Sergio Gaut vel Hartman
Ahora
todo se deforma, como en un sueño mal recordado. Pero mientras sucedía se
ajustaba a reglas lógicas, tenía cierta coherencia interior, era creíble.
Empezó
cuando llevábamos unos pocos meses de casados. En aquel entonces teníamos tan
poco dinero que nuestra única diversión consistía en recorrer las calles y
avenidas mirando vidrieras. Irma enfrentaba la tortura de no poder comprar con
un buen humor admirable. Invariablemente regresábamos a casa con la sensación de
haber perdido algo por el camino.
Una
tarde de tantas, hartos de túnicas y sandalias –pero en silencio, porque no
teníamos nada mejor que ofrecernos–, nos detuvimos frente a un negocio antiguo,
de vidrios sucios e iluminación deficiente que, sin embargo, contenía una buena
cantidad de sillones de diseño moderno. Había sillones tapizados en pana y
raso, sillones de cuero, con armazones de madera, de cromo, y un juego de
hierro forjado con almohadones rojos de seda. Una variedad enorme de sillones
colmando un local que cualquier comerciante astuto habría convertido en tres.
Nos
pareció raro que no hubiese vendedores a la vista, pero la curiosidad nos
venció, y entramos.
—¿No
hay nadie? —pregunté en voz alta. Irma se aferró a mi brazo, insegura.
—Para
qué llamar, si no vamos a comprar nada.
—Pregunto
un precio y salimos. Le quiero ver la cara al vendedor.
—Vayámonos
ahora. Este lugar me da miedo.
—Si
salimos sin preguntar algo haremos el ridículo.
Pero
pasaron dos o tres minutos silenciosos, inmóviles, que sólo sirvieron para
aumentar la incomodidad. Irma miraba hacia la calle con los ojos muy abiertos y
yo trataba de comprobar si el bulto que yacía en un diván azul, al final del
salón, era el bendito vendedor que dormía la siesta. Me armé de valor –aunque
sabía que lo único a vencer era mi timidez–, y caminé entre los sillones
arrastrando a Irma.
No
había dado más de cinco pasos cuando el vendedor se levantó refregándose los
ojos y nos miró desconcertado. Como almohada había estado usando una bolsa de
caramelos y las irregularidades del celofán le marcaban la cara como
cicatrices.
—¿Qué
desean?
—Un
juego de sillones —dije—. De cuerina, como ésos. —Señalé un par de sillones
marrones, vulgares y sin gracia. El vendedor cabeceó sin mirarlos y luego de
una pausa dijo una cifra. Era una cifra muy alta, algo más de lo que ganábamos
Irma y yo sumando nuestros sueldos.
—Es muy
caro —dijo Irma—. Lo vamos a pensar.
—Sí, sí
—dijo el vendedor—. Vuelvan cuando quieran. —Era evidente que se había dado
cuenta de que no éramos compradores aun antes de interrumpir la siesta, pero no
parecía guardarnos rencor por eso. Sonrió desganadamente y pudimos apreciar que
no era mucho mayor que nosotros.
—Perdone
la molestia —dije dándole la espalda, y tomando a Irma de la mano caminamos
hacia la calle—. Buenas tardes —susurré.
—Esperen
—dijo el vendedor—. Llévense unos caramelos. —Tomó la bolsa y la rasgó con
brusquedad—. Gentileza de la casa.
—No se
moleste —dijo Irma.
—No
somos aficionados a los dulces —dije, con desconfianza.
—Por
favor —dijo el vendedor. Había algo de súplica en el tono con que lo dijo.
Volví sobre mis pasos, metí la mano en la bolsa y agarré un caramelo.
—Gracias.
—Agarre
más. —Ahora el tono era perentorio—. Usted también... señorita. ¿O señora?
—Señora
—dijo Irma extendiendo la mano.
—Lleven
para los chicos —dijo el vendedor.
—No
tenemos —dije.
—Ya
vendrán. Y siempre hay sobrinos, los hijos de los amigos... No sean tímidos.
Terminamos
llevando una docena de caramelos. Comimos varios en el camino de regreso a
casa, riéndonos de nuestra propia estupidez. Durante aquel otoño recordamos el
episodio una que otra vez, y siempre servía como excusa para reír y comer
caramelos.
—No tenemos donde guardar las cosas —se quejó Irma.
—Liquidá
un poco de ropa vieja —dije distraídamente. Irma me miró un momento, como para
justificar el tránsito del fastidio a la simpatía.
