miércoles, 24 de junio de 2026

LA CALAVERA DE CRISTAL

Tihomir Jovanović

 

La lluvia había caído durante todo el día sobre Clearville, de esa manera en que llueve en las viejas películas románticas francesas en blanco y negro, solo que no había parejas enamoradas en las calles. En lugar de ellas, corría el agua y salpicaba las aceras cuando pasaban los escasos automóviles y los aún más escasos peatones.

Solo quienes no tenían más remedio salían a la calle mientras el viento daba vuelta los paraguas. Más extraño todavía era que, con aquel tiempo, alguien se detuviera frente a la galería privada Frank Simon de Clearville.

Las capuchas de aquella pareja les cubrían la frente mientras las gotas, o mejor dicho los chorros de lluvia, corrían por sus impermeables. En la cara interior de la puerta de la galería había un cartel anunciando la inauguración, al día siguiente, de la exposición "Reliquias perdidas del Tercer Reich".

El hombre parecía menos interesado en el texto del anuncio que en la cerradura de la puerta y las cámaras de seguridad. No le preocupaba demasiado que las cámaras registraran su rostro; después de todo, aquel no era su verdadero rostro, sino el de un caballero mayor con el bigote amarillento por el tabaco.

Cuando regresara a su refugio y se quitara la máscara volvería a convertirse en un hombre de treinta y tantos años, de ojos negros y cabello peinado hacia atrás.

Volvería a ser Diabolik.

Y la anciana apoyada en un bastón volvería a ser quien realmente era: la deslumbrante rubia Eva Kant.

—¿Qué te parece? —preguntó Eva.

—La entrada está protegida de manera convencional. Cámaras, cerraduras de seguridad y rejas que descienden en cuanto suena una alarma. Mañana, cuando abran la exposición, veremos cómo está organizado el sistema de seguridad interior.

—Entonces volvamos cuanto antes. Esta lluvia no es precisamente agradable.

Diabolik asintió y ambos se dirigieron al garaje donde habían estacionado el Jaguar negro.

 

Las gotas seguían resbalando por los cristales de las ventanas mientras permanecían sentados, absortos en sus pensamientos.

Las ráfagas de viento estrellaban la lluvia contra los vidrios, pero el sonido parecía quedarse afuera.

Diabolik estaba pensativo. Había leído la lista de piezas que se exhibirían. Objetos ocultistas del Tercer Reich.

Objetos que los miembros de la organización Deutsches Ahnenerbe-Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte habían llevado a Berlín desde todos los rincones del mundo, convencidos de que poseían poderes especiales y de que asegurarían la victoria alemana en la guerra. También había piezas cuya existencia oscilaba entre la realidad y el mito. El Santo Grial. La Lanza del Destino, con la que supuestamente había sido atravesado Jesucristo antes de la crucifixión. Además, se exhibirían objetos que los nazis habían buscado obsesivamente sin llegar nunca a encontrarlos.

Lo que más interesaba a Diabolik era que, entre los visitantes, seguramente aparecería algún anciano nazi o algún simpatizante de la organización ODESSA, encargada de ocultar a numerosos nazis tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

También sentía curiosidad por algunas piezas de la exposición. Especialmente por una calavera de cristal de cuarzo que llevaba una esvástica grabada en la parte superior. Toda aquella información procedía de revistas, folletos promocionales y enciclopedias.

—¿Por qué no buscas algo en internet? Seguro que encontrarás más información sobre esa calavera —preguntó Eva.

—Lo sé. Estoy seguro de que la red está llena de datos. Pero... —Se interrumpió y miró a Eva a los ojos—. Cada búsqueda deja rastros —agregó—. Estoy convencido de que la policía y Ginko vigilan todo lo relacionado con esta calavera y con la exposición. Si ocurre un robo o un intento de robo, esas búsquedas serán una de las primeras pistas que examinarán.

—Ahora te entiendo —dijo Eva—. ¿Tienes algún plan?

—¿Un plan? Todavía no. Después de visitar la exposición veré cuáles son las posibilidades y cuáles los obstáculos que presenta la galería.

Cerró los ojos y se recostó en el respaldo flexible de la silla. Le preocupaba la posibilidad de que antiguos nazis se interesaran por la exposición, provocando un aumento de la seguridad o incluso un enfrentamiento. Pero los enfrentamientos no le daban miedo. Había aprendido a vivir con ellos desde la infancia. Recordó entonces el cambio que había transformado su vida, llevándolo de ser un niño común a convertirse en Diabolik. Había sido un huérfano rescatado tras un naufragio por un grupo de hombres que vivían en una isla gobernada por un individuo conocido como King. El jefe de una organización criminal. Allí creció, educado según las normas de aquellos delincuentes, con el propósito de convertirse en un criminal perfecto. Aprendió a manejar armas. Se entrenó físicamente. Trabajó en laboratorios. Fue allí donde desarrolló el material capaz de reproducir con exactitud la piel humana y los rasgos faciales: máscaras que imitaban perfectamente la apariencia, la temperatura y hasta las expresiones de una persona. King deseaba ese invento para sí mismo. Pero Diabolik ya era adulto. Más tarde estalló un conflicto entre ambos. Diabolik venció. Abandonó la isla y comenzó su vida independiente.

Sonrió al recordar que fue entonces cuando conoció a su compañera de aventuras, Eva Kant.

 

Al día siguiente todo era distinto.

Las nubes ya habían depositado toda su carga sobre la tierra y el sol volvía a cruzar libremente el cielo.

La gente se agolpaba en la entrada de la galería, molesta por los rigurosos controles de seguridad: revisión de documentos, detección de armas, cámaras fotográficas y cualquier objeto sospechoso.

—Como si fuéramos terroristas —comentó una mujer cuando terminó la inspección y entró en la galería.

Eva y Diabolik iban disfrazados de matrimonio de mediana edad. Ella era una morena elegante. Él, un hombre rubio con una barba de varios días. Pasaron los controles sin dificultad y comenzaron a recorrer la exposición. Los objetos estaban protegidos por cúpulas blindadas o vitrinas equipadas con sensores y cámaras. Mientras observaba las piezas, Diabolik estudiaba las posibles rutas de entrada y salida de la sala. Y también examinaba los rostros de los visitantes en busca de rasgos germánicos que pudieran delatar a algún miembro de ODESSA.

—Disculpe —dijo un caballero de edad avanzada dirigiéndose al conservador de la muestra—. Esa calavera de cristal... ¿de qué está hecha exactamente? Y esa esvástica en la parte superior, ¿es obra de los nazis o...?

—La calavera está tallada en cuarzo, un material extremadamente duro de trabajar. Resulta asombroso que los pueblos antiguos hayan sido capaces de crear algo semejante. Fue descubierta en Perú, dentro de una de las pirámides, hace apenas unos años, aunque los nazis la buscaron antes y durante la Segunda Guerra Mundial. No sabemos cómo obtuvieron información sobre su existencia, porque la pieza fue hallada por casualidad hace relativamente poco, cuando un terremoto provocó el derrumbe de algunos muros interiores de la pirámide. En cuanto a la esvástica, mucho antes de los nazis tenía significados completamente distintos y aparecía en numerosas culturas...

—Muchas gracias —respondió el hombre antes de alejarse hacia otras vitrinas.

