domingo, 26 de abril de 2026

LAS OMAJE DE LA MONTAÑA

Milan Pešić

 

Fue en aquellos tiempos remotos, cuando la gente que habitaba al pie de la montaña era impura, y la misericordia de Cristo, las restricciones y los temores modernos aún no los habían transformado de crudas bestias en un supuesto “hombre mejor”. Aunque entregados a un conocimiento mudo ya habían aprendido bastante y, como especie, sabían muchas cosas: manejaban con destreza las manos y poseían una comprensión básica del tiempo y la naturaleza; sin embargo, no pensaban demasiado en sí mismos o, como se diría, carecían de una verdadera autoconciencia. Así eran las cosas entonces.

 

El sol tardío de la primavera iluminaba los parajes desnudos. Una joven de largos cabellos, vestida con un tejido de lana de color marrón oscuro, estaba sentada entre los delicados tallos de levístico y arrancaba briznas de tomillo fragante. Cuidaba a unas pocas cabras suyas que, vagando por la empinada pradera, mordisqueaban la hierba. Era demasiado joven para cambiar de hogar, lo que en aquel tiempo significaba casarse. Hija única de su madre, que después de ella no había logrado concebir de nuevo, crecía y florecía sola, sirviendo a sus padres, cada vez más dependientes de su ayuda y de su capacidad para realizar todas las tareas. Por todo ello, aún no la habían ofrecido.

Dos hordas extranjeras, en realidad grupos familiares, se habían asentado a unos pocos kilómetros de distancia, cada una por su lado. Mientras contemplaba la vasta extensión verde ante sí, la muchacha sentía su presencia en la piel. Desde el lado izquierdo de su mirada, una comunidad tranquila, aunque silenciosa y extraña, vivía en una casa de piedra, cubierta con ramas y delgadas varas sujetas con mica. A ellos acudían constantemente viajeros, para que los anfitriones los sanaran con terrones calentados y cantos rodados, con hielo de las depresiones del terreno y ungüentos preparados con esencias vegetales y reptiles secos. Los visitantes, enfermos y abatidos, pagaban generosamente, traían ofrendas: carne seca, pescado y telas, y a veces también minerales valiosos, pulidos a mano y modelados mediante el raspado contra materiales aún más duros. Se decía que poseían muchas de esas piedras preciosas. Recientemente, el jefe de ese clan le había regalado un collar hecho con cuentas de piedras coloreadas y fragmentos de conchas marinas. Querían llevársela ya el primer invierno, para que diera hijos a uno de los hijos del jefe de la casa, a lo cual ella estaba dispuesta a acceder. Sus padres no lo sabían.

Hacia el flanco derecho de su mirada, más abajo en la ladera, donde había pastizales más suaves, dominaba y arrasaba una manada de recién llegados, bajos y deformes, que solían aparecer y arrebatar la presa de otros, un ciervo o un cerdo peludo, para llevársela a su ruidoso refugio, en los múltiples túneles de una cueva ensanchada. No le agradaban, y sabía que también ellos la deseaban para sí.

La muchacha giraba la mano, admirando el colorido del collar, apaciguada por el profundo sentido de su futuro papel como madre, cuando por el rabillo del ojo percibió cómo unas figuras torpes avanzaban hacia ella. Dos hombres con gorros de piel ascendían por la pendiente. Sus ropas de cuero se tensaban sobre sus músculos. La habían visto.

El vello de su cuerpo se erizó, y algo se movió en su estómago, hundiéndose en lo profundo: una sensación similar a la que se experimenta al encontrarse de repente con lobos o con un oso pardo mientras se recogen bayas pequeñas y ácidas. Ocurrió exactamente eso: se activó la señal que advertía del peligro. Saltó instintivamente y corrió cuesta arriba, hacia el pequeño bosque más cercano.

Los perseguidores echaron a correr, y le pareció que avanzaban a saltos. Durante más de una hora retrocedió como una gamuza, acercándose al paso entre los picos. Bebió agua de un charco y se dirigió hacia el acantilado más cercano. Las nubes en el cielo se agruparon en una masa amplia y oscura. Tocó con anhelo las piedras de colores, que, al absorber el apagado resplandor del sol oculto, adquirían tonalidades sombrías.

Los jorobados estaban ya muy cerca, y ella, sin tener a dónde ir, se arrojó al abismo. La sangre inocente se derramó, y los huesos se dispersaron en la sombra de la garganta, aún llena de nieve.

La noche descendía, y los hombres regresaron a casa sin presa, deseando refugiarse cuanto antes de la lluvia que comenzaba a caer con fuerza sobre los picos azulados. Un rayo golpeó la Roca del Halcón, y luego el agua empezó a correr en arroyos, entre las hendiduras de las rocas, por antiguos caminos y a través de barrancos que había excavado hacía mucho tiempo. Los restos de la joven se hundieron en las grietas de la porosa caliza gris, y su alma se durmió en lo profundo de la montaña.

Pasaron los siglos y la doncella cayó en el olvido, y las piedras y conchas fueron trituradas por los embates del viento, que las pulía contra las rocas hasta convertirlas en polvo.

La nieve del sumidero se había derretido por completo, dejando un hueco del que emanaban vapores sofocantes. A ese lugar lo llamaron la Boca del Diablo. Se difundió entonces la creencia de que el abismo era un sitio sagrado, y las doncellas comenzaron a visitarlo en busca de fertilidad por parte de los espíritus, lo que implicaba perder allí la virginidad como parte de un ritual.

Y entonces ocurrió, de algún modo por sí solo, que extrañas razones y leyes inusuales de la naturaleza propiciaron el encuentro de dimensiones. Atraída por la fuerza vital que allí se iniciaba, la joven bajo la montaña despertó. La energía de tales sacrificios la alimentaba y la mantenía despierta. Pronto se volvió insolente y eternamente hambrienta, acechando día y noche en la entrada al mundo subterráneo. Más tarde se fortaleció. Ahora tomaba y esclavizaba almas femeninas enteras para que le hicieran compañía en la oscuridad del vientre de la montaña.

Los tiempos se sucedieron, pasando como nuevas fases que borran a las anteriores, y las Omaje, así fueron llamadas, se apaciguaron en sus guaridas. De vez en cuando, por la noche, embrujaban a algún pastor extraviado y ebrio, seduciéndolo bajo la apariencia de mujeres que ya no eran. Lo guiaban hacia senderos escarpados, donde caía al vacío y moría, y luego lo devoraban como auténticas bestias hambrientas y sedientas de carne y sangre.

Y entonces comenzaron a extinguirse, como todo lo que envejece y no puede durar para siempre; perdían gradualmente su vida inorgánica y se hundían cada vez más en las profundidades del planeta. Así tenía que ser, porque incluso cuando alguien llegaba a verlas, no creía en ellas. Las viejas formas se pierden irremediablemente.

Hasta hace uno o dos años, cuando un nuevo alimento las atrajo con su olor. Resucitaron del folclore, porque hoy, en el escenario del planeta, se desarrolla un verdadero festín para ellas y para criaturas semejantes del pasado. En la montaña tiene lugar una explosión de muertes, y el Señor –o, más precisamente, el dador de vida y supremo devorador– absorbe todas las almas en sí mismo. Bueno, puede decirse que casi todas. Algo queda también para esas damas demoníacas, para que se alimenten como chacales tras los lobos, o hienas después de los leones.

Así que hoy están despiertas de nuevo, más fuertes que nunca. Han asomado sus cabezas desde los túneles oscuros de la Suva Planina y esperan, cerca de la chimenea que no deja de contaminar el aire con su nube de carbón.

Milan Pešić, nacido en 1977 en Niš, Serbia, vive en Jelasnica tras residir dos años en Renania del Norte-Westfalia (Alemania). Novelas publicadas: Diario de un guerrero contra el coronavirus (drama) y Tanatofobia (realismo mágico). Tiene dos novelas inéditas: El reino de la serpiente de tierra y La mina (realismo mágico). Relatos publicados: “Clínica de la Selva Negra” y “Cosecha de polímeros”.