—¿Sabés
que no es una mala idea?
Revolvió
el placar a conciencia. Una hora después tenía una montaña titulada "esto
puede servir" y un montoncito titulado "esto no sirve para
nada"; había perdido demasiado tiempo considerando posibles reformas sin
reparar en los años y los kilos transcurridos.
—¿Te
acordás de este saco? Acá a la vuelta hacen arreglos...
—Está
pasado de moda, Irma. No pensarás que voy a ir a la oficina disfrazado de
tanguito.
—Se
usan más justos.
—¡Haceme
el favor! Tirá esa reliquia a la basura.
Irma se
encogió de hombros resignada. Sostuvo el saco de las solapas, tal vez
imaginando que podría aprovecharse la tela para hacerle bermudas a uno de los
chicos. ¡La ropa está tan cara! Finalmente decidió aceptar mi opinión, pero
después de colocar el saco en la pila "esto no sirve para nada"
cambió de idea.
—¿Qué
haces? —dije espiando por encima del diario.
—Le
reviso los bolsillos. Vos tenés la costumbre de olvidar dinero en cualquier
parte.
—Si
encontrás algo seguro que está desmonetizado. ¿Sabes cuánto hace que no uso ese
saco?
—Años.
—Frunció el ceño y sacó algo ovalado de un bolsillo interior.
—¿Qué
es?
—¿Recordás
estos caramelos?
—Sí. Es
uno de los que nos dio el vendedor de la mueblería. Creí que los habíamos
comido todos.
—Parece
que no. Qué risa. ¿Lo querés?
—Guardáselo
a los chicos.
—¿Uno
solo? ¿Para que se peleen? Además está viejo. Mejor comételo vos, tenés tripas
de hierro. —Irma lo desenvolvió con cuidado y me lo alcanzó. Pero vi algo en el
papel que me llamó la atención.
—Hay
algo escrito —dije.
—Será
una viñeta, como la de los chicles.
—Pero
los otros no eran así. —Leí con dificultad; la letra era casi microscópica—.
Mira qué raro. Es una invitación a una fiesta campestre.
—¡Qué
lástima! Entonces nos la perdimos.
—Es
para el sábado que viene —dije con tono sombrío.
—Fue
hace como cinco años. Estará equivocado.
—Está
impreso, clarito. Sábado 14 de noviembre.
A menos que sea un error.
—Si
fuera un error no diría sábado. Hace
cinco años el 14 de noviembre fue domingo. —Irma hablaba con aplomo de temas
matemáticos. Era profesora de un colegio secundario, y jugando con los números
me superaba con facilidad. Tenía un calendario perpetuo en la cabeza y manejaba
el ábaco con más destreza que yo una calculadora.
—Pero
el error pudo cometerse el año anterior.
—Estás
equivocado. Hace seis años el 14 de noviembre fue viernes porque los bisiestos
saltean un día de la semana a causa del 29 de febrero. La última vez que el 14
de noviembre cayó un sábado fue en 1970.
Me di
por vencido. El papelito invitaba a una fiesta campestre a realizarse dentro de
dos días en un lugar del oeste bonaerense que yo nunca había oído nombrar.
—Vayamos
—dijo Irma contra toda lógica.
—¡Estás
loca! No sabemos dónde es, ni quiénes son...
—Vos te
metiste en la mueblería de puro curioso. Aquí se indica un punto de reunión muy
preciso y ahora la que está intrigada soy yo. Sería interesante comprobar si
mantienen la promesa, tanto tiempo después. Dale.
Era un
disparate. Y un disparate sin gracia. Pero tampoco tenía argumentos para
forzarla a desistir. Cuando a mi mujer se le mete algo en la cabeza es cuestión
de seguirle la corriente o soportar las consecuencias.
—De
todos modos se me ocurre que no va a haber nadie —insistió para justificar el
capricho.
—Sos
capaz de levantarnos un sábado de madrugada, el único día que podemos dormir
sin remordimientos, para comprobar si un papelito... ¡Por favor!
—No es
tan temprano. En el papelito dice "once horas"; con levantarnos a las
nueve... Podemos aprovechar bien el día... Si la cita es una broma podemos ir a
la quinta de tu sindicato, en La Reja... Hago empanadas.
Claudiqué,
perdida toda esperanza.
