jueves, 9 de abril de 2026

HISTORIA DE SAN EUNOPIO

Alejandro Bovino Maciel

 

Había nacido en Damasco por el año 67 D.C. La vida comercial que le imponía su padre lo disgustó. Alto, delgado, pero de firme musculatura, tan ágil que al menor roce la piel se le moldeaba con los músculos siempre tensos, Eunopio tenía los ojos tan mansos que en el fondo necesitaba ocultar el brillo de dos tizones. Alejándose de su familia con los bienes que había conseguido resguardar, Eunopio le dio a la juventud lo que la juventud pedía: se entregó de lleno a los placeres de la vida junto a un grupo de amigos. Recorrían los burdeles en rondas de jaranas y vino. Se advino a una meretriz alejandrina que tenía tatuado a fuego un ancla en el muslo izquierdo. Ignoraba por qué, pero ese dibujo azuzaba los ardores del sexo hasta el éxtasis. En una noche de pasión, la luna, que había entrado a raudales por la ventana, repentinamente pareció cegarse tras un velo turbio. La muchacha le reveló en el entresueño que esa vida no era para él, que tenía una vida prestada. Y se durmió sin aclarar nada más. Eunopio salió del lupanar al amanecer y en el camino a la posada donde se alojaba halló a un monje del desierto mendigando en un tocón de la calle, con la escudilla de barro tendida a la piedad humana en la mano izquierda. Hurgó en su zurrón en busca de una moneda, pero el monje rehusó. Dijo, mirando a la nada, porque estaba ciego, que solamente necesitaba comida, que las monedas son del César, no de un cristiano. Eunopio algo contrariado compró pan y otras vituallas y se las trajo hasta el tocón. El monje ciego preguntó en qué dirección quedaba la Puerta de los Álamos para volver a su ermita. Eunopio lo tomó del brazo para guiarlo hacia la salida de la ciudad.

—Me llamo Jeremías, como el profeta, pero mis ojos ni siquiera ven el presente, mucho menos podrían ver el futuro como lo hacía aquel santo varón.

—Creo —dijo Eunopio—, que lo más importante es poder ver el pasado, que alberga la memoria de cada uno.

—Una memoria de infamias, crímenes, mentiras y odios —replicó el monje—, eso es el pasado. Prefiero seguir ciego antes que ver una hora del ayer, todo es aciago en el pasado.

—En el pasado, Cristo nos redimió —se le ocurrió decir a Eunopio.

—Con dolor, flagelaciones, martirio y muerte, ¿le parece algo digno de ser recordado? —respondió el ermitaño.

Al traspasar la Puerta de los Álamos y llegado a los arrabales que ya sitiaba el desierto feroz, Eunopio quiso despedirse, intentando desprenderse del brazo del anciano, pero le fue imposible desasirse.

—Aquí lo dejo, Jeremías. El camino va directo al desierto.

—Veo que le teme al desierto —dijo el monje. Un ave oscura que rozaba el cielo graznó con un tono grave y mórbido. En la arena siseaba una serpiente gris que huyó a ocultarse tras unas piedras— El desierto es toda nuestra esperanza —continuó diciendo el monje—; únicamente la soledad y el aislamiento puede enseñarnos todo lo que nos necesitamos los unos a los otros, y toda la justicia que Dios debió proveérnosla, pero se abstuvo. Únicamente la soledad podrá devolvernos ese escamoteo.

—No entiendo de qué manera la soledad puede mostrarnos eso —objetó Eunopio, un poco perplejo. Pensaba que Jeremías era un zafio, un vagabundo que, privado de la vista, se refugió en el desierto para evitar las necesidades de una ciudad. Pero algo lo alertó. Aquella no era la conversación de un vagabundo.

—Nos enseña a necesitarnos.

—¿Cómo? —repuso Eunopio que se había distraído con sus especulaciones.

—El desierto nos enseña a convivir sin hacernos daño. Valoramos cada gota de agua, cada miga de pan, cada ayuda de nuestros hermanos cuando estamos enfermos o doloridos, el desierto es un atroz maestro porque enseña con sufrimiento. Y ya sabemos que todo sufrimiento es vano. No hay soberbia mayor que la de aquel que se queja de su infortunio. El dolor es algo que está, que no podemos evitar, pero buscarlo voluntariamente es un acto de arrogancia que ya lleva su propio castigo a cuestas.

—Profesa usted —dijo delicadamente el joven— una fe muy particular.

—No profeso ninguna —declaró el monje.

—Pensé que era un fraile.

—Siempre pensamos de los demás lo que amamos o nos atormenta. Usted debería ser un monje, creo que esa idea lo atrae.

—No, Jeremías, en eso está muy equivocado. Soy un hedonista que ama los placeres. Vengo de una noche en una mancebía, con una ramera que tiene dibujada un ancla en el muslo.

—Ese es el camino más directo para llegar a Dios —repuso Jeremías—. Créame que, si bien soy ciego, puedo reconocer en los demás sus necesidades. El ancla es el símbolo de la salvación divina. Dios es el ancla que nos salva de las tempestades.

—Acaba de decirme que no tiene fe —repuso el joven, cada vez más desconcertado.

En el cielo aves oscuras volaban en grandes círculos. En la arena, entre piedras, el siseo de las víboras no se extinguía, era como una llama que se avivaba con el soplo del viento.

—Dije que no profeso ninguna fe. Dios es un enigma y toda fe quiere revelarnos ese enigma. Descreo de todas las doctrinas, pero no de Dios. Y usted lo necesita.

—Me parece —dijo Eunopio— que ya debería regresar a la ciudad; entretenidos en este diálogo el bullicio ya no se escucha.

—¿Diálogo? ¿Con quién hablaba usted? -Eunopio escuchó la pregunta, pero el sol rutilante había cegado todo. ¿O sería efecto del vino? Buscó el brazo de Jeremías y no halló ni rastros del ciego, ni sus ropas astrosas. Jeremías había desaparecido, la mano que lo asía del brazo delgado estaba aferrada al vacío. Eunopio buscó una piedra a la vera del camino para sentarse. Estaba muy confundido. El duro sol del desierto es proclive a los espejismos, recordó, pero, sin embargo, sentía la firmeza de haber mantenido una conversación con el monje mendicante que le pidió comida en la Puerta de los Álamos, con su arco de piedra donde figuraba un emblema antiguo. Todo eso era real. Había que regresar a la ciudad y dormir, y todo acabaría siendo una resaca. Volvió a calzarse las sandalias, se puso de pie y vio en una losa del camino un ancla grabada. Nítida. La flecha de la cruz, entre las dos uñas señalaba una dirección a la derecha del camino. Eunopio cedió a su curiosidad. Caminó un breve trecho y escuchó salmodias en viejas lenguas olvidadas. Al llegar al sitio vio el cenobio hecho de cuevas donde monjes solitarios rezaban en sus nichos, vueltos hacia paredes de basalto. Se detuvo ante un anciano. Preguntó por Jeremías.

