sábado, 22 de agosto de 2026

AQUÍ Y EN EL MÁS ALLÁ

Gerardo Horacio Porcayo

 

Levanta la vista con algo más que cansancio. Sus movimientos son discordantes, erráticos. Por el rabillo del ojo alcanza a distinguir una silueta conocida.

—Te hacía en Milton —comenta Jack Rompesoles, sin sorpresa, arrastrando las palabras. Su lengua torpe. Luego vuelve a hundir la mirada en el vaso de Láudano.

—Mmm... Lo mismo me dijeron los otros... Seguro que algo les pasó durante la transición por el hiperespacio. Tienen la mente torcida.

—Como si eso fuera novedad —barbota Jack, aburrido. —Es casi una exigencia tener el coco volado, mi querido Ruperto, para entrar en este maldito cuerpo de exploración.

—Un Infierno Verde doble —pide Ruperto al cantinero— y un Jim Beam de Chaser...

—El mismo Ruperto de siempre... La misma mierda de siempre... estoy harto de viajar en esas malditas teteras voladoras, de las pinches estaciones de tránsito, de sus alcoholes adulterados, de que jamás pase nada.

—Estás loco...

—Eso ya lo sabemos...

—Obtuvimos lo que queríamos. Viajar. Siempre en constante mudanza. Saltar soles, explorar mundos, enfrentar alienígenas monstruosos. Nuestra vida es puro cambio...

—Sí, sí. Por supuesto. Oh maravilla de maravillas.

—Mírate a ti mismo —dice Ruperto, obligándolo a enfrentar el azogue —. Estás lleno de cicatrices y condecoraciones. Tu traje raído. ¿Qué ya no recuerdas cuanto odiabas aquel uniforme inmaculado, de insignias brillantes? Tu traje es testigo del cambio y la transformación. Tu pelo largo, la barba, como te admiran los cadetes...

—Mierda, todo es mierda.

—Mira a tu alrededor. ¿Acaso imaginaste alguna vez un paisaje como este? —dice Ruperto, suspirando, girando 360 grados y señalando el horizonte que se extiende tras la esfera transparente que es el bar—. Es como estar en un mal viaje de LSD, caos de colores, volcanes ardientes, montañas que gravitan, se desplazan por el aire y derriban cohetes y platos voladores...

—Una mierda...

—Acuérdate de tus sueños infantiles, de...

—¿No te cansas de repetir el mismo casete? Don Ruperto el Empático. Alivio de los pobres y los deprimidos. Me das asco.

—Mírame Jack —dice Ruperto, concentrándose en su tono de voz.

—Guau. Viva. Hurra. Te cortaste el cabello, gran cambio.

—No dejes de mirarme —ordena Ruperto y su voz ya troca.

—Magnífico. Al fin conseguiste el deformador holográfico... También debiste conseguir un software de imágenes, para suplirte el cerebro. Tu sueño hecho realidad y lo único que se te ocurre es transformarte en demonio estilo Doré...

—Imbécil —dice Ruperto, y su voz cimbra la cristalería, la misma estructura del bar—, no me vas a aguar mi fiesta. A mí, lacayos —vocifera.

De todos los rincones, de cada una de las mesas, surgen figuras contrahechas, reptantes.

—Me has convencido, cantinero, sírveme otra — pide Jack con un atisbo de sonrisa.

—No es el Láudano, mi querido Jack Rompesoles...

—De todos modos sírvelo, cantinero...

—Tampoco es un proyector holográfico. Estás en el infierno...

—Que suenen las fanfarrias —dice Jack y bebe con lentitud, mientras explora sus alrededores. El horizonte ya no es cristal, visión caótica, sólo cuerpos deformes cerrando formación.

—Deberías estar asustado —comenta Ruperto.

—Esto no es mejor ni peor que la superficie del cuarto planeta de Algol.

—A él, lacayos.

Las figuras se ciernen sobre Jack. Múltiples manos lo apresan y elevan sobre cabezas cornadas.

—Ahora, ya sin más preámbulos, sufrirás la peor de las torturas. Entiéndelo de una vez Jack, esto es el infierno. Moriste durante el salto hiperespacial y te espera el tormento eterno...

Jack mira una vez más a Ruperto.

—Demonio. Y una lágrima escapa de su ojo derecho.

—¡Ah, al fin te ablandas!

—¡Dioses y demonios —clama Jack—, hasta en el más allá tenían que ser tan poco originales! 


Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

LA IGLESIA SIN ICONOS

Larisa Marin

 

Amo apasionadamente la lluvia. La lluvia interminable.

La lluvia fría y la lluvia cálida del verano. Siento que me cura, que me ayuda a lavar los pecados cometidos y los que no he cometido. Me permite pensar con mayor claridad y, sobre todo, llorar cuanto se me antoje: nadie lo advertirá. Caminar sin rumbo bajo las lluvias de mayo es algo que hago todos los años. También rezar para que llueva. Soñar con la lluvia, invocarla, anhelar su sonido. Quienes aman el sol abrasador de agosto me denigrarán por mi amor a los días sombríos.

Sin embargo, el día que entré en la iglesia llovía como si hubiera llegado el fin del mundo. Era una de esas lluvias capaces de cubrir de inmediato aquel poblado de montaña, con todos sus habitantes. Entonces comprendí que debía hacer algo, encontrar un refugio. Por mucho que amara la lluvia, no tenía intención de dejar que me devorara.

La puerta del templo estaba abierta, así que me atreví a entrar. No llevaba pañuelo alguno para cubrirme la cabeza y tampoco me considero demasiado creyente. Dentro hacía calor, demasiado calor, y las velas que titilaban en las manos de los feligreses despedían un intenso olor a cera derretida. También el silencio era pesado, como una cortina que debía apartar para poder avanzar unos pasos. Personas de toda clase y edad permanecían clavadas en sillas de madera que databan de principios de siglo, con la mirada fija en el altar. Esperaban algo, probablemente a algún clérigo que los sacara de su letargo.

Mis ojos se dirigieron hacia las paredes. Eran blancas, inmaculadas, algo insólito en una iglesia. No había ningún santo pintado, ni siquiera un antiguo icono milagroso. En cambio, alrededor, en el lugar que debían ocupar los iconos, colgaban relojes: decenas de relojes. De todos los tamaños y formas. Nuevos y viejos, de madera y metal, grandes, pequeños, cuadrados, redondos, de bolsillo; todos marcaban el tiempo con un estrépito ensordecedor y al mismo ritmo, como en un vals macabro. Supe que algo no estaba bien en aquel lugar, pero una fuerza ajena a mi voluntad me indujo a no salir corriendo por la puerta.

Un escalofrío me recorre y no sé si debería marcharme o quedarme. No se ve ningún sacerdote y la ceremonia no parece estar a punto de comenzar. A mi lado, una mujer de cabello largo y entrecano me observa como si me conociera de algún sitio. No experimento ninguna sensación de déjà vu, así que es evidente que nunca había estado en esa iglesia. En realidad, pensándolo bien, no había visitado muchas iglesias a lo largo de mi vida. De todos modos, estoy segura de que esta es diferente o de que, quizá, algunos de nosotros deberíamos rendir culto al tiempo.

La mujer se acerca cada vez más y me ofrece una vela. La acepto y musito un agradecimiento. Ni siquiera sé si debería presentarme. A decir verdad, ¿es extraño decirle tu nombre a una desconocida dentro de una iglesia? Enciende mi vela con la llama de la que sostiene tímidamente entre las manos y luego inclina la cabeza hacia mí. Por un instante creo que quiere besarme. Sacudo la cabeza, como si pudiera ahuyentar aquel pensamiento absurdo, y me vuelvo hacia ella por cortesía.

—¿Es la primera vez? —me pregunta.

Abro mucho los ojos, intentando encontrarles sentido a sus palabras.

—¿Cómo dice? —respondo, mientras cambio el peso de un pie al otro.

—¿Ya habías estado aquí?

—No. Nunca había estado aquí... Llovía a cántaros y quise refugiarme —explico, torpe también en mis gestos.

La llama de la vela titila y en el rostro de la desconocida descubro una sonrisa extraña y cierta desconfianza. ¿Por qué mentiría acerca de no haber estado aquí?, pienso.

—Todos dicen lo mismo... —concluye.

La atmósfera me resulta cada vez más opresiva.

—¿Dónde están los iconos? —pregunto, no solo por auténtica curiosidad, sino también para romper el silencio entre nosotras.

—No los necesitamos —responde, levantando la mirada hacia el techo, como si esperara recibir desde allí la confirmación de que sus palabras son ciertas.

—¿Por qué tienen relojes en su lugar?

—Para no olvidar.

