jueves, 21 de mayo de 2026

EL ÚLTIMO TESTIGO

Arvid Kalnins

 

La ciudad había dejado de tener nombre mucho antes de quedarse vacía. Primero desaparecieron los carteles. Después los mapas dejaron de coincidir con las calles. Finalmente, cuando la gente empezó a abandonar los edificios en silencio, ya nadie necesitó recordar cómo se llamaba aquel lugar. Era suficiente decir “allá”, con un gesto cansado de la mano, y todos entendían.

Narek caminaba por el centro de la avenida principal mientras la niebla azul se espesaba entre las ruinas. Las ventanas abiertas parecían cuencas vacías. Los semáforos seguían cambiando de color para nadie. Cada tanto, una corriente de viento arrastraba hojas húmedas y papeles ennegrecidos que giraban alrededor de sus botas. No tenía frío. Hacía meses que no sentía frío.

La figura arrodillada detrás de él permanecía inmóvil, cubierta por una capa negra que se confundía con la oscuridad. Desde lejos parecía una estatua abandonada entre los escombros, pero Narek sabía que respiraba. O ejecutaba una acción parecida a respirar.

No se volvió para mirarla.

—No deberías seguirme —dijo. La voz salió seca, hueca, como si hubiese atravesado demasiados años antes de llegar al aire.

—Ni siquiera deberías seguir vivo —respondió la figura después de unos segundos.

Narek sonrió; una sonrisa apenas esbozada, hija de un desconsuelo creciente que busca proscribirse. Aquella conversación la habían tenido muchas veces.

Siguió avanzando. El agua acumulada sobre el asfalto reflejaba una luna blanca y deformada. En otro tiempo, la avenida habría estado llena de automóviles, de anuncios luminosos, de personas apuradas mirando pantallas. Ahora solo quedaban fachadas ennegrecidas y el eco de pasos que parecían ajenos.

Recordó. El problema había comenzado con los rostros. No con las muertes, con los rostros. Las muertes vinieron después. Primero ocurrió algo más difícil de explicar: la gente dejó de reconocerse. Un hombre miraba a su esposa y veía a una desconocida. Una madre olvidaba la cara de su hijo mientras lo tenía delante. Los médicos hablaron de una epidemia neurológica. Los sacerdotes hablaron de castigo divino, como siempre que una calamidad se abate sobre los seres humanos. Las redes se llenaron de teorías absurdas. Pero nadie encontró una explicación.

Luego aparecieron los otros. Personas sin expresión. Sin memoria y por lo tanto sin miedo. Caminaban lentamente por las ciudades, observándolo todo con ojos inmóviles. Algunos afirmaban que eran alienígenas e imitaban a los humanos. Otros aseguraban que eran humanos vaciados por algo imposible de nombrar. Narek recordaba el día en que vio al primero.

Había entrado en una estación de subterráneo buscando refugio durante uno de los apagones. El hombre estaba sentado solo en un banco, perfectamente quieto, bajo una luz de emergencia azulada.

—¿Está bien? —le había preguntado. El desconocido levantó la vista. No tenía párpados. No parecía herido. Ni enfermo. Simplemente… incompleto. Entonces dijo una frase que Narek jamás logró olvidar.

—Cuando todos dejen de mirarse, nosotros ocuparemos el lugar vacante.

Después de eso comenzaron las desapariciones. La gente abandonaba sus casas durante la noche y nunca regresaba. Algunos afirmaban haber visto filas enteras de personas caminando hacia los suburbios, como hipnotizadas. Otros aseguraban que las ciudades estaban siendo copiadas lentamente, reemplazadas por imitaciones defectuosas.

Narek sobrevivió porque aprendió a no dormir demasiado. Y porque nunca volvió a confiar en un rostro.

Se detuvo frente a un edificio derrumbado. Sobre una pared inclinada todavía colgaba parte de un viejo anuncio publicitario. Una mujer sonreía artificialmente junto a una frase incompleta: “LA VIDA PUEDE…” El resto había desaparecido bajo las grietas. La figura encapuchada se aproximó lentamente. Narek sintió el olor húmedo de la tela mojada.

—Es una compulsión, un atavismo —dijo.

—Sí.

—Aun cuando sepas que no queda nada.

Narek levantó la vista hacia las ventanas rotas del quinto piso.

—Queda la costumbre. —La figura guardó silencio. Durante un instante, el viento atravesó la avenida con un gemido largo y metálico. En algún lugar distante cayó una estructura. El ruido retumbó como un trueno amortiguado. Empezó a llover, en silencio, pesadamente; era una lluvia espesa que lo invadía todo, pero ese torrente que buscaba su camino no se parecía en absoluto al agua que creía recordar.

—Ella no sobrevivió —dijo la voz bajo la capucha—. Aunque trates de mentirte, no sobrevivió.

Narek cerró los ojos.

Recordó una cocina iluminada. Una taza de café. Una mujer riéndose porque él insistía en leer las noticias en papel cuando todo el mundo usaba implantes visuales. Recordó la curva mínima de una sonrisa. El movimiento de unas manos. Pero el rostro… El rostro ya no podía recordarlo. Eso era lo peor. Los muertos desaparecen dos veces, pensó. Primero cuando dejan de respirar. Después dejan de existir del todo cuando ya nadie puede imaginarlos.

—A veces creo que todavía está acá —murmuró.

—Eso no es memoria. Es hambre.

Narek se volvió lentamente.

Los ojos oscuros bajo la capucha parecían hundidos en una profundidad imposible.

—¿Cuál es tu naturaleza real, tu verdadera esencia?

La figura tardó en responder.

—Soy lo que serás muy pronto.

—No.

—Todavía no; es cierto —se corrigió—. Pero el día llegará. No existe la inmunidad absoluta.

El silencio volvió a extenderse entre ambos. Narek sintió que un cansancio antiguo le recorría el interior de los huesos. Hacía semanas que veía sombras moviéndose detrás de las ventanas. Figuras demasiado quietas observándolo desde las esquinas. Cada noche eran más. Los otros estaban aprendiendo. Aprendiendo a hablar. A copiar gestos. A parecer humanos. Pero cometían pequeños errores. Nunca parpadeaban al mismo tiempo que los demás. No comprendían el humor. Nunca entendían por qué alguien lloraba.

—¿Cuántos quedamos? —preguntó.

La figura levantó lentamente la cabeza hacia la ciudad vacía.

—Muy pocos.

—¿Y ellos?

—Muchos.

Narek respiró hondo. Entonces lo vio. Al final de la avenida, apenas visible entre la niebla azul, había alguien observándolos. Después otro. Y otro más. Figuras inmóviles bajo la luz enferma de la luna. No avanzaban. Se limitaban a esperar.

—Por lo menos aprendieron a esperar juntos —dijo Narek.

La figura encapuchada asintió.

—Se aprende rápido cuando el mundo queda vacío.

