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domingo, 22 de marzo de 2026

LA BURLA DEL FABRICANTE DE MUÑECAS

Jo Neels

 

Estoy buscando la casa del fabricante de muñecas, ¿la has visto por casualidad? Hace años que no voy, he olvidado el camino. Recuerdo que estaba oculta en un callejón cubierto de sombras, iluminado por un único farol, justo enfrente de un herrero tuerto. Hay una puerta de madera con bisagras doradas ornamentadas; por todos los monarcas locos, cómo le gustaban esas bisagras doradas; y el letrero sobre ella que pintó él mismo: «Muñecas de verdad, artesanía superior». Debes de haberla visto al menos una vez si has vivido aquí toda tu vida.

Sí, el fabricante de muñecas solía ser famoso, desde luego, por sus muñecas, y quizá también por su hermanita, el monstruo de South-Cinister. ¿Dices que los conoces? Muy bien, entonces muéstrame el camino. No camines demasiado rápido, mis piernas son mucho más cortas que las tuyas, mis articulaciones están oxidadas y mis pies son de arcilla. Claro, te contaré más mientras caminamos; me encantaría repasar algunos de los chismes de este pueblo. Pero mis mecanismos ya no funcionan tan bien como antes; tal vez lo notes en mi forma de contar, el zumbido se vuelve bastante forzado cuando intento recordar mi antigua morada.

Pocas personas conocen la musa retorcida en la que se convirtió Priscilla, su hermana. Ambos se mudaron a las habitaciones superiores del taller de carpintería tras la muerte de su padre. El fabricante de muñecas le tomó el gusto al trabajo y era bastante ambicioso, pero se veía impedido de dedicarse a su oficio habitual porque la pequeña bestia nunca se apartaba de su lado; criticaba todo lo que intentaba hacer. Su temperamento errático alimentó el progreso de su arte perverso; pero nunca habría tenido tanto éxito si ella no hubiera estado entrometiéndose.

Por aquel entonces era un artesano mediocre: hacía muñecas con tela y la madera que arrastra el río. Pintaba los rostros con un diminuto pincel de pelo de cerdo y confeccionaba pelucas con dura paja amarilla. Usaba bisagras y resortes para que sus extremidades se movieran, y hasta les ponía ropa y pequeñas botas de cuero. Priscilla, sin embargo, nunca estaba satisfecha y se cansaba de ellas en apenas unos días. Empezaba a gritar e insultar su trabajo, hacía añicos las muñecas, arrojaba los restos al fuego y luego reía con deleite mientras se reducían a cenizas.

Sostengo que debió saberlo entonces: el problema no eran las muñecas, sino la niña que las manejaba. Supongo que no quiso admitir la carga de criarla, así que, en su lugar, asumió el desafío de convertirse en el mejor fabricante de juguetes del mundo. Se puso a trabajar con un deseo ardiente de crear muñecas que incluso su hermana admirara. Utilizó materiales tan diversos como cera, porcelana, hueso de ballena y suave piel de anguila, todo meticulosamente entrelazado con mechones de cabello humano real. Inventó intrincados mecanismos para accionar los cuerpos y talló compartimentos ocultos para sus mentes y sus corazones palpitantes. Alrededor de sus dientes brillantes y perfectos, esculpió una sonrisa convincente y les colocó ojos de mármol vibrantes que hipnotizaban a todos los niños.

Creo que nos estamos acercando; reconozco los olores de esta zona del pueblo, desde los pasteles rellenos de la panadería hasta el hierro del herrero que juraba haber soldado la corona rota de la reina. En fin, el fabricante de muñecas se creía bastante ingenioso: era el único artesano que hacía muñecas vivientes que permanecerían contigo para siempre. Los habitantes del pueblo las adoraban; ganó una fortuna con su oficio. Me enteré después y solo entonces comprendí las vidas infernales que había creado.

