miércoles, 4 de marzo de 2026

LA ROSA BLANCA DE BONAPARTE

Franco Ricciardiello

 

El general Bonaparte se asomó a la torreta incandescente del carro armado, observando el tibio mar de la Liguria a través del vapor acuoso que se filtraba por debajo de él a través de los intersticios de la caldera Fulton.

El cielo sobre los Apeninos, en aquel abril del 1796, era sereno como el futuro en la imaginación de un general de veintisiete años. Bonaparte tendió una mano enguantada hacia el sargento, que se retorció diligente en la compuerta de la torreta, encogiéndose para evitar el contacto con el general mientras le entregaba la regla binocular.

Bonaparte se quitó el sombrero emplumado, única concesión a la elegancia mundana de los oficiales republicanos, que por otra parte se distinguían de los soldados tan sólo por una hoja de oro bordada en la solapa de la chaqueta. Apuntó la regla hacia las ruinas del castillo de Cosseria, donde menos de mil granaderos austro-piamonteses del general Provera habían rechazado durante todo el día los ataques de la infantería del coronel Joubert. Bonaparte pudo divisar también el lejano resoplar de los carros de vapor armados que salían de Carcare.

Más lejos todavía, eran visibles los distantes movimientos de una batalla, al fondo del Valle Bormida. El general ajustó la guía milimetrada de la regla binocular.

—Once kilómetros, tal vez doce —dijo al sargento—. Diez mil infantes aproximadamente.

La precisión del general al estimar las fuerzas enemigas con la regla le confería un aura legendaria a ojos de sus hombres. En Dego, en Millesimo, en Montenotte, después de haber observado algunos minutos las maniobras del enemigo a través del sextante mecánico, estaba en condiciones de cuantificar casi exactamente las fuerzas del austriaco Beaulieau.

Bonaparte no ocultó un gesto de intranquilidad.

—Augereau se ha movido prematuramente —dijo, señalando la batalla al sargento—. Está atacando a los piamonteses, pero nosotros no podemos movernos hasta que destruyamos a Provera en ese castillo.

—Los carros están llegando, general —respondió el sargento, afligido—. Pero en menos de media hora será de noche.

Bonaparte se alzó sobre la culata del cañón, después se dejó resbalar a tierra, manchándose de polvo las botas. El sargento fue torpemente tras él.

—Una pérdida de presión, mi general —dijo el maquinista, acariciando complacientemente la enorme esfera de cobre de la caldera. Bonaparte no le hizo caso, bajando hacia la chapucera columna de caballería que precedía los carros armados.

—¡Gracias al italiano Volta, nosotros iluminaremos la noche de los Apeninos, como aquél anochecer de París en el que rechazamos la armada del tirano de Prusia en Longwy! —clamó Bonaparte. Un fuego de fusilería al fondo del valle no le distrajo— ¡Teniente! —llamó, con un gesto imperioso—. ¿Por qué os habéis detenido?

Un oficial acudió al galope, precediendo a duras penas a los carros armados, sobre la tierra fresca de los Apeninos.

—¡Una carroza, mi general! —exclamó, sin tomar aliento—. Los cazadores han arrestado un fiacre en la carretera de Ceva. Transporta una princesa turinesa.

Bonaparte se rascó la nuca, observando los hombres más próximos. No parecían cansados, ni de la campaña primaveral ni de la jornada. Sin embargo en dos días habían visto tres batallas, forzando a los enemigos a la retirada cuando ya tenían la victoria, destruyendo diez batallones del Emperador de Austria y separando sus hombres de los piamonteses.

Bastante atrás en la fila, un carro exhaló vapor.

—¿Habéis requisado los apartamentos para la noche? —preguntó Bonaparte.

El teniente se retorció sobre la silla, mostrándole la dirección de Carcare.

—Una oferta espontánea —respondió—. Un noble del lugar quiere acoger al estado mayor por esta noche.

El general hizo una seña de regresar al carro armado.

—Haz traer aquí el fiacre de esa princesa —dijo—, estamos todos cansados, nos hace falta reposar esta noche. El reflector eléctrico está al llegar: apuntadlo hacia el castillo y bombardeadlo durante algunas horas, hasta que veáis huir a los granaderos.

El sargento se dispuso a tomar el caballo de manos del asistente. El general Bonaparte montó con elegancia, volviendo al trote hacia Carcare seguido de su estado mayor.

Con un estruendo que desbocó los caballos, el carro armado del general inició el bombardeo del castillo de Cosseria.

 

El día en el que el ejército republicano había atravesado la frontera ligur, nadie habría apostado por la victoria de un general de veintisiete años. Era la primavera del ‘96; el pequeño corso del apellido impronunciable permaneció sentado sobre la torreta del carro armado a vapor todo el camino hasta Oneglia, precedido de las divisiones de Augereau y de Massena y seguido por veintinueve cañones Gribeauval calibre 24, de tres disparos por minuto, montados sobre carros Fulton. El resto del ejército revolucionario, destacado en Liguria por el Directorio más para alejar la posibilidad de un coup d’état que para realizar una maniobra de distracción que favoreciera la respetable armada del general Moreau en Reno, maniobraba a la izquierda de la formación sobre los primeros contrafuertes de los Apeninos.

El rey de Cerdeña no había visto nunca un carro armado, si bien había oído hablar de la nueva potencia de la República regicida. El ejército del rey de Prusia había sido detenido en Longwy por un cuerpo de armada de proscritos alsacianos, respaldados por la artillería automotriz. El italiano Volta había iluminado con una llamarada de fuego impalpable la noche parisina para festejar la victoria, y los hombres de ciencia franceses habían montado máquinas capaces de hacer prodigiosas operaciones matemáticas con un simple movimiento de la mano.

El rey de Cerdeña se disponía a defender la puerta de Italia. Mientras el general Bonaparte entraba en Imperia, ya conquistada por su predecesor Schérer, el soberano acordó un pacto de hierro con los austríacos, que tampoco se fiaban demasiado de los Saboya ni de su ejército de apariencia imponente. Los aliados comenzaron las maniobras de defensa sobre un amplio frente tras Turín, los Apeninos y Alejandría.