Diabolik lo observó atentamente. El anciano contemplaba el resto de los objetos de manera superficial, como si no le interesaran o ya los conociera todos. Poco después se dirigió hacia la salida. Allí fue sometido a una nueva inspección de seguridad. Justo en ese momento se cruzó con otro hombre que lo observó brevemente antes de entrar. Diabolik lo reconoció de inmediato. Le hizo una seña a Eva para que se separaran; de ese modo llamarían menos la atención. La persona que acababa de entrar era el inspector Ginko. Su mirada recorría rápidamente los rostros de los visitantes mientras conversaba con los agentes de seguridad. Durante un instante sus ojos se cruzaron con los de Diabolik. Solo un instante. Pero suficiente para que Diabolik comprendiera que Ginko no estaba allí por casualidad. Buscaba a alguien capaz de intentar un robo. Tal vez a él. Tal vez a algún antiguo nazi. Después de todo, aquella era una exposición de alto riesgo.

Eva abandonó primero la sala.

Diabolik esperó a que varios visitantes salieran detrás de ella y luego se encaminó también hacia la puerta. Al pasar estuvo a punto de rozarse con Ginko. Salió sin detenerse. Eva lo esperaba varias manzanas más allá, cerca del garaje.

—¿Crees que Ginko está aquí por casualidad o te está esperando? —preguntó ella mientras regresaban.

—Ginko nunca hace nada por casualidad. Tiene intuición. Siente que algo va a ocurrir aquí. Y ahora mismo da igual si cree que seré yo u otra persona.

—¿Vas a abandonar el golpe?

—No. Creo que ya tengo un plan. Vamos al castillo de la colina. Desde allí se ve muy bien la ciudad y la galería.

Eva asintió.

El automóvil abandonó el asfalto y tomó un camino de grava que conducía al viejo castillo, una antigua propiedad de la nobleza convertida ahora en hotel, restaurante y mirador turístico.

—Ahí está la galería —dijo Diabolik señalando el edificio situado junto al río—. Como puedes ver, todavía hay personal de seguridad alrededor. A simple vista parecen paseantes despreocupados, pero no lo son. Creo que algunos permanecerán allí durante la noche.

—Entonces, ¿cómo piensas hacerlo?

—Sentémonos a tomar algo y te lo explicaré. —Cuando el camarero se alejó, Diabolik comenzó a hablar—. La seguridad es muy fuerte. Además está Ginko, que seguramente me espera y tiene hombres preparados para intervenir en cualquier momento. Por eso debo atraerlo hacia otro lugar.

—¿Cómo?

—Con un falso Diabolik. Mientras él crea que estoy robando en otro sitio, yo actuaré aquí.

—¿Dónde?

—Todavía sigue abierta en la ciudad la exposición de las Joyas de Opar. Reciben ese nombre porque fueron encontradas en una ciudad en ruinas de África que fue bautizada Opar, como en la novela de Edgar Rice Burroughs Las joyas de Opar. Es un objetivo suficientemente tentador para Diabolik. Al menos eso debería pensar Ginko. Si cree que voy a por esas joyas, concentrará allí sus fuerzas mientras yo trabajo en otro lugar.

—Pero siguen estando las puertas, los guardias, las alarmas... ¿Piensas entrar por el techo con un parapente? —preguntó Eva.

—No. Los sensores y las cámaras son demasiado sensibles. Me detectarían antes de que pudiera posar un pie en el tejado.

—Entonces, ¿cómo?

—Por el río. Es el único punto realmente desprotegido de esa fortaleza. Los dueños de la galería confían en el río igual que los habitantes de los castillos medievales confiaban en los fosos que rodeaban sus murallas.

—Y después...

—Después...

Diabolik sonrió.

Y le explicó todos los detalles del plan.

 

Dos días más tarde, el interés del público por la exposición había disminuido un poco, pero las medidas de seguridad seguían siendo las mismas que el primer día.

La noche estaba despejada. La luna nueva apenas proporcionaba algo de luz cuando aparecía entre las nubes dispersas. El río fluía lentamente, casi adormecido. Solo se agitaba cuando alguna barcaza cargada de carbón pasaba rumbo a una lejana central térmica.

Bajo la superficie avanzaba una figura.

Mientras nadaba, dependía más del tacto que de la vista y de la débil luz de su linterna. Finalmente encontró la tubería de desagüe del colector urbano y se acercó a la orilla. La entrada estaba cerrada por una puerta metálica y un candado. Al menos lo había estado hasta el día anterior. La noche previa Diabolik había roto el candado, debilitado por el óxido, y había escondido dentro de la tubería todo lo necesario para atravesar el suelo de la galería: ácido para disolver el hormigón, una sierra y herramientas para cortar las barras de refuerzo. Debido a la gran cantidad de agua que aún descendía de las colinas, le costó avanzar por la tubería y alcanzar el sendero que conducía a la galería.

Comenzó a inyectar ácido en los agujeros del hormigón.

Luego se apartó mientras la masa reblandecida se deshacía. Después cortó el acero. Y volvió a aplicar ácido. De vez en cuando consultaba el reloj.

Al otro extremo de la ciudad, Eva debía poner en marcha el resto del plan. Vestida con el traje de Diabolik –el ajustado mono negro ceñido al cuerpo–, Eva salió deslizándose de entre las sombras de unos arbustos y observó el edificio del museo donde se exhibían las Joyas de Opar.

No había vigilancia exterior, pero sí un guardia nocturno y un sistema de seguridad.

Según el plan acordado con Diabolik, debía inutilizar las alarmas y los sensores de movimiento, neutralizar al guardia y simular un robo. Después tendría que reactivar el sistema para atraer a la policía. Todo debía ocurrir exactamente a la una de la madrugada, momento en que Diabolik, según lo previsto, atravesaría el suelo de la galería y se apoderaría de la calavera de cristal.

No muy lejos del museo había una alcantarilla donde convergían varios cables eléctricos.

Si conseguía inutilizar el cable que alimentaba el edificio, el sistema de seguridad quedaría desconectado durante unos instantes, antes de pasar a la alimentación de emergencia por baterías. Esa breve confusión sería suficiente.

Levantó la tapa de la alcantarilla, iluminó el interior con una linterna y encontró el cable adecuado. Luego sacó de su mochila una botella de ácido. Era la forma más segura de destruir el aislamiento y provocar un cortocircuito. Volvió a inspeccionar los alrededores. Todo estaba tranquilo. Desenroscó el tapón y vertió el ácido sobre el cable. Un olor acre llenó el aire. Saltaron chispas.

Eva retrocedió y dirigió la mirada hacia el museo. Las ventanas habían quedado sumidas en la oscuridad. Arrojó lo que ya no necesitaba y corrió hacia la entrada. El guardia nocturno salió confundido al escuchar el apagón. Miró a su alrededor, sorprendido de que los edificios vecinos siguieran iluminados. Comprendió que algo iba mal y se dirigió apresuradamente hacia la portería para activar la alarma. Una voz lo detuvo.

—¡Alto!

Se volvió.

Frente a él había una figura vestida con un ajustado traje negro.

—¿Diabolik? —susurró mientras retrocedía.

