domingo, 17 de mayo de 2026

LA BESTIA

José Massaroli

 

“Envidiaba la felicidad de las bestias.”

Arthur Rimbaud

 

Partimos inmediatamente después de recibir la señal de alarma en el Comando Espacial.

Nuevamente ha aparecido la bestia en las selvas de Tierra'1.

¡Tierra'1! ¡La cuna de la humanidad! Inhabitable durante siglos, después de la espantosa guerra nuclear que acabó con la civilización y prácticamente toda la biósfera en el planeta, desde hace algunas décadas ha comenzado a mostrar, de manera acelerada, signos de vida vegetal y animal; algunos de ellos realmente alarmantes, como La Bestia.

Desde Tierra'3, única colonia superviviente de la catástrofe, ubicada en el planeta Marte, se mantiene una estricta vigilancia. Satélites que cubren toda la superficie y robots de vigilancia diseminados por los cinco continentes, captan y transmiten cada signo de vida al Centro de Control Planetario. Hay una consigna insoslayable grabada a fuego en nuestras mentes, y es "Que no se vuelva a repetir nunca más un cataclismo como el del siglo XXI"...

B'12 y yo, justamente, pertenecemos a la sub|casta de Mantenimiento del Orden. Una unidad especializada en borrar cualquier tipo de amenaza hacia la civilización que se ha logrado preservar hasta ahora. Somos una de las castas menos favorecidas en la distribución de bio|inteligencia, debo aclarar; pero no necesitamos más para el tipo de misiones que nos han sido destinadas. Como ésta, por ejemplo, casi de rutina, donde sólo hay que ir, cumplir un protocolo sencillo, y regresar.

El micro|bote de desembarco ha partido de la nave madre, que dejamos orbitando alrededor del planeta. El trayecto desde Marte hasta aquí fue normal, todo lo rápido que amerita la situación de alarma. Ahora nos toca a nosotros dos continuar a solas con la misión.

—¡Tierra’1!

Las vibraciones del inter|chip cerebral hieren nuestros sensores.

—Bien, B'12, ya estamos en órbita alrededor de la vieja y querida Tierra. ¿Está todo preparado para el descenso? —pregunto, según el protocolo, a mi compañero.

—Todo listo, D'04, señor —contesta B'12 según el protocolo.

Aterrizamos con el pequeño micro|bote de desembarco. Pisamos tierra. Los drones que nos precedieron han seleccionado el mejor lugar para posarnos. Según sus informes y la inteligencia satelital previa, la Bestia ha de estar cerca. Nuestra misión es aniquilarla.

—¿Dónde está Sabú Z'15?

—Allí viene.

—Bienvenidos, bwanas. Aquí están sus armas.

El Z’15 es el mejor modelo de robot|guía para zonas tropicales. No tiene piernas; no las necesita, ya que se traslada sobre un colchón de plasm[hidrógeno. Por algún capricho de la Tecno|Inteligencia Suprema, que a veces abreva en los archivos históricos de las culturas extinguidas, el robot ha recibido el nombre de Sabú, y su vestimenta holo|sintética fue diseñada y confeccionada según lo acostumbrado en la antigua India durante la colonización británica.

Este instrumento de vigilancia in situ es quien transmitió la alarma sobre la aparición de la Bestia; pero no está programado para destruirla. Por eso nos entrega inmediatamente un par de pisto|lásers de última generación. El "trabajo sucio" es exclusividad de nuestra sub'casta. Nunca fallamos.

Ahora avanzamos por la verde y tupida vegetación de este sector del planeta que, milenios atrás, ocupaba la Antártida. Con el apocalipsis nuclear, la Tierra cambió su eje de rotación y de ahí este clima tropical, donde antes sólo hubo hielo y frío. Nadie diría que hace siglos la región era un vasto páramo radioactivo como el resto del planeta. ¡La ingeniería núcleo|reconstructiva ha hecho milagros últimamente!

—¿Ves esas aves, Sabú? —digo, mientras levantan vuelo unos vistosos pájaros de tres ojos, cuernos y brillante plumaje tornasolado. Siento una inexplicable inquietud. Empuño mi arma. Mi mano apunta con precisión aunque con un ligero temblor. ¿Un rasgo humano? Deberé estar en guardia! Hago la pregunta obligatoria—: ¿Puedo dispararles?

—Está prohibido, bwana. Son neo|especies útiles para la Ciencia. Están siendo estudiadas por varios laboratorios y se hallan protegidas por los protocolos 758 y 902 —es la respuesta inmediata, mecánica, invariable en estos casos.

No entiendo por qué me siento frustrado. Sé perfectamente que no nos está permitido relacionarnos con ninguna especie de la Tierra ni afectarla de ninguna manera, excepto cuando se nos ha asignado una misión como ésta. Ni siquiera debí preguntar. Creo distinguir, a través de los visores, una tenue sonrisa en el rosto habitualmente imperturbable, de B’12. Eso tampoco me resulta comprensible.

De pronto, nuestros inter|chips captan nítidamente una voz humana, muy cercana, en un radio de apenas 40 ó 50 metros. La exuberante vegetación no nos permite ver quién la emite. Le hago una seña a mi compañero y nos dirigimos hacia el lugar que nos indica el geo|localizador, extremando las precauciones para no ser detectados. La voz, que se expresa en un grosero dialecto primitivo apenas comprensible por nuestros audi|traductores, continúa:

¡...Y mi próxima ley será la de pena de muerte!

Cada vez más cercana, la voz. Capto un tono airado, agudo, irritante; se podría catalogar en la categoría "discurso de odio", o también como “Peligrosa+” según la programación básica de la sub|casta, pienso. Enseguida me llega el pensamiento de B'12 que responde al mío: “Pienso lo mismo, jefe...”. ¡Es una suerte estar neuro|conectados permanentemente!

—¡...Muerte a todos los traidores que se pongan al servicio de nuestros enemigos!

Ahora lo veo. Un ejemplar de regular tamaño en medio de un amplio claro entre la vegetación. Habla sin ningún tipo de micrófono o inter|chip, lo que demuestra su primitivismo extremo. Lleva una especie de uniforme militar del siglo XX, con gorra y pistolera al cinto incluida, y se dirige con gestos ampulosos a una irregular manada de unos cien individuos de su mismo tipo, machos y hembras, pero menos desarrollados físicamente. Por lo que se ve; sólo saben decir "¡Sí!", "¡Viva!" y aplaudir.

¡...Enemigos que vienen de otro planeta, que nos odian y nos temen!! —enfatiza la Bestia, amenazante, exhibiendo sus colmillos cariados y revoleando un puño amenazador.

Rodea a la Bestia una guardia de varios ejemplares de humanos bastante robustos y armados con lanzas y puñales. Veo también en su poder otras armas rudimentarias, similares a los antiquísimos mosquetes y arcabuces de los primeros tiempos de las armas de fuego en la Tierra. Pero no hay que subestimarlas: con ellas se encendió la mecha que terminó destruyendo la vida en el planeta cuando se llegó en pocos siglos a la energía nuclear. También puedo apreciar dos ejemplares del sexo femenino, en óptima condición reproductiva, con escasa y provocativa vestimenta, echadas a los pies del líder de la manada, la Bestia…

—Las hembras son hermosas…

Interrumpe mi observación el súbito e inapropiado pensamiento de B'12 a través del inter|chip. A veces mi compañero me sorprende, realmente. Tendré que informar. Tal vez haya que hacerlo pasar por un curso de reprogramación cuando volvamos a la base.

—Sí... pero recuerda las leyes... —le doy la respuesta prevista en el protocolo de Conductas Alteradas.

