jueves, 23 de abril de 2026

LOS PERROS LADRAN Y LA LLUVIA ARRECIA

Karim Abid

 

Desde hace tres días no deja de llover intensamente. No escampa el aguacero y parece que hasta los jardines se hunden; los perros que se refugiaron en la palmera tiritan de frío, ladran y se sacuden la pelliza a cada rato.

La mujer tenía el alma apagada cuando miró a los ojos nublados de su marido. Hamdán Alili fumaba y tosía, abandonado y sin saber qué hacer. Le hizo un gesto y ambos salieron envueltos en sus mantos de lana. Cuando entraron en la otra cabaña, les afectó la escena del ataúd, como si les hubiera sorprendido, como si lo vieran por primera vez. El silencio del féretro y el olor de la muerte los invadió. Los invadió el insólito silencio durante largos instantes en los que no escucharon nada, ni siquiera la lluvia recia. Ladraron los perros y sus ladridos se elevaron como si anunciaran la lluvia y el sudario tembló dentro del féretro. La mujer cayó al suelo, pegada a las rodillas de su esposo y el hombre se hizo un ovillo a su lado. Permanecieron sentados sin escuchar nada más que su propio mutismo. El ladrido de los perros los despertó de nuevo. La cabaña rezumaba agua y la lluvia era cada vez más intensa.

El hombre ya no pudo soportar más el silencio y la derrota. Se sentía vencido de una forma extraña porque ¡no sabía qué debía hacer! Salió de la cabaña, y el cielo crujió y se rajaron las raíces de la palmera. El hombre se asombró al ver a unos niños que brotaban con sus dishdashas blancas desde las grietas de la palma para deslizarse sobre el agua que había anegado la vegetación. Algunos resbalaban danzando veloces hacia el río, se sumergían un poco y luego emergían orgullosos, casi volando de la alegría, con lunas y estrellas entre sus manos que se caían regresando al agua. Cuando Hamdán Alili se volvió hacia el jardín, vio a los niños allí reunidos, riéndose como si alguno de ellos hubiera contado un chiste. Se reían mientras anudaban las hojas de dos palmeras contiguas, fabricando un columpio en el que se subió uno de ellos para balancearse. Luego, se montaron los demás. Se columpiaban y se reían, y sus carcajadas crecían con los pajaritos que saltaban sobre sus hombros, sacudiéndose las alas mojadas encima de sus caras.

El asombro lo atrapó aún más cuando escuchó las risas de su hijo Husein, quien jugaba con ellos contento. Su alma huyó detrás de su hijo pequeño. A punto estuvo de volar hacia él, pero no pudo. Lo llamó con una voz ronca, rota, pero todos desparecieron de repente. Desaparecieron, pero sus voces y sus risas se quedaron rodeándolo por todas partes.

 

Ayer, cuando de repente se detuvo el Zil militar cerca de nuestra casa, se percataron del ruido, extrañados. Les asaltaron sentimientos confusos, pero ambos presagiaron enseguida el motivo. El hombre le hizo un gesto a su esposa y salieron de la cabaña contentos, creyendo que su hijo, el soldado Husein, regresaba a casa de permiso. Salieron ilusionados, alegres, aunque llovía a mares y el agua inundaba las ramas de la palmera. Cuando la mujer cayó en la cuenta de que había salido sin la abaya puesta, los perros ya estaban ladrando y los soldados bajaban en ese momento un ataúd del vehículo, buscando el lugar adecuado donde dejarlo. El pie del hombre resbaló y a punto estuvo de caerse en medio del barrizal, pero se apoyó a tiempo en el árbol cercano. Uno de los militares se acercó a él y le preguntó desconcertado:

—¿Es usted el padre de Husein Hamdán Alili?

El hombre no respondió. No podía hablar. Se quedó en silencio, ausente. La mujer se había dado cuenta y suspiró profundamente levantando las manos a Dios, y no pudo bajarlas. Quiso decir algo. No pudo. Su corazón palideció y se le durmieron las rodillas. Se cayó a todo lo largo en medio de la tierra embarrada.

Nadie fue capaz de decir nada. El tenebroso silencio se instaló dominando la escena. El soldado les hizo una señal a sus compañeros y cargaron el ataúd hacia la cabaña. Luego se acercó al hombre ausente y le dio unos papeles. Se trataba de la documentación que acreditaba la muerte como mártir de Husein en la provincia de Basora. El hombre quiso tomar las hojas. No pudo. Se le cayeron y quedaron esparcidas en el barrizal.

Dentro de la cabaña, la mujer descubrió el ataúd y escuchó los latidos de su hijo muerto golpeando en el fondo de su corazón, latiendo dentro de la caja…

Latiendo.

Latiendo.

Latiendo dentro de la lluviosa noche azabache…

Las manchas frescas de sangre sobre el sudario y los trozos de algodón de las esquinas del féretro, empapados por el agua de la lluvia, la turbaron. Tembló por el frío y se sintió vencida. Le asustó que su hijo muerto tomara frío. Quiso cerrar el ataúd, pero tras un sollozo, se desplomó en al suelo.

Cuando entró el hombre a la cabaña, roto y tropezando con el barro, los perros ladraban y el vehículo militar giraba, siguiendo el camino bajo la intensa lluvia.

Karim Abid nació en la ciudad de Diwaniya, Irak, en 1952. Abandonó su país en 1979 y residió en varios lugares, entre ellos Londres y Siria, antes de establecerse definitivamente en la capital británica en 1995. Escribe poesía y relato. Sus obras han sido vertidas a diferentes lenguas como el inglés y el español.  De sus trabajos en el género del relato breve, recordamos los siguientes títulos: El aire va cambiando hacia tristeza (1988), Tocar laúd bagdadí (1993), Un abalorio azul (1997), y Los ojos negros (2016).

 

NUNCA MÁS

Carlos Eduardo Sánchez


 

“En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho”

El cuervo - Edgar Allan Poe

 

Almorzar solo un domingo es algo que pone mal a cualquiera. No quiero justificarme, pero sucede que ese día estaba especialmente sensible. Para colmo hacía rato que las musas me habían abandonado y, en este oficio, no hay peor cosa.

La comida parecía que no quería llegarme al estómago; antes y después de cada bocado debía lubricar mi esófago con un trago del tinto áspero que un primo me había traído de los valles. Fue así como la tarde de ese silencioso domingo me encontró sentado ante una segunda botella de vino que, por supuesto, a esa altura ya no me parecía tan áspero. Trataba de descifrar el mensaje oculto que había en la figura que formaban las miguitas de pan esparcidas sobre el mantel, cuando levanté la vista y lo vi. La tristeza de su pardo plumaje contrastaba con las brillantes perlas negras que eran sus ojos. Un pájaro enorme (como un águila pero con el cuello y el pico un poco más largos) estaba posado en la cabecera opuesta de la mesa, mirándome. Cada tanto torcía el cuello haciendo girar la cabeza para alternar el ojo con el que me observaba, como si hiciera un esfuerzo para ver algo en mi cara.  En ese momento supuse que había entrado volando por la ventana abierta que daba al jardín sin que yo lo notara. De pronto abrió el pico y emitió un graznido que retumbó en la habitación vacía.

Bueno, me dije, mientras me servía otra copa de vino, aunque sea por un rato no estaré solo. Tomé unas miguitas, se las arrojé cerca de las patas, levanté la copa y sonriendo le hablé:

 —Salud, amigo, sea bienvenido a esta humilde morada.

A manera de respuesta, emitió un nuevo chillido. Al oírlo me atraganté con la bebida y tosí. Instintivamente olfateé la copa y la alejé espantado; no podía creer lo que me parecía haber escuchado.

