domingo, 19 de abril de 2026

LA NOCHE DE LA ÚLTIMA CAMPANADA

Alexandra Medaru

para Andrei Iorga

 La vislumbro entre las ruinas castigadas por el sol opresivo: una diosa llegada de tiempos antiguos, una Afrodita que lleva en silencio su belleza, de algún modo ignorante de todo lo que se oculta en ella. Sus rizos rubios caen hacia las caderas, y su rostro, como la nieve sobre la que descansan un par de grandes ojos castaños, invita a tomarla entre los brazos y besarla. No sabe que, más allá de los ladrillos rojos, se encuentra quien daría cualquier cosa por un instante de su atención.

Avanza suavemente entre los restos del castillo en ruinas. El largo vestido blanco se ajusta a su joven cuerpo sin imperfecciones, y casi siento el impulso de saltar al otro lado del muro que nos separa para decirle todo lo que quisiera. Pero no me atrevo por miedo, pensando que no está hecha para mí: un pobre a merced de los turistas.

Mira hacia la vieja capilla, de la que solo quedan el altar y algunas estatuas cubiertas de pintura descascarada por el paso implacable del tiempo. Quisiera dirigirse hacia allí, pero una voz grave de mujer la hace detenerse.

—Anita, ¡es hora de regresar!

Suspira molesta, lanzando una última mirada hacia el lugar al que querría llegar, pero que le está prohibido, y vuelve junto a la mujer que la había llamado.

Cuando se alejan, paso al otro lado del muro y las sigo como una sombra que no quiere delatar su presencia, pero que se adivina entre las cortinas. Mientras avanzo tras ellas, la veo volver la cabeza hacia los restos de la pequeña iglesia, y entonces nuestras miradas se cruzan por un instante. Mi aspecto la perturba, y pienso que la culpa la tienen mis ropas malolientes, el cabello negro grasiento, la suciedad bajo las uñas, las piernas temblorosas, el cuerpo débil apenas resistiendo el calor sofocante.

Retira la mirada, paralizada, y se aferra del brazo de su acompañante como una niña asustada por el monstruo bajo la cama. Quisiera ir tras ella, pero, tambaleándome, me quedo en el mismo sitio, sabiendo que el destino me es adverso: el mundo no es como en las películas de Hollywood; lo aprendí en carne propia cuando perdí el negocio, luego a mi esposa y, finalmente, todo. Como un péndulo, vacila entre acercarse y alejarse. Yo también vacilo, aunque quisiera preguntarle qué provocó su inquietud, pero cuando doy un paso más, la vista se me nubla y su silueta se disuelve como los recuerdos enviados al olvido.

 

Las puertas del castillo se habían cerrado una vez concluido el horario de visitas. El guardia de la ronda nocturna me había echado del recinto, así que me senté al borde del foso, masticando un trozo de pan seco dejado en la salida trasera por la cocinera del restaurante del museo, cuyo nombre nunca llegué a saber. Nunca me hablaba, pero sabía dónde solía pasar el tiempo y se ocupaba de dejarme algo para comer. En una ocasión le dejé, a mi vez, una nota de agradecimiento escrita en una servilleta robada de una mesa y una pulsera barata comprada en el mercado con las pocas monedas reunidas aquel día mendigando. Encontró mis presentes y se los llevó sin decir palabra.

Estaba tragando otro bocado cuando, entre los coches estacionados al otro lado de la carretera, vi una silueta femenina, y en ese paso reconocí un andar que parecía haber visto muchas veces antes. La mujer se acercó como si me estuviera buscando, pero continué devorando el panecillo, aunque me inquietaba como nadie lo había hecho antes.

Se sentó a mi lado y me habló como a un conocido.

—Raul… ¿Eres tú?

Sus palabras me hicieron atragantarme con el pan que estaba mordiendo con avidez.

—¿Cómo sabes cómo me llamo? —balbuceé.

—¿No te acuerdas?

Me esforcé por recordar, pero estaba seguro de no haberla visto nunca antes de ese día.

—Ven conmigo —me dijo, tomándome de la mano.

Su contacto me quemó, despertando en mí sensaciones olvidadas desde hacía milenios. Me arrastró como si acabara de descubrir una nueva América y quisiera mostrármela, y yo la seguí con paso apresurado. Llegamos ante las puertas, donde el guardia permanecía rígido como un cadáver. Ella se acercó y le susurró unas palabras al oído. Una sonrisa bobalicona apareció en el rostro del hombre, que le entregó sin resistencia las llaves escondidas en el bolsillo de sus pantalones grises. Toda la escena me pareció extraña, pero no más que nuestro encuentro, así que la seguí y penetré en los lugares que ya había recorrido tantas veces, aunque ahora parecían distintos; me dije que debía de ser la oscuridad, que lo envuelve todo en sombra y olvido a lo largo de la noche.

Avanzamos por la senda empedrada. Me tomó de nuevo de la mano, como si no quisiera que me escapara, sin saber que lo único que yo deseaba era ser su prisionero para siempre.

El viento soplaba suavemente y los árboles se inclinaban ante nosotros como sirvientes frente a su señor, mientras el aire frío aliviaba mi rostro cansado. Debía de ser ya muy tarde, y aun así mis pasos avanzaban como en un sueño hermoso que no habría querido que terminara jamás.

Entre las copas arqueadas vi el castillo: con muros gruesos, torres altas y vitrales fantasmales. Bajo la pálida luz de la luna ya no era la ruina del día. Quizá sea una visión nacida de las tinieblas de una noche extraña, me dije, y mi corazón empezó a latir con fuerza, sintiendo que más allá de aquellos muros se ocultaba un terrible secreto. Y aun así no me detuve.

Me decía que, si estaba con ella, nada podía ser tan malo, que nadie podía vencerme, que la inmortalidad era nuestra. Luego me preguntaba si no serían solo ilusiones de un loco que ha perdido la cabeza ante una desconocida.

El sendero nos llevó hasta un estanque coronado por arbustos. El silencio opresivo me estremecía como las aguas embravecidas de un mar en tormenta.

Subió al puente y la seguí sin preguntas. Ya habría tiempo para ellas después de que me revelara el secreto que guardaba, me dije. Eso era lo que quería saber. Hacia eso me apresuraba como los soldados hacia la muerte.

La puerta había quedado abierta. Aunque el pecho me ardía como un volcán, crucé las pesadas puertas del castillo. De pronto estaba del otro lado de los muros, donde nada era como antes.

Las salas habían vuelto a la vida; el bullicio y la agitación las dominaban como en una feria familiar. Acróbatas, bailarinas, enanos se movían de un lado a otro, preparando el espectáculo. De una estancia contigua llegaban risas y el choque de copas, y varios sirvientes pasaron apresurados frente a nosotros cargando bandejas de plata rebosantes.

Me dispuse a dirigirme hacia el festín, pero ella me detuvo.

—Vamos a otro lugar —me dijo con firmeza.

—Pero…

—Todo a su debido tiempo.

La obedecí y la seguí como si hubiera sido su esclavo. Al caminar sobre el suelo de mármol era más hermosa que cualquier reina de Tebas, y si me hubiera pedido la vida…

Las puertas de la capilla abrieron sus brazos acogedores. A través de la amplia abertura se veía una luz intensa, deslumbrante. Si hubiera creído en los dogmas cristianos, habría dicho que el Espíritu Santo había descendido en aquella pequeña iglesia y aguardaba a sus fieles.

Avanzamos hacia el velo resplandeciente y pronto llegamos junto al altar, donde un Jesús de piedra nos sonreía a pesar de los clavos que lo sujetaban a la cruz blanca. Miré hacia los bancos, que comenzaban a llenarse de gente, y la visión me aterrorizó. Sus rostros me parecían conocidos, aunque no recordaba haberlos visto nunca. Como el Cristo de la cruz, llevaban sonrisas luminosas y acogedoras, pero sus miradas estaban vacías y sus cuerpos manchados de sangre que brotaba de heridas en el cuello o el pecho.

Me volví hacia la mujer que me acompañaba. De pronto era sobrecogedora: vestida de novia, con una corona de sauce en la cabeza. Su vestido se había teñido de rojo por las oleadas que corrían desde su garganta, y en sus ojos vi el mismo vacío: el de la muerte. Aquello me sacudió profundamente y retrocedí un paso.

—¿Qué está pasando? —le pregunté.

—Hoy nos casamos como debimos hacerlo hace siglos —respondió—. ¿No lo recuerdas?

Por más que lo intentaba, por más que me esforzaba, no comprendía los misterios que se revelaban; mi mente giraba sin control.

