martes, 29 de septiembre de 2026

LA ZAREVNA

Sergiy Paltsun

 

Hace calor. El amplificador mental se recalienta a cada momento y amenaza con hacerme hervir el cerebro. Tengo que sumergirlo en el agua. Y sumergirme yo también. Pero mientras nos refrescamos, el objetivo puede escaparse y salir de mi radio de alcance. Y entonces habrá sido inútil que durante tantos días les haya sugerido a todas las muchachas que venían a recoger bayas que en estos parajes se oculta algo muy valioso y nunca visto. Por supuesto, ya conseguí material para la transformación: una de las recolectoras, al verme, no se limitó a gritar y salir corriendo como las demás, sino que... En fin, podemos prescindir de los detalles fisiológicos. De todos modos, el material no sirve de mucho: en la sociedad local impera el patriarcado y...

¡Oh! ¡Ahí está el objetivo! ¡Por fin apareció el cazadorcito! Y está claro que no es un cualquiera: lleva anillos en los dedos, un caftán bordado, botas de tafilete y camisa de seda. Además, según los cánones locales, su fenotipo es sencillamente perfecto: alto, esbelto, de hombros anchos, rubio y de ojos azules. ¡Menuda pieza! Tú eres precisamente el que necesito, querido. Me acomodo el amplificador mental en la cabeza y, abrazada a la flecha, intensifico la llamada.

El rubito se vuelve, ve las plumas de la flecha y después a mí... Me quedo inmóvil. Solo faltaría que él también huyera. Pero no: el campo mental del objetivo adquiere los colores de la curiosidad y él, con cautela para no asustarme –¡asustarme a mí, ja, ja!–, se dirige hacia donde estoy, se inclina procurando no proyectar su sombra... ¡Y de repente me agarra por la espalda!

¡Ufff! ¡No se puede hacer algo así tan bruscamente! Por poco hago el mismo papelón que aquella muchacha. Por cierto, ¿dónde aprendió a ocultar así sus intenciones? ¿Será posible que los machos de aquí sean capaces de manipular emisiones mentales? En fin, ya pensaré en eso mañana, porque hoy me están envolviendo en un trapo y llevándome a alguna parte. Parece que la selección de material queda aplazada por tiempo indefinido...

 

Desenvuelven el trapo y descubro que estoy sobre una mesa. Después de recobrar el aliento –¡menos mal que al rubito se le ocurrió mojar el trapo!–, miro alrededor y descubro que alguien me observa atentamente; a juzgar por su campo mental, es un macho alfa. ¡Demonios, ¿qué lleva en la cabeza?! ¿Será un amplificador mental? ¡Vaya sorpresa! Miro con más atención: no, gracias a Dios, es un simple adorno metálico.

Mientras tanto, el rubito informa:

—Y fui, padre, como me ordenaste, a la fiesta. Y en la fiesta las muchachas decían que en nuestro pantano había aparecido una maravilla nunca vista. Entonces decidí, padre, ir en busca de esa maravilla. Llegué al pantano, preparé la flecha, cerré los ojos, giré tres veces sobre mí mismo y sentí como si alguien me llamara. Disparé en aquella dirección y fui a buscar la flecha. Y entonces vi que sobre un montículo había una rana de tamaño extraordinario, de estirpe real, con una corona de oro. Así que atrapé esta rareza y la traje a casa para divertirte, padre, y ganarme algo de gloria.

—¡Ya me has divertido, Iván! —responde el alfa con sarcasmo—. ¡Vaya si me has divertido! Te mandé a la fiesta para que buscaras muchachas bonitas, no para que anduvieras por los pantanos buscando sapos. Ahora bésate con tu sapo.

—¡Como ordenes, padre! —Y entonces el rubito vuelve a agarrarme y me acerca a su boca.

¡Puaj, me ha llenado de baba, el imbécil! Pero ahora tengo material de sobra. Y ya no hay nada que me retenga aquí. Salvo la mano del hijito. Me sacudo, intento liberarme, pero la mano solo me aprieta con más fuerza.

—Eres un tonto, Iván, aunque seas un zarévich —suspira el alfa con pesar—. Ahora te saldrán verrugas por toda la cara. ¡Tira ese sapo inmediatamente! O mejor llévalo a la cocina. El invitado galo se quejó ayer durante el banquete de que aquí no servimos ancas de rana. Que las preparen para esta noche y veremos cómo se las come. ¡Eso sí que será divertido!

No tengo el menor deseo de acabar en la cocina. Parece que tendré que iniciar la transformación aquí y ahora. Solo que, si adopto la forma de un macho, dadas las costumbres locales me buscaré un montón de problemas, incluido un posible desenlace fatal. Tendré que volver a la opción inicial. Lo cual quizá sea mejor, porque resulta más natural... Y en cuanto al patriarcado... Bueno, ya se me ocurrirá algo. Inicio el proceso de combinación del material genético de la muchacha asustadiza y el estúpido zarévich, pongo a máxima potencia el campo mental desorientador... ¡Allá vamos!

 

¡Ufff!... Por fin. Desconecto el campo y examino rápidamente mi nuevo cuerpo. Parece que ha funcionado. Y, a juzgar por las vetas de interés fisiológico que aparecen en los campos mentales del padre y del hijo incluso en medio de su absoluto estupor, ha funcionado bastante bien. Tan bien que el patriarcado parece haber dejado de ser un obstáculo insuperable.

—Eres tonto, Vania, muy tonto, pero para estas cosas no tienes un pelo de tonto... —consigue decir por fin el padre.

Y el rubito, de pronto, cae de rodillas ante mí y me pide que me case con él.

Vaya... No esperaba que las cosas fueran tan deprisa. Pero no importa. Por lo que entendí de los pensamientos de las muchachas que encontré en el pantano, todavía faltan un par de meses para la temporada local de bodas. Durante ese tiempo pueden ocurrir muchas cosas. Y necesito tener la posibilidad de aprovecharlas al máximo. Así que, antes de que empiecen las preguntas, acepto.

 

Ser la prometida de un zarévich resulta muy ventajoso desde el punto de vista de la información. Llegan visitantes de los lugares más diversos para contemplar a la muchacha prodigiosa y todos se apresuran a compartir las últimas noticias. Al parecer, el paso y el accidente de nuestra nave no han pasado inadvertidos, pero nada se sabe de los demás tripulantes que sobrevivieron. Aunque difícilmente tendrán prisa por darse a conocer entre los aborígenes: por algún motivo, los sapos parlantes no gozan aquí de demasiada popularidad. Además, mis compañeros podrían haber transformado sus cuerpos igual que yo… aunque «igual que yo» es mucho decir: en el arte de la transformación, nadie de la tripulación se acercaba siquiera a mi nivel.

