Federico
Tamanini
El ojo en el cielo,
ese pequeño perdido en la oscuridad del espacio, observaba otro ojo, enorme,
rojo de fuego, con una pupila cada vez más diminuta, casi invisible. El gran
ojo era más vasto que una ciudad, más vasto que una luna. El gran ojo de fuego,
con la pupila casi invisible, era tan grande como un planeta. El gran ojo de
fuego era la Tierra.
El niño era
arrastrado por los dos androides. Lo alejaban del humo que había aturdido a
todos, dejándolos tendidos en el suelo, débiles y confundidos. Los dos
androides no necesitaban respirar y no conocían el miedo. No temían la espesa
nube gris que se elevaba desde las casas, convertidas en piras funerarias por
el incendio global que se cerraba sobre aquel último sello de tierra.
El niño, sostenido en brazos por
una de las máquinas humanoides negras, gritaba el nombre de su madre, que ya
era un fácil alimento para las llamas azules y anaranjadas. Ella oía cada vez
menos aquel grito, y eso la hacía feliz. Más allá del humo, a través de una
última y pequeña brecha entre las llamas que estaban a punto de rodearla, veía
alejarse las dos grandes siluetas con su hijo, del que apenas distinguía una
mano extendida.
No tenía sentido, no había lógica
alguna que sostuviera la idea de saberlo a salvo en un planeta que se había
convertido en una antorcha en medio del cosmos. Pero el corazón de una madre no
puede permitirse renunciar a la esperanza.
Mirando el camino de polvo, hacia
el hombro del robot que huía mientras su hijo se aferraba a él, imaginaba que
el pequeño pudiera alcanzar a ver las últimas casas. Aún seguían en pie, pero
estaban destinadas a inclinarse ante el fin, como todas las demás, como la
suya, que ahora representaba su papel en el acto final de la tragedia.
Allí, entre aquellos muros que
habían sido amigos, la mujer sentía cómo el fuego le devoraba los pies, luego
las piernas, pero encontraba, entre las lágrimas, la imposible felicidad de
saber que su hijo viviría un poco más, unas horas, quizá unos días, gracias a
los intrépidos robots. Sabía que aquellas máquinas de acero, capaces de
derribar un muro de un solo puñetazo, sabrían medir su fuerza para convertirla
en un abrazo.
Cuando el humo le llenó los
pulmones, se asfixió pronunciando una vez más el nombre que había elegido para
su hijo y estrechó la mano del hombre con quien lo había concebido. No habían
huido al ver las altas llamas y el humo que envolvía el último bosque, porque
ya no existía ningún lugar al que escapar. El fuego estaba en todas partes.
Los últimos androides al servicio
de la humanidad seguirían luchando contra el incendio, pero ya no les quedaba
nada con qué combatirlo: ni agua, ni espuma, ni polvo químico. La única
solución que encontraron, en todos los rincones del mundo, fue regalarles a los
humanos un poco más de tiempo, interponiéndose entre la bestia y sus amos,
ardiendo antes que ellos y utilizando sus resistentes cuerpos como un muro.
Muriendo así, mediante un último acto de sacrificio.
Los dos robots caminaban deprisa,
porque también las llamas avanzaban deprisa, ansiosas por cerrar el círculo y
apoderarse de todo. Su destino estaba cerca; la distancia era corta, igual que
el tiempo que les quedaba.
En un callejón, ya iluminado por
los resplandores rojizos del incendio, una figura femenina cantaba en medio de
la calle. También era un robot, uno de los millones que ya no podían salvarse,
uno de los que ya no servían para nada.
Su voz de soprano narraba la
historia de un héroe y la nostalgia de la tierra, del hogar y de la familia.
Cantaba en español y evocaba tiempos antiguos, cuando existía la música y las
personas viajaban para descubrir nuevas culturas, alimentando dentro de sí la
curiosidad y, al mismo tiempo, el deseo de regresar.
El niño nunca había conocido nada
de aquello. Siempre había vivido con el terror del fuego que se acercaba y que
nadie podía detener.
La flauta del destino había
interpretado las notas del juicio, y el diablo había bailado alrededor del
incendio más grande. Tenía el rostro de mil hombres.
Lautaro cerró los ojos y se dejó
llevar de un lado a otro, blando y pasivo como el cadáver de un animal
capturado. Para combatir el miedo evocó las imágenes de la Pampa, tal como la
recordaba en las fotografías que su padre le había mostrado un año antes.
Aquellas viejas fotografías
pertenecían a un mundo inmenso, cubierto de hierba y recorrido por caballos.
