Giorgio Sangiorgi
Era de noche cuando
Cochix llegó y creía que ya no le quedaba ninguna esperanza.
—¡Pero quién diablos me mandó hacer
esto! —exclamó Alberto, dirigiéndose a las estrellas.
Sin embargo, ya sabía la respuesta
porque, cuando el jefe de los scouts lo había invitado a aquella excursión
«para ver si le gustaba la vida al aire libre», había aceptado con entusiasmo.
Que la vida al aire libre no le iba
a gustar era, en realidad, algo previsible, dado que lo que más le gustaba era
quedarse en casa frente a la PlayStation. Sin embargo, al aceptar aquella
propuesta, su propósito era muy distinto: esperaba encontrar amigos por fin.
Personas que lo aceptaran tal como era, sin tratarlo como un excremento de
mosca. Para un muchacho de doce años, sin novia y sin amigos, aquello era de
suma importancia.
Pero el intento había fracasado y
los buenos scouts apenas lo habían soportado desde el principio. Tanto era así
que, en cuanto el jefe le pidió a él y a otros tres que fueran a buscar leña al
bosque, los otros empezaron a caminar a buen paso, con el evidente propósito de
dejarlo atrás.
Él los había seguido a duras penas
mientras pudo, pero su peso excesivo, debido a la impresionante cantidad de
bocadillos que acostumbraba a engullir durante un día normal, pronto lo había
dejado fuera de combate. Así que se había quedado solo en la espesura del
bosque y enseguida se había perdido.
Ahora que había caído la noche,
estaba realmente furioso y asustado. Nunca había dormido siquiera en una tienda
de campaña, mucho menos a la intemperie, en la oscuridad de un bosque. Además,
le habían dicho que desde hacía algunos años los lobos habían regresado,
procedentes de los países del este. Y con ellos los osos, los jabalíes y quién
sabía qué más.
Exhausto, se arrodilló y lloró un
poco. ¿Lo estarían buscando? ¡Pero qué vergüenza de mierda!... Mejor morir,
pensaba confusamente.
Entonces, una luz lejana le dio un
atisbo de esperanza.
Cualquier punto de referencia era
mejor que nada, y donde había luz eléctrica seguramente no había fieras.
Tuvo que esforzarse bastante para
llegar al lugar deseado, porque estaba más arriba, en una especie de pequeña
colina que se elevaba entre los árboles. Mientras subía por la ladera, en parte
a cuatro patas, su entusiasmo se iba enfriando.
La luz que vislumbraba en la cima
no era lo bastante intensa como para indicar la presencia de un asentamiento
humano, un lugar de civilización tecnológica. A lo sumo podía ser el campamento
de alguien. No era gran cosa, por tanto, pero seguía siendo un lugar donde
podría pedir ayuda.
Estaba casi en el borde de la cima
cuando advirtió que aquella luz no era fija, sino que pulsaba de manera
extraña. También oía un zumbido.
Antes de hacer el último esfuerzo y
llegar hasta aquella incógnita, se detuvo y cerró los ojos, con la esperanza de
que aún no hubieran avisado a sus padres de su desaparición. No lograba
imaginar cómo podrían reaccionar ante aquella noticia.
Por fin se decidió y llegó a la
cima de la colina.
Se despertó al oír el trino de unos
pájaros. Evidentemente estaba en una cama, pero el agradable contacto con las
sábanas frescas y limpias contrastaba con un dolor sordo que sentía por todo el
cuerpo. Recordaba poco de la noche anterior.
Abrió los ojos y descubrió que
estaba en su casa, en su habitación.
Su madre entró poco después y le
dijo que no se preocupara, porque habían avisado a la escuela de que no
asistiría durante unos días. Luego, antes de salir de la habitación, se volvió
y dijo:
—Lo hiciste muy bien, cariño, al
encontrar el camino tú solo. Pero la próxima vez vuelve al campamento de los
scouts; venir directamente a casa fue un esfuerzo excesivo. ¿No te parece…?
No esperó respuesta y salió.
En los días siguientes, Alberto se
preguntó qué habría sucedido, cómo había logrado volver a casa, pero no
consiguió aclararlo. Con el tiempo olvidó el episodio y siguió obteniendo malas
notas en la escuela, dejándose maltratar por sus compañeros y desahogando sus
frustraciones al engullir cantidades impresionantes de comida.
Hasta el día en que oyó aquella
voz.
—¡Eh, no! ¡Ya basta! Una
protesta tajante había resonado en su cabeza. —Así no vamos a llegar a
ninguna parte.
