lunes, 27 de abril de 2026

EL FRUTO DEL ÁRBOL DE MAERD

 

Andrea Tillmanns

 

No era la primera vez que Estven estudiaba las largas filas de números, que le causaban cada día más preocupación con cada nueva cifra añadida al final. Desde que su padre había muerto inesperadamente y demasiado pronto el año anterior, él había tenido que hacerse cargo del negocio, pero el comercio le resultaba mucho menos de su agrado de lo que había esperado. Especialmente en las últimas semanas y meses, el destino parecía haberse vuelto en su contra.

A veces le resultaba casi reconfortante que su madre llevara ya varios años muerta y que sus dos hermanas mayores se hubieran casado hacía tiempo. Al menos Estven no tenía que preocuparse por alimentar a una familia.

Sus padres no habían sido ricos, pero él nunca había conocido la preocupación constante de no saber si tendría dinero suficiente para comer al día siguiente. Últimamente, soñaba a menudo con no tener que preocuparse nunca más por eso. No deseaba otra cosa.

—No es tan sencillo —dijo una voz suave.

Estven se sobresaltó. Sentada frente a él había una mujer muy alta y esbelta, con rizos rubios que brillaban dorados a la luz vacilante de la vela.

—¡Eres un hada! —respondió, sorprendido—. ¿Cómo has llegado aquí? ¿Y por qué?

—Porque estabas convencido de que solo tenías un deseo —dijo el hada.

—¿Y quieres concedérmelo? —preguntó Estven, emocionado—. ¿Y estás segura de que es solo un deseo…?

El hada suspiró y agitó la mano con desdén.

—Tres deseos son, en realidad, un poco excesivos. Estrictamente hablando, no voy a concederte ni un solo deseo. En cambio —con un movimiento fluido, sacó algo verde y redondo del bolsillo de su abrigo y lo lanzó juguetonamente al aire—, en cambio, te daré un regalo…

Atrapó con destreza el objeto redondo y lo dejó sobre la mesa frente a Estven.

—El fruto del árbol de Maerd —continuó— puede darte aquello de lo que más careces, lo que más necesitas con urgencia. Mientras te falte algo, no te dará nada menos importante, por mucho que puedas desearlo. Así que piensa bien cuándo lo utilizarás.

Estven tomó el fruto con cuidado en la mano. Se sentía muy frío y liso, sin una sola imperfección. Y aunque los frutos verdes solían estar inmaduros, él sabía que este era diferente. Sin duda sería más delicioso que cualquier cosa que hubiera comido jamás.

Cuando volvió a levantar la vista, el hada había desaparecido. Estven sostuvo el fruto con ambas manos. Mientras pudiera sentirlo, podía creer que un hada acababa de concederle un deseo… o al menos algo parecido.

En realidad, no había razón para no morder el fruto de inmediato. Sin embargo, dudó. ¿Y si el fruto asumía que su mayor deseo no era un futuro sin preocupaciones económicas, sino una familia propia? Después de todo, la mayoría de los hombres de su edad ya estaban casados o al menos comprometidos. Pero durante el último año había tenido demasiadas preocupaciones como para pensar en eso.

Reflexionó casi toda la noche y finalmente creyó haber encontrado la solución. Sus dificultades comerciales parecían mucho mayores que los temores de los jóvenes que intentaban conquistar el corazón de una muchacha, así que estaba convencido de que podría encontrar esposa fácilmente si hacía un pequeño esfuerzo. Solo entonces recordó a Birka, que siempre conducía con tanta destreza el carro de su padre, mientras el viento a veces soltaba su cabello del moño en la nuca. Habían jugado juntos de niños y se habían visto casi todos los días desde entonces, pero en el último año Estven apenas había tenido tiempo de pensar en ella. Ahora, sin embargo, la idea de pasar el resto de su vida a su lado le parecía acertada.

En el pasado, nunca se habría atrevido a proponerle matrimonio a Birka. Pero ahora, con el fruto en el bolsillo y las palabras del hada aún resonando en sus oídos, Estven estaba seguro de que todo saldría bien. Tartamudeó un poco cuando le dijo a Birka que quería pedirle su mano a su padre, pero pudo ver por su sonrisa que eso no importaba en absoluto. Antes de que pudiera hablarle de una herencia que había pensado mencionar, ella le echó los brazos al cuello, tomó su mano y lo llevó ante su padre. Al principio, él miró a Estven con cierta sorpresa, pero cuando dio su consentimiento para el matrimonio, parecía tan feliz como Birka y, poco después, su madre al enterarse de la boda.

En el ajetreo de los preparativos, Estven rara vez pensó en el fruto del árbol de Maerd. Mientras recorría los mercados cercanos en busca de bonitos regalos para su novia, encontraba constantemente objetos baratos que la gente de su aldea o de otros mercados podía necesitar, y de hecho, Birka parecía vender más de lo que él había logrado últimamente. Pronto se dio cuenta de que tenía un poco más de dinero de lo que esperaba y decidió usar el fruto solo después de la boda.

Cuando terminaron las celebraciones, ambos trabajaron en su pequeña tienda. Estven pensó que sería mejor esperar un poco más, especialmente porque su situación ya no era tan mala como cuando conoció al hada. Pero apenas habían pasado unas semanas cuando su esposa le dijo que estaba esperando un hijo, y aunque se alegró por Birka, se preguntó qué ocurriría si usaba el fruto en ese momento. Lo más importante entonces era que su primer hijo naciera sano y que su esposa sobreviviera al parto sin problemas. Pero ¿serviría de algo comer el fruto ahora? ¿O provocaría que se cumpliera algo mucho menos importante?

Estven encontró una caja de madera con bonitos incrustaciones que le pareció adecuada para proteger el fruto del árbol de Maerd. Escondió la caja bajo las tablas del suelo de la tienda. A veces, cuando Birka descansaba un poco al mediodía, la sacaba y miraba el fruto que ya había cambiado su vida. Quizá el próximo año, pensaba en esos momentos, cuando nuestro hijo pueda sonreírme…

Cuando nació su hija, Estven creyó que nunca había sido tan feliz. La pequeña en brazos de su esposa, sonriendo entre lágrimas de agotamiento, le parecía lo más hermoso que había visto jamás. Cuando los vecinos venían a ver a la niña, a menudo encontraban telas, especias u otras cosas que necesitaban. Su padre solo había vendido artículos valiosos, la seda más fina y joyas exquisitas, pero cuando Estven se dio cuenta de que la mayoría de la gente necesitaba otras cosas, comenzó a buscarlas en sus viajes.

A veces pensaba en el fruto del árbol de Maerd sin sacarlo de su escondite. Muchos peligros amenazaban a su hija. Había oído que, a dos calles de distancia, un niño había muerto por enfermedad, y otro se había ahogado en el estanque del pueblo. Solo un año más o dos, pensaba, mientras hubiera otra forma…

Pero cuando su hija tenía apenas un año, Birka esperaba su siguiente hijo, y de nuevo Estven estaba demasiado preocupado por su esposa y el niño por nacer como para usar el fruto imprudentemente. Ese niño, esta vez un varón, también nació sano, y en los años siguientes llegaron tres más. Estven empezó a preguntarse si el fruto también ayudaría cuando su hija mayor estuviera esperando un hijo, y decidió no usarlo aún, por si acaso. Además, no les faltaba nada, así que podía esperar un poco más.

