viernes, 24 de julio de 2026

EL RELOJ QUE DEJÓ DE MEDIR EL TIEMPO

Nataša Radanović

En la parte antigua de la ciudad, en una calle por la que la gente caminaba con más silencio que por las demás, había un pequeño taller con una puerta de madera y una placa de bronce descolorida: Mateo Vargas - Reparación de relojes antiguos.

Ya casi nadie confiaba en los relojes antiguos. Hacía mucho tiempo que el tiempo se había mudado a las pantallas de los teléfonos, a esos números que brillaban y desaparecían más rápido de lo que las personas alcanzaban a recordarlos.

Pero Mateo seguía creyendo en ellos. Para él, un reloj nunca había sido un simple objeto.

—La gente cree que un reloj mide el tiempo —solía decir—. No. Un reloj solo muestra aquello que hemos perdido intentando medirlo.

Mateo tenía setenta y dos años y las manos de un hombre que había dedicado toda su vida a aprender la paciencia. En su taller había cientos de relojes. Cada uno guardaba una historia. Uno había pertenecido a un maestro que lo llevó durante cuarenta años. Otro, a un soldado que lo conservó a lo largo de la guerra. Un tercero, a una mujer que lo guardaba en un cajón porque le recordaba a un hombre que nunca regresó.

Mateo no reparaba únicamente mecanismos. Reparaba recuerdos. Pero, entre todos los relojes del taller, había uno que jamás tocaba. Era un gran reloj de madera oscura, con una fina grieta en el vidrio, que colgaba detrás de su mesa de trabajo.

No funcionaba. No se atrasaba. No se adelantaba. Simplemente permanecía allí. Las agujas marcaban las siete y catorce. Nadie sabía por qué. Y Mateo nunca lo explicaba.

Una lluviosa mañana entró en el taller una joven. Llevaba entre las manos un pequeño objeto envuelto en una tela azul.

—¿Repara usted cosas que ya nadie sabe reparar? —preguntó.

Mateo levantó la vista.

—Lo intento.

—¿Y si no están rotas?

El anciano hizo una pausa.

—Esas son las más difíciles.

La joven dejó el objeto sobre la mesa y desenvolvió la tela. Era un reloj de bolsillo de plata. Antiguo, pero cuidadosamente conservado. En la tapa posterior había dos iniciales grabadas: A. V.

Los ojos de Mateo permanecieron fijos en ellas más tiempo del que habría querido.

—¿Conoce esas iniciales? —preguntó la joven.

Mateo miró por la ventana. La lluvia resbalaba por los cristales.

—No —respondió con serenidad. Pero mintió.

Aquella noche no apagó enseguida la luz del taller. Se quedó entre los relojes que marcaban el tiempo con ritmos distintos. Entonces, por primera vez en muchos años, se acercó al gran reloj de la pared. Apoyó la mano sobre la caja de madera.

—Lucía —murmuró.

Aquel nombre contenía toda una vida. Lucía era una mujer capaz de descubrir la belleza en las cosas más sencillas. En la luz de la mañana sobre la mesa. En el olor de los libros. En el silencio que comparten dos personas que se aman.

—La gente intenta medirlo todo —solía decir—. Incluso la felicidad. Pero hay cosas que existen únicamente porque las sentimos.

Mateo se reía de aquellas palabras. Ahora las comprendía. Abrió la parte trasera del gran reloj. No encontró ningún mecanismo averiado. No encontró óxido. Solo encontró un pequeño papel amarillento. Reconoció la letra antes de leer la primera palabra. Hay caligrafías que no reconocemos con los ojos. Las reconocemos con el corazón.

En el papel estaba escrito:

«Querido Mateo:

Si estás leyendo esto, significa que por fin estás preparado. Sé que pensaste que este reloj dejó de funcionar el día en que me fui. Sé que durante años intentaste reparar algo que nunca estuvo roto. Pero el reloj no se detuvo entonces. No conserves el último instante de nuestra vida juntos. Eso no es amor. Es miedo. Búscame en los días en que fui feliz. No en el día en que me fui.»

Mateo dejó la carta sobre la mesa. Por primera vez en treinta años no vio el pasillo del hospital. No vio el último instante. Vio la sonrisa de Lucía. La vio bailar en la cocina mientras preparaba la cena. Vio sus pequeños días, sus días corrientes. Y entonces comprendió la verdad. No había perdido a Lucía el día en que murió. La había perdido el día en que dejó de recordar cómo había vivido.

Al día siguiente, la joven volvió a buscar el reloj.

—¿Lo ha reparado? —preguntó.

Mateo sonrió.

—Sí.

—¿Cuánto le debo?

—Nada.

—Pero ha trabajado en él.

El anciano miró el gran reloj.

—No reparé el reloj.

—Entonces, ¿qué hizo?

—Lo ayudé a recordar —respondió Mateo en voz baja.

Desde ese día la gente volvió a acudir al taller. Ya no llevaban solamente relojes. Llevaban historias. Y Mateo dejó de preguntar qué tenía averiado el objeto. Empezó a preguntar otra cosa.

—¿Qué recuerdo guarda?

Porque había comprendido que algunas cosas no necesitan ser reparadas. Necesitan ser escuchadas. Muchos años después, un joven relojero le preguntó:

—¿Por qué nunca volvió a poner en marcha aquel gran reloj?

Mateo miró las agujas, que seguían marcando las siete y catorce. Sonrió.

—Porque comprendí que no toda detención es una pérdida.

—Entonces, ¿qué es?

Mateo guardó silencio durante un largo rato.

—A veces algo se detiene únicamente para que, por fin, podamos ver.

Aquella noche, cuando Mateo abandonó para siempre su taller, sobre la mesa, junto a sus manos, descansaba el pequeño reloj de plata con las iniciales A. V.

Junto a él había una última carta. No era de Lucía. Era de él. En el papel había escrito una sola frase:

«No conservamos el tiempo deteniéndolo. Lo conservamos viviéndolo.»

El gran reloj de la pared siguió marcando las siete y catorce. No porque hubiera olvidado cómo medir el tiempo. Sino porque le había mostrado a un hombre aquello que el tiempo, por sí solo, jamás puede mostrar: que algunos instantes nunca pasan. Solo esperan a que volvamos a encontrarlos. 

