lunes, 4 de mayo de 2026

PECADOS INFANTILES

Sándor Szélesi

 

También llegó el día en que ya no quedó lugar en el mundo para los pecados ni para los errores. Cuarenta mil millones de personas en esta pequeña bola de barro son demasiadas como para pasar por alto sus faltas.

Y había que empezar por los niños, porque a los adultos ya no se los podía corregir.

Dani fue uno de los primeros en quedar bajo el alcance de la nueva normativa legal. Hubo al menos cien testigos de su acto: los peatones, los conductores y los comerciantes detrás de los escaparates en el bulevar Szent István. Era una tarde de comienzos de junio, el sol brillaba, en el aire volaban drones móviles; al menos una docena registraba los acontecimientos y los subía automáticamente a la red. No había nada que negar: había ocurrido.

Dani acababa de cumplir tres años. Se hacía arrastrar por la acera; el pavimento estaba caliente, allí todavía no habían colocado los ladrillos solares, allí el viejo hormigón seguía irradiando su sequedad ardiente. El niño estaba fatigado, sin energía, como constaría después en los informes, y no le gustó que no le dieran helado. Szimi se lo negó. Pensaba que debía educar a su hijo, templar su carácter negándole lo que quería, porque tampoco de adulto obtendría todo; y si un padre ya ha dicho que no al helado, debe ser consecuente.

Dani, tras varios rechazos, empezó a hacer un berrinche. Gritaba, pateaba, giraba a un lado y a otro, hasta que, al caer de la acera, chocó contra un ciclista ecológico. El ciclista cayó y se hirió. Su madre ya sabía –para entonces ya había varios ejemplos en el mundo– lo que vendría después. A Dani lo mutilarían.

Un error o un pecado, y pierdes una parte del cuerpo. Dani pagó la lesión del ciclista con su dedo meñique. Pero su madre aprendió de aquel error… y aprendió mal, sacó una conclusión equivocada. A partir de ese día le permitió todo al niño, con tal de que no hubiera problemas.

Y de ahí surgieron problemas aún mayores.

Dani se volvió caprichoso, guiado solo por su propia voluntad.

En el jardín de infancia ya era agresivo con los demás. En el grupo de los más pequeños, eso le costó dos dedos.
—Pobre niño, yo no sé… —dudaba Szimi.

En el grupo intermedio le amputaron otros tres dedos.

—Esto no puede ser, es un error, mi hijo no es así…

Comenzó la escuela con solo dos pulgares. Aún eran suficientes para manejar la thinkpad.

Cuando en primer grado golpeó a un compañero con su propio teléfono inteligente, le cortaron el pulgar izquierdo. El derecho lo perdió por romper de una patada el vidrio de una puerta.

Y en segundo, ya en septiembre, tuvieron que amputarle el brazo izquierdo desde el codo.

Por entonces, en la Unión se debatía si cortar los dedos de los pies podía formar parte de la educación pedagógica, si tenía suficiente efecto disuasorio, si el niño en crecimiento aprendería de ello que hacer el mal es un pecado y que el pecado conlleva castigo, es decir, que debe asumir las consecuencias. ¿No son acaso demasiado pocos diez dedos para compensar diez faltas? En el debate, el lobby de los duros fue el más fuerte: el pie cuenta como uno, no como cinco. En Hungría lo llamaban simplemente la ley Kunta Kinte, por la que el ya considerado casi incorregible Dani pasó en tercer grado.

En cuarto perdió ambos brazos desde el hombro y la pierna izquierda desde la rodilla. Aun así logró garabatear la pared de la escuela. Por sus comentarios obscenos pagó con la pantorrilla derecha. Según los médicos que realizaron la amputación, el chico reía sobre la mesa de operaciones.

Para entonces todos sabían cómo terminaría. Todo el país, todo el mundo. Dos hemisferios, seis continentes, casi doscientos países.

A Dani solo le quedaban tres oportunidades. Szimi lloraba, se arrodillaba ante él, intentando hacerlo entrar en razón.

—¡Sé por fin un buen chico! ¡Sé un miembro útil de la sociedad!

Pierna izquierda: patear en los genitales al psicólogo. Un punto especialmente sensible tocado con la dureza del hueso de la rodilla.

Pierna derecha: orinar desde el tercer piso del reformatorio. Directamente sobre la delegación de Washington.

…y el último pecado de Dániel, a los once años: en la visita dominical, le dio un cabezazo a su propia madre.

Según la psicóloga asignada, simplemente perdió el equilibrio, ya que en ese momento el niño ya no tenía ni manos ni pies. Pero Dániel desmintió eso al confesar que actuó intencionalmente.

El tribunal aplicó la cláusula jacobina. La cabeza de Dániel fue separada de su cuerpo.

El niño se extinguió por completo.

Fue de los primeros, pero para entonces, en innumerables países, innumerables niños rebeldes habían tomado ese mismo camino. Los malos desaparecieron: algunos antes, otros después, pero al final todos los malos, los indisciplinados, los incorregibles desaparecieron… Y cada vez era más fácil hacer cumplir la ley.

Ya no quedó lugar en el mundo para los pecados ni para los errores, y se empezó por los niños, porque a los adultos ya no se los podía corregir. Se necesitan dos décadas, una o dos generaciones, pero el plan funciona, decían los diseñadores.

Y funcionó: al final, en el mundo solo quedó lo bueno y lo honesto. Adultos buenos y honrados, con dedos faltantes, sin dedos, sin manos o sin extremidades, sin manos ni piernas… pero solo quedaron los buenos.

Así fue como la Tierra se convirtió en un lugar habitable para todos nosotros.

Sándor Szélesi es escritor, poeta, editor y guionista, y dirige la Sección de Ciencia Ficción de la Asociación de Escritores Húngaros. Es autor de treinta y cinco novelas y aproximadamente ciento cuarenta relatos. Ha editado varias antologías y fue redactor jefe de la revista literaria de ciencia ficción y fantasía SF&F Átjáró entre 2002 y 2004, publicación que este año se relanza en formato de antología trimestral. A lo largo de su carrera ha trabajado también como director artístico en diversas editoriales. Por sus novelas y relatos de género fantástico ha recibido en ocho ocasiones el Zsoldos Péter-díj, y en 2007 la European Science Fiction Society le concedió en Copenhague el premio al mejor escritor de ciencia ficción. Junto a su pareja, escribe novelas románticas bajo el nombre Pálmai-Lantos Éva. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Novela Histórica. Además de su labor literaria, escribe guiones para cine y televisión, incluyendo series como En la línea de fuego y Hacktion, telefilmes como Pilato y Fiscal de la muerte, y largometrajes como La noche de los solteros. Es miembro de la Academia de Cine Húngara.

 

LAS ALTURAS DE FÉLIX

Marta Markoska

 

Las amigas de Félix le contaban que, desde pequeñas, imaginaban que cuando crecieran y se casaran —aunque algunas de ellas se casaron con apenas diecisiete años— vivirían junto al mar. Más exactamente, no tanto en el mar, pero así solían reconstruir aquel vívido recuerdo de la infancia: vivir junto al agua. Sí, deseaban vivir en cualquier lugar donde hubiera agua. ¿Sabían acaso que crecerían hasta convertirse en seres humanos tan viciosos que, de manera subconsciente, asociaban el agua con el lavado de la conciencia?, pensaba Félix.

Félix, en cambio, nunca aspiró demasiado alto. Solo deseaba casarse por amor. Y si luego le tocaba vivir en una cabaña, aunque fuera como la del Tío Tom, o alquilar un departamento en algún suburbio de Nueva Jersey, no quería ni pensarlo. Sin embargo, de forma inconsciente sí apuntaba alto, porque no podía imaginar nada más elevado que el piso 45 del único rascacielos de su barrio. Sí, nunca se le ocurrió que tal vez, en realidad, sí estaba apuntando alto, aunque no lo supiera.

Gordon era su esposo. Un hombre de treinta y ocho años, de cabello castaño… al menos lo que quedaba de este. Delgado, de unos 185 centímetros, aunque no encajaba en el mundo del modelaje, porque esas proporciones aparentemente ideales no estaban distribuidas de la manera más armónica en su cuerpo. Como solía decir en broma la abuela de Félix:

—Tiene rasgos muy bonitos, solo que no están en los lugares correctos.

