sábado, 14 de febrero de 2026

LA EXTRAÑA HISTORIA DE FRANK Y SU AMIGO EL HIDRÓFOBO SEÑOR STIMS

Boris Glikman

 

…así que, como estaba diciendo, yo estaba sentado cómodamente en una bonita silla cuando el señor Stims me contó lo que quería hacer con su invento. Pero por favor no me interrumpan otra vez, porque voy a olvidar lo que estaba diciendo y no podré contarles toda la historia de lo que ocurrió ese día.

Permítanme empezar de nuevo desde el principio, porque ahora no recuerdo qué es lo que ya les he contado. Mi nombre es Frank. Terminé la escuela hace dos años. Paso la mayor parte del tiempo en casa y miro la televisión. Vivo con mi mamá. Me gusta mucho. Es muy inteligente y sabe de todo. Así que no veo qué tiene de malo decir: “Eso me lo dijo mi mamá”, pero los otros chicos se reían cuando yo decía eso y me llamaban retrasado, lo cual me hacía enojar. Ahora ya no puedo juntarme con ellos; mi mamá dice que tengo mal carácter y que podría hacerles daño.

Mi único amigo es mi vecino de al lado, el señor Stims. Me gusta mucho estar con él. Me encantan los magníficos juegos mentales que inventa. El juego que más me gusta es aquel en el que me pide que adivine en qué está pensando en ese mismo momento. No es nada fácil de jugar.

Por lo general paso el tiempo en su sala de estar, donde tomamos té, comemos algunas galletas y hablamos de temas interesantes. Pero ese día el señor Stims me invitó a su estudio y me pidió que me sentara en una silla cómoda, junto a su escritorio. Él se sentó detrás del escritorio, sobre el cual había blocs de notas y carpetas, todo ordenado con mucho cuidado.

Después de mirarme en silencio durante cerca de un minuto, con una expresión extraña en los ojos, el señor Stims empezó a hablar:

—Durante los últimos cinco años he estado absorto en una tarea diabólicamente difícil, como probablemente habrás notado, Frank. Ya no necesito ser reservado respecto de lo que hago, pero sí quería disculparme por haber sido evasivo e impredecible en el pasado.

Tenía razón. Nunca me había dicho a qué se dedicaba, pero a mí me parecía que pasaba gran parte de su tiempo trabajando en algún problema científico. Todas sus habitaciones estaban llenas de libros cuyos títulos yo no entendía, y de papeles cubiertos de cálculos y fórmulas escritas con su letra desprolija. Y sus maneras extrañas a veces me confundían. Recuerdo que una vez le pregunté cómo le gustaría ser recordado, y eso provocó una reacción muy rara en él. Primero se puso rojo, luego blanco, y solo respondió que tenía grandes esperanzas para el futuro. En otra ocasión le dije que, aunque no vivimos lejos del océano, no sabemos mucho sobre él, y que podría haber grandes monstruos marinos y otros peces curiosos viviendo en sus profundidades. Por alguna razón, se alteró mucho y empezó a hablar sin parar sobre las propiedades químicas del agua. Luego, de repente, se detuvo a mitad de una frase y comenzó a hablar de algo completamente distinto. Aun así, sigo pensando que es una persona fascinante. Sabe muchísimas cosas y siempre puede responder a mis preguntas.

El señor Stims continuó.

—Quizá recuerdes de tus años escolares qué es una molécula polar, amigo mío. Pues bien, el agua está compuesta precisamente por moléculas polares. Ese hecho es la piedra angular de mi trabajo.

En realidad, yo no recordaba nada sobre esas moléculas. Para decir la verdad, no recuerdo gran cosa de mis años escolares. Siempre estuve rodeado de personas más inteligentes que yo, lo que me daba miedo de hablar y decir lo que pensaba, por temor a decir algo estúpido. Por eso me gusta tanto el señor Stims. Nunca me ha tratado como a un tonto y siempre está dispuesto a escucharme y a explicarme las cosas.

—El hecho de que sea una molécula polar, ¿te sugiere algo, Frank? —preguntó.

Sin esperar mi respuesta, como suele hacer, continuó:

—Iría directo al punto. Para tu beneficio, lo explicaré en términos simplificados. La molécula de agua es una partícula cargada. Las partículas cargadas responden a los campos magnéticos. Creando una fuerza magnética de la intensidad adecuada y alineándola en la dirección correcta, podemos separar la molécula de agua en sus partes constituyentes. Podemos convertir el agua líquida en los gases hidrógeno y oxígeno. La teoría que hay detrás es, por supuesto, mucho más complicada, pero lo que acabo de decir resume mi trabajo.

Dejó de hablar por un momento, para darme tiempo de entender lo que había dicho. Pero, siendo sincero, no le veía mucho sentido a todo aquello. Pensé que sería mucho mejor poder hacer lo contrario y crear agua a partir de esos gases invisibles, para que la gente de todas partes tuviera suficiente para beber, sobre todo quienes viven en los desiertos calurosos.

Continuó diciendo:

—La idea suena bastante simple. Pero ponerla en práctica fue otra historia; los años que pasé intentando crear un aparato funcional, tratando de descubrir la alineación correcta... Fracaso tras fracaso. Muchas veces estuve tentado de mandar todo al aire y marcharme. Solo una esperanza me mantuvo en marcha. No puedo decir que fuera una sensación bien definida, pero era algo así como… bueno, como que al alcanzar mi objetivo, todos mis actos pasados adquirirían el sentido que les faltaba.

Observé atentamente el rostro del señor Stims. Tenía la frente cubierta de sudor y una mirada distante en los ojos, pero enseguida esa expresión desapareció.

Luego dijo:

—Déjame contarte un poco de mi pasado, ya que explicará en cierta medida el presente. Fui un brillante estudiante universitario, especializado en química. Me encaminaba directamente hacia una carrera académica convencional. Pero mi personalidad no encajaba bien en el entorno académico. La atmósfera claustrofóbica y la rutina diaria sofocaban mi creatividad natural; la actitud autoritaria de los profesores, la competencia constante entre los estudiantes. Una vez que dejé la universidad, no hubo marcha atrás. Hasta el día de hoy sigo siendo un outsider dentro de la comunidad científica. Tú, Frank, eres la primera persona en el mundo que oye hablar de mi logro.

Aunque me sentí halagado, seguía pensando que sería mejor crear agua a partir de los gases invisibles, para que la gente de todas partes tuviera suficiente para beber, sobre todo quienes viven en los desiertos calurosos.

—¡Pero ¿qué estamos esperando?! —exclamó—. Las acciones valen más que las palabras. Dame solo un minuto y te mostraré cómo funciona.

Mientras él se ausentó, estiré las piernas; casi se me habían dormido. También me picaba la espalda, donde me había picado un mosquito, y me rasqué bien. No podía hacer eso cuando el señor Stims estaba en la habitación. Cuando estoy con él, trato de comportarme correctamente para que me respete. Recordé que pronto sería la hora de la cena y me pregunté qué habría preparado mi mamá. Esperaba que fueran palitos de pescado con puré de papas. Es mi comida favorita en todo el mundo.

Mi amigo no tardó mucho en volver. Cuando regresó, traía una pequeña caja brillante y un vaso lleno de agua. Pensé que era muy considerado de su parte traerme agua, porque tenía mucha sed. Estaba a punto de extender la mano y decir: “Gracias, señor Stims, es muy amable de su parte”, cuando colocó la caja brillante sobre el vaso. Se oyó un siseo y el agua desapareció ante mis ojos. Bueno, en realidad no desapareció de inmediato. Por un segundo, parecía como si el agua hubiera sido cortada en dos, como un panecillo fresco con un cuchillo afilado, y luego ambas mitades se desvanecieron. Me sentí un poco molesto, porque de verdad quería beber esa agua, pero la escena fue tan asombrosa que no pude evitar exclamar:

—¡GUAAU!

La habitación se llenó de un olor extraño, como una mezcla de huevos podridos y piña fresca. El señor Stims debió notar que yo olfateaba, porque dijo:

—Eso es óxido nitroso, o gas de la risa, como se lo conoce comúnmente. El oxígeno liberado por el proceso se ha combinado con el nitrógeno del aire. Hay que tener mucho cuidado con el óxido nitroso. Afecta la mente.

Sabía que esperaba que yo dijera lo impresionado que estaba, y así lo hice. Él no respondió durante un rato, y luego empezó un largo discurso. Solo recuerdo fragmentos:

—Tengo grandes planes, grandes planes —dijo el señor Stims—. ¡Imagina multiplicar la potencia de esta máquina por cien, por mil, por un millón! ¡Mira el mapa del mundo, Frank! ¡Mira cuánto espacio ocupan los océanos! Dos tercios de nuestro planeta son agua. ¡Dos tercios! ¡Cuánta tierra desperdiciada! Muchas regiones están superpobladas. Eso genera estrés, y el estrés conduce al crimen. Y además, la población mundial crece a un ritmo cada vez mayor. ¿De qué sirve el agua del océano? No podemos beberla. Y, en cualquier caso, muchas regiones que hoy son océano alguna vez fueron tierra firme. Necesitamos recuperar esa tierra. Y no tenemos por qué detenernos ahí. ¡Ha llegado el momento de que los océanos desaparezcan! Los haremos desaparecer, igual que el agua de este vaso. Es cierto que eso podría provocar algunos cambios climáticos, pero se resolverán fácilmente. ¡Y solo imagina… tierra, tierra por todas partes! ¡Un gran continente continuo! ¡Sin barreras entre países! ¡Todo el mundo finalmente unido como uno solo, viviendo en paz! Espacio para plantar cultivos, espacio para que el ganado vague libremente. Una amplitud que, en este momento, la humanidad ni siquiera se atreve a soñar. ¡Continentes enteros bajo los océanos están esperando que los poblemos! ¡Las posibilidades son sobrecogedoras! Sí, habrá un precio que pagar. Ese precio lo pagarán los habitantes del océano, pero no tenemos por qué preocuparnos por eso. La inteligencia surgió en la tierra, y serán los habitantes de la tierra quienes gobiernen este planeta. ¡Y yo pasaré a la historia como el hombre que hizo todo esto posible, el nuevo salvador de la humanidad!

