Ahmed Sadaawi
Cuando imprimió su mano manchada con la sangre
del cordero en la pared, había tres dedos rojos: el índice, el corazón y el
pulgar, como un anuncio para promocionar el tabaco, y eso fue precisamente lo
que animó a los niños a dibujar con las tizas un cigarro entre los otros dos
dedos extendidos. Cuando sus amigos lo despidieron al montarse en el tren que
partía hacia la capital, el gesto que hizo con la mano fue algo tibio, porque
ellos no eran sus amigos, amigos que él hubiera escogido, simplemente los encontró,
como encontró sus dedos amputados sobre el biombo en el último ataque que
sufrió durante la guerra de los ochenta. Trozos de carne que se abrieron paso
lejos de él, exactamente igual que aquellos que se despedían ahora, que se
mostraban tímidos desde la ventana, próximos a un tamaño similar a la nada,
como sentía en su fuero interno.
Le
gustaba aquel poema que decía: “Solía contar a mis amigos con los dedos, y
ahora no cuento con mis dedos más que mis dedos”; con toda seguridad quería
decir que dos amigos intercambian la pérdida con el meñique y el anular, y el
resto le resultaba indispensable, a diferencia de todos sus compañeros que ya
se marcharon, liberando sus dedos del cómputo y la numeración.
Entró
en el hotel Dunya en el primer callejón de la calle Alrashid. Lo recibió Abdu
con su barba larga, tomó la maleta y lo condujo a una habitación alejada con
dos camas. Su primer amigo le había dicho que Abdu cuidaba un gato en su
habitación, situada a la entrada del hotel, le daba de comer queso, le servía
bebidas gaseosas y lo arropaba cuando dormía.
—¿El gato arropa a Abdu… o Abdu arropa al gato? —Le preguntó, pero el amigo no contestó nada,
si bien tras un momento de silencio, reanudó el tema del gato.
—Dice
Abdu que el gato sabe hablar, que se entendían sus maullidos y en ellos dividía
perfectamente las tres partes de la oración: nombre, verbo y complementos… pero
un accidente de tráfico ¡lo ha dejado mudo! —Estaba cansado por el largo viaje y no se emocionó con la triste
historia del gato. Quería dormir, pero su amigo continuó hablando—. ¿No has
notado que Abdu apenas habla? Es por la pena que le da el gato…, hasta dejó la
bebida desde el doloroso accidente.
Él ya
estaba roncando y había doblado el brazo debajo de la cabeza, mientras el amigo
seguía la cháchara mirando desde la ventana hacia el tragaluz opaco.
Por
la mañana, tocó a la puerta de su habitación su segundo amigo. Había llegado a
un acuerdo con él para la cuestión de la jubilación y su pensión por
discapacitado de guerra… Al despertar, encontró que su primer amigo se había
marchado de la habitación en algún momento. Por la noche se habían reunido los
tres en el cuarto alrededor de una botella entera de ginebra. El primer amigo
era más alto que el segundo amigo, tal cual la diferencia que existe entre el
meñique y el anular. El primero no paró de hablar más que para tomar un trago
del único vaso que había sobre la mesa, colocada entre las dos camas, y el
segundo bebía del vaso como variación a su silencio opaco, y las pocas frases
que pronunció se parecieron a las señales divinas de la unicidad de Dios, o las
proclamas de Alnifari, en comparación con las frases del primero, que se
sucedían sin descanso hasta que se vació la botella.
—Esta
chica que vi en la oficina de las pensiones tiene una relación con el director.
—¿Cómo
es eso? ¿Es que conoces al director?
—No,
pero lo he deducido por su mirada y por el ambiente de la oficina.
—Pero
si no estuviste conmigo… ¿De dónde te has sacado eso?
—No,
pero tengo un amigo discapacitado de guerra, y…
La
botella no se había acabado aún, pero su primer amigo se levantó para ir al
baño. Solo entonces pudo preguntar a su segundo amigo qué le pasaba.
—¡Oye!
¿Estás con nosotros, o qué?
El
segundo amigo respondió mirando al techo.
