lunes, 27 de julio de 2026

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N

Lusine Kharatyan

Después del 11 de septiembre, mi familia estadounidense decidió aprender sobre otras culturas. Así fue como terminé viviendo en su casa. Yo les hablo de Armenia; ellos me hablan del chino al que hospedaron antes que a mí.

 

Mi familia estadounidense es protestante. Antes de cada comida rezamos. Especialmente cuando comemos frutillas con avena alrededor de la mesa redonda.

 

Los domingos vamos a la iglesia. En el subsuelo leemos el Evangelio y luego contemplamos un mapa del mundo colgado en la pared, donde los «cristianos perseguidos» aparecen marcados en rojo intenso. En los puntos más rojos trabajan, sin descanso, los misioneros de nuestra iglesia.

Me alegra en silencio que mi diminuta patria, más pequeña que una piedra lanzada con una honda, aparezca en ese mapa ensangrentada por todos lados... pero completamente estadounidense.

 

Mi padre estadounidense colecciona relojes antiguos y armas. Las armas cuelgan de la pared del sótano; los relojes detenidos, de las paredes de la sala.

En el cuarto blanco de los relojes almorzamos los domingos y, alrededor de una taza de agua vivificante cada uno, discutimos todos los matices del sabor del pan de cada día, el funcionamiento de nuestro sistema digestivo y el crecimiento del mal en el mundo.

 

Nuestra casa está junto a un lago. Es nuestro lago, aunque lo compartimos con otras cuatro familias de clase media alta, como nosotros.

Mi padre estadounidense construyó la casa con sus propias manos cuando era joven, junto con sus amigos de la generación del baby boom, contribuyendo así a las estadísticas del crecimiento económico de Estados Unidos.

Es un placer contemplar el lago por la mañana desde la cocina acristalada, taza de café en mano, mientras las ardillas saltan de rama en rama entre los enormes pinos.

Del otro lado del vidrio, el cielo está a tus pies, hay dos somormujos, la lancha del vecino de la orilla opuesta levanta las olas y el invierno próximo permanece escondido en el espejo del lago.

 

Mi amor estadounidense es una tienda de lanas.

Fue en este noviembre oscuro, sucio e incómodo, mientras deambulaba con la llovizna golpeándome la cara, Bach en los oídos, cansada de las estadísticas y con la nariz helada escondida en la manga de mi chaqueta, cuando nos encontramos en el escaparate situado junto al videoclub de películas somalíes impregnado de olor a especias.

Tú eras naranja, grueso y de lana. Te abracé junto con aquellas dos agujas enormes y sentí un calor indescriptible.

Mientras la radio de casa sigue debatiendo si Estados Unidos debe entrar o no en Irak, yo tejo contigo una prenda grande, cálida y llena de sol.

 

Mi madre estadounidense camina cada mañana alrededor de nuestro lago. Los fines de semana yo también la acompaño. La caminata dura aproximadamente una hora. Por el camino nos cruzamos con caminantes, corredores, personas que pasean perros, otras que recogen sus excrementos, ciclistas, ciervos, ardillas e incluso pavos salvajes.

El día siempre permanece en silencio. Pero nosotras hablamos.

Ella me cuenta lo difícil que fue criar a sus dos hijos y cómo logró detectar a tiempo un cáncer en dos ocasiones, salvándose de la muerte. Hace veinte años. Y hace diez.

Yo le cuento cómo murió mi padre en la guerra.

Hace diez años.

 

Me enfrenté al mundo en la universidad. Entré en el aula... y allí estaba. Ahora permanecemos inmóviles: yo lo miro a él y él me mira a mí. Estados Unidos ocupa el centro; el océano Atlántico, Europa y África quedan a la derecha; Asia y Australia, a la izquierda. Pero a mí siempre me habían dicho que la humanidad había nacido en las Tierras Altas de Armenia. Entonces lo comprendí. La Tierra es el centro del sistema solar.

 

El subsuelo de nuestra universidad es nuestro búnker. Fue construido para resistir siglos: sólido, estéril. Un monolito. Paredes insonorizadas e innumerables pasillos. Un laberinto. Una matriz. Una red. Los edificios del pasado y del futuro están unidos por corredores largos e interminables: ingeniería biomédica, ciencias sociales, administración, derecho, historia, programación, física, filosofía.

Sesenta mil estudiantes. No sé cuántos profesores. Como enanos, caminamos en silencio por esos corredores subterráneos, sin ventanas y sin sol. Buscamos oro. Cada uno en su propia mina. Ninguno tiene fronteras, pero todas las puertas y todas las salidas están cerradas. Falta el aire. Todos están en contra de la guerra de Irak. Silencio. Un paso adelante y una pared. En la biblioteca pido todos los ejemplares de Pravda correspondientes al año 1961.

 

Salgo del subsuelo. Hace un frío soleado. El viento trae noticias. Un puente sobre el Misisipi. De dos niveles. El de abajo es para los automóviles; el de arriba, para nosotros. Hace frío y nuestro puente tiene un túnel de vidrio. Transparente, para que puedan verse el cielo y los rascacielos. Consignas, eslóganes, grafitis, invitaciones. Un murmullo me llena los oídos. Está fuera del sistema. Entonces está todavía más dentro del sistema. Es el propio sistema. Está escrito en el idioma de los extraterrestres.

«Club Ruso. Únete a nosotros.»

«Asociación de Estudiantes Árabes.»

«Asociación de Indígenas de América.»

«Gays y lesbianas. Nos reunimos todos los viernes.»

«¿Bailas salsa? ¿Quieres aprender?»

«Defiende tu futuro.»

«Osama Bush-Laden.»

«Antropología... Mucho más que una carrera.»

