domingo, 3 de mayo de 2026

PLÁSTICO

 Daniel Botgros

 

—Papááá...

Ara se había despertado otra vez, respirando con dificultad. Su respiración agitada se transformó en una especie de gorgoteo que había aparecido en las noches anteriores y que aterrorizaba a Norell. Se incorporó de golpe y puso la mano sobre la frente ardiente de la niña. Eran casi las cuatro de la madrugada y la noche había sido una pesadilla. Los dolores y las convulsiones repetidas habían agotado a la niña de diez años, enviándola finalmente a una especie de desmayo, porque era poco probable que hubiera podido dormirse de manera normal. Norell había permanecido despierto casi toda la noche; solo ahora, hacia la mañana, se había adormecido un poco. Pero cualquier rastro de sueño desapareció definitivamente y el corazón comenzó a latirle en la garganta. Durante todo el día anterior había luchado contra sus propios accesos de vómitos, temblores y debilidad. Una ansiedad intensa lo había atrapado entre sus garras y ni siquiera ahora lo soltaba.

Ara tenía los ojos cerrados, pero se agitaba y gemía, empapada en sudor frío. Norell la sujetó suavemente por los hombros, intentando mantenerla más o menos fija en la cama, porque en las noches anteriores la niña se había arañado la cara en varios lugares y se había golpeado, espasmódicamente, con los puños en el pecho y el estómago. Su pequeña vivienda estaba oscura a esa hora, porque unas esteras gruesas en las ventanas lograban bloquear los destellos de los anuncios de las enormes pantallas instaladas en los altos edificios de la megalópolis. Años atrás, el hombre había logrado improvisar un lugar donde vivir en la entrada del estacionamiento subterráneo de un edificio de cincuenta pisos, después de que Nora muriera y fueran desalojados del pequeño apartamento del piso treinta y cinco. Durante semanas habían vagado por las calles, él y Ara, hasta que se encontró con un antiguo amigo que le prestó algo de dinero, probablemente consciente de que no volvería a verlo.

Las oleadas de náusea también atormentaban a Norell, que se esforzaba por calmar a la niña, aunque era plenamente consciente de su sufrimiento. Desde hacía varios días, Ara se sentía muy mal... Y el recuerdo extremadamente doloroso del suplicio de Nora, hasta que su alma atormentada se liberó, lo dejaba sin fuerzas, porque de manera instintiva superponía obsesivamente aquellas imágenes sobre el rostro y el estado de su hija. No sabía cómo ayudarla, no tenía medicamentos, no tenía nada y estaba horrorizado ante la posibilidad de que Ara compartiera el destino trágico de Nora. De sí mismo no le importaba, aunque señales persistentes indicaban la lenta pero segura insinuación de la enfermedad. Por otra parte, lo aterraba la idea de no ser capaz de cuidar de la niña, aunque, en la práctica, poco podía hacer.

Ara abrió los ojos. El tenue brillo de su mirada atrajo la atención del hombre. La niña miraba fijamente hacia el techo, en un estado casi catatónico. Norell aumentó un poco la luz de una esfera que flotaba junto a la cabecera de la cama. Ara tenía los labios entreabiertos, en un grito mudo, y una espuma ligeramente plateada le cubría la boca, deslizándose hacia la comisura. El hombre la retiró con cuidado con una servilleta y le secó también la frente empapada de sudor. El pecho de Ara subía y bajaba de forma irregular, señal de una respiración deficiente. Ya no tenía aquel gorgoteo, pero había sido reemplazado por una especie de silbido constante.

¡Tenía que amanecer! Puede que la luz del día fuera salvadora, al menos si las cosas se alineaban con el plan de Norell. Pero aún faltaba bastante para la mañana y Ara no mostraba señales de calmarse; al contrario, su estado podía empeorar en cualquier momento. Nunca antes había tenido una crisis de tal intensidad, aunque se había sentido mal muchas veces.

Como en una oscura paradoja, cápsulas autónomas de ambulancias se deslizaban en silencio, fantasmales, entre los inmensos edificios de la megalópolis. Sus rutas estaban siempre despejadas y no necesitaban sirenas ni otros medios. Pero ¿quién podía permitírselo? ¿Para que te llevaran… adónde? Los grandes hospitales en órbita baja eran para los elegidos. Y los elegidos... tan pocos... Un sistema médico extraño en su perfección. Un coloso tecnológico destinado a unos pocos cientos de personas, cuyas valiosas vidas lograban, aun así, sostener semejante engranaje.

La noche pasó terriblemente lenta. Ara osciló entre crisis y una especie de sueño profundo, más cercano al coma. La luz gris de la mañana reveló una palidez aterradora en el rostro de la niña. Norell había vomitado varias veces, en silencio, en el diminuto baño, para que Ara no lo viera. Bebió unos sorbos de agua del refrigerador casi vacío, salvo por un cuenco de plastisopa y una pequeña bandeja con algunos trozos de elastocarne. Comida tóxica, pero si eras una persona común no podías permitirte otra cosa, pensó casi en voz alta Norell. Luego logró reparar más o menos el escáner de plástico, que no había funcionado durante toda la noche. Escaneó a la niña, que ahora dormía profundamente.

¡Siete en la escala Lowell! ¡Un contenido de plástico en el organismo ya muy peligroso! Norell se sujetó la cabeza entre las manos, gimiendo de dolor. ¡Nora había muerto en ocho coma cinco!

Quería darle de comer a la niña cuando despertara, pero ¿qué? El Gordo le había vendido hacía dos días las últimas porciones de comida con un contenido de plástico al límite, a un precio completamente abusivo, aunque no representaban un peligro inmediato. Lo había reservado todo para Ara, aunque la niña casi siempre se sentía mal. En cuanto a él, hacía días que no se escaneaba, pero por los síntomas que experimentaba estaba convencido de que su nivel era muy alto.

—No importa —negó con la cabeza Norell—, lo importante es hacer el procedimiento, es el único camino.

¿Y después?, continuó el diálogo interior. ¿Y después qué? No lo sé, ya veremos.

Solo le quedaba un poco de té con enzimas que despolimerizaba el plástico lo suficiente como para hacerlo algo tolerable, pero la solución había llegado a costar una fortuna. Lo había reservado todo para Ara.

La niña se había despertado, mirándolo con ojos turbios. Aun así, le sonrió débilmente...

—Qué noche, papá, ¿verdad? Creo que estuve muy mal.

Norell se secó rápidamente una lágrima del rabillo del ojo.

—Vas a estar bien, cariño de papá. Vas a estar bien. Esta noche dormiremos tranquilos y hoy podrás dar un pequeño paseo. Vas a estar bien...

Lo repetía como una especie de mantra, como si intentara dar fuerza a sus palabras mediante la repetición. Con una pipeta, deslizó un poco de té entre los labios secos de la niña.

—Vuelvo enseguida, mi amor —le dijo a Ara—. ¿Crees que puedes esperarme?

—Sí, papá, estoy mejor —asintió la niña—. ¿Me enciendes el holo, por favor?

—¡Claro!

Norell pulsó el símbolo de un pequeño cubo negro sobre la mesilla y, en el centro de la habitación, se materializó un programa de entretenimiento que de vez en cuando alegraba a Ara.

Tenía que encontrar al Gordo. Seguro que aún tenía algo de comida con bajo contenido de plástico. Ya le pagaría más adelante, aunque, siendo honestos, el hombre a veces rechazaba incluso a quienes tenían dinero, así que Norell no tenía otra opción que forzarlo. Tenía constantemente en la mente los ojos azules de Ara, antes claros y alegres, ahora oscurecidos por el sufrimiento.

 

Grasul no estaba en el restaurante. En el local, bastante vacío a esa hora de la mañana, unos pocos desocupados engullían, también ellos con dificultad, hamburguesas de olor apetitoso, eso sí, pero llenas de plástico. Los individuos eructaban ruidosamente y desgarraban con los dientes la carne excesivamente elástica, tragando con esfuerzo la mezcla con pan viejo hecho de harina polimerizada. Norell se dirigió hacia la cocina, aún más sucia que el salón. Lo recibió uno de los llamados cocineros del Gordo, un tipo escuálido, de pelo grasiento, con un delantal que llevaba marcas secas y endurecidas de todos los menús de ese año.

—¿Dónde está el Gordo? —preguntó Norell, sin ganas.

—¡Ya no te da, hombre! ¡Ya no te da! ¡Lárgate de aquí! ¡Vamos, fuera! —se burló el flacucho, sorbiéndose la flema por la nariz.

Norell sintió cómo ascendía dentro de él una ola negra que le oscureció la mirada. Las frustraciones y tormentos de años, el malestar permanente, empujaron con fuerza el pantano oscuro de la furia reprimida.

—Escuálido... dime dónde está el Gordo.

—¿Por qué le dices gordo, eh? ¡No es gordo!

Lo cierto es que el apodo con el que se había quedado aquel pequeño comerciante venía de su asociación con la comida, de la que era una especie de rey local. En realidad, no era exactamente gordo.

—¡Ya no te da! Se han acostumbrado todos a fiar o a no sé qué. ¡Se acabó, basta ya, váyanse a casa, parásitos! —El flacucho casi se atragantó con aquella última imprecación.

