viernes, 16 de octubre de 2026

EL CAMINO DE LOS HONGOS

Patricio Ramos Gatti

 

Fue en el año 1973, después de una lluvia que duró nueve días, que empezaron a aparecer hongos en la ladera del cerro, pasando Horco Molle.

No eran hongos como los que conocía la gente de la zona.

Los primeros aparecieron cerca de una acequia, detrás de una de las ultimas casas de la zona. Tenían el tamaño de una moneda y un color grisáceo. Nadie les prestó demasiada atención. En Tucumán, después de varios días de lluvia, la tierra suele inventar cosas.

A los tres días habían crecido hasta alcanzar la altura de una silla.

A la semana, algunos pasaban los dos metros.

Y al mes ya había uno, enorme, detrás del viejo camino que subía hacia las lomas, cuya copa podía cubrir a seis hombres parados juntos.

La gente comenzó a llamarlos “los paraguas”. El nombre quedó.

No porque se parecieran demasiado a los paraguas, sino porque nadie sabía cómo llamarlos y porque, cuando llovía, debajo de ellos uno permanecía completamente seco.

El primero que se metió debajo de uno fue un hombre llamado Anselmo Ferreyra.

Tenía cincuenta y nueve años, había trabajado durante casi toda su vida en los talleres ferroviarios y vivía con su mujer, Eulalia, en una casa chica de dos habitaciones, a pocas cuadras de la estación.

Anselmo era un hombre de pocas palabras. No porque fuera hosco. Simplemente le parecía que la mayoría de las cosas podían resolverse sin hablar.

Durante treinta y cinco años había llegado a su trabajo a la misma hora, tomado el mismo mate cocido, usado las mismas herramientas y regresado a su casa por el mismo camino. Conocía el ruido de cada tren. Podía distinguir, por el sonido, si una máquina venía cargada o vacía. Sabía cuándo iba a llover por el olor de los durmientes.

Y sabía que los perros de la estación ladraban antes de que apareciera un tren, aunque todavía no se escuchara.

Eulalia decía que Anselmo tenía oído para cosas que los demás no escuchaban. Él nunca lo negó. Tampoco lo confirmó.

En marzo de aquel año, una tarde en que la lluvia había empezado antes del mediodía, Anselmo salió de la casa para buscar a su perro.

El perro se llamaba Moro. Era negro, pequeño, de patas cortas y orejas desparejas.

No era un perro particularmente inteligente, pero había acompañado a Anselmo durante doce años y eso, para él, alcanzaba. Moro solía esperarlo frente a la estación. Aquella tarde no estaba.

Anselmo preguntó en el kiosco. Nadie lo había visto. Preguntó en el taller. Tampoco.

Entonces subió por el camino de tierra que bordeaba las primeras lomas. La lluvia le empapó el sombrero. A los diez minutos encontró al perro. Moro estaba sentado debajo de uno de aquellos hongos gigantes.

Anselmo se quedó mirándolo desde el camino. El perro parecía tranquilo.

—Moro.

El animal levantó la cabeza. No salió. Anselmo se acercó. Debajo del hongo no llovía. El suelo estaba seco. No había una gota. Anselmo se quitó el sombrero y miró hacia arriba. La copa era enorme, gris, cubierta de pequeñas manchas oscuras. Parecía una piedra viva. Tocó el tallo. Estaba tibio. Retiró la mano.

Moro se levantó y se acercó a él.

—Vamos.

El perro no se movió. Anselmo volvió a llamarlo. Entonces escuchó algo. Un ruido muy leve. Como alguien respirando. Miró alrededor. No había nadie. El ruido volvió. No era del monte. Venía del hongo.

Anselmo tomó al perro del lomo y salió de debajo de la copa.

No volvió a hablar del asunto.

Esa noche, Eulalia le preguntó dónde había estado.

—Buscando al Moro.

—¿Y?

—Lo encontré.

—¿Dónde?

Anselmo tardó unos segundos.

—Arriba.

Eulalia lo miró.

—¿Arriba dónde?

—En el cerro.

No dijo nada más.

Durante los días siguientes, siguió lloviendo. Los hongos crecieron. Algunos alcanzaron una altura de cinco o seis metros. Otros nacieron en lugares donde nunca había crecido nada: al costado de los caminos, detrás de las casas, en patios, entre las vías. Uno apareció en el patio de la escuela. Otro, detrás de la parroquia. Uno más creció en el terreno baldío donde los chicos jugaban a la pelota.

La intendenta mandó gente para arrancarlos. No pudieron. Los cortaban y a la mañana siguiente, aparecían otra vez. Un hombre llegó a quemar uno. Al día siguiente encontró el hongo intacto y las cenizas de su propio galpón alrededor.

La gente empezó a tener miedo. No un miedo grande. Todavía no. Era ese miedo pequeño que se mete en las conversaciones y hace que todos bajen la voz. Algunos decían que venían del cerro. Otros aseguraban que habían aparecido después de una explosión en una cantera. Un viejo del barrio dijo que eran señales. Nadie le preguntó de qué.

Por las noches comenzaron a verse luces entre los hongos. Pequeñas luces amarillas. Como velas. Anselmo las vio una vez desde la ventana. Eulalia dormía. Moro estaba acostado junto a la puerta. Anselmo permaneció mirando el cerro durante mucho tiempo. Las luces aparecían y desaparecían. No parecían moverse. Simplemente estaban allí.

Al día siguiente, cuando volvió del trabajo, encontró a Eulalia llorando.

—¿Qué pasó?

Ella le mostró una fotografía. Era una fotografía vieja. En ella aparecían Eulalia y su hermana menor, Mercedes. Habían sido tomadas frente a una casa de campo. Mercedes tenía diecisiete años. Eulalia, veinte. Anselmo conocía aquella fotografía. Pero había algo que no había visto nunca. Detrás de las dos mujeres, al fondo del patio, había un hongo. Pequeño. Apenas visible.

—¿De cuándo es? —Eulalia no respondió—. ¿De cuándo es, Eulalia?

—De antes de que desapareciera Mercedes.

Anselmo dejó la fotografía sobre la mesa. Mercedes había desaparecido en 1946. Nunca encontraron el cuerpo. Durante años se había pensado que se había ido con un hombre. Después se dijo que había cruzado la frontera. Finalmente nadie volvió a hablar de ella. Pero Eulalia nunca había aceptado ninguna de aquellas explicaciones.

—Mi hermana decía que escuchaba voces en el monte —dijo.

Anselmo la miró.

—Nunca me contaste eso.

—Porque no quería que pensaras que estaba loca.

—¿Qué voces?

Eulalia se secó la cara.

—Decía que la llamaban por su nombre.

Esa noche Anselmo no durmió. A las tres de la mañana se levantó. Moro estaba junto a la puerta. El perro miraba hacia afuera. Anselmo abrió. El aire estaba quieto. No llovía. En el cerro, las luces habían vuelto. Pero ahora estaban más cerca. No eran muchas. Eran unas cuatro. Después cinco. Después seis.

Anselmo tomó el farol. Moro salió primero.

—No.

El perro siguió caminando.

—Moro.

El animal se detuvo. Por un instante, Anselmo creyó escuchar algo detrás de él. Una voz. Muy baja. Dijo su nombre. Anselmo se dio vuelta. No había nadie. Entonces volvió a escucharla.

—Anselmo.

La voz venía del cerro. No era una voz desconocida. Era la voz de Mercedes.

