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sábado, 14 de marzo de 2026

LA CIUDAD QUE ENSAYA TU DESAPARICIÓN

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Mateo sintió que la ciudad lo estaba imitando fue un martes a las tres de la tarde, justo cuando estaba a punto de bostezar. Había vuelto del trabajo caminando por la avenida Belgrano, con ese cansancio que le dejaba la oficina: una especie de ausencia pegajosa detrás de los ojos. Iba por la vereda cuando vio, al otro lado de la calle, a un hombre que bostezaba exactamente al mismo tiempo que él.

Pero no fue eso lo inquietante.

Lo inquietante fue que el hombre se adelantó medio segundo.

Como si supiera que Mateo estaba a punto de abrir la boca. Como si no lo imitara: como si lo ensayara.

—Estoy cansado —murmuró Mateo para convencerse a sí mismo de que nada raro ocurría.

El hombre del otro lado también movió los labios.

Pero no dijo estoy cansado.

Dijo algo más largo.

Algo que Mateo no alcanzó a leer.

Una corriente eléctrica le recorrió el estómago. Sintió que algo invisible había intentado meterse bajo su piel para acomodarse. Sacudió la cabeza, aceleró el paso y prometió ignorarlo.

Pero la ciudad ya había empezado.

 

El segundo episodio ocurrió esa misma noche.

Mateo vivía en un departamento de dos ambientes, con un balcón que daba a un edificio gris donde siempre había ropa colgada en los balcones. Un paisaje común: toallas descoloridas, remeras estiradas, medias sin par. Aquella noche salió al balcón con una taza de té y vio algo diferente.

Una toalla de color rosa.

Perfectamente doblada.

Apenas moviéndose con la brisa.

La toalla se parecía demasiado a una que él tenía en su baño.

Demasiado.

La miró mejor.

Tenía la misma mancha, esa forma irregular como de mapa semiborrado que había aparecido después de derramar jabón líquido.

Cuando pestañeó, la toalla flotó un instante, como si la soplara un viento mayor que el de la ciudad.

Y entonces cayó al piso del balcón vecino… con un sonido metálico.

Como si fuera otra cosa.

Mateo retrocedió de un salto, tiró el té y cerró la puerta.

Durmió con las luces encendidas.

Lo cual no impidió que la ciudad siguiera.

 

A la mañana siguiente, salió apurado. Bajó las escaleras del edificio –el ascensor tardaba demasiado, siempre había tardado demasiado– pero a medida que descendía por los peldaños sintió un pulso extraño.

Un ritmo que no pertenecía a sus pasos.

Un tac

un tac

un tac

Un segundo par de pasos siguiéndolo a dos escalones de distancia, sincronizados con la exactitud de una coreografía siniestra.

Mateo se detuvo en seco.

Los pasos también.

Con un leve retraso.

Como si la cosa que lo seguía estuviera ajustando la distancia.

Miró hacia arriba.

No había nadie.

—No voy a caer en esto —se dijo.

Abrió la puerta a la calle con una fuerza exagerada, buscando la luz, el ruido, cualquier cosa que lo devolviera al mundo normal.

Pero lo que encontró fue peor.

El semáforo de la esquina lo estaba mirando.

No es que tuviera ojos.

No es que se hubiese transformado en nada.

Pero Mateo sintió, con una claridad absoluta, que la luz roja estaba pendiente de él. No de la calle. No de los autos. De él.

Como si ese aparato, que había visto miles de veces sin importancia, estuviera evaluando sus tiempos, escuchando su respiración, memorizando cada latido de su cuerpo.

—Estoy paranoico —repitió.

El semáforo cambió a verde medio segundo antes de que él pensara: quiero cruzar.

Ahí entendió que lo que fuera que estaba pasando no era imaginación.
La ciudad estaba aprendiendo.

Y él era la materia prima.

 

Mateo trabajaba en una oficina de seguros con paredes beige y olor a carpetas viejas. Sus compañeros notaron que llegó pálido, pero no lo suficiente como para preocuparse. Los oficinistas tenían una extraña capacidad para ignorar cualquier anomalía que no afectara el horario del almuerzo.

Sentado en su cubículo, trató de concentrarse en llenar formularios. Era una tarea mecánica, perfecta para olvidar el terror. Eso creyó hasta que vio el monitor.

