sábado, 6 de junio de 2026

ESTRELLA

Gustavo Rosa

 

Cuando cumplí los treinta, dejé de esperar milagros. No los divinos, que jamás me tentaron, sino los mundanos, que prometen una efectiva ilusión de felicidad. Ésos que se me ofrecían a cada paso cuando ingresé a la Academia de Detectives, empezaron a esquivarme después de recibir el diploma. Nada de amor y poca plata. Dosis mezquinas de sexo dominguero y algunos casos rutinarios que no engrosaban mi billetera.

A comienzos de los ochenta las cosas pintaban mal. Los milicos hicieron el principal aporte. Como el monopolio del espionaje les pertenecía –entre otras cosas-, no dejaban lugar para un investigador privado. No tuve más remedio que aceptar el puesto de seguridad en un local nocturno que pretendía homenajear a los pintorescos cabarets de Pichincha.

El bar estaba instalado en un galpón rectangular sobre la calle Ricchieri, a treinta metros del túnel Escalada. La pared del frente era de cemento rústico en color amarillo veteado con una puerta de una sola hoja pintada de negro. En la parte superior tenía tres ventanas cuadradas con vidrios espejados. Lo más sobresaliente eran las letras formadas con bananas de metal que parecían bailar sobre una línea imaginaria. El nombre –“Banana Bar”- no podía estar escrito de otra manera. El ingreso consistía en un cuadrado con el guardarropa a la derecha, en la pared opuesta, posters con fotos de mujeres provocativas y unas cortinas al frente. De ahí se pasaba al salón rectangular con la barra a la izquierda y las mesas cuadradas con manteles amarillos. En la pared del fondo, aparecía el escenario como el centro de atención que daba sentido a todo.

Las penumbras recibían al público no para ahorrar electricidad, sino para imitar el criterio estético de los antros a los que asistía el dueño en su juventud. La luz tenue convertía el humo de los cigarrillos en fantasmas que flotaban sobre las mesas. “El ambiente sórdido aporta anonimato a los clientes”, me explicó al contratarme. Años atrás, el lugar funcionaba como prostíbulo para los pueblerinos que descendían del tren en Rosario Norte. “Los tiempos cambian y nosotros también”, me dijo al mostrar el resultado de las refacciones. “Las chicas no son como las que se ofrecen en la calle, sino artistas que seducen al ritmo de la música”, explicó.

La nueva etapa del “Banana Bar” requería un equipo de seis agentes ubicados en lugares estratégicos para evitar el descontrol, algo que jamás podría ocurrir. A pesar de la sensualidad con que bailaban, las chicas apenas recibían aplausos y piropos de un público en edad de alimentar palomas en una plaza. Ninguno de los asistentes se atrevía a caminar hasta el escenario para toquetear a las bailarinas por temor a una fractura de cadera. La artrosis y el riesgo de perder la dentadura postiza desalentaba cualquier pelea.

Ante una concurrencia tan tranquila, debíamos distraernos con el show barato ofrecido en ese ámbito decadente. De martes a jueves, el presupuesto del jefe alcanzaba para contratar a las bailarinas del barrio que, aunque poco agraciadas, conformaban a los veteranos menos exigentes. Los viernes y los sábados, prefería a las del centro, “caras, pero más atractivas para un público viril”, confesaba con orgullo. En mis primeras dos semanas de trabajo no pude encontrar diferencias etarias entre unos y otros. Tanto en las que desplegaban sus danzas sobre el escenario como en los que las recibían. La reapertura del “Banana Bar” me resultaba menos excitante que una misa dominical. Una carrera de caracoles hubiera incrementado más mi adrenalina.        

 

El tercer sábado me llevé una sorpresa. Algo me había anticipado el jefe sin muchos detalles. “Un número de los gordos, anunció con entusiasmo, pero no le digo más por cábala”. A la mañana colgaron un cartel en la fachada con la foto de una bailarina demasiado bella para un lugar así. “Hoy a las 23, Estrella Paz, la diva del Tropicana Club”, decía. Antes de esa hora, el local ya estaba colmado de jóvenes atraídos por la novedad. Los bailes de relleno fueron incrementando la impaciencia. Los clientes habituales, ubicados en las mesas laterales, se sentían intimidados por los treintañeros que entraban por primera vez. El “Banana Club” nunca había tenido espectadores de pie. 

Media hora después de las once, la música comenzó a acallarse. Las luces tenues se apagaron y el salón quedó iluminado por las velas de las mesas. En silencio, todos miraban hacia el escenario. Una sombra surgió de la cortina del fondo y caminó hacia el centro. Una suave melodía de piano acompañaba los pasos sigilosos y elegantes. La silueta giró a la derecha para recibir una silla que un utilero había acercado. Al momento de sentarse de espalda al público, una luz violácea la iluminó desde el techo. La cabellera rojiza que se derramaba hasta la cintura despertó un suspiro colectivo. Los brazos cobraron movimiento cuando el piano aceleró el ritmo. El cabello empezó a pendular con el sonido creciente de un saxo. La irrupción de los platillos despertó el aplauso del público. La chica, vestida de negro con un pantalón ceñido y una camisa amplia, se puso de pie. El murmullo en sordina sacudió el salón. Sin volverse, Estrella empezó a cantar. La voz aceleró mi corazón como nunca. La luz cenital se hizo más intensa y ella, por fin, miró al público. Apoyada en el respaldo de la silla, empezó a moverse con suavidad. El baile era sutil, pero conseguía cautivarnos.

El salón quedó a oscuras al terminar la canción. Todos la ovacionamos. La luz cenital nos silenció de golpe. Estrella, de pie y sonriente, agradecía con los brazos abiertos. La silla ya no estaba. Desabrochó la camisa hasta dejar a la vista el inicio del pecho. Algunos pidieron que se la sacase, pero ella negó con una sonrisa. En las siguientes canciones, Estrella Paz mostró todo sin quitarse nada. Cuando estábamos al borde del delirio, anunció “una pausa para aliviar tanto ardor”. “Y tomen lo que quieran –dijo mientras se dirigía hacia un costado del escenario- sus billeteras invitan”. Aunque no era un buen chiste, nos reímos. El escenario quedó a oscuras y volvieron las luces del salón.

Los asistentes se apuraban a ir al baño o a pedir un trago en la barra. Yo me quedé sentado, fumando. La muchacha me había impactado. Tomé los últimos sorbos de la copa. Mis ojos estaban fijos en el lugar que había ocupado Estrella Paz. Un camarero vino para entregarme un papel doblado.  Con letra apretada y tinta roja, decía: “Necesito un detective. Venga a mi camerino. Estrella”.