Anselmo nunca había hablado con ella más de tres o cuatro veces. Pero Eulalia había guardado durante años una grabación en la que Mercedes cantaba una canción asturiana durante una fiesta familiar. Anselmo había escuchado esa grabación una sola vez. La voz era la misma.

Entró a la casa. Cerró la puerta. No le contó nada a Eulalia. A la mañana siguiente, el perro había desaparecido. Durante tres días lo buscaron. Nada. El cuarto día, Anselmo encontró sus huellas en el barro. Las huellas subían hacia el cerro. No regresaban.

Eulalia quiso acompañarlo. Anselmo se negó.

—¿Por qué?

—Porque voy a buscar un perro.

—Es mi perro también.

—No sabés qué hay ahí.

Eulalia lo miró.

—Vos tampoco.

Anselmo no respondió. Salió. Llevaba un saco oscuro, un sombrero y un bastón que había pertenecido a su padre. Subió solo. Los hongos eran cada vez más grandes. Algunos tenían copas de diez metros. El paisaje había cambiado. Los árboles parecían pequeños. El camino había desaparecido debajo de una vegetación extraña, húmeda y silenciosa. No se escuchaban pájaros. Tampoco insectos. Solo el ruido de sus propios pasos.

Después de una hora encontró a Moro. El perro estaba sentado frente a un hongo gigantesco. Anselmo lo llamó. Moro se levantó. Pero no regresó. Se quedó mirando hacia adelante. Anselmo siguió la dirección de sus ojos.

Entre dos hongos había una mujer. Era joven. Vestía un vestido claro. Tenía el pelo largo. Anselmo no podía verle bien la cara. La mujer levantó una mano.

—Anselmo.

Él dejó caer el bastón.

—¿Mercedes?

La mujer sonrió. Entonces Anselmo vio que no era Mercedes. Era Eulalia. Pero tenía veinte años. La misma cara de la fotografía. El mismo vestido. La misma forma de mirar.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó Anselmo.

La mujer no respondió. Detrás de ella había cientos de hongos. Y debajo de cada uno había alguien. Al principio Anselmo creyó que eran personas. Después entendió que no. Eran recuerdos. Un hombre joven sentado junto a una bicicleta. Una mujer con un vestido de fiesta. Un chico jugando con una pelota. Un anciano fumando. Una muchacha leyendo una carta. Todos estaban quietos. Todos parecían estar esperando. Y todos tenían algo que Anselmo reconocía. Eran momentos. Pedazos de vidas.

La mujer que parecía Eulalia se acercó.

—Ella está acá.

—¿Mercedes?

La mujer señaló uno de los hongos. Anselmo caminó hasta allí. Debajo había una muchacha. Tenía diecisiete años. Estaba sentada en el suelo. Era Mercedes, la hermana de Eulalia. No había envejecido un solo día.

Anselmo sintió que las piernas le temblaban. Mercedes levantó la cabeza.

—¿Eulalia está bien? —Él no pudo responder—. ¿Está viva? —Anselmo asintió. Mercedes sonrió—. Entonces todavía puedo volver. —Anselmo retrocedió.

—¿Qué es este lugar?

Mercedes miró alrededor.

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo llevás acá?

Ella pensó.

—Una tarde.

Anselmo cerró los ojos.

—Hace veintidós años.

Mercedes frunció el ceño.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

—Eulalia tiene cuarenta y dos.

Mercedes comenzó a llorar. Por primera vez, el paisaje pareció moverse. Los hongos respiraron. No fue una metáfora. Anselmo vio cómo las copas se levantaban apenas, como si algo debajo de la tierra estuviera tomando aire. Entonces escuchó muchas voces. Todas juntas. Algunas conocidas. Otras no. Una de ellas dijo:

—Quédense.

Anselmo tomó a Mercedes del brazo.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Porque Eulalia te está esperando.

Mercedes lo miró.

—¿Y vos?

Anselmo no entendió.

—¿Qué?

—¿Quién te está esperando a vos?

No supo qué responder. En ese momento vio algo debajo de otro hongo. Era él mismo. Más joven. Tenía treinta años. Estaba sentado junto a Eulalia en una plaza. Los dos reían. Anselmo se acercó. Su propia imagen levantó la cabeza. Lo miró. Y sonrió.

Anselmo sintió un frío que no venía del aire.

—No mires —dijo Mercedes.

Pero ya era tarde. Debajo de otros hongos aparecieron escenas. Anselmo con su padre. Anselmo niño. Anselmo entrando por primera vez al taller. Anselmo y Eulalia bailando. Anselmo junto a una mujer que no era Eulalia. Anselmo solo. Anselmo viejo. Anselmo muerto. La última imagen era la de su propia casa. Eulalia estaba sentada junto a una ventana. Esperaba. Siempre esperaba.

Anselmo creyó entender entonces qué eran aquellos hongos. No guardaban muertos. Guardaban lo que las personas habían dejado atrás. Cada miedo. Cada deseo. Cada tarde que nadie recordaba. Cada persona que había desaparecido. Cada vida que pudo haber sido. Y cuanto más tiempo permanecía uno allí, más cosas encontraba. Hasta que ya no recordaba cuál era la verdadera.

—Vámonos —dijo.

Mercedes lo siguió. Caminaron. Los hongos parecían moverse alrededor de ellos. A veces Anselmo escuchaba a su padre llamándolo. A veces a su madre. Una vez escuchó la voz de Eulalia. No se dio vuelta. Siguieron caminando. Después de mucho tiempo apareció la luz del camino. Anselmo salió primero. Mercedes detrás. Moro corrió hacia ellos.

Abajo, en la casa, Eulalia estaba esperando. Cuando vio a Mercedes, no gritó. No lloró. Simplemente caminó hacia ella. Las dos hermanas se abrazaron. Anselmo se quedó a unos metros. Por primera vez en muchos años sintió que no había nada que decir.

La historia de Mercedes se conoció en el pueblo. Durante un tiempo llegaron periodistas. Después médicos. Después curiosos. Mercedes no quiso hablar. Decía solamente que había estado una tarde en el monte. Los médicos dijeron que estaba desorientada. Algunos vecinos dijeron que era imposible. La gente terminó aceptándolo como acepta casi todo en Tucumán: primero con asombro, después con comentarios y finalmente con silencio.

Los hongos comenzaron a desaparecer. Uno por uno. A mediados del invierno ya no quedaba ninguno. El último fue el más grande. Estaba detrás de la casa de Anselmo. Una mañana desapareció. Sin ruido. Sin dejar raíces. Solo quedó un círculo de tierra negra.

Anselmo nunca volvió a subir al cerro. Mercedes regresó a vivir con Eulalia. Durante algunos años fue una mujer silenciosa. Después empezó a trabajar en una escuela. Aprendió a manejar. Se casó. Tuvo dos hijos. Y envejeció. A veces, sin embargo, se quedaba mirando un punto fijo de la habitación. Eulalia le preguntaba qué veía. Mercedes respondía:

—Nada.

Anselmo murió en 1981.

Poco antes de morir llamó a Eulalia.

—Hay que tener cuidado.

—¿Con qué?

—Con los lugares donde uno recuerda demasiado.

Eulalia sonrió.

—Estás delirando.

—No. —Miró hacia la ventana—. Los hongos vuelven cuando uno los llama.

Eulalia no entendió. Tampoco preguntó. Anselmo murió esa misma noche.

Pasaron los años. El barrio cambió. Desaparecieron algunas casas. La estación dejó de tener la actividad de antes. La gente olvidó la historia.