El señor Stims estaba cada vez más exaltado. Siempre que se entusiasma, camina de un extremo a otro de la habitación y agita los brazos. Y eso era exactamente lo que hacía; sus brazos giraban como las aspas de un molino y gritaba:

—¡Liberación de la tiranía del agua! ¡Ha llegado el momento! ¡Las posibilidades son infinitas!

Todo era muy interesante, pero yo tenía bastante hambre y no podía dejar de pensar en los palitos de pescado con puré de papas. Fue entonces cuando un pensamiento aterrador me sobresaltó tanto que sentí como si alguien me hubiera golpeado el estómago. Me di cuenta de que, sin océanos, ya no habría peces, y sin peces, ya no habría palitos de pescado para comer. Los palitos de pescado son, de verdad, mi comida favorita en todo el mundo.

Dije:

—Oiga, espere un momento, señor Stims. A mí me gustan mucho los palitos de pescado. No puede matar a todos los peces. ¡Deme esa cosa brillante! No quiero que destruya los océanos.

—Peces, bah —respondió—. ¿Quién los necesita? No cantan, no se los puede acariciar y huelen horrible.

Se negó a darme la caja. Se produjo un forcejeo entre nosotros, porque yo estaba empezando a enfadarme bastante ante la idea de no poder volver a comer palitos de pescado, todo por culpa de su estúpido invento. Intenté agarrar el aparato y quitárselo; fue entonces cuando, sin querer, presioné el botón redondo y rojo que tenía en la parte superior. Lo que ocurrió después fue lo más extraño de todo. Saben que cuando inflan un globo y luego lo sueltan sin atarlo, este sale volando por toda la habitación mientras deja escapar el aire, ¿verdad? Pues algo parecido le ocurrió al señor Stims. Todo ese vapor empezó a salirle por los ojos, las fosas nasales y la boca, y él se fue volviendo cada vez más delgado y cambiando de forma ante mis propios ojos. Luego simplemente cayó al suelo, o lo que quedaba de él, porque para entonces parecía una enorme pasa aplastada.

—Lo siento mucho, señor Stims —le dije—, pero de verdad me gustan los palitos de pescado. Son mi comida favorita en todo el mundo.

Después tomé la caja que estaba tirada en el suelo y la rompí en pedazos pequeños. Ustedes dos ya saben lo que ocurrió después.

Los dos detectives intercambiaron una mirada, y uno de ellos dijo:

—Parece que va a ser una noche larga para todos nosotros, Frank.

 Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

BOZALES

Achim Stößer

 

El Día del Oso, Franco vio por primera vez a una mujer sin correa y sin bozal.

La empujaban y tiraban de ella mientras apenas podía ofrecer resistencia, ya exhausto. Luego le quitaron la venda de los ojos y la mordaza. La luz repentina le dolió en los ojos. En la habitación había, además de él, tres hombres y la mujer. Franco se quedó helado. Ya se había encontrado antes con mujeres sin correa, pero nunca una se había atrevido a quitarse el bozal en su presencia, como una mora descarada.

Por fin salió de su parálisis y se volvió hacia los hombres.

—¿Qué quieren de mí? —gritó—. ¿Por qué me han secuestrado?

La habitación no tenía ventanas; la iluminaban lámparas de techo y estaba abarrotada de todo tipo de aparatos técnicos, computadoras, pantallas. Las paredes, e incluso el suelo y el techo, estaban cubiertos por una malla metálica muy fina. Franco recordaba haber entrado en el edificio a nivel de la calle y luego haber bajado en un ascensor hacia un piso subterráneo. Había oído hablar de estas cámaras secretas bajo los edificios, llamadas sótanos o catacumbas. Pero nunca habría creído que existieran allí, en Roma, capital de la provincia de Gran Calabria. Entonces ocurrió lo increíble.

Ella habló.

La mujer habló sin que se le diera permiso.

A Franco le tomó varios segundos comprender lo que decía, tan conmocionado estaba por semejante monstruosidad.

—Perdonad, Don Felipe, este trato algo inusual —y debo admitir, tosco—. Pero necesitamos vuestros servicios.

—¿Qué significa todo esto? —dijo sin mirarla.

Ella continuó su blasfemia sin inmutarse:

—Vos sois un historiador de importancia, Don Felipe Franco. Pero aun dadas las circunstancias no queremos dejar de lado la cortesía y empezaremos por presentarnos. Estos son Alfonso García Hernández, Enrico Leoni y Mateo Dupont. Mi nombre es Teresa Montañéz.

¡Teresa Montañéz! De pronto todo cobró sentido. La legendaria líder de los Rojos –como irónicamente se llamaban a sí mismos– existía de verdad; no era sólo un mito. Él siempre la había imaginado vieja, canosa, pero en realidad no podía tener más de cuarenta años. Se atrevía incluso a vestir ropa masculina; lo que los cuatro llevaban parecía casi un uniforme: camisas rojas, faldas plisadas hasta la rodilla de cuadros grises, zapatos pesados. Teresa mostraba, como si fuera un hombre, sus piernas casi desnudas, cubiertas apenas por vendas.

—¡Asquerosos desviados! Dejarse mandar por una mujerzuela —escupió Franco con el rostro torcido de repugnancia.

—No creo que el género de las personas con las que mantenemos relaciones físicas tenga aquí relevancia alguna —replicó Enrico con sorna.

—¿Qué quieren entonces de mí? —preguntó Franco mirando a Alfonso García Hernández; el nombre le resultaba familiar.

Teresa lo cortó:

—Tendréis que acostumbraros a hablar conmigo, Don Felipe. Al menos si queréis una respuesta.

Él vaciló. Luego se obligó a decir:

—¿Por qué me han secuestrado, Esposa... Hija...?

—No soy solamente la hija de alguien ni la esposa de nadie. Llamadme Doña Teresa.

—¿Doña? Está bien… ¿qué hago aquí, Doña Teresa?

—Ya veis, no fue tan difícil, ¿verdad? Nuestro problema es el siguiente —quiero extenderme, ya que seguramente sólo conozcáis nuestros objetivos a través de las distorsionadas versiones oficiales—: cuando los primeros Teton-Dakota llegaron desde la Isla Tortuga y descubrieron la entonces incivilizada Europa, trajeron muchas cosas desconocidas para nosotros: tabaco, peyote, pero sobre todo la fe en el Cumplidor, que les había enseñado La Única Verdad. Colonizaron este continente, y sus armas y guerreros eran tan superiores a los nuestros que pronto casi toda la población se convirtió; las religiones emergentes de entonces –bahá’ís, cristianos, heranistas, lamaístas, laconistas, etc.– hoy no son más que pequeñas sectas minoritarias que casi nadie conoce.

—¿Y qué? —interrumpió Franco—. ¿Acaso no creemos todos en el mismo Dios? ¿Qué importancia tiene?

—Para quienes fueron masacrados por venerar a Donar, Baal o Hermes, mucha. Pero ese no es nuestro objetivo.

—Claro, hubo ciertos errores, interpretaciones equivocadas de la enseñanza del Cumplidor; pero hoy es algo completamente distinto.

—Llamar “errores” a la matanza de millones que murieron de forma atroz en el poste de tormento no parece apropiado. Pero como dije, por ahora enfoquémonos sólo en el presente.

Se sentó en una de las sillas giratorias; los demás la imitaron, excepto Franco, que permaneció de pie.

—La riqueza que los Oglala han acaparado mediante robo, asesinato, saqueo y explotación hasta hoy supera toda imaginación. Su poder es inigualable. A los niños se les inculca la supuesta Verdad en los círculos de enseñanza desde que son muy pequeños hasta que terminan creyendo en ella, sin posibilidad alguna de pensar por sí mismos. Gran parte de Europa está firmemente en manos del chamanado. En el Este Hispano hay una guerra religiosa entre los Oglala ortodoxos y los sofistas y los heranistas; la capital provincial, Atenas, está sitiada, y así desde hace dieciséis meses.

—¡Wakan Tanka! Es una guerra civil —explotó Franco—. Y se libra por razones étnicas, no religiosas.

—¿Ah, sí? ¿Y a qué grupo étnico pertenecen los heranistas? ¿Y en qué se diferencian realmente las dos sectas oglala, aparte de detalles de su superstición?

—Llamar superstición a la fe íntima de personas profundamente religiosas, que incluso están dispuestas a morir por ella, es…

—Dispuestas a matar por ella, querréis decir. ¡Responded a mi pregunta!

Franco guardó silencio.

—Lo mismo ocurre con las cacerías humanas medievales de los Oglala: si las realizaron sólo por la piel pálida de los nativos europeos, ¿por qué entonces iniciaban a la fuerza incluso a los niños antes de matarlos?