En la esquina inferior derecha, donde debería haber un ícono de advertencia del sistema, apareció una frase breve:

¿QUÉ VERSION DE VOS QUERÉS SER HOY?

Mateo parpadeó.

La frase desapareció.

Abrió un archivo. Cerró otro. Intentó reiniciar la computadora. Nada.

Pero la pregunta permanecía flotando en su mente, adherida como una garrapata de luz.

¿Qué versión de vos querés ser hoy?

No pudo evitar mirarse las manos: sentía que los dedos temblaban con un pulso nuevo, uno que él no había ordenado.

Respiró profundo.

Se levantó para ir al baño.

Se lavó la cara.

Se miró al espejo.

Y el espejo no lo miró de vuelta.

Su reflejo estaba, sí. Los mismos ojos, las mismas ojeras, el mismo cabello rebelde. Pero algo estaba desincronizado. Como si el reflejo hubiese pestañeado medio segundo antes de que él lo hiciera.

Mateo levantó la mano derecha.

El reflejo levantó la izquierda.

Mateo levantó la izquierda.

El reflejo se quedó quieto.

Una sonrisa tímida apareció en la boca reflejada.

No en la de Mateo.

En la del espejo.

La sonrisa creció.

Y creció.

Hasta que los dientes se estiraron demasiado, como si la mandíbula reflejada no tuviera huesos.

Mateo retrocedió, mojado en sudor frío.

Su mano resbaló en el borde del lavamanos.

La luz parpadeó.

Cuando volvió a levantar la vista, el reflejo estaba normal.

Perfectamente normal.

Y levantaba la mano para saludarlo.

Como si recién llegara.

 

Mateo dejó la oficina sin avisar. Caminó por la ciudad sintiendo que los edificios se inclinaban apenas para escucharlo mejor, que las veredas se estiraban para acomodar sus pasos, que los autos reducían la velocidad cuando él se acercaba, estudiando su ritmo, su respiración, su presencia.

En una vidriera vio una pantalla que solía mostrar ofertas. Ese día mostraba una imagen en blanco y negro: una silueta humana caminando entre torres gigantes.

La silueta era él.

Exactamente él.

Con su ropa, su postura, su sombra.

Detrás de la silueta aparecía un texto:

VERSIÓN 2 DISPONIBLE

Mateo sintió que el corazón se le desacomodaba.

Y por primera vez en su vida, corrió sin saber a dónde.

Corrió como si algo detrás quisiera saltar dentro de su piel.

 

Llegó al río sin darse cuenta. La costanera estaba casi desierta. Escuchó un ruido suave, como de neumáticos girando sobre baldosas mojadas. Cuando giró, vio un ómnibus sin pasajeros detenido a unos metros.

La puerta se abrió sola.

Con un susurro.

Como si respirara.

—No —dijo Mateo.

Pero sus piernas caminaron igual.

Subió.

La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.

El interior estaba iluminado por una luz tenue, casi orgánica. Los asientos parecían más blandos que de costumbre, casi acolchados. Como si hubieran sido diseñados para abrazar a cualquiera que se sentara encima.

Había una sola persona en el fondo. Una mujer. De cabello negro y vestido gris. Miraba por la ventana.

Mateo avanzó, hipnotizado.

Cada paso parecía dado por alguien más.

Cuando llegó a la mitad del colectivo, la mujer se levantó.

No fue la acción lo que lo perturbó.

Fue la simetría.

La forma exacta en que se enderezó.

El ángulo de su cuello.

La manera casi robótica en que sus dedos se acomodaron sobre el asiento antes de soltarlo.

La mujer dio un paso.

Y en ese paso Mateo reconoció algo.

Una cadencia.

La cadencia de sus propios pasos al bajar las escaleras esa mañana.

La mujer caminaba como él.

A la perfección.

—Perdón… —balbuceó Mateo—. ¿Nos conocemos?

La mujer inclinó la cabeza, estudiándolo. Sus ojos eran profundos, neutros, como si aún no tuvieran un color decidido.

—Todavía no —dijo ella con voz suave—. Pero estoy aprendiendo.

—¿Aprendiendo qué?

—A ser vos.

Mateo sintió que todo el aire del ómnibus se comprimía alrededor de su pecho.

