martes, 20 de octubre de 2026

EDÉN

Ida Auletta

 

La Sirio inició la maniobra de aterrizaje vertical y la arena comenzó a arremolinarse, azotada por la propulsión de los reactores. La nave se posó suavemente en la playa, los motores se apagaron y la escotilla se abrió. Desde el hangar se veían dunas arenosas delimitadas por escarpados brazos de roca que caían a pico sobre el mar, sobre los que proliferaba una vegetación exuberante, casi opresiva.

Seis luces LED verdes se encendieron en secuencia, parpadeando en la pantalla del holopad incrustado en el tórax de Vega, la humanoide de aspecto femenino dotada de inteligencia artificial. Vestía el mismo traje que el reconocimiento Nathan Dale, quien descendió por la rampa de acceso al hangar inmediatamente después de Vega.

—¿Qué te había dicho? Las coordenadas estaban equivocadas. La nave de ese imbécil de Crowford no está aquí. Quién sabe a qué maldita bahía de qué condenadísimo continente nos han enviado.

La voz de Dale, amortiguada por el casco aislante, seguía sonando clara y quejumbrosa, como el rebuzno de un burro. Vega se volvió para mostrarle los indicadores de su holopad.

—Atmósfera óptima. Sugiero que te quites el casco; un poco de aire limpio te ayudará a calmar los nervios, Nate. Es cierto. La Helios no está aquí. Exploraremos la zona; ha pasado algún tiempo desde la petición de auxilio. Quizá Crowford haya conseguido moverla de algún modo, quizá la marea se la haya llevado. No hay peligro en la zona. Sugiero que nos pongamos en marcha de inmediato. —La voz de Vega era meliflua, serena y relajada.

—Recuerda que somos agentes de reconocimiento de la Orion, no «el comité de respuesta inmediata».

—Crowford también es miembro de la Orion. Es un puto ser humano, podría necesitar asistencia. Tú eres un maldito agente de reconocimiento y me tienes a tu disposición para obtener datos y recoger muestras directamente. Él es un simple explorador; el mejor apoyo tecnológico con el que cuenta es ese cacharro de droide cartográfico que ni siquiera habla.

—Vega… Qué lenguaje.

—Oye, Nate. Estamos en simbiosis desde el comienzo de tu misión. Soy una IA que aprende por sí misma. Adivina quién me proporciona los parámetros de aprendizaje, incluido el lenguaje.

—Mmm…

Nathan se dispuso a quitarse el casco mientras Vega se equipaba con el bláster reglamentario que se suministraba a las IA de reconocimiento para casos de emergencia.

—Informe de la nave Sirio, año solar dos mil seiscientos veintiséis. Sexagésimo séptimo día desde el inicio del ciclo de Orión. En respuesta a la señal de auxilio A99074Y, la unidad de apoyo al reconocimiento Vega-367 y yo hemos aterrizado en el planeta Tierra. Nos disponemos a localizar al explorador Crowford. Las coordenadas proporcionadas por el interceptor no corresponden a la ubicación de la nave Helios, registrada a nombre de Crowford.

El traje de Dale también disponía de un holopad en forma de brazalete, sujeto al antebrazo izquierdo. La comunicación había sido dirigida al dispositivo, que, después de almacenar los datos de audio, emitió un pitido.

Ambos bajaron del hangar y caminaron por la orilla, observando la vasta superficie del mar, plana y tranquila como una lámina de plexiglás. Al encontrar un paso entre las dunas, se adentraron en el interior.

Después de unas dos horas y media de marcha, inmersos en un paisaje vegetal casi claustrofóbico, cambiante y variado, la vegetación se hizo más baja y menos difícil de atravesar; dejaba entrever el perfil de unas montañas al noreste, a varios kilómetros de distancia; unas colinas bajas al norte y una extraña formación superficial al este, compuesta por infinidad de agujas clavadas en el terreno, de distintas alturas y grosores, todas con un rasgo común que las hacía precisamente extrañas: eran azules.

Vega recogió muestras de vegetación y de tierra y, cuando llegó cerca de las formaciones azules, tomó una muestra de una de ellas.

Acercó la yema del índice izquierdo a la superficie azul, aproximadamente un palmo por encima de las plantas trepadoras que rodeaban la base. El sensor del guante táctil conectado al holopad emitió los sonidos habituales de almacenamiento de datos y un pitido de error. La pantalla del pecho indicaba en rojo que no se había podido identificar uno de los materiales analizados y, en verde, los porcentajes de los compuestos y minerales reconocidos.

—Noventa y cinco por ciento de polímeros plásticos sintéticos de origen artificial y cinco por ciento de materia orgánica desconocida. Esto es extraño —informó la IA, sin inmutarse.

—¿Por qué extraño? —preguntó Dale.

—Porque en este planeta el género humano dejó de existir hace más de seis siglos. Tras la última lluvia radiactiva, que determinó su autodestrucción, los supervivientes de la especie lograron subsistir gracias al éxodo masivo. Tú estás aquí gracias a tus antepasados, que procedían de este lugar y tuvieron la suerte de abandonarlo antes del final. Es extraño que haya materia plástica aquí, ahora, sin un grado elevado de degradación. Me atrevería a decir que ha sido procesada recientemente.

—No necesito una leccioncita de prehistoria, ni que me recuerdes lo codiciosos e incapaces que fueron mis antepasados. Procura esforzarte un poco más e identifica ese cinco por ciento desconocido.

—Procesando…

Mientras Vega permanecía inmóvil, procesando los datos, Nate recorrió los alrededores, observando las otras agujas y moviéndose por lo que parecía un laberinto nada casual de protuberancias ahusadas. Al examinar sus contornos, advirtió algo que le llamó la atención. Entre la vegetación característica que rodeaba la base de una de las agujas, descubrió un detalle fuera de lugar, un matiz diferente que contrastaba con el azul liso y uniforme. Se acercó y apartó una de las hojas de las trepadoras. Debajo, perfectamente fundido con el conjunto, un ojo humano, con párpado y pestañas rojizas, lo miraba, vidrioso. Nate retrocedió de inmediato, sobresaltado por el miedo.

—¡Vega! ¡Tenemos que irnos!

La mujer artificial no respondió. Seguía inmóvil, con la mirada fija en la aguja que había examinado, el brazo izquierdo extendido hacia el objeto ahusado y el índice apoyado en la superficie azul.

Cuando Nate llegó a su lado, vio que parte de las plantas trepadoras que adornaban la base de la aguja estaban envolviendo los pies y las piernas de Vega. El índice apoyado en la superficie azul había sido absorbido por ella hasta la primera falange. El holopad del pecho de la inteligencia artificial había dejado de procesar datos, de parpadear y de emitir pitidos. Vega tenía las pupilas dilatadas como el obturador de una vieja cámara réflex. Estaba apagada.

Nathan Dale sintió una oleada de pánico visceral. Retrocedió, alejándose de la figura humanoide, que pronto quedó envuelta por las trepadoras, abrazada por delgados tallos azules y literalmente absorbida por la aguja. Se convirtió en parte integral de la estructura alargada, cuyo grosor aumentó, enriquecido por la masa física que había engullido.