—¿Qué dijiste? —le pregunté, a la vez que deducía que debía estar borracho: ¡Le estaba haciendo una pregunta a un animal!

El pájaro chilló y oí borrosamente pero sin dudas:

—¡Nevermore!

Miré a mi alrededor, supuse que algún escritor amigo estaba haciéndome una broma. Pero no, no había alguien más, sólo el pájaro y yo. Llegué a la conclusión de que quizás estaba soñando o, peor, delirando por la bebida de mala calidad que había consumido. Mi cabeza daba vueltas.

Como si el bicho quisiera persuadirme del todo repitió:

—¡Nevermore!

Decidí dejarme llevar; traté de convencerme de que si era un sueño o un delirio igual me serviría para luego escribir algún relato.

Asaltado por un inesperado entusiasmo, tratando de parafrasear a don Edgar, y para cumplir con mi papel, le recité:

—“¡Profeta!, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror!” —Continué excitado—: “Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en esta vida? ¡Dime, dime, te imploro!”

Y el cuervo se despachó con un espeluznante:

—¡Nevermore!

No puedo negar que eso que creí que era un sueño juguetón me asustó un poco; pero como por lo general en contextos oníricos soy muy valiente; al borde del masoquismo le dije:

—Dime profeta del demonio, ¿este sueño extravagante me permitirá, por lo menos, volver a escribir después de tanto tiempo?

Y la bestia monotemática:

—¡Nevermore!

A punto de estallar, redoblé la apuesta:

—Decime, pajarraco de mal agüero, ¿cuándo te mandarás a mudar de aquí para que pueda continuar en paz mi íntima sobremesa?

—¡Nevermore!

—¡Ah! ¡¿Así que nunca más?!

Indignado busqué algo con que espantar al charlatán alado. No tuve mejor idea que arrojarle con el regalo de mi primo, con tanta mala suerte para el ave que en su perezoso intento de levantar vuelo recibió el botellazo en la testa emplumada. Oí primero el estridente ruido de la botella estampándose en la pared y luego el apagado golpe de su cuerpo cayendo cerca de la ventana. Me paré y me acerqué a él. El corazón me latía descontrolado. El animal yacía, junto a unas pocas plumitas que se le habían desprendido, con el pico abierto como si hubiese querido exclamar un postrero: ¡Nevermore!

En ese momento no tuve conciencia cabal de lo que había hecho. Hoy sé, como siempre lo había sospechado, que la literatura universal me tenía reservado un lugar de privilegio: en mi jardín, no en otro, enterrado a pocos centímetros de la superficie, descansa para la eternidad uno de sus iconos más preciados.  

 

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”. Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

LA CINTA DEL TIEMPO

George Lazar

 

El Aspirante trepaba lentamente, midiendo con cuidado cada movimiento que hacía con manos y pies sobre la piedra caliza rojiza que formaba la pared casi vertical del acantilado. Aunque era joven, una barba larga y espesa le cubría las mejillas hundidas por el ayuno y las privaciones, pero no ocultaba el destello de fe en sus ojos. Ya había alcanzado unos cincuenta metros de altura cuando se detuvo un momento para recuperar el aliento. Observó con desprecio las filas compactas de espectadores que lo seguían desde abajo, al pie de la montaña, y luego admiró desde arriba –por primera vez en su vida–, los edificios del monasterio y la larga fila, en varias hileras, que se perdía en el horizonte, de quienes esperaban para entrar y someterse a las pruebas que podían otorgarles la tan deseada túnica de monje del tiempo y, con ella, la inmortalidad. Sin embargo, la mayoría no superaba ni siquiera las primeras pruebas y salía por las puertas laterales, con la cabeza gacha; durante un tiempo se unían a los espectadores, sintiéndose así quizá un poco más cerca de la inmortalidad que no habían logrado alcanzar.

El hombre en la roca sonrió soñador, recordando cómo él también había esperado, junto a innumerables otros, durante semanas. Bebió un sorbo de agua de la cantimplora de cuero curtido que llevaba colgada del cordel que le servía de cinturón, que por lo demás era todo su equipaje. Continuó ascendiendo lentamente, pasando junto a las grutas excavadas en la roca, ocupadas por otros Aspirantes en la prueba final. Algunas tenían puertas de madera y ventanas de vidrio polvoriento, colocadas allí no se sabe cómo, en tiempos antiguos, cuando ni siquiera los antepasados del que ahora trepaba habían nacido. Ninguno de los ocupantes de aquellas grutas salió a animarlo. Tampoco lo esperaba; los Aspirantes –si aún vivían– tenían otras cosas que hacer, y su vínculo con los hombres había cesado en el momento en que fueron aceptados por el monasterio.

Había superado la marca de los cien metros de ascenso transitado por innumerables Aspirantes, un recorrido que podía y de hecho había sido estudiado en detalle con instrumentos ópticos, tanto por los escaladores como por los espectadores. Seguía una pequeña meseta que bloqueaba la vista hacia la roca, que se volvía aún más abrupta. Con un suspiro de alivio, el monje puso el pie en la meseta, pero resbaló y cayó. La multitud de abajo lanzó una enorme exclamación colectiva, de asombro, de preocupación, pero también de alivio, porque he aquí que otro aspirante a la inmortalidad encontraba su fin, lo que los hacía a ellos, los de abajo, igualmente iguales, aunque el monasterio los hubiera rechazado. Sin embargo, en el último instante, el monje se aferró con la mano derecha a una saliente afilada y, aunque se cortó gravemente, logró detener la caída. Los espectadores suspiraron aliviados y, al mismo tiempo, decepcionados, estirando aún más el cuello para ver cómo el monje se sujetaba también con la otra mano y, sin prestar atención al dolor ni a la sangre que le corría abundantemente de la palma desgarrada, se impulsaba como un atleta y volvía a dejarse caer sobre la meseta.

Con la espalda pegada a la roca, en un ángulo que no permitía que lo vieran desde abajo, el Aspirante se lavó la mano con el resto del agua de la cantimplora, luego la envolvió en un trozo de tela que rasgó con facilidad del borde deshilachado de la túnica descolorida que llevaba puesta. Se puso de pie con cuidado y miró hacia abajo. La altura era vertiginosa. Pocos llegaban tan alto. La multitud reunida al pie de la roca había crecido como una mancha de tinta derramada sobre una hoja blanca. Probablemente lo veían como una mosca pegada a una pared. Pero como un Aspirante –él– había alcanzado tal altura, la gente seguía llegando, porque, como se sabía, cuanto más alto llegaba un candidato, más santo era, y la bendición también alcanzaba a quienes tenían el privilegio de verlo.

Indiferente a todo eso, el Aspirante buscó una grieta donde introducir la palma y otra para la otra mano –la herida–, luego tanteó huecos para los pies y retomó su camino hacia las alturas.

Cuando llegó a la gruta más alta, a más de mil metros del suelo, el sol estaba a punto de ponerse. Dejó que la luz cada vez más pálida del astro lo envolviera y lo calentara, consciente de que era la última vez que lo veía como un disco amable de luz. A la mañana siguiente, al amanecer, lo vería de otro modo o no lo vería en absoluto. Estaba tan exhausto que no logró levantar los brazos. Aun así, sonrió satisfecho al abismo que lo separaba del pequeño mundo de los hombres y de las cosas hechas por ellos, para sus diminutas necesidades, sus insignificantes alegrías y sus triviales desgracias. Había llegado por encima de todo y, si superaba la última prueba, alcanzaría la altura absoluta, allí donde se encontraban los propios dioses del tiempo.