Los dedos de Norell, convertidos al instante en tenazas, lo sujetaron de pronto por el cuello, como en un tornillo de banco. El escuálido empezó a gemir y a jadear, con los ojos fuera de las órbitas. Su cuerpo se retorcía en espasmos y el rostro se le amorataba bajo la presión del hombre. Enloquecido de furia, Norell buscó algo con la mirada y luego tomó de la parrilla una hamburguesa que chisporroteaba allí desde hacía un rato; la agarró y se la metió en la boca al flacucho. Este gritó, ahogado, intentando escupir la carne caliente que le quemó de inmediato los labios y la lengua. No tenía ninguna posibilidad, porque Norell le empujaba con fuerza la hamburguesa garganta abajo. Al final lo soltó y el cocinero se desplomó, desmayado. La carne aún chisporroteaba en sus labios cuando Norell salió, acompañado por las miradas petrificadas de los presentes en el restaurante.

En la calle se calmó un poco, pero una vena en la sien seguía latiéndole con fuerza y respiraba con dificultad. Los ojos de Ara volvieron a surgir en su mente, justificando de algún modo lo que acababa de hacer, de lo que no se sentía orgulloso. Sacó del bolsillo el pequeño terminal personal y abrió, por enésima vez, el mapa. La compañía PlastiDyn no estaba lejos. Unos diez minutos en dron sin piloto. Pero tenía la cuenta vacía y el aparato no se movería sin efectuar un cargo. No, no podía pasar por otra noche como la que acababa de terminar. ¡De ninguna manera! Se tambaleó violentamente cuando una oleada de mareo y náusea lo golpeó de repente. Unos cuchillos en el estómago y el abdomen lo doblaron y hasta cayó de rodillas. Nadie en la calle le preguntó qué le pasaba. La gente pasaba absorta hacia destinos que solo ellos conocían. Se levantó con dificultad, como si saliera de arenas movedizas. Pero tenía que llegar a PlastiDyn. No tenía idea de cómo convencería a los de allí para que hicieran el procedimiento sin dinero.

Acechó un dron-taxi hasta que una pareja joven descendió de él y saltó dentro. Se conectó rápidamente, mediante una aplicación de hackeo, al software del aparato, logrando controlarlo. El dron lo llevó hasta la sede de la gigantesca compañía. Entró con dificultad, después de engañar a varios guardias y, en uno de los mostradores avanzados, una joven recepcionista –a quien solo la disciplina aprendida con rigor le impedía mirarlo con desprecio, adivinando enseguida de qué zona de la jerarquía social provenía– lo escuchó, aparentemente interesada.

Más tarde lo tomó a su cargo un empleado de relaciones públicas de la compañía. El hombre parecía tan artificial y asexuado que Norell se preguntó varias veces si no sería algún tipo de robot.

—Señor, eh... Norell —le dijo el hombre, con una afectación casi repugnante—. ¿Sabe cuántas personas vienen cada día a nosotros a solicitar lo que usted nos pide? Claro, cada solicitud es importante para nuestra compañía, pero...

—Tan importante que en el mundo mueren millones cada día —lo interrumpió Norell con brusquedad.

—Señor Norell, debe tener en cuenta que somos los únicos que realizamos estos procedimientos. ¡Los únicos! Devolvemos la vida, señor Norell, y eso, si lo desea, nos convierte, guardando las proporciones, en pequeños dioses. Sí, nuestros procedimientos son caros, así que, nada personal, pero ¿ha pensado cuántas vidas necesitaría para pagar nuestros servicios?

Norell apretó los dientes. Aquella verdad brutal lo doblegaba.

El “artificial” lo dejó debatirse así un buen rato, luego le habló con cortesía.

—Señor Norell, existe otra posibilidad —sonrió con untuosidad el empleado de la compañía—. Por el bien de la ciencia y, por supuesto, de PlastiDyn, pero no solo, claro, porque todos los seres humanos se benefician, el procedimiento no le costará nada. Salvo –el hombre extendió un dedo fino como un lápiz hacia Norell– lo que usted tiene gratis de, digamos, la naturaleza. Es decir, lo que lleva dentro. Le aseguro —añadió levantando las manos en gesto conciliador— que no le dolerá nada, no habrá ningún malestar. Está en juego la reputación de nuestra empresa y no jugamos con eso. Es más, como bonificación, almacenaremos su memoria y, de vez en cuando, podrá volver a ver a su familia. Eso sí, en secuencias limitadas y sin interacción por ambas partes. Pero, en fin... la oferta es para la persona por la que usted ha venido.

Norell creyó no entender bien, pero luego comprendió. Se puso de pie, casi derribando al hombre frente a él, que se había acercado demasiado, como si quisiera volverse su confidente. Caminó de manera compulsiva por la estancia, amplia como un hangar. En su mente aparecieron los ojitos azules de Ara, ahora tristes. Sintió que el corazón se le encogía. El profundo malestar lo invadió otra vez.

—¿Funcionará? —preguntó en voz baja—. Me refiero, para la niña.

—Señor Norell —sonrió el representante de la compañía—, llevamos treinta años estudiando esto y aplicamos con éxito nuestros métodos desde hace otros veinte. Así que...

La última imagen que el hombre pudo ver fue la de una holografía de Ara sonriendo serenamente a una mujer con uniforme de PlastiDyn que la cuidaba. Los gráficos que acompañaban la imagen indicaban un contenido de plástico en el organismo cercano a cero, señal de que el procedimiento había tenido éxito. Norell suspiró profundamente y se preparó para el salto hacia un universo completamente desconocido. Allí donde esperaba que lo acompañaran los ojos azules de Ara.

Daniel Botgros (nacido en 1964) se adentró en el mundo de la ciencia ficción en 1984, cuando fundó y dirigió el Club Atlantis en su ciudad natal. Simultáneamente, editó la revista Atlantis, muy bien recibida por el público rumano. Debutó en 2001 con prosa, seguida de volúmenes de reportajes, ensayos, periodismo y ciencia ficción. Publicó siete libros, incluyendo tres novelas de ciencia ficción, con una acogida positiva por parte de la crítica especializada: Adam, Adam - Revolutia y Respiră, de la que se dijo que era «una novela asombrosa». Actualmente está preparando el volumen de relatos mientras trabaja en Banat TV en Reșița y es editor sénior de eCronica. Su nuevo libro, Dream On, acaba de publicarse en Rumania.

 

 

MI ALMA ES LOBO

Joyce Chng

 

O aquello en mi interior es lobo o tiene forma de lobo.

Puedo ver el lobo ahora, oscuridad encima de oscuridad, una sombra encima de otra, deslizándose a través de un bosque profundo.

Suena la alarma, asustándome. Me despierto en la cama, sintiéndome como si hubiera traspasado los arbustos, túneles de vegetación. Mi piel huele a savia, barro, tierra. Para mi sorpresa, mis manos no están cubiertas por una capa café.

No tengo ganas de trabajar, meterme entre la multitud, escuchar el ruido incesante de los humanos. Y los olores.

El lobo quiere escapar de ellos, quitarse ese olor del pelaje.

Odio, odia a todo.

Mi mente gira.

Suspiro y entro al salón. Mis estudiantes gritan mi nombre, o eso perciben mis oídos.

El lobo se retira, acurrucado, a un rincón oscuro y frío: la cueva.

Mi alma es lobo.

Tengo dentro algo en forma de lobo, algo parecido al lobo.

No le digo a nadie. La última vez que lo hice, me mandaron a una psicóloga.

Me encantan los fines de semana. Corro. Exploro el bosque cercano.

Corro descalza, sin prestar atención a los palos afilados y piedras.

Mi novia Cynthia corre conmigo. Huelo su sudor, su cabello.

Ella no sabe nada del lobo.

Mi alma es lobo.

El lobo es lobo.

El lobo es lo que es.

Cynthia me regala una réplica en resina del cráneo de un lobo. No tengo idea cómo la consiguió. Me la da porque los amo.

—Gracias, amor —sonrío. Al sonreír me siento rara, como si estuviera mostrándole los dientes. Me falta una cola para mover.

Mi alma es lobo.

Corro desnuda en sueños, el lobo a mi lado. Mis senos, mi cabello largo y mi piel desaparecen.

Entonces me convierto en lobo, nuestros cuerpos y almas se mezclan.

Mis estudiantes me regalan una figura de lobo para el Día del Maestro. No deberían haberlo hecho. La estatuilla tiene ojos casi reales, amarillos, que te miran fijamente.

El lobo observa desde la cueva.

Mi alma es lobo.

Me siento atrapada. Mi entorno es un zoológico de concreto. ¿Hay más gente como yo afuera?

¿Qué debo decirle a mi psicóloga?

Mis padres no tienen idea.

—Tus aullidos suenan reales, mi hija —me dijo mi papá una vez cuando se me escaparon algunos por la noche.

Porque lo son.

—Creo que soy lobo —digo a Cynthia.

Me mira fijamente, masticando un pedazo de pollo. Sus dientes entrechocan, sus caninos húmedos cortan las hilachas de carne, su lengua moviéndose.

—¿Como uno real? —me pregunta.

—Tal vez. Todo está dentro de mí —digo.

—Te va a salir el pelo y los dientes bajo la luna llena —bromea.

Debo haber reaccionado, porque me pide disculpas. No comprendo las expresiones humanas.

—Estoy tratando de averiguar sobre el pelaje y los dientes —digo.

—Mi vida, estás bromeando, ¿no?

Mi alma es lobo.

El lobo aúlla en el bosque.

El bosque responde con aullidos.

Hay gente como yo allá afuera.

Cynthia dice que a veces se siente como un leopardo. Creo que quiere consolarme, seguirme a la corriente. Está haciendo todo lo que puede. No la culpo. Todos estamos intentando sobrevivir en ese zoológico infernal.