Un poco encorvado y con nariz aguileña –aunque eso solo se notaba de perfil–, Gordon era el tipo de hombre que una de cada tres mujeres podría tolerar. Era de esos que resultan soportables para cualquiera; bueno, si no para una de cada tres, entonces para una de cada cuatro mujeres, fuera cual fuera su carácter como compañera. Era soportable. No hacía demasiado ruido y la vida cotidiana podía transcurrir sin grandes obstáculos. Félix había enfrentado su eterno deseo de un hombre guapo, alto y castaño con su necesidad de que, al mismo tiempo, fuera soportable. Se dijo que, si lograba encontrar esos dos atributos –los más importantes para ella– en un hombre, se casaría; si no, compraría un perro y volcaría en él todo su amor y atención.

Así fue como el destino –o las cartas, o la suerte, o la física cuántica– jugó con Félix: encontró a Gordon, que era todo menos el hombre de sus sueños. A veces, para consolarse, pensaba en la vida de sus amigas. Y, en realidad, casi ninguna de ellas vivía la vida que había deseado. Jessie se casó con un carnicero, cuando toda su vida había predicado la importancia del vegetarianismo. Linda se casó con Paul, que trabajaba en una licorería, y ella no probaba alcohol ni en las fiestas más desenfrenadas. Mercy fue pedida en matrimonio por un hombre ocho años menor que ella, recién salido de la adolescencia, cuando toda su vida había sentido la necesidad de una figura paterna.

—Bueno, no estoy tan mal —pensaba Félix al comparar los pros y contras de las vidas de quienes conocía.

Félix trabajaba como vendedora en un supermercado. En cada descanso salía a fumar sus minutos de libertad, inhalando la nicotina con la mayor intensidad posible, como si quisiera demostrar, cada vez, que podía hacerlo mejor y más profundo que la anterior. Su padre estaría orgulloso. Con él competía constantemente cuando era niña: quién lanzaba la piedra más lejos en el agua, quién hacía volar más lejos el avión de papel, cuál permanecía más tiempo en el aire, quién sacaba más la lengua frente al espejo, quién podía caminar más con ambos pies dentro de un solo calcetín.

Su madre se había ido de casa cuando ella aún dormía, soñando cómo sería la vida que quería para sí misma al crecer.

Félix conoció a Gordon en una competencia similar a aquellas que tenía con su padre. Una noche, en el bar del barrio, mientras jugaba al billar con su amiga Kate, un provocador de poca monta se le acercó y le propuso darle cien dólares si se atrevía a besar a Gordon sin previo aviso. Félix, sin pensarlo ni un segundo, tomó los cien dólares y se lanzó sobre Gordon mientras él hacía fila frente al baño.

—¿Qué daño puede hacer un beso? —pensó.

Ganó los cien dólares y, de paso, haría feliz a alguien. Hasta el día de hoy no supo si quien le dio el dinero era amigo de Gordon o simplemente un conocido al que Gordon le había entregado esos cien dólares para sobornar a alguna mujer que se le acercara.

Como fuera, el objetivo se cumplió. Ocho años después, seguían juntos. Cuando discutían, Félix solía reprocharle a Gordon que, de no haber sido por esos cien dólares, nunca habría estado con él. Él simplemente se encogía de hombros, gesto que Félix no sabía si interpretar como indiferencia —como si le diera igual estar o no con ella— o como falta de vocabulario, una limitación mental o verbal que le impedía responder a ese tipo de ataques.

Gordon, por su parte, no consideraba importante contradecir a Félix, porque evidentemente él la deseaba más de lo que ella lo deseaba a él. Era de esos hombres que se conforman comprando baratijas en tiendas con carteles de: TODO A 9.99. Y cuando encontraba algo que, para él, era valioso, se sentía un héroe. Como si se hubiera graduado en Harvard. Entonces colmaba a Félix de besos y caricias… algo que no hacía todos los días, sino solo cuando se sentía así, heroico.

Félix rechazaba esa manera suya de “conquistar” su cuello, sus orejas, su cabeza y otras partes del cuerpo en esos días de triunfo sobre objetos insignificantes. Porque entonces ella también se sentía insignificante.

Un día, Gordon llegó a casa y anunció solemnemente:

—Compré el objeto que desde niño soñaba tener.

—¿Te compraste un dildo? —le lanzó Félix con sarcasmo.

—Dios, Félix. ¿De dónde sacaste esa idea tan absurda? ¿Te parezco alguien que compraría un dildo?

A Félix le gustaba provocarlo con comentarios obscenos porque siempre lo había considerado un poco torpe en la cama. Disfrutaba esos pequeños triunfos como una forma dulce de autosatisfacción.

—Félix, compré una cadena de plata firmada por el inventor de las cadenas para gafas.

Gordon creía haber descubierto América cada vez que encontraba algún objeto que, según él, merecía especial atención. Nadie más conocía la historia, el origen ni el sentido de ese objeto, y mucho menos el significado de la firma de su inventor.

—Gordon, con esa cadena podrías ahor… —no estaba segura de si entendería, así que no terminó la frase.

—Hubiera sido mejor que compraras un dildo. Y, desde luego, más útil.

Gordon no estaba dispuesto a discutir, así que ignoró sus bromas sobre su torpeza en la cama.

—Gordon, ¿por qué no vas en serio a esa tienda y cambias esa cadena por un dildo? ¿No crees que nos sería más útil?

Gordon fingió no oírla, hechizado por la firma de la cadena, y corrió a buscar imágenes en Google para saber más sobre su historia.

—Si te da vergüenza, entonces iré yo y cambiaré esa maldita cadena por un dildo decente —dijo ahora Félix, alzando un poco la voz—. Gordon, si no vas a cambiar esa cadena inútil, te arriesgas a discutir conmigo hasta que lo hagas. Gordon, ¿me estás escuchando? Si no la cambias ahora mismo, la tiraré por el balcón. Gordon, si no me prestas atención, te prometo que esa cadena y la firma de su inútil inventor acabarán estampadas contra el asfalto. Gordon, te aseguro que tú y tu cadena volarán por el balcón y serán un excelente material para algún investigador… ¡forense!

Le arrebató la cadena de la mano, la agitó amenazante en el aire y, justo cuando se disponía a lanzarla con todas sus fuerzas desde el balcón, tropezó con el viejo candelabro que Gordon había comprado por 9.99. Ella no había permitido que semejante “monstruosidad”, como la llamaba, estuviera en la mesa del comedor, así que Gordon lo había dejado en el balcón.

Félix nunca aspiró demasiado alto. Aunque, en el fondo, sí lo hacía, porque no podía imaginar nada más alto que el piso 45 del único rascacielos de su barrio. Sí, nunca se le ocurrió que tal vez, en realidad, sí estaba apuntando alto… aunque hasta ese momento no lo supiera.

Marta Markoska (1981, Skopje, Macedonia del Norte) se graduó en el Departamento de Literatura Comparada de la Facultad de Filología “Blaze Koneski” de Skopje y obtuvo su maestría en Estudios Culturales Interdisciplinarios en Literatura en el Instituto de Literatura Macedonia de Skopje. Es escritora, poeta y magister macedonia reconocida por su obra literaria, destacando la publicación de su colección de poemas Headfirst Toward the Heights en Skopje en 2013. Su trabajo refleja una profunda conexión con la identidad femenina, la belleza y la salud desde una perspectiva cultural y existencial. Miembro del Instituto de Literatura Macedonia, ha ganado atención académica y artística por su voz poética auténtica y contemplativa. Su influencia trasciende el ámbito literario, abarcando temas sociales y filosóficos en el contexto macedonio.

 

Y ENTONCES LLORO, LLORO, LLORO…

Krzysztof Dąbrowski

 

Nada presagiaba un desastre. Si hubiera sabido lo que iba a pasar y quién era yo realmente, ya me habría ido.