Tras varios años más, cuando Estven ya tenía tres nietos, su hijo mayor se hizo cargo de los viajes más largos a ciudades lejanas, mientras que los dos menores les ayudaban en el negocio. Con el tiempo, Birka se ocupaba cada vez más de sus nietos, mientras Estven planificaba los viajes de sus hijos y seguía trabajando en la tienda.

Una semana después de su sexagésimo tercer cumpleaños, Estven se sintió de pronto tan débil que no fue a la tienda como de costumbre. En su lugar, se sentó en el banco frente a su casa, con una manta sobre las rodillas, y observó en silencio el sol de la mañana.

No se dio cuenta de la mujer a su lado hasta que le habló.

—Un día apropiado, ¿no crees? —preguntó.

Estven frunció el ceño y la miró. Le tomó un momento reconocer al hada que una vez le había dado el fruto. Parecía mayor que entonces; los cuarenta años transcurridos habían dejado su huella en su rostro.

—¿Apropiado para qué? —respondió. Creía saber a qué se refería el hada, pero no había esperado que fuera ella quien lo acompañara de este mundo al siguiente.

—Para probar el fruto del árbol de Maerd —respondió ella.

Estven la miró durante largo rato, luego asintió. Sí, tenía razón, nunca habría otro momento como ese. Si no probaba el fruto ahora, probablemente no podría hacerlo nunca más.

De algún modo, la caja de madera en la que lo había guardado durante años había salido de su escondite bajo las tablas del suelo. La abrió con cuidado y sacó el fruto de Maerd. No había cambiado en absoluto en todo ese tiempo, ni siquiera se había marchitado un poco, y su piel verde seguía tan brillante como siempre. Estven lo sostuvo un momento en la mano y luego, con decisión, se lo llevó a la boca y comenzó a masticar lentamente. Le tomó un tiempo darse cuenta de que nunca había experimentado ese sabor, y aún más comprender que nunca había probado nada tan maravilloso.

—Esto es lo mejor que he comido en mi vida —dijo finalmente, despacio. Miró al hada pensativo—. Pensé que este fruto podría concederme un deseo, pero ¿solo sabe bien?

El hada negó con la cabeza.

—Este fruto da a las personas lo que más necesitan —respondió con calma—. Da oro a los más pobres, esperanza a los afligidos, permite que los solitarios encuentren a otra persona, y ayuda a los que sienten nostalgia a encontrar el único barco de regreso a casa. Muchas personas lo han comido, pero solo unas pocas han experimentado cómo sabe realmente. Solo a quienes no les falta nada más se les concede este privilegio.

Estven negó con la cabeza y sonrió. Se sentía mucho mejor ahora que por la mañana. Si no lo hubiera sabido, probablemente habría ido a la tienda después de todo. El hada se levantó del banco y miró a Estven, como invitándolo, y él, aun sonriendo, la siguió, directo hacia el sol.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

CÍRCULOS: DESENCUENTROS

Myriam Goluboff

 

Gerardo estaba sentado al borde de la piscina. Estela se deslizaba por el agua, movía los brazos formando un arco perfecto y luego lo hendía sin levantar una gota. Su respiración constante acompañaba el movimiento de la cabeza. No se cansaba de contemplarla. Ella disfrutaba nadando y él mirándola constantemente. Ese rectángulo azul los unía en una pasión común. Luego se sentaban a la mesa, donde los esperaban las botellas y los vasos que se teñían de rojo y de verde… Brindaban imaginándose bajo los cocoteros del caribe, haciendo tintinear los hielos y esperando que cayera la noche para enlazarse bajo las estrellas. Habían creado un mundo mágico: sus miradas se cruzaban, rezumaban complicidad, admiración mutua… Al tiempo, él quiso verla tirarse desde un podio y zambullirse hasta desaparecer, para tener la excitación de pensar que la perdía y luego la emoción del reencuentro. Estela aceptó encantada, amaba el agua, le gustaba sentir su cuerpo penetrándola como una daga para salir con elegancia y seguir nadando pausadamente. Al emerger no lo podía ver, pero intuía su mirada anhelante, el alivio de volver a verla.

Él notó que ya no sentía tensión en la espera: en el momento exacto, a los pocos segundos, la cabeza de Estela asomaba, siempre en el mismo punto de la lámina de agua.

Esa tarde, mientras brindaban, sintiendo la música de los cristales al chocar, él le pidió que se zambullera desde el trampolín bajo. Ella aceptó encantada, todo lo que fuera un encuentro de su cuerpo con el agua le causaba enorme placer y sentir la admiración de Gerardo la excitaba, le causaba tanto gozo nadar como ver sus ojos brillantes y su sonrisa complacida. Después, por la noche, redoblaban sus caricias, el cuerpo los comunicaba, el momento mágico del brindis de la tarde se prolongaba en la cama. Eran tres los que ahí estaban: Gerardo, Estela y el agua.

Un día, cuando ya terminaba el verano, Gerardo le pidió que se tirara del trampolín más alto. Estela lo miró con miedo. Nunca había subido hasta allí arriba, siempre había tenido temor imaginando el rectángulo azul, lejano. Sintió una inquietud en su estómago, pero subió decidida. Él la imaginaba, preveía la figura tirándose en picado, con los brazos estirados y las dos piernas tensas y presentía un orgasmo al contemplarla. Los ojos le brillaban con la sola idea y los labios resecos se entreabrían expectantes. Pero ella llegó arriba y lo vio como si lo tuviera delante. Recordó aquel día, cuando había caído bajando de un molino, las polleras como paracaídas, su grito hasta que enmudeció al golpear contra la tierra seca. Se le nubló la vista y sintió que se mareaba. En ese momento no pudo pensar en el placer que tendría al caer como una flecha, y llegando casi hasta el fondo, curvar su cuerpo como un arco para salir en el centro del agua. Dio media vuelta y bajó por la escalerilla. Se acercó a Gerardo y le dijo: «Lo siento. No puedo.»

Él supo que ya no importaba la belleza del cuerpo de ella en el agua, la perfección al zambullirse desde el podio, la recta precisa con que se lanzaba desde el trampolín bajo. Estela lo había traicionado.

Miró alrededor. Pero sobre la medianera observó una piscina exactamente igual y vio otra cabeza que, como una lancha, iba surcando el agua de lado a lado.

Sus ojos comenzaron a brillar…

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

CUENTO EXTRAÑO DE AÑO NUEVO


Ana Cristina Rodrigues

 

Todas las cosas malas deberían terminar en el último minuto del año, para que el Año Nuevo trajera novedades buenas y felicidad. Eso era lo que Ana Clara creía. Y pensando en ello, arriesgándose a recibir una paliza tremenda, había tomado una de las armas de su padrastro, policía militar.

Respiró hondo, repasando cuidadosamente los pasos de su plan para empezar bien el año. Por fin se liberaría de los golpes, de los cintazos… y de las manos sucias del padrastro. Neusa, su madre, ignoraba todo aquello; trabajaba demasiado y tenía otros dos hijos que cuidar. La tristeza silenciosa de la mayor significaba poco, casi nada, para ella, que pasaba los días fuera, cocinando en un hotel de la Zona Sur.

