Rogelio Ramos Signes
Estábamos en casa de Margarita viendo
televisión, cuando cortaron la película para dar la noticia. Stella Maris fue
la primera en sentirse conmovida. Se puso pálida en el acto; ella era la única
de nosotros que había leído esas historias fantásticas que su padre le
recomendaba a todo el mundo, y seguramente andaba sensibilizada. Después fue
Manuel quien opinó que deberíamos volver a nuestras casas. Pero como siguieron
pasando la película no le hice caso y seguí con Margarita frente al televisor.
Stella Maris y Manuel se fueron casi corriendo, sin ningún tipo de enojo, pero
recomendándonos que cerráramos bien las ventanas y atrancáramos las puertas.
Luego salieron por el fondo.
No habrían pasado
ni diez minutos cuando el miedo también se apoderó de nosotros. Y no fue tanto
por el estado de alerta en que nos tenían a través de la televisión, sino por
los vecinos que corrían gritando, las madres que llamaban a sus chicos, y por algunas
armas de fuego que vimos intercambiar de casa en casa; aunque todos supieran de
antemano que eso nada solucionaría.
Más o menos en
ese momento cortaron la transmisión. Creo que nos quedamos con ganas de saber
qué pasaría con aquel vaquero ciego llegando al pueblo, pero Margarita ya se
había contagiado del temor general. Dijo, totalmente convencida, que el mejor
lugar para escondernos era la parte de arriba del placard; y, mientras
buscábamos una escalera, nos olvidamos de la película.
Ya estábamos bien
resguardados allí (y divertidos también ¿para qué negarlo?), cuando el señor
Gabrielli empezó a golpear la puerta. Decía que a pesar de habernos escondido
en un buen lugar, él creía en la mayor seguridad de su sótano, y por eso nos
invitaba a salir. Margarita le contestó que se fuera tranquilo, que en ese
lugar estábamos bien guarecidos, que teníamos una pala para defendernos (lo que
era mentira), y que muchas gracias. Ella siempre quería quedarse a solas
conmigo, aunque no sé si sentiría algo especial por mí. Lo que sí resultaba
notable era la satisfacción con que observaba mi asombro cuando me revelaba
esas cosas tan privadas que yo no me animaba a preguntarle. Para un chico de
doce años, una muchacha de veinte es la mujer total; además yo andaba abierto a
todo tipo de fantasías. Vivir sus confesiones furtivamente, era vivirlas con
más intensidad.
El señor
Gabrielli volvió casi al instante y, desde el jardín, nos aconsejó que nos
cuidáramos mucho. “La radio dice que ya viene por el Kilómetro 15 y la Calle de
los Manzanos, más o menos” nos dijo. Y luego se fue, seguramente a su sótano.
En la parte más
alta del placard pudimos hacer un espacio para guardar la escalera, que
utilizaríamos en caso de emergencia. No sé por qué Margarita, a toda costa,
trataba de restarle importancia al pánico que vivía la ciudad; decía que
nosotros teníamos cosas más importantes en qué pensar, pero ignoro hasta qué
punto tenía razón. Yo ya estaba arrepintiéndome de no haber corrido hasta mi
casa, donde mi madre estaría con los nervios de punta suponiendo que andaba por
la calle. Después sonó el teléfono cerca de quince minutos. Recién a la noche
me enteré de que había sido mi hermana la que llamó con tanta insistencia. Ni
Margarita ni yo, en ese momento, nos atrevimos a bajar del refugio.
Poco después de
las 4 de la tarde escuchamos una explosión, y nos quedamos callados, esperando
que alguien gritara. Pero el silencio se prolongó hasta las 6, o algo más, y
esas dos horas fueron terribles, porque abundaron en imaginaciones tontas, en
suposiciones que indefectiblemente nos llevaron hasta el borde del miedo.
Ya estaba
oscureciendo cuando Margarita dijo que no podíamos seguir escondidos, que
bajáramos al patio y viéramos si había alguna forma de enterarnos de lo que
estaba sucediendo en ese momento. Tal vez me proponía eso porque yo no
respondía a sus requerimientos en el placard. No sé. Estaba asustado. Prendimos
la radio. Las emisoras locales transmitían entrecortadamente, abundaban las
descargas y todo daba la impresión de que las estaciones también habían sido
abandonadas.