En 2003, durante una temporada de lluvias particularmente intensa, un niño encontró un pequeño hongo detrás de la vieja estación. Se lo mostró a su madre. Ella le dijo que no lo tocara. Al día siguiente había crecido. A los tres días tenía casi un metro. Una semana después ya cubría una parte del terreno.

El niño volvió con sus amigos. Se metieron debajo. Encontraron el suelo seco. Y encontraron algo más. Un hombre estaba sentado allí. Llevaba un saco oscuro. Un sombrero. Y tenía un bastón apoyado entre las piernas. El hombre los miró. Parecía cansado. Pero sonreía.

—¿Quién sos? —preguntó uno de los chicos.

El hombre no respondió. Miró hacia el camino. Esperó unos segundos. Después dijo:

—Estoy esperando a mi mujer.

Los chicos salieron corriendo. La noticia llegó hasta la casa de Mercedes. Ella tenía entonces setenta y cuatro años.

Cuando escuchó lo que había ocurrido, se quedó inmóvil.

—¿Cómo era? —preguntó.

El chico que había visto al hombre describió el saco, el sombrero, el bastón.

Mercedes cerró los ojos.

—¿Tenía barba?

—Un poco.

—¿Y el perro?

El chico levantó la cabeza.

—Había un perro.

Mercedes no dijo nada más. Esa noche caminó hasta la vieja estación. Llovía. El hongo había crecido en pocas horas hasta alcanzar una altura imposible. Mercedes se detuvo frente a él. No entró. Desde adentro llegó una voz.

—Mercedes. —Ella reconoció la voz. No era la de Anselmo. Era la de Eulalia. Su hermana había muerto hacía once años. Mercedes permaneció bajo la lluvia. No se movió. La voz volvió a llamarla—. Mercedes.

Ahí entendió algo que Anselmo nunca había alcanzado a ver. Los hongos no guardaban el pasado. Guardaban a quienes todavía tenían ganas de volver.

Mercedes se acercó un paso. Después otro. Y antes de entrar, miró hacia la ciudad. Las luces de la ciudad temblaban a lo lejos. Por un instante le pareció que entre las casas empezaban a aparecer otras luces. Pequeñas. Amarillas. Como velas. O como ventanas abiertas. O como ojos esperando que alguien regresara.

Mercedes levantó una mano.

Y entró.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

AURICULARES CON CANCELACIÓN MENTAL

Ruben De Baerdemaeker

 

La primera vez que vi unos de esos fue en un restaurante. Hay personas que llevan allí a sus hijos, algo que nunca he comprendido: inevitablemente acaba siendo frustrante para todas las partes y es la mejor manera de arruinarles a todos una velada que podría haber sido agradable y civilizada.

Pero esta vez no sucedió. Una pareja de padres jóvenes entró con su hijo de cuatro años, una pelota saltarina, y eligió la mesa contigua a la nuestra. Suspiré profundamente y consideré la posibilidad de marcharme, aunque acabábamos de pedir y veía que la camarera se acercaba con las bebidas. Los padres –agotados y estresados, como suele ocurrir con esa clase de personas– dejaron caer en una silla al niño, que protestaba, y le pusieron unos auriculares demasiado grandes para su cabeza.

El pequeño dejó de lloriquear de inmediato. Incluso dejó de moverse. Tenía los ojos abiertos, pero miraba fijamente al frente sin emitir un sonido. Sus padres intercambiaron una mirada de alivio y complicidad, se desplomaron también en sus sillas y abrieron la carta. Cuando llegaron sus platos –y una ración infantil de albóndigas con salsa de tomate–, le quitaron los auriculares al niño, que se abalanzó de inmediato sobre las papas fritas. Cinco minutos después volvieron a ponérselos, el niño quedó inmóvil, le limpiaron la salsa de tomate de las mejillas y continuaron tranquilamente con su cena.

Al salir, me acerqué un momento a la pareja y la felicité por su hijo ejemplar, que seguía mirando al frente en un estado catatónico.

—Ay, señor, es pura energía, pero estos auriculares con cancelación mental son un regalo del cielo —dijo la mujer—. En realidad, no son para niños, pero se los recomiendo a cualquiera.

Su equivocación me pareció graciosa y les deseé que terminaran de pasar una buena noche.

También los había en el tren. Dos hombres, cada uno por su cuenta, entraron en el vagón con la multitud y sacaron unos auriculares como por arte de magia. Reconocí el logotipo: una H y una C entrelazadas. Se sentaron junto a otros pasajeros, se pusieron el aparato y quedaron inmóviles. Miraban fijamente al frente, no hablaban, no movían un músculo y volvían a la vida con una pequeña sacudida justo antes de que el tren entrara en la estación, como si hubiera sonado un despertador interno. Uno de ellos se puso unas gotas en los ojos antes de bajar.

La explicación llegó cuando necesité una bolsa para la aspiradora. Uno nunca tiene esas cosas en casa y no las venden en el supermercado, así que no me quedó más remedio que ir a la tienda de electrodomésticos. Y allí volví a verlos, con un gran cartel encima: «¡Novedad! Auriculares HC. ¡Se acabaron los quebraderos de cabeza!».

Procuré no parecer demasiado interesado cuando le pregunté al vendedor:

—¿Cómo funcionan esos auriculares nuevos? Parece que se están poniendo de moda…

—¿De moda, señor? Apenas damos abasto con la demanda. Además, son un producto fantástico, con una excelente relación entre calidad y precio. Ya están circulando las primeras imitaciones, pero yo tendría cuidado con ellas.

—Sí, sí, pero ¿qué hacen?

—Bueno, señor, supongo que conoce el principio de la cancelación de ruido.

Me miró como si supiera perfectamente que yo no lo conocía.

—Consiste en invertir una onda sonora. Es decir: los auriculares producen una onda exactamente opuesta al sonido del entorno. Las dos ondas se anulan entre sí. Resultado: silencio. ¿Lo entiende?

Asentí.

—Sí, sí, lo conozco. Yo también tengo unos auriculares de esos. Ya no podría vivir sin ellos.

Me habían regalado aquellos auriculares por mi cumpleaños, hacía unos años. Los viajes al trabajo se volvieron mucho más agradables. Además, la gente te molesta menos cuando llevas uno de esos aparatos en la cabeza. Casi nunca escuchaba música; con un poco de paz y silencio me bastaba.

—Bueno, la actividad de su cerebro también consiste en ondas. La cancelación mental funciona, por tanto, igual que la cancelación de ruido: registra los impulsos eléctricos de su cerebro y genera una onda negativa que los anula. Al mismo tiempo, los auriculares producen un agradable ruido blanco para neutralizar los estímulos externos. Resultado: una tranquilidad absoluta en su cabeza.

—O sea que, en realidad, el cerebro se detiene.

—Bueno, nunca al cien por ciento, pero HC ya alcanza un noventa y ocho por ciento de silencio cerebral. Es impresionante para un producto nuevo.

—¿Y cómo vuelve uno a despertarse?

—Despertarse no es exactamente la palabra, porque tampoco se queda dormido: simplemente se apaga durante un rato. O se pone en modo de espera, mejor dicho. Hay un temporizador en la aplicación y, cuando se cumple el tiempo, deja de inhibirse la actividad cerebral y usted vuelve a encenderse por sí solo. O cuando alguien le quita los auriculares, por supuesto; no hay ningún peligro. ¡Si fuera peligroso, no estaría permitida su venta! ¿Le gustaría probarlos?

