Sergiy Paltsun
Hace calor. El
amplificador mental se recalienta a cada momento y amenaza con hacerme hervir
el cerebro. Tengo que sumergirlo en el agua. Y sumergirme yo también. Pero
mientras nos refrescamos, el objetivo puede escaparse y salir de mi radio de
alcance. Y entonces habrá sido inútil que durante tantos días les haya sugerido
a todas las muchachas que venían a recoger bayas que en estos parajes se oculta
algo muy valioso y nunca visto. Por supuesto, ya conseguí material para la
transformación: una de las recolectoras, al verme, no se limitó a gritar y
salir corriendo como las demás, sino que... En fin, podemos prescindir de los
detalles fisiológicos. De todos modos, el material no sirve de mucho: en la
sociedad local impera el patriarcado y...
¡Oh! ¡Ahí está el objetivo! ¡Por
fin apareció el cazadorcito! Y está claro que no es un cualquiera: lleva
anillos en los dedos, un caftán bordado, botas de tafilete y camisa de seda.
Además, según los cánones locales, su fenotipo es sencillamente perfecto: alto,
esbelto, de hombros anchos, rubio y de ojos azules. ¡Menuda pieza! Tú eres
precisamente el que necesito, querido. Me acomodo el amplificador mental en la
cabeza y, abrazada a la flecha, intensifico la llamada.
El rubito se vuelve, ve las plumas
de la flecha y después a mí... Me quedo inmóvil. Solo faltaría que él también
huyera. Pero no: el campo mental del objetivo adquiere los colores de la
curiosidad y él, con cautela para no asustarme –¡asustarme a mí, ja, ja!–, se
dirige hacia donde estoy, se inclina procurando no proyectar su sombra... ¡Y de
repente me agarra por la espalda!
¡Ufff! ¡No se puede hacer algo así
tan bruscamente! Por poco hago el mismo papelón que aquella muchacha. Por
cierto, ¿dónde aprendió a ocultar así sus intenciones? ¿Será posible que los
machos de aquí sean capaces de manipular emisiones mentales? En fin, ya pensaré
en eso mañana, porque hoy me están envolviendo en un trapo y llevándome a
alguna parte. Parece que la selección de material queda aplazada por tiempo
indefinido...
Desenvuelven el
trapo y descubro que estoy sobre una mesa. Después de recobrar el aliento –¡menos
mal que al rubito se le ocurrió mojar el trapo!–, miro alrededor y descubro que
alguien me observa atentamente; a juzgar por su campo mental, es un macho alfa.
¡Demonios, ¿qué lleva en la cabeza?! ¿Será un amplificador mental? ¡Vaya
sorpresa! Miro con más atención: no, gracias a Dios, es un simple adorno
metálico.
Mientras tanto, el rubito informa:
—Y fui, padre, como me ordenaste, a
la fiesta. Y en la fiesta las muchachas decían que en nuestro pantano había
aparecido una maravilla nunca vista. Entonces decidí, padre, ir en busca de esa
maravilla. Llegué al pantano, preparé la flecha, cerré los ojos, giré tres
veces sobre mí mismo y sentí como si alguien me llamara. Disparé en aquella
dirección y fui a buscar la flecha. Y entonces vi que sobre un montículo había
una rana de tamaño extraordinario, de estirpe real, con una corona de oro. Así
que atrapé esta rareza y la traje a casa para divertirte, padre, y ganarme algo
de gloria.
—¡Ya me has divertido, Iván!
—responde el alfa con sarcasmo—. ¡Vaya si me has divertido! Te mandé a la
fiesta para que buscaras muchachas bonitas, no para que anduvieras por los
pantanos buscando sapos. Ahora bésate con tu sapo.
—¡Como ordenes, padre! —Y entonces
el rubito vuelve a agarrarme y me acerca a su boca.
¡Puaj, me ha llenado de baba, el
imbécil! Pero ahora tengo material de sobra. Y ya no hay nada que me retenga
aquí. Salvo la mano del hijito. Me sacudo, intento liberarme, pero la mano solo
me aprieta con más fuerza.
—Eres un tonto, Iván, aunque seas
un zarévich —suspira el alfa con pesar—. Ahora te saldrán verrugas por toda la
cara. ¡Tira ese sapo inmediatamente! O mejor llévalo a la cocina. El invitado
galo se quejó ayer durante el banquete de que aquí no servimos ancas de rana.
Que las preparen para esta noche y veremos cómo se las come. ¡Eso sí que será
divertido!
No tengo el menor deseo de acabar
en la cocina. Parece que tendré que iniciar la transformación aquí y ahora.
