viernes, 19 de junio de 2026

EL NACIDO

Jorge Claudio Morhain


Por ahí pasa el Riachuelo. Ah, claro, usted no sabe qué es el Riachuelo. Es un riacho podrido que rodea a Buenos Aires. Separa a los buenos de los malos. A los limpios de los sucios. Tiene una baranda, tiene... Baranda dije, olor. Olor, dije. Bueno, ahí, en el borde, pero en el mismo borde del Riachuelo, hicimos la villa. No había donde meterse, y ese terreno estaba libre, con pastito, lindo, usted viera. Deben ser como veinte metros, entre el alambrado de una empresa pública y el agua, en Avellaneda pero del lado de la capital, al lado de dos puentes, uno viejo para autos y uno más viejo pero más grande, para los trenes, allá arriba. La villa se hizo en dos patadas. Se vino mucha gente. Después cuidamos que no entren más, porque ya no había dónde ponerse. Son como el olor. Se meten por todos lados.

   Está bien, está bien, no le estoy contando la historia de la villa. Le estoy contando la historia del Nacido que apareció del Riachuelo. Ah, ¿no le dije que apareció del Riachuelo?

   El asunto es que a la Dora, la que "trabaja" en la villa, se le perdió un crío, la Marcelita. Ella, claro, no puede cuidarlos bien porque no solamente recibe a la gente de la villa sino que aparecen tipos de quién sabe dónde. No les importa el olor, se meten en la casilla, en la pieza de la Dora que de veras está linda y limpita y siempre calentita. Ella no puede salir a cada momento a ver sus guachitos. Así que se le perdió la Marcelita, que gateaba siempre para el lado del agua. Todos hicimos cuenta que se la llevó el río. Anduvimos removiendo un poco el líquido espeso como aceite, pero qué íbamos a encontrar, si uno se cae ahí y te comen los ácidos, te comen.

   Pero no, qué denuncia. Nadie va a denunciar nada, en la villa. Si uno asoma seguro que va en cariñoso. No entiende. Que va en canasta. Que va en cana. Que va preso. ¿De qué país viene usted? Así que nos quedamos en el molde. Se perdió, y chau. Fue. La Dora no iba a patalear mucho porque era una boca menos, y, como todos los otros, vino al mundo culpa de algún forro pinchado. Hay que ver lo que es el olor. Uno se acostumbra, tanto que cuando anda donde no hay ese olor es como que no se halla, se siente raro. Huele como a chocolate espeso.

   ¿Qué tiene que ver el olor? No, es que me acordaba del olor de esa nochecita de fin de otoño. No sé si fue dos meses después, o seis, o un año. Me acuerdo, sí, que salí de la casilla que compartimos el Tiro, Martínez y yo. A echar un meo. Es que me gusta ver cuando el chorro pega en el agua oscura y se arruga como una seda, en redondeles. Me acuerdo que esa noche estaba rara, como quieta, los ruidos de la avenida venían como lejos, no pasaba casi nadie por Luján, no había viento. El Riachuelo se ponía tan lisito que daban ganas de mandarse una picada. La onda se agrandaba y se agrandaba bajo mi pishada, y de repente me di cuenta de que era demasiado grande, que era mucho más grande de lo que debiera ser, y entonces desvié el chorro hacia el pasto y comprendí que algo estaba saliendo del Riachuelo. Enseguida, no sé por qué pensé en la Marcelita. Eso salió del agua, yo lo vi, yo estaba allí. Era como un muñeco hecho con lanas empetroladas, sin forma. Yo lo vi. Y enseguida de verlo corrí a la casilla y llamé a los otros mamados, y entre cargada y cargada vinieron a ver la cosa salida del Riachuelo. Me llamaron loco, drogado, Fabio Zerpa, cualquier cosa. Máxime cuando al borde del Riachuelo solamente había una mancha de agua podrida oliendo como a chocolate recalentado. Ni rastros del Nacido. Pero yo lo vi. Qué cosa, desde esa noche cómo cambiaron las cosas para nosotros. Siendo cuatro la casilla quedaba chica. Así que Martínez se fue porque no aguantaba el olor a podrido, dijo. Nos quedamos con el Tiro. Los primeros días fue un escándalo, porque dijeron los chabones que había mal olor. Uno, no sé, creo que fue Martínez, contó de la noche y la meada, y de repente se apareció la Dora, más linda que nunca con sus ojos llorados y su minifalda. Yo le dije "qué buscás". "Mi hija", dijo. Yo le dije "estás mamada", y ella quiso hacerme a un lado. "¿Qué querés a cambio?", me dijo, y yo le miré las tetas. "Está bien", dijo, y me hizo a un lado. ¿Sabe que hasta vomitando es linda la Dora? Vomitó por toda la pieza, y por un rato el olor a vino superó el olor del Nacido y el del mismo Riachuelo. Y salió diciendo que estaba loco y que no era su hija, y que tenía un bicho. Y algunos vecinos quisieron hacer lío, pero el Tiro se plantó en la puerta y dijo: "¿Qué? ¡Manden la cana si quieren algo, qué!"

   Y todos se fueron a su casa.

   Pero vino la cana en serio, no sé si alguno nos tenía tanta rabia o qué, y revisó la casilla y encontró la mancha de agua del Riachuelo con olor a chocolate rancio, y se fueron frunciendo la jeta de asco. El Nacido se había corrido hasta el agua.

   Cuando se fueron los canas vinieron a los pocos días los otros, los de corbata, a querer comprar lo que había. Dijeron que habían hecho un experimento con genética, que no sé si será tan puta como la Dora, pero parecía que sí, porque dijeron que habían mezclado a varios tipos para que pariera una cosa, y que se les había ido por el desagüe y que era de ellos. ¿Cómo qué cosa? ¿De qué estamos hablando? Del Nacido. Nosotros nos negamos a dejarlos entrar, pero parece que por ahí uno se mandó por una tabla floja y se encontró con el Nacido en la cama. De repente alguien me hace a un lado, viniendo de adentro. Y era el fulano, blanco como esa hoja en la que usted escribe. "No es", dijo. Y se fueron. Y los últimos que vinieron fueron los de la tele, pero a esos les hicimos creer que había una manifestación pidiendo trabajo, y se mandaron flor de nota, y nos tiraron unos pesos. Después no pasó nada. Pasó el tiempo, eso pasó. El Nacido se fue criando, nos queríamos mucho los tres. No había egoísmos entre nosotros. El Tiro y yo queríamos al Nacido de igual a igual. Lo demás lo sabe, don. ¿Ah, no lo sabe? Bueno, hace unas cuantas noches aparecieron unos tipos en lancha. Unas lanchas negras, silenciosas. Los tipos vestían de negro. Hablaban bajito, pero creo que en inglés. Cuando quisimos acordar los tuvimos adentro. Entonces el Tiro se volvió una fiera. Sacó el bufoso y empezó a los chumbos, a dos manos (porque tenía dos bufosos) y parece que los tipos no se la esperaban, porque mientras preparaban tremendas ametralladoras nos fuimos. Nos fuimos a la mierda. Nunca más. Le juro que extraño aquel olor a chocolate podrido. Pero cuando pienso en la sangre del Tiro desparramada por todos lados me viene una cosa... Nos vinimos para acá. Acá es más fácil. Plantamos alguna cosita. Hago changas.

