martes, 23 de junio de 2026

COJO

Miriam Ootjers

 

Hace mucho tiempo, cuando la gente aún acudía a la Dama Blanca en busca de consejo, los zorros respondían con cortesía cuando se les preguntaba el camino y los gatos negros traían buena suerte, un muchacho besó a su madre, recibió su bendición y salió al mundo para buscar fortuna.

Sentado en un taburete, el muchacho tenía poco de llamativo. Su cabello rubio como el lino y sus ojos azul pálido no atraían la atención y, cuando hablaba, lo hacía con una voz suave y serena. Pero en el momento en que se ponía en movimiento, todas las miradas se dirigían hacia él.

Desde su nacimiento, su pierna izquierda era más corta que la derecha. Eso le daba una forma lenta y vacilante de caminar que pronto le valió el apodo de «Cojo». Lo llamaron tantas veces así que, con el paso de los años, todo el mundo olvidó su verdadero nombre. Incluso él mismo.

Decidió que era mejor llevar un insulto como si fuera un título de honor que dejar que lo hiriera cada vez. Por eso, cuando alguien le preguntaba cómo se llamaba, respondía invariablemente:

—Cojo.

Cojo nunca hizo la asociación por sí mismo, pero debido a su limitación física quienes lo rodeaban suponían que también era lento de entendimiento. Nadie se tomaba la molestia de conocerlo realmente, y a Cojo eso le parecía bien.

Hasta que llegó el momento de cuidar de su madre en lugar de que ella lo cuidara a él, y salió en busca de trabajo.

—No eres lo bastante fuerte —dijo el herrero.

—No eres lo bastante rápido —dijo el posadero.

—No eres lo bastante inteligente —dijo el cirujano antes incluso de que Cojo pudiera abrir la boca para preguntar si podía convertirse en aprendiz.

Solo cuando un monje le cerró la puerta en las narices sin decir una palabra comprendió que no tenía sentido insistir. Todos veían a un cojo. Nadie veía a Cojo.

Y así se encontraba ahora al comienzo del sendero que atravesaba el bosque y conducía al vasto mundo. Durante el camino tuvo tiempo de sobra para pensar qué significaba realmente para él la palabra «fortuna».

Al final del segundo día abandonó el camino arenoso y se internó unos metros en el bosque, donde un árbol caído había abierto un claro en el follaje.

Apoyado contra el tocón, contempló los puntos centelleantes del cielo profundamente negro. Para tranquilizar su mente empezó a contarlos.

Después de cien, sus ojos comenzaron a cerrarse lentamente. Al llegar a ciento cuatro se abrieron de golpe.

No sabía mucho sobre las estrellas, pero ¿no se suponía que debían permanecer en su sitio? Entonces, ¿por qué una venía directamente hacia él?

Cojo intentó ponerse de pie, pero su pierna más corta no colaboró.

El «¡mierda!» de la estrella quedó ahogado por el «¡uf!» de Cojo cuando la primera aterrizó de golpe en el regazo del segundo y luego rodó por el suelo del bosque.

Cuando ambos se recuperaron del sobresalto, Cojo se incorporó apoyándose en el tocón y extendió una mano para ayudar a la estrella a levantarse.

Mientras la estrella se sacudía, avergonzada, el musgo y las hojas de la ropa, Cojo la observó de arriba abajo.

No. Así no se había imaginado una estrella.

Nada brillaba ni resplandecía en el muchacho que tenía delante. Más bien parecía insignificante, igual que él mismo. Vestía ropa gris, remendada aquí y allá con trozos de tela, y tenía un cabello gris paloma impropio de alguien de su edad. Cuando Cojo bajó la mirada, vio que estaba descalzo.

Solo cuando la estrella levantó la vista comprendió de dónde provenía el brillo que había visto en el cielo. Los ojos del muchacho tenían iris dorados tan intensos que Cojo tuvo que apartar la mirada para no quedar cegado. La estrella volvió la cabeza a un lado, avergonzada. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban apagados, pero conservaban el color amarillo dorado de las flores silvestres que tanto gustaban a su madre.

—Soy Cojo. —Le tendió la mano—. He salido al mundo para buscar fortuna y poder mantener a mi madre.

La estrella se aclaró la garganta e ignoró la mano.

—¿Has pedido un deseo? —Cojo negó con la cabeza—. ¿No?

—No. Estaba contando estrellas para quedarme dormido.

—¿Y yo fui la primera estrella que viste? —preguntó con esperanza.

—Bueno, no exactamente. Eras la número ciento cuatro.

—Ah.

La estrella pareció ligeramente ofendida, pero se recompuso enseguida.

—De todos modos necesitas algo; si no, yo no estaría aquí.

Eso hizo pensar a Cojo. Quería encontrar fortuna. Pero ¿realmente necesitaba algo? ¿Algo tan necesario como para que una estrella hubiera descendido del cielo para dárselo?

La estrella vio su duda y decidió, al parecer, que no tenía tiempo para ella.

—Puedo arreglar eso —dijo señalando la pierna más corta de Cojo.

—¿Está rota? —preguntó Cojo con asombro.

—¿Acaso puedes correr con ella? —Ahora era la estrella quien sonaba sorprendida.

—Todo el mundo parece estar corriendo en estos días —respondió Cojo con sequedad—. A veces sería mejor que algunas personas tuvieran menos prisa.

La estrella lo miró durante un instante, desconcertada.

—Eh... ¿oro, entonces? Si lo deseas, puedo darte una montaña de oro.

Pero Cojo negó con la cabeza.

—No podría cargarla. Además, los bosques no son seguros. Los ladrones me la quitarían enseguida.

—Entonces haré que aparezca junto a tu madre —ofreció la estrella—. ¿No? —añadió, sacudiendo la cabeza al ver la expresión de Cojo.

—Pensará que es robado o que lo ha traído un espíritu maligno para comprar su alma. No lo querrá y probablemente lo enterrará en el bosque o lo arrojará al pozo.

—¡Entonces amor! —exclamó la estrella—. ¡Puedo darte al amor de tu vida!

Cojo la observó pensativo.

—Si no puedo cuidar de mi madre, ¿cómo voy a mantener a una persona amada?

—Eh... —La estrella pareció buscar otras posibilidades. No encontró ninguna—. Lo siento. Eso es lo que desea todo el mundo. Amor, riqueza o salud. Ya no se me ocurre nada más.

Cojo reflexionó un momento.

—Quizá deberías regresar. —Señaló el cielo.

La estrella lo miró abatida.

—Solo puedo regresar cuando hayas formulado un deseo y yo lo haya cumplido.

—Entonces deseo que regreses.

Cojo le dirigió una sonrisa alentadora, pero la estrella no desapareció.

—No puedes pedir deseos para mí. Esas son las reglas. —Se encogió de hombros—. Puedes hacerlo, claro, pero el deseo no se cumplirá.

—Entonces será mejor que busques a otra persona que desee algo.

Y volvió al sendero del bosque. El cansancio había desaparecido de su mente y de su cuerpo. Para su sorpresa –y ligera irritación– la estrella lo siguió a unos pocos metros de distancia.

Cojo se detuvo y se volvió.

—No tienes que seguirme. Ve a buscar a otra persona.

—No puedo. Estoy ligado a ti por el deseo incumplido. Tengo que seguirte.

