Mostrando entradas con la etiqueta Khancho Kojouharov. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Khancho Kojouharov. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de marzo de 2026

TIERRA 3.8

Khancho Kojouharov

 

Karl Marx cruzaba la Plaza Roja y se tiraba alegres pedos. Si hubiera sabido lo que ocurriría después de exponer la tesis de que los hombres debían vivir en comunidad, habría escrito el Manifiesto Comunista treinta años antes. Es cierto que tuvo que renunciar a la idea inicial, pero el dinero valía la pena.

La vida era maravillosa. La nieve crujía bajo los pies en el cálido día de invierno. Frente al burdel imperial “Vasili el Bendito” se agolpaban boyardos borrachos y empresarios estadounidenses. Sus luces de neón y sus cúpulas multicolores atraían turistas sexuales de todo el mundo, pero el filósofo barbudo los miró con desprecio. Ya estaba anocheciendo, y Grishka Rasputin le había prometido una orgía nunca vista después de la cena. Los dos encajaban a la perfección: tanto por sus barbas malolientes como porque ninguno sabía mantener los pantalones abrochados.

El móvil sonó. La emperatriz.

—Estoy a su servicio, Majestad.

—Eso espero —respondió la primera dama de honor—, pero hoy madame E. te quiere solo para ella. Inmediatamente.

Furioso por perder la sesión con Grishka, Marx gruñó.

—Pero si quieres, antes podemos vernos.

—¿Dónde?

 

Cuando el filósofo no apareció, Catalina la Grande ordenó que lo arrestaran junto con Rasputin. Solo encontraron al monje, lo cual constituía una insolente desobediencia por parte de Marx. La nueva orden fue ejecutarlo en el acto. Entonces le informaron de que alguien la había adelantado a medias: habían encontrado al buscado, pero con la cabeza parcialmente cercenada. No había rastro ni del asesino ni del móvil de la víctima. Rasputin estaba destrozado. La emperatriz preguntó con severidad:

—¿Con quién habló por última vez ese canalla?

Toropigin, el comisario jefe del FSB, rompió a llorar.

—No lo sabemos, Majestad —su voz temblaba—. Alguien borró todos los registros.

—Emelia, córtale la cabeza.

El verdugo desenvainó la espada.

—¡No aquí, idiota! Frente al Mausoleo.

Consideraban el Mausoleo un refugio de fuerzas malignas. Nadie sabía cuándo había sido construido ni para qué servía. Solo la emperatriz sospechaba que su aparición tenía algo que ver con aquel ahorcado Vladímir Cómo-se-llamara. Una noche ordenó colgar al agitador en la Plaza Roja, y a la mañana siguiente, en el lugar de la horca, se alzaba el Mausoleo.

Se llevaron a Toropigin. Rasputin intervino preventivamente:

—Señora, ¿llamamos al Gran Detective?

Aquello arrancó a la emperatriz de la idea de otra ejecución.

—¿El inglés?

—Exactamente. Holmes.

—Pónganme con mi prima de Inglaterra. La reina.

 

—Watson, creo que mi teléfono va a sonar.

—¡Increíble! ¿Cómo ha llegado a esa conclusión, Holmes?

—Lo he puesto para que primero vibre.

El teléfono sonó.

—Señor Holmes, habla el secretario personal de Su Majestad la Reina. Espere, por favor, mientras lo comunico.

—Esperaré.

—Señor Holmes, ¿podría hacerme un favor personal? Quisiera que viajara a Rusia.

 

El avión gubernamental despegó de Heathrow.

—¿Puede compartir algo sobre la misión, Holmes?

Holmes levantó los ojos y miró el techo. Aunque viajaban solos, Watson bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—¿El gobierno?

Holmes volvió a mirar hacia arriba.

—¡Dios mío!

—¿Ha oído hablar de las realidades paralelas, Watson?

—¿La hipótesis de Flammarion?

—No, Flammarion se refiere a la multiplicidad de los mundos. Según la teoría de las realidades paralelas hay al menos cinco Tierras. En ellas viven las mismas personas con los mismos caracteres, pero con destinos distintos, porque las circunstancias y los acontecimientos de esas Tierras son diferentes. La razón es que la probabilidad de fenómenos mágicos no es la misma. Me han pedido que investigue si el portal de paso hacia otra Tierra se encuentra en Rusia. Nuestro embajador informó de que allí ocurren cosas extrañas. Y, de paso, investigaremos un asesinato.