Solo que, si adopto la forma de un macho, dadas las costumbres locales me
buscaré un montón de problemas, incluido un posible desenlace fatal. Tendré que
volver a la opción inicial. Lo cual quizá sea mejor, porque resulta más
natural... Y en cuanto al patriarcado... Bueno, ya se me ocurrirá algo. Inicio
el proceso de combinación del material genético de la muchacha asustadiza y el
estúpido zarévich, pongo a máxima potencia el campo mental desorientador...
¡Allá vamos!
¡Ufff!... Por fin.
Desconecto el campo y examino rápidamente mi nuevo cuerpo. Parece que ha
funcionado. Y, a juzgar por las vetas de interés fisiológico que aparecen en
los campos mentales del padre y del hijo incluso en medio de su absoluto
estupor, ha funcionado bastante bien. Tan bien que el patriarcado parece haber
dejado de ser un obstáculo insuperable.
—Eres tonto, Vania, muy tonto, pero
para estas cosas no tienes un pelo de tonto... —consigue decir por fin el
padre.
Y el rubito, de pronto, cae de
rodillas ante mí y me pide que me case con él.
Vaya... No esperaba que las cosas
fueran tan deprisa. Pero no importa. Por lo que entendí de los pensamientos de
las muchachas que encontré en el pantano, todavía faltan un par de meses para
la temporada local de bodas. Durante ese tiempo pueden ocurrir muchas cosas. Y
necesito tener la posibilidad de aprovecharlas al máximo. Así que, antes de que
empiecen las preguntas, acepto.
Ser la prometida de
un zarévich resulta muy ventajoso desde el punto de vista de la información.
Llegan visitantes de los lugares más diversos para contemplar a la muchacha
prodigiosa y todos se apresuran a compartir las últimas noticias. Al parecer,
el paso y el accidente de nuestra nave no han pasado inadvertidos, pero nada se
sabe de los demás tripulantes que sobrevivieron. Aunque difícilmente tendrán
prisa por darse a conocer entre los aborígenes: por algún motivo, los sapos
parlantes no gozan aquí de demasiada popularidad. Además, mis compañeros
podrían haber transformado sus cuerpos igual que yo… aunque «igual que yo» es
mucho decir: en el arte de la transformación, nadie de la tripulación se
acercaba siquiera a mi nivel.
Entonces empiezan a llegarme
rumores de que, al otro lado de un río lejano, precisamente donde debía haber
caído la nave, ha aparecido un malvado hechicero llamado Koschéi. Por las
descripciones, ese Koschéi se parece sobre todo a un esqueleto viviente, pero
lo importante no es la forma del cuerpo, que puede cambiarse con facilidad,
sino que haya aparecido recientemente y resulte completamente ajeno a este
mundo.
Le insinúo a mi prometido que me
gustaría ir a ver al extraño hechicero. El rubito echa mano inmediatamente de
la espada y dice que no puede exponer a su adorada –y en eso tiene razón: la
transformación no solo salió bien, sino extraordinariamente bien; la mayoría de
los machos locales pierden los últimos vestigios de inteligencia cuando me ven–,
en fin, que no puede exponer a su adorada a semejante peligro. Por lo tanto,
irá él mismo a buscar a Koschéi y me lo traerá en una jaula de hierro. ¡Sí,
claro que lo traerá! Si ese Koschéi es uno de los nuestros, no volveré a ver a
mi prometido; y si es un nativo, ¿para qué demonios lo quiero, incluso con
jaula y todo? Apenas consigo disuadirlo, diciéndole que no pienso dejarlo ir a
ninguna parte porque sufriría una tristeza indescriptible. Me cree. Dice que,
si tanto lo deseo, enviará embajadores a Koschéi con regalos y una invitación
para la boda. En verdad, el patriarcado en manos expertas...
Y entonces, un día
antes de la boda, recibo inesperadamente un mentograma. De Koschéi. Dice que ha
recibido el mensaje y espera nuevas instrucciones. Atentamente, robot de
reparaciones KSH-11. Resulta que consiguió salir de los restos de la nave,
autorrepararse y establecer comunicación con el cerebro de a bordo. No se sabe
dónde está el cerebro, pero responde a las comunicaciones y, si le doy la orden
correspondiente, KSH-11 intentará localizarlo. Le ordeno que por el momento
permanezca donde está y empiezo a pensar. ¿Escapar hoy mismo, encontrar el
cerebro y comenzar, con ayuda de Koschéi –lo llamaré por el nombre local para
no delatarme por accidente–, a reconstruir la nave o al menos la baliza de
emergencia? ¿O esperar a la boda, convertirme oficialmente en zarevna y
aprovechar entonces mis nuevas posibilidades?
Decido optar por la segunda
alternativa. Además, mi cuerpo parece inclinarse también por ella. Por lo
visto, tiene su propio interés particular en el rubito. Aunque yo tampoco tengo
nada en contra del sexo exótico.