Priscilla por fin quedó satisfecha, así que él hizo una gran colección de la cual ella solo quiso tres. Nos ajustó y nos moldeó para encajar en su imagen perfecta; le hizo usar su cabello negro como el ala de un cuervo para que nos pareciéramos a ella, ¿lo ves? Por fin había apaciguado a la pequeña gárgola y se había liberado de ella, pues nunca se cansó de ser nuestra comandante. Nos vestía con sombreros de encaje con lazos rosados y nos hacía servir pasteles y té a sus invitados en cada fiesta. Luego nos detenía a mitad de paso y nos obligaba a repetir frases ensayadas con «por favor» y «gracias» y una reverencia cada vez.

—Oh —presumía—, ¡qué divinamente teatral!

Y sus amigas aplaudían, parloteaban y luego chasqueaban los dedos pidiendo más pastelillos. «Mis pequeños hijos», nos llamaba; estábamos destinados a servir, complacer y revolotear; solo existíamos para mantenerla satisfecha. Incluso cuando aprendimos a hablar y muchos comprendieron que nos parecíamos más a las personas que a marionetas de madera, ella siguió tratándonos como muñecas: guardados en su casa de muñecas por la noche, arrastrados durante el día, sin poder escapar.

No te entristezcas, no todo era malo. No teníamos libertad ni individualidad, pero ella nos cuidaba a su manera egoísta. Nos peinaba y nos alimentaba, nos compraba cosas caras, nos enseñaba a bailar, leer y cantar. Nos amaba con tanta intensidad que habría muerto por nosotros, y aunque era asfixiante, el concepto de amor –opresivo o no– nunca me pareció superfluo. Éramos dulces, leales e ignorantes; no sabíamos que podía ser diferente.

Pero el fabricante de muñecas sí lo sabía, y nunca intervino, aunque a menudo observaba nuestras escenas teatrales con una mirada desconcertada. Había creado muñecas vivientes, casi como niños, para reemplazar su presencia en la vida de Priscilla. Nunca había podido satisfacer sus necesidades de control ni enfrentarse a sus exigencias, y ahora nosotros llenábamos el vacío de su corazón y sus manos. Podría habernos salvado, de eso estoy segura, pero en cambio nos dio las llaves de nuestros compartimentos internos. Dijo que debíamos mantener encerrados nuestros sentimientos desagradables, para que la gente alabara nuestros rostros de porcelana siempre sonrientes, nuestros labios y mejillas de rosa. Así combinábamos con la pintura de las tazas, la tetera y la cubertería de plata mientras permanecíamos rígidos e invisibles en los bancos del coro de la iglesia, esperando ser tomados para jugar o permanecer inmóviles, sin aliento.

Luego, de pronto, el fabricante de muñecas cerró el taller y se marchó a la gran ciudad. No explicó por qué, ni siquiera se despidió. Aquella noche no había estrellas en el cielo; el viento sacudía las contraventanas de madera y su gran letrero pintado cayó al suelo con estrépito. Con los ojos grandes y vidriosos lo vimos desaparecer, y después pasamos toda la noche secando las lágrimas de Priscilla. Ni una sola vez pensó en llevarnos con él, ni regresó, así que los años pasaron mientras nosotros asumíamos su ausencia. Consideramos irnos también, pero no teníamos adónde ir, y entonces no teníamos idea de cómo valernos por nosotros mismos en el mundo. A pesar de toda aquella convivencia turbulenta, Priscilla nunca nos abandonó ni se cansó de nosotros, ni nos arrojó al fuego; yo estaba convencida de que eso era amor, y aún es algo que admiro.

Su ausencia se convirtió en un silencio atronador que acumulaba amargura poco a poco. El mundo exterior avanzaba, ajeno a lo que se agravaba dentro de nuestros límites. Éramos reprendidos, utilizados, ignorados, y aunque manteníamos bien cerradas nuestras puertas internas, las frustraciones se filtraban por las grietas. Llegó un momento en que el dolor ya no podía disiparse, y mis hermanos colapsaron.

Oí que había regresado, pero no estaba segura de que fuera cierto… hasta ahora, que lo veo a través de la ventana sucia de su taller. Está sentado, encorvado, en un viejo sofá de cuero junto al fuego. Su cabello es plateado, su piel pálida, su estado de vida miserable. La mesa de trabajo está cubierta de polvo, las herramientas oxidadas y corroídas. Esperé más de tres décadas este momento y aun así no sé qué quiero de él. ¿Qué le dice uno a su creador después de tanto tiempo?

