viernes, 18 de septiembre de 2026

CARTÓN

Gustavo Nielsen

 

Enrique le dijo: “Me da culpa lo que hice, aunque adentro de la caja de cartón se viva cómodamente. Hay hasta camitas...” También le dijo: “Cuando empecé el experimento me sentía mal. Ahora estoy peor. Te llamé para que me ayudes. ¿Te gusta la pieza?”

El ingeniero venía de viajar diez horas en un asiento de ómnibus, sin dormir. Había estado en esa pieza en veranos anteriores, durante las primeras experiencias con ratones blancos. Daniel, el hijo de su amigo (que por entonces tendría once o doce años), había encontrado uno que tenía patas de lagartija, y lo había corrido hasta cazarlo, para mostrárselo. “Un error menor y paf, saltan estas rarezas”.

El ingeniero también se acordaba de las paredes grises sin ventanas.

—Me gusta, es amplia —dijo.

—Tengo otras más chicas. Algunas vacías, a las que es imposible entrar.

Al ingeniero también le sirvió que la cama fuera doble, iba a poder estirarse a sus anchas. Trató de ser cortés cuando se disculpó, explicando que el viaje lo había agotado. Notó en los ojos de Enrique un destello de decepción. Parecía ansioso por agregar algo, como si en todo ese tiempo hubieran ocurrido cosas notables y no supiera de qué manera empezar a contarlas. El ingeniero intuyó que se trataba del hijo, al que no había visto por ninguna parte. No quiso preguntar. A lo sumo, era un tema para hablar en el desayuno. Encendió un cigarrillo y soltó un aro de humo blanco.

Su amigo volvió a hablar:

—¿Sabés que Daniel está de viaje? —El ingeniero negó con la cabeza—. Me lo robó una china —agregó Enrique.

Cuando se quedó solo, el ingeniero revisó los cajones de la cómoda y de la mesa de luz. Adentro del primer mueble había una barra de desodorante, un jabón, una toalla, un tubo de dentífrico y una carpeta gruesa. Sobre la etiqueta de la tapa alguien había escrito “MEMORIA DE LOS DESCUBRIMIENTOS ACERCA DE LA ESCALA”. La letra era difícil de descifrar bajo la luz tenue del velador. El documento estaba ilustrado con dibujos a color sobre papel cuadriculado. En el cajón de la mesa de luz había solamente una Biblia.

Se recostó en la cama. Los ojos se le fueron cerrando despacio; lo último que vio fue la cómoda con un florero de vidrio verde y una caja de cartón. Recordó que solía haber flores en esa jarrita. Ahora había marcadores del tamaño de sus cigarrillos. Los relacionó en su mente con las ilustraciones de la carpeta, pero en la modorra no alcanzó a vincular la caja con las extrañas palabras de su amigo. Tuvo, sí, un sueño. Hablaba con Enrique, que era enorme y se sentaba ocupando toda la cama. Con las piernas volcadas a cada uno de los costados, como si la estuviera montando.

Por la mañana quiso ver el laboratorio. “Todo estará igual, pensó, como en la pieza”. Los frascos, el instrumental plateado sobre las mesadas de granito gris; el Erlenmeyer, las probetas.

Cruzaron el patio y Enrique abrió la puerta con una llavecita azul. El ingeniero descubrió una mesa baja con una máquina que parecía una ampliadora de fotografía. Sobre la platina había una jaula tapada con un trapo. Su amigo la levantó para apoyarla al lado de la ventana. Adentro había una mosca del tamaño de un guante de box. El lomo negro le subía y bajaba con la respiración. Los pelos tenían filo, como navajas.

—Lo peor es cuando se sacude —dijo Enrique.

Manipuló un alambre hasta formar una herramienta coronada en un aro. Introdujo la punta a través del techo de la jaula. La mosca percibió el alambre a un centímetro de ser tocada. Plegó las alas en un ángulo extraño y se agachó.

El huracán sobrevino con la punción. La jaula vibró en la mesada, acercándose al borde. La mosca peleaba contra los barrotes de alambre. El ingeniero pensó que había que detenerla, pero estaba paralizado por la impresión.

—¿Y ese chillido?

—Grita —dijo Enrique.

Buscó una varilla de madera. En el aire había quedado flotando un olor a mezcla de transpiración y pus. Con la punta de la varilla hurgueteó sobre el costado del insecto hasta hacerlo exhibir una perforación roja.

—En el modelo original no llega a la décima de micrón. Acá podrías meter la punta de tu birome. —Explicó que se trataba de una garganta primitiva—. Bajo un microscopio la veríamos, también, en detalle. Pero nunca podríamos escuchar el grito. Con este método, la ampliación es integral.

El ingeniero apoyó el cuerpo contra la pared. El olor de la mosca le llenaba la cabeza.

—El sujeto es expuesto a un rayo que inventé —siguió Enrique—. Si lo vuelvo a exponer dentro de las veinticuatro horas, puedo hacerlo recuperar su tamaño original. O llevarlo a otros tamaños diferentes. La luz es “biomutátil”; pasado el día, las mutaciones se vuelven definitivas.

—No estoy familiarizado con ese término —dijo el ingeniero.

—Lo vas a entender cuando leas el informe.

Volvió la jaula sobre la platina de la ampliadora. Ató una etiqueta a una de las patas de la mosca, que zumbó. Apretó la tecla de encendido. La mosca, bajo el rayo invisible, se achicó hasta alcanzar su dimensión original. Salió volando entre los barrotes. La etiqueta se había achicado con ella.

A la hora del almuerzo fueron hasta la quinta y juntaron tomates. Se sentaron a comer debajo de una sombrilla, rodeados por helechos y calas. Enrique dijo: “acá almorzábamos con Dani, en primavera”. El color verde rabioso de las plantas hacía pensar que se sentían a gusto ahí, que por alguna extraña razón estaban destinadas a crecer con más fuerza que otras del jardín. Eso le pareció al ingeniero, mientras cubeteaba un tomate más rojo que la más roja de sus corbatas. Lo saló, le puso aceite. En el cielo, las nubes empezaron a animarse. El ingeniero pensó que no habían pronosticado lluvia. Cuando se decidió a comer, su amigo cruzó los cubiertos en su plato porque ya había terminado. Se reclinó en la silla.

—Puede que los resultados no sean muy agradables, pero gracias a este experimento amplié varias moscas. Y reduje ratones al tamaño de cucarachas.

