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jueves, 2 de abril de 2026

EL FRUTO DE SU VIENTRE

Eliana Soza Martínez

 

La anciana estaba segura de que algo había cambiado cuando comenzaron a repetirse, noche tras noche, las pesadillas. Su cuerpo se fue transformando, sentía cómo sus intestinos y su vejiga se movían hacia un lado para dar lugar a aquel bulto que se hinchaba sin medida. Por su edad, era imposible haber engendrado vida. Su nieta, prostituta, de belleza extraña, creía que se trataba de gordura o en el peor de los casos un tumor. La abuela sabía que era una transformación maldita; sentía movimientos de una criatura que crecía en su interior, cada día se hacía más fuerte y ella más débil. El resto de su organismo moría lentamente. Los médicos no acertaban en un diagnóstico.

La joven, por la pobreza y su oficio, a pesar de su belleza natural, parecía una flor a punto de marchitarse. No tenía paciencia para los malestares de su abuela; por lo que la internó en un centro de salud público. En las ecografías el bulto salía limpio, la anciana estaba segura de que algo vivo allí había comenzado a controlar su mente. Pensamientos oscuros fueron apoderándose de sus días, recordaba su juventud y odiaba a su nieta que ahora tenía a los hombres a sus pies y que heredó su oficio. Si bien no había conseguido alguien que la sacara del prostíbulo con una vieja acuestas, si ella dejara de existir, seguro que la joven sería feliz.

Pensó en morir, pero los doctores no lo permitirían, tampoco el parásito que la absorbía; aún era necesaria. Pidió que viniera un sacerdote a darle la comunión; la cosa en su cuerpo deseaba divertirse. Llegó un religioso delgado y asustadizo, que cuando confesó a la mujer tembló y se fue casi corriendo del sanatorio, para luego dejar su parroquia y perderse en un pueblo alejado.

Entretanto, el engendro obligó a la anciana a escapar del hospital; salió como un fantasma en medio de la noche. Llegó a su casucha. Una vecina que la vio débil la ayudó a acostarse, pero sin previo aviso, la anciana le cortó el cuello, bebiendo su sangre, le abrió el pecho y sacó el corazón aun palpitante y se lo comió. Este festín le dio tiempo de esperar a su nieta, de quien deseaba vengarse por tener una vida más larga y belleza para disfrutarla.

La joven entró cansada de su trabajo, vio el cuerpo de la vecina y se espantó, mas cuando se encontró frente a su abuela, con la cara y las sábanas bañadas de rojo, supuso que también estaba herida. Le preguntó si se encontraba bien; la vieja negó con la cabeza, estiró la mano como pidiendo ayuda, pero a la chica le dio asco tocarla. Quiso salir a pedir auxilio, aunque no pudo hacerlo por el grito desgarrador que sonó detrás de ella. Se acercó y vio el cuchillo en la mano arrugada. Le dijo a la anciana que le traería un vaso de agua, pero además tomó un martillo. Cuando estuvo a unos centímetros le arrojó el líquido y la golpeó en la cabeza y el vientre, dejándola moribunda.

—Acepta lo que te proponga —susurró la abuela con voz temblorosa—, no mueras como yo, en la pobreza.

—Estás alucinando, vieja de mierda, querías matarme.

—Recuerda que Dios nunca estuvo para nosotros.

Ni una lágrima cayó por el bello y triste rostro. El vestido carmín pegado a su esbelto cuerpo, todavía olía a cigarrillo y alcohol. Sintió una débil náusea que se le pasó de inmediato. Mientras imaginaba la vida sin la abuela, pudo contemplar cómo un humillo salía de la boca de la muerta y su estómago abultado bajaba hasta ser normal. El repugnante demonio observaba victorioso el siguiente instrumento, perfecto para seguir torturando almas; la desmayó. En medio de una pesadilla, un ser hermoso, igual a un ángel, pero con cuernos en la cabeza y vestido de negro, le ofrecía su mano; la muchacha, algo asustada, dudó en tomarla, pero recordó las palabras de su abuela.

Horas después despertó con la certeza de que algo había cambiado en ella y que una fuerza extraña crecía en su interior, no como un bulto. Su belleza floreció, la piel lozana y el cabello ensortijado chispearon; sus senos y glúteos erectos se insinuaban más que nunca debajo del vestido. La seguridad de ser irresistible entre hombres y mujeres le daba la potestad de castigar a quien no se arrodillara frente a su poder. Tomó su cartera, su mejor abrigo y salió del cuartucho jurando que nunca más volvería a ese infierno.


