jueves, 9 de julio de 2026

CASTILLOS DE ARENA

Lewis Shiner

 

Jim trabajaba para una empresa de alquiler de equipos: martillos neumáticos, vallas y señales portátiles. Conoció a Karla cuando contrató a algunos empleados temporales de la agencia que ella dirigía. Había algo en ella. La sensación de que, si alguna vez lograba liberarse de todo lo que la retenía, sería capaz de hacer casi cualquier cosa.

La relación empezó con lentitud. Ella lo llamó justo cuando él estaba saliendo para pasar a recogerla en la primera cita. Seguía en la oficina y tendría que quedarse al menos una hora más.

—¿Podrías dejar que pase yo a buscarte? Será tarde, quizá alrededor de las nueve.

Jim aceptó.

La cena fue un poco deslucida. Karla bebió demasiado vino y Jim demasiado café. Cuando regresaron al apartamento de él, Jim la invitó a entrar, más por cortesía que por otra cosa. Ella se disculpó diciendo que al día siguiente tenía una reunión muy temprano.

Esto no va a ninguna parte, pensó Jim.

Pero cuando se inclinó para darle el beso de despedida, Karla ya lo esperaba con los labios entreabiertos.

Tenía unos kilos de más y el cabello rizado de un color indefinido entre rubio y castaño, casi sin matices. Jim tenía el pelo negro, aunque cada vez más escaso, y algunas mañanas se sentía como un muñeco cuyo relleno hubiera abandonado los brazos y las piernas para acumularse en el abdomen.

Estaba atravesando la etapa final de su segundo divorcio.

Karla solo había estado casada una vez, durante muy poco tiempo, justo después de terminar la escuela secundaria. De eso ya hacía bastante.

No era una de esas parejas que se pasan el tiempo riendo. Casi siempre hablaban de lo que les ocurría en el trabajo. A Jim nada de eso le parecía importante. Lo que realmente contaba era que, desde el principio, comprendió que ambos necesitaban algo que solo podían encontrar el uno en el otro.

Karla no tenía ninguna prisa por acostarse con él.

Aun así, después de unas semanas era evidente que solo era cuestión de tiempo.

Una noche, mientras estaban tumbados en el sofá de Jim viendo viejas comedias por Nickelodeon, él abordó el tema con cautela.

Karla opinó que debía ser algo especial, que merecía la pena hacer de ello una ocasión importante. Tal vez podrían escaparse un fin de semana.

Quizá a Galveston.

Al día siguiente ella lo llamó al trabajo.

Acababa de leer en el periódico que el sábado siguiente habría un concurso de castillos de arena en la playa de Surfside.

—Claro —dijo Jim—. ¿Por qué no?

 

El viaje hasta Surfside duraba dos horas.

A mitad de semana Jim había tenido un pequeño accidente de tráfico, de modo que ahora iban en un Ford Escort alquilado, cortesía de la compañía de seguros.

Llegaron alrededor del mediodía.

Tuvieron que comprar un permiso para estacionar en la playa: una pequeña calcomanía roja que costaba seis dólares y era válida hasta fin de año.

Jim se sentía incómodo con sus holgados pantalones de baño y una camiseta que tenía un agujero bajo una axila. Además, no quería pegar la calcomanía en un automóvil alquilado y que luego se desperdiciara el resto de su vigencia.

—Tal vez puedas despegarla cuando regreses a casa —dijo Karla.

—Tal vez no.

—Yo pago la calcomanía. ¿Te parece bien?

—No es cuestión de dinero. Es una cuestión de principios. —Karla suspiró, cruzó los brazos y se recostó en el rincón más alejado del asiento—. Está bien —dijo Jim—. Está bien, por el amor de Dios. La voy a pegar.

Doblaron a la izquierda y comenzaron a recorrer la playa.

Era el primero de junio. El verano ya no admitía discusión.

El sol caía implacable sobre grandes cilindros de agua marrón que rompían en espuma justo al borde del camino. La arena, húmeda, tenía un tono beige, y Jim no dejaba de preocuparse por la posibilidad de que el coche quedara atascado, aunque no veía señales de que nadie hubiera tenido ese problema.

Condujeron durante diez minutos sin encontrar rastro alguno de castillos de arena.

La playa estaba abarrotada de automóviles rojos, niños pequeños, universitarios con termos de metal y gorras blancas de promociones y madres divorciadas sentadas en sillas plegables verdes y amarillas. Los equipos de música portátiles reproducían música bailable con un volumen tan alto que ya no parecían canciones, sino simples estallidos de ruido.

Pasaron bajo un muelle donde un cartel decía: «Pida aquí su comida», aunque no había comida ni nadie que la sirviera. El aire olía a creosota, a materia en descomposición y a sol ardiente. Por fin Jim vio un edificio azul de dos plantas. Una camioneta de una emisora de radio de música suave hacía sonar viejos éxitos a un volumen ensordecedor. Sobre el lugar colgaban banderines de colores.

No era, ni de lejos, la multitud que él había imaginado. Estacionó el Escort sobre una zona de arena compacta y bajaron. El aire marino se sentía como una compresa de algodón caliente.

Una gota de sudor se desprendió y resbaló por el costado izquierdo de Jim. No sabía si debía tomar la mano de Karla o no.

Dentro del área delimitada por estacas había apenas media docena de esculturas de arena.

Jim recorrió con la vista el resto de la playa y no vio más que automóviles, neveras portátiles y sillas plegables.

—Supongo que esto es todo —dijo. Karla se encogió de hombros.

En un extremo había un tiburón de tamaño natural con la cabeza de un buzo entre las mandíbulas. Lo habían pintado con aerosol negro, gris y color carne, además de una salpicadura roja alrededor de la boca. Junto a él, un hombre y tres mujeres cavaban un foso. Todos llevaban el cabello largo y diminutos trajes de baño. Jim cruzó la cuerda que separaba a los participantes del público.

—¿Es esto todo? —preguntó al hombre, casi gritando para hacerse oír por encima de la música.

—El gran concurso es el de Galveston. Allí participan arquitectos, ¿sabe? Digamos que son los profesionales. Nosotros somos solo aficionados.

—Pensé que habría... no sé... más gente.

—El de Galveston es enorme. Hay un cono de helado gigante del que se derrama el planeta Tierra, animales, un billete gigantesco hecho de arena... Una locura. Perfecto.

Jim miró hacia Karla, que seguía del otro lado de la cuerda.

—¿Participan todos los años?

—No. Es la primera vez. Pensé: «¿Por qué no?». Es gratis y cualquiera puede hacerlo. Ustedes también deberían inscribirse. Hay cubos, palas y todo lo necesario junto a la camioneta. Demonios, tienen doce trofeos y ni siquiera hay tantos participantes. Seguro que ganan alguno. Justo aquí queda un buen lugar.

Señaló una estaca con un número de inscripción clavada en un terreno todavía liso.

—No lo sé...

—Al menos vayan a ver los trofeos.