—El profeta murió hace siglos, y dejó su lugar para quien viniera a preguntar por él. Aquel —señaló una boca de cueva— era su sitio. —Y volvió a sumirse en sus meditaciones.

De ese modo retorcido, Eunopio alcanzó la santidad al morir casi centenario. Dejó algunos escritos. Discípulos que fue cultivando con los años los guardaron y transcribieron. Esos escritos están más vivos que el desierto. Y son un ancla para quien busca saber por qué los seres humanos necesitamos dioses.

Alejandro Bovino Maciel nació en Corrientes, Argentina el siglo pasado. Es médico psiquiatra (UBA) y escritor de teatro, narrativa, ensayos y obras infantiles. Se formó en Paraguay con Augusto Roa Bastos a quien acompañó hasta su fallecimiento en 2005.

GREGORIO SAMSA EN CARTAGENA

Eduardo García Aguilar

 

Gregorio Samsa supo a tiempo por varios indicios que su amigo Franz Kafka quería convertirlo en un inmundo insecto y antes del alba escapó de su casa modesta sin que se enteraran su padre, su madre y sus hermanas y se dirigió corriendo a la estación de trenes de Praga por las calles mojadas, donde saltó sin comprar boleto hacia un tren que estaba a punto de partir a Berlín. En Berlín Gregorio Samsa se sintió a salvo, lejos de su tierra natal, el castillo omnipresente, el codicioso jefe de la empresa de hilos, los capataces y la mirada inquisidora de vecinos y familiares, en especial la de su padre autoritario, un hombre alto y de gran vozarrón que se escuchaba día a día en la modesta vivienda donde residían. Allá estaba obligado a trabajar para saldar las deudas de su padre y ayudar a la familia en un empleo aburrido y rutinario que lo llevaba con frecuencia a viajar a ciudades de provincia y entrar en contacto con todo tipo de clientes pesados, cascarrabias y avaros. Presionado por traer buenos resultados y pedidos, vivía angustiado y se comía las uñas teniendo un peso metálico en su palpitante corazón. Berlín, la cosmopolita le encantó y se instaló en una pensión barata no muy lejos de la Avenida Unter den Linden, en una cuadra con deliciosos restaurantes para trabajadores donde comía, entre el bullicio y la humareda de los cigarrillos, platos de lentejas, papas y rodajas de cerdo en salsa acompañados por vino barato y generoso. Nunca había sido tan feliz y la timidez fue desapareciendo poco a poco, su rostro antes tenso y el rictus de amargura cotidiano dieron paso a una expresión serena y convival, como si la vejez artificial y prematura de Praga hubiera desaparecido para revelar de repente al verdadero joven que era en realidad. Su corazón palpitaba de alegría después de tomar ese vino, cuyas copas sonaban al chocarse en los brindis de rozagantes comensales, camareras risueñas y muchas empleadas modestas que llegaban allí con sus novios o amigas para compartir después del trabajo largas horas de fiesta. No tardó en trabar amistad con algunas de esas muchachas robustas y cómicas que lo llamaban Greg y lo invitaban a caminar por los bulevares cuando el tiempo era benévolo, o a pasear junto a ríos y lagos viendo a lo lejos la danza de los cisnes y el jugueteo de parejas de patos sobre la superficie oscura del agua profunda y helada. Él, quien antes pasaba su vida encerrado en las oficinas de la fábrica de hilos al lado de contadores o en las pensiones donde pernoctaba cuando viajaba a pueblos perdidos de comarcas lejanas, o en la aburrida casa familiar, atormentado por miedos y pesadillas, descubrió el olor del bosque, el aroma de musgos y troncos forestales donde crecían hongos enormes, carnosos y coloridos y sobre todo el perfume de las mujeres berlinesas del pueblo que le coqueteaban y lo perseguían corriendo por los senderos de los parques. Gregorio Samsa no podía creerlo y unos meses después, cuando gracias a su experiencia encontró empleo en una empresa distribuidora de hilos y máquinas de coser que administraba uno de los jocosos comensales de las tabernas de la calle donde vivía, se le podía ver elegante con sombrero de copa, paraguas, corbatín y traje del brazo de Herta, una de aquellas jóvenes que logró al fin seducirlo después de muchos paseos por las orillas del lago central. Un día su jefe lo condujo a la oficina del director general, que estaba acompañado esa mañana por un rico empresario latinoamericano, nativo de Colombia, quien desde hacía meses estaba en Alemania haciendo gestiones para comprar y llevar a su país las máquinas de coser que distribuían allí, así como pedidos enormes de telas, agujas, dedales e hilos y otras mercaderías que viajarían al terminar su viaje de negocios en un enorme barco que salía de Hamburgo y que estaban destinadas a surtir una nueva tienda distribuidora en la capital del lejano país y una sucursal bodega en Cartagena de Indias, encargada de recibir los envíos tras cruzar el Atlántico. El rico colombiano había llegado a un acuerdo con el director para ser el distribuidor exclusivo y representante de esos productos en ese país. El director le propuso a Gregorio Samsa ser el enviado de la empresa con la misión de gerenciar la bodega receptora en el viejo puerto colombiano, a donde llegaban los barcos después del largo viaje. Tras aceptar la propuesta no durmió durante varios días de la preocupación por lanzarse a un mundo desconocido, pero su amante, la rolliza y simpática Herta, lo animaba y lo hacía conciliar el sueño después de horas de caricias y amores interminables. Gregorio y Herta viajaron en verano en un enorme transatlántico de la American Linie supervisando la llegada a buen puerto del enorme cargamento de mercancías y meses después ya estaban instalados en Cartagena de Indias en una casa colonial llena de flores, papagayos y loros reales, donde un año después nacieron sus primeras gemelas en medio de las atenciones del servicio doméstico. La familia creció con los años y se convirtió en una de las más distinguidas del puerto. La nueva sociedad, en la que Gregorio terminó por poseer la mitad de las participaciones, creció sin límites y creó sucursales en muchas ciudades del interior. Dominó pronto y con facilidad la nueva lengua e inclusive llegó a hablar con acento costeño, a bailar en las recepciones como ninguno y a ser uno de los hombres más joviales y generosos de su tiempo. Nadie en Praga y menos su familia podía imaginar la extraordinaria metamorfosis de Gregorio Samsa, el hijo desaparecido que nunca dio noticias de su destino. Por su parte, su amigo el escritor Franz Kafka, frustrado en su intento de convertirlo en un horrendo insecto, renunció a la vida literaria y murió años después deprimido, pobre, tuberculoso, sifilítico y alcohólico, sumido en el más absoluto anonimato.

