domingo, 23 de agosto de 2026

ATERRIZAJE

Jorge Etcheverry

 

Ya se había anunciado tantas veces que al principio casi nadie creyó lo que estaba pasando, aparte de los observadores de OVNIS, raelianos, teósofos y otra gente parecida, además de una secta que cree que Cristo está en Venus.

Y para peor en Ottawa. En Estados Unidos, con una enorme y prolífica comunidad de escritores y lectores de ciencia ficción, santo y bueno. O incluso en Europa, porque todavía, aunque no lo crean, todo lo que vale la pena pasa en Europa. Pero lo cierto es que el disco aterrizó en Lebreton Flats, unos terrenos baldíos que bordean la ciudad, casi al llegar al río Ottawa. El mismo lugar en que hace más de veinte años levantaron unas enormes instalaciones prefabricadas cuando vino el Papa. Pero el disco no se posó exactamente en la tierra. Se mantuvo como a cincuenta metros de altura, suspendido en el aire, y se veía brillante, metálico, liso, e incluso elegante. Nadie se le podía acercar ya que había una especie de campo de fuerza que actuaba como barrera invisible. Las personas que pudieron llegar al lugar antes de que lo acordonara la policía, pudieron entrever a unas figuras altas, muy rubias, de piel muy clara que se paseaban debajo del disco en trajes ajustados, color plata. Pero nadie parecía muy sorprendido, ya que más de un siglo de novelas y de películas de ciencia ficción casi nos han convencido de que los visitantes de otro planeta tienen que ser perfectos y puros, y abrigar buenas intenciones, salvo una que otra rareza como La guerra de los mundos de Wells o la película Independence Day.

Por unas horas no hubo más señales de actividad del disco. Varios destacados personeros oficiales declararon por televisión que se iban a hacer todos los esfuerzos para establecer comunicación con esos seres. Se probó con banderas blancas, manos abiertas con la palma hacia arriba, señales de comunicación naval y otros medios de comunicación que no se hicieron públicos para no comprometer la seguridad nacional, pero sin resultado. El único grupo al que se permitió pasar la barrera policial fue una Comisión Parlamentaria formada por miembros de los tres partidos políticos principales. Pero no pudieron atravesar un campo de fuerza que producía una parálisis muscular que se hacía total una vez que se alcanzaba un punto a más o menos cincuenta metros de donde paseaban o conversaban en pequeños grupos las figuras de traje metálico. La segunda intentona, esta vez iniciativa de un grupo de representantes de las principales iglesias y denominaciones religiosas del Valle de Ottawa, también falló. No se pudo impedir que las noticias se propagaran entre el público en general, y alguna gente se entregó a las especulaciones más descabelladas e incluso al pánico. Pero pasaron los días y las cosas siguieron igual. Algunos intentaban ignorar todo el asunto. Cuando se encontraban intercambiaban información sobre el clima y temas parecidos, sin mencionar para nada a los extraterrestres, actitud que antes parecía haber tenido éxito antes frente a cualquier evento fuera de lo común. No hubo más declaraciones de alto nivel del gobierno, nada se filtró ni siquiera al periodista problema, que sin pensar en las consecuencias, hace pública la información confidencial que se le escapa casualmente a un alto funcionario. Al cabo de un par de días, a la gente al más alto nivel se le ocurrió hacer lo mismo que el público en general ya había hecho de manera espontánea, es decir mostrar desinterés y distancia. Mientras esos seres continuaban paseándose sosegadamente y conversando en grupos de dos o tres bajo su disco. Sólo grupos de fanáticos siguieron reservando salas en universidades, iglesias y centros comunitarios para sostener reuniones de emergencia y votar resoluciones que inevitablemente acababan pidiendo muy merecidos fondos a fuentes gubernamentales.

Las iglesias se desesperaban por establecer contacto y algunos oficiales de alta graduación del ejército estaban empezando a ponerse nerviosos. El Primer Ministro llamó a uno de sus predecesores, famoso en la resolución de situaciones internacionales difíciles, para que tomara cartas en el asunto. Entonces fue que por todos los canales de televisión y sin que se supiera cómo, una mujer de facciones perfectas según los cánones griegos clásicos y voz de seda, informó que la situación que se vivía en esta capital y de la que con seguridad estarían enterados los televidentes, se desarrollaba de manera similar en todas las ciudades importantes del mundo, y que ahora se iba a romper el impasse, ya que ellos iban a escoger a algunos seres humanos sabios que pasarían a formar parte de una especie de comité de gestión mundial, cuya tarea sería la de representar a los visitantes aquí en la Tierra, una medida, no es necesario decirlo, destinada a evitar la destrucción del planeta. Y, agregó, no había arma, tecnología o argumento que pudiera cambiar las cosas. La desilusión de los ciudadanos y autoridades del país de no ser los únicos a quienes les estaba pasando algo extraordinario por lo menos una vez en la historia, se vio pronto disipada entre consultas, recomendaciones y gestiones para decidir quién entraría en contacto con esta gente venida de tan lejos, pero que, y era algo que restableció un poco la calma, era tan parecida a nosotros. Al menos eso afirmaba la mayoría de la gente en los países habitados principalmente por personas que sí, en realidad podían pasar como reproducciones un poco imperfectas de esos visitantes astrales casi desprovistos de pigmentos.

 

Habiendo aceptado, sin recocerlo, claro, que la visita (para evitar referirse a la invasión) se debía a la mala gestión de los asuntos del planeta, tema que tenía bastantes antecedentes en la inagotable literatura de ciencia ficción y no era ajeno a las especulaciones de parte de la opinión pública ilustrada de todos los países, el gobierno se dio cuenta de que ningún funcionario público tendría la oportunidad de cruzar la barrera. Después de cierta conmoción en los ministerios y de un frenético intercambio de llamadas telefónicas, no de mensajes electrónicos, porque el internet ya no es seguro, se decidió esta vez mantener a representantes y miembros del Gobierno en segundo plano, como medida táctica y provisoria por supuesto. Otro grupo representativo, esta vez del sector privado, tampoco pudo pasar la barrera. Parecía no haber manera de darle en el gusto a estas inteligencias del espacio exterior decididas a interferir con la gestión de las cosas aquí abajo, que si bien no es perfecta, no es tan atroz tampoco, si me preguntan mi opinión. La delegación que armaron las dos universidades locales (que incluía a un par de poetas maduros e impecablemente vestidos, bastante conocidos localmente) también falló. Hubo varios intentos misceláneos que la policía, hecho redundante, no intentó detener.

