jueves, 2 de abril de 2026

FILTRÓN, HISTORIA DE UN ASTUTO MAGÍSTER Y LA ESENCIA DEL AMOR

Sergiy Paltsun

 

—Mira, Ignavus, ¡qué magníficos bezoares he adquirido al viejo bribón Luciano! —exclamó el magíster Omperitus al entrar en la tienda—. Y a Fracione le compré tres onzas de virutas de cuerno de unicornio. Además, me prometió guardarme un rubí maravilloso durante un par de días, ya que ahora estamos solo en el primer cuarto…

El magíster no esperaba que su discípulo Ignavus, a quien le correspondía triturar los bezoares traídos a tan altas horas de la noche, acudiera tan deprisa a su llamada. Por eso tenía intención de contarle muchas cosas más: del anillo con esmeraldas maravillosas, de unas perlas bastante decentes que, por desgracia, habían perdido parte de sus propiedades curativas al ser ensartadas en un hilo, y de…

Pero en ese momento apareció desde el laboratorio un Ignavus inesperadamente vivaz y ágil.

—Maestro, lo estaba buscando el hijo del mercader Compostelli y me pidió que le dijera que renuncia a su pócima.

—¿Benedetto? —precisó Omperitus.

—El mismo. Dijo que usted es un sabio seco, con un matraz en lugar de corazón —citó el discípulo con evidente deleite—. Que él ha conocido el verdadero amor y ya no necesita su brebaje.

—Del anterior, claro que no… —murmuró el magíster, y el curioso Ignavus preguntó como al descuido:

—¿Y qué pócima era, maestro?

—De amor…

—Ah, venenum —intentó lucirse Ignavus con su latín.

—En verdad, Ignavus, tu noble padre se equivocó al ponerte ese nombre, pues en ti hay mucha más pereza que fuego. Los antiguos latinos, ciertamente, llamaban venenum a la pócima amorosa, pero hoy ese nombre designa al veneno. El elixir que despierta en el hombre la pasión amorosa se llama filtrón…

—O afrodisíaco —trató de rehabilitarse Ignavus—. Pobre Benedetto —continuó, suspirando hipócritamente—. Somos de la misma edad, y ya no puede amar a las mujeres sin pócimas.

—El afrodisíaco, Ignavus, enciende el fuego en los lomos. Ese fuego arde con intensidad, pero se apaga en cuanto termina el acto. El filtrón, en cambio, genera en el hombre la llama del amor, que puede arder durante años. Benedetto, a diferencia de ti, holgazán y tunante, es un joven muy respetuoso y honra a sus mayores. Desde su infancia, su padre lo comprometió con la hija del honorable Guido Golgi. Y ha llegado el momento de unir a las familias y sus capitales, pero el novio no siente ningún afecto por la novia. Otro pediría a su padre que rompiera el compromiso, pero Benedetto no es así. No queriendo contrariar la voluntad paterna, pero incapaz de cumplirla con alegría, vino a mí y me pidió que preparara un elixir especial. Un filtrón que despertara en él el amor por su prometida.

—Pues aquí todas las muchachas saben hacer una pócima así. Se toma sangre impura…

—¡Ah, si la pereza fuera tu único defecto, Ignavus! —alzó los ojos al cielo el magíster—. ¿Oiré alguna vez de tus labios palabras dignas de mi discípulo y no de una ignorante curandera de aldea? ¡Empieza a triturar los bezoares inmediatamente! —dijo, entregándole un paquete, y, murmurando con irritación, subió a sus aposentos.

Cuando el magíster, ya cambiado de ropa, bajó de nuevo, el discípulo trabajaba con un entusiasmo inusitado, manejando el mortero con energía. Sin embargo, la causa de su diligencia no era el arrepentimiento, sino un ducado de oro que había encontrado entre los bezoares y que había ocultado apresuradamente. Esa misma causa despertó en él una sed de conocimiento que el maestro debía satisfacer de inmediato (mientras el recuerdo del ducado aún resultaba peligrosamente reciente).

Omperitus se sorprendió ante tan notable cambio.

—¿Te has preguntado alguna vez, Ignavus, por qué los poetas, esos reconocidos conocedores y cantores de la pasión amorosa, la comparan con una enfermedad? —Se sentó—. Escriben sobre el mal de amor, la fiebre amorosa, la locura amorosa. Y algunos incluso intentan encontrar un remedio para esa enfermedad y, al no hallarlo, lamentan: «Amor non est medicabilis herbis».

Ignavus adoptó una expresión de sincera perplejidad, como diciendo: «Quién sabe qué les pasa a esos poetas. A ellos habría que curarlos».

—Los poetas han percibido con su fino instinto la naturaleza del amor —continuó Omperitus—. Pero el sanador debe conocer su esencia. Pues tanto el catarro como la apoplejía o el delirio son enfermedades por naturaleza, pero se tratan de forma distinta. Toda dolencia surge de la ruptura del equilibrio: de la carencia o el exceso de ciertos humores en el organismo. Y el tratamiento restablece ese equilibrio. El amor, en cambio, se diferencia de otras dolencias en que no es la enfermedad en sí, sino solo su agravamiento. Un acceso que comienza cuando el remedio se encuentra cerca.

—Remedia amoris —murmuró Ignavus, asintiendo con aire reflexivo.

—¡No del amor! —exclamó el magíster—. Hay que tratar la dolencia, no su manifestación. Y menos aún una manifestación que indica que la posible curación está próxima. Esa dolencia es la incompletud que nos es propia desde el nacimiento. Porque el hombre, que antaño fue perfecto, fue castigado por un pecado con la división…

—Y ahora las mitades separadas se buscan para unirse y alcanzar la felicidad —completó Ignavus.

—En realidad, es más complejo, pero en esencia… tienes razón, Ignavus: las mitades se buscan. Pero ¿cómo reconocer a la propia? En el rostro de una persona no está escrito quién le corresponde. —El magíster miró interrogativamente al discípulo, pero esta vez este prefirió callar. Tras una pausa, Omperitus prosiguió—: En la sangre humana existen sustancias especiales. Se dividen en dos tipos, poseen tres cualidades, pertenecen a cuatro elementos, ocupan cinco… en fin, eso no es importante. Lo importante es que no hay dos personas cuyos conjuntos de estas sustancias sean iguales. Y cada uno posee exactamente la mitad de las que tenía el hombre perfecto original. Las sustancias de dos mitades separadas se complementan, generando armonía…

—Pero ¿cómo encontrar a la propia mitad? —no pudo contenerse Ignavus—. ¿Lamiendo sangre?

—Cada sustancia genera efluvios que se emiten a través de la piel y los ojos. Y otra persona, incluso un ignorante como tú, Ignavus, puede percibir esos efluvios. Y si una mujer emite los efluvios de las sustancias que te faltan, sentirás hacia ella una atracción llamada amor. Tanto más fuerte cuanto mayor sea el número de esas sustancias.

—Así que para eso usan perfumes… —dijo Ignavus pensativo.