—Pero… Pero… ¿Quién es? —dijo
Alberto, mirando a su alrededor.
—No estoy a la derecha ni a la
izquierda, Alberto; estoy dentro de tu cabeza.
—Ya está —gimoteó el muchacho—,
ahora también me he vuelto loco.
—Claro que no, tranquilízate
—lo apaciguó la voz—. Soy Cochix y estoy dentro de ti.
—¿Cómo…? —preguntó Alberto,
tragando saliva y palpándose el cuerpo como si quisiera comprobar si tenía
algún bulto extraño en alguna parte.
—No vas a encontrarme así…
—dijo la voz—. Ahora siéntate, porque te debo muchas explicaciones.
Cochix tuvo que esforzarse mucho
para hacerle comprender la situación a aquel niño ignorante. Le explicó que era
un ser de otro planeta que se había estrellado en la Tierra a causa de una
avería en su nave espacial.
El alienígena estaba a punto de
morir por culpa de la atmósfera terrestre, que había empezado a infiltrarse en
el vehículo, cuando, por suerte, había aparecido Alberto. Entonces Cochix se le
había echado encima y, a través de los poros de la piel, se había introducido
en su cuerpo para protegerse. Aquello era una antigua herencia de su pueblo,
que en tiempos remotos se defendía de ese modo de las formas de vida más
peligrosas.
—Debo disculparme —le dijo
entonces—. Consideramos inmoral asumir el control completo de un ser
superior –aunque en tu caso quizá sea una definición un poco aventurada–, pero
no había tiempo que perder.
Finalmente, Cochix había utilizado
el cuerpo de Alberto para ocultar la nave y lo había llevado de vuelta a casa.
Un ejercicio físico claramente excesivo para el muchacho, que se había
desmayado apenas había llegado a la puerta.
—¿Qué vas a hacerme ahora?
—preguntó Alberto, una vez que comprendió mejor la situación—. ¿Me comerás el
cerebro?
Había motivos para perder la
paciencia.
—Claro que no, qué dices
—respondió Cochix—. Pero necesito tu ayuda para regresar a casa, y si sigues
así, en lugar de ayudarme acabarás muy mal.
—Qué… quieres… decir… —balbuceó
Alberto, interpretando la afirmación como una amenaza.
—¡Santa paciencia! Quiero decir
que, si no intervengo, nunca tendrás las capacidades necesarias para ayudarme.
—Claro, yo no valgo nada. Y si lo
dices tú, que estás dentro de mí, debe de ser verdad.
—No es verdad, Alberto. Pero no
conseguirás lo que deseas compadeciéndote de ti mismo y sin esforzarte.
¡Tendremos que trabajar, estudiar y… tendremos que adelgazar!
—¡¿Y eso no son amenazas?!
—No entiendes nada —volvió a
impacientarse Cochix—. ¡Pasarán muchos años antes de que todo esté preparado
para mi regreso a casa, pero tú no llegarás a verlo!… Si no cambias tu
alimentación, morirás en menos de veinte años.
—¿Qué?
—¿Acaso no ves la televisión?
¡Tu madre no mira más que programas en los que les dicen a los gordos cómo
adelgazar!
—No, yo no veo esas cosas; cuando
estoy en la sala pienso en mis asuntos.
—Y haces mal.
—Pero, en fin, ¿qué quieres de mí?
—Intentaré planteártelo de este
modo… Quiero hacer un pacto. Un día, dentro de muchos años, me ayudarás a
volver a casa. A cambio, yo te daré… todo lo que deseas.
Alberto se quedó un momento en
silencio, con la boca abierta. Por un instante creyó encontrarse dentro del
cuento de Aladino.
—¿Harás que consiga también… una
novia?
—No debería ser difícil, pero
tendrás que hacer lo que te diga.
Los que siguieron
fueron años intensos para Alberto. Pero no estuvieron exentos de
satisfacciones.
Había mucho en lo que trabajar.
Ante todo, en su cuerpo.
Lo primero que hizo Cochix fue
modificar los receptores del estómago del muchacho para reducir su constante
sensación de hambre. No contento con eso, le provocaba un considerable malestar
físico cada vez que se acercaba al refrigerador fuera de las horas de comida.
Un día también le propuso un
régimen de actividad física, pero Alberto no quería ni oír hablar de ello.
—Si no haces ejercicio, la dieta
no será suficiente —le dijo Cochix, desesperado.
—No me interesa —respondió el
muchacho, que seguía vegetando frente al televisor de su habitación.
—Entonces hagamos un pacto.
