domingo, 5 de julio de 2026

COSAS QUE NO SE VEN

J. J. Haas

 

Angela Roberts odiaba trabajar en el mostrador de objetos perdidos del aeropuerto de Sugarville. Casi nunca ayudaba a la gente a encontrar algo, y como aspirante a actriz sentía que su tiempo sería mejor empleado presentándose a audiciones para papeles de “ingenua” en el centro de Atlanta. A los treinta y dos años, con un título en drama de Spelman, una belleza increíblemente destacada y una tez negra clara que debería haberla llevado ya a papeles protagónicos en Hollywood, su mayor triunfo hasta entonces había sido un papel secundario en un musical racista en un teatro local.

Aun así, tenía que pagar el alquiler, así que compró un latte flaco y un parfait de yogur en la cafetería del aeropuerto, y se instaló para otro día aburrido más en los aburridos suburbios.

Estaba a punto de dar otro mordisco de fresas cuando un hombre blanco de mediana edad, aturdido, con un impermeable arrugado, se encaminó hacia ella.

—¿Puedo ayudarte? —dijo, dejando la cucharita de plástico sobre el mostrador.

—Eh… no, no, gracias —respondió, con cara de sorpresa, como si no esperara que alguien le hablara.

Tenía el rostro ceniciento, sin afeitarse, y desaliñado, como si no hubiera dormido en días.

—¿Has perdido algo?

El hombre miró el letrero de “Objetos Perdidos” por primera vez.

—Perdí a mi esposa —susurró, más para sí mismo que para ella—.

—¿Tu esposa? Puedo avisarla por altavoz.

—No, no entiendes. Está muerta.

—¿Muerta?

—Sí —dijo, mirando hacia la distancia—. Murió en ese… accidente de avión.

—Oh, Dios mío —Angela dijo. Dos días antes ella había estado en el aeropuerto cuando un pequeño avión de pasajeros se estrelló en un campo de remolacha al aproximarse, y murieron todos los que iban a bordo. El NTSB aún tenía la zona acordonada.

—Lo siento mucho.

—Ella lo era todo para mí. No sé cómo voy a criar a esos niños yo solo. Están ahora en casa de su hermana. El funeral es mañana en la Iglesia Bautista de Sugarville, pero yo sigo volviendo aquí… esperando… —se detuvo, como si no encontrara palabras.

Angela nunca había visto a nadie con un nivel tan agudo de angustia psicológica, y se sintió impotente para ayudarlo.

—¿Has hablado con tu pastor?

—¿Mi pastor? ¿Qué bien haría eso? Él solo intentaría llenar mi cabeza con lugares comunes inútiles. Él no podría entender nada de esto mejor que yo, porque… porque simplemente no tiene sentido. —Golpeó el cartel—. Y otra cosa que estoy perdiendo… es mi fe.

Angela consideró llamar al psicólogo del aeropuerto, pero sabía que no entraba hasta las nueve. Decidió que, si alguien iba a ayudar a ese pobre hombre, tendría que ser ella.

—Mira, mi bisabuela, Ana, era la mujer cristiana más recta que he conocido —dijo Angela—. Llevó una vida muy difícil. Perdió a su hijo en Vietnam, y su esposo se suicidó. Pero se mantuvo optimista toda la vida. Decía que “todo sucede por una razón”. Puede que no entendamos la voluntad de Dios en ciertos momentos de nuestras vidas, pero Dios siempre sabe el motivo, y eventualmente lo entenderemos… si no en esta vida, entonces en la otra… siempre y cuando sigamos teniendo fe. Yo estaba muy cerca de ella, y cuando murió sentí como si en mi vida hubiera un hueco enorme. La echo muchísimo de menos y pienso en ella muy a menudo, así que creo que puedo entender por lo que estás pasando. —Angela levantó un bordado en punto de cruz enmarcado que estaba tirado en el mostrador, rodeó la oficina y se lo entregó al hombre—. Me lo dio ella en su lecho de muerte.

El hombre tomó el bordado, lo leyó en voz alta.

—“La fe es la evidencia de cosas que no se ven”.

—La bisabuela Ana nunca dejó de confiar en su fe, y tú tampoco deberías.

El hombre empezó a ahogarse, y luego rompió en llanto abiertamente. Angela lo atrajo hacia sí y lo abrazó mientras él sollozaba.

—Todo estará bien —le dijo.

Después de unos minutos, dejó de llorar y pareció recordar algo importante, como si despertara de un sueño.

—Tengo que volver con mis hijos —dijo, intentando devolverle el bordado a Angela.

—Guárdatelo —respondió—. Para que te lo recuerde.

—Pero es de tu bisabuela.

—Insisto. Ella querría que lo tuvieras tú.

—Gracias —dijo.

Colocó el marco dentro de su impermeable. Luego se limpió las lágrimas de los ojos y se dirigió a la salida con una nueva sensación de propósito.

Angela volvió a sentarse en su escritorio con una sensación de logro. Casi había creído la historia ella misma mientras estaba “en el momento”, y estaba segura de que sus profesores de teatro habrían aprobado su actuación. Registró el ridículo bordado que alguien le había dejado en el escritorio el día anterior como “encontrado” y regresó a su parfait de yogur.

Quizá ya era hora de empezar a presentarse a audiciones para papeles protagónicos.


J. J. Haas es un poeta y escritor de relatos cortos cuya obra de ficción está disponible en Amazon en una colección de libros electrónicos titulada Searching for Nada. Ha publicado ficción y poesía en una amplia variedad de revistas como Shenandoah, Rattle, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Asimov's Science Fiction, Baen's Universe y Writer's Digest. Es Senior Content Developer en ADP, miembro de la Society for Technical Communication, y ha sido instructor en el Creative Writing Certificate Program de Emory Continuing Education. Haas se licenció en Lengua y Literatura Inglesas en el College de la Universidad de Chicago y fue Past President of the Alumni Club of Atlanta. Vive en un suburbio de Atlanta.

UN RECUERDO DE UNA PELÍCULA EN 3D

Radovan Petrović

 

El personaje principal de la película, empujado hasta el mismísimo borde de la pantalla del cine, parecía disgustado por los gritos que llegaban desde las primeras filas de la sala.

Un hombre, sentado muy atrás, en una de las últimas filas, permanecía en silencio, aunque desde hacía rato estaba asustado por las despiadadas siluetas en movimiento que danzaban ante sus ojos. Se quitó las gafas y luego, con un pesado movimiento de la mano, volvió a ponérselas, apenas convenciéndose de hacerlo. La proyección en 3D era algo que no le agradaba a su atención y, además, su visita al cine había sido una elección casual, una forma sencilla de pasar una larga tarde de verano.

Una vez más, una lluvia de escombros provocada por una enorme explosión al otro lado de la pantalla saltó hacia su rostro, obligándolo a agachar la cabeza y encorvarse, apoyándola sobre sus manos temblorosas. Sabía que nadie lo veía: todos estaban absortos en lo que ocurría en la pantalla y frente a ellos; e incluso si alguien advirtiera sus movimientos en el asiento, nadie diría nada. Aun así, ya no se atrevía a exponerse a las burlas en la oscuridad. Se incorporó de nuevo y miró las tenues siluetas de las cabezas que lo rodeaban, apenas visibles bajo la débil iluminación auxiliar de la sala. Las gafas de muchos espectadores brillaban discretamente, absorbiendo una multitud de ilusiones tridimensionales y manteniendo a sus fascinados usuarios firmemente atrapados en las garras del engaño visual.

Habría permanecido más tiempo, pero las escenas se estaban volviendo cada vez más difíciles de soportar. Las películas comunes, en las que las bestias no saltaban fuera de la pantalla como si fueran a lanzarse sobre la cabeza del espectador, jamás lo habían asustado tanto como para hacerlo huir. Ahora, hasta las simples hormigas de la película parecían reales y encontraban con habilidad el camino hacia el público que gemía de inquietud. No le quedaba otra opción que dejar de mirar. Se quitó nuevamente aquellos asistentes para los ojos y pensó que lo mejor sería arrojarlos al suelo y aplastarlos bajo el zapato hasta convertirlos en finos fragmentos, tan delgados como hojas de papel.

La gran pantalla exhibía orgullosamente toda su paleta cinematográfica, pero ahora aparecía insoportablemente borrosa. Se volvió hacia atrás, como suele hacerse en los cines, y observó el brillante haz del proyector, al fondo de la sala, vertiendo silenciosamente su doble corriente de luz hacia la superficie blanca y hacia las personas sentadas en las butacas. La cabeza le dio vueltas y regresó rápidamente a su asiento, continuando con la película a pesar del miedo. Desde el principio se habían sucedido escenas violentas: personajes que parecían ser los protagonistas caían por las enormes aberturas de edificios en ruinas, gritando desesperadamente por ayuda. Él se compadecía de ellos y, cuando una mano apareció justo delante de sus ojos, instintivamente extendió la suya.