Un ultimátum fue enviado por el ejército austro-piamontés a los franceses. La amenaza de atravesar las fronteras y evacuar también Niza, en manos de la República hasta los años de Robespierre, fue acogida con un gesto de ira por Bonaparte. Pero sus oficiales tenían miedo, porque comandaban treinta y siete mil soldados sin zapatos contra el ejército más temible de Italia. El rey de Cerdeña había movilizado un ejército de veinticinco mil hombres sobre el frente apenínico, a los cuales se unían veintisiete mil súbditos del Emperador de Austria.

Después de noches insomnes de cálculos en la pascalina sentado en la mesilla de campo, inclinado sobre una gran carta del campo de batalla que revelaba con banderines la posición de los cuerpos de la armada austríaca y piamontesa, Bonaparte aceptó la batalla de Voltri en el paso de Cadibona pese al escepticismo de sus oficiales.

El comandante en jefe del ejército austro-piamontés inició la guerra atacando la brigada del general Cervoni en Voltri, a través del paso del Turchino, buscando separarla de la armada francesa y destruirla. Era la mañana del 11 de abril. La noche del 23 de abril, el ejército del rey de Cerdeña dejó de existir.

 

La noche de aquel 13 de abril, Josefina Teresa de Lorena, princesa de Carignano, bajó un pie al estribo del fiacre.

—Oh, ¿qué es aquello? —preguntó en un perfecto francés señalando al horizonte nocturno de los Apeninos, iluminado por una luz encarnada.

—El fuego eléctrico —respondió el sargento, embriagado por el perfume de prímulas de la princesa, manteniéndose a distancia para no tener que ayudarla a descender con la mano—. Es el invento de un italiano, como usted. Gracias a él el general será elegido en el Instituto Nacional de Ciencias y Artes, en París.

—Italia no existe —replicó la princesa, precediendo a algún paso a su doncella—. Es una invención de vuestros regicidas. ¿Dónde se encuentra ese general Buonaparte?

—Eh, también el Congreso Aulico allá en Viena querría saberlo —bromeó el sargento—. Venga por aquí, en la casa.

La princesa de Carignano precedió al granadero sobre la gravilla marina del patio. Bajo una pérgola de glicina encontraron a un soldado de leva.

—¿Dónde está el general Buonaparte? —preguntó la princesa.

Bonaparte —respondió el muchacho—. Soy yo.

Josefina Teresa de Lorena, princesa de Carignano, observó perpleja el soldado, mientras su doncella se santiguaba. El sargento se quitó el sombrero y el general Bonaparte la miró de pies a cabeza.

—¿Que hacía en la carretera a aquella hora de la noche? —preguntó bruscamente.

—Venía a conocerle a usted —respondió, dándose cuenta de que el discurso que tenía preparado se había borrado de su memoria.

El general se metió en la casa. La doncella observaba perpleja el carro armado, adormilado a la sombra del patio, parecido a uno de los elefantes de Aníbal que descendieron de los Alpes para destruir la legiones romanas junto al Tesino.

La princesa siguió a Bonaparte.

—¡General! —exclamó—. He venido para advertirle que el rey de Cerdeña y los austríacos tienen setenta mil hombres y doscientos cañones entre Mondoví y Alejandría. Apenas saque usted la nariz fuera del paso, le saltarán encima.

El francés atravesó a grandes pasos la estancia casi vacía. La doncella se había quedado apretada en una esquina, inmóvil por el miedo, mientras el sargento controlaba el umbral.

—Quiero que vea una cosa —dijo Bonaparte haciendo una señal con el índice a la princesa.

Ella le siguió a la ventana, y se quedó sin aliento. Todo el flanco del castillo de Cosseria estaba iluminado por una luz como de incendio, mas no era fuego. Desde un semicírculo los carros armados franceses disparaban ininterrumpidamente sobre los arruinados muros.

—¡La superioridad técnica de la Libertad! —exclamó el general con los cabellos despeinados—. Aplastaremos el ejército de su rey de opereta después de haberlo separado de los austríacos. ¡Pondremos de rodillas el emperador no con nuestra armada, si no con la superioridad ideológica de la nación revolucionaria!

—¿Qué es eso? —preguntó la princesa, señalando perpleja la máquina a manivela que el sargento había puesto poco antes en la mesa.

—¿Esto? —dijo el general como despertándose—. Es una pascalina, una máquina para operaciones matemáticas. Gracias a Laplace y a Monge, mis ingenieros están en disposición de calcular en pocos minutos la capacidad de un puente de mantenerse sobre un río. Con eso.

La princesa oprimió con la punta de un dedo uno de los botoncitos color crema en el piano de la pascalina, sintiendo el sutil chasquido del metal. Esperó no quedar contagiada del ateísmo del general francés, simplemente tocando su máquina.

—Lo siento, pero no podemos dejarla regresar esta noche —dijo Bonaparte devolviéndola a la realidad—. Ha visto las posiciones de mi ejército. Deberá compartir la hospitalidad de mi anfitrión por esta noche. Ya he dado orden a mi asistente de preparar dos estancias para usted y su doncella.

Llamaron a la puerta. Entró un soldado, que la princesa Teresa de Lorena supuso un oficial pese a la falta de apariencia.

—Mensaje del general Massena, de Dego —dijo sin aliento, tendiendo un sobre sellado y un salvoconducto al general.

—Cinco mil prisioneros y diecinueve cañones capturados —exclamó radiante Bonaparte apenas rompió la cera—. ¡Maravilloso André Massena! ¡Y sólo ayer Augereau arrebató mil mosquetes a los austríacos, repartiéndolos entre aquellos de sus soldados que no tenían armas de fuego! ¡Dentro de la próxima semana estaremos en Turín!

La doncella intentaba permanecer invisible. Josefina Teresa de Lorena observó al general palmear la espalda del mensajero, mandándolo a descansar y divertirse al campo.