Aquí es donde te dejo atrás y te doy las gracias por mostrarme el camino; sin embargo, debo entrar sola.

Me quedo mirando las bisagras doradas durante un rato, preguntándome por qué me resultan viles. Abro la puerta de mi antigua y sólida prisión; una pequeña campana tintinea y él levanta la vista y luego la baja. Puedo verlo sonreír detrás de un ceño áspero, como grabado.

—Maddie, querida, qué alegría verte. Ven junto al hogar a calentar tus viejos huesos. Veo que tus labios de rosa se han desvanecido y que tu piel de porcelana está agrietada. No sé si tengo pintura o dorado para arreglarlos, pero puedo engrasar tus articulaciones chirriantes, engranajes y ruedas, si quieres.

—No, creador —declaro, sintiendo que la cabeza me da vueltas—. He venido a preguntarte dónde estuviste todos estos años y por qué nunca volviste por nosotras.

—Oh, Maddie, fue por Priscilla, no por ustedes tres, lo sabes. —El suspiro irradia tristeza—. Siempre fue tan difícil convivir con ella, lo sabes mejor que yo. Me costaba lidiar con eso; me pareció mejor tomar distancia. ¿Dónde están las otras dos?

Su indiferencia me hace hervir por dentro; la furia se agita en mis compartimentos palpitantes. La contengo lo suficiente para responder entre dientes.

—Empezaron a fallar; incendiaron la casa en la que vivíamos, hace unos diez años.

—Oh —sus ojos se agrandan—, entonces fue cuando ella… —No termina la frase. Decido no reaccionar, aunque mis ojos escupen ácido, pero él no lo nota y continúa—. Bueno, no te culpo, desde luego.

—¿Culpar? —repito, sintiendo que algo se enciende en mi pecho.

—Sí, bueno, estoy seguro de que no fue tu intención. Debo decir que es extraño perder a una hermana, pero me sentí algo aliviado cuando me enteré. Por fin pude volver a mi casa, a mi taller, y restaurar su antigua gloria. Ahora empleo mi tiempo en arreglar muñecas; ya no las fabrico. En cierto modo soy como tu padre, ¿no?, y también un padre para todas las demás —parlotea el fabricante con orgullo, ajeno a mi estado—. Al principio no lo veía así, pero ahora entiendo que creé personas reales. ¿No es maravilloso?

«Maravilloso». Sus palabras resuenan en mis oídos agrietados; siento un odio incandescente irrumpir a través de las puertas cerradas de mis compartimentos. Mi corazón llena todo mi pecho; puede que ya sea demasiado tarde. Lo oigo latir con un ritmo familiar y hueco, el que precede al calor que todo lo consume.

—Si comprendías la esencia de lo que creaste, ¿por qué persististe? ¿Cómo pudiste asumir el papel de dios solo para abandonarnos después, esclavizadas y desprotegidas?

Se vuelve hacia mí; sus ojos inyectados en sangre se abren, su boca queda entreabierta.

—Te di el habla, Maddie, y voluntad propia. ¿Es culpa mía que te quedaras con ella?

—Cómo te atreves —siseo, sacando un alfiler de coser de mi ropa desgarrada— a culparnos por carecer de lo que nunca nos diste. ¿Dónde estaba tu valor? ¿Por qué nunca fuiste valiente?

No responde; en cambio sonríe con torpeza. Mi furia es tan intensa que se vuelve tangible; mi corazón se incendia mientras salto para atacar. Perforo los ojos de mi creador con el pequeño alfiler afilado; lo clavo una vez por cada muñeca obligada a vivir como yo, y observo cómo la sangre se le escapa.

Setenta y seis punciones, y dos ojos destruidos. Él se arrastra de rodillas, intenta atraparme con las manos; es peligroso jugar a ser creador, pienso, ahora lo comprende. Me río igual que Priscilla cuando me agarra y me arroja al fuego. Mi cabello huele a azufre, mis ojos se ennegrecen, mis mecanismos fallan y mis pies se desintegran.

