sábado, 30 de mayo de 2026

FATHER TIME

Giorgio Sangiorgi

 

Mi padre siempre fue un tipo alegre, con la cabeza en las nubes.

Cuando eres una niña eso es muy bonito. Tienes un padre siempre dispuesto a bromear y jugar contigo, casi un compañero de juegos. Pero después creces y comprendes que no todo lo que brilla es oro.

Aunque no podía entenderlas del todo, ciertas tensiones entre mis padres se hicieron evidentes para mí muy pronto; de hecho, solo cuando entré en la pubertad comprendí que estaban relacionadas con problemas económicos.

Cuando era pequeña adoraba entrar en el taller de mi padre. En realidad era un garaje, pero estaba atestado de extraños aparatos con monitores y lucecitas que eran una fiesta para mis ojos ávidos de magia. Sin embargo, aquel taller, a los ojos de mi madre, era al mismo tiempo la fuente de sustento de la familia y la causa de sus penurias.

En efecto, mi padre, aunque a menudo obtenía ingresos extra realizando excelentes reparaciones para amigos y conocidos de los alrededores, se dedicaba sobre todo a ser inventor.

Por desgracia, no era un inventor exitoso.

Sus ingresos, cuando teníamos suerte, apenas alcanzaban para cubrir los gastos corrientes, además de los enormes costos de mantener el taller y fabricar los prototipos de sus creaciones, indispensables también para presentarlas a posibles compradores.

Sin embargo, lo que él creaba difícilmente podía generar grandes ganancias. A menudo entrábamos en el terreno de lo extravagante.

Una de sus ideas más, digamos, “ingeniosas” fue un cesto para papeles diseñado como una verdadera canasta de baloncesto. Una empresa de objetos divertidos lo compró, pero tuvo poco éxito. Lanzar bolas de papel hasta allá arriba parecía divertido, pero los posibles compradores sabían perfectamente que sus probabilidades de encestar eran escasas. Además, para vaciar el cesto hacía falta una escalera.

Un fracaso.

Más tarde intentó vender a los balnearios una especie de cabina que rociaba al bañista con crema solar de manera uniforme. Tampoco tuvo éxito, porque resultaba demasiado costosa en comparación con las ganancias potenciales para el propietario.

Describir el medidor para dedos es realmente difícil. Para indicarle a alguien el tamaño de un objeto pequeño, decimos: “No sé, tendrá este grosor”, y mostramos el pulgar y el índice arqueados marcando una distancia. Bien, si en esos dos dedos colocamos dedales equipados con medidores láser, obtendríamos una medida precisa, al centésimo de milímetro, de aquella medición aproximada.

¿Para qué podía servir un aparato semejante? Nadie lo entendió.

Y qué decir de la bicicleta para pedalear sobre los ríos, de la pasta dental con sabor a whisky, de los tapones para convertir bolígrafos en cubiertos útiles para un refrigerio rápido, del cortador láser de pizza, del aislador de oficina, una especie de campana para colocarse sobre la cabeza y poder concentrarse en oficinas abiertas.

De todos modos, no todo le iba tan mal. Por ejemplo, tuvo mucho éxito una pequeña sartén que servía para hacer huevos duros con forma de cubo. Pero, en conjunto, los ingresos familiares eran escasos, siempre al borde del colapso.

No es que no hubiera intentado otros caminos, pero debido a su naturaleza particular no solo le resultaba muy difícil encontrar trabajo, sino que le era completamente imposible conservarlo durante mucho tiempo. Sus empleadores, aun admitiendo que era hábil y competente, pronto lo consideraban poco confiable y terminaban despidiéndolo.

Resultado: nunca unas vacaciones, rara vez ropa nueva. Yo misma tuve que renunciar a ir a la universidad porque los costos eran imposibles para nosotros.

Así terminé compartiendo la decepción de mi madre hacia aquel hombre jovial. El rechazo de su propia familia acabó pesándole y lo volvió cada vez más triste y deprimido.

Espero sinceramente que eso no fuera lo que lo enfermó, de una enfermedad que se lo llevó demasiado pronto. Sin embargo, fue precisamente entonces cuando hizo algo que nos permitió cambiar nuestras vidas para mejor, en vez de acabar bajo un puente como cualquiera habría imaginado.

Algunos días después del funeral, mientras examinaba su viejo taller para decidir qué hacer con todas aquellas herramientas –pensaba que algunas podrían revenderse–, hice un descubrimiento. Bien visible sobre un tablero que utilizaba para anotar ideas, había una hoja con una gran inscripción en rojo: ¡Revísalo!

Sujetado a aquella nota había un billete de lotería.

En aquel momento mi madre y yo estábamos desesperadas. Los escasos ahorros familiares se agotarían pronto y ninguna de las dos –yo tenía poco más de quince años– tenía idea de cómo encontrar trabajo de inmediato. Ningún pariente podía ayudarnos.

Le di el billete a mi madre y ambas fuimos, rezando, a la agencia de lotería.

Inesperadamente, el billete, comprado hacía poco, tenía un gran premio. Lo suficiente para mantenernos seguras durante muchos años. Muy resentida, mi madre pegó el resguardo que había quedado del billete a una foto de papá que puso en la sala. Sobre aquel resguardo escribió con marcador: “Lo único bueno”.

Con el tiempo, salí adelante, encontré trabajo, me casé y fui, en términos generales, feliz.

Pero la sensación de haber tenido por padre a un hombre fracasado e inútil nunca me abandonó, también porque era un sentimiento que al final me hacía sentir culpable hacia él. Y ese también era un regalo suyo que yo no quería.

Pero todo eso estaba destinado, increíblemente, a cambiar.

Muchos años después de la muerte de mi padre, recorría una solitaria carretera estatal al volante de mi automóvil. La noche anterior había llovido mucho y el asfalto seguía mojado y resbaladizo. En una curva perdí el control y me salí del camino.

Creo que perdí el conocimiento por unos instantes. Cuando me recuperé, advertí con terror que seguía en mi asiento mientras el capó del auto se incendiaba. Me desabroché el cinturón de seguridad, que seguramente me había salvado la vida, y me abalancé sobre la puerta para escapar del fuego, si no de una explosión. Con horror vi que la puerta estaba completamente atascada. Probé con la del pasajero, pero tampoco se abría. Miré hacia atrás: la parte trasera del automóvil estaba medio aplastada, las puertas de atrás inutilizadas.