Eduardo García Aguilar (Manizales, 1953) es novelista, poeta y periodista colombiano, radicado actualmente en París. Durante más de quince años vivió en México, como corresponsal de una agencia internacional de noticias. Ha publicado las novelas Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987) y El viaje triunfal (1993), la colección de relatos Urbes luminosas (1991), los libros de poemas Llanto de la espada (1992) y Animal sin tiempo (2006), así como Celebraciones y otros fantasmas: Una biografía intelectual de Álvaro Mutis (1993), Delirio de San Cristóbal. Manifiesto para una generación desencantada (1998), Voltaire, el festín de la inteligencia (2005) y París Exprés (2016). Libros suyos han sido traducidos al inglés, francés y bengalí.

PANTA REI

Lazar Vuković

 

PRÓLOGO

Otra noche lúgubre en el Vegas Bar. Un transeúnte despistado podría pensar que se trata de un lugar respetable por las luces brillantes, el alegre camarero preparando cócteles y el letrero sobre la entrada. Al cruzar la puerta, entraría en un mundo completamente distinto, un mundo donde viven parásitos a quienes la fortuna les ha dado la espalda.

El olor a humo de tabaco y el sabor a whisky de mala calidad conforman una combinación perfecta para mi estado de agotamiento. Cansado de esta ronda, me sirvo otra copa y brindo por el camarero indiferente que nos mira con desprecio cada noche. Sonreí irónicamente al reflejo del prometedor poeta que me observaba desde el espejo del bar, mientras de fondo sonaba Candy Daffler y la canción "Lilly Was Here".

En la penumbra del bar, logré distinguir dos figuras más junto a nosotros: una chica con rostro demacrado, vestida de rojo, que bebía su vermut, y un anciano en un rincón. Saco mi copa y miro a la chica.

Veo que es una persona perdida, igual que yo. Baja la mirada hacia la copa de vermut y pasa su larga uña oscura por el borde. Me recordó a un hombre mirando al abismo. Quiero acercarme, pero he perdido mi elocuencia. Me he convertido en una pálida sombra del antiguo galán que podía tener a cualquier chica. Mis canciones han recibido buenas críticas y siempre he sido bienvenido. También la tenía a ella, mi estrella guía, que me amaba tal como soy. Por ella, me prometí calmarme y atesorar la felicidad que tenía, pero fui insaciable y al final lo perdí todo. Me quedé solo, como una rosa pisoteada bajo la lluvia, robando los días de Dios, privado de mi antiguo encanto y potencia. Mi única compañía era la botella y los recuerdos de un pasado que se habían ido irrevocablemente. Si no hubiera sido por mi único amigo, para cuya revista escribía ocasionales reseñas literarias, me habría hundido en las aguas turbias del mar hace mucho tiempo.

Me devuelve la mirada con sus ojos tristes. Es una señal de que debo hacer algo. Levántate y acércate, me digo. No, ese era yo antes. Ese hombre ya no existe. Se fue.

Pago la bebida y voy a mi cuchitril bajo una cortina de lluvia. De camino pensé en la chica del bar. No, no lograría nada. El antiguo yo está muerto, soy un cadáver andante.

Me meto en la ducha y me lavo la suciedad. Pienso en la única manera de acabar con este ciclo: el suicidio. Pero tampoco soy capaz de eso. En vez de eso, me arrastro hasta la incómoda cama y me hundo en la nada. Si pudiera volver a empezar. Un mantra que repito una y otra vez cada noche antes de quedarme dormido.

 

I

Un momento, ¿no estoy en mi cama? ¿Cómo es que me encuentro de nuevo en un ambiente tan familiar y sofocante? Todos están ahí: el camarero, el viejo y la chica. Y un vaso de whisky recién servido. Además de Candy Duffler y “Lilly Was Here”.

—Disculpe —le pregunto al camarero—. ¿Qué hora es?

—Las once menos cuarto.

—De acuerdo, ¿qué día es hoy?

—¿Qué te pasa? Ya estás borracho. —Me mira de reojo.

—He perdido la noción del tiempo.

—Ya veo, por eso esta es tu última copa de la noche.

—Oye, estoy bien, solo dime qué día es.

—Si te interesa, hoy es sábado —dice con tono irónico.

—Gracias.

Miro la mesa donde estaba sentada la chica y me quedo sin palabras. Mientras discutía, ella ya se había ido. Salí corriendo para buscarla. Me cubro la cabeza con el abrigo y camino mirando las calles de los alrededores. La he perdido de vista. Nada. Regreso a mi vida vacía.

 

II

¿Otra vez? ¿Es posible? Estoy sobreviviendo al Día de la Marmota. Analizando la situación, entiendo lo que debo hacer.

—¿Quién es esa? —le pregunto al camarero señalando a la chica.

—No sé. Es la primera vez que la veo aquí.

—Llévale otro Martini. Invito yo —le doy una palmada en el hombro.

Empiezo a ejecutar mi plan cuando le lleva la bebida. Imito mi antiguo encanto y me acerco. Me mira de reojo.

—Disculpa la molestia, pero me resulta extraño que una chica tan hermosa esté sentada sola.

—¿Qué quieres? —pregunta con nerviosismo.

"Estaba sentado ahí y, como estabas solo, pensé que querías compañía."

—¡Te equivocaste por completo si pensabas acostarte conmigo! —Me arroja el Martini a la cara y sale corriendo.

—Amigo —dice el barman más para sí mismo—, creo que acabas de recibir un doble rechazo.

Salgo corriendo y la veo caminar por la vereda. La llamo mientras la persigo, pero acelera el paso y cruza la calle corriendo. Se oye un chirrido y un golpe. Un coche la lanza por los aires; gira varias veces dejando rastros de sangre sobre el asfalto mojado.

Siento raíces invisibles enredarse en mis pies. Observo en silencio la escena mientras el conductor y la gente intentan ayudarla. Alguien me grita que llame a emergencias. Caigo de rodillas y me invade la desesperación.

 

III

Me acerco a ella con gracia, meciéndome al ritmo de la música.

—Disculpe si molesto, pensé que la dama estaría de humor para bailar.

Me mira con la misma expresión. El sudor me corre por la espalda mientras espero su respuesta.

—No sé a qué debo el honor —esboza una leve sonrisa.

—Sabe, me encanta bailar, y como esta canción está hecha para eso, y además no veo a nadie más adecuado como pareja… ¿acepta?

Tomo su mano delgada. Aspiro el aroma de orquídeas que despierta en mí una sensación olvidada. Regresa la vitalidad que creía perdida.

—Qué descortés de mi parte no presentarme. Me llamo…

—Por favor, ¿podemos evitar los nombres?

—De acuerdo.

Guío suavemente el baile, deseando que nunca termine. Empieza a irradiar energía, transfiriéndola al despojo en el que me he convertido. Como un arlequín, me quito la expresión triste y dejo entrar un rayo de luz en mi debilitada confianza.

