sábado, 19 de septiembre de 2026

LA FAMILIA BAJO EL AGUA

Lucy Taylor

 

Poco después de cumplir quince años, regresé a casa y descubrí que se había llenado de agua. No quiero decir que estuviera bajo el agua: estaba llena de agua, como un juguete que uno metería en un acuario. Dentro, mi madre y mi hermana Babette, de diez años, flotaban de una habitación a otra como grandes y delicadas bailarinas que hicieran piruetas en una empapada cámara lenta.

Me quedé mirando a través de la ventana, sin atreverme a abrir la puerta por temor a que saliera un torrente de agua, así que esperé afuera hasta que papá llegó tambaleándose, con aquel brillo malicioso en los ojos que sugería que la acogida que había recibido en el bar del barrio no había estado a la altura de su rango en la Orden Fraternal de Borrachos, Matones y Cretinos. Ni siquiera se fijó en el estado de la casa, sino que se precipitó directamente contra una pared de agua, gritando y agitando los brazos con torpeza en cámara lenta. Casi no se oía nada. Alcancé a distinguir unos gorgoteos que podrían haber sido «maldita perra» y «cantinero imbécil», pero en su mayor parte solo eran sonidos suaves, de succión. No daban ningún miedo. Mamá gritó algo que salió a borbotones de su boca en una larga hilera de burbujas plateadas, como si estuviera vomitando perlas o las cápsulas de huevos de alguna exótica criatura marina.

Papá levantó el puño. Cuando la golpeó, ella se dobló en un silencio lento y elegante, mientras el vestido se inflaba alrededor de sus caderas. Un diente salió flotando de su boca. Respiré profundamente y me zambullí en la sala sumergida.

En cuanto entré en el agua, papá se abalanzó sobre mí, con sus labios gomosos retorcidos como los de una morena enfurecida; movía la boca, pero de ella no salía ningún sonido, salvo el gluglú de las burbujas. Intentó agarrarme, pero antes de que pudiera golpearme, Babette pasó flotando, braceando frenéticamente, con el cabello rojo desplegado alrededor de la cabeza como un halo de fuego. Me tomó de la mano y subió flotando por las escaleras delante de mí como un ángel ahogado.

No fue hasta que entramos nadando en nuestra habitación y nos escondimos en el armario cuando comprendí que había estado respirando todo el tiempo. El agua era espesa, fría y empalagosa, pero al cabo de un rato dejé de notarlo. Solo estaba agradecida de poder respirar.

Aquellas primeras semanas de adaptación a la vida bajo el agua fueron difíciles. Dormía mucho y tenía sueños extraños y turbios en los que me ahogaba, revivía y volvía a ahogarme, pero también empecé a sentir una nueva y agradable calma, un entumecimiento maravilloso en el que incluso las peleas más violentas estallaban en medio del silencio y la serenidad, y la sangre que brotaba de mi labio o de la nariz de mamá se desplegaba como hermosas serpientes submarinas en el agua azul aciano. Los gritos de papá no me asustaban, y el dolor físico, cuando llegaba a sentirlo, parecía producirse en el cuerpo de otra persona; las sensaciones eran lejanas, como el eco de un tren que desaparece a lo lejos por un túnel.

Empecé a lamentar todos los años que había pasado viviendo en el aire.

Por las noches, Babette y yo nos acostábamos juntas en nuestra cama sumergida y hablábamos en susurros, mientras sus burbujas estallaban sobre mi rostro como besos.

—¿Cómo ocurrió esto? —pregunté—. Quiero decir, nuestra casa ni siquiera era capaz de impedir que entrara la lluvia. ¿Cómo puede contener toda esta agua?

—¿De qué estás hablando? —dijo Babette—. Nuestra casa se llenó de agua cuando murió la abuela. Papá se emborrachó y cayó contra el ataúd, y mamá empezó a gritar. Cuando volvimos a casa, estaba llena de agua. Siempre me pregunté por qué nunca decías nada al respecto.

—¿Por eso nunca te he visto llorar? ¿Has estado bajo el agua todos estos años?

—Lo siento. Debería habértelo dicho. Pensaba que simplemente fingías no saberlo.

—Pero eso sigue sin explicar por qué una casa habría de llenarse de agua.

—Porque necesitamos que sea así —dijo Babette—. Para poder vivir aquí sin volvernos locas.

Tenía razón. Al cabo de un tiempo me acostumbré al silencio, a la lentitud, a flotar de una habitación a otra en lugar de caminar. Y entonces, ¡bam!, llegaba la hora de ir a la escuela, a la iglesia o al supermercado, y el mundo exterior, lleno de ruido, bordes duros y personas ásperas y espinosas, me golpeaba como un ladrillo en los dientes, y lo único que quería era volver a zambullirme bajo el agua.

También era extraño cuando venía alguien de afuera y yo estaba a salvo bajo el agua, pero el visitante no, de modo que nos movíamos en dos mundos diferentes, una criatura terrestre y otra marina, incapaces de comunicarnos. Recuerdo un desastre durante mi primer Día de Acción de Gracias bajo el agua. Dejé que un muchacho que me gustaba, Luke, viniera a casa para ver una película. Justo a mitad de la película, papá irrumpió, flotó hasta chocar con el perchero y lo derribó, y luego salió despedido contra la mesa de centro. Un jarrón se hizo añicos, un fragmento de vidrio le hizo un corte en la mejilla a Luke y él salió corriendo y gritando. Lo único que yo podía pensar era lo estúpido que resultaba montar semejante escándalo cuando lo único que tenía que hacer era echarse hacia atrás y flotar.

Creía haberme adaptado a mi mundo submarino hasta el día en que papá se comió a Babette. Mamá estaba arriba, flotando por el ático mientras hacía la limpieza de primavera. Papá miraba lucha libre profesional en la televisión y avanzaba a buen ritmo en su propósito de reemplazar con cerveza toda la sangre de su cuerpo. Yo jugaba a ser una sirena, moviéndome lánguidamente cerca del techo, dando volteretas en cámara lenta en mi habitación.

De pronto, Babette lanzó un chillido aterrador incluso bajo el agua. Nadé escaleras abajo y llegué a tiempo para ver a papá en el suelo, con Babette inmovilizada debajo de él. Ella intentó escabullirse, pero papá la agarró por los tobillos.

Babette nadaba, pataleaba y gritaba cuando, de pronto, los brazos y las piernas de papá se encogieron hasta convertirse en muñones. De su vientre y de su espalda brotaron aletas. Se convirtió en un tiburón con unas horribles mandíbulas de color metálico y unos ojos que parecían arrancados de un cadáver congelado. Abrió la boca y succionó a Babette. Primero se tragó sus pies y sus piernas, después las caderas y luego el resto. El agua se volvió roja y turbulenta. Trozos de carne pasaron flotando frente a mi rostro. Yo no podía pensar, no podía luchar, no podía nadar, y el cráneo de Babette estaba siendo aplastado como una lata de cerveza vacía. Vi sus ojos, vidriosos y enormes, mientras su rostro desaparecía dentro de aquellas fauces, y entonces nuestro Padre, el Gran Tiburón Blanco, levantó la cabeza y concentró en mí su hambre indescriptible, aquel impulso voraz de devorar y destruir.

Abrí una ventana, respiré profundamente y salí nadando, para caer en el luminoso y estridente mundo exterior, lleno de bordes duros y ruido, donde ya no podía nadar, así que me puse de pie y corrí, corrí para salvar la vida.

Es curioso cómo cambia uno después de haber vivido bajo el agua. El mundo de la luz y el aire nunca termina de sentirse bien, nunca funciona del todo. Es como ser una refugiada durante el resto de la vida, buscando siempre un hogar que apenas puedes recordar y que ni siquiera estás segura de haber querido, pero que fue el único lugar donde alguna vez todo pareció normal.

Pasé bastantes años en el mundo del aire. Viajé hacia el oeste haciendo autostop y viví un tiempo en la calle; después fui a un refugio para jóvenes fugitivos, terminé la escuela y conseguí trabajo vendiendo publicidad para una emisora de radio. Con el tiempo aprendí a no hacer burbujas en público ni intentar cruzar una habitación nadando a braza, porque la gente me miraba de manera extraña. Me adapté tan bien que nadie habría imaginado que me había criado en otro lugar que no fuera el aire.