 

Las fotografías de la escena del crimen no servían para nada. Los policías habían pisoteado la nieve como una manada de mamuts siberianos.

Se dirigieron al depósito de cadáveres. La barba de Marx era una bola de sangre coagulada con pelos. A la izquierda yacía la parte cercenada del cráneo. Sherlock Holmes pasó un dedo por el borde deformado.

—El hacha se deslizó —dijo Nalivaiko, sucesor de Toropigin—. El asesino resbaló.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó el detective.

—Hicimos un experimento forense —anunció orgulloso el comisario—. Verdugos de plantilla y veintiocho mujiks.

Holmes parecía disgustado.

—¿El asesinado tenía enemigos? ¿Ideas particulares?

—Esto es Rusia, señor Holmes. Todos son enemigos, nadie tiene ideas.

—¿Amantes?

—Las que quiera.

—Entonces ¿podría ser un crimen por celos?

—¿En la Meca del turismo sexual? Tendría que haber visto qué Sodoma y Gomorra fue esto durante el mundial de fútbol. ¡Celos! —Nalivaiko soltó una carcajada.

—¿Ha desaparecido alguien de la corte?

—La primera dama de honor, pero qué tiene que ver...

—¿Aquella a la que la emperatriz le ordenó que llamara a Marx?

—¿Cómo lo sabe?

Holmes sonrió.

 

En el Gran Salón del Palacio del Kremlin había once personas. Solo Holmes no apartaba los ojos del escenario. Los demás ya tenían un dolor de cabeza insoportable y no se atrevían a mirar. Desde hacía cuatro horas, en las cien pantallas corrían las grabaciones sincronizadas de todas las cámaras a ambos lados del muro del Kremlin.

—¿Quiénes son los dos interlocutores en la pantalla B8? —preguntó Holmes, deteniendo las grabaciones.

Nalivaiko dejó la botella y miró.

—Imbéciles. El senador K…klóuz y el príncipe M…mishkin, un idiota famoso. Si supiera cómo se entusiasma por cierta N…nastasia F…filípovna... —el comisario se echó a reír idiotamente.

—Quiero interrogar al príncipe.

Nalivaiko hizo un gesto a los opríchniki que lo custodiaban. Dos de ellos salieron corriendo. Holmes reanudó la imagen, pero enseguida la detuvo.

—¿Dónde desapareció Marx? Estaba en I4 y ahora no está en ninguna parte.

Nalivaiko no estaba completamente borracho. Miró para comprobar que la emperatriz no estaba detrás de él.

—E…en al…algunos lu…lugares no hay cá…cámaras —balbuceó.

—¿Dónde está ese lugar?

—Ce…cerca. De…detrás del campanario de Iván el Terrible.

—Llévenos.

 

La emperatriz señaló a Nalivaiko en el monitor.

—Emelia, la cabeza. Pero primero trae al príncipe Menshikov… —y cuando Emelia salió añadió, como para sí misma—: ¡No hay cámaras!

 

En la entrada del palacio se encontraron con los opríchniki que conducían a un hombre de rostro inteligente.

—Príncipe M…mishkin —lo presentó Nalivaiko—. Príncipe, los caballeros quieren hacerle algunas preguntas.

—Señor Holmes, supongo —dijo el príncipe en inglés—. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Diciéndome quién es el hombre más inteligente de la corte.

—El príncipe Menshikov —respondió Mishkin sin vacilar.

—¿Y el más influyente?

Mishkin sonrió levemente.

—El mismo.

—Gracias, príncipe, me ha ayudado mucho. Si no es indiscreción, ¿podría transmitir mis respetos a madame Filipovna?

—Será un honor para mí, señor Holmes —dijo Mishkin, inclinándose.

Luego miró a Nalivaiko. Este hizo una señal a los opríchniki para que escoltaran al príncipe fuera del muro del Kremlin.

—¿A la escena del crimen, señor Holmes?

—Sí, gracias.

