miércoles, 18 de febrero de 2026

CAZADOR DE LEVIATANES

Mike Jansen

 

Celebremos a los Leviatanes,

esas criaturas maravillosas,

con sus colas como cometas

y sus banquetes de polvo estelar.

— Manifiesto Zoológico Interplanetario, año 2651 d. C.

 

El objeto apareció en el radar de largo alcance de la nada. En ese momento se encontraba en el borde del sistema solar, muy más allá de la nube de Oort. Su espantosa desaceleración provocó fluctuaciones gravitatorias que activaron alarmas en casi todas las plataformas habitacionales. En algunas estaciones hidropónicas, las ventanas de plasteen se agrietaron.

El sonido penetrante de la alerta de emergencia despertó a Derc Agremain y, como buen soldado, se equipó con el traje y el casco colocados en exactamente quince segundos, con su Life Snuffer Mark 3 listo para disparar. Solo después de asegurarse de que no se había producido ninguna descompresión aguda dio órdenes de estado al ordenador de la nave.

La respuesta no pudo ser más extraña:

—Entidad desconocida. Velocidad actual inferior a media c, desacelerando rápidamente. Masa de dos coma cuatro lunas. Aparición espontánea más allá de la órbita de Plutón. Nivel de amenaza: omega.

Derc sintió un frío en el pecho. En una sola frase, el ordenador había informado de cinco situaciones que él consideraba individualmente imposibles. No había manera de que ocurrieran todas a la vez.

—¿Quién está cerca? —preguntó.

—Nosotros —respondió la voz impasible.

—¿Alguna instrucción hasta ahora?

—La información aún no ha llegado al cuartel general. Nuestra órbita alrededor de Neptuno se encuentra directamente en la trayectoria del objeto.

—Así que estamos solos —concluyó Derc.

—El protocolo dicta que usted está al mando, Derc Agremain.

Derc se impulsó hacia el puente y se aseguró en el asiento de mando antes de abrir el casco. Los otros cinco asientos estaban vacíos. Los recortes presupuestarios generalizados habían dañado a la flota. La economía de la primera mitad del siglo XXII no atravesaba un buen momento.

—¿Podemos obtener una imagen del objeto?

La pantalla frente a él se encendió y mostró una masa sombría en un campo de diminutos puntos, identificados por los sistemas de la nave como grandes asteroides y protocometas de la nube de Oort. Mientras observaba, el contorno se fue definiendo y apareció una gran cantidad de imágenes, formando una animación a modo de stop motion. Parecía una pesadilla de tentáculos de sombra, de kilómetros de longitud, que se arrastraban y ondulaban alrededor de un enorme agujero oscuro.

—¿Está vivo?

—Parece ajustarse a los criterios de vida —confirmó el ordenador de la nave.

—¿Estado de los sistemas de armas?

En su mente, Derc hizo un inventario del arsenal de su nave centinela.

—Dos coma cuatro masas lunares, ¿correcto?

—Correcto.

Derc maldijo en voz baja. El único arma utilizable a esa escala era un proyectil nanotecnológico que reducía su objetivo a elementos básicos como hidrógeno, carbono y oxígeno. Era perfecto para aniquilar asteroides o cometas peligrosos, o incluso piratas que no respetaran las convenciones interplanetarias, pero atacar una forma de vida desconocida estaba muy fuera de los parámetros habituales de uso.

—Inicie la aceleración de todos modos. Quiero ver esa cosa de cerca antes de decidir sobre vida o muerte —dijo Derc.

La ligera presión que lo mantenía en el asiento aumentó rápidamente hasta parecer que alguien se sentaba sobre su pecho. La nave centinela podía acelerar mucho más, por supuesto, pero la presencia de personal humano la obligaba a respetar parámetros estrictos. Los empleados muertos eran, de ser posible, aún más costosos que los vivos.

Horas más tarde, la nave descendió desde su órbita elipsoidal elevada y llegó por detrás y por encima de la entidad. De cerca, era una impresionante colección de rasgos orgánicos, colores oscuros y líneas fluidas. La parte trasera de la entidad estaba abierta y era marcadamente distinta del resto. Fragmentos grandes y pequeños se desprendían a intervalos irregulares, y chorros de fluido estallaban en el espacio.

—Es una forma de vida —dijo Derc—. La primera que hemos encontrado jamás.

Silbó suavemente.

—Un auténtico Leviatán.

—Todos los indicios señalan una forma de vida. La certeza es del cien por cien.

