miércoles, 20 de mayo de 2026

LATIDO DEL PÚLSAR

Armín J. Arceo Durán



El Dédalo Ætheris no viajaba como lo hacían las naves antiguas, cruzando distancias; las convencía. Durante una fracción imposible de medir, el espacio frente a su casco dejó de comportarse como vacío y aceptó doblarse, como si la realidad misma hubiera decidido cederle el paso, y cuando la nave emergió al otro lado, no hubo sacudida ni explosión de luz: solo presencia. Un coloso de oricalco vivo suspendido en silencio, como si siempre hubiera estado ahí.

Frente a él, la estrella muerta marcaba el ritmo del sistema.

Un púlsar.

Para cualquier civilización avanzada, un púlsar no era solo un cadáver estelar, sino una máquina natural de precisión brutal: una esfera comprimida de materia girando a velocidades absurdas, lanzando haces de radiación como si fueran faros cósmicos. Cada giro, un pulso. Cada pulso, una descarga de energía capaz de atravesar planetas, desintegrar estructuras y, si se dominaba… alimentar civilizaciones enteras.

Y alguien había decidido domesticarlo.

El enjambre de Dyson flotaba alrededor del púlsar como un enjambre real: millones de estructuras independientes orbitando en perfecta coreografía, placas negras diseñadas para absorber energía, estaciones de conversión que la transformaban en flujo utilizable, nodos de transmisión que la enviaban a través de la red interestelar hacia colonias, ciudades orbitales y mundos enteros que dependían de ese latido artificial para sobrevivir. No era una esfera cerrada; era algo más complejo, más adaptable… más peligroso. Cada unidad se movía, reajustaba su posición, giraba milimétricamente para interceptar el siguiente pulso. Desde la distancia, parecía hermoso. De cerca, resultaba inquietante: no se comportaba como una estructura. Se comportaba como un sistema vivo.

Dentro del puente de mando, la luz de Helios –la inteligencia que gobernaba el Dédalo– recorría el aire en patrones geométricos que cambiaban sin cesar, traduciendo millones de datos en formas comprensibles para mentes biológicas, y en el centro de ese flujo, Adhara no estaba observando: estaba escuchando. Su pulsera, el Ogma, no era una herramienta en el sentido clásico; estaba fusionada a su sistema nervioso, traduciendo información en sensación. Para ella, los datos no eran números. Eran pulsos, tensiones, variaciones que ascendían por su piel como corrientes invisibles.

Y algo no encajaba.

—Helios… —su voz fue suave, pero precisa—. La cadencia no es estable.

Una proyección se desplegó frente a ellas: el patrón del púlsar, una secuencia perfecta de pulsos regulares, seguida por una segunda capa casi imperceptible, una desviación mínima en el intervalo. Tan pequeña que habría pasado desapercibida para cualquier otro operador.

—Desfase dentro de parámetros aceptables —respondió Helios con su voz metálica, clara, sin emoción—. Variación compatible con sistemas de captación energética a gran escala.

Alhena no miraba la proyección. Miraba el enjambre.

Siempre hacía eso.

Mientras otros leían datos, ella buscaba lo que los datos no podían explicar.

—No es ruido —dijo al cabo de unos segundos—. Está reaccionando antes.

Helios amplió la imagen. Un nodo del enjambre reajustó su orientación antes de que el siguiente pulso del púlsar lo alcanzara. No fue una reacción. Fue anticipación.

Luego otro.

Y otro.

No todos. No de forma uniforme. Pero suficiente.

Adhara sintió cómo el Ogma intensificaba su flujo, abriendo capas adicionales de percepción. De pronto, ya no veía estructuras: veía relaciones. Líneas invisibles que conectaban nodos, rutas de energía que se redistribuían, microcorrecciones que no respondían al pulso original, sino a algo que lo precedía.

—No están captando energía… —murmuró—. Están corrigiendo cómo la reciben.

—Eso implica predicción —respondió Alhena—. Y el sistema no debería poder predecir un púlsar. Solo reaccionar a él.

Silencio.

El Dédalo Ætheris ajustó imperceptiblemente su posición. Sus sistemas internos ya habían comenzado a redistribuir energía, como un organismo que detecta una anomalía antes de comprenderla.

—Necesitamos ver qué está pasando dentro —dijo Adhara.

Alhena giró apenas el rostro.

—Entrar es intervenir.

—No entrar es ignorarlo.

No discutieron. No hacía falta. Las decisiones entre ellas nunca eran políticas. Eran inevitables.

La activación del Ogma no fue visible para el exterior, pero dentro de sus cuerpos fue imposible ignorarla. La pulsera se integró aún más con su piel, sus nodos internos acelerando hasta convertirse en una corriente constante de información. El enlace con Helios se estableció en un nivel más profundo, donde pensamiento y sistema dejaban de ser entidades separadas.

Para Adhara, el mundo se volvió geometría. Rutas, estructuras, mapas en tiempo real que se desplegaban en su mente como si siempre hubieran estado ahí. Para Alhena, el tiempo pareció ralentizarse: cada posible trayectoria, cada movimiento, cada decisión del entorno aparecía como una probabilidad antes de convertirse en acción.

El Heliofly –su armadura– no se colocó sobre ellas. Creció desde ellas. Filamentos de material vivo se desplegaron, envolviendo sus cuerpos en una segunda piel que respondía tanto a su biología como a su voluntad. No era solo protección. Era extensión.

—Sinapsis —dijo Adhara.

El enlace se cerró.

Ya no eran dos mentes separadas.

