lunes, 17 de agosto de 2026

EL REGRESO DEL LÍDER

Dinko Osmančević

 

Apareció desde los espacios negros del universo. Primero lo detectaron en las pantallas de control de la estación orbital “Mir 7” y lo comunicaron al mundo entero. Tras el análisis de los datos, quedó del todo claro que era un objeto metálico, de origen artificial, de no más de tres metros de largo, en una órbita elíptica muy amplia alrededor del Sol, con un período de 22 años, y de tal modo que solo después de cada cuatro vueltas, es decir, una vez cada 88 años, pasaba cerca de la trayectoria terrestre.

En los siguientes cuatro días se publicaron miles de artículos, polémicas, declaraciones… sobre aquel objeto volante. La pregunta principal era, por supuesto: si por fin, en la primavera del año treinta y tres del tercer milenio, nos habíamos encontrado con vida inteligente proveniente del cosmos y, si así era, cuál era el objetivo de su misión. Pero el objeto parecía demasiado pequeño para eso; demasiado pobre. La otra posibilidad –que alguien desde la Tierra hubiera lanzado ese objeto, en completo secreto, en 2011, 1989, 1967 o incluso 1945 o 1923, cuando ni siquiera existía una tecnología de cohetes importante– resultaba igualmente inverosímil.

Al cuarto día tras el descubrimiento, los motores del cohete “Proton-Desyat” rugieron en la rampa de lanzamiento de Baikonur. Con un destello de lenguas de fuego, nos separamos de la plataforma. En la punta del cohete iba nuestro mini-transbordador “Mladinka”, el único que podía prepararse tan rápido para esta misión. El poderoso cohete nos empujaba velozmente a través de las capas densas de la atmósfera; en la cabina sentíamos turbulencias, como si el vehículo compartiera nuestra inquietud contenida. Luego el ascenso por la estratósfera… No tardamos en estar en el espacio, por lo que nos desprendimos el “Proton-Desyat” ya gastado, y este cayó de regreso, para arder en la reentrada.

El 17 de abril habíamos recorrido más de la mitad del trayecto. La sincronización de la órbita y velocidad con el objeto desconocido marchaba bien. Conversábamos sin prisa, desde el cosmos, con Baikonur, con Moscú, con Cabo Cañaveral, con periodistas y con nuestras familias. Mi esposa, Vesna, me habló de nuestra pequeña Milica. La había enviado al pueblo, con la abuela. Me contó también algunas nuevas habladurías de Belgrado y yo intenté fingir interés. Me gustaba escuchar su voz. Los rusos cobraban a los occidentales cien dólares el segundo por hablar con nosotros; a los serbios les daban tiempo gratis.

Tres días más tarde, desde la base nos informaron de un evento en el Cabo. Los americanos también habían despegado en su “VentureStar X-33b”, mucho más grande, cómodo y mejor equipado. Llevaban ocho días de retraso respecto a nosotros. Nosotros ya estábamos ante el objetivo: Oleg, Vladímir y yo. Lo observábamos con telescopio, radar y otros instrumentos, grabábamos, comunicábamos: una cápsula primitiva, muy fría, no emitía nada, no irradiaba energía propia, solo reflejaba la luz solar; metal probablemente acero común, nada especial. Longitud dos metros y medio, forma cilíndrica, por un lado acabado en cono, por el otro plano, es decir, la forma de un proyectil o de la ojiva de un cohete simple. Diámetro apenas metro y medio. Fabricación que, por todo lo visto, podría ser perfectamente terrestre.

Nos acercamos de lado y pronto nos movimos en paralelo a él. Lo mirábamos con alivio y, quizá, con decepción: la tecnología tan simple y el tamaño tan reducido hacían difícil creer que algo así hubiera cruzado el espacio interestelar. Concluimos, y el mundo entero concluyó, que no sería el Primer Contacto.

Llegó el momento de actuar. Volábamos exactamente a la misma velocidad, distancia de veinte metros. Teníamos tiempo. Oleg quedó a los mandos de la “Mladinka”, mientras Vladímir y yo nos poníamos los trajes espaciales, listos para cruzar. La caminata espacial duró apenas dos minutos. Las estrellas lejanas fueron testigos mudos de lo que sucedía.

Toqué la compuerta metálica circular de la parte trasera, la plana. No había inscripciones. Sensación extraordinaria. Los contadores Geiger y demás medidores de radiación dormían un sueño profundo: basándonos en eso, creíamos que no era una ojiva nuclear. La compuerta estaba cerrada mecánicamente, con una palanca giratoria en una hendidura del tamaño del puño. Batallamos con ella largo rato: media hora, una hora entera. Y entonces, éxito. Abrimos la compuerta. Dentro no había presión, ningún gas: vacío igual que afuera. Sin embargo, salió un puñado de cristalitos de hielo, blancos, chispeantes. Vimos dos cuerpos humanos congelados, con ropa ligera, sin protección alguna contra el vacío ni la radiación cósmica, claramente muertos. Miré a Vladimir, y él me miraba también, desconcertado.

Sacamos el cuerpo de la derecha, agarrándolo por un pie descalzo. Una mujer. El cuerpo estaba sujetado a una plataforma delgada, larga y ligera, prácticamente una tabla. Miramos su cabecera. Allí había una inscripción en letras latinas: Eva.

Vladímir intentó bromear.

—El otro seguro que es Adán —dijo.

Pero yo sabía que no era Adán. Sacamos el segundo cadáver, también tirando de un pie. Un hombre. En la tabla, sobre su cabeza, había un nombre. A… d… Adolf.


Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

 

EL SABOR DEL PROGRESO

Antonio Amodio

 

—¿Quiere un sorbo, un sorbo-un-sor-bo-bo-boh?

Aquella voz de mujer, de timbre andrógino pero de intención categórica, estrió de oro y carmín las tinieblas de Takeshi. Palabras de satén le susurraban en la cabeza y, a intervalos, destellaban algunos detalles, muy pocos: apenas el perfil de una tibia tatuada, dos labios, las uñas de ella rozando una copa de champán manchada con lápiz labial de camelias. «¿Qué es?», le había preguntado mientras, depravado, ya se la imaginaba con las muñecas atadas a la espalda, ceñida en un kinbaku perfecto. «Haruhana», había respondido ella, feliz de revelárselo y luciendo una sonrisa blancoatómica. «Solo lo cosechan en Ōshima». Las copas se entrechocaron. «Por su victoria, querido, y que el Frente nos conduzca hacia el futuro. ¡Kanpai!».

Un brindis. Había bastado para que las quimioluminiscencias de los iris Zeiss-Canon de la desconocida se desdibujaran ante sus ojos. Vapor y bruma, lengua entumecida, un regusto a tierra y guindas; después, el golpe. «Es el fin», había pensado entonces, pero no. Parálisis. Lo querían vivo.

Dos chasquidos.

—Todo suyo.

Tres hombres.

A espaldas de la muchacha, los pasos amortiguados de gente que no tenía prisa. Seguramente habían contratado profesionales: tayikos, quizá neosiberianos. Los mejores. Entretanto, decenas de ojos contemplaban la escena, pero en el vestíbulo no se oía ni un murmullo. No, era preferible ocuparse de los propios asuntos y charlar sobre el último panel de control de Hamlet. «Me contaron que avisará a Recursos Humanos de tu empresa si no te presentas a trabajar, ¿puedes creerlo?».

El salón. Historietas de ejecutivos. Minuetos de flashes y risas. El Guilty Opheliac de Tito-M. entretenía a los invitados. Bocas llenas de canapés. Migas sobre las alfombras, manchas en la platería.

—Buen viaje, Namura-san —le deseaba la mujer.

Él boqueaba tan cerca de ella que sentía su aliento floral cosquilleándole las fosas nasales. Ya no conservaba ninguna percepción de sí mismo, ni de la carne ni de los huesos; era tan solo moco y sangre. Pero ahora –como la sangre que brota de una vena cortada– su conciencia fluía lentamente fuera del sopor, arrastrando consigo los despojos de un cuerpo embotado.

