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domingo, 1 de marzo de 2026

SERPIENTE

Adnadin Jašarević

 

—Si matas una serpiente en tu casa, has matado tu suerte. Cada casa tiene su serpiente protectora, y cada hombre tiene también su serpiente homónima. Por eso no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte… —murmura la abuela Vida. Hace rodar las palabras por su boca desdentada como piedras en un arroyo.

El fuego en el hogar chisporrotea junto a sus pies y, al alzarse ella, agitando los brazos, proyecta sombras extrañas y danzantes por la choza, como si siguieran el ritmo de su relato. A su alrededor, al alcance de la mano, los niños se han sentado; de vez en cuando levantan las manos hacia los ojos, como asustados, o se tapan los oídos… Pero no huyen: la atracción mágica del horror es irresistible…

Mi Gala está tendida en el lecho. Su respiración suave apenas se oye… Así es ella por lo general… Demasiado callada… Una mujer casi invisible… A veces me parece que solo yo la noto, nadie más.

Escucho su respiración, como un viento leve de primavera, que se mezcla con la historia de la abuela Vida. Y afilo la espada. El áspero sonido del metal, como debe de ser la voz en la muerte, se cuela entre las sílabas, entre dos alientos, como si se dispusiera a partir en dos a la gran serpiente del cuento, como si estuviera a punto de cortar para siempre el tenue hilo de la suerte.

—¡Algunas se transforman en dragones, vuelan sobre la aldea y escupen fuego! —grita la abuela, y los niños chillan de miedo—. Las dragonas son malignas, criaturas del invierno… Odian a los hombres, sobre todo…

La espada silba contra la piedra de afilar. Miro afuera, a través de los párpados entreabiertos: la nieve cae como si quisiera enterrarnos por encima de los techos… Un temblor recorre a Svebor. Morana gobierna el mundo allá afuera, fuera de ese pequeño círculo de calor junto al hogar. Pálida, se inclina sobre colinas y campos cubiertos de ventisqueros y hielo. Es cierto: la muerte es blanca. Dondequiera que pisa, todo lo que toca o mira muere.

—El dragón es una serpiente terrible: en lagos o abismos acecha a los hombres y los devora. Si cae en tierra firme, se hace pedazos; si cae en el agua, permanece vivo. La cabeza del dragón es de serpiente, y puede tener siete. Sus dientes son más grandes que los de un rastrillo, sus patas como las de un oso y sus alas de águila, solo que mucho más grandes y sin plumas. Es más largo que una casa y tan fuerte que puede mover montañas. Las mujeres pueden tener hijos con un dragón. Duerme con los ojos abiertos, y solo lo mata la planta de valeriana.

En el filo de la espada brillan las llamas como si cobraran vida, bailan, giran en círculo… Se agrupan en signos extraños y se dispersan: letras incomprensibles, en una lengua desconocida, como si quisieran decirle algo. Sonríe. No debe contárselo a la abuela Vida. Ella diría que son las Parcas hablándole. No se calmaría hasta recitar los versos del destino… Pero Svebor solo cree en el destino que forja con su espada; no necesita esas profecías de vieja.

Toc. Toc.

La abuela calla. Ni una palabra.

Toc. Toc.

Algún visitante que pide entrar en la habitación…

Toc. Toc.

Un visitante tardío que quizá busca refugio.

Los niños se aferran a las faldas de la abuela.

Ya no llaman. Afuera, solo hay silencio.

Cuando reúno algo de valor, avanzo hacia la puerta con la espada por delante. ¿Podría ser un extranjero? ¿Un viajero perdido o un espíritu helado del invierno?

Tres golpes sordos sacuden la puerta: se alza como si fuera a saltar hacia nosotros, dentro de la choza…

—¡No abras! —grita la abuela—. ¡Nos congelará el alma!

¡Vieja! Levanto el cerrojo. Empujo la puerta con el pie, y se abre de par en par: al suelo de la choza rueda un bulto de trapos. Detrás, el aliento de Morana, la mordedura helada…

—¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Mata al demonio! —chilla la vieja desdentada.

Cierro la puerta. Pateo el bulto en el suelo, y este gime con una voz aguda de mujer.

—No me golpees, Svebor…

—¿Quién eres? Habla —la pincho ligeramente con la punta de la espada.