Nathan echó a correr, desandando el camino hacia la playa. Devoró los kilómetros recorridos y redujo las dos horas de marcha a menos de media hora de carrera desenfrenada. Cuando dejó atrás la duna, se le vino el mundo encima.

Desde aquella perspectiva pudo observar algo que no había advertido de cerca: en una de las paredes de roca que caían a pico sobre el mar, la silueta de la Helios parecía haber sido esculpida en la piedra como un bajorrelieve a escala 1:1. Nate empezó a comprender la situación, a su pesar, cuando vio la Sirio atrapada por torrentes de líquido azul. La resaca extendía sus dedos hacia la nave y erosionaba cada parte que rozaba. Los soportes de aterrizaje cedieron; la rampa de descenso del hangar chisporroteaba como si el agua fuera ácido. Nathan miró fijamente la Sirio, que las aguas digerían con rapidez. Apenas consiguió aclararse la garganta antes de balbucear ante el holopad: —El planeta Tierra es hostil. Si alguien recibe este mensaje, no aterricen en la Tierra. El planeta ha desarrollado una forma de conciencia autodefensiva. Crowford ha muerto, mi unidad de IA ha sido absorb… Oh, no. ¡No soy una amenaza! ¡NO! ¡Por favor! —Pitido.

Ida Auletta nació en Nápoles y aporta a su escritura una trayectoria poco convencional: desde su formación técnica en electrónica hasta sus estudios de Arqueología, combina racionalidad e imaginación en un equilibrio que caracteriza toda su narrativa. Debutó en 2017 con el ensayo histórico-arqueológico La Valle del Sarno in epoca medievale. En 2020 publicó la novela de fantasía oscura Oltre Umano y, en 2025, Rotte Sottovento, una novela de aventuras y fantasía oscura. En su blog alterna crónicas de viajes con relatos de terror y ciencia ficción.

 

EL MAGO DEL HOTEL

Mohamed Al-Ashry

 

El pozo legendario está al final de un largo pasillo que parte del vestíbulo del hotel. Su boca de pizarra está rodeada por un pequeño lago de agua caliente que brota con una fluidez sedosa, de modo que parece un mago que transforma el espejismo en un vapor tibio, reunido en pequeñas nubes sobre las cabezas de las mujeres que se deslizan por el agua, y que cambia de color con el movimiento de sus pies mientras nadan a lo largo de los límites de cristal del baño.

El sonido de la flauta sale suavemente de entre los nudos del instrumento tradicional y desgrana delicadas frases musicales que deleitan los oídos. Las mujeres se palpan el cuerpo y se secan al salir del agua; miran hacia el techo, ven la luna llena con su luz resplandeciente y sonríen al músico de piel morena, que se balancea al compás de su melodía melancólica.

 

La noche de ayer se parecía a la ceremonia de coronación de un rey. Las esclavas lo rodeaban, de distintas nacionalidades, y cada una procuraba acercarse a él a su manera. Él era, simplemente, un rey alto y de piel morena, de pie con su túnica blanca de mangas holgadas. Su figura parecía una lanza llegada del sur de la geografía, y su única corona era aquella flauta mágica que había cautivado las mentes de las extranjeras. Ahora se apretujaban junto a él en el vestíbulo del hotel mientras sacaba de su aljaba pequeñas flautas y se las vendía a cinco dólares cada una. La escena invitaba a la reflexión y a la risa al mismo tiempo.

 

Los espíritus errantes llenaban el aire a nuestro alrededor, y las mujeres, que habían abierto sus poros a las cosquillas del silbido, se embriagaban con el sonido de los tambores y se precipitaban hacia el músico que tocaba la flauta de caña. El ritmo se mezcló con el baile, que se prolongó hasta bien entrada la noche, hasta que el agotamiento dibujó su imagen en los rostros y todos quedaron abrazados de dos en dos hasta la mañana, cuya luz descendió y evaporó la noche entre las trenzas del sol que se bañaba en el agua tibia del pozo…

Examiné todos los rostros; no encontré a nadie… Los integrantes de la delegación habían desaparecido de mi vista… Salí del hotel y caminé entre los cedros que rodeaban el edificio, solitario sobre una colina cónica de mediana altura.

 

El paseo me condujo hasta el mármol surcado de vetas de oro, cuyo brillo se reflejaba en los ojos de quienes estaban sentados aquí y allá. Vi a tres de las muchachas que habían venido como bailarinas de danzas folclóricas dentro de nuestro programa. Las vi en la montaña, entregadas al canto y a una alegría que nunca les había conocido. Sus ojos brillaban como si acabaran de nacer a la vida… Arrojaban los velos que las mantenían sujetas y se dejaban llevar libremente, acariciando el cuello de la hierba que se extendía a ambos lados del camino que ascendía lentamente por la montaña… Y en la cima, las masas de nubes las abrazaban y les lanzaban besos interminables.

 

Cuando llegué a la cima de la montaña, las nubes se transformaron en una alfombra mágica. Me invadió lo mismo que había alcanzado a las muchachas: me desanudé la corbata, me quité los anteojos, me abandoné y me tendí sobre ella. Nadé en la nebulosa infinita mientras el aire fresco me rozaba los oídos, y me adormecí disfrutando de aquella libertad.

Desperté con el sonido del toro que sostenía el globo terrestre sobre sus cuernos y hacía girar hacia la noche el lugar donde yo estaba. Dirigí entonces la alfombra hacia una estrella sonriente que había visto antes desde la ventana del hotel. Me incliné ante ella y la invité a sentarse a mi lado. Me tocó la mano con delicadeza y me rodeó el cuello con su luz. El amor nos llevó sobre sus alas y nos hizo entrar en la cueva de la luna.

Mohamed Al-Ashry es un escritor egipcio que trabaja como geólogo en exploración y prospección petrolera. Ha publicado cinco novelas: Ghada, los mitos soñadores (1999), La fuente de oro (2000), La manzana del desierto (2001), El halo de luz (2002), Fantasía ardiente (2008). Ha publicado, además, varios libros infantiles, poesía y ensayos, y ha recibido diversos premios por sus novelas.

 

FRITZ (Un cuento de hadas)

Daniel Frini

 

¿Conocen La Cumbrecita?

Está bien, ¿por qué iban a conocerla? Es una villa turística –y cito la página web; que, por cierto, muestra unas hermosas fotografías– ubicada en el Valle de Calamuchita, en la vertiente oriental de las Sierras Grandes y a unos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Está enclavada entre los cerros, en un pequeño valle con forma de anfiteatro que le confiere un clima especial. Está ubicada a unos cuarenta kilómetros de Villa General Belgrano (Sí, sí: la misma de la Oktoberfest). Es un pueblo en el que no se permite la circulación de vehículos, no hay bancos y se respira paz a pulmones llenos. Fue poblada por alemanes llegados después de la Guerra, que le dieron un sesgo centroeuropeo a todas las construcciones. Una villa de los Alpes austríacos en plenas sierras de Córdoba.

