miércoles, 15 de abril de 2026

LUCES DE NEON

Diego Muñoz Valenzuela

Despertó mientras avanzaba abriéndose paso entre centenares de personas ansiosas por llegar a su destino lo más pronto posible. Lo estrellaban con los hombros, con bolsos, con maletines. El presentía alguna malignidad en esas colisiones aparentemente casuales. Atardecía ya, y los letreros de neón comenzaban a destellar sobre las paredes de los enormes edificios. Los rostros de los pálidos transeúntes se iluminaban con aquellas trémulas luces de colores. Los automóviles hacían sonar sus bocinas y rugir sus motores, y los conductores solían abrir las ventanillas para insultar a alguien. Esto fue lo primero que vio al despertar como de un largo sueño del que había regresado desprovisto de recuerdos. Al pasar por una tienda de periódicos, supo que allí se vendían diarios, revistas, pudo comprender las palabras de los encabezados, aunque sin encontrar sentido a las noticias, pues carecía de referentes contra los cuales compararlas. No podía establecer si alguna noticia era disparatada o cuerda, por ejemplo. Sin embargo, esto dejó de interesarlo casi instantáneamente. Más atraía su atención la divertida premura que parecía animar aquellas legiones de caminantes con rostros centelleando en lila, verde, amarillo. Muchos de ellos portaban paquetes envueltos en papel. Adivinó que se trataba de comida para calentar en esos hornos especiales. Los anuncios de una fuente de soda ofrecían una hamburguesa y un jugo de frutas por un precio aparentemente irrisorio. Recordó la sensación del hambre y después vino el asombro de no experimentarla. Siguió caminando por lo que identificó como una avenida inundada de vitrinas de artículos electrónicos, ropas, muebles, alimentos, licores, discos, plantas, alfombras, libros, frutas. A medida que avanzaba por la avenida iba identificando el contenido de cada vitrina, sin saber siquiera si eran objetos o alimentos que le hubieran pertenecido alguna vez. Supo que las manzanas eran aquellas frutas rojas y redondas, que eran dulces y carnosas, pero le fue imposible recordar si las había probado alguna vez. Se respondía a sí mismo que debía haber comido manzanas pero ¿qué era eso de dulces? Lo dulce es placentero. Lo dulce es lo contrario de amargo. Las manzanas son dulces. Debe ser agradable comer una manzana. Para comer es preciso tener hambre. El hambre es un ardor en la boca del estómago. El hambre es sólo una palabra como la manzana. No sentía hambre. Jamás había sentido hambre. Jamás comió una manzana. ¿Pero cómo podía saber todas estas cosas si no lograba recordarlas?

Cuando llegó a una esquina pensó que debía atravesarla por las líneas amarillas cuando los coches estuvieran detenidos ante una luz roja. Casi instantáneamente evocó la remota necesidad de poseer alguna identidad. Cada uno de esos seres a su alrededor poseía un nombre, un domicilio, un trabajo, una historia detrás. El apuro tenía relación directa con su identidad. Posiblemente volvían a casa de sus trabajos, llevaban comida para calentar mientras encienden el televisor, quizás daban un beso en la frente de sus hijos dormidos, tal vez tenían invitados a cenar. Quiso rememorar un nombre para sí, y escuchó en su interior una lista interminable y carente de sentido. Ningún nombre que viniera a su mente tenía el más mínimo significado. Comenzó a pronunciarlos en voz alta: acaso de ese modo cierta sonoridad retumbara en su conciencia oculta y removiera los engranajes de la memoria. A su alrededor la gente iba disminuyendo junto con la penumbra. Una anciana de gruesos lentes lo escrutó mientras agitaba la cabeza horizontalmente, compadeciéndolo. Un pequeño lo indicó a su madre entre ráfagas de risas. Pensó que estaba hablando en voz muy alta, casi gritando. Alcanzó también a sorprender sus propias manos gesticulando con vigor demencial. Estaba protagonizando un verdadero espectáculo. Hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta y la mirada en las baldosas de la calle para seguir avanzando hacia ninguna parte. Estaba casi completamente oscuro y las luces de neón reverberaban en sus pupilas cuando alzó la mirada hacia los gigantescos edificios. Imaginó que sus pasos lo llevaban por instinto hacia el lugar donde su cuerpo acostumbraba descansar, pero pronto desechó esta posibilidad al percibir que le daba exactamente igual caminar en cualquier sentido. Retrocedió y no sintió nada especial ni siquiera después de varias cuadras. Dobló a la izquierda y nada. Todo lo que le rodeaba parecía familiar y extraño a la vez: conocía los nombres de las cosas, recordaba su utilidad, sus propiedades, sus variantes posibles, mas no había en él una mísera huella de pasado en relación con ellas. Peor aún, el pasado definitivamente no existía, a no ser aquel instante del atardecer en que se encontró a sí mismo hormigueando entre miríadas de transeúntes. Sonrió de pronto al descubrir que se trataba de una angustiosa pesadilla de la cual despertaría en cuanto se lo propusiese de verdad. Era curioso, eso sí, que no sintiera mayor angustia por los hechos. Desde ese punto de vista no parecía tratarse de una pesadilla. Bueno, un sueño entonces, y recordó eso de pellizcarse. Dudó por algunos instantes sintiéndose algo absurdo. Finalmente se detuvo junto a una vitrina de quesos y retorció con disimulo la piel de su muslo derecho. Cerró los párpados para percibir el dolor con más intensidad. Algo ardía y punzaba allá abajo. Casi disfrutó el padecimiento mientras imaginaba despertar en una alcoba que variaba en una suerte de infinita secuencia de diapositivas. Abrió los ojos cuando un muchacho moreno sacudía su hombro preguntándole si le pasaba algo malo. La luz de la vitrina de los quesos brillaba en sus pupilas negrísimas en tanto le ofrecía ir por un médico, una medicina, un vaso de agua. Él lo miraba como atontado, sin saber qué decirle. Por último atinó a asegurarle que no tenía nada grave, que gracias y que siguiera su camino. Así lo hizo el muchacho, pero notó que se alejaba como a regañadientes, viéndolo de reojo quedarse parado allí junto a la tienda de los quesos. Entonces no era un sueño. Le asombró no sentir pavor o ansiedad. ¿Lo esperarían en alguno de esos millones de departamentos? ¿Tendría familia, amigos que se preocuparan de su desaparición? Claro que nadie podría inquietarse hasta tarde, llamarían a la policía, a los hospitales, a la morgue, al trabajo. Entre tanto, él vagaría amnésico por la ciudad interminable. De repente se puso a hurgar los bolsillos de su ropa, ¡qué tonto no haberlo intentado antes!, allí debería estar su identificación, dirección, edad, fotografía, todo. Encontró unas monedas, un pañuelo, una billetera con una suma que reconoció como alta, pero ningún papel que tuviera identificación alguna. Tampoco llaves, tarjeta de crédito, agenda. Nada, absolutamente nada que pudiera servirle de mínima pista. Discurrió presentarse en una estación de policía o en un hospital declarándose amnésico. Su fotografía aparecería en los noticiarios de televisión y en los periódicos. Alguien lo reconocería e iría por él. Ese sería el final de todo. Se puso a caminar de muevo, seguro de emprender la búsqueda de un policía. De pronto consideró la posibilidad de que fuese un criminal, de que su amnesia ocultaba horrendos asesinatos, aberraciones sin límite. Quizás era un peligroso demente homicida fugado de alguna clínica psiquiátrica al cual encerrarían sin piedad en una de esas piezas acolchadas. Hasta podían darle muerte antes de alcanzar a hablar. Era curioso que pudiera ser un asesino o un loco, ningún pensamiento suyo así lo indicaba, pero tampoco lo excluía de plano. Resolvió no hablar con nadie por el momento y prosiguió su deambular desprovisto de sentido.