   Ahora sí, ya sabe todo. Yo decía que usted tenía que saber esta última parte porque los tipos que mataron al Tiro eran parecidos a usted, así, grandotes, ojos azules. ¿El Nacido? Ah, no al Nacido nunca lo va a ver. Se volvió al río. Le gustaba la mugre. Sobre todo después que se rompió. Sí, se rompió, se rajó, como una bolsa de trigo demasiado llena, y solito se arrastró al Riachuelo. Seguro que era Marcelita, yo siempre digo. Seguro la agarró esa agua con todas esas cosas de la puta Genética y la cambió toda. ¿No? Eso es lo que digo. Yo, digo, pero yo no sé nada.

   ¿Quién? ¿Mi mujer? No, ella no va a hablar. Deme los dólares, ella no sabe nada. Oiga, deme la guita, que yo ya hablé. Ella vino después, está bien que sea linda como un ángel, blanca como una paloma, dulce como un bombón, un sueño, una dulzura. Está bien que les guste a todos, que todos quieran tenerla y cuidarla. Yo también. Pero es mi mujer, y no sabe nada. ¿Qué experimento ni qué ocho cuartos? Ella es una mujer, ¿me entiende? ¡Una m-u-j-e-r! Marcela...

   Deme la guita o armo un escándalo. Eso es. Oiga, no se arrime más por el rancho, ¿eh? Ella es mi mujer, no la puta Dora, ¿eh? ¿Me entendió?


Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

 

 

HUELLAS EN LA PIEL

Nebojša Petković


 —¿Tienes hambre, Septum?

No hubo respuesta. El anciano se había vuelto a quedar dormido. Mejor así, pensó, y alargó la mano hacia los restos de carne.

Cuando se eliminan las partes podridas de una rata del desierto y se le extraen las vísceras... bueno, por muy grandes que sean esos animales en aquellas regiones, no queda gran cosa. En cualquier caso, no lo suficiente para dos viajeros.

Mientras mastica los trozos fibrosos arrancados de la brocheta, fingiendo que tienen mejor sabor del que realmente poseen, contempla las estrellas.

El cielo está abarrotado de luces.

La visión sería mágica si aquella bóveda no cubriera esta tierra reseca que le maltrata las posaderas. Un poco más. Es la cuadragésima séptima noche y mañana verá el Último Puerto. Y entonces... Entonces ya veremos. O como era aquello... Mañana se preocupará por sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal. Aunque no está seguro de Septum. El viejo no muestra señales de enfermedad, pero está muy lejos de ser alguien joven. Tarik teme que le queden días de vida. Por supuesto, eso no lo detendrá. Nada lo detendrá para abandonar aquel planeta maldito, y menos aún un anciano con el que se había cruzado por casualidad y al que aceptó de mala gana como compañero de viaje.

Ugvadul es un mundo muerto. Y, para ser sinceros, ya lo estaba antes de la enfermedad. Los pueblos que viven en los desiertos siempre están medio muertos. Donde escasea el agua, donde el sol quema la piel durante el día y los vientos la azotan por la noche, donde las ciudades están hechas de la misma arena y no se distingue un edificio de una duna... incluso las personas parecen hechas de arena: masas grises, porosas y arrugadas. Allí la muerte es una costumbre. Ahora todo ha terminado por fin. El Viento Negro está exterminando incluso a los animales malditos.

Se ríe en desafío al silencio, sin temor a que el sonido de su garganta despierte a Septum. Probablemente nada lo despertaría ya. La gente siempre está dispuesta a ser creativa. Sobre todo cuando se trata de inventar nombres.

La enfermedad no tenía nada que ver con el viento; quizá con el color negro durante sus primeras fases. Una vez se lo preguntó a un colega del instituto: si el nombre se debía a la velocidad con la que se propagaba.

—No. Simplemente les sonó bien... para los anales. Los anales permanecen. Las personas no.

Su estómago protesta. Está seguro de haber eliminado las partes infectadas del animal, pero aquella criatura ya era repugnante de por sí. Será mejor dormir antes de vomitar. No conviene emprender la marcha con el estómago vacío. Mañana aún le esperan varios ashares hasta el puerto, y eso significa una larga caminata por la arena. Se despide de las estrellas, entra en el vivac y cierra los ojos.

 

Despierta con el sol.

La lona de la tienda se agita sobre su cabeza y un hedor le invade las fosas nasales.

—¡Septum! ¡Septum!

Se incorpora sobre las rodillas y se arrastra hasta el anciano. Lo sacude. Está frío como una noche ya extinguida. Y rígido. Siente alivio. Habría sido más difícil con él si hubiera decidido seguir viviendo un poco más. Ni siquiera va a enterrarlo. La arena se encargará de eso. No siente remordimientos. La muerte se ha vuelto tan común en los últimos meses que resultaría impropio sentir algo distinto de indiferencia. Sobre todo porque parece que Septum murió de viejo. Mucho mejor que todos los demás. Solo tiene que completar su rutina matinal y ponerse en marcha. Cuando termina, puede tirar el pequeño frasco. Está vacío. Y eso tampoco importa. Ya no volverá a necesitarlo.

Exactamente siete ashares después del lugar donde dejó el cadáver de su compañero ocasional, el Último Puerto emerge del desierto. El cosmódromo parece irreal en aquel paisaje arenoso, aunque resulta bastante ordinario comparado con los grandes puertos galácticos. Comparado con alguno de aquellos en los que espera aterrizar algún día, una vez abandone el muerto Ugvadul.

 

—Señor Tarik Erej.

El oficial examina su credencial a través del visor de su traje protector.

—Investigador principal del Instituto de Biogenética de Ugvadul.

Lo observa con desconfianza, percibiendo la diferencia entre la fotografía y el hombre que tiene delante.

Más de mil ashares vagando por aquel mundo podían hacer eso con una persona.

—No esperábamos encontrar a nadie más con vida, y mucho menos a alguien de su... —Tarik se encoge de hombros—. Comprenderá que debemos realizar algunas pruebas antes de admitirlo.

—Por supuesto.

Lo conducen a través de una zona cercada hasta unas cápsulas metálicas achaparradas. Sobre él vuelan varios helicópteros; dos naves medianas esperan en la pista. Un poco más lejos, dentro de jaulas de contención, queman lo que queda de los infectados. El hedor asciende al cielo junto con el humo cargado de hollín.

Durante la siguiente hora le extraen sangre, le retiran capas epidérmicas de brazos y piernas, lo someten a chorros de agua hirviendo y lo frotan con cepillos ásperos.

