Iván Bojtor
¿Cómo me encontró?
Ya veo. El nombre del barco me delató. Lo sé, fue una mala idea bautizarlo Argos
III. Pero, ¿sabe?, son nostalgias de viejo. A esta edad uno ya se aferra a
paisajes, ciudades, nombres. ¡Sujétese! Arranco el motor, salimos de la bahía y
luego, ya mar adentro, lejos de la costa, nos detenemos y se lo cuento todo. ¿Nos
vio alguien? ¿Lo sabe? Por aquí no quieren a los periodistas fisgones. ¿Quién
se lo contó? ¿Torre? ¿Antes de morir se jactó de haber encontrado el Argos?
Debí imaginarlo. Así que va a escribirlo. Bien. Puede que tenga razón. Ahora,
después de tantos años, yo también me arrepiento de no haberlo hecho público,
pero entonces esa nos pareció la única salida posible. ¿Qué podríamos haber
dicho? ¿Y quién nos habría creído? Al fin y al cabo, solo Torre y yo conocíamos
todos los detalles del asunto. Tal vez Papadakis sospechó algo, pero aceptó –o
fingió aceptar– nuestras explicaciones.
¡Lo sé! Digo que lo sé. ¡Sí! Podría
haber sido una sensación mundial. La idea fue mía, el dinero para la
investigación lo puso Torre, y el barco de exploración, Papadakis. Yo iba tras
el dinero; Torre, que ya tenía suficiente, buscaba la fama; y Papadakis soñaba
con una flota propia. No salió nada de eso. A nosotros dos solo nos quedaron el
silencio y el remordimiento; a Papadakis, esa vieja barcaza oxidada.
¡No me estoy lamentando! Si ahora
saliera ante el mundo y lo contara todo, se burlarían de mí, me tomarían por
loco. No podría probar nada. Torre ya murió. Papadakis finge no recordar nada.
Calla porque tiene miedo. ¿Por qué? Piénselo. Qué cosa tan jodida sería que a
los ochenta y tantos años lo metieran en la cárcel.
¿Que cómo lo encontramos?
Yo estaba seguro de que estaba
allí, porque varios habían mencionado esa tradición. Y las tradiciones son
cosas testarudas: pueden durar siglos.
Sobre la destrucción del barco
escribieron lo siguiente. Lea.
Que Jasón murió junto con el Argos,
ya sea porque una de las vigas podridas del barco le cayó encima (¡ridículo!),
o por un hechizo de Medea. En cuanto a cuál fue ese hechizo, los relatos no se
ponen de acuerdo. Cada historia dice algo distinto. Algunos afirman que lo
durmió con una pócima venenosa; otros, que le prometió rejuvenecerlo mediante
una transfusión de sangre, pero que tras desangrarlo lo dejó morir en el barco;
y hay incluso una versión según la cual congeló el aire en el Argos, sumiendo a
Jasón en un sueño profundo. En las tres variantes, Medea hunde el barco en
algún lugar cerca de Corinto.
¿Y ahora por qué pone esa cara?
Exactamente la misma que puso Torre cuando se lo mostré por primera vez. ¡Claro
que solo le mostré eso! No iba a jugar todas mis cartas de entrada. Lo primero
es la desconfianza. Pero Torre resultó ser un buen tipo. Papadakis respondió a
nuestro anuncio. Hubo unos veinte candidatos más, pero lo elegimos a él. ¿Sabe
por qué? No, no fue por el dinero. No era el más barato. Fue por el nombre de
su barco. Por cábala. Ese destartalado barco a motor se llamaba Argos. ¿Bueno,
no? Con el Argos buscamos al Argos. ¿Empiezo desde el principio? De acuerdo.
En todos los libros se dice que el
barco con el que Jasón y sus compañeros partieron en busca del vellocino de oro
recibió su nombre por su rapidez, y que era una nave de remos hecha de madera.
¡Y una mierda!