El sol me resecaba la piel sedienta. Mayo. Los primeros días verdaderamente cálidos del año. ¡Qué alegría poder por fin pasear sin complejos solo con camisetas! Aunque, por otro lado, me salió un golpe en el bolsillo. Tuve que deshacerme de todas mis camisetas XXL. Habría corrido esta media maratón de no ser por la lesión. Si uno quiere hacer demasiado y se excede, al final todo vuelve para atormentarte como espectador apretujado entre la multitud, cerca de la meta.

El tiempo volaba lentamente. Los niños corrían alegremente gritando mientras huían de sus madres, que apenas podían seguirles el ritmo. Las parejas enamoradas se acurrucaban. Y los jubilados mataban el aburrimiento con apasionados chismes.

Me habría ido del trabajo hace un rato y estaría aquí ahora con mi esposa y mi hijo, pero la enfermedad no perdona. El pequeño tuvo fiebre hace dos días y Betty pidió días libres para quedarse en casa con él. Es una pena que haya sido así, les encantaban estas salidas familiares cuando pasaba algo interesante. Y Matt se emocionaba tanto hasta con las cosas más mundanas que a veces sentían que habían perdido años, como si ellos mismos estuvieran viviendo aventuras increíbles.

La calle entre los edificios estaba tranquila. Unas barreras la separaban del bullicio.

Quién sabe, quizás si hubiera sido más listo y hubiera leído un poco, habría salido corriendo de la esquina antes. Quizás habría ganado una medalla y mi hijo y su esposa se hubieran sentido orgullosos de mí.

Pero no, fui más listo que los expertos y en lugar de correr cada dos o tres días, corría todos los días sin descanso, y además no me cuidaba en absoluto. A los cuarenta uno debería ser más prudente.

Perdí peso, me puse en forma y recuperé energía, pero ahora me prohibirán correr durante los próximos seis meses. Y cada vez lo echo más de menos. Tendré que buscar otras actividades para ese tiempo.

 

El futuro ganador apareció desde la esquina del edificio y emergió ante la multitud que lo vitoreaba. Se acercaba rápidamente a la meta; aunque exhausto, estaba feliz, consciente de que nadie podría arrebatarle la victoria. Y yo lo envidiaba. Mucho.

La multitud lo aplaudió. El corredor se apoyó en las manos sobre los muslos, jadeando con dificultad. Alguien le ofreció una bebida. Alguien lo felicitó. La gente tomaba fotos y vitoreaba.

Al cabo de unos instantes, aparecieron más corredores. Y entonces empezó...

Lo primero que me inquietó fue un extraño sonido que iba en aumento, como si gritos humanos se mezclaran con chirridos y zumbidos extraños, pero estaba tan mezclado que no se parecía a nada que hubiera oído antes.

¿Un intento de asesinato? Eso fue lo primero que pensé. Los gritos y chillidos se intensificaron, y pronto los corredores aparecieron doblando la esquina junto con una multitud de espectadores. Todos se pisoteaban y, presas del pánico, corrían hacia adelante lo más rápido que podían. La marea humana crecía, y comprendí horrorizado que iban a aplastarme. Tenía que refugiarme en algún lugar, sobre todo porque el pánico se extendía incluso a los que estaban a mi lado. Aún no estaba claro qué estaba pasando ni si el miedo estaba justificado, pero se propagó entre todos como la onda expansiva de una poderosa explosión. Caos: esa es la única forma en que puedo describir lo que sucedió después. Salté detrás de la farola lo más rápido que pude y me aferré a ella con fuerza. La rápida corriente de la masa humana que gritaba intentó arrastrarme, pero me aferré al tubo de hierro como una piedra a un río. Sentí cómo el terror comenzaba a apoderarse de mí, helándome las entrañas y dejándome sin sensibilidad en las extremidades. Pero sabía que, debido a mi pierna lesionada me esperaba una muerte segura si me dejaba arrastrar. Mientras tanto, los múltiples chillidos agudos que atravesaban los gritos se volvían cada vez más claros, anunciando un final peor que ser pisoteado.

Me detuve un poco para intentar ver algo. Y vi...

Algunos de los que huían se agitaban intentando desenganchar de sus cuerpos unas criaturas cubiertas de pelaje negro, del tamaño de un gato o incluso más grandes. Sangraban. Se debilitaban en la desigual lucha.

¿Ratas?

¡RATAS!

Una alfombra negra y chirriante ondulaba a lo lejos, emergiendo de una esquina. De vez en cuando, alguno de los que huían, acosado por demasiados roedores, caía y se hundía bajo el enjambre de esta porquería. Las afiladas garras que raspaban el asfalto sonaban como si cientos y cientos de niños traviesos frotaran poliestireno. El sonido me produjo un helado escalofrío en la espalda, mientras el terror comenzó a apuñalarme por dentro con agujas heladas y a oprimirme las entrañas.

Los roedores trepaban instantáneamente sobre sus víctimas y las apuñalaban con sus dientes afilados como dagas. Y les arrancaban trozos de carne. Caían con su preciado botín, y en ese lugar, otro aparecía inmediatamente para arrebatarle su porción a la víctima debilitada. Mordían hasta el hueso. Personas sistemáticamente mutiladas caían como moscas. La "capa protectora" detrás de mí, formada por la masa humana, se derretía a cada segundo con agudos y dolorosos gemidos, gritos y súplicas a Dios pidiendo misericordia.

Me solté y me dejé arrastrar por la masa humana mientras intentaba no perder el equilibrio y caer, sin que me importara la pierna ni el riesgo; prefería no ser devorado vivo.

Chirridos. Gritos. Chirridos. Gritos. Arañazos con garras en el asfalto. Gritos. Chillidos.

¿Era una pesadilla?

Un pinchazo familiar en la rodilla me aseguró que no lo era.

¿Pero de dónde venía?

Y de repente caí en la cuenta: recordé la noticia de hacía dos meses: el accidente de un vehículo militar que transportaba una sustancia misteriosa. Hasta la fecha, no se ha aclarado qué era, encubriéndose con excusas sobre secreto de Estado y seguridad nacional. En cualquier caso, miles de personas fueron evacuadas de urgencia en ese momento, todo un barrio.

Las ratas gigantes debieron ser el resultado del producto químico que entonces se vertía por las alcantarillas.

¡Betty! ¡Matt! Mi corazón latía con fuerza al darme cuenta de que si esa maldita cosa se extendía por la ciudad, mis seres queridos estarían en peligro de muerte. Quería salir de allí, correr hacia ellos lo más rápido posible, pero la masa humana sudorosa me aplastaba sin piedad, dejándome sin aliento. En algún momento comprendí que estaba completamente indefenso. Levanté los pies y seguí moviéndome sostenido por la presión de los que huían.

Por suerte, estaba en el lado correcto de la calle. Si hubiera estado en el medio no habría tenido ninguna posibilidad. Así que, estando al borde del abismo, solo me queda esperar pacientemente hasta llegar a la intersección y luego intentar abrirme paso entre la multitud, que inevitablemente se irá dispersando. Ojalá más gente comprendiera que la salvación no reside en avanzar tímidamente, sino en huir en todas direcciones. Las probabilidades de que todos lo consiguiéramos aumentarían.

Al mirar a mi alrededor, me di cuenta de que algunos curiosos, aterrorizados, se escondían entre las casas. Incapaces de contener su malsana curiosidad por ver la muerte en persona, observaban discretamente desde detrás de las cortinas. Incluso alguien lo estaba grabando todo con un móvil. ¿Podría convertirse en un éxito de YouTube? Me pregunto cuánto dinero generará.

La “capa protectora” parecía disolverse a cada minuto. Ya solo me separaban unos pocos metros de esa masa compacta de carne, grasa y huesos antes de ser alcanzado por los incisivos afilados de las ratas. Sé que suena cruel, pero en ese momento ya no eran personas para mí, se habían convertido en una simple barrera viviente. Mi oportunidad de sobrevivir.

En algún lugar detrás de mí morían ancianos y niños, los "individuos" más indefensos, simplemente "individuos", porque allí imperaba la ley salvaje de la selva. Sobreviven los más fuertes, es decir, principalmente los hombres atléticos.