—Lástima que sea demasiado grande como para dejarlo atravesar el sistema solar —dijo Derc—. Podría amenazar a la propia Tierra.

Continuaron siguiéndolo en su estela, y Derc tomó una de las decisiones más difíciles de toda su carrera.

—Prepare el proyectil nanotecnológico para su despliegue.

Mientras observaba, un haz ígneo surgió del espacio abierto detrás de la criatura y abrió un camino a través de blindaje, carne y órganos, cercenando grandes fragmentos.

—Identifique.

—Nave desconocida —informó el ordenador—. No es posible la identificación.

—¿Puedo suponer que el Leviatán intenta huir de esa nave? —preguntó Derc.

—Esa posibilidad es alta.

Derc acercó la cabeza a la pantalla.

—Esto lo cambia todo. Se trata de otra civilización. Una que caza al Leviatán. O a los Leviatanes, si existen más.

Se llevó los dedos a las sienes. Su cerebro trabajaba febrilmente, y una sucesión de escenarios cruzó su mente. Parpadeó involuntariamente y gotas de sudor aparecieron en su frente. Por fin preguntó al ordenador:

—¿Existen situaciones comparables en la historia humana? ¿Como la caza de ballenas?

—Depende de cómo desee establecer la comparación. Nada de lo que sucede aquí es exactamente igual a algo ocurrido en la Tierra.

—Entendido.

Reflexionó un momento y buscó otra formulación.

—¿Ha existido algún animal cuya extinción o casi extinción haya influido negativamente en una población humana?

—Se enumeran varios ejemplos en la historia reciente. El más claro es la desaparición del bisonte americano de las llanuras de América del Norte.

—¿Quién salió beneficiado? —preguntó Derc.

—Los colonos.

—En detrimento de la población local, ¿correcto?

Derc suspiró. Una vez más vio haces ígneos impactar contra el Leviatán.

—¿Esos son los colonos?

—En la comparación que acabamos de hacer, sí.

—¿Qué debo hacer? ¿Por qué tengo que decidir yo esto?

—Porque usted es el representante más cercano de su especie y la situación es crítica —respondió el ordenador—. Este es el momento de actuar. Cerca del Sol, más allá de la órbita de Júpiter, el espacio está lleno de hábitats y plataformas hidropónicas. El Leviatán podría causar miles de millones de víctimas.

—Lo mejor sería destruirlos a ambos —dijo Derc—. Pero solo tengo un proyectil nanotecnológico. Malditos políticos y sus inútiles recortes presupuestarios.

—Entonces elegir es inevitable, Derc Agremain.

Derc asintió lentamente.

—Esos haces que dispara la otra nave, ¿qué potencia tienen en comparación con el armamento de esta nave?

—Se estima que están armados entre tres y cuatro órdenes de magnitud por encima de nosotros.

—Y provienen de algún lugar, así que han cruzado el espacio interestelar…

Derc se estrujó el cerebro.

—Colonos. Incluso con buenas intenciones, podrían destruirnos por accidente.

—También podrían estar agradecidos por la destrucción del Leviatán.

—Lo considero poco probable —dijo Derc—. No nos necesitan y están mucho más avanzados que nosotros. Con algo de suerte, nos permitirán conservar la Tierra como una reserva. Pero sigue siendo una apuesta. Ponga los controles de lanzamiento en mi pantalla.

—¿Confía usted en ese instinto humano llamado intuición? —preguntó el ordenador.

El sistema de puntería apareció en la pantalla y la luz dentro de la nave centinela se volvió roja para advertir a la tripulación disponible.

Derc asintió y tecleó las instrucciones.

—Ya está hecho. La historia dirá si tomé la decisión correcta.

Hizo una pausa.

—Si es que la historia sigue existiendo.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

DOWNTOWN

Claudio Noguerol

 

I

Claudio es un jefe cruel pero justificable. Eso pienso cuando por fin me abandonan sobre el suelo con los labios partidos y la nariz rota, la primera noche, mientras él aparece al fondo del callejón.