Mi novia no entiende. Pero trata de hacerlo.

Cuando por fin llegan las vacaciones escolares, reservo un vuelo a un bosque en un país vecino. Quiero liberarme. Sé que ellos están allí. Ellos. Los lobos. Como yo.

Me pongo en contacto con una manada a través de Internet.

Nos hemos puesto de acuerdo para vernos.

Cynthia quiere acompañarme, pero le digo que no.

Ella no está lista.

Los aviones nos asustan, a mí y al lobo. Aguanto el vuelo, reprimiendo ese impulso de huida.

El taxi me lleva al hotel.

Es hora de ignorar las cosas humanas.

Estoy de pie al borde del bosque. No hay nadie alrededor. No hay excursionistas ni turistas. Solo el cielo iluminado por relámpagos y los susurros de los árboles.

Me desnudo. Los mosquitos zumban en mi oído.

Un aullido se hincha en mi garganta.

Los aullidos responden, reverberan. El aire tiembla. Mi piel tiembla.

Al inicio me tropiezo y luego corro, corro, corro. Con el viento en mi cabello, la tierra mojada bajo mis patas.

No miro atrás.

Nunca miraré atrás.

El lobo es mi alma.

Mi alma es lobo.

Joyce Chng vive y escribe en Singapur. Sus ficciones han aparecido en The Apex Book of World SF IIWe See a Different FrontierCranky Ladies of History y Accessing The Future. Sus recientes novelas de óperas espaciales tratan sobre clanes de lobos (Starfang: Rise of the Clan) y viñedos (Water into Wine), respectivamente. Sus poemas recientes se han publicado en Rambutan Literary y Uncanny Magazine. Coeditó, con Jaymee Goh, The Sea Is Ours: Tales of Steampunk Southeast Asia. 

© All rights reserved Joyce Chng

© All rights reserved for translation (derechos reservados de la traducción) Toshiya Kamei

 

MENSAJE CIFRADO DE LOS DINOSAURIOS A LA HUMANIDAD

José Luis Ramírez

 

Jesucristo montando un tiranosaurio, ese debe ser el mejor meme del mundo; sé que Flavio Josefo y Tácito hacen alguna mención al Jesús histórico –y a su hermano Santiago, ejem, ejem–, el Cristo ejecutado por Poncio Pilato; pero vean la ironía de que el famoso celurosaurio está más cerca de nuestra era que del último estegosaurio; por dibujarlo en una línea del tiempo, siglo  a.C., siglo  a.C, siglo I (antes o después, da igual porque los romanos no tenían un número para el cero). Sí, ya sé que divago, sólo escuchen con atención porque tengo un punto, y es que, en sus santos y últimos días, guiño, guiño, los dinosaurios dejaron un mensaje para esa molesta musaraña que algún día heredaría el dominio del planeta, lo registraron ahí, donde sería obvio buscarlo, en lo que 66 millones –y 1970– años más tarde se llamaría el cráter de Chicxulub.

Era una misión suicida. La caída del astro había desplazado el agua sobre la tierra y arrojado la tierra a los cielos. No era una metáfora, sucedió textual, un evento catastrófico que sería todavía peor para quienes sobrevivieran a la terrible explosión de 100 Teratones (aunque los dinosaurios no lo medían propiamente en términos de 1014 toneladas de trinitrotolueno), porque al impacto seguirían un invierno nuclear y un evento de extinción masiva al que no sobreviviría ninguno de los grandes saurios dominantes…

Julio César –decidí ponerles nombres romanos, porque si hemos de antropomorfizarlos, los imaginamos de toga como a los griegos, o en uniforme militar completo como a los centuriones romanos– fue quien se puso a sí mismo al frente de la expedición, no que los tiranosaurios Rex fueran muy dados a trabajar en equipo, pero esto era algo que no podía hacer por sí mismo, así que con fines prácticos decidió ponerse en marcha hacia Chicxulub junto con un par de pollos del infierno, un anquilosaurio y un paquicefalosaurio, a quienes llamaremos –con el único propósito de distinguirlos de otros que no echaron a andar con ellos–: Marco Junio Bruto, Cayo Casio Longino, Décimo Junio Bruto Albino y Cayo; vale, dejémoslo mejor en: César, Bruto, Longino, Albino y Cayo. Como ya se imaginarán, ellos eran los únicos que caminaban contra corriente, mientras todos emigraban hacia los polos de la América del Norte y la del Sur (no, en el cretácico ya se había separado Pangea más o menos en los mismos seis o siete continentes conocidos; de hecho los T-Rex son más bien de Montana, Wyoming y las Dakotas; aunque César, de hecho, había nacido en San Juan Basin, Nuevo México); pero bueno, les decía que estos eran los únicos que caminaban hacia el sur del Río Grande, lo que es un eufemismo porque el Río Bravo se formó 62 millones de años después. Así que van vestidos como centuriones con su gálea de plumas, su lorica squamata, segum rojo de algodón grueso y ocrae de cuero en ambas piernas, no llevaban gladius al cinto por sus brazos cortos y porque aún no llegaba la Era de Hierro, obvio. Si bien César sí llevaba una vara de vid para dirigir a su medio contubernio por El Paso hacia Chihuahua, Torreón y San Luis Potosí rumbo al sureste del Golfo de México.

¿Por qué esa ruta en vez de atravesar las grandes praderas, yendo de las Montañas Rocallosas hasta el bayou del Misisipi? (que por cierto este río sí existía entonces). El problema era que los valles se habían convertido en pantanos, por lo que, si no querían ser recuperados por las petroleras de Texaco, lo mejor era andar por las tierras que la Sierra Madre Oriental había protegido del Tsunami. Evidentemente, nadie tiene idea hoy de cómo se llamaban entonces las Rocallosas o las dos Sierra Madre, así que de momento digamos que era a través del Collis Aventinus, el Capitolinus, el Caelius y el Esquilinus que César guiaba a sus hombres, otro eufemismo, porque él mismo era hembra (más grande y robusta que los machos), al igual que nuestra pareja lésbica de pollos del infierno, Bruto y Longino; pero el lenguaje es misógino y falocentrista, así que la cloaca de los otros dos nos fuerza a referirnos al grupo como «ellos», los valientes, los Primi Ordines, si bien su Primus Pilus y las otras dos eran capaces de aovar.

Así que llegados a las tres cimas del Collis Palatinus, que no eran el Cermalus, el Palatium y el Velia, sino el Popocatépetl-Iztacíhuatl, el Matlalcueye y el Citlaltépetl. César puede sentir el frío en sus brazos pese a la capa, mira a las otras que se les erizan las plumas sin importar lo mucho que se froten entre ellas para darse calor. Albino y Cayo no lo pasan mejor, el anquilosaurio tiene el frío condensado en sus placas óseas y en el mazo de su cola, su pico tirita y él se recoge todo como un cachorrito, mientras que el paquicefalosaurio se mantiene sentado en cuclillas, con las piernas y los brazos recogidos alrededor del torso para mantener el calor del vientre, parece un pequeño carnero en la posición de indio sentado, un diablo con su mirada profunda clavada en la negrura del cielo sin Luna, Via Lactea, ni ninguna otra estrella.

Atraviesan la Sierra bordeando las cumbres de Acutzingo y Maltrata, de ese lado de las montañas el nivel del mar parece más alto de lo acostumbrado, pero pueden aprovechar los pinares para hacerse de una balsa con la cual bordear la costa de Coatzacoalcos, Ciudad del Carmen y Campeche. El anquilosaurio y el paquicefalosaurio son particularmente hábiles para echar abajo los pinos, y las dos Anzu wyliei hacen gala de las habilidades con que sus herederas genéticas construirán sus nidos. César anuda bien las cuerdas de ixtle con que amarran los troncos, Bruto y Longino se trepan en la proa de la balsa, de pronto las dos parecen un par de gaviotas posadas en las vergas de una barcaza, Cayo y César se reparten a babor y estribor con sus pértigas a manera de remo y comienzan a trajinar impulsando el navío, Albino se coloca en la popa, su cola serpentea para servir de impulso y timón.

Bordear el Golfo de México (de este lado, del otro se llama Golfo de América) es más seguro que atravesarlo andando, los pantanos de Tabasco son particularmente traicioneros; y aunque el clima veraniego es ligeramente más cálido entre el Trópico de Cáncer y el Ecuador, Sol apenas atraviesa la capa de polvo, azufre y hollín de la atmósfera, haciendo el aire casi irrespirable por los vapores sulfurosos. César no puede sino pensar que atraviesan el Lago Averno; es un mal presagio que no haya Quetzalcoatlus ni Hetzegopteryx sobrevolándolos en círculos.

Desembarcan en Puerto Progreso al atardecer, si bien en tierra alcanzan a distinguir la circunferencia del cráter, saben que su misión está a 50 millas náuticas de la playa de Chicxulub –no me vean así, son gringos, no piensan en el sistema métrico sino en el inglés (y los romanos también usaban la mille passum como unidad de medida)–; César hace literalmente una reverencia y se vuelve hacia el suelo liso de roca blanca que bordea el océano, sin arena, los dos demonios emplumados de Wylie J. Tuttle (no tengo idea de por qué tendrán ese sobrenombre) hacen igual y le siguen, también el anquilosaurio, que es el único cuadrúpedo de «ellos», sólo Cayo, el paquicefalosaurio, se queda ahí sentado en cuclillas para mirar de frente al abismo.