 

LA ABUELA ZAITUNA

Maisalun Hadi

 


Con la aritmética del sol y la luna da comienzo la habitual escena diaria en este hospital desde el instante que entramos en él. En cuanto a la expectación de los pasillos y las puertas, para ese no hay principio ni fin: todo final viene detrás de un principio, y el ajetreo no se detiene nunca. El guarda, en paz descanse, solía sentarse en un sofá, siempre el mismo sofá, colocado cerca de la puerta del hospital que daba al exterior. Con el tiempo descubrí que la mayoría de los funcionarios y sanitarios seguían sentándose en el mismo lugar tanto en las salas de espera como en las habitaciones de contabilidad o administración, a excepción de la abuela Zaituna, la comadrona, que se pasaba la mañana vagando entre las pacientes, y ni una sola vez de las que volví, antes o después del parto, la encontré sentada.

Mis ojos no daban crédito cuando la vi bajando las escaleras. Era como si la viera moverse con el mismo aspecto que hace veinticinco años… Quien la observara de lejos diría que era mucho más joven, aunque había perdido peso. Llevaba en la mano una colcha blanca. Su rostro radiante me hizo recordar aquellos chascarrillos vivaces con los que se mofaba de los gritos de las mujeres durante el parto. A veces usaba constantemente esas palabras obscenas contra aquella que exageraba los gritos de histeria, o cubría al marido de insultos en el momento del parto y le preguntaba sarcástica si le había dedicado un insulto al susodicho o si se había echado a llorar con las mismas lágrimas cuando se revolcaba con él en la cama.

Mi hija Hala subía las escaleras despacio cuando nos encontramos con la abuela Zaituna, en cuyas manos di a luz a mi hija… Salía de la sala de enfermeras, con un chaleco blanco y unos zuecos del mismo color, y una expresión de alegría agradable en su rostro. Tras ella salió a continuación otra enfermera y se unió al grupo de compañeras que corrían detrás de la doctora hacia la sala de obstetricia. Llevaba una muñeca color tierra y dijo que estaría caminando por el pasillo del hospital hasta que llegara a la salida. Alguien se la había olvidado en la sala que acababa de quedar vacía… El pasillo seguía tal cual desde hace muchos años… Las madres debían caminar y llevar a remolque a sus hijos para ponerles las vacunas, o a sus hijas embarazadas que estaban a punto de parir… y las piernas andaban en fila india entre dos paredes largas revestidas con un esmalte brillante y sobre un suelo de azulejos negros adornado con algunos garabatos.

Le pedí a mi hija que caminara un poco entre las sillas y el pasillo, pues es bueno moverse antes del parto. A ratos arrastraba un suspiro profundo o miraba desde el pasamanos de la escalera a los hombres y mujeres que no paraban de subir y bajar. Poco después volvió la abuela Zaituna, sin la muñeca ya, y nos indicó que esperáramos en la silla mientras le preparaban a mi hija una habitación individual en la sala del paritorio, contigua a la escalera decorada con imágenes de niños a los que se les cepillaban los dientes o los vacunaban. Hala se cansó de andar y se paró un momento delante de la sala de enfermeras. Se miró al espejo para comprobar cómo llevaba el pelo y atusarlo un poco. Tendió la mano hacia el espejo como si tocara el universo entero en su retrato. Sus ojos se encontraron con los míos en ese espejo que estaba colgado en la habitación. Le sonreí, como si me viera a mí misma hace veinticinco años.

—Me he cansado de andar, mamá.

—Ven, siéntate, cariño, en las sillas de la sala de espera. Aquel lugar es mejor.

   Mi hija siguió mirándome a través del espejo colgado en la sala de enfermeras… Ella hablaba y yo me veía a mí misma… Naturalmente, eso no era posible, pero lo que yo veía no era muy distinto de la realidad… Solo me provocó extrañeza mi imagen antigua que reapareció ante mí tan pronto como olí el aroma del té con la pintura y el desinfectante Dettol, junto al resto de olores del hospital… Mi hija parecía pálida y apagada por culpa del dolor… Yo también sufrí como ella aquella lejana mañana que la tuve.

Le pregunté:

—¿No has dormido un poco?

—No —dijo—, los dolores de parto empezaron cuando me estaba quedando dormida.

Los dolores del parto siempre empiezan por la noche… o continúan hasta la noche si empiezan durante el día… Y ella, exactamente igual que yo, estaba revisando los cuadernos cuando empezaron… Mi amor… La pobre, la noche en vela hasta las dos de la madrugada por revisar las libretas del examen, y sin gozar ni siquiera de una hora de sueño que le diera fuerzas para una mañana tan difícil como ésta... Quise suavizar el ambiente, tomarle el pelo con el asunto del nuevo prometido que se había acercado a su hermana por tercera vez, pero me prohibió hablar cuando los dolores, insoportables ya, le hicieron perder la paciencia definitivamente.

—Mamá, ¿cuándo voy a ir al paritorio?

—La doctora dijo que esperáramos aquí… Suelen entender que la mujer está para dar a luz solo cuando entre los dolores pasan cinco minutos.

—No puedo esperar más. Me estoy muriendo.

—Por Dios, cielo, voy a llamar a la enfermera para que te pase dentro.

Un grupo de enfermeras volvía entonces a lo lejos y nos dijeron que nos acercáramos a la habitación lateral del paritorio… Entramos allí por duplicado…Yo y otra después de un cuarto de siglo… La primera era la segunda… La segunda era la primera… En aquella sala lateral no había cambiado nada salvo el reloj de pared… Recuerdo que lo miraba durante el parto cada cinco minutos, y lo veía quieto, sin moverse.

—Ven, cariño… Súbete a la cama.

—El dolor es inaguantable… Se me va el alma…

Nadie del grupo de las enfermeras le respondió, ocupadas todas ellas en examinar las dilataciones, algo que medían con los dedos, nada de centímetros. Según crecía la dilatación, la situación se hacía más apremiante y los gritos se volvían más enérgicos. Gritó otra vez:

—¿Dónde está la doctora? —Nadie le respondió… Gritó—: ¡Méteme en la sala, mamá!

Solté mis palabras bromeando con la intención de calmarla.

—La sala grande es para salir no para entrar.

Mi hija me sonrió, a pesar del dolor, y cerró los ojos. Sus pequeños dientes se parecían a los dientes de leche de un niño. Cuando la tuve, chorreaba en sudor y no sentí algo de alivio hasta que se abrió la puerta de la sala grande al aire frío de la mañana: se movieron los flecos de la colcha de la cama y ondeó la cortina en la ventana. Mi cuerpo se sintió aliviado, el cual exageré en perfumar con el miedo de mi exceso de transpiración durante el parto… Desaparecí del mundo por un instante debido al intenso dolor y al despertar, la encontré en mi regazo… ¡Y ahí estaba! Otra brisa que pasaba de la puerta hacia la ventana, y el reloj parado… y una tras otra fluían las mujeres de la habitación lateral a la gran sala del paritorio. No quedaba más que Hala. Tenía el pelo empapado en sudor y aplastado contra a la frente y las sienes… Ni andaba ni soñaba… y cuando estaba todos presentes, y las bocas incansables de discutir alrededor del mostrador, sus ojos se hallaban al otro lado de la ventana, alegre con la lluvia que caía sobre todos los árboles del jardín… feliz…buscaba en un instante cualquier cosa, otros, simplemente esperaba…

   Se me caían las lágrimas cada vez que Hala me retorcía la mano con los dolores. Sus uñas se quedaban enganchadas con fuerza a mi mano hasta que pasaba la crisis, luego volvían las dolorosas contracciones y se mordía el labio inferior gimiendo… Era su primer parto, y el alma prácticamente se despegaba del cuerpo con cada pico de dolor que extirpaba el feto de sus entrañas… Pero mi hija no grita como el resto de las embarazadas, solo llora y prolonga su gemido con una voz asfixiada. Cada vez que se acerca una contracción, yo lo percibo por la presión de sus uñas afiladas sobra la palma de mi mano… y a su alrededor aparecen muchas manos y piernas que hacen retumbar el suelo… Comenzó el alboroto al abrirse las puertas, los pasos y el aguacero de los grifos crecía y se extendía. Supe que pronto llevarían a mi hija a la gran sala, lo que significaba que iba a dar a luz enseguida. Mis lágrimas empezaron a caer como la lluvia… La abuela Zaituna fue amable conmigo, después de impedirme que pasara con ella a la sala de partos.