—¡Ah! ¡No! Soy Zorana, de Pribjegi —su voz se deshiela, alta, nerviosa…

—¿Ah, sí? ¿Y qué haces tan lejos? Con este tiempo ni los perros vagan…

—Los de Pribjegi son bestias. Allí crece la prole no deseada —grazna la anciana, ominosa como un cuervo.

—Yo… estoy helada… —un rostro sucio asoma entre los trapos.

La arrastro hasta el fuego, tomándola por el cuello como a un cachorro. Es ligera, piel y huesos. La abuela se ha retirado a las sombras, murmurando un conjuro. Y la mujer –Zorana, dijo– se frota los pies junto a las llamas, con dedos diminutos como patas de araña. Los niños la miran con curiosidad, sin miedo.

Le doy hidromiel en un cuenco. Y ella bebe a tragos de los que ni los hombres se avergonzarían.

—¿Mejor?
—Hace calor en tu casa, señor.

—Esta tierra no tiene señor, mujer. ¡Di para qué has venido!

—Yo… Mi Dabiša se fue a la tierra salvaje.

—A la Tierra Desierta…

—Así es…

—¿Esta noche?

—Sí, señor… De repente se levantó del lecho caliente, con los ojos vidriosos, y se fue…
—¿Así sin más?

—Sí, de pronto… Camina descalzo por la nieve como si el frío no le afectara…

—¿Por qué no lo detuviste?

—Lo intenté. Lo agarré de los brazos, de las piernas… Grité… Pero él ni una palabra, ni una mirada…

—¿Y así se fue?

—Se fue, señor…

—¿Y por qué viniste a mí?

—No hay hombres en Pribjegi. Todos se han escondido, nadie que te lleve al hogar para calentarte…

—Así son todos ustedes, mujer.

—Como dices, señor.

Así… La mujer baja la cabeza. Evita su mirada. Tiembla… No le importa Dabiša. Nariz rota… Sombras azules en el rostro… No tiene futuro en Pribjegi… Huyó antes de que la chusma descubriera que la choza estaba sin dueño. Sabe bien lo que le harían. Probablemente peor de lo que puede imaginar…

—¿Quién es, Svebor…? —Gala levanta la cabeza, aún pesada de sueño… Flota fuera de las sombras, como si fuera solo una cabeza sin cuerpo… Sus ojos oscuros como carbones y profundos como la noche…

—Nadie, mujer, nadie —no miente, porque esa miserable no era nadie…

—Ah, bien… —dice soñolienta… La cabeza se balancea y se retira, como hundiéndose en olas oscuras.

No le importa Pribjegi. Ojalá todos se perdieran en la Tierra Desierta. Pero los suyos también se van. Hace diez amaneceres, Živan. Días después, su amigo Ostoja… Dos dedos… Solo falta uno más. Svebor levanta el índice. Lo mira como preguntándose quién será el que complete la cuenta.

—Tú, Nadie… Puedes dormir aquí, junto al hogar…

—Gracias, señor…

La mujer se acuesta en las cenizas, encogida como una perra.

Svebor envía a los niños con su madre, al amplio lecho. Miran aún con curiosidad por encima del costado de Gala hasta que les amenaza con el dedo. La abuela se ha dormido sentada en el taburete, apoyada en la pared, roncando… Entonces, cuando siente que todos respiran demasiado profundamente para estar despiertos, se levanta hacia la despensa… Un trozo de pan, queso y carne… Deja el cuenco junto a la cabeza de la mujer. Come, come como si la hubieran tenido hambrienta durante años…

Echa un leño al fuego para avivarlo.

Luego toma la espada. El chirrido del metal y la piedra de afilar se mezcla con los ronquidos de los durmientes…

 

La noche se ha retirado a sus refugios secretos y profundos… Desde el lomo del caballo negro, Svebor contempla el paisaje pálido y sin caminos.

La Tierra Desierta.

En ella nada crece, nada vivo camina.

Y sin embargo… como hechizados, sus compañeros encontraron el camino hasta aquí donde no hay camino alguno.

—Dime, mujer, ¿hasta dónde seguiste a tu marido?

—No mucho más allá… —murmura la mujer, montada en un pequeño caballo de montaña.

