. Luego recogió las ramas de jugo tumb, se metió dos en la boca y empezó a masticarlas con avidez.

Tardaría bastante en regresar al asteroide y poder entrar en la capilla que había instalado en su nave principal. Echaba de menos el familiar olor ácido del lugar. Allí al menos tenía una barra de oración de la que colgarse.

Tragó el jugo, dejó a un lado las ramas mordidas y encendió hierba de humo en un cuenco. Como no podía acudir a la capilla, cuyas ocho paredes estaban adornadas con los signos de las ocho inmanaciones del único Dios verdadero, trazó los símbolos sagrados en el aire con sus brazos. Uno de sus brazos, que representaba la inmanación oculta, permaneció inmóvil. Los otros formaron el signo del Creador, el del Conservador, el de lo Femenino (lo primero creado, imperfecto, maligno), el de lo Masculino (lo derivado, perfecto, bueno), el de la inmanación ejecutiva, el de la legislativa y el del Juez, la Muerte y el Destructor: al mismo tiempo formaba círculo, barra, ipsilón y cruz (no triángulo y rombo como algunos heréticos condenables), pentagrama, hexagrama y rueda de ocho radios. Luego repitió con los ocho brazos la barra del Conservador, que impulsaba el curso del mundo, inclinó la cabeza con humildad, hizo ondular su corona de brazos y comenzó a entonar una breve plegaria:

—Señor del Nido nuestro, tu aliento nos sostiene como el aliento del Creador nos formó a su imagen. Lo que fue, lo que es y lo que será: tú lo sabes, porque es tu voluntad. Lo que fue, lo que es y lo que será: soy demasiado pequeño para saberlo, porque es tu voluntad. Señor del Nido nuestro, absuélveme. Señor del Nido nuestro, te ruego, dame una señal para que tu polluelo no se desvíe.

Los tallos de las hojas a su alrededor se inclinaron levemente y sintió una aceleración casi imperceptible, como si el segmento evitara un obstáculo.

—Señor del Nido de nuestros Señores del Nido, Señor del Nido de nuestros polluelos, tu siervo te agradece la gracia de esta señal, para tener la certeza de seguir el camino correcto y de que guías mis garras y mis pensamientos, ahora y siempre. Santificada sea tu excreción, oh, Señor.

Por última vez alzó los brazos con humildad.

Finalmente se había calmado. Apartó la vajilla, la comida, la hierba consumida y los restos de plantas, se limpió de manera rudimentaria, atendió la herida sobre la rodilla y retocó el maquillaje de sus brazos. Luego se acercó a uno de los ojos de buey y contempló las estrellas, aparentemente inmóviles pese a la velocidad de la nave.

Aunque esta vez no había sido en absoluto como lo había imaginado –pues ahora comprendía que no se había preparado lo suficiente–, Rruuptuurr sabía que amaba ese planeta, casi tanto como amaba al Señor del Nido.

Y de algo estaba seguro: aquel no había sido su último beso. Volvería.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

BOZALES

Achim Stößer

 

El Día del Oso, Franco vio por primera vez a una mujer sin correa y sin bozal.

La empujaban y tiraban de ella mientras apenas podía ofrecer resistencia, ya exhausto. Luego le quitaron la venda de los ojos y la mordaza. La luz repentina le dolió en los ojos. En la habitación había, además de él, tres hombres y la mujer. Franco se quedó helado. Ya se había encontrado antes con mujeres sin correa, pero nunca una se había atrevido a quitarse el bozal en su presencia, como una mora descarada.

Por fin salió de su parálisis y se volvió hacia los hombres.

—¿Qué quieren de mí? —gritó—. ¿Por qué me han secuestrado?

La habitación no tenía ventanas; la iluminaban lámparas de techo y estaba abarrotada de todo tipo de aparatos técnicos, computadoras, pantallas. Las paredes, e incluso el suelo y el techo, estaban cubiertos por una malla metálica muy fina. Franco recordaba haber entrado en el edificio a nivel de la calle y luego haber bajado en un ascensor hacia un piso subterráneo. Había oído hablar de estas cámaras secretas bajo los edificios, llamadas sótanos o catacumbas. Pero nunca habría creído que existieran allí, en Roma, capital de la provincia de Gran Calabria. Entonces ocurrió lo increíble.

Ella habló.

La mujer habló sin que se le diera permiso.

A Franco le tomó varios segundos comprender lo que decía, tan conmocionado estaba por semejante monstruosidad.

—Perdonad, Don Felipe, este trato algo inusual —y debo admitir, tosco—. Pero necesitamos vuestros servicios.

—¿Qué significa todo esto? —dijo sin mirarla.

Ella continuó su blasfemia sin inmutarse:

—Vos sois un historiador de importancia, Don Felipe Franco. Pero aun dadas las circunstancias no queremos dejar de lado la cortesía y empezaremos por presentarnos. Estos son Alfonso García Hernández, Enrico Leoni y Mateo Dupont. Mi nombre es Teresa Montañéz.

¡Teresa Montañéz! De pronto todo cobró sentido. La legendaria líder de los Rojos –como irónicamente se llamaban a sí mismos– existía de verdad; no era sólo un mito. Él siempre la había imaginado vieja, canosa, pero en realidad no podía tener más de cuarenta años. Se atrevía incluso a vestir ropa masculina; lo que los cuatro llevaban parecía casi un uniforme: camisas rojas, faldas plisadas hasta la rodilla de cuadros grises, zapatos pesados. Teresa mostraba, como si fuera un hombre, sus piernas casi desnudas, cubiertas apenas por vendas.

—¡Asquerosos desviados! Dejarse mandar por una mujerzuela —escupió Franco con el rostro torcido de repugnancia.

—No creo que el género de las personas con las que mantenemos relaciones físicas tenga aquí relevancia alguna —replicó Enrico con sorna.

—¿Qué quieren entonces de mí? —preguntó Franco mirando a Alfonso García Hernández; el nombre le resultaba familiar.

Teresa lo cortó:

—Tendréis que acostumbraros a hablar conmigo, Don Felipe. Al menos si queréis una respuesta.

Él vaciló. Luego se obligó a decir:

—¿Por qué me han secuestrado, Esposa... Hija...?

—No soy solamente la hija de alguien ni la esposa de nadie. Llamadme Doña Teresa.

