viernes, 17 de abril de 2026

TERCERA EXPEDICIÓN A ILIROS IV

Santiago Oviedo

 

La cosa nos seguía manteniendo a la misma distancia que al principio. No se podía distinguir qué era, pero daba miedo. El Johnny había gritado que era como una araña gigantesca, pero ese cretino se daba con cualquier cosa y uno ya no le creía, con sólo acordarse del “bolonqui” que había hecho en la nave cuando consiguió aquella inmundicia de Béstor VI.

El Tano, mientras tanto, decía que aquello parecía una tormenta de polvo y estaba más pálido que los hielos de Nyara.

Lo único cierto era que eso era algo, pero no se podía adivinar qué. En este planeta de porquería la luz de su sol no puede atravesar las gruesas capas de nubes eternas y el viento

que sopla sobre la superficie levanta una espesa cortina de fina arena que entorpece la visión.

Éramos la tercera expedición a Iliros IV y quizá estábamos a punto de descubrir qué había ocurrido con las dos anteriores. Cuatro de nosotros –Howes, Di Lorenzo, Lindemann y yo– habíamos descendido en el Fisgón, mientras Mamá Gansa orbitaba más allá de la capa de nubes.

Nos encontramos, entonces, sobre la superficie de un planeta árido y ventoso, profundamente erosionado –como los desiertos terrestres de Arizona, el Mar Muerto o Talampaya, ampliados a proporciones planetarias–, con un laberinto de farallones y cañadones, resabio de las edades acuáticas de aquel mundo, un mundo muerto hacía milenios.

Dejamos a Lindemann al cuidado del módulo de exploración y los otros tres comenzamos a recorrer la región en busca de evidencia de las anteriores misiones. La única manera posible de reconocimiento era aquélla: a pie y con poderosas linternas; desde el aire no se podía ver nada y algo que contenía la arena interfería en los sensores.

Fue poco después de que perdimos de vista al Fisgón que divisamos aquella cosa. Antes de que pudiésemos reaccionar ya se había interpuesto entre la nave y nosotros y conjuntamente perdimos la comunicación con ella y con Mamá Gansa.

Vimos aquel manchón borroso que se nos acercaba y no pudimos hacer otra cosa que echarnos a correr, intentando distanciarnos de eso, alejándonos de la cápsula.

No sabíamos qué podía ser, pero causaba miedo. En la fuga acabamos por separarnos entre las formaciones erosionadas, enfundados en nuestros cascarones de plástico y metal, corriendo y saltando en una gravedad menor a la que estábamos acostumbrados. Y de repente me encontré solo.

Me volví y no distinguí si aquello aún me seguía. La estrella del sistema se debía de haber ocultado más allá de las nubes, bajo el horizonte, porque las sombras se hicieron más densas. Seguía sin tener respuestas desde el módulo y tampoco recibía nada de mis compañeros, y no supe bien qué hacer. Me di cuenta de que me sentía cansado y, sin tener plena conciencia de mis actos, me acurruqué junto a una roca y me dormí, o –mejor dicho– me sumí en una abandonada somnolencia.

En aquella duermevela no pude dejar de preguntarme qué hacía yo, un porteño, en aquel lugar. Luego de la decadencia de la Confederación Terrestre –frente al proteccionismo de la mayor parte de las culturas alienígenas–, la conquista del espacio profundo se había vuelto imposible para las grandes potencias enfrentadas en la Tierra; tenían que elegir entre abandonarla o trabajar juntos.

No lo hicieron. En vez de eso, volvieran a viejos sistemas: atrajeron a sus cuadrantes satélites y los desangraron aún más, con tal de poder costear sus proyectos. A cambio de eso, astronautas de aquellas regiones podían participar en las distintas misiones.

La Argentina –Sudameria-Argenta– era un país dominado; las pocas veces que había intentado emanciparse, la habían aplastado.

A mediados del siglo veinte, un gobernante había dicho: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Se equivocó. En el año 2000 –y en el 2398– estábamos unidos y dominados; dominados como siempre nos habían tenido y unidos porque habíamos perdido más de la mitad de nuestro territorio. A decir verdad, estábamos algo más que unidos; estábamos bastante apretados.

La cúpula gobernante, mientras tanto, seguía servil con los dominadores. Había abandonado la hiperpoblada Buenos Aires y sus tradicionales Belgrano y Barrio Norte –que ahora eran los nuevas barrios bajos– y se había asentado en las periferia de la Ciudad Vieja, allí donde se había construido el antiguo Cinturón Ecológico, con sus cercas de seguridad y su policía privada. Y de su descendencia salían los que merecían el “honor” de explorar el espacio. De allí y de los eternos chantas.

Yo había surgido de este último grupo. No tenía la menor idea de qué era lo que propulsaba a las naves o de cómo se calculaba una ruta; me limitaba apretar los botones correspondientes y las computadoras hacían todo el trabajo. Lo único que me había interesado de este trabajo era la posibilidad de entrar en la ruta comercial Sol-Alfa de Cuervo y poder vestir el uniforme de Viajero, porque el astropuerto de Rávena ofrecía muchas emociones y me permitía el “levante” de alguna nativa que me bancara durante las licencias. Otros puertos eran más difíciles y no se dejaban de escuchar historias acerca de cómo quedaron los humanos que intentaron acoplarse con ciertas criaturas bien extrañas.

Pero luego vino aquel malentendido, esa injusta acusación sobre contrabando, y me trasladaron el Cuerpo de Exploración. Y así llegué a Iliros IV: con el ominoso precedente de dos misiones abortadas sin ninguna explicación –lo que obligó a preparar una costosa nave Delta: unidad de crucero y módulo de reconocimiento–, con el descubrimiento de una cosa que revolvía lo más profundo de mis temores, y con la certeza de una noche en

soledad.

Al día siguiente –o, por lo menos, así me pareció– intenté retornar hacia el módulo de desembarco. En el camino –monótono en sus tonos de gris– me topé con un par de sorpresas desagradables: los cadáveres de Howes y de Di Lorenzo.

Se hallaban bastante distanciados y en condiciones totalmente diferentes. Di Lorenzo estaba recostado contra una duna, semienterrado hasta la cintura, con su traje completamente destrozado, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta en un grito eterno, acallado por toda la arena que le rellenaba la garganta, la nariz y los oídos; Howes estaba caído de bruces, exangüe y envuelto en una especie de tela de araña.

No pude dejar de estremecerme y apuré mis pasos. Tuve que dejarlos donde estaban; no tenía forma de llevarlos conmigo ni de enterrarlos dignamente. Mis pensamientos eran un hervidero de ideas descabelladas y cada sombra era un peligro desconocido. No sentía un temor que pudiera llegar a ser pánico, pero me preocupaba el no poder hallar una respuesta.

Finalmente, pude distinguir la silueta del Fisgón. Una exclamación entrecortada se transformó en eco dentro de mi casco. Desde donde estaba, me pareció ver a Lindemann

en el interior de la nave, forcejeando con algo gelatinoso y cambiante como una masa de serpientes. Al mismo tiempo, vi cómo aquella cosa que me había perseguido el día anterior se precipitaba hacia mí desde un flanco.

Ya era tarde para escapar; ya era tarde para cualquier cosa. Aquello era un torbellino de sombras que me envolvía y se fundía con mi ser; una negrura como la noche más oscura: asfixiante, informe. Aterradora. Y en medio de esa vorágine de sensaciones imposibles creí acceder a unos monstruosos conocimientos del Universo, a unos planos de conciencia inhumanos, comprensibles sólo parcialmente.

Vislumbré abismos de tiempo de magnitud abrumadora, anteriores y posteriores al Origen, y vi el centro del Todo tal como sólo unos pocos pueden llegar a imaginarlo. Una voz, una vibración, pulsaba en las células de mi cerebro con un ritmo totalmente desconocido, pero, que transmitía unos conceptos que comenzaron a generar nuevas imágenes en mi mente.

Y esas imágenes me hablaban. Y yo las comprendía.