Sintió un sudor frío recorrerle la espalda al ver el revólver apuntándole al pecho. No se oyó ningún disparo. Del arma no salieron balas sino pequeños dardos cargados con un sedante. El guardia sintió un pinchazo. Durante unos segundos pareció sorprendido de seguir vivo. Luego se desplomó. Eva entró en el museo. Faltaban cinco minutos para la una.

Sacó un aerosol negro de una bolsa que llevaba en la cintura y cubrió los sensores de movimiento. Después accedió a la sala principal. Contempló los tesoros expuestos. Durante un instante sintió la tentación de romper una vitrina y quedarse con algunas de aquellas piedras preciosas.

Pero resistió.

Esperó. Y cuando llegó el momento exacto, se limitó a romper una de las vitrinas. La alarma comenzó a sonar. Eva salió corriendo a la calle, se internó entre los arbustos y se dirigió hacia el automóvil.

—¡Robo en el museo! —gritó el operador de guardia en la central de policía—. ¡Envíen una patrulla inmediatamente!

Las sirenas comenzaron a aullar. Las luces giratorias proyectaban reflejos azules sobre las fachadas mientras los vehículos recorrían las calles desiertas. Los coches se detuvieron chirriando frente al museo. Los policías, con las armas desenfundadas, irrumpieron en el edificio. En el suelo, el guardia comenzaba a despertar y observaba todo con desconcierto.

—¡Que nadie se mueva! —resonaron las voces en las salas vacías.

Pero no había nadie. Solo una vitrina rota.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró uno de los agentes—. Alguien se está burlando de nosotros.

—¿Diabolik?

La pregunta se convirtió enseguida en una conclusión.

—Una falsa intrusión. Quiere alejarnos de otro sitio. Llamen a Ginko. La galería. La exposición. Que vaya allí inmediatamente.

Las patrullas abandonaron el museo a toda velocidad, dejando únicamente a dos agentes para atender al guardia y asegurar la escena.

 

Diabolik se deslizó por el agujero abierto en el suelo y corrió hacia la vitrina que contenía la calavera de cristal. El vigilante de la galería acudió al oír el ruido. También él fue detenido por un dardo sedante. Diabolik rompió la vitrina. La alarma comenzó a sonar. No le prestó atención. Sabía que todavía disponía de unos minutos de ventaja. Tomó la calavera y regresó apresuradamente hacia el agujero. Mientras descendía escuchó el estruendo de la puerta principal al ser derribada.

Se detuvo.

La policía había llegado demasiado rápido. Pero cuando miró hacia arriba no vio policías. Vio a cuatro desconocidos. Uno de ellos había bloqueado el mecanismo de la reja de seguridad con una estructura metálica. La reja descendió y chocó contra el obstáculo con gran estrépito.

—Nazis... —susurró Diabolik. Y desapareció por el agujero.

Los recién llegados quedaron desconcertados ante la vitrina rota y vacía.

—¡Zum Teufel! ¡Alguien se nos adelantó! —exclamó uno de ellos.

—¡Miren allí! —gritó otro—. ¡El agujero del suelo! ¡Por ahí escapó!

Todos corrieron hacia la abertura. La luz de sus linternas solo reveló agua escurriéndose por la tubería.

—¡Manos arriba! ¡Y no intenten nada! —ordenó una voz a sus espaldas.

Todos se volvieron. ¿Cómo era posible que la policía hubiera llegado tan rápido? Los intrusos quedaron paralizados. Y el inspector Ginko también se quedó perplejo cuando les arrancó las máscaras. No reconoció ninguno de aquellos rostros. Desde luego, no era el que esperaba encontrar. Revisó cuidadosamente cada cara, por si alguna ocultaba otra máscara. Nada. Finalmente negó con la cabeza.

—Inspector —dijo uno de los agentes—, parece que alguien se adelantó a estos tipos.

—¿Qué quieres decir?

—El agujero del suelo.

Ginko se volvió. Vio el boquete abierto en el hormigón.

—Ese demonio de Diabolik —murmuró—. A estas alturas ya debe de estar muy lejos. Envíen una lancha patrullera al río, aunque probablemente sea inútil. Al menos hemos atrapado a esta escoria.

—¿Quién cree que son?

—¿Quiénes podrían ser? Nazis. ¿A quién más podría interesarle esta colección de artefactos por los que aquel loco de Himmler y sus seguidores estaban obsesionados? Llévenselos.

 

—Lo conseguimos —dijo Diabolik sonriendo mientras acariciaba la calavera de cristal con una mano y abrazaba a Eva Kant con la otra.

—Tenía miedo por ti —confesó ella.

—No tanto como yo por ti.

—Pero conseguimos la calavera...

—Sí. Y ahora puedo contarte la verdadera razón del robo. No me interesaba poseerla.

—¿No?

Eva lo miró sorprendida.

—Lo que me preocupaba era que cayera en manos de esos fanáticos de ODESSA. Son extremistas. Seguidores del Tercer Reich y de sus cultos más oscuros. Con esta operación hemos obtenido un doble resultado. Se han quedado sin la calavera de cristal... y han terminado entre rejas.

—En realidad, Ginko debería estarte agradecido —dijo Eva sonriendo.

—Supongo que sí.

Diabolik sonrió a su vez. Y atrajo a Eva hacia sí. 

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

COPYFIGHTER

A. R. Yngve

 

Cuando Corky Bequerel recibió la noticia de que padecía un cáncer terminal, sintió miedo. A pesar de su postura oficial de que la muerte sería vencida mediante la tecnología y de que pronto las mentes humanas podrían convertirse en datos puros, temía su muerte física.

Los médicos le dieron tres meses.

Él se dio tres meses para encontrar una forma de engañar a la muerte. Pronto comenzó a considerar seriamente la posibilidad de criogenizarse.

Corky utilizó su extensa red de contactos en las comunidades de informática y tecnología y preguntó por nuevos métodos para congelar y revivir un cuerpo humano. No confiaba en la industria criónica establecida; sus métodos le parecían anticuados y rudimentarios.

Dos meses después de enterarse de su enfermedad, Corky visitó un laboratorio en Canadá. Allí habían desarrollado una nueva tecnología para «congelar instantáneamente» un cuerpo vivo completo. Le mostraron cómo un ratón se convertía en un bloque de hielo en apenas un segundo y cómo podía ser descongelado casi con la misma rapidez y sin daños en los tejidos.

Corky no era ningún tonto. Sabía que en el momento en que aquel laboratorio hiciera público su descubrimiento, decenas de enfermos terminales harían fila para someterse a la congelación instantánea.

—Háganlo conmigo primero —suplicó—. Seré el rostro de su nuevo invento. Les conseguiré una enorme publicidad gratuita, de eso me encargaré yo.

Después de varias horas logró convencer a los científicos de que probaran el método con un ser humano. Cuando le preguntaron cuánto tiempo quería permanecer congelado, respondió:

—Todo el tiempo posible.

Al principio se rieron. Luego los convenció de que realmente intentaran mantenerlo congelado «todo el tiempo posible».

 

Corky permanecía de pie en la cámara de congelación instantánea, con los ojos abiertos, desnudo y temblando por el aire helado. Despertaría en el futuro, cuando se hubiera desarrollado una cura para su enfermedad, pero esperaba algo más.

Mucho más.