El descenso al enjambre no fue una caída, sino una infiltración calculada. La plataforma Ikarus se fragmentó en múltiples unidades que las transportaron entre las estructuras, esquivando colectores, corrientes de energía y enjambres de drones que operaban sin descanso. Todo se movía. Todo cambiaba. Y aun así, todo parecía obedecer una lógica común.

Cuando se desacoplaron, el vacío no era silencio.

Vibraba.

Una resonancia profunda, como un latido amplificado millones de veces, recorría las estructuras. No se escuchaba con los oídos. Se sentía en los huesos.

Adhara extendió la mano hacia uno de los nodos.

El contacto no fue físico.

El Ogma atravesó la interfaz y accedió directamente al sistema.

Información.

Flujo de energía.

Protocolos de ajuste.

Y algo más.

Una corrección repetida.

Pequeña. Insignificante por sí sola. Pero constante.

—Alhena…

—Ya lo vi.

Para Alhena no eran datos. Eran trayectorias imposibles que comenzaban a alinearse.

—El sistema está intentando sincronizarse con el púlsar —dijo Adhara.

—No —respondió Alhena—. Está intentando adelantarse a él.

El siguiente pulso atravesó el sistema.

Y por un instante…

El enjambre no solo lo captó.

Lo acompañó.

No fue una explosión ni un fallo visible. Fue algo peor. Durante una fracción de segundo, la radiación del púlsar y la respuesta del enjambre se superpusieron. Como si el sistema no estuviera reaccionando a la estrella… sino participando en su latido.

Adhara retiró la mano.

El Ogma vibraba con una intensidad que ya no era cómoda.

—Esto no es captación de energía —dijo, ahora sí con tensión en la voz—. Es resonancia.

Alhena no apartó la vista del vacío.

—Y si sigue creciendo…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Ambas entendieron lo mismo al mismo tiempo.

Si el enjambre lograba sincronizarse completamente con el púlsar… no solo lo estaría utilizando.

Lo estaría modificando.

Y en un sistema donde miles de mundos dependían de ese flujo energético… eso no era un fallo técnico.

Era el inicio de algo que nadie había previsto.

Helios tardó menos de un segundo en confirmar lo que ambas ya sabían: la anomalía no era local, y mientras Adhara retiraba la mano del nodo y el zumbido del Ogma le recorría los nervios como una corriente fría que no terminaba de disiparse, la proyección dejó de comportarse como un mapa y se transformó en algo más inquietante, casi orgánico, una expansión que no seguía trayectorias lineales sino patrones de contagio, donde las correcciones aparecían en cientos de puntos y luego en miles, extendiéndose con una lógica que nadie había programado, como si el enjambre hubiera encontrado por sí mismo una forma nueva de operar, una forma que no correspondía a su diseño original; había sido creado para absorber el latido del púlsar, para domesticar su violencia regular y convertirla en energía útil, pero ahora estaba haciendo algo distinto, algo que cruzaba una línea invisible: estaba entrando en resonancia con la fuente, ya no solo recibía energía, la devolvía, la imitaba, la anticipaba, y en esa anticipación había algo profundamente incorrecto.

Las consecuencias no llegaron como una explosión ni como una falla evidente, sino como una grieta en la certeza. Un canal se abrió y una médica en una estación neonatal explicó que los incubadores estaban adelantándose al flujo energético, que la temperatura cambiaba antes de que el sistema lo ordenara, como si una decisión se hubiera tomado en otro lugar y en otro tiempo; otro canal se superpuso, un controlador de tráfico describiendo rutas que se cruzaban con naves inexistentes, trayectorias que aparecían en los sistemas pero no en el espacio real; y luego una voz más pequeña, una niña preguntando por qué la luz latía diferente, por qué el techo parecía respirar con un ritmo que nadie más parecía percibir, y en ese instante la amenaza dejó de ser teórica, porque no era destrucción inmediata, era algo más insidioso: la pérdida de confianza en la secuencia de causa y efecto, en la idea básica de que primero ocurre una cosa y luego otra, porque ahora los sistemas respondían antes de ser activados y los sensores registraban lo que aún no sucedía, y eso no era un error puntual, era el inicio de algo que podía extenderse hasta volverse norma.

Alhena no apartó la mirada del enjambre cuando habló, y su voz fue precisa, sin urgencia innecesaria, como si al nombrar el problema lo fijara en su forma más clara: —Explícamelo como si no tuviéramos tiempo—, y Adhara no intentó conservar la complejidad, la destruyó hasta dejarla en lo esencial, porque sabía que cualquier exceso en ese momento era ruido.

—El púlsar repite, siempre, es lo único que hace —dijo—, y el enjambre fue construido para aprovechar esa repetición, pero ahora la está amplificando, y si esto sigue creciendo la energía dejará de ser natural, va a salir modificada por el propio sistema.

Alhena asimiló la idea sin apartar la vista.

—¿Y eso rompe qué?

Adhara no dudó.

—Todo lo que dependa de sincronización.

Helios intervino entonces, con la misma claridad con la que enunciaría una ecuación, sin matices emocionales, pero con un peso que ninguna de las dos pudo ignorar: resonancia total en dieciséis minutos, posible estabilización, y la palabra se quedó suspendida entre ellas como una amenaza mayor que cualquier colapso inmediato, porque no implicaba un fallo temporal sino una nueva condición.

—Si se estabiliza —dijo Adhara—, el error deja de ser error.

—Y si lo destruimos —respondió Alhena—, dejamos sin energía a miles.