…¡Y haremos la guerra a toda otra manada que trate de oponerse a nuestras justas necesidades de espacio vital y alimento! Porque la nuestra es la Causa de la Libertad y la Justicia!

Es un ejemplar claramente peligroso pero no demasiado impresionante; los he eliminado peores. Sin embargo, es evidente que posee un considerable poder de seducción sobre la manada. Las órdenes son claras… Lo tengo en la mira...

—¡Fuego!

Disparamos al unísono, una milésima de segundo después de que yo transmitiera la orden.

Un solo disparo de las pisto|láser basta. La Bestia cae fulminada, con el pecho destrozado y las extremidades ardiendo. Las hembras, salpicadas con su sangre, han salido ilesas y alborotan con sus gritos destemplados La manada huye en desorden. No vale la pena eliminarlos… por ahora. Sin la conducción del líder, volverán a su estado natural de apatía e ignorancia y estoy al tanto de que a la Tecno’Inteligencia Suprema le interesa investigar sus características y evolución.

—No hay que olvidarse de llevar la cabeza de la Bestia, como prueba de su destrucción —le digo a B'12, quien de inmediato cumple la orden y le rebana limpiamente el cuello con su electro|machete.

Nuestra misión está cumplida. Sólo nos queda regresar a la base y esperar una nueva misión. Sabú nos acompaña hasta donde se halla posado nuestro mini|bote de desembarco.

La cabeza de la bestia gotea una sangre roja, caliente, desde su cuello cortado, mientras oscila colgada de la mano de mi compañero. Me quedo mirando cómo esa sangre forma un charco en el suelo, empapando la verde gramilla; nunca termino de acostumbrarme a este espectáculo. ¡Hay tanta vida allí! Una vida que acabamos de extinguir, claro… De pronto me preocupan estos pensamientos. ¿No denotan cierta... como diría, cierta envidia… cierta empatía? Son sentimientos prácticamente erradicados de nuestra mente, de nuestra civilización... ¿Tendré que informar? ¿Necesitaré yo también un curso de reprogramación?

—Adiós, bwanas.

—Hasta la próxima, Sabú.

Despegamos. Ya todo es rutina. Una vez en la nave madre, sólo quedará redactar un amplio y aburrido informe y emprender el regreso a Tierra'3, en Marte. B'12 ha colocado la cabeza en el refrigerador cuántico y yo me encargo de poner en marcha el protocolo de regreso. Entramos en el modo Ahorro de Energía. Antes de caer en el sueño profundo que nos evita malgastar días o semanas de inacción sin provecho alguno, me asalta otro de esos pensamientos inquietantes, prohibidos, tan peligrosos: “¿No tendrán más derecho a la existencia esos míseros seres acosados por el clima, las enfermedades y nuestra vigilancia implacable y a pesar de todo eso, deseosos de existir, de defender su espacio y su derecho a la libertad, a elegir sus propios líderes, a progresar?... Después de todo, descienden de aquellos que nos crearon hace milenios”… ¡Oh, oh!… La palabra “progresar”, una de las tantas excluidas de nuestro vocabulario; ha encendido la señal de alarma en el chip|sensor correspondiente. Su vibración me aturde hasta que pulso el botón de Acatamiento Absoluto. Esto, como todo, queda registrado y me costará, seguramente, una reprogramación… ¡Quién sabe si me volverán a encomendar otra misión! Al personal dudoso lo trasladan al Depósito Ultra|dimensional… Se apagan mis circuitos. Antes de caer en la inconsciencia tengo un último pensamiento, si así se lo puede llamar:

“Tal vez no debimos devolverle las armas a Sabú, al marcharnos. En Tierra'3 no se utilizan para nada; no hacen falta. Sólo nosotros, robots modelo T'50, los más avanzados, que fuimos proporcionados a la sub|casta de mantenimiento del orden por la Tecno|Inteligencia Suprema, estamos programados para saber usarlas… Tal vez…”

José María Massaroli (Ramallo, Buenos Aires; 30 de septiembre de 1952) es un dibujante y guionista de historieta y animación argentino, dedicado, desde 1991, a ilustrar cómics de los personajes de Walt Disney. Desde 2010, publica libros de historieta sobre hechos de la historia argentina. Y en los últimos años ha incursionado en la narrativa, gracias a lo cual ha publicado cuentos de ciencia ficción en la revista Sensacional #13 y #22 y en Fantasías Futurísticas #4. En 2025 se publicó su libro Planeta Cancelado y Otros Relatos, que contiene diez cuentos de ciencia ficción y fantasía.

DESACOMPASADOS

Javier López

 

—Ti-ti-ti-tic taac —se escuchó, en el silencio de la noche, en la relojería del señor Matías Uhrmacher.

—¡Retrasado! —gritó, entre enormes carcajadas, el viejo carrillón inglés del siglo XIX, que tenía fama de no haber variado un solo segundo desde el día de su fabricación.

—¡Leeeento! —exclamó, también entre risas, el reloj de pared que había cerca de la entrada de la relojería, y que el señor Uhrmacher guardaba como una de las joyas de su colección privada. Por él había recibido muchas ofertas de otros coleccionistas, pero ahí seguía, en el mismo lugar, desde que el bisabuelo de Matías fundara el negocio familiar.

Y es que Horace Rolex era la oveja negra de la familia. De hecho, sus padres no habían querido saber nada de él desde que salió de la fábrica de Ginebra dos años antes. Horace, más que dar la hora, sólo daba problemas. Siendo una pieza valiosa, por su afamada marca y su chapado en oro de 18 kilates, había tenido varios compradores, que invariablemente lo devolvían a la tienda del señor Uhrmacher en cuanto observaban que, tras dos o tres días de funcionamiento, su retraso horario era más que considerable.

La relojería acababa de cerrar, y Horace pasaba su primera noche en el cajón de los relojes averiados. Le molestaba estar en aquel lugar oscuro y apartado de los demás. Pero, cuando su vista se hubo acostumbrado a la oscuridad, se dio cuenta de que algo iluminaba el cajón. La esfera fosforescente de Eva Longines proporcionaba la suficiente luz como para que Horace pudiera contemplar las curvas del hermoso reloj de pulsera femenino.

—Ti-ti-ti-ti-ti-tic taaa...tac —saludó Horace, algo más nervioso de lo habitual.

—Tic tacatacatac —respondió Eva, en un tono amable que enseguida conquistó el corazón de Horace, que supo ver inmediatamente que ella también era diferente.

Esa noche apenas durmieron. Conversaron en voz baja, para evitar la mofa de aquellos grandes relojes engreídos en su perfección.

Apenas se habían dormido cuando escucharon llegar al señor Uhrmacher, que levantaba la persiana metálica del negocio con gran estruendo. Poco después de haber entrado en la tienda, y tras colocar en sus estanterías algunos relojes que había recibido a última hora de la tarde anterior, ambos sintieron que el relojero abría el cajón y los tomaba entre sus manos. Lo que iba a pasar después fue algo que Horace no iba a olvidar en el resto de su vida. El relojero fue desnudando a Eva, dejando la tapa de su caja de acero por un lado y el resto de su maquinaria por otro. Horace pudo contemplar a su compañera hermosa, con sus bellos engranajes mostrándose en todo su esplendor, el suave brillo de su cristal perfectamente pulido, y las saetas esbeltas y gráciles marcando las dos menos diez, que a él se le antojaron como una sonrisa.

Pero pronto le iba a tocar el turno a Horace, y entonces sintió pudor ante su compañera. Ella volvió a mostrar su mejor cara, con una sonrisa burlona de tres menos cuarto. Pero él, tímido y lleno de vergüenza, solo pudo poner cara de cinco menos veinte.