El camarero me guio por un pasillo oscuro y me indicó la puerta. Di dos golpes y escuché la voz que me invitaba a entrar. Lo único que le podía dar la calificación de camerino al cuarto de dos por dos era el espejo con cómoda rodeado de luces. Estrella Paz limpiaba su cara con un algodón húmedo y clavó los ojos en mi reflejo. “Buenas noches, Gerardo”, dijo, “perdoná que te reciba así”. La desnudez del calzón no me sorprendió tanto como el uso de mi nombre. No porque lo supiera, sino por la forma en que lo pronunció. No estaba dirigido a cualquier Gerardo, sino al nombre que había cargado toda mi vida, al que había aportado tanto de mí para que fuera diferente a los demás ‘Gerardos’.

Entonces miré con más atención los hombros y los brazos y me detuve en los ojos que me miraban desde el espejo. Ese azul oscuro enmarcado con delineador me transportó a mis diez años, cuando mis padres me anotaron en una nueva escuela. Mi primer día fue en otoño, un mes después de empezadas las clases. La directora me llevó al salón para presentarme a los futuros compañeros. Parado junto a ella, delante de un montón de chicas y chicos que me miraban como a un insecto extraterrestre, quise desmayarme. Entre tantas cabezas hostiles y desconfiadas, hallé una que me observaba con simpatía. Entonces, gracias a esa mirada de ojos azules, no me desmayé. En el recreo nos acercamos y fue una amistad a primera vista. Fuimos inseparables. Yo brindaba protección ante la burla de los demás y recibía ayuda en mis deberes. Los sábados íbamos al cine, al parque, al río. Creíamos en la amistad para toda la vida hasta que a mediados de la secundaria la perdimos.

—¿Ju-Juancho? —le pregunté a Estrella.

—Sin el ‘Ju’ del principio —bromeó.

—Perdón, pero ahora sos…

—Estrella, sin dejar de ser Juancho —me dijo girando la silla—. Cuando estaba cantando te vi. Recién en la tercera canción, pude reconocerte. Y eso que estás bastante cambiado. 

—Vos me ganás.

Estrella se acercó a mí. “Tan chistoso como te recuerdo”, me dijo con un abrazo intenso. Mi oreja, apoyada en el pecho, escuchó el galopar del corazón. El calor de su piel me provocó un temblor. Mi muslo sintió el suyo. Entre sus piernas, aún quedaba mucho de Juancho. A los quince años lo había perdido y a los treinta me encontré con ella.   

—¿Esto es un reencuentro o un caso? —pregunté con mis labios rozando su piel.

—Las dos cosas —dijo con dulzura—. Tengo que volver al escenario —y puso fin al abrazo.

—Claro, el show es más importante. Tuve intenciones de besarla, pero Juancho había crecido tanto que Estrella me llevaba una cabeza.

—Tontito. Esto es más importante. —Se bajó de sus tacos y estuvimos más parejos para besarnos—. El caso es el reencuentro.

—Si es así, te hago una tarifa especial.

—No esperaba menos de vos —dijo con una sonrisa.

Ella volvió frente al espejo y yo le tiré un beso desde la puerta.

 

Otra vez en mi mesa, estaba ansioso por volver a verla. “Nos tenemos que poner al día”, me había dicho, concentrada en el maquillaje. “¿Para recuperar algo?”, le pregunté desde el pasillo. “Como primer paso, sí”, me contestó con la voz de Juancho y la sonrisa de Estrella. La posibilidad de otros pasos alborotó mi sangre.

Cuando estuvo otra vez en el escenario, la vi más luminosa. También vi a Juancho, tan amigo como antes. Los dos estuvieron ahí. Al empezar la música, Estrella me tiró un beso. Yo levanté mi copa y ella simuló un brindis. Esa noche no tuve más remedio que creer en la existencia de los milagros, aún después de los treinta.

Gustavo Rosa es periodista, Licenciado en Letras, Licenciado en Filosofía. Profesor de secundario y terciario en materias relacionadas con lengua y comunicación. En los últimos años, vicedirector del ISET XVIII de Rosario. Escritor desde muy joven, me han publicado cuentos en revistas nacionales y españolas. También he recibido una mención de honor por la novela “Al final del capítulo” en el concurso del diario La Nación en noviembre de 2002. Recientemente, uno de mis cuentos, La danza de los bellos, fue seleccionado para ser publicado en la revista mexicana Gambito de papel.

TIERRA ROJA

Mehreen Ahmed

 

A diferencia de mi planeta Tierra, esta es una tierra nueva y hostil. La luz exuberante del sol quema la piel hasta provocar cáncer; los árboles son desolados, oscuros y espinosos, hermosos como dedos de pianista; los veranos son ventosos, secos y húmedos al mismo tiempo. Hay vastos campos rojos y polvorientos donde la lluvia cae rara vez. Salvo el musgo, no crece gran cosa en estas condiciones inhóspitas, que engendran seres más resistentes y duros.

Sin embargo, apenas somos un puñado sobre esta tierra roja y estéril. A menos que haya otros bajo la superficie. Estoy segura... aunque no del todo. No sé dónde están. No veo a nadie a mi alrededor. Quizá se encuentren en otro lugar, sanos y salvos. Simplemente no sé dónde. ¿Cuál es mi domicilio en este planeta, después de todo? Tampoco lo sé.

Acepté transportarme aquí porque la idea sonaba prometedora y locamente aventurera: un planeta nuevo, perfecto para criar hijos.

No hay trabajo en esta tierra nueva. El desempleo es más alto que nunca. Los rechazos se acumulan sobre mi escritorio, cada vez más pesados, cubiertos por cientos y miles de telarañas entrecruzadas sobre montones de cartas. La inflación toca fondo mientras los empleos son cada vez más escasos y difíciles de encontrar.

Ese era el estado de las cosas cuando llegué aquí hace nueve días, con un niño en brazos y todo el tiempo del mundo por delante.

Una tarde tormentosa, nubes grises se ciernen sobre cada árbol desnudo y sobre unas pocas chozas puntiagudas. Regreso de buscar trabajo, agotada por todo ello: las largas caminatas y las puertas cerradas. Vuelvo a casa, bajo uno de esos árboles, este árbol austero, donde algunas hojas caídas descansan debajo y donde nosotros nos refugiamos.

Cubro a mi bebé con una manta raída y peluda. Lo protejo de fuerzas mucho mayores que nosotros: de los caprichos de los vastos océanos, de los cielos interminables, de la ferocidad del viento. Respiro y lucho por arropar a mi pequeño.

Las raíces de este árbol se retuercen en profundos nudos que penetran la tierra roja y absorben jugos nutritivos. Este árbol vacío es nuestro hogar. Solo sus ramas desnudas crecen sobre nuestras cabezas, y entre ellas sangra una luna creciente.

El bebé se despierta. Llora de frío y de hambre.

La luna se acerca. Brilla y centellea hasta que el bebé vuelve a quedarse dormido.

Por la mañana, yo sigo roncando, pero el bebé ya está despierto y sonríe. La tormenta furiosa ha pasado. El sol vuelve a derramarse sobre el paisaje.

Me levanto.

Camino otra vez en este nuevo día.