Eran tiempos ya lejanos, cuando el Río de la Plata todavía no era una cicatriz
seca. Tiempos en los que el diablo, con su rostro de mil hombres, ya tocaba su
música, aunque aún no tuviera el mayor de los incendios alrededor del cual
bailar.
Dejó de llorar cuando los robots lo
llevaron bajo tierra.
No comprendía dónde había estado
escondida aquella escalera tan larga, tan bien oculta que jamás la había visto,
ni siquiera antes de que el fuego llegara a las puertas de Buenos Aires. Hasta
seis meses atrás corría libre por el poblado de las afueras de la ciudad, y los
robots no podían haberlo llevado demasiado lejos.
¿Cómo habían conseguido ocultar
aquella escalera a la vista de todos?
Apenas comenzaron a descender, el
cielo sobre sus cabezas se cerró con un estruendo de acero, y Lautaro imaginó
que hasta unas horas antes enormes compuertas habían permanecido cubiertas por
tierra o piedras, porque nunca había oído a nadie mencionarlas.
No descendieron mucho. Al principio
creyó encontrarse apenas dos pisos bajo tierra, luego pensó que quizá fueran
tres, o tal vez cuatro, a medida que recorrían el corredor en pendiente. Al
final perdió la cuenta.
Los dos robots lo condujeron hasta
una pequeña sala fría, donde resultaba evidente que hacía mucho tiempo que no
entraba ninguna persona. Vasos cubiertos de costras adornaban una mesa
polvorienta, y sobre el suelo había varios libros maltratados. Las plantas
llevaban mucho tiempo muertas.
—Espera aquí, por favor —dijo uno
de los robots.
Solo entonces Lautaro se dio cuenta
de que hasta ese momento no le habían dirigido la palabra. Simplemente lo
habían tomado y se lo habían llevado.
Había olor a quemado. Venía del
exterior, pese a la distancia. La neblina que había entrado con ellos y que
había recorrido toda aquella escalera y el corredor fue absorbida por una
rejilla situada en lo alto del muro de enfrente, donde un arco lo bastante
ancho como para que pasaran tres personas enmarcaba una puerta azul.
El robot que había hablado se
acercó a ella y la abrió, mientras el otro androide permanecía junto al
muchacho. Un minuto después, el primero volvió a salir.
—Ahora puedes seguirme.
—¿Qué? Yo no...
Lautaro no terminó la frase. Sus
pensamientos fueron invadidos por la certeza de que, allá arriba, las llamas
probablemente ya habían alcanzado las enormes compuertas y que todo,
absolutamente todo, era un incendio total.
Y su madre... y su padre...
La imagen de sus cuerpos devorados
por la bestia de fuego, gritando y suplicando piedad, se abrió paso en su
mente. Los vio reducidos a esqueletos negros, todavía aterrorizados; los
imaginó arrastrándose con las manos convertidas en ganchos de hueso, aferrándose
a la tierra ardiente para salir de la casa.
—Por favor, sígueme —repitió el
robot.
Sintiendo que la garganta se le
cerraba y que las lágrimas regresaban, el muchacho echó a andar tras la
máquina.
Atravesaron la puerta y entraron en
una sala circular tan amplia y luminosa que, por un instante, Lautaro quedó
maravillado y olvidó la tragedia de su vida.
El robot le indicó que avanzara
hasta el centro, donde un cilindro de cristal encerraba el cuerpo anciano de un
hombre suspendido en un líquido azulado que reflejaba miles de pequeñas luces
intermitentes alrededor del cilindro, como los anillos de Saturno.
De su frente salían tres cables. En
su abdomen se introducían tres tubos. Aquel pequeño despojo humano permanecía
sostenido por unos tensores que apenas parecían esforzarse.
El cilindro superaba la estatura de
Lautaro por poco más de un brazo.
El niño contempló horrorizado
aquella figura humana seca y encogida, semejante a un feto decrépito conservado
en formol.
—¡Ah! —gritó cuando el hombre abrió
los ojos.
Uno de los tubos blancos dejó de
agitarse con aquel ritmo que sugería una respiración lenta y forzada.
¿Había dejado de usar los pulmones?
¿O era una máquina la que había dejado de llenárselos?
Los tensores se tensaron y el
cuerpo fue elevado lentamente fuera del líquido hasta abandonar el cilindro.
Después lo depositaron, desnudo y goteando, sobre un sillón. El robot
desconectó los tubos y los cables y cubrió el cuerpo con una sábana blanca.
El niño temblaba.
—Yo... —empezó a decir el anciano,
pero calló enseguida.
La tela lo cubría por completo.