El patio era como
una fotografía de colores apagados, todo estaba quieto, detenido, en silencio;
un silencio ensordecedor, molesto; un silencio que cubría el campo y la ciudad,
y que parecía hacerse más despiadado en nuestro barrio. De la puerta de la
cocina para atrás, el fondo era como otra fotografía pero con los mismos
colores. Un trozo de papel de diario, con el que había estado limpiando el caño
de la bicicleta horas antes, permanecía en el mismo lugar. Las hojas del nogal
seguían amontonadas contra la puerta del lavadero, y el termómetro del
tapajuntas pasaba ligeramente de los 35 grados. Fue Margarita quien descubrió
que lo único que se movía era el hule que protegía las plantitas de lechuga en
el fondo, casi en el límite con el cobertizo del señor Gabrielli.
Más asustados que
curiosos, y sin trasponer la puerta de la cocina, empezamos a tirar piedras y
cuanta cosa tuvimos a mano, para ver de qué se trataba. Primero el silencio fue
sólo silencio, luego fue unos leves quejidos, y finalmente un llanto, y supimos
que, fuese lo que fuese, se trataba de alguien con más temor que nosotros
mismos. Luego el hule se levantó lentamente, y pudimos verla. Una calamidad.
Era Stella Maris, que cuando dejó de llorar nos dijo que no había podido saltar
la tapia, y que no sabía por dónde había escapado Manuel. Después nos contó que
la explosión de las 4 de la tarde había sido en la usina y que por eso faltaba
luz en toda la ciudad, según lo que había escuchado desde su escondite. De no
haber sido por ella no nos habríamos enterado, porque cuando prendimos la radio
ya había música de nuevo, a pesar de que las emisoras locales habían sido
abandonadas.
Entre los tres
nos armamos de valor para recorrer la zona, y fuimos siguiendo la línea de la
arboleda. Si bien es el camino más largo para llegar hasta el arroyo, es allí
donde las posibilidades se multiplican, por la cantidad de pasajes peatonales
que van abriéndose a cada lado. La oscuridad ya había ganado el puente, cuando
vimos cómo el hombrecito rubio dejaba la motocicleta contra uno de los pilotes,
y luego entraba en el hueco; el mismo hueco donde en invierno sacábamos las
mojarritas más grandes del arroyo. Margarita fue quien descubrió el cartel de
“Peligro” en medio de la ruta (nunca había estado eso allí) y a los hombres con
cámaras apostados en los árboles, como cuervos en medio de la oscuridad a la
espera de algo. Seguramente fue miedo lo que nos empujó hasta el quiosco de
bebidas, donde terminamos ocultándonos luego de forzar la puerta. Aquello era
violación de propiedad privada, y bien que lo sabíamos, pero no sólo no
habíamos entrado para robar, sino que nadie en esas circunstancias (ni la policía)
iba a cuestionarnos algo. Y allí nos quedamos, casi conteniendo la respiración
y tomados de la mano, mirando por las hendijas el hueco de las mojarritas, por
donde el hombrecito rubio había entrado con una linterna.
Yo me puse a
fabricar un avioncito con una hoja de diario que encontré en el suelo. Nunca
pude saber qué significa esa manía, que tuve antes y que todavía tengo, de
hacer aviones cuando estoy nervioso. Ése, como el trozo de papel era bastante
grande, tenía unos pliegues especiales en la punta que le permitirían, una vez
lanzado hacia arriba, hundirse en el aire con más facilidad y luego planear.
No habían pasado
ni cinco minutos desde que entramos en el quiosco, cuando oímos un grito
desgarrador que salía de la cueva; y luego, una orden casi silenciosa de los
hombres que estaban sobre los árboles. Sólo se oía el ronroneo de las
filmadoras apuntando hacia el hueco, al momento en que apareció el cíclope.