Entonces se echó a reír.

Y alguien cercano hizo lo mismo.

—¡Señores, ya no puedo soportar esto! —dijo cuando el miedo terminó por dominarlo—. Necesito descansar la vista. Perdón por hacer tanto ruido.

Lo añadió en voz baja, dirigiéndose a quienes compartían su fila, aunque estaban demasiado absortos en aquella mezcla de terror y fantasía como para prestarle atención. Buscó su bolsa de aperitivos salados, uno de los placeres inseparables de una visita al cine, pero solo encontró el fondo aplastado del envase. Lo estrujó aún más y volvió a guardarlo en el bolsillo, imaginando que era un digno cubo de basura. Encontró un poco de jugo, bebió un sorbo dulce y, durante unos instantes, olvidó la desagradable experiencia.

A través de las gafas vio al hombre sentado delante de él quitarse las suyas y limpiarlas cuidadosamente. Nuevas escenas aparecieron en la pantalla y, enseguida, una figura desfigurada –una auténtica bailarina del escenario cinematográfico– agitó ambas manos. Poco después, una tropa de enemigos se lanzó contra aquel guerrero de dientes afilados y todos regresaron a la blanca extensión de la pantalla, continuando la persecución mientras disparaban rayos láser. Al comprobar que aquellos haces de luz ya no podían hacerle daño –aunque siguieran sembrando el caos en los ojos de los demás–, suspiró aliviado y soltó una sonora carcajada.

¿Qué lo impulsó a regresar al espectáculo después de haberse calmado?

Intentó mirar sin las gafas, aquellos dispositivos que embotaban la mente, aquella absurda máquina multidimensional, pero entonces solo podía ver las partes más lentas y menos interesantes de la película. Así que volvió a ponérselas, ajustándolas firmemente sobre las orejas, justo cuando la calma dio paso a algo jamás visto.

Una mandíbula afilada apareció suspendida sobre el público y provocó que muchos gritaran de miedo. Algunos, más sensibles, se levantaron y caminaron hacia las salidas.

Otros se echaron a reír.

Volvió a quitarse las gafas y las sostuvo con fuerza junto a sí; una vez sujetas de aquel modo, no volverían a cubrir sus ojos. No tenía por qué ver esa versión de la película. Existía una versión corriente, la bidimensional, sin todas aquellas amenazas ni proyecciones. Hay mentes que, sencillamente, se niegan a aceptar experiencias semejantes.

Mientras los demás seguían atentamente el espectáculo, él aguardó pacientemente a que terminara la película. Todavía faltaba una hora. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Se quedaría sentado y fingiría participar. Solo que sin las gafas.

Comenzó a golpear el suelo con el pie, distrayendo a quienes eran lo bastante sensibles como para notarlo. Entonces se le ocurrió que podía mantenerse ocupado de esa manera, quizá incluso salvar a la gente de todo aquello con que la película amenazaba.

Estaba oscuro. Nadie podía verlo.

Con una leve sonrisa, empezó a moverse inquieto, convirtiéndose en una pequeña molestia dentro de la silenciosa sala llena de aficionados al cine espacial. Nadie protestó; tal vez ellos también lo consideraban una forma de soportar las escenas más aterradoras.

Miró el reloj y recibió con agrado cada minuto que pasaba.

Aunque podía marcharse, algo lo mantenía atado al asiento por el que había pagado.

En realidad, todavía no había pagado. Había sido uno de los primeros en llegar y la cajera no tenía cambio suficiente, de modo que aún le debía el importe de la entrada. Lo arreglaría al salir. La incomodidad que le provocaba la película no desaparecía, pero tampoco le arruinó el día. De hecho, terminaría recordándolo como uno de los mejores, ahora que había encontrado una forma de soportar aquello con lo que no podía lidiar.

Los sonidos que estallaban desde los altavoces repartidos por toda la sala le parecían simples interferencias de radio. Pero que realmente lo perturbaba eran las imágenes. Pensó que quizá los demás también sintieran miedo, pero jamás lo admitirían después de haber pagado por aquella experiencia.

Se consideró un auténtico inventor.

Y en cierto momento, la escena volvió a la normalidad. No había movimientos exagerados ni objetos que saltaran fuera de la pantalla. Decidió disfrutarla.

Seguía siendo un poco inquietante, pero todo permanecía contenido dentro del encuadre, detrás de aquella pared invisible.

Nunca se había sentido mejor viendo a unas personas huir de un monstruo incapaz de hacerles daño de verdad. Solo era posible animar a los héroes en dos dimensiones, donde sus vidas resultaban claramente falsas. Las gafas permanecían a su lado. Esperando.

Entonces la imagen volvió a desenfocarse, anunciando una nueva secuencia que exigía toda la atención del espectador.

A regañadientes, recogió el dispositivo y siguió mirando, observando ahora con mayor cuidado todo lo que irrumpía desde la pantalla, aunque ya sin el temor de que pudiera hacerle daño de verdad.

Algunas personas comenzaron a abandonar la sala.

Cuando apareció una nueva criatura, acompañada por gritos ahogados, el hombre permaneció en silencio, concentrado en la lucha de sus personajes favoritos y alentándolos mentalmente.

Entonces algo cambió ante sus ojos.

Lo que hasta un instante antes parecía un hombre comenzó a transformarse en una criatura grotesca, en un proceso semejante al de un ser humano convirtiéndose en un hombre lobo cubierto por una espesa capa de pelo.

Se sobresaltó cuando la cabeza de la criatura giró hacia el público.

Ahora sí tenía la firme intención de marcharse.

Pero no se quitó las gafas mientras se dirigía hacia la salida; seguía viéndola.

La bestia cinematográfica avanzaba hacia el público. Ya no atacaba a los personajes de ficción. Ahora se volvía hacia las personas indefensas que habían acudido al cine en busca de entretenimiento.

—¡Corran!

Echó a correr hacia adelante mientras, detrás de él, oía el sonido de una llave girando en una cerradura.

Las personas que huían de la sala se detuvieron frente a unas puertas que no conducían a la libertad, sino hacia las sombras amenazadoras del monstruo cinematográfico, cada vez más grande.

Todo el mundo le teme a los hombres lobo.

Llegó hasta la cajera, a quien todavía le debía el dinero de la entrada.

—Necesito pagar —dijo, dejando caer sobre el mostrador todas las monedas que llevaba.

—Señor, su cambio —respondió la mujer mientras contaba la cantidad exacta.

—Quédese con todo —contestó él, encaminándose hacia la salida decorada con carteles de películas—. Deprisa... Están atacando a la gente...

—Pero la película todavía no ha terminado —dijo ella con una sonrisa.

—Es verdad...

De pronto recordó algo importante y sacó del bolsillo las gafas de 3D.

—Tengo que devolver esto.

—Quédeselas. Son nuevas. Todavía están en fase de pruebas —respondió ella con un gesto de asentimiento.

Estaba decidido a destruirlas. Ya tenían una grieta producida por la fuerza con que las había apretado entre sus manos nerviosas. Observó cómo, bajo la luz, parecían repararse solas, recuperando su solidez. Intentó romperlas otra vez. Fue inútil. Los cristales volvían a soldarse. Tenía que arrojarlas muy lejos. Había un cesto de basura cerca. Pero falló el lanzamiento. Las gafas golpearon el pavimento.

La luna llena, suspendida sobre la ciudad, brilló reflejada en sus lentes perfectamente pulidas.

Radovan Petrović nació en Niš, Serbia, en 1980. Tiene una maestría en ingeniería eléctrica y también escribe ficciones que se han publicado en colecciones regionales de relatos cortos: Regia Fantastica, Ubiq, Pazin, Priče iz izolacije, Supernova y Besan.

 

 

TDAH

Francisco Pacheco

 

—¿Hola cómo estás, qué me cuentas?