Se levantó para traer la caja de cartón del cuarto del ingeniero. La apoyó sobre el mantel. La tapa de la caja estaba perforada. Los agujeros habían sido hechos con una tijera. ¿Pensaría abrirla ahí, en plena sobremesa? Algo rascaba desde adentro. El ruido sobresaltó al ingeniero.

—Necesito ponerte al tanto —siguió diciendo Enrique—. Hay cierta urgencia. Quiero que te informes a fondo sobre el experimento, porque yo no sé si voy a poder continuarlo.

—¿Entonces?

—Pensaba que a lo mejor podías hacerte cargo.

Habló acerca de una enfermedad que tenía, de dos operaciones que se había hecho y de un vecino militar que lo había ayudado. El ingeniero no tenía ganas de escucharlo, ni de comer. ¿Quién le habría dicho a su amigo que él tenía interés en participar del proyecto? Ya no era su asesor en el laboratorio. Eso había terminado hacía mucho tiempo. Se llevó a la boca un pedazo de tomate increíblemente grande. No era el cubito que había cortado hacía un instante. El pedazo había crecido en el tenedor. Lo tuvo que volver a trocear en cuatro partes.

Enrique también mencionó algo acerca de un legado. El ingeniero supuso que se estaría refiriendo a la casa, o a alguna otra propiedad. Pero su amigo estaba hablando nuevamente del manuscrito en la carpeta y de la caja de cartón. Era obvio que aquel proyecto se le había vuelto una idea fija. El ingeniero no iba a aceptar. Por alguna razón que no pudo explicarse ya no alcanzaba a ver la cara de su amigo, que ahora aparecía tapada por las botellas y los vasos. En su plato, los demás pedazos de tomate también eran enormes. Los tanteó con la mano. La desproporción le quitó el apetito.

La lluvia llegó como una bendición. Enrique juntó las cosas y se las llevó para dentro. El ingeniero no se movió. Se sentía mareado, aunque no había tomado alcohol. Bostezó largamente. Tiró el cigarrillo al piso, pero no llegó a aplastarlo con el pie, que quedó balanceándose en el aire, lejos del suelo.

Sentado en la cama, apenas hundía el colchón con el peso de su cuerpo. El acolchado celeste parecía una laguna quieta. Era de una extensión considerable, y el ingeniero ocupaba una pequeña zona lateral. Su amigo había dejado la caja de cartón apoyada sobre la mesa de luz. Los agujeros de la tapa querían ser círculos, pero de tan desprolijos parecían amebas. Intentó ver por el agujero mayor; estaba oscuro. El cuarto también, negrísimo. La lámpara no alcanzaba a alumbrar ni un tercio del volumen. Por ejemplo: desde donde estaba sentado se distinguía muy mal el contorno de la puerta.

Levantó un centímetro uno de los vértices de la tapa, pero enseguida lo soltó. Los ratones no eran su fuerte. “Uno solo que se escape y me tengo que cambiar de pieza”. Hasta se sintió mal por el olor que salía de los agujeros. Le había prometido a su amigo que empezaría a leer el informe a la hora de la siesta. Pero ahora que el momento había llegado, se sentía con indigestión. ¡Y apenas había comido un cuarto de tomate! También le estaba costando terminar los cigarrillos. El viaje de vuelta a la Capital iba a ser una dificultad más.

Acercó nuevamente su oreja a la tapa porque le pareció que habían dejado de rasguñar. Oyó unos chillidos lejanos, casi imperceptibles, que le erizaron la piel. Después separó el acolchado y se metió entre las cobijas. Con los pies, ni siquiera llegaba a la mitad del colchón. “Qué cama enorme”, pensó. Desde ahí arriba vigiló la caja durante el resto de la siesta con los dos ojos, con uno, con el interior de los párpados…

Soñó que se paseaba por una gran plataforma de cartón con agujeros grandes, como cráteres negros. “El ingeniero pisa la luna”, se dijo. Una luna como un gruyere de papel maché. Caminó por el borde hasta llegar a un vértice (un hondo precipicio cortado a pique); iluminándolo comprobó que formaba un ángulo perfecto, y corrigió la observación inicial: “No es una luna, ni un queso, porque tiene esquinas adonde se intersecan planos en las tres direcciones del espacio, en ángulos que aparentan ser de noventa grados. Debo estar parado sobre un paralelepípedo de dimensiones monumentales”.

Se asomó al precipicio, alumbrando la profundidad con el círculo de luz. Le dio vértigo; la cabeza se le encendió en el mareo. Fue dejándose caer despacio sobre la plataforma; la linterna rodó hasta desaparecer por el borde.

Percibió el chillido de las ratas justo cuando empezaba a desmayarse. Le saltaron al cuerpo desde la inmediatez de los cráteres. Sintió las patas (¿de lagartija, de roedor?) que rasgaban sus ropas y las dentelladas feroces devorándole la carne.

A medianoche tomó el ómnibus de vuelta a la Capital, como lo había previsto. Se despidió de su amigo con un abrazo formal, sin hablar una palabra acerca del informe o de la caja. Agradeció secretamente que él tampoco insistiera. Pensó en pedirle la carpeta para leerla “más detenidamente” en el camino, pero le pareció demasiado complicado.

A él le importaban las investigaciones de Enrique, claro que sí, pero todo el tiempo había estado con sueño. “Fue el fin de semana del sueño y de las cosas enormes”, pensó. Contra todo lo que había vivido, los asientos del micro volvieron a parecerle ergonométricamente normales.

Los correos empezaron a llegarle pasadas dos semanas. Sabía que Enrique era incapaz de escribir en otro estado que no fuera la desesperación; se alarmó con el último mail en el que le comunicaba estar muy mal de salud y le rogaba que volviera. La improvisación de un viaje le llevaría cuatro o cinco días de trabajo intenso. Le escribió una respuesta llena de disculpas y recomendaciones, que quedó guardada como borrador.

Esperó durante otras dos semanas; no tuvo noticias. Un día recibió un fax redactado por el vecino militar, que le contaba acerca de la salud del enfermo. Leyó, con pavor, que gritaba de noche y los nombraba, a su hijo y al ingeniero, pidiéndole que cuidara de Daniel cuando él ya no estuviera. El militar hablaba de desvaríos, pérdida total del conocimiento, fiebre. El ingeniero se preocupó. El fax estaba fechado un día cinco. Sacó pasaje para el nueve.

