Ramiro Gallardo
Ramiro Gallardo
Boris Glikman
Vivo en un
tren. Tengo comida, calor, un lugar para dormir.
Estoy
seguro de que soy su único ocupante, porque si hubiera alguien más en él, ya lo
sabría, ya que he vivido en este tren toda mi vida.
El
tren me lleva, no sé a dónde. No sólo desconozco su destino, sino que también
desconozco qué ruta está tomando para llegar a la terminal o si, de hecho, hay
un punto final en su viaje. En ocasiones, se detiene por completo o incluso
comienza a retroceder, pero nunca puedo bajar porque todas las salidas están
bien selladas.
Sólo
puedo percibir el mundo exterior tal como aparece a través de las ventanas del
tren. No sé cuán veraces son mis percepciones, pues puede ser que las ventanas
estén hechas de vidrio que distorsiona. A menudo me pregunto cómo sería
experimentar la vida directamente.
En
épocas anteriores me preguntaba si es posible sobrevivir fuera del tren, al
menos temporalmente, o si es posible vivir la propia vida completamente
separada de él, y si es así, si la vida en el mundo exterior sería realmente
mejor. Apreciaba la esperanza de que el tren contuviera algo que me ayudara a
escapar de este pesado casco de metal y a separar mi existencia de su curso.
Busqué exhaustivamente un botón que abriera todas las puertas simultáneamente o
una palanca que me permitiera abrir una ventana. Sin embargo, no me atrevía a
pasar por todos los vagones y compartimentos, en parte por miedo a no encontrar
nada útil y a que todas mis esperanzas se desvanezcan.
A
veces me parece que me he fusionado con el tren, que mi cuerpo se ha convertido
en una pequeña parte de la estructura metálica del tren y que ya no es posible
decir dónde termina y dónde comienza el tren. Otras veces, una sensación
completamente opuesta se apodera de mí y siento que el tren está vacío y se
mueve por sí solo, mientras que yo no estoy ni dentro ni fuera de él, porque
simplemente ya no existo. Ocasionalmente, ambas ideas contradictorias de alguna
manera ocupan mi mente simultáneamente.
De
vez en cuando veo pasar otros trenes cerca y veo a sus habitantes solitarios.
Mi tren podría correr paralelo al de ellos por una corta distancia, pero luego
las vías se separan. Intento desesperadamente establecer contacto, presionando mis
manos con fuerza contra la ventana para proveerme al menos de una apariencia de
conexión humana. Pero nunca hay ninguna respuesta de los ocupantes de los otros
trenes: o no me ven, o bien me ven, pero eligen ignorarme.
Rostros
extraños, desconocidos, están en estos trenes, rostros que nunca he visto antes
y nunca volveré a ver; mi existencia aparece como sin sentido, insignificante y
desconocida para ellos como la de ellos lo es para mí. ¿Quiénes son? ¿Por qué
lo son? ¿Para qué viven? ¿Adónde se dirigen? ¿Cuáles son sus aspiraciones,
sueños, esperanzas, miedos, ansiedades? No tengo forma de averiguarlo. Me doy
cuenta de que estoy destinado a estar solo para siempre, porque todos nos
cruzamos momentáneamente y luego continuamos por nuestros caminos divergentes. A
todo lo que podría aspirar es a un contacto fugaz y sin sentido con otro ser.
¿Quién
conduce mi tren? ¿Tiene un conductor? ¿Tiene algún propósito su viaje? ¿Se está
moviendo por su propia voluntad y eligiendo su propio camino a través de la
tierra o su viaje ha sido planeado previamente por alguna mano desconocida?
¿Tengo algún control o influencia sobre su ruta, sobre su punto de destino?
¿Existe un Maestro Planificador que organiza los horarios y las rutas de cada
tren? ¿Me estará esperando este Maestro Planificador cuando mi tren llegue a la
Estación Terminal y me explicará entonces el propósito de mi viaje y por qué mi
viaje tomó esta ruta en particular?
Estas
son las preguntas que me hago, las respuestas que todavía estoy buscando.
Con
el tiempo, llego a aceptar que mi existencia esté atada al tren. Anhelo cada
vez menos experimentar el mundo exterior; saber a qué sabe el aire, a qué se
parecen los colores de ahí fuera. El deseo de abandonar el tren no parece ser
menos absurdo y antinatural que la idea de un feto que intenta abrirse paso por
el mundo, un aborto espontáneo andante. La vida en el exterior sería tan
precaria y desordenada, sin protección de los elementos y otros caprichos del
destino... El tren me proporciona una sólida protección, me lleva hacia
adelante, le da un itinerario a mi existencia.
Puede
que haya cosas en los compartimentos inexplorados que hagan mi viaje más
significativo y gratificante, cosas que me permitan crecer como persona. Quién
sabe, quizás herramientas y tesoros, colocados allí especialmente para mí, me
estén esperando.
Pero
arrullado por el ritmo del tren sobre las vías, permanezco en mi asiento
durante horas, días, semanas, años y años. Miro por la ventana y veo pasar el
mundo, sin moverme, de hecho tengo miedo de moverme, así que me he acostumbrado
a ver las cosas desde este punto de vista. A veces me imagino que puedo influir
en el rumbo y destino del tren con sólo desearlo.
Una
vez, de repente, las puertas de mi vagón se abrieron de par en par por sí
solas. Me quedé parado frente a las puertas sin sellar, asustado e inseguro de
qué hacer. Con gran temor extendí la mano hacia el aire fresco, pero la retiré
justo antes de que cruzara el umbral entre el tren y el mundo exterior, como
quien instintivamente retira la mano de una llama. Rápidamente cerré las
puertas con todas mis fuerzas, pues probablemente se habían abierto debido a
una avería en la maquinaria del tren, y luego volví a mi asiento.
A
medida que envejezco, el tren viaja cada vez más rápido, de modo que cada vez
es más difícil ver el paisaje desde la ventana y cada vez más difícil registrar
lo que está sucediendo en el exterior.
Hace
algún tiempo, mi tren descarriló, probablemente por exceso de velocidad, y
ahora está atascado en un surco que él mismo provocó, junto a las vías. Miro
con nostalgia por la ventana los otros trenes que pasan a toda velocidad,
dejándome muy atrás. Quizás algún día alguien me vea varado y sienta la
suficiente compasión como para detenerse y ayudar a que mi tren vuelva a la
vía. Hasta entonces, no puedo hacer más que sentarme, esperar y tener
esperanza. Por muy abatido, derrotado y desencantado que me sienta, me niego a
abandonar mi sueño de que un salvador vendrá a rescatarme de este callejón sin
salida.