Por lo menos no era una broma. Nunca había visto el
puente de Pringles tan concurrido. Parecía una manifestación política, y las
caras que me resultaban familiares ya habían superado la media docena. Gente
del barrio, seguramente.
—¡Irma!
—exclamó una mujer mayor a la que yo conocía de vista; una profesora del
colegio, pensé.
—¡Raquel!
¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —Irma estaba encantada.— ¿Cómo te enteraste?
—Raquel contó una historia confusa: el primo, un llamado telefónico... Los
chicos me pidieron caramelos y perdí el resto de la explicación.
Cuando
volví del kiosco Irma estaba hablando con una mujer que habíamos conocido el
año anterior mientras veraneábamos en Necochea. Pensé que una gran organización
secreta, tal vez una secta religiosa sórdida, estaba detrás de todo el asunto.
—¿Y los
chicos? —preguntó Irma.
—Los
traje. Miralos.
Había
dos tipos con aspecto de sindicalistas sentados en sillas tijera y acodados en
una mesita. Contestaban de mal modo a las preguntas de la gente, pero parecían
los únicos que estaban al tanto de lo que pasaba. Me acerqué en pie de guerra.
—¿Alguno
de ustedes es flautista?
—No
—dijo extrañado el más corpulento—. ¿Por?
—Por
nada. Y Hamelín, ¿les suena?
—En
absoluto —dijo el otro, petiso y calvo. Pero la pregunta le debió sonar
graciosa, porque sonrió.
Era la prueba
que necesitaba. Hasta ese momento me había sentido como un pobre paranoico, un
exagerado que se pone en ridículo por pura falta de imaginación. Pero se
trataba de profesionales, sabían cómo manejarnos.
—Aquí
hay gato encerrado —le susurré a Irma apretándole el brazo—. No vamos.
—¡Estás
loco! Han venido casi todos los profesores del colegio...
—Y
muchos vecinos del barrio que me conocen desde chico. Igual no vamos. Es una
trampa.
—¡Por
favor! Aquí tengo los pasajes.
—¿Encima
pagaste?
—Son
pasajes gratuitos. ¿Qué mosca te picó a vos?
Los
chicos correteaban por el puente. Seguía llegando gente. En algún momento el
petiso y calvo se levantó, plegó la silla y señaló una escalera metálica
oxidada y vetusta que juro no haber visto antes en ese lugar. La gente empezó a
bajar e Irma fue de los primeros por lo que no tuve más remedio que seguirla.
Desembocamos en un andén estrecho, precario, formado con tablones colocados
sobre una estructura tubular. La masa humana empujaba en todas direcciones, y a pesar de mis
esfuerzos me vi separado de Irma y los chicos. Lamenté no haber tenido por lo
menos a uno de ellos en brazos: los imaginaba asfixiados por la multitud. Sin
embargo Irma estaba tranquila, me hacía continuas señas con la mano y sonreía.
Traté de remontar la corriente pero los bolsos de ropa y comida complicaban la
tarea. Cuando comprendí que sería imposible acercarme opté por anunciar a los
gritos que nos reuniríamos en el tren, que yo ocuparía los lugares necesarios
con los bolsos, que no se apuraran, que dejaran subir al resto de la gente.
Justamente en ese momento el tren ingresó en la "estación".
Encajonado
entre los muros altos y los vagones, y apretujado por la multitud, me sentí el
personaje de un film de Losey. Soy el otro señor Klein, pensé. En cualquier
momento llegarán los de la Gestapo y me coserán una estrella de David en la
manga... Este tren nos reserva un recorrido atípico: Moreno, Lujan, Dachau,
Treblinka, Auschwitz.
Esta
forma de autocompasión no parecía el mejor método para levantarme el ánimo. Por
suerte la puerta del vagón quedó cerca de donde yo estaba, y fui uno de los
primeros en subir. Ocupé un asiento triple y me asomé por la ventanilla luego
de acomodar los bolsos. Me llamó la atención que subiera tan poca gente, pero
lo atribuí a las aglomeraciones y desencuentros. Cinco minutos después el vagón
seguía casi vacío, y los únicos pasajeros eran hombres solos, separados de sus
familias. Estábamos como acorralados, en una situación precaria, hablando a los
gritos por sobre un mar de cabezas. Parecíamos reclutas confundidos, a punto de
ser enviados al frente sin instrucción militar. Varias veces traté de acordar
con Irma puntos de reunión alternativos, pero ella parecía estar cada vez más
lejos y mis palabras, mutiladas por la distancia, le llegaban tal vez
entrecortadas, imprecisas.