—Este lugar no es para tu especie; está más allá de sus posibilidades. Somos la conciencia, el alma de una civilización que floreció cuando este planeta era fértil y crecía; nosotros también crecimos y logramos la fusión de nuestros espíritus y ya no importó lo

que ocurriera con este mundo. Porque estamos con él; somos él. Por eso es imposible que ustedes se mezclen con nosotros, que pisen este suelo. Sus mentes primitivas se desquician el entrar en contacto con nuestros pensamientos, con nuestra esencia, y liberan –materializan– los monstruos y los miedos que ocultan en lo más recóndito de sus conciencias. Y uno de sus mayores temores es el de la muerte. Pero tú no le temes. Aprovecha entonces e informa a los tuyos que este mundo les está vedado. Ve, diles y no vuelvas. Te compadecemos.

No supe nada más hasta que recuperé el conocimiento. El paisaje era gris y desolado; la única nota de color la daba la nave, que resplandecía como una langosta metálica lista para levantar vuelo. En su interior estaba caído el Alemán, cubierto por picaduras de serpientes. Pero yo sabía que en ese planeta no existían tales alimañas.

Recordaba un sueño pavoroso en el que una entidad no humana me perdonaba la vida, confiándome una tarea de mensajero. En mi interior temía que se tratara de algo más que de un sueño. Me comuniqué con el comandante en Mamá Gansa y le conté lo sucedido; cuando me pidió más explicaciones le dije fastidiado que luego le presentaría el informe. Yo tampoco llegaba a comprender todo. Quizá no entendía nada.

Encendí los motores del Fisgón y esperé a que la computadora de a bordo programara una ruta de encuentro con Mamá. Me senté en mi butaca, aguardando el momento del despegue, y una oleada de verdadero espanto se apoderó de mí cuando finalmente todo se me hizo claro.

No había merecido ningún tipo de perdón; aquello no había sido una demostración de piedad, sino la broma más macabra que pudiera llegar a imaginarse, la más evidente demostración de la incompatibilidad entre dos especies, un tormento comparable al de un gigante que se divierte arrancándole las alas a un mosquito: una vez más me veía arrojado a la vida.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

LA SOCIEDAD DE LA ARENA ETERNA

Rik De Lavaletta

 

La arena yacía bañada en el intenso resplandor de las antorchas. La arena era áspera, polvorienta y seca. Las gradas estaban llenas de espectadores con túnicas y togas, todos con los rostros ocultos tras máscaras de antiguos emperadores romanos. Algunos sostenían uvas, otros aplaudían con entusiasmo mientras esclavos transportaban bandejas con vino y trozos de carne. Las risas, el bullicio, el olor a fuego y a frutas dulces… Esto no era un set de filmación. Esto no era un espectáculo. Era un juego espectacular, una recreación de la antigua Roma en todo su esplendor.

Daan se encontraba junto a los demás, frente a la gran puerta de madera. Era un hombre solo, soltero, recientemente despedido. Durante mucho tiempo, su vida había sido una rutina, una sucesión de noches solitarias y días sin rumbo. Cuando recibió la misteriosa invitación para esta exclusiva recreación romana, no dudó ni un instante. Quería escapar de la monotonía, vivir una aventura, pertenecer a algo por una vez. El folleto, la invitación… sería el espectáculo del año. Por fin ocurriría algo en su insípida existencia.

La tensión era intensa. La puerta se abrió de golpe. Daan dio un paso al frente. Sus sandalias rasparon el polvo del suelo. Sintió las miradas penetrantes del público, sus máscaras inexpresivas, sus ojos brillantes de expectación. Nervioso, aferró la espada de plástico, casi real, que colgaba a su lado. Se sentía ligera. Por fin desempeñaba un papel protagónico. No en la vida real, pero esto era casi igual de bueno. Sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo. Su vida gris era interrumpida por un juego fantástico.

Detrás de él oyó de pronto un sollozo ahogado. Se volvió. Un hombre, una mujer y un niño, todos con túnicas como la suya. Pero sus rostros estaban pálidos, sus cuerpos temblaban. ¿No eran actores? Su corazón comenzó a latir con más fuerza.

Un cuerno resonó en la arena. Estalló el júbilo.

¡Morituri te salutant!

Daan tragó saliva. Los que van a morir te saludan. ¿Morir?

Una segunda puerta se abrió con un crujido. Primero hubo silencio. Luego, el sonido de metal arrastrándose sobre piedra. Un gruñido profundo y tembloroso. Los espectadores se inclinaron hacia adelante. Sus máscaras brillaban a la luz de las antorchas.

La bestia salió. Un león. Su pelaje relucía bajo el fuego, sus músculos ondulaban bajo la piel. Sus ojos estaban fijos en ellos, penetrantes, su cola se agitaba de un lado a otro con amenaza. Abrió y cerró la boca, un hilo espeso de saliva goteó sobre la arena.

Daan sintió cómo sus músculos se tensaban. La espada de plástico en su mano era inútil.

El niño fue el primero en correr. Todo ocurrió en un instante. El león se movió más rápido de lo que Daan habría creído posible. Un salto, una garra que se hundía en la espalda del niño, el grito desgarrador que resonó por toda la arena.

El público rugió de placer.

El niño cayó al suelo, pateando, arañando. Pero era inútil. El león le abrió el pecho como si nada. Daan quiso apartar la mirada. Pero no pudo. La sangre salpicó la arena. El niño se movió aún un momento, sus dedos arañaron débilmente la tierra, como si todavía intentara huir. Entonces su garganta fue perforada.

El público estaba fuera de sí.

Cada persona en el público había pagado doce mil quinientos euros para presenciar aquello. Quince mil espectadores, todos enloquecidos por la excitación. Algunos habían ahorrado durante meses, otros eran tan ricos que habrían pagado diez veces más por verlo. Todos iban cubiertos con máscaras; ninguna expresión facial era visible, ninguna emoción afloraba, salvo el brillo en sus ojos.

Las máscaras eran imponentes. Ocultaban el alma de quien eras. Solo importaba lo que contemplabas. Era un momento de poder puro y caos absoluto. Ningún rostro era visible, ninguna identidad se mostraba. Solo se veían los deseos del instinto animal indomable: el deseo de entretenimiento, de muerte, de sangre.

Los espectadores se pusieron de pie, sus manos aplaudían rápida y ruidosamente, la arena vibraba con el sonido. Algunos rostros, ocultos tras las máscaras, seguramente sonreían. Otros no gastaban su dinero por un simple juego; para ellos no era entretenimiento, sino un ritual, una manifestación de algo más profundo, de un ansia de poder que no podían ejercer en su vida cotidiana.

Daan respiraba con dificultad. Pensó en escapar. Pero ¿hacia dónde?

Entonces surgió la idea. Un pensamiento terrible, repugnante. Si el león se saciaba… si tenía suficiente… Su mirada se deslizó hacia la mujer a su lado. Era joven, su rostro deformado por el pánico. Su respiración era rápida, entrecortada. Si la empujaba al suelo…

Durante una fracción de segundo, aquello cruzó por su mente. Sintió cómo le subía la náusea. Dios, ¿qué estaba pensando? Una oleada de repulsión lo invadió. Era horrible. Pero… pero si no lo hacía, si no hacía nada… Apretó los puños. No. No podía. No podía…

Un nuevo gruñido llenó la arena. Daan se quedó rígido. Por la puerta abierta salieron otros tres leones. Jadeó.

El público gritaba, fuera de sí. Se levantaban, aplaudían, sus cuerpos se movían con excitación.

Y entonces, desde lo alto, se hizo el silencio.

Daan alzó la vista hacia los asientos elevados de la tribuna. Allí, bajo las antorchas, estaba el emperador, envuelto en un atuendo majestuoso. Su máscara era la más ricamente cubierta de oro, sus ojos inmóviles. Su mano se alzó y, en un gesto lento, bajó el pulgar.

El símbolo de la condena, la señal de que el festín de la muerte alcanzaba su punto culminante.

El público vitoreó aún más fuerte, como bestias que miraban a su amo a los ojos.

Daan sintió que sus piernas flaqueaban, que la respiración se le detenía. El emperador había hablado. Iba a morir. Igual que el niño. Igual que los demás. Y nadie lo echaría jamás de menos…

Rik de Lavaletta es un escritor neerlandés que vive y trabaja en Tailandia. Escribe principalmente ficción con un estilo crudo y directo, con un fuerte énfasis en la atmósfera y las relaciones humanas. Su obra se sitúa a menudo en la frontera entre la realidad y la imaginación, explorando temas actuales y tensiones existenciales.

