lunes, 8 de junio de 2026

DE PASO

Nancy Jane Moore

 

Un movimiento en el panel de control, al borde del monitor, llamó la atención de Elyssa. El icono del repartidor de periódicos que había configurado para alertarla de las noticias agitaba sus diarios; habría estado gritando «¡Extra, extra, lea todo al respecto!» si el sonido no hubiera estado casi apagado.

Elyssa suspiró e hizo una mueca ante una pantalla llena de códigos. Llevaba dos horas buscando el error. Estaba allí, maldita sea. No la consolaba saber que nadie más había logrado encontrar el problema. Ella era la experta. Se suponía que debía ser capaz de encontrarlo.

—Guardar y pasar a vídeo —dijo Elyssa.

Los códigos desaparecieron y la pantalla mostró a un hombre impecablemente vestido, con un micrófono, de pie frente a un edificio cuyas escalinatas parecían ascender hasta el cielo. Sus labios se movían.

—Sonido —añadió.

—... el juez asociado leyó desde el estrado un voto disidente demoledor. Aquí tenemos a la abogada que defendió los derechos de los clones.

La pantalla se llenó con el rostro de una mujer de mediana edad, con mechones grises en el cabello y ojeras bajo los ojos.

Tenía lágrimas en ellos.

—No nos rendiremos —dijo con fiereza—. La decisión fue de cinco votos contra cuatro, y se equivocaron. Se equivocaron. Igual que se equivocaron en el caso Dred Scott, igual que se equivocaron en Plessy contra Ferguson. Seguiremos luchando en los pasillos del Congreso. Algún día esta decisión será revocada con vergüenza.

El hombre del micrófono reapareció.

—Para resumir: la Corte Suprema de los Estados Unidos acaba de dictaminar que los clones son propiedad y no personas, resolviendo finalmente una disputa que ha durado los últimos diez años.

Elyssa estuvo a punto de gritar.

En lugar de eso, se mordió el dorso del puño.

¿Cómo podían hacer algo así?

—Somos humanos —dijo—. Somos personas.

Gracias a los dioses, a todos los dioses, a cualquier dios en el que uno quisiera creer, sus padres habían sido previsores.

Su nacimiento había sido registrado correctamente en los archivos del Hospital de Maternidad Santa Ana; su madre era una hacker extraordinaria.

Sus padres jamás le dijeron a nadie que Elyssa era un clon.

Ni siquiera se lo habían contado a ella hasta que tuvo edad suficiente para comprender que algunos secretos nunca deben compartirse.

La pantalla mostraba ahora a un gran grupo de clones que trabajaban para HumanTechLtd, la empresa dominante en el negocio de las «personas artificiales».

HumanTech había ganado aquel día.

Sus clones seguirían siendo propiedad de la compañía, viviendo en dormitorios dentro de sus instalaciones o siendo vendidos a otras empresas.

Elyssa no soportó seguir mirándolos.

Apagó el vídeo con un gruñido.

Una rápida mirada al código le indicó que tampoco podía enfrentarse a él en aquel momento.

Cerró el programa y fue a buscar a su jefe.

—Ese código me está provocando una migraña terrible —dijo al encontrarlo en la sala del café—. Voy a salir a correr.

Él estaba acostumbrado a tratar con genios.

Hizo un gesto indiferente con la mano, aunque ella ni siquiera había esperado su permiso.

Le llevó apenas cinco minutos cambiarse de ropa y salir.

Sus largas piernas encontraron rápidamente el ritmo y corrió tan rápido como pudo, que era bastante rápido.

La «progenitora» de Elyssa había sido una matemática de fama mundial que murió joven a causa de uno de los virus que asolaron el mundo a comienzos del siglo XXI.

Junto con su cerebro, Elyssa había heredado sus rizos rubios y sus largas extremidades. Había practicado atletismo cuando iba a la escuela para compensar las horas pasadas encorvada frente a un ordenador.

Cuando se detuvo, cuarenta y cinco minutos después, había expulsado el miedo mediante el sudor.

Sus padres la habían puesto a salvo. Tenía treinta y siete años y pertenecía a la primera generación de clones.

La empresa que la había creado había sido una pequeña compañía emergente que, con el tiempo, había sido absorbida por uno de los gigantes del sector. Los registros de aquella época debían de estar llenos de errores. Todo el mundo asumía que era nacida de forma natural. Nada iba a ocurrirle.

Se duchó, encontró algo comestible en el comedor de la empresa y volvió a su programa. Esta vez el error casi hizo sonar una trompeta para anunciar su presencia. Lo corrigió a media tarde.

 

Elyssa no olvidó el fallo sobre los clones.

Casi todos los días aparecía alguna noticia sobre un joven genio que resultaba ser un clon descubierto: las empresas jamás se molestaban en clonar a nadie con un coeficiente intelectual inferior a 150.

Las imágenes de clones arrancados de sus hogares se habían convertido en material de archivo habitual. También era una noticia económica. Los bienes acumulados por los clones eran confiscados por HumanTech. Los futuros sobre clones comenzaron a cotizar en la Bolsa de Chicago.

Y, por supuesto, estaba la inevitable noticia sobre terrorismo: el Cuadro de las Copias, un grupo de clones fugitivos, fue señalado como principal sospechoso del secuestro de un vicepresidente de HumanTech.

No lo olvidó.

Pero, salvo por una importante donación anónima a la abogada que había defendido los derechos de los clones ante la Corte Suprema, intentó no pensar demasiado en ello.

Sin embargo, el estrés dejó huellas.

Ojeras provocadas por demasiadas noches en vela. Cabello descuidado porque se lo mordisqueaba mientras trabajaba. Y una triplicación de sus kilómetros semanales de carrera; la gente pensaba que estaba entrenándose para una maratón.

Creyó haber conseguido apartarlo de su mente. Hasta que recibió el correo electrónico de Marc.

«Elyssa: Estoy en Estocolmo. Suecia me concederá asilo por ser clon. No podía decirte la verdad; temía que dejaras de amarme si sabías que no había nacido de manera natural. Si me equivoqué al pensar eso, ven conmigo. Marc.»

La noticia la dejó atónita. Los dos eran clones. Los dos habían tenido miedo de decírselo al otro.

Necesitaba hablar con alguien.

 

Guy Abrams había sido el abogado de su padre y después se había convertido también en el suyo. Pero era mucho más que eso.