Jim asintió y el hombre volvió a su trabajo. Todavía era imposible adivinar qué estaba construyendo. Regresó junto a Karla y recorrieron las demás esculturas.

Solo había un auténtico castillo, bastante bonito, como si hubiera brotado de la cima de una pequeña colina. También había una serpiente marina de larga cola. Las otras dos esculturas parecían figuras humanoides que emergían lentamente de la arena.

—Esto resulta un poco decepcionante —dijo Jim.

—Me pregunto qué harán con ellas cuando termine el concurso —comentó Karla.

Apenas podía oírla por encima de la música.

—¿A qué te refieres?

—Están demasiado lejos del agua para que la marea las destruya. ¿No se supone que eso es parte de la gracia? Excavar fosos y correr de un lado a otro intentando retrasar lo inevitable...

Jim negó con la cabeza.

—¿Quieres una Coca-Cola o algo?

—No lo sé. ¿De verdad no quieres participar? ¿Ganar un trofeo?

—Creo que no.

—Vamos. Podría ser divertido.

Jim miró la parcela vacía de arena. La estaca. No consiguió verla.

—Voy al coche a buscar una Coca-Cola. ¿Quieres una o no?

—Supongo que sí.

 

Se tomó su tiempo para regresar, intentando librarse de su mal humor.

Nada era fácil.

Todo terminaba convirtiéndose en una lucha y, casi siempre, además, en una discusión.

Abrió el maletero y sacó dos latas de Coca-Cola de la hielera, cuyo hielo estaba ya casi completamente derretido. Abrió una y dio un largo trago antes de emprender el regreso. Al principio no encontró a Karla. Anduvo de un lado a otro durante un minuto hasta descubrirla junto a la orilla. Había tomado un cubo y una pequeña pala del concurso y había levantado una plataforma cuadrada de arena.

Sobre ella dejaba caer barro muy líquido desde el cubo, formando pequeñas estalactitas retorcidas e invertidas. La observó construir cinco o seis antes de que ella levantara la vista. Parecía haberse sonrojado.

—Cuando era niña hacía esto muy a menudo —dijo—. Lo llamaba el Bosque Encantado. —Jim se puso en cuclillas a su lado—. Piensas que esto es una tontería, ¿verdad? —Tomó otro puñado de barro y formó otro árbol.

—No —respondió él. Miró alternativamente el Bosque Encantado y el golfo. Cerca de la costa el agua era marrón y espumosa; más lejos adquiría un profundo tono azul. Sintió que algo dentro de él comenzaba a derretirse, a derrumbarse y a desaparecer arrastrado por las aguas—. No —repitió—. Es hermoso.


Lewis Shiner nació el 30 de diciembre de 1950 en Eugene, Oregón, Estados Unidos. Residió durante algún tiempo en Texas para luego radicarse en Carolina del Norte. Comenzó su carrera en el campo de la ciencia ficción y luego se identificó con el movimiento ciberpunk. Posteriormente escribió novelas más convencionales, aunque a menudo incursionando en el realismo mágico con elementos fantásticos. Entre sus obras se pueden citar Ciudades desiertas del corazón (1988), Slam (1990) Los límites de las cosas (1991), Vistazos (1993), Di adiós (1999), Blanco y negro (2008), Dark Tangos (2011) Y Más allá de las puertas del Edén (2019).

 

APNEA

Mario Gazzola

 

Se sentía en ruinas.

¿Cuándo volvería el Joven junto a él?

Siempre había dormido como un tronco durante más de sesenta años.

Había dormido la noche anterior al examen de ingreso a la universidad, la noche anterior a la defensa de su tesis, la noche en que ella le dijo que estaba embarazada. Había dormido, al cabo de un tiempo, incluso la noche después del parto y hasta la noche posterior a que lo despidieran sin previo aviso de la empresa donde trabajaba.

Dormir nunca había sido un problema para el viejo Eddie.

Solo que ahora se había convertido en un viejo despojo. Y con frecuencia le llegaba una especie de dolor de cabeza...

¿Cuándo conseguiría volver a enlazar con su yo joven en ese otro mundo escurridizo?

¿Podía de algún modo hacerlo regresar, justo ahora que más lo necesitaba?

Porque el verdadero problema no era el sueño; era la vejez. A medida que pasaban los años, los diligentes controles médicos le habían notificado que, antes de acostarse, sería mejor que tomara todas las noches una pastilla para la próstata; después, que bastaba con verlo para comprender que, mientras dormía, rechinaba los dientes: si esperaba llevárselos enteros a la tumba, convenía que se hiciera con una férula de goma que los protegiera del derrumbe autoinfligido durante la noche. Él la había rebautizado sarcásticamente «la dentadurita». Y se la puso, resignándose mientras el dolor de cabeza aumentaba.

Otra pastilla para intentar contener la neuropatía en las extremidades. Estas, sobre todo las inferiores, también habían empezado a dolerle al caminar, a causa de unas calcificaciones que –había aprendido con disgusto– podían superarse fácilmente mediante un adecuado «bombardeo de ondas de choque» (expresión que, de todos modos, a él le hacía pensar en una batalla de Infantería del Espacio).

Para alguien de una generación criada bajo el mito de la eterna juventud de Mick Jagger y David Bowie, que ya había vivido como un desagradable incumplimiento de contrato la necesidad de usar gafas para leer después de los cuarenta y cinco años, aquello era demasiado: pese a conservar un cuerpo todavía esbelto y juvenil y una orgullosa cabellera con apenas unos pocos cabellos blancos, esa era la primera señal verdaderamente molesta de que el envejecimiento ya no era solo un problema de los demás.

Ya no.

Y ahora, por fin, le tocaba descubrir que su sueño no era únicamente «industrial noise muzik», como llevaba años protestando su esposa: estaba muy lejos de ser tranquilo, dijera él lo que dijese. ¿Que no lo creía? Pues que lo comprobara por sí mismo (con las gafas correspondientes): allí estaba un inquietante registro de apneas nocturnas, obtenido después de pasar una noche conectado a cables y sondas como un cíborg.

Eran frecuentes, maldición, muy frecuentes. ¿Pero acaso sabía él a qué se exponía? No, en absoluto. ¿Corría algún riesgo aparte de terminar con una almohada sobre la cara cuando roncaba? Claro que sí: además de los dolores de cabeza, tenía excelentes probabilidades de sufrir un infarto prematuro. Y, aun si lograba esquivar el golpe mortal, el peligro avanzaría de forma insidiosa hacia sus tan estimadas facultades intelectuales. ¿Nunca le daba sueño al volante? Rara vez. ¿Y aquella traicionera somnolencia de primera hora de la tarde, después del almuerzo, que había convertido en una farsa algunas reuniones de trabajo cuando todavía era empleado? Bueno, esa sí, a menudo, casi siempre... Ahí estaba: ¡era apenas el comienzo! Luego podrían llegar los olvidos, la dificultad para encontrar las palabras mientras hablaba, los problemas de concentración...