Si él y sus amigos estaban en lo cierto respecto de sus especulaciones sobre el futuro, sería una época en la que los derechos de autor habrían dejado de existir. Toda propiedad pertenecería a todos. No habría pobreza ni desigualdad, y el almacenamiento de información sería ilimitado para cualquiera. Los seres humanos se convertirían en datos puros y vivirían para siempre.

Extendió los brazos y recibió la congelación...

 

Y entonces la mente de Corky se detuvo por completo.

Perfectamente congelado, no podía pensar ni sentir. Por eso, cuando fue descongelado, no pudo percibir que hubiera transcurrido tiempo alguno.

Su primer pensamiento consciente al despertar fue:

¿Tan pronto? ¡Algo debe de haber salido mal!

Pero luego miró a su alrededor con los ojos doloridos mientras permanecía tendido, temblando, en un charco de agua fría, y comprendió que el entorno había cambiado por completo.

Yacía sobre una llanura lisa y plana cubierta de arena fina y suave, al aire libre... ¿o acaso aquella mancha gris, muy arriba, era realmente el cielo?

Corky podía respirar aquel aire, aunque tenía un olor extraño. No sentía hambre ni sed. Y el dolor provocado por el tumor había desaparecido.

¡Lo habían curado!

El charco se evaporó al instante. Del suelo surgieron enormes burbujas que explotaron y, de su interior, emergieron otros hombres desnudos: tres copias exactas de él mismo. Miraron a su alrededor y luego se observaron entre sí con la misma mezcla de conmoción y confusión que sentía él.

—¡Eh! —dijo Corky.

Y sus copias repitieron sus palabras.

—¡Eh!

—¡Eh!

—¡Eh!

—¿Qué está pasando? ¿En qué año estamos?

Una voz suave respondió desde el propio suelo:

—Diríamos que aproximadamente en el año 5050 después de Cristo. Hola, Corky Bequerel.

—¿Por qué hay cuatro versiones de mí?

—Para nuestra diversión.

—Creo que empiezo a entender... Esto es una simulación, ¿verdad? ¡Me han digitalizado! ¡Lo sabía! ¡Soy inmortal!

Corky y sus copias realizaron una pequeña danza de victoria.

La voz que provenía del suelo carraspeó.

—Bueno... Tu cuerpo actual es de carne y hueso. Ahora juega.

Del suelo emergió una colección dispersa de armas antiguas: lanzas, garrotes, espadas y escudos.

—¿Q-qué?

—Juega —insistió la voz—. O hacemos esto.

De pronto Corky y sus copias saltaron y gritaron. Descargas eléctricas surgidas del suelo les quemaban las plantas de los pies.

—Juega hasta que solo quede uno de ustedes en pie.

—¡No me congelé para matarme a mí mismo! ¡Soy un ser humano! ¡Tengo derechos! ¡No pueden tratarme como si fuera...!

Otra serie de descargas eléctricas silenció sus protestas.

—Queremos jugar con este material porque nos gusta —explicó la voz, con el mismo tono suave—. El material pertenece a todos. El material está pronunciando palabras que no tienen significado para nosotros. ¿Qué son los «derechos»? Solo existe la prerrogativa.

Corky sintió un escalofrío de terror, una sensación de estar atrapado en una pesadilla.

—¿La prerrogativa de quién?

—La prerrogativa de los muchos sobre los pocos, de los fuertes sobre los débiles. Esa es la palabra, y nosotros somos la palabra, Corky. Los derechos fueron abolidos hace mil cuatrocientos años. Solo existe la prerrogativa. Ahora... ¡juega!

Corky Bequerel observó a Corky Bequerel, que observaba a Corky Bequerel, que observaba a Corky Bequerel, mientras este extendía la mano hacia una de las armas.

Lentamente, con cautela, cada uno tomó un arma y un escudo y comenzó a rodear a los demás.

—Oye, Corky —dijo una de las copias—. Yo puedo salir vivo de esto.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

—Muy sencillo. Los superhumanos de este futuro pueden resucitarme una y otra vez. No importa que muera, porque ahora soy inmortal.

—No imaginaba que sería así —les dijo Corky a los otros Corkys—. Entonces, ¿qué hacemos?

Los cuatro continuaron girando en círculos.

—Nos ponemos de acuerdo sobre cuál de nosotros es el verdadero Corky, y los otros tres pueden pelear y morir.

—Yo soy el verdadero Corky —dijeron los cuatro al unísono.

La voz del suelo sonó divertida.

—Entonces lucha por tu derecho a existir, Corky. Si quieres llamarlo un derecho. Si eso te motiva. ¡A nosotros nos da igual!

—Si realmente me han convertido en datos, igual que al resto de la humanidad... entonces ¿por qué me hablan como si estuviera separado de ustedes?

—Las partes recién añadidas, que fueron congeladas y traídas aquí desde el pasado remoto, son demasiado primitivas para unirse verdaderamente a nosotros.

La voz adoptó un tono irritantemente alegre.

—¡Y no lo olvides! La prerrogativa de los muchos es la palabra: nosotros somos muchos, llegamos primero y, por lo tanto, somos más fuertes que tú. Por eso te hemos almacenado por separado, para jugar.

—¡Váyanse al infierno!

—¡Ohhh, ira! ¡Religión! ¡Qué primitivo! ¡Nos encanta!

La mente de Corky buscó desesperadamente una solución distinta de tener que luchar a muerte contra tres dobles idénticos.

Odiaba el dolor; en su vida anterior apenas podía soportar una vacuna. Pero no había salida. Se conocía demasiado bien como para pensar que podría convencer a sus copias de sacrificar sus vidas por alguien más, incluido él mismo.

(Oh, la ironía, pensó Corky.)

Los cuatro Corkys bajaron los escudos, se acercaron unos a otros y sonrieron de manera conciliadora.

—Oigan, muchachos...

—Simplemente dejemos caer las armas...

—Y mostremos a esta gente...

—Que somos civilizados.

Al instante siguiente, los cuatro se atacaron simultáneamente.

Los cuatro cayeron al suelo con heridas mortales.

Mientras sentía que la sangre abandonaba su cuerpo, Corky pensó:

Si yo soy la copia, entonces está bien. Entonces esto no importa. Eso es. Solo soy una copia. No importo. No soy real...

Un poco más tarde, cuando fue resucitado y obligado a luchar a muerte contra cien Corkys, recordó sus pensamientos al morir.

También los recordaron todos los demás Corkys.

Entonces comprendieron de golpe que sus derechos de copia habían expirado.

A.R.Yngve nació en Suecia. Su niñez estuvo dominada por una institución: las bibliotecas públicas, que eran para él lo que la iglesia es para los creyentes. Leyó vorazmente, sobre todo ciencia ficción y divulgación científica. Entre sus influencias admite a Frank Miller, Alan Moore, Christopher Priest, Philip K. Dick, Frederik Pohl & Cyril M. Kornbluth, Alfred Bester, James Tiptree Jr. y Fredric Brown. Su otra gran influencia fue cinematográfica, sobre todo el Stanley Kubrick de 2001 y Dr. Strangelove. Desde 1993 ha intentado escribir novelas y verlas publicadas. En 2004, la editorial Wela Fantasy descubrió su novela Terra Hexa en su website y la contrató para publicarla en papel. Siguieron Terra Hexa II (2006), Terra Hexa III (2007), Supermobilen (2011), Sagopyjamasen (2012), Vaernen den fördömde (2012), Hundra tusen pirater (2013), Fruktans fysik (2014), cuatro volúmenes de Darc Ages - De mörka tidevarven (2016/17), Monster i massor (2016) y Rex Omega (2019). Esta trayectoria un buen motivo para ver el futuro con optimismo y hace que el propósito de Yngve de convertirse en uno de los escritores más influyentes del siglo XXI no sea un disparate. Actualmente vive en Noruega con su esposa y su hijo.