Entonces empiezan a llegarme rumores de que, al otro lado de un río lejano, precisamente donde debía haber caído la nave, ha aparecido un malvado hechicero llamado Koschéi. Por las descripciones, ese Koschéi se parece sobre todo a un esqueleto viviente, pero lo importante no es la forma del cuerpo, que puede cambiarse con facilidad, sino que haya aparecido recientemente y resulte completamente ajeno a este mundo.

Le insinúo a mi prometido que me gustaría ir a ver al extraño hechicero. El rubito echa mano inmediatamente de la espada y dice que no puede exponer a su adorada –y en eso tiene razón: la transformación no solo salió bien, sino extraordinariamente bien; la mayoría de los machos locales pierden los últimos vestigios de inteligencia cuando me ven–, en fin, que no puede exponer a su adorada a semejante peligro. Por lo tanto, irá él mismo a buscar a Koschéi y me lo traerá en una jaula de hierro. ¡Sí, claro que lo traerá! Si ese Koschéi es uno de los nuestros, no volveré a ver a mi prometido; y si es un nativo, ¿para qué demonios lo quiero, incluso con jaula y todo? Apenas consigo disuadirlo, diciéndole que no pienso dejarlo ir a ninguna parte porque sufriría una tristeza indescriptible. Me cree. Dice que, si tanto lo deseo, enviará embajadores a Koschéi con regalos y una invitación para la boda. En verdad, el patriarcado en manos expertas...

 

Y entonces, un día antes de la boda, recibo inesperadamente un mentograma. De Koschéi. Dice que ha recibido el mensaje y espera nuevas instrucciones. Atentamente, robot de reparaciones KSH-11. Resulta que consiguió salir de los restos de la nave, autorrepararse y establecer comunicación con el cerebro de a bordo. No se sabe dónde está el cerebro, pero responde a las comunicaciones y, si le doy la orden correspondiente, KSH-11 intentará localizarlo. Le ordeno que por el momento permanezca donde está y empiezo a pensar. ¿Escapar hoy mismo, encontrar el cerebro y comenzar, con ayuda de Koschéi –lo llamaré por el nombre local para no delatarme por accidente–, a reconstruir la nave o al menos la baliza de emergencia? ¿O esperar a la boda, convertirme oficialmente en zarevna y aprovechar entonces mis nuevas posibilidades?

Decido optar por la segunda alternativa. Además, mi cuerpo parece inclinarse también por ella. Por lo visto, tiene su propio interés particular en el rubito. Aunque yo tampoco tengo nada en contra del sexo exótico.

Sin embargo, nunca llegamos al sexo. Aguanto sentada todo el banquete nupcial, nos conducen a mi esposo y a mí a la alcoba, y entonces ese idiota agarra el cofrecillo donde guardo mi material genético original y el amplificador mental y lo arroja al fuego. «Ahora eres mi esposa —dice—, y que tu pasado de sapo arda entre las llamas». Me quedo petrificada, viendo cómo mis posibilidades de recuperar mi forma original y comunicarme con Koschéi se van literalmente por la chimenea, mientras el rubito sonríe como un bobo y me tiende las manos. Según él, hemos acabado con el pasado y ha llegado la hora de ocuparnos del futuro.

Siento que voy a perder el conocimiento y empiezo a desplomarme lentamente cuando, de pronto, se abre un portal en plena alcoba y Koschéi sale de él. Al desaparecer la señal del amplificador mental, el fiel robot comprendió que algo iba mal y acudió a rescatarme. Arroja a un lado a mi esposo, me recoge y vuelve conmigo a través del portal.

 

Me costó mucho acostumbrarme a no percibir los campos mentales. Una se siente como si estuviera desnuda en medio de una plaza. Koschéi se ofreció a ir en busca del cerebro de la nave; quizá este pudiera encontrar alguna solución, pero yo no tenía fuerzas para dejarlo marchar. Tampoco tenía fuerzas para ir con él. Esperaba algo. Y finalmente llegó...

Una mañana despierto y Koschéi está tendido, inmóvil. Lloro por él y por mi amargo destino, me entrego a un ataque de histeria y empiezo a preguntarme cómo voy a seguir viviendo. Pero resulta que mi destino no solo me preocupa a mí: un par de días después aparece mi prometido. Pone un pie sobre el pobre Koschéi.

—He acabado con el villano —dice—. Te he salvado, luz de mis ojos. Es hora de regresar a casa.

¿Qué podía hacer? Regresamos. Por el camino me cuenta cómo me buscó, cómo conoció a una vieja bruja llamada Yaga y cómo esta le reveló dónde colgaba de un roble el cofre de hierro que contenía la muerte de Koschéi. Entonces tengo una revelación.

—¿No se llamaría la bruja Dzhíagga? —pregunto.

¡Maldita advenediza! Siempre me tuvo envidia y me fastidió cada vez que pudo. Incluso ahora, cuando al parecer solo quedamos nosotras dos en todo el planeta...

—¡Exactamente! Así se llamaba. ¿Cómo lo sabes? —se sorprende mi prometido.

—Porque ella fue quien ayudó a Koschéi a secuestrarme —le informo con maliciosa satisfacción—. Y después debieron de pelearse por algo.

—¡Qué víbora traicionera! —se indigna mi esposo—. Primero lo ayudó a secuestrarte y después me dio de comer, de beber... en fin, me acostó a dormir, me indicó el camino y me dio consejos. ¡Le cortaré la cabeza!

—No le cortes la cabeza, querido. Su sangre está hechizada: donde caiga una sola gota, crecerá una bruja nueva —le pido con dulzura—. Mejor atúrdela de un garrotazo y échala al horno.

—¡Ni siquiera voy a aturdirla! ¡La arrojaré directamente al horno!

 

En resumen, para cuando llegamos a casa había enardecido de tal modo a mi héroe que ni siquiera se bajó del caballo. Dio media vuelta y partió al galope para arrojar a Dzhíagga al horno.

Mientras tanto, unos griegos viajeros se hospedaban en casa de su padre. ¡Qué gente aduladora! A mi esposo, que hasta ese momento no había conseguido otra cosa que provocar un cortocircuito en el cerebro de la nave, haciendo que este ordenara a Koschéi autodestruirse, lo llamaban Nicolás. El vencedor de pueblos, nada menos. A mí al principio me llamaban Vasilisa, es decir, esposa del soberano, y después, cuando me observaron mejor y tomaron confianza, Helena, en honor de mi extraordinaria y deslumbrante belleza.

Pero, además de palabras aduladoras, los huéspedes me hablaron de una manzana de oro caída del cielo que estaba en poder del hijo del gobernante de la ciudad de Troya. ¡Y resulta que la baliza de emergencia, por su forma, su color y su tamaño, se parece muchísimo a una manzana!

Convencer al jefe de los griegos para que me lleve con ellos no resulta nada difícil. Más complicado será llegar a un acuerdo con el dueño de la manzana: dicen que es un consentido y que tiene mucho éxito con las mujeres.