No es agradable, pero ya conoce el procedimiento. Al final le entregan ropa limpia y hasta él mismo se ve diferente. El oficial de la puerta vuelve a acercarse. Sin la escafandra parece menos amenazador.

—Partiremos dentro de dos horas. Tendrá una cabina separada en nuestra nave. Sé que está cansado, señor Erej, pero me muero de ganas de escuchar su historia. Espero que nos honre contándola durante la cena en el salón principal.

—Por supuesto, señor...

—Egler. Abadar Egler. Capitán colonial de la corporación Vinet.

—Encantado.

Se estrechan las manos. Ya no hay temor. Las pruebas han dado negativo. Vuelve a ser un hombre.

 

La cabina es agradable, aunque no lujosa. Como la nave, en realidad. Cuando pensaba en este momento siempre imaginaba un gran transbordador de pasajeros lleno de gente. Era una fantasía absurda, por supuesto. Difícilmente una nave semejante habría cubierto jamás la ruta entre el espacio y Ugvadul. Aquel planeta era el apéndice inútil de la galaxia y precisamente por eso era un lugar excelente para las investigaciones que realizaba su instituto. El problema era que Tarik nunca había comprendido la verdadera magnitud de aquellas investigaciones.

No importa el tamaño de la nave ni que transporte únicamente personal militar. Incluso unos pocos serán suficientes. No quiere dormir y desperdiciar el tiempo. Aprovecha las horas previas a la cena para bañarse de nuevo, esta vez disfrutándolo, pasear por la nave y conocer a tanta gente como pueda. Cuando termina vuelve a quedarse solo. Abre la caja con sus pertenencias personales, confiscadas y luego devueltas. Saca una fotografía. En ella aparecen una mujer y un niño de cinco años. La besa y la coloca sobre el armario bajo el espejo. Su mirada pasa de la imagen, involuntariamente, a su propio reflejo. Ve algo cerca del cuello de la túnica. La levanta. Las primeras marcas están allí. Aparecen como pequeños hematomas oscuros aislados que, en la siguiente fase, se unirán formando manchas mayores. Muy pronto esas zonas comenzarán a pudrirse y la piel ennegrecida se abrirá en heridas. En las próximas cuarenta y ocho horas. Sonríe. No a sí mismo. A la mujer y al niño.

—Cobraré la deuda, mis amores.

No existe cura. El doctor Tarik Erej solo consiguió desarrollar un suero capaz de ralentizar la enfermedad y eliminar los rastros en la sangre durante sus primeras etapas. Ya era un milagro que hubiera durado tanto. Por suerte, funcionó.

Quería llegar hasta la nave de la corporación para la que había trabajado con dedicación durante los últimos tres años, creyendo que hacía el bien. Por eso trasladó a su familia a Ugvadul, pese al desierto, la pobreza y la rudeza de la población local. Creía que estaba haciendo algo bueno para toda la galaxia. Aquello en lo que trabajaba acabó matando a casi todos los habitantes del planeta. Y finalmente también a su familia.

El Viento Negro –un virus sintético– resultó tan peligroso que Vinet lo declaró antieconómico. Era tan contagioso que ni siquiera servía como arma militar. Pues ahora sí tendrá utilidad... Y completamente gratis. No solo se lo había regalado a los oficiales y soldados de Vinet. Esperaba habérselo regalado también a sus familias, a sus compatriotas...

Quizá incluso a toda la galaxia.

Nebojša Petković nació el 15 de noviembre de 1975 en Belgrado. Se graduó en la Facultad de Arquitectura y ejerce profesionalmente como arquitecto. Vive y trabaja en Belgrado. La escritura es una afición y una pasión que practica desde hace mucho tiempo, aunque dio un paso importante en ese ámbito recién con la publicación de su primera novela en 2014. Desde entonces ha publicado un total de seis novelas: Potraga (2014), Rat (2015), Izdaja (2016), Čudnovati događaji u Novogodišnjoj noći (2018), Čuvar grada (2022) y Sone strane (2024). Además de sus novelas, ha publicado varios relatos de terror, fantasía folclórica y fantasía épica.

 

LA FRÍA VERDAD QUE HACE RECHINAR LOS DIENTES

Ovidiu Vitan

 

TOMOROVEANU AURELIAN ION

CORREDOR DE SEGUROS

EVALUADOR DE RIESGOS

SEGUROS DE VIDA, SECUESTRO Y RCA

 

El hombre sentado detrás del escritorio coincidía con la imagen que Roman Popovici se había formado de él al leer el cartel sobre la puerta. Un caballero que acababa de superar los sesenta años, con una experiencia de vida que hacía difícil engañarlo, ojos atentos y una sonrisa profesional y cordial.

—Así que ha expresado su deseo de realizar una evaluación de riesgos y contratar un seguro —dijo el abogado, observando los documentos frente a él—. Me alegra que sea precavido; la gente todavía no se toma en serio el problema de las abducciones. Dicen que Bucarest no es Palermo.

—Me sorprende, considerando la cantidad de casos que han ocurrido últimamente —convino el joven—. Mi esposa y yo, sin embargo, nos tomamos este asunto muy en serio.

—Y hacen bien —asintió Tomoroveanu mientras continuaba tecleando con dos dedos en su computadora portátil—. Pero para la evaluación de riesgos necesitaré algunas respuestas a preguntas estándar —continuó—. ¿Está preparado?

El abogado bombardeó al joven con preguntas tales como cuántas personas vivían en el edificio donde residía, si tenía antecedentes psiquiátricos, si solía ir solo a lugares desiertos y cuáles eran estos: a) callejones, b) cuevas no abiertas al turismo, etcétera.

Diez minutos después, Tomoroveanu, estudiando la pantalla con una expresión concentrada como si quisiera justificar sus honorarios, decretó:

—Tiene una puntuación de 0,49, lo que significa un riesgo medio de ser abducido por extraterrestres. Califica para la póliza estándar, que cubre asistencia psicológica, investigaciones médicas y extracción de cuerpos extraños del organismo. Solo una aclaración: existe una cláusula que establece que la indemnización no será reconocida si el asegurado ya ha sido abducido anteriormente.

—No es el caso —sonrió Popovici.

—Entonces pediré a la secretaria que inicie de inmediato los trámites y podrá recoger la póliza mañana.

—Gracias. Ah, por cierto, tengo una curiosidad. Usted sabe más de estos temas y me preguntaba cuánto tiempo tiene una persona abducida desde que despierta en la nave hasta que empiezan a cortarla, abrirla, doblarla en posiciones imposibles o hacerle cualquier otra de las cosas horribles que esos seres les hacen.

El abogado lo observó con cierta sorpresa.

—No recuerdo que nadie haya mencionado explícitamente un intervalo —respondió tras una breve pausa—. Sin embargo, por los testimonios de las personas, estimaría que al menos quince minutos, quizá un poco más. ¿Por qué lo pregunta?