—Venga, ya basta de tanto lloro —me dijo—. Ven y descansa un poco en los asientos de fuera. No temas por ella. Estaré pendiente.

Recuerdo que la abuela Zaituna olió a mi hija Hala, después de lavarla y entregármela, diciendo que le gustaba cómo olían los recién nacidos. El nacimiento es un final, no un principio, y nada más salir mi hija de mis entrañas al mundo, cesaron todas las molestias del parto, y el tormento se tornó un alivio profundo, absolutamente incomparable a cualquier otro. Todo terminó, y dormí profundamente. Al despertar, tenía a Hala sobre mí y sus delicados dedos se movían, y se espantaban del aire, como tentáculos de pequeñas criaturas que no había conocido en mi vida.

Ahora debo esperar que la abuela Zaituna me traiga un bebé nuevo y ponga en mi regazo un buen olor.

—¿No se acuerda de mí? —le pregunté antes de que volviera a entrar en la sala de patos.

—No es que le quite importancia, solo que veo cientos de mujeres al cabo del mes… Demasiadas caras…

—Lo mismo me pasa a mí… Cientos de estudiantes me recuerdan y yo no me acuerdo de ellos.

—Entonces, tienes que ser profesora.

—Así es, y di a luz a mi hija Hala entre sus manos… Ahora ella dará a luz a su hijo entre sus manos también, abuela Zaituna.

—Guarde cuidado que tengo la misma destreza que la abuela Zaituna.

—¿No es usted la abuela Zaituna?

—No, yo soy su hija Zahrá.

Zahrá se volvió riéndose y me saludo con la mano haciendo un gesto discreto. Reprimí las lágrimas y me miré al espejo. Esperé que la hija de la abuela Zaituna se moviera de su sitio y apretara el paso para unirse a lo que le estaba esperando… Minutos después la miraba alejándose en el espejo… Era ella.


Maisalun Hadi nació en Bagdad en 1954. Se licenció en la facultad de Económicas en 1976 y trabajó en el ámbito del periodismo cultural durante más de tres décadas. Algunos de sus trabajos han sido traducidos al inglés, francés, español, kurdo y chino. Entre su extensa producción narrativa, se destacan: La tercera persona, 1985, El error garrafal 1993, Un hombre detrás de la puerta, 1994, No mires el reloj, 1999, El nieto de la BBC, 2011, En la extremidad del jardín, 2013, y el trono y el arroyo 2015.

ATAÚLFO

Oscar De Los Ríos

 

Al nacer parecía esculpido en mármol blanco níveo veteado de azul; los médicos que asistieron el parto recién se dieron cuenta de que era de carne y huesos cuando lloró. Su madre, al tenerlo en brazos, experimentó una sensación tan extraña que pensó en la muerte y el más allá; aunque, lejos de inquietarse o intimidarse ante tan extraños pensamientos, sintió tanta paz y bienestar que no lo quería soltar. Todo el que alzaba al recién nacido salía de la habitación con una sonrisa en los labios y una actitud nueva ante la vida.

Tuvo una infancia hermosa. Era un niño dulce, inquieto y travieso; siempre correteando por la casa y el pueblo. Cuando ingresó en la escuela primaria se reveló como un alumno ejemplar, y los demás chicos buscaban su compañía.

—¡Ay, doña María! Su hijo será un gran médico —aseguraba su actual maestra de quinto grado.

—¡No… no… no…! —decía la que fue su maestra en segundo—. ¡Será un gran actor! ¿Qué otra cosa? Con esa belleza de ángel y ese don, ese carisma que tiene con la gente.

—¡Por favor, no les haga caso, doña María! Estas dos están completamente equivocadas. Su hijo será un gran Ministro de la Iglesia —terciaba su maestra de cuarto grado.

Ninguno de estos vaticinios se cumplió; el oficio de Ataúlfo resultaría tan extraño y raro como su nombre, al cual parecía atado.

Con el paso de los años, un día, mientras acompañaba a su abuelo al cementerio al entierro de un amigo, Ataúlfo quedó fascinado por la solemnidad del ambiente, el respeto de las personas y las palabras de consuelo del sacerdote. Sintió una profunda curiosidad por el misterio de la muerte y el más allá, y comenzó a observar con atención los rituales funerarios.

Este interés, que fue creciendo con el tiempo, lo llevó a que, cuando internaron al abuelo, iba a visitarlo al hospital; su presencia transmitía paz y consuelo a los enfermos. Al fallecer el anciano, sus hábitos cambiaron. Ahora, en vez de salir a corretear con sus amigos o a jugar un partido de fútbol, asistía a cuanto velorio había en el pueblo; en los cuales era siempre bien recibido y agasajado. Hasta había quienes mandaban a comunicarle del fallecimiento de tal o cual, como si se tratase de un pariente cercano que no podía faltar en las exequias.

El pueblo de Ataúlfo era pequeño y pintoresco, pero crecía y prosperaba a pasos agigantados. Es por eso que, de tener una sola empresa de Pompas Fúnebres, pasó a tener dos. Ese hecho inquietó muchísimo al señor Raúl Pérez, dueño de la funeraria La Tradicional. Hombre sensible y culto, se había vuelto muy ducho en su oficio y no dejó de notar que, cuando Ataúlfo asistía a un velorio, en su funeraria se duplicaba la cantidad de asistentes, los ánimos se relajaban y los ancianos le pedían: “¡Por favor, hijo, no dejes de asistir a mi velorio!”. Habiendo escuchado ésta y otras frases del mismo tenor, Raúl Pérez, dedujo con gran inteligencia que, quién tuviera a su servicio a Ataúlfo, realizaría la gran mayoría de los funerales del pueblo. “¡Sino todos!”, expresó en voz alta esbozando una enorme sonrisa, al tiempo que restregaba sus manos como felicitándose ante tan gran idea. Ataúlfo cumplió los quince años y Raúl Pérez decidió que ya era tiempo de contratarlo; la competencia ofrecía un servicio más barato y moderno y su negocio se iba a pique.

La familia de Ataúlfo era modesta y, desde que el padre se había accidentado en el tambo en el cual hacía changas, la economía del hogar andaba a los tumbos; por eso se alegró doña María.

—¡El mismísimo dueño de La Tradicional! ¡Don Raúl Pérez en persona! Vino a buscar al nene para ofrecerle trabajo. Habló de un sueldo y comisiones por cada servicio contratado —le dijo a su marido—. Tendría que atender a la gente en el local de la tradicional y ofrecer los servicios fúnebres.

El padre de Ataúlfo, un hombre de pocas palabras y pragmático como pocos, asintió con la cabeza. La situación económica de la familia era apremiante, y la oferta de don Raúl Pérez era un salvavidas.

—Que vaya nomás —sentenció, sin darle más vueltas al asunto.

Doña María, con el corazón henchido de orgullo y preocupación a partes iguales, fue en busca de Ataúlfo; que era poco más que un niño, en muchos aspectos. No sabía si tenía la madurez suficiente para enfrentar la responsabilidad de un trabajo.

Lo encontró en su habitación, cambiándose para ir a un velorio en La Tradicional.

Luego de contarle la propuesta de Raúl Pérez, le hizo una pregunta fundamental.

—¿Crees que estás preparado para asumir esta responsabilidad, hijo? —Y al decir esto, con su mirada dulce de madre, le decía que aceptara únicamente si deseaba el trabajo.