Letra-palabra-dibujo-color-número-idea-canción... Todo me mira. Lo comprendí. En uno de los pasillos suena una grabación:

—Hola, soy Angela.

—Yo soy Eric.

—Mi nombre es Jane.

Son muchísimos.

 

Mi abuela estadounidense tiene noventa y cinco años. Vive en un hogar para ancianos. Hoy hemos venido a visitarla. Cultiva tomates en el jardín de la residencia. Es sábado y la peluquera del hogar le ha teñido el cabello; también le hicieron manicura y pedicura.

Mi padre le dice:

—Vamos a jugar a las cartas.

Ella no oye. Él la toma del brazo y la conduce al interior. Los cuatro nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Mi abuela pregunta de dónde soy. De todo lo que le explica su hijo solo entiende la palabra «Unión Soviética».

Entonces yo le hablo de mi abuelo, que durante la Gran Guerra Patria llevaba desde Irán camiones Studebaker estadounidenses.

 

Los estudiantes internacionales de nuestra universidad hemos sido invitados a cenar. Es el club de los estadounidenses ricos. Después del 11 de septiembre, los millonarios comenzaron a interesarse por el mundo y quieren conocer otras culturas directamente de la fuente. El club está en la azotea de un rascacielos. Mujeres con maquillaje carísimo. Hombres con trajes carísimos. Sonrisas de dientes impecablemente blancos. Yo, como un gladiador en Roma. El millonario que me toca en suerte pasa toda la noche hablando de la caída del Imperio romano. Dice que es una ley histórica: los imperios nacen y desaparecen. Pero Estados Unidos vivirá mucho tiempo. Porque ellos son libres. Él, por ejemplo, tiene derecho a volar en su propio avión. En Europa, dice, no tendría ese derecho.

 

Una compañera de clase es militar. Su padre también. Y su abuelo. También lo son su madre, su hermano y su tío. Sirvió en el ejército y ahora el ejército paga sus estudios. Los míos también los pagan los contribuyentes estadounidenses. Al parecer, las dos estamos en deuda con ellos. Ella es republicana. Yo, demócrata. Las dos cursamos la materia Historia de las ideas en Estados Unidos y, junto con el resto del grupo, estamos en contra de la guerra.

Hoy estaba triste. Sobre todo ella. Dijo que mañana parte hacia el combate. Irak. Está en contra de la guerra, pero debe ir. A defender los valores estadounidenses.

 

Nuestra práctica profesional transcurre en un lugar donde pasamos el día hablando del coeficiente de Gini, de la pobreza, del hambre y del analfabetismo.

Por las noches organizamos recepciones donde criticamos la política exterior de Bush, a los economistas de Chicago y la negativa de Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kioto. Todo ello alrededor de salmón rojo del Pacífico y caviar negro. Gracias a una compañera de prácticas traicioné a Naranja con Chomsky. Fue una aventura muy rápida: apenas una hora de encuentro. Había muchos izquierdistas. Anarquistas de izquierda. Punks. Hipis envejecidos. Trotskistas. Feministas. Inmigrantes de Oriente Medio y de la Unión Soviética. Buscadores de conspiraciones. Holgazanes profesionales.  Desempleados por convicción. Personas sin hogar. Alcohólicos deprimidos. Y jóvenes extraordinariamente vitales.

El 9 de noviembre ganó la democracia.

Mis padres estadounidenses, republicanos, siguen rezando cada domingo por mí y por mi familia. Yo creo en sus oraciones.

Lusine Kharatyan es una escritora y antropóloga armenia. Estudió en la Universidad Estatal de Ereván, el Centro Demográfico de El Cairo y la Universidad de Minnesota. Es conocida por sus obras de ficción, entre las que destacan: El libro oblicuo (novela, 2017), Nomeolvides, callejón sin salida (relatos, 2020), Un asunto sirio (novela, 2019). Esta novela fue galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Kharatyan reside en Ereván.


 

CHICAS MALAS

Claudia Isabel Lonfat

 

Esos ochenta metros, los que separaban mi casa de la casa de la Polaca, los caminé enojada. Arrastrando los pies para gastar la media suela recién hecha de mis Guillerminas. Quería descargar ese cúmulo de pequeños odios, antes de que la Polaca me empezara a hurgar con su mirada inquisidora. Porque si la vieja notaba mi furia, empezarían las preguntas, y yo no quería responder nada que tuviera más de dos palabras. Menos con ella, que era chusma y siempre hacía comentarios desubicados.

—Qué milagro que hayas venido a jugar con Teresita —dijo entornando los ojos, hasta casi cerrarlos, y así se quedaban, como telones rotos y deslucidos, pero luego, de pronto, los abría, y su color turquesa surgía tan hermoso como breve.

Yo sabía que mi presencia no era una sorpresa. La Polaca le pedía a mi mamá que visitara a su hija, Teresita, porque no tenía amigas. Después mamá me mortificaba con reclamos, que más tarde concluían con la típica presión.

—¿Por qué no vas a jugar un rato con Teresita?

—No quiero —le contesté cortante.

—¿Qué te cuesta, si es una chica buena?

—Me aburro, no quiero.

Después de que mamá empezaba a hacer exhalaciones ruidosas, como un toro antes de la cornada, yo sabía lo que se venía: una perorata tan insoportable como innecesaria. No la escuchaba. Había aprendido a pausarla dentro de mi cabeza, hasta que nombraba a Gachi, mi amiga, y también mi límite.

—Bueno, muy bien, no vayas. Siempre vos y tu amiga Gachi van a ser las chicas malas —dijo con resentimiento—. Por eso no vas a ir a lo de tu amiguita hasta que te levante el castigo.

Calculé rápido las consecuencias y reculé. Estaba muy enojada como para ponerme a razonar con mamá.