—Pero los Teton también hacen el bien, pensad en las Casas de Medicina.

—Que sólo costean en una fracción diminuta —lo que casi nadie sabe. Imaginad que una cadena de bocadillos —no mencionaré el nombre— recibiera Casas de Medicina pagadas por el Estado, y sólo tuviera que organizar un banquete de carne picada por el Día de la Cosecha; pero a cambio pudiera despedir a todo médico o cuidador vegetariano y nombrar las casas con sus platos cárnicos. ¿Se lo perderían? Lo dudo. Las Casas de Medicina son pura ilusión, exactamente igual que la participación de los Oglala —refutó Teresa—. Pagan casi nada, pero obtienen derechos enormes y propaganda. Pero no es sólo eso. Los Teton han traído tanto sufrimiento que ni pastel de maíz, ni papas, ni vasijas de barro pintadas lo compensan. Las mujeres están condenadas a llevar bozal —continuó—, tal como manda la doctrina. Nada extraño en un pueblo cuya lengua usa palabras distintas para las mismas cosas, unas asignadas a los hombres y otras a las mujeres.

—Naturalmente, ¿qué hay de malo en ello? La obligación de bozal y correa sólo sirve para proteger a la mujer y evitar que, por comentarios o acciones irreflexivas, pierda el honor.

Ella lanzó un grito y giró violentamente en la silla.

—Déjalo, Teresa —intervino Mateo—. Con razonamientos no llegarás lejos; su fe no le permite desviarse del sendero trillado, donde ya no crece la hierba.

Teresa apretó los labios.

—Tienes razón. —Balanceó un poco la silla—. Bien, Don Felipe, esto es lo que haremos: Don Alfonso aquí ha desarrollado un método para cambiar el pasado.

—Vinculación de energías entre parejas cuánticas —murmuró Alfonso mientras se tocaba la cinta de la frente. Entonces Franco lo reconoció, aunque debía tener más de ochenta años y su aspecto había cambiado mucho desde que su fotografía había aparecido en los medios dos décadas atrás, cuando recibió el Premio Solar por sus logros en física. Ahora había caído al nivel de un ayudante de los Rojos, débil, frágil y cansado. —Si las partículas Z fluctúan en tríos, entonces…

—Basta, Don Alfonso —lo interrumpió Teresa—. Eso ahora no importa. Lo que haremos, Don Franco, es cambiar el pasado en un punto decisivo, y con ello también el presente. La aparición del Cumplidor determinó la historia de los últimos dos mil quinientos años, como un insecto que pasa sobre una piedrita y desencadena una avalancha. Vamos a impedirlo, y vos, Don Franco, nos indicaréis el momento adecuado para manipular los impulsos cerebrales del Cumplidor a nivel cuántico tal como una excavadora revuelve un montón de grava, ¿es correcto eso, Don Alfonso?

Franco jadeó.

—No lo haré —gritó—. ¡Están locos!

—No fue una petición. Lo haréis.

—Jamás los ayudaré a destruir al Cumplidor. Nunca, aunque me maten.

—Entonces escuchad. El próximo día de ciervo, el diecisiete del Mes del Fuego del año 2353 de la Era del Cumplidor —según las fórmulas de Don Alfonso— es adecuado para el tránsito. Lo haremos con o sin vuestra ayuda. De hecho, con la de muchos otros historiadores a quienes ya hemos consultado: debíamos asegurarnos de que no nos mintierais. No os mataremos. Os dejaremos libres y cambiaremos el pasado. El mundo como lo conocemos dejará de existir, y vos también, pues algún antepasado vuestro se verá afectado.

—Nunca haber existido —corrigió Alfonso.

—Nunca haber existido, exacto. Este es un espacio de protección, creado para preservar nuestra forma física. En Roma hay docenas de ellos, y en cada ciudad grande del Imperio, otros tantos.

—La probabilidad de éxito es baja —añadió Alfonso—. Quizá sólo unos pocos sobrevivamos al tránsito, quizá ninguno.

—Así es —confirmó Teresa—. Pero existe una posibilidad, y vale el riesgo. Decidid, Don Felipe Franco, pues no hay marcha atrás: corregiremos el pasado.

Franco por fin se sentó. Su mirada se perdió en el vacío; se humedeció los labios.

—¿Qué probabilidad hay? —preguntó al fin.

—No lo sabemos —respondió Alfonso—. Teóricamente uno entre veinte, quizá uno entre diez. En la práctica es imposible decirlo, ya que evidentemente sólo podemos realizar el tránsito una vez. Si fracasa, si, por ejemplo, mi existencia se extingue y en el nuevo mundo mi método no existe…

—No soy científico —dijo Franco—, pero sé que un experimento científico debe poder repetirse y tener resultados verificables.

—Esto no es un experimento científico —dijo Teresa con voz tensa, ojos entornados y aletas de la nariz dilatadas—. Es legítima defensa.

Franco cantó el tradicional canto de la Danza del Sol lakota, como hacía cada mañana del día de ciervo, pero esta vez con especial fervor:

Ate, Wakan Tanka unsimala ye yo.

Oyate, oyate zani cin pelo.

Heya hoye wa yelo he.

Padre, Gran Espíritu, ten compasión de mí. Tu pueblo, tu pueblo necesita sanación. Así te envío mi voz de esta manera.

 

Alfonso limpiaba un cuenco de pemmican con un pan de maíz mientras observaba una pantalla.

—Falta un minuto —dijo, seco. Parecía tranquilo, como si cambiar el mundo fuera algo cotidiano.

—No entiendo cómo podéis estar tan sereno, Don Alfonso, comiendo en un momento así —balbuceó Enrico. Tenía la lengua pesada por el peyote. Sostenía la mano de Teresa—. En cualquier momento podemos entrar en los prados eternos o disolvernos en el aire.

Alfonso negó con la cabeza.

—En menos aún. Pero ya no sentiremos nada cuando llegue el momento. Como si estuviéramos muertos.

—Entonces… rien ne va plus —dijo Mateo en dialecto nordhispano. Nervioso, hacía girar un bolígrafo entre los dedos—. Sigo creyendo que, en vez de manipular el pasado para mejorar el presente, deberíamos trabajar en el presente para un futuro mejor. Todo esto me parece cosa de un heyoka, que hace o dice todo al revés para confundir a la gente.

—Están todos locos. Dios no lo permitirá —silbó Franco—. Su sacrilegio fracasará.

—Diez segundos —dijo Alfonso, dejando el cuenco. En la pantalla, un enorme diez se fundió en un nueve. Ocho. Siete.

Teresa cerró los ojos y apretó los dedos de Enrico.

—Ya casi —dijo Alfonso, agarrando los reposabrazos de la silla—. Tres. Dos. Uno.

—¡Mitakuye oyasin! ¡Todos somos parientes!

El final de sus palabras lo gritó Franco en la oscuridad. Respiraba entrecortadamente, su corazón se desbocaba. Se incorporó de un salto, se mordió los nudillos de la mano cerrada.

—¿Qué ha pasado? ¿Un corte de energía? ¡Respondan! ¿Por qué hace tanto frío?

Avanzó un paso, tropezó, cayó al suelo, sintió suciedad en las manos. Se levantó de nuevo, avanzó hasta chocar con una pared, la palpó hasta encontrar la puerta. Halló el interruptor.

Una bombilla desnuda colgaba del techo, su luz era turbia.

La habitación estaba sucia, llena de trastos, cajas, muebles viejos. Sólo había una ventanita del sótano, tapiada. En una esquina se amontonaba carbón.

Habían desaparecido. Todos. Los Rojos. Las máquinas. Sólo quedaban la silla donde Franco había estado sentado, su ropa y él mismo.

En la pared colgaba un bajorrelieve a media escala: una escena de tortura repugnante, mostrando a un hombre desnudo y demacrado, con expresión de sufrimiento, clavado con manos y pies a dos vigas en cruz. Una corona de alambre de púas le destrozaba la cabeza. ¿Quién podía concebir algo tan abominable?

Franco embistió la puerta: una vez, dos, tres, hasta que la cerradura cedió y se abrió.

Subió corriendo por unas escaleras en penumbra y salió al exterior por una puerta sin llave.

La calle estaba llena de gente. Las mujeres caminaban sin correa ni bozal; muchas iban casi desnudas. Los hombres vestían extrañas prendas bifurcadas, salvo uno con un manto blanco y falda negra, acompañado por dos muchachos; tras ellos marchaba un grupo de gente de negro, siguiendo una caja de madera oscura.

Enfrente había un edificio enorme y fastuoso, blanco, rodeado de esculturas de piedra y con una torre puntiaguda. ¿Sería aquello una casa de oración? ¿O una mezquita pagana?

Algo tiró de su falda plisada. Un niño, vestido con harapos, le tendía la mano pidiendo limosna.

Franco huyó, dobló la esquina y chocó con una mujer, la primera bien vestida que veía allí.

—¡Kusura bakmay iniz! —balbuceó ella con los ojos bajos, lo único visible de su rostro; el resto estaba cubierto por velo y chador.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

 

 

MUDANZAS

Héctor García

 

A mí las mudanzas siempre me parecieron divertidas. Bah, salvo el último tiempo, que ya estaba un poco cansada. Bueno, papá le decía «irse de vacaciones», pero después de un tiempo yo empecé a darme cuenta; tan chiquita no soy, ocho años tengo. Creo que él les decía así para que nosotros no nos pusiéramos tristes por tener que irnos, o porque fuéramos a extrañar. Tampoco era que pudiéramos extrañar mucho, porque no alcanzábamos a quedarnos mucho tiempo en un mismo lugar, así que yo no alcanzaba a hacer ningún amigo en el barrio, tampoco me acuerdo de mis compañeros ni de las seños de cada clase… Y Tomasito… Tomasito seguro que no se acuerda, él era muy chiquito, si es más chiquito que yo.