Narek observó las siluetas lejanas. Sintió miedo, pero también una extraña resignación. Como si todo aquello hubiese sido inevitable desde el principio. Tal vez las ciudades siempre estuvieron destinadas a pertenecer a criaturas sin memoria. Seres capaces de ocupar edificios, repetir palabras, imitar vidas, pero sin comprender jamás lo que imitaban.

La figura detrás de él habló por última vez.

—¿Te interesa saber por qué te sigo? —Narek no respondió. Hubiera podido decir que no lo sabía, pero prefirió esperar, y la figura encapuchada finalmente completó su sentencia—. Porque sigo al último que recuerda que alguna vez fuimos distintos.

La niebla avanzó lentamente sobre la avenida. Y Narek, que sabía que la batalla estaba perdida, entró una vez más a la casa y reinició la búsqueda en las habitaciones vacías, en busca de algún eco, un vestigio, por ínfimo que fuera.

Arvid Kalnins, nacido en 1987, vive entre Malmö y Riga e investiga sistemas de memoria artificial y escritura algorítmica. No obstante, suponemos que el autor de este cuento se ha escudado tras un seudónimo. Probablemente sea, como alega, nórdico o báltico, aunque el original llegó escrito en un castellano irreprochable.

 

 

CON LA RED

Araceli Otamendi

 

"Es el pasado, no el futuro, lo que nos devora.

El futuro siempre ha pertenecido

y seguirá perteneciendo al poeta".

Henry Miller

 

      Buenos Aires, 1988

 

 

Las once. Esta es mi hora. Es la hora que me gusta de la noche, que me atrae, que me atrapa. Ahora es la hora de escribir. El tren. Se llamará el tren. El teléfono ha dejado de sonar. Por suerte. El sonido es furioso, incesante, perturbador, insistente. No he querido atenderlo. No quiero saber por qué intentan hablar. O mejor sí, creo saberlo. Hablar a esta hora en que escribo, no, no quiero hablar. De noche, en esta ciudad maldita y amada, atrayente y perturbadora el silencio se hace de golpe. Cae una red suspendida del espacio y lo atrapa todo, el silencio es un come-ruidos –¡qué palabra!–, los devora, los tritura en su inmenso estómago, los deglute y es aprisionador. Los aprisiona y se lo agradezco porque gracias a él puedo escribir en mi computadora. ¿La realidad copia a la ficción? ¿La ficción copia a la realidad? ¿Qué sucede cuando las imágenes de los sueños parecen penetrar en lo real? ¿Se apoderan de ella? ¿Existe un espacio secreto entre la realidad y el sueño? ¿Hay en cada uno de nosotros un lugar para ese espacio? Ahora voy en un tren, inexplicablemente estoy ahí, pero lo acepto. Algunos hombres disfrazados, desfiguradas sus caras como máscaras, viajan colgados de los estribos del último vagón. Afuera, las hojas ocres, doradas y tenuemente rojas viajan en dirección contraria. Alguien, una voz secreta me dice al oído: tu punto de destino es Schumann. No conozco ninguna ciudad con ese nombre pero sí un compositor. Escuchá música clásica, clásica, clásica. En mis oídos resuenan esas palabras repetidas en la infancia. Un recuerdo infantil, lo desecho. Beethoven me parecía triste, odiaba su música, por suerte llegaron los Beatles. ¿Si mi destino fuera llegar a Schumann? ¿Qué quiere decir? El también se obsesionó con la literatura.

Si pudiera escribir de manera tan simple como los cálculos y fórmulas matemáticas donde apenas con algunos signos se puede expresar que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos en el triángulo rectángulo sin decir todo esto, me acercaría a un estado parecido a la felicidad. Pero no, estoy llena de palabras, de significantes que desbordan a veces sin poder atraparlos. Palabras que hay que atrapar como esas pelotitas que saltan enloquecidas en un juego de parque de diversiones, a las que hay que atrapar con una red, a ver quién atrapa más, la gente aprieta los labios y trata de mantener firme el pulso, a ver quién atrapa más y el que gana es que logra reunir más cantidad. Yo quisiera ensartar la menor cantidad y así expresarlo todo.

Viajar en auto puede ser peligroso. No hay nada tan inofensivo como andar en auto por las calles del centro. Andar por andar sin ningún motivo especial. Vulgarmente se llama dar una vuelta. La tarde está pintada de gris. La ciudad se ha vuelto una paleta de grises, no tiene luces, no tiene brillo. Tres hombres vestidos con traje y corbata nos detienen. Estoy con mi novio. Los tres nos miran serios, inexpresivos. Una extraña inquietud se apodera de mí. No hay motivos para detenerlos, dicen. Tampoco hay motivos para dejarlos circular.

¿Cuáles son los motivos? Pienso en ese momento. Y enseguida arguyo: soy una buena mujer, no he matado a nadie, no he traicionado, no he robado. Soy una buena esposa, una buena madre, una buena amiga. Fui una buena empleada, una buena estudiante. ¿Por qué me detienen? Soy una buena ciudadana. ¿No se da cuenta? Usted es sólo eso, me dicen. Una transeúnte. Y no hay motivos para andar por acá. ¿Comprende? En realidad no, no entiendo nada. Dejen el auto con las puertas abiertas y váyanse. Lo dejamos ahí, los tres hombres suben al auto. Ni siquiera miramos hacia atrás, como Lot, sin el miedo a convertirme o a convertir a nadie en una estatua de sal. Nos alejamos rápido del lugar. Aparecemos en Florida y Rivadavia. Se hizo de noche. Apenas hay algunas luces prendidas. No nos importa dejar nada atrás. Todo queda como detenido en el tiempo. Los hombres se van en el auto. Escuchamos el ruido del escape. Ni siquiera hablamos. Caminamos apresuradamente por Florida. A medida que avanzamos mi desasosiego aumenta. Es necesario encontrar un lugar. ¿Para qué? A veces me pregunto. Tengo la sensación extraña, incierta de que ocurrirá algo inminente. Algo así como un avión que cae, una explosión, una tormenta, un huracán. Entre la gente que camina por ahí no es posible ver nada. Aparecemos en una iglesia. Una mujer cierra las puertas y las ventanas. Nuestros ojos se cruzan con otros y se intercambian miradas de asombro. Otra mujer que no alcanzo a distinguir bien dice con voz de flauta: ahora vamos a rezar. Vamos a entonar un himno. Todos los que estamos ahí nos miramos sin saber qué hacer. Nadie recuerda cómo se reza. Tengo una rarísima sensación de inquietud. Creo que nunca supe cómo se rezaba. Es una situación absurda y angustiosa. Me siento aprisionada. Estoy aprisionada en ese lugar tan oscuro, donde todo huele a incienso. Igual a cuando era chica y debía cantar en el coro de la misa, todos los días cuando concurría a clases. Entonces una de las monjas ejecutaba himnos en un órgano desafinado y lo único que yo deseaba era escapar de ahí, si fuera posible volando. Quería transformarme en un pájaro. Soñaba despierta con volar desde el coro y escapar por una ventana.

