Niels Hav
Se acercaba a la
ranura de su puerta con un respeto especial. Cuando deslizaba la
correspondencia, escapaba del interior una pequeña bocanada de aire, y ella se
demoraba unos segundos ante la puerta. Incluso cuando no había cartas para él,
se detenía un momento en el descanso del tercer piso. Las altas ventanas de la
escalera daban al lado opuesto de la calle, y desde allí podía ver en diagonal
el patio trasero, con su cemento agrietado. Sabía lo torpe que debía de parecer
vista desde el interior del departamento, a través de la mirilla, pero ella se
sentía muy real allí, mientras aguzaba el oído para captar el menor sonido.
Hasta que la luz se apagaba con un
chasquido seco, como si en algún lugar, al fondo del vestíbulo, hubiera
cambiado un engranaje, y ella quedaba a oscuras y volvía a respirar. De
inmediato seguía escaleras arriba, como si fuera en busca de algo importante,
para luego bajar de nuevo a su ritmo habitual. No sabía si se sentía
decepcionada o aliviada.
Nunca habría tocado
el timbre solo para llamar su atención; sin embargo, todos los días lo esperaba
durante aquellos pocos segundos. Una sola vez, seducida por sus fantasías, lo
había hecho. Había sido un error absoluto. Lo oía moverse adentro, pero él no
abría. Toda la situación la desconcertaba, aunque ya había tocado el timbre y
no podía deshacerlo: era imposible irse sin más.
Así que volvió a tocar y escuchó el
sonido estridente que llegaba del interior, horrorizada por haber actuado. ¿Por
qué lo había hecho?
De pronto, la puerta se abrió de un
tirón y apareció su rostro ancho, mirándola fijamente. La espesa cabellera, por
lo general peinada hacia atrás, le caía alrededor de las orejas. Parecía un
completo desconocido. Ella no alcanzó a reaccionar ni a hablar antes de que él
pronunciara aquella única palabra.
—¡No! —En la acústica desnuda del
pasillo resonó como un grito agudo. La puerta se cerró con violencia.
Nunca más se había atrevido a tocar
el timbre.
Pero otro día,
antes de que ella llegara al descanso, él apareció de pronto en la puerta
abierta. Retrocedió un paso para dejarla entrar. Al verla vacilar, hizo un
gesto impaciente con la mano: no quería hablar en la escalera. Estaba recién
afeitado, como siempre, y llevaba el brillante cabello negro peinado hacia
atrás, pegado al cráneo. Desprendía un aroma penetrante que ella no reconocía.
Cada vez era como si, durante los
primeros minutos, fueran dos desconocidos. Él se mostraba muy cortés. Le tomaba
la mano, se inclinaba y le rozaba los nudillos con sus labios carnosos. Después
la ayudaba a quitarse la chaqueta, la chaqueta roja de Correos, y la colocaba
cuidadosamente en una percha junto al espejo.
Cuando empezaba a hablar, las
primeras frases le salían con un acento marcado, como si llevara mucho tiempo
sin hablar aquel idioma con nadie. Había en su voz un desamparo que contrastaba
de manera conmovedora con la serena autoridad de su cuerpo.
—Ya verás —decía, por ejemplo.
Con una mano en su codo, la guiaba
hacia el interior. Era un departamento grande y las habitaciones estaban casi
vacías, aunque los pocos muebles parecían caros. Había cuatro sillones
alrededor de una mesa baja, y un equipo de música, nuevo, se alzaba solitario
contra una larga pared desnuda. Los discos que elegía para ella eran todos de
música árabe, interminable y melancólica; era como escuchar el fluir del agua.
Un placer ondulante: eso le producía a ella aquella música. A él, en cambio, lo
animaba.
—Ven —decía con entusiasmo, y se
adelantaba de un salto hacia la habitación contigua, donde un escritorio macizo
ocupaba, solo, el centro.
Había un paquetito preparado, más
pequeño que una caja de fósforos, envuelto con esmero. Ella debía abrirlo.