Esta vez tomó un tranquilizante. Soñó con Daniel sentado en el patio de damero, entre macetas, delante de la caja. Trataba de agujerear el cartón con un destornillador. Pero casi no tenía fuerzas, porque era apenas un niño. “Para que los ratones respiren”, repetía, “¡para que respiren!”. Al mismo tiempo empezaba a crecer. Le salía barba, se volvía alto, la espalda se le vencía sobre la caja como se le habría vencido contra la mesada del laboratorio. Al ingeniero le pareció que Daniel miraba a alguien pasar, tal vez una mujer. La siguió con el rabillo del ojo. Después también miró hacia atrás, como estudiando el paisaje que iba a dejar. Y ahí fue cuando el destornillador hizo su primer y único agujero. Con un ruido seco: tac. De adentro de la caja salió una mosca gorda y verde, zumbona.

El ingeniero se despertó pensando que el aspecto de Daniel en el sueño era un estereotipo. La palidez del investigador, las mejillas chupadas, la espalda gibosa. El guardapolvo manchado. “De película”, se dijo. Le pareció también, y por primera vez, que era imposible que aquella persona que había invertido su adolescencia al lado de su padre y del laboratorio, se fuera porque sí, detrás de una pollera.

Se bajó en el cruce. Eran las dos y veinte de la madrugada; las calles de tierra se fundían oscuras contra los frentes blancos.

La casa estaba iluminada, lo percibió una cuadra antes de llegar. La luz brotaba temblando desde las ventanas del comedor. El ingeniero supuso que habría velas encendidas. A diez pasos de la puerta adivinó qué estaba ocurriendo. Cerró los ojos y entró como si no quedara otro remedio. Algunas llamas y muy pocas caras velaban a su amigo muerto.

Se arrimó directamente al cajón, y de inmediato se levantaron de sus asientos el médico (llevaba un guardapolvo) y una persona que se dio a conocer como el vecino que le mandara el fax. Estaba vestido con un buzo del Ejército; le apretó la mano con energía. Había una mujer gordita y callada que alzó la mirada para observar al ingeniero. Él supuso que sería la mujer del médico o del militar.

El médico le preguntó por qué no había venido con Daniel. El ingeniero dijo que sabía poco y nada de su vida. Suponía que estaba de viaje. El militar dijo que estaba seguro de que vendrían juntos, a juzgar por los delirios de Enrique, que hasta último momento le pedía al ingeniero que cuidara del muchacho.

El militar contó que tiempo atrás (“como un año”), padre e hijo habían tenido serios problemas con una mujer extranjera. “Asiática”, aclaró. El “finado” le echaba todas las culpas del distanciamiento de Daniel a esa bruja, que lo tenía “hechizado”. Recordó que, para la ocasión, él había salido en defensa del muchacho, diciéndole que hacía bien en enamorarse; “un chico de veintipico no puede pasársela encerrado como un viejo”. Pero no había caso: el padre seguía pensando que Daniel estaba confundido.

—Usted debe saber cómo era de sobreprotector —agregó el militar, acariciando el borde del ataúd. Para ellos era nueva la noticia del viaje.

El ingeniero bostezó. El militar dijo: “El entierro es mañana a mediodía. Puede dormir hasta esa hora, si quiere, en lugar de quedarse velándolo”. Agregó que ellos se ocuparían.

El ingeniero asintió con la cabeza. Pidió fósforos para encender sus cigarrillos y el vecino le dio la caja con la que habían prendido las velas. Antes de retirarse (“puedo ir solo, gracias, sé dónde quedan las habitaciones”) tomó un café con leche en una taza que tenía casi el tamaño de una ensaladera.

No encontró luz en el pasillo; tampoco interruptores. “Debería regresar a la sala por una vela”, pensó, pero siguió adelante tanteando la pared. Caminó unos cuarenta metros. Ese pasillo se hacía larguísimo; encendió un fósforo con el que no alcanzó a divisar el final. Las puertas no aparecían. Cuando había recorrido el doble de distancia, encendió otro fósforo. No era el lugar de la casa al que quería llegar. La luz no tocaba el techo de la habitación, pero alumbró un vano abierto sobre una de las paredes laterales. Se llevó un cigarrillo a la boca. Con el siguiente fósforo examinó las mochetas irregulares, como recortadas por un mal serrucho. Traspasó el umbral a oscuras.

Estaba tocando la pared, que era de una rugosidad notable, cuando sintió un ruido de pisadas. Abrió la caja de fósforos torpemente, dejando caer el contenido. Al agacharse notó que el piso presentaba el mismo revocado de la pared, áspero e irregular. Los pasos se habían detenido muy cerca; podía percibir la presencia de una persona respirando a menos de dos metros. Se secó la transpiración de la frente con la manga.

Encendió un fósforo. El hombre estaba vestido con andrajos. El temblor de la llama lo volvía siniestro. Una barba de meses le cubría el rostro enjuto, de mejillas chupadas. El declive de su espalda evidenciaba la temprana inclinación sobre la mesada del laboratorio.

Le oyó preguntar: “¿Cómo está mi padre?”, y sintió esas palabras como un veneno adentro de su cabeza. Tuvo un ligero estremecimiento que lo hizo pensar en un desmayo. Las piernas le temblaban. Cerró los ojos y prendió su cigarrillo.

El fósforo le quemaba los dedos. Lo tiró al suelo convertido en una brasa. “¿Por qué no hay luz?”, protestó, sin recibir respuesta. Encendió el siguiente fósforo con la punta del cigarrillo. Con el último instante de llama, dijo: “Murió”. Daniel se llevó las manos a la cara; alguien que llegaba desde la oscuridad (una mujer de pelo negro, flaca, con la ropa igualmente gastada) lo ayudó a sentarse en el piso y se acomodó a su lado.