Eliana Soza Martínez nació en Potosí, Bolivia. Es comunicadora, escritora, editora y gestora cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra (2018). Encuentros/Desencuentros (2019), Monstruos del Abismo (2020), Pérdidas (2021), Luz y Tinta (2022), Acuarelas (2023), Umbrales (2023), Cuéntame, libro infantil interactivo (2023), El fuego que habita en nosotras (2024), Cadena de Sangre y Muerte (2024). Sus cuentos fueron publicados en más de cien revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México y España. Algunos de sus textos fueron traducidos al polaco y al alemán.

jueves, 1 de enero de 2026

EL MUNDO DE ABAJO

Eliana Soza Martínez

 

Daniela se miraba el rostro de manera minuciosa. Las mascarillas de carbón activado, aloe vera y otras no estaban funcionando; los poros todavía estaban abiertos y daban a su piel una imagen descuidada. La nariz estaba bien; tal vez con el artilugio que había comprado permanecería respingada, aunque le causara dolor. Los ojos, perfectos, almendrados, color miel y con unas pestañas envidiables: el aceite de coco había funcionado. Pero los dientes eran algo muy diferente: los incisivos centrales eran demasiado grandes y anchos; los laterales, de tamaño respetable; sin embargo, los caninos eran un desastre. Como no tenían espacio para acomodarse, habían salido por encima de los de al lado; necesitaba una ortodoncia o una cirugía bastante costosa. Su cuerpo también necesitaba ser arreglado: un aumento de busto y trasero; la cintura, algo que ella podía moldear, era perfecta. A pesar de todo, en total precisaba mucho dinero para entrar en el canon de belleza de la sociedad y dejar de ser una paria. Tenía bastante ahorrado en una caja de zapatos que le había entregado a su primo Gonzalo para que la guardase, sin decirle lo que tenía dentro. Todavía le quedaban unos meses para que se cumpla el tiempo estipulado por el gobierno para demostrar cambios visibles en su físico y no ser exterminada.

Gonzalo, que había alcanzado la perfección, la visitaba para despedirse porque le asignaron un trabajo de atención al cliente y su vida cambiaría radicalmente: le entregarían un espléndido departamento y tendría un sueldo fijo que costearía lujos y retoques en su apariencia. Daniela sentía envidia, aunque estaba segura de que conseguiría lo que le faltaba y también iría detrás de ese sueño. Gonzalo, como regalo de despedida, le dejó varias cajas de cremas, aceites y otros mejunjes que ya no necesitaría. La espantosa noticia que le dio fue que se deshizo de las demás cajas que tenía, olvidando que una de esas le pertenecía a Daniela.

Ella se puso blanca, corrió a revisar la basura, pero los recolectores ya habían pasado; su única esperanza era ir hasta el vertedero y buscar su preciada caja. Al llegar ya era de noche; usó la linterna de su celular para ver mejor y había llevado barbijo y guantes de látex para ir en la búsqueda. Contempló las montañas de basura que se erigían en el lugar; tuvo algo de miedo, pero su futuro estaba en esa caja. Recorrió la avenida abierta entre los montículos y al fondo encontró uno en pleno armado y supuso que ahí dejarían lo último que recogieron.

Cuando se aproximó, observó una sombra escurrirse por la oscuridad. Pensó: ¿quién podría estar a estas horas en un basural? De pronto, divisó una clara figura femenina con varias cajas en los brazos; una de ellas era la suya. Corrió tras ella; al darse cuenta de esto, aquella sombra marchó más deprisa. El spinning y las caminadoras le sirvieron a Daniela para no perder de vista a la ladrona. Cuando la vio entrar a una cloaca no pudo creerlo: ¿a dónde se dirigía? Con toda la repugnancia agazapada en su garganta continuó la persecución. Al final, si perdía ese dinero, de todas maneras moriría; era su única esperanza.

Al entrar a la cloaca se asombró, porque no era lo que imaginaba: no vio ratas ni el olor era insoportable. Alguien había construido un embovedado que no dejaba escapar los olores nauseabundos que bajaban de los baños de arriba. El lugar estaba limpio y las paredes bajas lucían decoradas con pinturas de texturas, colores y estilos diferentes. Por unos segundos quedó paralizada por la belleza de las imágenes; luego recordó su dinero y siguió corriendo.

Otra sorpresa la esperaba más adelante: estantes repletos de libros en perfecto orden. Hacía años que no sabía de la existencia de un ejemplar; los únicos impresos de papel en la ciudad eran algunos catálogos de moda y maquillaje. Cuando estaba a punto de tomar un libro, un golpe en la cabeza le hizo perder el sentido.

Al despertar se vio amarrada en un lugar oscuro, con decenas de personas a su alrededor, todas con capuchas cubriendo sus rostros. Frente a ella, la ladrona le apuntaba con un arma.