 

A la luz del sol, las manchas de sangre en la nieve destacaban más que en las fotos. El filósofo había sido asesinado entre el muro del campanario y la Campana del Zar, un monstruo de bronce que evidentemente se había agrietado de rabia al darse cuenta de su propia inutilidad. Holmes miró fijamente el fragmento. Luego miró significativamente a Watson y golpeó con el dedo el indistinto monograma más a la izquierda.

El gemido de Nalivaiko hizo que ambos se volvieran. Hacia ellos se acercaba, sin prisa, un hombre alto de ojos inteligentes y barba de dos días. La bata roja estaba abierta y debajo se veían un caftán azul y botas rojas. Emelia lo seguía respetuosamente.

—Nalivaiko, ¿podría presentarnos? —preguntó el desconocido.

El comisario se inclinó torpemente.

—Estos dos caballeros son detectives de Inglaterra: Holmes y Watson. El príncipe Menshikov.

—Y el nuevo comisario jefe del FSB y de la policía. No se preocupe, Nalivaiko. No tenía cómo saberlo —dijo Menshikov—. Encantado de conocerlos, caballeros.

Hizo un gesto a Emelia.

Emelia miró a Nalivaiko y ladeó la cabeza: «Camina delante de mí, miserable». Ambos se alejaron. Antes de doblar detrás de la iglesia, Nalivaiko gritó:

—¡Viva Su Majestad! ¡Viva la misericordiosa emperatriz Catalina Segunda!

—¿Por qué grita así? —preguntó Watson.

—Es la costumbre —explicó amablemente Menshikov—. Antes de ejecutar a alguien, debe agradecer a la soberana.

—¿Pero por qué lo ejecutarán?

—Digamos que podría haber desviado a su propio bolsillo parte del dinero destinado a comprar cámaras de seguridad. O incluso haber vendido algunas ya instaladas.

—Tal como manda la costumbre —dijo Holmes—. Viejo amigo, por favor, no haga preguntas innecesarias.

—Exactamente —confirmó Menshikov.

No estaba claro si se refería a la explicación de Holmes o a su petición a Watson.

—Hermosa bufanda, príncipe —dijo Holmes—. ¿Acaso en Rusia alguien puede hacer un bordado tan exquisito?

—Es de Bruselas, señor Holmes —respondió el príncipe con cierto orgullo—. Observe qué fina es la hebra de seda.

Holmes entrecerró los ojos y se inclinó para mirarla de cerca.

—En efecto. Nunca había visto nada parecido. Mis felicitaciones, príncipe.

—Gracias. Entonces ¿investiga usted el asesinato de Marx?

—Ahora empiezo. Pero antes necesito algunos productos químicos. ¿Podría ordenar a sus hombres que lleven la receta a nuestro embajador?

—Será un placer ayudarle.

Holmes sacó su libreta y empezó a escribir una larga serie de letras y números. Luego entregó el mensaje cifrado a Menshikov.

—Príncipe, aquí está la receta. Por favor, ordene que la entreguen al embajador. Nosotros lo esperaremos aquí.

El príncipe se inclinó cortésmente y se marchó. En cuanto dobló la esquina, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Emelia! ¡Aquí inmediatamente!

Sacó su teléfono móvil para fotografiar el mensaje.

«Ingleses estúpidos —pensó—. Se imaginan que no podemos descifrarlo».

En cuanto oyó su grito, Holmes se agachó y apartó con la mano la nieve ensangrentada.

—Justo como pensaba.

En la estrella de cinco puntas que apareció parcialmente estaba incrustado un rostro alargado con cuernos, orejas puntiagudas y barbilla de cabra.

—¿Qué es eso, Holmes?

—Eso, querido amigo, es Bafomet. La deidad oculta a la que se acusó a los caballeros templarios de adorar —dijo el detective mientras apartaba más nieve—. ¿Me ayuda?

Presionó con los pulgares y los índices las hendiduras en cuatro de las intersecciones de los rayos.

—Presione la quinta hendidura.

Watson extendió el dedo.

A dos pasos de ellos, una losa se desplazó. Apareció una estrecha escalera de caracol. Holmes descendió unos escalones y examinó la pared.

—Venga, amigo.

Watson bajó hasta él.

—Aquí está el segundo Bafomet. Presione.

La losa sobre sus cabezas volvió a deslizarse a su lugar.

Oscuridad.

Holmes encendió la linterna de su teléfono.

 

Al final del pasillo había un corredor. Sus dos extremos se perdían en la oscuridad.