—¿Porque esas son las reglas? —suspiró Cojo.

La estrella asintió con incomodidad y parecía sentirse tan incómoda con la situación como él. Quizá debería pedir algo pequeño, un pan, por ejemplo, y así ambos quedarían libres el uno del otro, pensó Cojo. Sin embargo, dudaba que funcionara. Sospechaba que la estrella solo podía cumplir un deseo si era algo que realmente quisiera, no algo formulado únicamente para librarse del muchacho de ojos dorados. Porque esas eran las reglas.

Mientras tanto, la estrella había perdido el interés en Cojo y observaba cuanto la rodeaba. Su mirada pasaba de los árboles a los arbustos. Recogió una piña del sendero, contempló fascinado las semillas que caían de ella y finalmente levantó la vista hacia el cielo. Cojo se preguntó si la estrella realmente quería volver allí arriba.

Al parecer la estrella notó que la observaba y, sobresaltada, dejó caer la piña.

—Perdón, ¿has dicho algo?

Cojo negó con la cabeza.

—Limítate a pedir algo —murmuró el muchacho con gesto hosco—. Así nos libraremos el uno del otro.

En ese momento Cojo estuvo seguro de que la estrella no deseaba regresar.

—Quiero pensarlo un poco.

Y reanudó la marcha.

—No puede ser tan difícil —oyó que refunfuñaba la estrella a sus espaldas—. Pide lo que pide todo el mundo. Los humanos son predecibles.

—Tal vez yo no sea como todo el mundo —respondió Cojo por encima del hombro.

—Claro que lo eres.

La frase fue casi inaudible, pero lo bastante clara para molestar a Cojo.

Se detuvo de golpe y la estrella estuvo a punto de chocar contra él.

—Muy bien. Deseo una montaña de oro.

Miró fijamente a la estrella.

El muchacho tenía las manos metidas en los bolsillos y contemplaba el suelo como un niño malhumorado.

No ocurrió nada.

—¿Y bien?

—Solo puedes desear algo que quieras en lo más profundo de tu corazón —murmuró la estrella.

—Y no necesito oro.

—No, al parecer no...

—Entonces deseo que mi pierna izquierda tenga la misma longitud que la derecha. —Cojo contuvo el aliento un instante. A veces, muy de vez en cuando, deseaba ser como los demás. Pero, se dio cuenta, aquello se debía a que quería que lo trataran con normalidad, no a que estuviera descontento consigo mismo. Cuando no sucedió nada, añadió—: Deseo que el amor de mi vida aparezca delante de mí.

Miró a la estrella directamente a los ojos. La estrella le devolvió la mirada sin pestañear.

No apareció nadie entre ellos.

—Bien —concluyó Cojo—. Ahora que hemos terminado con eso, podemos seguir adelante. Está oscuro y hace frío, y no me apetece caminar toda la noche.

—¡Entonces desea un refugio! —gritó la estrella mientras volvía a seguirlo.

—Deseo un refugio —dijo Cojo tranquilamente.

Nada.

—¿Por qué no funciona? —La voz de la estrella sonaba ya desesperada.

—Porque hay suficientes refugios en el bosque. Estoy seguro de que encontraremos uno y, si no, construiremos uno. Además, no le tengo miedo a la noche.

Pero la estrella sí. Cojo lo comprendió cuando volvió la vista atrás. Hasta entonces el muchacho se había mostrado completamente absorto en cuanto lo rodeaba; ahora caminaba encogido sobre sí mismo, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos moviéndose nerviosamente de un lado a otro. No era desesperación lo que Cojo creía oír en su voz. Era miedo.

Redujo el paso y permitió que la estrella lo alcanzara hasta caminar a su lado.

—¿Quieres que nos detengamos?

—¡Quiero que pidas un deseo! —gritó la estrella para ahogar su propio temor.

En lugar de señalarle que ya había formulado cuatro deseos sin que ninguno se cumpliera, Cojo se acercó un poco más hasta quedar casi hombro con hombro con él.

Aunque la estrella habría podido aumentar la distancia con un solo paso, no lo hizo.

El muchacho se relajó ligeramente.

—¿Cómo llega una estrella al cielo? —preguntó Cojo tras unos minutos de silencio.

—Qué sé yo —murmuró el muchacho casi inaudiblemente, cruzando de nuevo los brazos sobre el pecho.

—¿Las estrellas nacen? —Cojo no quería insistir, pero sentía auténtica curiosidad. La estrella permaneció callada, obstinada—. Mi madre me contó una vez que las nuevas estrellas nacen cuando dos estrellas chocan entre sí. Cojo observó a la estrella por el rabillo del ojo, pero esta seguía mirando el sendero—. Entonces...

—Morí y me convertí en una estrella, ¿de acuerdo? —lo interrumpió bruscamente el muchacho—. Yo... Nosotros...

Se interrumpió. Cojo también se detuvo y se volvió hacia él. La estrella evitó su mirada y observó cualquier cosa menos a Cojo, hasta que finalmente les habló a sus propios pies.

—Asaltábamos diligencias. No era la primera vez y, por nuestra parte, tampoco habría sido la última. Había tanto oro, y nosotros no teníamos nada. No era justo. —La estrella resopló—. Necesitábamos el oro. Pero también era divertido. Los gritos de las mujeres. Los hombres agitando espadas decorativas como si nunca hubieran sostenido un arma. Las riquezas que prácticamente nos arrojaban ante la simple visión de un cuchillo. El... —De pronto pareció darse cuenta del entusiasmo con que estaba relatándolo. Guardó silencio, avergonzado, y retomó la historia con voz más calma—. Pero parecía que la última diligencia esperaba un asalto. No había oro. Sí había cuatro hombres. Hombres entrenados con espadas contra tres muchachos inexpertos armados con cuchillos. Nos abatieron en cuestión de segundos. Miré hacia el cielo y después me vi a mí mismo desde arriba.

El muchacho se estremeció. Cojo sintió deseos de abrazarlo, pero se contuvo. Por todos sus gestos comprendía que la estrella aún no había terminado de hablar y, si la consolaba ahora, probablemente el torrente de palabras se detendría.

—Entonces desaparecí. El bosque desapareció. Todo desapareció. Incluso mis recuerdos desaparecieron. Y de pronto me encuentro frente a una mujer que me mira directamente y dice: “Deseo un establo lleno de vacas lecheras sanas”. Y allí aparece un establo lleno de vacas. La mujer corre hacia él y yo vuelvo a desaparecer. Después un hombre que desea que su hija sea más hermosa. Un campesino que desea que el ganado de su vecino contraiga la viruela. Un niño que desea la muñeca más grande del pueblo. Deseo tras deseo, cada uno más grande, más hermoso y rico que el anterior. Nunca un “gracias”. Siempre “deseo”, “deseo”. “Yo, yo, yo”.

De pronto la estrella levantó la vista hacia Cojo.

—¿Yo también era así? ¿Todo giraba también alrededor de mí?

Había algo desesperado en su mirada, algo que parecía suplicar:

Dime que no. Dime que no merecía esto. Dime que esto no es un castigo.

Pero Cojo no tenía la respuesta. La estrella tampoco parecía esperar que la tuviera. Trazos luminosos de color amarillo dorado descendieron por las mejillas de la estrella.

—Y cada vez que vuelvo a poner los pies sobre la tierra, regresan más recuerdos.

