miércoles, 15 de julio de 2026

EL DOLOR VIVO DEL ALMA

Milica Lilić

 

—¡San… sangre… hay sangre por todas partes! —gritó la pequeña Magdalena al despertar bruscamente de su sueño, profundamente aterrorizada.

Su madre la tomó en brazos e intentó tranquilizarla, explicándole que solo había sido un sueño y que todo estaba bien. Pero la niña lloraba cada vez con más fuerza y llamaba a su padre.

Él la estrechó con ternura contra su pecho y la calmó. Solía llevarla a su estudio. Caminaba lentamente con ella en brazos y, cuando llegaba al lugar donde estaba la fotografía de su infancia en la que aparecía junto a su hermana pequeña, la niña se serenaba de inmediato. Él había advertido ese efecto y, casi sin darse cuenta, siempre terminaba llevándola hacia ese rincón. En una ocasión, cuando aún era muy pequeña, señaló con el dedo la imagen de la niña y dijo:

—La pequeña Nena.

Así se llamaba a sí misma cuando todavía no podía pronunciar su nombre completo.

Cuando finalmente se quedó dormida, ya tranquila, sus padres regresaron a la cama sin darle demasiada importancia al episodio. Magdalena era una niña alegre. Crecía y se desarrollaba normalmente, sin traumas aparentes. Durante el embarazo, su madre había gozado de buena salud y buen ánimo. El parto había transcurrido sin complicaciones y todo hacía pensar que la niña crecería serenamente, sin tensiones, rodeada del cariño de unos padres que se querían y vivían en armonía.

Sin embargo, aquel sueño en el que veía constantemente sangre comenzó a repetirse. Siempre que pronunciaba la palabra «sangre», añadía alguna otra que desconcertaba a sus preocupados padres. A medida que fue creciendo empezó a encerrarse en sí misma y en su rostro apareció una expresión de profunda melancolía impropia de una niña.

Sus padres decidieron consultar a un psicólogo. Sin embargo, ni conversando con Magdalena ni hablando con ellos, el especialista consiguió descubrir nada. Mientras tanto, la niña se hundía cada vez más en sueños todavía más espantosos. En algunos de ellos veía un uniforme; incluso recordaba alguna palabra aislada que escuchaba, aunque nunca lograba reconstruir el conjunto. Sus padres estaban desesperados y se preguntaban cómo ayudar a su pequeña.

Se acercaba su sexto cumpleaños. Magdalena estaba muy ilusionada y había invitado a sus compañeros del jardín de infancia. Había que comprarle un vestido para una ocasión tan importante. Recorrieron varias tiendas hasta encontrar el que más le gustó. Regresaron a casa felices de verla tan contenta y de poder cumplir uno de sus deseos.

La niña se puso el vestido y se contempló satisfecha en el espejo. De pronto lanzó un grito.

—¡Ahí vienen! ¡Me van a despedazar! —Corrió aterrorizada hacia su madre, que la miraba estupefacta—. ¡No dejaré que te hagan daño, mamá! ¡No tengas miedo!

Pero aquella terrible palabra, «despedazar», quedó grabada como un hierro candente en el corazón de la madre.

«¿Dónde habrá oído esa palabra?», se preguntaba cada vez más angustiada.

La abrazó con fuerza, animándola a que dijera algo más. Pero Magdalena permaneció en silencio.

Aquella noche se acostaron temprano. La madre, agotada, se quedó dormida apenas oyó que la respiración de su hija se volvía tranquila y acompasada.

Pasado un tiempo, un grito desgarrador volvió a despertarla.

—¡Auxilio!

Después llegaron largos sollozos que demostraban hasta qué punto aquel sueño había sido doloroso.

Los padres regresaron al psicólogo con la esperanza de que pudiera ayudar a la niña a olvidar aquellas pesadillas y dejar de sufrir.

Preocupada por todo lo que estaba ocurriendo, llegó la abuela. Procuraba contarle historias de todo tipo con la esperanza de que nuevos recuerdos desplazaran aquellas imágenes aterradoras.

El psicólogo sugirió administrar a la niña una medicación suave. Los padres vacilaron durante mucho tiempo y finalmente decidieron seguir su consejo.

La abuela no dijo nada. Solo comentó que antes intentaría hacer algo por su cuenta.

Los padres se miraron en silencio.

Al día siguiente propuso llevar a la niña al zoológico para distraerla un poco.

Aquella noche fue ella quien acostó a su nieta. Mientras la ayudaba a dormirse le contó historias que parecían agradarle mucho. Los padres no sabían de qué hablaban aquellas dos y permanecieron en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos.

Después de preparar a Magdalena para dormir, la abuela se acostó a su lado.

—Ahora tú y yo vamos a conversar un ratito en secreto. ¿Te parece bien?

Magdalena la miró sorprendida.

—Sí —respondió. Tal vez ni siquiera comprendía del todo qué significaba aquello.

—Lo que vamos a hablar no debe saberlo nadie más que nosotras dos. ¿De acuerdo? —La niña asintió con la cabeza—. En realidad, nunca hay que ocultarles nada a mamá y a papá. Pero esto será nuestro pequeño secreto solo durante unos días. La abuela tiene una solución para tus sueños tan feos. Pero si se lo cuentas a ellos, no funcionará.

Magdalena permaneció inmóvil unos instantes.

—¿De verdad puedes ayudarme, abuela? —preguntó con desconfianza.

—Sí. Bueno... en realidad no yo, sino una amiga mía. Mañana iremos a verla. Solo lo sabremos nosotras dos.

Y le guiñó un ojo con aire cómplice.

—¿Entonces no iremos al zoológico? —preguntó la niña con tristeza.

—Claro que iremos. Pero primero haremos una visita.

—Abuelita, ¡qué bueno que hayas venido!

El sueño fue apoderándose poco a poco de Magdalena y, por fortuna, aquella noche no hubo ningún despertar acompañado de gritos.

A la mañana siguiente, Magdalena apuraba impaciente a su abuela para que salieran hacia el zoológico, como repetía una y otra vez.

Emprendieron el camino. Mientras iban hacia la parada de taxis, la abuela le contó que ella también había tenido pesadillas cuando era niña y que, igual que ahora, su propia abuela la había llevado a visitar a una señora con la que había jugado. Aquella señora tenía un fuego y arrojó algo a las llamas. El fuego quemó todos sus malos sueños.

—Eso mismo hará esta señora con los tuyos. Quemará tus sueños horribles y nunca más volverás a soñar cosas feas.

Magdalena abrazó a su abuela llena de alegría.

El taxi las dejó frente a una casa baja, rodeada por un hermoso jardín repleto de flores. Al verlas llegar, una anciana saludó afectuosamente a la abuela y le dijo a la niña:

—De aquí saldrás corriendo, alegre y llena de vida. —Aquella expresión fascinó a Magdalena, porque nunca antes la había oído—. Y nunca volverás a tener un mal sueño —añadió la mujer.

Eso le gustó todavía más.

Dentro de la casa, los muebles eran antiguos, pero todo resultaba acogedor. En un rincón había una estufa que irradiaba un calor muy agradable. La niña se acercó para calentarse las manos y mostró cómo enseguida se le habían puesto coloradas.

Mientras las dos ancianas conversaban, ella observaba con curiosidad todo cuanto la rodeaba. Le sirvieron una taza de té y la bebió con ellas.

Al cabo de un rato, la anciana se levantó, abrió un cajón, sacó una vieja cuchara de latón reluciente y preparó un pequeño recipiente con agua. Abrió la estufa y colocó sobre el fuego la cuchara, que contenía un líquido brillante, mientras murmuraba algo en voz muy baja, como si hablara con las llamas.