Tendría unos tres
metros de alto aproximadamente, según lo que estimó Margarita. Bajo el brazo
derecho llevaba el cuerpo exánime del hombrecito rubio, que con su linterna
alumbraba obstinadamente hacia el descampado. En cuanto al gigante, como única
vestimenta llevaba unos trapos atados a la panza; casi una tonta censura para
alguien tan fuera de las normas. Eso me hizo suponer por un instante que
estábamos asistiendo a la filmación de una película, con los hombres y sus
cámaras y toda esa locura inexplicable. Por eso debe haber sido que, ajeno al
peligro y totalmente a expensas de mis doce años, salí gritando del escondite;
y tratando de hacer blanco a unos diez metros de distancia, le arrojé el
avioncito al gigante ¡un hermoso planeador de punta reforzada que se elevó por
sobre su cabeza, y que luego volvió a pasarle frente a su único ojo, hasta
descender junto a mis pies por casualidad! Si aquello era una película, esa
escena espontánea valía millones. Y volví a arrojar el avión al aire.
El cíclope estaba
maravillado, siguiendo la trayectoria del avión. Su único ojo, que relucía a la
altura de la frente entre una maraña de crenchas enredadas, era como un radar
enloquecido siguiendo al juguetito. Y fue tan así, que maravillado de verlo girar
alrededor de su atormentada cabeza, dejó caer al pobre infeliz que cargaba bajo
el brazo. Deslumbrado, torpe y divertido al mismo tiempo, quiso capturar el
papel que volaba, pero sólo logró despedazarlo con su manaza.
El rubio de la
motocicleta cayó ruidosamente sobre el agua que corría entre los restos de los
viejos pilotes. Luego el agua se volvió muy oscura, muy roja y tétricamente
oscura. Allí fue cuando tomé conciencia de la realidad y eché a correr. Frente
a mí todo era pasto que me azotaba las piernas, y el delator canto de los
grillos. Nunca pensé que el quiosco con las chicas estuviese tan lejos, hasta
que cerca de la empalizada de cañas huecas me di cuenta de que estaba corriendo
en otra dirección. Me ganó el desaliento.
Casi me desmayo
del susto cuando algo me tocó la espalda. Era Margarita, que me había seguido
en todo momento sin que yo me hubiese dado cuenta.
Mientras
sacábamos fuerzas de nuestra mutua y temerosa compañía, me dijo que Stella
Maris había escapado en cuanto apareció el cíclope, y que, si todo había salido
bien, ya nos estaría esperando en su casa. Esa posibilidad, esa simple
posibilidad, me pareció una maravilla. Cuando miré hacia atrás, el gigante
arrojaba a alguien por el aire, tratando de hacerlo volar como a un avioncito
de papel. Indirectamente, me sentí culpable.
En la comisaría
de la ruta había infinidad de autos detenidos. Allí estaban mis padres,
desesperados, mirando hacia el puente sin poder hacer nada; también estaban los
padres de Margarita. Todos lloraban de angustia, y siguieron llorando (pero de
alegría) una vez que nos vieron. Un hombre gordo increpaba a un policía,
tratándolo de cobarde, por no hacer fuego contra la figura maciza que en ese
momento había ganado el puente. El cabo se disculpaba diciendo que si fuera por
él ya le hubiese disparado, pero que eran orden superiores tratar de capturarlo
con la menor violencia posible. Entre la gente que curioseaba, más allá del
miedo que podía infundirle la presencia del cíclope, corría la versión que
desde un helicóptero le tirarían redes para tratar de capturarlo vivo. Creo que
esa noche ninguno logró dormir. Mis padres decidieron que, hasta que pasara el
peligro, fuéramos unos días a casa de mi abuela, en Carcarañá. Así que
recogimos un par de bolsos, y hacia allá partimos.
Al día siguiente,
los diarios de la provincia en la primera página reproducían fotos del gigante
(a decir verdad, más espeluznante allí que personalmente) y también confirmaban
la sospecha de Margarita, estimando que sobrepasaba los tres metros de altura.
El hombrecito rubio que fuera arrojado al agua, estaba fuera de peligro, con
apenas unos cortes en la espalda, según la información. En un recuadro,
destacada del resto, una nota informaba que un helicóptero con redes preparadas
sobrevolaba la zona, al menos hasta el cierre de la edición.
“Noticia vieja”
dijo mi abuelo esa mañana mientras desayunábamos. En la televisión ya habían
pasado imágenes del helicóptero volviendo a la base, después de haber fracasado
en el intento. El ogro de la cueva, como ya lo llamaban en todos lados,
había vuelto a esconderse en el boquete que años atrás fuera la salida de las
cloacas, y que para mí ha seguido siendo con los años el hueco de las
mojarritas.