El ingeniero no volvió a encender fósforos. Oía el llanto, no había necesidad de verlos. Se sentó, como ellos, y terminó de juntar los palitos que quedaban. Los fue poniendo adentro de la caja. Estuvieron un rato así, hasta que el techo se iluminó. El ingeniero miró hacia arriba. La luz, procedente del exterior, se difundía a través de unas troneras irracionalmente distribuidas en el cielorraso. Le dio la misma impresión que con el vano de entrada: los cortes eran desprolijos. Contó doce agujeros. Los supuso un sistema de iluminación indirecta del tipo “garganta de luz”. Después miró el cuarto. Había una cama deshecha, armada adentro de lo que parecía ser un estuche plástico de marcadores fuera de escala, con las dimensiones de una cama humana. Había también, en un rincón, una pila enorme de semillas y varios toneles rojos. Uno estaba volcado. Antes de que la luz se fuera, el ingeniero alcanzó a identificar el logotipo de Coca Cola y la leyenda “VENC 10 JUN 1976”, sellada sobre el fondo.

Eran solamente tres las personas contenidas por ese cuarto, contándose a sí mismo y a la desconocida amiga del hijo. En un momento cruzó una mirada con ella: tenía ojos achinados. El ingeniero pensó: “Todo es tan raro…” Entonces se interrumpió la luz, sin que nadie hiciera movimiento alguno. El ingeniero dio una larga pitada a su cigarrillo, antes de aplastarlo contra el suelo. Tosió, sonrió nerviosamente y dijo:

—Qué fantasía, parece de cartón. Nunca antes había estado en este lugar.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto es socio fundador de Galpón Estudio, con una amplia obra construida en territorio nacional y premios locales y en el extranjero. Como escritor tiene varios libros publicados: Playa quemada, La flor azteca, La fe ciega, El amor enfermo, Auschwitz, El corazón de Doli, El contagio social, entre otros. Con “Marvin” obtuvo el Premio Municipal de Literatura en cuento y con La otra playa el Premio Clarín de Novela. Está traducido a siete idiomas. El texto que aquí se publica obtuvo una mención en el primer concurso de cuentos del CACyF, y desde allí fue corregido unas setenta veces hasta que le tocó aparecer en un misterioso libro de fantasmas titulado “fff”. Después de un próspero año de ventas, “fff” decidió esfumarse del mundo sin dejar otro rastro que “Cartón”.

KARLSSON

Anatoly Belilovsky

 

—¿Dónde está Charlie? —pregunté.

Lynne no levantó la vista de su computadora portátil.

—Creo que está viendo sus estúpidos dibujos animados —dijo.

—Me voy a trabajar —dije—. Turno de noche.

—Adiós —respondió.

Antes solía decir: «Ten cuidado».

 

—Karlsson —dije—. ¿Es el nombre o el apellido?

La luz interior del patrullero se encendía y apagaba sobre su rostro sonriente: rojo, azul, amarillo. Tenía los ojos muy abiertos. Llevaba un mono de trabajo. Sin sombrero.

—Solo Karlsson —dijo el hombre—. Karlsson que vive en el tejado.

De la espalda del mono le colgaba una hélice y llevaba cosido en el frente un gran botón rojo. El botón parecía no pertenecer allí. Daba la impresión de que lo hubiera cosido él mismo.

El botón y también la hélice.

—Eso no es lo que dice su esposa —dije—. Ella afirma que se llama Arthur Quinn.

—No tengo esposa —dijo el hombre—. Vivo en el tejado. Las esposas no viven en los tejados. Si supieran lo maravillosos que son, también vivirían allí. Pero entonces dejarían de ser esposas.

—Usted ya no vive aquí en absoluto —dije—. Ni en el tejado ni debajo. Su esposa tiene una orden de restricción contra usted.

El hombre se encogió de hombros. La hélice sujeta a la espalda del mono subió y bajó; una pala sobresalió por encima de su cabeza y las otras dos se balancearon detrás de los codos.

—Tengo un amigo en la casa —dijo—, y me necesita. Soy su mejor mejor amigo del mundo.

—Y —continué— ella ha formulado ciertas acusaciones...

Su sonrisa desapareció durante un instante y luego regresó.

—Esa es Frekken Bock. No debería creer nada de lo que dice. ¿Sabe lo que dijo una vez?

—¿Qué? —pregunté.

—Dijo... —El hombre hizo una pausa y movió las cejas.

—¿Sí? —dije.

—Dijo que amaba a los niños —susurró.

Tenía los ojos muy abiertos. Los reflejos de la luz interior daban vueltas alrededor de sus pupilas.

—Tendrá que venir conmigo —dije—. A la comisaría.

El hombre asintió.

—¿Podemos ir con luces y sirenas? ¡Sería lo más divertido del mundo! Y esposas... ¿puedo llevar esposas?

Tenía que llevar esposas. Eran las reglas.

—Sí —dije—. Puede llevar esposas.

 

—¿Tú también? —dijo la sargento Smith.

—¿Quiere decir que hay más de uno? —pregunté.

Su risita sonó un poco forzada.

—Estos malditos Karlsson están por todas partes —dijo—. Malditos lunáticos. El tribunal de familia está desbordado.

—¿De dónde salieron todos? —pregunté.

—Búscalo en Google —dijo—. Karl con K, doble S, O, N. Mira en «videos».

Colgó.

Sabía que tenía en su oficina un viejo teléfono de disco. La campanilla de acero seguía sonando después de que ella dejaba caer el auricular en la horquilla. Claro que uno no podía oírla cuando era ella quien le colgaba. Pero verla colgarle a otra persona... eso sí que era algo.

Alguien había hecho un trabajo endemoniadamente bueno doblando al inglés una caricatura rusa de cincuenta años atrás basada en un libro infantil sueco. Karlsson, un tipo amable, gordo y jovial, vive, tal como se anuncia, en un tejado; es el mejor –y único– amigo de Pequeño, su único protector frente a la malvada ama de llaves Frekken Bock. Entra volando por la ventana gracias a una pequeña hélice que lleva en la espalda y que enciende mediante un botón rojo cosido en la parte delantera del mono.

Ah, y funciona con mermelada de frambuesa.

Lo cual, por una curiosa coincidencia, era exactamente el aspecto que tendría uno de mis Karlsson si intentara volar desde el tejado de cualquier cosa más alta que un gallinero.

 

El siguiente Karlsson era corpulento, igual que el de la caricatura.

También era negro.

—Me gusta este juego —dijo—. Es como si estuviera en la cárcel y Frekken Bock me torturara, pero yo soy el mejor, más valiente, más fuerte y moderadamente bien alimentado héroe del mundo, y voy a ganar.

Sonaba exactamente igual que el actor de doblaje que hacía la voz de Karlsson en la caricatura.