Allá por fines de los setenta y principios de los ochenta compitió seriamente en mi escala de valores por ser mi lugar en el mundo. Solía pensar que, después de mi muerte y de que me cremaran, me gustaría que el viento llevase mis cenizas para esa tierra que amaba. Hoy ya no. Ahora es demasiado «turística». No es que reniegue de eso que, al fin y al cabo, es una grata manera de ganarse la vida; pero a mí me gustaba aquella de hace más de treinta años, más ignota, más silvestre, más a mi medida.

Acostumbrábamos a pasar allí algunos días de los veranos, en carpa y en plan de mochileros, de este lado del Río del Medio, a metros del puente de madera, entre espinillos y piedras del tamaño de un camión, sin ningún servicio a la vista; pero inmensamente felices. Ahora, en ese lugar hay una oficina de informes y una gran playa de estacionamiento, donde dejar los autos antes de entrar caminando al poblado.

Siempre fue un placer andar por esos añejos bosques de pinos donde era muy probable que no entrase nadie, salvo animales, desde hacía una década. Solíamos ir a caballo hasta el Vallecito del Abedul o hasta el Peñón del Águila e, incluso, nos topamos con un campo nudista camino de las Casas Viejas; en plenos años de fuego, aún antes de la Guerra, cuando solo por decir «culo» en público podías dormir una o dos noches a la sombra.

Hay una excursión que yo disfrutaba especialmente: después de cruzar el puente, se sube a pie por la calle principal, pasando frente a Edelweiss y a la cabaña de Am Hang, hasta la Plaza del Ajedrez. En lugar de continuar por el camino (a izquierda o derecha) se sigue al frente, cruzando el bosque, pasando por el pie del pequeño cerro donde está la Capilla, hasta cerca de la Olla del arroyo Almbach. Desde allí, tomando a la izquierda, corriente arriba, por una vereda de unos cincuenta centímetros de ancho, la montaña a un lado y del otro un barranco de más de diez metros, con el arroyo cristalino al fondo, se llega al pie de la Cascada Grande, después de una hora y media de caminata.

La primera vez que hice ese recorrido fue en un día gris y muy fresco de mediados de otoño, con las nubes bajas, casi una niebla, y la humedad condensándose en las ramas de los pinos. Cerca del final del camino encontré una fina llovizna (a mitades iguales caída desde las nubes y proveniente del golpe del agua contra las piedras de la base de la cascada) que mojaba y resaltaba toda la vegetación del pequeño paisaje, incluso los grandes helechos que acariciaban mi cara al pasar. Las cumbres de las altas paredes de piedra se perdían en las nubes, lo que hacía que pareciesen infinitamente altas. Debo haberme quedado sentado en las piedras, con los pies en el agua fría, más de una hora, acunado por el sonido sordo del agua. Pero no fue esa vez cuando vi lo que quiero contarles.

Toda esta larga introducción es para situarlos en la geografía donde, unos tres o cuatro años más tarde, otro día también de otoño y bien temprano por la mañana (me habían dicho que era el mejor momento para ver las mismas paredes que enmarcan la Cascada, pero ahora doradas con ese primer sol algo lánguido que suele darse en abril), encontré a Fritz.

Debo decirles que este no era –o es, no lo sé– el nombre real; el que, por otra parte, nunca supe. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera: a lo largo de la cornisa en que se convierten los últimos cien o doscientos metros de camino, hay innumerables manantiales que salen de la montaña, cruzan la vereda por la que se va caminando y resbalan hasta el cauce de agua, allá abajo. Los hay pequeños, casi gotas, y los hay más copiosos. Algunos son más constantes y otros aparecen y desaparecen según les venga en gana. Uno en particular, mediano, entorpece levemente el paso entre dos piedras, por lo que se debe andar con algo más de cuidado para no resbalar en el verdín que cubre el camino. Estaba cruzando esa vertiente y mirando al suelo para no errar la pisada, mientras me aferraba a alguna rama; cuando algo pasó, casi un fantasma, frente a mis ojos. Crucé y, más afirmado, giré para ver qué me había molestado. No vi nada. Avancé unos diez metros y algo me rozó la mejilla. Esta vez sí. Lo descubrí un poco más arriba de mis ojos, a no más de un metro de distancia, flotando sobre el precipicio.

La forma más sencilla de hacerme entender, es decir que vi un hada. Algo del estilo de la Campanita de Peter Pan, pero de unos treinta centímetros de alto. Sus alas desplegadas medían más o menos tanto como su altura y estaban ajadas, amarillentas y rotas (lo vi más tarde) pero las agitaba vigorosamente para mantenerse en el aire.

No era un gnomo puesto que tenía alas. No era un ángel porque su tamaño era de más o menos un sexto del que imagino deben tener (la de una persona normal, si nos atenemos a las convenciones, y nos olvidamos que en la Bizancio del siglo XV discutían sobre su tamaño y cuántos entraban en la cabeza de un alfiler). No era, según he consultado en tantos libros desde entonces, ni un elfo, ni un troll, ni un duende, y tampoco un querubín.

Siempre supuse que las hadas eran de género femenino. Podían ser pequeñas o grandes, tener o no tener alas, ser buenas o malas; pero mujeres. Incluso lo son en las fotografías –trucadas o no– que tomara Sir Arthur Wright en Cottingley. Ahora bien, lo extraño es que éste hada era un hombre. ¿Cómo lo llamarían ustedes? ¿Hada macho? ¿Hado? A falta de mayores datos, e influenciado por el ambiente germánico que me rodeaba, lo llamé Fritz.

Su cabeza era grande, desproporcionada para su cuerpo y pelada, con sólo algunos mechones canosos y descuidados sobre las orejas sucias. No tenía ninguna prenda que cubriese su torso, era panzón y su pecho tenía manchas de pelo blanco que asemejaban islotes. Su única prenda era un pantalón de una lona que supongo marrón, muy vieja y muy sucia, con las rodillas rotas, las botamangas desflecadas y una más larga que la otra, sin botones en la bragueta, y sostenido en la cintura por una soga atada al frente por un nudo común. Sus brazos no hubieran podido rodear su talle y eran flácidos, sus manos eran grandes aunque de dedos cortos y gruesos, con uñas negras y partidas, que llevaban años sin ser cortadas. Tenía barba y bigote ralos (algo así como alguien que no se afeita desde hace una semana); labios gruesos y pálidos, con lunares oscuros; nariz chata y roja, cejas muy pobladas y ojos grises y apagados que lo hacían muy viejo.

Después me llegó su olor: una mezcla repulsiva de alcohol, transpiración y suciedad de un siglo sin un baño.

En la mano izquierda tenía una lata abollada de cerveza Löwenbräu, celeste y con su leoncito rampante, blanco sobre fondo azul, vacía.

Emitía unos chillidos apagados y continuos que se parecían más a un silbido inconexo que a un lenguaje; y me apuntaba, insistentemente, con la lata de cerveza, extendiendo y contrayendo su brazo en un movimiento que primero me pareció provocador, pero luego entendí:

—¿Querés otra? —le dije, y me respondió con lo único que en esa y todas las veces que nos vimos después se pareció a un fonema con significado, emitido por él de manera consciente, y que yo entendí como un «si»: Un estruendoso, grave y prolongado eructo.