 

LEONARDO 2300

Adnadin Jašarević

 

La nave espacial NC Prometheus 2 emerge de la oscuridad en el borde del sistema solar, en la órbita de Plutón. Si alguien hubiera podido observar la nave, tal vez habría dicho que se materializó de la nada: simplemente apareció allí donde, apenas un instante antes, no había nada… Y no… En la cabina, el piloto, Hal Grisom, manipula instrumentos fuera de control: el panel de mando parpadea con advertencias, como si todo fuera a desmoronarse. Sin embargo, en el rostro de Hal hay más satisfacción que preocupación. Su nave ha logrado algo que antes nadie había conseguido: jamás. Acaba de atravesar un agujero de gusano. Ha regresado setecientos años atrás en el tiempo, lejos de su propia época. El primero en cumplir el sueño de Wells, el primero en pilotar una “máquina del tiempo”. Nadie de sus contemporáneos sabrá que lo logró, pero eso no le importa. No viajó a través del tiempo por gloria, ni para regresar coronado de laureles. Hal volvió al pasado sin “boleto de regreso”, para vivir el resto de su vida en una Tierra que no conocía.

En verdad, el paraíso azul verdoso que crecía ante él en la pantalla no se parecía en nada al planeta que había dejado atrás. La Tierra del siglo XXIII estaba asfixiada bajo una capa de nubes radiactivas, de modo que nada de su azul podía distinguirse desde la órbita, y el verde, bueno, simplemente no existía. Hal nunca había puesto un pie en la Tierra. Creció en una colonia en la Luna, una de las muchas dispersas por el sistema. En el planeta contaminado vivían los menos afortunados, los más pobres o los demasiado obstinados… Ciudades grises, gente gris, ni un fragmento de tierra desnuda… Enfermedades, hambre, tiranía, violencia, guerras… En resumen, esa era la imagen de la Tierra que Hal conocía. Desde la perspectiva de su colonia, por supuesto. Desde lejos.

Sabía lo suficiente. Un planeta moribundo no podía soportar el peso de más de treinta mil millones de habitantes. También moribundos. Condenados. Y no lo soportó… Ocurrió… La mortandad… ¿Cómo la llamaron? Juicio Final. Armagedón. Kiyamet. Ragnarok. El día de la ruina fue reconocido en todos los idiomas. Fue predicado en todas las religiones como si se anhelara el fin de la humanidad. El fin de todas las cosas… Y lo que buscaron, lo obtuvieron. Sí… el día del juicio… Estuvo a punto de borrar por completo a la humanidad… En verdad, estuvimos a punto de borrarnos a nosotros mismos…

La reducida flota de los Estados Unidos no logró salvar ni a un millón de elegidos. Ahora, en realidad en el futuro, los selenitas, venusinos, marcianos, titanidas… son demasiado pocos. Por eso Hal regresó, por esa palabra tan simple y pesada: “demasiado pocos”.

La Tierra giraba cerca de la nave. Hal la contempló fascinado. El planeta seductor lo atraía, despertaba en él sentimientos desconocidos. Nunca antes había deseado “pasar” por la Tierra. Nunca hasta ahora. Pero se recordó a sí mismo: no es la misma Tierra. Siguiendo el sol sobre continentes y océanos, evocó los últimos momentos de la vida del planeta: ahora le parecían inimaginables. Recordó cómo, junto a cientos de otros seres exsiliados, desde los seguros observatorios de las ciudades lunares, había observado impotente la última guerra en el planeta, miríadas de explosiones de gigatones desgarrándolo, bolas de fuego dispersas como pequeños soles sobre los continentes y, luego, la oscuridad. Oscuridad total. Silencio. Toda la historia del planeta resumida en unas pocas frases, simples, definitivas. No, ese no era el planeta hacia el que descendía su Prometheus. Ni debía llegar a serlo.

Aterrizó en la península itálica, según le aseguraba la computadora, cerca de la antigua ciudad de Florencia. Siglo XVI. Permaneció de pie junto a la nave, envuelto en vapores calientes y gases de las toberas. Contemplaba el crepúsculo. Dio un paso inseguro sobre el suelo húmedo y blando, entre la hierba ondulante. Inhaló el aire fresco y cortante y se echó a toser. No conocía algo así. Luego cayó de rodillas sobre la tierra, hundió los dedos en la tierra negra y rompió a llorar. La desmenuzaba entre sus manos, la acercaba al rostro, la probó… Las hierbas se enroscaban alrededor de sus rodillas como una amante, frescas y fragantes. Sobre su cabeza, cerca, batieron alas: ¡un pájaro! Aunque sacudido por el mundo vivo, por la Tierra, Hal se incorporó lentamente. Temblaba. Las piernas endebles como espaguetis.

Activó los dispositivos de camuflaje de la nave y esta pareció desaparecer, fundiéndose con el entorno como un camaleón, adoptando los colores del irreal verdor circundante y del cielo del atardecer, surcado de franjas púrpuras. Hal se alejó tambaleándose, embriagado. Los olores lo asaltaban, intensos, explotaban en sus fosas nasales y, pese a la noche que caía, las sensaciones visuales, los sonidos, ¡nuevo, nuevo y nuevo! Se sentía como un niño que apenas ha aprendido a caminar e intenta explorar el mundo. Olía la tierra, la hierba y las hojas, escuchaba el crujido de las ramas, el zumbido de los insectos, el canto, el golpeteo de pequeñas patas en la arboleda, todo en el límite de la disolución de los colores, verdosos con reflejos rojizos, hacia el pardo… Se apoyaba en los árboles al pasar, sin necesidad particular, salvo tocar la corteza áspera, rasparla, como si así pudiera retenerla consigo, dentro de sí… Como en un delirio, de pronto, emergió del bosquecillo frente a un arrabal de casuchas improvisadas, dispersas al azar: se detuvo. Había llegado: los suburbios de Florencia, chozas al pie de las murallas de la ciudad. Permaneció un momento más, oculto bajo las copas de los árboles, respiró hondo, se quitó el mono azul y rojo y, luego, avanzó con decisión.

Parecía algo extraño, como desvestido, o más bien como otro, con pantalones ajustados, camisa de seda, jubón. Sacó de un bolsillo un ridículo gorro como los que solían usar los florentinos de esa época. Ajustó la pluma roja para que cayera sobre su hombro. Así está bien. Hal no creía que todo estuviera bien, pero debía ser así. Debía mezclarse entre los habitantes del siglo XVI: no debían reconocerlo como un completo extraño. Avanzó despacio por el sendero embarrado, procurando no prestar atención a los harapientos que veía, así ellos tampoco lo mirarían a él. Repasaba su “italiano”, un extraño dialecto que se hablaba en Florencia. Lo había estudiado casi dos años, palabra por palabra, pero aun así no estaba seguro. Sentía un nudo en el estómago, incapaz de hacer rodar un “bon giorno” sobre la lengua.

La puerta… Se acercó con la cabeza inclinada, murmurando en voz baja, recordando unas pocas frases que lo ayudarían a entrar. Altas murallas de piedra separaban la ciudad de su apéndice improvisado. La verdadera ciudad. Entra, asiente con la cabeza a los guardias. Habla… Habla como si fuera otro, no reconoce su propia voz. Es Giacomo, pintor de Turín… Lo han llamado para aprender con un maestro. Los guardias, vestidos con colores vivos, rojo y azul, sucios, manchados aquí y allá hasta el color del vino y el turbio color del mar antes de la tormenta, con armaduras que muestran signos de herrumbre… No son más altos que él, lo miran desde abajo, con desconfianza.

—¿Cómo es que no te has alistado como soldado, siendo un muchacho tan corpulento y fuerte…?

Hal-Giacomo saca del jubón un rollo de pergamino y muestra dibujos, bocetos, recomendaciones del Gran Duque, del cardenal de Siena… Ellos miran los sellos sin comprender. Manosean los pergaminos, intentando parecer severos. Hal sabe que no pueden leer ni una palabra, pero no lo demuestra. Espera pacientemente a que los guardias satisfagan sus papeles. Finalmente ceden. Hal-Giacomo siente sus miradas en la nuca mientras se aleja por la calle empedrada, hasta doblar en una pequeña plaza.