Nunca se va a saber con seguridad, pero parece que debido a una confusión administrativa o una idea loca, un grupo grande de organizaciones de la comunidad y de gente curiosa del barrio simplemente conocido como Barrio Chino (con las disculpas del caso), hizo el próximo esfuerzo para llegar al disco. Sin mucho entusiasmo, se acercaron a la barrera invisible y nadie se sorprendió al verlos detenerse uno a uno, como en una película de cámara lenta, hasta que nadie pudo moverse, para luego, como despertando, devolverse y recobrar el control de sus movimientos a medida que se alejaban de ese círculo invisible. Sin embargo, una figura siguió caminando, y una vez que los espectadores digirieron lo que estaba pasando, empezó el murmullo (desde detrás de la barrera policial). El hombre, y que me perdonen las mujeres, pero fue un hombre, ya estaba llegando a donde lo esperaban algunas de las figuras de traje metálico. Era un hindú viejo, bajo y delgado, con turbante, que de pronto se dio vuelta y empezó a caminar en dirección opuesta, hacia los espectadores, sin decir una palabra.

Nadie pudo sacar nada de sus labios y su rostro ajado. Los doctores que lo examinaron concluyeron que quizás la impresión había sido demasiado grande, que a lo mejor mostraba signos de senilidad debido a su avanzada edad. Su vieja mente cansada ni siquiera se había adaptado todavía a su nuevo ambiente, ya que había llegado hace poco a Canadá a través del Programa de Reunificación Familiar. De hecho, este viejo vive cerca de mi casa y siempre es muy bueno con mi hija. Si se encuentra con ella cuando viene de vuelta de la escuela, le da uno que otro dulce, o un dólar para que ejercite su libre albedrío con los dulces de la tienda de la esquina. Una vez que hacía calor, pero seco y él estaba bastante lúcido, me contó cómo habían sido las cosas, porque hemos sido vecinos por algún tiempo y me tiene bastante confianza. Me dijo que le había parecido que esa gente vestida color plata era casi igual a los ingleses que mandaban su país cuando era niño, y a los que no parecía tener mucho aprecio, por algunas cosas que no le pude entender bien por el acento, pero que supongo es más o menos lo que muchos le reprochan a gente parecida en todas partes del mundo. Además de que no le gustaba esa ropa lisa, plateada, demasiado metal, muy mecánico el aspecto aerodinámico y brillante de todo el asunto, el disco y todo eso. El inglés no es mi primera lengua tampoco, pero eso era esencialmente lo que me dijo. Me dijo también que nunca iba a los centros comerciales y que casi no salía nunca del barrio. En lo que respecta al disco volador, ahora es parte integral de la ciudad. Si pone un poco de atención, usted podrá ver cómo las luces de los edificios se reflejan en su barriga por la noche, sobre todo en verano. La vida sigue su curso y el gobierno aquí todavía existe, es una especie de cuerpo administrativo. En el resto del mundo las cosas también siguen más o menos lo mismo, parece. 

Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).



LA ÚLTIMA RESPUESTA

Federico Tamanini

 

El ojo en el cielo, ese pequeño perdido en la oscuridad del espacio, observaba otro ojo, enorme, rojo de fuego, con una pupila cada vez más diminuta, casi invisible. El gran ojo era más vasto que una ciudad, más vasto que una luna. El gran ojo de fuego, con la pupila casi invisible, era tan grande como un planeta. El gran ojo de fuego era la Tierra.

 

El niño era arrastrado por los dos androides. Lo alejaban del humo que había aturdido a todos, dejándolos tendidos en el suelo, débiles y confundidos. Los dos androides no necesitaban respirar y no conocían el miedo. No temían la espesa nube gris que se elevaba desde las casas, convertidas en piras funerarias por el incendio global que se cerraba sobre aquel último sello de tierra.

El niño, sostenido en brazos por una de las máquinas humanoides negras, gritaba el nombre de su madre, que ya era un fácil alimento para las llamas azules y anaranjadas. Ella oía cada vez menos aquel grito, y eso la hacía feliz. Más allá del humo, a través de una última y pequeña brecha entre las llamas que estaban a punto de rodearla, veía alejarse las dos grandes siluetas con su hijo, del que apenas distinguía una mano extendida.

No tenía sentido, no había lógica alguna que sostuviera la idea de saberlo a salvo en un planeta que se había convertido en una antorcha en medio del cosmos. Pero el corazón de una madre no puede permitirse renunciar a la esperanza.

Mirando el camino de polvo, hacia el hombro del robot que huía mientras su hijo se aferraba a él, imaginaba que el pequeño pudiera alcanzar a ver las últimas casas. Aún seguían en pie, pero estaban destinadas a inclinarse ante el fin, como todas las demás, como la suya, que ahora representaba su papel en el acto final de la tragedia.

Allí, entre aquellos muros que habían sido amigos, la mujer sentía cómo el fuego le devoraba los pies, luego las piernas, pero encontraba, entre las lágrimas, la imposible felicidad de saber que su hijo viviría un poco más, unas horas, quizá unos días, gracias a los intrépidos robots. Sabía que aquellas máquinas de acero, capaces de derribar un muro de un solo puñetazo, sabrían medir su fuerza para convertirla en un abrazo.

Cuando el humo le llenó los pulmones, se asfixió pronunciando una vez más el nombre que había elegido para su hijo y estrechó la mano del hombre con quien lo había concebido. No habían huido al ver las altas llamas y el humo que envolvía el último bosque, porque ya no existía ningún lugar al que escapar. El fuego estaba en todas partes.

Los últimos androides al servicio de la humanidad seguirían luchando contra el incendio, pero ya no les quedaba nada con qué combatirlo: ni agua, ni espuma, ni polvo químico. La única solución que encontraron, en todos los rincones del mundo, fue regalarles a los humanos un poco más de tiempo, interponiéndose entre la bestia y sus amos, ardiendo antes que ellos y utilizando sus resistentes cuerpos como un muro. Muriendo así, mediante un último acto de sacrificio.

Los dos robots caminaban deprisa, porque también las llamas avanzaban deprisa, ansiosas por cerrar el círculo y apoderarse de todo. Su destino estaba cerca; la distancia era corta, igual que el tiempo que les quedaba.

En un callejón, ya iluminado por los resplandores rojizos del incendio, una figura femenina cantaba en medio de la calle. También era un robot, uno de los millones que ya no podían salvarse, uno de los que ya no servían para nada.

Su voz de soprano narraba la historia de un héroe y la nostalgia de la tierra, del hogar y de la familia. Cantaba en español y evocaba tiempos antiguos, cuando existía la música y las personas viajaban para descubrir nuevas culturas, alimentando dentro de sí la curiosidad y, al mismo tiempo, el deseo de regresar.