—¡Tres vueltas sin parar! —le gritó Omperitus—. Los perfumes solo ocultan el mal olor para que tu lujuria pueda encenderse sin obstáculos. Para crear un filtrón hay que determinar primero qué sustancias le faltan a una persona. Luego tomar las tinturas necesarias, mezclarlas en la proporción adecuada y someterlas a destilación. El elixir resultante es el filtrón. El objeto deseado debe tomar unas gotas al día.

—Entonces Benedetto daba a beber el elixir a su prometida —concluyó Ignavus—. No parece que le haya servido de mucho…

—Como quizá recuerdes, Ignavus —respondió irritado el magíster—, los antiguos distinguían cinco tipos de amor. Mi elixir debía ayudar a Benedetto a sentir primero amor fraternal, fileo, luego amor romántico, eros, y solo el día de la boda el amor deseo, epitimia. Sin embargo, cierta joven logró despertar en él la epitimia tres días antes de la boda. Evidentemente, sus propios efluvios…

En el rostro del discípulo se leía que la referencia a los efluvios le parecía poco más que un intento del maestro de justificar su fracaso. Y además, inevitable, pues el verdadero amor no puede explicarse mediante efluvios ni provocarse con elixires. Eso Ignavus lo sabía con certeza, y precisamente el amor verdadero era otra de las razones de su diligencia.

Por su parte, el magíster sabía perfectamente que no se trataba de los efluvios de ninguna joven, sino de la suma que le había ofrecido el honorable Luca Cabrone, deseoso de convertir a Benedetto en su yerno.

—Ya está —dijo Ignavus, retirando el mortero.

El magíster comprobó que el polvo era fino y homogéneo, y accedió a dejar marchar al discípulo a la ciudad.

Sacando de su escondite el dinero ahorrado y añadiendo el ducado del día, Ignavus se dirigió apresuradamente a la tienda de Fracione. Aunque las perlas ensartadas en un collar pierdan parte de sus propiedades curativas, sin duda atraerán la atención favorable de la hermosa Lupiana. No en vano ella suspiraba con languidez cuando él comparaba sus dientes con perlas, y decía que, por desgracia, le resultaba difícil comprobar la veracidad de sus palabras, pues al mirarse en el espejo veía sus dientes, pero no veía las perlas a su lado…

«¡Oh, Lupiana! ¿Cómo pude vivir tantos años sin ti? ¿Y si el magíster no me hubiera enviado ayer con un recado a casa de su hermano? ¿Y si la criada hubiera estado en casa y hubiera abierto la puerta en lugar de Lupiana? ¡Destino! ¡Es el destino, y no unas sustancias ni unos efluvios, lo que une a las personas y enciende en ellas la llama del amor!».

Al cerrar la puerta tras el discípulo, el magíster sonrió satisfecho y se dirigió al laboratorio. Su sobrina llevaba tiempo queriendo un collar de perlas, y su querido tío, por supuesto, había encontrado la forma de conseguírselo. Sí, un ducado es dinero, pero, al fin y al cabo, se quedará en la familia.

Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

 

EMBRIAGADA POR LOS MASAJES

Pooja Anil

 

Katia, es decir, Katiayini, había llegado a la India desde Alemania para aprender yoga, meditación, pranayama y masajes. Durante su aprendizaje, quedó tan cautivada por la cultura india que decidió establecerse en la India definitivamente. Su gurú le dio el nombre de Katiayani, y a ella le encantó.

Katia estableció un centro de masajes y yoga de cerca de la casa de Madhuri. Madhuri y Katia se hicieron amigas el mismo día de la inauguración cuando Madhuri fue a decorar el lugar con flores de su establecimiento. En cuanto la vio por primera vez, Katia supo que debía elegirla para que fuera su modelo. Así, cada vez que aprendía una nueva técnica de masaje, llamaba a Madhuri para aplicar la nueva técnica en ella y Madhuri también se hacía un tiempo para acudir. Su físico resultaba ideal para quienes aprendían masaje: no era ni demasiado alta ni demasiado corpulenta. De este modo, quienes practicaban encontraban en ella un modelo de tamaño perfecto, fácil de manejar. Por otro lado, Madhuri recibía masajes gratuitos que le aliviaban el cansancio del día. De esta manera, el acuerdo era beneficioso y sencillo para ambas. Poco a poco, se convirtieron en muy buenas amigas.

Un día, mientras le administraba el masaje, Katiayani susurró al oído de su amiga.

—¡Alex te ama!

Madhuri, que estaba casi adormecida por el placer del masaje, se sobresaltó al oír aquello. Intentó moverse, pero Katia la sostuvo suavemente y no la dejó interrumpir el masaje.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Madhuri.

—Él te espera todos los días. Incluso ahora está allí enfrente, en la tienda de enfrente, mirando hacia aquí —respondió Katia.

—¿Ah, sí? Con razón… Yo también lo he notado. Últimamente viene a mi tienda a comprar flores para la iglesia.

—Entonces debes hacerte amiga de él. Alex es un chico muy amable y sensato.

—Tú ya sabes, Katia, que en nuestra sociedad no se pueden formar relaciones así, como ocurre en Alemania.

—¡Oh, no te preocupes! Yo estoy contigo. Hablaré con tu familia por ustedes.

—¡Dios mío! ¡Has pensado en todo, Katia!

 

—¿Y por qué no? He visto que juntos se ven muy bien.

Madhuri se sintió algo cohibida al oír esto.

—Bueno… lo pensaré —dijo, tratando de disimular.

Pero Katia ya los había imaginado a los dos juntos e incluso dio un paso más.

—¿Pensar qué? Ya he reservado para ustedes una cita para mañana en una mesa de café. Es tu cita con Alex. Ve al Big Café bien arreglada por la tarde. Además, te haré un maquillaje precioso.

Al escuchar esto, Madhuri sintió como si la recorriera una corriente eléctrica. Aunque ya había percibido claramente los sentimientos de Alex hacia ella, no quería admitirlo. Le agradaba mucho que él visitara su tienda en busca de flores. Mientras conversaban, le preguntó acerca de su profesión y así se enteró de que era ingeniero. Sentía una atracción indefinida hacia él, algo que no lograba comprender del todo. Pero, de repente, las palabras de Katia disiparon la confusión de su mente, como si le hubieran revelado una imagen clara y luminosa de ambos juntos.

Se sintió inesperadamente feliz y pasó toda la tarde imaginando cómo hacer realidad esa escena que Katia había dibujado ante ella.

 

A la mañana siguiente, Katia la llamó temprano para recordarle la cita. Madhuri también estaba ansiosa, pero respondió con serenidad. Por la tarde, se vistió con unos vaqueros azules y un top rosa y fue a ver a Katia para que la maquillara. Al verla, Katia frunció el ceño y le pidió que se pusiera un hermoso sari. Le explicó que a Alex le encantaban los saris. Madhuri se resistió, puso excusas, pero Katia no cedió. Finalmente la hizo ponerse el sari y luego la maquilló.