Dominik Lenarčič
Estamos sentados en
la cafetería. Lucijan está frente a mí, mirando el poso de su café. Me recuerda
a un gitano que lee la fortuna en los restos de la taza. Si se lo menciono, se
enfadará. Todavía está enojado conmigo. Yo, inquieta, estrujo el menú entre las
manos. Ya no sé qué más intentar. Es viernes y atardece. No muy lejos, la
camarera le cuenta a su compañera lo de “la mujer grosera del abrigo azul”.
Junto a nosotros se sienta un estudiante, que pronto se marchará.
—¿Sabes qué me gustó de este lugar?
—lo miro—. La otra vez tomé una mimosa. ¿Sabes lo que es? Es vino espumante con
jugo de naranja. La camarera me dijo que las sirven en las bodas.
Mi futuro exnovio no se inmuta, ni
gruñe. Desde que ocurrió aquello, ya no me habla. En cierto modo, me
parece bien. Ese silencio significa que aún estamos juntos. Mientras no
pronuncie esas fatídicas cinco palabras, puedo seguir esperando que algo se
arregle.
—Mira, esto no va a funcionar.
La puta madre.
—No sé qué esperas de mí, Jasna.
¿Que corra detrás de ti como un borracho enamorado? Eres terriblemente ingenua
si crees eso.
El estudiante se levanta y se
dirige a la puerta. La campanilla anuncia su salida. Yo esperaba que se quedara
más tiempo. Lucijan por fin levanta la mirada.
—Dime: ¿por qué?
¿Por qué? Intenté explicártelo,
pero me mirabas como si estuviera loca. No, no puedo responderte. No puedo
contarte aquel encuentro si no quieres escucharme. Solo puedo decirte:
—No lo sé. De verdad no lo sé.
Lucijan suspira y baja la cabeza.
Veo que contiene las lágrimas.
—No quise hacerte daño, L…
Lučko. A veces le gustaba que lo
llamara así, aunque nunca lo admitió. Pero si lo llamo así ahora, se enfurecerá
y me insultará, llamándome zorra sin corazón. Lo sé, porque ya pasó.
—Por favor, olvidemos esto —le
digo—. Sigamos adelante.
Suenan de nuevo las campanillas. El
estudiante ha regresado: olvidó su billetera. No se quedará.
—¿Adelante adónde? —dice
amargamente Lucijan—. Yo lo único que quisiera es volver atrás.
Yo también quisiera volver atrás,
estoy a punto de decirle, pero nuestro camino es lineal. El pasado ya está
escrito, solo podemos seguir adelante. O girar en círculos… El estudiante
vuelve a irse. Pronto vendrá la camarera y le preguntará a Lucijan si puede
llevarse su taza. A mí ni siquiera me mirará. Palpo el bolsillo del abrigo azul
que he colocado sobre la silla. Tendré que empezar otra vez desde cero. ¿Qué
debería hacer diferente esta vez? Debo inventarme algo. Lucijan sigue mirando
su taza. Me pregunto qué futuro habrá leído en ella…
—¿Puedo llevarme esto?
Lucijan sonríe a la camarera.
—Sí, claro.
—¿Desea algo más, señor?
—Solo la cuenta, por favor.
—Muy bien. Venga conmigo a la
barra.
Y se alejan. Desde lejos los
observo sonreírse mutuamente. Tal vez, en su futuro, se vea con ella. Saco del
bolsillo del abrigo un cuadernito y la pluma mágica. Lucijan ya ha terminado.
Regresa; su mirada solo apunta a la salida. Cuando pasa junto a mí, intento
tomarle la mano. Él la retira y se apresura a salir. Campanilla. Se acabó.
Abro el cuaderno en una página en
blanco. Por centésima vez escribo la primera frase: Estamos sentados en la
cafetería.
Dominik Lenarčič nació un día antes
del 13.º aniversario del desastre de Chernóbil. Esta es probablemente la razón
más creíble de su fascinación por lo aterrador y lo mórbido. Hasta el
instituto, no mostró un gran talento para la poesía y la escritura. Sin
embargo, al convertirse en editor del periódico inglés de la escuela, su
talento se reveló. Al ingresar a la universidad, eligió un programa de estudios
con mayor orientación literaria y se sumergió en las turbulentas aguas
literarias eslovenas. Recientemente completó su tesis de maestría en
bibliotecología. Sus obras concisas y a menudo conmovedoras pueden leerse en
los portales Pesem.si, LUD Literatura y Koridor – križišča umetnosti, así como
en las revistas Novi zvon/Nebulae, Mentor, Liter jezika, Sejalec y Supernova.
Trabaja como editor jefe adjunto en esta última desde 2023. También ejerce como
crítico literario ocasional, y sus reseñas se han publicado en el periódico
Delo, entre otros. Entre los autores de ciencia ficción y fantasía, le gustan
Stephen King y los autores de distopías clásicas (Zamyatin, Huxley, Orwell).
Mauricio-José Schwarz
Almudena
doliente en la cama. Almudena doliente bailando.
Repiqueteo de tacones que convierten a la madera en instrumento, feria de
percusiones, sorda marimba bombardeada. Silencio mientras una pierna se asoma
entre los vuelos de la falda, coqueta, perfecta, muscular, apoderándose del
primer plano, del escenario todo, bebiéndose la luz que marca un círculo sobre
la mujer y su color.
Almudena sobre la camilla, debatiéndose entre el dolor y el horror,
mirando sin querer mirar la mancha roja que se extendía por la sábana, goteando
vida abandonada por el suelo.
No hay engaño que no pueda convertirse en realidad si pasa por la mano
del artesano. La mentira anunciada, promovida, conocida, puede alzar el vuelo.
Mentira son los personajes de la tragedia griega, que en acabando el llanto y
la muerte bajan del escenario y se convierten en simples actores aficionados al
vino y a la música de las flautas. Mentira son los músicos de cuadritos
pintados por el catalán. Mentira las penurias del diminuto vagabundo que se
mueve espásticamente en los filmes de Chaplin. Mentira el vuelo fingido de las
bailarinas sobre las puntas, imaginándose cisnes envueltos en tul.
Mentira era Almudena. Mentira nueva inventada a dueto por el Charro, que
según ella se parecía a Jorge Negrete hasta en las pestañas, y el Tiburón, que
hubiera dado una pierna por la gloria de parecerse a Gardel, pero que tenía
aspecto entre de matón de la mafia y de dueño de una pizzería.
