domingo, 31 de mayo de 2026

COSECHA DE POLÍMEROS

Milan Pešić

 

La pensión estaba, como siempre, llena de gente. Con cabezas despeinadas y cuerpos difusos, las figuras deambulaban en todas direcciones; tambaleándose como robots fuera de control, pisoteaban las alfombras raídas, avanzaban por la escalera de madera, se arrastraban como borrachos por los vestíbulos y los estrechos pasillos iluminados –o, más exactamente, ensombrecidos– por una penumbra amarillenta. En la periferia de lo visible se apiñaban en fila frente a los baños comunes, con esperanza en el alma y el deseo obsesivo de que el alivio trajera nuevas y mejores oportunidades.

El rítmico golpeteo de los relojes de carbono se filtraba difusamente por sus oídos, para almacenarse luego en el epicentro de su masa cerebral y transformarse en el zumbido de miles de insectos diversos en vuelo caótico. Se esforzaba y tensaba para contenerse. Solo quedaban tres hombres delante de él en la fila; esperaba apretando voluntariamente los anillos en la base de la columna, intentando detener la irrupción de aquella sustancia gelatinosa.

Valía la pena ser paciente en un instante de eternidad. Se sentó sobre la cloaca celeste y relajó los esfínteres. La insinuación del alivio cercano le arrancó una sonrisa agria, porque tal vez precisamente ahora, precisamente hoy, aparecería el paso hacia el Paraíso prometido. Pero la sustancia no quería abandonar al huésped y permanecía en su estómago como plomo. Clavado al asiento agujereado, rompió a llorar.

 

Despertó en la cama y volvió la cabeza hacia el vidrio manchado de la ventana. Una lluvia persistente cubría las nubes oxidadas como una cortina semitransparente. Justo cuando terminó de desprenderse del sueño y regresó al cuerpo con plena conciencia física, un dolor sordo lo clavó a la cama como una cuña de doble filo, y el corte de un cuchillo invisible y dentado trazó una línea desde la columna hasta la pantorrilla izquierda.

—¡Madre santa! —susurró una oración de zángano e intentó levantarse de la cama.

Respiró profundamente el aire húmedo y viciado, tosió provocándose una nueva punzada ardiente en el disco deformado y finalmente consiguió ponerse de pie. El agua fría, los rápidos cambios de presión hidrostática y el buceo cobraban cada vez más caro el precio de la salud. Aun así, podía sentirse orgulloso de su puesto como cosechador de plástico, materia prima básica de la venerable resina. Desde luego, era mejor ser un zángano honrado en los ciclos de producción de energía que jardinero, cocinero, artesano o algo parecido.

—¡Concédeme voluntad, Matriz! —recitó el mantra y comenzó a ponerse el traje de goma.

Con la cabeza vacía, hueca como su sistema digestivo, verificaba mecánicamente las anillas del uniforme de buceo y comprobó que todo estaba en su sitio cuando los pensamientos comenzaron a salir ordenadamente de los rincones de su mente y a relatar un diálogo sombrío:

“Me acosté sano, dormí profundamente, me despertó el trueno, y luego este tormento matutino, y esta maldita pantorrilla… la profundidad la curará…”

Le resonaba en el cráneo como si un extraño lo estuviera consolando y dando órdenes al mismo tiempo. Se serenó y buscó consuelo en las enseñanzas certificadas y en las instrucciones relacionadas con la verdad de que el cuerpo no era más que una marioneta transitoria, y que sus ecos y sensaciones podían reducirse si uno desarrollaba fuerza mediante una disciplina diamantina.

Salió de la habitación con pasos firmes y subió a la plataforma móvil más cercana. Con un movimiento circular enrolló el torno y accionó la palanca. Descendía en diagonal en el ascensor especial con el que estaban equipados todos los bloques habitacionales. Aquellos transportadores estaban vacíos; los otros zánganos aún dormían, pero la naturaleza de su trabajo exigía madrugar: los materiales debían buscarse cuando el agua todavía no estaba turbia, durante las horas vacías de la mañana.

Mientras las vibraciones de la plataforma móvil golpeaban rítmicamente sus tímpanos, como ocurría casi cada amanecer, acudieron a su mente las imágenes de la conferencia introductoria de su formación profesional, poco antes de ingresar al servicio de cosechadores de materia plástica para resina.

El maestro había dicho:

—Cumplimos un deber sagrado. Al producir energía calentamos y alimentamos a los zánganos. Después del último diluvio, la especie humana pudo haberse extinguido. Cuando las redes globales colapsaron, cuando el sol perdió brillo y las corrientes de viento y agua se volvieron incontrolables e inestables, regresamos a los combustibles basados en carbono. Debido a la desaparición de la madera y del carbón, gracias a la Madre, los inventores encontraron una solución. Tras una serie de fracasos, mediante un proceso especial en condiciones estrictas de presión negativa y vacío hidráulico, a temperaturas bajas y exactas, lograron producir nuestro petróleo divino: la resina plástica. Ahí es donde ustedes entran para salvar la situación. Su tarea será recolectar masas altamente polarizadas de los sedimentos del fondo marino, lo que quedó de esos malditos. Nos dejaron un infierno, pero nosotros extraeremos su basura y la cristalizaremos para alimentar una nueva vida moderna. Cuando transformemos los residuos en resina, arderán en los reactores y nos darán calor a nosotros y, por supuesto, a nuestras divinas hembras. Y gracias a la Madre, basura hay en abundancia; solo debemos liberarla de las profundidades.

Había sentido orgullo al recibir el certificado y el puesto. El oleaje interrumpió el flujo de sus recuerdos. Había llegado al muelle, subido a su bote y comenzado a remar hacia el Medrešer, el enorme cosechador acuático que se balanceaba sobre la superficie gris.

“¿Tiene todavía algún sentido todo esto?”, se preguntó mientras los cables aceitados elevaban su pequeña embarcación.