—Holmes, hay huellas de sangre que suben.

—Probablemente llevaron por allí a la dama de honor asesinada. El asesino la utilizó para atraer a Marx a la trampa y luego la eliminó.

—¿Hacia dónde iremos?

—Hacia abajo. Lo que buscamos debe estar cerca del río. Hacia arriba seguramente está el palacio.

Holmes se equivocaba. Más adelante estaban los sótanos del Mausoleo, donde la instalación frigorífica conservaba a un pequeño cuerpo escarchado con el cuello grotescamente torcido.

—¿Quién es Bafomet? —preguntó Watson cuando empezaron a caminar.

—Un símbolo de dualidad, fertilidad y libre albedrío. Y también de magia negra. Los cristianos lo consideran satánico. Además es la clave de la muerte de nuestra víctima.

—¿Por qué?

—Piénselo. Marx tiene barba de satanista y su doctrina es dual: aparentemente defiende a los obreros, pero ellos solo son un medio para legalizar el amor libre. Ha hecho una fuerte declaración de voluntad de dominar a los demás, lo que irritó a una persona que lo sacrificó ante su propio ídolo.

—Entonces no fue por celos.

—¿En un burdel donde todos consideran idiota al hombre enamorado? Por favor. Los únicos motivos aquí son el dinero y el poder. Pero la víctima lo gastaba todo en bebida y mujeres. ¿Qué queda?

—¿Eso escribió al embajador?

—Le escribí que evaluara si debía informar a Catalina de que su juguete sexual fue asesinado por su favorito, por el hombre que en la práctica gobierna el Estado.

—¿Menshikov?

—Sí.

—¿Cómo lo supo?

—Debajo de su bufanda había una mancha de sangre.

—¿Y la entrada secreta?

—En cuanto vi el monograma en el que está entrelazada la imagen de Bafomet comprendí que por aquí debía de estar la entrada a su santuario.

Watson se detuvo.

—Perdone, Holmes, pero yo no vi nada de eso.

—Porque no sabía dónde mirar, amigo mío. La mente no ve aquello para lo que no está preparada. Así que no se trata de un asesinato ordinario, sino de un sacrificio. Y el sacerdote sacrificador es, naturalmente, Menshikov.

—¿Por qué lo haría?

—Algo ha ocurrido y ha comenzado a eliminar a todos los que pueden limitar su influencia sobre la emperatriz. Así que si no salimos pronto de aquí, seremos los siguientes cuyos cuerpos no encontrarán —Holmes volvió a caminar por el corredor ligeramente inclinado, iluminando las paredes como si buscara algo—. Si tiene más preguntas, por favor, no deje de hacerlas.

Mientras lo seguía, Watson recordó que el mensaje cifrado tenía dos párrafos.

—Holmes, ¿qué más escribió?

—Bravo, amigo, cada vez es más observador. Pedí al embajador que transmitiera a Su Majestad que hemos encontrado el portal… Aquí está, ya llegamos.

—¿Dónde?

Holmes señaló una tercera estrella de cinco puntas casi imperceptible en la pared izquierda.

—Presione.

Esta vez, por la grieta que se abrió apareció una luz intensa que los cegó.

—¿Qué es esto, Holmes?

—Un portal hacia la Tierra alternativa. Propongo que entremos. Creo que ambos saldremos ganando.

—¿Cómo lo sabe?

—¿Cuándo me he equivocado?

—Nunca, pero en sus palabras no veo ninguna deducción.

—¿Me haría el favor de admitir que, además de lógica, también tengo intuición? No olvide que Bafomet es símbolo de fertilidad. Quizá en esa otra Tierra la bala que lo hirió en Afganistán no haya afectado a un órgano tan importante. Quizá encuentre el amor que merece.

Watson tragó saliva.

—¿Y usted qué ganará?

—Siento que por fin encontraré un adversario digno. Un nombre especial. Mordor, Morgana, Moriarty… algo así.

Watson dudó.

—Pero Holmes, ¿qué nos ocurrirá si allí realmente tenemos dobles perfectos?

—No hay “si”. La teoría lo garantiza. Y precisamente eso es lo mejor. En el instante en que aparezcamos allí, tendrá lugar una transición cuántica y su conciencia se fusionará con la conciencia del Watson de ese lugar, mientras que el cuerpo de uno de los dobles desaparecerá. Imagínelo: tendrá recuerdos de dos vidas.