El Panzón Iñaki y sus esbirros se detienen a beber vino barato a unos cincuenta metros de mí. Se van sin pagar, y no me ven. Mejor. Cruzan la cortina de seguridad que divide a la ciudad en dos. Se internan en la zona legal. Entonces Claudio me dice que si está claro. Le digo que no. Me maldice, estira un brazo y yo me aferro a su mano cerrada, consiguiendo levantarme. Voy tras él, que se desfigura en la penumbra. Los ojos me duelen. También al cabeza. Estoy ligeramente mareado. Las paredes hieden a humedad y a orina. Antes de entrar en el bar, le oigo decir que aquí todo hombre verdadero debe sentir el gusto de su propia sangre. Más tarde, pasado de cerveza, Claudio cuenta pésimos chistes, y no contento con eso, toma la viola y comienza a cantar. Anuncia cada tema con una larga historia, ufanándose de haber compuesto esta pieza con Eduardo Abel Giménez, esa otra con Alberto Muñoz, y aquella sobre un poema de Juan L. Ortiz. Su vozarrón, naturalmente desafinado, quemado por la bebida, hace temblar al luz de las velas. Amanece, o eso me parece, y llego a la conclusión de que tener esperanzas de alcanzar al libertad por este camino es como apostar a una yegua manca. Pierdo el sentido. Duermo. O canto. Una mujer morena me da de comer en la boca: un guiso refrito y gomoso con carne dulce y dura, es mi bondadosa ración de bienvenida a este lado de la ciudad.

 

II

Es nuevamente de noche cuando vuelvo a estar lúcido. ¿Cuántos días después? No sé. Hace un calor de los mil demonios. Un muchacho albino enciende los faroles, vertiendo aceite en ellos. Claudio ordena que me den otra habitación, ropas y enseres. Está sentado en un banquito al lado de mi cama. Se levanta, se estira, como quien ha estado mucho tiempo en la misma posición sin moverse; me mira con piedad y vuelve a decir si ahora está claro. Muevo la cabeza afirmativamente –recién entonces tomo conciencia de la segunda paliza de la que fui objeto– y él resopla aparentemente satisfecho. Lo desmiente al hablar: me dice que soy un problema, que nunca voy a estar a salvo del Panzón Iñaki, que el tipo es muy jodido, vengativo y mal llevado, que no entiende que alguien que estuvo en su banda –así haya sido un solo día, como en mi caso– se las tome, y menos para pasarse a la banda de Claudio. Y que ahora seguro que está preparando algo gordo contra nosotros, que espera que yo sepa luchar por mi vida. Hay que aceptarlo: el Panzón Iñaki atacará a Claudio. No le queda más remedio que hacerlo, cuestión de honor.

 

III

Las necesidades domésticas son atendidas por una tal Carola. Buena mujer: limpia las piezas y el patio, lava las ropas y cocina frituras; parece ser que no conoce otro método de cocción.

Veo el mar. Desde la ventana de mi pieza, en el segundo piso, veo el mar. Los días de aire limpio, parece más azul También veo algunos campanarios y torres altísimas, si miro hacia la zona legal. Recuerdo entonces vagamente mis días allí, y me parecen algo muy lejano, como una historia prestada o leída en algún libro de ficciones. Poco a poco esas memorias se van perdiendo, como una escritura se desvanece del papel al roce del agua. Y a veces sacude mi corazón una extraña impresión de muerte anunciada. Para no quedarme quieto, para borrar esa horrible sensación, salgo a robar pequeñeces: flores de los jardines, que le regalo a Carola, o alguna comida que no sea frita.

El revólver que me dieron fue de un tal Ferreira o Ferrero que fue sorprendido unos días antes de mi llegada, al amanecer, por una patrulla punitiva de los Legales. Dicen que agonizó cinco días junto a una alcantarilla y que finalmente murió ahogado por una fuerte tormenta. Yo creo que no, que se lo fueron comiendo las ratas, es lo lógico.

 

IV

Charlie-S me advierte que lo que hago no es bien visto por la gente de Claudio, que no les gusta que mate a los gatos, y que tuve suerte de no haber liquidado a ninguno de los criados por la madre de Claudio, Angélica. La vieja, una suerte de súper madonna para el poblado, es una fanática. Cuentan que hasta liquidó al marido porque un día, por hacerle una broma, le regaló un perro salchicha. Cosa extraña: el perro todavía vive, ignorado por ella. Pero volviendo a Charlie-S: parece que se siente mal por lo que me dice, la cuestión es que al día siguiente se aparece en mi pieza con un par de fusiles para cazar perros de agua. Lo primero que hacemos es liquidar a Cristóbal (el perro salchicha de Angélica). Desde entonces hasta hoy nos cargamos con dieciséis animales. Los gatos son nuestros aliados: más de una vez son ellos los que nos señalan al próxima víctima, a la que, una vez herida, atacan con no fingida valentía, hasta destrozarla totalmente. En más de una ocasión tuve que disuadir a Charlie-S de que no matara a Angélica. En realidad no sé por qué quería liquidarla, ni tampoco qué se lo impedía: tal vez nos hacía recordar a nuestras respectivas madres

Carola sigue con sus frituras, candidateándonos para el trasplante de hígado. Pero es lo único que tenemos. Y eso mientras nos va bien en los asaltos, porque en el caso contrario, abandona la cocina por una semana. Entonces que cada uno se las arregle como pueda: ella toca el piano y canta baladas como "One fine day". "Sacred heart of stone" "Goat Annie" o "It's gonna work out fine". No sé cómo no se le acalambran los dedos y la garganta.