Se reunió con sus compañeros en la gran enfermería común, donde les introducían líquido nutritivo en el estómago mediante sondas y luego les extraían el contenido de los casi vacíos intestinos con tubos flexibles. Mientras tanto, el Medrešer cortaba las olas y avanzaba mar adentro.

“¡El cuerpo vacío es saludable, y solo los líquidos son seguros!”, proclamaba una de las principales reglas alimenticias de las sumas sacerdotisas.

Reanimados y saciados, los trabajadores descendieron a la bodega. Se colocó el casco esférico y ajustó tornillo tras tornillo hasta sellarlo herméticamente. Sujetó el equipo a las anillas del traje: la botella de oxígeno, la bolsa de quinientos litros en el muslo, el reflector de sodio sobre el pecho y el extremo del cable de seguridad en el tobillo. Todo estaba en su sitio.

Cerraron tras ellos la puerta circular metálica de la cámara y, mediante un sistema de poleas inversas, abrieron el fondo del carguero. Los buzos se dispersaron en la fría oscuridad fluida, cada uno siguiendo la trayectoria acordada de antemano.

El nuevo yacimiento era abundante y el tesoro estaba al alcance de la mano. Barriles de plástico yacían y rodaban sobre el fondo fangoso. Por desgracia, en la bolsa solo cabían tres, así que debía tirar de la cuerda y regresar incontables veces a la cámara del cosechador, donde depositaban la preciosa materia prima destinada a la producción de la indispensable resina.

Los esqueletos de buceo eran, en realidad, modificaciones ortopédicas de una antigua firma llamada Bauerfeind y en la práctica ofrecían resultados extraordinarios; además, por su peso facilitaban el hundimiento.

Cavaba con fe en la Madre, esperando sinceramente merecer y experimentar la salvación. Desde hacía mucho tiempo, el patrocinio paterno había sido reemplazado por el principio femenino en la secuencia lógica del ciclo. Una nueva era comenzaba. A los pocos varones se les concedía el privilegio de procrear, y la mayoría de los zánganos eran trabajadores infértiles, como él.

La religión era implacable y sus exigencias severas: imponía disciplina y esfuerzos físicos. La comida sólida llevaba siglos prohibida; recibían jugos nutritivos mediante sondas gástricas, mientras los colonoscopios cumplían la función opuesta. Lo único permitido libremente era orinar.

En cambio, en el plano espiritual habían desarrollado una forma excepcional de ensoñación: una proyección en la que se los estimulaba a defecar libremente. Era una verdadera experiencia espiritual. La premisa principal del voto prometía que quien, mediante semejante ascetismo onírico, lograra evacuar durante el sueño, liberaría así su alma y alcanzaría la libertad total, e incluso quizá renacería en un nuevo cuerpo capaz de fecundar. Se decía que ese era el estado de una divinidad.

Él creía en los postulados, aunque jamás había conocido a una mujer. Ni siquiera a la Madre. Ni siquiera en sus sueños instintivos, apenas controlados.

Cavó en el fondo con sus tijeras de esqueleto en busca de barriles. Lo siguiente que supo fue que se le rompían el cuello y los brazos. Con su último aliento, logró tirar de la cuerda y pedir ayuda. La cuerda se tensó. Flotó a través del lodo oscuro hacia la superficie, y entonces la oscuridad acuática desapareció.

La pensión estaba medio vacía. Solo aquí y allá, en algún rincón apartado, una silueta temblaba como si quisiera alentarlo con la idea de que no estaba solo.

Sintió una necesidad insoportable de aliviarse. Corrió hasta el baño común y dejó caer las nalgas sobre la taza azul. Una resina color oliva se derramó como un río en el sistema de desagüe.

“Tarea cumplida, obstáculo superado”, pensó mientras esperaba que alguna puerta o portal se abriera espontáneamente. Miraba a su alrededor, exploraba las habitaciones de la pensión. Entonces echó a correr.

 

Yacía en la enfermería. Dos enterólogos examinaban su cuerpo desnudo.

—Ya no sirve para la cosecha —dijo uno.

—Si ya no es apto para eso, que desde mañana vaya a producción —concluyó tranquilamente el otro, mojó la pluma en tinta de carbono y escribió la recomendación para el reactor preplástico.


Milan Pešić, nacido en 1977 en Niš, Serbia, vive en Jelasnica tras residir dos años en Renania del Norte-Westfalia (Alemania). Novelas publicadas: Diario de un guerrero contra el coronavirus (drama) y Tanatofobia (realismo mágico). Tiene dos novelas inéditas: El reino de la serpiente de tierra y La mina (realismo mágico). Relatos publicados: “Clínica de la Selva Negra” y “Cosecha de polímeros”.

LA FILA

Simonetta Olivo

 

—Papá, ¿cuánto tiempo llevamos en la fila?

El hombre se ajusta el sombrero, con la mano firmemente apoyada en el volante.

—Once años, mi amor.

—¡Ni siquiera había nacido!

—Estabas en mi vientre cuando salimos. —La mamá gira y sonríe. Fotografía mentalmente el rostro; el cabello, ligeramente canoso y ondeando al viento, le cae sobre los ojos.

Una fila interminable de autos se extiende delante y detrás.

En verano, la fila siempre se hace más larga.

—Casi no nos queda gasolina, tenemos que encontrar una estación de servicio.

—¡Pero papá! ¡Tengo hambre!

—Come algo.

—Sabes que no me gusta que coma esa basura —dice la mamá—. En la última estación de servicio los dejé elegir ¡y solo les dieron basura! —La mujer apoya los pies en la alfombrilla y se ajusta la chaqueta con un gesto de fastidio. El hombre capta el gesto y se mete de lleno en el tema, buscando el alivio de una discusión conyugal.

—Mamá es una fanática de la vida sana los domingos… ¡y los demás días se toma dos cervezas en el asiento trasero!