Mi destino parecía sellado cuando escuché a mi lado un sonido terrible. Alguien había introducido una palanca en la puerta y la había abierto. Dos brazos fuertes me arrastraron afuera y siguieron tirando de mí hasta que estuvimos lejos del vehículo.

La explosión que había temido ocurrió y mi salvador se arrojó sobre mí para protegerme aún más. Finalmente cayó al suelo y permanecimos unos instantes observando aquel incendio, jadeando y aturdidos.

Aunque estaba conmocionada, sentí la necesidad inmediata de agradecer a aquel benefactor y me volví hacia él: era mi padre.

—¡Papá! —grité fuera de mí—. ¿Pero cómo? ¿Qué…?

—No hay tiempo, espera… —dijo, y sacó un teléfono móvil con el que llamó a emergencias.

Durante algunos eternos minutos volvió a abrazarme.

—Escúchame, amor mío —dijo—, no tenemos mucho tiempo antes de que lleguen los servicios de emergencia. Sé que para ti estoy muerto. Pero lo que ves es a mí mismo algunos años atrás. Debes saber que al final inventé algo que realmente valió la pena: una máquina del tiempo.

Teniéndolo a mi lado, no podía hacer otra cosa que creerle. Pero entonces comprendí que yo no había entendido nada.

—Perdóname, perdóname, papá —dije llorando, probablemente también por los demasiados shocks de los últimos minutos.

Él me comprendió enseguida.

—Sé que tú y mamá siempre pensaron que yo era un perdedor —explicó acariciándome—. Sin embargo, solo tenían razón en parte… Verás, incluso este invento extraordinario mío es un fracaso parcial. Sin entrar en detalles inútiles, el proceso que ideé no solo no puede ser repetido por otros, sino que me permite realizar muy pocos viajes en el tiempo antes de volverse inutilizable.

—Entonces ¿no volveré a verte? —pregunté todavía conmocionada.

—Tal vez, una vez más, dentro de mucho tiempo… Debo pensar bien mis movimientos para que este descubrimiento sirva al menos para algo útil para ti y para mamá.

—¡La lotería! —exclamé—. Lo planeaste…

—Sí. Cuando comprendí que moriría pronto, viajé al futuro para poder dejarles al menos ese premio poco antes de morir.

Se oyó el sonido de unas sirenas.

—Ya vienen… —dije.

—Es cierto —respondió él—. Pero ahora estás a salvo.

—Me salvaste la vida —observé, comprendiéndolo de pronto.

—Sí. Deberías haber muerto aquí, pero ahora debo remontar el curso del tiempo y descubrir cómo siguen las cosas. Debo entender si todavía me necesitas.

Me besó en la frente y, cuando abrí los ojos, ya no estaba, mientras una ambulancia y un vehículo de la policía de carreteras se detenían un poco más allá.

Desde aquel momento estuve más en paz conmigo misma. Él había regresado desde el pasado, e incluso desde el más allá, para salvarme la vida; ¿qué hija podía decir lo mismo de su padre?

Y además ese no fue su único legado.

Había heredado un poco de su creatividad, aunque no supe aprovecharla hasta que recuperé la confianza en él. Así, con la ayuda de un técnico amigo mío, inventé un accesorio doméstico que patenté y vendí a una empresa conocida. Pedí regalías y eso me aseguró una renta casi constante que más tarde me permitió, entre otras cosas, inscribir a mis dos hijas en la universidad, dándoles lo que mi padre no pudo darme a mí.

Y luego, reflexionando atentamente sobre todo lo que había sucedido en mi vida, comprendí también otra cosa. Sabía cómo gastaría mi padre su último viaje en el tiempo. Sabía en qué circunstancia volvería a verlo.

Por eso, al contrario de todos los demás, yo soy la única persona de este planeta que puede decir con casi absoluta certeza que, cuando llegue la hora de su muerte, no estará sola.


Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

TEMPOMANTE VS. TEMPOMANTE

Gretchen Kerr Anderson

 



El tiempo es relativo.
Albert Einstein

 

Tempus, sis retrocedere! — pronuncié el hechizo cuántico, mientras agitaba los dedos con parsimonia.

Las manecillas del reloj apenas retrocedieron dos segundos en su inexorable marcha. Pero para mí fue un logro. En un mundo donde la puntualidad es un cliché, hacer que el tiempo volviera sobre sí mismo, aunque fuera un par de segundos, era como haber ganado la lotería.

A lo largo de los meses siguientes, con la práctica, mis habilidades como tempomante fueron mejorando. No me costó mucho darme cuenta de que, en un país como el mío, donde el tiempo se enredaba más que el hilo de un ovillo, cualquier pequeño avance era digno de celebración.

Aunque tampoco era para tanto. No pretendía que se trataran mis incursiones de manipulación temporal como las hazañas de una Einstein cubana. Mis experimentos con el segundero del reloj eran más bien algo así como un juego.

A través de la ventana que daba a la calle, me mantenía atenta para constatar los efectos que mi manipulación del tiempo tenía sobre los que pasaban cerca de la casa.

—Tempus, in viam retrocede! — repetía como un mantra, y la magia comenzaba.

La vecina, esa que siempre venía a pedirme un poquito de azúcar para colar café, un ajicito para darle sazón al potaje, o un poquito de sal… ya saben, se detenía de repente. Su mano, que iba a alcanzar el timbre, quedaba congelada en el aire como si estuviera en un cuadro de Dalí.

Sin embargo, la verdadera explosión de hilaridad llegaba con el vendedor del bocadito de helado, que todos los días a la misma hora, hacía acto de presencia en el vecindario. ¡Ah, el sala´o pregonero con su voz de gallo desafinado, que parecía usar la misma cajita de melodías desde el año del triunfo de la Revolución!

 Él pasaba entonando su cantaleta: “¡Eeel bocaditooo de heladooo!”. Pero, gracias a mi hechizo, su canto se volvía un eco en cámara lenta. Y con cada repetir de su molesta arenga, las manecillas del tiempo se atrasaban dos segundos en burlesca contestación.

La anciana de la esquina, la que siempre se quejaba de los altos precios del pan en el mercado no estatal, comenzaba a contar que “en mis tiempos…” y como ya me imaginaba lo que venía luego, decidía retroceder el reloj una vez más. La gente, atrapada en un bucle, parecía estar en una obra de teatro absurda.