Me tendió unos auriculares, que rechacé con un gesto.

—No, gracias. Solo tengo una cabeza y prefiero conservarla un poco más.

—No se preocupe, señor. Hasta los médicos los recetan. La desconexión mental es la última tendencia. ¿Seguro que no quiere probarlos un momento?

—Por ahora no, gracias. Lo pensaré un poco más.

—Por supuesto, pero, si se le quitan las ganas de pensar, ¡no dude en volver!

Salí de la tienda con una provisión de bolsas para la aspiradora.

La primera «zombi» que vi con mis propios ojos estaba sentada en una parada de autobús. Por la mañana esperaba allí –con los auriculares puestos, por supuesto– cuando pasé apresuradamente hacia el andén del tren, y por la tarde, al regresar, seguía en el mismo lugar. Varias personas se habían congregado a su alrededor y, al parecer, alguien acababa de llamar a emergencias.

Le habían quitado los auriculares, pero no había vuelto a despertarse. O a activarse, o a «encenderse», o como hubiera que llamarlo. Los paramédicos no parecían impresionados.

—Ya es la cuarta de esta tarde. Subámosla; veremos qué pasa.

Aparecían «zombis» aquí y allá, se los llevaban en ambulancia, los titulares ponían el grito en el cielo, los artículos de opinión anunciaban el fin de los tiempos y los políticos prometían tomar medidas. Todo perfectamente previsible, por lo tanto, y nadie le prestaba demasiada atención. La mayoría de los zombis volvía a activarse al cabo de unos días, según leí en el periódico. Con otros se tardaba un poco más, o todavía no se conseguía restablecer la actividad de sus ondas cerebrales. Pero ¿quién podía afirmar que la culpa fuera realmente de los auriculares?

HC, la empresa que los fabricaba, insistía en que su producto no causaba daños, aunque, por supuesto, era importante usarlo de manera responsable. Eso también figuraba en la letra pequeña de sus anuncios. Algunas celebridades admitían en entrevistas que de vez en cuando disfrutaban de «media horita de desconexión total» o incluso de unas «vacaciones cerebrales» de uno o dos días.

Cuando fotografiaron al primer ministro detrás de su imponente escritorio con unos HC en la cabeza y los ojos muy abiertos, aquello también dio tema para las noticias durante un día. Nada más. Entretanto, en el tren ya había más pasajeros con HC que sin ellos. Se viajaba con más tranquilidad que antes, pero yo no terminaba de sentirme cómodo.

—No puede haber gastado ya todas esas bolsas para la aspiradora, ¿verdad, señor? Creo que me imagino a qué viene. ¡Qué suerte: acabamos de rebajarlos!

En el expositor de HC había una gran pegatina: «¡Tampoco se preocupe por el precio! ¡Desconexión mental para todos!».

—Lo he pensado un poco más —dije—. Y me ha resultado muy molesto. Deme unos negros comunes, por favor.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

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EL LARGO CAMINO

Domnica Rîf


«El viaje más largo es el que va de casa…
de vuelta a casa».

Padre Alexa de Jimbolia, misa dominical

 

Durante muchos años había vivido en el extranjero, entre desconocidos: al principio, para estudiar, formarse, comprender el mundo y aprender a superar la vida modesta y limitada de sus padres. Limitada en todos los sentidos: en lo material, en lo intelectual, en su visión del mundo y en su personalidad. Quizá también ellos habían soñado alguna vez con grandes cosas. Pero los problemas cotidianos habían ido extendiéndose poco a poco por sus vidas, y habían aprendido a ser felices simplemente cuando lograban superarlos: cuando no había dificultades y podían vivir en paz. Y siempre daban gracias por eso. Con el tiempo se habían vuelto devotos casi hasta el exceso. Cuanto más envejecían, más sencillo parecía volverse su pensamiento. Daban gracias a Dios constantemente, como si sus circuitos neuronales se hubieran acortado de algún modo y su lenguaje se redujera a aquella única frase sencilla, sin demasiadas explicaciones ni reflexiones. Sus mentes ya no parecían tener deseos de cuestionar, analizar, admirar o rebelarse. Se conformaban con poco y siempre lo agradecían.

El automóvil eléctrico dio una ligera sacudida y su atención volvió a la carretera. La batería aún tenía más de la mitad de la carga y todos los demás indicadores del tablero estaban normales.

La mujer bostezó y activó la conducción automática: la versión más reciente, que había adquirido hacía poco.

Pero, al cabo de unos cientos de metros, el automóvil redujo suavemente la velocidad hasta detenerse. Le preguntó al sistema por qué y recibió como respuesta: «Obstáculo adelante». Pero allí no había nada. Se encontraba en una carretera vacía entre dos poblaciones rurales. A lo lejos parpadeaban las tenues luces de un pueblo. Bajó del automóvil y miró a su alrededor. Bajo la luz de los faros no se veía nada, ni detrás ni delante. Lo apagó todo y reinició el sistema, del mismo modo en que se reinicia una computadora cuando se desconoce el problema y, a menudo, eso lo soluciona todo.

Nada. El automóvil se negaba a avanzar. Pasó a la conducción manual. El motor zumbaba, pero el vehículo permanecía inmóvil. El sistema estaba programado para prevenir colisiones de forma automática: los sensores que detectaban distancias y obstáculos podían detener el automóvil mucho más rápido que cualquier reacción humana. Conducir se había vuelto sumamente seguro. Intentó retroceder. Eso funcionó. Retrocedió varios metros y luego volvió a avanzar. El automóvil se detuvo. Otra vez. Retrocedió una vez más y después se pasó al carril contrario. Al fin y al cabo, ella era quien conducía: podía ir por donde quisiera, y no había otro vehículo en kilómetros.

Volvió a retroceder para regresar al carril correspondiente. El automóvil se detuvo por completo. Repitió los mismos pasos. Bajó otra vez, reinició el sistema, dio unos golpecitos con los dedos en el tablero y después lo golpeó con el puño. Salió y limpió los sensores delanteros, pensando que quizá los había cubierto el polvo. Retrocedió unos metros y dio la vuelta con el automóvil. Volvió a bajar.

Nada. Intentó pasar por aquel punto marcha atrás. El automóvil volvió a detenerse. La invadió un arrebato de furia. Saltó del vehículo y pateó los neumáticos, luego incluso las puertas, maldiciendo como pocas veces lo había hecho en su vida. A su alrededor se levantó un viento fresco. El cielo se había cargado de nubes. Ya no se veían estrellas ni luna, ni siquiera las lejanas luces del pueblo.

Se estremeció. Un temblor de miedo la recorrió y volvió a entrar en el automóvil. El miedo la serenó. Después de todo, no había ninguna razón verdadera para apresurarse. Por una razón u otra, sencillamente no podía seguir adelante. Regresó al pueblo por el que había pasado antes y estacionó en el pequeño aparcamiento de una tienda rural. No tenía ganas de conducir hasta la ciudad más cercana para buscar una habitación de hotel o una pensión.

Apagó los faros y se inclinó sobre el asiento del acompañante, pero la posición era incómoda. No tenía ganas de salir del automóvil. Sentía como si alguien pudiera estar observándola: una sensación desagradable. Quizá algún borracho que deambulaba por allí de noche… Reclinó el asiento todo lo posible e intentó pasar por encima hacia el asiento trasero. Justo cuando estaba a medio camino sobre el asiento del conductor, alguien golpeó la ventanilla.

—¡Vamos, querida, dormirás en mi casa! ¿Por qué quedarte aquí de noche?

