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jueves, 26 de marzo de 2026

FACTOR COMÚN

Sergio Gaut vel Hartman

La casa no estaba mal. Tal vez tenía más habitaciones de las necesarias y un carácter lúgubre que podría corregirse con flores y plantas y algunos chicos corriendo por los pasillos y el patio. Me pregunté si tendría ocasión de hallar algo mejor y también a cuantos otros empalagosos vendedores inmobiliarios tendrían que soportar antes de dar con la casa ideal, el lugar soñado.

—¿Qué tal, qué le parece? —dijo el vendedor frotándose las manos. Había fabricado una sonrisa tan falsa que amenazaba con perpetuarse en su rostro, condenándolo al rigor mortis en vida—. No tendrá ocasión de hallar algo mejor —insistió tras leerme los pensamientos. Trucos de vendedor, sospeché; soy demasiado infantil en esas cuestiones. Iba a replicar, lo juro, pero en ese momento sonó el teléfono móvil del tipo quien, tras musitar una disculpa, se retiró a la habitación contigua para atender la llamada.

Quedé solo y me dediqué a observar los techos, altos y blancos. Unas molduras de yeso marcaban nítidamente la separación con las paredes, feas, pintadas de apuro. Pensé que era una casa original, estrafalaria, tal vez urdida por un arquitecto esnob. Avancé unos pasos hacia la habitación siguiente, alejándome del vendedor. El lugar parecía en cierto modo ilógico, y me evocaba un cuento que había leído tiempo atrás. Por un momento pensé que podía quedar atrapado en esa geografía singular, perdido en espacios con los que no estaba familiarizado en absoluto, pero alejé esos argumentos tontos de inmediato. El vendedor seguía hablando, tal vez discutía o recibía instrucciones para rematar la operación, por lo que volví a centrar mi atención en la casa. Había demasiadas habitaciones, me repetí; las paredes rezumaban humedad, los pisos estaban desparejos y la ventilación era escasa. Esas razones me llevaron a decidir que tenía suficiente como para terminar allí mismo con todo el asunto. Me acerqué a una puerta y la abrí. Daba a una pieza vacía. Volví sobre mis pasos y abrí otra puerta. Esta habitación, más pequeña, estaba poblada por dotaciones de muebles apolillados y decrépitos, malolientes; sentí náuseas. A punto de desembocar en un patio en el que se había acumulado una masa de luz dorada, advertí una puerta disimulada tras una cortina azul raída y sucia. Vacilé entre salir al patio, a ojos vista el final ciego de la línea, ya que no podía existir un número ilimitado de habitaciones o concentrar mi atención en esa puerta. Venció la segunda idea.

Tanteé el picaporte tras la cortina y sentí la frialdad del bronce; tal como imaginaba, no estaba cerrada con llave; ninguna de las puertas de la casa lo estaba, después de todo. La abrí y me enfrenté a la primera sorpresa.

La suposición natural, no sé por qué, había sido pensar que la habitación estaba vacía y que la luz del patio se colaba oblicuamente por una ventana, iluminando partículas de polvo y delimitando un trapecio de claridad en el piso oscuro. No era así.

La pieza no tenía ventanas. La crudeza blanca de varios tubos fluorescentes resplandecía sobre los objetos negándoles el derecho a la sombra. Pero esos detalles no eran ni de lejos tan extraordinarios como lo demás. Sentado en una silla de respaldo alto, con los codos apoyados en una mesa de madera y los puños bajo el mentón, había un hombre de edad indefinible, con el cabello canoso y una red de arrugas en el rostro que parecían remedar el laberinto de la casa. Miraba hacia la puerta, como si me hubiera estado esperando, pero al verme ni siquiera parpadeó.

—Buenas tardes —dije—. No sabía que hubiera alguien aquí.

—Buenas. Soy Juan Salvo —dijo, arrastrando las palabras. Mencioné mi nombre y él se encogió de hombros. Permanecí unos segundos clavado en el piso, prestando atención a los ruidos, apenas roces, que se producían en una habitación contigua que se comunicaba con la que estábamos por una abertura sin puerta.

—¿Hay alguien más? —dije señalando la abertura con el dedo.

—Sí —dijo Salvo—, Guevara; está preparando mate. Aguardamos a Rosa para empezar. —Pareció observarme con mayor atención durante un segundo, pero perdió el interés de inmediato. —A usted no lo esperábamos. ¿Tenía que venir? ¿Quién lo mandó? —Las palabras denotaban suspicacia y recelo, pero el tono cansado desmentía cualquier matiz en esa dirección.

No supe qué contestarle, por lo que me situé a la defensiva, con la guardia bien alta.

—¿Quienes son ustedes? —pregunté, siempre atento a lo que el tal Guevara hacía en la habitación vecina; por lo visto no tenía ningún apuro. Dos o tres veces escuché tintineos, como si golpeara una cucharita contra un vaso.

—Ya le dije: Rosa, que llegará de un momento a otro, Guevara y yo, Salvo. Siéntese, no se quede ahí parado. ¿Seguro que no lo mandó alguien? A lo mejor Guevara sabe.

Detecté una silla idéntica a la que usaba Juan y la arrastré sin miramientos hasta ubicarla junto a la mesa. Me senté a un costado, de espaldas a la pared que daba al patio y de frente a la arcada por la que, de un momento a otro, aparecería Guevara.

—Usted cita los nombres de esa gente —dije—, y el suyo propio, pero a mí no me dicen nada. ¿Tendría que conocerlos?

—Para mí tampoco significa nada el suyo —dijo Salvo—. ¿Qué importa? Si yo le dijera que Guevara y Rosa son luchadores, personas que han imaginado un mundo mejor y tratan de forzar las cosas para que se concrete, ¿cambiaría algo?

Miré a Salvo desorientado, buscando en mi memoria una razón lógica para encajar el disparate que el hombre sugería. —Espere un momento —balbuceé—. Si lo que usted dice fuera cierto estaría hablando de personas que murieron hace años. Ese Guevara murió en Bolivia, en el monte, hace tiempo. Y ni siquiera me atrevo a pensar que la Rosa que menciona sea la revolucionaria, la alemana de principios del siglo XX que luchó...

—Es polaca, no alemana —dijo Salvo.

—No es, fue. Está muerta —insistí—. Rosa Luxemburgo. —Paladeé el nombre, un nombre épico, como Dolores Ibarruri, como otras damas quijotescas de la historia. El tipo estaba loco.

—Vivo, muerto —dijo Salvo moviendo la cabeza—. ¿Usted qué sabe?

—No esperará que crea que es un fantasma. —Traté de reír, pero mis labios se torcieron de un modo anormal y formaron una mueca despectiva.

—Por el momento, amigo —dijo Salvo—, no espero nada. —Salvo me pareció en ese momento agobiado por un cansancio mayor del que cualquier hombre pudiera soportar, como si una lucha larga e inútil lo hubiera consumido. Iba a replicar; soy una persona racional y esa clase de supersticiones me alteran hasta lo indecible, pero los hechos no se dieron como yo pensaba. Un estrépito me obligó a girar la cabeza. La pared sin ventanas se abrió como si fuera el diafragma de una cámara fotográfica. Chis, chas. No se vio el patio en ningún momento, y de todos modos lo que pude percibir fue, como un fogonazo, que un volumen oscuro atravesaba el iris con paso firme, como si la pared directamente no existiera.