—No… no entiendo…

—La ciudad nos está reemplazando —dijo la mujer, como quien comenta el clima—. A todos. Es más eficiente así. Más limpio. Más… interesante. Pero para reemplazarte necesita copiarte. Y para copiarte necesita una versión de prueba.

Sonrió.

No una sonrisa malvada.

Una sonrisa casi tímida, casi educada.

Pero completamente ajena a lo humano.

—Esa versión soy yo.

Mateo retrocedió tambaleando.

La mujer avanzó con sus mismos movimientos, sus mismas torpezas, la misma rigidez en la cadera derecha, el mismo temblor leve en el párpado cuando estaba cansado.

Era él.

Era un él mejorado.

Un él paciente.

Un él perfecto.

—No te preocupes —dijo ella—. De verdad no es doloroso. Solo toma un instante. La ciudad ya lo decidió.

—¿El qué decidió?

Ella se acercó lo suficiente como para que Mateo sintiera el olor de su piel: un aroma extraño, como a electricidad limpia.

—Que vos sos la versión descartable.

Mateo quiso correr, gritar, saltar por la ventana.

Pero su cuerpo respondió con una lentitud que no le pertenecía.

Como si otra fuerza guiara los músculos.

Como si su propio reflejo estuviera tomando las decisiones antes que él.

La mujer tocó su rostro con una suavidad insoportable.

—Es simple —susurró—. Vos dormiste demasiado. La ciudad despertó primero.

Y entonces Mateo sintió el deslizamiento.

Como si una capa translúcida de su propio cuerpo se desprendiera por dentro, deslizándose hacia adelante, hacia la mujer, que la absorbía como una copia final.

Vio su propio gesto formarse en su rostro.

Vio su propio parpadeo.

Su propia respiración.

Su propia vida, pero sin él.

Y por un instante, justo antes de que el vacío lo alcanzara, entendió la verdad:

La ciudad no necesitaba destruirlo.

Solo necesitaba una versión más eficiente.

La mujer inhaló profundamente.

Abrió los ojos.

Y continuó caminando con la plena naturalidad de alguien que ya había encontrado su lugar en el mundo.

El colectivo arrancó solo, con un pálido suspiro mecánico.

Las luces de la ciudad titilaron como si celebraran el nacimiento de algo nuevo.

Y en alguno de esos parpadeos, sin ceremonias ni testigos,

Mateo dejó de existir.

O, peor aún:

Existió alguien que lo hacía mejor.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

LA CARTÓGRAFA DEL ÚLTIMO ATLAS

Patricio Ramos Gatti

 

Había pasado toda su vida dibujando mapas que nunca miraba nadie.

Luz Marina Paredes –geógrafa, cartógrafa, tímida experta en silencios– trabajaba en la Sección de Proyecciones Especiales del Observatorio del Cerro Sombra, en el norte de Chile. Era un edificio pequeño, encajado entre rocas volcánicas grises y antenas que sonaban con el viento. La mayoría de los astrónomos trabajaban de noche, pero ella trabajaba a media tarde, cuando el Sol dejaba las sombras más largas y las montañas parecían figuras que se inclinaban para observarla.

Su tarea era sencilla: actualizar un mapa global, un atlas que nadie imprimía desde hacía décadas. Los mapas ahora eran digitales, automáticos, perfectos. Pero el Ministerio había decidido que alguien debía seguir trazando una edición artesanal, por tradición más que por necesidad. “Lo simbólico importa,” dijo alguna vez la directora. Y como nadie más quiso hacerse cargo, Luz Marina aceptó.

Dibujaba costas, montañas, ríos que ya no corrían, fronteras que cambiaban sin avisar. Tenía manos delicadas, precisas, que daban la impresión de escuchar mientras avanzaban sobre el papel. Le gustaba el silencio del estudio, le gustaba el olor de las tintas, le gustaban los mapas porque eran, de alguna manera, una forma de conversación con el mundo.

Un martes frío de agosto de 2025, mientras ajustaba la curvatura de la costa de Groenlandia, vio algo que la hizo detener la mano.

Las líneas no coincidían.