No experimentaba fatiga aunque llevaba varias ¿horas? ¿minutos? vagando por cualquier parte. Concluyó que en algún momento retornaría su memoria de manera sorpresiva. Aspiró con fuerza el aire de la noche porque eso sería beneficioso para su organismo, para la dormida memoria que se agazapaba en algún oscuro rincón de allá adentro. Palpó su cabeza en busca de huellas de algún accidente, pero no encontró dolores ni señales en su cráneo. ¿Y si era un extranjero? Había comprendido perfectamente el idioma del muchacho, los insultos de los conductores de automóviles. Sabía que existían otros idiomas, pero ninguno de ellos acudió a su mente. Al distinguir su reflejo en la vitrina de una tienda de ropas advirtió que no pertenecía a un grupo étnico diferente a quienes se dirigían con prisa a sus lugares misteriosos y urgentes. ¿Y si no hubiese nadie esperándolo? ¿Si nadie le conociera en esa ciudad inmensa? ¿Si hubiese crecido en ella sin papeles, sin trabajo, fuera de todo orden y control? ¿Si alguien hubiese destruido su memoria, su identidad, sus posesiones, de modo que no prevaleciera ningún signo de su existencia anterior? Sería una especie de crimen, sólo que sin muerte física de por medio. Le habrían arrojado a la calle con una suma de dinero que le permitiera rehacer su vida de cierta forma; un gesto humanitario, sin duda. Podía tratarse también de una segunda oportunidad, después de una acción aborrecible que debía ser olvidada definitivamente, para no dar paso a la autodestrucción o a la locura. O tal vez tenía una misión especial y secreta entre estos seres apresurados y simples que la ciudad apremiaba para devorarlos en sus cubículos de metal y concreto. Eso era, él tenía una secreta misión que cumplir entre las miríadas de seres abandonados al hambre, a la fatiga, a las obligaciones absurdas, a la extravagante necesidad de buscar placeres, al irritante sometimiento de las emociones. Se sintió seguro de esta reflexión y su marcha se hizo más firme y decidida. En ese instante un furgón azul se detuvo a su lado. Bajaron de él dos hombres vestidos con buzos naranjas y provistos de gafas oscuras que ocultaban sus facciones. No percibió ninguna sensación de peligro y se quedó estático observando su accionar. Se aproximaron con naturalidad. Uno de ellos portaba una especie de detector. El más alto le dijo que estuviese tranquilo y así lo hizo. El otro le tocó con una especie de electrodo y sintió un ardor similar al de los pellizcos. No pudo moverse más después del chispazo, pero podía ver y escuchar a los hombres de buzo naranja. El pequeño se congratuló de haberlo encontrado tan pronto, pues debía cenar con la familia de su mujer esa noche y ella no le perdonaría que se tardase demasiado. El alto anunció que iría al cine a ver unas películas de terror, que eran las que más le gustaban. El pequeño acercó su mano izquierda a su pecho y abrió una especie de portezuela. El alto gruñó algunas palabras ininteligibles contra el imbécil bromista que lo había activado sin unidades de memoria completas. Vio abrir la piel de su tórax y observó los dedos del hombre pequeño girar un switch negro que apareció entre puntitos titilantes como las luces de neón de la ciudad, y de pronto ya no pudo ver ni escuchar a aquellos insulsos hombres de buzo naranja.

Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956). Ha publicado siete libros de cuentos: Nada ha terminado, Lugares secretos, Ángeles y verdugos, De monstruos y bellezas, Déjalo ser, Las nuevas hadas y Microsauri; cuatro novelas: Todo el amor en sus ojos (tres ediciones: 1990, 1999, 2014), Flores para un cyborg (tres ediciones: 1997, 2003, 2010), Las criaturas del cyborg (2011) y Ojos de Metal (2014); las tres últimas conforman una trilogía de ciencia-ficción; y los libros ilustrados de microrrelatos Microcuentos (libro virtual, 2008, con Virginia Herrera) y Breviario Mínimo (2011, con Luisa Rivera). La novela Flores para un cyborg fue publicada por EDA Libros en España (2008), en Italia por la editorial Atmosphere Libri (2013), y en Croacia por la editorial ALFA (2014); y los volúmenes de cuentos TAJNA MJESTA (Lugares secretos) en Croacia por ZNANJE (2009) y MICROSAURI (Microsaurios) en Italia por Robin Edizioni (2014). 

 

STREAM

 Ruben De Baerdemaeker

 

…luz brillante luz sol *** vacaciones el año pasado en avión ese día *** la playa cuando me quemé me quedé dormido sobre una toalla como en el folleto con arena blanca y un cóctel la arena no era blanca no había cócteles ningún alcohol olor luz no así una lámpara olor médico alcohol no cóctel hospital un accidente una operación.

—¿Señor?

Enfermera ojos bonitos rubia nada más que ver completamente cubierta bata verde pero muy bonita médico también hospital…

—¿Señor Coopers?

Yo…

—Sí.

—Señor Coopers, el procedimiento ha salido bien. Sin complicaciones. Solo ha estado anestesiado un cuarto de hora.

…dolor cabeza latidos dolor palpitante tan caliente que ahora sé lo que significa la enfermera de ojos bonitos se va bonita espalda pienso completamente cubierta con bata verde moverse levantarse no levantarse dolor *** peligro simplemente quedarse acostado acostado descansar hospital…

—Su stream está en línea y ya al 98 por ciento claro. Ese nuevo algoritmo es realmente rápido.

Alma mira concentrada la pantalla en la que, a gran velocidad, se añaden palabras a un bloque de texto cada vez más largo.

…mira una pantalla con sus bonitos ojos mira concentrada preocupada alarmada preocupada algo ha salido mal ha mentido mentir no está permitido ya no…

—No se preocupe, señor Coopers, todo se ve perfecto. Lo llevamos de inmediato de vuelta a su habitación.

Asiente a dos enfermeros, que hacen rodar la cama de Coopers con soltura y sin mucho interés fuera del quirófano.

Alfred saca la broca del brazo robótico, le enjuaga un poco de sangre y la tira en la bandeja de esterilización.

—De acuerdo, Alma. Tú ganas. Pero no has jugado del todo limpio, tengo que decir.

—Nadie ha dicho nunca que la máscara de pestañas y la sombra de ojos estuvieran prohibidas, ¿verdad? Quien juega, debe poder poner sus cartas sobre la mesa.

—Me alegra que por una vez no hayamos tenido que presenciar fantasías repugnantes al despertar. Este era bastante inocente en comparación con otros.

—¿Qué puedo decir? Soy irresistible.

—¿Qué puedo decir? Eres lo primero que ven cuando vuelven en sí. A falta de algo mejor, dirigen todos sus deseos hacia eso, claro. Como en El sueño de una noche de verano de Shakespeare.

—Otra vez con eso. ¿Ese Shakespeare escribió alguna vez algo sobre promesas?

I promise you, your kindred hath made my eyes water are now. Apropiado, ¿no?

—Mucho. Ya tengo ganas de nuestra cena prometida… y de que la cuenta te haga llorar.

—La cena está hecha. Esta noche, a las siete. Ponte algo más elegante que esa bata.

—Ya verás. Y si te gusta ser el objeto de deseo, siempre podemos intercambiar los papeles: yo les hago un agujero en la cabeza y tú miras en sus ojos cuando despierten.

—Con énfasis en sí. No lo creo… aquí viene el siguiente.

Alfred toma una broca estéril preparada y ajusta el portabrocas. Hay bastante más que hacer que simplemente perforar un agujero, piensa, aunque debe admitir que antes, en los inicios de la tecnología SPI, había bastante más desafío. Entonces aún tenía que determinar él mismo la trayectoria de perforación y estimar las ubicaciones exactas de los nanochips. Eso no se podía dejar a una computadora. Mucho menos a una enfermera con unas cuantas clases nocturnas extra. Además, se necesitaba un pequeño equipo de técnicos para calibrar los Stream Presentation Implants y obtener una señal limpia. A veces los implantes tenían que desplazarse varias veces hasta que el stream se volvía claramente legible, y una operación podía durar fácilmente todo un día, para una tarea rutinaria que ahora apenas lleva media hora.