Ella tenía apenas veintidós años cuando sus padres murieron en un accidente aéreo. Guy había gestionado la herencia y se había transformado en el mentor mayor que necesitaba mientras cursaba sus estudios de posgrado y aprendía a ser adulta. Ahora tenía sesenta años y aparentaba incluso más. Cultivaba deliberadamente la imagen de estadista veterano.

Elyssa le mostró el correo durante una cena. Él estaba tan sorprendido como ella.

—Dios mío. Nunca tuve la menor sospecha. Parecía tan humano.

—Es humano —respondió Elyssa—. Los clones son iguales que los nacidos de forma natural... iguales que el resto de nosotros.

—Sé cuánto te importa, pero no me digas que estás pensando en reunirte con él en Suecia.

—Bueno, quizá vaya a visitarlo. A ver cómo es aquello.

Guy pareció alarmarse.

—Elyssa, si vas, te marcarán como simpatizante de los clones. Terminarás en alguna lista, bajo investigación. Además, Suecia no será un lugar seguro durante mucho tiempo. Todas las potencias industriales están respaldando esta decisión. No podrán resistir la presión.

—La mayor parte del mundo apoyó la esclavitud en otras épocas. Siempre hubo algunos países que se negaron.

—Eso ocurría antes de la industrialización. Hoy el mundo es demasiado pequeño.

—Guy, lo amo.

Él negó con la cabeza.

—Lo sé, Elyssa. Pero no hagas una tontería como ir a Suecia. Te lo digo como abogado. Las compañías de clones no tolerarán ninguna oposición.

Elyssa siguió su consejo, aunque le molestó hacerlo.

No quería llamar la atención sobre sí misma. Le respondió a Marc diciendo que no era un buen momento para viajar y evitó comentar su confesión.

Sintiéndose culpable, se refugió en el trabajo y aumentó otros veinticinco kilómetros semanales a sus carreras.

Meses después, cuando su jefe la llamó a su despacho y le mostró una orden judicial de exhibición de pruebas, perdió completamente la compostura.

—¿Quieren hacer qué?

—Cálmate, Elyssa. No es idea mía. HumanTech nos ha demandado. Afirman que aquí tenemos «propiedad robada»; se refieren a clones por los que no les pagamos. Sé que es una estupidez, pero no podemos hacer nada. Nuestro abogado dice que tienen derecho a exigir pruebas genéticas a las personas que sospechan que son clones, para comprobar si sus genes coinciden con los registros que poseen.

—Eso no puede ser legal. No pueden obligar a la gente a hacerse pruebas genéticas. Es como imponer documentos de identidad o algo así. Soy estadounidense, maldita sea. No pienso tolerarlo.

—Tienen suficientes datos para solicitarlo. Citan varias cosas sobre ti: tu especialidad profesional, el hecho de que te pareces a Lara Jorgenson y algunas otras cuestiones.

—Claro que me parezco a Lara Jorgenson. Era mi tía. También me parezco a mi madre. Esto es absurdo. No pienso hacerlo.

—Es una orden judicial, Elyssa. No tienes elección.

—Ya veremos qué pasa después de hablar con mi abogado.

 

Una hora más tarde, sentada en el despacho de Guy, la conversación no le resultó más agradable.

—Elyssa, no vamos a conseguir que esto sea anulado.

Guy se levantó y comenzó a pasearse por la habitación.

—Mira, ellos tienen registros que demuestran que Jorgenson fue clonada. Varios de esos clones desaparecieron. Tú te pareces a ella y eres brillante en su mismo campo. Han hecho los deberes. El tribunal tiene que ordenar la prueba.

—Es una invasión de la privacidad. ¿No podemos detenerlo?

Él negó con la cabeza.

—Tal vez después de la prueba. Cuando podamos demostrar que no eres una de las copias de Jorgenson, podríamos demandarlos. Alegar que fue una expedición de pesca, obtener una indemnización. Pero no podemos conseguir una medida cautelar que lo impida. Esta demanda se basa en la recuperación de propiedad presuntamente robada. Existe una larga lista de precedentes legales sobre descubrimiento de bienes robados.

—No soy una propiedad.

—Hazte la prueba, Elyssa. Después veremos cómo demandarlos.

—Guy. No puedo hacerme esa prueba.

—¿Por qué no?

Elyssa se mordió el dorso de la mano.

—Esta conversación es confidencial, ¿verdad? Todo lo que te diga se queda aquí.

—Por supuesto.

Respiró profundamente.

—Porque soy un clon, maldita sea. —Guy reaccionó como si ella acabara de confesarle alguna perversión escandalosa—. Y me conoces desde que era una niña. Sabes que soy humana.

Intentó asentir con profesionalidad, pero seguía pareciendo aturdido.

—No hagamos nada precipitado, Elyssa. Déjame pensar en ello, probar algunas teorías. Te llamaré mañana.

A Elyssa le habría gustado una respuesta más concreta, pero regresó a casa. Se preguntó si todavía tendría tiempo de llegar a Suecia. Quizá Marc lo entendería. Sí, lo entendería perfectamente. Entendería que a ella le gustaban más su apartamento en el distrito artístico, su empleo bien remunerado y su casa junto a la playa que él. Entendería que había estado dispuesta a seguir haciéndose pasar por nacida de forma natural. Aun así, se prometió:

«Si Guy no encuentra pronto una solución, tomaré el primer avión a Estocolmo.»

Durmió muy poco.

A la mañana siguiente estaba mirando la pantalla del monitor sin ver realmente nada cuando un alboroto en el pasillo llamó su atención.

Al mismo tiempo vibró el teléfono de bolsillo de su línea privada.

Era su jefe.

—¡Elyssa! Hay policías aquí buscándote. Saben lo que eres. Sal de ahí.

Miró la ventana sellada que tenía detrás. No había tiempo para escapar. Pero tenía que pedir ayuda. Tenía que llamar a Guy. Tomó el teléfono y marcó la línea privada del abogado mientras corría hacia el baño de mujeres. Él respondió justo cuando lograba cerrar la puerta con llave.

—Guy, hay policías aquí.

—Lo sé.

—¿Qué quieres decir con que lo sabes?

—Tuve que hablarles de ti, Elyssa.

—¿Qué?

La conmoción le cortó la respiración. Lo miró fijamente.

—Te lo dije en confianza, Guy. ¿Y el secreto profesional?

—Eso solo se aplica a las personas, Elyssa.

La llamada se cortó.