Sin saber cómo ni por qué aparezco en un lugar oscuro y abierto. Un espacio inexplicable. Se escucha una música estridente. Hombres y mujeres vestidos de negro bailan rock and roll. Me niego a participar de esa danza. Aunque me llaman. Ese no es mi tiempo. Ya superé la estridencia, las luces sicodélicas, las luces negras, la atmósfera asfixiante y un buen día dije no va más y como en el casino, no fue más. Tengo necesidad de tomar un café para seguir escribiendo.

Al costado hay un camino oscuro por el que no puedo internarme. Una fila de chicos con máscaras interrumpe sorpresivamente el ensimismamiento en que estaba. ¿Por qué los chicos tienen máscaras? A lo mejor no son chicos, son pigmeos. Enseguida me acuerdo de algo que leí. El hombre que compró la isla de Manhattan fue estafado por unos indios. Los verdaderos dueños de la isla espiaban en el bosque durante la transacción. Y el muy tonto de Peter, que así se llamaba, les creyó. Yo también he deseado creer, creer en algo. Alguien, no sé quien es me dice: ¿cómo va tu relación con Dios? Como si lo hubiera estado esperando digo: hablemos de Dios.

Ahora navego en un barco medio deshecho pero no estoy sola ahí. Somos varios. Atravesamos un río revuelto, una tormenta cae sobre nosotros. El viento agita el agua, el barco, a todos, vamos a la deriva. El río es una inmensidad marrón, me pregunto si esa es nuestra vida o tan solo un pedazo. ¿La vida es eso, navegar? Nos internamos ahora por un riacho, entre las islas. Es de noche y casi a tientas buscamos el camino que nos permita salir de ahí. No se ve casi nada. Sé que el río es marrón y es opaco. Casi como la tierra. En ese momento, desesperadamente quiero acordarme de una poesía de Walt Whitman. Algo que me hable de su manera de ver las cosas. Tengo la sensación de que en cualquier momento la nave se va a partir en mil pedazos. Y sin embargo me empecino en seguir. Habré dormido noches, años. Inesperadamente se hace de día, llegamos a tierra firme. Salió el sol. Siempre, sin saber cómo, el amanecer llega. Entonces inicio otra etapa.

Por algún lado encuentro una poesía, la escribe un personaje de una novela que comencé hace algún tiempo. El marido se ha ido, ¡otra vez el sonsonete! con una mujer treinta años menor. Viven en la casa de enfrente, él y su amante. La mujer los ve por la ventana. La poesía termina así: “fue el infinito el límite de mi inocencia. Creí que vendrías una tarde cualquiera”. El personaje me aburre mortalmente. No lo aguanto, ese personaje está muerto, tan muerto como decía Henri Miller: todos estamos vacíos y muertos aquí en Villa Borghese. Pienso que en Buenos Aires ni siquiera estamos así, sino hundidos, varados en una ciénaga de cemento. Europa se pudre, dice Miller. Y yo digo que Argentina da señas de ese olor. Cuando todo el mundo piensa en irse, en tomar el avión y salvarse. Una vez estuve en el aeropuerto. Ezeiza. El avión ya salía, vía Roma. El hombre me miró con autoridad, con firmeza. Falta una firma, me dijo, ¿no ve? No entiendo, dije. Falta una firma más. Quiero irme, quiero tomar el avión que se va, digo. Y él me responde: jódase. El avión vía Roma no sale, tengo que conseguir esa firma. Pero pierdo el pasaje, el pasaporte tardará dos o tres días. Recuerdo al hombre, nadie pudo hacer nada. El jefe del aeropuerto sonreía: será un error, y esa palabra: jódase. Entonces algo se pudre irremediablemente.

Sin saber cómo se ha abierto una ventana color beige. Tal vez alguien pudo dibujarla. Está a otra altura de dónde estoy, más arriba. Estoy en el foso de algún teatro, las piernas de las bailarinas se mueven en un cuadro bellísimo. No quiero que me envidien el sueño, los colores han sido modelados y todos armonizan, rosas, amarillos, tierras, celeste. La música irrumpe en la escena, todo es mágico. No debo salir de ahí, me quedo mirando el espectáculo, las bailarinas siguen bailando, me despierto. El sol ya se entrometió en mi cuarto. Es un nuevo día, la función debe continuar. 

Araceli Otamendi nació en Quilmes, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es escritora y periodista, blogger, traductora y editora. Desde el año 2002 dirige y edita ininterrumpidamente las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel (para niños, padres y docentes). Escribe cuentos, novelas, ensayos, crónicas y poesía. En 1994 recibió el Premio Fundación El Libro por su novela policial Pájaros debajo de la piel y cerveza. Ha publicado la novela policial Extraños en la noche de Iemanjá en la revista Aurora Boreal (Dinamarca) en formato e-book. Sus cuentos han sido publicados en antologías de Argentina y de otros países, en revistas, periódicos y sitios web. Es miembro correspondiente de la Academia Gloriense de Letras (Brasil), silla Silvina Ocampo.

LA MONTAÑA

Marija Juračić

 

Mija sentía que la Montaña la amaba. Era una relación extraña entre una mujer y la Montaña. Fuera donde fuera, nunca se perdía. Le parecía conocer bien todos sus bosques y claros, sus empinados y lisos acantilados, sus manantiales y arroyos, todo su temperamento. Las bestias huían ante los pasos de Mija, mientras los demás animales del bosque pastaban despreocupadamente cerca de ella. Por las mañanas, los pájaros la saludaban con alegres trinos, y el bosque le ofrecía abundancia de frutos comestibles. Nunca se había sentido amenazada en la Montaña. Hace poco, cuando el viento rompía furiosamente las ramas de los árboles y arrancaba algunos de raíz, mientras todo aquello volaba a su alrededor en un extraño remolino, no le ocurrió nada. Le pareció que la Montaña, en medio de todo aquel caos, la había abrazado y protegido intacta.

Después de eso, por todas partes quedaron ramas rotas y troncos caídos, aunque no por mucho tiempo. Llegaron los trabajadores forestales y se llevaron todo. La Montaña volvió a resplandecer en toda su belleza.

Mija amaba el agua de montaña. Sentía especial cariño por un pequeño arroyo –cuyo nombre desconocía, por lo que cariñosamente lo llamaba Corazón– que corría kilómetros cuesta abajo para luego desaparecer sin dejar rastro en la grieta entre dos paredes verticales de roca. Su agua era cristalina, rápida y fría. A ella no le molestaba esa frescura. A menudo lo cruzaba descalza, y también solía pasar horas y horas sentada sobre una gran piedra junto a su corriente, contemplando pensativamente los rápidos. Le parecía asistir a la sucesión de los días que corren uno tras otro, días que no pueden regresar ni repetirse… que se van, quién sabe adónde. Todos esos rápidos forman el agua, del mismo modo que todos esos días forman la vida.