—Mañana
es mi cumpleaños. —Guardó silencio unos segundos y luego, de repente, se cortó
la electricidad. El amigo siguió hablando—. El día que he decidido suicidarme.
Buscó
una vela en el bolsillo de su chaqueta colgada en la pared, y a continuación
encendió el pabilo y la puso sobre la mesilla, iluminando la habitación con una
luz perezosa y tenue. En ese momento llegó el primer amigo.
—¿Saben?
—exclamó sentándose delante de la vela para continuar con un tono
imperceptible—. He escuchado una voz extraña en el servicio que estaba al lado
del mío. Me he colado y he visto a una persona practicando la costumbre
secreta.
—¿Te
vio él?
—No,
pero llevaba la foto de una revista en la otra mano cuando se fue la luz, y de
repente, se cortó la voz extraña.
—¿Y
qué problema hay? Es algo natural —dijo respondiendo a las palabras de su
primer amigo, el fanático. Luego, se fijó en la gran sombra de su cabeza,
reflejada en lo alto de la pared, y en sus orejas, que eran más prominentes en
la sombra que en la realidad, dos pabellones auditivos afilados similares a las
orejas del demonio.
—Mañana
es el día apropiado… Un buen cierre dramático.
Habló
su segundo amigo con la vista puesta en el techo, donde el humo de los
cigarrillos serpenteaba en el condensado ambiente.
—Cásate,
en lugar de eso —Le respondió a su amigo, el abatido y triste. Luego encendió
otro pitillo.
—Pretenderás
decir que el matrimonio se parece al suicidio. En mi primer matrimonio descubrí
esta verdad… Quería que me acostara con ella ¡cada tres horas!
Molesto,
el primer amigo le interrumpió.
—¿Por
qué hablas de tu mujer de esa forma?
—Él
no se ha casado nunca. Nunca ha visto la vagina de una mujer —dijo el segundo
amigo… lo que hizo sonreír al primer amigo.
—Al
fin se rompió el anular —señaló con cinismo.
Cuando
se marcharon, poco antes de que el hotel cerrara las puertas, la electricidad
seguía cortada, la vela había llegado al final y se extendía con su cera
derretida sobre el borde de la mesilla. Alargó su mano delante de la vela y se
dibujó sobre la pared una sombra pálida de una mano grandiosa. La botella
estaba vacía y lo más probable es que él se hubiera tomado la mayor parte, dado
que su primer amigo estaba demasiado ocupado hablando y el segundo, fumando.
Observó
la majestuosa mano sobre la pared. Tenía cinco dedos. Los movió y se movió la
mano en la sombra unos segundos después. La bajó lentamente hacia su cara y se
frotó los ojos. Permaneció en esta postura hasta que la electricidad iluminó de
nuevo la habitación. La vela estaba completamente muerta.
Se
daba cuenta de que el asunto de su jubilación iba a alargarse y que el dinero
que tenía no le duraría demasiado tiempo. Sus amigos continuaron acudiendo a su
habitación cada noche o en noches alternas. Una tarde, cuando subía las
escaleras del hotel, vio el gato al que mimaba Abdu sobre los últimos
escalones, mirando con unos ojos brillantes y asustados a quien subía por las
escaleras. De pronto, la cabeza de Abdu asomó por la puerta de arriba. Parecía
distinto. Se había afeitado la barba. Él se quedó quiero durante unos segundos,
respetando la decisión del pobre gato sobre si subir o bajar, pero Abdu le
lanzó un zapato con un movimiento violento de su mano, como si estuviera
participando en un concurso, y el gato cayó rodando por las escaleras. Pasó por
su lado aturdido y le sorprendió su maullido. Era un sonido doloroso e
inesperado, pero solo el maullido de un gato.
Le
preguntó a Abdu el porqué de aquella crueldad contra su gato mimado, y éste
respondió:
—Se
sienta en la azotea y me lo encuentro que se lo está tirando otro gato. Cada
vez que espanto al segundo gato, vuelve… Hoy lo encontré debajo de mi cama,
haciéndoselo otra vez.
No
sintió ninguna lástima por lo que le pasara al gato, pero le preguntó por el
asunto del habla. «¿De veras el gato hablaba?», a lo que Abdu contestó
extrañado:
—¿Para
qué va a hablar? ¿Acaso no le doy todo? ¿Para qué va a hablar o a preguntar?