Takeshi abrió los ojos. La gala benéfica había desaparecido.

Entre lonas de plástico y mechones de acero encontró un mundo al revés. Por todas partes colgaban estalactitas de hormigón. Ectoplasmas de diésel y neón cuajaban el olvido como si fuera leche; desde el océano chillaban los petreles y, como de costumbre, el expreso Kabuki-Petrovič bramaba sobre el monorraíl, transportando a los cuellinegros hasta sus cubículos para que durmieran un poco antes de afrontar otro turno asesino en las fábricas Krabro.

Namura reconoció el lugar: una obra en construcción. Lo habían arrastrado hasta la depuradora de Minatokuchi, símbolo de su lucha política, una empresa que salvaría a miles de desempleados gracias a la creación de nuevos puestos de trabajo y a un plan radical de subsidios públicos. Sin embargo, con aquel gesto, sus secuestradores le estaban ordenando: «Obedece… o te enterraremos dentro de tu propio sueño».

Una afrenta vergonzosa. Él nunca había perdido en su vida. Debía ganar, siempre, ya se tratara de una partida de Rēzoglaz! o, con mayor urgencia, de las elecciones para la Superintendencia del Directorio Único Metropolitano. En Zarya Prospekt todos lo consideraban el Mesías: su esposa, sus parientes, sus compañeros del Frente Ashita, pero sobre todo los posledniye de uñas sucias de grasa, que ya lo aclamaban como el nuevo shōgun del proletariado. «Romperá el Acuerdo Daiyō», confiaban los oprimidos de los Sub-Nul’. «Nos salvará de la miseria». Asfixiados por las cenizas del Oltre-Ves, donde parpadeaba un holo-Sol casi descargado, los padres deliraban con la revolución, convencidos de que, mientras Namura arengara a multitudes de andrajosos, el futuro no los absorbería de la Historia con una pajita.

Entretanto, a las madres no les quedaba más que acunar contra el pecho a aquellos hijos esqueléticos, destetados con piorrea y alimentos liofilizados Yojimbo. Incapaces ya de amamantarlos o de pagar un pediatra, sí eran hábiles para crear mitos en los que un líder valiente parecía destinado a la eternidad, como las estatuas del último Kim: colosos que, a las puertas de una P’yŏngyang convertida en felpudo radiactivo, todavía aguardaban el Sol del Porvenir.

Pero Takeshi Namura, el Timonel del Mañana, hoy colgaba de los tobillos. Su propia orina, goteando desde la corbata de seda auténtica, le mojaba los labios y se mezclaba con el regusto de los filetes de narval que poco antes habían deleitado a los invitados de la gala. Sabor a fracaso.

«Ecce homo», habrían dicho en otros tiempos, cuando los dioses caminaban entre los hombres.

 

Konbanwa, Namura-san —dijo de pronto una voz a sus espaldas—. Lo encuentro peor de lo previsto.

El individuo tenía el mismo andar tranquilo que los sicarios que lo habían llevado hasta allí, a aquellos suburbios de noches artificiales y aire muerto.

—¿Puede hablar?

—Ten… —Takeshi jadeó—. Tengo sed.

—Sequedad bucal. Un efecto secundario de la Noxovalgina, me temo. Quizá la dosis que le administramos tuviera una concentración excesiva. En ese caso, acepte mis más sinceras disculpas.

—¿P-por qué estoy aquí?

—Por varias razones —afirmó el desconocido sin inmutarse—. La primera es que usted se equivocó por completo de profesión.

El individuo rondaba los treinta años, tenía un ligero acento sármata y vestía a la moda de los jóvenes depredadores del Metacentro: delineador negro y traje cruzado a rayas Riefen-style.

—Debería saber que, en política, basta con hacer promesas; no es necesario cumplirlas.

—Yo no vendo humo. Dije que la construiría y…

—Y enseguida levantaron los andamios, por supuesto. Por supuesto —se anticipó el otro—. Lo cual nos conduce directamente al segundo problema. Verá, a mis superiores no les gustan nada sus métodos, Namura-san. Les hacen temer, a ellos y a toda nuestra mano de obra –equivocadamente–, que después de un siglo el Socialismo pueda regresar aquí.

—El Directorio y los ciudadanos d-deben… —balbuceó Namura—. Deben s-servir a la sociedad, no a ustedes.

—¿A nosotros?

—Sí, a ustedes… —insistió Takeshi—. Al Capital.

—El Capital… —El otro se rio en su cara—. Namura-san, quizá hasta ahora haya estado demasiado ocupado jugando al señor Il’ič para darse cuenta, pero permítame ponerlo al corriente: Zarya sirve al Capital, no al contrario.

—Su… tiempo se ha terminado. —Takeshi tosió sangre—. Nunca detendrán el progreso.

—Una consideración sensata, sí, y precisamente por eso hemos pensado hacernos cargo de su audaz proyecto urbanístico. La Superintendencia ya ha dado su consentimiento —reveló el joven—. Sin embargo, la necesidad nos ha obligado a introducir algunas modificaciones. Estoy seguro de que lo comprenderá: es por nuestro bien.

—¿Cómo? ¿Q-qué quiere decir?

—La depuradora será reconvertida en una central limoeléctrica. La compañía pagará los gastos.

—No pueden. No p-pueden hacerlo.

—¿Y por qué no? ¿Qué le quita eso a usted? Los pobres de los Sub-Nul’ conseguirán igualmente sus puestos de trabajo.

Entonces Namura gritó hasta vaciarse los pulmones, pese a estar exhausto y sediento, con la garganta revestida de papel de lija.

—¡Porque es mi proyecto, mío! —Mientras gritaba, intentó sin éxito liberarse del gancho del que colgaba—. ¡Este es mi legado! ¡No tienen ningún derecho a…!

—Lo lamentamos, créame. Sabemos que algunos morirán por las emanaciones de las aguas residuales, pero a nosotros nos gustan así las cloacas de Zarya Prospekt —afirmó el muchacho—. No necesitamos depuradoras.

—La c-comunidad las necesita, yatsu.

—Da, camarada, pero si desde hace ochenta años somos líderes del mercado es por algo, y ese algo es nuestro ingrediente secreto. En Investigación y Desarrollo lo llaman Stachybotrys cloacale. ¿Sabe qué es?

—No…

—Un microorganismo. O, mejor dicho, un moho. Se adhiere a las paredes de los desagües que desembocan en el mar, y solo lo hace cuando el nivel de residuos biológicos —o de cieno, si lo prefiere— permanece constante. Si disminuyera el nivel del lodo, las esporas que utilizamos perderían su alimento y nosotros perderíamos miles de millones en facturación. ¿Comprende?

—Es una… una locura. ¿Cuántos m-morirán por esto?

—Dios, qué melodramático —se burló el petimetre—. Llevamos mucho tiempo manipulando las micotoxinas; son estables. No matarán a nadie. El Stachybotrys solo provoca en el consumidor una dependencia convenientemente prolongada y sostenible —precisó—. Tanto como el Shibari y la nicotina… Pero usted ya lo sabe.

Namura empezó a gritar. Proclamó a los cuatro vientos quién era, pidió ayuda, auxilio o, sencillamente, que algún alma avisara de inmediato a la policía. No se encendió una sola luz en los cubículos. De este a oeste, una rutina cainita asfixiaba los instintos de los Sub-Nul’ y, con ellos, el impulso hacia la verdadera humanidad.

—Vamos, vamos, conserve una pizca de dignidad o me saldrá sin gas. Así arruina el sabor.

—¿Q-qué sabor? —boqueó Takeshi.

—El suyo, Namura-san. El suyo. Ya hemos segmentado los objetivos públicos. Los millennials nostálgicos de los soviets y los zoomers antisistema son perfectos. Imagine ahora los anuncios. ¿Los ve? ¿Ve los comerciales? Yo sí. Koka-Kholat Akaslava: treinta deng’yen de revolución. Oh, sí. Aquí está: el sabor del progreso.