Pero creo que también podré resolver ese problema.

Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

 

 



EL BRAZALETE DE BLUEBERRY

Kshitij Desai

 

Deslizó la pantalla de la computadora que tenía encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La pantalla no se movía. Solo seguía visible el informe que había abierto poco antes. ¿Acaso el tiempo se había congelado? No tenía idea de qué hacer.

Y, de pronto, la pantalla de la computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo. Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry que llevaba también se estaba derritiendo...

¡Gritó!

 

Ira contemplaba desde la ventana de la oficina las extensas cordilleras rojizas que se prolongaban a lo lejos. Era una costumbre suya. Los días en que no tenía trabajo de campo y debía permanecer en la oficina frente a una pantalla, aplicaba la regla veinte-veinte-veinte. La regla consistía en que, después de veinte minutos de trabajo, había que mirar durante veinte segundos algo situado a veinte pies de distancia. De ese modo, los ojos no se fatigaban y la vista permanecía despejada. Para Ira era indispensable cuidar así su salud cuando trabajaba continuamente frente a una pantalla. Durante aquellos descansos de veinte segundos, solía viajar al pasado. Historias y recuerdos de todo tipo acudían a perseguirlo.

Ese día recordaba el examen de la MPSC. ¡Cuánto había trabajado para conseguir aquel puesto! Ya llevaba seis años allí, pero conservaba la imagen del examen tan fresca en la memoria como si acabara de rendirlo.

El examen de la Mars Public Service Commission, es decir, la Comisión del Servicio Público de Marte, había sido una verdadera prueba de resistencia. La comisión se encargaba de cubrir los puestos administrativos de la colonia marciana. Los candidatos presentaban sus solicitudes desde la Tierra y todas las pruebas se realizaban allí, en los países más próximos a sus lugares de residencia. Los seleccionados obtenían un nombramiento de once años en Marte. Aquel año se habían presentado unos veintiséis mil aspirantes.

¡E Ira era uno de ellos! Un Ira joven, de rostro radiante y ojos llenos de confianza.

Había estudiado muchísimo para el examen. No podía ser de otro modo. Un gran éxito exigía un gran esfuerzo. Para prepararse para la prueba escrita, obtuvo una visa de seis meses para Japón y se instaló en Kioto. La ciudad era famosa por sus cursos preparatorios para el examen de la MPSC. Muchos aspirantes acudían allí para estudiar.

Ira se entregó por completo a la preparación. El examen valía trescientos puntos y cada candidato podía escoger las materias del programa. Era obligatorio rendir un mínimo de seis pruebas. Ira se inscribió en cursos para ocho. Su rutina se redujo a desayuno, clases, almuerzo, estudio, cena y más estudio. Por las noches llamaba a su familia para saber cómo estaban. Ver sus rostros hacía desaparecer su cansancio. Los días libres se permitía disfrutar de la comida japonesa.

Rindió todas las pruebas con gran dedicación y, como esperaba, aprobó. Las calificaciones obtenidas en sus ocho materias le permitieron pasar a la siguiente etapa.

Dos meses más tarde llegó la prueba física. Quienes fueran a trabajar a Marte tenían que estar físicamente preparados. Los candidatos con discapacidad estaban exentos de aquella prueba y sus responsabilidades laborales se adaptaban en consecuencia.

Para prepararse, Ira viajó a Canyon Ranch, en Estados Unidos, donde los candidatos de la MPSC gozaban de condiciones especiales. Allí se sometió a ejercicios agotadores, aunque estimulantes. Lo que no pudo hacer fue disfrutar de la comida estadounidense: para mantener una salud óptima debía seguir una dieta estrictamente establecida.

Dos meses después llegó el día del examen. La prueba física duraba toda la jornada. Al principio, Ira quedó exhausto. Durante la pausa del mediodía, mientras comía, volvió a concentrarse en su objetivo: gran esfuerzo, gran éxito. La tensión disminuyó y recuperó el entusiasmo. Con renovadas energías completó el resto de la prueba.

También la aprobó.

Ahora tenía que prepararse para la entrevista. Regresó a su casa, en la India. ¿Qué mejor lugar para leer y reflexionar? Había elegido el centro de Delhi para la entrevista. Ese mismo día, después de esta, tendría lugar la última prueba: el «mapeo cerebral». Era el único examen para el cual no hacía falta prepararse. Ira sabía que consistía en anestesiar al candidato, como en una prueba con narcóticos, y hacerle algunas preguntas.

El centro de entrevistas era enorme. Habían acudido muchos candidatos y las entrevistas se realizaban simultáneamente en diferentes salas. Cuando llegó su turno, Ira entró procurando mostrar seguridad. Tres funcionarios formulaban las preguntas: uno era de Suiza, otro de la India y la tercera era una mujer de la administración colonial de Marte.

La entrevista salió incluso mejor de lo que esperaba. Después tuvo que esperar en una sala del enorme edificio para realizar el mapeo cerebral. Los candidatos eran examinados individualmente, uno tras otro, en distintos horarios.

Hasta que llegó su turno, Ira se mantuvo tranquilo. Pero cuando entró en la sala sintió cierto temor. El lugar le recordó de inmediato una clínica dental. Incluso había un sillón-cama como los de los dentistas. Tal vez por eso se asustó un poco; después de todo, ¡de niños todos tememos ir al dentista!

Sin embargo, la encargada del examen —la doctora Mitra— lo tranquilizó. Mientras conversaba con ella, le administró una inyección anestésica. Menos de una hora después, Ira salió de aquel lugar.

También había aprobado aquella prueba.

¡Qué alegría sintió cuando recibió en su tableta el nombramiento oficial! Pero todavía se alegró más al ver el regalo de su padre. Reconoció enseguida el atractivo brazalete de piedras azules que había dentro de la caja. Estaba hecho con piedras «Blueberry», que solo se encontraban en Marte.

—¿Un brazalete de Blueberry? ¿Cuándo lo compraste?

—¿No recuerdas que una vez me hablaste de estas piedras? Lo encargué entonces a Marte. Pensé que, si te gustaban tanto, podría regalártelo en una ocasión especial.

—¡Muchísimas gracias, papá!

 

Ira se colocó el brazalete en la muñeca y permaneció contemplándolo un largo rato... hasta que el sonido del teléfono lo arrancó de su ensoñación. Sonaba el aparato de la oficina que estaba sobre el escritorio. La llamada procedía del puesto de seguridad situado junto a la entrada. Deslizó la franja verde de la pantalla para responder.

—Buenos días, señor —lo saludó el guardia de seguridad.

—Buenos días, Kirill.

—Está aquí el señor Wadhawan, de la compañía Wadhawan.

—¿Ha venido personalmente?

—Sí.

—Está bien. Hazlo pasar.