—Hola, y aquí de nuevo viendo mi celular, eternamente escroleando información, cómo cambia la vida, antes de todo esto mis vicios eran salir, hacer deporte, leer, hacer cosas. Los excesos tenían todo que ver en mi vida. Me siento sola, quiero poder hacer lo que hacía antes, tengo ganas de salir pero no me da el cuerpo, la cabeza quiere estar metida en un torno sin fin de información dando vueltas, tratando de dar una forma, ¿que necesito para estar bien?, no lo sé, solo sé que mi vida se convirtió en algo difícil de manejar, trato de hacer cosas pequeñas y no puedo, me bloqueo, me quedo paralizada, quiero salir pero me quedo en blanco, pero dame un problema complejo, he ahí cuando salen mis súper poderes, resuelvo todo como si fuese un experta en el tema, muchas veces me saco las soluciones del culo, pero es por mi creatividad no por mi sabiduría, soy una polímata, algo que en la actualidad no es bien visto, en un mundo donde la expertise lo es todo. No tengo valor, ni valentía para aceptarlo, las pastillas son mi mejores compañeras, pero cuando las dejo me convierto en una baba para solucionar cosas difíciles, hasta lavar la ropa es algo que me cuesta cuando no tengo ganas de nada, me gustaría tener un trabajo de oficina de ocho a cinco que me permita regular mi bienestar, pero no existe esa posibilidad, no sé cómo hacerlo, creo que me estoy perdiendo, trato de seguir con todo pero estoy desesperanzada, ¿por qué la vida cuesta tanto?, ¿por qué la gente me dice genia?, y la vez que no hago nada, es tan confuso, me encantaría poder ser normal, hay veces que digo: si pudiera enfocar toda esa energía gastada en estos múltiples pensamientos sería hermoso, sé que lograría un montón de cosas increíbles, pero no pasa, quedo en hiatus esperando a que pase, mi cabeza es como un Ferrari pero sin volante, eso lo escuche por ahí y me hizo tanto sentido, muchas veces le he puesto corazón a algo y he tenido grandes logros, han sido momentos espectaculares que han llenado mi vida, pero después de un tiempo nada de eso sirve, sin constancia… es raro porque yo ya cumplí en mi cabeza con el ciclo de lo que quería lograr y después de eso mi motivación para seguir desaparece, ¿cómo algo que me genera tanto placer después del logro máximo que pudiese tener me deja de encantar?, no lo entiendo, me gustaría tener una pasión que no tenga techo, que pudiese seguir eternamente en esa cumbre de fanatismo y encanto que tuve alguna vez, ¿por qué no puedo ser experta y continuar?, ¿por qué mi cabeza funciona de esa forma?, me da rabia pensar en las millones de oportunidades que perdí por perder la pasión, ya estoy cansada me cuesta seguirle el ritmo a la vida, y no por irresponsable, sé que cuando algo me gusta o me entusiasma voy hacer todo lo posible para que salga perfecto y seguimos con los peros infinitos que no me dejan avanzar, que terrible situación, que terrible seguir así, ya no quiero, ni en el amor me va bien, porque dejo de pensar en las personas con mucha facilidad cuando se van, o se convierten en una obsesión estúpida que hace que me dejen de lado, ninguna de la dos opciones que tengo me facilitan la vida, o evito o me apego y cada cosa que hago gira en torno a eso, no sé qué más puedo hacer, quiero vivir pero mi cabeza no me deja, con decirte que cuando me meto a la ducha es un suplicio, me quedo pegada haciendo otras cosas antes de entrar, como si le tuviera fobia al agua, pero una vez adentro me pega el agua caliente en la espalda y me quedo de brazos cruzados filosofando de la vida por mucho rato, también cuando me acuerdo de una cosa que tenía que hacer termino haciendo diez y no hago lo que tenía que hacer, es terrible, pero lo más extraordinario es que si me das un deadline para hacer cualquier cosa, sale como si nada, no lo entiendo, para prepararme un café tengo que computar como si estuviese en la NASA pero para hacer el análisis de por qué no funciona un proyecto en un día lo tengo listo, jajajaja, ya he experimentado todo de todo y en todo, y aun así no quiero nada con nadie en nada, ya me aburrí. Ya, a seguir, una sonrisita y darle para adelante, me voy, cuídate, otro día seguimos hablando.

—Bueno, querida, que estés bien y ánimo en algún momento todo va a salir mejor.

Ese fue el último chat que tuve antes de que Lilia se fuera de este plano, creo que debí tener más paciencia. Y nada, cada uno pide ayuda como puede y no me di el tiempo para hacerlo, no me di el tiempo.

Francisco Pacheco, nacido en Chile, es el miembro más joven del taller de Poli Delano.

sábado, 4 de julio de 2026

MIS TIEMPOS DE AJEDRECISTA

Shota Iatashvili

No tenía ni idea de qué le pasaba a la chica. Hacía su movimiento, contenía la respiración unos segundos, luego movía la mano de nuevo hacia el tablero y tocaba la pieza que acababa de colocar, como si la acariciara, o bien agarraba suavemente la parte superior de la pieza con sus dedos pálidos y luego la hacía girar ligeramente, moviéndola unos milímetros hacia un lado susurrando: "acomodo”, con voz cálida y algo ahogada para luego apoyar una vez más su cabeza rubia en la palma carnosa.

Hacía esto después de cada movimiento. No solo ajustaba sus propias piezas; también lo hacía con las mías. Incluso cuando las coloqué con mucho, mucho cuidado, justo en el centro de la casilla, ella seguía ajustándolas. Empecé a sentirme inquieto cada vez que ella realizaba una jugada. Perdía el hilo de mis pensamientos, las variantes calculadas y las combinaciones preparadas se confundían unas con otras. Toda mi atención se concentraba en ella, que en cualquier momento iba a extender la mano hacia la pieza que yo acababa de mover, tocarla, acariciarla, incluso levantarla apenas del tablero para volver a depositarla exactamente en la misma casilla y decir con aquella voz enigmática:

—Acomodo.

Era una norma. Los ajedrecistas pueden ajustar sus piezas, o incluso las del oponente, siempre que pronuncien esas palabras mágicas al hacerlo. Si no pronuncian las palabras, la regla establece que deben mover la pieza que hayan tocado (si era suya) o capturarla (si era de su oponente), suponiendo que sea legal hacerlo. Por desgracia, no había nada en las reglas sobre cuántas veces un jugador podía ajustar una pieza, así que esta chica ejercía su derecho en cada jugada. De hecho, a veces incluso varias veces entre jugadas: tocaba el caballo blanco, o el alfil negro, o los peones de ambos jugadores... Su mano recorría el tablero, acercándose a una pieza mientras murmuraba en una especie de trance:

Acomodo, acomodo, acomodo. Y mientras tanto mi mente se iba nublando poco a poco. Cometía errores groseros y siempre terminaba perdiendo contra ella.

Me acordé de esa chica cuando el gran maestro Suetin nos dio una conferencia sobre la preparación psicológica del ajedrecista. Sobre la preparación psicológica y la influencia psicológica. Nos lo explicaba en teoría y, al mismo tiempo, ilustraba cada concepto con ejemplos concretos. Contó varios casos de partidas ganadas gracias a la presión psicológica ejercida sobre el adversario.

Entre ellos relató este:

—Había un jugador que, apenas hacía una jugada, se quedaba mirando fijamente a los ojos de su rival. No apartaba la vista. Y cuando el adversario respondía, procuraba contestar lo más rápido posible para volver a sostenerle la mirada. Ninguna regla prohíbe mirar al oponente, así que este tampoco podía protestar. Y de ese modo consiguió sacarlo de concentración y vencerlo.

En cuanto escuché aquello, todo se volvió claro para mí.

Comprendí que aquellas interminables y desesperantes maniobras de acomodar las piezas constituían un método cuidadosamente elaborado de presión psicológica. Al menos eso creí entonces. Aunque, pensándolo bien, ¿qué métodos elaborados podía haber desarrollado una niña de apenas doce años? Probablemente se trataba simplemente de una neurosis. Una neurosis silenciosa, una necesidad irresistible de tocarlo todo.

O quién sabe... Tal vez su padre era ciego y había aprendido a jugar con él.

Los ciegos participaban siempre en nuestros torneos. Se sentaban aparte y, curiosamente, eran quienes más espectadores atraían. Cada vez que el rival hacía una jugada, ellos extendían ambas manos sobre el tablero para descubrir qué pieza había sido movida, desde qué casilla y hasta cuál. Una vez que lograban reconstruir la posición, permanecían inmóviles, con la mirada perdida hacia el techo del salón o, más a menudo, dirigida hacia un adversario invisible. Después volvían a recorrer el tablero con las manos y hacían su propia jugada.

No siempre, pero también contra los ciegos perdía con bastante frecuencia.

A veces, cuando terminaba la partida, me pedían que los acompañara hasta la parada de autobús más cercana. Cerraban su tablero plegable de casillas desgastadas, se lo ponían bajo el brazo, yo les ofrecía el mío y caminábamos hasta la Filarmónica. Les iba leyendo los números de los autobuses que llegaban, uno tras otro, hasta que aparecía el que necesitaban. Los ayudaba a subir y luego emprendía el camino de regreso a casa... derrotado por un ciego.

En aquellos torneos por sistema suizo ocurría de todo.