Magdalena seguía atentamente cada uno de sus movimientos.

De pronto, vertió de golpe el metal fundido dentro del agua. Se oyó un extraño chisporroteo y el plomo que había derretido adquirió de inmediato la forma de una figura retorcida y extraña.

Luego la anciana susurró unas palabras a la abuela. Después dio a Magdalena un poco de agua del recipiente para que la bebiera, le lavó el rostro y le dijo:

—He quemado todos tus miedos y todos tus malos sueños. A partir de ahora solo soñarás con tus amigos y volverás a ser una niña alegre.

La abuela estaba profundamente emocionada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero estaba convencida de haber ayudado a su nieta.

Cuando salieron de la casa, Magdalena dio unas palmadas y preguntó:

—¿Les diremos a mamá y a papá que esa señora quemó mis sueños horribles? ¿O todavía tenemos que guardar el secreto?

La abuela la abrazó.

—Ya no hace falta. Todo lo malo terminó.

Después pasearon por el zoológico y la niña estaba radiante de felicidad.

Apenas llegaron a casa, gritó desde la puerta:

—¡La abuela mató a esos alemanes que me mataron a mí mientras dormía!

Sus padres se miraron desconcertados.

—Ya no tendrá más pesadillas —explicó la abuela—. La llevé a ver a una anciana que le hizo un ritual con plomo fundido. No sabía si ustedes me lo habrían permitido y por eso no les dije nada.

—¿Qué alemanes? —preguntó el padre, confundido.

—¡Los que me despedazaron! —gritó Magdalena con rabia.

El padre se desplomó en un sillón.

La abuela, observándolo con sorpresa, dijo:

—Esa mujer me contó algo muy extraño. Dice que, al mirar la figura formada por el plomo, vio que la niña había heredado un miedo perteneciente a alguien que quizá fue asesinado en el pasado y que ese recuerdo se manifiesta ahora en sus sueños. Según ella, esa alma todavía no ha encontrado la paz.

El padre palideció. Se llevó una mano al pecho y pidió agua. Le acercaron agua y azúcar y apenas lograron calmarlo.

Tras un largo silencio, susurró:

—Mi hermana Neveka fue masacrada cuando era niña, exactamente a esta edad. ¿Será posible que ese horror se esté manifestando en los sueños de nuestra hija? Mañana mismo iremos a la iglesia para que celebren un responso por el descanso de su alma.

—Ya no va a volver, no te preocupes, papá. Esa abuela mató a los alemanes. Los quemó a todos en el fuego y ellos gritaron porque les dolía muchísimo.

Dicho esto, Magdalena salió corriendo de la habitación, alegre y llena de vida.

Milica Jeftimijević Lilić nació el 28 de agosto de 1953 en Lovac, cerca de Banjska, en la región de Kosovo y Metohija. Se graduó en 1977 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Pristina, en el Departamento de Lengua y Literatura Yugoslava. Posteriormente, en 1995, obtuvo su maestría en Ciencias Filológicas en la Universidad de Belgrado bajo la mentoría del profesor Slobodan Ž. Marković. Milica ha tenido una activa carrera tanto en la docencia como en los medios de comunicación y la gestión cultural. Pero además es una autora prolífica que abarca la poesía, la prosa, la crítica literaria y la literatura infantil. Sus poemas y críticas han sido traducidos a más de treinta idiomas (incluyendo italiano, francés, inglés, ruso y árabe). Entre sus libros más destacados se encuentran: Siže slučaja (2002), Oči u oči sa sudbinom (2015) y Skriveno u sjaju očiju (2019).

 

EL MILAGRO DEL CARBONCILLO

Patrick Eris

 

Si hay una imagen de mi padre que quiero conservar, es esta: inclinado sobre su mesa de dibujo, con la barba revuelta, los ojos miopes ocultos tras aquellos enormes anteojos de gruesos cristales y la cabeza calva animada por un ligero movimiento de vaivén: de arriba abajo, de abajo arriba. A veces, debido a la concentración, se le arrugaba la frente y la boca se le torcía en una expresión que podía parecer cómica.

Para mí no lo era. Yo observaba fascinada aquellos signos precursores, la calma antes de la tormenta.

De pronto se animaba, como un autómata de feria al que acabaran de poner en funcionamiento. Y dibujaba, con la frente cubierta de sudor; dibujaba con grandes ademanes, en un ballet sin música de movimientos bruscos y frenéticos. Y yo no podía hacer otra cosa que mirarlo una y otra vez, embelesada de admiración.

Cuando mi padre empezaba una de sus obras, aquel hombrecito calvo se volvía de pronto formidable, un titán legendario que manejaba el lápiz o el pincel como rayos que surcaban la tormenta de la creación. Instantes mágicos en los que el arte trasciende la carne y la belleza subyuga al mundo. Es cierto que, desde la altura de mis seis años, cualquier adulto era un gigante; pero, a medida que yo crecía, aquellos momentos privilegiados nunca cambiaban. Mi padre, el Creador, se metamorfoseaba entonces en un Júpiter surgido de los relatos antiguos que manipulaba los rayos. Una vez, una sola, tuve la misma impresión al ver a un gran pianista interpretar una pieza de Chopin de una complejidad asombrosa. Presencié entonces un enfrentamiento primordial: el hombre contra la materia inerte, empleando todas sus fuerzas y toda su voluntad para extraer de ella la belleza.

Después llegaba mi momento preferido. Aquel en que, de pronto, mi padre parpadeaba, se secaba la frente, tomaba con dedos temblorosos la copa de vino olvidada para beber un sorbo y advertía mi presencia.

—Ah, ¿estás ahí, hija? —decía, sonriéndome—. Ya terminé. ¿Quieres verlo?

¡Claro que quería! Entonces me sentaba sobre sus rodillas –al menos hasta que fui demasiado grande para eso– y me mostraba su obra.

Mi padre utilizaba toda clase de técnicas, cuyos nombres a veces me resultaban bárbaros –acrílicos, pasteles, qué sé yo–, pero su instrumento predilecto seguía siendo el carboncillo. Un cuadro tardaba demasiado en adquirir su forma ideal; un dibujo al carboncillo era un torrente de energía bruta extendida sobre el soporte, inmediato e impetuoso como su inspiración. Cuando trazaba grandes líneas sobre una tela o sobre su eterno bloc, yo tenía la impresión de que ninguna fuerza del mundo habría podido impedirle plasmar en el papel aquello que le dictaban su visión o su musa, como se prefiera.

Mi padre, aquel gigante.

Tenía un sencillo empleo como maestro de escuela, que desempeñaba lo mejor que podía. Una tarea incesante que evocaba el mito de Sísifo: cada año terminaba el curso de la misma manera para volver a empezar al año siguiente, enseñando siempre más o menos las mismas nociones básicas ante rostros diferentes. En verano le gustaba instalarse frente al caballete y pintar de una manera más minuciosa y reposada. También me gustaban sus cuadros, complejos paisajes inspirados en nuestra bella ciudad de Gante, llena de arabescos góticos, a veces iluminados por tonos pastel mediterráneos cuando sentía deseos de viajar y de exotismo. Pero creo que solo cobraba verdadera vida cuando empuñaba el carboncillo para combatir con el caballete, realizando el trabajo inverso al de un escultor que toma un bloque de mármol para, según la definición clásica, descubrir la estatua que se oculta en su interior.