Amanece, no es que el día se distinga gran cosa, el cielo es un poco menos negro y la sensación térmica ligeramente más cálida. César, Bruto, Longino, Albino y Cayo han meditado y se encuentran en paz con sus acciones, todas, desde la eclosión y hasta este, el último día de sus vidas. César señala con su rama de vid al horizonte, o más bien al sitio donde debería distinguirse un horizonte y entonces abre sus fauces, pero no para emitir un rugido feroz, sino un canto estentóreo que reverbera en el cráneo y hace vibrar el pecho, el suelo, y levitar a cada molécula de agua. Las Anzu wyliei, el anquilosaurio y el paquicefalosaurio se suman a la tesitura de César. El tono del paquicefalosaurio es particularmente bajo, un subwoffer capaz de reproducir tonos infragraves menores a los 10Hz de frecuencia que, literalmente, abre las aguas frente a ellos hasta el epicentro mismo del impacto. Albino embiste entonces a Cayo y, con él encima, se echa a correr por el pasaje bordeado en los dos extremos por los mares, las rara avis y César corren detrás de ellos salpicadas por las crestas de las olas que se devuelven al lecho marino. El cuadrúpedo parece incansable, mientras que el canto del paquicefalosaurio se hace, si cabe, todavía más intenso. Las bípedas corren detrás, con la furia de las sirenas del Ulises de Joyce, sin pausas para respirar ni organizar las ideas o evitar malentendidos. Corriendo con sus patas de pollo, cantando aguerridas para hacer perder la razón a quienes las escuchamos. El mar cerrado detrás de ellas como una cremallera, sus bestias desorientadas de que la corriente cambiase de un instante a otro para asfixiarlas en el lecho seco un instante antes de que la marejada volviera para resucitarlas. Crestas y valles de roca caliza y granito fundidas por la colisión. La rama de vid apuntando al destino central, no del impacto sino de sus vidas. Cada ser vivo de la tierra, desde el fitoplacton, los hongos, las eucariotas simples y las bacterias procariotas hasta el Alamosaurus sanjuanensis (los pulpos no, porque son extraterrestres). Todas y cada una de las criaturas unidas en ese canto que no busca sino trascender a la existencia. Condensar en una sola pieza los fragmentos de condrito carbonáceo, rutenio e iridio para alzar la roca y catapultarla fuera del lecho marino, levantarla sobre las aguas a velocidad de escape, atravesar la atmósfera, devolverla más allá de Júpiter hasta la parte exterior del sistema solar donde orbitan los asteroides tipo-C, y modificar así la trayectoria del asesino de planetas. Y ahí, en el lecho marino del Golfo, cerrar los ojos y, tomados de las manos, cesar por fin el canto de los dinosaurios.

 

¡Jesús-freaking-cristo!, si creen que esta historia nunca-jamás sucedió, que me la inventé para hacerles pasar el rato, que no tiene pies ni cabeza, que tal vez algunas cosas pueden sonar plausibles, pero en general es bastante inverosímil, que fue too much lo de los romanos, o que todo parecía científicamente correcto hasta el momento de realismo mágico en que la caballería y los legionarios se adentran literalmente al mar a salvar el mundo. ¡Demonios! No están entendiendo el mensaje, los dinosaurios murieron, no por nuestros pecados, pero sí para salvar a la humanidad. El mensaje es simple: ¡miren al cielo, estúdienlo, aprendan! No dejen que un evento catastrófico acabe con el 75% de la vida. Agarren un martillo, usen su cabeza dura, construyan naves para ir a donde esos malparidos y desvíenlos de su trayectoria a la Tierra. O si no, les juro por el baby Yisus de las Vegas que esas malditas musarañas que hoy comen insectos habrán de dominar la Tierra. 

José Luis Ramírez (Puebla, México 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido antologados en distintas colecciones entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas y Silicio en la Memoria; así como varias revistas y fanzines; sus ensayos se han publicado en: HArtes, Página Salmón y Mexafuturismo contemporáneo. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo” y es responsable del sitio web de ciencia ficción mexicana https://cifi.mx

sábado, 2 de mayo de 2026

BOCATO DI CARDINALE

 

Claudia Isabel Lonfat

 

Miro por TV un documental sobre criaturas marinas. Siempre les envidié que pudieran respirar con el agua entrándole por todos sus orificios. Yo me siento una criatura discapacitada; si me entran dos gotas de agua por la nariz, me ahogo, a tal punto que mis rinitis tienen el triste destino de curarse solas, o prolongarse de manera indefinida, al no poder introducir dos gotas en mis orificios nasales. Tampoco puedo conseguir abrir los ojos bajo el agua sin temor a quedarme ciego por el cloro, las algas, los bichos microscópicos o cualquier bacteria asesina durmiendo en las profundidades.

Un hombre investiga la vida anodina de los peces. No sé si es un biólogo o un aficionado. Observa esas diminutas formas y colores, sus peculiaridades, como danzan juntos y parecen un solo cuerpo creando una coreografía. Entre ellas asoma otra criatura, muy diferente al resto. Parece una deidad india por sus múltiples brazos; se encuentra cara a cara con un pulpo, un pulpo hembra, al que puede diferenciar por el tamaño de sus tentáculos.

Un mundo nuevo se abre ante sí, inesperado y procaz. El pulpo tiende sus trampas para cazar, se camufla con todo lo que su habitad le ofrece para sobrevivir en ese medio hermoso y hostil; conchas marinas, caparazones abandonados por sus viejos moradores, esqueletos y demás restos de otras formas de vida que puedan adherirse a sus tentáculos.
Hace una performance del camuflaje perfecto en forma de obra de arte; una verdadera maravilla que ningún artista podría imitar. Así se esconde de sus depredadores que a diario la merodean atraídos por su olor.

El hombre observa a cierta distancia, un día, una semana, un mes, hasta que se hace el milagro inesperado: ella conecta con él. Primero le arrima un tentáculo, estudia su morfología, su textura. Las sopapitas le succionan la piel como una caricia, así de leve.
Cada día repite la misma ceremonia. A veces ella lo ignora o él no la encuentra. Siente que lo está estudiando desde alguno de sus refugios. De pronto lo sorprende, arrebatándole el cuerpo en un extraño abrazo. Ahora es una diosa que le ofrece su confianza, entregándole todo: “Aquí estoy, este es mi cuerpo", le dice con su ritual.

Pero ese mundo que no es tan peligroso para él, sí puede serlo para ella. Tiembla cada vez que acecha el tiburón; que poco a poco va ganando terreno descifrando sus movimientos. Ella va mudando sus trincheras. Les muestra a las criaturas de su entorno, y al hombre, sus variadas estrategias para burlar al depredador, pero esta vez falla, se distrae jugando con los peces, danzando juntos la melodía del arrecife. Está lejos de su bunker entre las rocas.

El tiburón llega y comienza una carrera contra el tiempo. Cuando parece que la va a atrapar, algo mágico la salva; quizás el destino, los peces amigos, las rocas, los esqueletos o la arquitectura del fondo marino. Logra llegar al refugio; el tiburón también. Pero ella no consigue meter su cuerpo completo a tiempo y pierde uno de sus tentáculos. Por el momento el depredador se conforma, ante el estupor del hombre que ahora teme por su vida, aún así no deja de filmar hasta que le falta el aire y debe subir a la superficie. Siente que ella es su responsabilidad.

Dicen que cuando uno salva una vida, esa vida le pertenece para siempre. Comprueba que no es solo un cliché, y que para él comienza la vigilia. Sabe que ella puede sucumbir a una infección o que su vulnerabilidad la hará presa fácil. Por eso vuelve angustiado cada día, con el temor de no hallarla. Pero comprende que él no es una criatura marina, no puede cuidarla todo el tiempo. Solo le acerca el alimento que necesita y que ya no puede cazar, y espera confiado en que sabrá preservarse.

Piensa solo en ella. Le preocupa también su obsesión por verla; se duerme y se despierta con el mismo pensamiento. Comprende que todo es una locura. Es un molusco. Miles de personas los comen a diario sin culpa, simplemente los arrojan al agua hirviendo, y ya. Pero él sabe que no es un simple pulpo, que hay algo más en esa extraña forma de vida, más allá de sus tres corazones y nueve cerebros; uno en cada tentáculo. Lo puede sentir cuando sus ojos oscuros se clavan en los suyos. Sabe que jamás será el mismo, que algo en su interior cambió para siempre.

Los meses pasaron de sobresalto en sobresalto. El tentáculo que se llevó el tiburón creció de nuevo; como una flor arrancada, volvió a surgir con toda su belleza. Pero de pronto su actitud cambió, ella empezó a quedarse mucho tiempo en el bunker. Apenas salía para cazar, hasta que simplemente dejó de hacerlo. También rechazaba la comida que él le iba dejando. Se fue debilitando de a poco, pero igual se esforzó hasta desovar. Luego salió derrotada, moribunda, sin herramientas ni estrategias. Hasta los pequeños peces se llevaban pedazos de su cuerpo inerte.

De alguna manera ella le estaba diciendo “Hasta acá llegué”, entonces él comprendió que nada podía hacer contra su naturaleza. Tuvo el raro privilegio de ser testigo de su valentía y espectacular final. Ella ya lo había dado todo. Era un milagro, y ahora se entregaba a su destino, dejando que el tiburón la tomara entre sus fauces para ser finalmente su alimento.

