Franzeska Gőrtz Ewart
Mi madre está
sentada frente a mí, diminuta en el gran sillón, con la espalda tan encorvada
que la nariz casi le toca la mesa que los Ángeles han acercado para su taza de
té de la mañana. Sentada en el borde de su cama de alta tecnología, trato de no
afligirme al ver cuánto se ha deteriorado.
Porque, Dios mío, vaya si se ha
deteriorado. Esa columna en forma de ce, que solía llamar orgullosamente su
«joroba de viuda», se ha curvado de manera alarmante, y tiene la caja torácica
tan comprimida que es un milagro que todavía pueda respirar. Quizá por eso casi
nunca habla. Quizá no sea solo la demencia.
Lo peor, sin embargo, es lo
alterada que está hoy. Y asustada, como si mi llegada representara alguna
amenaza; me pregunto si teme que la traslade a otro sitio. Nunca me ha
perdonado que la arrancara de su casa, así que supongo que, en esa mente suya
donde todo está patas arriba, soy capaz de cualquier cosa.
Me duele que no confíe en mí, pero
sobre todo estoy muy, muy alarmada, porque esto, este miedo, es terrible.
Tiembla de pies a cabeza, las manos no dejan de moverse, los dedos se retuercen
con angustia y hay pánico en esos ojos azules con sus diminutas lunas
opalescentes.
Lo que de verdad quiero es dar
media vuelta y regresar a casa, pero la conciencia no me lo permitiría, así que
durante un rato me muevo nerviosamente de aquí para allá, murmurando frases
hechas, tratando de aliviar la tensión. Sé, por supuesto, que debería limitarme
a darle un pequeño abrazo o una palmadita en el brazo, pero no puedo.
Nunca pude, al menos de adulta, y
de niña no recuerdo abrazos ni caricias, así que quizá sea por eso. Sea cual
sea la razón, lo único que sé es que nada –y cuando digo nada, es nada– me
induciría a tocar a mi madre. La sola idea me aterra.
Porque, si lo hiciera, ella también
podría tocarme, quizá incluso sujetarme, y estoy convencida de que, si lo
hiciera, me vería arrastrada al abismo de su oscuridad y desaparecería para
siempre. Sé que es infantil, irracional y melodramático, pero, tal como lo veo,
llevo más de sesenta años evitándolo y ni por todos los demonios voy a dejar de
hacerlo ahora.
Por eso decido mostrarle la vieja
fotografía. Acabo de encontrarla en el cajón de su mesa de noche, mientras
buscaba algo dulce, porque el largo viaje en auto me había dejado mareada y
habría matado por una barra de Mars, un Bounty o unas pasas cubiertas de
chocolate.
Este mareo no es nuevo. Me ocurre
cada vez que abro la puerta de mi madre y aspiro ese espantoso olor a orina
rancia y a algo intensamente cítrico, que hoy es tan fuerte que también me
provoca náuseas.
—Mira, mamá —digo, deslizando con
cuidado la fotografía en el espacio que queda entre sus manos y el mentón—. Es
Suiza, ¿verdad? ¿Esa casa grande de Davos donde vivías?
Ahora intento persuadirla,
desesperada por obtener alguna reacción.
—¿Y ves lo que dice en la fachada?
«Bel’Air». ¿No la llamabas Villa Bel’Air? –Cada vez más entusiasmada con el
tema, señalo con excesiva vehemencia la montaña del fondo–. Y esa debe de ser
el Schatzalp, donde ibas a esquiar.
Mi madre no responde, así que me
aparto un poco y me meto disimuladamente tres Maltesers en la boca, los aprieto
contra el paladar y cierro los ojos. El chocolate malteado llena hasta el
último rincón con una dulzura que me adormece la mente.
¡Qué delicia! ¡Qué éxtasis!
Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo
que las lágrimas corren por las mejillas de mi madre en dos regueros
incesantes.
La culpa me consume. ¿De verdad
creí que ver la querida casa de su infancia, a la que no tiene la menor
posibilidad de regresar, alegraría a mi pobre mamá? Retiro la foto, pero, antes
de devolverla al cajón, la examino con más atención.
Por las letras y la arquitectura,
calculo que debe de ser de principios del siglo XX, y, para el tiempo que
tiene, es extraordinariamente nítida. Vuelvo a mirar a mamá para ver cómo está
y me alivia comprobar que ha dejado de llorar. Sin embargo, tiene la cabeza muy
inclinada y contempla el espacio donde estaba la foto: es la viva imagen de la
desdicha.