Nancy Jane Moore creció en un entorno rural idílico en la costa del Golfo de Texas, a las afueras de un pequeño pueblo fundado por cuáqueros. A los 18 años se mudó a Austin para asistir a la Universidad de Texas y desde entonces ha vivido en ciudades. En la universidad, formó parte del programa Plan II, el programa de honores en artes liberales, lo que le permitió explorar los clásicos, la sociología, las ciencias políticas y la historia sin especializarse en ninguna materia. Sus relatos cortos han aparecido en numerosas antologías y revistas, desde el National Law Journal hasta Lady Churchill's Rosebud Wristlet. Su primer libro para Aqueduct fue la novela corta Changeling, y una colección de sus cuentos fue publicada por PS Publishing bajo el título Conscientious Inconsistencies. Tras crecer en la costa del Golfo y pasar muchos años en la costa este, Moore ahora vive al otro lado del océano, en Oakland, California, con el hombre que conoció después de que él leyera algunos de sus artículos en WisCon Chronicles. Es decir, tras una vida de feliz soltería, encontró el amor de un buen hombre gracias a su franqueza feminista y a su pasión por la ciencia ficción.

BIG BOOM

Víctor Lowenstein

 

El “Big boom” o gran explosión nuclear acaecida sobre el hemisferio sur, ocurrió a la 5.00 de la madrugada en algún lugar del conurbano norte bonaerense, el veintinueve de abril de 2031. Brian lo recordaba bien pues había despertado a causa de la explosión mirando instintivamente el reloj de pared de su dormitorio. Ya no pudo dormir. Su mente registró la hora y por ello no le asombró percibir las primeras tenues luces del día a través de las celosías de su ventana. Recordaba vagamente haberse dormido pasada la medianoche luego de los videojuegos de Playstation y cenar varias botellas de Coke y una bolsa de Doritos. Al principio no veía casi nada; la penumbra en su cuarto era tal que atribuyó el fenómeno a su habitual somnolencia diurna, que lo mantenía bajo las sábanas hasta mediodía, por lo común.

Este “día” se presentaba tan anómalo para Brian que no pudo estarse acostado mucho tiempo más; se sentía particularmente inquieto debido al silencio reinante. Habían transcurrido algunas horas, sin moverse de la cama, atento a cualquier cosa. Ni una voz, ladrido o freno de coche llegaba desde la calle. Era raro. Vivía solo en un barrio populoso que solía ser ruidoso a todas horas; algo estaba pasando. “No será nada importante” razonó con su despreocupación acostumbrada. Tanteó las zapatillas bajo la cama y comenzó a vestirse. Saldría como siempre con su skate a recorrer el barrio, comprar unas cuantas latas de gaseosas para el día y esperar el llamado de sus amigos con quienes encontrarse en el Skatepark al atardecer.

En plena calle, montó su tabla en la dudosa semioscuridad de un paisaje urbano aparentemente diurno. Anduvo dos calles hasta toparse con un desparramo de escombros en medio de la acera. Mas allá, en el cruce con la avenida un inmenso cráter manaba humo y un olor sulfuroso que despertaba náuseas. El boquete debía ser inmenso pues comenzaba en la bocacalle de la última vereda pero se extendía –a juzgar por las humaredas que se perdían hasta las afueras del barrio– lo bastante lejos para presumirlo gigantesco. Brian quedó boquiabierto ante la silenciosa catástrofe admirando los focos ígneos que aun perduraban por sobre el suelo estallado y las rocas, donde descansaban extrañas manchas brillosas, quizá restos de la explosión o lo que fuera que había impactado justo a pocas cuadras de su casa.

Dobló hacia la avenida y detuvo sus ruedas antes las puertas automáticas del supermarket local. Portando su tabla bajo un brazo ingresó hacia las iluminadas góndolas, sorprendido por la ausencia de gente en toda la instalación. “Al diablo; vayamos por unas latas de refresco” pensó, caminando directamente al despacho de bebidas. Hasta ese momento nada lo había inquietado, ni la explosión de la madrugada ni un cráter gigante en mitad de una avenida vacía. Brian pertenecía a una generación de jóvenes descreídos que, ante un mercado restringido por las IA y la falta de oportunidades, caían en una anomia que los autoexcluía de todo sentido de pertenencia. Era un fenómeno social preocupante pero demasiado arraigado ya en los jóvenes.

Hubo un ruido detrás suyo. Quitándose las gafas de sol, Brian giró el torso hacia una estantería donde un anciano de mal aspecto rapiñaba todas las latas de conserva posibles y las dejaba caer en una bolsa plástica. Cuando sus ojos se encontraron, el joven pudo visualizar las ropas sucias del hombre, sus cabellos blancos revueltos y el rostro lleno de hollín. El viejo le habló entonces.

—Muchacho, apuúrate. Toma todo lo que puedas; aún no saquean este mercado. Pronto vendrán por todo…

—What? ¿Me estoy perdiendo algún open friday, abuelito?

—¡Que no escuchaste la explosión de la madrugada, pendejo! ¿No viste el cráter?

—¿Y qué?

—¡¿Y qué?! Sufrimos un ataque, cayó una bomba en este barrio, estamos en peligro…

—¿Quién tiraría una bomba en un barrio tan tranquilo, abuelito, y por qué?

El anciano dejó caer las últimas latas en la bolsa y lo miró, casi con lástima.

—El único tranquilo sos vos, nene. Desde temprano la radio anunció este desastre. Le llaman el “Big boom”. No se sabe quién, cada cual tiene una teoría… lo cierto es que estamos en estado de emergencia; tenés que recolectar todo lo que puedas. El mercado aún está lleno, aprovechá. —Brian sacó un celular del bolsillo de sus bermudas—. No te molestes, criatura —continuó el viejo—. No hay señal de internet.

—Ay, no. Eso sí que es un drama. No podré comunicarme con mis amigos.

—¡Olvidate de tus amigos! Deberías estar recolectando alimentos; ¿querés unas latas de atún?

—El pescado no me gusta. ¿Vos quien creés que tiró la bomba?

—Lo único lógico de pensar es que algún militar de una facción poderosa se le escapó un dedo apretando el botón rojo…

—¿Qué mierda es una facción?

El anciano, que ya había pasado los ochenta años, demostró una lucidez imbatible al reflexionar frente a ese anómico ejemplo de generación perdida.

—Escuchame: los poderosos, quienes dirigen este mundo, no son personas sanas. Estoy seguro de que se pasean nerviosos en privadísimas reuniones militares inhalando cocaína y tomando decisiones apuradas que involucran la seguridad de naciones enteras. No me extrañaría que un comandante norcoreano borracho o un marine yanqui hayan equivocado una orden y lanzado una bomba al diminuto pueblo de una nación neutral como la nuestra. Es la única explicación plausible. No me preguntes qué es “plausible” …ya me voy.