—¿Nos casamos?

Fue todo lo que logré decir.

—Como habríamos hecho si no hubiera conocido mi final a manos de la Diablesa —dijo, clavando en mí su mirada fría y tomándome de la mano.

En ese instante, pasado y presente se precipitaron sobre mí, sumergiéndome en un torrente de visiones dolorosas acompañadas por el tañido de la campana. Por un momento la veía a ella, la mujer de ahora, llevándome hacia el altar, donde el presbítero nos esperaba para unirnos por la eternidad, mientras el coro entonaba su canto angélico. En otro instante me veía entrando por la puerta de aquella iglesia vestido con una túnica negra, con una espada ceremonial al cinto, deseando unirme a la mujer que amaba. Luego volvía a la ceremonia presente y a la mujer adorada que me pedía que la amara como en nuestra primera vida juntos. Y de nuevo regresaba a aquellos tiempos, avanzando por la capilla bañada en sangre mientras imploraba a un Dios sordo que no confirmara mis peores temores. Pero mis súplicas eran inútiles, porque ante el altar, rodeada por un charco rojo, había caído en un sueño helado. Corría hacia donde yacía, tomaba su cuerpo frío en brazos, y mi grito atravesaba los cielos.

Un segundo toque de campana, ensordecedor esta vez, me despertó de aquel viaje alucinante, y miré a todos los presentes, que me instaban a unirme a mi elegida, cumpliendo el destino que nos había sido negado. No había soñado nuestra vida de ese modo, pero su contacto ardiente me susurraba que tal vez el Paraíso era posible pese al Infierno que habíamos conocido. Estar juntos era todo lo que deseaba.

Cuando el sacerdote nos preguntó si queríamos tomarnos el uno al otro en el reino de Cristo, lo supe, con la desesperación de un mendigo que se aferra al manto de un transeúnte. En lo profundo de la noche, la última campanada sonó, uniéndonos en un beso y llevándonos hacia la eternidad…

 

Abro lentamente los ojos; la cabeza me da vueltas, la vista está borrosa. Sobre mí, un grupo de rostros desconocidos vela como padres junto a la cuna de un recién nacido. Entre ellos reconozco uno: el de Anita, que me mira con preocupación.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, exhausto.

—Te desmayaste —responde.

Y recuerdo que hace dos días que no pruebo bocado.

—La ambulancia está en camino.

Al oír hablar de médicos me invade el terror. Vendrán, me llevarán y no volveré a verla nunca más. Intento levantarme, pero no me dejan, sujetándome contra el suelo.

—No es seguro que te muevas. Podrías tener una conmoción —dice.

—No me importa —respondo, intentando liberarme del agarre, pero sus brazos son demasiado fuertes.

—Debe verte un médico —insiste Anita.

Le tomo la mano y los recuerdos de aquella vida lejana regresan, abrumadores.

—Anita… —digo.

Y no parece en absoluto sorprendida de que conozca su nombre; al contrario.

—Raul…

—No dejes que nos separen —le digo, temiendo que pueda desaparecer en cualquier momento.

—Lo has recordado…

Intenta abrazarme, pero aún estoy agitado y el abrazo me asfixia, así que la aparto suavemente.

—¿Qué hacemos ahora?

Una sombra de tristeza se posa en su rostro, retrasando su respuesta, y en ese instante de silencio todas mis temores se confirman y me ahogan incluso antes de escuchar sus terribles palabras:

—No puedo llevarte conmigo —dice.

—¿Por qué?

—Tengo una familia —responde, mirando a lo lejos.

Veo a la mujer con sombrero, acompañada de dos hombres, uno joven y otro con el cabello encanecido. Al cabo de unos instantes, un niño con pantalones cortos azules se une a ellos y, cuando lo llama “papá” y se lanza a los brazos del hombre joven, comprendo toda la magnitud de la tragedia.

—Nos casamos hace cuatro años. Lo quiero, y al pequeño lo amo más que a mí misma. No puedo abandonarlos —dice, y en sus ojos leo un dolor que también siento en mí.

—Pero yo soy… Nosotros somos… —murmuro, deseando que todo sea solo una pesadilla.

—Nos encontramos demasiado tarde, Raul.

Comprendo que, igual que yo, querría quedarse.

—Tú eres mía y yo soy tuyo. No puedes dejarme aquí —le suplico con palabras y con la mirada.

—Debo hacerlo.

—¿Has olvidado todo lo que nos prometimos? —pregunto.

—No he olvidado ni una palabra, pero Casper me necesita —dice, mirando una vez más al niño.

—¿Volveremos a vernos?

Aunque ya conozco la respuesta antes de que la diga, esas palabras abren la vieja herida que nunca ha sanado del todo en mi alma.

—No en esta vida —responde, y suelta mi mano.

Sus palabras me recuerdan a la mujer roja que quería mis tierras, y que, al no poder obtenerlas, había matado todo lo que yo tenía de más sagrado. Después de que Anita fuera depositada en el ataúd, enloquecido de dolor, irrumpí con los pocos hombres fieles que quedaban en las tierras de la Diablesa y la capturé. La até con cuerdas a mi caballo, arrastrándola de vuelta al castillo, donde la arrojé a los sótanos oscuros. Allí le desgarré las ropas, y los instrumentos de tortura danzaron sobre su cuerpo desnudo hasta que no quedó nada. En sus últimos momentos pronunció su maldición: que viviera vida tras vida, regresando siempre a estas tierras, que volviera a encontrar a mi amor perdido, que nos reconociéramos, pero que nunca volviera a ser mía, sino de otro, y que el anhelo me consumiera como los gusanos consumirían su cuerpo.

—Pero en cada una de las vidas que vendrán… —y sus ojos brillan con esperanza.

Sabiendo la maldición que pesa sobre nosotros, dudo que la felicidad nos pertenezca alguna vez, así que guardo silencio, sin querer destruir sus sueños. Quizá también porque yo tengo los míos.

—Intenta recordarme, Raul, y vuelve aquí. Yo haré lo mismo, y algún día estaremos juntos de nuevo. Ahora debo irme —dice.

Quisiera no soltarla jamás, pero la dejo marchar sin palabra, sin beso. Solo haría las cosas más difíciles. Y mientras la veo perderse en la distancia, maldigo al Dios en el que no creo por el destino desolado que me ha sido concedido…

Alexandra Medaru nació en 1988 en Bucarest, Rumania. Es escritora de literatura fantástica y realista (prosa, dramaturgia y poesía), crítica literaria y editora. Es redactora jefe de la revista P(RO)EZIA y colaboradora permanente de la revista digital EgoPHobia, donde dirige dos secciones: Arena cultural: el libro y el cine (como crítica literaria) y Lecturas adecuadas / recomendadas por Alexandra (como editora). Entre sus obras más significativas se encuentran: El pecado (2013), Encuentro con un hombre, un sátiro y un gato (2016), Gomes Leal – ¿poeta de Satanás o de Cristo? (2016), Ser o no ser escritor… (2017), Las últimas criaturas de la noche (2017), La gran unión y la cultura de la influencia eterna (2018), Henrik Ibsen – “Peer Gynt” (2019), Madona con lágrimas de sangre (fragmento, 2020), La sinfonía oculta (fragmento, 2021) o Un verso como una despedida (2022). Blog personal: http://www.taramuridenicaieri.ro.

 

LA MANERA MÁS EXTRAÑA DE LLEGAR A TU FIN

Thomas de Vries

 

Cuidar niños no siempre es divertido. Alice mira con cierta melancolía a Hatta, la bebé en sus brazos.

—Cálmate ya, cariño —susurra. ¿La niña no es demasiado pequeña para quedarse sola con ella? Bueno, si la madre de Hatta, la Condesa, lo aprueba… Y luego está el dinero, claro.

Aquella mañana, Alice encontró una sorpresa en el buzón: una invitación bellamente caligrafiada del Gato de Cheshire para una partida de damas esa misma noche… mucho más interesante que los juegos de ajedrez tan ensalzados en el País de las Maravillas. Alice habría ido encantada, de no ser porque poco después comprobó en la panadería que no podía pagar el pan. Así que tenía que trabajar.

La manera más sencilla de ganar dinero es hacer de niñera. Los habitantes del País de las Maravillas rara vez se quedan en casa. La aventura los llama hacia el bosque Tulgey, el Palacio de Corazones, la costa y muchos otros lugares. Suelen desentenderse de sus hijos. Por todo ese extraño país, humanos, animales y criaturas fabulosas cuidan de los pequeños. El niñero más solicitado es el Verdugo. Es muy bueno con los niños y sus honorarios son razonables.