¿Problemas de concentración? ¿Y cómo iba a ponerse de una vez con la Gran Novela que llevaba años soñando escribir, sin haber conseguido todavía desplegarle las velas al viento, si el cerebro empezaba a apagársele a intervalos dentro de unos pocos años? Una lenta decadencia cotidiana era una amenaza mucho peor que el rayo fulminante. El horror del senil «¿qué era lo que estaba diciendo...?».

Así que se resignó, melancólicamente, a un nuevo y amenazador artilugio ciberpunk con el simpático nombre en clave de «chip up», que para él sonaba a orden de un policía motorizado californiano, aunque en realidad se escribía CPAP, es decir, Continuous Positive Airway Pressure: un aparato que bien podía haber salido del taller de algún Q de una película de James Bond de los años setenta, que zumbaba silenciosamente como un enorme gato sobre la mesa de noche, insuflando por las fosas nasales del Aspirante a Novelista Canoso una corriente de aire oxigenado suficiente para mantener abiertas las vías respiratorias y evitar que las estructuras anatómicas responsables de las apneas alcanzaran el temido estado de relajación que provocaba aquel trastorno potencialmente letal.

Así, disfrazado como un buzo enemigo de James Bond, con una mascarilla de goma sobre la nariz, un tubo corrugado que unía la parte superior de la máscara con el enorme gato-motor del aparato y, además, la inevitable férula en la boca para no rechinar los dientes, Eddie se preparaba, como un gladiador posapocalíptico, para un sueño por fin reparador, ese que, evidentemente, le faltaba desde hacía años.

—Verá que es una molestia mínima. Se acostumbrará enseguida y luego apreciará cuánto mejora su descanso.

Quién sabe si también desaparecería aquel dolor de cabeza...

Del cuerpo del aparato salía además un tubito negro, más fino que una pajita para beber, que, por el pequeño orificio previsto en la mascarilla, parecía destinado a conectarse directamente con ella. Sin embargo, la enfermera Eloisa le había dicho que no le prestara atención.

—Ah, ese déjelo por ahora. Solo se utiliza en algunos cuadros especialmente agudos que, de momento, no son su caso...

Pero ¿acaso alguien podía convertirse en un Gran Autor Maldito bajo una armadura digna de Hannibal Lecter suministrada por la seguridad social?

Equipado, aunque escéptico, Eddie tuvo que admitir que el aparato funcionaba: la chatarra volvió a disfrutar de noches de sueño ininterrumpido, muchas veces incluso sin aquellos despertares de mitad de la noche para ir al baño como un ninja en la oscuridad, sonarse la nariz y beber algo (preferiblemente perjudicial para la dieta).

Además, como efecto secundario no anunciado por los gurús, volvió también a soñar.

La primera noche recordaba haber ingresado en una misteriosa clínica. Dos agradables enfermeras lo recibían vistiendo esas batas de quirófano abiertas por detrás, de manera que, al caminar delante de él, le ofrecían alegremente la vista de sus espaldas desnudas y de sus nalgas cubiertas únicamente por la ropa interior, mientras le explicaban los detalles prácticos de su internación. Un raro sueño lleno de promesas tentadoras; pero, por desgracia, el recuerdo terminaba allí mismo, en la recepción.

—Veo que está usando bien la máquina; funciona toda la noche y no hay fugas de aire... —lo felicitó por teléfono, unos días después, la diligente Eloisa, guardiana de sus tareas nocturnas y escrupulosa recolectora de los datos que Matrix, evidentemente, le enviaba en grandes cantidades sin que el desprevenido Eddie interviniera en absoluto.

Sin embargo, él quedó mucho más impresionado por el sueño de la noche siguiente.

El del Joven.

El Joven era tan alto como él, pero más delgado, con el cabello más abundante y salvaje, como el suyo unos cuarenta años atrás. Caminaba hacia él con aire desafiante. Tenía algo familiar. Bajo el brazo llevaba tres o cuatro libros.

Se sentaba a una mesa, mirándolo con una sonrisa.

Daba las gracias a todos por haber acudido.

Entonces Eddie comprendía que formaba parte del público.

Estaba asistiendo a la presentación de Future Hydes, el nuevo libro del Joven.

Eddie estuvo a punto de sufrir un infarto incluso dentro del sueño, aun con el aparato respiratorio: ese era el libro que había pensado escribir él, una historia sobre el Mister Hyde de Stevenson proyectado hacia el futuro. Estaba tan orgulloso del juego de palabras del título, que aludía al mismo tiempo a los «Hyde del futuro» y a «un futuro que permanece oculto». El Joven se le había adelantado.

Le había robado la idea.

Por eso sonreía con tanta arrogancia ante sus ávidos lectores; estaba a punto de ofrecerles el oro de la idea de Eddie, esa que él jamás vería publicada con su nombre artístico en la portada, un nombre inspirado precisamente en el perverso doble de Jekyll, al que había elegido como su icono.

Tenía que hacer algo. Tenía que oponerse. Tenía que gritar que...

Se despertó angustiado.

Estaba furioso y decepcionado consigo mismo por no haber escrito nunca aquel libro con el que llevaba años soñando, permitiendo que el Joven se lo robara para pavonearse ante sus fieles lectores... ¿Cómo podía volver a enlazar con él, retomar el sueño y hacer valer sus derechos? Y, sobre todo, ¿quién era ese engreído que le había robado la idea y presumía de ella como si fuera enteramente suya?

Entonces advirtió una llamativa cubierta azul y roja que yacía en el suelo, junto a la cama, al lado del aparato.

La recogió y...

Sí, era Future Hydes.

Exactamente el libro que el joven rival había agitado durante la presentación. Se había materializado allí, a pocos centímetros de donde él había dormido profundamente.

Lo tomó y empezó a hojearlo. Pero, mientras intentaba leer cómo el Joven había desarrollado aquella idea que él había concebido un año antes, descubrió que las palabras impresas no soportaban la exposición a la luz de la realidad: apenas pasaba una página, las letras comenzaban a desteñirse con rapidez, impidiéndole leerlas con atención.

Al final se encontró sosteniendo su propio cuaderno de notas, cuyas páginas aparecían otra vez completamente en blanco.

Solo le quedó un vago recuerdo de la historia de Hyde en el futuro, una sensación...

Tendría que haberse vuelto a dormir enseguida, aunque ya era hora de ponerse a trabajar. Pero ¿cómo iba a retomar el sueño exactamente en el punto donde lo había dejado, como si fuera un DVD puesto en pausa?

Decidió empezar a escribir de inmediato, reconstruyendo el libro a partir de aquella especie de memoria automática.

Permaneció en un estado febril durante todo el día, con el resultado de rendir extraordinariamente bien en el trabajo: escribió una gran cantidad de páginas, aunque siempre con una vaga insatisfacción, temiendo que su escritura diurna fuera incapaz de reproducir la fuerza visionaria que parecía irradiar el libro onírico.

Ahora estaba mucho más dispuesto a volver a utilizar cuanto antes aquel instrumento de tecnomancia para poner también las cosas en orden dentro del sueño, que seguía atravesado como una espina en la garganta.