LA CORRECCION DE LOS CORDEROS

Fernando Sorrentino

 

Según noticias de fuentes muy dispares –y siempre fidedignas–, la Corrección de los Corderos suele últimamente aparecer, cada vez con mayor frecuencia, en distintos puntos de Buenos Aires y de las localidades vecinas.

Todas las informaciones coinciden en describir la manera en que se produce el advenimiento de la Corrección: de pronto aparecen, como surgidos de la nada, cincuenta corderos blancos; en seguida acometen contra una víctima –evidentemente prefijada– y en contados segundos la devoran y carcomen hasta dejarla en sólo su esqueleto; así, tan súbitos como llegaron, en un instante se dispersan y huyen en todas direcciones. Guay de quien ose estorbarles la fuga: al principio se registraron muchos casos fatales; después, los potenciales imprudentes escarmentaron en cabeza ajena, y ya nadie se opuso a la Corrección.

En fin, no tiene sentido extenderme en estos pormenores; todo el mundo está suficientemente informado por medio del periodismo oral y escrito, y el material fotográfico y fílmico es abundante.

La mayor parte de la gente se halla profundamente preocupada por la Corrección, por sus estragos imprevisibles, por su secuela de muerte y de miedo. Pero la mayor parte de la gente es simple, de escasas luces y carente de poder de reflexión, y su inquietud se limita, meramente, a desear que la Corrección no exista. Desde luego, este deseo no anula la Corrección y, mucho menos, logra averiguar sus causas y su sentido.

El error básico reside en que, absortos por la Corrección, se han olvidado de las víctimas. Durante –digamos– las primeras cien ejecuciones, lo que a mí me quitaba el sueño era la inconcebible existencia de corderos que fueran no sólo carnívoros sino, por añadidura, predadores, y de carne humana. Después advertí que, por perderme en esos detalles, descuidaba lo esencial: la personalidad de las víctimas.

Me di, pues, a hacer averiguaciones sobre la vida de los occisos. Como si fuera un sociólogo, empecé por lo más burdo: por los datos económico-culturales. La estadística resultó inservible: en todos los estratos había víctimas.

Entonces cambié de sistema. Busqué conversación con parientes y allegados, y les tiré un poco de la lengua. Los testimonios fueron variados y, a veces, hasta contradictorios. Pero, ya con harta frecuencia, comencé a oír cierto tipo de frase: "Que en paz descanse el pobre, pero la verdad es que…".

Una intuición casi inequívoca me iluminó. Y, en seguida, me sentí casi por completo seguro de mi embrionaria hipótesis el día en que la Corrección descarnó a mi próspero vecino, el doctor P. R. V., el mismo en cuyo bufete…

El caso de P. R. V. me condujo, de manera absolutamente natural, a la comprensión definitiva del enigma.

Bien. Yo odiaba minuciosamente a Nefario. Pero no querría que este odio contaminara de baja pasión la fría objetividad que deseo para este informe. No obstante, me veo obligado, en aras de la intelección del fenómeno, a permitirme una digresión de carácter personal. Aunque quizás a nadie interese, tal excurso es imprescindible –siempre que se me crea– para admitir o rechazar mi hipótesis sobre las causas y los fines que mueven a la Corrección de los Corderos.

La digresión es ésta. Lo cierto es que el apogeo de la Corrección coincidió con una lúgubre comarca de mi vida. Hostigado por la pobreza, por la desorientación, por la pena, me sentía en lo profundo de un pozo oscuro cuya salida ni siquiera lograba imaginar. Así estaba yo.

A Nefario, en cambio, la vida –como suele decirse– le sonreía. Claro: el único objetivo de su proterva existencia era el dinero. Sólo le importaba eso: ganar dinero, por el dinero mismo, y en ese fin sagrado concentraba todas sus despiadadas energías, sin reparar en medios ni escrúpulos. Innecesario es decir que obtuvo éxito rotundo: Nefario era lo que se llama un triunfador.

Yo –ya lo dije– estaba muy necesitado. Y qué fácil resulta abusarse de quien padece. Nefario –ese buitre codicioso que jamás había leído un libro– era editor. Yo, a falta de otra cosa, realizaba para él traducciones o correcciones: Nefario no sólo me pagaba sumas irrisorias, sino que, además, se solazaba en humillarme con ruegos y demoras.

(La vejación y el fracaso ya eran parte de mi persona, y yo me había resignado a ellos.)

Cuando le entregué mi último trabajo –esa maldita y engorrosa traducción–, Nefario, como tantas otras veces, me dijo:

—Por desgracia, hoy no puedo pagarle. No tengo un centavo.

 

Esto me lo decía en su lujoso despacho, bien vestido, perfumado, sonriente. Y, desde luego, triunfador. Yo consideré mis zapatos agrietados, mi ropa vieja, las urgencias de mi familia, mi agobio de tristezas. Haciendo un esfuerzo, dije:

—¿Y para cuándo cree que…?

—Vamos a hacer una cosa —su aire era optimista y protector, como si tratara de ayudarme—. Este sábado no, porque me voy a hacer una escapadita a las playas de Río de Janeiro. Pero el otro, a eso de las once de la mañana, véngase a mi domicilio particular, que arreglamos la cuentita.

Me estrechó cordialmente la mano y me dio una palmada de aliento y amistad en la espalda.

Quince días pasaron. Junto con el sábado anhelado, llegué yo a la hermosa casa de la calle Once de Septiembre. El verde de los árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese barrio me hacían sentir más desolado aún.

A las once y cinco oprimí el timbre.

—El señor está descansando —me informó una mucama de guardapolvo azul con lunares blancos.

Vacilé un instante, dije:

—¿Y la señora?

—¿Quién es, Rosa? —se oyó.

—Yo, señora —levanté la voz, aferrándome a aquella posibilidad—. ¿Está el señor Nefario?

Rosa se retiró y fue reemplazada por el rostro, cubierto de cosméticos, de la señora de Nefario. Con grueso tono tabacal, me increpó:

—¿No le han dicho que el señor está descansando?

—Sí, señora, pero como me citó para hoy a las once…

—Bueno, pero está descansando —replicó, de modo inapelable.

—¿No le habrá dejado algo para mí? —pregunté estúpidamente: ¡como si no lo conociera a Nefario!

—No.

—Pero resulta que él me había citado para…

—Le estoy diciendo que no me dejó nada, señor. Haga el favor de no molestar, señor.

Entonces oí una algarabía de balidos y vi que llegaba la Corrección de los Corderos. Me hice a un lado y, para mayor seguridad, me trepé a la verja, si bien mi conciencia me decía que la Corrección no venía en mi busca. Los corderos, como una tromba, irrumpieron en el jardín y, antes de que los últimos entraran en él, ya estaban los primeros en el interior de la casa. En pocos segundos, a la manera de un sumidero, la puerta de Nefario absorbió todos los animales: el jardín quedó hollado; las plantas, destruidas.