Ese año no verían los fuegos artificiales en Penha, porque el más pequeño tenía neumonía. La madre estaba en el cuarto de los dos niños, en una cama improvisada en el suelo, atenta a cualquier fiebre o tos. La cena de Nochevieja estaba en la mesa: frutas, pollo asado, un jamón glaseado, arroz. Ana Clara debía calentar la comida y servirle al padrastro. Y eso era lo que la niña de catorce años pretendía hacer. Cuando el viejo estuviera frente al televisor, siguiendo la cuenta regresiva en Copacabana, ella iría al cuarto, tomaría el viejo 38… Sabía que podía contar con los vecinos, que hacían estallar petardos sin respetar el comienzo del año. Incluso ahora, mientras aún pasaban el noticiero, el ruido era casi insoportable.

Después de que el viejo estuviera muerto, tendido en el suelo, Ana Clara tomaría su mochila y desaparecería. Encontraría la manera de ir a la casa de sus abuelos en Miracema y perderse en el interior del estado, trabajar en lo que fuera, cambiar de nombre, de vida. Año Nuevo, Vida Nueva. Su madre y sus hermanos estarían mejor, sin ese hombre horrible acechando sus vidas y con la pensión que la viuda recibiría.

Llamaron a la puerta y ella se sobresaltó. Solo faltaba que fuera alguna vecina, queriendo hacerle compañía a doña Neusa o algo así. No lo era. Una completa desconocida estaba allí. Cabello castaño claro, robusta, de más de veinte años con seguridad. Llevaba gafas, un poco torcidas, y vestía de negro, a pesar del calor sofocante. Entornó la puerta, convencida de que era un error, sintiéndose segura con la cadena puesta.

—¿Sí?

—Hola, Ana Clara, ¿todo bien? ¿Puedo hablar un momento contigo?

—Disculpe, señora, no puedo dejarla entrar. No puedo hablar con desconocidos…

—Ah, pero yo te conozco, Ana; y hasta sé lo que estás escondiendo debajo de la mochila en el cuarto.

El impacto hizo que Ana Clara actuara automáticamente: abrió la puerta y condujo a la mujer hasta la sala. La extraña pidió un vaso de agua y, tras beber un sorbo, comenzó a hablar.

—Uf, qué alivio. Un calor absurdo… Bueno, encantada de conocerte, Ana, mi nombre es Ana Cristina y he venido aquí para impedir que arruines tu vida. —Nada de lo que Ana Clara dijera iba a servir de mucho, así que decidió quedarse callada y escuchar—. Verás, yo estaba escribiendo tu historia. Sí, hoy, 31 de diciembre… Suena un poco patético, pero mira: estoy tomando antibióticos, así que nada de alcohol. Mis padres, pobres, trabajaron todo el día y duermen hasta las once y cuarenta, más o menos. Mi hijo está jugando “cosas de chicos”, lo que me deja fuera… Y mi novio, que vive en otro estado, decidió salir a celebrar… —entrecerró los ojos, molesta—. Ah, la única persona con la que me gusta hablar en línea está trabajando, y vi cuánto tardó ese hombre en volver a dibujar, así que… decidí escribir tu historia, una historia triste, conmovedora… ¿Me das más agua, por favor?

Aturdida, Ana Clara le sirvió otro vaso.

—Mmm, bien fría. Las delicias del suburbio… ¿Sabes? Siempre me gustó más la Zona Norte de Río, la gente de la Zona Sur es tan presumida. Pero no cambio Niterói por Río. En fin: tu historia iba a tener un hada o algún espíritu bueno de esos que tocaría a tu puerta y te diría lo bonito que es vivir, etcétera, etcétera; tú te conmoverías, hablarías con tu madre y creerías que la vida es mágica por eso. Pero, ¡vamos! —y golpeó el vaso sobre la mesa, inquietando a Ana Clara—. ¿Por qué las cosas buenas en una historia tienen que ocurrir por medio de un ser sobrenatural? ¡Ah, no! Entonces decidí: yo misma venía a resolver el asunto. Con permiso.

Con paso decidido, fue hasta el cuarto de Ana Clara y tomó el arma sin vacilar. Abrió el tambor y sacó las balas.

—Listo, asunto resuelto. En cuanto a usted, jovencita… ¿se ha detenido a pensar en su madre? ¿En cómo quedaría ella?

—Sí, yo…

—No, no lo pensaste, claro que no. ¡Es tu madre y se moriría de tristeza y preocupación!

—¡Pero a ella ni le importo!

—¡No digas tonterías, niña! Claro que le importas, pero tienes dos hermanos menores que ni siquiera saben expresarse bien. Ella espera que tú, si tienes algún problema, hables para que pueda ayudarte. ¿Y tú, hablaste?

—No…

—Una madre no es adivina, muchacha. Es duro darse cuenta de eso. Ve y habla con ella… está despierta por Tonho.

—¿Y mi padrastro?

La sonrisa en el rostro de la mujer extraña heló el corazón de Ana Clara.

—Tu padrastro va a descubrir por qué tengo fama de ser mala. Y dudo que moleste a alguien por mucho tiempo.

Y Ana Clara fue.

Al día siguiente, la madre pidió el divorcio, lo que aumentó aún más el escarnio general, porque el duro policía militar había amanecido atado a un poste, muy golpeado, cubierto de hematomas y con un cartel: “En realidad, quería ser transformista, pero terminé siendo policía militar.”

Ana Cristina Rodrígues nació en São Sebastião do Rio de Janeiro, Brasil, en 1978. Es historiadora, una perfecta coartada para pasarse la vida leyendo y escribiendo. Profesionalmente ha publicado dos artículos: "Visões da morte na História dos Francos de Gregório de Tours" (2004) y "Os Votos do Faisão: ideais de cavalaria na corte borgonhesa do século XV" (2004). En materia de narrativa publicó en Sci Pulp, Scriptonauta, Blocos Online, Scarium e Inpempol. En materia de ficción literaria, publicó en Sci Pulp, Scriptonauta y Blocos Online. Dos de sus cuentos se tradujeron al castellano y se publicaron en Axxón.

domingo, 26 de abril de 2026

LAS OMAJE DE LA MONTAÑA

Milan Pešić

 

Fue en aquellos tiempos remotos, cuando la gente que habitaba al pie de la montaña era impura, y la misericordia de Cristo, las restricciones y los temores modernos aún no los habían transformado de crudas bestias en un supuesto “hombre mejor”. Aunque entregados a un conocimiento mudo ya habían aprendido bastante y, como especie, sabían muchas cosas: manejaban con destreza las manos y poseían una comprensión básica del tiempo y la naturaleza; sin embargo, no pensaban demasiado en sí mismos o, como se diría, carecían de una verdadera autoconciencia. Así eran las cosas entonces.

