Heiko H. Caimi
No sabría decir
cuánto tiempo llevábamos cabalgando por la Llanura de los Postes cuando empecé
a tener la certeza de que el sol, bajo el cual habíamos viajado desde nuestra
partida de la Ciudad del Pozo, ya no recorría realmente el cielo, sino que más
bien efectuaba una especie de lenta oscilación: descendía durante algunas horas
hacia aquella región occidental donde la tierra y el aire se confundían en una
misma bruma color cobre, para luego volver a elevarse, como si algo, más allá
del horizonte, lo rechazara. Ya había observado el fenómeno en los días
anteriores, aunque sin atreverme a hablar de él con Sereh, porque hay
pensamientos que adquieren consistencia en cuanto se expresan y que, mientras
permanecen confinados en la mente, conservan al menos la tranquilizadora
naturaleza de la duda. Sin embargo, llegó un momento en que me resultó
imposible seguir creyendo que se trataba de un engaño provocado por el
cansancio. El sol no se ponía; quizá había dejado de hacerlo siglos atrás.
Quizá, pensé entonces, todo cuanto habíamos aprendido en la Ciudad acerca de la
sucesión del día y la noche pertenecía a un mundo que había dejado de existir
mucho antes de nuestro nacimiento.
Éramos dos y cabalgábamos la bestia
a la que habíamos llamado Oth, aunque desde hacía ya varios días me resultaba
difícil seguir considerándola un caballo. Sereh iba sentada detrás de mí,
envuelta en el velo de fibras negras que habíamos encontrado entre las ruinas
de Khar, y yo sostenía oblicuamente sobre el hombro la Lanza de las
Profundidades, casi tres veces más larga que la estatura de un hombre, de cuyo
extremo posterior pendía la jaula de hierro que contenía el Corazón.
Antes de abandonar la Ciudad
habíamos recibido tres advertencias: no mirar jamás directamente lo que estaba
encerrado en la jaula; no pronunciar nuestros nombres durante el canto de los
postes; no prestar atención a ningún cambio que se produjera en el cuerpo de la
montura. Esta última prescripción, que al principio nos había parecido la más
absurda, muy pronto se había convertido en la más difícil de respetar, pues Oth
había empezado a cambiar ya después de la primera semana de viaje.
La Llanura se extendía a nuestro
alrededor sin poseer nada de la majestuosidad de las grandes extensiones; por
el contrario, nos provocaba esa particular opresión que nace de la monotonía:
no había colinas, rocas, cursos de agua ni vegetación; tan solo un terreno
negro, desmenuzado y vagamente untuoso, en el cual los cascos de Oth se hundían
produciendo un sonido sordo, y los innumerables postes que se alzaban a
distancias irregulares y se prolongaban hasta los límites de la vista. Algunos
eran finísimos y tan altos que sus extremos se perdían en la bruma; otros
estaban torcidos y nudosos, y en más de una ocasión me pareció distinguir en
ellos protuberancias semejantes a articulaciones. Al principio había supuesto
que eran los restos de un bosque carbonizado, aunque no lograba imaginar qué
incendio habría podido dejar en pie árboles tan altos y consumir hasta el
último rastro de sus ramas. Esta explicación me había satisfecho hasta que, al
pasar muy cerca de uno de los postes, observé su superficie: era blanquecina,
finamente porosa y recorrida por delgadas estrías longitudinales. Aparté de
inmediato la mirada.
—¿Todavía crees que son árboles?
—me preguntó Sereh.
Su voz, después de tantas horas
transcurridas en el silencio de la Llanura, me sobresaltó. Respondí que no veía
qué otra cosa podían ser y, mientras pronunciaba esas palabras, advertí lo poco
que creía en ellas.
Sereh no insistió, pero se apretó
aún más contra mi espalda. Durante un tiempo solo oí el paso regular de Oth y,
mucho más lejos, un rumor bajo que podría haber sido el viento, aunque en la
Llanura el aire estaba inmóvil.