Me siento fatal. De verdad pensé
que mostrarle la foto era algo bueno. Estoy segura de haber oído que utilizan
fotografías antiguas para ayudar a las personas con demencia, así que supuse
que los recuerdos del aire puro de los Alpes, los cielos de un azul intenso y
el aroma de las gencianas le ofrecerían un respiro agradable de ese miserable
retazo de césped que ve por la ventana y del olor a orina y cítricos que
respira. No es culpa mía que todo haya salido tan mal.
Oigo un tintineo lejano, lo que
significa que el Ángel del Té y las Galletas está en camino, así que guardo la
foto a buen recaudo en la mochila y vuelvo a mirar a mamá para asegurarme de
que esté más o menos tranquila. Me sobresalta comprobar que no lo está en
absoluto. Tiene el rostro de un rosado poco natural y mueve la boca de un lado
a otro, como si algo se le hubiera quedado atascado debajo de la dentadura
postiza.
Me digo que no debo asustarme, me
deslizo de la cama, me inclino y susurro:
—Tranquila, mamá, estás bien.
Se supone que eso debería
tranquilizarla, pero está claro que no funciona, porque ahora emite sonidos
guturales, como si se estuviera ahogando o tratara de hablar.
Tengo las palmas pegajosas de un
sudor con olor a chocolate. Lo último que quiero es que los Ángeles sepan que
he alterado a mi madre, pero no puedo negar que lo he hecho.
Los sonidos guturales continúan y
poco a poco se convierten en una palabra. Suena como sour, «agrio» en
inglés, con una especie de «sh» al final, y la repite una y otra vez. También
intenta mirarme, girando el cuello con esfuerzo, desesperada por encontrar mis
ojos, como si eso de sour fuera importantísimo.
—¿Qué ocurre, mamá? —pregunto, tan
cerca de su oído que puedo oler el agua de colonia que algún alma bondadosa le
ha aplicado allí—. ¿Sentiste algún olor agrio en la habitación? ¿Se derramó
leche?
No estoy preparada para la
ferocidad de su respuesta.
—¡Nein! —dice con absoluta claridad—.
¡Nein! —repite, y esta vez parece más un gruñido. Un gruñido en alemán.
Durante todo este tiempo, el
tintineo del carrito del té se ha ido acercando, y ahora advierto que se ha
detenido frente a la puerta. Ruego que el Ángel del Té de hoy sea Bisi
–diminutivo de Olabisi, que significa «la alegría se multiplica»–, corro a abrir
y, sí, es ella. La dulce y bondadosa Bisi, con esa sonrisa que siempre parece
reservada especialmente para mí.
Quizá Dios exista…
Salgo, dejo la puerta entornada
detrás de mí e invento para Bisi una historia sobre una mala noticia que he
tenido que darle a mamá. Mientras recibo la taza y el plato de galletas
rellenas de crema de vainilla que me entrega, me oigo decir:
—La verdad es que está más alterada
de lo que esperaba. Quizá me quede a pasar la noche. ¿Está libre la habitación
de huéspedes?
Bisi me aprieta el brazo y saca el
teléfono. Después de dar varios toques certeros con una uña roja
inconcebiblemente larga, sonríe de oreja a oreja.
—Está libre —dice—, y ahora es
tuya. —Antes de alejarse con el carrito, añade—: Qué buena hija eres, tan
atenta con tu madre.
Y vuelve a apretarme el brazo.
Me invade esa calidez de quien se
sabe virtuosa y, mientras dejo el té y las galletas sobre la mesa de mamá, me
consuelo pensando que, en realidad, Bisi tiene razón. Soy una buena hija, una
hija atenta.
Lo soy.
Mamá ya no tiene palabras, pero,
mientras compruebo la temperatura del té y le acerco la taza a los labios,
repaso su dramático arrebato.
Había dicho sour, una y otra
vez, que en alemán suena igual, sauer, y, como en inglés, significa
«ácido». Sin embargo, en ambos idiomas también puede significar «enojado», así
que quizá quisiera decir que estaba enojada conmigo, lo cual tendría mucho
sentido.
Yo también estoy bastante enojada,
así que, después de sumergir con cuidado una galleta en el té y llevarla –a la
velocidad del rayo– a la boca abierta de mamá, le digo que me quedaré a pasar
la noche y que volveré a verla más tarde. Como no hay la menor reacción, me
retiro sin entusiasmo.