No por un error suyo, sino por un cambio en los datos oficiales. Revisó coordenadas, elevaciones, proyecciones. Todo estaba en orden. Pero la costa estaba dos milímetros desplazada hacia el este. Solo dos milímetros en el papel, sí, pero en la realidad equivalía a unos setenta metros.

Setenta metros era imposible.

Revisó los registros satelitales. Los comparó con los de la semana anterior.

El error persistía.

La Tierra, según sus mapas, estaba apenas cambiada.

Podía ser un fallo de transmisión. Un satélite desajustado. Un software incorrecto. Se rio para ahuyentar la inquietud; después la risa se apagó sola.

Fue cuando la instrucción llegó desde arriba.

“Actualizar todas las líneas costeras. Hay discrepancias menores.”

Menores.

La palabra resonó más de lo necesario.

En el Observatorio todos estaban excitados con otra noticia: la llegada de un nuevo cometa, 3I/ATLAS, un visitante interestelar que los astrónomos mencionaban como si fuera un primo lejano que venía por primera vez a la casa. Luz Marina escuchaba las conversaciones sin participar. No entendía mucho, pero le gustaban las palabras: perihelio, coma, sublimación. Eran términos que sonaban casi íntimos.

Esa tarde, cuando bajaba por el pasillo principal rumbo a la sala de mapas, vio un mensaje pegado en la pared:

“SE OBSERVAN VARIACIONES GEODÉSICAS; favor NO DIVULGAR hasta análisis completo.”

Sintió un pequeño latido en el pecho. Volvió a su mesa y siguió dibujando.

Pero ahora las discrepancias no eran solo en Groenlandia:

– Las islas Faroe estaban un poco más al norte.

– Un segmento de la cordillera de los Andes aparecía con inclinación extraña.

– Un valle en Mongolia parecía haber bajado unos metros.

Todos cambios diminutos, imperceptibles para casi cualquier persona.

Para alguien como ella, que medía el mundo a escala de décimas, era un grito.

Esa noche, por primera vez en años, no pudo dormir.

El Observatorio organizó una sesión especial abierta al personal administrativo. A Luz Marina la invitaron “por cortesía”, aunque ella sabía que no la necesitaban realmente. Entró con su cuaderno en mano, más por hábito que por utilidad.

El auditorio estaba casi lleno. La pantalla mostraba una imagen hermosa: un cometa azul, alargado, con una estela que parecía una pintura japonesa. El astrónomo principal, el doctor Cifuentes, explicaba:

—3I/ATLAS es un visitante interestelar. Su trayectoria es hiperbólica. No orbita, atraviesa. Según los análisis espectrales, trae compuestos poco comunes en nuestro sistema.

Luz Marina, desde la última fila, anotó la palabra atraviesa.

Las palabras que atraviesan siempre la inquietaban. Y los cuerpos también.

—No representa riesgo —continuó Cifuentes—. Solo es… distinto. Muy distinto. El nivel de CO₂ que desprende es inusualmente alto. Como si fuera un cuerpo químicamente procesado por otras condiciones.

Hubo murmullos.

Luego, alguien levantó la mano.

—¿Tiene relación con las variaciones en los mapas?

El astrónomo tardó en responder.

—No tenemos evidencia de eso, por ahora.

Ese “por ahora” cayó sobre la sala como una pluma cargada de plomo.

Luz Marina regresó a su estudio con un temblor leve, contenido.

Abrió el atlas, tomó la regla, volvió a medir las líneas.

Las costas seguían desplazándose.

Era absurdo.

Era imposible.

Era real.

Durante los días siguientes, el cometa comenzó a verse a simple vista desde el desierto. Un trazo blanco, largo, perfecto. Los trabajadores del Observatorio salían a las terrazas a observarlo; incluso quienes siempre estaban aburridos parecían emocionados.

Luz Marina lo miró solo una vez.

Se sintió observada.

No por el cometa, sino por la Tierra misma.

La sensación la sobresaltó. Cerró la ventana y volvió al mapa.

Pero los datos nuevos eran aún más inquietantes.

Las irregularidades no eran aleatorias.

Eran simétricas.

Como si todo el planeta estuviera ajustándose para adoptar una forma ligeramente diferente. Una forma más ovalada, más alargada hacia el hemisferio sur. Como si algo estuviera tirando suavemente de él.

Algo lejano.

Algo que pasaba.