El niño se ríe. Ella empieza a repetir la habitual ristra de insultos y recriminaciones, lanzando una acusación tras otra con lúcida agresividad. Él la sigue con gusto, respondiendo con todo lujo de detalles, mientras su hijo se duerme en el asiento trasero, reconfortado por el drama diario.

La vida familiar está marcada por una rígida sucesión de rutinas: todos paran al atardecer, primero en los puntos de aprovisionamiento de comida, higiene personal, trueque de cosas y habilidades antes de volver a partir, luego un largo viaje hasta la noche, con las ventanillas abiertas en verano y cerradas en invierno. Los domingos, todos paran, hacen un asado y se emborrachan. Los vecinos han sido los mismos durante años: dos coches delante, tres detrás: una pareja de ancianos pendencieros, una mujer con un hijo adolescente con malos hábitos de higiene, dos familias con un par de niños y perros cada una, ruidosas, a veces molestas, pero con parrillas de lujo. Algunas veces se avanza unos pocos metros por día, con el motor apagado, esperando ganar un poco de espacio. Alguien sale de la fila para buscar combustible o para ir a orinar: en la ilusión de un movimiento real, los motores vuelven a arrancar como un efecto dominó, uno tras otro, para ocupar los tres metros de delante. A veces avanzan más rápido, y el paisaje parece fluir y cambiar, para alivio momentáneo del conductor.

—¡Mira a ese idiota recorriendo el carril de sobrepaso! —El hombre golpea el volante con la mano, la mujer se asoma y mira con desprecio la cabina del conductor imprudente: desea intensamente que se detenga y perciba todo su odio, pero ellos nunca se vuelven, miran fijo hacia adelante, fingiendo normalidad mientras infringen la ley.

—¿Te acuerdas de hace tres años? Esa policía los detuvo a todos. ¡Qué placer superarlos! —La mujer vuelve a poner los pies en la alfombrilla, pero esta vez busca la aprobación de su marido, se arregla el pelo y lo mira con una sonrisa de odio, que él aprovecha para demostrarle su amor, soltando insultos dirigidos a los conductores indisciplinados.

—Somos gente honrada —concluye el hombre—, nunca nos hemos portado mal. —Mientras tanto, ambos se preguntan si esa familia deshonesta habrá llegado a algún sitio; no se imaginan adónde, exactamente.

El hijo se despierta, se frota los ojos.

—Mamá, papá, ¿dónde estamos? —pregunta confundido.

El hombre y la mujer se miran.

—Seguimos en la fila, cariño.

La noche cae lentamente sobre los vehículos, el sol se tiñe de rojo y desaparece en los retrovisores. El último rayo aún no se ha desvanecido cuando ocurre lo increíble.

La fila ha terminado.

Una llanura vacía se extiende ante ellos.

Cientos de personas permanecen inmóviles, sin un camino que seguir.

Madre, padre e hijo salen del coche y se sumergen en ese asombro.

Todos los motores están apagados. Se produce un silencio indescriptible, que el niño rompe.

—¡Mamá, corramos! —La toma de la mano y la arrastra, exultante. El hombre duda un instante, luego corre con ellos.

Al llegar a la oscuridad, aunque repleta de estrellas, se detienen.

Tienen miedo. Es como una zambullida que, en el último segundo, termina en un giro vertiginoso en lugar de un salto, y los devuelve al camino conocido.

—Volvamos al coche.

Con una rápida maniobra, se reincorporan a la fila, que ya se ha recreado, idéntica a sí misma, en dirección contraria.

 

(El último verano del mundo, Delos Digital, 2024)

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

EL BOSQUE

João Ventura

 

El bosque era muy antiguo. Los ancianos del pueblo decían que los abuelos de sus abuelos ya lo habían conocido en esa colina. También decían que muchos años atrás los brujos se reunían allí para celebrar sus rituales. Y los habitantes del pueblo evitaban acercarse al bosque, y mucho menos cruzarlo. Se decía en el pueblo que una vez un leñador había decidido ir allí a cortar leña, y según algunos no volvió nunca, según otros se había vuelto loco.

El "chico" no tenía nombre. Era huérfano. Su madre había muerto hacía años, y el vagabundo de ojos dorados que la había embarazado no se volvió a ver en el pueblo. Se alimentaba de lo que aparecía, de lo que le daban, o de lo que robaba si no le daban.

Al chico le gustaba el bosque. Se sentía bien en medio de los grandes árboles, a veces dormía en un espacio alfombrado con hojas secas, entre dos raíces gruesas, y era como si los árboles le hablaran en sueños. Sentía que en el bosque era bienvenido, a diferencia del pueblo donde, sin ser atacado, siempre era tratado como algo extraño.

Pasaron unos cuantos años. El chico prácticamente vivía en el bosque. Subía a las ramas más altas, iba de árbol en árbol, y ya no necesitaba soñar para escuchar al bosque; incluso despierto entendía los murmullos que lo recorrían.

Pero durante el último invierno se produjeron algunos cambios. Los árboles le dijeron que se irían pronto, pero el chico no entendió lo que eso significaba.

El año se había caracterizado por una actividad solar extrema, pero el chico no sabía nada al respecto. En la noche del solsticio, una magnífica aurora boreal llenó el cielo con luces de colores, y el chico subió a la cima del dosel para maravillarse con el espectáculo.

Fue entonces cuando empezó a oír el ruido, a sentir la vibración. Parecía que las raíces de los árboles se movían; bajó a las ramas inferiores, se agarró con fuerza y permaneció, medio asustado, esperando los acontecimientos.

Miró hacia arriba y lo que vio lo asombró. En las ramas superiores empezaron a aparecer burbujas que crecieron. Cada vez que una burbuja tocaba la burbuja vecina, se fusionaba con ella para formar una burbuja más grande. Este proceso continuó y en medio de la noche cada árbol tuvo un enorme globo rodeando la parte superior del dosel.

El ruido sordo en la zona de la raíz continuaba, pero el chico tuvo miedo de bajar a ver de qué se trataba y siguió sentado en la misma rama, mientras el cielo se aclaraba lentamente y la luna llena descendía hacia el horizonte.