Mientras esto sucedía, me daba cuenta de que, en el fondo, no era la magia la que realmente creaba estas escenas. Había verdaderos tempomantes en la vida cotidiana: esos que lograban atrasar el tiempo cada vez que estabas en una cola interminable para hacer una gestión en cualquier oficina pública. Esos magos que, con el simple hecho de estar en el último lugar de la fila, hacían que el tiempo destinado a tu gestión se estirara como un chicle.

Por eso, un buen día, después de haber perfeccionado mis habilidades, decidí retar a duelo a la Tempomante Mayor: la señora de la oficina de trámites. Esa mujer, a lo Gandalf, tenía un poder que trascendía lo terrenal, capaz de hacer que los minutos se convirtieran en años mientras buscaba el “formulario 247” que, por supuesto, no existía en ninguna parte.

El duelo se programó para el lunes, a las diez de la mañana, en el centro de la plaza. “Tempomante contra Tempomante”, rezaba el cartel. La gente comenzó a especular sobre el enfrentamiento, y hasta se hicieron algunas apuestas. De un lado estaban los funcionarios, quienes apoyaban a la Tempomante Mayor, y por el otro, las personas que llevaban tiempo tratando de realizar alguna gestión sin éxito, quienes tenían su fe depositada en mi victoria.

 Un vendedor de churros aprovechó la aglomeración para sacarle partida a su negocio, idea que motivó a otros, y de improviso, aquello se convirtió en una feria de vendedores ambulantes, con y sin licencia. Alguien llevó una bocina bluetooth y la estridencia de la música urbana inundó el ambiente.

Mientras tanto, yo me preparaba, convencida de que mis días de atraso temporal en las oficinas de trámites, más todo mi entrenamiento extra, me habían preparado para esta batalla.

Era la oportunidad perfecta de probar mis habilidades contra la legendaria experta y convencerla de que yo podía retroceder incluso más allá de ese tiempo en que nadie conseguía hacer un simple trámite.

La plaza se llenó de curiosos. La señora llegó con su marchita acompasada de sexagenaria, su cabello recogido en un moño que desafiaba la gravedad y sus lentes de fondo de botella. Nos miramos fijamente, listas para un enfrentamiento épico. La funcionaria me dedicó una sonrisita que vaticinaba problemas.

Y así empezamos.

—Tempus, in viam retrocede! — grité, moviendo mis dedos en el ensayado patrón que bien conocía, en espera de que el tiempo obedeciera mi mandato. Pensaba dejarla ahí mismo, detenida en un bucle retroactivo, y marcharme. Para que aprendiera a respetar el tiempo ajeno, que como bien dice el refrán, es oro.

Pero ella, con un movimiento de su mano, que deslizó hacia el interior de un enorme portafolios negro que llevaba consigo, extrajo unos papeles e hizo que el reloj en la torre de la plaza se detuviera por completo.

“¡Ay, no! ¿Así de fácil?”, pensé, mientras veía a las personas congeladas en diferentes posturas: aquel niño con la bola de helado a punto de caer del barquillo, la anciana con la queja del dolor del reuma truncada en los labios, el pregonero con la boca abierta para entonar su cantaleta, el perro con la mitad de la cabeza sumergida en el bote de basura, una paloma con las alas extendidas petrificada en medio del aire…

Pronto me di cuenta de que la Tempomante Mayor era una maestra en su oficio; había desatado un vórtice que no solo detenía el tiempo, sino que lo convertía en un laberinto. Cada hechizo cuántico que lanzaba era respondido con más formularios e improvisaciones. Mientras yo intentaba atrasar los segundos, ella sacaba de su bolso documentos que parecían multiplicarse, paralizando el tiempo en horas, días, semanas, o incluso, en el peor de los casos, años enteros.

Y ahí estaba yo, atrapada en la red de sus papeleos, cuños y firmas, mientras el tiempo se paralizaba como si nunca hubiera existido. Finalmente, con un suspiro de derrota, me acerqué a la Tempomante Mayor, maravillada por su poder.

¿Qué terrible hechizo de atraso es ese que usaste para ganar? —le pregunté, esperando una respuesta que resonara con la sabiduría de una gran hechicera.

Ella en cambio me miró con una sonrisa pícara y, mientras guardaba de nuevo sus implementos de oficinista, respondió:

Burocracia…


Gretchen Kerr Anderson nació en Mayarí, Holguín, Cuba en 1998. Es narradora, poeta y editora. Miembro de la AHS. Licenciada en Lenguas Extranjeras por la Uho Universidad de Holguín. Máster en Didáctica de las Lenguas Extranjeras por la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona de La Habana. Editora de la revista El Babujal. Especialista de Literatura, crítica e investigación en la Asociación Hermanos Saíz de La Habana. Actualmente cursa el Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Entre otras distinciones fue la ganadora del certamen de publicación de la revista digital Novum de la UBIK-USB Universidad de Bolivia con el relato “La Hechicera” (2020); mención de honor en el Concurso de Minicuentos de Cubaliteraria con la obra “El arcoíris”(2024); tercer premio en el concurso nacional de literatura erótica Farraluque 2024; mención en el concurso nacional de narrativa Ernest Hemingway con el cuento "El enjambre" (2025); mención en el concurso nacional de Ciencia Ficción y Fantasía Oscar Hurtado con el cuento "Arena Virtual"; finalista en el IX Certamen Internacional de poesía erótica de la editorial española Diversidad Literaria (2025). Ha publicado el poemario Enajenación (2018) y cuentos en antologías y revistas.

LAS PALOMAS DE OFELIA

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Julián vio a la anciana fue porque una de las palomas le picoteó el zapato.

No era una paloma normal, claro. Tenía el pecho de metal, los ojos con luz amarillenta y ese ruido interno… ese tic-tic eléctrico que hacían todas desde hacía años. Pero igual el reflejo fue el mismo: bajó la vista puteando, pensando que el bicho le había cagado el cuero.

La plaza estaba vacía por la lluvia. No una lluvia fuerte. Esa típica llovizna tucumana de marzo que parece salida de una canilla mal cerrada y te termina empapando igual. Los árboles chorreaban sobre los baldosones negros. La fuente hacía un ruido pesado, como un Slllooo-shhh... Desde la Catedral llegaba olor a humedad vieja y velas apagadas.