No hay vidas insignificantes, hasta un cefalópodo lo entiende.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

MAESTRO MEDUSA

Wilson Gorj

 

Escultor galardonado, aclamado en numerosos salones de arte, su nombre se había convertido en sinónimo de realismo humano. Sus esculturas eran asombrosas, tal era la precisión del detalle: las venas se marcaban bajo la superficie de la arcilla, los músculos parecían tensarse, las expresiones faciales poseían sutileza y veracidad, los gestos se suspendían en un instante eterno. Había algo vivo en sus obras, como si estuvieran animadas por un alma, por algo mágico.

En el ámbito cultural, cualquiera de sus piezas era considerada el reflejo de un talento fuera de lo común, la traducción de su genialidad. Decían que sus esculturas no imitaban la vida: la capturaban. Por eso le habían dado un apodo que él mismo empezó a firmar con orgullo: Maestro Medusa.

Pero algo comenzó a inquietarlo. Los elogios ya no eran suficientes. Siempre los mismos comentarios, las mismas comparaciones, la misma admiración predecible. ¿No había llegado el momento de atreverse a más? Quería explorar un nuevo territorio, como si su arte necesitara un nuevo sentido.

Por la noche, pasaba largas horas en su estudio, con las manos cubiertas de arcilla seca, observando bloques informes como si esperara una respuesta. Sentía que su arte, tan perfecto, comenzaba a ser demasiado limitado. ¿Acaso su perfeccionismo artístico no sería capaz de ir más allá del género humano?

No un dios, no un cuerpo idealizado, sino algo más bruto, instintivo. Una bestia salvaje, otra fuerza de la naturaleza.

Se propuso un desafío, que hizo público en cuanto comenzó su nuevo proyecto. En el plazo de un mes presentaría una escultura animal a la altura de su reputación. Nada de alegorías. Nada de belleza domesticada. Una obra que lo sorprendería incluso a él mismo.

El anuncio agitó el ambiente artístico. Los críticos especulaban, los admiradores aguardaban. Todos ansiaban la nueva obra maestra del Maestro Medusa.

Pero, con el paso de los días, el silencio creció, hasta que el plazo se cumplió y no se presentó nada.

Llegaron los rumores. Algunos decían que el escultor había fracasado. Otros sugerían que el miedo a la imperfección lo había hecho retroceder. Hubo, sin embargo, quienes se preocuparon de verdad. El Maestro Medusa no era solo un artista célebre, sino un ícono local, orgullo de la ciudad.

Un pequeño grupo decidió ir a su residencia, aislada al borde del bosque. La subida fue difícil, el camino irregular. Cuando finalmente llegaron, se dieron cuenta de inmediato de que algo había ocurrido.

Por más que llamaron, nadie salió a recibirlos. Al encontrar la puerta sin llave, entraron en la casa, donde percibieron señales claras de una presencia reciente: platos acumulados en el fregadero, la cama deshecha, una toalla aún húmeda en el suelo. En la sala, en un rincón de la pared, encontraron una pequeña estatuilla de arcilla aún húmeda, flanqueada por dos velas negras encendidas, cuyas llamas parpadeaban sin viento.

Tras revisar todas las habitaciones, se dirigieron al taller, construido a pocos metros de allí.

El lugar mostraba una escena de trabajo interrumpido. Herramientas sucias reposaban sobre la mesa, bolsas de plástico cubrían montones de arcilla esparcidos por el suelo. En el centro, una tarima vacía.

De todo lo que vieron, lo que más llamó la atención fue un rastro inquietante a lo largo del suelo de madera. Seguía una línea casi perfecta, partiendo de la tarima, atravesando la puerta y avanzando en dirección al bosque.

Dos colores se mezclaban en el suelo: marrón y rojo.

Al principio pensaron que se trataba de distintos tipos de arcilla. Pronto comprendieron el error. Allí había solo había una única clase de arcilla.

El rojo era sangre.

También se descubrió por qué el rastro resultaba tan regular. En realidad, eran huellas. Huellas de felino, de un gran felino.

Wilson Gorj es originario de Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos, crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías, periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010), Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

 

LA CASA DE GOOGOOSH

Yaseen Ghaleb


1

Se dice que la cantante Googoosh, que huyó del país, había vivido en esa casa.
Los periódicos de la época real en Teherán publicaron fotos de Googoosh y su hijo en esa misma casa antes de que abandonara Irán.

Se decía que la casa no podía encontrarse en ningún mapa, aunque estaba situada detrás del famoso bazar histórico de Teherán. La puerta no se abría salvo para aquellos que conocían la canción secreta que cambiaba cada día.

Nadie sabía quién construyó la casa. Se cuenta que un amante pasó una vez por allí y tarareó una melodía persa; al amanecer, la melodía se había convertido en una casa, mientras que el amante desapareció para siempre. Aun así, los transeúntes creían oír aquella canción.

Mehrnaz fue la primera en encontrar la casa. No llegó caminando, sino que una mañana despertó y se encontró dentro de su vestíbulo, con las manos sobre un piano viejo cubierto de musgo.

Fuera de las ventanas no había nada, solo una niebla verde, como si fueran los suspiros de cúpulas antiguas recubiertas de azulejos. Mehrnaz no hablaba mucho. Cada mañana limpiaba los ecos de las paredes de la casa y escribía las letras de las canciones que escuchaba en los sueños de otros.

 

2

Allí, Googoosh amó y cantó sus canciones más hermosas. Allí la libertad respiraba dentro de su propia jaula, cuando fue obligada a llevar velo según las leyes de la República Islámica y se le prohibió cantar.

Una noche, Nazanin llegó. Abrió la puerta: la habitación estaba completamente oscura, pero supo que había llegado al lugar correcto. En su bolsillo llevaba una cinta de Googoosh, cuyo nombre había sido borrado y reemplazado por la advertencia:
«Prohibido por la República Islámica».

Nazanin hablaba entrecortadamente:

«La escuché… no estaba cantando… ella… me llamaba…»

Cuando Nazanin cantó, la casa cambió de forma: se expandió, onduló y se abrieron nuevas puertas. Su canción convirtió el lugar en una máquina de sueños.

 

3

Las mujeres se reunían en un club llamado “La casa de Googoosh”. Aprendían a cantar en secreto o practicaban respirar libremente lejos de los ojos de los vigilantes del poder y de las agentes de la policía moral.

Pero Niloufar no llegó caminando; atravesó el muro volando, dejando huellas en el techo. No comía ni dormía. Cuando giraba sobre sí misma, enfriaba los corazones de las mujeres y luego volvía…

Se decía que había perdido la voz mientras cantaba para un alma que aún no había nacido.

 

4

Se reunían los viernes por la tarde, deslizándose como abejas evitando la mirada depredadora del poder, entrando como en una colmena para encontrarse con su reina: Googoosh.

Farah llegó por una grieta en la pared. Al principio era del tamaño de una hormiga y no podía cantar, pero creció con su respiración. Un día, introdujo la cabeza en un recipiente vacío y dijo:

«No soy una voz, soy un recipiente del vacío».

Por la noche cantó para los insectos que salían de la tierra, pero por la mañana había olvidado todo lo que había cantado.

 

5

Traían dulces: delicias de pistacho, zumo de granada con azafrán y miel, y otros dulces. Llegaban llenas de canciones y de una felicidad pasajera… y luego se iban.

Entonces llegó Maryam. Nadie recuerda cuándo ni cómo. Cada vez que Farah intentaba escribir su nombre en el cuaderno de voces, la tinta desaparecía.

Aunque nadie la veía, todos sabían que estaba allí: en el temblor de la luz, en el agua sobre las paredes, en la grieta del muro, en el espejo.

Quien escuchaba con atención oía un susurro:

«Soy Googoosh… o quizá no lo soy. Soy aquella que esperó la canción».

Una noche, la casa dejó de ser lo que era: el techo se transformó en un cielo bordado de notas musicales, el suelo se volvió transparente revelando recuerdos ajenos, y las puertas comenzaron a cantar por sí solas.

Niloufar dijo:

«Este era el último de los sueños. Vinimos aquí, pero nos olvidaron. Nos iremos… y nos convertiremos en canciones».

 

6

Un día, los informantes del gobierno encontraron la casa. Pero ya no había casa en aquel lugar: ni puertas ni ventanas, solo un aroma de música que aparecía y desaparecía.

Sin embargo, las mujeres que soñaban con la casa cerraban los ojos y oían la puerta abrirse, y una voz llamando:

«Venid, hermanas…»

La operación para capturarlas fue llevada a cabo: fueron arrastradas a una jaula llena de agua y azúcar, o tal vez sus cuerdas vocales fueron cortadas, o quizá torturadas… ¿quién sabe qué ocurrió con las mujeres del club “La casa de Googoosh”?


Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

(2025)

Traducción: Abdul Hadi Sadoun


 

viernes, 1 de mayo de 2026

DESEOS FUERA DE TURNO

 Gergely Buglyó

 

—¿Recuerdas cuando te convertí en dragón? —preguntó el Corazón Oscuro—. Desde entonces ni siquiera me lo has agradecido. Dime, ¿por qué todo el mundo es tan ingrato? ¿Tan difícil es decir “gracias”, eh? —El dragón no respondió; se limitó a mirar fijamente la caja de jade que ocultaba el Corazón. No la abrió, ni tampoco dedicó una sola mirada a los demás tesoros, aunque estuvieran amontonados en su cueva—. Por cierto, no diría que tu deseo te haya ayudado mucho —continuó el Corazón—. Es cierto que como dragón resultas más imponente que como una salamandra enclenque, pero aun así…

—No me fastidies —lo interrumpió el dragón.