Cuando los primeros rayos del sol naciente tocaron el bosque, iniciaron la última parte de la rutina de propagación que había estado incrustada en el material genético de esa especie durante muchos siglos. Los globos se expandieron aún más, las fuerzas impulsoras aumentaron y milímetro a milímetro, los árboles fueron tirados hacia arriba. Cuanto más sueltas del suelo se volvían las raíces, más rápido era el ascenso, y media hora después del amanecer todos los árboles flotaban en el aire, como un gigantesco escuadrón de dirigibles.

El conjunto comenzó a dispersarse lentamente. Cada árbol se movía dejándose llevar por el viento y corrigiendo la trayectoria mediante chorros de gas que salían de pequeños orificios en el tronco. Cuando las raíces –que además de órganos fijadores también eran sensores multibanda de extrema sensibilidad– detectaban abajo suelo apropiado, se proyectaba una lluvia de semillas a gran velocidad. Las semillas se introducían en el suelo y de inmediato se iniciando el proceso que haría aparecer un nuevo bosque en ese lugar.

El camino del árbol que llevaba al niño pasó casi directamente sobre el pueblo. Todos los habitantes habían dejado las casas y observaban al cielo, con miradas que combinaban incredulidad y miedo.

Sentado en una de las ramas, con sus manos sosteniendo firmemente otras dos, el niño reconoció a muchos de los aldeanos. Pero de una manera un tanto confusa, y mientras su árbol continuaba su trayectoria proyectando de vez en cuando semillas hacia el suelo, sentía que la aldea ya era el pasado; su futuro estaba en el camino de los árboles voladores.


João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

sábado, 30 de mayo de 2026

FATHER TIME

Giorgio Sangiorgi

 

Mi padre siempre fue un tipo alegre, con la cabeza en las nubes.

Cuando eres una niña eso es muy bonito. Tienes un padre siempre dispuesto a bromear y jugar contigo, casi un compañero de juegos. Pero después creces y comprendes que no todo lo que brilla es oro.

Aunque no podía entenderlas del todo, ciertas tensiones entre mis padres se hicieron evidentes para mí muy pronto; de hecho, solo cuando entré en la pubertad comprendí que estaban relacionadas con problemas económicos.

Cuando era pequeña adoraba entrar en el taller de mi padre. En realidad era un garaje, pero estaba atestado de extraños aparatos con monitores y lucecitas que eran una fiesta para mis ojos ávidos de magia. Sin embargo, aquel taller, a los ojos de mi madre, era al mismo tiempo la fuente de sustento de la familia y la causa de sus penurias.

En efecto, mi padre, aunque a menudo obtenía ingresos extra realizando excelentes reparaciones para amigos y conocidos de los alrededores, se dedicaba sobre todo a ser inventor.

Por desgracia, no era un inventor exitoso.

Sus ingresos, cuando teníamos suerte, apenas alcanzaban para cubrir los gastos corrientes, además de los enormes costos de mantener el taller y fabricar los prototipos de sus creaciones, indispensables también para presentarlas a posibles compradores.

Sin embargo, lo que él creaba difícilmente podía generar grandes ganancias. A menudo entrábamos en el terreno de lo extravagante.

Una de sus ideas más, digamos, “ingeniosas” fue un cesto para papeles diseñado como una verdadera canasta de baloncesto. Una empresa de objetos divertidos lo compró, pero tuvo poco éxito. Lanzar bolas de papel hasta allá arriba parecía divertido, pero los posibles compradores sabían perfectamente que sus probabilidades de encestar eran escasas. Además, para vaciar el cesto hacía falta una escalera.

Un fracaso.

Más tarde intentó vender a los balnearios una especie de cabina que rociaba al bañista con crema solar de manera uniforme. Tampoco tuvo éxito, porque resultaba demasiado costosa en comparación con las ganancias potenciales para el propietario.

Describir el medidor para dedos es realmente difícil. Para indicarle a alguien el tamaño de un objeto pequeño, decimos: “No sé, tendrá este grosor”, y mostramos el pulgar y el índice arqueados marcando una distancia. Bien, si en esos dos dedos colocamos dedales equipados con medidores láser, obtendríamos una medida precisa, al centésimo de milímetro, de aquella medición aproximada.

¿Para qué podía servir un aparato semejante? Nadie lo entendió.

Y qué decir de la bicicleta para pedalear sobre los ríos, de la pasta dental con sabor a whisky, de los tapones para convertir bolígrafos en cubiertos útiles para un refrigerio rápido, del cortador láser de pizza, del aislador de oficina, una especie de campana para colocarse sobre la cabeza y poder concentrarse en oficinas abiertas.

De todos modos, no todo le iba tan mal. Por ejemplo, tuvo mucho éxito una pequeña sartén que servía para hacer huevos duros con forma de cubo. Pero, en conjunto, los ingresos familiares eran escasos, siempre al borde del colapso.

No es que no hubiera intentado otros caminos, pero debido a su naturaleza particular no solo le resultaba muy difícil encontrar trabajo, sino que le era completamente imposible conservarlo durante mucho tiempo. Sus empleadores, aun admitiendo que era hábil y competente, pronto lo consideraban poco confiable y terminaban despidiéndolo.

Resultado: nunca unas vacaciones, rara vez ropa nueva. Yo misma tuve que renunciar a ir a la universidad porque los costos eran imposibles para nosotros.

Así terminé compartiendo la decepción de mi madre hacia aquel hombre jovial. El rechazo de su propia familia acabó pesándole y lo volvió cada vez más triste y deprimido.

Espero sinceramente que eso no fuera lo que lo enfermó, de una enfermedad que se lo llevó demasiado pronto. Sin embargo, fue precisamente entonces cuando hizo algo que nos permitió cambiar nuestras vidas para mejor, en vez de acabar bajo un puente como cualquiera habría imaginado.