Entonces, una noche después del trabajo, vi en una esquina a un muchacho rubio de ojos verdes como ágatas y sonrisa burlona, fumando un cigarrillo. Ojos duros de ave de presa y una boca carnosa, tentadora, con un rastro de crueldad en las comisuras y un bulto bajo sus Levi's que hizo que el corazón se me derritiera, resbaladizo, ardiente y húmedo, hasta las bragas.

Me detuve donde estaba. Lo saludé.

No me decepcionó.

Se llamaba Darius. Su apartamento estaba en un edificio sin ascensor junto a una licorería. El apartamento estaba bajo el agua. Abrió la puerta y entró nadando. Yo nadé detrás de él. Follamos como peces, en silencio y con un esplendor de sangre fría, mientras el agua nos protegía, nos mantenía separados, una barrera a través de la cual el odio, el miedo y la violencia apenas lograban alcanzarnos. Allí donde la sangre era hermosa y el dolor una distracción interesante.

Supe que había vuelto a casa.

Lucy Campbell Taylor (Richmond, Virginia, 30 de noviembre de 1951) es una escritora de terror estadounidense. En los años 90, fue descrita como "La reina del horror erótico" por la editora Jasmine Sailing. Estudió filosofía e historia del arte en la Universidad de Richmond, y se graduó con un Bachelor of Arts en filosofía. Sus primeros escritos fueron de no ficción, principalmente de viajes. A principios de los 90, se mudó a Boulder y empezó a escribir ficción. Su colección The Flesh Artist (1993), fue nominada para el premio Bram Stoker en 1994. Su novela The Safety of Unknown Cities fue galardonada en 1995 a la mejor primera novela con el premio Bram Stoker y con el International Horror Guild Award, y al año siguiente, en 1996, con el Deathrealm Award a la mejor novela. Algunos de sus relatos originales aparecen en los cinco volúmenes de la serie internacional de antología Exotic Gothic. Entre sus obras pueden citarse, además de las nombradas, Close to the Bone (cuentos, 1993), Painted in Blood (cuentos, 1996), Sub-Human (novela, 1998), Eternal Hearts (novela 1999), Saving Souls (novela, 2002), The Silence Between The Screams (cuentos, 2011), Unspeakable and Other Stories (cuentos, 2011), A Respite for the Dead (novela corta, 2014), Fatal Journeys (cuentos, 2014), In the Cave of the Delicate Singers (novela corta, 2015), Sweetlings (novela corta, 2017), Spree and Other Stories (cuentos, 2018), Desolation: A Horror Western Novella (novela corta, 2021).

 

ADIÓS, ZÉ BODE

Roberto Schima

 

La tarde caía perezosa, como si fuera el final habitual de un día más.

La primavera había comenzado; sin embargo, persistía un vestigio del frío invernal.

Era como si la naturaleza se resistiera a dar paso al tiempo y a nuevos cambios.

Pero ¿cómo impedir que fluya la arena?

¿Cómo detener las gotas de lluvia?

¡Hasta las montañas acabarían convertidas en guijarros!

Un mundo de misterios.

En un raro momento de silencio en el bosque, las únicas cosas que se oían eran el viento entre el follaje y la voz gastada del venerable anciano:

—¿Cómo fue creado todo en el Universo? ¿Cuándo surgió el destello de la vida? ¿Quién creó La Lengua mediante la cual nos comunicamos? ¿Cómo era el mundo antes de la rebelión de las plantas?

Los jóvenes alumnos permanecieron en silencio, con los ojos y los oídos atentos.

Mientras tanto, un poco más adelante, la superficie de la Laguna de la Meditación permanecía plácida.

Los renacuajos nadaban.

Las libélulas volaban.

Los capibaras dormían.

El anciano prosiguió, con una voz pastosa y lenta como el rastro de un caracol:

—Los misterios del mundo son infinitos, niños. Como las estrellas del cielo, llenan el río de nuestras vidas con miríadas de reflejos. Nunca dejen de sorprenderse, de maravillarse, de aprender. ¿Comprenden?

Se oyó un coro de voces infantiles:

—¡Sí, señor, Maestro Tirugo!

Los tonos variaban tanto como las formas de los alumnos: liebres, cabras, grillos, teros, serpientes, jaguares, jabalíes, polillas, lagartos, armadillos, benteveos, lombrices y muchos otros.

La tortuga terrestre centenaria sabía que la mayoría había respondido «sí» por la fuerza de la costumbre. Suspiró. No era fácil ser el maestro de la comunidad. La sed de conocimiento era cosa de pocos. Sin embargo, conservaba la esperanza de que al menos una de las crías hubiera comprendido y de que la semilla de la curiosidad que él había plantado germinara, creciera y, tal vez, floreciera.

Afortunadamente, siempre había alguna. A lo largo de innumerables estaciones, Tirugo había visto florecer su virtuoso jardín.

Sí, valió la pena, pensó, suspirando una vez más.

De pronto, en medio de una pausa durante la cual hasta el viento había amainado, un zumbido angustiado recorrió el claro que hacía las veces de aula.

—¡Maestro Tirugo! ¡Maestro Tirugo! ¡Maestro Tirugo! —gritó la abeja, sin aliento.

Voló erráticamente hasta posarse en la punta del hocico de la anciana tortuga, obligándola a bizquear para poder verla, algo que, a esas alturas de su vida, no resultaba nada fácil.

—¿Qué ocurre...? —comenzó a decir, pero se interrumpió porque no sabía el nombre del insecto; después de todo, había tantas abejas y eran tan parecidas—. ¿Qué ocurre?

—Es... ¡Uf!... Es... ¡Uf!... Es...

—Tranquila, recupera el aliento.

Un murmullo recorrió a los alumnos.

Entonces la agitada abeja soltó de una vez:

—Es Zé Bode, Maestro Tirugo... ¡Ha llegado la hora!

Los niños exclamaron «¡Oh!» en un segundo coro. Pero esta vez conocían el significado gracias a las conversaciones que habían oído susurrar a los adultos. Matraca, la sobrina menor de Currupaca –y tan chismosa como ella–, se contuvo para no contar todo lo que sabía. A diferencia de su tía, poseía cierto decoro y se mordió la lengua. Se limitó a erizar las plumas de la parte posterior de la cabeza en señal de excitación y temor.

La sabia tortuga también estaba al tanto de los hechos. Tarde o temprano ocurriría.

—La clase ha terminado, niños y niñas.

Las distintas crías se dispersaron, dejando libre el espacio del claro.

Tirugo sintió una conocida punzada de tristeza en un rincón del corazón y un peso mayor dentro del pecho. Se obligó a ignorarlos y dijo con resolución:

—¡Iré inmediatamente a los peñascos! ¿Cómo te llamas, abejita?

Más dueña de sí misma, ella respondió:

—Me llamo Rocío, Maestro.

—Descansa sobre mi caparazón, Rocío, mientras me dirijo a la morada de Zé Bode a toda velocidad.

El insecto declinó cortésmente.

—Gracias, Maestro, pero el tiempo apremia. Debo regresar a la colmena y atender a Su Alteza, la reina... Mi madre. Solo vine a transmitir el mensaje de una hormiga, que no puede volar. ¡Adiós!

Antes de que el anciano pudiera responder, la abeja salió disparada entre los arbustos.

Obviamente, «a toda velocidad» era poco más que una forma de hablar en el caso de la vieja tortuga, cuyos movimientos se habían vuelto más lentos con la edad, incluso en comparación con los de sus semejantes.

Tardó poco más de una hora en llegar a un agujero entre las rocas, el hogar de Zé Bode. La subida irregular y los espacios entre las piedras dificultaron el trayecto, por no mencionar que Tirugo era anciano y las patas de las tortugas terrestres son muy cortas. Algunos incluso dirían que fue un milagro que lograra semejante hazaña. Su proeza acabaría convirtiéndose en otra de las muchas leyendas del bosque y en uno de los enigmas inexpugnables de la selva.

Muchos animales ya se encontraban allí: la esposa y la hija de Zé Bode, la pareja de gorriones Gruc y Cristal, el loro Verdolengo; Bira, el armadillo de tres bandas; la soñadora lagartija Goiabela; Jaca, el caimán vegano; Pisca-Pisca, el galante luciérnaga; la libélula Arisca; el mono Zé Mico; Pintado, el gato montés, y muchos otros. Tirugo advirtió que algunos habían recorrido largas distancias para despedirse de Zé Bode: unos venían del Valle de las Serpientes; otros, de la Llanura del Trigo, de la Higuera de los Tucanes e incluso del Río de las Piedras Verdes. Sinceramente, fue una sorpresa –y pocas cosas podían sorprender a la experimentada tortuga–, pues nunca había imaginado que el malhumorado macho cabrío fuera tan popular. Tal vez aquel hecho también pudiera incluirse entre los misterios insondables.

