miércoles, 6 de mayo de 2026

UN CUENTO DIVINO

Miriam Cairo

 

Siempre hemos sido una familia muy religiosa. Los domingos son, para nosotros, fiesta de guardar. Nuestro santo patrono es exigente. La ciudad en que vivimos lleva su nombre. Mi abuelo, mi padre y mi hermano se llaman como él, al igual que muchos otros abuelos, padres y hermanos.

Al santo le gusta navegar. En diciembre la prefectura le prepara una lancha y lo saca a pasear por el río. Es un gusto ver cómo las damas de la caridad le preparan un colchón de flores para embellecer el salvavidas de telgopor, porque el santo no sabe nadar. Cuando sale de la catedral, es acompañado por un séquito de fieles. A su paso, las calles se estremecen y una vez embarcado, en lo profundo del río, los peces peregrinan tras la barcaza en una procesión de escamas.

A él le gustan todos los gestos de la adoración. Se queda quieto durante horas mientras las mujeres le limpian el manto entre risitas y bromas de variados tonos y colores, en tanto los sacristanes le lustran el cayado con ritmo sostenido, con ademán masculino, con ardor devoto. Los hombres y las mujeres se turnan para ungirle el yeso dorado del cabello, pulirle las uñas con piedra pómez, redibujarle las pestañas con finísimos pinceles de pelo de camello y bañarlo de perfume.

A las monjas las carcome un leve celo por sentirse postergadas en esas fechas, cuando a ellas les toca el deslucido día a día con el santo: plumerear telarañas, hacerle novenas, aguantar su indiferencia cotidiana. Pero la irritación se disipa por completo ante la euforia de los festejos anuales. El corazón se les sale del pecho cuando el estruendo de los fuegos de artificio revienta las capas del aire. El alboroto pirotécnico las aturde hasta mitigar el odio que les promueve el amor exigente del santo y las gana una alegría viciosa. Aplauden vivamente el pasar del patrono por el palco oficial. Un orgullo inconfesable las invade cuando el intendente se pone de pie y su amada esposa, como cada año, arroja a la imagen bendita una flor blanca condenada a morir pisoteada por el resto de la comitiva ceremonial. Cada esposa, de cada intendente cumple con el ritual, y el buen santo le retribuye. La prosperidad chorrea sus bienes en casa del mandatario municipal y las licitaciones para la venta de estatuas, velas, rosarios, siempre caen en manos cercanas.

En medio de la procesión, también las catequistas enloquecen de felicidad al paso del patrono y agitan banderitas amarillas y blancas. En el frenesí, las monjas aprovechan a odiar a esas feligresas, que les disputan la preferencia del cura, cuando las muy mundanas ya han parido hijos y tienen el caracol maltrecho por los quehaceres previos y posteriores al parto. Pero los curas, hombres al fin, se dejan revolotear por esas moscardonas alborozadas que mezclan los menesteres de las sagradas escrituras con las cacerolas, los ruleros, las canciones de moda y las lujurias sabáticas.

Yo creo que el cura prefiere a las laicas sólo porque están depiladas. Las monjas creen que por andar peludas van a borrar de la memoria cristiana el convencimiento de que fue una mujer la que nos llevó a la perdición.

Pero el santo que se pavonea por las calles no se preocupa por estas nimiedades pilosas. Eso sí, si hay algo que lo pone frenético, es el mal sonido de los parlantes. Más vale que el sonidista haga bien las cosas para no despertar la ira de este hijo de Dios, pues no sería el primero en pescarse una bronquitis, un mal de ojo, o una urticaria luego de haber frustrado el sermón zalamero de las fiestas patronales.

A tal punto se ha encarnado en el pueblo el recelo del santo, que todos van a verlo pasar por miedo a que su enojo los convierta en desocupados, víctimas de alguna maldición divina que bajo la forma neoliberal les cierre las fábricas, les privatice los servicios o corrompa delegados sindicales, para nombrar sólo algunas de las desgracias a las que la ira del santo nos ha sometido a lo largo de estos años, en esta mística ciudad.

Cuando por fin el patrono llega a la balsa, el agua del río multiplica su barrosa espuma como si enfureciera. Por los parlantes se cantan los salmos y se repiten las letanías. El ruido es ensordecedor, braman los motores de los barcos, se acoplan los micrófonos, se desordenan los vítores al bendito, al intendente de ocasión, al presidente del presente o del pasado. La multitud que aguarda en la costa, se deja llevar por la algarabía camaleónica y aplaude enloquecida hasta que el patrono retorna a la alameda.

Pero nosotros, mi familia y yo, no nos solazamos en algazaras sino que aprovechamos para rezar el rosario y quemar incienso. Somos cuidadosos porque los santos son buenos hasta que dicen basta. A nosotros ya se nos murió un pariente. Los médicos dijeron por indigestión, pero nosotros sabemos que fue porque no quiso prestar su lancha.

Miriam Cairo colabora en el diario Página 12 desde el año 2004, en las contratapas del suplemento Rosario 12 publicando microficciones, textos poéticos y narrativos. La Editorial Abrazos, en el año 2006 editó su libro Culonas y en 2016 con la editorial Tierra de Vientos se publicó Sado Poesía, donde una vez más pone de relevancia el poder creador y erotizante de la palabra. Entre sus actividades del ámbito académico ha participado como expositora en diversas jornadas de investigación y sus textos se divulgan en diferentes antologías y blogs del país y Latinoamérica. A su vez, coordina talleres literarios en las ciudades de San Nicolás y Rosario desde el año 2001.


 

EN EL MÉDICO

Rafael Blanco Vázquez

 

—Caballero. Tiene usted sida.

—¿Está seguro, doctor?

—Los análisis no dejan lugar a dudas.

—Pero eso cómo va a ser, si yo soy virgen.

—Debe de ser el estrés.

—Ah, claro.

—Veamos. ¿Está usted muy estresado últimamente?

—La verdad es que no. Yo vivo de puta madre.

—Ése es el peor estrés, el estrés inconsciente.

—No me lo puedo creer. ¿Y ahora cómo le digo yo esto a mi gato?

—Lo lamento mucho, señor Suárez.

—Yo no soy el señor Suárez.

—¿Ah no?

—Mi documento no deja lugar a dudas. Yo soy el señor Mansilla.

—Uy qué error más tonto. Es que llevo unos días que ni le cuento. ¿Tiene usted hijos?

—No.

—Qué suerte. Quién pudiera. Los hijos sólo dan estrés. Veamos pues los análisis del señor Mansilla. A ver por dónde andan. Aquí están.

—Soy todo oídos.

—Señor Mansilla. Lo que usted tiene es un cáncer como la copa de un pino.

