martes, 13 de octubre de 2026

HUÉRFANO

Finn Audenaert

 

Te incorporo a mí, rebanada a rebanada. Los recuerdos regresan uno tras otro en este húmedo agujero bajo mi casa. El moho nos rodea, mi ladrona de corazones. Ese delicioso olor a descomposición se impone a todo lo que he soportado. A todo lo que hemos soportado. Nuestra vida antes y después de la caída.

Bajo la luz indiferente de un tubo fluorescente, miro desde una silla tambaleante la lámina de la pared. No representa ningún continente ni país. No, solo a ti, por partida doble. A la izquierda: músculos, tendones, nervios. Sigo lentamente sus formas y vuelvo a grabármelas en la memoria. Mi mirada se demora un poco más en los órganos de la figura de la derecha. Algunos son grandes; otros, pequeños; todos, digeribles. Por último, me atrae la ampliación dentro del círculo superior izquierdo: el misterio… Muchos han buscado el alma a lo largo del tiempo; mientras estabas en el hospital, leí sus trabajos con gran interés. Tiempo me sobraba. El alma no existe, leí. El alma está fuera de nosotros. O también: el alma somos todos nosotros. No me hagan reír. Y luego esto: el alma está en el corazón. Dios, no, allí no la encontré. Pero estaba sabroso. Un bocado sustancioso. El alma, tu incomprensible crueldad, está en tu cerebro. Tiene que estar ahí: ya he buscado en todas las demás partes. Me levanto y me acerco a la pared. Poso la mano sobre la imagen plana de tu cerebro… Está fría, como tú ahora. Como siempre lo estuviste, en realidad, aunque lo comprendí demasiado tarde. ¿Por qué? Aliso el papel; la humedad ha abombado un poco la lámina.

Cuando le di la espalda a la sociedad, solo bajé lo necesario. ¿Para qué quería un mapa del mundo, ese plano de la miseria? Lo nuestro éramos tú y yo, nada más. La lámina que le dio a mi sótano su destino definitivo la robé del aula de biología el día que renuncié. El aula donde desperdicié tanto tiempo, un tiempo que podría haber pasado contigo, que debería haber pasado contigo.

Cerré todas las puertas. La de la escuela, la de la casa de mis padres, la de tu casa, la de la mía. Hasta que quedó una sola, al final del pasillo. Se abrió con un crujido. La profundidad me invitaba a entrar. Pesabas bastante sobre mis hombros. Pero no me importaba. Siempre me había gustado tu cuerpo lleno. Tu cuerpo nunca fue el problema. La estrechez de la escalera ofrecía una ventaja: tus pies se deslizaban lentamente por las barandas mientras bajábamos. Sí, lo había pensado todo muy bien. Peldaño a peldaño, durante aquel descenso aparentemente interminable, fui recuperándome a mí mismo. Abajo estábamos completos en nuestra desnudez y sencillez: tú, yo, la silla, la mesa, la lámina, el bisturí y los demás instrumentos con los que te diseccionaría capa por capa. Ninguno de los dos estaba ya verdaderamente vivo. Te apoyé con ternura contra la pared y me senté. Todavía no estabas rígida; tu carne era dócil.

Y sí, por supuesto que sé lo que muestra la lámina. Pero estoy más familiarizado con otros cuerpos. Cuerpecitos pequeños, gráciles, hechos para vivir libres allá arriba, no aquí, bajo tierra. Por eso consulto la lámina, donde he ido tachando metódicamente las partes del cuerpo. No quiero equivocarme en el camino hacia tu secreto más profundo.

Acaricio el vello oscuro de tu brazo, que descansa ordenadamente sobre la mesa, frente a mí, junto a la pequeña sierra circular que todavía gotea. Tranquila, mi ladrona de corazones: hoy es nuestro día de fiesta. Siente el calor de mi mano, el consuelo de mi amor. Todo está bien. Hoy por fin voy a comprenderte. Pincho la primera rebanada con el tenedor y la pruebo.

Aquella noche sin aliento en la playa de Ostende, tú desnuda, inclinada sobre mí, cargada con mis expectativas, el viento en tu cabello. Nuestra primera vez. ¿Todavía oyes la canción del tierno colibrí y el gavilán hambriento que te canté después, entre susurros y gritos? Yo solo oigo el rumor, por supuesto, siempre el rumor. Entonces era todavía el rumor del mar.

El hipocampo tiene un sabor particular, casi picante, muy distinto, por ejemplo, del dulce fruto que era el dedo pequeño de tu pie. Ah, aquel dedito tan bronceado, con la uña pintada de blanco, cómo lo besaba antes y… Pero me desvío. Mis intenciones son puras. Me interesa tu alma, no el cuerpo que tanto he amado. ¿Dónde estás?

Que mi lengua sea la guía durante nuestro último encuentro. Corto otra rebanada fina del tembloroso hipocampo. Cae con un ruido leve sobre la mesa, marcada por cortes y salpicada de sangre. Se forma un pequeño charco que pronto se filtra en la madera porosa. Sobre todo, no debo comer con demasiada avidez. Nadie nos molestará durante las próximas horas. Mis asustados padres duermen, tu quejumbrosa madre duerme, también duerme en su casa frente a la escuela mi director, tan comprensivo después de tu accidente. Que descansen eternamente. El mundo entero sueña, por un rato más. Y yo sueño contigo en nuestro agujero. Después de la noche llega el día y, con la luz de la mañana, el descubrimiento de lo que ocurre aquí. Pero mereces toda mi atención, mi respeto duradero, de modo que no hay lugar para las prisas.

Con el bisturí hago una pequeña incisión en la punta de mi lengua. Esta es la última jugada; ahora tampoco hay vuelta atrás para mí. La sangre brota de inmediato. Qué maravillosamente predecible es el cuerpo humano. No soy cirujano, ni mucho menos, pero puedes confiarme esta clase de intervenciones. Se me da bien el dolor breve. Un corte aquí, un empujón allá, nada más. Lentamente, disfrutándolo ya, acerco la rebanada de cerebro a mi boca. Una gota solitaria cae sobre mi lengua y se mezcla con la sangre. El líquido cefalorraquídeo sabe a sal, ¿lo sabías? Tú sabes a sal. Mmm. Hoy nos convertiremos de verdad en uno. Ya no hay barreras. Muerdo.

El calor pegajoso de la selva de Costa Rica. El sudor que me escocía en la frente. Delante de nosotros, danzando, retozando, provocándonos: ¡la morfo azul! Mi red iba de un lado a otro, pero al final la atrapaste tú. Mientras la mariposa intentaba escapar en vano, admirábamos el azul intenso, casi centelleante, y el grueso borde negro de sus alas.

—¡Oh, mira esos ojos enormes por debajo! —exclamaste, encantada, cuando la mariposa hizo un último intento desesperado.

Nunca te había visto tan feliz.

Un trocito de hipocampo se desliza bajo mi úvula con una viscosidad agradable. ¿Es tu alma agitándose dentro de mí lo que enciende esta ligera fiebre?

—Ojalá pudiéramos estar siempre de vacaciones —dijiste aquella noche en el complejo turístico, con una mirada intensa.

Te habías prendido la morfo en el pecho, para horror del personal. No te importaba.

—Mirko, tienes tantas capacidades. ¿Qué hace un entomólogo como tú todo el día con esos niños?

Todavía estabas muy lejos de querer hijos; aventuras, en cambio, sí querías. Ya pasábamos tres meses y medio al año persiguiendo mariposas en Costa Rica, Sri Lanka, la India y, a veces, más cerca de casa, en Gales y Escocia. Para mí era más que suficiente. No iba a permitir que me quitaras a «esos niños». Mi trabajo me hacía bien; mi público, todavía más. Busqué con cautela tu muñeca, intentando llegar a un acuerdo. Me dejaste hacerlo, pero me miraste pensativa. No me atreví a tocarte la mano.

Eructo. De vez en cuando mi estómago protesta. No tiene importancia. La lámina me indica el camino hacia ti; las fotografías que la rodean me dan valor para hacer lo que debo. Dispuestas en abanico, como un enjambre, cuelgan de la pared imágenes de mariposas que atrapamos y nunca volvimos a soltar. Ojalá les hubiéramos devuelto la libertad: prefiero mis fotografías a los ataúdes de tu casa. Mi mirada recorre nuestro agujero. Suspiro satisfecho al contemplar el suave amarillo de la grácil macaón, quizá tu mariposa favorita. La majestuosa parides, y en particular sus alas negras surcadas de rojo, me enternece todavía más. Siempre me recuerda a ti: tu espléndida cabellera oscura, la sangre que acentúa los irregulares límites nuevos de tu cuerpo. Me vuelvo, me inclino hacia ti y huelo tu cabello. El olor de la ira y la amargura, entonces; el de la plenitud, ahora. No te preocupes, mi ladrona de corazones. La noche nos lleva a nuestro destino.

El hipocampo contiene los recuerdos de experiencias personales y hechos. Suena frío. Pero nada en la biología es frío, lo sé muy bien. Nuestros cuerpos nos sirven; tu cuerpo me sirve a mí. Así me das el amor que antes me faltaba. Poco a poco revivo nuestra vida, gracias a ti. Quiero comprender cómo veías tú las cosas, por qué hiciste lo que hiciste. Para poder justificar lo que he provocado. Vuelvo a tomar el bisturí y me pongo a trabajar. Necesito saber más, mucho más. ¿Quizá una rebanada de amígdala me dé la respuesta? La hoja brilla bajo la luz del tubo fluorescente.

