Veronika Santo
Zora está
acurrucada en el asiento del autobús casi vacío que serpentea a lo largo de la
costa adriática. A un lado se extiende el mar azul y profundo del canal de
Velebit; al otro se alza la montaña, blanca como un hueso y afilada como los
dientes de un dragón. Han salido de Trieste hace varias horas y las luces de
Zara ya están cerca. Luces como las de un árbol de Navidad pobre, porque en el
norte de Dalmacia hay guerra y la ciudad ha estado rodeada por los enemigos
durante demasiado tiempo y nada es ya como antes.
El autobús con el letrero
“Dubrovnik line” se hunde como un cuchillo en la niebla tenue que forma una
cúpula gris clara, casi invisible, alrededor de la ciudad. Hay de todo en esa
niebla: vapor de los bombardeos, partículas de arena de los sacos amontonados
delante de las ventanas, la quintaesencia de los muertos y de los heridos en el
alma y en el cuerpo, el odio y la esperanza por el pasado y por el futuro.
Zora baja del autobús un poco antes
de medianoche. No habría querido tomar uno que llegara de noche, pero el tren
desde Roma tuvo retraso y ese era el último que se aventuraba hacia el sur, a
lo largo de la costa adriática.
Es demasiado tarde para los
autobuses locales, y los taxis hace tiempo que han desaparecido de la ciudad,
requisados por los soldados o huyendo de la guerra. La estación está casi
desierta, los andenes vacíos, las aceras llenas de colillas de cigarrillos de
los soldados. Del único bar iluminado llegan voces masculinas, alteradas por el
vino y la cerveza. Una señora anciana baja junto con ella. Zora ve que la
esperan con un coche blanco estacionado no lejos de la acera. Mientras intenta
decidirse a pedir que la lleven, el coche arranca y ella solo ve el brillo de
las gafas del conductor que huye en la oscuridad de la carretera.
Hace frío. Un viento salobre empuja
las nubes altas en el cielo y se siente el olor del mar como siempre, como en
los tiempos en que la cúpula aún no existía. Eso le da valor. Zora se abrocha la
chaqueta, se cuelga la mochila en la espalda, toma la valijita con la mano
derecha y comienza a caminar. La noche alrededor es densa y silenciosa. Tiene
por delante cuarenta minutos de camino antes de llegar a casa.
—¡Detente! —le ordena alguien, y se
da cuenta de que delante de ella hay un puesto de control—. ¿No sabes que hay
toque de queda? —pregunta una voz masculina iluminándole el rostro con una
linterna.
—He llegado con el autobús desde
Trieste —responde Zora señalando el que pasa veloz junto a ellos para continuar
su viaje a lo largo de la costa.
—Muéstreme los documentos —dice el
hombre acercándose—. Es peligroso deambular así de noche.
Zora saca los documentos y el
muchacho los examina atentamente. Al acercarse, ve que no puede tener más de
unos veinte años.
—¿Vive en Melada? —continúa él.
Zora asiente, cambiando el peso de
una pierna a la otra. De la boca del muchacho sale vapor a causa del frío. Ella
piensa que debería haber llamado a alguien antes de salir de Trieste. Pero al
final… ¿a quién? Los padres son demasiado viejos y los hijos demasiado
pequeños.
El soldado se vuelve hacia sus
compañeros, que proyectan sombras en el borde de la carretera, y regresa con
ellos llevándose los documentos de Zora en la mano. Los oye susurrar. Son tres
y cada uno lleva una ametralladora al hombro.
—Uno de nosotros la acompañará —le
anuncia el muchacho.
Debería sentir alivio. En cambio,
se esfuerza por verlos mejor, pero las nubes cubren cada vez más el cielo y la
única luz es el cigarrillo encendido de uno de los soldados. De la oscuridad se
acerca otro hombre. Tiene el cabello rubio, pero no se distingue su rostro.
—Vamos —dice. Primero se acomoda la
ametralladora en el hombro y luego recoge la valijita que Zora había dejado en
el suelo.
Se ponen en camino. Zora empieza a
pensar si debería preguntarle al menos su nombre y si debería darle las
gracias. Tal vez tenían la tarea de acompañar a todos los pasajeros perdidos
que llegaban durante la noche a Zara. Pero no pregunta nada, porque le parece
que el soldado es de los que no hablan mucho. Su fusil ametrallador pesa sobre
sus hombros con el cañón apuntando hacia la acera resquebrajada.