Por desgracia, yo no había heredado su talento. Y ahora lo comprendo mejor: ¿cómo habría podido compararme con mi dios tutelar? Ejercía contra mí misma la crueldad que la juventud suele reservar para los demás, y todos mis intentos me parecían condenados de antemano. Probé con la escritura, pero, después de tres páginas, por lo general mi propia prosa me hacía dormir. ¿Concebir una novela? ¡Habría sido como pretender cruzar el Atlántico a nado! Entonces descubrí las computadoras y, como tantos introvertidos, me dediqué a la forma de creación que más se correspondía con mis escasas capacidades: el diseño de sitios de Internet. La red se convirtió en mi lienzo inmaterial.

Mi padre nunca expuso ni obtuvo reconocimiento. No sentía la menor inclinación por los honores ni por la vida social, y padecía un defecto imperdonable en nuestros tiempos: no sabía promocionarse. Ignoro si aquello le importaba realmente poco, si para él la felicidad de pintar o hacer bocetos constituía un fin en sí mismo. O quizá pensara que disponía de todo el tiempo del mundo.

Se equivocaba.

Yo tenía veintidós años cuando llegó el veredicto: un cáncer fulminante. Creo que tardé todavía más que él en aceptar la verdad. Después pasé sus últimos días en un estado de rabia y dolor apenas concebible, vagando entre la niebla de nuestra casa, a la que él nunca regresaría, y aquella anónima habitación de hospital donde terminarían sus días. Creo que, si Dios en persona se me hubiera aparecido, le habría escupido en la cara. En presencia de mi padre procuraba mostrarme animada, pero su valor me resultaba todavía más doloroso. Porque, hasta su último aliento, hizo todo lo posible para que yo no careciera de nada. No era rico, ni mucho menos, pero se aseguró de que todo quedara para mí: nuestra pequeña casa familiar al fondo de un callejón sombrío y sus escasas inversiones, acumuladas con la paciencia de una hormiga.

Creo que lo peor fue la primera noche después de su muerte, cuando regresé a aquella casa, nuestra casa, y solo me recibió el silencio. Aquel silencio y las preguntas sin respuesta. ¡Yo apenas tenía veintidós años! Estaba muy lejos de haber comprendido todo sobre él y, todavía hoy, no dejan de perseguirme los interrogantes. ¿Había sido feliz? ¿Soñaba con la gloria? ¿Deseaba en secreto otra vida? Nunca lo sabré.

Y yo, tan insignificante, ¿qué podría hacer sin él?

Lo enterramos discretamente en el cementerio de Campo Santo, en Gante. Fue una ceremonia sencilla, a la que asistieron sus amigos maestros e incluso algunos de sus alumnos. Hacía buen tiempo. Lloramos por él. Y regresé a aquella casa silenciosa, habitada únicamente por los fantasmas del pasado.

La continuación ya la conocen.

Hice lo único que estaba a mi alcance para honrar su memoria. Creé este sitio, el mismo sitio que, si están leyendo estas líneas, sin duda conocen. Una extraña catarsis que me proporcionó momentos de absoluta desesperación al recordar aquellas manos mágicas afanándose sobre el papel. Precisamente mientras le rendía homenaje, su ausencia se volvía todavía más dolorosa.

Píxel a píxel, escaneé todo con la mayor resolución posible. Cada cuadro, cada boceto, incluso los garabatos hechos sobre un mantel de papel de un restaurante mientras esperábamos una pizza; mantel que yo había arrancado para conservar el retrato, de un realismo conmovedor, de una desconocida sentada en la mesa de al lado.

¿Fue una obra catártica? Tal vez. Llevar a cabo aquel trabajo me produjo más sufrimiento que alegría y, sin embargo, en ningún momento pensé en abandonarlo. Tenía que hacerlo, impulsada por la misma pasión que animaba a mi padre, mi héroe. Después lo publiqué todo en Internet, acompañado por una fotografía y unos pocos datos biográficos.

Y, como ustedes saben, Willy Van De Waere fue uno de esos descubrimientos póstumos de los que existen tantos. No llegó a convertirse en el Van Gogh de Gante ni en el favorito de los grandes salones, pero hubo suficientes personas capaces de apreciar su trabajo, de firmar el libro de visitas o de debatir sobre él en el foro que abrí a pedido de todos. Algunos incluso quisieron comprar sus cuadros, pero me negué. ¿Qué importancia tenía el dinero? Aquellas obras eran todo lo que me quedaba de él. Cuando mi propia vida termine, su obra completa pasará a la ciudad con la esperanza de que algún día se convierta en un museo. Acepté organizar una exposición en París, pero fui tan exigente con las condiciones que creo que la directora de la galería terminó arrepintiéndose de haberme hecho la propuesta.

Una parte de la élite parisina acudió a ver sus obras. También los críticos. No sentí la menor necesidad de leer lo que escribieron.

Apenas empezaba a aceptar su pérdida cuando comenzaron a aparecer nuevos dibujos.

El primero fue un carboncillo –por supuesto– que representaba a una gitana bailando flamenco, con aquel movimiento fluido, aquella silueta esbelta y aquella cascada de cabellos desdibujada por el movimiento, tan característica del trazo de mi padre. Y luego aparecieron otros.

Por fortuna, Van De Waere no era lo bastante famoso como para que alguien pensara en una falsificación o en una de esas polémicas que tanto fascinan al mundo del arte. En el libro de visitas y luego en la red de contactos que había creado en distintas plataformas sociales, todos celebraban que el humilde maestro de escuela de Gante hubiera dejado discípulos. Se analizaba la perfección de la imitación, la forma más sincera de la admiración. Incluso llegaron a sugerir que aquellos dibujos podían ser obra mía.

¡Qué disparate!

Como a todo el mundo, aquellas extrañas apariciones me intrigaban. No; más aún. Porque yo, que administraba aquel espacio donde sobrevivía la obra de mi padre, estaba en la mejor posición para saber que no había sido yo quien había subido aquellos dibujos. Ni yo ni ninguna otra persona. Revisé todos los datos, hice todas las comprobaciones imaginables, y nunca encontré nada: ni la intrusión de un pirata informático, ni el robo de mis contraseñas. Aquellos dibujos, realizados con el estilo de mi padre, simplemente aparecían en el sitio que le estaba dedicado.

Nadie los publicaba. Simplemente estaban allí, y yo los descubría con la misma sorpresa que los aficionados al arte que nos visitaban. Llegué incluso a esperarlos.

Lo sé. Muchos me tomarán por loca, sobre todo porque no creo ni en Dios ni en el diablo y, mucho menos, en los fantasmas. Pero, como decía Sherlock Holmes, cuando se eliminan todas las explicaciones racionales...

Porque reconocí aquellos dibujos. Volví a ver escenas de mi infancia. Aquella gitana la habíamos admirado durante un concierto de música gitana cerca de Villeneuve-d'Ascq cuando yo tenía ocho años, y me hizo decidir en el acto que, de mayor, sería bailarina, con una abundante cabellera negra y brillante y un enorme aro dorado en la oreja.

Aquella estatua era el pequeño jade que durante mucho tiempo había permanecido sobre mi mesa de noche, hasta que lo rompí con un movimiento torpe.

¿Y aquellos caballos fogosos? ¿Qué niña no sueña con caballos?

Creo que ya comprenden adónde quiero llegar. Sí. No existe otra explicación. Es mi padre, mi querido padre, quien necesariamente está detrás de esos dibujos, inspirados en nuestro pasado compartido, antes de que me fuera arrebatado con tanta crueldad.

¿Cómo puede mantener algún tipo de contacto con un símbolo de la modernidad como Internet, él, que apenas sabía encender una computadora? No lo sé. Pero lo que sí creo, y lo que por fin me permitió volver a dormir, es que él, que hasta su último aliento solo se preocupó por el bienestar de su hija; él, que nunca pidió a la vida nada más que poder dibujar a mi lado, encontró este medio para decirme que nada había terminado.