—Sabes —le susurro—, este lugar me aburre un poco. ¿Quieres que vayamos a otro sitio?

Me mira insegura y asiente.

Salimos a la calle y le doy mi abrigo. No me importa la lluvia fina que me pega el cabello a la frente. Soy como Bill Murray en El Día de la Marmota, transformándome de egocéntrico en conquistador.

—¿Tienes algún lugar en mente? No me gustaría que te mojes por mi culpa —dice, alzando la voz por encima del ruido de los coches.

—Vivo cerca. Podemos pasar por mi casa para que me cambie y luego vemos adónde ir.

Acepta. Abrazados, como adolescentes, cruzamos la calle. No se me escapa el Audi gris que la atropelló la vez anterior. He salvado a mi Sin Nombre, por ahora.

Subimos al último piso del edificio deteriorado donde vivo. La conduzco por una escalera de caracol mientras las luces parpadean como en una película de terror. Abro la puerta de mi pequeño apartamento y la hago pasar primero, con la mayo galantería de la que soy capaz.

—Perdona el desorden. No esperaba visitas. —Reímos juntos.

—No te preocupes. He tenido parejas que no eran precisamente limpias.

Me quito la camiseta, me pongo una bata y me seco el cabello con una toalla.

—¿Quieres beber algo? Me gustaría secarme antes de salir.

Me mira con sus ojos grises. Levanta ligeramente el labio, bajo el cual hay un pequeño lunar.

—Puede ser.

—Tengo un excelente vino tinto que reservo para ocasiones como esta.

Sirvo dos copas. Brindamos.

—¿A qué te dedicas? —se recuesta en el sillón haciendo girar la copa.

—Antes era poeta. Ahora escribo reseñas para una revista. ¿Y tú?

—Trabajo como consultora. Debo admitir que nunca había conocido a un poeta.

—Esta noche sí —me inclino—. Aunque hace tiempo que no escribo. No tengo inspiración.

—Encuéntrala otra vez —dice con una sonrisa tímida—. ¿Has publicado algún libro?

—No. Mis poemas se publicaban en concursos y los leía en veladas literarias.

—¿Puedo leer alguno?

—Claro.

Enciendo la laptop y abro la carpeta con mis textos.

—Adelante, hay bastante para elegir.

Mientras bebo mi vino, la observo leer. Elige tres de los más emotivos. Uno sobre una hoja al viento, otro sobre una flor bajo la lluvia y el tercero… ese es el más difícil para mí: trata sobre mi dolor, sobre mi Penélope perdida.

—Esto es precioso. Tienes talento. Me gustaría que volvieras a escribir —sus ojos se humedecen.

—Con gusto, pero no sé cómo volver a poner las palabras en el papel.

Noto que ha terminado su copa.

—¿Quieres otra?

—Sí, pero solo una más —dice moviendo el dedo en señal de advertencia.

Sirvo más vino y le pregunto por qué estaba sola en el bar.

—Lo siento, no puedo hablar de eso.

—Lo entiendo.

Pongo una recopilación de éxitos de Eric Clapton.

—Todos tenemos nuestras razones para beber. Algunos para olvidar, otros para celebrar.

—¿Y tú?

—Voy a ese bar desde que perdí lo que tenía.

—¿El último poema es sobre ella?

Asiento.

—Veo que aún la amas y que sigues sufriendo por ella.

—Así es. La perdí para siempre.

Me toma la mano.

—Los recuerdos están para hacernos sentir vivos. Sin ellos no seríamos conscientes. Yo también pienso a menudo en dos años que pasé con la persona equivocada. Deberías hacer lo mismo.

—Esa persona es un idiota. Si tuviera a alguien como tú, la cuidaría como lo más preciado. Nunca la dejaría ir.

Sonrío para mis adentros, sabiendo que existe otro imbécil como yo.

—Sí, pero para él había cosas más importantes. Mi intuición me dice que eres un buen hombre, solo necesitas cerrar el pasado.

Nos besamos. El calor de sus labios me sacude. Me siento como un fénix renaciendo de sus cenizas.

La llevo con cuidado a la cama y recorro cada parte de su cuerpo. Se arquea bajo mis caricias. Sus suspiros se apagan cuando nuestras lenguas se encuentran, formando un uroboro, símbolo de eternidad. El aroma de orquídeas se intensifica.

—Ahora veremos de qué estás hecho —susurra.

La abrazo con fuerza mientras se mueve sobre mí. Su cabello oscuro cae y a la luz de la luna veo el brillo en sus ojos. Sus uñas recorren mi pecho y se clavan en el éxtasis, dejando marcas que se enrojecen. Mi cuerpo se tensa en un volcán de pasión mientras nuestros suspiros crean una cacofonía de placer.

La beso, la acaricio, nuestros cuerpos se funden. La chispa se convierte en fuego. Estamos en un Edén propio. La abrazo y le guiño a la luna, único testigo. De fondo suena Clapton con Bad Love.

 

IV

¡Otra vez! ¿Qué hice mal ahora?, me pregunto mientras observaba el sombrío interior del Vegas Bar. Solo que esta vez todo era diferente. El barman y la chica estaban congelados en el tiempo, mientras que el anciano con traje oscuro se levanta y se acercó para sentarse en una silla junto a la mía. En su mano hay un reloj de arena que gira boca abajo una y otra vez.

—Te preguntas por qué te encuentras aquí otra vez y en qué te equivocaste esta vez —en su voz percibo un matiz misterioso.

—¿Quién eres tú y cómo hiciste esto? —Estaba completamente confundido. Quería una explicación de cómo había caído en este bucle y si había alguna salida.

—Verás —el anciano sonríe y deja el reloj de arena sobre la mesa—. La ironía es que no me reconoces, y sin embargo me dedicaste uno de tus poemas. Te ayudaré: se trata de las agujas que giran sin cesar. —Mientras habla, la arena sigue cayendo.

—¿Eres Cronos? —respondo tras pensarlo un momento.

Me sonríe mientras se acariciaba la larga y espesa barba.

—A menudo escucho los lamentos por las oportunidades perdidas, y cuando les ofrezco la posibilidad de volver a aprovecharlas, no saben cómo hacerlo. Hay algo que no pueden comprender. La vida es como un río, fluye sin cesar. Si te bañas en él, nunca será el mismo río. Panta rei, amigo. Explícame la experiencia que has tenido.

Le cuento con detalles mis tres regresos a este lugar. Cómo la perdí la primera vez, cómo provoqué su muerte y cómo viví aquella noche de pasión.