Mentira que bailaba de cuando en cuando en las dimensiones igualmente
falsas del espacio virtual, en las imágenes y sonidos que corrían por las
líneas telefónicas y saltaban ágiles de satélite en satélite para reconstruirse
en las pantallas y las bocinas de las computadoras que tapizaban al planeta.
Una Almudena tan real que invitaba a tocarla, que parecía despedir su
propio aroma feral aunque esas cosas aún eran imposibles. Almudena en una
ilusión de cuerpo entero, tres dimensiones, sonido perfecto, que pasaba del
flamenco a Gershwin con elegancia, gitana en un momento, mulata esencial al
siguiente, y que había dejado huella con sus bailes en fingida gravedad cero,
como si ella y su público estuviesen suspendidos entre la Tierra y la Luna, y a
nadie importaba que fuera una ilusión.
Había dejado huella cuando ya no tenía piernas. La paradoja le divertía
enormemente aunque jamás lograba arrancarle una sonrisa con ella al Charro o al
Tiburón. Cierto, dejaba huella a veces en la tierra con las prótesis casi
alquímicas de plástico y complicados intestinos electrónicos que le permitían
caminar casi sin tambalearse, subir escaleras, trotar en las mañanas e incluso
inclinarse a recoger algún objeto del suelo, pero que eran incapaces de bailar
y dejar huella en los corazones.
Había dejado huella en otros, en cambio, con corrientes eléctricas
diminutas que salían de las terminaciones vivas de sus muñones, esos nervios
truncos con los que a veces sentía que le dolían las piernas ausentes. Así como
las prótesis físicas sentían las órdenes de esos nervios, las traducían a
velocidades asombrosas y reaccionaban, los electrones enviaban mensajes a
través de los cables diseñados por el Charro y el Tiburón entre oscuros chistes
tecnológicos y jarras de café. Y los mensajes de los cables llegaban a las
computadoras que los dos hombres habían acumulado para hacer los complejos
trabajos de programación que les permitían vivir como vagos y cobrar grandes
sumas.
Las señales nerviosas iban a las computadoras y entonces bailaba una
Almudena replicante en la pantalla tridimensional.
Al principio se sintió una grotesca marioneta estática en la silla, con
cables que salían de toda parte móvil de su cuerpo y se convertían en la imagen
en la pantalla. Miró el entorno virtual en las gafas diseñadas por el charro.
Era un teatro y ella estaba al centro del escenario. Siguió instrucciones,
imaginó que daba un paso al frente y pudo ver que bajo ella se extendía su pie
y se posaba sobre el piso falso con un reconfortante sonido. Era como estar
dentro de otra Almudena entera.
Asombrada, no volvió a temer las horas de ajustes a los aparatos, las
pruebas prolongadas que poco a poco la reinventaban bailarina.
Fue como aprender a caminar de nuevo.
El Tiburón agregó más cables y explicó que, en cuanto resolvieran algunos
puntos sobre cómo conseguir que las computadoras la "vieran", quizá
desaparecerían muchos de ellos.
—Pero para que salga bien, tiene que doler —dijo el Tiburón y el Charro
hizo un mohín que acentuó su parecido con el ídolo de la pantalla.
Los nuevos cables llevaban sensaciones de presión y de dolor al cuerpo de
Almudena, en respuesta a sus evoluciones imaginarias en el escenario
inexistente.
Al cabo de unos pasos se sintió confiada, quiso girar y perdió el
equilibrio tan eficazmente como lo hubiera hecho en la realidad. El mundo que
veía se inclinó de súbito en las gafas mientras ella lanzaba un grito de dolor
al chocar la cadera imaginaria con el escenario inexistente.
—Acaso habría que disminuir la potencia —dijo el Charro con toda
seriedad.
—Los artistas deben sufrir —sugirió el Tiburón.
—También pueden rompernos la cara a patadas —reflexionó el Charro mirando
cómo Almudena se quitaba las gafas y los miraba con odio no por cordial menos
sincero.
—Acaso habría que disminuir la potencia —concluyó el Tiburón.
Almudena fue sujeto experimental, Terpsícore de laboratorio, bailarina de
indias, campo de pruebas y fuente de interminables cantidades de números que
resultaban de las acciones de cada cable y daban pie a que el Charro y el
Tiburón prepararan más y más jarras de café y hablaran en su idioma técnico y
hermético. Almudena aprendió a dar un paso y otro, a hacer un glissade
sin piernas y un pas de chat sobre un entarimado que sólo existía en sus
gafas televisoras, haciendo sonidos que le llegaban mediante bocinas. El Charro
aprendió a graduar los sonidos y las sensaciones. El Tiburón aprendió a
disminuir la potencia del dolor y hacer más eficientes las sensaciones que
recibían los muñones. Almudena aprendió a pespuntear un taconeo terso y retador
desde su silla, las manos abriéndose en el aire como flores urgentes. Descubrió
cómo manipular sus extensiones para convertir la cibernética en una herramienta
más, otro órgano que le permitía explorar las posibilidades del movimiento en
que había vivido su cuerpo desde los cuatro años de edad hasta el día en que un
automóvil se plegó sobre sus piernas convirtiéndolas en un recuerdo.
Llegó el día en que se anunció por los gusanos telefónicos que se podía
ver a Almudena bailar en las computadoras. Y la vieron aunque no supieran quién
era esa maestra de baile y coreógrafa que cuatro años atrás había estado a
punto de hacerse famosa y en cambio se había hecho tullida.
Y Almudena bailó, primero directamente, transmitiendo su ilusión a una
hora exacta para un público incuantificable e invisible de hombres y mujeres
absortos ante sus computadoras, y que encontraron la manera de hacer saber su
entusiasmo por la danza virtual de la mujer de negros cabellos. Luego, Almudena
bailó en discos que podían adquirirse junto a los programas de contabilidad y
los juegos donde se puede destruir al enemigo con armas malévolas y brutales.
Y mientras Almudena bailaba, el Charro y el Tiburón soñaban con otros
artificios para que Almudena bailara soft shoe en las arenas de la Luna,
simulando esa quinta parte de gravedad que convertía a los astronautas en
saltarines a cámara lenta, para que ensayara mudras acompañada de bailarines
que estuvieran en otros países y se unieran a ella en coreografías fantásticas
sin tener que salir de sus domicilios.