Ataúlfo, con esa sensibilidad que le era tan propia, comprendió lo que su madre le transmitía, con la palabra y con la mirada.

—No te preocupes mamá —al decir esto, su voz sonó adulta y cariñosa—. Como ya te habrás dado cuenta, y te han comentado también, ya paso varias horas al día yendo al local de La Tradicional, cuando hay un velorio. Después de casa, es mi lugar en el mundo. Siento que puedo dar paz y consuelo al que lo necesita.

La madre de Ataúlfo lo abrazó y lo besó en la frente, dándole su bendición.

Y así, Ataúlfo, ingresó a la empresa de don Raúl Pérez. ¡Qué maravilloso efecto producían en su ocasional interlocutor, el traje y zapatos negros, en contraste con la blancura nívea de su piel y los ojos azules! Parecía un enviado del Señor abriendo las puertas del Paraíso. Atendía a los deudos siempre correcto, atento, con una palabra de consuelo. Jamás se aprovechaba de los más desesperados, que a consejo suyo hubieran vendido la casa para brindarle a su padre, madre, hijo o hermano, un servicio digno de un rey. Le daba a cada uno, aquello que habían venido a buscar y podían pagar.

Pasaron unos años y prosperó tanto La Tradicional, que el dueño de La Moderna, un empresario de Pompas Fúnebres de la capital, decidió ir en persona a controlar el negocio. No comprendía cómo, ofreciendo un servicio de primera a un precio un treinta por ciento más barato que su único competidor, éste no solo no se hubiera fundido.

—… sino que soy yo quien deberá cerrar la sucursal —comentaba confundido en una reunión de directorio.

Llegó al pueblo por sorpresa un sábado a la mañana y comprobó que la empresa y sus empleados estaban en orden. Por la tarde se encaminó a La Tradicional, quería conocer el secreto de su éxito. Lo recibió Ataúlfo y, luego de una extensa charla, el dueño de la Moderna se retiró.

La gente del pueblo sonreía al verlo pasar, lo seguían con la mirada y, cuando el extraño visitante de la capital se perdía de vista, lo señalaban al tiempo que se llevaban el dedo a la sien y lo hacían girar.

El semblante del dueño de La Moderna denotaba confusión, estando a mitad de camino entre demostrar una inmensa alegría o un gran estupor. Por un lado, como con miedo a perderlo, apretaba entre sus manos un contrato en el cual constaba, entre otras cláusulas, que Ataúlfo asistiría a su velorio en La Tradicional; por el otro no podía entender que Ataúlfo no aceptara el ofrecimiento que le había hecho para asociarse con él al cincuenta por ciento de las ganancias de todas las sucursales de su empresa.

—Estos capitalinos creen que todo se puede comprar con dinero —comentaban los vecinos, cuando se enteraban del suceso. Ni un momento dudaron de que Ataúlfo los traicionase ante tan tentadora propuesta y se marchara del pueblo.

Todo continuó en su cauce normal hasta que un día, Ataúlfo, no pudo resistir la tentación de probar un féretro que había llegado a La Tradicional para el funeral de un eminente ciudadano del pueblo. Una pieza de ebanistería de una belleza extraterrenal: de caoba laqueada, realizado todo con encastres artesanales sin aporte de clavos, con un interior acolchado y tapizado en seda y encajes. Se acomodó en el interior del ataúd y se sintió tan cómodo y en paz que supo, en ese instante, que no podría descansar en otro lecho. Bastó una indicación suya para que los deudos consideraran el ataúd como inadecuado y optaran por otro. No comunicó a nadie su extravagante decisión, no fuera que su patrón no la aprobara. Desde entonces, los días en que no había servicios, se adjudicó la tarea de cerrar las puertas del establecimiento y, una vez retirado todo el personal, al encontrarse solo en el local se dirigía al depósito y preparaba el féretro para dormir. ¡Morfeo mismo lo esperaba junto al ataúd!

Una mañana de verano Raúl Pérez entró en La Tradicional más temprano de lo habitual y lo encontró durmiendo. La emoción que lo embargó fue tan grande que estuvo contemplándolo durante más de media hora. Antes de que despertara se retiró del depósito y, a media mañana, hizo trasladar el féretro a una sala vacía al fondo del establecimiento; para que nadie molestara a Ataúlfo cuando quisiera descansar o tal vez hacer una siesta.

Pasaron algunos años más con total calma y paz, hasta que, cierto día amaneció el pueblo de Ataúlfo con la triste noticia de la muerte del hijo mayor de Raúl Pérez. El desconsuelo de este era terrible, aún no había terminado el duelo de su mujer, fallecida un año antes, y la muerte le arrebataba a su único hijo. Ni siquiera podría velarlo: el cuerpo nunca fue devuelto por el mar. La tristeza y la impotencia de no tener el consuelo de un velorio, y luego los funerales, justamente él, que les había ofrecido ese sosiego a todos los habitantes del pueblo. Enterado del penoso suceso, Ataúlfo se sintió en la obligación de hacer algo por quien consideraba su amigo y benefactor. Le dijo que se encargaría de todos los preparativos y que esa misma noche darían comienzo las exequias. Raúl Pérez, a pesar de hallarse confundido y sin poder comprender, se dirigió al anochecer a la cochería. Para sorpresa suya en el local se hallaba más gente de la que recordara jamás. El salón mortuorio estaba más iluminado que nunca por ardientes cirios, y en el medio se hallaba el ataúd majestuoso en que dormía Ataúlfo. La gente del pueblo pasaba frente al cajón con lágrimas en los ojos, se persignaba, y salía del recinto con paz de espíritu.

Parado junto al féretro donde Ataúlfo parecía descansar en los brazos de Dios, Raúl Pérez, recibió como un regalo divino el consuelo que estaba buscando y se halló en paz con Dios y en consecuencia con sí mismo y sus semejantes.

Desde entonces, cada vez que alguien muere en este pueblo ¡bendito de Dios!, Ataúlfo toma el lugar del difunto, cuyo cuerpo es llevado a un depósito donde se lo deja en un cajón cerrado a la espera de los funerales. Todos los habitantes asisten y se llevan a cabo los velorios más fabulosos que pueblo alguno haya celebrado jamás.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

sábado, 25 de abril de 2026

LA SEÑORA MARITÉ

Elizabeth Ryske

 

La señora Marité jamás revelaría su verdadera edad, la coquetería era lo primero en su vida. Nosotros, sus vecinos, podíamos tener una vaga idea de los años de la dama porque su hijo, muy simpático y muuuuuuyyyyyy sociable, el año pasado tuvo la gentileza de invitarnos a la fiesta en la que celebró su sexagésimo cumpleaños, de tal modo que su madre debería estar transitando, seguramente, la octava década.

Solíamos verla bajar de su departamento de la calle Larrea para tomar un taxi, y regresar cargada de paquetes y bolsas con los logos de las tiendas más exclusivas de Buenos Aires. Nunca dejaba de saludarnos a mí y a las nenas, con una estudiada cortesía que incluía una sonrisa pequeña, un gesto casi imperceptible, que demostraba su don de gentes pero también dejaba en claro que no sentía precisamente una gran alegría al vernos. Nuestro departamento estaba justo debajo del suyo, y el bullicio propio de tres niñas en edad escolar no le era muy grato, aunque el mayor problema era el piano y las intensas batallas que las chicas libraban con los ejercicios de Czerny y las sonatinas de Clementi, por no hablar de sus fallidos intentos con algunas pequeñas obras de Bach o de Mozart. Cada tanto la señora Marité me llamaba por teléfono para recordarme con gran amabilidad que las 8 de la noche era un muy buen horario para que las nenas dejaran su práctica musical y cenaran, siempre haciendo hincapié en el bienestar de las chicas, y en la cantidad de horas de sueño necesarias para un buen rendimiento escolar, elogiando exageradamente la educación bilingüe y de doble jornada que yo les daba “a pesar de las circunstancias”. Esa frase suya era la sutil manera de censurar mi estilo de vida, que incluía dos divorcios y un novio muy buen mozo, que era el baterista de la banda de jazz en la que yo cantaba.

