martes, 7 de julio de 2026

BUITRES

Cristian Mitelman

 

Después de la Guerra, mi padre, al igual que un gran número de sus colegas, fue sometido a juicio. Se presumía algún pasado colaboracionista con el régimen. Efectivamente, había algunas fotos con su mano diestra alzada, aunque eso no demostraba nada. En todas las reparticiones públicas y universidades los empleados debían realizar el saludo en determinados momentos del año. Yo era chico y sentía que para mi padre el juicio era una afrenta. ¿Acaso no había enseñado literaturas del Cercano Oriente durante décadas? En su juventud había participado en la expedición inglesa que había redescubierto las antiguas glorias de Nippur. Parte de aquellos materiales, especialmente las tablillas, terminaron en el Museo Británico. Como alemán al que se había concedido una beca para el viaje, no podía protestar, aunque más de una vez confesó que hubiera deseado que algunos textos llegaran a Berlín. Estábamos en 1922. Salíamos de un infierno y nos encaminábamos a otro. Cinco años antes, mi padre había conocido las trincheras en esa tierra de nadie que era el frente oriental. Ahí perdió dos dedos de la mano izquierda. Sobrevivió gracias a los cuidados de un médico que se suicidaría poco después de la Noche de los Cristales. Si mal no recuerdo, se apellidaba Szerman.

Una noche, bajo la influencia de la luna caldea, logró descifrar los fragmentos de una pequeña columna que había copiado una semana atrás. Aunque contaba con algunos rudimentos de la gramática sumeria, de pronto el texto le habló desde su silencio de treinta y cuatro siglos. El fragmento abundaba en espacios vacíos ya que el tiempo había destruido las columnas que formaban aquel fragmento de relato:

 

 

…entonces el dios desapareció por…

se encaminó al alto monte, donde los hombres no pueden fijar la vista.

Hasta lo más profundo del cielo escaló el dios… vencido…

Y la tierra conoció un largo invierno.

Ya no hubo granos. No hubo cebada.

Las fuentes de la vida se agotaron y…

… los hombres pidieron al Rey que escalara la alta cumbre.

Sólo el rey podía conocer la alta cumbre.

Los hombres le pidieron que subiera, roca a roca,

… para hablar…

Y …amesh lloró en la noche, porque iba a despedirse

…la esposa

Debía escalar hasta lo más hondo del universo

donde se amacollan los truenos…[1]

 

 

Tradujo al alemán y luego lo volcó al inglés. A partir de sus conjeturas, comenzaron los trabajos de desciframiento del idioma. Su nombre apareció en los Anales Europeos de Filología. No sería la primera vez que sus ideas habrían de publicarse en ese medio.

Aquella noche, mientras su mente exploraba aquellas palabras que venían de lejos, cierta imagen le causó una mezcla de náusea y angustia. Se había alejado un poco del campamento. El calor era agobiante y más allá el desierto resplandecía bajo la opacidad del cielo. Un sonido afilado le llamó la atención. Deseó una de esas tormentas que parecen limpiar el universo, pero el calor era un dios impiadoso y hacía que las acciones transcurrieran con mayor lentitud. Una rata grisácea lanzaba pequeños chillidos ante un gato que la merodeaba. Al levantar la vista, vio la misma situación reflejada como sombra en el muro blanquecino de una vieja casona. Se dijo: “ahora el gato va a saltar y le va a desgarrar el cuello”. En ese momento de vértigo no se dio cuenta de que estaba en dos planos. Miraba simultáneamente las sombras y a quienes las proyectaban. Todo sucedió casi al revés: la rata se prendió del cuello de su enemigo y de pronto hubo un revoltijo de chillidos entremezclados. Un maullido atroz, lento, violáceo, anunció que el pequeño diente de la rata había encontrado una arteria esencial. El gato arqueó el lomo con esa furia epiléptica que antecede al fin. Dio tres vueltas sobre sí mismo y esparció un chorro de sangre negruzca. La rata, ya desprendida, llegó hasta un pozo y alcanzó a perderse en un laberinto de aguas podridas y basura. El otro cayó animal junto a pocos pasos de él. Un último temblor y la muerte. Mi padre se sintió invadido por un sudor insano. Todavía recordaba el ojo muerto del gato, que parecía absorber los restos de una luz moribunda.

Volvió al campamento y comenzó una especie de traducción febril. De pronto comprendió parte de aquella escritura que oscilaba entre el jeroglífico y las hendiduras cuneiformes.

Después su vida entró en esa tranquila vorágine que media entre el matrimonio y su ascenso en las cátedras. Lo cierto es que durante años volvió a experimentar una de esas revelaciones. Se diría que ese había sido su momento. Su nombre, por supuesto, no figura entre los principales estudiosos del mundo oriental. Hay momentos de la historia en que una nación parece vivir en los bordes y otros en que se halla en el centro. La Alemania después de la primera contienda grande parecía sumergida en las notas marginales del orden europeo.

Años más tarde experimentó su segunda epifanía. El país se había convertido en algo distinto. No faltaba mucho para la anexión de Polonia. En el aire un frenesí de banderas rojas y negras anunciaba la victoria inexorable de una nación que había decidido despertar a su destino. El único que parecía lejano era aquel profesor de lenguas muertas. Su mano mutilada le confería un cierto realismo a su concepción del mundo. De todos modos, convenía disimular cualquier duda sobre la conveniencia de la expansión al Este. Aquellos dedos, perdidos hacía más de veinte años le conferían el salvoconducto que evitaría su movilización hasta el final, cuando un oficial le colocó una pala entre las manos y le exigió una prueba de que podía utilizarla. El honor de mi padre hizo que maniobrara de un modo extraño pero efectivo. Esa misma tarde, a un mes de la caída de la ciudad, fue conducido a cavar trincheras en los alrededores. Todos los alemanes debían colaborar contra el ejército invasor: niños, viejos, lisiados. No importa: no esto lo que pretendo referir. Las digresiones nos protegen de esa zona de los acontecimientos que pretendemos evitar.

Le dije que antes de la anexión polaca mi padre tuvo su nuevo momento de inspiración. La universidad lo había enviado a un congreso que se organizaba en España. Trataba sobre los reinos de Taifas y la influencia árabe en el mundo occidental. La idea del seminario, tal como la concebían las autoridades germanas, era evidente. Se pretendía mostrar el rol vivificante del sustrato arábigo y mostrar a la judería sefaradí como una especie de copia del esplendor islámico. Ya sabe usted la cantilena de esos tiempos: razas que crean; razas que conservan; razas que parasitan a las dos anteriores. ¿Mi padre adhería a la ideología oficial? Yo creo que soportaba aquel lastre con indiferencia. Así como los norteamericanos viven inmersos en sus publicidades, nosotros habíamos incorporado aquel sistema de ideas como un boleto para mantener cierto nivel de vida. La universidad pretendía adquirir ciertos papeles que pertenecían a una colección privada. No debían caer en manos inglesas o yanquis.

Por aquel entonces estaban por sobrevenir los concursos de oposición. Mi padre vivía aquello como una experiencia de guerra. Hasta entonces había sobrevivido y el congreso en España parecía darle algún oxígeno. Pero (estoy intentado recordar sus palabras) desde hacía tiempo su carencia de publicaciones lo venía oscureciendo. Un filólogo que no descubre nada se convierte en una rémora.

Desde un punto de vista estrictamente académico, la misión fue cumplida a la perfección. No conservo la disertación de mi padre, un hecho extraño ya que él guardaba sus monografías con orden. Tal vez haya leído algo de compromiso y luego quemó esos papeles.