—Debemos ir todo recto hacia abajo
y luego tomar la Vía de la XIX División —le informa el soldado después de unos
minutos de caminata—. El camino por el centro es demasiado largo y creo que
usted ya está cansada.
—De acuerdo. Es el camino más
corto. Pasamos junto al cuartel —acepta Zora mirando de reojo el rostro del
hombre. Parece un poco menos joven que el soldado que la detuvo en el puesto de
control, pero no hay suficiente luz para verlo bien. Las nubes desgarradas y
luego amontonadas de nuevo por el viento viajan veloces sobre ellos.
—Ahora ya no queda nadie en el
cuartel —dice el soldado.
Caminan de nuevo en silencio. Ella
sabe que la naturaleza del hombre es cambiante; mantiene los oídos atentos para
percibir su respiración, que podría delatar intenciones puramente masculinas.
Un soldado sigue siendo un soldado, decía su abuela; las guerras cambian, pero
la naturaleza de los soldados permanece inmutable.
La calle se despliega silencios ante
ellos, con las casas oscuras y las ventanas cubiertas para que no se filtre la
luz. Ya es una costumbre cubrir las ventanas, aunque los ataques más fuertes
contra la ciudad hayan cesado.
Zora conoce bien el camino. Deben
seguir recto; después del tercer cruce girarán a la derecha para tomar la calle
con los jardines y las casas de su barrio. En una de ellas seguramente la luz
seguirá encendida. Ella abrirá el portón que chirría, cruzará el sendero de
entrada con la pérgola y estará en casa.
Pero ahora sigue caminando con el
soldado que empuña su fusil ametrallador. El aire es frío, enrarecido como si
estuvieran en la luna. También la calle frente a ellos es lunar, desierta, con
agujeros de granadas que aquí y allá se hunden y se alzan de repente como
cráteres. Una o dos veces Zora tropieza, pero él ni siquiera roza su brazo para
ayudarla, y eso la tranquiliza.
A la izquierda hay casas con
ventanas muertas, un cruce, pero ellos siguen sin girar; pasan delante del
edificio del antiguo matadero y luego un largo muro que oculta los edificios –con
las máquinas detenidas desde el comienzo de la guerra– de una empresa textil. A
la derecha, a la altura del matadero, está el cuartel del ejército nacional
yugoslavo. Un ejército que ya no existe como tal. Edificios vacíos, parques
abandonados, ventanas con los vidrios rotos que brillan a la luz de una luna
esquiva: son los testigos mudos de la batalla que hasta poco antes había rugido
entre la ciudad y el ejército que en el pasado tenía la tarea de protegerla.
El soldado ahora camina más
despacio. De vez en cuando se detiene y mira con desconfianza hacia los
edificios. Zora comprende que algo no va bien. El soldado se detiene de
repente.
—Allí hay alguien —le susurra.
—Pero cómo —susurra Zora—, el
cuartel está abandonado, se retiraron…
Pero él le hace una señal para que
se calle.
Deja la valijita de ella sobre el
asfalto y corre rápidamente, silenciosamente, en la oscuridad; ella se queda
sola con el corazón y las manos heladas. Esconde las manos en los bolsillos del
abrigo; el corazón está desnudo en la noche. Mira con los ojos muy abiertos
hacia las ventanas negras para captar algún movimiento sospechoso; por momentos
le parece distinguir sombras más claras que se deslizan detrás de los cristales
rotos. No sabe si es real o si su inquietud abre la puerta a imágenes
fantásticas.
Después de unos minutos que le
parecen horas, él regresa, con pasos suaves de lobo.
—Aquel edificio de allí era la
lavandería. Debo echar un vistazo alrededor. ¡Malditos! Parece que se han
infiltrado otra vez en el cuartel. Es mejor que me espere dentro de la
lavandería en lugar de aquí, en la calle —susurra, y le hace señas para que lo
siga hacia el edificio bajo y blanco que se alarga siguiendo el muro del
cuartel.