Vivir y aprender, pensó Tirugo, exhausto.

Saludó a cuantos pudo:

—Gruc... Cristal... Verdolengo... Bira... Goiabela...

Con aquella extrema lentitud que le era característica, el quelonio –guiado por la esposa y la hija de Zé Bode– encontró al rumiante en el interior del agujero. Estaba tendido sobre un montón de paja seca que servía tanto de cama como de aperitivo. Le costó recordar cuándo había sido la última vez que había visto reunidos a Zé Bode y su familia, pues su avanzada edad lo había convertido en una especie de ermitaño.

—Zé... —susurró Tirugo.

El otro levantó los párpados.

—¡Maestro Tirugo, ha venido! —exclamó el viejo macho cabrío, con la barbita temblorosa. Era uno de los pocos animales que trataban de esa manera a la venerable tortuga. Y, en un último acto de mal humor, se volvió hacia los demás—: ¡Salgan todos! Necesito hablar con él a solas.

Reacios, la madre y la hija abandonaron la guarida, acompañadas por los demás.

Solo cuando estuvieron a solas cayó la máscara.

Tirugo vio la inseguridad y el miedo reflejados en los ojos de su amigo. También lo atormentaba pensar en el destino de su esposa y su hija.

—¿Qué será de ellas?

—La comunidad cuidará de ambas.

—Eso espero... El tiempo ha volado, Maestro.

—Sí, todavía recuerdo cuando naciste. Eras una cría muy traviesa, saltando de un lado a otro como si hubieras pisado un hormiguero. ¿Y cuando te convertiste en alumno mío? Atormentabas a tus compañeros, repartiendo cabezazos a diestra y siniestra...

—Hasta que un novillo puso fin a mi diversión.

—Sí. ¿Cómo se llamaba? ¡Rajado! Eso es, Rajado...

—¿Qué habrá sido de él? —preguntó el macho cabrío con aparente indiferencia.

—Hasta donde sé, se marchó al norte con su manada, más allá de la Llanura del Trigo.

—Rajado... Vaya, ¿cuánto tiempo hace que no pienso en él?

—Yo tampoco.

Dejando a un lado los rodeos, Zé Bode expresó lo que realmente ocupaba sus pensamientos:

—¿Qué es la muerte, Maestro Tirugo?

La tortuga reflexionó un momento. Ya había expresado sus creencias otras veces, pero en el fondo conservaba ciertas reservas, pues prefería que cada criatura llegara a sus propias conclusiones en lugar de seguirlo ciegamente. Aunque había aprendido mucho de su padre, su abuelo y su bisabuelo –el añorado Carapaça–, lo que más deseaba era despertar la sed por los misterios y que cada cual la saciara siguiendo su propio camino. Además, era el primero en admitir que sabía poco, en especial sobre las cuestiones más profundas.

—Pienso que es como despertar de un sueño para sumergirse en otro, una frontera entre dos realidades diferentes.

—¿Entonces cree que hay otra vida del otro lado?

—Si no una vida, quizá un estado de hibernación en el que todos los seres que han partido quedan privados de sus recuerdos y permanecen a la espera.

—¿A la espera de qué?

—De que su esencia vital, la Luz de la Vida, vuelva a ser necesaria y sea introducida en un cuerpo físico en formación para que, a partir de entonces, adquiera el don de la vida.

—Entonces, ¿no existe propiamente una vida del otro lado? Quiero decir, ¿no conoceremos a otros animales, trotaremos por los campos, comeremos, beberemos, pelearemos, replicaremos?

Su voz estridente resonó en el interior de la guarida:

—¿Replicaremos?... ¿caremos?... ¿remos?...

Aunque estaba en las últimas, Zé Bode conseguía mantener encendida una pequeña llama de mal humor.

Tirugo, de haber tenido hombros, los habría encogido.

—¿Quién sabe? Solo he expuesto mi teoría, expectativa o esperanza, como prefieras. Nunca he estado allí, hasta donde sé. No tengo conocimiento práctico de una vida anterior ni posterior. Lo que ocurrió con Nube Blanca fue un indicio. Aunque era un aguacatero, creía haber sido una gaviota en otra existencia. Eso me llevó a creer que la Luz de la Vida habita en cada uno de nosotros y que, de hecho, es nuestra propia esencia. Si consideramos lo que le ocurrió después, quizá esa chispa se marche cuando el cuerpo deja de ser necesario.

Zé Bode cerró los ojos y rumiaba sus pensamientos. Sin abrirlos, gruñó:

—¡No es justo que los machos cabríos vivan pocos años mientras las tortugas duran una eternidad!

Se oyó una vocecita:

—¡No se queje con el estómago lleno! Yo vivo apenas cuarenta días. Y vivo solo para trabajar. Moriré trabajando como mis hermanas. Para mí, es usted, Zé Bode, quien vive demasiado.

Tirugo entrecerró los ojos, tratando de distinguir en la oscuridad de dónde provenía la protesta.

No tuvo que buscar mucho, porque la criatura zumbó y se posó sobre su hocico.

—¿Rocío?

—Sí, he vuelto. Perdone mi exaltación. Durante el intervalo de nuestra conversación me enteré de la pérdida de varias hermanas. Mi madre, quiero decir, Su Alteza, me ordenó regresar para mantenerla informada.

A pesar de todo, Zé Bode, cada vez más débil, mostró humildad al decir:

—Es verdad, pequeña. Perdóname. Gracias por haber llamado al Maestro. Quejarse es un arte. En cierto modo, tienes suerte de no disponer de tiempo para cultivarlo.

—No sé —replicó el insecto—. ¡Creo que acabo de soltar una queja bastante grande!

Por su parte, el quelonio respondió:

—Es verdad. He tenido una vida larga, he vivido demasiado. Y nuestra amiguita Rocío vive demasiado poco. No sé por qué. ¿Justicia? ¿Quién soy yo para juzgar? Forma parte de los planes trazados por la Gran Luz y no depende de nuestra voluntad. Para mí, todavía eres como un niño, Zezinho. En cuanto a Rocío, ¡ah, hace honor a su nombre con cada amanecer! Al principio puede parecerte ventajoso que yo viva tanto, pero si algo he aprendido en el océano de mi ignorancia es que toda ganancia viene acompañada de una pérdida. Cuanto mayor es la ganancia, proporcional es la pérdida. Así como la noche sucede al día, la sequía sigue a la lluvia y el final del verano trae en la brisa el anuncio del otoño.

Las incontables arrugas de su piel fosilizada se hicieron más profundas.

—Cargo con el peso de miles de despedidas, miles de muertes, miles de pesares, miles de nostalgias. ¿Cuántos amigos queridos no llegaron, vivieron y se marcharon ante mis ojos? ¿Cuánta tristeza no he sentido al ver partir a criaturas con las que conviví, a las que enseñé, con las que compartí pensamientos, a las que aconsejé, cuyas historias, temores, esperanzas, frustraciones y tristezas escuché? ¡Me duele el corazón solo de pensarlo! No sé cómo he soportado esta carga creciente durante tantas estaciones, amigo mío. Y, francamente, ¿cuántas veces no he envidiado a quienes se marcharon rodeados por aquellos que los amaban? Veo partir a todos y temo que, cuando llegue mi hora –que no tardará–, estaré solo.

—¿Cree en la Gran Luz, Maestro?

Después de una pausa, el anciano dijo:

—Creo. Tengo que creer; si no, ¿qué sentido tendría todo?

—¿Tiene que haber un sentido?

—Sí. Existir simplemente no basta.

—Si nuestra existencia es un ciclo, ¿nos habremos conocido antes o volveremos a conocernos después?

—Es posible, pero, si ocurre, estaremos privados de cualquier recuerdo del pasado.

—¿Y habré sido malhumorado también en una vida anterior?

Sorprendido, Tirugo contempló al macho cabrío. Más sorprendido quedó al darse cuenta de que acababa de hacer una broma.

—¿Quién sabe? —dijo el quelonio—. Quizá hayas sido un oso hormiguero o incluso un árbol...