—¿Doña? Está bien… ¿qué hago aquí, Doña Teresa?

—Ya veis, no fue tan difícil, ¿verdad? Nuestro problema es el siguiente —quiero extenderme, ya que seguramente sólo conozcáis nuestros objetivos a través de las distorsionadas versiones oficiales—: cuando los primeros Teton-Dakota llegaron desde la Isla Tortuga y descubrieron la entonces incivilizada Europa, trajeron muchas cosas desconocidas para nosotros: tabaco, peyote, pero sobre todo la fe en el Cumplidor, que les había enseñado La Única Verdad. Colonizaron este continente, y sus armas y guerreros eran tan superiores a los nuestros que pronto casi toda la población se convirtió; las religiones emergentes de entonces –bahá’ís, cristianos, heranistas, lamaístas, laconistas, etc.– hoy no son más que pequeñas sectas minoritarias que casi nadie conoce.

—¿Y qué? —interrumpió Franco—. ¿Acaso no creemos todos en el mismo Dios? ¿Qué importancia tiene?

—Para quienes fueron masacrados por venerar a Donar, Baal o Hermes, mucha. Pero ese no es nuestro objetivo.

—Claro, hubo ciertos errores, interpretaciones equivocadas de la enseñanza del Cumplidor; pero hoy es algo completamente distinto.

—Llamar “errores” a la matanza de millones que murieron de forma atroz en el poste de tormento no parece apropiado. Pero como dije, por ahora enfoquémonos sólo en el presente.

Se sentó en una de las sillas giratorias; los demás la imitaron, excepto Franco, que permaneció de pie.

—La riqueza que los Oglala han acaparado mediante robo, asesinato, saqueo y explotación hasta hoy supera toda imaginación. Su poder es inigualable. A los niños se les inculca la supuesta Verdad en los círculos de enseñanza desde que son muy pequeños hasta que terminan creyendo en ella, sin posibilidad alguna de pensar por sí mismos. Gran parte de Europa está firmemente en manos del chamanado. En el Este Hispano hay una guerra religiosa entre los Oglala ortodoxos y los sofistas y los heranistas; la capital provincial, Atenas, está sitiada, y así desde hace dieciséis meses.

—¡Wakan Tanka! Es una guerra civil —explotó Franco—. Y se libra por razones étnicas, no religiosas.

—¿Ah, sí? ¿Y a qué grupo étnico pertenecen los heranistas? ¿Y en qué se diferencian realmente las dos sectas oglala, aparte de detalles de su superstición?

—Llamar superstición a la fe íntima de personas profundamente religiosas, que incluso están dispuestas a morir por ella, es…

—Dispuestas a matar por ella, querréis decir. ¡Responded a mi pregunta!

Franco guardó silencio.

—Lo mismo ocurre con las cacerías humanas medievales de los Oglala: si las realizaron sólo por la piel pálida de los nativos europeos, ¿por qué entonces iniciaban a la fuerza incluso a los niños antes de matarlos?

—Pero los Teton también hacen el bien, pensad en las Casas de Medicina.

—Que sólo costean en una fracción diminuta —lo que casi nadie sabe. Imaginad que una cadena de bocadillos —no mencionaré el nombre— recibiera Casas de Medicina pagadas por el Estado, y sólo tuviera que organizar un banquete de carne picada por el Día de la Cosecha; pero a cambio pudiera despedir a todo médico o cuidador vegetariano y nombrar las casas con sus platos cárnicos. ¿Se lo perderían? Lo dudo. Las Casas de Medicina son pura ilusión, exactamente igual que la participación de los Oglala —refutó Teresa—. Pagan casi nada, pero obtienen derechos enormes y propaganda. Pero no es sólo eso. Los Teton han traído tanto sufrimiento que ni pastel de maíz, ni papas, ni vasijas de barro pintadas lo compensan. Las mujeres están condenadas a llevar bozal —continuó—, tal como manda la doctrina. Nada extraño en un pueblo cuya lengua usa palabras distintas para las mismas cosas, unas asignadas a los hombres y otras a las mujeres.

—Naturalmente, ¿qué hay de malo en ello? La obligación de bozal y correa sólo sirve para proteger a la mujer y evitar que, por comentarios o acciones irreflexivas, pierda el honor.

Ella lanzó un grito y giró violentamente en la silla.

—Déjalo, Teresa —intervino Mateo—. Con razonamientos no llegarás lejos; su fe no le permite desviarse del sendero trillado, donde ya no crece la hierba.

Teresa apretó los labios.

—Tienes razón. —Balanceó un poco la silla—. Bien, Don Felipe, esto es lo que haremos: Don Alfonso aquí ha desarrollado un método para cambiar el pasado.

—Vinculación de energías entre parejas cuánticas —murmuró Alfonso mientras se tocaba la cinta de la frente. Entonces Franco lo reconoció, aunque debía tener más de ochenta años y su aspecto había cambiado mucho desde que su fotografía había aparecido en los medios dos décadas atrás, cuando recibió el Premio Solar por sus logros en física. Ahora había caído al nivel de un ayudante de los Rojos, débil, frágil y cansado. —Si las partículas Z fluctúan en tríos, entonces…

—Basta, Don Alfonso —lo interrumpió Teresa—. Eso ahora no importa. Lo que haremos, Don Franco, es cambiar el pasado en un punto decisivo, y con ello también el presente. La aparición del Cumplidor determinó la historia de los últimos dos mil quinientos años, como un insecto que pasa sobre una piedrita y desencadena una avalancha. Vamos a impedirlo, y vos, Don Franco, nos indicaréis el momento adecuado para manipular los impulsos cerebrales del Cumplidor a nivel cuántico tal como una excavadora revuelve un montón de grava, ¿es correcto eso, Don Alfonso?

Franco jadeó.

—No lo haré —gritó—. ¡Están locos!

—No fue una petición. Lo haréis.

—Jamás los ayudaré a destruir al Cumplidor. Nunca, aunque me maten.

—Entonces escuchad. El próximo día de ciervo, el diecisiete del Mes del Fuego del año 2353 de la Era del Cumplidor —según las fórmulas de Don Alfonso— es adecuado para el tránsito. Lo haremos con o sin vuestra ayuda. De hecho, con la de muchos otros historiadores a quienes ya hemos consultado: debíamos asegurarnos de que no nos mintierais. No os mataremos. Os dejaremos libres y cambiaremos el pasado. El mundo como lo conocemos dejará de existir, y vos también, pues algún antepasado vuestro se verá afectado.