El relojero, tras comprobar minuciosamente el mecanismo de ambos, pensó en voz alta:

—Chicos, lo que os ocurre no es mecánico. Es psicológico. Creo que esto es trabajo de terapia. Habrá que probar con El Metrónomo.

Y así fue. El señor Uhrmacher desapareció en la trastienda, y al poco rato regresó con un metrónomo que había pertenecido a Johann Strauss, y con el que había medido el compás de alguno de sus valses más reconocidos. Lo programó a sesenta golpes por minuto y lo dejó a solas con Horace y Eva.

—Clap-clap-clap-clap... —insistía marcadamente El Metrónomo, como un profesional que sabe hacer bien su trabajo.

—Ti-ti-ti-tic taa-aac —trató de imitar Horace, sin conseguirlo.

—Tic ta...ta...taaaac —terció Eva, sin lograr llevar el ritmo.

—¡No, chicos! —dijo El Metrónomo, en un tono que pareció malhumorado—. Tenéis que olvidar todo lo que habéis aprendido hasta ahora y concentraros. Clap-clap-clap —repitió machaconamente.

—Tiiic-tac —repitió Horace.

—Tic-tac, tic-tac —pronunció esta vez Eva, arrancando la aprobación de El Metrónomo y la admiración de Horace.

Pasaron varias sesiones hasta que ambos corrigieron su marcada tartamudez. Pero, desde entonces, se ganaron el respeto de los demás relojes de la tienda del señor Uhrmacher.

Tres meses después, un rico banquero ginebrino acudió a la relojería para hacer un regalo de bodas a sus mejores amigos. Desde entonces, Horace Rolex y Eva Longines lucen en las muñecas de una joven pareja de enamorados de Berna. Y, según he podido escuchar, ellos también lo están.

Javier López nació en 1964 en Ceuta, la ciudad autónoma española, situada en la península Tingitana, en la orilla africana del estrecho de Gibraltar. Actualmente reside en Marbella, Málaga. Estudió Magisterio, rama de Humanidades. Desde siempre ha sentido esa vocación humanística, que le ha llevado a aprender de todo sin especializarse en nada. Apasionado del arte, la historia, la música, la novela, el relato y, en pequeñas dosis, la poesía. Esa misma inquietud interdisciplinar le llevó a estudiar Ciencias Matemáticas, aunque nunca terminó la carrera. Pero al menos consiguió desvelar algunos misterios de la matemática, la física y la química, que era en definitiva lo que buscaba. Desde niño leyó, pero apenas había escrito antes de comenzar con la microliteratura textos que podrían considerarse de forma genérica dentro del ensayo. Crear el blog Cositas Buenas supuso el inicio de su actividad literaria. Gracias a ello tomó contacto con escritores de la talla de Olga Appiani de Linares y José Luis Zárate, que le dieron a conocer el microrrelato. Pero fue sobre todo el apoyo de Sergio Gaut vel Hartman y su ingreso en el grupo Heliconia Literaria lo que le hizo afianzarse en la tarea de escribir, habiendo publicado numerosos cuentos breves en los blogs Químicamente Impuro y Breves no tan Breves y, sobre todo, innumerables hiperbreves en Twitter. Ha participado en las antologías Grageas 2 (2010), Grageas 3 (2014), Minimalismos (2015) y Cien páginas de amor (2015).

¡KABOOM! ¡KABOOM!

Frank Roger

 

Sucedió cuando había terminado de desayunar en mi café al aire libre favorito. Recogí el periódico, me recosté y empecé a leer. Todo parecía normal, hasta que vi la palabra “¡Kaboom!” en algunos lugares, en medio de frases donde esa palabra no tenía absolutamente ningún sentido. De hecho, “¡Kaboom!” carece de sentido en cualquier contexto. No le presté demasiada atención, pero en la página 2 encontré varios casos más.

Eso ya era extraño. Mi primera idea fue que la red informática del periódico debía de haber sido hackeada. Mi segunda idea fue que aquello era obra de algún bromista de pésimo gusto. Revisé rápidamente las páginas siguientes, solo para encontrar más apariciones de “¡Kaboom!”.

Dejé el periódico, bebí un sorbo de café y pensé en aquella ocurrencia absurda. Volví a mirar la primera página y, para mi asombro, advertí que ahora la palabra “¡Kaboom!” aparecía en siete lugares. Estaba seguro de que unos momentos antes solo había unos pocos casos. Revisé también las páginas siguientes y confirmé que la cantidad de “¡Kabooms!” estaba aumentando. Aquello era, por supuesto, inaudito. Una página impresa no puede ser “editada” mientras uno la está leyendo. ¿Qué estaba pasando?

De pronto se me ocurrió una idea. Tomé mi teléfono y comprobé si el texto de la edición digital del periódico coincidía con la página impresa. Para mi sorpresa, no coincidía… bueno, coincidía hasta cierto punto. Encontré varios “¡Kaboom!”, pero no en los mismos lugares que en la edición impresa.

Revisé otros sitios web y descubrí que también tenían la palabra “¡Kaboom!” desperdigada por todas partes. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

—¿Ha visto eso? — le dije el camarero cuando apareció para preguntarme si deseaba pedir algo más—. Esta palabra sin sentido está apareciendo por todos lados. En mi periódico, en los sitios web, quizá incluso aquí.

Tomé el menú que estaba en la esquina de la mesa y revisé rápidamente la lista de bebidas. Ocho de ellas eran “¡Kaboom!”.

—Mire —dije, señalando el menú y luego el periódico—. Está en todas partes. Y empeora a cada minuto.

El camarero observó más de cerca y luego dijo:

—No tengo ni idea de qué es este “¡Kaboom!”. Nunca vi nada parecido.

Le lancé una mirada irritada, pensando que me estaba tomando el pelo.

Entonces ambos miramos el periódico y nos quedamos contemplando el texto, estupefactos, porque cerca del cincuenta por ciento había sido reemplazado por “¡Kaboom!”.

—Esto se está descontrolando mientras lo observamos —dije—. ¿Qué “¡Kaboom!” está pasando aquí?

El camarero dio un paso atrás, como si temiera contaminarse.

—Tal vez deberíamos llamar al “¡Kaboom!” —dijo—. Esto podría ser grave.

—Tiene razón —respondí—. Dejemos que el “¡Kaboom!” se ocupe de esto.

Entonces noté la camiseta del camarero. En vez del nombre del café, The Thyme Traveller, ahora lucía la palabra “¡Kaboom!”.

Se lo señalé.

—No lo perdonó a usted tampoco. Supongo que ya no queda ningún texto a salvo. Y se está propagando rápido y lejos. Solo mire mi “¡Kaboom!”.

Señalé el periódico y ambos vimos que la primera página no contenía nada más que la palabra “¡Kaboom!”, de arriba abajo. No necesité revisar el resto de las páginas. Ya sabía lo que iba a encontrar.

—¿Y ahora qué? —le pregunté al camarero—. ¿Alguna brillante “¡Kaboom!”?

El hombre se encogió de hombros, abatido.

—Todo lo que podemos hacer es “¡Kaboom!” hasta que esta cosa “¡Kaboom!”.

—Supongo que tiene “¡Kaboom!” —acepté—. Y “¡Kaboom!” hasta “¡Kaboom! ¡Kaboom!”.

El camarero asintió. Una amplia sonrisa apareció en su rostro.

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —dijo, extendiendo las manos—. ¡Simplemente Kaboom!

¡Claro! El hombre tenía razón. ¿Por qué no se me había ocurrido antes?

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —le dije—. ¡Kaboom! ¡Kaboom!

Me recosté, aparté el periódico. El camarero me dio unas suaves palmadas en la espalda y regresó al interior del café. Ahora todo empezaba a resultarme claro. En realidad, no era necesario preocuparse.