Ninguna parte de aquella imposible forma de vida quedaba expuesta para ofender
la vista de Lautaro.
Pasaron muchos segundos en
silencio.
La sala era glacial.
—Yo... —tosió—... yo soy el
testigo.
El niño permaneció callado. Dio un
paso atrás, pero el robot lo sujetó.
—Soy el testigo de la historia
—continuó el anciano, recuperando algo de fuerzas e incorporándose bajo la
sábana—. Registro, observo y recuerdo, hasta donde me es posible... todo cuanto
puedo... desde hace casi doscientos años.
—¿Qué?
—¡Silencio! Ya no me queda
tiempo... Mis minutos están contados.
El muchacho clavó sus ojos negros
en aquella extraña figura, mientras pensaba cómo escapar de aquella tumba
helada.
—Que quede claro: yo no te habría
elegido... —tosió—, pero las circunstancias, ¿sabes?, no me dejan muchas
alternativas. En realidad... ninguna.
—¿Qué quiere de mí?
—¡Salvarte!
—¿Salvarme?
—Claro, muchacho. Verás, soy muy
viejo... —Al decirlo levantó un brazo y se acarició la cabeza blanca, donde
apenas unos pocos cabellos finísimos trazaban líneas aún más frías que su piel—
...y sé que ha llegado mi hora.
Lautaro miró alrededor. Apenas
escuchaba las palabras del anciano y avanzó con paso incierto. El hombre llevó
lentamente un dedo hasta casi rozarle la mejilla. Era tan joven... Un instante
antes del contacto, Lautaro dio un salto hacia atrás.
—Quiero saber una cosa —dijo.
—¿Saber? Claro, supongo... Quieres
saber qué quiero a cambio.
—No.
—¿No? ¿No quieres saber qué quiero
de ti?
Por primera vez en muchos años, el
anciano parecía sorprendido.
—No. Es verdad que lo pregunté
antes, pero ya no es eso.
—Entonces ¿qué?
El anciano tenía prisa por volver
al cilindro, por reconectarse y sentir otra vez el flujo de datos para el que
había vivido durante tanto tiempo.
—Se lo pregunté a mi mamá y a mi
papá. Después se lo pregunté a otras personas. Escuché muchas respuestas, pero
no las entendí y, además, ninguna me pareció tener sentido. —Hizo una pausa—. Quiero
saber por qué todo el planeta está ardiendo. Por qué desaparecieron los océanos
y por qué la tierra se quema, incluso donde ya no hay árboles.
—Sí... claro...
El anciano se mordió el labio. Intentó
enderezarse. En su cabeza habitaba un universo entero de información, datos y
registros de la época en que aún existía gente que los recopilaba. Conocía
todas las investigaciones sobre el llamado fuego autónomo, antes de que
recibiera otros cien nombres, hasta el más aceptado de todos: la ira de
Dios.
—Hay muchas respuestas. La ciencia
cree haber comprendido por qué comenzaron a arder los fondos oceánicos después
de que toda el agua se evaporara, y por qué también ardían las cumbres rocosas,
el asfalto, el acero y todo aquello que jamás habríamos imaginado como...
alimento para el fuego. —Hizo una pausa—. No sabemos cuál fue el último
acontecimiento que empujó al sistema a arder de ese modo. Tal vez una
perforación para buscar más gas, después de las guerras del petróleo y de la
crisis energética. —El muchacho parecía decepcionado. El anciano lo advirtió—. Pero
lo que sí sabemos es que ese último y pequeño acontecimiento no fue la
verdadera causa. Del mismo modo que la explosión de una bomba sobre una casa no
es la verdadera causa de la muerte de quienes vivían en ella. No... La causa
está antes.
—¿La culpa es de quien lanzó la
bomba?
—Tal vez... un poco. Pero no, en
realidad no, o no solo. Hay que ir más atrás. Mucho más atrás.
En ese momento un robot se acercó.
—Señor, ya no queda tiempo. Debemos
irnos.
El anciano asintió.
—Solo un momento. Esto es
importante...
El robot retrocedió dos pasos.
—¿Ves, muchacho? Alguien dio una
orden al piloto del avión que lanzó la bomba.
—Entonces la culpa es de quien le
dio la orden.
—Tal vez... pero tampoco del todo.
Más atrás. Más atrás...
—¿Entonces de quién es la culpa?
¿Del alcalde?
El anciano sonrió. Había olvidado
lo maravillosa que podía ser la ingenuidad de un niño de once años, convencido
de comprender ya muchas cosas, aunque todavía limitado por los mecanismos
mentales propios de su edad.