—Para ti —decía él, y se lo
depositaba solemnemente en la mano. Muy serio.
Ella sonreía; cada vez intentaba
negarse. Al principio aquellos regalos la incomodaban; nunca se había sentido a
gusto recibiendo obsequios, no estaba acostumbrada, no a esa clase de
obsequios. Pero él era inflexible.
A menudo eran joyas, aunque también
podía ser un amuleto, una figurilla, un perfume: cosas exquisitas. Los paquetes
algo más grandes podían contener un pañuelo, ropa interior costosa; una vez, un
sombrero. Ella se negó a aceptarlo y lo devolvió cuidadosamente a la caja. Era
un sombrero pequeño y muy sencillo; nunca había visto nada semejante.
Él se rio de ella.
—No uso sombrero —dijo. Pero él
había advertido el anhelo en sus ojos.
—Jamás podría ponerme ese sombrero
—dijo con timidez.
Él volvió a sacarlo de la caja, le
acomodó el pelo corto detrás de las orejas y se lo puso. Era más bajo que ella,
y ella podía observar su radiante concentración. Sus dedos gruesos la hacían
sentirse elegante mientras le arreglaba el pelo y sujetaba el sombrero con un
alfiler largo.
Tenía que mirarse en el espejo. Él
la admiraba, le apretaba las manos con entusiasmo. Y el sombrero realmente la
favorecía, le transformaba el rostro y toda la figura. Se erguía, se balanceaba
de puntillas, como si aquel sombrero que flotaba sobre su pelo la elevara.
Hasta podía olvidarse de los pantalones negros de Correos.
—Todo se vuelve hermoso para ti
—decía él.
En casa escondía sus regalos en una
maleta gastada, en lo alto del armario: usarlos era demasiado arriesgado. Pero
dejó el sombrero con él, en su departamento, dentro de la caja que estaba en el
alféizar. Él no volvió a mencionárselo. Pasaron varias semanas antes de que se
atreviera a llevárselo.
La trataba con una consideración
desesperada, como si fuera una persona excepcional. Y cuando ella tenía que
irse, nunca intentaba retenerla. Ella imaginaba que al instante siguiente ya
estaría absorto en otra cosa. Era un misterio para ella.
La primera vez,
ella se había quedado allí, desprevenida, tendiéndole una carta en medio de su
rutina. Él había salido a la escalera: un hombre bajo y corpulento, de ojos
negros y brillantes, de unos sesenta años. Todos los días se encontraba con
mucha gente en las escaleras, pero nunca con nadie como él. Llevaba una camisa
blanca con las mangas arremangadas, y ella reparó de inmediato en sus brazos
anchos, cubiertos de un vello espeso. Y también en el pánico frío de sus ojos,
como si mantuviera a raya, en silencio, algún conflicto interior.
La luz de la escalera se apagó.
Ambos extendieron la mano al mismo tiempo para volver a encenderla, y ella
sintió el calor de su mano gruesa. Fue él quien pulsó el interruptor.
Él se rio, y ella vio sus dientes
brutales.
La carta que había llevado había
caído sobre el felpudo; se inclinó y la recogió. Era una carta del municipio,
franqueada a máquina, nada especial. Pero él la recibió como si ella le hubiera
ofrecido un regalo.
—Gracias —dijo. Su voz resonó en el
hueco de la escalera y pareció asustarlo incluso a él. Ella le había sonreído,
se había sentido reconocida.
—¿Abres esta carta conmigo?
—preguntó él.
Ella no había entendido qué quería
decir y se quedó vacilando en el umbral mientras él desaparecía en el
departamento. Regresó con un abrecartas y, mientras ella esperaba, abrió el
sobre: sus dedos cortos eran sorprendentemente ágiles.
Lo que quería era que ella le
leyera la carta.
—El danés no se lleva bien conmigo
—dijo.
Era una carta del Registro de
Población: había olvidado declarar su cambio de domicilio, se había mudado allí
desde otra dirección sin notificarlo, y aquello había «llegado a su
conocimiento». Ella se lo explicó, complicándolo un poco más de lo necesario.