—Pues me viene fatal en estos momentos. ¿Y cáncer de qué?

—De pulmón. ¿Fuma usted?

—No.

—Debe de ser el estrés. ¿Tiene usted hijos?

—No.

—Pues debería. Los hijos son la sal de la vida.

—Es que yo soy de tensión alta.

—Está bien, le perdono.

—Gracias.

—Volviendo a su cáncer, algunos sostienen que es algo que se suele heredar. ¿Hay en su familia antecedentes de estrés?

—Mi madre era bastante nerviosa.

—Ya está. No me diga más.

—Pero mi madre nunca tuvo cáncer.

—Le he dicho que no me diga más. No tengo toda la tarde y sí una fila de pacientes esperando. Un beso a sus hijos de mi parte.

—Adiós, doctor.

—Siguiente. Hombre, señor González. ¿Qué le trae por aquí?

—Creo que me he roto un brazo.

—Debe de ser el estrés.

—¿Usted cree?

—A ver que yo vea ese brazo. Pues sí que está roto, sí.

—Que me he caído, doctor, esta mañana al salir de casa. Iba yo tan tranquilo, pasaron dos tipos corriendo, me empujaron y ya ve.

—Si es que hay mucho estrés en esta vida. En fin. Usted no se preocupe y tómese estos comprimidos.

—¿Y no me escayola el brazo?

—¿Usted no se estará estresando?

—Yo no.

—Que no me entere yo. Adiós, señor González.

—Adiós, doctor.

—Enfermera.

—Sí, doctor.

—Queda usted despedida.

—¿Pero qué he hecho, doctor?

—Estoy harto de que sólo me envíe gente enferma. ¿Qué se ha creído que es esto?

—Pero doctor.

—Ni doctor ni hostias. Quítese de mi vista. A ver si mi mujer contesta al teléfono.

—Sí.

—Querida. ¿Qué hay para cenar esta noche?

—Esta noche como siempre. Sopita caliente, un cachete en los cojoncillos y a la cama.

—Así me gusta.

—Ya sabes que yo por darte gusto a ti, cariñito.

—Salgo para allá. Un beso, linda.

—Un beso, amor.

Rafael Blanco Vázquez nació en Huelva (España) en 1972. Vivió algún tiempo en San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina, pero ya está de regreso en su tierra. Es escritor y traductor de francés. Ha traducido a Alexandre Dumas, François Weyergans, Santiago Auserón, Catherine François, Henri Bergson. Como escritor, cultiva la literatura breve. Algunos de sus cuentos aparecen en los blogs “Breves no tan breves” y “Químicamente impuro”. De vez en cuando escribe poesía. Su cuento “Banda sonora” ha sido seleccionado para la antología “Boxing Day” de la editorial LCK15. También ha actuado en varios cortometrajes cuyos guiones ha escrito solo o en colaboración con el cómico Fernando Villena. Su cuento “Caspa” ha sido adaptado a cortometraje por Carolina Borrero Arias, con él como protagonista. Su blog es: www.elhamsteryotroscuentos.blogspot.com

 

UNA VELADA POCO ORDINARIA

Ivan Brankovic

 

La lluvia fría y monótona no mostraba intención alguna de detenerse. Aparte de ella, no había un alma viva en las calles. Se cubrió la cabeza con la chaqueta y siguió caminando encorvada, intentando proteger el rostro de las gotas heladas que le golpeaban como diminutos pero intensos latigazos. Aunque iba bien abrigada, sentía el agua fría penetrar en sus pantalones y sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que su chaqueta, y luego el resto de su ropa, quedaran empapadas. Se maldijo por no haber retirado el dinero del cajero automático más temprano ese día, obligándose ahora a salir con ese clima horrible.

Se detuvo frente al cajero automático y sacó la billetera con los dedos entumecidos. En cuanto insertó la tarjeta, oyó pasos detrás de ella por encima del ruido de la lluvia. Se dio vuelta y se encontró frente a un cuchillo. El cuchillo estaba en la mano de un joven con una sudadera roja, que permanecía allí, empapado como una rata, intentando en vano dejar de temblar por una mezcla de adrenalina y frío.

—Dame el dinero —murmuró el sujeto. Llevaba una bufanda negra cubriéndole casi todo el rostro.

Ella suspiró profundamente y se quitó la chaqueta de la cabeza con facilidad, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos. Él estaba confundido. Esperaba miedo o pánico de su parte; se suponía que él debía tener el control de la situación. Por suerte para él, tenía el rostro cubierto, porque en ese momento la expresión debía ser de confusión, seguida de alarma. Ella suspiró de nuevo y comenzó a hablar con el tono más plano posible.

—Amigo, antes de que hagas algo estúpido y arruines tu vida, déjame plantear algunos hechos. —Él parpadeó, totalmente desconcertado por su calma. Para ella, eso era una señal de que estaba a punto de tomar el control de la situación—. Ese cuchillo que tienes en la mano es un cuchillo de cocina —dijo, como si señalara que su pene era simplemente demasiado pequeño. Él miró hacia abajo instintivamente, solo para darse cuenta de que ella tenía razón. Era realmente un cuchillo de cocina barato. El pobre tipo seguramente lo había robado de su casa—. Y la hoja es ancha. Es un cuchillo para cortar, no para apuñalar. Verás, con ese cuchillo, a través de tres capas de ropa mojada, no puedes infligir una herida grave. Además, mis conocimientos de medicina me ayudarán a evitar cualquier herida fatal. Sé dónde puedes apuñalarme. De hecho, probablemente me apuñalaría yo misma contra tu cuchillo y así me salvaría. —Vio cómo la hoja empezaba a temblar aún más. Era una señal clara de que la confusión estaba perdiendo la batalla frente al miedo. Y el pánico siempre era el resultado de esa lucha—. Además, tengo uñas largas —continuó, sabiendo que su presa ya había mordido el anzuelo—. Intentaría arañarte para tener tu ADN bajo mis uñas. Eso lleva a que, si no me matas, el ADN y mi testimonio serían suficientes para que la policía llegue directamente a tu puerta en unas… cinco horas como máximo. —El pánico emergió del caos que la confusión y el miedo habían dejado en el cuerpo del joven, haciéndolo temblar de la cabeza a los pies. Intentó reprimirlo enderezándose y estirándose con nerviosismo. Para ella, era el momento de presionar el ataque—. Si das un solo paso, empezaré a gritar. Como puedes ver… —sacó un teléfono del bolsillo; había logrado desviar su atención lo suficiente como para meter la mano— …ya marqué al 911. ¡Ahora escucha! —Elevó la voz por primera vez y el joven se tensó. Ni en sus sueños más salvajes habría previsto algo así. Ella sostenía las riendas de la situación con tanta firmeza que lo único que él podía hacer era quedarse allí y esperar que ella terminara rápido—. Veo que tienes prisa, así que iré al punto. Corres el riesgo de terminar en prisión por robo a mano armada e intento de asesinato, o asesinato, si lograras matarme. Así que, amigo, respóndeme esto: ¿estás dispuesto a correr el riesgo de convertirte en la “pareja” de algún tipo grande en prisión durante los próximos quince o veinte años por… unos pocos cientos de dólares?