Svebor le ha atado las riendas a los antebrazos. De otro modo, quién sabe… incluso el dócil Rudan la habría tirado al suelo… Nunca había montado.

—¿A dónde fue?

—A esa cima solitaria… —señala con la mano una colina que se alza sobre la llanura como un dedo amenazador.

—¿Allí?

—Miré atrás varias veces, señor. Fue allí…

—Bien… Vete si quieres… —dice y espolea el caballo.

Claro que ella regresó hacia Bornik… No se volvió. ¿Quién esperaría que esa desdichada buscara a su marido perdido…? No en la Tierra Desierta.

Conduce el caballo al trote hacia el Dedo. Por este camino fueron, entonces… El último, Ostoja… La locura lo tomó a plena luz del día, en la plaza.

Aquella fría mañana bebía hidromiel y se quejaba de que Radivoj la rebajaba con agua. El viejo comerciante no se dejó perturbar, aunque todos los presentes se burlaban de Ostoja. Decían que era el más ruidoso, el más fuerte, que bebía a tragos de los que pocos podían presumir… Cuando de pronto enmudeció. Se quedó rígido. Sus ojos fijos en la lejanía, ciegos para los cercanos… Aunque le hablaban, no respondía, como si estuviera sordo. Permaneció así hasta que el sol tocó el tejado de la casa de Dažbog. Inmóvil como el ídolo de nuestro dios tallado en el marco de la puerta. Así lo encontré. Estaba a punto de ordenar que lo llevaran a casa cuando Ostoja despertó, dio un paso, luego otro, al principio inseguro, y después, envalentonado, bajó corriendo por la colina. Lo llamamos en vano; pasó entre nosotros como entre desconocidos.

Confundido, pensé que Ostoja había enloquecido o que alguien le había lanzado un hechizo. Lo seguí y le hice tropezar. Siete hombres hicieron falta para sujetarlo, tanto se resistía, incluso arrastrándose a cuatro patas hacia donde fuera que iba. Tal vez al mismo lugar que Živan. Su madre dijo que se había comportado de forma extraña la noche anterior, igual que Ostoja hoy, recordó Svebor. Y él se fue a la Tierra Desierta.

Ordené que lo ataran en la casa de Dažbog.

Era terrible ver el rostro del amigo transformarse ante los ojos: la boca encogida aullando en silencio, los ojos en blanco, negros como plumas de cuervo. En la penumbra del templo parecía algo incorrecto. Ni la gracia de Dios ni la del hombre estaban con él… El sudor le corría por las mejillas, la barba, el cuello… Y los músculos tensos, de modo que las ligaduras se le clavaban formando una red roja de dolor. Nadie supo qué lo llamaba, porque nadie oía ese llamado salvo él… Lo dejé al anochecer bajo guardia, cuando vi que no quería ni agua ni comida ni hidromiel. Nada más podía hacer.

Pero ahora tendrá que hacerlo: aquel dedo de piedra se alza sobre él, cada vez más alto, cada vez más amenazante… Como si quisiera caer desde el cielo sobre el jinete y empujarlo bajo la nieve y la tierra helada. Svebor sacude la cabeza, tratando de alejar los pensamientos sombríos.

Espolea el caballo, porque el sol desciende.

Morana se acerca en silencio, como un cazador… Con su mordedura helada perfora la vena… Congela el corazón… Arranca el alma del vientre con dedos que son cuchillas… Es tan silenciosa… Pero así debe ser… Nada bajo el cielo es más silencioso que la muerte…

Un punto negro en el desierto blanco, extendido hasta el fin del mundo…

Creerías que es un ave si volara por el cielo…

Llega al Dedo desde el este, y hacia él, desde el oeste, avanza una larga sombra oscura…

 

Svebor deja el caballo atrás. La pendiente se ha conjurado contra él: no le deja pasar.