Que allí, en algún lugar, en algún abismo más allá de la muerte –un paraíso, un limbo, qué sé yo–, sigue siendo exactamente como lo imagino todavía hoy: oculto detrás de sus gruesos anteojos, con la cabeza calva cubierta de sudor, la barba revuelta, luchando contra la materia, impulsado por un fervor creador imposible de extinguir.

Y cuando termina, advierte mi presencia, me sonríe y me dice:

—Ah, ¿estás ahí? Ya terminé. ¿Quieres verlo?

Gracias, papá.

Gracias, de todo corazón.

Patrick Eris, uno de los nombres que utiliza Thomas Bauduret para publicar sus obras, nació en París el 22 de octubre de 1963. Trabaja como traductor profesional. En 2007, tradujo y publicó en Francia la novela Stone Baby de su amigo Joolz Denby, y se convirtió en coeditor de Éditions Malpertuis. Ha publicado una docena de novelas, entre las que se destacan Born killer, 1996; Une balle dans l'esthète, 1997; Rush, 1997; La Première Mort, 2003; L'Autobus de minuit, 2001; Fils de la haine, 2005; Ceux qui grattent la terre, 2016; Les Arbres, en hiver, 2016; Quelques grammes de brutes dans un monde de finesse, 2019 y Dans la nuit du monde, 2024, así como tres colecciones de cuentos: Docteur Jeep, 2011 Histoires vraies sur les rails, 2012 y Le Seigneur des mouches, 2020. 

MUMBAI

Meghashri Dalvi

¿A dónde iría hoy? No es que quedaran muchas opciones.

Chandan yacía en la cama, pensando perezosamente después de despertar. ¿A la biblioteca que había al otro lado del pasillo? No, ya estaba harto de eso. Al principio, su atmósfera reluciente, los sofás mullidos, la cafetera, todo le había parecido novedoso y emocionante. Pero una vez que el encanto de lo nuevo se desvaneció, hasta los libros comenzaron a parecerle insignificantes. Todas esas historias fantasiosas, que describían mundos imaginarios e irreales. ¿Para qué los había leído? ¡No eran más que castillos en el aire! Quizás lo que mostraban en aquella película era verdad: los libros se quemaban uno a uno para dar calor, tan inútiles se habían vuelto.

Resistiendo el impulso de correr las cortinas, Chandan se levantó de la cama. Se echó agua en la cara en el baño. El tanque principal de arriba todavía tenía agua de sobra. Podría haberse dado una buena ducha. No faltaban jabones y champús extranjeros de marca. Recordó lo deslumbrado que había quedado cuando se mudó a ese apartamento por primera vez. Azulejos relucientes por todas partes, armarios con espejos, ropa de marca adentro. Las personas que vivían allí habían dejado todo eso atrás. Por supuesto, adondequiera que hubieran ido, habrían decorado sus nuevas casas de la misma manera. Probablemente en el piso noventa y cinco otra vez.

Eso era Andheri. Un barrio de edificios altísimos. Centros comerciales relucientes y cafés donde un café costaba setecientas rupias. A medida que los comercios cerraban uno a uno para dar paso a nuevos edificios, el barrio fue perdiendo su alma. Ese enorme hospital, por ejemplo, que habían tenido que ser trasladarlo hacia Bhiwandi desde que Juhu y Versova habían quedado bajo el agua.

No era solo la lluvia, claro. Chandan lo sabía. La ciudad llevaba años desmoronándose bajo su superficie brillante: desagües taponados, manglares desaparecidos, muros de contención nunca terminados, presupuestos recortados en reuniones discretas, advertencias ignoradas como ruido de fondo. Pero cuando llegó el agua, todos culparon a las nubes. Como si la ciudad no hubiera estado hundiéndose desde mucho antes de que comenzara la lluvia.

En Mumbai ya no había lugar para edificios pequeños ni para gente pequeña. Solo cierta clase de personas podía seguir llamando suya a la ciudad. Cuando la gente de Marine Drive llegó allí, construyó todas las tiendas y restaurantes que necesitaba dentro de sus nuevas torres. Sin necesidad de salir. Sin necesidad de ver a nadie. "Ciudad vertical", la llamaban. ¡Vaya! ¿Puede una isla tan pequeña convertirse de verdad en una ciudad vertical? ¿No es eso exigirle mucho más de lo que puede dar?

Escuchó un zumbido afuera. Incluso por encima de la lluvia y el viento, sus oídos lo captaron. Debía ser un helicóptero. Dos días antes también había llegado uno. Lo había ignorado entonces. Y decidió ignorarlo de nuevo ahora. Probablemente llevaba cámaras. Filmándolo desde arriba, transmitiéndolo al mundo entero. Gente por todas partes mirando, boquiabierta. "Ahh, ohh", exclamarían. La primera vez, cuando se alojaba en un piso más bajo, había saludado con la mano. Otra vez, se había quitado la camisa y la había agitado frente a la cámara. Luego comenzó a hacer acrobacias, arrojando su computadora portátil al mar, destrozando hermosas pinturas. El tipo de payasadas que lo hacían popular.

Pero ya estaba cansado de todo eso. Ese era el día veintiuno. A su alrededor, solo mar, y de vez en cuando el destello abrasador del sol entre las nubes. Pero con las cortinas corridas, podía disfrutar de una vida de comodidad y lujo. Sofás profundos que te tragaban un palmo, cojines suaves, copas con bordes dorados, y quién sabe cuántas cosas más. Comida de sobra en la despensa. Bebida también. Vinos importados y sabores extraños y desconocidos. Un estilo de vida que hacía olvidar que existía un mundo afuera.

Al principio, el verano había atormentado a la ciudad. Todos habían ansiado la lluvia. La tierra reseca, el asfalto humeante, los gorriones desesperados y los niños con los rostros demacrados. Pero cuando la lluvia finalmente llegó, golpeó como una locura. Salvaje e imparable. Le fue chupando el espíritu a la ciudad. Sobrevino el caos. La gente huía en masa, tratando de encontrar refugio fuera de Mumbai. Caminando con el agua hasta la cintura, algunos en autobús, otros en camiones, otros simplemente a pie.

Chandan pensó en Mala. Ella se había peleado con él cuando se negó a abandonar Mumbai. Luego, desesperada, se fue sola a su pueblo natal. Le daba escalofríos pensar cómo habrían sido las noches si ella hubiera estado allí con él en ese enorme apartamento. Qué diferente era del lugar donde había vivido. Esa cama enorme, más grande que todo su antiguo cuarto. La brisa salada entrando por las ventanas abiertas, la luz de la luna bañando la habitación en plata, los dos envueltos en una suave manta azul pálido, y el mar afuera, el espumoso e interminable mar Arábigo. El pensamiento le puso la piel de gallina. Podría haber vivido del recuerdo de ese momento por el resto de su vida.

Pero Mala no había estado de acuerdo. Cuando la lluvia dio las primeras señales de desastre, ella le tomó el rostro entre las manos.

—Vámonos —dijo—, las cosas no van a estabilizarse aquí.

La estabilidad era lo que a ella más le importaba. Pero ¿acaso existía algo así como la estabilidad en un mundo que cambiaba cada día? Una vida sencilla en alguna choza de pueblo era la estabilidad que prefería. Pero él había querido vivir eso al menos una vez: la riqueza, la comodidad, el lujo. La clase de vida que había leído en las novelas, visto en las películas. Lo que viniera después, que viniera.