La noche siguiente preparó cuidadosamente el aparato y se acostó muy temprano.

Durmió.

Y soñó.

Otra vez estaba allí el Joven, pero ya no en la presentación del libro, donde él también formaba parte del público.

Ahora se encontraba solo, sentado ante la mesa de su estudio, evidentemente dedicado a una nueva obra.

Eddie concentró toda su voluntad en dirigir el sueño desde dentro y consiguió entrever el título que el muchacho había escrito al comienzo de la página:

Sobre el escenario oscuro.

Era otra idea que él incubaba desde hacía años: la historia de un director teatral maldito que hacía representar obras a delincuentes encarcelados, con consecuencias trágicas.

No era posible.

El Joven también le había arrebatado aquella historia y la estaba llevando a término.

Parecía completamente inspirado.

Eddie trató desesperadamente de enfocar las frases que escribía a mano en un cuaderno de espiral, pero no consiguió descifrar aquella letra diminuta desde detrás de su hombro.

Se despertó.

Desesperado.

Todas sus ideas estaban siendo saqueadas por un rival; peor aún, por una versión mejorada de sí mismo.

Miró junto a la cama y, también esa vez, allí estaba el libro. O, mejor dicho, el cuaderno rojo.

Esta vez actuó con más inteligencia.

A medida que iba abriendo cada página, la fotografiaba con el teléfono móvil y corría a copiar las frases escritas por el Joven antes de que se desvanecieran, como había ocurrido con las de Future Hydes.

Al final consiguió salvar una buena parte antes de que la realidad diurna borrara las escrituras del sueño.

Confiaba en que, si trabajaba con verdadera dedicación, lograría reconstruir la obra del Joven y, por fin, presentarla a un editor real con su propia firma.

De hecho, el primer avance de lo que había conseguido reconstruir de Future Hydes ya había despertado cierto interés en la editorial Tannhäuser.

Así que era verdad. Sus ideas no eran tan malas. Solo necesitaban tomar forma, en lugar de seguir... sí, soñándolas. ¿Quién sabía cuántos libros tenía aún reservados el Joven? ¿Cuántas de aquellas ideas inconclusas habían encontrado una forma acabada en el mundo de los sueños? Y, además, ¿tendría aquel irritante muchacho alguna idea propia, no robada a traición de la mente de Eddie?

A partir de entonces comenzó a acostarse cada vez más temprano, con el propósito deliberado de regresar a aquel bosque onírico de libros que, al fin, iba haciendo realidad para convertirse en el Escritor con el que siempre había soñado.

Ya disponía de varios manuscritos suficientemente avanzados para completarlos: Future Hydes, Sobre el escenario oscuro y Teatro cruel, una continuación protagonizada por el mismo director maldito, que se adentraba en el ocultismo para conferir a sus espectáculos la intensidad de un rito chamánico. La reservaría para el caso de que la primera novela tuviera éxito y el editor le pidiera volver al escenario de la condenación.

Sus jornadas en la realidad de la vigilia se habían convertido en una desvaída espera del vibrante momento de colocarse la mascarilla de respiración asistida y hundirse en el sueño creador, para volver a vivir en el mundo que sentía como verdaderamente suyo.

Deambulaba por la casa entre el aburrimiento y la impaciencia, aguardando la llegada de la noche y el momento de acostarse, porque nada le producía una embriaguez comparable a arrancarle al sueño hallazgos literarios capaces de satisfacerlo.

Hallazgos que, por fin, hacían realidad aquello que él solo nunca había sido capaz de realizar.

El resto de su existencia se había reducido a una insípida supervivencia sometida a las necesidades del cuerpo: comer, ir al baño, lavarse, hacer las compras para volver a comer por la noche... y así sucesivamente.

Su frenético ocio se vio interrumpido por una llamada telefónica de la enfermera, dominadora absoluta de su destino terapéutico.

Al finalizar la semana tendría que presentarse nuevamente en el hospital para devolver el aparato CPAP.

La prueba llegaba a su fin.

Después sería libre de decidir si compraba por su cuenta el aparato para seguir utilizándolo hasta el final de sus días o si iniciaba los trámites necesarios para...

—¿Al final de la semana?

No había previsto que la búsqueda onírica de sus tesoros literarios fuera un viaje con fecha de caducidad.

Tenía que darse prisa.

Debía extraer de sus viajes a la dimensión del Joven todo cuanto pudiera para alimentar sus futuras obras.

Basta de vigilia.

Si aquella máquina abría, de algún modo que él jamás llegaría a comprender, una puerta hacia otra realidad, tenía que encontrar la manera de prolongar al máximo aquel prodigioso fenómeno.

Y, si lo conseguía, se trasladaría definitivamente al Otro Lado, ocupando el lugar del Joven, igual que Hyde sustituía a Jekyll.

Porque, a esas alturas, ya había comprendido que aquel parecido no podía ser casual.

El Joven era él mismo muchos años atrás: más ágil, más fuerte, más sano.

Y, sobre todo, más confiado.

Más de lo que él había sido nunca, incapaz de dar vida por sí solo a aquellos libros durante los años que lo habían conducido a convertirse en la Ruina que era ahora.

No era otro quien escribía aquellas historias en su lugar.

Era él mismo. ÉL. Años antes. Quizá el Otro Lado no fuera otro lugar, sino otro tiempo. Tal vez el aparato lo estuviera llevando hacia atrás en el tiempo. Fuera cual fuese la explicación, el resultado era siempre el mismo: una segunda oportunidad en la vida.

Debía intentar quedarse dormido y prolongar un único Gran Sueño hasta el momento inevitable de devolver el aparato, recogiendo los frutos que habían permanecido demasiado tiempo dentro de él, en el pasado.

Quién sabía si aquel misterioso tubito que le habían dicho que no utilizara podría servir de ayuda...

«Solo se usa en algunos cuadros especialmente agudos...»

¿Cuáles? ¿Cuáles eran esos casos tan graves que requerían el tubito adicional? Tal vez escritores especialmente perezosos y torpes, incapaces de recuperar bien sus ideas desde el Otro Lado. Quizá también sirviera para músicos, directores de cine... ¿O era él un caso único? ¿Una conjunción astral irrepetible, producida únicamente en este lado del desconocido Kadath?

Lo mejor era probar. Al fin y al cabo, ¿qué podía perder? La experiencia terminaría de todos modos el viernes siguiente.

Todo o nada.

Conseguiría el germen de un opus magnum que le otorgara la inmortalidad artística: El castillo francés sobre la cuarta cuerda, un gran misterio musical alimentado por la verdadera historia del rock, entrelazada con enigmas inexplicables.

¿Y si había efectos secundarios? ¿Y qué? ¿Quién quería ya aquella otra vida descolorida de consultorías redactadas en un lenguaje pomposo para cobrarles a las empresas por un poco de humo de marketing? Cuando uno está dispuesto incluso a morir, si es necesario, todo lo demás deja de dar miedo.