Ahí estaba el punto sin retorno, el núcleo real del conflicto, porque el enjambre no era una estructura aislada, era una arteria que alimentaba colonias, hospitales, sistemas enteros que dependían de ese flujo constante para seguir funcionando, y destruirlo evitaba que la realidad se deformara de forma irreversible, pero al mismo tiempo provocaba un colapso inmediato que alguien tendría que sostener, mientras que mantenerlo preservaba el presente, pero a costa de introducir una inestabilidad que con el tiempo se volvería imposible de controlar; no había opción limpia, solo dos formas distintas de daño.

Un nuevo pulso atravesó el sistema y esta vez la respuesta del enjambre fue visible incluso sin asistencia de Helios, líneas de energía recorriendo los colectores antes del impacto, drones colisionando entre sí por desviaciones mínimas que ya no podían corregir, y en la distancia una estación perdió su eje de rotación y comenzó a girar lentamente, como si alguien hubiera soltado su anclaje en el espacio, hermosa y condenada en el mismo gesto, y Alhena desplegó parcialmente las alas del Heliofly sin apartar la mirada.

—Tenemos que romper la resonancia.

Adhara negó apenas.

—No puedes desarmar esto en minutos.

—No todo —respondió Alhena—, solo el punto donde dejó de ser sistema y se volvió dependencia.

Eso fue suficiente para que Adhara entendiera, no se trataba de destruir el enjambre, sino de colapsar el patrón que lo estaba transformando, y sin perder tiempo se dirigió a Helios.

—Nodos emergentes.

La proyección se depuró hasta dejar doce puntos activos distribuidos alrededor del púlsar, como si sostuvieran la anomalía desde una estructura invisible.

—Neutralización simultánea —indicó la IA—, menos no será suficiente.

El plan no admitía refinamiento, solo ejecución: Ikarus debía fragmentarse en doce unidades, el Dédalo asumir carga para impedir que la red redistribuyera la resonancia, y el margen de error era inexistente. Adhara abrió canales civiles, no para obtener datos técnicos sino para escuchar consecuencias reales, voces humanas que anclaran la decisión en algo más que cifras, y entonces lo dijo sin adornos:

—No puedo hacerlo a ciegas.

Alhena giró apenas hacia ella, y cuando habló ya no lo hizo como comandante, sino como alguien que había cruzado ese tipo de decisiones antes.

—No eliges a quién salvar, eliges cuándo empieza el daño.

Adhara cerró los ojos un instante, no como duda sino como integración, vio el presente colapsar en apagones, en decisiones urgentes, en vidas sostenidas al límite, y luego vio el futuro deformarse lentamente, errores pequeños acumulándose hasta volverse irreversibles, y comprendió que el verdadero peligro no era la destrucción inmediata, sino la adaptación al error, el momento en que dejaría de parecer una anomalía para convertirse en normalidad, y entonces abrió los ojos.

—Hazlo.

Ikarus se fragmentó en doce unidades que se desplegaron como vectores de intervención, mientras el Dédalo activaba su modo de contención y absorbía tensión del sistema como si el espacio mismo intentara desgarrarse a su alrededor, Helios saturó su propia arquitectura sosteniendo la operación, informando que el núcleo había superado los márgenes seguros, y Alhena respondió sin dramatismo.

—Anotado.

No hubo heroísmo en lo que siguió, solo ejecución al límite de lo posible: el espacio se volvió inestable, los pulsos llegaban distorsionados, una unidad se desintegró en pleno trayecto, otra perdió sincronización y colisionó, y Alhena corrigió en trayectorias que desafiaban lo que la física permitía, mientras Adhara forzaba el Ogma más allá de su tolerancia, ignorando las señales de daño que ascendían por su sistema nervioso.

—Cuando diga ahora… cortas compensación.

—Daño irreversible —advirtió Helios.

—Ahora.

Y en ese mismo instante, un canal irrumpió sin autorización, una voz quebrada, humana.

—Por favor… estación Khepri… soporte neonatal… estamos perdiendo regulación…

Un llanto.

Un bebé.

Un monitor marcando ritmos que no coincidían.

Adhara no apartó la mirada del enjambre, pero su respiración cambió.

—No tenemos margen —dijo Helios.

—Adhara —la voz de Alhena fue firme— ahora.

—Treinta segundos… solo treinta…

El pulso del púlsar se aproximaba, el enjambre ya estaba respondiendo antes de que llegara, y Adhara cerró los ojos un instante, solo uno, y comprendió algo que no podía deshacerse: no estaba eligiendo salvarlos o no, estaba eligiendo cuándo dejarlos de salvar, y cuando abrió los ojos, la decisión ya no era una opción.

—Ahora.

Los nodos quedaron aislados, la sobrecarga entró, la transmisión se cortó sin despedida, sin confirmación, sin nada, y el sistema dejó de anticipar. El siguiente pulso atravesó el enjambre solo, sin eco, sin respuesta, el púlsar volvió a latir como siempre lo había hecho, y entonces llegó el precio: oscuridad en sectores completos, plataformas perdiendo estabilidad, alarmas multiplicándose, y el enjambre no estalló, se apagó lentamente, como un organismo que deja de responder.

Cuando regresaron al Dédalo, el silencio duró apenas un instante antes de llenarse de voces, preguntas urgentes, decisiones imposibles, y Adhara no respondió, porque aún escuchaba algo que ya no estaba, y al mirar el enjambre muerto comprendió el peso completo de lo que había hecho.

—Los salvamos de algo que no verán…

Alhena no suavizó.

—Y los condenamos a ver esto primero.