El ruido de la multitud al pie de la montaña le llegaba llevado por el viento, vago, como un murmullo. Sin que él lo supiera –y aunque lo hubiera sabido, no le habría importado–, muchos de los de abajo ya lo observaban con potentes instrumentos ópticos, comentando ampliamente con los demás sobre las posibilidades del temerario Aspirante. Se habían hecho apuestas, y algunos incluso se habían peleado defendiendo sus convicciones. Él no dignó ni siquiera una mirada a esas personas de abajo, codiciosas como hienas, deseosas de obtener cualquier beneficio de su prueba final. Entró en la gruta fresca que, poco a poco, a medida que el sol se ponía, se volvió francamente fría. La túnica gastada y sudada se le pegó a la espalda como un escalofrío helado. La mano desgarrada latía de dolor. Se sentó sobre la roca fría, atormentado por el hambre y, sobre todo, por la sed. Pasó una hora y luego otra. La noche exterior hizo aún más profunda la oscuridad de la gruta.

Aunque estaba acostumbrado a las privaciones, la lengua y los labios se le habían hinchado por la falta de agua y ya no pensaba con claridad. Tal vez por eso dudó un instante, y su fe –hasta entonces inquebrantable– vaciló apenas, hasta que la duda atravesó la ola de dolor y sufrimiento y llegó hasta la razón. Allí rebotó, se quebró en fragmentos y se desmenuzó hasta convertirse en hilos invisibles, como de arena, que se dispersaron en la respiración cada vez más débil del Aspirante.

En ese momento único, desde detrás de la pared helada en el fondo de la gruta, llegó una luz suave, dorada, acogedora. El Aspirante alzó las cejas, sorprendido. El hambre, la sed y el dolor desaparecieron como si nunca hubieran existido.

Más allá del muro de hielo se veía majestuosa la cinta del tiempo, desplegándose y moviéndose de derecha a izquierda, del amanecer hacia el ocaso. Se acercó arrastrándose hasta la pared transparente y contempló, asombrado y extasiado por tanta belleza y grandeza. La cinta del tiempo casi tocaba el cielo, y su extremo occidental no se veía. El hielo se había formado de manera desigual, creando aquí y allá verdaderas lentes que ampliaban o reducían la perspectiva. A través de una de ellas, lejos hacia el este, distinguió a los monjes del tiempo, que colocaban sobre la cinta blanca y lisa tablillas de arcilla cocida en las que estaban impresos, como dibujos hechos solo de líneas rectas y curvas, todos los momentos importantes de la vida de los hombres: nacimientos, muertes, desgracias, felicidad, enfermedades, guerras, arte, humanidad, fe, Dios, sin importar cómo se lo nombrara. Observó fascinado cómo los monjes, que parecían pequeños como juguetes animados, dibujaban destinos en las tablillas crudas, luego cocían la arcilla en hornos, las tomaban con delicadeza y las colocaban con rapidez sobre la inmensa cinta que se movía suavemente, del este al oeste, del pasado al futuro, sellando con innumerables marcas el curso de la historia. Habría podido contemplar para siempre el trabajo de aquellas criaturas, que una vez habían sido hombres como él, o más bien como los de abajo, al pie de la montaña, y que, por sus propios medios, se habían elevado por encima de la humanidad que los había engendrado, llegando a entrelazar los innumerables hilos de los destinos, a repartir el bien y el mal, lo bello y lo feo, la vida y la muerte.

Por segunda vez, en el alma del Aspirante brotó la duda. Esta vez dudó de que fuera capaz de elevarse a la altura cósmica de la tarea de trabajar con la cinta del tiempo. Lágrimas calientes brotaron de las comisuras de sus ojos y se deslizaron por sus mejillas hundidas y sucias, cubiertas por la barba enmarañada. En ese momento, sin embargo, mediante un fenómeno óptico milagroso, las imágenes vistas a través de la lente de hielo y de sus lágrimas se agrandaron aún más, y el Aspirante se vio a sí mismo, dibujado en una de las tablillas colocadas sobre la cinta del tiempo.

Sonrió, y luego rio abiertamente, como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo, cuando vio, o quizá solo sintió, el destino que los monjes habían preparado para él, aquellos que habían hecho que el tiempo dejara de fluir para su persona. Así, lo sorprendió el resplandor del amanecer, que golpeó la gruta con cálidos rayos de luz, dispersando la oscuridad y volviendo opaco el muro de hielo.

Pero el Aspirante ya sabía lo que tenía que hacer. Salió a la boca de la gruta y aspiró con ansia el aire frío de la mañana, levantó los brazos como un ave alza sus alas y se dejó caer al abismo.

Despojado de su cuerpo de carne, convertido en algo inútil, el Aspirante se transformó en un Monje del tiempo y partió con alegría a unirse a los suyos, que lo recibieron ofreciéndole su primera tablilla de arcilla. La tomó y dibujó con firmeza cómo su cuerpo, convertido en un recipiente vacío y destrozado tras caer en el vacío y golpear las rocas, era despedazado por la multitud furiosa de hombres que se abalanzaban, deseosos de apoderarse de un trozo de hueso o de carne, para adorarlo y rezarle por la satisfacción de las insignificancias que componían sus vidas.

Porque la mayoría de los de abajo no sabía o no quería saber que, en realidad, alguien que ya no podía oírlos dibujaba en la Cinta del tiempo cada momento importante de sus vidas.


George Lazăr nació el 3 de febrero de 1963 en Vatra-Dornei, condado de Suceava, Rumania. Se graduó en la Facultad de Ingeniería Eléctrica, Automatización y Computación del Instituto Politécnico "Gheorghe Asachi" de Iași en 1987. Es director del diario Monitorul de Botoșani desde 1995. Debutó en la antología Cosmos XXI. Un univers al păcii (1987). Cuando era estudiante, publicó historias de ciencia ficción en Argonaut, Opinia Sutențească, Cronica, Magazin, Sci-Fi Magazin y Argonaut, suplemento literario de la revista Convorbiri Literare. Entre 2007 y 2008, editó Sci-Fi Magazin, una revista mensual de ciencia ficción, y en 2009, Sci-Fi Magazin Almanac. Sus relatos han participado en las antologías Quasar 001 (2001), Alte Țărmuri (2007), Pangaia (2010), Steampunk. A doua revoluție (2011), Venus (2011), Dincolo de noapte - 12 Fețe ale goticului (2012). Y sus novelas publicadas son America One (2007), Îngerul păzitor (2009), Guardian Angel (2010), Panglica Timpului (2018) y Vindecătorul Universal (2021).

miércoles, 22 de abril de 2026

HORMIGAS

Cecilia Eudave

 

para Margarita Baez

 

Simón ve a todos pequeños porque él nació excesivamente grande. Así, con ese odio a lo minúsculo, se encargaba de exterminar aquello que no era digno de su tamaño. Y con esa insana manifestación de ser magno, desarrolló un profundo desprecio, sádico y cruel, hacia las hormigas, a tal grado que olvidó sus odios nocturnos sobre otros seres o cosas y se concentró sólo sobre estos insectos. Todos los días las esperaba sentado cerca del refrigerador, regaba un poco de azúcar aquí y allá. Luego, con paciencia, armado de un insecticida en aerosol, las esperaba. Cuando las ingenuas aparecían, atraídas por la comida, él les rociaba el veneno hasta empaparlas y las veía morir lentamente mientras bebía su cerveza. Si le apetecía un cigarro lo prendía con saña, por el gusto infinito de tirar el cerillo y mirar cómo se encendían por los efectos del insecticida. A veces las ahogaba con una manguerita que mandó hacer exprofeso para cazarlas. En otras ocasiones las aplastaba con un matamoscas de tela de alambre muy fina, que a su madre pidió confeccionar. Era un disfrute enorme verlas ahí cuadriculadas sobre el suelo. Si no tenía ganas de ponerse sofisticado, sólo vertía veneno cruz negra por la casa. Y ya de noche cuando llegaba de alguna reunión de viejos marinos, sus ojos se deleitaban con los cadáveres rojizos, negros y hasta verdes de las invasoras.  