¿Tiene memoria el agua?, solía preguntarse mientras observaba sus remolinos. ¿Recuerda los paisajes por donde pasó y a todas las personas que entraron en ella? Los seres humanos guardan recuerdos de los días pasados, recuerdan lugares y personas, acontecimientos y sucesos. Incluso escriben para no olvidar, y así los grandes e importantes hechos pasan a formar parte de lo que llaman memoria colectiva. Me pregunto si todo eso tiene algún sentido. Tal vez el agua no recuerde del modo en que nosotros lo imaginamos. Tal vez la historia humana le resulte irrelevante, aburrida y sin valor, apenas un parloteo absurdo de una especie que cree dominar sobre todas las demás y que, por un poco de lujo, está dispuesta a destruir el planeta entero… y trabaja en ello con empeño todos los días.

El corazón de Mija se encogió al recordar la basura que dejaban los excursionistas que acudían a su montaña en busca de aire puro. Sentía desprecio por ellos, tan faltos de visión, aunque también sentía su propia impotencia. Odiaba a los constructores de caminos que, en nombre de un supuesto progreso, asfaltaban carreteras de acceso hasta cada área recreativa del bosque.

Para los verdaderos amantes de la naturaleza bastarían senderos peatonales, y así la humanidad no se ahogaría en obesidad, pensaba.

La sobresaltó una voz humana que llegaba desde muy cerca.

—Mira, cariño, ya no podemos seguir en automóvil. Ahora elige un abeto bonito para nuestro árbol de Navidad. Después de todo, el viento reciente rompió tantas cosas que a nadie le dolerá la cabeza si cortamos uno más.

De un automóvil bajó una pareja joven. La muchacha se envolvía en un abrigo de visón y daba pequeños pasos sobre los altos tacones de sus botas, mientras el joven sostenía en la mano un hacha completamente nueva.

Miraron un poco alrededor y luego la muchacha señaló con el dedo un joven abeto que apenas acababa de empezar a vivir.

Todo en Mija se rebeló.

—¡No! —gritó—. ¡No te dejaré ese árbol!

El filo brilló, atravesó las manos de Mija que habían salido volando para proteger el abeto, y luego se hundió en el delicado tronco. Nada cambió. La muchacha contemplaba sin compasión al joven ser que se negaba a morir, el muchacho descargó varios golpes más… y el arbolito cayó.

Mija miró fijamente sus manos ilesas, a las que el filo del hacha no había dañado. Observó a la joven pareja mientras subían el abeto al techo del automóvil, comprendiendo con asombro que ellos no la habían visto ni oído. Entendió entonces que ella no existía, que ella era la Montaña, impotente para defenderse por sí sola de los vientos, los incendios y las personas a quienes nada les importaba.

Marija Juračić nació en Osijek, Croacia, en 1964. Es escritora y editora. Se graduó en la escuela secundaria y en la Facultad de Filosofía de Zadar, y posteriormente se trasladó a Rijeka, donde trabaja como profesora de lengua y literatura croatas en una escuela secundaria. Los poemas y relatos cortos de Marija Juračić se han publicado en numerosas antologías y revistas. Es editora de cerca de veinte colecciones de poesía y novelas. Escribe reseñas que se publican en diversos periódicos, la más reciente de las cuales es «Preskočeni pejzajn» para la exposición del pintor Marin Boban y la poeta Nada Topić, en el marco del Verano Cultural de Solin. Su cuento «Plovidba» se publicó en Večernji list, como parte del concurso de relatos cortos «Ranko Marinković» de dicha revista. Juračić ha publicado varias colecciones de poemas y novelas, entre las que destacan «Ljubav u Pompejima» y «Una», traducidas al alemán y publicadas por Rediroma Verlag y disponibles en Amazon. Su última novela, «Dronovi, furešti, ubojstvo» (Drones, Furesti, Asesinato), ocupó el puesto 26 de 50 en la lista de las novelas croatas más vendidas en septiembre de 2017.

 

 

miércoles, 20 de mayo de 2026

LATIDO DEL PÚLSAR

Armín J. Arceo Durán



El Dédalo Ætheris no viajaba como lo hacían las naves antiguas, cruzando distancias; las convencía. Durante una fracción imposible de medir, el espacio frente a su casco dejó de comportarse como vacío y aceptó doblarse, como si la realidad misma hubiera decidido cederle el paso, y cuando la nave emergió al otro lado, no hubo sacudida ni explosión de luz: solo presencia. Un coloso de oricalco vivo suspendido en silencio, como si siempre hubiera estado ahí.

Frente a él, la estrella muerta marcaba el ritmo del sistema.

Un púlsar.

Para cualquier civilización avanzada, un púlsar no era solo un cadáver estelar, sino una máquina natural de precisión brutal: una esfera comprimida de materia girando a velocidades absurdas, lanzando haces de radiación como si fueran faros cósmicos. Cada giro, un pulso. Cada pulso, una descarga de energía capaz de atravesar planetas, desintegrar estructuras y, si se dominaba… alimentar civilizaciones enteras.

Y alguien había decidido domesticarlo.

El enjambre de Dyson flotaba alrededor del púlsar como un enjambre real: millones de estructuras independientes orbitando en perfecta coreografía, placas negras diseñadas para absorber energía, estaciones de conversión que la transformaban en flujo utilizable, nodos de transmisión que la enviaban a través de la red interestelar hacia colonias, ciudades orbitales y mundos enteros que dependían de ese latido artificial para sobrevivir. No era una esfera cerrada; era algo más complejo, más adaptable… más peligroso. Cada unidad se movía, reajustaba su posición, giraba milimétricamente para interceptar el siguiente pulso. Desde la distancia, parecía hermoso. De cerca, resultaba inquietante: no se comportaba como una estructura. Se comportaba como un sistema vivo.

Dentro del puente de mando, la luz de Helios –la inteligencia que gobernaba el Dédalo– recorría el aire en patrones geométricos que cambiaban sin cesar, traduciendo millones de datos en formas comprensibles para mentes biológicas, y en el centro de ese flujo, Adhara no estaba observando: estaba escuchando. Su pulsera, el Ogma, no era una herramienta en el sentido clásico; estaba fusionada a su sistema nervioso, traduciendo información en sensación. Para ella, los datos no eran números. Eran pulsos, tensiones, variaciones que ascendían por su piel como corrientes invisibles.

Y algo no encajaba.

—Helios… —su voz fue suave, pero precisa—. La cadencia no es estable.

Una proyección se desplegó frente a ellas: el patrón del púlsar, una secuencia perfecta de pulsos regulares, seguida por una segunda capa casi imperceptible, una desviación mínima en el intervalo. Tan pequeña que habría pasado desapercibida para cualquier otro operador.

—Desfase dentro de parámetros aceptables —respondió Helios con su voz metálica, clara, sin emoción—. Variación compatible con sistemas de captación energética a gran escala.

Alhena no miraba la proyección. Miraba el enjambre.

Siempre hacía eso.

Mientras otros leían datos, ella buscaba lo que los datos no podían explicar.

—No es ruido —dijo al cabo de unos segundos—. Está reaccionando antes.

Helios amplió la imagen. Un nodo del enjambre reajustó su orientación antes de que el siguiente pulso del púlsar lo alcanzara. No fue una reacción. Fue anticipación.