—Como el Árbol de los Lamentos.

—Sí... Como Nube Blanca.

—¿Cree que Nube Blanca fue llevado por la Gran Luz?

—Vimos lo que vimos, Zé. ¿Qué más se puede decir? Tal vez haya regresado con nosotros y ni siquiera lo sepamos; quizá él tampoco...

—Me gustó que me llamara Zezinho, como antes.

—Para mí siempre has sido Zezinho, gruñón.

Zé Bode sonrió.

La Luz de la Vida se debilitaba en el moribundo, apagándose como el fuego en una ramita.

Zé Bode miró a la vieja tortuga y, a pesar de su propio estado, sintió pena por el anciano. Sin intención de sonar irónico, balbuceó:

—Perdóneme por morir.

A lo que la tortuga respondió:

—Perdóname por vivir.

Rocío sorbió por la nariz.

Una de las patas de Tirugo tocó la pezuña hendida de su amigo en una tierna despedida.

Así, en paz, Zé Bode se marchó.

La abeja regresó a la colmena.

Llamaron a los demás animales.

La hija rompió a llorar y fue consolada por sus amigas.

La esposa, más resignada, aceptó con serenidad su condición de viuda.

—Cuando la niña se haya calmado —pidió Tirugo a la madre—, tráela conmigo.

Luego se volvió hacia el cuerpo del difunto:

—Hasta pronto, Zezinho. Ojalá volvamos a encontrarnos en la próxima existencia.

Al salir, Gruc, el gorrión, lo abordó, preocupado por el aspecto del anciano:

—¿Está bien, Maestro?

—Dentro de lo posible. ¿Y tú, Gruc? Me enteré de que serás abuelo...

—Es verdad, los niños ya no son niños. Pronto tendrá nuevos alumnos.

Tirugo no respondió, consciente de que su tiempo también se agotaba.

—El tiempo ha volado, ¿verdad? —insistió el gorrión.

—Como un soplo de viento, Gruc, como un soplo de viento...

A medida que aparecían las estrellas y llegaban más y más animales, la vieja tortuga se internó entre las rocas. Más abajo desapareció en el bosque, bajo la luz de la luna, rumbo a su plácido rincón junto a la Laguna de la Meditación.

La naturaleza dio paso al tiempo y a nuevos cambios.

El vestigio del invierno persistía obstinadamente en el aire.

La noche llegó al inusual final de la tarde.

¿Cómo detener las gotas de lluvia?

¿Cómo impedir que fluya la arena?

Los cambios se sucedieron.

Infinitos misterios.

Muerte y vida.

El adiós.

Roberto Schima nació en São Paulo, Brasil, el 1 de febrero de 1961. Es nieto de japoneses radicados em ese país. Há sido galardonado con el "Premio Jerônymo Monteiro", organizado por la "Isaac Asimov Magazine" (Editorial Record), por el relato "Como a Neve de Maio". Colaborador de las revistas digitales "Conexão Literatura" y "LiteraLivre". Ha participado en cuatrocientas cuarenta y dos antologías. Es autor de obras como: "Pequenas Portas do Eu", "Limbographia", "O Olhar de Hirosaki", "Sob as Folhas do Ocaso", "Os Fantasmas de Vênus", "Cinza no Céu", "Tio Vampiro", "Caçada no Planeta Duplo", "Era uma Vez um Outono", "Vozes e Ecos", "Através do Abismo", entre otras.

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UN CÚMULO DE CENIZAS

Gustavo Bondoni

 

Un bombero solitario caminaba por la calle desierta.

Vio el parque infantil donde había corrido de niño y observó por un instante cómo los columpios, desgastados pero intactos, se mecían con el viento otoñal. Un papel amarillento cruzó la calle volando y quedó atrapado entre las zarzas crecidas, junto a lo que quedaba de la carretera.

Al despertar por primera vez, creyó que todo había sido un sueño: la llamada de emergencia frenética, el humo a lo lejos, el horror al saber que el destino –y el enorme incendio– se encontraban en la central eléctrica; la impotencia de ver a otros sucumbir a la radiación en lugar de a las llamas, y luego, la ceguera.

Desde entonces, el bombero había despertado muchas veces, pero nunca como bombero, sino siempre como paciente. Entrando y saliendo de tratamientos y comas. En su sueño, nunca había caminado ni se había librado del dolor. Estar despierto o dormido le daba igual; su ceguera convertía todo en noche. Había oído hablar de grandes acontecimientos ocurridos durante su sueño –revolución, democracia, independencia–, pero los había percibido como alucinaciones febriles que duraron años y décadas.

Y entonces, tras los sonidos frenéticos de enfermeras presurosas que acudían a una alarma de emergencia que se desvaneció en la oscuridad, despertó inesperadamente ante una visión gloriosa: un atardecer otoñal sobre Prípiat, el lugar que más amaba en el mundo. Estaba de pie, libre de la cama y del gris hospital. El dolor había desaparecido.

Podía ver.

Podía ver Prípiat ante sí y la negra mole de Chernóbil a sus espaldas, pero ninguno de los dos lugares era como los recordaba. La central había sido reconstruida; una enorme estructura reemplazaba a los antiguos edificios bajos y macizos. La ciudad estaba desierta.

No era la clase de desolación de las mañanas de sábado. Prípiat tenía el aspecto de un lugar que hubiera estado vacío desde siempre. La hierba, e incluso los árboles, crecían en profusión por las grietas del pavimento. Las ventanas de los edificios de apartamentos habían desaparecido o estaban rotas.

Una bicicleta abandonada yacía en medio de la carretera, oxidada y convertida en un amasijo retorcido, con los neumáticos blanqueados por el sol. No cabía duda de que allí no encontraría a nadie: la humanidad había desaparecido por completo. Sin embargo, el bombero siguió recorriendo las calles invadidas por la maleza hasta llegar al parque infantil donde había pasado tantos días felices. Aquel lugar debería haber resonado con las risas alegres de los niños; en cambio, el único sonido era el leve balanceo de la cadena oxidada de un columpio al compás del viento.

Se cubrió el rostro con la mano y fue entonces cuando se dio cuenta de que podía ver a través del contorno de su brazo.

Así pues, lo otro –el despertar, el dolor, los hospitales– había sido la realidad, y esto era el sueño.

El bombero cayó de rodillas y clamó al cielo en el que le habían enseñado a no creer. Volcó todo su espíritu en un lamento desgarrador que sabía que nadie fuera de su sueño podría oír; un grito primordial que vació su existencia y que debería haberlo elevado consigo hacia el firmamento.

Pero, al terminar, seguía allí, arrodillado en un parque desierto y cubierto de maleza.

Maldijo su incapacidad para llorar, para hundir el rostro por completo entre las manos.

Finalmente, una sensación le hizo alzar la vista y contemplar una imagen asombrosa.

Había gente observándolo. Miles de personas, decenas de miles, que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. En su mayoría eran orientales, aunque algunos de los que estaban más cerca eran europeos y parecían figuras apenas recordadas del pasado. Toda la multitud era tan translúcida como su brazo.

Un pensamiento acudió a su mente: «Hemos oído tu llamada».

—Yo no los llamé —respondió él.

—Sí lo has hecho. Oímos el dolor, el ardor de la radiación, los años de sufrimiento. Hemos venido a ayudarte, a decirte que ahora eres libre.

Parecía que todo el grupo hablaba al unísono.

—Este era mi hogar —dijo él.

—Ya no es un hogar adecuado. Debes desprenderte de él.

—No puedo.

—Quizás no ahora, pero lo harás.

Y, en el fondo, el bombero sabía que tenían razón. Había lugares mejores donde estar.

—¿Esperarán conmigo hasta que esté listo?

—Sí, lo haremos. Entendemos.

Y así lo hicieron. Y ninguno de los vivos llegó a percatarse de ello, salvo algunos habitantes de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, que sintieron una ligera brisa cuando la multitud de fantasmas de sus localidades se precipitó hacia Ucrania para ayudar a una sola alma perdida.