Se secó las lágrimas con la manga y se sonó la nariz. Cojo le ofreció su pañuelo. Tras sonarse ruidosamente, la estrella le tendió el pañuelo, que ahora emitía una tenue luz. Cojo negó con la cabeza. El muchacho lo guardó en el bolsillo.

—¿Y ahora qué quieres? —preguntó Cojo.

—Que pidas un...

La frase quedó incompleta.

—No lo sé —dijo finalmente la estrella—. No sé qué quiero.

Cojo vio que lo decía sinceramente.

—Quizá solo necesites tiempo para pensarlo.

Y volvió a echarse a andar.

La estrella asintió agradecida. Lo siguió y aceleró el paso hasta caminar a su lado.

Cuando apareció la primera luz del amanecer se aproximaron a una pequeña aldea.

—Nos detendremos aquí —dijo Cojo.

En realidad habría querido descansar varias horas antes. Le dolía la cadera derecha y la espalda parecía haberse puesto de acuerdo con ella para protestar. Pero durante todo el trayecto la estrella había observado cuanto la rodeaba con fascinación, como un niño que descubre por primera vez la belleza del bosque. Había arrancado hojas de los arbustos, acariciado la corteza de los árboles y, en una ocasión, había salido corriendo tras un zorro internándose entre la vegetación. Durante varios minutos Cojo no vio ni oyó nada de él. Por un momento temió que hubiera regresado al cielo, hasta que divisó dos manchas doradas entre los arbustos que unos segundos después resultaron ser los ojos de la estrella. Aliviado, respiró profundamente y pidió al muchacho que no volviera a alejarse del sendero.

—No lo entiendes —había respondido este—. Todo me resulta familiar y, al mismo tiempo, completamente nuevo.

Y volvió a desaparecer entre los arbustos al escuchar un crujido.

La estrella nunca se mostró impaciente por el lento paso de Cojo y, cuando este tropezó con una raíz, lo sujetó instintivamente por el brazo antes de que cayera. Cojo sospechaba que, si le hubiera confesado cuánto le dolía el cuerpo, la estrella habría aceptado descansar de inmediato. Le había hecho muchas preguntas acerca de su existencia como estrella y pronto llegó a la conclusión de que no llevaba años concediendo deseos, sino siglos. Mientras tanto, la estrella le había arrojado hojas y piñas a modo de broma, había pasado corriendo delante de él al menos veinte veces sin darse cuenta de que Cojo no podía apartarse con rapidez y le había hecho interminables preguntas sobre la aldea donde vivía, sobre los animales del bosque y sobre su madre.

Ni una sola vez la estrella lo vio como un discapacitado. Ni una sola vez lo consideró lento de entendimiento. La estrella veía a Cojo como Cojo. Y Cojo empezaba a ver a la estrella como a un muchacho. Como a un amigo.

Al llegar al borde de la aldea, la estrella miró al cielo, donde el negro de la noche había sido reemplazado por los suaves tonos azulados y rosados del amanecer.

—Todos se han ido.

Recorrió el firmamento con la mirada y luego observó a su alrededor con expresión perdida, hasta que sus ojos se detuvieron en Cojo.

—Yo sigo aquí —dijo este con calma.

Juntos recorrieron las calles, pasearon por el mercado y finalmente llegaron a una plaza. Allí Cojo tomó una decisión.

—Deseo que mi amigo permanezca en este mundo hasta que realmente llegue el momento de marcharse. Cuando tenga... —pensó un instante— cien años, por ejemplo.

La estrella arqueó las cejas.

—Buen intento. Pero no ocurre nada.

Sin embargo, Cojo estaba viendo otra cosa.

Los suaves iris dorados de la estrella comenzaron a cambiar lentamente de color, hasta que se encontró mirando unos ojos azul pálido.

El muchacho frunció el ceño.

—No me mires así. No es el deseo correcto.

—Claro que sí —sonrió Cojo—. Tal vez solo necesites un poco de tiempo para verlo tú también.

—¿Ver qué?

—Que en realidad no existen reglas. Que quizá nunca habías conocido a alguien capaz de desear algo para otra persona desde lo más profundo de su corazón.

Le sonrió al muchacho. Este le devolvió una amplia sonrisa, aunque seguía sin comprender. Entonces Cojo lo tomó de la mano y tiró suavemente de él. Y juntos siguieron adelante, hacia el mundo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

 

 

MI PRIMER ROBOT

Giorgio Sangiorgi

 

Mi primer robot era un juguete de hojalata, cuadrado y pintado de verde. Funcionaba con dos pilas alcalinas y, una vez activado, avanzaba hacia mí dando tumbos. Su pecho se iluminaba y quizá –han pasado demasiados años– también tenía un mecanismo de piedra de chispa que lanzaba destellos, un dispositivo muy de moda en los juguetes de aquella época y que hoy haría estremecerse a cualquier bombero.

Aquel juguete era la quintaesencia de todo lo que debería resultar inquietante en una máquina antropomorfa: un gigante verde que avanzaba de forma amenazadora, con ojos inexpresivos y un chisporroteo constante.

Sin embargo, para mí no existía visión más mágica ni más reconfortante.

Después de aquello, durante varias décadas, tuve que conformarme con soñar con los robots: en los libros, en los cómics y más tarde en las películas. ¿Cómo olvidar a Robin Williams diciendo:

—Si me necesita, siempre estaré aquí para usted. Ha sido un honor servirle...

Llegaron otros juguetes inteligentes, pero no quise dejarme tentar por ellos. Como la zorra de la fábula con las uvas, repetía por todas partes:

—¡No compraré un robot hasta que sea capaz de traerme las pantuflas o el mando a distancia!

Pero por entonces ya se estaban realizando experimentos interesantes. Había máquinas capaces de caminar, hablar, tocar el violín o jugar al ajedrez. Sin embargo, ninguna sabía hacer todas esas cosas a la vez. Faltaba potencia de cálculo. Después las cosas se precipitaron.

Se hablaba de numerosos prototipos prometedores y yo intuía que estaba asistiendo al amanecer de una revolución superior incluso a la llegada de las computadoras, una revolución destinada a transformar la sociedad. Hasta el día en que me encontré uno delante de mí. Estaba ya cerca de jubilarme. Era blanco, con articulaciones metálicas. Empujaba un carrito y era evidente que había sustituido a uno de nuestros empleados internos en el reparto de correspondencia.

Caminaba con seguridad. Lo observé atravesar el pasillo. Pasó frente a mí y, de manera instintiva, lo saludé.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió con una leve inclinación de cabeza.

Me quedé inmóvil observándolo alejarse. Sonreía mientras una lágrima descendía desde el rabillo de mi ojo derecho. Aquel aparato seguramente le había quitado el trabajo a un ser humano. Pero yo me sentía como si uno de mis sueños más imposibles hubiera tomado forma y se hubiera subido a mi mismo autobús.

Nunca lo olvidaré.

Cuántas cosas he visto desde entonces. Cuánto ha cambiado el mundo. Ahora tengo ciento un años y estoy a punto de morir. Por muchos caprichos del destino, estaría aquí agonizando completamente solo si no fuera porque Walter, mi robot mayordomo, está conmigo. Walter me ha cuidado y atendido fielmente durante los últimos veinte años. Ha sido mi compañero y ahora será mi último testigo.