Me pregunto cuántos de ellos, como yo, se avergonzarían después de no haber intentado luchar contra la horda de roedores sedientos de sangre y devoradores de carne.

¿Pero cómo? ¿Con qué? ¿Y no sería eso un suicidio?

El instinto de supervivencia se activó.

Finalmente, "nadé" río abajo hasta la intersección, y como había predicho, aunque en menor medida, la gran mayoría de los que huían parecían tener los ojos cerrados; seguían empujando hacia adelante, ¡ADELANTE! ¡ADELANTE! ¡ADELANTE!

Los pocos que estaban en medio de la calle intentaron salir, pero fue inútil. Las orillas del río humano se abrían. Decenas de personas de un lado y del otro aprovecharon la oportunidad, girando hacia las calles laterales. Tuve que luchar, golpear e incluso morder, pero al final, logré sacar a los que estaban cerca de mí de su trance de terror. Consiguieron convencerme de que había otra opción que seguir avanzando sin pensar. Una y otra vez pisé algo blando, que sorprendentemente se parecía a...

Sí, eso es, estaba hundiendo el cuerpo de alguien contra el pavimento, tejido blando, probablemente destrozado. Y lo duro debajo eran huesos. No quería saber cuán rotos estaban ni si alguno sobresalía en una fractura abierta como un muñón sangriento. La pierna cedía por un instante. ¿El estómago? ¿Estaba aplastando las entrañas de alguien contra mi columna?

Fue horrible, y hasta el día de hoy me pregunto si esas personas seguían vivas en ese momento, moribundas, o si Dios les había ahorrado el sufrimiento.

Por fin sentí que a mi alrededor se abría un hueco, aunque tuve que luchar para no perder el equilibrio y caer. Un impulso animal. Empujones. Golpes. Algunos incluso lograron derribar a alguien a propósito para ganar más espacio para escapar, para ahuyentar a más criaturas agresivas que ya estaban a mi alrededor, justo a mi alrededor.

A pesar del dolor en la rodilla, ahora neutralizado por el terror, tenía la ventaja de estar en buena forma. El grupo de fugitivos se fue reduciendo cada vez más. Cada vez eran más los mordidos, anunciándolo con gritos desesperados y súplicas de ayuda. Apreté los dientes, deseando vivir, porque tenía a alguien por quien vivir, y no podía imaginar que esa abominación se llevara a mi familia. Y por fin estaba encontrando algo en la vida. Por fin empezaba a disfrutarla. Tenía algo que ofrecerme. Estábamos progresando económicamente. Me ascendieron. Planeamos unas vacaciones estupendas. Perdí peso. Por fin tenía energía y buen humor. Decidí darme otra oportunidad con el diseño gráfico y hace poco gané un concurso de logotipos. ¡Tantas oportunidades! ¡Tantas posibilidades! ¡Y tantos días por delante! ¡No me rendiré! ¡No me rendiré! ¡Son míos! ¡No dejaré que unas malditas ratas lo arruinen todo!

Tantos sacrificios, tanto apretar los dientes y tanto sudor derramado en nombre de un sueño, ¿y ahora se sacrifican en el altar de la Madre Naturaleza?

¡JAMÁS!

¡Seguí corriendo! ¡Tan lejos como pude! ¡A pesar del dolor! ¡Corrí! ¡No me dejaría vencer!

Sentía la ira palpitar roja, agresiva. Furia. Crecía dentro de mí, extendiéndose por mi cuerpo y sofocando momentáneamente el miedo. Estaba furiosa con el destino por querer hacerme tanto daño. Por lo injusto que había resultado ser.

Apreté los dientes, corrí más rápido, ya estaba adelante, como un ganador en la recta final. Solo que aquí no había meta. Y no sabía dónde estaba ni si existía. Pero mientras pudiera correr, estaba ganando.

Las calles estaban desiertas. La gente se había refugiado. Habían cerrado sus puertas con llave, habían dado portazos.

¿Dónde esconderse? ¡Nadie dejaba entrar a nadie!

Y solo estábamos yo y el segundo y tercer lugar… así los llamé cuando superé mi miedo y miré hacia atrás. Ambos fuertes y atléticos, pero más débiles que yo. Y una alfombra chirriante de ratas detrás de ellos...

Ratas del tamaño de un gato, cubiertas de pelo áspero. Marrones, apestosas. Su hedor llegaba con el viento hasta mis fosas nasales. Ni siquiera quería imaginar lo mal que debían oler por sus hocicos. Y recordé haber visto ratas salvajes en el sótano de una urbanización un par de veces cuando era niño, y la inteligencia gélida y despiadada que se reflejaba en las maliciosas y voraces pupilas de sus ojos saltones. Esos ojos eran profundamente crueles, y solo eso era lo más aterrador de estos animales. No las largas colas azules, ni los afilados dientes, sino la malicia de la mirada despiadada de sus ojos demoníacos.

El grito. Y ya voy tras uno de mis compañeros "maratonistas"...

Acelero el paso. Mientras corra, hay esperanza.

Puñaladas heladas de pánico me atravesaban el cerebro y las entrañas una y otra vez. Mi cuerpo ansiaba desmayarse, escapar al olvido, mientras que, por otro lado, movilizaba todas sus fuerzas. Si hubiera estado solo en el mundo, tal vez me habría rendido, pero me detenía la certeza de que mi esposa y mi hijo me esperaban, terriblemente preocupados. Y asustados. Apreté los dientes aún más, reprimiendo el terror, reuniendo fuerzas.

Había un coche a lo lejos. Se abrió una puerta. Alguien estaba allí, paralizado por la inmovilidad.

Aceleré. Un grito. Ahora solo estábamos yo y la ola asesina detrás de mí.

Era una anciana. Estaba paralizada por el asombro. Por el miedo. Pero había una posibilidad...

¡Dentro del coche! ¡Cierra la puerta de golpe! ¡Enciérrate! Hay un rescate.

Los chillidos seguían aumentando. Eran ensordecedores. Una cacofonía de chillidos.

¡Malditas bestias hambrientas!

Otros veinte metros. Pero la anciana...

¿Qué pasó con ella? Uno de los roedores intentó picotearme. Sentí algo cerca del talón, pero la gruesa tela me protegió. ¡Menuda decepción! Estaban a punto de aferrarse...

Zapatos, pantalones, camisa. Me ralentizarán. Y entonces se acabó.

Apreté los dientes y aceleré aún más. Corrí. Agarré a la anciana aturdida, ligera como una pluma. Y, cubriéndola como un escudo humano, lancé a la querida abuela de alguien directamente al matadero, al éxtasis. Actué como un monstruo para salvar mi pellejo. Y lo logré. Salté dentro. Cerré la puerta de golpe, aplastando la cabeza de una de las ratas. En el proceso, oí el crujido de un cráneo y el golpe sordo de los sesos salpicando.

Los vi despellejarla, cortar la carne con incisivos afilados como navajas. Una esfera marrón envolvía el cuerpo humano indefenso. Vi bocas desdentadas gritando. Unos ojos aterrorizados brillaron, seguidos inmediatamente por cuencas oculares cubiertas de mucosidad vidriosa. Una nariz. Sin nariz. Una boca que desaparecía. Un cráneo desnudo, hecho pedazos ensangrentados.

Me hundí más. Me escondí. Esperé. Sobreviví.

Hasta el día de hoy, sigo soñando con esa anciana por las noches. Hasta el día de hoy, pienso con miedo en lo que sucederá cuando muera, en que me juzguen por ello.

Hasta el día de hoy, sigo sintiendo remordimiento y la certeza de que, en algún lugar dentro de mí, soy un monstruo. Que mi hijo tiene un padre monstruo...

Y solo una voz suave en mi cabeza a veces susurra que tenía que hacerlo, que era ella o yo...

Y cuando la ignoro, la silencio, añade que la familia, que soy joven, y ella...

De todos modos, moriría en cualquier momento...

Y entonces lloro, lloro, lloro...

Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023). Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

domingo, 3 de mayo de 2026

PLÁSTICO

 Daniel Botgros

 

—Papááá...