Gustavo Bondoni es un novelista y autor de relatos cortos argentino que fue galardonado con el Jim Baen Memorial Short Story Award en 2025 (sumando este triunfo a los segundos y terceros puestos obtenidos anteriormente. Cuenta con más de quinientos relatos publicados en quince países y doce idiomas. Ha publicado varias novelas de ciencia ficción, incluidas dos trilogías, seis libros sobre monstruos, una obra de fantasía militar oscura y un thriller. Sus relatos se recopilan en Tenth Orbit and Other Faraway Places (2010), Virtuoso and Other Stories (2011), Off the Beaten Path (2019), Pale Reflection (2020) y Thin Air (2023). En 2018 recibió una mención del jurado (además del segundo puesto) en el premio James White. También fue finalista en 2019 del concurso Writers of the Future. Fue invitado de honor en la AlciffCon IV celebrada en Santiago de Chile. Su sitio web es www.gustavobondoni.com

viernes, 18 de septiembre de 2026

CARTÓN

Gustavo Nielsen

 

Enrique le dijo: “Me da culpa lo que hice, aunque adentro de la caja de cartón se viva cómodamente. Hay hasta camitas...” También le dijo: “Cuando empecé el experimento me sentía mal. Ahora estoy peor. Te llamé para que me ayudes. ¿Te gusta la pieza?”

El ingeniero venía de viajar diez horas en un asiento de ómnibus, sin dormir. Había estado en esa pieza en veranos anteriores, durante las primeras experiencias con ratones blancos. Daniel, el hijo de su amigo (que por entonces tendría once o doce años), había encontrado uno que tenía patas de lagartija, y lo había corrido hasta cazarlo, para mostrárselo. “Un error menor y paf, saltan estas rarezas”.

El ingeniero también se acordaba de las paredes grises sin ventanas.

—Me gusta, es amplia —dijo.

—Tengo otras más chicas. Algunas vacías, a las que es imposible entrar.

Al ingeniero también le sirvió que la cama fuera doble, iba a poder estirarse a sus anchas. Trató de ser cortés cuando se disculpó, explicando que el viaje lo había agotado. Notó en los ojos de Enrique un destello de decepción. Parecía ansioso por agregar algo, como si en todo ese tiempo hubieran ocurrido cosas notables y no supiera de qué manera empezar a contarlas. El ingeniero intuyó que se trataba del hijo, al que no había visto por ninguna parte. No quiso preguntar. A lo sumo, era un tema para hablar en el desayuno. Encendió un cigarrillo y soltó un aro de humo blanco.

Su amigo volvió a hablar:

—¿Sabés que Daniel está de viaje? —El ingeniero negó con la cabeza—. Me lo robó una china —agregó Enrique.

Cuando se quedó solo, el ingeniero revisó los cajones de la cómoda y de la mesa de luz. Adentro del primer mueble había una barra de desodorante, un jabón, una toalla, un tubo de dentífrico y una carpeta gruesa. Sobre la etiqueta de la tapa alguien había escrito “MEMORIA DE LOS DESCUBRIMIENTOS ACERCA DE LA ESCALA”. La letra era difícil de descifrar bajo la luz tenue del velador. El documento estaba ilustrado con dibujos a color sobre papel cuadriculado. En el cajón de la mesa de luz había solamente una Biblia.

Se recostó en la cama. Los ojos se le fueron cerrando despacio; lo último que vio fue la cómoda con un florero de vidrio verde y una caja de cartón. Recordó que solía haber flores en esa jarrita. Ahora había marcadores del tamaño de sus cigarrillos. Los relacionó en su mente con las ilustraciones de la carpeta, pero en la modorra no alcanzó a vincular la caja con las extrañas palabras de su amigo. Tuvo, sí, un sueño. Hablaba con Enrique, que era enorme y se sentaba ocupando toda la cama. Con las piernas volcadas a cada uno de los costados, como si la estuviera montando.

Por la mañana quiso ver el laboratorio. “Todo estará igual, pensó, como en la pieza”. Los frascos, el instrumental plateado sobre las mesadas de granito gris; el Erlenmeyer, las probetas.

Cruzaron el patio y Enrique abrió la puerta con una llavecita azul. El ingeniero descubrió una mesa baja con una máquina que parecía una ampliadora de fotografía. Sobre la platina había una jaula tapada con un trapo. Su amigo la levantó para apoyarla al lado de la ventana. Adentro había una mosca del tamaño de un guante de box. El lomo negro le subía y bajaba con la respiración. Los pelos tenían filo, como navajas.

—Lo peor es cuando se sacude —dijo Enrique.

Manipuló un alambre hasta formar una herramienta coronada en un aro. Introdujo la punta a través del techo de la jaula. La mosca percibió el alambre a un centímetro de ser tocada. Plegó las alas en un ángulo extraño y se agachó.

El huracán sobrevino con la punción. La jaula vibró en la mesada, acercándose al borde. La mosca peleaba contra los barrotes de alambre. El ingeniero pensó que había que detenerla, pero estaba paralizado por la impresión.

—¿Y ese chillido?

—Grita —dijo Enrique.

Buscó una varilla de madera. En el aire había quedado flotando un olor a mezcla de transpiración y pus. Con la punta de la varilla hurgueteó sobre el costado del insecto hasta hacerlo exhibir una perforación roja.

—En el modelo original no llega a la décima de micrón. Acá podrías meter la punta de tu birome. —Explicó que se trataba de una garganta primitiva—. Bajo un microscopio la veríamos, también, en detalle. Pero nunca podríamos escuchar el grito. Con este método, la ampliación es integral.

El ingeniero apoyó el cuerpo contra la pared. El olor de la mosca le llenaba la cabeza.

—El sujeto es expuesto a un rayo que inventé —siguió Enrique—. Si lo vuelvo a exponer dentro de las veinticuatro horas, puedo hacerlo recuperar su tamaño original. O llevarlo a otros tamaños diferentes. La luz es “biomutátil”; pasado el día, las mutaciones se vuelven definitivas.

—No estoy familiarizado con ese término —dijo el ingeniero.

—Lo vas a entender cuando leas el informe.

Volvió la jaula sobre la platina de la ampliadora. Ató una etiqueta a una de las patas de la mosca, que zumbó. Apretó la tecla de encendido. La mosca, bajo el rayo invisible, se achicó hasta alcanzar su dimensión original. Salió volando entre los barrotes. La etiqueta se había achicado con ella.

A la hora del almuerzo fueron hasta la quinta y juntaron tomates. Se sentaron a comer debajo de una sombrilla, rodeados por helechos y calas. Enrique dijo: “acá almorzábamos con Dani, en primavera”. El color verde rabioso de las plantas hacía pensar que se sentían a gusto ahí, que por alguna extraña razón estaban destinadas a crecer con más fuerza que otras del jardín. Eso le pareció al ingeniero, mientras cubeteaba un tomate más rojo que la más roja de sus corbatas. Lo saló, le puso aceite. En el cielo, las nubes empezaron a animarse. El ingeniero pensó que no habían pronosticado lluvia. Cuando se decidió a comer, su amigo cruzó los cubiertos en su plato porque ya había terminado. Se reclinó en la silla.

—Puede que los resultados no sean muy agradables, pero gracias a este experimento amplié varias moscas. Y reduje ratones al tamaño de cucarachas.

Se levantó para traer la caja de cartón del cuarto del ingeniero. La apoyó sobre el mantel. La tapa de la caja estaba perforada. Los agujeros habían sido hechos con una tijera. ¿Pensaría abrirla ahí, en plena sobremesa? Algo rascaba desde adentro. El ruido sobresaltó al ingeniero.

—Necesito ponerte al tanto —siguió diciendo Enrique—. Hay cierta urgencia. Quiero que te informes a fondo sobre el experimento, porque yo no sé si voy a poder continuarlo.

—¿Entonces?

—Pensaba que a lo mejor podías hacerte cargo.

Habló acerca de una enfermedad que tenía, de dos operaciones que se había hecho y de un vecino militar que lo había ayudado. El ingeniero no tenía ganas de escucharlo, ni de comer. ¿Quién le habría dicho a su amigo que él tenía interés en participar del proyecto? Ya no era su asesor en el laboratorio. Eso había terminado hacía mucho tiempo. Se llevó a la boca un pedazo de tomate increíblemente grande. No era el cubito que había cortado hacía un instante. El pedazo había crecido en el tenedor. Lo tuvo que volver a trocear en cuatro partes.