Esa era la torre más alta. Había llegado allí en secreto, cuando estaba vacía. Un edificio deslumbrante. El tipo de lugar desde cuyos balcones los millonarios publicaban fotos de atardeceres. Pero cuando el mar llegó a sus puertas, todos habían ido marchándose uno a uno. Solo se quedaron quienes utilizaban la plataforma de aterrizaje del helipuerto en la azotea. Por eso nadie se había dado cuenta cuando vivió en el piso catorce durante dos días.

Pero no había esperado que la inundación en Mumbai se volviera tan terrible. La lluvia no paraba. Ni siquiera la marea baja reducía el agua. Una vez que se cortó la electricidad, hasta los ricos se fueron en helicóptero. Dejando atrás esa torre vacía. Un símbolo de la ambición vertical del ser humano, como se describía en algún libro con lenguaje pomposo. Pero para él era como una escalada embriagadora: romper los lazos con la tierra y elevarse innecesariamente hacia el cielo.

La torre lo tenía todo. En el piso treinta y cinco, forzó la entrada a un apartamento y pasó un par de días estupendos. Pero cuando el agua comenzó a entrar por las ventanas, siguió subiendo. Pronto, Mumbai quedó vacía. El día quince, un helicóptero lo había descubierto. Aterrizó en la azotea y llamó para rescatarlo.

Por alguna razón, se negó. Quería quedarse allí hasta que cediera la inundación, y luego tomar una embarcación y partir. Llegar al pueblo de Mala. El plan le había parecido perfecto. Pasó unos días más viviendo con derroche. Mientras hacía acrobacias para las cámaras del helicóptero, se imaginaba volviéndose famoso. Como si la fama pudiera protegerlo. Como si los "me gusta" y las visitas pudieran contener el mar. Dentro de la torre de vidrio, seguía sintiéndose el héroe de una historia… mientras que afuera, la historia había dejado de tener sentido.

Así que siguió subiendo, y finalmente llegó al piso noventa y cinco. La cima. Un piso entero para él solo. Un apartamento único, rodeado de vidrio por todos lados. Vistas panorámicas de Mumbai. Dos balcones. Atiborrado de todas las comodidades imaginables. Quién sabía quién lo había poseído, claramente alguien con buen gusto. Chandan lo había absorbido todo, bebiéndose la belleza. Abrió una lata y sacó unas galletas. El hambre, al fin y al cabo, no perdonaba a nadie. Se preguntó cómo hasta las comodidades más pequeñas habían perdurado mientras la ciudad no. Y aun así, sentía un vacío en su interior.

Cuando el sonido del helicóptero se detuvo, salió a un balcón. La lluvia caía a cántaros. A esas alturas, la lluvia era como una mascota, siempre presente, siempre hambrienta. Pero el mar estaba furioso. ¿Era solo la lluvia? ¿Se había roto alguna presa? ¿O alguna otra cosa? Quién sabía. No había manera de recibir noticias allí.

Cuatro días antes, podía ver otra torre a la izquierda, la de Worli. La segunda más alta de Mumbai. Cerca de ella solían flotar escombros. Pero ahora, a su alrededor… solo olas y más olas. Chandan se estremeció. Una vez antes, durante una inundación, el agua había entrado en su casa y había pasado la noche en el techo. Pero ahora era como si la propia azotea de Mumbai estuviera desapareciendo.

¿Qué pasaría después? El pronóstico de lluvias para Mumbai había estado equivocado durante los últimos siete u ocho años. Era algo natural. Cuando la lluvia era una vez y media mayor de lo esperado, y la capacidad de drenaje era un cuarto de lo necesario, ¿qué podía esperarse? Recordó a una mujer en un canal de televisión gritando preguntas. No le había prestado atención entonces. Pero ahora se preguntaba cómo era posible que nadie entendiera algo tan sencillo como "una vez y media más, un cuarto de capacidad". Ese pensamiento lo perseguía. Pero en ese momento, pensar no servía de nada. Tenía que salvar su propia vida.

Chandan pensó en Mala otra vez. Como solía hacer. Se preguntó si ella también pensaría en él. Ella había llamado una vez, pero él no atendió. Y luego la señal murió. Sin teléfonos después de eso. Quizás ella lo había visto en las noticias. Quizás se reía. Quizás estaba disgustada. Quizás rezaba para que volviera. Quizás debería hacerlo. No era demasiado tarde. Si el helicóptero regresaba, podría hacerlo. Cuando la vida llega al límite, ¿resurge el deseo de vivir? Un pensamiento cruzó su mente velozmente. Basta de este desenfreno. Basta de este estilo de vida embriagador. Era hora de irse.

Quizás debería extender una tela roja en la azotea, pensó. Al menos lo verían rápido. Si el helicóptero venía, vendría por él de todas formas, pero aun así, mejor hacer el esfuerzo. Aunque llovía, el sol asomaba un poco. Una tela roja sería visible desde lejos.

Abrió un armario y empezó a buscar. Encontró no uno sino dos saris rojos. Y dos vestidos. Los tomó y subió a la terraza. Había agua hasta las rodillas. Extendió la ropa sobre el agua lo mejor que pudo.

Alzó la mirada hacia el cielo. Las nubes oscuras seguían cerniéndose. La lluvia no paraba. Afortunadamente, el viento se había calmado, y eso significaba que el helicóptero tendría una oportunidad.

Cuando bajó la vista, un pensamiento lo golpeó. ¿Dónde aterrizaría el helicóptero? La pregunta le oprimió el corazón. Pero entonces recordó: por lo general, desde el helicóptero se lanza una escalera de cuerda, y hay que agarrarse de ella y trepar. Había visto en algún lugar que así se rescataba a las personas atrapadas en inundaciones. A veces, un rescatista bajaba por la escalera para subirte. Estaban entrenados para eso. También llevaban chalecos salvavidas y otros equipos.

Un destello de esperanza regresó a Chandan. Si ese rescate dramático quedaba filmado, le traería fama, una vida más allá de su existencia ordinaria. La esperanza parpadeó en su corazón. Ahora solo tenía que esperar al helicóptero. Con la cabeza en alto, escudriñando todas las direcciones, Chandan se quedó inmóvil, en la cima de todo Mumbai.

¿Quién sabía cuánto tiempo había pasado? No tenía ganas de bajar a revisar el reloj. ¿Y si el helicóptero llegaba justo en ese momento? Miró a su alrededor. El sol asomaba entre las nubes; todavía no estaba en el cénit, así que probablemente no era mediodía aún, razonó. El agua parecía haber subido más. ¿Y si todos los pisos de abajo quedaban sumergidos? El pánico comenzó a apoderarse de él.

Justo entonces, escuchó ese rumor familiar. De inmediato, tomó un vestido rojo y empezó a agitarlo con fuerza. Cuando el helicóptero comenzó a acercarse en su dirección, se llenó de alegría. Solo unos minutos más. Sin poder contenerse, abrió los labios en una sonrisa amplia. Para que las cámaras la captaran nítidamente y la convirtieran en millones de visitas. Un último gesto en una historia que creía controlar. Pero el viento no se interesaba en eso, ni tampoco el mar. Fuera del encuadre, el mundo no obedecía ningún guion.

El helicóptero dio varias vueltas por encima. De él se desplegó una escalera de cuerda. Un hombre con traje amarillo empezó a descender lentamente. La cuerda oscilaba, así que el hombre avanzaba con cuidado, un peldaño a la vez.

Emocionado, Chandan caminó hacia el helicóptero. Alguien adentro gritaba instrucciones, pero sus ojos estaban fijos únicamente en el hombre de la cuerda. El helicóptero descendió un poco. El hombre del traje amarillo bajó dos peldaños más. Todavía le faltaba un par de palmos. Mientras Chandan avanzaba por el agua de la terraza, tropezó. Luego levantó el brazo y se lanzó hacia adelante para agarrar al hombre.