—Bueno… voy —le contesté.

 

Teresita me miraba desde el patio de la cocina, mientras la Polaca, su madre, fingía sorpresa o demencia. Para qué engañarnos; ambas sabían que yo no quería estar ahí, lo cual era horrible, humillante y hasta perverso. Prefería, mil veces, seguir de largo esos treinta y seis metros que faltaban hasta lo de Gachi; treinta y seis metros reales, que medimos uniendo elásticos viejos que no servían, con algunas sogas, y después terminábamos la medición final con el metro de costura. Para algunos, Gachi era “la chica mala”; para mí, la amiga más divertida.

Cuando la Polaca terminó su indagatoria, Teresita, con cierta timidez, me llamó para que fuera hacia el patio. La Polaca nos dijo que jugáramos en la terraza, que iba de compras y volvía pronto. Teresita, que siempre miraba al piso y me resultaba difícil de definir, ahora me observaba con sus ojos azules y sonreía.

—Isa, se me ocurre una idea genial —dijo efervescente y me dejó sin reacción—. Vamos a saltar a la casa de al lado y de ahí a las terrazas; ahora no hay nadie, todos salieron.

La seguí sin dudar. No era complicado. Teníamos que trepar sin esfuerzo la baranda que separaba su terraza del patio del vecino. Luego subir una escalera externa al segundo piso y una segunda escalera externa al tercero, que además era la esquina.

Teníamos una vista impresionante de los alrededores; veía mi terraza y también el pasillo de Gachi. Un gran árbol no me permitía observar más detalles de su casa, lo cual me parecía genial porque, con Gachi, fumábamos en ese patio para que no quedara olor a pucho dentro de la casa. Ahora, sabía que era seguro.

Esas casas desconocidas nos mostraban algunos de sus secretos: cuartos escondidos en las terrazas, palomares, pajareras, palmeras, piletas de natación, juegos de plaza, hermosos parques; hasta un auto antiguo y un pavo real. También la vimos a la Polaca llegando a la esquina, así es que bajamos.

Nos sentamos en la mesa del comedor fingiendo que hablábamos del colegio. Entró con los labios fruncidos, luego se metió a un cuartito, y volvió con una anciana que parecía momificada. La mujer, de edad indescifrable por las infinitas arrugas, chillaba como un gato. La Polaca la sentó y le metió los pies en una palangana con agua caliente. Luego, con una tenaza, le empezó a cortar las uñas, que eran gruesas como pezuñas. La vieja lloraba y la insultaba en un idioma incomprensible. Teresita se descomponía de la risa.

El día aún no había terminado para mí. La Polaca me iba a llevar a la Escuela Científica Basilio, de la cual era directora. Lo había arreglado todo con mi mamá a mis espaldas. Viajamos en el 181 hasta Beiró y Lope de Vega, caminamos tres cuadras hasta una casa antigua que era una sede de la ECB. La casa era enorme; el recibidor tenía una mesa central con una escultura y a su alrededor varios ambientes con puertas dobles. En el fondo del salón se veía una especie de puerta de garaje, de cuatro hojas, parecida a la de los cines. Los adultos entraban por esa puerta, pero nosotros solo teníamos acceso a las habitaciones donde había juegos de mesa, papeles, lápices y un proyector de diapositivas. Con Teresita, y los otros niños, jugábamos al tutifruti, hasta que ella me agarró de la mano y me hizo salir.

—Quiero que veas algo —me lo dijo al oído mientras miraba a su alrededor a ver si venía alguien.

Abrió lentamente una de las hojas de la puerta grande del fondo donde estaban los adultos, y obviamente la Polaca.

Lo que vi parecía ser el escenario de una película de terror. Se trataba de una especie de teatro con muchas butacas, casi todas ocupadas por gente que hacía algo extraño con las manos; las acercaban y alejaban, haciendo movimientos convulsivos. Y los que estaban en el escenario se encontraban como idos. Uno de ellos, un hombre joven, hablaba sin parar con voz de mujer.

—Mi marido me envenenó —decía una y otra vez con los ojos desorbitados.

La Polaca le hacía preguntas.

—¿Quién sos? ¿Qué nos querés comunicar?

—Es boluda tu mamá —le dije angustiada a Teresita—. Le está diciendo, el tipo o tipa, que la envenenaron, y ¿cómo puede hablar si está envenenada, o sea muerta…?

—Es un médium —contestó Teresita como si fuera lo más normal del mundo.

—No entiendo, el muerto parece vivo —acoté, sintiendo una especie de corriente extraña recorriéndome toda.

—El muerto está dentro del cuerpo de uno vivo —dijo Teresita.

Se ve que mi cara reflejaba todo el miedo que sentía, porque Teresita se empezó a reír como un demonio.

—¿Le tenés miedo a los fantasmas? ¡Jódete! —me dijo—. Yo le tengo más miedo a los vivos —agregó.

El fantasma, junto con el médium, se cayeron despatarrados en el escenario de madera. Desde donde estábamos podíamos ver el culo gordo de la Polaca, mientras intentaba, en vano, levantarlo.

 

Los días siguientes tuve pesadillas horrendas por culpa de Teresita. Lo primero que hice fue contarle a Gachi.

—Así, con esa cara de boluda que tiene, timidona y siempre con la mirada en el piso… viste, resultó ser una víbora.

—Hay que desconfiar de las que tienen cara de boludas, son las peores —dijo Gachi.

Nos fumamos un cigarrillo Le Mans largo, que tenía gusto a pasto seco meado por los gatos, y empezamos a cranear la venganza, porque si había algo que no podíamos permitir era que Teresita se burlara de alguna de nosotras.