Trepa cuesta arriba, a veces a cuatro patas, buscando apoyo en la ladera helada con los dedos ensangrentados; otras veces corre, salta, para librarse de las llanuras temblorosas que amenazan con deslizarse en avalancha… Ahora está seguro de que va hacia donde debe. Como si una voz interior misteriosa le dijera: ven… le indica por dónde ir… dónde están los pasos ocultos en ese desierto… Es una voz agradable, cálida, y la sigue con gusto: en una voz así, que recuerda a un lecho blando, no se duda…

A veces le parece ver a su Gala mirándolo en silencio a los ojos, con esos ojos como lagos de montaña, profundos, oscuros, intactos… Y en la sombra de esa visión se desliza una melodía suave, como el crepitar de las llamas, el crujido de una rama quemada por dentro, el rumor del humo en la chimenea…

Svebor escala la pendiente helada lleno de la fuerza de la melodía…

Nada puede detenerlo: ni las oendientes congeladas, ni los ventisqueros infranqueables y los precipicios, ni el frío que congela la sangre. Sube hasta la roca desnuda, hasta el mismo Dedo. Una piedra tan fría que ni la nieve ni el hielo se adhieren a ella. Avanza por la base palpando en busca de un paso, sabiendo que debe de estar allí, abierto solo para los elegidos…

La voz mueve los labios de su Gala y le dice que él es ese, el elegido.

Él sabe que lo es.

Se hunde hasta las rodillas en la nieve, pero no se detiene. No desfallece. Paso a paso, ayudándose con las manos… Y entonces todo se derrumba; hundido hasta el cuello en la nieve, en un torbellino blanco desaparece… Blanco. Oscuridad.

Oscuridad.

Blanco.

Abre los ojos hacia un techo alto envuelto en sombras.

Parpadea.

Mueve brazos y piernas, dedos: no se ha roto nada. Está tumbado sobre un montón de nieve que se ha desplomado con él en la cueva; Svebor comprende que ese alud lo salvó. Se sienta. Mira alrededor con cuidado. Está en el centro de un pequeño círculo de luz, y alrededor la oscuridad se ahonda tanto que no ve nada que le indique el camino.

Y la música suave que suena como el fuego en el hogar ha vuelto. Llama.

Llama irresistiblemente, como una madre que atrae al niño con pasteles de miel, o una mujer, con las piernas alzadas, que invita al marido a la cama.

Por eso Svebor se levanta, aunque dolorido, y entra en la oscuridad con la mano derecha extendida y la espada desenvainada.

Avanza tambaleándose por un túnel estrecho, húmedo, tan oscuro que no debería ver nada, pero de algún modo, por magia, por voluntad divina, ve todo el tiempo los ojos de Gala, oscuros como el cielo del atardecer…

Ya no sabe adónde va ni por qué… Pero debe seguir adelante, porque la melodía, suave y aguda al mismo tiempo, como su espada, así lo ordena.

El fuego canta en su cabeza. El fuego en los ojos de Gala. Y siente el calor… un calor que ningún herrero ha encendido… Lo alcanza; oleadas de calor lo envuelven, allí adelante, hacia donde lo llevan sus pies…

No está seguro de si es ilusión o realidad esa luz que crece, paso a paso…

Una luz atrayente como un abrazo.

El abrazo de Gala…

La tenue melodía se fortalece… crece… los chasquidos de las llamas cantan más fuerte, se avivan…

Ven…

¡Voy! ¡Voy!

Svebor irrumpe desde el corredor en… no ve adónde, porque la luz lo ciega… Como el alba tras una larga oscuridad…

Parpadea…

La voz suave rueda sobre un chirrido como de espada en la piedra…

Aprieta la empuñadura. La espada… ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde?

Svebor, por fin viniste a mí…

—Yo… ¿quién es? —empieza a distinguir reflejos rojizos y dorados a su alrededor.

Donde te ha traído tu deseo, Svebor…

—¡Deja los enigmas! —responde con dureza—. ¿Qué lugar es este? —da un paso. El crujido bajo el pie, tan parecido al sonido de huesos que se rompen, le envía un escalofrío por la espalda.

El lugar no importa, ni dónde ni cuándo… Yo le doy sentido… Yo y tu deseo…

Su vista se aclara lo suficiente para ver cómo los destellos dorados y púrpuras juegan en las escamas de un dragón tendido. Está estirado como en reposo; solo la cabeza, en el largo cuello, se mece sobre los hombros, hacia él.

Podría decir que yo soy tu deseo final… el cumplimiento de tu propósito… Ven a mí… querido…

Confundido, mira fijamente los dos ojos ardientes, ojos de serpiente, tan parecidos a los de Gala… Y esa voz es como la suya, suave como muslos en la oscuridad, plena como pechos maduros…

Ven… Te he esperado tanto… demasiado…

—Gala… —susurra…

Silencio… El dragón tiembla… gira la cabeza… las alas se alzan y caen… otra vez…

Como si los rasgos del cráneo de serpiente se mezclaran con los del rostro de su mujer… le parece… como si fuera el mismo rostro… ¡Imposible!