—¿Qué pacto? —preguntó Alberto,
aguzando el oído. Los pactos de Cochix siempre eran muy interesantes.
—¿Conoces Cosmic Sword…?
Era un videojuego que a Alberto le
gustaba mucho, pero que le resultaba demasiado difícil porque sus componentes
estratégicos eran muy marcados.
—¿Sííí…?
—Te ayudaré a completarlo. Pero
cada vez que derrotemos a un jefe, saldrás de casa y te pondrás a correr hasta
que te diga que pares.
Poco después estaban frente a la
consola, jugando como locos. Si Cochix hubiera podido tomar el control de las
manos de Alberto, el asunto se habría resuelto en poco tiempo, pero Alberto no
habría experimentado la satisfacción de alcanzar el resultado. Había algo
educativo en aquellos juegos de los terrestres y Cochix quería aprovechar ese
potencial al máximo. Así que se limitaba a sugerirle al muchacho los
movimientos más eficaces y a explicarle en qué consistían.
Poco después, la madre de Alberto
lo vio salir de casa dando gritos de alegría y, con mayor sorpresa aún, vio que
echaba a correr y desaparecía por el sendero.
Cuando Alberto cumplió quince años,
era otra persona. No se podía decir que tuviera un físico atlético, pero estaba
bien proporcionado, su tez le daba un aspecto saludable y, en conjunto, se lo
podía considerar un muchacho apuesto.
También le iba mucho mejor en la
escuela.
Lo primero que Cochix había tenido
que hacer era intervenir en su cerebro, porque había zonas en las que las vías
neuronales estaban prácticamente atrofiadas, mucho más que la media de los
seres de su especie. Si no había sido tonto desde el principio, el escaso uso
de sus facultades lo había convertido en uno incluso en el plano físico.
Mientras restablecía aquellas
conexiones con paciencia, Cochix hacía todo lo posible para ayudarlo a ampliar
su deseo de conocimiento y, muy pronto, Alberto se convirtió en un muchacho
curioso al que todo le fascinaba.
Sin embargo, los intereses de
estudio de ambos no siempre coincidían, hasta el punto de que a menudo se veía
a Alberto sentado a una mesa con varios volúmenes delante… y no siempre era
Alberto quien leía las historietas. Aquello contribuyó a difundir la idea de
que, en cierto modo, era un muchacho genial.
Le iba bien en la escuela y también
destacaba en las actividades deportivas, de modo que Alberto no tardó en tener
un buen número de amigos, que lo encontraban simpático y estimulante, y de
muchachas, que revoloteaban a su alrededor.
Un día Cochix le dijo:
—Como ves, estoy cumpliendo mi
parte del pacto. He hecho realidad todos tus deseos.
—¿Ha llegado el momento? —preguntó
Alberto con inquietud.
—No, todavía no —respondió
Cochix, y al decirlo comprendió que Alberto estaba más que dispuesto a cumplir
el pacto, pero también preocupado porque aquel día sus vidas se separarían.
Una vez terminados los estudios
secundarios, Alberto aceptó la propuesta de Cochix de obtener un título en
ingeniería en una facultad que abarcaba aquella disciplina en todos sus
aspectos, desde la mecánica hasta la electrónica. Era una carrera privada y muy
costosa y, para conseguir los fondos, Cochix aceptó, excepcionalmente, ayudarlo
a ganar una suma considerable en un casino. Cuando salieron, con los bolsillos
llenos de billetes, los responsables del establecimiento le ordenaron que no
volviera jamás. Habían comprendido que habían utilizado algún sistema, pero no
podían demostrarlo. El sistema era Cochix.
Alberto, tanto con la ayuda del
alienígena como gracias a sus nuevas capacidades personales, completó
brillantemente sus estudios y, el mismo año en que se graduó, se comprometió
con la mujer que sería su esposa.
Con el tiempo, los propósitos de
los dos seres simbióticos se habían vuelto prácticamente idénticos y acordaron
intentar conseguir un empleo en los laboratorios de investigación de la agencia
espacial. Alberto, que gracias a los conocimientos de Cochix estaba un paso por
delante de todos los demás, consiguió el puesto y, en pocos años, se convirtió
en el director de un ambicioso proyecto destinado a desarrollar un motor capaz
de llevar al ser humano a explorar el sistema solar.
Una noche de febrero, el equipo
pudo afirmar que había alcanzado el objetivo, así que se organizó una gran
fiesta que duró varias horas.
Cuando todos se hubieron marchado
–Alberto siempre era el último en abandonar el laboratorio–, Cochix tenía algo
que decir:
—Ha llegado el momento.