—¿Siente dolor, señor? —me pregunta Walter, inclinándose hacia mí con preocupación. Lo tranquilizo cerrando los ojos. Ya ni siquiera puedo hablar. Así que Walter recibe mis pensamientos y los almacena para que no se pierdan. Cuando yo muera, Walter también se apagará, aunque conservará intactos mis archivos. Sus sofisticadas circunvoluciones neurotrónicas se quemarán y él no será más que un muñeco inútil. No, no fui yo quien lo ordenó. Fue decisión suya. No consideraba elegante servir a otras personas después de mí. Además, sabe que ahora existen nuevos Walter de modelos más avanzados. Yo no estoy de acuerdo, pero él cree que nadie lo querría ya.

Cuando yo muera, inclinará la cabeza hacia adelante y aquel rostro amable e ingenioso perderá la luz de la conciencia. Permaneceremos juntos, esperando que cada uno sea enviado a su correspondiente destino final. Aunque, en cierto modo, empezamos a parecernos. Yo llevo implantados algunos microchips. Y quizá él tenga en algún lugar un verdadero corazón humano. Tal vez se equivoquen. Quizá lo envíen a él al cementerio y a mí al desguace. Walter ya ha registrado mi vida, mis últimas voluntades, mi dolor por las personas que amé y que ya no están, y mi despedida final para quienes todavía me aprecian y siguen vivos. Y ahora, precisamente ahora que siento cómo la vida me abandona, solo tengo una cosa que decir:

–Gracias, Walter... mi querido compañero... robot.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

 

¿QUIÉN TOMA EL TÉ CON VAL GARDENA?

Adriana Lucero

 

Val Gardena siempre me pareció una persona correcta, cortés, con una sonrisa pintada en el rostro tal vez demasiado fingida. Unos modales tan finos, tan cuidados, que uno no podía evitar sentirse algo vulgar ante aquel espíritu altamente educado. Nunca hablaba más de lo necesario, nunca decía una palabra fuera de lugar. Sus gestos no manifestaban euforia, nerviosismo o exaltación, sólo denotaban tranquilidad, mesura, autocontrol. A decir verdad, siempre pensé que Val mantenía una intensa lucha consigo mismo y todo lo que aparentaba externamente era fruto de un gran esfuerzo por ocultar su verdadera personalidad. Digo esto porque yo estuve a su lado en sus últimos días y pude percibir que algo atormentaba su alma, pero no se atrevía a confesarlo a nadie.

Todos saben que Val Gardena no tenía amigos o parientes, ni siquiera algún romance clandestino que acompañara sus noches. Creo que yo fui lo más cercano a un amigo para él, aunque Val nunca se haya dado cuenta de eso. Recuerdo que manteníamos largas charlas intelectuales donde tocábamos temas referentes a literatura, pintura, música, filosofía, religión…no había nada sobre lo que él no manifestara notable interés. Tenía una sabiduría asombrosa, un vasto bagaje de conocimientos ante los cuales yo quedaba extasiado y sentía la admiración y respeto que se le debe a todo gran maestro. Cuando hablábamos de música, mi amigo no podía disimular su fascinación por Bach y toda su obra y eran esos los únicos momentos en que Val parecía revelar su verdadero espíritu, apasionado y amante de las composiciones del padre del “Arte de la fuga”.

En cuanto a su pasado, nadie sabía nada sobre él. ¿Cuál era su profesión? ¿Qué hacía en su juventud?  ¿Porqué había ido a parar a aquel hogar de ancianos una persona con virtudes tan elevadas como él? Eran preguntas para las cuales nadie tenía respuestas. Lo cierto era que todos coincidíamos con que, sin duda, Val había sido un personaje importante y destacado en su época.

Su edad también era un misterio; era viejo, claro está, como todos en el hogar, pero no podíamos precisar con exactitud cuántos años tenía. Y él jamás lo había revelado.

Val no solía compartir ninguno de nuestros pasatiempos. Raras veces salía de su habitación y, cuando lo hacía, solicitaba con un tono que no daba lugar a réplica, que le sirvieran su té en el jardín. Nuestras charlas, en cambio, siempre ocurrían en su cuarto y sólo se realizaban si mi amigo me mandaba llamar. Yo jamás me presentaba sin su invitación previa y me retiraba cuando él así lo quería.

Esta extraña relación que manteníamos comenzó a cambiar radicalmente de un día para otro. Conversábamos cada vez con menos frecuencia y por escasos minutos. Val se había vuelto mucho más silencioso y parecía tener sus pensamientos en algún otro lugar totalmente ajeno a los temas que tratábamos. Ahora salía al jardín con mucha más frecuencia, creo que casi todos los días. Se sentaba con su té, que casi nunca terminaba, y esperaba a un extraño hombre que acudía a visitarlo. En el hogar estábamos completamente anonadados, sobre todo yo; habíamos podido jurar que él no tenía a nadie a quién le importase lo suficiente como para acudir a visitarlo. Nunca había recibido una carta o un llamado. En los días de visita Val se quedaba como siempre encerrado en su habitación, así que era claro nuestro asombro con ese extraño visitante salido de la nada y que, para colmo, lo visitaba permanentemente.

Mi amigo parecía de golpe tan cambiado, tan intranquilo y nervioso, tan ajeno a esa compostura característica en él que nosotros admirábamos tanto. Estaba ansioso, sus manos, su rostro, todo en él así lo revelaba. Y no nos cabía duda de que su ansiedad provenía de aquella visita. Si un día el hombre no acudía a la cita, Val se desesperaba, hablaba solo, lloraba por momentos, se arrancaba los cabellos y se sumía en un estado tan lastimoso que nos resultaba imposible no sentir cierta lástima por ese ser que nos había parecido sumamente extraordinario. Yo trataba de hablarle, de consolarlo, de sacarlo de ese estado, pero era en vano. Ya no me escuchaba, evitaba mirarme a los ojos y parecía no tolerar mi presencia ni la de nadie.

Pero aquel visitante siempre regresaba y Val lo recibía no con alegría o emoción, sino con un alivio que sólo duraba el tiempo de la visita y que luego volvía a transformarse en ansiedad hasta el próximo encuentro y así sucesivamente.

El misterio de estos encuentros se prolongó un tiempo más, con las mismas características. Val no volvió a ser el que era antes, ni siquiera por un instante, ni siquiera conmigo, su único amigo. Porque yo sabía y podía afirmar que la visita no era su amigo, ni su pariente ni nadie relacionado con su pasado o sus afectos.

Como ya dije, el hombre siempre volvía, pero supuse que en cualquier momento esto iba a cambiar. En uno de los encuentros, el extraño tomó el sombrero que Val usaba todos los días y, esbozando una sonrisa (que, a decir verdad, me pareció macabra y me produjo un raro escalofrío en el cuerpo), estrechó su mano y sencillamente desapareció. Creo que yo fui el único que presenció esto porque estaba atento a todo lo que sucedía en estas visitas. Tuve la sensación, o mejor dicho, la certeza, de que este sería su último encuentro. Y así fue.

El visitante no regresó, ni al día siguiente, ni al próximo, ni nunca. Pero Val ya no perdió el control. Dejó de esperar esos raros encuentros.