Ara se había despertado otra vez, respirando con dificultad. Su respiración agitada se transformó en una especie de gorgoteo que había aparecido en las noches anteriores y que aterrorizaba a Norell. Se incorporó de golpe y puso la mano sobre la frente ardiente de la niña. Eran casi las cuatro de la madrugada y la noche había sido una pesadilla. Los dolores y las convulsiones repetidas habían agotado a la niña de diez años, enviándola finalmente a una especie de desmayo, porque era poco probable que hubiera podido dormirse de manera normal. Norell había permanecido despierto casi toda la noche; solo ahora, hacia la mañana, se había adormecido un poco. Pero cualquier rastro de sueño desapareció definitivamente y el corazón comenzó a latirle en la garganta. Durante todo el día anterior había luchado contra sus propios accesos de vómitos, temblores y debilidad. Una ansiedad intensa lo había atrapado entre sus garras y ni siquiera ahora lo soltaba.

Ara tenía los ojos cerrados, pero se agitaba y gemía, empapada en sudor frío. Norell la sujetó suavemente por los hombros, intentando mantenerla más o menos fija en la cama, porque en las noches anteriores la niña se había arañado la cara en varios lugares y se había golpeado, espasmódicamente, con los puños en el pecho y el estómago. Su pequeña vivienda estaba oscura a esa hora, porque unas esteras gruesas en las ventanas lograban bloquear los destellos de los anuncios de las enormes pantallas instaladas en los altos edificios de la megalópolis. Años atrás, el hombre había logrado improvisar un lugar donde vivir en la entrada del estacionamiento subterráneo de un edificio de cincuenta pisos, después de que Nora muriera y fueran desalojados del pequeño apartamento del piso treinta y cinco. Durante semanas habían vagado por las calles, él y Ara, hasta que se encontró con un antiguo amigo que le prestó algo de dinero, probablemente consciente de que no volvería a verlo.

Las oleadas de náusea también atormentaban a Norell, que se esforzaba por calmar a la niña, aunque era plenamente consciente de su sufrimiento. Desde hacía varios días, Ara se sentía muy mal... Y el recuerdo extremadamente doloroso del suplicio de Nora, hasta que su alma atormentada se liberó, lo dejaba sin fuerzas, porque de manera instintiva superponía obsesivamente aquellas imágenes sobre el rostro y el estado de su hija. No sabía cómo ayudarla, no tenía medicamentos, no tenía nada y estaba horrorizado ante la posibilidad de que Ara compartiera el destino trágico de Nora. De sí mismo no le importaba, aunque señales persistentes indicaban la lenta pero segura insinuación de la enfermedad. Por otra parte, lo aterraba la idea de no ser capaz de cuidar de la niña, aunque, en la práctica, poco podía hacer.

Ara abrió los ojos. El tenue brillo de su mirada atrajo la atención del hombre. La niña miraba fijamente hacia el techo, en un estado casi catatónico. Norell aumentó un poco la luz de una esfera que flotaba junto a la cabecera de la cama. Ara tenía los labios entreabiertos, en un grito mudo, y una espuma ligeramente plateada le cubría la boca, deslizándose hacia la comisura. El hombre la retiró con cuidado con una servilleta y le secó también la frente empapada de sudor. El pecho de Ara subía y bajaba de forma irregular, señal de una respiración deficiente. Ya no tenía aquel gorgoteo, pero había sido reemplazado por una especie de silbido constante.

¡Tenía que amanecer! Puede que la luz del día fuera salvadora, al menos si las cosas se alineaban con el plan de Norell. Pero aún faltaba bastante para la mañana y Ara no mostraba señales de calmarse; al contrario, su estado podía empeorar en cualquier momento. Nunca antes había tenido una crisis de tal intensidad, aunque se había sentido mal muchas veces.

Como en una oscura paradoja, cápsulas autónomas de ambulancias se deslizaban en silencio, fantasmales, entre los inmensos edificios de la megalópolis. Sus rutas estaban siempre despejadas y no necesitaban sirenas ni otros medios. Pero ¿quién podía permitírselo? ¿Para que te llevaran… adónde? Los grandes hospitales en órbita baja eran para los elegidos. Y los elegidos... tan pocos... Un sistema médico extraño en su perfección. Un coloso tecnológico destinado a unos pocos cientos de personas, cuyas valiosas vidas lograban, aun así, sostener semejante engranaje.

La noche pasó terriblemente lenta. Ara osciló entre crisis y una especie de sueño profundo, más cercano al coma. La luz gris de la mañana reveló una palidez aterradora en el rostro de la niña. Norell había vomitado varias veces, en silencio, en el diminuto baño, para que Ara no lo viera. Bebió unos sorbos de agua del refrigerador casi vacío, salvo por un cuenco de plastisopa y una pequeña bandeja con algunos trozos de elastocarne. Comida tóxica, pero si eras una persona común no podías permitirte otra cosa, pensó casi en voz alta Norell. Luego logró reparar más o menos el escáner de plástico, que no había funcionado durante toda la noche. Escaneó a la niña, que ahora dormía profundamente.

¡Siete en la escala Lowell! ¡Un contenido de plástico en el organismo ya muy peligroso! Norell se sujetó la cabeza entre las manos, gimiendo de dolor. ¡Nora había muerto en ocho coma cinco!

Quería darle de comer a la niña cuando despertara, pero ¿qué? El Gordo le había vendido hacía dos días las últimas porciones de comida con un contenido de plástico al límite, a un precio completamente abusivo, aunque no representaban un peligro inmediato. Lo había reservado todo para Ara, aunque la niña casi siempre se sentía mal. En cuanto a él, hacía días que no se escaneaba, pero por los síntomas que experimentaba estaba convencido de que su nivel era muy alto.

—No importa —negó con la cabeza Norell—, lo importante es hacer el procedimiento, es el único camino.

¿Y después?, continuó el diálogo interior. ¿Y después qué? No lo sé, ya veremos.

Solo le quedaba un poco de té con enzimas que despolimerizaba el plástico lo suficiente como para hacerlo algo tolerable, pero la solución había llegado a costar una fortuna. Lo había reservado todo para Ara.

La niña se había despertado, mirándolo con ojos turbios. Aun así, le sonrió débilmente...

—Qué noche, papá, ¿verdad? Creo que estuve muy mal.

Norell se secó rápidamente una lágrima del rabillo del ojo.

—Vas a estar bien, cariño de papá. Vas a estar bien. Esta noche dormiremos tranquilos y hoy podrás dar un pequeño paseo. Vas a estar bien...

Lo repetía como una especie de mantra, como si intentara dar fuerza a sus palabras mediante la repetición. Con una pipeta, deslizó un poco de té entre los labios secos de la niña.

—Vuelvo enseguida, mi amor —le dijo a Ara—. ¿Crees que puedes esperarme?

—Sí, papá, estoy mejor —asintió la niña—. ¿Me enciendes el holo, por favor?

—¡Claro!

Norell pulsó el símbolo de un pequeño cubo negro sobre la mesilla y, en el centro de la habitación, se materializó un programa de entretenimiento que de vez en cuando alegraba a Ara.

Tenía que encontrar al Gordo. Seguro que aún tenía algo de comida con bajo contenido de plástico. Ya le pagaría más adelante, aunque, siendo honestos, el hombre a veces rechazaba incluso a quienes tenían dinero, así que Norell no tenía otra opción que forzarlo. Tenía constantemente en la mente los ojos azules de Ara, antes claros y alegres, ahora oscurecidos por el sufrimiento.

 

Grasul no estaba en el restaurante. En el local, bastante vacío a esa hora de la mañana, unos pocos desocupados engullían, también ellos con dificultad, hamburguesas de olor apetitoso, eso sí, pero llenas de plástico. Los individuos eructaban ruidosamente y desgarraban con los dientes la carne excesivamente elástica, tragando con esfuerzo la mezcla con pan viejo hecho de harina polimerizada. Norell se dirigió hacia la cocina, aún más sucia que el salón. Lo recibió uno de los llamados cocineros del Gordo, un tipo escuálido, de pelo grasiento, con un delantal que llevaba marcas secas y endurecidas de todos los menús de ese año.