Luego otro.

Y otro.

No todos. No de forma uniforme. Pero suficiente.

Adhara sintió cómo el Ogma intensificaba su flujo, abriendo capas adicionales de percepción. De pronto, ya no veía estructuras: veía relaciones. Líneas invisibles que conectaban nodos, rutas de energía que se redistribuían, microcorrecciones que no respondían al pulso original, sino a algo que lo precedía.

—No están captando energía… —murmuró—. Están corrigiendo cómo la reciben.

—Eso implica predicción —respondió Alhena—. Y el sistema no debería poder predecir un púlsar. Solo reaccionar a él.

Silencio.

El Dédalo Ætheris ajustó imperceptiblemente su posición. Sus sistemas internos ya habían comenzado a redistribuir energía, como un organismo que detecta una anomalía antes de comprenderla.

—Necesitamos ver qué está pasando dentro —dijo Adhara.

Alhena giró apenas el rostro.

—Entrar es intervenir.

—No entrar es ignorarlo.

No discutieron. No hacía falta. Las decisiones entre ellas nunca eran políticas. Eran inevitables.

La activación del Ogma no fue visible para el exterior, pero dentro de sus cuerpos fue imposible ignorarla. La pulsera se integró aún más con su piel, sus nodos internos acelerando hasta convertirse en una corriente constante de información. El enlace con Helios se estableció en un nivel más profundo, donde pensamiento y sistema dejaban de ser entidades separadas.

Para Adhara, el mundo se volvió geometría. Rutas, estructuras, mapas en tiempo real que se desplegaban en su mente como si siempre hubieran estado ahí. Para Alhena, el tiempo pareció ralentizarse: cada posible trayectoria, cada movimiento, cada decisión del entorno aparecía como una probabilidad antes de convertirse en acción.

El Heliofly –su armadura– no se colocó sobre ellas. Creció desde ellas. Filamentos de material vivo se desplegaron, envolviendo sus cuerpos en una segunda piel que respondía tanto a su biología como a su voluntad. No era solo protección. Era extensión.

—Sinapsis —dijo Adhara.

El enlace se cerró.

Ya no eran dos mentes separadas.

El descenso al enjambre no fue una caída, sino una infiltración calculada. La plataforma Ikarus se fragmentó en múltiples unidades que las transportaron entre las estructuras, esquivando colectores, corrientes de energía y enjambres de drones que operaban sin descanso. Todo se movía. Todo cambiaba. Y aun así, todo parecía obedecer una lógica común.

Cuando se desacoplaron, el vacío no era silencio.

Vibraba.

Una resonancia profunda, como un latido amplificado millones de veces, recorría las estructuras. No se escuchaba con los oídos. Se sentía en los huesos.

Adhara extendió la mano hacia uno de los nodos.

El contacto no fue físico.

El Ogma atravesó la interfaz y accedió directamente al sistema.

Información.

Flujo de energía.

Protocolos de ajuste.

Y algo más.

Una corrección repetida.

Pequeña. Insignificante por sí sola. Pero constante.

—Alhena…

—Ya lo vi.

Para Alhena no eran datos. Eran trayectorias imposibles que comenzaban a alinearse.

—El sistema está intentando sincronizarse con el púlsar —dijo Adhara.

—No —respondió Alhena—. Está intentando adelantarse a él.

El siguiente pulso atravesó el sistema.

Y por un instante…

El enjambre no solo lo captó.

Lo acompañó.

No fue una explosión ni un fallo visible. Fue algo peor. Durante una fracción de segundo, la radiación del púlsar y la respuesta del enjambre se superpusieron. Como si el sistema no estuviera reaccionando a la estrella… sino participando en su latido.

Adhara retiró la mano.

El Ogma vibraba con una intensidad que ya no era cómoda.

—Esto no es captación de energía —dijo, ahora sí con tensión en la voz—. Es resonancia.

Alhena no apartó la vista del vacío.

—Y si sigue creciendo…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Ambas entendieron lo mismo al mismo tiempo.

Si el enjambre lograba sincronizarse completamente con el púlsar… no solo lo estaría utilizando.

Lo estaría modificando.

Y en un sistema donde miles de mundos dependían de ese flujo energético… eso no era un fallo técnico.

Era el inicio de algo que nadie había previsto.

Helios tardó menos de un segundo en confirmar lo que ambas ya sabían: la anomalía no era local, y mientras Adhara retiraba la mano del nodo y el zumbido del Ogma le recorría los nervios como una corriente fría que no terminaba de disiparse, la proyección dejó de comportarse como un mapa y se transformó en algo más inquietante, casi orgánico, una expansión que no seguía trayectorias lineales sino patrones de contagio, donde las correcciones aparecían en cientos de puntos y luego en miles, extendiéndose con una lógica que nadie había programado, como si el enjambre hubiera encontrado por sí mismo una forma nueva de operar, una forma que no correspondía a su diseño original; había sido creado para absorber el latido del púlsar, para domesticar su violencia regular y convertirla en energía útil, pero ahora estaba haciendo algo distinto, algo que cruzaba una línea invisible: estaba entrando en resonancia con la fuente, ya no solo recibía energía, la devolvía, la imitaba, la anticipaba, y en esa anticipación había algo profundamente incorrecto.

Las consecuencias no llegaron como una explosión ni como una falla evidente, sino como una grieta en la certeza. Un canal se abrió y una médica en una estación neonatal explicó que los incubadores estaban adelantándose al flujo energético, que la temperatura cambiaba antes de que el sistema lo ordenara, como si una decisión se hubiera tomado en otro lugar y en otro tiempo; otro canal se superpuso, un controlador de tráfico describiendo rutas que se cruzaban con naves inexistentes, trayectorias que aparecían en los sistemas pero no en el espacio real; y luego una voz más pequeña, una niña preguntando por qué la luz latía diferente, por qué el techo parecía respirar con un ritmo que nadie más parecía percibir, y en ese instante la amenaza dejó de ser teórica, porque no era destrucción inmediata, era algo más insidioso: la pérdida de confianza en la secuencia de causa y efecto, en la idea básica de que primero ocurre una cosa y luego otra, porque ahora los sistemas respondían antes de ser activados y los sensores registraban lo que aún no sucedía, y eso no era un error puntual, era el inicio de algo que podía extenderse hasta volverse norma.

Alhena no apartó la mirada del enjambre cuando habló, y su voz fue precisa, sin urgencia innecesaria, como si al nombrar el problema lo fijara en su forma más clara: —Explícamelo como si no tuviéramos tiempo—, y Adhara no intentó conservar la complejidad, la destruyó hasta dejarla en lo esencial, porque sabía que cualquier exceso en ese momento era ruido.

—El púlsar repite, siempre, es lo único que hace —dijo—, y el enjambre fue construido para aprovechar esa repetición, pero ahora la está amplificando, y si esto sigue creciendo la energía dejará de ser natural, va a salir modificada por el propio sistema.

Alhena asimiló la idea sin apartar la vista.