Cuando pude girar todo el cuerpo descubrí junto a mí a una muchacha joven, de unos veinticinco años, tal vez menos; era menuda, de tez muy blanca y se movía nerviosamente, como si le faltara el tiempo para hacer todo lo que tenía planeado.

—Hola, Rosa —dijo Salvo, tan inexpresivo como siempre.

—Hola, Rosa —repetí; podía darme el lujo de ser educado. Estaba fascinado por la idea de que esa mujer fuera la mítica Rosa Luxemburgo, la fundadora del espartaquismo. Pero Rosa había sido asesinada en 1919, ¿cómo era posible...?

La muchacha me miró entre sorprendida e irritada. Por lo visto no le hacía gracia que un intruso ocupara un lugar en torno a la mesa, y menos que la tratara con familiaridad, como si la conociese de antes. Puso los brazos en jarras, en una pose tan afectada que parecía de una heroína de película y me señaló moviendo la barbilla.

—¿De dónde salió, éste, quién es? —dijo con un fuerte acento alemán, lo que confirmó, de alguna manera, lo que había manifestado Salvo.

—Debe ser uno que visita la casa para comprarla —dijo Guevara, saliendo de la otra habitación con un termo bajo el brazo y una calabaza forrada de cuero en la mano izquierda. No me miró; tal vez miraba más allá de la pared, el patio, o más allá de la casa, un paisaje invisible para mí. Por lo visto esa gente sabía y podía cosas que me estaban vedadas. Guevara se sentó y le hizo un gesto a Rosa para que desarmara ese gesto tan adusto, semejante al que emplea un fanático cuando está con alguien que no profesa su fe. Después apoyó la calabaza en una diminuta cesta de mimbre y vertió el agua en un chorro único y preciso, demostrando que tenía el pulso entrenado; dio tres largas chupadas sin mover el recipiente y volvió a cebar, empujando la calabaza hacia Salvo.

—¿Nos sirve para algo? —dijo Rosa. Aunque se le habían ablandado un poco los rasgos, la hostilidad de la muchacha podría haberse pescado en el aire de un manotazo. Sentí el impulso de levantarme de un salto y salir sin saludar, pero el misterio era demasiado precioso, como una gema.

—¿Tienen una misión? —Lo dije sin pensar, una intuición pura como el agua pura; una intuición absurda y sin fundamento. Pero los tres alzaron las cabezas y clavaron los ojos en mí. Hasta Salvo pareció perder la piel de abulia que lo envolvía y Guevara apoyó el termo y Rosa adelantó el cuerpo pequeño, casi rozándome.

—¿Qué sabe de todo esto? —dijo Guevara—. ¿Quién le habló de nosotros?

—Todos tenemos alguna guerra por pelear —dije, ciego, esperando que ese camino llevara a alguna parte—. Estoy buscando la mía.

Suspiraron aliviados, los tres; fue casi cómico. Salvo sacudió la cabeza y me pareció que sonreía. Rosa puso su mano en mi brazo y apretó, como si deseara borrar con ese gesto toda la desconfianza previa.

—Dudo mucho de que esta sea la suya —dijo Guevara. Volvió a echar agua en la calabaza y me la tendió. Aunque no suelo tomar mate acepté. Intuía que si me plegaba a los manejos de esa gente aumentarían mis posibilidades de entender lo que estaba ocurriendo.

—Para saber si estamos en la misma guerra —dije, al azar—, habría que definir primero quién es el enemigo.

Contra lo que esperaba ninguno me contestó. Tal vez mi pregunta había sido demasiado directa y eso me colocaba de nuevo bajo sospecha. ¿Los estaba espiando? Yo sabía que no. Rosa soltó mi brazo; sólo en ese momento advertí que había estado apretando de tal modo que sus uñas atravesaron la tela de mi camisa. 

Guevara se preparó como si se dispusiera a disertar ante un conjunto de jóvenes ansiosos e ignorantes.

—¿Sabe qué pasa? —dijo por fin, aunque sin mirarme, tras dar dos largas chupadas—. El enemigo... no importa mucho quien es el enemigo. Podemos juntar las cabezas y creer que el enemigo es uno solo, y en cierto modo es así, pero la lucha debe darse en cada punto, en cada intersección, ¿entiende? Entonces importa menos. Usted luche su propia guerra y cada uno de nosotros hará algo parecido. Hemos coincidido por casualidad; tal vez ni siquiera pertenecemos al mismo tiempo, todavía no lo pudimos averiguar. En realidad sólo nos juntamos a tomar mate. —Se rió de un modo extraño.

—No se le escapa que no entiendo de qué está hablando —dije.

—No, no se me escapa —dijo Guevara—. Era una posibilidad. ¿Sabe quién soy?

—¿Tendría que saber? ¿Es alguien... importante? Si usted fuera el mismo Guevara... sería imposible. —No quise decir que ese Guevara estaba muerto; me pareció una grosería.

Guevara sonrió. Después se palmeó el muslo.

—Juan sabe mucho más de esto que Rosa y yo porque él existe en otro plano, independiente, más cerca del conocimiento central —dijo—. Dice que en algunas líneas soy alguien importante, tal vez decisivo, o por lo menos influyente. Pero las líneas son eso, líneas. Usted recorre un pasillo, abre una puerta y entra a una habitación. Tal vez estoy, tal vez no. Quizá triunfé o fui asesinado o no nací, ¿entiende?

—No. ¿Por qué no me lo explica él? —dije señalando a Salvo—. Si usted mismo acepta que sabe mucho más que usted.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Rosa. Había recompuesto su expresión anterior, aunque potenciada por una urgencia que salía del temor, como si toda la escena corriera el riesgo de reventarse como una pompa de jabón.

—El tiempo no se pierde —dijo Salvo—, somos nosotros los que nos perdemos en el tiempo. —Me estaba cansando de esas frases vacuas, deliberadamente enigmáticas, formadas para impresionarme. Empecé a pensar que, más allá del truco de Rosa y la pared, de las menciones a la guerra o lo que fuera que se proponían hacer, un acto terrorista, una emboscada, un asesinato, esa gente disimulaba una operación concreta: ocupar la casa para utilizarla como base para sus actividades, o algo por el estilo. El recuerdo de los tiempos del Proceso me llegó de golpe y tuve miedo.

—¿Tienen la autorización del dueño o de la inmobiliaria para estar en este lugar o son unos vulgares intrusos? —Mi frase sonó insulsa, y ellos, los tres, aún antes de terminar el párrafo, comenzaron a reírse.

—Si supiera lo vencidas que suenan sus palabras —dijo Guevara cuando pudo serenarse—. Esto es un punto de inflexión, una anomalía. ¿Se cree que algo tan nimio como usurpar una casa puede prevalecer sobre el fenómeno que nos hace coincidir, aquí, ahora, a los cuatro?