Antonio Amodio nació en Foggia el 10 de noviembre de 1992. Se graduó en la Universidad de Bolonia con una licenciatura en Historia del Cine Norteamericano (2016) y en Comunicación Pública y Corporativa (2018). Actualmente trabaja como programador multimedia y editor de textos en RAI Cultura. Ha escrito numerosos relatos, algunos publicados tanto de forma independiente como en antologías, y ha aparecido en revistas como Colla, Bomarscé, Narrandom, GELO, Metatron, Malgrado le Mosche, Quarta Corda y Calvario. Escribe desde 2010 y vive y trabaja en Roma desde 2019. Entre sus relatos y novelas cortas se incluyen: «Lontano, lontanissimo» (2023), «Amygdala/Split» (2024), «Vicoli ciechi» (2024), «Fedora» (2024), «It’s dangerous to go alone. Take this!» (2025), «Laassemblea non è finita» (2026).

DESARME

Araceli Otamendi

 

Marita había pasado una noche de perros, casi sin dormir.

Primero fueron los duendes, o los fantasmas, esos que andan por la cocina y abren las puertas de los armarios para que de pronto salte algún paquete de fideos secos, de arroz o de galletitas y se estrelle en el piso.

El susto por el ruido no pasa a mayores pero la desvela.

Es entonces cuando se pone a pensar temas para un cuento, o le aparecen, se le ocurren, alguien, no sabe quién, le dicta al oído: “Etelvina, la araña dañina”, “La guerra twittera”, o “La soledad de los trapos”. Cualquier título viene bien para empezar a escribir.

Etelvina es una araña que camina despacio pero acecha... teje su tela y sus ojos se mantienen abiertos...

La guerra twittera, táctica y estrategia de unos contra otros, quiénes son los unos y quiénes son los otros, le recuerda al film Los unos y los otros de Lelouch, Jorge Donn bailaba el Bolero de Ravel …

La soledad de los trapos, puede ser la soledad del vestuario en un camarín, cuando la función termina y las actrices y los actores se van.

Ahí aparece la soledad, los trapos colgados, abandonados hasta la próxima función. Solos, como los títeres después de actuar hasta que algún títere cansado de esperar salta del estante y con un ademán les indica a los otros que lo sigan. Aprovechan la madrugada y el sueño del titiritero para salir de ahí y escapar.

La luz del amanecer se filtra por las maderas de la persiana, un aire fresco la obliga a cubrirse con una manta.

La escalera de luz se dibuja en la pared.

A esa hora no puede llamar a nadie; los que están despiertos empiezan a publicar en las redes sociales. Es demasiado temprano para postear fotos, frases, alguna pintura. Siempre hay algo para publicar. Lo peor de todo no es la noche pasada sin dormir sino lo que viene después: el vecino de arriba. Los golpes, los martillazos, empiezan temprano.

Parece que al vecino, un hombre joven, con músculos desarrollados a fuerza de gimnasia y boxeo, con muchos tatuajes, se le ha ocurrido remodelar la cocina. El vecino siempre anda con el ceño fruncido. Marita sólo sabe que el vecino tiene una moto, vuelve de noche tarde a la casa, generalmente a la misma hora de siempre. Tal vez trabaje de noche, en seguridad o en algún local nocturno.

Escucha los ruidos del departamento de arriba, la música se escucha fuerte, también el sonido del agua cuando su vecino se baña.

Y en estos últimos días su vecino está rompiendo el piso, sacando los armarios con ayuda de alguien. Hace días que Marita soporta el calvario de los ruidos sobre su cabeza. Hace días que piensa en subir y tocar el timbre del vecino y pedirle que empiece a trabajar a otra hora, que lo haga de tarde, que espere un poco.

¿Y si el hombre reacciona mal?

Porque hay mucha violencia y a nadie le gusta que le toquen el timbre para decirle que está haciendo algo mal. Puede ser que ese hombre le aseste un golpe, por presentarse en su casa.

Marita insomne es otra Marita, el insomnio es un viaje sin punto de llegada, es una noche de fantasía, fantasmas y oscuridad, también de duendes.

Durante la mañana Marita tiene cosas que hacer, como siempre. Salir por las mañanas es una parte importante de su vida. Tomar un café, leer, caminar, hacer alguna compra. La tarde es diferente, hay otra luz, otros ruidos. También se escucha el canto de algunos pájaros, otros, distintos a los del amanecer. A veces gritan las cotorras que cruzan de un lado al otro de los árboles, a veces grita también algún carancho. O puede ser algún buitre de esos que acechan a las palomas.

Tendida en el sofá intenta dormir, recuperar unas horas de sueño nocturno. Sin embargo, nada de eso ocurre. El vecino comienza ahora con una sierra eléctrica, hace un ruido infernal. Parecería que las paredes estuvieran moviéndose. Es hora de enfrentarlo, de subir un piso, tocar el timbre y decirle que termine con esos ruidos molestos. Hacer un pacto, un acuerdo, si me avisa los días y las horas, me voy de casa; en esas horas estaré afuera.

Eso le va a proponer.

Sube la escalera. Ensaya una media sonrisa, una expresión canchera y toca el timbre. Toca una vez, dos, tres veces. Nadie parece escuchar. Después golpea la puerta. Se escuchan pasos, el tintineo de unas llaves. La puerta se abre.

En lugar de salir el hombre robusto y musculoso, aparece un pequeño perro, un Chihuahua de color negro, tiene una capa de paño color rosa y un brillantito pegado en la cabeza.

La imagen del perrito que tiene al lado de sus pies ahora la retrotrae a otra etapa de su vida, cuando era muy joven y alguien depositó en sus manos un perrito igual a ése, un cachorro. ¡Qué feliz que era! Cuántas ganas de vivir y hacer cosas tenía! Se veía a sí misma con el perrito que alguna vez tuvo en sus manos.

Marita se quedó callada por unos instantes hasta que apareció en primer plano el vecino.

—¿Sí? —preguntó el hombre.

—Soy la vecina de abajo —dijo Marita.

El hombre la miraba con curiosidad.

El perrito empezó a correr por el palier, Marita intentaba agarrarlo. Los argumentos que había preparado para increpar a su vecino se le habían desarmado.

—Nada —dijo Marita—, no tiene importancia, me confundí de piso; su perro se parece mucho a uno que tuve antes.


Araceli Otamendi (Quilmes, Provincia de Buenos Aires) vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde los 9 años. Graduada en la carrera de Análisis de Sistemas (Universidad Tecnológica Nacional – Fac. Regional Buenos Aires). Cursó estudios de literatura principalmente en el taller de Mirta Arlt. Es escritora y periodista, dirige desde hace veintidós años las revistas digitales de cultura Archivos del Sur y Barco de papel. Publicó las novelas policiales Pájaros debajo de la piel y cerveza – Premio Fundación El Libro a escritores noveles 1994 y Extraños en la noche de Iemanjá. En 2000 su antología de escritores hispanoamericanos Imágenes de New York fue presentada en el Centro Rey Juan Carlos I de NYU, New York. Es traductora, tradujo a varias escritoras y escritores brasileños. Publica habitualmente en revistas y suplementos literarios de Argentina y de otros países. Es miembro correspondiente de la Academia Gloriense de Letras (Brasil), silla Silvina Ocampo.

domingo, 16 de agosto de 2026

LOS PEREGRINOS DEL ÚLTIMO SOL

Heiko H. Caimi

 

No sabría decir cuánto tiempo llevábamos cabalgando por la Llanura de los Postes cuando empecé a tener la certeza de que el sol, bajo el cual habíamos viajado desde nuestra partida de la Ciudad del Pozo, ya no recorría realmente el cielo, sino que más bien efectuaba una especie de lenta oscilación: descendía durante algunas horas hacia aquella región occidental donde la tierra y el aire se confundían en una misma bruma color cobre, para luego volver a elevarse, como si algo, más allá del horizonte, lo rechazara. Ya había observado el fenómeno en los días anteriores, aunque sin atreverme a hablar de él con Sereh, porque hay pensamientos que adquieren consistencia en cuanto se expresan y que, mientras permanecen confinados en la mente, conservan al menos la tranquilizadora naturaleza de la duda. Sin embargo, llegó un momento en que me resultó imposible seguir creyendo que se trataba de un engaño provocado por el cansancio. El sol no se ponía; quizá había dejado de hacerlo siglos atrás. Quizá, pensé entonces, todo cuanto habíamos aprendido en la Ciudad acerca de la sucesión del día y la noche pertenecía a un mundo que había dejado de existir mucho antes de nuestro nacimiento.