—¿Has pensado en pedir otro deseo? Sabes que no tienes por qué esperar tanto. ¡Podrías pedir uno ahora mismo, en este instante!

El dragón suspiró profundamente y apoyó una de sus cabezas sobre una armadura decorativa con incrustaciones de rubíes. Siempre lo mismo, pensó, mientras las placas de oro cedían bajo su peso y se hundían bajo su barbilla. Por desgracia, estaba obligado a escuchar la cantilena del Corazón Oscuro mientras este hacía circular la sangre por su cuerpo.

—Piénsalo —susurró el Corazón—. Por ejemplo, podrías cambiar ese cuerpo tuyo, repugnante y gordo.

—¿No dijiste “imponente”? Además, hace tiempo que no necesito mudar la piel; todavía entro en la del año pasado.

—Porque ya estabas gordo el año pasado. ¿Crees que no veo que sufres? Anhelas princesas, pero “te controlas” y te atiborras de ovejas. Vives aquí, en una cueva de dragón miserable y pestilente, rodeado de tesoros que no te interesan, ¡y no tienes ninguna perspectiva!

—¡Eh, eso ha sido un golpe bajo! Sabes perfectamente que esto era lo único disponible.

El dragón decidió no reaccionar a lo demás. No quería “afinar” su deseo, sino anularlo y volver a ser una salamandra. Hacía tiempo que se había arrepentido de su ambición. Pero era demasiado inteligente como para dejarse convencer y pedir un deseo fuera de turno, por más melosa que fuera la voz del Corazón Oscuro.

Su garra se deslizó inconscientemente hacia el pecho: no le sorprendió no sentir latido alguno. En su lugar, si prestaba atención, podía oír el pulso rítmico del Corazón Oscuro en la caja. Si excluía todos los demás sonidos: el correteo de las ratas en sus madrigueras, el silbido tenue de la corriente de aire, el estrépito al otro lado de la cueva, el zumbido de las moscas… ¿estrépito?

Levantó la cabeza de golpe. ¿Qué había sido eso? Con un eco cavernoso, giró y olfateó el aire. Si otra vez algún humano estúpido se había atrevido a venir hasta allí para intentar venderle cachivaches resistentes al fuego…

—No te justifiques, simplemente formula el deseo. Y luego no olvides dar las gracias. ¿Me oyes? ¡Eh!

La voz por fin se apagó en su cabeza mientras se abría paso por el estrecho pasadizo que conducía a la parte principal de la cueva, y luego avanzaba pesadamente por la sala rodeada de columnas de roca. A su paso se levantaba polvo, y los huesos de un cazador de dragones del año anterior crujieron bajo sus patas. Sí, realmente había llegado el momento de la limpieza de primavera, pero en ese instante no le importaba en absoluto.

—¿Quién anda ahí? —tronó con sus siete gargantas a la vez al percibir movimiento desde la cocina—. ¡No compro nada y no tengo cinco minutos para hablar de mi salvación espiritual!

Durante un instante reinó el silencio.

—Vaya, un dragón ocupado —respondió luego una voz melodiosa—. ¿Se puede saber en qué ocupa su valioso tiempo el señor dragón?

En la entrada de la cocina, donde se abría el extractor –un antiguo agujero en la pared de la cueva provocado por una bala de cañón–, se dibujó una figura humana en la penumbra. Y no cualquier figura.

—Soy la princesa Aniridia —se presentó la recién llegada—. ¿Me reconoces?

El dragón tragó saliva y asintió con algunas de sus cabezas. Durante sus excursiones, cuando desde lo alto observaba ceremonias humanas o inauguraciones a las que también asistía la familia real, ya había tenido ocasión de ver a la princesa… aunque no con un atuendo tan provocador. Hizo lo posible por concentrarse en su rostro y en sus famosos ojos negros.

—Vete, humana, mientras te lo digo por las buenas. —Su voz sonaba más ronca de lo habitual. Tenía que recomponerse.

—¿Y si me quedo, qué vas a hacer conmigo? —Aniridia esbozó una sonrisa que seguramente consideraba encantadora y se acercó. El dragón apartó la mirada.

—Te sacaré de aquí de una patada, como el Gato con Bo…

—Tranquilo, querido señor dragón. Yo pensaba que, si me raptaba un monstruo tan grande y fuerte, seguramente querría devorarme.

—Pero yo no rapt… —El dragón carraspeó—. ¿Devorarte?

La muchacha se tapó la boca y soltó una risita.

—Oh, no te hagas el inocente, pillín. —Se subió a la roca que hacía las veces de encimera y empezó a quitar el polvo y las telarañas de unos libros de cocina que apenas podía levantar—. Veamos qué hay aquí. Hechizos con carne humanaCocina de dieta: damas de sangre azul bajas en calorías. ¡Y esto! Cien recetas con princesas. Un libro que no puede faltar en la cocina de un dragón principiante.

El dragón parpadeó. Sabía que los humanos eran una especie insensata, pero no recordaba que lo fueran tanto.

—Esto lo heredé del anterior propietario. Lárgate de aquí antes de que haga lo que pides. —Por mucho que intentaba mantener la calma, lenguas de fuego brotaban de sus fosas nasales.

—Mi vida se acabará de todos modos. Mi padre quiere casarme con un enan… con un atractivo y heroico barón. Tiene una nariz hermosa, muy varonil.

El dragón se rascó una de las frentes con una larga garra. No entendía ni el tono vacilante de la chica ni la mirada de soslayo, y mucho menos qué pretendía con todo aquello.

—Pero ¿sabes? —continuó Aniridia mientras volvía a deslizarse al suelo—. Yo no quiero casarme, ni siquiera con un hombre así. ¡Prefiero morir! Si me devoras ahora, será un final rápido y sin dolor para mí.

—Sabes que no puedo hacerlo —gruñó el dragón—. La legislación vigente establece que “a los dragones solo se les permite realizar actividades que causen un daño económico moderado mediante el consumo exclusivo de ovejas, siempre que ese daño no supere el mínimo necesario para la subsistencia del dragón. Toda actividad que tenga como objetivo el consumo de algún miembro de la familia real por parte de un dragón será castigada, en caso de intento fallido, con la pérdida de entre tres y siete cabezas, y en caso de acción exitosa con resultado de muerte, con la pérdida máxima de siete cabezas en todos los casos”. ¿No te resulta familiar la ley? La promulgó tu padre, no yo.

La princesa se acercó aún más, batiendo las pestañas.

—Nadie sabrá por mí que me has comido.

 

—No tienes de qué preocuparte, mariposita de miel… ¡cómo no ibas a ser la niña de los ojos de papá! ¿Qué estás diciendo? Bueno, bueno, alto no es, pero llamarlo enano… ¿De verdad importa ahora cómo es su nariz? Pero te digo que, si haces lo que te pido, no tendrás que casarte con el barón Acromegalion. El dragón protestará al principio, pero confío en tu capacidad de persuasión. No tengas miedo, querida Aniridia, el barón estará escondido a tu lado, oculto bajo el manto de invisibilidad. Cuando la bestia se lance contra ti, te cubrirá también con el manto y juntos escaparéis de la cueva.

¿Cómo que qué, angelito de cabeza florida? Intentarás arrancarle unas cuantas frases que dejen claro que quiere devorarte, o simplemente lo pondrás en una situación inequívoca. El barón Acromegalion llevará pluma y tinta, y anotará cuidadosamente todo en el Libro Mágico de las Palabras Verdaderas, en el que solo se pueden escribir palabras verdaderas, porque es mági… bueno, ya entiendes. Así, más tarde podremos hacer justicia. Después de que la ley caiga sobre el dragón, su tesoro será nuestro.

¿Cómo va a ser mejor gravarlo con impuestos, mi dulce pichoncita encantadora? Eras muy pequeña, no puedes recordar cuando impusimos ese impuesto extraordinario del ochenta por ciento sobre todos los tesoros de dragón. Ese maldito presentó una queja de inmediato ante el MEB y… bueno, la Autoridad de Magia para la Igualdad de Trato, cariño. El archimago Marasmus vino al día siguiente a acusarnos de supuesta discriminación racial. En fin, el caso es que la bestia es astuta, no hay que subestimarla. El barón se convertirá en un héroe vencedor de dragones y, no menos importante, podrá aumentar aún más su fortuna; eso lo compensará por tener que renunciar a ti. Y nosotros podremos llenar de nuevo nuestras vacías arcas. Todos saldrán ganando, excepto, claro, el dragón.

¿Qué ocurre, pedacito de mi carne? Bueno, bueno, lo entiendo. Entonces dejémoslo. Pero al menos, por tu pobre padre, ¡cásate con el barón! Su nariz no es tan grande, uno se acostumbra, y… Ay, ardillita mía, ¿qué podría importarme más que lo que tú quieres? Pero también debo pensar en nuestro pequeño reino, en nuestro tesoro, y con la fortuna del barón… ¿Cómo dijiste, mi besito delicioso? Bien. ¡Sabía que eras la hija de papá!

 

La princesa Aniridia sentía que ya no podría contener su rabia por mucho tiempo. ¿Quién habría imaginado que el dragón sería tan difícil? No es de extrañar que casi todos se hubieran extinguido. Recordaba vagamente las historias que le leían de niña sobre el instinto irrefrenable de los dragones de devorar princesas. ¡Claro, cómo no!