Una vez apareció un soldado ruso. Tenía las mejillas coloradas y era evidente que provenía de alguna remota provincia perdida de Rusia. Llegaba directamente desde el cuartel. Casi siempre lo hacía tarde, entraba corriendo, jadeando, se sentaba frente al tablero... y nos derrotaba a todos, partida tras partida.

Les ganaba también a los ciegos, a la chica que acomodaba las piezas, a nuestros mejores jugadores de primera categoría y hasta a los candidatos a maestro. Pasó por encima de todos con una facilidad humillante y terminó ganando el torneo. Después regresó a su cuartel y nunca más volvió a aparecer.

Supongo que poco tiempo después terminó el servicio militar y lo enviaron de regreso a aquella provincia olvidada. Quizá ahora siga viviendo allí, ya envejecido, entregado a la bebida y, cuando anda escaso de dinero, todavía les gane alguna botella de vodka apostando partidas de ajedrez a sus paisanos.

¿Qué me hizo acordar ahora de aquel soldado ruso, si en realidad quería hablar de otro ruso muy distinto, del gran maestro Suetin, el mismo que nos dio aquella conferencia sobre la preparación psicológica del ajedrecista y que luego se sentó a jugar una exhibición simultánea contra nosotros, un grupo de chicos con las orejas aún puntiagudas por la infancia?

Ahí estaba yo. Hice una jugada, luego otra. El gran maestro Suetin caminaba sin cesar, trazando círculos entre las mesas. Debía enfrentarse al mismo tiempo a veinte o veinticinco niños y despacharnos a todos casi con un simple movimiento de la mano.

Suetin era un hombre corpulento; incluso podría decirse descomunal. Pero eso no tenía ninguna importancia. El ajedrez será un deporte, sí, pero no atletismo. No hace falta un cuerpo perfecto para jugar bien. Lo que hace falta es una mirada penetrante, movimientos ágiles de la mano y una inteligencia afilada. Y el gran maestro Suetin poseía todo eso.

Avanzaba con seguridad entre el rectángulo formado por las mesas. Sin embargo, cuando pasó un par de veces junto a mí y levanté la vista, advertí un detalle extraño: llevaba unas gafas enormes, con lentes desproporcionadamente gruesas. Detrás de aquellos cristales, sus ojos aparecían gigantescos, deformados. Y fueron precisamente esos ojos magnificados los que me sugirieron una idea bastante desagradable.

El gran maestro acababa de contarnos que un ajedrecista había derrotado a su rival manteniéndole la mirada durante toda la partida. En ese mismo instante pensé: si ese método existe, si ya ha demostrado funcionar y, además, no infringe ninguna regla... ¿por qué no utilizarlo ahora mismo?

No bien se me ocurrió, levanté la cabeza y clavé los ojos en los del gran maestro Suetin. Él me miró desde arriba, hizo su jugada y siguió caminando tranquilamente.

Continuó avanzando con su pesado cuerpo de mesa en mesa, realizando los movimientos con absoluta calma mientras completaba otra vuelta. Yo lo seguía con una mirada tensa; unas veces le perforaba la espalda, otras la nuca, otras el perfil del rostro. Cuando volvió a acercarse, me lanzó una mirada de soslayo, hizo otra jugada y siguió su camino.

Bajé la vista al tablero. Habíamos entrado en una Apertura Española. Conocía bien sus caminos. Decidí de inmediato qué variante elegir, hice mi movimiento... y seguí taladrándole la espalda con los ojos.

Mientras tanto volvía a acordarme de la chica que acomodaba las piezas. Pensaba para mis adentros: «Ojalá el destino vuelva a cruzarme contigo. Ya vas a ver. Te devolveré exactamente lo mismo. Te atravesaré con la mirada hasta que bajes los ojos de vergüenza. Ya no podrás mirar bien el tablero; te temblarán la mano y la voz; no podrás hacer una jugada decente ni pronunciar con esa vocecita temblorosa tu "la acomodo...". Entonces sí... entonces me vengaré de ti. Te derrotaré sin piedad.»

Pero ¿qué importaba ahora aquella chica? Estaba jugando contra el gran maestro Suetin y la lucha ya había entrado en el medio juego. Yo, un chico correcto, educado, siempre con las mejores calificaciones, extraordinariamente tímido, de esos que se ruborizan por las cosas más insignificantes, empecé a mover con rapidez. No apartaba la vista de aquel cuerpo torpe y pesado; mejor dicho, intentaba atrapar la mirada escondida tras aquellas enormes gafas. A veces incluso lo conseguía. Y entonces leía en sus ojos una furia terrible. Una crueldad feroz. Después de todo, ¿cómo iba a soportar que un chiquillo al que acababa de enseñar de buena fe un recurso psicológico se atreviera, media hora más tarde, a utilizar precisamente ese mismo recurso contra él?

Estábamos ya casi al final del medio juego. Miré el tablero y no podía creerlo. Tenía una posición claramente superior. Casi ganadora.

«¡El método funciona!», pensé.

El gran maestro Suetin se acercó, se detuvo frente a mi tablero. Yo seguía mirándolo con obstinación. Él se inclinó sobre la posición, hizo su movimiento y, justo en ese instante, acercó todavía más el rostro al mío para susurrarme al oído, en ruso, de manera casi agresiva, procurando que nadie más lo oyera:

—¡No me mires a los ojos!

Me estremecí. El muchacho correcto, tímido y aplicado bajó inmediatamente la cabeza y fijó la vista en sus propios zapatos. Sentía cómo el gran maestro seguía caminando. Cuando se alejó, apenas me atreví a levantar los ojos hacia el tablero para descubrir qué jugada había hecho. Todo a mi alrededor estaba borroso. Forcé la vista hasta distinguir, con dificultad, la posición de las piezas. Volví a bajar la cabeza y me quedé mirando mis zapatos. Calculaba variantes de memoria, desplazaba las piezas mentalmente e intentaba encontrar así la forma de seguir luchando.

Se acercaba...

Creo que ya lo había encontrado... Llegó hasta mi mesa. Se detuvo frente a mí. Levanté apenas la vista e hice mi jugada. Él respondió haciendo resonar la pieza contra el tablero y siguió adelante. Completó otra vuelta sin que yo levantara la cabeza. Y creo que una tercera también. Mientras tanto mi posición iba deteriorándose a ojos vista. La ventaja conquistada comenzaba a evaporarse. Y, sin embargo, seguía oyendo en mi oído aquel susurro:

—¡No me mires a los ojos!

Y entonces me enojé. De golpe. ¿Con qué derecho me lo prohibía? ¿Por qué no podía mirarlo? ¿Acaso no acababa de decirnos él mismo que aquello no infringía ninguna regla? Ahora era él quien estaba rompiendo el espíritu de lo que acababa de enseñarnos. Tal vez no violaba ninguna norma escrita, pero intentaba ejercer presión psicológica sobre mí...

Hasta ese momento había sido yo quien ejercía presión psicológica sobre él. Y aquella cabeza avergonzada se levantó de pronto con orgullo. Quise mirarlo. Ya venía caminando hacia mí. Sus ojos agrandados por las gruesas lentes se encontraron con la mirada aparentemente inocente, aunque obstinada, de un niño. No apartó la vista. Seguía avanzando. Y seguía mirándome. Con una expresión casi feroz. Comprendí que precisamente en ese instante debía resistir. Y resistí. Llegó hasta mi tablero. Se quedó de pie frente a mí. Me observaba desde arriba. Parecía devorarme con los ojos. Yo seguía mirándolo. El gran maestro Suetin ni siquiera dirigía la vista al tablero. Solo me miraba a los ojos. Yo tampoco apartaba la mirada. Temblaba, pero seguía mirándolo. Ni siquiera parpadeaba.

Y vencí.

Fue él quien retiró primero la mirada. Entonces bajó los ojos hacia el tablero, realizó su jugada con un estrépito que resonó por toda la sala y siguió caminando.

Ya quedábamos muy pocos jugadores. Tal vez siete. Para todos los demás la partida había terminado. Por eso regresaba a mi mesa cada vez con mayor rapidez. Yo lo contemplaba sin el menor pudor. Y le jugaba con el mismo descaro. Y le gané. En ajedrez, el derrotado estrecha la mano del vencedor. Es el gesto que simboliza la rendición. Una costumbre aceptada, civilizada. Aunque, extraoficialmente, existe otra forma, bastante menos elegante: cuando uno pierde, puede derribar a propósito su propio rey sobre el tablero.

El gran maestro Suetin hizo precisamente eso. Más que dejar caer a su rey, lo estrelló contra el tablero. Y se marchó sin estrecharme la mano. Yo seguí su figura con la mirada por última vez. Probablemente aquella fue la mayor victoria de toda mi vida. Después de eso jamás volví a experimentar una sensación semejante.