—¡Bah! Pudo ser un loco suelto, también.

—Lo dudo —dijo el anciano recogiendo su bolsa—; una bomba de ese tamaño requiere mucha tecnología… y recursos. Habrás notado la huella brillosa que dejó en las rocas…

—Ah, sí, ese flúo.

—No, qué flúo, es radiactividad. Mantenete lejos de esas huellas. Ahora llená tus bolsillos y andate. Adiós y suerte. Cuidate pibe…

Brian lo miró alejarse y abandonar las instalaciones. No pensaba; se lamentaba de la falta de señal. Ya no podría comunicarse con sus amigos para ir al Skatepark. Se sentía desolado. Sólo se sentiría mejor si tomaba un poco de Coke, por lo que llenó sus bolsillos de latas y salió del local, algo contento de no tener que haber pagado por las bebidas. Casi no tenía crédito.

Al volver se reencontró con el cráter humeante y sintió curiosidad por ver adentro. Trepó por los derribos de tierra y asfalto pero no llegó a alcanzar el borde; fragmentos de hierros y rocas agudas le impidieron subir más. Al descender, notó sus zapatillas cubiertas de fosforescencias verdeazuladas que el anciano había denominado “huellas”. Eran sus mejores Nike y se maldijo por el descuido quitando con los dedos aquella sustancia pegajosa. Llegó a su casa y se encerró esperando que quizá más tarde volviera la señal de Internet. Temía morir de aburrimiento durante esa misma jornada…

Despertó alterado. Un estruendo de gritos y disparos llenaba el aire de su cuarto. Le costó una eternidad levantarse de la cama. Le pesaban las piernas y tuvo que arrastrarse hasta la ventana que daba a la calle. Con manos temblorosas alcanzó el alféizar y asomó los ojos a través de las persianas.

El paisaje era alucinante. El cráter estaba sólo a unos metros de distancia y el supermarket justo frente a su vivienda. Desde allí salía multitud de gente cargando mercancías, atropellándose entre sí, pasando unas por encima de otras, gritando como enloquecidas. Las voces llegaban a sus oídos nítidamente… “Corré, Brian, corré, salvate…”. “Mantenete lejos de esas huellas, pibe”. “Sólo Dios redime los pecados…”. “¿Querés estas latas de atún?”. A cada voz le correspondía un rostro. El del anciano estaba igual: cubierto de hollín, el pelo revuelto y la misma expresión de amarga preocupación.

—¡Perdoná, abuelito, debí escucharte! —clamó Brian antes de caer al suelo, exánime. Le dolían los brazos, las piernas estaban inmóviles y le costaba mucho respirar.

La sed empezaba a atormentarlo de nuevo. Había bebido ocho latas; sólo le quedaban dos. Al caer al piso seguía viendo el cráter abierto; todo estaba en silencio y… ¡allí estaban sus amigos! Kevin, Loan, Jonathan y los otros… no recordaba sus nombres, pero estaban todos, alrededor del cráter que no humeaba y en medio de un silencio incomprensible y atroz; podía verlos con sus skates haciendo parkour por sobre los escombros que a él le habían impedido el paso… veía sus rostros, sonrientes, pero no llegaba a escuchar sus risas, el silencio era atroz…y de pronto… de pronto… una sed horrorosa, la garganta completamente seca… Brian intentó palpar las latas de Coke pero empezaba a quedarse ciego… las latas, ¡las latas…!

Lo último que alcanzó a ver antes de quedarse ciego fueron sus manos intentando llegar a las latas de Coke. Manos ennegrecidas y burbujeantes, derramando ese pegote fosforescente que quemaba la piel…

—¡Ya voy! —gritó en la oscuridad sin saber dónde estaba. Gritó sonriendo, feliz de poder reencontrarse con sus amigos allá abajo, en las calles… ¡Voy, espérenme, chicos! Murmuró con sus últimas fuerzas, tomando entre sus manos quemadas una invisible tabla de skate.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

NO VIAJES CON EL ELEFANTE A CHICAGO

Murtada Gzar

 

En el punto de registro de llegadas, en el aeropuerto de Chicago, un hombre abrió su maleta, en manos de la policía, y sacó de ella un gran elefante negro.

Escribí estas líneas mirando a mi alrededor, delante del oficial de pasaportes. La cola era larga y nada me ayudaba a tener paciencia durante la espera salvo escribir un cuento nuevo. El relato se detuvo en el elefante negro y ahí se petrificó. Pensé en perfilarlo, adornarlo o hacerlo rojo o azul celeste, por ejemplo, pero mi estómago emitió entonces un sonido similar a las sirenas de los barcos. Lo último que había comido fue una pequeña porción de pizza en el aeropuerto de Heathrow, que fui tragando al paso mientras trataba de alcanzar la sala de embarque para Chicago. Corría con una señora siria que tiraba de sus dos niños y sus tres maletas, profiriendo por teléfono una retahíla de insultos en dialecto. Sentía que sus palabras entraban con la pizza en mi estómago. Me paré y puse mi pequeña maleta en el suelo, dejando así que me adelantara. Saqué mi libretita amarilla y escribí en el encabezamiento de la página: La pizza de los insultos.

Algún día volveré a la historia de la pizza de los insultos, cuando termine con el elefante que había dejado atemorizando a los guardas y viajeros en el aeropuerto. Lo dejé sin color ni tamaño ni colmillos. ¿El elefante que salía de la maleta de un inmigrante necesita colmillos? Los colmillos lo harían agresivo y yo lo quería dulce, alegre e inocente, moviéndose con cuidado para no lastimar a los pasajeros y a los hombres de seguridad, aunque fracasaba respecto a la sutilidad en el andar, y la gente se sentía inquieta a su alrededor dado que los barría con su enorme cuerpo. El problema era que su descripción lo asemejaba a Ganesh, la divinidad hindú y yo no soy indio ni quiero que la mente de los lectores se desvíe hacia ese tema. Dado que procedo del sur de Iraq, decidí, con vuestro permiso, convertirlo en un búfalo negro de tamaño de un camión. No, no, la escena parecería un anuncio de la entrada en las marismas con los búfalos, cual programa de la Unesco para la conservación del Patrimonio Mundial.