Finalmente
comprobé que, en efecto, nos separábamos más y más porque el tren,
silenciosamente, se había puesto en marcha. Los vagones posteriores llegaron al
extremo del pequeño andén improvisado y la estación quedó atrás. Perdí todo
rastro de prudencia y procuré lanzarme del tren, pero una serie de factores tan
simples como imprevisibles se confabularon para impedírmelo. Estaba en la parte
central del vagón y grandes pilas de bolsos me cerraban el paso en ambas direcciones.
Cuando logré sortear los obstáculos encontré trabadas las puertas de ese lado.
Y después fue demasiado tarde: el tren marchaba a una velocidad tal que tirarme
en esas condiciones habría sido un suicidio.
Descarté
la idea de abandonar el tren y decidí esperar una parada o el final del viaje
para regresar a casa en el primer servicio descendente disponible. Por el
momento no parecía haber mejor entretenimiento que observar a mis compañeros de
infortunio. Casi todos tenían un aspecto mustio, marchito. Pero, aunque estaban
confundidos y desanimados, no se hubieran diferenciado de la clase de pasajeros
que viaja en tren rumbo al trabajo. Habían aceptado la rareza de la situación
con filosófica pasividad, y por lo que pude ver ninguno de ellos había tratado
de saltar. Me pareció lícito admirarlos en silencio. Contemplaban el paisaje
por las ventanillas con absoluto desapego, como si en lugar de un viaje a lo
desconocido estuvieran paseando por una galería comercial. O como si esas
líneas paralelas de color gris que iban quedando a nuestras espaldas formaran
parte de una rutina diaria. Y sí, pensé, por qué no; cuando subí había varios
pasajeros acomodados, que bien podían haber abordado el tren en la cabecera
confundiéndolo con un suburbano regular.
Pero el
tren no paró en ninguna estación.
Es un
rápido, pensé para levantarme el ánimo. No tenía sentido atormentarse con ideas
negativas. El tren llegaría a destino...
El
paisaje fluctuó. Villas de cartón, villas de chapas; zonas residenciales, zonas
fabriles, campos hasta el horizonte. Me angustiaba pensar que cuanto más lejos
me llevara ese maldito tren, más tardaría en reunirme con Irma y los chicos.
Algunos
de mis acompañantes leían el diario y otros dormitaban. No me atrevía a encarar
a nadie. Finalmente decidí pasar al vagón contiguo; quizás allí la gente no
fuera tan apática y alguien tuviera una explicación para lo que nos estaba
pasando.
En el
otro vagón había mujeres, no muchas, como si un ordenamiento lógico pero
desconocido hubiera separado a las víctimas por sexo. Tenían rostros comunes,
casi borrosos, el tipo de cara que resulta difícil de recordar apenas se
cierran los ojos. En lugar de personas bien podían ser el producto de una
pesadilla.
Y así,
la idea que había estado pugnando por entrar en el círculo de la conciencia
terminó por imponerse: yo estaba soñando. Uno de esos sueños vívidos, que
parecen reales y son capaces de incorporar hasta las reflexiones sobre la
naturaleza de los sueños, me había tomado por asalto. Estaba atrapado en una
pesadilla capaz de alimentarse de sí misma y al mismo tiempo destruir todos mis
intentos por despertar.
—Escúcheme
—le dije a una mujer de cierta edad que me pareció confiable—. ¿Usted entiende
esto?
—¿Sí?
—La mujer no separó la cara de la ventanilla; estaba como hipnotizada. Los
cables de alta tensión ondulaban paralelos y cadenciosos entre las torres,
configurando un esquema de aislamiento rítmico e inhumano. Comprendí que no
lograría nada con ella y me acerqué a otra.
—¿A
usted también la cazaron con la trampa de los caramelos? —le pregunté
estúpidamente.
—¿Hmmm?
—La mujer me miró a los ojos y mis párpados cayeron; noté que se le habían
borrado las facciones. O tal vez no fuera así y mis sentidos empezaban a
jugarme una mala pasada. Veía planos que se cortaban en puntos distantes, fuera
del tren, y formaban ángulos borrosos, inconclusos.