—Veo a la mayoría de los habitantes del País de las Maravillas al principio y al final de su vida —es una de sus frases preferidas.

Por eso Alice tiene que conformarse –y lo dice con todo respeto– con las sobras: niños muy pequeños, niños muy mayores, niños traviesos y, peor aún, hijos de padres pobres. Mientras mece lentamente a Hatta hasta que se duerme, Alice recuerda su peor y su mejor experiencia como niñera.

Una vez cuidó durante una tarde a los horribles gemelos Tweedledinges y Tweedledattum. Esos niños no tenían ningún sentido de la moda, con sus pantalones de viejo y zapatos gastados. Aun así, se burlaron de Alice por su vestido azul celeste y sus zapatillas blancas. Qué malvados. Aquella fue la única vez que los cuidó.

En cambio, su día con Lily, la hija de la Reina Blanca, fue mucho mejor. Alice jugó durante horas con la niña en el jardín de rosas. ¡Ojalá fuera pleno verano ahora mismo!

La Condesa ha salido por la noche, a pesar del mal tiempo. Va con la Reina de Corazones a una representación de The Murder of Gonzago, una obra de Bill el Lagarto, un joven talento prometedor de un remoto rincón del País de las Maravillas. Alice ya ha oído mucho sobre la obra. A alguien le vierten veneno en los oídos, ¡imagínate! Esa sí que es una manera extraña de morir. ¿Cuál sería, en realidad, la manera más extraña de morir?

Alice sale de sus pensamientos cuando el bebé gruñe.

—Vamos, Hatta, duérmete. No tengo ganas de ocuparme de ti toda la noche. Seguro que hay dulces escondidos en la cocina. Tu madre no es muy generosa; ¡tengo derecho a un extra!

Por desgracia, Hatta no le hace caso. Gruñe cada vez más fuerte y, además, su colita rizada asoma por debajo del pañal.

—Cuando tiene hambre —recuerda Alice que le dijo la Condesa—, Hatta se convierte en un cerdito. Y tiene hambre a menudo…

Alice había pensado que lo decía en sentido figurado, pero debería haberlo sabido mejor. Hatta resopla con su hocico de cerdo y, al mismo tiempo, se tira un pedo. ¡Puaj, los niños! ¡Y los cerditos!

Alice coloca con cuidado a la pequeña Hatta sobre el canapé y va a la cocina en busca de comida. Quizá encuentre chocolate, regaliz o un bastón de caramelo. La Condesa salió demasiado tarde hacia el teatro y no le dio más instrucciones. Así que Alice abre armarios y cajones. Le lleva un rato encontrar una caja de cereales. «¡Nadie en el camino come esto, así que cómetelo todo!», dice en la caja. Sacude la cabeza; casi todo es un misterio en este país de conejos. Por más que busca, no encuentra una botella de leche. El gruñido en el salón aumenta de forma alarmante. ¡Es hora de tomar una decisión! Alice vierte los cereales de Nadie en un cuenco, toma una jarra de agua y lo llena hasta el borde. Ya se enterará si a Hatta le gusta el preparado.

Para su sorpresa, el cerdito lame el cuenco tan rápido que en un abrir y cerrar de ojos vuelve a ser un niño humano. Eso alivia mucho a Alice. Ha oído que la Condesa descuenta un veinte por ciento del pago si al volver encuentra un animal en casa —la nobleza es bastante tacaña—. Tras un eructito, Hatta cierra los ojos.

Por fin Alice tiene tranquilidad. Deja al bebé en la cuna del salón y vuelve a buscar en la cocina. Justo cuando abre el armario de la escoba, oye sonar el timbre de la puerta. ¿Habrá ocurrido algo en el teatro? ¿Se habrá sentido mal algún actor o… o… o realmente lo habrán envenenado? Alice siente tanta curiosidad que corre hacia la puerta tan rápido como una Liebre de Marzo.

Para su alegría y también su decepción –qué mezcla de sentimientos tan confusa–, el Gato de Cheshire está en el umbral. Lleva un ramo de flores y un tablero de damas.

Se la montagna non va da Maometto —dice—, Maometto va alla montagna.

—No hablo Gato, lo siento —responde Alice.

El Gato de Cheshire muestra su sonrisa más amplia, agita la cola y la hace desaparecer.

—Es un dicho chino, querida. No significa más que “No pongas a Mao sobre una montaña, o la montaña caerá sobre Mao”. Sencillo, ¿verdad?

Entra en la casa de la Condesa y arroja las flores al acuario de agua dulce del vestíbulo. Los peces tropicales nadan en todas direcciones.

Alice cree entenderlo.

—Si Humpty Dumpty se sienta en el muro, ¿el muro cae sobre él? —dice mientras lo conduce al salón.

—¡Qué chica tan lista! Así es exactamente como su hermano mayor, Clumpty Dumpty, llegó a su fin.

El Gato de Cheshire hace la señal de la cruz con su pata derecha. Su pata izquierda desaparece brevemente en la nada.

Se sientan en el canapé. Entre ellos reaparece la cola rayada del gato. A Alice le siguen pareciendo divertidos esos trucos.

—No hables muy alto, Chesh —dice—, la pequeña Hatta por fin duerme. Hablando de finales, hace un momento me preguntaba cuál podría ser la manera más extraña de morir.

El Gato de Cheshire se estira y arrastra sus afiladas uñas sobre el cuero. Alice espera que la Condesa no note los arañazos en el canapé.

—Existen tantas posibilidades… —Enumera, colocando el tablero de damas sobre la mesa—. Corres por una madriguera de conejo y esta se derrumba. Juegas al póker con un Soldado de Tréboles y terminas peleándote con él. Compras botones de chaleco al Viejo del Cercado, no te gusta su olor a abadejo y, imprudentemente, pides que te devuelva el dinero. Te dejas bautizar por el Cuervo Monstruo, pero te ahogas en la pila bautismal. Tú…

Alice lo mira con escepticismo.

—Todo eso me parece muy corriente. Se oye hablar a menudo de casos así.

—¡Eso no vale, muchacha! También podemos jugar a las damas —dice el Gato de Cheshire.

—Lo siento, Chesh, pero creo que puede ser cada vez más raro. Estamos en el País de las Maravillas, después de todo.

El Gato de Cheshire frunce los labios.

—A veces creo que sobrevaloras un poco el País de las Maravillas. Es un lugar agradable, pero con el tiempo uno ya lo ha visto todo. Para ti es distinto, porque llevas poco aquí, pero nosotros, los habitantes de este lugar, lo encontramos todo normal y nada especial.

Alice puede entenderlo. Entonces piensa en la obra de teatro.

—¿Alguna vez alguien ha muerto por veneno en los oídos?

—¡MIAU! ¿Qué clase de cosa es esa? ¿Quién inventa algo así? No, no creo que hayamos visto eso antes.

El Gato de Cheshire se estremece y hace desaparecer sus orejas por un instante.

—Te lo enseñaré.

Alice sale de la habitación y vuelve por tercera vez a la cocina. Esta vez encuentra enseguida lo que busca: sobre la mesa hay un folleto teatral de papiro. El Gato de Cheshire la ha seguido y lee lo que está escrito en él.

—Bill el Lagarto es un auténtico raro —dice simplemente en cuanto termina de leerlo—. ¿Y por qué papiro? Hoy en día todo el mundo usa setas aplastadas para escribir mensajes, ¿no?

En fin, eso sigue siendo un misterio. Que Alice sepa, el papiro solo crece en África. ¿Quizá el País de las Maravillas se extiende hasta allí? Antes de que pueda preguntar sobre ese asunto, el Gato de Cheshire golpea la mesa y exclama:

—¡Ya lo sé!

—¡Shhh! Hatta está durmiendo. ¿Qué…?

—La manera más extraña de morir, sé cuál es. Vamos, vamos a hacerlo.

—¿Hacerlo? ¿Qué quieres decir?

El Gato de Cheshire le pone el folleto en la mano.

—Es más extraño si tú lo haces conmigo, en lugar de que lo haga yo solo. Mete el folleto en mi boca.

Alice duda un instante, porque también le apetece jugar a las damas –y con un gato muerto eso resulta un poco más difícil–, pero su curiosidad supera sus ganas de jugar. Coloca el folleto sobre la lengua del gato y empuja todo el conjunto dentro de su boca.

—De…er, A…lice.

Con todas sus fuerzas, Alice empuja. Su antebrazo desaparece dentro de la boca de su amigo.