¿Y si el tubito arruinaba la transferencia?

Bueno, lo desconectaría y volvería al tratamiento habitual, sin quitarse nunca más el respirador. ¿Y si el efecto secundario no fuera la muerte, sino una demencia senil?

Tener todos sus libros delante y no recordar siquiera qué eran; ser incapaz incluso de reconocerse en sus propios logros.

Había que intentarlo de todas formas. No podía existir una demencia peor que perder todo lo que había conquistado. Preparó el aparato. Después tomó una generosa dosis del somnífero que casi nunca había utilizado hasta entonces, con la esperanza de propiciarse el sueño más largo que biológicamente fuera posible.

Se acostó en plena luz del día, bajó las persianas y esperó que llegara el sueño, saboreando de antemano los amores de Chopin y George Sand, y luego las historias de Iggy y Ziggy en el estudio de grabación del castillo francés, entre lecturas cabalísticas, cocaína, suicidios y fantasmas convertidos en música.

Pensó incluso en favorecer el viaje con un buen disco de fondo, al menos hasta quedarse dormido.

La elección recayó en el histórico Surrealistic Pillow, de Jefferson Airplane.

Con la cabeza apoyada sobre aquella almohada surrealista, Eddie aguardó el sueño mientras disfrutaba de las prometedoras inspiraciones carrollianas de los jóvenes hippies de San Francisco.

Estaba algo nervioso. Esta vez el viaje significaba demasiado. No era fácil relajarse lo suficiente para dormirse. Comenzó a repetirse mentalmente la lista de los discos históricos grabados en el Château d'Hérouville, en Francia, cuyos misterios pensaba revelar en su thriller sobre el mundo del rock...

Pero no funcionó.

Ni siquiera la enumeración de las colaboraciones imposibles entre grandes músicos ya fallecidos consiguió apagar aquel cerebro cada vez más excitado y despierto. Y dolorido.

Entonces conectó, por fin, el misterioso tubito a la mascarilla.

Inspiró profundamente el aire impregnado del perfume de sintetizadores azulados y abstractos que penetraba con renovada potencia en sus fosas nasales, haciéndole sentir en todo el cuerpo un álbum celestial de Miles Davis y Jimi Hendrix, junto con otros imposibles deleites paradisíacos cuyos contornos empezaban ya a desdibujarse.

Y desapareció por completo el dolor de cabeza.

Hasta que, finalmente, sin saber cómo –porque nunca se sabe exactamente cómo ni cuándo uno se queda dormido–, se encontró al Otro Lado.

Justo en los puestos fronterizos de Carcosa Port, donde la fila de los pasajeros se dividía entre Residentes y Visitantes.

Eligió Residentes. Le pareció una opción más profesional. Al fin y al cabo, no pensaba limitarse a hacer una excursión turística con todo incluido por el Parnaso de las artes.

Pasó, emocionado, junto al grupo formado por H. P. Lovecraft, R. W. Chambers y C. A. Smith, que discutían acaloradamente sobre el renacimiento de Weird Tales y acerca de si las portadas debían confiarse al veterano Walter Sickert o a la joven y más audaz Jane Mason. Después mostró su pasaporte a Paul Kantner, de Jefferson Airplane, quien lo dejó pasar con una sonrisa cómplice sin siquiera revisarlo.

Echó a andar hacia el bar de aquel sublime puerto espacial, donde Miles Davis y Prince intentaban convencer a David Lynch para que dirigiera el videoclip de su nuevo álbum de funk sauvage.

Se preguntó dónde estaría el Joven.

¿Habría una sala de conferencias donde presentaría su flamante thriller ocultista-musical, ya completamente terminado? No lograba decidir si esa posibilidad le provocaría alegría o rabia. Y, además, ¿era el único que podía circular allí abajo en dos versiones temporalmente distintas? ¿O debía esperar encontrarse también con el joven Burroughs dando lecciones al joven Kerouac, mientras el Burroughs anciano conversaba con Kurt Cobain? ¿Y Leonor Fini, disfrazada de gato en una fiesta junto a Anna Magnani y Jean Genet? ¿Qué edad tendrían allí? La respuesta llegó en forma de un saludo amistoso.

Arthur Machen y Robert Bloch lo habían reconocido desde lejos.

—Siempre tan viejo muchachón nuestro Eddie, ¿eh? ¿Cómo va eso, jovencito? ¿Sigues bebiendo la pócima de Jekyll para mantenerte en forma? ¿Todavía estás escribiendo esas historias sobre músicos degenerados del siglo XX?

Solo entonces Eddie se vio reflejado en la vidriera del bar. No encontraría al Joven en ninguna sala de presentaciones, presumiendo de un libro nuevo. Porque él era el Joven. El Joven era él mismo. Había recuperado, por fin, la imagen de sí mismo que siempre había conservado en la memoria y que ya no encontraba en el espejo de su casa: ni un gramo de barriga, el cabello abundante y desordenado, ningunas gafas para leer lo que escribía, ningún dolor en las articulaciones, y bajo el brazo el mismo apetitoso montón de libros, todos suyos, lo sabía con absoluta certeza.

El Joven era el Yo Perfecto que siempre había anhelado.

Ahora podía sentirse orgulloso incluso del clima de camaradería que compartía con dos de sus grandes ídolos de la literatura fantástica, Machen y Bloch.

Pero se le heló la sangre al oír su propia voz responder:

—No. Lo he dejado momentáneamente en un cajón para dedicarme a un nuevo relato.

—¿Y de qué trata, amigo mío? —preguntó Bloch, conocido admirador también de la saga de Jekyll y Hyde y de las hazañas de Jack el Destripador.

—Bueno... trata de un viejo fracasado que depende de un respirador artificial para poder dormir. Ya ni siquiera recuerdo de dónde salió una idea tan triste...

Mario Gazzola (Milán, 1964) es escritor, ensayista y periodista cultural. Es autor de las novelas Rave di morte (2009), Buio in scena (2022), Hyde in Time (2023) y la distopía Situation Tragedy (2024), varias de ellas ilustradas por Roberta Guardascione. Junto con Andrea Carlo Cappi editó la antología Fantasmi di oggi e leggende nere dell’età moderna (2025). Recibió el Premio Vegetti (2019) por el ensayo FantaRock y el Premio Torre Crawford (2022) por el cuento La bambola di scena. Ha publicado relatos en diversas antologías y revistas especializadas, y ha desarrollado una extensa labor como crítico de música rock, cine y teatro. Cofundador y director del sitio Posthuman.it, también colaboró con el programa televisivo Wonderland (Rai 4) y con la Enciclopedia Treccani della Musica del XX Secolo. Además, ha trabajado como guionista, realizador audiovisual y fotógrafo.