No me acuerdo cuándo fue la primera vez que nos mudamos. Capaz que papá y mamá ya lo hacían desde antes que yo naciera. Sí me acuerdo de que las últimas veces a papá lo veía más cansado, más desanimado. Al principio no era así, podíamos organizarnos con tiempo, y papá y mamá estaban contentos. Pasábamos meses armando cajas, bolsos y valijas, y cuando llegaba el día cargábamos todo en el auto y salíamos de viaje. Bueno, en realidad eran papá y mamá los que cargaban más cosas; a mí me pedían que cuidara a Tomasito mientras ellos movían todo, y cada tanto me dejaban mover alguna mochilita o el equipo de mate.

Me acuerdo de que en uno de esos tantos viajes jugamos a adivinar qué era lo que más y lo que menos nos gustaba de «irnos de vacaciones». Conmigo fue fácil, a mí siempre me gustó armar las valijas, porque me ayudaba a darme cuenta de cuáles eran las cosas que de verdad quería y de verdad necesitaba, y cuáles eran las que podía dejar atrás sin mucha pena. Mamá se quejaba de que, con tanto movimiento, no podíamos tener un televisor, pero papá decía que era cuestión de pensarlo bien, en una de esas capaz que conseguíamos uno, aunque fuera usado.

—Pero, Horacio —decía ella, con un tono que a mí un poco me asustaba—, ¿vos viste lo que ocupan esos aparatos? Si compramos uno, la próxima vez no nos entran los nenes en el coche.

—¿Y entonces para qué te quejás tanto? —le contestaba papá. Y ahí a mamá cambiaba el tono, se ponía como más soñadora, decía que con todos esos viajes se sentía asilada del mundo (aunque yo no sé qué quería decir con eso), y que con un televisor iba a estar más enterada de todo, más conectada con todo. Y ahí, enseguida se ponía a contar, otra vez, cuando unos años antes se juntaron en la casa de los padres de unos amigos de ella a ver la llegada del hombre a la Luna, y que eso fue lo más maravilloso que había visto en su vida, y que se moría de rabia de solo pensar hasta qué otro lugar del espacio exterior había llegado el hombre en todo ese tiempo que ella no tuvo televisor.

En ese viaje también descubrimos que lo que papá más odiaba de las mudanzas era tener que ir a conocer, o reconocer, los mercados de cada barrio nuevo. Igual, creo que papá siempre odió los mercados. Cuando era chiquito como yo, lo tenía que acompañar al abuelo a hacer las compras, y pasaban horas y horas recorriendo despensas y almacenes y buscando cosas para comprar que fueran de buena calidad y que estuvieran a buen precio. Papá decía que cuando te acostumbrás a un mercado la cosa es más fácil, porque ya sabés dónde está todo y no perdés tanto tiempo, aunque últimamente perdía más tiempo buscando buenos precios que otra cosa.

—Y si con la inflación que hay, los precios están por las nubes, Marta, ¿te das cuenta? —le decía a mamá, para luego agregar—: Y con la manera como están manejando las importaciones, encima las góndolas están saturadas de productos que andá a saber qué son ni de dónde vienen, y vos sabés que a mí no me gusta comprar cualquier cosa.

Yo, la verdad, no entendía qué quería decir papá con eso de «inflación», ni tampoco sabía lo que eran las importanciones, pero sí sabía lo que eran las góndolas y por eso me parecía un poco raro que vendieran botes en los mercados, al menos en esos mercados donde papá iba a comprar fideos y mermelada y esas cosas. Lo que sí tuve que preguntar fue eso de que los precios estaban «por las nubes», y ahí mamá me explicó que eran precios que estaban muy altos y eran muy difíciles de alcanzar para gente como nosotros. «Y bueno, que los bajen así los alcanzamos», pensaba yo, pero para mis adentros, porque a pesar de la explicación todavía no estaba muy segura de entender cómo funcionaba la cosa.

Cuando le cuento estas cosas a la abuela, ella me mira con una mezcla de alegría y de tristeza que yo no sé si es mejor seguir contando o parar. Pero si paro, ella me pide que siga, así que yo sigo. Al principio los viajes eran más o menos tranquilos y organizados, pero de a poco todo se fue volviendo más y más complicado. En algún momento, sin que yo me diera cuenta, papá empezó a avisarnos de golpe que al día siguiente «nos íbamos de vacaciones» y que era mejor empezar a preparar el viaje cuanto antes, él decía que para agarrar la ruta despejada o porque había que llegar temprano o lo que sea, pero yo mucho no le creía. Y cuando hacía esos anuncios ya no lo veía tan bien como al principio, como en las primeras mudanzas, pero yo igual me ponía enseguida a juntar mis cosas y armar el bolso.

Otra cosa que cambió con el tiempo fueron los mismos viajes. Antes duraban menos. Después me empezó a parecer que nos íbamos a pueblos y ciudades que quedaban cada vez más y más lejos. Cuando yo preguntaba a dónde íbamos, mamá me decía unos nombres raros que yo no conocía, primero nombres de personas como Rosario, Rafaela, Santiago del Espero, y después nombre más raros como Gramilla, Tafí, Salta, Tilcara… En todos esos lugares raros conocimos gente rara que también hablaba raro, pero era gente buena que nos trataba bien y que muchas veces nos dejaba descansar en sus propias casas cuando necesitamos pasar la noche para seguir viaje al día siguiente.

La última mudanza sé que fue de noche, muy tarde, Tomasito y yo estábamos durmiendo y mamá nos despertó, estaba como asustada, y nos dijo que nos apuráramos porque papá estaba viniendo a buscarnos para «salir de vacaciones» cuanto antes, y que el que no terminaba se quedaba. Yo creo que llegué a armar una sola mochila con algo de ropa y la muñeca, y nada más, porque también la tuve que ayudar a mamá con las cosas de Tomasito porque él todavía era muy chiquito para preparar nada.

Ese último viaje con papá y mamá fue el más largo de todos. Todos estábamos muy cansados, la ruta estaba más oscura que nunca, no se veían ni la Luna ni las estrellas, con lo que a mí me gustaba ver el cielo cuando viajábamos de noche… Después amaneció, pero había mucha niebla así que se veía casi menos que de noche. Supongo que de a ratos me dormía y me despertaba, y me volvía a dormir y todo así, porque no tengo muchos más recuerdos. A diferencia de otras veces, esa vez no paramos en ningún lado, o sea, parábamos para ir al baño o para comprar algo para comer o para cargar combustible, pero no nos quedamos en la casa de nadie. Mamá le decía a papá que nos convenía parar, que era peligroso hacer tanto viaje de un tirón y sin descansar aunque fuera un poco, pero papá no le hacía caso, estaba apurado.

Solo sé que ya estaba oscureciendo de nuevo cuando reconocí las calles del barrio de los abuelos. Pero no fuimos derecho a su casa. Esperamos un rato largo adentro del auto, todos en silencio porque papá no quería que nadie dijera ni una palabra, mamá en un momento salió a comprar algo de pan y fiambre para preparar unos sanguchitos, y recién cuando se hizo bien de noche, ahí papá volvió a arrancar el auto y finalmente llegamos a lo de los abuelos.

Los abuelos parecía que nos estaban esperando, porque no fue necesario tocar el timbre para que nos abrieran la puerta, ya la habían abierto desde antes de que papá detuviera el auto en el portón de la entrada. Entonces entramos todos en la casa, y papá y mamá nos dijeron que esta vez Tomasito y yo teníamos que pasar unos días de vacaciones ahí mientras ellos arreglaban unas cosas, y después volvían. Yo veía a los abuelos a espaldas de papá y mamá, la abuela estaba llorando, pero el abuelo tenía una cara de serio que daba miedo, yo entre esas caras y las explicaciones de mamá y papá no sabía que pensar. Al fin nos mandaron a dormir y nosotros subimos al cuarto que los abuelos tenían para nosotros y nos acostamos. Pero papá y mamá no se fueron enseguida, yo escuchaba que hablaban con los abuelos, primero hablaban bajito, seguro que para no despertarnos, pero de a poco fueron subiendo la voz, y yo me asusté porque el abuelo le decía cosas feas a papá y mamá, cómo no iban a terminar así, que era obvio que estuviera pasando lo que estaba pasando, y que todavía no se daba cuenta de la suerte que habían tenido hasta ahora, y que tenían que pensar en nosotros, y papá le contestaba que no era su culpa, que él había hecho las cosas bien, que ese era el precio de haber hecho las cosas bien y que hacía lo que hacía justamente por pensar en nosotros, y la abuela, o mamá, o seguro que las dos, lloraban y trataban de frenarlos. Yo no sabía cómo cerrar los oídos para dejar de escuchar, así que me cubrí la cabeza con todas mis fuerzas usando la almohada, y esperaba que Tomasito no estuviera despierto o al menos no estuviera escuchando porque yo no quería que él escuchara esas cosas. No sé cuánto rato pasé así, no sé si me dormí o estuve despierta todo el tiempo, pero sé qué en cierto momento la puerta de la habitación se abrió muy suavemente, y escuché unos pies acercándose a nuestras camas y luego sentí sobre mi mejilla los besos y las lágrimas, primero de mamá y después de papá, y ahí no aguanté más y les devolví los besos con mis propias lágrimas y, les di el abrazo más fuerte que jamás les di en mi vida.