—Ves, has permanecido demasiado tiempo inmóvil, culpándote una y otra vez por tus fracasos y envenenándote con alcohol. La primera vez que la viste la dejaste marchar y continuaste con tu vida sin sentido. La segunda vez actuaste de forma invasiva y, al intentar corregir tu error con prisas, provocaste una tragedia. La tercera vez lograste lo que querías y volviste a sentirte vivo después de mucho tiempo. La cuestión es si ese encuentro podrá mantenerse o si solo fue algo de una noche. —Hace una pausa y continúa—. La razón principal por la que te traje de nuevo aquí, además de que aprendieras la lección, es darte un consejo. Pase lo que pase y decidas lo que decidas, deja que el río fluya. Lo que ya ha pasado no puedes recuperarlo. Deja atrás lo que te atormenta y sigue adelante sin desfallecer. Te dejo.

 

EPÍLOGO

Nunca la volví a ver. Todavía conservo su carta en la que me agradece todo y me desea que recupere mi inspiración. Gracias, Sin Nombre. Me diste nueva vida y me devolviste a mis viejos hábitos. Sé que jamás podré pagarte. He vuelto a escribir. Mis reseñas en la revista se volvieron más constructivas y un amigo decidió aumentarme el sueldo. Dejé la bebida a un lado y me dediqué a mi creatividad. Encontré el sentido de mi propio fluir.

Solo que a menudo, cuando llueve, siento el aroma de las orquídeas y me abandono al recuerdo de la noche en que resucité. Sonrío y dejo que las emociones me inunden.

Lazar Vuković nació en 1988 en Niš, donde aún reside. En su ciudad natal, cursó la primaria, la secundaria y la carrera de Derecho y Administración de Empresas, especializándose en Gestión Empresarial. Trabaja como contable. En su tiempo libre, disfruta leyendo, viendo películas o series de televisión. Escribe relatos y aspira a hacerse un nombre como escritor. Sus relatos se han publicado en diversas antologías, como Marsonic, Regia Fantastica, Refesticon, Fantastični vodic y Avetinje I anđame… También escribe textos y reseñas para Autostoperski vodic kroz fantastiku.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

TRAVESURAS DE CHAGALL

Marta Markoska

 

—Ese gordo creía que iba a ser un director famoso, él, con esa nariz torcida y jorobada como el pico de ese pájaro africano… maldita sea… olvidé cómo se llama… argh… la senectud, ¿por qué me estás venciendo, poniéndome el yugo como a una vieja yegua…?

Eso pensaba Jerry mientras se ajustaba el cuello de la camisa, se enderezaba la corbata y la adornaba con aquel alfiler dorado que tanto le gustaba a su esposa. Haría cualquier cosa por complacerla.

—¡Para desagradarla! —susurró una voz.

Jerry creyó que provenía de una sombra en la pared, con forma de mujer flotante. Le recordó a una de esas pinturas de Chagall que no le gustaban. De hecho, ahora que lo pensaba, Chagall no le agradaba en absoluto.

—¿Qué te crees que soy, una vaca? ¡Animal! —Carrie Ann le gritó por encima del hombro.

—¿A qué vienen esos gritos? Estoy viejo, no sordo.

—Pues estás jorobado y feo.

Esta vez lo gritó por encima del hombro derecho, fingiendo un estornudo.

La madre de Carrie Ann eligió ese nombre convencida de que su hija sería inteligente y capaz, ingeniosa, nada que ver con sus dos hermanas mayores, que se habían escapado de casa a los quince años. Carrie Ann respondió casándose a los treinta y cinco, ni más ni menos, como para demostrarle a todo el mundo que era lista y no solo encantadora.

Jerry no la consideraba ni lista ni encantadora, sino demasiado nerviosa, y a veces le decía en broma:

—Vamos, Carrie Ann, sigue… carry on

Y ella replicaba, sin demasiado éxito:

—Oye, Jerry, no me vengas con chapuzas. La vida es algo serio, Jerry, no seas un…

Él sabía perfectamente cómo terminaban esas frases cuando su mujer se enfurecía.

—Pero cariño, ¿no te encanta mi alfiler dorado? Lo elegí especialmente para ti.

—Vaya, vaya… ¿alguien está intentando hacer insinuaciones para hacerme reír?

—¿Qué te pasa hoy? ¿Por qué estás tan quisquillosa? Sabes… leí en alguna parte que el problema de la gente es que se toma demasiado en serio.

Cuando se sentía acorralado, Jerry rebuscaba en su memoria citas y proverbios leídos alguna vez, pero rara vez acertaba con el más adecuado.

—No tienes ningún argumento, Jerry. ¡Con tu eclecticismo! Menos mal que no eres epiléptico —se burló, otra vez con ese gesto de reproche, ahora por encima del hombro izquierdo, fingiendo estornudar.

—Vamos, cariño. La exposición no puede empezar sin nosotros.

—No, Jerry. Tu concierto no puede empezar sin ti… y el bar no puede abrir sin mí.

Carrie Ann solía echarse el ron garganta abajo como un capitán de submarino al que le hubieran anunciado que nunca volvería a la superficie. Una música suave y discreta llenaba la habitación, una de las piezas favoritas de Jerry, compuesta para ocasiones como aquella.

Un pensamiento le atravesaba la cabeza una y otra vez.

…no, no puede ser él quien ocupe mi lugar, no ese gordo, con esa nariz torcida y jorobada como el pico de ese pájaro africano… ella se vengará por mí, se vengará por mí…

Después de recoger a Carrie Ann, que había pasado la noche defendiendo el bar de los otros invitados hasta el último momento, como el último japonés en Iwo Jima, Jerry dejó atrás su nombre –que aún significaba algo en los círculos musicales– y, con el frac arrugado, abandonó el barco que se hundía.

La reconfortante repetición de las palabras “ella se vengará por mí, se vengará por mí…” no significaba nada para nadie, y menos aún para quien supuestamente debía vengarse por él.

Su esposa, como si percibiera el movimiento de los pensamientos en su mente sobria, respondió con precisión.

—Jerry, cariño, me estoy vengando de ti. Me estoy vengando de ti por no dejarme casarme con Chagall, por no dejarme soñar mi sueño… al menos convertirme en la esposa de un artista famoso, ya que no cumplí las expectativas de mi madre de convertirme en una artista de la que pudiera sentirse orgullosa. Jerry, cariño… yo… me estoy vengando de ti, ¡y esto no ha hecho más que empezar!

Entonces lo recordó.

La sombra que había visto en la habitación antes de salir era, en efecto, una de esas mujeres flotantes de Chagall, capaz de percibir sus pensamientos con más precisión de la que él mismo era capaz, advirtiéndole que ella no se vengaría por él… sino que algún día se vengaría de él.

Y ese día había llegado.

Pero ni siquiera eso impidió que Jerry decidiera no dejar nunca de burlarse de las pinturas de Chagall.