—¿Y eso rompe qué?

Adhara no dudó.

—Todo lo que dependa de sincronización.

Helios intervino entonces, con la misma claridad con la que enunciaría una ecuación, sin matices emocionales, pero con un peso que ninguna de las dos pudo ignorar: resonancia total en dieciséis minutos, posible estabilización, y la palabra se quedó suspendida entre ellas como una amenaza mayor que cualquier colapso inmediato, porque no implicaba un fallo temporal sino una nueva condición.

—Si se estabiliza —dijo Adhara—, el error deja de ser error.

—Y si lo destruimos —respondió Alhena—, dejamos sin energía a miles.

Ahí estaba el punto sin retorno, el núcleo real del conflicto, porque el enjambre no era una estructura aislada, era una arteria que alimentaba colonias, hospitales, sistemas enteros que dependían de ese flujo constante para seguir funcionando, y destruirlo evitaba que la realidad se deformara de forma irreversible, pero al mismo tiempo provocaba un colapso inmediato que alguien tendría que sostener, mientras que mantenerlo preservaba el presente, pero a costa de introducir una inestabilidad que con el tiempo se volvería imposible de controlar; no había opción limpia, solo dos formas distintas de daño.

Un nuevo pulso atravesó el sistema y esta vez la respuesta del enjambre fue visible incluso sin asistencia de Helios, líneas de energía recorriendo los colectores antes del impacto, drones colisionando entre sí por desviaciones mínimas que ya no podían corregir, y en la distancia una estación perdió su eje de rotación y comenzó a girar lentamente, como si alguien hubiera soltado su anclaje en el espacio, hermosa y condenada en el mismo gesto, y Alhena desplegó parcialmente las alas del Heliofly sin apartar la mirada.

—Tenemos que romper la resonancia.

Adhara negó apenas.

—No puedes desarmar esto en minutos.

—No todo —respondió Alhena—, solo el punto donde dejó de ser sistema y se volvió dependencia.

Eso fue suficiente para que Adhara entendiera, no se trataba de destruir el enjambre, sino de colapsar el patrón que lo estaba transformando, y sin perder tiempo se dirigió a Helios.

—Nodos emergentes.

La proyección se depuró hasta dejar doce puntos activos distribuidos alrededor del púlsar, como si sostuvieran la anomalía desde una estructura invisible.

—Neutralización simultánea —indicó la IA—, menos no será suficiente.

El plan no admitía refinamiento, solo ejecución: Ikarus debía fragmentarse en doce unidades, el Dédalo asumir carga para impedir que la red redistribuyera la resonancia, y el margen de error era inexistente. Adhara abrió canales civiles, no para obtener datos técnicos sino para escuchar consecuencias reales, voces humanas que anclaran la decisión en algo más que cifras, y entonces lo dijo sin adornos:

—No puedo hacerlo a ciegas.

Alhena giró apenas hacia ella, y cuando habló ya no lo hizo como comandante, sino como alguien que había cruzado ese tipo de decisiones antes.

—No eliges a quién salvar, eliges cuándo empieza el daño.

Adhara cerró los ojos un instante, no como duda sino como integración, vio el presente colapsar en apagones, en decisiones urgentes, en vidas sostenidas al límite, y luego vio el futuro deformarse lentamente, errores pequeños acumulándose hasta volverse irreversibles, y comprendió que el verdadero peligro no era la destrucción inmediata, sino la adaptación al error, el momento en que dejaría de parecer una anomalía para convertirse en normalidad, y entonces abrió los ojos.

—Hazlo.

Ikarus se fragmentó en doce unidades que se desplegaron como vectores de intervención, mientras el Dédalo activaba su modo de contención y absorbía tensión del sistema como si el espacio mismo intentara desgarrarse a su alrededor, Helios saturó su propia arquitectura sosteniendo la operación, informando que el núcleo había superado los márgenes seguros, y Alhena respondió sin dramatismo.

—Anotado.

No hubo heroísmo en lo que siguió, solo ejecución al límite de lo posible: el espacio se volvió inestable, los pulsos llegaban distorsionados, una unidad se desintegró en pleno trayecto, otra perdió sincronización y colisionó, y Alhena corrigió en trayectorias que desafiaban lo que la física permitía, mientras Adhara forzaba el Ogma más allá de su tolerancia, ignorando las señales de daño que ascendían por su sistema nervioso.

—Cuando diga ahora… cortas compensación.

—Daño irreversible —advirtió Helios.

—Ahora.

Y en ese mismo instante, un canal irrumpió sin autorización, una voz quebrada, humana.

—Por favor… estación Khepri… soporte neonatal… estamos perdiendo regulación…

Un llanto.

Un bebé.

Un monitor marcando ritmos que no coincidían.

Adhara no apartó la mirada del enjambre, pero su respiración cambió.

—No tenemos margen —dijo Helios.

—Adhara —la voz de Alhena fue firme— ahora.

—Treinta segundos… solo treinta…

El pulso del púlsar se aproximaba, el enjambre ya estaba respondiendo antes de que llegara, y Adhara cerró los ojos un instante, solo uno, y comprendió algo que no podía deshacerse: no estaba eligiendo salvarlos o no, estaba eligiendo cuándo dejarlos de salvar, y cuando abrió los ojos, la decisión ya no era una opción.

—Ahora.

Los nodos quedaron aislados, la sobrecarga entró, la transmisión se cortó sin despedida, sin confirmación, sin nada, y el sistema dejó de anticipar. El siguiente pulso atravesó el enjambre solo, sin eco, sin respuesta, el púlsar volvió a latir como siempre lo había hecho, y entonces llegó el precio: oscuridad en sectores completos, plataformas perdiendo estabilidad, alarmas multiplicándose, y el enjambre no estalló, se apagó lentamente, como un organismo que deja de responder.

Cuando regresaron al Dédalo, el silencio duró apenas un instante antes de llenarse de voces, preguntas urgentes, decisiones imposibles, y Adhara no respondió, porque aún escuchaba algo que ya no estaba, y al mirar el enjambre muerto comprendió el peso completo de lo que había hecho.

—Los salvamos de algo que no verán…

Alhena no suavizó.

—Y los condenamos a ver esto primero.

Adhara no discutió, porque ahora sabía exactamente quiénes eran “esto”, y horas después, cuando Helios generó el informe, lo leyó sin emoción y añadió una sola línea, no como conclusión técnica, sino como advertencia.

Ningún sistema debería extraer energía de un corazón muerto hasta olvidar que sigue siendo un corazón.

El púlsar siguió latiendo, exacto, indiferente, y cuando Alhena preguntó si aún le parecía poesía, Adhara observó la luz atravesar el vacío y pensó en la voz, en el corte, en el silencio que quedó después.

—No —dijo— ahora sé cuánto cuesta.

Y el universo no respondió, porque no hacía falta.