—¿Por qué has esperado? —preguntó
el terrestre—. Creo que ya tenías todo lo que necesitas desde hace al menos un
año.
—Al estar contigo, he aprendido
a amar este mundo y a tu gente. El motor Albert es mi regalo para ellos.
—Pero seré yo quien reciba todos
los honores.
—Y ese es mi último regalo para
ti —dijo Cochix, transmitiéndole todo el afecto que podía desde su peculiar
posición—. ¿Te apetece pasar una noche agotadora? —preguntó después.
—Mi esposa está en casa de su
madre. Ningún problema.
Rápidamente volvieron a poner en
marcha algunas de las complejas máquinas del laboratorio y, hacia las cuatro de
la madrugada, siguiendo las instrucciones de Cochix, Alberto había construido
varios circuitos y otros aparatos cuyo funcionamiento o utilidad no lograba
comprender en absoluto.
—Mételo todo en una bolsa
—dijo entonces el alienígena—. Tenemos que hacer una excursión al campo… ¿Te
gusta la vida al aire libre?
Subieron al automóvil y llegaron a
los bosques donde Alberto se había perdido de niño y había conocido a Cochix.
Se internaron entre los árboles y, guiado por su amigo, Alberto no tuvo
dificultades para encontrar la pequeña colina donde había visto aquella luz.
Subió con inquietud, porque no recordaba nada de lo que había visto cuando
había llegado a la cima la primera vez. Pero se sintió decepcionado, porque
allí arriba no había nada.
—¿Dónde está la nave espacial?
—preguntó.
—¿Por qué crees que te sentías
como si te hubieran molido a golpes cuando despertaste? La enterré con tu
ayuda.
—¡Eso explica esto! —dijo entonces
Alberto, sacando de la bolsa una pala plegable.
Trabajaron unos veinte minutos y
pronto la pala tocó una superficie metálica. Sin embargo, las sorpresas no
habían terminado.
—¡Pero es pequeña! —exclamó Alberto
después de desenterrar la nave—. No debe de medir ni un metro. Podría ser una
maqueta.
—Querido Alberto —explicó el
alienígena—, no habrás creído que soy capaz de permanecer dentro de ti
gracias a alguna especie de magia. Lo que sucede es que, comparado contigo, soy
realmente muy pequeño.
Una vez pasado el asombro,
prevaleció la profesionalidad, y juntos abrieron unos compartimentos y
sustituyeron las piezas dañadas. Finalmente, Cochix le dijo:
—Ahora tendrás que trasladarme a
la nave; espero que no te dé demasiado asco.
—¿Qué?
—Lo he pensado mucho. Vuestra
atmósfera es realmente peligrosa para mí. Y la mejor manera de protegerme
durante el traslado es que me expulses por la boca.
—¡Santo cielo! —se lamentó
Alberto—. Pero supongo que también ha llegado el momento de despedirnos.
Después ya no te oiré dentro de mi cabeza. Y me sentiré muy solo.
—Yo también, Alberto. Yo también.
Era el momento de trasladar a su
extraño compañero de vida. Al presionar una pequeña hendidura, Alberto abrió
una escotilla circular y luego apoyó sobre ella la boca abierta, haciéndola
coincidir perfectamente con la abertura. Se habría dicho que estaba besando un
huevo enorme.
Durante un instante un tanto
espeluznante, sintió que algo viscoso se condensaba en su boca y enseguida
salía de ella. Alberto sintió un estremecimiento de repulsión mientras dejaba
la nave en el suelo. Si hubiera podido quedársela, la especie humana habría
dado un salto tecnológico de siglos, pero Alberto ni siquiera lo pensó un
instante. Traicionar a un amigo tan querido era sencillamente inconcebible.
Poco después, el pequeño ovni se
iluminó y desapareció en el cielo.
Alberto se quedó mirando las
estrellas y luego… soltó un estornudo.
Maldición, se estaba resfriando por
quedarse allí. Entonces recordó. Durante todos aquellos años nunca había tenido
ninguna enfermedad, porque Cochix no podía permitírselo y mantenía su sistema
inmunitario en constante alerta.
Pero ahora Cochix ya no estaba, y
si permanecía mucho más tiempo inmerso en aquella humedad, acabaría enfermando
de verdad. Debía ponerse en camino hacia casa, pero antes de marcharse, Alberto
alzó la mirada al cielo y pensó: Gracias, Cochix. Y quién sabe… Ahora que me
has mostrado el camino, quizá algún día vaya a visitarte.
Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.