Adquirió la biblioteca particular (en realidad eran rollos carcomidos por los siglos) y llevó los materiales a la biblioteca de la universidad, donde empezarían los trabajos de traducción y catalogación. (La vida parecía seguir las sendas normales.)

A lo largo de tres noches, mi padre se reunió en casa con un profesor que a mi hermana y a mí nos causaba una mezcla de terror y sorpresa. Era un viejo encorvado, de nariz aguileña y esa piel traslúcida que anuncia las cercanías de la muerte. Las manchas marrones en las manos tenían algo de los cráteres de la luna. Lo veíamos desde nuestra habitación y nuestros murmullos nerviosos hacían que nuestra madre se enojara y nos mandase a la cama con la promesa de que no habría postre al día siguiente. Pero su voz también era temblorosa, como si algo le causara repulsión en aquella escena duplicada.

El anciano dejó de venir por las noches. Mi padre comenzó a trabajar entonces en un nuevo proyecto. Era evidente que el viejo le había abierto las puertas a un propósito que ya escapaba de sus fuerzas. Se necesitaba el talento de alguien que estaba en el centro exacto de la vida. Las nuevas oposiciones fueron un paseo triunfante. Mi padre había encontrado nuevamente la clave de un texto olvidado. Se trataba de las estrofas perdidas de un texto del malagueño Ibn Gabirol. Aquellos papeles que venían de Sefarad le daban un nuevo sentido a su existencia. Los textos eran breves y enigmáticos. Lo que se demostraba en ellos era que Gabirol los había insertado en su tratado cabalístico y que luego, a instancias de la misma comunidad, los había expurgado. En realidad, las tres pequeñas estrofas eran la modificación de un poema del místico granadino Abdarramán, que había llegado al éxtasis y a la contemplación de lo Uno a partir de los elementos más bajos de la naturaleza.

Gabirol, que conocía el hebreo y el árabe, había escrito en una especie de idioma híbrido, como si quisiera unir las dos lenguas en una especie de tronco común, una especie de fermento lingüístico acaso anterior a lo que había hallado mi padre en sus años de juventud.

La Revista Alemana de Estudios Filológicos publicó el artículo. Mire, aquí están las tres pequeñas estrofas:

…porque roe el cadáver hasta el tuétano

por donde circulaba la vida, y su pico

se hunde en la carne hedionda…

… así el buitre devora lo muerto

y al llenarse de muerte su cuello sin plumas

ama los más bajos espacios…

Este amor de buitre me corroe

y me salva, enjaulado como estoy

en la enferma piel blanquecina…

 

Ya ve que la intencionalidad del artículo era mostrar que Gabirol no había sido original en la concepción mística de su poema. ¿Acaso un judío podía serlo? Terminada la Guerra, aquellos números de la revista filológica alemana se perdieron. Mi padre conservó un solo ejemplar, tal vez como recuerdo de que una ciencia que está impregnada del pasado puede cometer los errores políticos del presente. Pasó el juicio; logró que su traducción de las estrofas volviera a incorporarse en el Corpus Gabirolensis; pasaron los años y llegó a jubilarse. Había proyectado un viaje con mi madre para ese momento, pero ella murió de un cáncer poco después. Mi hermana emigró a Brasil, yo me dediqué a la abogacía. Él se quedó solo. Creo que toda su vida deseó tener alguna tercera epifanía. Cuando lo visitaba los domingos, siempre lo veía encorvado sobre sus viejos papeles. No volvió a producir nada más y su nombre fue olvidado rápidamente. Una noche me llamó su médico personal. Había sufrido un derrame cerebral. Sus últimos días oscilaron entre el sueño y momentos de conciencia alucinada. La mirada de los moribundos es escrutadora. Había enflaquecido y su mano derecha temblaba. Se quedó observándome. Quería hablarme y su voz salió temblorosa y gutural. Me pidió que entregara todos sus papeles a la universidad. Le dije que estuviera tranquilo. Sus ojos se clavaron en un punto del techo. Al principio no entendí bien lo que pretendía decirme. Creo que estaba mezclando aquellas lenguas muertas que habían cruzado su vida. Luego volvió al alemán y se lanzó por un torrente de batallas y apellidos de profesores. Su mente estaba intentando, por última vez, ordenar el caos que somos por la mañana, cuando regresamos a la vigilia luego del sueño. Se detuvo cuando halló lo que buscaba. Con un gesto me indicó que me acercara un poco. Entonces me confesó aquello que en verdad lo condenaba. Jamás había traducido el fragmento Ibn Gabirol. El hallazgo pertenecía a ese viejo que había estado con él años atrás, en casa. Era un profesor judío al que por las leyes raciales lo estaban por expulsar de la universidad. Faltaba pocos años para el horror definitivo, para el horror final. Mi padre había logrado que le mantuvieran por unos meses una mísera pensión con la que podía irse del país, aunque el destino de la judería en Europa ya estaba sellado. El precio que le había cobrado era la entrega de aquella traducción que le permitió a mi padre ganar nuevamente un renombre que se había ido oscureciendo. Lo de Abderramán, en cambio, había sido un invento suyo para justificar la edición de la monografía y su triunfo en el concurso de oposiciones. Gabirol era quien había escrito aquellas estrofas y demostraba que la gnosis podía estar en todos lados, aun en la carne hedionda devorada por los buitres.

Después volvió a la inconciencia y murió dos noches después. Usted buscaba el ejemplar perdido de la revista de filología. Mi padre conservó el suyo, acaso como un recordatorio de una de sus identidades. Cuando publique su tesis doctoral sobre Gabirol le pido que sea indulgente.



[1] El artículo que escribió poco después postula las siguientes ideas: un rey (¿acaso Gilgamesh?) debe escalar las alturas para hablar con un dios que se ha desvanecido. La desaparición de una divinidad que se esconde en lo hondo de una montaña sagrada y el consiguiente desorden en la tierra, ¿no son antecedentes del Éxodo? Sólo un hombre puede subir y entablar palabra con el dios. La reaparición del dios, ¿apareja una nueva ley? De este modo la humanidad se reconciliaría con lo divino y volvería una era de orden. La tablilla está rota, pero hallazgos posteriores avalaron aquella hipótesis de mi padre. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 

EL ANCIANO DE BARBA BLANCA

Carlos Gabriel García Herrera

 

Cuando vivía en el sur de Bogotá compartí una pieza con dos compañeros de trabajo, en una casa que queda al fondo de un callejón sin salida. De esos que atrapan la brisa, la basura y la sombra.

Por la ventana de mi habitación se podía apreciar dos pinos gigantescos que parecían abrazar la casa con sus ramas, sumiendo el callejón en un crepúsculo eterno, donde todas las mañanas, una mirla entonaba un extraño trinar melancólico.

En el cuarto contiguo vivía el señor de barba blanca. Nunca supe su nombre, y creo que nadie lo sabía. 

El centro de su cráneo lo tenía pelado, lustroso como como una pepa de guama. Su pelo blanco caía como cascada congelada, y se confundía con su barba larga de monje Shaolín antiguo, al que nunca lo vi salir de día. El sol no conocía su rostro.

Pero en la madrugada, cuando el alba acariciaba la noche anterior, se escuchaba el chirriar de la puerta de la calle. 

A esa hora volvía.

Vestía siempre de frac negro. Sin una arruga. Llegaba con los ojos rojos encendidos como si se hubiera fumado un tabaco de marihuana.