En mis últimos pensamientos te doy las gracias por haberme llevado hasta el fabricante de muñecas; ahora comprendo que habría sido un cuidador aún peor.

Jo Neels es una autora e ilustradora belga. O, como se describe con tanta inteligencia en su página de Instagram, es una millennial feminista, amante de la ciencia ficción y la fantasía, en crisis existencial permanente. Lo dice literalmente, y sus historias e ilustraciones suelen reflejar esas características. De niña, Jo era una rata de biblioteca y le encantaba perderse en mundos fantásticos. Ya fueran de pesadilla o maravillosos, viajaba con cada personaje principal, deseando que el mundo real tuviera algo de esa magia. De adulta, escribe sus propias historias y crea su propia magia, aderezada con un poco de pavor existencial. De modo que su obra está llena de fantasía, ciencia ficción, ansiedad, magia, terror y temas de salud mental, y sobre todo: la representa a ella y a su caótico mundo interior.

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

SOLO PARA TI

 Jo Neels

 

En raras ocasiones, Su Alteza Real de Gran Corazón reparte cumplidos, como cuando su apetito monstruoso ha sido satisfecho.

—Nunca quise cuatro —masculla mientras se mete en la boca el último trozo de pastel—, me habría conformado con uno. —Me señala con un dedo nudoso—. Solo tú.

Las palabras rebotan en la sala del trono de mármol y escapan por las antorchas a través de los altos vitrales rojos de las paredes laterales. Afuera oigo al viento aullar alrededor de la cima de la Montaña Yerma, pero dentro predominan los sonidos babosos de la reina, que lame mermelada de una fuente de postre casi vacía. Sobre la mesa junto a ella hay tazas, platos y bandejas vacíos, y el suelo está cubierto de esqueletos roídos de dodos asados. Su vestido de espejos está manchado de migas y sustancias pegajosas. Veo reflejados mis cabellos verdes y mis ojos rojos en los fragmentos móviles de la parte inferior del vestido y sonrío.

Soy su favorita.

La reina eructa ruidosamente y arroja el plato de loza a través de la sala. Se hace añicos contra las gruesas cabezas de mis hermanos, que discuten distraídos. Comparten un solo cuerpo, pero Su Alteza los cuenta como dos hijos, porque sacar la cabeza es la parte más difícil de un nacimiento y ella tuvo que hacerlo dos veces por ellos. Mis hermanos gimotean, se frotan sus enormes frentes y luego desaparecen rápidamente por la escalera.

La reina gruñe de placer:

—¡Un tiro magnífico! ¡Diez puntos, cinco por cada cabeza!

Mis hermanos son fuertes, pero tan estúpidos como bebés que aún babean, y nuestra madre disfruta humillándolos en público. Apoya los pies sobre un escabel de terciopelo rojo y me sonríe. La admiro, la adoro, igual que lo hacía mi padre.

Mi padre me contó una vez cómo la vio por primera vez en el campo de batalla: una criatura poderosa que arrancaba las cabezas de los soldados enemigos, partía caballeros en dos con sus afiladas garras y sorbía sus entrañas como si fueran hebras de espagueti. Se enamoró al instante.

Ojalá me pareciera más a ella. No soy tan despiadada como ella, ni tan fuerte o peligrosa como sus otros hijos, pero aun así me quiere más a mí. Ve mi potencial, dice, y yo quiero demostrarle que soy lo bastante capaz como para algún día convertirme en reina del país.

Ahora que está bien alimentada y de buen humor, aprovecho la ocasión para hablarle. Estira sus dedos arrugados y se hunde más en los cojines de terciopelo, lista para una siesta. Reúno todo mi valor.

—Madre —declaro—, quiero viajar, luchar en batallas y demostrarte mi valía. —No responde, pero su nariz se contrae apenas un instante—. He hecho todos los preparativos y puedo partir mañana por la mañana junto al Convoy Demencial, tu ejército de élite.

Sus ojos se abren de par en par, llenos de furia; las aletas de su nariz se hinchan y tiemblan; crece y adopta su verdadera forma de wendigo. Se alza como una sombra oscura sobre mí.