—¿Gala? ¿Qué sucede? —da un paso más con la punta de la espada al frente… y otro más—. ¿Quién eres?

La melodía que golpeaba suavemente su sien se enfurece y empieza a martillear como para romperlo por dentro.

¡Soy Gala, maldito hombre! ¡Gala! ¡Gala! ¡Maldito! ¿De dónde has sacado mi nombre?

La cueva tiembla; casi pierde el equilibrio. El sudor le corre desde la cabeza por la espalda en ríos. Da un paso adelante, hasta el vientre expuesto de la bestia.

…no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…

Svebor empuja la espada… entre las escamas… La sangre negra fluye siseando…

…cada hombre tiene su serpiente homónima…

—Gala… —murmura… empuja la espada más hondo…

Por eso no hay que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…

La dragona lo mira a los ojos. Esos grandes ojos mágicos son los ojos de Gala… llenos de angustia, de silencio, de resignación o de miedo…

Soy… Gala… Mátame, hombre… Maldito…

La espada penetra hasta la empuñadura; la sangre negra le cubre la mano…

Mátanos, Svebor… Mátanos… Mata a tu Gala… Nunca tendrás suerte… nun… ca… tú… ooooooo…

El largo cuello se extiende… la cabeza se sacude, espuma… la cola azota la cueva intentando alcanzarlo…

—¿Gala?

Silencio…

Mudez…

Ni una palabra más…

Nunca más…

Solo eso y nada más…

Adnadin Jašarević nació en Zenica, Bosnia, el 9 de marzo de 1967. Se graduó en periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Trabajó como periodista en el diario Oslobođenje, en NTV ZETEL y en RTV Zenica, donde fue editor de programas documentales y culturales. Desde 2007 es director del Museo de la Ciudad de Zenica. Fundó en 1994, en Zenica, la primera escuela de cómic de Bosnia y Herzegovina. Es editor de la colección Tragovima bosanskog kraljevstva (Tras las huellas del reino bosnio), una recopilación anual regional de relatos fantásticos, y desde 2006 organiza el festival de literatura fantástica del mismo nombre. También es fundador y editor del primer y único almanaque bosnioherzegovino dedicado a la épica y la ciencia ficción, Prometej (Prometeo), publicado entre 2000 y 2007. Ha publicado veinte libros, entre ellos la primera novela de fantasía épica de Bosnia y Herzegovina. Entre sus obras anteriores se encuentran libros para niños y jóvenes, las colecciones de relatos U dvorani ogledala (En el salón de los espejos), Tamoiza, y la novela Nedovršeni svijet (El mundo inacabado). También se dedica a la ilustración de libros.

jueves, 27 de noviembre de 2025

EL POZO DEL ALMA

Adnadin Jašarević

Arrastro las piernas, estas piernas pesadas de viejo, sobre el empedrado que, sin duda, es más antiguo que yo. Empedrado como un espejo retorcido, cubierto por una capa de suciedad, polvo y años, aquí y allá levantado, hundido, cruzado por charcos que quedaron tras la reciente lluvia. Los edificios austríacos, grisáceos, se inclinan sobre mi cabeza: me presionan la coronilla hacia abajo. Desde niño he perseguido antigüedades, me atraían como un imán, irresistiblemente; recorrí el mundo en busca de secretos perdidos, gasté mi juventud entre ruinas, en el polvo de los siglos, desenterrando objetos cuya finalidad la gente ya había olvidado…

Ahora, cuando los años pesan pesadamente sobre mis hombros, todo lo que me recuerda la vejez hiere mis sentidos. Han pasado años, algunos, desde la última vez que contemplé la colección de la Universidad, la colección que yo mismo reuní, arrancada al olvido… Recuerdo, fue en la ciudad de Tanis, enterrada bajo toneladas de arena: allí toqué el arca sagrada; o Mohenjo-Daro, las cuevas de Altamira, el templo del dios toro en Minos… Hace mucho… Mi último viaje… Después de la gran guerra… No imaginé que volvería a atreverme a viajar a Europa del Este. ¡Malditos Rojos! Cracovia luce igual que entonces, en el 52. Solo las personas son otras, nuevas, al paso de un tiempo que a mí me arrojó a una vía muerta, sin salida…

Y, sin embargo, aquí estoy. Me siento en la terraza abierta de un café, en una mesa orientada hacia la iglesia de San Francisco de Asís. No es de las más hermosas de Cracovia, pero sí una de las más antiguas. La más antigua… Cielos, ¡ya empieza de nuevo! Me tiemblan las manos. Las escondo bajo la mesa para que el camarero no las vea.