 

El sol tardío de la primavera iluminaba los parajes desnudos. Una joven de largos cabellos, vestida con un tejido de lana de color marrón oscuro, estaba sentada entre los delicados tallos de levístico y arrancaba briznas de tomillo fragante. Cuidaba a unas pocas cabras suyas que, vagando por la empinada pradera, mordisqueaban la hierba. Era demasiado joven para cambiar de hogar, lo que en aquel tiempo significaba casarse. Hija única de su madre, que después de ella no había logrado concebir de nuevo, crecía y florecía sola, sirviendo a sus padres, cada vez más dependientes de su ayuda y de su capacidad para realizar todas las tareas. Por todo ello, aún no la habían ofrecido.

Dos hordas extranjeras, en realidad grupos familiares, se habían asentado a unos pocos kilómetros de distancia, cada una por su lado. Mientras contemplaba la vasta extensión verde ante sí, la muchacha sentía su presencia en la piel. Desde el lado izquierdo de su mirada, una comunidad tranquila, aunque silenciosa y extraña, vivía en una casa de piedra, cubierta con ramas y delgadas varas sujetas con mica. A ellos acudían constantemente viajeros, para que los anfitriones los sanaran con terrones calentados y cantos rodados, con hielo de las depresiones del terreno y ungüentos preparados con esencias vegetales y reptiles secos. Los visitantes, enfermos y abatidos, pagaban generosamente, traían ofrendas: carne seca, pescado y telas, y a veces también minerales valiosos, pulidos a mano y modelados mediante el raspado contra materiales aún más duros. Se decía que poseían muchas de esas piedras preciosas. Recientemente, el jefe de ese clan le había regalado un collar hecho con cuentas de piedras coloreadas y fragmentos de conchas marinas. Querían llevársela ya el primer invierno, para que diera hijos a uno de los hijos del jefe de la casa, a lo cual ella estaba dispuesta a acceder. Sus padres no lo sabían.

Hacia el flanco derecho de su mirada, más abajo en la ladera, donde había pastizales más suaves, dominaba y arrasaba una manada de recién llegados, bajos y deformes, que solían aparecer y arrebatar la presa de otros, un ciervo o un cerdo peludo, para llevársela a su ruidoso refugio, en los múltiples túneles de una cueva ensanchada. No le agradaban, y sabía que también ellos la deseaban para sí.

La muchacha giraba la mano, admirando el colorido del collar, apaciguada por el profundo sentido de su futuro papel como madre, cuando por el rabillo del ojo percibió cómo unas figuras torpes avanzaban hacia ella. Dos hombres con gorros de piel ascendían por la pendiente. Sus ropas de cuero se tensaban sobre sus músculos. La habían visto.

El vello de su cuerpo se erizó, y algo se movió en su estómago, hundiéndose en lo profundo: una sensación similar a la que se experimenta al encontrarse de repente con lobos o con un oso pardo mientras se recogen bayas pequeñas y ácidas. Ocurrió exactamente eso: se activó la señal que advertía del peligro. Saltó instintivamente y corrió cuesta arriba, hacia el pequeño bosque más cercano.

Los perseguidores echaron a correr, y le pareció que avanzaban a saltos. Durante más de una hora retrocedió como una gamuza, acercándose al paso entre los picos. Bebió agua de un charco y se dirigió hacia el acantilado más cercano. Las nubes en el cielo se agruparon en una masa amplia y oscura. Tocó con anhelo las piedras de colores, que, al absorber el apagado resplandor del sol oculto, adquirían tonalidades sombrías.

Los jorobados estaban ya muy cerca, y ella, sin tener a dónde ir, se arrojó al abismo. La sangre inocente se derramó, y los huesos se dispersaron en la sombra de la garganta, aún llena de nieve.

La noche descendía, y los hombres regresaron a casa sin presa, deseando refugiarse cuanto antes de la lluvia que comenzaba a caer con fuerza sobre los picos azulados. Un rayo golpeó la Roca del Halcón, y luego el agua empezó a correr en arroyos, entre las hendiduras de las rocas, por antiguos caminos y a través de barrancos que había excavado hacía mucho tiempo. Los restos de la joven se hundieron en las grietas de la porosa caliza gris, y su alma se durmió en lo profundo de la montaña.

Pasaron los siglos y la doncella cayó en el olvido, y las piedras y conchas fueron trituradas por los embates del viento, que las pulía contra las rocas hasta convertirlas en polvo.

La nieve del sumidero se había derretido por completo, dejando un hueco del que emanaban vapores sofocantes. A ese lugar lo llamaron la Boca del Diablo. Se difundió entonces la creencia de que el abismo era un sitio sagrado, y las doncellas comenzaron a visitarlo en busca de fertilidad por parte de los espíritus, lo que implicaba perder allí la virginidad como parte de un ritual.

Y entonces ocurrió, de algún modo por sí solo, que extrañas razones y leyes inusuales de la naturaleza propiciaron el encuentro de dimensiones. Atraída por la fuerza vital que allí se iniciaba, la joven bajo la montaña despertó. La energía de tales sacrificios la alimentaba y la mantenía despierta. Pronto se volvió insolente y eternamente hambrienta, acechando día y noche en la entrada al mundo subterráneo. Más tarde se fortaleció. Ahora tomaba y esclavizaba almas femeninas enteras para que le hicieran compañía en la oscuridad del vientre de la montaña.

Los tiempos se sucedieron, pasando como nuevas fases que borran a las anteriores, y las Omaje, así fueron llamadas, se apaciguaron en sus guaridas. De vez en cuando, por la noche, embrujaban a algún pastor extraviado y ebrio, seduciéndolo bajo la apariencia de mujeres que ya no eran. Lo guiaban hacia senderos escarpados, donde caía al vacío y moría, y luego lo devoraban como auténticas bestias hambrientas y sedientas de carne y sangre.

Y entonces comenzaron a extinguirse, como todo lo que envejece y no puede durar para siempre; perdían gradualmente su vida inorgánica y se hundían cada vez más en las profundidades del planeta. Así tenía que ser, porque incluso cuando alguien llegaba a verlas, no creía en ellas. Las viejas formas se pierden irremediablemente.

Hasta hace uno o dos años, cuando un nuevo alimento las atrajo con su olor. Resucitaron del folclore, porque hoy, en el escenario del planeta, se desarrolla un verdadero festín para ellas y para criaturas semejantes del pasado. En la montaña tiene lugar una explosión de muertes, y el Señor –o, más precisamente, el dador de vida y supremo devorador– absorbe todas las almas en sí mismo. Bueno, puede decirse que casi todas. Algo queda también para esas damas demoníacas, para que se alimenten como chacales tras los lobos, o hienas después de los leones.

Así que hoy están despiertas de nuevo, más fuertes que nunca. Han asomado sus cabezas desde los túneles oscuros de la Suva Planina y esperan, cerca de la chimenea que no deja de contaminar el aire con su nube de carbón.

Milan Pešić, nacido en 1977 en Niš, Serbia, vive en Jelasnica tras residir dos años en Renania del Norte-Westfalia (Alemania). Novelas publicadas: Diario de un guerrero contra el coronavirus (drama) y Tanatofobia (realismo mágico). Tiene dos novelas inéditas: El reino de la serpiente de tierra y La mina (realismo mágico). Relatos publicados: “Clínica de la Selva Negra” y “Cosecha de polímeros”.