Él comprendió de inmediato.
Así que todo había desembocado en
una copa como recompensa; él había insistido. Ella se sentó en uno de los
sillones profundos, preguntándose por él y por aquella oportunidad, mientras él
acercaba un carrito de vidrio y cromo. Llevaba diez o veinte botellas y copas
de distintas clases.
—¿Qué deseas?
Ella no habría sabido elegir; no
conocía ninguna de las etiquetas, y una bebida fuerte no era apropiada: estaba
trabajando.
Así que él eligió por ella, un
licor. Y se sirvió lo mismo en vasos bajos y anchos. Cuando le entregó el vaso,
ella reparó en sus uñas fuertes, cuidadas, tan distintas de las uñas de los
hombres que solía ver. Él no dijo «salud», pero inclinó ligeramente la cabeza
hacia ella con respeto, alzó el vaso y bebieron.
El sabor le recordó algo parecido
que había probado una vez durante unas vacaciones, en algún lugar del sur. No
era exactamente lo mismo, pero el ambiente de aquellos días se fundió sin
esfuerzo con aquel momento especial.
—Es rico —dijo—. Me gusta mucho el
sabor.
Había aclarado deliberadamente la
voz y articulado mejor las palabras, como si esperara que a él le costara
entenderla. No hacía falta.
Él le ofreció de inmediato la
botella. Ella creyó que era una broma y se negó; empezó a hacerle preguntas.
¿De dónde era? ¿De dónde venía, originalmente? Pero él ya estaba buscando papel
y envolviendo la botella; la dejó sobre la mesa, junto al vaso de ella. La
desconcertó.
Fue su primer regalo. Así serían
las cosas, como habría de descubrir.
No le había tenido miedo, ni por un
instante. Era como si todo lo que ocurriera allí fuera a tener valor para ella.
Cuando se marchó, se llevó la
botella: tenía que aceptarla.
—Es buena para ti —dijo él. Y, en
realidad, ella quería llevársela; no era nada del otro mundo, así como en otra
ocasión podían ofrecerle un cigarrillo. Se lo recordó a sí misma. Aun así, no
la llevó a casa, sino que la guardó en su casillero de Correos. Allí podía
sacarla cuando estaba sola, desenroscar el tapón y aspirar su intenso aroma.
Después volvía a taparla y la colocaba al fondo del estante.
Estaban tendidos
uno junto al otro en su cama, que no era una cama, sino un colchón grande y
duro sobre una estructura baja. Estaba en una habitación de esquina, con
ventanas altas, y en las paredes había grandes cuadrados de luz solar que
avanzaban milímetro a milímetro. Ella los veía y no los veía. La música árabe
fluía de los altavoces en una maraña interminable de imágenes nuevas.
Abajo, frente a la entrada, la
bicicleta amarilla de Correos la esperaba con sus bolsas.
Él la hizo girar hasta dejarla boca
abajo. Se incorporó en la cama y empezó a masajearla con sus dedos cortos y
gruesos, los hombros y la nuca, donde siempre estaba tensa.
—Beth —dijo. Así la llamaba él. Su
nombre era Lisbeth, pero hasta entonces la habían llamado Lis—. Siento pena por
ti —dijo.
Pero casi significaba otra cosa: él
la había vuelto valiosa. Podría quedarse así para siempre, escuchando su voz y
la música que se deslizaba por las paredes para mezclarse con la luz del sol
sobre el piso barnizado.
Era él quien ocupaba sus
pensamientos; quería saber de dónde venía, cuándo había llegado.
—Cuéntamelo, Ray.
—Vivo en lo lejano —dijo él—. Muy
lejos.
Ella no conseguía que le diera a
aquel lugar un nombre concreto.
—Mi país está en mi corazón —decía
él, con una solemnidad cómica.
Ella casi dormía, pero al mismo
tiempo estaba completamente despierta; era una especie de trance hipnótico.
Allí, en el departamento, se volvía visible para sí misma; todo era tan real.