CUCHILLOS DESAFILADOS

Víctor Lowenstein

 

Downing, el bar de Penny, no era el lugar más elegante de la zona portuaria de Liverpool, pero a fuerza de ser el puerto más activo y bullicioso de la costa oeste de la isla se podría decir que gozaba de alguna buena reputación. Su barra solía estar atestada de borrachos de a pie, y olía tan mal como ellos, pero por allí circulaba suficiente cerveza para llenar barriles de bodega y bolsillos como los de Penny, el obeso y grasoso dueño del bar, tan bebedor como cualquiera de sus buenos clientes, de los que había en cantidad pues los comerciantes ricos de la franja del Lane iban con frecuencia a calmar su sed a la atestada barra del bar de Penny, quizá el único donde se servía la cerveza acompañada por salame, que cada cliente podía cortar en el grueso de rodajas que quisiera, acompañado de pan del día. Ya dije que no era un mal bar, incluso contaba con un salón con mesas y sillas para los comensales que gustaban beber sentados. las mesas no tenían manteles ni estaban muy limpias, pero le otorgaban al Downing cierto prestigio de taberna medianamente decente, al menos.

Los sábados por la tarde el bar cobraba una inusual vida. Por allí se dejaban ver las caras conocidas. El enorme Gordon Henney, dueño de una cadena de mercerías y posiblemente uno de los hombres más ricos de Lane. Le seguían el licorero Chase y el sastre Malykan. Más lejos se ubicaban Doyle, levantador de apuestas, Del, aduanero, y Kevork, estibador retirado. Los tres se acodaban juntos para beber, conscientes de su menor rango social.

Cada cual tenía lo suyo. Henney era el más desaforado y aspaventoso. Podía repetir a los gritos y sin cansarse que era "el empresario más exitoso de todo Londres" y que tenía más dinero que todos los allí presentes, incluido Penny. Un asco de sujeto. Chase y Malykan lo detestaban por igual, pero eran lo bastante hipócritas para brindar en su honor cada una de las muchas veces que los invitaba con una nueva ronda de bebidas.

Doyle, Del y Kevork eran a fuerza los más discretos. vestían gastadas gabardinas y bebían callados y sin molestar a nadie. A Doyle y Del les tocaba el último lugar en la barra; a Kevork el cuchillo más desafilado de todos los que Penny repartía para cortar el salame, por lo que se hizo popular entre la muchachada por llevar el suyo propio; en rigor una pequeña navaja con mango de peltre, muy oxidada en los costados.

Entre Gordon Henney y Brian Kevork existía una relación muy peculiar. Eran, claramente, extremos opuestos de un mismo círculo social. Henney era el rechoncho burgués, vanidoso y extrovertido. Kevork, el flaco proletario, humilde y callado. Rara vez hablaba y pocos conocían su voz, que era grave y aguardentosa. Chasqueaba su lengua agrietada sólo para ordenar cervezas, que bebía hasta quedar casi inconsciente. En eso y sólo en eso se parecía a su contraparte, Henney: el obeso comerciante no paraba de hablar de sí mismo, de su posición, sus excelsos trajes y hasta de la delicadeza de sus rasgos de alcurnia. Al resaltar así su agraciada estampa, aprovechaba invariablemente para mencionar la nariz de Kevork. La nariz del ex estibador era carnosa y torcida, y lo afeaba bastante, razón por la que Henney lo acechaba con todo tipo de burlas.

—Eh, tú, portuario, no vayas a hundir mucho esa narizota en la jarra de cerveza, o se la beberá por ti —le gritaba, entre tremendas risotadas compartidas por los parroquianos chispeados del bar. Kevork toleraba las burlas sin un resoplido. incluso, cuando la tarde estaba avanzada y varios cabeceaban por la ebriedad, Henney solía acercarse a Kevork y rodearle los hombros con su brazo para seguir las chanzas, sin que el "portuario" mostrara el menor interés en responder las ofensas.

Henney no estaba desadvertido. Brian Kevork era un tipo indudablemente tranquilo, pero de buena estatura y robustos brazos. Sus manos eran como pinzas de cangrejo, grandes y fibrosas. Aunque nunca pronunciaba una queja, sobre aquella gibosa nariz suya brillaba lúgubremente una mirada gris de rencores apenas ocultos que nadie precavido hubiera tomado en solfa.

—¡Ya. déjale en paz, Henney! —le advertía Chase atusando sus finos bigotes—. ¡El tío Kevork te va a dar una paliza un día de éstos!

—¡Bah! ¡Vete a vender tu licor! —se mofaba el mercero.

—¡No lo provoque más! —susurraba Malykan a su oído, ahuecando sus finas manos— o te clavará su cuchillito donde menos te gusta, viejo aspaventoso...

—¡Hala! ¡A zurcir calzones, costurero! —le respondía despreciativamente Henney.

Hasta Penny, que presenciaba el descaro con el que el mercero le rodeaba la espalda al ex estibador, lo llamaba casi con asco "portuario", y acercaba su cara a esa otra cara ruda que apenas hacía un gesto, para escarnecerlo con sus burlas, podía observar cómo la expresión del viejo estibador se agriaba y endurecía y sus ojos iban adquiriendo una mirada torva cuando no temeraria. No obstante no movía un músculo, salvo para continuar bebiendo como si nada. Penny temía una desgracia y se lo hacía saber a su mejor cliente.

—Gordon, por amor de Dios, deja de molestarlo —le decía cerca de su oído, pero Henney lo despachaba entre risotadas y pedidos de escocés, que se iba a beber con sus amigos a alguna de las mesas, ya molesto por los recelos del cantinero.

 

El ataque nocturno a Gordon Henney, semanas después, conmocionó a buena parte del barrio de Lane. Los vecinos que oyeron sus alaridos aquel sábado a la medianoche afirmaban que lo encontraron al pie de una columna del Dorsey Street, con las menos conteniendo su cara ensangrentada. Al intentar examinar sus heridas, quienes lo habían encontrado fueron presa del horror, pues el agresor le había mutilado enteramente la nariz con un objeto cortante. Rayones de la misma arma afilada marcaban el frontis de la columna en buen número, lo que decía mucho sobre la furia del atacante. Fue llevado en andas a una sala de primeros auxilios de Doverty, donde lograron detener la hemorragia para trasladarlo a un hospital de clínicas. 

En el Downing la noticia corrió como pólvora encendida. El suceso fue objeto de múltiples comentarios por parte de todos los parroquianos del bar. Henney era, claramente, el tipo más odiado del vecindario. Lo repudiaban tanto deudores como acreedores, clientes estafados y comerciantes arruinados por su competencia desleal. Gordon Henney no era de los comerciantes honestos que saben ganar el afecto de sus conocidos. De hecho, su hijo mayor había sido recientemente desheredado durante un pleito familiar y se rumoreaba que le había jurado venganza.

Chase y Malykan se dejaron caer por el bar una semana más tarde. contaron, entre tragos y risas que Henney se restablecía muy lentamente en su casa, fuera de peligro pero horriblemente desfigurado y sin intenciones de dejarse ver por nadie. Su buena esposa los había atendido en la puerta de su residencia, sin decirles mucho más. Malykan se lamentaba ya que Gordon ya no pagaría más cervezas, en tanto Chase confesó que echaría de menos los whiskies con que solía invitarlos el mercero después de las pintas. Penny los escuchaba rascándose la barbilla mal afeitada con sus dedos sucios, pensando que con amigos así, Henney no necesitaba enemigos, aunque debía tenerlos.