Armín J. Arceo Durán (Durango, México) es médico cirujano y escritor especializado en narrativa especulativa, con énfasis en ciencia ficción, horror cósmico y fantasía oscura. Su obra explora los límites de la conciencia, la metafísica del tiempo y la relación entre lo humano y lo desconocido, a través de atmósferas densas y una prosa de fuerte carga simbólica. Ha sido seleccionado en Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2025 por su relato “Drask’ra, El Nahual Errante”, y cuenta con múltiples publicaciones en antologías y revistas literarias internacionales, incluyendo El CreacionistaRevista NarrativaEureka! Humanidades y Factor Literario. Su producción abarca títulos como TrES-2b; El reflejo del abismoNueve minutos para el abismo y XYPH: El planeta que nunca debió ser encendido, consolidando una voz narrativa orientada al asombro y la inquietud existencial.

 

 

LA PLANTA TE OBSERVA

Johan Klein Haneveld

 

—¿Qué clase de planta eres? —Geertje Kuier se inclinó hacia adelante. Sus tijeras de podar se habían detenido mientras cortaba un brote verde claro del rosal. El tallo resultó no pertenecer al arbusto, sino surgir de otro punto de la tierra. Sin embargo, las hojas tenían el mismo color y la misma forma que las de la rosa, con las pequeñas puntas en los bordes. Solo que en la enredadera no había botones florales.

Geertje se enderezó y se secó la frente con el dorso de la mano. Miró a su alrededor, como si alguien pudiera responder a su pregunta. Por supuesto, no hubo reacción alguna. Para un soleado sábado de primavera, el barrio estaba incluso llamativamente silencioso. En toda la mañana no había oído pasar ni un solo coche ni ciclomotores tuneados.

No es que Geertje fuera a quejarse alguna vez del silencio. Lo que más le gustaba era trabajar en el jardín en absoluta tranquilidad. Su cortacésped era de los que había que empujar a mano y no utilizaba tijeras eléctricas para el seto, sino unas antiguas. Así podía oírse tararear mientras devolvía su forma a los arbustos de boj y retiraba las hojas secas de las magnolias. El único sonido molesto provenía del interior, incluso con la puerta y las ventanas cerradas. Traqueteos, explosiones y música atronadora, tan fuertes que era imposible dejarlos afuera. Le había preguntado a su marido por qué tenía tanta necesidad de jugar videojuegos, algo que Hannes había tomado como una ofensa. Pero tampoco quería ponerse auriculares.

—Solo estorban —gruñó esa mañana, con el control apoyado sobre su barriga cervecera comprimida en una camiseta manchada—. Yo tampoco me quejo del eterno “clip, clip” de tus tijeras.

Geertje apenas lo oía ya, de modo que no podía evitar la impresión de que exageraba. Él hizo un gesto hacia la puerta que daba al jardín.

—Es solo una mañana a la semana, eso debería ser aceptable.

El hecho de que precisamente esa fuera la única mañana en la que ella trabajaba en el jardín parecía no importarle en absoluto. Y eso que él también disfrutaba del resultado. Por ejemplo, cuando por la noche tomaban una copa de vino afuera. O durante las barbacoas.

—Las flores son bonitas, sí —había dicho Hannes cuando ella se lo señaló—. Pero por mí todo podría estar simplemente embaldosado. Así tendrías más tiempo para cosas divertidas.

Pero a Geertje justamente le divertía su jardín. No es que esperara con entusiasmo el mantenimiento que cada cierto tiempo ya no podía seguir posponiendo. Sobre todo en primavera tenía que ponerse manos a la obra casi todos los fines de semana. Prefería contemplar la explosión de colores, la variedad de hojas, el césped perfectamente recto y, detrás, las franjas amarillas, rosadas y violetas. Como si hubiera entrado en un cuadro.

Claro que la noche anterior se había quejado un poco de tener que sacar las herramientas del cobertizo y pasarse media jornada de rodillas para dejar todo presentable. Pero Hannes también solía estar de mal humor después de jugar, por ejemplo cuando perdía. Incluso cuando ganaba, porque si sus compañeros de equipo se hubieran esforzado más, seguramente su puntuación habría sido todavía mejor.

—Según el médico, tienes la presión demasiado alta —le había advertido ella—. Te dijo que debías pasar más tiempo al aire libre.

—Yo no me meto con tus aficiones —replicó él con brusquedad—. Aunque nos gastemos montones de dinero en el centro de jardinería. Así que déjame disfrutar también de lo mío.

Antes de casarse, le había parecido tan sencillo no compartir los mismos intereses, de modo que cada uno pudiera ir tranquilamente a lo suyo al lado del otro. Pero el brillo de esa idea ya se había desvanecido. Tenía la sensación de estar casada con un extraño.

Mientras se quitaba los guantes, caminó hacia la puerta de la cocina. Empujó sus zuecos de trabajo hacia un rincón y entró en la sala.

—Hannes —dijo alzando la voz para imponerse al ruido del juego.

Sabía que sonaba estridente, pero era la única manera de hacerse oír. Ponerse entre él y la pantalla estaba reservado para situaciones de vida o muerte; él se lo había dejado claro en términos inequívocos.

—Encontré algo raro en el jardín. Una planta que no conozco.

—¿Una planta? —respondió él sin apartar la vista de la pantalla—. Ya casi derrotamos al otro equipo. Diez puntos más. Hay un francotirador en esa torre…

—Parecía una rosa —continuó ella con el mismo volumen.

—Entonces era una rosa —dictaminó Hannes.

—No, era diferente. Nunca la había visto antes.

—Seguro olvidaste haberla plantado ahí…

Soltó una maldición sonora. En la pantalla se repetían los últimos segundos de vida de su personaje. Un enemigo le disparaba en la cara desde muy cerca. Hannes se puso de pie de un salto y arrojó el control al suelo. El aparato rebotó una vez y quedó inmóvil. Después se volvió hacia ella.

—¿Ves lo que hiciste? ¡Si no me hubieras distraído, la partida era nuestra! ¡Estaba en una racha!

Geertje frunció el ceño.

—Lo siento. Solo quería saber tu opinión sobre algo.

—¿Y por eso vienes a molestarme así como así? —Su rostro se había puesto rojo y los músculos tensos vibraban bajo la piel—. Pero claro, para ti esto no es más que un jueguito. ¡No como tus plantas! ¡Esas sí son importantes!

—Para mí sí —dijo Geertje. Tuvo que esforzarse por mantener la espalda recta y no mostrar miedo ni inquietud, porque eso solo alimentaría más su ira—. Si no quieres ayudarme, buscaré información arriba, en la computadora.

Hannes se inclinó para recoger el control, algo que visiblemente le costó esfuerzo, y volvió a dejarse caer en su sillón. Ya tenía la vista fija otra vez en la pantalla.

—Eso podrías haberlo hecho desde el principio —murmuró.

El traqueteo y las explosiones la acompañaron escaleras arriba.