Sin querer empujé con la esquina de la maleta al pasajero que tenía delante, que giró y con una mirada fugaz apuntó a mi corbata para, a continuación volver a su postura inicial. Estaba tan aburrido como yo, quizás dirigió sus ojos hacia mi corbata pues poco había en mi cara, tan poco como en la cara de los demás, que llamara la atención. La cola nos hacía similares, con el mismo semblante serio. En los aeropuertos, las caras se convierten en zapatos que retumban en el ambiente mientras la gente se calza sus caras y con ellas echa a andar: los tacones se transforman en cabezas y las cabezas, en tacones, que se enamoran en los aeropuertos. Ellos son los que bajan las cabezas y miran los zapatos y los tacones.

Detrás de nosotros, la cola de los que llegaban empezó a estirarse, retorcerse y quebrarse a ratos. Yo estaba parado como un taxidermista, aguardando a que el pasajero que tenía delante diera medio paso, un cuarto de paso, medio cuarto de paso. Caí en la cuenta de que el avión Chicago-Washington DC se me había escapado y estaría ahora nadando en el espacio, donde habría una pasajera china y de tamaño insignificante que no dormiría sobre mi hombro esta tarde.

Pasaron por mis oídos ruidos de sirenas, risas, crujidos salvajes de zapatos. Me impulsé hacia delante y con mi maleta golpeé el trasero del pasajero de nuevo. Parecía acostumbrado a aquello, dado que no se dio vuelta ni hizo ningún movimiento. Él también estaba momificado y hundido en alguna historia. Al abrir la mía en mi cabeza buscando al elefante, me fijé en aquel pasajero en medio del gentío presente atónito con la salida del elefante de la maleta. Lo imaginé siendo pisoteado bajo las pezuñas del elefante y pidiendo auxilio. Llevaba puesta una corbata exactamente como la mía, pero yo retrocedí, refunfuñé y me volví, mirando las caras de la gente de la cola. Entró un rayo de sol que ungió las cabezas de los viajeros, como si los bautizada con la luz, y el haz se propagó para llenar por completo la gran sala, propagándose con él una ligera sensación de felicidad sobre mi cara y sobre las caras de los compañeros de aburrimiento.

La luz se coló por las nucas de las mujeres y atravesó las narices y las fosas nasales de los hombres. Me interesé por ella con las sombras de los viajeros en la cola que con la sala abarrotada chocaban entre sí sobre el suelo.  Encajaban unos con otros y se separaban, se acoplaban, se mezclaban con sus extremidades y sus cabezas, elaborando un cuadro en blanco y negro de cuerpos cohesionados entre sí. Sentí estar observando una escena erótica que merecía mi atención. Me di cuenta entonces de que yo no tenía sombra, tampoco esta vez, un fenómeno antiguo que nació conmigo: encontrarse sin sombra en varios sitios. En mi infancia consulté con un psicólogo, escapé de la escuela después de la burla de los alumnos, jugábamos al fútbol porque yo no tenía sombra como ellos. Le dije al médico llorando: ¿¡Qué he hecho en mi vida para merecer estar mutilado de sombra? ¿Acaso las sombras son como las colas de las lagartijas, que podemos perderlas y luego crecen de nuevo? Me entró un ataque de llanto que se desbordó dentro de mi cuerpo. El médico no tomó mis preguntas en serio. Al principio me dio las gracias por acudir a la revisión y admiró mi capacidad, como niño pequeño que era, de conocer la importancia de los exámenes psicológicos. Luego me recetó varias cápsulas, que me tragué después de cada comida. No me echó en el diván ni anotó mis respuestas ni mis libres asociaciones, como sucede en las películas. Solo recuerdo eso. Después de aquello volví a casa y allí me rendí ante mi padre, que me reprendió por llegar tarde.

A veces, mi sombra volvía a mí parcialmente, apareciendo tenue a altas horas del día. Empecé a aceptar mi situación y fingía haberla olvidado, aunque me sacaba de mis casillas ver las sombras de la gente fluctuar detrás de ellos como las trenzas de las niñas. Envidiaba a los jugadores de fútbol pues ellos disfrutaban de cuatro sombras que hacían lo que le gustaba con ellos en el campo verde.

Rememoré mi airado interrogatorio con el médico mientras miraba a lo lejos a los oficiales de los pasaportes y hacía pasar mis pupilas sobre las sombras de la gente, que yacían por sí solas sobre las baldosas de la sala del aeropuerto. Me imaginé a mí mismo recibiendo mi pasaporte sellado con la negativa del oficial y le preguntaba: ¿Está prohibido la entrada en EEUU a los hombres que no tienen sombra?

La cola vaciló tímidamente y se movió cuatro pasos hacia delante. Ahora podía oír los ruidos de los sellos del oficial sobre los pasaportes de la gente. Golpeteaban como martillos en mi cabeza. Me asustaban y me traían a la memoria muchas cosas que me habían sucedido en mi país. Algunos sellos me hacían sentir cómodo, pero otros golpeaban en una zona específica de mi cerebro que caía allá por la glándula del inmigrante, esa glándula que inventé en el avión de Doha a Heathrow, una glándula que se desarrolla en los sesos de los desertores, de los inmigrantes y de los que se van. Pica desde dentro. No es posible llegar a ella. No te es posible rascarla o arañarla con tus dedos porque habita en lo profundo de tu cabeza, concretamente en esa parte reservada a los recuerdos.

Volví al elefante que se encontraba en mi cabeza. Le puse zarcillos de oro y tatué su cuerpo con adornos árabes, hojas, ramas, creaciones hindúes, pequeñas flores azules y rojas sobre su copete. Coloreé sus extremidades con líneas moradas, adquiriendo un aspecto festivo, como si acabara de salir de la jaima del circo. Cuando dejé mi casa de alquiler en Basora hace dos días, el taxista me abrió el maletero del coche y me ayudó a levantar mis tres pesadas maletas. Cortésmente me dijo: ¿Estás seguro de que en esta maleta solo hay libros y ropa? Parece que escondes un elefante en su interior, supuso entre risas.

Las maletas pesaban de verdad, porque me llevé todo lo que necesitaba, como alguien que no fuera a regresar jamás. Volví la cabeza mientras me montaba en el coche, temeroso de que alguien me viera huir sin vuelta al infierno. Eran las tres de la madrugada y decidí salir disfrazado con el manto de aquella oscuridad y esperar en el aeropuerto cinco horas, dado que llegaría demasiado pronto.

En la puerta del aeropuerto internacional de Basora, bajé del coche y le abrí mis maletas al policía. Aún reinaba la oscuridad en el horizonte, por lo que no pude confirmar si mi sombra estaba conmigo.