No sé cuánto tiempo pasó desde entonces, pero desde el primer día lo único que hacemos con Tomasito es mirar por la ventana esperando a mamá y papá. El abuelo no dice nada, y la abuela trata de distraernos y jugar un poco con nosotros, y a veces es divertido pero otra veces de verdad que no tenemos ganas. Un día que llovía mucho, Tomasito y yo estábamos entretenidos mirando como las gotas de agua caían sobre la vereda y hacían onditas y otros dibujos raros sobre los charcos que se formaban en los lugares donde faltaban baldosas. Era tanto lo que llovía que apenas se podía escuchar otra cosa que agua y más agua, por eso nos llamó la atención –yo diría que en realidad nos asustó– un sonido como un trueno, pero no venía del cielo sino de la esquina, que terminó siendo un auto que nunca antes había visto, el auto más feo del mundo, era muy grande y parecía un tanque de guerra chiquito, y tenía un color verde horrible, si tuviera que ponerle un nombre le pondría verde descompuesto. El auto pasó rápido e hizo tanto ruido que retumbaron los vidrios de las ventanas y hasta pude escuchar vibrando algunos vasos y platos en la alacena de la cocina, y el ruido permaneció en nuestros oídos incluso un rato después de que el auto pasó de largo. Tan aturdidos y concentrados estábamos, que nos sorprendió escucharlo al abuelo atrás nuestro.

—Seguro que a sus padres ya los metieron hace rato en unos de esos Falcon —dijo, con mal genio, y la abuela, que justo pasaba por ahí y alcanzó a escucharlo de casualidad, empezó a retarlo por decir esas cosas, que para variar ni Tomasito ni yo entendíamos, y la abuela muchas veces lo había retado al abuelo, pero esta vez fue distinto, estaba como loca, nunca la habíamos visto así. Mientras tanto, el abuelo no decía nada, nomás miraba fijo la ventana, y la abuela, tal vez cansada de que el abuelo no le preste atención, nos agarró de las manos y nos llevó aparte, a la cocina.

—Escuchen, chicos —empezó a decirnos, y pude notar otra vez las lágrimas en sus ojos—, el abuelo en el fondo es una buena persona y los quiere mucho, un montón, tanto como yo, pero a veces dice cosas feas sin darse cuenta, así que ustedes no le hagan caso. —Entonces hizo una pausa larga, como si estuviera pensando si seguir hablando o no, y se ve que decidió seguir hablando, porque luego agregó—: Tal vez esto sea demasiado difícil para ustedes, pero también creo que es mejor que sepan las cosas cuanto antes. Independientemente de lo que piensen hoy o mañana, quiero que entiendan que sus papás dieron todo por ustedes, porque los aman hasta el infinito, y si hoy no están acá con nosotros es simplemente porque no pueden. Pero quédense tranquilos, estoy segura de que ellos los cuidan… Todo el tiempo, ellos los cuidan desde el Cielo.

—¿Papá y mamá están en el Cielo…? —pregunté, asombrada.

—Sí, tesoro… —respondió la abuela, con la voz ahogada en llanto.

—Pero eso es bueno —dije yo—, porque seguro que ahora ya alcanzaron los precios que estaban por las nubes.

La abuela se quedó como helada unos segundos, y luego, sin que yo lo esperara, se largó a reír. La mezcla entre la risa y las lágrimas la hacía ver como nunca la había visto. Tan sorprendida estaba que sin querer se me escapó un «Qué linda que sos, abu». Y ella nos abrazó, suave pero fuerte, y así nos quedamos un rato.

Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

viernes, 13 de febrero de 2026

EL MAESTRO HERRERO

Anne Leinonen

 

«Trabaja, y cuando no puedas o no tengas capacidad, hazte útil», declaraba la radio desde el alféizar de la ventana. Valfrid, el Maestro Herrero, despertó sobresaltado en su silla. Virutas de latón de la mesa colgaban de su barba; la mano se le había entumecido bajo la cabeza. Eran las seis en punto: había dormido en su lugar de trabajo toda la noche, una vez más.

«El trabajo honra al trabajador. El trabajo es la base del bienestar de nuestro Estado. Ningún ciudadano necesita carecer de su labor diaria. Es hora de despertar y comenzar la jornada con ánimo feliz».

Aunque Valfrid era viejo y encorvado, sus miembros clamaban por hacer algo útil. Sin embargo, primero debía comer algo. Puso astillas en la cocina de hierro, encendió el fuego e hirvió una tetera de agua sobre la placa. La lata del estante contenía mendrugos. Los maestros trabajadores contaban con un sistema de racionamiento bien organizado: una vez al mes el carretero Joel traía carne seca, pan, azúcar y té; a veces también bollos y otras delicias que Hilda, la cocinera del pueblo, había tenido ocasión de preparar.

Bebió el té a sorbos lentos, mordisqueó el trozo de pan y observó el orden de su habitación. La cabaña de troncos era ascética: solo había una cama pequeña y sin hacer, la mesa de trabajo y un par de sillas. Un cubo para los desechos estaba dentro del porche: aunque había una letrina en el patio, había días en que simplemente no tenía tiempo de llegar hasta allí. En un rincón de la estancia había un horno de pan que Valfrid no utilizaba desde hacía meses. La silla había marcado surcos en las tablas del suelo tras innumerables veces de arrastrarla hacia la mesa y retirarla de nuevo.

La cortina delgada atenuaba la habitación hasta ajustar la iluminación a su trabajo. Había un pequeño agujero en la tela, por el que un punto brillante de luz se abría paso hacia el interior. Daba directamente sobre la mesa de trabajo; Valfrid se levantó y recolocó la cortina para ocultar el agujero dentro de un pliegue. Demasiada luz deslumbraría sus ojos.

Se frotó la frente y ajustó mejor las gafas. Se podían pasar largas horas en la mesa en la misma posición, y las extremidades tendían a doler, especialmente cuando se realizaban varias tareas a la vez. Los músculos y las articulaciones ya no se recuperaban con la rapidez de la juventud.

«Esta es la radio del pueblo, Ondas de Diligencia. Durante la próxima media hora visitaremos a algunas personas en su trabajo y hablaremos sobre la comunidad de destino de nuestro pueblo, sobre las necesidades científicas y de moral laboral que todos compartimos».

En el estante, la fila polvorienta de medallas y reconocimientos estaba a la vista: la rueda al mérito de los Fabricantes de Instrumentos, la insignia dorada de los Físicos Teóricos, la estatua del Vigor de la Sociedad de la Eficiencia; todos ellos reliquias de una época en la que la destreza era altamente valorada. Hoy en día solo quedaban verdaderos Maestros en unos pocos pueblos, y esos pocos expertos recibían encargos incluso desde muy lejos. El gobierno local era un empleador insaciable, y Valfrid tenía tantos pedidos como podía aceptar.

La mesa de trabajo de Valfrid estaba llena de piezas diminutas, ruedas, limaduras de metal y herramientas de mecánica de precisión: limas, alicates, pinzas, agujas para transferencia de partículas y perforación de cavidades. Un cable negro se enroscaba entre las tablas hasta el enchufe. En medio del caos brillaba un aparato de tono bronceado, del tamaño de dos puños cerrados. Sus ruedas, ejes y cadenas de bronce-berilio lo convertían en una compleja obra de arte, cuyas piezas encajaban con exactitud absoluta. Valfrid llevaba ya una semana fabricándolo, y aún no estaba del todo listo.

«Toda comunidad de trabajo necesita individuos constructivos».

Valfrid se encogió de hombros. El trabajo lo esperaba. Sus manos no temblaron cuando encajó el mecanismo principal dentro de la carcasa del muelle impulsor y cerró la junta con un chasquido. Hasta allí todo estaba en orden, y ahora podía soldar firmemente la carcasa del muelle. Muchos habrían utilizado una célula de turbina a chorro común o una batería de fusión como fuente de energía, pero un motor eléctrico quedaba descartado en este caso. Aquello debía funcionar contra un campo rastreador de la edad dorada de la tecnología, y ese no podía ser engañado ni siquiera por una jaula de Faraday.

«En nuestro programa En el trabajo visitamos ahora las regiones del norte de nuestro país, el pueblo de Vilisjao, un lugar de gente verdaderamente enérgica y diligente. ¿Y en qué tareas están ocupados aquí?»

Ahora el reportero entrevistaba a un hombre cuya voz chirriaba como una vieja puerta de granero.

—Son las cestas de virutas, eso es. Todo el pueblo es famoso por estas cestas nuestras, ¿ve? Los más jóvenes ayudan en lo que pueden.

—Pero no es lo único que saben hacer, ¿verdad? Ahora estoy junto a una niña vivaz. ¿Y qué está haciendo tu padre, pequeña?

—Papá está bobinando las espiras de los flotadores en la herrería.

—¿Y adónde serán enviadas?

—A la Ciudad Flotante.

—En efecto, el pueblo de Vilisjao tiene una larga tradición en el campo de la tecnología antigravitatoria; de hecho, aquí viven tres trabajadores con grado de Maestro. Pero ahora debemos interrumpir nuestra emisión un momento debido a un comunicado oficial.

Valfrid suspiró profundamente y dejó el soldador sobre la mesa.