Dándose por comprendido, desapareció entre los árboles en un segundo. En un instante estaba allí, al siguiente no estaba más; y sólo se agitaron dos o tres hojas de un helecho detrás del cual se fue volando.

Desanduve el camino hasta la proveeduría del Rancho Grande, donde compré dos latas de Heineken, la última Löwenbräu que quedaba y un porrón de Budweiser. Volví a la cascada, pero no lo encontré. Dejé las cervezas ocultas debajo de una mata de frutillas silvestres, en la suposición de que estaba observándome, y para evitar que las viese algún transeúnte durante el día. Volví a nuestra carpa, y no dije nada.

A la mañana siguiente, emprendí, de nuevo, el camino a la Cascada, llevando otra provisión, por las dudas. En la mata de frutillas encontré las latas vacías, pero la botella intacta. Bajé los últimos metros hasta la olla que formaba la cascada; y allí lo vi, acostado boca arriba sobre una piedra seca, las alas extendidas y las manos cruzadas sobre el estómago. Me acerqué despacio y escuché, otra vez, su chillido apagado, que esta vez era su ronquido. Quizá algún ruido o tal vez algún sexto sentido lo despertó y se incorporó asustado. Primero me reconoció, y luego vio las latas que llevaba. Se acostó nuevamente y otra vez cerró sus ojos. Parecía estar en paz.

—¿Estás bien? —le pregunté. Un breve eructo, conciso, fue su «si». Luego se quedó en silencio—. Día fresco ¿no? —insistí, tratando de iniciar algún tipo de charla. Nuevo eructo de su parte. En las horas siguientes, le pregunté su nombre, de dónde era, cómo había llegado hasta allí y un sinfín de interrogantes. Nunca pude enterarme de nada; y no es porque no me respondiese, sino porque nunca pude entenderle. Incluso, traté de hacer las preguntas de manera tal que pudiese responderme con su «sí», pero no avanzamos mucho. Doy un ejemplo: le preguntaba «¿naciste en un bosque?», con la idea de que se quedase callado (un «no») o eructase (un «si»), pero parece que cuestiones de ese tipo removían algún viejo recuerdo, y comenzaba a chillar y volar, alborotado, de izquierda a derecha y de arriba abajo. Al cabo de los días, dejé de interesarme por tales cuestiones, le llevaba su cerveza y nos quedábamos sentados quietos, cada uno sumido en sus pensamientos durante una hora o dos. Algunas veces por un excursionista que llegaba, o bien por considerar que el tiempo «de visita» estaba cumplido, levantaba vuelo y se esfumaba tras aquel fresno, la rosa mosqueta o las piedras del costado del camino.

La bebida quedaba siempre bajo la mata de frutillas, y entendí que no le gustaba beber de botellas. Creí, falsamente, que no podría abrirlas por lo cual alguna vez las destapé yo, y las cerré suavemente para que no escapase el gas, pero ni así.

¿Quién era? Nunca lo supe. ¿Por qué hombre? Tampoco. Supongo que las hadas, aun siendo personajes de fábulas y cuentos que viven muchos años, deben reproducirse de alguna manera y no me parece extraño que lo hagan de la manera tradicional. ¿Por qué su aspecto y su afición a la cerveza? Con los años elaboré una teoría:

Creo que es posible que Fritz fuera una víctima más de la Segunda Guerra; que fuese separado de su familia, que ellos estén ahora muertos y que su bosque haya desaparecido. Creo probable que en los últimos días, a punto de caer Alemania, los aliados o los rusos bombardearan sus árboles y él haya logrado escapar hasta llegar a la ciudad, esconderse, muerto de miedo con tanto ruido a muerte, en las cajas o maletas de algún soldado nazi que preparó más escrupulosamente su huida hacia estas tierras. Entonces, Fritz resultaría un polizón involuntario que, una vez arribado a las sierras de Córdoba (que, se sabe, nunca fueron invadidas por hadas), se habría encontrado solo, incapaz de entender dónde estaba y de hablar, ni siquiera, un poquito de alemán o español, condenado a vivir en un bosque extraño; que fue primero de molles, sauces y espinillos; y luego se fue poblando de abetos, pinos, robles, nogales y castaños; escapando de cuises y zorrinos, protegiéndose de la nieve en alguna vizcachera, y salvándose con su vuelo del ataque de los pumas.

Lo imaginé lleno de melancolía por un hogar y una familia desaparecidos bajo el horror de las bombas. Traté de entender la soledad y el miedo, que luego se transformó en tedio y más tarde en hastío. Las noches largas de frio del invierno deben haber completado el proceso, llevándolo a la bebida.

De manera inocente, lo consideré mi secreto y no lo comenté con nadie. Pero cierta vez, el viejo Hans, desde su eterna mesa del Bar Suizo, me vio pasar camino a la Cascada con mi cargamento de cervezas. Se sonrió y me guiño un ojo. No sé si todos estaban complotados o solo algunos conocían a Fritz. Nunca, en tantos años, nadie en el pueblo me dio otra señal; y a veces pienso que el viejo Hans se dirigió a alguien que en ese momento puede haber pasado detrás de mí.

Ese verano nos vimos con Fritz todos los días. Al siguiente, lo vi cuando faltaban cuatro días para irme. Creo que recién entonces me reconoció y permitió que me le acercase. El siguiente año lo vi a diario, pero apareció una señal nueva y alarmante: un carraspeo esporádico que una o dos veces se transformó en tos. Me fui sin despedirme de él, cuando papá vino a buscarme porque la abuela estaba enferma. Nunca más lo vi.

Las vacaciones próximas ya no lo encontré. Le llevé cerveza durante tres o cuatro días, pero las latas aparecieron intactas. Busqué señales en las rocas o en los troncos, pero no vi nada. Nunca me animé a preguntar por él a nadie del pueblo, temeroso de romper algún hechizo. Sin embargo, estoy escribiendo esto para acallar algún viejo fantasma de culpa por imaginarlo solo en los bosques que rodean a la cascada, pero tengo la secreta certeza de que ahora voy a romper este papel y quemarlo, antes de que lleguen mis hijos de la escuela.  


Daniel Frini Nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina; en 1963. Es Ingeniero, escritor, antólogo, prologuista, artista visual y Magister Internacional en Literatura y Narración Creativa por la Universidad de Salamanca. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú y, además, ha sido traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Uzbekistán, Bélgica y Hungría. Publicó «Poemas de Adriana» (2017), «Manual de autoayuda para fantasmas» (2015), «El Diluvio Universal y otros efectos especiales» (2016), «Nueve hombres que murieron en Borneo» (2018), «La vida sexual de las arañas pollito» (2019) y «Después de las mil noches y una noche» (2026). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España), el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019, España), el 1er Premio en el Primer Concurso Internacional de Minificción IER/UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México, 2020) y Finalista del Concurso «Cuento Breve “Martín Fierro”» (San Martín, Argentina, 2024). En la actualidad es presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) San Martín.

 

lunes, 19 de octubre de 2026

LA CASA AL BORDE DEL BOSQUE

Larisa Marin

 

Capítulo I.

 

La abuela tenía una casa al borde del bosque.

En realidad, era la última casa de la última callejuela de un pueblo que albergaba unas cuatrocientas almas, más o menos.