—¿Panje, panje?

Panje, eso significa señor, creo… Pido un café. Sabe lo que quiero. Me entendió. Todos entienden el lenguaje del café. Mientras espero, observo la pequeña plaza. No hay gente frente a la iglesia: nadie entra. Los pocos transeúntes, parece, ni se atreven a mirarla. Yo también la observo con desgana, pero solo porque me recuerda mis viejos huesos. Prefiero intentar descifrar los letreros de las tiendas. Recuerdo algunas palabras en ruso –insuficientes para comprender el polaco– pero aun así me esfuerzo absurdamente. Solo intento matar el tiempo.

Concerté un encuentro con cierto Tomasz, llamémoslo Tom, ya que no se me dan bien esos nombres eslavos. Tom Holan. Ese tipo está algo chiflado y, al parecer, yo soy para él una especie de ídolo. Imagínese, ¿un admirador? Seamos francos: admirador de quien fui alguna vez. A mi dirección llegaban montones de cartas desde Cracovia firmadas por Tom Holan. Si las juntara todas, podría escribir por lo menos Guerra y paz. Los eslavos son tolstoianos incluso para escribir una simple carta…

Al principio no las leía. Las arrojaba sin piedad en la cesta marcada “admiradores”. Después, finalmente, conmovido por su insistencia, abrí uno de los sobres enviados desde Polonia. Leí la carta por encima, la siguiente con bastante más atención. Tom sabía muchísimo sobre mis aventuras, lo cual era extraño para alguien que vivía tras el telón de acero. Es arqueólogo, claro, no como yo. No. El tipo pasaba días, meses y años sepultado entre documentos. Lo entiendo. Necesitaba a alguien como el profesor Jones, un ídolo que recorre el mundo, de peligro en peligro, por la China antigua, la India exótica, las selvas salvajes de Sudamérica. Donde fuera, con tal de no estar en los pasillos húmedos de los museos, en cuartuchos polvorientos repletos de libros y registros.

Sin embargo, este ratón de biblioteca encontró algo que logró sacarme de mi solitario hogar en las montañas. Ese granuja me arrastró desde el otro lado del océano hasta aquí, a esta plaza, quién sabe cómo se llama, exactamente al mediodía del 23 de abril del 77. Aquí estoy, puntual, cómo no habría de estarlo…

Como escribió entonces Tom: En los archivos encontré el plano del Gueto. Una de las edificaciones llamó mi atención, su diseño: octogonal, con un patio octogonal. Los judíos no apreciaban el número ocho, el siete y otros sí, pero el ocho, jamás…

Volví a mirar cuidadosamente el plano. En el patio interior estaba dibujado otro octógono. No logré adivinar para qué servía porque, a juzgar por su tamaño y proporciones, no podía tratarse de un edificio ni nada similar.

Este hallazgo, en apariencia inocente –en realidad apenas una sospecha– despertó mi interés por Tom Holan. Maldito sea, ni aun en mi vejez pude librarme del irresistible poder del misterio. Esperaba sus cartas con impaciencia. Como en una serie de televisión emocionante, Tom me introducía, episodio tras episodio, en la última aventura de mi vida.

…ese edificio no tiene ventanas. No están tapiadas… nunca hubo ventanas en sus muros… Los vecinos la llaman “el edificio ciego”. Estuve rondándola un tiempo, preguntándome qué habría tras esos muros sin ojos. Pero no me atreví a comprobarlo…

¡Maldito! ¡Ni una chispa de espíritu investigador! Estar a un paso del secreto y ni siquiera intentar asomarse. ¡Ah, si yo hubiera estado allí…! Me irrité entonces: arrugué la carta de Holan y la tiré. Y ahora estoy aquí. En Cracovia. Esperándolo. Recordando sospechas, indicios…

Tom no se atrevió a acercarse al edificio. Prefirió volver a sus libros y buscar en ellos una respuesta.