La palabra argo tiene otro
significado: brillante. Así llamaban también a la plata. Entonces, ¿cómo era
ese barco? Brillante, plateado, de color plata. ¿Usted cree que eso se logra
con madera? ¡De ninguna manera! Era de metal. Cuando la gente lo veía, ni
siquiera sabía que era un barco: creían que se trataba de algún monstruo. Y si
en aquella época, cerca de Corinto, hundieron un barco de metal… bueno, algo
tenía que haber quedado.
Claro que con eso no terminé de
convencer a Torre. Empezó a entusiasmarse de verdad cuando le hablé del
santuario de Dodona.¿La relación entre el Argos y Dodona? ¡El mástil! Todos los
autores que escribieron sobre el Argos destacaron que el mástil incorporado al
barco podía hablar, respondía a las preguntas que le hacían, advertía cuando se
acercaba una gran tormenta y, a veces, incluso indicaba el rumbo. También
escribieron que ese mástil provenía de Dodona.
Le dije a Torre que, en mi opinión,
se trataba de una antena de radio. Y él, que se había hecho rico vendiendo todo
tipo de aparatos eléctricos, empezó a pensarlo seriamente. Cuando además le
mostré mis dibujos del santuario de Dodona, mordió el anzuelo y abrió la
cartera.
Aunque los autores antiguos no
entendían nada de aquello, describieron con bastante precisión muchos detalles
técnicos, cada uno a su manera. Yo solo tuve que encajar las piezas. Las
excavaciones arqueológicas demostraron que el santuario de Dodona no era un
gran templo, sino apenas una pequeña capilla. Las descripciones antiguas
mencionaban dos columnas: sobre una había una estatua de un muchacho que
sostenía en la mano derecha un látigo trenzado de alambre; sobre la otra, una
especie de recipiente metálico. Cuando soplaba la brisa o el viento, el látigo
golpeaba el recipiente de bronce, que emitía un sonido. Algunos creían que los
sacerdotes interpretaban los oráculos a partir de ese sonido; otros, que lo
hacían por el tintineo de los numerosos objetos metálicos colgados del roble
sagrado; e incluso se decía que eran los trípodes de bronce que rodeaban el
árbol los que sonaban. Pero todo eso es una tontería.
Como se demostró después, aquel
dispositivo funcionaba. Lo reconstruimos. ¿Electricidad estática? ¡Ni hablar!
Es gracioso que lo diga, porque Torre pensó lo mismo al principio. Habría sido
demasiado simple.
También había una “fuente sagrada”
que brotaba de una cueva. Decían que solo manaba agua de manera periódica, por
la mañana, únicamente por la mañana. Es fácil darse cuenta de que, si siempre
se secaba al mediodía, no era la naturaleza la que la regulaba, sino algún
mecanismo. Una pequeña central hidroeléctrica generaba electricidad hasta que
se cargaban las baterías disponibles. Y esas baterías no podían ser otras que
los misteriosos trípodes, los artilugios de tres patas cuya cadena formaba la
valla del santuario. Los objetos metálicos colocados sobre las columnas y
fijados al roble sagrado funcionaban como antenas. Algo muy parecido se había
instalado también en el Argos. Y además, trípodes de bronce. ¿Para qué demonios
querría alguien pesados trípodes de bronce en un barco de madera?
¿Por qué me mira así? Funcionaba.
Le digo que funcionaba. Lo construimos. Es cierto que a escala reducida. Ojalá
no lo hubiéramos hecho, porque…
En fin. En algún momento de marzo,
después de las tormentas primaverales, comenzamos la búsqueda. Escaneamos toda
la costa con radar, pero solo volvimos a identificar restos ya conocidos.
Papadakis sugirió que el nivel del mar había subido en los últimos tres mil
años y que, además, había corrientes submarinas, por lo que lo que buscábamos
podía estar incluso un kilómetro más adentro. Tenía razón. Al día siguiente lo
encontramos.
¿Y bien? No parecía un barco. Se
asemejaba más a un depósito de petróleo o, mejor aún, a un submarino partido
por la mitad. Al ver la imagen del radar, Papadakis primero soltó una risa
forzada y luego empezó a asustarnos diciendo que allí dentro podría haber
incluso algún tipo de veneno peligroso. (Él debía saber bien lo que ocurría por
las noches en la bahía en aquellos tiempos).