—¡Pero eso significa cambiar! Nunca volveremos a ser las mismas personas.

Holmes sonrió.

—Querido amigo, ¿no es el cambio el sentido de todo viaje? ¿Para qué partir si vas a volver siendo el mismo?

Muy lejos detrás de ellos se oyeron voces. Los dos se miraron y cruzaron el umbral.

 

Así fue como Holmes provocó la Revolución de Octubre en la Tierra 3.8.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

domingo, 7 de diciembre de 2025

LA PELOTA

Khancho Kojouharov

 

Alegría.

El aire es cálido y seco y, a cada bote, la pelota se raspa ásperamente contra mi palma antes de aquietarse. Todos mis compañeros están marcados, pero no se preocupan demasiado, porque saben que el que me defiende es flojo. Ahí está: con las piernas bien abiertas y los brazos extendidos, como si quisiera esconder su inseguridad detrás de la espalda.

Tum, tum, tum-tum. A propósito, dribleo demasiado cerca de él. No se atreve a meter la mano. Sigue ahí, inconmovible. Bueno, vamos a ver ahora. Amago, un paso hacia la izquierda y luego cambio bruscamente de dirección. Mi marcador se traga el engaño y trastabilla. Lo dejo atrás sin mirarlo: ahora me va a perseguir con heroísmo, sin conseguir alcanzarme. Entro en la zona en paralelo con su pívot y salto. Él me saca media cabeza, ha sincronizado sus pasos con los míos y el tapón parece casi seguro. Ni pensar en pasar: mis queridos compañeros no se han movido ni un milímetro.

Estiro el salto todo lo que puedo y al mismo tiempo, giro. En el instante en que quedo de espaldas al aro y a centímetros del suelo, tiro. El brazo del pívot se agita inútilmente a un lado y él cae pesadamente. Los dos rotamos la cabeza al mismo tiempo.

La pelota llega perezosa al tablero, chilla por el fuerte efecto y se lanza hacia el aro. Ya sé que va a entrar. Medio segundo más tarde también lo entiende el público y estalla de satisfacción: la pelota da dos vueltas sobre el aro antes de colarse en la red. Un tiro hermoso.

Empiezo a trotar de vuelta despacio, dos de los nuestros me dan unas palmadas aprobatorias en el hombro. Ganamos también este partido. Unos minutos más y nos clasificamos para la final.

 

Magia.

En la curva de la avenida principal se separaron y el chico siguió solo, en diagonal, a través del parque. El sol moteaba parte de las hojas de los árboles; en algún lugar un pájaro carpintero tamborileaba sobre la madera, los mirlos cantaban. Hacía un calor agradable y el cansancio se acomodaba de forma acogedora en su cuerpo y en sus pensamientos, desplazando poco a poco la alegría del juego.

Casi había pasado ya el matorral cuando algo se movió y fue captado por el rabillo del ojo. Por un instante, la pelota y el chico se quedaron mirándose fijamente. Él apartó las ramas, se inclinó y la rozó con los dedos. La pelota botó y quedó obediente en su mano: completamente nueva, con un emblema desconocido y un texto como en árabe. Parecía imposible que alguien se la hubiera olvidado o se le hubiera caído en los arbustos, y sin embargo ahí estaba.

El chico sonrió a su buena suerte: la pelota lo atraía sin medida. Le pareció que también ella estaba contenta con su propia suerte. Era como un tomate maduro, como unos labios frescos, como un sol poniente.

 

El padre.

Entró al patio haciendo girar la pelota sobre su dedo. En la mesa bajo la parra, su padre dejó con cuidado la enorme taza y se volvió hacia él.

—Hola, campeón —dijo luego de tragar lentamente el café. El chico le lanzó la pelota.

—Hola. Mira lo que encontré.

Sin levantarse, el hombre la atrapó y empezó a botarla sentado. Su mano bajó hasta casi tocar el suelo y los botes se hicieron más rápidos, como un redoble de tambor. Luego, con un solo movimiento de la muñeca, se la devolvió al hijo.

—Es magnífica. ¿Es el premio?

—No. La final es el domingo —dijo el chico mientras se sentaba—. ¿Cómo sabes que ganamos?