Su hélice se había roto cuando cayó del tejado. Por suerte, su esposa y su hija vivían en una casa de una sola planta rodeada por un cantero de flores.

—¡Haz que pague las flores! —gritó una voz desde la casa.

—¿Podemos ir con luces intermitentes y sirenas? —preguntó el Karlsson negro.

—¿Y esposas también? —pregunté.

Se le iluminaron los ojos.

—¿Podemos hacer eso?

—Podemos hacerlo —dije.

 

El miércoles llevé a Charlie a su pediatra. La doctora Li solía tener mucha gente en el consultorio. Esta vez estaban todos afuera. La doctora Li también. Estaba en el tejado. Llevaba un mono con una hélice cosida a la espalda. Y sostenía entre las rodillas un frasco abierto de mermelada de frambuesa. Y una cuchara grande en la mano.

—¡Eh, papá! —gritó Charlie—. ¡Ahora la doctora Li es una Karlsson!

—Esto es despreciable —dijo una mujer cerca de nosotros, aferrando a una niña pequeña—. ¡Necesitamos una pediatra, no una payasa!

—Me gusta más así —dijo la niña—. Mira: tiene una mano en la chimenea y con la otra sostiene la cuchara. ¡Ahora no podrá ponerme una inyección!

—¡Tonterías! —dijo la mujer—. Tenía todas estas preguntas importantes...

—Querías pedirle que me dijera que los dulces son malos para mí —dijo la niña—. Y los dibujos animados. —De pronto sonrió ampliamente—. ¡Hola, doctora Karlsson-del-tejado! —gritó.

—¡Hola, Daisy! —gritó la doctora Li desde el tejado.

—¡Es la mejor doctora!

—¡Claro que sí! —respondió la doctora Li—. ¡Soy la mejor mejor doctora del mundo!

—¡Realmente necesito su ayuda, doctora Li! —le grité.

—¿Sí? —dijo—. ¿Qué necesita?

—¡Necesito que complete unos formularios! —dije—. ¡Para la escuela!

—Frekken Bock puede hacer eso —dijo la doctora Li—. Está adentro. Está afilando sus agujas. Y sus dientes.

—¿Y el asesoramiento? —dijo la mujer descontenta—. ¡Necesitamos asesoramiento! ¡Y orientación preventiva!

La doctora Li se volvió hacia Charlie.

—Charlie —dijo—, ¿cuánto tardarías en pensar todas y cada una de las estupideces que nunca deberías hacer en toda tu vida?

—No sé —dijo Charlie—. ¿Vivir en el tejado es una de ellas? ¿Y comer mermelada con cuchara?

—Sí —dijo la doctora Li—. ¡Vas muy bien! Díselo todo a Daisy, absolutamente todo, y aconséjale que nunca, nunca, nunca haga ninguna de esas cosas.

—¿Qué clase de asesoramiento es ese? —murmuró la mujer.

La doctora Li la oyó.

—¡El mejor mejor del mundo! —dijo, sonriendo alrededor de una cucharada de mermelada de frambuesa.

—¿Doctora Karlsson? —dijo Charlie—. ¿Y si de verdad necesito ayuda?

La doctora Li cambió de posición y dejó colgar los pies desde el borde del tejado.

—¿Ves este timbre? —dijo.

Charlie asintió.

—Si lo haces sonar una vez —dijo— significa: «No vengas en ninguna circunstancia». ¿Entendido? —Charlie volvió a asentir—. Si lo haces sonar dos veces significa: «Ven inmediatamente», y volaré a rescatarte enseguida. Y si lo haces sonar tres veces...

—¿Sí? —dijo Charlie.

—Si lo haces sonar tres veces significa: «¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!» —dijo la doctora Li.

Y Charlie corrió a tocar el timbre tres veces, pero primero tuvo que ponerse en fila.

Todos los niños querían hacerlo.

 

—Ridículo —dijo Lynne—. Tenía algunas preocupaciones serias sobre el comportamiento de Charlie que quería hablar con la doctora Li, y ahora no puedo.

Tenía el rostro clavado en la computadora portátil.

—¿Sabes lo que me dijo? Dijo que deseaba que uno de nosotros se convirtiera en Karlsson.

—Tal vez sea eso lo que necesita —dije.

—Adelante, conviértete en Karlsson —dijo—. Hagas lo que hagas, no puedes ser más inútil de lo que ya eres.

—¿Me llamaste aquí para arrestarme? —pregunté.

La sargento Smith negó con la cabeza.

—No. Solo para entregarte una orden de restricción.

—¿Qué alega Lynne? —pregunté.

—No gran cosa —dijo—. Mala influencia.

—Supongo que todavía conservo el trabajo —dije—. ¿También vas a entregarme la demanda de manutención infantil, sargento?

—No es mi trabajo —dijo—. Emily.

—¿Emily quién? —pregunté.

—Yo soy Emily —dijo—. Para mis amigos.

—¿Tus mejores mejores amigos del mundo? —dije.

No sonó bien. No como lo decían los Karlsson. Emily esbozó una media sonrisa: una mitad de la boca se elevó, los dos ojos entornados.

—¿Por qué no te conviertes tú mismo en Karlsson? —dijo—. A Charlie le gustaría.

—¿Por qué no lo haces tú? —pregunté.

—No tengo un tejado —dijo— del que me apetezca caerme.

Entonces empezó a llover, las gotas abriendo caminos por los cristales exteriores cubiertos de polvo; su golpeteo llenaba el silencio como la conversación de otra persona. No era una gran razón para permanecer callados, pero por mutuo acuerdo sirvió como una excusa bastante aceptable.

Me volví hacia el teléfono de Emily.

—Será mejor que llame a Charlie —dije, extendiendo la mano hacia el auricular.

Su mano cayó sobre la mía.

—No te molestes —dijo.

Tenía el rostro muy cerca, los ojos abiertos, pero no abiertos como los ojos de un Karlsson. Miraba más allá de mí, hacia la ventana.

—Mira —susurró.

Me volví, y solo si levantaba el brazo y lo pasaba por encima de los hombros de Emily podía girar lo suficiente para ver hacia donde ella miraba.

Y allí estaba.

Con la hélice girando y dispersando la lluvia, los ojos muy abiertos, una enorme sonrisa, vestido con un mono, flotando justo al otro lado de la ventana de Emily: Charlie. Mi Charlie. Mi Charlie Karlsson.

