domingo, 4 de octubre de 2026

GUARDIA NOCTURNA

Patricio G. Bazán

 

El sol estaba ya bajo cuando me presenté ante Cornelio, mi centurión, que se veía casi tan fastidioso como yo.

—Quinto, llegas tarde, para variar. Debo reemplazar al idiota de Cayo Longino que, sin previo aviso, comenzó a tener visiones acerca de dioses y milagros. No te molestes en protestar: sé que ya estuviste de guardia, cuando murió ese nazareno…

—¡Ni lo mencione, trabajamos como galeotes conteniendo los desórdenes!

—… pero todos están un poco nerviosos, y necesito a un voluntario más para cuidar el sepulcro. ¡Gracias por ofrecerte!

“¡Como si pudiera elegir, gordo pomposo! Al menos, será un trabajo tranquilo”, pensé en su cara sin que se notara. Pero no tuve tanta suerte.

—Aunque estamos frente a una tumba, no creas que vas a aprovechar la guardia nocturna para dormir a pata suelta: circula el incómodo rumor de que los seguidores del falso mesías planean robar el cuerpo. Así que mantengan los ojos abiertos, que lo que menos quieren los príncipes y el procurador son problemas políticos...

Tenía toda nuestra atención, pues había nombrado una de las palabras que los legionarios más detestamos: problemas. Nadie quiere problemas, sobre todo si se emplean como pasaporte a los más remotos e incómodos confines del imperio. ¿Problemas, dijo? No, gracias, centurión; solo queremos volver a casa. Y, si es posible, de una pieza. Creo que todos los presentes evidenciábamos ese temor en nuestros semblantes, pues el muy maldito nos obsequió el dudoso presente de su sonrisa despareja. Ensayó una suerte de reverencia exagerada y se despidió entre carcajadas.

—¡Buena guardia!

Lo vi alejarse, aun sacudiéndose de risa. Saludé a mis compañeros: Claudio, el flaco Anco Mario, Alano el Godo, todos buenos hombres que se veían tan cansados y molestos como yo.

—Quinto, ¿tú también, hijo mío? —exclamó Claudio a modo de saludo. Nos conocíamos desde hace años; los cuatro éramos veteranos de tantas campañas que ya ni cuestionábamos las ocurrencias de nuestros superiores. Estos duraban en el mando lo que dictaran las políticas del momento, pero nosotros no; siempre estábamos presentes, doblando el espinazo allí donde Roma lo necesitara.

—No pude resistirme al encanto de sus feas jetas, camaradas. —Contemplé el oscuro y lúgubre paisaje que nos rodeaba. ¡Cada guardia peor que la anterior!—. Al menos está silencioso.

—Si me lo preguntan, no creo que venga nadie a robarse un cadáver —sentenció Anco. No se lo habíamos preguntado, pero eso no era un obstáculo para que nos obsequiara con uno de sus habituales fragmentos de sabiduría. —De ser así, habrían puesto más guardias en este agujero infecto.

—Es que confían en que cuatro de los aguerridos muchachos de la Décima bastan para contener a una horda de fanáticos furiosos —contesté—; aunque lo que realmente me pregunto es por qué convocar a cuatro veteranos de la Fretensis, en lugar de los inútiles de la cohorte local…

—Precisamente, a causa de un inútil. Malco, el espía del sacerdote Cajapha, le fue con el cuento ese del secuestro —terció Alano. Corpulento y reservado, hablaba solo lo necesario, y lo poco que decía siempre tenía sentido—. El resto quedó apostado en la Torre Antonia, por las dudas…

Me acerqué al sepulcro para examinar la gran piedra circular que tapaba la cueva, en busca de señales de negligencia. Soy extremadamente sensible a los detalles.

—Veo que han puesto el sello en la losa. ¿Estuvieron presentes durante el acto, o recién llegan, como yo?

Claudio escupió al piso antes de contestar.

—Nos encontramos con todo el circo ya montado, Quinto. Nos pusieron en autos hace tan solo un momento. Ignoramos quién estuvo antes de guardia: solo vimos a Cornelio y a un sacerdote judío bastante nervioso. Parecía que querían sacarse el paquete de encima.

—Resumiendo: vamos a pasar una velada entretenida custodiando el sepulcro de un revoltoso ejecutado, en espera de la incursión de un ejército fantasma. Díganme que, al menos, no temen también que el occiso vaya a resucitar y salir flotando tras empujar esa pesada piedra…

Curiosamente, no contestaron mi chanza. Tenían el semblante preocupado, como si en sus cabezas hubieran anidado sospechas que no quisieran compartir con el resto.

—Hermano, hay algo más en todo esto. Detienen al líder de una secta mesiánica por instancia de los sacerdotes. Menos él mismo y una docena de alucinados, todos lo querían muerto. Se lo ejecuta como advertencia, y su movimiento queda desbaratado. Todos lloran y se lamentan, y las autoridades se envían mutuas congratulaciones; retorna la paz social a Judea, ¡albricias! Pero misteriosamente, el centurión Longinos comienza a relatar a todo aquel que le preste la oreja disparates acerca de portentos celestiales y dioses renacidos. Por eso lo relevaron. Y entonces, en lugar de emplear a la red local de fisgones para algo más que complotar, echan mano a un puñado de legionarios duros y discretos, habituados a ejecutar ciertas operaciones tan confidenciales que jamás llegan a oídos de Cesar… Hay algo aquí, Quinto: político o religioso. No me gusta.

Todos asentimos. ¡Niñeras de un mesías muerto! Parecía uno de esos trabajos desagradables que a veces nos caían sin pedirlo, en los que se arriesga el pescuezo sin más recompensa que una promesa de ascenso o, simplemente, una palmadita sobre el hombro y un “Roma te lo agradece”. En esta tierra, donde todos conspiraban, mentían y espiaban en nombre de la ambición, éramos los únicos bueyes que transpiraban para un águila dorada...

Se había puesto oscuro, y no lo notamos enseguida, cada uno rumiando sus propias teorías sobre el suceso. Nos arrebujamos en nuestros mantos y, de común acuerdo, decidimos permanecer a oscuras. Refrescaba, y el viento se entretenía meciendo las ramas de los árboles de ese jardín sombrío, aportando su cuota de inquietud al clima de pesimismo que, como un ladrón en la noche, había descendido sobre nosotros.

A falta de algo mejor que hacer, comencé a afilar mi daga, con el oído atento a cualquier indicio de problemas. Todas las guardias se parecían, después de tanto tiempo, pero esta en particular nos tomaba con nuestros hábitos de trabajo alterados. Sabíamos, de algún modo, que esta guardia nocturna no sería normal.

Debí haberme quedado dormido un breve instante, porque un codazo en el costado (gentileza de Claudio, antiguo compañero de tienda) reclamó mi atención.

—Quinto, asno viejo, no te duermas. Si vuelve Cornelio con los relevos, no seré yo quien te salve.

—Hablando de asnos, soñaba contigo...

Rio por lo bajo, aunque yo no bromeaba. Tuve una fugaz visión del mesías muerto pero, en lugar de un cuerpo roto y torcido, sobre el staurós habían clavado un asno. Postrados en torno a él, miles de seguidores bebiendo su sangre y comiendo su carne como chacales. Alguien decía algo a mis espaldas, que me sonó como "asinarii" (adoradores del asno).

—¡Silencio! —siseó Alano.

Un gesto de la mano: había percibido algo. Automáticamente, todos nos tensamos como la cuerda de una lira bien afinada.

No había viento, ni animales cerca; y sin embargo, nos envolvía tanto silencio como para notar un ligerísimo rumor que no lográbamos identificar.

Un susurro en mi oído.

—¿Gente? —Anco, por una vez en su vida, no tenía una opinión formada al respecto. “Gracias, Júpiter, por este milagro”, pensé.

—No son pisadas... Es como... —En realidad, no podía hacerme una idea.

Alano apuntó con su espada directamente a la losa circular en la pared de piedra. Todos clavamos los ojos en el sitio señalado: el sonido venía de adentro del sepulcro.

Nos miramos con Anco durante una fracción de segundo, para luego contemplar con atención la cuerda que cruzaba diametralmente la losa, y que se fijaba en el muro con sendos sellos en sus extremos: era nuestra prueba de que todo estaba en su sitio, como correspondía.

—¡Claudio, enciende una luz! —ordené. Me ardían los ojos, tan tiesos como el muerto en su tumba.

A la luz de la lámpara de aceite, todo parecía permanecer en orden: la cuerda se veía tensa, los sellos en su sitio... ¡No, en uno de ellos se apreciaban unas minúsculas grietas! En mi fuero interno, rogué que fuese un problema con la cera, o un trabajo mal hecho. De lo contrario, tendríamos otro tipo de problemas.

—¿Qué decías, Quinto, sobre muertos que escapan de su propia tumba? —Las palabras de Anco sonaron trémulas, temblorosas. Iba a responderle con una grosería cuando varias copias inquietas de nuestras propias sombras se manifestaron, proyectadas sobre la fría roca que inspeccionábamos. Además de nosotros, alguien más andaba paseándose con lámparas en medio de la noche.

Cometimos el error de mirar directamente las luces, gracias a lo cual no podíamos distinguir si nuestro misterioso visitante era un soldado, un sacerdote, un seguidor del muerto o el fantasma de Marco Antonio. Gritamos casi a coro:

—¿Quién está ahí?