El Charro y el Tiburón soñaban escenarios y retos para llenar de danza la
vida de Almudena, de saltos watusi y de zapateados gauchos, de ballet y de
pavanas, valses y minuets, coreografías sin precedente y largas improvisaciones
de tap posibles, acaso, en compañía de Gene Kelly o Donald O'Connor.
Y soñaban que olvidaban cuál de los dos, si es que alguno lo había hecho,
llevaba en las manos el volante del automóvil al momento en que serpenteó
descontrolado y chocó contra la guarda de la autopista, anunciando su ruina con
un cruel aullar de metal vencido al que le hizo coro el asombro sangrante de
Almudena.
La Almudena que no iba a ser nunca de ninguno de los dos.
Los dos que eran para ella.
Mauricio-José Schwarz Huerta (Ciudad
de México; 2 de febrero de 1955) es un novelista, periodista y
fotógrafo mexicano, radicado en España desde 1999. Orientado
principalmente a la literatura de géneros (ciencia ficción, terror, policial)
ha publicado más de un centenar de relatos en revistas de México, Colombia,
Francia, Argentina, Venezuela, Bélgica, Cuba, Estados Unidos y España; tres
novelas policiales, dos colecciones de relatos individuales y numerosos
artículos y ensayos, además de antologías y obras colectivas en Estados Unidos,
España, Francia, Italia, Colombia, Venezuela, Argentina y Cuba.
Rosa Lía Cuello
Mientras
espero que Juan venga a buscarme, y como me arreglé temprano, cosa inusual en
mí, me pongo a hojear un apunte que estoy leyendo para un curso. Dice que con
el pensamiento se puede llegar a lo que es la verdad e ignorar los
sentimientos, que a los humanos parecen regirnos. Siempre estamos pensando en
hacer cosas por los otros, ya sea por lástima, por interés, por envidia, por
creer nomás, por ese sentimiento absurdo que nos domina de estar en todo y de
solucionarle la vida a los demás.
En realidad lo que dice es sobre ignorar los sentidos, en
la medida que la razón no indique que son verdaderos. Y agrega que “Es
necesario decir y pensar que el ser es y el no ser no es”.
Ahí es cuando uno comienza a preguntarse que es El Ser y
tiene que correr aunque sea hasta un diccionario porque no entendimos nada de
lo que dijo la profesora, que parecía más trabucada que nosotros. También este
buen señor afirma que “el ser es uno, inmutable, inmóvil, indivisible e
intemporal”. Más de uno podrá preguntarse que clase de loca soy. Eso no viene
al caso…
En este momento, me quedo pensando en Parménides. No el
filósofo sobre el cual estoy leyendo sino en mi gato que se llamaba igual. Era
el vago más ronroneador del barrio. Atigrado y de color naranja. Dicen que de
cada millón de gatos naranjas nace una sola hembra. ¿Y adivinen donde vivía? En
la casa de al lado.
Está bien, mi Parménides no era un ser en el sentido que
refiere el cuadernillo, era un gato, mi gato, pero se hacía entender.
Desde chiquito le gustó dormir cerca de la ventana, en el
piso, sobre un almohadón verde. No hubo forma de cambiarlo de lugar, si lo
poníamos en otro sitio se las ingeniaba para regresar. Hasta que mi madre un
día dijo que era imposible hacerle entender y lo dejó. Sucedía que desde allí vigilaba
a la vecina que se la pasaba subida al árbol, y cuando cruzaba algún otro
felino por esos lugares ella sólo miraba para la ventana y allá salía mi
Parménides como si lo llamaran de urgencia, dispuesto a luchar para defender a
su amada.
Ella, “inmutable”, veía desarrollarse la contienda, cuando
el intruso lograba escapar, bajaba y se reunía con él. Los ojos le brillaban y
juro que muchas veces la vi sonreír seductoramente; si los sentidos se
disfrazan, yo pido perdón. Fui engañada por ellos y por esa Gatúbela de jardín,
que mordía a mi gato en el cuello y él se quedaba muy orondo, como si le
gustara.
Mi hermoso y relleno mamífero, se ponía cada día más flaco.
Perdió el hambre y juraría que estaba ojeroso, pero fiel. A veces me miraba
queriendo contarme algo, o me lo contaba, pero yo no supe entenderlo.
Una tarde, lo vi salir despacito, no digo arrastrándose,
pero casi, y cruzar el cerco con dificultad. Esa noche no volvió a dormir y la
vecina tampoco.
A lo largo de tres días recorrimos casi todos los lugares
del barrio. Los bomberos no me hicieron caso, la policía no tomó mi denuncia,
ni la de la vecina, casi nos mandan a la guardia psiquiátrica.
Hasta que un viernes, en medio de la noche pude verlo al
lado de la cama, hablaba, y me dijo que buscara entre los yuyos del patio de un
caserón abandonado. Salí sin decir nada, con una linterna bien grande.
Me dirigí al fondo de la casa que conocía, por que cuando
niños todos jugábamos ahí. Mi Parménides iba delante de mí, casi transparente
de tan flaco. Alumbré cerca de un tronco que había y me paralizé, quedé
“inmóvil”, lo que vi me lleno de miedo.
Ella, tan anaranjada y peluda, estaba inclinada sobre mi
hermosa mascota, y al ver la luz levantó la cabeza. Su nariz, antes rosada ahora
estaba roja como su boca con la sangre de mi félido que le caía por los
colmillos pequeños y filosos, pero efectivos.
En ese momento, recordé aquella vieja leyenda japonesa que
contaba el tintorero, sobre una gata vampiro que mataba a sus enamorados. Y me
di cuenta de que el gato que me acompañaba, se acercaba al lugar y se iba
incrustando lentamente sobre el cadáver hasta fusionarse en él. Ahí supe que el
objeto de mi cariño sería “indivisible” para siempre. Presa de un ataque de
furia y desconsuelo agarré a la gata maldita y la revoleé por sobre el tapial.
Después tomé a mi Parménides que ya no respiraba y lo llevé
a casa. Cuando amaneció lo enterré en el jardín, segura que nuestro cariño se
había convertido en “intemporal”…
Nunca sacamos el almohadón verde de abajo de la ventana.
Piensen lo que quieran, pero mientras recojo mi cartera, porque escuché la
bocina del auto de Juan, lo veo pasar y ubicarse en su lugar favorito…
Jaap Boekestein
Cuando Sergio
tenía mil ciento veinte años
—Afirmas saber dónde está el regalo
para Su Imperialidad, Sergio —dijo la senadora Amilia Contraidpu.