—Cómo... —susurré.

—Cállate —dijo Emily—. No digas nada.

La mano de Emily, que había impedido que levantara el teléfono, subió por la mía, acarició mi pecho y sostuvo mi rostro.

—Dos timbrazos significan «ven tan rápido como puedas» —dijo—. Abramos la ventana...

—No —dije.

Y levanté el antiguo auricular. Lo golpeé contra la horquilla; la campanilla sonó fuerte y clara cada vez: Una. Dos. Tres veces.

«¡Estoy tan feliz de tener al mejor mejor amigo del mundo, Karlsson que vive en el tejado!»

Y bajo la lluvia, como cientos de pequeños helicópteros, un enjambre de Karlsson se elevó desde los tejados y comenzó a girar alrededor de Charlie, bailando entre las gotas, lanzándose hacia las nubes, zumbando junto a vehículos y edificios, mientras desde la ciudad envuelta en el crepúsculo repicaban campanas de iglesias, timbres, campanillas de viento e incluso bocinas de automóviles: demasiadas para contarlas, pero, si uno prestaba atención, siempre de tres en tres, solo de tres en tres, siempre y únicamente de tres en tres.

Y Emily y yo, abrazados, con los pies apoyados en el suelo, encontramos algo casi tan bueno como volar. Algo que cualquiera puede hacer. Cualquiera. Prueba besar. Prueba reír. Ahora intenta hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

 

LA OSTRA EN LA MONTAÑA

Gianluca Vici Torrigiani

 

11 DE ABRIL DE 2023

Ha fallecido serenamente

VITTORIO ALFREDINI
a la edad de 89 años.
Su esposa Mara y sus hijos comunican con pesar la triste noticia.

 

Desde luego, no era la mejor bienvenida. Por la cabeza de Mauro pasó durante un instante una consideración cínica:

«Un cliente menos...»

Apartó con disgusto aquel pensamiento inoportuno y se volvió un momento hacia su esposa Clara, que contemplaba la carretera correr junto a la ventanilla del automóvil.

La luz del sol recorría su rostro perseguida por la sombra de los árboles. Aquella luz y aquellas sombras la hacían parecer veinte años más joven.

Clara siempre había parecido más joven, quizá por aquel rostro redondo, quizá por la sonrisa que, aunque apenas insinuada, nunca abandonaba sus labios.

Fueron solo unos instantes para Mauro; después volvió a fijar la vista en la carretera.

Ya casi habían llegado. Aquel pequeño camino rural parecía no terminar nunca, como si quisiera tragárselos junto con el bosque que lo rodeaba, pero ahora ya distinguían el campanario de la iglesia, después la primera casa y finalmente el portón del sueño que habían acariciado durante toda su vida.

«Esa hermosa casa de campo con el restaurante en la planta baja», como le gustaba llamarla a Clara.

Los últimos trámites, la entrega de las llaves, un apretón de manos al agente inmobiliario y allí estaban, solos dentro de un sueño convertido en realidad.

Mauro abrió el maletero y empezó a descargar las primeras maletas y cajas; el resto llegaría con la empresa de mudanzas unos días después.

Dos gatos, que estaban descansando en el patio de su nuevo restaurante, se levantaron lentamente, sin mostrar la menor curiosidad por los recién llegados, y fueron a sentarse justo a ambos lados de la puerta de entrada, como si quisieran ofrecerles una bienvenida educada y formal.

—Deben de estar acostumbrados a recibir las sobras de la cocina —pensó Mauro mientras terminaba de vaciar el automóvil.

Al levantar la última caja, dio un traspié y estuvo a punto de caer al suelo de no ser porque Clara había visto lo que ocurría un instante antes y alcanzó a advertirlo. Un gato, otro más, se le había cruzado entre las piernas, y otros dos acababan de entrar por el portón principal.

Era algo que ya habían notado durante sus primeras visitas al pueblo, cuando intentaban decidir si aquel era el lugar adecuado. Cuencos, mantas usadas, cajas con almohadones. Recipientes con agua y pequeñas casetas junto a las entradas de las casas. En aquel lugar seguramente había más gatos que personas. También el patio interior de la casa estaba permanentemente cubierto por decenas de gatos tumbados, dormidos o dedicados a su aseo cotidiano. Hermosos gatos, bien alimentados, afectuosos, siempre con aire astuto, siempre dispuestos a conseguir comida o caricias.

O ambas cosas.

Aquella fue una de las razones que convenció definitivamente a Clara. Amaba los gatos y, después de la muerte de Miércoles, su viejo gato ya enfermo, la idea de tener un nuevo felino la entusiasmaba. Y allí había de sobra.

Mauro también amaba a los gatos, pero aquella enorme colonia le producía una ligera inquietud.

El automóvil ya estaba vacío, las maletas dentro de la casa, algunos gatos habían conseguido sus caricias y el sol comenzaba a ponerse.

A la mañana siguiente los despertaron las campanas. Era el funeral del hombre cuyo obituario habían visto el día anterior. Contemplaron desde la ventana la silenciosa procesión; no parecía el mejor día para ir a presentarse ante los nuevos vecinos.

Era un cortejo fúnebre como cualquier otro, con el largo automóvil, parientes y amigos bien vestidos, abrazos y lágrimas. Junto a la entrada de la iglesia, sentada en una silla, había una anciana vestida de negro. Probablemente la viuda, a juzgar por la fila de personas que pasaban ante ella para dedicarle unas palabras y una caricia.

Aun así, Clara observó que la anciana viuda no parecía demasiado abatida. Agradecía a todos con una sonrisa y un rostro sereno, casi como si fuera ella quien consolaba a los demás. También advirtió que acariciaba a un gran gato gris que tenía sobre las piernas.

Por alguna razón, Clara pensó en Miércoles, en todo el amor que le había dado y en cómo el gato de aquella anciana parecía estar haciendo lo mismo.

Se apartó de la ventana y fue a ayudar a Mauro. Dentro de unos días abrirían por fin su restaurante en la montaña. El único restaurante especializado en productos del mar de aquella región montañosa de bosques y jabalíes.

Lo llamarían La Ostra en la Montaña, y pronto invitarían a todo el pequeño pueblo a la inauguración.

 

La inauguración fue un éxito, entre presentaciones, apretones de manos y felicitaciones a los cocineros. Clara estaba tan feliz... Un sueño, un sueño acariciado durante tantos años que, ahora que los hijos ya eran adultos, se había convertido en realidad.