«Una suerte y una desgracia», solía decir acerca de vivir allí. Al cartero le costaba llegar, la iglesia quedaba lejos y la tienda de comestibles más cercana estaba a una media hora. Pero la tranquilidad… Ah, la tranquilidad del bosque, unas veces verde, otras seco, no podía encontrarse en ningún otro lugar.

Cuando yo tenía unos quince años la visitaba. La abuela había vivido allí desde siempre. O eso creía yo. Ni siquiera podía imaginar que alguna vez hubiera sido joven o que hubiera vivido en otra casa que no fuera aquella, al borde del bosque. Qué se le va a hacer con esta mente nuestra: toma por cierto todo lo que le dicen.

De algún modo, tenía un vínculo estrecho con el bosque. Si, por un absurdo, aquella espesura de abetos, píceas y pinos se hubiera desplomado un día, también habría sepultado la casa.

Cuando era niña, no entendía por qué la abuela decía tan a menudo que vivía cerca de la oscuridad. Para mí, el bosque no traía tinieblas. Era una especie de mundo paralelo que respiraba despacio, al otro lado de la cerca baja y oxidada.

La abuela no hablaba de la casa como de un lugar. Hablaba de ella como de un organismo vivo. A veces decía, sin mirarme:

—No olvides que el bosque escucha.

Yo me reía.

La primera vez que oí aquel ruido estaba sola en el patio. Todavía no era de noche, pero ya tampoco era de día. La abuela estaba dentro de la casa y yo permanecía sentada en los escalones de madera, con la mirada fija en el bosque. Entonces se oyó el primer ruido. Era un sonido conocido, como si alguien pisara hojas secas. Como si un ser, terrestre o no, caminara entre los árboles… quizá en busca de luz. Me dije que solo era el viento y que mi mente estaba inventando una historia alrededor de lo que oía. Aun así, me levanté, curiosa. Se hizo el silencio. Después, los pasos se reanudaron. Corrí al cuarto de la abuela y le dije con un hilo de voz:

—Abuela, creo que hay alguien en el bosque. Quizá se haya perdido…

Ella no se volvió hacia mí de inmediato. Estaba con la espalda apoyada en la estufa de azulejos y la mirada clavada en un punto. Me miró con sus ojos luminosos y me indicó que cerrara la puerta de una vez. Le obedecí, como tantas otras veces.

—Ese alguien mantiene las cosas bajo control en el bosque —dijo, mientras se acomodaba el pañuelo sobre el cabello blanco y espeso.

—¿Es el guardabosques? —le pregunté con timidez—. ¿También se queda de noche en el bosque?

—Es un guardián de la oscuridad, mantiene las cosas en su sitio —concluyó, y me hizo señas de que callara, para que no se me ocurriera seguir preguntando.

—¿Lo conoces? —insistí, como habría hecho cualquier adolescente ante una situación tan confusa.

—Todos lo conocemos, pero no queremos reconocerlo, Zoe.

—¿Vive allí, en medio del bosque?

—Vive en todas partes, querida, y en ninguna. Pero, si así te resulta más fácil, sí, el bosque es su casa. Y no debemos molestarlo, escúchame bien —me dijo con tono severo, como cuando yo rompía algún recipiente de porcelana o dejaba abierto el granero.

—¿Quieres decir que no podemos visitarlo, abuela?

—No, nunca. ¡Presta atención, Zoe! Nunca debes ir al bosque a buscarlo, ¿entendiste?

—Pero, pero… abuela, podríamos llevarle comida y, tal vez, se sienta solo, como el abuelo cuando se va a las colinas con las ovejas.

—Zoe, no necesita nada y tampoco le pesa la soledad. ¡Escúchame bien! Él no es como el abuelo, ni como yo, ni como tú.

—¿Y cómo es?

—Diferente.

—¿En qué sentido?

—Basta. Déjate de tonterías y ocúpate de tus cosas. ¡Prométeme que no irás al bosque y que te olvidarás de todo esto!

—Abueeela… —me lamenté, como una niña pequeña y consentida a la que le hubieran quitado su juguete favorito.

—¡Zoe!

—Está bien, lo prometo. ¡Lo prometo! —le aseguré, solo para que se tranquilizara, aunque mi mente ya hacía toda clase de conjeturas y no había manera de detenerla.

Aquella noche no dormí, y los sonidos continuaron hasta cerca del amanecer. No sentía exactamente miedo, pero un escalofrío me recorría la espalda desde que la abuela había contado la historia del hombre del bosque. Si es que era un hombre…

A la mañana siguiente, la abuela sahumó la casa con incienso y me avisó que el sacerdote del pueblo no tardaría en visitarnos. Aquellos rituales me divertían y no comprendía por qué no podía acercarme al individuo del bosque, por qué no podíamos verlo, por qué debía olvidar todo lo que había averiguado. Se lo habría preguntado al abuelo Nae, pero siempre respondía con monosílabos y, por lo general, no quería enemistarse con su esposa. Se lo habría preguntado a mi madre cuando viniera a buscarme al final de las vacaciones de verano, pero, como no creía en supersticiones, se habría echado a reír y me habría felicitado por mi imaginación desbordante. Así que guardé silencio y le abrí el portón al sacerdote, que se quedó unas dos horas en la casa y roció todas las habitaciones con agua bendita, más aún que el día de la Epifanía.

Al anochecer, después de cenar, me acurruqué junto a la estufa. Afuera soplaba un viento feroz y, por valiente que fuera, no habría salido al patio por nada del mundo. Pero ya saben ustedes que algunas cosas están destinadas a suceder, y la abuela había olvidado la ropa recién lavada en el tendedero de atrás de la casa.

—Déjala, la traeré por la mañana —dije.

—No voy a dejar la ropa mojada afuera toda la noche —me respondió, mientras se anudaba el pañuelo bajo la barbilla.

Abrió la puerta y, desde la noche, una ráfaga de aire frío se precipitó sobre mí. La cerró enseguida y entonces oí un ruido extraño. El mismo de antes, pero ahora más cerca. Mucho más cerca. Pegué el oído a la puerta y escuché con el corazón en un puño. Al otro lado de la madera maciza oía arañazos y algo que parecía una lucha, pero el cuerpo se me había paralizado y no podía pronunciar una palabra. Después, una risa semejante a un relincho, imposible que perteneciera a un ser humano. Corrí el cerrojo, me persigné, como había aprendido en tantos años de asistir a los oficios religiosos, y me atreví a gritar.

—¿Abuela? ¿Estás ahí?

Del otro lado solo se oía el viento, y yo me reprochaba haberla dejado salir. En un arrebato de miedo, tomé el icono de la Virgen María de la mesita de la sala y lo apreté contra el pecho. Ni siquiera era demasiado creyente, pero sabía que algo malo nos rondaba. O alguien.

—¡Zoe, abre la puerta! —oí por fin. La petición de la abuela me dejó paralizada. Me quedé helada, aunque el Ángel Blanco de mi hombro derecho me instaba a obedecerla. Permanecí en silencio, con la mano en el picaporte y los pensamientos palpitándome en las sienes.

—¡Zoe, ¿no me oyes?! ¡Abre, niña!