Las hojas secas crujen bajo mis pies descalzos mientras oropéndolas doradas, sin plumas visibles, revolotean y juegan sobre nosotros.

—¿De dónde vienen? —me pregunto.

Contra viento y marea, se abre un sendero para que el bebé crezca. Exploro trabajos difíciles, compatibles con los mandatos ineludibles de la vida. Existen reglas que no siempre se oponen entre sí; algunas son bastante salvajes.

Cuando la desesperación finalmente da frutos bajo este árbol moribundo —que también nos da refugio—, forja el carácter, me arma de fortaleza y mantiene viva la esperanza.

Aún no hemos salido del bosque. Este viaje es largo y está plagado de poderosas resistencias.

Un enorme árbol rojo brota a través de una tumba y obtiene su sustento de los muertos.

Mehreen Ahmed es una novelista australiana nacida en Bangladesh. Sus novelas han sido aclamadas y reconocidas por Midwest Book Review: «Una novela hábilmente escrita y consistentemente entretenida, "El Pacifista" revela el excepcional talento narrativo de la autora australiana Mehreen Ahmed y sus personajes memorables. Original, cautivadora y escrita con maestría de principio a fin, "El Pacifista" es altamente recomendable». También es una de las obras recomendadas por el editor de Drunken Druid. Ha escrito once libros y más de cuatrocientos relatos cortos. Sus libros y relatos cortos han ganado prestigiosos premios y concursos. Algunos de ellos han sido traducidos al griego, alemán y bengalí.

 

MOMENTOS

Voicu Dașcău

 

1.
Una persona de la generación alfa camina tranquilamente por la calle. Alguien, aprovechando el momento oportuno, sin testigos, cámaras, policía y con la penumbra como aliada, secuestra a esa persona y la lleva a una habitación sin ninguna posibilidad de comunicación con el exterior, donde la encierra, pero no sin antes decirle que puede marcharse cuando quiera, con la condición de llamar a cierta persona a cierta hora del día.

En la habitación hay: un reloj de pared clásico, con agujas, una guía telefónica y un teléfono de disco.

 

2.
Estás en piloto automático y el automóvil tiene el control total. Ese enorme camión que tienes delante se acerca demasiado rápido para tu tranquilidad y tu gusto, y el coche no da señales de reducir la velocidad ni de cambiar de carril. Intentas desesperadamente pasar al control manual, y la última imagen que ves antes de estrellarte contra la barra de protección en la que se lee «¿Cómo conduzco?» y «Si puedes leer esto, estás demasiado cerca», es el software congelado al 37 % de la actualización más reciente; un eventual reinicio tardaría varios minutos.

 

3.
Gran agitación en el pasillo de urgencias. Un paciente encontrado inconsciente en la calle y llevado rápidamente por transeúntes, porque eso tardaba menos que esperar a las ambulancias sobrecargadas. Lo conectan al electrocardiograma y aparece una línea isoeléctrica. Después de que el jefe del equipo grita que es asistolia, se pone inmediatamente en funcionamiento el desfibrilador.

Justo cuando están a punto de intentar la descarga eléctrica, con la esperanza de que el paciente tenga suerte, el aparato da señales de apagarse y la pantalla comienza a reproducir entre tres y cuatro minutos de anuncios imposibles de evitar o siquiera saltar después de cinco segundos, porque el hospital no había tenido el dinero necesario para pagar la suscripción prémium del equipo adquirido.

 

4.
Los oyes entrar en la casa. Toda tu familia está aquí por las fiestas. Ves sus pasamontañas y sus armas. Corres rápidamente hacia el armario de armas, ya que estás bien instruido y entrenado en su manejo. Eres rápido y no te tiembla la mano en situaciones como esta, y ellos no son más que dos idiotas que entraron en tu casa y se metieron con la persona equivocada.

Lo último que ves antes de que una de sus balas te atraviese la nuca es el armario inteligente para armas, que te pide identificar todas las imágenes con pasos de peatones para poder abrirse, después de que ya habías encontrado correctamente los semáforos en el paso anterior.

 

5.
Qué buena fiesta. Y qué bueno el vino. Sabían bien por qué no habían ido en coche. Demasiado bueno el vino. Espera, ¿es un terremoto? Nooo, solo vino demasiado bueno. Y demasiado abundante, además de bebido demasiado rápido. Nunca antes se habían sentido tan mareados.

Después de encontrar el pretexto adecuado, se abrigan y llaman un taxi, conscientes de que ya deberían irse a dormir. Se detienen frente a su casa, aliviados.

Por la mañana, los vecinos, horrorizados, encuentran muertos frente a la puerta a los dos jóvenes recién casados. Al llegar, con la cabeza dándoles vueltas, habían introducido tres veces de forma incorrecta la compleja contraseña que habían elegido y luego sucumbieron al frío intenso y al alcohol.

 

6.
Los bomberos hacían todo lo posible, pero las llamas eran enormes y el riesgo para las casas vecinas, inmenso. La explosión había despertado a casi todo el barrio, pero todos los servicios de emergencia llamados al lugar no pudieron hacer más que constatar la muerte de la propietaria y el gigantesco incendio.

¿Qué había ocurrido? Pues todos los aparatos de la casa eran inteligentes. Y algún chico habilidoso, quién sabe desde dónde, había abierto el gas de la cocina después de vulnerar la red, probablemente convencido de que estaba haciendo una broma divertida.

 

7.
Bajo una lluvia torrencial, ella hacía lo mismo que había hecho todos los días a esa hora durante los últimos seis años: buscar algo de comer y de beber en los contenedores de basura, cubierta por una lona mugrienta y temblando de frío. Ya ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que se había lavado, pero a quienes vivían en las alcantarillas junto a ella, con quienes compartía los días y las noches, no les importaba.

La habían arrestado varias veces, pero ahora los policías ya no podían acercarse a ella sin vomitar.

¿Seis años, dije? Sí. Eso era lo que había pasado desde el accidente en el que perdió el dedo índice y el dedo medio de la mano derecha. Y como toda su vida y su existencia de clase media acomodada estaban certificadas y almacenadas mediante la huella de su dedo índice, ella había dejado de existir para la sociedad.

 

8.
La escuadrilla de helicópteros sobrevolaba la zona neutral sin incidentes ni problemas. Era un vuelo rutinario, más de entrenamiento para los recién llegados y de comprobación del equipo. El comandante estaba a punto de dar la orden de regresar, pues ya se encontraban muy cerca del límite establecido por el tratado, cuando el armamento se activó de repente y todos los helicópteros comenzaron a disparar contra el ejército adversario, violando un acuerdo escrito que tenía treinta años de vigencia y desencadenando casi con seguridad una nueva guerra.

Los ocupantes de los helicópteros no podían hacer absolutamente nada.

Mientras tanto, en alguna casa de los suburbios, un adolescente estaba encantado con el realismo de su nuevo videojuego en línea, sin tener la menor idea de que el servidor, por medio de un hacker buscado en todos los continentes, lo había conectado con los sistemas informáticos de los helicópteros.