Zora se vuelve a mirar alrededor,
desesperada. No quiere ir con él, pero no sabe qué hacer. Ahora empieza a tener
miedo y ni siquiera sabe de qué: de la calle vacía, de las extrañas presencias
en el cuartel o de la profunda oscuridad que se esconde detrás de las ventanas
rotas.
Así, sin saber siquiera por qué,
sigue al soldado que la precede con sus modos decididos y silenciosos. Al
llegar a la entrada de la lavandería, él le hace señas para que se acomode allí
dentro y desaparece de nuevo en la oscuridad.
Zora se aprieta en un rincón
intentando ver algo, luego comienza a avanzar palpando la pared con la mano. El
muro es frío, áspero. Bajo la mano siente la cabeza de un clavo: quizá aquí una
vez estuvo colgado un cuadro. Se detiene, en parte porque comprende lo absurdo
que es moverse en esa oscuridad desolada, en parte porque oye el ruido de botas
sobre el asfalto. Alguien corre. ¿El soldado? ¿Hay alguien más? Alguien
blasfema en voz baja. Oye el ruido de ramas que se quiebran y luego algo más…
algo más. Disparos. Alguien ha disparado.
El instinto le sugiere esconderse,
alejarse de la puerta, ir más hacia el interior, encontrar algún mueble y
acurrucarse detrás. En cambio, sin saber siquiera cómo, se encuentra de nuevo
sola en la puerta mirando hacia afuera con los ojos muy abiertos.
No se ve nada: solo las siluetas de
los edificios abandonados y las copas negras de los árboles. Luego distingue a
alguien tendido en el suelo. Zora alarga la mano como si quisiera arrancar el
velo negro de la noche para poder ver mejor; luego comienza a caminar con
incertidumbre: el miedo ha tejido a su alrededor una espesa telaraña que le
impide moverse.
Tendido en el suelo hay un hombre
con uniforme. Un soldado con el uniforme del ejército yugoslavo. El rostro no
se distingue, pero Zora ve claramente una delgada línea de sangre que corre por
el suelo. Su primer pensamiento es que quizá el hombre aún no está muerto y
debería ser ayudado. Pero no logra acercarse. Las piernas no la sostienen.
Los suaves pasos de lobo atraviesan
el patio y una voz le susurra al oído.
—No debes estar aquí. Están los
otros. Ven. Debes esconderte. No te quedes aquí. ¡Muévete!
Y el soldado del nuevo ejército
croata se mueve delante de ella hacia la lavandería como para darle el ejemplo.
Zora lo sigue automáticamente.
Las nubes en el cielo se desplazan
lentamente dejando una abertura sobre el rostro de la luna y sobre el rostro
del soldado.
—No te muevas de aquí —repite él
señalando otra vez un rincón de la lavandería.
—Pero creo que te he conocido
—exclama Zora en voz baja—. ¡Tú eres Ivan! ¡Ivan Mandre!
El rostro de su compañero de
escuela está arrugado, los ojos cansados y el cabello rubio ya ralo.
—He cambiado un poco —dice Ivan con
amargura—. Pensé que no me reconocerías. Ha pasado mucho tiempo.
—Sí, ha pasado mucho tiempo —repite
Zora—. Estaba oscuro, solo por eso no comprendí enseguida quién eras… —Es una
mentira, se confiesa a sí misma. Ha envejecido, tan pronto, tanto. En voz alta
solo dice—: ¿Y por qué no dijiste nada?
—Ahora entra —la ignora él—. Por
favor. Han vuelto. Debo echarlos. Hablaremos después.
Zora entra otra vez en la
lavandería abandonada y esta vez se sienta en el suelo frío. En la noche ha
aparecido un rostro conocido y se siente menos inquieta. Claro que ese rostro
tiene demasiadas arrugas y en los ojos se ven demasiadas heridas. ¿Habrá matado
él a aquel hombre de afuera?, se pregunta. Entonces recuerda que hay un muerto
a pocos pasos de ella. Pasos… otra vez. Silenciosos, furtivos. Dan vueltas
alrededor.
Ella levanta la cabeza que tenía
apoyada en las rodillas y escucha. Hay gente corriendo. Rápido. Feroz. Más de
uno. Alguien grita. Se oyen disparos otra vez.
No puedo hacer nada, piensa Zora.