Cuando
logré reaccionar y ya me disponía a pasar al vagón siguiente noté que el tren
se detenía. Me asomé por la ventanilla y comprobé que entrábamos en una
estación de pueblo. Por el tiempo de viaje deduje que no podíamos estar más
allá de Merlo, pero el andén, corto e irregular, no se correspondía con ningún
lugar que yo conociera. Tal vez, me dije, hayamos tomado por un desvío; debe
ser eso.
Traté
de leer el cartel que suele haber en los extremos de los andenes o sobre la
oficina del jefe, pero no vi nada. Un lugar anónimo. El tren se había detenido
sobre una vía única que se perdía en el horizonte, y su arribo debía constituir
un acontecimiento importante porque se había congregado una multitud para
recibirlo. Hombres y mujeres agitaban los brazos alegremente y voceaban nombres
que yo no alcanzaba a identificar. Mis compañeros de viaje, en cambio, parecían
aturdidos. Unos pocos se habían levantado de los asientos y miraban hacia
afuera extrañados, como si la cosa no fuese con ellos.
Agarré
los bolsos y bajé del tren.
Caminé
unos pasos por el andén con la intención de preguntar en la boletería si ese u
otro tren regresaba a Buenos Aires y cuándo. En virtud de la larga serie de
acontecimientos nefastos que parecía perseguirme estaba dispuesto a aceptar
respuestas como "mañana", "dentro de una semana" o
"ese fue el último viaje"...
Una
mujer joven, de largo pelo negro, se desprendió de la multitud y vino
rectamente hacia mí, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.
—¡Bela,
por fin!
Cuando
dijo Bela sentí que un escalofrío me
corría por la espalda. ¿Se estaría refiriendo a mí? Miré a los costados y
comprobé que era el único pasajero que había descendido. Pero no me llamo Bela.
Hasta ese momento estaba seguro de que mi nombre era otro, aunque no lograba
recordarlo. Bela me sonaba a húngaro, un nombre ridículo, como de fantasía,
adecuado tal vez para un actor de películas de terror, no para una persona
normal.
—¡Querido!
—exclamó la mujer abrazándome con fervor y besándome en la boca. Sentí su
lengua aguda abriéndose paso entre mis dientes; tenía gusto a naranja—. ¿No
estás contento de haber vuelto a casa?
—No. No
sé —balbuceé.
—Bela,
siempre el mismo atontado. Vamos, no te quedes ahí parado como un pavo.
Tironeó
de mi mano riendo con descaro. Era una mujer de belleza silvestre, agresiva,
que en otras circunstancias me hubiera atraído irresistiblemente en lugar de
amedrentarme. Me limité a seguirla.
Cuando
abandonábamos la estación miré hacia atrás y descubrí que era el único que
había bajado del tren. La gente se desconcentraba en silencio y la fiesta podía
considerarse terminada. El tren se puso en marcha. Era evidente que me había
apresurado y estaba aún más comprometido que antes.
La mujer
me condujo por la única calle del lugar hasta una especie de supermercado que
estaba en la esquina, frente a la estación. Pasamos por delante de una pila de
cajones vacíos y ella empujó una puerta vaivén de vidrio. En la caja había un
hombre mayor, de unos sesenta años, que nos miró inexpresivamente. Atravesamos
el salón de ventas sin saludar a nadie, casi a la carrera, y subimos por una
escalera escondida entre latas de dulce de membrillo. La escalera conducía a un
entrepiso que bordeaba todo el local, pero ése no parecía ser el punto final de
nuestro viaje. La mujer se detuvo ante otra puerta y la abrió con una llave que
había sacado del bolsillo del jean.
—Vení
—dijo tironeándome una vez más. Era una provocación. Yo sabía lo que venía a
continuación, pero todavía no había logrado poner mis pensamientos en orden
como para hacer alguna pregunta coherente.
Me
llevó a un cuarto en penumbras, bastante limpio a pesar de que se hallaba
abarrotado de mercaderías. Dejé los bolsos sobre una mesa y me acerqué a ella.
Llevó mis manos hasta sus pechos y me indujo a que se los apretara. Esa
conducta me descolocó de tal modo que me moví con mucha torpeza y pateé una
hilera de botellas vacías. Las botellas rodaron interminablemente y cayeron a
la planta baja rompiéndose con gran estrépito. Contrariamente a lo que supuse,
a nadie le preocupó lo sucedido, y nadie nos reprendió; hasta me pareció que
había risas divertidas y comentarios intencionados, tal vez referidos a lo que
podríamos estar haciendo arriba.