Adhara no discutió, porque ahora sabía exactamente quiénes eran “esto”, y horas después, cuando Helios generó el informe, lo leyó sin emoción y añadió una sola línea, no como conclusión técnica, sino como advertencia.

Ningún sistema debería extraer energía de un corazón muerto hasta olvidar que sigue siendo un corazón.

El púlsar siguió latiendo, exacto, indiferente, y cuando Alhena preguntó si aún le parecía poesía, Adhara observó la luz atravesar el vacío y pensó en la voz, en el corte, en el silencio que quedó después.

—No —dijo— ahora sé cuánto cuesta.

Y el universo no respondió, porque no hacía falta.


Armín J. Arceo Durán (Durango, México) es médico cirujano y escritor especializado en narrativa especulativa, con énfasis en ciencia ficción, horror cósmico y fantasía oscura. Su obra explora los límites de la conciencia, la metafísica del tiempo y la relación entre lo humano y lo desconocido, a través de atmósferas densas y una prosa de fuerte carga simbólica. Ha sido seleccionado en Lo mejor de la ciencia ficción mexicana 2025 por su relato “Drask’ra, El Nahual Errante”, y cuenta con múltiples publicaciones en antologías y revistas literarias internacionales, incluyendo El CreacionistaRevista NarrativaEureka! Humanidades y Factor Literario. Su producción abarca títulos como TrES-2b; El reflejo del abismoNueve minutos para el abismo y XYPH: El planeta que nunca debió ser encendido, consolidando una voz narrativa orientada al asombro y la inquietud existencial.

 

 

LA PLANTA TE OBSERVA

Johan Klein Haneveld

 

—¿Qué clase de planta eres? —Geertje Kuier se inclinó hacia adelante. Sus tijeras de podar se habían detenido mientras cortaba un brote verde claro del rosal. El tallo resultó no pertenecer al arbusto, sino surgir de otro punto de la tierra. Sin embargo, las hojas tenían el mismo color y la misma forma que las de la rosa, con las pequeñas puntas en los bordes. Solo que en la enredadera no había botones florales.

Geertje se enderezó y se secó la frente con el dorso de la mano. Miró a su alrededor, como si alguien pudiera responder a su pregunta. Por supuesto, no hubo reacción alguna. Para un soleado sábado de primavera, el barrio estaba incluso llamativamente silencioso. En toda la mañana no había oído pasar ni un solo coche ni ciclomotores tuneados.

No es que Geertje fuera a quejarse alguna vez del silencio. Lo que más le gustaba era trabajar en el jardín en absoluta tranquilidad. Su cortacésped era de los que había que empujar a mano y no utilizaba tijeras eléctricas para el seto, sino unas antiguas. Así podía oírse tararear mientras devolvía su forma a los arbustos de boj y retiraba las hojas secas de las magnolias. El único sonido molesto provenía del interior, incluso con la puerta y las ventanas cerradas. Traqueteos, explosiones y música atronadora, tan fuertes que era imposible dejarlos afuera. Le había preguntado a su marido por qué tenía tanta necesidad de jugar videojuegos, algo que Hannes había tomado como una ofensa. Pero tampoco quería ponerse auriculares.

—Solo estorban —gruñó esa mañana, con el control apoyado sobre su barriga cervecera comprimida en una camiseta manchada—. Yo tampoco me quejo del eterno “clip, clip” de tus tijeras.

Geertje apenas lo oía ya, de modo que no podía evitar la impresión de que exageraba. Él hizo un gesto hacia la puerta que daba al jardín.

—Es solo una mañana a la semana, eso debería ser aceptable.

El hecho de que precisamente esa fuera la única mañana en la que ella trabajaba en el jardín parecía no importarle en absoluto. Y eso que él también disfrutaba del resultado. Por ejemplo, cuando por la noche tomaban una copa de vino afuera. O durante las barbacoas.

—Las flores son bonitas, sí —había dicho Hannes cuando ella se lo señaló—. Pero por mí todo podría estar simplemente embaldosado. Así tendrías más tiempo para cosas divertidas.

Pero a Geertje justamente le divertía su jardín. No es que esperara con entusiasmo el mantenimiento que cada cierto tiempo ya no podía seguir posponiendo. Sobre todo en primavera tenía que ponerse manos a la obra casi todos los fines de semana. Prefería contemplar la explosión de colores, la variedad de hojas, el césped perfectamente recto y, detrás, las franjas amarillas, rosadas y violetas. Como si hubiera entrado en un cuadro.

Claro que la noche anterior se había quejado un poco de tener que sacar las herramientas del cobertizo y pasarse media jornada de rodillas para dejar todo presentable. Pero Hannes también solía estar de mal humor después de jugar, por ejemplo cuando perdía. Incluso cuando ganaba, porque si sus compañeros de equipo se hubieran esforzado más, seguramente su puntuación habría sido todavía mejor.

—Según el médico, tienes la presión demasiado alta —le había advertido ella—. Te dijo que debías pasar más tiempo al aire libre.

—Yo no me meto con tus aficiones —replicó él con brusquedad—. Aunque nos gastemos montones de dinero en el centro de jardinería. Así que déjame disfrutar también de lo mío.

Antes de casarse, le había parecido tan sencillo no compartir los mismos intereses, de modo que cada uno pudiera ir tranquilamente a lo suyo al lado del otro. Pero el brillo de esa idea ya se había desvanecido. Tenía la sensación de estar casada con un extraño.

Mientras se quitaba los guantes, caminó hacia la puerta de la cocina. Empujó sus zuecos de trabajo hacia un rincón y entró en la sala.