—Simple curiosidad —dijo Popovici, levantándose y tendiéndole la mano.

 

Aquella misma noche, Claudia, la esposa de Popovici, se aplicaba una fina capa de crema hidratante en la frente sentada ante el espejo del dormitorio. Roman leía las noticias en su teléfono. Una de ellas le llamó especialmente la atención:

«Una pareja afirma haber sido abducida por un OVNI en la cima de una montaña. Es el quincuagésimo quinto caso de abducción en zonas despobladas este año en Rumania, afirman los especialistas.»

—Cariño —dijo—. Hoy hice algo estupendo.

La mujer lo miró unos segundos, sin decir nada.

—¿Te levantaste del sofá?

—Sí, muy graciosa. Fui al abogado y contraté un seguro contra abducciones para los dos.

Claudia dejó de aplicarse la crema, aunque sin mirarlo.

—Llevo un año insistiendo para que lo hagas, así que supongo que también tenías otro motivo.

—Exacto. No fui solo por el seguro. También le saqué información porque quería saber cuánto tiempo tiene una persona abducida desde que despierta en la nave hasta que comienzan a experimentar con ella.

—Una curiosidad que la humanidad arrastra desde hace demasiado tiempo —suspiró Claudia.

—Te burlas, pero tengo un plan audaz que puede darnos una situación mucho mejor. ¿Recuerdas aquel curso de entrenador sobre técnicas fisiológicas no convencionales al que asistí el año pasado...?

—A pesar de todos mis sinceros esfuerzos por impedirlo.

—Pues bien, ese curso me preparó para la eventualidad de ser abducido. Primero me enseñó cómo recordar cosas que los extraterrestres borrarían de mi mente. Después me mostró cómo alterar mi presión sanguínea, mi respiración y mis ondas cerebrales. Primero tres veces, luego una, luego cuatro veces. Cualquier ser inteligente entendería el número pi.

—No si pensaran en binario o quizá en sexagesimal —observó ella deliberadamente.

—Es cierto, pero probablemente sepan que nosotros calculamos en decimal.

Claudia se sentó al borde de la cama, cepillándose el largo cabello. Por fin miró a su marido.

—Aunque ya creo que me arrepentiré, admito que me has despertado la curiosidad. ¿Por qué quieres saber eso?

—Cariño, estos seres están tan evolucionados que entre ellos y nosotros no existe comunicación, igual que no la hay entre los seres humanos y las proverbiales hormigas. Por eso no podemos decirles que lo que nos hacen, ya sea investigación científica, inseminación para hibridación o tratamientos médicos que ni siquiera comprendemos, constituye para nosotros una tortura atroz. Quiero comunicarme con ellos utilizando el método que te mencioné para convencerlos de que se detengan. ¡Quiero salvar a la humanidad! Y para hacerlo necesito ser abducido. Por eso quiero que vayamos a la montaña este fin de semana. Tú te quedarás segura en el hotel y yo vagaré solo por los senderos.

—Dios mío, Roman... ¡Harías cualquier cosa con tal de no ir a trabajar!

Poco después apagaron las luces y el silencio descendió sobre la habitación.

La noche había envuelto el barrio de Domenii como una madre que arropa a sus hijos. El aire era ligero y propicio para dormir. Fuera de la ventana, los árboles susurraban suavemente...

Popovici despertó sobresaltado, pensando fugazmente que alguien le apuntaba con una linterna a los ojos. Sin embargo, el dormitorio estaba iluminado como si fuera de día. Y entonces sintió verdadero miedo. Pero el miedo se transformó en terror cuando comprendió que la luz lo estaba arrancando de la cama.

Claudia dormía plácidamente. Quiso incorporarse, gritar, advertirle. No pudo hacer nada. Estaba paralizado. Y a su alrededor, el barrio de Domenii dormía con indiferencia.

Despertó de nuevo, no como quien sale de un desmayo, sino como quien simplemente parpadea. Ya no estaba en su dormitorio. Yacía boca arriba, inmovilizado, en una habitación donde la luz parecía caer de forma antinatural, rodeado de objetos que su mente era incapaz de comprender. El corazón comenzó a golpearle el pecho cuando dos ojos negros como alcantarillas en el sótano de un matadero aparecieron sobre él. Alrededor de ellos, en un rostro ceniciento y demacrado, una diminuta hendidura y dos pequeños orificios arrugados formaban la boca y la nariz.

Era un rostro vagamente humano. Pero no humano.

Un segundo ser, increíblemente delgado, apareció en su campo visual. Ambos se miraron sin expresión alguna, como objetos que apenas imitaban la vida. Popovici quiso levantarse y derribar aquellas pesadillas ambulantes. No pudo. Seguía paralizado. Ni siquiera podía gritar.

Imperturbables, las figuras esqueléticas manipulaban un largo tubo metálico flexible recubierto por una especie de papel de lija extremadamente áspero, que le recordó de manera alarmante a una sonda de colonoscopia.

Pero el abogado dijo que tenía al menos quince minutos. ¿Por qué...?

Entonces su horror se duplicó al transformarse en ira.

¡Claro que sabía que nos torturaban apenas despertábamos! ¡Me leyó como un libro y me mintió para no perjudicar su negocio!

El primero de aquellos títeres de ojos muertos se volvió hacia él. Entre sus dedos de nudillos extrañamente primitivos giraba una hoja reluciente. Por su aspecto podía cortar huesos, partir ojos y seccionar intestinos. Popovici tensó todo su cuerpo e intentó modificar su pulso para enviar mensajes aritméticos. Sintió que la frente iba a estallarle y que se asfixiaba. Pero debía transmitir el mensaje. De lo contrario sería torturado. Y no lo consiguió. La hoja se acercó y le quemó los ojos por un instante antes de dividirlos...

Su visión regresó un instante después.

Popovici vio que la aparición se había quedado inmóvil junto a él, con la hoja luminosa en la mano. El rostro gris azulado no expresaba nada, pero la figura demacrada comenzó a temblar horriblemente. El hombre tuvo la impresión de que el fantasma estaba sorprendido. La segunda aparición se reunió con ella, armada con un instrumento que, no sabía cómo lo sabía y prefería no pensarlo, servía para extraer ojos a través de la boca.

Los dos espantapájaros atrofiados se observaron mutuamente. Luego miraron las máquinas. El primero acercó su mano huesuda a la sien del hombre.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el primer fantasma ceniciento. —Popovici estaba tan aturdido tratando de comprender lo que le decían y por escuchar a la aparición hablar con una voz humana que apenas pudo responder—. Ahora puedes hablar. Dime tu nombre —dijo el espectro con una benevolencia inesperada—. Tu nombre psíquico, no el físico.

—¿Mi qué nombre?

—Todavía no tienen nombres psíquicos —aclaró el otro.

—¡Tienes razón! ¿Cómo te llamas?