Por primera vez sonríe con toda la boca y puedo verle los dientes torcidos y estropeados, aunque no es muy anciana y su ropa, pese a estar gastada, se encuentra limpia. Su apariencia me recuerda a las brujas de los cuentos que mi madre me leía junto al fuego durante los terribles inviernos de Vladivostok. Pero esta mujer no es una aparición y las brujas desaparecieron hace mucho tiempo. Otro pensamiento que no me deja en paz.

El olor de las velas me abruma, pero me alegra haber entrado un poco en calor. La lluvia todavía retumba con fuerza sobre el enorme techo de la iglesia. Es una señal de que pasaré varias horas junto a aquellos desconocidos, en apariencia hipnotizados por algo que está a punto de surgir de detrás del altar. La mujer que está a mi lado mira al frente como si nada pudiera sorprenderla. Estoy segura de que ya ha participado en reuniones semejantes y de que comprende exactamente lo que sucede aquí. Por lo tanto, reúno el valor necesario para hacerle otra pregunta, quizá la última.

—¿Va a comenzar la ceremonia? —pregunto tímidamente, como si la respuesta fuera a decidir los próximos minutos de mi vida.

—Sí, a la hora en punto —responde la mujer, evitando mirarme.

Observo mi muñeca izquierda. El reloj con correa de cuero marca las 18:45. Un pensamiento fugaz me atraviesa y reprimo una sonrisa. Con tantos relojes en las paredes, he decidido confiar únicamente en el que llevo puesto. Como si los relojes de aquel templo marcaran otro tiempo, como si fueran relojes mentirosos. Un escalofrío surgido de la nada me sobresalta. No tengo miedo, pero algo no está bien en este lugar.

—¿Está segura? —insisto, como si hubiera mentido acerca de la ceremonia, como si aquellas personas no fueran reales y la espera careciera de sentido.

—Sí, siempre comienza a la hora en punto —responde con la seguridad de quien conoce de memoria el ritual del sitio.

Pienso que sería mejor marcharme, por fuerte que llueva afuera. No formo parte de ese grupo. Ni siquiera creo que los presentes sean ortodoxos, y no lo digo como un juicio. Leí en algún sitio que, cuando la intuición te dice que debes hacer algo –o no hacerlo–, conviene escucharla. En ese momento, una voz interior no me susurra, sino que me grita que debo salir de la iglesia cuanto antes. Soplo dos veces sobre la vela, pero no se apaga; la llama apenas oscila de un lado a otro. La mujer vuelve a sonreír mostrando sus dientes estropeados y me habla con falsa dulzura.

—No se apaga.

—¿Cómo dice? —Frunzo el ceño y me vuelvo hacia ella.

¿Qué clase de disparate es este? ¿Cómo que la vela no se apaga?, pienso, aunque no expreso en voz alta mi desconcierto.

—Una vez encendida, la llama no se apaga.

—¿Nunca? —pregunto, y probablemente mi rostro se deforma por el asombro y la incredulidad.

—Cuando termina la ceremonia, se apaga por sí sola.

No lo comprendo, pero decido obedecer a mi intuición y le devuelvo la vela encendida. La cera ya comenzaba a escurrir por un costado. La mujer la toma y me examina atentamente, con una sonrisa antinatural en el rostro.

—Mire, creo que debo marcharme. No sé qué es este lugar, pero no me siento muy bien. La lluvia acabará deteniéndose. Me las arreglaré.

Balbuceo palabras inútiles y me dirijo con decisión hacia la puerta marrón de madera maciza. La mujer no dice nada. Llego hasta el picaporte y tiro con fuerza, pero la puerta no se mueve. Está cerrada con llave. No puede ser. ¿Por qué cerrarían un templo donde está a punto de celebrarse una ceremonia? Me reprocho haber entrado, pero intento dominarme para que quienes ocupan los bancos no adviertan mi terror. Vuelvo a tirar del picaporte, sin resultado, y por un instante pienso en gritarles a todos aquellos durmientes, preguntarles qué demonios sucede. Pero no lo hago. Decido no gritar en la casa del Señor o, mejor dicho, en la casa del Tiempo.

Regreso junto a la mujer y la tomo de la mano. Su piel está anormalmente fría y pálida y, presa del miedo, pienso que quizá no sea real o, peor aún, que no esté viva.

Observo que todavía sostiene mi vela encendida.

—¿Por qué está cerrada la puerta?

Se lleva con parsimonia un dedo a los labios, indicándome que debo guardar silencio. Su gesto tiene el extraño poder de dominarme y, aunque tengo miles de preguntas, permanezco en un silencio sepulcral. Luego vuelve a ponerme la vela en la mano.

Del altar sale un hombre de mediana edad. Viste una sotana blanca y lleva en la cabeza una corona de flores trenzadas. No es como los sacerdotes a quienes mi madre recibía durante las festividades. Ni siquiera parece un ayudante de iglesia. Las personas lo contemplan fijamente y se levantan todas al mismo tiempo. Los relojes marcan las 18:55. Lo curioso es que siento que llevo allí mucho más tiempo. En diez minutos han sucedido demasiadas cosas y todavía no consigo comprender qué clase de reunión es aquella.

Esos feligreses –o miembros de una secta– parecen títeres de un teatro como aquellos a los que asistía durante mi adolescencia para ver representar La gaviota, de Chéjov. Alguien mueve sus hilos, alguien los obliga a mirar al vacío, a permanecer clavados entre aquellas paredes blancas e inmaculadas, atestadas de relojes.

Al principio, el hombre no dice nada. Se limita a avanzar. Por extraño que parezca, sus pasos no se oyen sobre el suelo de piedra, desnudo de las alfombras persas habituales en esta clase de templos cristianos. O quizá los devora el tictac de los relojes, que ahora parece más intenso, más cercano, como si cada segundo se hubiera instalado directamente bajo mi piel. La corona de flores le queda inquietantemente bien, pero no tiene nada de solemne. Nada de sagrado.

Me recuerda las coronas que llevaban las muchachas durante la festividad de Iván Kupala, en aquellas noches en que mi abuela decía que los muertos se acercaban demasiado a los vivos. El hombre se detiene frente al altar y levanta lentamente las manos. En ese mismo instante, todos los que ocupan los bancos inclinan la cabeza.

Yo no.

Permanezco erguida, con la vela tan apretada entre los dedos que la cera caliente me toca la piel. Debería dolerme, pero ya no siento nada. Estoy casi hipnotizada por aquel ritual. Casi he olvidado que la puerta está cerrada; casi me parece natural lo que sucede delante de mí. El sacerdote heterodoxo se acerca y me mira sin miedo ni sorpresa, como si supiera exactamente dónde estoy y por qué he llegado.

Lo observo y comprendo que ya lo he visto en algún lugar, en algún momento. Las piezas de aquel misterio no encajan en mi mente y ahora soy incapaz de establecer las conexiones. Es evidente que experimento un déjà vu. Quizá lo haya visto en una fotografía, en un sueño o en un recuerdo que mi mente se niega a sacar a la superficie.

La mujer que está a mi lado me aprieta la mano. Vuelvo el rostro hacia ella y advierto que su semblante se ha iluminado; incluso parece más joven bajo la luz de las velas que nos rodean. Sin embargo, su piel continúa terriblemente fría.

Miro los relojes. Todos marcan exactamente las 19:00. Un pensamiento surgido de la nada me impulsa a consultar mi muñeca izquierda.

Pero mi reloj ya no está.

Ha desaparecido. Estoy segura de que lo llevaba hace unos momentos. Es imposible que me equivoque.

Entonces el hombre del altar habla por primera vez.

—Eva.

La sangre se me hiela. Porque conoce mi nombre y porque nadie parece sorprendido. Como si todo estuviera destinado a ocurrir exactamente allí y en ese momento.

—No lo conozco —susurro, con la boca seca.

El desconocido vestido de blanco me mira con incredulidad. En el rostro, que ahora puedo ver de cerca, aparece una sonrisa casi burlona.

—¡Has llegado tarde! —me reprende.

No comprendo qué quiere decir.

—Nunca había estado aquí —me defiendo.

La mujer que está a mi lado me aprieta la mano con mayor fuerza. Está cada vez más fría.

—¿Estás segura? —pregunta él.

La corona se inclina ligeramente hacia la izquierda sobre su cabeza.

No respondo; no sé por qué. Mi mente me engaña. ¿Y si esas personas tienen razón? ¿Y si ya he estado en ese templo, ya me he encontrado frente a aquel hombre, ya he oído los relojes? En ese caso, ¿por qué no lo recuerdo?

—No entiendo —digo.

—Mira —responde con firmeza.

Me ofrece el reloj que ha desaparecido de mi muñeca. Lo tomo y observo la esfera reluciente, la correa de cuero gastada. Es el mío, sin ninguna duda. Lo examino con atención. Algo no está bien. La hora es la misma, exactamente las 19:00, pero la fecha no. El reloj indica el día anterior: ayer. Eso significa que ayer, a esa misma hora, estuve allí.

El hombre no miente.