Ya casi es hora de almorzar y los
Maltesers son un recuerdo lejano, así que voy a la cafetería, compro dos
sándwiches de queso, un café y tres KitKats y, por fin sola en mi agradable
habitación blanca, me lo devoro todo. Llamo a casa para decirle a mi marido que
no volveré hasta mañana; después saco la foto de la mochila y la someto a un
examen minucioso.
A la sombra del imponente Schatzalp
está la Villa Bel’Air, la casa familiar en la que el padre de mamá –a quien yo
llamaba Papa– también tenía su farmacia. Hay dos grandes balcones, uno en cada
piso, y en el de abajo están inscritas las palabras «Apotheke» y «Chemist», en
enormes mayúsculas que, por algún motivo, imagino doradas.
Entre las palabras doradas hay una
cruz, flanqueada por dos serpientes con la cabeza metida en sendos crisoles. En
mi imaginación, también las serpientes y los crisoles son de oro.
El sol entra con fuerza por la
ventana de la habitación y, sin dejar de mirar las serpientes doradas,
entrecierro los ojos. Ahora las veo desenfocadas, ondulando suavemente arriba y
abajo mientras beben de sus recipientes de oro y, hipnotizada, siento que mis
pensamientos se alejan a la deriva.
¿Qué habrá en los crisoles?, me
pregunto, somnolienta. ¿Opio? ¿O el oro de los filósofos? ¿El elixir de la
juventud?
Mis ojos regresan con pesadez al
primer balcón y allí, justo encima de la serpiente de la derecha, está Papa.
Lleva un traje negro, y el bigote, que recuerdo blanco y erizado como un
cepillo de dientes, también es negro y de una espesura exuberante.
Mientras el sueño me envuelve, veo
que tiene una criatura en brazos. Una bebé.
Mi madre.
Cuando despierto, el sol está bajo,
las sombras son largas y la fotografía de la Villa Bel’Air está en el suelo.
Aunque el estómago me reclama una cena de pescado, no cedo. En cambio, abro el
teléfono, selecciono el modo de IA y escribo: «Villa Bel’Air, Davos, década de
1920, Thomas Hannay, farmacéutico».
Más rápido, sin duda, que la
velocidad del sonido, recibo tanta información que me abruma; pero, aunque
resulta fascinante recordar que Papa era pintor, poeta y un talentoso
lingüista, ahora estoy buscando otra cosa.
Recuerdo la angustia de mamá al
mirar la fotografía y la palabra –la palabra alemana– que tanto se esforzaba
por decir.
Sauer. Seguida de un sonido
«sh»…
Desde un pasado remoto me llega una
palabra que mi madre me enseñó.
Sauerstoff.
«Oxígeno».
La IA me invita a «Preguntar
cualquier cosa», así que escribo «oxígeno» y me informa que, a principios del
siglo XX, Davos era el epicentro mundial del tratamiento de enfermedades
respiratorias, en particular de la tuberculosis. Farmacéuticos como Hannay se
encargaban de suministrar oxígeno en cilindros a presión.
El corazón me late tan rápido que
me preocupa, así que guardo el teléfono en el bolsillo, voy a toda prisa al
supermercado Waitrose del barrio, compro cuatro latas de gin-tonic y me obligo
a regresar despacio.
Con las latas en la mochila y el
sol de la tarde sobre los hombros, estoy más tranquila. Mientras camino, pienso
en lo fácil que es la vida ahora que mamá está al cuidado de los Ángeles; pero,
cuando abro la puerta de la residencia, me asalta un pensamiento incómodo.
Me he acomodado. Poco a poco, con
los años, he ido espaciando las visitas y –peor aún–, cuando vengo, no se me
ocurre nada que decir para hacer más agradable el rato a las dos. Una vez
cumplidas las formalidades iniciales, lo único que hago es sentarme y
preguntarme cuándo podré irme sin quedar mal.
Pero lo de hoy ha sido una llamada
de atención. Ese rubor anormal, esa respiración entrecortada, me recordaron lo
cerca que podría estar el final de mamá. El poco tiempo que me queda para
mejorar esa pequeña vida suya, tan pobre.
De vuelta en la habitación, abro
una de las latas de un tirón, doy un buen trago de ginebra y, de pronto
–¡bingo!–, se me ocurre toda una serie de cosas maravillosas que podría
conseguirle a mamá para mejorarle la vida.
Grandes macetas frente a su
ventana, con flores perfumadas. Un comedero para pájaros. Una radio.
Almohadones de colores vivos. Y –lo más importante– apretarle el brazo de vez
en cuando, darle alguna suave palmadita en la cabeza. Seguro que puedo hacerlo.