A veces te invadía el deseo, curiosamente a menudo después de una pelea estruendosa. Acabábamos de hablar de si algún día viviríamos juntos. Nuestras manos se buscaron en el descansillo de tu casa, aquel lugar sombrío donde entonces todavía vivías sin tu madre. Me aferré con avidez a tu cuerpo ardiente. Tu cabello negro azabache desapareció bajo la blusa beige que levanté de un tirón. No tenía tiempo para botones. Yo quería porque tú querías. Te bajé la falda. Nos hundimos, gimiendo y abrazados, en la gruesa alfombra, y nos tomamos, nos tomamos, nos tomamos el uno al otro. Cuando estuvimos satisfechos, casi dormidos incluso, susurraste lo imposible:

—Ya no tomo la píldora. Hace tiempo.

Secamente, así, sin más.

Me tenso. Un resto de amígdala yace inmóvil sobre mi lengua. Ahora estás tan cerca, lo siento. Pero ¿por qué sigo viviendo todo desde mi propia perspectiva? ¿Cómo es posible, por Dios? ¿Qué estoy haciendo mal? Quizá, si como más… Así que trago.

Al principio no lo comprendiste. Solo cuando me miraste a los ojos, todavía encima de mí, entendiste la terrible verdad. Ay, Mirko, solo cuando hacemos daño estamos realmente vivos…

¡Sí, ahí estás! ¡Por fin!

Después de largas conversaciones, te había convencido de que había demasiada crueldad en el mundo para tener hijos. Una crueldad que yo, tu ladrona de corazones, la que ensartaba tus mariposas, tu todo, comprendía demasiado bien. Por iniciativa mía, veíamos las noticias de la televisión tres veces al día. Aprovechaba cada guerra, cada hambruna y cada desastre natural para reforzar mis argumentos. Mi plan funcionaba a la perfección. Te envolví por completo en mi miseria. Y solo en el descansillo revelé lo que llevaba dentro…

Escucho sin aliento.

—Ahora que sabes lo mal que está el mundo —dije, respirando con dificultad debajo de ti—, voy a cargarte con un hijo.

Nunca olvidaré el horror de tu rostro. Apartaste la mirada y te quedaste contemplando las mariposas inmóviles en sus ataúdes de cristal, en la pared. Nuestro descansillo era un cementerio. El lugar donde había enterrado mis sueños destrozados.

—El mundo sufre —jadeé, porque tenías que comprenderme—. Y yo sufro con él, porque nunca estás enteramente conmigo. Siempre la escuela y los alumnos. Quería ser libre, contigo, libre como una mariposa. Pero no… ¿Por qué no tenías ojos solo para mí? ¿Y por qué algo en lo más profundo de mí me obligaba a atravesar otras mariposas con alfileres? Ese eterno hacer daño… Que empiece ahora tu sufrimiento, Mirko. Un hijo más, en estos tiempos de horrores.

Abriste la boca, pero no salieron palabras. Tampoco hacía falta: en tu mirada desencajada vi que por fin comprendías que te había traicionado, incluso dos veces. Primero ningún hijo, después sí. Todos los músculos de tu cuerpo se tensaron; te sentí rígido encima de mí.

Y entonces… nada más. Ni imágenes ni frases, solo vacío. El tubo fluorescente zumba sin piedad. ¿Por qué callas, mi ladrona de corazones, justo ahora que tu alma se me revela? Agarro el bisturí y lo clavo con rabia en tu brazo, una y otra vez. La sangre se extiende, espesa, por la mesa; el bisturí se me resbala y atravieso lo que queda de la amígdala. Vas a contármelo todo… Recojo el resto y me lo meto en la boca. Apenas lo he tragado, empiezo a tener arcadas. ¡Ahora no! Mientras una papilla ácida sube y me llena la boca, regresan las frases. Pero no son las tuyas. No, estas decididamente no son las frases que quiero oír.

Entonces te reíste, mi ladrona de corazones, oh, cómo te reíste. No era una risa aguda, sino monstruosamente grave, como si el sonido viniera de lo más profundo de ti, de un lugar que nunca habías querido compartir conmigo. De una poza espumosa de odio. Sonaba como un rumor, un rumor implacable, mucho más fuerte que el mar que había acompañado tan gloriosamente nuestro primer encuentro. Si hubieras callado entonces, todo se habría arreglado. Pero no: disfrutabas tanto de tu victoria mientras forcejeábamos en el descansillo. No pude seguir escuchando tu crueldad; me aparté de encima de ti y huí por el pasillo. Un hijo. ¡Nuestro hijo! Tu risa crecía, el aire se espesaba. Los ataúdes de la pared empezaron a sacudirse; uno cayó justo al lado de la alfombra y se hizo añicos. Me agaché y tomé entre mis manos la morfo de azul intenso. Echa a volar, pensé. ¡Tienes que hacerlo! El animal seguía inerte. Tu rumor era ya ensordecedor. Avancé hacia ti con dificultad, como si me hundiera en la alfombra de pelo largo. Basta. Con un último esfuerzo te alcancé. Lancé la morfo al aire y mis manos quedaron libres. Un solo empujón. Nada más. Rodaste pesadamente por la escalera. Y contigo, el niño. La morfo descendió flotando detrás de ustedes. El rumor…

Los golpes resuenan en el sótano; el ruido viene de arriba. Ya están aquí, antes de lo previsto. No tardarán en derribar la puerta de entrada. El brazo de la ley golpea fuerte.

¿Los vecinos de quién fueron, mi ladrona de corazones? ¿Los de mis padres, siempre preocupados, a quienes les corté piadosamente la garganta? ¿Los de tu madre? ¿Aquella mujer abnegada que te acogió, reducida casi a un vegetal, después de pasar meses en el hospital; aquella mujer a quien asfixié con su almohada? ¿O fueron los vecinos del director, el hombre que incluso al final parecía tener una sonrisa de aprobación en el rostro?

Ah, ¿qué importa? Ahora son bienvenidos.

Porque ya conozco tu verdad, mi ladrona de corazones, y conozco la mía. Veo ante mí al niño que tú no querías y al niño que yo no quería. Eso es lo único que cuenta. Arrojo el bisturí al suelo y me vuelvo hacia ti. Llorando suavemente, acaricio tus costillas rotas y apoyo la cabeza en tu hombro.

Cuando bajan a toda prisa por la escalera, gritando, un huérfano azul se desliza por el aire con ustedes. Parece llevar el mismo uniforme. Mi ladrona de corazones reconoce enseguida la polilla de franjas negras y azules, y yo también. En tiempos más felices la perseguíamos en Gales. Qué apropiado. Allí donde la morfo perdió la vida durante el día, el huérfano se alza en la noche que lo reveló todo.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

 

AHONA

Tania Rahman

 

Ahona y Nirjhar eran amigos desde la época escolar. Tras ingresar a la universidad, su amistad se transformó gradualmente en amor; sin embargo, debido a la oposición familiar, la relación nunca llegó a culminar en matrimonio.

Después de aprobar sus exámenes de bachillerato, el padre de Ahona la inscribió en una universidad de Daca. Ahona y Nirjhar perdieron el contacto. Mientras tanto, un estudiante de cursos superiores llamado Nihar se enamoró de Ahona a primera vista, aunque ella no le correspondió. Más tarde, tras conseguir empleo en una multinacional, Nihar le propuso matrimonio a Ahona, y como al padre de ella le agradó mucho Nihar como futuro yerno, la boda se concretó.

Tras el casamiento, la vida familiar de Ahona y Nihar marchó muy bien al principio. Cuando Ahona quedó embarazada de su primer hijo, Nihar se ocupó personalmente de cuidarla con esmero. No obstante, durante el segundo embarazo, surgieron problemas en el matrimonio: Nihar inició una relación extramatrimonial con una compañera de trabajo. Al descubrirse todo, Ahona abandonó el hogar de Nihar con sus dos hijas y regresó a casa de su padre.

Un día, Ahona se encontró inesperadamente con su antiguo amor, Nirjhar. Tras mucha insistencia por parte de él, ambos contrajeron matrimonio. Ahona se divorció de Nihar y comenzó una nueva vida con Nirjhar, llevándose consigo a sus dos hijas.

Al principio, su vida conyugal fue buena, pero surgió un nuevo problema cuando Ahona quedó embarazada por tercera vez. Nirjhar y su familia ya no toleraban a las dos hijas que Ahona había tenido en su primer matrimonio. Cuando el conflicto alcanzó su punto crítico, Ahona también se divorció de Nirjhar.

Tras su segundo divorcio, la gente de su entorno comenzó a burlarse de Ahona y a cuestionar su moralidad. De repente, el llanto de un bebé la despertó. En realidad, todo el episodio de casarse con Nirjhar por segunda vez había sido una pesadilla que Ahona tuvo mientras dormía. Tras el sueño, algo inquieto se agitó en su interior. Regresó a casa de Nihar con sus hijos. Volvió físicamente, pero nunca pudo perdonar a Nihar ni aceptarlo de nuevo en su corazón.