Soy yo quien no lo recuerda.

Desconcertada, acepto sin protestar la cucharada de vino con la que comulga conmigo el supuesto sacerdote. Luego cierro los ojos con fuerza y, cuando vuelvo a abrirlos, ya no está delante de mí: ha regresado al altar.

En la iglesia se eleva un coro. Una música extraña y ritual, cantada en hebreo, hace que todos los presentes inclinemos la cabeza. Una fracción de segundo después descubro que estoy tarareando. Sé la letra, conozco la melodía.

La mano fría de la mujer abandona la mía.

Ahora también estoy fría, como un bloque de hielo. Los relojes de las paredes se han detenido en la hora exacta. Las velas arden al unísono y yo soy una de ellas.

Quizá siempre lo haya sido.

Entre el clamor de nuestras voces, en el eco que asciende hasta Dios –si es a él a quien adoramos–, se oye un ruido sordo. La puerta de la iglesia golpea contra la pared.

En el umbral hay una mujer joven, con la ropa empapada y el cabello pegado a la frente. Es evidente que la ha sorprendido la lluvia torrencial que se anunciaba. La desconocida se abre paso entre la multitud y la veo situarse a mi derecha. Instintivamente miro hacia la izquierda, buscando a la mujer que me recibió cuando llegué.

Pero ha desaparecido.

La recién llegada respira aliviada. Me observa con atención.

—¿Es la primera vez? —le pregunto con cuidado, procurando no asustarla, como sucede con todas.

—¿Cómo dice?

—¿Ya habías estado aquí? —repito con mayor claridad.

—No. Nunca había estado aquí... Llovía a cántaros y quise refugiarme —explica, torpe también en sus gestos.

—Todas dicen lo mismo... —concluyo.

Estoy segura de que la atmósfera le resulta cada vez más opresiva.

—¿Dónde están los iconos? —pregunta para romper el silencio entre nosotras.

—No los necesitamos —respondo, levantando la mirada hacia el techo.

—¿Por qué tienen relojes en su lugar? —pregunta rápidamente, como si buscara una explicación.

—Para no olvidar —respondo, esbozando una amplia sonrisa.

Espero que no se horrorice al ver mis dientes estropeados e imperfectos. Le ofrezco una vela encendida y ella la toma sin sobresaltarse. Sin embargo, cuando roza mi piel, se estremece. Es comprensible: estoy más fría que los mortales.

La observo de reojo. Es hermosa, está perdida y llena de dudas.

Se llama Eva.

Como yo.

Como todas las que vinieron antes.

Larisa Marin es autora de la novela de suspense ¡No lo olvides!, publicada en 2025. Se desempeña como editora de revistas y redactora publicitaria. Licenciada en Letras por la Universidad de Bucarest, Rumania, le apasionan la historia y las relaciones internacionales. Ha publicado relatos cortos, ensayos y artículos en las revistas Proezia.ro y As Cultural. Su próxima novela, titulada simplemente Gloria, se publicará este año, tras haber obtenido el segundo puesto en un concurso literario organizado en Rumania. Se identifica con el estilo literario de autores como Gabriel García Márquez y Paulo Coelho.

 

EL OLVIDO

Nataša Milić

 

La nueva explosión fue atronadora. Por un instante creí que me quedaría sorda y que el suelo se abriría bajo mis pies. No oí mi propio grito; solo sentí que disminuía la presión en mis pulmones. Las llamas se elevaron hacia el cielo nocturno y las oleadas de calor cubrieron la ribera del Danubio hasta alcanzar mi refugio, en la orilla opuesta. Ahí se fue el último puente, pensé. ¡Adiós, Nuevo Belgrado! ¿O habrá sido solo la central térmica? Casi todos los días se incendia, se derrumba o sencillamente se marchita una parte de la vida conocida. También ahora… Sea lo que sea lo que haya sucedido, debe de ser algo grande. Y seguro que hubo víctimas.

No me atrevía a salir para observar. Podrían saquear mi refugio. O quizá me tropezara en la oscuridad con algún sujeto bestializado. Hasta entonces había tenido la suerte de evitar esos encuentros y no quería imaginar lo que ocurriría si me cruzaba en el camino de alguno de ellos. Tampoco era fácil imaginarlo. Los bestializados ya no eran seres humanos, pero tampoco se habían convertido en verdaderas bestias, a pesar de su aspecto salvaje y animalizado. Los impulsaba una furia destructiva nunca vista en nuestro mundo, en nada semejante al sometimiento de la naturaleza ni a las formas conocidas de destrucción humana.

Los primeros casos de bestialización fueron descritos como una evolución inversa. Una marcha hacia atrás, hacia los albores del mundo. Comenzaba de manera inofensiva, como las primeras etapas de la demencia senil. No puedes recordar una fecha o un nombre. Te cuesta encontrar la palabra que buscas. Pero después, mucho más deprisa que en los ancianos seniles, el olvido adquiere dimensiones dramáticas. Los recuerdos, nuevos y antiguos, se borran sin distinción. Junto con ellos desaparecen los conocimientos y las habilidades comunes a todos los seres humanos, tanto en los viejos como en los jóvenes. El bestializado no sabe qué es izquierda o derecha, arriba o abajo, adelante o atrás. No distingue los puntos cardinales ni reconoce los símbolos, de modo que ya no sabe leer ni tampoco hablar. La música lo perturba de manera desagradable, pero es difícil saber si esa criatura irracional conserva algún sentimiento más complejo.

Los médicos intentaron curarlos y los científicos los estudiaron, pero fue inútil. Sus resultados, si es que obtuvieron alguno, desaparecieron rápidamente en el olvido, porque ellos mismos acababan uniéndose a los bestializados.

La bestialización se parecía a una enfermedad contagiosa. Se propagaba como un incendio, prácticamente ante nuestros ojos, pero nunca se determinó cómo se transmitía, ni siquiera si en realidad se transmitía. ¿Por qué un ser humano se transforma en una bestia? Solo lo comprendemos cuando las palabras son sustituidas por gritos, bramidos y gruñidos.

Varias voces bestiales, indescifrables y al mismo tiempo espantosas, llegan desde las cercanías de mi refugio. Empujones y golpes de pies descalzos. Pronto estarán ante mi puerta. Hasta hoy nunca se habían acercado tanto. Hay menos de ellos de mi lado del río.

La entrada del refugio está bien apuntalada. Y, lo que es mejor aún, los bestializados no reconocen las puertas ni recuerdan cómo se utilizan. Apagué la luz y me quedé inmóvil. Con tal de que pasen; dentro de uno o dos minutos ya no estarán. Desaparecerán camino del infierno del que salieron arrastrándose.

—¡Oigan! ¿Hay alguien ahí? —oí en la oscuridad. —Un llamado claro y desesperado—. ¡Gente! ¿Me oyen? —gritaba la misma voz—. ¿Hay alguien? ¡Holaaaa! —Estaba sin aliento, como si huyera, y aterrorizado, como si una horda hambrienta le pisara los talones—. ¡Oigan! —volvió a gritar, pero entonces su voz quedó sepultada bajo sonidos sordos, forcejeos y alaridos sin significado.

Después de unos minutos, silencio. Un silencio que hiela hasta la médula.

¿Tal vez debería haber abierto el refugio y haberlo dejado entrar? Los bestializados no habrían sabido qué hacer. Él simplemente habría desaparecido delante de sus hocicos. Pero no. ¡No! ¿Qué hacía solo en la oscuridad? Idiota. No tiene sentido que me arriesgue… ¿Por quién? ¡Si ni siquiera lo conozco! ¿Para qué? Habríamos muerto estúpidamente los dos. O tal vez él no haya muerto. No sé qué ocurrió, no realmente. No pensaré en él. Lo borraré de mi memoria. Ni siquiera tengo idea de cómo es, de cómo era antes de… esto. Ni siquiera lo vi. Me dormiré y lo olvidaré todo. Permaneceré acostada con los ojos cerrados. Aprieto los párpados. No funciona. No puedo dormir. No debo quedarme dormida. Si me duermo, me pregunto si soñaré con… eso que estaba delante de la puerta. Olvidaré lo feo, lo que pasó allí, cerca. Delante de eso, como se llame, eso por donde se entra y se sale… Por donde se pasa. Se pasa por ahí, ¿verdad? No estoy segura de cómo. No puedo recordarlo todo, pero… lo sabía. ¡Lo sé! Algo horrible está sucediendo. O ya sucedió. Tengo miedo, no puedo respirar del miedo. ¡Lo siento! Hay algo cerca, hay algo conmigo…

Eso…

Nataša Milić nació en Belgrado, Serbia, donde vive y trabaja. Es autora del libro de relatos Zaustavljeni sat, publicado en 2021. Ha publicado poemas y relatos, principalmente de fantasía, en numerosas colecciones y revistas. Sus relatos se han traducido al inglés, polaco y rumano.