 

9.
Acaba de despertar de la anestesia general. La operación ha sido realizada, por primera vez, íntegramente por una inteligencia artificial. La paciente sonríe e intenta moverse un poco. De pronto palidece y comienza a gritar cuando se da cuenta de que le han amputado la pierna derecha por debajo de la rodilla.

Todo el personal de la sala, empezando por el médico jefe, se reúne de inmediato. Completamente conmocionados, descubren que la inteligencia artificial se había basado únicamente en el nombre y la edad. Su paciente, internada por problemas quirúrgicos de vesícula, había sufrido una amputación de pierna, mientras que otra paciente con el mismo nombre y la misma edad, que tenía las arterias obstruidas por la diabetes, ahora tenía la vesícula extirpada y una gangrena incipiente en la pierna derecha tras otra operación dejada por completo en manos de la IA y no verificada por nadie, exactamente igual que esta.

 

10.
Al principio, la inteligencia artificial respondía preguntas sencillas y necesitaba quince intentos para crear la imagen que se le pedía. Pero la calidad de sus respuestas y de sus imágenes mejoró de forma increíble.

Luego sustituyó a los creadores de música, ofreciéndote canciones en cuestión de minutos, con letra y acompañamiento instrumental en cualquier idioma y en cualquier estilo. Pero eso te daba igual, porque ahora las obtenías a precios muy bajos y tú no eras de quienes se ganaban la vida de ese modo. Y, al fin y al cabo, ellos no eran tan esenciales o importantes, ¿verdad?

Después reemplazó a los médicos y a los profesionales del ámbito jurídico, y te alegraste porque ya no tenías que darles tanto dinero a esos insaciables y podías obtenerlo todo casi gratis. Ya habían acumulado bastante; no se iban a morir de hambre.

Y así fue ocurriendo con otros profesionales de todos los sectores, y tú te alegrabas por la misma razón, sin preocuparte de que esas personas terminaran viviendo de algún ingreso mínimo garantizado o, más a menudo, de nada.

Y ahora adivina por qué la dirección te ha citado hoy al mediodía en su despacho.

Voicu Dașcău nació en Arad, Rumania, ciudad en la que reside. Es médico de atención primaria especializado en obstetricia y ginecología en Arad. Su obra literaria hasta la fecha incluye tres ediciones de Mitul Răpirii sau al lui Obstetrykalion din Sarkynos, en los que transforma la obstetricia —el embarazo y el parto— en una mitología original.

 

viernes, 5 de junio de 2026

EL MAR DE LOS SUEÑOS

Mike Jansen

 

Mi primer día en la playa estuvo lleno de asombro. Caminé sin rumbo por la orilla. Adentrarme un poco más tierra adentro solo me mostró más guijarros negros y arena, una llanura desprovista de color, como un profundo pozo de olvido. Definitivamente no invitaba a seguir explorando, así que regresé enseguida al mar.

Oculto tras una cubierta de nubes verdes, el sol azul iluminaba ocasionalmente el mar color limón. Llegó la noche. También el día. Pequeñas olas movían la grava negra de un lado a otro sobre la playa interminable donde había despertado unos dos días antes. Recordaba vagamente un circo. Quizá algunos payasos.

Durante un tiempo, arrojar piedras al agua fue mi único entretenimiento, hasta que un remolino surgió de pronto y de él emergió un brillante ojo púrpura con una pupila roja. ¿Dónde demonios estás, John? Observé la manifestación desde detrás de una gran roca negra que me servía de refugio. Me había escondido allí en cuanto noté que el agua estaba girando. Durante largos minutos, unos tentáculos atravesaron el agua y arrancaron trozos de playa a mordiscos. Dejé de lanzar piedras.

El resto del día contemplé el suave desfile de nubes flotando lentamente, interrumpido de vez en cuando por vistas del firmamento violeta, donde se distinguían grupos de lunas y planetas. Por lo general, aquellas visiones duraban demasiado poco para estar seguro de lo que había visto.

Mi primer espejismo tenía la forma de un joven que me recordó un poco a mi primer amante cerebral. Caminaba sobre el agua como un semidiós desnudo y, cada vez que los dedos de sus pies tocaban las olas, surgían exuberantes enredaderas que extendían hojas de nácar en todas direcciones.

—¿Paul? —susurré con voz ronca.

Quise ponerme de pie, pero antes de haber recorrido la mitad del camino la imagen se desvaneció y las enredaderas se hundieron bajo la superficie. Volví a sentarme. Estaba solo con mis recuerdos, amargos y dulces. Pensando en tiempos pasados, con la cabeza entre las manos, igual que el día en que me informaron de su temprana muerte.

El sol se hundió y durante un tiempo la oscuridad fue absoluta. El mar emitía una enfermiza luz amarillo verdosa hasta que las nubes se abrieron y la luz de varias lunas atravesó el cielo. La magia comenzó lentamente. Aquí un destello. Allí un unicornio del tamaño de un pulgar bailando. Y poco a poco las imágenes fueron ganando consistencia hasta parecer reales.

Obsesionado, observé durante más de una hora a una mujer contemplándose en un espejo. Sus labios formaban números. Sus dedos recorrían las líneas de su rostro hasta que comprendí que estaba contando sus arrugas. Vi a un joven jugando al fútbol con otros jóvenes idénticos a él. La pelota era una cabeza: una versión envejecida de aquellos muchachos. Vi a un anciano en silla de ruedas observando los rostros y espaldas de la gente, cuyas caras estaban absurdamente altas, mientras todos le hablaban únicamente con tono infantil. Una mujer pasó flotando sobre un tronco, seguida por un gorila lujurioso. Automóviles veloces atravesaban el agua levantando nubes de gotas. Un albatros arcoíris extendió las alas hacia un horizonte imaginario y me guiñó un ojo erudito.

Amontoné arena para formar una almohada improvisada y apoyé la cabeza mientras contemplaba las infinitas variaciones y matices que aparecían sobre el mar. No sabía qué los provocaba. Ni qué significaban. Ni si eran peligrosos. Me intrigaban. Me conmovían. Me mostraban mis recuerdos o quizá los de otras personas. Sentí cansancio. Mi último pensamiento fue que me gustaría saber dónde estaba y por qué me encontraba allí.

La alegre música de una banda de metales, procedente de algún lugar lejano, me despertó. No tenía hambre ni sed y me sentía descansado. El mar estaba tranquilo. Ninguna imagen flotaba sobre las olas poco profundas.

Me levanté y miré a mi alrededor. La música seguía sonando a lo lejos. Logré localizar su origen. Avancé en esa dirección a través de la arena negra. Me interné más tierra adentro que nunca hasta llegar a varias colinas bajas. Detrás de una de ellas se alzaba una carpa de circo adornada con símbolos rojos y negros de naipes: corazones, diamantes, tréboles y picas. Un carro con un órgano de vapor producía las melodías que había oído antes. La entrada de la carpa estaba sumida en sombras. A veces me parecía ver movimiento en su interior. Dudé si entrar.