No respondí. Giré sobre los talones y respiré hondo. El fuego de la estufa estaba a punto de apagarse, el abuelo dormía profundamente en el piso de arriba y el arcángel Miguel me miraba con tristeza desde un icono dorado, enmarcado por un paño de rayas. La razón luchaba contra la emoción; el Ángel Blanco, contra el Ángel Negro. Entonces abrí. En el marco de la puerta había unas marcas extrañas, como arañazos profundos, hechos por una criatura que no podía ser humana ni animal.

El viento había cesado, la abuela apenas podía recobrar el aliento y le costaba sostener el montón de ropa. El pañuelo se le había deslizado de la cabeza blanca como la nieve y tenía las mejillas encendidas. Pero estaba ilesa. Fuera lo que fuera lo ocurrido al otro lado de aquella puerta, la abuela había regresado viva y, en apariencia, indemne. Ni siquiera parecía alterada. La observé con atención. Dejó la ropa sobre el diván y se dirigió a la estufa. Había que alimentar aquel fuego. Sus movimientos eran sencillos, pausados, como si acabara de regresar de un paseo en un día despejado de mayo.

—Abuela —me atreví a preguntar—, ¿había alguien contigo afuera?

Entonces me miró por primera vez. Sus ojos eran los mismos –límpidos, claros–, pero estaban vacíos. Como si alguien más mirara a través de ellos.

—No, Zoe, a esta hora ya no hay un alma afuera.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Porque sabía con certeza que aquello no era verdad. Y sabía algo más. Que mi abuela nunca mentía.

 

Capítulo II. El guardián de la oscuridad

 

La abuela permaneció unos instantes más de espaldas a mí y después me reprendió como otras veces, aunque con un tono que parecía diferente. Un tono que no admitía resistencia.

—¡Ve a acostarte, Zoe! ¿No tienes sueño? Es medianoche.

—Sí, tengo.

—Entonces, ¿qué esperas? Vamos, a la cama.

Obedecí y me dirigí a la habitación en la que solía dormir durante los veranos que pasaba allí. Aunque me sentía muy cansada, lo ocurrido aquella noche me había perturbado tanto que estaba segura de que no cerraría los ojos hasta la mañana. Cuando llegué a mi cuarto, decidí quedarme un poco más junto a la puerta entreabierta. El Ángel Negro me susurraba que debía espiar a mi abuela. El Blanco, como de costumbre, consideraba que aquello era un pecado y me indicaba que me fuera a dormir de una vez. Le hice caso al primero.

No sé cuánto tiempo pasó; la casa estaba silenciosa. Demasiado silenciosa, como nunca lo había estado. Entonces oí algo, una voz. Era la abuela, que hablaba en voz baja, como si no quisiera que la oyeran. Agucé el oído, entorné un poco más la puerta por miedo a que me viera y escuché. Oía palabras que no entendía. La abuela hablaba con alguien, pero no había nadie en la casa, y aquella lengua… no era la nuestra. Sentí que me descomponía.

—La niña no lo sabe —dijo la abuela, esta vez con claridad.

Retrocedí un paso, el corazón se me subió a la garganta y fui directamente a la cama. El Ángel Blanco me reprendía con dureza. Me acurruqué bajo la manta suave y no pegué un ojo hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, muy temprano, la abuela volvía a ser la de siempre. O eso parecía. Me sirvió el desayuno e incluso me sonrió con ternura. Pero sus ojos, sus ojos tenían un brillo distinto. Algo flotaba en el aire, una especie de tensión extraña.

—¡Hoy no salgas del patio, Zoe! —soltó de repente, y a mí se me cayó la cuchara dentro de la taza de té de tilo.

—¿Por qué?

—Porque hoy se acercará más —dijo. Sentí que se me encogía el estómago. Dejé de comer y la miré con timidez.

—¿Quién?

Parpadeó dos veces, rápidamente, señal de que no debía interrogarla. Después se aclaró la garganta, como si acabara de darse cuenta de que me había dicho más de lo que yo debía saber.

—El viento —respondió por fin.

Hacia el mediodía, el abuelo regresó de las colinas. Entró en la casa con su lentitud habitual, sacudió las botas y saludó con un movimiento de cabeza.

—Anuța, ¿le pusiste más sal al queso? —preguntó.

—Se te murió la oveja negra —respondió la abuela, eludiendo la pregunta que acababa de hacerle.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, asombrado, el abuelo Nae. Después se hizo un breve silencio que confirmó que la abuela tenía razón.

—Lo sé —zanjó ella.

Ni el abuelo ni yo dijimos nada más, pero, cuando nuestras miradas se encontraron, supe que ambos pensábamos lo mismo. La cena transcurrió con normalidad, aunque la tensión del ambiente no se había disipado.

Al caer la noche, la abuela volvió a salir. Esta vez no tenía ropa que recoger ni otras tareas pendientes en el patio. Sin embargo, aquella noche era más luminosa que las anteriores: el cielo estaba lleno de miles de estrellas. A lo lejos, el bosque brillaba de un modo distinto. Entonces me armé de valor para seguirla sin que lo supiera. Se imaginarán que aquella decisión provocó otro conflicto entre los dos ángeles.

Caminé detrás de ella como una gata e incluso contuve la respiración por momentos. Parecía saber exactamente a dónde iba y qué tenía que hacer. La seguí hasta la cerca oxidada de atrás de la casa, la que nos separaba del bosque. Me escondí junto a una viga del cobertizo que el abuelo Nae había construido unos años antes y presencié algo que excedía los límites de la realidad. Créanme, el Ángel Blanco intentó convencerme de que estaba soñando. Tampoco aquella vez lo tomé en serio.

La abuela estaba junto a la cerca, inmóvil, de cara al bosque espeso. No hacía nada, solo permanecía allí. Parecía sumida en un estado contemplativo, como quien observa un cuadro que lo fascina. Pero ella no miraba un cuadro, miraba aquel bosque que traía luces y sombras. Esperaba algo, era evidente, me dije, y el Ángel Negro aprobó mi intuición.

Unos minutos después volví a oír aquel sonido, el de los días anteriores. No podía olvidarlo, era inconfundible. No eran pasos ni era el viento: era otra cosa. Una especie de vibración, de entidad que surgía de la propia tierra. La abuela inclinó ligeramente la cabeza, como si escuchara. Después dijo, muy despacio:

—Entendido. Así lo haré.

Sentí que me faltaba el aire. Porque lo sabía. Estaba segura de que la abuela no se encontraba sola allí, en el límite entre nuestra casa y el bosque.

No me atreví a moverme; la abuela tampoco se había movido. Seguía hablando con alguien, con aquella fuerza que había trastornado nuestras vidas.

—Todavía no está preparada —dijo por fin, y se me hizo un nudo en la garganta.

Sabía que hablaba de mí, pero no imaginaba para qué debía estar preparada. El pánico que se había apoderado de mi cuerpo me impidió seguir controlándome; pisé una tabla y el ruido llamó la atención de la abuela. Se volvió hacia mí y me miró, en aquella oscuridad, con un terror primigenio en los ojos. Supe que iba a reprenderme, supe que no debería haberla seguido. En una fracción de segundo estuvo a mi lado, como si desafiara las leyes del movimiento que había aprendido en las clases de física de la escuela.