Gachi tuvo una buena idea que entre las dos fue tomando forma. Ella había visto una película en la que un grupo de jóvenes jugaba a las cartas. El perdedor se sacaba una prenda, y así hasta que terminaba el juego. Con Gachi planeamos marcar cartas y tenerlas duplicadas para que la perdedora fuera siempre Teresita, y así desplumarla en un rato.

No iba a ser fácil. La Polaca no dejaba que Teresita fuera a la casa de nadie, ni siquiera a la mía, así es que teníamos que ir a su terreno para lograr nuestro plan. Para eso se tenían que dar varias condiciones: que Teresita se quedara sola, que Gachi pudiera entrar a la casa sin ser vista por la Polaca.

Pasaron algunas semanas, entre exámenes y clases de dibujo y pintura, hasta que vi a la Polaca en la parada del 181. Me quedé en el kiosco mirando la vidriera hasta que llegó el colectivo. Luego crucé para espiar a Teresita desde la ventana del comedor de su casa, que estaba siempre entreabierta. Ella estaba sentada en la cocina, con su abuela, la anciana que chillaba y hablaba en otro idioma. Corrí esos pocos metros hasta la casa de Gachi y le avisé que había llegado el momento. Desandé el camino hacia la casa de Teresita con Gachi pisándome los talones. Golpeé la persiana y vi sus ojos del otro lado.

—Ya te abro —dijo, y noté una alegría ácida en su tono.

No se sorprendió al ver a Gachi. Me pareció raro, pero creí que era por su bajo poder de reacción. Entramos al comedor. Agarró a la vieja del brazo y se la llevó. La pobre anciana se resistía, intentaba agarrarse de la silla y lloraba sin lágrimas, diluyendo sus gestos entre las infinitas arrugas. Teresita la arrastró hacia una habitación y cerró la puerta.

De pronto se transformó. Ya no era la mosquita muerta que se miraba los pies estando con su madre.

—Vinimos a jugar con vos —le dije con un falso entusiasmo.

—¿A qué quieren jugar? —preguntó con cierta inocencia que no me convenció. Por un segundo vi un extraño reflejo en sus ojos.

—Trajimos cartas —le contesté.

Gachi sacó, del bolsillo de su campera, un mazo de cartas, y las dejó sobre la mesa. Eran viejas, con las esquinas redondeadas por el uso y el dorso de un azul desgastado. Teresita las miró con una curiosidad que no parecía del todo genuina.

—¿Y a qué jugamos? —preguntó, deslizando un dedo sobre el doce de espada.

—A la escoba de quince. El que pierde… se saca una prenda —dijo Gachi, lanzándome una mirada rápida.

Era nuestra jugada maestra. Habíamos marcado los naipes con unos pequeños puntos casi imperceptibles en los bordes, usando un esmalte de uñas transparente que había robado de la cartera de la madre de Gachi. Yo tenía las cartas claves escondidas en el elástico del pantalón, listas para ser intercambiadas en un descuido.

Teresita sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos azules, que ahora parecían fríos como el hielo.

—De acuerdo —aceptó—. Pero juguemos a algo más interesante. El que pierde no se saca una prenda… el que pierde bebe esto.

De debajo de la mesa sacó una botella de plástico llena de un líquido amarillento y turbio.

—¿Qué es eso? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

—Un mejunge que hice. Tiene vinagre, jugo de limón, picante, jabón líquido y un poco de la medicina de la abuela. Le da un color lindo, ¿no?

Gachi y yo nos miramos. Nuestro plan se estaba yendo a pique. Esto era mucho más siniestro que quitarse una remera. Teresita no era la víctima que esperaba ser desplumada; era la directora de un juego perverso del que no conocíamos las reglas.

—No —dije, tratando de sonar firme—. Jugamos a lo que dijimos.

—¿Le tienen miedo? —nos provocó, inclinándose hacia adelante—. Pensé que ustedes eran las chicas malas. ¿Un poquito de vinagre las asusta?

Su tono era desafiante. Retirarnos ahora sería una humillación mayor que la que habíamos planeado para ella. Gachi, siempre más audaz, encogió los hombros.

—Dale. Pero vos primero, Teresita. Seguro que perdés.

La partida comenzó. Teresita barajó con una habilidad sospechosa. Repartió las cartas y los primeros minutos fueron normales. Gachi y yo nos comunicábamos con miradas, intentando hacer nuestra trampa. Pero Teresita ganaba las rondas. No todas, pero sí las suficientes. Era increíblemente buena, o nosotras increíblemente torpes. Gachi bebió primero un trago del mejunge. Hizo una mueca de asco, tosió, pero aguantó. Luego me tocó a mí. La mezcla era repugnante, ácida y jabonosa, quemándome la garganta.

Teresita no perdió ni una sola mano.

—Tenés suerte —le dije con la voz ronca.

—No es suerte —respondió ella, colocando sus cartas sobre la mesa—. Es práctica. Mamá y yo jugamos mucho a las cartas cuando no viene gente.

De pronto, lo entendí. La mirada en el piso, la timidez, era su manera de observar, de calcular. En su territorio, con sus reglas, ella siempre ganaba. Habíamos subestimado por completo a nuestro enemigo. Éramos unas aficionadas intentando engañar a una profesional.

Gachi, verde por efecto del brebaje, hizo un gesto. Era la señal para abortar la misión.

—Bueno, nos tenemos que ir —anuncié, levantándome. Las piernas me flaqueaban un poco.

Teresita no hizo nada. Se quedó sentada, con una sonrisa de triunfo tranquila en los labios.

—¿Vinieron a jugar conmigo? —preguntó, casi susurrando—. Qué lindo. Vuelvan cuando quieran. Tengo más cosas para mostrarles.