Otra luz se unió a la primera, encegueciéndonos. Si eran enemigos, nos merecíamos caer redondos como reses apuntilladas. ¿Cómo no los escuchamos? Nadie podía sorprendernos de ese modo, sin emitir ni un mísero sonido.

Lo que siguió fue tan confuso que ninguno pudo dar cuenta de la misma versión de los hechos. Recuerdo que el temor de sentirnos emboscados por enemigos invisibles nos inflamó el pecho de una incontenible furia ciega. Lanzamos un grito de guerra y nos lanzamos a un ataque desordenado. Luego, todo se convirtió en un pandemonium.

Las dos luces se movían como serpientes enloquecidas, impidiéndonos ver contra quién la emprendíamos. Suponiendo que el portador más cercano de una de las lámparas era diestro, lancé un par de golpes a la izquierda del resplandor; pero, o bien era zurdo, o llevaban aquellas potentes luces colgando de una pértiga.

Éramos los únicos que producíamos ruidos; aquellos intrusos no luchaban, no gritaban, y ni siquiera delataban su presencia al desplazarse; se comportaban como perfectos fantasmas.

Mi espada dio contra algo duro, y acometí un par de veces más antes de darme cuenta de que estaba atacando a un árbol. Me detuve un momento, confundido, para notar con alarma que el gordo Claudio estaba intercambiando golpes de pugilato contra el flaco Anco, ambos tan ciegos como topos. Cerca de ellos, Alano intentaba levantar del suelo su casco, pero cada vez que estaba por atraparlo, lo pateaba más lejos. Debo confesar que me dio un ataque de risa tan grande que caí al suelo, envuelto en carcajadas.

Desde esa inusual perspectiva pude notar que la cárdena soga que cruzaba la losa se había esfumado, pero en ese momento no podía hacer otra cosa que reírnos de nuestra propia estupidez.

Me levanté como pude, aún risueño, cuando algo duró me dio en la cabeza: la propia testa del galo que, por fin, había recuperado su casco. Caímos pesadamente junto a los otros dos luchadores, quienes se alarmaron con el ruido y comenzaron a darnos golpes. Por una cuestión de orgullo, quiero creer que llegué a devolver un par tortas a mis compañeros antes de quedar tendido. Luego, cayó sobre mi atribulada consciencia un piadoso manto de tinieblas.

Pese a nuestras protestas y la demostración de la colección de heridas, rasguños y magulladuras, nadie nos creyó la historia que narramos. Todos por igual fuimos severamente reprendidos (contemplar la roja cara de Cornelio con los ojos fuera de las órbitas valió la pena), y si bien esperábamos un castigo peor, algo realmente más extraño ocurrió en las altas esferas del poder. Corrió dinero, como suele ocurrir en los asuntos turbios, y todo el episodio de la misteriosa desaparición del cadáver fue delicadamente sepultado por las autoridades judías y romanas. Alguien resolvió que fuéramos licenciados del ejército y se nos envió a casa, con una talega repleta de denarios y la orden de cerrar la boca de allí en adelante. Creo que hablo por todos al sospechar que nos usaron desde un principio: precisaban de cuatro asnos a quién culpar.

Como diría Claudio: si me lo preguntan, jamás sabré explicar qué ocurrió en aquel dichoso jardín, ni qué fueron esas luces sobrenaturales; lo único cierto es que nuestro relevo encontró una tumba vacía y cuatro legionarios dormidos.

El resto, es historia.

Patricio Guillermo Bazán es un escritor e ilustrador argentino nacido en 1965. Entre sus obras de ficción inéditas se incluyen Panoplia (cuentos), la novela El tapado y el león, y varias obras de teatro. Ha publicado ficciones breves en todos los blogs del colectivo Heliconia y algunas de sus microficciones aparecieron en las antologías Grageas 3 y Cien páginas de amor, mientras que cuentos más extensos han sido seleccionados para Espacio austral (antología de cuentos de ficción especulativa chileno argentina) y Extremos, una compilación análoga, pero en este caso formada por ficciones de escritores de México y Argentina. Actualmente está un poco alejado de la literatura, mientras desarrolla su faceta actoral.

 

 

UNA TARDE INCOMPRENSIBLE

Nibedita Nayak

 

Era una tarde pesada y empezaba a adormecerme. De pronto, el sonido del timbre me hizo abrir los ojos. ¿Quién podía ser a aquella hora? No esperaba a nadie. Miré el reloj de pared: eran cerca de las tres. Afuera, el sol abrasaba. En una pequeña ciudad costera como aquella, a esa hora no se veía a nadie por las calles. Todo estaba desierto y silencioso. Las escuelas y las universidades estaban cerradas y, en medio de aquella quietud, por la ventana situada junto a la cama apenas entraba una ligera brisa que hacía ondular las cortinas.

Abrí la puerta y vi a una desconocida junto a la reja. Tendría unos treinta años. Aunque no podía decirse que fuera extraordinariamente hermosa, había algo en la expresión de su rostro que revelaba cierta abstracción, como si su mente estuviera en otra parte. Sus grandes ojos parecían buscar algo. De pronto no supe si debía abrirle la reja o no. En estos tiempos, una joven desconocida que aparece de improviso...

Pero mi expresión desconfiada debió de delatarme.

—Madam, ¿podría abrirme un momento? Me incorporé hace poco como funcionaria de Hacienda en esta ciudad. Aunque acabo de llegar para ocupar mi puesto, en realidad esta pequeña ciudad no es nueva para mí. La conozco desde hace mucho tiempo.

No sé qué había en su voz, pero mis manos actuaron casi mecánicamente y, cuando me di cuenta, ya estaba abriendo la reja.

—Pase, madam. Entre.

La desconocida volvió a hablar enseguida.

—Por favor, madam, no me llame «madam». Tengo más o menos la edad de su hija. Me llamo Nisha.

—De acuerdo, Nisha. Siéntate.

Señalé el sofá con un dedo.

—Gracias, madam.

Y se sentó en él con absoluta naturalidad.

—¿Qué necesitabas? —pregunté.

—Nada en particular, madam —respondió con un aire indiferente—. No es que tenga ningún asunto urgente. Pero este alojamiento me ha atraído como un imán. Sentí deseos de venir a verlo. ¿Podría darme un vaso de agua?

Me levanté para ir a buscarlo, sorprendida por su respuesta. ¿Qué podía tener de especial aquel alojamiento? Yo no lo había decorado con particular esmero, ni había en el jardín una profusión de flores, frutas o verduras. No había nada digno de ser contemplado.

Había llegado a una edad en que los hijos ya habían crecido y cada uno había emprendido su propio camino. Cuando me casé y vine a vivir aquí, había soñado con arreglar y embellecer la casa, pero aquel entusiasmo se había reducido a la mitad. Tal vez fuera la edad. Tal vez la enfermedad. Veinticinco años atrás, cuando los niños eran pequeños, además de ocuparme de las tareas domésticas y de sus estudios, me esforzaba muchísimo por mantener hermosa la casa. Cada vez que veía en alguna parte un objeto bonito para decorarla, me entraban unas ganas irresistibles de comprarlo y traerlo. Y si los niños desordenaban la casa, los reprendía. También cuidaba con esmero el jardín, que estaba lleno de hermosas plantas y flores.

Ahora todo eso había cambiado. Aunque les dijera algo, los hijos ya no me escuchaban. ¿Para qué discutir con ellos y crear tensiones inútiles?

En aquellos tiempos, si alguien elogiaba la decoración de mi casa o el jardín, una oleada de satisfacción me llenaba por dentro. Pero ¿qué tenía de particular ahora este alojamiento para que aquella muchacha se sintiera atraída hacia él como por un imán?

Regresé de mis pensamientos y volví a la habitación con el agua.

Nisha bebió.

—Madam, ha tardado mucho en traer un vaso de agua.

—No... no...

¿Qué otra cosa podía responderle?

Durante unos instantes reinó el silencio. Entonces Nisha volvió a romperlo.

—Madam, espero que no le moleste... ¿Podría ver las habitaciones de dentro?

—Sí, claro. Ven.

Fue recorriendo las habitaciones una por una. Tocaba todas las cosas: las paredes, las ventanas, la barandilla, las puertas, las mallas metálicas... Lo hacía con una intimidad extraña, como si acariciara objetos que conocía desde hacía mucho tiempo.

—No... no ha cambiado demasiado. Solo ha envejecido un poco con los años —murmuró casi para sí.

—¿Has dicho algo? —le pregunté.

Se sobresaltó.

—No, no. Nada.

De pronto entró en el dormitorio. Miró a su alrededor y se dejó caer pesadamente sobre la cama. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas, una tras otra.

Yo no sabía qué hacer. Permanecí allí de pie, rígida como un tronco, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.

De pronto Nisha rompió el silencio.

—Hace veinte años, exactamente un día como hoy —dijo levantándose de golpe—, en un momento de debilidad de una tarde como esta, mi padre se suicidó colgándose del ventilador de techo de esta habitación. La razón por la que lo hizo sigue siendo, todavía hoy, incomprensible para mí.

Me quedé sin palabras.

—Me voy, madam. Gracias. En otra ocasión podremos hablar con más calma.

Nisha se levantó y salió casi precipitadamente, sin volver la vista atrás.

Permanecí allí, mirando en la dirección por la que había desaparecido.

—Madam, ¿por qué ha dejado abierta la puerta? ¿Qué está mirando? Con los tiempos que corren...