 

viernes, 21 de agosto de 2026

UNA HISTORIA MUY FÁCIL DE OLVIDAR

Rogelio Ramos Signes

                                                           

Estábamos en casa de Margarita viendo televisión, cuando cortaron la película para dar la noticia. Stella Maris fue la primera en sentirse conmovida. Se puso pálida en el acto; ella era la única de nosotros que había leído esas historias fantásticas que su padre le recomendaba a todo el mundo, y seguramente andaba sensibilizada. Después fue Manuel quien opinó que deberíamos volver a nuestras casas. Pero como siguieron pasando la película no le hice caso y seguí con Margarita frente al televisor. Stella Maris y Manuel se fueron casi corriendo, sin ningún tipo de enojo, pero recomendándonos que cerráramos bien las ventanas y atrancáramos las puertas. Luego salieron por el fondo.

No habrían pasado ni diez minutos cuando el miedo también se apoderó de nosotros. Y no fue tanto por el estado de alerta en que nos tenían a través de la televisión, sino por los vecinos que corrían gritando, las madres que llamaban a sus chicos, y por algunas armas de fuego que vimos intercambiar de casa en casa; aunque todos supieran de antemano que eso nada solucionaría.

Más o menos en ese momento cortaron la transmisión. Creo que nos quedamos con ganas de saber qué pasaría con aquel vaquero ciego llegando al pueblo, pero Margarita ya se había contagiado del temor general. Dijo, totalmente convencida, que el mejor lugar para escondernos era la parte de arriba del placard; y, mientras buscábamos una escalera, nos olvidamos de la película.

Ya estábamos bien resguardados allí (y divertidos también ¿para qué negarlo?), cuando el señor Gabrielli empezó a golpear la puerta. Decía que a pesar de habernos escondido en un buen lugar, él creía en la mayor seguridad de su sótano, y por eso nos invitaba a salir. Margarita le contestó que se fuera tranquilo, que en ese lugar estábamos bien guarecidos, que teníamos una pala para defendernos (lo que era mentira), y que muchas gracias. Ella siempre quería quedarse a solas conmigo, aunque no sé si sentiría algo especial por mí. Lo que sí resultaba notable era la satisfacción con que observaba mi asombro cuando me revelaba esas cosas tan privadas que yo no me animaba a preguntarle. Para un chico de doce años, una muchacha de veinte es la mujer total; además yo andaba abierto a todo tipo de fantasías. Vivir sus confesiones furtivamente, era vivirlas con más intensidad.

El señor Gabrielli volvió casi al instante y, desde el jardín, nos aconsejó que nos cuidáramos mucho. “La radio dice que ya viene por el Kilómetro 15 y la Calle de los Manzanos, más o menos” nos dijo. Y luego se fue, seguramente a su sótano.

En la parte más alta del placard pudimos hacer un espacio para guardar la escalera, que utilizaríamos en caso de emergencia. No sé por qué Margarita, a toda costa, trataba de restarle importancia al pánico que vivía la ciudad; decía que nosotros teníamos cosas más importantes en qué pensar, pero ignoro hasta qué punto tenía razón. Yo ya estaba arrepintiéndome de no haber corrido hasta mi casa, donde mi madre estaría con los nervios de punta suponiendo que andaba por la calle. Después sonó el teléfono cerca de quince minutos. Recién a la noche me enteré de que había sido mi hermana la que llamó con tanta insistencia. Ni Margarita ni yo, en ese momento, nos atrevimos a bajar del refugio.

Poco después de las 4 de la tarde escuchamos una explosión, y nos quedamos callados, esperando que alguien gritara. Pero el silencio se prolongó hasta las 6, o algo más, y esas dos horas fueron terribles, porque abundaron en imaginaciones tontas, en suposiciones que indefectiblemente nos llevaron hasta el borde del miedo.

Ya estaba oscureciendo cuando Margarita dijo que no podíamos seguir escondidos, que bajáramos al patio y viéramos si había alguna forma de enterarnos de lo que estaba sucediendo en ese momento. Tal vez me proponía eso porque yo no respondía a sus requerimientos en el placard. No sé. Estaba asustado. Prendimos la radio. Las emisoras locales transmitían entrecortadamente, abundaban las descargas y todo daba la impresión de que las estaciones también habían sido abandonadas.

El patio era como una fotografía de colores apagados, todo estaba quieto, detenido, en silencio; un silencio ensordecedor, molesto; un silencio que cubría el campo y la ciudad, y que parecía hacerse más despiadado en nuestro barrio. De la puerta de la cocina para atrás, el fondo era como otra fotografía pero con los mismos colores. Un trozo de papel de diario, con el que había estado limpiando el caño de la bicicleta horas antes, permanecía en el mismo lugar. Las hojas del nogal seguían amontonadas contra la puerta del lavadero, y el termómetro del tapajuntas pasaba ligeramente de los 35 grados. Fue Margarita quien descubrió que lo único que se movía era el hule que protegía las plantitas de lechuga en el fondo, casi en el límite con el cobertizo del señor Gabrielli.

Más asustados que curiosos, y sin trasponer la puerta de la cocina, empezamos a tirar piedras y cuanta cosa tuvimos a mano, para ver de qué se trataba. Primero el silencio fue sólo silencio, luego fue unos leves quejidos, y finalmente un llanto, y supimos que, fuese lo que fuese, se trataba de alguien con más temor que nosotros mismos. Luego el hule se levantó lentamente, y pudimos verla. Una calamidad. Era Stella Maris, que cuando dejó de llorar nos dijo que no había podido saltar la tapia, y que no sabía por dónde había escapado Manuel. Después nos contó que la explosión de las 4 de la tarde había sido en la usina y que por eso faltaba luz en toda la ciudad, según lo que había escuchado desde su escondite. De no haber sido por ella no nos habríamos enterado, porque cuando prendimos la radio ya había música de nuevo, a pesar de que las emisoras locales habían sido abandonadas.

Entre los tres nos armamos de valor para recorrer la zona, y fuimos siguiendo la línea de la arboleda. Si bien es el camino más largo para llegar hasta el arroyo, es allí donde las posibilidades se multiplican, por la cantidad de pasajes peatonales que van abriéndose a cada lado. La oscuridad ya había ganado el puente, cuando vimos cómo el hombrecito rubio dejaba la motocicleta contra uno de los pilotes, y luego entraba en el hueco; el mismo hueco donde en invierno sacábamos las mojarritas más grandes del arroyo. Margarita fue quien descubrió el cartel de “Peligro” en medio de la ruta (nunca había estado eso allí) y a los hombres con cámaras apostados en los árboles, como cuervos en medio de la oscuridad a la espera de algo. Seguramente fue miedo lo que nos empujó hasta el quiosco de bebidas, donde terminamos ocultándonos luego de forzar la puerta. Aquello era violación de propiedad privada, y bien que lo sabíamos, pero no sólo no habíamos entrado para robar, sino que nadie en esas circunstancias (ni la policía) iba a cuestionarnos algo. Y allí nos quedamos, casi conteniendo la respiración y tomados de la mano, mirando por las hendijas el hueco de las mojarritas, por donde el hombrecito rubio había entrado con una linterna.

Yo me puse a fabricar un avioncito con una hoja de diario que encontré en el suelo. Nunca pude saber qué significa esa manía, que tuve antes y que todavía tengo, de hacer aviones cuando estoy nervioso. Ése, como el trozo de papel era bastante grande, tenía unos pliegues especiales en la punta que le permitirían, una vez lanzado hacia arriba, hundirse en el aire con más facilidad y luego planear.

No habían pasado ni cinco minutos desde que entramos en el quiosco, cuando oímos un grito desgarrador que salía de la cueva; y luego, una orden casi silenciosa de los hombres que estaban sobre los árboles. Sólo se oía el ronroneo de las filmadoras apuntando hacia el hueco, al momento en que apareció el cíclope.

Tendría unos tres metros de alto aproximadamente, según lo que estimó Margarita. Bajo el brazo derecho llevaba el cuerpo exánime del hombrecito rubio, que con su linterna alumbraba obstinadamente hacia el descampado. En cuanto al gigante, como única vestimenta llevaba unos trapos atados a la panza; casi una tonta censura para alguien tan fuera de las normas. Eso me hizo suponer por un instante que estábamos asistiendo a la filmación de una película, con los hombres y sus cámaras y toda esa locura inexplicable. Por eso debe haber sido que, ajeno al peligro y totalmente a expensas de mis doce años, salí gritando del escondite; y tratando de hacer blanco a unos diez metros de distancia, le arrojé el avioncito al gigante ¡un hermoso planeador de punta reforzada que se elevó por sobre su cabeza, y que luego volvió a pasarle frente a su único ojo, hasta descender junto a mis pies por casualidad! Si aquello era una película, esa escena espontánea valía millones. Y volví a arrojar el avión al aire.