Cuando el dragón empezó a recitar leyes, estuvo a punto de salir corriendo de la cueva gritando. Pero entonces pensó en el barón. Si lo arruinas, será tu marido, se recordó. Bastó con imaginar con fuerza su baja estatura y su enorme y rugosa nariz para retomar las negociaciones con renovada energía.

Por cierto, ¿dónde estaba Acromegalion? No podía verlo bajo el manto mágico, claro, pero cuando habían trepado hasta la roca del dragón todavía había oído su respiración a su lado. Entonces, al percibir el olor a sudor enmascarado por perfume, había deseado que el efecto del manto de invisibilidad se extendiera también a los demás sentidos; ahora, sin embargo, la inquietaba cada vez más no tener idea de dónde se ocultaba el barón. El olor del dragón, la voz del dragón lo llenaban todo. Pero no había lugar para la duda: tenía que seguir interpretando su papel y confiar en que todo saliera según el plan.

—Aun así, no voy a comerte —declaró el dragón, quién sabe cuántas veces—. Piénsalo, no solo es problemático desde el punto de vista legal, sino también ético. No eres una oveja, sino un ser inteligente… más o menos, al menos.

Aniridia alzó la vista al cielo, pero enseguida se dio cuenta de que no ayudaba. Mejor mirar a su alrededor en la cocina de la cueva: tenía que haber algo que pudiera usar.

En el caldero sobre el fuego hervía agua –no, no iba a meterse ahí–; encima, sartenes oxidadas colgaban de clavos ubicados en la pared. Sobre la mesa, junto a descomunales platos de madera, se amontonaban verduras y cajas de especias en desorden.

Ahora o nunca, pensó Aniridia, y trepó por la pata de una silla para, desde el respaldo, saltar directamente a la mesa.

—¿Qué haces? —se acercó el dragón con pasos retumbantes, pero para entonces ella ya se había colocado sobre uno de los platos y se esforzaba por espolvorearse con romero y mejorana.

—Ahí tienes, ya solo tienes que echarme fuego encima, grandullón. —Algo brilló en los ojos del dragón. ¿Hambre… o compasión? ¡No podía ser!—. ¿Eres tonto? —le espetó la chica—. ¡Mira que eres un dragón inútil, cabezota! ¡Vamos! ¿Tengo que meterme yo por tu garganta?

La cabeza central se inclinó más cerca. Aniridia no sabía leer en aquellos ojos reptilianos, pero percibía que brillaban de manera distinta que antes. Que el dragón luchaba contra su propia naturaleza, y que iba a perder. Sabía que había llegado el momento.

¡Ahora, enano!, pensó.

 

El barón Acromegalion procuraba seguir a Aniridia desde cierta distancia: la joven se movía con tanta torpeza por la cueva que temía constantemente chocar con ella, y entonces, por mucho manto que llevara, el dragón lo descubriría y los reduciría a cenizas a ambos.

Habría preferido no tener que escuchar toda aquella comedia entre Aniridia y el dragón. Ni siquiera había sacado la pluma ni el libro: lo último que necesitaba era dejar por escrito todas esas tonterías. Sentía lástima por la muchacha, a la que iba a abandonar, pero tenía que entrar en la cámara del tesoro.

Parecía que la actuación de Aniridia no bastaba para distraer al dragón. O bien azotaba con la cola frente al pasadizo que llevaba al tesoro, o bien alguna de sus cabezas se inclinaba en esa dirección. El barón sabía que el olfato del dragón era excelente: incluso siendo invisible, debía esperar a que se alejara de la entrada.

Entonces la princesa subió a la mesa –¿de verdad creía que él la seguiría hasta allí?–, y eso por fin atrajo al dragón. Acromegalion echó a correr.

El pasadizo excavado en la roca parecía demasiado estrecho para que una criatura del tamaño de un dragón pudiera transitar por él, pero el olor indicaba que, aun así, lo hacía. Allí el barón se atrevió a encender su antorcha; la sostuvo con cautela fuera del manto. Cucarachas y cochinillas crujían en las grietas de las paredes o huían de sus pasos por el suelo. Más adelante, al final del corredor, la luz de la antorcha se reflejaba en algo: un ojo entrenado reconocía el oro incluso a esa distancia.

Al oír el grito de Aniridia, la conciencia volvió a atormentarlo con renovada fuerza, pero el sonido de la masticación del dragón le indicó que ya era tarde, que no podía hacer nada. En un libro de autoayuda había leído que hay que dejar ir el pasado, todo aquello que no se puede cambiar, para poder transformar el futuro con el corazón abierto. Eso era precisamente lo que él estaba a punto de hacer.

Cuando llegó a la cámara, comprendió por qué el rey había puesto en riesgo la vida de su hija. Antiguas monedas ricamente acuñadas, copas con incrustaciones de diamantes, joyas, armas de exquisita factura se apilaban en grandes montones, junto con voluminosos volúmenes encuadernados en metal dorado, con títulos como Cómo matar a un cazador de dragones: guía para escupefuegos tímidos. En busca de su botín, avanzaba de puntillas entre los montículos. Por fin, en un rincón oculto, encontró la caja de jade que contenía el corazón del dragón.

Con manos temblorosas levantó la tapa. En su interior palpitaba una masa gris, informe, cuyos contornos resultaban difíciles de distinguir a la luz de la antorcha colgada en la pared. El Corazón Oscuro.

—Ya que me has admirado, ¿vas a pedir también un deseo? —dijo una voz en la cabeza del barón, tan repentina que casi dejó caer la caja.

—Sí —se aclaró la garganta Acromegalion—. Sí, por supuesto.

¿Qué decía el Libro de los Artefactos? Dejó la caja en el suelo e intentó recordar las palabras exactas del ritual mientras sacaba su daga.

—¡Te saludo, oh, Corazón Oscuro! —dijo en voz baja, para que el dragón no lo oyera desde el otro lado de la cueva—. Acepta estas siete gotas de sangre como ofrenda, para que mis palabras…

—Dejemos las formalidades —lo interrumpió el Corazón—. No estamos en la Tercera Era, ¿verdad? Limítate a desear.

—Ah… bueno, de acuerdo —murmuró el barón. Se quedó un momento torpemente con la daga en la mano, luego la volvió a guardar—. Verás… a quien ha sido castigado con una apariencia como la mía, el oro no le hace feliz. Es una maldición terrible, que…

—¡Vamos, dilo de una vez!

El barón asintió y respiró hondo.

—No quiero seguir viviendo como un enano. —Se palpó la nariz—. Pero… ¿se puede pedir que no agrandes todas mis partes de manera proporcional?

El Corazón guardó silencio un instante.

—¿A qué te refieres? Oh, ya entiendo. Algunos hombres suelen pedir que…

—¡Estoy hablando de mi nariz! ¿Entiendes? ¡Que todo crezca por igual, menos la nariz!

La cosa grisácea dentro de la caja de jade empezó a latir con fuerza de repente.

—Tu deseo será concedido.

La grisura se extendió por la cueva, oscureciéndolo todo, como una gota de tinta en una jarra de agua. Apagó la luz de la antorcha. Acromegalion dio un paso atrás, pero sus piernas fallaron. Cayó con estrépito entre cascos y armaduras.

Su corazón latía con violencia: aunque la fuerza lo abandonaba, sus miembros se alargaban de verdad, tal como había deseado. Y seguían alargándose… alargándose… y alargándose…

 

Cuando el polvo se asentó, el Corazón Oscuro por fin pudo contemplar a su creación más reciente: un gigante de quince pies de altura, rebosante de músculos. Por supuesto, esperó en vano el agradecimiento, pero comprobó con satisfacción que no había perdido la práctica. A pesar de los rasgos toscos y la constitución larguirucha, su obra había quedado verdaderamente proporcionada, salvo por un pequeño defecto estético: la nariz era demasiado diminuta para aquella cabeza. En fin, un deseo es un deseo.

—¿Qué me has hecho? —bramó Acromegalion.

El manto de invisibilidad ahora parecía apenas una bufanda fina sobre sus hombros; lo dejó caer al suelo, entre los demás tesoros. Contemplaba su nuevo cuerpo y se apretaba el pecho, allí donde el corazón se le había quedado inmóvil, en una floja quietud. Probablemente habría echado a llorar si en ese momento no hubiera chocado contra él otro cuerpo enorme, desde el pasadizo que conducía a la cueva. El dragón.

Derribó al gigante y le escupió fuego en la cara y el pelo. Acromegalion por fin logró aferrarle uno de los cuellos y, girando sobre sí mismo, estrelló a su atacante contra la pared. La propia montaña tembló con el impacto, y del techo cayó polvo de piedra sobre los combatientes.

El Corazón Oscuro sabía que lo más elegante sería observar el duelo con una indiferencia digna de su rango, pero le pareció que a su nuevo protegido no le vendría mal un poco de aliento civilizado.

—¡Dale en ese hocico de reptil! ¡Vamos, arráncale la cabeza! ¿Dónde está ese gancho de izquierda?

Cuatro cabezas del dragón ya colgaban flácidas, y las tres restantes jadeaban cada vez con más fuerza. Ahora que ya no estaba bajo su protección, se enfrentaba a una nueva dificultad: su corazón todavía no estaba acostumbrado a tener que trabajar, y abastecer de sangre un cuerpo tan enorme no era poca cosa. Mala idea lanzarse a un combate a vida o muerte sin calentamiento, pensó el Corazón Oscuro con malicia. Si no lo mataba el gigante, lo haría el infarto.