En cambio, nunca más volví a encontrarme con la chica que acomodaba las piezas. Seguíamos jugando los mismos torneos, pero el destino –o, mejor dicho, el sorteo– nunca volvió a emparejarnos. Ella quedaba a la izquierda; yo también. Ella arriba; yo arriba. Ella abajo; yo abajo.

Y, sin embargo, cuánto deseaba volver a enfrentarla.

Me picaban las manos. La mirada ya la tenía preparada. Mientras tanto, la muchacha rubia seguía sentándose frente a otros jugadores y continuaba acomodándoles las piezas. Tal vez lograba desconcentrarlos. O quizá no.

Poco después, unos muchachos me sacaron del Palacio del Ajedrez y me dieron una paliza allí mismo, a pocos metros de la entrada.

Jamás me habían golpeado de esa manera. Fue la primera y la peor paliza de toda mi vida. No consigo recordar qué tenían contra mí, qué les molestaba de mí, qué les había hecho. Pero desde entonces siempre me acompañó la sensación de que aquello había sido un castigo. Un castigo por la forma en que había tratado al gran maestro Suetin. También fue profundamente vergonzoso abandonar el ajedrez y huir del Palacio del Ajedrez.

En uno de los torneos terminé último entre dieciséis participantes, con apenas medio punto.

Iba perdiendo. Seguía perdiendo. Continuaba perdiendo. Luchaba desesperadamente, pero por alguna razón siempre acababa perdiendo. En casa lo ocultaba. Le mentía a mi padre. Yo ya era estudiante universitario.

A veces le decía que había hecho tablas; otras, que había ganado.

Le mentía porque él había sido quien me llevó por primera vez a una escuela de ajedrez. Deseaba de verdad que yo jugara bien. Cada uno de mis pequeños éxitos lo llenaba de felicidad. Y yo no quería que supiera hasta qué punto estaba fracasando. No quería entristecerlo.

Ese miserable medio punto se lo arranqué a un jugador indio. Los demás ya se burlaban de mí.

—Ese pobre indio creyó que eras un rival fuerte y por eso aceptó las tablas. Si no, también te habría ganado.

Jugué mi última partida y salí de allí corriendo. No quise volver a mirar hacia el edificio. Llegué casi a odiar el ajedrez. Para mí, en aquella época, el ajedrez era una derrota interminable. Las derrotas frente a la chica que acomodaba las piezas. Las derrotas frente a los jugadores ciegos. La paliza recibida delante del Palacio del Ajedrez. El medio punto. El último puesto. Las burlas. ¿Qué podía pesar, frente a todo eso, una única victoria insolente sobre el gran maestro Suetin?

Pero comprendí que el ajedrez podía ser todavía una derrota mucho mayor cuando me enteré de la muerte de mi primer entrenador, Shota Intskirveli.

Aquel hombre que había formado campeones del mundo fue encontrado muerto durante los años noventa, en una casa con las ventanas rotas. Murió de hambre. Murió congelado.

Cuando éramos niños, a veces sentaba sobre sus rodillas a la vivaz Keti Abashidze mientras analizaba nuestras partidas y nos enseñaba aperturas y pequeños secretos del ajedrez. Cada vez que yo veía a aquella luminosa Keti Abashidze, mi concentración se desvanecía y ya no lograba seguir hasta el final los análisis posicionales del entrenador. Y cuando ella era mi rival, casi siempre perdía. Exactamente igual que contra la chica que acomodaba las piezas. Muchos años después, cuando ya había terminado la universidad, volví a encontrarme con Keti Abashidze. Seguía irradiando la misma vitalidad. Me invitó a su casa, en Vake.

Tomamos el té, recordamos la infancia y luego dijo:

—Ya que estamos recordando viejos tiempos, juguemos una partida.

Nos sentamos frente al tablero.

Y, naturalmente, volvió a derrotarme con facilidad. Sonrió y creo que hasta comentó:

—Qué curioso... siempre te gano.

Así era. No parecía ser un jugador débil. Y, sin embargo, todos parecían derrotarme. De las victorias no quedaba casi nada. Las derrotas, en cambio, dejaban cicatrices. Me desgastaban por dentro. Me hacían más pesado. Me transformaban. Y, sobre el fondo de todas aquellas derrotas, solo me quedaba una historia para contar: cómo había derrotado al gran maestro Suetin gracias a la presión psicológica. La contaba una y otra vez. Me consolaba contándola.

La repetí tantas veces que terminé cansándome incluso de escucharme a mí mismo.

Y entonces la escribí.

Pero ahora, mientras termino de escribirla, quien vuelve a aparecer ante mis ojos es Shota Intskirveli. Hambriento. Congelado. Muerto en una casa de ventanas rotas. Y me gusta imaginar que lo encontraron sentado frente a un tablero de ajedrez, con la mano inmóvil suspendida en el aire y una dama entre los dedos, a punto de colocarla en f5 o quizá en g6 para mostrarnos una de aquellas hermosas combinaciones de Mijaíl Tal o de Bobby Fischer. Y que no estaba solo. Que seguía abrazado a la sombra de la radiante Keti Abashidze, sentada, como siempre, sobre sus rodillas.

Shota Iatashvili nació en Georgia en 1966. Escribe poesía y prosa, y es traductor y crítico de arte. De 1993 a 1997 trabajó como editor en el Centro de Letras de la República para los periódicos literarios Rubicón y La Tercera Vía. Leer menosEs editor de la editorial The Caucasus House desde 1998 y ha sido editor jefe del periódico The Alternative, publicado por The Caucasus House. Entre sus libros de poesía se encuentran The Wings of Death (1993), Chewing Gum (1994), The Petrol Flowers (2000), While It's Time (2006) y A Scar (2010), entre otros. Sus libros de prosa incluyen Counter-Ajour (1998), The Flower of All Flowers and an Engineer (2000), Photo-Fathers (2005) y Gravitation (2012). Entre sus obras de crítica literaria se encuentra su colección de 2010 Cleaning. Sus traducciones incluyen Styles of Radical Will (1999) y American Poets (2004) de Susan Sontag. Ganó el Premio Saba a la Mejor Colección de Poesía (2007 y 2011), el Premio Internacional de Poesía de la Lavri de Kiev (2009) y el Premio al Mejor Crítico Literario (2011). Sus obras han sido traducidas a más de una docena de idiomas.

 

 

HISTORIA PERSONAL DE LA UCRONÍA

Luis Saavedra

 

“Es un reloj, es tuyo”. El niño se incorporó soñoliento en la cama y miró a su padre a su lado, en la oscuridad. “¿Y por qué? ¿Adónde vas?”. “Volveré, es solo que quería dártelo”. “Pero es tuyo”. “Sí, ahora te lo doy y cuando vuelva será mío otra vez”. Y el padre lo colocó alrededor de la muñeca del niño. “Mira, se ilumina cuando no hay luz”, el rubor fantasmal de los punteros y números marcaba las tres y cuarto de la madrugada. “¿Puedo jugar con él un rato?”. “Ahora no, mañana. Ahora te vas a dormir de nuevo.”

 

La casa está en silencio y solo queda el niño que duerme en la habitación de arriba. Afuera escucha el  motor del vehículo que se marcha calle abajo. Son casi las doce y media en la madrugada y se dirige a la cocina. Enciende la luz y abre el refrigerador, saca una cerveza y se sienta a la mesa para beberla. El gato aparece y se miran largamente. El gato es negro y blanco y tiene una mancha blanca en una de sus orejas. Finalmente, el animal se mueve y va a frotarse contra una de sus piernas. Lo levanta y pone en el regazo. Es cálido y terso y ronronea. Le acaricia debajo de la barbilla y el gato entrecierra los ojos con placer.

Luego de beber la cerveza, vuelve al salón comedor y sigue esperando en la semi oscuridad. No se atreve a encender la lámpara. La luz del alumbrado público se cuela por el follaje y luego por las cortinas para dar un tono azuloso a la habitación. Las fotos sobre el gran televisor, las pinturas marinas en las murallas, los muebles negros. Todo inundado por sombras azules y otras más oscuras. Toma una foto y la lleva a la ventana. En la foto familiar es un día de navidad junto al árbol. Están los cuatro. El padre, la madre y los dos niños. Esta noche, la niña está con su abuela porque es muy pequeña, y duermen en la habitación del fondo del patio. El niño ya es grande, eso es lo que él dice. Tiene nueve años y sabe que cuenta con la confianza de sus padres para quedarse solo mientras ellos están afuera. Un par de horas antes, él leía un libro sobre hombres que se extravían en Marte y tienen que usar su ingenio y humor para llegar con vida a la base. El sueño lo venció en la parte en que deben cruzar un cañón rocoso, en donde encuentran un río subterráneo. Duerme en la habitación de arriba.