Éramos dos y cabalgábamos la bestia a la que habíamos llamado Oth, aunque desde hacía ya varios días me resultaba difícil seguir considerándola un caballo. Sereh iba sentada detrás de mí, envuelta en el velo de fibras negras que habíamos encontrado entre las ruinas de Khar, y yo sostenía oblicuamente sobre el hombro la Lanza de las Profundidades, casi tres veces más larga que la estatura de un hombre, de cuyo extremo posterior pendía la jaula de hierro que contenía el Corazón.

Antes de abandonar la Ciudad habíamos recibido tres advertencias: no mirar jamás directamente lo que estaba encerrado en la jaula; no pronunciar nuestros nombres durante el canto de los postes; no prestar atención a ningún cambio que se produjera en el cuerpo de la montura. Esta última prescripción, que al principio nos había parecido la más absurda, muy pronto se había convertido en la más difícil de respetar, pues Oth había empezado a cambiar ya después de la primera semana de viaje.

La Llanura se extendía a nuestro alrededor sin poseer nada de la majestuosidad de las grandes extensiones; por el contrario, nos provocaba esa particular opresión que nace de la monotonía: no había colinas, rocas, cursos de agua ni vegetación; tan solo un terreno negro, desmenuzado y vagamente untuoso, en el cual los cascos de Oth se hundían produciendo un sonido sordo, y los innumerables postes que se alzaban a distancias irregulares y se prolongaban hasta los límites de la vista. Algunos eran finísimos y tan altos que sus extremos se perdían en la bruma; otros estaban torcidos y nudosos, y en más de una ocasión me pareció distinguir en ellos protuberancias semejantes a articulaciones. Al principio había supuesto que eran los restos de un bosque carbonizado, aunque no lograba imaginar qué incendio habría podido dejar en pie árboles tan altos y consumir hasta el último rastro de sus ramas. Esta explicación me había satisfecho hasta que, al pasar muy cerca de uno de los postes, observé su superficie: era blanquecina, finamente porosa y recorrida por delgadas estrías longitudinales. Aparté de inmediato la mirada.

—¿Todavía crees que son árboles? —me preguntó Sereh.

Su voz, después de tantas horas transcurridas en el silencio de la Llanura, me sobresaltó. Respondí que no veía qué otra cosa podían ser y, mientras pronunciaba esas palabras, advertí lo poco que creía en ellas.

Sereh no insistió, pero se apretó aún más contra mi espalda. Durante un tiempo solo oí el paso regular de Oth y, mucho más lejos, un rumor bajo que podría haber sido el viento, aunque en la Llanura el aire estaba inmóvil.

Habíamos dejado la Ciudad del Pozo cuarenta y tres días antes, según el cómputo de Sereh, y cincuenta y uno según el mío. Al principio habíamos discutido la discrepancia, comparando las muescas grabadas en nuestras tablillas y tratando de establecer cuál de los dos se había saltado o había duplicado alguna jornada; más tarde habíamos desistido, porque ambos registros estaban completos. La Ciudad había quedado atrás, con sus murallas inclinadas, sus torres ciegas y las inmensas viviendas subterráneas en las que los últimos hombres vivían desde hacía siete generaciones, esperando el día, anunciado en los libros más antiguos, en que el cielo volvería a ser azul y las estrellas ocuparían nuevamente la noche. Ninguna de las dos cosas había ocurrido. Las estrellas se habían apagado una tras otra y, en los últimos años, hasta la noche había comenzado a comportarse de manera extraña, hasta que una mañana el Mensajero apareció en el borde del Pozo.

Nadie lo había visto entrar. Ese solo hecho debería habernos impedido escucharlo, pues las puertas estaban vigiladas sin interrupción y ningún hombre en su sano juicio se habría acercado al Pozo durante las horas oscuras. Sin embargo, allí estaba, sentado en el parapeto, envuelto en harapos grises, con el rostro cubierto por una máscara de sal. Entre las manos sostenía una jaula, dentro de la cual algo latía con una lentitud que, desde el primer instante, me produjo una repugnancia casi física.

El Mensajero nos había dicho que el Corazón debía ser transportado a través de la Llanura, más allá de Khar y de la Torre, hasta el lugar donde terminaba el mundo. Todavía recuerdo mi pregunta, formulada más por incredulidad que por valor:

—¿Y qué ocurrirá cuando haya llegado allí?

La máscara de sal se había vuelto hacia mí y, aunque no tenía aberturas a través de las cuales pudiera verle los ojos, tuve la impresión de que algo me observaba desde una distancia inconmensurable.

—El mundo terminará —había respondido.

Quizá fue precisamente esa respuesta la que nos convenció. Desde hacía muchos años, en efecto, habíamos empezado a sospechar que el mundo se había vuelto demasiado viejo para continuar.

Cuando partimos, Oth era un gran caballo gris, flaco pero vigoroso, perteneciente a los establos subterráneos de la Ciudad. Al séptimo día habían aparecido en su cuello unos filamentos finísimos, semejantes a las telas producidas por las arañas de las cavernas; al duodécimo, aquellos filamentos ya colgaban de los flancos y el vientre, formando una especie de retícula que parecía crecer directamente de la piel. Hacia el decimoctavo día, el pelo había desaparecido casi por completo y las patas, que yo recordaba robustas, se habían alargado considerablemente. Entonces, al observar por casualidad el movimiento de los músculos del muslo izquierdo, había visto abrirse bajo la piel una pequeña cavidad ovalada, provista de dos bordes pálidos que se separaban y volvían a cerrarse con un movimiento demasiado deliberado para ser una simple contracción. No había dicho nada. La noche siguiente, mientras descansábamos bajo uno de los postes, Sereh me había preguntado, sin mirarme, si yo también había visto la boca.

Desde entonces ambos habíamos evitado observar a Oth más de lo necesario.

Sin embargo, había algo peor que las transformaciones de la bestia, y era aquello que nos seguía. Al principio lo había confundido con una nube en el horizonte oriental, una franja oscura tan fina que habría sido fácil ignorarla; pero en los días siguientes aquella franja había crecido y se había vuelto imposible atribuirla a un fenómeno atmosférico. Por donde pasaba ya no distinguía postes, terreno ni cielo, sino tan solo una negrura absoluta que no parecía oscuridad, sino ausencia de luz. Sereh la llamó la Noche y conservamos ese nombre, aunque ambos sabíamos que no guardaba relación alguna con la noche que habíamos conocido de niños.

Cuando aquella tiniebla estuvo ya lo bastante cerca para ocupar una parte considerable del horizonte, oímos el canto. Comenzó con una vibración tan baja que la sentí en los estribos antes incluso de oírla. Oth aminoró el paso y luego se detuvo; el sonido aumentó y pareció propagarse a través del terreno, hasta que uno de los postes a nuestra derecha tembló visiblemente. Poco después respondió un segundo poste, luego un tercero, y en cuestión de pocos minutos toda la Llanura resonó con una única nota inmensa y profunda, semejante al gemido que habría podido emitir la propia materia del mundo sometida a una tensión insoportable. El Corazón, detrás de mi hombro, aceleró sus latidos y la vibración de la jaula se transmitió por el asta de la Lanza hasta mi mano.