El pánico ahora brotaba por cada poro del cuerpo del joven. Empezó a temblar sin control y la bufanda se le cayó del rostro, revelando que aún era un adolescente. Gruesas lágrimas cálidas corrían por su cara, y ni siquiera intentaba limpiarlas. No quedaba agresividad en él. No, el pánico lo había invadido todo. Ella supo que había ganado. Reprimió una sonrisa, recordando una de sus citas favoritas de El arte de la guerra: «Toda batalla se gana antes de ser librada».

Para ella, sin embargo, ganar la batalla no significaba que no debiera mostrar compasión hacia su enemigo.

—Puedo ver que estás en crisis, por eso estás haciendo esto, ¿verdad? No voy a decirte que deberías ir a terapia. Es tu maldito asunto. Si hubieras querido, no estarías aquí, ¿no? —Ni siquiera esperó una respuesta—. Toma, estos diez dólares. Digamos que obtuviste algo de mí, ¿sí?

El chico negó con la cabeza, dejó caer el cuchillo en el barro frente a él, tomó el dinero y desapareció en la oscuridad.

—Oye, amigo, ¿tu cuchillo?

Pero, como era de esperar, ni siquiera se dio vuelta.

Ella recogió el cuchillo del barro y lo llevó hasta el contenedor de basura más cercano. No quería asustar a nadie dejándolo cerca del cajero. Luego se dio vuelta, retiró el dinero de la máquina y siguió por la calle. No se molestó en cubrirse la cabeza con la chaqueta. Su cabello ya estaba empapado, y ahora un hilo de agua fría le corría por la espalda. No hacía tanto frío, así que su espalda, especialmente la parte media, estaba cubierta de sudor caliente, haciéndola estremecerse con cada paso. Maldijo en voz alta y empezó a caminar más rápido, intentando obligarse a pensar en otra cosa.

Esas situaciones eran el lado positivo de su habilidad. Alguien podría pensar que ser incapaz de sentir estrés era algo grandioso. En cualquier situación, su cerebro funcionaba a la perfección, y aquella no era la primera vez. En su línea de trabajo, trataba con personas mucho más peligrosas que ese chico. Y siempre era buena en ello, porque el control siempre estaba en sus manos.

Pero era más complicado de lo que cualquiera creía.

Era incapaz de sentir placer. Por más que lo intentara, no había nada en su vida que pudiera hacer que su corazón se acelerara. La adrenalina simplemente no era una de las hormonas favoritas de sus glándulas. Por eso había probado muchas cosas. Los deportes extremos eran demasiado simples para ella. No existía el miedo a “paralizarse” en un momento y perder el control. Un hombre le dijo una vez que debería probar las carreras de autos, pero ella odiaba los autos y a los hombres que los amaban. Tenía que intentar otra cosa. Y esa noche había tenido su oportunidad.

Llegó a su edificio y empezó a subir las escaleras, dejando un rastro de huellas mojadas detrás. Abrió la puerta del apartamento, se quitó la chaqueta y fue a la cocina.

—Ya tengo el dinero —dijo al grupo de personas que la esperaba para empezar una partida de póker—. Esperen un minuto, tengo que cambiarme. Estoy empapada.

Ivan Branković nació en 1983, el mismo día en que una alarma soviética defectuosa casi desencadenó la Tercera Guerra Mundial, un hecho que podría interpretarse como una profecía o una simple coincidencia, según la perspectiva de cada uno. Desde niño, ha estado obsesionado con los libros y los cómics, hasta el punto de que sus padres le prohibieron ir a la biblioteca a menos que mejorara sus calificaciones. Si le preguntas por su autor favorito, probablemente te dará una lista de al menos cincuenta nombres. Hasta la fecha, ha escrito cuatro novelas: Prometejev dnevnik, Projekat Herkules, The Uncommoner’s Gene y The Man Who Mocked; un episodio del cómic Lightstep Chronicles; ha trabajado en una docena de videojuegos y salas de escape en vivo; e incluso obtuvo una maestría en dramaturgia.

 

martes, 5 de mayo de 2026

ACTIVISTAS EXTRATERRESTRES POR LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES UTILIZAN EL “PIZZAGATE” COMO UN MEDIO PARA LOGRAR SUS FINES ECOLÓGICOS

Marleen S. Barr

 

La Ley de Especies en Peligro, que durante cuarenta y cinco años ha protegido a la fauna vulnerable al tiempo que ha bloqueado la ganadería, la tala y la perforación petrolera en hábitats protegidos, está siendo atacada por legisladores, la Casa Blanca y la industria en una escala no vista en décadas. Las acciones [diseñadas para debilitar la ley] incluyeron un proyecto de ley para eliminar las protecciones del lobo gris en Wyoming y en la región occidental de los Grandes Lagos; un plan para evitar que el urogallo, un ave del tamaño de una gallina que habita millones de acres ricos en petróleo en el oeste, sea incluido en la lista de especies en peligro durante la próxima década; y una medida para retirar de la lista de especies en peligro al escarabajo enterrador americano, un insecto con manchas anaranjadas que durante mucho tiempo ha sido la pesadilla de las compañías petroleras que desean perforar en la tierra donde vive”—Coral Davenport y Lisa Friedman, “Impulso para debilitar la ley que protege a la fauna en riesgo”.

New York Times, 23 de julio de 2018.

 

Kyra, Myra y Shyra –estudiantes de posgrado en biología del planeta Zoonotic que tenían como especialización secundaria la política estadounidense– viajaban por la Autopista Intergaláctica en busca de animales en peligro de extinción para preservarlos. Al entrar en la Vía Láctea, sabiendo que los humanos estaban deteriorando su entorno, se dirigieron directamente a la Tierra. Mientras flotaban sobre Washington D. C., Kyra se sintió desalentada.

—La fauna terrestre está amenazada hasta un punto que supera nuestros superpoderes y capacidades zoonoticianas para salvarla —dijo Kyra a sus compañeras.

—No es así —respondió Myra—. Podemos unir nuestras grandes cabezas y elaborar un plan. Podemos utilizar una conspiración estadounidense a nuestro favor. Pizzagate, por ejemplo.

—¿Pizzagate? —preguntó Shyra.