Justamente, regresábamos juntos una helada noche de viernes, al término de una extraordinaria “session” en San Telmo, cuando encontramos un cordón policial que impedía el ingreso al edificio. La presencia de patrulleros y ambulancias me paralizó el corazón. Las nenas estaban solas en el departamento con la supervisión de Martina, una estudiante de psicología de veintiún años que venía a quedarse con ellas cuando yo salía. Generalmente se apoltronaban en el enorme sofá del living y miraban películas de Disney comiendo pochoclo, y a mi regreso solía encontrar a las cuatro dormidas en el sillón. El despliegue policial me asustó, y en pocos segundos mi imaginación ya había calculado decenas de posibles tragedias. Mientras que un oficial no nos permitía el paso, mi desesperación no me dejaba encontrar la billetera para mostrar el documento de identidad que acreditaba que yo vivía allí. Por suerte, el encargado del edificio me vio y pegó el grito: “la señora vive acá, tiene tres nenas que están con la niñera”.

Tuvimos que entrar por la puerta de servicio. Por la principal era imposible, había varios periodistas de la televisión con sus cámaras y equipos, y estaba ingresando un montón de personas: policías, médicos, gente con rostros preocupados… Nunca en mi vida había sentido tanto miedo, pero Eduardo, el encargado, nos tranquilizó diciendo que las chicas y Martina estaban bien, se sorprendió de que no las hubiéramos visto asomadas al balcón, mirando los sucesos con la misma intriga que el resto de los vecinos.

Al entrar al departamento descubrimos que las cuatro, lejos de estar asustadas, no podían contener la excitación y las ganas de contarnos los acontecimientos. Era imposible entender lo que decían, hablaban todas al mismo tiempo y tardamos un buen rato en descifrar su relato: un ladrón había logrado entrar al edificio y escabullirse en el departamento de la señora Marité, que estaba comenzando su ritual nocturno de belleza, ese que muchas veces nos había comentado en la previa de las reuniones de consorcio, cuando las (hipócritas) vecinas le preguntaban cuál era el truco para mantenerse siempre tan joven y bella, y muy complacida nos contaba que su secreto consistía en la aplicación diaria de una máscara facial que minimizaba las arrugas, una crema verdosa que extendía por todo su rostro dejando libres sólo los párpados, sobre los cuales pondría rodajas de pepino justo en el momento de acostarse. También usaba ruleros para mantener impecable su peinado, y una redecilla sobre éstos para mantenerlos en su lugar.

Fue entonces cuando oyó algunos ruidos y pensó que lo mejor era esconderse, que “el ladrón se llevara lo que quisiera”, pero que no le hiciera daño a ella. No tuvo mejor idea que tirar algunas ropas al piso del placar y sentarse sobre ellas, rogando que el ladrón se fuera lo antes posible.

El pobre hombre (siiiiiiii, el “pobre hombre”) se dejó vencer por la codicia: no conforme con los objetos de plata que había encontrado en la sala, con las valiosas joyas y los relojes de marca que halló en los cajones del escritorio, no conforme con su importante botín pensó que además debía haber dinero en efectivo, dólares tal vez, y empezó a revisar en vano toda la habitación, hasta que de repente abrió el placar y allí la encontró a ella, sentadita , con su rostro verde, la bata blanca, las manos unidas sobre el pecho apretando el rosario que rezaba con fervor, iluminada por la luz cenital que se encendía automáticamente al abrir las puertas del armario, y los dos gritaron de terror, pero él cayó hacia atrás y permaneció inmóvil. La señora Marité esperó un poco y al ver que nada sucedía se atrevió a levantarse y salir de su escondite. Encendió las luces del cuarto y miró detenidamente al ladrón, sin saber qué hacer. Antes de llamar a su hijo lo llamó a Eduardo, el encargado, que constató que el ladrón estaba muerto y llamó a la policía … y la policía trajo a los forenses, que trajeron a los fiscales … porque había que tener pruebas de que el pobre hombre en verdad sufrió un infarto, que no tenía heridas de bala ni de arma blanca …

La señora Marité, dijeron, “no le había hecho nada” y fue exonerada. Poco después, su departamento fue puesto en venta y se mudó a Belgrano, no podía soportar las miradas de los vecinos, que siempre pensamos que era culpable.

Después de todo, al pobre hombre lo mató del susto.

Elizabeth Ryske es escritora, narradora, música, docente de arte y actualmente Secretaria de Cultura de SADE Zona Norte. Ha publicado Vuelos (1988), De amores, recuerdos y otras yerbas (2018), Las crónicas de Oncativo (2024) y Claroscuros (2026), además de participar en numerosas antologías publicadas en Buenos Aires y el interior de Argentina.


REGALO DEL DRAGÓN

 Toshiya Kamei


Las hojas caídas se agitaban con el estertor de la muerte. Las nubes oscuras que se acumulaban en lo alto de las montañas, ocultaban la luna y las estrellas. Mientras todos se apresuraban en subir a terreno alto, la lluvia otoñal azotaba sin piedad. En poco tiempo, el río aumentó su caudal amenazando con tragarse el pueblo entero. Empapados de pies a cabeza, los aldeanos permanecían acurrucados en la colina. El trueno retumbó y los niños pequeños gimieron, colgados de las piernas de sus madres. Huérfana en la inundación anterior, Ai se unió a su hermano mayor, Genzō.

—¡Allí viene el demonio! —jadeó un anciano, mirando hacia arriba mientras los rayos cruzaban la noche.

—¡El río se va a tragar los arrozales! —lamentó una mujer de mediana edad—. ¿Cómo vamos a sobrevivir sin arroz? —se cubrió la cara con las manos y se agachó.

El año anterior, los padres de Ai y Genzō fueron arrastrados en su inútil intento de proteger sus arrozales.

—¡Maldito demonio! —gritó Genzō—. ¡Ya te llevaste a mis padres! ¿Qué más quieres?

Agarró la mano de Ai y se dirigió hacia la montaña.

—¿A dónde vamos, Genzō? —preguntó Ai con la frente arrugada por la preocupación.

—No te preocupes. ¡Ven! —dijo Genzō y apretó los dientes—. ¡Quiero ser fuerte! ¡Quiero salvar la aldea!

Los niños tropezaban en su camino hacia la cima. Genzō miró hacia el cielo oscuro, pero no había señales de que la tormenta amainara.

—¡Dioses, denme fuerzas! —gritó el muchacho alzando el puño.

En ese momento, las nubes se apartaron y un dragón se elevó en el aire, serpenteó por el cielo y se dirigió hacia Genzō y Ai.

—¡Oh, no! —gritó Ai y apretó con más fuerza la mano de su hermano.

El dragón aterrizó ante ellos. Sus grandes ojos parecidos a gemas brillaban en la penumbra. Un olor a humedad emanaba de su cuerpo escamoso. Genzō puso su cuerpo entre Ai y el monstruo. El dragón bajó al nivel de los ojos de los niños. Ai fue la primera que se acercó y lo acarició. Los amables ojos de la criatura le recordaron a su madre. Envalentonada, Ai se subió a la espalda del dragón y se sentó. Genzō vaciló un breve instante, pero siguió detrás de ella. Con los hermanos en su espalda, el dragón extendió las alas y voló hacia el cielo.

El dragón aterrizó en una colina y se inclinó hacia el suelo, Ai y Genzō se deslizaron por su espalda. La criatura se alejó volando de nuevo y dio vueltas sobre el río que amenazaba con desbordarse. Luego se dirigió hacia una montaña pequeña y la golpeó. Mientras los niños observaban desde una distancia segura, el dragón se arrojó repetidamente contra la elevación hasta derribarla. La criatura recogió la tierra y la dejó caer entre el violento flujo del río y la aldea. Mientras volaba de un lado a otro, se formó un dique a lo largo del río. Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, los aldeanos en la colina vitorearon bajo la lluvia.