Después de convivir durante un tiempo, Nihar murió de cáncer.

Entonces, ya no en sueños sino en la realidad, Ahona volvió a encontrarse con Nirjhar. Él le propuso matrimonio, prometiendo hacerse cargo de sus dos hijos. Ahona se negó. Una vez más, cortó toda comunicación con Nirjhar y se marchó del país con sus hijos.

Nirjhar siguió viviendo con el recuerdo de Ahona y nunca se casó.

Muchos años después, Ahona regresó a Bangladés para asistir a un reencuentro con viejos amigos. Tras volver al país, se encontró de nuevo con Nirjhar. Él le preguntó si podrían pasar el resto de sus vidas juntos, ahora que Ahona ya no tenía nada que la retuviera.

Ahona respondió:

«Tal vez algunos amores sean hermosos precisamente porque nunca llegan a consumarse. Cuando se tiene todo, la vida misma puede perder su belleza».

Tania Rahman Toni, nacida en Naogaon, Bangladés, es ginecóloga, cirujana y escritora en bengalí e inglés, con casi 25 años de trayectoria literaria. Comenzó a publicar durante su etapa escolar y, a los 15 años, editó su primer poemario, Nabajatra. A los 18 presentó Aparajita en la Feria del Libro Amar Ekushey. Su obra explora las emociones humanas, la naturaleza y la cultura. Ha recibido reconocimientos en Bangladés y la India, entre ellos el Premio Literario Parichand Mitra. Su poesía ha sido traducida a varios idiomas y publicada internacionalmente.

MI HIJO

Valter Cardoso

 

—¡Mamá! ¡Mamaaaaaá!

María despertó sobresaltada, todavía con mucho sueño. Miró el reloj y vio que eran poco más de las seis de la mañana. Los gritos de su hijo, que venían de la habitación contigua, y la somnolencia, le dificultaban pensar.

«Mi hijo siempre se despierta tarde. Incluso cuesta sacarlo de la cama antes de las diez de la mañana», pensó, mientras se desperezaba y se rascaba la cabeza.

Ante la dificultad para razonar, el instinto materno actuó más rápido. Se levantó de golpe y, mientras se dirigía a la habitación del niño, empezó a recordar lo ocurrido la noche anterior.

«Se había golpeado la frente contra la esquina de la mesa. Le puse un apósito para cerrar el pequeño corte. Pese al susto, solo un chichón y unas gotas de sangre en su pijama blanco quedarían como recuerdo al día siguiente. Le di un analgésico para aliviar el dolor, y se durmió más temprano. Solo después recordé que los golpes en la cabeza son peligrosos y que debería haberlo mantenido despierto, en observación, durante un rato. El golpe no fue tan fuerte, pero ninguna precaución es excesiva cuando se trata de mi único y querido hijo. Apenas dormí pensando en eso. Creo que por eso tengo tanto sueño».

Al entrar en la habitación, encontró al niño sentado, acurrucado en un rincón de la cama, con las piernas recogidas contra el cuerpo y los brazos alrededor de ellas. Lloraba y parecía muy asustado.

—¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero ir a casa! —gritaba entre lágrimas.

—Tranquilo, Marquitos, estoy aquí. Déjame ver cómo está tu cabeza.

—¡No! ¡Quiero ir a casa! ¡Quiero a MI mamá! —gritó todavía más fuerte.

—Todo está bien. Estás en casa. Soy yo, tu mamá —dijo María con ternura, intentando consolarlo mientras acercaba la mano a su cabeza.

—¡Tú no eres mi mamá! ¡Esta no es mi casa! ¡Quiero irme! —sollozó, esquivando su mano.

Asustada por la actitud de su hijo, la madre encendió la computadora que estaba en la habitación y dijo con firmeza:

—Juega un rato en la computadora mientras preparo el desayuno. Después nos arreglamos y vamos al médico, ¿de acuerdo? —Sin esperar la respuesta del niño, se dirigió a la cocina.

«¿El golpe en la cabeza le habrá causado algún tipo de amnesia?».

Un rato después, con el desayuno en una bandeja llena de cosas que al niño le encantaban, la madre volvió a verlo. Estaba sentado junto a la computadora y señalaba una imagen en la pantalla, en la que una mujer abrazaba a Marquitos.

—Me llamo Ricardo. Esta es mi mamá. ¡Llévame con ella, por favor! —imploró en voz más baja, entre sollozos.

María dejó la bandeja sobre la cama, miró la foto y no entendió.

«¿Quién es esta mujer a la que nunca he visto? ¿Qué hace abrazada a mi hijo? ¿Por qué Marquitos cree que ella es su madre?».

Pensando que se trataba de una broma, decidió seguirle el juego.

—Ah, sí, tu mamá. Claro. Déjame ver si la conozco.

Advirtió que la foto estaba en el perfil de una red social. El dueño del perfil era su hijo, pero tenía otro nombre: «Ricardo dos Santos». Todo era distinto: la ropa, el historial, los amigos. Alguien estaba usando las fotos de su hijo en un perfil falso. De alguna manera habían insertado perfectamente el rostro de Marquitos en varias imágenes, de fiestas de cumpleaños e incluso de viajes.

Volvió a mirar al niño que tenía al lado y sintió que el párpado derecho empezaba a temblarle. La frente, que se había golpeado contra la mesa, no mostraba ninguna marca. Ni cortes, ni apósitos, ni chichones, ni hinchazón. Llevaba un pijama azul, completamente distinto del que había usado para dormir. Ella nunca había visto esa ropa.

—¿Vas a llevarme a casa? Esta es la casa donde vivo. —El niño le mostraba otra imagen, ahora de una casa, frente a la cual él y la mujer desconocida estaban jugando.

—¿Me estás diciendo que te llamas Ricardo, que esta es tu casa y que esta es tu mamá? —preguntó, señalando las imágenes en la pantalla e intentando disimular el nerviosismo.

—¡Ya te dije que sí! ¡Por favor, por favor, por favor, llévame! ¡Quiero ir a mi casa!

—¿Sabes el número de teléfono de tu casa? —Aunque estaba asustada, intentó mantener la calma.

—5252-4443.

—¿Y cómo se llama tu mamá?

—Ana.

—Ana, claro. Entonces vamos a hacer lo siguiente. Voy a llamar a tu mamá y después te llevaré a casa. ¿Está bien?

—¡Sí!

—Mientras llamo, come algo. —Señaló la bandeja sobre la cama.

Antes de llamar, María comprobó que la casa seguía cerrada por dentro, tal como la había dejado la noche anterior. Necesitaba mantener la calma y razonar.

«No entiendo qué está pasando. No tengo a quién recurrir ni en quién confiar. Fue muy difícil conseguir la autorización para criar sola a mi hijo. Si el juzgado se entera, pueden quitarme la custodia de Marquitos. Por alguna razón que desconozco, mi hijo debe de estar en casa de esa mujer, así como el suyo está aquí. Es sencillo: la llamo, le pido la dirección, le llevo a su hijo y traigo al mío. Después, con calma, intentaré descubrir qué ocurrió realmente».

En el primer intento se equivocó al marcar los números. Canceló la llamada. En el segundo y el tercero, el resultado no fue mejor. Necesitaba tranquilizarse. Bebió agua con azúcar y después recordó que estaba a dieta. Se puso más nerviosa. Recordó algunas técnicas de meditación de su época universitaria. Cerró los ojos, contuvo la respiración, relajó los músculos, movió las manos muy despacio frente al rostro. Estaba funcionando. Respiró hondo y volvió a intentarlo. El número no existía. Lo comprobó, lo intentó de nuevo y obtuvo el mismo resultado. Volvió a ponerse nerviosa, hasta que se le ocurrió una idea mientras iba a hablar otra vez con el niño.

—Ricardo, ¿sabes cómo se llama la ciudad donde vives?

—Espera un momento, déjame recordar.

Sin perder tiempo ante la vacilación del niño, María accedió a la red social y confirmó sus sospechas. Vivían en una ciudad de otro estado. Tendría que añadir el código de área para que el número fuera correcto. Antes de que el niño empezara a hablar, corrió al teléfono e hizo otro intento.

Una mujer atendió la llamada. Era Ana. La conversación fue muy entrecortada al principio, con varias acusaciones de ambas partes. Pero Ana también había pasado por la misma experiencia y estaba ansiosa por recuperar a Ricardo. El hijo de María dormía, pues Ana le había dado un analgésico muy fuerte. Ricardo pudo hablar por teléfono con su madre, para alegría de ambos. Tras intercambiar nombres y direcciones, María acomodó a Ricardo en el asiento trasero del automóvil y salieron hacia la casa de Ana.

Durante el viaje, que duró más de tres horas, María observaba al niño por el espejo retrovisor. No era solo el aspecto físico. La voz, las expresiones y los gestos daban la impresión de que se parecían incluso más que dos hermanos gemelos. Pensó también en la infinidad de preguntas que no le había hecho a Ana por teléfono.

«¿También será soltera y habrá recurrido a la inseminación artificial? ¿Por qué los niños son idénticos? ¿Cómo cambiaron de lugar durante la noche?».

Al llegar frente a la casa de Ana, Ricardo salió corriendo del automóvil y abrazó a su madre, que venía hacia él. Aunque la escena la emocionó, María vio al otro niño que salía tambaleándose de la casa de Ana.

—¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero ir a casa! —gritaba entre lágrimas.

María, que apenas había empezado a sonreír, se quedó boquiabierta. El párpado derecho volvió a temblarle mientras observaba con más atención a aquel niño que salía de la casa, con un pijama verde y sin ninguna marca en la frente.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

 

 

lunes, 12 de octubre de 2026

¡LIBERA ME, DOMINE!

Lídia Fedina

 

El cuchillo descendió una y otra vez. La sangre le salpicó el rostro, pero él, con una furia espantosa, hundió repetidamente su arma en la carne ya inmóvil… Despertó con una respiración profunda, como si no hubiera inhalado aire en minutos. Se incorporó de inmediato y, con el primer destello de conciencia, soltó la manta a la que se había aferrado desesperadamente. El sudor le corría por la cara. ¡Qué horror! ¡Soñar algo así! ¡Tal atrocidad! ¡Dios mío, Dios mío!

El padre Carlo se levantó y se acercó a la estrecha ventana. Fuera, un cielo limpio y estrellado lo miraba. Dios mío, Señor omnipotente, creador de todas las cosas, ¡no permitas que sueñe tales cosas! ¡Apage Satanas! ¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Vete, tentador maligno! ¡Vete, corruptor de todo! ¡Oh, cómo puede soñar tales cosas un sacerdote consagrado! ¡Por las llagas de Cristo, cómo puede disfrutar en sueños de lo que hace! Lo más espantoso de todo es que lo disfruta. Cada fibra de su ser se impregna del placer de matar. ¡Pero no debería ser así! La noche anterior, en sueños, no solo mató, sino que mutiló a un joven. Aún resuena en sus oídos el grito inarticulado de la víctima. El terrible alarido que el dolor mortal arrancaba de la garganta de quien agonizaba lentamente. Y él, en sueños, estaba de pie sobre su víctima. Con una sonrisa maliciosa en los labios, disfrutaba de su sufrimiento. Disfrutaba viendo cómo moría de un dolor insoportable… y se sentía poderoso.

¡Apage Satanas! ¡Libera me, Christe! ¡Cristo, ten piedad! ¡Cristo, ten misericordia! ¡No dejes que me hunda en esta oscuridad sin fondo! ¡En la ciénaga del pecado! ¡Libera me, Domine! ¡Libera me! ¡Líbrame de la oscuridad eterna, del pecado, de la condenación! ¡Líbrame de Satanás!

El padre Carlo se dejó caer de rodillas ante el crucifijo fijado en la pared. Los sollozos sacudían su cuerpo como si una fiebre terrible se apoderara de él. No, no es suficiente arrodillarse aquí. Debe ir a la iglesia, postrarse ante el altar con los brazos en cruz. ¡Libera me, Domine! ¡Líbrame de la oscuridad eterna! ¡Líbrame de cometer una y otra vez, en sueños, horribles asesinatos y disfrutar de mis acciones!

 

Sus pies descalzos se deslizaron sobre el pavimento del pasillo como si la sangre de sus víctimas hubiera caído sobre él… Las estatuas de los santos observaban con una sonrisa malévola cada uno de sus movimientos. Carlo, el santo, Carlo, el protector de los enfermos, que ejerce una influencia tan benéfica sobre los trastornados mentales. ¡Aquel que puede llevar la palabra de Dios a quienes, con sus mentes desequilibradas, no distinguen entre el bien y el mal, la oscuridad y la luz! Vamos, Carlo. ¡Quieren declararte beato ya en vida y santo después de tu muerte! ¡Predica ahora la palabra a tu propia mente corrompida!

¡No! ¡Esto solo puede ser agotamiento, solo eso puede ser! Solo está soñando estas cosas por el cansancio. Debería descansar… pero ¿cómo rechazar las peticiones de quienes buscan la absolución, de los que sufren y buscan un camino, y le piden que los escuche, los entienda, les dé buenos consejos y los absuelva en el sacramento de la confesión? ¡Los sacramentos deben administrarse a las personas en todas las circunstancias! ¡Para eso está la Iglesia! Para mostrar el camino, para ofrecer ejemplos de santidad a los extraviados de este mundo moderno…

Oh, Carlo sabía bien lo que significaba estar extraviado. Conocía bien el pecado… había sido un adolescente descarriado. ¿Cuántas veces había orinado sobre la estatua de Cristo al borde del camino, para gran diversión de sus compañeros…? Pero incluso ese Carlo nunca mató a nadie. ¡Ni siquiera a un animal! Además, ese Carlo pereció. Murió en él cuando entendió la llamada de la palabra, cuando la Iglesia lo acogió en su seno y él quiso, quiso servir a quien lo había salvado, a su salvador personal, al padre Carismus, quien lo había incorporado a la orden. Los primeros años de Carlo en la orden no estuvieron exentos de dificultades. Después de la libertad, las estrictas reglas de una orden religiosa. Entonces había en él… impulsos «asesinos», pero siempre los vencía. ¡Nunca golpeó a nadie! ¡Nunca lastimó a nadie! Entonces, ¿por qué disfruta ahora soñando que mata? ¿Por qué le causa placer en sus sueños el sufrimiento de los demás? ¿Por qué eso lo hace sentirse poderoso?

Se ha vuelto loco… o tal vez está volviéndose loco en este momento. Todos esos enfermos mentales con los que ha lidiado… ¡lo han contaminado! ¡Tonterías!

Carlo empujó la puerta de la capilla. Una lámpara ardía en el altar, iluminando, indicando la presencia de Dios en este mundo frío. Lo llamaba, lo alentaba, lo esperaba… y Carlo obedeció el llamado. Se arrodilló frente al altar y luego se tumbó sobre la fría piedra con los brazos en cruz.

¡Libera me, Domine! ¡Sálvame, Señor, de la muerte eterna!

 

—Veo que te estás preparando para la tarea.

Carlo levantó la cabeza de la piedra con un sobresalto. Se había quedado dormido frente al altar, sumergido en la oración. Sus compañeros de la orden lo encontraron así antes de la misa del alba. Carismus se arrodilló a su lado y, con expresión amable, miró con simpatía a su protegido, su hijo en el Señor.

—Yo… yo… He pecado, padre.

Carlo se puso de pie.

—Me quedé dormido mientras rezaba.

Es cierto, se quedó dormido, ¡pero no soñó nada! ¡Nada en absoluto! Y ni siquiera está sudado, pero claro, la piedra es una cama fría y el aire de la capilla, una manta fresca incluso en pleno verano. Al comprender esto, lo inundaron la alegría y la gratitud. ¡El Señor lo había liberado en su infinita bondad!

—Esto es un don de Dios. El resultado de las oraciones atendidas. Debes estar fuerte hoy.

Carismus no sabía nada de los sueños que atormentaban a Carlo; había malinterpretado por completo la situación. Ni siquiera imaginó que un alma arrepentida, anhelando la absolución, había pasado toda la noche tendida ante el altar. Solo podía pensar, en su santa pureza, que Carlo había reunido fuerzas para una tarea difícil. Hoy debe visitar al asesino en serie, condenado hace unos días, que pidió a las autoridades confesarse con un sacerdote, específicamente con Carlo.

«No lo culpo, padre, si no quiere visitar a ese malvado. ¡No hay nada humano en él! Incluso su rostro parece más el de un animal salvaje que el de un ser humano. Torturó a cuarenta personas hasta la muerte en menos de dos semanas. Cuando le preguntamos por qué, respondió: “¡Si hubieran visto lo que yo vi y sentido lo que yo sentí cuando se lamentaban, lo entenderían!”», había dicho el comisario. Pero cuanto más intentaba convencer a Carlo de que no visitara al prisionero, más deseaba este cumplir aquella misión.

Es un alma perdida, un criminal que ha caído por completo bajo el poder de Satanás. Ha traído consigo un pedazo del infierno y lo ha alimentado aquí en la tierra con los estertores y el sufrimiento de la gente. Si alguien necesita la fuente pura, es él. La palabra del Señor, la palabra de la Santa Biblia.

«Es la oveja perdida, señor comisario, de la que habla la Biblia. Las demás ya pastan seguras en buenos pastizales, mientras que esta se ahoga en el hedor del pantano. ¿Quién necesita más el salvavidas, quién necesita más ayuda, si no ella?».

«De todos modos, no se haga demasiadas ilusiones, padre. Creo que solo quiere divertirse con un sacerdote».

«Pues, si quiere divertirse, ¡conmigo encontrará la horma de su zapato!».

¡Con qué sonrisa lo había dicho, con qué seguridad! ¡Cuántas mentes se le habían abierto ya! ¡Cuántas almas perdidas, extraviadas en la enfermedad y el pecado, habían encontrado paz en las palabras de la Escritura gracias a su labor!

—Ten mucho cuidado, Carlo.

Carismus miró a su protegido con sincera preocupación.

—Podemos considerar a un asesino en serie un enfermo mental. Has tenido grandes éxitos con esos pacientes, pero este caso es diferente. No has tenido tratos con alguien así antes. Los pacientes a quienes has convertido no cometieron asesinatos, y mucho menos por placer. Petro Voldoni es un criminal.

Carlo tomó con sincero afecto la mano de Carismus, su amigo, protector y guía espiritual.