Enrique también mencionó algo acerca de un legado. El ingeniero supuso que se estaría refiriendo a la casa, o a alguna otra propiedad. Pero su amigo estaba hablando nuevamente del manuscrito en la carpeta y de la caja de cartón. Era obvio que aquel proyecto se le había vuelto una idea fija. El ingeniero no iba a aceptar. Por alguna razón que no pudo explicarse ya no alcanzaba a ver la cara de su amigo, que ahora aparecía tapada por las botellas y los vasos. En su plato, los demás pedazos de tomate también eran enormes. Los tanteó con la mano. La desproporción le quitó el apetito.

La lluvia llegó como una bendición. Enrique juntó las cosas y se las llevó para dentro. El ingeniero no se movió. Se sentía mareado, aunque no había tomado alcohol. Bostezó largamente. Tiró el cigarrillo al piso, pero no llegó a aplastarlo con el pie, que quedó balanceándose en el aire, lejos del suelo.

Sentado en la cama, apenas hundía el colchón con el peso de su cuerpo. El acolchado celeste parecía una laguna quieta. Era de una extensión considerable, y el ingeniero ocupaba una pequeña zona lateral. Su amigo había dejado la caja de cartón apoyada sobre la mesa de luz. Los agujeros de la tapa querían ser círculos, pero de tan desprolijos parecían amebas. Intentó ver por el agujero mayor; estaba oscuro. El cuarto también, negrísimo. La lámpara no alcanzaba a alumbrar ni un tercio del volumen. Por ejemplo: desde donde estaba sentado se distinguía muy mal el contorno de la puerta.

Levantó un centímetro uno de los vértices de la tapa, pero enseguida lo soltó. Los ratones no eran su fuerte. “Uno solo que se escape y me tengo que cambiar de pieza”. Hasta se sintió mal por el olor que salía de los agujeros. Le había prometido a su amigo que empezaría a leer el informe a la hora de la siesta. Pero ahora que el momento había llegado, se sentía con indigestión. ¡Y apenas había comido un cuarto de tomate! También le estaba costando terminar los cigarrillos. El viaje de vuelta a la Capital iba a ser una dificultad más.

Acercó nuevamente su oreja a la tapa porque le pareció que habían dejado de rasguñar. Oyó unos chillidos lejanos, casi imperceptibles, que le erizaron la piel. Después separó el acolchado y se metió entre las cobijas. Con los pies, ni siquiera llegaba a la mitad del colchón. “Qué cama enorme”, pensó. Desde ahí arriba vigiló la caja durante el resto de la siesta con los dos ojos, con uno, con el interior de los párpados…

Soñó que se paseaba por una gran plataforma de cartón con agujeros grandes, como cráteres negros. “El ingeniero pisa la luna”, se dijo. Una luna como un gruyere de papel maché. Caminó por el borde hasta llegar a un vértice (un hondo precipicio cortado a pique); iluminándolo comprobó que formaba un ángulo perfecto, y corrigió la observación inicial: “No es una luna, ni un queso, porque tiene esquinas adonde se intersecan planos en las tres direcciones del espacio, en ángulos que aparentan ser de noventa grados. Debo estar parado sobre un paralelepípedo de dimensiones monumentales”.

Se asomó al precipicio, alumbrando la profundidad con el círculo de luz. Le dio vértigo; la cabeza se le encendió en el mareo. Fue dejándose caer despacio sobre la plataforma; la linterna rodó hasta desaparecer por el borde.

Percibió el chillido de las ratas justo cuando empezaba a desmayarse. Le saltaron al cuerpo desde la inmediatez de los cráteres. Sintió las patas (¿de lagartija, de roedor?) que rasgaban sus ropas y las dentelladas feroces devorándole la carne.

A medianoche tomó el ómnibus de vuelta a la Capital, como lo había previsto. Se despidió de su amigo con un abrazo formal, sin hablar una palabra acerca del informe o de la caja. Agradeció secretamente que él tampoco insistiera. Pensó en pedirle la carpeta para leerla “más detenidamente” en el camino, pero le pareció demasiado complicado.

A él le importaban las investigaciones de Enrique, claro que sí, pero todo el tiempo había estado con sueño. “Fue el fin de semana del sueño y de las cosas enormes”, pensó. Contra todo lo que había vivido, los asientos del micro volvieron a parecerle ergonométricamente normales.

Los correos empezaron a llegarle pasadas dos semanas. Sabía que Enrique era incapaz de escribir en otro estado que no fuera la desesperación; se alarmó con el último mail en el que le comunicaba estar muy mal de salud y le rogaba que volviera. La improvisación de un viaje le llevaría cuatro o cinco días de trabajo intenso. Le escribió una respuesta llena de disculpas y recomendaciones, que quedó guardada como borrador.

Esperó durante otras dos semanas; no tuvo noticias. Un día recibió un fax redactado por el vecino militar, que le contaba acerca de la salud del enfermo. Leyó, con pavor, que gritaba de noche y los nombraba, a su hijo y al ingeniero, pidiéndole que cuidara de Daniel cuando él ya no estuviera. El militar hablaba de desvaríos, pérdida total del conocimiento, fiebre. El ingeniero se preocupó. El fax estaba fechado un día cinco. Sacó pasaje para el nueve.

Esta vez tomó un tranquilizante. Soñó con Daniel sentado en el patio de damero, entre macetas, delante de la caja. Trataba de agujerear el cartón con un destornillador. Pero casi no tenía fuerzas, porque era apenas un niño. “Para que los ratones respiren”, repetía, “¡para que respiren!”. Al mismo tiempo empezaba a crecer. Le salía barba, se volvía alto, la espalda se le vencía sobre la caja como se le habría vencido contra la mesada del laboratorio. Al ingeniero le pareció que Daniel miraba a alguien pasar, tal vez una mujer. La siguió con el rabillo del ojo. Después también miró hacia atrás, como estudiando el paisaje que iba a dejar. Y ahí fue cuando el destornillador hizo su primer y único agujero. Con un ruido seco: tac. De adentro de la caja salió una mosca gorda y verde, zumbona.

El ingeniero se despertó pensando que el aspecto de Daniel en el sueño era un estereotipo. La palidez del investigador, las mejillas chupadas, la espalda gibosa. El guardapolvo manchado. “De película”, se dijo. Le pareció también, y por primera vez, que era imposible que aquella persona que había invertido su adolescencia al lado de su padre y del laboratorio, se fuera porque sí, detrás de una pollera.

Se bajó en el cruce. Eran las dos y veinte de la madrugada; las calles de tierra se fundían oscuras contra los frentes blancos.

La casa estaba iluminada, lo percibió una cuadra antes de llegar. La luz brotaba temblando desde las ventanas del comedor. El ingeniero supuso que habría velas encendidas. A diez pasos de la puerta adivinó qué estaba ocurriendo. Cerró los ojos y entró como si no quedara otro remedio. Algunas llamas y muy pocas caras velaban a su amigo muerto.

Se arrimó directamente al cajón, y de inmediato se levantaron de sus asientos el médico (llevaba un guardapolvo) y una persona que se dio a conocer como el vecino que le mandara el fax. Estaba vestido con un buzo del Ejército; le apretó la mano con energía. Había una mujer gordita y callada que alzó la mirada para observar al ingeniero. Él supuso que sería la mujer del médico o del militar.

El médico le preguntó por qué no había venido con Daniel. El ingeniero dijo que sabía poco y nada de su vida. Suponía que estaba de viaje. El militar dijo que estaba seguro de que vendrían juntos, a juzgar por los delirios de Enrique, que hasta último momento le pedía al ingeniero que cuidara del muchacho.

El militar contó que tiempo atrás (“como un año”), padre e hijo habían tenido serios problemas con una mujer extranjera. “Asiática”, aclaró. El “finado” le echaba todas las culpas del distanciamiento de Daniel a esa bruja, que lo tenía “hechizado”. Recordó que, para la ocasión, él había salido en defensa del muchacho, diciéndole que hacía bien en enamorarse; “un chico de veintipico no puede pasársela encerrado como un viejo”. Pero no había caso: el padre seguía pensando que Daniel estaba confundido.

—Usted debe saber cómo era de sobreprotector —agregó el militar, acariciando el borde del ataúd. Para ellos era nueva la noticia del viaje.

El ingeniero bostezó. El militar dijo: “El entierro es mañana a mediodía. Puede dormir hasta esa hora, si quiere, en lugar de quedarse velándolo”. Agregó que ellos se ocuparían.