—Nunca haber existido —corrigió Alfonso.

—Nunca haber existido, exacto. Este es un espacio de protección, creado para preservar nuestra forma física. En Roma hay docenas de ellos, y en cada ciudad grande del Imperio, otros tantos.

—La probabilidad de éxito es baja —añadió Alfonso—. Quizá sólo unos pocos sobrevivamos al tránsito, quizá ninguno.

—Así es —confirmó Teresa—. Pero existe una posibilidad, y vale el riesgo. Decidid, Don Felipe Franco, pues no hay marcha atrás: corregiremos el pasado.

Franco por fin se sentó. Su mirada se perdió en el vacío; se humedeció los labios.

—¿Qué probabilidad hay? —preguntó al fin.

—No lo sabemos —respondió Alfonso—. Teóricamente uno entre veinte, quizá uno entre diez. En la práctica es imposible decirlo, ya que evidentemente sólo podemos realizar el tránsito una vez. Si fracasa, si, por ejemplo, mi existencia se extingue y en el nuevo mundo mi método no existe…

—No soy científico —dijo Franco—, pero sé que un experimento científico debe poder repetirse y tener resultados verificables.

—Esto no es un experimento científico —dijo Teresa con voz tensa, ojos entornados y aletas de la nariz dilatadas—. Es legítima defensa.

Franco cantó el tradicional canto de la Danza del Sol lakota, como hacía cada mañana del día de ciervo, pero esta vez con especial fervor:

Ate, Wakan Tanka unsimala ye yo.

Oyate, oyate zani cin pelo.

Heya hoye wa yelo he.

Padre, Gran Espíritu, ten compasión de mí. Tu pueblo, tu pueblo necesita sanación. Así te envío mi voz de esta manera.

 

Alfonso limpiaba un cuenco de pemmican con un pan de maíz mientras observaba una pantalla.

—Falta un minuto —dijo, seco. Parecía tranquilo, como si cambiar el mundo fuera algo cotidiano.

—No entiendo cómo podéis estar tan sereno, Don Alfonso, comiendo en un momento así —balbuceó Enrico. Tenía la lengua pesada por el peyote. Sostenía la mano de Teresa—. En cualquier momento podemos entrar en los prados eternos o disolvernos en el aire.

Alfonso negó con la cabeza.

—En menos aún. Pero ya no sentiremos nada cuando llegue el momento. Como si estuviéramos muertos.

—Entonces… rien ne va plus —dijo Mateo en dialecto nordhispano. Nervioso, hacía girar un bolígrafo entre los dedos—. Sigo creyendo que, en vez de manipular el pasado para mejorar el presente, deberíamos trabajar en el presente para un futuro mejor. Todo esto me parece cosa de un heyoka, que hace o dice todo al revés para confundir a la gente.

—Están todos locos. Dios no lo permitirá —silbó Franco—. Su sacrilegio fracasará.

—Diez segundos —dijo Alfonso, dejando el cuenco. En la pantalla, un enorme diez se fundió en un nueve. Ocho. Siete.

Teresa cerró los ojos y apretó los dedos de Enrico.

—Ya casi —dijo Alfonso, agarrando los reposabrazos de la silla—. Tres. Dos. Uno.

—¡Mitakuye oyasin! ¡Todos somos parientes!

El final de sus palabras lo gritó Franco en la oscuridad. Respiraba entrecortadamente, su corazón se desbocaba. Se incorporó de un salto, se mordió los nudillos de la mano cerrada.

—¿Qué ha pasado? ¿Un corte de energía? ¡Respondan! ¿Por qué hace tanto frío?

Avanzó un paso, tropezó, cayó al suelo, sintió suciedad en las manos. Se levantó de nuevo, avanzó hasta chocar con una pared, la palpó hasta encontrar la puerta. Halló el interruptor.

Una bombilla desnuda colgaba del techo, su luz era turbia.

La habitación estaba sucia, llena de trastos, cajas, muebles viejos. Sólo había una ventanita del sótano, tapiada. En una esquina se amontonaba carbón.

Habían desaparecido. Todos. Los Rojos. Las máquinas. Sólo quedaban la silla donde Franco había estado sentado, su ropa y él mismo.

En la pared colgaba un bajorrelieve a media escala: una escena de tortura repugnante, mostrando a un hombre desnudo y demacrado, con expresión de sufrimiento, clavado con manos y pies a dos vigas en cruz. Una corona de alambre de púas le destrozaba la cabeza. ¿Quién podía concebir algo tan abominable?

Franco embistió la puerta: una vez, dos, tres, hasta que la cerradura cedió y se abrió.

Subió corriendo por unas escaleras en penumbra y salió al exterior por una puerta sin llave.

La calle estaba llena de gente. Las mujeres caminaban sin correa ni bozal; muchas iban casi desnudas. Los hombres vestían extrañas prendas bifurcadas, salvo uno con un manto blanco y falda negra, acompañado por dos muchachos; tras ellos marchaba un grupo de gente de negro, siguiendo una caja de madera oscura.

Enfrente había un edificio enorme y fastuoso, blanco, rodeado de esculturas de piedra y con una torre puntiaguda. ¿Sería aquello una casa de oración? ¿O una mezquita pagana?

Algo tiró de su falda plisada. Un niño, vestido con harapos, le tendía la mano pidiendo limosna.

Franco huyó, dobló la esquina y chocó con una mujer, la primera bien vestida que veía allí.

—¡Kusura bakmay iniz! —balbuceó ella con los ojos bajos, lo único visible de su rostro; el resto estaba cubierto por velo y chador.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

 

 

lunes, 19 de enero de 2026

LA PEQUEÑA SIRENA

Achim Stößer

 

Lilla, la pequeña sirena, era distinta. Exteriormente se parecía a todas las sirenas: tenía el aspecto de una muchacha humana, con largo cabello ondulante, aunque –como adaptación hidrodinámica al desplazamiento bajo el agua– con pechos casi juveniles y, por supuesto, con una… no, no con una cola escamosa de pez, eso son malos rumores. Las sirenas son mamíferos –¿para qué si no los pechos?–, no peces, y por ello, de la cintura hacia abajo no se parecen a un feo arenque, sino que poseen la piel más maravillosa y lisa, de un gris antracita, que se extiende sobre las piernas transformadas en una aleta caudal.