—Solo iré hasta donde mi Señor me guíe. ¿Cómo podría retroceder cuando Cristo no huyó del huerto de Getsemaní, sino que aceptó el sacrificio por nosotros?

Los compañeros de la orden, reunidos para la misa del alba, que habían sido testigos de cómo Carismus ayudaba a ponerse de pie a Carlo, tendido con los brazos en cruz frente al altar, asintieron con aprobación.

—El Señor no carga a nadie con un fardo más pesado de lo que puede soportar —dijo el abad, y, a una señal suya, todos ocuparon sus lugares para la misa.

 

Tan seguro como se había mostrado en la iglesia, Carlo se sintió invadido por la incertidumbre en los momentos previos a su partida. Este hombre era realmente diferente de aquellos con los que había hablado anteriormente: personas confundidas, prisioneras de delirios. Masoquistas que encontraban placer en su propia miseria, hipocondríacos, acosadores. En comparación con este asesino en serie, aquellos enfermos mentales parecían «inofensivos». No tiene experiencia con dementes peligrosos, con quienes encuentran placer en el asesinato y en el sufrimiento ajeno. O… pero aun así… ¡sus sueños! Sí, sus sueños lo llevaron a este mundo. Experimentó en sueños los sentimientos de Petro Voldoni. Quizás… ¡Oh, sí! ¡El Señor lo ayudó de esta manera! Le hizo entender, a través de esas terribles imágenes oníricas, lo que debe experimentar una mente criminal perturbada como la de Voldoni. Porque, si reflexiona y busca conexiones, ve claramente que sus pesadillas comenzaron por la época en que Voldoni cometió su primer delito. Con el ayuno y la oración logró liberarse temporalmente, pero los sueños regresaban una y otra vez. Ahora entiende por qué. Soñó esas atrocidades para comprender a este hombre. Después de todo, solo podemos ayudar a quienes comprendemos, a aquellos en cuyos sentimientos, deseos y pensamientos podemos penetrar. Hasta donde sea humanamente posible. La empatía, sentir el sufrimiento y la condición del otro. ¿Quién debería practicarla más que un sacerdote?

Carlo habría gritado de alegría. ¡Lo había descubierto! ¿Cómo no había pensado en eso antes? Tal vez porque posponía mentalmente la preparación para el encuentro con el terrible criminal. Había aceptado la tarea, pero quizá temía aquella misión precisamente por las dudas del comisario y de sus compañeros. Así que no pensó en ello hasta que se volvió urgente, hasta que se dirigió hacia la prisión. Pero en lo más profundo de su mente, Jesucristo y la querida Virgen María lo guiaban. Lo habían preparado para comprender lo que sentía aquella alma atormentada. Pobre y desafortunado asesino en serie…

¡Sí, solo así debería pensar en él! Si se espanta ante él, si lo condena, nunca lo entenderá. Y, si no lo comprende, no podrá consolarlo. Ha sido condenado a muerte. Pero la muerte es solo una puerta, una puerta hacia lo desconocido. Es aterradora para el ser humano porque lo desconocido siempre lo es. Si Petro Voldoni llega a aceptar a Cristo y su sacrificio, se salvará, a pesar de lo que haya hecho antes… ¡Libera Voldoni, Domine!

 

Lo sacaron. Condujeron a Voldoni a una sala de interrogatorios para que el santo sacerdote no tuviera que entrar en aquel nido de criminales depravados que esperaban, desafiantes y satisfechos de sí mismos, sin la menor señal ni sentimiento de arrepentimiento, el cumplimiento de la pena que merecían o de otra mucho más leve. Después de todo, ¿qué es la muerte comparada con lo que vive una familia al pensar en la muerte violenta de su hijo? ¿O con el sufrimiento de los niños cuando encuentran los cuerpos torturados de sus padres? No hay justicia en la tierra. Hay gracia, según la enseñanza de las iglesias. Y eso era lo único que importaba para Carlo. Gracia, que todos pueden recibir. Eso es lo maravilloso de ella, lo místico, lo indescifrable e incluso incomprensible. ¿Hay algo más injusto que permitir que un asesino en serie entre en el cielo? Si planteamos así la pregunta, ¡nada! Pero si lo miramos desde la perspectiva del sacrificio de Cristo… Nuestro Redentor murió precisamente por eso…

Misterio. El misterio de la vida y la muerte. Y ahí reside la postura de la fe. Más precisamente, de la fe cristiana.

Carlo acarició suavemente la Biblia colocada sobre la mesa y luego levantó la mirada hacia la puerta que se abría. Aquí viene el alma pecadora, y él está listo para escucharla sin prejuicios, comprenderla con indulgencia y absolverla en nombre de Cristo.

3 de enero de 2022. Extracto del informe de la prisión de Pentonville sobre lo ocurrido en la sala de interrogatorios K-4.

Condujimos al prisionero Petro Voldoni a la sala de interrogatorios K-4, con las muñecas y los tobillos sujetos mediante esposas y grilletes unidos por una cadena, conforme al reglamento. En la sala, el sacerdote solicitado por el prisionero, el padre Carlo, esperaba sentado detrás de la mesa con una Biblia en las manos.

El prisionero no opuso resistencia; de hecho, a diferencia de lo habitual, se mostró dócil y obediente durante todo el día. Los dos guardias que lo acompañaban siguieron el protocolo al cerrar la puerta desde dentro y luego intentar esposarlo a la silla.

En ese momento, de manera inexplicable, el prisionero, que hasta entonces se había comportado obedientemente, se descontroló: derribó a los guardias y luego los estranguló con la cadena que unía sus muñecas. A continuación atacó al padre Carlo. Según las grabaciones, le gritó lo siguiente:

—¡Todo esto deberías haberlo hecho tú! ¡Por tu culpa tuve que venir a este miserable lugar! ¡Paga!

El prisionero Petro Voldoni agarró al padre Carlo. En ese momento, la sala de interrogatorios se sumió en la oscuridad y las cámaras de vigilancia dejaron de transmitir imágenes. Según el cronómetro de las cámaras, la oscuridad duró veintiocho segundos. Cuando logramos entrar en la sala, la iluminación se había restablecido. Encontramos los cadáveres de los dos guardias. Petro Voldoni y el padre Carlo habían desaparecido. Aprovechando el fallo del sistema, Voldoni logró escapar de una manera aún no aclarada y se llevó al sacerdote como rehén.

 

Carlo sintió cómo Petro Voldoni lo agarraba y se lo llevaba consigo. Una oscuridad sin fondo se abatió sobre ellos, y el asesino lo arrastró con una fuerza tan aterradora e irresistible que al padre Carlo se le cortó la respiración. Jadeaba en busca de aire, pero las palabras de Voldoni lo torturaban incluso más que la asfixia. «¡Todo esto deberías haberlo hecho tú!». Como una revelación, como el haz de un reflector en la oscuridad absoluta, aquellas palabras inundaron su mente de una claridad deslumbrante. Y vio, se vio a sí mismo en el momento en que echaron suertes. Él y los otros miembros del grupo.

—El universo es infinito. ¡Infinita es la vida que contiene! Hay formas de vida superiores e inferiores. Todas diferentes, todas distintas de las demás, pero todas sirven a un solo propósito —gritó su líder, y ellos respondieron a gritos, con un deleite obsesivo:

—¡A nosotros!

Era una gran exageración, por supuesto, pero les encantaban las exageraciones. Sabían que las especies más avanzadas que ellos no podían constituir sus campos de caza. Y, por el momento, existían bastantes especies más fuertes que ellos. Pero había aún más especies más débiles; por eso se repartían los campos de caza y cosechaban el miedo, el terror y la agonía que provocaban en aquellas especies menos desarrolladas. El miedo es una poderosa fuente de energía, pero el dolor proporciona todavía más.

Una verdadera bomba de energía explota en un ser que muere de dolor. Y el pueblo de Carlo se alimentaba de eso: de las energías de otras especies, que les arrebataba por la fuerza. Había especies que ni siquiera se planteaban el valor de la vida, de la vida de otras especies; pero los humanos… Mmm… Por su desarrollo y por la energía que podía cosecharse de ellos, estaban justo en el límite. A la vez valiosos, prometedores e insignificantes, bestiales. Los humanos eran una verdadera delicia. Al menos para quienes disfrutaban de los desafíos. Y Carlo, o Car, como lo llamaban en su mundo, disfrutaba superando dificultades. Vold, otro miembro de su especie, detestaba de todo corazón las cosas ambiguas. Si alguien es asesinado, que odie a su asesino: esa es la liberación más pura de energía. Si solo teme a quien lo mata o incluso lo compadece… bueno, eso no está bien. Se pierde mucha energía en emociones tan innecesarias como las buenas intenciones y el amor. Por eso Vold no quería ir a la Tierra. No quería cosechar en la civilización humana. A Car no le importaba que lo enviaran allí, así que manipularon el sorteo. A Vold le tocó PR19, una especie que acababa de despertar a la conciencia, llena de egoísmo y odio, y Car obtuvo la Tierra con todas sus contradicciones.

 

El padre Carlo, mientras atravesaba el espacio y el tiempo y regresaba a su pueblo, volvió a transformarse en Car y comprendió que lo esperaba un castigo merecido. No porque Vold hubiera tenido que ir a buscarlo, ni solo porque no hubiera cosechado energía para su especie. Sino porque había cedido a una tentación a la que nunca debió haber cedido: había traicionado a su propio pueblo.