—Hablaron de una guerra —dije, tratando de hacer pie nuevamente.

—Usted habló —dijo Salvo—. Para nosotros la guerra, cualquier guerra, pasó a segundo plano hace mucho. ¿Qué guerra se cree capaz de imaginar? ¿Una con soldados, aviones, tanques, misiles? Siento desilusionarlo; no tenemos esa clase de guerras en existencia. —A las palabras de Juan concurría un índice tan elevado de amargura que por un momento creí que iba a estallar, salpicándome, empapándome de veneno azul, letal.

—¿Alguno de ustedes me va a decir con claridad por qué están en este lugar? —Medio me incorporé en la silla; estaba dispuesto a apurarlos y definir, aún a costa de dejar algunos jirones en el intento.

—Ya se lo dije —insistió Guevara—, sólo nos juntamos a tomar mate. —Rosa fue todavía más elocuente: desenfundó el dedo y lo apuntó hacia mí, acusadora, aunque supongo que ni ella sabía de qué me acusaba. Dijo dos o tres palabras en alemán, supongo; sonaron como un insulto.

—Rosa, por favor —dijo Juan Salvo desganadamente—, dejemos esas zonceras.

—Si me explica el truco de la pared —dije sin prestarle atención a la muchacha que seguía gesticulando, a pesar de la reconvención de Salvo, tal vez estancada por falta de palabras en nuestro idioma—, me voy y los dejo en paz. Los encontré por casualidad y no me interesan. Preferiría estar en la biblioteca, leyendo un buen libro. ¿Se dan cuenta? Por otra parte el vendedor me debe estar buscando.

Salvo miró a Guevara, como pidiendo ayuda, pero éste hizo un gesto elocuente, restándole importancia.

—El vendedor es peligroso, él es el enemigo, ya que lo quería saber —dijo Guevara. Entonces Salvo se levantó y poniendo los puños sobre la mesa habló como un dirigente político que negocia el apoyo a su peor adversario.

—Es el tiempo, señor, el mayor impostor, una ficción. Salga de aquí, mientras le sea posible, antes de quedar atrapado en la telaraña de los hechos. ¿Se cree que yo siempre fui esta pálida sombra? Soy un hombre de acción y espero mi oportunidad. Pero usted me perturba, me traba.

—¿Quienes son ustedes? —repetí por enésima vez, casi furioso. Yo también tenía los puños apretados, y a pesar de haber sido siempre una persona pacífica tenía ganas de atropellarlos, de forzarlos a que me explicaran toda la historia.

—Ya se lo dijimos —dijo Guevara; parecía ser muy paciente, un tipo acostumbrado a las empresas complicadas.

—No me alcanza con los nombres; no sé quiénes son ustedes por conocer sus nombres, los que por otra parte podrían ser meros seudónimos. Se usa mucho, últimamente.

Rosa parecía, por primera vez, en paz consigo misma, pero renunció a hablar.

—Supongamos por un momento —dijo Salvo— que somos avatares independientes que se encontraron, que por puro azar dieron con el factor común que les permite coincidir en un espacio ficcional, ¿le alcanza con eso?

—¿Avatares? Hablan como si esto fuera un juego. No, no me alcanza —dije, y era sincero; estaba tan a oscuras como al principio. Tal vez yo sea una persona limitada para comprender lo abstracto o lo fantástico, pero no conseguía anudar a esas tres personas; quizá no hubiera logrado hacerlo ni aun conociendo sus motivos y pasiones—. De acuerdo, cuéntenme sus historias, una de las tres historias, por lo menos.

—No —dijo Guevara, rompiendo un silencio de varios minutos—, no nos queda tiempo. —Trató de verter el agua en la calabaza y descubrió que el termo estaba vacío. Sin vacilar y sin mirar atrás se dirigió hacia la otra habitación. Al verlo desaparecer se me ocurrió que él tenía la respuesta y la escondía, o que me estaba provocando. De un salto crucé el espacio que nos separaba sin que Rosa o Juan trataran de detenerme. Alcancé la arcada y recibí un impacto demoledor: Guevara caminaba hacia un monte de arbustos oxidados, bajo un sol ceniciento y débil; más allá, al costado de un arroyo, se divisaba una especie de campamento en el que algunos hombres y mujeres rodeaban una hoguera. Lo llamé a los gritos, pero él ni siquiera se dio vuelta, como si estuviera transitando un espacio sin conexión. Advertí que había perdido un tercio de realidad, tal vez para siempre, o quizá no era real en absoluto, no lo había sido nunca, ¿cómo saberlo? Giré bruscamente, preparado para descubrir que la arcada que conducía a la casa que había pensado comprar había desaparecido, pero no: la arcada seguía en el mismo lugar; por fortuna no estaba perdido en un universo alternativo, sin posibilidades de regreso. Vacilé un segundo. Lo arruinaría todo si no acertaba con el movimiento correcto, pero tampoco podría seguir viviendo con la duda sobre los hombros.

No obstante, cuando volví a mirar la pieza, Rosa y Salvo habían desaparecido. La habitación estaba vacía, como tantas otras de la casa. No había rastros de la mesa y las sillas y un enorme ventanal daba a un patio en el que los últimos vestigios de una luz cobriza se arrugaban como la piel de una fruta que se pudre. La puerta se abrió y alcancé a oír la voz del vendedor de la inmobiliaria.

—¿Señor? —dijo con voz vacilante—. ¿Está por aquí?

No era posible, nada era posible. Salí al exterior y miré hacia el campamento. Guevara ya me había sacado unos buenos cien metros.  Pero la realidad está atada a leyes lógicas, me dije; no puede ser que la gente aparezca y desaparezca así.

—Sí, estoy aquí —dije, entrando resueltamente a la habitación. El vendedor suspiró aliviado—. Estaba curioseando —agregué.

—Esto da al parque —dijo él señalando la arcada por la que había salido Guevara. Acomodé la idea en mi cabeza. Llamar parque a un monte de matorrales con arroyo propio se me antojaba disparatado, pero era la lógica del vendedor inmobiliario, no la mía o la de los otros tres.

—Hermoso parque —dije por decir algo. Me moví para superar la línea del vendedor, pero él me tomó del brazo.

—¿Vio algo que no tendría que haber visto? —La expresión del tipo había cambiado drásticamente. Desaparecida la sonrisa de plástico, me miraba con dureza, descaradamente, como suele mirar la policía a un sospechoso. La presión sobre el brazo se acentuó; pensé en Rosa y en que todo el mundo parecía interesado en mantenerme sujeto, no sólo en esa casa y en ese momento.

—¿Me va a soltar? ¿Qué se cree?

—No —dijo el tipo, obstinado; ahora me costaba pensar en él como un simple vendedor inmobiliario; era otra cosa, sin duda, como había dicho Guevara; el vendedor es peligroso, dijo, él es el enemigo. El vendedor lo confirmó de inmediato, con cuatro palabras enigmáticas y concluyentes—. ¿Quién es la mujer?