—¡¿Cómo te atreves?! —ruge. Los sirvientes serpiente, apostados a ambos lados de la sala, entran en pánico y, de puro terror, se tragan sus propias colas—. ¿Quieres abandonar a tu reina, a tu madre?

La sala del trono se congela, las antorchas se apagan y una niebla oscura se acumula alrededor de la reina. Mi garganta se pega, mis extremidades quedan adheridas a las losas de piedra bajo mis pies. No puedo apartar la mirada de sus ojos blancos y vacíos, de su boca afilada, pero aún consigo sacudir la cabeza. Pensé que estaría orgullosa, pero me equivoqué horriblemente.

Alargando el brazo arroja la mesa del banquete al otro lado de la sala, donde los platos y la pesada madera se estrellan contra la pared. Salsas marrones y rojas salpican el tapiz, la joya de la sala del trono. La escena tejida muestra la ejecución de los rebeldes que desafiaron su dominio.

Grita en la oscuridad de la sala hasta que se libera de su frustración, y luego se vuelve hacia mí con una voz más controlada.

—Me decepcionas, hija ingrata.

La vergüenza llena mi cuerpo, el odio en sus ojos me quema la piel y me encojo intentando escapar. Me aferro desesperadamente a un recuerdo feliz.

Pienso en cuando me llamó a su cámara después de que mi padre muriera, hace décadas. Me dio montañas de dulces y me abrazó bajo las pesadas mantas de su cama con dosel. Nos contamos historias durante horas y fantaseamos con gobernar juntas el país.

—¿Me quieres, mamá? —le pregunté.

—Tú, mi pequeño demonio —me susurró al oído—, tú eres la más especial. Te necesito. —Los pelos de sus fosas nasales me hacían cosquillas en la frente—. Solo tú.

Ese pensamiento me da fuerzas; es el mejor recuerdo que tengo.

Cuando Su Alteza Real decide que ya he sufrido lo suficiente, vuelve a transformarse en humana y me libera de su niebla de terror asfixiante. Examina sus manos, gira un momento el anillo de oro con el rubí rojo del tamaño de un huevo de gallina, revuelve su gigantesca melena verde y recién entonces ve cómo yazgo en el suelo, jadeando patéticamente.

—Dime ahora, pequeño demonio, ¿por qué dirías algo así? ¿Quién te metió esa idea en la cabeza? ¿Fue tu hermana, la traidora o tus hermanos, esos inútiles sin cerebro?

Niego con la cabeza; hace años que no hablo con ellos. Mi hermana se fue hace mucho tiempo, poco después de la muerte de nuestro padre. A diferencia de madre, ella no es aterradora ni monstruosa; es deslumbrantemente hermosa. Madre considera que el encanto y la belleza son cualidades menores, pero mi hermana es el monstruo más letal de los cuatro. La observé durante horas: cómo atraía a todo tipo de criaturas con su mirada devastadora, su piel azul celestial, su beso irresistible. Incluso justo antes de devorarlos enteros, permanecían en un trance de felicidad. Criatura asombrosa, mi hermana; podría haber sido la siguiente reina, como en realidad esperaba el pueblo, pero en lugar de eso nos abandonó. Resultó ser una hija ingrata, una heredera inútil.

Mis hermanos siguen aquí, pero Su Majestad suele ignorarlos, así que yo también lo hago.

—Reina Espantosa, Madre Majestuosa, ¿no quieres que aprenda a luchar por nuestro país y a adquirir experiencia en combate? ¿No necesitaré esas habilidades cuando yo misma sea reina algún día?

No me atrevo a levantar la vista, pero oigo su risa sin alegría. Me toma el mentón con sus garras para obligarme a enfrentar su mirada condescendiente y sopla un beso desde sus labios rojos hasta los míos.

—¿Por qué crees que tú serás reina?

Me quedo sin palabras, atónita. Siento las mejillas arder, tartamudeo.

—¿Por… por qué no? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas, seguidas de otras—. Me quieres y soy tu única hija buena, así que no hay nadie más. Puedo hacerlo, madre, algún día, con algo de entrenamiento…

—Basta —ordena, y me golpea en la cara. —Mis ojos se llenan de lágrimas, pero las contengo. No debo llorar, no debo ser débil—. No necesito un sucesor —continúa—; los hijos son los ojales que mantienen unidos a los padres, pequeño demonio, para eso sirven únicamente. Por suerte, yo soy tu único progenitor, así que solo necesito una hija.