 

Salimos apresuradamente, casi tropezando en el umbral. El aire de la calle nunca me había parecido tan puro. Vomitamos, y caminamos en silencio los treinta y seis metros hasta la casa de Gachi, sintiendo cómo el sol de la tarde nos golpeaba la nuca.

Una vez a salvo en su patio, bajo la sombra del gran árbol, Gachi encendió dos Le Mans. Me pasó uno.

—La hija de puta nos cagó —resumió, exhalando el humo con fuerza.

Asentí. No había otra explicación. Ella nos había visto venir desde lejos. Nuestro plan, que nos pareció tan astuto, era transparente para alguien criado en la niebla de la Polaca y los espíritus.

—¿Y ahora? —pregunté.

Gachi miró el cigarrillo.

—Ahora nada. Nos ganó. A las víboras no se las enfrenta en su propio pozo. Se las evita.

 

Esa fue la última vez que crucé esos ochenta metros. Le dije a mi madre que si me obligaba a ir otra vez, le contaría a todos sobre la sesión de espiritismo y el médium que hablaba con voz de mujer. El terror en sus ojos fue instantáneo. El miedo al qué dirán, a que su hija fuera la chusma que destapara el escándalo de la directora, fue más fuerte que su deseo de quedar bien con la Polaca. Nunca más me presionó.

A veces veía a Teresita en la parada del 181. Ya no miraba al piso. Me buscaba con la mirada, esos ojos que ahora sabía que eran como los de su madre: hermosos y breves, pero llenos de un conocimiento antiguo y retorcido. Y siempre, siempre, esbozaba la misma sonrisa pequeña y ácida.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

 

BYTE, EL VAMPIRO

Frank Hebben

 



«La cabeza es la computadora más alucinante del mundo.

Allí se encuentran cosas más excitantes que en Internet.»

(Billy Idol, 2005)

 

El segundo siguiente.

Oscuridad, interrumpida únicamente por destellos nerviosos de color dorado. Avanza a toda velocidad por las plastoneuronas, siguiendo los conductos artificiales: dendritas, sinapsis. Oleadas de energía azul caen sobre él mientras atraviesa el tálamo como un surfista en Malibú, donde una avalancha de impulsos está a punto de expulsarlo. Electrones plateados cruzan en todas direcciones, disparados desde miles de canales. Sinestesias. Juegos de droga.

Allá afuera saca el cuchillo del bolsillo y se lo hunde en el pecho a la anciana.

Y espera hasta que el dolor atraviesa su tálamo, resplandeciente como un sol. Luego lo sigue velozmente hasta el neocórtex y ve, siente y saborea cómo el dolor estalla en una cascada de colores prismáticos. Gimiendo de placer, disfruta los últimos segundos antes de que el viaje se quiebre en una negrura amarga.

Desconecta los enchufes.

 

Un destello metálico en el cuello del adolescente llama su atención. Popcorn se acerca a las máquinas recreativas y observa con detenimiento su hombro y su nuca. Dos heridas bien definidas rodean el doble conector: rojas, casi azuladas. El muchacho se había hecho perforar las entradas y salidas hacía muy poco tiempo, menos de un día. Como mucho dos.

Espadas y sangre de píxeles llenan la pantalla. El chico es bueno. Respira con calma, tiene reflejos rápidos; quizá demasiado rápidos para un joven de diecisiete años, pero ¿a quién le importa eso en los Jardines de Asfalto, donde se amontona el sedimento que el destino ha masticado y escupido como un chicle sin sabor?

Allí todos son iguales.

¡Escoria!

—Eh.

Popcorn se aprieta contra él y sonríe.

—Si sigues así, vas a batir mi récord.

—Ya lo sé —responde el adolescente sin apartar la vista del juego—. ¿Popcorn, verdad? Nadie consigue alcanzarte.

—No lo haces nada mal.

Sus labios casi rozan ahora el pendiente del muchacho; una calavera junto al lápiz labial.

El nivel once es difícil, demasiados enemigos en muy poco tiempo. Como en la vida real. El golpe de mariposa falla.

—¡Mierda! —grita el chico mientras golpea frenéticamente los controles—. ¡Ah, maldita sea!

Rien ne va plus —susurra Popcorn con una sonrisa burlona, aunque sus ojos permanecen duros.

Se aparta un poco.

—Ven, pequeño. Yo invito un trago.

 

—Cuéntame, ¿dónde te hicieron eso?

Popcorn le acerca el vaso de Sunburn.

—¿Eh? —pregunta el adolescente mientras se lleva el vaso a los labios y bebe dos largos tragos.

—Las entradas y salidas. ¿Te las hizo el Mago?

—No. Me las perforó un amigo.

—Trabajo de garaje, ¿eh?

—Sí.

Durante un instante el muchacho fija la mirada en la pierna de Popcorn. Un tatuaje líquido con forma de mamba se desliza bajo la falda, cambiando constantemente de color: verde, rojo, azul hielo.

—Tú trabajabas para ese mexicano del nombre raro, ¿no?

—Quetzalcóatl.

Popcorn vacía el vaso y lo aparta.

—Ya no.

Retira las manos temblorosas de la barra.

—Es un tema del que no quiero hablar, pequeño.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Llega el camarero.

—¿Van a pedir algo más?

—¿Tiene apósitos? —pregunta el muchacho.

—¡Me refería a algo para beber, punk!

—Dos tragos más —dice Popcorn mientras se alisa la falda con gesto nervioso—. Cárguelos a mi cuenta.

Luego vuelve a mirar al chico.

—Y si quieres pegarte algo o tragarte alguna cosita, tengo justo lo que necesitas.

—No tengo dinero.

—No soy traficante. De ti quiero otra cosa.

Le dedica una sonrisa brillante, dulce como un caramelo.

—Ah... ya entiendo. Genial —dice el adolescente con una enorme sonrisa—. Me apunto.