Se interna entre edificios de piedra, aliviado. Por todas partes se agolpan ciudadanos vestidos como canarios, con colores vivos, más vivos aún, alternativamente hediondos y perfumados, en realidad ambas cosas a la vez. No podía decidir qué olía peor, si aquellos sucios o los excrementos y la basura de los desagües abiertos junto al camino. Se contenía para no taparse la nariz, asqueado. Estuvo a punto de vomitar, más de una vez. Se conformó con algunas muecas, aspiraciones desagradables. Alzó un pañuelo perfumado hasta la nariz y apresuró el paso. Sabía exactamente adónde debía dirigirse. Había memorizado el plano de la ciudad. No se detenía a observar mejor los extraños edificios, porque solo le interesaba uno, aquel en el que vivía y trabajaba Leonardo da Vinci. En realidad, vive y trabaja.

Hal alza la vista hacia una alta torre como si esperara que en ese mismo instante la máquina voladora de Leonardo despegara del techo. No lo logrará. De su primer planeador solo sobrevivió la idea, a lo largo de los siglos. Hal había aprendido en la escuela sobre el genio que nació demasiado pronto, el científico, el artista, que vivió cinco siglos adelantado a su tiempo. Él no lo cree así: no fue prematuro, sino casi demasiado tardío. El experimento de Leonardo debe tener éxito. El hombre volará, dominará el cielo mucho antes que los hermanos Wright. Hal ayudará. No en vano se doctoró precisamente en el campo de la aeronáutica… Y luego, quién sabe. Tal vez la humanidad enfrente el Armagedón preparada, con una flota de naves espaciales que cubra el cielo. Tal vez, tal vez no… Pero Hal hará cuanto pueda, lo suficiente para que la máquina de Leonardo alce el vuelo hacia el sol… Ayudará a que no termine su vuelo como Ícaro…

Adnadin Jašarević nació en Zenica, Bosnia, el 9 de marzo de 1967. Se graduó en periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Trabajó como periodista en el diario Oslobođenje, en NTV ZETEL y en RTV Zenica, donde fue editor de programas documentales y culturales. Desde 2007 es director del Museo de la Ciudad de Zenica. Fundó en 1994, en Zenica, la primera escuela de cómic de Bosnia y Herzegovina. Es editor de la colección Tragovima bosanskog kraljevstva (Tras las huellas del reino bosnio), una recopilación anual regional de relatos fantásticos, y desde 2006 organiza el festival de literatura fantástica del mismo nombre. También es fundador y editor del primer y único almanaque bosnioherzegovino dedicado a la épica y la ciencia ficción, Prometej (Prometeo), publicado entre 2000 y 2007. Ha publicado veinte libros, entre ellos la primera novela de fantasía épica de Bosnia y Herzegovina. Entre sus obras anteriores se encuentran libros para niños y jóvenes, las colecciones de relatos U dvorani ogledala (En el salón de los espejos), Tamoiza, y la novela Nedovršeni svijet (El mundo inacabado). También se dedica a la ilustración de libros.

 

jueves, 16 de abril de 2026

LA DIOSA DE LAS CITAS OMITIDAS

Relja Antonić

 

Estimado señor Ernst Herzfeld:

Considero mi deber informarle que, a unos treinta kilómetros al norte de las excavaciones en Samarra, en algún punto entre Tikrit y Al Biar, hemos encontrado un asentamiento temporal de un pueblo nómada desconocido. Según la antropometría, diría que son de origen kurdo, aunque los kurdos de nuestro grupo (aquellos que han tenido la oportunidad de viajar por todo el Medio Oriente) afirman que su origen es georgiano, pero no estamos seguros. El jefe de esta tribu salvaje relató cómo, a lo largo de la historia, durante las lunas nuevas aprendían todas las lenguas del desierto y de los bosques de cedros, pero se desaprendían de ellas cada vez que el viento cambiaba de dirección. El intérprete dice que el dialecto de estos primitivos lo desconcierta, y que sus lenguas ladradoras no pueden atarse a la escritura. Es cierto que se ríen constantemente, que son guturales como mulas, y que las palabras que lanzan al pasar él no sabe traducirlas.

Pero más que su origen, lo que ha captado nuestra atención es su deidad tribal. Debo señalar que no solo están tan alejados de la fe islámica como de Tasmania, sino que además cargan consigo una… cosa, que no estoy seguro de poder describir con detalle alguna vez, pero que tampoco podré olvidar jamás.

Opino que ese objeto lo han desenterrado en algún lugar. La tribu mencionada no sería capaz de fabricar un artefacto así. Afirmo con responsabilidad que se trata de un dispositivo. Creo que usted se dirigirá hacia esta región, porque, además de la misteriosa deidad-máquina, las herramientas y armas con las que están equipados también han sido tomadas de algunos yacimientos arqueológicos existentes o aún no descubiertos. Es posible que podamos comerciar con ellos y obtener objetos a cambio de provisiones. Sus reservas de alimentos son actualmente escasas.

Estudiaré la situación y le informaré en la próxima carta qué podría tratarse. En caso, claro está, de que no se dirija inmediatamente hacia aquí.

Su asistente,

Hans K.

 

Ese día, el sirviente se liberó de sus obligaciones y, salado por el sudor, vagaba buscando la fortaleza conocida. No es hombre quien no se equivoca alguna vez, decía el proverbio. Pero, aunque se equivocó, no sería hombre durante mucho tiempo. No lo sabía.

Desde el poblado de Bag-dadua corrió más rápido que un perro y más lento que un ave; agotó bajo sí a un asno sarnoso, pero no alcanzó el lugar buscado. Innumerables veces, a lo largo de décadas, en las horas más silenciosas y en los momentos más ardientes, había transitado ese sendero, pero al anochecer del día fatal sucedió que de algún modo evitó el desvío hacia Sur-Marathi. Y sucedió que llegó tarde a la cita.

Desde el mercado de Bag-dadua corrió enloquecido hasta su casa, rogó a su amo que le prestara un animal, pues había reconocido el rostro de la Muerte. Pero el amo, de su posterior conversación con Ella, extrajo un relato, y así Sumer y Acad supieron cómo la implacable segadora alada, que había empujado a su más fiel sirviente a la huida, en realidad había concertado una cita en el lugar al que este escapó. Sin embargo, nadie oyó que el sirviente había errado el destino. Y por eso, nunca entregó su alma, ni la oscura que se hunde en el barro, ni la luminosa que se dispersa irremediablemente en los rayos de Utu.

 

El célebre arqueólogo Ernst Emil Herzfeld rara vez se sorprendía. Pasaba semanas sin encontrar nada, escarbando en la arena cobriza de casas y calles de un antiguo asentamiento, y luego tropezaba con un objeto fascinante… y no se asombraba. Había hallado toda clase de rastros de culto. Algunos meses antes, había sabido del culto a la diosa Irkala: alguien, en algún momento en Babilonia, había colocado a la propia muerte sobre un pedestal, como un amor juvenil. La tablilla que lo atestiguaba, por desgracia, se había desintegrado. A propósito, murmuraban los supersticiosos iraquíes y kurdos que ayudaban en la excavación. Alguien no quiere que se revelen las antiguas afirmaciones sobre la diosa demoníaca.

Ernst tampoco se sorprendía de los vestigios de superstición antigua entre la población islámica: sucedía con más frecuencia de lo que los creyentes estaban dispuestos a admitir. Pero algo en la deidad tribal lo fascinaba y al mismo tiempo lo inquietaba.

¡Está vivo!, pensaba, para enseguida desdecirse e inmediatamente cambiar de opinión y formular hipótesis acerca de una especie de máquina primitiva.

Pero si estaba vivo, el prodigioso dispositivo permanecía mayormente inmóvil, como paralizado por la histeria, y deformado no menos que el Rumpelstiltskin de los cuentos populares de los hermanos Grimm. Mostraba pocos signos de vida. Gemía, en voz baja. El arqueólogo suponía que poseía algún mecanismo interno que impulsaba aire. Habría comprobado su hipótesis si los salvajes permitieran que un extranjero se acercara a menos de quince pasos. Estaba rígido, además, y a simple vista parecía leñoso como un cedro antediluviano. Quizá los errantes creían que manos extranjeras podrían estropearlo… o matarlo, más bien, teniendo en cuenta que, según todo indicaba, eran animistas primitivos. Lo comprendía: la mente salvaje no puede concebir hasta qué punto las manos de un arqueólogo profesional son más cuidadosas que sus torpes garras.