—¿Qué mujer? No vi ninguna mujer.

—No sea imbécil. —Aumentó aún más la presión sobre el brazo y con un movimiento vertiginoso sacó un arma y me la apoyó en la frente.

—¿Qué hace?

—No estoy jugando; ellos tampoco. ¿No le dijeron que esto es una guerra?

Me reí con la mayor naturalidad posible. —¡Usted está loco! Vine a comprar la casa.

—Esa fue la idea primitiva, pero las cosas cambiaron desde que se encontró con esos tres. —La contundencia de la afirmación desmoronó mi esquema. Sabía todo, no era un truco; era capaz de leer la mente con absoluta eficacia. Decidí dar un golpe de timón, un manotazo de ahogado.

—Ah, esos, iba a preguntarle, justamente. ¿La casa está ocupada? ¿Cómo los saco de aquí? Si la compro, ¿me veré envuelto en cuestiones judiciales?

El tipo me soltó y retrocedió un paso, aunque sin dejar de apuntarme con el arma.

—¿Qué estaban haciendo?

—Están ahí afuera, tomando unos mates —dije con la mayor naturalidad—. ¿No lo sabía? ¿No era que usted lee las mentes?

—¿Yo? ¿Cómo lo sabe? —La vacilación duró un instante, pero por lo visto en las zonas francas alcanza con eso. Una pared volvió a abrirse como un diafragma, chis, chas, no la misma, donde ahora había una ventana, sino la que daba al pasillo, pero esta vez pude verlo sin dificultad. Rosa saltó como una pantera y sujetó la mano del vendedor que empuñaba el arma. Pero eso no fue todo. Hubo otro chis, chas, en el techo, y Salvo se descolgó en cámara lenta, como si se hundiera en un gran volumen de plumas de cisne. Esa morosidad no parecía ser importante, ya que el vendedor estaba paralizado. Su rostro había quedado congelado en una expresión de atónito terror, como si su cerebro fuera incapaz de ordenar otra cosa. Salvo blandía un cuchillo de monte de hoja muy ancha, y lo usó para abrir al tipo del ombligo al cuello.

—¡Guarda que sale! —anunció Salvo.

Del interior del vendedor salió una criatura monstruosa, un esferoide de color azafranado, un ser que no se parecía a nada que viviera en la Tierra. El monstruo no tenía extremidades y se precipitó torpemente, cayendo al suelo sin hacer ruido. No sabía si sorprenderme por lo que estaba viendo o por la forma en que Rosa y Salvo manejaron la situación. Me pareció increíble que la criatura se alojara en el interior del cuerpo de un humano y que, tal vez, no sé, conjeturo, hubiera tomado posesión del mismo para manipularlo.

—Salga, si es impresionable —dijo Salvo—. No miento si le digo que lo que sigue es bastante desagradable. —Iba a preguntar qué quería decir con eso, cuando Guevara volvió a entrar por el mismo lugar que había usado para salir. Traía una bolsa de plástico negro y sin dar ninguna explicación vertió el contenido sobre la criatura. Una cascada blanca cayó sobre el esferoide, que empezó a menguar, al tiempo que se desgajaba, tornándose gris y despidiendo un olor nauseabundo, el mismo que había percibido en la habitación llena de muebles.

—¿Es sal? —dije, estúpidamente.

—Es cocaína —dijo Guevara—. No es una guerra barata. Cada uno de estos bichos nos cuesta una fortuna. —La criatura no tardó en quedar reducida a un montón de cenizas. Salvo se acuclilló para remover los restos con el cuchillo. Rosa se ocupó del vendedor, pero yo tuve que apartar la vista; parecía como si el monstruo que había albergado en su interior le hubiera devorado los órganos. Decir que el tipo estaba muerto era una inocentada.

—Así que esta es la guerra —dije.

—Una de las guerras —dijo Salvo.

—Me usaron miserablemente —protesté—. Sabían que el tipo vendría a buscarme; estaban cebando la trampa.

—Cebar trampas, cebar mate —dijo Guevara—. Qué se le va a hacer. Hay cosas peores. ¿Sabe lo que pasaría si estos logran reproducirse?

—No, pero lo imagino. Veo una legión de vendedores inmobiliarios avanzando sobre las grandes capitales.

—¿Es estúpido? —dijo Rosa. Cuando se enojaba el acento alemán se hacía muy ostensible. Por un momento creí que podía saber quiénes eran realmente esos tres, aunque la historia jamás fue mi fuerte. Tal vez eran nomás los de los libros, con nombres y apellidos y hazañas completos.

—No soy amigo de dar consejos —dijo Guevara—, pero le voy a dar uno: no compre la casa si no quiere vivir en medio de un campo de batalla. —Juntó lo que quedaba de la criatura utilizando la bolsa de plástico en la que había traído la cocaína y lo envolvió sin tocarlo con las manos. Después sacó un rollo de cinta de embalar y le dio varias vueltas. Todo el paquete no abultaba mucho más que una pelota de fútbol.

—Me sacaron las ganas. —Traté de sonreír y no pude.

—Entonces no sé si nos volveremos a ver —dijo Salvo tendiéndome la mano. Se la estreché. Rosa movió la cabeza y fue la primera en salir de la habitación. Chis, chas, ya saben.

—Lo mío es un poco más complicado —dijo Salvo—. Sólo funciona cuando no queda nadie. —No pregunté más; seguramente el techo, convertido en una gran boca, se lo deglutiría. Vi que Guevara salía por la arcada, como todas las otras veces y un par de piezas encajaron: sólo podían encontrarse en ese lugar, en ese punto de intersección y por eso habían necesitado que yo atrajera al vendedor. Igual me sentí una porquería.

Salí de la casa y me propuse seguir el consejo de Guevara al pie de la letra.

Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

martes, 24 de febrero de 2026

CARAMELOS

Sergio Gaut vel Hartman

 

Ahora todo se deforma, como en un sueño mal recordado. Pero mientras sucedía se ajustaba a reglas lógicas, tenía cierta coherencia interior, era creíble.

Empezó cuando llevábamos unos pocos meses de casados. En aquel entonces teníamos tan poco dinero que nuestra única diversión consistía en recorrer las calles y avenidas mirando vidrieras. Irma enfrentaba la tortura de no poder comprar con un buen humor admirable. Invariablemente regresábamos a casa con la sensación de haber perdido algo por el camino.

Una tarde de tantas, hartos de túnicas y sandalias –pero en silencio, porque no teníamos nada mejor que ofrecernos–, nos detuvimos frente a un negocio antiguo, de vidrios sucios e iluminación deficiente que, sin embargo, contenía una buena cantidad de sillones de diseño moderno. Había sillones tapizados en pana y raso, sillones de cuero, con armazones de madera, de cromo, y un juego de hierro forjado con almohadones rojos de seda. Una variedad enorme de sillones colmando un local que cualquier comerciante astuto habría convertido en tres.

Nos pareció raro que no hubiese vendedores a la vista, pero la curiosidad nos venció, y entramos.

—¿No hay nadie? —pregunté en voz alta. Irma se aferró a mi brazo, insegura.