Popcorn choca su vaso con el de él, asiente, ríe y se bebe el licor de un trago.

Todos iguales.

El plan funciona.

 

Han pasado horas desde la última dosis.

Raven permanece agazapado bajo el cono de una farola. La luz artificial violeta hace resplandecer su cabello blanco. Cuando levanta la cabeza, los mechones caen hacia atrás y dejan al descubierto un rostro ceniciento, cubierto de sudor por la falta del plug-in. Durante un rato contempla a la gente que pasa borrosa a su alrededor mientras lucha contra la sed, el nerviosismo y el vacío que siente en la cabeza.

Después se ciñe el abrigo, se aparta de la farola y desaparece entre la multitud.

Durante varios minutos se deja arrastrar por la corriente humana, pasando junto a puestos donde venden neofrutas y cintas 5Sense, hasta llegar a uno de los patios traseros.

Allí reina una tranquilidad casi absoluta.

Raven mira a su alrededor.

Muros cubiertos de colores detrás de enormes tubos de ventilación sobre los que estalla la lluvia. El mismo paisaje de siempre después de cinco décadas. No importa si se trata del Norte o del Este: todos los Jardines de Asfalto son iguales. Ventanas ciegas. Grafitis. Un perro revuelve la basura entre gruñidos.

Entonces ve a una mujer tendiendo ropa bajo un cobertizo.

Es corpulenta, de caderas anchas y brazos gruesos. Lleva el cabello recogido en un moño.

Raven avanza lentamente hacia ella, atraído por los conectores de su cuello.

Acelera el paso.

—¡Lou, ha venido un hombre! —tose la mujer al distinguir su figura bajo la lluvia.

—¡Dile que se largue! —ruge una voz desde la entrada de la casa—. ¡Mi negocio está cerrado!

Raven se detiene.

Observa a la mujer durante unos segundos.

Luego se da la vuelta y regresa a la calle.

 

—Oye... ¿dónde estamos?

Popcorn ha conducido al muchacho por las escaleras de un viejo túnel de metro abandonado.

Ahora permanecen en las sombras.

Franjas de luz recorren las paredes, cubiertas de carteles procedentes del más allá del mundo del espectáculo. En un rincón se amontonan cajas, barras de hierro oxidadas y el esqueleto de una consola desmantelada cuya placa electrónica brilla débilmente en la penumbra.

Huele a cal y a sueños viejos.

—Ven conmigo —ríe Popcorn con voz ronca.

Lo arrastra hasta un banco, debajo del cual saca una caja metálica.

—¿Ves?

—Un maletín.

El muchacho se inclina hacia delante mientras ella abre los cierres y levanta la tapa.

—¡Guau! Parece toda una farmacia.

—¿Qué quieres? —pregunta Popcorn.

Las siguientes palabras apenas consiguen salir de su boca.

—¿Todo... el arcoíris? ¿Y no tengo que pagar nada?

—No.

—Seguro que hay trampa.

El muchacho retrocede un paso.

—Quieres engancharme con alguna porquería rara.

—¡Qué va! ¡Lo que quiero es acostarme contigo!

Con movimientos apresurados desenrosca tres frascos y le deja varias pastillas en la palma de la mano.

—Vamos, pequeño. Si no, buscaré a otro.

—Mmm...

Con vacilación, el adolescente se lleva las pastillas a la boca y se las traga.

—Buen chico.

Popcorn le pone una mano sobre el hombro.

—Y después tómate también esta azul.

—Ah... ah...

El muchacho yace inmóvil sobre el suelo, aturdido.

Tiene los ojos desmesuradamente abiertos; las pupilas dilatadas contemplan el techo. El hormigón desnudo se convierte en la pantalla donde se proyecta su viaje al paraíso.

Respira con dificultad, de forma irregular.

—¿Ya está listo? —croa una voz deformada por un modulador laríngeo—. ¿Está preparado?

Una figura desciende pesadamente los últimos escalones del túnel: hombros huesudos, larga cabellera blanca. Entre las sombras apenas se distingue su rostro; solo los ojos brillan como transistores, plateados, aunque apagados.

Popcorn retrocede dos pasos y luego vuelve a acercarse.

—Llegas tarde, Raven.

—Me entretuvieron —retumba el modulador de su garganta—. ¿Alguien los vio?

—Claro. Todos los policías del Distrito Diez —susurra Popcorn con sarcasmo mientras aprieta los puños. Su tatuaje de serpiente resplandece con un tono rojo arena—. ¿Qué clase de pregunta estúpida es esa?

—Está bien.

Raven sonríe mostrando unos dientes largos.

—¿Cuándo se tragó la azul?

—Hace diez minutos —responde Popcorn, bajando la cabeza para evitar mirarlo a los ojos—. Yo...

—¿Qué?

—¡Nada!

Raven saca de su abrigo una miniconsola modificada. Se acerca al muchacho, se inclina y examina el doble conector de su cuello.

—Modelo barato. Un trabajo descuidado. ¿Qué demonios me trajiste?

—La anciana ya no te alcanzaba. Pensé que esta vez querías alguien joven...

—...¡con conexiones decentes! —truena Raven.

El modulador satura los tonos agudos.

—¡Ay de ti si la conexión se interrumpe!

—No va a pasar nada —dice Popcorn entre dientes mientras se aparta el cabello de la cara—. Escúchame, Raven. Esta será la última vez. No quiero seguir haciendo esta basura.

—Popcorn, Popcorn... ¿te estás volviendo inútil para mí?

Otra vez aquella sonrisa.

—¿Tendré que devolverte a Quetzalcóatl?

Sus ojos desprenden un frío azul, como el destello de una pistola eléctrica antes de la descarga.

Popcorn retrocede.