El cíclope estaba maravillado, siguiendo la trayectoria del avión. Su único ojo, que relucía a la altura de la frente entre una maraña de crenchas enredadas, era como un radar enloquecido siguiendo al juguetito. Y fue tan así, que maravillado de verlo girar alrededor de su atormentada cabeza, dejó caer al pobre infeliz que cargaba bajo el brazo. Deslumbrado, torpe y divertido al mismo tiempo, quiso capturar el papel que volaba, pero sólo logró despedazarlo con su manaza.

El rubio de la motocicleta cayó ruidosamente sobre el agua que corría entre los restos de los viejos pilotes. Luego el agua se volvió muy oscura, muy roja y tétricamente oscura. Allí fue cuando tomé conciencia de la realidad y eché a correr. Frente a mí todo era pasto que me azotaba las piernas, y el delator canto de los grillos. Nunca pensé que el quiosco con las chicas estuviese tan lejos, hasta que cerca de la empalizada de cañas huecas me di cuenta de que estaba corriendo en otra dirección. Me ganó el desaliento.

Casi me desmayo del susto cuando algo me tocó la espalda. Era Margarita, que me había seguido en todo momento sin que yo me hubiese dado cuenta.

Mientras sacábamos fuerzas de nuestra mutua y temerosa compañía, me dijo que Stella Maris había escapado en cuanto apareció el cíclope, y que, si todo había salido bien, ya nos estaría esperando en su casa. Esa posibilidad, esa simple posibilidad, me pareció una maravilla. Cuando miré hacia atrás, el gigante arrojaba a alguien por el aire, tratando de hacerlo volar como a un avioncito de papel. Indirectamente, me sentí culpable.

En la comisaría de la ruta había infinidad de autos detenidos. Allí estaban mis padres, desesperados, mirando hacia el puente sin poder hacer nada; también estaban los padres de Margarita. Todos lloraban de angustia, y siguieron llorando (pero de alegría) una vez que nos vieron. Un hombre gordo increpaba a un policía, tratándolo de cobarde, por no hacer fuego contra la figura maciza que en ese momento había ganado el puente. El cabo se disculpaba diciendo que si fuera por él ya le hubiese disparado, pero que eran orden superiores tratar de capturarlo con la menor violencia posible. Entre la gente que curioseaba, más allá del miedo que podía infundirle la presencia del cíclope, corría la versión que desde un helicóptero le tirarían redes para tratar de capturarlo vivo. Creo que esa noche ninguno logró dormir. Mis padres decidieron que, hasta que pasara el peligro, fuéramos unos días a casa de mi abuela, en Carcarañá. Así que recogimos un par de bolsos, y hacia allá partimos.

Al día siguiente, los diarios de la provincia en la primera página reproducían fotos del gigante (a decir verdad, más espeluznante allí que personalmente) y también confirmaban la sospecha de Margarita, estimando que sobrepasaba los tres metros de altura. El hombrecito rubio que fuera arrojado al agua, estaba fuera de peligro, con apenas unos cortes en la espalda, según la información. En un recuadro, destacada del resto, una nota informaba que un helicóptero con redes preparadas sobrevolaba la zona, al menos hasta el cierre de la edición.

“Noticia vieja” dijo mi abuelo esa mañana mientras desayunábamos. En la televisión ya habían pasado imágenes del helicóptero volviendo a la base, después de haber fracasado en el intento. El ogro de la cueva, como ya lo llamaban en todos lados, había vuelto a esconderse en el boquete que años atrás fuera la salida de las cloacas, y que para mí ha seguido siendo con los años el hueco de las mojarritas.

A la tarde la radio anunció que, en un momento de descuido de las fuerzas de seguridad, el cíclope había aprovechado para arrimarse al arroyo a beber agua, y que de inmediato había vuelto a esconderse. Esa noticia, justo es que lo diga, me pareció maravillosa. Tal vez porque lo vi de cerca, quizá porque logré despertarle algo de interés con mi avioncito, pero lo cierto es que aquel gigante me resultaba simpático; inquietante y simpático al mismo tiempo. “Como la nenita ciega con el monstruo de Frankenstein” sintetizó mi papá, y todos se rieron; pero tenían miedo.

Hacia la noche, también por la radio, anunciaron que una brigada trataba de sacarlo de la cueva utilizando gases lacrimógenos. Al parecer, toda la zona del puente había sido evacuada, y sólo quedaba el control caminero y el personal afectado al operativo.

El diario del sábado decía que era imposible sacarlo de la madriguera, y que un policía, que en horas de la tarde había entrado con un lanzallamas, no lograba salir y tampoco respondía a los altoparlantes. Sin decirlo explícitamente, se daba a entender que se trataba de una víctima fatal.

A la tarde, la televisión desmintió ésa y otras versiones que elevaba el número de agentes suicidas que se animaron a entrar por el boquete. Asimismo se informaba que un tal sargento Padilla, que había ingresado con un lanzallamas, había logrado salir un par de horas después por una grieta lateral, veinte metros más adelante. Esa grieta, presumiblemente abierta por el propio ogro de la cueva, le habría servido a él mismo para escapar, ya que el policía del lanzallamas no pudo encontrarlo.

Los días que siguieron fueron de total incertidumbre, ya que el cíclope no daba señales de vida ni dejaba rastros de su paso por parte alguna. Hasta que el Día de Reyes (el mismo 6 de enero, a las 4 de la tarde) una señora de la zona oeste aseguró haber visto a un hombre, como de dos metros y medio de alto, tirar un perro al aire, cerca del paradero del ómnibus. Y volvió a desatarse el pánico.

Las dos carreteras que conducían hacia la ciudad se vieron inutilizadas por los destrozos de la gente que huía y por los accidentes automovilísticos. El tránsito estuvo detenido durante horas, mientras los más alarmistas avanzaban a campo traviesa, destrozando cultivos. En ese momento, gente del vecindario negaba en la seccional la versión del hombre arrojando al perro; pero rato más tarde otra mujer se solidarizaba con la anterior, asegurando que su propio animal había sido la víctima. Por la noche se volvía a vivir el mismo desconcierto de días anteriores. Nosotros ya habíamos vuelto de la casa de mi abuela, y mis padres tenían la idea de que esa vez el cíclope no iba a molestar los barrios del sur.

Sorpresivamente, en el diario de la mañana se publicaba una foto del ogro de la cueva muy cerca de un cameraman que lo estaba filmando. De acuerdo con la estatura del hombre del noticiero, se podía apreciar que el monstruo apenas superaba los dos metros de altura. El pelo le caía sobre la cara, de la que se destacaba el ya popular ojo, similar a cualquier otro ojo. La fotografía (según el diario) había sido tomada poco después de la medianoche en un basural, y se hacía hincapié en que el grandote fue sorprendido mientras estaba muy fastidiado tratando inútilmente de hacer volar un gato. Tanto el cameraman como el fotógrafo que consiguió la placa declararon que se trataba de un hombre muy alto, del que lo único que espantaba era su traza infeliz y un olor insoportable. Dijeron también (por otra parte en el diario ya se apreciaba) que tenía unos pantalones destruidos, arremangados hasta la rodilla, y que cargaba a la espalda una lata de aceite con desperdicios. Al mediodía la televisión mostró brevemente lo que ya había mostrado el diario, pero en movimiento.

En algún momento se pensó que los bomberos podrían detenerlo con violentos chorros de agua; luego se estimó que seis o siete hombres provistos de sogas lo apresarían fácilmente, pero el ogro (me resulta ridículo nombrarlo así) tenía la cualidad de esconderse con facilidad. Tal vez por eso las noticias eran contradictorias, sobre todo las que se referían a su estatura.

Al día siguiente, por la mañana, unos niños que llegaban a la escuela avisaron a su maestra que, al costado de un camino lateral que conduce al mercado, habían visto a un hombre muy grande y feo durmiendo en el suelo, abrazado a una lata de aceite. Enseguida se avisó a la policía. Guiado por los chicos, un grupo de diez o doce agentes cercó el lugar con armas de fuego y redes listas para la acción. Por medio de un altoparlante trataron de despertarlo, pero por lo que demoraba en aparecer se supuso que habría escapado, o que tenía un sueño muy profundo. Así es que los hombres, confiados en que nada encontrarían por allí, avanzaron tranquilamente entre los pastos; hasta que se toparon con él. Primero escaparon asustados. Luego, para dar una cierta imagen de valentía, y porque eran seguidos por un grupo de curiosos, volvieron sobre sus pasos, le echaron encima infinidad de redes, lo amarraron con cuerdas, y lo patearon en el pecho hasta que se despertó. Entre varios lo llevaron hasta una camioneta; no parecía tan pesado. Lo exhibieron por las calles del sector sur. Las veredas estaban atiborradas de gente. Algunas personas le gritaban insultos, otras se reían; no parecía tan grande. Cuando el vehículo policial (que daba vueltas y vueltas como un carromato anunciando un circo) pasó frente al bar Santa Lucía, donde yo estaba esperando con mi papá, el cíclope lloraba.