Deja la fotografía en su lugar cuando escucha un motor viniendo por la calle. Mira discretamente por la ventana y se encandila con el haz de luces. Tras un segundo, su corazón salta al ver la carrocería azul del auto, pero el modelo no es el correcto. No sabe si sentir decepción o alivio. El auto se aleja y se queda en mitad del living pensando en cuál será su próximo movimiento. Va al dormitorio principal y encuentra de nuevo al gato, dormido a los pies de la cama. Se acerca al velador del lado izquierdo y enciende la luz de la lámpara de noche. Abre el cajón y observa. Hay un folleto de una nueva máquina de afeitar, la novedad para la navidad de ese año. Y abajo está el reloj. Le resulta familiar y anacrónico. Se sienta en el borde de la cama, mientras las manos le tiemblan. Es un bonito reloj, imponente, de metal macizo que trae múltiples segunderos. Sabe que en la oscuridad los números de nácar refulgen suavemente y tiene un dispositivo cinético para recargar su batería caminando. Es el reloj de su padre.

En los viajes de ida y vuelta no puedes llevar nada contigo. Y cuando apareces en un desplazamiento temporal, quedas a tu propia suerte hasta que termina su efecto. Cuanto más lejos viajes por tu propia línea de experiencia, más imprecisa se vuelve la ciencia del salto y llega un momento en que todo se vuelve caótico. Pero para lo que necesitaba, encajaba en el rango. Su reintegro sucedió en el callejón de una población durante una madrugada. Robó un pantalón y una camisa colgados en un patio trasero. El perro se quedó mirándolo lánguidamente. Los zapatos vinieron de un basural y el dinero, de su buena memoria para recordar las apuestas. No las grandes, solo pensaba estar un par de semanas. Pero el desplazamiento lo dejó casi a un año de distancia y en otro país. En Buenos Aires, trabajó de panadero para un viejo almacenero y de guardia nocturno en una fantasmagórica morgue. Compró un boleto de bus hasta Villa Pehuenia y les pidió trabajo a unos burreros. Cruzó hacia Chile por el paso de Pino Hachado. La tercera noche, mientras Tabilo contaba una complicada historia con una china, sintió la Añoranza. “Ché, ¿qué tenés, Ernesto? Te pusiste pálido”. No respondió al nombre de inmediato, había usado tantos nombres. “Nada, Tabilo. Me parece que la pierna de cordero me cayó del orto”. El Universo tiene formas para conservar cierta unidad y todo lo que se encuentra en tránsito, vuelve pronto a su equilibrio. La Añoranza era la forma de la materia para regresar a su lugar. Un tirón en las entrañas que se va haciendo más doloroso hasta que comienzas a doblarte en el pasado|futuro y terminas en el piso de tu presente. En Santiago, encontró un arriendo barato y un puesto de medio tiempo en la cocina de un bar. Su habitación quedaba a media hora caminando de su casa de infancia.

El plan ya no le parece tan sencillo. Incluso suena descabellado, ahora que está sentado en el borde de la cama de sus padres. Aunque se lo pensó un ciento de veces. Ver la sorpresa en el rostro de su padre, contarle una historia sobre el futuro, abrazarse. Todo lo que está entre esos momentos nunca fueron abordados por él en forma satisfactoria. Jamás llegó a un acuerdo consigo mismo. Su paz mental es una ilusión que alcanzará cuando el niño que duerme en la habitación de arriba, se despierte mañana y vea a su padre. Se guarda el reloj en su chaqueta y apaga la luz y baja las escaleras. En uno de los peldaños patea una pelota de plástico que no debía estar allí. No la notó al subir, pero ahora cae un peldaño cada vez con un sonido que no sabe si es ruidoso o apagado. En un momento de pánico, piensa que debe salir ahora mismo de la casa y olvidarlo todo y dejarse llevar de vuelta a su tiempo. Mira hacia la habitación del niño y no se atreve a moverse. Si se despierta ahora y lo ve, se convertirá en un bucle de tiempo que no sabe matemáticamente cómo terminará. La pelota deja el último peldaño y rebota tres, cuatro y cinco veces hasta que se detiene contra la muralla. Espera que se encienda la luz debajo de la puerta, que se abra y aparezca el niño restregándose los ojos. Espera que la fina voz llame a su madre o padre y luego pregunte dos veces y luego grite de terror. Espera que su sangre deje de subir a su cabeza y le deje pensar con mayor claridad. Pero, finalmente, es el gato el que sale de la habitación matrimonial y baja entre sus piernas hasta encontrar la pelota. Sigue mirando la puerta de la que era su habitación, pero no pasa nada. Relaja la presión sobre el pasamanos de la escalera. Baja suavemente, con cuidado y se sienta en el sofá. Solo entonces se permite tener un pequeño momento de colapso emocional, nervioso, y solloza con una mano sobre la boca. Cierra los ojos y se reclina. El reloj de la pared indica las dos y cuarto de la madrugada.

El plan era sencillo. Salvar a sus padres de morir en un accidente vehicular la madrugada de ese día. El tiempo es tan complejo que no está claro qué pasa con las paradojas. Si simplemente se adapta y crea una nueva corriente que fluye alejándose de la original. O tu historia sigue siendo la misma, no importa cuántas veces quieras cambiarla. Su padre regresó por un motivo que ya no importa y entró a la pieza de su hijo para darle el reloj. Él siempre fue emocional cuando tomaba una copa de más. Su hijo también lo es, la emoción lo inunda cuando piensa en ellos a solas. Creció con sus tíos maternos y sus primos. Se peleó en la escuela y tuvo su primera novia a los catorce. Tuvo una perra que se llamaba Toña y generaciones de hamsters que no duraban más de dos años. Y a través de todo ese intenso viaje hacia el futuro, el reloj se mantuvo constante en la caja de sus recuerdos y, una vez que lo redescubrió a los dieciséis, ya no quiso olvidarse. Ingeniería, física, Paris y Tokio. Un doctorado en Estados Unidos y una invitación a incorporarse al Proyecto. En el Proyecto conoció a una chica y en una noche de karaoke se fueron a la cama. El test de embarazo dio positivo dos semanas después. El Proyecto luego lo eyectó treinta y tres años en lo profundo del pasado. Mareado por el vértigo temporal vomitó una bilis amarilla. El plan era sencillo, pero la cadena de eventos que lo había traído fue tan retorcida que a la luz de esa madrugada su bilis le pareció espesa y oscura.

Son veinte para las tres de la madrugada. Sueña. Con el primer día que vino a su casa. Está en la acera de enfrente y se ve a sí mismo jugando con Pancho. Hacen carreteras en el suelo del jardín para hacer pasar los convoyes de tanques plásticos y carritos de bombero hechos en China. Desde atrás, su padre le pregunta si puede ayudarle y da un salto. Se da la vuelta y enfrenta su gesto penetrante y desconfiado. No lo vio venir, fue una idiotez llegar hasta acá a plena luz del día. Y ni siquiera simulando pasar por delante, sino que plantarse como un sicópata al otro lado de la calle. Pero no pudo evitarlo, su corazón saltaba. Su padre le repite la pregunta con más intensidad. “En nada, ché. Solo ando medio perdido, llegué hoy día a Santiago y ando buscando esta dirección.” Le sonríe y le pasa la dirección del departamento que arrendó a pocas cuadras. Su padre toma el papel y lo mira, pero no pierde la cautela. “¿Argentino, eh?”. “Sí, de Entre Ríos”. Al hombre se le ilumina la cara. Ya han estado allá de vacaciones. Dos veces en un balneario a orillas del río Gualeguay. Es un truco sucio que funciona. “Bonito lugar”. “Hermoso, ni se imagina”. Su padre se relaja y apunta calle abajo: “Siga caminando unas cuatro cuadras hasta la avenida Los Pajaritos y doble a la izquierda. No estoy seguro, pero deben ser una ocho o diez cuadras”. “Muchas gracias”. Y antes de alejarse, extiende la mano. Su padre la estrecha y siente una corriente de veinte mil voltios fluyendo entre ambos. “Para servirle”, dice él y atraviesa la calle, abre la reja y se mete en la casa, mientras los niños siguen jugando.