—Sí, un alcalde tiene más
responsabilidad, pero no basta.
—¿Ni siquiera el alcalde de Buenos
Aires? Mi mamá decía que era la ciudad más grande y hermosa del mundo.
—Oh, quizá lo fue. Sin duda lo fue
durante los últimos meses, ya que este fue el último lugar devorado por el
fuego. Así que sí, fue la ciudad más grande y hermosa del mundo. Y para muchas
personas lo era incluso cuando las demás ciudades todavía existían. Pero el
alcalde no basta. Hay que ir mucho más atrás, hasta personas todavía más
importantes. Más arriba... más arriba.
El muchacho no supo qué responder. El
robot volvió a acercarse.
—Señor... Ha llegado el momento.
El anciano lo ignoró.
—Podría hablarte del metano, de la
teoría del fusil de clatratos, de las reacciones en cadena en la atmósfera y en
el subsuelo. Pero esas tampoco son la verdadera causa.
—¿Un fusil?
Olvídalo. Se trata de la inmensa
cantidad de hidrato de metano que el permafrost y el fondo marino contienen...
o mejor dicho, contenían. Se trata de llegar a ese pequeño punto que te empuja
al otro lado de la montaña y te hace caer en picado sin remedio. La
evaporación, el efecto invernadero que crece drásticamente en tan solo unos
años, las temperaturas que suben siete u ocho grados en el espacio de una
década. No importa; conocíamos los mecanismos. Los mecanismos ecológicos son
como la bomba que cae sobre la casa, pero ¿qué hay más allá?
—¡Señor, ya no queda tiempo!
—Para esto sí lo hay...
El anciano, seco y encorvado,
observó con sus ojos pálidos a un niño que luchaba entre la razón y el
instinto. Aquel muchacho era, además de él, el último ser humano vivo sobre la
Tierra. Y también el único capaz de comprender la respuesta, porque aún
conservaba intactos el instinto y el corazón.
—Oh... —murmuró el muchacho,
abriendo mucho los ojos.
—¡Señor!
—¡Silencio! Entonces... ¿cuál es la
respuesta?
El joven, dispuesto a abandonar la
infancia para afrontar, en el inédito infierno de un mundo condenado, su
entrada en la edad de la razón, llevó una mano al pecho. Luego la apartó.
Después volvió a apoyarla sobre el pecho.
—Soy yo... —dijo Lautaro.
—Exacto. Si retrocedes por la
cadena de quien dio la orden, encontrarás a otro que dio la orden a ese, y a
otro más, hasta llegar a las cumbres del poder, a quienes destruyeron el
ecosistema para ganar dinero. Pero aún más arriba están las personas. Todas las
personas. Las que consumieron, votaron, contaminaron, desperdiciaron y odiaron.
Las que entregaron el poder a quienes sabían que eran unos miserables. Las que
luego dejaron de interesarse. Las que no protestaron. Las que no aceptaban
entrar en un supermercado y encontrar los estantes medio vacíos.
—¿Supermercado?
—Conoces las bombas, pero no los
supermercados... Claro, eres muy joven. Solo conociste el mundo de las
raciones, de la emergencia y de la lucha por la comida. Pero antes había
enormes almacenes llenos de alimentos, siempre disponibles. Carne y verduras en
abundancia, incluso pocos minutos antes del cierre. Y una enorme cantidad
terminaba en la basura. Alimentos que se producían para ser desperdiciados.
Animales criados y sacrificados...
—¡Señor! Dentro de cinco minutos
será demasiado tarde.
—Sí... lo sé.
Respiró con dificultad.
—Muchacho, tú todavía puedes hacer
algo.
—Ya sé lo que quiere de mí.
—¿Lo sabes?
—Quiere que entre en ese cilindro
en su lugar, mientras usted escapa.
—¿Y por qué piensas que quiero
meterte ahí?
—Para hacer su trabajo... mientras
todavía sea posible.
—Mi trabajo consiste en registrar
la historia. Pero ahora la historia casi ha terminado. Al menos nuestra
historia.
—¿No quiere que entre ahí?
—preguntó el muchacho, mirando con gesto de desagrado el cilindro lleno de
aquel líquido blanquecino.
—No. Yo volveré al cilindro y
esperaré el final, registrándolo todo hasta donde pueda. Después, la historia
de la humanidad, almacenada en las memorias de este refugio y también en mi
propia mente, será destruida. Porque este es el final.
—¿Y yo?
—Tú te irás con ellos.
El anciano señaló a los robots.
Una de las máquinas humanoides
extendió la mano derecha hacia Lautaro.
—¿Por qué?