¡Era el Argos! Claro que lo era,
aunque eso solo se confirmó más tarde.
Bajamos unas diez veces, nadamos a
su alrededor, lo palpamos, lo golpeamos, pero entonces todavía no encontramos
nada que indicara una entrada. Era como si todo hubiese sido fundido de una
sola pieza.
Papadakis estaba muy preocupado y
trajo todo tipo de aparatos: un contador de radiación, un detector rápido para
gases de combate y no sé cuántas cosas más. De dónde las había conseguido,
preferimos no preguntarlo.
Al día siguiente (esa noche casi no
dormimos de la excitación) encontramos pequeños orificios azulados en el
costado del pecio. Estaban alineados con regularidad, lo que nos llevó a pensar
que antaño había allí remaches de cobre que mantenían unidas las planchas de
hierro, pero que el agua salada se los había comido hacía mucho tiempo.
—¿Lo ve? ¡Se lo dije! Solo es un
maldito tanque —rio aliviado Papadakis cuando le contamos lo que habíamos
visto.
Ya estaba anocheciendo, pero Torre
y yo decidimos bajar una vez más. Por más que Papadakis suplicó.
—Chicos, esto es una locura.
Dejémoslo para mañana. —No le hicimos caso.
Torre encontró la entrada. No
estaba en la cubierta, arriba, sino en el costado, apenas sobresalía del lodo.
Por un instante creyó ver la luz de mi linterna a lo lejos, pero al acercarse
descubrió un pequeño punto luminoso de color verde. La luz venía de dentro, del
interior del barco; era tan débil que de día quizá ni la habríamos notado. Lo
raspó con el cuchillo y…
Era como una claraboya de camarote.
Más tarde encontramos un fragmento: estaba tallada en cristal de roca. Yo vi la
luz desde lejos y nadé hacia allí. Torre la palpó hasta que esa lente
transparente simplemente se salió de su sitio; el anclaje debía de haberse
soltado con el agua salada a lo largo de los siglos.
Aquella especie de cámara de
esclusa por la que entramos era en realidad solo una bolsa de aire. Un
mecanismo increíblemente simple, pero que aún funcionaba. Con las aletas de
buceo, a duras penas logramos trepar por unos troncos de madera podrida que sobresalían
de la pared metálica. Tres se rompieron bajo mi peso. Luego avanzamos por un
túnel estrecho, envueltos en esa luz verde fosforescente y fantasmal que
emanaba de las paredes, y pensé que, después de todo, deberíamos haber traído
el maldito contador de radiación. Pero ya daba igual: había que llegar hasta el
final, pasara lo que pasara, después de haber invertido tanto tiempo y dinero
en aquello.
Al principio creí que era la
presión arterial lo que me hacía zumbar los oídos, pero por los gestos de Torre
–no nos atrevimos a quitarnos los respiradores– entendí que él también lo oía.
A medida que avanzábamos, ese ruido sordo se hacía cada vez más fuerte.
Mirándolo ahora en retrospectiva,
el lugar por el que entramos debió de ser una especie de conducto de
mantenimiento, no la entrada principal. Tras unos ocho metros, el pasaje giró a
la derecha y de pronto nos detuvimos: una maraña de cables y tubitos finos,
como una telaraña, bloqueaba el camino.
Torre iba delante. Se lanzó,
doblando y apartando los cables, intentando pasar por debajo, pero sin querer
rompió varios. ¿Qué podía hacer yo? Lo seguí.
Ya casi habíamos atravesado aquella
jungla de cables cuando la pared del conducto se resquebrajó con un fuerte
crujido y el agua fangosa irrumpió de golpe. A Torre lo arrastró hacia atrás; a
mí me aplastó contra la pared y apenas podía respirar. Todo el armatoste crujía
y se deshacía. No veía ni mi propia nariz. En aquella masa negra, la linterna
no servía de nada. Manoteaba, palpaba a ciegas, apartaba objetos que flotaban
hacia mí, y también algo blando que me golpeó unas tres veces y que creí que
era un pez grande. De algún modo logré salir por la abertura por la que
habíamos entrado.