—Sí, Pizzagate —continuó Myra—. La conspiración sostiene que Hillary Clinton envió correos electrónicos que contenían mensajes codificados que conectaban a altos funcionarios del Partido Demócrata y restaurantes estadounidenses con una supuesta red de tráfico humano y explotación sexual infantil. Un restaurante de Washington D. C. llamado “Comet Ping Pong Pizzeria” ocupa un lugar central en las acusaciones. Los terrícolas estadounidenses no tienen idea de que “cometa” señala la participación de la directora de mi tesis. Ella utilizó la telepatía para instigar la conspiración para que pudiéramos usarla como cobertura para nuestra agenda de bienestar animal. Obligó a los conservadores a difundir la teoría conspirativa de Pizzagate en las redes sociales. Podemos usar Pizzagate para manipular a los terrícolas conservadores estadounidenses, hacerlos rebotar como en un juego de ping pong para que estén distraídos y no tengan idea de nuestro objetivo. Para intensificar la situación, mi directora hizo que un hombre de Carolina del Norte disparara dentro de la pizzería. Esta es nuestra oportunidad de secuestrar a un legislador conservador, encerrarlo en el almacén de la pizzería e inculcarle algo de conciencia ambiental.

—¿A qué conservador deberíamos secuestrar? —preguntó Myra—. Encerrar a uno es válido. Sé que eso es lo que los conservadores no dejan de decir que quieren hacer con Hillary. Pero hay tantos conservadores que, francamente, no les importa en absoluto la fauna.

—Yo voto por Mitch McConnell —sugirió Kyra—. Habitualmente realiza acciones conservadoras perversas. Además, está relacionado con los animales porque el elenco de Saturday Night Live lo representa como una tortuga. Permítanme ser específica. La Ley de Especies en Peligro, que protege a la fauna vulnerable, está siendo atacada por legisladores republicanos. Las acciones diseñadas para debilitar la ley incluyen un proyecto para eliminar la protección del lobo gris, el urogallo y el escarabajo enterrador americano. Podemos transformarnos en estas especies, materializarnos en la pizzería y desafiar a McConnell. Los operadores conservadores, que están ocupados acusando a Hillary de abuso infantil, no notarán lo que estamos haciendo.

—De acuerdo —coincidieron Myra y Shyra.

Las zoonoticianas transportaron a McConnell al almacén de la pizzería, se materializaron allí y lo enfrentaron.

McConnell quedó desconcertado al encontrarse encerrado en una pizzería acompañado por animales e insectos no humanos que hablaban.

—Siéntese —dijo Kyra/loba.

—Trump se quejó conmigo de cuánto odiaba a ese horrible Michael Wolff y su invectiva de fuego y furia. Ahora tengo que lidiar con una loba parlante con enormes colmillos. Voy a llamar a mi equipo de seguridad —gruñó McConnell.

—La resistencia es inútil. Si se queja, parecerá desequilibrado —dijo Kyra/loba.

—Soy el líder de la mayoría del Senado. ¿Eres el lobo feroz? ¿Estás relacionada con Wolf Blitzer? Eres noticias falsas.

—Sí, soy el lobo feroz en relación contigo. Prepárate para desempeñar el papel de mi oveja. Estoy aquí como acto de venganza. Debido a que estás destruyendo la Ley de Especies en Peligro, mis compañeras lobas grises están en peligro. Lo mismo ocurre con el escarabajo enterrador americano y el urogallo. Tu desprecio por la conservación hará que te veas inundado por lobos, urogallos y escarabajos sobrenaturales. Si no proteges a las especies en peligro, te devoraré. Además, soplaré y resoplaré y derribaré tu mayoría en el Senado. Siempre puedo traer de vuelta a tu abuela de entre los muertos y comérmela también. ¿Cómo te sentirías usando una capa roja y llevando una cesta?

—Déjenme salir de este almacén de la pizzería inmediatamente —exigió McConnell.

—De ninguna manera —chirrió Myra/escarabajo enterrador.

McConnell, agotado, se recostó sobre una pila de cajas de pizza desechadas. Al cerrar los ojos mientras Myra/escarabajo se replicaba, se dio cuenta de que las cajas apiladas albergaban un enjambre de escarabajos enterradores americanos. Comenzó a aplastarlos.

—Aplastarnos no te llevará a ninguna parte —dijeron Myra/escarabajos—. Somos inmortales. No podemos ser aplastados.

—Uso insecticida contra las cucarachas de Kentucky. ¿Quieres decir que ni siquiera eso funcionará?

—En absoluto. Debido al daño que estás causando a la fauna, nosotros, los escarabajos enterradores, te someteremos a un tormento peor que el de las diez plagas de Egipto. Somos más horribles que las plagas de piojos, moscas y langostas. Cuando nos arrastremos sobre ti, rogarás que te cambien chinches por escarabajos. Lo peor de todo es que eres la única persona que puede vernos y sentirnos.

Cuando McConnell buscó alivio subiéndose a cajas llenas de salsa de tomate, apareció una bandada de urogallos enfurecidos que volaron sobre su cabeza.

—Querías provocar nuestra extinción —tuiteó Shyra/urogallo—. Aunque la venganza es dulce, no lo es nuestro método de venganza. A la cuenta de tres, suelten —dijo a la bandada. Una gran masa de excremento de ave cayó sobre la cabeza de McConnell.

Molesto por estar cubierto de insectos y excrementos de aves, McConnell intentó limpiarse.

—¿Has tenido suficiente? ¿Estás listo para dejar de promulgar legislación perjudicial para la fauna? —preguntaron al unísono Kyra/loba, Myra/urogallo y Shyra/escarabajos enterradores.

—No. Solo me interesa servir a los intereses corporativos.

Las zoonoticianas volvieron a su forma habitual de grandes cabezas y regresaron a Zoonotic para rendir sus exámenes orales. No dejaron a McConnell en el almacén de la pizzería, y tampoco le permitieron conservar su forma humana. Lo transportaron del restaurante de Washington al metro de Nueva York.

El tiempo pasó. La atención al Pizzagate dio paso al meme de la “rata de la pizza”. Ningún humano estadounidense descubrió jamás que la rata que se hizo famosa por arrastrar una porción de pizza por las escaleras de entrada del metro era el desaparecido Mitch McConnell.

Las zoonoticianas publicaron su investigación en una revista académica. Su teoría se convirtió en práctica cuando aseguraron que los demócratas recuperaran la mayoría en el Senado. Los demócratas no promulgaron ninguna legislación perjudicial para la fauna. Kyra, Myra y Shyra comieron pizza para celebrarlo.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

LA TIERRA PROMETIDA

Krunoslav Mikulan 

Juraj seguía a un hombre y a una mujer mientras subían por las escaleras cubiertas de basura. Apretaba con fuerza la empuñadura fría de la pistola y esquivaba con cautela a las personas que yacían en el suelo. Ya estaba oscuro, y últimamente la vista se le había debilitado de manera notable. No había iluminación. No había nada en aquellos días.