—Roman Popovici... Soy un ser pensante y sus experimentos equivalen a una tortura para nosotros. ¡Les suplico que no vuelvan a introducir instrumentos en nuestros cuerpos! ¡Nos causa un dolor terrible!

Por primera vez, los rostros de aquellas repulsivas criaturas parecieron expresar algo. En aquellos ojos semejantes al fondo de un lago embarrado creyó percibir una sombra de compasión.

—Llévenlo al salón —le indicó una criatura a la otra.

Al instante siguiente, Popovici se encontraba cómodamente recostado sobre una cama suave y limpia, en una habitación completamente opuesta a la anterior. Estaba bien iluminada, resultaba agradable, decorada de manera extraña pero tranquilizadora.

—Nos sentimos horrorizados y les pedimos disculpas —dijo el primero, llevándose una mano a la cabeza—. Jamás se nos ocurrió que les estábamos haciendo daño. Ni que pudiéramos entablar un diálogo...

Popovici ya no sabía qué lágrimas llenaban sus ojos. Probablemente eran lágrimas de alegría, miedo y asombro. Las criaturas, por su parte, aunque sus rostros horribles permanecían impasibles, también parecían conmovidas. Lo delataba el desagradable temblor de sus cuerpos marchitos.

—Transmitiste un mensaje mediante tus funciones corporales para llamar nuestra atención, ¿verdad? —preguntó una de ellas.

—Me entrené mucho para hacerlo... ¿Son de otro planeta?

—No solo de otro planeta... Nuestro mundo está al otro lado de la realidad, más lejos de lo que puedes imaginar.

—Lo irónico —dijo Popovici, comenzando a sentirse desbordado por una avalancha de preguntas— es que quería ir a las montañas para ser abducido. ¿Cómo sabían que deseaba eso?

—No hay tiempo para preguntas. Debemos informar a nuestros colegas para que detengan definitivamente los experimentos.

—Roman —dijo el otro—, gracias a ti nuestras razas han establecido un verdadero contacto. Pero ahora debemos despedirnos. Regresarás a la Tierra cubierto de gloria.

Al segundo siguiente, Roman Popovici volvió a encontrarse en la lúgubre habitación donde la luz parecía torcida y caía de forma antinatural sobre los bordes de las cosas.

Un escalofrío helado recorrió su cuerpo. Terribles sospechas comenzaron a formarse en su mente. Por fortuna, las criaturas también aparecieron allí, agitadas.

—Lo sentimos, ha habido un pequeño error. Estamos nerviosos —se disculpó la segunda—. Hasta que se resuelva el problema, permíteme responder a tu pregunta sobre por qué te elegimos precisamente a ti. Verás, buscamos explotar el miedo supremo de cada persona que abducimos.

—¿Qué significa eso?

—Sabemos identificar y aislar los temores de las personas y luego utilizarlos contra ellas como si manejáramos un torno dental sobre un nervio expuesto.

—No entiendo...

—Antes mencionaste nuestros experimentos.

—Sí. Probablemente realizan investigaciones, inseminaciones, marcaciones científicas o curan enfermedades... ¿verdad?

La criatura descartó todas aquellas hipótesis con movimientos de su cabeza sin nariz ni orejas.

—No tiene nada que ver con la ciencia ni con la medicina. Es algo mucho más hermoso. Incluso sublime. Vamos, ¿ninguna hipótesis?

Popovici solo pudo negar con la cabeza. Tenía la mente completamente en blanco. La primera aparición se unió a ellos.

—No tiene idea, ¿verdad? —le dijo a la otra, con voz humana.

—¡Ninguna! Es increíblemente estúpido... ¿Quieres decírselo tú?

El ser esquelético acercó su rostro con olor a podredumbre al del hombre y dijo con frialdad:

—Los abducimos por el horror y el dolor que sienten cuando los desarmamos, los despedazamos y los desollamos.

Popovici quedó inmóvil como un insecto atrapado en ámbar.

—Míralo —dijo el primero—. Ya no parece tan estúpido. Está empezando a comprender.

—¿Mintieron? Pero...

—Exactamente. Jugamos con tu patética esperanza de que todo mejoraría. Tu intento de llamar nuestra atención con el truco del pulso fue ridículo; por suerte, podemos leer pensamientos.

En ese momento, Roman Popovici sintió que algo se rompía dentro de su cabeza. Un dolor atroz atravesó su cerebro, entumeciéndolo a medias y provocándole un intenso mareo. Comprendió que, debido al terror, estaba sufriendo un derrame cerebral. Paradójicamente, aquello lo estaba salvando. Todo se volvió negro.

Luego volvió a estar en la habitación imposible. Nada había cambiado.

—Aquí solo mueres con nuestro consentimiento —dijo el otro—. Verás, mi amigo, yo y millones más permanecemos ocultos en órbita alrededor de la Tierra. Y hemos venido para quedarnos. Somos los dientes podridos de las civilizaciones de las que procedemos. Errores de la naturaleza que experimentan éxtasis eróticos en medio de cuerpos destrozados donde la vida aún titila. Por un lado, no podemos evitarlo; por otro, somos inmortales. Para evitar que nos encarcelaran para siempre, lo cual habría sido poco civilizado, fuimos exiliados a bordo de prisiones voladoras, los OVNIs, como ustedes los llaman, que nos mantienen alejados de los planetas decentes.

—Pero nos permiten satisfacer nuestras enfermizas necesidades con sus cuerpos llenos de dolor y sus mentes rebosantes de miedo. A nadie le importan ustedes ni lo que les hacemos, siempre que ellos estén a salvo.

—¿Pero por qué nosotros? ¡¿Por qué los habitantes de la Tierra?!

—Porque, entre todos, ustedes reaccionan de la manera más horrible a la tortura.

—¡Pero no te preocupes! Tenemos la tecnología necesaria para mantenerlos vivos sin importar cuánto abusemos de sus cuerpos. Además, cuando regresan a casa, no recuerdan absolutamente nada.

—¡Pero yo recordaré! ¡Muchísimas personas recuerdan haber sido abducidas!

—Sí, algunas lo han recordado. Pero ¿cuántas no?

—¿Cuántas... cuántas personas han abducido?

El rostro repulsivo e inmóvil del ser pareció ser atravesado por una leve brisa de expresión que semejaba satisfacción.

—Los abducimos a todos. Desde presidentes hasta la niña encantadora que vive en el segundo piso. Desde tu abuela cuando era joven hasta la mujer que duerme a tu lado. Cada día los habitantes de la Tierra son descuartizados, violados y desarmados sobre mesas de operaciones. Después los reconstruimos y los enviamos de vuelta a casa. Solo que les hacemos olvidar todo. Muy rara vez alguien conserva algún recuerdo, pero entonces lo consideran loco.

—Además —añadió el otro, aparentemente encantado—, sus élites saben que existimos y que los abducimos. Estamos en contacto con ellas desde hace mucho tiempo. Es una especie de pacto: ellas se aseguran de que el público no descubra nuestra existencia y nosotros las ayudamos a obtener dinero y poder. Incluso mediante los seguros.