Todo esto sirvió para que se vendieran más diarios que nunca, para que los reporteros gráficos se lucieran y para que el público se desconcertara más de lo que ya estaba.

Una declaración oficial afirmaba que la estatura del monstruo (también me resulta tonto decirle monstruo) era de un metro noventa y siete centímetros, que desde hacía un día lloraba sin parar y que no articulaba palabras; se suponía que era mudo. El médico de la jefatura dijo que poseía sólo un ojo porque el otro, aparentemente, se le había reventado hacía años, no pudiendo precisar cuántos, y que el párpado se le había cicatrizado sobre la piel. El mal uso de la vista, o un golpe, o una deformidad de nacimiento, había desplazado el otro ojo ligeramente hacia el centro de la cara; y eso era todo.

Lo cierto es que a la semana de la espectacular acción de la policía, ya nadie se acordaba de comentar algo acerca del grandulón que había despertado el miedo en toda una ciudad.

Hay cosas que no comprendo ni voy a comprender: la crueldad de la gente aparentemente normal, nuestra crueldad, por ejemplo. No hay arma más certera que el olvido, ni drama más cruel que ese instante de mentira que hace acreedor al hombre de una fama equívoca. Doce años, a lo sumo, tendría yo cuando sucedió aquello; así que ya han pasado muchos, pero muchos más.

Recuerdo que cerca de un año lo tuvieron bajo vigilancia médica y policial; luego fue el experimento de todos los psicólogos de ésta y de muchas otras ciudades, hasta que se lo abandonó por completo. Ni siquiera se trató de recompensarlo de alguna manera, después de tanto golpe. Creo que la única persona que hizo algo por él fue una maestra sin trabajo, que si bien no pudo saber cómo perdió la voz, ni siquiera por señas, lo adiestró acerca del trato diario: ese modo eminentemente cruel de la supervivencia.

Ahora, a muchos años de la historia que acabo de relatar, él es casi un anciano, un tonto más de los muchos que recorren la ciudad una y mil veces, parándose frente a las vidrieras, riéndose de nada, ganando a veces unos pesos a cambio del modesto oficio de echarse bultos a la espalda, desplazando su grotesca masa de animal insulso, siendo objeto de las bromas más crueles, todavía. En fin, sirviendo de pasatiempo al ocio eterno de los muchachos.

A veces, cuando me cruzo con él y tengo tiempo, le hago un avioncito con una hoja de papel de diario, y sigo mi camino. A veces también, se escucha alguna voz que lo llama desde un bar: “Che tuerto, vení a tomarte una cerveza”. Y todo así, por el estilo.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

SAMHAIN

Antonio Pavone

 

Mag Tuired, Ériu, 31 de octubre del año del Señor 847

Magnificat anima mea Dominum.

Nuestras voces se elevan al unísono en la hora de vísperas de Todos los Santos. La mía obedece a la melodía; sin embargo, un contrapunto, ajeno a la alabanza, serpentea en sordina: como un aliento que rozara el oído sin revelarse.

Esta es la noche en que el mundo se vuelve tenue. Los umbrales ceden. Aquello que fue dividido vuelve a rozarse.

Eso me decían cuando aún creía en las voces del hogar.

Ahuyento el recuerdo. Fantasías de la isla. Supersticiones. He tomado los hábitos. He abandonado el nombre que llevaba antes.

Mi padre me trajo aquí a los doce años. Su mano pesó sobre mi hombro: no fue una caricia, sino una entrega.

—Servirás mejor a Cristo que a la espada.

No volví a verlo. Así me convertí en un Céli Dé, siervo de Dios. Y eso debía bastar.

Et exsultavit spiritus meus in Deo salutari meo.

Canto con los hermanos, pero la mirada traiciona mi devoción. Se desliza más allá del altar, más allá de las aspilleras de la capilla, por donde la luna derrama su plata sobre la colina descarnada.

Una piedra se alza por encima de las demás: la Eglone, negra, inconmovible, clavada en la tierra como si el suelo se la hubiera tragado a medias. Dicen que es lo que queda de un gigante.

La madre de mi madre hablaba de un umbral. No una puerta: un tiempo que se abre dentro del tiempo. Allí, sostenía, algo espera.

Una ráfaga atraviesa las vidrieras, se cuela bajo el hábito y me estremece.

Quia respexit humilitatem ancillae suae.

En la ventana septentrional, una sombra rasante corta el resplandor de la luna. Una lechuza, me digo.

Sin embargo, el corazón se acelera, como si hubiera reconocido algo que mi boca no se atreve a pronunciar.

Ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes.

El hermano Ruairí, a mi derecha, sigue la dirección de mi mirada. Veo cómo se le tensa la mandíbula.

Quia fecit mihi magna qui potens est.

Un ladrido desgarra el aire. Luego otro. Voces guturales. El grito de una mujer: nítido, cercenado. No es el único. Otros lo siguen.

Las vidrieras se tiñen de rojo. Sangre y fulgor de llamas.

Et sanctum nomen eius.

Santo es su nombre. Los labios perseveran en el canto; los ojos permanecen clavados en las vidrieras incendiadas. Entre sombras y resplandores se compone una verdad sencilla: ya estamos perdidos.

Et misericordia eius a progenie in progenies.

El portón gime con el primer golpe, vibra con el segundo, cede al tercero. Tablones arrancados. Herrajes lanzados por el aire. Un gruñido que no tiene nada de humano.

—¡Kyrie eleison! —grita Oisín. La hoja le responde antes que el cielo. La sangre florece sobre las piedras consagradas.

Veo a Gwilym levantar la tranca de la salida lateral. Me grita algo, pero el estrépito se traga su voz. El hacha lo alcanza antes de que pueda huir. Doy un paso hacia él; agoniza, pero la puerta está abierta. Paso por encima de su cuerpo.

El patio es un crisol de gritos y chispas. En el centro distingo a la esposa del herrero: el rostro encendido por los reflejos, el hijo de pecho apretado contra el seno, la niña aferrada a sus piernas, la boca abierta en un grito que no encuentra sonido.

La arrastro detrás de un carro. Llora, se debate, me empuja. Se libera. Se arroja al humo, abrazando a sus dos hijos.

Un bárbaro me ve. Me señala.

Huyo. No vuelvo la vista.

Salto el muro bajo. Caigo. El hábito se rasga; la piedra me abre la carne. El tobillo cede. Un dolor sordo. Cojeo al descubierto. No hay dónde refugiarse.

De las piedras de la colina se eleva un silbido –o quizá sea la sangre en mis oídos–, un sonido continuo, sin tregua.

Me desplomo detrás de la Eglone. La respiración me desgarra la garganta, pero no es la mía.

Lo veo en la sombra. La maza ya está en alto, dispuesta a separar el alma de su frágil morada.

Los dedos se mueven sin que el alma los guíe. Encuentran un pedernal. Lo arrojo. Le doy en un ojo. El hombre gruñe, retrocede, ladra como un perro herido. Se le cae el arma. La recojo. Golpeo. Una vez. Dos. Otra más.

He matado.

No hay lugar para el arrepentimiento. Un impacto me atraviesa el pecho. La lanza entra. El aliento me abandona, traidor. El mundo se inclina hacia atrás. Caigo. Me arrastro hasta la Eglone. Un lamento se deshace en el aire; no sé si es mío o de la tierra. La noche se desprende en láminas, como un pergamino quemado. Los contornos se deshacen. La tierra pierde consistencia. Solo queda la niebla.

Y por la niebla avanza una figura alta, envuelta en cuero y hierro, incrustada de barro y sangre. Es un guerrero. Se acerca. Me mira como uno se mira a sí mismo. Hay algo extraño en su rostro. No me es ajeno. Es el mío.

 

Mag Tuired, Ériu, Edad Mítica

Mis muslos ciñen los flancos del caballo mientras lo persigo entre los árboles. Quien huye delante de mí ya está muerto.

El cielo está oscuro, bajo. La luz no logra filtrarse.

Debajo de mí vibra el lomo, con espuma en las comisuras de la boca. Cuando hundo los dedos en el pelaje, este cede bajo mi mano: no es pelo ni carne, sino algo que se deshace. El paso se quiebra. Las patas se alargan como raíces que beben de la tierra. La opresión asciende hasta mí y me arrastra hacia abajo. Me suelto de un tirón. Los pies se hunden en el suelo blando. El cuerpo bajo el mío se abre. Derrama gusanos blancos que bullen buscando calor. El hedor se me mete en la garganta. Ya no cabalgo sobre nada vivo. El sendero se ha cerrado a mis espaldas. No hay regreso. Llegan sin anunciarse: manos ganchudas, bocas negras, un graznido arrancado al aire que nunca llega a convertirse en palabra. Una salta hacia mi rostro. Gruño y muerdo la garganta de la primera. Siento que el hueso cede, la sangre que me llena la boca. Las demás retroceden. Se deshacen en el aire como ceniza dispersada por un viento que no llega.