La pareja dobló en la esquina. Juraj apuró el paso para no perderlos de vista. Un pasaje estrecho, basura desparramada, cajas, tablas, ladrillos… Excelente. La mujer había estado hablando de algo todo el camino, luego llorando, luego lamentándose. Él no la entendía. Mejor así. Más fácil.

Alcanzaba a distinguir varias siluetas en el pasaje. No eran importantes. Ahogadas en su propia desesperación. Esperando para siempre. Ni siquiera las miró. No eran importantes.

¡Ahora! Una carrera corta, la pistola en la mano, un golpe en la cabeza de la mujer. ¡Callate de una vez! Ella se desplomó como un saco. Mejor así; podría haber gritado. El hombre se sorprendió, se confundió, levantó las manos. Juraj lo agarró del cuello y le apoyó la pistola en la sien.

—¡Dame el oro! ¡Give gold! —siseó Juraj en croata y en un mal inglés.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Debían de estar llenos de miedo. Menos mal que había penumbra. Negó con la cabeza. Tal vez no entendía, tal vez fingía. Juraj lo golpeó con la pistola. A la mierda, no tenía tiempo, debía darse prisa. El hombre cayó al suelo y soltó un gemido. No le había pegado con suficiente fuerza. Otro golpe, y después otro. ¡Callate! ¡Callate, ¿me oyes?! Juraj jadeaba mientras el corazón le latía tan fuerte que sentía dolor en el pecho. Quizás también se acercaba su propio final. Tenía que apurarse. Registró rápidamente el cuerpo. Tanteó hasta encontrar la billetera del hombre, la sacó, la abrió y volcó el contenido en su palma. El oro brilló a la luz de la luna.

 

Juraj apartó el pedazo de tela de la entrada de la tienda. Blaž y Margareta ya dormían en sus sacos. Barbara lo esperaba. Como siempre. Menos mal que estaba oscuro. Tampoco quería verle los ojos.

La luna, sin embargo, iluminó por un momento la sangre que empapaba la manga de su brazo derecho. Barbara le tomó la mano para revisarla.

—¿Es tuya? —susurró.

—No —respondió él con voz ronca, y volvió la cabeza.

Vergüenza. Culpa. A la mierda.

Barbara empezó a respirar rápido.

—¿Alguien te vio?

—No —repitió Juraj.

Sacó las monedas y se las metió en la mano a Barbara.

—Cuenta.

Barbara las contó deprisa.

—Alcanza.

—¿Estás segura?

Barbara asintió. Se sentó en el suelo y se puso a llorar. Juraj se sentó a su lado y la abrazó. Empezó a temblar. El shock. A la mierda. Blaž y Margareta soñaban el sueño de los inocentes. Mejor así.

 

El sol abrasaba, y miles de personas se apiñaban frente a la cerca que rodeaba el pequeño puerto. Alboroto, lamentos, llanto. Sonó un disparo. Alguien había querido saltar la cerca. Sin piedad. Juraj y su familia no se unieron a aquel mar de desesperación. Su objetivo estaba un poco más lejos. Un gran edificio rosado con inscripciones griegas ilegibles. Juraj no era bueno para los idiomas. Era ingeniero, no lingüista.

El edificio también estaba cercado, con alambre de púas, y al menos veinte guardias bien armados lo rodeaban. Delante había bastante menos gente. En pequeños grupos, probablemente familias, los guardias los dejaban pasar despacio. A veces echaban a algún grupo entre gritos y llantos. A veces los golpeaban. A veces se oía un disparo. Había muchos disparos en el pueblo. Así habían echado a su familia una semana antes. Pero Juraj no se había entregado a la desesperación.

Los guardias hablaban griego y un mal inglés. Incluso peor que el suyo. No importaba. Hoy hablaba el oro. La familia se puso en fila. Juraj le mostró el oro al guardia. ¡Pasen! En el edificio estaba sentado un hombre gordo. Hacía un calor insoportable. Por supuesto, no había aire acondicionado, ni siquiera un ventilador común. Juraj puso el oro frente al hombre. No hacía falta decir nada. Ochenta ducados, o su equivalente en oro de menor calidad. Por una familia de cuatro. El hombre contó las monedas de oro, asintió y señaló la puerta en el extremo opuesto de la habitación.

 

La barca estaba llena de gente. Juraj no era marinero, pero sabía que el viaje sería peligroso. Había varios idiomas: griego, albanés, ucraniano, macedonio, rumano, serbio… Y croata, por supuesto. Juraj no le dirigía la palabra a nadie. No hacía falta encariñarse con nadie. Sacó una pequeña radio y la encendió. La encendía cinco minutos por día. Ya no había más baterías. Mientras duraran, durarían. La emisora estaba en inglés. No entendía todo. Barbara había estudiado inglés en la escuela; ella entendería mejor.

A pesar del estado de emergencia, hay cada vez más desorden. Viena, Budapest, Zagreb y Belgrado están en llamas. Se estima que hay diez millones de refugiados en Grecia, y que llegarán otros tantos durante la próxima semana. Bucarest fue completamente abandonada porque el nivel de radiación alcanzó valores letales. La nube radiactiva llegó a Italia, donde… ¡clic!

La gente a su alrededor empezó a gritar. Querían que volviera a encender el radio. Las baterías se habían agotado. No tendría que haber sacado el radio, pero las noticias en inglés se transmitían todos los días al mediodía. ¿Qué esperaba? ¿Buenas noticias? Idiota.

 

La tormenta los sorprendió en el mar. No sabía dónde estaban, ni si estaban cerca de su destino. No había salvavidas. ¡Un grito! Alguien cayó al mar. Nadie reaccionó. No había ayuda. La barca se alzó, se inclinó, y unas cuantas personas más cayeron al agua. Juraj abrazó a Barbara, Blaž y Margareta. Se aferraron con fuerza. Juraj no era religioso. ¿Para qué? De todos modos, Dios no los miraba…

Una ola enorme barrió la barca. El mar rugía, furioso con la gente. La mano de Barbara se soltó de la de Juraj. Olas, espuma, tragos de agua de mar, tos.

—¡Barbara! ¡Blaž! ¡Margareta!

¡Allí! ¡Allí! Blaž y Margareta estaban juntos.

—¡Barbara! ¡Barbara!

El mar no respondía. Los castigaba. Sin importar la nación. Sin importar el idioma. Ni Dios.