—No
sabés cómo te extrañé —dijo la mujer sacándose el suéter de lana. Como imaginé,
no usaba sostén. Tenía pechos en forma de gota, con pezones y aureolas
diminutos.
—¿Te
parece un buen lugar para hacerlo? —Mientras pronunciaba esas palabras sentí un
hormigueo en la lengua. Una porción de mi mente pensaba otra cosa, tal vez una
respuesta adecuada, algo así como: "No pudiste haberme extrañado porque no
nos conocemos."
A
partir de ese momento toda la escena se desarrolló en dos planos paralelos: yo
decía algo diferente de lo que pensaba y a ella le parecía lo más natural del
mundo. Nos conocíamos desde hacía varios años, estábamos casados, vivíamos en
los altos del supermercado –aunque durante mi ausencia nuestra habitación se
había aprovechado para almacenar mercaderías–, ella era la hija del propietario
y se llamaba Mari.
—¿Ganaste
mucha plata en Buenos Aires? —Mari me apoyaba los pechos en el brazo; sentí la
dureza de los pezones, aunque traté de reprimir mi excitación para no perder la
cabeza. Aún confiaba en poder explicarle la verdad de la situación, que estaba
confundida...
—Algo.
Pero vos sabes que un kiosco de cigarrillos y golosinas no es la clase de
negocio que permite hacerse rico en poco tiempo.
—No me
escribiste ni una carta.
—Tenía
el kiosco abierto día y noche. Dormía en el kiosco. —Yo quería hablarle de
Irma, de los chicos; decirle que trabajaba en una inmobiliaria y que me llamaba
Abel, no Bela. Ahora ya no pensaba en pesadillas, sino en una larga amnesia,
una bifurcación en algún punto del camino. Sin embargo retenía mi pasado,
recordaba los años de mi niñez.
—Malo;
no me trajiste ni un caramelo. —Era el colmo. Revisé los bolsillos del pantalón
y encontré los caramelos que había comprado para los chicos en la esquina del
puente de la calle Pringles. Le di uno—. ¡Qué lindo! —dijo Mari—. En el papel
hay un mensaje de la buena suerte.
—No
sabía que los caramelos venían con mensaje —susurré. Mari terminó de leer el
papelito y una sombra le cruzó la cara.
—¡Idiota!
—Tiró el envoltorio y salió corriendo, con los pechos al aire, desentendidos de
los dramas humanos, felices. Recogí el papelito y leí el mensaje: "Este
hombre la engaña con una mujer que se llama Irma."
Bajé
tratando de pasar inadvertido. Cuando llegué a las cajas observé que Mari
estaba hablando con un hombre joven que yo no había visto al entrar; el hombre
no parecía impresionado o molesto o excitado porque Mari tuviera el torso
desnudo. Ella ni me miró.
Salí a
la calle y vi que ya se estaba poniendo el sol. No tenía objeto volver a la
estación de ferrocarril, por lo que me alejé del pueblo a campo traviesa. A lo
lejos divisé una ruta por la que pasaban coches y camiones.
No fue
difícil hacerme llevar por un transportista de hortalizas que iba a Buenos
Aires.
¿Las
cosas se estarían encarrilando, por fin? Esperaba que Irma no se hubiera puesto
excesivamente nerviosa al ver que me iba en el tren, aunque seguía sin entender
por qué ella y los chicos no habían subido. Conté los minutos que me separaban
de casa. Todo se arreglaría.
El
camionero era muy locuaz e interrumpía continuamente mis pensamientos. Traté de
ser educado asintiendo y sonriendo de vez en cuando. Hablaba del precio de la
verdura, de mercados de concentración... Quizás algo que él dijo, o mis propios
nervios, me llevaron a un descubrimiento. Bela no es otra cosa que un anagrama
de Abel. ¡Y Mari de Irma! ¡Ahora los rasgos del sueño se afirmaban! ¿Qué
significado puede tener verse separado de la familia por culpa de un envoltorio
de caramelo, embarcado en un tren irregular, obligado a realizar un viaje sin
sentido hasta un pueblo que no figura en los mapas, tironeado por una loca que
dice ser tu mujer...?
Me dejó
bastante cerca de casa. Pero me sentía perdido, como si hubiera estado mucho
tiempo fuera de la ciudad, y no unas pocas horas. Llegué a casa a eso de las
nueve. El portero estaba sacando la basura y ni me miró. El corazón me latía
con fuerza; estaba muy ansioso y me pareció que el ascensor se movía con
exagerada lentitud.