Nataša Radanović es una serbia de origen montenegrino, nacida en 1971 en Foča, Bosnia y Herzegovina. Creció en Goražde, donde cursó la primaria y la secundaria. Posteriormente, continuó sus estudios en Belgrado, en la Academia de Bellas Artes. Escribe poesía y prosa desde su más tierna infancia. Su obra literaria abarca poesía espiritual, patriótica, amorosa e infantil, así como relatos y prosa en los que explora al ser humano, las emociones, los valores, los recuerdos y el mundo interior. Además de la literatura, Nataša Radanović también se dedica a la pintura. Ha realizado 27 exposiciones, 11 de ellas individuales y el resto colectivas y de carácter humanitario. Sus poemas y relatos se han publicado tanto en su país como en el extranjero, y su poesía se lee en todo el mundo. Ha recibido importantes premios por su obra literaria, poética y pictórica. Es madre de dos hijos adultos. A través de su creatividad artística, aboga por la paz mundial, la humanidad, los derechos humanos, la ecología y los valores que unen a las personas. Cree que el arte puede acercar a las personas y preservar lo más valioso de cada uno. Actualmente vive y crea en Suecia, llevando consigo su origen, su herencia cultural y su inquebrantable conexión con Serbia y sus raíces montenegrinas.

MANCHA

Wilson Gorj

 

Por aquella época yo debía de tener unos quince años. Mi tía era novia del pastor de la iglesia del barrio: un hombre íntegro, de voz serena y mirada firme. Dudo que sacara dinero de la congregación, porque vivía con lo justo. Lo único de valor que tenía era una vieja bicicleta azul, ya desteñida, cuyo chirrido se reconocía desde lejos, como si anunciara su llegada.

Vivía solo, en un pequeño cuarto detrás de la iglesia, con paredes blancas y una ventanita. Había ido allí dos o tres veces con mi tía. Nunca vi un televisor encendido. Ni una radio. Siempre lo encontrábamos leyendo. Siempre el mismo libro: la Biblia.

Cerca de casa había un videoclub. Para entonces las cintas VHS ya habían desaparecido de las estanterías. El negocio sobrevivía con los días contados, aunque todavía nadie lo supiera. Uno de mis amigos trabajaba allí; atendía el mostrador, registraba los alquileres y ordenaba las películas que los clientes dejaban fuera de lugar.

Fue en uno de esos días sin importancia cuando vi salir de allí al pastor.

Llevaba una bolsa blanca con el nombre del videoclub impreso en rojo. Pedaleaba despacio, mientras la bolsa se balanceaba colgada del manubrio.

¿Qué películas llevaría?

Fueran las que fueran, no era asunto mío. Pero al día siguiente me tocó ir a alquilar un DVD para el fin de semana.

Mi amigo estaba detrás del mostrador, masticando algo mientras veía una película de acción con el volumen muy bajo. Esperé a que se fueran un par de clientes antes de acercarme con una comedia estadounidense en la mano.

Le pregunté con toda naturalidad, como quien no le da importancia:

—Ayer, ese pastor... el novio de mi tía... ¿qué alquiló?

Mi amigo ni siquiera lo pensó.

—No puedo decírtelo.

Solté una risa incómoda.

—Vamos, no seas así. Dime.

Negó con la cabeza.

—Hablo en serio. No puedo. Sería violar la privacidad de los clientes.

Lo dijo con un orgullo inesperado.

Me quedé un rato más, intentando averiguarlo de otra manera, pero fue inútil. Salí del videoclub con una sensación desagradable, como si hubiera intentado abrir una puerta que no me pertenecía.

De regreso, el sol caía sobre el asfalto y devolvía un calor sofocante. Ya me había olvidado del asunto del pastor cuando vi el gentío.

Siempre que hay gente reunida en medio de la calle, llega más gente. Me acerqué poco a poco para averiguar qué había pasado. Se había formado un círculo. Algunos hablaban en voz alta; otros solo observaban.

Cuando por fin pude ver, reconocí primero la bicicleta azul, caída de costado, con una de las ruedas todavía girando lentamente.

Después distinguí el cuerpo.

Estaba tendido sobre el asfalto, inconsciente.

No había sangre alrededor del pastor.

Un hombre decía que lo había atropellado un automóvil. Otro aseguraba que el conductor se había dado a la fuga. Alguien ya había llamado a una ambulancia.

Por un instante me quedé inmóvil. Entonces pensé en mi tía. Alguien tenía que avisarle. Pero antes de irme, mis ojos se posaron en la bolsa. Estaba allí, junto a la bicicleta, un poco arrugada. Pensé: el pastor iba camino de devolver las películas. O quizá iba a prestárselas a alguien. Miré alrededor. Nadie me prestaba atención. Todos estaban demasiado ocupados comentando el accidente. Me acerqué. Levanté la bicicleta y la apoyé sobre la acera. Después recogí la bolsa. Algunas personas me miraron.

—Es el novio de mi tía —expliqué, más alto de lo necesario.

Nadie respondió. Pero tampoco nadie me lo impidió. Empecé a alejarme, con la bicicleta en una mano y la bolsa en la otra. El corazón me latía descompasadamente. Di un respingo cuando la sirena anunció la llegada de la ambulancia. Avancé unos metros más y me detuve. Miré a ambos lados de la calle. No había nadie. Abrí la bolsa. Las manos me temblaban un poco mientras sacaba las cajas de plástico que contenían los DVD alquilados. Eran tres. Y todos tenían portadas con antiguos dibujos animados de Disney. Me quedé mirándolos, sin comprender. Di vuelta una caja y luego otra. Los títulos no decían nada distinto de lo que mostraban las ilustraciones: historias sencillas, felices, hechas para niños. El pastor no tenía hijos. Ni sobrinos que yo supiera. Ningún niño frecuentaba su casa. No encontraba ninguna explicación.

Antes de guardar otra vez las películas en la bolsa, se me ocurrió abrir las cajas y comprobar los discos. Podían contener otra cosa. Recordé a un amigo que escondía películas pornográficas dentro de cajas de películas inocentes. Una vez, su padre llevó un VHS de Mazzaropi para verlo con varias parejas de la iglesia. La incomodidad llenó la sala apenas empezó la proyección. Pero no era el caso. Los tres DVD correspondían exactamente a las coloridas portadas. Volví a guardarlos en la bolsa, la colgué del manubrio y monté en la bicicleta. Mientras pedaleaba sentía una sensación extraña. No era alivio. Tampoco decepción. Era otra cosa.