Incluso él, que entonces marchaba en la vanguardia científica de la neurotecnología, se ha visto superado por los algoritmos que ayudó a desarrollar. Dale unos años más –si es que tarda tanto– y hasta Alma podrá hacer el procedimiento por sí sola. Hará falta, además, con el número creciente de solicitudes. Lo que antes era impensable ahora no solo se piensa, sino que se lee de inmediato. Según Alfred, es solo cuestión de tiempo antes de que todo el mundo tenga un SPI, con los más modernos y los seguidores a la cabeza. Y por qué no, al fin y al cabo… si no tienes nada que ocultar. Y mientras tanto, sus ingresos están garantizados, ¡sea científico o no!

…solo una cena no existe algo como una simple cena irresistible lo dice ella misma y tiene razón con ese cuerpo suyo quién podría resistirse querer resistirse poder resistirse qué planea qué quiere was will das Weib dijo alguien alguna vez típico de hombres típico hombre soy yo también pero cariño tengo una reunión será tarde no me esperes como un cliché en una película y mientras tanto con ella quién sabe quizá mejor ducharse y afeitarse por si acaso nunca se sabe y cuanto menos sabes más deseas…

Cuando entra deslizándose en el restaurante, sus pensamientos se desbocan. Su vestido negro ajustado cubre mucho, oculta poco, sugiere todo. Hay una nueva audacia en su mirada y una gracia despreocupada en sus movimientos. Alfred se levanta y se siente la personificación de la cortesía. El protagonista masculino de una película en blanco y negro: su Humphrey Bogart frente a su Lauren Bacall. Ella, por supuesto, no la conoce, pero él sí. Incluso le aparta la silla y la deja descender con elegancia. Percibe su perfume –nadie ha olido jamás mejor– y ese aroma disipa el último resto de culpa de su conciencia.

—Vuelves a ganar, Alma… esto es más elegante que tu bata verde.

—Cuidado, Alfred. Si de verdad quiero ganar, siempre lo hago.

—No, en serio, estás preciosa.

Sí, en serio, está preciosa. Irresistible, como ella misma había anunciado, aunque Alfred no se atreve a decírselo así; esa palabra podría cumplirse a sí misma como un hechizo.

La noche reduce a Alfred aún más al cliché que parece querer ser con tanto entusiasmo. Tras los cócteles (dos gin martini para él, un mojito sin alcohol para ella) viene vino blanco con entrantes demasiado pequeños, vino tinto con un plato principal apenas mayor, y una bebida dulce con un postre que parece una pintura abstracta y que apunta sobre todo a la satisfacción visual. Él bebe con avidez; ella, con moderación. Comen largo y despacio. Alfred se hunde cada vez más en una embriaguez semiconsciente, y no lo querría de otra manera ni por un segundo.

Paga con una sonrisa despreocupada, la ayuda a ponerse su abrigo largo y le ofrece el brazo camino a la puerta. Divertida, ella se enlaza con él, y el contacto entre sus cuerpos vibra a través de él.

—¿También me acompañarás a casa, caballero galante?

—¿No es eso evidente, bella doncella?

Se detienen frente a su edificio. La luz de las farolas vuelve casi inútil a la luna casi llena.

The moon, methinks, looks with a wat’ry eye, and when she weeps, weeps every little flower, lamenting some enforcèd chastity.

Ella lo besa y lo arrastra hacia dentro sin decir nada más. A él ni se le ocurre resistirse.

—Si supieras cuánto tiempo llevo pensando en esto —gruñe, mientras vive la realidad que sus visiones más salvajes le habían prometido.

Los límites entre sueño y acción, entre deseo y realización, presente y pasado, los límites entre Alfred y Alma se disuelven en una corriente salvaje y efervescente. Todo lo que ella hace refleja sus deseos más secretos, se siente como lo ha imaginado cientos de veces. Menos perfecto porque es real. Por eso, finalmente perfecto.

Se encuentran a sí mismos, varados en su cama, rodeados de restos de ropa y sábanas, aferrados el uno al otro. Respiran al unísono. Probablemente piensan al unísono. Ondas theta, en su corteza prefrontal igual que en la de él, neuronas que se extienden unas hacia otras como su mano hacia la cintura de ella.

Él es el primero en sentir la necesidad de levantarse; el vino, tal vez. Se vuelve a poner la ropa interior a trompicones, agradecido de que Alma parezca dormida, y se dirige tambaleándose al baño. Bajo la luz blanca del espejo, se ve cansado y más viejo de lo que se siente. Se lava el olor de ella de las manos y se echa agua en la cara. Debe irse a casa, y con urgencia.

En la penumbra del salón de Alma –la antesala de la cama donde ella, aún de espaldas a él, respira ligera y dulcemente– recoge su ropa y sus zapatos. Through the house give glimmering light, by the dead and drowsy fire. Se pone los pantalones y golpea la rodilla contra el escritorio junto a la ventana. La pantalla del ordenador de Alma cobra vida. Aparece un texto, al que las palabras parecen adherirse por sí solas, con facilidad juguetona.

… maldita sea qué golpe mi rodilla otra vez mi rodilla siempre la misma por qué tiene un stream abierto en su salón pacientes de hoy o seguimiento o trabajo extra sin nombre el formato es distinto pero es un stream otro software pero un stream pensamientos a ver qué dice a ver qué dice eso pensé hace un momento no pensé eso pensé hace un momento no no esto es no imposible cuándo cómo cuándo es esto…

—Más de un año ya, Alfred. Justo antes del verano.

Gira. Lleva un albornoz floreado y pasado de moda, del que la penumbra ha absorbido todo color; una diva en blanco y negro. Él guarda silencio. En la pantalla, el cursor parpadea. Su mano izquierda palpa su cráneo.

—Yo misma coloqué los chips. Y desarrollé el protocolo. Se llama SSPI; la primera S es de secreto. Hay bastante más que hacer que simplemente perforar un agujero.

Parece esbozar una sonrisa fugaz, o tal vez él lo imagina, pero su tono no es burlón; eso es lo que más le llama la atención a Alfred. No oye desprecio en su voz; sí compasión. Eso es, si cabe, aún peor. Ella mira por encima de su hombro la pantalla.

—No, Alfred, no siento compasión por ti. Eres lo bastante inteligente como para controlar tus pensamientos. O para no entregarte a tus fantasías conmigo. Aunque no diré que no me gustó, por una vez. Y tampoco que no apreciara tus recomendaciones de cine. Lauren Bacall es fenomenal.

—Lo sabías todo.

—Lo sabía todo. Tu esposa también, por cierto; al fin y al cabo fue idea suya. Y quiere hablar contigo. Ve a casa. Quizá ella sí sienta compasión. Trip away. Make no stay. Meet me all by break of day.

La luna sale de detrás de una nube y clava su luz estéril en la habitación. Alma apaga la pantalla. Las flores de su albornoz son rojas.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

¿QUIÉN QUIERE VIVIR PARA SIEMPRE?

Tihomir Jovanović

 

Miraba a Mina y veía el pasado. ¿Cuántos años, décadas han pasado desde entonces? El lunar sobre su ceja derecha completaba el rostro que había intentado olvidar todo este tiempo. La niebla de los recuerdos y del vino se arremolinaba en mí hasta que su voz me sacó de allí.

—Oye, ¿en qué estás pensando otra vez? —Agitó la mano frente a mis ojos como si intentara disipar un velo invisible que me había cubierto por un instante.