La voz del ordenanza me devolvió de golpe a la realidad.

Nibedita Nayak nació en la ciudad de Cuttack, estado de Odisha, India, el 6 de noviembre de 1971. Actualmente reside en Bhubaneswar, la capital del estado. Es ama de casa, le encanta cocinar... y escribir, por supuesto.

LA CUMBRE DORADA

Sabeen Ali

 

Había muchas historias en el poblado cercano al campamento base sobre el origen del nombre de aquella cumbre altísima, cubierta de nieve. En las noches de luna, la luna y todas las estrellas parecían acercarse mucho a la tierra. Abajo, en el valle, los pastores vivían en casas construidas con madera de cedro y quemaban leña aromática de pino en sus hogares. Al ver las estrellas asomadas al borde del valle, pensaban que, si estuvieran en la cima de la montaña, podrían arrancar alguna con la mano. Entre los racimos de estrellas que ardían como sedimentos rosados, distinguían también resplandores azulados. Por la mañana, los rayos del sol adornaban la nieve blanca como una guirnalda; al caer la tarde, la sombra de la montaña se extendía a lo lejos sobre la tierra. Entonces la cumbre reflejaba los rayos anaranjados del sol poniente y parecía una corona de oro sobre la frente del mundo. Poco a poco, aquella cumbre elevada y orgullosa fue adquiriendo un carácter sagrado para los habitantes del poblado. Montañistas y turistas llegaban desde lugares remotos tras atravesar senderos difíciles y riscos escarpados. Creían que en alguna cueva de la montaña dorada se ocultaban los secretos de la armonía universal.

Alguien les había dicho que, si esos secretos gobernaran el mundo, no existiría el sufrimiento. Los seres humanos volarían como las aves de un país a otro sin encontrar obstáculos. Brotarían manantiales incluso en los desiertos, los árboles darían el doble de frutos y ningún ser vivo moriría de hambre.

Los montañistas más tenaces pasaban meses preparándose para alcanzar la cima y partían en grupos a buscar un camino entre las rocas escarpadas y los aludes. En el poblado eran considerados héroes. Cuando emprendían la ascensión, los despedían con plegarias; cuando regresaban, recibían una cálida bienvenida.

Una muchacha llamada Ziml solía esperar junto a los caminos por donde pasaban los montañistas que iban a conquistar la cumbre dorada. Nunca había podido participar en una expedición ni contaba con los medios para hacerlo, pero contemplaba aquellas alturas con amor y admiración. Cada vez que los esforzados montañistas partían hacia la cima, ella se situaba al borde del camino y esparcía amapolas silvestres a su paso. Muchos no regresaban: algunos eran devorados por las tormentas de nieve y a otros se los tragaban los precipicios. Los pocos que volvían traían la piel lastimada y los miembros exhaustos, pero en los ojos les brillaba el triunfo. Llevaban partículas de nieve sobre las pestañas como los cazadores tribales de África llevan al cuello un diente del león que han abatido.

Un día, cuando un grupo numeroso de montañistas ya había partido hacia la cumbre dorada, Ziml encontró una amapola tan grande que no podía haber crecido en ningún rincón de aquel valle. No supo ante quién esparcir sus pétalos.

Sostuvo entre las manos aquella extraña flor del Himalaya como si las juntara para rezar y se quedó mirándola, absorta. Durante la estación seca, los habitantes del poblado a menudo tenían que traer agua desde lejos. Por eso, desde tiempos antiguos, los mayores «cultivaban» glaciares. Unían hielo de glaciares macho y hembra, lo rociaban con agua del río Indo, esparcían paja de trigo y elevaban plegarias a Dios para que el glaciar se extendiera hacia los lados y se convirtiera en una reserva de agua, en vez de arrastrar o aplastar el poblado.

Veían a los marjores saltar por las montañas y los campos de nieve, como si desafiaran el afán de los montañistas por conquistar las alturas.

¿Cómo podía el ser humano, dotado de la obsesión de vencerlo todo, tolerar la cabeza orgullosamente erguida y el cuerpo vigoroso del marjor? Poco a poco, el número de estos animales comenzó a disminuir en las montañas. En aquel mismo poblado donde se habían sembrado semillas de hielo sobre las piedras y se había llevado al ganado a pastar entre la hierba florida de praderas semejantes a un país de hadas, empezaron a verse rifles y escopetas colgados de las paredes. También adornaban esas paredes cabezas disecadas de marjores con cuernos retorcidos.

Montañistas de todos los rincones del mundo ya visitaban el lugar, pero, cuando se difundió la fama de los marjores, los cazadores expertos encontraron allí un nuevo y atractivo territorio de caza. En poco tiempo, los miles de marjores que saltaban por las laderas se volvieron escasos. Los cazadores pasaban días enteros sin encontrar siquiera un rastro. Entonces aparecieron algunas personas conscientes del peligro y comenzaron a alzar la voz para salvar la especie. Durante mucho tiempo, sus llamados no encontraron eco entre las montañas: fueron voces que clamaban en el desierto. Finalmente se promulgaron leyes y se hicieron cumplir. Se prohibió cazar sin licencia y comenzaron los esfuerzos para preservar a los marjores.

Ziml veía con frecuencia, entre el amor y la admiración, cómo los grupos de montañistas se internaban en los peligros de la cumbre dorada, la conquistaban o eran devorados por las tormentas. Esperaba que algún día regresara al poblado un verdadero vencedor, con partículas de nieve adheridas al vello y el triunfo brillándole en los ojos, para preguntarle qué secreto de las alturas había descubierto al llegar a la cima.

Pero algunas alturas son un enigma. Atraen a quienes ansían la aventura y les permiten alcanzar su destino, aunque no les revelan sus secretos. O quizá esas alturas no guardan secreto alguno. Entre las garras del hielo, los espejismos del desierto no se ven con los ojos abiertos, pero acaban formando parte de los sueños de los montañistas mientras sus ojos se congelan.

Abajo, en el poblado, muchas muchachas esperaron a los héroes que habían salido en busca del secreto de la cumbre dorada. Sin embargo, todos los que regresaban traían consigo un silencio profundo, y muchos volvían la primavera siguiente para reanudar la búsqueda. Los años fueron pasando para Ziml. La flor del Himalaya, que volvía a alzarse cada primavera, continuó esperando a un héroe. Cada invierno, los ancianos del poblado seguían cultivando glaciares, rezando por la larga vida de sus ríos, sus cumbres y sus campos de nieve, y esforzándose por salvar a los marjores. Ziml había oído que solo quedaban unos pocos machos dominantes de buena estirpe, capaces de asestar golpes certeros en el pecho de cualquier rival durante sus duelos. Con su majestad y su valentía ancestral, habitaban en los latidos del corazón de las hembras.

Un día llegaron al poblado varios grupos numerosos de cazadores disfrazados de montañistas. Su llegada y sus intenciones se mantuvieron en secreto.

Durante días, a puerta cerrada y entre susurros, discutieron cómo llevar a cabo la cacería. Al fin obtuvieron el permiso para cazar a Zono, el macho más indómito del poblado. A cambio, entregarían miles de fajos de billetes recién impresos.

Quienes defendían el acuerdo dijeron que ese dinero serviría para proporcionar alimento y protección a las hembras, favorecer su reproducción, cubrir los gastos de una campaña de concientización y promover el turismo.

Los grupos de cazadores, armados con rifles de largo alcance y escopetas, se apostaron en distintos lugares. Ziml percibía un olor a miedo en el aire del poblado.

Las hembras prefirieron refugiarse con sus crías en las cuevas en vez de salir a pastar.

Los cascos de Zono arrancaban chispas de las piedras. Saltaba de un lado a otro de su montaña, intentando ahuyentar a los cazadores, cuyos cañones escupían llamas azules.

De pronto, Zono cayó rodando hacia la garganta frente a la cueva donde, según las antiguas leyendas, se ocultaban los secretos de la armonía universal.

Los cazadores entonaron cantos de victoria y comenzaron a descender por las gargantas en busca de su cuerpo herido. Atardecía en las montañas. La hembra de Zono lanzó un grito lastimero que resonó a lo lejos por todo el valle.

Esa misma tarde, la nieve comenzó a deslizarse desde la cima. Un desprendimiento y una tormenta de nieve hicieron que un numeroso grupo de expedicionarios perdiera una vez más el equilibrio. La violencia de la tormenta impedía buscarlos, de modo que los montañistas fueron declarados desaparecidos.

Cayó la noche sobre el poblado. En el crepúsculo, una figura avanzaba lentamente hacia la garganta por la nieve, suave como las nubes. Los turistas que la observaban desde lejos se estremecieron. Era Ziml, que llevaba en la mano la extraordinaria flor del Himalaya. Por un instante miró con atención la cumbre dorada, como si estuviera a punto de revelársele un gran secreto. Luego contempló a Zono en profundo silencio y dejó caer la flor sobre él.

Sabin Ali nació en Lahore, Pakistán, el 8 de febrero de 1975. Es escritora de relatos cortos y poeta; reside en Yeda. Además de aparecer en revistas paquistaníes como *Funoon*, *Adab-e-Lateef* y *Tasteer*, sus relatos y poemas (*nazms*) se han publicado en revistas indias como *Aajka*, *Shair* e *Istefsaar*, entre otras. En 2018 se publicó *Gul Masloob*, su primera colección de relatos cortos. Su poemario *Anchal Mein Samandar* (libro electrónico) fue publicado en 2016 por Bazm Adab Urdu Library. Junto con otras dos mujeres, es editora de la revista en línea *Deedban*.