De pronto, todo pareció volver a la normalidad. O casi todo. Val y yo jamás volvimos a hablar y dejó de salir al jardín para tomar su té. Pero volvió a conseguir su tranquilidad, su mesura, aunque yo sigo creyendo que esa era su mascarada porque, interiormente, Val temblaba y aguardaba atento, como lo había hecho toda su misteriosa vida.

 

Hace unos días desperté con un fuerte bullicio en el hogar. Les pregunté a mis compañeros qué sucedía y fue entonces que me dieron la trágica noticia: Val Gardena había fallecido en su propio lecho. Decían que de muerte natural. Pero también se comentaba que el rostro de mi amigo parecía desfigurado por un miedo mortal, como si en sus últimos instantes hubiese visto algo extremadamente pavoroso. Además, averigüé algo que no deja de inquietarme: su sombrero favorito, ese que el extraño visitante se había llevado en el último encuentro, yacía en la cabeza de Val, ligeramente inclinado, como él solía usarlo.

No se habló de asesinato ni de nada parecido. Yo tampoco lo hubiera creído. Aparentemente había ocurrido lo más común en el hogar; Val había “muerto de viejo”, como decían por ahí.

No sé si es cierto, pero escuché que mi amigo tenía 115 años. Jamás lo hubiese imaginado. Después de todo, parecía más joven que muchos de nosotros.

Hasta ahora nadie lo sabe y creo que ya nadie se lo pregunta, excepto yo. Sólo quisiera saber ¿quién era el que tomaba el té con Val Gardena?



Adriana Guadalupe Lucero es Licenciada en Letras, Profesora de italiano, Magister en Tecnologías de la Comunicación, Profesora de Educación Musical, investigadora y escritora. Nació en San Miguel de Tucumán, el 17 de enero de 1983. Entre sus publicaciones se destacan: “El Guardián” (2011, Plan Nacional de Lectura); “Un preludio” (2011, Editorial Dunken), en la antología de relatos Acaso la Vida; los libros de cuentos Extraña Presencia (2013, Ed. del Parque), Entre Sombras y sueños (2015, Ed. del Parque), Vuelta al deseo en cuarenta mundos (2017, Ed. del Parque); En las Tierras de David, antología de microrrelatos (2022, La Aguja de Buffon Ed.); Reunidas, antología de poetas tucumanas (2022, Tafí Viejo Ed.); Coordenadas, 4° Festival de Poesía de Boedo, antología poética (2024, Clara Beter Ed.); Fervor de Tucumán II, antología de microrrelatos (2024, La Aguja de Buffon Ed.), Más allá del borde (2025, Puerta Roja Ediciones) y trabajos de investigación publicados en Libros y Actas de Congresos, Simposios y Jornadas. Actualmente se desempeña como docente de italiano en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, en el Instituto Superior de Música y es personal adscripto en la Dirección Artística de Letras del Ente Cultural de Tucumán. Además, es miembro de la Asociación literaria de microrrelatistas “Dr. David Lagmanovich”.

lunes, 22 de junio de 2026

UNA MUÑECA DE TRAPO ROBADA

Franco Ricciardiello

 

El viaje por mar hasta Túnez fue una experiencia brutal.

Un siciliano nos hizo descender a la cisterna vacía de un carguero que navegaba bajo bandera griega. El muchacho de Novara que había hecho el viaje conmigo se demoró en cubierta, con las manos hundidas en los bolsillos, tratando de retrasar el momento de bajar a aquella cisterna maloliente a productos químicos; pero el intermediario lo empujó por los hombros, insultándolo.

—Malditos polentones —exclamó mientras cerraba la escotilla, procurando que todos lo oyéramos—. Querrían viajar en primera clase, seguramente.

La travesía duró toda la noche, entre el olor nauseabundo a disolvente de la cisterna; la tripulación estaba al tanto de nuestra presencia clandestina, pero nadie se asomó para arrojarnos un pedazo de pan.

Todavía no había amanecido cuando un marinero se inclinó finalmente sobre el rectángulo de la escotilla. Lo seguimos hasta cubierta; junto al carguero había una lancha con dos hombres a bordo. Éramos cuatro los inmigrantes clandestinos; descendimos por la escalera impregnada de alquitrán para tumbarnos en el fondo de la embarcación.

Nos alejamos con el motor al mínimo y, por fin, el aroma mediterráneo del aire nocturno nos recibió y nos acompañó durante el trayecto hasta la costa.

Cuando desembarcamos en la playa pagamos mil piastras, la otra mitad de la suma acordada con el intermediario, y nos pusimos en marcha a través de la arena hacia las tentadoras luces matinales de una autopista de alta velocidad que parecía correr paralela a la costa tunecina.

La mañana seguía siendo oscura y ya abrasadora, pero yo llevaba una chaqueta de cuero curtido porque cuando salí de Turín hacía frío. Desde la ciudad de Túnez llegaban toda clase de sonidos: música electrónica para bailar, rugidos de automóviles, voces humanas, incluso el chapoteo del agua marina. También oímos el canto modulante de un muecín desde un minarete, o al menos eso creímos hasta que nos dimos cuenta de que se trataba de un potente altavoz digital.

En la autopista los automóviles pasaban a gran velocidad: coches grandes, cromados, elegantes, de fabricación saudí, no los vehículos argelinos de tercera mano que importábamos en Italia.

Nos detuvimos justo antes de la calzada para observar el cielo, un cielo extraño, diferente, que las innumerables luces artificiales de Túnez desteñían hasta convertirlo en un oscuro color amaranto.

Me sentía emocionalmente cargado, excitado, como si no fuera un emigrante por desesperación. Mis compañeros ocasionales de viaje, además del muchacho de Novara, eran dos brutos de las montañas vénetas, ignorantes y toscos, con quienes no buscaba intimidad porque yo había estudiado dos años en un instituto técnico agrario de Turín (aunque mi sueño de continuar los estudios en el extranjero, en alguna universidad de los países industrializados, Yemen o Etiopía, se había desvanecido por razones económicas).

El amigo de Novara persistía en su intención de continuar hacia la gran, cosmopolita y materialista Argel; yo, en cambio, tenía el viaje ya organizado por mi cuñado, que trabajaba en las obras de construcción de Asuán, en Egipto; me esperaba, por tanto, un recorrido de miles de kilómetros. Me despedí entonces de mis compañeros de viaje y seguí adelante con la chaqueta sobre los hombros y mi bolsa de tela con unas pocas pertenencias en la mano.

No sabía nada de Túnez, pero tenía la dirección de alguien que podría ayudarme, un conocido que trabajaba como lavaplatos en un renombrado restaurante iraní del paseo marítimo.

Mientras caminaba entre la multitud densa y multicolor del paseo de las palmeras, me sentía observado, aunque en realidad muy pocos árabes me dedicaban algo más que una mirada superficial.

Todos los hombres me parecían personas importantes, bien vestidos con largos caftanes de moda, adamascados, de una gama de colores que iba desde un elegante tono bígaro hasta un azul eléctrico; todas las mujeres me parecían hermosísimas, cargadas de joyas exóticas: perlas del mar Rojo, adornos de oro procedentes de las antiguas colonias siberianas, pendientes y diminutos diamantes en las aletas de la nariz; bellísimas, con la piel uniforme color café con leche, largos cabellos negros y vestidos abiertos por tajos que llegaban hasta la cadera; no como las mujeres europeas, enterradas bajo vestidos de lana negra, con el cabello cubierto por un velo, las faldas hasta los pies y la cruz de castidad colgando del cuello.