—Muestra la estancia a la princesa —ordenó Bonaparte al sargento.

Josefina Teresa tomó la doncella por la mano y siguió al soldado por la escalera al piso superior. Algunos camareros piamonteses observaban con temor católico el paso marcial de los franceses, pesado de botas y municiones. La princesa intentó sonreír a los criados, pero ellos se mantuvieron aparte.

En el vestíbulo del piso superior la doncella emitió un breve grito. Sentado sobre un sillón estilo Luis XIV había un soldado muerto, con los ojos abiertos hacia el cielo.

—¡Pero...! —dijo perpleja la princesa— ¿Está herido?

El sargento se encogió de hombros.

—Es uno de los juguetes del general Bonaparte —dijo—. Un soldado mecánico.

Josefina Teresa se detuvo frente al soldado. Parecía real: el uniforme era auténtico, la postura levemente rígida. Tocó el rostro, no era frío.

—¿Metal? —preguntó casi admirada.

—Caucho —respondió el sargento, dividido entre el orgullo de la superioridad técnica de la Grand Nation y el escondido deseo de ser encargado de supervisar a las dos mujeres.

—¡Un autómata! —dijo la princesa, golpeando con la uña sobre los pómulos del maniquí—. ¿Y como se mueve?

—El asistente del general lo activa con un rollo de papel —dijo el sargento—. Una tira llena de agujeros perforados. Si quiere seguirme, civil...

Un grito lejano, como de masas que aclamaran, distrajo al sargento. Se asomó abriendo de par en par la ventana en la noche fría; Josefina Teresa pudo ver, por encima de su espalda, la luz innatural sobre el castillo de Cosseria.

—Los piamonteses han sido vencidos —dijo el soldado, los ojos bañados de emoción—. ¡La carretera por Ceva es libre! Ahora el general embestirá el ejército del rey de Cerdeña.

—Estoy realmente cansada —dijo la princesa echando un vistazo a su estancia—. Viajar en fiacre sobre aquella carretera de montaña es una odisea. ¿Puede dejarme a solas?

El soldado se retorció los bigotes, afligido por el embarazo, después retrocedió cerrando la puerta de la cámara. La doncella ayudó rápidamente a la princesa a descordar el vestido y aflojar el corsé.

—Qué animales estos franceses —dijo la muchacha—. No los soporto. Apestan.

—También los nuestros apestarían después tres días de batalla — respondió la princesa llenando los pulmones de aire. Le daba siempre la impresión de estar desnuda cuando aflojaba los lazos.

La doncella puso las varillas de la falda sobre la cama. Josefina Teresa se quitó los zapatos, refrescándose las muñecas y el cuello en un cuenco de agua que esperó estuviera limpia.

—Puedes retirarte a tu estancia —dijo sin volverse—. Pero déjame la lámpara para después.

Apenas salió la muchacha, Josefina Teresa sacó la pequeña pistola plana de la doble cinta con la que la había asegurado a la parte alta del muslo, comprobando por enésima vez que estuviera cargada.

 

En la noche sólo iluminada por el castillo que ardía y el fuego eléctrico de los franceses, la princesa tendió el oído en busca de una campana para saber la hora. Al cabo de bastante tiempo, descendió del lecho a la oscuridad, envolviéndose con un chal.

El corredor estaba oscuro y desierto. Se sobresaltó ante el perfil inmóvil del autómata de Bonaparte, aunque lo superó haciéndose el signo de la cruz. Escuchó con atención a la puerta del general pero no había ningún sonido. La abrió con precaución, apretando el arma de fuego en la mano derecha, y avanzó de puntillas más allá del lecho vacío.

Reunió todo su coraje y descendió la escalera de puntillas, temblando por el frío de la piedra. Había una luz en el estudio del padrino de la casa. La princesa de Carignano abrió con dos dedos la puerta de nogal, reconociendo al general de espaldas. Sentado al escritorio, un hombre de media edad estaba ocupado en teclear con el dedo en una máquina similar a la pascalina. Una larga cinta de papel blanco todo perforado se enrollaba como una serpiente bíblica sobre el pavimento, a la luz cálida de dos lámparas de petróleo.

El asistente dejó de golpear las teclas, alzando la vista hacia la princesa. El general se volvió bruscamente, advirtiendo su presencia. Bajó los ojos hacia su décolleté y sus pies desnudos, apretando los labios y alzando las cejas.

Josefina Teresa retrocedió fuera del halo de luz. Saltó sobre los escalones, ayudándose con el pasamanos para marchar más deprisa. En el piso de arriba, se detuvo ante la puerta de la alcoba tendiendo la oreja. Oyó un paso de botas sobre la penumbrosa escalera.

Entró y cerró silenciosamente de nuevo la puerta. Dejó caer el chal, apartó el velo del baldaquín y saltó bajo la sábana. Rápidamente había escondido de nuevo la pequeña pistola en la funda de seda cosida por ella misma, asegurada con la apretada cinta, que le recordaba su deber oprimiendo la carne.

La oscuridad era absoluta. El silencio era absoluto. Incluso las campanas de las aldeas sobre los Apeninos parecían enmudecidas por el violento avance del ateísmo francés.

La manilla se movió. La princesa pudo ver inclinarse el tibio brillo del latón, después una silueta de una oscuridad más oscura.

El general tenía un andar pesado. Su traje desabotonado era una mancha clara en la estancia.

—¿Quién es? —susurró la princesa, por salvar las apariencias.

Bonaparte se aproximó, indiferente a la cortina del lecho. Era tan oscuro que no se podía ver nada, pero el camisón de noche de la princesa era claramente visible.

Josefina Teresa no alzó la sábana de lino. Se deslizó en cambio más en ella, extendiendo el brazo desnudo de costado al cuerpo. El general montó sobre el lecho comprimiendo el colchón de lana y estopa, sin sacarse las botas.

Se puso sobre ella, pesado como sólo un hombre lo puede ser. "Derecho de conquista, derecho del más fuerte" pensó Josefina Teresa de Lorena. "Hete aquí que venían a traer la libertad y a llevarse la virginidad."