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sábado, 3 de octubre de 2026

LA MEMORIA DEL CUERPO

Graciela De Mary

 

Stella nunca tuvo militancia de ninguna clase. Es más, siempre criticó a la gente que según ella perdía el tiempo en vez de ir a trabajar como Dios manda. Pero sus hijas le salieron al padre, qué se le iba a hacer. Ningún conflicto las dejaba indiferentes, y si eran causas perdidas, mucho mejor. Cada vez que Stella pensaba en quien había sido el hombre de su vida, y a pesar de que hacía muchos años que era viuda, una súbita paz le envolvía el pecho y volvía a ser feliz. Se conocieron cuando él la asistió en la calle el día que se desmayó después de que le hicieran un aborto. Ella estaba tirada en una vereda. Se había ido deslizando lentamente hasta el piso, con la frente sudorosa apoyada en la superficie fría de un portón. Eran los tiempos del “no te metás” y la gente que pasaba creía que estaba borracha pero él la levantó y la llevó a tomar un café con leche. Después la acompañó a la casa. A la semana siguiente, la madre de Stella, que se había conformado con las mentiras inventadas por la hija, atendió la puerta.

 —Che, te busca el muchacho que te trajo el otro día.

 Stella se dio cuenta de que ni le había preguntado el nombre.

 —Carlos. Me llamo Carlos.

 Hacía unas semanas que las hijas de Stella no paraban en la casa, y cuando estaban, se la pasaban haciendo carteles. Verdes. También llevaban día y noche pañuelos de ese color en el cuello, o atados a las mochilas. Una tarde, mientras ella les cebaba mate, les preguntó en qué andaban. Esa noche la iban a pasar frente al Congreso para apoyar la legalización del aborto. A Stella le mortificaba la palabra. Si hubiera dependido de ella, la habría prohibido.

 —¿Sabés cuántas mujeres se mueren por abortos clandestinos, mami?

 Claro que sabía. Todavía seguía soñando con Gladys, la partera que se lo practicó a ella. Se acordaba de la desesperación que sintió cuando el noviecito que tenía la dejó; cuando la panza le empezó a crecer; cuando se ahogaba con el llanto contenido por la almohada. Se acordaba de la compañera del colegio que la había mandado a ese sucucho sucio. Se acordaba de haber despertado de la anestesia, de haber llorado a los gritos por el dolor y de cómo la hija de puta de la partera perdió la paciencia y se la sacó de encima a los empujones. Si no hubiera sido por la ternura de Carlos, se hubiera muerto ahí mismo de puro miedo.

 —Voy con ustedes.

 Subieron las escaleras de la estación Callao. Stella, medio perdida, del brazo de sus hijas, se despreocupó del frío y de la lluvia porque estaba sostenida por la multitud. Jamás había vivido nada igual. En cada esquina, alguien comentaba el debate de los diputados o convidaba un mate cocido caliente. Veía a sus hijas manejarse con soltura entre las pancartas y las banderas que al cabo debieron recoger por culpa del viento. Llegó a preguntarse cómo se había perdido todo eso. Separado por unas vallas, había otro grupo, con carteles celestes. Le explicaron que eran los que estaban en contra de la legalización del aborto. Había policías en el medio, de modo que se cruzaban cantitos provocadores, pero nada más.

 De pronto, a Stella le pareció haber visto una cara conocida. Una corazonada la llevó a acercarse al otro bando.

 —¿Adónde vas mamá?

 —Ya vengo.

 Se separó de su grupo y empezó a caminar más rápido. Los policías no le prestaron atención. Su aspecto no intimidaba a nadie.

 —Hola Gladys —dijo bien fuerte.

 Una de las mujeres que sostenía una bandera con un dibujo parecido a un bebé, giró la cabeza.

 —¿Quién sos? —La partera se calzó los anteojos que colgaban de su cuello.

 —¡Claro, qué te vas a acordar! ¿Qué carajo hacés acá?—Stella le gritó en el oído, ya había traspasado las vallas.

 —Salí de acá, tortillera de mierda —dijo Gladys tratando de sacársela de encima.

 —¡Maldita yegua! —Stella se abalanzó sobre ella y se prendió de sus mechas

 Unas horas después Stella recuperó la libertad. Sus hijas, orgullosas, la esperaban en la puerta de la comisaría.


Graciela De Mary nació el 8 de marzo de 1963 y reside en Villa Ballester, Buenos Aires. Es profesora de historia y escritora. Ha publicado el ensayo La enseñanza de la historia y la literatura (2017) y el libro de cuentos Un laberinto de vidrios rotos (2019). También participó en numerosas antologías como Gente de pocas palabras (2018), Más allá de un no (2018), Antología del Primer Concurso Nacional e Internacional de Relatos breves, Israel (2019) y Caperucita feroz (2020). Colaboró con la Revista Yzur (Universidad estatal de Rugers de Nueva Jersey) Vol. 3, Nº 1, julio de 2021. Publicó su segundo libro de cuentos Cría cuervos (2022) y participó en la antología Calladita te ves mejor (2024).

 

  

LOS SUCESOS

Helen Ivory

 

Este árbol es idéntico al árbol que viste cuando tomaste este atajo y te adentraste en el corazón verde y oscuro del bosque que respira. Todos los árboles son idénticos a aquel árbol. Avanzas a trompicones entre los tojos y una cola de sombra lanza un chillido.

Por fin, un claro y un atisbo del bondadoso cielo. Qué raro es ver por estos parajes las galas de un caballero, un hombre de negro, con aspecto de sacerdote, pulcro y ordenado. Se quita el sombrero para saludarte y, por supuesto, tú también haces una reverencia lo mejor que puedes, a tu manera de liebre, deseando que el bosque te recoja en su seno.

 

La alta sombra te siguió, eso es lo que les dices. ¿De qué otra manera explicar su voz en la madriguera de tu oído? La gente ha dejado de llamar a tu puerta. Tu granero está abandonado, salvo por los menudos trajines de las ratas.

Desde Samhain, tu fuego no quiere arder, ni una sola brizna de llama. La muñeca de grano clavada en el dintel no hace más que llorar. No se lo cuentas a nadie; es mejor mantener la boca cerrada. La sombra se vuelve más ruidosa por la noche, cuando los pájaros están en sus dormideros. Se ha instalado en la silla de tu difunto padre y conoce tan bien todas las canciones antiguas que las canta al revés. A veces, el cuello de encaje que rodea el cuello de la sombra parece una luna con cuernos caída sobre su espalda.

 

El sacerdote vino hoy; divisaste su figura vestida de oscuro desde el cobertizo de las cabras. Es maravilloso esconderse con ellas, dejarse envolver por su olor maternal y su calor vivo. Al cabo de un rato se marchó, mientras su séquito de grajos graznaba hroc, hroc de decepción.

Había venido por tu alma, pero ¿de qué sirve un alma en este mundo cuando nadie quiere comprar tu cerveza? Al anochecer, la viste correr veloz por el camino convertida en liebre, zigzagueando hacia el prado bajo. Últimamente, tu cuerpo pesa como un saco de grano.

 

La última vez que viste a tu madre había trazado un círculo sagrado junto al arroyo. Estaba descalza, acurrucada en su centro. Había ido al encuentro de los espíritus y su cuerpo aguardaba como una copa vacía esperando la lluvia.

 

Todos esos hombres con sus delicadas vestiduras y sus intenciones selváticas... tu madre habría tenido algo que decir sobre ellos. Siempre oyes su voz en el confín de la tierra. Sabes que, si hundieras la mano en cualquier concavidad de agua, ella estaría allí para arrastrarte hacia abajo, hacia un lugar seguro. Pero la idea de ese estado intermedio te asusta. El espíritu abandona el cuerpo con tanta alegría y, sin embargo, el cuerpo, pobrecito, sufre: criatura terrenal colmada de tristeza.

 

Pasaste el invierno con las cabras. Algunos días, hasta el sol estaba tan cansado que apenas abría los ojos. Habías decidido dejar a la sombra entregada a sus propios ardides y oías su canturreo grave mientras se arrastraba por todos los rincones de la casa.

 

Cuando llegó la primavera, la sombra ya no podía levantar del suelo su apagado ser. Estaba tan privada de canciones como un gusano. La chimenea había olvidado todo cuanto alguna vez supo acerca del fuego.

La cabra pía te instó a regresar a la casa, aunque solo fuera para asomarte por la ventana y hacerte una idea de cómo estaban las cosas. Habías llegado a creer que los consejos de las cabras solían ser sensatos.

 

La cabra blanca está preñada y ha estado pastando en el huerto con algo muy parecido a la serenidad. Sigues hasta la casa el sendero que ella ha ido despejando al comer, con la cabra pía a tu lado.

Cuando levantas el pestillo, se oye de pronto un correteo y, en un instante, te conviertes en una piedra erguida. Las cabras se acercan, te recuerdan que eres una mujer viva, y entonces empujas la puerta con el hombro. Un diminuto retazo de noche se arrastra hacia el sol y muere.

 

A la muñeca de grano le han brotado tallos verdes donde deberían estar los dedos de las manos y de los pies. Limpias de cenizas el hogar y construyes, con roble curado, lo que parece ser el primer fuego. No necesita que lo incites para cobrar vida y, poco después, la chimenea ruge hacia el cielo con toda su gloria.