Y ahí estaba ella. Sentada en el banco de siempre, alimentando a esas cosas.

Al principio Julián pensó que les daba pan. Todos los viejos alimentan algo: perros, gatos, recuerdos. Pero cuando pasó cerca vio otra cosa caer desde la mano arrugada de la mujer.

Esquirlas de metal, tornillitos y pedazos de cobre. Les tiraba esas migajas con la paciencia de quien desarma un reloj viejo. Las palomas se desesperaban por comerlos. Era una imagen ridícula, medio triste también. La vieja sonreía apenas mientras los bichos esos se le amontonaban alrededor de los zapatos mojados. Parecía conocerlas. A una incluso le acarició la cabeza con cuidado, igual que si estuviera viva.

Julián siguió caminando.

Pero al día siguiente volvió a verla. Y al otro también. Terminó convirtiéndose en parte de la rutina. Salía del subsuelo donde reparaba esas porquerías que le enchufaban sueños a la gente –un laburo de mierda, pero estable; pagaba el alquiler–, cruzaba la plaza fumándose el último cigarrito del día y ahí estaba la señora, siempre en el mismo banco, puntual como novela de la tarde.

Siempre llovía un poco alrededor de ella. Julián recién cayó en eso una semana después. Era raro.

Una tarde se animó a hablarle.

—Se van a oxidar así.

La anciana levantó la vista despacio.

Tenía la cara llena de pliegues finitos, de esos que deja el tiempo cuando se ensaña con alguien. Lo miró unos segundos antes de responder.

—Ya vienen oxidadas. —Y siguió alimentándolas. Julián soltó una risa corta.

No sabía si la mujer estaba loca o simplemente senil. Después pensó que capaz había llegado a esa edad en la que uno deja de darle explicaciones al mundo. En Tucumán a veces es difícil distinguir una cosa de la otra.

Después empezó a sentarse cerca.

No hablaban demasiado. Mejor así. Hay gente que te deja cansado apenas abre la boca; ella no. Con ella el silencio tenía algo cómodo. Miraban la plaza, la llovizna, los ómnibus pasando con las luces reflejadas en el asfalto mojado.

La mujer se llamaba Ofelia. Las palomas también tenían nombre.

—Esa de allá es Mercedes —decía—. Siempre duerme en la estatua de Alberdi.

O:

—La petisa perdió un ala el verano pasado.

Hablaba de esos bichos igual que otra gente habla de perros callejeros o de sobrinos lejanos.

Julián le seguía la corriente porque sí. Porque últimamente no tenía demasiadas razones para volver rápido a su departamento vacío de Barrio Sur. Desde que Clara se fue, el lugar había quedado raro. Como una heladera desenchufada. Ni frío daba ya.

Una noche la lluvia cayó más fuerte que de costumbre y la plaza quedó casi desierta. Ahí fue cuando Julián vio algo que le revolvió el estómago.

Una de las palomas abrió apenas el ala para sacudirse el agua. Debajo del metal había carne. No mucha. Pero había. Algo rosado. Húmedo. Vivo.

Julián sintió un rechazo instantáneo, de esos que te suben solos desde la panza.

—¿Qué mierda es eso?

Ofelia tardó unos segundos en contestar.

—Lo mismo que vos y yo. Un poco de máquina… un poco de otra cosa. —Después dijo algo más bajito—. Aunque ellas sufren menos.

Esa noche Julián soñó con pájaros abiertos sobre una mesa de metal.

Se despertó a las cuatro de la mañana, empapado en transpiración, con el ventilador temblando en el techo y haciendo ese ruido triste de helicóptero viejo que tienen todos los ventiladores baratos. Fue hasta la cocina descalzo, tomó agua directo de la canilla y se quedó un rato quieto, tratando de sacarse el sueño de encima.

Entonces miró por la ventana. Había tres palomas metálicas apoyadas sobre la cornisa del edificio de enfrente. Quietas. Demasiado quietas. Las tres mirando hacia su ventana.

Le dio un escalofrío idiota. Cerró la cortina de golpe y enseguida se sintió un pelotudo por asustarse de unos drones municipales con plumas de chapa.

Pero no volvió a dormir.

La ciudad venía rara desde hacía meses. Los semáforos se apagaban solos. Los ascensores quedaban frenados entre pisos y a veces se escuchaba gente golpeando desde adentro durante minutos enteros. En calle San Martín, una pantalla publicitaria pasó tres días clavada en la misma frase incompleta: “NO NOS…” Después nada. Ni una letra más. Como si la máquina hubiera olvidado qué quería decir.

Nadie se sorprendía demasiado. Tucumán siempre tuvo talento para acostumbrarse a las ruinas. Primero uno se acostumbra al calor, después a los cortes de luz y finalmente a las cosas que no deberían existir. Una tarde Ofelia no apareció. Las palomas sí. Había muchísimas. Demasiadas. Todas alrededor del banco vacío.

Julián se quedó parado bajo la llovizna sintiendo una angustia rara, difícil de justificar. La plaza parecía haberse quedado congelada en medio de una escena que nadie terminó de filmar. Las palomas ni se movían. Esperaban.

No sabía por qué hizo lo que hizo después. Culpa, curiosidad, aburrimiento… qué sé yo. Terminó buscando la dirección de Ofelia en un registro viejo de ciudadanía. Vivía cerca del Parque 9 de Julio.

La casa era antigua, húmeda, de esas que ya deberían haberse caído pero que siguen ahí, tercas, sobreviviendo por costumbre. Tenía las persianas bajas y glicinas trepadas hasta el techo. Golpeó varias veces. Nada. Pero adentro se escuchaba el zumbido. Ese ruidito eléctrico que tienen los aparatos cuando uno cree que están apagados y no lo están.

Empujó la puerta y se abrió. Y ahí vio por qué las palomas nunca se alejaban de ella. La casa estaba llena. No diez ni veinte, eran cientos. Dormían sobre las lámparas, en los respaldos de las sillas, colgadas de los marcos de las puertas. Algunas tenían partes abiertas. Otras dejaban ver mecanismos mezclados con algo orgánico, pedazos de algo vivo que Julián prefirió no mirar demasiado.

Había fotos por todas partes. Ofelia más joven. Una chica morocha sonriendo. Laboratorios. Planos.