Encontré un escrito del rabino Makejević acerca del edificio ciego: “Está sellado para que nunca nada salga de él ni entre desde afuera. Ocho son las puertas que conducen al interior y ocho son los sellos en esas puertas. Quien se atreva a romper los sellos romperá también el mundo que conocemos. No estoy seguro por qué se cerró el edificio. El rabino insinúa un oscuro secreto que nos supera, un peligro para los vivos que se oculta dentro de los muros octogonales. Y, además, menciona un pozo del alma, aunque en un contexto que no entiendo…”

¡Qué idiota! ¡Eso, eso fue lo que me movió! Salí de mi cabaña como si todos los demonios del mundo me persiguieran. El pozo del alma. El Grial de todos los arqueólogos y aventureros desde tiempos antiguos. Lugar, o no-lugar, donde se encuentran los mundos. El visto y el no visto.

Por fin, gracias, Tom…

—¿Profesor Jones? —Giré la cabeza lentamente hacia la voz temblorosa, amortiguada. Un hombrecillo calvo, parecido a una concha, hundido en sí mismo, de rostro gris, traje gris, totalmente gris—. ¿Profesor Jones? —repitió.

—Sí, soy Jones… Usted es Holan, supongo.

La amplia sonrisa del desconocido mostraba alivio, no una alegría desbordante por encontrarse con su ídolo.

—Por fin, profesor, por fin. No puede imaginar cuánto significa para mí conocerlo.

Me pregunté cuánto significaba en verdad: ¿su entusiasmo por la figura del aventurero Jones?, ¿su decepción al ver en qué se había convertido ese Jones?, o quizá significaba que yo lo aliviaría al fin de un secreto insoportable…

—¿Tomará un café conmigo?

—¡Con gusto!

Se sentó frente a mí, cara a cara. Sorbemos un líquido tibio, aguado, que ni siquiera huele a café. Escucho a medias sus expresiones de admiración. Finalmente, el resumen del informe sobre el edificio octogonal del Gueto, resumen de los informes que ya había leído con atención en sus cartas…

—…entonces, le mostraré ese edificio, pero no veo por dónde entrar. Las puertas están selladas…

—No se preocupe por eso, amigo mío. No pienso entrar por las puertas.

—¿No? —me miró interrogante.

—Entraré por el techo hasta el patio interior.

Holan abrió los ojos de par en par. No estoy seguro de si vi en ellos admiración rayana en la adoración o el shock de alguien que se encuentra ante un loco capaz de todo: de todo según sus criterios…

—Entonces, esta noche…

—Esta noche, si es posible hacerlo…

 

Subo por la cuerda, apoyando los pies contra la fachada de la edificación, agrietada como por viruela. No tan fácil como antes. Dudo que lo consiga. Siento a mis espaldas la mirada terca de Tom. No puedo fallar, si le preguntan a él. A mí no: el corazón me golpea como un loco, los músculos entumecidos, no siento los brazos ni las piernas. ¡Solo un poco más! Ahí está. Agarro el borde con la mano; las tejas caen a la calle, muy abajo. Arrastro mi cuerpo pesado hasta el techo, me impulso por entre las tejas como un gusano… Y me siento como un gusano… Debo tomar aliento. Las sombras y la luna juegan sobre el tejado. Me arrastro. Descanso. Me arrastro. Aquí está.

Por fin, miro el patio interior. Iluminado solo por la luna, parece irreal, como si abajo no hubiera suelo donde descender, solo sombra y una luz tenue como neblina… En el centro, a primera vista como suspendido, un pozo octogonal… En el centro del patio y en el centro del mundo… Al fin lo encontré: el pozo del alma. La puerta que une y separa… Muchos lo buscaron y no lo hallaron. No mientras vivían, al menos… Orfeo pasó por él y regresó. Gilgamesh y Odiseo se plantaron ante esas puertas. Y Randolph Carter. Y ahora yo, viejo aventurero, el profesor Jones.