«¡Ciudadanos! Respondemos a las inquietas consultas de los familiares. Han circulado rumores entre la población acerca de un accidente con numerosas víctimas mortales en las minas del valle de Sammatin. Nuestra Policía de Seguridad desea enfatizar que no ha ocurrido ningún accidente. La comunicación con el valle de Sammatin se ha visto interrumpida por tormentas de partículas causadas por una abundancia de manchas solares. Debido al elevado número de consultas, se ha organizado una sesión informativa para aquellos familiares que todavía estén preocupados por el bienestar de sus seres queridos. Lamentamos que, en esta etapa, solo podamos invitar a quienes no estén sometidos a presión de tiempo en su trabajo. Los familiares que sean talentosos y especialmente Nombrados por sus habilidades deberán continuar con su labor. La Oficina Estatal de Información Oficial responderá a todas las preguntas más adelante».

La noticia concluyó con la familiar melodía de cierre, brusca y entrecortada.

«¡Atención, trabajadores cualificados! Se acerca la pausa semanal de medición del pulso sincronizador. Por favor, colóquense en un lugar con conexión libre a la transmisión. Recuerden que este es un privilegio; una alta moral laboral redunda en su propio beneficio».

Valfrid se levantó de la mesa y se acercó a la puerta para colocarse con los pies ligeramente separados. Al abrirla apenas un poco, el paisaje lo desbordó: el calor le golpeó el rostro, las abejas zumbaban en las lilas, los pájaros en los árboles clamaban en el éxtasis de la procreación. Unas pocas nubes yacían oscuras e inmóviles en el horizonte. Un único jirón bajo de nube se deslizaba lentamente. Podría llover, pero no importaba. La lluvia no estorbaría su trabajo. Aunque Valfrid cerró los ojos, percibía el brillo de la luz a través de los párpados. Aún quedaba mucho por hacer, y tenía la sensación de que quizá tendría que darse prisa.

Valfrid bostezó y trasladó el peso a la otra pierna; sus pensamientos regresaron a la tarea. ¿Se transmitiría la información con suficiente rapidez desde las bobinas hasta el conjunto intermedio de varillas?, se preguntó. Según sus cálculos, debería hacerlo; quizá se preocupaba en vano. Pero llevaba tanto tiempo trabajando que la mera rutina podía entumecerlo y provocar errores de cálculo.

«Gracias, ciudadanos», dijo la voz en la radio. El programa continuó, como siempre, con una discusión sobre la moral laboral, y Valfrid volvió apresuradamente a su máquina. Sus manos flotaban sobre las piezas, los ojos captaban los detalles que aún exigían atención. Los dedos se cerraban en torno a las herramientas y danzaban dentro de la maquinaria con una precisión de micrómetros. Todo el tiempo, su cerebro componía la partitura de la unidad completa, varios pasos de trabajo por delante de las manos.

Pero hubo otra interrupción cuando el teléfono de pared sonó ruidosamente. Valfrid levantó el auricular y el micrófono, molesto por la interrupción.

—Maestro Herrero Valfrid —dijo la operadora—. Tiene una llamada del Logístico Unto Exact. ¿Desea atenderla?

—Sí.

Hubo un momento de chasquidos en las líneas.

—Bien. Buenas tardes. Solo quería asegurarme de que las partículas exóticas que enviamos han llegado.

—Sí, han llegado.

—Excelente. Si no le importa, también me gustaría preguntar cuándo podría estar listo para pruebas el módulo de campo de dilatación. Johan, el electromecánico del Instituto de Progreso en Crestón Encantado, lo espera con impaciencia…

—Aún llevará algún tiempo.

—Bien, no importa. Siempre hemos tenido razones para confiar en la calidad de su trabajo. Por cierto, ¿le gustó el paté de hígado de ganso?

—Estaba bien.

—En realidad lo preparó el propio Sigurd, el Maestro Cocinero. Volveremos a los asuntos más adelante. Adiós, Maestro Herrero Valfrid.

El interlocutor colgó. Valfrid devolvió el auricular a su sitio y se encogió de hombros. Probablemente la comida había sido sabrosa; Sigurd, el Maestro Cocinero no había recibido su nombre por nada. Valfrid había dado el alimento a su vecino, Karel el Torpe, que tenía una familia numerosa que mantener. El módulo de campo preocupaba un poco a Valfrid; en algún momento tendría que terminarlo, o enviarían a un inspector a visitarlo. No es que ningún inspector tuviera idea del estado real de su trabajo; difícilmente sabrían distinguir unas tenazas de unas pinzas.

«Hacia la tarde se espera un tiempo parcialmente nublado; en el centro del país, nubes altas y delgadas. En todas partes existe la posibilidad de tormentas eléctricas. El toque de queda entra en vigor en las zonas donde se observen relámpagos o truenos».

El día pasó rápido, y antes de darse cuenta llegó la hora de dormir. Valfrid no soportaba detenerse; tenía que aprovechar todo el tiempo posible. Dos minutos antes de las diez, desplazó sus herramientas al centro de la mesa. Al primer golpe del reloj, apoyó las manos sobre la madera desnuda y descansó la cabeza sobre ellas. Debería haber ido a la letrina, pero ya era demasiado tarde.

Al décimo golpe, estaba profundamente dormido.

No se suponía que tuviera sueños, pero los tuvo de todos modos. Caminaba en la clara noche de agosto; la niebla que ascendía desde los pliegues del terreno era suave y lechosa, serpenteaba junto a las hondonadas y las envolvía con su consuelo. En su sueño era ligero como una pluma y se elevaba sobre el prado, planeando por encima de los tejados, tan alto que veía todo el pueblo y a todas las personas en su trabajo. Todo era tan tranquilo, tan pacífico, que se habría podido oír el tintineo de un engranaje al caer. Ni siquiera el desfile de soldados marchando por el camino rompía la calma: sus botas pisoteaban la tierra al unísono, pero no había sonido alguno. Sin embargo, se oían las voces del pueblo, las voces de los aldeanos con toda clase de preocupaciones y tribulaciones. Extendían las manos y le ofrecían sus zapatos y ropas para que los remendara, susurrándole a Valfrid que debía ayudar.

«El trabajo es nuestra alegría, y aceptamos con paciencia cualquier prueba que traiga».

La cabeza de Valfrid se irguió de golpe exactamente a las seis en punto.

Hacía buen tiempo afuera; lo sabía porque la cantidad de luz que se filtraba por las cortinas había aumentado aún más y el calor era francamente sofocante. El sudor perlaba la piel de Valfrid, pero bebió una taza de té, masticó un trozo de pan y se lanzó sobre el aparato.

«El valor de una persona reside en la destreza de su trabajo manual. Todos podemos ejercitar la habilidad de nuestras manos desde una edad temprana. Hoy aprenderemos cómo transcurre el día de los niños y recorreremos algunas escuelas junto al superintendente escolar Arvid Académico. Señor Académico, ¿en qué consiste su labor?

—Debo estar familiarizado con el trabajo diario de la enseñanza y la educación; es decir, superviso la vida cotidiana de los niños y qué tipo de cosas se les enseñan. Estos pequeños son auténticas joyas, tan ansiosos por aprender y probar todo lo nuevo…»

Valfrid había comprado un gran lote de cojinetes de joya al orfebre Aulis el Diestro. La producción de piedras para rodamientos era una especialidad en sí misma, y Valfrid no había tenido tiempo de dominarla. Aulis había cortado las peras de corindón artificial de óxido de aluminio con una sierra de diamante de múltiples filos. Luego se habían perforado los orificios de los cojinetes con un pivote de cobre de alta velocidad y polvo de diamante, y los cubos de gema se habían montado en un alambre metálico y pulido hasta quedar lisos y redondos. Los rodamientos de bolas producidos por Aulis eran perfectamente esféricos.

«Este taller está reservado a la clase profesional. Aquí trabajan los elegidos, aquellos que tienen ojos perspicaces y manos entrenadas. El ruido es notable. Aquí, a mi lado, la pequeña Siri está grabando los delicados ornamentos de un instrumento musical. A los once años ya es un joven talento de la región y ha ganado varios premios en la Sociedad Juvenil. Hay muchos que desean Nombrarla. Al menos los gremios de Bordadoras y Carpinteros Especializados están interesados en su formación».

La máquina necesitaba cientos de piedras para que los rodamientos funcionaran correctamente. Valfrid presionó las gemas de rojo rubí en sus alojamientos y las atornilló en las hendiduras del vástago de relojería de latón del dispositivo. Tarareaba en voz baja; era un placer cuando las últimas piezas comenzaban a encajar en su sitio dentro del conjunto.

«Durante los próximos cinco minutos escucharemos a la Banda de los Trabajadores, Los Paleros…»

Las melodías de rock metálico llenaron la habitación. Era una canción sombría y cautivadora, que contaba la historia de un vagabundo que regresaba tras un largo viaje y encontraba su hogar reducido a cenizas. Pero gracias a la energía y al trabajo voluntario de los aldeanos, la casa resurgía hacia una nueva prosperidad. La cabeza de Valfrid se movía al ritmo; la melodía había sido bastante popular hacía cincuenta años. Había bailado con ella en la fiesta de la cosecha del pueblo. Qué lástima que aquellos bailes fueran tan raros hoy en día.

La transmisión se interrumpió en mitad de la canción. El silencio repentino en la habitación le hirió los oídos, pues estaba acostumbrado al pulso de la voz y la música como fondo de su trabajo. Tal vez la tormenta prometida estuviera en camino; el ambiente se sentía muy opresivo, incluso la habitación se había oscurecido. Quizá se tratara de una interrupción temporal de la señal, algún árbol habría caído sobre las líneas y los técnicos estarían ocupados reparando los cables.