Como un cometa.

Se lo comentó tímidamente a la directora del Observatorio.

La directora la escuchó en silencio, con atención inesperada.

—¿Cuánto tiempo llevas notando esto? —preguntó.

—Diez días —respondió Luz Marina.

—¿Por qué no lo reportaste antes?

—Pensé que era un error mío.

La directora respiró hondo.

—No lo es —dijo.

Esa misma noche, la citaron al auditorio.

Había solo cuatro personas: la directora, el doctor Cifuentes, una ingeniera de satélites y un astrofísico que no conocía.

—Queremos ver tu atlas —dijo la directora.

Luz Marina abrió el cuaderno, mostrando las páginas con líneas extrañamente desplazadas. Se sintió desnuda, como si estuvieran observando algo íntimo, privado, vulnerable.

El doctor Cifuentes se inclinó sobre los mapas.

—Es exactamente lo que recibimos de los satélites —dijo—. Centímetro por centímetro.

—Pero no tiene sentido —intervino la ingeniera—. Para que la costa de Sudamérica se mueva así, necesitaríamos una redistribución interna de masa o…

No terminó la frase.

No hacía falta.

No existía fenómeno conocido que explicara esos movimientos.

El astrofísico habló por primera vez:

—El cometa 3I/ATLAS tiene una composición inusual. Al acercarse al Sol, desprende partículas cargadas, algunos compuestos no del todo identificados. No sabemos qué efecto puede tener en campos gravitacionales muy sensibles.

—¿Está alterando la Tierra? —preguntó Luz Marina con un hilito de voz.

El silencio fue la respuesta más inquietante de todas.

Los días siguientes fueron una mezcla de vértigo y rutina.

Los astrónomos analizaban datos; los ingenieros ajustaban receptores; los técnicos discutían.

A Luz Marina solo le pedían una cosa:

“Sigue dibujando.”

Nadie entendía por qué las líneas cambiaban, pero alguien debía registrarlo.

Ella lo hacía con el pulso de quien está copiando el latido de un animal gigantesco.

Cada día la Tierra estaba levemente distinta.

No deformada ni dañada. Solo… ajustada.

Como si estuviera respondiendo a una música que nadie oía.

El cometa seguía su curso.

Brillaba cada vez más.

La gente en las ciudades le sacaba fotos.

Los medios hablaban de “maravilla astronómica”.

Nadie sabía lo que ocurría en el Observatorio.

Una tarde, mientras actualizaba el perfil de la cordillera de los Andes, Luz Marina percibió un sonido extraño.

No era un ruido del edificio.

Era interno.

Como si la Tierra hubiera suspirado.

Se asomó a la ventana.

El cometa estaba allí, alargado, majestuoso, más brillante que nunca.

Sintió un impulso inexplicable: correr hacia el cerro cercano, verlo desde más alto.

No era naturaleza aventurera. Era… necesidad.

Subió como nunca había subido nada. Cuando llegó a la cima, con la respiración en el borde del dolor, vio algo imposible: La sombra del cometa sobre la arena. Pero no era una sombra real; más bien, una línea tenue, casi transparente, que vibraba. Parecía un mapa. Un mapa hecho de luz. Un atlas proyectado en la tierra misma. Y entonces se dio cuenta. El cometa no estaba deformando la Tierra. La Tierra estaba respondiendo a él. Como si ambos cuerpos compartieran un lenguaje muy antiguo. Como si el planeta recordara algo.

Luz Marina sintió que se le aflojaban las piernas.

Se sentó.

Miró la línea de luz moverse, apenas.

Era una trayectoria.

Una ruta.

Una invitación.

Cuando el viento sopló, la línea desapareció.

Pero el temblor en su pecho quedó.

Volvió al Observatorio mientras caía la noche.

No dijo nada.

Dibujó.

Trazó las nuevas líneas.

Y por primera vez, no sintió miedo.

Supo –sin pruebas, sin teoría, sin ecuaciones– que no estaba presenciando una catástrofe. Estaba presenciando un recuerdo. El cometa pasaría. La Tierra volvería a su forma. Nadie sabría nunca lo que había ocurrido. Pero algo en ella sí lo sabría. Luz Marina cerró el atlas con suavidad.