Ellas lo odiaban. Tanto lo aborrecían que debían planear una venganza. No podían dejar tanta atrocidad sin castigo: el rencor mueve hasta a las hormigas. Y decidieron atacar lo que él más amaba: su dragón. Simón adoraba ese tatuaje, ese dragón marino de color verde tifón que se tatúo en Manzanillo cuando trabajó en el puerto en sus años de juventud, cuando iba por el mundo sin anclar bien sus odios. Ese tatuaje le recordaba el mar, la aventura, los momentos más entrañables y felices, ese tatuaje era su pasado. Todos los días se miraba al espejo orgulloso de esa bestia que conocía todos sus secretos. Luego le aplicaba un poco de aceite o crema para protegerlo, para hacerlo brillar cuando la luz del sol le tocaba la espalda. Así se iba a la playa a recoger ostras y cangrejos para abastecer a la población donde él vivía, porque ahora era pescador. Así que si ellas querían venganza debían invadirlo por la espalda.

Esperaron con paciencia, guerreras y malditas –detrás de los botes de cerveza que él bebía a diario después de la pesca–, hasta que Simón cayó dormido por el alcohol. Subieron cautelosas por sus piernas y acordonaron al dragón, que las miraba colérico. La bestia alada quiso defenderse lanzándoles fuego rojo que el primer grupo comenzó a devorar con rapidez. Después batió sus alas intentando alejar al segundo bando, que atacaba los flancos y comía intrépidamente sus plumas pálidas. Otras tantas, con astucia, se enfrentaron a la cabeza –que él movía inútilmente–, para en avanzada ayudar al resto de ese ejército a hacer suyas las garras. Sin patas se desplomó el cuerpo, mientras la cola agitada no logró desprender los dientes filosos de las enemigas. Dos horas más tarde, sobre la espalda del asesino no quedó ninguna señal de aquel monstruo marino, y bajaron contentas, satisfechas. Simón se despertó adormecido y las vio amodorrado alejarse. Como entre sueños pudo distinguir cómo algunas cargaban a sus espaldas plumas color verde tifón o garras azules. Mientras otras llevaban a cuestas un ojo, un diente o un trozo de fuego. Pero a Simón esa visión le pareció imposible y, negándola con la cabeza, se volvió a dormir...

Cecilia Eudave nació en Guadalajara, México, en 1968. Es narradora, ensayista e investigadora. Su narrativa ha sido objeto de estudios sobre lo fantástico contemporáneo en Latinoamérica, la narrativa breve, la literatura fantástica y lo insólito. Es doctora en lenguas romances por la Universidad Paul Valéry de Montpellier y profesora-investigadora en la Universidad de Guadalajara desde 1991. Entre sus muchas obras publicadas pueden citarse las colecciones de cuentos Técnicamente humanos (1996), Invenciones enfermas (1996), Registro de imposibles (2000), Países inexistentes (2004), Sirenas de Mercurio (2007), Para viajeros improbables (2011), En primera persona (2014), Microcolapsos (2017, reeditada 2019), Con la boca en la mano (2019), Al final del miedo (Páginas de Espuma, 2021), y las novelas La criatura del espejo (2007), Bestiaria vida (2008), El enigma de la esfera (2008), Pesadillas al mediodía (2010), Aislados (2015) y El verano de la serpiente (2022).

LA CITA CON EL MAGNÍFICO

Juan Pablo Goñi Capurro



Tres eran los ángeles que giraban, cada uno con un ramo de rosas rojas en la mano. Los gatos eran dos, pero poseían un tercer ojo, tan azul como los otros. Tan interesantes apariciones no me consolaron, el maestro había dicho que aparecería ante mí el diablo en persona. El número tres, única relación que encontré entre los seres que poblaban mi garaje, de singular importancia en la masonería, no destacaba en nuestra doctrina. ¿Qué debía hacer, atrapar los pequeños ángeles de un salto y acogotarlos? Acaso así demostraría mi sumisión al Poderoso y Behemot consentiría mi presencia ante él.

Los gatos se mantenían quietos, en un rincón, juntos. Gatos grises, con collares dorados, ordinarios de no ser por los ojos insertos en vertical en sus entrecejos. Los gatos no eran emisarios del dios de judíos y cristianos; deduje que estaban como testigos, ellos certificarían que había eliminado a los ángeles. ¿Por qué el maestro no me había anticipado la existencia de esta prueba? El candelabro parpadeaba, los ángeles eran pequeños, pasaban de la sombra a la luz en un instante. Quise escoger uno de ellos; eran idénticos, hasta los ramos de rosas coincidían. ¿Rosas?, ¿para quién eran esas rosas?

Los gatos se miraban entre sí con el par de ojos normales; el tercero, los terceros, me vigilaban. Imaginé que irían ante Behemot con el relato de un pusilánime que no quiso ejecutar a los ángeles porque temía pincharse con las rosas; ausente la convicción, el temor a ser condenado como cobarde por el maestro me impulsó a dar el salto con las manos abiertas.

Caí sobre mis pies con las manos vacías, el ángel esquivó mi manotazo con facilidad. Lo intenté por segunda vez, repetí el fallo. Necesitaba ingeniar un sistema más eficaz; las redes de pesca habían quedado en casa de mis padres, hubieran venido perfectas para la ocasión. Probé con el disimulo. Avancé hacia los gatos, extendí una mano; de súbito, me impulsé hacia lo alto. Mis manos chocaron entre sí, el vacío entre las palmas. Reboté para tomarlos de sorpresa; caí mal, mi rodilla pegó en el estante de las pinturas, algunas latas cayeron al piso. Ese ruido no me permitió oír la puerta; cuando logré ponerme de pie, no era el único humano en la habitación.

Veinte años, el cabello teñido con grises, parte de él atado sobre la cabeza; ojos claros de una profundidad aterradora. Vestía de negro y de negro pintaba sus uñas; calzas, borcegos y una remera donde se leía «de noche todos los gatos son negros», en inglés. Anael, mi preciosa hija menor, la gótica de la familia, estaba delante de la puerta abierta, los brazos al costado del delgado cuerpo, los ojos interrogándome. Me hubiera gustado decir que había heredado mi pasión por las artes ocultas; no era así, su forma de vestir no era más que una moda sin basamentos. Al menos, no lo había sido hasta esa noche.

Comprendí que tenía ante mí una oportunidad única, introducir a mi descendiente en los arcanos de nuestra escuela. Fui hacia ella; no reaccionó. Pasé de largo y cerré la puerta. Posé una mano en su espalda y la acerqué a la mesa donde estaba el candelabro y el libro negro. Me coloqué del otro lado. Dudé, ¿qué había pensado Anael, casi adolescente, al encontrar a su padre en el piso, vestido con una capucha negra, quitándose latas de encima, junto a dos gatos con tres ojos y tres angelitos que sobrevolaban un candelabro con siete velas?

Alcé la vista, los ángeles continuaban sus circunvoluciones, los gatos proseguían estáticos en su rincón, controlando la escena con sus malditos ojos centrales. Miré a mi hija, su vista continuaba concentrada en mí. ¿Acaso no la maravillaban esos fenómenos, o no podía verlos? Efectué un par de gestos poco claros, precisaba ordenarme. Revelar los secretos de la orden a un neófito sin atravesar los ritos de iniciación era una cuestión sensible, pasaría a responder por ella ante el maestro y los discípulos superiores. ¿Por qué no decía nada mi consentida niña? Unas palabras me hubieran orientado hacia la necesidad de mentirle o de explicarle qué estaba haciendo en ese garaje.