Sin embargo, cuando Lilla alcanzó la edad adulta, el día de su decimoquinto cumpleaños, y se le permitió por primera vez –como a todas las sirenas de esa edad– visitar el reino situado sobre el mar, la idea la asustó, al igual que a sus hermanas. Pero cuando lo vio: la espuma blanca hirviendo, las playas doradas, las palmeras verdes y –¡qué esplendor!– el sol poniente que transformaba el mar y el cielo en fuego rojo, como lava incandescente, entonces vibró en su interior una cuerda cuyo sonido nadie podía oír salvo ella misma.

Y mientras sus hermanas solo ocasionalmente cabalgaban las olas de noche y cantaban hermosas canciones para burlarse de los marineros, sumergiéndose en cuanto estos se acercaban y dejando únicamente crestas de espuma sobre el agua, Lilla se sentía atraída una y otra vez hacia la tierra.

Una noche, mientras nadaba medio dormida cerca de la costa, sintió de pronto un contacto y lanzó un pequeño grito de sobresalto. Extraño: también el ser que la había tocado gritó de miedo, pero no podía tratarse de una sirena, ya que ninguna salvo ella se atrevía a acercarse tanto a la playa.

Mientras flotaba inmóvil en el agua, las nubes que habían cubierto la luna se apartaron y Lilla vio un rostro: un rostro humano. Corrió las membranas nictitantes que le permitían ver bajo el agua igual que en el aire sobre sus ojos y se sumergió. Entonces distinguió frente a sí dos piernas que se agitaban torpemente en el agua para mantener a flote el cuerpo del que surgían. Lilla volvió a emerger. Nunca antes había estado tan cerca de un ser humano vivo, aunque los había observado a menudo desde lejos, pero no sintió miedo. Nadando, las dos criaturas –tan parecidas y, sin embargo, tan distintas– se rodearon mutuamente. Finalmente, la sirena dijo con su voz más clara:

—Me llamo Lilla.

El humano la miró sorprendido y respondió:

—Mi nombre es Manal.

Y aunque no hablaban la misma lengua, se entendieron al instante.

Mediante gestos, Manal pidió que nadaran hacia aguas menos profundas, pues a los humanos no les resulta tan fácil como a las sirenas mantenerse a flote. Lilla lo sabía, ya que había visto más de un esqueleto pálido de marinero ahogado en el lodo del fondo marino.

El amanecer ya despuntaba cuando se separaron, Manal subiendo a tierra y Lilla nadando mar adentro; pero no quedó en aquel primer encuentro, pronto comenzaron a verse cada noche a la misma hora.

Todas las sirenas poseen tesoros que han encontrado o rescatado de barcos hundidos: cofres llenos de oro, plata y piedras preciosas, ánforas que antaño contuvieron grano o miel, aros de material flexible, algunos de los cuales no se hunden sino que ascienden hacia la luz, toda clase de vasijas y fragmentos de cerámica de colores, grandes toneles que repiquetean alegremente cuando conchas atadas a algas marinas chocan contra ellos con la corriente. Pero Lilla poseía quizá el más bello de todos: una estatua de mármol blanco de tamaño natural. A veces, cuando aguardaba la noche con anhelo, acariciaba con ternura la piel de piedra, pues la figura le recordaba demasiado a Manal. La estatua llevaba una túnica larga y ondulante que ocultaba las piernas, de modo que solo los pies calzados con sandalias delataban que había sido modelada a partir de un ser humano, y así también se asemejaba un poco a los habitantes del mar. Las liebres de mar habían fijado sus cordones de huevos en el rostro de la estatua, de modo que parecía que llorara. Y también Lilla lloraba una secreción aceitosa de sus profundas glándulas nictitantes.

Una noche, cuando Lilla y Manal yacían nuevamente en los bajíos cercanos a la orilla, acariciándose y susurrándose suaves ternuras –ambos habían aprendido ya a comprender la lengua ajena, aunque les costaba formar los extraños sonidos–, Manal enmudeció de repente, se levantó de un salto, corrió hacia aguas más profundas, cayó de rodillas y gritó desesperado:

—¡Ay, nunca podremos ser uno; quiero arrojarme a las olas para que estemos juntos por toda la eternidad!

—¡No! —gritó Lilla, que con unos cuantos golpes vigorosos de su aleta caudal alcanzó a Manal. Era la más sensata de los dos—. Yo solo necesito tomar aire dos veces por hora en la superficie, pero tú te ahogarías miserablemente. Espera, iré a pedir consejo a la bruja del mar, ella nos ayudará.

Y con eso desapareció entre las olas.

La bruja del mar estaba paseando por su jardín, donde crecían las mayores anémonas marinas que la pequeña sirena había visto jamás. Una de ellas parecía haber atrapado un pequeño pez blanco y negro, con cara y aletas amarillas. Antes de que Lilla pudiera decir nada, la bruja habló:

—Te estaba esperando.

Lo cual bien podía ser cierto y no sorprendió demasiado a Lilla, pues las brujas marinas saben muchas cosas que permanecen ocultas a otros. Junto a la bruja, inmóvil a la altura de la cadera, se hallaba un tiburón tigre de cinco metros de largo que miraba fijamente a la sirena; aquello era sumamente extraño, pues como los tiburones no tienen vejiga natatoria, deben mantenerse siempre en movimiento para no hundirse hasta el fondo.

—Sígueme —ordenó la bruja del mar.

Juntas nadaron a través de un sifón hacia la cueva intensamente iluminada de la bruja. Al hacerlo, el tiburón rozó la espalda de Lilla; sus escamas se sentían ásperas como papel de lija. El aire de la cueva olía pesado y viciado, pero una luz brillante revelaba la verdadera tonalidad roja de la rosa que Lilla llevaba en el cabello, regalo de Manal, un color que bajo el agua –donde todo aparece azul y verde– no podía percibirse.

—Siempre fuiste una niña peculiar —dijo la bruja del mar—, pero puedo ayudarte. —Rio con sorna. Como todas las brujas, no era realmente malvada, solo amargada—. Pero debes saber una cosa: si no eliges a un tritón como pareja, la máxima dicha de una hembra te será negada para siempre. Nunca podrás dar vida a un hijo, pues humanos y sirenas son demasiado distintos. ¿Aún quieres que te ayude?