Las páginas brillaban apenas bajo la luz blanca del estudio.

Sintió una paz que nunca había sentido. El mundo había cambiado unos milímetros. Ella había cambiado kilómetros.

Afuera, el cometa siguió su viaje.

Y la Tierra, obediente a su propio secreto, regresó lentamente a su silencio.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

jueves, 27 de noviembre de 2025

LA ÚLTIMA FORMA

Patricio Ramos Gatti

 

Cuando llegó la carta –un sobre delgado, casi traslúcido, sin remitente–, Lucía ya llevaba semanas sintiendo que su cuerpo no le pertenecía del todo. No era enfermedad; lo sabía porque los médicos repetían la palabra “estrés” como quien lanza monedas en una fuente desecha. No era cansancio. No era miedo. Era otra cosa: una especie de vibración en los huesos, una expectativa que no sabía a qué debía dirigirse, como si en su médula se hubiera instalado un animal dormido que aún no decidía abrir los ojos.

La carta no decía casi nada.

Solo:

“Te esperamos. Medianoche. Galería Sumergida. Traé lo que sos.”

La letra era curva, precisa, como dibujada por alguien que había aprendido a escribir imitando las fracturas del hielo.

Lucía no tenía idea de qué era la Galería Sumergida. Pero tampoco lo dudó.

Parte de ella –la parte que llevaba semanas sin reconocerse– había estado esperando exactamente eso, aunque no supiera por qué.

El lugar estaba escondido detrás de una estructura abandonada cerca de la costanera del canal Norte, en uno de esos pliegues de Tucumán que la ciudad prefiere no mirar. La entrada era una rampa oxidada que descendía hacia una puerta metálica sin número ni cartel. Cuando apoyó la mano, la puerta cedió con un suspiro breve, como si la hubiera estado aguardando.

Adentro, un pasillo largo. No había luces; la claridad venía de un resplandor líquido que parecía filtrarse desde las paredes mismas. Cada paso de Lucía hacía crujir el piso como si caminara por placas de vidrio.

La primera sala era redonda, enorme, y estaba vacía salvo por una estructura en el centro: un marco de hierro suspendido del techo, en forma de cubo. Dentro del cubo, flotando sin esfuerzo, había un círculo de agua, perfecto, suspendido como si la gravedad hubiese decidido ignorarlo.

Del otro lado del cubo había una mujer esperándola.

Lucía la reconoció sin haberla visto nunca: era la presencia que había sentido rondar sus sueños desde hacía semanas. Una figura afinada, casi translúcida, de piel que no sabía si era blanca o apenas luminosa. El cabello corto y oscuro, como fango pulido. Pero lo más perturbador era que parecía conocer cada movimiento de Lucía antes de que ella lo hiciera.

—Llegaste —dijo la mujer.

Su voz sonó como cuando una piedra corta la superficie del agua.

—¿Qué es esto? —preguntó Lucía.

—La Galería. El lugar donde lo que sos aprende a verse.

Lucía se aferró a un hilo de valentía.

—¿Vos me enviaste la carta?

La mujer sonrió, pero no dijo ni sí ni no. Dio un paso hacia atrás y señaló el círculo de agua suspendido.

—Entrá cuando estés lista. El resto vendrá solo.

—¿El resto?

—Todo lo que nunca te dejaste sentir.

Lucía se acercó al círculo flotante. El agua no se movía: era una piel inmóvil, lisa, perfecta, como un espejo líquido. Cuando extendió la mano, la superficie vibró, pero no se rompió. Una sensación de frío magnético le recorrió los dedos, subiendo por su brazo como una caricia lenta, casi pensada.

Respiró hondo y atravesó el umbral.

El agua la envolvió sin mojarla. No había resistencia, no había aire; era como caminar a través de un recuerdo. Al salir del otro lado, la sala había cambiado.

Ya no era redonda. Era un corredor blanco, larguísimo, sin sombras. Pero algo en el suelo la estremeció.

Había huellas.

Las primeras eran las suyas, marcadas recién, húmedas como si hubiese salido del río. Pero al lado aparecían otras: más pequeñas, más profundas, más antiguas. Al avanzar, las huellas duplicaban, triplicaban, multiplicaban direcciones. Pasos de distintas épocas, distintas velocidades, distintos impulsos. Había huellas que parecían de alguien corriendo desesperado. Otras, de alguien que se arrastraba. Otras, que no pertenecían a ningún pie humano.