—Alguien consiguió escapar al
espacio. No nos engañemos: probablemente también morirán. Pertenecen a esa raza
miserable que es capaz de hacerse la guerra por una medalla más. Pero una de
las cápsulas estaba reservada para mí, que, si soy sincero, durante mucho
tiempo también pertenecí a esa especie. Después de tantos años...
Sonrió con cansancio.
—Ya no tiene sentido que sea yo
quien parta. Tengo más de doscientos años. ¿Qué necesidad hay de prolongar aún
más mi vida? Además, estoy cansado.
Levantó la vista hacia el muchacho.
—Pero tú debes ir. Estos dos
hombres de hierro serán buenos compañeros de viaje. Dormirás durante muchísimo
tiempo y, si el destino así lo quiere, llegarás a un planeta verde y azul. Tal
vez los robots sigan funcionando cuando despiertes; dependerá del tiempo
transcurrido. No sé qué ocurrirá allí. Es una posibilidad. Muy pequeña, no voy
a ocultártelo.
—¿Y si no quiero?
—Te llamas Lautaro, ¿verdad?
El muchacho asintió.
—Tu nombre significa "halcón
veloz". Un halcón vuela, pero también ama su tierra. La decisión es tuya.
Dentro de cuatro minutos...
—Tres —corrigió el robot.
—...las llamas de la superficie
serán tan intensas que impedirán el despegue del globo aerostático especial que
tenemos aquí. Ese globo te elevará hasta gran altura, donde será recogido
por...
Sacudió la cabeza.
—No importa. Debes elegir. Quedarte
aquí y morir... o intentar el camino hacia las estrellas.
—Nosotros prepararemos la cápsula
—dijeron los robots, alejándose por un corredor de paredes blancas.
—Ellos irán de todos modos. Forma
parte de su programación. Deben estar preparados. Si decides marcharte, toma
ese corredor. A treinta pasos encontrarás una bifurcación. A la derecha
llegarás a la cápsula. A la izquierda hay un pequeño jardín interior, un
invernadero con las últimas plantas del planeta. Puedes esperar allí el final.
El anciano hizo un gesto de
despedida.
—La elección es tuya.
Los tensores volvieron a tensarse,
levantando aquel miserable saco de huesos y piel para sumergirlo de nuevo en el
cilindro.
Lautaro echó a andar y llegó hasta
la bifurcación. Miró hacia la derecha. Miró hacia la izquierda. En uno de los
platillos de la balanza estaba la remota posibilidad de sobrevivir. En el otro,
aquel tesoro: el último jardín de la humanidad sobre un planeta consumido por
un fuego eterno. Si elegía huir, quizá jamás volvería a contemplar una sola
forma de vida. Quizá permanecería dormido durante un millón de años y, al
despertar, los dos robots no serían más que chatarra inútil. Quizá no existiera
ningún otro planeta verde y azul. Quizá la humanidad hubiera destruido el
único. A pocos metros de distancia, en cambio, distinguía un destello de verde
y percibía el perfume de las flores. Una magia que hacía muchísimo tiempo no
podía tocar. Y ahora estaba apenas a diez pasos. Si decidía quedarse, podría
acariciar las plantas y el agua durante unas horas, o quizá unos días,
esperando el último segundo del último ser humano.
Él.
¿Qué hacer? Lautaro sonrió. E hizo
su elección.
Federico Tamanini nació en Italia en 1977. Escritor apasionado por la ciencia ficción, el fantástico y la historia alternativa, comenzó a escribir influido por las lecturas de Isaac Asimov y William Gibson, así como por su temprana afición a la informática y los videojuegos, experiencias que marcaron de forma decisiva su imaginación literaria. Es autor de las novelas Il Dio Elettrico (El Dios Eléctrico), finalista del Premio Mondofuturo 2024; Orfani del sole (Huérfanos del sol), Le case dei miracoli (Las casas de los milagros) y La macchina della prossimità (La máquina de la proximidad), además de las colecciones de relatos Il peso degli Ultimi (El peso de los últimos) e I robot del crepuscolo (Los robots del crepúsculo). Su obra transita con naturalidad entre el ciberpunk, la ciencia ficción, la ucronía, el realismo mágico y el relato histórico, explorando cuestiones como la inteligencia artificial, la memoria, la libertad, el poder y los dilemas éticos del desarrollo tecnológico. En 2024 presentó Orfani del sole en el Salón Internacional del Libro de Turín. Además de su labor como novelista y cuentista, mantiene una activa presencia en la divulgación y el intercambio con lectores a través de distintos medios y redes dedicados a la literatura fantástica y la ciencia ficción.