Traducción del macedonio al inglés: Aleksandra Spaseska

Marta Markoska (1981, Skopje, Macedonia del Norte) se graduó en el Departamento de Literatura Comparada de la Facultad de Filología “Blaze Koneski” de Skopje y obtuvo su maestría en Estudios Culturales Interdisciplinarios en Literatura en el Instituto de Literatura Macedonia de Skopje. Es escritora, poeta y magister macedonia reconocida por su obra literaria, destacando la publicación de su colección de poemas Headfirst Toward the Heights en Skopje en 2013. Su trabajo refleja una profunda conexión con la identidad femenina, la belleza y la salud desde una perspectiva cultural y existencial. Miembro del Instituto de Literatura Macedonia, ha ganado atención académica y artística por su voz poética auténtica y contemplativa. Su influencia trasciende el ámbito literario, abarcando temas sociales y filosóficos en el contexto macedonio.

 

EL JEROGLÍFICO

Massimo Soumaré

 

El ideograma lo miraba fijamente. Por lo menos esa era la impresión que tenía Pietro.

—¿Pero estás seguro de que es realmente un jeroglífico egipcio?

La que preguntaba era una mujer de unos cincuenta años.

—Creo que sí, pero... bueno... ¡Boh! —respondió el marido.

—¡Nunca sabes nada! —resopló la mujer, irritada.

Pietro evitó responder. No quería discutir con su esposa.

Lo habían encontrado de repente en el salón. Un jeroglífico negro y voluminoso de más de un metro de altura.

—En mi opinión, es la imagen de un gran ojo cruzado con un halcón —había dicho un vecino que vino a verlo dos días atrás. Entre todos no habían sido capaces de moverlo. Pesaba mucho.

—¡Vamos a la cama, es tarde! —instó la mujer.

Estaba empezando a acostumbrarse a su presencia. Pietro asintió. Sin embargo, no pudo quitarse de encima la impresión de que el jeroglífico lo estaba espiando. Era como si su iris azul le siguiera continuamente. Quizás se estaba volviendo paranoico.

 

Era tarde en la noche. Pietro se dirigió a la cocina a por un vaso de agua. Para ello tuvo que pasar por delante de la sala de estar. Al encender la luz, esta vez lo notó claramente. El iris azul siguió todos sus movimientos.

—¡Oye, tú! ¡Te he visto! —le gritó.

El jeroglífico fingió no darse cuenta, pero finalmente cedió ante la intensa mirada del hombre.

—¡Muy bien, me has pillado! ¡Maldita sea! Todo es culpa del reductor de tamaño que se ha estropeado! Debería haber sido tan pequeño como todos mis compañeros... ¡Nunca habrían advertido a un alienígena como yo!

—U-n alienígena. ¿Una invasión extraterrestre? —exclamó Pietro con voz temblorosa.

—¿Invasión? ¡No! ¿De qué estás hablando, idiota! Si quisiéramos invadirlos, lo habríamos hecho hace tiempo. En la época de los sumerios o de los antiguos egipcios, habría sido un juego de niños conquistarlos. Todos los caracteres y grafías que existen en la Tierra son extraterrestres, ¡así que incluso ahora podríamos subyugarlos cuando se nos antoje hacerlo!

Pietro se quedó callado. Ya no podía pensar en nada. Solo que la afirmación de que el mundo estaba repleto de signos extraterrestres seguía resonando en su cerebro. 

—Vamos, que no se creen de verdad que hayan inventado la escritura. —El jeroglífico se rio después de decir eso—. Siempre hemos estado entre ustedes, silenciosos, esculpidos en piedra, escritos en papiro y pergamino, luego en papel y finalmente en archivos de texto...

—Pero ¿por qué?

—Simple. No te imaginas lo ridícula que es tu especie. Y esta es la mejor manera de observarlos de cerca. Creen que se están divirtiendo y aprendiendo mientras nos leen, pero en realidad ustedes son el entretenimiento. Bueno, por fin he arreglado el mecanismo, así que podré reducir mi tamaño al de una representación normal y meterme en un libro. De todas formas, estoy seguro de que no le contarás a nadie esa historia. ¿Quién te va a creer?

Pietro, después de ver como el alienígena se encogía y desvanecía, tuvo un pensamiento realmente terrible. Si todos los signos extraterrestres del mundo decidieran volver a su planeta de origen al mismo tiempo, ¡la escritura desaparecería de la Tierra!

Massimo Soumaré es traductor, escritor, ensayista, investigador independiente y curador de exposiciones de arte. Ha traducido numerosas obras de novelistas japoneses modernos y contemporáneos. Como autor, sus relatos cortos han sido publicados en varias antologías, y sus obras han sido traducidas en China, Japón, España, Escocia y Estados Unidos. En 2022, se publicaron sus dos novelas, Ordelaffi (Watson Edizioni), una obra de realismo mágico, e Il filo sottile del mare (Unicopli), esta última centrada en la figura del pintor japonés Otama Kiyohara Ragusa (1861-1939). Su ensayo Japanese Fantastic Literature - Ancient, Modern, and Contemporary (Lindau Editions) se publicó en 2023, y su antología de relatos cortos, Come luciole nelle sere d’estate (Tabula Fati), se publicó en 2025.

 

 

EXISTE UN HOMBRE QUE TIENE LA COSTUMBRE DE PEGARME CON UN PARAGUAS EN LA CABEZA

Fernando Sorrentino


Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.

No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, algo canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánica e indiferentemente pegándome paraguazos.

En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación: él siguió aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un puñetazo en el rostro. El hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo, al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberlo golpeado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, por completo indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza.

Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando en vano de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.

Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: "Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza". Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme.

Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.

Bajé —bajamos— en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fe. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: "¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?" Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos empezaron a seguirnos, gritando como energúmenos.

Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle bruscamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo.

Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.

Con todo, nuestras relaciones no siempre han sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y –Dios me perdone– hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes con mansedumbre, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. En fin, esa certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.

Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. Tampoco sé si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.

Por otra parte, en los últimos tiempos he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, me hostiga cierto presentimiento. Una nueva angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

martes, 7 de abril de 2026

A REY MUERTO, REY PUESTO

Rogelio Ramos Signes

No sé jugar al ajedrez. Nunca supe y, tal vez, ya nunca aprenda. Un mal maestro me enseñó solo a comer las piezas del contrario, y mi propio desinterés hizo el resto. Ninguna jugada preparada adorna mi ingesta de sacrificados peones y de incautos alfiles. Ningún destello de mi imaginación inventa movidas arriesgadas. No obstante eso, sé que siempre hay alguien peor.