Valfrid notó que tenía hambre, así que se acercó al armario y desenterró el pan detrás de las latas. Brillaba azulado, cubierto de moho. Los pretzels y los encurtidos estaban igual de estropeados. En el estante del fondo encontró una lata de carne en conserva, la abrió con una navaja de bolsillo y la comió a cucharadas.

Las piezas del módulo solicitado brillaban en el rincón, donde esperaban que el Maestro trabajara en ellas. Sin embargo, Valfrid volvió a ocuparse de su máquina. Aún quedaba mucho por hacer antes del anochecer, y además no era prudente apresurarse con el trabajo encargado por el gobierno. Estaban acostumbrados a un determinado ritmo de producción. Si el pedido se completaba demasiado pronto, esperarían el siguiente con la misma rapidez, y pronto no tendría tiempo para nada más que módulos de dilatación y giroscopios antigravitatorios. Ya no recordaban cuán rápido y diestro era en realidad, y mejor dejar las cosas así.

La espiral de equilibrio del mecanismo de sincronización, con su áncora, se engranaba con ruedas dentadas cicloidales junto con la transmisión de potencia y las varillas de sincronía de la unidad central. Sus manos estaban firmes como tenazas y los ojos enfocados en las piezas más diminutas. De vez en cuando miraba la radio, que permanecía muda. El silencio resultaba opresivo; el tic-tac del reloj de pared parecía multiplicado en comparación con antes. Quizá Valfrid se había acostumbrado demasiado a la atmósfera sólida de su taller, a la santidad e impermeabilidad de un lugar en el que nada debía irrumpir.

Valfrid pulió la aguja y el estribo de acero de autómata en el cabezal lector del tambor de memoria con una lima de estasis, hasta que quedaron completamente lisos, hasta el último átomo. Tras aplicar una ligera presión, las superficies quedaron soldadas en frío de manera permanente.

El canal de radio cobró vida con un chirrido. Hubo un zumbido, luego cortes y ruido blanco, y de fondo se oían susurros vagos, como si alguien dudara en hablar en voz alta. Finalmente la transmisión se estabilizó y el sonido se afirmó. Pero en lugar del programa de entretenimiento vespertino, un joven jadeante respiraba con dificultad en la línea.

«Atención a todos… Hemos… hemos tomado el control del canal nacional de radio. Esta es la primera emisión libre… Repito, esta es la primera emisión libre».

Durante un momento, la voz del joven desapareció, y en el fondo se oían conversaciones apagadas, de modo que no se podían distinguir las palabras.

Luego el joven continuó:

«Cuando el cuerno de guerra nos llama a todos a luchar, hombre, sabe lo que debes hacer. Tú, mujer y niño, defiende lo que es justo; vamos, sastre, tú también. Cuando la patria y el pueblo están amenazados, ¿pueden tus tijeras ser armas para ti?»

Valfrid se pasó la mano por la sien sudorosa, miró las tijeras sobre la mesa y dio un trago de agua del cucharón. El módulo de campo solicitado, que aguardaba en la fila de espera, nunca llegaría a terminarse, y la máquina que estaba fabricando ahora sería la última de su serie.

«Me llamaban Evart el Pendenciero, pero ahora soy Evart Magnusson. Estoy aquí para exponer las atrocidades del Gobierno. Este canal de radio, como todos los demás medios mantenidos por nuestro Gobierno, ha servido como herramienta de tiranía. Ya no necesitan temer a la radio, pero desconfíen de quienes son leales al Estado. Esos asesinos aún conservan la mayor parte del poder en nuestra sociedad y están dispuestos a cometer genocidio para mantener su posición…»

El reloj de pared, con sus tallas, había sido hecho por Aarón el Hábil. Valfrid había aprendido gran parte de sus propias habilidades profesionales de Aarón, antes de que se lo llevaran. Había pasado ya mucho tiempo desde entonces, cinco o diez años, ¿o en realidad treinta? Valfrid ya no podía precisarlo; el tiempo se había vuelto tan relativo, los días se habían convertido en una cinta uniforme y continua. Aarón había estado dotado de una destreza y una comprensión semejantes a las de Valfrid. ¡Siempre se habían entendido! Aarón se había llevado consigo sus secretos y los nombres de sus contactos; no se había quebrado durante los interrogatorios, pues nadie había acudido a hacer preguntas a la puerta de Valfrid. Y aun si lo hubieran sospechado, quizá lo consideraron demasiado competente y necesario.

«Por fin hemos logrado tomar esta emisora… y también ha habido ataques en otros establecimientos propiedad del gobierno. Nosotros, los que hemos sobrevivido a los campos de prisioneros, hemos sido testigos de atrocidades. Hemos descubierto fosas comunes… vimos cómo la vida de más de doscientos ciudadanos fue aplastada en una manifestación, cómo la Policía de Seguridad les hacía estallar la cabeza…»

Valfrid se sobresaltó. ¿Habría sido posible dimensionar mejor la transmisión de potencia del engranaje de realimentación? Ahora ya era demasiado tarde para abrir la estructura y comprobarlo. Se detuvo y cerró los ojos. Las fórmulas matemáticas danzaban en su mente: todos los cálculos eran correctos.

«El gobierno de nuestro país es culpable de atrocidades. Personas que han sido juzgadas inútiles han sido enviadas a las minas, a condiciones miserables; muchos han muerto de hambre y enfermedad por haber sido considerados prescindibles. Fosas comunes con decenas de miles de personas, ejecuciones secretas sin juicio… Únanse a nosotros, despierten de la apatía a la que se han rendido. Sabemos que piensan como nosotros, que todos comparten esta misma esperanza, pero también el miedo, el miedo a la muerte que nos ha hecho obedecer a los poderes gobernantes. Debemos contraatacar con todos los medios disponibles. El espionaje y las ejecuciones arbitrarias deben terminar. La explotación del pueblo debe terminar. No queremos una división entre quienes trabajan y quienes solo realizan tareas triviales».

Valfrid barrió las herramientas innecesarias de la mesa, haciéndolas caer al suelo, y se apoyó sobre los codos. El círculo lógico mecánico de la máquina consistía en un tambor con diminutas filas de varillas, que programaban el algoritmo de funcionamiento del conjunto. Cada vez que el tambor giraba hacia la siguiente fila de varillas, los ejes del lector transmitían la información a la unidad central, que actuaba conforme a la orden recibida. Valfrid giró el tambor hasta la posición inicial.

«Ahora es el momento de abandonar el trabajo sin sentido y regresar a una época en la que las personas eran valoradas por su dignidad humana, no por su rendimiento laboral. ¡Ya no necesitamos el Sincronizador del gobierno! ¡Nuestros hijos merecen una vida sin trabajo forzado! Las transmisiones de esta radio han activado los cristales de control que todos llevamos dentro de la cabeza. Esos cristales siguen activos, y por eso les pedimos que sigan protegiéndose de todos los dispositivos eléctricos oficialmente prohibidos. El cristal puede interpretar fuentes eléctricas potentes cercanas como un intento de extraerlo, y ya saben lo que sucede entonces».

Valfrid se tocó la coronilla, pero la mano volvió enseguida al trabajo. El aparato estaría terminado pronto. Una vez más dibujó en su mente el funcionamiento de la máquina, contó cada muelle, engranaje, conexión y transmisión. Luego dejó caer una gota de aceite Möbius en los rodamientos y vaselina en la bobina de ajuste.

«Circulan rumores de que una lámina de aluminio alrededor de la cabeza puede bloquear de algún modo el pulso. Eso es un rumor, lo repito, solo un rumor, no los protege de ninguna manera… un momento, hay Tropas Especiales fuera, en el patio…»

Valfrid admiró su obra. El aparato estaba cuidadosamente fabricado, cada detalle minuciosamente considerado. A simple vista era solo un objeto metálico anguloso, algo parecido a una caja de relojería, pero bajo los grabados ornamentales había incontables engranajes interrelacionados, varillas de transmisión superpuestas y mecánicas de tamaño microscópico. Toda la compleja construcción había sido ensamblada únicamente a partir de un diseño en su mente. El dispositivo nunca había sido probado, pues Valfrid confiaba en los cálculos que había desarrollado.

Ahora una mujer continuó en la radio; hablaba más despacio, acentuando cada palabra con cuidado, como si acabara de aprender a hablar.

«El ciudadano Evart ha perecido… subestimó la potencia del rayo portador. Reconocemos su sacrificio y seguimos en la dirección que nos mostró. Me llamaban Ada la Inútil, pero ahora soy Ada Hija de la Alegría. Tengan cuidado, amigos. Permanezcan en el interior, no salgan, para que nadie del lado del gobierno pueda usar el pulso de control contra ustedes; está configurado para matar. Solo juntos podemos ser fuertes».

El dispositivo tendría que ser probado.

El artefacto tenía correas para fijarlo firmemente a la cabeza. Eran ajustables, de modo que el centro del dispositivo quedara situado en la concavidad debajo de la base del cráneo. Con la otra mano, Valfrid dio cuerda al muelle de relojería y presionó el interruptor hacia abajo. A partir de ese momento, la máquina funcionaría automáticamente de acuerdo con su programación.

Valfrid conocía cada una de las fases y veía en su mente cómo trabajaba la máquina.