—Sí —susurró Lilla con el corazón palpitante.

Entonces la bruja encendió una hierba embriagadora cuyo humo acre pronto llenó la cueva. Lilla perdió el conocimiento.

Cuando despertó, sintió dolor en las piernas. ¡En las piernas! En verdad, se había convertido en la viva imagen de un ser humano.

Dos de sus hermanas la sostenían, manteniéndola en la superficie como a un recién nacido para que no se ahogara. Y cuando por fin pisó tierra, insegura, con las rodillas blandas, pero con rodillas, y todas las sirenas le decían adiós con la mano, exultó por dentro; recordó la advertencia de la bruja del mar y rio, rio en voz alta, pues el ser humano al que amaba era Manal Al Fadani, una joven árabe.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

viernes, 12 de diciembre de 2025

QUE LES VAYA BIEN… Y GRACIAS POR ABSOLUTAMENTE NADA

Achim Stößer

 

Hace ya dos mil años que estoy aquí y he muerto ciento cuatro veces. En algunas oportunidades ha sido por un accidente, pero en la mayoría de los casos ustedes me han matado. Claro, sería muy grave si yo fuera un ser humano, pero es lo suficientemente grave, sobre todo teniendo en cuenta que ustedes no sabían quién era yo, y que mi muerte solo es pasajera. Y que aparte de que crear un nuevo avatar dura meses, cada nacimiento es un martirio. Todavía recuerdo la primera vez, la más terrible: mi conciencia despierta en medio de una absoluta privación sensorial, oscuridad total, silencio, ni frío ni calor, ninguna sensación, una nada como la muerte. Lentamente comienzan a regresar los sentidos, estoy tendido en un coma vigil en una bañera llena de una mucosidad viscosa, incapaz de moverme y comienzo a comprender que el cuerpo en el que me encuentro parece amputado, semiciego y sordo (usando la terminología de ustedes para colores y sonidos que nosotros podemos ver y oír: infrarrojo, ultravioleta, infra y ultrasonido), ninguna percepción de campos magnéticos o eléctricos. Ningún órgano de la línea lateral, claro, ya que ustedes viven en una atmósfera de gases. Lentamente tomo el control sobre mis miembros, solamente cuatro, como si los otros hubiesen sido amputados. Dolores fantasmas en los miembros faltantes, dolor de cabeza. Aguijonazos sobre la piel, en cada miembro, sobre la lengua y los globos oculares. Náuseas, la permanente sensación de tener que vomitar sin producir más que un par de arcadas.

Duró un par de días, hasta que la sonda juntó suficientes muestras de habla, simples señales acústicas, para equipar con ellas el cerebro del avatar, y después llevó unas cuantas horas el controlar suficientemente los órganos vocales. Otros idiomas, que poco se diferenciaban de este, resultaron luego más fáciles gracias a los primeros ensayos.

Ya nuestra llegada aquí, a este insoportable mundo, estuvo ensombrecida por una catástrofe infernal. Apenas nos habíamos aproximado a la órbita lunar cuando descubrimos un asteroide que amenazaba impactar con el planeta que habitan. En verdad, y visto desde cierta distancia, el mundo es una linda esferita… en especial si uno no conoce a sus odiosos habitantes: enormes océanos de un azul centelleante, las masas terrestres cubiertas de una flora verde, casquetes polares de un blanco enceguecedor, si me limito a vuestro espectro visual; la vista desde arriba cae sobre nubes suaves. Pero el lado nocturno es oscurísimo, negro como la pez, un reflejo de la infernal vida que allí se desarrolla, aún cuando ahora los continentes deben estar sembrados de luces como el rocío matutino sobre las telas de araña.

¿Recuerdan el suceso de Tunguska? Seguro, recién han pasado un par de años desde eso. El asteroide explotó en el aire sobre Siberia. En un radio de treinta kilómetros, sesenta millones de árboles fueron arrancados de la tierra, en una población situada al doble de distancia saltaron puertas y ventanas, la llamarada de la explosión se pudo ver a quinientos kilómetros de distancia, seguido de truenos y una terrible onda expansiva. También murieron un par de renos. La explosión tuvo la potencia de cerca de cuatro megatones de TNT (aún cuando ustedes exageran el efecto y hablan de diez a quince megatones, lo que equivaldría a mil veces la energía de Little Boy con la cual ustedes destruyeron Hiroshima y a un cuarto de la bomba “Zar” sobre Nowaja Semlja de hace tres décadas y media) ya que el asteroide solo tenía un diámetro de cincuenta metros y explotó a una altura de diez kilómetros. Pero ese fue un pedregullo inocuo en comparación con aquel que entonces se dirigía rumbo a la Tierra: mucho más denso, el diámetro cien veces más grande... como sabíamos que el planeta estaba habitado no vimos otra salida que embestirlo para desviar su curso. Un impacto hubiese provocado primero terremotos, tsunamis y enormes incendios, y después un invierno global debido al hollín y otras partículas, un invierno que hubiese enfriado dramáticamente la superficie marina, seguido de tormentas debido a la diferencia de temperatura que habrían mantenido las partículas suspendidas en la atmósfera. Recién después de muchos años, por los gases de efecto invernadero, las temperaturas se hubiesen elevado a un nivel superior al que tenían antes del impacto. Conseguimos cambiar el curso del asteroide apenas lo suficiente para que no choque con la Tierra, pero sufrimos una avería en nuestra nave. Logramos dirigirla hacia vuestro planeta haciendo un gran esfuerzo. La envoltura externa se fundió por la fricción de la atmósfera, porque no estaba diseñada para eso, pero teníamos cápsulas de emergencia especiales. Seguramente les habrá gustado el espectáculo que ofreció nuestra caída: fuimos, mientras atravesábamos el cielo nocturno, y antes de sumergirnos en el mar Mediterráneo, la estrella fugaz más brillante que hayan visto. La cubierta exterior, abruptamente enfriada por el agua marina, chirrió y crepitó; el agua hervía a borbotones y así llegamos al fondo del mar. Por una grieta en la pared de la nave se introdujo la líquida, pero para nosotros venenosa sustancia, el agua salada. Solamente sobrevivimos dos.