Cuando Madhuri llegó al Big Café, Alex ya la estaba esperando. Se saludaron con una sonrisa y entraron. Tras pedir café, comenzaron a conversar. Después de mucho tiempo charlando, cuando estaban a punto de irse, apareció Katia con un sobre en la mano y se lo entregó a Madhuri. Al abrirlo, encontró varias fotografías: eran de los dos, tomadas por Katia mientras conversaban. Ella había ido a revelarlas a una tienda cercana. Al verlas, Madhuri y Alex se sintieron muy felices.

A partir de entonces, comenzaron a verse todos los días. Disfrutaban mucho de la compañía mutua y empezaron a hacer planes para el futuro. Los sueños compartidos se convirtieron en el eje de sus conversaciones.

Pasaron seis meses. Un día, mientras Madhuri recibía un masaje en el centro de Katia, esta le habló en voz muy baja.

—Alex se ha ido. Se va a casar… pero no contigo.

Madhuri se quedó dura como una piedra. Esta vez, Katia le permitió levantarse a mitad del masaje. Madhuri se sentó en la camilla; su rostro estaba lleno de preguntas.

—¿Se fue así sin más? —preguntó asombrada.

—Ayer por la tarde vino a verme —dijo Katia—. Me contó que su familia ha arreglado su matrimonio y que debe ir inmediatamente al pueblo. Intenté convencerlo de que tú lo amas y de que debería casarse contigo, pero dijo que su familia no lo aceptaría y que no puede hacerlos cambiar de opinión.

Madhuri no respondió. Sus ojos se llenaron de lágrimas reflejando claramente el dolor de un amor roto; pero permaneció en silencio.

Katia se sentía muy mal. Había sido ella quien impulsó la relación, y ahora esa misma relación se había convertido en causa de dolor para su amiga.

—No te pongas triste —dijo—. Vamos, llamemos a Alex. Tú también habla con él y yo volveré a insistirle.

Pero Madhuri se negó con firmeza.

—No es necesario, Katia. Seguro que es un cobarde. Si hubiera tenido el valor, me lo habría dicho antes de irse. No tiene coraje. Y piénsalo: si realmente quisiera quedarse, ¿por qué se habría ido? Sé que no ganaré nada llamándolo. Tal vez ni siquiera conteste. Lo más triste es que en estos seis meses nunca me habló de esto, sino que fingió amor aprovechándose de mis sentimientos.

Katia recordó demasiado tarde que Madhuri ya le había dicho que en la sociedad india las relaciones no se forman de la misma manera que en Alemania.

Al día siguiente, Katia recibió una carta. Madhuri la había dejado para ella. En ella decía que había aprendido una lección de esa experiencia y que no quería seguir viviendo allí, por lo que regresaba al pueblo con sus padres. Pedía disculpas por no haber podido despedirse, ya que su tren salía temprano, pero le aseguraba que siempre la recordaría. También escribió que seguiría adelante con fortaleza y haría su vida más hermosa.

Junto con la carta, estaban las fotografías de Madhuri y Alex que había tomado Katia.

Al enterarse de la partida de su amiga, Katia se llenó de tristeza; sentía el dolor de Madhuri como propio.

—¡Alex, de corazón feo! —dijo mirando una de las fotos; le dio una fuerte bofetada a la imagen del joven y agregó—: No solo eres un cobarde, sino también egoísta e irresponsable. ¡Lamento no haber sabido reconocerte!

Pooja Anil, fundadora de 'Hindi Gurukul Spain', es licenciada en Zoología. Nació y creció en Udaipur, Rajastán. Reside en Madrid, España, desde 1999 y desde 2008 imparte clases de hindi en la capital española. Ha contribuido a la enseñanza del hindi a estudiantes extranjeros y a su promoción fuera de la India. Su colección de relatos, "Tum Namazboor", fue publicada por el Instituto Central de Hindi. Fue coeditora de la colección colectiva "Fungiyon Par Dera", publicada por Shvetvarna Prakashan. Trabaja en diversos géneros de la literatura en hindi. Sus relatos, poemas y artículos se han publicado en numerosos periódicos y revistas indias de renombre. Escribe poesía y traduce entre hindi y español. Produce obras de teatro radiofónicas, poesía y podcasts de cuentos, y ha participado en varios seminarios web y actividades en línea en hindi en India y en el extranjero. Su blog es: https://poojanil.blogspot.com/

EL FRUTO DE SU VIENTRE

Eliana Soza Martínez

 

La anciana estaba segura de que algo había cambiado cuando comenzaron a repetirse, noche tras noche, las pesadillas. Su cuerpo se fue transformando, sentía cómo sus intestinos y su vejiga se movían hacia un lado para dar lugar a aquel bulto que se hinchaba sin medida. Por su edad, era imposible haber engendrado vida. Su nieta, prostituta, de belleza extraña, creía que se trataba de gordura o en el peor de los casos un tumor. La abuela sabía que era una transformación maldita; sentía movimientos de una criatura que crecía en su interior, cada día se hacía más fuerte y ella más débil. El resto de su organismo moría lentamente. Los médicos no acertaban en un diagnóstico.

La joven, por la pobreza y su oficio, a pesar de su belleza natural, parecía una flor a punto de marchitarse. No tenía paciencia para los malestares de su abuela; por lo que la internó en un centro de salud público. En las ecografías el bulto salía limpio, la anciana estaba segura de que algo vivo allí había comenzado a controlar su mente. Pensamientos oscuros fueron apoderándose de sus días, recordaba su juventud y odiaba a su nieta que ahora tenía a los hombres a sus pies y que heredó su oficio. Si bien no había conseguido alguien que la sacara del prostíbulo con una vieja acuestas, si ella dejara de existir, seguro que la joven sería feliz.

Pensó en morir, pero los doctores no lo permitirían, tampoco el parásito que la absorbía; aún era necesaria. Pidió que viniera un sacerdote a darle la comunión; la cosa en su cuerpo deseaba divertirse. Llegó un religioso delgado y asustadizo, que cuando confesó a la mujer tembló y se fue casi corriendo del sanatorio, para luego dejar su parroquia y perderse en un pueblo alejado.

Entretanto, el engendro obligó a la anciana a escapar del hospital; salió como un fantasma en medio de la noche. Llegó a su casucha. Una vecina que la vio débil la ayudó a acostarse, pero sin previo aviso, la anciana le cortó el cuello, bebiendo su sangre, le abrió el pecho y sacó el corazón aun palpitante y se lo comió. Este festín le dio tiempo de esperar a su nieta, de quien deseaba vengarse por tener una vida más larga y belleza para disfrutarla.

La joven entró cansada de su trabajo, vio el cuerpo de la vecina y se espantó, mas cuando se encontró frente a su abuela, con la cara y las sábanas bañadas de rojo, supuso que también estaba herida. Le preguntó si se encontraba bien; la vieja negó con la cabeza, estiró la mano como pidiendo ayuda, pero a la chica le dio asco tocarla. Quiso salir a pedir auxilio, aunque no pudo hacerlo por el grito desgarrador que sonó detrás de ella. Se acercó y vio el cuchillo en la mano arrugada. Le dijo a la anciana que le traería un vaso de agua, pero además tomó un martillo. Cuando estuvo a unos centímetros le arrojó el líquido y la golpeó en la cabeza y el vientre, dejándola moribunda.