A través del vidrio vio el rostro alegre de una anciana regordeta, con un pañuelo anudado a modo de tocado.

—¡No, señora! ¡No saldré de aquí por nada del mundo!

La mujer bloqueó rápidamente las puertas, preguntándose por qué no lo había hecho antes.

—Como quieras, querida. Pero se acerca una tormenta, y de las fuertes. Dentro de ese pequeño automóvil eléctrico tuyo… ¿verdad? —dijo la anciana.

¿Cómo demonios sabe que es eléctrico?, se preguntó la mujer.

—Buenas noches, muchacha —dijo la anciana, alejándose.

La mujer encendió los faros. Apoyada en un bastón, la anciana se alejaba lentamente, acompañada por un gato que no dejaba de zigzaguear entre sus pies.

Un relámpago partió el cielo. Después, un trueno sacudió el automóvil. La anciana apresuró el paso, renqueando, y el gato corrió detrás de ella. Empezó a llover.

Voy a quemarme viva aquí si ocurre algo… ¡La batería está casi completamente cargada!

—¡Espere, voy con usted! —gritó. Tomó las llaves y el bolso, cerró la puerta de un golpe y bloqueó el automóvil a distancia mientras corría. Lo apagó todo por completo para que ningún programa siguiera funcionando.

Detrás de la tienda había una pequeña casa, apenas visible entre los árboles: solo se distinguía cuando brillaban los relámpagos. En el patio, un perrito ladró con fuerza antes de refugiarse en su caseta. Entonces se desató la tormenta: lluvia violenta, viento furioso y granizo.

—¡Bueno, también se fue la electricidad! —murmuró la anciana.

—Tengo mi teléfono —dijo la mujer, buscando en el bolso.

—Yo también tengo velas, ¡pero no sé dónde están los fósforos! —rio la anciana.

—Lo dejé en el automóvil —dijo la mujer, disponiéndose a regresar.

—¡Déjalo! Después de la tormenta. Siéntate aquí, en la cama. Tú de este lado, yo del otro. —A la luz de los relámpagos vio la cama y se sentó.

La anciana le acarició suavemente el cabello y le guio la cabeza hacia la almohada. El agotamiento del día, el pelo mojado, la manta con olor a lana y el ronroneo del gato que había subido a la cama la hicieron estremecerse y cubrirse. Pronto oyó los suaves ronquidos de la anciana. Afuera, la tormenta arreciaba.

 

Cuando se acercaba lo que parecía ser el amanecer, se levantó en silencio de la cama que compartía con la anciana. A través de la ventana vio luces intermitentes, rojas y azules, como las de una ambulancia. Tomó el bolso –había dormido con él en la cama–, se puso los zapatos a tientas y salió.

Detrás de la tienda, las luces se veían con mayor claridad.

No estaba amaneciendo. Su automóvil ardía como una antorcha. Junto a él había un vehículo policial y varios bomberos.

Se desmayó.

 

Despertó en una ambulancia. A su lado, una joven le daba suaves golpecitos en el brazo, preparándose para ponerle una inyección.

Retiró la mano instintivamente.

—¡Eh, ya despertaste! Quédate quieta. Tenías puesta una mascarilla de oxígeno. Ahora que estás consciente, te sacaremos enseguida una muestra de sangre. Parece que estás bien: saliste del automóvil justo a tiempo.

 

En el hospital por fin tuvo tiempo de explicarse.

—Había una mujer, una anciana, que me invitó a dormir en su casa hasta que pasara la tormenta.

—Qué bien. Todavía queda gente buena —comentó un auxiliar que limpiaba el piso junto a la cama.

El policía tomaba notas mientras consultaba a menudo su teléfono.

—¿Dónde vivía la anciana? —preguntó el auxiliar.

—Justo detrás de la tienda —dijo la mujer.

—Pero allí no hay nada, solo árboles y maleza —respondió el auxiliar, deteniéndose y sonriéndole.

—También tenía un gato —añadió la mujer.

El policía se levantó, al parecer sin interés en la conversación, pero mirando fijamente su teléfono. Se despidió y se fue.

Se oyeron sirenas en el pasillo y varias personas pasaron apresuradas. La mujer le pidió un teléfono a una enfermera y tuvo que usar el teléfono fijo del hospital. Llamó a la familia que había dejado en casa e intentó comunicarse con sus padres, que la estaban esperando y seguramente ya habrían empezado a preocuparse.

Al cabo de un rato le dieron un dispositivo moderno con varias aplicaciones útiles. Para su fastidio, no podía acceder a ninguna de sus cuentas en las redes sociales, como si alguien hubiera cambiado todas sus contraseñas. En realidad, había usado la misma contraseña en todas.

Solo sabía de memoria un número de teléfono y llamó. De una persona a otra se difundió la noticia de que estaba a salvo. Su novio se puso en contacto con ella de inmediato y le dijo que iría lo antes posible a llevarla a casa.

Se quedó dormida. Cuando despertó de nuevo, ya era de mañana. Ahora estaba preocupada. ¿Por qué no había llegado todavía? El auxiliar se ofreció a llevarla a la casa de sus padres, en el pueblo situado justo después de aquel donde había ocurrido el accidente… bueno, el incendio.

En la penumbra de la primera hora de la mañana apenas se distinguían las tenues luces del pueblo siguiente, donde vivían sus padres. El pueblo en el que se había detenido no mostraba ninguna luz, ni en las farolas ni en las casas, ni la primera vez que había pasado por él ni la segunda.

—Hubo una gran tormenta —dijo el auxiliar—. Se cortó la electricidad en nuestro pueblo y todavía no ha vuelto. Seguramente esa misma tormenta, cuando el rayo cayó sobre su automóvil, también quemó los cables de la red.

Conversaron durante el trayecto. Se detuvieron cerca de la tienda, donde aún estaba su automóvil. Carbonizado. Pronto vendrían la policía o la compañía de seguros a llevárselo. Caminó hacia la parte trasera de la tienda. Los altos árboles no ocultaban ninguna casa. Aunque ya era pleno día, la espesa vegetación –árboles muy juntos, acacias espinosas, maleza que se prendía a la ropa y al cabello– dificultaba verlo todo con claridad. Pero allí no había ninguna casa. Ninguna.

Un escalofrío la recorrió y se alejó apresuradamente del lugar. Intentó mirar por la ventana de la tienda, que no tenía ningún cartel ni indicaba el horario de atención.

El auxiliar la llamó:

—¡Lleva años cerrada! Este pueblo está casi abandonado. Solo quedan unas pocas familias: mi tía y yo.

—Entonces… ¿dos familias o dos personas? —preguntó.

—Bueno… cada uno por su lado. Las dos cosas son ciertas —dijo, encogiéndose de hombros—. Ella es demasiado vieja y yo demasiado pobre para irnos. Y, sinceramente, me gusta este lugar agreste: la soledad, el silencio…

La mujer comprendió que eso explicaba por qué nadie parecía tener prisa por reparar la red eléctrica. Dos personas y un puñado de casas en ruinas difícilmente justificaban el esfuerzo. Volvió a mirar su automóvil quemado. Algo en él la atrajo.