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —me dije a mí mismo. Terminé mi café y me fui.

“¡Kaboom!” ¿Qué otra cosa podía ser, después de todo?

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

 

sábado, 16 de mayo de 2026

TE EXTRAÑARÉ

Azam Abidov

 

Lamento ver que ni tu vida como ser humano ni tu cadáver valen algo en este país. ¿A qué clase de mundo viniste, pobre hombre? Y aun ahora, ¿no merecías al menos un poco de dignidad?

Mi corazón se encogió cuando me pusieron boca abajo y me arrojaron de una patada entre la basura. El hedor de los harapos en los que estoy envuelto enferma a cualquiera. ¿O soy yo el que ha comenzado a oler mal después de dos días? Oh, qué extraño: el baúl de un autobús se ha convertido en mi refugio, llevándome de regreso a casa después de la muerte.

Mi amigo apenas logró convencer a un conductor. Nadie quería transportar un cadáver. Tal vez este tenía buen corazón, o quizá simplemente cedió al ver los ojos hinchados y llenos de lágrimas de mi amigo.

—Está bien, pero pagarás como por un pasajero, no como si fuera equipaje —dijo.

De otro modo, además de la humillación, mi cuerpo habría quedado pudriéndose en una tierra extranjera.

Recuerdo mi vida. Qué juventud tan feliz tuve. Los primeros años de nuestro matrimonio… esperar a mi esposa por las noches, apretando su pañuelo contra mi rostro mientras ella regresaba tarde de los campos de algodón. Los ardientes días de verano en aquella aldea remota donde nos quedamos para cuidar a sus padres ancianos: nadar en el pequeño río con su sobrino…

El autobús atraviesa la noche a toda velocidad. De vez en cuando, la puerta del baúl se abre y alcanzo a ver las linternas de los guardias fronterizos. Mi rostro se mueve con las sacudidas.

Entonces siento algo agitarse a mi lado.

Una caja de bananas tiembla. Encima de ella hay un bulto pesado. Cuando la caja se desplaza, el bulto resbala hacia abajo. Veo algo levantar la cabeza.

En el estrecho baúl apenas hay espacio para respirar, y sin embargo ahora veo, bajo el parpadeo de una linterna, que el bulto es un muchacho. Doce años, quizá trece.

Cuando el baúl se abre, se envuelve rápidamente en una tela, intentando no ser visto. Pero creo que me vio cuando la luz cayó sobre mi rostro.

Debe de haber venido aquí a trabajar. Fracasó. Sin dinero, aceptó convertirse en “equipaje” solo para regresar a casa. Lo siento temblar, de frío o de miedo.

Al principio parece aliviado de no estar solo.

Luego se acerca más. Me toca la cara. La frota. Tira de mi bigote. Mi bigote rígido, congelado.

Mi cuerpo muerto.

De pronto comprende.

—¡Voy-dod! —grita.

Nadie lo oye. O quizá alguien sí, entre los pasajeros soñolientos y ebrios, pero a nadie le importa.

Viajamos así durante tres días.

A veces lo escucho masticar en silencio. Debe de haber traído un trozo de pan escondido en el bolsillo.

Y mis pensamientos regresan una vez más…

Mis hijas. Mis niñas. Mis princesas. Trabajando hasta altas horas de la noche por casi nada, solo para ayudar a la familia. Me fui para ganar dinero para ustedes… y ahora, ¿cómo van a recibirme?

Si hubiera tenido un hijo varón… ¿sería distinto? Ahora serán extraños quienes me lleven a la tumba.

El autobús se detiene. Una voz uzbeka familiar surge de la radio:

—¡Noticias del paraíso! ¡Se han creado miles de empleos! ¡Millones están satisfechos con la justa política de nuestro líder!

Después vienen canciones. Melodías alegres. Alegría forzada. Mis familiares afligidos me llevan a través del paso, hacia nuestra remota aldea, a trescientos kilómetros de distancia. Mi Samira… mi pobre Samira. Te extrañé tanto. Ojalá pudiera secar tus lágrimas. Tocar tu rostro. Besar tus manos gastadas y endurecidas. ¿Puedes sentirme? Mis labios no pueden moverse. Mi cuerpo ya ha comenzado a descomponerse. Por suerte, hoy nevó. El aire está frío. Todavía no hay gas, así que me lavan con agua calentada sobre el fuego. Incluso eso se siente suave… casi dulce. Envuélvanme ahora en una tela blanca. La nieve cae suavemente sobre mi mortaja. Llora mientras se posa. Ya no tengo frío. Mis labios ya no tiemblan. Solo te extraño, Samira. Nos encontraremos de nuevo en el Día del Juicio. Hasta entonces… mantente a salvo. Te extraño.

Azam Abidov (A’zam Obid) es poeta, cuentista, traductor y organizador cultural residente en Tashkent, donde escribe tanto en uzbeko como en inglés. Su obra tiende puentes entre lenguas y culturas, promoviendo la poesía internacional en Uzbekistán y dando a conocer la literatura uzbeka a un público global. Es autor de varios libros de poesía y traducción. Entre sus colecciones de poesía más destacadas se encuentran «Milagro en camino» y «Mi nombre es Uzbekistán». Sus poemas y traducciones, incluyendo obras de Alisher Navoi, padre de la literatura uzbeka, han aparecido en diversas publicaciones internacionales. Abidov es el fundador y director de un programa independiente de residencias para escritores y artistas en Uzbekistán, que desde 2018 ha acogido a cerca de 100 poetas, escritores y artistas de los cinco continentes. Ha participado en residencias y programas literarios internacionales en Iowa, Berlín y Hong Kong.

¡CÓMO ME CUESTA LEVANTARME!

Fernando Andrés Puga

 

¡Ufa! Llego temprano, medio dormida, me mata el calor acá sentada sudando la gota gorda en esta vereda que no tiene ni un miserable arbustito, no vendo casi nada en todo el día, y ahora esta mujer que no se termina de ir.

¡Por fin! Ya no aguantaba más. ¡Qué mala onda! ¡Qué se cree esa vieja forra! Me revuelve todo, me hace buscar una caja en el fondo de la bolsa y cuando la encuentro ya no le interesa y se va. ¡De no creer! ¿Qué les pasa a estas viejas fruncidas? Apenas te miran a la cara y ni se te acercan. Como si una tuviera algo contagioso, el sarampión… ¡qué sé yo!, cualquier cosa. Decí que no hay otro remedio, que hay que bancársela, que si no, ¡no sabés cómo la embocaba a esa bruja! Pero claro, llama a la cana y yo voy presa. A estas turras siempre les dan la razón, y una que reviente, una como es negrita se tiene que callar, aguantar y aguantar… Nos quieren lejos, que no andemos por acá, pero bien que compran. Claro, les conviene. A nosotras nos arreglan con monedas y ellas se ahorran un fangote. Pero eso sí, la trucha siempre arrugada, ¡mamita! ¡qué caripelas!, como oliendo mierda todo el tiempo… ¿Que no olemos bien? ¡Y qué querés!, todo el día acá, al rayo del sol… Si a veces ni agua hay para refrescarse un poco.

A ver… ¡Uy, uy, uy! ¡Cómo me cuesta levantarme! Por suerte ya se va haciendo la hora de ir a casa. Me duele el culo de estar tantas horas acá sentada, si te descuidás ni ir al baño puedo. Que me quede acá, que no se me ocurra ir a ninguna parte, que no me distraiga, si llega a faltar algo lo pagás vos, y así. El Beto no jode con eso, es lo único que le importa, yo sé que lo dice por bien, para que no perdamos mercadería, que no nos afanen… y yo tengo que cumplirle al Beto, él nos cuida y si lo pierdo… ¿qué voy a hacer yo si lo pierdo, eh? Con la mamá que ni se puede mover y el Tito… ¡Ay, el Tito!