Sintió la protesta desgarrada de las enaguas. El general, que ni siquiera se había sacado el cinturón, estaba dentro de sus piernas. Josefina Teresa alzó el brazo con voluntad, introduciéndolo bajo el almohadón. Después de un momento de pánico encontró la pistola.

Bonaparte se mantenía sobre ella, rebuscando desesperadamente por encontrar sus costados con los dedos ateridos. Dándose cuenta de que cuando había entrado en su alcoba se habían dicho sólo dos palabras, su mismo "¿Quien es?" casi inaudible, la princesa apoyó la boca de la pistola al cuello del general, apenas bajo la nuez de Adán, y haciéndose un rápido gesto de la cruz hizo fuego.

En un increíble estampido que despertó todos los soldados de Savona a Mondoví, Bonaparte se alzó sobre el lecho y fue arrojado hacia atrás en un rasgarse del tejido del baldaquín.

Josefina Teresa quedó ensordecida, más del heroísmo del propio gesto que del disparo. Notó de golpe el olor de cordita y oyó pasos de carrera sobre los escalones. La doncella abrió de par en par la puerta, y después entró el sargento con el mosquete y la lámpara. Vio el general inmóvil, envuelto en el velo rasgado del baldaquino con un pie todavía sobre el lecho.

Acudieron otros guardias, furiosos, que cercaron el lecho.

—¡Yo lo he hecho! —exclamó Josefina Teresa triunfante—. ¡Muerte al anticristo! ¡Dios ha guiado mi mano!

La arrastraron del brazo llevándola a una esquina. Todos daban órdenes, la doncella se escapó aprovechando la escasa luz.

—¡Dios ha guiado mi mano! —volvió a repetir la princesa.

La pistola descansaba sobre la sábana. Todo era confuso.

Y entonces los soldados entorno a ella saludaron al general, vivo. Ella lo contempló con los ojos de par en par y la boca abierta. Se hizo el signo de la cruz.

—¡El demonio! —susurró.

La llevaron fuera. Bonaparte tenía una expresión indiferente, casi aburrida.

—No perdamos tiempo, dentro poco llegará el alba —dijo, con un gesto de suficiencia—. La hora de atacar a los piamonteses. Llevad fuera a esta mujer.

El sargento había alzado de tierra el cuerpo derribado. "Es un sueño" pensó la princesa, mientras la llevaban afuera. Había visto salir de la herida en el cuello el rollo de papel de la cinta perforada durante la noche por el asistente de Bonaparte.

  Traducción: Fran Ontanaya.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

VIVIENDO AL BORDE DE LA OSCURIDAD

Gareth D. Jones

 

Un soplo de polvo fue la primera advertencia, muy lejos, al otro lado de la llanura, con la fuente oculta por los matorrales intermedios. Aparecieron más penachos, que derivaban y se desvanecían hacia arriba en una estela que apuntaba hacia el poblado. Vincent manoteó en busca del catalejo; sus nudillos, retorcidos por la edad, lo agarraron con dolor, y lo llevó a su ojo sano. Tardó un instante en encontrar la estela de polvo, y para entonces ya se veían tres figuras corriendo, levantando tierra. Intentó mantenerlos en la mira mientras extendía la mano hacia la cuerda de la campana, pero no la encontró. Dejó el catalejo con impaciencia sobre la repisa de madera áspera, agarró el tirador de la campana y empezó a tocar.

No era una campana muy melodiosa ni muy potente. Hacía sonar su alarma con golpes metálicos que reverberaban por la hondonada en forma de cuenco del poblado. Abajo, unas figuras se movieron en el calor de la tarde y caminaron sin prisa hacia las compuertas al pie de la pendiente. Vincent volvió a concentrarse en los corredores.

Ya estaban lo bastante cerca para revelar sus identidades. Fernando iba delante, bombeando los brazos, con el rostro encendido por la huida. Detrás venían Raquel y Bebe, con expresiones más temerosas. Tras ellos –probablemente recortando distancia, aunque era difícil saberlo– rodaba una bestia rodante. Era enorme, quizá de dos metros y medio; la más grande que Vincent había visto en décadas. Docenas de púas, una docena de garras, dientes afilados como navajas: todo eso era invisible en el borrón de su carga rodante sobre la llanura. No había escapatoria frente a una máquina tan enorme, tan veloz y asesina; no había dónde esconderse en la inmensidad plana de las estepas. El único lugar seguro estaba en una de las pocas simas que salpicaban esa desolación, y solo si conseguías detenerte antes de resbalar por la pendiente y caer al interior de la tierra que te abrazaba debajo.

Antes de estar lo bastante cerca como para oír el golpeteo de los pies, un grito de júbilo llegó a los oídos de Vincent. Fernando. Fernando, travieso e incontenible. Vincent sabía que el joven no haría caso de que en cualquier momento podía ser aplastado, desgarrado y devorado. Solo pensaría en la persecución, en su velocidad juvenil y en que quizá Raquel se impresionaría con su valentía. Vincent estaba bastante seguro de que no lo haría; Fernando era un idiota.

Estaban a menos de cien metros. Vincent miró cuesta abajo: las compuertas estaban abiertas. Fernando iba cinco metros por delante de los otros dos, y solo les sacaban al monstruo otros diez. Vincent se inclinó sobre el poblado desde su pequeña plataforma en el borde de la sima.

—¡Ahí vienen!

Fernando alzó la vista hacia Vincent al aproximarse, sonrió como un lunático y se lanzó por el borde con un salto magnífico. Cayó unos tres metros más abajo en la pendiente, dio dos zancadas más, exageradas, agarró el poste del pasamanos y se columpió hasta ponerse a salvo. Raquel venía segundos detrás, derrapando sobre la superficie arenosa y deslizándose alrededor de las barreras hasta caer de espaldas.