Los nómadas solo habían descubierto cómo lo transportaban en una litera de un extremo a otro de Mesopotamia, y que era su único dios y antepasado directo. Cada cincuenta años, lo devolvían al lugar donde ahora descansaba. Le escupían en los ojos, porque, pobres criaturas, probablemente pensaban que esto lubricaría el antiguo mecanismo que hacía parpadear al dios, el cual, según todos los indicios, se había atascado. Lo daría todo por obtener permiso para examinarlo. Pero no tenía más remedio que aceptar sus creencias primitivas.

Lo que no comprendía en la relación de esa gente con el ancestro y único dios que reconocían –aunque, según el intérprete, creían en la existencia otras deidades y las detestaban– eran las ofrendas que le dejaban. Al parecer, además de derramarle alimento líquido a sus pies y sangrar de sus manos en su mandíbula cerrada y anciana, también hacían sus necesidades debajo de él.

Ernst Emil Herzfeld reunió a sus hombres y abandonó a los salvajes sonrientes. Nunca volvió a encontrarse con los misteriosos nómadas de origen desconocido, aunque posiblemente kurdo.

 

Cuando el curioso forastero se marchó, los salvajes comenzaron a alimentar la estatua. Esta babeaba, a pesar de lo que la mentalidad occidental pudiera opinar al respecto. Pero eso no bastaba: también orinaba y gemía. Cualquiera que la viera se daría cuenta entonces de que era una criatura viviente, y no un ídolo común. Como la comida escaseaba, los nómadas tomaron a su dios y partieron, con la intención de merodear por las ciudades más grandes para robar algo o conseguir algo a cambio. Pero no cerca de Samarra. Jamás cerca de Samarra.

 

Oh, Irkala maldita, ¿acaso Nergal no te basta?, cantó una vez un sacerdote una oda mordaz a la emperatriz de la muerte. No le fue bien cuando le tocó ser su amante. La diosa no tenía paciencia ni siquiera para su hermana gemela, mucho menos para los simples mortales: los deseaba, pero no los complacía ni perdonaba. Y menos aún tenía paciencia la cruel emperatriz, que en aquellos días caminaba libremente por la faz de la tierra y batía sus alas sobre todos los cielos, para aplazar el fin de alguien. Podía alcanzar a cualquiera a tiempo, pero más bien era ella quien los esperaba, y reservaba los abrazos más tiernos para quienes no huían. A los demás, el descanso eterno les resultaba amargo incluso antes de que sus almas oscuras quedaran atrapadas en cuerpos fangosos, antes de que les brotaran plumas, se les cerraran los ojos y se les sirviera piedra para comer. Sucedía que la noche de su amor era más terrible que la eterna putrefacción en la oscuridad, por lo que se aconsejaba tanto a hombres como a mujeres que fueran cautelosos con la diosa, para que ella respondiera del mismo modo cuando se acostaran con ella.

En el crepúsculo salpicado de llamas, entre la arena color miel y los pilares de hueso de la ciudad fortaleza de Sur-Marathi, Irkala esperaba a su nuevo amante. La gente la veía, y por eso todos salaban su camino y escupían por encima del hombro. Se descalzaban y se ponían la sandalia izquierda en el pie derecho, y viceversa. No hacía falta, pensaba ella. El momento final de cada uno estaba determinado por una lista grabada en piedra a la que siempre se atenía. Y ese mismo orden permanecería hasta el fin del Tiempo, incluso cuando, prisionera en la oscuridad, enviara esclavos a la presa, que en aquellos días ella misma cazaba. Se enfureció cada vez más a medida que el hombre que esperaba vagaba hacia el norte, alejándose cada vez más de la ciudad.

 

El sudor salado del hombre se volvió ácido; su asno se convirtió en una criatura espumosa de ojos rojos que, suelta, pateaba tanto lo vivo como lo inerte; y el dulce miedo del perseguido se transformó en la amarga impotencia del acorralado.

Ahuyentó al animal desatado con piedras. Este lo miraba, con la mirada sanguínea y embriagada, amenazando en silencio a la manera de caballos y burros, mientras el residuo de harina de innumerables panes que el sirviente y su amo habían amasado y expulsado por sus entrañas se desprendía de su pelaje. La harina caía blanquecina como polvo de estrellas, purificada de cáscaras y aristas de cebada que habían quedado enganchadas entre los pelos oscuros, y los ojos de la bestia brillaban intensamente rojos, como si no hubiera oscuridad alguna. De haber sido un caballo en lugar de un asno, y si no estuviera huyendo de ella, el fugitivo se lo habría ofrecido a la propia Muerte para que lo montara.

Se preguntó si podría negociar con la diosa para posponer lo que estaba planeando, y en el caso de que el precio fuera demasiado elevado, si aceptaría algún tipo de pago por adelantado... y si el burro inmaduro y frenético sería suficiente para tal cosa, o si necesitaba esas cien cabras que el amo había criado y por las que ahora era tarde para regresar.

—Sabía que debía haber ido por la orilla del río bendito —le decía a la noche sorda en la hondonada.

El asno se fue en algún momento, sin dejar de patear la luz de la luna, y sus cascos herrados resonaban entre las rocas. Si hubiera logrado alcanzarme, me habría sacado el corazón por la garganta y habría traído a Aquella de la que escapé, pensó el fugitivo.

—Sabía que debía haber ido por la orilla del río maldito —seguía diciendo, para sí mismo; y el asno le respondió con un rebuzno nada asnal, en la distancia. Luego rompió a galopar, y el hombre escuchó ese galope hasta entrada la noche.

¿Adónde debía ir ahora?, se preguntó. Allí, a la intemperie, la muerte podía alcanzarlo. Los barrancos eran lo suficientemente profundos como para impedirle observar los alrededores, pero lo suficientemente poco profundos como para ocultarlo. ¿Adónde?

Nunca había visitado ningún otro lugar, solo este al que se dirigía, y que había pasado por alto. Sabía que debía haber seguido el río, ¡cagaba y escupía en el río día y noche y en la hora del juicio! No podía volver por el mismo camino. Buscar el gran río, hacia el oeste donde los barrancos se profundizan, y quedarse atascado en algún desfiladero, imposible. Si seguía adelante, más le valía encontrar algún asentamiento pronto, o aquello de lo que huía lo alcanzaría.

Miró la luna erosionada en el oeste.

—Nana, ayúdame —le dijo—. ¿Cómo pude perderme en un camino tan corto, Nana? ¡Responde, maldita seas!

Como no hubo respuesta, el ex sirviente maldijo a Nana y a su linaje una vez más, se quitó su calzado desgarrado, lo orinó y lo arrojó, levantó un talón, lo escupió, luego el otro, y, empapado de sudor ácido, se adentró en un mundo cuya magnitud le sería para siempre tan incomprensible como desconocida.

Blasfemar contra los seres celestiales es peligroso, más de lo que la gente cree. Pueden castigar incluso hacia atrás en el Tiempo, horas antes de que la ofensa sea pronunciada.

Y por eso sucedió que este hombre se perdió.

 

—¡Madre, padre, no he encontrado hogar!, rugió a la mañana siguiente por la adormecida ciudad de Sur-Marathi.

El pueblo despertaba, y los esclavos, que no son personas, temblaban en sueños, mientras la diosa, la Muerte, emperatriz de todos los dominios, se enfurecía por las calles embreadas. Solo los herreros de lanzas y herraduras de bronce la observaban desde el primer canto del gallo, y solo ellos estaban preparados para sus terribles gritos de ira. Estaban despiertos y trabajando desde la hora muda, y habían oído tanto las palabras más suaves como las más siniestras que había escupido antes. Pero aun así temblaban mientras lanzaba su maldición, enfriaban las puntas de bronce con lágrimas, escupían por sus propios cuellos y los de sus aprendices, y quien tenía ganado blanco en casa salaba tanto el fuego como las herraduras aún calientes, invocaba a Utu y rogaba al joven Nergal protección contra su airada esposa.

Y mientras la fortaleza trazaba pequeños círculos protectores con orina, rezaba, y aquí y allá, lloraba en sus manos y esparcía lágrimas por los rincones donde se ataban los nudos de la desgracia, la hermana de Ishtar maldecía y maldecía. Maldijo a su amante irresponsable, a su esposo incompetente y a los parpadeos del Ojo del Tiempo. Aullaba, feroz, carroñera, derramando palabras incomprensibles como vinagre, dirigidas al hombre que no había cumplido un acuerdo sellado antes de nacer. Nunca volvería a intentar encontrarse con él.