En ocasiones, intentaba saludarlo, pero era inútil, porque no dejaba fija la mirada, y enseguida cruzaba el pasillo largo como si me tuviera miedo. Casi que, queriendo romper la baldosa con sus pasos.

La puerta de su cuarto, al cerrarse, consumía sus pasos.

Una noche, pasé frente a su puerta y alcancé a vislumbrar por la rendija de abajo, una tenue luz que se movía de un lado para otro. No parecía el bombillo porque temblaba. Palpitaba. Como si alguien adentro estuviera sosteniendo un enorme candelabro encendido, pero lo raro era que no se escuchaba caminar.

Pegué mi oído a la puerta y les juro que oí una respiración profunda. No era ronquido. Era como un suspiro de esos que no terminan en seco, sino alargado, fino y perfumado.  Y, se repetía.

… Un aroma anestésico.

Aunque nunca le tuve miedo a cuentos de espanto, este señor tenía lo suyo. Porque varias madrugadas, cuando lo escuchaba caminar por el pasillo, a veces se detenía frente a nuestra puerta. Y se quedaba ahí. Quieto. Respirando largo. Sin prisa. Oliéndonos detrás de la madera.

Una noche no aguanté, y abrí. 

¡Y ahí estaba!  Demasiado cerca. Sus ojos eran escarlatas… ¡Brasas!

Juro que de ellos saltaban pequeñas briznas encendidas, como cuando se sopla el fogón con un sombrero, y la leña está húmeda.

Su frac le olía a sándalo, jazmín y romero… El olor de los velorios del pueblo.

Olor a muerto.

Esos ojos atravesaron mi cuerpo, y mi yugular contuvo la hemoglobina. Mis pies se soldaron con plomo y mis arterias parecían palpitar más rápido. Mi grito se ahogó por una roca dentro de mi garganta.

Su mano pálida y fría se posó en mi hombro. No era una mano pesada, más bien sentí que era una caricia de muerto.

Estaba en un trance hipnótico, pero algo dentro de mí luchaba con desesperación por despertar del letargo. Comprendí que ese señor no era un anciano. Era el alma de una pesadilla viviente.

En eso, desde adentro, la voz de un compañero me trajo a la realidad. Fue un saludo humano, estúpido, pero reventó el trance como un martillazo rompe un ventanal. Y, aunque fue únicamente una pestañeada, cuando quise ver, solo alcancé a ver la cola de su frac entrando a su habitación.

Al día siguiente saqué mi ropa en una bolsa mencha, y les conté a mis compañeros. Se cagaron de la risa, y hasta loco, mentiroso y trabao me llamaron.

A los ocho días, uno de ellos no volvió del trabajo, y el anciano desapareció. Revisaron la pieza del anciano, pero estaba vacía, y oliendo a sándalo y jazmín.

Una candelabro con una vela derretida reposaba sobre el piso.

Carlos Gabriel García Herrera. Es un escritor y poeta colombiano nacido en San Estanislao De Kostka el 12 de noviembre de 1969. Autor de novelas, cuentos de misterio y aventura. Obras: Bajo la sombra, Las brujas del Camajorú, El brujo maldito, Gabo y Fronteras.

HOUSTON, AQUÍ LA LUNA

Relja Antonić

 

Ya no queda esperanza alguna. O al menos estamos consumiendo las últimas reservas. No queda ningún lugar del que extraer la energía que necesitamos para alimentar nuestras máquinas e iluminar nuestros jardines.

Sé que recibirán este mensaje dentro de muchos años. Treinta, para ser exactos. Si dependiera de mí, ni siquiera lo enviaría. Pero nuestros antepasados iniciaron esta tradición y por eso llamo a la Madre Tierra. Aunque nunca hemos recibido respuesta alguna, les hago llegar este informe. No sé si todavía queda alguien con vida ahí abajo, pero deseo que así sea.

Sé que nuestra partida debió alterar la rotación de nuestro planeta natal. Sé que quizá todos hayan muerto en los cataclismos que debieron desencadenarse. Pero, si siguen ahí, Houston, por favor comuníquense con nosotros. Esperaremos. Esperaremos otros sesenta años, otros doscientos años, el tiempo que sea necesario para que los hijos de mis hijos sepan que el planeta de origen no desapareció cuando abandonamos los cielos de la Tierra.

Para cuando nuestro mensaje los alcance y su respuesta llegue hasta nosotros, tal vez todos hayamos muerto: nos estamos quedando sin electricidad. Pero, mientras quede alguien con vida, sepan que responderemos y que recibirán un segundo mensaje dentro de noventa años terrestres. Por favor, Houston, no nos ignoren. Nosotros no los ignoraremos. Si dentro de nueve décadas no reciben una respuesta, sepan que no los habremos abandonado. Sepan, en cambio, que nos habremos extinguido y que este capítulo de la saga de la colonización espacial habrá llegado a su fin.

Que les vaya bien, y ojalá volvamos a saber de ustedes.

 

Houston, los llamo, tal como mi ancestro enseñó a su hijo a hacerlo y este, a través de incontables generaciones, me lo enseñó a mí. Han pasado innumerables años llenos de dificultades mientras la Luna, transformada en una nave generacional, derivaba por la inmensidad del vacío. Aun así, perseveramos. Les agradecemos el único mensaje que recibimos de ustedes, allá en tiempos de mi bisabuelo. Espero que todavía sigan ahí. Nosotros seguimos buscándolos.

¡Houston, tienen que ver esto!

No solo hemos vuelto a recolectar la luz de las estrellas para satisfacer nuestras necesidades: nuestros jardines florecen, los generadores de oxígeno y todos los demás sistemas funcionan mejor que nunca, a plena capacidad, algo que jamás nos atrevimos a imaginar. Por suerte, toda la maquinaria es completamente automática, porque hace mucho que olvidamos nuestros conocimientos de tecnología... y también de astronomía, salvo por saber en qué región del espacio debemos buscar la Tierra.

Si envían su respuesta dentro de treinta y seis años, la recibiremos dentro de setenta y dos. Si logran sobrevivir a la épica catástrofe que sigue asolando la Tierra, mientras el planeta gira y se tambalea sin cesar, privado de su satélite y de su eje estable de rotación, sepan esto: la colonización ha funcionado. Creemos firmemente que encontraremos un nuevo planeta relativamente habitable, o quizá toda una serie de ellos. ¡La esperanza sigue viva!

Si todavía están ahí —y de verdad espero que así sea—, hágannos saber de ustedes e infórmennos sobre su situación.

Durante todos estos milenios, la Luna, expulsada por la onda gravitatoria, por fortuna no se perdió en el inmenso vacío que constituye la mayor parte de nuestro universo. ¡Ahora tenemos energía de sobra! En este momento orbitamos alrededor de Arcturus.

En las eras venideras tendrán que contemplar el amanecer de nuestro nuevo Sol. Ocupa todo el horizonte cada vez que somos bendecidos por un alba, aunque los amaneceres son escasos y llegan con intervalos increíblemente caóticos, si es de fiar el calendario instalado en los tiempos de la antigua Tierra. ¡Nuestro nuevo Sol llena cada amanecer una parte mayor del cielo! 

Relja Antonić nació el 17 de diciembre de 1988. Vive y trabaja en Šabac, Serbia, y escribe e ilustra desde hace más de 10 años. Colabora en al menos tres revistas, ha publicado relatos en varias antologías de países de la antigua Yugoslavia y es probable que se considere a sí mismo un escritor de fantasía.