Habíamos dejado la Ciudad del Pozo
cuarenta y tres días antes, según el cómputo de Sereh, y cincuenta y uno según
el mío. Al principio habíamos discutido la discrepancia, comparando las muescas
grabadas en nuestras tablillas y tratando de establecer cuál de los dos se
había saltado o había duplicado alguna jornada; más tarde habíamos desistido,
porque ambos registros estaban completos. La Ciudad había quedado atrás, con
sus murallas inclinadas, sus torres ciegas y las inmensas viviendas
subterráneas en las que los últimos hombres vivían desde hacía siete
generaciones, esperando el día, anunciado en los libros más antiguos, en que el
cielo volvería a ser azul y las estrellas ocuparían nuevamente la noche.
Ninguna de las dos cosas había ocurrido. Las estrellas se habían apagado una
tras otra y, en los últimos años, hasta la noche había comenzado a comportarse
de manera extraña, hasta que una mañana el Mensajero apareció en el borde del
Pozo.
Nadie lo había visto entrar. Ese
solo hecho debería habernos impedido escucharlo, pues las puertas estaban
vigiladas sin interrupción y ningún hombre en su sano juicio se habría acercado
al Pozo durante las horas oscuras. Sin embargo, allí estaba, sentado en el
parapeto, envuelto en harapos grises, con el rostro cubierto por una máscara de
sal. Entre las manos sostenía una jaula, dentro de la cual algo latía con una
lentitud que, desde el primer instante, me produjo una repugnancia casi física.
El Mensajero nos había dicho que el
Corazón debía ser transportado a través de la Llanura, más allá de Khar y de la
Torre, hasta el lugar donde terminaba el mundo. Todavía recuerdo mi pregunta,
formulada más por incredulidad que por valor:
—¿Y qué ocurrirá cuando haya
llegado allí?
La máscara de sal se había vuelto
hacia mí y, aunque no tenía aberturas a través de las cuales pudiera verle los
ojos, tuve la impresión de que algo me observaba desde una distancia
inconmensurable.
—El mundo terminará —había
respondido.
Quizá fue precisamente esa
respuesta la que nos convenció. Desde hacía muchos años, en efecto, habíamos
empezado a sospechar que el mundo se había vuelto demasiado viejo para
continuar.
Cuando partimos, Oth era un gran
caballo gris, flaco pero vigoroso, perteneciente a los establos subterráneos de
la Ciudad. Al séptimo día habían aparecido en su cuello unos filamentos
finísimos, semejantes a las telas producidas por las arañas de las cavernas; al
duodécimo, aquellos filamentos ya colgaban de los flancos y el vientre,
formando una especie de retícula que parecía crecer directamente de la piel.
Hacia el decimoctavo día, el pelo había desaparecido casi por completo y las
patas, que yo recordaba robustas, se habían alargado considerablemente.
Entonces, al observar por casualidad el movimiento de los músculos del muslo
izquierdo, había visto abrirse bajo la piel una pequeña cavidad ovalada,
provista de dos bordes pálidos que se separaban y volvían a cerrarse con un
movimiento demasiado deliberado para ser una simple contracción. No había dicho
nada. La noche siguiente, mientras descansábamos bajo uno de los postes, Sereh
me había preguntado, sin mirarme, si yo también había visto la boca.
Desde entonces ambos habíamos
evitado observar a Oth más de lo necesario.
Sin embargo, había algo peor que
las transformaciones de la bestia, y era aquello que nos seguía. Al principio
lo había confundido con una nube en el horizonte oriental, una franja oscura
tan fina que habría sido fácil ignorarla; pero en los días siguientes aquella
franja había crecido y se había vuelto imposible atribuirla a un fenómeno
atmosférico. Por donde pasaba ya no distinguía postes, terreno ni cielo, sino
tan solo una negrura absoluta que no parecía oscuridad, sino ausencia de luz.
Sereh la llamó la Noche y conservamos ese nombre, aunque ambos sabíamos que no
guardaba relación alguna con la noche que habíamos conocido de niños.