Las cabras mordisquean el exuberante trébol que ha crecido sobre cada superficie de la habitación. Tú, en el luminoso jardín de tu hogar. Tú, la cabra pía y la cabra blanca, y los gemelos dormidos en su vientre.

 

Publicado por primera vez en Constructing a Witch (Bloodaxe Books, 2024).

Nota: shadowtail («cola de sombra») es un nombre popular inglés para la ardilla.

Helen Ivory (Norwich, Inglaterra) es poeta y artista visual; crea cajas de sombras, collages y criaturas de fieltro realizadas con la técnica de afieltrado con aguja. Ha recibido un Gregory Award y un Cholmondeley Award de la Society of Authors. Edita IS&T, y enseña y ejerce como mentora para Arvon, The Poetry School y NCW Academy. Su sexta colección publicada por Bloodaxe, Constructing a Witch (2024), fue recomendada en invierno por la Poetry Book Society (PBS), y ha sido traducida al griego y publicada por Thraka. También tiene obras traducidas al polaco, ucraniano, croata y español, además de traducciones realizadas como parte de la plataforma europea de poesía Versopolis. Un poema de su cuaderno surrealista Maps of the Abandoned City (SurVision, 2019) forma parte de Poems on the Underground, en Londres. Su Wunderkammer: New and Selected Poems fue publicado por MadHat en Estados Unidos en 2023. Acaba de recibir una beca de la Author’s Foundation para trabajar en su nueva colección para Bloodaxe.

 

EL CONEJO DE LA ZONA VERDE

Hassan Blasim

 

Antes de que apareciera el huevo, yo leía un libro de religión o de leyes y me dormía. Al igual que mi conejo, estaba más activo a primera hora de la mañana y al caer el sol. Salsal, por su parte, se pasaba la noche en vela, despierto hasta las tantas. Siempre se levantaba al mediodía y, antes de salir de la cama, abría el portátil para entrar en Facebook: revisaba los comentarios nuevos sobre la discusión de la noche anterior y luego se metía en la ducha. Después entraba en la cocina, ponía la radio y escuchaba las noticias mientras hervía el huevo y preparaba café. Se llevaba el desayuno al jardín y se sentaba a la mesa que había bajo la sombrilla. Comía, bebía y fumaba mientras me observaba.

—Buenos días, Hayar, ¿qué cuentan las plantas?

—Este año viene caluroso… no crecerán con mucha fuerza —le decía yo mientras podaba los rosales.

Salsal encendía el segundo cigarro y miraba a mi conejo con una sonrisa sarcástica.

Nunca entendí qué tenía contra el conejo. Lo había traído la anciana Um Dalaa. Dijo que se lo había encontrado en el parque y decidimos quedárnoslo hasta que investigara quién era el dueño y lo encontrara. Pasó un mes y el conejo seguía con nosotros; yo llevaba dos meses con Salsal en aquel chalet de lujo situado al norte de la Zona Verde. Era una villa aislada, rodeada por unos muros altos y cuyas puertas estaban equipadas con un riguroso sistema de control electrónico. No sabía cuándo llegaría la Hora Cero. Salsal era un profesional, y a mí me llamaban “Pato” por mi primera operación.

Una vez a la semana nos visitaba el señor Salmán. Se ocupaba de nosotros y de cómo nos iban las cosas. Salmán nos traía algo de alcohol y hachís. Cada vez que venía nos contaba un chiste con poca gracia sobre política y nos recordaba confidencialmente la importancia de la operación. Salmán era aliado de Salsal y no me revelaba muchos secretos. Ambos trataban de erosionar mi debilidad y mi limitada experiencia. Yo no les prestaba demasiada atención, pues estaba sumido en las amarguras de mi propia vida, deseando que el mundo muriera de un golpe decisivo y letal.

La anciana Um Dalaa venía dos días a la semana. Nos traía el tabaco, cocinaba y limpiaba la casa. Una de esas veces Salsal se propasó con ella: le agarró el culo mientras preparaba dolah. Ella le arreó un cucharazo en la nariz y le sacó sangre. A partir de entonces Salsal renunció a ella y no volvió a dirigirle la palabra. Era una mujer que rondaba los cincuenta, pero muy activa. Había tenido nueve hijos y afirmaba odiar a los hombres: decía que no eran más que miserables asnos egoístas. Su esposo había trabajado en la empresa nacional de electricidad. Se había caído de lo alto de un poste de luz y había muerto. Era un borracho. Ella lo llamaba “la salamandra destilada”.

Yo le había construido al conejo una jaula en una esquina del jardín y cuidaba muy bien de él. Sabía que los conejos son animales muy sensibles y necesitan que se atienda debidamente su limpieza y alimentación. Había leído sobre ello cuando estudiaba en la secundaria. El interés por la lectura se apoderó de mí a los catorce años. Al principio leía sobre todo novelas rusas traducidas, muchas, y poesía árabe clásica. No tardé en aburrirme. Nuestro vecino era funcionario en el Ministerio de Agricultura. Una vez estaba jugando con su hijo Salam en la azotea de su casa, donde había un baúl de madera tapado por un montón de trastos viejos. Salam me reveló el secreto. El baúl estaba repleto de libros sobre los cultivos, métodos de riego y variadas enciclopedias sobre plantas e insectos. Debajo de todos los libros había muchas revistas porno de actrices turcas. Salam me dio una revista y yo tomé un libro sobre las especies de palmeras autóctonas. Después de aquello no necesité más a Salam. Yo solo me colaba desde mi casa hasta la azotea de la suya para hacer una visita al baúl biblioteca; tomaba un libro y una revista y devolvía lo que había tomado prestado anteriormente. Más tarde, me volví un apasionado de las obras de zoología y botánica, y empecé a buscar todo libro nuevo que llegaba a las bibliotecas, así hasta que entré en el ejército. En realidad, mi placer por la lectura era algo perturbador. Me sentía preocupado ante toda información nueva. Elegía un detalle concreto y empezaba a buscar en los índices de los libros sus formas y otras connotaciones. Recuerdo que durante mucho tiempo anduve detrás del beso. Leía y leía y me sentía mareado, como si degustara las bayas de un narcótico. Los experimentos demostraron que el chimpancé se refugia en el beso para aliviar la tensión, el estrés y el miedo, y también se ha demostrado que la hembra se refugia en el macho, lo abraza y empieza a besarlo cuando siente que han entrado extraños en su zona. Más adelante, después de una dilatada búsqueda, descubrí otro beso, ¡un largo beso tropical!: el que practican unos peces tropicales que se besan entre ellos durante media hora o más, sin coger aire. Los días de oscuridad durante los años del embargo económico significaron para mí alimentarme de libros, cuando la electricidad se cortaba veinte horas al día, especialmente después de la cadena de ataques aéreos estadounidenses contra el palacio presidencial. Me metía en la cama a medianoche y, a la luz de una vela, descubrí un beso nuevo: unos insectos llamados redúvidos no intercambian besos entre ellos. La hembra solo se satisface con la boca de las personas dormidas: avanza por su cara hasta llegar a la comisura de los labios, se queda ahí y empieza a besarla. Eso, antes de inyectarle el veneno en forma de gotas microscópicas. Y si la persona que duerme goza de buena salud y tiene un sueño natural, se despertará con un beso envenenado en la boca del tamaño de cuatro gotas de agua juntas.

Deserté de la mili. No aguanté demasiado el régimen de humillación que se estilaba allí. Me empleé en un horno de samún por las noches. Tenía que mantener a mi madre y a mis cinco hermanos. Entonces se esfumaron las ganas de leer y el mundo se volvió para mí un animal legendario incomprensible. Al año siguiente cayó el régimen y me libré del miedo a la pena de cárcel por haber huido del servicio militar. El nuevo gobierno eliminó la mili obligatoria, y cuando empezó la ola de violencia y comenzaron a rodar cabezas por cuestiones sectarias, tuve la intención de huir a Europa, pero asesinaron a dos de mis hermanos cuando volvían del trabajo en una fábrica de zapatos de mujer. Un taxista los entregó a un puesto de control falso. Los llevaron a la milicia Allahu Akbar en un lugar desconocido y les cortaron las cabezas después de abrirles agujeros en el cuerpo con un taladro eléctrico. Encontramos sus cadáveres en un basurero cerca de la capital. Aquello me marcó en el alma y me fui de casa. No pude soportar el miedo que impregnaba los rostros de mis hermanos y de mi madre. Me sentí perdido y ya no sabía qué quería de esta vida. Tomé una habitación en un hotel sucio hasta que vino un primo a visitarme y me ofreció trabajar con los nuestros para vengarnos.

Los días de verano eran largos y tediosos. Es cierto que estaba en un chalet cómodo, con piscina y sauna, pero a mí me parecía un palacio en un espejismo. Salsal se había quedado con una habitación en la segunda planta y a mí me bastaban una manta y una almohada en el sofá situado en medio del enorme salón donde se hallaba la biblioteca. Quería tener los ojos abiertos al jardín y al portón de fuera, por si las moscas. Me impresionaba el tamaño de la biblioteca. Había muchos libros de religión y jurisprudencia, nacional e internacional. Encima de las estanterías había ordenado unas figuras de animales hechos de madera de teca, con formas y movimientos que imitaban los tótems africanos. Los animales totémicos separaban los libros de religión de los de leyes. Cuando se hacía de noche, comía algo, me iba al sofá y me hundía allí. Hojeaba el álbum de mi vida y luego sacaba un libro y leía sin atención. En mi cabeza, el mundo era como una telaraña que emitía un zumbido tenue. Un eco de una vida moribunda, una respiración contenida, unas alas delicadas y repugnantes que se batían por última vez.