Primero, el procesador mecánico realizaba una autocomprobación. El aparato tictaqueaba por sí solo y movía sus ejes de transmisión, izando banderines hacia las varillas de memoria y haciendo girar engranajes hasta que todas las señales de verificación de las distintas partes se alzaban y quedaban aprobadas.

Las herramientas de la máquina eran cinco zarcillos filamentosos. Cada punta tenía un taladro microscópico giratorio y, en el interior, un segmento de monofilamento monomolecular extremadamente resistente, capaz de cortar cualquier cosa. Conseguir el monofilamento había sido la tarea más difícil, pero por suerte Valfrid conocía a Néstor, experto en materiales especiales, que había comprendido la importancia del asunto y accedido a ayudar.

Los zarcillos perforaron su camino hacia la base del cráneo de Valfrid; la sensación fue apenas un pequeño pellizco, como la picadura de una aguja. No resultó desagradable, más bien como si una pluma le hiciera cosquillas en la piel. Los zarcillos comenzaron a avanzar en dirección a la parte superior de la médula espinal: la sección de detección de la máquina había sido programada para buscar un elemento extraño dentro del cerebro. Un martillo mecánico golpeó una cuerda de ultrasonido tensada y la hizo vibrar. Alrededor de la cámara de eco había estetoscopios microscópicos que inferían, a partir de los ecos, cuándo los zarcillos se acercaban a un objetivo adicional.

Los zarcillos siguieron las instrucciones de los ecos y cada uno giró hacia sus coordenadas precisas. Transmitían continuamente su ubicación exacta y la longitud del filamento al procesador mecánico del núcleo de la máquina; este movía los ejes microscópicos a una velocidad imposible de seguir con la vista y marcaba con cuidado las lecturas de los zarcillos en las varillas de memoria mediante diminutas banderas de bronce. Cuando se aceptaron los mensajes de todos los zarcillos, la unidad central permitió que el tambor del programa girara y leyera la última orden del programa principal. Un pequeño martillo golpeó un cristal piezoeléctrico y se creó un potencial eléctrico en las puntas de los zarcillos. Los monofilamentos de las puntas fueron liberados; perforaron sin resistencia la envoltura del cristal de control y cortaron cada conductor en el orden exacto, antes de que el objetivo tuviera tiempo de reaccionar o siquiera de considerar contramedidas.

Un tintineo metálico sonó desde la máquina cuando el tambor del programa regresó a su posición inicial; los engranajes de retorno de los zarcillos se reconectaron a la transmisión de potencia, recogieron los filamentos hasta sus pivotes y los monofilamentos quedaron de nuevo dentro de la cubierta de las puntas. La última energía del muelle se empleó en calentar las resistencias del carrete, de modo que los zarcillos quedaran esterilizados para el siguiente usuario.

Valfrid se quitó las correas y levantó la máquina sobre la mesa. En la parte superior de la caja había una pequeña ventana de cuarzo, con cuarterones grabados con gran destreza. Bajo el cristal había aparecido una nota blanca; en diminutas letras grabadas decía: «La libertad ha llegado».

Volvió a dar cuerda al muelle, colocó con cuidado el aparato en su estuche de cobre y luego cerró la tapa y el cerrojo.

«La lucha no ha hecho más que comenzar; tenemos un largo camino por delante. Durante demasiados años nuestro esfuerzo laboral ha sido explotado sin escrúpulos. Durante demasiados años hemos trabajado para los dirigentes de nuestro gobierno, haciendo el trabajo sucio para que ellos pudieran disfrutar de los frutos que el pueblo ha cultivado con su sudor y su sangre. Debemos exponer la verdad a todos. Debemos dejar claro a los habitantes de las Ciudades Flotantes cómo ha sido explotada la gente común, aquellos que realmente han hecho posible todo aquello que ellos han tenido el privilegio de disfrutar. Pero primero debemos deshacernos de las cadenas de la tiranía. Tenemos los medios para ayudar a todos».

Valfrid movió la mesa y la alfombra raída que cubría el suelo. Quedó al descubierto una trampilla; la abrió tirando de ella. El aire viciado y la oscuridad le escupieron al rostro. Los peldaños crujieron bajo el peso de sus pies. Conocía el camino sin mirar; había medido cada escalón, conocía las dimensiones del espacio al milímetro. Allí había estado sentado, siendo un niño, cuando vinieron a llevarse a su padre. Su madre lo había encerrado allí, entre las patatas, y le había hecho jurar silencio absoluto. La trampilla se había cerrado, la pesada mesa había sido arrastrada de nuevo para cubrirla. Si también se hubieran llevado a su madre, Valfrid jamás habría podido salir por sí solo. Cuando su madre volvió a estrecharlo entre sus brazos, había dicho entre lágrimas.

—Valfrid, el gobierno te ha elegido para recibir educación. Pero no olvides nunca este día, ni el trabajo de tu padre, todo lo que sacrificó por nosotros.

Y Valfrid había recordado el destino de su padre durante todos los años en que había planeado y construido todo lo que se le solicitaba, sin protestas ni preguntas. Gracias a sus habilidades especiales, Valfrid había salido relativamente bien parado: nunca había sido reclutado por la fuerza, nunca se le había obligado a vigilar a su familia ni a delatar a sus vecinos. Pero había sido igual de duro limitarse a observar desde un lado cómo el tiempo pasaba y él quedaba rezagado. Recordaba a la vivaz Hulda, las risas y el bullicio de los niños más pequeños que durante un tiempo habían llenado la cabaña hasta sus rincones. Valfrid había quedado solo; los demás habían abandonado el mundo de los vivos hacía ya mucho tiempo. No le quedaba nada salvo la promesa hecha a su madre y, en el fondo de un cajón, una fotografía de boda en la que las figuras se habían desvanecido casi por completo.

Los ojos se acostumbraron a la oscuridad; la luz que descendía desde arriba hacía brillar los objetos que aguardaban al fondo del sótano. Cuatro mil trescientos cincuenta y un cofres. En su mano sostenía el quincuagésimo segundo. También había preparado con cuidado los estuches en los que se guardaban los dispositivos. Cada uno había sido batido a mano en cobre, con una compleja figura ornamental grabada en el costado. Eran solo decoraciones, pero había sido un desafío fascinante fabricarlas, y Valfrid nunca podía hacer un trabajo descuidado o a medias.

Aquello era el último legado del Maestro, cada pieza con pequeñas diferencias que la hacían única. Como un buen reloj, perdurarían de generación en generación con un poco de mantenimiento, hasta que ya no fueran necesarias. El padre de Valfrid había trazado los primeros planos del dispositivo; muchos otros miembros de la red habían aportado conocimientos valiosos y suministrado piezas y materiales que Valfrid no había podido fabricar por sí mismo ni requisar de las materias primas de sus encargos oficiales.

Colocó su último trabajo entre los demás, se dio la vuelta y se arrastró de nuevo escaleras arriba. Se sentó junto a la mesa y siguió bebiendo su té, que ya se enfriaba.

Levantó la taza hasta los labios y esperó.

Y esperó.

Llegó más rápido de lo que había supuesto.

Los oídos se le taponaron con un estallido. La mano comenzó a temblar y el té se derramó sobre las herramientas. Dejó la taza con rapidez sobre la mesa. Extendió la mano derecha frente a sí y observó los dedos, que ahora se sacudían sin control; luego intentó visualizar el trabajo que había realizado. Los mecanismos cuidadosamente planificados, cuyas piezas habían danzado juntas con tanta armonía y lógica, se sentían ahora como un caos incomprensible. Incluso los ojos dejaron de obedecerle: ya no podía distinguir los batidos de alas individuales de la mosca que revoloteaba por la pared, ni contar las tramas del tejido de la cortina.

«Todos debemos hacer sacrificios antes de ser libres. Nosotros somos la revolución».

Ningún sonido escapó de la boca de Valfrid, pero estaba llorando.

La destreza ya no existía, tal como la había conocido y ejercido con su don. Durante ciento sesenta años había sido un Maestro insustituible en su trabajo, fabricando máquinas con pericia y amor profesional; el implante no le había permitido jamás dejar salir de sus manos un trabajo incompleto o defectuoso.

Ahora era viejo e incapaz de hacer nada útil. Ojalá el resultado valiera la pena.

Se tambaleó hasta la pared del fondo. Sacó el auricular, reunió los números de la línea directa desde su memoria y los marcó en el disco. La línea sonó durante largo rato, hasta que por fin alguien respondió, pero no dijo una palabra.

Valfrid exhaló una sola frase en el micrófono:

—Ya están listos.

Luego volvió a su sitio para esperar a las personas que vendrían a recoger los cofres. Con suerte tendría tiempo de ver su llegada antes de que el cansancio hiciera mella en él. Alzó los ojos hacia la ventana, luego se levantó y abrió suavemente las cortinas.

 Traducción al inglés: Liisa Rantalaiho

Anne Leinonen nació en 1973 en Juva, Finlandia. Como escritora de ciencia ficción y fantasía recibió el Premio Atorox y fue co-nominada para el Premio Tähtivaeltaja en 2012. Ha escrito cuentos y novelas para jóvenes adultos. Muchas de sus obras destinadas al público juvenil fueron coescritas con Eija Lappalainen. Leinonen se graduó con una Maestría en Filosofía de la Universidad de Helsinki, con especialización en geografía y trabaja como editora y productora de material educativo. El tema recurrente en sus obras de ficción es el cruce de fronteras hacia mundos diferentes.