Bebe falló el apoyo. Tropezó al caer, se desplomó sobre el pecho y, como pudo, se recuperó con una voltereta hacia adelante. Rodó más allá del pasamanos de seguridad. Sin detenerse, la enorme bestia rodante pasó por el borde del poblado y se precipitó hacia su perdición. La criatura no tenía idea de su destino, concentrada solo en su presa. Mientras Bebe se deslizaba impotente cuesta abajo, parecía que la criatura podría lograr su objetivo justo antes de llegar al agujero en el centro del poblado.

Raquel lanzó un grito de advertencia. Bebe gritó. Un brazo enorme y musculoso salió disparado y agarró al desafortunado cazador por la túnica, arrancándolo hacia el pasamanos inferior. Félix el constructor, el hombre más fuerte del poblado.

En un silencio siniestro, la bestia rodante siguió rodando, ganando velocidad, y desapareció por el borde de la sima que ocupaba el centro del poblado. Vincent se sentó en su banco, y el alivio le drenó las fuerzas. El silencio duró unos segundos más, hasta que Fernando rugió con una carcajada exultante y levantó a Raquel. Raquel le dio un puñetazo en el pecho, llamándolo idiota y otras cosas que se perdieron en el tumulto general de los aldeanos hablando y gritando todos a la vez. Félix puso a Bebe en pie, y el muchacho sonrió con valentía, contando y volviendo a contar su historia mientras su madre le limpiaba las raspaduras y él intentaba apartarla. Raquel se alejó furiosa hacia su cabaña, dejando a Fernando para que le explicara al jefe de dónde saldría la comida de la noche, ya que habían regresado con las manos vacías. Hubo exclamaciones estruendosas por el tamaño de la bestia rodante; muchos aldeanos levantaban las palmas muy por encima de la cabeza para ilustrar la altura ante los desgraciados que se habían perdido el incidente. La mayoría de los doscientos habitantes del poblado oyó la historia varias veces antes de que todos se fueran dispersando para retomar sus tareas interrumpidas.

Vincent permaneció sentado y sonrió ante sus propios recuerdos. Ah, correr libre por la llanura otra vez, cazar snarebits, huir de bestias rodantes. Impresionar a las chicas. Se quedó dormido.

 

—Hora de mudarse, viejo —dijo Félix al entrar en la cabaña de Vincent—. El lugar nuevo ya está listo.

Detrás de él, Fernando, Bebe y Raquel estaban listos para ayudarlo a llevar sus pertenencias cincuenta metros cuesta arriba, hasta la cabaña nueva.

—No estoy seguro de estar listo para mudarme todavía —dijo Vincent, alzando la vista desde su antiquísimo sillón.

Félix suspiró, como si lo esperara.

—En unas pocas semanas podrás escupir por la ventana de atrás directamente al agujero —dijo.

—Sí —aceptó Vincent—, pero viví aquí cincuenta años. Tengo cosas que ordenar, cosas que empacar.

—Por eso traje a este grupo servicial. —Félix hizo un gesto por encima del hombro con el pulgar. Fernando sonrió, dispuesto a ayudar.

—Hay cosas con las que ellos no pueden ayudar. —Vincent recorrió con la mirada la pequeña sala—. Dora vivió aquí conmigo cuarenta años, ¿sabes? Eso no se empaca en un día.

—Lo sé, viejo. —Félix miró al suelo—. Vendremos mañana. Se echó hacia atrás hasta la puerta; se detuvo, se volvió y se fue.

Un instante después, Vincent se dio cuenta de que Fernando todavía estaba allí.

—¿Puedo entrar?

—Claro, muchacho. —Señaló la otra silla y Fernando se sentó con cautela; no dijo nada durante un rato.

—Dicen que el agujero no lleva a ninguna parte.

—Eso dicen.

—¿Eso es lo que tú crees?

—No sabría decirlo. Nunca he bajado ahí.

—Pensé que tal vez tú sabrías —dijo Fernando—, siendo que tú eres tan…

—¿Viejo? —Vincent soltó una risita.

—Bueno, iba a decir sabio. —Se puso de pie y dio dos pasos hasta la ventana, donde el agujero se abría enorme a pocos pies de distancia: seis metros de ancho, negro como la noche por dentro—. Es que tu casa se va a caer pronto. Me hizo pensar, ¿sabes?

—Me hizo pensar durante mucho tiempo. —Se incorporó con esfuerzo y se colocó junto a Fernando—. Me mudé cuando esta casa era nueva.

—¿Bajaste toda la pendiente? —La idea parecía asombrar a Fernando. El trayecto de cincuenta años que tardaba un edificio en deslizarse desde el borde de la hondonada hasta el borde de la sima estaba muy lejos de su experiencia.

—Dicen que antes tardaba cien años —dijo Vincent.

Fernando inclinó la cabeza.

—¿De verdad?

—Eso dicen.

Fernando señaló, al otro lado del agujero, los restos desmoronados de la antigua casa familiar de Bebe, que se había derrumbado dos meses antes y en su mayor parte había desaparecido por el borde.

—No quieres estar en casa cuando pase eso.

—No. —Vincent volvió a sentarse—. Ahora, muchacho, si no te importa, tengo que echar una siesta.

Cerró los ojos antes de que el chico se fuera.

 

—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó Fernando.

Vincent miró la llanura sin rasgos, fresca y aparentemente amigable a la luz de la mañana. Estaba a casi un kilómetro del poblado, más allá de los cultivos y de los colectores de rocío; demasiado lejos como para escapar si aparecía una bestia rodante en el horizonte. A lo sumo podía arrastrar un paso cojo, no como en los viejos tiempos, cuando corría vueltas por el borde del poblado por diversión.

—Mirar —dijo al fin.

Fernando se quedó a su lado en silencio, contemplando el horizonte.

—¿Mirar qué?

—Mi vida.

—Ajá. —Parecía que Fernando, pese a su juventud, quería entender algo más profundo—. ¿Vincent?

—¿Sí?

—¿Qué hay en el agujero?

—Nadie lo sabe.

—¿Alguien ha intentado bajar?

—Nadie que quisiera volver a subir. —Dora, atravesada por el dolor, alejándose del final de su jardín, cayendo fuera de la vista. Él la había besado en la puerta y la había visto irse.