Se despierta sin saber en donde está, con una sensación de alarma y extiende las manos para agarrar algo que solo vive en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo se quedó dormido? Mira el reloj de pared que da las tres y cinco de la madrugada. Un auto se ha estacionado afuera. Se espabila y se prepara, las manos le tiemblan. No puede evitar respirar arrítmicamente. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y encuentra el reloj macizo y real, es una fuerza que lo ayudará a enfrentar lo que viene. En Meyrin tuvo una discusión con un físico que le aseguraba que el tiempo era inflexible. El físico escribió un centenar de ecuaciones en su pizarra que aseguraba que hiciera lo que hiciera, el tiempo conservaba su forma. Se lo quedó mirando un momento y luego se fue. Trabajó un mes sobre la teoría del físico hasta descubrir un pequeño error. Por supuesto, el físico no se lo agradeció, pero no lo había hecho por él. Lo que él necesitaba no era rigurosidad, sino esperanza. Pero, ¿y ahora? No estaba seguro. El pequeño error tal vez no influía, pero nunca volvió a saber del físico para preguntarle. Los resultados del Proyecto tampoco fueron concluyentes porque las desviaciones incluidas en el flujo temporal finalmente estaban ya contenidas. Enviaron pequeños objetos cincuenta, cien años en el pasado, pero pocos sobrevivieron. Una fotografía moderna estaba en los cimientos del mismo edificio. Una cápsula del tiempo fue rescatada del fondo del Támesis. Bastaba con saber en donde buscar porque era un circuito cerrado. Conocías de antemano que iba a estar allí como en un juego adivina-qué-hace-tu-mano-derecha. Llegaron a un callejón sin salida porque para obtener resultados dimensionables debían hacer algo radical y nadie estuvo dispuesto a evitar la Primera Guerra Mundial. Pero quizás algo pequeño, personal. Su propia historia era perfecta. Se ofreció como voluntario para ser el primero en generar una gran paradoja que tal vez lo destruyera a él y también al Proyecto. No le interesó la discusión posterior sobre el método de medición de la paradoja porque sabía de antemano que era un rompecabezas. La noche de karaoke fue su despedida. Despertó al lado de Jean, asistenta ejecutiva de uno de los gerentes del Proyecto. Pelirroja, más alta y delgada, con una rosa tatuada en el dorso de su mano izquierda. La última semana hablaron sobre el niño, ella no abortaría y no le importaba su opinión. Ella argumentó que él no volvería y que era como si ya no existiera. Él no tuvo mucho qué defender. Aún no saltaba, pero la paradoja había ocurrido. Dejaría un niño detrás, preguntándose quién fue su padre.

Suda y siente una punzada suave en el pecho. Si el tiempo no permite paradojas, entonces algo le pasará. ¿La policía del tiempo? ¿Alguien en traje cromado saldrá de un portal, le disparará y arrastrará su cuerpo adentro? ¿O será más sencillo como desaparecer en el momento antes que su padre entre? Una fuerte punzada en el estómago lo inclina. Y luego pasa lentamente. Respira mejor. Son las tres y cinco. Se quiere incorporar porque es el momento de hacerlo, pero primero escucha una llave en la cerradura y entra una figura. Se queda mirando a su padre fijamente en la oscuridad, petrificado. Papá entra tambaleando y hablando por teléfono celular. Se detiene un segundo en el umbral y luego camina directo a la cocina. Tropieza con una silla y se ríe, alguien en el otro lado de la línea le da instrucciones. No, no lo encuentro, Marta, dice y sigue buscando. En el sofá, la fuerza de gravedad lo aplasta, le impide acercarse a su padre. Se siente detrás de una pecera desde donde el exterior parece tan extraño que no tiene nada que ver con él. Esto no está ocurriendo, le sucede a otro y él es solo el espectador. ¿Pero por qué su cuerpo parece una cuerda de guitarra? Esa sensación tan familiar que es el miedo y que lo ha acompañado desde la infancia, desde que sus padres desaparecieron de su vida. ¡Lo encontré!, dice el hombre del celular, vuelvo al auto y nos vamos de nuevo a la fiesta. Sale de la cocina con una botella de champaña, cruza el living y choca con el umbral y vuelve a reír. Su padre, siempre tan alegre con unas copas de más. La puerta se cierra y escucha el ruido del motor alejándose. Son las tres y diez de la madrugada.

Jamás llegó a acercarse a las escaleras.

Suda. Dolor de cabeza. Temblor de piernas. Y en todo ese caos, no entiende qué ha ocurrido. ¿Cuántos pasados pueden existir? ¿A cuántos pasados se puede volver? Y aún no sabe si el tiempo es inflexible. Otra punzada en el estómago, tiene que salir de la casa y volver a su departamento y pensar. Pensar en qué dirá cuando vuelva al Proyecto. En que no es posible demostrar nada porque todos los resultados apuntan a bucles cerrados. Entonces como ahora, sus padres están muertos en el mismo accidente y el reloj. El reloj. El reloj. El reloj. Su cuerpo deja de quejarse, en su cabeza ha encajado una idea. Se levanta del sofá y sube las escaleras ya sin querer ser invisible. Se debilita a cada paso. Se detiene ante la habitación del niño y saca el reloj. Abre la puerta y adentro la oscuridad parcial le da la sensación de estar mirando kilómetros de abismo. El futuro es un abismo, caer durante años, buscando una explicación para un solo momento sublime entre él y el hombre que nunca subió a verle. Sobrevivir no fue una ventaja y se permite un pensamiento sombrío: ¿es suicidio matar a un niño; pensó lo mismo su otro yo, treinta y tres años atrás en su pasado, pero se acobardó? Su vida era un bucle cerrado porque así lo ordena el universo. Hasta hoy, porque ya no teme a las paradojas. Son las tres con catorce minutos de la madrugada.

Hace frío en la calle. O es el sudor que se hiela en su piel. El dolor en su estómago se incrementa y quiere ir a un hospital. Pero sigue caminando calle abajo automáticamente. No hay nadie para verlo marchar como borracho y solo un perro le ladra en una de las casas. Siente que se desvanece de momento en momento. Atraviesa una cancha de fútbol y llega a la avenida que es un río de bestias gigantescas de acero a esa hora. Los camiones lo ignoran. Se detiene y apoya en la estructura de un basurero público. Ya no hay tiempo, le dice su cuerpo. Su mente todavía retiene la imagen azul del niño durmiendo. Él no es un asesino. Cerró la puerta y se marchó, una paradoja tan sencilla. Saca el reloj y lo mira por última vez. Lo deja caer en el basurero. No hay ningún ruido, como en un pozo que no tiene fondo. Su cabeza se despeja y siente que algo viene. Abre la boca en un gesto de dolor, se dobla sobre sí mismo. Se derrumba, pero no alcanza a tocar el suelo.


Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

TANNEKE

Laura Scheepers



Tannekin / Diablesa
Hechicera / Misa negra
Novia de Satanás / Hierba de brujas
Gottem y Tielt / ¿Qué los llevó a hacerlo?

(Monique Simon)

 

¿Cómo pudo suceder esto? ¡Si Anna y yo teníamos, nada menos, la purga! ¿Cómo pude acabar muriendo, tras espantosas torturas, si estábamos tan bien protegidas?

 

Tiritando y desnudas, Tanneke y su hija estaban de pie en el despacho del párroco Jeronimus Rade, el célebre cazador de brujas. Habían acudido para obtener una purga, un certificado oficial que acreditaba que no eran brujas. Para Tanneke era importante: ya había atravesado dos procesos judiciales en los que la brujería había desempeñado un papel. Si bien ella había sido quien inició aquellas demandas, una vez que el estigma de la brujería se adhería a una persona, era difícil librarse de él.

Por consejo de Hubrecht Meganck, primo de su madre y alguacil de la región, habían viajado hasta Gottem, el pueblo donde Tanneke había nacido. El párroco las hizo caminar de un lado a otro y clavó agujas en sus lunares, que, por fortuna, sangraron con normalidad. Tanneke lo observaba con desconfianza. Una y otra vez intentaba quedarse a solas con Anna o tocarla más de lo estrictamente necesario.

 

¿Fue porque Thomas me llamaba «bruja» cada vez que se enfadaba? ¿Me denunció porque lo llevé ante los tribunales? ¿Me consideraba una mujer licenciosa porque disfrutaba de nuestra intimidad? Las mujeres decentes no disfrutan de esas cosas.

 

Después de que Tanneke llevara realmente a Thomas ante la justicia por difamación, aquella noche habían discutido, a pesar del estofado de conejo que compartieron para cenar. Thomas estaba furioso; Tanneke, en cambio, se sentía victoriosa. Llamarla continuamente «bruja» era, sin lugar a duda, una calumnia.

—¡¿Habrías preferido verme arder en la hoguera acusada de brujería?!

Thomas se quedó atónito. Nunca había pensado en ello. ¿Podían sus palabras tener consecuencias tan terribles? Su impulso de gritar se desvaneció como la nieve bajo el sol.

—¿D-de verdad crees que eso podría haber ocurrido?

—Sin duda. La palabra de un hombre vale mucho más que la de una mujer. Y sabes que conozco las hierbas medicinales. A mujeres como yo enseguida las llaman brujas, y no solo los maridos resentidos.

—L-lo siento muchísimo, Tanneke. Es cierto que a veces me enfurezco, pero de verdad te quiero y no quiero perderte.