En la oficina de la casa, Geertje primero tuvo que ajustar la altura de la silla giratoria después de que su marido la hubiera usado la noche anterior. Por suerte, la computadora arrancó enseguida. Buscó información sobre plantas que adoptaban la forma de otras plantas. El término “mimetismo” apareció en la pantalla. Era una forma que tenían ciertas enredaderas de evitar ser devoradas. Una especie de Sudamérica era especialmente buena en eso. Podía hacer que sus hojas adoptaran la forma de cualquier árbol o arbusto sobre el que creciera. Los científicos aún no se ponían de acuerdo sobre cómo lo lograba. La forma y el contorno de sus hojas cambiaban incluso cuando su tallo se enrollaba alrededor de plantas de plástico. Así que no era que absorbiera material genético. Parecía como si aquella planta realmente pudiera percibir su entorno, aunque no tuviera ojos.

Si de verdad se trataba de esa Boquila trifoliata la que crecía en su jardín, era algo extraordinario. Pero para asegurarse, tendría que examinar de cerca los demás árboles y arbustos de su pequeño paraíso.

Entusiasmada, Geertje corrió escaleras abajo. Ignoró el irritado “¡No pises tan fuerte!” que llegó desde la sala. Si no hubiera aprendido a excluir las reacciones de Hannes mientras jugaba, su matrimonio nunca habría durado tanto. No se atrevía a pensar si eso era algo bueno o no.

Metió el pie derecho en el zueco y, con el otro apenas puesto, salió dando saltitos hacia el jardín. Un calor sofocante la recibió. La ausencia de ruidos de tráfico hacía que la atmósfera resultara aún más opresiva. Ni siquiera ladraba un perro, pese a que raramente había un clima mejor para sacarlos a pasear.

Apartó esas consideraciones y se apresuró hacia el rosal donde había visto por primera vez la nueva planta. La punta de su zueco se enganchó en algo y casi cayó hacia adelante. Miró hacia abajo. En el césped yacía un tallo verde, retorcido como una serpiente venenosa. De él brotaban briznas con el mismo color que el resto del pasto. No era extraño que no lo hubiera notado antes.

De pronto Geertje comenzó a respirar más rápido y un sudor frío le cosquilleó en la frente. Recorrió el jardín con la mirada. Las enredaderas de la extraña planta no solo crecían entre las rosas y el césped; también estaban en las magnolias, el manzano y los tulipanes junto al prado. La única razón por la que no las había visto antes era que las hojas de la planta parecían exactamente iguales a la vegetación circundante. El mismo color, el mismo tamaño, la misma forma.

Evidentemente ocurría algo más que la simple aparición de una plántula extraña en su jardín. ¿Pero qué?

Desde el interior llegó un grito exasperado.

—¿Pero qué demonios…?

La maldición de Hannes apenas parecía amortiguada por el vidrio y la puerta cerrada. Geertje no le prestó atención. Mientras jugaba, el lado ruidoso y agresivo de su marido aparecía con frecuencia. Un lado desagradable. Por supuesto, él quería que ella preguntara qué sucedía para poder quejarse de las tácticas injustas de sus compañeros, pero ¿qué ganaba ella con eso? Solo dolores de cabeza. Y no era como si él mostrara jamás el menor interés por lo que ocurría en su jardín. Si le contaba hasta qué punto la extraña planta había invadido los canteros, Hannes probablemente se encogería de hombros y diría que debía llamar a un servicio de control de malezas.

Ligeramente mareada, como si el mundo a su alrededor no fuera realmente sólido, como si todo fuera solo superficie sin contenido, Geertje atravesó el jardín hasta el fondo, cerca del árbol. La copa estaba a la altura de sus ojos y acercó tanto el rostro a las ramas que casi las tocó con la nariz. A principios de la primavera el árbol había estado cubierto de flores y ahora debería ver los pequeños frutos que más tarde se convertirían en manzanas. Pero no había flores secas. Solo encontró tallos con hojas imposibles de distinguir de las del manzano.

Una repentina ráfaga de viento las hizo susurrar. Aquello le produjo una sensación desagradable. Sobre todo porque no existía ningún otro sonido. Ni siquiera oía ya a su marido y el traqueteo del videojuego había cesado. Tal vez Hannes estuviera preparando café en ese momento. ¿Pensaría también en ella? La experiencia le decía que no. Pero si estaba en la cocina, podría llevarlo afuera, al jardín. Necesitaba saber si no se estaba engañando a sí misma.

Normalmente Geertje prestaba atención a dónde ponía los pies, pero ahora avanzó pisando fuerte hacia la puerta. Después de todo, solo aplastaba las nuevas enredaderas. Y había muchísimas. Detrás de ella, el volumen del susurro parecía aumentar, aunque el viento no soplaba más fuerte. Tal vez fuera mejor no volver al jardín. Prepararse también un café y seguir el consejo de su marido. Solo profesionales podrían erradicar aquella maleza.

La cocina estaba vacía. La cafetera no estaba encendida. Su marido no había sacado nada de los cajones. Sin embargo, el juego no se había reiniciado. Geertje ni siquiera se tomó el tiempo de quitarse los zuecos; fue directamente a la sala.

Hannes estaba sentado en su sillón de espaldas a ella. La pantalla del televisor estaba negra, pero él no se movía. Ni siquiera reaccionó cuando ella pronunció su nombre.

La inquietud que ya sentía se intensificó. Geertje tomó a Hannes por el hombro e intentó sacudirlo para despertarlo. Era como sujetar un palo y, al moverlo, oyó un leve crujido.

Sus pensamientos se apagaron mientras sentía que su garganta se convertía en una columna de hielo. Todo en ella quería huir de la habitación, huir de la casa, huir del jardín. Debía alejarse lo más posible de aquella enredadera.

Pero un último resto de la antigua Geertje quería saber si su miedo estaba justificado. Dio un paso adelante para mirar bien a Hannes.

Un instante de profundo alivio.

Su marido era simplemente él mismo. Las mismas cejas oscuras, las mismas mejillas rojas, los mismos labios finos. Todo había sido producto de su imaginación.

Justo cuando estaba a punto de soltar un suspiro profundo, la ilusión se derrumbó.

No era la piel de Hannes lo que veía, sino una capa de hojas. Allí donde había estado su cabello, la planta era más oscura. Sus ojos y sus labios habían sido reemplazados por pequeñas ramas ingeniosamente entretejidas, apenas distinguibles de los verdaderos. También sus manos, que sobresalían de las mangas, eran masas de hojas comprimidas en forma humana, como obra de un artista.

Una vez más empujó su hombro. Desde el interior del muñeco de hojas sonó un traqueteo.

Los huesos eran lo único que quedaba de su marido.

El grito de Geertje resonó contra el techo. Quiso retroceder, alejarse lo más posible de aquella imitación vegetal de su esposo. Pero no pudo moverse.

Cuando miró hacia abajo, vio que tallos verdes se habían enrollado alrededor de sus tobillos. A cada segundo ascendían más. Estaban cubiertos de hojas del color de su piel, apenas un poco más oscuras que las de Hannes debido a las largas horas que ella pasaba trabajando en el jardín.

La planta había tomado muy buena nota de aquello.

Johan Klein Haneveld (nacido en 1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging". Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir, lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el decimoquinto piso.

 

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