Algunos días después del funeral, mientras examinaba su viejo taller para decidir qué hacer con todas aquellas herramientas –pensaba que algunas podrían revenderse–, hice un descubrimiento. Bien visible sobre un tablero que utilizaba para anotar ideas, había una hoja con una gran inscripción en rojo: ¡Revísalo!

Sujetado a aquella nota había un billete de lotería.

En aquel momento mi madre y yo estábamos desesperadas. Los escasos ahorros familiares se agotarían pronto y ninguna de las dos –yo tenía poco más de quince años– tenía idea de cómo encontrar trabajo de inmediato. Ningún pariente podía ayudarnos.

Le di el billete a mi madre y ambas fuimos, rezando, a la agencia de lotería.

Inesperadamente, el billete, comprado hacía poco, tenía un gran premio. Lo suficiente para mantenernos seguras durante muchos años. Muy resentida, mi madre pegó el resguardo que había quedado del billete a una foto de papá que puso en la sala. Sobre aquel resguardo escribió con marcador: “Lo único bueno”.

Con el tiempo, salí adelante, encontré trabajo, me casé y fui, en términos generales, feliz.

Pero la sensación de haber tenido por padre a un hombre fracasado e inútil nunca me abandonó, también porque era un sentimiento que al final me hacía sentir culpable hacia él. Y ese también era un regalo suyo que yo no quería.

Pero todo eso estaba destinado, increíblemente, a cambiar.

Muchos años después de la muerte de mi padre, recorría una solitaria carretera estatal al volante de mi automóvil. La noche anterior había llovido mucho y el asfalto seguía mojado y resbaladizo. En una curva perdí el control y me salí del camino.

Creo que perdí el conocimiento por unos instantes. Cuando me recuperé, advertí con terror que seguía en mi asiento mientras el capó del auto se incendiaba. Me desabroché el cinturón de seguridad, que seguramente me había salvado la vida, y me abalancé sobre la puerta para escapar del fuego, si no de una explosión. Con horror vi que la puerta estaba completamente atascada. Probé con la del pasajero, pero tampoco se abría. Miré hacia atrás: la parte trasera del automóvil estaba medio aplastada, las puertas de atrás inutilizadas.

Mi destino parecía sellado cuando escuché a mi lado un sonido terrible. Alguien había introducido una palanca en la puerta y la había abierto. Dos brazos fuertes me arrastraron afuera y siguieron tirando de mí hasta que estuvimos lejos del vehículo.

La explosión que había temido ocurrió y mi salvador se arrojó sobre mí para protegerme aún más. Finalmente cayó al suelo y permanecimos unos instantes observando aquel incendio, jadeando y aturdidos.

Aunque estaba conmocionada, sentí la necesidad inmediata de agradecer a aquel benefactor y me volví hacia él: era mi padre.

—¡Papá! —grité fuera de mí—. ¿Pero cómo? ¿Qué…?

—No hay tiempo, espera… —dijo, y sacó un teléfono móvil con el que llamó a emergencias.

Durante algunos eternos minutos volvió a abrazarme.

—Escúchame, amor mío —dijo—, no tenemos mucho tiempo antes de que lleguen los servicios de emergencia. Sé que para ti estoy muerto. Pero lo que ves es a mí mismo algunos años atrás. Debes saber que al final inventé algo que realmente valió la pena: una máquina del tiempo.

Teniéndolo a mi lado, no podía hacer otra cosa que creerle. Pero entonces comprendí que yo no había entendido nada.

—Perdóname, perdóname, papá —dije llorando, probablemente también por los demasiados shocks de los últimos minutos.

Él me comprendió enseguida.

—Sé que tú y mamá siempre pensaron que yo era un perdedor —explicó acariciándome—. Sin embargo, solo tenían razón en parte… Verás, incluso este invento extraordinario mío es un fracaso parcial. Sin entrar en detalles inútiles, el proceso que ideé no solo no puede ser repetido por otros, sino que me permite realizar muy pocos viajes en el tiempo antes de volverse inutilizable.

—Entonces ¿no volveré a verte? —pregunté todavía conmocionada.

—Tal vez, una vez más, dentro de mucho tiempo… Debo pensar bien mis movimientos para que este descubrimiento sirva al menos para algo útil para ti y para mamá.

—¡La lotería! —exclamé—. Lo planeaste…

—Sí. Cuando comprendí que moriría pronto, viajé al futuro para poder dejarles al menos ese premio poco antes de morir.

Se oyó el sonido de unas sirenas.

—Ya vienen… —dije.

—Es cierto —respondió él—. Pero ahora estás a salvo.

—Me salvaste la vida —observé, comprendiéndolo de pronto.

—Sí. Deberías haber muerto aquí, pero ahora debo remontar el curso del tiempo y descubrir cómo siguen las cosas. Debo entender si todavía me necesitas.

Me besó en la frente y, cuando abrí los ojos, ya no estaba, mientras una ambulancia y un vehículo de la policía de carreteras se detenían un poco más allá.

Desde aquel momento estuve más en paz conmigo misma. Él había regresado desde el pasado, e incluso desde el más allá, para salvarme la vida; ¿qué hija podía decir lo mismo de su padre?

Y además ese no fue su único legado.

Había heredado un poco de su creatividad, aunque no supe aprovecharla hasta que recuperé la confianza en él. Así, con la ayuda de un técnico amigo mío, inventé un accesorio doméstico que patenté y vendí a una empresa conocida. Pedí regalías y eso me aseguró una renta casi constante que más tarde me permitió, entre otras cosas, inscribir a mis dos hijas en la universidad, dándoles lo que mi padre no pudo darme a mí.

Y luego, reflexionando atentamente sobre todo lo que había sucedido en mi vida, comprendí también otra cosa. Sabía cómo gastaría mi padre su último viaje en el tiempo. Sabía en qué circunstancia volvería a verlo.

Por eso, al contrario de todos los demás, yo soy la única persona de este planeta que puede decir con casi absoluta certeza que, cuando llegue la hora de su muerte, no estará sola.


Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

TEMPOMANTE VS. TEMPOMANTE

Gretchen Kerr Anderson

 



El tiempo es relativo.
Albert Einstein

 

Tempus, sis retrocedere! — pronuncié el hechizo cuántico, mientras agitaba los dedos con parsimonia.

Las manecillas del reloj apenas retrocedieron dos segundos en su inexorable marcha. Pero para mí fue un logro. En un mundo donde la puntualidad es un cliché, hacer que el tiempo volviera sobre sí mismo, aunque fuera un par de segundos, era como haber ganado la lotería.

A lo largo de los meses siguientes, con la práctica, mis habilidades como tempomante fueron mejorando. No me costó mucho darme cuenta de que, en un país como el mío, donde el tiempo se enredaba más que el hilo de un ovillo, cualquier pequeño avance era digno de celebración.

Aunque tampoco era para tanto. No pretendía que se trataran mis incursiones de manipulación temporal como las hazañas de una Einstein cubana. Mis experimentos con el segundero del reloj eran más bien algo así como un juego.

A través de la ventana que daba a la calle, me mantenía atenta para constatar los efectos que mi manipulación del tiempo tenía sobre los que pasaban cerca de la casa.

—Tempus, in viam retrocede! — repetía como un mantra, y la magia comenzaba.

La vecina, esa que siempre venía a pedirme un poquito de azúcar para colar café, un ajicito para darle sazón al potaje, o un poquito de sal… ya saben, se detenía de repente. Su mano, que iba a alcanzar el timbre, quedaba congelada en el aire como si estuviera en un cuadro de Dalí.

Sin embargo, la verdadera explosión de hilaridad llegaba con el vendedor del bocadito de helado, que todos los días a la misma hora, hacía acto de presencia en el vecindario. ¡Ah, el sala´o pregonero con su voz de gallo desafinado, que parecía usar la misma cajita de melodías desde el año del triunfo de la Revolución!

 Él pasaba entonando su cantaleta: “¡Eeel bocaditooo de heladooo!”. Pero, gracias a mi hechizo, su canto se volvía un eco en cámara lenta. Y con cada repetir de su molesta arenga, las manecillas del tiempo se atrasaban dos segundos en burlesca contestación.

La anciana de la esquina, la que siempre se quejaba de los altos precios del pan en el mercado no estatal, comenzaba a contar que “en mis tiempos…” y como ya me imaginaba lo que venía luego, decidía retroceder el reloj una vez más. La gente, atrapada en un bucle, parecía estar en una obra de teatro absurda.

Mientras esto sucedía, me daba cuenta de que, en el fondo, no era la magia la que realmente creaba estas escenas. Había verdaderos tempomantes en la vida cotidiana: esos que lograban atrasar el tiempo cada vez que estabas en una cola interminable para hacer una gestión en cualquier oficina pública. Esos magos que, con el simple hecho de estar en el último lugar de la fila, hacían que el tiempo destinado a tu gestión se estirara como un chicle.

Por eso, un buen día, después de haber perfeccionado mis habilidades, decidí retar a duelo a la Tempomante Mayor: la señora de la oficina de trámites. Esa mujer, a lo Gandalf, tenía un poder que trascendía lo terrenal, capaz de hacer que los minutos se convirtieran en años mientras buscaba el “formulario 247” que, por supuesto, no existía en ninguna parte.

El duelo se programó para el lunes, a las diez de la mañana, en el centro de la plaza. “Tempomante contra Tempomante”, rezaba el cartel. La gente comenzó a especular sobre el enfrentamiento, y hasta se hicieron algunas apuestas. De un lado estaban los funcionarios, quienes apoyaban a la Tempomante Mayor, y por el otro, las personas que llevaban tiempo tratando de realizar alguna gestión sin éxito, quienes tenían su fe depositada en mi victoria.

 Un vendedor de churros aprovechó la aglomeración para sacarle partida a su negocio, idea que motivó a otros, y de improviso, aquello se convirtió en una feria de vendedores ambulantes, con y sin licencia. Alguien llevó una bocina bluetooth y la estridencia de la música urbana inundó el ambiente.

Mientras tanto, yo me preparaba, convencida de que mis días de atraso temporal en las oficinas de trámites, más todo mi entrenamiento extra, me habían preparado para esta batalla.

Era la oportunidad perfecta de probar mis habilidades contra la legendaria experta y convencerla de que yo podía retroceder incluso más allá de ese tiempo en que nadie conseguía hacer un simple trámite.

La plaza se llenó de curiosos. La señora llegó con su marchita acompasada de sexagenaria, su cabello recogido en un moño que desafiaba la gravedad y sus lentes de fondo de botella. Nos miramos fijamente, listas para un enfrentamiento épico. La funcionaria me dedicó una sonrisita que vaticinaba problemas.

Y así empezamos.

—Tempus, in viam retrocede! — grité, moviendo mis dedos en el ensayado patrón que bien conocía, en espera de que el tiempo obedeciera mi mandato. Pensaba dejarla ahí mismo, detenida en un bucle retroactivo, y marcharme. Para que aprendiera a respetar el tiempo ajeno, que como bien dice el refrán, es oro.

Pero ella, con un movimiento de su mano, que deslizó hacia el interior de un enorme portafolios negro que llevaba consigo, extrajo unos papeles e hizo que el reloj en la torre de la plaza se detuviera por completo.

“¡Ay, no! ¿Así de fácil?”, pensé, mientras veía a las personas congeladas en diferentes posturas: aquel niño con la bola de helado a punto de caer del barquillo, la anciana con la queja del dolor del reuma truncada en los labios, el pregonero con la boca abierta para entonar su cantaleta, el perro con la mitad de la cabeza sumergida en el bote de basura, una paloma con las alas extendidas petrificada en medio del aire…

Pronto me di cuenta de que la Tempomante Mayor era una maestra en su oficio; había desatado un vórtice que no solo detenía el tiempo, sino que lo convertía en un laberinto. Cada hechizo cuántico que lanzaba era respondido con más formularios e improvisaciones. Mientras yo intentaba atrasar los segundos, ella sacaba de su bolso documentos que parecían multiplicarse, paralizando el tiempo en horas, días, semanas, o incluso, en el peor de los casos, años enteros.