Al amanecer salí a fumar un pitillo bajo la estatua de Sinbad, en la plaza trasera del aeropuerto de mi ciudad dormida sobre Shat Alarab, y habitada por las leyendas de las mil y una noches, las minas y los tesoros petrolíferos de Aladino. Había algo que me seguía mientras andaba. Lo sentí detrás de mí, saltando con su cabeza como una pértiga entre las ventanas y los arbustos de los pequeños sauces. No me preocupé por ella ni me detuve para girar y buscarla. Noté que mi sombra revoltosa venía detrás. Tal vez no se montara en el taxi conmigo, quizás se entretuvo en mi casa para despedirse de sus cosas, igual se extravió, como de costumbre, para luego tomar la autovía y pasar los controles del ejército montada en los techos de los camiones y autobuses de trabajadores de las empresas de petróleo.

  Puede ser, pero estaba seguro de que era ella. No quise que notara que estaba feliz porque estuviera conmigo. Era orgullosa, arrogante y oportunista. Fingía ser mayor, y expresaba soberbia y desdén por mi compañía. Lo importante es que al final había decidido emigrar conmigo a América. Yo no quería dejarla sola, sufriendo la amargura y las torturas aquí, aunque ella no estaba incluida como nosotros, nosotros los seres humanos, en las trampas, los asesinatos, la contaminación, la corrupción, las injusticias, las amenazas, las persecuciones de los extremistas, el hambre, la miseria, la ausencia de electricidad, de libertades y de motivos de felicidad. No aguardaría como yo cada una de las horas de la noche la mano de asesino que tocara a la puerta o la desencajara. Las sombras no son como nosotros en ese sentido. Mi reproche contra ella era que no se movía, estaba estática cuando me torturaron y me estamparon la cabeza contra las paredes. Sencillamente me observaba repetidamente mientras yo era torturado, mientras me escupían y me arrancaban el cuero cabelludo y machacaban mi tobillo con las ruedas del coche. Aquello fue dos años antes de que consiguiera el visado para entrar en América como profesor visitante de escritura de relatos.

Las sombras son afortunadas porque sus cerebros no se astillan después de la explosión ni se muestran sus partes pudendas cuando caen de bruces tras la detonación de un coche bomba. Las sombras están camufladas porque nadie verá los músculos de sus muslos asados mientras se queman, se funden y menguan. En los hospitales no hay neveras para conservar las sombras de identidad desconocida; las sombras en Iraq se pierden con el estado de ánimo de sus dueños, deciden dejarlos en algún momento, los traicionan, se desentienden y se alejan de ellos.

Una vez, cuando iba montado en el autobús, escuché una conversación fugaz entre dos personas. Uno le preguntaba al otro por un lugar llamado “El zoco de las sombras”. Me acerqué a ellos y me colé en su conversación casi imperceptible:

“Sigue mi consejo: prueba a vender tu sombra enferma y compra una usada”.

“¿Por qué? Mi sombra morirá pronto y el legado se convertirá en parte de mi destino”.

Desperté de los recuerdos aquellos dándome cuenta de que entre el oficial de pasaportes y yo había solo dos hombres. Podía divisar perfectamente los rasgos del primero, el anciano que entregaba su documentación al oficial. Ocurrió deprisa. El oficial abrió el pasaporte por la primera página, le estampó un sello en algún lugar y se lo devolvió a su dueño, quien dio un paso atrás. El oficial le ordenó que se alejara para que dejara sitio al segundo hombre. El anciano moreno y alto obedeció y desapareció entre el alboroto de las colas.

Se fue el hombre y dejó su rostro apagado, prohibido, aplastándose contra las paredes.

Entre el oficial y yo quedaba ahora un hombre con una sola pierna. Ocupó su puesto de un saltito y se plantó delante del oficial. Le entregó sus papeles y su pasaporte y se apoyó con el hombro sobre el cristal de separación. El oficial le preguntó si llevaba comida en el equipaje y el hombre contestó que tenía unas semillas que la gente usaba en su país para cocinar. Su acento revelaba que era del este asiático y su desconcierto indicaba que escondía una manada de elefantes en el bolsillo.

Tak, tak, tak, se estamparon los sellos del oficial sobre su pasaporte cual misil fugaz sobre los tejados de hormigón. Vi entonces la sombra del hombre quebrándose contra la pared mientras él recogía algunos y juntaba los pedazos de su alma, desgarrada por el misil. Se movió. Hablaba consigo mismo antes de detenerse y rendirse a un ataque frenético de llanto. Sus gemidos se perdieron entre el jaleo de los que llegaban, sus estornudos, sus toses y sus risas.

Entre el oficial y yo quedaba ahora una vasta superficie vacía. Debía avanzar y abrir mi pecho al misil.

Giré a derecha e izquierda. Busqué mi sombra agitada. La llamé, ¿dónde estás? Ven, estamos delante de la puerta de la salvación. Esta es nuestra oportunidad de huir del infierno. Ven. Te compraré comida especial para las sombras. Te acariciaré, pero no me abandones. No puedes quedarte retenida en el aeropuerto como un genio.

—Adelante, señor —me gritó el oficial.

Afuera había una nube que puso en penumbra parte de la sala e impidió que luciera el sol. Una mano por detrás me empujó hacia la pecera del oficial. Volví la cabeza para disculparme por la lentitud que se había apoderado de mí, y un pronto magistral de educación se posó en mi persona; en realidad, yo era el campeón de Asia en las disculpas. Me disculpaba sin razón y perdonaba sin motivo. Me contuve y giré la cabeza. Me asunté en cuanto lo vi.

Me sobrevino un temblor antes de poder llegar a decir “lo siento”. El oficial delante de mí gritaba: adelante, adelante, pero la sangre fría paralizó mis movimientos por lo terrorífico de la horripilante escena. ¡Era el elefante empujándome por detrás con su trompa! Pero yo no lo había dibujado con semejante volumen. Era mucho más gigantesco que su copia almacenada en mi imaginación.

Me controlé y dispuse mi ponderación, rindiéndome a la energía positiva que tenía su inocente rostro, a la que hice penetrar en lo más profundo de mí. No moví la pierna ni avancé hasta que sentí que estaba cargado de esperanza y optimismo.

Volví a mi posición, me preparé y decidí dar un paso para presentarme delante del oficial. Me parece que giré una vez más hacia el elefante para recuperar la realidad del mundo que me rodeaba. Me volví de nuevo, de forma momentánea, para espantar al fantasma del elefante detrás de mí.