Y lo amaba, inmensamente. Amaba a cada mortal sin medida, y ante cada rechazo reaccionaba con crueldad… pero a él lo amaba más. Cada vez más, a medida que su enfermedad avanzaba. Le agradaba el olor a descomposición, quería besar cada arruga, mordisquear el pecho masculino flácido, escuchar el crujido de la respiración chirriante de sus pulmones enfermos…

Y había olvidado de recoger a una mujer podrida y demacrada mientras lo esperaba, esa diosa alada despiadada con una enorme hendidura femenina y un miembro masculino diminuto. Llegó tarde, como nunca antes. El tiempo se retorcía a su alrededor y la complacía, y ella creía que era imposible llegar tarde o saltar al pasado de forma insuficiente. Él la traicionó, el enemigo. Y cada fugitivo la insultaba, pero al menos sabía que incluso lo peor volvería a ella. Nadie era tan irresponsable. Nadie, excepto él. Tal vez no le habría importado tanto quedarse sin uno de los incontables amantes, si hubiera podido tener a una de sus hermanas, y si el Padre Ana no la hubiera condenado a la esclavitud por tal acto. Así es como tuvo que conformarse con ancianos y ancianas, enfermos y podridos, y niños moribundos, y, maldita sea, empezaron a ser insoportablemente atractivos, todos malditos, mortales sin valor... Y ella hizo el pedido, de principio a fin, y los escribió todos en la pizarra, y todos, al menos en las profundidades de sus oscuras almas, la deseaban. Y todos venían. Y el sirviente común, uno de los canteros acadios, obligado por el amo sumerio Meda, hijo de aquel que, usando el arma de Meda, lo raptó de su casa y lo trajo en una cesta para ser sirviente, prefirió ser un fugitivo y su vida cobarde antes que pasar una noche con Ella. Innumerables veces repetía una noche, caminaba desde el anochecer hasta el amanecer y de vuelta al anochecer, hasta que se acostaba en la cama con todos los recién moribundos, y sucedía que uno no venía, y que lo que faltaba no se podía compensar. Solo había uno, pero ella se sintió ofendida. Está humillada; por primera vez, el escupitajo que muchos le han dirigido por encima del hombro para mantenerla a raya ha rozado la mejilla negra de su hermana gemela, la rosada Ishtar, la Ishtar que recibe toda la luz, el amanecer y el amor. Y la odiada Muerte está más sedienta de sangre que nunca, tanto que violaría, expandiría, reorganizaría su lista, inscrita en piedra... Pero no lo hará.

Solo hay una persona a la que no esperarán en la reunión. Y esa desafortunada persona jamás morirá. 

Relja Antonić nació el 17 de diciembre de 1988. Vive y trabaja en Šabac, Serbia, y escribe e ilustra desde hace más de 10 años. Colabora en al menos tres revistas, ha publicado relatos en varias antologías de países de la antigua Yugoslavia y es probable que se considere a sí mismo un escritor de fantasía.

CERVEZA CON BRUJA

Jorge Etcheverry

 

Por fin se retira el ruedo de los últimos coletazos del invierno, como el borde más a ras del suelo de una señora de esa de las antes, repolluda y pesada, que se demorara un poco por el cemento húmedo. ¿Cómo estamos? De tanto leer y tanto juntarme con escritores se me están pegando algunas cosas, aunque siempre me sacaba un siete en las composiciones cuando estaba en preparatorias, que así se debe llamar todavía la escuela elemental en Chile. Entonces me vengo en la tardecita y no en la noche al bar, porque me dijeron que esta época en la noche empieza a aumentar mucho la clientela, por lo tanto no me puedo estar sentado una hora con una cerveza en la hora pico o la hora cresta, según el país de donde venga uno. Claro que el mozo me lo dijo de manera más gentil. Eran las cuatro en punto cuando llegó esa niña mexicana, claro que de Estados Unidos, que dice que es WICCA, es decir bruja, y que hay que reconocer que para hacer rima, todavía está harto rica. Como ella sabe que a mí me gusta su poco el ocultismo, los masones y los templarios, los discos voladores, claro que sólo por entretenerme, que creo que hay una conspiración de mujeres chicas que denomino las visitantes, y que en realidad parece que son extraterrestres. Eso se lo conté, claro que medio en serio, en una fiesta latina en el lado francés, antes que alguien me pasara una guitarra, y que es donde la conocí.

Pero ya llega con unas cervezas en el (torneado) cuerpo. Yo ya estoy muy viejo para hacerme ilusiones, pero en una de éstas, y para romper el hielo empezamos a conversar de política, de la situación internacional, y la gente nos mira desde las otras mesas, ya que estamos hablando fuerte, moviendo las manos, y más encima en otro idioma. Dicho sea de paso, esta es una de las ventajas de venir a instalarse en un boliche del Barrio Italiano, ya que es corriente que haya gente que habla alto y en un idioma parecido al castellano, y entonces podemos hablar de nuestras cosas con cierta impunidad. Aquí los gringos hablan del tiempo, del precio de la bencina, de sus gatos y perros. Y ella me dice que es una gran suerte que los católicos se hayan mantenido un poco al margen de esta guerra de canutos ultra bolicheros anglos contra musulmanes ultra bolicheros mayoritariamente árabes, ya que los protestantes no tienen el peso espiritual como para que pase nada, entonces estamos a salvo. Pero cómo es eso, le pregunto o exclamo, tratando de entender, a salvo de qué. Bueno, ella me dice que si alguna vez he visto una película de terror de fantasmas y Apocalipsis cuyos personajes o trama sean protestantes, o leído alguna novela de terror con vampiros y castillos canutos, es decir protestantes, pese a los esfuerzos del genial Ramsay Campbell o de la ya extinta Hammer Productions, que produjo todos esos filmes clásicos de vampiros con el Christopher Lee. Me acuerdo, pero todavía no le agarro el hilo, y ella me dice otras cosas y cambia de tema y se pone a alegar contra el papa anterior por decirles a los indios en Brasil que ellos estaban esperando en todo el continente la religión monoteísta con los brazos abiertos y recomendándole a los curas que no se metieran en política, que después de todo ese papa era alemán, en un de estas un protestante disfrazado, o criptoprotestante como los llama ella. Todo a pesar de mis esfuerzos infructuosos para hacerle ver que se le quedó el disco pegado, que ahora hay otro papa casi ná que ver, para que se digne volver a lo que estaba hablando, todo absolutamente inútil, hasta que me fijo que lleva al cuello un crucifijo de plata –porque se le ha entreabierto un poco la blusa–, del que cuelga un diente de ajo. Pero antes de que pueda preguntarle nada me dice que tiene que ir al baño a hacer pichí, mientras a mí como que me va cayendo la chaucha.

Debo decir que en mi lejana juventud en mi país natal fui profesor secundario, en dos asignaturas y en todo tipo de establecimientos, desde el liceo fiscal de elite y el colegio particular francés o británico al liceo nocturno rasca con cursos de más de sesenta alumnos de todas las edades y oficios, generalmente de las clases más modestas. Yo sitúo la profesión de la pedagogía como una de las más exigentes, y que junto con la psiquiatría y el sacerdocio, exigen el mayor conocimiento del alma humana. La enseñanza consiste en parte en hacer que la mente del discípulo, como una reluctante embarazada terminal, dé a luz sus propias intuiciones o compresiones borrosas, en una forma articulada y más o menos clara, en que muchas veces la guía del pedagogo es como la cesárea que permite hacer brotar ese vástago de la mente humana que quizás de otra manera no existiría: el conocimiento. Entonces es que se me vino a la cabeza todo ese friso de entes espirituales o fantasmagóricos, fantasmas, vampiros, hombres lobo, horlas (seres invisibles que según Maupassant asedian a los seres humanos), los terribles Dioses Antiguos lovecrafianos, cuyo autor posiblemente bautista o metodista, gozó sin embargo de una espiritualidad católica, o mejor gnóstica. Como esos teólogos que elaboraran un universo creado por el diablo o regido por una burocracia descendente de ínfimos ángeles cada vez más degradados que de puro degradados se van haciendo demonios.