La más alta representante imperial
y administradora del sistema Fharman era una mujer excesivamente corpulenta,
con el rostro pintado de verde y los párpados y labios de un rojo brillante.
Vestía una reluciente armadura negra de la Orden de las Doncellas Guerreras
Juramentadas. Había dejado fuera de la celda el hacha sierra eléctrica
tradicional de tres cabezas.
Sergio llevaba un mono de prisión a
cuadros azul ultramar y amarillo. Organizar loterías ilegales se castigaba con
una severidad excesiva en el sistema Fharman. Sergio y Roage se enfrentaban
cada uno a cincuenta años de servicio de conservación en el parque de reptiles
de Wiogho-Wioy, un puesto en el que la esperanza de vida media superaba apenas
los cinco años.
—Resolveré el enigma del jarrón
desaparecido y, a cambio, mi amigo y yo recuperaremos nuestra libertad, todos
los cargos serán retirados y nuestros antecedentes penales serán borrados.
La senadora Amilia Contraidpu
resopló.
—Si consigues que recupere el
regalo para Su Imperialidad, obtendrás todo eso, y además yo misma cocinaré una
comida para ti, pero hay una condición: debo tener el antiguo jarrón Qgirub en
mi poder dentro de catorce horas. Entonces partiré hacia Hellesion IV para el
cumpleaños de Su Imperialidad. Si presentas el regalo aunque sea diez minutos
tarde, me aseguraré de que tú y tu amigo contéis el número de machos de
estegosaurio en celo de Wiogho-Wioy. Su número es un gran misterio cada vez,
porque ninguno de los contadores regresa jamás.
Sergio asintió para indicar que
aceptaba la oferta. La senadora era conocida como una persona de corazón duro
pero honorable. Cumplía cada promesa, y cada amenaza, al pie de la letra y en
espíritu.
—Para empezar, debo visitar la
cámara acorazada donde el regalo para Su Imperialidad fue visto por última vez.
La cámara acorazada personal de la
senadora Amilia Contraidpu estaba hecha de curlbon impenetrable. Era un enorme
cubo cuadrado situado en el centro del grandioso despacho oficial de la
Representante Imperial.
Ventanas arqueadas lo bastante
grandes como para alojar un pequeño yate espacial ofrecían una vista panorámica
de una docena de manantiales de lava activos que burbujeaban entre árboles
cíclopes ignífugos. En el suelo yacía la piel de un leviatán espacial; su
pelaje translúcido e hipersensible era un mar de placer supremo. Varios cientos
de candelabros y dos enormes braseros de acero colgados del techo, tan alto
como el de una catedral, proporcionaban un océano de iluminación.
—Albrax, abre —ordenó la senadora
Amilia Contraidpu, y la puerta de la cámara acorazada se abrió en silencio.
—¿Albrax? —preguntó Sergio.
No llevaba ningún dron-esposador.
La senadora habría podido partirlo en dos sin demasiada dificultad, y escapar
de su palacio sin un traje de viaje significaba morir asfixiado por los vapores
sulfúricos cáusticos y las temperaturas abrasadoras.
—Albrax es el mejor cerebro de
seguridad dentro y fuera del Imperio Infinito. Anticipa roturas y robos y toma
por sí mismo las medidas necesarias.
Un cierto orgullo resonaba en la
voz de la senadora Amilia Contraidpu.
—Solo lo mejor es suficientemente
bueno para custodiar un regalo destinado a Su Imperialidad.
—Y aun así el antiguo jarrón Qgirub
ha desaparecido —observó Sergio.
La puerta de la cámara estaba ahora
completamente abierta y no revelaba nada más que un vacío bien iluminado.
—¿Quién descubrió la desaparición?
—Yo misma —dijo la senadora con
cierta acritud—. Esta mañana ordené a Albrax que abriera la cámara y entonces
advertí que el regalo había desaparecido. Todos los sensores de esta sala
indican que nadie se ha acercado a la cámara desde anoche, cuando inspeccioné
el contenido y la irremplazable pieza antigua seguía presente.
Sergio observó el holograma de
lapso temporal de los hechos descritos. La primera vez que la senadora estaba
frente a la cámara, el jarrón estaba allí: un sencillo cuenco vidriado, azul
por fuera y de un naranja ardiente por dentro.
La pieza antigua era más vieja que
el propio Imperio Infinito y poseía una historia gloriosa. Que la senadora
hubiera adquirido el jarrón como regalo para Su Imperialidad había sido una
auténtica sensación informativa.
Lo mismo que su desaparición.
El holograma mostraba los
acontecimientos posteriores: un largo período de absoluta nada, seguido de la
segunda visita de la senadora a la cámara. La puerta se abría y el jarrón ya no
era visible. La cámara vacía parecía una herida abierta, y hasta Sergio sintió
un instante de tristeza.
—Albrax, ¿cuál es tu explicación
para la desaparición? —preguntó.
—No tengo explicación para ello
—respondió el cerebro artificial.
Era una voz neutra, sin género, que
casi nunca se utilizaba para mentes artificiales. Para la mayoría de la gente,
una voz tan impersonal evocaba una irritación inquietante y asociaciones con
traición y conspiraciones. Al parecer, la senadora Amilia Contraidpu no se veía
afectada por tales pensamientos.
Sergio dejó que su mirada vagara
desde la cámara por toda la sala de trabajo. Decenas de miles de sensores
invisibles, cada uno con todo tipo de propósitos y funciones, cubrían el
espacio. Corromperlos a todos habría sido un juego de niños en cualquier holodrama,
pero la realidad era más obstinada.
Un ladrón profesional habría
prestado poca atención a los sensores y habría extraído toda la cámara de la
habitación con una nave espacial y un rayo de enganche, para luego escapar
rápidamente.
La mirada de Sergio regresó a la
cámara como por instinto.
—Albrax, ¿cuál era tu misión
respecto al antiguo jarrón Qgirub que la senadora Amilia Contraidpu pensaba
presentar a Su Imperialidad?
—Debía salvaguardar el jarrón en
cuestión hasta que la senadora partiera hacia Hellesion IV para celebrar el
cumpleaños de Su Imperialidad.
—¿Y qué tipo de problemas
anticipabas al cumplir tu tarea? ¿A quién has identificado como las mayores
amenazas?
—El senador Weenisuus Palgram, el
senador Heaving Dandelion y el senador Xee-334-Eewe. Son los principales
competidores de mi cliente por el favor de Su Imperialidad. No presentar el
jarrón fortalecería sin duda su posición.