Y de golpe varias cosas empezaron a encajarle solas en la cabeza, como esas boludeces que uno entiende tarde y encima preferiría no entender.

Los rumores sobre los animales sintéticos. El proyecto biomimético. Las historias de tejidos humanos usados para mejorar las respuestas emocionales de las máquinas urbanas. Mitos de ciudad cansada. De esas cosas que la gente comenta en voz baja cuando se corta la luz.

Hasta que vio una foto donde la chica aparecía conectada a una estructura llena de cables. Atrás, escrito a mano:

“Lucía — primera transferencia estable”.

Julián sintió ese vacío raro y seco que aparece un segundo antes del miedo.

—No querían reemplazar pájaros —dijo la voz de Ofelia desde el pasillo—. Querían que la ciudad no se sintiera tan sola.

Ella estaba parada en la oscuridad, empapada por la lluvia. Parecía diminuta.
Gastada. Más vieja que antes.

—¿Qué hicieron? —Ofelia miró alrededor. A las palomas. Después a la foto de la chica.

—Mi hija trabajaba ahí. Cuando murió… usaron parte de ella para el sistema neuronal.

Lo dijo así nomás. Sin drama. Casi cansada. Como quien comenta que va a llover otra vez. Y eso fue peor. Julián no supo qué responder. Porque de golpe todo empezaba a cerrar: la forma en que las aves la seguían, cómo parecían reconocerla, esa tristeza rara que transmitían incluso quietas. No estaban programadas para obedecer. Las habían armado para sentir la falta de alguien. Estaban hechas para extrañar.

Afuera empezó a llover más fuerte.

Las gotas golpeaban las chapas del patio con ese ruido seco de taller viejo. Entonces pasó algo. Todas las palomas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Julián. El ruido que salió de ellas no parecía mecánico. Ni siquiera parecía un ruido hecho por pájaros. Sonaba roto… desafinado, como un coro tratando de acordarse de una canción después de muchos años.

Ofelia cerró los ojos.

—¿Sabés qué pasa cuando una ciudad se queda sin memoria?

Julián tragó saliva. No contestó. —La vieja acarició una de las aves que tenía sobre el hombro, despacio, como quien calma un perro asustado—. Empieza a inventarse fantasmas.

Y durante un segundo, apenas uno, Julián tuvo la sensación espantosa de que las palomas lo estaban mirando con pena. Como si supieran algo sobre él. Sobre Clara. Sobre las noches vacías en su departamento. Sobre esa tristeza muda que llevaba encima desde hacía años. Después una de ellas se acercó dando pequeños pasos metálicos. Y apoyó en su pie un tornillo diminuto. Como una ofrenda. O un recuerdo.

Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

viernes, 29 de mayo de 2026

LA NOVIA DE CHOCOLATE

Goran Ćurčić

 

Era una de las más hermosas de su generación, pero demasiado seria y estricta. Sí, era arrogante y pagada de sí misma. ¡Furiosa! Con los muchachos fingía ser intocable y miraba a todos sus amigos desde arriba. En realidad, ni siquiera tenía verdaderos amigos. Se llamaba Marija, pero odiaba que la llamaran así. Exigía que la llamaran Mari. Era atractiva; hacía ya tres años que practicaba vóley. Sin embargo, aquello por lo que más llamaba la atención era su rostro. Tenía el mentón apenas prominente, labios proporcionados detrás de los cuales se escondían dientes perfectamente blancos. Ojos marrones inquietos y una frente apenas unos milímetros más alta de lo habitual, que casi siempre cubría con un flequillo castaño. Era la mejor alumna del segundo año de secundaria, cuando recién comenzó a salir seriamente por las noches. Entonces Zoran reparó en ella. Era amigo de Milica, la hermana mayor de Mari.

No tenía la mejor relación con su hermana. Milica era su opuesto total: morena, de cabello largo y lacio, a menudo con mechones rojos. No ocultaba su frente alta y, a diferencia de Mari, se vestía de manera sencilla, con jeans y camisetas con nombres de bandas musicales. Zoran asistía como invitado al cumpleaños número diecinueve de Milica cuando advirtió la presencia de Marija. La hermana mayor comprendió enseguida que su amigo había quedado prendado de su aburrida y perfecta hermanita. Los presentó.

Desde entonces, Zoran comenzó a aparecer de distintos modos cerca de Marija. Se hicieron amigos, aunque él esperaba mucho más de aquella amistad. Ella se relacionaba con él por conveniencia. La ayudaba con las tareas de matemática y química, materias que ella odiaba a pesar de sus buenas notas. No podía permitir que alguien de su curso fuera mejor que ella. Zoran le explicaba fórmulas tediosas, la ayudaba con ejercicios y exámenes, le enseñaba trigonometría y programación. También lo llamaba para ir a la ciudad cuando sus amigas no podían salir. A veces incluso le pedía que la acompañara a casa después de salir de noche. Él le hacía cumplidos, ante los cuales ella soltaba risitas. Le regalaba pequeñas cosas, la invitaba con helados y bebidas. Ella aceptaba todo, pero cuando él intentaba besarla o abrazarla, siempre lo apartaba con brusquedad.

Poco después, cuando Zoran ingresó en la universidad de una gran ciudad, regresaba regularmente los fines de semana para verla.

Al comenzar el segundo año de facultad tuvo cada vez más obligaciones, así que pudo volver menos a su ciudad natal. Pasaron tres fines de semana sin que regresara. Se acercaba el veintiuno de noviembre, su vigésimo cumpleaños. Lo esperaba con ansiedad. Confiaba en que ella asistiría. Siguiendo el consejo de su compañero de habitación, se preparó para hablar seriamente con ella durante la fiesta, pasara lo que pasara.

Organizó una celebración en un café local. Invitó a mucha gente. Tres días antes habló con ella y Mari le dijo que iría. La esperó impaciente. Sin embargo, la fiesta avanzaba y ella no aparecía. Poco antes de medianoche llegó Milica. Él le preguntó dónde estaba su hermana. Milica le explicó que Mari había comenzado a salir con Boris, el capitán del equipo local de básquetbol, y que esa noche había ido a ver uno de sus partidos en una ciudad vecina.

Aquella noche consiguió contenerse para no llorar ni emborracharse.

Después de eso casi dejó de volver a casa. Muy pronto desapareció por completo de la vida de Marija. Ya ni siquiera hablaba con Milica.

Pasaron los años.