Sentí un nuevo apremio; el maestro no me había hablado de tiempo, ignoraba por cuánto más tendría la oportunidad de acabar con los ángeles para que los siniestros gatos enviaran su mensaje a Behemot… si es que ese era finalmente el procedimiento correcto y no había fallado yo en el conjuro. Se tornó urgente resolver la situación de mi hija; jamás pisaba el garaje, decía que no soportaba el olor a humedad, ¿por qué había venido justo la noche de mi encuentro con el Magnífico?

Escogí ser cauteloso, Anael no había echado siquiera una mirada al libro grueso de páginas amarillas; las nuevas generaciones no tienen curiosidad, dicen, ¿por qué entonces no se despedía y se marchaba?

—Anael, ¿los ves?

Erguí el índice; apunté al techo, luego al rincón de los gatos. Las pupilas de Anael no reaccionaron. Reconocí que no conocía a mi hija como debería, la había postergado en razón de ascender en la orden y obtener la posibilidad única de reunirme con Él. Entre tantos secretos que ignoraba de su vida, no sabía si consumía drogas prohibidas; su comportamiento era similar al de una persona en trance hipnótico, una víctima de algún producto químico ilegal… o una sonámbula, pero hasta aquí, Anael nunca había sufrido episodios de sonambulismo.

—Anael, hija querida, ¿puedes verlos?

Miré de inmediato a los gatos, ese «querida» no correspondía al vocabulario de un iniciado. Los felinos no se inmutaron; aunque no era una garantía su inmovilidad, me dio cierto alivio y pude volver a concentrarme en el problema que tenía delante. Las velas se habían consumido en la tercera parte, Anael continuaba en silencio. Concluí que sí había visto los ángeles y que también había visto los gatos; o se hallaba en silencio esperando una explicación de todo eso, o mi hija estaba tan habituada a los alucinógenos que los consideraba parte de su viaje.

—¿Estás drogada?

Fue una pregunta estúpida que ella no se molestó en responder. ¿Y si le lanzaba el candelabro a un ángel, para derribarlo? La idea me surgió sin relación con el dialogo que intentaba establecer con Anael. Buen plan, primero necesitaba definir la situación de mi niña.

—Anael, por favor, papá está haciendo algo importante. ¿Qué querés, hija?

—Vos me llamaste, papá.

—Yo no te llamé, te habrás confundido.

Me estudió por tres segundos, luego giró hacia la puerta. Abrió, se apartó para dejar paso.

—Vamos, entonces.

Los gatos arrancaron y dejaron del garaje a velocidad supersónica; los ángeles dejaron de girar y trazaron un vuelo recto hasta perderse por el hueco dejado libre por mi hija; al pasar junto a ella, dejaron los ramos de rosas en sus manos pálidas. Sin volverse hacia mí, Anael salió y cerró la puerta.

Estupefacto, demoré unos minutos razonando sobre lo que acababa de suceder. No hallé una sola explicación que no me empujara a la locura. Oí un camión que se detenía cerca; mi vecino, era hora entonces de prepararme para la reunión de la noche.

Me quité la capucha, la guardé con el libro y con el candelabro –luego de quitar las velas casi consumidas– en el baúl que devolvería en un par de horas al maestro. Con las piernas débiles, entré a la casa, a mi casa.

Anael no estaba en la cocina ni en el baño, ni en su habitación. Llegué a la sala, estaba tendida de costado en el sillón, un chupetín paleta en la boca y la atención puesta en el televisor, donde pasaban una telenovela turca.

—Anael... ¿fuiste al garaje?

—No, pa, ¿me llamaste? No te escuché, perdón, en la pausa voy, ¿qué querés que haga?

La dulce Anael de todos los días; lo que pensaba, lo gótico en ella era una pose, una moda pasajera, no tenía interés en las ciencias oscuras.

—Nada hija, ya está.

Nada podía hacer ella por mí. Si no me expulsaban de la orden por mi fracaso, quizá algún día el maestro me explicara en qué había fallado. Me obligué a pensar en un fallo, era lo conveniente; las venganzas del Magnífico son muy crueles para quienes lo invocan en vano.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

ASTRONAUTA

Frank Hebben

 

Tantas tiendas como estrellas en el cielo, iluminadas por encendedores y por dentro por velas, por los hornillos de gas sobre los que descansan sartenes o latas abiertas sin cuidado: ravioles, chili con carne o directamente la olla de fiesta; todo son envolturas protectoras de formas ligeras y geométricas: triángulos, cuadrados contra el frío nocturno; aquí un poliedro o un sistema de tubos como una oruga voraz, allá el frágil águila de papel dorado con ligeras varillas y un ordenador con la potencia de una calculadora de bolsillo, y que aun así ha aterrizado en el polvo lunar.

Todo el calor se irradia al espacio.

Ahora, pasada la medianoche, todo se ha vuelto más silencioso, menos reproductores de CD y radiocasetes que siguen escupiendo metal o grunge; por fin ya no es ese paisaje de cráteres deslumbrante sobre el que se ha levantado la colonia de hormigas para dos interminables días de festival en un aeródromo muerto que no es más que hierba y tierra gris.

No quiero estar aquí.

Thorsten me convenció de sacar la nariz de los libros, pero no me gustan las multitudes, y tampoco me gusta la música; prefiero a los Beatles: Yellow Submarine en la silenciosa profundidad del mar.

Sin embargo, acepto el desafío, como comandante, y abro la escotilla azul para entrar en el baño portátil: otra cápsula de escape, aquí se está calentito, pero… ¡ese olor! ¡Maldita sea, necesito un casco con espejo y oxígeno propio! O una cerveza, que no soporto; tengo que beber para armarme de valor: un pequeño paso para la humanidad, pero un gran paso.

Thorsten, con voz somnolienta por el alcohol, exige que me quite mis sucios borceguíes antes de poder tumbarme en la litera, porque si no meteré demasiada arena o hormigas o virus para un apocalipsis zombi o un parásito alienígena que más tarde me estallará del pecho.

Pero no quiero.

Estos zapatos son magnéticos, mis botas lunares; si no, pierdo el equilibrio. Así que duermo delante, en la silla de camping… y en mi vida he pasado tanto frío, a pesar del suéter, dos camisetas y la capa de lluvia de plástico transparente bajo la cual mi sudor se acumula como rocío bajo la cúpula geodésica de un hábitat. Leo demasiado sobre aventuras en mundos lejanos, ¡en el confín de la galaxia!

—¿No hace demasiado frío? —grita Marie desde la tienda vecina. Ella y su amiga nos ayudaron a clavar las piquetas con piedras en el suelo. Ambas, hermosos seres desconocidos.

—Se puede aguantar, gracias.

Por la mañana, otra vez la extraña convención de oficiales de a bordo y alienígenas que se emborrachan alegremente y celebran con colores, mientras yo bebo un café gratis en el puesto publicitario. Sigo temblando de frío.

¿Soy diferente?

La primera banda arrasa, desnuda bajo la luz del sol: se ven los poros detrás del maquillaje. Cerca del escenario, el polvo huele a cacao, como el de aquella lata amarilla en la cocina de mi madre con las flores de Pril… Mi hermana vendió nuestra casa familiar en marzo.

Luego el disco del cielo gira, se hace tarde y luego noche, y los focos lanzan sus colores en el crepúsculo. Pronto tocará la banda principal.

Dios, vuelvo a tener frío, mi cubierta exterior tiene una fuga; quizá haya una manta térmica dorada en el botiquín del maletero del Audi… ¿o podría…?

—Hola.

De pronto Marie está frente a mí, como teletransportada: una chica, Dios, esa especie extraña y hermosa.