—¡Estoy atascada! Chesh, ¿qué debo hacer?

El Gato de Cheshire se encoge de hombros.

—La ma…nera más extraña de mo…rir. Exacta…mente lo que quie…res.

—¿Eh? ¿Quieres decir que muramos juntos?

El gato clava sus dientes en su compañera de juego. Centímetro a centímetro arrastra el brazo de Alice más profundamente por su garganta. Cuando la cabeza de Alice entra en su boca, dice finalmente:

—Sí, creo que esta es la manera más extraña de llegar a tu fin.

Los “¡oh!” y “¡ah!” no cesan cuando la Condesa y la Reina de Corazones abren la puerta principal.

—¡Qué galán es el Mosquito! Ese cuerpo de insecto tan grande, mmm.

—Y los chistes que contó, hic… —la Condesa aún tiene hipo de la risa—. ¿Quién habría pensado que el asesinato por envenenamiento podía ser tan divertido…? ¡OH, DIOS MÍO!

Las damas nobles hacen un descubrimiento macabro. En parte sobre el canapé, en parte sobre la alfombra, yace el cadáver medio devorado de la niñera, esa extraña chica Alice. Lo que aún es visible de ella está cubierto por una masa viscosa. De ella emana un olor agrio. Las damas fruncen la nariz. ¿Ácido estomacal? A la altura del vientre de Alice se encuentra la boca completamente abierta del Gato Desvanecedor, ese sinvergüenza que molestaba a todos con consejos para ganar en las damas. O que simplemente molestaba. Sus ojos están vidriosos, su hocico apagado. En la comisura izquierda de su boca hay una grieta que llega hasta su pecho. Sus patas delanteras rodean las caderas de Alice. La Condesa golpea una pata con su bota. Inmóvil: el rigor mortis ya se ha instalado. Extraño, muy extraño incluso ver su cuerpo completo, en lugar de solo una parte.

—La gula es el mayor de los pecados —murmura la Condesa.

La Reina de Corazones no puede más que asentir cuando ve al bebé. Hatta ha salido de su cuna y mordisquea la cola del Gato de Cheshire.

La Condesa toma a Hatta en sus brazos.

—Bueno —dice—, al menos me he ahorrado el sueldo de la niñera.

Thomas de Vries (nacido en 1997) escribe en su tiempo libre. Compagina su trabajo como enfermero con el de profesor en un centro de enseñanza nocturna. Es un trabajo duro, pero Thomas lo disfruta. Aún no tiene mucha experiencia como autor, aparte de una buena cantidad de poemas juveniles (¿deslices de juventud?), pero está deseando cambiar eso pronto. Thomas se inspira mucho en el teatro y el cine. Pasa sus vacaciones en Asia, el continente que le ha robado el corazón.

EN SANTO MATRIMONIO

 Gerardo Horacio Porcayo

 

—Aquí hay gato encerrado —dijo la abuela Obdulia cuando llegó el carruaje, la gran Limo Hummer negra, minutos después de que su nieta arribara en un Licoln X-100 descapotable, justo del modelo en que muriera JFK.

—Dios, pero qué celos, mamá ... Deja de buscarle tres pies al gato— Son sólo estrategias para evadir a la prensa —contestó Lucinda.

Las calles empedradas, la pequeña capilla gótica, antiquísima. Era como haber escapado de la ciudad, de la misma modernidad hacia el interior de un bosque encantado. Todo, de hecho, parecía salido de un cuento de hadas. O casi todo, si uno se ponía a descontar la pandemia y la visión de la gente con sus máscaras en la calle.

Había sido una monserga mantener el secreto del lugar, mantener a raya a los parientes, a las habladurías todas... Convencer al mismo guía espiritual familiar de asistir a esa capilla y de la necesidad de supervisarlo todo y celebrar la misa a las cinco de la tarde, horario inusual que tras largos debates habían concebido como el único aceptable para las dos partes.

La orquesta de cámara, la caminata por la alfombra y las palabras del sacerdote hablando del sagrado ministerio del matrimonio.

Y ahí estaban los dos, juntos, contra toda expectativa.

—¿Puedes creerlo, mamá? —La emoción buscaba resquebrajarle su altiva, inconmovible pose, pero la práctica de Lucinda era amplia, imbatible.

—Lo veo y no lo creo —murmuró la abuela Obdulia, sordamente. Estaban en la consagración—. Aún puede salirnos con algo... no es posible que todo se arregle así de fácil... malditas peinadoras, ni el pelo punk, ni los miles de piercings se le notan... es como si se hubiera vuelto otra. Victoria, la oveja negra que se vuelve blanca ante sus propios ojos...

—El amor todo lo puede...

—Sí, como no, de la noche a la mañana olvida a su novio de parrandas, ese motociclista apestoso, para casarse con uno de los galanes más codiciados del año pasado...

—Shh —una de las monjas las miraba con indignación y hacía grandes aspavientos para que dejaran de hablar.

Trataron de disfrutar, sin más cuchicheos el resto de esa parte. A la hora de la verdad, tomaron los pequeños binoculares y apuntaron a su hija/nieta, respectivamente.

—Hermosa... y casándose con ese actor...

—Todavía falta que nadie se oponga...  Ya quiero verlo al motorista de cuero entrar y decir una sarta de barbaridades... como que ya le quitó lo virgencita y algunas otras atrocidades obscenas... —insistió la abuela Obdulia y el padre pareció escucharla.

—Si hay alguien que se oponga a esta boda, que hable ahora o calle para siempre...

Abuela y madre sintieron una corriente que vibraba por sus pieles, giraron la cabeza. Lo único nuevo era un par de reporteros de espectáculos, sus camarógrafos apuntaban al altar.

—Esto va a ser una bomba, mamá... Su imagen va a estar en todas las teles de todo el mundo... Como si fuera Lady Di... O su nuera, Kate Middleton...

—Los declaro, marido y mujer... Puede besar a la novia —anunció el padre.

Los binoculares volvieron a convencerlas. Sí, era el galán y aunque no se veía tan apasionado como en sus películas, aunque se veía torpe, era innegable su identidad; esperada su torpeza después de un accidente como aquel que había tenido al país en vilo y desvelado por su estado, hacía casi un año y luego pasara al anonimato, como lo hacen las grandes estrellas cuando tienen secretos que guardar.

—Su gran secreto —suspiró Lucinda.

—Malditos secretos —masculló Obdulia, afuera ya se escuchaban helicópteros y una manada de reporteros estaba ya a la puerta, como gallos de pelea esperando que los liberes—. Y pensar que preparamos una recepción tan pequeña...

—Mi yerno va a estar enojadísimo por esta filtración —comentó Lucinda, su sonrisa era mínima, pero de autocomplacencia.

Los flashes lo inundaban todo, mientras acababa la ceremonia y la orquesta de cámara interpretaba la salida nupcial. Las cámaras de televisión ya estaban montadas en las afueras y hacían cerco hasta el pequeño atrio y los puentes de madera a través de los que se accedía.

Todavía llegó, contra toda recomendación eclesiástica, la lluvia de arroz (alguna nueva moda sobre el hambre y el desperdicio de granos que se inventaran los sacerdotes).

Y esa pareció ser la señal definitiva: una horda de reporteros se abalanzó sobre la pareja... o mejor dicho, sobre el novio, con su ansia de obtener la primicia, y con los micrófonos tendidos, fueron haciendo a un lado a la novia, hasta que ésta se encontró al lado de su madre y abuela.

—¿Y cómo vieron? —preguntó Victoria, la novia, la desposada, la desplazada...

—Ay, hija, no te preocupes, luego vienen a entrevistarte a ti —dijo la abuela Obdulia.

—Como cuento de hadas, hija mía. Has dejado de ser mi princesita para ser la reina de tu propio feudo... —dijo Lucinda sin permitir que la sonrisa fuera exagerada, aunque su alegría en verdad era desbordante.

Entonces apareció la moto, silenciosa, avanzando en neutral, tras la novia. El conductor era un hombre alto, de smoking de cuero con estoperoles donde deberían estar los botones, cubierto con una máscara de luchador de trazo clásico y toda en negro. Su aroma no había mejorado en lo más mínimo, descubrió la abuela Obdulia...

—Sí, justo eso... y ahora les tomo la palabra... ya les di lo que querían, ya me casé a los ojos de Dios y de los hombres... Y ahora, me voy con el hombre que amo... —dijo Victoria, y el de la máscara la tomó de la mano y la ayudó a montar la moto.