—Buenos días, señor.

Wadhawan empujó la puerta y entró. Era un hombre de unos treinta y cinco años, corpulento y sonriente. Vestía una camisa blanca y llevaba en la muñeca un llamativo brazalete de piedras Blueberry.

—Buenos días. ¿Ha venido usted mismo? Pensé que enviaría al abogado de la compañía. Siéntese.

—¡Pero, señor! ¿Cómo vamos a mandar a un abogado a entrevistarse con un funcionario como usted? ¡Ja, ja, ja!

Wadhawan se sentó.

Ira abrió una notificación en la tableta que descansaba sobre el escritorio y se la mostró.

—Es un requerimiento para que presenten sus descargos. Normalmente enviamos estas notificaciones directamente a la empresa, pero ustedes son contratistas del gobierno desde hace muchos años, así que preferí convocarlo primero. Revísela. Tal vez haya alguna acusación originada por un malentendido.

Wadhawan leyó la notificación. Intentaba disimular la preocupación y el abatimiento que se dibujaban en su rostro.

—¿Qué es esto, señor?

—Un requerimiento para que presenten sus descargos. Acabo de decírselo.

—Pero, señor, nosotros hacemos todo de acuerdo con las normas. Claro que a veces hay que hacer algún pequeño... ajuste...

—¿Ajuste? ¿Pequeño?

Ira sintió que la ira le subía por dentro.

La compañía Wadhawan tenía el contrato para la eliminación de residuos. Según sus condiciones, debía recoger todos los desperdicios de la colonia marciana y clasificarlos en tres categorías: biodegradables, reciclables y no biodegradables.

Los primeros eran enviados a la planta de descomposición de residuos Lazi Jyesan, construida por China, donde eran procesados. Los materiales reciclables se distribuían, según su naturaleza, entre diferentes instalaciones: plantas de reciclaje de plástico, vidrio, papel y otras. Los residuos no biodegradables se eliminaban en el espacio mediante transbordadores estadounidenses. Una enorme bolsa de basura compactada se cargaba en un transbordador que era lanzado al espacio. Cuando alcanzaba la órbita gravitatoria apropiada, un acelerador expulsaba la bolsa a enorme velocidad en dirección al exterior del sistema solar.

Pero Ira había descubierto que la compañía Wadhawan estaba ahorrándose una gran cantidad de dinero. Casi la mitad de los residuos recogidos en la colonia eran arrojados directamente al cráter Lederberg sin tratamiento alguno. El cráter estaba lejos de la colonia. Ira había viajado personalmente hasta allí con un equipo de inspección y había visto la basura acumulada. Habían recogido fotografías y videos como pruebas.

Al evitar la clasificación y la eliminación espacial de los residuos, la compañía Wadhawan se ahorraba buena parte de los costos.

—Solo procesan la mitad de la basura. La otra mitad la arrojan al cráter Lederberg. Todos los meses... ¡al cráter!

—Eso no es cierto.

—No mienta. Fui personalmente al cráter y lo vi con mis propios ojos. Hay toneladas de basura allí.

—Hablaré con el personal, señor. Yo no sé nada de esto.

—¡Wadhawan! —dijo Ira con voz firme—. No le envié directamente la notificación. Organicé una reunión. Y ni siquiera una videoconferencia: le pedí que viniera personalmente. ¿Sabe por qué? —Wadhawan guardó silencio—. Porque quería ver la mentira en sus ojos. Estoy absolutamente seguro de que usted lo sabe. Es más: estoy seguro de que fue idea suya.

Wadhawan pareció incómodo.

—Señor, mire... llevamos años haciéndolo así. ¿A quién perjudicamos arrojando los residuos al cráter? Nuestra colonia no llegará hasta allí ni siquiera dentro de cien años. ¿Para qué gastar dinero en eliminación espacial?

—¿Y dentro de doscientos años? ¿Dentro de quinientos? En la Tierra acumulamos basura pensando exactamente como usted. Arrojamos desperdicios a los océanos y los contaminamos. Nos comportamos como quisimos hasta llevar el planeta al borde de la destrucción. ¿Cuánto dinero cuesta ahora solucionar esos problemas todos los años? ¿Cuánto trabajo humano se desperdicia allí únicamente para deshacerse de la basura? ¿Queremos hacer lo mismo aquí?

Ira hizo una pausa e intentó dominar su enojo. Wadhawan se apresuró a llenar un vaso con el agua de una botella que había sobre el escritorio y se lo ofreció. Él lo rechazó con la mirada.

—Lleva un brazalete de Blueberry, pero solo para lucirlo. Yo también llevo uno. Sé que la piedra Blueberry es un símbolo del orgullo de nuestra colonia marciana. A usted Marte solo le interesa para obtener beneficios. No piensa en el futuro de este planeta.

—Para el futuro todavía falta mucho... ¡Ninguno de nosotros va a quedarse aquí para siempre! Usted mismo regresará a la Tierra dentro de cinco años. Y cuando llegue tendrá que buscar otro trabajo. Señor, podríamos arreglar las cosas para que no tenga que volver a trabajar jamás. Después de todo, el dinero que ahorramos con estos pequeños ajustes de la basura no tiene por qué quedarse únicamente en la compañía. También podríamos... ajustar ahí cualquier gasto que usted tenga.

Ira cerró los ojos durante un par de segundos. Una vez más, dominó la ira. Cuando acababa de ingresar en el servicio público y alguien le hacía una «oferta» semejante, se enfurecía y lo echaba de su oficina. Para entonces ya había aprendido una forma mejor de dar una lección a esa clase de personas.

—Wadhawan, en mis seis años de servicio muchas personas han intentado sobornarme. He iniciado los procedimientos legales correspondientes contra ellas. Tiene suerte de que todavía se lo diga con calma: tome esta notificación, presente una disculpa por escrito por haber intentado sobornarme y váyase.

—¡Soborno, señor! No lo vea así. Ha trabajado muchísimo durante todos estos años. Considérelo un paquete de jubilación. ¿Qué le parece?

Wadhawan volvió a sonreír con incomodidad.

—Muy bien. Ahora también presentaré cargos contra usted. Tanto el requerimiento como la citación judicial llegarán directamente al correo electrónico de la compañía. Puede retirarse.

Ira volvió la mirada hacia la pantalla y siguió leyendo el informe que tenía abierto. Sin embargo, observaba a Wadhawan por el rabillo del ojo. Él continuaba sentado, inmóvil como una estatua, sin decir una palabra. Esperó un momento. Después se volvió hacia él.

—Señor, ¿no me ha oído? Cuando digo que puede retirarse quiero decir que se vaya...

Wadhawan siguió sentado, con la mirada fija en el vacío.

—Oiga... ¿hola?

Ira chasqueó los dedos delante de los ojos del visitante. Nada. Era como si se hubiera convertido realmente en una estatua.