Cuando el cielo comenzó a iluminarse, la tormenta había amainado. Los arrozales permanecían intactos. Aliviados, los aldeanos saludaron al dragón, gritando su gratitud. La criatura realizó algunos círculos perfilados contra el amanecer y se fue volando. Algunos aldeanos vieron a Genzō y Ai en su espalda mientras el dragón se derretía en las nubes.

Toshiya Kamei (ella/elle) es una escritora asiática queer que se inspira en cuentos de hadas, folclore y mitología. Sus relatos cortos han aparecido en Galaxy’s Edge, Nature y PodCastle. Su obra «Luna hambrienta» ganó el concurso de microrrelatos de la revista Apex en octubre de 2022.

LA PLAYA

Dan Henk

 

Las vacaciones

La familia de Tim pertenecía a la clase trabajadora, pero su compañero de juegos de rol, Drew, tenía padres más acomodados. Ambos asistían a la misma escuela privada cristiana en Carolina del Norte, y con bastante frecuencia pasaban el tiempo juntos los fines de semana. La mayoría de las veces en la casa de Drew, mucho más grande, de dos pisos y estilo Tudor. Era una elegante vivienda de estuco blanco y entramado de madera oscura, oculta dentro de varios acres de terreno arbolado.

Los padres de Drew tenían un bungalow de vacaciones en la isla Brunswick, y a menudo llevaban a Tim allí durante los fines de semana, deteniéndose de paso en un famoso restaurante local para comer hamburguesas. Esta vez, sin embargo, los padres de Tim alquilaron una habitación en un hotel barato cerca de Carolina Beach. Invitaron a Tim a llevar a Drew. Como frecuentaban la misma iglesia, los padres de Drew estuvieron totalmente de acuerdo.

Como era habitual, una vez que llegaron al motel, los padres de Tim desaparecieron, dejando a Drew y a Tim a su suerte. En un motel destartalado que había visto tiempos mejores. Sin embargo, estaba a un tiro de piedra de la playa.

Los dos caminaron hasta la playa, construyeron castillos de arena, cavaron trincheras y trataron de adentrarse en el agua hasta que casi se ahogan. Drew era un poco más corpulento, así que participó menos en las actividades en aguas profundas. Pero al atardecer, ambos recorrieron la orilla en busca de pulgas de mar. Esos curiosos pequeños crustáceos podían encontrarse por las burbujas de aire que dejaban tras el retroceso de las olas. Habían conseguido un balde de plástico amarillo y pasaron la última hora antes del anochecer llenándolo.

 

Pulgas de mar

De vuelta en el motel, Tim recorrió los canales del televisor en busca de algo decente. Todo lo que encontró fue una película de bajo presupuesto sobre conspiraciones alienígenas. Platillos voladores escondidos en garajes industriales, custodiados por hombres uniformados y de carácter duro. Esa versión ochentosa del personal militar, corriendo de un lado a otro y acosando intrusos. Gafas oscuras, uniformes indefinidos, todos los estereotipos presentes y contabilizados.

La trama no era gran cosa, y la película era innecesariamente oscura, así que Tim se distrajo rebuscando en el balde.

Las pulgas de mar se retorcían como si les molestara haber sido desplazadas. La sola vista de ellas provocaba cierto rechazo en Tim. No estaba seguro de qué eran exactamente, ni de si podían morder. Las pinchó con una pajilla de plástico, y algunas se aferraron a ella. Tim agitó la pajilla frenéticamente hasta que las criaturas volvieron a caer en la masa.

Inquieto y aburrido, sacudió el balde, y algo le llamó la atención. Era un poco más redondo y tenía un brillo más metálico que las criaturas. Después de varios intentos con la pajilla, logró aislar el objeto. Empujándolo hacia un lado, lo sacó del balde.

Parecía una moneda vieja y corroída. El tono era más bien verde aguamarina que otra cosa. Algo parecido a esas monedas que permanecen demasiado tiempo en las fuentes de los centros comerciales. Las marcas estaban tan desgastadas que eran ilegibles, pero definitivamente no se parecían a nada que hubiera visto antes. ¡Esto podía valer algo! Había leído muchas de esas historias hechas para niños en las que encuentran cartas valiosas de expresidentes en el fondo de algún cajón viejo.

Mañana preguntaría a los locales para ver si alguien tenía idea de qué era.

 

Los locales

La madre de Tim preparó huevos, tocino, tostadas, y remató todo con un vaso de jugo de naranja. Drew y Tim aún estaban terminando de comer cuando ella llenó un bolso con ropa y anunció

—Tu padre y yo vamos a la playa. Ustedes diviértanse, cariño. ¡Nos vemos a las seis para cenar!

Con eso, el padre dejó los cubiertos sobre un plato vacío y lo llevó al fregadero.

—Gracias, cariño. Deliciosa comida.

Un breve destello de luz desde la puerta, y Drew y Tim quedaron nuevamente a su suerte. En una habitación de motel húmeda y con olor a moho y salitre. Todo parecía tan viejo y desgastado que Tim se preguntó cuánto tiempo llevaba en pie aquel lugar.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la moneda.

—¡Mira lo que encontré, Drew!

Drew no pareció impresionado. Le echó un vistazo rápido, se apartó el desordenado cabello castaño.

—¿Qué es? —preguntó.

 

—No lo sé. Una moneda vieja que encontré en ese balde con todas esas pulgas de mar.

—Déjame verla.

Tim la dejó caer en su palma y Drew la hizo girar. A la luz del día parecía aún más vieja y desgastada. De forma más bien ovalada, el borde estaba astillado y todo parecía hecho a mano. Los dibujos se habían oxidado hasta adquirir unas tonalidad verdosa, y las hendiduras tenían un marrón oscuro y sucio. Drew la dio vuelta otra vez y preguntó con indiferencia.

—¿Qué crees que es?

—Ni idea. Vamos a averiguarlo. Podría valer algo.

Tim estaba mucho más entusiasmado que Drew. Pero, claro, siempre lo estaba.

—Claro. ¿Dónde pensabas ir?

Tim no tenía idea, pero había algunos puestos de pesca por la zona. Si lograba reunir valor, preguntaría allí. Hablar con adultos desconocidos era intimidante, pero no quería irse sin saber si aquello podía ser un tesoro escondido.

—Vamos a ver un par de puestos de pesca locales y luego podemos ir a la playa.

Drew parecía escéptico, pero por lo general era bastante accesible. Tim se puso las sandalias, metió una toalla, aletas y gafas en la mochila, y guardó la moneda en el bolsillo.

—Espera un momento —lo detuvo Drew mientras corría a buscar su equipo.

Afuera, la luz del sol era cegadora. El viento levantaba arena que les golpeaba los ojos y las piernas desnudas. Entrecerrando los ojos, Drew miró alrededor del estacionamiento del motel.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó.

Tim no tenía idea, pero había sido su propuesta, y no quería parecer desorganizado.

—Creo que vi un puesto de pesca un poco más adelante.

Drew se encogió de hombros. Su camiseta se agitaba con el viento resaltando su barriga y sus brazos rollizos. Tim dudaba de que alguien les prestara atención. Dos chicos en traje de baño y sandalias molestando a adultos con trabajos de verdad. Pensó en ir directamente a la playa, pero era cuestión de orgullo. Ya había formulado la idea, así que lo mejor era terminar con aquello.