 

Juraj se arrastraba por la orilla arenosa. Solo un poco más. Blaž y Margareta estaban con él. Incluso habían llegado a la orilla antes que él.

—Barbara… —lloró en voz baja.

El mar respondió con un rugido y con el chapoteo de las olas.

Soldados con uniformes parduzcos reunían a quienes habían conseguido llegar a la orilla por sus propios medios. No se preocupaban por los demás. Un soldado se acercó a Juraj.

—¿Egypt? —preguntó Juraj.

—¡Misr! —respondió el soldado. Juraj no entendió. ¡Malditos idiomas extranjeros!

Unos cuantos camiones estaban estacionados un poco más allá. Militares, pintados con los colores del desierto. Los soldados separaban a los hombres de las mujeres, incluso a los niños. Uno agarró a Margareta de la mano.

—¡No! —gritó Juraj, y buscó la pistola. No estaba. La había perdido luchando contra la naturaleza—. ¡No! —volvió a gritar, y se lanzó contra el soldado.

Un culatazo en la cabeza. Otro golpe. Oscuridad.

 

—¿Name? —preguntó el soldado, con aburrimiento en la voz.

—Margareta. Name Margareta. Mi hija. Daughter.

—¿Age?

—Ah, a la mierda. ¡Blaž!

—Twelve —dijo Blaž, ayudándolo.

El soldado escribía algo, de derecha a izquierda, en escritura árabe. Maldita sea. Años antes, cuando le habían ofrecido ir a trabajar a una obra en Egipto, él se había negado. En casa se está mejor, había dicho. Podría haber aprendido algo de árabe. Ahora no estarían tan metidos en la mierda.

We look. We find —dijo por fin el soldado—. Next!

—Eso dijiste la última vez —murmuró Juraj.

De hecho, era la cuarta vez. Nada. Desaparecida. Si alguien la había vendido por dos camellos, los mataría. A todos.

—¿Creés que van a encontrar a Megi? —preguntó Blaž.

—Sí. Sí.

—¿Y a mamá?

El puño helado de la muerte alrededor del corazón. Un sollozo ahogado.

—Hijo…

No pudo terminar. El mar es despiadado, había dicho Anđelo, su compañero de trabajo. Lo que se lleva no lo devuelve. Entonces se había reído. En una vida pasada.

—Prometiste que siempre estaríamos juntos…

—Perdón…

Extendió la mano hacia Blaž. El chico se soltó y empezó a pegarle con las manos. Lo mordió en el hombro.

—Perdón.

 

Cena. Una especie de papilla sin sabor. Después de freírse al sol, todos comían con avidez.

Había algún tipo de disturbio junto a la cerca. Pasaba Đorđe, un montenegrino.

—Eh, Juraj, están buscando ingenieros para trabajar. ¿No eras una especie de ingeniero civil?

Juraj agarró rápidamente a Blaž de la mano y lo arrastró hacia la cerca. Se pusieron en la fila. Soldados que otra vez se morían de aburrimiento.

—Soy ingeniero, ¿entiendes? ¡Blaž! ¿Cómo se dice eso?

Engineer.

—Eso. I engineer, me.

What about him? —preguntó el soldado.

—Es mi ayudante, mi aprendiz. ¿Cómo se dice aprendiz?

—Creo que apprentice.

—Eso. He apprentice. My. Of me.

Otro soldado le mostró un dibujo.

What is this?

Juraj entendió: estaban comprobando si de verdad era ingeniero. Intentó explicarlo en su mal inglés. Blaž a veces intervenía para ayudar.

El primer soldado les hizo una seña para que se pusieran junto al camión. Allí ya había diez personas. Conocía a algunas. Sahib era de Tuzla, también estaba Georgi, de Bulgaria. A veces hablaba un poco con ellos. No formaba amistades.

—¿Oíste? —le dijo Sahib—. Todo se fue al carajo.

—¿De qué hablas?

—Allá en casa, todo está contaminado. Menos mal que nos escapamos. Ahora también están huyendo los italianos. El grupo que llegó ayer, todos italianos. Ahora van a seguir los franceses, los alemanes…

—¿Y Zagreb? ¿Split?

—Todo se acabó… Las lluvias radiactivas obligaron a todos a huir. El que se quedó ya está muerto. Mi Tuzla ya no existe…

Okay, let’s go! —gritó un soldado.

Los hombres, unos veinte, subieron al camión. Se dirigieron hacia el sur. El viaje duró toda la noche. Blaž se quedó dormido. Siempre se dormía con facilidad. Mejor así.

Por la mañana tomaron un amplio desvío alrededor de una gran ciudad. Maquinaria de construcción por todas partes. Polvo. El sol ya ardía.

—Nuevo Cairo —dijo Sahib.

Estaba bien informado. Más que Juraj. Conocía el Corán, también sabía unas cuantas palabras de árabe, así que a veces hacía de intérprete en el campamento. Era extraño que no le hubieran dado un trabajo mejor hasta entonces.

—La nueva capital. Allí podría haber trabajo.

El camión no se detuvo, sino que siguió durante otra hora. Pasaron una especie de barrera. Por fin. Los soldados les gritaron que bajaran. Juraj despertó a Blaž y saltaron.

Frente a ellos: una pirámide. Nueva. Inacabada.

—¿Qué mierda es esto? —se le escapó a Juraj.

You work here! —gritó el soldado—. Come!

 

—Margareta. Mar-ga-re-ta.

El soldado estaba anotando el nombre. Este era joven. No se moría de aburrimiento. Junto a él había un voluntario de la Media Luna Roja. Explicaba algo, pero su inglés también era malo.

We find. She alive, we find.

And my wife. Barbara. Bar-ba-ra. Barbara. She in sea. Ocean. Ah, no, a la mierda, no el océano, sino el mar. Sea, ¿entiendss?

Yes. We find —dijo el voluntario, y le entregó una bolsa con comida, jabón y una botella de agua.

Juraj se dirigió hacia las tiendas. Su turno empezaba pronto. Ahí estaba Sahib otra vez. Le había suplicado a la Media Luna Roja que le dieran una radio. De todos modos, internet no funcionaba. Salvo alguna versión local, lenta, en árabe. Había encontrado algunas noticias en inglés. Tal vez las mismas que Juraj solía escuchar.

Más de treinta millones de personas abandonaron Turquía y entraron en Siria e Irak. Entre ellas hay unidades militares completas, armadas y equipadas. Estallaron nuevos conflictos con la población local porque los refugiados no tienen comida ni agua. Israel cerró sus fronteras y prohibió la entrada y la salida del país. En la frontera entre Egipto e Israel hubo un intercambio de fuego de artillería en el que murieron al menos veinte civiles.

—¿Algo sobre nosotros?

—¡Nada! No queda nadie allá en casa.