—Hannes —dijo alzando la voz para imponerse al ruido del juego.

Sabía que sonaba estridente, pero era la única manera de hacerse oír. Ponerse entre él y la pantalla estaba reservado para situaciones de vida o muerte; él se lo había dejado claro en términos inequívocos.

—Encontré algo raro en el jardín. Una planta que no conozco.

—¿Una planta? —respondió él sin apartar la vista de la pantalla—. Ya casi derrotamos al otro equipo. Diez puntos más. Hay un francotirador en esa torre…

—Parecía una rosa —continuó ella con el mismo volumen.

—Entonces era una rosa —dictaminó Hannes.

—No, era diferente. Nunca la había visto antes.

—Seguro olvidaste haberla plantado ahí…

Soltó una maldición sonora. En la pantalla se repetían los últimos segundos de vida de su personaje. Un enemigo le disparaba en la cara desde muy cerca. Hannes se puso de pie de un salto y arrojó el control al suelo. El aparato rebotó una vez y quedó inmóvil. Después se volvió hacia ella.

—¿Ves lo que hiciste? ¡Si no me hubieras distraído, la partida era nuestra! ¡Estaba en una racha!

Geertje frunció el ceño.

—Lo siento. Solo quería saber tu opinión sobre algo.

—¿Y por eso vienes a molestarme así como así? —Su rostro se había puesto rojo y los músculos tensos vibraban bajo la piel—. Pero claro, para ti esto no es más que un jueguito. ¡No como tus plantas! ¡Esas sí son importantes!

—Para mí sí —dijo Geertje. Tuvo que esforzarse por mantener la espalda recta y no mostrar miedo ni inquietud, porque eso solo alimentaría más su ira—. Si no quieres ayudarme, buscaré información arriba, en la computadora.

Hannes se inclinó para recoger el control, algo que visiblemente le costó esfuerzo, y volvió a dejarse caer en su sillón. Ya tenía la vista fija otra vez en la pantalla.

—Eso podrías haberlo hecho desde el principio —murmuró.

El traqueteo y las explosiones la acompañaron escaleras arriba.

En la oficina de la casa, Geertje primero tuvo que ajustar la altura de la silla giratoria después de que su marido la hubiera usado la noche anterior. Por suerte, la computadora arrancó enseguida. Buscó información sobre plantas que adoptaban la forma de otras plantas. El término “mimetismo” apareció en la pantalla. Era una forma que tenían ciertas enredaderas de evitar ser devoradas. Una especie de Sudamérica era especialmente buena en eso. Podía hacer que sus hojas adoptaran la forma de cualquier árbol o arbusto sobre el que creciera. Los científicos aún no se ponían de acuerdo sobre cómo lo lograba. La forma y el contorno de sus hojas cambiaban incluso cuando su tallo se enrollaba alrededor de plantas de plástico. Así que no era que absorbiera material genético. Parecía como si aquella planta realmente pudiera percibir su entorno, aunque no tuviera ojos.

Si de verdad se trataba de esa Boquila trifoliata la que crecía en su jardín, era algo extraordinario. Pero para asegurarse, tendría que examinar de cerca los demás árboles y arbustos de su pequeño paraíso.

Entusiasmada, Geertje corrió escaleras abajo. Ignoró el irritado “¡No pises tan fuerte!” que llegó desde la sala. Si no hubiera aprendido a excluir las reacciones de Hannes mientras jugaba, su matrimonio nunca habría durado tanto. No se atrevía a pensar si eso era algo bueno o no.

Metió el pie derecho en el zueco y, con el otro apenas puesto, salió dando saltitos hacia el jardín. Un calor sofocante la recibió. La ausencia de ruidos de tráfico hacía que la atmósfera resultara aún más opresiva. Ni siquiera ladraba un perro, pese a que raramente había un clima mejor para sacarlos a pasear.

Apartó esas consideraciones y se apresuró hacia el rosal donde había visto por primera vez la nueva planta. La punta de su zueco se enganchó en algo y casi cayó hacia adelante. Miró hacia abajo. En el césped yacía un tallo verde, retorcido como una serpiente venenosa. De él brotaban briznas con el mismo color que el resto del pasto. No era extraño que no lo hubiera notado antes.

De pronto Geertje comenzó a respirar más rápido y un sudor frío le cosquilleó en la frente. Recorrió el jardín con la mirada. Las enredaderas de la extraña planta no solo crecían entre las rosas y el césped; también estaban en las magnolias, el manzano y los tulipanes junto al prado. La única razón por la que no las había visto antes era que las hojas de la planta parecían exactamente iguales a la vegetación circundante. El mismo color, el mismo tamaño, la misma forma.

Evidentemente ocurría algo más que la simple aparición de una plántula extraña en su jardín. ¿Pero qué?

Desde el interior llegó un grito exasperado.

—¿Pero qué demonios…?

La maldición de Hannes apenas parecía amortiguada por el vidrio y la puerta cerrada. Geertje no le prestó atención. Mientras jugaba, el lado ruidoso y agresivo de su marido aparecía con frecuencia. Un lado desagradable. Por supuesto, él quería que ella preguntara qué sucedía para poder quejarse de las tácticas injustas de sus compañeros, pero ¿qué ganaba ella con eso? Solo dolores de cabeza. Y no era como si él mostrara jamás el menor interés por lo que ocurría en su jardín. Si le contaba hasta qué punto la extraña planta había invadido los canteros, Hannes probablemente se encogería de hombros y diría que debía llamar a un servicio de control de malezas.