Los coches pasaban rugiendo, lanzándoles piedras mientras avanzaban entre los arbustos espinosos al costado del camino. Pasaron algunos negocios pesqueros más formales, un motel barato y una estación de servicio sin nombre. El calor era húmedo y sofocante, calentando incluso las suelas de las sandalias. Tim sudaba y empezaba a sentir el ardor del sol en la piel. Pero era demasiado terco como para rendirse. Algunas piedrecillas se colaban en sus sandalias y le pinchaban las plantas de los pies. Era obvio que Drew también estaba sufriendo. Las axilas de su camiseta mostraban grandes manchas de sudor y respiraba con dificultad. Su ánimo se apagaba por momentos. Tim se detuvo y observó el entorno. Un poco más allá, tras una pendiente, había un puesto que parecía prometedor. Lo bastante deteriorado y aislado como para no resultar demasiado intimidante. Era ahora o nunca, y Tim debía elegir algo antes de que Drew se rindiera.

—¡Vamos! ¡Creo que veo uno!

Drew se limpió el sudor de la frente e intentó ver lo que señalaba Tim.

—¿Ese lugar?

—¡Sí!

Tim salió corriendo por la carretera. Saltó una zanja seca y subió por el camino asfaltado.

—¡Espera! —gritó Drew, jadeando mientras intentaba alcanzarlo. Tim se detuvo frente a la puerta de madera y reunió valor. Cuando Drew llegó, sin aliento, giró hacia la entrada. La choza parecía a punto de venirse abajo. Era de tablas blancas y la puerta ni siquiera tenía un picaporte real, solo un aro de hierro oxidado. Tim lo agarró y la abrió. El interior no era mejor. Las paredes, el techo e incluso el suelo eran de tablones rústicos, algunos apilados formando un mostrador improvisado. No había nadie, y Tim sintió un escalofrío; aquello parecía la escena de mil películas de terror. Tras unos momentos tensos, la ansiedad superó su curiosidad y estuvo a punto de salir corriendo.

—¿Hola?

Una voz áspera surgió de una habitación trasera. Tim se sobresaltó y se detuvo. Drew entró de golpe. Apoyado en sus rodillas, intentó hablar, pero estaba sin aire. Un hombre de mediana edad apareció desde la trastienda. Llevaba una gorra de camionero de malla y ropa que había visto mejores días. Se limpió las manos en la camiseta y las apoyó en el mostrador.

—¿Necesitan algo, chicos?

Tim dudó, incapaz de encontrar las palabras.

Los penetrantes ojos azules del hombre lo observaban sin piedad, lo que solo lo incomodó más.

—Encontré algo en la playa —logró murmurar finalmente—. Pensé que quizá usted sabría qué es...

Ya estaba pensando que era una mala idea.

—¿Qué tienes? Déjame verlo.

Ahora Tim se sentía aún más ridículo. Solo era una moneda vieja. Definitivamente era una mala idea.

Sacó la moneda del bolsillo y la dejó caer sobre el mostrador, que casi estaba a la altura de su cabeza. Se sintió pequeño e insignificante.

El hombre la recogió y, sosteniéndola en alto, la hizo girar entre sus dedos.

—¿De la playa, dices? ¿Tal vez de las cuevas marinas? ¿Entraste allí?

Tim no supo bien qué responder. Bajo esa mirada inquisitiva, todo parecía absurdo.

—Eh... sí, de la playa. No sabía nada de cuevas marinas. Solo parecía... extraña. Como antigua o algo así.

—No es nada especial. Quizá algún turista extranjero la perdió. Vuelve a tus vacaciones, chico. Algunos tenemos trabajo.

El hombre sonó despreciativo y un poco irritado, pero Tim no pudo evitar notar que parecía algo sorprendido. Tim tomó la moneda de su mano.

—Gracias, señor —murmuró—. Perdón por molestar.

Y salió rápidamente hacia la puerta. Esta se cerró de golpe detrás de él, y casi había llegado a la calle cuando Drew lo alcanzó.

—Tim... ¿qué... qué fue todo eso?

Tim se inclinó.

—No confío en ese tipo —susurró—. Creo que encontramos algo importante.

 

Incógnito

Desconfiando de ese hombre, Tim tiró de Drew hacia un lado. Atravesaron un matorral de maleza crecida y se dirigieron hacia unos muelles que se extendían sobre la playa. Estaban a pocos metros del puesto de pesca, y aún lejos del motel, pero Tim pensó que era más seguro que caminar por la carretera abierta. Se deslizaron entre unas pequeñas casas de playa, atravesaron una vieja cerca tambaleante y emergieron en la orilla.

La madera del viejo muelle se alzaba a su izquierda y Tim se agachó para meterse debajo. Deslizándose entre los pilotes, esperó a que Drew lo alcanzara. Todo empezaba a parecer un poco ridículo. Estaba escondido detrás de madera podrida, con los pies medio enterrados en montones de basura turística: vasos y envoltorios de comida rápida. Drew llegó junto a él, jadeando.

—¿Qué pasa, Tim?

—Quedémonos aquí un rato.

Drew se encogió de hombros.

Pasó una hora y Tim empezaba a quedarse sin excusas. Había pasado ese tiempo revolviendo basura plástica y vegetación medio muerta. Estaba a punto de sugerir volver al motel cuando oyó un ruido. Era el zumbido de un vehículo todo terreno, y por instinto se escondió detrás de uno de los pilares interiores. Drew lo miró confundido y se acercó sigilosamente.

—¿Qué es, Tim?

Un ATV avanzó por la playa y se detuvo junto a un grupo de turistas. Un hombre con uniforme policial color caqui descendió y comenzó a gesticular de forma bastante agresiva. Tim estaba medio oculto tras un soporte, concentrado en la escena lejana, cuando un sonido detrás de él casi lo hizo saltar.

—¿Qué están haciendo aquí?

Tim se tensó para salir corriendo, pero la presencia de ese policía lo hizo dudar. Girando la cabeza rápidamente, vio que solo era un chico. Quizá estaba exagerando. Parecía más bien un local descuidado, de esos que se las arreglan solos, que alguien peligroso.

Alto y delgado, vestía unos jeans sucios y una camiseta gastada. Nada que hiciera pensar en un policía. Su cabello rubio largo le caía sobre el rostro en mechones suaves y brillantes, y olía a aceite de motor, cigarrillos y tierra. También llevaba una camiseta blanca de Metallica, con una calavera ensangrentada detrás del logo. Eso le daba bastante más credibilidad.

—Solo estamos pasando el rato.

—¿Son ustedes los que buscan los policías?

Tim volvió a ponerse nervioso y pensó en huir, pero decidió tantear primero la situación.

—¿Qué buscan los policías?

—Oye, tranquilo... que se jodan.

Pronunció la palabra “jodan” con cierta cautela, como si le resultara un poco atrevida. Tim miró al suelo y removió la arena con los pies. No sabía bien qué decir, pero pensó que lo mejor sería ganarse la confianza del muchacho. No parecía policía.

—Soy Tim. Este es mi amigo Drew.

—Encontraron algo, ¿verdad? —Eso no era lo que Tim esperaba—. En serio. Que se jodan. Cuando encontramos cosas, las enterramos. Los que se meten demasiado suelen desaparecer.

—Encontré una moneda. Una moneda rara.

La sacó del bolsillo y se la mostró. El muchacho la tomó, la levantó hacia un rayo de luz que se filtraba entre las vigas y la hizo girar lentamente.

—Espero que no se la hayas mostrado a nadie. Será mejor que la entierres.

—Uh oh.

—Mierda... ¿qué hiciste?

—Solo se la mostré al tipo del puesto de pesca de ahí cerca. Actuó raro, así que me fui.

El muchacho sacó un paquete de cigarrillos Camel, encendió uno y dio una calada.

—¿Le dijiste quién eras?

—No. Salimos corriendo bastante rápido.

—Eviten a ese policía de ahí, entierren la moneda y váyanse lo antes posible. Las cosas se han vuelto muy raras por aquí. Gente nueva que parece... distinta, y muchos más policías de lo normal. Algunos ni siquiera parecen policías.

Drew tenía una expresión de desconcierto. Había permanecido en silencio todo el tiempo, observando algo que claramente no comprendía. Tim, en cambio, estaba sumergiéndose en una espiral mental. Había leído mucha ciencia ficción y terror. Esto sonaba serio, de adultos, y todos sabían que no se podía confiar en el gobierno. Le dio las gracias al chico, rechazó un cigarrillo y volvió a remover la arena con los pies. Ya no quería hablar con desconocidos; pensó que, si no interactuaba, el muchacho se marcharía.