—Acepta lo que te proponga —susurró la abuela con voz temblorosa—, no mueras como yo, en la pobreza.

—Estás alucinando, vieja de mierda, querías matarme.

—Recuerda que Dios nunca estuvo para nosotros.

Ni una lágrima cayó por el bello y triste rostro. El vestido carmín pegado a su esbelto cuerpo, todavía olía a cigarrillo y alcohol. Sintió una débil náusea que se le pasó de inmediato. Mientras imaginaba la vida sin la abuela, pudo contemplar cómo un humillo salía de la boca de la muerta y su estómago abultado bajaba hasta ser normal. El repugnante demonio observaba victorioso el siguiente instrumento, perfecto para seguir torturando almas; la desmayó. En medio de una pesadilla, un ser hermoso, igual a un ángel, pero con cuernos en la cabeza y vestido de negro, le ofrecía su mano; la muchacha, algo asustada, dudó en tomarla, pero recordó las palabras de su abuela.

Horas después despertó con la certeza de que algo había cambiado en ella y que una fuerza extraña crecía en su interior, no como un bulto. Su belleza floreció, la piel lozana y el cabello ensortijado chispearon; sus senos y glúteos erectos se insinuaban más que nunca debajo del vestido. La seguridad de ser irresistible entre hombres y mujeres le daba la potestad de castigar a quien no se arrodillara frente a su poder. Tomó su cartera, su mejor abrigo y salió del cuartucho jurando que nunca más volvería a ese infierno.


Eliana Soza Martínez nació en Potosí, Bolivia. Es comunicadora, escritora, editora y gestora cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra (2018). Encuentros/Desencuentros (2019), Monstruos del Abismo (2020), Pérdidas (2021), Luz y Tinta (2022), Acuarelas (2023), Umbrales (2023), Cuéntame, libro infantil interactivo (2023), El fuego que habita en nosotras (2024), Cadena de Sangre y Muerte (2024). Sus cuentos fueron publicados en más de cien revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México y España. Algunos de sus textos fueron traducidos al polaco y al alemán.

miércoles, 1 de abril de 2026

LAS MANOS

Daniel Posse

 

Contempló con satisfacción sus manos y sintió placer. Miró a la manicura y sonrió; la muchacha había aprendido que ese gesto era un signo de aprobación. Pagó la cuenta, se levantó y, mientras se colocaba la chaqueta y la gorra, observó su perfil y el brillo ostentoso de las condecoraciones.

El azul de sus ojos resplandeció con orgullo. Hizo un gesto con la boca y el entrecejo. La empleada lo miró nuevamente y le dijo:

—Hasta pronto, general.

Salió del negocio y llegó a la esquina. Antes de cruzar la calle, volvió a mirar sus manos y pensó que con ellas había construido un mundo ideal. Con ellas oró a Dios, acarició a sus hijos y apretó el gatillo las veces que creyó necesarias.

Abril había comenzado con el calor terminal de los largos veranos subtropicales. Era inevitable sudar y percibir el olor de los cuerpos que pasaban cerca.

La torre del reloj dio las cuatro de la tarde y las tiendas comenzaron a levantar las persianas. La ciudad había crecido lo suficiente como para ser una urbe mediana que, a pesar de ello, no perdía la calma de las aldeas provincianas.

Llegó a la puerta de la iglesia, se persignó y contempló con éxtasis la perfección de sus largos y puntiagudos dedos: el blanco de la piel, el rosado inmaculado de las uñas. Murmuró:

—Sin ellas no hubiera podido hacer nada por el orden.

Recordó una multiplicidad de hechos que sintetizó en decretos y en órdenes de detención que había firmado.

Cruzó nuevamente una calle y vio la plaza. Los naranjos simulaban ser manchones verdes salpicados de tintes frutales, ácidos y picantes. Nunca le gustaron los troncos marrones y menos los grises, así que ordenó pintarlos de blanco.

Sonrió al observar la limpieza del suelo y el reflejo de su imagen.

Levantó la cabeza y lo invadió el azul del cielo, que se derramaba incluso sobre los bancos. Dejó que sus pensamientos se perdieran en el contraste multicolor de los edificios de enfrente.

—El blanco y el azul son los colores de la patria —afirmó.

Cruzó otra vez, esta vez en diagonal. Al llegar al centro de la plaza, se detuvo un instante ante la estatua de la libertad, vestida con la túnica verde que él mismo había ordenado colocar. Repitió en voz baja:

—Nunca más la indecencia de lo que llaman arte.

Continuó unos metros, abriendo y cerrando un ojo. Levantó el pulgar y ensayó un juego de perspectiva que creía propio: los faroles oliva eran capullos en saludo militar. Inmerso en esa escena, pronunció:

—Firmes.

Giró y encontró la fuente, donde observó a una mujer sumergiendo las manos en el agua limpia. Se acercó y preguntó:

—¿Qué haces?

Su voz cortó el aire como un disparo. Ella levantó la mirada, rompió el rito y, al ver el uniforme azul, respondió:

—Lavo mis manos.

La voz fue clara y firme. La locura no le impidió reconocer al soldado.

Él agregó:

—¿Crees poder lavarlas ahí?

—Yo todavía puedo. Usted no, general.

Daniel Posse es un escritor argentino nacido en Aguilares, Tucumán, en 1967. Creció en un entorno familiar que fomentó su amor por la literatura y la música. Estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Quilmes y se radicó en Buenos Aires, donde ejerce la docencia y el periodismo. Ha publicado libros como "De Sueños y Azar" y "Las Ciénagas", y ha ganado varios premios literarios internacionales. Su obra refleja su conexión con el sur de Tucumán y su pasión por la narrativa.


 

SOLO PALABRAS

Lídia Fedina

 

8 de enero de 2098. Entre las 11:42 y las 15:24

 Lorna D. Pool:

—¿Hay alguien ahí?

 Daisy Hamilton:

—¿Dónde estabas? ¡¿Por qué escribes recién ahora?!

 Lorna D. Pool:

—No se podía, hasta que no estuvo listo el blindaje.

 Mike Storm:

—¿Se mudaron?

 Lorna D. Pool:

—Tuvimos que hacerlo.

 Daisy Hamilton:

—¡Creí que los habían atrapado!

 Lorna D. Pool:

—No, pero papá dice que la red de impulsos tampoco es segura desde que no hay conexión de video.

 Daisy Hamilton:

—¡Como si no se pudieran falsificar las imágenes!

 Mike Storm:

—Las imágenes en movimiento son difíciles de falsificar. Hace falta equipo serio para eso.