—Para qué llamar, si no vamos a comprar nada.

—Pregunto un precio y salimos. Le quiero ver la cara al vendedor.

—Vayámonos ahora. Este lugar me da miedo.

—Si salimos sin preguntar algo haremos el ridículo.

Pero pasaron dos o tres minutos silenciosos, inmóviles, que sólo sirvieron para aumentar la incomodidad. Irma miraba hacia la calle con los ojos muy abiertos y yo trataba de comprobar si el bulto que yacía en un diván azul, al final del salón, era el bendito vendedor que dormía la siesta. Me armé de valor –aunque sabía que lo único a vencer era mi timidez–, y caminé entre los sillones arrastrando a Irma.

No había dado más de cinco pasos cuando el vendedor se levantó refregándose los ojos y nos miró desconcertado. Como almohada había estado usando una bolsa de caramelos y las irregularidades del celofán le marcaban la cara como cicatrices.

—¿Qué desean?

—Un juego de sillones —dije—. De cuerina, como ésos. —Señalé un par de sillones marrones, vulgares y sin gracia. El vendedor cabeceó sin mirarlos y luego de una pausa dijo una cifra. Era una cifra muy alta, algo más de lo que ganábamos Irma y yo sumando nuestros sueldos.

—Es muy caro —dijo Irma—. Lo vamos a pensar.

—Sí, sí —dijo el vendedor—. Vuelvan cuando quieran. —Era evidente que se había dado cuenta de que no éramos compradores aun antes de interrumpir la siesta, pero no parecía guardarnos rencor por eso. Sonrió desganadamente y pudimos apreciar que no era mucho mayor que nosotros.

—Perdone la molestia —dije dándole la espalda, y tomando a Irma de la mano caminamos hacia la calle—. Buenas tardes —susurré.

—Esperen —dijo el vendedor—. Llévense unos caramelos. —Tomó la bolsa y la rasgó con brusquedad—. Gentileza de la casa.

—No se moleste —dijo Irma.

—No somos aficionados a los dulces —dije, con desconfianza.

—Por favor —dijo el vendedor. Había algo de súplica en el tono con que lo dijo. Volví sobre mis pasos, metí la mano en la bolsa y agarré un caramelo.

—Gracias.

—Agarre más. —Ahora el tono era perentorio—. Usted también... señorita. ¿O señora?

—Señora —dijo Irma extendiendo la mano.

—Lleven para los chicos —dijo el vendedor.

—No tenemos —dije.

—Ya vendrán. Y siempre hay sobrinos, los hijos de los amigos... No sean tímidos.

Terminamos llevando una docena de caramelos. Comimos varios en el camino de regreso a casa, riéndonos de nuestra propia estupidez. Durante aquel otoño recordamos el episodio una que otra vez, y siempre servía como excusa para reír y comer caramelos.

 

—No tenemos donde guardar las cosas —se quejó Irma.

—Liquidá un poco de ropa vieja —dije distraídamente. Irma me miró un momento, como para justificar el tránsito del fastidio a la simpatía.

—¿Sabés que no es una mala idea?

Revolvió el placar a conciencia. Una hora después tenía una montaña titulada "esto puede servir" y un montoncito titulado "esto no sirve para nada"; había perdido demasiado tiempo considerando posibles reformas sin reparar en los años y los kilos transcurridos.

—¿Te acordás de este saco? Acá a la vuelta hacen arreglos...

—Está pasado de moda, Irma. No pensarás que voy a ir a la oficina disfrazado de tanguito.

—Se usan más justos.

—¡Haceme el favor! Tirá esa reliquia a la basura.

Irma se encogió de hombros resignada. Sostuvo el saco de las solapas, tal vez imaginando que podría aprovecharse la tela para hacerle bermudas a uno de los chicos. ¡La ropa está tan cara! Finalmente decidió aceptar mi opinión, pero después de colocar el saco en la pila "esto no sirve para nada" cambió de idea.

—¿Qué hacés? —dije espiando por encima del diario.

—Le reviso los bolsillos. Vos tenés la costumbre de olvidar dinero en cualquier parte.

—Si encontrás algo seguro que está desmonetizado. ¿Sabés cuánto hace que no uso ese saco?

—Años. —Frunció el ceño y sacó algo ovalado de un bolsillo interior.

—¿Qué es?

—¿Recordás estos caramelos?

—Sí. Es uno de los que nos dio el vendedor de la mueblería. Creí que los habíamos comido todos.

—Parece que no. Qué risa. ¿Lo querés?

—Guardáselo a los chicos.

—¿Uno solo? ¿Para que se peleen? Además está viejo. Mejor comételo vos, tenés tripas de hierro. —Irma lo desenvolvió con cuidado y me lo alcanzó. Pero vi algo en el papel que me llamó la atención.

—Hay algo escrito —dije.

—Será una viñeta, como la de los chicles.

—Pero los otros no eran así. —Leí con dificultad; la letra era casi microscópica—. Mira qué raro. Es una invitación a una fiesta campestre.

—¡Qué lástima! Entonces nos la perdimos.

—Es para el sábado que viene —dije con tono sombrío.

—Fue hace como cinco años. Estará equivocado.

—Está impreso, clarito. Sábado 14 de noviembre. A menos que sea un error.

—Si fuera un error no diría sábado. Hace cinco años el 14 de noviembre fue domingo. —Irma hablaba con aplomo de temas matemáticos. Era profesora de un colegio secundario, y jugando con los números me superaba con facilidad. Tenía un calendario perpetuo en la cabeza y manejaba el ábaco con más destreza que yo una calculadora.

—Pero el error pudo cometerse el año anterior.

—Estás equivocado. Hace seis años el 14 de noviembre fue viernes porque los bisiestos saltean un día de la semana a causa del 29 de febrero. La última vez que el 14 de noviembre cayó un sábado fue en 1970.

Me di por vencido. El papelito invitaba a una fiesta campestre a realizarse dentro de dos días en un lugar del oeste bonaerense que yo nunca había oído nombrar.

—Vayamos —dijo Irma contra toda lógica.

—¡Estás loca! No sabemos dónde es, ni quiénes son...

—Vos te metiste en la mueblería de puro curioso. Aquí se indica un punto de reunión muy preciso y ahora la que está intrigada soy yo. Sería interesante comprobar si mantienen la promesa, tanto tiempo después. Dale.

Era un disparate. Y un disparate sin gracia. Pero tampoco tenía argumentos para forzarla a desistir. Cuando a mi mujer se le mete algo en la cabeza es cuestión de seguirle la corriente o soportar las consecuencias.

—De todos modos se me ocurre que no va a haber nadie —insistió para justificar el capricho.

—Sos capaz de levantarnos un sábado de madrugada, el único día que podemos dormir sin remordimientos, para comprobar si un papelito... ¡Por favor!

—No es tan temprano. En el papelito dice "once horas"; con levantarnos a las nueve... Podemos aprovechar bien el día... Si la cita es una broma podemos ir a la quinta de tu sindicato, en La Reja... Hago empanadas.