No tiene armas y aunque las tuviera no sabría usarlas. No puedo hacer nada, se
repite, solo escuchar. Y escucha. No tanto lo que ocurre afuera, sino lo que
ocurre dentro de ella. Escucha el latido del corazón y su respiración. Existen
dos mundos, piensa: uno con luces y camas suaves, con sopas perfumadas y café
caliente. El otro con oscuridad, con jergones sobre cemento y tierra apisonada,
con muertos que hacen guardia delante de una puerta. ¿Quién es el que divide a
los habitantes entre esos dos mundos?
De pronto los pasos afuera se
aquietan, los disparos cesan. Zora levanta la cabeza. Ahora solo están los
crujidos del viejo edificio, de las ramas desnudas de un viejo castaño que se
doblan con el viento y… los pasos ligeros que se acercan a la lavandería.
Una silueta negra se recorta con
claridad en la puerta.
—Podemos ir —dice el hombre y
avanza con seguridad hacia la valijita y la mochila, como si su mirada
atravesara la oscuridad—. Te acompaño a casa.
Zora se levanta dolorida. Le parece
que no siente las piernas. Mientras tanto intenta ver el rostro del hombre. No
sabría decir por qué, pero de pronto ha tenido la fuerte sospecha de que ya no
se trata de Ivan. Ese hombre se mueve con la ligereza de una sombra. Allí
afuera han matado a Ivan y alguien está jugando con ella un juego misterioso y
cruel.
El hombre la precede llevando la
valijita; su paso es largo y ella se apresura detrás. En el patio intenta
mantener la mirada fija en el portón inclinado que conduce afuera, hacia la
calle. No quiere ver la silueta que yace cerca, porque le provoca no solo miedo
sino también una alegría secreta; parece la primera señal en el camino que
conduce hacia casa.
Vuelven a caminar, lado a lado, por
la calle desierta. A la izquierda está el muro que bordea la empresa textil
abandonada. A la derecha, poco después del último edificio del cuartel, hay un
cruce y comienzan los edificios habitados.
Zora y el soldado caminan bajo la
luna fría y ella no logra pensar en otra cosa que en el cuerpo muerto que yace
detrás de ellos, en el patio del cuartel abandonado.
—¿Has matado a alguien? —pregunta
Zora.
—He matado a muchos —responde el
soldado después de un breve silencio.
—Quiero decir ahora. En el cuartel.
—Ahora no he matado a nadie —niega
él después de un momento, y ella comprende que no quiere hablar de eso.
Entre las nubes, sobre sus cabezas,
se abre una grieta y ella logra verle el rostro. Es Ivan, comprueba con alivio,
porque por un momento había pensado que era otro. Luego lo observa mejor. Algo
ha cambiado en su rostro: ahora está aún más pálido, más sufrido. Zora está
segura de que no le ha dicho la verdad. Ha matado a ese hombre en el patio del
cuartel, piensa; por eso le parece cambiado.
—Lo siento —dice Zora, levantando
el cuello de la chaqueta al sentir que el viento nocturno se vuelve cada vez
más frío.
—¿Por qué deberías sentirlo? Cada
uno hace lo que puede. Tú tuviste que ir a Italia; trabajas allí, ¿verdad?
—Desde hace ya dos años —confirma
Zora en voz baja.
—Y yo tuve que ir a la guerra. A
veces parece que no hay elecciones.
—No lo sé —dice Zora, y se
encuentra contándole los últimos dos años de su vida.
Él la escucha en silencio.
Ahora están cerca de las Vrulje, un
parque de pinos marítimos que murmuran con el viento, y enseguida, una vez
pasado el cruce, Zora puede entrar en la calle que la lleva a casa. Piensa que
lo invitará a entrar y que su madre le preparará alguna bebida caliente.
—¿Crees que terminará pronto?
—pregunta pensando en todo: la guerra, su trabajo en Italia, la cúpula que está
a su alrededor, grandiosa e invisible.
—Dicen que antes del próximo verano
debería haber una gran batalla —responde él, comprendiendo lo que ella
pregunta—. Luego debería cambiar. Sí, cambiará.
Su paso se vuelve más pesado. Las
botas de cuero negro manchadas de barro se detienen en el cruce. Las nubes
vuelven a cubrir la luna y sus sombras caen sobre su rostro.
—Desde aquí puedes continuar sola
—susurra él, y hay una nota de tristeza en su voz.