Entonces vimos surgir a los hombres. Las figuras emergieron de la materia negra de la Llanura como cuerpos que atravesaran una superficie líquida, primero con la cabeza y los hombros, luego con el tronco y finalmente con las piernas. En el reducido espacio que nos rodeaba conté varios centenares; más allá, hasta la bruma, había miles, quizá millones. Todos estaban desnudos, eran delgadísimos y permanecían perfectamente inmóviles, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y el rostro vuelto hacia el cielo.

Sentí que Sereh se ponía rígida contra mí y comprendí, por el movimiento de sus labios junto a mi oído, que estaba a punto de pronunciar mi nombre. De inmediato le puse una mano sobre la boca.

En ese mismo instante, todas las figuras abrieron las suyas. El sonido aumentó hasta volverse casi intolerable, amplificado por los postes. Los hombres sepultados en la Llanura producían aquella nota, y los postes la recogían, la amplificaban y la conducían hacia lo alto.

Levanté involuntariamente los ojos. El cielo de cobre parecía inmóvil y, sin embargo, tuve la certeza de que algo allá arriba estaba escuchando.

Oth reanudó la marcha sin que yo lo espoleara. Atravesamos aquella multitud durante un lapso que no sabría calcular. Ninguna figura nos miraba, pero cuando llegamos al centro de la zona más poblada vi que algunas cabezas comenzaban a inclinarse lentamente. Una tras otra, se volvieron en nuestra dirección, no hacia Sereh ni hacia mí, sino hacia la jaula.

El canto cesó de golpe. Los hombres se hundieron en la tierra con la misma silenciosa facilidad con que habían salido de ella y los postes volvieron a callar. A nuestras espaldas, en el horizonte, la Noche estaba más cerca.

La Torre apareció algunos días después. Durante muchas horas la confundimos con uno de los postes, porque era tan delgada que solo su perfecta verticalidad la distinguía de los demás; sin embargo, al acercarnos advertimos que tenía una superficie trabajada y que se elevaba tanto que desaparecía en la bruma.

No encontramos puertas ni aberturas. En su base estaba sentado un hombre muerto, cubierto por una armadura sobre la cual habían crecido los mismos filamentos que envolvían a Oth. El esqueleto sostenía entre las manos una tablilla de piedra.

Sereh conocía la lengua antigua mejor que yo. Limpió la superficie de la tablilla y leyó largo rato en silencio; luego su rostro adoptó una expresión que nunca antes le había visto.

—Dice que el Corazón no debe llegar al fin del mundo.

Miré instintivamente la jaula.

—El Mensajero nos ordenó que lo lleváramos allí.

—Lo sé.

—¿Hay algo más?

Sereh vaciló y luego volvió a examinar los caracteres desgastados. Cuando habló, su voz era muy baja:

—Dice que el mundo ya ha terminado.

No lo comprendí de inmediato. La frase poseía esa forma paradójica que la mente rechaza antes incluso de haber considerado su significado; después, al observar la Llanura, el sol inmóvil, los postes y la tiniebla que avanzaba devorando el horizonte, sospeché por primera vez que el hecho de que estuviéramos vivos no constituía una prueba suficiente de la existencia del mundo.

—¿Y nosotros? —pregunté.

Sereh siguió mirando fijamente la tablilla.

—Nosotros somos lo que continúa.

Después de esas palabras, todo comenzó a adquirir un significado diferente. La Ciudad del Pozo, las generaciones que habían vivido en los subterráneos, las estrellas desaparecidas, la progresiva inmovilidad del sol: lo que habíamos considerado síntomas de un mundo moribundo podía ser, en cambio, el residuo de un mundo extinguido desde tiempos inmemoriales, una especie de persistencia mantenida artificialmente por aquello que transportábamos en la jaula.

Cuando Sereh propuso regresar, no necesité responderle: la Noche ocupaba ya casi la mitad de la Llanura. Entonces propuso destruir el Corazón.

Por unos instantes consideré realmente la posibilidad de abrir la jaula y golpear lo que contenía con la punta de la lanza. Fue en ese momento cuando el Corazón habló. No oí ninguna voz, por supuesto. En cambio, vi a mi madre, muerta cuando yo tenía siete años, sentada en la terraza de nuestra casa antes de que cerraran las torres; vi a mi padre, el patio de mi infancia, el agua que corría al aire libre y, por encima de todo, un cielo azul de una intensidad casi dolorosa. El recuerdo fue tan perfecto que durante unos instantes olvidé la Llanura.

Cuando se desvaneció, Sereh estaba arrodillada junto a Oth y comprendí que ella también había recibido algo del Corazón.

—No quiere morir —dijo.

No respondí de inmediato.

—Tal vez —dije por fin— nos haya traído hasta aquí precisamente porque no puede hacerlo solo.

Llegamos al límite de la Llanura cuando la Noche estaba ya tan cerca que podíamos ver cómo los postes desaparecían en su interior. Yo había esperado una muralla, un precipicio o un mar; encontramos, en cambio, algo mucho más terrible: la tierra simplemente cesaba. Más allá del borde no había vacío, porque el vacío todavía presupone un espacio en el que algo podría encontrarse; había una luminosidad de color oro oscuro, carente de profundidad y distancia, ante la cual los sentidos parecían perder toda capacidad de juicio. Los últimos postes estaban inclinados hacia aquella región, como si una fuerza lentísima los hubiera doblado a lo largo de eras o los estuviera atrayendo hacia aquel más allá.

Oth se detuvo a pocos pasos del confín y su cuerpo se abrió. La piel de los flancos se separó sin sangre y las fibras que la recubrían se tensaron, revelando que debajo ya no había carne, huesos ni vísceras, sino tan solo una red de filamentos negros, dentro de la cual vi moverse innumerables pequeñas formas humanas. Eran hombres y mujeres, algunos tan diminutos que cabían en la palma de una mano, otros aún más pequeños; y todos, cuando la luz del confín penetró en el cuerpo abierto de la bestia, levantaron el rostro al mismo tiempo.

—Hemos llegado —dijeron.

No sabría explicar cómo unas voces tan pequeñas pudieron producir un sonido que atravesó toda la Llanura. Los postes vibraron. Detrás de nosotros, la tierra volvió a vomitar a los hombres sepultados, todos en movimiento y vueltos hacia el Corazón. Comprendí entonces, con una claridad que me llenó de horror, que Oth no nos había transportado a través de la Llanura: habíamos sido nosotros quienes lo transportamos a él y, con él, a una multitud perteneciente a épocas y quizá a mundos anteriores al nuestro.

Más allá del confín, algo se movió. No puedo decir que lo viera. Percibirlo sería una expresión más exacta. La luminosidad dorada sufrió una deformación vastísima, como si detrás de una membrana se hubiera acercado una masa de dimensiones incalculables, y dos regiones pálidas se abrieron, muy distantes entre sí. Solo después de unos instantes comprendí que mi mente las interpretaba como ojos.

La Noche seguía avanzando. Levanté la Lanza y, por primera vez, miré dentro de la jaula. Lo que latía allí no era un órgano. Era un mundo.

Vi océanos, continentes y montañas; vi nubes correr sobre mares azules y ciudades encenderse en la noche. Vi a hombres nacer, amar, luchar y morir; vi imperios surgir y disolverse, bosques convertirse en desiertos y desiertos cubrirse de agua. Luego vi una llanura negra sembrada de postes. Vi una ciudad construida alrededor de un pozo. Vi dos figuras sobre un caballo que avanzaban bajo un sol color cobre.

Sereh miró conmigo. Y la comprensión se abrió paso en nuestro interior. Nosotros no transportábamos el mundo: estábamos dentro del mundo que transportábamos. La jaula contenía aquello que nos contenía, y esa imposibilidad, en lugar de destruir mi razón, me pareció de pronto lo único razonable que había comprendido en mi vida. El Mensajero no había mentido, como tampoco la inscripción de la Torre. El mundo había terminado; el mundo aún debía terminar. Ambas afirmaciones describían momentos distintos de un proceso que quizá se repetía desde que existía algo capaz de existir.