Cuando frené frente al portón de la casa de mi tía, ya sabía lo que tenía que decirle. Pero lo que había visto dentro de aquella bolsa seguía sin encontrar su lugar. Hasta hoy, cuando recuerdo aquel día, no pienso en el accidente. Pienso en la bolsa. Y en lo que creí que encontraría dentro de ella. Algo un poco sucio que no estaba en los DVD, sino en mí.

Wilson Gorj es originario de Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos, crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías, periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010), Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

 

 

 

LOS HERMANOS GRIMM

Voicu Dașcău

Era una noche oscura y tormentosa en el País de los Cuentos. El bosque milenario, el lago cristalino y los dos ríos que descendían desde las montañas azules, coronadas de nieve, eran iluminados por los relámpagos. Los truenos apagaban las voces de las aves y de las fieras que vagaban por el bosque.

La mesa del comedor del viejo castillo, tallada por los mejores artesanos con la madera de los mejores árboles, estaba excepcionalmente concurrida por distinguidos invitados. Allí se encontraban Blancanieves, Caperucita Roja, los Tres Cerditos, Rapunzel, la Bella Durmiente, Cenicienta, los músicos de Bremen, la Oca de Oro y muchos otros.

Los manjares preparados por el cocinero del castillo eran refinados y exquisitos. Después de comer y beber los vinos más finos, comenzaron a contarse unos a otros cómo habían llegado hasta allí. Blancanieves había sido salvada por siete enanitos después de morder una manzana envenenada. Caperucita Roja estuvo a punto de ser devorada por un lobo, pero, por fortuna, un cazador pasó por el lugar. Los tres cerditos engañaron al lobo que quería matarlos y comérselos. Cenicienta había sido obligada a servir a su madrastra y a sus hermanastras. La Bella Durmiente fue rescatada por el beso del verdadero amor de un príncipe, tras haber sido condenada por una maldición a dormir hasta entonces. Los músicos de Bremen eran célebres por atrapar ladrones con sus voces y canciones. Rapunzel fue secuestrada y mantenida cautiva por una reina malvada. Hansel y Gretel fueron atraídos a una casa de pan de jengibre por una bruja... y así sucesivamente.

Sus historias eran cada vez más trágicas y desgarradoras, aunque, afortunadamente para todos ellos, siempre aparecía algún héroe que los salvaba.

A medida que avanzaba la noche, decidieron finalmente irse a dormir, felices de haberse conocido tan bien por primera vez. Se abrazaron y lloraron mientras se dirigían a sus habitaciones del castillo.

 

Salía el sol. Un nuevo día comenzaba en el País de los Cuentos. Todas las nubes habían desaparecido y el cielo lucía el tono de azul más hermoso que nadie hubiera visto jamás.

Jack y William, los dos psiquiatras más prestigiosos del famoso hospital psiquiátrico apodado «el Castillo», realizaban la ronda acompañados por residentes, internos y estudiantes.

Cada puerta tenía una pequeña ventanilla que abrían para preguntar a los pacientes cómo se sentían. Tras recibir una respuesta –o, en algunos casos, ninguna–, se volvían hacia sus colegas más jóvenes y comenzaban a presentar cada caso.

—En esta habitación tenemos a Janet. Intentó suicidarse cortándose las venas después de que su madrastra, que padecía una psicosis, la obligara a comer porque la consideraba demasiado delgada, y estuvo a punto de asfixiarse con una manzana. La conocen como Blancanieves debido a la extrema palidez de su piel tras la gran pérdida de sangre. Fue encontrada por pura casualidad por un vecino que también era profesional de la salud. Después de llamar a los servicios de emergencia, le practicó los primeros auxilios y le salvó la vida en el último instante.

Amelia, conocida como Caperucita Roja porque siempre viste de rojo –ropa roja, sombrero y capa rojos, igual que cuando iba a la escuela primaria–, fue atacada y gravemente herida y desfigurada por un perro callejero mientras regresaba a casa vestida de ese modo. Un policía la salvó disparándole al animal. El trauma del ataque sigue siendo muy profundo y, con toda probabilidad, la acompañará el resto de su vida.

María Cruz, conocida como Cenicienta, es hija de una familia de inmigrantes ilegales. Para evitar ser entregados a las autoridades migratorias y expulsados definitivamente del país, ella y sus padres se vieron obligados a trabajar para una familia adinerada en condiciones peores que la esclavitud. Fueron golpeados, pasaron hambre, durmieron al aire libre y sufrieron toda clase de abusos. Cuando sus padres murieron, ella fue encontrada, pero ya era demasiado tarde para su salud mental.

Hansel y Gretel son dos hermanos gemelos que padecen diabetes de tipo I. Cada vez que no quieren hacer los deberes, colaborar en las tareas domésticas u obedecer a sus padres, dejan de administrarse insulina y caen en coma diabético. Cada uno de esos episodios deja secuelas cada vez más graves en sus cuerpos. Sus padres los trajeron aquí antes de que terminaran por matarse.

Cinthya, o la Bella Durmiente, sufría una depresión severa y mezcló alcohol con somníferos para poder dormir, al menos, una noche. Su compañera de habitación la encontró apenas respirando y comenzó a practicarle respiración boca a boca mientras pedía ayuda a gritos.

«Los tres cerditos», Mike, Jim y Andy, son tres hermanos con graves trastornos alimentarios y obesidad mórbida. Sus padres han probado todo lo que el dinero puede comprar, sin obtener resultado alguno, por lo que los trajeron aquí con la esperanza de que podamos ayudarlos.

Christine, o Rapunzel, fue secuestrada por una asesina en serie y permaneció encerrada durante años en un sótano sin ventanas. Fue encontrada en un estado casi catatónico. Su largo y hermoso cabello no había sido cortado desde el día de su secuestro.

John, conocido como la Oca de Oro, es un famoso ladrón, especialista en estafas y robos, célebre por sustraer oro, monedas y joyas de lugares aparentemente inaccesibles. Sospechamos que finge una enfermedad mental para evitar una condena de prisión, aunque todavía no hemos podido demostrarlo. Su inteligencia representa un verdadero desafío para nosotros.

Los animales que ustedes conocen como los músicos de Bremen son, en realidad, nuestros animales de compañía y de terapia. Ayudan a los pacientes con su presencia y con sus voces.