Era curioso que, habiendo tenido tantos enemigos, nadie debatiera abiertamente sobre  el responsable del ataque a Gordon Henney. Se notaba el rencor acumulado hacia el acaudalado mercero. Con apretadas sonrisas los parroquianos comentaban la partida de su primogénito a América, seguramente corrido por alejarse de toda culpabilidad por el ataque a su padre. También se hablaba como al pasar de algunos prestamistas que habrían decidido cobrarse a cuchillo las deudas de Henney. No lo decían en serio, claro está, todo terminaba en un coro de risotadas y eructos de cerveza. Penny, sin embargo, los escuchaba con atención, repasando la barra una y otra vez con el mismo mugriento trapo con el que se secaba las manos grasientas. Pensativo, volvía la mirada constantemente hacia el mismo bebedor al final de la barra: Kevork.

Con su gabarda gastada, las grandes manos aferradas al borde de la barra para sostenerse y tan taciturno como siempre, el viejo estibador pasaba las tardes frente a su cerveza, callado e inmóvil.

Con el tiempo, Chase y Malykan dejaron de frecuentar el Downing; ya no estaba el mecenas que pagaba los tragos. Doyle, Del y Kevork ganaron el dudoso privilegio de usar los cuchillos menos desafilados para poder cortar el salame servido en la barra.

Los días pasaron, pero mientras cada cual se ocupaba de sus asuntos y el ataque a Henney era ya un recuerdo, Penny no se podía sacar el tema de la cabeza. Algo no encajaba en sus razonamientos. Mirando a Kevork cortar un trozo de pan, una tarde de sábado, se acercó para darle un poco de conversación.

—Oye, Brian, ¿qué pasó con tu navaja de bolsillo? —preguntó con la mayor inocencia.

—La perdí —respondió Kevork sin dejar de masticar pan con salame.

 —Ah, la perdiste. Cuánto lo siento —remató Penny dando por finalizada la charla.

 

El siguiente sábado, el Downing permaneció extrañamente vacío. Del había fallecido en su casa de un paro cardíaco, razón de la ausencia de varios clientes y por la que el apostador John Doyle pasó sólo un rato para beberse un brandy y saludar al compadre Kevork, que se quedó toda la tarde bebiendo sobre la barra como era su costumbre. Cuando Penny lo vio buscando un cuchillo para cortar un pan, aprovechó la ocasión para volver a hablarle.

—¿Y tu cuchillo, estibador? Veo que ya no lo traes contigo.

—Te dije que lo perdí —murmuró Brian Kevork, como si su respuesta fuese la continuación de la misma pregunta formulada por Penny una semana atrás.

 John Doyle no volvió a aparecer en el bar. Ni Malykan ni Chase ni Shawn ni Cook ni ninguno de los que habitualmente cargaban su vejiga en los sábados del Downing. Londres empezaba a sufrir una de las peores crisis económicas del viejo siglo, y las estrecheces comenzaban a sentirse sobre todo en los barrios de las costas sureñas. En consecuencia, una semana más tarde, y las que seguirían, la población sabatina del Downing se redujo a cuatro o cinco bebedores, que tampoco bebían tanto como antes del crack.

Penny estaba más decaído que nunca. Llevaba varios días sin bañarse y tenía la barba crecida, ya que su tiento de afeitar estaba gastado y no tenía un penique de más para reemplazarlo. Tan abatido e irritado por el infortunio estaba que se acercó al incombustible estibador, con todo ánimo de molestarlo un poco. 

—Eh, portuario —le dijo acercándose—. ¿Sabías que todavía no encuentran al atacante de Gordon Henney?

—Mmm... —murmuró Kevork, con la boca llena de pan y cerveza.

—Me preocupa —prosiguió el cantinero, empinando los codos en la grasienta barra— pues el atacante no sólo se ensañó con su cara, sino que melló con su cuchillo la pared donde cayó Gordon luego de ser herido... hay que tener mucho odio para hacer algo así. ¿No crees?

El otro no respondió. A Penny no parecía preocuparle la falta de correspondencia en el diálogo.

—¿Y tu cuchillo? Hace tiempo que no lo usas, amigo portuario; ¿acaso lo perdiste?

Kevork dejó de beber, rebuscó en los bolsillos de su vieja gabarda hasta que pareció hallar lo que buscaba. Era la navaja de peltre, que el estibador dejó sobre la barra esta vez.

 —¿Qué te parece? —preguntó un animado Penny—. Ahí estuvo todo el tiempo...

Con toda parsimonia Kevork abrió su navaja. La hoja estaba picada y rota, saltada en varias partes. Como si alguien hubiera hecho chocar el filo contra un hueso al cortar carne, o la hubiese refregado contra una pared muchas veces.

—Como verás —comenzó a decir Kevork, con voz de aguardiente— ya no sirve para cortar nada...

Los ojos de Penny se encontraron con la lúgubre mirada del viejo estibador. Dicho lo cual, volvió a cerrar la navaja para hacerla desaparecer de nuevo en uno de sus bolsillos.

Penny, con mano trémula, le alcanzó el mejor cuchillo de la barra. Luego se corrió hasta el final, para enjugarse el sudor de la frente con el mismo mugroso trapo de cocina que utilizaba siempre.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

miércoles, 8 de julio de 2026

VUELOS

 

Sergio Gaut vel Hartman

 

Después de la muerte de Jorge anduve un tiempo juntando recuerdos por todos los rincones de la casa, como si fueran ropa sucia, y guardándolos en un canasto con la esperanza de sacarlos algún día, lavarlos, tenderlos al sol, plancharlos y tal vez usarlos… como se hace con una vieja camisa, gastada pero cómoda. Pero fue una falsa esperanza; no funcionó.

La tristeza que me impregnaba era tan fuerte que la casa se convirtió en una prisión, y cada minuto empezó a parecerse a los que miden una condena a reclusión perpetua, instantes tan sórdidos que sumados te hacen desear la pena máxima, el final del suplicio. Deambulaba por las habitaciones arrastrando los pies, levantando un objeto para dejarlo de inmediato en su sitio, procurando que no cambiara de posición ni siquiera un milímetro. Hice varios inútiles inventarios y descubrí que las cerámicas y marfiles pueden tener más vida que un ser humano, en especial si ese ser humano está lastimado, si el dolor enquistado en su carne actúa como un veneno que lo paraliza.