Por una ventanita primorosa se asomó la señora Nefario:

—¡Venga, señor, venga! —gimió, con el rostro congestionado y lloroso—. ¡Ayúdenos, señor, por favor!

Movido de alguna curiosidad, entré en la casa. Vi muebles volcados, vi espejos rotos. No vi los corderos.

—¡Están arriba! —me informó la señora Nefario, procurando arrastrarme de un brazo en dirección al peligro—. ¡En nuestro dormitorio! ¡Haga algo, no sea cobarde, pórtese como un hombre!

Supe resistirme con firmeza. Nada más lejos de mis principios y convicciones que pretender oponerme a la Corrección de los Corderos. De lo alto venía un confuso rumor de pezuñas. Las redondas grupas lanudas se agitaban alegremente, acompañando quién sabe qué movimiento de presión contra qué cosa. En una visión fugaz, distinguí a Nefario; fue un segundo: desgreñado y horrorizado, gritó algo e intentó con una silla atacar a los corderos. Pero en seguida se hundió entre las blancas y rizosas lanas, como quien es violentamente succionado por arenas movedizas. Hubo aún un breve tumulto concéntrico y el ruido creciente de mandíbulas que desgarraban y trituraban y, de vez en cuando, el pequeño estrépito de un hueso quebrado. Las primeras maniobras de dispersión me indicaron que los corderos habían concluido su tarea, y un instante después los animalitos iniciaron el raudo descenso por la escalera. Alcancé a ver algunas manchas de sangre en la impoluta albura de sus lanas.

Curiosamente, esa sangre –para mí, un símbolo de afirmación ética– terminó de hacerle perder la cabeza a la señora Nefario. Sin dejar de dirigirme llorosos insultos y de decirme cobarde, se lanzó al living con una gran cuchilla en la mano. Como yo bien sabía qué les ocurre a quienes pretenden entorpecer la Corrección de los Corderos, permanecí en un respetuoso segundo plano, observando el rápido y notable espectáculo de la descarnación e ingestión de la señora Nefario. Después, los cincuenta corderos ganaron la calle Once de Septiembre y, como tantas veces, huyeron hacia todos los rumbos.

Rosa, no sé por qué, parecía un poco impresionada. Le dije unas palabras reconfortantes y, libre ya de odio, me despedí de la muchacha con una sonrisa.

Es verdad: no había logrado, ni lograría, que Nefario me pagara aquella engorrosa y maldita traducción. Sin embargo, el verde de los árboles, la fragancia vegetal, el esplendor del cielo y la belleza de ese barrio me hacían repicar de júbilo el corazón. Cantaba.

Sabía que el oscuro pozo en que me hallaba sumido empezaba a iluminarse con la primera luz de esperanza.

Corrección de los Corderos: muchas gracias.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

martes, 23 de junio de 2026

COJO

Miriam Ootjers

 

Hace mucho tiempo, cuando la gente aún acudía a la Dama Blanca en busca de consejo, los zorros respondían con cortesía cuando se les preguntaba el camino y los gatos negros traían buena suerte, un muchacho besó a su madre, recibió su bendición y salió al mundo para buscar fortuna.

Sentado en un taburete, el muchacho tenía poco de llamativo. Su cabello rubio como el lino y sus ojos azul pálido no atraían la atención y, cuando hablaba, lo hacía con una voz suave y serena. Pero en el momento en que se ponía en movimiento, todas las miradas se dirigían hacia él.

Desde su nacimiento, su pierna izquierda era más corta que la derecha. Eso le daba una forma lenta y vacilante de caminar que pronto le valió el apodo de «Cojo». Lo llamaron tantas veces así que, con el paso de los años, todo el mundo olvidó su verdadero nombre. Incluso él mismo.

Decidió que era mejor llevar un insulto como si fuera un título de honor que dejar que lo hiriera cada vez. Por eso, cuando alguien le preguntaba cómo se llamaba, respondía invariablemente:

—Cojo.

Cojo nunca hizo la asociación por sí mismo, pero debido a su limitación física quienes lo rodeaban suponían que también era lento de entendimiento. Nadie se tomaba la molestia de conocerlo realmente, y a Cojo eso le parecía bien.

Hasta que llegó el momento de cuidar de su madre en lugar de que ella lo cuidara a él, y salió en busca de trabajo.

—No eres lo bastante fuerte —dijo el herrero.

—No eres lo bastante rápido —dijo el posadero.

—No eres lo bastante inteligente —dijo el cirujano antes incluso de que Cojo pudiera abrir la boca para preguntar si podía convertirse en aprendiz.

Solo cuando un monje le cerró la puerta en las narices sin decir una palabra comprendió que no tenía sentido insistir. Todos veían a un cojo. Nadie veía a Cojo.

Y así se encontraba ahora al comienzo del sendero que atravesaba el bosque y conducía al vasto mundo. Durante el camino tuvo tiempo de sobra para pensar qué significaba realmente para él la palabra «fortuna».

Al final del segundo día abandonó el camino arenoso y se internó unos metros en el bosque, donde un árbol caído había abierto un claro en el follaje.

Apoyado contra el tocón, contempló los puntos centelleantes del cielo profundamente negro. Para tranquilizar su mente empezó a contarlos.

Después de cien, sus ojos comenzaron a cerrarse lentamente. Al llegar a ciento cuatro se abrieron de golpe.

No sabía mucho sobre las estrellas, pero ¿no se suponía que debían permanecer en su sitio? Entonces, ¿por qué una venía directamente hacia él?

Cojo intentó ponerse de pie, pero su pierna más corta no colaboró.

El «¡mierda!» de la estrella quedó ahogado por el «¡uf!» de Cojo cuando la primera aterrizó de golpe en el regazo del segundo y luego rodó por el suelo del bosque.

Cuando ambos se recuperaron del sobresalto, Cojo se incorporó apoyándose en el tocón y extendió una mano para ayudar a la estrella a levantarse.

Mientras la estrella se sacudía, avergonzada, el musgo y las hojas de la ropa, Cojo la observó de arriba abajo.

No. Así no se había imaginado una estrella.

Nada brillaba ni resplandecía en el muchacho que tenía delante. Más bien parecía insignificante, igual que él mismo. Vestía ropa gris, remendada aquí y allá con trozos de tela, y tenía un cabello gris paloma impropio de alguien de su edad. Cuando Cojo bajó la mirada, vio que estaba descalzo.

Solo cuando la estrella levantó la vista comprendió de dónde provenía el brillo que había visto en el cielo. Los ojos del muchacho tenían iris dorados tan intensos que Cojo tuvo que apartar la mirada para no quedar cegado. La estrella volvió la cabeza a un lado, avergonzada. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban apagados, pero conservaban el color amarillo dorado de las flores silvestres que tanto gustaban a su madre.

—Soy Cojo. —Le tendió la mano—. He salido al mundo para buscar fortuna y poder mantener a mi madre.

La estrella se aclaró la garganta e ignoró la mano.

—¿Has pedido un deseo? —Cojo negó con la cabeza—. ¿No?

—No. Estaba contando estrellas para quedarme dormido.

—¿Y yo fui la primera estrella que viste? —preguntó con esperanza.

—Bueno, no exactamente. Eras la número ciento cuatro.