Entonces es que, como digo, y reconociendo que esa horrenda mitología con todo su poder destructor es fundamentalmente católica, como los innumerables demonios que dicen que su nombre es legión cuando hablan por la boca de los posesos, di un paso más en esta concatenación lógica. Para mí todo esto es ficción. Pero si por un momento se cree en la existencia de ese ámbito y las posibilidades de destrucción física y espiritual que conlleva, es indudable que hay que mantener cerrado ese portal. Imaginemos que haya alguien que, como mi conocida –que no es realmente amiga mía–, cree en eso. Entonces para esta persona la entrada del catolicismo en esta guerra a dos bandas entre protestantes y musulmanes podría despertar a esas fuerzas que se mantienen durmiendo en sus ciudades mentales de incomprensible geometría, como los dioses acuáticos de Lovecraft, con incalculables consecuencias aniquiladoras. Por un momento, y al tratar de ponerme en el lugar (psicológico y cognoscitivo) de esta mujer, recuperé esa sensación excitante de mis años de enseñanza, el deseo de entender al alumno, de ponerse en su lugar, de ver al mundo con sus ojos, para luego poder guiarlo con mano firme por los senderos de la Sofía. Y al hacerlo llamé sin demora al mozo para decirle que pusiera el consumo de los dos en mi cuenta –aunque no ando muy boyante que digamos– y me precipité afuera del local felicitándome de que mi teléfono no apareciera en la guía.


Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).


EL BRAZALETE AZUL

Marc Bailly

 

Copia n.º 02 — Residencia Los Tilos.


Aquella mañana, el amanecer dudaba.

Regreso antes de tiempo. No “antes de tiempo” en sentido poético. Antes de tiempo como quien vuelve al horno porque olvidó apagar el gas: rápido, sin elegancia, con el corazón demasiado presente.

La carretera está vacía, el pueblo aún plegado sobre sí mismo. Las farolas emiten una luz amarilla que no ilumina nada, salvo la idea de que es de noche. Detrás de la residencia, los tilos mantienen sus ramas en alto como manos abiertas, no para pedir, sino para esperar.

Camino despacio. Ya conozco el pasillo, el tercer escalón que cruje, el olor a infusión y a ropa limpia. Conozco la forma en que respiran los edificios de este tipo: apenas, pero de manera continua, como si temieran ser sorprendidos viviendo.

En la recepción no está Sandrine. Es una enfermera de noche, ojos cansados, sonrisa profesional, de esas que uno se pega al rostro para evitar que se caiga.

—¿Usted es… el fotógrafo?

Lo dice con prudencia. Aquí la gente entra y sale, pero algunos regresan demasiado pronto, y eso inquieta.

—Sí. Tenía que… volver esta mañana. Por Élise. Habitación 12.

Baja un poco la voz, como si las paredes tuvieran oídos (los tienen, a su manera).

—Ah… sí. Élise. —Busca las palabras, luego suspira—. Ha dormido muy mal.

No me gusta la frase “ha dormido muy mal”, en estos lugares. Puede significar mil cosas, y ninguna es ligera.

—¿Está bien?

La enfermera hace un gesto vago, que quiere decir depende de lo que se entienda por bien.

—Está despierta. Está en la sala común. Ella… ella espera, creo. O cree que espera.

Agradezco, cruzo el pasillo. La sala común está iluminada con demasiada intensidad, como siempre. Ya hay algunos residentes sentados, unos frente a un cuenco de café, otros frente a nada… y a menudo, frente a nada es peor.

Élise está cerca de la ventana. El mismo lugar que en su habitación, la misma postura erguida. Pero esta mañana algo ha cedido. Su moño está un poco deshecho, como si la noche hubiera tirado de él. Sus manos están apoyadas sobre la mesa, planas, como dos hojas que uno quiere impedir que se vuelen.

Me ve. Me mira. No sonríe.

—Buenos días —digo en voz baja.

Parpadea. Su mirada me atraviesa, luego regresa, como un aparato buscando el enfoque automático.

—Buenos días… —Duda—. ¿Usted es… el señor del periódico?

Casi me hace reír, pero me lo guardo. Aquí, reír puede parecer una bofetada.

—No. Soy… el que hace fotos. Nos vimos ayer.

Su frente se frunce un segundo. La memoria intenta aferrarse a algo.

—Ayer —repite. Luego baja la mirada hacia sus manos—. Ah… sí. Mis manos.

Lo dice como quien dice mi abrigo, mis llaves. Con una simplicidad que aprieta la garganta.

Me siento frente a ella, lentamente.

—Me pidió que volviera esta mañana.

Me observa. Y entonces, durante dos segundos, tengo la impresión de reencontrarla. Su mirada se vuelve nítida, exactamente como el día anterior.

—Sí —dice.

—¿Tiene la caja?

No tengo la caja. No todavía. La dejé en mi bolso, porque no se coloca una vida sobre una mesa de fórmica sin pedir permiso.

—Sí —digo—. La tengo conmigo.

Cierra los ojos un instante, como si respirara un lugar más que un aire.

—Entonces tenemos suerte.

No sé quiénes somos “nosotros”. ¿Ella y yo? ¿La mañana y nosotros? ¿El tiempo y la residencia?

Asiento como si lo hubiera entendido.

Saco mi cámara sin hacer ruido. Es un gesto que conozco: cuando ya no sé qué decir, ajusto el ISO. Da la impresión de ser útil.

—¿Podemos hacer otra foto de sus manos? Solo una. Y después… ya veremos.

Asiente.

Encuadro sus manos sobre la mesa. Tiembla un poco más que ayer. El anillo está ahí. Siempre ahí. Es curioso cómo algunos objetos saben permanecer fieles cuando los recuerdos toman atajos.

Disparo.

—¿Ha dormido? —pregunto, porque hay que hablar de algo.

Mira la ventana.

—No. —Reflexiona—. O tal vez dormí en otro lugar. —Hace una mueca—. Me pasa. Regreso, y falta una silla.

Siento el frío recorrerme la columna.

—¿Una silla?

—Sí —dice—. Como si alguien se hubiera levantado y no hubiera vuelto. —Apoya un dedo sobre la mesa, exactamente en un punto preciso, como si aún viera la silla—. Ahí.

Miro: no hay nada.

—¿Y eso da miedo? —pregunto.

Se encoge de hombros.

—No es miedo. —Busca—. Es… injusticia.

Luego, sin transición, desliza una mano en el bolsillo de su cárdigan. Saca algo. Un brazalete de plástico. Azul. Reconozco de inmediato la forma, el aspecto, el material que no pertenece al pasado, sino a la administración hospitalaria. El tipo de brazalete que se coloca en una muñeca cuando se quiere estar seguro de que una persona sigue siendo una persona, incluso en un pasillo.

La deja sobre la mesa como un pequeño animal cansado.

—La encontré —dice.

No pregunto si está en la caja. Porque entiendo que no. No del todo.

—¿Sabe lo que es?

La hace girar entre sus dedos, como si leyera braille.

—Esto… es cuando se llega. —Levanta la mirada—. No aquí. En otro lugar.

La hace girar de nuevo, y veo la inscripción. Incluso pequeña, incluso un poco borrada, salta a la vista.

AUBE.

Siento un extraño vértigo. Ayer era una palabra al dorso de una foto. Hoy es un nombre en la muñeca de un brazalete.

—Aube… —repito, sin saber si hablo de la mañana o de una persona.

Élise suspira.

—Es la pequeña. —Luego añade, muy bajo—: Bueno… creo.

Fotografío el brazalete sobre la mesa, entre sus manos. El azul resalta en blanco y negro como una mancha de luz fría. Me fijo en todo: la forma en que la toca, la manera en que su índice duda, como si tuviera miedo de recordar.

—¿Quiere que miremos la caja juntos? —pregunto.

Asiente. Pero su mirada ya se pierde, como una radio que capta otra frecuencia.

Saco la caja azul de mi bolso y la coloco suavemente entre nosotros.

Élise la mira. Su rostro se contrae, pero no de miedo. Como si un músculo antiguo despertara.

—Conozco eso —murmura.

—Sí. Me la describió ayer. La encontré en el almacén.

Coloca ambas manos sobre ella, como si quisiera calentarla.

—Abra.

No me muevo.

—¿Quiere abrirla usted?

Niega con la cabeza.

—Mis dedos… —Mira sus manos—. Mis dedos quieren, pero ya no saben.

Lo entiendo. Entonces la abro.

El pequeño clic del cierre suena desmesurado en la sala común. Un residente levanta la cabeza. Luego vuelve a dormirse de pie.

Dentro, está todo: la carta doblada, la foto del hombre frente a la panadería, y el vacío exacto donde el brazalete debería haber estado.