—No, yo...

Traga saliva para ocultar el miedo.

—¡Al diablo! ¡Haz lo que quieras!

—Hablaremos después.

Raven conecta dos clavijas al cuello del adolescente antes de enchufarse él mismo a la consola. Pulsa el botón de inicio. Espera. Introduce dos órdenes en el teclado. Y...

La entrada resulta accidentada. Las plastoneuronas son demasiado recientes para transmitirlo a toda velocidad. Destellos nerviosos de color rojo rubí chisporrotean de forma irregular. De pronto, un impacto provoca una peligrosa retroalimentación. Un chasquido semejante al de una cuerda de guitarra eléctrica al romperse azota su propio centro auditivo. Parpadeos. Dolor.

Raven compensa las interferencias, toma impulso de nuevo, esta vez con mayor lentitud, y se desliza hacia el tálamo del muchacho.

Luego continúa hasta la amígdala.

 

Popcorn permanece apoyada contra un pilar de acero, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando los repugnantes movimientos del cuerpo de Raven: las sacudidas de las piernas, los cabeceos rítmicos, arriba y abajo, arriba y abajo, como una marioneta.

—Maldito psicópata...

Escupe las palabras con desprecio, segura de que ya no puede oírla.

—Ya no sé qué es peor: estar contigo o dentro de él.

Mete la mano en la bota y saca un paquete de Pink Star. Nerviosa, enciende un cigarrillo.

El humo rosado se dispersa por el túnel.

—Nunca debiste sacarme de allí. Habría preferido seguir siendo una prostituta antes que acabar haciendo esto.

Aspira profundamente y expulsa una nube de humo mientras sus pensamientos regresan al callejón de la Serpiente Emplumada...

Niebla de sustancias químicas y vapor asciende desde las aceras. En una pared resplandece un anuncio luminoso de servicios amorosos, casi sagrado en sus tonos púrpura y blancos.

Delante esperan varias muchachas, todas con serpientes tatuadas en las piernas: cascabeles, mambas y víboras.

—Qué noche de mierda —murmura una prostituta asiática obesa, cuyos pechos se balancean a cada palabra—. Deben de estar acostándose con sus propias mujeres.

—Yo aguantaré dos horas más —responde Popcorn con voz apagada mientras fuma en un nicho de la calle.

—Más vale para ti, cariño. Con las nuevas, Quetz siempre lleva el táser preparado.

Las nubes de vapor cruzan la calle y reducen la visibilidad a manchas rojas y grises.

Solo entonces Popcorn advierte la presencia de una figura a su lado. Muy delgada. Cabello largo y plateado. Raven. Abre el abrigo para poder hablar con mayor comodidad.

—¿Estás libre?

—Claro.

Popcorn da otra calada al Pink Star.

—Mi cuerpo cuesta trescientos por hora. Doscientos por media.

Inclina ligeramente el torso hacia él.

—¿Qué clase de cosas te gustan, vaquero?

—Ven conmigo.

La voz electrónica de Raven vuelve a sonar áspera.

Señala el Palace, un motel por horas para todas las categorías sociales, desde el lujo hasta el servicio exprés.

—Allí.

—De acuerdo.

Cruzan la calle y entran en el edificio.

Al llegar al último piso, Raven recorre el pasillo hasta detenerse ante una puerta iluminada por una luz verde.

Saca su tarjeta de crédito y la introduce en la cerradura.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta una voz metálica.

—Veinte minutos.

La puerta se desliza hacia un lado.

Popcorn entra delante de Raven y se acerca a una cama sin almohadas ni mantas.

Mientras camina deja caer el vestido.

—Bien, ¿qué te gusta? —pregunta otra vez mientras se tumba desnuda sobre la sábana—. ¿Entonces?

Raven se quita el abrigo mojado y lo dobla cuidadosamente sobre el respaldo de una silla.

—¿Hace mucho que te tiene?

—¿Quetzalcóatl?

—Sí.

—No es asunto tuyo —gruñe Popcorn incorporándose—. ¿Qué demonios quieres?

—Mirarte.

Raven se acerca lentamente a la cama.

—Vuélvete a acostar.

Los guantes recorren su piel, acarician los moretones, siguen el dibujo de la serpiente tatuada y ascienden desde la cadera hasta las costillas y, finalmente, al cuello.

—No tienes conectores. Muy bien.

Vacila un instante antes de rodearle la garganta con las manos y apretar.

Cada vez con más fuerza.

Hasta que Popcorn deja de poder respirar.

Ella se retuerce intentando arrancarle las manos.

—Eres bonita. Puedo utilizarte.

La fría voz electrónica de Raven parece salir del hielo.

—Vuelve a ponerte la ropa. Hablaré con Quetzalcóatl.

 

Emociones multiplicadas hasta el infinito. Una niebla de felicidad cristalina. Casi insoportable.

Entre los filamentos plateados, Raven sucumbe al éxtasis de aquellos impulsos tejidos.

Se abandona con placer a los efectos de la droga, absorbiéndolos dentro de su propio cuerpo helado, incapaz de sentir, marcado por innumerables pinchazos y venas endurecidas.

Como antes.

Como antes...

Los ojos extasiados de Raven se abren. Y apenas alcanza a ver cómo Popcorn descarga una de las barras metálicas sobre su cabeza antes de destrozar la consola de un golpe. Una luz rojo sangre lo arroja hacia atrás. Los conectores saltan del soporte al mismo tiempo que la transmisión se rompe. Un dolor helado lo golpea con toda su fuerza. Raven cae de espaldas. Popcorn vuelve a levantar la barra y se la estrella contra la mandíbula abierta. Al tercer golpe. Al cuarto. El cráneo se rompe. Ella deja caer la barra de hierro. Se arrodilla junto al adolescente y lo sacude.