—¿Qué pasa con las bestias rodantes que caen por el borde?

—No vuelven. —Se dejó caer al suelo con un crujido, junto a una flor amarilla brillante—. Mira esto.

Fernando se agachó a su lado. Vincent tiró con cuidado, despacio, y la flor salió de la tierra con una raíz larga y gruesa. Señaló el pequeño agujero que había quedado. Se llenó enseguida de polvo y arenilla.

—¿A dónde fue el polvo? —preguntó.

Fernando se quedó en blanco.

—A la tierra.

—Exacto.

—Pero no es lo mismo que la sima. Esa nunca se llena.

Vincent se incorporó con esfuerzo, y Fernando saltó para ayudarlo.

—“Nunca” es mucho tiempo.

—¿Quieres decir que un día se llenará?

Vincent empezó a caminar hacia el poblado. Despacio.

—Tendrán que caer muchas casas primero.

—¿Pero dónde viviremos? ¿Cómo escaparemos de las bestias rodantes?

—Yo no me preocuparía, muchacho. Falta mucho para eso.

Fernando caminó pensativo a su lado un rato. Se detuvieron en la cima de la hondonada, mirando hacia abajo la cabaña nueva. Félix saludó con la mano desde el umbral, con un pequeño grupo de ayudantes y bienintencionados detrás.

—Ya subimos todo —gritó.

—Gracias. —Vincent cruzó con cuidado el borde, se agarró del pasamanos al bajar y entró en la casa nueva. Era igual que la antigua, pero vacía de cualquier cosa que Vincent conociera.

Félix sonrió con orgullo y luego con inseguridad.

—¿Está bien?

—Gracias, Félix. Está bien. —Acarició el brazo de su sillón viejo—. Está todo bien. Se sentó y miró cómo una docena de aldeanos deambulaba por su nueva sala, felicitando a Félix por sus dotes de constructor y a Vincent por su nueva vivienda, bebiendo jugo de raíz y admirando la vista elevada desde la ventana. A más de uno le habría encantado quedarse con el lugar cuando él ya no estuviera. Pronto se fueron, y lo dejaron en paz.

 

Llegó el mediodía, y Vincent se levantó de la silla con el desasosiego clavado en el cuerpo. Bajó con cuidado por la pendiente, asintiendo con sequedad a los pocos aldeanos que se cruzaban o lo observaban desde sus ventanas. La casa vieja seguía allí, triste y abandonada al pie de la pendiente, esperando su zambullida final en la sima. La puerta chirrió cuando la empujó, y entró.

Esa casa tampoco estaba bien ya. No quedaba nada que le perteneciera. Pero había familiaridad: las tablas del suelo crujían en el lugar correcto, una grieta ondulaba por el techo, el hollín manchaba la pared alrededor de la chimenea. La casa nueva tenía todas sus pertenencias, pero ninguna huella de su historia.

Vio movimiento afuera, por la ventana trasera. Vincent entrecerró los ojos ante el resplandor y caminó hasta la puerta de atrás. No la habían abierto desde hacía tiempo: estaba demasiado cerca del agujero. Empujó, se apoyó, hizo fuerza, hasta que se soltó del marco deformado y se abrió.

Los restos de la cerca de su jardín iban desde la pared hasta el borde de la sima. Un par de piernas se enroscaba en el poste más alejado, sosteniendo a una figura inclinada sobre la oscuridad abismal. Vincent carraspeó fuerte.

—¿Qué estás haciendo?

Con un forcejeo de brazos y piernas y tierra que se corría, Fernando se apartó del borde. Tenía el catalejo de vigilancia apretado en una mano.

—Intento ver —dijo.

Vincent se arrastró hasta la cerca y avanzó con cautela, sin fiarse de sus piernas temblorosas tan cerca del agujero.

—¿Ves algo ahí?

—Solo oscuridad. —Fernando alzó el catalejo—. Incluso con esto, nada. —Señaló el sol, implacable sobre sus cabezas—. Esperé al mediodía, para tener mejor luz.

—No verás nada —dijo Vincent.

—¿Tú miraste?

—Claro que miré. —Se rascó la barbilla—. Todos miran. Con el tiempo.

Fernando frunció el ceño y volvió a mirar el agujero.

—Quiero bajar ahí.

—No hay nada ahí abajo.

—Pero… —Fernando miró alrededor: la casa desmoronada, la cerca, el agujero—. Pero, si atara una cuerda a la cerca, podría bajar…

Vincent lo miró unos segundos. Inspiró hondo.

—¿Hasta dónde crees que llegarás?

—No lo sé. Hasta donde pueda.

—No es suficiente. No hay cuerda en todo el poblado que te lleve hasta el fondo.

—¿Se ha intentado?

—Muchacho: aquí vive gente desde antes de que naciera mi abuelo. ¿Crees que eres el primero que quiere bajar?

Fernando se desinfló.

—Supongo que no.

Vincent le dio la espalda al agujero.

—Ahora ayúdale a un viejo a subir la pendiente.

 

Semanas de vivir en la casa nueva no lograron que Vincent la sintiera más como un hogar. Otra sección de la cerca del jardín cayó en la sima, y luego el último tramo se desprendió de la pared y desapareció por el borde. Vincent se sentaba y dormitaba en su sillón favorito, y cumplía de vez en cuando su turno de vigilancia en el borde cuando los aldeanos salían a cazar o a atender los cultivos.

Esta vez lo alertó un grito a lo lejos. Levantó el catalejo maltrecho y fijó la vista en tres figuras en la distancia: otra vez Fernando, Bebe y Raquel. Fernando cojeaba mucho, arrastraba una pierna, sostenido por los otros dos. Bebe agitaba un brazo con urgencia y volvió a gritar. Vincent tocó la campana.

Para cuando Félix y otros hombres atravesaron los cultivos y llegaron hasta los tres jóvenes, Fernando ya se había desplomado. Lo levantaron y lo llevaron de vuelta al poblado. Cuando todos estuvieron a salvo tras el borde, Vincent dejó su puesto y avanzó cojeando hasta la mitad del cuenco, hacia la casa de Fernando. Raquel y Bebe estaban fuera, con los rostros desfigurados por el miedo.