—Que disfruten sus entrevistas, señoras... Va a ser interesante ver cómo explican que el novio esté catatónico... —dijo el enmascarado y teatralmente, tronó los dedos. Al centro del remolino de reporteros, se elevó un desconcierto, frases inconexas.

—Ayuda —dijeron, gritaron algunos...

—Llamen a una ambulancia...

La moto ronroneó su vuelta a la vida.

—Que pasen una buena fiesta, señoras... El show ya empezó...

—¿Y qué decimos si nos preguntan? —inquirió Lucinda, con su máscara de impasibilidad ya rota.

—La verdad, madre... —aseguró Victoria— que lo saqué del hospital con ayuda de mi novio vampiro... éste, con el que ahora me escapo.

La moto rugió y enfiló por uno de los puentes de madera, tras su paso, la limo Hummer, cerró el acceso.

Madre y abuela alcanzaron a escuchar una gran risotada, sobrenatural, como la de Bela Lugosi. Luego, cayó sobre ellas el ramo, inmediatamente después, la oleada de reporteros.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

sábado, 18 de abril de 2026

BRINCADOR EN EL JARDÍN DE MUNDOS

Luis Saavedra

 

Salta brinca salta. Retrae tus extremidades hacia la masa de tu cuerpo. Toda tú se tensa y tu abdomen comienza a bullir de reacciones químicas. Líquidos y gases que se acumulan en tu vejiga. Te hinchas lentamente del amor a la Flor fétida. Salta brinca salta. Caíste a este nuevo mundo siguiendo a la Flor fétida, la escuchaste a través de los años luz. Vengan, amadas; síganme, amados. Te quemaste, apenas si diste un quejido, pero sentiste los murmullos de todos los tuyos, cayendo sobre el mundo desde la era del sueño. Desde un agujero largo y blanco que devora las distancias del universo. Miles regurgitadas, las cosechadoras. En el circuito de tu ciclo de vida, la linfa comenzó a moverse en ti, demandando. Luego, liberaste todo el amor de la Flor fétida. El aire y la tierra y el agua, la dulce fetidez impregnada en todo. Agotada, descansaste otro momento. Salta brinca salta. Recién llegada al dulce mundo. Toda la horda y tú son las cosechadoras. Jugando el juego antiguo y cósmico. Oler la esencia de la Flor fétida entre las estrellas, infecciosa, irresistible, hermosa. Llegar a donde ella va. Eres gigantesca aquí y pequeña en el último mundo. Qué importa, siempre es el mismo resultado. Salta brinca salta. Pasan edades, traslaciones ocurren. Coraza ardiendo, coraza al cero. Soles que caen y lunas que suben, rayan el cielo. Duermes un sueño efímero en el filo de tu ser, mientras que la Flor fétida conjura su amor sobre el joven mundo rojo. Tu alma se ha convertido en filigrana de un fuego frío, tenue cristal vaporoso. Salta brinca salta. Aún no, paciencia. Te pones más verde y revives, se estiran tus estrías por la presión interior. Resistes siete estaciones en este mundo, cuatro en otro. Todo varía cada vez. Porque siempre la Flor fétida tiene tantos escenarios, ella se adapta. Y en todos, su dulce aroma de destrucción te llama. Salta brinca salta. Toda tú se agarrota y parece explotar. Toda tú repleta del amor por la Flor, sintiendo cada vez más el hambre punzador en miles de puntos. Una presión voraz, que luego germinará bajo este cielo. Verde cuerpo, estrías más verde, ahora casi traslúcido. El dolor te place, siempre es posible tener otro poco de dolor. Salta brinca salta. Ya pronto, no hay apuro. ¿Cuántos saltos puedes recordar? Virtualmente ninguno; no por ti misma, las cosechadoras tal vez. Granos de hierro atraídos por imán a través de un mar de soles. Tu vida ha suspirado bajo mil cielos. Azules, rojos, amarillos. Ultravioletas, radiales, infrarrojos. Qué portento poder verlos y recordarlos; no tú, las cosechadoras tal vez. Salta brinca salta. No es posible hoy, los centinelas no han graznado. No puedes oler nada si no es a través de ellos, los hipersensibles. Sus largas extensiones cosquilleando el aire enrarecido, hasta casi tocar el vacío. Atentos. Ninguno ha gritado aún. Te expandes incómoda un poco más, verde más verde. Hambre y más hambre. Aún toda la sangre de un mundo rojo no satisface a las cosechadoras cuando están hambrientas. Salta brinca salta. Fue un nuevo mundo éste. Vigoroso volcánico vibrante. Mundo de tonalidad roja. Flora y fauna de sangre. Sus entrañas explotando y los cielos llenos de su melena carbónica. Pero llegó la tecnología de la Flor Fétida, atravesando la galaxia como una saeta. Convocó a sus agentes desde el agujero largo y blanco. Los invisibles agentes, plásticos tetradimensionales, inmensos como planicies, vomitaron las semillas de la Flor fétida. Y el mundo rojo quedó preñado de la condenación del verde. Salta brinca salta. El momento ha llegado al fin. Tú y la horda pueden ya comer. El amor de la Flor fétida ha aletargado las defensas del mundo rojo. El ciclo industrial y ciego de las cosechadoras envuelve y devora al rojo con colmillos que succionan, luego lo transmuta y lo regurgita. Rompe los enlaces químicos, lo recombinarlo. Todo tenía un sabor dulce para ti. Apagar la vida roja, consumirla mientras se retuerce. Es el placer del dolor. Salta brinca salta. El mundo rojo pasó a pardo pardo. Se apagó el rojo enemigo y solo queda una delgada capa de vómito que corrompe al mundo. Y tú feliz feliz. Y de nuevo al sueño. Al tiempo de la espera. Un mundo en donde nada más que tú y las cosechadoras se mueven. No ves los centinelas y sus dedos largos largos. No ves las cosechadoras durmiendo, ahora enormes enormes, verdes. No ves la fina capa de vómito cuarteándose bajo el sol blanco viejo. Esperas, esperanza, esperador. Salta brinca salta. Llegan primero como sembradores, se van hacia el siguiente mundo. Vuelven cuando la fina capa madura y vuelve esencia del verde. Llegan alados, siempre adelante detrás, los mismos gigantes sembradores. En su segunda venida, segadores. Agentes. Fantasmas traslúcidos, ectoplasma que besa frío. Organización cadavérica de luz. Enormes silenciosos angélicos. Absorbiendo la dulce dulce esencia del verde, recolectando. Descienden sobre ti; no, sobre las cosechadoras. Velo que humedece y sexo que penetra, recompensándolas. Salta brinca salta. Si supieras si supieras. Pero no, sueñas y te hinchas en la ignorancia. Los agentes absorbiendo el vómito y celebrando el amor de la Flor fétida. Orgasmo eléctrico atómico. La dulce fetidez se diluye en la atmósfera y comienza a cambiar. El mundo cambia, la sangre seca cambia. El mundo era rojo, ahora es verde. El verde que crece lujurioso sobre las cosechadoras. Salta brinca salta. Los agentes dejan de copular. Se levantan en oleadas fractales y atacan las cuatro dimensiones. Presencias perpendiculares en planos paralelos. Ascienden alejándose de toda radiación allá abajo. El mundo ahora acogedor verde que refleja el rojo hacia el vacío. Se van espectrales por el agujero largo y blanco. ¿Te enteras hacia a dónde? Salta brinca salta. Verde que fue rojo. Ahora está bien, el rojo enemigo ha muerto. Verde profundidad y relámpago. Enredándose hacia las entrañas volcánicas, verde. Las cosechadoras y tú, verde. Sigues durmiendo y ya no queda esencia que impregne. Toda tú se detiene, esperando. El brillo de fuego en tu centro. La dulce fetidez que ha triunfado. Salta brinca salta. El grito centinela atraviesa y rompe el himen de la inercia. El verde se remueve y despereza. Estallidos de gas y remolinos en el aire. Hay alguna otra parte que espera. El agujero largo y blanco espera. Salta brinca salta. Cuánta dulce fetidez en el universo ha dejado astros marchitos en esta guerra entre el rojo y el verde. Destrucción renovación. Una cifra no-euclidiana de planetas en el universo ordeñados. Migraciones soñadoras atravesando el vacío, cabalgando los intestinos del espacio que hay dentro del espacio. Arañazos apenas en un infinito frío. La guerra última es contra el olvido y la entropía. Salta brinca salta. Ahora sí, puedes. La Flor fétida te llama desde otro mundo. La Flor deseada y amante que extiende sus dedos infraespaciales hacia ti. Te masturba. Revientan los músculos de tus extremidades. Te impulsan hacia arriba. Te excitas y eyaculas lo que guardas en la vejiga. Semen inocuo impulsor que te lleva a velocidad de escape. Toda tú y las cosechadoras, horda en movimiento. Turbulencia y grito, relámpago orgasmo verde. Precipitándote al agujero largo y blanco. Salta. Brinca. Salta. El espacio está ciego, pero el camino es claro y dulce fetidez y feliz destrucción. Te agotas, te adormilas. Vuelves al no tiempo que es un suspiro.

Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

UN AÑO ANTES DE LA INVASIÓN

Guido Eekhaut

 

A las 8:34 de la mañana salgo del Hotel Blue Raddison, en la Avenue du Printemps, en el corazón depravado de París, la zona donde la epidemia ha golpeado con mayor dureza. Dejo a Adolphe en la habitación, hecho pedazos. No se me ocurre un castigo más apropiado para él, aunque no me corresponde castigarlo. Sin embargo, se aferra obstinadamente a sus planes, obligándome a enfrentarlo una y otra vez con su desafortunado destino. El resultado de nuestros encuentros nunca varía.

—Todos esos extranjeros —dice— están empeñados en visitar Père Lachaise, donde esperan encontrar las tumbas de Napoleón o de De Gaulle. Qué ingenuos. Exactamente como tú. ¿Por qué no aceptas de una vez que estás ligado a mí por la eternidad? ¿Por qué no haces las paces con todo esto y lo consideras una aventura para los dos?

Utiliza esta excusa una y otra vez, creando situaciones radicales pero absurdas, y luego espera que yo las resuelva.

—Tú y yo —insiste— estamos unidos por nuestros destinos compartidos.

Acabo resolviendo esas situaciones radicales, pero siempre de una manera inesperada. De ahí la escena en el hotel. Aun así, rara vez se sorprende por lo que le tengo preparado. La policía entrará en la habitación dentro de unas horas, o mañana por la mañana, a más tardar. Los detectives se quedarán asombrados ante los restos secos y frágiles. Incluso dudarán de que haya tenido lugar un crimen.

Un clochard predice el fin del universo a cualquiera que quiera escucharlo. Vamos a perecer, hagamos lo que hagamos. Ese universo está encantado de echar una mano: enormes incendios, plagas de langostas, una epidemia, falsos profetas, líderes totalitarios aterradores. El clochard –sucio y desnudo bajo su mugriento abrigo– agita los brazos hacia el cielo y convoca el apocalipsis, que se cumplirá este mismo año.

Estoy seguro de que será complacido.

Cuando Adolphe reaparece, se desliza frente al hombre gesticulante, pero, por supuesto, el clochard no lo ve.

—Tiene razón —me dice Adolphe—. En gran parte, al menos. Aunque lo que falta es una invasión alienígena. Y añade—: Estará muerto en un año.

Sospecho que habla del clochard.

Mi nuevo hogar está cerca del Museo de Orsay, un hotel de tres estrellas con recepción, bar y salón ocupando una pequeña sala en la planta baja. Dejo un rastro por todo París, pero ningún detective se tomará la molestia de seguirlo. Mi herida se ha abierto de nuevo: algo parecido a un tentáculo amarillento verdoso sobresale de mi muslo.

El momento está mal elegido, pero no puede evitarse. Suelo ignorar el fenómeno, pero me he comprometido a informar incluso de los aspectos más íntimos de mis aventuras. Informar de cada cambio físico: ese es el trabajo. Debo atenerme a ello.

Durante tres días, Adolphe desaparece. Esta vez no tiene nada que ver conmigo, pero su ausencia me viene bien. Intento descifrar el significado oculto de las pinturas del Museo de Orsay. Anoto mis ideas en un cuaderno negro. Cada noche informo sobre el estado de las cosas: Orsay, la ciudad, Adolphe y mis cambios físicos. Esos informes son sobrios y concisos. No estoy escribiendo una novela.

Britta no bebe café, al menos no solo. Toma capuchino con malvaviscos, y a veces otros cafés más complejos. Nunca ha conocido a Adolphe y se niega a creer en su existencia. Según ella, solo vive en mi imaginación. Leo demasiados libros extraños y difíciles. Cuando le envío por correo un relato sin final cerrado, me responde con un emoji aterrorizado. Para ella, toda historia debe tener un final sólido.

Por supuesto, no tiene idea de quién soy realmente.

—No estoy segura de querer vivir otro año como este —dice.

¿Se refiere a la epidemia o a una crisis mucho más personal, cuyos detalles me cuenta con cuentagotas (una historia en la que predominan la traición, las mentiras y la decepción)? Corre el riesgo de acabar como personaje en uno de mis libros o relatos, y por supuesto sabe cómo son los escritores en ese sentido. ¿Cómo son?

—Son —le digo— parásitos que se alimentan de la vida de los demás, sobre todo cuando carecen de imaginación propia.

Desde la azotea del Printemps observa a la gente en el bulevar de abajo. Ha traído unos prismáticos. Dos helicópteros de ataque pasan rumbo a Orly, donde, al parecer, han vuelto a estallar disturbios entre pasajeros.

—¿Por qué deberíamos preocuparnos por vidas triviales y aburridas? —pregunta, de forma retórica. —No le falta imaginación, pero está convencida de lo contrario—. Antes soñaba cosas —admite—, y luego despierto y tengo que admitir que la realidad es muy distinta.

Una reproducción de The Awakening Conscience adorna el ascensor. William Holman Hunt, mi prerrafaelita favorito. Tal vez haya una exposición de sus pinturas en algún lugar de París.

—Me pregunto —dice— hasta qué punto los acontecimientos siguen teniendo sentido. Suceden muchas cosas, pero parecen no tener propósito ni utilidad. Tomemos esa epidemia, por ejemplo. ¿Por qué ocurrió? ¿Qué finalidad tiene? ¿Reducir la población humana? Incluso eso carece de sentido.

Le digo que he visto el futuro y que nada tiene jamás ningún significado.

—Pero la vida está en todas partes —le digo, a modo de consuelo—, y por eso no todo es inútil. Hay información por todas partes. La entropía aún no ha tomado el control.

—Al menos no en esta parte del cosmos —responde—. Pero podemos hacerlo mejor. Simplemente tenemos que hacerlo mejor.

Le ofrezco un segundo capuchino. No lo rechaza. Levanta la vista, frunciendo el ceño.

—¿Cuánto tiempo te quedarás? —me pregunta al cabo de un rato—. Por cierto, nunca entendí el mensaje de ese cuadro. El del ascensor —aclara.

—Traición, creo —digo—. El descubrimiento de la verdad tal como era, más allá de tu alcance. La inocencia perdida, y la culpa por ello. El jardín que se refleja en el espejo. Los prerrafaelitas eran expertos en simbolismo.

—A nadie le importa ya ese tipo de cosas.

—A mí sí. Mi misión es descifrar los mensajes sutiles de esta civilización.

—Parece una tarea imposible.

—Llevará mucho tiempo —admito—. Requiere mucha paciencia, porque la cultura es una cuestión de tiempo y paciencia.

Adolphe regresa, como siempre. Sin él, mi vida parece tener poco sentido o consecuencia. Pero involucrarme en sus problemas forma parte de mi misión. Con qué propósito, sin embargo, nunca me ha quedado claro. Britta le impide entrar en nuestro apartamento (ahora compartimos uno) y se reúne conmigo en una terraza de la Place des Vosges, cerca de la casa donde vivió Victor Hugo.

—Puede que pronto te llamen de vuelta —dice.

Noto una deformación en su cuello, una especie de crecimiento que no pertenece a su cuerpo. No parece molestarle. Las personas en otras mesas intentan no mirar. Por suerte, no ven mi apéndice.

—Ahora estás con Britta —continúa—. No parece un desarrollo favorable.

No es que tengamos acuerdos sobre mis relaciones personales.

—Ella significa más para mí que tú —le digo—. Para empezar, es paciente. Una cualidad rara hoy en día.

Con una mirada admite que tengo razón.

—Aun así, tendrás que dejarla —me advierte—. Así es como van a suceder las cosas.

—Pero no será pronto, supongo. ¿Cuándo quieren que regrese?

—He dicho que tal vez.

Son las 8:34 de la noche y tengo una cita con Britta. Cenaremos en algún lugar elegante. Se ha ganado un poco de lujo en su vida; así de mucho la aprecio. Adolphe gruñe.

—Olvídala. ¿Cómo procedemos esta vez?

