Milica Lilić
—¡San… sangre… hay
sangre por todas partes! —gritó la pequeña Magdalena al despertar bruscamente
de su sueño, profundamente aterrorizada.
Su madre la tomó en brazos e
intentó tranquilizarla, explicándole que solo había sido un sueño y que todo
estaba bien. Pero la niña lloraba cada vez con más fuerza y llamaba a su padre.
Él la estrechó con ternura contra
su pecho y la calmó. Solía llevarla a su estudio. Caminaba lentamente con ella
en brazos y, cuando llegaba al lugar donde estaba la fotografía de su infancia
en la que aparecía junto a su hermana pequeña, la niña se serenaba de
inmediato. Él había advertido ese efecto y, casi sin darse cuenta, siempre
terminaba llevándola hacia ese rincón. En una ocasión, cuando aún era muy
pequeña, señaló con el dedo la imagen de la niña y dijo:
—La pequeña Nena.
Así se llamaba a sí misma cuando
todavía no podía pronunciar su nombre completo.
Cuando finalmente se quedó dormida,
ya tranquila, sus padres regresaron a la cama sin darle demasiada importancia
al episodio. Magdalena era una niña alegre. Crecía y se desarrollaba
normalmente, sin traumas aparentes. Durante el embarazo, su madre había gozado
de buena salud y buen ánimo. El parto había transcurrido sin complicaciones y
todo hacía pensar que la niña crecería serenamente, sin tensiones, rodeada del
cariño de unos padres que se querían y vivían en armonía.
Sin embargo, aquel sueño en el que
veía constantemente sangre comenzó a repetirse. Siempre que pronunciaba la
palabra «sangre», añadía alguna otra que desconcertaba a sus preocupados
padres. A medida que fue creciendo empezó a encerrarse en sí misma y en su
rostro apareció una expresión de profunda melancolía impropia de una niña.
Sus padres decidieron consultar a
un psicólogo. Sin embargo, ni conversando con Magdalena ni hablando con ellos,
el especialista consiguió descubrir nada. Mientras tanto, la niña se hundía
cada vez más en sueños todavía más espantosos. En algunos de ellos veía un
uniforme; incluso recordaba alguna palabra aislada que escuchaba, aunque nunca
lograba reconstruir el conjunto. Sus padres estaban desesperados y se
preguntaban cómo ayudar a su pequeña.
Se acercaba su sexto cumpleaños.
Magdalena estaba muy ilusionada y había invitado a sus compañeros del jardín de
infancia. Había que comprarle un vestido para una ocasión tan importante.
Recorrieron varias tiendas hasta encontrar el que más le gustó. Regresaron a
casa felices de verla tan contenta y de poder cumplir uno de sus deseos.
La niña se puso el vestido y se
contempló satisfecha en el espejo. De pronto lanzó un grito.
—¡Ahí vienen! ¡Me van a despedazar!
—Corrió aterrorizada hacia su madre, que la miraba estupefacta—. ¡No dejaré que
te hagan daño, mamá! ¡No tengas miedo!
Pero aquella terrible palabra,
«despedazar», quedó grabada como un hierro candente en el corazón de la madre.
«¿Dónde habrá oído esa palabra?»,
se preguntaba cada vez más angustiada.
La abrazó con fuerza, animándola a
que dijera algo más. Pero Magdalena permaneció en silencio.
Aquella noche se acostaron
temprano. La madre, agotada, se quedó dormida apenas oyó que la respiración de
su hija se volvía tranquila y acompasada.
Pasado un tiempo, un grito
desgarrador volvió a despertarla.
—¡Auxilio!
Después llegaron largos sollozos
que demostraban hasta qué punto aquel sueño había sido doloroso.
Los padres regresaron al psicólogo
con la esperanza de que pudiera ayudar a la niña a olvidar aquellas pesadillas
y dejar de sufrir.