 

 Si bien nosotros podemos sobrevivir en vuestro aire nunca nos hubiésemos podido mostrar con nuestra verdadera fisonomía. Ustedes gritan de miedo en el cine frente a Tarántula o a las hormigas mutantes de Them!, por lo que atacan a cualquier insecto que quiera compartir vuestras cuevas artificiales con monstruosas armas letales que ustedes llaman aspiradoras. Pero por eso tenemos los avatares, máquinas biológicas en cualquier forma posible, creadas para alojar nuestra conciencia aún en una atmósfera para nosotros letal, que es lo que hacen aquí, mientras que la nave en donde nuestros cuerpos están prisioneros, a pesar de sus daños irreparables, protege nuestros cuerpos reales.

 

El hormigueo en el cuerpo y las náuseas fueron desapareciendo paulatinamente. El útero, lleno del gas para nosotros letal que ustedes respiran, emergió a la superficie y se dirigió a la costa. Cuando llegó a la playa lo abrí, descendí con piernas temblorosas (dos piernas), me tambaleé dando un par de pasos y me dejé caer al suelo hasta juntar fuerzas suficientes. Después emprendí camino al próximo pueblo que pude encontrar.

Al principio ustedes no me parecían muy peligrosos, aún cuando la reacción a mi presencia, en la fase en la que yo todavía no estaba en condiciones de hablar, no fue muy amistosa. Pero cuando mi capacidad de comunicarme fue mejorando y estuve en condiciones de comprender más, entendí lo que ustedes comían: los cadáveres de cabras y ovejas que habían asesinado. Y cuando presencié como ustedes apedrearon a un hombre hasta matarlo porque, como ustedes decían, había pronunciado el nombre de vuestra divinidad, me interpuse y les expliqué que no hay dioses y que ustedes mismos deben asumir la responsabilidad, que las fórmulas mágicas, ya sean nombres de dioses, plegarias o maldiciones, ni sirven ni causan daño alguno, me mataron por primera vez. Me arrojaron piedras hasta que del avatar sólo quedó una masa ensangrentada. Por los terribles dolores perdí el conocimiento antes de morir. Y así regresé a mi propio cuerpo en la nave sobre el fondo del Mediterráneo, donde desperté desorientado y horrorizado.

Y así continuó todo. Un avatar tras otro, apedreado, muerto a golpes, acuchillado, decapitado, envenenado o víctima de una explosión, a veces porque me interpuse para impedir otro acto atroz, otras veces de casualidad cuando yo, ya resignado, simplemente observaba la hecatombe. Una vez fui víctima de una explosión cuando una de las sectas rivales en Irlanda del Norte activó una bomba, una vez fui atropellado, una vez colgado por tratar de ayudar a un par de caballos prisioneros, otra vez terminé sobre la pira por ser bruja por tratar de curar a un enfermo con primitivos medios fitoquímicos, otra vez muerto a golpes porque mi avatar tenía el color de piel falso. Ustedes tienen una relación muy extraña con los colores, ya sea en los trapos que usan como banderas, en los que usan como vestido, o, como en este caso, la piel.

De vez en cuando use también avatares de otras especies locales después de haber pasado años en forma de ser humano, aun cuando por la completamente diferente cinemática era muy difícil acostumbrarse. Los gatos son una posibilidad excelente para poder observar a los humanos, sin que ellos se sientan observados. El problema es que un avatar felino no puede permanecer mucho tiempo en un lugar porque corre el riesgo de que se le ofrezcan cadáveres de otros animales enlatados. Perro fui sólo una vez y por corto tiempo, su libertad de movimiento está totalmente limitada. Cuando me interpuse entre una madre que maltrataba a su hijo y éste, me mataron, me “sacrificaron” como dicen ustedes, a causa de mi supuesta agresividad. Desistí de ser una gallina, una vaca o un cerdo, porque no tenía ganas de estar encerrado y terminar colgado de las patas con el cuello cortado, desangrado.

¿Y hoy? Mientras ustedes crean el unubium, un elemento artificial, la sonda Pathfinder con un vehículo todoterreno se posa sobre la superficie del planeta Marte, y descubren Caliban y Sycorax, las “minilunas” de Urano, explota un cohete militar Delta II poco después de su despegue en Cabo Cañaveral y Francia enciende una bomba atómica en el atolón de Moruroa. Cuba derriba aviones sobre aguas internacionales, los talibanes asesinan al ex-presidente de Afganistán, el servicio secreto israelí a un dirigente palestino. Por miedo al virus H5N1 causante de la gripe aviar asesinan en Hongkong un millón y medio de pollos, en Inglaterra se mata, por miedo a la Encefalopatía Espongiforme Bovina, a todas las vacas que ustedes habían obligado a practicar el canibalismo, aparte de los millones de criaturas en los mataderos, solamente porque ustedes engullen sus cadáveres o utilizan sus pieles, pelos o excreciones para transformarlos en pinturas, vestidos o muebles. Los tutsis masacran a miles de hutus en Burundi, hay otra masacre en la guerra civil en Argelia, otra en el bombardeo por los israelíes de la sede de las llamadas Naciones Unidas en el sur del Líbano, al que siguió un atentado de los musulmanes a un hotel en Egipto como reacción. ¡Naturalmente! Mientras tanto otros musulmanes matan monjes trapistas franceses, cientos mueren en el incendio provocado de un alojamiento de solicitantes de asilo en Lübeck, en atentados suicidas de la Hamas en Israel, por las bombas del IRA en Londres, en los atentados suicidas con camiones cargados de explosivos, locuras homicidas en Australia y en Escocia, donde mueren dieciséis colegiales y su maestra. Una monja loca, abominable y misantrópica llamada Anjeze Gonxha Bojaxhiu, alias “Madre Teresa” es nombrada Ciudadana de Honor en los Estados Unidos y recibe la Medalla de Honor en oro del Congreso (y no me asombraría si en algún momento la santificaran por sus crímenes). Y en San Diego treinta y nueve miembros de la secta “Heaven's Gate” se suicidan colectivamente.

Esto es solo una fracción de lo que ha sucedido en los últimos meses. Mientras tanto el papa Wojtyla alias Juan Pablo II reforma las reglas de la “Silla Vacante” y del subsiguiente Cónclave, y reconoce que la Teoría de la Evolución puede tener algo de cierto, un equipo deportivo alemán derrota al de la República Checa en la final del Campeonato Europeo, y Bombay ahora se llama Mumbai.