—¿Dónde está el Gordo? —preguntó Norell, sin ganas.

—¡Ya no te da, hombre! ¡Ya no te da! ¡Lárgate de aquí! ¡Vamos, fuera! —se burló el flacucho, sorbiéndose la flema por la nariz.

Norell sintió cómo ascendía dentro de él una ola negra que le oscureció la mirada. Las frustraciones y tormentos de años, el malestar permanente, empujaron con fuerza el pantano oscuro de la furia reprimida.

—Escuálido... dime dónde está el Gordo.

—¿Por qué le dices gordo, eh? ¡No es gordo!

Lo cierto es que el apodo con el que se había quedado aquel pequeño comerciante venía de su asociación con la comida, de la que era una especie de rey local. En realidad, no era exactamente gordo.

—¡Ya no te da! Se han acostumbrado todos a fiar o a no sé qué. ¡Se acabó, basta ya, váyanse a casa, parásitos! —El flacucho casi se atragantó con aquella última imprecación.

Los dedos de Norell, convertidos al instante en tenazas, lo sujetaron de pronto por el cuello, como en un tornillo de banco. El escuálido empezó a gemir y a jadear, con los ojos fuera de las órbitas. Su cuerpo se retorcía en espasmos y el rostro se le amorataba bajo la presión del hombre. Enloquecido de furia, Norell buscó algo con la mirada y luego tomó de la parrilla una hamburguesa que chisporroteaba allí desde hacía un rato; la agarró y se la metió en la boca al flacucho. Este gritó, ahogado, intentando escupir la carne caliente que le quemó de inmediato los labios y la lengua. No tenía ninguna posibilidad, porque Norell le empujaba con fuerza la hamburguesa garganta abajo. Al final lo soltó y el cocinero se desplomó, desmayado. La carne aún chisporroteaba en sus labios cuando Norell salió, acompañado por las miradas petrificadas de los presentes en el restaurante.

En la calle se calmó un poco, pero una vena en la sien seguía latiéndole con fuerza y respiraba con dificultad. Los ojos de Ara volvieron a surgir en su mente, justificando de algún modo lo que acababa de hacer, de lo que no se sentía orgulloso. Sacó del bolsillo el pequeño terminal personal y abrió, por enésima vez, el mapa. La compañía PlastiDyn no estaba lejos. Unos diez minutos en dron sin piloto. Pero tenía la cuenta vacía y el aparato no se movería sin efectuar un cargo. No, no podía pasar por otra noche como la que acababa de terminar. ¡De ninguna manera! Se tambaleó violentamente cuando una oleada de mareo y náusea lo golpeó de repente. Unos cuchillos en el estómago y el abdomen lo doblaron y hasta cayó de rodillas. Nadie en la calle le preguntó qué le pasaba. La gente pasaba absorta hacia destinos que solo ellos conocían. Se levantó con dificultad, como si saliera de arenas movedizas. Pero tenía que llegar a PlastiDyn. No tenía idea de cómo convencería a los de allí para que hicieran el procedimiento sin dinero.

Acechó un dron-taxi hasta que una pareja joven descendió de él y saltó dentro. Se conectó rápidamente, mediante una aplicación de hackeo, al software del aparato, logrando controlarlo. El dron lo llevó hasta la sede de la gigantesca compañía. Entró con dificultad, después de engañar a varios guardias y, en uno de los mostradores avanzados, una joven recepcionista –a quien solo la disciplina aprendida con rigor le impedía mirarlo con desprecio, adivinando enseguida de qué zona de la jerarquía social provenía– lo escuchó, aparentemente interesada.

Más tarde lo tomó a su cargo un empleado de relaciones públicas de la compañía. El hombre parecía tan artificial y asexuado que Norell se preguntó varias veces si no sería algún tipo de robot.

—Señor, eh... Norell —le dijo el hombre, con una afectación casi repugnante—. ¿Sabe cuántas personas vienen cada día a nosotros a solicitar lo que usted nos pide? Claro, cada solicitud es importante para nuestra compañía, pero...

—Tan importante que en el mundo mueren millones cada día —lo interrumpió Norell con brusquedad.

—Señor Norell, debe tener en cuenta que somos los únicos que realizamos estos procedimientos. ¡Los únicos! Devolvemos la vida, señor Norell, y eso, si lo desea, nos convierte, guardando las proporciones, en pequeños dioses. Sí, nuestros procedimientos son caros, así que, nada personal, pero ¿ha pensado cuántas vidas necesitaría para pagar nuestros servicios?

Norell apretó los dientes. Aquella verdad brutal lo doblegaba.

El “artificial” lo dejó debatirse así un buen rato, luego le habló con cortesía.

—Señor Norell, existe otra posibilidad —sonrió con untuosidad el empleado de la compañía—. Por el bien de la ciencia y, por supuesto, de PlastiDyn, pero no solo, claro, porque todos los seres humanos se benefician, el procedimiento no le costará nada. Salvo –el hombre extendió un dedo fino como un lápiz hacia Norell– lo que usted tiene gratis de, digamos, la naturaleza. Es decir, lo que lleva dentro. Le aseguro —añadió levantando las manos en gesto conciliador— que no le dolerá nada, no habrá ningún malestar. Está en juego la reputación de nuestra empresa y no jugamos con eso. Es más, como bonificación, almacenaremos su memoria y, de vez en cuando, podrá volver a ver a su familia. Eso sí, en secuencias limitadas y sin interacción por ambas partes. Pero, en fin... la oferta es para la persona por la que usted ha venido.

Norell creyó no entender bien, pero luego comprendió. Se puso de pie, casi derribando al hombre frente a él, que se había acercado demasiado, como si quisiera volverse su confidente. Caminó de manera compulsiva por la estancia, amplia como un hangar. En su mente aparecieron los ojitos azules de Ara, ahora tristes. Sintió que el corazón se le encogía. El profundo malestar lo invadió otra vez.

—¿Funcionará? —preguntó en voz baja—. Me refiero, para la niña.

—Señor Norell —sonrió el representante de la compañía—, llevamos treinta años estudiando esto y aplicamos con éxito nuestros métodos desde hace otros veinte. Así que...

La última imagen que el hombre pudo ver fue la de una holografía de Ara sonriendo serenamente a una mujer con uniforme de PlastiDyn que la cuidaba. Los gráficos que acompañaban la imagen indicaban un contenido de plástico en el organismo cercano a cero, señal de que el procedimiento había tenido éxito. Norell suspiró profundamente y se preparó para el salto hacia un universo completamente desconocido. Allí donde esperaba que lo acompañaran los ojos azules de Ara.

Daniel Botgros (nacido en 1964) se adentró en el mundo de la ciencia ficción en 1984, cuando fundó y dirigió el Club Atlantis en su ciudad natal. Simultáneamente, editó la revista Atlantis, muy bien recibida por el público rumano. Debutó en 2001 con prosa, seguida de volúmenes de reportajes, ensayos, periodismo y ciencia ficción. Publicó siete libros, incluyendo tres novelas de ciencia ficción, con una acogida positiva por parte de la crítica especializada: Adam, Adam - Revolutia y Respiră, de la que se dijo que era «una novela asombrosa». Actualmente está preparando el volumen de relatos mientras trabaja en Banat TV en Reșița y es editor sénior de eCronica. Su nuevo libro, Dream On, acaba de publicarse en Rumania.

 

 

MI ALMA ES LOBO

Joyce Chng

 

O aquello en mi interior es lobo o tiene forma de lobo.

Puedo ver el lobo ahora, oscuridad encima de oscuridad, una sombra encima de otra, deslizándose a través de un bosque profundo.

Suena la alarma, asustándome. Me despierto en la cama, sintiéndome como si hubiera traspasado los arbustos, túneles de vegetación. Mi piel huele a savia, barro, tierra. Para mi sorpresa, mis manos no están cubiertas por una capa café.

No tengo ganas de trabajar, meterme entre la multitud, escuchar el ruido incesante de los humanos. Y los olores.

El lobo quiere escapar de ellos, quitarse ese olor del pelaje.

Odio, odia a todo.

Mi mente gira.