 

lunes, 6 de julio de 2026

LA PECERA DEL GIGANTE

Ricardo Bernal

 

Entonces el gigante me puso en una pecera; por suerte no tenía agua pues nunca aprendí a nadar. ¡Por favor señor gigante, déjeme salir! Nada de eso chiquilín, ¡ya verás como vamos a divertirnos! En la mano derecha el gigante tenía una caja de choco krispis del tamaño de un edificio: se echó un puñado a la boca y arrojó otros pocos a la pecera; toma, para que no te mueras de hambre. El gigante me miró con curiosidad, luego sonrió y me cerró un ojo. Al rato regreso, dijo antes de alejarse; voy a buscarte compañía. Me quedé solo con mis miedos. ¿Compañía?, ese gigante estaba demasiado loco, lo mismo podía traer una tarántula, grande como su mano, que una muchacha de mi especie. Recorrí la pecera: medía veinte pasos de largo por doce de ancho y el piso estaba cubierto de piedras de colores. En una esquina encontré el enorme esqueleto de un pez, en otra había un castillo de plástico lleno de moho. Entré al castillo, tuve que agacharme para poder cruzar la puerta. ¿Estaré soñando? ¿Qué demonios hago yo en una pecera? Salí; a un lado del castillo había una tapa de gerber llena de agua. Bebí un poco, aparentemente el agua estaba limpia. Me senté en una piedra y saqué todo lo que traía en las bolsas de mi abrigo: un libro de poesía, un ajedrez electrónico, mi pequeño amuleto contra el mal de ojo. Ninguna cuerda, ninguna cantimplora llena de poción mágica para volar y escaparme así de mi triste destino. Lloré un buen rato. Luego recogí un choco krispis, en mis manos era del tamaño de una baguette. Lo mordí: ¡auch!, demasiado duro. En fin, era preferible eso a morirme de hambre. Llegó la noche y entré al castillo. El frío me calaba hasta los huesos, pero era mayor mi cansancio así que me quedé dormido.

 

¡Yuju yuuuju!, canturreó el gigante. Abrí los ojos y me puse de pie como impulsado por un resorte: ya era de día. Mira a quién tenemos aquí; el enorme guante de cuero se abrió despacio, en la palma estaba un hombre melenudo y harapiento... ¿Fagus? No podía creerlo: era mi hermano mayor al que creíamos muerto desde hace cuatro años en la guerra de Constantinopla. Fagus fue arrojado al interior de la pecera. Al reconocerme corrió hacia mí y nos abrazamos entre lágrimas y gritos de felicidad. ¡Déjense de cursilerías!, rugió el gigante desde arriba, la fetidez de su aliento casi nos hace vomitar. La situación es la siguiente, dijo el gigante; hoy es lunes, me voy a ir de viaje pero regresaré el próximo domingo. Para entonces, uno de ustedes debe estar muerto. Si los encuentro vivos a los dos, no sólo me los tragaré de un solo bocado, sino que iré a pisotear su ciudad hasta que no quede piedra sobre piedra. El gigante emitió una diabólica carcajada que hizo temblar su barriga como si fuera una gelatina. Luego metió la mano al bolsillo de su chaleco y sacó un dedal, arrojando su contenido a la pecera. Aquí tienen armas para que peleen a muerte. Fagus y yo vimos incrédulos las viejas pistolas del pirata Francis Drake, el martillo de Thor, la espada de Isildur que durante tantas generaciones había estado en el museo de nuestra ciudad. ¡Ejem!, exclamó el gigante; ahora que si lo que quieren es una muerte romántica... Del otro bolsillo sacó un frasco verde, le dio vueltas a la tapa que resultó ser un gotero, y vertió tres gotas de un líquido ambarino en el dedal, colocándolo luego en la pecera. Un solo trago de este veneno provocará una muerte instantánea en cualquiera de ustedes, dijo el gigante. Otra cosa: si se les ocurre la ridícula idea de hacer un pacto suicida y los encuentro muertos a ambos, inundaré de alcohol su ciudad y le prenderé un cerillo. ¡Cómo me voy a divertir viendo a sus congéneres correr chamuscados en todas direcciones! Bueno mis pequeños amigos, espero que la pasen bien en mi ausencia; y el gigante emitió otra terrible carcajada. ¡Ah!, olvidaba darles su comida: tomó la caja de choco krispis y nos arrojó un puñado. ¡Hasta el domingo! Los pasos del gigante se alejaron, haciendo retumbar las paredes transparentes de nuestra cárcel.

 

El gusto de volver a vernos era mayor que la amenaza del gigante. El resto del día, Fagus y yo nos la pasamos hablando. Me contó cómo lo habían hecho esclavo de guerra en Constantinopla; estuve tres años trabajando de sol a sol en un molino, me daban de comer basura y latigazos, hasta hoy en la mañana cuando el gigante me liberó, aplastando con sus tenis a mis verdugos. Me preguntó por sus hijas. Están bien, aunque al ver que no regresabas te dieron por muerto y pusieron otra lápida junto a la tumba de tu esposa. ¿No se han casado? No, pero dudo que sigan solteras mucho tiempo. ¿Y tú qué has hecho?, preguntó Fagus. Me casé hace medio año con Lia, la hija del herrero. ¡Pero si es una niña! No, reí; te aseguro que ha crecido bastante desde tu ausencia. Hablamos de los amigos, de cómo había sido reconstruida la ciudad después de la guerra. Luego nos callamos un buen rato. Contemplé a Fagus: estaba esquelético, ceniciento, ¿dónde había quedado aquel guerrero impresionante que hacía correr al enemigo con sólo llevar la mano al pomo de su espada y decir ¡bu!? Su triste mirada me recordó al primer jabalí que maté con mis propias manos, una de esas miradas donde no hay esperanza ni razón alguna para seguir de pie sobre la tierra. Llegó la noche. Tratábamos de no pensar. Conocíamos de sobra a los gigantes, no en balde nuestro padre había encontrado el fin de sus días en el estómago de uno de ellos. ¡Maldición!, grité golpeando con mis puños las gruesas paredes de la pecera; ¡maldito gigante hijo de puta! Lágrimas de rabia surcaron mis mejillas hasta que los brazos enflaquecidos de Fagus me abrazaron. ¡Cálmate, hermano!, no tiene caso perder la cordura. Vamos a dormir, mañana pensaremos qué hacer. Debe de haber una salida.

 

El martes y el miércoles pasaron volando, las horas eran granos de arena en el reloj del destino. Fagus y yo nos rompimos la cabeza buscando la forma de escapar. No tiene caso hermano, supón que logramos fugarnos: el gigante no nos lo perdonaría y su venganza sería incendiar nuestra ciudad. Era cierto. Además ni siquiera podríamos bajar de la mesa, la enorme mesa sobre la que descansaba nuestra cárcel. Después de una amarga noche de insomnio llegó el jueves. En la penumbra del amanecer, las armas tiradas entre las piedras de la pecera brillaban como burlándose de nosotros. Quedaban muy pocos choco krispis. El silencio era cada vez más denso. Evitábamos mirarnos. Evitábamos estar cerca. Si Fagus entraba al castillo de plástico, yo salía, y viceversa. Ni siquiera los duros años de la guerra nos habían preparado para una situación como ésa.