Lanzo la cuerda por el muro oscuro. Desciendo al patio, rápido, como en mis años mozos, que prefiero no recordar, ya que me recuerdan lo frágil y gastado que estoy ahora. Me hundo hasta las rodillas en la sombra. Camino hacia el pozo como quien se dispone a nadar.

Me imagino observándome desde el tejado: cómo debo de parecer, vacilante, tambaleante, a la derecha, a la izquierda… Debo de parecer una criatura danzando una danza sacrílega ante los altares de los Antiguos, demonios cuyos adoradores ni la piedra recuerda ya… Esta piedra con la que está hecho el pozo, seguro que sí los recuerda, a Catuge y a Yog-Sothoth, el Constructor cuyas intenciones jamás comprenderemos…

Toco su superficie lisa y fría con cuidado, como si tocara a una mujer, esperando que me responda: nada. No hay irregularidades, ninguna marca… Solo en la tapa: una serpiente que se muerde la cola. La tapa es pesada. La empujo a un lado. Deteniéndome a menudo, sin aire. La muevo poco a poco hasta que finalmente se vuelca sobre el borde del pozo.

Miro el agujero oscuro cuya profundidad ninguna luz podrá iluminar. ¿Es necesario ofrecer un sacrificio, derramar sangre sobre el pozo, como hizo Odiseo? ¡No! No quiero hablar con almas perdidas.

No lo dudo. Arrojo la cuerda al abismo ciego.

Paso las piernas por encima del borde. Me aferro a la cuerda. Aunque no sé para qué. De poco me servirá. No hay cuerda en este mundo lo bastante larga para este descenso. Aun así la aprieto, más fuerte, se me clava en las palmas. Es, sí, algo así como un vínculo tenue, poco confiable y a la vez único con la realidad que abandono. No es fácil renunciar a todo lo que se ha vivido, durante años… No veo mis piernas por debajo de las rodillas. Ni las siento, allá abajo, en la oscuridad del pozo.

¿Qué pasará cuando me descuelgue? No importa, no temo a la oscuridad. En mi larga vida, durante años recorrí la oscuridad por caminos por los que otros no se atrevían o no querían ir. Ahora comprendo que todos mis caminos me condujeron a este, el último. Desciendo, ¡ahora!

La oscuridad me envuelve. Me hundo. Suelto la cuerda. No veo nada, o mejor dicho, veo la nada. La abertura sobre mí ha desaparecido: no hay estrellas enmarcadas en un octágono que me indiquen de dónde vengo. No hay sonidos, olores, nada. Extraño… parece como si flotara, no como en el agua, sino como en aceite. Aquí no hay nada que suavice la oscuridad. Nada excepto la oscuridad… y yo. El viejo profesor Jones.

Voy “allí” por voluntad propia, en vida. Muere antes de la muerte… bien dicho… Antes de la muerte… Atracaré en la orilla de la “tierra seca”, y dudo que me espere en la colina dorada la antigua Valhalla o los fuegos del infierno. Esa orilla está hecha de oscuridad y sueños… Qué aventura, qué paraíso para un investigador sediento de misterio…

Oscuridad… Nada la suaviza… Solo yo… solo yo…

Adnadin Jašarević nació en Zenica, Bosnia, el 9 de marzo de 1967. Se graduó en periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Trabajó como periodista en el diario Oslobođenje, en NTV ZETEL y en RTV Zenica, donde fue editor de programas documentales y culturales. Desde 2007 es director del Museo de la Ciudad de Zenica. Fundó en 1994, en Zenica, la primera escuela de cómic de Bosnia y Herzegovina. Es editor de la colección Tragovima bosanskog kraljevstva (Tras las huellas del reino bosnio), una recopilación anual regional de relatos fantásticos, y desde 2006 organiza el festival de literatura fantástica del mismo nombre. También es fundador y editor del primer y único almanaque bosnioherzegovino dedicado a la épica y la ciencia ficción, Prometej (Prometeo), publicado entre 2000 y 2007. Ha publicado veinte libros, entre ellos la primera novela de fantasía épica de Bosnia y Herzegovina. Entre sus obras anteriores se encuentran libros para niños y jóvenes, las colecciones de relatos U dvorani ogledala (En el salón de los espejos), Tamoiza, y la novela Nedovršeni svijet (El mundo inacabado). También se dedica a la ilustración de libros.

 

 

DERROTAR AL AGUA