La criatura emitió un sonido desagradable que probablemente era una carcajada burlona.

—Les prometimos que no abduciríamos a los asegurados para que las compañías no quebraran.

—Pero también les mintieron...

—Por supuesto. Los terrícolas son tan estúpidos que podemos hacer con ustedes lo que queramos.

—¡Recordaré todo lo que me han dicho y se lo contaré al mundo entero! ¡¿No les preocupa?!

El esfínter que ocupaba el lugar de la boca en aquel rostro grisáceo se arrugó y se ensanchó como si fuera a expulsar algo que hizo erizarse el cabello de Popovici. Entonces comprendió que aquella mueca era, en realidad, una sonrisa feroz.

—No —dijo secamente el extraterrestre.

Y la hoja que sostenía en la mano se hundió en el pómulo del hombre, atravesando piel, músculo, encía y dientes, cortando su grito y penetrando mucho más profundamente.

 

Frente a la ventana, los árboles susurraban de forma tranquilizadora y el cielo matutino comenzaba a adquirir el azul del mar Mediterráneo que Roman y Claudia habían admirado durante un crucero años atrás.

Roman Popovici se frotó los ojos y se desperezó.

A su lado, su esposa dormía plácidamente, con una expresión serena en el rostro.

El hombre volvió a mirar por la ventana. Entre las frondosas copas de los árboles y el cielo elevado, tuvo la sensación de encontrarse en un bosque encantado. Como si hubiera percibido que estaba despierto, Claudia abrió los ojos. Sonrió instintivamente. Luego recordó la conversación de la noche anterior y la sonrisa se desvaneció.

—¿Vas a preparar café? —preguntó en voz baja—. Estoy cansada, aunque dormí unas ocho horas.

—Debe de ser el estrés... Yo también me siento destrozado. ¡Como si me hubieran pasado por una máquina de exprimir!

—Nunca entenderé de dónde sale esa expresión tan absurda —refunfuñó Claudia.

Y así comenzó un nuevo día.

Ovidiu Vitan, nacido en Rumania en 1967, es corrector de pruebas y traductor. Debutó en la literatura en la revista de ciencia ficción "Anticipatia" en 1996, y su primer libro se publicó en 2016. Desde entonces, ha publicado seis volúmenes. Sus dos libros más recientes, "Pe sapse iulnie in Austrialia" y "Superstitii in spatiu", recibieron prestigiosos premios rumanos de ciencia ficción.

jueves, 18 de junio de 2026

EL HAMBRE

Roxana Ruscior

 

Las nubes mordían el fino cuerno de la Luna, extendiendo la bruma sobre los fértiles campos que rodeaban el castillo. Desde abajo, al pie de la colina sobre la que se alzaba el torreón de piedra blanca, resonaban cada vez más lastimeros los aullidos de perros famélicos. Los mendigos que día tras día pedían alimentos detrás de la puerta de hierro se habían marchado, dejando atrás apenas unos cuantos cuerpos demasiado debilitados para seguir el paso. Muy poca carne para una jauría hambrienta.

Los ojos agudos del cuervo posado sobre las almenas observaban atentamente las dos pequeñas siluetas, envueltas en oscuras sotanas monásticas, que salieron del patio del castillo y se dirigieron hacia el bosque del valle. Con su áspera voz les gritó desde lo alto, inquieto por el peligro que sentía cercano, pero hasta sus oídos humanos no llegó más que un molesto graznido. Volvió a gritar una vez más, luego se lanzó desde la torre y voló tras ellos hasta verlos desaparecer en las entrañas del bosque, donde él encontraba alimento en abundancia, porque cuando los hombres y los animales pasan hambre, los cuervos prosperan.

Los primeros rayos de luz devoraron con avidez las sombras de la noche.

 

El fuego de la chimenea que calentaba el comedor del castillo lanzaba de vez en cuando sus lenguas chisporroteantes hacia el sombrío rostro del barón, abrasándole el alma. Nada podía calmar los furiosos latidos de su corazón, que parecía dispuesto a romperle el pecho justo donde estaba la herida recibida en combate y luego curada con amor por su señora. En su estómago, repleto hasta el exceso, se abría un vacío imposible de llenar.

Sus pequeños ojos se entrecerraron aún más a la luz de las llamas y los labios afilados se apretaron dolorosamente bajo la nariz aguileña. Ya no se oía sonido alguno en la vasta estancia donde, apenas unas horas antes, habían resonado voces alegres, habían chocado copas de vino y se habían vaciado platos rebosantes.

El hombre volvió su pesado cuerpo hacia los sirvientes que aguardaban órdenes, con las cabezas inclinadas y las espaldas encorvadas. Criaturas sin rostro ni voz, tan acostumbradas al miedo y a las privaciones que ni siquiera se atrevían a mirar los restos de comida sobre la mesa, sobras que para ellos habrían sido un festín de varios días.

La penetrante mirada de su señor se detuvo unos instantes en la alta silla situada en la cabecera de la mesa, donde se había sentado orgulloso junto a ella, su elegida, y junto a él, su huésped. El vientre redondo, hinchado por la gula, se le contrajo dolorosamente al recordar aquellos momentos: los ojos negros del monje, ojos de demonio, siempre bajos, clavados en el suelo, pero que no habían dejado de examinar en varias ocasiones el rostro de su esposa, demorándose con insolencia en el velo blanco de seda que ocultaba sus trenzas rubias, luego en el corpiño rojo de su vestido y en las estrechas mangas.

¡Qué descaro el de aquel muchacho que había llegado a pedir, en nombre del abad del monasterio del valle, provisiones para sus hermanos en Cristo en aquellos tiempos de sequía y hambre!

Le había prometido una carreta cargada de los mejores alimentos de sus fértiles tierras. Se los ofrecería con la misma humildad con que había entregado a la Iglesia la franja de terreno donde se había levantado la casa de Dios. Tan solo debía seguir rezando el santo abad por su salud y prosperidad.

Al oír aquello, el monje de ojos negros como el Infierno le había besado las manos, asegurándole que el buen Dios conocía su devoción y generosidad y que, por ello, para que nadie atentara contra sus riquezas, le había enviado un ángel guardián encarnado en la criatura más humilde.

Cuando pronunció esas palabras, los serenos ojos de la baronesa, que reflejaban el cielo del mediodía, se habían alzado hacia el rostro cubierto de sudor y polvo del joven y se habían detenido en él un instante más de lo conveniente.

Aquel muchacho parecía terriblemente hambriento, pero no era comida lo que ansiaba. Un hambre abrasadora lo consumía en otra parte, más abajo del vientre. Él lo había visto perfectamente, pero no podía negar hospitalidad a un enviado del Señor.

Y así se habían dado un festín en el castillo, compartiendo el mismo alimento y la misma...