 

Durante todo el jueves lo único que hicimos fue recorrer la pecera a grandes pasos. Parecíamos autómatas. Varias veces sorprendí a Fagus murmurando incoherencias, quizá sin darme cuenta yo hacía lo mismo. Poco antes del anochecer Fagus se detuvo frente a mí, sus ojos eran dos obsidianas encendidas. Hermano, dijo poniendo sus manos en mis hombros; he decidido tomarme el veneno y acabar de una vez por todas con esta angustia. El horror aceleró los latidos de mi corazón: ¡No Fagus, eso no! ¡En tal caso echémoslo a la suerte! Una sonrisa de ultratumba arrugó el rostro de mi hermano, es mejor que yo muera, soy el más viejo; tú tienes una esposa, una vida por delante. Yo en cambio soy hombre muerto desde el día en que me atraparon mis verdugos. No, Fagus, yo no podría vivir con tu sacrificio a cuestas, ¡echémoslo a la suerte, y que Dios se apiade de nosotros! Entonces recordé mi ajedrez electrónico, ¡una partida de ajedrez, claro! De la bolsa de mi abrigo saqué el estuche; al mirarlo pensé en un sarcófago diminuto. Un honorable duelo entre hermanos, esa era la única, la espantosa solución. Fagus, juguemos una partida de ajedrez, el perdedor tendrá que tomarse el veneno. Fagus estuvo de acuerdo, había sombras alrededor de sus ojos decrépitos. Decidimos comenzar la partida al día siguiente.

 

Esa noche no pude dormir ni un segundo. De niños, nuestra instrucción bélica incluía al ajedrez. Para nosotros era más que un simple juego: en el tablero aprendimos las tácticas, los misteriosos caminos para llegar a la victoria. Quien en la vida de la guerra aplica las leyes del ajedrez, sabe que el factor suerte puede reducirse a cero. Al amanecer Fagus y yo bebimos agua y comimos nuestra diaria ración de alimento, medio choco krispis cada uno. Luego desdoblé el tablero encima de una piedra y colocamos las piezas en silencio. Yo jugaría con blancas, Fagus con negras. Aunque anteriormente muy pocas veces había logrado ganarle a Fagus en el ajedrez, eso se compensaba con los cuatro años que él había dejado de practicar, cuatro años en los que yo derroté a varios campeones. Así comenzó la partida: peón cuatro rey, peón cuatro rey. Caballo tres alfil rey, caballo tres alfil dama. Alfil cuatro alfil, peón tres dama... Para uno de nosotros, este era el último juego.

 

Había que cuidarse de los caballos de Fagus: se metían en todas partes entorpeciendo mis tácticas de ataque. Las jugadas se llevaban cada vez más tiempo conforme avanzaba la partida, habíamos puesto un límite de una hora por tirada. Para el atardecer, Fagus se había apoderado de mi torre, y aunque yo le había comido un alfil y tres peones, su posición era muy ventajosa; seguramente ya había planeado una estrategia indestructible. Cerré los ojos, vi a dos niños pequeños jugando al ajedrez bajo la supervisión de un viejo maestro; estaban en un salón cuya terraza daba a los jardines, los hermosos jardines que eran el orgullo de nuestro padre. La cadena de pensamientos me llevó hasta los ojos de mi mujer: estaba triste, muy triste. Hasta antes de ser atrapado por el gigante, mi futuro había sido una promesa de feliz vejez al lado de mi esposa. Jaque, dijo Fagus moviendo su dama y haciéndome regresar a la realidad. Cubrí el ataque con mi torre y miré a mi hermano, de alguna extraña manera su presencia me incomodaba: el gigante había logrado que ahora lo viera como un enemigo. Si Fagus gana, pensé, voy a tener que asesinarlo. Un escalofrío recorrió mi espalda; no, no puedo matar a mi propio hermano, tengo que concentrarme en la partida. Al anochecer, la falta de luz nos obligó a suspender el juego, así que nos fuimos a dormir. Me di cuenta de que en todo el día sólo habíamos hablado para anunciar los jaques. Me quedé dormido de inmediato.

 

Y llegó el sábado, y llegó la tarde del sábado. Jaque mate. Fagus miró el tablero con incredulidad: era cierto, pese a su gran ventaja material, al mover mi caballo había dejado al descubierto el ataque de una torre, aplicando así el inevitable jaque mate. Yo tampoco podía creerlo; durante las larguísimas horas de juego, Fagus había ido recortando mi ejército hasta dejarme tan solo un caballo, una torre, mi rey y dos peones. Las piezas amontonadas en el flanco de su rey, en vez de protegerlo, le cerraron las posibles salidas. Vi a Fagus, su sorpresa y disgusto me convencieron de que no se había dejado ganar. Excelente... excelente mate, dijo Fagus; luego se levantó muy despacio, como si hubiera estado sentado trescientos años detrás del tablero. Yo no pude mirarlo a los ojos. Mi corazón era jalado por dos fuerzas contrarias: el pesar por la próxima muerte de mi hermano, y la dulce esperanza de volver a los brazos de mi esposa en cuanto el gigante me liberara. Faltaba poco para el anochecer. Ahora lo sabía: esa iba a ser la última noche en la vida de Fagus. Quise hablar pero las palabras se negaron a salir de mi boca. No podía llorar, ni siquiera sabía cómo definir las sensaciones que me invadieron. Con mucho cuidado guardé las piezas en su estuche, doblé el tablero y me dirigí al interior del castillo. No me atreví a enfrentar a Fagus en su dolor, ojalá me mate mientras duermo, pensé; ojalá esto sólo fuera una pesadilla.

 

El domingo en la mañana, después de compartir el último choco krispis, Fagus se bebió el veneno. Yo había imaginado ese día como una fecha memorable en la que uno de los dos hablaría de cosas trascendentes antes de morir. La verdad es que no estuve con Fagus en los últimos momentos. No sé qué pensó, ni fui testigo de sus últimas palabras, si es que las dijo. Yo estaba en el castillo pensando en una última, desesperada salida para evitar el sacrificio de mi hermano; tal vez si finge que está muerto, tal vez si nos escondemos... Entonces oí un grito y al salir corriendo del castillo vi a Fagus en el suelo, retorciéndose como un jabalí malherido. ¡Hermano!, grité tomándolo en mis brazos. Por lo menos el gigante no había mentido: la muerte de Fagus fue instantánea.

 

Han pasado dos semanas desde entonces. El gigante nunca regresó. El cadáver de mi hermano está cada vez más putrefacto. Cada vez es más difícil masticar su carne.

Ricardo Bernal nació en la Ciudad de México, en 1962. Es narrador y poeta egresado de la SOGEM e investigador de cine y literaturas anómalas. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora; coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad de Telarañas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones, cine negro, astrología simbólica y tarot.

 

LA COMISIÓN SUPERIOR DE LO DESCONOCIDO

Yaseen Ghaleb

 

Mucho se había dicho acerca de aquella casa herméticamente cerrada, hasta el punto de que parecía que la gente había agotado todo cuanto podía decirse sobre ella. Sin embargo, lo que permanecía oculto era mucho más oscuro, demasiado pesado para poder contarse con facilidad.

La casa, que desconcertaba a todo el vecindario, permanecía encerrada sobre sí misma como un ser vivo que rechazara el aire. Jamás abrió su puerta a un extraño, como si quienes habitaban en su interior detestaran ser vistos o que alguien rozara siquiera los límites de su mundo.

Todo lo que necesitaban les llegaba por medio de una criada delgada que se movía como una sombra gris envuelta en misterio. Se deslizaba por la estrecha abertura de la puerta de madera que daba a la calle y desaparecía enseguida en el interior. Las ventanas, por su parte, parecían, para quien pasaba frente a ellas, ojos oscuros ocultos tras pesadas cortinas que sofocaban la luz.

Y la misma pregunta se repetía en labios de todos:

—¿Cuál es el secreto?