El auxiliar abrió la puerta de su viejo automóvil y gritó:

—¡Olvídelo! Vamos, déjeme llevarla a casa para poder regresar. Mi turno en el hospital fue largo y estoy agotado. —Pero ella se inclinó e intentó mirar a través del parabrisas, más allá del hollín oscuro que lo cubría. Encontró un punto del que se había desprendido un trozo de lo que parecía plástico derretido, dejando una pequeña zona limpia y transparente. En el asiento del conductor había un cuerpo. Carbonizado. Desplomado sobre el volante. Un cuerpo pequeño, encogido sobre sí mismo. En la mano aferrada al volante, más allá de la ceniza que alguna vez había sido ropa, piel y carne, había un anillo en uno de los dedos.

Sucio. Ennegrecido. Su anillo.

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Domnica Rif nació y vive en Jimbolia, Rumania. Escribió la novela de ciencia ficción *A Moment Later*, los cuentos infantiles *The Dinosaur* y *Purecilă*, y los relatos cortos *Zanzibar*, *Interview*, *The Long Way Home* y *Contact*.

jueves, 15 de octubre de 2026

BEL’AIR

Franzeska Gőrtz Ewart

 

Mi madre está sentada frente a mí, diminuta en el gran sillón, con la espalda tan encorvada que la nariz casi le toca la mesa que los Ángeles han acercado para su taza de té de la mañana. Sentada en el borde de su cama de alta tecnología, trato de no afligirme al ver cuánto se ha deteriorado.

Porque, Dios mío, vaya si se ha deteriorado. Esa columna en forma de ce, que solía llamar orgullosamente su «joroba de viuda», se ha curvado de manera alarmante, y tiene la caja torácica tan comprimida que es un milagro que todavía pueda respirar. Quizá por eso casi nunca habla. Quizá no sea solo la demencia.

Lo peor, sin embargo, es lo alterada que está hoy. Y asustada, como si mi llegada representara alguna amenaza; me pregunto si teme que la traslade a otro sitio. Nunca me ha perdonado que la arrancara de su casa, así que supongo que, en esa mente suya donde todo está patas arriba, soy capaz de cualquier cosa.

Me duele que no confíe en mí, pero sobre todo estoy muy, muy alarmada, porque esto, este miedo, es terrible. Tiembla de pies a cabeza, las manos no dejan de moverse, los dedos se retuercen con angustia y hay pánico en esos ojos azules con sus diminutas lunas opalescentes.

Lo que de verdad quiero es dar media vuelta y regresar a casa, pero la conciencia no me lo permitiría, así que durante un rato me muevo nerviosamente de aquí para allá, murmurando frases hechas, tratando de aliviar la tensión. Sé, por supuesto, que debería limitarme a darle un pequeño abrazo o una palmadita en el brazo, pero no puedo.

Nunca pude, al menos de adulta, y de niña no recuerdo abrazos ni caricias, así que quizá sea por eso. Sea cual sea la razón, lo único que sé es que nada –y cuando digo nada, es nada– me induciría a tocar a mi madre. La sola idea me aterra.

Porque, si lo hiciera, ella también podría tocarme, quizá incluso sujetarme, y estoy convencida de que, si lo hiciera, me vería arrastrada al abismo de su oscuridad y desaparecería para siempre. Sé que es infantil, irracional y melodramático, pero, tal como lo veo, llevo más de sesenta años evitándolo y ni por todos los demonios voy a dejar de hacerlo ahora.

Por eso decido mostrarle la vieja fotografía. Acabo de encontrarla en el cajón de su mesa de noche, mientras buscaba algo dulce, porque el largo viaje en auto me había dejado mareada y habría matado por una barra de Mars, un Bounty o unas pasas cubiertas de chocolate.

Este mareo no es nuevo. Me ocurre cada vez que abro la puerta de mi madre y aspiro ese espantoso olor a orina rancia y a algo intensamente cítrico, que hoy es tan fuerte que también me provoca náuseas.

—Mira, mamá —digo, deslizando con cuidado la fotografía en el espacio que queda entre sus manos y el mentón—. Es Suiza, ¿verdad? ¿Esa casa grande de Davos donde vivías?

Ahora intento persuadirla, desesperada por obtener alguna reacción.

—¿Y ves lo que dice en la fachada? «Bel’Air». ¿No la llamabas Villa Bel’Air? –Cada vez más entusiasmada con el tema, señalo con excesiva vehemencia la montaña del fondo–. Y esa debe de ser el Schatzalp, donde ibas a esquiar.

Mi madre no responde, así que me aparto un poco y me meto disimuladamente tres Maltesers en la boca, los aprieto contra el paladar y cierro los ojos. El chocolate malteado llena hasta el último rincón con una dulzura que me adormece la mente.

¡Qué delicia! ¡Qué éxtasis!

Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo que las lágrimas corren por las mejillas de mi madre en dos regueros incesantes.

La culpa me consume. ¿De verdad creí que ver la querida casa de su infancia, a la que no tiene la menor posibilidad de regresar, alegraría a mi pobre mamá? Retiro la foto, pero, antes de devolverla al cajón, la examino con más atención.

Por las letras y la arquitectura, calculo que debe de ser de principios del siglo XX, y, para el tiempo que tiene, es extraordinariamente nítida. Vuelvo a mirar a mamá para ver cómo está y me alivia comprobar que ha dejado de llorar. Sin embargo, tiene la cabeza muy inclinada y contempla el espacio donde estaba la foto: es la viva imagen de la desdicha.

Me siento fatal. De verdad pensé que mostrarle la foto era algo bueno. Estoy segura de haber oído que utilizan fotografías antiguas para ayudar a las personas con demencia, así que supuse que los recuerdos del aire puro de los Alpes, los cielos de un azul intenso y el aroma de las gencianas le ofrecerían un respiro agradable de ese miserable retazo de césped que ve por la ventana y del olor a orina y cítricos que respira. No es culpa mía que todo haya salido tan mal.

Oigo un tintineo lejano, lo que significa que el Ángel del Té y las Galletas está en camino, así que guardo la foto a buen recaudo en la mochila y vuelvo a mirar a mamá para asegurarme de que esté más o menos tranquila. Me sobresalta comprobar que no lo está en absoluto. Tiene el rostro de un rosado poco natural y mueve la boca de un lado a otro, como si algo se le hubiera quedado atascado debajo de la dentadura postiza.

Me digo que no debo asustarme, me deslizo de la cama, me inclino y susurro:

—Tranquila, mamá, estás bien.

Se supone que eso debería tranquilizarla, pero está claro que no funciona, porque ahora emite sonidos guturales, como si se estuviera ahogando o tratara de hablar.

Tengo las palmas pegajosas de un sudor con olor a chocolate. Lo último que quiero es que los Ángeles sepan que he alterado a mi madre, pero no puedo negar que lo he hecho.

Los sonidos guturales continúan y poco a poco se convierten en una palabra. Suena como sour, «agrio» en inglés, con una especie de «sh» al final, y la repite una y otra vez. También intenta mirarme, girando el cuello con esfuerzo, desesperada por encontrar mis ojos, como si eso de sour fuera importantísimo.

—¿Qué ocurre, mamá? —pregunto, tan cerca de su oído que puedo oler el agua de colonia que algún alma bondadosa le ha aplicado allí—. ¿Sentiste algún olor agrio en la habitación? ¿Se derramó leche?

No estoy preparada para la ferocidad de su respuesta.

—¡Nein! —dice con absoluta claridad—. ¡Nein! —repite, y esta vez parece más un gruñido. Un gruñido en alemán.

Durante todo este tiempo, el tintineo del carrito del té se ha ido acercando, y ahora advierto que se ha detenido frente a la puerta. Ruego que el Ángel del Té de hoy sea Bisi –diminutivo de Olabisi, que significa «la alegría se multiplica»–, corro a abrir y, sí, es ella. La dulce y bondadosa Bisi, con esa sonrisa que siempre parece reservada especialmente para mí.