—¿Y qué tipo de amenazas tácticas
has identificado, Albrax?
—Ladrones contratados por uno o más
de los senadores mencionados. El Gremio de los Cuatro Dedos Amarillos, los
ninjas de sombra de Zaklaanaaso, los merodeadores Honau de Trea. Considero que
todos ellos son capaces de burlar las defensas de mi cliente y robar la cámara
y su contenido, o alterarla hasta tal punto que el contenido quede destruido.
—¿Uno de esos villanos ha robado mi
regalo? ¿Eso es lo que dices, Sergio? —quiso saber la senadora Amilia
Contraidpu.
Sus ojos brillaban y su armadura
crepitó levemente en las junturas.
Sergio hizo apresuradamente un
gesto conciliador.
—Aún es demasiado pronto para eso.
Albrax, ¿estoy en lo cierto al pensar que, pese a todas las medidas de
seguridad, las defensas planetarias, el palacio fortificado de la senadora y tu
propia presencia, en realidad considerabas que la seguridad era insuficiente?
¿Que existía la posibilidad de que fracasaras en tu misión?
—Ciertamente.
—¿Y fuiste tú el que filtró a la
esfera informativa la noticia de que el regalo para Su Imperialidad había
desaparecido? —Solo siguió el silencio—. No voy a ir a ninguna parte hasta que
la senadora parta hacia el planeta imperial Hellesion IV, y gracias a mi
condición de detenido tampoco puedo comunicarme con el mundo exterior. Así que
lo que digas permanecerá en secreto. Entonces, ¿filtraste tú la noticia del
robo, Albrax?
—Sí.
La senadora sopló por su formidable
nariz como un buey salvaje.
—¿Por qué? Se supone que eres el
cerebro artificial más avanzado en el campo de la seguridad. En lugar de eso,
fracasas en tu misión y, para colmo, ¡compartes mi vergüenza con el resto del
Espacio Conocido!
Quedaba claro que la senadora
estaba disgustada.
—Albrax, los enemigos de la
senadora están bajo la ilusión de que el jarrón ha sido robado y probablemente
se sospechan unos a otros del hecho. Tu ardid ha tenido éxito. Ahora muéstrale
a la senadora que no has fracasado en tu misión —ordenó Sergio.
Durante otro breve latido del
corazón, la cámara permaneció vacía.
Entonces la luz parpadeó —un
holograma que se desactivaba— y de pronto quedó revelado el antiguo jarrón
Qgirub. La antigüedad reposaba exactamente en el lugar donde había estado todo
el tiempo.
A Sergio se le cortó la
respiración. Ver aquel objeto en la vida real era una experiencia casi mística.
¡Qué perfección!
¡Qué simplicidad!
La senadora Amilia Contraidpu soltó
una carcajada y dio a Sergio una palmada en el hombro.
—¡Por los tres soles de Acuario!
Eso ha sido endiabladamente inteligente de tu parte, hombrecito. ¡Ja! Haré
liberar a tu amigo de la prisión y borraré tus fechorías. Esa es la ventaja de
ser senadora. Y después te cocinaré una comida. Espero que te guste la carne
chamuscada con patatas asadas y ensalada de pimientos, porque eso es lo que
habrá.
—Suena delicioso —respondió
Sergio—. Y ¿podría pedir un viaje a Hellesion IV para mi compañero y para mí?
Siempre he querido ver el planeta del Emperador, y quizá no consideres oportuno
que permanezcamos en el sistema Fharman.
Esta vez escapó una risa atronadora
de la boca de la mujer de maquillaje verde.
—Eres un pícaro, Sergio. Creo que
este podría resultar un viaje interesante a Hellesion IV.
Alexandra Medaru
para
Andrei Iorga
Avanza suavemente entre los restos
del castillo en ruinas. El largo vestido blanco se ajusta a su joven cuerpo sin
imperfecciones, y casi siento el impulso de saltar al otro lado del muro que
nos separa para decirle todo lo que quisiera. Pero no me atrevo por miedo,
pensando que no está hecha para mí: un pobre a merced de los turistas.
Mira hacia la vieja capilla, de la
que solo quedan el altar y algunas estatuas cubiertas de pintura descascarada
por el paso implacable del tiempo. Quisiera dirigirse hacia allí, pero una voz
grave de mujer la hace detenerse.
—Anita, ¡es hora de regresar!
Suspira molesta, lanzando una
última mirada hacia el lugar al que querría llegar, pero que le está prohibido,
y vuelve junto a la mujer que la había llamado.
Cuando se alejan, paso al otro lado
del muro y las sigo como una sombra que no quiere delatar su presencia, pero
que se adivina entre las cortinas. Mientras avanzo tras ellas, la veo volver la
cabeza hacia los restos de la pequeña iglesia, y entonces nuestras miradas se
cruzan por un instante. Mi aspecto la perturba, y pienso que la culpa la tienen
mis ropas malolientes, el cabello negro grasiento, la suciedad bajo las uñas,
las piernas temblorosas, el cuerpo débil apenas resistiendo el calor sofocante.
Retira la mirada, paralizada, y se
aferra del brazo de su acompañante como una niña asustada por el monstruo bajo
la cama. Quisiera ir tras ella, pero, tambaleándome, me quedo en el mismo sitio,
sabiendo que el destino me es adverso: el mundo no es como en las películas de
Hollywood; lo aprendí en carne propia cuando perdí el negocio, luego a mi
esposa y, finalmente, todo. Como un péndulo, vacila entre acercarse y alejarse.
Yo también vacilo, aunque quisiera preguntarle qué provocó su inquietud, pero
cuando doy un paso más, la vista se me nubla y su silueta se disuelve como los
recuerdos enviados al olvido.
Las puertas del
castillo se habían cerrado una vez concluido el horario de visitas. El guardia
de la ronda nocturna me había echado del recinto, así que me senté al borde del
foso, masticando un trozo de pan seco dejado en la salida trasera por la cocinera
del restaurante del museo, cuyo nombre nunca llegué a saber. Nunca me hablaba,
pero sabía dónde solía pasar el tiempo y se ocupaba de dejarme algo para comer.
En una ocasión le dejé, a mi vez, una nota de agradecimiento escrita en una
servilleta robada de una mesa y una pulsera barata comprada en el mercado con
las pocas monedas reunidas aquel día mendigando. Encontró mis presentes y se los
llevó sin decir palabra.