—¿Problemas para encontrar el camino?

La voz provenía de un sombrero de copa apoyado sobre una roca cercana.

—¿Quién está ahí? —Ante mis ojos, el sombrero levitó y, cuando alcanzó aproximadamente un metro de altura, se desplegó un gato de carey azul celeste.

—Encantado —dijo el animal—. Suelo indicar direcciones.

—Esto no es real, ¿verdad? —pregunté.

El gato afiló los bigotes hasta convertirlos en puntas estrechas.

—¿Qué te hace pensar semejante cosa?

Su sonrisa era amplia y siniestra.

—Recuerdo una casa, alguien a quien llamaba esposo, un trabajo de oficina, mascotas. —Miré al gato—. Una gata carey y un Jack Russell.

—Liberace y King —dijo el gato mientras descendía de la roca—. Debo admitir que Liberace me cae bien.

—¿Y este circo?

—Buena pregunta. Los payasos, supongo.

Tragué saliva con incomodidad.

—¿Qué ocurre con los payasos?

—Los payasos saben dónde estás. Te vigilan. Anoche te preguntaste eso, ¿no es cierto?

—¿Y por qué saben dónde estoy?

—Porque están en tus pesadillas. —El gato juntó las patas frente al pecho—. Suena lógico, ¿verdad?

—Esa lógica se me escapa.

—Están dentro. Habla con ellos. Entonces sabrás dónde estás. —El gato hizo una profunda reverencia y se desvaneció. El sombrero cayó al suelo.

Respiré hondo y aparté las pesadas cortinas de la entrada. Adentro reinaban las sombras. Solo la pista central estaba iluminada por una luz verde que descendía desde arriba. Caminé hasta el centro y observé a mi alrededor. Todo estaba inmóvil. Pequeñas partículas de polvo flotaban en el aire. El olor a tierra fresca, como el de una tumba recién excavada, impregnaba el ambiente.

La máscara apareció de la nada en el borde de la pista, medio oculta por las sombras. Era de arcilla y representaba el rostro de un payaso.

—¿Sabes por qué estoy aquí? —pregunté. La máscara se movió suavemente. Unas manos aparecieron y remodelaron el rostro, dándole una expresión aterrorizada—. Sí, a veces esto parece una pesadilla —admití—. Tú tampoco sirves de mucha ayuda.

Lo último que esperaba era una voz aguda de niña.

—¿Qué culpa tengo yo de que este lugar no tenga ubicación?

Parpadeé.

—¿Qué significa eso?

Las manos transformaron de nuevo el rostro, esta vez en un pico de ave con pequeños ojos brillantes.

—En línea recta, tanto la playa como el mar son prácticamente infinitos.

—Imposible.

—Vamos, vamos. ¿Dónde viste un horizonte?

Guardé silencio. Recordaba haber contemplado el mar hasta donde la superficie amarilla se volvía brumosa en la distancia.

—No hay ninguno.

—Los detalles solo distraen —continuó la voz aguda—. Observa el mar y ten cuidado con las tormentas.

La máscara se convirtió en una cabeza demoníaca llena de colmillos.

—¿Recuerdas cuando tu padre te llevó al circo a los ocho años? —preguntó el payaso con una voz oscura y áspera. Retrocedí con cautela.

—Sí.

El payaso avanzó hacia la luz. Sus manos eran largas garras y espolones óseos atravesaban su traje multicolor.

—Fue el momento de mayor miedo de toda tu vida.

Mi corazón comenzó a acelerarse. La náusea ascendió desde mi estómago.

—Tuve pesadillas durante meses.

—Meses durante los cuales bebí tu dulce sangre de las innumerables heridas que cubrían tu cuerpo. —Sacudió la cabeza y oscuros regueros rojos recorrieron sus colmillos, empapando el traje.

Algo se rompió dentro de mí. Grité con todas mis fuerzas. Me di vuelta y corrí fuera de la carpa, de regreso a la playa. Su risa maligna me persiguió durante mucho tiempo. Cuando creí haberme alejado lo suficiente, volví la vista atrás. La carpa había desaparecido. Y el payaso también. ¿Qué es este lugar que no tiene ubicación?

—Muchos han hecho esa misma pregunta. —La voz del gato sonó sobre mí.

Levanté la vista y vi el sombrero de copa, del que asomaban dos ojos felinos.

—¿Y obtuvieron una respuesta?

—Cuando formularon la pregunta adecuada. Pero ¿cuál es la pregunta adecuada?

Una risa múltiple resonó desde el sombrero.

—Supongo que no vas a decírmelo. —Suspiré y me senté junto al mar—. No tengo ganas de jugar.

—Curioso —dijo el gato—. Al parecer tu mente sí. ¿Ni siquiera necesitas una pregunta? Mira.

Sobre el mar apareció nuevamente Paul. Su expresión altiva era inconfundible, llena de indignación ante otro necio incapaz de apreciar sus creaciones. A sus pies yacían innumerables manuscritos atravesados por plumas de acero manchadas de sangre.

Reconocí la escena.

—Sueños y pesadillas. Esa es la respuesta.

—Bienvenido al Mar de los Sueños. —El sombrero desapareció, dejando tras de sí una nube que se disipó rápidamente.

En cuanto comprendí, las representaciones sobre el mar comenzaron de nuevo. Muchas eran hermosas. Sueños. Niños jugando con interminables cajas de bloques de construcción. Una familia feliz recorriendo montañas impresionantes. Un anciano soñando con la época en que su esposa aún vivía y acudía con él a la ópera cada semana. Pero también había pesadillas. Una mujer busca a sus hijos; oye sus risas, pero no logra encontrarlos dentro de la casa. Una muchacha ríe alegremente mientras apuñala una y otra vez la entrepierna de su padrastro inconsciente. Un hombre nada en el mar y de repente ya no puede mover los brazos. Desesperado, se mantiene a flote. Finalmente se agota. Y el agua se cierra sobre su cabeza.

Esa última imagen me impresionó profundamente, aunque no comprendía por qué.

En la lejanía se reunían nubes oscuras. El viento comenzó a levantarse. La brisa se convirtió en vendaval. Rayos blancos brotaban del mar y regresaban a él. Entre los relámpagos se perfilaba una gigantesca figura parcialmente oculta por la niebla, elevándose hasta el cielo. Un escalofrío recorrió mi espalda.

¡Eso no!

Retrocedí lentamente mientras el viento aumentaba hasta alcanzar fuerza de tormenta. El mar se agitó. Las pesadillas chocaban unas con otras y se fusionaban.

Recordé libros que había leído de niño, escondido bajo las mantas con una linterna. Historias de entidades oscuras y horrores monstruosos que alimentaron mis pesadillas y me enseñaron a temer la oscuridad.