Mari olvidó a Zoran, y todavía más rápido a Boris. Ingresó en la universidad, donde siguió siendo la mejor. Estudiaba y trabajaba con empeño. Debido a las obligaciones académicas ya no podía practicar vóley, pero utilizaba su tiempo libre para ejercitarse, correr y mantener su cuerpo saludable. Acumulaba éxitos, diplomas, becas y premios. Con todas las recomendaciones que obtuvo en la universidad consiguió fácilmente empleo en el departamento de recursos humanos de una gran corporación.

Su carrera progresaba: reuniones, seminarios, consejos directivos. Defendía los intereses de la empresa, y esos intereses a menudo perjudicaban a los trabajadores. No tenía piedad cuando repartía despidos. Era capaz de echar a toda una línea de producción si durante algunos días no cumplían la cuota prevista. Cada vez la convocaban más a reuniones de la cúpula de la corporación.

También conoció al propietario, un viejo zorro astuto que había amasado una enorme fortuna en tiempos de crisis y que ahora dirigía, como un respetable empresario, una de las compañías más grandes del país y, podría decirse, de toda la región. Con sus posturas frías y muchas veces crueles, Mari llamó rápidamente la atención de aquel antiguo contrabandista de combustible convertido en el hombre con más capital líquido del país. Se convirtió en la máxima responsable de todo el departamento de recursos humanos de la compañía.

Tan exitosa era en su carrera profesional como en rechazar pretendientes. Incluido el propio dueño de la empresa. Sabía defenderse. Probablemente resultara decisivo el hecho de que el viejo embaucador obtenía más beneficios de ella como empleada que los placeres que podría haber obtenido de su joven cuerpo; por eso, después de algunos cumplidos ambiguos, él mismo se retiraba de aquel juego.

Por otro lado, Mari casi no tenía vida social. Unas pocas conocidas con las que se veía apenas lo suficiente como para tener ante quién presumir de sus éxitos. Hombres sí hubo algunos: empresarios exitosos, deportistas, actores, un político, pero ninguno logró permanecer mucho tiempo en su vida.

Un día, mientras revisaba documentación recién llegada, su asistente le entregó un sobre recargadamente decorado con el logo de la corporación. Dentro había una invitación escrita con letras barrocas para una cena de gala por el aniversario de la compañía. En el folleto adjunto figuraba también la distribución de las mesas. Su lugar estaba en la mesa central, reservada para el propietario, su familia y algunas personas de máxima confianza.

Como no tenía a quién más recurrir, llamó a su hermana para que la ayudara a prepararse para la velada. Eligieron un vestido rojo carmín, bastante discreto por delante, pero profundamente escotado en la espalda. Los zapatos abiertos color piel casi se confundían con sus pies, y las joyas plateadas eran extremadamente discretas y elegantes. La peluquera le arregló el cabello el día de la celebración, y las uñas de manos y pies las pintó con un esmalte rojo intenso del mismo color que el vestido, con apenas un borde negro casi imperceptible. Se puso un perfume seductor y carísimo de orquídeas nocturnas con una leve nota de lavanda.

Llegó sin acompañante.

La esperaba un asiento en la mesa principal, en el centro de la parte elevada del salón. Frente a ella se sentaba el dueño de la compañía junto a su nueva esposa, veinte años más joven. En la mesa también estaban tres directores de los sectores más importantes de la corporación con sus esposas, el contador familiar y empresarial, el abogado de la firma y el director financiero con sus acompañantes.

La velada avanzaba en un ambiente agradable. Las bebidas eran las más caras y la comida excelente y abundante. El dueño llevaba la voz cantante y los demás intervenían cortésmente en el diálogo con él.

Mientras hablaba, Mari observaba su mano, adornada con un enorme reloj de oro, junto al cual comenzaban a aparecer manchas de vejez. Con aquella mano tocaba demasiado a menudo y demasiado abiertamente a su joven esposa.

Rara vez bebía alcohol, pero esa noche el propietario insistió en que todos brindaran. El champán era realmente excelente. Después sirvieron la torta. Deliciosa, con abundantes nueces y chocolate, seducía ya con su apariencia, y más aún con su sabor.

Cuando tomó el tercer bocado, algo crujió con fuerza en su boca.

Al principio solo oyó el sonido y luego sintió algo duro, como un grano de arroz, rodando entre sus dientes. Pasó la lengua por ellos. Tocó una superficie afilada como un cuchillo allí donde antes había habido un diente blanco e intacto. Se había roto. Las nueces de la torta no habían sido limpiadas correctamente. Al pastelero se le había escapado un trozo de cáscara.

Se asustó, no tanto por tener que ir al dentista como por cómo iba a sonreír ahora. Esperó el momento adecuado para ir al baño. Sonrió ante el espejo y vio el desastre: en el incisivo superior derecho faltaba un pedazo considerable. El resto del diente sobresalía como una estalactita rota.

Tendría que arreglar aquello cuanto antes. No sonreiría en el resto de la cena.

Apenas salió del restaurante llamó a su asistente para que le consiguiera cita con un dentista a la mañana siguiente. No le importó que se acercara la medianoche y que quizás su secretaria ya estuviera en la cama… Nunca sabía ahorrarles exigencias a los demás.

Furiosa, cometió un error en el departamento. En vez de no tocar nada, tomó el cepillo de dientes, le puso pasta y comenzó a cepillarse los dientes con energía. Como si así fuera a volver a crecer la parte rota. Pasó varias veces la punta del cepillo sobre el diente quebrado y entonces sintió de pronto un dolor intensísimo, casi insoportable. Como si alguien le hubiera clavado una aguja de acero a través del diente y la mandíbula hasta el cerebro. Una cerda del cepillo había encontrado camino hasta el nervio. Retiró la mano de golpe, pero el dolor no disminuyó. Sintió en la boca el sabor metálico de su propia sangre. Escupió y sobre el lavabo se extendió una mezcla roja de sangre y saliva. Tomó un sorbo de agua tibia, pero eso solo empeoró las cosas. Cuando el calor tocó el diente abierto, el dolor se volvió todavía más intenso. Le parecía que se extendía por toda la mandíbula e incluso el paladar. Abrió el grifo del agua fría y eso ayudó un poco. Mientras mantuviera agua fría en la boca, el dolor disminuía.