Presionó el botón de emergencia situado debajo del escritorio para llamar al guardia de seguridad, pero el botón no cedió. Parecía haberse quedado atascado. Ira empezó a sentir miedo. ¿Qué estaba pasando? Un hombre convertido en estatua... un botón inmóvil... Intentó encender la pantalla del teléfono. Tampoco funcionaba. Solo aparecía una superficie negra y vacía. Deslizó la pantalla de la computadora que tenía encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La pantalla no se movía. Solo seguía visible el informe que había abierto poco antes. ¿Acaso el tiempo se había congelado? No tenía idea de qué hacer.

Y, de pronto, la pantalla de la computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo. Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry también se estaba derritiendo...

¡Gritó!

—I... I...

Le llegó desde muy lejos una voz imprecisa. Miró a su alrededor. Una luz intensa comenzó a invadir su campo visual.

—Ira...

La voz resonaba. Entonces comprendió que estaban pronunciando su nombre.

La luz no desaparecía. Parecía brotar de las ventanas, de las lámparas de la habitación e incluso de las paredes. Deslumbrado, cerró los ojos.

—¡Ira!

La voz se oyó con claridad. Abrió los ojos y miró alrededor. Estaba en otra habitación. El lugar le resultaba familiar. Era como si ya lo hubiera visto en alguna parte. Se incorporó. Estaba acostado en uno de esos sillones-cama que utilizan los dentistas.

—¡Ira!

Se volvió rápidamente hacia la voz. Una mujer de mediana edad, con bata blanca y una tableta en la mano, estaba de pie a su lado. Oh. ¡Era la doctora Mitra! La misma doctora que había realizado el mapeo cerebral durante el examen de la MPSC.

—¿Cómo se siente ahora? —preguntó.

Y de pronto Ira lo recordó todo. Seguía en la misma habitación. La del examen de mapeo cerebral. Entonces, ¿había estado soñando todo aquel tiempo? Los acontecimientos del sueño regresaron vagamente a su memoria.

Marte... el trabajo... la oficina... Wadhawan... Miró de inmediato su muñeca. El brazalete de Blueberry no estaba allí.

—Me siento bien —respondió.

La doctora sacó del refrigerador un envase de batido de chocolate, le introdujo una pajita y se lo entregó.

—Tome. Para la serotonina y las endorfinas de su cerebro. Así no solo se sentirá bien, sino estupendamente.

Ira sonrió y bebió un largo trago. Sintió que su cabeza se despejaba un poco.

—Doctora, ¿ya terminó mi prueba de mapeo cerebral?

—¡Sí! Y muchísimas felicidades. Ha aprobado.

—¡Gracias!

Ira se alegró, aunque no se sorprendió. Después de todo, ya había experimentado en su sueño la sensación de aprobar aquella prueba.

—Ahora ya está seleccionado. En la recepción le entregarán su nombramiento. Vamos, lo acompaño. Yo también tengo que salir.

Ira se levantó del sillón y comenzó a caminar junto a la doctora.

—Doctora, durante el mapeo cerebral tuve un sueño muy extraño. Un sueño larguísimo. Me seleccionaban, conseguía el trabajo y ya llevaba seis años trabajando cuando...

—...durante esos años se le presentaron varias oportunidades de corrupción y las rechazó. También recibió presiones de sus superiores para hacer cosas indebidas y se negó. —La doctora sonreía.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Ira, entre sorprendido y fascinado.

—Porque no era un sueño. Era una simulación. Eso que llamamos prueba de mapeo cerebral es precisamente una simulación.

—¿Una simulación?

—Sí. Una simulación diseñada para evaluar la integridad moral. Muchos candidatos pueden superar una prueba de inteligencia o una prueba física. Pero ¿cómo se examina la ética? Para ser funcionario hay que tener principios. Y no podemos preparar un programa de estudios y hacer un examen sobre eso. Cualquiera podría memorizar las respuestas y aprobar. Por eso les presentamos a los candidatos casos prácticos. Casos reales, que pueden experimentarse, que pueden vivirse. Es decir, simulaciones.

»Después de anestesiarlo, le colocamos un casco con nodos. Esos nodos envían señales a su cerebro. ¿Qué significa ver el mundo, vivir experiencias? Nuestros órganos sensoriales envían señales eléctricas al cerebro. El programa de simulación le envía señales similares. Durante ese tiempo, las experiencias, los acontecimientos y el mundo que tiene ante usted le parecen completamente reales.

»A partir de sus experiencias y recuerdos anteriores, y de ciertos parámetros estándar que introducimos nosotros, el programa crea nuevas personas y situaciones. Usted empieza a vivir dentro de la simulación. Nuestro software observa las decisiones que toma allí, si actúa éticamente o no, y de eso surge el resultado del mapeo cerebral. Aunque a los candidatos les decimos simplemente que se trata de una especie de prueba con narcóticos. —Ira estaba atónito—. Muy pocos candidatos aprueban esta prueba, Ira. Combinamos el resultado de la entrevista con el de esta evaluación. Quienes no son seleccionados creen que quizá les fue mal en la entrevista o que dijeron alguna tontería bajo los efectos de la anestesia. Pero esta es la verdadera prueba.

—Pero, doctora, supongamos que salgo de aquí y les cuento a todos el secreto de la prueba de mapeo cerebral, que en realidad se trata de una simulación. Entonces los demás también podrían aprobarla, ¿no?

La doctora se echó a reír.

—Es inteligente, pero también un poco ingenuo. En primer lugar, nuestro software tiene la certeza de que usted no revelará el secreto. Al fin y al cabo, acabamos de comprobar precisamente la integridad de su carácter. Si hubiera reprobado, el programa habría borrado de sus células de memoria el recuerdo de la simulación.

»En segundo lugar, supongamos que se lo cuenta a los demás. ¿Cómo los ayudaría eso a aprobar? Usted les diría: “Pórtense bien en la simulación, no sean corruptos...”. Eso significaría que tendrían que comportarse bien todo el tiempo. Y si realmente fueran capaces de hacerlo, ¡magnífico!

—¿Por qué tendrían que comportarse bien todo el tiempo? Bastaría con comportarse bien mientras están en la simulación para aprobar.

—Porque nadie sabe nunca que está dentro de la simulación. ¿Cómo podrían distinguir si el mundo que están experimentando es real o simulado? Para asegurarse de aprobar, tendrían que comportarse bien siempre. ¿Usted sabía que estaba dentro de una simulación?

—¡No! —respondió Ira—. Todo parecía absolutamente real.

Ya habían llegado a la recepción. La doctora continuó lentamente, ahora con un tono misterioso.

—Y esta experiencia que está viviendo ahora, este mundo... ¿es real o es una simulación? ¿Puede saberlo?