 

LA ABUELA ZAITUNA

Maisalun Hadi

 


Con la aritmética del sol y la luna da comienzo la habitual escena diaria en este hospital desde el instante que entramos en él. En cuanto a la expectación de los pasillos y las puertas, para ese no hay principio ni fin: todo final viene detrás de un principio, y el ajetreo no se detiene nunca. El guarda, en paz descanse, solía sentarse en un sofá, siempre el mismo sofá, colocado cerca de la puerta del hospital que daba al exterior. Con el tiempo descubrí que la mayoría de los funcionarios y sanitarios seguían sentándose en el mismo lugar tanto en las salas de espera como en las habitaciones de contabilidad o administración, a excepción de la abuela Zaituna, la comadrona, que se pasaba la mañana vagando entre las pacientes, y ni una sola vez de las que volví, antes o después del parto, la encontré sentada.

Mis ojos no daban crédito cuando la vi bajando las escaleras. Era como si la viera moverse con el mismo aspecto que hace veinticinco años… Quien la observara de lejos diría que era mucho más joven, aunque había perdido peso. Llevaba en la mano una colcha blanca. Su rostro radiante me hizo recordar aquellos chascarrillos vivaces con los que se mofaba de los gritos de las mujeres durante el parto. A veces usaba constantemente esas palabras obscenas contra aquella que exageraba los gritos de histeria, o cubría al marido de insultos en el momento del parto y le preguntaba sarcástica si le había dedicado un insulto al susodicho o si se había echado a llorar con las mismas lágrimas cuando se revolcaba con él en la cama.

Mi hija Hala subía las escaleras despacio cuando nos encontramos con la abuela Zaituna, en cuyas manos di a luz a mi hija… Salía de la sala de enfermeras, con un chaleco blanco y unos zuecos del mismo color, y una expresión de alegría agradable en su rostro. Tras ella salió a continuación otra enfermera y se unió al grupo de compañeras que corrían detrás de la doctora hacia la sala de obstetricia. Llevaba una muñeca color tierra y dijo que estaría caminando por el pasillo del hospital hasta que llegara a la salida. Alguien se la había olvidado en la sala que acababa de quedar vacía… El pasillo seguía tal cual desde hace muchos años… Las madres debían caminar y llevar a remolque a sus hijos para ponerles las vacunas, o a sus hijas embarazadas que estaban a punto de parir… y las piernas andaban en fila india entre dos paredes largas revestidas con un esmalte brillante y sobre un suelo de azulejos negros adornado con algunos garabatos.

Le pedí a mi hija que caminara un poco entre las sillas y el pasillo, pues es bueno moverse antes del parto. A ratos arrastraba un suspiro profundo o miraba desde el pasamanos de la escalera a los hombres y mujeres que no paraban de subir y bajar. Poco después volvió la abuela Zaituna, sin la muñeca ya, y nos indicó que esperáramos en la silla mientras le preparaban a mi hija una habitación individual en la sala del paritorio, contigua a la escalera decorada con imágenes de niños a los que se les cepillaban los dientes o los vacunaban. Hala se cansó de andar y se paró un momento delante de la sala de enfermeras. Se miró al espejo para comprobar cómo llevaba el pelo y atusarlo un poco. Tendió la mano hacia el espejo como si tocara el universo entero en su retrato. Sus ojos se encontraron con los míos en ese espejo que estaba colgado en la habitación. Le sonreí, como si me viera a mí misma hace veinticinco años.

—Me he cansado de andar, mamá.

—Ven, siéntate, cariño, en las sillas de la sala de espera. Aquel lugar es mejor.

   Mi hija siguió mirándome a través del espejo colgado en la sala de enfermeras… Ella hablaba y yo me veía a mí misma… Naturalmente, eso no era posible, pero lo que yo veía no era muy distinto de la realidad… Solo me provocó extrañeza mi imagen antigua que reapareció ante mí tan pronto como olí el aroma del té con la pintura y el desinfectante Dettol, junto al resto de olores del hospital… Mi hija parecía pálida y apagada por culpa del dolor… Yo también sufrí como ella aquella lejana mañana que la tuve.

Le pregunté:

—¿No has dormido un poco?

—No —dijo—, los dolores de parto empezaron cuando me estaba quedando dormida.

Los dolores del parto siempre empiezan por la noche… o continúan hasta la noche si empiezan durante el día… Y ella, exactamente igual que yo, estaba revisando los cuadernos cuando empezaron… Mi amor… La pobre, la noche en vela hasta las dos de la madrugada por revisar las libretas del examen, y sin gozar ni siquiera de una hora de sueño que le diera fuerzas para una mañana tan difícil como ésta... Quise suavizar el ambiente, tomarle el pelo con el asunto del nuevo prometido que se había acercado a su hermana por tercera vez, pero me prohibió hablar cuando los dolores, insoportables ya, le hicieron perder la paciencia definitivamente.

—Mamá, ¿cuándo voy a ir al paritorio?

—La doctora dijo que esperáramos aquí… Suelen entender que la mujer está para dar a luz solo cuando entre los dolores pasan cinco minutos.

—No puedo esperar más. Me estoy muriendo.

—Por Dios, cielo, voy a llamar a la enfermera para que te pase dentro.

Un grupo de enfermeras volvía entonces a lo lejos y nos dijeron que nos acercáramos a la habitación lateral del paritorio… Entramos allí por duplicado…Yo y otra después de un cuarto de siglo… La primera era la segunda… La segunda era la primera… En aquella sala lateral no había cambiado nada salvo el reloj de pared… Recuerdo que lo miraba durante el parto cada cinco minutos, y lo veía quieto, sin moverse.

—Ven, cariño… Súbete a la cama.

—El dolor es inaguantable… Se me va el alma…

Nadie del grupo de las enfermeras le respondió, ocupadas todas ellas en examinar las dilataciones, algo que medían con los dedos, nada de centímetros. Según crecía la dilatación, la situación se hacía más apremiante y los gritos se volvían más enérgicos. Gritó otra vez:

—¿Dónde está la doctora? —Nadie le respondió… Gritó—: ¡Méteme en la sala, mamá!

Solté mis palabras bromeando con la intención de calmarla.

—La sala grande es para salir no para entrar.