Pero ahí seguía él, insistiendo en empujarme y destruir la realidad uniforme del mundo circundante.

El oficial abrió mi pasaporte y lo hojeó página a página. Pasó las que estaban vacías y las examinó cuidadosamente junto a otras, mientras me hacía un barrido visual de arriba abajo. Este era el primer pasaporte que yo tenía en mi vida y estaba completamente vacío, a excepción del visado que imprimió en él la embajada americana en Bagdad, un día de calor sofocante y tras unas medidas rutinarias mortales para el cuerpo: espera, sudores, empujones, cacheo y hocicos húmedos de perros olisqueando mis miembros.

¿Debía darme la vuelta para examinar la cara del elefante? No, el oficial no me había dejado tiempo para eso: levantó su mano blanca contaminada de rojo y la dejó caer sobre mi documento. Busqué el ruido que debía emitir como resultado natural, como complemento al guion dramático emocionante del instante que me impedía cruzar la puerta de América, pero el sonido fue imperceptible, ni retumbante ni fuerte.

Fue un misil con silenciador del ruido, de la imagen y del tiempo.

El elefante se escondió detrás de mí y ya no fui capaz de imaginarlo. No había nada que me ayudara a superar aquel instante, salvo los brazos del guardia que me devolvían a la sala de llegadas y me conducían por donde vine. Le dije: “Un momento, por favor, he olvidado mi elefante allí”.

No comprendieron lo que dije y me encontré separado por una pared larga de cristal de Chicago y de la costa de los que llegaban a la tierra de la seguridad.

De lejos, vislumbré mi sombra haciéndome señales desde detrás del cristal. Me saludaba con la mano. Había superado el obstáculo del oficial de pasaportes y cruzó hacia Chicago. Las sombras no tienen boca ni dientes ni voz por las que poder saber si se ríen o sonríen, pero la mía me despidió calurosamente y desapareció. Vi su talle pavoneándose de alegría, apoyándose en el volumen de los que llegaban a “La Ciudad de los Vientos”.

Mi sombra ahora vive en el extranjero. 

Murtada Gzar nació en Kuwait en 1982. Es novelista, cineasta y dibujante. Sus películas de animación han participado en numerosos festivales internaciones y sus trabajos han formado parte del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. Actualmente reside en la ciudad de Seattle done imparte “La escritura cinematográfica” en Hugo House. Entre sus publicaciones se destacan: La escoba del paraíso (2008), El señor más pequeño más grande (2013), Mi hermosa comunidad (2016), y Mientras ella también (2017).

domingo, 7 de junio de 2026

LOS DIABLOS DE LA ZISA

Emanuele Manco

 

Bastaron unos cuantos puñetazos bien dados para hacer hablar al hombre gordo, atado desnudo a una silla.

—Zisa...

El que estaba atado junto a él no había pronunciado palabra. Era mayor, de físico enjuto y nudoso, con el rostro amoratado por los golpes.

En una ciudad de mar había una vez un Castillo. La ciudad se llamaba Panormo, que quería decir «todo puerto», y, a pesar del mar, en verano hacía mucho calor. El Rey quiso que el castillo donde residía durante el verano fuera hermoso y suntuoso, pero también fresco. Las habitaciones estaban llenas de ventanas que dejaban pasar el aire; el jardín que lo rodeaba estaba lleno de fuentes por las que corría cristalina el agua de los numerosos ríos de la ciudad. Y el jardín estaba lleno de plantas y flores perfumadas.

La residencia recibió un antiguo nombre: «Al-Aziza», que en árabe significa «la perfumada».

Ahora todos la llaman la Zisa.

 

25 de agosto de 1982

El automóvil, procedente de la Piazza Principe di Camporeale, había recorrido la Via Guglielmo il Buono. El conductor lo estacionó frente a la entrada de una obra en construcción. Un cercado de chapa ondulada ocultaba a la vista lo que alguna vez habían sido los jardines del Castillo de la Zisa. Un cartel indicaba que allí se estaban llevando a cabo trabajos de restauración. Contenía la información habitual sobre la empresa contratista, el jefe de obra y la fecha prevista de finalización de los trabajos. La obra estaba desierta; por otra parte, también la ciudad estaba semi desierta aquella tarde.

Los dos hombres avanzaron hacia el Castillo, pasando junto a amplios canteros y fuentes. Hacía muchos años que el agua no corría por aquellas fuentes. Los canteros estaban secos y llenos de maleza.

Uno de los dos observó los canteros y pensó que bastarían agua y un poco de trabajo para recuperar el jardín. Podrían crecer flores, pero también algunas hortalizas y una higuera. Pronto llegaría la época de los higos.

Siglos antes, habían sido los normandos quienes disfrutaban de aquel jardín. Fue Guillermo I, llamado «el Malo», quien inició su construcción, que luego completó su hijo Guillermo II, «el Bueno».

Apenas entraron en el vestíbulo del Castillo, una oleada de frescura los envolvió. Los gruesos muros aislaban del calor abrasador, mientras que las numerosas ventanas favorecían la circulación del aire dentro del palacio. En el interior encontraron sacos de cemento, una hormigonera y materiales de desecho. También había algunos andamios montados. La obra estaba desierta. No era un día laborable, y no solo porque fuera una tarde de agosto, aunque fuese miércoles.

La obra estaba detenida. Hacía meses que los obreros no entraban allí. Como siempre, nunca estaba claro por qué ciertas obras cerraban o eran suspendidas de repente. Pero aquello no les interesaba.

Se separaron sin decir una palabra. Exploraron en silencio las habitaciones de la planta baja.

En una sala, Tano vio lo que alguna vez debía de haber sido una fuente. También estaba seca, como todas las demás. Había además materiales de obra y herramientas dejadas al azar. Debajo de un montón de tubos de andamio divisó un bolso rojo.

Llamó a su compañero, que llegó casi de inmediato.

—¿Lo abrimos?

—Claro que sí.

—¡Aquí están los dólares, mira!

Muchos dólares, pero ninguno de los dos se alteró. Habían visto dólares antes. Habían contado montones de ellos.

—Voy a llamar por teléfono. Espera aquí.

El más bajo de los dos salió de la obra. Cruzó nuevamente el jardín abandonado y llegó a la cabina telefónica más cercana.

—Aquí están.

El hombre al otro lado de la línea no dijo una palabra. La habitación donde se encontraba estaba a oscuras. Colgó el teléfono y simplemente levantó una mano.

Ante aquella señal, los dos hombres atados a las sillas fueron degollados.