 

No puedo creer que, después de aquella conversación, Thomas me traicionara. El susto fue tan grande que empezó a tartamudear. A partir de entonces nos unimos mucho más y él aprendió a controlar sus ataques de ira. Incluso aprendimos a serenarnos después de una discusión y a hablar de lo que nos preocupaba.

 

Un año más tarde, un vecino volvió a llamarla bruja y Thomas la apoyó sin reservas cuando inició otro juicio por difamación. También ganó ese proceso. No existía prueba alguna de que fuera una bruja. Tenía la purga y no apareció ningún testigo.

 

Todo el mundo de la comarca acudía a mí una vez que quedó establecido que no era una bruja. ¿Eran demasiado eficaces mis remedios de hierbas? ¿Me llamaban bruja porque la abuela me había enseñado todo lo relacionado con las plantas medicinales y sus preparados? ¿O había algo misterioso en el hecho de que mis remedios casi siempre funcionaran?

 

El dieciséis de diciembre fueron a buscar a Tanneke por primera vez. La llevaron a Tielt para interrogarla. En Gottem había volcado un caballo con su carreta. El hijo pequeño de una vecina había muerto, y también de eso la culpaban a ella.

Tanneke negó todas las acusaciones. No tenía nada que ver con la muerte del niño; lo único que había hecho era llevarle a la madre un caldo reconstituyente. Además, la carreta había volcado al otro extremo del pueblo.

Nadie supo con certeza si le creyeron, pero la dejaron en libertad.

Tanto Thomas como ella vivían ahora dominados por el miedo. Thomas lamentaba profundamente haberla insultado en el pasado. ¿Acabaría aquello provocando la ruina de su esposa?

En la víspera de Navidad regresaron. Esta vez encerraron a Tanneke en una prisión situada en la esquina de las calles Sint-Jansstraat y Hoogstraat. La sometieron a largos interrogatorios. La acusaban de poseer un polvo mágico, de haber matado un caballo y de haber asistido al aquelarre para mantener relaciones carnales con el diablo.

Los interrogatorios comenzaron con dureza y fueron volviéndose cada vez más violentos a medida que Tanneke se negaba a confesar. Ella insistía en que todas las acusaciones eran falsas, que ya había sido absuelta en dos ocasiones anteriores y que, además, poseía una purga. Era una vergüenza que la mantuvieran encarcelada.

La noche en que le arrancaron las uñas de las manos fue espantosa. Jamás había experimentado un dolor semejante. Por primera vez admitió que, en ocasiones, preparaba remedios con hierbas. Cuando el verdugo empezó también con las uñas de los pies, perdió el conocimiento.

A la mañana siguiente se retractó de su confesión, pero aquellos hombres ya habían probado el sabor de la sangre y el alguacil Meganck estaba completamente convencido de que aquella mujer era una bruja.

Cuando oyó aquello, Tanneke comprendió por fin cómo eran realmente las cosas.

¡Fue Hubert quien me hizo esto! ¡Mi propio primo! Primero quiso despojarme de mi herencia y después pretendió que le fuera infiel a mi marido, porque él no tenía esposa y me consideraba hermosa. ¡Ese fanfarrón que creía tener derechos sobre mí!

 

Tanneke fue trasladada a la Torre del Mercado de Tielt y trajeron desde Gante al temido verdugo Baudewijn Waelspeck.

El verdugo la roció con ácido y ella gritó hasta quedarse sin aliento. El dolor era peor que el de una quemadura. Al día siguiente señaló aquellas heridas como si fueran marcas del diablo.

Indignada, Tanneke respondió que durante el examen para obtener la purga aquellas marcas no existían. Pero el párroco De Rade guardó un silencio absoluto.

 

¡Ese asqueroso De Rade, que miraba a Anna con tanta lascivia, no hizo nada! Él mismo redactó nuestras purgas, pero ese viejo degenerado seguramente seguía resentido porque permanecí junto a ella como acompañante y no tuvo ocasión de manosearla más allá de lo indispensable durante el reconocimiento físico.

 

Volvieron a sacar a Tanneke de la celda. Apenas podía caminar y los guardias tuvieron que sostenerla mientras la arrastraban hasta la cámara de torturas. Ya no le quedaban uñas y todo su cuerpo estaba cubierto por las heridas que le había provocado el ácido. Además, le habían clavado agujas una y otra vez en todos sus lunares.

No sabía cuánto tiempo más podría resistir.

Al menos se sentía aliviada por no haber dado un solo nombre. Incluso bajo las torturas más atroces había conseguido mantener a Anna completamente al margen.

Le aseguraban que otra mujer la había visto en el aquelarre, pero ignoraba quién podía ser.

La condujeron hasta un sucio trípode de madera. No era un simple trípode, sino un instrumento de tormento. En el centro tenía un bloque rematado en una punta. Sobre él había sangre seca y otros fluidos corporales. Tanneke sintió un escalofrío.

La obligaron a sentarse cuidadosamente sobre aquella punta y sintió cómo esta penetraba en su sexo. Era afilada y demasiado gruesa. Contuvo la respiración y apretó los dientes para no gritar de dolor.

Entonces vio acercarse al verdugo con el temido collar. Antes de colocárselo alrededor del cuello, él le mostró las veinte púas afiladas que sobresalían hacia el interior. Luego sujetó cadenas al collar y las fijó a cuatro puntos distintos de la habitación.

Tanneke procuró permanecer completamente inmóvil, aunque el dolor en la parte inferior de su cuerpo exigía toda su fuerza de voluntad. Sabía que aquello no era más que el principio. Si seguía resistiendo, encontrarían la forma de hacerla sufrir aún más.

Lo que tanto temía acabó ocurriendo.

Había permanecido allí sentada durante lo que le pareció un día entero cuando el verdugo encendió un fuego muy cerca de ella. Como no reaccionó con suficiente rapidez, empujó las brasas con una horca hasta dejarlas casi debajo de sus pies.

Ya no pudo seguir inmóvil. Cada movimiento hacía que una de las púas del collar se hundiera en su cuello o en su garganta.

La primera vez, instintivamente se inclinó hacia el lado contrario, pero enseguida comprendió que allí la esperaban las púas opuestas.

Cuando el verdugo colgó pesas de sus piernas, sintió cómo la punta del trípode penetraba cada vez más profundamente en su cuerpo y desgarraba la delicada piel de su sexo.

Le resultó imposible permanecer quieta. Gemía, y de vez en cuando lanzaba un grito, pero seguía negándose a confesar.

El verdugo, cada vez más furioso, recurrió al látigo.

Tanneke lanzó un alarido. Con cada sacudida de su cuerpo, la punta del trípode se hundía más profundamente en su interior, mientras las púas del collar se clavaban por todos lados en su cuello y su garganta.

Enloquecida por el dolor, terminó admitiendo parte de las acusaciones. Confesó que poseía un polvo de brujería y que había causado la muerte de personas y animales.

El verdugo dio un brusco tirón de una de las cadenas y Tanneke sintió la sangre correr por su cuerpo y deslizarse entre sus piernas.

Dominada por un terror absoluto, confesó también haber mantenido relaciones carnales con el diablo durante un aquelarre.

—¿Y quiénes estaban contigo? —gritó el verdugo mientras volvía a tirar con violencia de una de las cadenas.

—¡Nadie! —chilló Tanneke.

El verdugo se colgó con todo su peso de la cadena y Tanneke sintió un crujido en la nuca.

 

Y aquí estoy ahora, suspendida sobre mi cuerpo torturado.

Puedo ver todo lo que me hicieron, pero, gracias a Dios, ya no puedo sentirlo.

Eso solo puede significar que estoy muerta.

Cuando contemplo mi pobre cuerpo, no puedo sino alegrarme de no haber arrastrado a nadie conmigo en mi caída.

 

Me enterraron en Gottem. El estanque cercano todavía recibe el nombre de «el Pozo de las Brujas». No en tierra consagrada.

El cirujano de la ciudad, Salomon Merckx, afirmó que el diablo vino a buscarme; no que hubiera muerto a causa de las torturas.

Ojalá hubiera sido una bruja de verdad. Al menos ahora sabría cómo atormentar a todos esos hombres que me hicieron esto. Pero no lo soy. Solo puedo permanecer cerca de mi tumba o del lugar donde morí. Y allí no quiero volver jamás. Lo único que puedo hacer es rezar. Rezar para que las mujeres seguras de sí mismas, o las mujeres que conocen el poder de las hierbas, nunca vuelvan a ser acusadas de brujería. Rezar para que llegue un tiempo en que las mujeres estén a salvo de hombres inmundos y lascivos como aquellos que destruyeron mi vida.

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.

 

 


COSAS QUE NO SE VEN