¡Es solo un sueño! Entonces ¿por qué estoy aquí?

Seguí alejándome tierra adentro. La arena golpeaba mi cuello y mi rostro. Encontré unas rocas suficientemente grandes para ocultarme. La tormenta de arena bloqueaba mi visión. Entre los remolinos oscuros creí distinguir monstruos llenos de dientes y garras. Me abracé las rodillas y traté de parecer lo más pequeño e insignificante posible.

Compórtate como un hombre, John. Si esto es solo un sueño, deberías poder dominarlo.

Pensé en atrapasueños y ladrones de sueños. Intenté imaginar cómo influir en aquella no-ubicación.

Entonces comprendí que había estado haciendo preguntas inconscientemente y que estas habían sido respondidas, aunque de forma críptica. Necesitaba controlarme. Guiar mi mente consciente.

Si esto es un sueño, o una tierra de sueños, ¿cómo llegué aquí? ¿Estoy dormido en el mundo real? ¿O en coma o algo parecido?

El viento amainó. Las nubes oscuras se alejaron. La luz de la luna iluminó las llanuras.

Salí de mi escondite y regresé al mar. El aire olía fresco.

Sobre el agua apareció una escena familiar. Mi propia sala de estar. Personas preocupadas. Mi esposo. Mis padres. Junto a una cama colocada en la sala reposaba una figura demacrada. Mi esposo vertía pequeños sorbos de jugo de fruta en mi boca abierta y masajeaba mi garganta para ayudarme a tragar. Reconocí mi rostro. Pero mi cuerpo estaba esquelético. ¿Cuánto tiempo llevo aquí realmente? Hay una cama en mi sala. No estoy en un hospital. Marco y mis padres están conmigo. Tengo que regresar. Me estoy muriendo lentamente.

Los pasos detrás de mí eran pesados y huecos. Supe quién se acercaba. Había estado pensando en la Muerte.

—Ha sido una buena carrera, John. He venido por ti.

Tragué saliva. Vi la figura clásica de la Muerte: túnica negra, esqueleto anciano, guadaña en la mano derecha. La izquierda se extendía hacia mí. Retrocedí hasta que las olas tocaron mis talones. No estoy preparado para esto. La Muerte avanzó. Tropecé y caí hacia atrás en el mar. Temía las profundidades. Temía ahogarme. Temía a los monstruos invisibles. Pero la certeza de morir me aterraba todavía más.

—No te comportes de manera tan extraña —dijo la Muerte. Permaneció en la orilla mientras las olas rodeaban suavemente sus pies óseos—. Si no estás listo, basta con decirlo. Te escondes aquí, en las costas de la noche.

—¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo salgo?

—El Mar de los Sueños es un lugar extraño. Está en todas partes y en ninguna. A veces es tumultuoso; otras, una superficie de espejo. Es un estanque de reflejos y un refugio para el alma. Es tentador demorarse aquí. Quienes llegan rara vez recuerdan sus cuerpos mortales...

—¿La imagen que vi? ¿La cama en la sala?

La Muerte extendió la mano casi con ternura.

—Tan cerca...

Me di la vuelta y comencé a nadar mar adentro.

—Tendrás que enfrentarte a tus miedos en algún momento, John —me gritó.

Cada seis brazadas me volvía para mirarlo. Seguía allí. Apoyado en su guadaña. Con sus cuencas vacías clavadas en mí. Hambriento. Resistí durante mucho tiempo. Pero al final mis fuerzas se agotaron. Mis brazos dejaron de responder. Y el agua se cerró sobre mí.

 

Algo suave bajo mi mano. Una vibración. Ruido. ¿Estoy muerto? Abrí lentamente los ojos. El mundo había cambiado. Me sentía perdido y desorientado hasta que apareció un rostro familiar. Mi esposo.

—¿Estás despierto, John? —Parecía preocupado. Creo que sonreí, porque su rostro se iluminó al instante. Giró la cabeza—. ¡Papá, mamá, está despierto! ¡Llamen al médico!

Debajo de mi mano apareció una cabeza de gato atigrado.

—Liberace.

Mi voz era apenas un susurro.

Liberace parecía complacido por mi despertar.

Mis padres entraron en la habitación. Era nuestra sala. Yo estaba en la cama que había visto antes. ¿Era ese mi sueño? ¿O el de mi esposo?

—John, has vuelto. Gracias a Dios.

Mi madre me rodeó el cuello con los brazos y lloró sin reservas.

Mi padre me dio unas suaves palmadas en la rodilla, una rara muestra de afecto.

—Llamé al doctor Jansen. Ya viene.

—¿Cuánto tiempo...? —Mi voz se quebró antes de terminar la pregunta. No hizo falta.

—Sesenta y ocho días —respondió mi esposo—. Durante las últimas semanas estuviste aquí. Un coma inexplicable. Desde la noche en que visitamos el circo. Fue muy duro para nosotros. Nos turnábamos para alimentarte y darte masajes.

El circo. Los payasos.

Tragué con dificultad cuando los recuerdos regresaron.

Aun así logré sonreír.

—He vuelto.

—¿Hay algo que podamos hacer?

—Sí. Tengo hambre.

—Eso es una buena señal —dijo mi madre.

Le dio un codazo a mi padre.

—Prepárale un poco de jugo a tu hijo.

Mi esposo colocó su mano sobre la mía, que descansaba sobre Liberace.

—¿Te quedarás ahora?

—Siempre —respondí—. Solo fue una mala pesadilla.

Sonrió agradecido y me apretó la mano.

O eso creo...


Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

 

EL REGALO DE LA MOSCA BRABBLE

Phillip Barcio

 

Eddie caminó hasta las afueras del pueblo, donde crecen los brabbles, antes de que los demás despertaran. Llevaba una taza de café caliente de su casa (de origen único, comercio directo, orgánico, tostado suave) en una taza que le había robado a Eddie #2, y un pączki relleno con los sueños de una planta de arándano silvestre.

Su plan consistía en comerse el pączki en el campo de brabbles, mojándolo en la bebida humeante que había traído para que el líquido sensual empapara los sueños de arándano del interior y liberara su sedoso aroma a arrepentimientos de amantes.

—Da pequeños mordiscos, Eddie —se recordó a sí mismo, tal como había aprendido en la clase de consumo de pączki—. Deja que la masa dulce se deshaga entre el paladar y la lengua, con los ojos cerrados, mientras las moscas brabble despiertan y el aria de su luz matinal te rodea, llenando tu corazón con la sensación de asombro que has perdido.

¿Adónde había ido a parar aquella creencia de que podía hacer cualquier cosa que quisiera?

Llevaba sus jeans negros, los que había conseguido en Crossroads, con los ostentosos desgarrones sobre los bolsillos traseros y los pesados botones de latón grabados con rostros de tigres. Se había demostrado que los jeans negros, por razones aún no completamente comprendidas, resistían las perforaciones de los brabbles.