—Ah.

La estrella pareció ligeramente ofendida, pero se recompuso enseguida.

—De todos modos necesitas algo; si no, yo no estaría aquí.

Eso hizo pensar a Cojo. Quería encontrar fortuna. Pero ¿realmente necesitaba algo? ¿Algo tan necesario como para que una estrella hubiera descendido del cielo para dárselo?

La estrella vio su duda y decidió, al parecer, que no tenía tiempo para ella.

—Puedo arreglar eso —dijo señalando la pierna más corta de Cojo.

—¿Está rota? —preguntó Cojo con asombro.

—¿Acaso puedes correr con ella? —Ahora era la estrella quien sonaba sorprendida.

—Todo el mundo parece estar corriendo en estos días —respondió Cojo con sequedad—. A veces sería mejor que algunas personas tuvieran menos prisa.

La estrella lo miró durante un instante, desconcertada.

—Eh... ¿oro, entonces? Si lo deseas, puedo darte una montaña de oro.

Pero Cojo negó con la cabeza.

—No podría cargarla. Además, los bosques no son seguros. Los ladrones me la quitarían enseguida.

—Entonces haré que aparezca junto a tu madre —ofreció la estrella—. ¿No? —añadió, sacudiendo la cabeza al ver la expresión de Cojo.

—Pensará que es robado o que lo ha traído un espíritu maligno para comprar su alma. No lo querrá y probablemente lo enterrará en el bosque o lo arrojará al pozo.

—¡Entonces amor! —exclamó la estrella—. ¡Puedo darte al amor de tu vida!

Cojo la observó pensativo.

—Si no puedo cuidar de mi madre, ¿cómo voy a mantener a una persona amada?

—Eh... —La estrella pareció buscar otras posibilidades. No encontró ninguna—. Lo siento. Eso es lo que desea todo el mundo. Amor, riqueza o salud. Ya no se me ocurre nada más.

Cojo reflexionó un momento.

—Quizá deberías regresar. —Señaló el cielo.

La estrella lo miró abatida.

—Solo puedo regresar cuando hayas formulado un deseo y yo lo haya cumplido.

—Entonces deseo que regreses.

Cojo le dirigió una sonrisa alentadora, pero la estrella no desapareció.

—No puedes pedir deseos para mí. Esas son las reglas. —Se encogió de hombros—. Puedes hacerlo, claro, pero el deseo no se cumplirá.

—Entonces será mejor que busques a otra persona que desee algo.

Y volvió al sendero del bosque. El cansancio había desaparecido de su mente y de su cuerpo. Para su sorpresa –y ligera irritación– la estrella lo siguió a unos pocos metros de distancia.

Cojo se detuvo y se volvió.

—No tienes que seguirme. Ve a buscar a otra persona.

—No puedo. Estoy ligado a ti por el deseo incumplido. Tengo que seguirte.

—¿Porque esas son las reglas? —suspiró Cojo.

La estrella asintió con incomodidad y parecía sentirse tan incómoda con la situación como él. Quizá debería pedir algo pequeño, un pan, por ejemplo, y así ambos quedarían libres el uno del otro, pensó Cojo. Sin embargo, dudaba que funcionara. Sospechaba que la estrella solo podía cumplir un deseo si era algo que realmente quisiera, no algo formulado únicamente para librarse del muchacho de ojos dorados. Porque esas eran las reglas.

Mientras tanto, la estrella había perdido el interés en Cojo y observaba cuanto la rodeaba. Su mirada pasaba de los árboles a los arbustos. Recogió una piña del sendero, contempló fascinado las semillas que caían de ella y finalmente levantó la vista hacia el cielo. Cojo se preguntó si la estrella realmente quería volver allí arriba.

Al parecer la estrella notó que la observaba y, sobresaltada, dejó caer la piña.

—Perdón, ¿has dicho algo?

Cojo negó con la cabeza.

—Limítate a pedir algo —murmuró el muchacho con gesto hosco—. Así nos libraremos el uno del otro.

En ese momento Cojo estuvo seguro de que la estrella no deseaba regresar.

—Quiero pensarlo un poco.

Y reanudó la marcha.

—No puede ser tan difícil —oyó que refunfuñaba la estrella a sus espaldas—. Pide lo que pide todo el mundo. Los humanos son predecibles.

—Tal vez yo no sea como todo el mundo —respondió Cojo por encima del hombro.

—Claro que lo eres.

La frase fue casi inaudible, pero lo bastante clara para molestar a Cojo.

Se detuvo de golpe y la estrella estuvo a punto de chocar contra él.

—Muy bien. Deseo una montaña de oro.

Miró fijamente a la estrella.

El muchacho tenía las manos metidas en los bolsillos y contemplaba el suelo como un niño malhumorado.

No ocurrió nada.

—¿Y bien?

—Solo puedes desear algo que quieras en lo más profundo de tu corazón —murmuró la estrella.

—Y no necesito oro.

—No, al parecer no...

—Entonces deseo que mi pierna izquierda tenga la misma longitud que la derecha. —Cojo contuvo el aliento un instante. A veces, muy de vez en cuando, deseaba ser como los demás. Pero, se dio cuenta, aquello se debía a que quería que lo trataran con normalidad, no a que estuviera descontento consigo mismo. Cuando no sucedió nada, añadió—: Deseo que el amor de mi vida aparezca delante de mí.

Miró a la estrella directamente a los ojos. La estrella le devolvió la mirada sin pestañear.

No apareció nadie entre ellos.

—Bien —concluyó Cojo—. Ahora que hemos terminado con eso, podemos seguir adelante. Está oscuro y hace frío, y no me apetece caminar toda la noche.

—¡Entonces desea un refugio! —gritó la estrella mientras volvía a seguirlo.

—Deseo un refugio —dijo Cojo tranquilamente.

Nada.

—¿Por qué no funciona? —La voz de la estrella sonaba ya desesperada.

—Porque hay suficientes refugios en el bosque. Estoy seguro de que encontraremos uno y, si no, construiremos uno. Además, no le tengo miedo a la noche.

Pero la estrella sí. Cojo lo comprendió cuando volvió la vista atrás. Hasta entonces el muchacho se había mostrado completamente absorto en cuanto lo rodeaba; ahora caminaba encogido sobre sí mismo, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos moviéndose nerviosamente de un lado a otro. No era desesperación lo que Cojo creía oír en su voz. Era miedo.

Redujo el paso y permitió que la estrella lo alcanzara hasta caminar a su lado.

—¿Quieres que nos detengamos?

—¡Quiero que pidas un deseo! —gritó la estrella para ahogar su propio temor.

En lugar de señalarle que ya había formulado cuatro deseos sin que ninguno se cumpliera, Cojo se acercó un poco más hasta quedar casi hombro con hombro con él.

Aunque la estrella habría podido aumentar la distancia con un solo paso, no lo hizo.

El muchacho se relajó ligeramente.

—¿Cómo llega una estrella al cielo? —preguntó Cojo tras unos minutos de silencio.

—Qué sé yo —murmuró el muchacho casi inaudiblemente, cruzando de nuevo los brazos sobre el pecho.