Un
par de horas después llegaron sus amigos. El primero llevaba un bolso de
deporte y el segundo una bolsa negra donde escondía una botella. El primero
dijo que pasaría la noche con él, y posiblemente las noches siguientes, y
aunque la decisión no le hizo estar demasiado cómodo, tampoco dijo nada que
dejara entreverlo.
El
segundo amigo abrió la botella. Llenó el vaso y bebió de prisa. Sin saber por
qué recordó al verlo beber con tanta urgencia sus palabras de aquella noche,
¿no quería suicidarse el día de su cumpleaños?
—¿Recuerdas
los baños circulares delante de la Oficina de Pensiones que está a lado del
puente? Pues, ¿sabes?, hoy he visto a la empleada de contabilidad aquella, ¿te
acuerdas? Me puse en la cola con ella y la llevé hasta los baños, y allí me
casé con ella.
No le
contestó nada porque la electricidad se cortó en ese momento. Levantó su
chaqueta, colgada de un clavo sobre la pared y sacó una vela larga. Prendió la
mecha y la puso en el borde de la mesilla. Su primer amigo retomó entonces la
narración de su historia con la empleada de las pensiones.
Al
cabo de unas horas, la botella tocaba a su fin, y entre el parloteo de su
primer amigo, quien se marchó al servicio, y el desánimo del segundo, él
vigilaba la sombra de su mano sobre la pared. Era algo extraño. El meñique y el
anular estaban ahí. Él los movía y los dedos se movían. ¿Estaban, acaso,
perdidos en la otra mano? Aquí está, la segunda mano… y sí, también estaban. Se
volvió hacia su segundo amigo, que fumaba mirando al techo. Quería asegurarse
de algo.
—¿Qué
hiciste el día de tu cumpleaños? —le preguntó.
El
segundo amigo exhaló una calada larga del cigarrillo y soltó el humo lentamente
para que se mezclara con la nube de humo que se mantenía en lo alto de la
habitación. Luego, se volvió hacia él.
—Nada
importante… —le contestó—. Fui a trabajar… Volví del trabajo. Quería pasarme
por el callejón de mi novia, pero dudé porque odio esperar para ver si asoma o
no la cabeza por la puerta de casa.
—¿Qué
novia es esa?
—Esa
de la que te hablé… Una compañera de estudios.
—¿Me
estás tomando el pelo?… Pero ¡si tienes canas!, ¿de qué estudios estás
hablando?
—Bueno,
yo la he amado desde entonces, pero jamás se lo confesé.
—¿Y
la sueles ver cuando pasas por la calle donde está su casa?
—No,
se casó hace seis años, o siete… No recuerdo bien.
—Entonces,
¿por qué vas por allí?
—Pudiera
ser que viniera a ver a su familia… Siempre hay una oportunidad, aunque sea
mínima.
—Una
oportunidad, ¿para qué?
—Para
ver a mi novia.
Eso
dijo el segundo amigo mientras miraba con ojos brillantes la llama firme de la
vela cuando la sombra de una mano enorme con cinco dedos se dibujaba sobre la
pared contigua. La mano de la sombra agarraba lentamente la cabeza del segundo
amigo, pero se detuvo. Después se relajó y se retiró de la pared, decaída.
—¿Por
qué no te suicidaste? ¿No era una decisión importante? —volvió a preguntarle. Reinó
el silencio durante breves instantes antes de llegar la respuesta.
—El
asunto requiere de valentía. Todos los hombres sobre la faz de la tierra están
desesperados para que lo haga alguno en nombre de ellos. Si todos ellos
hubieran reunido el arrojo de ese uno, habría terminado la liturgia con la
eucaristía echada en el abismo de la nada.
—No
entiendo una palabra. ¿Por qué no lo has hecho?
—Es
complicado. No es así de sencillo.
Un
fastidio intenso comenzó a afligirle, y cuando entró su primer amigo pareciera
que lanzaba un contraataque, pues lo bombardeó con la pregunta antes de
sentarse.
—¿Por
qué has tardado?