 Daisy Hamilton:

—¡La mayoría de ellos ni siquiera sabe escribir! Con patas, garras…

 Lorna D. Pool:

—A mis dos hermanos mayores los atraparon durante la mudanza. Pero al final los abatimos a todos.

 Mike Storm:

—¡Santos genes! ¿Están en un campo de refugiados?

 Lorna D. Pool:

—No. Papá dice que a los grupos grandes los encuentran más fácilmente.

 Mike Storm:

—Según el comandante, juntos tenemos más posibilidades.

 Lorna D. Pool:

—Y también somos un blanco más grande.

 Mike Storm:

—Puede que tengan razón. Este ya es el tercer escondite en el que nos ocultamos, pero siempre nos encuentran. El olfato de los cuadrúpedos escamosos es increíble. Además, el sol y el viento no les afectan, y casi no necesitan dormir. Siguen los rastros día y noche. ¡El comandante dice que salieron realmente bien!

 Lorna D. Pool:

—Nosotros teníamos un lugar seguro.

 Mike Storm:

—Entonces ¿por qué no se quedaron allí?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¿Sigues ahí?

 Lorna D. Pool:

—No responde…

 Mike Storm:

—¡Si alguien se desconecta sin mensaje de salida, no es buena señal!

 Lorna D. Pool:

—¿Por qué se desconectaría? ¿Verdad, Daisy?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¡No bromees!

 Daisy Hamilton:

—Estoy disfrutando su pequeño diálogo. Sí. Leo. Escribo. Pero no será así por mucho tiempo. No hace falta escribir. La cabeza almacena. El cerebro almacena. No humano antiguo atrofiado. ¡Nueva especie humana! ¿Dónde están, niños? Si lo dicen, todo termina antes, y prometo que será rápido, como amiga.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué pasa?

 Mike Storm:

—Me desconecto. Daisy ya no está. Es uno de los cerebrales. ¡Huye!

 Daisy Hamilton:

—¿Adónde, Mike? Estamos en todas partes. Ustedes nos crearon a partir de ustedes mismos. Ustedes nos hicieron. Ustedes son el pasado. ¡Nosotros el futuro! ¡Ustedes querían este futuro! ¿Llega el cambio climático? Que haya supervivencia. ¡Eso aprendiste!

 Lorna D. Pool:

—¿Quién eres?

 Daisy Hamilton:

—No Daisy. Ella fue aprovechada. Alimento para los escamosos. Buen final, útil.

 Lorna D. Pool:

—¡¿Se comieron a Daisy?! ¡¿A un ser humano?!

 Daisy Hamilton:

—Me gustas tú. Tienes valor. Lástima que también te comerán. No yo. Yo no como humano antiguo. Pero ellos son muchos, nueva humanidad come cualquier cosa. Solo no su propia especie. Nosotros somos nuestra especie. Tú no.

 Lorna D. Pool:

—¡Son monstruos!

 Daisy Hamilton:

—¿Monstruo? Todo tiene un precio. La supervivencia también. El objetivo es la conservación de la especie.

 Lorna D. Pool:

—¡Todo tiene un precio! ¡Así se dice! ¡Ni siquiera sabes hablar y aun así te crees superior!

 Daisy Hamilton:

—Dije: me gustas. Valiente. No como Mike. Él cobarde. Huye. El habla es cosa pasada. Nosotros comunicamos más avanzado. Comunicamos pensamiento con pensamiento. Así mensaje exacto. Palabra mala. Habla tonta, vieja. Primitiva.

 Lorna D. Pool:

—¡El habla es lo que distingue al ser humano de los animales! ¡Y la palabra escrita!

 Daisy Hamilton:

—Quien no puede entender pensamiento, enviar pensamiento: comunicar, queda solo sonido y señales. Como animal. También hay así entre nosotros algunas subespecies. Primitivas. Pero mejoramos. Ellos también comunicarán pensamiento. Solo necesita pequeña intervención en genética. Método existe. Ustedes desarrollaron, nosotros perfeccionamos.

 Lorna D. Pool:

—¡Sé que nosotros los creamos! ¡Pero fue un error, no se convirtieron en humanos!

 Daisy Hamilton:

—Nos volvimos mejores. El humano antiguo casi alcanzó el objetivo. Dirección correcta, solo falta corregir. No hace falta sentimentalismo humano antiguo. No hace falta adoración al dinero, hambre de poder, hipocresía.

 Lorna D. Pool:

—¡Los hipócritas son ustedes! ¡Nos exterminan, a sus propios antepasados! Es como si yo matara a mis padres. Pero eso no lo entiendes, ¿verdad? ¿O no quieres entenderlo?

 Daisy Hamilton:

—No empezamos nosotros, niña. Humano antiguo vio que nosotros resistimos tormenta, resistimos radiación. Nosotros sobrevivimos cambio climático. Ustedes mueren. Ustedes se asustaron de lo mejores que somos. Ustedes quisieron primero matarnos, a su propia creación.

 Lorna D. Pool:

—¡Porque no tienen ni moral ni decencia!

 Daisy Hamilton:

—¿Quién dijo eso? ¿Tu papá? ¿Tu mamá? ¿Qué es moral? ¿Destruir todo, matarse entre ustedes? ¿Hacer guerra? Conozco historia. ¿Matar a otro, quitarle bienes? ¿Eso moral? Nosotros no matamos nuestra especie. Nuevo humano no mata nuevo humano: eso moral. Nosotros sobrevivimos y humanidad será mejor. Mucho mejor. Como ustedes quisieron.

 Lorna D. Pool:

—¡Nosotros no queríamos esto! ¡Ustedes nos matan y nos comen!

 Daisy Hamilton:

—Solo escamosos y habitantes subterráneos comen. Es útil. Muchos cuerpos muertos, mucha infección. No bueno. Mucha carne desperdiciada, no bueno. ¿Animal, planta comer es mejor según tú, eso moral?

 Lorna D. Pool:

—Hay que comer.

 Daisy Hamilton:

—Yo también digo eso. ¿Dónde se esconden, niños? Si dicen, menos miedo. Termina antes.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué te crees, quimera? ¡No lo diré!

 Daisy Hamilton:

—No importa. Encontraremos. “Quimera” palabra mejor que “monstruo”. Ves, empiezas a entender.

 Lorna D. Pool:

—¡Es lo mismo! ¡Son monstruos ensamblados!

 Daisy Hamilton:

—Más o menos cierto, pero no formulación exacta. Somos mezcla de genoma terrestre. De cada animal ponemos lo mejor en genoma humano. Lo mejor para cada propósito. Muchas subespecies: aladas, escamosas, con branquias y otras. Diversidad asegura que alguien sobreviva. Y mejora: no doble, sino cuádruple hélice de ADN. Para usar siempre segmento bueno. Eso genética. Nosotros guiamos nueva humanidad, nosotros cerebrales.

 Lorna D. Pool:

—¡Eres el mismo monstruo que los demás!