Hoy me sucedió algo que da peso a esta afirmación. Yo estaba sentado a mi mesa de siempre en el Bar y Billares “El Ocioso” cuando se presentó un joven de aspecto inquietante; no porque atemorizara, sino porque parecía estar a minutos del suicidio. Me estiró su mano pálida y sin fuerzas, como si me extendiera una empanada fría sobre una servilleta de papel, se presentó como “Lucio Negador, flogger”, se acomodó el mechón de pelo que le tapaba el ojo izquierdo, para que se lo cubriera todavía más y, sin mayores preámbulos, me dijo “Yo juego con las negras”. Se sentó frente a mí y empezamos. Alguien le habría dicho que yo era presa fácil, porque creí ver en el brillo de la múltiple ferretería que perforaba y adornaba sus labios y sus cejas cierto festejo prematuro.

El mozo, que se había acercado para ver si íbamos a pedir algo, nos vio tan concentrados en el juego que estábamos a punto de iniciar que se retiró sin preguntarnos.

Apenas iniciado el juego, sin ningún motivo que lo justificara, tomó su rey y lo tiró al cesto de la basura. Mientras lo sustituía por un sacacorchos, de esos que parecen un hombrecito con los brazos a los costados, gritó con una voz finita “A rey muerto, rey puesto”.

Como no entendí que pretendía y como tampoco quería entablar una conversación con él, seguí en lo mío y en pocos segundos le comí dos peones y un caballo. Con gesto heroico (supongo) tomó el sacacorchos que ocupaba el lugar del rey, lo tiró al cesto y lo cambió por un paquete de galletitas saladas, mientras gritaba otra vez “A rey muerto, rey puesto”. Otros dos peones, un alfil y una torre fueron mi botín de guerra, al tiempo en que Lucio Negador, el flogger, gritaba “A rey muerto, rey puesto” por tercera vez, y tiraba a la basura el paquete de galletitas sustituyéndolo por un embudo de plástico.

Tras un segundo viaje inútil hasta nuestra mesa, el mozo del bar volvió a retirarse haciéndose cruces sobre la boca y besándose el nudillo del pulgar derecho.

No sé si tiene sentido seguir relatando esa partida de ajedrez que le gané con la técnica del tenedor libre (le comí todas las piezas), pero quisiera aclarar algo. Yo reconozco jugar mal, por falta de interés y por haber tenido un mal maestro; pero ¿quién le enseñó a jugar a este sujeto que cambiaba su rey por un miserable embudo de plástico?

Creo que corresponde precisar que cuando le dije “Jaque mate”, su rey ya no era un embudo, sino una manzana verde, luego de haber sido un ridículo osito de peluche. También corresponde que aclare que en cuanto le di el jaque, me levanté y me fui, dejándolo allí con su manzana, no fuera cosa que él considerara que había llegado el momento de suicidarse y mañana saliéramos en los diarios.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

 

 

HOMENAJE

Kalpana Kulshreshtha

 

1 - La manta verde

Deambulaba de un lado a otro, confundido. No sabía cómo había llegado hasta allí. Era un lugar extraño y enredado: en algunas partes había una luz apagada y desesperanzada, y en otras una oscuridad densa. Todo parecía cubierto de hollín. No había rastro alguno de color ni de olor.

A veces parecía aparecer un camino en alguna dirección, y él comenzaba a caminar por él; pero a medida que avanzaba, el camino terminaba de repente. Entonces volvía a quedarse allí, desconcertado. Aunque, en realidad, ¿adónde debía ir? No lograba recordar nada. Su mente parecía completamente vacía. Intentó pensar.

Había otras personas allí, vagando como él de un lado a otro. Su situación era muy parecida. Se miraban entre sí con miradas extrañas mientras todos erraban sin rumbo. Nadie hablaba con nadie. Todos parecían perdidos en sí mismos.

No había pausa… no había conversación… no había preguntas… solo un vagar continuo.

Él tampoco intentó nada parecido. Ni siquiera sintió el deseo de hacerlo.

No sabía cuánto tiempo había pasado, o si acaso había pasado tiempo alguno. En realidad, allí no existía la sensación del paso del tiempo. Una neblina gris oscura que lo cubría todo parecía haber cubierto también su memoria.

¿Cómo había llegado allí? ¿Qué lugar era aquel? No podía recordarlo con claridad. Lo único que percibía era una profunda tristeza y un extraño arrepentimiento… aunque no sabía exactamente por qué.

Aquellos caminos se sentían como el juego de serpientes y escaleras. Un silencio aterrador lo impregnaba todo. En los rostros de todas las personas que vagaban por allí parecía adherirse una sensación extrema de depresión.

Como personas que se ahogan bajo el agua, respirando con dificultad y atravesando un dolor terrible, todos parecían tan desesperados que ni siquiera podían mirar a alguien directamente.

Simplemente continuaban vagando por aquellos caminos laberínticos.

¿Tendría aquel vagar algún final? ¿O no lo tendría jamás?

Su kurta y la manta verde que llevaba alrededor del cuello se agitaban lentamente mientras caminaba. Tiró suavemente de la manta. De repente, un escalofrío recorrió su mente. Aquello le recordaba algún suceso terrible… pero ¿cuál? ¿Y por qué aquella manta se apretaba cada vez más alrededor de su cuello, hasta el punto de que sentía que sus ojos estaban a punto de salirse? De pronto surgió un débil recuerdo en su mente. Recordó su nombre. Su nombre era Nishant. Nishant Singh Rajput… Sí. Ese era su nombre.

 

2 - Proyecto Tierra

Ambos observaban una escena con gran atención.

Era una enorme sala de paredes transparentes, fuera de la cual solo se veía oscuridad. Además de ellos dos, también había otras personas allí: algunas se levantaban, otras se sentaban, caminaban o conversaban. Parecía que todos estaban ocupados en algún tipo de investigación o estudio. Todos estaban absortos en diferentes pantallas en las que aparecían escenas extrañas de diversos tipos. Allí donde tocaban la pantalla, la escena se ampliaba y se mostraba con enorme detalle.

—Han pasado años… ¿hasta cuándo seguiremos trabajando en este proyecto? —dijo uno de ellos.

—Sí, este Proyecto Tierra está tomando demasiado tiempo. Mira… los demás ya han terminado sus tareas y están libres, pero nosotros seguimos aquí —respondió el otro, asintiendo.

—Sí, es cierto. Pero no olvides que todavía no lo comprendemos por completo. Nuestros datos siguen incompletos. Especialmente a nivel psicológico y filosófico, los acontecimientos toman giros tan inesperados que nosotros mismos quedamos sorprendidos.

—Sí… y cada vez que ocurre algo así, aparece un fallo en nuestro sistema.

—Aunque esto sea una simulación, cada vez que creemos haber llegado a una conclusión aparecen nuevos hechos que contradicen los resultados anteriores.

—Llevamos tanto tiempo vinculados a este proyecto que, a veces, siento como si yo mismo fuera uno de los personajes de esta simulación —dijo el primero.

—Si se dice la verdad, aquello que llamamos simulación es en realidad un sistema vivo y dinámico, donde se incluyen las emociones, los sueños, las alegrías, los sufrimientos, las esperanzas, los deseos y las frustraciones de los personajes. En ese caso, no podemos simplemente descartarlo llamándolo un modelo matemático.