—Lo siento, de verdad me distraje.

—Te pasa a menudo. —Había un poco de enojo en su voz—. Me pregunto en quién piensas, por qué estás siquiera conmigo, si de verdad me quieres...

—Oh, sí, incluso moriría por ti si fuera necesario... —susurré, y a ella probablemente le sonó como una frase de un melodrama, poco convincente, falsa...

Al decir esto sentí un cambio: la escena se transformó, no solo en el espacio sino también en el tiempo. Se encendió la luz del escenario y me hundí en los recuerdos, mientras hasta mí llegaba una voz femenina. Los recuerdos eran la realidad y su voz, la imaginación.

Se llamaba Olga. Una mujer, un ser vivo. Yo era lo mismo que ahora, de la estirpe nocturna. Aunque los humanos nos daban otros nombres: vampiros, strigoi, vurdalaks o, simplemente, horror, muerte; eso éramos para ellos. Ellos, para nosotros, eran la fuente de la eternidad. Esas criaturas temerosas a veces lograban reunir suficiente valor y lucidez para organizarse y unirse en la lucha contra nosotros.

Y entonces veía a los de mi estirpe, atravesados por estacas, decapitados, envueltos en llamas. Ni siquiera nosotros somos inmortales, solo longevos. Y entonces, cuando los veía morir, ni siquiera sospechaba que un día los envidiaría, por morir, por la muerte...

Mis pensamientos vagaban: tanto tiempo, tanta soledad, hasta que conocí a Olga. Ocurrió en Moscú, en el Teatro Bolshói. Me fascinó verla en el papel del cisne blanco. Ligera, etérea, irreal. En lugar de convertirse en mi presa, se convirtió en mi amor. Una unión inconcebible de luz y oscuridad, de furia y calma, de eternidad y fugacidad.

Sabía quién era y qué era yo, y aun así me amaba. A menudo me quedaba mirando su rostro. El lunar sobre su ceja izquierda y las arrugas que iban apareciendo. Envejecía, pero seguía siendo hermosa, hasta la muerte.

Después de tanto tiempo, Mina. Tocaba el violín, Vivaldi, cuando la vi por primera vez en el escenario de Kolarac. Estaba erguida, tensa, como si su cuerpo fuera el arco. Y el parecido con Olga era increíble.

—Ningún hombre moriría por una mujer. —Su voz me sobresaltó. No pude entender de inmediato a quién pertenecía, si a Olga o a Mina.

Todo el recuerdo duró solo un instante. Apenas un parpadeo. Levanté la mirada hacia ella. Algunas arrugas en el rostro de Mina se habían profundizado, habían aparecido otras nuevas.

¿Debo pasar otra vez por todo esto? ¿Por qué me ocurre? ¿Es la aparición de Mina en el cuerpo de Olga un castigo que debo soportar por todas esas víctimas, por todas las vidas que arrebaté, solo para que mi memoria dure tanto tiempo? ¿Debo atravesar de nuevo lo que nunca pude olvidar: los años de envejecimiento, su muerte y otra vez solo recuerdos?

—Estás triste, ¿por qué? Hablas tan poco de ti —insistía Mina con sus preguntas, intentando sacar de mí secretos enterrados.

¿Pensaría que estoy loco o que bromeo si le dijera quién soy realmente? ¿Si le hablara de Olga, de quien ella es el doble?

Guardé silencio, sin conocer las respuestas ni a sus preguntas ni a las mías.

—Solo nos vemos de noche. De día estás en algún sitio, como si te escondieras de alguien. Y estás tan pálido, deberías tomar un poco de sol.

—¡El sol! —Se me escapó, y la miré directamente a los ojos, y por primera vez esa noche sonreí.

—Sí, ¿qué pasa con él?

—Esa será la solución...

 

Anoche volvió a insistir con preguntas, sobre todo y especialmente sobre lo que quise decir con el sol. No le respondí. Guardé silencio y miré el vaso en el que solo quedaban restos de vino. Lo sabrá todo en el correo de hoy. Cuando lo lea, ya todo habrá terminado.

Pasamos el resto de la noche juntos. La última vez que estuvo a mi lado. La última vez que hicimos el amor, y de algún modo ella sabía que era realmente la última. Cuando me fui, vi lágrimas rodar por sus mejillas. Sabía que no volvería a verme; las mujeres siempre lo saben de algún modo...

Me senté frente al ordenador y le escribí un mensaje de despedida y explicación, mientras de los altavoces llegaban los versos de la canción “Who Wants to Live Forever”. Música de la película Highlander. Era perfecto para este momento.

There’s no time for us

There’s no place for us

What is this thing that builds our dreams

Yet slips away from us...

 

El sol se alzaba sobre los tejados, húmedos de rocío, y se abría paso entre la neblina de la mañana. Es hora de irme. De caminar bajo el sol. Por primera y última vez. Para los humanos, el sol es fuente de vida; para mi estirpe, el final; para mí, la liberación.

Durante unos instantes mantuve el cursor sobre el botón “Enviar” y luego presioné el ratón.

Lo entenderá, lo superará, antes de que yo pudiera hacerlo. Cuando salí a la luz, el último pensamiento fue: quizá esto sea, después de todo, un poco egoísta…

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

martes, 14 de abril de 2026

EL SENDERO VERDE

J. J. Haas

 

Después de la muerte de su esposo, Lucy Beaumont, de sesenta y siete años, comenzó a caminar seis millas al día por el sendero verde de Sugarville, sin importar las circunstancias. No importaba si estaba cansada o enferma, si llovía o nevaba: se levantaba al amanecer todos y cada uno de los días y recorría tres millas de ida y tres de vuelta, porque era bueno para su cuerpo y para su alma.

Aquella mañana en particular Lucy se sentía sana, pero sola. Seguía echando de menos la compañía de su esposo y se preguntaba por qué todos sus hijos se habían mudado tan lejos. Tenía el sendero asfaltado para ella sola durante la primera parte del recorrido, salvo por una cierva con sus dos cervatillos que desaparecieron en cuanto la vieron. Aprender a vivir sola después de treinta y cinco años de matrimonio había sido difícil, pero estaba decidida a mantenerse independiente en la casa que ella y su esposo habían construido juntos y resuelta a no convertirse en una carga para sus dos hijos adultos.

Al atravesar una zona de niebla cerca del estanque de los patos, vio por detrás a una joven pareja que le recordó físicamente a sus padres. Vestían ropa de calle, no ropa deportiva como la suya, y caminaban tomados de la mano, susurrándose palabras cariñosas al oído. Como avanzaban sin prisa por el sendero delante de ella, Lucy empezó a impacientarse. Después de todo, necesitaba mantener el ritmo cardíaco elevado para cumplir sus objetivos cardiovasculares. Sin querer interrumpir su intimidad, redujo la velocidad y caminó detrás de ellos, sintiéndose como una niña pequeña que sigue a sus padres. Al cabo de un rato, la pareja abandonó el sendero subiendo por una escalera de hormigón hacia un estacionamiento, y Lucy volvió a quedarse sola.

Unos minutos más tarde alcanzó a un hombre que –extrañamente– se parecía a su esposo visto desde atrás. No a su esposo anciano, al que había enterrado el año anterior, sino al hombre que había conocido en sus primeros veinte años, cuando se encontraron por primera vez en la Universidad de Georgia. Tenía el mismo cabello negro y corto y la misma complexión robusta que el hombre al que había llegado a conocer y amar como Franklin Beaumont. Al adelantarlo por la izquierda, no pudo evitar mirarlo con asombro, fascinada por sus rasgos familiares, lo que aparentemente lo incomodó, porque se sintió obligado a hablar.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días —respondió ella, titubeando—. ¿Lo conozco?

—Eh… creo que no.

Lucy lo observó más de cerca.

—¿Franklin?

—No, me llamo Bob. Bob Sanders.