Suspiro y entro al salón. Mis estudiantes gritan mi nombre, o eso perciben mis oídos.

El lobo se retira, acurrucado, a un rincón oscuro y frío: la cueva.

Mi alma es lobo.

Tengo dentro algo en forma de lobo, algo parecido al lobo.

No le digo a nadie. La última vez que lo hice, me mandaron a una psicóloga.

Me encantan los fines de semana. Corro. Exploro el bosque cercano.

Corro descalza, sin prestar atención a los palos afilados y piedras.

Mi novia Cynthia corre conmigo. Huelo su sudor, su cabello.

Ella no sabe nada del lobo.

Mi alma es lobo.

El lobo es lobo.

El lobo es lo que es.

Cynthia me regala una réplica en resina del cráneo de un lobo. No tengo idea cómo la consiguió. Me la da porque los amo.

—Gracias, amor —sonrío. Al sonreír me siento rara, como si estuviera mostrándole los dientes. Me falta una cola para mover.

Mi alma es lobo.

Corro desnuda en sueños, el lobo a mi lado. Mis senos, mi cabello largo y mi piel desaparecen.

Entonces me convierto en lobo, nuestros cuerpos y almas se mezclan.

Mis estudiantes me regalan una figura de lobo para el Día del Maestro. No deberían haberlo hecho. La estatuilla tiene ojos casi reales, amarillos, que te miran fijamente.

El lobo observa desde la cueva.

Mi alma es lobo.

Me siento atrapada. Mi entorno es un zoológico de concreto. ¿Hay más gente como yo afuera?

¿Qué debo decirle a mi psicóloga?

Mis padres no tienen idea.

—Tus aullidos suenan reales, mi hija —me dijo mi papá una vez cuando se me escaparon algunos por la noche.

Porque lo son.

—Creo que soy lobo —digo a Cynthia.

Me mira fijamente, masticando un pedazo de pollo. Sus dientes entrechocan, sus caninos húmedos cortan las hilachas de carne, su lengua moviéndose.

—¿Como uno real? —me pregunta.

—Tal vez. Todo está dentro de mí —digo.

—Te va a salir el pelo y los dientes bajo la luna llena —bromea.

Debo haber reaccionado, porque me pide disculpas. No comprendo las expresiones humanas.

—Estoy tratando de averiguar sobre el pelaje y los dientes —digo.

—Mi vida, estás bromeando, ¿no?

Mi alma es lobo.

El lobo aúlla en el bosque.

El bosque responde con aullidos.

Hay gente como yo allá afuera.

Cynthia dice que a veces se siente como un leopardo. Creo que quiere consolarme, seguirme a la corriente. Está haciendo todo lo que puede. No la culpo. Todos estamos intentando sobrevivir en ese zoológico infernal.

Mi novia no entiende. Pero trata de hacerlo.

Cuando por fin llegan las vacaciones escolares, reservo un vuelo a un bosque en un país vecino. Quiero liberarme. Sé que ellos están allí. Ellos. Los lobos. Como yo.

Me pongo en contacto con una manada a través de Internet.

Nos hemos puesto de acuerdo para vernos.

Cynthia quiere acompañarme, pero le digo que no.

Ella no está lista.

Los aviones nos asustan, a mí y al lobo. Aguanto el vuelo, reprimiendo ese impulso de huida.

El taxi me lleva al hotel.

Es hora de ignorar las cosas humanas.

Estoy de pie al borde del bosque. No hay nadie alrededor. No hay excursionistas ni turistas. Solo el cielo iluminado por relámpagos y los susurros de los árboles.

Me desnudo. Los mosquitos zumban en mi oído.

Un aullido se hincha en mi garganta.

Los aullidos responden, reverberan. El aire tiembla. Mi piel tiembla.

Al inicio me tropiezo y luego corro, corro, corro. Con el viento en mi cabello, la tierra mojada bajo mis patas.

No miro atrás.

Nunca miraré atrás.

El lobo es mi alma.

Mi alma es lobo.

Joyce Chng vive y escribe en Singapur. Sus ficciones han aparecido en The Apex Book of World SF IIWe See a Different FrontierCranky Ladies of History y Accessing The Future. Sus recientes novelas de óperas espaciales tratan sobre clanes de lobos (Starfang: Rise of the Clan) y viñedos (Water into Wine), respectivamente. Sus poemas recientes se han publicado en Rambutan Literary y Uncanny Magazine. Coeditó, con Jaymee Goh, The Sea Is Ours: Tales of Steampunk Southeast Asia. 

© All rights reserved Joyce Chng

© All rights reserved for translation (derechos reservados de la traducción) Toshiya Kamei

 

MENSAJE CIFRADO DE LOS DINOSAURIOS A LA HUMANIDAD

José Luis Ramírez

 

Jesucristo montando un tiranosaurio, ese debe ser el mejor meme del mundo; sé que Flavio Josefo y Tácito hacen alguna mención al Jesús histórico –y a su hermano Santiago, ejem, ejem–, el Cristo ejecutado por Poncio Pilato; pero vean la ironía de que el famoso celurosaurio está más cerca de nuestra era que del último estegosaurio; por dibujarlo en una línea del tiempo, siglo  a.C., siglo  a.C, siglo I (antes o después, da igual porque los romanos no tenían un número para el cero). Sí, ya sé que divago, sólo escuchen con atención porque tengo un punto, y es que, en sus santos y últimos días, guiño, guiño, los dinosaurios dejaron un mensaje para esa molesta musaraña que algún día heredaría el dominio del planeta, lo registraron ahí, donde sería obvio buscarlo, en lo que 66 millones –y 1970– años más tarde se llamaría el cráter de Chicxulub.

Era una misión suicida. La caída del astro había desplazado el agua sobre la tierra y arrojado la tierra a los cielos. No era una metáfora, sucedió textual, un evento catastrófico que sería todavía peor para quienes sobrevivieran a la terrible explosión de 100 Teratones (aunque los dinosaurios no lo medían propiamente en términos de 1014 toneladas de trinitrotolueno), porque al impacto seguirían un invierno nuclear y un evento de extinción masiva al que no sobreviviría ninguno de los grandes saurios dominantes…

Julio César –decidí ponerles nombres romanos, porque si hemos de antropomorfizarlos, los imaginamos de toga como a los griegos, o en uniforme militar completo como a los centuriones romanos– fue quien se puso a sí mismo al frente de la expedición, no que los tiranosaurios Rex fueran muy dados a trabajar en equipo, pero esto era algo que no podía hacer por sí mismo, así que con fines prácticos decidió ponerse en marcha hacia Chicxulub junto con un par de pollos del infierno, un anquilosaurio y un paquicefalosaurio, a quienes llamaremos –con el único propósito de distinguirlos de otros que no echaron a andar con ellos–: Marco Junio Bruto, Cayo Casio Longino, Décimo Junio Bruto Albino y Cayo; vale, dejémoslo mejor en: César, Bruto, Longino, Albino y Cayo. Como ya se imaginarán, ellos eran los únicos que caminaban contra corriente, mientras todos emigraban hacia los polos de la América del Norte y la del Sur (no, en el cretácico ya se había separado Pangea más o menos en los mismos seis o siete continentes conocidos; de hecho los T-Rex son más bien de Montana, Wyoming y las Dakotas; aunque César, de hecho, había nacido en San Juan Basin, Nuevo México); pero bueno, les decía que estos eran los únicos que caminaban hacia el sur del Río Grande, lo que es un eufemismo porque el Río Bravo se formó 62 millones de años después. Así que van vestidos como centuriones con su gálea de plumas, su lorica squamata, segum rojo de algodón grueso y ocrae de cuero en ambas piernas, no llevaban gladius al cinto por sus brazos cortos y porque aún no llegaba la Era de Hierro, obvio. Si bien César sí llevaba una vara de vid para dirigir a su medio contubernio por El Paso hacia Chihuahua, Torreón y San Luis Potosí rumbo al sureste del Golfo de México.