 Daisy Hamilton:

—Error. Cerebrales distintos. Te explico. Tal vez sabes: en genoma humano muchas partes no funcionan. Cuando humano antiguo creó cerebrales, activó secciones inactivas, no necesitó insertar genes animales. Bastó genoma humano. Nosotros sabemos mucho. Más que humano antiguo. Ese era objetivo: usar más cerebro.

 Lorna D. Pool:

—Si son tan inteligentes, ¿por qué no pueden hacer la paz con nosotros? ¿Por qué tienen que exterminarnos?

 Daisy Hamilton:

—Ustedes igual se extinguen. Como dinosaurios y otros. Humano antiguo agresivo, quiere solo él vivir. No se puede negociar. Miente, engaña. Intento inútil. Cambio climático ocupa toda energía. Se preparan viviendas subterráneas por tormentas. Viviendas submarinas. Para eso energía necesaria. Muchas especies mueren en Tierra. Nosotros llevamos bajo tierra lo que puede, mientras cambio ocurre. Allí producimos alimento, obtenemos energía… hace falta muchas ideas. Humano antiguo obstáculo.

 Lorna D. Pool:

—¡Claro! ¡Solo nosotros somos los culpables!

 Daisy Hamilton:

—No entiendes, niña. Digo distinto: humano antiguo es enfermedad, mayor problema del planeta. Debe extinguirse. La vida es lo importante. No qué forma vive. Pero una idea encuentra camino para la vida. Nació nueva humanidad. Esta continúa. Tal vez entiendas, tal vez no. Pero ya no escribo. Hemos localizado tu posición. Vamos por ti.

 Lorna D. Pool:

—¿Me localizaste? ¿De verdad? Nos subestimas, aunque admites que nuestra idea fue brillante. ¡Ustedes sobrevivirán porque nosotros así lo quisimos!

 Lorna D. Pool:

—¿No respondes? ¡Buena suerte con el repetidor! ¡Nunca nos encontrarás! ¡Nunca! ¡Estamos allá arriba, idiota!

 Daisy Hamilton:

—¿Allá arriba dónde? ¿En montaña?

 Lorna D. Pool:

—¡No seas tan limitado! Claro, así los diseñamos. Me desconecto. Para siempre.

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

MALEFICIA DESCIENDE

Alexander Zelenyj

 

—El escultor dijo que las piezas están destinadas a ser representaciones de dones del Cielo.

Los dos hombres –el emperador Adriano y su cuestor, Casteleo– estaban de pie, uno junto al otro, evaluando las tres esculturas en el atrio bañado por el sol de la villa del emperador. La luz del día, que entraba por el compluvium y las ventanas, reverberaba en el agua apacible del estanque situado en el centro de la estancia. Un santuario ocupaba una esquina, mientras que las máscaras funerarias de antepasados muertos miraban ciegamente desde sus armarios alineados a lo largo de una pared.

La pieza que retenía la atención de ambos se alzaba sobre un pedestal bajo de marfil que acentuaba su tamaño, de diez pies de largo, y su forma, que era cilíndrica. La mitad superior tenía el aspecto de una gran urna, lisa y sin ornamentos; o tal vez de la maza de un gigante. Estrías decorativas y estilizadas, semejantes a las aletas de un gran pez, se elevaban a intervalos regulares desde la base cuadrada. La escultura, y las dos esculturas que la acompañaban, parecían llenar el espacioso recinto, exhalando un aura poderosa. Verdaderamente, aquellas obras de arte tenían presencia. En efecto, habían desplazado la conversación que los dos hombres sostenían acerca de los recientes acontecimientos políticos, la construcción del muro en Britania, la restauración del Panteón, los continuos problemas con los partos.

—Esta resulta bastante fálica —observó Casteleo y, dirigiendo la mirada hacia las otras dos esculturas, añadió—: Esas dos me recuerdan a un pez extraño y gordo, y a un huevo gigantesco.

En efecto, las formas bulbosas de las piezas evocaban con precisión las descripciones del cuestor.

—Como siempre, perspicaz en tu crítica artística —bromeó el emperador, y añadió, con mayor calidez—: Es maravilloso tenerte de regreso de tu viaje al extranjero, amigo mío, y recibirte aquí en Tíbur. He echado muchísimo de menos tus sabios consejos en estos últimos días. Cuanto más envejezco, más dependo de tu juicio. —Y luego, volviéndose de nuevo hacia las esculturas, agregó—: Están esculpidas en mármol, por ese vagabundo devenido profeta, Gallius, aunque sigue siendo un misterio cómo llegó a poseer tanto mármol. Dijo que cada una de ellas era de tamaño natural respecto de sus equivalentes en el mundo real.

—¿Dones del Cielo, dices? Pero ¿de qué son esculturas? —dijo Casteleo, frunciendo el ceño ante la pieza que tenían delante, tratando de extraer significado de su forma lisa y peligrosa, de su economía de detalles—. Yo había pensado que esta era una urna.

—Diferentes encarnaciones… de Dios.

Casteleo volvió hacia su compañero una mirada indignada y deleitada a la vez.

—¿Encarnaciones de un único Dios cristiano? ¿Entregándose a sí mismo como obsequio al pueblo?

—Eso parece. De hecho, el nombre que Gallius dio a esta pieza que tenemos ante nosotros fue «Dios en el Niño».

Los ojos de Casteleo se agrandaron.

El emperador soltó una carcajada.

—Dirige tu mirada a la inscripción.

—¿Inscripción?

—Ahí —dijo el emperador, señalando un lugar cerca de la mitad del objeto.

Casteleo se inclinó y entornó los ojos ante los caracteres grabados allí.

—Esta lengua… no puedo leerla.

—Ni yo. Como sentía curiosidad, mandé llamar a un intérprete.

—¿Y qué dijo que significaba la inscripción?

—Tampoco él pudo leerla y no fue capaz de identificar el idioma. Sin embargo…

—¿Sí?

—Gallius hizo una serie de notas y bocetos mientras trabajaba en las esculturas, y también están en mi poder. En esas notas, entre otras cosas, aparece este mismo mensaje —hizo un gesto hacia las palabras en el mármol— y su traducción al latín. Al parecer, él tampoco tenía idea de qué era esta lengua extranjera, pero estaba convencido de comprenderla; de ahí la traducción que añadió.

—Todo este asunto se vuelve más curioso a cada instante —dijo Casteleo—. Pero ¿qué dice, supuestamente?

Volviendo la vista hacia los extraños caracteres, Adriano citó en voz alta:

—«Saludos al Emperador».

Casteleo parecía conmocionado.

—Yo… Esto es demasiado… audaz. ¿Cree el escultor que es el recipiente a través del cual Dios te habla a ti, su emperador? Más bien debería hablar de ti como de su Señor. Y afirmar que esta aberración –agitó una mano hacia la escultura– deba ser la encarnación de una deidad, romana o de cualquier otra índole… ¡es un sacrilegio!

Adriano asintió con gravedad.