—¡Tenemos que irnos!

—Eh... ¿qué pasa...? —gime él, todavía aturdido—. No puedo...

—¡Muévete! ¡Date prisa! —grita Popcorn mientras lo pone de pie.

Los dos suben corriendo las escaleras y salen a la calle.

—¿Quién... quién era ese tipo?

—Solo un vagabundo.

Popcorn lo empuja para que continúe avanzando hacia un callejón donde puedan desaparecer.

Se detienen junto a un puesto de copias piratas 5Sense.

—¿Todavía estás lúcida? —pregunta el muchacho tambaleándose mientras intenta mirarla a los ojos—. ¿Y qué demonios ocurrió ahí abajo? Ese vagabundo... ¿quería...?

—Haces demasiadas preguntas —lo interrumpe Popcorn.

Le rodea la cintura con un brazo y deja escapar un suspiro de alivio.

—Ven, pequeño. Voy a enseñarte un nuevo golpe de espada.

—Me llamo Razor.

—Como quieras.

Ambos recorren el callejón hasta perderse entre la multitud, mezclados con punks, prostitutas y matones.

¡Bienvenido a los Jardines de Asfalto!

 

domingo, 26 de julio de 2026

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

Lídia Fedina

 

Llovía a cántaros sobre el pueblo. La niebla avanzaba lenta pero imparable desde el cauce del arroyo cercano. Háfiz apresuró el paso. El viento le traía desde la iglesia el sonido del canto. El oficio del Viernes Santo estaba a punto de terminar y, después, la oscuridad tomaría el dominio del mundo.

Háfiz empujó la puerta. Su hijo, Chris, apenas logró apartarse de un salto. Estaba espiando hacia afuera y gritó aterrorizado cuando su padre apareció de repente.

—¿Qué pasa? —Háfiz alzó al niño en brazos—. ¿De qué tienes miedo?

—¡Está ahí, afuera, en la niebla! —gimió el pequeño, aferrándose al ancho pecho de su padre—. ¡Va a atrapar a mamá!

Hilda, la abuela, se acercó apresuradamente.

—¡Quiere salir a toda costa! —se quejó ante Háfiz.

—El oficio ya termina —le explicó el hombre al niño—, entonces mamá volverá a casa. Todo estará bien.

Chris negó con la cabeza y casi se enterró en el pecho de su padre.

—Ven, acuéstate.

Háfiz llevó al niño hasta su cama.

—Somos musulmanes, esta no es nuestra festividad… —explicó.

—Es la de los cristianos —intervino Hilda, entrando tras ellos en la habitación—. Tu madre es cristiana. Recuerdan a Jesús, el gran profeta.

—Al que mataron… —murmuró el niño.

—Sí —rio Hilda con una risa falsa—. Esta noche recordamos su muerte. Eres listo, te acuerdas bien.

—¿Por qué hay que contarle estas cosas? —gruñó Háfiz.

—Porque todo el mundo debe saberlo —respondió Hilda, con el rostro ensombrecido—. Incluso está en el credo cristiano: “fue crucificado, murió y fue sepultado. Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos…”. Pero mientras estuvo en el infierno, la frontera entre la tierra y el infierno se borró. ¡Los espíritus malignos subieron a la tierra!

Chris se subió la manta hasta cubrirse la cara.

—¡Están ahí afuera! —gimió.

—¡No digas tonterías! —gruñó el padre, lanzando una mirada airada a su madre. Como buen musulmán, ¡no debería creer en semejantes supersticiones! Su esposa, Anna, se limitaba a practicar su religión, iba a la iglesia como correspondía, pero no decía esas cosas, y menos aún delante de un niño de seis años.

—Tranquilo, hijo mío —le acarició la frente sudorosa—. No pasa nada. Son historias antiguas. Hoy ya nadie anda por ahí fuera. Al profeta lo mataron hace dos mil años, eso fue hace muchísimo tiempo. Lo recordamos con respeto todos los años, pero lo que ocurrió una vez no vuelve a repetirse. ¡Nunca más!

—¿Nunca más? —preguntó el niño con esperanza.

—Trae un poco de leche caliente —le indicó Háfiz a su madre con un gesto de la cabeza; ella salió en silencio.

—Canta, papá… —suplicó el pequeño, y el hombre empezó a cantar suavemente con su hermosa y plena voz de barítono. La canción hablaba de las estrellas, del canto del ruiseñor, de todo lo bello y bueno que hay en el mundo. El niño se quedó dormido cuando la abuela regresó con la leche tibia y tranquilizadora.

—Déjalo… —dijo Háfiz, y se acercó a la ventana. Corrió la cortina para que la visión de la niebla arremolinada afuera no perturbara la calma tan difícilmente conseguida del niño.

Salieron de la habitación y, ya en la cocina, Háfiz miró con severidad a su madre.

—¡Es demasiado pequeño para estas cosas!

—¡Precisamente por eso hay que prepararlo! ¡Los inocentes son los que corren mayor peligro! —se justificó Hilda, y enseguida cambió de tema—. ¿No vas a salir a buscar a Anna?

—¡Vamos! —gruñó molesto el hombre—. Sabrá volver a casa.

Para no ofender a su madre en su enfado, se retiró al dormitorio.

Hilda lo miró irse con un suspiro y luego, ¿qué otra cosa podía hacer?, se sentó y bebió despacio la leche que había preparado para Chris. Tal vez Háfiz tenga razón. Tal vez sea solo la niebla…

Chris dormía inquieto, con un sueño ligero. Se despertó de inmediato cuando lo alcanzó la ráfaga fría. La cortina opaca bailaba una danza loca en la corriente de aire, mientras la ventana se abría cada vez más…

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N