¿Por qué esa ruta en vez de atravesar las grandes praderas, yendo de las Montañas Rocallosas hasta el bayou del Misisipi? (que por cierto este río sí existía entonces). El problema era que los valles se habían convertido en pantanos, por lo que, si no querían ser recuperados por las petroleras de Texaco, lo mejor era andar por las tierras que la Sierra Madre Oriental había protegido del Tsunami. Evidentemente, nadie tiene idea hoy de cómo se llamaban entonces las Rocallosas o las dos Sierra Madre, así que de momento digamos que era a través del Collis Aventinus, el Capitolinus, el Caelius y el Esquilinus que César guiaba a sus hombres, otro eufemismo, porque él mismo era hembra (más grande y robusta que los machos), al igual que nuestra pareja lésbica de pollos del infierno, Bruto y Longino; pero el lenguaje es misógino y falocentrista, así que la cloaca de los otros dos nos fuerza a referirnos al grupo como «ellos», los valientes, los Primi Ordines, si bien su Primus Pilus y las otras dos eran capaces de aovar.

Así que llegados a las tres cimas del Collis Palatinus, que no eran el Cermalus, el Palatium y el Velia, sino el Popocatépetl-Iztacíhuatl, el Matlalcueye y el Citlaltépetl. César puede sentir el frío en sus brazos pese a la capa, mira a las otras que se les erizan las plumas sin importar lo mucho que se froten entre ellas para darse calor. Albino y Cayo no lo pasan mejor, el anquilosaurio tiene el frío condensado en sus placas óseas y en el mazo de su cola, su pico tirita y él se recoge todo como un cachorrito, mientras que el paquicefalosaurio se mantiene sentado en cuclillas, con las piernas y los brazos recogidos alrededor del torso para mantener el calor del vientre, parece un pequeño carnero en la posición de indio sentado, un diablo con su mirada profunda clavada en la negrura del cielo sin Luna, Via Lactea, ni ninguna otra estrella.

Atraviesan la Sierra bordeando las cumbres de Acutzingo y Maltrata, de ese lado de las montañas el nivel del mar parece más alto de lo acostumbrado, pero pueden aprovechar los pinares para hacerse de una balsa con la cual bordear la costa de Coatzacoalcos, Ciudad del Carmen y Campeche. El anquilosaurio y el paquicefalosaurio son particularmente hábiles para echar abajo los pinos, y las dos Anzu wyliei hacen gala de las habilidades con que sus herederas genéticas construirán sus nidos. César anuda bien las cuerdas de ixtle con que amarran los troncos, Bruto y Longino se trepan en la proa de la balsa, de pronto las dos parecen un par de gaviotas posadas en las vergas de una barcaza, Cayo y César se reparten a babor y estribor con sus pértigas a manera de remo y comienzan a trajinar impulsando el navío, Albino se coloca en la popa, su cola serpentea para servir de impulso y timón.

Bordear el Golfo de México (de este lado, del otro se llama Golfo de América) es más seguro que atravesarlo andando, los pantanos de Tabasco son particularmente traicioneros; y aunque el clima veraniego es ligeramente más cálido entre el Trópico de Cáncer y el Ecuador, Sol apenas atraviesa la capa de polvo, azufre y hollín de la atmósfera, haciendo el aire casi irrespirable por los vapores sulfurosos. César no puede sino pensar que atraviesan el Lago Averno; es un mal presagio que no haya Quetzalcoatlus ni Hetzegopteryx sobrevolándolos en círculos.

Desembarcan en Puerto Progreso al atardecer, si bien en tierra alcanzan a distinguir la circunferencia del cráter, saben que su misión está a 50 millas náuticas de la playa de Chicxulub –no me vean así, son gringos, no piensan en el sistema métrico sino en el inglés (y los romanos también usaban la mille passum como unidad de medida)–; César hace literalmente una reverencia y se vuelve hacia el suelo liso de roca blanca que bordea el océano, sin arena, los dos demonios emplumados de Wylie J. Tuttle (no tengo idea de por qué tendrán ese sobrenombre) hacen igual y le siguen, también el anquilosaurio, que es el único cuadrúpedo de «ellos», sólo Cayo, el paquicefalosaurio, se queda ahí sentado en cuclillas para mirar de frente al abismo.

Amanece, no es que el día se distinga gran cosa, el cielo es un poco menos negro y la sensación térmica ligeramente más cálida. César, Bruto, Longino, Albino y Cayo han meditado y se encuentran en paz con sus acciones, todas, desde la eclosión y hasta este, el último día de sus vidas. César señala con su rama de vid al horizonte, o más bien al sitio donde debería distinguirse un horizonte y entonces abre sus fauces, pero no para emitir un rugido feroz, sino un canto estentóreo que reverbera en el cráneo y hace vibrar el pecho, el suelo, y levitar a cada molécula de agua. Las Anzu wyliei, el anquilosaurio y el paquicefalosaurio se suman a la tesitura de César. El tono del paquicefalosaurio es particularmente bajo, un subwoffer capaz de reproducir tonos infragraves menores a los 10Hz de frecuencia que, literalmente, abre las aguas frente a ellos hasta el epicentro mismo del impacto. Albino embiste entonces a Cayo y, con él encima, se echa a correr por el pasaje bordeado en los dos extremos por los mares, las rara avis y César corren detrás de ellos salpicadas por las crestas de las olas que se devuelven al lecho marino. El cuadrúpedo parece incansable, mientras que el canto del paquicefalosaurio se hace, si cabe, todavía más intenso. Las bípedas corren detrás, con la furia de las sirenas del Ulises de Joyce, sin pausas para respirar ni organizar las ideas o evitar malentendidos. Corriendo con sus patas de pollo, cantando aguerridas para hacer perder la razón a quienes las escuchamos. El mar cerrado detrás de ellas como una cremallera, sus bestias desorientadas de que la corriente cambiase de un instante a otro para asfixiarlas en el lecho seco un instante antes de que la marejada volviera para resucitarlas. Crestas y valles de roca caliza y granito fundidas por la colisión. La rama de vid apuntando al destino central, no del impacto sino de sus vidas. Cada ser vivo de la tierra, desde el fitoplacton, los hongos, las eucariotas simples y las bacterias procariotas hasta el Alamosaurus sanjuanensis (los pulpos no, porque son extraterrestres). Todas y cada una de las criaturas unidas en ese canto que no busca sino trascender a la existencia. Condensar en una sola pieza los fragmentos de condrito carbonáceo, rutenio e iridio para alzar la roca y catapultarla fuera del lecho marino, levantarla sobre las aguas a velocidad de escape, atravesar la atmósfera, devolverla más allá de Júpiter hasta la parte exterior del sistema solar donde orbitan los asteroides tipo-C, y modificar así la trayectoria del asesino de planetas. Y ahí, en el lecho marino del Golfo, cerrar los ojos y, tomados de las manos, cesar por fin el canto de los dinosaurios.

 

¡Jesús-freaking-cristo!, si creen que esta historia nunca-jamás sucedió, que me la inventé para hacerles pasar el rato, que no tiene pies ni cabeza, que tal vez algunas cosas pueden sonar plausibles, pero en general es bastante inverosímil, que fue too much lo de los romanos, o que todo parecía científicamente correcto hasta el momento de realismo mágico en que la caballería y los legionarios se adentran literalmente al mar a salvar el mundo. ¡Demonios! No están entendiendo el mensaje, los dinosaurios murieron, no por nuestros pecados, pero sí para salvar a la humanidad. El mensaje es simple: ¡miren al cielo, estúdienlo, aprendan! No dejen que un evento catastrófico acabe con el 75% de la vida. Agarren un martillo, usen su cabeza dura, construyan naves para ir a donde esos malparidos y desvíenlos de su trayectoria a la Tierra. O si no, les juro por el baby Yisus de las Vegas que esas malditas musarañas que hoy comen insectos habrán de dominar la Tierra. 

José Luis Ramírez (Puebla, México 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido antologados en distintas colecciones entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas y Silicio en la Memoria; así como varias revistas y fanzines; sus ensayos se han publicado en: HArtes, Página Salmón y Mexafuturismo contemporáneo. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo” y es responsable del sitio web de ciencia ficción mexicana https://cifi.mx

PECADOS INFANTILES