Anoche, por primera vez, les permitimos reunirse entre ellos, ya que consideramos que su estado mental era lo bastante seguro y estable. El encuentro tuvo lugar en el comedor del hospital.

—Bien, jóvenes. Eso es todo por hoy. Mañana continuaremos con los demás.

Los dos astros del rock de la psiquiatría, a quienes los pacientes llamaban «los hermanos oscuros», se alejaron lentamente mientras los demás discutían los casos con admiración y asombro.

Voicu Dașcău nació en Arad, Rumania, ciudad en la que reside. Es médico de atención primaria especializado en obstetricia y ginecología en Arad. Su obra literaria hasta la fecha incluye tres ediciones de Mitul Răpirii sau al lui Obstetrykalion din Sarkynos, en los que transforma la obstetricia —el embarazo y el parto— en una mitología original.

 

 

jueves, 23 de julio de 2026

EL GANSO BROMISTA

Fernando Sorrentino

 

“El ganso bromista” es el título de un cuento de Constancio C. Vigil cuya lectura disfruté en mi infancia, hace muchísimos años… Unas dos décadas más tarde, ciertos sucesos personales me obligaron a recordarlo y, por ese motivo, asigné el mismo título a este episodio autobiográfico que estás leyendo.

Mi interés por la literatura era, y sigue siendo, bastante mayor que mi interés por la educación. En consecuencia, y a modo de simbiosis práctica, decidí estudiar lo suficiente y necesario, y logré recibirme de profesor de Lengua y Literatura.

Por aquella época inaugural, con el fin de ayudar a mis flacos bolsillos de docente me convertí, free-lance, en corrector de pruebas de imprenta de la Editorial Zahorí, especializada en las llamadas “ciencias del hombre” y cuya sede se hallaba en el barrio de San Telmo.

Ningún escrúpulo resulta óbice para autoelogiarme: mi contracción al trabajo, mi conocimiento de la lengua española y mi gusto por incursionar en cuestiones gramaticales o estilísticas, condiciones aunadas a cierto espíritu obsesivamente detallista, me llevaron pronto a ascender a la categoría de editor externo de obras aceptadas para su publicación.

En aquellos años, anteriores a la proliferación de las computadoras, esa labor consistía en leer con sumo cuidado los originales dactilografiados en Underwoods, Remingtons u Olivettis y, mediante lápiz o bolígrafo, ir extirpando los disparates, desatinos o despropósitos semánticos, conceptuales, ortográficos, sintácticos en que suelen incurrir médicos, sociólogos, historiadores, psicoanalistas… (sin excluir profesores de lengua y literatura), y reemplazarlos por los respectivos términos ortodoxos o, al menos, sensatos. Esa tarea me resultaba muy placentera.

No obstante, mi trabajo carecía de la deseada continuidad, pues solían producirse extensas pausas hasta de meses enteros, en que mi pericia no era necesaria en absoluto. Sea como fuere, mis visitas a la editorial, aunque esporádicas, fueron gradualmente familiarizándome con los distintos miembros de la empresa, gente, dicho sea de paso, en general muy simpática y amable.

Por la índole de las tareas, yo trataba casi exclusivamente con una muchacha un poco mayor que yo, la editora en jefe, conocida como la “profe Tita” (modo familiar y afectuoso de referirse a quien, según su DNI, se llamaba Josefina Titorelli); en menor medida, también charlaba de vez en cuando con tres o cuatro chicas a las que espero no ofender si las califico como “editoras de menor cuantía”.

Mis diálogos con Tita se prolongaban, en ocasiones, más de una hora, pues, como no ignoran quienes se desempeñan en el mundo del libro, la edición es tarea en extremo delicada: obliga a obrar con pies de plomo y a no dejar ningún pormenor librado al azar.

Hacia el fondo del amplio salón principal donde Tita y yo afinábamos detalles textuales, y separada por una mampara de madera y vidrio, se hallaba la oficina contable, cuyo jefe era el señor Jeremiasz Schmar. Su rostro anguloso, sus pómulos salientes, su entrecano pelo rubio y totalmente lacio, su piel blanquísima y sus ojos celestes lo declaraban, a simple vista, oriundo de algún país de Europa oriental. Por las razones que fueren, adolecía de un fuerte acento extranjero que, unido a su voz de registro acutísimo, lo singularizaba fácilmente cuando hablaba en español. Tendría unos cuarenta y cinco años.

A veces, don Jeremías (así, con respeto, lo llamaban en la editorial) interrumpía, muy educada y ceremoniosamente, el diálogo entre Tita y yo para tratar alguna cuestión breve relacionada con la disciplina financiera de la empresa. En varios de esos coloquios pude escucharlo con nitidez y en detalle.

Cierta vez manifestó un tímido malhumor hacia el deficiente servicio de transporte público que debía utilizar para trasladarse hasta la editorial.

—Pero ¿cómo? –se extrañó Tita–. Yo tenía entendido que usted venía a pie…

—Eso era antes, cuando yo vivia en Tacuari y avénida Bélgrano. Ahora mudé lejos, pásaje Calíngasta, Villa Santa Rita…

Fui interesándome en la manera que tenía don Jeremías de expresarse en nuestro idioma. Un buen día, no estando él donde pudiera oírme, se me ocurrió decirle a Tita, en voz baja, unas frases en que imitaba la elocución de dicho caballero.

Y hétenos aquí que la profe Tita, contra todo pronóstico y abandonando por un instante su recato y su seriedad habituales (que no le impedían ser sarcástica a menudo), prorrumpió en una estentórea carcajada, tan sonora como discordante en aquel sitio consagrado a producir libros y a difundir cultura.

Desde entonces, y con entusiasta regocijo de Tita, yo solía remedar la extravagante habla de don Jeremías, reproduciendo las eses muy violentas, la confusión entre erres y eres, las vocales más abiertas o más cerradas, los cambios de acentuación o los errores de conjugación.

Me aqueja cierta tendencia a caer en la hipérbole humorística: no tardé demasiado en extender mis imitaciones más allá de Tita. Con la complicidad de Brunelda, la jovencita, bastante excedida de peso, que oficiaba de recepcionista, adopté la costumbre, al llamar por teléfono, de presentarme como si fuera el señor Jeremías.

Nuestros diálogos se desarrollaban en formato y contenido invariables:

Yo (con el habla, muy sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenas tardes, ¿me hiciera ústet el fávor de comunícarme con la ámable señórita profésora Tita?