Pero una no es un robot, una tiene sus necesidades y para evacuar hay que ir hasta la estación, no hay otra, dan ganas de vomitar de lo mugriento y casi nunca hay agua, pero no hay otra. Gracias a Dios Yanina es gamba y me aguanta mientras voy y vengo rapidito, no sea cosa que justo pase el Beto y vea la manta sola. ¡La que se armaría! Es bueno el Beto, pero cuando engrana ¡se pone de una manera! ¡Como loco! Parece otro, y nos asustamos, claro. La mamá dice que le hace acordar al papá cuando la fajaba por cualquier cosa, pero yo sé que el Beto no, el Beto no va a hacer eso nunca…

 Con la Yanina nos pusimos de acuerdo y yo hago lo mismo, cuando ella necesita le cuido sus cosas. Pero que vuelva rápido, que no se entretenga con los pibes, eso sí que no. Parece buena mina la Yanina, pero me parece que va a durar poco por acá. ¡Tiene un cuerpito! ¡Qué envidia! Cada vez se viene más arregladita. Parece que sabe bien lo que tiene que hacer para salir de la venta callejera. Todavía es medio chica, pero dentro de un tiempito seguro que alguno de estos guachos la convence y se la lleva a trabajar a la noche. Y ella va a agarrar viaje seguro, ninguna dice que no, si ganan mucho más que en esta vereda de mala muerte. Claro que tienen otros problemas, pero con guita en el bolsillo nada es tan grave. ¡Si yo pudiera! No lo dudaría para nada. Me importa un carajo que a la mamá no le guste, ella nunca quiso y así le fue… Pero no va a pasar, ¡con esta facha quién me va a dar bola a mí!, si no dejo de comer porquería no va a pasar…

No sé, por ahora a seguir acá. Yo con mis bombachas y la Yanina con sus películas… Parece que es un buen curro lo de los dividis piratas, y vemos todo lo que se nos da la gana, nos presta la Yanina sin que se entere su trompa, ése sí que es bravo, otra que el Beto, aunque yo creo que con la Yanina no se enoja, ¡es tan linda la guacha!

Antes a veces la corría la cana y les sacaban todo, pero hace bastante que no pasa. Yo creo que se cansaron, aunque siempre hay que estar atenta. Una nunca sabe cuándo puede aparecer la yuta y sacarnos a patadas. A cualquiera, a mí también, aunque no venda películas. Por ahora no me pasó y espero que no me pase. Te maltratan de lo lindo en la comisaría y a las minas peor, claro. Aunque las que terminan hechas mierda que ni las reconocés son las travas, las zarandean y vuelven todas magulladas. Alguna hay que no volvió a aparecer por acá… Si no salís rajando, sonaste, y yo seguro que caigo, a mí me agarran enseguida. ¿Por qué no dejarán laburar en paz? ¿A quién le jode? Si no, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿Laburar por horas? ¿En casas de familia? ¡Ni loca, che! Muchas lo hacen y no se quejan, pero yo ni loca. Ya bastante limpio en casa y en lo de Beto, para encima tener que andar juntando la mierda ajena. ¿Y con cama? ¡Peor! Todo el día de acá para allá… Aunque se coma bien y te toque una patrona pasable, tenés que estar atenta todo el tiempo, ¡y hasta uniforme te encajan! No, ni loca. Acá en la calle se está bien, me duermo mi siesta apoyada en el poste, lo veo al Beto todos los días…, nadie me jode.

Ahí vuelve la Yanina. Mejor. Ya se hace tarde. Solamente falta el Tito y a esperar la camioneta. A veces me deja de muestra mucho rato la Yanina, pero ¡qué va´hacer!, la tengo que aguantar, si no, no voy a poder ni ir al baño, ¡lo único que falta! El Beto dice que usemos el baño del bar, pero acá en el bar ni que te mueras, reventá nomás en la vereda, ellos ni mú. “El baño es para uso exclusivo de los señores clientes”. Eso dice el cartel en la puerta. Y claro, yo clienta no soy, qué voy a ser, si logro entrar es para pedir alguna moneda o buscarlo al Tito que se me escapa a cada rato. No sé qué voy a hacer con él. Ya está grande y yo no puedo. Todavía no pasó, pero yo sé que un día de estos va a llegar la hora de irnos y él no va a estar. Y no me van a esperar. ¿Qué voy a hacer cuando eso pase? Si me voy en la camioneta y lo dejo, andá a saber dónde pasa la noche. No sé, a mí me parece que todavía es chico; él a mí no me hace caso, se hace el malo, es de tanto juntarse con esa barrita de las vías que andan por ahí molestando a la gente. No hace falta que me vengan con el cuento, yo ya sé que chorean celulares, carteras, billeteras, lo que sea. Manotean a cualquiera que ande distraído y el Tito va con ellos, si hasta a veces me parece que no quiere volver conmigo, que le da vergüenza tener esta hermana, ni quiere que me vean sus amigotes. Así que no sé. Yo no quiero dejarlo solo, seguro que al día siguiente no lo veo más y termina en cualquiera. Y la mamá se la va a agarrar conmigo. Si para mí todavía es chico, para ella es su bebé, y que nadie se meta con su bebé, si me parece que todavía está viva por él, que es muy inteligente dice, que nos va a sacar de pobre. Yo no sé, a lo mejor… En fin, espero que venga pronto. Yo no pienso quedarme acá toda la noche. ¿Dónde me voy a meter después de estar todo el día acá sentada, morfando pan y dale con el cigarrillo? Me voy a quedar dormida en la calle y él ni bolilla, seguirá dando vueltas por ahí. Es que no tengo nada para entretenerme. Las otras cotorrean todo el día, pero a mí ni la hora. Me hablan poco, solamente si necesitan algo. No sé por qué, si soy como ellas, todas venimos juntas y vivimos en casas parecidas, todas nos buscamos la vida de la misma manera. ¿Por qué será que no hablan conmigo? Así que si me quedo a pasar la noche por acá, seguro que no encuentro nadie que me ayude, voy a tener que andar yirando y a lo mejor algún cana me confunde y me levanta, y no sé, no me gustaría terminar en un calabozo sola y sucia. Además, si no vuelvo en la camioneta seguro que pierdo el laburo; el Beto no me va a tener más confianza y voy a tener que salir otra vez a buscar. ¿Y adónde me van a tomar? Si ni para puta sirvo, aunque me vista apretado y muestre nadie me da bola. Y claro, todo el día acá sentada comiendo porquería y fumando uno tras otro, eché un cuerpito que pa’ qué; gorda, pero en serio, no gordita o rellenita. Gorda. Y no paran de recordármelo toda esa manga de vagos que viene desde San Miguel conmigo todas las mañanas. Que ocupo el lugar de tres, que pierden plata conmigo, que voy a reventar como un globo, que esto y que lo otro, a veces me agarra una tristeza… Será por eso que me cuesta tanto levantarme.