 

Tano regresó junto a Raffaele.

—¿Qué te dijeron?

—Nada. Ahora los cuento.

Mientras el hombre contaba el dinero, las figuras de un fresco pintado en el intradós del arco de entrada a la sala parecían moverse.

Tano percibió algo; era un muchacho despierto, acostumbrado a escapar y huir con rapidez. Pero no vio a nadie y, en realidad, tampoco oyó ningún ruido.

Levantó la vista. Los diablos pintados permanecieron indiferentes.

Tano volvió a concentrarse en el dinero. Tenía bastante trabajo.

—Novecientos siete mil cuatrocientos cincuenta y siete dólares...

—Tano, ¿estás seguro?

—Sí, Raffaè. ¡Los conté!

—Bien. Para estar seguro los contaré yo también.

Raffaele no estaba menos acostumbrado que Tano a contar fajos de dinero. Dólares o liras, daba igual.

Otro diablo de la pintura pareció agitarse.

Raffaele también miró hacia la bóveda. Las figuras pintadas estaban inmóviles. Algunas eran más pequeñas que otras. Parecían bailar. Era difícil contarlas. ¿Trece? ¿Catorce? Tras un parpadeo le pareció que uno de los diablos había desaparecido. No, estaba allí detrás. ¡Pero qué demonios...! Mejor volver a contar el dinero.

—¿Terminaste? No me gusta estar aquí. Qué lugar tan extraño.

—Tano, cálmate, que termino de contar el dinero.

—Novecientos noventa mil doscientos ochenta y dos dólares. Te equivocaste.

—¿Qué dices, Raffaè? ¿Estás seguro? ¡Presté atención!

—¡Te digo que te equivocaste!

Tano y Raffaele cruzaron las miradas.

Fue Raffaele quien rompió el incómodo silencio.

—Cuéntalos de nuevo si no confías.

—Contémoslos los dos. Será mejor.

Y lentamente comenzaron a contar el dinero, sacando los fajos del bolso y apilándolos a un lado.

Una ráfaga de viento los distrajo. Tano atrapó al vuelo algunos billetes sin banda antes de que salieran volando.

—Qué corriente de aire tan desagradable. Raffaè, contémoslos en otro sitio.

La corriente cerró la puerta frente a ellos.

Desde la habitación contigua llegó un fuerte ruido de chapas metálicas.

—¡Pero qué demonios...!

Raffaele se puso de pie, interrumpiendo el conteo.

Apoyó la mano en la puerta: ofrecía resistencia al abrirse.

—¿Qué hiciste, Tano?

—¿Yo? ¡Fue el viento! ¡Vamos, ábrela!

—Apurémonos. ¡Terminemos de contar primero!

Raffaele sacó la pistola y apuntó hacia Tano.

—Exagerado. Tranquilo. Sigamos contando.

Reanudaron la operación. Con más rapidez.

—Novecientos ochenta mil trescientos cincuenta y siete dólares.

—¡Qué fastidio! ¿Sabes qué te digo, Raffaè? Llevemos el dinero al jefe y que él se encargue.

—Eres tú quien quiere engañarme, Tano.

Sacaron las pistolas al mismo tiempo, pero no dispararon.

—¡Raffaè, qué demonios haces! ¡Yo no tomé el dinero, créeme!

—¡Muéstrame los bolsillos, desgraciado!

—Raffaè, cálmate. Te estás equivocando.

—No, eres tú quien se equivoca. ¡Quieres quedarte con los dólares del jefe!

—¿Pero qué estás diciendo...?

—Muéstrame los bolsillos.

—¡Desgraciado tú y toda tu familia! ¡No te mostraré nada!

Ninguno de los dos vaciló. Ninguno apartó la mirada del otro.

Una ráfaga de viento sacudió la puerta. Algunos billetes salieron volando.

Los dos permanecieron inmóviles, observándose.

No pudieron evitar mirar por encima de ellos. Los diablos parecían haberse desplazado. Volvieron a mirarse. Miraron otra vez hacia arriba. No, no podía ser. Los diablos no se estaban moviendo; eran tonterías.

—¡Raffaè, vamos! ¡Yo no tomé el dinero! ¿Viste los diablos de ahí arriba?

—¿Qué pasa? ¿Fueron ellos los que robaron el dinero? ¡No digas tonterías, Tano!

Se movió apenas, y ese fue su error.

 

El fiscal observó sucesivamente al comisario y al médico forense, asintiendo.

—Esperaremos los resultados de las autopsias y de los peritajes balísticos para una confirmación adicional, pero la dinámica está clara. Estos dos se mataron mutuamente por el dinero.

Los tres no dijeron nada más. El joven agente de custodia, siguiendo al magistrado, levantó la vista hacia el techo.

Por un instante le pareció que uno de los diablos pintados en la bóveda le guiñaba un ojo. Parpadeó. ¿Pero qué...?

El diablo estaba inmóvil.

Como debe estarlo una pintura.

 

El Castillo fue construido en tiempos de los paganos, y allí se guardaban los tesoros del Rey. En la entrada de la Zisa hay pintados unos diablos. Quien vaya a observarlos el día de la fiesta de la Anunciación (25 de marzo) verá que mueven la cola, tuercen la boca y nunca se los termina de contar. Algunos dicen que son trece, otros quince, otros más.

Son diablos y, precisamente por eso, nunca se dejan contar. Tampoco se sabe cuántas son las monedas, y nadie ha conseguido jamás apoderarse de ellas. Pero quizá algún día alguien logre romper el encantamiento y entonces terminará toda la miseria de Palermo.

Por eso, cuando algo no puede saberse con exactitud, se dice:

—¿Y qué son los diablos de la Zisa?

Emanuele Manco nació en Palermo, Sicilia, Italia, el 10 de mayo de 1968. Es periodista y escritor aunque se licenció en matemáticas, lo que permite compaginar el trabajo como consultor informático con sus otras pasiones. Dirige la revista online Fantasy Magazine y colabora con otras revistas publicadas por la asociación cultural Delos Books, como Fantascienza.com, Robot, Delos Science Fiction y ThrillerMagazine, así como con NeXT station , Carmilla y Tom's Hardware Italia. Para Delos Digital edita las series Odissea Digital Fantasy y Urban Fantasy Heroes. Entre sus obras publicadas deben mencionarse Los demonios de Pandora (2014), Diez consejos para escribir ciencia ficción (2019), Matemáticas para nerds, Cien autores (2020) y El enemigo (2021). Actualmente reside en Milán.

 

DE PASO