Kshitij Desai es un escritor de ciencia ficción y otros géneros que reside en Thane, Maharastra, India. Publica relatos desde los 16 años. A los 17, ganó el segundo premio en un importante concurso de relatos cortos organizado por *Saptahik Sakal*, en el que participaron aproximadamente 1.000 escritores. Ha publicado las colecciones de relatos Sarvaat Jaast Surya Jaglela Maanus (El hombre que vivió más soles), 2019 y Sheetpetitun Jevha Jaag Yete (Despertar de una cápsula criogénica), 2025, que ha recibido cuatro premios a nivel estatal a la mejor colección de relatos, incluidos galardones de Apte Vachan Mandir (Ichalkaranji) y de la Marathwada Sahitya Parishad. También ha recibido el premio V. A. Rege a nivel de distrito, otorgado por la Marathi Granth Sangrahalaya de Thane.

 

 

UN PROYECTO LUCRATIVO

 Fernando Sorrentino

 

 

1. Fuera de la ley

Cuando me mudé, desde la Reina del Plata hasta la localidad suburbana de Martínez, observé que la mayor parte de las casas mostraban jardín o cochera al frente. Unos cuantos propietarios acostumbraban dejar —conectada a la canilla— la manguera con que regaban el jardín o lavaban el auto.

Circunscribiéndome al cuadrilátero comprendido por las calles Fleming, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini y Paraná, ejecuté un cálculo matemático cuyo resultado fue que, en esa área, habría —considerando el habitual margen de error de toda estadística seria— 10.920 mangueras.

Ahora bien: si consideramos que el precio promedio de una manguera de mediana calidad es, en la Argentina, el equivalente de treinta dólares estadounidenses (la inflación me veda formular el cálculo en moneda nacional), obtenemos como resultado que el conjunto de mangueras disponibles en esa zona de Martínez representa una cifra de 327.600 dólares.

Para una persona como yo, docente de literatura jubilado que siempre ha vivido de su escueto salario, los 327.600 dólares desencadenaron mi codicia.

Las mangueras eran muy vulnerables al hurto: bastaría introducirme en el jardín, practicar la desconexión entre manguera y grifo, y apoderarme así de esos futuros tesoros.

Pero no estaba dispuesto a destruir mi reputación de honestidad dándome a conocer, en el vecindario, como vulgar ladrón de mangueras. De modo que cierta noche me encasqueté una gorra cuadriculada que me tapaba hasta las cejas y cubrí mis ojos con un antifaz negro.

Así caracterizado, a la una de la madrugada de un lunes de junio inicié mi actividad de maleante. Debo acotar que, en las noches de invierno, encontrar un transeúnte en las semidesiertas calles de Martínez es casi tan difícil como hallar un bidet en los Estados Unidos. Tal soledad facilitaba mis planes.

Resulta bastante sencillo ingresar en los jardines: en algunas casas están separados de la acera por sólo un muro que no alcanza un metro de altura. En otras basta con empujar la puerta (muchas veces cerrada sin llave). En el caso más complejo es necesario trepar por las verjas, nunca demasiado elevadas (por otra parte, conservo, desde mi infancia, el hábito de escalar árboles o postes del alumbrado público, una suerte de módico alpinismo).

Salí esa noche, pues, a mi calle Juncal y empecé por apoderarme de la manguera de la casa que, a la derecha, es limítrofe con la mía. Continué en dirección a la calle Fray Luis Beltrán y, con la precaución de no incursionar en aquellas viviendas en que un abominable perro profiere el ladrido de alarma, recaudé siete mangueras más, que me colgué en el hombro izquierdo.

Di, en suma, la vuelta a la manzana (Juncal, Beltrán, Córdoba y Pringles) y volví a casa con treinta y dos mangueras, de calidad más o menos similar. Con el fin de no despertar suspicacias, también “robé” mi propia manguera. Las treinta y tres piezas de caza fueron alojadas en el altillo, ático, desván, mansarda o buhardilla de mi casa, habitáculo más conocido con el anglicismo de playroom, apocopado en play.

 

2. El altillo

Sea cual fuere su nombre, mi altillo es descomunal, pues abarca casi la total superficie cubierta de la casa. Como en invierno lo perforan las agujas del frío polar y en verano braman sobre él los fuegos del ecuador, ningún artefacto para aumentar o disminuir la temperatura surte el menor efecto en tan dilatada área. Por tal motivo, en la parte que da a la calle hice levantar una mampara que, llegando desde el suelo hasta el techo, convierte a este sector en una pequeña oficina fácil de caldear y de refrigerar.

En este paraíso dispongo de escritorio, computadora, impresora, escáner, libros, papeles, tijeras, útiles escolares, etcétera. En fin, todo lo necesario para realizar actividades que me agradan: por ejemplo, leer literatura y redactar verídicas historias que, más tarde, lectores descreídos y malintencionados consideran meros ejercicios de ficción.

El espacio que no es oficina triplica con creces el tamaño de aquélla. Allí tengo la biblioteca principal, varios muebles, heladera, microondas, elementos para preparar mate o café, y otros enseres de carácter práctico.

Y —no por dejarlo para el final, menos importante— en ese sector viven mis dos ancianos gatos: Bam Bam —macho siamés de diecisiete años— y Kitty —gata negra y huérfana que, hace dieciocho, recogí de la calle cuando aún conservaba el cordón umbilical—. A pesar de la larguísima convivencia, ambos felinos —castrados— nunca cultivaron amistad alguna y menos aún entablaron romance.

Este excurso geográfico-histórico-zoológico es indispensable para consignar que las treinta y tres mangueras fueron depositadas en la zona mayor donde viven los gatos y no en el rincón menor que destino a oficina.

 

3. Consecuencias y nuevas excursiones

A la mañana siguiente de mi primera piratería varios vecinos de la calle Juncal al 1300 comentaban en las veredas el masivo robo de sus mangueras. Yo, muy preocupado, me uní a esos coloquios, en los que, tras introducir hipótesis erróneas sobre la posible identidad del delincuente, me despedí agregando fuertes anatemas contra el ladronzuelo en cuestión.

Esa misma noche perpetré otra correría, eligiendo en este periplo una manzana relativamente distante, donde no habrían llegado noticias del latrocinio de la víspera: la comprendida por las calles Vélez Sarsfield, Beruti, Santiago del Estero y Necochea. Esta vez mi cosecha fue más rica: pude incautarme de treinta y cinco mangueras.

Merced a esta eficacia, al volver a casa ya acumulaba un total de sesenta y ocho mangueras. Algunas enroscadas, otras extendidas, ocupaban un espacio relativamente amplio en el habitáculo de los felinos.

Prefiero no abundar en detalles aritméticos (y, por lo tanto, aburridores). Baste decir que, un buen día, llegué a tener en el ático 4.937 mangueras. Me hallaba lejos, es cierto, del ideal aproximado de 10.920, pero ya me estaba acercando al cincuenta por ciento de esa cifra. Calculé que, en dinero, esas 4.937 mangueras equivalían a 148.110 dólares.