Torre ya estaba afuera,
esperándome.
Al día siguiente, cuando
regresamos, toda la estructura se había derrumbado. Por más que levantamos
planchas con el cabrestante del barco, no encontramos nada debajo que pudiera
confirmar mi teoría.
Salvo, claro, aquellos pequeños
objetos dorados que al principio, por su forma, creí que eran cilindros de
sellos. Pero entonces aún no sabíamos qué eran.
No, no eran de oro. Al verlos,
incluso a Papadakis se le iluminaron los ojos, pero cuando tomó uno en la mano
y lo palpó, la capa dorada se desprendió, y quiso arrojarlo al agua.
—¡Esto no es más que una maldita
piedra!
Torre los examinó con una lupa y
descubrió finísimas estrías. Me miró y…
¿Voy al grano?
¿Qué? ¡Vamos, no me venga con ese
cuento de los ovnis! ¿Que lo dejaron aquí los extraterrestres? Ya le dije que
reconstruimos todo el sistema. Todos los materiales que usamos ya se conocían
en aquella época. Era tecnología terrestre, aunque solo unos pocos la
dominaban. En mi opinión, cada templo, cada lugar sagrado tenía sus pequeños
secretos. Incluso los sacerdotes se los ocultaban entre sí. Toda la literatura
de la Antigüedad está llena de referencias a rituales y misterios que aún hoy
desconocemos. Algunos, claro, estaban destinados a las masas. Ahí tiene, por
ejemplo, Eleusis: cientos de miles de personas fueron iniciadas y, sin embargo,
no sabemos nada. Guardaron silencio. Todos callaron, incluso quienes más tarde
abrazaron el cristianismo. Y ese conocimiento secreto se fue perdiendo poco a
poco. ¡Pero nosotros lo encontramos! Y bien encontrado.
Escuche esto. Aquí y allá
chisporrotea, pero se entiende.
¿Y bien, qué le parece? ¿Suena como
una grabación de gramófono? Claro que sí, porque lo es, o al menos se hizo con
un método muy similar. Ese era el secreto de aquellos cilindros. Cuando por fin
logramos reproducirlos, solo este quedó intacto; los demás, por desgracia, los
arruinamos.
¿Quiere que lo traduzca?
¿Sabe qué? Mejor leo lo que
conseguimos extraer.
Sigo vivo. Creo que sigo vivo. Y
todavía estoy aquí.
¿Qué es ese texto sin sentido? No
tengo ni idea de lo que significa. Debe de ser algún tipo de señal de llamada.
Cuando construimos la réplica del dispositivo de Dodona, también oímos
exactamente eso. Solo eso. Se transmitía continuamente, como si todavía
existiera un emisor en algún lugar. No pudimos responder: aún no estábamos
preparados. Torre propuso usar el viejo método de triangulación de radio para
localizar el origen de la señal, pero cuando reunimos todo el equipo necesario,
se apagó.
Luego un barco pesquero sacó del
agua aquel cadáver. Creyeron que debía de ser algún actor, porque llevaba un
atuendo antiguo, como los de la Antigüedad.
Borramos todas las huellas,
rompimos y destruimos todo y salimos corriendo. A Torre incluso se le pasó por
la cabeza comprarle el Argos a Papadakis por buen dinero y hundirlo también,
pero el griego no quiso saber nada: estaba apegado a su barcaza.
Eso es todo.
¿Todavía no lo entiende? Era ese
pobre desgraciado de Jasón. Llevaba miles de años pudriéndose allí. Medea lo
había hibernado o conservado de algún modo. Nosotros lo matamos cuando
arrancamos los cables que lo mantenían con vida.
Lo mire como lo mire, fue un
asesinato. Pero que quede entre nosotros dos.