Preocupada por todo lo que estaba
ocurriendo, llegó la abuela. Procuraba contarle historias de todo tipo con la
esperanza de que nuevos recuerdos desplazaran aquellas imágenes aterradoras.
El psicólogo sugirió administrar a
la niña una medicación suave. Los padres vacilaron durante mucho tiempo y
finalmente decidieron seguir su consejo.
La abuela no dijo nada. Solo
comentó que antes intentaría hacer algo por su cuenta.
Los padres se miraron en silencio.
Al día siguiente propuso llevar a
la niña al zoológico para distraerla un poco.
Aquella noche fue ella quien acostó
a su nieta. Mientras la ayudaba a dormirse le contó historias que parecían
agradarle mucho. Los padres no sabían de qué hablaban aquellas dos y
permanecieron en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos.
Después de preparar a Magdalena
para dormir, la abuela se acostó a su lado.
—Ahora tú y yo vamos a conversar un
ratito en secreto. ¿Te parece bien?
Magdalena la miró sorprendida.
—Sí —respondió. Tal vez ni siquiera
comprendía del todo qué significaba aquello.
—Lo que vamos a hablar no debe
saberlo nadie más que nosotras dos. ¿De acuerdo? —La niña asintió con la cabeza—.
En realidad, nunca hay que ocultarles nada a mamá y a papá. Pero esto será
nuestro pequeño secreto solo durante unos días. La abuela tiene una solución
para tus sueños tan feos. Pero si se lo cuentas a ellos, no funcionará.
Magdalena permaneció inmóvil unos
instantes.
—¿De verdad puedes ayudarme,
abuela? —preguntó con desconfianza.
—Sí. Bueno... en realidad no yo,
sino una amiga mía. Mañana iremos a verla. Solo lo sabremos nosotras dos.
Y le guiñó un ojo con aire
cómplice.
—¿Entonces no iremos al zoológico?
—preguntó la niña con tristeza.
—Claro que iremos. Pero primero
haremos una visita.
—Abuelita, ¡qué bueno que hayas
venido!
El sueño fue apoderándose poco a
poco de Magdalena y, por fortuna, aquella noche no hubo ningún despertar
acompañado de gritos.
A la mañana siguiente, Magdalena
apuraba impaciente a su abuela para que salieran hacia el zoológico, como
repetía una y otra vez.
Emprendieron el camino. Mientras
iban hacia la parada de taxis, la abuela le contó que ella también había tenido
pesadillas cuando era niña y que, igual que ahora, su propia abuela la había
llevado a visitar a una señora con la que había jugado. Aquella señora tenía un
fuego y arrojó algo a las llamas. El fuego quemó todos sus malos sueños.
—Eso mismo hará esta señora con los
tuyos. Quemará tus sueños horribles y nunca más volverás a soñar cosas feas.
Magdalena abrazó a su abuela llena
de alegría.
El taxi las dejó frente a una casa
baja, rodeada por un hermoso jardín repleto de flores. Al verlas llegar, una
anciana saludó afectuosamente a la abuela y le dijo a la niña:
—De aquí saldrás corriendo, alegre
y llena de vida. —Aquella expresión fascinó a Magdalena, porque nunca antes la
había oído—. Y nunca volverás a tener un mal sueño —añadió la mujer.
Eso le gustó todavía más.
Dentro de la casa, los muebles eran
antiguos, pero todo resultaba acogedor. En un rincón había una estufa que
irradiaba un calor muy agradable. La niña se acercó para calentarse las manos y
mostró cómo enseguida se le habían puesto coloradas.
Mientras las dos ancianas
conversaban, ella observaba con curiosidad todo cuanto la rodeaba. Le sirvieron
una taza de té y la bebió con ellas.
Al cabo de un rato, la anciana se
levantó, abrió un cajón, sacó una vieja cuchara de latón reluciente y preparó
un pequeño recipiente con agua. Abrió la estufa y colocó sobre el fuego la
cuchara, que contenía un líquido brillante, mientras murmuraba algo en voz muy
baja, como si hablara con las llamas.