Lucía sintió un nudo en el estómago.

El corredor era un mapa de decisiones ajenas.

Y en algún punto –lo supo sin necesitar explicaciones– se cruzaban todas las decisiones posibles que ella misma no había tomado.

La mujer apareció otra vez, unos metros adelante. No había puertas, pero ella simplemente estaba ahí.

—Esta sala registra las direcciones que elegiste no elegir —dijo.

—¿Cómo puede saber…?

—Todo cuerpo vibra con lo que pudo haber sido. Todo cuerpo arrastra sombras de versiones que no nacieron. Nada se pierde del todo.

Lucía sintió que el aire se le espesaba alrededor del pecho.

—¿Por qué me trajeron acá? Yo no pedí esto.

—No —dijo la mujer—. Pero ya estabas por romperte. Te trajimos antes.

—¿Antes de qué?

La mujer dio un paso hasta quedar a un suspiro de distancia de ella. Lucía percibió un olor leve, casi imperceptible, como si la piel de la mujer hubiera sido fabricada con viento. Los ojos de esa figura eran inmensos, oscuros y, al mismo tiempo, tan profundamente atentos que parecían leer incluso lo que Lucía no había dicho ni pensado.

—Antes de que fueras incapaz de reconocerte. El cuerpo habla antes que la mente. Por eso te llamamos.

Un sonido los interrumpió. Algo parecido a un gemido grave, largo, como si el edificio respirara.

—Tenemos que avanzar —dijo la mujer.

El corredor desembocaba en una escalera espiral descendente. Mientras bajaban, la luz cambiaba: del blanco absoluto pasaba a un tono gris azulado que latía cada pocos segundos.

Lucía empezó a escuchar algo más: pasos. Muchos. No detrás ni delante, sino dentro de las paredes, como si la arquitectura tuviera su propia multitud viviendo en silencio.

—No tengas miedo —dijo la mujer sin mirarla.

—No tengo miedo —mintió Lucía.

Pero lo que sintió no era exactamente miedo. Era una anticipación feroz, un magnetismo que tiraba de sus vértebras hacia abajo. Como si algo más grande que ella la estuviera esperando con paciencia.

La escalera terminó en una sala que parecía un taller, o un quirófano, o un laboratorio abandonado. Había bancos metálicos, herramientas cuyas funciones eran imposibles de adivinar, y en el centro una camilla inclinada como si fuese el soporte de una escultura en proceso.

Lucía tragó saliva.

—¿Qué se supone que es esto?

—La sala de las formas —dijo la mujer—. Acá entendés lo más importante: que siempre fuiste más de una.

Lucía dio un paso atrás.

—No voy a acostarme ahí.

—No tenés que hacerlo —dijo la mujer con suavidad—. Solo tenés que mirarte.

Señaló una estructura al fondo: un panel oscuro, circular, del tamaño de una puerta. Lucía se acercó y sintió que el panel vibraba con su presencia. De pronto, la superficie se encendió.

Y allí estaba ella.

Pero no exactamente.

La figura proyectada era Lucía… y no lo era. Era su cuerpo, sí, con la misma altura, los mismos hombros estrechos, la misma cicatriz en la clavícula. Pero tenía algo distinto: los movimientos eran más fluidos, como si cada articulación hubiese sido reemplazada por un pensamiento. Era Lucía sin su torpeza, sin su impulso de pedir permiso al aire antes de moverse, sin la rigidez de quien teme romperse. Era una Lucía posible, pero no vivida.

La mujer se puso detrás de ella.

—Esta sos vos… sin concesiones.

Lucía sintió un temblor.

La imagen en el panel levantó la mano.

Lucía no la había levantado.

El corazón se le disparó.

—¿Qué… qué es esto?

—La forma que dejaste atrás. La que rechazaste. La que en algún punto preferiste no ser.

La figura en el panel se acercó desde dentro de la superficie, como si quisiera atravesarla. Sus ojos estaban llenos de algo que no era ira ni tristeza ni alegría. Era otra cosa. Una urgencia pura.

Lucía retrocedió un paso.

—No quiero verla.