A la tarde la
radio anunció que, en un momento de descuido de las fuerzas de seguridad, el
cíclope había aprovechado para arrimarse al arroyo a beber agua, y que de
inmediato había vuelto a esconderse. Esa noticia, justo es que lo diga, me
pareció maravillosa. Tal vez porque lo vi de cerca, quizá porque logré
despertarle algo de interés con mi avioncito, pero lo cierto es que aquel
gigante me resultaba simpático; inquietante y simpático al mismo tiempo. “Como
la nenita ciega con el monstruo de Frankenstein” sintetizó mi papá, y todos se
rieron; pero tenían miedo.
Hacia la noche,
también por la radio, anunciaron que una brigada trataba de sacarlo de la cueva
utilizando gases lacrimógenos. Al parecer, toda la zona del puente había sido
evacuada, y sólo quedaba el control caminero y el personal afectado al
operativo.
El diario del
sábado decía que era imposible sacarlo de la madriguera, y que un policía, que
en horas de la tarde había entrado con un lanzallamas, no lograba salir y
tampoco respondía a los altoparlantes. Sin decirlo explícitamente, se daba a
entender que se trataba de una víctima fatal.
A la tarde, la
televisión desmintió ésa y otras versiones que elevaba el número de agentes
suicidas que se animaron a entrar por el boquete. Asimismo se informaba que un
tal sargento Padilla, que había ingresado con un lanzallamas, había logrado
salir un par de horas después por una grieta lateral, veinte metros más
adelante. Esa grieta, presumiblemente abierta por el propio ogro de la cueva,
le habría servido a él mismo para escapar, ya que el policía del lanzallamas no
pudo encontrarlo.
Los días que
siguieron fueron de total incertidumbre, ya que el cíclope no daba señales de
vida ni dejaba rastros de su paso por parte alguna. Hasta que el Día de Reyes
(el mismo 6 de enero, a las 4 de la tarde) una señora de la zona oeste aseguró
haber visto a un hombre, como de dos metros y medio de alto, tirar un perro al
aire, cerca del paradero del ómnibus. Y volvió a desatarse el pánico.
Las dos
carreteras que conducían hacia la ciudad se vieron inutilizadas por los
destrozos de la gente que huía y por los accidentes automovilísticos. El
tránsito estuvo detenido durante horas, mientras los más alarmistas avanzaban a
campo traviesa, destrozando cultivos. En ese momento, gente del vecindario
negaba en la seccional la versión del hombre arrojando al perro; pero rato más
tarde otra mujer se solidarizaba con la anterior, asegurando que su propio
animal había sido la víctima. Por la noche se volvía a vivir el mismo
desconcierto de días anteriores. Nosotros ya habíamos vuelto de la casa de mi
abuela, y mis padres tenían la idea de que esa vez el cíclope no iba a molestar
los barrios del sur.
Sorpresivamente,
en el diario de la mañana se publicaba una foto del ogro de la cueva muy
cerca de un cameraman que lo estaba filmando. De acuerdo con la estatura del
hombre del noticiero, se podía apreciar que el monstruo apenas superaba los dos
metros de altura. El pelo le caía sobre la cara, de la que se destacaba el ya
popular ojo, similar a cualquier otro ojo. La fotografía (según el diario) había
sido tomada poco después de la medianoche en un basural, y se hacía hincapié en
que el grandote fue sorprendido mientras estaba muy fastidiado tratando
inútilmente de hacer volar un gato. Tanto el cameraman como el fotógrafo que
consiguió la placa declararon que se trataba de un hombre muy alto, del que lo
único que espantaba era su traza infeliz y un olor insoportable. Dijeron
también (por otra parte en el diario ya se apreciaba) que tenía unos pantalones
destruidos, arremangados hasta la rodilla, y que cargaba a la espalda una lata
de aceite con desperdicios. Al mediodía la televisión mostró brevemente lo que
ya había mostrado el diario, pero en movimiento.
En algún momento
se pensó que los bomberos podrían detenerlo con violentos chorros de agua;
luego se estimó que seis o siete hombres provistos de sogas lo apresarían
fácilmente, pero el ogro (me resulta ridículo nombrarlo así) tenía la cualidad
de esconderse con facilidad. Tal vez por eso las noticias eran contradictorias,
sobre todo las que se referían a su estatura.