El conocimiento llegó al mismo tiempo que el movimiento de la cosa situada más allá del confín. Comprendí que cada mundo, al alcanzar su vejez extrema, producía un Corazón; que cada Corazón encerraba el germen de otro mundo y que alguien debía finalmente conducirlo hasta el límite de la realidad que lo había generado. Los seres contenidos en Oth eran los supervivientes, o quizá tan solo los recuerdos, de mundos anteriores. Los postes eran lo que quedaba de quienes habían fracasado. Y la Noche era simplemente la nada que recuperaba aquello que ya debería haberle sido devuelto.

Sereh gritó que arrojara el Corazón. La tiniebla estaba muy cerca. Los hombres de la Llanura corrían hacia nosotros; Oth permanecía inmóvil, abierto de par en par, mientras las criaturas encerradas en su cuerpo tendían miles de pequeños brazos hacia la jaula.

Levanté la lanza con ambas manos y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, la arrojé más allá del borde.

La jaula atravesó lentamente la luminosidad dorada y por un momento quedó suspendida. Luego el Corazón se abrió. Una luz blanca estalló con tal inmensidad que el sol sobre la Llanura pareció una brasa vista en el fondo de una caverna. Los postes se inclinaron y cayeron, la tierra se levantó en grandes oleadas negras y las multitudes surgidas del subsuelo se disolvieron sin dejar rastro. Oí a Oth emitir un sonido desmesurado, en el que reconocí por un instante el relincho del caballo que habíamos sacado de la Ciudad y, al mismo tiempo, las voces de innumerables criaturas. Luego la Noche nos alcanzó.

Cuando volví a ver, estaba tendido sobre la hierba. Permanecí inmóvil durante mucho tiempo, pues la sensación de la hierba contra mis manos se había vuelto tan extraña que me parecía más prodigiosa que cualquier cosa que hubiera visto en la Llanura. Sobre mí se extendía un cielo oscuro, pero no era la Noche que nos había perseguido. Miles de puntos luminosos lo llenaban: estrellas. Casi había olvidado que pudiera haber tantas.

Sereh yacía no muy lejos y respiraba. Oth, nuevamente con el aspecto de un caballo gris, pastaba tranquilamente a pocos pasos de nosotros. Cuando salió el nuevo sol, iluminando una llanura cubierta de hierba y unas lejanas colinas azules, sentí una alegría tan violenta que me dio miedo.

Sereh despertó y me preguntó dónde estábamos. Le dije que no lo sabía. Fue entonces cuando vi algo que emergía del suelo a pocos pasos de ella. Era delgado, blanco y no más alto que mi antebrazo. Un poste.

Me acerqué sin hablar. Su superficie era porosa y estaba recorrida por finas estrías longitudinales. Apoyé una mano sobre ella y sentí una vibración debilísima que ascendía desde la tierra. Muy por debajo de nuestros pies, alguien cantaba.

Me volví hacia Oth. El caballo había dejado de pastar y miraba el nuevo sol. Durante un rato no ocurrió nada; luego, bajo la piel de su flanco, vi formarse una pequeña depresión ovalada. Los dos bordes se separaron lentamente y volvieron a cerrarse.

Sereh no lo advirtió. Esta vez no le dije nada. Por fin había comprendido la tercera advertencia.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

LOS PECHOS DE LA TÍA LIVIJA

Marina Šur Puhlovski

 

La tía Livija tenía unos pechos extraordinarios, como, según se decía, nadie había tenido jamás, no solo en la colina de Fućkar, sino en cien kilómetros a la redonda, hasta llegar a la ciudad.

También su nombre, Livija, era poco común, distinguido (yo lo consideraba distinguido), y armonizaba perfectamente con sus pechos. Si los nombres no se impusieran cuando las niñas todavía no tienen pechos, sino apenas dos manchitas parduzcas apenas abultadas sobre el pecho, habría jurado que ese nombre había sido creado precisamente para ellos. Solo sus pechos eran tan fluidos como la pronunciación de su nombre, y solo ellos poseían la elegancia de ese nombre...

La tía Livija podía cortarse cien veces; aunque yo viera que su sangre era roja, igual que la mía o la de Štefica, Magda, Lojzek o Ružica, todavía hoy sigo creyendo que por sus venas no corría sangre roja, sino azul.

Diferente.

Real.

Cuando la tía Livija me puso por primera vez sobre sus pechos, estos no eran más grandes que mi cabeza de tres meses. Y mientras yo crecía gracias a la leche de sus pechos, esa proporción nunca cambió; permaneció igual durante todo el tiempo que me amamantó, o, si cambió, fue siempre en favor de sus pechos.

Siempre terminaban siendo más grandes que yo.

Con el tiempo Livija tuvo que sostenerlos con un sostén, siempre húmedo o endurecido por la leche seca. Recuerdo que solo tenía ese sostén y que lo lavaba constantemente. Debía de ser pobre. Digo "debía", porque no recuerdo la pobreza: uno olvida aquello que no considera importante.

Y, para decir la verdad, la tía Livija ni siquiera era mi verdadera tía. Yo simplemente la consideraba de mi familia porque me había alimentado con su leche.

Mi madre –esa mujer desconocida– me llevó hasta Livija cuando yo era apenas un bebé, envuelta en una manta. Y aunque todos me aseguran que es imposible recordar aquella época –¿quién ha oído decir que un bebé pueda recordar?–, yo recuerdo perfectamente el tren que me llevó desde la ciudad hasta la casa de Livija; recuerdo el silbato y el resoplido del vapor entre las ruedas.

—Viajamos en tren —le dije una vez a mi madre—. Era un tren viejo que se detenía a cada rato y, cada vez que se detenía, sonaba un silbato; después se oía escapar el vapor...

Mi madre sostiene que todos los trenes son iguales y que el tren en el que viajamos hasta la casa de Livija –porque tuvo que admitir que efectivamente viajamos en tren– lo confundí con el que tomamos años después para asistir al entierro de mi padre; mi madre, mi hermana y yo acompañábamos el ataúd.

Pero, en fin, dejémosle creer eso. A nadie le gusta admitir que se equivoca.

En el fondo de su alma –¿o de su corazón?– mi madre siempre envidió a la tía Livija por sus pechos. No porque me hubiera criado con ellos; por eso, creo, sentía gratitud. La envidiaba porque Livija podía alimentarme y ella no.

Recuerdo –aunque me nieguen el derecho a recordar– cómo mi madre apartó la vista la primera vez que la tía Livija me acercó a sus pechos. Estoy segura de que no quiso mirarlos.

Y más tarde, cuando iba a visitarme al pueblo –menos de lo que cabría esperar de una madre, debido a la enfermedad de mi padre–, siempre salía de la casa con gesto sombrío cuando la tía Livija empezaba a amamantarme.

Mi madre prefería recordar la época en que era joven y tenía algo que mostrar bajo la blusa. ¿Pero de qué le sirvió, si más tarde sus pechos se secaron? Quizá habían florecido demasiado pronto. Los pechos de mi madre eran pequeños y grises. A mí me parecían una ubre vacía. De ellos apenas salía un líquido amarillento, transparente y muy aguado cuyo sabor, lo recuerdo perfectamente, se parecía al del jabón.

Mis tres hermanos mayores, mis pobres hermanos mayores, de quienes a veces se habla durante las largas noches mientras se bebe café con leche, murieron por culpa de aquel jabón...

—Murieron de debilidad —afirmaba mi madre.

Pero yo, que mamé de sus pechos antes de que me llevaran junto a la tía Livija, sé que no murieron de debilidad. Murieron de jabón. Y, después de todo, ¿acaso mi madre me habría llevado hasta Livija si antes no hubiera enterrado a mis tres hermanos?

Por supuesto que no.

Después de perder a aquellos tres hijos, asesinados por el jabón, mi madre tuvo miedo de que también yo muriera.

Por eso se sentó conmigo en un tren y me llevó a la colina de Fućkar, junto a la mujer que me amamantaría y a quien terminé llamando tía.