Y ahí estaba yo, atrapada en la red de sus papeleos, cuños y firmas, mientras el tiempo se paralizaba como si nunca hubiera existido. Finalmente, con un suspiro de derrota, me acerqué a la Tempomante Mayor, maravillada por su poder.

¿Qué terrible hechizo de atraso es ese que usaste para ganar? —le pregunté, esperando una respuesta que resonara con la sabiduría de una gran hechicera.

Ella en cambio me miró con una sonrisa pícara y, mientras guardaba de nuevo sus implementos de oficinista, respondió:

Burocracia…


Gretchen Kerr Anderson nació en Mayarí, Holguín, Cuba en 1998. Es narradora, poeta y editora. Miembro de la AHS. Licenciada en Lenguas Extranjeras por la Uho Universidad de Holguín. Máster en Didáctica de las Lenguas Extranjeras por la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona de La Habana. Editora de la revista El Babujal. Especialista de Literatura, crítica e investigación en la Asociación Hermanos Saíz de La Habana. Actualmente cursa el Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Entre otras distinciones fue la ganadora del certamen de publicación de la revista digital Novum de la UBIK-USB Universidad de Bolivia con el relato “La Hechicera” (2020); mención de honor en el Concurso de Minicuentos de Cubaliteraria con la obra “El arcoíris”(2024); tercer premio en el concurso nacional de literatura erótica Farraluque 2024; mención en el concurso nacional de narrativa Ernest Hemingway con el cuento "El enjambre" (2025); mención en el concurso nacional de Ciencia Ficción y Fantasía Oscar Hurtado con el cuento "Arena Virtual"; finalista en el IX Certamen Internacional de poesía erótica de la editorial española Diversidad Literaria (2025). Ha publicado el poemario Enajenación (2018) y cuentos en antologías y revistas.

LAS PALOMAS DE OFELIA

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Julián vio a la anciana fue porque una de las palomas le picoteó el zapato.

No era una paloma normal, claro. Tenía el pecho de metal, los ojos con luz amarillenta y ese ruido interno… ese tic-tic eléctrico que hacían todas desde hacía años. Pero igual el reflejo fue el mismo: bajó la vista puteando, pensando que el bicho le había cagado el cuero.

La plaza estaba vacía por la lluvia. No una lluvia fuerte. Esa típica llovizna tucumana de marzo que parece salida de una canilla mal cerrada y te termina empapando igual. Los árboles chorreaban sobre los baldosones negros. La fuente hacía un ruido pesado, como un Slllooo-shhh... Desde la Catedral llegaba olor a humedad vieja y velas apagadas.

Y ahí estaba ella. Sentada en el banco de siempre, alimentando a esas cosas.

Al principio Julián pensó que les daba pan. Todos los viejos alimentan algo: perros, gatos, recuerdos. Pero cuando pasó cerca vio otra cosa caer desde la mano arrugada de la mujer.

Esquirlas de metal, tornillitos y pedazos de cobre. Les tiraba esas migajas con la paciencia de quien desarma un reloj viejo. Las palomas se desesperaban por comerlos. Era una imagen ridícula, medio triste también. La vieja sonreía apenas mientras los bichos esos se le amontonaban alrededor de los zapatos mojados. Parecía conocerlas. A una incluso le acarició la cabeza con cuidado, igual que si estuviera viva.

Julián siguió caminando.

Pero al día siguiente volvió a verla. Y al otro también. Terminó convirtiéndose en parte de la rutina. Salía del subsuelo donde reparaba esas porquerías que le enchufaban sueños a la gente –un laburo de mierda, pero estable; pagaba el alquiler–, cruzaba la plaza fumándose el último cigarrito del día y ahí estaba la señora, siempre en el mismo banco, puntual como novela de la tarde.

Siempre llovía un poco alrededor de ella. Julián recién cayó en eso una semana después. Era raro.

Una tarde se animó a hablarle.

—Se van a oxidar así.

La anciana levantó la vista despacio.

Tenía la cara llena de pliegues finitos, de esos que deja el tiempo cuando se ensaña con alguien. Lo miró unos segundos antes de responder.

—Ya vienen oxidadas. —Y siguió alimentándolas. Julián soltó una risa corta.

No sabía si la mujer estaba loca o simplemente senil. Después pensó que capaz había llegado a esa edad en la que uno deja de darle explicaciones al mundo. En Tucumán a veces es difícil distinguir una cosa de la otra.

Después empezó a sentarse cerca.

No hablaban demasiado. Mejor así. Hay gente que te deja cansado apenas abre la boca; ella no. Con ella el silencio tenía algo cómodo. Miraban la plaza, la llovizna, los ómnibus pasando con las luces reflejadas en el asfalto mojado.

La mujer se llamaba Ofelia. Las palomas también tenían nombre.

—Esa de allá es Mercedes —decía—. Siempre duerme en la estatua de Alberdi.

O:

—La petisa perdió un ala el verano pasado.

Hablaba de esos bichos igual que otra gente habla de perros callejeros o de sobrinos lejanos.

Julián le seguía la corriente porque sí. Porque últimamente no tenía demasiadas razones para volver rápido a su departamento vacío de Barrio Sur. Desde que Clara se fue, el lugar había quedado raro. Como una heladera desenchufada. Ni frío daba ya.

Una noche la lluvia cayó más fuerte que de costumbre y la plaza quedó casi desierta. Ahí fue cuando Julián vio algo que le revolvió el estómago.

Una de las palomas abrió apenas el ala para sacudirse el agua. Debajo del metal había carne. No mucha. Pero había. Algo rosado. Húmedo. Vivo.