Seguro. Que puedo.
Durante un rato floto, dichosa, en
mi mar de buenas intenciones. Entonces suena el teléfono: es Bisi, que me pide
que vaya de inmediato a la habitación de mamá. Aunque su voz es muy serena,
percibo una nota de preocupación. Completamente despabilada, corro por el
pasillo, con las alarmas machacándome el cerebro.
La puerta está entreabierta y
personas de semblante grave entran y salen a toda prisa, llevando aparatos
inquietantes. Pegada a la pared del pasillo, distingo tubos e indicadores que
oscilan, oigo el suave zumbido del suministro de oxígeno y, por encima de todo,
un pitido insistente que parece anunciar algo importante.
Estoy convencida de que mamá está a
punto de morir y las piernas se me vuelven de agua cuando recuerdo aquella
disparatada lista de cosas para mejorarle la vida que hice hace menos de una
hora. Quiero gritar ante la angustia inútil de todo aquello.
Entonces recuerdo la urgencia con
que había dicho aquella palabra, Sauerstoff, y las piernas terminan por
ceder. Con la cabeza entre las rodillas, desesperada por no desmayarme, pienso:
«Nunca voy a saber por qué la dijo». Y después, mientras siento que pierdo el
conocimiento: «Al final, nunca, nunca voy a tocarla…».
Lo siguiente que recuerdo es que
estoy en mi cama y un Ángel –no Bisi, pero igual de bondadoso– me refresca la
cara con un paño frío y me dice que estoy bien.
No me siento bien en absoluto.
—¿Cómo está mamá? —pregunto.
Para mi alivio, el Ángel sonríe y,
aunque con cautela, me dice que ahora está estable y duerme. Después me entrega
un vaso de agua, me asegura que puedo contar con ella si la necesito y se aleja
flotando.
Digo «flotando» porque, desde que
recobré el conocimiento, me siento extrañamente irreal e ingrávida, como si me
observara desde arriba. En un intento de volver a afianzarme en la realidad, me
bajo con cuidado de la cama, recojo la fotografía de la Villa Bel’Air y examino
la serpiente dorada que está justo debajo de los pies de mi madre bebé.
Es entonces cuando, en vez de
volverse más reales, las cosas toman un giro decididamente sobrenatural.
Ahora bien, en este punto debo
asegurarles que no soy una persona fantasiosa. No me interesan la religión, el
espiritismo ni la magia, y, en lo que respecta a la alquimia, no tengo
paciencia para la visión de las cosas a lo Harry Potter. A mi juicio, los
alquimistas no eran más hechiceros que yo, sino químicos honrados y laboriosos
que buscaban la verdad sobre las propiedades de la materia.
Así que, cuando digo que la
serpiente que estaba debajo de los pies de mi madre levantó lentamente la
cabeza del crisol y, con un movimiento casi coqueto de la cola, se volvió hacia
mí, tendrán que sacar sus propias conclusiones.
Quizá aún no estuviera del todo
despierta. Quizá la tensión de aquel día me hubiera trastornado. Quizá
–probablemente– hubiera bebido demasiada ginebra. Fuera lo que fuese, la
extraordinaria visión no termina ahí. Lo mejor, como suele decirse, está por venir.
Porque, ante mis ojos atónitos, la
serpiente se muerde la cola y forma un círculo perfecto. Mientras contemplo
cómo su final se convierte en su principio y su principio en su final, es como
si el Tiempo mismo dejara de existir.
Entonces oigo con absoluta claridad
la voz de mi madre: una voz mucho más joven, aunque, por desgracia, no menos
agobiada. En el resplandor dorado de la serpiente, convertida ahora en un
uróboros, símbolo de la eternidad, escucho la historia que ya estaba enterrada
en lo más profundo de mi memoria; todo encaja y comprendo.
Cuando el resplandor se desvanece y
la serpiente vuelve a su lugar, encima del letrero de «Apotheke», me siento
maravillosamente tranquila, como ocurre cuando por fin se resuelve un enigma.
Sin embargo, persiste una corriente soterrada de horror que, por el momento,
aparto; y, mientras todo sigue fresco en mi memoria, abro Google.
«A principios del siglo XX
–escribo–, el joven aprendiz de Thomas Hannay, farmacéutico de la Villa
Bel’Air, en Davos, Suiza, murió al explotar el cilindro del que intentaba
suministrar oxígeno. ¿Fecha?».