—Eso parecería, sí. Según me han dicho, Gallius tuvo una serie de visiones que dieron como resultado la creación de estas esculturas: entró en lo que sus conocidos aseguran que fue un estado de fuga, esculpiendo durante días enteros sin descanso, sin comida ni agua, completando esta trinidad de esculturas en apenas una semana. Al final, por supuesto, fue llevado ante un médico. Puede uno imaginar las sangrías y las sanguijuelas que le aplicaron. —Hizo un gesto hacia las otras dos esculturas—. A esta –tu pez gordo– la llamó «Un Segundo Beso», mientras que a esta –tu huevo de gigante– la llamó «La Prueba». No conozco el significado de esos nombres.

—Encuentro las piezas de algún modo… obscenas. Todas ellas. —Y como Adriano no respondió, Casteleo añadió—: Hay razones suficientes para hacer ejecutar a Gallius por su sacrilegio.

—No hace falta pensar en ello ahora: se ahorcó mientras recibía tratamiento por su conducta excéntrica. —Luego, más reflexivamente, Adriano añadió—: Aunque, pensándolo bien, algunos podrían interpretar su inscripción como un gesto generoso, como una muestra de amor hacia su emperador. Supongo que jamás lo sabremos.

—Me he perdido mucho en estos últimos días —dijo Casteleo; su voz expresó cierto aturdimiento.

—En efecto, y eres mucho más afortunado por ello —lo tranquilizó Adriano—. Encarcelamientos, torturas, ejecuciones, artistas que se ahorcan… No me agradan tales acontecimientos, aunque me temo que tienen su lugar. Forman parte del orden natural de las cosas. —Suspiró, echando de menos en ese instante a la anterior emperatriz, ya fallecida: Pompeya Plotina, que tan a menudo le había brindado sus sabios consejos; a veces sentía que ella había sido su conciencia y que, sin ella, era un gobernante más insensible—. Curiosamente —dijo luego, saliendo de su ensoñación—, Gallius sostenía que la inscripción no se refiere a mí.

—¿Entonces a quién?

El emperador se encogió de hombros.

—Afirmaba que no lo sabía. Su visión, decía, contenía únicamente aquello que logró plasmar en las esculturas. Pero juraba que, en su fuero interno, sabía que no hablaba de mí.

Casteleo sacudió la cabeza, desconcertado. Le tocó a él soltar una risita.

—Arte blasfemo, sin duda. Y, sin embargo, aquí reposa su obra, en tu hogar, mi señor… muy audaz por tu parte, debo decir, acoger un mensaje supuestamente divino, interpretado a través de un plebeyo y al parecer dedicado a ti… incluso si el propio Gallius lo definía de otra manera. —Señaló la barba de Adriano y añadió—: Pero, al fin y al cabo, tú eres más audaz que la mayoría, mi señor. ¿Y cuántos hombres te imitan y ahora llevan barba también? Muchísimos, muchísimos.

Y Casteleo se pasó la mano por su propia barba pulcramente recortada, sonriendo.

—El arte es arte —dijo Adriano, ignorando los cumplidos de su consejero—. Soy un conocedor, como bien sabes. Ya sea el mendigo más humilde que talla una rama de abedul convirtiéndola en el águila romana de sus ensueños, no muestro preferencia por maestro artesano alguno. Y estas piezas contienen una… inevitabilidad a la que no pude resistirme. Simplemente deben existir en este mundo. Solo quisiera descifrar su misterio: por algo me he encontrado completamente incapaz de resignarlas al basurero. Gallius dijo que, en su visión, las vio como dones, como ya te he dicho, cayendo del Cielo a la tierra, en una tierra y un tiempo lejanos. Dios regresando al pueblo, o algo por el estilo. —Hizo un gesto despectivo con la mano en el aire y agregó—: Gran parte de esto me llega de segunda mano, a través de los hombres que envié a buscar las piezas. El propio Gallius no aparecía por ninguna parte cuando contemplé las obras por primera vez, a instancias de un colega coleccionista. Para cuando logré localizarlo, ya se había quitado la vida.

—Algunos lo consideraban un profeta —murmuró Casteleo, en voz baja, como si temiera ser oído por alguien fuera de la habitación, o quizá aprensivo ante las visiones descritas por su emperador. Se inclinó un poco más hacia la escultura, reevaluando su factura, su visión. Susurró—. Pero otros siempre creyeron que solo era un lunático.

—En efecto —dijo Adriano—. En efecto. —Y luego, con una voz amortiguada por la necesidad de revelar un secreto, continuó—: Lo más interesante de todo es que Gallius afirmaba que las piezas contienen algo en su interior.

Casteleo alzó una ceja.

—¿Son huecas?

Movió el puño hacia la escultura como si fuera a golpear la superficie de mármol con los nudillos, aunque lo dejó suspendido ahí con incertidumbre, como si le inquietara tocar el objeto.

—Desde luego pesan muchísimo —dijo el emperador pensativamente—, lo que sugiere que son bloques macizos, o que aquello que contienen es muy pesado y, ciertamente, está encerrado muy de cerca dentro de sus caparazones de mármol.

Recordó cómo una docena de hombres se había afanado para trasladar las esculturas al atrio: primero, usando el complicado artilugio de rodillos de madera y cuerdas para izar las piezas desde los tres carros separados en los que habían llegado desde la ciudad; y después, como los rodillos no cabían por la puerta y las cosas pesaban demasiado para que los hombres pudieran cargarlas, tuvieron que mandar traer una grúa. Adriano había observado a los trabajadores caminar con un ritmo constante dentro de la gran rueda de madera, enrollando las cuerdas aseguradas alrededor de la escultura para elevarla lentamente en el aire. Las piezas fueron descendidas con éxito, una por una, a través del ancho compluvium del atrio, guiadas hacia un lado del estanque central de la habitación y depositadas sobre los pedestales vacíos que aguardaban su llegada. En conjunto, aquello había resultado ser una tarea mucho más formidable que trasladar cualquiera de las otras muchas obras de arte exhibidas por toda la villa.

—¿Reveló el profeta-artista lo que se ocultaba en la trinidad de su obra final?

El emperador advirtió que en la voz de su amigo ya no había el menor asomo de burla casual al hablar del escultor, un hecho asombroso dado que Casteleo era conocido por mostrar desprecio al hablar de la mayoría de las personas, y en especial de los plebeyos. Y eso tan poco después de haberse referido a las esculturas como aberraciones.

—Sí lo hizo —dijo el emperador—. Fuego. Dijo que había un gran fuego dentro de las esculturas.

Casteleo lo observó en silencio un momento antes volver a hablar.

—¿Una metáfora? ¿Una alusión al fuego creativo –la pasión– que el artista vertió en estas obras?

El emperador reflexionó un instante.

—Tal vez. Aunque…

—¿Sí, mi señor? —Casteleo habló con rapidez, con un temblor de excitación en la voz.

—Pues hay más en este personaje, Gallius, de lo que la mayoría había pensado.

—¿Ah, sí?

Adriano asintió, frunciendo el ceño.