Como estamos en un lugar público, poco puedo hacer. Pero aun así mantengo mi reputación. Lo dejo allí, en su silla, después de pagar al camarero. Encontrarán otro cuerpo rígido y vacío, vagamente humano, que no revelará ninguno de nuestros secretos. Ni siquiera habrá nada parecido a ADN con lo que los investigadores puedan trabajar. Una vez más, abundarán las teorías conspirativas en las redes sociales, pero ninguna se acercará a la verdad.

Si alguien me pregunta, en algún momento del futuro, cuál es el sentido de todo esto, ahora sé la respuesta perfecta e inevitable: la observación. Mientras exista la vida, y por tanto la observación, existimos. Observamos, pero ahí termina todo. Nosotros tampoco tenemos teorías sobre lo que realmente es la vida.

William Holman Hunt alquiló una habitación en algún lugar de St. John’s Wood, en una maison de convenance, mientras comenzaba The Awakening Conscience. Allí, su lord ficticio instaló a su amante igualmente ficticia (para la que su joven novia Annie Miller sirvió de modelo). Si se observa detenidamente el cuadro, se nota que no es la esposa del lord, y tal vez no es la esposa de nadie, porque no lleva anillo de matrimonio. Juntos han estado cantando Oft in the Stilly Night de Thomas Moore, y de repente ella tiene una experiencia espiritual.

Se levanta del regazo de su amante y mira hacia el jardín (que se refleja en el espejo detrás de ella). Se da cuenta de que está perdiendo su inocencia, pero que la redención del pecado aún es posible.

Como siempre con los prerrafaelitas, los símbolos pueblan toda la pintura. El hombre ha arrojado su guante a un lado (una advertencia para la amante, que, una vez abandonada por él, acabará en la prostitución), y una madeja de hilo enredada en el suelo indica la peligrosa red en la que se encuentra la joven.

Britta aparta su café con leche espumada, con cubitos de hielo y sirope de arce.

—Enséñame otra vez ese cuadro —pide.

He comprado un libro de ilustraciones, para ella y para mí, con la obra de los principales prerrafaelitas. Estudia la imagen. Siente celos porque yo he visto el original dos veces.

Miro el reloj. Adolphe volverá a aparecer, pero aún tenemos algo de tiempo para nosotros, Britta y yo. Sigo manteniéndolo alejado de ella. A veces es un charlatán y habla demasiado en presencia de gente corriente. Inevitablemente, los rumores se propagan y las conspiraciones se multiplican. Britta y yo preferimos mantener nuestra relación en secreto.

Más tarde hoy dejaré lo que quede de él en algún otro lugar. Tal vez esta vez debería limpiar mejor. La policía llegará a ciertas conclusiones, aunque no tenga idea de lo que está ocurriendo.

Más adelante, cuando todo haya terminado, nada de esto importará. Hasta entonces, me encuentro entre el secreto y el descubrimiento.

Guido Eekhaut nació en Lovaina, Bélgica, en 1954. Es escritor de novela negra, ficción especulativa, lo insólito y la fantasía literaria. Reside en Bélgica y España y ha publicado unos setenta libros y numerosos relatos, principalmente en neerlandés e inglés. Ganador del premio Hercule Poirot de novela negra y del Premio de Literatura de la Ciudad de Bruselas. Nominado a otros premios, sobre todo en el ámbito de la novela negra y la ficción especulativa. Galardonado con el premio Mossy Stone por su contribución a la promoción de la literatura fantástica en los Países Bajos. Ha escrito para revistas y periódicos sobre temas tan diversos como la gestión empresarial, la historia política actual, el futuro y la tecnología. Actualmente, cuatro de sus novelas negras se han publicado en Estados Unidos, en su propia traducción.

 

VOYEURISTA

Juan Alberto Miérez

 

Dos semanas bastaron para habituarme a los tediosos días en silla de ruedas. Estaba imposibilitado de mover mis piernas por la maldita escalera encerada de esa condenada oficina de la revista en la que laburé como fotógrafo y donde tuve una bochornosa caída.

Ya no podía andar de aquí para allá y la revista me pareció un buen recurso de hacer honor a la profesión. Y allí estaba. Con sueldo pago por dos meses, más o menos, en que me iban a quitar el yeso y podría volver a las andadas. Por suerte contaba con Marlén que estoicamente aguantaba mis berrinches y mis puteadas.

Esa fastidiosa quietud en mi departamento del cuarto piso sobre Behering, en Parque Chas, tenía una ventaja. Logré instalar el viejo telescopio de mi hermano, que me permitía desde el ventanal observar a mis desconocidos vecinos del edificio del frente sin que ellos se percataran de mi presencia. Y mi compañera de toda la vida: la cámara de fotos.

No era consciente de la actividad diaria de todos ellos, hasta que me vinculé activamente a sus vidas, tan diferentes a la mía; ese trajinar con horarios, comidas, chicos, animales, amores… Así fui cazándolos, desmembrándolos con el afilado artilugio de la lente. Muy Jack el Destripador pero sin cuchillo ni sangre al por mayor. Uno por uno.

Descubrí a Desdémona, la viejita del segundo D, la tejedora. Una vida gris sin sobresaltos. Un día calcado del otro. Eso sí, sin joder a nadie. O las desprejuiciadas estudiantes del tercero. Depto de por medio habitaba el Solterón Solitario, el escritor. Un hombre delgado de espesa cabellera, que se desvelaba de lunes a viernes. Salía temprano, de saco y corbata y retornaba alrededor de las 20. A las 22 ya estaba frente a su computadora. De cuando en cuando caminaba por la habitación, miraba hacia la calle y repentinamente, como en un arrebato, reanudaba febrilmente la escritura sin cesar hasta las 3 o 4 de la mañana. Su programa de los sábados era salir después de cenar para reaparecer casi a medianoche en compañía de una mujer, siempre distinta. Antes del amanecer las mujeres desaparecían hasta nunca jamás.

Quien me abandonó por aquellos días fue Marlén. Furiosa. Esa manía de voyeur la fastidiaba. Me dijo que me arreglara solo o que buscara una mucama. Que nuestra relación no merecía continuar de esa manera. Que cuando volviera a caminar la llamase y… No recuerdo todo lo que me dijo antes de cerrar la puerta y esfumarse de mi vida.

Ya sin nadie que me molestara, pude disfrutar a toda hora de mi telescopio y con la cámara adaptada a él, obtener a toda hora fotografías de la cotidianidad de mis vecinos, aunque por ahí, no siempre, experimentaba algo de culpa por entrometerme impunemente en sus vidas. Pero todos esos escrúpulos quedaban de lado cuando obtenía unas tomas de lo más logradas. Y ya especulaba con una exposición en alguna galería en Palermo. Me convertí en un perfecto y activo fisgón, curioso e indiscreto. Y ese nuevo aspecto de mi personalidad me seducía, más en aquel complicado quietismo en el que estaba prisionero.

A las lesbianas del quinto las tenía en más de una docena de fotografías. Era la armonía de los cuerpos lo que me atraía. Esas imágenes a contraluz eran impactantes. Pero también la mujer del tercero poseía una inconfundible belleza de agradables facciones. Debía ser secretaria de una empresa de cierto nivel. Digo, por la manera de vestirse, de peinarse y maquillarse. Viuda o separada, porque en el departamento no existía hombre alguno, sólo un chico, su hijo, de unos diez años más o menos, que asistía al colegio. A las siete salían y retornaban a media tarde. Esos primeros planos que obtuve eran memorables.

En el chato cubículo de al lado, habitaba la frustrada pareja sin hijos. No dejaban de discutir nunca. Una noche hasta hubo un plato que se hizo añicos en la pared. Inmediatamente vino el sopapo y todo quedó en calma. Calma que subsistía durante el breve sueño, porque en pleno desayuno ya comenzaban a ventilar los pormenores de tan crispada vida y cada vez, me imaginaba, elevando más la voz. Si hubiese tenido un micrófono cercano… Pero no. Hay situaciones que no son para nada agradables. De esa pasión bélica que los unía, alguna noche de la semana, llegaban a un armisticio en el que se prodigaban besos y caricias en una encubierta ternura, acción que culminaría, estoy seguro, entre las sábanas. Pero, como en toda batalla la bandera de la paz permanecía muy, pero muy poco tiempo izada y la rutina se reinstalaba al día siguiente con todo su poderío en la trinchera hogareña.