—¿Las estrellas nacen? —Cojo no quería insistir, pero sentía auténtica curiosidad. La estrella permaneció callada, obstinada—. Mi madre me contó una vez que las nuevas estrellas nacen cuando dos estrellas chocan entre sí. Cojo observó a la estrella por el rabillo del ojo, pero esta seguía mirando el sendero—. Entonces...

—Morí y me convertí en una estrella, ¿de acuerdo? —lo interrumpió bruscamente el muchacho—. Yo... Nosotros...

Se interrumpió. Cojo también se detuvo y se volvió hacia él. La estrella evitó su mirada y observó cualquier cosa menos a Cojo, hasta que finalmente les habló a sus propios pies.

—Asaltábamos diligencias. No era la primera vez y, por nuestra parte, tampoco habría sido la última. Había tanto oro, y nosotros no teníamos nada. No era justo. —La estrella resopló—. Necesitábamos el oro. Pero también era divertido. Los gritos de las mujeres. Los hombres agitando espadas decorativas como si nunca hubieran sostenido un arma. Las riquezas que prácticamente nos arrojaban ante la simple visión de un cuchillo. El... —De pronto pareció darse cuenta del entusiasmo con que estaba relatándolo. Guardó silencio, avergonzado, y retomó la historia con voz más calma—. Pero parecía que la última diligencia esperaba un asalto. No había oro. Sí había cuatro hombres. Hombres entrenados con espadas contra tres muchachos inexpertos armados con cuchillos. Nos abatieron en cuestión de segundos. Miré hacia el cielo y después me vi a mí mismo desde arriba.

El muchacho se estremeció. Cojo sintió deseos de abrazarlo, pero se contuvo. Por todos sus gestos comprendía que la estrella aún no había terminado de hablar y, si la consolaba ahora, probablemente el torrente de palabras se detendría.

—Entonces desaparecí. El bosque desapareció. Todo desapareció. Incluso mis recuerdos desaparecieron. Y de pronto me encuentro frente a una mujer que me mira directamente y dice: “Deseo un establo lleno de vacas lecheras sanas”. Y allí aparece un establo lleno de vacas. La mujer corre hacia él y yo vuelvo a desaparecer. Después un hombre que desea que su hija sea más hermosa. Un campesino que desea que el ganado de su vecino contraiga la viruela. Un niño que desea la muñeca más grande del pueblo. Deseo tras deseo, cada uno más grande, más hermoso y rico que el anterior. Nunca un “gracias”. Siempre “deseo”, “deseo”. “Yo, yo, yo”.

De pronto la estrella levantó la vista hacia Cojo.

—¿Yo también era así? ¿Todo giraba también alrededor de mí?

Había algo desesperado en su mirada, algo que parecía suplicar:

Dime que no. Dime que no merecía esto. Dime que esto no es un castigo.

Pero Cojo no tenía la respuesta. La estrella tampoco parecía esperar que la tuviera. Trazos luminosos de color amarillo dorado descendieron por las mejillas de la estrella.

—Y cada vez que vuelvo a poner los pies sobre la tierra, regresan más recuerdos.

Se secó las lágrimas con la manga y se sonó la nariz. Cojo le ofreció su pañuelo. Tras sonarse ruidosamente, la estrella le tendió el pañuelo, que ahora emitía una tenue luz. Cojo negó con la cabeza. El muchacho lo guardó en el bolsillo.

—¿Y ahora qué quieres? —preguntó Cojo.

—Que pidas un...

La frase quedó incompleta.

—No lo sé —dijo finalmente la estrella—. No sé qué quiero.

Cojo vio que lo decía sinceramente.

—Quizá solo necesites tiempo para pensarlo.

Y volvió a echarse a andar.

La estrella asintió agradecida. Lo siguió y aceleró el paso hasta caminar a su lado.

Cuando apareció la primera luz del amanecer se aproximaron a una pequeña aldea.

—Nos detendremos aquí —dijo Cojo.

En realidad habría querido descansar varias horas antes. Le dolía la cadera derecha y la espalda parecía haberse puesto de acuerdo con ella para protestar. Pero durante todo el trayecto la estrella había observado cuanto la rodeaba con fascinación, como un niño que descubre por primera vez la belleza del bosque. Había arrancado hojas de los arbustos, acariciado la corteza de los árboles y, en una ocasión, había salido corriendo tras un zorro internándose entre la vegetación. Durante varios minutos Cojo no vio ni oyó nada de él. Por un momento temió que hubiera regresado al cielo, hasta que divisó dos manchas doradas entre los arbustos que unos segundos después resultaron ser los ojos de la estrella. Aliviado, respiró profundamente y pidió al muchacho que no volviera a alejarse del sendero.

—No lo entiendes —había respondido este—. Todo me resulta familiar y, al mismo tiempo, completamente nuevo.

Y volvió a desaparecer entre los arbustos al escuchar un crujido.

La estrella nunca se mostró impaciente por el lento paso de Cojo y, cuando este tropezó con una raíz, lo sujetó instintivamente por el brazo antes de que cayera. Cojo sospechaba que, si le hubiera confesado cuánto le dolía el cuerpo, la estrella habría aceptado descansar de inmediato. Le había hecho muchas preguntas acerca de su existencia como estrella y pronto llegó a la conclusión de que no llevaba años concediendo deseos, sino siglos. Mientras tanto, la estrella le había arrojado hojas y piñas a modo de broma, había pasado corriendo delante de él al menos veinte veces sin darse cuenta de que Cojo no podía apartarse con rapidez y le había hecho interminables preguntas sobre la aldea donde vivía, sobre los animales del bosque y sobre su madre.

Ni una sola vez la estrella lo vio como un discapacitado. Ni una sola vez lo consideró lento de entendimiento. La estrella veía a Cojo como Cojo. Y Cojo empezaba a ver a la estrella como a un muchacho. Como a un amigo.

Al llegar al borde de la aldea, la estrella miró al cielo, donde el negro de la noche había sido reemplazado por los suaves tonos azulados y rosados del amanecer.

—Todos se han ido.

Recorrió el firmamento con la mirada y luego observó a su alrededor con expresión perdida, hasta que sus ojos se detuvieron en Cojo.

—Yo sigo aquí —dijo este con calma.

Juntos recorrieron las calles, pasearon por el mercado y finalmente llegaron a una plaza. Allí Cojo tomó una decisión.

—Deseo que mi amigo permanezca en este mundo hasta que realmente llegue el momento de marcharse. Cuando tenga... —pensó un instante— cien años, por ejemplo.

La estrella arqueó las cejas.

—Buen intento. Pero no ocurre nada.

Sin embargo, Cojo estaba viendo otra cosa.

Los suaves iris dorados de la estrella comenzaron a cambiar lentamente de color, hasta que se encontró mirando unos ojos azul pálido.

El muchacho frunció el ceño.

—No me mires así. No es el deseo correcto.

—Claro que sí —sonrió Cojo—. Tal vez solo necesites un poco de tiempo para verlo tú también.

—¿Ver qué?

—Que en realidad no existen reglas. Que quizá nunca habías conocido a alguien capaz de desear algo para otra persona desde lo más profundo de su corazón.

Le sonrió al muchacho. Este le devolvió una amplia sonrisa, aunque seguía sin comprender. Entonces Cojo lo tomó de la mano y tiró suavemente de él. Y juntos siguieron adelante, hacia el mundo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

 

 

LA CALAVERA DE CRISTAL