Se detuvieron.

—Pero… el parecido… es asombroso.

—¿Quién es Franklin?

—Eh… oh… no importa. Disculpe que lo haya molestado.

—No pasa nada. Oiga, ¿se encuentra bien?

—Sí… sí, estoy bien.

Reanudó la marcha y aceleró el paso para poner distancia entre ella y su vergüenza. En realidad, se sentía un poco mareada y se preguntó si tal vez debería acortar su caminata ese día. Pero se había hecho una promesa a sí misma de no rendirse nunca, y no iba a rendirse ahora.

Varios minutos después, el bosque se abrió alrededor del sendero y llegó al parque donde solía dar la vuelta. En el horizonte aparecieron nubes cúmulos oscuras y grises, atravesadas por cortinas de lluvia en diagonal. El parque estaba vacío, salvo por dos niños que jugaban con un perro negro. Temía mirar con más detenimiento, pero cuando el niño lanzó una pelota por encima del sendero y el perro corrió tras ella, los niños pasaron justo delante de Lucy. Eran John y Betsy, sus dos hijos cuando eran pequeños, jugando con su primer perro, Blackie.

Lucy sintió que le fallaban las fuerzas. Se tambaleó hasta el panel informativo del sendero y se apoyó en él para sostenerse. Permaneció allí varios minutos, observando a sus hijos jugar, y luego comenzó a llorar cuando salieron corriendo en dirección opuesta y desaparecieron en el bosque. Se recompuso e intentó leer el mapa, pero no lograba distinguir el trazado del sendero a través de sus lágrimas. No importaba: sus planes habían cambiado. En lugar de darse la vuelta y regresar, alzó la vista hacia el cielo que se oscurecía y continuó por el sendero hacia lo desconocido.

J. J. Haas es un poeta y escritor de relatos cortos cuya obra de ficción está disponible en Amazon en una colección de libros electrónicos titulada Searching for Nada. Ha publicado ficción y poesía en una amplia variedad de revistas como Shenandoah, Rattle, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Asimov's Science Fiction, Baen's Universe y Writer's Digest. Es Senior Content Developer en ADP, miembro de la Society for Technical Communication, y ha sido instructor en el Creative Writing Certificate Program de Emory Continuing Education. Haas se licenció en Lengua y Literatura Inglesas en el College de la Universidad de Chicago y fue Past President of the Alumni Club of Atlanta. Vive en un suburbio de Atlanta.

 

VEN CONMIGO, HERMANO, DIJO EL MONSTRUO

Southeast Jones

 

Se llama Daniel Leroy, pero prefiere que lo llamen Dan. Dicen de él que tiene madera de delincuente, y que está loco. Y que es peligroso. Chalado, degenerado, maricón… son apenas una mínima parte de los calificativos con los que lo etiquetan los demás alumnos, y esas palabras reaparecen con regularidad en sus insultos crueles, estúpidos y malintencionados, como solo pueden serlo los niños de esa edad. ¿Cuántas veces les ha pedido que se detengan? Han seguido burlándose de él, empujándolo… no debieron hacerlo. A dos los dejó destrozados, pero terminó sucumbiendo ante el número. Eso los impresionó, y desde entonces lo dejan en paz. O lo piensan dos veces antes de molestarlo.

Aunque usen otros términos, eso mismo es lo que también le gritan sus profesores, unos buenos jesuitas llenos de buenas intenciones, Biblia en una mano y vara en la otra, antes de propinarle una flagelación purificadora mientras salmodian sus oraciones idiotas a un Dios supuestamente misericordioso. Uno de ellos, profesor de historia, encontró un día muy divertido usar su varilla de otra manera: durante varios días, Dan defecó sangre y no pudo sentarse sin hacer una mueca de dolor hasta dos semanas después. A elegir, habría preferido ser golpeado. Probablemente querían quebrarlo, que llorara o suplicara, pero jamás cedió. Los golpes los conoce; recibe su parte de un padre alcohólico.

Ella, su madre, nunca lo ha querido y cuenta, a quien quiera oírlo, que algo debió de pasar para que diera a luz a un crío tan feo, que eso solo puede venir de su inútil marido que se emborracha todo el día. No, no lo quiere; tal vez incluso lo odia. Así que, cuando lo golpean, deja que ocurra y lo observa sufrir. Con cada puñetazo o patada, su boca se entreabre para dejar escapar pequeños gemidos; seguro que esa perra se excita y disfruta. Y cuando el otro se detiene, agotado de golpear, una sonrisa viciosa y sádica ilumina su rostro, y sus ojos maliciosos parecen lamentar que ya haya terminado.

Al final lo expulsaron de la escuela. Casi mató, y probablemente dejó lisiado de por vida, a un chico dos veces más grande que él. Después de decenas de horas de castigos, suspensiones temporales y palizas –algunas dejarán marcas visibles años después– recibió la expulsión definitiva. Al volver a casa, recibió una buena golpiza, ¡y esta vez entre los dos! Desde entonces lo mantienen encerrado en su habitación y solo come cuando se acuerdan de darle comida. Se muere de hambre, así que, para sentirla menos, duerme. Y sueña. Sueña con hacerles daño, con torturarlos, quizá con matarlos, aunque es consciente de que, por muy violento que sea su deseo de venganza, sería incapaz de lograrlo. El viejo es un coloso de más de dos metros que debe de pesar cerca de ciento cincuenta kilos. ¡Parece que el alcohol lo alimenta!

Todo empeoró cuando ganaron la lotería. Celebraron durante tres días; tres días en los que él pasó sin comer ni beber, pero también tres días de silencio en una casa vacía que, normalmente, resuena con los gritos de sus discusiones. Por un instante creyó que lo habían abandonado. Su alegría duró poco, porque regresaron. Le permitieron salir de su habitación. Estaban casi amables… pero no duró. Mientras hacía su primera comida de verdad en más de una semana, el padre le dio una bofetada, así, sin motivo. A la madre le hizo gracia.

Esa fortuna repentina no cambió nada para él, pero el viejo dejó su vino barato por bebidas más acordes con su nuevo estatus: ahora el señor se emborracha con champán desde la mañana y con coñac, preferentemente añejo, el resto del día. En cuanto a ella, esa puta quiso convertirse en una gran dama, con cirugía estética y ropa elegante para hacerse la diva y procurarse, a cambio de dinero, una multitud de amantes, en su mayoría mucho más jóvenes que ella. Hay que decir que, a fuerza de beber, el padre hace tiempo que tiene el pene más flácido que un espagueti demasiado cocido.

 

¡Se quebró! Mientras luchaba por terminar su plato, ese desgraciado levantó la mano contra él una vez de más, y Dan reaccionó al instante clavándole el tenedor en el ojo. La policía se lo llevó, y aunque intentó justificar su acto, lo internaron en un hospital psiquiátrico en espera de comparecer ante el juez de menores. Lo atiborraron tanto de medicamentos durante semanas que, cuando compareció, apenas podía mantenerse en pie y era incapaz de expresarse con claridad. Aun así, se le permitió regresar a casa, con la condición de portarse bien y ser seguido por un psicólogo. Este, elegido por el juez, lo describió como poseedor de una inteligencia superior a la media, aunque aquejado de una incomprensible y aterradora agresividad que lo hacía peligroso para sí mismo y para los demás.

Bastaron apenas tres sesiones para que aquel hombre calvo y con gafas recomendara internarlo hasta la mayoría de edad en un establecimiento especializado. Debería haberlo hecho salir del despacho antes de dictar su diagnóstico, porque menos de un minuto después se refugiaba en el fondo de la habitación, gimoteando como un ratón atrapado entre las garras del gato de la casa, ocultando su rostro ensangrentado entre las manos, mientras un demonio de mirada incandescente masticaba con evidente satisfacción un trozo de nariz desgarrada. Pataleó, golpeó y gritó cuando se lo llevaron, pero jamás sus gritos lograron cubrir los horribles alaridos del hombre desfigurado. Solo recuperó la calma cuando lo pusieron en aislamiento.