El ingeniero asintió con la cabeza. Pidió fósforos para encender sus cigarrillos y el vecino le dio la caja con la que habían prendido las velas. Antes de retirarse (“puedo ir solo, gracias, sé dónde quedan las habitaciones”) tomó un café con leche en una taza que tenía casi el tamaño de una ensaladera.

No encontró luz en el pasillo; tampoco interruptores. “Debería regresar a la sala por una vela”, pensó, pero siguió adelante tanteando la pared. Caminó unos cuarenta metros. Ese pasillo se hacía larguísimo; encendió un fósforo con el que no alcanzó a divisar el final. Las puertas no aparecían. Cuando había recorrido el doble de distancia, encendió otro fósforo. No era el lugar de la casa al que quería llegar. La luz no tocaba el techo de la habitación, pero alumbró un vano abierto sobre una de las paredes laterales. Se llevó un cigarrillo a la boca. Con el siguiente fósforo examinó las mochetas irregulares, como recortadas por un mal serrucho. Traspasó el umbral a oscuras.

Estaba tocando la pared, que era de una rugosidad notable, cuando sintió un ruido de pisadas. Abrió la caja de fósforos torpemente, dejando caer el contenido. Al agacharse notó que el piso presentaba el mismo revocado de la pared, áspero e irregular. Los pasos se habían detenido muy cerca; podía percibir la presencia de una persona respirando a menos de dos metros. Se secó la transpiración de la frente con la manga.

Encendió un fósforo. El hombre estaba vestido con andrajos. El temblor de la llama lo volvía siniestro. Una barba de meses le cubría el rostro enjuto, de mejillas chupadas. El declive de su espalda evidenciaba la temprana inclinación sobre la mesada del laboratorio.

Le oyó preguntar: “¿Cómo está mi padre?”, y sintió esas palabras como un veneno adentro de su cabeza. Tuvo un ligero estremecimiento que lo hizo pensar en un desmayo. Las piernas le temblaban. Cerró los ojos y prendió su cigarrillo.

El fósforo le quemaba los dedos. Lo tiró al suelo convertido en una brasa. “¿Por qué no hay luz?”, protestó, sin recibir respuesta. Encendió el siguiente fósforo con la punta del cigarrillo. Con el último instante de llama, dijo: “Murió”. Daniel se llevó las manos a la cara; alguien que llegaba desde la oscuridad (una mujer de pelo negro, flaca, con la ropa igualmente gastada) lo ayudó a sentarse en el piso y se acomodó a su lado.

El ingeniero no volvió a encender fósforos. Oía el llanto, no había necesidad de verlos. Se sentó, como ellos, y terminó de juntar los palitos que quedaban. Los fue poniendo adentro de la caja. Estuvieron un rato así, hasta que el techo se iluminó. El ingeniero miró hacia arriba. La luz, procedente del exterior, se difundía a través de unas troneras irracionalmente distribuidas en el cielorraso. Le dio la misma impresión que con el vano de entrada: los cortes eran desprolijos. Contó doce agujeros. Los supuso un sistema de iluminación indirecta del tipo “garganta de luz”. Después miró el cuarto. Había una cama deshecha, armada adentro de lo que parecía ser un estuche plástico de marcadores fuera de escala, con las dimensiones de una cama humana. Había también, en un rincón, una pila enorme de semillas y varios toneles rojos. Uno estaba volcado. Antes de que la luz se fuera, el ingeniero alcanzó a identificar el logotipo de Coca Cola y la leyenda “VENC 10 JUN 1976”, sellada sobre el fondo.

Eran solamente tres las personas contenidas por ese cuarto, contándose a sí mismo y a la desconocida amiga del hijo. En un momento cruzó una mirada con ella: tenía ojos achinados. El ingeniero pensó: “Todo es tan raro…” Entonces se interrumpió la luz, sin que nadie hiciera movimiento alguno. El ingeniero dio una larga pitada a su cigarrillo, antes de aplastarlo contra el suelo. Tosió, sonrió nerviosamente y dijo:

—Qué fantasía, parece de cartón. Nunca antes había estado en este lugar.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto es socio fundador de Galpón Estudio, con una amplia obra construida en territorio nacional y premios locales y en el extranjero. Como escritor tiene varios libros publicados: Playa quemada, La flor azteca, La fe ciega, El amor enfermo, Auschwitz, El corazón de Doli, El contagio social, entre otros. Con “Marvin” obtuvo el Premio Municipal de Literatura en cuento y con La otra playa el Premio Clarín de Novela. Está traducido a siete idiomas. El texto que aquí se publica obtuvo una mención en el primer concurso de cuentos del CACyF, y desde allí fue corregido unas setenta veces hasta que le tocó aparecer en un misterioso libro de fantasmas titulado “fff”. Después de un próspero año de ventas, “fff” decidió esfumarse del mundo sin dejar otro rastro que “Cartón”.

KARLSSON

Anatoly Belilovsky

 

—¿Dónde está Charlie? —pregunté.

Lynne no levantó la vista de su computadora portátil.

—Creo que está viendo sus estúpidos dibujos animados —dijo.

—Me voy a trabajar —dije—. Turno de noche.

—Adiós —respondió.

Antes solía decir: «Ten cuidado».

 

—Karlsson —dije—. ¿Es el nombre o el apellido?

La luz interior del patrullero se encendía y apagaba sobre su rostro sonriente: rojo, azul, amarillo. Tenía los ojos muy abiertos. Llevaba un mono de trabajo. Sin sombrero.

—Solo Karlsson —dijo el hombre—. Karlsson que vive en el tejado.

De la espalda del mono le colgaba una hélice y llevaba cosido en el frente un gran botón rojo. El botón parecía no pertenecer allí. Daba la impresión de que lo hubiera cosido él mismo.

El botón y también la hélice.

—Eso no es lo que dice su esposa —dije—. Ella afirma que se llama Arthur Quinn.

—No tengo esposa —dijo el hombre—. Vivo en el tejado. Las esposas no viven en los tejados. Si supieran lo maravillosos que son, también vivirían allí. Pero entonces dejarían de ser esposas.

—Usted ya no vive aquí en absoluto —dije—. Ni en el tejado ni debajo. Su esposa tiene una orden de restricción contra usted.

El hombre se encogió de hombros. La hélice sujeta a la espalda del mono subió y bajó; una pala sobresalió por encima de su cabeza y las otras dos se balancearon detrás de los codos.

—Tengo un amigo en la casa —dijo—, y me necesita. Soy su mejor mejor amigo del mundo.

—Y —continué— ella ha formulado ciertas acusaciones...

Su sonrisa desapareció durante un instante y luego regresó.

—Esa es Frekken Bock. No debería creer nada de lo que dice. ¿Sabe lo que dijo una vez?

—¿Qué? —pregunté.

—Dijo... —El hombre hizo una pausa y movió las cejas.

—¿Sí? —dije.

—Dijo que amaba a los niños —susurró.

Tenía los ojos muy abiertos. Los reflejos de la luz interior daban vueltas alrededor de sus pupilas.

—Tendrá que venir conmigo —dije—. A la comisaría.

El hombre asintió.

—¿Podemos ir con luces y sirenas? ¡Sería lo más divertido del mundo! Y esposas... ¿puedo llevar esposas?

Tenía que llevar esposas. Eran las reglas.

—Sí —dije—. Puede llevar esposas.

 

—¿Tú también? —dijo la sargento Smith.

—¿Quiere decir que hay más de uno? —pregunté.

Su risita sonó un poco forzada.

—Estos malditos Karlsson están por todas partes —dijo—. Malditos lunáticos. El tribunal de familia está desbordado.

—¿De dónde salieron todos? —pregunté.

—Búscalo en Google —dijo—. Karl con K, doble S, O, N. Mira en «videos».

Colgó.

Sabía que tenía en su oficina un viejo teléfono de disco. La campanilla de acero seguía sonando después de que ella dejaba caer el auricular en la horquilla. Claro que uno no podía oírla cuando era ella quien le colgaba. Pero verla colgarle a otra persona... eso sí que era algo.

Alguien había hecho un trabajo endemoniadamente bueno doblando al inglés una caricatura rusa de cincuenta años atrás basada en un libro infantil sueco. Karlsson, un tipo amable, gordo y jovial, vive, tal como se anuncia, en un tejado; es el mejor –y único– amigo de Pequeño, su único protector frente a la malvada ama de llaves Frekken Bock. Entra volando por la ventana gracias a una pequeña hélice que lleva en la espalda y que enciende mediante un botón rojo cosido en la parte delantera del mono.