Sin embargo, nunca llegamos al
sexo. Aguanto sentada todo el banquete nupcial, nos conducen a mi esposo y a mí
a la alcoba, y entonces ese idiota agarra el cofrecillo donde guardo mi
material genético original y el amplificador mental y lo arroja al fuego.
«Ahora eres mi esposa —dice—, y que tu pasado de sapo arda entre las llamas».
Me quedo petrificada, viendo cómo mis posibilidades de recuperar mi forma
original y comunicarme con Koschéi se van literalmente por la chimenea,
mientras el rubito sonríe como un bobo y me tiende las manos. Según él, hemos
acabado con el pasado y ha llegado la hora de ocuparnos del futuro.
Siento que voy a perder el
conocimiento y empiezo a desplomarme lentamente cuando, de pronto, se abre un
portal en plena alcoba y Koschéi sale de él. Al desaparecer la señal del
amplificador mental, el fiel robot comprendió que algo iba mal y acudió a rescatarme.
Arroja a un lado a mi esposo, me recoge y vuelve conmigo a través del portal.
Me costó mucho
acostumbrarme a no percibir los campos mentales. Una se siente como si
estuviera desnuda en medio de una plaza. Koschéi se ofreció a ir en busca del
cerebro de la nave; quizá este pudiera encontrar alguna solución, pero yo no
tenía fuerzas para dejarlo marchar. Tampoco tenía fuerzas para ir con él.
Esperaba algo. Y finalmente llegó...
Una mañana despierto y Koschéi está
tendido, inmóvil. Lloro por él y por mi amargo destino, me entrego a un ataque
de histeria y empiezo a preguntarme cómo voy a seguir viviendo. Pero resulta
que mi destino no solo me preocupa a mí: un par de días después aparece mi
prometido. Pone un pie sobre el pobre Koschéi.
—He acabado con el villano —dice—.
Te he salvado, luz de mis ojos. Es hora de regresar a casa.
¿Qué podía hacer? Regresamos. Por
el camino me cuenta cómo me buscó, cómo conoció a una vieja bruja llamada Yaga
y cómo esta le reveló dónde colgaba de un roble el cofre de hierro que contenía
la muerte de Koschéi. Entonces tengo una revelación.
—¿No se llamaría la bruja Dzhíagga?
—pregunto.
¡Maldita advenediza! Siempre me
tuvo envidia y me fastidió cada vez que pudo. Incluso ahora, cuando al parecer
solo quedamos nosotras dos en todo el planeta...
—¡Exactamente! Así se llamaba.
¿Cómo lo sabes? —se sorprende mi prometido.
—Porque ella fue quien ayudó a
Koschéi a secuestrarme —le informo con maliciosa satisfacción—. Y después
debieron de pelearse por algo.
—¡Qué víbora traicionera! —se
indigna mi esposo—. Primero lo ayudó a secuestrarte y después me dio de comer,
de beber... en fin, me acostó a dormir, me indicó el camino y me dio consejos.
¡Le cortaré la cabeza!
—No le cortes la cabeza, querido.
Su sangre está hechizada: donde caiga una sola gota, crecerá una bruja nueva
—le pido con dulzura—. Mejor atúrdela de un garrotazo y échala al horno.
—¡Ni siquiera voy a aturdirla! ¡La
arrojaré directamente al horno!
En resumen, para
cuando llegamos a casa había enardecido de tal modo a mi héroe que ni siquiera
se bajó del caballo. Dio media vuelta y partió al galope para arrojar a
Dzhíagga al horno.
Mientras tanto, unos griegos
viajeros se hospedaban en casa de su padre. ¡Qué gente aduladora! A mi esposo,
que hasta ese momento no había conseguido otra cosa que provocar un
cortocircuito en el cerebro de la nave, haciendo que este ordenara a Koschéi autodestruirse,
lo llamaban Nicolás. El vencedor de pueblos, nada menos. A mí al principio me
llamaban Vasilisa, es decir, esposa del soberano, y después, cuando me
observaron mejor y tomaron confianza, Helena, en honor de mi extraordinaria y
deslumbrante belleza.
Pero, además de palabras
aduladoras, los huéspedes me hablaron de una manzana de oro caída del cielo que
estaba en poder del hijo del gobernante de la ciudad de Troya. ¡Y resulta que
la baliza de emergencia, por su forma, su color y su tamaño, se parece muchísimo
a una manzana!
Convencer al jefe de los griegos
para que me lleve con ellos no resulta nada difícil. Más complicado será llegar
a un acuerdo con el dueño de la manzana: dicen que es un consentido y que tiene
mucho éxito con las mujeres.
Pero creo que también podré
resolver ese problema.