En su botiquín encontró analgésicos. Tomó una dosis doble. Aun así, pasaron más de cuarenta minutos antes de que el medicamento comenzara a hacer efecto; hasta entonces sostuvo agua fría en la boca. Sacó un cubo de hielo del refrigerador y se hizo una compresa fría. Ya comenzaba a amanecer cuando logró dormirse.

El dolor la despertó antes de que sonara la alarma. Volvió a llamar de inmediato a su secretaria. Tenía turno en una nueva clínica odontológica llamada “Zora”.

El taxi la llevó hasta un edificio de tres pisos recién construido, cerca de la sede de su empresa. Sobre las grandes puertas de vidrio podía leerse: CENTRO DE MEDICINA DENTAL ZO RA, y debajo del logotipo solar aparecía un letrero más pequeño: propietario, Prof. Dr. Especialista… Zoran Radić.

El nombre le resultó conocido, pero no recordó a su amigo y pretendiente de los tiempos de secundaria.

Él, sin embargo, jamás la había olvidado.

La esperaba en la recepción de la clínica.

—¡Mari! —extendió la mano con alegría y sinceridad.

—¿Zoran…? —dijo ella sorprendida al reconocerlo—. ¿Qué haces aquí?

—Regresé de Estados Unidos y abrí esta clínica —respondió sonriendo.

—¿Una clínica? ¡Pero esto es prácticamente un hospital! —dijo mientras su mirada recorría el amplio vestíbulo y la escalera de mármol.

—No es nada —sonrió Zoran y la condujo al consultorio—. Yo mismo voy a revisarte…

Mientras le mostraba dónde sentarse, ella le contó cómo se había roto el diente la noche anterior.

Abrió la boca y sintió el leve contacto de los dedos de él sobre sus labios. Con la punta del índice recorrió suavemente su labio inferior. Sería deshonesta si dijera que aquel contacto no le provocó un agradable escalofrío en la espalda, aunque también estaba segura de que semejante gesto no formaba parte de un procedimiento odontológico habitual.

Ya estaba preparándose para protestar, incluso para marcharse, cuando su mirada cayó sobre la mano de Zoran. Sobre ella brillaba un enorme reloj de oro. Recordó que había visto uno idéntico la noche anterior en la muñeca del dueño de su empresa. Recorrió con la vista el consultorio, impecablemente limpio y nuevo. El mobiliario era perfecto, las pinturas y la decoración de gran refinamiento artístico, y el equipamiento de última generación.

Decidió no protestar. Es más: quiso sonreír, aunque no era fácil con los dedos de Zoran y varios instrumentos dentales dentro de su boca.

Zoran sabía que podía reparar aquel diente en unos pocos minutos. Pero ahora que la tenía frente a él, decidió que no iba a perderla otra vez tan fácilmente.

Tomó la sonda y comenzó a limpiar el borde quebrado. Le advirtió que dolería un poco y aumentó deliberadamente la velocidad de la fresa. Con una presión más intensa le provocó un dolor adicional, y aunque ella mostraba incomodidad, él le pidió que resistiera un momento más, tras lo cual apartó el instrumento.

—¿Ves? No fue tan terrible —sonrió—. Ahora pondremos una medicación en el diente, lo cerraremos y dentro de dos días limpiaremos y modelaremos todo. Nadie notará que estuvo roto.

Podía haber terminado el trabajo de inmediato, pero quería verla otra vez.

Le tocó suavemente el mentón y le dijo que se relajara, porque la próxima vez no dolería nada.

Pasó dos días inmersa en sus obligaciones laborales, pero cada vez que recorría el diente con la lengua pensaba en Zoran. Encargó a su secretaria averiguar todo sobre él, sobre todo de dónde había sacado el dinero para abrir por sí solo semejante clínica.

Descubrió que Zoran había partido a Estados Unidos inmediatamente después de graduarse y que allí se había convertido rápidamente en uno de los principales cirujanos dentales. Trabajó en el equipo del célebre cirujano plástico Martin Key y casi se transformó en su mano derecha. Sin embargo, algo lo arrastraba de regreso a su tierra natal, por lo que abandonó de improviso el sueño americano y regresó.

Tenía turno a las siete de la tarde y pasó todo el día pensando qué ponerse. Finalmente eligió un vestido ligero y colorido, con un pronunciado escote sobre el que roció aquel costoso perfume floral.

Tal como él había prometido, esta intervención resultó indolora. Volvió a tocarle los labios con la punta del dedo, de aquella manera suave. Esta vez ella se abandonó a ese contacto; incluso deseó que se repitiera. Lo observó todo el tiempo mientras trabajaba dentro de su boca. Sentía su mirada como si la acariciara. Sabía cada vez que él miraba hacia sus pechos o hacia sus ojos.

Al final, cuando retiró los instrumentos, le dijo que abriera un poco más la boca y entonces apoyó delicadamente el dedo medio sobre su lengua, muy adentro, deslizando lentamente la yema hasta la punta. Dijo que había encontrado un pequeño resto de empaste, aunque ambos sabían que mentía.

Ella sintió aquel contacto con todo su ser. Por extraño y retorcido que fuera, aquel gesto despertó en ella otros instintos.

Se levantó de la silla ligeramente conmocionada, mientras él se quitaba la bata blanca.

—Puedes comer enseguida. De hecho, para asegurarme de que todo quedó bien ajustado, voy a llevarte a cenar.

Ella no tuvo ninguna objeción.

La sorpresa llegó después: la llevó exactamente al mismo restaurante donde su empresa había celebrado el aniversario. Cenaron en un reservado discreto y, de postre, él pidió la misma torta con la que se había roto el diente. Le aseguró que, aunque ahora encontrara un trozo de cáscara, eso no supondría ningún problema para el nuevo empaste.

Así comenzaron a verse.

Tres meses después, ella trasladó su cepillo de dientes al departamento de Zoran.

Poco a poco, primero en broma y luego cada vez más en serio, comenzaron a hablar de boda. Marija quería una celebración de la que hablara toda la ciudad. Todo tenía que ser perfecto. Un restaurante fuera de la ciudad, con vistas al lago. Comida de todo el mundo, tres tipos de música para todos los invitados, vinos de las bodegas francesas más exclusivas, whisky irlandés, café de Brasil. Había decidido no ahorrar en nada.

Zoran estaba satisfecho. Tenía a la mujer con la que había soñado desde los días de escuela, y sus exigencias, a menudo irracionales, no le molestaban en absoluto.