Magdalena seguía atentamente cada
uno de sus movimientos.
De pronto, vertió de golpe el metal
fundido dentro del agua. Se oyó un extraño chisporroteo y el plomo que había
derretido adquirió de inmediato la forma de una figura retorcida y extraña.
Luego la anciana susurró unas
palabras a la abuela. Después dio a Magdalena un poco de agua del recipiente
para que la bebiera, le lavó el rostro y le dijo:
—He quemado todos tus miedos y
todos tus malos sueños. A partir de ahora solo soñarás con tus amigos y
volverás a ser una niña alegre.
La abuela estaba profundamente
emocionada. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero estaba convencida de haber
ayudado a su nieta.
Cuando salieron de la casa,
Magdalena dio unas palmadas y preguntó:
—¿Les diremos a mamá y a papá que
esa señora quemó mis sueños horribles? ¿O todavía tenemos que guardar el
secreto?
La abuela la abrazó.
—Ya no hace falta. Todo lo malo
terminó.
Después pasearon por el zoológico y
la niña estaba radiante de felicidad.
Apenas llegaron a casa, gritó desde
la puerta:
—¡La abuela mató a esos alemanes
que me mataron a mí mientras dormía!
Sus padres se miraron
desconcertados.
—Ya no tendrá más pesadillas
—explicó la abuela—. La llevé a ver a una anciana que le hizo un ritual con
plomo fundido. No sabía si ustedes me lo habrían permitido y por eso no les
dije nada.
—¿Qué alemanes? —preguntó el padre,
confundido.
—¡Los que me despedazaron! —gritó
Magdalena con rabia.
El padre se desplomó en un sillón.
La abuela, observándolo con
sorpresa, dijo:
—Esa mujer me contó algo muy
extraño. Dice que, al mirar la figura formada por el plomo, vio que la niña
había heredado un miedo perteneciente a alguien que quizá fue asesinado en el
pasado y que ese recuerdo se manifiesta ahora en sus sueños. Según ella, esa
alma todavía no ha encontrado la paz.
El padre palideció. Se llevó una
mano al pecho y pidió agua. Le acercaron agua y azúcar y apenas lograron
calmarlo.
Tras un largo silencio, susurró:
—Mi hermana Neveka fue masacrada
cuando era niña, exactamente a esta edad. ¿Será posible que ese horror se esté
manifestando en los sueños de nuestra hija? Mañana mismo iremos a la iglesia
para que celebren un responso por el descanso de su alma.
—Ya no va a volver, no te
preocupes, papá. Esa abuela mató a los alemanes. Los quemó a todos en el fuego
y ellos gritaron porque les dolía muchísimo.
Dicho esto, Magdalena salió
corriendo de la habitación, alegre y llena de vida.
Milica
Jeftimijević Lilić nació el 28 de agosto de 1953 en Lovac, cerca de Banjska, en
la región de Kosovo y Metohija. Se graduó en 1977 en la Facultad de Filosofía
de la Universidad de Pristina, en el Departamento de Lengua y Literatura
Yugoslava. Posteriormente, en 1995, obtuvo su maestría en Ciencias Filológicas
en la Universidad de Belgrado bajo la mentoría del profesor Slobodan Ž.
Marković. Milica ha tenido una activa carrera tanto en la docencia como en los
medios de comunicación y la gestión cultural. Pero además es una autora
prolífica que abarca la poesía, la prosa, la crítica literaria y la literatura
infantil. Sus poemas y críticas han sido traducidos a más de treinta idiomas
(incluyendo italiano, francés, inglés, ruso y árabe). Entre sus libros más
destacados se encuentran: Siže slučaja (2002), Oči u oči sa sudbinom
(2015) y Skriveno u sjaju očiju (2019).