Brunelda (desternillándose de risa): —Sí, cómo no. ¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

Brunelda (compungida): —Ay, sí, tiene razón, don Jeremías, discúlpeme. Ya le paso la comunicación a la profe Tita.

La rutina semiteatral entre Brunelda, Tita y yo continuó sin modificación alguna. No constituía la diversión más apasionante del mundo, pero tampoco era desagradable y, por añadidura, introducía algún matiz ligeramente insólito en nuestras relaciones laborales.

Esta situación habrá durado no menos de seis u ocho meses.

En algún momento no pude no notar que el señor Jeremías ya no formaba parte de la constelación de la Editorial Zahorí. Y llegué a temer que ya no se encontrase sobre la faz de la tierra.

Mi inquietud resultó injustificada: Tita me informó que don Jeremías había renunciado a su empleo en la empresa para ahora integrarse al personal de otra compañía comercial, al parecer con el fin de gozar de mejores condiciones salariales.

Sea como fuere, no había ninguna razón para abandonar mi remedo del habla de don Jeremías. Puede pensarse que todo lo excesivo termina por cansar y por aburrir. Pero, en fin, los tres (Tita, Brunelda y yo) nos divertíamos con esas tonterías que no causaban daño a nadie.

Rutina que se interrumpió cuando advino un largo silencio en que dejé de ser convocado: tal vez tres o cuatro meses.

Nos hallábamos a finales de agosto, y un aire gélñido y grisáceo se esparcía sobre Buenos Aires. Atribulado por la idea de que la Editorial Zahorí no estuviera satisfecha con mi desempeño profesional, una tarde cobré valor y llamé por teléfono.

Yo (con el habla del señor Jeremías): —Buenos días, ¿me hiciera ústet el fávor de comunicarme con la ámable señórita profésora Tita?

¿Brunelda?: —¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

¿Brunelda?: —No lo entiendo, señor. Discúlpeme, no sé qué quiere decir…

Yo (tomando conciencia de un hecho nuevo): —Pero ¡cómo! ¿No habla yo con señórita Brúnelda?

Recepcionista: —No, señor, lo siento. Brunelda no pertenece más a la empresa. La nueva recepcionista soy yo.

Yo: —¡Carambo! ¡Qué noticia sorprendédora! Y entonces prégunto: ¿cómo llama ústet misma, amable nueva telefonisto?

Recepcionista: —Mi nombre es Amalia.

Yo: —Nombre Amelia, pero ¿cuál apellida?

Recepcionista: —Amelia no: Amalia. Amalia Sortini.

Yo: —¡Oh, Sordini! ¿Quiere decir que ústet es sorda hipoacústica, que no oye palabras o música o ladridos de gatos?

Recepcionista: —Oigo perfectamente, señor. El que no oye es usted: no dije Sordini sino Sortini.

Yo: —¡Ah, Sortini! Lindo apéllido itálico de la buena suerte sortinisca. En visita a Italia yo conoció sábrosas cómidas. En Argéntina acostumbré comer nutrítivas pastas. Yo siempre almuerza sorrentinos noche de lunes, miércoles y jueves. En cambio, martes y dómingo toma sopa y come rabánitos hervidos.

Recepcionista (con tono glacial): —Ya mismo le paso la comunicación con la señora Tita.

Yo: —¡Muchos gracias, yo habla con señórita Tita en séguida!

Resultó, oh fortuna, que Tita estaba justamente a punto de convocarme por un nuevo original para procesar. Y me citó a fin de que lo retirara el día siguiente.

Así, en la recepción, pude conocer a Amalia. El pelo erizado, el rostro triangular muy anguloso y la nariz corva me hicieron pensar en un carancho o, al menos, en un gallo de riña. Contaría unos cuarenta años, era muy delgada, usaba anteojos y mostraba una expresión avinagrada. Resumí estos rasgos como una combinación de antigua empleada del correo y de archivista municipal.

Sin fingirme don Jeremías, le dije que venía a ver a la señora Tita. Amalia anunció mi presencia por el intercomunicador y me invitó a pasar al salón principal.

Tita me informó que Brunelda había concluido su carrera de derecho y que ahora trabajaba en un estudio jurídico. Ufano de mi actuación, le describí el diálogo mantenido el día anterior con la nueva recepcionista, en la seguridad de que aprobaría mi creatividad. Pero no fue así:

—Me parece que no te conviene hacer participar a Amalia en el histrionismo que usabas con Brunelda. El sentido del humor de Amalia es aún inferior al que posee la momia de Tutankamón, y esta chica hasta podría enojarse con vos.

—Muy bien, de acuerdo, acepto tu consejo. Pero quizá alguna vez, cuando yo llame por teléfono, retome la personalidad de don Jeremías.

Gesto dubitativo de Tita:

—No sé, no sé…

Desplegó sobre el escritorio el original al que yo debía conferir una forma legible, y pasó a explicarme las pautas que debería tener en cuenta. Menos erudito que mediático, el autor (cuya identidad no revelaré) era asaz conocido por participar con harta frecuencia en programas televisivos de “divulgación científica”. El libro abarcaba unas ochocientas páginas, y –me previno Tita– abundaba en cuadros sinópticos, tablas estadísticas, interpolaciones de citas en inglés, en francés y en alemán, apellidos y nombres de pila con grafía errónea… Todos los obstáculos y todas las dificultades confluían en la obra, amén de que versaba sobre temas que no revestían para mí el menor interés: una maraña tenebrosa de psicoanálisis, sociología, epistemología, lingüística…

Ejecutar ese trabajo equivalía a cobrar una razonable suma de dinero, de modo que retorné a casa con el libraco en mi cartapacio y con alegría en mi corazón. En quehaceres del intelecto mi límite para interrumpirlos es el primer atisbo de cansancio mental: en cuanto lo percibo, abandono la tarea y la reanudo el día siguiente. Mediante este método suelo avanzar con lentitud, pero lo que pierdo en velocidad lo gano en eficacia y en precisión.

De manera que, sin prisa y con pausas, fui internándome por esa especie de selva oscura redactada en dialecto tan hiperculto como antipático.