Al día siguiente, el médico llamó al juez, quien llamó a sus padres para explicarles que la policía iría a buscarlo, porque debía ser internado de manera urgente. Ni que decir tiene que aprovecharon la ocasión para darle una última paliza.

¡Cinco años han pasado! Tras ser trasladado de un establecimiento a otro, Daniel terminó en otro hospital. Uno más…

El médico a cargo de su caso le diagnostica un trastorno disociativo de la personalidad, probablemente causado por los múltiples abusos de los que ha sido víctima. En la anamnesis de su paciente, sugiere que Dan se considera, con toda probabilidad, el protector de Daniel y que, aunque es el alter, parece haberse convertido en la personalidad dominante. Vindicativo y peligroso, obtiene un verdadero placer del sufrimiento de sus víctimas, hasta el punto de que, según sus propias palabras, llega a eyacular durante crisis particularmente violentas. Elabora un tratamiento capaz, según él, de contener, e incluso suprimir, los impulsos destructivos del alter. Sin embargo, precisa que este sigue siendo un elemento esencial del paciente, y que tal acción podría tener, a largo plazo, repercusiones imprevisibles que harían que el remedio fuera peor que la enfermedad.

También señala que Daniel permanece la mayor parte del tiempo en segundo plano, prefiriendo adormecerse antes que asistir impotente a las atrocidades de su doble. A veces emerge bajo hipnosis, pero cuando lo hace, es para suplicar que se ponga fin a su calvario. ¡Por desgracia! Dan se venga sistemáticamente cuando recupera el control. Así, un día se secciona un dedo con un cúter, después de haberlo utilizado para degollar a la enfermera presente en el consultorio, y beber su sangre directamente de su cuello ante los ojos aterrorizados del terapeuta.

Tras ser juzgado y declarado inocente, recibe una condena mínima de diez años en una prisión de máxima seguridad. No ve pasar el tiempo; entre el tratamiento destinado a bloquear a Dan y las numerosas drogas suministradas por los médicos del lugar, pasa sus días en un estado cercano a la apatía, tendido en su cama, hasta el punto de que no es raro que tengan que lavarlo, vestirlo y ayudarlo a comer. Harán falta largos años de terapia con el doctor Nodal para estabilizarlo y enterrar a Dan en las capas más profundas de su subconsciente.

Daniel se acerca a los treinta cuando por fin lo liberan, al haber sido considerado apto para retomar la vida en sociedad. El tratamiento parece eficaz: Dan no ha reaparecido desde hace mucho tiempo. Solo una vez en libertad se entera de que sus padres han muerto en un accidente; tal vez se lo habían comunicado antes, pero si fue así, no conserva ningún recuerdo. La noticia lo deja frío. Han dilapidado casi toda su fortuna, pero al morir le han dejado suficiente dinero para vivir sin preocupaciones durante años, así como la casa de campo: una sólida propiedad en un rincón perdido de Bretaña.

Probablemente fue allí donde conoció sus pocos momentos de felicidad. Mientras sus padres discutían o se golpeaban, él escapaba para dar largos paseos por los páramos; allí estaba bien y lo olvidaba todo. ¡Y la vieja señora Erwald! Siempre tenía una palabra amable o un dulce para él cuando lo veía pasar frente a su casa. Era poca cosa, pero significaba mucho.

Ha acondicionado la casa en función de la terrible maldición que lo aqueja, pues considera inútil correr el menor riesgo: nadie puede entrar sin que él lo autorice, ni siquiera por la fuerza. Sin embargo, no ha encontrado ninguna solución para impedir que Dan salga si se manifiesta nuevamente.

A veces sueña con el pasado: son secuencias perturbadoras, caleidoscópicas, donde se mezclan los recuerdos de un niño torturado con los de su otro yo. Dan, el monstruo, el abyecto, el criminal, sigue atormentando sus sueños. Tiene el oscuro presentimiento de que se ha burlado de él, de todos; que no hace más que esperar su momento, y que regresará. Lo siente, lo sabe.

Otras veces, vaga por mundos de pesadilla que lo aterrorizan más allá de lo imaginable; entonces emerge, devuelto al mundo real por gritos –sus propios gritos–, tan espantosos que harían huir a los peores demonios del infierno.

 

La doctora Nodal entra a la sala de estar. Extrañamente, no siente ninguna ira por esta intrusión en su espacio vital, ni siquiera se pregunta cómo ha conseguido entrar. La observa acercarse sin decir nada, perturbado por la calma inhabitual que lo invade. Es una mujer de mediana edad, bastante atractiva. Se parece vagamente a su madre.

Siempre dueño de sí mismo, la deja tocarlo y acariciarle el rostro. Ese contacto lo electriza; su cuerpo se recorre de sensaciones desconocidas, agradables. Nunca una mujer lo ha tocado así. De hecho, ninguna mujer lo ha tocado jamás; solo conoce el placer que se da en solitario.

La doctora, que cada vez se parece más a su madre, se vuelve más insistente. Su mano se desliza bajo su camisa, rozando un pezón que se endurece al instante. Entonces él toma el rostro de la mujer entre sus manos y besa sus ojos con infinita ternura. Su boca desciende lentamente, mordisquea suavemente unos labios dulces y carnosos, que saben a miel y a clavo, embriagándolo. Su respiración se vuelve corta, su corazón late como nunca antes, mientras ella aprieta su sexo a través de la tela fina de sus pantalones de lino. Una ola de calor intensa recorre su cuerpo, ahora febril e impaciente.

Su miembro se hincha de deseo; su erección es monstruosa. Ella quiere hablar, pero él le impone silencio, sellando su boca con besos. Devora con avidez la lengua de esa mujer que desea, que quiere a toda costa. Mientras comienza a estrangularla, el parecido con su madre se le hace ahora evidente. Ella se asfixia; sus ojos se abren de miedo e incomprensión.

La ama y la odia. Su excitación alcanza el paroxismo. Ella abre la boca en vano, esperando tragar una bocanada de aire salvador, pero él aprieta cada vez más fuerte. El cuerpo de la doctora se vuelve flácido, aún sacudido por pequeños espasmos; se aferra a la vida, tratando de arrancar unos miserables segundos más. Sus ojos se vuelven en blanco, su boca, completamente abierta, ya no aspira nada: su último aliento le pertenece.

Pegando sus labios a los de ella, la besa una última vez antes de, con un rápido mordisco, seccionarle parte de la lengua. Luego la arroja brutalmente al suelo, le arranca la blusa y, tomando un vaso de la mesa baja, lo rompe y comienza a abrirle el abdomen. Hundiendo las manos en sus entrañas, percibe un olor intenso y excitante. Sangre, sangre por todas partes; el aire está saturado de emanaciones metálicas y saladas.

El cuerpo de la doctora es sacudido por convulsiones. Un leve y último hipo… se acabó.

Arrancando un trozo de intestino, se lo lleva a la boca, lo besa con pasión y saborea el gusto tibio y salvaje de la vida extinguida, antes de penetrarla brutalmente y eyacular casi de inmediato en la herida abierta.

—Te amo —dice.

Y estalla en una multitud de fragmentos de conciencia, desgarrado entre el horror y la voluptuosidad.

Y despierta gritando.

 

¡Ha vuelto y empieza a recuperar el control! Esta vez, Dan parece no haber hecho otra cosa que pasearse por la casa, rompiendo aquí y allá diversos objetos, a los que, por cierto, no les tenía especial aprecio. Pero podría haber evitado destrozar la bañera a golpes de maza. Daniel recuerda ahora haberlo observado destruir metódicamente, una por una, cada pieza de la vajilla, antes de perder interés y desconectarse.