El niño nunca había conocido nada de aquello. Siempre había vivido con el terror del fuego que se acercaba y que nadie podía detener.

La flauta del destino había interpretado las notas del juicio, y el diablo había bailado alrededor del incendio más grande. Tenía el rostro de mil hombres.

Lautaro cerró los ojos y se dejó llevar de un lado a otro, blando y pasivo como el cadáver de un animal capturado. Para combatir el miedo evocó las imágenes de la Pampa, tal como la recordaba en las fotografías que su padre le había mostrado un año antes.

Aquellas viejas fotografías pertenecían a un mundo inmenso, cubierto de hierba y recorrido por caballos. Eran tiempos ya lejanos, cuando el Río de la Plata todavía no era una cicatriz seca. Tiempos en los que el diablo, con su rostro de mil hombres, ya tocaba su música, aunque aún no tuviera el mayor de los incendios alrededor del cual bailar.

Dejó de llorar cuando los robots lo llevaron bajo tierra.

No comprendía dónde había estado escondida aquella escalera tan larga, tan bien oculta que jamás la había visto, ni siquiera antes de que el fuego llegara a las puertas de Buenos Aires. Hasta seis meses atrás corría libre por el poblado de las afueras de la ciudad, y los robots no podían haberlo llevado demasiado lejos.

¿Cómo habían conseguido ocultar aquella escalera a la vista de todos?

Apenas comenzaron a descender, el cielo sobre sus cabezas se cerró con un estruendo de acero, y Lautaro imaginó que hasta unas horas antes enormes compuertas habían permanecido cubiertas por tierra o piedras, porque nunca había oído a nadie mencionarlas.

No descendieron mucho. Al principio creyó encontrarse apenas dos pisos bajo tierra, luego pensó que quizá fueran tres, o tal vez cuatro, a medida que recorrían el corredor en pendiente. Al final perdió la cuenta.

Los dos robots lo condujeron hasta una pequeña sala fría, donde resultaba evidente que hacía mucho tiempo que no entraba ninguna persona. Vasos cubiertos de costras adornaban una mesa polvorienta, y sobre el suelo había varios libros maltratados. Las plantas llevaban mucho tiempo muertas.

—Espera aquí, por favor —dijo uno de los robots.

Solo entonces Lautaro se dio cuenta de que hasta ese momento no le habían dirigido la palabra. Simplemente lo habían tomado y se lo habían llevado.

Había olor a quemado. Venía del exterior, pese a la distancia. La neblina que había entrado con ellos y que había recorrido toda aquella escalera y el corredor fue absorbida por una rejilla situada en lo alto del muro de enfrente, donde un arco lo bastante ancho como para que pasaran tres personas enmarcaba una puerta azul.

El robot que había hablado se acercó a ella y la abrió, mientras el otro androide permanecía junto al muchacho. Un minuto después, el primero volvió a salir.

—Ahora puedes seguirme.

—¿Qué? Yo no...

Lautaro no terminó la frase. Sus pensamientos fueron invadidos por la certeza de que, allá arriba, las llamas probablemente ya habían alcanzado las enormes compuertas y que todo, absolutamente todo, era un incendio total.

Y su madre... y su padre...

La imagen de sus cuerpos devorados por la bestia de fuego, gritando y suplicando piedad, se abrió paso en su mente. Los vio reducidos a esqueletos negros, todavía aterrorizados; los imaginó arrastrándose con las manos convertidas en ganchos de hueso, aferrándose a la tierra ardiente para salir de la casa.

—Por favor, sígueme —repitió el robot.

Sintiendo que la garganta se le cerraba y que las lágrimas regresaban, el muchacho echó a andar tras la máquina.

Atravesaron la puerta y entraron en una sala circular tan amplia y luminosa que, por un instante, Lautaro quedó maravillado y olvidó la tragedia de su vida.

El robot le indicó que avanzara hasta el centro, donde un cilindro de cristal encerraba el cuerpo anciano de un hombre suspendido en un líquido azulado que reflejaba miles de pequeñas luces intermitentes alrededor del cilindro, como los anillos de Saturno.

De su frente salían tres cables. En su abdomen se introducían tres tubos. Aquel pequeño despojo humano permanecía sostenido por unos tensores que apenas parecían esforzarse.

El cilindro superaba la estatura de Lautaro por poco más de un brazo.

El niño contempló horrorizado aquella figura humana seca y encogida, semejante a un feto decrépito conservado en formol.

—¡Ah! —gritó cuando el hombre abrió los ojos.

Uno de los tubos blancos dejó de agitarse con aquel ritmo que sugería una respiración lenta y forzada.

¿Había dejado de usar los pulmones? ¿O era una máquina la que había dejado de llenárselos?

Los tensores se tensaron y el cuerpo fue elevado lentamente fuera del líquido hasta abandonar el cilindro. Después lo depositaron, desnudo y goteando, sobre un sillón. El robot desconectó los tubos y los cables y cubrió el cuerpo con una sábana blanca.

El niño temblaba.

—Yo... —empezó a decir el anciano, pero calló enseguida.

La tela lo cubría por completo. Ninguna parte de aquella imposible forma de vida quedaba expuesta para ofender la vista de Lautaro.

Pasaron muchos segundos en silencio.

La sala era glacial.

—Yo... —tosió—... yo soy el testigo.

El niño permaneció callado. Dio un paso atrás, pero el robot lo sujetó.

—Soy el testigo de la historia —continuó el anciano, recuperando algo de fuerzas e incorporándose bajo la sábana—. Registro, observo y recuerdo, hasta donde me es posible... todo cuanto puedo... desde hace casi doscientos años.

—¿Qué?

—¡Silencio! Ya no me queda tiempo... Mis minutos están contados.

El muchacho clavó sus ojos negros en aquella extraña figura, mientras pensaba cómo escapar de aquella tumba helada.

—Que quede claro: yo no te habría elegido... —tosió—, pero las circunstancias, ¿sabes?, no me dejan muchas alternativas. En realidad... ninguna.

—¿Qué quiere de mí?

—¡Salvarte!

—¿Salvarme?

—Claro, muchacho. Verás, soy muy viejo... —Al decirlo levantó un brazo y se acarició la cabeza blanca, donde apenas unos pocos cabellos finísimos trazaban líneas aún más frías que su piel— ...y sé que ha llegado mi hora.