Pensé en hacer una videollamada a mi esposa desde el restaurante iraní para tranquilizarla respecto al buen resultado de la travesía, pero mi conocido, que trabajaba allí, me disuadió.

—Imposible —dijo sacudiendo la cabeza—. Si me descubren, me despedirán. El sindicato no puede hacer nada por nosotros, los inmigrantes.

Sin embargo, me permitió comer algunos platos sobrantes al final del servicio, después del desayuno, mientras sus compañeros árabes hacían la vista gorda ante el propietario.

A la mañana siguiente subí al tren con destino a Trípoli, la fantástica antigua capital imperial de una Italia colonizada hasta pocas décadas antes, que bombardeaba Sicilia con transmisiones televisivas sobre la opulencia de la nación árabe. El billete había sido pagado por adelantado por mi cuñado, una suma que jamás habría podido permitirme, equivalente a media temporada de salario como vigilante durante los trabajos agrícolas en los campos piamonteses. Permanecí absorto durante todo el viaje, no sin advertir que algunos pasajeros parecían tolerar mal mi presencia.

Sin embargo, una joven árabe me ofreció un caramelo de enebro y se mostró amable durante el resto del trayecto, quizá también por una mal entendida sensación de culpa porque, según me contó, su padre había sido oficial del ejército libio durante la cruenta guerra de independencia italiana; pero yo, poco acostumbrado a tanta iniciativa femenina por parte de alguien que no fuera mi esposa, continué mirando con vergüenza por la ventanilla.

El paisaje era una sucesión de plantaciones frutales y playas repletas de turistas llegados de todas partes de África; el aire tenía aroma de libertad y prosperidad. Sin embargo, al aproximarnos a Trípoli atravesamos grandes concentraciones de fábricas, refinerías y obras; finalmente cruzamos todo un barrio europeo, un gueto en los suburbios de la metrópoli; en los muros descascarados de una fábrica leí, en italiano y árabe: «Europeos y libios unidos contra la explotación laboral»; desde la ventanilla vi a muchas mujeres que también habían cruzado el Mediterráneo para seguir a maridos e hijos, para huir de la superpoblación, el desempleo, la miseria, la represión policial y el fanatismo integrista.

Los libios estaban tan acostumbrados a la presencia de europeos como nosotros que apenas me prestaron atención al llegar a la estación. Paseé cansado y hambriento por las calles del centro, observando en los escaparates regalos para mis hijos que jamás podría permitirme, mascando rabia ante la prosperidad de aquel país y la indigencia endémica del mío, donde parecía no llover nunca con suficiente fuerza como para lavar el dolor.

Mi contacto en Trípoli era un hombre de Asti que trabajaba como repartidor para una empresa de transportes: su camión partía aquella misma noche y se esforzó por convencer al conductor de que me llevara con ellos sin que el propietario se enterara.

Logré dormir tumbado en la parte trasera, entre los fardos de algodón ucraniano de la carga, hasta nuestra llegada a Bengasi.

La mujer se interesó mucho por mi historia: mientras el hombre roncaba con la cabeza apoyada sobre la mesa, adormecido por la botella de barbera que yo había sacado de mi bolsa de tela, ella me habló de su hermano menor, que había estudiado ingeniería en Bagdad y que, al regresar a Noruega, había sido secuestrado por los escuadrones de la muerte de los integristas cristianos: nunca más se supo nada de él.

Su hombre seguía durmiendo profundamente. La noche de Bengasi olía a rosas y mar; por la ventana abierta entraban voces alegres y el ruido de motores potentes y, más tarde, las notas de instrumentos de cuerda procedentes de una radio.

La noruega me llevó a su habitación, que tenía una cama cubierta por una colcha adamascada y paredes sin revocar. Seguimos conversando durante toda la noche; le pedí que viniera conmigo a Egipto, pero por fortuna no me respondió: permaneció mirando el techo de estuco bajo el calor sofocante de aquella noche impregnada de salitre y flores.

A la mañana siguiente me acompañaron a la delegación local de la Media Luna Roja, donde encontré a otros europeos esperando una oportunidad para desplazarse hacia el este gastando poco dinero. Un español de mediana edad y desagradable aspecto nos cobró veinte rupias egipcias a cada uno por llevarnos en automóvil hasta la frontera.

Me despedí de la noruega con un abrazo, pero parecía haberse olvidado de la intimidad verbal de la noche anterior. Viajamos incómodamente en un viejo automóvil argelino hasta el puesto fronterizo, donde nos dejaron sin demasiadas ceremonias. Las leyes de inmigración del rico y populoso Egipto son restrictivas y severas. Caminé por las calles de aquella miserable ciudad fronteriza, por las aceras que daban acceso a los enormes almacenes libres de impuestos, símbolos de la opulencia de la nación árabe. Me crucé con bastantes europeos que vendían pequeños objetos de contrabando: adornos de cobre o hierro moldeados en forma de oso o de soldado romano, capas de tartán escocés, zuecos holandeses tallados a mano, encajes de Flandes, reproducciones de la Alhambra o de la mezquita de Córdoba.

Uno de ellos me indicó la cooperativa local de inmigrantes, donde, a cambio de unas pocas piastras, recibí un plato de polenta y verduras escaldadas. Dormí en un catre después de escribir, a la luz de una vela, una carta para mi esposa.

Al día siguiente me uní a un grupo de daneses: un intermediario egipcio nos condujo en todoterreno hacia el interior, hasta las primeras extensiones del desierto vuelto fértil; tras una tarde de marcha alcanzamos el primer oasis más allá de la frontera, ocultándonos varias veces entre las interminables plantaciones de árboles frutales porque los helicópteros de la policía fronteriza pasaban bajos y amenazantes sobre los canales de irrigación.

Al llegar me quité los zapatos de los pies martirizados y sangrantes, cubiertos de ampollas. No entendía una sola palabra de lo que decían los daneses, y ni ellos ni yo hablábamos árabe. Aun así los seguí hasta la mezquita local, donde un religioso barbudo nos distribuyó gratuitamente té de menta muy dulce y galletas de sésamo.

Me sentía cansado y desmoralizado; hasta aquel momento no había ganado una sola piastra; por el contrario, había gastado casi todos los ahorros de dos años de trabajo y todavía me faltaban mil quinientos kilómetros para llegar a Asuán.

Hacía muchísimo calor, demasiado. Nos permitieron dormir en una tienda contigua a la mezquita, pero la temperatura era asfixiante y no tenía ganas ni de respirar para no inhalar fuego. Un ataque de disentería me acompañó durante toda aquella noche de insomnio.

Al día siguiente el religioso puso a nuestra disposición una afeitadora eléctrica y una videollamada para cada uno: me irrité la piel al afeitarme y llamé al párroco de mi pueblo para que avisara a mi esposa, ya que el videoteléfono en las viviendas particulares es un lujo en toda Europa.

Me sentía debilitado y desanimado; vino a visitarnos a la tienda un turbio milanés que, al descubrir que yo era italiano, me ofreció trabajo: tendría que pasar una temporada vendiendo pequeños objetos en una de las localidades turísticas del mar Rojo.

No acepté; en cambio, emprendí el camino hacia la costa, solo y febril, tratando de conseguir que algún automóvil me llevara. Tuve que esconderme cuando apareció una patrulla de guardias fronterizos, quizá alertados de mi presencia.