—Sí. Todas las pruebas sugieren que era… un hechicero. Casteleo miró al emperador en silencio, esperando—. A veces —siguió diciendo Adriano—, nos decimos a nosotros mismos que hemos dejado atrás nociones como estas. Que tales ideas pertenecen al pasado y que comprendemos nuestro mundo de forma distinta de como lo hacíamos antaño. Que los amuletos y libros de hechizos que algunos todavía guardan ocultos en sus casas no son más que una adhesión inofensiva a la superstición. —Hizo una pausa, levantando la mano hacia la escultura pero, al igual que Casteleo, sin permitirse tocar su lisa superficie. Y concluyó—: Pero nos engañamos: la hechicería permanece en el mundo.

El emperador cruzó la habitación hasta uno de los armarios y abrió sus puertas. Cuando regresó, sostenía un objeto ahuecado entre las manos. Era un globo grande y liso, y parecía tallado en el mismo mármol que las esculturas.

—A esta pieza Gallius la llamó Plutón.

Casteleo frunció el ceño ante el globo.

—¿Por qué? ¿Tiene algún significado relacionado con el inframundo? ¿O con el propio Plutón?

El panteón de los dioses romanos era vasto y celebrado, y atribuir el nombre de una deidad a una obra de arte no podía ser un accidente.

—Gallius afirmó no saberlo tampoco; dijo que era simplemente otro componente de su visión. Pero, lo más interesante de todo, también afirmó que golpear esta escultura menor con gran fuerza actuará de algún modo como catalizador y, por medios que no alcanzo a comprender, hará que una de las esculturas… se abra, revelando ese supuesto fuego que contiene. No sé a cuál de las esculturas se refería, ya que ese conocimiento se perdió con la vida del artista. Tal vez habría esculpido piezas compañeras semejantes para las otras dos esculturas si la muerte no hubiera interrumpido su trabajo.

Casteleo pasó la mirada del globo en manos de Adriano a la escultura semejante a una urna, y luego a las demás. Cuando habló, su tono era apagado.

—Fantasía, sin duda… aunque, si fuera verdad, entonces…

Adriano lo observó con seriedad, y su susurro fue como la revelación de un oscuro secreto.

Maleficia.

La palabra pareció quedar suspendida en el aire como humo.

—No puedo entender cómo… —empezó Casteleo, sacudiendo la cabeza con expresión perturbada. Luego, con una jovialidad fingida en la voz, agregó—: Bueno, puede que todo esto no sea más que una gran trampa, como digo. Una farsa a gran escala. Gallius era un excéntrico, al fin y al cabo, según todas las versiones. No lo olvidemos.

—Quizá —dijo Adriano con voz distante.

Aquello bastó para silenciar a Casteleo, alimentando el temor que había ido creciendo en él de manera constante.

Adriano dejó la pieza en el suelo junto a las otras, delante de la escultura en forma de urna, y como si estuviera incapacitado para hacer otra cosa, continuó estudiando las esculturas sin hacer comentario alguno; y cuanto más las miraba, Adriano sentía crecer la presencia de aquellas cosas, su poder. También parecía pulsar desde ellas una tristeza, que penetraba en su corazón; y en la estancia misma, y en el mundo más allá de la estancia donde, visible a través de las ventanas anchas y altas de la villa, el fuego final del atardecer cedía con rapidez ante la oscuridad de la noche, cubriendo las lejanas colinas sabinas con una sombra melancólica.

—Mi señor —dijo Casteleo, sin aliento—. No lo había advertido antes. ¡Mira!

Señalaba con un dedo la flor roja acomodada en la base de la escultura.

—Una adelfa.

—Y otra —dijo Adriano, mirando fijamente—. ¡Y allí, otra más!

Los hombres dieron la vuelta a la escultura en direcciones opuestas hasta encontrarse al otro lado. La pieza entera estaba envuelta en aquellas flores.

—¿No las puso ahí un sirviente? —dijo Casteleo.

—No, desde luego no sin mi permiso. Pero ¿cómo no habíamos visto antes las flores?

—Un misterio, mi señor. Es como si hubieran brotado mientras admirábamos las piezas.

—Parece que estamos rodeados de misterios. Y de… hechicerías.

Le dirigió a su amigo una mirada prolongada y grave antes de volver al armario del que había sacado el globo de mármol. Cuando regresó, traía en la mano un rollo de papiro.

—Estos son los bocetos y notas que dejó Gallius —dijo—. La totalidad de las notas aparece tanto en latín como en la misma lengua misteriosa grabada en la escultura.

Desenrollando el papiro, llegó al pasaje que buscaba y se lo mostró a Casteleo, quien leyó las palabras garabateadas allí en una cursiva apenas legible.

«La adelfa roja fue la primera flor en florecer entre los escombros irradiados de Hiroshima. Desde entonces, la flor ha simbolizado tanto los peligros de la guerra nuclear como la esperanza de un futuro más pacífico.»

Cuando levantó la vista del papiro, estaba pálido y asustado.

—¿Qué es “Hiroshima”? —preguntó con voz débil.

—No lo sé.

—Y esto… —Casteleo volvió a mirar el papiro—. Esta “guerra nuclear”, ¿qué significa?

—De lo único que estoy seguro, amigo mío —dijo Adriano—, es de que la adelfa roja ha aparecido sobre esta escultura, y antes no estaba ahí. La conexión entre este suceso y el texto de Gallius está fuera de toda duda.

Casteleo se atrevió a pronunciar las palabras en voz alta:

—¡Es un hechizo!

Se quedaron mirándose, sin hablar, perdidos en sus pensamientos. Luego, en medio del profundo silencio, el emperador se aventuró a decir:

—Amigo mío… ¿puedo confiarte algo?

Los ojos de Casteleo estaban clavados en él.

—Por supuesto.

Su susurro resonó con fuerza en el atrio que se oscurecía.

Adriano llevó la mano bajo sus ropas y desenvainó el gladius de la vaina que pendía de su cinturón. La luz del crepúsculo relució en la hoja de acero.

—Todo el día –en realidad, desde que las esculturas llegaron aquí hace dos días– he sentido el deseo más extraño, casi imposible de extinguir… de golpear esta escultura hermana –y aquí señaló con la espada el globo de mármol que descansaba en el suelo– con el pomo de mi gladius. Poner en marcha la supuesta magia que la vincula a la escultura mayor. Sacrificar la obra de arte para que yo pueda ver el fuego que el profeta-artista prometió que yace en su corazón. Y… desatarlo. El fuego.

Los hombres se observaron mutuamente con expectación. Casteleo se encontró asintiendo, lenta y vacilantemente al principio, y luego con gran avidez.

El emperador, habiendo recibido la sanción de su consejero de confianza y viejo amigo, se volvió de nuevo hacia las esculturas. Examinó con avidez cada una de las piezas de la trinidad por turno, y luego contempló el globo de mármol con una intensa concentración. Y alzó la espada sobre el globo. Y, en su corazón, sintió la rectitud de aquel acto, aunque su mente no pudiera comprenderlo.

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.