Alguien que parecía ser la líder se acercó.

—¿Qué haces aquí abajo, linda? —le preguntó con una voz dulce.

Algo asustada explicó que venía persiguiendo a la chica que tenía una de sus cajas. La mujer inquirió que, si era tan valiosa, por qué la había botado a la basura. Tuvo que contar el cuento del primo, aunque sintió que no le creyeron. Otra pregunta resonó en medio de aquel extraño lugar.

—¿Qué contiene la caja?

La sangre de Daniela se le heló en las venas; estaba segura de que aquella gente se robaría su dinero. Tantos años de trabajo limpiando baños, barriendo lugares públicos de noche, fueron en vano. Cuando abrieron la caja y encontraron los billetes, se los devolvieron, al parecer porque no entendían su valor; Daniela los contemplaba atónita. Después la luz aumentó y uno por uno se fueron sacando las capuchas; al ver sus rostros, otra vez se desmayó.

Al despertar creyó que había tenido una horrible pesadilla, pero no tardó en descubrir que no. Estaba echada en algo que parecía un catre y, a su lado, solo la líder, que se hacía llamar Cam. Su rostro era feo; nunca en su vida había visto alguien así: ojos pequeños y vivaces, nariz aguileña, piel oscura llena de manchas y arrugas, casi sin dientes. Aunque sí tenía unos labios delgados y rosados, sus manos también eran bellas. Entonces preguntó, con mucha curiosidad, quiénes eran.

Cam la llevó a pasear por el lugar. Le impresionó lo que veía: toda una ciudad debajo de la otra, pero en contraposición llena de gente fea. Otras diferencias eran que, si arriba las calles estaban pavimentadas y llenas de escaparates vendiendo ropa, maquillaje y artefactos para ejercitarse, abajo las personas estaban cultivando, pintando, leyendo, haciendo música, esculpiendo, preparando comida, riendo y bailando. No usaban dinero; el trueque era la moneda de cambio, por eso no supieron qué hacer con los billetes de Daniela.

Preguntó, de nuevo, de dónde habían salido. Entonces Cam le contó que ellos eran los resultados fallidos de los experimentos que realizaban arriba y que algunas personas de buen corazón, en vez de deshacerse de ellos, los enviaron a ese lugar. Ella era parte de las primeras generaciones y su labor era proteger esa ciudad y a su gente; por eso no podían dejarla ir. La joven se asustó mucho al darse cuenta de que sería una prisionera. La líder la dejó caminando por las calles de una sola dirección.

Al ver tanta armonía y amabilidad en las personas, Daniela ya no se concentraba en los defectos físicos de sus interlocutores. Conversó con varios que admiraban su belleza; alguien la dibujó. Cantó y bailó con otros jóvenes. Cuando vino Cam a recogerla, habían pasado muchas horas sin que ella se diera cuenta. Esa noche no durmió, pensando en el descubrimiento que había hecho y en su vida de arriba: eran tan diferentes.

Al día siguiente, Cam le ofreció enseñarle a leer; aceptó encantada. Semanas después ya leía libros ávidamente y se olvidó por completo de que era una prisionera.

Después de algunos meses, Daniela se reunió con la junta de los mayores, quienes le explicaron que su estilo de vida estaba en peligro porque, a diferencia de arriba, no se controlaba la natalidad, por lo que su población crecía sin medida y estaban por quedarse sin comida y sin espacio. Por eso, desde hacía varios años habían planificado tomar el mundo de arriba y necesitaban a alguien como ella para que no llamara la atención.

El plan era eliminar a los líderes y verter en el agua una sustancia en la que habían trabajado sus científicos, que convertiría a toda la población en seres humanos comunes y corrientes, sin la perfección estética a la que estaban acostumbrados; entonces ellos podrían subir y mezclarse.

Daniela aceptó sin pensarlo mucho. Sabía que la vida de la superficie no hacía feliz a nadie y que muchos, como ella, que no eran perfectos, sufrían demasiado. Los espejos ya no iban a ser los jueces que definirían quién merecía vivir y quién no.


Eliana Soza Martínez nació en Potosí, Bolivia. Es comunicadora, escritora, editora y gestora cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra (2018). Encuentros/Desencuentros (2019), Monstruos del Abismo (2020), Pérdidas (2021), Luz y Tinta (2022), Acuarelas (2023), Umbrales (2023), Cuéntame, libro infantil interactivo (2023), El fuego que habita en nosotras (2024), Cadena de Sangre y Muerte (2024). Sus cuentos fueron publicados en más de cien revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México y España. Algunos de sus textos fueron traducidos al polaco y al alemán.

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