Entre los curiosos había un joven que cursaba el primer año de la universidad. Estudiaba periodismo y estaba convencido de que todo misterio solo esperaba a alguien con el suficiente valor para develarlo.

Una noche tranquila, mientras regresaba de la universidad, un grito desgarró el silencio de la calle. Fue un alarido agudo que pareció rasgar el tejido mismo del horizonte.

El muchacho quedó paralizado.

Aquel grito era distinto de cualquier otro que hubiera oído antes. Parecía surgir del fondo de un infierno desconocido para los hombres.

Y, de una manera extraña, sintió que era un grito dirigido a él, como si hubiera esperado precisamente su presencia para ser escuchado.

Al día siguiente intentó olvidarlo. Pero el barrio parecía distinto. Las demás casas daban la impresión de haberse retraído, alejándose de aquella vivienda y dejando a su alrededor un vacío invisible. Cuando volvió a pasar junto a ella, vio que la puerta estaba apenas entreabierta, revelando una línea oscura semejante a una figura inmóvil. Aquella línea se movió. No avanzó ni retrocedió. Simplemente vibró, como un ser incompleto incapaz de adquirir un cuerpo entero.

Dentro de él empezó a crecer un deseo irresistible: saber, comprender, acercarse.

Aquella misma noche se detuvo frente a la puerta y apoyó la mano sobre la madera. La encontró anormalmente cálida. Entonces oyó una respiración larga, como si la propia casa respirara. Y cuando estaba a punto de alejarse... la puerta se abrió sola. Solo una rendija. De ella salió un aire húmedo impregnado de un extraño olor: olor a papel viejo y nuevo, olor a noche. Entonces oyó una voz. No supo si provenía del interior de la casa o de lo más profundo de sí mismo.

—Por fin... Has tardado.

La puerta se cerró de golpe con tanta violencia que la calle entera pareció estremecerse.

Dos días después encontró, frente a su casa, un papel doblado y sellado con un sello circular que decía:

«Comisión Superior para los Asuntos del Interior».

Lo abrió.

La asistencia es obligatoria. Usted es parte interesada en el incidente ocurrido la noche pasada. Será interrogado acerca de lo que escuchó. La incomparecencia dará lugar a las medidas correspondientes.

No figuraban dirección, firma ni hora alguna. Solo una frase inquietante:

«Lo encontraremos».

Aquella misma tarde llamaron a su puerta. Era un hombre desconocido, vestido con un largo abrigo negro y portando un maletín igualmente negro.

—He venido a acompañarlo —dijo el hombre con una voz absolutamente desprovista de emoción—. Estamos retrasados.

Lo condujeron hasta un edificio gris, sin ventanas, repleto de oficinas interminables donde empleados silenciosos copiaban algo invisible sobre hojas completamente blancas.

Lo hicieron entrar en una sala cuya puerta llevaba un cartel:

«Departamento de Interrogatorios Relacionados con las Casas Silenciosas».

Frente a él se sentó un investigador cuyo rostro parecía incompleto, como si aún no hubiera terminado de formarse.

—Hemos sabido que usted oyó algo —le dijo.

—¿Qué fue lo que oí?

—Eso es precisamente lo que queremos averiguar. Nosotros no podemos oír. Escuchar es una facultad reservada a ustedes.

—¿Y quiénes somos «nosotros»?

—Aquellos que se encuentran presentes cuando suceden cosas que jamás deberían suceder.

El investigador abrió un expediente repleto de dibujos de sombras difusas.

—¿Reconoce esta entidad?

—Solo vi una sombra.

—Es suficiente. La sombra constituye la primera fase de la manifestación.

—A partir de este momento —declaró entonces imprimiendo un sello rojo sobre un documento— queda usted encargado de vigilar esa casa. La decisión es definitiva.

Cuando el joven salió al pasillo descubrió algo completamente irracional.

Al final del corredor estaba... la misma puerta de la casa. Allí. Dentro del edificio. Como si nunca hubiera salido realmente de ella. Entre sus dos hojas permanecía de pie la sombra, o aquello que más se le parecía, esperándolo.

El muchacho avanzó hacia la puerta. Con cada paso la luz iba debilitándose hasta que todo quedó reducido a la oscuridad concentrada alrededor del umbral.

Entonces oyó una voz que nacía desde su propio interior.

—Soy aquello que dejaste atrás.

—¿Qué fue lo que dejé?

—Tu memoria muerta, cuando decidiste abandonarla... Tus decisiones postergadas... Las voces que nunca escuchaste... Tu deformidad interior, la que reprimiste o mataste... Aquí está su depósito secreto.

Entonces comprendió que la Comisión Superior para los Asuntos del Interior no era una institución exterior a él. Era el organismo encargado de registrar todo aquello que el ser humano ignora, descuida o de lo que huye. La casa nunca había sido una vivienda. Era un depósito de sombras. Sombras de decisiones, de gritos, de posibilidades que jamás llegaron a vivirse. Extendió la mano y descubrió que la madera de la puerta era un tejido vivo. Cuando la abrió ya no encontró ni la casa ni el pasillo. Encontró una inmensa explanada sin horizonte. Miles de personas permanecían sentadas ante mesas interminables, escribiendo sobre hojas blancas que nunca terminaban.

Y vio su propia sombra frente a él. La sombra escribía su nombre. Luego le tendió la pluma.

—Firme aquí... para iniciar los trámites de su regreso.

La pluma no tenía tinta. La hoja no contenía una sola palabra. Y, sin embargo, sintió todo el peso del procedimiento.

—¿Qué ocurrirá después de que firme? —preguntó.

 

La sombra sonrió con una sonrisa imposible de interpretar.

—Después... esperaremos. Siempre esperamos. Siempre hay alguien que decide. ¿Estás dispuesto a soportar las decisiones del destino?

El muchacho levantó la vista. En el horizonte vio innumerables puertas multiplicándose como si formaran una inmensa matriz. Todas eran iguales a la primera. Todas se abrían y se cerraban lentamente, como si respiraran. Y dejó de saber cuál era la puerta de su propia casa. O incluso si alguna vez había tenido una.

Entonces... la sombra desapareció.

El joven permaneció inmóvil, con la pluma en la mano y la hoja blanca frente a él, preguntándose por qué había llegado hasta allí, qué era exactamente lo que debía firmar y si la puerta donde había comenzado toda aquella historia había existido realmente... o si no era más que otra puerta entre las innumerables puertas de la espera.

Olvidó preguntar por qué solo la criada podía entrar en aquella casa. Olvidó también contar la sed de enigmas y secretos que había llevado consigo, como un pájaro tembloroso después de todo lo ocurrido. Pero lo perdido ya estaba perdido. Aceptó lo sucedido con cobardía, sin atreverse a correr el riesgo del conocimiento, ese que puede arrojar al hombre desde el fondo de un abismo hacia un territorio donde ninguna decisión es posible.

Y no encontró respuesta alguna. Ni siquiera al terminar de escribir estas líneas.


Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

EL SEGUNDO ASTRONAUTA

Csaba Béla Varga

 

¿Crees que el cosmonauta soviético Yuri Gagarin fue el primer astronauta de la humanidad? ¡Ojalá tuvieras razón!

 

Hum, el segundo astronauta de la humanidad, estaba de pie junto al mar contemplando las barcas que navegaban hacia el lugar donde nacía el sol. Él también era pescador, como casi todos los habitantes de la aldea situada al pie de las cumbres nevadas cubiertas de pinos.