El pulgar de él encontraba el punto sensible de su nuca, desataba los dolores y
estos se disolvían. Nunca en su vida se había sentido tan bien.
Cuando miró su reloj, que estaba en
el suelo entre la ropa de ambos, sintió un golpe seco de miedo. Saltó del
colchón y se vistió a toda velocidad. Él permaneció junto a la ventana, de
espaldas a ella, envuelto apenas en una sábana. Como un samurái japonés, pensó
ella. Miraba tranquilamente la calle, absorto en sus pensamientos.
Así se quedaba, de pie; nunca la
acompañaba hasta la puerta.
Con el corazón desbocado, ella
recorría la siguiente escalera sin dejar de mirar el reloj. Cuando tenía que
tocar un timbre para entregar una carta certificada, la recibían miradas
inquisitivas. O eso le parecía. Estaba a punto de inventar excusas. En Correos
entraba por atrás sin que la vieran; los demás habían regresado hacía rato,
habían rendido cuentas y se habían ido a casa, y ella solía ser una de las más
rápidas. Aunque, a esas alturas, en la oficina ya no sorprendía que llegara
tarde.
De vuelta en casa, sacaba la
aspiradora del armario y empezaba a limpiar frenéticamente el departamento.
Pero de pronto, en medio de todo aquello, se detenía y se dejaba caer
pesadamente sobre el brazo deshilachado del sofá.
Se plantaba ante el espejo, cara a
cara consigo misma. Las hijas, sus muchachas ya grandes, estaban casi
independizadas. Casi todas las noches, Elo y ella cenaban en la cocina, sobre
las alas de la mesa plegable, desde donde podían alcanzar la comida en la
cocina. Él no advertía nada. Ella siempre había creído que, si alguna vez
pasaba algo, él se lo notaría. Comían, cada uno sumido en sus propios sueños,
mientras la radio emitía sus conversaciones grabadas que ninguno escuchaba. Y
ellos mismos no decían nada, aunque intercambiaran pequeños comentarios sobre
la comida, sobre las hijas, sobre el trabajo de Elo.
Es un buen hombre, pensaba ella,
está lejos de ser de los peores. Habían seguido juntos todos aquellos años;
conocía hasta el menor detalle de sus costumbres.
Sin embargo, cada uno estaba solo
en compañía del otro. Comían solos, se sentaban solos, uno junto al otro, en la
sala para mirar televisión; dormían solos, uno al lado del otro, en la cama
crujiente.
Estaba muy cansada. Cuando se
acostaba con los ojos cerrados, sonaba la música árabe, un eco nítido en su
interior; Ray abría la puerta para dejarla entrar. Así se dormía.
Durante varios días
él estuvo ausente. Ella lo sentía en la escalera, lo olía ante su puerta: él no
estaba allí. Y podía oírlo en el sonido apagado de las cartas al caer entre
periódicos y viejos folletos.
Pasó alrededor de una semana.
Contra su voluntad, se preocupaba por él: podían pasar tantas cosas. Intentaba
imaginar distintas situaciones, pero su mente tanteaba en la oscuridad. ¿Qué
sabía de él, en realidad? ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Adónde había ido?
Subía las escaleras con pesadez,
los días eran tediosos, sus pensamientos estaban estancados; al bajar, se
detenía ante su puerta cerrada. Y mientras llevaba la bicicleta hacia la
entrada siguiente, notaba que en su interior se producía un cambio de marcha.
Se distraía y se quedaba manoseando las cartas, torpe como una principiante;
iba acumulando rabia contra él, se endurecía.
Entonces, de pronto, él volvió a
aparecer en la puerta abierta.
—¿Dónde has estado? —preguntó ella
con aspereza.
Pero su enojo no podía sostenerse.
El alivio era enorme.
Los dedos gruesos de él la
inventaron de nuevo mientras la desnudaba, y el último resto de resentimiento
desapareció ante su ternura obstinada. Su barbilla se hundió entre los muslos
de ella; sus labios suaves la elevaron fuera de sí misma, y ella tocó el techo
con los pies.