—La religión, Car, sabes bien que la religión solo nos nutre cuando incita al odio y al asesinato. Solo la veneración de deidades celosas lleva a las especies inferiores a nosotros por caminos de los que podemos cosechar energía. ¡Qué magnífico, qué espléndido fue el plan de nuestros hermanos que desviaron esa religión en la que te convertiste en sacerdote! Durante milenios, esa religión nos proporcionó, en el planeta que sus habitantes llaman Tierra, energías procedentes del miedo, el terror y el sufrimiento. ¡La «Santa Inquisición»! Me estremezco al pensar en la rica cosecha que obtuvimos de sus cámaras de tortura y de sus fieles aterrorizados, mantenidos en la ignorancia. Pero se debilitó la fuente con la que esa religión nos alimentaba. Por eso tuviste que ir. ¡Debiste haber infundido el temor a Dios mediante una nueva religión o la reforma de alguna antigua! ¡Un miedo que engendrara las huestes de opresores y sádicos que nos sirven! Pero tú, ¿qué hiciste en cambio? ¡Olvidando tu verdadera naturaleza, tu propósito y tu pueblo, les mostraste el camino de la elevación! Te observamos primero con asombro; luego, interpretando mal tus actos, admiramos cómo te convertías en santo de esa religión terrenal. Pero tuvimos que reconocer nuestro error. No te infiltraste para alimentarnos, para alimentar a tu pueblo, ni para ascender a una posición desde la que sembrar mezquindad, egoísmo y crueldad, y cosechar energía del odio, el tormento y el dolor. ¡En cambio, te pusiste al servicio de los humanos para conducir a esa especie hacia la elevación! Intentamos recordarte tu misión a través de tus sueños, pero no entendiste las señales; ¡incluso quisiste ahuyentarlas! ¿Qué castigo debemos imponerte?

—Quítenme mi energía… —murmuró Car, lleno de arrepentimiento, dispuesto al sacrificio, pero su líder y los miembros del grupo retrocedieron horrorizados.

—¡Solo los bárbaros toman la energía de los miembros de su propia especie!

—¡Lo corregiré!

Car intentó librarse de las cadenas de su vida terrenal. Después de todo, aunque había nacido como humano en la Tierra hacía treinta años, ¡no era humano! ¿Cómo se había identificado tanto con una especie ajena y con sus ideas? ¿Cómo había podido olvidar y traicionar a su propia especie y su misión?

Su líder reflexionó y el grupo se quedó en silencio. Es un momento trascendente aquel en que se toma una decisión sobre un alma.

—Así será. Pero de otra manera.

 

Car cayó a través del abismo de los mundos, esperanzado. Una nueva misión, un nuevo nacimiento en un mundo ajeno donde podría servir a su propia especie y regresar gloriosamente, como tantas veces antes, incluso antes de su última y desafortunada misión. Tal vez en su nueva vida encuentre el olvido reparador. Quizá ya no tenga que recordar su traición.

Atravesaba una botella estrecha que se angostaba cada vez más. Lo rodeaba tejido vivo. Una presión creciente lo comprimía mientras avanzaba, pero no podía retroceder. Una cacofonía de dolor y sonidos distantes. Todo estaba lleno de sentimientos hostiles.

—¡Ha nacido!

Un mundo frío y extraño lo rodeaba. Ya nada lo comprimía ni lo estrujaba, pero lo esperaba un nuevo sufrimiento. Un hambre tan devoradora dominaba su cuerpo que casi se desmayó.

—¡Oáááá! ¡Oááá!

Respiraba, cada vez con más facilidad y suavidad. El frío también desaparecía. Lo envolvieron en un lienzo y se lo llevaron. Vio seres de forma humana a su alrededor. Muchos seres. Levantaban los brazos y gritaban. Energía, toda para su pueblo… ¡pero no! Esto es distinto. Se equivoca. Esto…

Lo apretaron contra una fría piedra. No lloró. Sabía lo que venía. Al mismo tiempo, comprendió… Su especie no era la única que cosechaba la energía liberada por el miedo y el dolor de otras especies, que vivía a costa de ellas. Sin embargo, prevalecía el principio de vivir y dejar vivir. Este mundo era el campo de caza de otra especie, quizá superior a la suya y, sin duda, superior a la humanidad.

—¡Káli, Káli, Káli!

¡Deidad sedienta de sangre! ¿De verdad existes y ahora bebes sangre en este rincón del universo?

Car fue el único de los presentes que vio los ojos codiciosos de Káli cuando el cuchillo de obsidiana del sacerdote que oficiaba el sacrificio descendió sobre su pequeño pecho y le arrancó el diminuto corazón. Káli necesitaba que la sangre impregnara la piedra y la tierra para que, de ese modo, se uniera a ella y la alimentara.

Esta es, pues, la condena. Lo matan. Una especie ajena, utilizada como presa, lo sacrifica a un pueblo que se hace llamar «dioses». Sin embargo, con su muerte sirve a los suyos, porque lo utilizarán como pretexto para desencadenar una guerra contra ese pueblo. Así puede corregir su error, de otra manera… Porque la guerra proporciona mucha energía a ambos bandos… siempre que hagan combatir a pueblos sometidos. El pueblo de Car y la otra especie «enemiga» pueden fortalecerse por igual con el dolor y la sangre de los pueblos sometidos, de las especies inferiores utilizadas como presas.

En los últimos momentos de su vida, Car comprendió que aquello era el resultado de una voluntad común, de un acuerdo. Tanto a su propia especie como a los «dioses» les interesa que estalle una guerra entre ellos, para cosechar y repartirse el «botín»: las víctimas que les proporcionan las especies inferiores.

Lo que sorprendió a Car fue la luz. La luz que emanaba de la puerta abierta de la muerte.

—¡Libera me, Domine!

—Ego libero te, mi fili. Te libero, hijo mío. Ego te absolvo.

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.


  

MIRADAS DEL EXTERIOR

Connie Tapia Monroy

 

El movimiento ocular se torna intenso. Los ojos se mueven rápidamente. Los abre, la pupila se dilata. Zumbido. Acercamiento a los surcos de la retina. Zumbido. Alejamiento. El ojo palpita rápidamente. Se aproxima. Vuelve. Recostada sobre el suelo, en la esquina vacía de la habitación, inconsciente, cansada de su traje blanco, de los pies descalzos.

Susurros bordean su mente. Imágenes vuelan sobre ella como buitres hambrientos. Entorno blanco. Silencio. Paredes antirruido.

En una esquina, la respiración se vuelve agitada, irregular. La frecuencia cardíaca se descontrola, cambia la temperatura de su cuerpo, se activan los controladores REM.

«De nuevo ese olor a medicamento. Siento la boca seca. Mi cabeza. No puedo moverme. Mis brazos están dormidos. Trato de mirar alrededor. Maldición, aún estoy en esta habitación. ¿Cuándo saldré de aquí? ¡Mierda! Este blanco intenso me vuelve loco. Siento cómo la saliva de mi boca moja el piso. No reacciono. No puedo moverme».

Los ojos de Sara se dilatan. Sube la temperatura corporal. Las convulsiones se apoderan de su cuerpo. Una extraña espuma negra sale de la boca. Sigue agitándose. Intenta cerrar los ojos, no puede. Nuevamente el silencio. Cae inconsciente.

Las enfermeras entran en la habitación con equipos de reanimación. Choque eléctrico directo en el corazón. «Una vez más», dice el médico, mientras los ojos de Sara siguen abiertos, con el inconsciente perdido en el espacio. Nuevamente, un choque de corriente continúa sobre el cuerpo. Casi vuelve. Su alma flotando en la habitación, intentando retornar. El cuerpo la rechaza. Reacción eléctrica. Regresa.

 

Mueve nerviosamente el cursor de su computadora sobre una línea ondulada, es apenas una luz trémula junto al reflector. Descompone la luz en todos sus colores. Reproduce el espectro de banda con líneas oscuras en común, como un código de barras.

Sara Jermyn es una estudiante de astronomía. Pasa las noches detrás de un telescopio, en el observatorio La Silla, donde comparte su soledad con el desierto montañoso. Desde pequeña, el universo desconocido acaparaba toda su atención, lo que la llevó a buscar en cada estrella la realidad de los párrafos de Olaf Stapledon. Al inicio de su carrera, su madre no estaba de acuerdo con la decisión que había tomado, pero su insistencia, mezclada con una dosis de pasión incontrolada, no la detuvo. Y ahí estaba, impaciente. La noche ha sido difícil, la bruma ha manchado la visión de los telescopios y los computadores solo captan un débil punto de luz que aparece sobre la pantalla.

Mide la longitud de onda. Se apresura. Mira con detención los resultados. Teclea rápidamente los códigos, apareciendo uno a uno en la pantalla. La superficie lunar siempre ha captado su interés, desde que su padre le obsequió su primer telescopio. A pesar de tener un mar de estrellas y galaxias a su disposición, la Luna siempre ha captado su atención; de cierta forma, le tranquiliza. Y esta noche la necesitaba. Recuerda su niñez. Entonces tenía diez años de edad, y aquel satélite la hipnotizaba por largas horas. Una extraña conexión. La Luna, su padre, la nostalgia. «Papi, y si allá hay alguien como yo observándome, ¿no sería genial?».