Tal vez por esas razones y otras, me perpetuaba invicto en la escalada matrimonial instalada en toda sociedad bien organizada. Quien quisiera casarse con papeles, sacerdote, pastor o lo que sea y marcha nupcial y toda esa parafernalia insípida, allá ellos. A mí que me dejaran tranquilo. Solterito y sin apuros, como lo aseveraba un amigo. Lo lamenté por todas las que soñaron convertirme en ma-ri-do. Ja. No ambicionaba, de ninguna manera, compartir mi locura con na-di-e. ¡De la que se salvaron, niñas de mi corazón!

Así estaba. Disfrutando de mi soltería. Comiendo y durmiendo lo necesario y como buen voyeurista, la mayor parte del día acechando a una veintena de seres de quienes fui asimilando los avatares propios de la existencia en este infierno al que llaman paraíso en la tierra. Los días discurrían casi idénticos con las particulares variantes de las actitudes humanas: los amores y los odios; la indiferencia y el egoísmo; la risa y el llanto; la amistad y el engaño… Pero lo que más me llamaba la atención era esa ventana que permanecía cerrada desde que instalé el telescopio. En quince días ni indicios de actividad alguna detrás de los vidrios y las cortinas color crema. El departamento estaba, sin dudas, deshabitado. Es lo que creí.

Una madrugada de sábado, a eso de las tres y cuarto, a punto de irme a la cama, me pareció ver una tenue luminosidad interior. Como cuando uno deja abierta la puerta de la heladera, esa luz casi azulina que se disemina por paredes y muebles. Así. Pero era una imagen de postal. Fría y congelada luz que sólo permanecía inalterable. Me inquieté. Era todo un hallazgo después de tanto tiempo. Lo habrían alquilado ese día, me dije, y estaban llegando para instalarse. Mi bendito sueño ya estaba en otras latitudes. Apunté la lente directamente a la ventana, quise trasponer abusivamente esa frontera de vidrio y voile para justificar esas dudas. Mi impaciencia no conocía de límites. Esa cosquillita casi líquida que es pura excitación y que burbujea alterando los nervios, ya la conocía. Las manos transpiraban. Preparé la cámara. ¿Me pareció ver una sombra en movimiento? Tal vez era producto de mi endiablada ansiedad. No. No. Era una sombra moviéndose. ¡Eran dos! Sobre la pared las siluetas se delineaban muy bien. ¡Dos! Un hombre y una mujer. El disparador de la cámara gatilló una, dos… seis veces. Él movía un brazo amenazante. Ella, su sombra, negaba con la cabeza. Intenté pararme olvidando que estaba con el cepo del yeso inmovilizando mis piernas, cuando vi la sombra del hombre ciñendo con sus manos, sus garras, el cuello de la mujer que se defendía como podía. Clic. Clic. Clic. Más fotos. Acaso ¿la quería matar? Y yo sin poder reaccionar como debía. Clic. Clic. Clic. Clic. A lo único que atinaba era a continuar oprimiendo el mando de mi cámara. Ahí los vi claramente cuando traspusieron la frontera de las sombras y se asomaron al reflejo pálido de la luz. Ella bamboleándose, indefensa, asfixiada, con la boca abierta y ese rictus de dolor que se propagaba a sus dilatados ojos ya sin brillo, apenas sostenida por las manos del hombre. Clic clic clic clic. Aquel individuo de bigotes y chomba bordó la arrastró como a una muñeca de trapo hasta la ventana, la abrió y de un envión arrojó a la mujer hacia la calle. Clic clic clic clic clic. Se asomó y miró hacia abajo. Clic clic clic clic clic. Corrió la cortina y se perdió en el interior. Al rato el departamento quedó nuevamente a oscuras.

¿Fui testigo de una muerte? No llegaba a ver la vereda desde mi ventana. Los demás departamentos estaban totalmente a oscuras. Nadie se percató de nada. Sólo yo y mi cámara. Aturdido aún traté de ordenar mis pensamientos. Tenía que hacer una denuncia. No podía quedarme de brazos cruzados. Pero ¿a dónde llamar? ¿A quién? Mi tarea en la revista me permitió conocer gente; entre otros al comisario Garmundio. Sí. Tenía su número en el celular. Le expliqué todo, sin omitir detalles. Se iba a ocupar personalmente.

Cuarenta minutos tardó en llegar al edificio. Lo vi desde mi observatorio clandestino. Encendió las luces del departamento, abrió la ventana, miró hacia la calle, volvió a cerrarla, recorrió el interior y después salió. Cuando lo recibí en mi departamento, Garmundio estaba alterado.

—¿Estás seguro de lo que viste, Jiménez? En ese departamento no hay nada ni nadie. Ni rastros del tipo de bigotes y chomba bordó ni de la mujer muerta. Ahí parece que hace rato no vive nadie. Me lo confirmaron los vecinos. ¿Estás tomando alguna droga para los dolores o te pasaste de birras esta noche?

—No me joda comisario. En mi cámara tengo las pruebas de lo que le digo... Ahí están.

Garmundio fue pasando pausadamente cada fotograma. Tras un profundo suspiro, me devolvió el aparato. Su rostro permanecía inmutable.

—Mirá, Jiménez. Estaba en el cumpleaños de mi cuñada, la hermana de mi mujer. Me llamaste desesperado porque fuiste testigo de un asesinato. Te considero serio en tu trabajo y decidí hacerme cargo sin molestar a mi gente. Llego acá y veo que me equivoqué con vos, Jiménez. ¡Sos un flor de pelotudo que merece que te meta en cana un buen tiempo o te muela el culo a patadas, si ya no lo tenés roto!

—Pero comisario… Ahí están las fotos. Usted las vio… No puede decir que…

—¡Qué fotos ni fotos, Jiménez! Lo único que vi fueron treinta, ¡treinta! imágenes de una podrida ventana, esa que tenés ahí en el edificio del frente, Jiménez. Repetiste treinta fotogramas de ese cuarto donde no hay nada ni nadie.

—¿Có-cómo que no… hay nadie?

Tenía razón Garmundio. Ni el de bigotes ni la mujer estrangulada ni la lucecita azulina. Nada. Sólo la ventana y la cursi cortina ocre de voile y la soledad de las paredes oscuras.

—¿Qué te pensás que sos, Jiménez? Jeff hay uno solo. Y no sos Jeff. Y tu ventana de mierda no es La ventana indiscreta de Hitchcock. ¿Viste la película? Tenés que verla, Jiménez. Y esto, todo esto que inventaste hoy, esta noche, no es una película de suspenso. ¡Te mandaste una cagada! ¡Me fastidiaste la noche de la peor manera! No me jodas nunca más, Jiménez. Olvidate del telescopio y de tu cámara. Olvidate de mí. Nunca te conocí. Nunca hablaste conmigo. Jamás estuve en esta pocilga. Y si descubro que seguís obteniendo fotos de tus vecinos sin que ellos lo sepan, yo me encargaré de venir a llevarte esposado hasta el juzgado Y Quartiolo es el juez más jodido que conocí y no habrá abogado defensor que te pueda salvar. ¿Entendiste, fotógrafo de cuarta? ¡Adiós!

 

Todavía siento vibrar la madera tras el portazo de Garmundio. Con el tiempo retorné a mi vida activa en la revista. La soñada exposición jamás la realicé, porque borré con buen tino todos los fotogramas. Me quedé con las fotos más logradas, la de la pareja de lesbianas, por ejemplo. Logré vender dos de las fotografías a un mensuario español que las publicó en portada y luego me las compraron en Roma, Oslo y México. Renuncié a la revista, regalé finalmente el telescopio a mis sobrinos y me instalé en una pequeña ciudad del sur de Brasil desde donde trabajo freelance en varias publicaciones.

Ah, le hice caso a Garmundio. Vi dos veces La ventana indiscreta. Él tenía razón: no soy James Stewart. Y la morena que hoy me acompaña no es Grace Kelly ni tampoco él es Thomas Doyle, el detective. Eso sí. Jamás volví a vivir en un departamento con ventana a la calle y menos con vista a otro edificio. Y desde aquella extraña experiencia de hace tres años, acudo asiduamente a un psicólogo para tratar de superar mi absurdo temor a los fantasmas. Creo que no será sencillo poder dominar la fasmofobia. En eso estoy. 

Juan Alberto Miérez nació en Resistencia, Chaco, Argentina, en 1951. Reside en Charata, en esa misma provincia. Es escritor premiado y ha publicado varios libros de diversas temáticas: investigación histórica, poesía y relatos, entre los que se cuentan Charata, mi pueblo (1987), Hijos de la luz (1988) La luz y el fuego (2000), Oficio de sobrevivientes (2009), Había una vez un pueblo (2013) y Cien coplas peregrinas (2016).

LA NOCHE DE LA ÚLTIMA CAMPANADA