—¿Vienes mucho por aquí? —respondo; me siento idiota. Pero ella se ríe.

No hay agua en la Luna, no hay vida en Marte, que buscamos con tanta desesperación en las vastedades del cosmos… microbios fosilizados en una roca ridícula. Nada más. Solo frío y entropía.

Pero su mano está caliente mientras me guía; esta vez no estoy solo, no soy Michael Collins en órbita…

Me besa. ¿Por qué?

—¿Quién eres? —pregunto.

—Ven.

Nos tumbamos en la arena… Detrás de nosotros, el siguiente puesto de cerveza con su letrero luminoso verde mar, y los gritos de tantos borrachos. Ya no importa. Ha deslizado el puño bajo mi camiseta, la siento. Mi corazón late con fuerza.

—¿Quieres? —me pregunta.

—Sí.

A mi lado en la cabina: Marie toma la palanca de mando y nos guía a través de tres dimensiones: arriba y abajo, rodar, guiñar, antes de que lentamente nos dejemos llevar. Su lengua se desliza sobre la mía: un pez extrañamente frío; ahora una playa donde las olas succionan; un grano o dos, cuatro, ocho, esparcidos sobre el tablero de ajedrez y duplicados de nuevo… Todo estrellas. Infinito.

Nemo da la orden, y el Nautilus emerge. Nos hemos quedado dormidos un momento, abrazados; me libero de los tentáculos.

—¿Hm? —pregunta ella, sonriendo.

—Nada.

Más tarde desmontamos las tiendas, desayunamos tostadas con queso, salami, e intercambiamos números de teléfono a los que nunca llamaremos… Tiramos los sacos de dormir y las esterillas plateadas de nuevo al maletero, subimos al coche y conducimos primero por carretera secundaria, luego por la autopista a una velocidad orgullosa.

El Apolo 11 tuvo tres fases de aceleración; la última etapa del cohete catapultó a tres hombres hacia la Luna a 39.400 km/h.

Estoy enamorado.

Estuve enamorado y la amaré siempre.

Tiempo: la cuarta dimensión, pero quizá solo un punto focal, un agujero negro en el que el universo se condensa como en 2001 después de ese viaje psicodélico surrealista; detrás: una habitación como sala de hospital, una cama con una sábana verde clínica y un busto de mármol. Al menos hay oxígeno, tanto como quiera.

Mi temperatura corporal es de 39,7 grados.

El peso de su puño sobre mi pecho lo he echado de menos toda mi vida: la gravedad de un gato que duerme sobre mí desafiando el frío del espacio.

Respiro, exhalo…

Luces en la noche.

Frank Hebben nació en 1975 en Neuss, Renania del Norte-Westfalia, Alemania. Es básicamente un autor de ciencia ficción que estudió Filología Germánica y Filosofía en la Universidad Heinrich-Heine de Düsseldorf. Conformado por una trayectoria que combina literatura especulativa y una sólida formación académica, su obra se destaca por su profundidad temática y estilo innovador. Sus últimos tres libros de ficción publicados fueron: Im Nebel kein Wort (2016), Die Fugen einer Stadt (2017) y Vampirnovelle (2019).

 

martes, 21 de abril de 2026

HELICÓPTERO

Ramiro Gallardo

 



—Lo mejor es que nos vayamos. Espérenme afuera de mi despacho: voy a redactar la renuncia.

Plaza de Mayo era una hoguera, una batalla, una bomba que había explotado y estaba a punto de volver a explotar. Siendo las seis de la tarde ya se contaban varios muertos.

El presidente pidió papel membretado y una lapicera. Los pocos que lo acompañaban –sus hombres de confianza y uno de sus hijos– salieron. Una vez solo, observó el cuadro del general San Martín: la postura erguida, el sable corvo, la expresión enérgica del rostro. Este hombre murió en el exilio pensó. Intentaba auto convencerse de que su accionar tenía algo de incomprendido, o de heroico. Se sentó en el sillón de Rivadavia y cerró los ojos. Tenía el estómago vacío: así y todo, sintió ganas de vomitar. Ese mediodía apenas había almorzado un yogurt con gelatina. Lloró. Con la renuncia redactada a mano y ya firmada abrió la puerta de su despacho y fue al baño. Al regresar, el fotógrafo oficial lo retrató ordenando una vez más sus papeles.

—Gracias por todo, Víctor —dijo su voz conmovida. Abrazó al fotógrafo, firmó su último decreto y se dirigió al ascensor junto al canciller y al edecán.

Lo habitual era caminar hasta el helipuerto de la avenida Huergo, al otro lado de Alem, pero el jefe de la Casa Militar se había opuesto enérgicamente: no podía garantizar la seguridad siquiera para cruzar la avenida. Por eso, en lugar de hacer el trayecto como cada día, el presidente se dirigió hacia la terraza de la Casa Rosada. Isabel Perón había hecho lo mismo, veinticinco años atrás.

El mayor Zarza y el vicecomodoro Zarlongo, los dos pilotos, esperaban impacientes. Ya desde la mañana se venía anunciando que la rutina no sería la habitual. Desde la terraza observaban como espectadores de lujo todo lo que sucedía en la Plaza. Columnas de humo negro, manifestantes con piedras, policías a caballo, gritos, disparos. Cuando por fin aparecieron el presidente y su comitiva, el mayor les advirtió que debían bajar la cabeza porque las aspas estaban en movimiento. No habían apagado el motor en ningún momento: tenían prohibido posarse del todo sobre la superficie de la terraza: las tres toneladas y media del Sikorsky S76B podían hacer colapsar la losa endeble de la Casa Rosada, reparada tantas veces, repleta de fisuras y de goteras. El aire olía a caucho quemado, a nafta, a transpiración. El ruido del motor incrementaba la confusión reinante.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente, aturdido por el ruido de las aspas. El edecán lo tomó de la nuca y lo empujó hacia abajo. Ya adentro, a punto de despegar, el helicóptero comenzó a emitir un sonido poco común. Zarza y Zarlongo se miraron, confundidos.

—¿Qué pasa? —protestó el vicecomodoro.

—No sé, no sé… —respondió el mayor a los gritos—. Debe ser lo de siempre, la transmisión.

—La puta que lo parió. Iba a fallar, lo sabía, ¡pero justo ahora! —Zarlongo estaba que reventaba de bronca. Llevaba tiempo solicitando que revisaran el rotor de cola, pero los repuestos eran importados y del área de Logística argumentaban que no contaban con el presupuesto necesario. La crisis llegaba a todos lados. Se dio la vuelta y miró a los tres pasajeros.

—Señores, van a tener que descender —dijo sin titubear, y agregó—: sin ánimo de ofender, les pido que no se demoren. —Empezaba a salir humo, tenían el tiempo justo para volar hasta el helipuerto de Huergo.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente a su edecán, aturdido por el ruido de las aspas.



Minutos más tarde estaban otra vez como al principio, en el despacho presidencial. Ahora, los tres solos: en la Rosada no quedaba más personal que el de limpieza, gente de seguridad y un ordenanza: el resto había partido apenas ellos habían subido al ascensor.

—A esperar otro helicóptero —sugirió el presidente, profundamente desganado.

—Imposible —respondió el canciller. A pesar de todo, era el único que conservaba algo de juicio—. No podemos permanecer acá un minuto más. La multitud está que arde, podrían tomar la Casa Rosada.

Un estremecimiento gélido recorrió vibrando los cuerpos del edecán y del presidente.

—¿Pero qué hacemos? —preguntó el edecán—. No podemos salir en auto, mucho menos caminando.

Entonces intervino el ordenanza, que hasta el momento se había limitado a observar la escena.