El padre empujó la cafetera hacia él.

—Sírvete una taza.

—No quiero —el chico siguió lanzando la pelota al aire y haciéndola girar sobre el dedo—. ¿Se me nota tanto?

—No diría tanto. Es más bien deformación profesional. Al fin y al cabo, tengo veinte años de práctica.

—Si estás tan deformado, ven el domingo a observar al público. Se desboca tanto que te puedes morir de risa. Psicología de la multitud, ¿así se llamaba?

Una sonrisa de satisfacción.

—Voy a ir, claro. Pero no por el público.

 

El público.

—¡Gri-sha! ¡Gri-sha!

Cien pares de piernas tostadas por el sol saltan al mismo ritmo a lo largo de la cancha. Cien gargantas corean con entusiasmo el nombre de su hijo. Ha valido la pena venir, entre otras cosas por esas dos chiquilinas que, tras el pitido del árbitro, se colgaron del cuello de su hijo, a los gritos.

El padre se pone de pie y se escabulle con calma en la confusión.

 

El hijo.

—¿Por qué te fuiste?

—Vi que iban a festejar y decidí que podía felicitarte más tarde.

—¿Te gustó?

—Fuiste el mejor.

—No te pregunto por mí.

—¿Ah, el público? Estuvo muy lindo. Hace mucho que no sentía una vibración tan limpia. Sólo alegría, sin emociones negativas. Qué envidia. No tienen ningún problema.

Algo en el tono del padre pone al chico en guardia.

—¿Y yo?

—Ya te dije, fuiste el mejor. Eso es un gran problema.

—No entiendo.

—En el otoño vas a estar en la facultad. Por lo que te conozco, vas a aprobar los exámenes. Para eso sos bastante bueno. Por lo que te conozco, vas a querer entrar en el equipo universitario. Puede que no te acepten.

—Pero dijiste...

—Que fuiste el mejor. Acá. Sobre el fondo de los demás. Estás un nivel por encima de todas las estrellitas locales en potencia y eso puede costarte caro. No te compares con los que tienes a mano. Ni siquiera con los mejores. Si te interesa llegar algún día a la cima lo mejor es no fabricar ídolos.

—Igual tengo que compararme con alguien.

—De vez en cuando, puede ser. Pero, en general, sólo contigo mismo. Hoy tienes que ser mejor que ayer. Mañana, mejor que hoy. Eso es todo. Muy simple, pero requiere mucho trabajo.

Silencio. Las mejillas del chico se han enrojecido un poco. Aprieta los labios con obstinación.

—Hoy fui mejor que ayer. Y ayer, mejor que antes de ayer. —El hombre alza interrogativamente las cejas—. Desde que encontré la pelota, entreno todos los días. Es un placer increíble tocarla. Siento como si estuviera viva —el chico sonríe con inseguridad—. Como si fuera una princesa encantada.

—Me alegra oírlo —dice el padre muy serio, y su mirada se desliza pensativa hacia un lado.

 

Magia.

Los demás salen de los vestuarios y se dirigen hacia la salida, ya subiéndose las capuchas o encajándose las gorras: diciembre ha resultado bastante crudo.

—Adiós, Grisha —me despide un coro desafinado justo cuando tiro desde la línea de tres.

—Adiós —levanto la mano en señal de saludo al caer. La pelota termina su vuelo en la red y yo me lanzo hacia adelante para atraparla en el rebote e intentar enterrarla en el aro. Como siempre, me faltan dos centímetros y ella vuelve a salir despedida. La alcanzo por la zona del centro y, a toda velocidad, ataco el aro contrario, esta vez con éxito.

—¿Cuándo empiezan los exámenes? —el entrenador acomoda cuidadosamente, uno por uno, los dedos dentro de los guantes.

—El miércoles rindo matemáticas.

—No te queda mucho tiempo. —El hombre intenta aparentar preocupación mientras yo me quedo quieto, haciendo girar la pelota en las manos. Curioso: después de un año y medio de juego ininterrumpido, sigue pareciendo completamente nueva. Sólo el texto se ha borrado un poco y difícilmente alguien podría descifrar las curvas desdibujadas que quedan.

—Voy a aprobar, profe —lo tranquilizo—. Ya no soy un conejito, sé estudiar.