Pero algo tenía que hacer para no hundirme por completo, por lo que me obligué a actuar, aconsejada por parientes y amigos, y adquirí la costumbre de caminar por el barrio todos los días, peregrinando por las calles que Jorge y yo habíamos recorrido juntos tantas veces. Caminaba y caminaba contemplando distraída los jardines y fachadas; bares, parques, negocios, monumentos. Pero no obtenía ningún placer haciéndolo. Era agradable, suave, pero no tardé en descubrir que era menos peligroso permanecer encerrada, ya que cada esquina terminaba siendo un puñetazo en la mandíbula propinado por los recuerdos, los benditos y malditos recuerdos…

Así que renuncié a los paseos para quedarme las mañanas, las tardes y las noches mirando televisión, con la mente en blanco, sin el menor interés en lo que estaba viendo. ¿Qué hacer? ¿Mudarme? Me inhibía por completo la sola idea de embalar los objetos y sentir que cada uno de ellos era un pasaje de ida a la nostalgia, una invitación a la melancolía. Una querida amiga sugirió que fuera a un lugar de encuentros, que allí podría conocer a un hombre con el que rehacer mi vida. ¿Rehacer mi vida? Mi vida no estaba deshecha, solo había dejado de existir, era una nulidad, un enorme agujero vacío.

El otoño fue tétrico y el invierno espantoso. Creo que leí una veintena de novelas, aburrida de la televisión y vi mil programas idiotas, harta de las ficciones ridículas en las que la gente padecía problemas más vastos y lacerantes que los míos, pero los resolvía con una facilidad que me aterraba. Sin problemas económicos ni hijos que me requirieran ni nietos a los que amar, seguí hundiéndome en la ciénaga, olvidada en medio de un territorio inhóspito que nadie atravesaba.

¿Preguntan si lloré? Lloré hasta secarme, hasta que me convencí de que llorar no serviría de nada, que Jorge no iba a regresar y que yo no poseía el valor suficiente como para ir en su busca. El peso aplastante de mi falta de fe se hizo sentir en ese momento. Si por lo menos pudiera fantasear con un lugar más allá de la vida, en el que él me estuviera esperando.

 Septiembre no fue mejor que agosto y octubre mucho peor que cualquier mes de cualquier año. Las horas, elásticas, se estiraban con una perversidad digna de monstruos de ficción, y mi ansiedad por abandonar la casa empezó a mezclarse con la imposibilidad de poner un pie fuera de ella. Oscilaba como un péndulo, bipolar, perpleja, aturdida como una liebre encandilada en medio de la ruta. ¿No hay salida? No la hay, respondí a la pregunta que no necesitaba ser contestada.

De todos modos, poco antes de Navidad cerré la casa y partí hacia la playa. Al principio ignoraba mis motivos para hacerlo, aunque tal vez imaginé, refugiada en un cuarto cerrado de mi mente, que poner distancia con los objetos y lugares cotidianos me ofrecería una oportunidad de ver las cosas desde otra perspectiva.

No era cierto. Lo que estaba buscando era recuperar un momento vivido junto a Jorge, tres años atrás. Iba en busca de aquel instante de mágica zozobra, cuando sentados en las gradas de un improvisado anfiteatro, asistimos a las evoluciones de una joven pareja de acróbatas. Aquel verano, acunados por la música perfecta y desolada del Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, aquellos chicos giraban y volaban en torno a un armazón metálico, enredándose en lienzos de colores, cayendo hacia los abismos y ascendiendo de nuevo, como pájaros neuróticos. Durante todo el tiempo que duraba la actuación, Jorge y yo permanecíamos tomados de la mano, angustiados, con el corazón en la boca, mientras imaginábamos una historia de amor signada por privaciones y desencuentros, vida de artistas trashumantes, dijimos. Íbamos a verlos todas las noches de aquel, nuestro último verano en la playa, aunque en ese momento no supiéramos que la muerte nos acechaba, gestando el obsequio que nos entregaría tras muchos meses de sufrimiento. Íbamos a presenciar ese espectáculo porque ambos nos enamoramos un poco de aquellos acróbatas, rozando con los dedos casi cincuenta años destejidos de la trama del tiempo. Díganme masoquista, si lo desean, y lo aceptaré sin enojo. Quería volver a verlos y así recuperar un fragmento del pasado vivido junto a Jorge.

Tampoco funcionó. En la plaza había payasos, idiotas con guitarras y armónicas, jugadores de ajedrez, titiriteros, pero ellos no estaban. Tonta de mí, pensé. ¿Qué me hizo suponer que estarían en ese mismo lugar, tres años después, volando y girando en el aire, acunados por la sublime música de Mahler? ¡Hay tantas playas!

Abandoné la plaza y caminé hacia el mar. El verano declinaba. Pronto comenzaría el éxodo; el desierto y el silencio ganarían la batalla. Los muelles, en los que se movían unos pocos pescadores, se hacían eco de mi desolación. Me dirigí por la rambla hacia el puerto, alejándome del centro, tratando de hurgar en la penumbra para hallar a mi fantasma perdido. Pero Jorge no estaba, por supuesto. Mis fantasías seguirían siendo eso, sombras condenadas a permanecer en sus cofres, collares de nada, pájaros de espuma que se disuelven en la noche.

Me acodé en la balaustrada de la rambla y dejé que mis lágrimas corrieran sin ningún pudor. De todos modos, nadie podía verme, y si alguien me viera, me dije… ¿a quién le importa una vieja que llora a su amado muerto? Lo irrecuperable de la situación me tomó por asalto una vez más, pero no me resistí. Así sería hasta el final, y por primera vez deseé que ese final no se demorara demasiado.

Tardé un momento en advertir que, a unos metros de donde yo estaba, un malabarista revoleaba sus clavas con pericia pero sin voluntad. Nadie observaba su acto, y me pareció raro que siguiera lanzando y recogiendo, lanzando y recogiendo, en una repetición mecánica de la rutina. Pero de pronto se detuvo, recogió las clavas y me encaró directamente.

—La estaba esperando —dijo.

—¿A mí? —Mi perplejidad era genuina. Era aquel acróbata, el muchacho que, colgado de un armazón metálico, lanzaba a su pareja entre lienzos rojos y amarillos, le sujetaba la mano o se la soltaba para que se precipitara al abismo; la alzaba y la volvía a soltar, formando una coreografía demente que no parecía tener fin. Era él, por cierto. Pero ¿me estaba esperando? Nunca habíamos cruzado una palabra, no podía recordarme, yo era una sombra más, perdida entre el público, hipnotizada por los giros y la música.

—Sí, a usted —dijo—. ¿Por qué no? Mahler quedó en silencio, ¿sabe? La música se extinguió. Ya no hay un Adagietto sonando en la plaza. No logré sujetarla y ella cayó desde siete metros. —Me tapé la boca con la mano y reprimí un sollozo. No supe qué decir, pero él sí supo—. Yo también me quedé solo, ¿se da cuenta?

Sergio Gaut vel Hartman, Buenos Aires, Argentina, 1947, es escritor, editor y antólogo. Creó y conduce el blog MICROFICCIONES Y CUENTOS y coordina talleres individuales y colectovos. Ha publicado unos treinta libros entre obras de ficción, ensayos y antologías,


CASTILLOS DE ARENA