—Con todo respeto, si los señores me permiten, creo que valdría la pena que escuchen esto... —Hablaba mirando de frente, con una seguridad que ninguno de los otros tenía—. En la despensa de la cocina hay disfraces.

—¿Disfraces? Ja ja ja —rio con desgano el edecán—. Siga con sus cosas, por favor. Estamos resolviendo un asunto de extrema importancia.

Pero el canciller se interpuso.

—Momento —objetó—. No es mala idea. A ver —dijo ahora dirigiéndose al ordenanza— Traiga esos disfraces. ¿Hay caretas?

—Sobre todo caretas —respondió con entusiasmo el empleado devenido en protagonista del histórico momento. Una vez solos, el presidente hizo notar su desconcierto.

—Afuera está lleno de manifestantes —explicó el canciller— con pañuelos que les cubren la cara, máscaras, pancartas. Vestidos estrafalarios y de traje, ahorristas y militantes, hombres, mujeres, jóvenes, viejos: nada conserva el aspecto habitual—. Se detuvo, reflexionó. Intentaba ordenar las ideas—. Si logramos mimetizarnos, mezclarnos con la gente que protesta, podríamos salir caminando.

—Es posible… Habría que pedir que nos espere un auto, del otro lado de Alem— agregó el edecán.

—No —objetó el Presidente—. Cruzaremos la Plaza —La voz enérgica, ausente durante todo este tiempo, sorprendió a sus acompañantes.

—La plaza, ¿qué plaza, señor Presidente?

—La única Plaza— respondió sin que le temblase la voz—. Si la idea es pasar desapercibidos, debemos ir hacia donde haya más gente. No tiene ningún sentido salir por Alem: tres fantoches disfrazados llevando carteles de protesta. —Puso los ojos sobre el canciller, interponiéndose con la mirada a las objeciones que estaban por salir de su boca. El ordenanza apareció cargando algunas bolsas de consorcio.

Despejaron el escritorio –que quedó cubierto con ropa, antifaces, pelucas y caretas– y empezaron a cambiarse. Había indumentaria de trabajo, ropa deportiva, uniformes de granadero, policía y militares, blusas, guardapolvos y una campera de jean. El presidente apartó la campera. La colocó con ceremonia junto a un pantalón de jogging negro y zapatillas para hacer footing. El canciller y el edecán conservaron sus pantalones, pero cambiaron las camisas por remeras. La del edecán tenía un diseño batik multicolor: no necesitaba disfrazarse, llevaba apenas dos días en el cargo, pero si iba a acompañarlos no podía hacerlo de uniforme.

Faltaba lo más importante: las caretas. Había unas cuantas, la mayoría de personajes de Disney, monstruos, Yoda.

—Me quedo con esta— dijo el canciller agarrando la de Chewbacca. Una sonrisa infantil invadió por un momento su rostro. Continuaron: había caretas del Che Guevara, Gandhi, Perón, Menem, Felipe González. Envuelta con un repasador, una muy lograda máscara de caucho de De la Rúa. El presidente la tomó sin decir palabra. El ordenanza dio un indisimulable paso atrás.

—Alguno la habrá comprado para tener de recuerdo —murmuró.



El presidente y su máscara de caucho, el canciller Chewbacca, el edecán batik multicolor y el ordenanza –único integrante de esa comitiva estrafalaria que mantenía su aspecto original– caminaban en dirección a la Pirámide. Llevaban carteles con consignas políticas propias para la ocasión y jugo de limón para los gases lacrimógenos.

El sector de la Plaza más próximo a la Rosada se encontraba vacío de manifestantes. Aun así, la marcha resultaba difícil: el suelo estaba repleto de cascotes, botellas, vidrios rotos, trozos de madera y de hierro, vallados de protección y objetos de todo tipo. Montículos formados por restos de neumáticos y ruedas de bicicleta ardían más acá o más allá. Al aproximarse a la Pirámide –que apenas se distinguía a causa del humo– un jinete, cachiporra en mano, los amenazó tirándoles el caballo encima. Corrieron. Tenían que cruzar la Plaza, doblar por Bolívar y llegar hasta avenida Belgrano. Allí los esperaba un coche.

Divisaron el Cabildo. Esta parte de la Plaza era, literalmente, una batalla campal. Los manifestantes arrojaban piedras y todo lo que tenían a mano; la policía montada, sumida en un cóctel de violencia y miedo, no lograba contener a los caballos. Menos aún sus propios nervios. Motoqueros con la cara cubierta iban y venían haciendo rugir sus motores. Uno pasó rozando al canciller, llevaba una molotov que estalló cerca de un policía. La montada arremetió con todo.

El presidente observaba atónito detrás de su máscara de goma.

—Ohhh, qué se vayan todos… —clamaba un grupo de manifestantes desde el Cabildo, al albergue de los muros anchos de la galería.

—Vamos hacia allá —señaló el edecán. El presidente se dejaba llevar, aturdido. Uno de los manifestantes lo abrazó antes de que alcanzaran la galería.

—Aguante compañero. ¡Hay que tener huevos para llevar esa careta!

El ordenanza apareció por detrás y se sumó al abrazo. Temía que el presidente se deschavara.

—¡Hijos de puta, hijos de puta! —gritaba y saltaba como si estuvieran en la cancha. El presidente apenas se movía.

Un grupo de la brigada anti-disturbios comenzó a acercárseles. Unían sus escudos formando una especie de muro portátil. Llevaban cascos, máscaras anti-gas, chaleco antibalas y polainas de plástico. Amenazaban agitando los bastones. Parecían recién salidos de una película de terror.

Lejos de amedrentarse, los manifestantes no sólo se mantuvieron en su sitio, sino que se les sumaron otros, aguerridos, a hacerles el aguante. El presidente era el más firme de todos. Mantenía su posición duro como un poste.

—Así se hace, ¡a ponerles la jeta a estos hijos de la concha de su recalcada madre! —mascullaba su flamante compañero, apretándole el hombro. Los policías arremetieron con los escudos primero, con las cachiporras después. El presidente recibió un golpe en la frente de caucho y cayó hacia atrás. Antes de que tocara el suelo, el canciller alcanzó a retenerlo por los hombros.

Sangró, a pesar de que el espesor de la máscara amortiguó el impacto.

—Vamos, vamos —atinó a decirle el canciller—. Estamos a unos pasos de Bolívar.

Las puertas del Cabildo estaban abiertas, alguien había forzado la cerradura. Adentro, varios manifestantes –unos cuantos heridos de gravedad– se protegían de la represión. Otros juntaban fuerzas para salir a la calle. Atravesaron el hall sin detenerse. El canciller Chewbacca a la cabeza, el Presidente y el edecán detrás. Alcanzaron el patio trasero y salieron por Hipólito Yrigoyen. Cuando cruzaban Diagonal Sur, hacia Bolívar, se detuvieron: faltaba el ordenanza.

—¿Dónde está? —preguntó el canciller.

El edecán señaló hacia la Plaza. Tres policías lo llevaban a rastras mientras otro lo golpeaba y dos manifestantes pujaban por soltarlo. Lo lograron. Una lluvia de cachiporras cayó sobre los tres. El ordenanza sostenía en alto el cartel, único elemento de su disfraz: Que no quede ni uno solo.

Golpeados como estaban corrieron en dirección al presidente, que observaba todo haciendo caso omiso a los gritos del canciller.

—¡Vamos, vaaamos! —le gritaba desesperado. Uno de los heridos llegó jadeando hasta el desconcertado mandatario y se le colgó del cuello, colocándolo de barrera entre él y dos de los policías que venían detrás.

—Ayudame viejo. —La sangre que le chorreaba de la nariz manchaba la campera de jean del presidente, que empezaba a mimetizarse verdaderamente con el entorno. Uno de los policías levantó bien alto su escudo, como para tirárseles encima.