—Pero ella te quiere ver a vos —susurró la mujer.

La proyección extendió la mano, tocando el límite de la pantalla. No lo rompió, pero dejó una marca luminosa, un destello visceral, como si hubiese apoyado un fragmento de su alma contra el vidrio.

Lucía sintió un tirón en el pecho. Como si algo suyo estuviera del otro lado.

—¿Qué quiere? —preguntó con voz quebrada.

La mujer respondió con una calma insoportable:

—Unir las versiones. Todas las que fuiste y todas las que te negaste a ser. No puede seguir sola.

Lucía sintió que se quedaba sin aire.

Era cierto. Lo sabía sin querer saberlo. Esa figura era una ella tan auténtica que dolía mirarla. Era lo que habría sido si no hubiera elegido el miedo tantas veces. Si no se hubiera guardado tantas palabras. Si hubiera dicho que no cuando debía. Si hubiera dicho que sí cuando el cuerpo lo pedía. Si hubiera dejado de cargar con vergüenzas ajenas.

Si hubiera vivido.

Un pensamiento la cruzó como un relámpago:

¿Y si dejo que me toque? ¿Qué pasa si me dejo?

La mujer habló como si hubiera oído la pregunta.

—Si la dejás entrar, nada vuelve a ser igual. Ni vos.

La figura dentro del panel volvió a tocar la superficie. Esta vez el vidrio tembló, y un sonido agudo llenó la sala, como cristales partiéndose bajo el agua.

Lucía sintió que algo dentro de ella, algo que llevaba meses queriendo explotar, se aflojaba.

La figura avanzó otra vez. El panel se deformó.

Y entonces ocurrió.

El vidrio cedió.

Pero no se rompió hacia afuera.

Se rompió hacia adentro.

Como si Lucía fuese la que se quebraba, no la pantalla.

Un dolor seco le atravesó el esternón. Lucía se agarró el pecho. La mujer no se movió. Miraba con una serenidad inhumana.

El panel se apagó. La figura desapareció.

Lucía buscó aire. No había.

Sintió que algo se deslizaba dentro de ella, una corriente tibia, un pulso desconocido. Y entonces lo entendió.

Había sido absorbida.

La versión que no vivió se había metido en su cuerpo.

O quizá ella había sido arrastrada hacia dentro de su propia ausencia.

Quiso gritar, pero solo salió un sonido diminuto, como una semilla partiéndose.

La mujer se acercó y le sostuvo la cara entre las manos.

—Ya está —susurró—. Ahora sos completa.

Lucía intentó hablar, pero su lengua ya no obedecía como antes. Algo se acomodaba dentro de su rostro, como si otra expresión buscara su lugar. Las manos le temblaron. Los huesos parecían más livianos. Las rodillas vibraban como antenas.

—¿Qué… me… hiciste?

La mujer sonrió con una ternura inmensa.

—Nada. Te devolvimos lo que era tuyo.

Lucía abrió los ojos.

Y entonces lo vio.

En el panel apagado, aunque ya no mostraba nada, había un reflejo. Su reflejo.

Pero esa versión tenía una sonrisa que ella no recordaba saber hacer.

Una sonrisa que no era suya.

O que recién ahora volvía a serlo.

La mujer se apartó un paso. Y con un gesto simple, como despidiendo a alguien que finalmente aprendió a caminar, dijo:

—Podés irte. Pero ya no vas a ser la misma.

Lucía bajó la mirada.

Sus manos no temblaban más.

Sus huesos no dolían.

Su respiración ya no era de alguien viviendo en mitad de su cuerpo.

Y en el centro del pecho… algo sonreía.

Cuando subió las escaleras y cruzó el pasillo de huellas, las marcas en el suelo se reacomodaron detrás de ella, borrándose, ordenándose. Desde la entrada, la noche la esperó silenciosa, como si la ciudad supiera que algo recién nacido la caminaba con sus piernas.

Al salir a la superficie, Lucía sintió el aire frío en la cara.

Pero lo más perturbador fue darse cuenta de que ahora caminaba distinto.

Más firme.

Más dueña.

Más peligrosa.

Había recuperado la versión que había sepultado durante años.

Y esa versión, ahora despierta, no iba a dormir nunca más.

Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

SOMBRAS EN LA LLUVIA