Sonríe mientras señala el enorme botón dorado cosido en el frente de su vestido de espejos. Miro el botón que mantiene su amplio pecho unido desesperadamente por unos pocos hilos delgados y pienso: ¿Solo sirvo para esto?

Los sirvientes serpiente salen de su estado de congelación y vomitan mientras sus colas reaparecen lentamente desde sus gargantas. Sus sombreros están torcidos y las cadenas alrededor de sus colas gotean saliva y veneno. Su Alteza Real los mira con desaprobación y por un momento se distrae de mí y de mi mejilla color cereza.

—Pensé que me necesitabas, madre.

Me mira con malicia.

—Tu único propósito en la vida es estar para mí. Los gobernantes de este país toman el poder, nadie se lo regala.

Sé que debo callar, pero no puedo contenerme.

—Pero tú lo recibiste tras la muerte de padre; no lo tomaste, te casaste con él.

Otro golpe certero alcanza mi rostro, esta vez con el puño del rubí gigantesco. La sangre brota del hueco que deja sobre mi ojo.

—Idiota. Tu padre era débil e incompetente, y yo le arrebaté su castillo, su título y hasta su vida. Todo el mundo lo sabe; incluso tus hermanos y tu hermana lo saben. Tú eres la única demasiado estúpida para comprenderlo. Estás exactamente donde debes estar: un paso por debajo de mí, mirando hacia arriba a tu reina, para siempre.

Ya no puedo detener las lágrimas. Lloro y veo cómo me mira con asco. Sangre y lágrimas corren por mi rostro, manchan mi ropa, salpican el suelo. Me ordena que me detenga, pero no puedo. Siento cómo mi corazón se rompe, mis entrañas se desgarran, mi piel arde. La sala del trono se da vuelta y cuelgo junto a la araña, gritando, sollozando, llorando y gimiendo hasta quedar vacía. Vacía y sola sobre el suelo de piedra.

Antes tenía tanto miedo de estar sola en este país horrendo donde gobiernan los monstruos y la vida no vale nada. Ahora por fin comprendo que siempre estuve sola. Ella tiene razón: no soy fuerte ni deslumbrantemente hermosa, pero soy leal y capaz de amar. En un país donde reina la locura, la lealtad y el amor son cualidades de un valor incalculable.

Me escabullo cuando la escarcha matinal cubre el castillo. Yo sola, sin el Convoy Demencial. El viento corta la herida abierta de mi rostro mientras desciendo de la Montaña Yerma hacia la niebla del valle.

Pude haberla asesinado, pude haberla apuñalado mientras dormía, pero no me habría dado suficiente satisfacción. Su lamento sí. El gemido desgarrador se eleva desde el castillo cuando descubre que la he abandonado. Ya había oído ese sonido antes, cuando mi hermana nos dejó; por eso sabía que esto era lo que más la heriría.

Mi hermana no resulta ser una hija ingrata; al contrario, será una reina magnífica, de eso me encargaré yo. Y algún día me vengaré: será dulce como pastelitos de mermelada pegajosa y se servirá bien fría para ti, madre, solo para tí.

Jo Neels es una autora e ilustradora belga. O, como se describe con tanta inteligencia en su página de Instagram, es una millennial feminista, amante de la ciencia ficción y la fantasía, en crisis existencial permanente. Lo dice literalmente, y sus historias e ilustraciones suelen reflejar esas características. De niña, Jo era una rata de biblioteca y le encantaba perderse en mundos fantásticos. Ya fueran de pesadilla o maravillosos, viajaba con cada personaje principal, deseando que el mundo real tuviera algo de esa magia. De adulta, escribe sus propias historias y crea su propia magia, aderezada con un poco de pavor existencial. De modo que su obra está llena de fantasía, ciencia ficción, ansiedad, magia, terror y temas de salud mental, y sobre todo: la representa a ella y a su caótico mundo interior.

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