Por otra parte –ya lo anticipé–, la parte genuinamente deleitosa de mi existencia discurría por otros senderos. Me encantaba leer narrativa y dejarme llevar, en especial, por las historias con peripecias extrañas o insólitas: como todo lector, tengo mis amores literarios…

Declararé por enésima vez mi ilimitada admiración hacia las fabulaciones de Marco Denevi. Me seducen sus juegos, sus sorpresas, la fluidez de su prosa, su sentido del humor, su imprevisible imaginación. Resulta fácil verificar que con alguna frecuencia recurre al tema de la impostura: personas que terminan siendo otras. Tal ocurre en Rosaura a las diez, en Ceremonia secreta, en Los asesinos de los días de fiesta…

¡Ah, esos cómicos hermanos despiadados que vivían en la calle San Blas…! ¡Qué hermosa novela!

Una mañana septembrina de domingo decidí conocer la calle San Blas. En esa época yo vivía casi en el confín norte de Palermo, Paraguay al 5400. Consulté un plano de Buenos Aires y averigüé cómo alcanzar en bicicleta la calle San Blas: esfuerzo fácilmente accesible para las energías de mis treinta años de aquellos días.

Tomé por la avenida Juan B. Justo hasta llegar a la coordenada necesaria. Tras algunos giros, pude hallarme en la calle de Meneranda, Iluminada, Honorato, Patricio de la Escosura, Anacarsis y Lucrezia… No puedo no confesar que sentía cierta emoción.

Hete aquí que, al llegar al 3300 de San Blas, apareció, perpendicular, el pasaje Calingasta, o sea, ¡recordé de repente!, donde se encuentra el domicilio de don Jeremías. Se me ocurrió, entonces, recorrer el pasaje y comprobé que consta únicamente de una cuadra donde, según me pareció, no hay nada notable.

Una pregunta acudió a mi caletre: ¿en cuál de estas casas se hallará el hogar del antiguo jefe contable de la Editorial Zahorí? Sin embargo (me dije), ¿qué diablos podía importarme esa información? Y entonces una especie de molesto moscardón de incertidumbre empezó a aletearme…

En casa acudí a la letra S de la guía telefónica, donde, ¡aleluya!, figuraban en el pasaje Calingasta el domicilio y el número telefónico del señor Schmar. Ignoro por qué este hallazgo me infundió alegría.

El lunes por la mañana, a primera hora, y sin motivo racional alguno, llamé por teléfono a la Editorial Zahorí:

Yo (con el habla, cada vez más sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenos días, señórita Ámalia. Éspero y déseo que se ácuerde de mi persona.

Amalia (con cierto dejo de disgusto): —No sé, señor, ¿quién es usted?

Yo: —Mi nombre es séñor Jeremías Schmar. Aunque ústet no recuerde mi pérsona, yo conozco perfectamente bélleza y simpatia de señórita Ámalia ya que muchas veces he visitado edítorial y pasado frente a recepción.

Amalia (silencio sepulcral).

Yo: —¿Cortó ústet comunicación? ¿No oye ústet mis palabras? ¿No hace favor de respónderme?

Amalia: —Sí, lo oigo, pero no entiendo qué me quiere decir. No sé quién es usted, nunca lo vi, no lo conozco…

Yo: —Pero yo sí conozco a ústet y debo confésarle que estoy enamórado de ústet y quisiera proponerle matrímonio a la brévedad posible.

Amalia (colérica al máximo): —Dígame, ¿usted está loco o qué demonios le pasa? Deje de hacerse el gracioso, señor imbécil, y no me haga perder tiempo con sus bromas de payaso estúpido.

Yo: —Pero, señórito, escúch…

En este punto Amalia cortó la comunicación, descortesía que por cierto me dolió.

Volví a mi tarea.

El hecho fue que, trabajando metódicamente unas tres horas diarias, concluir la tarea de adecentar el mamotreto me insumió casi noventa días. Al cabo de ese tiempo, ya en los calores de noviembre, pude desembarazarme del gravoso incordio y me presenté en la Editorial Zahorí.

En la recepción me sorprendió la presencia de una nueva empleada: una chica muy joven, tal vez de unos dieciocho años, con pelo rubio y pecas anaranjadas.

Ya ante Tita, comenté:

—Veo que hay nueva recepcionista… Parece que Amalia no duró demasiado…

Tita sonrió:

—Es que, mientras vos desapareciste del mapa, hubo notables novedades en nuestro modesto jet set

Pensé: “Profe Tita, la de Afilada Lengua”. Repliqué, ligeramente irritado:

—No me calumnies: yo no desaparecí de ningún mapa. Me dediqué a luchar contra el libraco perpetrado por don Dificilongo Galimatías…

Nueva sonrisa de Tita, como aprobando mi explicación. Extrajo una cartulina blancuzca de un cajón de su escritorio y me la extendió. Leí:

 

Ha llegado nuestro momento. Nos casamos y nos encantaría compartir con ustedes este día tan especial. La ceremonia tendrá lugar en la Iglesia Santa Rita de Casia, calle Camarones 3443, Buenos Aires, el sábado 23 de octubre a las 21:00.

Los novios saludaremos en el atrio.

Afectuosos saludos,

Jeremiasz Schmar y Amalia Sortini

 

—Qué lástima —dije—. Me habría gustado presenciar la ceremonia. Pero el sábado 23 ya pasó. Veo que me enteré tarde.

—Bueno –se disculpó Tita–, pensé en avisarte por teléfono pero, con tanto ajetreo laboral, me olvidé. Además, no creo que te importara demasiado. 


Este cuento ha sido publicado en el volumen Contra el mar helado de nuestro corazón. Franz Kafka a cien años de su muerte, textos compilados por Gerardo Piña-Rosales y Daniel R. Fernández para la Academia Norteamericana de la Lengua Española.


Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

¿CUÁNTOS DÍAS CABEN EN UNA VIDA?

Andrea Tillmanns

 

La primera entrevista programada para ese día prometía ser la menos interesante. ¿Qué podría tener para decir un hombre de cien años? Todavía me preguntaba por qué el editor en jefe me había asignado esa tarea cuando llamamos al timbre del centenario.

Para mi sorpresa, fue el propio anciano quien abrió la puerta. Estaba sentado en una silla de ruedas eléctrica y sus delgados brazos temblaban ligeramente mientras nos guiaba hasta la sala de estar, pero su voz sonaba sorprendentemente firme cuando nos saludó con unas breves palabras. Durante un instante absurdo tuve la impresión de que aquel hombre era mucho más joven que su cuerpo. Pero ¿cómo iba a saber yo cuál era el estado físico normal de un centenario? Habitualmente, ese tipo de entrevistas de cumpleaños las hacían voluntarios.