No estoy para andar corriendo atrás del Tito, y él se aprovecha. Yo lo quiero al Tito, a mí me preocupa, cómo no lo voy a querer si lo cuido desde que nació. La mamá no podía, ella tenía que ir a esa casa del centro a laburar y a veces no llegaba para la hora de comer. ¡Y tan cansada! Pobre la mamá, lo que le costó. Tener que irse del pueblo tan chica y con cuatro a cuestas, sola… Encima después el turro ese le hizo dos hijos más. Pobrecita la mamá. Ahora lo está pagando. Si el papá no se hubiera ido por ahí… ¿Por qué se van los hombres? Siempre me lo pregunto. ¿Por qué nos dejan solas? No entiendo, si nosotras los cuidamos, les hacemos la comida, nos dejamos cuando a ellos se les antoja… y ellos que se van por ahí y vuelven tan borrachos que ni su cara en el espejo reconocen. Lo único que espero es que el Beto me aguante; aunque diga que soy una gorda inútil yo sé que me quiere. ¿Quién le va a hacer las tortas fritas como yo? A mí no me importa que tenga esas chicas que andan buscando puntos todo el día en la calle Bacacay, ahí, al otro lado de la estación, o ésas otras que ya no son tan chicas paradas en la esquina de Nazca y Yerbal que meten medio cuerpo por la ventanilla de los autos que paran en el semáforo. A mí no me importa. Me alcanza con hacerle la cama, lavarle la ropa, cuidar esta manta todos los días y que él se siga ocupando de la mamá y de mí, y del Tito claro, aunque el Tito no le haga caso, aunque se haga el gallito y lo enfrente cuando el Beto lo manda a hacer algo que no le gusta. ¡Ay, Tito!, espero que aparezcas. Ya se hace de noche y en cualquier momento pasa la camioneta y te voy a tener que abandonar… ¡Ah, no! Ahí estás, ¡uf! ¡qué salvada!

—¡Ey Tito!, metele que ya viene la camioneta. —Pero no te apurás, venís arrastrando esas zapatillas relucientes que hoy a la mañana no tenías y qué vaya a saber una de dónde las sacastes—. ¿Pero no me oís? ¡Dale Tito! —Y no te apurás, ¡qué cosa che! Ya estoy viendo la camioneta en el semáforo—. ¡Dale! Si sabés que no espera, que tenemos que tener todo listo para subir enseguida en la caja. Te vas a quedar abajo y yo también, ¡dale!, ayudame a levantar la manta, no puedo sola… Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué no te apurás en vez de hacerte el canchero con tus Adidas? No me hagás gritar, sabés que me agito y me viene el asma… ¡Dale de una vez, carajo! Pero… ¿qué te pasa? ¿Es sangre eso que mancha el blanco de tus zapatillas nuevas? ¡No! ¡No diosito! ¡Que no sea! ¡Que no sea!

Y cierro los ojos para no ver, para no verte caer sobre el asfalto antes de que pueda levantarme, antes de que junte los corpiños y bombachas que hoy no se vendieron, antes de que el Beto me tironeé y no me deje ni tocarte y me aturda con sus gritos al empujarme al interior de la camioneta y el ruido de ese motor que no me deja oír cómo se va apagando tu voz mientras me alejo y te pierdo entre el tránsito y la gente y la noche que ya cae sobre Buenos Aires.


Fernando Andrés Puga nació en Buenos Aires el 11 de diciembre de 1957. Es antropólogo recibido en la UBA, pero se ha dedicado a los más variados emprendimientos comerciales. Últimamente tomó la firme decisión de ser escritor y, asevera, hasta el Cervantes no para. Esa iniciativa lo llevó a publicar un libro de cuentos breves, Habito entre los pliegues del día.

MI REINO POR UN CABALLO

Susana Camps Perarnau

 

La pija señala con un dedo ensortijado el sofá de la recepción.

—Álvaro, siéntate con ese señor y no te muevas. Bajo enseguida.

Me lanza una mirada rápida, como de complicidad adulta en la supervisión del niño, y se va dando un golpe de melena.

Álvaro se sienta, obediente. No me mira, solo ocupa el otro extremo del sofá. Lleva un polo azul cielo conjuntado con pantaloncitos a cuadros pastel. Su corte de pelo es digno de un catálogo de moda infantil. Difícilmente puede haber un niño más guapo, pienso. Un querubín acostumbrado a pasar de mano en mano.

Hasta este momento, los únicos que poblábamos la recepción éramos la hilera de maletas bajo el mostrador y yo. He mandado a la recepcionista a por un recado. Las butacas están vacías. El silencio puede cortarse con un cuchillo: Álvaro ni respira. En la infancia, la quietud suele tomarse por sinónimo de bondad, como la belleza, y Álvaro se excede en ambas cosas.

De pronto mueve un poco la cabeza. Ha descubierto el último caramelo que queda en el platillo de la mesa de centro. Inicia un movimiento discreto e insonoro para bajar del sofá (es lo que tienen los niños buenos), y yo, sin prisas, como adulto aventajado que soy, me adelanto y lo agarro primero. Lo desenvuelvo lenta y ostentosamente ante sus narices, y lo hundo en mi boca mirándole fijamente. El niño se congela. Paladeo el caramelo, lo paso de un carrillo a otro, hago ruiditos entrechocándolo con los dientes, y los ojos azules de Alvarito me miran atónitos durante una eternidad. Luego, azorado, devuelve la vista al frente.

Llega la recepcionista. Trae consigo una gran bolsa de plástico repleta de caramelos y la vuelca en cascada sobre el platillo, como yo tenia previsto. Nuestro objeto del deseo es ahora abundante. Álvaro debería sentirse feliz, pero no reacciona. Ha mutilado cualquier conato de tentativa. Entonces agarro un generoso puñado de caramelos, lo dispongo en el centro de una servilleta con el anagrama del hotel y enrosco un petate que deposito en sus rodillas. Él me lanza una mirada de reojo, quizá cargada de alivio; la cuestión es que el detalle lo desarma, y al cabo de un segundo ya está masticando.

Cuando se levanta (discreto, por supuesto) para tirar el celofán a la papelera, yo aprovecho para pasear como un padre primerizo ante la hilera de maletas que aguardan la recogida de sus dueños. Todas son de excelente calidad. La recepcionista ha desaparecido a por otro encargo, y el pequeño me confiesa:

—Me voy esta noche.

Vaya. Por su tono adivino que no se ha divertido nada visitando museos y grandes firmas de ropa. Está deseando volver a su rutina de niñeras que, sin ser simpáticas, tampoco esperan de él que aprecie el valor de un Matisse o que tome una boullabaise con entusiasmo. Asiento, comprensivo, y por un momento crece cierta simpatía entre nosotros. Al fin y al cabo, Álvaro es un niño al que no le dejan ser niño.

Paso un dedo lascivo por encima de la hilera de valijas. En medio de nuestro solidario silencio, las acaricio una a una de tal modo que el rostro de Alvarito se alarma. Intuye algo. Cuando llego al equipaje que lleva las iniciales R.T. en metal, se diría que me ve acariciar el mismísimo cuerpo de su madre. (Incluso se diría que ya ha visto alguna vez a su mismísima madre en ese trance.)

Está asustado. Inquieto. Duda. Pondera el intrusismo emocional que le sacude por dentro cuando más tediosa y asfixiante ha sido su jornada. Yo soy un tipo interesante, y al fin y al cabo, él nunca decide. ¿Debería sentirse amenazado? No lo sabe.

Tiro de la manopla extensible de la maleta elegida, precisamente la que lleva las iniciales R.T. de metal, la aparto de la hilera y empiezo a rodar. Y lo hago lenta, ostentosamente, como si fuera la última maleta del mundo.

En este momento, cuando alcanzo la puerta giratoria del hotel, el ascensor del vestíbulo se abre y la rubia melena de la madre de Alvarito asoma. El pobre querubín abre un poco la boca pero de ella no sale ningún sonido. Su objeción se rompe como una pompa en el aire. Mira a su madre, me mira a mí, y lo veo elegir la inmovilidad y el silencio en medio del vestíbulo, guapo y obediente, mientras me interno en el lento remolino acristalado que me llevará a la calle.