Esperé a que llegara la noche y luego seguí avanzando por la carretera, tambaleándome por la fiebre. Se detuvo un motociclista palestino que me llevó hasta la costa, donde llegué con el cabello pegado por el viento y los huesos doloridos por el frío.

Lloré de hambre y rabia en el paseo marítimo bordeado de palmeras datileras, esquivado por los árabes que paseaban. Dos policías nubios de piel color ciruela me detuvieron; permanecí en la comisaría consumido por la fiebre hasta la mañana siguiente, cuando recibí la visita de un médico que no hablaba ninguna lengua europea.

Inmediatamente después, los policías me llevaron ante un juez, en presencia de un traductor portugués; estamparon en mi pasaporte el sello «Indeseable» en siete idiomas y me subieron a un tren con destino a la frontera libia, acompañado de una orden de expulsión redactada en una lengua que apenas comprendía.

El médico me había administrado una inyección de antibiótico; al llegar a la primera estación, al sentirme mejor, bajé y subí sin billete a un tren que viajaba en dirección contraria, hacia el Nilo. Durante todo el trayecto esperé que la policía ferroviaria me descubriera; finalmente descendí en Alejandría, la espléndida metrópoli costera, el principal puerto del Mediterráneo. Me sentí renovado en los inmensos jardines de cedros, a lo largo de los interminables bulevares de palmeras datileras, junto a mujeres bellísimas, desinhibidas y cargadas de joyas, bronceadas y de ojos y cabellos oscuros, entre estudiantes universitarios llegados de todas partes del mundo que daban vida a la metrópoli.

Habría querido quedarme en Alejandría en lugar de remontar el Nilo para reunirme con mi cuñado en las obras del Alto Egipto.

Encontré a algunos compatriotas que me orientaron hacia uno de los centros de acogida para inmigrantes situados en la periferia; abordé sin billete un aerodeslizador de línea regular, observado con desconfianza por los pasajeros, pero al bajar me di cuenta de que algo no marchaba bien: me crucé con grupos de escandinavos y eslavos que no hablaban lenguas romances y que tampoco lograban hacerse entender en árabe.

Había una agitación extraña; los árabes caminaban con paso apresurado, las ventanas se cerraban herméticamente y los automóviles desaparecían de las calles. Mientras avanzaba con mi bolsa de tela, oí el aullido furioso de vehículos de emergencia.

No pude siquiera llegar al centro de acogida: logré detener a un compatriota que huía y que me contó confusamente algo sobre disturbios, sobre un enfrentamiento entre inmigrantes franceses y alemanes entre las tiendas del campamento. Barras, cuchillos, cuerdas; había habido muertos y la policía había intervenido. Comprendí que la situación podía volverse peligrosa y seguí a aquel hombre, dejando que me guiara en la huida. Nos cruzamos con vagabundos y volvimos a oír las sirenas, después un ruido rítmico que se acercaba, cada vez más fuerte; no tenía valor para volverme mientras corría, la presión de aquel ruido en mi oído interno me obligaba a correr más deprisa. Casi choqué contra un grupo de rezagados y entonces comenzaron a caer los gases.

Empecé a llorar; entre los dedos apretados contra el rostro para protegerme los ojos, doblado por las contracciones espasmódicas en la boca del estómago, vi descender del cielo las aterradoras siluetas de los helicópteros antidisturbios, semejantes a los míticos elefantes desaparecidos de África a causa de la contaminación.

Ya no pude dar un paso más; sentía que los ojos se me derretían en lágrimas y sufría arcadas que no producían nada porque tenía el estómago vacío. Entre el dolor oí acercarse un vehículo y luego unas manos poco amables me levantaron.

No conseguía mantenerme en pie; recibí patadas en los riñones mientras porras electrificadas me golpeaban el cuello y los costados. Me cargaron por la fuerza en un vehículo junto con otros desesperados; intenté decir que había perdido mi bolsa de tela, o quizá me la habían arrancado, pero solo conseguí toser. Todavía no podía ver debido a los gases.

Nos llevaron esposados ante un tribunal; también había un traductor. Intenté explicarle que me había encontrado en aquella calle por pura casualidad, pero no me prestó atención.

Revisaron mis documentos: no tenía visado de entrada y constaba que ya había sido expulsado del país aquella misma mañana. Me embarcaron en el primer buque de pasajeros con destino a Génova.

Permanecí medio cegado, físicamente destrozado, en un rincón de la cubierta principal durante buena parte de la travesía, llorando de rabia y dolor, aunque casi aliviado por el hecho de regresar a casa. Había intentado huir de la miseria, del desempleo, del miedo y de la superstición; pero aquella noche de semiceguera tuve que admitir que cualquier intento de fuga era una solución provisional destinada al fracaso, porque no podía incluir a mi esposa ni a mis hijos.

Paseé bajo cubierta, sucio y despeinado, con los ojos inflamados, sin importarme que todos me evitaran; en la tienda libre de impuestos vi una hermosa muñeca de tela de fabricación palestina, que costaba la mitad del dinero que me quedaba. Sentí la intensa tentación de comprarla para mi hija como único recuerdo de mi desventura en los países industrializados. Era suave y hermosa, vestida con una tela que no tenía nada que ver con los tejidos ásperos e imperfectos de fabricación europea. Sabía que esconderla bajo la chaqueta podía costarme muy caro en una sociedad que parecía no distinguir entre la gravedad de los distintos delitos.

Más tarde, asomado al ojo de buey de la cubierta de pasajeros sobre la noche mediterránea, esperé despierto la llegada a Génova.

Saqué la muñeca que había robado.

Al verla, los ojos se me llenaron de lágrimas por el recuerdo urgente de mis hijos y al pensar que de mi intento de buscar fortuna en el extranjero no quedaba más que una muñeca de tela robada.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

EL NUEVO TELEVISOR

Krzysztof Dąbrowski

Mark compró un televisor nuevo. Lo colgó en la pared.

Era perfectamente plano, de alta definición, e incluso permitía ver películas en 3D.

La cuarentena no era ninguna broma. Habría sido difícil sobrevivir sin una pantalla enorme.

Sí, siempre podía ser mejor. Por ejemplo, podría convertir la sala en un cine en casa con tecnología 3D y 4DX. Dos butacas delante y mesas a los lados para estar cómodos durante las noches de cine con Monica. Y algunas plazas más atrás, por si familiares o amigos querían ver una película juntos.

Ah, eso sí que sería un sueño, suspiró para sus adentros, porque por el momento no podía permitirse semejante locura.

Se acarició la cabeza rapada. El cabello que volvía a crecer resultaba desagradablemente áspero.

Supuestamente debía alegrarse de no ser calvo por naturaleza ni tener entradas como sus amigos, que se avergonzaban de ello. Pero, como practicaba deporte y sufría hiperhidrosis, prefería no tener cabello antes que pasarse media hora secándolo para que volviera a empaparse de sudor pocos minutos después.

¿Qué más había en aquellos sueños?

Sin duda, un cine en casa, un gimnasio en el sótano, una piscina frente a la casa y una vivienda, preferiblemente en Tailandia.

Necesariamente cerca del mar.

Además, personal de limpieza y de compras, un chófer particular y un chef.