Quizá Dios exista…

Salgo, dejo la puerta entornada detrás de mí e invento para Bisi una historia sobre una mala noticia que he tenido que darle a mamá. Mientras recibo la taza y el plato de galletas rellenas de crema de vainilla que me entrega, me oigo decir:

—La verdad es que está más alterada de lo que esperaba. Quizá me quede a pasar la noche. ¿Está libre la habitación de huéspedes?

Bisi me aprieta el brazo y saca el teléfono. Después de dar varios toques certeros con una uña roja inconcebiblemente larga, sonríe de oreja a oreja.

—Está libre —dice—, y ahora es tuya. —Antes de alejarse con el carrito, añade—: Qué buena hija eres, tan atenta con tu madre.

Y vuelve a apretarme el brazo.

Me invade esa calidez de quien se sabe virtuosa y, mientras dejo el té y las galletas sobre la mesa de mamá, me consuelo pensando que, en realidad, Bisi tiene razón. Soy una buena hija, una hija atenta.

Lo soy.

Mamá ya no tiene palabras, pero, mientras compruebo la temperatura del té y le acerco la taza a los labios, repaso su dramático arrebato.

Había dicho sour, una y otra vez, que en alemán suena igual, sauer, y, como en inglés, significa «ácido». Sin embargo, en ambos idiomas también puede significar «enojado», así que quizá quisiera decir que estaba enojada conmigo, lo cual tendría mucho sentido.

Yo también estoy bastante enojada, así que, después de sumergir con cuidado una galleta en el té y llevarla –a la velocidad del rayo– a la boca abierta de mamá, le digo que me quedaré a pasar la noche y que volveré a verla más tarde. Como no hay la menor reacción, me retiro sin entusiasmo.

Ya casi es hora de almorzar y los Maltesers son un recuerdo lejano, así que voy a la cafetería, compro dos sándwiches de queso, un café y tres KitKats y, por fin sola en mi agradable habitación blanca, me lo devoro todo. Llamo a casa para decirle a mi marido que no volveré hasta mañana; después saco la foto de la mochila y la someto a un examen minucioso.

A la sombra del imponente Schatzalp está la Villa Bel’Air, la casa familiar en la que el padre de mamá –a quien yo llamaba Papa– también tenía su farmacia. Hay dos grandes balcones, uno en cada piso, y en el de abajo están inscritas las palabras «Apotheke» y «Chemist», en enormes mayúsculas que, por algún motivo, imagino doradas.

Entre las palabras doradas hay una cruz, flanqueada por dos serpientes con la cabeza metida en sendos crisoles. En mi imaginación, también las serpientes y los crisoles son de oro.

El sol entra con fuerza por la ventana de la habitación y, sin dejar de mirar las serpientes doradas, entrecierro los ojos. Ahora las veo desenfocadas, ondulando suavemente arriba y abajo mientras beben de sus recipientes de oro y, hipnotizada, siento que mis pensamientos se alejan a la deriva.

¿Qué habrá en los crisoles?, me pregunto, somnolienta. ¿Opio? ¿O el oro de los filósofos? ¿El elixir de la juventud?

Mis ojos regresan con pesadez al primer balcón y allí, justo encima de la serpiente de la derecha, está Papa. Lleva un traje negro, y el bigote, que recuerdo blanco y erizado como un cepillo de dientes, también es negro y de una espesura exuberante.

Mientras el sueño me envuelve, veo que tiene una criatura en brazos. Una bebé.

Mi madre.

Cuando despierto, el sol está bajo, las sombras son largas y la fotografía de la Villa Bel’Air está en el suelo. Aunque el estómago me reclama una cena de pescado, no cedo. En cambio, abro el teléfono, selecciono el modo de IA y escribo: «Villa Bel’Air, Davos, década de 1920, Thomas Hannay, farmacéutico».

Más rápido, sin duda, que la velocidad del sonido, recibo tanta información que me abruma; pero, aunque resulta fascinante recordar que Papa era pintor, poeta y un talentoso lingüista, ahora estoy buscando otra cosa.

Recuerdo la angustia de mamá al mirar la fotografía y la palabra –la palabra alemana– que tanto se esforzaba por decir.

Sauer. Seguida de un sonido «sh»…

Desde un pasado remoto me llega una palabra que mi madre me enseñó.

Sauerstoff.

«Oxígeno».

La IA me invita a «Preguntar cualquier cosa», así que escribo «oxígeno» y me informa que, a principios del siglo XX, Davos era el epicentro mundial del tratamiento de enfermedades respiratorias, en particular de la tuberculosis. Farmacéuticos como Hannay se encargaban de suministrar oxígeno en cilindros a presión.

El corazón me late tan rápido que me preocupa, así que guardo el teléfono en el bolsillo, voy a toda prisa al supermercado Waitrose del barrio, compro cuatro latas de gin-tonic y me obligo a regresar despacio.

Con las latas en la mochila y el sol de la tarde sobre los hombros, estoy más tranquila. Mientras camino, pienso en lo fácil que es la vida ahora que mamá está al cuidado de los Ángeles; pero, cuando abro la puerta de la residencia, me asalta un pensamiento incómodo.

Me he acomodado. Poco a poco, con los años, he ido espaciando las visitas y –peor aún–, cuando vengo, no se me ocurre nada que decir para hacer más agradable el rato a las dos. Una vez cumplidas las formalidades iniciales, lo único que hago es sentarme y preguntarme cuándo podré irme sin quedar mal.

Pero lo de hoy ha sido una llamada de atención. Ese rubor anormal, esa respiración entrecortada, me recordaron lo cerca que podría estar el final de mamá. El poco tiempo que me queda para mejorar esa pequeña vida suya, tan pobre.

De vuelta en la habitación, abro una de las latas de un tirón, doy un buen trago de ginebra y, de pronto –¡bingo!–, se me ocurre toda una serie de cosas maravillosas que podría conseguirle a mamá para mejorarle la vida.

Grandes macetas frente a su ventana, con flores perfumadas. Un comedero para pájaros. Una radio. Almohadones de colores vivos. Y –lo más importante– apretarle el brazo de vez en cuando, darle alguna suave palmadita en la cabeza. Seguro que puedo hacerlo.

Seguro. Que puedo.

Durante un rato floto, dichosa, en mi mar de buenas intenciones. Entonces suena el teléfono: es Bisi, que me pide que vaya de inmediato a la habitación de mamá. Aunque su voz es muy serena, percibo una nota de preocupación. Completamente despabilada, corro por el pasillo, con las alarmas machacándome el cerebro.

La puerta está entreabierta y personas de semblante grave entran y salen a toda prisa, llevando aparatos inquietantes. Pegada a la pared del pasillo, distingo tubos e indicadores que oscilan, oigo el suave zumbido del suministro de oxígeno y, por encima de todo, un pitido insistente que parece anunciar algo importante.

Estoy convencida de que mamá está a punto de morir y las piernas se me vuelven de agua cuando recuerdo aquella disparatada lista de cosas para mejorarle la vida que hice hace menos de una hora. Quiero gritar ante la angustia inútil de todo aquello.

Entonces recuerdo la urgencia con que había dicho aquella palabra, Sauerstoff, y las piernas terminan por ceder. Con la cabeza entre las rodillas, desesperada por no desmayarme, pienso: «Nunca voy a saber por qué la dijo». Y después, mientras siento que pierdo el conocimiento: «Al final, nunca, nunca voy a tocarla…».