Lautaro miró alrededor. Apenas escuchaba las palabras del anciano y avanzó con paso incierto. El hombre llevó lentamente un dedo hasta casi rozarle la mejilla. Era tan joven... Un instante antes del contacto, Lautaro dio un salto hacia atrás.

—Quiero saber una cosa —dijo.

—¿Saber? Claro, supongo... Quieres saber qué quiero a cambio.

—No.

—¿No? ¿No quieres saber qué quiero de ti?

Por primera vez en muchos años, el anciano parecía sorprendido.

—No. Es verdad que lo pregunté antes, pero ya no es eso.

—Entonces ¿qué?

El anciano tenía prisa por volver al cilindro, por reconectarse y sentir otra vez el flujo de datos para el que había vivido durante tanto tiempo.

—Se lo pregunté a mi mamá y a mi papá. Después se lo pregunté a otras personas. Escuché muchas respuestas, pero no las entendí y, además, ninguna me pareció tener sentido. —Hizo una pausa—. Quiero saber por qué todo el planeta está ardiendo. Por qué desaparecieron los océanos y por qué la tierra se quema, incluso donde ya no hay árboles.

—Sí... claro...

El anciano se mordió el labio. Intentó enderezarse. En su cabeza habitaba un universo entero de información, datos y registros de la época en que aún existía gente que los recopilaba. Conocía todas las investigaciones sobre el llamado fuego autónomo, antes de que recibiera otros cien nombres, hasta el más aceptado de todos: la ira de Dios.

—Hay muchas respuestas. La ciencia cree haber comprendido por qué comenzaron a arder los fondos oceánicos después de que toda el agua se evaporara, y por qué también ardían las cumbres rocosas, el asfalto, el acero y todo aquello que jamás habríamos imaginado como... alimento para el fuego. —Hizo una pausa—. No sabemos cuál fue el último acontecimiento que empujó al sistema a arder de ese modo. Tal vez una perforación para buscar más gas, después de las guerras del petróleo y de la crisis energética. —El muchacho parecía decepcionado. El anciano lo advirtió—. Pero lo que sí sabemos es que ese último y pequeño acontecimiento no fue la verdadera causa. Del mismo modo que la explosión de una bomba sobre una casa no es la verdadera causa de la muerte de quienes vivían en ella. No... La causa está antes.

—¿La culpa es de quien lanzó la bomba?

—Tal vez... un poco. Pero no, en realidad no, o no solo. Hay que ir más atrás. Mucho más atrás.

En ese momento un robot se acercó.

—Señor, ya no queda tiempo. Debemos irnos.

El anciano asintió.

—Solo un momento. Esto es importante...

El robot retrocedió dos pasos.

—¿Ves, muchacho? Alguien dio una orden al piloto del avión que lanzó la bomba.

—Entonces la culpa es de quien le dio la orden.

—Tal vez... pero tampoco del todo. Más atrás. Más atrás...

—¿Entonces de quién es la culpa? ¿Del alcalde?

El anciano sonrió. Había olvidado lo maravillosa que podía ser la ingenuidad de un niño de once años, convencido de comprender ya muchas cosas, aunque todavía limitado por los mecanismos mentales propios de su edad.

—Sí, un alcalde tiene más responsabilidad, pero no basta.

—¿Ni siquiera el alcalde de Buenos Aires? Mi mamá decía que era la ciudad más grande y hermosa del mundo.

—Oh, quizá lo fue. Sin duda lo fue durante los últimos meses, ya que este fue el último lugar devorado por el fuego. Así que sí, fue la ciudad más grande y hermosa del mundo. Y para muchas personas lo era incluso cuando las demás ciudades todavía existían. Pero el alcalde no basta. Hay que ir mucho más atrás, hasta personas todavía más importantes. Más arriba... más arriba.

El muchacho no supo qué responder. El robot volvió a acercarse.

—Señor... Ha llegado el momento.

El anciano lo ignoró.

—Podría hablarte del metano, de la teoría del fusil de clatratos, de las reacciones en cadena en la atmósfera y en el subsuelo. Pero esas tampoco son la verdadera causa.

—¿Un fusil?

Olvídalo. Se trata de la inmensa cantidad de hidrato de metano que el permafrost y el fondo marino contienen... o mejor dicho, contenían. Se trata de llegar a ese pequeño punto que te empuja al otro lado de la montaña y te hace caer en picado sin remedio. La evaporación, el efecto invernadero que crece drásticamente en tan solo unos años, las temperaturas que suben siete u ocho grados en el espacio de una década. No importa; conocíamos los mecanismos. Los mecanismos ecológicos son como la bomba que cae sobre la casa, pero ¿qué hay más allá?

—¡Señor, ya no queda tiempo!

—Para esto sí lo hay...

El anciano, seco y encorvado, observó con sus ojos pálidos a un niño que luchaba entre la razón y el instinto. Aquel muchacho era, además de él, el último ser humano vivo sobre la Tierra. Y también el único capaz de comprender la respuesta, porque aún conservaba intactos el instinto y el corazón.

—Oh... —murmuró el muchacho, abriendo mucho los ojos.

—¡Señor!

—¡Silencio! Entonces... ¿cuál es la respuesta?

El joven, dispuesto a abandonar la infancia para afrontar, en el inédito infierno de un mundo condenado, su entrada en la edad de la razón, llevó una mano al pecho. Luego la apartó. Después volvió a apoyarla sobre el pecho.

—Soy yo... —dijo Lautaro.

—Exacto. Si retrocedes por la cadena de quien dio la orden, encontrarás a otro que dio la orden a ese, y a otro más, hasta llegar a las cumbres del poder, a quienes destruyeron el ecosistema para ganar dinero. Pero aún más arriba están las personas. Todas las personas. Las que consumieron, votaron, contaminaron, desperdiciaron y odiaron. Las que entregaron el poder a quienes sabían que eran unos miserables. Las que luego dejaron de interesarse. Las que no protestaron. Las que no aceptaban entrar en un supermercado y encontrar los estantes medio vacíos.

—¿Supermercado?

—Conoces las bombas, pero no los supermercados... Claro, eres muy joven. Solo conociste el mundo de las raciones, de la emergencia y de la lucha por la comida. Pero antes había enormes almacenes llenos de alimentos, siempre disponibles. Carne y verduras en abundancia, incluso pocos minutos antes del cierre. Y una enorme cantidad terminaba en la basura. Alimentos que se producían para ser desperdiciados. Animales criados y sacrificados...

—¡Señor! Dentro de cinco minutos será demasiado tarde.

—Sí... lo sé.

Respiró con dificultad.

—Muchacho, tú todavía puedes hacer algo.

—Ya sé lo que quiere de mí.

—¿Lo sabes?