Cuando volvió en sí, él estaba de
pie frente a ella, sosteniendo una bandeja con una servilleta azul, un plato
blanco y pequeñas delicias que había comprado. Para ella. Decía sus nombres en
una lengua extranjera. Pero ella no tenía el menor apetito, se limitó a probar
unos bocados. Y dejó la bandeja con cuidado en el suelo.
Él se sintió decepcionado, lo que a
ella la reconfortó un poco.
Pero respondió con silencio.
—¿Por qué no dices nada? —preguntó
ella. Estaba sentada desnuda en la cama, fumando; empezaba a resultarle
natural.
—Decirlo mata a la gente —dijo él.
Ella pensó en su correspondencia. A
veces le llegaban cartas de lugares extraños. Había estudiado los sellos y
matasellos cuando, de madrugada, clasificaba las cartas para su recorrido; rara
vez recibía cartas danesas. Ahora se lo preguntó directamente: ¿quién le
escribía aquellas cartas?
Pero él era reservado.
—Negocios. —No quiso decir más.
Se quedaron sentados, fumando en
silencio; ella empezó a fantasear.
—Déjame mudarme aquí —dijo—. Quiero
vivir contigo.
—No —dijo él.
Fue un golpe: ella había estado
completamente segura de que reaccionaría de manera opuesta. Sintió miedo de sí
misma, se sintió idiota, engañada, ridículamente desnuda. Apagó el cigarrillo y
se cubrió con la sábana; quería levantarse cuanto antes y salir de allí. Pero
no pudo porque tenía las piernas entumecidas y le temblaban, se estremecían,
medio dormidas. Y le brotaron las lágrimas, como un desfallecimiento repentino.
Él salió de la habitación, revolvió
su escritorio, se afanó nerviosamente allí dentro. Ella lloraba, con los
pensamientos en un callejón sin salida.
Pero cuando ya estaba vestida y a
punto de irse, él se le acercó.
—Tus lágrimas llenan el mar de la
tristeza —dijo. Ella lo miró fijamente, sin comprender—. No podemos alejarnos
de nuestros propios territorios, ni tú ni yo —dijo él.
—¿Qué significo para ti, entonces?
La torpeza de él con el idioma
también recreaba las palabras para ella; podía recurrir a todos los lugares
comunes que quisiera.
—No es bueno quedarse aquí —dijo
él—. Eres una mujer casada.
Ella se armó de
desprecio. Nunca volveré a entrar en este departamento, decidió. Nunca.
Y su vieja rutina la recibió
misericordiosamente: los días siguientes pasó deprisa ante su puerta y, para su
alivio, él no salió. Se concentraba en su recorrido, lo completaba y era una de
las primeras en rendir cuentas; empezaba a reconocerse otra vez. Leía
minuciosamente, página por página, el periódico que llevaba a casa cada tarde,
acompañada de sus propios pensamientos dispersos. La historia había terminado.
Para volver a ser normal, llamó a
sus hijas y las invitó a cenar. Y las muchachas aparecieron en la cocina con
sus risas espontáneas, dispuestas a pasar una noche infantil de bromas y
diversión. Hablaban con soltura de sus vidas, de toda la gente nueva que
conocían constantemente. Pero, sobre todo, querían impresionarse una a la otra,
no a ella. Ella podía servir la comida y escuchar. Sus intervenciones no eran
más que los comentarios graciosos de una madre; no había ido al concierto ni
había visto la película.
Se reían de ella.
—Pero, mamá —exclamaron al
unísono—, ¿tú nunca haces nada?
Ella no iba a arruinarles aquel
entusiasmo fresco.
—No —dijo—. Nunca hago nada.
Un día se encontró con dos hombres
en la escalera de Ray, dos extranjeros. No subían ni bajaban; estaban en el
descanso, frente a su puerta, como si llevaran mucho tiempo allí. Ambos eran
jóvenes altos, de mandíbulas poderosas; la dejaron pasar. Ella siguió escaleras
arriba, demasiado sorprendida para detenerse.