Tres días antes de la última visita del señor Salmán, encontré el huevo. Aquel día me desperté de madrugada, como siempre. Tomé agua limpia y comida y fui a ver a mi compañero, el conejo. Le abrí la puerta de la jaula y salió enérgico al jardín. Había un huevo en la jaula. Lo tomé y me puse a mirarlo detenidamente, tratando de comprender aquella broma. Era más pequeño que el huevo de una gallina. Me inquieté y fui a la habitación de Salsal. Lo desperté y le conté lo del huevo. Salsal lo tomó y lo miró unos instantes; luego se echó a reír.

—Hayar… Trata de no tomarme el pelo —me llamó la atención haciendo gestos con el dedo delante de mis ojos.

—¿Qué quieres decir? No he sido yo el que ha puesto el huevo ahí —aseveré.

Salsal se frotó los ojos y a continuación dio un salto y salió de la cama rabioso y cubriéndome de insultos. Nos dirigimos al portón del chalet para comprobar el sistema de vigilancia. Inspeccionamos el muro y revisamos el jardín y todas las habitaciones. No había nada fuera de lo normal. ¡Un huevo en la jaula de un conejo! No cabía otra posibilidad que pensar que uno de ellos se estaba burlando de nosotros: se habría colado en el chalet y había puesto el huevo al lado del conejo.

—A lo mejor es una simple broma de Um Dalaa… Que te den a ti y a tu conejo —dijo Salsal y luego se quedó callado.

Pero ambos sabíamos que Um Dalaa estaba enferma y que no había aparecido por casa ningún día de la semana anterior. Nuestro miedo se multiplicó porque no teníamos armas de fuego. No se nos permitía tener armas en casa hasta que llegara el día de ejecutar la misión de asesinato. Les preocupaban los registros, dado que la Zona Verde era un área gubernamental y en ella residía la mayoría de los hombres del Estado. Nosotros vivíamos en una villa porque estábamos a cargo de la protección de un diputado del Parlamento. Salsal sufrió un ataque de histeria y me pidió que me deshiciera del conejo degollándolo, pero me opuse y le dije que lo que estuviera ocurriendo no tenía nada que ver con el conejo.

—¿No ha sido tu santísimo conejo el que ha puesto ese huevo? —gritó furioso subiendo a su habitación.

Hice café y me senté en el jardín a observar al animal. Se estaba comiendo sus heces. Dicen que le aportan vitamina C, fabricada por los microorganismos del estómago. Salsal volvió al cabo de un rato con el portátil, murmurando algo para sí mismo y, a ratos, insultando a Salmán. Después, mientras revisaba Facebook, dijo: «Debemos estar alerta en todo momento», por lo que me pidió que pasara la noche en su habitación, dado que su ubicación en la segunda planta ofrecía un buen punto para controlar la entrada de la casa y los muros.

Apagamos todas las luces. Nos sentamos en el cuarto de Salsal y empezamos a turnarnos para hacer las rondas.

Transcurrieron dos noches sin que sucediera nada sospechoso. El chalet estaba tranquilo, sumido en la paz y el silencio. Durante el tiempo que me quedé en la habitación de Salsal, descubrí que usaba Facebook con un nombre falso: se hacía llamar Guerra y paz, y en su muro había puesto los trazos a grafito de una foto de Tolstói. Tenía más de mil amigos, la mayoría escritores, periodistas y pensadores. Discutía sus ideas y se presentaba ante los demás como un engreído inteligente. En sus comentarios y análisis abordaba con humildad y buen juicio temas relacionados con la violencia en el país. Una vez habló largo y tendido en sus comentarios sobre el secretario del ministro de Cultura, su humanidad y su inteligencia única. En aquel momento me trajo sin cuidado la charla sobre ese hombre. Le dije que quien trabajaba en lo que nosotros hacíamos debía mantenerse al margen de las conversaciones por internet. Me dirigió la mirada socarrona de un profesional.

—¡Usted preocúpese de ese conejo ovíparo suyo, señor Hayar! —me dijo.

Por fin nos vino a visitar el señor Salmán y Salsal perdió los estribos delante de él al ponerlo al corriente del asunto del huevo del conejo. Salmán se burló de nuestra historia y echó por tierra nuestras sospechas hacia Um Dalaa, asegurándonos que era una mujer de fiar que hacía mucho tiempo que trabajaba para ellos… Pero Salsal lo acusó de traidor y se enzarzaron en una discusión, mientras yo los observaba sentado. De aquella pelea entendí que en el mundo de las depuraciones sectarias y políticas caben muchas traiciones por intereses. Los partidos gobernantes, con frecuencia, revelaban informes de los sicarios entre ellos a cambio de un trato político por un puesto o para encubrir una maniobra de corrupción a gran escala. Pero Salmán negaba todas y cada una de las acusaciones de Salsal y nos pidió que nos tranquilizáramos, dado que la liquidación del objetivo tendría lugar en un par de días. Nos sentamos en la cocina y allí Salmán nos explicó en detalle cuál era el plan. Luego sacó de su maletín dos pistolas con silenciador y dijo que recibiríamos el dinero en cuanto concluyera la operación; después de aquello nos trasladaríamos a otro lugar en las afueras de la capital.

—¡Un huevo de conejo! Pero qué chistoso aquí el Patito —me soltó Salmán antes de irse.

La última noche la pasé en vela en compañía de Salsal. Estaba preocupado por el conejo, pues todo apuntaba a que Um Dalaa iba a tomarse unas vacaciones largas. El conejo moriría de hambre y de sed. Salsal, para no variar, seguía ocupado con Facebook mientras yo permanecía cerca de la ventana, vigilando el jardín de la casa. Me contó que estaba discutiendo con el secretario del Ministerio de Cultura sobre la violencia sectaria y sus orígenes. Por lo que me contó, entendí que este hombre había sido escritor en tiempos de Saddam y tenía tres novelas que hablaban del sufismo. Un día había asistido con su esposa a una fiesta que celebraba un arquitecto en su suntuosa mansión a orillas del Tigris. La esposa era una mujer encantadora, una auténtica belleza y tan culta como el marido. Estaba interesada en los manuscritos islámicos antiguos. A aquella fiesta también había sido invitado el jefe del aparato de seguridad, un pariente del presidente. Al concluir la velada, el jefe de seguridad le encargó a la división de inspección del departamento de seguridad que leyera las novelas de nuestro compañero, y unos días después lo metieron en la cárcel, acusado de instigación contra el Estado y el partido. El jefe de seguridad trató de negociar con la esposa del novelista: la libertad de su marido a cambio de que se entregara a él. Cuando ella se negó a aceptar el trato, dejó que uno de sus hombres la violara en presencia del esposo. Después de aquello, la mujer huyó a Francia y allí se le perdió la pista. Soltaron al novelista a mediados de los noventa y viajó en busca de su mujer. No tenía la menor noticia sobre su paradero. Cuando cayó la dictadura, volvió al país y fue nombrado viceministro de Cultura. La historia de la vida de este hombre parecía la trama de una película india. Me impactó la cantidad de detalles que conocía Salsal sobre ella y me dio la impresión de que estaba encandilado con la personalidad y el bagaje cultural de aquel hombre. Le pregunté por la confesión religiosa del viceministro, pero ignoró mi pregunta. Más adelante, traté de sacar de nuevo la conversación sobre la identidad de nuestro objetivo, pero Salsal respondió que a un Pato novato como yo no le estaba permitido saber algo así. Toda mi intervención se reducía a conducir el coche. Salsal sería quien dispararía con el silenciador.

A la mañana siguiente estuvimos esperando delante de un garaje situado en el centro de la capital. Según lo previsto, el objetivo llegaría en un Toyota Crown rojo. Cuando el vehículo entrara en el garaje, Salsal se bajaría, seguiría al objetivo hasta el interior y lo liquidaría. Acto seguido nos largaríamos en el coche hacia nuestra nueva ubicación en las afueras, razón por la cual agarré al conejo y lo metí en el maletero.

Al móvil de Salsal llegó un SMS y, al leerlo, le cambió el color de la cara. Se suponía que la espera del objetivo no se alargaría más de diez minutos. Le pregunté si había algo que no iba bien. Soltó un insulto y se golpeó el muslo. Me inquieté. Vacilante, extendió su teléfono móvil hacia mí y me enseñó la foto de un conejo sentado encima de un huevo. Era una foto ridícula manipulada con Photoshop.

—¿Sabes quién me envía la foto?

Negué con la cabeza.

—El viceministro de Cultura.

—¡¿Qué?!

—Él es el objetivo, Hayar.

Me bajé del coche. Me hervía la sangre por la tontería de Salsal y todas las paranoias de aquella operación de tres al cuarto. Transcurrieron más de quince minutos y el objetivo no apareció. Le dije a Salsal que yo me retiraba de la operación. Entonces, él también se bajó del coche y me pidió que tuviera paciencia y esperara un poco más, pues ambos estábamos en peligro. Volvió a montar en el coche y trató de ponerse en contacto con Salmán. Mientras tanto, yo eché a andar hacia una tienda cercana en busca de un paquete de tabaco. Tenía palpitaciones a causa del enfado. En cuanto llegué al ultramarinos, el coche explotó y salió volando envuelto en llamas. Salsal y el conejo se calcinaron.