—¿Pero no quieres acompañarme hasta
casa y tomar algo caliente? —pregunta Zora, mientras se siente, sin saber por
qué, como aliviada.
—Debo volver —rechaza él mirando a
su alrededor. Luego se vuelve hacia ella—. Han cortado el nogal de tu jardín,
el que está detrás de la casa. No estés demasiado triste —dice mientras le
entrega la valijita.
Zora recorre su calle bordeada de
jardines y casas que conoce. Ve el portón verde que se abre bajo la pérgola
ahora sin hojas, y ya se está abriendo la puerta de entrada hacia otro mundo.
Un mundo de calor y, al menos parece, seguro. La madre y el padre la esperan,
los niños ya duermen. Zora entra en el salón que conoce tan bien: el sofá
amarillo, las pesadas cortinas en las ventanas y los estantes llenos de libros.
Sobre la mesita junto a la
biblioteca hay, en un jarrón, una rama de abeto negro cortada en el bosque. El
padre abre la portezuela de la caldera para añadir un trozo de leña y las bolas
doradas, las que quedaron de los tiempos anteriores a la guerra, brillan a la
luz del fuego.
—Mañana es Navidad —observa Zora—.
Oh, Dios, es Navidad —repite como si lo hubiera descubierto ahora, mientras el
padre añade leña al fuego.
Va a la habitación de los niños y
acaricia con la mirada su sueño tranquilo.
Luego vuelve a la cocina. Los
padres la miran y ella mira sus rostros buscando los cambios que se hayan
producido desde el verano. El padre la abraza, la madre le pregunta por el
viaje.
—Me acompañó hasta aquí desde la
estación Ivan Mandre. ¿Recuerdas, mamá? El que iba conmigo al liceo.
—Imposible —la contradice la madre
en voz baja—. Ivan murió hace algunas semanas en la batalla de Eslavonia del
Norte. Me encontré con su padre el jueves pasado. Te has equivocado.
—¡Pero qué dices! ¡Estaba conmigo
hace apenas diez minutos!
—El señor Mandre logró recuperar el
cuerpo. Hicieron el funeral en Zara —precisa la madre, y su voz es dura. Luego
se vuelve y va a la cocina.
Zora calla.
También el padre calla; tiene las
manos detrás de la espalda, se da vuelta, quisiera poner más leña en el fuego,
pero la caldera ya está llena. Zora mira bien la caja de la leña. Son ramas del
nogal. La madre en la cocina vierte el té hirviendo en las tazas.
Zora siente cómo su sangre empieza
poco a poco a calentarse. Piensa en lo que ocurrió esa noche, en el rostro
blanco y sufrido de Ivan, en los disparos en el cuartel.
Luego pregunta:
—¿Todavía hay enfrentamientos con
los rezagados aquí en la ciudad?
—Últimamente no —responde el
padre—. Todavía hay combates en el norte. Desde el verano nos han dejado en
paz. Solo que no hay agua. La traen con cisternas.
—Toma este té —dice la madre—.
Caliéntate, caliéntate.
Y sus ojos dicen: sé que has visto
algo, pero no nos lo cuentes ahora. Olvida, olvida. Zora comprende. Bebe
lentamente la infusión y se calienta las manos alrededor de la taza. La ciudad
está llena de muertos. Y ellos no quieren ser olvidados. Viven bajo la cúpula y
cuentan sus historias a los vivos. Recuerda que Ivan había nacido el 20 de
octubre de 1960. Tenía 34 años, un mes y veinte días de vivo y quince días de
muerto. ¿Existe una suma que abarque todos los días, todas las noches de una
persona, tanto viva como muerta?
Pasa una noche inquieta entre sueño
y vigilia en su dormitorio frío.
Por la mañana se levanta temprano y
se asoma al patio trasero. Sí. El gran nogal que había plantado su abuelo ha
sido cortado. La tierra roja del jardín está cubierta de escarcha que brilla
con la primera luz del día.
Zora mira el tronco gris del nogal
recién cortado. Luego recuerda otras cosas que dijo Ivan. Dijo que habría una
gran batalla antes del verano y que después todo cambiaría. Se pregunta:
¿cuántas batallas y cuántos cambios más?
Suspira. Esperará el verano y la
gran batalla.
Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.