—Quiere que entre en ese cilindro en su lugar, mientras usted escapa.

—¿Y por qué piensas que quiero meterte ahí?

—Para hacer su trabajo... mientras todavía sea posible.

—Mi trabajo consiste en registrar la historia. Pero ahora la historia casi ha terminado. Al menos nuestra historia.

—¿No quiere que entre ahí? —preguntó el muchacho, mirando con gesto de desagrado el cilindro lleno de aquel líquido blanquecino.

—No. Yo volveré al cilindro y esperaré el final, registrándolo todo hasta donde pueda. Después, la historia de la humanidad, almacenada en las memorias de este refugio y también en mi propia mente, será destruida. Porque este es el final.

—¿Y yo?

—Tú te irás con ellos.

El anciano señaló a los robots.

Una de las máquinas humanoides extendió la mano derecha hacia Lautaro.

—¿Por qué?

—Alguien consiguió escapar al espacio. No nos engañemos: probablemente también morirán. Pertenecen a esa raza miserable que es capaz de hacerse la guerra por una medalla más. Pero una de las cápsulas estaba reservada para mí, que, si soy sincero, durante mucho tiempo también pertenecí a esa especie. Después de tantos años...

Sonrió con cansancio.

—Ya no tiene sentido que sea yo quien parta. Tengo más de doscientos años. ¿Qué necesidad hay de prolongar aún más mi vida? Además, estoy cansado.

Levantó la vista hacia el muchacho.

—Pero tú debes ir. Estos dos hombres de hierro serán buenos compañeros de viaje. Dormirás durante muchísimo tiempo y, si el destino así lo quiere, llegarás a un planeta verde y azul. Tal vez los robots sigan funcionando cuando despiertes; dependerá del tiempo transcurrido. No sé qué ocurrirá allí. Es una posibilidad. Muy pequeña, no voy a ocultártelo.

—¿Y si no quiero?

—Te llamas Lautaro, ¿verdad?

El muchacho asintió.

—Tu nombre significa "halcón veloz". Un halcón vuela, pero también ama su tierra. La decisión es tuya. Dentro de cuatro minutos...

—Tres —corrigió el robot.

—...las llamas de la superficie serán tan intensas que impedirán el despegue del globo aerostático especial que tenemos aquí. Ese globo te elevará hasta gran altura, donde será recogido por...

Sacudió la cabeza.

—No importa. Debes elegir. Quedarte aquí y morir... o intentar el camino hacia las estrellas.

—Nosotros prepararemos la cápsula —dijeron los robots, alejándose por un corredor de paredes blancas.

—Ellos irán de todos modos. Forma parte de su programación. Deben estar preparados. Si decides marcharte, toma ese corredor. A treinta pasos encontrarás una bifurcación. A la derecha llegarás a la cápsula. A la izquierda hay un pequeño jardín interior, un invernadero con las últimas plantas del planeta. Puedes esperar allí el final.

El anciano hizo un gesto de despedida.

—La elección es tuya.

Los tensores volvieron a tensarse, levantando aquel miserable saco de huesos y piel para sumergirlo de nuevo en el cilindro.

Lautaro echó a andar y llegó hasta la bifurcación. Miró hacia la derecha. Miró hacia la izquierda. En uno de los platillos de la balanza estaba la remota posibilidad de sobrevivir. En el otro, aquel tesoro: el último jardín de la humanidad sobre un planeta consumido por un fuego eterno. Si elegía huir, quizá jamás volvería a contemplar una sola forma de vida. Quizá permanecería dormido durante un millón de años y, al despertar, los dos robots no serían más que chatarra inútil. Quizá no existiera ningún otro planeta verde y azul. Quizá la humanidad hubiera destruido el único. A pocos metros de distancia, en cambio, distinguía un destello de verde y percibía el perfume de las flores. Una magia que hacía muchísimo tiempo no podía tocar. Y ahora estaba apenas a diez pasos. Si decidía quedarse, podría acariciar las plantas y el agua durante unas horas, o quizá unos días, esperando el último segundo del último ser humano.

Él.

¿Qué hacer? Lautaro sonrió. E hizo su elección.

Federico Tamanini nació en Italia en 1977. Escritor apasionado por la ciencia ficción, el fantástico y la historia alternativa, comenzó a escribir influido por las lecturas de Isaac Asimov y William Gibson, así como por su temprana afición a la informática y los videojuegos, experiencias que marcaron de forma decisiva su imaginación literaria. Es autor de las novelas Il Dio Elettrico (El Dios Eléctrico), finalista del Premio Mondofuturo 2024; Orfani del sole (Huérfanos del sol), Le case dei miracoli (Las casas de los milagros) y La macchina della prossimità (La máquina de la proximidad), además de las colecciones de relatos Il peso degli Ultimi (El peso de los últimos) e I robot del crepuscolo (Los robots del crepúsculo). Su obra transita con naturalidad entre el ciberpunk, la ciencia ficción, la ucronía, el realismo mágico y el relato histórico, explorando cuestiones como la inteligencia artificial, la memoria, la libertad, el poder y los dilemas éticos del desarrollo tecnológico. En 2024 presentó Orfani del sole en el Salón Internacional del Libro de Turín. Además de su labor como novelista y cuentista, mantiene una activa presencia en la divulgación y el intercambio con lectores a través de distintos medios y redes dedicados a la literatura fantástica y la ciencia ficción.

 

sábado, 22 de agosto de 2026

AQUÍ Y EN EL MÁS ALLÁ

Gerardo Horacio Porcayo

 

Levanta la vista con algo más que cansancio. Sus movimientos son discordantes, erráticos. Por el rabillo del ojo alcanza a distinguir una silueta conocida.

—Te hacía en Milton —comenta Jack Rompesoles, sin sorpresa, arrastrando las palabras. Su lengua torpe. Luego vuelve a hundir la mirada en el vaso de Láudano.

—Mmm... Lo mismo me dijeron los otros... Seguro que algo les pasó durante la transición por el hiperespacio. Tienen la mente torcida.

—Como si eso fuera novedad —barbota Jack, aburrido. —Es casi una exigencia tener el coco volado, mi querido Ruperto, para entrar en este maldito cuerpo de exploración.

—Un Infierno Verde doble —pide Ruperto al cantinero— y un Jim Beam de Chaser...

—El mismo Ruperto de siempre... La misma mierda de siempre... estoy harto de viajar en esas malditas teteras voladoras, de las pinches estaciones de tránsito, de sus alcoholes adulterados, de que jamás pase nada.

—Estás loco...

—Eso ya lo sabemos...