Ahora era distinto. Aún no estaba segura de lo que había captado. La luminosidad se va identificando dentro de su ordenador. Vuelve a mirar la computadora, con duda. Se detiene, toma su mentón, escribe algunos garabatos, busca y observa por el telescopio. Lo gradúa, se gira con la silla una y otra vez, medita. Sus manos transpiran, moja sus labios. No puede creer lo que está viendo, al fin lo ha encontrado y está sola. No tiene con quién celebrar, gritar, saltar, llorar de alegría, abrazar. Piensa en su padre nuevamente. Ahí, frente a sus ojos, la luminosidad posada como una esfera esperando que Sara la recoja.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, no podía creer lo que veía. De pronto, un rayo azulado entró por el telescopio.

Sorath sacude su anatomía. Tiembla, perplejo, mirando el rayo azulado que atraviesa el espejo ovoide. Busca en el entorno. Ninguna luz proviene del exterior. Examina, nada puede provocar ese extraño reflejo. La retina del glóbulo ocular comienza a palpitar.

Inmóvil. La luz se mueve de un extremo a otro en el espejo: brilla, se apaga, parpadea, cambia a tonos, pasa de un azul a un violeta intenso. Encandila la mirada atónita de Sorath, quien sigue observando la escena.

Los colores se mezclan en el vidrio, transformándose como en una suerte de proyector, una pantalla de televisor de mala calidad. Las imágenes mostraban a Sara de niña jugando con muñecas, en su primer día de clases, cayendo a un gran charco de agua barrosa, el primer beso, una mirada en el salón de la universidad, llorando, el funeral de su padre, abrazando a su madre, fumando en las afueras del observatorio, deslizando la tarjeta magnética en la puerta de hierro. La película se difumina poco a poco frente a él, mientras su mirada se cruza con los ojos encandilados de Sara.

Reacción.

Se desmaya, cayendo bruscamente sobre el piso del observatorio.

Al día siguiente, la encontró su colega en el cambio de turno. Una espuma azul, casi negra, salía de la boca de Sara. La trasladaron de urgencia al centro hospitalario más cercano. Pasó varios días en estado de coma, luchando contra la muerte.

«Siento un gran dolor de cabeza. Ese olor. Qué desagradable olor a químicos. No siento mis brazos, mis piernas. No puedo moverme. Sed, ¡tengo mucha sed!».

Rastrea con la mirada la habitación en busca de un vaso con agua. No lo encuentra. No hay camas, ni sillas, solo ella como un ser inerte en una de las esquinas de la habitación blanca.

«¿Dónde estoy?», se pregunta, tratando de luchar contra su parálisis temporal. Después de varios minutos, el efecto de las drogas disminuye. Sara logra pararse, tambalea. Casi no tiene fuerzas. Trata de avanzar, lo hace con dificultad. Mira sus pies, como si mentalmente les diera órdenes, uno a uno, para poder caminar.

Confundida.

Sus recuerdos son confusos. Intenta darles una lógica y sentido, pero no lo logra. Mira a su alrededor. No hay puertas, ni ventanas, solo la ampolleta que parpadea y oscila de un lado para otro. Desesperada, palpa las paredes acolchadas. Bordea con sus dedos las esquinas, los límites de aquel cuarto. No tiene fuerzas. Grita, llora, golpea con la poca fuerza que le queda el piso de aquel infierno blanco. Rendida por el fracaso, cae desplomada en un rincón. Oculta su rostro húmedo entre sus manos.

—Es inútil que escapes, me has encontrado y yo no quiero regresar a ese frío lugar.

—¿Sorath? Así te llamas, ¿no? Así lo transmitiste. No… no puedes ser… tú no estás aquí… ¿Qué eres? ¿Por qué yo? ¡No puedes estar aquí!

Risa estridente, diabólica, infernal. Se confrontan desafiantes. La mirada de Sara se pierde en la profundidad de los negros ojos de Sorath. Ella se abalanza sobre él. Luchan, se golpean con fuerza. Sorath la levanta con sus pútridos apéndices y la lanza contra la pared. Ella intenta levantarse, con dolor intenso en su cuerpo. Vuelve a la pelea. Sus puños se incrustan en las carnes malsanas del ser lunar, primigenio. Aquello se defiende, se adapta a su entorno, bloquea, no baja la guardia y devuelve el ataque con un gran golpe en el rostro de Sara, quien cae al suelo, con el cuerpo ensangrentado. La mira hacia el suelo, triunfante. Un ojo se cruza con otro ojo. Penetra su mirada. Se incorpora al viaje interno de su pupila. Ella siente miedo, oscuridad. Lucha. ¡Demasiado tarde! Su mirada se dilata, los músculos del cuerpo se contraen y distienden una y otra vez. Su cuerpo se azota brusca y violentamente contra el suelo. Cae inconsciente. Su esencia se desvanece y se complementa con la entidad. La espuma azul, casi negra, sale de su boca.

Los médicos, al entrar a la habitación, encuentran a la mujer sentada en la esquina. Ella sonríe, mientras limpia con la mano una gota de sangre que cae desde su boca. Sara no volverá jamás.

Connie Tapia Monroy (Santiago de Chile, 1980) es escritora, guionista y gestora cultural radicada en Arica. Su obra comprende el terror, la ciencia ficción y la literatura fantástica. Ha publicado, entre otros libros, Viviendo entre Sarracenos, Osario, Canciones diabólicas y Nabla, riberas del tiempo. Dirige Astartea Editorial y fundó la Feria Internacional del Libro de Arica. También imparte talleres de creación literaria y desarrolla actividades de fomento de la lectura.

 

 

OCHO DE DICIEMBRE

Mario Delfino

 

—Lo estamos perdiendo, rápido, el desfibrilador…

—Todos atrás, todos atrás…

—No hay pulso. Se nos ha ido…

 

Inés

—¿Prefiere hacer una pausa? ¿Quiere que le traiga otra taza de café?

—No, así está bien.

Los ventanales del hospital dan a la noche que se desvanece. El pinar verdeante se mece con las ráfagas de viento. Casi le parece percibir el aroma de las hojas.

Se seca el sudor de la frente con un gesto cansado. Y eso que es ocho de diciembre…

—Hoy es un día especial —dice Inés en voz baja—. Es el aniversario de la muerte de mi madre. Desde entonces, para nosotros tres, se ha convertido en el día de la Familia. Llevamos vidas independientes, pero, estemos donde estemos, nos organizamos para reunirnos, en cualquier rincón del mundo.

—¿Ustedes tres?

—Mi padre, mi hermana y yo —hace una breve pausa—. Sigamos.

—Habíamos llegado al descubrimiento —dice la mujer, mientras vuelve a encender la pequeña grabadora gris plateada.

—Sí, el descubrimiento —murmura Inés casi para sí, mientras se masajea el rostro demacrado—. Intentaré explicar, que quede claro, lo que he entendido. No soy un genio como mi padre, solo una investigadora licenciada en física.

—Bueno, nadie en el mundo ha sido, es ni será jamás como el profesor Ricci. Quizá solo Einstein.

Inés sonríe, cansada, y empieza a explicar:

—Los seres humanos somos un binomio de materia y conciencia. Cuando morimos, la materia se descompone, se disgrega, y los átomos que la constituyen no desaparecen, sino que se recombinan mediante enlaces diferentes. El carbono, el oxígeno, el hidrógeno, el nitrógeno, el azufre, el hierro, el sodio, en fin, los elementos que nos componen, se unen para formar otra cosa.

—¿Y la conciencia?

—Es un paquete de ondas electromagnéticas con un intervalo reducido de longitudes de onda. Después de la muerte, estas radiaciones experimentan un desplazamiento de su longitud de onda.

—¿Incluso en ausencia de actividad neuronal?

—El cerebro no tiene nada que ver. Mi padre calculó teóricamente el desplazamiento de las conciencias y luego, con computadoras cuánticas, verificó ese valor de desplazamiento.

—Cuando habla de paquetes de radiación, se refiere a…

—Contienen información: básicamente, nuestros pensamientos, nuestros recuerdos. Los ha… cómo decirlo… desempaquetado… En fin, es como si hubiera abierto archivos… y hubiera extraído los datos que contenían.

—¿Y las emociones? Ha mencionado los pensamientos, pero no las emociones.

—Desaparecen con la disolución de la materia. Las generan las hormonas, es decir, moléculas químicas compuestas por átomos individuales. Materia, precisamente.

La mujer de la grabadora se sobresalta: mira por encima del hombro de Inés.

La puerta junto al ventanal se ha abierto de golpe. Sale un hombre con uniforme quirúrgico verde, que mira fijamente a Inés Ricci.

La joven sigue la dirección de la mirada de la periodista y se vuelve.

El médico se acerca, le toma las manos con delicadeza y las estrecha entre las suyas.

—He hecho todo lo posible y… y aún más… lo siento… —la voz se le apaga.

Inés baja la cabeza.

Dos lágrimas caen al suelo, sobre el piso brillante.

 

Lucía

Ha conducido toda la noche.

Está cansada, pero sabe que no es el momento, que ese no es el día en que puede permitirse descansar. Es ocho de diciembre.