—Sí, es cierto. Habrás notado que ellos no consideran que la vida tenga sentido si no reciben dolor junto con la felicidad. Buscan la felicidad, pero sin sufrimiento no creen que sea verdadera. ¿Qué clase de contradicción es esa? Realmente no parece un algoritmo simple.

Ambos continuaron discutiendo entre sí.

—Nuestro proyecto funcionaría mucho mejor si pudiéramos sentir como lo hacen sus personajes.

—Quizás podamos hacerlo.

—¿Cómo? Sabes que es un sistema unidireccional —preguntó el segundo, sorprendido.

—Podemos hablar con ellos. He notado que, cada vez que ocurre un fallo en nuestro sistema, se vuelve posible comunicarnos —explicó el primero.

—Sea como sea, tenía que tocarnos a nosotros un proyecto tan difícil —dijo el otro con tono resignado.

Luego ambos volvieron a concentrarse en su trabajo.

 

3 - ¿Liberación?

—Hola… hola… ¿puedes oírnos? —Por primera vez, en medio de aquella neblina deprimente, una voz suave y delicada llegó a los oídos de Nishant—. Hola… hola… —alguien lo llamaba una y otra vez.

Intentó escuchar con atención.

—Sí, puedo oírlos… pero me estoy asfixiando. Me cuesta hablar. Quizás sea por esta manta verde que se aprieta alrededor de mi cuello —respondió con voz entrecortada.

—Eso es solo una ilusión. Puedes liberarte de ella —le dijo alguien.

Se detuvo a pensar.

Al instante siguiente, la manta verde se deslizó de su cuello y cayó al suelo.

Volvió a sentirse normal.

Se llevó la mano al cuello. Todo estaba bien.

Ahora estaba listo para escuchar.

—Un hombre común, que tenía todo lo que podía desear. Películas, dinero, fama, amor, relaciones sociales… todo. Entonces, ¿por qué hiciste eso? —le preguntaron.

—Sí, lo tenía todo… pero faltaba algo en algún lugar. Mi mente comenzó a aburrirse. Para ser honesto, ya no sabía qué más quería. En mi lista de deseos aún quedaban algunas cosas por hacer, y otras ya las había cumplido. Pero, de algún modo, todo empezó a parecer inútil. La vida comenzó a sentirse muy vacía y sin sentido. —Las ataduras en la mente de Nishant comenzaban a deshacerse.

—¿Por qué empezaste a sentirte así? —Quienes preguntaban también parecían sorprendidos.

—Todo parecía falso —continuó hablando Nishant—. Una ilusión cuidadosamente construida que daba la impresión de ser verdad, pero no lo era. Sentía que la verdad estaba más allá de todo eso. Quería encontrarla. Sentía como si este mundo fuera una ilusión engañosa. Cuanto más intentaba comprender el mundo, más fuerte se volvía esa convicción. Cuando tocaba las cosas, sentía que solo percibía su apariencia. En realidad, parecía que ni siquiera existían.

—¿Cómo llegaste a saber eso? —Ambos quedaron desconcertados.

—Porque en los sueños también sentimos lo mismo. Experimentamos objetos que en realidad no existen en ningún lugar. Pensé que quizá esta vida también fuera un sueño. Como le ocurrió al rey Janaka en un episodio del Ramayana cuando despertó de un sueño. Solo había una manera de saberlo… despertar… ir más allá de los límites de este cuerpo… por eso puse el lazo de esa manta verde alrededor de mi cuello y…

Ambos quedaron paralizados.

El brillo de sus cuerpos, semejantes a haces de luz dorada, se volvió tenue. Siempre ocurría así cuando estaban bajo tensión.

Nunca habían imaginado que los personajes de su simulación pudieran comportarse de una forma tan imprevisible.

—Comprendiste correctamente que este mundo es una ilusión. Eres un personaje de la simulación que nosotros creamos. Si hubieras vivido toda tu vida y hubieras muerto de forma natural, habrías sido liberado de ella y habrías alcanzado la liberación. Así fue diseñada esta simulación. Pero cada vez que un ser humano se suicida, aparece un fallo en nuestro sistema. Debemos admitir que ustedes, los humanos, se han vuelto más curiosos de lo que esperábamos. Pero la curiosidad no siempre produce los resultados deseados.

—Entonces… ¿qué ocurrirá ahora? —Nishant se aterrorizó.

—Has obtenido conocimiento, pero la liberación ahora está muy lejos. Según nuestra simulación, quienes terminan su vida deliberadamente no pueden ser liberados. Hasta que este proyecto termine, tendrás que seguir vagando así. Nunca imaginamos que, aun siendo tan fuerte el instinto de supervivencia, los humanos se suicidarían.

—¿Quiénes son ustedes?

—Somos una civilización extremadamente avanzada de este universo. Algo similar a lo que ustedes imaginan cuando piensan en su dios.

—¿Por qué crearon esta ilusión? —preguntó Nishant con angustia.

—Tenemos ciertas preguntas y problemas que estudiar. Para eso creamos el Proyecto Tierra. Ustedes son un mundo dentro de nuestra computadora, nada más.

—Si nosotros somos una simulación… entonces, lógicamente, ustedes también podrían ser una simulación… dentro de la computadora de alguien más.

Al decir eso, Nishant soltó una carcajada.

Ambos se miraron entre sí. Sus cuerpos de luz dorada comenzaron a temblar. El asombro y la duda se instalaron allí. Un profundo silencio lo invadió todo. La conexión se había cortado.

Con profunda desesperación, Nishant suspiró y, cargando con el pesado peso de su conocimiento, comenzó a caminar por aquellos caminos incomprensibles, infinitos e infernales.

Ese vagar ahora era su destino. ¿Hasta cuándo?

Nadie lo sabía.

Kalpana Kulshrestha nació el 11 de mayo de 1966 en Aligarh, Uttar Pradesh. Es Licenciada en Educación, estudios que coronó con una Maestría. Publicó cinco libros de ciencia ficción. Fue la primera mujer escritora de ciencia ficción en hindi. Su artículo de investigación, "Elementos esenciales de la ciencia ficción infantil", se publicó en la prestigiosa revista india Scientific Temper en 2020. Numerosos cuentos científicos infantiles se incluyeron en libros de texto y se tradujeron a otros idiomas. Recibió los premios Vigyan Kathashree, C.V. Raman Technical Writing Award y Jagpati Chaturvedi Children's Science Writing Award, otorgados por Uttar Pradesh Hindi Sansthan. El número de enero-marzo de 2017 de la revista digital Vigyan Katha se publicó como un número especial dedicado a Kalpana Kulshrestha. Actualmente se dedica a la docencia y la escritura.

  

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