Ah, y funciona con mermelada de frambuesa.

Lo cual, por una curiosa coincidencia, era exactamente el aspecto que tendría uno de mis Karlsson si intentara volar desde el tejado de cualquier cosa más alta que un gallinero.

 

El siguiente Karlsson era corpulento, igual que el de la caricatura.

También era negro.

—Me gusta este juego —dijo—. Es como si estuviera en la cárcel y Frekken Bock me torturara, pero yo soy el mejor, más valiente, más fuerte y moderadamente bien alimentado héroe del mundo, y voy a ganar.

Sonaba exactamente igual que el actor de doblaje que hacía la voz de Karlsson en la caricatura.

Su hélice se había roto cuando cayó del tejado. Por suerte, su esposa y su hija vivían en una casa de una sola planta rodeada por un cantero de flores.

—¡Haz que pague las flores! —gritó una voz desde la casa.

—¿Podemos ir con luces intermitentes y sirenas? —preguntó el Karlsson negro.

—¿Y esposas también? —pregunté.

Se le iluminaron los ojos.

—¿Podemos hacer eso?

—Podemos hacerlo —dije.

 

El miércoles llevé a Charlie a su pediatra. La doctora Li solía tener mucha gente en el consultorio. Esta vez estaban todos afuera. La doctora Li también. Estaba en el tejado. Llevaba un mono con una hélice cosida a la espalda. Y sostenía entre las rodillas un frasco abierto de mermelada de frambuesa. Y una cuchara grande en la mano.

—¡Eh, papá! —gritó Charlie—. ¡Ahora la doctora Li es una Karlsson!

—Esto es despreciable —dijo una mujer cerca de nosotros, aferrando a una niña pequeña—. ¡Necesitamos una pediatra, no una payasa!

—Me gusta más así —dijo la niña—. Mira: tiene una mano en la chimenea y con la otra sostiene la cuchara. ¡Ahora no podrá ponerme una inyección!

—¡Tonterías! —dijo la mujer—. Tenía todas estas preguntas importantes...

—Querías pedirle que me dijera que los dulces son malos para mí —dijo la niña—. Y los dibujos animados. —De pronto sonrió ampliamente—. ¡Hola, doctora Karlsson-del-tejado! —gritó.

—¡Hola, Daisy! —gritó la doctora Li desde el tejado.

—¡Es la mejor doctora!

—¡Claro que sí! —respondió la doctora Li—. ¡Soy la mejor mejor doctora del mundo!

—¡Realmente necesito su ayuda, doctora Li! —le grité.

—¿Sí? —dijo—. ¿Qué necesita?

—¡Necesito que complete unos formularios! —dije—. ¡Para la escuela!

—Frekken Bock puede hacer eso —dijo la doctora Li—. Está adentro. Está afilando sus agujas. Y sus dientes.

—¿Y el asesoramiento? —dijo la mujer descontenta—. ¡Necesitamos asesoramiento! ¡Y orientación preventiva!

La doctora Li se volvió hacia Charlie.

—Charlie —dijo—, ¿cuánto tardarías en pensar todas y cada una de las estupideces que nunca deberías hacer en toda tu vida?

—No sé —dijo Charlie—. ¿Vivir en el tejado es una de ellas? ¿Y comer mermelada con cuchara?

—Sí —dijo la doctora Li—. ¡Vas muy bien! Díselo todo a Daisy, absolutamente todo, y aconséjale que nunca, nunca, nunca haga ninguna de esas cosas.

—¿Qué clase de asesoramiento es ese? —murmuró la mujer.

La doctora Li la oyó.

—¡El mejor mejor del mundo! —dijo, sonriendo alrededor de una cucharada de mermelada de frambuesa.

—¿Doctora Karlsson? —dijo Charlie—. ¿Y si de verdad necesito ayuda?

La doctora Li cambió de posición y dejó colgar los pies desde el borde del tejado.

—¿Ves este timbre? —dijo.

Charlie asintió.

—Si lo haces sonar una vez —dijo— significa: «No vengas en ninguna circunstancia». ¿Entendido? —Charlie volvió a asentir—. Si lo haces sonar dos veces significa: «Ven inmediatamente», y volaré a rescatarte enseguida. Y si lo haces sonar tres veces...

—¿Sí? —dijo Charlie.

—Si lo haces sonar tres veces significa: «¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!» —dijo la doctora Li.

Y Charlie corrió a tocar el timbre tres veces, pero primero tuvo que ponerse en fila.

Todos los niños querían hacerlo.

 

—Ridículo —dijo Lynne—. Tenía algunas preocupaciones serias sobre el comportamiento de Charlie que quería hablar con la doctora Li, y ahora no puedo.

Tenía el rostro clavado en la computadora portátil.

—¿Sabes lo que me dijo? Dijo que deseaba que uno de nosotros se convirtiera en Karlsson.

—Tal vez sea eso lo que necesita —dije.

—Adelante, conviértete en Karlsson —dijo—. Hagas lo que hagas, no puedes ser más inútil de lo que ya eres.

—¿Me llamaste aquí para arrestarme? —pregunté.

La sargento Smith negó con la cabeza.

—No. Solo para entregarte una orden de restricción.

—¿Qué alega Lynne? —pregunté.

—No gran cosa —dijo—. Mala influencia.

—Supongo que todavía conservo el trabajo —dije—. ¿También vas a entregarme la demanda de manutención infantil, sargento?

—No es mi trabajo —dijo—. Emily.

—¿Emily quién? —pregunté.

—Yo soy Emily —dijo—. Para mis amigos.

—¿Tus mejores mejores amigos del mundo? —dije.

No sonó bien. No como lo decían los Karlsson. Emily esbozó una media sonrisa: una mitad de la boca se elevó, los dos ojos entornados.

—¿Por qué no te conviertes tú mismo en Karlsson? —dijo—. A Charlie le gustaría.

—¿Por qué no lo haces tú? —pregunté.

—No tengo un tejado —dijo— del que me apetezca caerme.

Entonces empezó a llover, las gotas abriendo caminos por los cristales exteriores cubiertos de polvo; su golpeteo llenaba el silencio como la conversación de otra persona. No era una gran razón para permanecer callados, pero por mutuo acuerdo sirvió como una excusa bastante aceptable.

Me volví hacia el teléfono de Emily.

—Será mejor que llame a Charlie —dije, extendiendo la mano hacia el auricular.

Su mano cayó sobre la mía.

—No te molestes —dijo.

Tenía el rostro muy cerca, los ojos abiertos, pero no abiertos como los ojos de un Karlsson. Miraba más allá de mí, hacia la ventana.

—Mira —susurró.

Me volví, y solo si levantaba el brazo y lo pasaba por encima de los hombros de Emily podía girar lo suficiente para ver hacia donde ella miraba.

Y allí estaba.

Con la hélice girando y dispersando la lluvia, los ojos muy abiertos, una enorme sonrisa, vestido con un mono, flotando justo al otro lado de la ventana de Emily: Charlie. Mi Charlie. Mi Charlie Karlsson.

—Cómo... —susurré.

—Cállate —dijo Emily—. No digas nada.

La mano de Emily, que había impedido que levantara el teléfono, subió por la mía, acarició mi pecho y sostuvo mi rostro.

—Dos timbrazos significan «ven tan rápido como puedas» —dijo—. Abramos la ventana...

—No —dije.

Y levanté el antiguo auricular. Lo golpeé contra la horquilla; la campanilla sonó fuerte y clara cada vez: Una. Dos. Tres veces.

«¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!»

Y bajo la lluvia, como cientos de pequeños helicópteros, un enjambre de Karlsson se elevó desde los tejados y comenzó a girar alrededor de Charlie, bailando entre las gotas, lanzándose hacia las nubes, zumbando junto a vehículos y edificios, mientras desde la ciudad envuelta en el crepúsculo repicaban campanas de iglesias, timbres, campanillas de viento e incluso bocinas de automóviles: demasiadas para contarlas, pero, si uno prestaba atención, siempre de tres en tres, solo de tres en tres, siempre y únicamente de tres en tres.

Y Emily y yo, abrazados, con los pies apoyados en el suelo, encontramos algo casi tan bueno como volar. Algo que cualquiera puede hacer. Cualquiera. Prueba besar. Prueba reír. Ahora intenta hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

 

LA FAMILIA BAJO EL AGUA