—Sahib, ¿estás casado?

—No. Y mejor que no.

Sonó el gong. Mediodía. Todos los refugiados debían reunirse en la “plaza” frente a la tienda y presentar sus respetos al presidente Ahmed. Que se fuera al carajo. Sahib decía que se había vuelto loco, que quería proclamarse faraón. Por eso estaba construyendo aquella pirámide. Para la eternidad. Un lunático. Creía que iba a restaurar el antiguo Imperio egipcio. Sahib decía que iría a la guerra contra Israel. Si se declaraba faraón, sucesor del dios Sol, entonces ¿qué pasaba con Alá? ¿Cómo se lo explicaría a su gente?

Guardias, obreros, voluntarios, todos estaban de rodillas, mirando hacia la capital. Llegaron una especie de político y un sacerdote para dar un discurso. Juraj no los entendía.

 

—¡Margareta! ¿Eres tú?

La niña corrió a los brazos de su padre. Lágrimas. Abrazos. Risas. Llegó Blaž. Todo otra vez. Estaba bien. Estaba bien. Solo faltaba encontrar a Barbara.

—¡Estás más delgada, Megi!

—¡Tú también estás más flaco!

—Mala comida…

—Bueno, ¡no hay cerdo!

Risas. Abrazos. Charlas. Lágrimas. Recuerdos.

—¿Dónde está mamá?

Silencio. Lágrimas.

 

Juraj y Blaž estaban en la cima de la pirámide. Tres meses más, como mucho, y estaría terminada, probablemente. Después habría otros seis meses de trabajo alrededor del lugar. Y tal vez construirían otra pirámide. El presidente se había casado hacía poco. Quizás necesitaran una pequeña pirámide para Sara, la primera dama. ¿O una sola para los dos? A la mierda, ¿cómo iba a saber él esas cosas?… Pero quizá habría trabajo. Quizás Megi, Blaž y él encontrarían la felicidad. ¿Acaso no la merecían?

Los soldados empezaron a gritar. Se disparaban tiros al aire. El sargento Jusef, que estaba con ellos en la cima de la pirámide, encendió la radio. Estaba en árabe, a la mierda. Una voz exaltada decía algo.

Margareta subía con dos baldes de agua. Los dejó junto a las escaleras, con miedo en los ojos. Juraj le hizo señas para que se acercara.

—¡Jusef! —gritó Juraj—. What happened?

Egypt attack Israel. We kill them all. All!

Entonces sacó la pistola y empezó a disparar al aire.

All attack. Turkey, Syria, Jordan, Palestine, all attack. They dead!

Metió un cargador nuevo y volvió a disparar todas las balas al aire.

¡Que todo se fuera al carajo! Habían huido de una guerra y se habían metido en otra.

Después de unos minutos, el ruido cesó. El sargento bajó por las escaleras, probablemente para ver qué estaba pasando exactamente. Blaž aprovechó la pausa y se acurrucó contra un bloque de piedra. Dormido. Bendito sea. Todos los obreros se sentaron, y Megi les sirvió agua.

Llegaron sirenas desde la dirección de la ciudad. Juraj se puso de pie y miró hacia abajo. Los soldados entraban en pánico. Algunos corrían, otros huyeron hacia el interior de la pirámide. Pánico. Maldita sea.

Un sonido sordo. Retumbo, zumbido. Juraj miró hacia el nordeste. En el cielo se veían varias estelas de motores de cohetes. Venían precipitándose hacia ellos.

—Papá, tengo miedo —dijo Margareta.

Juraj atrajo a Margareta hacia sus brazos. Se sentaron juntos junto a Blaž, que seguía durmiendo.

—No mires, Megi. No. Descansemos un momento. Estamos cansados. No despiertes a Blaž. Dejalo dormir. Se lo merece.

Juraj escupió la pirámide. Barbara apareció ante sus ojos. Su única y verdadera. Él había prometido que siempre estarían juntos. Lo había arruinado todo. Todo. La culpa le atenazó el alma. Estaba indefenso. Margareta temblaba, Blaž gemía en sueños. Tal vez lo sabía.

Juraj abrazó con fuerza a su hijo y a su hija, y alzó el rostro hacia la llama ardiente de la eternidad.

Krunoslav Mikulan es licenciado en Lengua y Literatura Inglesas y en Lengua y Literatura Alemana, además de tener un máster y un doctorado en Literatura Inglesa. Actualmente es profesor asociado en la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Zagreb (Croacia). Ha publicado ocho novelas y numerosos relatos, poemas y diarios de viaje en diversas revistas y anuarios; también ha publicado numerosos libros y artículos en los campos de la teoría literaria, la lingüística aplicada, la historia y la numismática.

EL ASESINO VIRTUAL

Daniel Antokoletz

David, como cada mañana, se encuentra sentado en su computadora. Es un asesino. Un asesino virtual. En la seguridad de su casa en un barrio anónimo de una ciudad cualquiera. Cuando recibe una asignación, el ejecuta al objetivo de manera implacable.

Él diseñó el sistema y el método, y ya lo usan muchos. El asesinato, para él, es un juego de computadora. Nunca sabe, ni le importa, quién es la víctima, jamás lo averigua. Su sistema utiliza inteligencia artificial para ofuscar esa información que podría ser inconveniente. Analiza a la víctima, la localiza, usando todos los sistemas electrónicos disponibles, estudia sus movimientos y busca predecir. Cuando tiene todo listo envía los datos a la computadora de David, o de los otros asesinos que usan el sistema. Y ellos, simplemente, juegan con la presa. Sentados cómodamente en sus sillones frente al monitor, ejecutan.

Suena el teléfono.

—David, tenemos un pequeño trabajo. La paga de siempre.

—De acuerdo. Envíen los datos a mi cuenta de correos.

En poco tiempo llega el correo electrónico encriptado con los datos. El sistema toma automáticamente el correo electrónico, lo desencripta y comienza con las operaciones. Busca en todas las bases en línea datos sobre el objetivo. Lo localiza y empieza a recabar información sobre cuentas, gastos, llamadas y, usando los datos de celular, establece los movimientos… empieza a predecir los movimientos.

En pocas horas, la inteligencia artificial determina los pasos a seguir para ejecutar al objetivo y prepara un juego.

—David —una voz perfectamente modulada sale de la computadora—, tienes trabajo que hacer. Ya está preparado el juego.

El objetivo trabaja en la calle y se pasa todo el día conduciendo.

David no responde, se sienta. Se pone sus guantes de telemetría y su casco interfaz neural. Mira a su alrededor. Se encuentra dentro de un auto deportivo; sus manos sostienen el volante. Sonríe dentro del casco. Sabe que, apenas choque con su objetivo, el tanque de nafta explotará incinerándolo. Blanco alcanzado.