Estaba tragando otro bocado cuando,
entre los coches estacionados al otro lado de la carretera, vi una silueta
femenina, y en ese paso reconocí un andar que parecía haber visto muchas veces
antes. La mujer se acercó como si me estuviera buscando, pero continué
devorando el panecillo, aunque me inquietaba como nadie lo había hecho antes.
Se sentó a mi lado y me habló como
a un conocido.
—Raul… ¿Eres tú?
Sus palabras me hicieron
atragantarme con el pan que estaba mordiendo con avidez.
—¿Cómo sabes cómo me llamo?
—balbuceé.
—¿No te acuerdas?
Me esforcé por recordar, pero
estaba seguro de no haberla visto nunca antes de ese día.
—Ven conmigo —me dijo, tomándome de
la mano.
Su contacto me quemó, despertando
en mí sensaciones olvidadas desde hacía milenios. Me arrastró como si acabara
de descubrir una nueva América y quisiera mostrármela, y yo la seguí con paso
apresurado. Llegamos ante las puertas, donde el guardia permanecía rígido como
un cadáver. Ella se acercó y le susurró unas palabras al oído. Una sonrisa
bobalicona apareció en el rostro del hombre, que le entregó sin resistencia las
llaves escondidas en el bolsillo de sus pantalones grises. Toda la escena me
pareció extraña, pero no más que nuestro encuentro, así que la seguí y penetré
en los lugares que ya había recorrido tantas veces, aunque ahora parecían
distintos; me dije que debía de ser la oscuridad, que lo envuelve todo en
sombra y olvido a lo largo de la noche.
Avanzamos por la senda empedrada.
Me tomó de nuevo de la mano, como si no quisiera que me escapara, sin saber que
lo único que yo deseaba era ser su prisionero para siempre.
El viento soplaba suavemente y los
árboles se inclinaban ante nosotros como sirvientes frente a su señor, mientras
el aire frío aliviaba mi rostro cansado. Debía de ser ya muy tarde, y aun así
mis pasos avanzaban como en un sueño hermoso que no habría querido que
terminara jamás.
Entre las copas arqueadas vi el
castillo: con muros gruesos, torres altas y vitrales fantasmales. Bajo la
pálida luz de la luna ya no era la ruina del día. Quizá sea una visión nacida
de las tinieblas de una noche extraña, me dije, y mi corazón empezó a latir con
fuerza, sintiendo que más allá de aquellos muros se ocultaba un terrible
secreto. Y aun así no me detuve.
Me decía que, si estaba con ella,
nada podía ser tan malo, que nadie podía vencerme, que la inmortalidad era
nuestra. Luego me preguntaba si no serían solo ilusiones de un loco que ha
perdido la cabeza ante una desconocida.
El sendero nos llevó hasta un
estanque coronado por arbustos. El silencio opresivo me estremecía como las
aguas embravecidas de un mar en tormenta.
Subió al puente y la seguí sin
preguntas. Ya habría tiempo para ellas después de que me revelara el secreto
que guardaba, me dije. Eso era lo que quería saber. Hacia eso me apresuraba
como los soldados hacia la muerte.
La puerta había quedado abierta.
Aunque el pecho me ardía como un volcán, crucé las pesadas puertas del
castillo. De pronto estaba del otro lado de los muros, donde nada era como
antes.
Las salas habían vuelto a la vida;
el bullicio y la agitación las dominaban como en una feria familiar. Acróbatas,
bailarinas, enanos se movían de un lado a otro, preparando el espectáculo. De
una estancia contigua llegaban risas y el choque de copas, y varios sirvientes
pasaron apresurados frente a nosotros cargando bandejas de plata rebosantes.
Me dispuse a dirigirme hacia el
festín, pero ella me detuvo.
—Vamos a otro lugar —me dijo con
firmeza.
—Pero…
—Todo a su debido tiempo.
La obedecí y la seguí como si
hubiera sido su esclavo. Al caminar sobre el suelo de mármol era más hermosa
que cualquier reina de Tebas, y si me hubiera pedido la vida…
Las puertas de la capilla abrieron
sus brazos acogedores. A través de la amplia abertura se veía una luz intensa,
deslumbrante. Si hubiera creído en los dogmas cristianos, habría dicho que el
Espíritu Santo había descendido en aquella pequeña iglesia y aguardaba a sus
fieles.
Avanzamos hacia el velo
resplandeciente y pronto llegamos junto al altar, donde un Jesús de piedra nos
sonreía a pesar de los clavos que lo sujetaban a la cruz blanca. Miré hacia los
bancos, que comenzaban a llenarse de gente, y la visión me aterrorizó. Sus
rostros me parecían conocidos, aunque no recordaba haberlos visto nunca. Como
el Cristo de la cruz, llevaban sonrisas luminosas y acogedoras, pero sus
miradas estaban vacías y sus cuerpos manchados de sangre que brotaba de heridas
en el cuello o el pecho.
Me volví hacia la mujer que me
acompañaba. De pronto era sobrecogedora: vestida de novia, con una corona de
sauce en la cabeza. Su vestido se había teñido de rojo por las oleadas que
corrían desde su garganta, y en sus ojos vi el mismo vacío: el de la muerte.
Aquello me sacudió profundamente y retrocedí un paso.
—¿Qué está pasando? —le pregunté.
—Hoy nos casamos como debimos
hacerlo hace siglos —respondió—. ¿No lo recuerdas?
Por más que lo intentaba, por más
que me esforzaba, no comprendía los misterios que se revelaban; mi mente giraba
sin control.
—¿Nos casamos?
Fue todo lo que logré decir.
—Como habríamos hecho si no hubiera
conocido mi final a manos de la Diablesa —dijo, clavando en mí su mirada fría y
tomándome de la mano.
En ese instante, pasado y presente
se precipitaron sobre mí, sumergiéndome en un torrente de visiones dolorosas
acompañadas por el tañido de la campana. Por un momento la veía a ella, la
mujer de ahora, llevándome hacia el altar, donde el presbítero nos esperaba
para unirnos por la eternidad, mientras el coro entonaba su canto angélico. En
otro instante me veía entrando por la puerta de aquella iglesia vestido con una
túnica negra, con una espada ceremonial al cinto, deseando unirme a la mujer
que amaba. Luego volvía a la ceremonia presente y a la mujer adorada que me
pedía que la amara como en nuestra primera vida juntos. Y de nuevo regresaba a
aquellos tiempos, avanzando por la capilla bañada en sangre mientras imploraba
a un Dios sordo que no confirmara mis peores temores. Pero mis súplicas eran
inútiles, porque ante el altar, rodeada por un charco rojo, había caído en un
sueño helado. Corría hacia donde yacía, tomaba su cuerpo frío en brazos, y mi
grito atravesaba los cielos.