Guerra contra otras especies, guerra contra la propia. Una sangrienta batalla donde uno lo mire. Espantoso, truculento, horrible. Seguro hay excepciones, pero dos gotas de agua no alcanzan para hacer florecer al desierto.

Dos mil años y no se ve la luz al fondo del horrible túnel. Ustedes llenan libros con asquerosas y disparatadas reglas: quién se puede comer a quien, como hay que vestirse o llevar el cabello y todas las otras cosas que ustedes creen que hay que reglamentar para satisfacer a dioses imaginarios, por supuesto contradictorios dependiendo de qué secta los inventó, pero que sólo son testimonio de represión, ansia de poder, torpeza y estupidez, es decir, horrible humanidad. Ya es tiempo de que partamos, ya que no hay esperanzas. Finalmente ustedes, aunque hayan quemado bibliotecas y sabios cuando éstos no coincidían con las ideas delirantes que ustedes consideraban correctas, como la Biblioteca de Alejandría o el astrónomo Giordano Bruno a quien la Inquisición lo encontró culpable de herejía y brujería, han desarrollado su primitiva técnica lo suficiente como para que podamos reparar nuestra emisora de emergencia. Aún cuando el tiempo transcurra atormentadoramente lento, en pocos años nos rescatarán.

Que les vaya bien sonaría muy cínico....

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

lunes, 6 de mayo de 2024

SEMIVIDA

 Achim Stößer

 

No he tenido ningún dolor desde que morí. Eso es realmente agradable después de todos estos años, décadas, en las que no sabía nada diferente; casi como si volviera a ser un niño con un cuerpo completo, impecable, libre de dolor aparte de algún roce ocasional. Una de las mayores ventajas de mi muerte. Ahora sólo tienen que deshacerse de las desventajas.

Por supuesto que no estoy realmente muerto, no en el sentido clásico, de lo contrario no habría "yo", ni pensamiento.

Aunque el antiguo yo sí está muerto. Mi cuerpo lo está de todos modos, aunque eso sea irrelevante. Pero la conciencia de mi cerebro fue borrada por la transmisión en fracciones de nanosegundo, vacío, sólo ceros. El cerebro tan inútil como la periferia.

Mis órganos, en un estado que los hacía inutilizables para trasplantes, deberían haber sido sustituidos hace mucho tiempo, pero a mi edad el seguro médico no daba pie con bola y yo no tenía dinero. Los habría donado si aún sirvieran, quizá uno o dos habrían salvado la vida de alguien, al fin y al cabo hay gente que rechaza los órganos impresos por motivos religiosos. Por otro lado, es culpa suya. Por otro lado, también, podría afectar a un niño no emancipado religiosamente, cuya vida está bajo el dominio de padres psicóticos hasta los catorce años, ya sea que mutilen su prepucio o le nieguen una transfusión de sangre para salvarle la vida, ya que deben respetar lo que dice la Biblia. Por otro lado, la mayoría de ellos eran niños cuando fueron adoctrinados. Por otro lado, cuando yo era niño, hablaba como un niño, pensaba como un niño y juzgaba como un niño, pero a medida que fui creciendo, me despojé de mi comportamiento infantil, escribe Pablo en su primera carta a los Corintios como un alegato involuntario a favor de la razón y el ateísmo. Por otra parte...

Estos pensamientos me hacen sentir como si fuera uno de esos pájaros cabeceadores que se balancean hacia delante y hacia atrás, sumergiendo su pico de fieltro en un vaso de agua, que se evapora y enfría la cabeza, haciendo que el líquido suba desde el frasco de cristal que forma su cuerpo hasta el tubo de cristal del cuello, desplazando el centro de gravedad hasta que el pico vuelve a sumergirse en el vaso de agua, igualando la presión y comenzando de nuevo el juego. De niño pensaba que se trataba de una máquina de movimiento perpetuo, hasta que comprendí cómo funcionaban los pájaros que asentían y me di cuenta de que la energía para la evaporación procedía del exterior.

De todos modos, habría donado mis órganos para ello. Para esos niños desafortunados. Pero ningún donante puede influir en la elección del receptor, así que si mi corazón aún hubiera sido utilizable, podría haber salvado la vida de un lunático adulto. Sé que mucha gente lo ve de otra manera. De todos modos, los restos de mi cuerpo, de casi nueve décadas de antigüedad, que empezarán a descomponerse en cuanto apaguen los dispositivos que lo mantienen con vida, ya no son aptos para el canibalismo, ni la córnea, ni la médula ósea, ni las entrañas. En broma sugerí que el cerebro sea servido antes de que se lo coma el Alzheimer. No es que el Alzheimer no sea tratable en estos tiempos. Si puedes permitirte el tratamiento. Un trasplante de cerebro como este podría beneficiar sin duda a algunos receptores. Tal vez el pelo de las orejas y la nariz quizá sirvan para ser trasplantados a una cabeza calva, jajaja.

No se llama transformación de sangre. ¿Trasplante de sangre? No, eso tampoco.

Negro. Todo es negro. No solo no hay luz. No solo veo negro, también oigo negro, huelo, saboreo y toco negro. ¿Puedes decirlo así? Ninguna impresión sensorial en absoluto, como si estuviera atrapado en un tanque de privación sensorial completamente lleno de agua salada, aislado de luz y sonido y con temperatura controlada. Como si estuviera sentado en un agujero negro. Ni siquiera oigo la respiración que entra y sale de mis pulmones.

¡Transfusión! Se llama transfusión de sangre.

No siento los latidos de mi corazón, ni el calor, ni el frío, ni el sube y baja, ni el movimiento, ni el ángulo de la articulación de mi rodilla o la distancia de la punta de mi dedo índice a la yema de mi pulgar. Porque no tengo pulmones, ni corazón, ni pierna, ni piel, ni oído interno, ni mano. No tengo nada. ¿Cuántas horas llevo flotando aquí en el vacío? ¿O son días? ¿Cuánto tardarán en hacer la conexión que me reconectará al mundo real? ¿O hemos fracasado? Tengo miedo.