Unos días antes de la boda programada, tuvo que viajar a Londres para dar una serie de conferencias. Regresaría la noche anterior al casamiento. Quedaron en que ella se ocuparía de todo. Después de todo, siempre tenía la última palabra en los preparativos.

Era el primer fin de semana desde que estaban juntos que pasaría sin él. Y por mucho que siempre hubiera corrido detrás del trabajo, por primera vez sintió aburrimiento.

Deambuló por el gran departamento y, sin saber bien cómo, terminó sentándose ante el escritorio donde estaba la computadora de Zoran. Abrió un cajón y encontró varias memorias USB cuidadosamente ordenadas dentro de una caja. Por aburrimiento y curiosidad comenzó a revisarlas, para ver qué guardaba allí su futuro marido.

Además de algunas carpetas con congresos y conferencias, todos los demás archivos estaban llenos de imágenes de dientes y grabaciones de diversas intervenciones quirúrgicas.

Entonces conectó una memoria USB roja.

La carpeta principal llevaba el nombre: NIKOL.

En aquel instante sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

Zoran le había dicho una vez que en Estados Unidos había tenido una novia con ese nombre, pero que ella había muerto y que, después de eso, él regresó a casa. Eso era todo lo que Mari sabía sobre su pasado amoroso.

Abrió la carpeta.

Dentro había una serie de carpetas menores, organizadas meticulosamente por fechas y lugares. Eran carpetas de viajes, salidas, algunas cenas. Encontró también cuatro carpetas de contenido muy explícito, con su futuro esposo y su exnovia como protagonistas. Incluso le resultó gracioso observarlo en aquellos videos.

Finalmente apareció una carpeta con fotografías del funeral de la muchacha.

Nikol se parecía de manera irreal a Marija: misma altura, misma frente alta, el mismo mentón apenas prominente. Era su copia exacta. Aquello despertó en Mari orgullo y vanidad, porque comprendió que Zoran, en realidad, había estado buscándola a ella todo el tiempo en aquella Nikol.

Sin embargo…

Había una diferencia esencial entre ella y su doble estadounidense.

Nikol era negra. Y Mari tenía una piel extremadamente blanca.

Pasó la noche en vela.

Revolvía en su cabeza todas las imágenes y grabaciones de Zoran con su novia fallecida. Y comenzó a idear una nueva sorpresa para su futuro esposo.

Llamó a su cosmetóloga y le pidió que encontrara el mejor salón de belleza de la ciudad, uno con las cabinas de bronceado más potentes.

Las empleadas del salón no quisieron aceptar su pedido, así que llamaron al gerente para que hablara con ella. Mari quería obtener, en apenas cinco días, un tono de piel intensamente chocolate. El gerente se opuso, diciendo que era una locura y que lo que ella pretendía era imposible.

Pero Mari insistió y le explicó que el dinero no era problema.

El hombre cedió, con la condición de que firmara un documento asumiendo toda responsabilidad por posibles consecuencias indeseadas.

Aceptó.

Ya al día siguiente pasó una hora y media dentro de la cabina. Al día siguiente repitió la sesión, esta vez permaneciendo dos horas expuesta a las lámparas.

Dormía desnuda. Desde la cama fue directamente al baño y admiró su nueva piel. Observó sus brazos, piernas, espalda e incluso el pubis. Verdaderamente se había vuelto color chocolate. Pensó si Zoran reconocería que era ella o si creería estar viendo a la difunta Nikol.

Zoran debía llegar esa misma noche. Pero Mari le explicó que no se verían, que dormiría en casa de su hermana porque todavía quedaban cientos de cosas por preparar para la boda.

Amaneció el día de su casamiento.

Zoran, el juez y todos los invitados ya estaban en el restaurante. Una multitud de periodistas y fotógrafos había acudido para cubrir la boda más costosa del año.

Finalmente, una limusina blanca se detuvo frente al restaurante.

La puerta se abrió y de ella salió, doblada sobre sí misma, Milica, la hermana de Marija. Ante el asombro de todos, comenzó a vomitar de inmediato. Uno de los presentes corrió a ayudarla.

Mari aguardó a que su hermana se apartara de la puerta del vehículo y luego descendió orgullosamente, vestida con un traje de novia blanco.

Los flashes comenzaron a estallar.

Todos se sorprendieron por el color de su piel.

Zoran quedó rígido.

Susurró algo.

Una sola palabra, tan bajo que apenas se oyó la primera letra:

—N…

Los niños comenzaron a correr hacia ella, pero se detuvieron de pronto. Empezaron a alejarse.

Los invitados se apartaban, aunque no para abrirle paso, sino debido al insoportable olor que se expandía a su alrededor.

Era perfectamente hermosa, una reina de chocolate con vestido de novia blanco, pero…

Confundido por la reacción de los demás, Zoran avanzó hacia su futura esposa. De pronto él mismo se detuvo. No pudo dar un paso más.

Un hedor a carne podrida mezclado con notas de excremento humano emanaba de ella… desde dentro de ella.

Dio un paso. Luego otro. Se obligó a acercarse. El olor se volvía cada vez más intenso. Quería abrazarla. Besar al amor de su vida. Era su Mari… Se esforzaba por ignorar aquel hedor repugnante. Extendió los brazos para abrazarla y acercó los labios para besarla. Pero cuando sintió el olor de su aliento cálido frente a su rostro, no resistió más. Un instante antes de que sus labios se tocaran, se dobló y comenzó a vomitar. Salpicó el vestido de novia.

Ella murió aquella misma noche.

Como médico, a Zoran le permitieron asistir a la autopsia. Aquel era el día en que debían comenzar su luna de miel.

Delante de él abrieron el cuerpo de la mujer que amaba…

Mari, con aquel bronceado ilegal e insensato, había cocinado sus músculos y órganos, que ya habían comenzado a descomponerse dentro de ella mientras aún seguía viva.


Goran Ćurčić nació en Zrenjanin, Serbia, en 1984. Es miembro de la asociación de aficionados a la ciencia ficción SCI&FI de Belgrado. Autor de las novelas Potomstvo (2012), Ratnik i Kudrava (2020), por la que recibió el premio "Raskrsća" 2020, y Gozba (2025). Sus relatos se han publicado en numerosas colecciones regionales de fantasía.

  

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