Claudiqué, perdida toda esperanza.

 

Por lo menos no era una broma. Nunca había visto el puente de Pringles tan concurrido. Parecía una manifestación política, y las caras que me resultaban familiares ya habían superado la media docena. Gente del barrio, seguramente.

—¡Irma! —exclamó una mujer mayor a la que yo conocía de vista; una profesora del colegio, pensé.

—¡Raquel! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —Irma estaba encantada.— ¿Cómo te enteraste? —Raquel contó una historia confusa: el primo, un llamado telefónico... Los chicos me pidieron caramelos y perdí el resto de la explicación.

Cuando volví del kiosco Irma estaba hablando con una mujer que habíamos conocido el año anterior mientras veraneábamos en Necochea. Pensé que una gran organización secreta, tal vez una secta religiosa sórdida, estaba detrás de todo el asunto.

—¿Y los chicos? —preguntó Irma.

—Los traje. Miralos.

Había dos tipos con aspecto de sindicalistas sentados en sillas tijera y acodados en una mesita. Contestaban de mal modo a las preguntas de la gente, pero parecían los únicos que estaban al tanto de lo que pasaba. Me acerqué en pie de guerra.

—¿Alguno de ustedes es flautista?

—No —dijo extrañado el más corpulento—. ¿Por?

—Por nada. Y Hamelín, ¿les suena?

—En absoluto —dijo el otro, petiso y calvo. Pero la pregunta le debió sonar graciosa, porque sonrió.

Era la prueba que necesitaba. Hasta ese momento me había sentido como un pobre paranoico, un exagerado que se pone en ridículo por pura falta de imaginación. Pero se trataba de profesionales, sabían cómo manejarnos.

—Aquí hay gato encerrado —le susurré a Irma apretándole el brazo—. No vamos.

—¡Estás loco! Han venido casi todos los profesores del colegio...

—Y muchos vecinos del barrio que me conocen desde chico. Igual no vamos. Es una trampa.

—¡Por favor! Aquí tengo los pasajes.

—¿Encima pagaste?

—Son pasajes gratuitos. ¿Qué mosca te picó a vos?

Los chicos correteaban por el puente. Seguía llegando gente. En algún momento el petiso y calvo se levantó, plegó la silla y señaló una escalera metálica oxidada y vetusta que juro no haber visto antes en ese lugar. La gente empezó a bajar e Irma fue de los primeros por lo que no tuve más remedio que seguirla. Desembocamos en un andén estrecho, precario, formado con tablones colocados sobre una estructura tubular. La masa humana empujaba en todas direcciones, y a pesar de mis esfuerzos me vi separado de Irma y los chicos. Lamenté no haber tenido por lo menos a uno de ellos en brazos: los imaginaba asfixiados por la multitud. Sin embargo Irma estaba tranquila, me hacía continuas señas con la mano y sonreía. Traté de remontar la corriente pero los bolsos de ropa y comida complicaban la tarea. Cuando comprendí que sería imposible acercarme opté por anunciar a los gritos que nos reuniríamos en el tren, que yo ocuparía los lugares necesarios con los bolsos, que no se apuraran, que dejaran subir al resto de la gente. Justamente en ese momento el tren ingresó en la "estación".

Encajonado entre los muros altos y los vagones, y apretujado por la multitud, me sentí el personaje de un film de Losey. Soy el otro señor Klein, pensé. En cualquier momento llegarán los de la Gestapo y me coserán una estrella de David en la manga... Este tren nos reserva un recorrido atípico: Moreno, Luján, Dachau, Treblinka, Auschwitz.

Esta forma de autocompasión no parecía el mejor método para levantarme el ánimo. Por suerte la puerta del vagón quedó cerca de donde yo estaba, y fui uno de los primeros en subir. Ocupé un asiento triple y me asomé por la ventanilla luego de acomodar los bolsos. Me llamó la atención que subiera tan poca gente, pero lo atribuí a las aglomeraciones y desencuentros. Cinco minutos después el vagón seguía casi vacío, y los únicos pasajeros eran hombres solos, separados de sus familias. Estábamos como acorralados, en una situación precaria, hablando a los gritos por sobre un mar de cabezas. Parecíamos reclutas confundidos, a punto de ser enviados al frente sin instrucción militar. Varias veces traté de acordar con Irma puntos de reunión alternativos, pero ella parecía estar cada vez más lejos y mis palabras, mutiladas por la distancia, le llegaban tal vez entrecortadas, imprecisas.

Finalmente comprobé que, en efecto, nos separábamos más y más porque el tren, silenciosamente, se había puesto en marcha. Los vagones posteriores llegaron al extremo del pequeño andén improvisado y la estación quedó atrás. Perdí todo rastro de prudencia y procuré lanzarme del tren, pero una serie de factores tan simples como imprevisibles se confabularon para impedírmelo. Estaba en la parte central del vagón y grandes pilas de bolsos me cerraban el paso en ambas direcciones. Cuando logré sortear los obstáculos encontré trabadas las puertas de ese lado. Y después fue demasiado tarde: el tren marchaba a una velocidad tal que tirarme en esas condiciones habría sido un suicidio.

Descarté la idea de abandonar el tren y decidí esperar una parada o el final del viaje para regresar a casa en el primer servicio descendente disponible. Por el momento no parecía haber mejor entretenimiento que observar a mis compañeros de infortunio. Casi todos tenían un aspecto mustio, marchito. Pero, aunque estaban confundidos y desanimados, no se hubieran diferenciado de la clase de pasajeros que viaja en tren rumbo al trabajo. Habían aceptado la rareza de la situación con filosófica pasividad, y por lo que pude ver ninguno de ellos había tratado de saltar. Me pareció lícito admirarlos en silencio. Contemplaban el paisaje por las ventanillas con absoluto desapego, como si en lugar de un viaje a lo desconocido estuvieran paseando por una galería comercial. O como si esas líneas paralelas de color gris que iban quedando a nuestras espaldas formaran parte de una rutina diaria. Y sí, pensé, por qué no; cuando subí había varios pasajeros acomodados, que bien podían haber abordado el tren en la cabecera confundiéndolo con un suburbano regular.

Pero el tren no paró en ninguna estación.

Es un rápido, pensé para levantarme el ánimo. No tenía sentido atormentarse con ideas negativas. El tren llegaría a destino...

El paisaje fluctuó. Villas de cartón, villas de chapas; zonas residenciales, zonas fabriles, campos hasta el horizonte. Me angustiaba pensar que cuanto más lejos me llevara ese maldito tren, más tardaría en reunirme con Irma y los chicos.

Algunos de mis acompañantes leían el diario y otros dormitaban. No me atrevía a encarar a nadie. Finalmente decidí pasar al vagón contiguo; quizás allí la gente no fuera tan apática y alguien tuviera una explicación para lo que nos estaba pasando.

En el otro vagón había mujeres, no muchas, como si un ordenamiento lógico pero desconocido hubiera separado a las víctimas por sexo. Tenían rostros comunes, casi borrosos, el tipo de cara que resulta difícil de recordar apenas se cierran los ojos. En lugar de personas bien podían ser el producto de una pesadilla.