Así eran los pechos de la tía Livija: inmensos y siempre llenos. Cuando apoyaba la cabeza sobre ellos –¡y cuánto me gustaba hacerlo!– era como apoyarla sobre cien mil almohadas. Ninguna almohada posee esa suavidad ni ese calor.

Desde que me separé de la tía Livija y de sus pechos –por la fuerza, porque de otro modo jamás me habría marchado– no he dejado de buscar algo con qué compararlos, aunque sé que nunca encontraré una comparación adecuada. Todo lo que después conocí de cálido y blando nunca fue igual; nada estaba tan vivo como ellos, de modo que jamás volvió a repetirse aquella sensación.

¡Cuántas veces apoyé la cabeza sobre el pecho seco de mi madre esperando encontrar en él siquiera un rastro de los pechos de la tía Livija!

Pero allí no había nada.

Mi separación de la tía Livija fue definitiva. Y, sin embargo, recuerdo. Y eso ya es mucho. ¿Qué puede recordar, por ejemplo, mi hermana, que milagrosamente –yo sigo creyendo que fue un milagro– consiguió sobrevivir alimentándose con la leche de nuestra madre, con aquel jabón?

¡Qué amargos, qué tristes deben de ser los recuerdos de mi hermana, criada con la leche de nuestra madre! Le pregunté alguna vez por sus recuerdos, con cuidado de no herirla. Pero ella dice que no recuerda nada. Tal vez tenga razón al haber hecho el esfuerzo de olvidar que de pequeña se alimentó de jabón. Quizá yo hubiera hecho lo mismo si me hubiera tocado semejante destino. ¿Para qué conservar un recuerdo así?

Yo tuve a la tía Livija.

Por eso mis recuerdos son alegres y están llenos de vida. Dicen que tengo un carácter bueno y leal, y que por eso «no me irá bien en la vida».

Pero yo me limito a encogerme de hombros, porque ocurra lo que ocurra, para mí, como suele decirse, «no hay de qué temer». Yo mamé de los pechos de la tía Livija. Yo ya tuve, desde el principio, la mejor de las suertes.

Marina Šur Puhlovski nació en Zagreb el 20 de septiembre de 1948. Allí cursó sus estudios de bachillerato y se licenció en Literatura Comparada y Filosofía en la Facultad de Filosofía. Publicó su primer relato en 1974 y su primer libro, debido a diversas circunstancias adversas, no vio la luz hasta 1991: la novela «Trojanska kobila». Comenzó a publicar con mayor frecuencia tras el fin de la guerra de Yugoslavia, a partir de 1996. Hasta la fecha, ha publicado veintitrés obras: nueve novelas, seis colecciones de relatos, dos poemarios, dos libros de ensayos, dos libros de viajes y dos diarios personales. Su décima novela se publicará a finales de 2026. 

 

 

LECHE

Kerry Keys

 

No sabía que iba a ser tan difícil. Solo quería comprar un litro de leche. Eran alrededor de las doce de la noche, pero la tienda abría las veinticuatro horas y estaba apenas a un par de cuadras. Salí al pasillo, bajé las escaleras desde mi departamento hasta la entrada del edificio, pero cuando empujé la puerta para salir, no se movió. Empujé y empujé, y cedió un poco. Empujé un poco más y cedió otro poco. Después ya no. Era extraño, porque tenía cierto juego. Finalmente, exasperado, volví a subir al departamento, busqué un destornillador, un martillo y una llave inglesa, y desmonté la puerta de sus bisagras.

Entonces vi el problema. Había un cadáver tendido justo delante de la puerta y un auténtico mar de cadáveres en todas direcciones, todos más o menos apoyados unos contra otros y, por lo que parecía, completamente inertes. Arrastré el cadáver que bloqueaba la salida hacia el interior del edificio y lo dejé debajo de los buzones. Qué fastidio. Tendría que abrirme paso entre todos aquellos cuerpos, o pasar por encima de ellos, para conseguir mi litro de leche.

No fue nada fácil descubrir cómo avanzar, pasando por encima o retorciéndome entre ellos. Al principio intenté caminar con cuidado por los espacios que quedaban entre los cuerpos, pensando que sería lo más sencillo, pero el pie se me quedaba atascado una y otra vez: a veces entre las costillas de dos cadáveres, otras entre un brazo y una pierna, o entre una rodilla y un cuello. Lo que se te ocurra. Casi siempre conseguía zafarlo a fuerza de tirones o torsiones, pero en ocasiones quedaba realmente atrapado y tenía que mantenerme en equilibrio sobre una sola pierna, en una postura imposible, tirando y tirando. La tercera vez perdí el equilibrio y me fui al suelo, cayendo de trasero justo sobre la cabeza de alguien; quiero decir, sobre la cabeza de un cadáver. Ya había anochecido. No veo demasiado bien. De todos modos, para mantener el equilibrio era más importante mirar dónde apoyaba los pies que hacia dónde iba. No caminaba exactamente en círculos, pero casi.

Varias veces se me salió un zapato; siempre el del pie derecho, porque intentaba avanzar con esa pierna. Entonces no me quedaba otra que sentarme. Aquello era todavía más molesto que caerme, porque tenía que decidir sobre qué sentarme cuando lo único que quería era conseguir mi leche. ¿Sobre el trasero de alguien? ¿Sobre un cuello? ¿Sobre la parte baja de una espalda? Por lo general, esa era la superficie más cómoda para apoyar mi propio trasero. A veces no había elección. Me sentaba donde podía para recuperar el zapato y volver a ponérmelo. La próxima vez usaré botas.

Lo más desagradable de todo era precisamente sentarme para calzarme otra vez. Algún hueso del tobillo parecía querer incrustarse entre mis nalgas, o unos dientes daban la impresión de morderlas. Al levantarme sentía deseos de patear alguna pierna o romperle los dientes a alguna boca, pero era imposible: bastante trabajo costaba caminar como para ponerse a repartir patadas. Orinar encima de ellos habría sido una solución mejor, pero no tenía ganas.

La tienda estaba apenas a unos doscientos metros, pero el trayecto parecía interminable y el avance era desesperadamente lento, con todos aquellos malditos cadáveres desparramados por el camino como si alguien hubiera segado un campo de maíz. Sí, un verdadero mar de cadáveres, aunque no hubieran sido arrastrados por ninguna corriente. Habría resultado mucho más fácil atravesarlos si estuvieran en descomposición, hinchados y blandos. Habrían cedido un poco más.

Después de unos cincuenta metros de abrirme paso con impaciencia, cambié de estrategia. Intentaría caminar por encima de ellos. Eso exigía una concentración casi atlética. Desde luego, seguía tropezando, girando, dando pequeños saltos y trastabillando para recuperar el equilibrio, y tampoco podía seguir una trayectoria recta porque cada pérdida de equilibrio me hacía aterrizar varios cuerpos más allá. Pero, al menos, había menos posibilidades de que el pie quedara atrapado entre un par de hombros o entre los muslos de alguien y tuviera que sentirle los testículos o el pene a través del cuero de mis zapatos. Gracias a Dios por las niñas pequeñas; sin ellas, ¿cómo haría un viejo como yo para abrirse camino por la vida?

Aprendí enseguida que no debía intentar avanzar de cabeza en cabeza como quien cruza un arroyo saltando de piedra en piedra: las cabezas rodaban o se inclinaban y terminaba otra vez con el pie atrapado entre toda clase de partes del cuerpo. Las piernas tampoco ofrecían demasiadas garantías. Como dicta el sentido común, las espaldas y los vientres eran la mejor opción. Pensé, con cierta melancolía, que si aquellos cadáveres hubieran salido directamente de un centro de interrogatorios o de un campo de concentración, tal vez habría más espacio entre unos y otros... aunque probablemente no, porque también habría muchos más cuerpos amontonados.

A veces la simple disposición de los cadáveres no dejaba alternativa y tenía que apoyar el pie con muchísimo cuidado sobre una oreja –cuando la cabeza estaba vuelta de lado resultaba un poco más estable– o sobre un cuello, esperando que la barbilla no se levantara y me dejara el pie encajado entre ella y el esternón.