Los combinó con una camisa amarilla, el color del decimocuarto chakra, el chakra del codo, depósito de la alegría y de la fe en la magia, y un color ampliamente documentado como atractivo para el caprichoso afecto de las moscas brabble.

Por supuesto, iba sin botas. También sin sombrero. Y sin guantes.

Manos desnudas, cabeza desnuda, pies desnudos: un hombre de paz.

El trayecto hasta las afueras del pueblo pareció más largo que la última vez que lo había hecho, y Eddie se preguntó si no estaría encogiéndose.

La impaciencia pudo más que él y se comió el pączki por el camino, directamente de la bolsa. No lo mojó en el café. No lo saboreó. No dejó que se derritiera en su boca. No cerró los ojos.

Simplemente lo devoró: media hora de emoción comprimida en treinta segundos.

Entonces tropezó con una chapa de botella y derramó el café sobre sus pies descalzos.

Soltó una furiosa palabrota.

La palabrota quedó suspendida frente a él, tomando la forma de una mantarraya azul, y luego se lanzó contra Eddie, adhiriéndose a su rostro.

Eddie cayó de rodillas, asfixiándose, sabiendo que no había forma de arrancarse aquella cosa de encima.

Murmuró tres veces el Daggum-vidha hasta que la palabrota aflojó su presa.

La criatura flotó lejos de su cara y lo observó con enojo.

—Lo siento —dijo Eddie.

La palabrota se volvió translúcida y agitó suavemente las alas.

Eddie proyectó pensamientos amables y suaves susurros de deseos sinceros hacia la criatura hasta que finalmente esta revoloteó y regresó de donde había venido: el reino de las promesas rotas y los sueños olvidados.

Eddie recuperó la compostura.

Cerró los ojos y respiró.

Se concentró en su respiración.

Se relajó.

No sintió nada.

Entonces abrió los ojos y vio una luz amarilla suspendida ante él: una única mosca brabble, una diminuta e interminable supernova ardiente de calor amoroso, un mundo dentro de otro mundo.

Eddie le sonrió a la mosca brabble.

La mosca brabble se expandió cien veces, convirtiéndose en un cosmos resplandeciente y giratorio de fuego, un agujero blanco.

Arrastró a Eddie hacia la luz.

Se precipitó profundamente dentro del abismo y allí, entre los secretos del cielo, se encontró cara a cara con sus deseos más profundos.

Eran tres.

Y le hablaron.

—Somos tus deseos más profundos, Eddie #1. Somos el fracaso, la aceptación del fracaso y el deseo de ser libre.

Eddie extendió la mano hacia sus deseos, pero estos se desintegraron.

La mosca brabble era lo único que permanecía ante él.

—Gracias —dijo Eddie.

La mosca brabble le entregó una diminuta nota que él no podía leer porque era demasiado pequeña y porque jamás había aprendido a descifrar los símbolos escritos del mundo brabble; en la escuela siempre estaba demasiado ocupado comiendo pączki y bebiendo café.

Pero en el instante en que tocó la nota, comprendió.

Su significado lo inundó.

Fluyó a través de la caverna de su aorta, recorrió sus venas y llenó su ser interior con una emoción extraña que disipaba la fatalidad, rompía las nubes y parecía venir de otro mundo; una emoción que nunca antes había experimentado, pero que más tarde describió a Eddie #2, Eddie #3, Alexandre y el Hombre Estatua, para explicarles por qué ya no deseaba cometer delitos con ellos.

La describió así:

—Un cosquilleo... una vibración suave, zumbante y extática que recorría mi cuerpo de un extremo al otro y que, temporalmente, me hizo sentir que el mundo no estaba completamente lleno de mierda.

Phillip Barcio es un autor galardonado, periodista, escéptico de las redes sociales, defensor de los animales y aficionado a los sombreros de pescador. Vive en un pequeño pueblo de Indiana con su mejor amigo, un terrier que viste una chaqueta vaquera. Sus escritos se han publicado en Boulevard Magazine, Western Humanities Review, Michigan Quarterly Review, Swamp Ape Review, Space Squid, Grey Sparrow Journal, Antipodean SF y muchas otras publicaciones de prestigio. Siempre está trabajando en algo más pequeño.

 

LA PERVERSIÓN DE DIOS

Luz Moreno

La Tierra era un mundo grato y sublime, que yo disfrutaba de mirar y embellecer desde la torre del firmamento en la que habitaba, hasta que se me ocurrió que la poblaría de criaturas de dulce voz para que me alabaran. Los demás dioses, que tenían experiencia con poblaciones de otros universos en lejanos confines, me aconsejaron que darles razonamiento y sentires los volvería difíciles de dominar, pero a mí me pareció de gran atractivo, porque aprenderían a amarme como si yo fuese un rey. Les di, además, cuerpos en todo hermosos, dividiéndolos en dos sexos para semejarlos a los animales que poblaban aquel planeta. No les di demasiado pelaje, a excepción de las zonas que lo requerían, para poder observarles libremente.

Me di cuenta de mi error cuando, bajo la blancura de la luna, aquel al que le di ubres se colgó del árbol que yo les había prohibido con el mero fin de averiguar si eran obedientes o no. La esbelta criatura tomó una de las dulces frutas coloradas que colgaban de las ramas con una sonrisa que se volvía maldad en sus ojos, creyendo quizás que la noche haría de velo para que yo no descubriera su chanza. No lo hacía por hambre, sino por simple travesura, aunque ni bien comenzó a comer sintió temor de que el hombre la acusara conmigo. A los pocos bocados, llamó y le convidó al que yo le diera falo, inventándose la historia de que una vieja serpiente se las había obsequiado. Sin embargo, el del falo sospechó la mentira, y ambos se sintieron abochornados por la traición. Se tranquilizaron ideando excusas y disculpas para cuando yo les indagara, creyendo que lo hablado haría diferencia en el hecho. Así de perjudicial que les era su capacidad de hablar.

Cuando me presenté ante ellos, encontré que se miraban algunas partes de su cuerpo, las que servían para perpetuar su imagen y su especie. Decidieron que les avergonzaban porque copulaban con ellas y aquello debía solo ser visto en la oscuridad, y las cubrieron para que yo no los viera, cosa que me enfureció terriblemente: amaba su cuerpo desnudo, las curvas de las mamas, el vigor de la extremidad, los vellos ensortijados, que resaltaban su mirada atrevida hacia el cielo en un orgasmo que jamás habían reprimido, pues hasta entonces no conocían la vergüenza. Acariciarlos por la noche, mientras dormían, me provocaba un regocijo divino, y verlos amarme, dedicándome su cantar y endilgándome los oídos sobre mi bondad, me hacían tan feliz como a ningún otro Dios pudo hacer su criatura.