Mi hija me sonrió, a pesar del dolor, y cerró los ojos. Sus pequeños dientes se parecían a los dientes de leche de un niño. Cuando la tuve, chorreaba en sudor y no sentí algo de alivio hasta que se abrió la puerta de la sala grande al aire frío de la mañana: se movieron los flecos de la colcha de la cama y ondeó la cortina en la ventana. Mi cuerpo se sintió aliviado, el cual exageré en perfumar con el miedo de mi exceso de transpiración durante el parto… Desaparecí del mundo por un instante debido al intenso dolor y al despertar, la encontré en mi regazo… ¡Y ahí estaba! Otra brisa que pasaba de la puerta hacia la ventana, y el reloj parado… y una tras otra fluían las mujeres de la habitación lateral a la gran sala del paritorio. No quedaba más que Hala. Tenía el pelo empapado en sudor y aplastado contra a la frente y las sienes… Ni andaba ni soñaba… y cuando estaba todos presentes, y las bocas incansables de discutir alrededor del mostrador, sus ojos se hallaban al otro lado de la ventana, alegre con la lluvia que caía sobre todos los árboles del jardín… feliz…buscaba en un instante cualquier cosa, otros, simplemente esperaba…

   Se me caían las lágrimas cada vez que Hala me retorcía la mano con los dolores. Sus uñas se quedaban enganchadas con fuerza a mi mano hasta que pasaba la crisis, luego volvían las dolorosas contracciones y se mordía el labio inferior gimiendo… Era su primer parto, y el alma prácticamente se despegaba del cuerpo con cada pico de dolor que extirpaba el feto de sus entrañas… Pero mi hija no grita como el resto de las embarazadas, solo llora y prolonga su gemido con una voz asfixiada. Cada vez que se acerca una contracción, yo lo percibo por la presión de sus uñas afiladas sobra la palma de mi mano… y a su alrededor aparecen muchas manos y piernas que hacen retumbar el suelo… Comenzó el alboroto al abrirse las puertas, los pasos y el aguacero de los grifos crecía y se extendía. Supe que pronto llevarían a mi hija a la gran sala, lo que significaba que iba a dar a luz enseguida. Mis lágrimas empezaron a caer como la lluvia… La abuela Zaituna fue amable conmigo, después de impedirme que pasara con ella a la sala de partos.

—Venga, ya basta de tanto lloro —me dijo—. Ven y descansa un poco en los asientos de fuera. No temas por ella. Estaré pendiente.

Recuerdo que la abuela Zaituna olió a mi hija Hala, después de lavarla y entregármela, diciendo que le gustaba cómo olían los recién nacidos. El nacimiento es un final, no un principio, y nada más salir mi hija de mis entrañas al mundo, cesaron todas las molestias del parto, y el tormento se tornó un alivio profundo, absolutamente incomparable a cualquier otro. Todo terminó, y dormí profundamente. Al despertar, tenía a Hala sobre mí y sus delicados dedos se movían, y se espantaban del aire, como tentáculos de pequeñas criaturas que no había conocido en mi vida.

Ahora debo esperar que la abuela Zaituna me traiga un bebé nuevo y ponga en mi regazo un buen olor.

—¿No se acuerda de mí? —le pregunté antes de que volviera a entrar en la sala de patos.

—No es que le quite importancia, solo que veo cientos de mujeres al cabo del mes… Demasiadas caras…

—Lo mismo me pasa a mí… Cientos de estudiantes me recuerdan y yo no me acuerdo de ellos.

—Entonces, tienes que ser profesora.

—Así es, y di a luz a mi hija Hala entre sus manos… Ahora ella dará a luz a su hijo entre sus manos también, abuela Zaituna.

—Guarde cuidado que tengo la misma destreza que la abuela Zaituna.

—¿No es usted la abuela Zaituna?

—No, yo soy su hija Zahrá.

Zahrá se volvió riéndose y me saludo con la mano haciendo un gesto discreto. Reprimí las lágrimas y me miré al espejo. Esperé que la hija de la abuela Zaituna se moviera de su sitio y apretara el paso para unirse a lo que le estaba esperando… Minutos después la miraba alejándose en el espejo… Era ella.


Maisalun Hadi nació en Bagdad en 1954. Se licenció en la facultad de Económicas en 1976 y trabajó en el ámbito del periodismo cultural durante más de tres décadas. Algunos de sus trabajos han sido traducidos al inglés, francés, español, kurdo y chino. Entre su extensa producción narrativa, se destacan: La tercera persona, 1985, El error garrafal 1993, Un hombre detrás de la puerta, 1994, No mires el reloj, 1999, El nieto de la BBC, 2011, En la extremidad del jardín, 2013, y el trono y el arroyo 2015.

ATAÚLFO

Oscar De Los Ríos

 

Al nacer parecía esculpido en mármol blanco níveo veteado de azul; los médicos que asistieron el parto recién se dieron cuenta de que era de carne y huesos cuando lloró. Su madre, al tenerlo en brazos, experimentó una sensación tan extraña que pensó en la muerte y el más allá; aunque, lejos de inquietarse o intimidarse ante tan extraños pensamientos, sintió tanta paz y bienestar que no lo quería soltar. Todo el que alzaba al recién nacido salía de la habitación con una sonrisa en los labios y una actitud nueva ante la vida.

Tuvo una infancia hermosa. Era un niño dulce, inquieto y travieso; siempre correteando por la casa y el pueblo. Cuando ingresó en la escuela primaria se reveló como un alumno ejemplar, y los demás chicos buscaban su compañía.

—¡Ay, doña María! Su hijo será un gran médico —aseguraba su actual maestra de quinto grado.

—¡No… no… no…! —decía la que fue su maestra en segundo—. ¡Será un gran actor! ¿Qué otra cosa? Con esa belleza de ángel y ese don, ese carisma que tiene con la gente.

—¡Por favor, no les haga caso, doña María! Estas dos están completamente equivocadas. Su hijo será un gran Ministro de la Iglesia —terciaba su maestra de cuarto grado.

Ninguno de estos vaticinios se cumplió; el oficio de Ataúlfo resultaría tan extraño y raro como su nombre, al cual parecía atado.

Con el paso de los años, un día, mientras acompañaba a su abuelo al cementerio al entierro de un amigo, Ataúlfo quedó fascinado por la solemnidad del ambiente, el respeto de las personas y las palabras de consuelo del sacerdote. Sintió una profunda curiosidad por el misterio de la muerte y el más allá, y comenzó a observar con atención los rituales funerarios.

Este interés, que fue creciendo con el tiempo, lo llevó a que, cuando internaron al abuelo, iba a visitarlo al hospital; su presencia transmitía paz y consuelo a los enfermos. Al fallecer el anciano, sus hábitos cambiaron. Ahora, en vez de salir a corretear con sus amigos o a jugar un partido de fútbol, asistía a cuanto velorio había en el pueblo; en los cuales era siempre bien recibido y agasajado. Hasta había quienes mandaban a comunicarle del fallecimiento de tal o cual, como si se tratase de un pariente cercano que no podía faltar en las exequias.

El pueblo de Ataúlfo era pequeño y pintoresco, pero crecía y prosperaba a pasos agigantados. Es por eso que, de tener una sola empresa de Pompas Fúnebres, pasó a tener dos. Ese hecho inquietó muchísimo al señor Raúl Pérez, dueño de la funeraria La Tradicional. Hombre sensible y culto, se había vuelto muy ducho en su oficio y no dejó de notar que, cuando Ataúlfo asistía a un velorio, en su funeraria se duplicaba la cantidad de asistentes, los ánimos se relajaban y los ancianos le pedían: “¡Por favor, hijo, no dejes de asistir a mi velorio!”. Habiendo escuchado ésta y otras frases del mismo tenor, Raúl Pérez, dedujo con gran inteligencia que, quién tuviera a su servicio a Ataúlfo, realizaría la gran mayoría de los funerales del pueblo. “¡Sino todos!”, expresó en voz alta esbozando una enorme sonrisa, al tiempo que restregaba sus manos como felicitándose ante tan gran idea. Ataúlfo cumplió los quince años y Raúl Pérez decidió que ya era tiempo de contratarlo; la competencia ofrecía un servicio más barato y moderno y su negocio se iba a pique.