En aquella época todavía brillaban dos lunas en el cielo. Corría el vigésimo milenio antes de Cristo, si alguno de nosotros hubiera sabido escribir.

Hum era alto, de anchos hombros, espalda recta, ojos oscuros y nariz aguileña. Para evitar malentendidos, conviene aclarar que ya era un auténtico Homo sapiens. Durante los siglos anteriores, la confederación tribal que, tras la gran separación y la larga migración, acabaría siendo antepasada tanto de los sioux americanos como de los celtas europeos, había exterminado sin piedad a las demás especies humanas de las Siete Islas. En aquellos tiempos avanzaban con paso firme hacia la dominación mutua y el descubrimiento de la esclavitud, aunque para esto último todavía tendrían que modificar un poco el menú de los banquetes de la victoria.

La bahía en cuya orilla se encontraba Hum se convertiría, veinte años después, en el puerto principal de Angra Manju, o, como hoy la conocéis, Atlántida.

Las barcas desaparecieron detrás de la gigantesca roca que recordaba la silueta de un hombre erguido, y Hum se volvió. Apretó con fuerza el hacha de obsidiana viva, afilada como una navaja, que la noche anterior había intercambiado con Vivanhan por nueve pieles de tiburón, y echó a correr con paso ligero y seguro. Su camino ascendía hacia los acantilados costeros. Ambos habían asumido un enorme riesgo, pues los dioses, apenas llegaron, prohibieron portar armas. A cualquiera que encontraran con obsidiana o con hueso pulido le esperaba la muerte.

Alcanzó la aldea, escondida bajo la sombra de los árboles siempre verdes, pero no redujo la velocidad. Los hombres estaban en el mar o cultivaban los campos bajo un calor ya sofocante. Solo Ferkah, el antiguo jefe guerrero, gravemente quemado, no había salido con ellos. Al oír el ritmo de las pisadas levantó la cabeza con esfuerzo y volvió el rostro hacia Hum. Alzó su puño ennegrecido por las quemaduras para desearle buena fortuna en la batalla.

Las mujeres, luciendo sus nuevas faldas de vivos colores y exhibiendo las joyas hechas con un metal brillante desconocido hasta hacía poco, observaron su carrera en silencio y con gesto sombrío. Los ancianos, que todavía recordaban los tiempos en que la Madre Luna aún no había arrebatado el poder a las jefas del clan, lo siguieron con la misma hostilidad que los jóvenes, las muchachas y las mujeres recién casadas.

Hum no pudo dejar de advertir que las mujeres casadas llevaban el cabello peinado exactamente igual que las solteras. Poco tiempo atrás aquello habría sido inconcebible. Poco tiempo atrás, cuando Hum, el joven héroe destinado a convertirse en jefe de guerra, era el favorito de todas.

Antes de la llegada de los dioses.

Zare, la hermana de Kháli, lo esperaba junto al primer pino, bloqueando el estrecho sendero donde tantas veces Hum se había encontrado con su amada.

—No deberías ir tras ella —dijo con voz fría y con aquella expresión inescrutable e inquietante que había hecho que, durante la Fiesta de la Primavera, Hum eligiera a la hermana mayor en lugar de a Zare.

¿Solo habían pasado cuatro años? ¿O aquello pertenecía a otra era del mundo?

—Apártate de mi camino —gruñó él, mirando por encima de su cabeza.

—Si sigues adelante, vas hacia la muerte.

—Tú debes saberlo. Eres la más sumisa de las servidoras de los dioses.

—Yo sirvo al Conejo de la Luna, a la Gran Madre, a la vida fecunda, al único dios. De los nuevos dioses solo aprendo. Nadie los conoce mejor que yo. —Lo miró fijamente a los ojos—. Y sé que morirás si intentas recuperar a Kháli.

—Kháli es mi prometida. No permitiré que nadie me la arrebate. La amo y ella también me ama. Estoy seguro de que el señor Taszter se la llevó por la fuerza.

—Si la amas, querrás que sea feliz. ¿No es así?

—Claro. Quiero hacerla feliz.

—¿Y qué puedes ofrecerle tú, pescador? ¿Guerrero? ¿Hijo de los hombres?

—Será mi esposa. Seremos felices. Tendremos hijos. Le construiré una casa hermosa. Nunca le faltará nada.

—¿Y en esa hermosa casa pasará el día pendiente de todos tus deseos? ¿Lavará tu ropa? ¿Morirá dando a luz, como tantas otras? ¿Envejecerá sin haber hecho otra cosa que repetir la vida de su madre y de su abuela? ¿Esperará el día en que le traigan la noticia de tu muerte durante una cacería de ballenas o en una batalla? ¿Se quedará ciega encorvada sobre el huso?

—No. Mi esposa no tendrá que trabajar. Ya no vivimos en el viejo mundo. Volveremos a vencer a las tribus malvadas. Tendremos esclavos.

—Los dioses no permitirán que hagáis la guerra. ¿Ya olvidaste lo que ocurrió con los guerreros de Ferkah? ¡Ardieron!

—Aun así quiero salvarla.

—¿Salvarla de qué? ¿De la felicidad? ¿Dónde podría ser más feliz que en la casa de los dioses? Allí comerá su comida, beberá sus bebidas y cantará sus canciones.

Hum levantó la vista hacia el cielo, atónito. La roja hoz de la Luna Menor aún era perfectamente visible, y el pescador sabía que, en algún lugar allá arriba, flotaba el palacio de los dioses. ¡Ni siquiera las águilas podían llegar tan alto!

—¿La llevarán al hogar de los dioses? ¿A los cielos? ¿El dios señor Taszter se la llevará con él?

—Sí. —Zare no pudo ocultar su decepción—. La eligieron a ella, aunque yo aprendí sus enseñanzas con mucho más empeño. Los dioses también la prefieren a ella. Será la primera que ascienda a los cielos.

—¿A los cielos? ¿Hasta los cielos?

Hum sabía que solo podría llegar allí cuando su cuerpo hubiera muerto y su alma emprendiera el camino hacia el reino del Conejo de la Luna.

Lanzó un rugido y apartó a la muchacha de un brusco empujón antes de echar a correr tan rápido como pudo. Zare gritó al chocar contra el áspero tronco oscuro del árbol, aunque no cayó al suelo. Contempló cómo el hombre se alejaba y ni siquiera ella estaba segura de si la lágrima que resbaló por su mejilla era fruto del dolor.

—Vas hacia la muerte, insensato —susurró.

Al caer la tarde, Hum llegó al Bosque de los Rostros de Piedra. En otro tiempo él mismo había ayudado a colocar el grueso disco de piedra roja sobre la cabeza de la estatua más reciente para impedir que el alma del gran jefe regresara entre los vivos. El corazón le golpeaba el pecho cuando alcanzó el extremo de las largas hileras de gigantescas cabezas erigidas en la empinada ladera. Se detuvo junto a la primera de ellas, levantada sin duda por un pueblo de frente huidiza y mandíbulas anchas en honor de su caudillo, y, ocultándose tras la piedra cubierta de musgo, entrecerró los ojos para observar el inmenso disco plateado, de casi mil pasos de diámetro, que dominaba la meseta.

Los monstruos avanzaban hacia las aberturas del disco como si fueran hormigas. Ya no les tenía miedo. Sabía que eran estúpidas criaturas de metal que solo hacían lo que los dioses les ordenaban. Y ni siquiera demasiado bien. Probablemente aquel día ya habían terminado de cosechar piedra.