—Obtuvimos lo que queríamos. Viajar. Siempre en constante mudanza. Saltar soles, explorar mundos, enfrentar alienígenas monstruosos. Nuestra vida es puro cambio...

—Sí, sí. Por supuesto. Oh maravilla de maravillas.

—Mírate a ti mismo —dice Ruperto, obligándolo a enfrentar el azogue —. Estás lleno de cicatrices y condecoraciones. Tu traje raído. ¿Qué ya no recuerdas cuanto odiabas aquel uniforme inmaculado, de insignias brillantes? Tu traje es testigo del cambio y la transformación. Tu pelo largo, la barba, como te admiran los cadetes...

—Mierda, todo es mierda.

—Mira a tu alrededor. ¿Acaso imaginaste alguna vez un paisaje como este? —dice Ruperto, suspirando, girando 360 grados y señalando el horizonte que se extiende tras la esfera transparente que es el bar—. Es como estar en un mal viaje de LSD, caos de colores, volcanes ardientes, montañas que gravitan, se desplazan por el aire y derriban cohetes y platos voladores...

—Una mierda...

—Acuérdate de tus sueños infantiles, de...

—¿No te cansas de repetir el mismo casete? Don Ruperto el Empático. Alivio de los pobres y los deprimidos. Me das asco.

—Mírame Jack —dice Ruperto, concentrándose en su tono de voz.

—Guau. Viva. Hurra. Te cortaste el cabello, gran cambio.

—No dejes de mirarme —ordena Ruperto y su voz ya troca.

—Magnífico. Al fin conseguiste el deformador holográfico... También debiste conseguir un software de imágenes, para suplirte el cerebro. Tu sueño hecho realidad y lo único que se te ocurre es transformarte en demonio estilo Doré...

—Imbécil —dice Ruperto, y su voz cimbra la cristalería, la misma estructura del bar—, no me vas a aguar mi fiesta. A mí, lacayos —vocifera.

De todos los rincones, de cada una de las mesas, surgen figuras contrahechas, reptantes.

—Me has convencido, cantinero, sírveme otra — pide Jack con un atisbo de sonrisa.

—No es el Láudano, mi querido Jack Rompesoles...

—De todos modos sírvelo, cantinero...

—Tampoco es un proyector holográfico. Estás en el infierno...

—Que suenen las fanfarrias —dice Jack y bebe con lentitud, mientras explora sus alrededores. El horizonte ya no es cristal, visión caótica, sólo cuerpos deformes cerrando formación.

—Deberías estar asustado —comenta Ruperto.

—Esto no es mejor ni peor que la superficie del cuarto planeta de Algol.

—A él, lacayos.

Las figuras se ciernen sobre Jack. Múltiples manos lo apresan y elevan sobre cabezas cornadas.

—Ahora, ya sin más preámbulos, sufrirás la peor de las torturas. Entiéndelo de una vez Jack, esto es el infierno. Moriste durante el salto hiperespacial y te espera el tormento eterno...

Jack mira una vez más a Ruperto.

—Demonio. Y una lágrima escapa de su ojo derecho.

—¡Ah, al fin te ablandas!

—¡Dioses y demonios —clama Jack—, hasta en el más allá tenían que ser tan poco originales! 


Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

LA IGLESIA SIN ICONOS

Larisa Marin

 

Amo apasionadamente la lluvia. La lluvia interminable.

La lluvia fría y la lluvia cálida del verano. Siento que me cura, que me ayuda a lavar los pecados cometidos y los que no he cometido. Me permite pensar con mayor claridad y, sobre todo, llorar cuanto se me antoje: nadie lo advertirá. Caminar sin rumbo bajo las lluvias de mayo es algo que hago todos los años. También rezar para que llueva. Soñar con la lluvia, invocarla, anhelar su sonido. Quienes aman el sol abrasador de agosto me denigrarán por mi amor a los días sombríos.

Sin embargo, el día que entré en la iglesia llovía como si hubiera llegado el fin del mundo. Era una de esas lluvias capaces de cubrir de inmediato aquel poblado de montaña, con todos sus habitantes. Entonces comprendí que debía hacer algo, encontrar un refugio. Por mucho que amara la lluvia, no tenía intención de dejar que me devorara.

La puerta del templo estaba abierta, así que me atreví a entrar. No llevaba pañuelo alguno para cubrirme la cabeza y tampoco me considero demasiado creyente. Dentro hacía calor, demasiado calor, y las velas que titilaban en las manos de los feligreses despedían un intenso olor a cera derretida. También el silencio era pesado, como una cortina que debía apartar para poder avanzar unos pasos. Personas de toda clase y edad permanecían clavadas en sillas de madera que databan de principios de siglo, con la mirada fija en el altar. Esperaban algo, probablemente a algún clérigo que los sacara de su letargo.

Mis ojos se dirigieron hacia las paredes. Eran blancas, inmaculadas, algo insólito en una iglesia. No había ningún santo pintado, ni siquiera un antiguo icono milagroso. En cambio, alrededor, en el lugar que debían ocupar los iconos, colgaban relojes: decenas de relojes. De todos los tamaños y formas. Nuevos y viejos, de madera y metal, grandes, pequeños, cuadrados, redondos, de bolsillo; todos marcaban el tiempo con un estrépito ensordecedor y al mismo ritmo, como en un vals macabro. Supe que algo no estaba bien en aquel lugar, pero una fuerza ajena a mi voluntad me indujo a no salir corriendo por la puerta.

Un escalofrío me recorre y no sé si debería marcharme o quedarme. No se ve ningún sacerdote y la ceremonia no parece estar a punto de comenzar. A mi lado, una mujer de cabello largo y entrecano me observa como si me conociera de algún sitio. No experimento ninguna sensación de déjà vu, así que es evidente que nunca había estado en esa iglesia. En realidad, pensándolo bien, no había visitado muchas iglesias a lo largo de mi vida. De todos modos, estoy segura de que esta es diferente o de que, quizá, algunos de nosotros deberíamos rendir culto al tiempo.

La mujer se acerca cada vez más y me ofrece una vela. La acepto y musito un agradecimiento. Ni siquiera sé si debería presentarme. A decir verdad, ¿es extraño decirle tu nombre a una desconocida dentro de una iglesia? Enciende mi vela con la llama de la que sostiene tímidamente entre las manos y luego inclina la cabeza hacia mí. Por un instante creo que quiere besarme. Sacudo la cabeza, como si pudiera ahuyentar aquel pensamiento absurdo, y me vuelvo hacia ella por cortesía.

—¿Es la primera vez? —me pregunta.