—Bueno, bueno. Que tengas buena noche —y mientras camina hacia la puerta, lanza por encima del hombro—: Igual no te exijas demasiado. Sabes que no eres lo bastante alto como para encestar sin saltar.

Ahora va a dar un portazo a la puerta exterior, va a volver sobre la punta de los pies y va a observar desde detrás de la cortina cómo voy de un aro al otro para entrenar mi salto. Después se irá, orgulloso de haber logrado motivar a su jugador más prometedor para que trabaje una hora entera más, cuando los otros ya se han ido, luchando contra la soledad y el cansancio.

¿Qué cansancio ni qué ocho cuartos? Desde que encontré la pelota no me he sentido cansado. Es a la vez amiga y rival. Me excita y me inspira. Es como un premio soñado, como el rugido entusiasta del público, como una nueva amante.

El público.

El pabellón retumba, las paredes vibran, las puertas hacia el vestíbulo muestran lenguas azuladas de humo. En la tercera fila, un fanático regordete y enrojecido, a un pelo del infarto, le da la espalda a la cancha y dirige al compacto grupo de fans de uno de los equipos, que a voz en cuello celebra la canasta del empate en los últimos segundos. ¡Habrá prórroga!

El padre saca un pañuelo y se seca el sudor de la frente y del cuello. Al guardarlo, observa sorprendido que le tiemblan las manos.

 

Profesionalismo.

Sami me hace un bloqueo perfecto. Paso a su lado y, detrás de mi espalda, le encajo la pelota en las manos. Freno en seco y mi defensor se va sin control hacia fuera de la cancha. El hombre de Sami, que no ha visto el pase, lo abandona y se lanza hacia mí. Prolongo su engaño saltando con indiferencia aparente y luego lo contemplo con gusto mientras vuela como una araña gigante recortada contra el techo, con los ojos desorbitados por el vacío de mis manos.

Un rugido ensordecedor me informa de que Sami ha anotado.

Por fin algo alegre en este día: ganamos el partido.

 

El hijo

—¿Qué fue de esa pelota? ¿Todavía entrenas con ella?

—De vez en cuando. Si no, la llevo a todas las giras. Es mi talismán.

He empezado mal. Tengo que cambiar de estrategia, se dice el padre y calibra bien el tono para que le salga una media constatación, media pregunta.

—No parecés muy contento.

—No tengo motivo.

—¿Cómo que no hay motivos? Ganaron, jugaste magníficamente... —Encogimiento de hombros—. ¿Ya no te da placer jugar?

—Muy pocas veces. Después de tres años jugando como profesional, sólo puedes pensar en la victoria. Lo demás no importa.

—¿Ni siquiera el público? Te adora.

—Trato de no fijarme en él. Por cierto, ya no es el mismo. Es como si lo hubieran cambiado. Se ha vuelto como un remolino. Intenta tragarme y tengo que luchar con todas mis fuerzas para mantenerme a flote. Cuando termina el partido, me doy cuenta de que me ha chupado la alegría, la maestría e incluso el cansancio, y que no me he hundido sólo porque me ha dejado vacío como una vaina seca.

—Así que tú también lo sentiste —dice lentamente el padre, y los ojos del hijo se clavan en los suyos como dos hojas negras—. Las caras son las mismas, a algunas las recuerdo desde hace años, pero la gente ha cambiado. Cuando sus favoritos ganan, ya no se alegran, sino que se regodean. Se alegran con signo negativo: porque el jugador del otro equipo no anotó, o se lesionó, o lo expulsaron. Eso no es público. Al menos no uno por el que valga la pena jugar. ¿No pensaste en dejarlo?

—No puedo. No juego sólo por el público, juego también por mí.

—Pero ya no te aporta nada.

—No es así. Dejando de lado la plata, es una cuestión de orgullo. El juego es lo que mejor sé hacer. Quizás mejor que nadie. Voy a tener que pelearla.

 

El hijo.

La mitad de la audiencia que me adora me abuchea, la otra mitad abuchea al árbitro. El entrenador me llama al banquillo de suplentes; acumulé cuatro faltas y al final del partido me necesitará.

Se sienta, saca la inmortal pelota de su bolso y la sostiene en sus manos. De repente, siente que todo le es ajeno, incluso la pelota. La mira con disgusto. Era como un huevo de una araña gigante, como una mina mortal, como un ojo sangrante de un gigante.