—¡Epa, culiau! —observó el hombre detrás de la máscara de De la Rúa. A continuación, con un movimiento torpe pero enérgico, se hizo un lado y le atestó a su agresor un tremendo puntapié en la ingle. El policía se dobló sobre sí mismo y, gritando de dolor, cayó al suelo.

—Buen golpe —festejó su protegido. El ordenanza los alcanzó junto con un nuevo grupo de apoyo, esta vez formado por chicas y chicos con pinta de universitarios que con ímpetu renovado se dirigían hacia el centro de la Plaza. Llevaban gomeras y mochilas repletas de cascotes.

—¡Vamos todos juntos, compañeros! —gritaba una piba de no más de veinte años.

—Aúpa carajo, ¡no podrán con nosotros! —gritó encolerizado el Presidente. Sus puños apretados sujetaban con fuerza el mango de la pancarta que llevaba en alto. Una chica giró la cabeza, sorprendida al escuchar el canto cordobés detrás de la máscara de caucho.

—¡Lo imitás muy bien!

—Aguante “Chupete” —agregó un pibe mientras lo tomaba de los hombros y lo empujaba hacia adelante. Se abrazaron los tres y, a los gritos, arrojando piedras, se perdieron en el humo de la protesta.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

UN VIAJE EN TREN

Boris Glikman

  

Vivo en un tren. Tengo comida, calor, un lugar para dormir.

Estoy seguro de que soy su único ocupante, porque si hubiera alguien más en él, ya lo sabría, ya que he vivido en este tren toda mi vida.

El tren me lleva, no sé a dónde. No sólo desconozco su destino, sino que también desconozco qué ruta está tomando para llegar a la terminal o si, de hecho, hay un punto final en su viaje. En ocasiones, se detiene por completo o incluso comienza a retroceder, pero nunca puedo bajar porque todas las salidas están bien selladas.

Sólo puedo percibir el mundo exterior tal como aparece a través de las ventanas del tren. No sé cuán veraces son mis percepciones, pues puede ser que las ventanas estén hechas de vidrio que distorsiona. A menudo me pregunto cómo sería experimentar la vida directamente.

En épocas anteriores me preguntaba si es posible sobrevivir fuera del tren, al menos temporalmente, o si es posible vivir la propia vida completamente separada de él, y si es así, si la vida en el mundo exterior sería realmente mejor. Apreciaba la esperanza de que el tren contuviera algo que me ayudara a escapar de este pesado casco de metal y a separar mi existencia de su curso. Busqué exhaustivamente un botón que abriera todas las puertas simultáneamente o una palanca que me permitiera abrir una ventana. Sin embargo, no me atrevía a pasar por todos los vagones y compartimentos, en parte por miedo a no encontrar nada útil y a que todas mis esperanzas se desvanezcan.

A veces me parece que me he fusionado con el tren, que mi cuerpo se ha convertido en una pequeña parte de la estructura metálica del tren y que ya no es posible decir dónde termina y dónde comienza el tren. Otras veces, una sensación completamente opuesta se apodera de mí y siento que el tren está vacío y se mueve por sí solo, mientras que yo no estoy ni dentro ni fuera de él, porque simplemente ya no existo. Ocasionalmente, ambas ideas contradictorias de alguna manera ocupan mi mente simultáneamente.

De vez en cuando veo pasar otros trenes cerca y veo a sus habitantes solitarios. Mi tren podría correr paralelo al de ellos por una corta distancia, pero luego las vías se separan. Intento desesperadamente establecer contacto, presionando mis manos con fuerza contra la ventana para proveerme al menos de una apariencia de conexión humana. Pero nunca hay ninguna respuesta de los ocupantes de los otros trenes: o no me ven, o bien me ven, pero eligen ignorarme.

Rostros extraños, desconocidos, están en estos trenes, rostros que nunca he visto antes y nunca volveré a ver; mi existencia aparece como sin sentido, insignificante y desconocida para ellos como la de ellos lo es para mí. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo son? ¿Para qué viven? ¿Adónde se dirigen? ¿Cuáles son sus aspiraciones, sueños, esperanzas, miedos, ansiedades? No tengo forma de averiguarlo. Me doy cuenta de que estoy destinado a estar solo para siempre, porque todos nos cruzamos momentáneamente y luego continuamos por nuestros caminos divergentes. A todo lo que podría aspirar es a un contacto fugaz y sin sentido con otro ser.

 

¿Quién conduce mi tren? ¿Tiene un conductor? ¿Tiene algún propósito su viaje? ¿Se está moviendo por su propia voluntad y eligiendo su propio camino a través de la tierra o su viaje ha sido planeado previamente por alguna mano desconocida? ¿Tengo algún control o influencia sobre su ruta, sobre su punto de destino? ¿Existe un Maestro Planificador que organiza los horarios y las rutas de cada tren? ¿Me estará esperando este Maestro Planificador cuando mi tren llegue a la Estación Terminal y me explicará entonces el propósito de mi viaje y por qué mi viaje tomó esta ruta en particular?

Estas son las preguntas que me hago, las respuestas que todavía estoy buscando.

Con el tiempo, llego a aceptar que mi existencia esté atada al tren. Anhelo cada vez menos experimentar el mundo exterior; saber a qué sabe el aire, a qué se parecen los colores de ahí fuera. El deseo de abandonar el tren no parece ser menos absurdo y antinatural que la idea de un feto que intenta abrirse paso por el mundo, un aborto espontáneo andante. La vida en el exterior sería tan precaria y desordenada, sin protección de los elementos y otros caprichos del destino... El tren me proporciona una sólida protección, me lleva hacia adelante, le da un itinerario a mi existencia.

Puede que haya cosas en los compartimentos inexplorados que hagan mi viaje más significativo y gratificante, cosas que me permitan crecer como persona. Quién sabe, quizás herramientas y tesoros, colocados allí especialmente para mí, me estén esperando.

Pero arrullado por el ritmo del tren sobre las vías, permanezco en mi asiento durante horas, días, semanas, años y años. Miro por la ventana y veo pasar el mundo, sin moverme, de hecho tengo miedo de moverme, así que me he acostumbrado a ver las cosas desde este punto de vista. A veces me imagino que puedo influir en el rumbo y destino del tren con sólo desearlo.

Una vez, de repente, las puertas de mi vagón se abrieron de par en par por sí solas. Me quedé parado frente a las puertas sin sellar, asustado e inseguro de qué hacer. Con gran temor extendí la mano hacia el aire fresco, pero la retiré justo antes de que cruzara el umbral entre el tren y el mundo exterior, como quien instintivamente retira la mano de una llama. Rápidamente cerré las puertas con todas mis fuerzas, pues probablemente se habían abierto debido a una avería en la maquinaria del tren, y luego volví a mi asiento.

A medida que envejezco, el tren viaja cada vez más rápido, de modo que cada vez es más difícil ver el paisaje desde la ventana y cada vez más difícil registrar lo que está sucediendo en el exterior.

Hace algún tiempo, mi tren descarriló, probablemente por exceso de velocidad, y ahora está atascado en un surco que él mismo provocó, junto a las vías. Miro con nostalgia por la ventana los otros trenes que pasan a toda velocidad, dejándome muy atrás. Quizás algún día alguien me vea varado y sienta la suficiente compasión como para detenerse y ayudar a que mi tren vuelva a la vía. Hasta entonces, no puedo hacer más que sentarme, esperar y tener esperanza. Por muy abatido, derrotado y desencantado que me sienta, me niego a abandonar mi sueño de que un salvador vendrá a rescatarme de este callejón sin salida.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

LOS PERROS LADRAN Y LA LLUVIA ARRECIA