Desde que recibió la llamada de su hermana, ha dejado de pensar. Actúa como un autómata. Ejecuta sus acciones guiada por una voluntad superior.

Ha recorrido kilómetros de carreteras oscuras, empapadas por los aguaceros de la tormenta; ha atravesado bosques, amplios claros, llanuras interminables; ha ascendido por colinas, trepando por curvas vertiginosas. En silencio, en la oscuridad. Con la radio apagada y sin luces de otros vehículos frente al parabrisas ni en el espejo retrovisor. Solo la acompañaban los pesares. Muchos, demasiados.

Ha llegado.

Estaciona el automóvil en el patio casi desierto del hospital y apaga el motor.

Se apoya, exhausta, en el volante y cierra los ojos.

El mundo gira a su alrededor en un vértigo repentino y desagradable.

Ahuyenta ese instante de debilidad con un parpadeo. Se sacude.

Baja del automóvil y se dirige con paso decidido hacia la entrada del hospital.

 

Inés

No entiende lo que le dicen.

Infarto, arterias obstruidas, reanimación, desfibrilador, crisis definitiva.

Inés solo sabe que su padre ya no está. Y que ha elegido precisamente el ocho de diciembre para irse.

¿Y qué le queda a ella, salvo un montón de recuerdos? ¿Estará también su paquete de ondas electromagnéticas? Sí, pero ¿dónde? Y, además, las radiaciones de la conciencia no contienen las emociones, los sentimientos… Estos se han evaporado con las hormonas. Ahora, sobre la camilla de la sala mortuoria, los átomos del cuerpo ya deben de estar reagrupándose, liberados de la tiránica disciplina de la vida, en lo que la ciencia llama, con un término lúgubre, descomposición.

De pronto le flaquean las piernas: se ve obligada a sentarse. Intenta, en vano, escapar del asedio del médico, que la abruma con detalles y pormenores que Inés no quiere escuchar.

Le repite que ha hecho todo lo posible y aún más para mantenerlo con vida, pero no lo ha logrado. Lamenta haber fracasado. Y no haber podido intercambiar siquiera una palabra con el profesor Ricci, que había llegado inconsciente al servicio de urgencias del hospital.

Un cerebro como el suyo que pierde la conciencia… ¡Qué destino burlón!

El despacho del médico es una habitación grande y austera: un escritorio, tres sillas y una estantería con hileras de carpetas.

Inés levanta la mirada hacia el jefe de cardiología, el doctor Borja, y, por primera vez desde que cruzó el umbral del hospital, lo mira. Es un hombre de mediana edad; los escasos cabellos entrecanos se funden, sobre el cuello bronceado, con el vello negro que asoma por el uniforme.

Llaman a la puerta del despacho: aparece la cabeza de una enfermera.

—Doctor Borja, está aquí la señora Ricci.

—Hágala pasar.

Inés se vuelve hacia la puerta.

Ve entrar a su hermana: tiene un trapo blanco en lugar de rostro.

 

Lucía

Está en el vestíbulo del hospital.

Ella es la hermana decidida, la que resuelve los problemas, aquella a quien, en la familia, han confiado las soluciones difíciles. Cuando apenas tenía poco más de veinte años, le pidieron que cuidara a su madre, enferma terminal. Ella es la fuerte, la sensible, la de nervios de acero. Siempre ha estado presente cuando la han necesitado. Y esta mañana, al amanecer del ocho de diciembre, su padre se ha ido y ella no estaba. No lo ha visto apagarse, no le ha sostenido la mano hasta el final…

Una enfermera se cruza en su camino y Lucía le pregunta sin rodeos dónde está el cardiólogo Borja.

—¿Tiene una cita?

Sonríe, con una mueca irónica.

—¿A esta hora? Soy Lucía Ricci.

La enfermera va delante de ella, entra en un ascensor amplio y sombrío y luego en un largo pasillo, con las paredes revestidas de paneles de un gris gastado.

La enfermera se detiene ante una puerta cerrada y llama antes de entreabrirla y asomar la cabeza. Luego se vuelve hacia Lucía, le indica con un gesto que entre, abre la puerta del todo y se aparta.

En la habitación, debajo de la ventana, hay un escritorio y, junto a él, el doctor Borja, que se levanta para salir a su encuentro.

Sentada junto al escritorio, Inés, con el cabello revuelto, ojeras amoratadas y ojos rojos, se vuelve hacia ella.

Su mirada es lo peor.

 

Inés y Lucía

—Quiero saberlo todo, hasta el más mínimo detalle. Explíqueme, doctor, qué ha sucedido —comienza Lucía, fingiendo no advertir el gesto desconsolado de su hermana, que esconde el rostro entre las manos como señal de rechazo a cuanto la rodea.

Y Borja vuelve a relatar desde el principio la dramática noche que acaba de concluir, empezando por la llegada del profesor Ricci al servicio de urgencias.

Cuando termina de hablar, el sol ha asomado entre nubes densas y oscuras.

—¿Dónde está ahora? —El tono de Lucía es inquisitivo, expeditivo. Casi una orden dirigida a uno de sus empleados.

—En la sala mortuoria.

—¿Ya lo has visto? —le pregunta bruscamente a su hermana.

—Te estaba esperando.

—Vamos, entonces. ¿Nos acompaña, doctor?

—Llamaré a una enfermera.

 

Paz y serenidad, un bienestar profundísimo.

Se ha visto a sí mismo tendido en la cama de cuidados intensivos, con médicos y enfermeros que se afanan por salvarle la vida.

Se ha hundido en el vacío absoluto, caminando por un túnel oscuro, en una oscuridad que no anulaba su sentido de la orientación: sabía adónde ir. El túnel se ha vuelto cada vez más luminoso, hasta convertirse en un mar infinito de Luz intensísima, blanquísima.

En las orillas del mar, se ha encontrado con sus muertos y lo han envuelto corrientes de Amor.

Ha vuelto a ver su propia vida durante instantes dilatados como milenios.

Sin embargo, había algo que ensuciaba la serenidad, un estremecimiento negro en el fondo de su conciencia. Una tarea por completar, quizá.

Su esposa se ha acercado y le ha dicho que debía volver, que aún no era su momento.

Ha comprendido.

Ahora –pero ¿de verdad, «aquí», existen un «ahora», un «antes» y un «después»?– recorre el túnel de regreso, en una oscuridad cada vez más densa.

 

Inés y Lucía

La habitación es pequeña y fría.

Las paredes están pintadas de blanco, un blanco embustero, mentiroso. Debería ser la suma de los colores y, sin embargo, parece un desierto de ellos.

En una pared hay un gran reloj circular con marco de cobre. Las agujas se deslizan sobre números romanos. El tiempo que transcurre, indiferente al dolor y a quienes quisieran detenerlo, es el único movimiento en la ausencia de vida que llena la habitación.

Son las diez y siete minutos.

En el centro de la habitación hay una camilla metálica, poco más que un catre, largo y estrecho.

Una sábana envuelve el cuerpo.

El encargado de la morgue, de cabello y barba negros y tupidos, intercambia una rápida mirada con las hermanas y, ante un gesto afirmativo de ambas, levanta apenas la sábana.

Aparece el rostro céreo, que todavía no ha adquirido aspecto de mármol.

Inés y Lucía asienten.

El hombre vuelve a cubrir el cadáver.

 

Es como un avión que despega.

Sin embargo, sabe que no es un avión.

Sin embargo, la sensación es exactamente esa, el principio de inercia vencido por la aceleración hacia…

El «viaje» es instantáneo.

La llegada es traumática. La sacudida es violenta.

Como un nacimiento. Es un segundo nacimiento.

El aire entra de golpe en los pulmones; el corazón despierta, vuelve a latir, a irrigar el cerebro.

Tose contra el blanco de la sábana.

 

Inés y Lucía

El hombre ha apoyado la mano musculosa sobre el picaporte de la puerta cerrada.

Inés y Lucía se interrogan con la mirada.

—¿Has oído?

—Sí.

—¿Qué ha sido?

—No sabría decirlo —la voz se ahoga en la incertidumbre.

Otra vez ese soplo forzado, lejano.

También lo percibe el hombre barbudo, que se vuelve, asustado, hacia la camilla.

La sábana se levanta, acompañada de otro resoplido.

¡El muerto está tosiendo!

Inés y Lucía corren hacia él, gritando:

—¡Papá! ¡Papá!

El profesor parpadea, respira a pleno pulmón.

Esboza una tenue sonrisa hacia sus hijas.

Son las diez y nueve del ocho de diciembre. 

Mario Delfino nació en Nápoles en 1963. Es químico y trabaja desde hace años como consultor empresarial. Entre 1991 y 1993 publicó cuentos en revistas profesionales, antologías y periódicos. Luego dejó de escribir. Recientemente retomó la actividad. Ha publicado en Il Lettore di Fantasia (enero–abril de 2024), en 365 Racconti Gialli, Thriller, Noir, de Delos Digital (octubre de 2024), en Visioni Fantastiche: On demand, de Edizioni Scudo (septiembre de 2025), en World SF Italia Magazine, n.º 15 (noviembre de 2025), y en Il Magazzino dei Mondi, n.º 6 (mayo de 2026). Uno de sus cuentos es finalista en la sección Sentieri del Premio Opera Narrativa 2025, y otros dos están pendientes de publicación.

HUÉRFANO