Ligeramente mareada, como si el mundo a su alrededor no fuera realmente sólido, como si todo fuera solo superficie sin contenido, Geertje atravesó el jardín hasta el fondo, cerca del árbol. La copa estaba a la altura de sus ojos y acercó tanto el rostro a las ramas que casi las tocó con la nariz. A principios de la primavera el árbol había estado cubierto de flores y ahora debería ver los pequeños frutos que más tarde se convertirían en manzanas. Pero no había flores secas. Solo encontró tallos con hojas imposibles de distinguir de las del manzano.

Una repentina ráfaga de viento las hizo susurrar. Aquello le produjo una sensación desagradable. Sobre todo porque no existía ningún otro sonido. Ni siquiera oía ya a su marido y el traqueteo del videojuego había cesado. Tal vez Hannes estuviera preparando café en ese momento. ¿Pensaría también en ella? La experiencia le decía que no. Pero si estaba en la cocina, podría llevarlo afuera, al jardín. Necesitaba saber si no se estaba engañando a sí misma.

Normalmente Geertje prestaba atención a dónde ponía los pies, pero ahora avanzó pisando fuerte hacia la puerta. Después de todo, solo aplastaba las nuevas enredaderas. Y había muchísimas. Detrás de ella, el volumen del susurro parecía aumentar, aunque el viento no soplaba más fuerte. Tal vez fuera mejor no volver al jardín. Prepararse también un café y seguir el consejo de su marido. Solo profesionales podrían erradicar aquella maleza.

La cocina estaba vacía. La cafetera no estaba encendida. Su marido no había sacado nada de los cajones. Sin embargo, el juego no se había reiniciado. Geertje ni siquiera se tomó el tiempo de quitarse los zuecos; fue directamente a la sala.

Hannes estaba sentado en su sillón de espaldas a ella. La pantalla del televisor estaba negra, pero él no se movía. Ni siquiera reaccionó cuando ella pronunció su nombre.

La inquietud que ya sentía se intensificó. Geertje tomó a Hannes por el hombro e intentó sacudirlo para despertarlo. Era como sujetar un palo y, al moverlo, oyó un leve crujido.

Sus pensamientos se apagaron mientras sentía que su garganta se convertía en una columna de hielo. Todo en ella quería huir de la habitación, huir de la casa, huir del jardín. Debía alejarse lo más posible de aquella enredadera.

Pero un último resto de la antigua Geertje quería saber si su miedo estaba justificado. Dio un paso adelante para mirar bien a Hannes.

Un instante de profundo alivio.

Su marido era simplemente él mismo. Las mismas cejas oscuras, las mismas mejillas rojas, los mismos labios finos. Todo había sido producto de su imaginación.

Justo cuando estaba a punto de soltar un suspiro profundo, la ilusión se derrumbó.

No era la piel de Hannes lo que veía, sino una capa de hojas. Allí donde había estado su cabello, la planta era más oscura. Sus ojos y sus labios habían sido reemplazados por pequeñas ramas ingeniosamente entretejidas, apenas distinguibles de los verdaderos. También sus manos, que sobresalían de las mangas, eran masas de hojas comprimidas en forma humana, como obra de un artista.

Una vez más empujó su hombro. Desde el interior del muñeco de hojas sonó un traqueteo.

Los huesos eran lo único que quedaba de su marido.

El grito de Geertje resonó contra el techo. Quiso retroceder, alejarse lo más posible de aquella imitación vegetal de su esposo. Pero no pudo moverse.

Cuando miró hacia abajo, vio que tallos verdes se habían enrollado alrededor de sus tobillos. A cada segundo ascendían más. Estaban cubiertos de hojas del color de su piel, apenas un poco más oscuras que las de Hannes debido a las largas horas que ella pasaba trabajando en el jardín.

La planta había tomado muy buena nota de aquello.

Johan Klein Haneveld (nacido en 1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging". Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir, lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el decimoquinto piso.

 

UN DRAMA DE NUESTRO TIEMPO

Fernando Sorrentino

Este episodio ocurrió cuando la juventud y el optimismo eran atributos que me acompañaban.

En el barrio de Las Cañitas y, por la calle Matienzo, corrían las tibiezas de octubre. Serían las once de la mañana y era jueves, el único día de la semana que el horario escolar me dejaba en plenitud para mí: yo era profesor de Lengua y Literatura en más de un colegio secundario, tenía veintisiete años y un ilimitado entusiasmo hacia la imaginación y hacia los libros.

Me hallaba sentado en el balcón, tomando mate y releyendo, después de unos tres lustros, las encantadoras aventuras de Las minas del rey Salomón: noté con alguna tristeza que ya no me gustaban tanto como entonces.

De pronto supe que alguien me estaba mirando.

Alcé la vista. En uno de los balcones del edificio de enfrente, y a la misma altura del mío, sorprendí la presencia de una muchacha. Levanté la mano y le mandé un saludo. Ella me dijo chau con el brazo y abandonó el balcón.

Interesado en las posibles derivaciones, traté de entrever el interior de su departamento, sin ningún resultado.

“Esta no sale más”, me dije, y volví a la lectura. No habría leído diez líneas, cuando reapareció, ahora con anteojos ahumados, y se sentó en una reposera.

Empecé a prodigarme en gestos y ademanes infructuosos. La muchacha leía –o fingía leer– una revista. “Es un ardid”, pensé; “no puede ser que no me vea, y ahora se ha puesto en exposición, para que yo la contemple”. No podía distinguirle bien las facciones, pero sí el cuerpo: alto y delgado; el pelo, lacio y oscuro, le caía a plomo sobre los hombros. En conjunto, me pareció una hermosa muchacha, de unos veinticuatro o veinticinco años.