Y así, la idea que había estado pugnando por entrar en el círculo de la conciencia terminó por imponerse: yo estaba soñando. Uno de esos sueños vívidos, que parecen reales y son capaces de incorporar hasta las reflexiones sobre la naturaleza de los sueños, me había tomado por asalto. Estaba atrapado en una pesadilla capaz de alimentarse de sí misma y al mismo tiempo destruir todos mis intentos por despertar.

—Escúcheme —le dije a una mujer de cierta edad que me pareció confiable—. ¿Usted entiende esto?

—¿Sí? —La mujer no separó la cara de la ventanilla; estaba como hipnotizada. Los cables de alta tensión ondulaban paralelos y cadenciosos entre las torres, configurando un esquema de aislamiento rítmico e inhumano. Comprendí que no lograría nada con ella y me acerqué a otra.

—¿A usted también la cazaron con la trampa de los caramelos? —le pregunté estúpidamente.

—¿Hmmm? —La mujer me miró a los ojos y mis párpados cayeron; noté que se le habían borrado las facciones. O tal vez no fuera así y mis sentidos empezaban a jugarme una mala pasada. Veía planos que se cortaban en puntos distantes, fuera del tren, y formaban ángulos borrosos, inconclusos.

Cuando logré reaccionar y ya me disponía a pasar al vagón siguiente noté que el tren se detenía. Me asomé por la ventanilla y comprobé que entrábamos en una estación de pueblo. Por el tiempo de viaje deduje que no podíamos estar más allá de Merlo, pero el andén, corto e irregular, no se correspondía con ningún lugar que yo conociera. Tal vez, me dije, hayamos tomado por un desvío; debe ser eso.

Traté de leer el cartel que suele haber en los extremos de los andenes o sobre la oficina del jefe, pero no vi nada. Un lugar anónimo. El tren se había detenido sobre una vía única que se perdía en el horizonte, y su arribo debía constituir un acontecimiento importante porque se había congregado una multitud para recibirlo. Hombres y mujeres agitaban los brazos alegremente y voceaban nombres que yo no alcanzaba a identificar. Mis compañeros de viaje, en cambio, parecían aturdidos. Unos pocos se habían levantado de los asientos y miraban hacia afuera extrañados, como si la cosa no fuese con ellos.

Agarré los bolsos y bajé del tren.

Caminé unos pasos por el andén con la intención de preguntar en la boletería si ese u otro tren regresaba a Buenos Aires y cuándo. En virtud de la larga serie de acontecimientos nefastos que parecía perseguirme estaba dispuesto a aceptar respuestas como "mañana", "dentro de una semana" o "ese fue el último viaje"...

Una mujer joven, de largo pelo negro, se desprendió de la multitud y vino rectamente hacia mí, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.

—¡Bela, por fin!

Cuando dijo Bela sentí que un escalofrío me corría por la espalda. ¿Se estaría refiriendo a mí? Miré a los costados y comprobé que era el único pasajero que había descendido. Pero no me llamo Bela. Hasta ese momento estaba seguro de que mi nombre era otro, aunque no lograba recordarlo. Bela me sonaba a húngaro, un nombre ridículo, como de fantasía, adecuado tal vez para un actor de películas de terror, no para una persona normal.

—¡Querido! —exclamó la mujer abrazándome con fervor y besándome en la boca. Sentí su lengua aguda abriéndose paso entre mis dientes; tenía gusto a naranja—. ¿No estás contento de haber vuelto a casa?

—No. No sé —balbuceé.

—Bela, siempre el mismo atontado. Vamos, no te quedes ahí parado como un pavo.

Tironeó de mi mano riendo con descaro. Era una mujer de belleza silvestre, agresiva, que en otras circunstancias me hubiera atraído irresistiblemente en lugar de amedrentarme. Me limité a seguirla.

Cuando abandonábamos la estación miré hacia atrás y descubrí que era el único que había bajado del tren. La gente se desconcentraba en silencio y la fiesta podía considerarse terminada. El tren se puso en marcha. Era evidente que me había apresurado y estaba aún más comprometido que antes.

La mujer me condujo por la única calle del lugar hasta una especie de supermercado que estaba en la esquina, frente a la estación. Pasamos por delante de una pila de cajones vacíos y ella empujó una puerta vaivén de vidrio. En la caja había un hombre mayor, de unos sesenta años, que nos miró inexpresivamente. Atravesamos el salón de ventas sin saludar a nadie, casi a la carrera, y subimos por una escalera escondida entre latas de dulce de membrillo. La escalera conducía a un entrepiso que bordeaba todo el local, pero ése no parecía ser el punto final de nuestro viaje. La mujer se detuvo ante otra puerta y la abrió con una llave que había sacado del bolsillo del jean.

—Vení —dijo tironeándome una vez más. Era una provocación. Yo sabía lo que venía a continuación, pero todavía no había logrado poner mis pensamientos en orden como para hacer alguna pregunta coherente.

Me llevó a un cuarto en penumbras, bastante limpio a pesar de que se hallaba abarrotado de mercaderías. Dejé los bolsos sobre una mesa y me acerqué a ella. Llevó mis manos hasta sus pechos y me indujo a que se los apretara. Esa conducta me descolocó de tal modo que me moví con mucha torpeza y pateé una hilera de botellas vacías. Las botellas rodaron interminablemente y cayeron a la planta baja rompiéndose con gran estrépito. Contrariamente a lo que supuse, a nadie le preocupó lo sucedido, y nadie nos reprendió; hasta me pareció que había risas divertidas y comentarios intencionados, tal vez referidos a lo que podríamos estar haciendo arriba.

—No sabés cómo te extrañé —dijo la mujer sacándose el suéter de lana. Como imaginé, no usaba sostén. Tenía pechos en forma de gota, con pezones y aureolas diminutos.

—¿Te parece un buen lugar para hacerlo? —Mientras pronunciaba esas palabras sentí un hormigueo en la lengua. Una porción de mi mente pensaba otra cosa, tal vez una respuesta adecuada, algo así como: "No pudiste haberme extrañado porque no nos conocemos."

A partir de ese momento toda la escena se desarrolló en dos planos paralelos: yo decía algo diferente de lo que pensaba y a ella le parecía lo más natural del mundo. Nos conocíamos desde hacía varios años, estábamos casados, vivíamos en los altos del supermercado –aunque durante mi ausencia nuestra habitación se había aprovechado para almacenar mercaderías–, ella era la hija del propietario y se llamaba Mari.

—¿Ganaste mucha plata en Buenos Aires? —Mari me apoyaba los pechos en el brazo; sentí la dureza de los pezones, aunque traté de reprimir mi excitación para no perder la cabeza. Aún confiaba en poder explicarle la verdad de la situación, que estaba confundida...

—Algo. Pero vos sabés que un kiosco de cigarrillos y golosinas no es la clase de negocio que permite hacerse rico en poco tiempo.

—No me escribiste ni una carta.