Tuve que castigarlos; comenzaron una vida de miseria, rodeados de hijos entre los que reinaba la discordia y el rencor. Ya no miraban al cielo con atrevimiento, sino con un temor que al principio me inquietó, pero luego encontré agradable, porque al menos me deparaba respeto. Como los amaba, los perdoné, y les permití vivir en La Tierra durante mucho tiempo, para que me consideraran buen creador, con la esperanza de que volvieran a sentirse deseosos de mi amor. Su manera de agradecerme era bastante divertida: dejaban de comer por mucho tiempo, mataban animalillos en mi honor, recitaban largos cánticos reunidos. Todo esto me halagaba mucho, a pesar de que me entristecía de vez en cuando que en su mirada el miedo hubiera reemplazado al amor desenfrenado que hubo en un principio, como si yo no fuera su amante, sino un padre severo. Jamás quise ser juez maligno para ellos, sino un dulce maestro.

Desde que su creación, al mirarlos crecía en mí un arrobamiento celoso y un exceso de admiración. Sin embargo, comenzó a corroerme la pena del amor no correspondido, pues cayeron en la costumbre de adorar a otras deidades y entregarse a ellos con un furor desmedido que antaño me pertenecía. No era culpa de los humanos, sino de los demás dioses que, envidiosos de mi gran creación en La Tierra, acudían desde recónditos sitios del universo para instalarse por allí, con la excusa de aprender sobre estas criaturas. Se presentaban a los humanos y conseguían que estos los creyeran sus padres y creadores. Reconozco que yo no me he encargado de ganarme a la humanidad y recordarle mi existencia muy a menudo, por considerarla incapaz de olvidarme. No soy dios de los tiempos, por lo que no puedo retroceder a la feliz época en la que solo eran dos pequeños que debía mantener seguros en un fragante jardín. En fin, mi disperso rebaño encontró nuevos maestros, falsos, que les prometieron una muerte dulce y cosas por el estilo, aunque cuando se aburrieran de ellos los abandonarían para regresar a sus tareas, dejándolos también dolientes de desamor.

La mirada de mis criaturas al cielo dejó de ser de pasión o de miedo, para impregnarse de desinterés, hiriendo mi orgullo. Hablaban mucho, sí, pero ya muy poco de o hacia mí. Me sentía abandonado, olvidado por todos, y, poco a poco, perdía el interés por mi planeta. Expulsé a todos los ángeles de mi reinado, enviándolos a servir a otros dioses amigos. Los vi partir por la vía láctea, agitando sus alas, nerviosamente, mirando hacia atrás, sorprendidos de que de pronto yo los despreciara. Pero no quería tener a nadie cerca, porque necesitaba pensar, buscar la manera de sentirme a gusto nuevamente. Tuve que encontrar una nueva fuente de inspiración, y se me ocurrió concentrarme en la desgracia de los humanos. Fue entonces que, a escondidas de los dioses mayores (siempre supe que el mal sería castigado), me decidí a enviar insoportables torturas a los que no me amaban, celoso de la devoción que profesaban a otros. Oh, de haber conocido que esto no los haría regresar a mis brazos, sino que los alejaría en la bruma del rencor, jamás hubiera comenzado. Pero luego, cuando casi no me quedaban seguidores, castigarlos me parecía como un exorcismo que ellos merecían, y que me propiciaba mayor placer que el cuidarlos o simplemente dejarme adorar. Sus gritos de labios abiertos de cara al cielo, sus ruegos de piedad, eran repetidos por mí como expresiones de deseo fogoso. Sus lágrimas renacían en mi cuerpo por el orgullo de mis macabros planes. Me volví un apasionado del sufrimiento, que me aliviaba la soledad. Miraba con júbilo como cada vez que ellos construían ciudades, al poco tiempo caían, destruidas por guerras y pestes, y se vaciaban de gente, y yo los miraba, con mi gran ojo. Tanta desesperación y destrucción de todas las cosas humanas, que ellos creaban y yo arruinaba de un pestañeo, me parecía más divertido que mi tarea de antaño, la de crear criaturas en mi el planeta que se me había asignado. Los campos secos no daban ya fruta, así que los niños enfermaban y las madres morían de tristeza, y los hombres, hambrientos, se violentaban y mataban a sus familias. Los hospitales estaban llenos, y no había médicos que atendieran. La gente enloquecía, saqueaba los negocios, lloraba, se tiraban de los balcones y la sangre corría, goteaba, manchaba las calles y la tierra, y yo olfateaba el aroma salado y escarlata y me reía. Esos clamores, esos gritos, esos llantos, múltiples, formaban una melodía que se alzaba por los aires y yo la oía, bailando, haciendo frufrú con mis alas blancas, y palmoteaba alegremente, solo, desde mi torre.

Fue cuando los humanos comenzaron a preguntar a otros dioses por qué la desgracia se ensañaba con ellos, a raíz de lo cual mis colegas averiguaron de dónde provenían las enfermedades, plagas y cataclismos, y se allegaron a mí en vuelo veloz. No los vi venir, ocupado en hacer nacer a los ideadores de la bomba atómica. No los oí, porque reía para mí y meditaba sobre el bien que harían los humanos si comprendieran que al regresar a mi regazo se calmarían todos sus males. Entonces escuché detrás de mí el batir de alas blancas y el susurrar de la palabra “pervertido”, y sentí un filo helado en mis omóplatos. Cortaron mi plumaje alboreado manchando todo mi cuerpo moreno de sangre escarlata. Así sin más, quebrantado de dolor y sin poder mirar a los ojos a mis atacantes, fui conducido a un territorio en las profundidades del cosmos, detrás de la muerte humana, que nombraron como el Infierno. “¿Querías ser rey? Ahora serás Rey de las tinieblas” y allí me dejaron. Otros dioses pequeños había junto a mí, todos malvados con sus creaciones, de los que se me puso al mando. Cuando pregunté qué debíamos hacer, explicaron que los humanos, ahora carentes de Dios, muy pronto se matarían unos a otros y habría que cuidar más almas perecidas que en vida. Desde que tomé el mando en el Gehena he comprobado que los humanos llegan aquí a montones, a convertirse en mis súbditos nuevamente. Nada de devoción hacia mí encuentro en ellos: culpable de todos sus males, me detestan y me llaman Lucifer. Imagínense lo que han enloquecido en la Tierra, que creen ahora que he sido yo esa vieja serpiente que engañó a la inocente Eva, cuando fue la de las tetas exuberantes la que tomó la manzana.


Euge Luz Moreno dice de sí misma: Tengo 19 años y me apasionan la literatura y el teatro. Participé de diversos talleres literarios, finales de concursos como los Juegos Bonaerenses 2022 y el premio José Carlos Capparelli, del que recibí una mención, y antologías como Trazo Lunar 2025. Publiqué un libro de cuentos, Los trece miedos (2023), y otro de poemas, Rosa de los vientos (2025). Actualmente, soy estudiante de Letras en la FFyL de la UBA, formo parte del elenco de la obra “Invocación”, corrijo textos académicos y literarios e incursiono en la escritura de textos teatrales y novelas.

ESTRELLA