Mi padre tenía razón: ya no pueden alegrarse, solo regocijarse. Aquí están de nuevo: silban, burlándose y riéndose. Seguramente alguien intentó disparar desde lejos y no acertó. Que silben, me importa poco.

Apoyó la pelota detrás de la nuca y se echó hacia atrás. Luego cerró los ojos, cansado.

 

Magia.

¿Dónde estoy, Dios mío? ¿De dónde salió esta sala redonda, estas pantallas, estas criaturas extrañas e imperturbables? ¿Por qué no me ven, por qué no puedo moverme? No, no son pantallas, son ventanas, ventanas con vidrios a través de los que probablemente sólo se ve en una dirección. Porque detrás de ellas está el pabellón deportivo, con el público enloquecido y mis compañeros. Y nadie nota nada. A la derecha, detrás de un ventanal, está el masajista que se sentaba a mi lado y, a la izquierda, el entrenador. Otra vez están uno a cada lado, pero separados veinte metros.

¿Y de quién es esa cabeza justo enfrente? Qué lástima, uno de esos seres extraños me tapa el número de la camiseta. Menos mal que se levanta. Qué cara tan desagradable tiene. Sin vida, como un busto de yeso. ¡Dios, el diez! ¡Mi número! Si ese soy yo, ¿dónde diablos entró toda esta esfera de vidrio? La pared estaba detrás de mi espalda. Me voy a volver loco.

Vamos, muchacho, tranquilo, ¡tranquilo! Toma aire, suéltalo despacio y piensa. ¡Piensa! Primero: ¿son fantasmas o personas? Son personas, si nos guiamos por cómo se dobló la silla bajo aquel que se levantó. Aunque puede que no sean exactamente personas, sino algún tipo de extraterrestres. ¿Qué estarán haciendo?... ¿Observando? Observan, sólo que no el partido, sino al público.

¿Qué puede haber de tan interesante en el público? Mmm, no lo entiendo. Así que observadores. Observadores es la palabra exacta. Sus ojos son ávidos, sus ojos son como un remolino que quiere absorberlo todo. ¿Qué se puede sacar del público? Qué curioso, la pelota viene hacia acá y va a caer justo sobre el techo de la sala acristalada. ¿Lo atravesará?

La sala tembló en sus manos, él se tensó y la arrojó hacia el árbitro. El árbitro atrapó la pelota sin notar el cambio y se la pasó al jugador a su lado.

 

Alegría.

Al principio se rio bajito, pero luego se imaginó con toda claridad cómo esas criaturas de la sala de vidrio botaban como locas junto con la pelota por toda la cancha, y su risa se mezcló con los gritos del público, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. El entrenador lo miró desconcertado –el equipo perdía sin remedio–, pero luego se contagió y, entre hipidos, le hizo una seña al árbitro para pedir el cambio. Así, a dos minutos del final, él volvió a entrar en juego, sonriente de oreja a oreja, con un registro de cuatro faltas personales y un déficit –para todo el equipo– de nueve puntos.

El tiempo empezó a fluir lento como la miel y el hombre alcanzó a saborear todas esas cosas descoloridas y hundidas en su memoria que de pronto resucitaron y recuperaron sus antiguos colores: el dribbling infalible y los pases vertiginosos, la hermosa parábola que terminaba en el aro, los amagues perfectos y la euforia creciente del público, que enloquecía en las tribunas y no podía creer lo que veía.

Y en los últimos segundos, cuando logró robarle la pelota al rival y se lanzó hacia el aro, el entusiasmo de la multitud le dio fuerzas para aquel salto increíble desde la línea de libres, en el que por un instante vio el aro desde arriba, justo antes de clavar con las dos manos la canasta de la victoria. El público estalló, y la pelota también.

Deslumbrantes arruguitas recorrieron su superficie y, con los ojos cerrados, él sintió un soplo cálido en el rostro. Sus compañeros estaban demasiado exaltados como para reparar en sus lágrimas, aunque algunos se sorprendieron bastante de la manera en que recogía los jirones de goma roja del piso: con un cuidado infinito, como si se tratara de los fragmentos de un hermoso jarrón de cristal.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

 

TRAVESURAS DE CHAGALL