Mientras conduce en su realidad virtual, un vehículo robótico imita los movimientos que realiza por calles irreconocibles de una ciudad que él no conoce.

Un recuadro rojo en el parabrisas lo guía. Aún no se ubica sobre ningún automóvil, de manera que conduce tranquilo sin interesarse en tratar de determinar su posición. Apenas logre su objetivo, simplemente se sacará el casco y estará seguro en su habitación y, si fallara en su objetivo, no estaría perdido, estaría en su casa, rodeado de sus muebles y equipos.

El recuadro se convierte en una flecha indicándole que doble a la izquierda. Rebasa a un camión de combustible y la flecha se convierte en una cruz sobre una camioneta tres vehículos adelante.

David sonríe. Será su víctima número cuarenta y nueve. Luego una más, y será libre de hacer lo que quiera. No le necesitará más nada. Se podrá jubilar.

Acelera y se pone detrás de la camioneta. Una luz roja los detiene. El camión de combustible para a su lado. David decide hacer un gran espectáculo. Acelera e impacta a la camioneta. Inmediatamente la inteligencia artificial muestra la imagen que transmite una cámara de seguridad ubicada en alguna de las esquinas. Se ve el impacto del deportivo contra una camioneta y una bola de fuego que los abrasa. Inmediatamente la explosión se amplifica cuando el camión de combustible se une a la hecatombe.

David se quita el casco satisfecho de haber cumplido con su misión. No mira los noticieros ni lee los diarios. No le interesa saber nada de sus víctimas.

Suena el teléfono. David atiende pero no dice nada. Sólo escucha.

—David, muy buen trabajo. Un poco aparatoso, pero efectivo.

—Gracias señor.

—Posiblemente mañana reciba una nueva asignación —dice su interlocutor antes de colgar.

David mira su reloj y decide irse a descansar.

 

David se levanta tarde y abre las ventanas para ventilar el apartamento. Suena su teléfono y, la misma voz que la del día anterior, le dice:

—¡Felicidades, David! Hoy tendrá su última asignación.

—¿Misma paga de siempre?

—Ésta vez irá con sorpresa.

—Gracias señor. Por favor, envíe los datos a mi cuenta —dice antes de cortar.

A los pocos minutos, un beep de su computadora le indica la recepción del correo. Activa la inteligencia artificial y va a la cocina a prepararse un buen desayuno.

Como sucedió en los últimos cuarenta y nueve casos, su sistema comenzó a recopilar datos de la víctima. Analiza datos bancarios, impositivos, gastos con tarjeta, todas las bases de datos que se encuentran en internet. Establece patrones de movimientos y trata de anticipar.

La inteligencia artificial se da cuenta que el objetivo es muy fácil de predecir. Hace meses que no sale de su casa. Verificando las compras que realiza por internet se da cuenta que es paranoico: alarmas, sensores, sensores y más sensores; equipo electrónico, partes de computadora… y municiones para arma corta.

—David, necesito hacerte una consulta —dice la computadora y espera la respuesta del humano.

—Escucho. —El asesino camina cansino hacia su sillón frente a la consola.

—¿Deseas una operación elaborada o una operación sencilla? El objetivo es levemente paranoico y está recluido.

—¿En una fortaleza?

—No, en un departamento.

—Es mi última operación. No quiero perder el tiempo. Quiero algo rápido y seguro. Cuanto más elaborado, más posibilidades de que falle. Ya estoy saboreando mi retiro.

En poco tiempo, la computadora prepara el juego.

—David, tienes trabajo que hacer. Ya está preparado el juego.

David se pone el casco. Se encuentra dentro de un avión. En la realidad, un dron Reaper MQ-9 enciende su motor. La inteligencia artificial es efectiva. En el panel de instrumentos, puede observar que tiene un misil Hellfire activo en la panza.

El humano da potencia al motor y el Reaper despega de una base militar. Hace caso omiso a las alarmas que intentan detener al dron.

Nuevamente su cuadradito rojo en la pantalla lo guía hacia su objetivo. Sobrevuela lo que parecen ser unos campos y en el horizonte puede ver el perfil de una ciudad en el atardecer. Eleva su vehículo para no chocar contra una construcción y evitar, en lo posible, llamar la atención.

La ciudad es enorme y en las cámaras inferiores puede ver las señales infrarrojas de infinidad de personas que pululan.

El cuadradito empieza a acercarse al borde inferior de la pantalla. Es tiempo de descender. Activa la mira del misil y el cuadradito rojo cambia por un rombito verde y una cruz que se encuentra bastante debajo del rombo.

David empuja sus controles virtuales y el Reaper, en la realidad, baja su proa. La crucecita se acerca al rombo. Esquiva un par de edificios y, aparentemente, su blanco se encuentra a la vista. La cruz se encuentra perfectamente centrada al rombo. El color es verde. Aún están fuera de alcance. Esquiva otro edificio y el rombo oscila entre verde y rojo.

David, sabe que, apenas quede en rojo debe lanzar el misil. Luego abandonar el Reaper para que su programación lo devuelva a la base o que se estrelle contra algún edificio, no le importa.

Pulsa el disparador del misil y su pantalla abandona la vista proporcionada por el dron. La imagen que toma el misil ocupa toda la pantalla.

A David jamás le interesó la identidad de sus víctimas. Pero, de pronto, quiere saber quién es su última víctima. No sabe si es porque la imagen que mostraba el sensor del misil le parecía familiar o porque de pronto escuchaba el sonido agudo de un dispositivo. No necesitó verificarlo. Apenas tuvo tiempo de sentir pánico al ver acercarse el misil por la ventana. 

Daniel Antokoletz Huerta Daniel Antokoletz. (Buenos Aires, 1964), es un ingeniero y escritor argentino, dedicado a la investigación científica y tecnológica, ámbitos que conviven con su pasión por la narrativa. Su formación rigurosa en ingeniería se refleja en la precisión de su estilo, mientras que su mirada literaria explora los límites entre lo real y lo imaginario. Ha sido distinguido con premios literarios nacionales e internacionales, reconocimientos a una obra que combina reflexión con atmósferas intensas. En el terreno editorial, publicó dos libros de cuentos con la editorial Bookaholic: 14 cuentos de terror, vida y muerte y Momentos de terror. Su escritura se caracteriza por un lenguaje claro y evocador, capaz de transformar la experiencia cotidiana en materia narrativa. Ha sido traducido a varios idiomas.Publicó en antologías como Grageas 2 y 3, Espacio austral, Latinoamérica en breve, Minimalismos, Extremos y en Metagalaktika, antología de cuentos argentinos en húngaro.

UN CUENTO DIVINO