También los gatos aprovecharon la inauguración y devoraron todas las sobras de pescado. Mauro había acertado: también estaban acostumbrados a aquello con el propietario anterior.


12 DE MAYO DE 2024

Ha fallecido rodeado del afecto de sus seres queridos
SERGIO ROSSELLI
a la edad de 87 años.
Sus nietos Ferdinando y Flavia comunican con pesar la triste noticia.

 

Laura, la hija de Clara y Mauro, había llegado a tiempo para la procesión fúnebre. Sus padres todavía estaban en la iglesia mientras Rebecca, su hija de cinco años, acababa de descubrir «los gatos de los abuelos».

Los gatos la habían rodeado como si vieran por primera vez a una niña pequeña. Ronroneos, roces, un par de felinos intentando saltar entre sus pequeños brazos. Sus risas estaban acompañadas por maullidos festivos.

En realidad, aunque se trataba de un pueblo algo aislado, Laura lo consideraba un lugar adecuado para criar a una niña. Quizá dentro de algunos años.

Mauro y Clara salieron de la iglesia, y Mauro volvió a intentar no pensar en otro cliente desaparecido. Y qué cliente: el viejo señor Sergio siempre comía como si aquel fuera su último día.

Algo que, de hecho, había ocurrido el día anterior a su muerte.

Pronto no tendrían demasiados clientes en La Ostra en la Montaña.

Al cruzar el portón, una pequeña masa indefinida de gatos, colas y niña corrió hacia ellos. Clara tomó en brazos a su nieta y los gatos por fin la dejaron en paz.

La alegría por la visita de su hija estuvo acompañada por conversaciones sobre la verdadera rentabilidad del restaurante, aunque en el fondo Clara y Mauro no estaban demasiado preocupados. Incluso si al final tenían que cerrarlo –y tarde o temprano, dada su edad, tendría que ocurrir–, disfrutarían de la jubilación en la casa de sus sueños.

Después de acostar a Rebecca y una vez que sus padres ya dormían, Laura aprovechó para salir y disfrutar del aire fresco de la noche y del cielo estrellado. El cielo nocturno en la montaña era maravilloso, y viviendo en la ciudad no tenía ocasión de apreciarlo.

Un movimiento percibido por el rabillo del ojo hizo que Laura se volviera hacia el portón.

Afuera, iluminada por una farola, una procesión de gatos avanzaba lentamente hasta formar un círculo alrededor del cono de luz proyectado sobre el suelo.

Aquello era bastante curioso, pensó Laura. Los gatos estaban sentados formando un círculo, pero justo fuera de la zona iluminada. En el centro, un gatito permanecía sentado mirando a los demás, que a su vez lo observaban.

Entonces se puso de pie de un salto.

Un maullido tenue.

Todos los otros gatos se levantaron y respondieron con un profundo maullido al unísono.

En ese momento, la extraña situación terminó y todos los gatos se dispersaron, incluido el gatito que estaba bajo la luz de la farola.

Laura permaneció en silencio, luchando contra la tentación de despertar a sus padres y contarles lo que acababa de ver. Decidió dormir y, al día siguiente, entre el desayuno de Rebecca, las maletas todavía sin deshacer y el aroma que llegaba desde la cocina del restaurante, el extraño ritual felino terminó por ser olvidado.

 

13 DE JUNIO DE 2032

Rodeada del afecto de sus seres queridos ha fallecido
NICOLETTA BRANDO DE ROSSI
a la edad de 84 años.
Su esposo Franco lo comunica con profundo dolor.

 

Siempre es difícil. Siempre. Uno no sabe qué decir, y cualquier intento de consolar a quien está sufriendo parece completamente inútil.

Pero Clara y Mauro no eran personas capaces de dejar solos a sus amigos.

Habían preparado para el pobre Franco un almuerzo digno de Neptuno. Linguini con bogavante, parrillada mixta acompañada de calamares fritos –a Franco le encantaban los calamares fritos–, ensalada de pulpo y berenjenas en aceite. Todo acompañado por un vino blanco de la bodega de un amigo.

—Temo que no comerá nada —dijo Clara mientras preparaba los platos.

—Sí —respondió Mauro—. Pero no importa.

Habían preparado una mesa en un rincón del local, lejos de la sala principal. Mauro se ocuparía de los pocos clientes y Clara acompañaría al pobre Franco.

—¿Podrás solo? —le había preguntado Clara, algo inquieta ante la perspectiva de quedarse como único sostén del amigo viudo.

—No te preocupes, no creo que venga demasiada gente hoy. Así podré acercarme también a la mesa y comer con ustedes.

Mauro tenía razón. Solo dos mesas ocupadas: un par de ciclistas y una pareja que hacía turismo rural.

Todos se marcharon muy felices y satisfechos. Sobre todo los ciclistas, que tomaron sus bicicletas y se las llevaron caminando.

Franco reía y comía con apetito cuando Mauro llegó a la mesa. Era Clara: siempre conseguía sacarte de la más negra desesperación, y aquella era una de las razones por las que se había enamorado y se había casado con ella.

Se sirvió vino, se sentó y dejó que la conversación continuara sin interrumpirla.

Debía de ser terrible, pobre Franco.

Y pensó en el día en que también él tendría que despedirse de Clara.

Un frío mortal le cerró el estómago. Luego, con todo el egoísmo que podía hacer brotar el miedo, pensó que, si todo seguía su curso natural, moriría él primero, puesto que era mayor.

Se avergonzó de semejante pensamiento.

La Muerte. Nunca pensamos en ella, pero siempre está alrededor, siempre entre los pies, como una gata astuta y entrometida que nunca nos deja solos.

Franco había dejado de reír y las lágrimas le llenaron los ojos. Clara tomó sus manos entre las suyas y Mauro le pasó un brazo por los hombros.

Pasaron toda la tarde juntos, entre cafés y conversaciones.

La tarde moría con gracia entre las manos de la noche recién llegada.

Franco pidió la bolsa con las sobras del almuerzo para los gatos del pueblo.

Una despedida, el amigo ya alejándose con la bolsa, y las primeras estrellas que anunciaban la noche aparecieron como agujeros de polilla en un mantel demasiado viejo.

Clara dormía, pero Mauro no conseguía hacerlo. La observaba con miedo y dolor.