El fotógrafo se marchó enseguida, apenas felicitamos al anciano, le entregamos el ramo de flores y terminó la breve sesión de fotos. Yo me quedé a solas con aquel hombre, del que ahora debía arrancar unas cuantas frases con cierto sentido. ¿Por qué alguien de su edad no tenía familiares que lo cuidaran de forma permanente, o una enfermera? Sin duda, eso habría facilitado mucho las cosas.

—¿Podemos empezar de una vez? —interrumpió el anciano mis pensamientos.

Una vez más me sorprendió la firmeza de su voz. Arrastraba un poco las palabras, como si la dentadura postiza no le ajustara del todo bien y, aun así, hablaba con mucha más claridad de la que yo esperaba. En ambos sentidos de la palabra, añadí para mis adentros. Quizá no estuviera tan senil como había imaginado. Tenía que ser cuidadoso; no quería que luego llamara a mi jefe para quejarse de mí.

—Bien, señor Jackson —comencé mientras seguía buscando mi libreta en el bolsillo interior de la chaqueta—. Empecemos... Cuénteme un poco sobre usted. ¿Vive completamente solo?

En ese momento caí en la cuenta de que la pregunta podía interpretarse como algo más que un simple interés cortés.

Y, efectivamente, el anciano resopló con enojo.

—¡Por supuesto! —respondió con brusquedad—. ¿Acaso cree que no puedo arreglármelas solo?

Luego volvió a recostarse en su silla de ruedas.

—Un vecino hace las compras por mí —explicó con mucha más calma—, y todos los mediodías viene un joven a traerme la comida. Ya no me queda ningún familiar.

Lo dijo como quien repite algo aprendido de memoria. ¿Le resultaba esta entrevista tan desagradable como a mí? Pero entonces, ¿por qué no se había negado cuando concertaron la cita? Quizá el hombre estuviera realmente senil, pensé. De todos modos, para tener cien años me parecía demasiado ágil.

—¿Ya terminamos con esto? —continuó después de una breve pausa.

En realidad, ya tenía suficientes notas para escribir un pequeño artículo sobre un vivaz centenario que no se había dejado vencer por la edad ni por las desgracias y que incluso seguía siendo capaz de vivir solo. Una historia conmovedora que haría sonreír con ternura a cualquier lector y quizá lo llevaría a reflexionar un instante antes de volver a doblar el periódico.

No sé por qué no me fui en ese mismo momento. Tal vez fuera esa chispa de curiosidad que a veces aparece en el instante justo; quizá fueran mis muchos años de experiencia como periodista. Algo me hizo negar con la cabeza.

—Necesito algunas impresiones más —expliqué vagamente.

Miré a mi alrededor, me levanté por fin y me acerqué a la chimenea. Sobre la repisa había numerosas fotografías que daban testimonio de una larga vida. Creí reconocer a sus hijos y nietos y, en otras imágenes, quizá a su esposa. Todos llevaban ropas tan anticuadas que volví a tomar conciencia de la edad de aquel hombre, que ahora maniobraba su silla de ruedas hasta colocarse a mi lado.

—No hay nada que ver ahí —dijo con una voz tan cansada que despertó mi atención.

¿Estaría esperando simplemente la pregunta adecuada? ¿Acaso sí tenía algo interesante que contarme?

Aparté de mi mente los pensamientos sobre el escritorio donde el trabajo se iba acumulando y observé las fotografías con mayor detenimiento.

—¿Sus abuelos? —pregunté finalmente, señalando dos fotografías antiquísimas situadas en el extremo izquierdo de aquella galería familiar.

—Mis padres —me corrigió mecánicamente.

Me quedé inmóvil y empecé a hacer cálculos. El papel grueso y los bordes descoloridos de aquellas fotografías me recordaban los retratos de mis propios bisabuelos que mi madre guardaba en una pequeña caja de madera. Si ese hombre había nacido a principios del siglo pasado...

Algo no cuadraba.

—¿Y estos niños? —pregunté tras un instante de vacilación, señalando la fotografía siguiente antes de que advirtiera mi desconcierto.

—Mi hermana y yo —explicó.

Con un suave zumbido, la silla de ruedas regresó hasta la mesa baja de la sala, junto a la silla donde yo había estado sentado. Aparentemente, el anciano había perdido el interés, pero yo seguía sin poder apartar la vista de las fotografías.

En la siguiente aparecía un joven de aspecto pálido y enfermizo, aunque eso también podía deberse a la mala calidad de la imagen. Evidentemente era otra fotografía de estudio; sin embargo, estaba borrosa y presentaba defectos en varios lugares. Traté de recordar una fotografía de mi abuelo con uniforme, tomada al comienzo de la Primera Guerra Mundial. ¿Existían diferencias tan marcadas en la calidad de las fotografías de aquella época o solo me lo parecía?

Observé las demás imágenes sin darme cuenta de qué era exactamente lo que me inquietaba tanto. Evidentemente, el hombre se había recuperado poco después y se había casado; fotografías más recientes mostraban a sus hijos, nietos y, presumiblemente, bisnietos.

La última fotografía mostraba una antigua lápida de gran tamaño, evidentemente perteneciente al panteón familiar.

Me incliné para descifrar la inscripción.

Debajo del apellido familiar aparecía una cita inusualmente larga:

"Poder quedarse dormido cuando uno está cansado y poder soltar una carga que se ha llevado durante mucho tiempo es algo delicioso, maravilloso."

Algunas letras resultaban ilegibles, pero el sentido del texto estaba claro.

Me volví hacia el anciano.

—¿Es de Goethe? —pregunté, señalando la fotografía.

Él resopló con desdén.

—De Hermann Hesse, ignorante. ¿No aprendió nada?

—Creo —respondí lentamente, procurando respirar con calma— que ya debería irme. Sé todo lo que necesito saber.

—Olvidó la pregunta de rigor —objetó el anciano con brusquedad—. Su colega, que vino a verme hace cinco años, me la hizo enseguida: «¿Cómo logró vivir tantos años?».

Imitó el tono excesivamente amable que muchos jóvenes periodistas consideran educado.

Me sentí descubierto, aunque aquella crítica ni siquiera iba dirigida a mí.

—¿Y qué le respondió? —pregunté con cautela.