 

No hay vuelta atrás. Control A, control X, control V, haha, seleccionar todo, cortar, pegar. No, no era tan simple. No tengo uno de esos discos duros de terabytes que tenía de niño para hacer copias de seguridad de fotos y vídeos. La capacidad de almacenamiento y la velocidad de transferencia de mi nuevo cuerpo son como esos discos duros comparados con los viejos disquetes y los módems Tüdeldü de los que me hablaba mi padre -¿o mi abuelo? Los disquetes, memorias magnéticas que apenas tenían espacio para una sola imagen que se transmitía durante horas a menos que otra persona de la casa descolgara el teléfono e iniciara la transmisión -¿mi padre? Yo... ¡no recuerdo cómo era! ¿No puede ser? Yo... ¡Silencio! Calma. Ningún problema. Sólo un lapsus temporal. Tal vez son restos de mi demencia incipiente que se han almacenado y aún necesitan ser limpiados. Pero, ¿no se pierden primero los recuerdos más recientes en los pacientes con demencia, mientras que flotan a la superficie los de las canciones infantiles y las experiencias de la escuela primaria? Pero mi padre es uno de los más antiguos. Al fin y al cabo, él también era viejo. "Eres viejo". Un chiste con el que nos divertíamos cuando yo era niño. Ja, me acuerdo de eso. Su cara volverá, estoy seguro de ello.

Al igual que los sensores. ¿Cuánto tiempo más necesitan? No puede ser que pasen semanas - ¿o meses? - ¡Estaba todo preparado! ¿Ha fallado? Después de todo, esto es un experimento. Yo soy el primero. Lo que Cristóbal Colón fue para América desde una perspectiva europea, Roald Amundsen para los polos y Edmund Hillary para Chomolungma, Laika para los habitantes de la Tierra, Yuri Gagarin para el espacio desde una perspectiva humana, Louis Armstrong y Yiyun Hao para la Luna terrestre y Marte, yo lo soy para la vida media, el silicio más allá de la conciencia.

Mordecai me aseguró que sólo pasarían unos minutos después de la transferencia antes de que al menos pudiera "ver" de nuevo. ¿Estaba mintiendo? Pero Helen dijo lo mismo. ¿Helen? ¿Helena? Sí, Helena era su nombre, Dra. Helena Wurz. Después de todo, como doctora tenía que saber más, aunque todavía era una jovencita, apenas treinta años. Tenía una barba negra bien recortada. No, tonterías, mi padre, mi padre tenía una barba que me arañaba la mejilla, desordenada y veteada cada vez con más pelos blancos hasta que en algún momento parecía Papá Noel.

Papá Noel. Quizá el experimento se les fue de las manos, algo salió mal y estoy muerto. Realmente muerto, no sólo medio muerto, completamente muerto. Ni siquiera vi la luz al final del túnel que muchos moribundos perciben cuando su conciencia empieza a colapsarse, porque la percepción visual se convierte en un ruido y el cerebro está acostumbrado a procesar células visuales más densas en el centro del campo visual y menos densas en los bordes, de modo que el ruido uniforme se interpreta ahora erróneamente como un viaje a través de un túnel. Esto tiene algo que ver con una bicicleta. No sé qué. Quizá sea el hipopótamo que sigue pasando en bicicleta.

Así que si estoy realmente muerto, completamente, completamente muerto, ¿por qué sigo pensando? Pienso, así que estoy vivo, ¿verdad? ¿Tenían razón los lunáticos, hay vida después de la muerte, y ahora Papá Noel o Alá o Jehová o Shiva me está castigando por mi Thomas? No, Thomas no. ¿Duda? ¿Incredulidad? ¿Es la vara de Papá Noel en vez de nueces de oro, nueces que reciben como recompensa por creer en él en vez de en el Conejo de Pascua?

Tal vez soy más el Leif Eriksson o el Xianghao Li de media vida. O Peary y Cook. O un don nadie. Buena suerte, Sr. Gorsky.

¿Me estoy muriendo y perdiendo la cabeza?

Me estoy muriendo y perdiendo la cabeza.

Hace frío. El infierno es frío. ¿Siento frío, frío interior? ¿Puede ser? No es mi mayor deseo, pero al menos sentiría algo. Creo... creo que sólo estoy imaginando el frío.

Hola? ¿Puedes oírme? ¡Haz algo! ¿Cuántos años más tengo que vegetar aquí en la nada?

¿Por qué el negro sabe a cebollas desterradas?

 

Mordecai tragó, sintió cómo la saliva se abría paso por su garganta, apartando la nuez de Adán, oyó su propia deglución. Sus dedos revolotearon por la pantalla, luego sus manos se congelaron como tras las últimas convulsiones de un moribundo, y se hundió de nuevo en el sillón. No había logrado establecer una conexión. Sintió que las lágrimas le picaban en los bordes de los párpados, una gota se deslizó por el rabillo del ojo antes de que se restregara el líquido con los nudillos de los puños. La corriente de aire del viejo ventilador multiplicador que silbaba le refrescaba la cara, pero la brisa que le metía por la nariz el olor a desinfectante de hospital no le parecía suficiente.

Por fin se volvió hacia Helena, que lo observaba con los rasgos helados, y le devolvió la mirada. Parecían estar solos, aunque había más de una docena de personas esperando en la sala. Sacudió la cabeza en silencio.

—¿Cómo...? —Se le quebró la voz, carraspeó y empezó a hablar de nuevo—: ¿Cuánto tiempo? —Volvió a tragar audiblemente.

Helena llenó los pulmones de aire y exhaló pesadamente antes de contestar.

—Siete —dijo—. Duró siete minutos y trece segundos en semivida.


Título original: Halbleben

Traducción del alemán: Sergio Gaut vel Hartman


Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó varios años como asistente de investigación, especializado en arte y animación por ordenador, y ocupó un puesto de profesor en la Universidad de Arte y Diseño de Karlsruhe. Desde 1988 ha publicado en antologías y revistas, incluidos varios volúmenes de la serie de antologías de Wolfgang Jeschke "Internationale Science Fiction Stories". Su colección de relatos "Virulent Realities" fue publicada por dot-Verlag en 1997. En 1998 fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. En consecuencia, el antiespecismo (y por tanto el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo, el antifascismo, etc. son los temas principales de sus relatos y ficciones. Estos son los temas principales de sus historias y viñetas. Internet: https://achim-stoesser.de.

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