Julián sintió un rechazo instantáneo, de esos que te suben solos desde la panza.

—¿Qué mierda es eso?

Ofelia tardó unos segundos en contestar.

—Lo mismo que vos y yo. Un poco de máquina… un poco de otra cosa. —Después dijo algo más bajito—. Aunque ellas sufren menos.

Esa noche Julián soñó con pájaros abiertos sobre una mesa de metal.

Se despertó a las cuatro de la mañana, empapado en transpiración, con el ventilador temblando en el techo y haciendo ese ruido triste de helicóptero viejo que tienen todos los ventiladores baratos. Fue hasta la cocina descalzo, tomó agua directo de la canilla y se quedó un rato quieto, tratando de sacarse el sueño de encima.

Entonces miró por la ventana. Había tres palomas metálicas apoyadas sobre la cornisa del edificio de enfrente. Quietas. Demasiado quietas. Las tres mirando hacia su ventana.

Le dio un escalofrío idiota. Cerró la cortina de golpe y enseguida se sintió un pelotudo por asustarse de unos drones municipales con plumas de chapa.

Pero no volvió a dormir.

La ciudad venía rara desde hacía meses. Los semáforos se apagaban solos. Los ascensores quedaban frenados entre pisos y a veces se escuchaba gente golpeando desde adentro durante minutos enteros. En calle San Martín, una pantalla publicitaria pasó tres días clavada en la misma frase incompleta: “NO NOS…” Después nada. Ni una letra más. Como si la máquina hubiera olvidado qué quería decir.

Nadie se sorprendía demasiado. Tucumán siempre tuvo talento para acostumbrarse a las ruinas. Primero uno se acostumbra al calor, después a los cortes de luz y finalmente a las cosas que no deberían existir. Una tarde Ofelia no apareció. Las palomas sí. Había muchísimas. Demasiadas. Todas alrededor del banco vacío.

Julián se quedó parado bajo la llovizna sintiendo una angustia rara, difícil de justificar. La plaza parecía haberse quedado congelada en medio de una escena que nadie terminó de filmar. Las palomas ni se movían. Esperaban.

No sabía por qué hizo lo que hizo después. Culpa, curiosidad, aburrimiento… qué sé yo. Terminó buscando la dirección de Ofelia en un registro viejo de ciudadanía. Vivía cerca del Parque 9 de Julio.

La casa era antigua, húmeda, de esas que ya deberían haberse caído pero que siguen ahí, tercas, sobreviviendo por costumbre. Tenía las persianas bajas y glicinas trepadas hasta el techo. Golpeó varias veces. Nada. Pero adentro se escuchaba el zumbido. Ese ruidito eléctrico que tienen los aparatos cuando uno cree que están apagados y no lo están.

Empujó la puerta y se abrió. Y ahí vio por qué las palomas nunca se alejaban de ella. La casa estaba llena. No diez ni veinte, eran cientos. Dormían sobre las lámparas, en los respaldos de las sillas, colgadas de los marcos de las puertas. Algunas tenían partes abiertas. Otras dejaban ver mecanismos mezclados con algo orgánico, pedazos de algo vivo que Julián prefirió no mirar demasiado.

Había fotos por todas partes. Ofelia más joven. Una chica morocha sonriendo. Laboratorios. Planos.

Y de golpe varias cosas empezaron a encajarle solas en la cabeza, como esas boludeces que uno entiende tarde y encima preferiría no entender.

Los rumores sobre los animales sintéticos. El proyecto biomimético. Las historias de tejidos humanos usados para mejorar las respuestas emocionales de las máquinas urbanas. Mitos de ciudad cansada. De esas cosas que la gente comenta en voz baja cuando se corta la luz.

Hasta que vio una foto donde la chica aparecía conectada a una estructura llena de cables. Atrás, escrito a mano:

“Lucía — primera transferencia estable”.

Julián sintió ese vacío raro y seco que aparece un segundo antes del miedo.

—No querían reemplazar pájaros —dijo la voz de Ofelia desde el pasillo—. Querían que la ciudad no se sintiera tan sola.

Ella estaba parada en la oscuridad, empapada por la lluvia. Parecía diminuta.
Gastada. Más vieja que antes.

—¿Qué hicieron? —Ofelia miró alrededor. A las palomas. Después a la foto de la chica.

—Mi hija trabajaba ahí. Cuando murió… usaron parte de ella para el sistema neuronal.

Lo dijo así nomás. Sin drama. Casi cansada. Como quien comenta que va a llover otra vez. Y eso fue peor. Julián no supo qué responder. Porque de golpe todo empezaba a cerrar: la forma en que las aves la seguían, cómo parecían reconocerla, esa tristeza rara que transmitían incluso quietas. No estaban programadas para obedecer. Las habían armado para sentir la falta de alguien. Estaban hechas para extrañar.

Afuera empezó a llover más fuerte.

Las gotas golpeaban las chapas del patio con ese ruido seco de taller viejo. Entonces pasó algo. Todas las palomas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Julián. El ruido que salió de ellas no parecía mecánico. Ni siquiera parecía un ruido hecho por pájaros. Sonaba roto… desafinado, como un coro tratando de acordarse de una canción después de muchos años.

Ofelia cerró los ojos.

—¿Sabés qué pasa cuando una ciudad se queda sin memoria?

Julián tragó saliva. No contestó. —La vieja acarició una de las aves que tenía sobre el hombro, despacio, como quien calma un perro asustado—. Empieza a inventarse fantasmas.

Y durante un segundo, apenas uno, Julián tuvo la sensación espantosa de que las palomas lo estaban mirando con pena. Como si supieran algo sobre él. Sobre Clara. Sobre las noches vacías en su departamento. Sobre esa tristeza muda que llevaba encima desde hacía años. Después una de ellas se acercó dando pequeños pasos metálicos. Y apoyó en su pie un tornillo diminuto. Como una ofrenda. O un recuerdo.

Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

COSECHA DE POLÍMEROS