Cuando aquella tiniebla estuvo ya
lo bastante cerca para ocupar una parte considerable del horizonte, oímos el
canto. Comenzó con una vibración tan baja que la sentí en los estribos antes
incluso de oírla. Oth aminoró el paso y luego se detuvo; el sonido aumentó y
pareció propagarse a través del terreno, hasta que uno de los postes a nuestra
derecha tembló visiblemente. Poco después respondió un segundo poste, luego un
tercero, y en cuestión de pocos minutos toda la Llanura resonó con una única
nota inmensa y profunda, semejante al gemido que habría podido emitir la propia
materia del mundo sometida a una tensión insoportable. El Corazón, detrás de mi
hombro, aceleró sus latidos y la vibración de la jaula se transmitió por el
asta de la Lanza hasta mi mano.
Entonces vimos surgir a los
hombres. Las figuras emergieron de la materia negra de la Llanura como cuerpos
que atravesaran una superficie líquida, primero con la cabeza y los hombros,
luego con el tronco y finalmente con las piernas. En el reducido espacio que
nos rodeaba conté varios centenares; más allá, hasta la bruma, había miles,
quizá millones. Todos estaban desnudos, eran delgadísimos y permanecían
perfectamente inmóviles, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y el
rostro vuelto hacia el cielo.
Sentí que Sereh se ponía rígida
contra mí y comprendí, por el movimiento de sus labios junto a mi oído, que
estaba a punto de pronunciar mi nombre. De inmediato le puse una mano sobre la
boca.
En ese mismo instante, todas las
figuras abrieron las suyas. El sonido aumentó hasta volverse casi intolerable,
amplificado por los postes. Los hombres sepultados en la Llanura producían
aquella nota, y los postes la recogían, la amplificaban y la conducían hacia lo
alto.
Levanté involuntariamente los ojos.
El cielo de cobre parecía inmóvil y, sin embargo, tuve la certeza de que algo
allá arriba estaba escuchando.
Oth reanudó la marcha sin que yo lo
espoleara. Atravesamos aquella multitud durante un lapso que no sabría
calcular. Ninguna figura nos miraba, pero cuando llegamos al centro de la zona
más poblada vi que algunas cabezas comenzaban a inclinarse lentamente. Una tras
otra, se volvieron en nuestra dirección, no hacia Sereh ni hacia mí, sino hacia
la jaula.
El canto cesó de golpe. Los hombres
se hundieron en la tierra con la misma silenciosa facilidad con que habían
salido de ella y los postes volvieron a callar. A nuestras espaldas, en el
horizonte, la Noche estaba más cerca.
La Torre apareció algunos días
después. Durante muchas horas la confundimos con uno de los postes, porque era
tan delgada que solo su perfecta verticalidad la distinguía de los demás; sin
embargo, al acercarnos advertimos que tenía una superficie trabajada y que se
elevaba tanto que desaparecía en la bruma.
No encontramos puertas ni
aberturas. En su base estaba sentado un hombre muerto, cubierto por una
armadura sobre la cual habían crecido los mismos filamentos que envolvían a
Oth. El esqueleto sostenía entre las manos una tablilla de piedra.
Sereh conocía la lengua antigua
mejor que yo. Limpió la superficie de la tablilla y leyó largo rato en
silencio; luego su rostro adoptó una expresión que nunca antes le había visto.
—Dice que el Corazón no debe llegar
al fin del mundo.
Miré instintivamente la jaula.
—El Mensajero nos ordenó que lo
lleváramos allí.
—Lo sé.
—¿Hay algo más?
Sereh vaciló y luego volvió a
examinar los caracteres desgastados. Cuando habló, su voz era muy baja:
—Dice que el mundo ya ha terminado.
No lo comprendí de inmediato. La
frase poseía esa forma paradójica que la mente rechaza antes incluso de haber
considerado su significado; después, al observar la Llanura, el sol inmóvil,
los postes y la tiniebla que avanzaba devorando el horizonte, sospeché por
primera vez que el hecho de que estuviéramos vivos no constituía una prueba
suficiente de la existencia del mundo.
—¿Y nosotros? —pregunté.
Sereh siguió mirando fijamente la
tablilla.
—Nosotros somos lo que continúa.