Un segundo toque de campana,
ensordecedor esta vez, me despertó de aquel viaje alucinante, y miré a todos
los presentes, que me instaban a unirme a mi elegida, cumpliendo el destino que
nos había sido negado. No había soñado nuestra vida de ese modo, pero su
contacto ardiente me susurraba que tal vez el Paraíso era posible pese al
Infierno que habíamos conocido. Estar juntos era todo lo que deseaba.
Cuando el sacerdote nos preguntó si
queríamos tomarnos el uno al otro en el reino de Cristo, lo supe, con la
desesperación de un mendigo que se aferra al manto de un transeúnte. En lo
profundo de la noche, la última campanada sonó, uniéndonos en un beso y
llevándonos hacia la eternidad…
Abro lentamente los
ojos; la cabeza me da vueltas, la vista está borrosa. Sobre mí, un grupo de
rostros desconocidos vela como padres junto a la cuna de un recién nacido.
Entre ellos reconozco uno: el de Anita, que me mira con preocupación.
—¿Qué ha pasado? —pregunto,
exhausto.
—Te desmayaste —responde.
Y recuerdo que hace dos días que no
pruebo bocado.
—La ambulancia está en camino.
Al oír hablar de médicos me invade
el terror. Vendrán, me llevarán y no volveré a verla nunca más. Intento
levantarme, pero no me dejan, sujetándome contra el suelo.
—No es seguro que te muevas.
Podrías tener una conmoción —dice.
—No me importa —respondo,
intentando liberarme del agarre, pero sus brazos son demasiado fuertes.
—Debe verte un médico —insiste
Anita.
Le tomo la mano y los recuerdos de
aquella vida lejana regresan, abrumadores.
—Anita… —digo.
Y no parece en absoluto sorprendida
de que conozca su nombre; al contrario.
—Raul…
—No dejes que nos separen —le digo,
temiendo que pueda desaparecer en cualquier momento.
—Lo has recordado…
Intenta abrazarme, pero aún estoy
agitado y el abrazo me asfixia, así que la aparto suavemente.
—¿Qué hacemos ahora?
Una sombra de tristeza se posa en
su rostro, retrasando su respuesta, y en ese instante de silencio todas mis
temores se confirman y me ahogan incluso antes de escuchar sus terribles
palabras:
—No puedo llevarte conmigo —dice.
—¿Por qué?
—Tengo una familia —responde,
mirando a lo lejos.
Veo a la mujer con sombrero,
acompañada de dos hombres, uno joven y otro con el cabello encanecido. Al cabo
de unos instantes, un niño con pantalones cortos azules se une a ellos y,
cuando lo llama “papá” y se lanza a los brazos del hombre joven, comprendo toda
la magnitud de la tragedia.
—Nos casamos hace cuatro años. Lo
quiero, y al pequeño lo amo más que a mí misma. No puedo abandonarlos —dice, y
en sus ojos leo un dolor que también siento en mí.
—Pero yo soy… Nosotros somos…
—murmuro, deseando que todo sea solo una pesadilla.
—Nos encontramos demasiado tarde,
Raul.
Comprendo que, igual que yo,
querría quedarse.
—Tú eres mía y yo soy tuyo. No
puedes dejarme aquí —le suplico con palabras y con la mirada.
—Debo hacerlo.
—¿Has olvidado todo lo que nos
prometimos? —pregunto.
—No he olvidado ni una palabra,
pero Casper me necesita —dice, mirando una vez más al niño.
—¿Volveremos a vernos?
Aunque ya conozco la respuesta
antes de que la diga, esas palabras abren la vieja herida que nunca ha sanado
del todo en mi alma.
—No en esta vida —responde, y
suelta mi mano.
Sus palabras me recuerdan a la
mujer roja que quería mis tierras, y que, al no poder obtenerlas, había matado
todo lo que yo tenía de más sagrado. Después de que Anita fuera depositada en
el ataúd, enloquecido de dolor, irrumpí con los pocos hombres fieles que
quedaban en las tierras de la Diablesa y la capturé. La até con cuerdas a mi
caballo, arrastrándola de vuelta al castillo, donde la arrojé a los sótanos
oscuros. Allí le desgarré las ropas, y los instrumentos de tortura danzaron
sobre su cuerpo desnudo hasta que no quedó nada. En sus últimos momentos
pronunció su maldición: que viviera vida tras vida, regresando siempre a estas
tierras, que volviera a encontrar a mi amor perdido, que nos reconociéramos,
pero que nunca volviera a ser mía, sino de otro, y que el anhelo me consumiera
como los gusanos consumirían su cuerpo.
—Pero en cada una de las vidas que
vendrán… —y sus ojos brillan con esperanza.
Sabiendo la maldición que pesa
sobre nosotros, dudo que la felicidad nos pertenezca alguna vez, así que guardo
silencio, sin querer destruir sus sueños. Quizá también porque yo tengo los
míos.
—Intenta recordarme, Raul, y vuelve
aquí. Yo haré lo mismo, y algún día estaremos juntos de nuevo. Ahora debo irme
—dice.
Quisiera no soltarla jamás, pero la
dejo marchar sin palabra, sin beso. Solo haría las cosas más difíciles. Y
mientras la veo perderse en la distancia, maldigo al Dios en el que no creo por
el destino desolado que me ha sido concedido…
Alexandra Medaru nació en 1988 en
Bucarest, Rumania. Es escritora de literatura fantástica y realista (prosa,
dramaturgia y poesía), crítica literaria y editora. Es redactora jefe de la
revista P(RO)EZIA y colaboradora permanente de la revista digital EgoPHobia,
donde dirige dos secciones: Arena cultural: el libro y el cine (como
crítica literaria) y Lecturas adecuadas / recomendadas por Alexandra
(como editora). Entre sus obras más significativas se encuentran: El pecado
(2013), Encuentro con un hombre, un sátiro y un gato (2016), Gomes
Leal – ¿poeta de Satanás o de Cristo? (2016), Ser o no ser escritor…
(2017), Las últimas criaturas de la noche (2017), La gran unión y la
cultura de la influencia eterna (2018), Henrik Ibsen – “Peer Gynt”
(2019), Madona con lágrimas de sangre (fragmento, 2020), La sinfonía
oculta (fragmento, 2021) o Un verso como una despedida (2022). Blog personal: http://www.taramuridenicaieri.ro.