Hum no vaciló. Corrió hacia ellos y se dejó caer dentro del cesto del último monstruo. Los fragmentos de roca triturada le desgarraron el vientre y los muslos hasta hacerlos sangrar, pero no prestó atención al dolor. Permaneció inmóvil hasta que el vientre del disco los engulló.

Los relatos de las muchachas y, más recientemente, de las mujeres casadas que habían entrado en el disco le permitieron encontrar sin dificultad el sendero por donde los dioses acostumbraban caminar. Hum se acuclilló sobre el suelo liso y blanco como la nieve y comenzó a olfatear. Percibió, muy débilmente, el olor de Kháli. De pronto, la tierra tembló bajo sus pies, de un modo semejante a cuando Angra Manju sacudía las montañas y las islas. Pero la sensación que siguió era distinta de cualquier cosa que Hum hubiera experimentado jamás en su vida como Homo sapiens. Era como si su cuerpo se hubiera convertido en roca. Al mismo tiempo sintió que caía, mientras una fuerza implacable lo aplastaba contra la lisa losa blanca. La sangre comenzó a brotar de su nariz y de sus oídos.

Con enorme esfuerzo logró darse la vuelta y quedar boca arriba. No percibía el paso del tiempo; ignoraba cuánto había durado aquel tormento. Se pasó un dedo bajo la nariz y contempló con estupor la sangre que la manchaba.

Entonces, de pronto, lo comprendió todo.

—Ya debemos de estar en los cielos —pensó.

Y si era así, entonces estaba muerto. Con la mano ensangrentada se frotó la frente hasta teñirla de rojo, tal como era costumbre despedir a los muertos. Así su alma tampoco regresaría para atormentar a los vivos.

El disco dio un sacudón y Hum comenzó a flotar. Si hasta entonces había albergado alguna duda, ya no le quedaba ninguna: había muerto. Solo los muertos podían volar. Sin embargo, antes de que su alma pidiera entrar en la morada de la Madre Luna, aún debía cumplir aquello para lo que había venido.

Apenas formuló ese pensamiento, recuperó el peso y su cuerpo descendió nuevamente hasta el suelo. Se puso de pie. De algún modo se sentía más liviano que en su tierra. En la pared blanca descubrió una ventana circular cubierta por una materia transparente. Y allí fuera, increíblemente cerca, brillando con una intensidad que jamás había visto, ni siquiera cuando había escalado la montaña más alta para demostrar su valor, contempló la Luna.

Comprendió al instante que era una señal.

La Madre Luna le había devuelto el cuerpo durante el tiempo suficiente para cumplir su misión.

Hum dejó de temer por completo a los nuevos dioses. La Madre Luna estaba con él.

Como el cazador nato que era, avanzó sin hacer el menor ruido, guiado únicamente por sus instintos.

—Hay un solo dios —susurró—. La Madre Luna, y nadie más—. ¡Hay un solo dios! —gritó cuando el hacha de obsidiana cayó sobre el cráneo del sorprendido dios—. ¡Hay un solo dios! —jadeó cuando hubo acabado también con el séptimo.

Las paredes comenzaron a lanzar gritos, mientras gemas rojas destellaban allí por donde pasaba. Hum jamás había sido tan feliz. Nunca habría imaginado que estar muerto pudiera resultar tan maravilloso.

Entonces algo comenzó a gritar dentro de su mente. Algo quería advertirle que existía una señal, que nada marchaba como debía, que algo terrible estaba ocurriendo. Miró los dos cadáveres tendidos frente a él. De repente advirtió, con una claridad insoportable, que las ropas de aquellos dos dioses estaban empapadas de sangre roja. Roja. ¡La sangre de los dioses no era roja!

Percibió el olor de la carne quemada al mismo tiempo que el delicado perfume de Kháli. Entró por la puerta por la que había escapado corriendo su última víctima. Lo que vio lo obligó a lanzar un alarido. Deseó haber muerto de verdad unos instantes antes.

Kháli yacía extendida sobre una amplia mesa cubierta de sangre. Su hermoso cabello negro como la noche había sido arrancado junto con el cuero cabelludo. Brazos y piernas estaban sujetos a la mesa mediante relucientes abrazaderas. Desde la entrepierna hasta el pecho le habían abierto el cuerpo, y en su interior penetraban tentáculos semejantes a medusas, por cuyo interior circulaba un fluido palpitante. Otro tentáculo sostenía el corazón todavía latiendo de la muchacha dentro de un recipiente lleno de un líquido transparente.

Hum se lanzó junto a la mesa. Aulló de dolor. Aunque todavía percibía el aliento de Kháli, aunque aún veía la luz en sus ojos, se pasó los dedos por sus propias heridas y con su sangre le untó la frente. Allá arriba, el cuerpo tardaba mucho en aceptar que su dueño ya estaba muerto.

El dios señor Taszter lo esperaba en el salón más grande.

El gigante de piel metálica contempló en silencio al hombre que acababa de entrar. En su rostro dorado, semejante al de un ángel, no se reflejaba emoción alguna. Solo los cuatro animales tendidos delante de su trono comenzaron a gruñir con ferocidad. Ellos ya habían aprendido a disfrutar del sabor de la carne humana.

Hum no sintió miedo. Sabía que nadie llegaría tan deprisa como él junto a la Madre Luna. Kháli seguramente ya habría llegado y pronunciaría una buena palabra en su favor para facilitarle la entrada en el reino de la felicidad.

El dios hizo un gesto. Los animales se lanzaron enloquecidos sobre Hum. Antes de que el león pudiera hincarle los dientes en el hombro, antes de que la serpiente lograra morderlo, Hum hizo girar el hacha de piedra.

Los dioses debieron de ser grandes guerreros, temibles señores en el mundo del que procedían. Sin duda habían concebido estrategias crueles y tácticas ingeniosas para derrotar a sus enemigos. Tal vez habían mandado ejércitos conquistadores de estrellas. Seguramente estaban por encima de todos los demás y despreciaban incluso a quienes apenas eran un poco inferiores a ellos en inteligencia o fuerza. Eran más poderosos que el oso y más sabios que la serpiente.

Pero, si alguna vez habían conocido el uso del hacha, hacía mucho que lo habían olvidado. Sus ojos mágicos podían detectar el metal desde muy lejos. Sus redes tejidas con fuego eran capaces incluso de impedir el paso de la luz del sol. Sin embargo, aquel hacha había sido fabricada con madera y piedra por las manos seguras de un artesano. El movimiento, practicado miles de veces, la lanzó describiendo un arco perfecto. Voló más deprisa que en el mundo de abajo. No le dio tiempo al gran señor. El negro hueso de la Tierra alcanzó su objetivo. El metal crujió.

La divina sangre verdosa y la divina médula amarillenta salpicaron la túnica plateada, borrando y embarrando la huella de la sangre de la muchacha humana, que empezaba lentamente a secarse.

La Luna brillaba en las ventanas circulares cuando el cuerpo del segundo astronauta terrestre cayó sobre el blanco suelo y los monstruosos híbridos de mundos extraños hundieron sus dientes en su carne.

Su cuerpo no sufrió durante mucho tiempo. Y su alma atravesó rápidamente la puerta del Conejo de la Luna. La lanzadera, ya sin tripulación, se aproximó siguiendo una trayectoria irregular a la base de los extraterrestres instalada sobre la luna menor de la Tierra. Como no respondió a las llamadas, la base activó de inmediato su sistema de defensa.

Abajo, junto al árbol que crecía al borde del sendero, Zare pudo contemplar con toda claridad el destello que iluminó el cielo nocturno.


Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

BUITRES