—Lo mordió una serpiente dardo —dijo Raquel cuando él se acercó.

Vincent se detuvo; los hombros se le hundieron más de lo habitual. Las serpientes dardo eran mala noticia. Aunque llegaran a tiempo a la mordida, sería terrible para Fernando.

Mucho más tarde, después de los gritos de Fernando y del llanto de muchos otros, dejaron que Vincent lo viera. El joven yacía en la cama, pálido y sudoroso, el cabello pegado hacia atrás y los ojos vidriosos. Había trapos ensangrentados alrededor del muñón donde le habían amputado la pierna izquierda.

Vincent se sentó en silencio y le tomó la mano. Fernando rodó los ojos, sonrió con temblor y quedó inmóvil.

 

Vincent no vio a Fernando durante muchos días. Incluso Bebe y Raquel le dijeron que no lo vería. Un hombre con una sola pierna en un poblado en forma de cuenco no tiene mucha libertad. Vincent se abrió paso a la fuerza al cabo de dos semanas.

—Vete —fue toda la respuesta que obtuvo cuando Fernando le dio la espalda.

Vincent se sentó y ahuyentó a la madre de Fernando, que se veía demacrada.

—Tu pierna —dijo Vincent— cumplió tu sueño por ti. Bajó al agujero.

Fernando soltó una risa corta y amarga.

—Es el único lugar donde debería estar —dijo un momento después—. ¿De qué sirvo ahora?

—¡Fernando! —la voz angustiada de su madre desde la otra habitación.

—Silencio —dijo Vincent, a ambos—. Fernando, esto no tiene por qué ser el final. Silencio—. Ahora tienes que encontrar tu propio propósito.

Un gruñido fue la única respuesta.

—Volveré —dijo Vincent.

 

Llegó el otoño y Fernando empezó a moverse por el poblado, apoyándose torpemente en una muleta, cayéndose a menudo y rodando cuesta abajo. No hablaba con nadie.

Con el clima más fresco y la humedad frecuente, las piernas de Vincent se le trabaron, y se encontró tan inmóvil como el amputado. Era peor que el año anterior. Mucho peor. No podía hacer guardia en el borde, apenas podía entrar y salir de la cama. Nunca creyó llegar a ser tan viejo.

Un día la puerta chirrió al abrirse, mientras él yacía indefenso en el suelo, magullado y sacudido por una caída desde la cama. Fernando entró a saltos, sosteniéndose del marco.

Vincent alzó la vista con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué quieres, muchacho?

Fernando avanzó arrastrándose, se sentó en el suelo y tomó la mano de Vincent.

—Te ayudaría a levantarte, pero… —señaló el lugar de su miembro perdido.

Los dos miraron el espacio vacío y luego, como si quisieran compensar semanas de silencio, se echaron a reír. Vincent no se había reído tanto en años, no desde que Dora lo dejó. Se rio hasta quedarse sin aliento y se secó las lágrimas. Fernando hizo lo mismo con la manga.

—A ver —dijo al fin. Se incorporó hasta el borde de la cama, agarró el brazo de Vincent y tiró hasta dejarlo sentado a su lado.

Vincent se acomodó mejor contra la pared.

Fernando recobró el aire, luego se movió hacia el sillón. Se sentaron en silencio durante mucho tiempo.

—¿Fernando? —su madre asomó por la puerta desde afuera, ya oscureciendo. Sonrió a Vincent—. Pensé que vendrías aquí.

—Entra —dijo Vincent.

—¿Quieres que te ayude a volver a casa?

Fernando negó con la cabeza.

—Vincent y yo estamos hablando.

La madre dudó un instante.

—Bien. ¿Te veré pronto?

—Sí, mamá. Te veré pronto.

Ella se fue, asintiendo para sí.

—¿Sabes? —dijo Fernando después de otro largo silencio—. Creo que encontré mi propósito.

Vincent lo miró, interrogante.

—Si eso es lo que tú quieres —dijo Fernando despacio.

Vincent suspiró, largo y suave.

—Creo que sí.

La oscuridad era completa cuando salieron de la cabaña, con el brazo de uno alrededor de la cintura del otro, apoyándose en los marcos de puerta y en los pasamanos. Avanzaron lentamente hasta la antigua cabaña de Vincent, ahora balanceándose de forma precaria en el borde de la sima.

Dentro, la vieja sala de Vincent estaba ahogada en sombra. El suelo crujía mucho más que antes. Tropezaron hasta la puerta trasera y se apoyaron con fuerza. Vincent temblaba de pie, aferrado a la pared, mientras Fernando luchaba con la puerta, endurecida por el marco deformado. Poco a poco cedió y la empujó hasta abrirla.

Vincent miró hacia la oscuridad impenetrable que comenzaba apenas pasado el umbral.

—¿Seguro que quieres averiguar qué hay ahí abajo, muchacho?

Fernando asintió.

—¿Listo, viejo?

Atravesaron juntos la puerta.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

EL VACIADERO

Víctor Lowenstein


El doctor Morales arrastraba el carrito de rulemanes con su carga algo incómoda para ser llevada por esas dunas llenas de pedregullo. Un poco más adelante la pendiente bajaba hasta el vaciadero; un estanque de aguas poco profundas con salida al río de corriente rápida que bajaba desde el monte. En el vaciadero podía encontrar fácilmente a Rolfo, el encargado de deshacerse de todo lo que le llevaban los de la ciudad; desde productos contaminados hasta automóviles robados. A nada se negaba por una o dos monedas de plata. De eso vivía…

Morales se detuvo para un breve descanso. Extrajo el pañuelo de seda del viejo abrigo que su mayordomo le había prestado para la ocasión, y con él se enjugó su frente perlada de sudor. Miró sus pantalones raídos y las botas de pesca. Buena elección de vestuario para aparentar ser una persona común, clase media baja.