¿Para qué luchar contra ese espíritu maligno? No podía hacer más que dejarlo actuar y reparar los daños después de su partida.

Extrañamente, el ordenador está intacto; incluso está encendido, cuando está seguro de haberlo apagado. ¿Qué ha ido a hacer en Internet? Sin embargo, esta vez parece haber traído algo de su sueño.

Junto a su taza de café, fría desde hace tiempo, una cosa parduzca y viscosa llama su atención. Aprieta los dientes para no gritar; un sabor a hiel y putrefacción sube desde el fondo de su garganta. Un violento espasmo de náusea lo sacude y apenas tiene tiempo de precipitarse al baño para vomitar un torrente de bilis ardiente y ácida en el lavabo.

Nunca le ha gustado el espejo del baño; ya estaba en la casa cuando sus padres la compraron. Su presencia resulta incongruente en esa habitación, pero su madre se negó a retirarlo. Debe de ser antiguo, muy antiguo. ¿Cómo pudo conservar ese objeto inmundo?

De niño le daba miedo. Debe de valer mucho: el marco es de plata maciza, formado por varillas de dos centímetros de grosor que se enroscan unas sobre otras para formar extraños e imposibles entrelazados, surgidos de la mente torturada de un artista completamente loco. Y grabada en el espejo, que parece haber sido tallado en un bloque de cristal, una inscripción: Abyssus abyssum invocat. El abismo llama al abismo…

Es al tomar la toalla para secarse el rostro cuando advierte a ese extraño pálido en el espejo: un desconocido de rostro desencajado, con el cabello pegado por el sudor, un hombre de mirada loca, helada, inhumana. Un hombre que no se le parece, pero que, sin embargo, le resulta extrañamente familiar.

Ven.

—¿Quién ha dicho eso? —casi grita.

Ven, te ofrezco el mundo y la libertad de ser tú mismo.

Al borde del pánico, se apresura a salir de la habitación. En la pequeña sala, todo sigue hecho un desastre, pero el trozo de lengua ha desaparecido del escritorio.

¿Alucinaciones?, piensa. ¿Ha soñado esa mano pálida saliendo del espejo y arañando el aire como si intentara apoderarse de él, de su alma quizá, para llevarlo a algún infierno abominable? ¿También ha imaginado esa voz suave y persuasiva susurrándole promesas dulces y aterradoras?

La voz repite una vez más su invitación; se vuelve más perturbadora, más seductora, provocando a lo largo de su columna vertebral maravillosos escalofríos en los que placer y terror se entrelazan íntimamente.

 

Por más que se repita que nada ni nadie puede entrar si él no lo desea, no logra evitar ir a comprobarlo. Pero la cámara de acceso –la única salida de la casa– está intacta, y solo puede abrirse desde el interior. Deposita allí la ropa sucia dos veces al mes; alguien a quien nunca ha visto la recoge y la sustituye por paquetes con olor a lavanda, acompañados de comida y productos de primera necesidad.

Puertas y ventanas están selladas con placas de acero templado, y está seguro de no haber salido. Si lo hubiera hecho, nunca habría despertado: el mundo exterior es el de Dan, no el suyo.

¿Qué lo retiene aquí, cuando le sería tan fácil franquear los dos metros que separan la casa del mundo exterior?

La respuesta debe de estar en el ordenador, porque en la pantalla aparece un video en pausa. Sin duda le ha dejado un mensaje. ¿Más insultos? ¿Tal vez amenazas? No sería nada nuevo, pero la mayoría de las veces se limita a dejar notas adhesivas cubiertas de las peores obscenidades, que pega por todas partes. A su manera, el monstruo a veces se comporta como un niño. Quizá nació como respuesta al saco de golpes que él era en aquella época.

Respira hondo y se sienta frente a la pantalla. Pulsa «play». No es él quien aparece, sino el desconocido del baño.

¿Pero quién eres?, piensa.

Vaya, qué pregunta tan interesante… soy… tú.

Estoy loco… estoy loco… ¿Cómo puedes responderme si no he dicho nada? ¿Y desde cuándo un video puede interactuar con la persona que lo ve?

El hombre se toma su tiempo para encender un cigarrillo antes de responder.

No seas estúpido. El espejo, como este ordenador, no son más que soportes que permiten a tu mente visualizarme tal como tú me representas. Olvida a Jekyll y Hyde: no te transformas en un monstruo cuando yo paso a ser tú. Al contrario de lo que crees, nos parecemos como dos gotas de agua. Deja de tomar esos medicamentos que reprimen a la persona que realmente eres.

¿Para desaparecer como yo y convertirme en alguien como tú?

No. Para fusionarnos y ser libres. ¿No estás cansado de este eterno juego del escondite? Tu tratamiento aún me incomoda, pero me he acostumbrado y me hago más fuerte cada vez que tomo el control. No puedes ganar esta lucha, porque si no nos fusionamos, tu conciencia desaparecerá. ¿Quieres morir?

No eres yo. No puedes ser yo. ¡No te pareces a mí! ¡Estoy alucinando otra vez!

Escucha: tenemos muy poco tiempo. Es importante que admitas que tú y yo somos una sola y misma entidad. Esta casa es un engaño, una farsa. Fue acondicionada un año antes de tu supuesta liberación, porque, de alguna manera, sigues en prisión. El miedo al exterior ha sido implantado en tu mente, porque no quieren que salgas. Si lo hicieras, encontrarías, a menos de veinte metros, un contenedor donde están instalados quienes te vigilan. La casa está llena de cámaras y micrófonos. En este momento, quienes te observan solo ven y oyen a un enfermo peligroso hablando solo frente a la pantalla de su ordenador… Formas parte de un experimento de rehabilitación de criminales reincidentes. Tú eres una proyección, un reflejo probable e idealizado de lo que yo habría sido en un entorno adecuado. Pero el verdadero tú… soy yo.

¿La sangre en mi ropa? ¿La lengua sobre el escritorio?

Reminiscencias. Flashes subjetivos que exacerban en ti sentimientos de vergüenza, de profundo asco y de culpa. ¡Has matado a tantas personas! Habías olvidado a la doctora Nodal, ¿verdad? Disfrutaste mucho con ella, no lo niegues. Sé que el simple hecho de mencionarlo te pone erecto como un toro; lo que tú sientes, yo lo siento. Para ti, yo soy un monstruo, una criatura horrible que te espanta y te repugna. Tienes ganas de destrozar este ordenador, lo sé. Otros “nosotros” lo han hecho antes que tú. ¡Te ruego que no lo hagas! Es un símbolo, una puerta que te permite acceder a la realidad consciente. Mi apariencia y mis actos te repelen y te atraen al mismo tiempo. Si lo destruyes, morirás. Y cuando regreses, no tendrás ningún recuerdo de esta vida ni de todas las que la han precedido. Por supuesto, nadie vuelve de entre los muertos: todo ocurre en tu mente. Te desconectan, borran tus recuerdos como se formatea un disco duro, antes de reinstalar lo que consideran necesario para tu rehabilitación. Y todo vuelve a empezar desde el principio.

¿Cuántas veces? ¿Cuántas veces he muerto?

Te has suicidado doce veces. A diferencia de ti, yo recuerdo cada una de ellas. ¿Qué tienes que perder? Después de todo, si no soy más que la expresión de tus miedos, si existe la más mínima posibilidad de que sea una pesadilla, tarde o temprano despertarás.

¿Qué debo hacer?

Debemos fusionarnos. Toma mi mano, hermano mío, mi doble en la oscuridad. Volvamos a ser uno.

Daniel toca la superficie de la pantalla. Está tibia y vibra ligeramente bajo sus dedos. El reflejo le sujeta entonces las muñecas. Su piel es fría, una carne de cadáver, alcanza a pensar antes de ver desaparecer el universo.