Vuelvo a moverme. El mundo ya no responde a mis pasos. Por momentos corre bajo mis pies; por momentos permanece inmóvil mientras avanzo. El terreno cambia, se retrae, vuelve a formarse.

Frente a mí hay una maraña de zarzas. La atravieso. Las ramas se cierran a mis espaldas, espinas contra espinas. Del suelo sube un humo que se enrosca en mis tobillos y me retiene. Entonces lo veo. La cabeza rapada. Un aro de cabello alrededor. Las manos desprovistas de hierro: dos tablillas que cruza delante del pecho. Un maleficio.

No espero a que se cumpla. Bajo la cabeza y embisto. La hoja pasa de largo. El cuerpo se duplica, y vuelve a duplicarse. Me cercan. Golpeo la multitud. Solo queda uno. Entre mis costillas se abre una brecha. No es dolor. Es peor. El rapado avanza para ocuparla.

—Ochtríallach.

La voz de mi padre. Abro los ojos. Los dedos aferran la empuñadura. Metal verdadero, metal que no miente. Salgo al aire nocturno. Lo veo de inmediato.

Indech está inmóvil contra el cielo estrellado. Su corpulenta silueta interrumpe el horizonte. No busca mi mirada. Contempla la llanura como un lobo contempla al rebaño antes de actuar: sin prisa, sin espera; solo cálculo. Me planto a su lado.

—Padre. ¿Me llamaste?

No se vuelve. Apenas mueve la mandíbula.

—Reúnelos.

Espero un instante de más. No sé qué espero; una mirada, quizá. Algo que diga: te veo. No llega. Nunca ha llegado.

Asiento, un leve movimiento del mentón, y echo a correr. Los talones golpean el suelo duro. Es entonces cuando el sueño vuelve a morder, como un perro negro que creías encadenado. El rapado. Esa calma. Ese vacío que se abría bajo las costillas.

¿Una advertencia? ¿O un veneno que me ha metido en la mente el hechicero Casmáel, que conoce las puertas del sueño mejor que nadie? Me muerdo la lengua. El sabor a cobre ahuyenta la sombra. Basta.

Samhain se acerca. Pronto los cuervos tendrán alimento. Pronto la tierra beberá la sangre de los Danann.

Me golpea el aliento pesado de los cuerpos amontonados, el hedor del sudor y la sidra fermentada. Algunos ya tienen los ojos abiertos, como si me estuvieran esperando.

—De pie.

No es una orden: es el llamado de un hermano de armas.

En la oscuridad se encienden las miradas: brasas avivadas bajo la ceniza. Las manos van hacia las hachas, las largas hojas envueltas en tela, las armaduras de cuero hervido que crujen al levantarlas y ajustarlas. Cordones tensados. Metal que roza metal. La respiración se acorta, se prepara.

Cuando regreso, Indech ya está montado. Su cabalgadura respira como una fragua, exhala vapor por los ollares.

Monto mi corcel. El hierro del freno le toma la boca. Los muslos ciñen los flancos. Me coloco a la izquierda de mi padre, medio paso detrás: es el lugar que me corresponde, ganado con el hierro y conservado con el hierro.

Tampoco ahora se vuelve.

A nuestras espaldas, un rumor: un fluir de sombras que se compacta. Un piafar contenido, el tintineo de las bridas amortiguado por el cuero. Caballos adiestrados para el silencio, bestias que han aprendido a moverse al paso de los muertos. Nos ponemos en marcha: una serpiente de muchas cabezas que atraviesa las rocas. ¿Adónde vamos? ¿Qué ofensa reclama nuestro hierro antes de que el alba arranque las estrellas?

La pregunta me quema en la garganta. Me la trago.

Más allá de la colina, el viento cambia. Sal, algas, roca mojada: el olor del mar antes incluso de que aparezca. El terreno desciende bajo los cascos, se vuelve escarpado.

Al borde del precipicio, el acantilado brama. Las olas se abalanzan contra la roca negra. Siempre el mismo asalto, la misma furia ciega: un toro que embiste una puerta que no cede.

Nosotros no. Nosotros no embestimos en vano: entramos para abrir, abrimos para tomar.

Mi padre detiene el caballo con un tirón seco. Un relincho ahogado. Desmonta. No me mira; no hace falta. Conoce el peso de mis pasos detrás de los suyos, el ritmo de mi respiración cuando estoy cerca. Mi cuerpo ha aprendido el suyo, como una hoja conoce la empuñadura que la guía.

Golpeo el hierro contra el pedernal. Una chispa, luego otra. La antorcha cobra vida con un siseo. Ante nosotros, la roca se abre en una grieta.

Entramos.

Dentro está oscuro. La luz apenas lame las tinieblas. Descendemos. Las botas resbalan sobre piedras pulidas y viscosas. El corredor se extiende ante nosotros, largo y estrecho como una garganta. Más adelante se ensancha. El aire cambia. Apesta a carne abandonada demasiado tiempo a la putrefacción.

Allí abajo, en la oscuridad, algo se mueve. Una masa transparente, blanda, ondula y palpita. Unos tentáculos brotan de la sombra, tantean el aire como serpientes ciegas. Uno roza la llama y se retrae. Luego emerge un rostro –o lo que queda de la idea de un rostro– y enseguida vuelve a perderse en la masa.

La voz llega. Fina. Afilada.

—Rey de corazón de hierro... ¿por qué pisas mi umbral?

Mi padre no retrocede. El resplandor de la antorcha le talla la mejilla. Por un instante veo en su perfil la misma tempestad que ruge afuera: sal, viento, cólera antigua.

—Bruja del mar. Quién quebrará el escudo de Ériu. Quién será destrozado contra él.

Silencio.

Ella borbotea. No es una respuesta, sino una regurgitación, el raspado de una garganta llena de agua. Los tentáculos se alargan. Uno se enrolla alrededor del cuello de mi padre. Otro le roza la boca. Él no se mueve.

—Tráeme el corazón de una media luna.

El alba gris nos encuentra en la arena. El mar está liso, color plomo. En la niebla emergen las belugas, blancas como espuma de luna. Se mueven bajo el velo lechoso. Sus voces agudas corren sobre el agua. Una se aparta del grupo. Se acerca a las aguas poco profundas, con el lomo reluciente como una perla mojada. La lanza vuela. Da en el blanco. El grito que brota ya no es un canto: es un llanto, tenue como el de un niño.

La criatura se agita, retuerce el cuerpo redondeado, intenta regresar a aguas profundas. No lo consigue. La sujetamos y la arrastramos hasta la arena. La sangre se extiende despacio: rosa, luego roja, luego oscura.

Cuando las hojas le abren el pecho, mi padre hunde las manos en la cavidad y arranca el corazón. Lo veo palpitar todavía por un instante.

Volvemos a entrar en la gruta. El corazón yace en su palma.

—Ahora, bruja. ¿Qué linaje prevalecerá?

Un tentáculo se dispara y se lo arrebata de la mano. La masa se cierra sobre él, lo incorpora. Se lo ve, oscuro, inmóvil dentro de la carne transparente. Luego desaparece.

Los miembros palpitan. Ella arroja polvo de huesos sobre las brasas. Se eleva un humo acre. Lo inhala, lo bebe.

Cuando la voz vuelve a surgir, ya no es una sola, sino un entramado de muchas voces.

—Con la sangre derramada en la tierra se lavará la afrenta. El hierro hambriento arrebatará la victoria a los dorados.

Se me contraen las entrañas. Afrenta. Ogma. Hermano de leche, el mismo pan, el mismo fuego. Ahora porta el escudo de los Danann. Lo sé y, sin embargo, algo en mí no logra cerrar esa puerta del todo. Es como sostener un cuchillo por la hoja, sabiendo que corta.

Miro a mi padre. En él, la palabra hijo ya está sepultada. Solo importa lo que viene después.

Entonces la roca vibra bajo nuestros pies. El estruendo asciende desde las profundidades, desde los huesos de la tierra. La voz cambia: ya no es oráculo, sino advertencia.

—Le has arrancado el corazón a una hija del mar. El mar te pasa la cuenta. Cuídate de las manos que forjan fuego blanco, Rey de Hierro. Tu tiempo ya declina.

—Habla claro —gruñe mi padre.

—Te he dado lo que quieres. Nunca prometí que lo entenderías.

Sé lo que ocurrirá. Lo leo en el gesto de su mano. No tolerará un misterio. La espada canta una sola vez. La cabeza de la bruja cae, rebota contra la roca y se hunde en el fango. Un borboteo. Luego silencio. Después vuelves a oírla.