La familia de Ataúlfo era modesta y, desde que el padre se había accidentado en el tambo en el cual hacía changas, la economía del hogar andaba a los tumbos; por eso se alegró doña María.

—¡El mismísimo dueño de La Tradicional! ¡Don Raúl Pérez en persona! Vino a buscar al nene para ofrecerle trabajo. Habló de un sueldo y comisiones por cada servicio contratado —le dijo a su marido—. Tendría que atender a la gente en el local de la tradicional y ofrecer los servicios fúnebres.

El padre de Ataúlfo, un hombre de pocas palabras y pragmático como pocos, asintió con la cabeza. La situación económica de la familia era apremiante, y la oferta de don Raúl Pérez era un salvavidas.

—Que vaya nomás —sentenció, sin darle más vueltas al asunto.

Doña María, con el corazón henchido de orgullo y preocupación a partes iguales, fue en busca de Ataúlfo; que era poco más que un niño, en muchos aspectos. No sabía si tenía la madurez suficiente para enfrentar la responsabilidad de un trabajo.

Lo encontró en su habitación, cambiándose para ir a un velorio en La Tradicional.

Luego de contarle la propuesta de Raúl Pérez, le hizo una pregunta fundamental.

—¿Crees que estás preparado para asumir esta responsabilidad, hijo? —Y al decir esto, con su mirada dulce de madre, le decía que aceptara únicamente si deseaba el trabajo.

Ataúlfo, con esa sensibilidad que le era tan propia, comprendió lo que su madre le transmitía, con la palabra y con la mirada.

—No te preocupes mamá —al decir esto, su voz sonó adulta y cariñosa—. Como ya te habrás dado cuenta, y te han comentado también, ya paso varias horas al día yendo al local de La Tradicional, cuando hay un velorio. Después de casa, es mi lugar en el mundo. Siento que puedo dar paz y consuelo al que lo necesita.

La madre de Ataúlfo lo abrazó y lo besó en la frente, dándole su bendición.

Y así, Ataúlfo, ingresó a la empresa de don Raúl Pérez. ¡Qué maravilloso efecto producían en su ocasional interlocutor, el traje y zapatos negros, en contraste con la blancura nívea de su piel y los ojos azules! Parecía un enviado del Señor abriendo las puertas del Paraíso. Atendía a los deudos siempre correcto, atento, con una palabra de consuelo. Jamás se aprovechaba de los más desesperados, que a consejo suyo hubieran vendido la casa para brindarle a su padre, madre, hijo o hermano, un servicio digno de un rey. Le daba a cada uno, aquello que habían venido a buscar y podían pagar.

Pasaron unos años y prosperó tanto La Tradicional, que el dueño de La Moderna, un empresario de Pompas Fúnebres de la capital, decidió ir en persona a controlar el negocio. No comprendía cómo, ofreciendo un servicio de primera a un precio un treinta por ciento más barato que su único competidor, éste no solo no se hubiera fundido.

—… sino que soy yo quien deberá cerrar la sucursal —comentaba confundido en una reunión de directorio.

Llegó al pueblo por sorpresa un sábado a la mañana y comprobó que la empresa y sus empleados estaban en orden. Por la tarde se encaminó a La Tradicional, quería conocer el secreto de su éxito. Lo recibió Ataúlfo y, luego de una extensa charla, el dueño de la Moderna se retiró.

La gente del pueblo sonreía al verlo pasar, lo seguían con la mirada y, cuando el extraño visitante de la capital se perdía de vista, lo señalaban al tiempo que se llevaban el dedo a la sien y lo hacían girar.

El semblante del dueño de La Moderna denotaba confusión, estando a mitad de camino entre demostrar una inmensa alegría o un gran estupor. Por un lado, como con miedo a perderlo, apretaba entre sus manos un contrato en el cual constaba, entre otras cláusulas, que Ataúlfo asistiría a su velorio en La Tradicional; por el otro no podía entender que Ataúlfo no aceptara el ofrecimiento que le había hecho para asociarse con él al cincuenta por ciento de las ganancias de todas las sucursales de su empresa.

—Estos capitalinos creen que todo se puede comprar con dinero —comentaban los vecinos, cuando se enteraban del suceso. Ni un momento dudaron de que Ataúlfo los traicionase ante tan tentadora propuesta y se marchara del pueblo.

Todo continuó en su cauce normal hasta que un día, Ataúlfo, no pudo resistir la tentación de probar un féretro que había llegado a La Tradicional para el funeral de un eminente ciudadano del pueblo. Una pieza de ebanistería de una belleza extraterrenal: de caoba laqueada, realizado todo con encastres artesanales sin aporte de clavos, con un interior acolchado y tapizado en seda y encajes. Se acomodó en el interior del ataúd y se sintió tan cómodo y en paz que supo, en ese instante, que no podría descansar en otro lecho. Bastó una indicación suya para que los deudos consideraran el ataúd como inadecuado y optaran por otro. No comunicó a nadie su extravagante decisión, no fuera que su patrón no la aprobara. Desde entonces, los días en que no había servicios, se adjudicó la tarea de cerrar las puertas del establecimiento y, una vez retirado todo el personal, al encontrarse solo en el local se dirigía al depósito y preparaba el féretro para dormir. ¡Morfeo mismo lo esperaba junto al ataúd!

Una mañana de verano Raúl Pérez entró en La Tradicional más temprano de lo habitual y lo encontró durmiendo. La emoción que lo embargó fue tan grande que estuvo contemplándolo durante más de media hora. Antes de que despertara se retiró del depósito y, a media mañana, hizo trasladar el féretro a una sala vacía al fondo del establecimiento; para que nadie molestara a Ataúlfo cuando quisiera descansar o tal vez hacer una siesta.

Pasaron algunos años más con total calma y paz, hasta que, cierto día amaneció el pueblo de Ataúlfo con la triste noticia de la muerte del hijo mayor de Raúl Pérez. El desconsuelo de este era terrible, aún no había terminado el duelo de su mujer, fallecida un año antes, y la muerte le arrebataba a su único hijo. Ni siquiera podría velarlo: el cuerpo nunca fue devuelto por el mar. La tristeza y la impotencia de no tener el consuelo de un velorio, y luego los funerales, justamente él, que les había ofrecido ese sosiego a todos los habitantes del pueblo. Enterado del penoso suceso, Ataúlfo se sintió en la obligación de hacer algo por quien consideraba su amigo y benefactor. Le dijo que se encargaría de todos los preparativos y que esa misma noche darían comienzo las exequias. Raúl Pérez, a pesar de hallarse confundido y sin poder comprender, se dirigió al anochecer a la cochería. Para sorpresa suya en el local se hallaba más gente de la que recordara jamás. El salón mortuorio estaba más iluminado que nunca por ardientes cirios, y en el medio se hallaba el ataúd majestuoso en que dormía Ataúlfo. La gente del pueblo pasaba frente al cajón con lágrimas en los ojos, se persignaba, y salía del recinto con paz de espíritu.