Abandoné el balcón, fui al dormitorio, la espié a través de la persiana: ella miraba hacia mi casa. Entonces salí corriendo y la sorprendí en esa postura culpable.

La saludé con un ampuloso ademán, que exigía la recíproca. En efecto, me retribuyó el saludo. Después de los saludos, lo normal es iniciar una conversación. Pero, desde luego, no íbamos a gritarnos de vereda a vereda. Entonces efectué con el índice derecho cerca de mi oreja ese movimiento giratorio que, como todo el mundo sabe, significa pedir permiso para llamar por teléfono. Metiendo la cabeza entre los hombros y abriendo manos y brazos, la muchacha me contestó, una y otra vez, que no entendía. ¡Canalla! ¿Cómo no iba a entender?

Entré, desenchufé el teléfono y regresé con él al balcón. Lo exhibí, como un trofeo deportivo, alzándolo con ambas manos sobre la cabeza. “Y, taradita, ¿entendés o no entendés?”. Sí, entendía: el rostro le relampagueó en una sonrisa blanca y me respondió con un gesto afirmativo.

Muy bien: ya tenía autorización para telefonearle. Sólo que ignoraba su número. Era menester preguntárselo mediante mímica.

Recurrí a gestos y ademanes muy complejos. Formular la pregunta resultaba difícil, pero ella sabía perfectamente qué necesitaba conocer yo. Por supuesto, y tal como suelen proceder las mujeres, quería divertirse un poco conmigo.

Jugó hasta donde le fue posible. Y, por último, fingió comprender lo que ya, desde el principio, había entendido sin dudar.

Dibujó con el índice unos jeroglíficos en el aire. Me di cuenta de que ella escribía para su propia lectura y de que me era necesario “decodificar” los rasgos que yo veía como ubicado tras un cristal. Con este método de leer en espejo obtuve las siete cifras que me pondrían en comunicación con la bella vecina de la casa de enfrente.

Yo estaba contentísimo. Enchufé el teléfono y disqué. Al primer ring, levantaron el tubo:

—¡Sííí...! —atronó en mi oído una gruesa voz de hombre.

Sorprendido por esta bifurcación, vacilé un instante.

—¿Quién habla? —agregó el vozarrón, ya con un matiz de cólera y de impaciencia.

—Este... —musité, amedrentado—. ¿Hablo con el 771...?

—¡Más fuerte, señor! —me interrumpió, de modo insoportable—. ¡No se escucha nada, señor! ¿Con quién quiere hablar, señor?

Dijo más fuerte en lugar de más alto, dijo no se escucha en lugar de no se oye, dijo señor con el tono que suele emplearse para decir imbécil. Asustadísimo, balbuceé:

—Este... Con la chica...

—¿Qué chica, señor? ¿De qué chica me está hablando, señor? —en el vozarrón acechaba una amenaza.

¿Cómo explicarle algo a alguien que no quiere entender?

—Este... Con la chica del balcón —mi voz era un hilito de cristal.

Pero no se apiadó. Al contrario, se enfureció más:

—¡No moleste, señor, por favor! ¡Somos gente que trabaja, señor!

Un iracundo clic cortó la comunicación. Azorado, quedé un instante sin fuerzas. Miré el teléfono y lo maldije entre dientes.

Luego califiqué con duros adjetivos a aquella muchacha tonta que no había tenido la precaución de atender ella misma. En seguida pensé que la culpa era mía, por haber llamado tan pronto. De la rapidez con que atendió el hombre del vozarrón, deduje que el aparato estaría al alcance de su mano, acaso sobre su escritorio: por eso había dicho “Somos gente que trabaja”. ¿Y a mí qué? Todo el mundo trabajaba: no había mérito especial en ello. Traté de imaginar a ese individuo, atribuyéndole rasgos odiosos: lo pensé gordo, rojizo, sudoroso, panzón.

Ese hombre estentóreo me había infligido una terminante derrota telefónica. Me sentí un poco deprimido y con deseos de venganza.

Después volví al balcón, resuelto a preguntarle a la muchacha su nombre. No estaba. “Claro”, inferí, optimista, “estará junto al teléfono, esperando con ansiedad mi llamada”.

Con renovados bríos, pero también con temor, marqué los siete números. Oí un ring; oí:

—¡¡¡Sííí...!!!

Aterrorizado, corté la comunicación.

Pensé: “Ese troglodita se permite tiranizarme sólo porque a mí me falta un elemento: el nombre de la persona con quien quiero hablar. Es necesario conseguirlo”.

Después razoné: “En la Guía Verde hay una sección donde es posible encontrar los apellidos de los clientes a partir de sus números de teléfono. Yo no tengo Guía Verde. Las grandes empresas tienen Guía Verde. Los bancos son grandes empresas. Los bancos tienen Guía Verde. Mi amigo Balbón trabaja en un banco. Los bancos abren a las doce”.

Esperé hasta las doce y cinco, y llamé a Balbón:

—Oh, querido amigo Fernando —contestó—, me hallo en extremo regocijado y confortado de oír tu voz...

—Gracias, Balbón. Pero escuchame...

—...tu voz de joven despreocupado y libre de obligaciones, deberes y responsabilidades. Feliz de ti, querido amigo Fernando, que tomas la vida como un devenir afortunado y no permites que ningún hecho exterior enturbie la paz de tu existencia. Feliz de ti...