Mientras tanto, Acromegalion descubrió su propia invulnerabilidad y, a ojos vistas, empezó a aprovechar cada vez mejor la ventaja. Como protegido del Corazón Oscuro, ni siquiera se chamuscaba en el infierno de llamas que brotaba de los pulmones del dragón.

Tomó de entre los tesoros esparcidos por el suelo una maza descomunal que despedía un resplandor plateado, y se dedicó a triturar metódicamente los huesos del dragón. Para cuando terminó, él también respiraba de manera irregular; su adversario, en cambio, yacía inmóvil al pie de la pared.

—No estuvo mal —comentó el Corazón—. Aun así, puliremos un poco tu técnica antes de que te enfrentes al ejército del rey.

El gigante hizo oídos sordos. Su paso retumbante se detuvo ante la caja de jade que contenía al Corazón.

—¿Qué me hiciste? ¡Yo no deseé esto! Te voy a aplastar, pedazo de… —La maza ya se alzaba.

—Entonces morirás. No olvides que ahora yo soy tu corazón.

Le llevó un rato comprenderlo. Su mirada confusa iba de un lado a otro, desesperada. Al final, el brazo que sostenía la maza cayó.

—Pero yo… ¡yo no deseé algo así! ¡Me engañaste! ¿No hay alguna regla para esto?

—No —respondió el Corazón, casi con pesar.

—¡Me retracto de todo! ¡Vuelve a dejarlo todo como estaba y devuélveme mi deseo!

—Seamos sinceros —susurró el Corazón—: tú hiciste el ruido que llamó la atención del dragón. Sin tu deseo ya estarías muerto. En realidad deberías agradecérmelo, solo que todo el mundo parece olvidarlo.

—¿Qué? ¿Agradecerte? He dicho que…

—Por desgracia, desde mi punto de vista, parece que utilizaste el servicio y ahora quieres retractarte.

Acromegalion tragó saliva.

—¡Esto es ridículo! —En su furia, empezó a golpear la pared con la maza. Al final cayó de rodillas y rompió a sollozar.

—Avísame cuando te calmes. Hay una solución. Otro deseo.

La maza cayó al suelo con un golpe sordo. Acromegalion levantó la vista, los ojos muy abiertos por el asombro.

—¿En serio? ¿Puedo pedir otro?

—Claro, las reglas no lo prohíben. Pero tendrás que esperar un poco.

—¿Cuánto?

El Corazón meditó.

—Antes se podía pedir uno al año. Luego eso cambió, por suerte.

—¿Basta con medio año? —soltó el gigante—. ¿O un trimestre? ¡Dime!

—Un siglo.

—Si calculo bien, ¡eso son tres o cuatro días!

—Un siglo entero.

La boca de Acromegalion se abrió y quedó así. El Corazón no esperó al siguiente ataque histérico.

—Pero también puedes pedir uno fuera de turno.

—Ah, o sea… ¿ahora?

—Así es. No tienes que esperar ni un minuto.

—Ah, bueno… bueno, eso está bien —murmuró el gigante—. Así suena mucho mejor. Entonces deseo que…

—Fuera de turno solo puedes desear una única cosa —siseó el Corazón Oscuro—. Acércate y repite mis palabras.

El gigante se inclinó sobre la caja de jade; el Corazón sintió sobre sí su aliento pesado. Un silencio absoluto se apoderó de la cueva.

—“Devuélveme la felicidad que perdí hace tanto. No importa cuál sea el precio”.

Acromegalion lo sopesó apenas un instante y luego lo repitió. Y entonces ocurrió. Los tentáculos del Corazón Oscuro fueron arrancando uno tras otro los grilletes del Contrato: hacía muchísimo tiempo que no se sentía tan fuerte y libre.

Ahora podía extenderse hacia Acromegalion. Llegó hasta sus ojos, hasta su cerebro, envolvió su mente, su alma.

El gigante aulló, se retorció. Intentó luchar, pero luego regresó al estado temprano de la felicidad, cuando el cerebro empieza a desarrollarse en el vientre materno. Todas sus preocupaciones y tristezas se desvanecieron; ya no tenía que pensar. El Corazón Oscuro asumió por él toda esa carga, como de costumbre sin recibir agradecimiento, aunque esta vez no se lo tomó tan a mal como en general, porque ¿cómo iba a considerar ingrata a una conciencia embrionaria?

Sintió que el enorme cuerpo temblaba bajo la presión de su voluntad. Abrió los ojos. La cámara del tesoro estaba oscura, pero no era solo por eso que veía borroso. Llevaría tiempo familiarizarse con todas las circunvoluciones del cerebro y usarlo de verdad como si fuera suyo. Tiempo, pero nada más.

—Pronto podré hacerle una visita al rey —dijo en voz alta. Era una voz extraña, pero desde ese día era la suya. Tendría que acostumbrarse.

—¿Hablas solo? —preguntó otra voz.

Era débil y sibilante, y venía del pie de la pared. La del dragón.

—¿Sigues vivo? —soltó el gigante—. Bueno, ahora mismo me encargo de eso.

Ya se ponía en marcha, primero con pasos inseguros, luego con un equilibrio cada vez más firme.

—Yo también quiero pedir un deseo —dijo el dragón—. Fuera de turno.

El gigante se detuvo en seco.

—¿Y por qué? —gruñó—. Antes ya sospechabas cuáles eran las consecuencias, y ahora además las has visto.

—Pero ese humano… al menos vive, ¿no? —gimió el dragón—. De una forma u otra, vive. Es feliz a su manera. Yo tampoco… no quiero… morir.

Su voz se apagó.

Así que estamos en esas. El Corazón Oscuro sabía que, decidiera lo que decidiera, no le quedaba mucho tiempo.

La oferta del dragón parecía una posibilidad interesante. El Corazón nunca había intentado controlar dos marionetas a la vez. Pero podría hacerlo. ¿Por qué no iba a poder? Un gigante y un dragón. Si lo lograba, ni siquiera tendría que molestarse con reyes y ejércitos. Podría dirigirse directamente a la Torre de los Magos.

—Que así sea —decidió al fin. Cuando el dragón no reaccionó, añadió—: Supongo que tampoco debo esperar gratitud de ti, ¿verdad? Al fin y al cabo, solo voy a salvarte la vida. Vamos, repite después de mí: “devuélveme la felicidad que perdí hace tanto. No importa cuál sea el precio”.

Se inclinó hacia la única cabeza intacta del dragón. Este susurró algo, pero todas sus palabras eran un balbuceo pastoso.

—Entiendo que estés agonizando, pero intenta articular un poco mejor. No olvides que ya no soy tu corazón para oírlo todo.

Eso tampoco ayudó. La voz del dragón se fue apagando, y aunque el gigante pegó la oreja a su boca, no entendió ni una palabra de lo que decía. La maldición de un cuerpo nuevo. En unos minutos sus sentidos funcionarían de manera aceptable, pero ¿le quedaban aún unos minutos?

—Que el diablo te lleve, dragón —tronó.

Abrió la caja de jade y la acercó a los labios temblorosos del dragón.

—Repítelo, ahora podré oírte.

 

El dragón no hizo lo que hizo por los humanos del reino, ni siquiera para aliviar su culpa por la pobre princesa. No lo guiaban el interés ni el deseo de venganza –en la boca de la muerte no tenía posibilidad alguna de pensar en esas cosas–, sino que simplemente hizo lo único que podía hacer.

En cuanto la caja se abrió ante él, llenó sus pulmones con sus últimas fuerzas y envolvió en fuego al Corazón Oscuro. El grito que estalló le reventó los tímpanos como una explosión. No oía, no sentía nada, y tampoco veía otra cosa que las llamas consumiendo la masa gris. Ni siquiera eso durante mucho tiempo.

Pero de las llamas volvió a nacer la pequeña salamandra que alguna vez había sido. Antes de su deseo. Con la destrucción del Corazón Oscuro, su hechizo se desvaneció, pero una salamandra tampoco necesitaba algo así para recuperarse de manera mágica. Sabía que, con el tiempo, todos sus huesos volverían a unirse, todas sus heridas desaparecerían.

Hasta que moverse dejara de causarle demasiado dolor, tuvo que quedarse en la cueva. Muchas veces contempló la colección de tesoros como una especie de cordillera grotesca, y otra especie de montaña: el cuerpo del humano, que al morir también había vuelto a transformarse, de gigante de nariz diminuta a enano de nariz enorme. Luego, en cuanto por fin pudo dar sus primeros pasos, vio la caja de jade. Estaba vacía, como debía estar.

Miró dentro de sí mismo: ¿de verdad era tan ingrato? Al fin y al cabo, gracias al Corazón Oscuro, gracias a su arrogancia, su deseo más profundo se había cumplido después de todo.

Gracias, le dijo mentalmente, aunque no creía que pudiera oírlo desde el más allá.

Gergely Buglyó nació en 1980 en Debrecen, Hungría, donde actualmente vive con su esposa, sus tres hijos y un gato. Se graduó como médico, pero trabaja como investigador en el campo de la genética humana. Su primera obra publicada fue una trilogía de fantasía juvenil, Oni (Gray Blood, The Silent City, The Puppet and the Talisman). Además de sus novelas, también ha escrito relatos cortos para lectores de todas las edades. Además de escribir, sus pasatiempos favoritos son los videojuegos y el shogi (ajedrez japonés).

 

PLÁSTICO