Élise ve la foto, y su rostro cambia. No la dulzura, no la tristeza; algo distinto: precisión.

—Él —dice.

Una sola palabra, pero cae como una piedra.

—¿Es su marido?

No responde enseguida. Toca la foto con la punta del dedo, sin atreverse a tomarla.

—No hablaba mucho —dice. Sonríe sin alegría—. ¿Recuerda? Se lo dije ayer.

No corrijo el “ayer”. Lo dejo vivir.

—¿Era panadero?

—No.

Frunce el ceño, como si la realidad luchara con un recuerdo.

—No… eso fue después. —Cierra los ojos—. Se volvió panadero cuando entendió que había que alimentar a la gente, no solo quererla.

Esa frase me oprime la garganta. Es demasiado hermosa para ser un recuerdo exacto.

Pero la memoria nunca prometió ser fiel: solo promete ser verdadera.

Tomo la carta. Se la ofrezco a Élise.

—¿Quiere leerla?

Niega con la cabeza.

—Lea.

Despliego el papel con cuidado. La escritura es antigua, redonda, aplicada. No es una carta de amor de película. Es una carta de alguien que no sabe hacer frases largas, pero sabe apuntar con precisión.

Leo, despacio. Habla de una cita perdida. De una mañana en el hospital. De una puerta cerrada demasiado rápido. De un nombre que no se atrevieron a pronunciar.

Y luego hay una frase, en medio, que lo cambia todo:

“Aube. Si no puedo estar allí, al menos conserva el nombre.”

Levanto la cabeza. Élise me mira como si acabara de sacar un conejo de un sombrero, salvo que el conejo es un arrepentimiento.

—Aube… —repite. Le tiembla la boca—. No es una mañana —dice—. Es… un nombre. —Asiento. Cierra los ojos con fuerza, como si intentara retener algo que se escapa—. No estuve allí —murmura—. No estuve allí.

No sé si habla de un nacimiento, de una muerte o de un día cualquiera. Pero sé que pesa igual.

Apoyo mi mano sobre la mesa, no sobre ella, solo ahí, en presencia.

—Élise… ¿quiere que llamemos a alguien?

Abre los ojos, y en ellos veo la noche. No la noche de afuera. La de dentro.

—No. —Niega con la cabeza—. Ellos tienen su vida. Y yo tengo… tengo tilos.

Sonrío a pesar de mí mismo.

—No es poca cosa, los tilos.

Me mira, casi divertida.

—Dice eso porque no los oye por la noche.

No insisto. Fotografío una vez más: sus manos, la caja abierta, la carta, y ese brazalete azul al lado, como un pequeño fragmento del presente caído en el pasado.

Luego bajo a imprimir.

En el cuarto, la impresora empieza a ronronear. El papel sale, tibio. Doy la vuelta a la copia para escribir la fecha, y…

Me detengo.

Ya hay una palabra.

La misma escritura fina. La misma sobriedad.

“PUENTE.”

Me quedo inmóvil. Miro la palabra. La releo. La detesto un poco, porque es evidente. Y la amo un poco, porque es necesaria. Un puente. ¿Entre quién y quién?

Subo con la copia en un sobre. En el pasillo, me cruzo con Sandrine, que llega, el cabello recogido con prisa, café en la mano.

—¡Ah, está aquí! —dice—. ¿Sigue haciendo maravillas?

—No sé si son maravillas —digo.

Pienso.

—Sandrine… ¿Élise tiene familia que venga a veces?

Sandrine suspira.

—Una hija. No muy seguido. Y… una nieta, creo. ¿Por qué?

Siento la palabra PUENTE arder en mi bolsillo.

—Porque hay… algo que decir. Una cita.

Sandrine me mira con esa prudencia profesional. Luego ve mi cara, y comprende que no es un capricho.

—Espere. Voy a ver si tengo un número.

Unos minutos después, estamos en su pequeño despacho. Sandrine marca, habla en voz baja. Escucha. Dice “entiendo” varias veces, lo que significa que la conversación no es sencilla.

Cuando cuelga, me mira.

—Su hija se llama Claire. —Duda—. Y la pequeña… se llama Aube.

Cierro los ojos un segundo. La palabra acaba de salir del mundo para entrar en la realidad.

—¿Cuándo nació? —pregunto.

Sandrine baja la voz.

—Hace… unas semanas. —Traga saliva—. Claire no quiso “remover demasiado a Élise” con eso. Temía que fuera demasiado. —Me mira—. Y, sinceramente… lo entiendo.

Pienso en el brazalete, en el nombre, en la carta. Y me digo que a veces, lo que es “demasiado” también es lo que salva.

—¿Puede venir hoy? —pregunto.

Sandrine duda, luego sonríe levemente.

—Dijo… “si Élise lo pide”.

Regreso a la sala común. Élise sigue junto a la ventana. Sostiene el brazalete azul entre sus dedos. La mira como se mira una estrella: no se sabe si ilumina o si quema.

Me siento.

—Élise… el nombre Aube… ¿le dice algo?

Tarda en responder.

—Sí —murmura—. Pero me duele.

Asiento.

—Puede doler y ser correcto.

Me mira largo rato, luego deja el brazalete sobre la mesa.

—De acuerdo —dice. Inspira—. De acuerdo. Pero no mucho tiempo.

Saco la copia y la deslizo hacia ella.

—Le traigo su foto.

Mira la imagen. Sus manos, la caja, la carta. Luego le da la vuelta. Lee la palabra. PUENTE. No dice nada enseguida. Apoya el dedo sobre ella.

—Es lo que hace falta —dice al fin. Parece agotada, pero decidida—. Un puente. No una explicación.

Hacia las diez, la puerta de entrada se abre. Entra una mujer, el abrigo aún húmedo, la mirada tensa como una cuerda. Se detiene, localiza a Élise, y duda, como si temiera despertar algo. Detrás de ella, un cochecito. La mujer se acerca. Élise la mira. Su rostro también duda.

—Hola, mamá —dice la mujer.

Élise parpadea.

—Hola…

Busca.

—¿Usted es… la señora del pasillo?

La mujer sonríe, pero sus ojos se llenan.

—Sí. Se podría decir.

Me levanto, instintivamente, para dejarles espacio. Me mantengo a distancia, la cámara al hombro, pero no fotografío. Todavía no. Hay momentos en los que no se “toma” una imagen. Se recibe.

La mujer se agacha junto a Élise. Toma suavemente sus manos. Y veo pasar algo: no un recuerdo, no un reconocimiento, sino un calor antiguo, un reflejo de amor.

—Te traje a alguien —dice la mujer.

Se vuelve hacia el cochecito, levanta un pequeño gorro. Un bebé. Muy pequeño. Un rostro nuevo. Un rostro que aún no ha aprendido a mentir.

Élise mira. Y algo se rompe… o se recompone.

—Aube —murmura.

La palabra sale perfecta.

La mujer rompe a llorar, sin ruido, como si hubiera esperado ese momento durante años.

Élise toca la mejilla del bebé con la punta del dedo. Solo una caricia. Solo un puente.

Disparo una foto, muy suavemente, sin flash, sin ruido.

Encuadro las manos: las de Élise, las de su hija, la pequeña mano de Aube que se abre como una promesa. Durante un segundo, todo está ahí. Luego Élise levanta la mirada hacia mí.

—Usted es… el fotógrafo —dice.

Sonrío.

—Sí.

Asiente, satisfecha. Como si eso bastara para poner el mundo en su sitio.

La mujer se queda un rato. Hablan poco. No lo necesitan. En un momento, Élise dice:

—Hay cosas que no se recuperan. —Luego añade, mirando a Aube—. Pero se pueden atravesar.

Pienso en la palabra al dorso. Pienso en la caja. Pienso en la noche. Y me digo que el tiempo, a veces, no es un muro. Es un paso. Cuando se van, Élise se queda junto a la ventana, un poco más tranquila, un poco más vacía, un poco más verdadera.

Me mira.

—¿Volverá? —pregunta.

Podría responder “sí” por reflejo. Podría prometer toda una serie.

Así que respondo como un fotógrafo:

—Si me espera, sí.

Sonríe.

Y detrás de los tilos, el amanecer –el verdadero, el del cielo– termina por llegar, como si se hubiera decidido.

Yo creía que fotografiaba rostros.

Fotografío umbrales.

Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de *PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y Masterton.

TERCERA EXPEDICIÓN A ILIROS IV