Nada más que una pesadilla…

 

L’EST RÉPUBLICAIN

¡Inexplicable fuga del asesino en serie Daniel Leroy!

Internado en un centro psiquiátrico de alta seguridad, el asesino, pese a estar bajo los efectos de una nueva droga, ha desaparecido sin dejar rastro, no sin antes haber asesinado salvajemente al equipo médico encargado de su vigilancia. Se recordará…

Southeast Jones es el seudónimo literario del escritor Paul Demoulin. Nació en Lieja, Bélgica en 1957. En 2003, ganó el Premio del Jurado y el Premio de los Lectores en el concurso de novela policíaca convocado por el municipio de Seraing en el marco del «Año Simenon» con «Jour gras», un relato humorístico sobre el canibalismo rural. Actualmente es vicepresidente de la asociación «Les Artistes Fous Associés», así como coantólogo y miembro del comité editorial de Éditions des Artistes Fous. Ha publicado, entre otras obras, Rétrocession (2008), Émancipation, Clic, Contrat (2012), Jonas, Notre-Dame des opossums (2013), Grand Veille (2013), Denis Noodle et le sexe (2014), Jour gras (2014), Trip (2014), Il sera une fois... (2016), Un coup vite fait! (2022) y Chairs (2022).

 

ALQUILAR UN MONSTRUO

Nenad Pavlović

 

En una isla árida sin nombre, en lo profundo del mar Mediterráneo, una procesión de figuras encapuchadas que portaban antorchas avanzaba hacia la base del acantilado. El cielo oscuro estaba surcado por relámpagos y el mar lanzaba crestas de espuma, como si percibiera el poder que se aproximaba.

Una figura, más alta y de hombros más anchos que las demás, se movía entre las masas inclinadas como un tiburón entre bancos de peces. Alzando con solemnidad un enorme tridente dorado, su voz retumbó como un trueno poderoso sobre el mar.

—Vulgtlagln ch' mnahn' vulgtm R'lyeh, lw'nafh kn'a wgah'n! Ia, Cthulhu, ia! —Y luego añadió—: Kalispera.

El mar, oscuro como el Agiorgitiko, comenzó a burbujear con la promesa de que algo colosal emergía desde sus profundidades.

Y emergió.

Una forma montañosa de materia verde, cubierta de crustáceos y otros productos del mar, coronada por la madre de todos los calamares, se alzó contra el acantilado, ocultando las estrellas.

—¿Quién osa invocar al poderoso Cthulhu? —los tentáculos de su bigote se agitaron al hablar, lanzando espuma marina sobre los hombres encapuchados—. El soñador de R’lyeh, el señor de las profundidades cósmicas, el amo de… Oh. Eres tú. El inquilino.

—No lo digas así —murmuró el hombre alto, sonrojándose en las partes de su rostro no cubiertas por la barba—, no delante de los… adores.

—Bueno, eso es lo que eres, ¿no? Uno de los inquilinos.

—Técnicamente, tú eres el inquilino, ya que este es mi mundo y tú solo eres un…

Las llamas de una supernova brillaron en los ojos de la criatura.

—Escucha, pequeño idiota. Me quedé atrapado en este miserable planeta mucho antes de que la idea de que tu especie evolucionara fuera siquiera viable, y ya me habría ido hace tiempo si no me hubiera quedado dormido y perdido el autobús cósmico una y otra vez. Así que no me digas lo que debo decir ni cómo debo decirlo. Inquilino.

La figura en el acantilado se sonrojó aún más, pero no retrocedió.

—Es solo que… quiero decir, soy un dios. Del mar. De todos los mares. De los siete, supongo. Nunca tuve tiempo de visitarlos todos. Quiero decir, el punto es que, de alguna manera, nosotros dos somos colegas. Iguales.

La montaña monstruosa se estremeció. Luego empezó a reírse. Luego a lanzar sonoras carcajadas. Se dice que las olas provocadas por ese ataque de risa fueron las que hundieron la Atlántida en el mar.

Secándose lágrimas del tamaño de charcos, el Dios Antiguo preguntó:

—¿Qué quieres, Poseidón?

—Sí, bueno, tengo un favor que pedirte… Verás, me preguntaba si podría… tomar prestado… uno de tus monstruos.

—¿Tomar prestado uno de mis monstruos?

—Sí. Sé que tienes bastantes, y mis ballenas y tiburones no sirven para la tarea que tengo en mente, así que me preguntaba si podrías prestarme uno. ¿Uno de tus bichos? Te lo devolveré para las Panateneas, ¡lo prometo!

—¿Y por qué querría hacer eso? —preguntó la monstruosidad de cabeza tentacular, apoyando las manos en las caderas.

—Eh… ¿cortesía entre colegas?

Cthulhu estalló en carcajadas otra vez, enviando olas que chocaban contra el acantilado.

—Buena esa, Poseidón, pero ya la he oído. ¡Adiós! —dijo el horror gelatinoso, y comenzó a descender de nuevo hacia las profundidades.

—¡No! ¡Espera! ¡Te… te daré algo a cambio!

—¿Como qué? ¿Un despertador que funcione bajo el agua?

—Bueno, no, pero… ¿y si… te consigo tu propio culto?

—¿Un culto? —dijo el monstruo, rascándose la barbilla, desprendiendo una langosta regordeta que cayó al abismo.

—¡Sí! —dijo Poseidón, entusiasmado—. ¡Son geniales! La gente te adora, organiza orgías en tu nombre, difunde tu palabra por todas partes…

—No sé…

—¡Y prometo usar tu criatura para sembrar caos y destrucción! Eso te gusta, ¿no?

—El poderoso Cthulhu no se preocupa por tu insignificante especie ni por sus civilizaciones. Para mí, toda vuestra existencia no es más que una mota en el gran vertedero del tiempo. —El dios monstruoso hizo una pausa, inclinando la cabeza—. Pero sí… me gusta el caos y la destrucción.

—¡Ahí lo tienes! ¡Todos ganan!

—No sé si puedo confiar en ti… ¿Y si lo dañas?

—Ah, no te preocupes por eso, estará bien. Quiero decir, ya alquilaste uno antes, a esos tipos escandinavos, un… ¿cómo se llamaba, hafgufa? Y salió bien, ¿no?

—Supongo…

—¡Entonces tenemos un trato! —sonrió Poseidón, apoyándose en su tridente—. Tú me das un monstruo, yo hago un poco de travesuras con él, te consigo un culto, y quién sabe, quizá dentro de un par de miles de años la gente lea sobre tus hazañas.

—No me importa… ¿Sabes qué? Esto empieza a cansarme. Te daré un kraken.

—¡Oh, genial, gracias! ¿Qué es?

—Es como un calamar gigante. Bastante aterrador para ustedes. Debería servir. Vendré a buscarlo en las Panateneas. Más te vale que no tenga ni un rasguño. ¡Por tu bien!

—¡Oh, gracias, muchas gracias! ¡No te arrepentirás, lo prometo! —vitoreó Poseidón.

Pero el gran dios verde ya estaba medio sumergido.

 

Los tentáculos del detestable leviatán, gruesos como troncos de árbol, se convirtieron en piedra y se desplomaron bajo la mirada de la cabeza cortada de Medusa, alzada en el brazo de Perseo. El kraken estaba acabado.

La mandíbula de Poseidón cayó lo suficiente como para mojar los pelos más bajos de su barba.

—¿Qué hacemos ahora, oh, Poseidón, mi señor? —preguntó el sumo sacerdote, con el rostro igualmente barbudo y preocupado.

—¿Poseidón? ¿Quién es Poseidón? Mi nombre es… eh… ¡Neptuno! ¡Sí! Si alguien pregunta por mí, especialmente alguien de ciento cincuenta metros de altura con tentáculos por barba, ¡dile que no existo!

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

LUCES DE NEON