Hassan Blasim nació en Bagdad, Irak, en 1973. Estudió en la Academia de Artes Cinematográficas. Más tarde se vio obligado a huir durante años como refugiado hasta llegar a Finlandia en 2004, donde reside actualmente. Sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas. El loco de la Plaza Libertad (2009) fue su primer libro de cuentos. Su segunda recopilación de cuentos, El cristo iraquí (2013) ha sido merecedora del “Independent Foreign Fiction Prize”.  La exposición de los cadáveres (2014) es el título de su última obra. 

 

viernes, 2 de octubre de 2026

TOP OF THE POPS

Michael Schmidt

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Estimados fieles, con motivo de su centésima misión, hoy transmitimos en vivo desde la cabina el diario de nuestro poseedor del récord, Sven, THE GUN. Como nos reveló THE GUN previamente en una entrevista exclusiva, cree que aún puede superar sus récords. ¡Démosle nuestros mejores deseos!

Como es habitual, para una ocasión como esta hay nuevamente numerosos sorteos. Esta vez pueden ganar planeadores de juguete de THE GUN, figuras de THE GUN, camisetas de THE GUN y tazas de café de THE GUN. Y quien responda a la siguiente pregunta: «¿Quién es el segundo en la lista de mejores de todos los tiempos detrás de THE GUN?», ganará un encuentro de dos horas con THE GUN

Y ahora, en vivo desde la cabina de THE GUN...

 

Me subo a la estrecha cabina del jet espacial, estiro las piernas y me coloco en posición. Afortunadamente, tengo una complexión pequeña y delgada; de lo contrario, tendría serios problemas de espacio. Pero, por lo general, esto ya se toma en cuenta al seleccionar a los pilotos; los requisitos físicos son un criterio de eliminación.

Y quien, con el paso del tiempo, piense en perder la forma física, lo pagará con servicio en tierra; en caso de reincidencia, para siempre. Esto también es necesario. Los requisitos son altos, ya que la esperanza de vida promedio de los pilotos es de apenas tres meses.

A pesar de ello, cada trimestre miles de hombres y mujeres jóvenes se postulan para una capacitación como pilotos de aviones a reacción, aunque todos conocen las consecuencias. Cuesta creerlo, pero hay muy pocas ciudades grandes en las que no haya una calle que lleve mi nombre. Y eso me enorgullece.

¿A qué batalla me dirijo?

Luchamos contra los menselijk, extraterrestres con apariencia humana que llegaron a nuestro sistema solar hace mucho tiempo. Aunque se parecen a nosotros en apariencia, tienen una mentalidad completamente diferente, lo que llevó primero a una guerra brutal que luego fue librada en nombre de unos pocos humanos y menselijk.

Doscientos aviones espaciales de cada bando se enfrentan durante dos semanas, hasta que uno de los bandos ya no envía más naves a la batalla o se encuentra en tal desventaja que el resto se rinde. Aunque el Menselijk individual no conoce la rendición, solo la lucha hasta el amargo final.

Por cada ronda ganada se obtiene un jet espacial adicional. Solo hay que lograr una ventaja numérica lo suficientemente grande, pero ninguna de las partes ha logrado una ventaja de más de cincuenta jets. Para luego perderla de inmediato.

Pero vamos por buen camino. Nuestra ventaja es de veintiocho naves, la mayor ventaja en mucho tiempo.

Esta vez lograremos ampliar nuestra ventaja hasta que sea insuperable. Alcanzaremos la victoria final y estableceremos mi récord para la eternidad. Expulsaremos a los menselijk de la Vía Láctea.

Pero aún queda mucho para llegar a eso. La suerte en la batalla es caprichosa y rara vez predecible.

Los índices de audiencia son enormes. La Santa Iglesia de la Nueva Fe se había asegurado el futuro para siempre gracias a los derechos de transmisión. Los escépticos incluso afirman que ese fue el propósito de su fundación.

 

Soy la estrella, el mejor soldado espacial genéticamente modificado de todos los tiempos. Mis admiradoras se desmayan en masa cuando realizo mis misiones. Mi correspondencia de admiradores está repleta de propuestas explícitas, lo cual me llena de orgullo, aunque no tenga ningún interés en ellas.

Declaraciones de amor en rima, fotos de chicas desnudas y sus fantasías escritas. Una mujer incluso quería volar en mi jet y seducirme durante la competencia...

Sin embargo, mi condicionamiento impide tales inclinaciones; los aspectos sexuales no influyeron en la selección de mis características. Por eso, no tengo experiencia con el género femenino ni lo anhelo. El tan citado instinto sexual masculino me es ajeno. Aun así, también disfruto de este tipo de fama.

Mi vida entera está determinada por las competencias; el tiempo entre ellas lo aprovecho para regenerarme por completo. Apenas hay algún daño físico que los médicos y sus tanques no puedan reparar.

La cúpula del piloto se cierra. Mi condicionamiento psicológico funciona a la perfección, gracias a la Santa Iglesia de la Nueva Fe, por lo que mi anticipación se limita a una suave euforia, hay que mantener la mente clara.

 

Miro a mi derecha hacia Martin, un francés delgado de origen asiático. Martin me sonríe con confianza. Levanto el pulgar y pongo mi expresión de victoria.

“Por fin empieza. A toda máquina. La victoria es nuestra. ¡Igualdad!”

Sin poder evitarlo, ambos nos reímos. Entonces llega el momento.

Reviso los sistemas por última vez, inicio la rutina de prueba. Como siempre, todo funciona a la perfección. Disfruto del último momento antes de que comience el procedimiento de arranque y den inicio los combates. Con toda la brutalidad y dureza que conlleva un enfrentamiento bélico. Desde los albores de la humanidad, nada ha cambiado en este sentido. Y desde el inicio de la historia de la humanidad, han habido hombres como yo que disfrutan de la lucha. Cuya pasión es la muerte. ¡Una sensación maravillosa, siempre y cuando sea yo quien la inflige y no quien la recibe!!

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

El marcador actual tras el primer día de batalla es el siguiente: Humanos 200, Menselijk 168. Hemos podido ampliar nuestra ventaja en cuatro. Este es el mejor resultado en tres años, dos meses y doce días. El avance decisivo está por llegar, lo sentimos. Nuestro profeta Peter T. Collins, como hombre afortunado, honrará mañana a tres vírgenes. Sigan luchando con esfuerzo incansable, la victoria final está cerca.

 

«Aquí THE GUN. ¡Escuadrón, en marcha! La victoria final es nuestra. ¡Libertad!»

Mi orden a través del sistema de comunicación a bordo es la señal de que empieza todo. El despegue. La fuerza G me clava con fuerza en el asiento. Salimos de JERICHO, el planeta base de la humanidad para esta batalla. A las 08:15, los menselijk nos siguen. Tras salir de las capas atmosféricas más externas, formamos la formación MANN –en honor a él mismo– y esperamos la señal de inicio. No puede tardar mucho más.

Ya se ve el resplandor del hongo atómico, justo en el centro del triángulo formado por JERICHO, 0815 y el sol HOLOCAUST. Nos dividimos en veinte escuadrones de doce aviones cada uno. Nos acercamos a la flota de los menselijk.

«Escuadrón, ¡adelante! ¡Justicia!»

Abro fuego; como poseedor del récord, tengo el derecho al primer disparo. Impacto directo. El Menselijk se desvanece en una nube de fuego.

Rayos de luz surcan el vasto vacío y envuelven a los cazas en explosiones deslumbrantes. Las descargas de plasma de la energía ionizada causan interferencias en los receptores de la radio de propaganda. A pesar de eso, las consignas motivadoras de Collins llegan a mi mente; como siempre, me invade la euforia de la justicia. En medio de ese éxtasis, logro mi quinto derribo. Y eso en solo cuatro horas. Un récord en potencia.

A mi derecha, detrás de mí, se produce una brillante llamarada. Me invade un profundo sentimiento de tristeza. Martin había sido un buen amigo. Hemos librado fantásticos duelos de entrenamiento. Me exigió mucho. Esta había sido su décima misión. Con ella había alcanzado el Top 100. Pero su vertiginosa carrera terminó abruptamente. Es una lástima.

«Escuadrón, han visto el final de Martin y saben lo que hay que hacer. ¡Justicia!»

Hago un giro brusco, giro violentamente y descargo mi sed de venganza contra un menselijk. La maniobra poco convencional pone en apuros a otros menselijk; mi escuadrón se dispersa y deja menselijk calcinados en las filas enemigas.

Luego, los menselijk se recuperan. La intensidad de los combates disminuye; ambos bandos actúan ahora con cautela. El primer día de combate llega a su fin.

«Escuadrón, ya está. Volvemos. ¡Igualdad!»

Giro, y los aviones humanos me siguen en formación de regreso a la base. Estoy satisfecho con cómo ha transcurrido la batalla hasta ahora. Nos hemos ganado el descanso, en el sentido más literal de la palabra.

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

¡Estimados fieles! Tras la primera semana, hemos logrado ampliar nuestra ventaja a cuarenta y uno. De nuestro lado, aún hay ciento cincuenta héroes en marcha por la Santa Causa. Sigan luchando, compañeros, la victoria final está cerca. Recuerden nuestros valores. Igualdad. Justicia. Libertad.