Después de esas palabras, todo
comenzó a adquirir un significado diferente. La Ciudad del Pozo, las
generaciones que habían vivido en los subterráneos, las estrellas
desaparecidas, la progresiva inmovilidad del sol: lo que habíamos considerado
síntomas de un mundo moribundo podía ser, en cambio, el residuo de un mundo
extinguido desde tiempos inmemoriales, una especie de persistencia mantenida
artificialmente por aquello que transportábamos en la jaula.
Cuando Sereh propuso regresar, no
necesité responderle: la Noche ocupaba ya casi la mitad de la Llanura. Entonces
propuso destruir el Corazón.
Por unos instantes consideré
realmente la posibilidad de abrir la jaula y golpear lo que contenía con la
punta de la lanza. Fue en ese momento cuando el Corazón habló. No oí ninguna
voz, por supuesto. En cambio, vi a mi madre, muerta cuando yo tenía siete años,
sentada en la terraza de nuestra casa antes de que cerraran las torres; vi a mi
padre, el patio de mi infancia, el agua que corría al aire libre y, por encima
de todo, un cielo azul de una intensidad casi dolorosa. El recuerdo fue tan
perfecto que durante unos instantes olvidé la Llanura.
Cuando se desvaneció, Sereh estaba
arrodillada junto a Oth y comprendí que ella también había recibido algo del
Corazón.
—No quiere morir —dijo.
No respondí de inmediato.
—Tal vez —dije por fin— nos haya
traído hasta aquí precisamente porque no puede hacerlo solo.
Llegamos al límite de la Llanura
cuando la Noche estaba ya tan cerca que podíamos ver cómo los postes
desaparecían en su interior. Yo había esperado una muralla, un precipicio o un
mar; encontramos, en cambio, algo mucho más terrible: la tierra simplemente
cesaba. Más allá del borde no había vacío, porque el vacío todavía presupone un
espacio en el que algo podría encontrarse; había una luminosidad de color oro
oscuro, carente de profundidad y distancia, ante la cual los sentidos parecían
perder toda capacidad de juicio. Los últimos postes estaban inclinados hacia
aquella región, como si una fuerza lentísima los hubiera doblado a lo largo de
eras o los estuviera atrayendo hacia aquel más allá.
Oth se detuvo a pocos pasos del
confín y su cuerpo se abrió. La piel de los flancos se separó sin sangre y las
fibras que la recubrían se tensaron, revelando que debajo ya no había carne,
huesos ni vísceras, sino tan solo una red de filamentos negros, dentro de la
cual vi moverse innumerables pequeñas formas humanas. Eran hombres y mujeres,
algunos tan diminutos que cabían en la palma de una mano, otros aún más
pequeños; y todos, cuando la luz del confín penetró en el cuerpo abierto de la
bestia, levantaron el rostro al mismo tiempo.
—Hemos llegado —dijeron.
No sabría explicar cómo unas voces
tan pequeñas pudieron producir un sonido que atravesó toda la Llanura. Los
postes vibraron. Detrás de nosotros, la tierra volvió a vomitar a los hombres
sepultados, todos en movimiento y vueltos hacia el Corazón. Comprendí entonces,
con una claridad que me llenó de horror, que Oth no nos había transportado a
través de la Llanura: habíamos sido nosotros quienes lo transportamos a él y,
con él, a una multitud perteneciente a épocas y quizá a mundos anteriores al
nuestro.
Más allá del confín, algo se movió.
No puedo decir que lo viera. Percibirlo sería una expresión más exacta. La
luminosidad dorada sufrió una deformación vastísima, como si detrás de una
membrana se hubiera acercado una masa de dimensiones incalculables, y dos
regiones pálidas se abrieron, muy distantes entre sí. Solo después de unos
instantes comprendí que mi mente las interpretaba como ojos.
La Noche seguía avanzando. Levanté
la Lanza y, por primera vez, miré dentro de la jaula. Lo que latía allí no era
un órgano. Era un mundo.
Vi océanos, continentes y montañas;
vi nubes correr sobre mares azules y ciudades encenderse en la noche. Vi a
hombres nacer, amar, luchar y morir; vi imperios surgir y disolverse, bosques
convertirse en desiertos y desiertos cubrirse de agua. Luego vi una llanura
negra sembrada de postes. Vi una ciudad construida alrededor de un pozo. Vi dos
figuras sobre un caballo que avanzaban bajo un sol color cobre.