Cuando
por fin llegué al departamento me detuve a escuchar. Aparentemente no había
nadie. Estarían todos en la casa de la madre de Irma. Puse la llave en la
cerradura y la hice girar. Yo no vivía allí. Nunca había vivido en ese lugar.
Una
mujer mayor se me acercó, aterrada.
—¿Usted...?
—Señora
—articulé con dificultad—: discúlpeme; me debo haber equivocado... soy nuevo en
el edificio, ¿sabe? No entiendo lo que pasó. Mi llave abre su puerta... Es una
casualidad. —Le tendí la llave, pero la mujer retiró la mano. La llave cayó
sobre la alfombra, en silencio.
¿Seguía
el sueño, la pesadilla? La mujer retrocedió, como si yo fuese un aparecido. Le
di la espalda y salí corriendo de allí,
Bajé
por la escalera y paré un taxi al llegar a la vereda. Iría a la casa de mi
suegra. Era el único lugar lógico. No quería ni pensar en lo que acababa de
pasar en el departamento. Hablaría con Irma y todo se aclararía.
Pero la
sensación de angustia se repitió ante el llamador de bronce de la casa de mi
suegra.
Ahora
sabía de qué se trataba. Había algo irremediablemente desfasado en el modo en
que se habían ido desarrollando los acontecimientos, y un sentido extra, una
capacidad ignorada hasta ese momento, me ponía sobre aviso. Ya empezaba a ser
capaz de descifrar los mensajes.
Por
suerte fue Irma quien atendió a los golpes de la manito de bronce.
—¡Querida!
—exclamé temblando—. ¡Por fin! —Irma me miró, primero con asombro, luego con
espanto.
—Usted...
¿quién es?
—¡Irma!
¡Soy Abel!
—No lo
conozco. ¿Qué quiere? —El tono era duro. Yo podía ser un asesino, un borracho;
cualquier cosa menos Abel.
—Escúchame
—insistí—. No sé de qué lado de la pesadilla estoy, ni siquiera sé si es una
pesadilla. Pero déjame entrar, permitime que te cuente lo que pasó desde el
principio.
—¡No!
No tengo nada que hablar con usted, ni me interesa. —Irma hizo un intento de
cerrarme la puerta en la cara. Vaciló.
—Dame
un minuto. Hace de cuenta que soy un desconocido que te para en la calle...
—¡No!
—repitió Irma. Cerró la puerta.
—Soy...
—Yo ya no era nada. ¿Acaso Irma iba a creer una historia basada en que nos
habíamos conocido en un baile, siete años atrás, que habíamos estado tres años
de novios, que al principio le había costado quedar embarazada...? Los sucesos
del día tenían más consistencia. Mari, el caramelo de la buena suerte, con ese
mensaje ridículo. Di media vuelta. No sabía si me emborracharía, si iría a ver
a un psicólogo, si me suicidaría, o en qué orden haría todo eso. Entonces la puerta se abrió e Irma se asomó tímidamente.
—Espere.
—¿Sí?
—Recuerdo
un sueño —dijo Irma—. Una estación de ferrocarril y mucha gente. Lo raro es que
había un hombre muy parecido a usted. Me llamaba desde el tren, y me decía
algo, pero yo no le entendía.
No le
dije nada. Bajé la cabeza, y me
alejé. Estaba seguro de que Irma luchaba contra el deseo de llamarme, de seguir
indagando, tal vez por pura compasión. Ya no estaba asustada. Pero todas mis
pruebas eran como bruma, o peor, como estigmas.
Caminé
una cuadra con los puños crispados en los bolsillos, y pensé en los personajes
de la literatura, ésos que visitan un lugar imposible y siempre logran rescatar
un objeto testigo, la prueba de que estuvieron allí. No en mi caso. Ni siquiera
me servía tener los bolsillos llenos de caramelos, los caramelos que los chicos
no habían llegado a comer.
Me
planteé seriamente la posibilidad de volver al pueblo de Mari, pero no tenía
idea de cómo viajar hasta allí. ¿Atravesando un espejo? ¿Tomando un tren
fantasma que saliera de un vigésimo piso?
Es
inútil. La situación no tiene remedio. Mi efímera existencia habrá terminado
cuando el soñador se despierte por la mañana, y me olvide entre el primer sorbo
de café y la lectura del diario.
Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