Cansado, apartó la mirada de las llamas que le quemaban los ojos y vio el tapiz que presidía la chimenea adornada con flores de piedra. De hilos de lana y seda, blancos, rojos, azules y dorados, tejidos con maestría, había tomado forma un ángel que sonreía orgulloso junto a un espejo en el que contemplaba sus vestiduras nupciales, luciendo un anillo de oro formado por dos manos entrelazadas que sostenían una gema.

Toda su riqueza.

—¡Que la tierra los trague para que desaparezcan! —rugió.

Arrancó el tapiz de la pared y lo arrojó al fuego.

Ni el estallido de las llamas ni la maldición escaparon a la vigilancia del cuervo, que se posó en el alféizar de la ventana abierta, justo frente a la chimenea y, tan furioso como el señor del castillo, le gritó dónde se escondían los dos fugitivos. Pero los oídos del barón, acostumbrados únicamente a escuchar el vino correr de los toneles y la carne asarse en el espetón, no distinguieron más que un graznido insoportable.

Espantó al ave y ordenó que cerraran inmediatamente las ventanas, que aumentaran el fuego de la estancia, porque comenzaba a helársele el corazón.

 

En el bosque, protegidos por los árboles resecos de la sequía que había agrietado la tierra, los dos cuerpos se unían con avidez, tendidos sobre las sotanas monásticas arrojadas apresuradamente al suelo.

Los dedos sucios y curtidos del muchacho recorrían temblorosos los muslos firmes que jamás habían visto el sol ni una mirada ajena. Cuanto más se alimentaba de los tentadores pechos de la baronesa, cuanto más profundamente penetraba en su vientre suave y cálido, con mayor intensidad sentía aquel deseo atormentador que le consumía las entrañas y le oscurecía la razón.

Cada caricia y cada beso recibido de aquellos labios delicados lo quemaban más intensamente por dentro, hasta que su cuerpo cayó presa de espasmos dolorosamente placenteros.

No sabía cuánto tiempo había permanecido así, con la mejilla apoyada sobre su pecho desnudo, que se elevaba suavemente mientras acariciaba aquella piel fina y pálida que se estremecía de placer bajo el fresco de la mañana.

Con la respiración aún debilitada, la joven le levantó lentamente la barbilla y sus miradas hambrientas volvieron a encontrarse.

Por primera vez, la baronesa sentía un deseo incontenible de ser amada, adorada, protegida. Comprendió que hasta entonces no había tenido nada, aunque siempre se le hubiera ofrecido todo, y que ahora había recibido de él cuanto podía haber deseado.

Quiso darle algo también.

Se quitó del dedo el anillo de oro con la gema sostenida entre dos manos entrelazadas y se lo tendió sonriendo.

Un graznido furioso desvió por unos instantes su atención hacia lo alto del cielo, donde el cuervo giraba sobre las marchitas copas de los árboles.

La sortija escapó de la mano de la mujer, rodó por el suelo y cayó en una grieta, una herida que la sequía de aquel año había abierto en la carne de la tierra.

Desde la colina descendió un viento frío y cortante.

Tiritando, los dos cuerpos desnudos se abrazaron.

El grito del ave se deslizó entre los troncos, haciéndolos vibrar como un poderoso eco. Penetró en la corteza arrugada y descendió hasta las raíces, que lo devoraron con hambre.

Entonces comenzaron a moverse, mendigando vida.

Se desprendieron de su prisión de tierra reseca y apresaron a los dos fugitivos.

Sus brazos se agitaron desesperadamente buscando liberarse. Sus ojos se encontraron por última vez, como en un espejo roto por el terror. Sus labios se abrieron en vano en un grito silencioso, implorando una salvación que no llegaría y el aire que jamás volvería a llenarles los pulmones.

La tierra se abrió para recibirlos en su vientre famélico y los cubrió con terrones secos que habrían de convertirse en sus vestiduras de boda.

Enloquecido, el cuervo se lanzó sobre la grieta que se cerraba cada vez más sobre los cuerpos desnudos, ocultando toda huella de su infamia.

Comenzó a golpear desesperadamente con el pico, a rasgar con sus garras afiladas y curvadas, apartando terrones de barro entre los que se retorcían lombrices arrancadas de las profundidades.

Cavó sin descanso. Más. Cada vez más.

Hasta que su pico chocó contra la preciada pieza de metal que buscaba.

Arrancó el anillo de oro con la gema de entre las raíces que absorbían la savia de aquellos cuerpos aún tibios y luego se elevó victorioso hacia el torreón del castillo para devolver a su amo la riqueza que le había sido robada.

Roxana Ruscior, nacida en Bucarest, Rumania, en 1982, comenzó a escribir relatos cortos a los 12 años. Durante su etapa en el instituto, formó parte del círculo Sagitario, dirigido por el poeta y crítico literario Tudor Opriș, donde ganó varios premios de prosa y dramaturgia en el concurso literario Tinere Condeie. Debutó en 2013 con la novela Armata Domnului, inspirada en un hecho real: el secuestro de periodistas rumanos en Irak. En 2021, publicó la novela de ciencia ficción Un nou Pâmânt, que narra la aventura de los últimos supervivientes de la Tierra que, tras la destrucción del planeta, emprenden la búsqueda de otro. En mayo de 2023, publicó la novela histórica El diablo de Freisetzburg, que se convirtió en el libro más vendido de la colección Biblioteca de Prosa Contemporánea de la editorial Litera en la Feria del Libro Bookfest 2023. Ha colaborado con textos en varias revistas literarias, especialmente en Ficțiunea. Le gusta escribir fantasía, ciencia ficción, pero también prosa realista, con especial atención a la psicología de los personajes. Busca que sus historias planteen preguntas, no que ofrezcan respuestas.

 

MI CARA, TU CARA

Anita María Riquelme Suazo

 

El viaje fue impostergable. Bastián preparó la maleta y se despidió de su esposa embarazada; estaba en una semana crítica en la que en cualquier día podía dar a luz. La posibilidad de un atraso también era factible, pero por mucho que lo anhelara, aquello implicaría la obligación de inducir el parto. Como alivio, tenía la duración de su viaje: cinco días contando el tiempo de traslado y así finiquitar la alianza comercial que le encomendaron. Bastián no fallaría.

Con este pensamiento y el peso de responder a su familia y a su trabajo, se despidió de su esposa.

—Si tú estás bien, yo lo estaré. Estarás en buenas manos —dijo, lamentando la verdad de la afirmación.

En estos temas, su suegra lo superaba con creces. Al final, Margarita era la hija.

 

En el aeropuerto, su viaje fue reprogramado para cuatro horas más. No deseaba conversar con nadie, tampoco adelantaría trabajo; suficiente hacía con estar ahí por la empresa dada su situación familiar. Una presión en sus sienes empezó a manifestarse, la que fue aumentando progresivamente hasta el embarque. Con esa jaqueca le sería imposible dormir.