Sereh miró conmigo. Y la
comprensión se abrió paso en nuestro interior. Nosotros no transportábamos el
mundo: estábamos dentro del mundo que transportábamos. La jaula contenía
aquello que nos contenía, y esa imposibilidad, en lugar de destruir mi razón, me
pareció de pronto lo único razonable que había comprendido en mi vida. El
Mensajero no había mentido, como tampoco la inscripción de la Torre. El mundo
había terminado; el mundo aún debía terminar. Ambas afirmaciones describían
momentos distintos de un proceso que quizá se repetía desde que existía algo
capaz de existir.
El conocimiento llegó al mismo
tiempo que el movimiento de la cosa situada más allá del confín. Comprendí que
cada mundo, al alcanzar su vejez extrema, producía un Corazón; que cada Corazón
encerraba el germen de otro mundo y que alguien debía finalmente conducirlo
hasta el límite de la realidad que lo había generado. Los seres contenidos en
Oth eran los supervivientes, o quizá tan solo los recuerdos, de mundos
anteriores. Los postes eran lo que quedaba de quienes habían fracasado. Y la
Noche era simplemente la nada que recuperaba aquello que ya debería haberle
sido devuelto.
Sereh gritó que arrojara el
Corazón. La tiniebla estaba muy cerca. Los hombres de la Llanura corrían hacia
nosotros; Oth permanecía inmóvil, abierto de par en par, mientras las criaturas
encerradas en su cuerpo tendían miles de pequeños brazos hacia la jaula.
Levanté la lanza con ambas manos y,
reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, la arrojé más allá del borde.
La jaula atravesó lentamente la
luminosidad dorada y por un momento quedó suspendida. Luego el Corazón se
abrió. Una luz blanca estalló con tal inmensidad que el sol sobre la Llanura
pareció una brasa vista en el fondo de una caverna. Los postes se inclinaron y
cayeron, la tierra se levantó en grandes oleadas negras y las multitudes
surgidas del subsuelo se disolvieron sin dejar rastro. Oí a Oth emitir un
sonido desmesurado, en el que reconocí por un instante el relincho del caballo
que habíamos sacado de la Ciudad y, al mismo tiempo, las voces de innumerables
criaturas. Luego la Noche nos alcanzó.
Cuando volví a ver, estaba tendido
sobre la hierba. Permanecí inmóvil durante mucho tiempo, pues la sensación de
la hierba contra mis manos se había vuelto tan extraña que me parecía más
prodigiosa que cualquier cosa que hubiera visto en la Llanura. Sobre mí se
extendía un cielo oscuro, pero no era la Noche que nos había perseguido. Miles
de puntos luminosos lo llenaban: estrellas. Casi había olvidado que pudiera
haber tantas.
Sereh yacía no muy lejos y
respiraba. Oth, nuevamente con el aspecto de un caballo gris, pastaba
tranquilamente a pocos pasos de nosotros. Cuando salió el nuevo sol, iluminando
una llanura cubierta de hierba y unas lejanas colinas azules, sentí una alegría
tan violenta que me dio miedo.
Sereh despertó y me preguntó dónde
estábamos. Le dije que no lo sabía. Fue entonces cuando vi algo que emergía del
suelo a pocos pasos de ella. Era delgado, blanco y no más alto que mi
antebrazo. Un poste.
Me acerqué sin hablar. Su
superficie era porosa y estaba recorrida por finas estrías longitudinales.
Apoyé una mano sobre ella y sentí una vibración debilísima que ascendía desde
la tierra. Muy por debajo de nuestros pies, alguien cantaba.
Me volví hacia Oth. El caballo
había dejado de pastar y miraba el nuevo sol. Durante un rato no ocurrió nada;
luego, bajo la piel de su flanco, vi formarse una pequeña depresión ovalada.
Los dos bordes se separaron lentamente y volvieron a cerrarse.
Sereh no lo advirtió. Esta vez no le dije nada. Por fin había comprendido la tercera advertencia.