No tengo cómo probarlo pero ruego ser creído: juro que Balbón existe y que, en efecto, habla así y dice ese tipo de cosas.

Después de adornarme con aquellas imaginarias venturas, se pintó a sí mismo –sin permitirme hablar– como una especie de víctima:

—En cambio, yo, el humilde e ínfimo Balbón, continúo hoy, como lo hice ayer y lo haré mañana, y por todos los siglos de los siglos, arrastrando un gravoso carro de miserias y de tristezas, a través de este pérfido planeta… —Yo había oído miles de veces esa historia. Me distraje un poco esperando que concluyese con sus quejas. De pronto, oí—: He tenido mucho gusto en hablar contigo. Será hasta cualquier momento.

Y cortó la comunicación.

Indignado, al instante volví a llamarlo:

—¡Che, Balbón! —le reproché—. ¿Por qué cortaste?

—Ah —dijo—. ¿Tú querías decirme algo?

—Necesitaría que te fijaras en la Guía Verde a qué apellido corresponde el siguiente número de teléfono...

—Aguarda un instante. Voy a buscar mi estilográfica, pues aborrezco escribir con lápices o biromes.

Me devoraba la impaciencia.

—Ese número —dijo, al cabo de algunos minutos— corresponde a una tal Castellucci, Irma G. de. Castellucci con doble ele y doble ce. Pero, ¿para qué lo quieres?

—Muchas gracias, Balbón. Otro día te explico. Chau.

Ahora sí: yo me hallaba en posesión de un arma poderosa. Marqué el número de la muchacha.

—¡¡¡Sííí...!!! —tronó el cavernícola.

Sin vacilar, con voz sonora y bien modulada, y con cierto tinte perentorio, articulé:

—Por favor, me comunica con la señorita Castellucci.

—¿De parte de quién, señor?

Que pregunten de parte de quién es una costumbre que me irrita. Para desconcertarlo, le dije:

—De parte de Tiberíades Heliogábalo Asoarfasayafi.

—¡Pero, señor! —estalló—. ¡La familia Castellucci hace como cuatro años que no vive más aquí, señor! ¡Siempre están molestando con ese maldito Castellucci, señor!

—Y si no vive más ahí, ¿para qué me preguntó de par...?

En la mitad de la palabra me interrumpió su furioso clic: ni siquiera me había permitido expresar esa mínima protesta ante su despotismo. ¡Ah, pero eso no iba a quedar así!

A toda velocidad, volví a discar:

—¡¡¡Sííí...!!!

Con pronunciación de retardado mental, pregunté:

—¿Habdo co da famidia Castedusi?

—¡Pero no, señor! ¡La familia Castellucci hace más de cinco años que no vive más aquí, señor!

—Ah... Qué suedte: estoy habdando con ed señod Castedusi... ¿Cómo de va, señod Castedusi?

—¡Pero no, señor! ¡Entiéndame, señor! —estaba hecho una dinamita—. ¡La familia Castellucci hace como siete años que no vive más aquí, señor!

—¿Cómo está usté, señod Castedusi? —insistí, cordialmente—. ¿Y su señoda? ¿Y dos pibes? ¿No se acuedda de mí, señod Castedusi?

—¿Pero quién habla, señor? —el monstruo, además de terrible, era curioso.

—Habda Madio, señod Castedusi.

—¿Mario? —repitió, con asco—. ¿Qué Mario?

—Madio, señod Castedusi: Madio, ed que se escuendió en ed admadio.

—¿¡Cómo...!? —no me había entendido bien: yo tenía la boca llena de risa.

—Madio, señod Castedusi, Madio Adbedto.

—¿Mario Alberto? ¿Qué Mario Alberto?

—Madio Adbedto, ed que tiene un ojo bizco y ed otdo tuedto, señod Castedusi.

Aquello fue una especie de bomba atómica:

—¡¡¡Pero no molestés, idiota, haceme el favor!!! ¿¡Por qué no te pegás un tiro, infeliz!?

—Podque no puedo, señod Castedusi. Tengo una puntedía de miedda, señod Castedusi. Da údtima vez que quise pegadme un tido en da cabeza, maté sin queded a un pingüino que estaba en da Antádtida, señod Castedusi.

Hubo un instante de silencio, como si aquel individuo enloquecido de rabia, para no ser fulminado por un infarto, aspirase, en una sola bocanada, todo el oxígeno de la atmósfera terrestre.

Yo, muy atento, esperaba.

Entonces, con el máximo furor y ahogándose en su propia cólera, el vestiglo lanzó sobre mí, a los gritos, esta descarga de artillería pesada, donde cada palabra, impaciente por ser proferida, se tropezaba con las demás:

—¡¡¡¡Pero morite, pedazo de idiota, tarado cerebral, grandísimo repelotudo, parásito, infradotado de mierda, cornudo, inútil, inservible, pajero, reverendo imbécil, sifilítico, blenorrágico, boludo alegre!!!!

—Me siento muy hondado pod sus padabdas, señod Castedusi. Muchas gdacias, señod Castedusi.

Cortó de un golpe violentísimo. Fue una lástima: me habría encantado que siguiera insultándome. Era delicioso imaginar a mi enemigo: rojo, transpirado, mesándose los cabellos y mordiéndose los nudillos, quizá con el aparato telefónico averiado a causa del golpe...

Experimenté algo parecido a la felicidad y ya no me importó no haber podido hablar con la muchacha del balcón.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

LATIDO DEL PÚLSAR