—Lucharás por lo que viene. Pero no lo verás.

El cielo se cierne bajo, hinchado como una vejiga a punto de reventar. Los cuernos llaman a la batalla. Respondo. No pienso. Solo golpes, contracciones, impactos secos que ascienden de las manos a los hombros y retumban en el cráneo. La lanza entra y sale rápidamente de los cuerpos; ya la hundo en el costado de otro. Su aliento me golpea, caliente, cargado de sangre.

Ya no es un enfrentamiento ordenado: es una refriega, empuje ciego, girar y golpear donde se abre un espacio.

Cae una lluvia fina, persistente.

Un vientre se abre: las tripas se deslizan hacia afuera. Un cráneo se parte: blanco y rojo. Un caballo pasa relinchando; el muerto queda enganchado a la silla.

Mi padre. Lo veo por momentos, como un acantilado en medio de la tormenta. No combate como un dios: combate como quien recuerda a los demás qué significa morir.

Un golpe me alcanza en el hombro. El dolor llega después. Giro. El tendón tira, pero el brazo resiste. Le destrozo el rostro al hombre que tengo delante con el borde del escudo. Los dientes saltan al barro.

Entonces lo oigo. No lo veo de inmediato: lo oigo. Los Danann gritan un nombre. Los Fomori gruñen en respuesta. Ogma. La cabeza gira por sí sola. Ogma golpea y retrocede, golpea y gira. Es feroz, pero mide cada gesto. Combate sabiendo que lo observan; que lo observo yo, su hermano. Él, el traidor. La decisión pesa sobre sus hombros, pero no le frena el brazo.

La hoja que sostenía en alto queda suspendida.

El Danann que tengo delante aprovecha la vacilación. Me golpea en el hombro. El brazo recuerda lo que debe hacer: abatirlo. No lo miro mientras cae.

No puedo dejar de mirar a Ogma.

La sangre me martillea en las sienes. Golpeo más rápido, con más fuerza. No sé a quién. Los cuerpos llegan y se deshacen. Permanezco allí, con los pies firmes y los ojos regresando siempre al mismo punto: Ogma.

Veo a Indech dirigirse hacia él.

Los Fomori se apartan antes de que alguien diga nada: un paso atrás, luego otro. Mi cuerpo también lo hace, sin que yo lo decida. El espacio alrededor de ambos se ensancha.

Ogma no retrocede. No avanza. Espera, como se espera una ola que sabes que te quebrará.

Indech se detiene a pocos pasos. Veo la espalda de mi padre, esa espalda que aprendí a interpretar antes incluso de aprender a hablar. Ahora no sé qué dice.

Las armas se alzan.

El primer impacto es un trueno: escudos que chocan, hojas que chirrían. Ogma es rápido, más de lo que recordaba. Golpea arriba, luego abajo. Obliga a Indech a girar. Mi padre responde con fuerza desnuda: golpes que bastarían para partir a un hombre. Ogma los desvía, se escurre, retrocede medio paso.

El barro salpica. Las espadas se traban, vibran. Por un instante están tan cerca que podrían tocarse la frente; luego se separan. Alguien me golpea de costado. Lo derribo sin volverme. Ogma arremete. La hoja corta la carne de Indech. Contengo el aliento.

Una parte de mí quiere que Ogma caiga. La otra conoce el sonido de sus pasos en la oscuridad, su risa cuando la sidra era buena, el peso de su hombro contra el mío cuando éramos muchachos y el frío mordía. No logro conciliar ambas cosas. Elijo no intentarlo. Golpeo a quien tengo delante.

Combaten durante mucho tiempo. Ambos sangran. Cada herida vuelve más lento el paso, cada golpe pesa más. Pero ninguno cede.

Mi brazo comienza a resentirse. No me detengo. Ocurre.

Ogma fuerza el ataque. Busca una abertura. Indech lo espera. Responde. Su hoja entra bajo la costilla. Carne. Vida.

Vuelvo a quedarme inmóvil, sin quererlo, sin saberlo. Los pies se afirman en el barro.

Ogma deja escapar un resoplido breve, visible bajo la lluvia. Se tambalea. Un paso, otro. La sangre le corre por la boca.

Se arrodilla en el barro sin soltar el arma. La clava delante de sí, como si bastara para mantenerlo erguido. Indech se acerca. Él levanta la mirada. Mi padre le apoya la mano en el pecho. Inclina la cabeza. Indech lo empuja hacia atrás.

Cae.

Una furia ciega. Golpeo con más fuerza, más rápido. Los Danann vacilan, ceden. Los Fomori hacen una matanza. El campo es nuestro. Es entonces cuando todos los cuervos levantan vuelo. Todos menos uno. Blanco. Revolotea entre los cuerpos, no llevado por el viento: es niebla que recuerda haber sido agua.

La sombra cae sobre Ogma.

Mi padre da un paso atrás. Nunca lo había visto retroceder ante nada que tuviera dientes o empuñara una hoja. Doy un paso adelante. No sé hacia qué.

Donde el cuervo roza el suelo, el barro estalla en llamas blancas. Se elevan rectas, desnudas, como abedules deshojados. Se cierran en círculo.

Cuando las llamaradas descienden, en el centro lo blanco se ha convertido en mujer. Sé quién es. Mórrígan. De pie, inmóvil. No lleva armas. Desnuda de hierro, pero eso es lo primero que uno nota, no lo último.

Sus ojos se posan en mi padre.

Veo cómo se le tensa la mandíbula. Los hombros se alzan y luego quedan inmóviles. El cuerpo prepara una respuesta que no llega. La misma que nunca me llega a mí.

Ella abre los labios.

Lo que sale no entra por los oídos. Entra por el vientre. Es una llamada desde un lecho oscuro: promete placer y olvido con la misma voz. Se infiltra en la sangre. Entumece. Contra una hoja se alza un escudo. Contra ella no hay dónde poner las manos. Mi padre da un paso hacia ella. Luego otro. Doy un paso hacia él. Los pies se hunden en el barro como raíces: no ceden, no avanzan. El cuerpo se opone a sí mismo. Ella no lo conquista. Lo reclama. Como se reclama aquello que siempre ha sido tuyo. Él atraviesa el círculo. El fuego se inclina para dejarlo pasar. Ella no lo toca. Solo lo mira, y él se vacía. No cae, no grita: permanece de pie y se derrumba por dentro, como una piel sin huesos. Una contracción breve.

Después, nada.

—Padre.

La palabra se pierde en el vacío. Él no me oye. Ni siquiera yo la oigo.

Mis piernas no responden. Me quedo allí, inmóvil, clavado, mirando lo que queda de mi padre dentro del círculo. Se afloja mi mano sobre la espada. El borde del escudo se inclina.

Un impacto. Seco. La lanza me entra bajo la axila, donde la cota está desgarrada. No es dolor, no de inmediato. Es una fuerza que me arranca de allí. Caigo entre sangre, vísceras abiertas y orina. El dolor llega después: rojo, devorador. El cielo sobre mí pierde color. Entonces lo veo.

El rapado. Las dos tablillas cruzadas entre los dedos. La misma calma del sueño. Me mira. Lo miro. Hay algo extraño en su rostro. No me es ajeno.

Es el mío.

 

Cuando llegaron al asentamiento, la lluvia ya había borrado casi todo lo que podía borrarse. Conocían a aquellos Céli Dé: el verano anterior habían sido recibidos allí con noticias de Glendalough. Ahora solo quedaban escombros y cadáveres.

Entraron en la capilla, o en lo que quedaba de ella. Entre las vigas ennegrecidas yacían los monjes. Contaron seis. Habían sido siete. Faltaba el más joven.

El hermano Aidan.

En el patio yacían los aldeanos, dispersos en el barro, descompuestos. Los cuervos no levantaron vuelo cuando llegaron los hombres; se limitaron a retroceder unos pasos, como si los hubieran molestado en el ejercicio de un derecho legítimo.

Junto a un muro bajo, el hermano mayor distinguió un jirón de tela marrón. Lo recogió sin decir palabra, apretándolo entre los dedos. Levantó la mirada hacia la colina de la Eglone. Se dirigió allí. Yacía el cuerpo de un bárbaro, ya vaciado por los cuervos y los lobos.

Solo entonces lo vio: un hábito reducido a jirones, agitado por el viento entre las piedras, al pie de la lanza clavada junto al menhir.

Antonio Pavone (1957), exinvestigador sénior del ISTAT (Instituto Nacional de Estadística). Ha publicado You Are My King (2023), Lilith (Delos Digital, 2025), Shinoda's Fox (Nasf21, 2025) y el relato corto «Noli Tangere. Noli Aspicere» en la antología Lovecraft's Darkness (EseScifi, 2025). Próximamente: Eliza Orne – The Memory of Blood (EseScifi, 2026) y Blind Spot (Effepidue, 2027).

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