Entonces una brusca lucidez me hizo advertir que, en las labores de reunir esa cantidad de mangueras, yo había perdido por completo la noción del tiempo insumido. Sin duda excedía el que se computa en meses, pues alcancé a establecer que más de tres inviernos se habían sucedido.

Por otra parte, me hallaba bastante cansado. Las expediciones nocturnas me causaban un gravoso estrés, pues siempre se hallaba latente la posibilidad de ser identificado, arrestado y encarcelado, cuando no asesinado por algún vecino colérico. En consecuencia, decidí tomarme vacaciones sin límite fijo y durante ese lapso abstenerme de cometer delito alguno.

Así lo hice. Durante el día permanecía en mi oficina, leyendo o escribiendo, o, simplemente, entregado a la feliz conjunción de mate e Internet. Cada tanto, echaba una mirada panorámica sobre el conjunto de mis 4.937 mangueras y me sentía orgulloso de poseer, en potencia, un capital de 148.110 dólares.

 

4. Punto de inflexión

El hecho es que, de la noche a la mañana (literalmente), mi vida sufrió un trastorno serio.

Corría el verano, no sé si del año siguiente del siguiente, o del siguiente del siguiente del siguiente. Ese anochecer dejé, en el ático, todo en orden, para continuar con mis trabajos a la mañana siguiente, y me retiré pisando con cuidado entre el bosque de las casi cinco mil mangueras de goma que ocupaban la mayor parte de la superficie del altillo.

No sé si alguna vez dije que poseo el hábito de levantarme temprano. Cuando, a eso de las siete, emprendí el ascenso por la escalera, me sorprendió que ambos gatos me esperasen al pie de la misma, más exactamente donde una puertecita de madera y una cortina de plástico marcan el límite entre el primer piso de la casa y el comienzo de la escalera que conduce al ático. (Esa puertecita y esa cortina constituyen una frontera cuya función es impedir que dichos felinos invadan otros ámbitos de la vivienda.)

Por la razón que fuere, permanecen siempre arriba, pero esa mañana, como dije, los encontré al pie de la escalera, y su actitud me pareció extraña y temerosa. También yo me asusté un poco ante la posibilidad de alguna anomalía ignota: no olvidemos que, en las historias de terror, sótanos, áticos y escaleras de caracol son emblemas obligatorios.

Sin embargo, sobreponiéndome, aunque con pasos trémulos, subí la escalera (que no es de caracol) y, apenas me asomé al altillo, tuve que concretar una serie de acciones urgentes: bajar a toda velocidad, rescatar los gatos, cerrar la puertecita de madera, bajar la cortina de plástico y asegurarla con sus topes contra el piso.

 

5. Policía aristotélica

Tomé el teléfono y llamé al 911.

Al instante me respondió una voz femenina:

—Oficial subinspectora Marioni Ortibelli, Juana Eduarda. ¿En qué puedo ayudarlo?

Procurando no mostrarme nervioso, intenté explicarle:

—Tuve que rescatar los gatos que tenía en el altillo, estaban en peligro de muerte… En el altillo debe haber alrededor de cinco mil pterodáctilos hambrientos…

—¿Teros… qué?

“Ya sabía yo”, me dije, “que una simple oficial de policía nunca habría oído mencionar esa palabra”. Entonces, repetí, con lentitud y con cuidadas sílabas que la harían tomar conciencia de su ignorancia:

—Pte-ro-dác-ti-los.

—¿Pterodáctilos? ¿Qué son pterodáctilos?

Me dispuse a impartirle una lección de ciencias naturales:

—Son reptiles voladores que…

—Imposible, caballero —me interrumpió—: los reptiles no vuelan, sino que reptan, como su mismo nombre lo indica.

—Pero éste —aduje, a modo de argumento decisivo— es un reptil extinguido hace millones de años.

—Doblemente disparatado, señor mío. Si está extinguido, no sólo no puede volar; tampoco puede reptar. Y, si está extinguido, ¿cómo puede estar vivo?

—No tengo la menor idea.

—Evidentemente, mi estimado amigo, usted desconoce la Metafísica de Aristóteles, donde se expone el principio de no contradicción: “Nada”, dice el Estagirita, “puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Por ende, amable cofrade, no escapará a su elevado criterio que ningún ser puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.

Mi refutación resultó muy precaria:

—Eso lo entiendo perfectamente, pero lo cierto es que en el ático de mi casa hay casi cinco mil pterodáctilos que, en este mismo momento, están viviendo, reptando, volando, graznando, gritando y gruñendo, según me lo indican los horripilantes ruidos que ahora mismo taladran mis tímpanos.

Hubo unos instantes de silencio. Luego oí:

—Caballero —su tono era severo—: sé exactamente desde qué teléfono y desde qué domicilio está llamando, y puedo averiguar en seguida su nombre y su apellido. Aquí hay sólo dos posibilidades. Usted puede ser un payaso o un loco. En el primer caso, podríamos arrestarlo por gastar bromas a una repartición pública al servicio de la ley, el orden y la comunidad en su conjunto. En el segundo, tendríamos, por principios humanitarios, el deber de derivarlo a una clínica psiquiátrica o, de modo más drástico y digno de elogio, recluirlo directamente en un manicomio.

—Pero lejos de mi intención…

—Por favor, caballero, en aras de la salud de todos, de la moral y de las buenas costumbres, le ruego que pongamos punto final a este diálogo absurdo.

Asustado, contesté:

—Disculpe, gracias.

Y corté la comunicación.

 

6. Senderos que se bifurcan

Traté de reflexionar. “Esta oficial subinspectora”, razoné, “estará muy versada en cuestiones filosóficas, pero ignora por completo los arcanos de la zoología”. Al expresar esta última palabra, se me representó la solución.

Busqué el número en la guía y llamé al Jardín Zoológico, que, desde hace siglos, se encuentra frente a la plaza Italia.

Tras un solo llamado, oí:

“Gracias por comunicarse con el Jardín Zoológico de Buenos Aires. Si desea hablar con Administración, marque 071; si desea hablar con Enfermedades Infecciosas de las Aves Rapaces, marque 100; si desea solicitar turno para Visita Guiada, marque 421; si desea interiorizarse de las Conductas Sexuales de los Monotremas, marque 762; si desea…”.

Esperé pacientemente que terminara el mensaje de bienvenida, hasta que oí “O espere a ser atendido por la operadora”.

Y, en efecto, me atendió la operadora. Apenas expuse el problema que me aquejaba, me derivó a un interno, desde donde otra voz femenina dijo:

—Doctora Daisy Cubelli Crocodile: ¿en qué puedo ayudarlo?