Lo siguiente que recuerdo es que estoy en mi cama y un Ángel –no Bisi, pero igual de bondadoso– me refresca la cara con un paño frío y me dice que estoy bien.

No me siento bien en absoluto.

—¿Cómo está mamá? —pregunto.

Para mi alivio, el Ángel sonríe y, aunque con cautela, me dice que ahora está estable y duerme. Después me entrega un vaso de agua, me asegura que puedo contar con ella si la necesito y se aleja flotando.

Digo «flotando» porque, desde que recobré el conocimiento, me siento extrañamente irreal e ingrávida, como si me observara desde arriba. En un intento de volver a afianzarme en la realidad, me bajo con cuidado de la cama, recojo la fotografía de la Villa Bel’Air y examino la serpiente dorada que está justo debajo de los pies de mi madre bebé.

Es entonces cuando, en vez de volverse más reales, las cosas toman un giro decididamente sobrenatural.

Ahora bien, en este punto debo asegurarles que no soy una persona fantasiosa. No me interesan la religión, el espiritismo ni la magia, y, en lo que respecta a la alquimia, no tengo paciencia para la visión de las cosas a lo Harry Potter. A mi juicio, los alquimistas no eran más hechiceros que yo, sino químicos honrados y laboriosos que buscaban la verdad sobre las propiedades de la materia.

Así que, cuando digo que la serpiente que estaba debajo de los pies de mi madre levantó lentamente la cabeza del crisol y, con un movimiento casi coqueto de la cola, se volvió hacia mí, tendrán que sacar sus propias conclusiones.

Quizá aún no estuviera del todo despierta. Quizá la tensión de aquel día me hubiera trastornado. Quizá –probablemente– hubiera bebido demasiada ginebra. Fuera lo que fuese, la extraordinaria visión no termina ahí. Lo mejor, como suele decirse, está por venir.

Porque, ante mis ojos atónitos, la serpiente se muerde la cola y forma un círculo perfecto. Mientras contemplo cómo su final se convierte en su principio y su principio en su final, es como si el Tiempo mismo dejara de existir.

Entonces oigo con absoluta claridad la voz de mi madre: una voz mucho más joven, aunque, por desgracia, no menos agobiada. En el resplandor dorado de la serpiente, convertida ahora en un uróboros, símbolo de la eternidad, escucho la historia que ya estaba enterrada en lo más profundo de mi memoria; todo encaja y comprendo.

Cuando el resplandor se desvanece y la serpiente vuelve a su lugar, encima del letrero de «Apotheke», me siento maravillosamente tranquila, como ocurre cuando por fin se resuelve un enigma. Sin embargo, persiste una corriente soterrada de horror que, por el momento, aparto; y, mientras todo sigue fresco en mi memoria, abro Google.

«A principios del siglo XX –escribo–, el joven aprendiz de Thomas Hannay, farmacéutico de la Villa Bel’Air, en Davos, Suiza, murió al explotar el cilindro del que intentaba suministrar oxígeno. ¿Fecha?».

La IA tarda más de lo habitual en informarme de que la explosión mortal que casi destruyó la Villa Bel’Air ocurrió el miércoles 23 de noviembre de 1921, y que su estruendo resonó por todo el valle del Landwasser; pero, a estas alturas, ya no me interesan los datos ni las cifras.

Solo puedo pensar que, cuando mamá tenía apenas ocho años, su vida idílica quedó hecha pedazos y nunca pudo recomponerse. Durante un rato, incapaz de moverme, trato de imaginar el espantoso estruendo que retumbó por el Schatzalp, los gritos mientras la Villa Bel’Air se desgarraba, y la consternación, la desolación y –al menos entre los adultos– los reproches mutuos que debieron de venir después.

No es extraño que mi madre se convirtiera en una adulta que se sobresaltaba con el menor ruido y no confiaba en nadie. No es extraño que ni siquiera pudiera tocar a su propia hija.

Arranco la anilla de otra lata y me echo el contenido por la garganta.

A la mañana siguiente, cuando voy a ver cómo está mamá, me sorprende gratamente encontrarla en su sillón, envuelta en una manta. Y no está sola.

Sentada en la cama, con las piernas cruzadas, hay una chica de unos quince años, con una explosión de rizos negros surcados por mechones verdes, varios piercings y unas gafas grandes que la hacen parecer una lechuza muy bonita.

Me saluda con un gracioso movimiento de la mano.

—¡Hola! Soy Raine —dice, con una voz dulce como una canción—. Vengo todos los jueves a leerle a tu mamá para mi acreditación de Participación Comunitaria de la SQA.

Levanta un viejo libro de bolsillo que reconozco como el ejemplar de mamá de La montaña mágica, de Thomas Mann. En la cubierta hay una pintura de Davos, con el Schatzalp al fondo.

—Lo encontramos allá arriba, en el estante —explica Raine—, y pensamos que le gustaría por la montaña, la nieve y todo eso…

Miro a mamá con cautela.

—¿Y le gustó? —pregunto, y veo que intercambian una sonrisita cómplice.

—No mucho —admite Raine—. Es decir, en realidad no pasa nada. Solo hay unos enfermos que se toman la temperatura todo el tiempo. —Se anima—. Traje uno de los míos para probar.

Saca otro libro de su bolso. El título está escrito con letras góticas y la cubierta es predominantemente negra, con algunas manchas carmesíes.

—Es uno de Crónicas vampíricas —me dice Raine, con una amplia sonrisa—, y de verdad, es increíble. Y, si le gusta, tengo muchos más…

Hago una pausa antes de preguntar:

—¿Había una fotografía dentro de La montaña mágica?

Se hace el silencio. Raine se muerde el labio y después asiente.

—Se la mostré porque pensé que le gustaría, por ser suiza y todo eso, pero se puso muy mal —dice—. Lo siento muchísimo.

Por un momento parece tan desolada que creo que va a llorar.

Me acerco, recojo La montaña mágica y lo meto en la mochila.

—Te aseguro que ya lo ha olvidado —le digo a Raine—. Y te agradezco muchísimo que hagas esto. A mamá le van a encantar esos vampiros.

Abro el cajón de las golosinas, saco un montón de barras de chocolate, caramelos de goma y Smarties y se lo dejo todo en el regazo.

—Todos le traen dulces —explico—, y a ella no le gustan demasiado.

Me dirijo a la puerta, pero, antes de irme, me coloco detrás del sillón de mamá. Me inclino, le rodeo el cuello con ambos brazos y le doy el abrazo más cálido de que soy capaz.

—Cuídate, mamá —le digo—. Vendré a verte la semana que viene. ¿De acuerdo?

Cae una lluvia fina mientras camino hacia el auto y ha salido el sol, que hace brillar el asfalto como el oro. Quizá más tarde haya un arcoíris…

Franzeska Ewart nació en Stranraer y reside en Kilbirnie, Escocia. Ha escrito libros para niños durante más de veinte años, principalmente para el grupo de edad de 8 a 10 años, y varias de sus obras fueron seleccionados como «Libro de la semana» por *The Guardian*. En 2022 recibió el premio Scottish Children's Book Award. Su adaptación de *La tempestad* de Shakespeare sigue siendo publicada por Bloomsbury. Durante los últimos diez años se ha dedicado principalmente a la autopublicación de ficción para adultos y también escribe letras de canciones y poesía.

 

EL CAMINO DE LOS HONGOS