Al día siguiente,
por la mañana, unos niños que llegaban a la escuela avisaron a su maestra que,
al costado de un camino lateral que conduce al mercado, habían visto a un
hombre muy grande y feo durmiendo en el suelo, abrazado a una lata de aceite.
Enseguida se avisó a la policía. Guiado por los chicos, un grupo de diez o doce
agentes cercó el lugar con armas de fuego y redes listas para la acción. Por
medio de un altoparlante trataron de despertarlo, pero por lo que demoraba en
aparecer se supuso que habría escapado, o que tenía un sueño muy profundo. Así
es que los hombres, confiados en que nada encontrarían por allí, avanzaron
tranquilamente entre los pastos; hasta que se toparon con él. Primero escaparon
asustados. Luego, para dar una cierta imagen de valentía, y porque eran
seguidos por un grupo de curiosos, volvieron sobre sus pasos, le echaron encima
infinidad de redes, lo amarraron con cuerdas, y lo patearon en el pecho hasta
que se despertó. Entre varios lo llevaron hasta una camioneta; no parecía tan
pesado. Lo exhibieron por las calles del sector sur. Las veredas estaban
atiborradas de gente. Algunas personas le gritaban insultos, otras se reían; no
parecía tan grande. Cuando el vehículo policial (que daba vueltas y vueltas
como un carromato anunciando un circo) pasó frente al bar Santa Lucía,
donde yo estaba esperando con mi papá, el cíclope lloraba.
Todo esto sirvió
para que se vendieran más diarios que nunca, para que los reporteros gráficos
se lucieran y para que el público se desconcertara más de lo que ya estaba.
Una declaración
oficial afirmaba que la estatura del monstruo (también me resulta tonto decirle
monstruo) era de un metro noventa y siete centímetros, que desde hacía
un día lloraba sin parar y que no articulaba palabras; se suponía que era mudo.
El médico de la jefatura dijo que poseía sólo un ojo porque el otro,
aparentemente, se le había reventado hacía años, no pudiendo precisar cuántos,
y que el párpado se le había cicatrizado sobre la piel. El mal uso de la vista,
o un golpe, o una deformidad de nacimiento, había desplazado el otro ojo
ligeramente hacia el centro de la cara; y eso era todo.
Lo cierto es que
a la semana de la espectacular acción de la policía, ya nadie se acordaba de
comentar algo acerca del grandulón que había despertado el miedo en toda una
ciudad.
Hay cosas que no
comprendo ni voy a comprender: la crueldad de la gente aparentemente normal,
nuestra crueldad, por ejemplo. No hay arma más certera que el olvido, ni drama
más cruel que ese instante de mentira que hace acreedor al hombre de una fama
equívoca. Doce años, a lo sumo, tendría yo cuando sucedió aquello; así que ya
han pasado muchos, pero muchos más.
Recuerdo que
cerca de un año lo tuvieron bajo vigilancia médica y policial; luego fue el
experimento de todos los psicólogos de ésta y de muchas otras ciudades, hasta
que se lo abandonó por completo. Ni siquiera se trató de recompensarlo de
alguna manera, después de tanto golpe. Creo que la única persona que hizo algo
por él fue una maestra sin trabajo, que si bien no pudo saber cómo perdió la
voz, ni siquiera por señas, lo adiestró acerca del trato diario: ese modo
eminentemente cruel de la supervivencia.
Ahora, a muchos
años de la historia que acabo de relatar, él es casi un anciano, un tonto más
de los muchos que recorren la ciudad una y mil veces, parándose frente a las
vidrieras, riéndose de nada, ganando a veces unos pesos a cambio del modesto
oficio de echarse bultos a la espalda, desplazando su grotesca masa de animal
insulso, siendo objeto de las bromas más crueles, todavía. En fin, sirviendo de
pasatiempo al ocio eterno de los muchachos.
A veces, cuando me cruzo con él y tengo tiempo, le hago un avioncito con una hoja de papel de diario, y sigo mi camino. A veces también, se escucha alguna voz que lo llama desde un bar: “Che tuerto, vení a tomarte una cerveza”. Y todo así, por el estilo.