Para mi alivio, no se asombró del sustantivo pterodáctilo ni interpuso ningún planteo filosófico, sino que me brindó el número del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires:

—Ahí sabrán cómo evacuar su consulta —agregó.

Le di las merecidas gracias y llamé al Museo:

—Ah —me dijo el recepcionista (en este caso, la voz de un varón joven)—, como se trata de un animal extinguido, le corresponde a la jurisdicción del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, cuyo teléfono es…

 

7. El doctor Boitus

Tomé nota de la información y llamé —larga distancia— a La Plata.

La operadora me derivó a la oficina de Plagas Urbanas y de ésta me pasaron a Plagas Urbanas de Vertebrados. Aquí me atendió un caballero que se presentó como el doctor Boitus; antes de permitirme pronunciar una sola palabra, me ordenó que describiera el motivo de mi llamado.

Así lo hice, con loable exactitud, aunque utilizando sinónimos ociosos al referirme al altillo de los pterodáctilos.

Tras una pausa de reflexión, me preguntó:

—¿Cuál es el hábitat donde usted desarrolla sus actividades vitales?

Como la estructura de la interrogación me pareció un poco barroca, quise pasarla en limpio:

—¿Usted me está preguntando dónde vivo?

En su respuesta hubo displicencia:

—Claro está.

Consideré inconducente este dato y, a manera de represalia, le contesté con vaguedad:

—Gran Buenos Aires, zona norte.

—O sea —especificó Boitus—, en algún punto preciso, o impreciso, de la región que las autoridades cartográficas denominan Cono Urbano Bonaerense.

Estimé esta segunda aclaración aún más innecesaria que la primera pregunta y contesté con un monosílabo:

—Sí.

—Por ende —dijo Boitus—, me veo en el deber de poner en su conocimiento que los seres irracionales que han elegido, a modo de hospedería, la superficie cubierta del espacio hogareño que usted denomina ya ático, ya altillo, ya play, no son ni pueden ser pterodáctilos.

El lenguaje alquitarado de Boitus me irritaba sobremanera:

—¿No son pterodáctilos…? —dije, para darle un final a la cuestión—. Y entonces, ¿qué son?

—Son ranforrincos.

—Bueno…, no sé… Me parecieron pterodáctilos…

—Es verdad que ambas especies pueden mostrar ciertas semejanzas morfológicas, de carácter sólo aparente, que, a una persona como usted, desprovisto del mínimo rigor científico y, tal vez, de inteligencia, puedan inducirlo a error. Le ruego que se subordine a mi sapiencia y acepte ser el anfitrión de un conjunto de ranforrincos, y no de pterodáctilos.

Estas informaciones me parecieron impartidas con autoridad, es cierto, pero lo que yo necesitaba saber era qué hacer con los ranforrincos, y así se lo manifesté al doctor Boitus.

—Ante todo —dijo—, será útil establecer el origen de la plaga… Trate de recordar: ¿usted subió algún neumático de automóvil al lugar invadido?

—¿Neumático…? No, creo que jamás en mi vida he tocado un neumático.

—¿Alguna cámara o cubierta de bicicleta…?

—No, no: imposible.

—¿Algún elemento que contenga goma o caucho…?

—Sí, he subido algunas mangueras de regar jardines…

—¡He ahí la clave! —afirmó Boitus—. Procuraré explicarle de manera sencilla, para que usted, dentro de su mentalidad limitada, pueda más o menos comprenderme.

—Adelante. Soy todo oídos.

—Los fragmentos de caucho, al hallarse en ámbitos cerrados, de gran amplitud térmica (frío y calor extremos), sufren una mutación, o más bien una regresión fitozoológica, que los traslada o, mejor dicho, los devuelve al período jurásico, hace ciento cuarenta y cinco millones de años, y los hace reencarnarse en lo que eran entonces: ranforrincos.

En este punto Boitus hizo silencio, con lo que pareció dar por terminado el asunto.

Temiendo cortase la comunicación y realmente alarmado, exclamé:

—¡Doctor Boitus! ¿Me oye…?

—Sí, sí, adelante… ¿Tiene alguna otra preguntita?

—Por favor, doctor Boitus, dígame: ¿qué debo hacer con los casi cinco mil ranforrincos…? —agregué un matiz de desesperación a mi súplica—. Ocupan todo mi ático, no me permiten el acceso a mi oficina, hacen barullo, graznan, sin duda producen toneladas de excrementos y hectolitros de orina, y tal vez kilos y kilos de vómitos…

—Tranquilícese —me aleccionó— y no sea tan ridículo ni tan tremendista. Para todo hay solución, salvo para la muerte. ¿De acuerdo…?

—De acuerdo.

—Entonces le explicaré, y le ruego preste atención, porque no me agradan los discípulos cortos de entendederas ni tampoco tolero verme obligado a repetir conceptos en extremo sencillos.

No supe qué responder.

—Tras esta regresión al período jurásico, los ranforrincos empiezan a languidecer y a sentir un hambre intensa. Son animales exclusivamente carnívoros y, sin duda, habrían terminado por asesinar y devorar a sus dos gatos, por lo que cabe celebrar su decisión de rescatarlos. Sin embargo, los ranforrincos no practican el canibalismo, y entonces, deprimidos y angustiados, comienza en ellos una etapa que podríamos denominar de inapetencia primero, de adelgazamiento más tarde y de raquitismo finalmente, proceso que, tras un lapso de treinta a cuarenta y cinco días, culmina en el retorno de los animales a su esencial estado de caucho. Una vez que los ranforrincos alcanzan este avatar, empiezan también a recuperar su anterior, o posterior, esencia de manguera de jardín. De modo que usted sólo deberá esperar a lo sumo cuarenta y cinco días, y volverá a hallar en perfecto orden sus casi cinco mil mangueras. ¿Me expliqué con claridad y eficacia didáctica…?

—Perfectamente, doctor Boitus, muchas gracias. Pondré en práctica su consejo.

—No sólo es lo mejor que puede hacer —repuso Boitus—. También es lo único.

 

8. Situación actual

Y así lo hice. Seguí al pie de la letra las recomendaciones del doctor Boitus y, en efecto, en el plazo pronosticado de un mes y medio volví a tener mis casi cinco mil mangueras.

Entonces puse, en la verja de mi casa, el siguiente cartel:

 

Vendo mangueras de jardín, a sólo 20 dólares la unidad

 

Pero transcurren los días y aún no he logrado vender ni siquiera una. El ser humano suele solazarse en la calumnia, y no faltarán quienes me tilden de ladrón de mangueras, y por tal motivo no quieran tener el menor contacto conmigo.

En fin, ahí están los cinco millares de mangueras. No veo otra solución que arrojarlas, lo más pronto posible, a un contenedor municipal. Antes de que vuelvan a transformarse en ranforrincos.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

 

LA ZAREVNA