Pero falló. Chocó contra el borde de la terraza y se precipitó.

Millones de personas miraban a Chandan con el aliento contenido en plataformas de streaming de distintos canales.

Y entonces una ola enorme se lo llevó en un instante, junto con el último pedazo de Mumbai.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

martes, 14 de julio de 2026

LA LUZ DE LA CASA OSCURA

Ainur Kumarjánova


"El bien que haces a tu madre es un jardín que plantas para ti mismo.

El daño que le haces es una mancha que dejas en tu propio corazón."

 

En el extremo más alejado del pueblo había una vieja casa.

El revoque de las paredes se desprendía y los vidrios de las ventanas estaban opacos. Al caer la tarde, aquella casa quedaba sumida en la oscuridad. Pero había una tristeza más profunda que esa oscuridad. En aquella casa vivía sola una anciana ciega.

Tenía dos hijos. Los dos habían caído en el alcohol.

Comprendieron demasiado tarde que el alcohol no solo roba la razón, sino también la dignidad. Y cuando lo comprendieron, ya era demasiado tarde.

—Oye, ¿qué queda todavía en la casa? —preguntó el hijo mayor.

—Vendamos ese baúl. Hasta el hierro vale dinero —respondió el menor.

—¿Y qué dirá mamá?

—¿Qué más da? Total, no puede ver.

Después de esas palabras, la casa comenzó a vaciarse poco a poco. Se llevaron el baúl. Se llevaron la alfombra. Se llevaron la vajilla. Hasta desapareció la vieja silla que estaba junto a la estufa.

La anciana no veía nada, pero lo percibía todo.

—Hijo... la casa está demasiado silenciosa...

—¿Qué importa? Usted no puede verla —dijo uno de sus hijos antes de cerrar la puerta de un portazo.

La anciana guardó silencio.

No es la ceguera de los ojos la verdadera desgracia. La verdadera desgracia es la ceguera del corazón, murmuró para sí.

También tenía dos hijas. Ellas la llamaban por teléfono de vez en cuando.

—Mamá, ¿cómo estás?

—Estoy bien, hija.

—Ahora estoy muy ocupada. Iré más adelante.

—Está bien, querida...

Ese "más adelante" terminó convirtiéndose en años. La anciana nunca reprochaba nada.

Por las noches permanecía sentada en la habitación oscura, levantaba las manos en oración.

—Señor, protege a mis hijos —decía—. Ojalá nunca olviden el bien que recibieron de mí...

Un día su cuerpo comenzó a fallarle. Ya no pudo levantarse.

—Hijo... agua...

Su voz apenas era un susurro. No había nadie que la oyera. La casa quedó envuelta en un silencio absoluto. La noche era larga. La oscuridad era más densa que nunca.

Y en medio de aquella oscuridad, el corazón de la anciana madre latió por última vez.

 

Al día siguiente llegaron sus hijos. Pero no para acariciar el rostro de su madre.

—¿Dónde están sus pendientes de oro?

—Quítale ese anillo.

—Puede servirnos más adelante.

Durante un instante reinó el silencio. La anciana permanecía inmóvil. Aquel corazón que había vivido pronunciando la palabra "hijo" ya no pedía nada. La anciana vecina se secó las lágrimas.

—Ay, hijos míos... —dijo—: Una madre solo se recibe una vez en la vida. Su bendición no puede comprarse con dinero.

Pero aquellas palabras tampoco lograron atravesar sus corazones de piedra. Tomaron las joyas y se marcharon.

Y la madre, sola en aquella casa oscura, emprendió en silencio su viaje hacia la eternidad.

 

La verdadera orfandad no consiste en perder a los padres.

La verdadera orfandad es perder su cariño mientras aún viven.

 

La peor enfermedad de la vejez no es el dolor ni la enfermedad. Es la soledad. Las lágrimas derramadas sobre la tumba por un hijo que nunca llamó a la puerta mientras sus padres vivían no tienen ningún valor.

Esta no es una historia inventada. Es una amarga verdad tomada de la vida. Porque hay casas cuya luz no la mantiene encendida la electricidad, sino el amor de una madre. Y el día en que esa luz se apaga, no solo la casa queda sumida en la oscuridad: también la humanidad.

Ainur Serikkyzy Kumarjánova es poeta y traductora literaria. Nació el 10 de marzo de 1983 en la aldea de Semiyar, distrito de Beskaragái, región de Abai. Es autora de los libros de poesía Sueño precioso, Mis golondrinas, Pirámide, La caravana del alma y La brisa de Beskaragái. Es miembro de la Unión de Escritores de América del Norte, vicepresidenta para Kazajistán de la Asociación Literaria Internacional CESART y miembro de la Academia de Literatura y Comunicación LiK de Alemania. Ha sido galardonada en numerosas ocasiones en concursos literarios internacionales. Sus poemas han aparecido en revistas literarias y antologías internacionales de numerosos países. Actualmente dirige un taller literario en la Casa de la Creatividad Infantil y Juvenil de la ciudad de Kurchátov, en la región de Abai.

DEPORTE DE ÉLITE, O MARIUS Y LOS HOMBRECITOS

Finn Audenaert

 

Marius alterna la mirada entre la taza sobre la mesa y la gran pantalla colgada de la pared. Le irrita que su adversario lo imite. Bart también está ahora mirando fijamente la pantalla.

El aroma del café le revuelve el estómago. Tiene las manos sudorosas. En las imágenes ve cómo la superficie del líquido oscuro comienza a agitarse. La diminuta cámara instalada dentro de la taza muestra una figura apenas distinguible. En cambio, sobre la mesa, Marius todavía no percibe movimiento alguno en la superficie.

Vamos, Anton, nada hacia arriba. El café ya no debe de estar tan caliente.

Una música dramática estalla por los altavoces del bar. La imagen de la pantalla se amplía varias veces. Un nuevo filtro acentúa el contraste entre los distintos tonos. Los intentos de Anton por alcanzar el borde de la taza aparecen ahora con absoluta nitidez. A Marius le parece que el hombrecito está exhausto. El borde resulta demasiado empinado. Anton vuelve a resbalar.

¡Ahí está la cucharita! Agárrate de ella, como practicamos.

Pero el hombrecito no encuentra la cuchara. Intenta impulsarse en vano sobre el terrón de azúcar que se desmorona en el fondo de la taza. Marius no soporta más la escena. Se pone de pie. Enseguida siente la mano fría de Bart sobre su hombro.

Las palabras de su rival suenan tajantes:

—Si abandonas la mesa antes de tiempo, tendré que denunciarte ante la federación por infringir el reglamento.

Marius vuelve a sentarse, abatido.

Reglamento o no, apartar la vista sería una traición. Anton merece que vea cómo termina.

Cuando su hombrecito emerge flotando, sin vida, Marius reprime un sollozo.

—¡Ya te lo había dicho! —vuelve a oír la voz estridente de Bart.

El vencedor le sonríe con suficiencia.

—El tuyo ni siquiera aguantó dos minutos ahí abajo. Vamos, paga.

Suspirando, Marius abre la aplicación de transferencias. Mientras envía el dinero, intenta apartar de su mente la muerte de Anton. Ya ni siquiera se atreve a mirar al hombrecito de Bart, que hace un momento se secó tranquilamente en el borde de la mesa.

Hoy no es mi día. Perdí tres apuestas. ¡Tres! En el bolsillo solo me quedan dos hombrecitos. ¿Cómo voy a llegar alguna vez a la liga profesional? Allí ni siquiera hace falta apostar para ganarse la vida. Las casas de apuestas te patrocinan. Parece un sueño muy lejano...