Abro mucho los ojos, intentando encontrarles sentido a sus palabras.

—¿Cómo dice? —respondo, mientras cambio el peso de un pie al otro.

—¿Ya habías estado aquí?

—No. Nunca había estado aquí... Llovía a cántaros y quise refugiarme —explico, torpe también en mis gestos.

La llama de la vela titila y en el rostro de la desconocida descubro una sonrisa extraña y cierta desconfianza. ¿Por qué mentiría acerca de no haber estado aquí?, pienso.

—Todos dicen lo mismo... —concluye.

La atmósfera me resulta cada vez más opresiva.

—¿Dónde están los iconos? —pregunto, no solo por auténtica curiosidad, sino también para romper el silencio entre nosotras.

—No los necesitamos —responde, levantando la mirada hacia el techo, como si esperara recibir desde allí la confirmación de que sus palabras son ciertas.

—¿Por qué tienen relojes en su lugar?

—Para no olvidar.

Por primera vez sonríe con toda la boca y puedo verle los dientes torcidos y estropeados, aunque no es muy anciana y su ropa, pese a estar gastada, se encuentra limpia. Su apariencia me recuerda a las brujas de los cuentos que mi madre me leía junto al fuego durante los terribles inviernos de Vladivostok. Pero esta mujer no es una aparición y las brujas desaparecieron hace mucho tiempo. Otro pensamiento que no me deja en paz.

El olor de las velas me abruma, pero me alegra haber entrado un poco en calor. La lluvia todavía retumba con fuerza sobre el enorme techo de la iglesia. Es una señal de que pasaré varias horas junto a aquellos desconocidos, en apariencia hipnotizados por algo que está a punto de surgir de detrás del altar. La mujer que está a mi lado mira al frente como si nada pudiera sorprenderla. Estoy segura de que ya ha participado en reuniones semejantes y de que comprende exactamente lo que sucede aquí. Por lo tanto, reúno el valor necesario para hacerle otra pregunta, quizá la última.

—¿Va a comenzar la ceremonia? —pregunto tímidamente, como si la respuesta fuera a decidir los próximos minutos de mi vida.

—Sí, a la hora en punto —responde la mujer, evitando mirarme.

Observo mi muñeca izquierda. El reloj con correa de cuero marca las 18:45. Un pensamiento fugaz me atraviesa y reprimo una sonrisa. Con tantos relojes en las paredes, he decidido confiar únicamente en el que llevo puesto. Como si los relojes de aquel templo marcaran otro tiempo, como si fueran relojes mentirosos. Un escalofrío surgido de la nada me sobresalta. No tengo miedo, pero algo no está bien en este lugar.

—¿Está segura? —insisto, como si hubiera mentido acerca de la ceremonia, como si aquellas personas no fueran reales y la espera careciera de sentido.

—Sí, siempre comienza a la hora en punto —responde con la seguridad de quien conoce de memoria el ritual del sitio.

Pienso que sería mejor marcharme, por fuerte que llueva afuera. No formo parte de ese grupo. Ni siquiera creo que los presentes sean ortodoxos, y no lo digo como un juicio. Leí en algún sitio que, cuando la intuición te dice que debes hacer algo –o no hacerlo–, conviene escucharla. En ese momento, una voz interior no me susurra, sino que me grita que debo salir de la iglesia cuanto antes. Soplo dos veces sobre la vela, pero no se apaga; la llama apenas oscila de un lado a otro. La mujer vuelve a sonreír mostrando sus dientes estropeados y me habla con falsa dulzura.

—No se apaga.

—¿Cómo dice? —Frunzo el ceño y me vuelvo hacia ella.

¿Qué clase de disparate es este? ¿Cómo que la vela no se apaga?, pienso, aunque no expreso en voz alta mi desconcierto.

—Una vez encendida, la llama no se apaga.

—¿Nunca? —pregunto, y probablemente mi rostro se deforma por el asombro y la incredulidad.

—Cuando termina la ceremonia, se apaga por sí sola.

No lo comprendo, pero decido obedecer a mi intuición y le devuelvo la vela encendida. La cera ya comenzaba a escurrir por un costado. La mujer la toma y me examina atentamente, con una sonrisa antinatural en el rostro.

—Mire, creo que debo marcharme. No sé qué es este lugar, pero no me siento muy bien. La lluvia acabará deteniéndose. Me las arreglaré.

Balbuceo palabras inútiles y me dirijo con decisión hacia la puerta marrón de madera maciza. La mujer no dice nada. Llego hasta el picaporte y tiro con fuerza, pero la puerta no se mueve. Está cerrada con llave. No puede ser. ¿Por qué cerrarían un templo donde está a punto de celebrarse una ceremonia? Me reprocho haber entrado, pero intento dominarme para que quienes ocupan los bancos no adviertan mi terror. Vuelvo a tirar del picaporte, sin resultado, y por un instante pienso en gritarles a todos aquellos durmientes, preguntarles qué demonios sucede. Pero no lo hago. Decido no gritar en la casa del Señor o, mejor dicho, en la casa del Tiempo.

Regreso junto a la mujer y la tomo de la mano. Su piel está anormalmente fría y pálida y, presa del miedo, pienso que quizá no sea real o, peor aún, que no esté viva.

Observo que todavía sostiene mi vela encendida.

—¿Por qué está cerrada la puerta?

Se lleva con parsimonia un dedo a los labios, indicándome que debo guardar silencio. Su gesto tiene el extraño poder de dominarme y, aunque tengo miles de preguntas, permanezco en un silencio sepulcral. Luego vuelve a ponerme la vela en la mano.

Del altar sale un hombre de mediana edad. Viste una sotana blanca y lleva en la cabeza una corona de flores trenzadas. No es como los sacerdotes a quienes mi madre recibía durante las festividades. Ni siquiera parece un ayudante de iglesia. Las personas lo contemplan fijamente y se levantan todas al mismo tiempo. Los relojes marcan las 18:55. Lo curioso es que siento que llevo allí mucho más tiempo. En diez minutos han sucedido demasiadas cosas y todavía no consigo comprender qué clase de reunión es aquella.

Esos feligreses –o miembros de una secta– parecen títeres de un teatro como aquellos a los que asistía durante mi adolescencia para ver representar La gaviota, de Chéjov. Alguien mueve sus hilos, alguien los obliga a mirar al vacío, a permanecer clavados entre aquellas paredes blancas e inmaculadas, atestadas de relojes.