—Lo de siempre —contestó con mal humor—. Mucho ejercicio, alimentación sana y una copa de vino todas las noches. —Sonreí por compromiso, aunque, evidentemente, no de manera demasiado convincente—. Pero quizá —continuó, mirándome fijamente con sus ojos apagados— le habría contado la verdad.

—¿Y cuál es esa verdad? —pregunté con creciente tensión.

Mientras conversábamos, me había ido alejando lentamente de la chimenea hasta regresar a la mesa del salón y, cuando volví a sentarme, el anciano me observó con desconfianza. Apenas podía imaginar que aún distinguiera algo y, sin embargo, aquellos ojos lechosos seguían clavados en mi rostro.

—Quién sabe... —murmuró mientras negaba lentamente con la cabeza.

Tomé aire.

¿Aquel viejo solo estaba burlándose de mí?

Cuando empujé mi silla hacia atrás con decisión, levantó una mano temblorosa.

—Espere —dijo apresuradamente—. Déjeme contarle una historia... Empezó con mi niñera, María. Nadie conocía su verdadero nombre. Venía de Togo. Cuando estaba enfermo —continuó—, y de niño enfermaba con frecuencia, María iba a buscar un pequeño frasco de vidrio a su habitación y echaba exactamente una gota en mi plato de sopa. Lo llamaba «la medicina de la vida».

Pensé fugazmente en el efecto placebo, que probablemente fuera aún más intenso en los niños que en los adultos. ¿O acaso aquella niñera había traído consigo algún brebaje de su tierra? Dibujé un signo de interrogación junto a la palabra «medicina» en mi libreta.

—«Una gota por un día», decía siempre. —Había dejado caer aún más la cabeza sobre su pecho hundido—. Se suponía que cada gota de esa medicina daba a un enfermo un día de salud y a una persona sana un día de vida.

Parecía esperar que comprendiera lo que intentaba decirme, pero mis pensamientos eran demasiado irreales para convertirlos en palabras.

—¿María le dio muchas gotas de esa medicina? —pregunté lentamente.

Negó con la cabeza.

—Nunca me habría dejado beber demasiado —respondió el anciano—. Lo habría impedido... si hubiera podido. —Sus ojos brillaban ahora, quizá por las lágrimas que empezaban a asomar. Aquella idea me resultó casi más desagradable que lo que pudiera decir a continuación—. Fue muy fácil —prosiguió. Su voz sonaba tan serena que tuve la certeza de que estaba haciendo un enorme esfuerzo por contenerse—. Lo único que tuve que hacer fue esconder el broche favorito de mi madre en la habitación de María. Yo había descubierto el compartimento secreto bajo una tabla suelta del suelo mucho tiempo antes, poco después de cumplir diecinueve años. Allí había doce frascos, todos llenos de la medicina de la vida.

Por primera vez suspiró suavemente.

—Después de que mis padres echaran a María de la casa, empecé a beberla todos los días: primero una gota, luego una cucharada y, finalmente, grandes tragos... hasta vaciar los doce frascos. En aquel entonces todavía tenía miedo de la muerte.

—No hablará en serio, ¿verdad? —me oí decir con voz ronca después de un momento, cuando tomé conciencia del silencio—. Es absurdo creer en pociones mágicas y cosas por el estilo a su edad. Hoy en día no es tan raro vivir tanto como usted; no necesita buscar explicaciones tan extravagantes.

Advertí que mi voz iba elevándose cada vez más. Sin embargo, en aquel instante ya no me preocupaba que pudiera quejarse a mi jefe.

—¿Quiere una prueba? —replicó el anciano con irritación.

Luego señaló con dedos temblorosos el aparador.

—Saque la carpeta negra que está a la derecha. —Sin decir palabra, me levanté, abrí la puerta derecha del aparador, saqué la delgada carpeta de cuero y la coloqué entre los dos sobre la mesa del salón—. Ábrala.

Sin pensar, obedecí.

En la primera hoja, amarillenta por el tiempo, figuraban el nombre del anciano, su fecha de nacimiento exactamente cien años atrás y unas líneas donde se certificaba que su partida de nacimiento había sido destruida durante la guerra. Era, sin duda, un documento oficial, firmado y sellado.

—Siga.

Con cuidado pasé la página. Detrás de aquel certificado había otra partida de nacimiento con el mismo nombre. Tardé unos segundos en advertir la diferencia. El año era anterior. Muy anterior.

Las fotografías, que parecían muchísimo más antiguas de lo que debían ser, su historia... Todo cobraba sentido, aunque me resultara imposible creerlo.

—¿Cuánto tiempo...? —empecé a preguntar, pero me interrumpí al darme cuenta de lo absurda que sonaba la pregunta.

Él me había entendido de todos modos.

—¿Cuántas gotas caben en un frasco? ¿Y cuántos días caben en una vida?

Su mirada empañada volvió a fijarse en mi rostro.

—Nunca las conté. Y creo que no quiero saberlo. Quizá, en algún momento, ya me haya arrepentido durante suficiente tiempo.

—Pero ahora parece muy anciano —dije con suavidad—. Tal vez ya no tenga que esperar mucho más...

—Usted solo ve una parte —replicó el anciano, moviendo lentamente la cabeza—. ¿Quién sabe cómo ha recorrido la medicina mi cuerpo, cuánto de ella llegó a cada lugar? Mi corazón sigue siendo fuerte y continuará latiendo, gota tras gota, día tras día...

Me estremecí al ver una lágrima resbalar por su mejilla.

En ese momento hizo retroceder la silla de ruedas, giró hacia un lado y avanzó hasta la habitación contigua.

—Ahora váyase —lo oí decir con aquella voz que sonaba demasiado joven, justo antes de bajar la manija de la puerta—. Ya conoce el camino.

Abandoné el apartamento sin pronunciar una sola palabra. ¿Qué habría podido decir?

Mientras caminaba hacia la parada de autobús más cercana, grabé un breve texto en mi teléfono móvil: una conmovedora historia sobre un vivaz centenario que, pese a todos los golpes que le había dado la vida y a su avanzada edad, seguía arreglándoselas para vivir por sí solo.

Mientras esperaba el siguiente autobús, pensé en la fotografía del panteón familiar.

Y en el antiquísimo corazón de aquel hombre, que seguía impulsando la sangre con un pulso firme y constante a través de un cuerpo que estaba muy lejos de estar preparado para quedarse dormido para siempre.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

EL RELOJ QUE DEJÓ DE MEDIR EL TIEMPO