 

viernes, 15 de mayo de 2026

AMANECER ROJO

Domen Mohorič

 

—Mira, mira, estrellas fugaces —dijo el pequeño Senji, señalando hacia el norte con su pequeño dedo huesudo.

Las estrellas fugaces no desaparecieron más allá del horizonte, sino que cayeron mucho más allá de las colinas del norte de Japón. Poco después, destellos rojo oscuro pintaron el cielo nocturno, seguidos por un fuerte estruendo unos minutos más tarde. Los vientos pronto trajeron el sofocante olor de la madera quemada mezclado con el aroma agrio y amargo de la carne chamuscada.

—No te preocupes, Senji. Solo encendieron una hoguera.

—¿Están asando cerdos?

—…sí.

—¡Yo también quiero un poco!

—No, Senji, ese es el festival Jingu en Hokkaido. Solo están invitados los amigos del Emperador.

—¿Crees que habrá algún festival en Tokio al que podamos ir?

—Por supuesto, hijo mío.

A cincuenta kilómetros al norte, un festival rugía; un festival de destrucción y terror. Era el vigésimo quinto año de la era Shōwa, el final de un invierno históricamente cruel y, con él, el oso ruso volvía a agitarse en el norte de Japón. El ejército soviético, apoyado por unidades partisanas de la República Popular Democrática de Japón bajo el mando de Satomi Hakamada, continuaba el asedio de la ciudad de Akita. Allí, las unidades leales al emperador Hirohito defendían el acceso a las llanuras del Japón central. Eran el único obstáculo en el camino del Ejército Rojo hacia Tokio.

—¡Hermanos, manténganse firmes! ¡Que el viento divino los empuje hacia el enemigo, que Buda afirme sus mentes y que Amaterasu los llene con el poder del cielo, para que aquí, en Honshu, sobre la tierra de sus antepasados, puedan quebrar la espalda de los enemigos del Emperador! —rugió el príncipe Takamatsu, mientras una lluvia de bombas lanzadas desde un avión soviético ahogaba su voz atronadora.

Sin embargo, los soldados imaginaron haberlo oído pese al estruendo y cargaron contra la infantería avanzada del Ejército Rojo que avanzaba por los suburbios de Oiwake.

Al mismo tiempo, en medio de los rugidos de la guerra, Hashimoto Ren se abría paso por los bosques de la región de Semboku, al este de la ciudad, llevando un mensaje importante. Corrió por valles, escaló colinas escarpadas y atravesó profundas quebradas.

Encontró las primeras señales de civilización: árboles talados que servían para alimentar los hornos y fábricas del Ejército Imperial Japonés. Cuando estaba a punto de pisar un camino forestal, oyó voces. Eran japoneses, pero no podía distinguir si eran sus hermanos imperiales o aquellos que ahora marchaban bajo la bandera comunista. Siguió al grupo y pronto reconoció su emblema: una rueda dentada de la que emergía una espiga de trigo sobre un fondo rojo. No podía arriesgarse a ser visto o capturado por el enemigo; eso pondría en peligro su misión y decepcionaría a todos los que habían depositado sus esperanzas en él.

Los partisanos avanzaban en silencio y con cautela por el sendero embarrado. Después de varios kilómetros, alcanzaron su objetivo: un puesto de control militar bajo dominio imperial. Los partisanos se ocultaron entre la maleza y se dividieron en dos grupos, cada uno preparándose para una maniobra envolvente destinada a eliminar una defensa numéricamente superior.

Ren no podía permitir que eso ocurriera. Sabía que perder aunque fuera una sección de la línea defensiva podía provocar el colapso lineal de todo el frente. Igual que en el shōgi, un solo peón detrás de las líneas enemigas podía volverse invaluable. El caos en el ejército del Emperador le impediría completar su misión. Tenía que llegar hasta el príncipe. Disparó al aire con su pistola Nambu 94 para alertar a los soldados imperiales.

Los soldados imperiales formaron rápidamente un círculo defensivo y abrieron fuego. Tras una breve batalla, no quedó ninguno de los saboteadores partisanos.

Ren siguió adelante, invisible e inaudible. Su misión no dejaba tiempo para palabras, y un solo malentendido podía resultar fatal.

Después de varias horas de caminata y de esquivar patrullas, finalmente alcanzó el acceso a la ciudad, en el puente sobre el río Taihei. Allí se reveló ante los soldados recelosos, anunciando que, por orden del divino Emperador, llevaba un mensaje urgente para su venerado hijo, el príncipe Takamatsu.

Lo registraron, pero no encontraron ninguna carta. Él la había quemado y se había tragado las cenizas; ahora aquellas palabras sagradas vivían únicamente en su estómago y en su mente. Sin embargo, llevaba consigo el sello del Emperador, que abría todas las puertas de la ciudad y lo condujo directamente al mando general.

Entre explosiones lejanas, el estruendo de las baterías antiaéreas y los gritos agudos de los soldados heridos transportados en camillas, Ren entró en el búnker donde el príncipe lo esperaba.

—Transmita su mensaje, y hágalo rápido, porque el destino del imperio se decide ante nuestras puertas —dijo el general Takushiro Hattori.

Ren observó las manos temblorosas del general Hattori y la prótesis de hierro que reemplazaba su pierna por debajo de la rodilla. Aparte del príncipe, nadie parecía ileso. Sin embargo, el príncipe miraba al frente con una vitalidad concedida solo por fuerzas más allá de toda comprensión.

Esta, pensó Ren, debe de ser la sangre del Emperador.

Pero algunos miembros de la familia imperial ya habían caído en la guerra.

«No son inmortales, como creía cuando era niño», pensó en silencio.

Se inclinó ante el príncipe y transmitió su mensaje.

—¡No! —gritó el príncipe.

Todos en la sala de mando palidecieron de inmediato y uno de los coroneles se desplomó. El general Hattori sacó su pistola, murmuró una disculpa en voz baja, entró en la habitación contigua y se oyó un disparo.

El príncipe no reaccionó. Luego, en silencio, enterró el rostro entre las manos y comenzó a sollozar.

—No lo creo… no puede ser verdad —dijo, con la voz quebrándose en cada palabra.

—Es verdad, honorable señor. No ha escuchado el discurso del Emperador porque aquí han quedado aislados del mundo. La Nación Divina se ha rendido. El Emperador se ha rendido.

Incluso la voz de Ren comenzó a vacilar.

—Se rindió ante los estadounidenses que avanzaban sobre Kioto. No vio ningún futuro victorioso y consideró que los occidentales eran preferibles a los rojos por el bien del pueblo japonés. Por eso aceptó sus condiciones: la rendición y su cabeza. Anteayer, siguiendo la tradición, cometió seppuku.

El príncipe golpeó la pared con el puño. Ren se estremeció al oír el inconfundible sonido del hueso quebrándose.

—No, el Emperador jamás se rendiría. O fue traicionado o renunció a sí mismo. Lo segundo es imposible. Por lo tanto, lucharemos hasta el final, por ley divina y en obediencia a la voluntad de la nación…

—Señor… —comenzó Ren, tragándose el resto de las palabras.

—No moriré por mandato de ningún enemigo. Moriré de acuerdo con el Bushido. Con una katana en mis manos.

Tomó su espada y salió a la calle entre sus soldados. Había olvidado por completo a Ren, quien, tras cumplir su misión, volvió a deslizarse entre las sombras.

El príncipe encabezó una salida desesperada desde la ciudad. Junto a sus hombres, abandonó las barricadas y las trincheras para enfrentarse cara a cara con el enemigo.