Parado junto al féretro donde Ataúlfo parecía descansar en los brazos de Dios, Raúl Pérez, recibió como un regalo divino el consuelo que estaba buscando y se halló en paz con Dios y en consecuencia con sí mismo y sus semejantes.

Desde entonces, cada vez que alguien muere en este pueblo ¡bendito de Dios!, Ataúlfo toma el lugar del difunto, cuyo cuerpo es llevado a un depósito donde se lo deja en un cajón cerrado a la espera de los funerales. Todos los habitantes asisten y se llevan a cabo los velorios más fabulosos que pueblo alguno haya celebrado jamás.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

sábado, 25 de abril de 2026

LA SEÑORA MARITÉ

Elizabeth Ryske

 

La señora Marité jamás revelaría su verdadera edad, la coquetería era lo primero en su vida. Nosotros, sus vecinos, podíamos tener una vaga idea de los años de la dama porque su hijo, muy simpático y muuuuuuyyyyyy sociable, el año pasado tuvo la gentileza de invitarnos a la fiesta en la que celebró su sexagésimo cumpleaños, de tal modo que su madre debería estar transitando, seguramente, la octava década.

Solíamos verla bajar de su departamento de la calle Larrea para tomar un taxi, y regresar cargada de paquetes y bolsas con los logos de las tiendas más exclusivas de Buenos Aires. Nunca dejaba de saludarnos a mí y a las nenas, con una estudiada cortesía que incluía una sonrisa pequeña, un gesto casi imperceptible, que demostraba su don de gentes pero también dejaba en claro que no sentía precisamente una gran alegría al vernos. Nuestro departamento estaba justo debajo del suyo, y el bullicio propio de tres niñas en edad escolar no le era muy grato, aunque el mayor problema era el piano y las intensas batallas que las chicas libraban con los ejercicios de Czerny y las sonatinas de Clementi, por no hablar de sus fallidos intentos con algunas pequeñas obras de Bach o de Mozart. Cada tanto la señora Marité me llamaba por teléfono para recordarme con gran amabilidad que las 8 de la noche era un muy buen horario para que las nenas dejaran su práctica musical y cenaran, siempre haciendo hincapié en el bienestar de las chicas, y en la cantidad de horas de sueño necesarias para un buen rendimiento escolar, elogiando exageradamente la educación bilingüe y de doble jornada que yo les daba “a pesar de las circunstancias”. Esa frase suya era la sutil manera de censurar mi estilo de vida, que incluía dos divorcios y un novio muy buen mozo, que era el baterista de la banda de jazz en la que yo cantaba.

Justamente, regresábamos juntos una helada noche de viernes, al término de una extraordinaria “session” en San Telmo, cuando encontramos un cordón policial que impedía el ingreso al edificio. La presencia de patrulleros y ambulancias me paralizó el corazón. Las nenas estaban solas en el departamento con la supervisión de Martina, una estudiante de psicología de veintiún años que venía a quedarse con ellas cuando yo salía. Generalmente se apoltronaban en el enorme sofá del living y miraban películas de Disney comiendo pochoclo, y a mi regreso solía encontrar a las cuatro dormidas en el sillón. El despliegue policial me asustó, y en pocos segundos mi imaginación ya había calculado decenas de posibles tragedias. Mientras que un oficial no nos permitía el paso, mi desesperación no me dejaba encontrar la billetera para mostrar el documento de identidad que acreditaba que yo vivía allí. Por suerte, el encargado del edificio me vio y pegó el grito: “la señora vive acá, tiene tres nenas que están con la niñera”.

Tuvimos que entrar por la puerta de servicio. Por la principal era imposible, había varios periodistas de la televisión con sus cámaras y equipos, y estaba ingresando un montón de personas: policías, médicos, gente con rostros preocupados… Nunca en mi vida había sentido tanto miedo, pero Eduardo, el encargado, nos tranquilizó diciendo que las chicas y Martina estaban bien, se sorprendió de que no las hubiéramos visto asomadas al balcón, mirando los sucesos con la misma intriga que el resto de los vecinos.

Al entrar al departamento descubrimos que las cuatro, lejos de estar asustadas, no podían contener la excitación y las ganas de contarnos los acontecimientos. Era imposible entender lo que decían, hablaban todas al mismo tiempo y tardamos un buen rato en descifrar su relato: un ladrón había logrado entrar al edificio y escabullirse en el departamento de la señora Marité, que estaba comenzando su ritual nocturno de belleza, ese que muchas veces nos había comentado en la previa de las reuniones de consorcio, cuando las (hipócritas) vecinas le preguntaban cuál era el truco para mantenerse siempre tan joven y bella, y muy complacida nos contaba que su secreto consistía en la aplicación diaria de una máscara facial que minimizaba las arrugas, una crema verdosa que extendía por todo su rostro dejando libres sólo los párpados, sobre los cuales pondría rodajas de pepino justo en el momento de acostarse. También usaba ruleros para mantener impecable su peinado, y una redecilla sobre éstos para mantenerlos en su lugar.

Fue entonces cuando oyó algunos ruidos y pensó que lo mejor era esconderse, que “el ladrón se llevara lo que quisiera”, pero que no le hiciera daño a ella. No tuvo mejor idea que tirar algunas ropas al piso del placar y sentarse sobre ellas, rogando que el ladrón se fuera lo antes posible.

El pobre hombre (siiiiiiii, el “pobre hombre”) se dejó vencer por la codicia: no conforme con los objetos de plata que había encontrado en la sala, con las valiosas joyas y los relojes de marca que halló en los cajones del escritorio, no conforme con su importante botín pensó que además debía haber dinero en efectivo, dólares tal vez, y empezó a revisar en vano toda la habitación, hasta que de repente abrió el placar y allí la encontró a ella, sentadita , con su rostro verde, la bata blanca, las manos unidas sobre el pecho apretando el rosario que rezaba con fervor, iluminada por la luz cenital que se encendía automáticamente al abrir las puertas del armario, y los dos gritaron de terror, pero él cayó hacia atrás y permaneció inmóvil. La señora Marité esperó un poco y al ver que nada sucedía se atrevió a levantarse y salir de su escondite. Encendió las luces del cuarto y miró detenidamente al ladrón, sin saber qué hacer. Antes de llamar a su hijo lo llamó a Eduardo, el encargado, que constató que el ladrón estaba muerto y llamó a la policía … y la policía trajo a los forenses, que trajeron a los fiscales … porque había que tener pruebas de que el pobre hombre en verdad sufrió un infarto, que no tenía heridas de bala ni de arma blanca …

La señora Marité, dijeron, “no le había hecho nada” y fue exonerada. Poco después, su departamento fue puesto en venta y se mudó a Belgrano, no podía soportar las miradas de los vecinos, que siempre pensamos que era culpable.

Después de todo, al pobre hombre lo mató del susto.

Elizabeth Ryske es escritora, narradora, música, docente de arte y actualmente Secretaria de Cultura de SADE Zona Norte. Ha publicado Vuelos (1988), De amores, recuerdos y otras yerbas (2018), Las crónicas de Oncativo (2024) y Claroscuros (2026), además de participar en numerosas antologías publicadas en Buenos Aires y el interior de Argentina.


EL FRUTO DEL ÁRBOL DE MAERD