Al principio, el hombre no dice nada. Se limita a avanzar. Por extraño que parezca, sus pasos no se oyen sobre el suelo de piedra, desnudo de las alfombras persas habituales en esta clase de templos cristianos. O quizá los devora el tictac de los relojes, que ahora parece más intenso, más cercano, como si cada segundo se hubiera instalado directamente bajo mi piel. La corona de flores le queda inquietantemente bien, pero no tiene nada de solemne. Nada de sagrado.

Me recuerda las coronas que llevaban las muchachas durante la festividad de Iván Kupala, en aquellas noches en que mi abuela decía que los muertos se acercaban demasiado a los vivos. El hombre se detiene frente al altar y levanta lentamente las manos. En ese mismo instante, todos los que ocupan los bancos inclinan la cabeza.

Yo no.

Permanezco erguida, con la vela tan apretada entre los dedos que la cera caliente me toca la piel. Debería dolerme, pero ya no siento nada. Estoy casi hipnotizada por aquel ritual. Casi he olvidado que la puerta está cerrada; casi me parece natural lo que sucede delante de mí. El sacerdote heterodoxo se acerca y me mira sin miedo ni sorpresa, como si supiera exactamente dónde estoy y por qué he llegado.

Lo observo y comprendo que ya lo he visto en algún lugar, en algún momento. Las piezas de aquel misterio no encajan en mi mente y ahora soy incapaz de establecer las conexiones. Es evidente que experimento un déjà vu. Quizá lo haya visto en una fotografía, en un sueño o en un recuerdo que mi mente se niega a sacar a la superficie.

La mujer que está a mi lado me aprieta la mano. Vuelvo el rostro hacia ella y advierto que su semblante se ha iluminado; incluso parece más joven bajo la luz de las velas que nos rodean. Sin embargo, su piel continúa terriblemente fría.

Miro los relojes. Todos marcan exactamente las 19:00. Un pensamiento surgido de la nada me impulsa a consultar mi muñeca izquierda.

Pero mi reloj ya no está.

Ha desaparecido. Estoy segura de que lo llevaba hace unos momentos. Es imposible que me equivoque.

Entonces el hombre del altar habla por primera vez.

—Eva.

La sangre se me hiela. Porque conoce mi nombre y porque nadie parece sorprendido. Como si todo estuviera destinado a ocurrir exactamente allí y en ese momento.

—No lo conozco —susurro, con la boca seca.

El desconocido vestido de blanco me mira con incredulidad. En el rostro, que ahora puedo ver de cerca, aparece una sonrisa casi burlona.

—¡Has llegado tarde! —me reprende.

No comprendo qué quiere decir.

—Nunca había estado aquí —me defiendo.

La mujer que está a mi lado me aprieta la mano con mayor fuerza. Está cada vez más fría.

—¿Estás segura? —pregunta él.

La corona se inclina ligeramente hacia la izquierda sobre su cabeza.

No respondo; no sé por qué. Mi mente me engaña. ¿Y si esas personas tienen razón? ¿Y si ya he estado en ese templo, ya me he encontrado frente a aquel hombre, ya he oído los relojes? En ese caso, ¿por qué no lo recuerdo?

—No entiendo —digo.

—Mira —responde con firmeza.

Me ofrece el reloj que ha desaparecido de mi muñeca. Lo tomo y observo la esfera reluciente, la correa de cuero gastada. Es el mío, sin ninguna duda. Lo examino con atención. Algo no está bien. La hora es la misma, exactamente las 19:00, pero la fecha no. El reloj indica el día anterior: ayer. Eso significa que ayer, a esa misma hora, estuve allí.

El hombre no miente.

Soy yo quien no lo recuerda.

Desconcertada, acepto sin protestar la cucharada de vino con la que comulga conmigo el supuesto sacerdote. Luego cierro los ojos con fuerza y, cuando vuelvo a abrirlos, ya no está delante de mí: ha regresado al altar.

En la iglesia se eleva un coro. Una música extraña y ritual, cantada en hebreo, hace que todos los presentes inclinemos la cabeza. Una fracción de segundo después descubro que estoy tarareando. Sé la letra, conozco la melodía.

La mano fría de la mujer abandona la mía.

Ahora también estoy fría, como un bloque de hielo. Los relojes de las paredes se han detenido en la hora exacta. Las velas arden al unísono y yo soy una de ellas.

Quizá siempre lo haya sido.

Entre el clamor de nuestras voces, en el eco que asciende hasta Dios –si es a él a quien adoramos–, se oye un ruido sordo. La puerta de la iglesia golpea contra la pared.

En el umbral hay una mujer joven, con la ropa empapada y el cabello pegado a la frente. Es evidente que la ha sorprendido la lluvia torrencial que se anunciaba. La desconocida se abre paso entre la multitud y la veo situarse a mi derecha. Instintivamente miro hacia la izquierda, buscando a la mujer que me recibió cuando llegué.

Pero ha desaparecido.

La recién llegada respira aliviada. Me observa con atención.

—¿Es la primera vez? —le pregunto con cuidado, procurando no asustarla, como sucede con todas.

—¿Cómo dice?

—¿Ya habías estado aquí? —repito con mayor claridad.

—No. Nunca había estado aquí... Llovía a cántaros y quise refugiarme —explica, torpe también en sus gestos.

—Todas dicen lo mismo... —concluyo.

Estoy segura de que la atmósfera le resulta cada vez más opresiva.

—¿Dónde están los iconos? —pregunta para romper el silencio entre nosotras.

—No los necesitamos —respondo, levantando la mirada hacia el techo.

—¿Por qué tienen relojes en su lugar? —pregunta rápidamente, como si buscara una explicación.

—Para no olvidar —respondo, esbozando una amplia sonrisa.

Espero que no se horrorice al ver mis dientes estropeados e imperfectos. Le ofrezco una vela encendida y ella la toma sin sobresaltarse. Sin embargo, cuando roza mi piel, se estremece. Es comprensible: estoy más fría que los mortales.

La observo de reojo. Es hermosa, está perdida y llena de dudas.

Se llama Eva.

Como yo.

Como todas las que vinieron antes.

Larisa Marin es autora de la novela de suspense ¡No lo olvides!, publicada en 2025. Se desempeña como editora de revistas y redactora publicitaria. Licenciada en Letras por la Universidad de Bucarest, Rumania, le apasionan la historia y las relaciones internacionales. Ha publicado relatos cortos, ensayos y artículos en las revistas Proezia.ro y As Cultural. Su próxima novela, titulada simplemente Gloria, se publicará este año, tras haber obtenido el segundo puesto en un concurso literario organizado en Rumania. Se identifica con el estilo literario de autores como Gabriel García Márquez y Paulo Coelho.

 

ATERRIZAJE