Para aprovechar la pausa, volveremos a explicar los acontecimientos históricos que dieron lugar a estas competencias:

Fue el HOMBRE. Con su valiente sacrificio, decidió a favor de la humanidad las batallas en Titán, la luna de Saturno, y marcó un punto de inflexión en el conflicto en un momento en que todo apuntaba ya a una guerra eterna. Los menselijk cumplieron con los acuerdos y, tal como se había estipulado, abandonaron nuestro sistema solar natal.

Pero la alegría duró poco. La humanidad pudo disfrutar de diecisiete años de paz, un fugaz momento de tranquilidad, hasta que ocurrió lo increíble.

Cuando la primera nave espacial cruzó la frontera del sistema solar, la paz terminó abruptamente. Así como los menselijk se habían apegado al pie de la letra a los acuerdos, así de intransigentes fueron al aprovechar esta nueva situación. Cada nave espacial fue reducida a sus átomos. Los menselijk consideraban que el acuerdo se aplicaba a los límites de nuestro sistema solar, pero no más allá de ellos.

Se avecinaba una segunda guerra, solo que esta se trasladaría al vacío del espacio.

Una vez más, fue el primer profeta de la Santa Iglesia de la Nueva Fe quien encontró una salida al dilema inevitable. Ninguno de los humanos quería una segunda guerra; las consecuencias de la Primera aún estaban grabadas en la conciencia de todos gracias a la propaganda de la Santa Iglesia de la Nueva Fe. Y los índices de audiencia habían sido enormes.

Se encontró una solución de mutuo acuerdo para evitar la guerra inminente, similar a la que había llevado a los combates en Titán.

Se eligió el sistema HOLOCAUST...

 

He aprovechado el descanso nocturno exclusivamente para mi rehabilitación. Mi acondicionamiento sigue funcionando a la perfección. Estoy en plena forma. ¡Acierto! Mi derribo número mil. Un hito histórico.

«Escuadrón, ofrezcamos algo a quienes se quedaron en casa. ¡Justicia!»

Volamos brevemente en formación, formamos el signo de la victoria; a los millones frente a las pantallas de televisión les encanta eso.

Pero la euforia se desvanece. La batalla se vuelve más dura, las bajas son mayores. Buena gente. Poco a poco vamos perdiendo fuerza, pero a los Menselijk les va peor. A medida que pasa el tiempo, se agotan las reservas físicas y psicológicas. Los primeros de nosotros se sacrifican en la batalla, emulando al HOMBRE. Entonces termina la primera semana. Una vez que se ha superado esta etapa, el final empieza a vislumbrarse lentamente.

«Escuadrón, ha llegado el momento. Volamos a casa. ¡Igualdad!»

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Tras la primera semana, logramos ampliar nuestra ventaja a cuarenta y uno. De nuestro lado, aún hay ciento cincuenta héroes luchando por la Santa Causa. Sigan luchando, compañeros, la victoria final está cerca. Recuerden nuestros valores. Igualdad. Justicia. Libertad.

 

«Escuadrón, máxima concentración. Hoy es un buen día. ¡Libertad!»

Me siento bien, este es mi día, estoy rebosante de energía. Lo siento en lo más profundo de mi ser: hoy se tomará la decisión y ocuparé un lugar importante en la historia de la humanidad. Me haré inmortal con la victoria.

Giro bruscamente los mandos, me meto en una trayectoria estrecha y sinuosa, y luego catapulto el jet en picada hacia la izquierda y arriba. La presión aerodinámica es enorme. La máquina chilla, pero ya me he deshecho del menselijk que me pisaba los talones. Mi escuadrón se abalanza sobre él y lo destruye. La victoria está cerca. Un breve suspiro de alivio. Disfruto del momento de calma.

De repente, se produce un golpe brutal. Mi nave da un salto hacia adelante. Me han alcanzado. El jet entra en barrena. Pero aún es maniobrable. Realizo una maniobra evasiva, dirigiéndome en diagonal hacia mi escuadrón. Mi escuadrón acude en mi ayuda y ahuyenta a los menselijk que nos atacan.

Hago un balance. Mi capacidad de aceleración ya es solo del 70 %. Además, los controles ya no responden de manera óptima; más bien, lo hacen de manera mínima. La situación se ve mal. Al parecer, mi capacidad de concentración se ha visto afectada, nublada por la euforia de mi supuesta superioridad. Me he confiado demasiado, y ahora estoy sufriendo las consecuencias.

Vuelo por el espacio girando descontroladamente. Pongo rumbo para salir del sistema, lejos de la batalla. Pero voy demasiado lento. Otro impacto de rebote hace temblar la nave.

Me duele el brazo como si estuviera en llamas. Partes del revestimiento interior se me han clavado en la parte superior del brazo. Mi acondicionamiento también ha sufrido daños. El sudor me gotea por la frente, me tiemblan las rodillas. Me cuesta respirar. Esto nunca me había pasado. Los pilotos de aviones a reacción son sometidos a un entrenamiento psicológico durante su formación para que repriman cualquier sentimiento, como el miedo o la duda, y puedan reaccionar como una máquina en cualquier situación. Pero ahora todo eso se ha esfumado. Vuelvo a ser humano.

En mis pantalones surge una excitación nunca antes experimentada. Las cartas de admiradores que recibí en el pasado se me presentan en una dimensión completamente nueva. Imágenes de chicas jóvenes de pechos generosos aparecen ante mi mente. Cuerpos desnudos en poses inequívocas, con las piernas abiertas y las manos justo en el lugar que más me excita en este momento. Un espasmo incontrolable recorre mi cuerpo, un éxtasis de los sentidos. Todo mi pensamiento se concentra en esta única cosa. Aparto la mano y la reemplazo por la mía. Puedo sentir su excitación literalmente.

«Sí, te quiero. Te quiero ahora. Me da igual esta maldita guerra. Ahora soy humano».

Me desabrocho los pantalones y la penetro con mi virilidad recién despertada. Su olor dulcemente ácido, el sabor salado de su piel me vuelven casi loco.

Mi corazón late a toda velocidad; cada músculo, cada nervio está en máxima tensión. Mi ritmo respiratorio se acelera, el pulso hace que la sangre corra a toda velocidad por mis venas. De repente, tengo los pantalones mojados. El sueño se desvanece. Aturdido, regreso a la realidad. Y lo que veo me deja paralizado. Mi primer orgasmo será, al mismo tiempo, el último.

Mis músculos se contraen sin control, un temblor recorre todo mi cuerpo. Algo que nunca antes había experimentado domina ahora todos mis pensamientos. La sensación de miedo puro y primitivo, el miedo a morir.

Activo el sistema de comunicación de a bordo.

«¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme! Se están acercando cada vez más. Cada vez más. ¡Ayúdenme!»

En mi popa hay tres menselijk. Y mi escuadrón llegará demasiado tarde para ayudarme, la distancia es demasiado grande. La opresión en mi pecho alcanza proporciones insoportables. Cada respiración se convierte en un tormento. Mis párpados y las comisuras de mi boca se contraen sin control. Suelto el timón, ya que ya no tengo control sobre los músculos de mis brazos.

«¡Cabrones, no pueden dejarme morir así sin más! ¡Maldita sea! ¡Hagan algo!»

Se alternan vetas negras y rojas, siento un frío sordo en mis sienes.

Literalmente se me escapa un grito prolongado. Golpeo el tablero, el revestimiento. Me duelen los dedos, me corto con un borde, pero el dolor no llega a mi cerebro.

Me araño la piel de las mejillas con las uñas, pero el pánico absoluto sigue teniéndome en su implacable agarre.

“¡No quiero morir! Apenas estoy empezando a vivir. Su miserable pandilla frente a sus pantallas de televisión...”

Los segundos se alargan hasta convertirse en eternidades. Lo vivo como en cámara lenta. Los enemigos se acercan cada vez más. Describen un pequeño bucle, como si quisieran burlarse de mí, prolongar el momento de agonía hasta la última fracción de segundo.

Entonces, las bocas de los cañones se encienden. El universo resplandece.

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Volvemos a la cabina de mando de THE GUN. Mientras los menselijk se han concentrado en nuestro récord, Martin, “the gun”, el resto de la escuadra logró debilitarlos tanto en otros frentes que, en un futuro cercano, lograremos la victoria final. Por el momento aún quedan once planeadores de los menselijk... Un momento, el número acaba de reducirse en tres más. Estoy contando la cuenta regresiva en vivo.

¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!

La victoria final es nuestra.

Dediquémosla a nuestro Martin, aunque lamentablemente ya no pueda vivir para verla. A cambio, pasará a los anales de la historia de la humanidad como sucesor de MANN.

Debido a este alegre acontecimiento, hoy hay otro concurso. Si responde la siguiente pregunta, puede ganar una estancia de dos semanas en Jericó:

¿Por qué se nombró al HOMBRE salvador honorario de la Santa Iglesia de la Nueva Fe?


Michael Schmidt es un autor, editor y activista literario alemán que reside en Lahnstein. Sus historias son el equivalente, en la literatura, al rock pesado en la música. Explora principalmente los ámbitos del terror y la ciencia ficción, pero tampoco rehúye otros géneros literarios. Disfruta combinando literatura y música.

 

 

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