—Basta, tonto, están vivos. No seas trágico y duerme —se repetía con severidad.

Pero nada. Ni rastro de sueño ni ganas de seguir tumbado mirando el techo.

Fue a la cocina, se preparó un té y se acomodó en el sillón frente a la ventana.

Las noches en el pueblo eran siempre así: cuando hacía buen tiempo, la gente permanecía fuera hasta tarde; después todos regresaban a sus casas y el silencio descendía como las mantas sobre las camas.

Resultaba ligeramente inquietante, pero también fascinante. Ese pequeño miedo agradable que uno siente por diversión cuando sabe que está a salvo dentro de su casa, lejos de la oscuridad exterior.

Una oscuridad que pareció moverse y le hizo derramar unas gotas de té.

¿Qué había allí fuera, en las tinieblas, un poco más allá de la luz de la farola?

La sombra se tambaleó.

Después apareció un pie, una pierna.

Una bolsa con sobras.

Era Franco.

¿Qué demonios hacía afuera a aquellas horas?

Mauro estaba a punto de abrir la ventana y llamarlo cuando vio que estaba rodeado de gatos. Quizá había olvidado llevarles las sobras y, comprensiblemente, tampoco conseguía dormir.

Estaba a punto de levantarse para decirle que bajaría a hacerle compañía un rato cuando vio que Franco se detenía bajo la luz de la farola y todos los gatos que lo seguían se sentaban formando un círculo, justo más allá de la zona iluminada.

Era extraño, y la escena lo mantenía clavado frente a la ventana como un programa de televisión increíblemente fascinante.

De la oscuridad, fuera del cono de luz, apareció primero una pequeña pata y después el resto de una gatita clara y manchada.

La gata se sentó frente a Franco, que permanecía de pie bajo la farola.

Entonces el anciano se agachó ante ella, abrió la bolsa con las sobras y le dio de comer.

La gatita comió con avidez, aunque dejó la mayor parte. Después maulló, se restregó contra las piernas de Franco y de un salto subió a sus brazos.

En ese momento, los otros gatos entraron en el círculo de luz y comieron lo que quedaba, mientras el hombre, de pie entre ellos y con una gran sonrisa, acariciaba a la gatita que sostenía en brazos.

Después se marchó, desapareciendo nuevamente en la oscuridad mientras todos los demás gatos se dispersaban.

 

14 DE JULIO DE 2037

Ha fallecido serenamente
FRANCO ROSSI
a la edad de 91 años.
Mauro y Clara comunican con pesar la triste noticia.

 

El funeral del señor Franco contó con mucha asistencia. Durante los últimos años, hijos y nietos de los habitantes de aquel pequeño pueblo habían comenzado a trasladarse allí, deteniendo la lenta e inexorable muerte del lugar.

También Laura, la hija de Mauro y Clara, se había mudado con Rebecca y su marido, y se habían hecho cargo de La Ostra en la Montaña. La iglesia repleta era una muestra de aquel inesperado renacimiento.

Aunque al señor Franco ya no le quedaban parientes vivos, no le faltaban amigos con sus familias, y todos estaban allí.

Aquella tarde Mauro y Clara estaban dando de comer a los gatos cuando una gatita clara y manchada llevó ante ellos a un nuevo minino, algo flaco y bastante torpe.

—Ha sido rápido —dijo Mauro sonriendo.

—Es verdad, ha sido el más veloz —respondió Clara, volviéndose hacia él y devolviéndole la sonrisa.

Permanecieron así, mirándose y sonriendo mientras se tomaban de la mano.

 

15 DE AGOSTO DE 2047

Rodeado del afecto de sus seres queridos, ha fallecido serenamente
MAURO VITALI
a la edad de 92 años.
Su viuda Clara lo comunica con profundo dolor.

 

En realidad, Clara no estaba tan desconsolada.

Habían transcurrido allí veinticuatro años, los mejores de su vida, años de ensueño a pesar de las dificultades y de la muerte.

Rebecca, convertida ya en una mujer, la abrazaba sollozando por la pérdida de su abuelo. También Laura lloraba a su padre apoyada contra el pecho de su marido.

Pero Clara parecía consolar a todos y, cuando finalmente terminó el funeral y se disponían a regresar a casa bajo aquel espléndido cielo de verano, un gran gato gris las esperaba delante del portón.

Clara se sentó en el banco del patio del restaurante mientras el gran gato subía a sus rodillas.

Por un instante recordó a la señora Mara, el primer día de su llegada.

Tampoco ella estaba desconsolada aquel día.

El sol de agosto era cálido, pero no tanto como para impedirles permanecer fuera.

El gran gato emitió un ligero maullido mientras dos largas sombras se estrechaban sobre ellos.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Clara mientras su hija y su nieta se sentaban a su lado.

Gianluca Vici Torrigiani nació en Roma, Italia, el 19 de abril de 1979. Escritor, guionista y divulgador, desarrolla una obra centrada principalmente en la ciencia ficción, el weird y la exploración de mundos posibles. Es autor de la novela de ciencia ficción Las sombras de Titán y creador del personaje de Nibani, protagonista del relato homónimo que obtuvo el XXVI Trofeo RiLL en 2020. Publicado inicialmente en la antología Oggetti smarriti y posteriormente reeditado en Oltre il reale (Delos Digital), Nibani está siendo adaptado actualmente a una miniserie de historietas por la editorial Garage11. Ha colaborado con numerosas editoriales y publicaciones especializadas, entre ellas Menhir Edizioni, Tabula Fati, Bertoni Editore, Delos Digital, Acheron Books y Comicus.it, donde también ejerce como redactor y crítico. Como guionista ha escrito diversas series y adaptaciones para el mundo del cómic, entre ellas Darwin Awards, Colui che sta nell’ombra, La lettera U, La leggenda dei sette cadaveri y La storia del Golem di Benevento. También participa en proyectos de divulgación científica y cultural. Es creador y conductor, junto con Toni Viceconti, de la sección Fanta History, realizada en colaboración con la Asociación Cultural de Estudios sobre Egipto y Sudán (ACSES), y conduce el programa radial La tisana spaziale con Sam Vega en Radio RedOnAir. Apasionado por la ciencia ficción y la literatura fantástica, concibe la escritura como una forma de explorar los territorios aún desconocidos de la imaginación humana.

 

 

 

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