—¡Zoe! ¡No debiste venir! ¡Dios mío, no tienes idea de lo que has hecho!

—Lo siento, abuela —dije, y bajé la cabeza en el silencio de la noche.

Aquella energía extraña se había disipado; la abuela se apresuró hacia la casa y, otra vez, me pareció que avanzaba demasiado rápido para su edad. La seguí, con lágrimas frías que me corrían por las mejillas. Ahora, quizá por primera vez, sentía que algo iba a suceder.

 

Capítulo III. Que Dios se nos vuelva Diablo

 

La abuela murió durante la noche.

En silencio, en su cama, sin agonía, sin sufrimiento. Cuando bajé a desayunar, había un trajín indescriptible en la casa. Yo, sin embargo, estaba muy tranquila. El abuelo Nae lloraba en silencio ante la mesita, con una taza de café delante. Magda, la hermana de la abuela, iba y venía atareada y me miraba de reojo, como si quisiera medir mi sufrimiento. Después se acercó y tomó mis manos entre las suyas, curtidas por el trabajo.

—Zoe, la abuela ya no está. Llevaba unos años enferma, pero no quería que lo supieras.

—Lo sé —dije, y los familiares interrumpieron sus quehaceres durante unos instantes.

¿Cómo sabía que la abuela había muerto? No tengo idea; quizá por un sueño, quizá por una premonición. Lo cierto es que lo sabía antes que nadie. No lloré, pero sentía un dolor sordo en el pecho, como si una piedra pesada se me hubiera instalado junto al corazón. Pasé mucho tiempo mirando al vacío, sin pensar en nada en particular.

Hacia el mediodía decidí ir al cuarto de la abuela para despedirme. Ya no tenía miedo; parecía haber olvidado todo lo sucedido la noche anterior detrás de la casa. La energía ya no dominaba el lugar y el bosque parecía más tranquilo que nunca. La abuela yacía con las manos juntas sobre el pecho, como si durmiera profundamente. Tenía el rostro sereno como un día de verano y a su alrededor olía intensamente a velas e incienso. Me acerqué a la cama y le besé la frente. Sabía que iba a extrañarla, del mismo modo que sabía que su muerte no había sido casual. La abuela no estaba enferma. Solo había concluido su misión. O se la había transmitido a alguien más.

Después del entierro viví en una espera continua, sin saber exactamente qué esperaba. Pasé tiempo junto al abuelo, lo ayudé a ordeñar las ovejas, le puse sal al queso, alimenté a los perros y regué las flores. Nuestros familiares se marcharon, mi madre prometió que vendría a buscarme a finales de agosto y a mí se me encogió el estómago al pensar que tendría que abandonar aquella casa. Allí ya me sentía en mi hogar. Había algo en aquellas paredes, en el olor del patio, en el crepitar de la leña; algo que me retenía. Había algo en el bosque de atrás de la casa, algo que me obligaba a quedarme.

El domingo por la noche salí al patio. No tenía ningún plan, solo quería mirar el cielo. Pero el bosque me llamaba y mis pies no me obedecían. Enseguida llegué junto a la cerca. Al mismo lugar donde había estado la abuela un día antes de morir. Miré hacia el bosque y entonces volví a oír aquel sonido. La extraña vibración había regresado; era como un pequeño terremoto que me alcanzaba sin que pudiera evitarlo. Mi instinto de defensa se activó de inmediato y me ceñí el suéter rojo al cuerpo. Después abrí la pequeña puerta que me separaba del camino hacia el bosque. Uno o dos minutos más tarde ya estaba en el sendero de tierra apisonada. Una fuerza me llamaba para que me acercara, cada vez más. Avanzaba deprisa, respirando de forma entrecortada, dejando atrás la casa de la abuela y, con ella, a la Zoe de antes.

El aire se había vuelto más denso, más opresivo. Como si el bosque respirara a mi mismo ritmo.

Avanzaba deprisa, sin detenerme ya a comprender por qué. Entonces volví a sentir a los dos, al Ángel Blanco y al Ángel Negro. Esta vez ya no conversaban. Discutían.

—Regresa, Zoe —me susurraba el Blanco—. Este no es tu lugar.

—Ya lo es —reía el Negro—. Nada puede hacerla volver.

Me llevé una mano a la sien, como si pudiera detenerlos. Pero las voces no cesaban, y llegué a un claro. Nunca había estado allí, pero aquel lugar me resultaba conocido.

Los árboles dejaban entre sí un círculo perfecto, como si alguien hubiera trazado una línea a su alrededor. En el centro no había nada. Y, sin embargo… tampoco estaba vacío. Di un paso. Después otro.

Entonces todo se detuvo. El sonido. El viento. Incluso los pensamientos.

—Has venido.

La voz no procedía de ningún lugar en particular. Estaba en todas partes. Me quedé inmóvil.

—¿Quién eres? —pregunté, pero mi voz me sonó ajena.

Una pausa. Después, una especie de risa breve, sin alegría.

—No «quién». «Qué».

La tierra vibró suavemente bajo mis pies. Y lo sentí. No miedo, sino reconocimiento. Como si una parte de mí ya supiera la respuesta.

—Tu abuela cumplió su misión —continuó la voz—. Ahora ya no puede seguir.

Se me encogió el estómago.

—¿Qué misión?

El silencio duró más de lo que esperaba.

—La de velar por la tranquilidad del pueblo.

Parpadeé como si me hubiera entrado algo en los ojos. Y por un instante la vi. No con claridad, ni por completo, pero lo suficiente para reconocerla. Era la sombra de la abuela o algo que tenía su forma.

De pie entre el bosque y yo, como una puerta, como un portal.

El Ángel Blanco gritó en mi interior:

—¡No escuches, Zoe! —Pero su voz era débil, ya lejana.

El Ángel Negro, en cambio… ya no estaba a mi lado.

Estaba justo frente a mí, tranquilo, casi satisfecho.

—Estás obligada, predestinada, Zoe —dijo la voz.

Entonces comprendí algo de una sencillez terrible: no era una elección, era una continuación, era mi destino. Respiré hondo, di un paso adelante y sentí que algo se rompía dentro de mí. Para siempre.

El Ángel Blanco calló por completo, como si nunca hubiera estado allí.

Solo quedó el Negro, que ya no susurraba, solo reía en voz baja.

Miré hacia el bosque y sonreí sin querer, sin poder detener lo que ya me estaba destinado.

—Que Dios se nos vuelva Diablo —susurré, y seguí adelante.

Larisa Marin es autora de la novela de suspense ¡No lo olvides!, publicada en 2025. Se desempeña como editora de revistas y redactora publicitaria. Licenciada en Letras por la Universidad de Bucarest, Rumania, le apasionan la historia y las relaciones internacionales. Ha publicado relatos cortos, ensayos y artículos en las revistas Proezia.ro y As Cultural. Su próxima novela, titulada simplemente Gloria, se publicará este año, tras haber obtenido el segundo puesto en un concurso literario organizado en Rumania. Se identifica con el estilo literario de autores como Gabriel García Márquez y Paulo Coelho.