Esa era su vida ideal si sus sueños llegaban a cumplirse.

Sin embargo, ya tenía cuarenta años y todo indicaba que ni siquiera se iría de vacaciones ese año, aunque había trabajado duro durante los tres anteriores precisamente para poder descansar a conciencia.

Por desgracia, una inesperada epidemia había provocado que ahora disfrutara de unas vacaciones forzosas en casa.

Monica pasaría por allí dentro de dos horas y ambos se encerrarían.

Cuarentena.

Un televisor nuevo y un paquete ampliado de canales, junto con acceso a Netflix y a varias plataformas de cine en línea, era su idea para sobrevivir al aislamiento.

Pero ¿cuánto tiempo podía uno ver películas y series sin volverse loco por la inactividad?

—¿Y si me vuelvo loco y compro también una cinta de correr? —se preguntó.

Después de todo, el gimnasio estaba cerrado. Y a partir del día siguiente tampoco estaría permitido salir a caminar. Aquel sería el último día en que podría correr al aire libre. ¿Y después qué?

Se imaginó una enorme barriga ocupando el lugar de los abdominales marcados por los que había trabajado, sudado y sufrido durante meses.

¿Tantos sacrificios y dedicación para acabar así?

Está decidido. Hay provisiones suficientes. Junto a las bolsas de comida se alzaba ya una inmensa torre de paquetes de papel higiénico. Así que gastar el resto de sus ahorros para salvar su forma física no haría ningún daño.

Monica seguramente lo comprendería. Quizá incluso se animaría a hacer ejercicio con él. Sería muy divertido, pensó sonriendo ampliamente mientras imaginaba a ambos corriendo por el vecindario y regresando juntos al gimnasio cuando terminara la cuarentena. Siempre había soñado con compartir su vida con una mujer aficionada al deporte. Y cuánto se divertirían mientras él le enseñaba todo. Sí, sin duda compraría una cinta de correr aquella misma noche, mientras la tienda siguiera abierta.

Había que reconocer que, dadas las circunstancias, era una bendición disponer de un establecimiento donde, además de comida basura, vendían aparatos electrónicos, electrodomésticos y equipamiento deportivo.

—¡Juegos! —exclamó dándose una palmada en la frente. Eso era especialmente importante. Después de todo, había que abastecerse de videojuegos para los tiempos difíciles. Sobre todo porque la enorme pantalla parecía suplicar que la utilizaran para algún juego espectacular. Sin embargo, decidió comprar los juegos cuando realizara la inversión deportiva. Por ahora debía comprobar cómo funcionaba su nueva adquisición.

Pulsó un botón, tomó el mando a distancia y...

No ocurrió nada. La pantalla permaneció negra. Ni siquiera se encendió un solo indicador luminoso.

—Qué extraño...

La preocupación comenzó a invadirlo.

En la pequeña cocina integrada en la sala sonó el silbido de una tetera, y aquello lo distrajo momentáneamente del problema técnico. Colocó el teléfono móvil en la base de carga y fue a prepararse un café.

No sabía que, en ese mismo instante, el televisor se encendió por sí solo y, por una coincidencia tan extraña como inexplicable, mostró a Mark removiendo algo negro en una taza dentro de la cocina.

Como si, por arte de magia, el teléfono móvil –que seguía en modo de reposo– hubiera comenzado a grabarlo y a transmitir la imagen al televisor.

Mientras tanto, Mark terminó de remover el café, dejó la cucharilla en el fregadero y regresó dispuesto a resolver el problema. Sin embargo, lo más extraño era que el Mark que aparecía en la pantalla seguía en la cocina. Y mientras esperaba que el café se enfriara, tomó el mismo teléfono móvil que estaba delante del verdadero Mark y llamó a alguien.

El teléfono colocado en la base comenzó a sonar. Entonces Mark vio lo que estaba ocurriendo en la pantalla. El impacto fue tan grande que dejó caer la taza. Esta se hizo añicos al chocar contra el suelo, salpicando café por todas partes.

Ni siquiera sintió la quemadura.

Miró incrédulo la pantalla. Allí estaba él mismo, sentado en la cocina, realizando una llamada telefónica. El móvil sobre la base seguía reproduciendo una alegre melodía.

Temblando de pies a cabeza, pálido como un fantasma, Mark se acercó y observó la pantalla del aparato. Mostraba una notificación:

Número oculto llamando.

Dudó unos instantes. Finalmente respondió. El hombre de la pantalla comenzó a hablar. Y Mark escuchó su propia voz a través del teléfono.

—Hola. Escucha, tengo que decirte algo extremadamente importante. Será mejor que te sientes.

Incapaz de pronunciar una sola palabra, Mark obedeció y se dejó caer en el sofá. Mientras tanto, el de la pantalla se puso de pie y comenzó a acercarse. Cada vez ocupaba más espacio dentro de la imagen. Mark lanzó una mirada hacia la cocina. En realidad, nadie venía desde allí. Volvió los ojos hacia el televisor. Y quedó horrorizado. Prácticamente toda la pantalla estaba ocupada por el rostro sonriente y burlón de aquel otro Mark.

Esto debe de ser una alucinación, pensó. Debo haberme contagiado del virus. Quizá esa maldita cosa esté devorando mi cerebro. Dios mío, no quiero morir.

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Entonces el hombre de la pantalla reaccionó y pronunció solamente dos palabras. Dos palabras que le helaron la sangre.

—Maté a Monica.

La imagen desapareció. El televisor se apagó. El teléfono también quedó en silencio. Aturdido, Mark dejó caer el aparato y se puso de pie. Apenas logró hacerlo. La cabeza le daba vueltas. Escuchó un zumbido cada vez más intenso en los oídos. Manchas oscuras aparecieron ante sus ojos y crecieron con cada latido de su corazón. Un momento después, la habitación, apenas visible ya, comenzó a retorcerse de forma extraña. Mientras perdía el conocimiento, alcanzó a comprender que estaba cayendo. Y se desmayó.

No tenía idea de cuánto tiempo permaneció inconsciente. Lo despertó el insistente sonido del timbre. Parpadeó. El sol que entraba por la ventana lo cegó momentáneamente. Al cabo de unos segundos, el timbre cesó. En su lugar escuchó un estruendo ensordecedor. Algo pesado cayó al suelo. Después oyó el golpe de unas botas. Un par de hombres irrumpieron en la habitación. Parecían sacados de una película sobre unidades antiterroristas o fuerzas especiales.

—¡Al suelo! —rugió uno de ellos mientras le apuntaba con un arma parecida a una pequeña ametralladora.

El otro se abalanzó sobre él y lo derribó de una patada. Sintió dolor en las costillas. Un instante después percibió un peso desagradable sobre el cuerpo. Alguien lo inmovilizaba contra el frío suelo. Mientras le retorcía los brazos y le colocaba unas esposas, el hombre recitó una frase rutinaria que Mark conocía perfectamente por las películas:

—Mark Scott, queda detenido por el asesinato de Monica Zvchak. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra...

Mark percibió entonces que algo extraño volvía a sucederle. La voz del agente se alejó. Cada segundo sonaba más débil. Parecía provenir de otra realidad. También la oscuridad regresó. Perdió el conocimiento una vez más. Su mente, saturada de estímulos, decidió que ya había soportado suficiente emoción para una sola tarde.


Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023). Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

COJO