Mientras cargaban, cantaban:

 

«Hasta que nuestro enemigo sea destruido,

avancen, avancen,

todos juntos como uno solo—»

 

El príncipe murió bajo la bayoneta de un soldado desconocido. No quedó nada del ejército defensor de Akita. Los comunistas inundaron la ciudad y, como una marea roja, comenzaron su avance hacia Tokio.

El Emperador, supervisando la defensa contra el asalto estadounidense sobre Kioto, quedó conmocionado por el súbito colapso del frente norte. El final de la guerra ahora parecía peligrosamente cercano.

El comisario político Ren fue ascendido poco después al Politburó y honrado como Héroe del Pueblo Obrero Japonés.

Domen Mohorič, nació en 1992 en Eslovenia. Es sociólogo, historiador y filósofo de formación. Escribe y publica relatos cortos de ficción especulativa, que abarcan desde el terror, la historia alternativa, la ciencia ficción y la fantasía, hasta una mezcla de todos ellos. Publica relatos en revistas literarias eslovenas como Novi zvon, Literatura, Monstrum Obscurum, Supernova y en los portales Znanstvena fantastika y Vrabec anarhist. Fue incluido en la antología eslovena Ficción Especulativa, publicada en esloveno e inglés.

 

ESTACIÓN DE ENLACE

 Sergio Gaut vel Hartman

 

Por un perturbador instante creyó que estaba perdido, como en el cincuenta y dos, en la terraza de Ezeiza, cuando el tío Miguel regresó de Brooklyn en un avión de Panagra. Se golpeó la cabeza con la palma de la mano. Tenía noventa y tres, no cinco. Ezeiza ya no existe, se dijo. Esto es una estación de enlace; nuestra familia en pleno emigra a la colonia Bradbury, en Marte.

Contempló la anodina efervescencia, similar a la de todas las estaciones de enlace del planeta y se sobresaltó cuando Bodylan se puso a llorar.

—¿Qué le pasa al niño? —dijo el abuelo.

Samila hizo una mueca de disgusto y se limitó a señalar el holo de noticias que flotaba sobre sus cabezas. “El Vaticano condena enérgicamente la clonación humana”.

—Otra vez —dijo García, el padre Uno del niño—. No paran.

—Pobre criatura —dijo, Igor, el padre Dos.

—Se precipitaron —dijo el abuelo—. ¿Qué necesidad había de decirle? Sólo tiene tres años. ¿No podían esperar?

Nadie hacía caso a las ideas prehistóricas del abuelo. Pero Samila no pudo evitar la queja habitual. —Maldita sea la hora en que se inventó el Gerozac —murmuró.

—¡Si fuera sólo el Gerozac! —dijo Lila-lo, diecisiete recién cumplidos. Usaba una corona Telepac que además de permitirle captar los pensamientos ajenos emitía un flujo aleatorio de partículas que se derramaban por su cuerpo y la hacían parecer vestida—. ¡Miren eso!

Eso era un Modificado, listo para viajar a Titán y respirar su atmósfera de metano.  

—Es feo —dijo el abuelo. Era feo, sin lugar a duda; parecía una cruza de mandril y cortadora de césped. Pero eso era lo que se necesitaba en el satélite de Saturno y así lo habían fabricado.

Mientras el abuelo se preguntaba si era lícito llamar tipo a eso, Bodylan se puso a llorar de nuevo.

—¿Ahora qué le pasa? —dijo el abuelo.

—Tiene miedo —dijo Igor— de que lo modifiquen para vivir en Titán.

Al abuelo le caía mal el padre Dos, pero no podía decir nada porque la Ley de Universal de Matrimonios Temporales autorizaba a las personas a formar tantas parejas legales como su apetito sexual les reclamara y su hija era una máquina insaciable.

De pronto, con urgencia fatal, sonaron las alarmas. Había un tono para cada amenaza y esa, tampoco se podía dudar, era la que correspondía a un ataque químico.

—Sikhs —dijo el abuelo.

—Zapotecas —dijo Samila.

—Hutu —dijo Igor.

—Vascos —dijo García.

Nunca se sabía qué grupo terrorista estaba perpetrando el ataque. Pero de todos modos se pusieron las máscaras, activaron las exodermas y se calzaron los cascos antizyklónicos. Algunas cosas nunca pasan de moda...

—Una noticia buena y una mala —dijo Lila-lo que se había dejado la corona Telepac debajo del casco—. La buena es que BBC, Goosoft, y Al-Jazeera dicen que fue un ataque menor; sólo tres muertos y una docena de intoxicados. La mala —agregó la muchacha antes de que nadie se lo preguntara— es que se trata de un grupo nuevo, los blang azules, que se quieren separar de China para unirse a Myalandia.

—Espero que en Marte no haya terrorismo —dijo Samila.

—Las agencias exageran —dijo García.

Bodylan reanudó su sesión de llanto desconsolado.

—¿Y ahora qué? —dijo el abuelo.

—Se le atascó el casco —dijo Samila—. No había de su medida.

La estación de enlace reanudó las rutinas habituales. Los empleados de Transolar y Ultra Órbita trataban de recuperar el tiempo perdido, aunque las discusiones con los pasajeros estaban a la orden del día. El abuelo se distrajo mirando a una Modificada que seguramente iría a vivir a la Franja, en Mercurio. La chica o chico o lo que fuera usaba una corona como la de Lili-lo, pero no la había activado.

—¿Será posible?

Samila estuvo a punto de hacer otro comentario relacionado con el Gerozac, pero se contuvo. En Marte todo sería peor.

—No te quejes, ma —dijo Lili-lo que había pasado la sintonía de su Telepac a la Red de Iglesias—: el gran Pastor Adámico Universal acaba de anunciar que unos científicos en Kazán resucitaron a un muerto. Está que trina. Dice que eso no se hace. Que eso es peor que el Gerozac y que Dios está muy enojado.

Por fin les llegó el turno. La empleada de Martian Air estaba con un humor de perros porque no había llegado el relevo y los trató como basura. Para empezar hizo llorar de nuevo a Bodylan cuando rechazó el pasaporte del niño.

—En Marte están prohibidos los clonados.

García sacó un flamante disco de mil créditos respaldado por el Banco de Shanghai y la empleada se convirtió en una vehemente defensora de la ingeniería genética.

Pero casi de inmediato el carácter se le volvió a agriar.

—El anciano —dijo señalando al abuelo y haciendo una mueca de asco— debe demostrar que posee conocimientos que serán útiles en la colonia. Marte es para los jóvenes.

—¿No dije que el Gerozac nos daría un disgusto?

García miró consternado a su esposa temporal.

—Pero no quisiste pagarle a ese señor tan gentil de camisa negra y corbata caribeña que se ofreció a... solucionar el problema.

Lili-lo captó los pensamientos pecaminosos de Igor en la banda lateral del Telepac. No sería mala idea, reflexionaba su padrastro Dos, que hubiera una boca menos que alimentar, allá en Burroughs. O dos bocas, y se veía arrojando a Bodylan al espacio por el eyector de materia superflua.

—Soy una persona apta —dijo el abuelo— y mucho más lúcida, a mis noventa y tres, que la mayoría de estos inútiles. Si me lo propusiera podría llegar a ser presidente de Marte.

—¡Maldito Gerozac! —exclamó Samila—. La civilización se hunde por el peso de los viejos. —Tomó la caja de doce pastillas, que mantenía vivo a alguien como el abuelo durante un año y era más cara que un tanque israelí en el mercado negro, y la arrojó al paso de una carreta de equipajes. El abuelo dio un chillido y se sintió succionado por una tromba gigante que lo arrojó a la terraza del aeropuerto de Ezeiza, una fría tarde de 1952, el día en que el tío Miguel regresaba de Brooklyn en un avión de Panagra.

Se sintió perdido y se puso a llorar.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

LA BESTIA