Marius asiente con frialdad hacia su adversario, se acerca a la barra y pide la cuenta. Para colmo, el perdedor paga todas las tazas de café. Sale del bar con el ceño profundamente fruncido. Mientras se dirige a la puerta oye decir a Bart:

—¿Alguien quiere enfrentarse conmigo? Me sobran hombrecitos y pienso quedarme aquí hasta el mediodía.

 

En una gran ciudad, Marius y Bart vuelven a enfrentarse. El marcador indica 1 a 1.

Qué distinto es el escenario al del campeonato provincial.

Marius pasea la mirada por el amplio recinto. Unas gruesas cuerdas rojas rodean la plataforma. Detrás de ellas, una multitud de espectadores contempla fascinada la competición. Marius da un golpecito al logotipo del patrocinador estampado en su camiseta y luego se vuelve hacia la cámara. En el teléfono comprueba que la mayoría de los espectadores apuesta por su rival.

Esperen un poco. Estoy completamente preparado.

Comienza la segunda ronda.

El público ruge:

—¡Microondas! ¡Microondas! ¡Microondas!

Marius observa la figura encerrada dentro del electrodoméstico. Espera con ansiedad cuál de los hombrecitos explotará primero bajo el calor insoportable.

El hombrecito de Bart es muy musculoso. Permanece erguido con admirable firmeza.

Esa debe de ser su mayor fortaleza.

El hombrecito de Marius, Alexander, corre peor suerte. Estalla en mil pedazos de forma espectacular. Salpicaduras de sangre cubren la parte delantera del horno de microondas.

El marcador señala 2 a 1.

Bart saluda al público enardecido. Marius permanece imperturbable. Mete la mano en un bolsillo y saca a su último hombrecito.

Resuena el gong. Comienza la final.

Un oficial sopla un puñado de arena directamente a los ojos del nuevo hombrecito de Marius. El pequeño Frederik agita desesperadamente los brazos para protegerse de la tormenta de arena. Marius asiente con satisfacción.

Así es como te enseñé. Resiste. Si lo haces, cumpliré mi promesa. Esta noche podrás pasear fuera del terrario, Frederik.

El hombrecito de Bart no corre la misma suerte. Cae de rodillas entre toses. Poco después queda completamente sepultado bajo la arena.

Satisfecho, Marius dirige una mirada a Bart. El rival recoge apresuradamente a su hombrecito exhausto. Algunos granos de arena caen sobre el escenario. Bart pone cara de pocos amigos.

Ja... Ya se imagina lo que viene.

Mientras tanto, Frederik resiste admirablemente. Se inclina apenas hacia atrás bajo el cálido soplido del oficial, pero no cae. La arena le golpea el rostro sin descanso. A Marius le gusta verlo luchar. Entonces oye la voz del comentarista.

—Cuarenta y ocho... Cuarenta y nueve... ¡Tiempo! Cuarenta y nueve segundos. Marius, del equipo BetAllUWant, establece con su hombrecito... veamos... con Frederik, el nuevo récord provincial. ¡Una sorpresa extraordinaria! A veces un patrocinador sabe asumir riesgos calculados.

Los aplausos llenan el recinto. Marius sonríe ampliamente a la cámara y levanta el pulgar.

¡Lo conseguí! Menos mal que durante las últimas semanas sometí a mi pequeño ejército a un campamento de entrenamiento tras otro. También fue inteligente entrenarme yo mismo. Me faltaban paciencia y sangre fría. Me alegro de haber repasado cada noche todos los escenarios posibles de competición. Todo el esfuerzo valió la pena.

Marius extiende la mano por encima de la mesa hacia Bart. El derrotado se encoge de hombros antes de estrechársela.

—Nunca pongas en juego a tu mejor hombrecito demasiado pronto, Bart. La prueba del microondas es la favorita del público, pero la final vale el doble de puntos.

 

Esa noche, Marius limpia con esmero su trofeo. Lo contempla desde todos los ángulos.

Sea nuevo o no, voy a hacerlo brillar.

Ha colocado junto a la mesa un pequeño recinto de recreo, al lado del reluciente trofeo. A través de la rejilla observa al diminuto Frederik caminar de un lado a otro sobre la gruesa alfombra. Marius se levanta y abre una ventana. Aspira profundamente el aire de la noche.

—Lo prometido es deuda, Frederik. Tendrás un par de horas fuera de tu terrario. ¡Disfruta del aire fresco!

Se vuelve y saluda con la mano al hombrecito. Frederik da pequeños saltos de alegría y le devuelve el saludo.

Los ganadores descansan poco. Las rondas clasificatorias para el campeonato nacional comienzan dentro de dos meses. Mañana compraré nuevos hombrecitos en la tienda de la calle principal. Frederik podrá recuperar fuerzas mientras entreno a mis nuevos reclutas. La vida sonríe a mi equipo y a mí. El deporte de élite es maravilloso.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

RECETA PARA SUEÑOS ASTRALES

Jorge Etcheverry

 

Nos pilla el alba sin haber podido dormir. A la noche siguiente uno se toma una pastilla, se duermen unas tres horas y la pastilla comienza a hacer efecto cuando uno ya está despierto, con los tamaños ojos. Uno atraviesa el día como sonámbulo con una percepción más o menos negativa del yo y sus circunstancias, como habría dicho el filósofo humano Ortega. La noche subsiguiente –ésta, estoy escribiendo pasaditas las dos y media– uno no se puede dormir y son más de las doce y uno se levanta a comprar cigarrillos y se fuma tres (el otro ingrediente para quedarme dormido me lo callo pudorosamente). Luego comienza el sueño, se establece el contacto. Inmediatamente ya somos un ojo –por así decir– que se desplaza allá arriba, desde lo que pudiera clasificarse como un satélite, o una nave. Vemos cómo el aura se desprende de la curva del globo terráqueo, eléctrica, azulada, cubriendo tenue el hemisferio nocturno. Se establece el contacto, ahora a la inversa; ahora la perspectiva se confina al mundo, al país, al tiempo preciso. La Tierra se viste y desviste según climas y estaciones. Pero ahora en este momento, en esta situación, la vemos fija. Por así decir, bajamos, o aterrizamos. Los ojos casi en forma refleja se detienen cada vez que la vemos en esa cara nuestra que nos sale al encuentro desde los escaparates, los espejos, las puertas giratorias, toda superficie cristalina. Interrumpimos por el momento el contacto hacia arriba porque queremos olvidarnos de todo lo que no se relacione con este aquí y ahora, no queremos permitir ninguna intrusión en este mundo en que estamos otra vez, con nuestro doble metabolismo, mecánico y mamífero, este último vital para el cumplimiento de nuestra tarea, pero no siempre agradable o fácil de sobrellevar. Pero en una hora se cumple otro plazo, debemos restablecer el contacto, ese es el mandato. Entonces debemos efectuar el proceso de la Ponición de pilas, término que no parece adecuado. No se escucha, al menos yo no lo he escuchado. Postura de las pilas, sí, ponerse las pilas es incluso una expresión que significa alistarse, prepararse para hacer algo, pero postura es además adoptar una posición, una idea, y es la manera en que se dispone el cuerpo, posición firme, por ejemplo. Para un F14 con conexión satelital como uno, no está nada de mal plantearse este tipo de preguntas lexicográficas referentes a usos y costumbres de este mundo que habitamos/estudiamos, inmersos en sus vastas multitudes, siempre en contacto real o virtual con esa nave que circula allá arriba y que es la que realmente interpreta, da perspectiva desde ese espacio tiempo coincidente pero más abarcador, cuando surgen problemas y preguntas importantes, aunque en general, un F14 se supone que es básicamente funcional, que solo establece contacto hacia arriba en contadas situaciones, por supuesto con más frecuencia que los F15, claro. El F15 tiene un implante procesador superior, con más conexiones, tiene una necesidad mucho menor de contactarse, tiene un físico casi idéntico al de nosotros, pero más corriente, menos llamativo, casi ningún humano los miraría dos veces. El F15 tiene además tareas de supervisión, sería quizás mejor decir supervigilancia, y, precisamente, esa falta de distinción le permite desempeñar mejor sus tareas. Tiene programado un manejo superior al nuestro del lenguaje coloquial, del léxico y los modos de expresión, para mimetizarse mejor con la gente cuando habla. En cambio, nosotros preferimos mantenernos callados. Cuando abrimos la boca se nos nota inmediatamente algo raro, afortunadamente, en este mundo multiétnico y multirracial, se nos toma por extranjeros o inmigrantes. He oído decir que el F15 puede incluso hacer el amor, puede experimentar placer. Nosotros en cambio tenemos que saber por ejemplo qué comer a la hora del desayuno, para no causar inquietud si nos toca compartir una mesa con trabajadores humanos, por ejemplo. Pero en caso de duda siempre podemos ponernos en contacto con la nave.

Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).


lunes, 13 de julio de 2026

KRONÓKRATAS

José Muchnik

De agua o de arena, de sol o de cuarzo, relojes... ¿Qué miden? El tiempo no fluye, somos nosotros fluído, palabras, sangres, sueños, navegando hacia la única desembocadura, el mismo misterio, delta irreversible. ¡Progreso! ¡Certidumbres! ¡Velocidades crecientes! Más más, más... más rápido, ríspido, rabioso, más miasmas hasta descifrar la sentencia que hechiceros de la séptima noche formularon en los albores del ombligo: “a mayor velocidad menor será el tiempo disponible” formulación conocida en la era del jade como “paradoja de khronos invertido”.

Así fué, quisimos medir el tiempo, dividirlo en ínfimas láminas para vislumbrar la transparencia del espacio y aquí llegamos, fuimos nosotros los medidos, descuartizados, repartidos en jornadas rayuela, saltados entre cronometradas sartenes y cuadradas casillas ¡hay de quien transpase los límites! volverá castigado al punto de partida sin percibir el sentido de saltos ... ni casillas.

“Kronókrata: persona que pertenece a la élite que gobierna el tiempo”, asi fue definida esta palabra en la Gran Eciclopedia de Boedo hacia los comienzos del tercer milenio. Difícil imaginarse que hasta ese momento estuviera ausente de charlas y diccionarios, lo cual refleja la inteligencia de estos individuos, al no ser designados imposible identificarlos, a menudo ellos mismos no se identifican, es más quedan oscilando entre sus péndulos, no perciben el vaivén de su vanidad hasta que el yoyó se estrella contra un espejo inesperado.

Pará, Josecito, ya te zafaste como de costumbre ¿a dónde querés llegar? Esa es una característica típica de boedónicos, no hablan para decir cosas sino para encontrar lo que quieren decir. ¿Cómo querés que sepa dónde quiero llegar antes de largarme al camino?, ya lo dijo Machado ¿querés que te lo repita?, se hace camino al... Pensándolo bien kronókratas somos todos, en mayor o menor grado, todos somos cómplices del corsé que fuimos armando. ¿Ahora nos aprieta mucho? ¿No nos deja respirar amaneceres? ¿Se forman ilusiones edema bajo la piel o se ampollan deseos reventados como burbujas antes de llegar a labios? ¿Cómo deshacerse de miriñaques y elásticos zoquetes? ¿Cómo lograr que los pies recuperen su voz y nos hagan escuchar la frescura del arroyo?

El problema no son las barajas –bastos y espadas mienten a sabiendas–, la clave es encontrar el mecanismo del juego, el orígen de la humana frustración, las cuerdas y zanahorias que los kronókratas mayores utilizan con maestría para ajustarnos el corsé. Cada vez entiendo menos, Josecito. Te lo voy a explicar como un cuento para niños a ver si... Había una vez un mundo sin tractores ni motores ni wifi ni google, reinaba el tiempo de siembras y cosechas, de solsticios y equinoccios, luego poco a poco fuimos acelerando, rebanando segundos, perforando instantes, armando el tiempo comprimido que todos disfrutamos, pero acordate lo que dijimos, él no pasa, él no cambia, somos nosotros los que pasamos, nosotros los comprimidos. No, no digas tonterías, no estoy contra el progreso técnico, me parece genial, fibras ópticas, naves espaciales, internet, facebook, twitter ... ¡progreso técnico! Pero... ¿qué progreso?, lo aprovechamos mal, no sabemos montarlo con liviandad, al final es él quien nos monta, quien reparte fustazos sin piedad a jinetes y caballos, nos conduce trotando al bebedero de aguas secas, y así estamos, arremetiendo contra los palos en una carrera arreglada, perdiendo las apuestas pues ya no sabemos ni qué clásico estamos corriendo ni dónde está la línea de llegada.

¿Será posible armar de otra manera las cosas?, borrar esquemáticas casillas, desabrochar la imaginación, poner el placer en el centro de las ecuaciones y domar el progreso por más que relinche, clavarle espuelas en ijares hasta aflojar soberbias, liberar poco a poco el tiempo de sus chalecos de fuerza. El problema no era transformar el plomo en oro. ¿Para qué buscar oro? Alquimistas y piedras filosofales erraron de senda, la gran icógnita era cómo transformar el plomo en tiempo libre ¿cómo cortar las cuerdas?, rallar las zanahorias, desajustar el corsé, destornillar los Kronókratas del puente de mando y respirar aire de otros vientos. Tal vez una invasión de Kronoklastas abra otros futuros, pero esa es otra palabra y merece otro ideograma, pueden pasar a la página siguiente.

Tiempo libre, utopía de vuelo, repito: el tiempo no fluye somos nosotros los fluidos, inútil aclarar entonces que tiempo libre no existe, él está, libres podríamos ser nosotros... ya sería tiempo.

José Muchnik, poeta y antropólogo, nació en 1945 en la ciudad de Buenos Aires. Ingeniero Químico de la UBA (1973). Reside en Francia desde 1976. Graduado Doctor en Antropología de l’ Ecole d’Hautes Etudes en Sciences Sociales de París. Especialista en el estudio de culturas alimentarias locales, recorrió diversos países de África y América Latina. Realizó numerosas obras de poesía, novelas, ensayos y muestras fotográficas. Publicaciones recientes. Crítica poética de la razón matemática, 2015, poemas (bilingüe, español-francés). Ed. L’Harmattan. Geriatrikón, 2017, novela, Ed CICCUS Buenos Aires. Desgarros: exilios, duelos, muros, 2018, poemas y relatos. Ed CICCUS Buenos Aires. Chant pour Paris, 2019, Ed. Unicité, Francia. Di-Amantes: 2019, poemas, Ed CICCUS Buenos Aires. « Poemas de la cuarentena », 2020, Ed CICCUS Buenos Aires. Dechirures, poemas, 2020, Ed. Unicité, Francia. “Tamukiz”, poemas, en colaboración con Philippe Tancelin, 2021, Ed. L’Harmattan, Francia, “Fracaso”, relato épico, 2023, Ed CICCUS Buenos Aires. Es cofundador del grupo franco-argentino “Travesías Poéticas” (2009); del grupo de poetas franceses “Collectif effraction” (http://effraction-collectif.strikingly.com/) (2016) y del grupo internacional de poetas “Crue Poétique” (Creciente Poética, 2018, movimiento internacional de artistas y poetas por un mundo sin muros ni barbaries.).

EL DOLOR VIVO DEL ALMA