Como puedes imaginar, aquello llevaba bastante tiempo y, de vez en cuando, terminaba cayendo boca abajo en una especie de grotesco preludio de intimidad, aunque no sucedía muy a menudo. Lo peor era cuando el cuerpo sobre el que caía pertenecía a un bebé o a un anciano muy viejo. No estoy seguro de por qué. Los cuerpos ancianos, en la penumbra, eran indistinguibles de los demás –y yo tampoco intentaba distinguir nada– salvo cuando me caía encima de ellos. Los cuerpos muy pequeños, en cambio, eran obviamente de bebés y resultaban bastante fáciles para caminar sobre ellos: tenían el tamaño justo para apoyar un pie, eran más blandos y no rodaban como las cabezas. Creo que encontrarme cara a cara con un bebé me hacía sentir culpable, porque su única utilidad consistía en servirme de apoyo para llegar a comprar mi cartón de leche. Y aunque despertara de aquella inercia, tampoco compartiría mi leche con una cobra.

Después de lo que me parecieron horas, por fin llegué a la tienda. Pensé que tal vez debería comprar también una botella de destapacañerías y echar un poco sobre los cadáveres cada vez que regresara al departamento para que, al cabo de unos meses, se abriera por lo menos un sendero transitable. O dos botellas: una para el camino de ida y otra para el de vuelta. Pero sería demasiado engorroso y, la verdad, no tenía ánimo para semejante tarea.

El verdadero problema era regresar cargando el cartón de leche sin romperlo. Gracias a Dios ya no los vendían en botellas de vidrio. No voy a aburrir a nadie con los detalles, pero el regreso fue prácticamente igual que la ida. El mismo trabajo. La misma logística, solo que a la inversa. Como el cartón iba en el bolsillo del abrigo, tenía las dos manos libres. La única diferencia era que debía cuidar aún más el equilibrio para no caer del lado donde llevaba la leche.

Cuando por fin llegué a la puerta del edificio, fue un alivio comprobar que ya no había un cadáver bloqueando la entrada. Menos mal que lo había arrastrado hacia adentro antes de emprender lo que ahora me parecía toda una misión. Aquella pequeña superficie de hormigón desnudo era un regalo del cielo, aunque nadie hubiera enviado nada: un felpudo de bienvenida en medio de un océano de cadáveres que semejaba una gigantesca alfombra voladora.

Me limpié las suelas sobre aquel inesperado "regalo del cielo". Estaban realmente asquerosas, pese al aspecto casi antiséptico de los cuerpos: tenían restos de sangre, de excrementos y algunos cabellos pegados.

Al entrar comprendí que tendría que subir el cadáver hasta mi departamento. No había otro sitio donde dejarlo. Si permanecía allí seguiría impidiendo que los vecinos llegaran a sus buzones; si lo dejaba en la escalera, alguien podía tropezar con él y entonces habría un maldito cadáver más del que ocuparse. Además, tener que pasar por encima de él cada vez que fuera a buscar el correo sería un fastidio. Quién sabe, hasta podía constituir una infracción administrativa.

No fue sencillo. Si alguna vez has intentado cargar un cadáver, sabes de qué hablo. Peor que arrastrar un ciervo; por lo menos un ciervo tiene astas. Este ni siquiera tenía un pene al que pudiera atarle el cinturón para facilitar el transporte. Al final no encontré otra solución que arrastrarlo escalera arriba sujetándolo por los pies, después de envolverle la cabeza con mi suéter para no lastimársela.

Y aquí llega el verdadero clímax del asunto; no más adelante. Fue un momento terrible.

Cuando metí el cadáver en el departamento, encendí la luz y lo miré... era mi madre.

Bueno, ya puedes imaginarte.

Hacía años que no la veía. En realidad, estaba convencido de que había muerto mucho tiempo atrás, pero allí estaba ahora, muerta de verdad, en mi sala.

¿Quién podría volver a pronunciar la palabra "ingratitud"?

No podía simplemente arrastrarla otra vez escaleras abajo, expulsándola de mi vida de ese modo. Debía de haber recorrido un largo camino para llegar hasta allí. Y arrojarla por la ventana para que cayera encima de otro cadáver –aunque la caída quedara amortiguada– sería como lanzarme esa misma palabra, "ingratitud", directamente a la cara.

El problema era que mi departamento era muy pequeño y no había sitio para que durmiera cómodamente.

Supongo que, si la vida no es más que un sueño, la muerte también lo será. Y quizá tanto la vida como la muerte, y todo lo demás, no sean más que un sueño soñado.

Y yo no quería que mi madre se pasara la noche dando vueltas y manteniéndonos despiertos a los dos dentro de nuestro sueño soñado.

Además, solo tenía un vaso para la leche, porque vivía solo. También una sola almohada, una cuchara, una toalla, un edredón y un televisor.

Después de pensarlo un buen rato, se me ocurrió acostarla en mi catre y dejarle la almohada. Yo tampoco la necesitaba. El vaso y la cuchara podía lavarlos después de cada uso; una persona puede contagiarse una enfermedad y quizá también se pueda contagiar la muerte.

En cuanto a la toalla, ella podía usar un lado y yo el otro. El edredón podíamos turnárnoslo una noche cada uno o, si hacía falta, yo podía cubrirme con una de las cortinas.

Y el televisor... bueno, llevaba años descompuesto.

Así que la acomodé lo mejor que pude y fui a la cocina a beber mi leche.

Bebo un litro entero cada día, por lo general por la noche.

Cuando terminé de beberlo de un trago, me di cuenta de repente de que no había dejado ni una gota para mi madre.

Me sentía agotado, pero la tienda abría las veinticuatro horas y lo mejor sería volver.

Me puse el abrigo, bajé las escaleras y salí al exterior, sobre el inexistente felpudo de bienvenida donde antes había estado el cuerpo de mi madre.

Debía de haber recorrido un largo camino y casi había conseguido llegar.

Probablemente también tuvo que abrirse paso entre todos aquellos cadáveres.

Quizá incluso hubiera traído leche para mí, porque en el aire flotaba un tenue olor a leche rancia.

Cuando uno vuelve a ver a su madre después de tantos años, inevitablemente se pone a reflexionar un poco.

Así que no era mala idea descansar allí unos minutos, justo donde ella había estado, antes de regresar a la tienda.

Además, aquel inmenso mar de cadáveres resultaba bastante intimidante.

La tienda abre las veinticuatro horas y nunca se queda sin leche.

No hay por qué preocuparse.

Si me quedo dormido, estoy seguro de que ella bajará a despertarme y podremos ir juntos a comprar nuestra leche.

La fuente de la poesía de Kerry Shawn Keys se encuentra en los Montes Apalaches, la América urbana, India, Brasil y Lituania. Sus raíces son universales. De 1998 a 2000, impartió clases de teoría de la traducción y composición creativa como profesor asociado Fulbright en la Universidad de Vilna. Es autor de decenas de libros. Su obra abarca desde la poesía errante y pastoral de las faldas de las montañas y la recuperación urbana hasta piezas de teatro-danza, flamenco, libros infantiles, meditaciones sobre el Tao Te Ching y un poema épico polifónico, compuesto a partir de sus diarios del sur de la India. Ha actuado y grabado con el percusionista de free jazz y artista de constelaciones sonoras Vladimir Tarasov (CD-Prior Records), y fue el líder del cuarteto Nada, de jazz-fluxus. Algunos de sus libros más recientes son: Kitos Knygas, 2013; Sich einen Fluss verschaffen, poemas bilingües inglés/alemán, 2017; Nueva poesía de China, 1917-2017, 2019; Hielo negro, 2020; Cordones para Chagall, poemas de amor seleccionados, 2021; Kerry Shawn Keys, Vida y obras seleccionadas, 2021; Estaciones en el huerto, 2023, Black Spruce Press, 2023; Alfabeto de sueños, 2024.


EL REGRESO DEL LÍDER