Volvió a mirar el bulto que cargaba en el carrito. Poco más de medio metro de largo y muy poco ancho apretado en una bolsa negra de residuos. Sintió dolor y lástima. Con cuidado ocultó el pañuelo y retomó la marcha, aferrando la soga con que llevaba su carga. Al borde de la pendiente lo vio: en medio del estanque, con el agua hasta los muslos. Sólo usaba unos pantalones cortos. El torso desnudo, la barriga y los brazos fláccidos estaban cubiertos por ese barro espeso y fétido que llenaba las aguas del estanque.

  “El rey del vaciadero” había sido apodado Rolfo sin mucha justificación; su reino era en todo caso una marisma de aguas negras donde iban a desaparecer los pecados ajenos. Rolfo no lo entendía así. La palabra rey le hacía sonreírse como un idiota y tocarse la cara regordeta para constatar esa identidad regalada. A menudo se rascaba la crespa cabellera negra siempre húmeda que mojaba a cada rato para protegerse del sol. Parecía sano, pese a pasarse el día con la mitad del corpachón hundido en aquel cenagal putrefacto. Como les decía a menudo a sus eventuales clientes: “esta vida me gusta mucho, el trabajo es fácil y no tengo de qué quejarme”.

Morales se acercó lo suficiente para que el otro pudiera verlo y para no tener que enlodar sus botas en la orilla pestilente del vaciadero. Rolfo estaba de espaldas a la orilla. En ese momento se agachaba para sacar algo de las aguas. Algo pequeño, que miró a trasluz, antes de llevárselo a la boca y chuparlo. Ahí vio al doctor, que aguardaba su atención desde la orilla, quieto y expectante.

—¿Qué le parece? —gritó Rolfo, vadeando las aguas estancadas hacia él, hasta que pudo ver su rostro—. Una moneda de un céntimo. Debió caerse de la última carga.

Morales asintió con los dientes apretados en una forzada sonrisa. Vio el brillo de la moneda chupada, los dientes opacos y el mofletudo rostro amable del rey de las aguas sucias del vaciadero. Sus ojos, no menos amables, fijaron su atención en el carrito y su carga.

—¿Qué es? —preguntó con total inocencia.

El doctor Morales se apresuró a extraer dos monedas de plata de un bolsillo de su abrigo, las colocó casi sobre las narices del otro que exhibió toda la opacidad de su dentadura al tomarlas. Se llevó una a la boca y la chupó largamente.

—Plata auténtica —fue todo lo que dijo, en voz baja. El doctor emitió otra de sus sonrisas incómodas, viendo a Rolfo abandonar las aguas con sus pies descalzos agrisados por el barro. Caminó despacio hasta el carrito. Observó de cerca el bulto encerrado en la bolsa de residuos y miró al doctor, sin esperar respuestas. Con hábiles manos levantó la bolsa y la cargó sobre sus hombros. Echando otra mirada al hombre de ciudad, se volvió a meter en las aguas.

Morales se quedó mirándolo entrar a las aguas, vadear de a pasos cortos el denso estanque hasta la zona más alejada donde la grisura se volvía algo más clara y las aguas se arremolinaban hacia la corriente del río. Hasta que oyó el chapoteo. Entonces, sin pensarlo demasiado se metió en las aguas y con torpeza fue acercándose hacia Rolfo. Sus botas se atascaban en el fango y comenzó a sollozar, no por el esfuerzo sino por algo que pugnaba por salirle de dentro. El encargado del vaciadero se volvió lentamente; observó al ciudadano y adivinó que esos pantalones ahora llenos de barro no eran suyos, ni el abrigo más propio de un mayordomo, ni seguramente las botas compradas en un mercado de ocasión; tampoco le sorprendieron las lágrimas del hombre. A un metro escaso de distancia levantó una mano en señal de prevención.

—Hasta aquí, señor —dijo casi en voz baja—. Más no se puede pasar.

Morales se detuvo y dejó caer los brazos, vencido. Comenzó a balbucear; el llanto le dificultaba hablar, pero se esforzaba en decir algo.

—Usted no entiende, buen hombre. Ella, la carga… ¡Era mi madre! ¡Mi madre!

Rolfo lo miró con gravedad, sin sorprenderse mucho. Años de vaciar vergüenzas ajenas lo habían dejado insensible, acostumbrado a ignorar sentimientos ajenos y propios. Usó su mano libre para señalar la línea arremolinada donde el vaciadero se volvía río correntoso.

—¿Ve esa trenza de agua? Lo que llega hasta ahí ya no vuelve, no se puede recuperar; ¿entiende?

La mirada del doctor se perdía en un extremo de la bolsa negra con la que una tolvanera de agua y polvo jugó hasta que se perdió de vista. La bolsa, el cuerpo muerto de su madre, ya le pertenecía al río y su misterio. Acabaría en su fondo con vehículos, armas, valijas comprometedoras y cosas impensadas con las que Rolfo no había confrontado una sola pregunta, un mísero reparo. Asintiendo, el doctor se dio la vuelta lentamente y regresó hasta la orilla, con la voz del encargado susurrando como un consuelo: “vaya, vaya…”

Al pasar de la orilla, miró el carrito como se observa algo culposo y ya ajeno a uno. Lo levantó por la soga y se lo ofreció al hombre que seguía en medio de las aguas.

—¿Lo quiere, le sirve para algo? —Con sorprendente agilidad, Rolfo vadeó las aguas hacia la orilla, salió y tomó el carrito entre las manos regordetas mientras su boca dibujaba una sonrisa infantil.

—A mis hijos les va a encantar —dijo.

—¿Tiene muchos? —preguntó el doctor.

—Ocho.

  Típico, pensó Morales, girando en redondo hacia la planicie, hasta la ciudad, su residencia, el orden. Ya no quiso mirar atrás. Lo último que escuchó fue la voz del bruto, sus palabras como esquirlas de agua sucia e infecta.

—Al menos mis niños tienen a su abuela. 

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.



LA ROSA BLANCA DE BONAPARTE