Buenas noches, estimados pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las gracias por elegir este vuelo. Por motivos de seguridad, les recordamos que los teléfonos móviles deberán permanecer desconectados desde el cierre de puertas y hasta su apertura en el aeropuerto de destino. Les rogamos guarden todo su equipaje de mano en los compartimentos superiores o debajo del asiento delantero, dejando despejados el pasillo y las salidas de emergencia. Ahora, por favor, abróchense el cinturón de seguridad, mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical y su mesita plegada. Les recordamos que no está permitido fumar en el avión. Gracias por su atención y feliz vuelo.

 

El avión despegó. Respiración acelerada. Mantener la calma hasta que pasara el golpe del cambio de presión. Dejar de sostenerse en los brazos del asiento. Acostumbrarse a la altura. Engañar a la ley de Newton. Aunque seguía necesitado de una aspirina. Presionar el botón de asistencia.

—¡Buenas noches! ¿En qué lo puedo ayudar? —Bastián se queda mudo; incrédulo, se refriega los ojos, pero lo que ve no tiene sentido ni lógica: la azafata tiene su rostro. Ella vuelve a preguntar—. ¿Necesita alguna ayuda?

Sí, ¿podría quitarse mi cara?, piensa Bastián emitiendo una risa nerviosa. Desvía la mirada al respaldo; no le gusta cómo lo mira.

—Necesito un vaso de agua, por favor —y agrega—: Tengo un fuerte dolor de cabeza.

La señorita asiente y va en busca de lo solicitado. Cuando se inclina para recibir el vaso, ve que los pasajeros de la fila contraria también portan su fisonomía; salvo la vestimenta, el viaje parece una pesadilla sacada de un mal cuento.

Debo estar soñando, se dice tapándose la cara con las manos. Vuelve a reír nervioso, se carcajea.

—En cualquier momento todos explotan y empezamos a entonar una canción —dice en voz alta, envuelto en sudor. Se siente observado; aunque se piensa en un sueño, prefiere disimular la risa que lo embarga.

El viaje transcurre con normalidad; afortunadamente, el resto de los pasajeros desconoce que el hombre del asiento 013-B mira a todos como copias de él. Bastián, creyendo que soñaba, se sorprende al no sentir un cambio del sueño a la vigilia y ver, mientras sale del avión, el rostro que le corresponde a cada desconocido.

Afuera del aeropuerto busca un taxista que lo lleve.

—Al hotel Tres Montes de la calle San Gregorio, por favor.

—A la orden.

El taxímetro comienza a marcar el recorrido. Bastián contempla por la ventana una seguidilla de edificios y sus escaparates como una extensa muralla de concreto y vidrio.

—El Dolce Taste es la mejor cafetería que encontrará en este sector.

La voz del conductor lo sobresalta. Precisamente pasan fuera de dicho establecimiento «pequeño y sobrio», observa. Estaba por agradecer la recomendación cuando se percata del reflejo en el retrovisor. Las gracias terminan en un susurro involuntario.

—¿Falta mucho? —pregunta con un gallito en la voz.

El chofer se carcajea al tomarlo como un chiquillo.

—A la vuelta de la esquina y ya estamos —responde.

El motor del auto queda suspendido mientras el conductor saca el equipaje del portamaletas. Su rostro es el de un anciano de cara limpia y pelo lacio bajo una boina gris. No es Bastián quien lo atiende, ya no.

Ahora su único deseo es encerrarse en la habitación y dormir. Dormir y olvidarse de todo y no levantarse hasta que tenga que acudir a la reunión agendada. Y, en cierto modo, lo logra. El resto del día se mantendrá aislado del mundo; incluso olvida comunicarse con su mujer.

 

Los días transcurren según lo esperado si ignoramos el trastorno que lo atormenta al tomar cualquier tipo de vehículo. A pesar de ello, Bastián logra concretar la alianza con los nuevos accionistas; hasta se toma una tarde para ir a conocer la cafetería.

El último día se abastece de pastillas de valeriana y pasiflora; también recibe el llamado de su suegra, quien lo recrimina solo con su tono de voz al avisarle que su hija comenzó el trabajo de parto. El retorno es apremiante. Después de ingerir su cóctel de tranquilizantes, toma puesto en el asiento del avión y cierra los ojos. No duerme inmediatamente; tampoco abrirá los ojos.

El avión comienza a descender; escucha el motor detenerse y el barullo que hacen los demás pasajeros para salir a tierra. Bastián espera ser de los últimos; su suegra y su mujer no tienen por qué saberlo; no entenderían su falta de apuro. Cuando el ruido es mínimo, abre los ojos. No hay nada extraño a la vista; la calma del lugar se contrapone a la urgencia de ir a la clínica. Se despide de las azafatas y apresura el paso. En el taxi la calma se mantiene; “al fin”, piensa. Antes de llegar a casa, recuerda sacar el modo avión de su celular. Hay mensajes en el WhatsApp y llamadas no contestadas. Su hijo nació a las 5:35, la hora en que despegó el avión en el aeropuerto de El Salvador.

El dolor de cabeza regresa, pero ahora no necesita de nadie que lo lleve. Una vez que deja su maleta dentro de casa, sube a su auto; en quince minutos estará en la clínica.

—Disculpe, soy el esposo de Margarita Parra; mi hijo acaba de nacer.

—Deme su nombre para avisar a la matrona.

—Bastián León Arias.

La espera es breve. Bastián entra a ver a su mujer y a su hijo en la sala de neonatología.

—¡Muchas felicidades, señor León! Puede pasar a conocer a su hijo. Su esposa lo hizo muy bien, aunque igual necesitará descansar un tiempo más con nosotros antes de partir —lo saluda la matrona con cierto apuro.

—¡Muchas gracias! Le estoy muy agradecido.

La matrona los deja y Bastián se acerca a la cama de su esposa. El bebé descansa en una cuna en el lado contrario de donde se sienta, cerca de su suegra, que musita un hola por respeto a su hija. El cansancio de Margarita es notorio, pero sonríe al verlo; la felicidad brilla en sus ojos.

—Qué bueno que llegaste, amor. Nuestro pequeño Sebastián nació sanito. Es tan hermoso y frágil. Ahora duerme, pero te puedes acercar a verlo. Es igualito a ti.

Bastián se queda mirando a Margarita. Siente que el mundo acaba de darle una cachetada. Las lágrimas brotan de sus ojos. No puede contenerse, ¿cómo explicarse?

Bastián llora y no puede parar.

Anita María Riquelme Suazo (Hualpén, Chile) Es escritora de microrrelatos y cuentos, mediadora de lectura y coordinadora del club latinoamericano MicroCosmos. Finalista en el II Certamen internacional de Microrrelatos "Aldea de Toya" (2024) de la Editorial española Ediciones Rubeo. Sus escritos han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y fanzines, especialmente desde el año 2023 al presente.

EL NACIDO