En lo alto vaciló y respiró sin
hacer ruido mientras escuchaba. Ellos seguían allí abajo, de pie; no hacían
nada, ni siquiera hablaban entre sí. En el hueco de la escalera reinaba un
silencio absoluto; la escucha de ambos trepaba sigilosamente hacia ella, la
escalera se había convertido en oídos de atención concentrada.
Despacio, empezó a bajar peldaño a
peldaño, con una mano en la baranda. En el tercer piso seguían frente a la
puerta; esperaban, volvieron a hacerle sitio para que pasara. Ella se detuvo y
los miró, les exploró los rostros, quería hacerlos ceder; su mirada luchó
contra la amable cortesía de ambos. Pero su espera inexorable continuó: se
negaban a moverse un milímetro. Le sonreían, ensanchaban el descanso con sus
miradas sonrientes hacia los escalones. Ella tendría que pasar de largo.
Abajo llevó la bicicleta al otro
lado de la calle, hasta la acera de enfrente. En el departamento de Ray las
persianas estaban cerradas, algo inusual; ¿tal vez él no estaba? Pero ella
sabía que estaba allí, lo sentía.
Y su prisma interior volvió a
girar; el corazón le latía en la garganta mientras continuaba su recorrido. En
su imaginación, él estaba ahora más cerca de ella que nunca.
A la mañana
siguiente, los ojos de Ray la miraban desde la portada del primer periódico que
vio, y también desde todos los demás: una conmoción súbita. Liquidado. La
fotografía estaba ampliada y era casi irreconocible, pixelada, pero era él.
Tuvo que sentarse en el borde de la acera; su cuerpo se rindió, se desplomó
hacia delante, con el rostro sobre el periódico, mientras seguía leyendo.
Tráfico ilegal de armas,
narcotráfico, intrigas políticas. Un sinfín de conjeturas.
«Se presume que se trata de un
ajuste de cuentas interno».
El páramo del vasto mundo se cerró
sobre ella; el tránsito ardía al sol.
Subía y bajaba escaleras sola, casi
fuera de sí.
En casa bajó la maleta del armario,
solo para estar una vez más con sus regalos. Había pulseras, pendientes y
pequeños frascos de perfume. Un pañuelo, una blusa, ropa interior. Extendió las
cosas sobre el cubrecama. El sombrero había perdido su forma original y, bajo
la luz polvorienta de la lámpara sobre la cama, parecía una compra casual en
una tienda de segunda mano. Le dio vueltas entre los dedos y se hizo preguntas.
Porque todo aquello estaba muerto para ella, como si perteneciera a la historia
de otra persona, no a la suya.
Al cabo de unos días, los
periódicos dejaron de hablar de él. Cada día se agachaba ante su puerta y
miraba por la ranura de la correspondencia. Desde el recibidor hacia el fondo,
las puertas estaban abiertas, como si sus muebles lo esperaran; podía ver cómo
el polvo se acumulaba sobre los pisos.
Entonces, una mañana, la puerta
estaba entreabierta y oyó voces en el interior. La empujó cuidadosamente con
las yemas de los dedos; los muebles de él habían desaparecido, dos hombres con
ropa de trabajo barrían el piso. Entró y se acercó a ellos con un manojo de
cartas en la mano.
—De este ya puede olvidarse.
Señalaron hacia sus pies, donde una
flor terrible se abría en la alfombra.
La cama había desaparecido, el equipo de música, los sillones y las mesas. Sin embargo, su aroma familiar la recibió como un confidente. Fue de habitación en habitación como quien busca algo a lo que aferrarse, un punto de apoyo o el final de una historia. Pero el departamento estaba vacío.
Niels Hav nació en 1949 en Dinamarca y creció en una granja de la costa occidental del país. Poeta y cuentista, debutó en 1981 y ha publicado varios libros de poesía y narrativa breve. Sus poemas y cuentos han aparecido en numerosas revistas y antologías y han sido traducidos a múltiples idiomas. Su obra ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Danés de Literatura 2024. Vive en Copenhague.