—¿Recuerdas
aquella persona, al de la foto? La foto de la revista aquella noche en los
baños. —Respondió que sí, así que siguió hablando orgulloso—. Lo hice con él…
Lo sorprendí haciéndolo consigo mismo y le facilité el asunto.
El
segundo amigo intervino burlándose:
—Puede
que lo hiciera él contigo. Bájate los pantalones para que lo confirmemos.
—Tú
estás celoso de mí.
Tras
decir aquello, tomó asiento para seguir bebiendo. Entretanto, la mano grande de
la sombra con los cinco dedos comenzó a curvarse sobre la pared.
—Estás
aquí sentado mientas la novia de parvularios… eructa de tanto revolcón.
El
primer amigo murmuró aquello antes de darle un trago al vaso con evidente
nerviosismo… Al final se pelearon, el meñique y el anular estaban en la mano
enorme de la sombra zurrándose el uno al otro y separándose con evidentes
convulsiones.
Abrió
la puerta con torpeza y seguidamente se apoyó en el filo de la hoja abierta
para dirigirse a sus amigos:
—Venga…
Salgan… No quiero que vuelvan aquí nunca más. —Pronunció aquellas palabras como
si masticara un bocado pegajoso—. Tú —se dirigió al primero—, ¿por qué me
mientes? El gato no hablaba… No comía queso y bebía leche… Era un hijo de puta.
Y tú —se dirigió al segundo—, tú eres como él. Lárgate y suicídate sin tanto
anuncio… Quieres que el mundo te salve sin necesitar de una salvación. —Ambos
salieron apoyándose el uno sobre el otro y antes de alcanzar el final del
pasillo, les gritó—: Han prorrogado el procedimiento de la jubilación hasta que
se derrita el invierno, ¿Saben?
Cerró
la puerta sin asegurarse de que hubieran oído sus palabras, y se quedó cerca de
la vela que languidecía, como si alguien siguiera aún con él en la habitación.
—Me
han dicho… “tú no tienes ninguna discapacidad. Las personas no necesitan
normalmente ese par de dedos”… pero yo los necesito… ¡Los necesito!
Gritó
la última frase como si quisiera llorar. Se echó en la cama y levantó la mano
delante de su cara y luego la fue acercando despacio hasta que acabó detrás de
la vela. La gran sombra sobre la pared reflejaba una mano con tres dedos…
Exactamente igual que el anuncio que animaba a fumar.
Por
la mañana, abrió los ojos con el traqueteo de la puerta… Recordó que no la
había cerrado bien la noche anterior… Desde su sitio pudo ver como el gato
mimado de Abdu entraba, caminaba con delicadeza y en silencio sobre el suelo de
la habitación, acercándose a él. Se sentó sobre las patas traseras e irguió la
cabeza con respeto. Luego soltó un maullido extraño:
—Me
gustaría contarte algo. Ayer por la noche estaba dando un paseo por la calle.
Tus amigos estaban peleándose a voces y a la altura de la alcantarilla grande
del final de la calle se pararon. De repente, tu segundo amigo se lanzó él
solito a la alcantarilla… Lo último que pude escuchar de ellos fueron las
palabras de tu primer amigo. Con los ojos puestos en el oscuro sumidero, le
increpaba: ¿Quieres ser importante? Me tienes celos.
Recordó
el principio del relato, cuando imprimió sobre la pared una mano manchada con
la sangre de un cordero sacrificado, feliz por haber salido con vida de la
guerra, y sintió una pérdida grave oprimiendo su alma cansada.
Ahmed Sadaawi nació en Bagdad en 1973. Es novelista, poeta y
guionista. Ha trabajado en diversos periódicos y revistas, y fue corresponsal
de la BBC en Bagdad entre 2005 y 2007. Actualmente reparte su tiempo en la
escritura de documentales y programas de televisión. Entre su obra narrativa se
destacan: El hermoso país. (Premio de Novela Árabe en Dubái. 2004), Sueña
o juega o muere. (2008), Frankenstein en Bagdad (Premio Booker
árabe, 2013), La puerta de las tizas. (2017), La cara desnuda dentro
del sueño (2018).