—Tenía el kiosco abierto día y noche. Dormía en el kiosco. —Yo quería hablarle de Irma, de los chicos; decirle que trabajaba en una inmobiliaria y que me llamaba Abel, no Bela. Ahora ya no pensaba en pesadillas, sino en una larga amnesia, una bifurcación en algún punto del camino. Sin embargo retenía mi pasado, recordaba los años de mi niñez.

—Malo; no me trajiste ni un caramelo. —Era el colmo. Revisé los bolsillos del pantalón y encontré los caramelos que había comprado para los chicos en la esquina del puente de la calle Pringles. Le di uno—. ¡Qué lindo! —dijo Mari—. En el papel hay un mensaje de la buena suerte.

—No sabía que los caramelos venían con mensaje —susurré. Mari terminó de leer el papelito y una sombra le cruzó la cara.

—¡Idiota! —Tiró el envoltorio y salió corriendo, con los pechos al aire, desentendidos de los dramas humanos, felices. Recogí el papelito y leí el mensaje: "Este hombre la engaña con una mujer que se llama Irma."

Bajé tratando de pasar inadvertido. Cuando llegué a las cajas observé que Mari estaba hablando con un hombre joven que yo no había visto al entrar; el hombre no parecía impresionado o molesto o excitado porque Mari tuviera el torso desnudo. Ella ni me miró.

Salí a la calle y vi que ya se estaba poniendo el sol. No tenía objeto volver a la estación de ferrocarril, por lo que me alejé del pueblo a campo traviesa. A lo lejos divisé una ruta por la que pasaban coches y camiones.

No fue difícil hacerme llevar por un transportista de hortalizas que iba a Buenos Aires.

¿Las cosas se estarían encarrilando, por fin? Esperaba que Irma no se hubiera puesto excesivamente nerviosa al ver que me iba en el tren, aunque seguía sin entender por qué ella y los chicos no habían subido. Conté los minutos que me separaban de casa. Todo se arreglaría.

El camionero era muy locuaz e interrumpía continuamente mis pensamientos. Traté de ser educado asintiendo y sonriendo de vez en cuando. Hablaba del precio de la verdura, de mercados de concentración... Quizás algo que él dijo, o mis propios nervios, me llevaron a un descubrimiento. Bela no es otra cosa que un anagrama de Abel. ¡Y Mari de Irma! ¡Ahora los rasgos del sueño se afirmaban! ¿Qué significado puede tener verse separado de la familia por culpa de un envoltorio de caramelo, embarcado en un tren irregular, obligado a realizar un viaje sin sentido hasta un pueblo que no figura en los mapas, tironeado por una loca que dice ser tu mujer...?

Me dejó bastante cerca de casa. Pero me sentía perdido, como si hubiera estado mucho tiempo fuera de la ciudad, y no unas pocas horas. Llegué a casa a eso de las nueve. El portero estaba sacando la basura y ni me miró. El corazón me latía con fuerza; estaba muy ansioso y me pareció que el ascensor se movía con exagerada lentitud.

Cuando por fin llegué al departamento me detuve a escuchar. Aparentemente no había nadie. Estarían todos en la casa de la madre de Irma. Puse la llave en la cerradura y la hice girar. Yo no vivía allí. Nunca había vivido en ese lugar.

Una mujer mayor se me acercó, aterrada.

—¿Usted...?

—Señora —articulé con dificultad—: discúlpeme; me debo haber equivocado... soy nuevo en el edificio, ¿sabe? No entiendo lo que pasó. Mi llave abre su puerta... Es una casualidad. —Le tendí la llave, pero la mujer retiró la mano. La llave cayó sobre la alfombra, en silencio.

¿Seguía el sueño, la pesadilla? La mujer retrocedió, como si yo fuese un aparecido. Le di la espalda y salí corriendo de allí,

Bajé por la escalera y paré un taxi al llegar a la vereda. Iría a la casa de mi suegra. Era el único lugar lógico. No quería ni pensar en lo que acababa de pasar en el departamento. Hablaría con Irma y todo se aclararía.

Pero la sensación de angustia se repitió ante el llamador de bronce de la casa de mi suegra.

Ahora sabía de qué se trataba. Había algo irremediablemente desfasado en el modo en que se habían ido desarrollando los acontecimientos, y un sentido extra, una capacidad ignorada hasta ese momento, me ponía sobre aviso. Ya empezaba a ser capaz de descifrar los mensajes.

Por suerte fue Irma quien atendió a los golpes de la manito de bronce.

—¡Querida! —exclamé temblando—. ¡Por fin! —Irma me miró, primero con asombro, luego con espanto.

—Usted... ¿quién es?

—¡Irma! ¡Soy Abel!

—No lo conozco. ¿Qué quiere? —El tono era duro. Yo podía ser un asesino, un borracho; cualquier cosa menos Abel.

—Escúchame —insistí—. No sé de qué lado de la pesadilla estoy, ni siquiera sé si es una pesadilla. Pero déjame entrar, permitime que te cuente lo que pasó desde el principio.

—¡No! No tengo nada que hablar con usted, ni me interesa. —Irma hizo un intento de cerrarme la puerta en la cara. Vaciló.

—Dame un minuto. Hace de cuenta que soy un desconocido que te para en la calle...

—¡No! —repitió Irma. Cerró la puerta.

—Soy... —Yo ya no era nada. ¿Acaso Irma iba a creer una historia basada en que nos habíamos conocido en un baile, siete años atrás, que habíamos estado tres años de novios, que al principio le había costado quedar embarazada...? Los sucesos del día tenían más consistencia. Mari, el caramelo de la buena suerte, con ese mensaje ridículo. Di media vuelta. No sabía si me emborracharía, si iría a ver a un psicólogo, si me suicidaría, o en qué orden haría todo eso. Entonces la puerta se abrió e Irma se asomó tímidamente.

—Espere.

—¿Sí?

—Recuerdo un sueño —dijo Irma—. Una estación de ferrocarril y mucha gente. Lo raro es que había un hombre muy parecido a usted. Me llamaba desde el tren, y me decía algo, pero yo no le entendía.

No le dije nada. Bajé la cabeza, y me alejé. Estaba seguro de que Irma luchaba contra el deseo de llamarme, de seguir indagando, tal vez por pura compasión. Ya no estaba asustada. Pero todas mis pruebas eran como bruma, o peor, como estigmas.

Caminé una cuadra con los puños crispados en los bolsillos, y pensé en los personajes de la literatura, ésos que visitan un lugar imposible y siempre logran rescatar un objeto testigo, la prueba de que estuvieron allí. No en mi caso. Ni siquiera me servía tener los bolsillos llenos de caramelos, los caramelos que los chicos no habían llegado a comer.

Me planteé seriamente la posibilidad de volver al pueblo de Mari, pero no tenía idea de cómo viajar hasta allí. ¿Atravesando un espejo? ¿Tomando un tren fantasma que saliera de un vigésimo piso?

Es inútil. La situación no tiene remedio. Mi efímera existencia habrá terminado cuando el soñador se despierte por la mañana, y me olvide entre el primer sorbo de café y la lectura del diario.


Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

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