—No estoy bromeando. Durante años ha habido historias raras por aquí. Monstruos marinos y cosas así. Hace unos meses aparecieron unos tipos del gobierno y la gente empezó a desaparecer. Ese tipo del puesto de pesca llegó más o menos al mismo tiempo. Nadie lo conoce y definitivamente no es de aquí.

El muchacho terminó su cigarrillo, lo apagó y se alejó.

—Tengo miedo, Tim. Esto parece algo grande.

Drew se asustaba de todo y con todo. Tim pensó que, si le restaba importancia, tendrían más posibilidades de estar tranquilos al llegar la noche.

 

El motel

Ya era de noche cuando se fueron. Tim y Drew caminaron por la orilla en dirección al motel. Quedaban apenas unos pocos rezagados en la playa. Eran solo siluetas negras a lo lejos, recogiendo toallas y plegando sillas como en una vieja película de animación cuadro por cuadro.

El regreso fue mucho más largo de lo que Tim recordaba. Miraba constantemente las cabañas de madera que bordeaban la costa como referencia. Estaba a punto de dar la vuelta cuando finalmente llegaron a las afueras del motel. El pequeño estacionamiento tenía solo unos pocos coches, y la puerta abierta de su habitación dejaba escapar un delgado haz de luz sobre la grava. Su madre y su padre casi habían terminado de cenar cuando entraron.

—¡Se perdieron la cena! Debe haber sobras en el refrigerador. Espero que se hayan divertido. Tenemos que irnos mañana antes de las once. Diviértanse y no se queden despiertos hasta muy tarde, su padre y yo nos vamos a dormir.

El padre miró a Tim, pero no dijo nada. Dejó el cuchillo y el tenedor en el plato, puso la servilleta encima y se dirigió al fregadero.

—Gracias, cariño, por la cena. Te despertaré a las nueve mañana, Tim.

—Ay, papá, ¿no puede ser a las diez?

—Ya demostraste que no sabes manejar bien el tiempo, Tim. A las nueve, temprano.

Drew corrió hacia el refrigerador y empezó a revisar los platos envueltos en plástico. Dos estaban llenos de pollo frito con arroz. Tomó uno y fue hacia el cajón de los cubiertos. Tim, cabizbajo, se acercó al refrigerador.

Tomó el otro plato y se dirigió al sofá.

—Oye, Drew, ¿puedes traerme cubiertos y una servilleta?

Sacó la mesita plegable y dejó el plato encima. Caminó hasta el televisor y giró el dial hasta encontrar un programa de ciencia ficción sobre cucarachas radiactivas. Un minuto después, Drew se sentó a su lado. Movió el plato de Tim, dejó el suyo y empezó a comer con voracidad, ensuciándose la cara.

—¿Qué estamos viendo?

—Una película de ciencia ficción sobre cucarachas radiactivas devoradoras.

—Bien. ¿Quieres que te traiga algo de beber?

—Claro. Solo agua.

 

Todo se va al infierno

Tim se despertó con esposas. Las muñecas atadas con fuerza detrás de la espalda, lo primero que notó fue lo incómodo que estaba. Apoyado en una esquina, la forma de una silla de madera se le clavaba en el trasero, y los bordes de las esposas de metal le raspaban las muñecas.

—¿Qué está pasando?

La habitación estaba llena de policías. En el centro del suelo, sobre una lona de plástico, yacían los restos de Drew. Había sangre por todas partes, y lo que quedaba de su rostro era una masa irreconocible de carne destrozada y huesos rotos. Un ojo colgaba fuera de la cuenca, deslizándose por la mejilla izquierda como al final de un hilo carmesí. Las cavidades oculares estaban aplastadas en una forma alargada, la otra convertida en una grieta sangrienta. La mayor parte de la nariz era un amasijo de cartílago y sangre gelatinosa. El cuerpo estaba relativamente intacto, aunque pálido e hinchado. La madre estaba acurrucada en una esquina, llorando entre las manos. El padre estaba sentado enfrente, con el rostro enterrado en la palma de la mano, negando lentamente con la cabeza, incrédulo.

Uno de los oficiales se acercó sosteniendo una pequeña pipa de metal.

—Parafernalia de drogas. ¿Sabía que su hijo fumaba marihuana?

El padre negó lentamente.

—No tenía idea, oficial —murmuró.

—¿Dónde consiguió esto? Por cómo se ve, apostaría a que estaba adulterado con algo. Probablemente polvo de ángel. Hemos tenido una especie de epidemia recientemente.

El padre parecía asqueado y evitaba el contacto visual.

Otro policía, revisando el suelo cerca de Drew, levantó un tubo metálico cubierto de sangre.

—¡Parece que tenemos el arma!

Tim miró desesperado a su alrededor.

—¡Papá, sabes que yo no hice esto! —suplicó—. ¡Papá! ¡Mírame!

Por un momento, su padre dejó de mover la cabeza y abrió los ojos completamente. Tim casi pudo oír cómo pensaba. El momento pasó; volvió a bajar los párpados y continuó negando.

—Te encontrarán la ayuda que necesitas, hijo.

—¡Pero papá! ¡Tú me conoces! ¡De verdad! ¡Soy yo! ¡Tu hijo! ¡Sabes que no hice esto!

El padre giró hacia él; sus ojos hinchados por el llanto eran visibles. Una expresión de duda cruzó su rostro, como si quisiera creerle. Pero fue breve. Bajó nuevamente la cabeza y retomó su temblor melancólico.

—Mire, oficial... solo dígame qué debo hacer...

El policía más cercano, que Tim supuso era el investigador principal, se acercó y puso una mano sobre el hombro del padre.

—Tenemos que llevarlo a la comisaría. Pueden seguirnos si quieren.
Algo así de grave... estará detenido bastante tiempo. Quizá quieran buscar un hotel cercano.

 

Solo empeora

Pasó más de una hora. Los forenses llegaron y se fueron. Se colocó cinta amarilla alrededor de la escena del crimen. Tim permanecía sentado, horrorizado, intentando recordar algo de la noche anterior. Sus padres se volvieron cada vez más serios y permanecieron sentados en silencio. Sus lágrimas se habían secado, sus miradas permanecían perdidas en el vacío.

Finalmente, solo quedaron dos policías. Indicaron a Tim que se levantara y lo escoltaron hasta un coche patrulla. Unos minutos después, sus padres salieron. Subieron a su Fiat amarillo mostaza, encendieron el motor y esperaron. Dos policías se acomodaron en la parte delantera del vehículo.

Sin cruzar miradas, salieron hacia la carretera principal.

La mente de Tim corría sin control. ¿Qué podía hacer? Recordó la moneda en su bolsillo y trató de mover las manos esposadas. No llegaban lo suficiente, así que torció el cuerpo intentando alcanzar el bolsillo delantero. Las esposas le mordían las muñecas, el hombro parecía a punto de dislocarse, pero finalmente logró llegar al fondo.

El bolsillo estaba vacío.

Dan Henk nació en una pequeña base militar en el sur profundo de Estados Unidos. Ha vivido en la calle, superó un cáncer cerebral, fue apuñalado por un drogadicto, destrozó tres coches y tres motos, y se precipitó hacia atrás a través de un parabrisas. Tras cuatro horas en coma, se recuperó y retomó su vida normal. Existe la teoría de que es un cíborg. Ha publicado tres novelas y dos plaquettes, ha realizado numerosas ilustraciones para libros y revistas, y es dueño de un estudio de tatuajes en Nueva York. Más de cien libros y revistas han publicado artículos sobre su arte, escritura y tatuajes. Puedes ver sus últimas aventuras y triunfos en su sitio web, danhenk.com.

LAS OMAJE DE LA MONTAÑA