La IA tarda más de lo habitual en
informarme de que la explosión mortal que casi destruyó la Villa Bel’Air
ocurrió el miércoles 23 de noviembre de 1921, y que su estruendo resonó por
todo el valle del Landwasser; pero, a estas alturas, ya no me interesan los
datos ni las cifras.
Solo puedo pensar que, cuando mamá
tenía apenas ocho años, su vida idílica quedó hecha pedazos y nunca pudo
recomponerse. Durante un rato, incapaz de moverme, trato de imaginar el
espantoso estruendo que retumbó por el Schatzalp, los gritos mientras la Villa
Bel’Air se desgarraba, y la consternación, la desolación y –al menos entre los
adultos– los reproches mutuos que debieron de venir después.
No es extraño que mi madre se
convirtiera en una adulta que se sobresaltaba con el menor ruido y no confiaba
en nadie. No es extraño que ni siquiera pudiera tocar a su propia hija.
Arranco la anilla de otra lata y me
echo el contenido por la garganta.
A la mañana siguiente, cuando voy a
ver cómo está mamá, me sorprende gratamente encontrarla en su sillón, envuelta
en una manta. Y no está sola.
Sentada en la cama, con las piernas
cruzadas, hay una chica de unos quince años, con una explosión de rizos negros
surcados por mechones verdes, varios piercings y unas gafas grandes que la
hacen parecer una lechuza muy bonita.
Me saluda con un gracioso
movimiento de la mano.
—¡Hola! Soy Raine —dice, con una
voz dulce como una canción—. Vengo todos los jueves a leerle a tu mamá para mi
acreditación de Participación Comunitaria de la SQA.
Levanta un viejo libro de bolsillo
que reconozco como el ejemplar de mamá de La montaña mágica, de Thomas
Mann. En la cubierta hay una pintura de Davos, con el Schatzalp al fondo.
—Lo encontramos allá arriba, en el
estante —explica Raine—, y pensamos que le gustaría por la montaña, la nieve y
todo eso…
Miro a mamá con cautela.
—¿Y le gustó? —pregunto, y veo que
intercambian una sonrisita cómplice.
—No mucho —admite Raine—. Es decir,
en realidad no pasa nada. Solo hay unos enfermos que se toman la temperatura
todo el tiempo. —Se anima—. Traje uno de los míos para probar.
Saca otro libro de su bolso. El
título está escrito con letras góticas y la cubierta es predominantemente
negra, con algunas manchas carmesíes.
—Es uno de Crónicas vampíricas
—me dice Raine, con una amplia sonrisa—, y de verdad, es increíble. Y, si le
gusta, tengo muchos más…
Hago una pausa antes de preguntar:
—¿Había una fotografía dentro de La
montaña mágica?
Se hace el silencio. Raine se
muerde el labio y después asiente.
—Se la mostré porque pensé que le
gustaría, por ser suiza y todo eso, pero se puso muy mal —dice—. Lo siento
muchísimo.
Por un momento parece tan desolada
que creo que va a llorar.
Me acerco, recojo La montaña
mágica y lo meto en la mochila.
—Te aseguro que ya lo ha olvidado —le
digo a Raine—. Y te agradezco muchísimo que hagas esto. A mamá le van a
encantar esos vampiros.
Abro el cajón de las golosinas,
saco un montón de barras de chocolate, caramelos de goma y Smarties y se lo
dejo todo en el regazo.
—Todos le traen dulces —explico—, y
a ella no le gustan demasiado.
Me dirijo a la puerta, pero, antes
de irme, me coloco detrás del sillón de mamá. Me inclino, le rodeo el cuello
con ambos brazos y le doy el abrazo más cálido de que soy capaz.
—Cuídate, mamá —le digo—. Vendré a
verte la semana que viene. ¿De acuerdo?
Cae una lluvia fina mientras camino
hacia el auto y ha salido el sol, que hace brillar el asfalto como el oro.
Quizá más tarde haya un arcoíris…
Franzeska Ewart nació en Stranraer y
reside en Kilbirnie, Escocia. Ha escrito libros para niños durante más de veinte
años, principalmente para el grupo de edad de 8 a 10 años, y varias de sus obras
fueron seleccionados como «Libro de la semana» por *The Guardian*. En 2022
recibió el premio Scottish Children's Book Award. Su adaptación de *La
tempestad* de Shakespeare sigue siendo publicada por Bloomsbury. Durante los
últimos diez años se ha dedicado principalmente a la autopublicación de ficción
para adultos y también escribe letras de canciones y poesía.