 

 

PAS DE DEUX

Anatoly Belilovsky

 

Lunes:

El aire del estrecho pasillo se volvía más sofocante a medida que pasaban los segundos. El sudor perlaba la frente de Kevin y le manchaba la espalda de la camisa. Valerie estaba apoyada contra la pared, apartada de él.

—No funciona —susurró él—. ¿Estás segura de que es la puerta correcta?

Valerie se agachó.

—Levanta la mano y toca la placa —susurró—. Palpa las letras. ¿Cuáles son?

Él levantó la mano, tanteó la puerta y se detuvo.

—Mmm, bien, parece una C, una O, después algo… y luego otra O…

—Demoliciones Connors, tal como estaba anunciado —susurró ella—. Ahora vuelve al trabajo. Recuerda lo que te dije. Con calma y sin forzar. Un perno por vez. ¿Puedes distinguir cuáles ceden como si tuvieran un resorte?

—Creo que sí —susurró Kevin.

—¿Y los clics cuando quedan en su sitio?

—Sí. ¡Sí, aquí hay uno!

—Lo estás haciendo bien. Mantén una tensión constante con la ganzúa, no intentes forzarla —susurró ella.

Unos pasos resonaron por el edificio.

—Mierda —susurró Kevin—. ¿Es un guardia?

—Yo me encargo de él —susurró Valerie—. Tú concéntrate en esa cerradura. Cuando se abra…

—Los detonadores están en la caja de puros, en el cajón superior derecho del escritorio —susurró Kevin—. Lo recuerdo.

Ella lo oyó tragar saliva y despegar los labios resecos.

—¿Qué… qué vas a hacer con él?

—¿Con el guardia? —preguntó ella—. ¿Por qué quieres saberlo?

—Bueno… —Él hizo una pausa y enderezó la espalda—. Mmm…

—Querías dar un golpe en defensa de la Madre Gaia, ¿no?

—Mmm… ¿sí? —susurró él, mirando por encima de la cabeza de Valerie.

—¿Te estás arrepintiendo?

—Mmm… ¿no? —respondió él, con voz temblorosa.

Ella se incorporó, hizo una pirueta silenciosa y avanzó de puntillas por el pasillo hacia el escritorio del guardia. A Larry le tocaba el turno de noche; siempre se podía contar con que su próstata lo mandara al baño cada media hora, con precisión de reloj. Eso, y un cigarrillo a los cuartos y a las menos cuarto.

Casi podía saborear el humo del cigarrillo de Larry mientras se acercaba a él. Nunca había sido un problema pedirle uno.

 

Martes:

A Kevin le temblaba la mano mientras vertía ácido nítrico en el recipiente de vidrio. La mezcla borboteaba y desprendía una neblina anaranjada.

—¿Estás segura de que esto es seguro? —preguntó, con la voz amortiguada por la mascarilla.

—Eso espero —respondió Valerie.

Kevin retiró la mano.

—¿Cómo que eso esperas?

Se volvió hacia Valerie, con la expresión oculta tras las gafas protectoras.

—Espero que hayas lavado bien todo ese material de vidrio —dijo ella—. El TNT es un gatito si está puro. Si dejaste algo de suciedad, tendremos bolsas de dinitrotolueno sin reaccionar, y esa cosa explota con solo mirarla mal.

Kevin respiró hondo y siguió vertiendo.

—¿Dónde aprendiste todo eso?

—En el curso preparatorio para medicina —respondió ella, y se volvió para ocultar una sonrisa.

 

Miércoles:

—¿Cuánto falta? —preguntó Kevin, jadeando.

—Tres kilómetros —respondió Valerie—. Y quítate esa cara de estar muerto de miedo. Si alguien nos ve, somos excursionistas.

—Con suficientes explosivos para volar un pueblo pequeño —dijo Kevin.

—Te acordaste de guardar los detonadores en los bolsillos, ¿verdad? —preguntó Valerie.

—Sí.

—¿Seguro? Porque, si te caes y se activan dentro de una mochila llena de TNT…

—Estoy seguro —siseó Kevin entre dientes.

 

Jueves:

—Podríamos haberlo hecho ayer —dijo Kevin.

Pegó una masa semejante a la masilla en una viga y se metió la mano en el bolsillo.

—¡ALTO! —bramó Valerie—. ¿Qué te dije? Primero coloca todas las cargas; después vuelve y conecta todos los detonadores. Estás cometiendo errores, y eso que dormiste bien anoche. Si yo también estuviera cansada, podría pasar alguno por alto. Ahora toma otra carga de TNT y ponla… —Señaló una unión de vigas más arriba—. Allí.

—Mierda —dijo Kevin—. ¿Tengo que trepar hasta ahí?

—Tienes que trepar hasta ahí —respondió Valerie.

Él se izó, buscando con los pies un saliente donde apoyarse.

—¿Lo hacemos estallar esta noche?

—Mañana por la mañana —respondió ella.

—Estaríamos más calientes si compartiéramos un saco de dormir —dijo él.

Ella suspiró. Nunca fallaba. Tarde o temprano, todos acababan proponiéndoselo.

—No voy a dormir —dijo—. Tengo que revisar una vez más la colocación.

Y esta vez usar explosivo plástico de verdad, con detonadores de verdad, añadió para sus adentros.

Él suspiró y siguió trepando.

 

Viernes:

—¿Ahora? —preguntó Kevin.

Valerie asintió. Kevin presionó el émbolo.

El destello pareció demasiado pequeño, al igual que la nube que se elevó en silencio desde la base de la torre de transmisión. Kevin torció el gesto.

—Eso… —empezó a decir.

Entonces los alcanzó el muro de sonido: una avalancha palpable de estruendo y truenos que expulsó el aire del pecho de Kevin y le cubrió la cara de terrones. Él se puso de pie de un salto, se arrancó las gafas protectoras y escupió la tierra que le llenaba la boca. A lo lejos, la torre se inclinó lentamente; después cobró velocidad y cayó, levantando otra nube de polvo al golpear el suelo.

—¡Eso es! —gritó Kevin, y se puso a bailar torpemente—. ¡Tomen eso, cerdos imperialistas, contaminadores de mierda! ¡Un golpe en defensa de una Tierra verde!

Valerie aplaudió con toda la sinceridad que pudo reunir.

 

Sábado:

En su bandeja de entrada había un correo de Connors: «¡Buen trabajo! No sé cómo consigues ofrecer precios tan bajos, pero desde luego no es por hacer las cosas a medias. Tengo otro trabajo el mes próximo: Williston Electric acaba de terminar su parque eólico y necesita que derriben la vieja chimenea. Espero que presentes una oferta».

 

Domingo:

Sonó el teléfono. Ella atendió.

—Hola —dijo la voz al otro lado—. Soy Kevin.

—Kevin, escucha —dijo ella—. Te pedí que no llamaras…

—Solo quería darte las gracias —dijo él.

—¿Crees que valió lo que pagaste? —preguntó ella.

—¿Estás bromeando? —respondió él—. No veo la hora de contárselo mañana a mis compañeros de trabajo. ¡Las mejores vacaciones de mi vida!

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

EDÉN