 

V

Claudio nos llama a reunión en El Predio. Tiene una costura reciente, roja y tierna, en el brazo izquierdo. Nadie pone en duda la información que trasmite; la sabe y eso es suficiente: el Panzón Iñaki está preparando una caza de fugitivos de la zona legal. No termino de salir de mi asombro, que veo el despliegue activo de los hombres: se levantan barricadas, se reparten armas, se disponen grupos de defensa y ataque. Hay que tener los ojos bien abiertos, nos dice, pero me mira directamente a mí. Por primera vez me siento seriamente comprometido con esta gente. Creo entenderlos. Apenas cae la noche, Charlie-S, Feldman, Angélica y yo vamos hasta el Anfiteatro y nos traemos al mitad de los bancos que hay allí. Con ellos reforzamos la barricada, atrancamos las puertas y ventanas de la casa.

Excitada por la inminencia de la acción, Carola prepara una nueva fritada: mariscos y papas. ¡Vaya hembra!

El combate contra el Panzón Iñaki y sus esbirros resulta interminable. Charlie-S cae estúpidamente cuando ve a un tal Nazareno, antiguo compañero suyo, en la zona legal, al frente de uno de los grupos atacantes. Quedó paralizado por la sorpresa, al descubierto, y eso fue suficiente: tres balazos en la cara. Una verdadera pena: era experto en temas de cine. También perdemos a Pietro Di Cé. El cobarde, viéndose rodeado, pidió la rendición o pasarse al bando del Panzón. Este lo hubiera aceptado de buen grado: cualquier carroña es útil a sus propósitos, pero Claudio creyó oportuno recordarle a Pietro que al ética es algo tangible y que se debe tanto en las buenas como en las malas. La tangibilidad de la ética le llegó a Pietro en forma de cuchillo Lo único que lamentó Claudio es haber perdido el cuchillo, que es con el que cortaba el repollo para las ensaladas.

Perdimos a otros cuatro que no conocía muy bien, por lo que omito hablar de ellos. Pero la victoria fue nuestra. Los fugitivos de la zona legal seguimos aquí. Un filipino que escapó de un barco carguero detenido en el puerto de l ciudad, estaba conmovido hasta las lágrimas. Claudio lo abrazó, le acariciaba al cabeza. Los llantos se les confundían. “Iñaki está perdido”, cantaban. Todos nos tomamos las manos, y contagiados de ese clima, festejamos hasta la madrugada. Carola repartió empanadas y luego cantó, apoyándose esta vez con un mini-moog primero y con una guitarra acústica después. La última canción de al noche, recuerdo, me impresionó sobremanera: se llamaba simplemente “One”.

 

VI

Otra ocasión inolvidable: el cumpleaños de Turiya, la hindú. Para festejarlo, preparamos el salón principal de la Casa. Parecía una boite de los años setenta. Música enganchada, luces danzantes, efectos de laser y helio. Y por supuesto, el concierto de Carola. Feldman recitó unas poesías conmovedores: una de ellas era una égloga para Charlie-S. Otra estaba dedicada a Turiya, y resaltaba su perfume y su virtud. Otro detalle digno de destacar es que la casi totalidad de la comida corrió por cuente de Angélica, lo que nos dio un respiro en nuestra dieta grasienta. El bajón fue cuando Claudio quiso cantar y recitar sus poesías. Creo que lo aplaudimos para que se callara. Y creo que se dio por aludido, ya que fue breve, y como para compensarnos del mal momento, nos convidó con champagne y helado de durazno. Pero también es cierto que hubo un momento en que se me acercó y me dijo que ese era su regalo para Turiya: entonces supe que cumplía ciento ochenta años.

 

VII

Al atardecer del día siguiente, Henry y Feldman, que no estaban totalmente repuestos de la bacanal de la noche anterior, cayeron torpemente en una emboscada tendida por los esbirros del Panzón Iñaki, que para esto estaban borrachos. Los vi caer sobre mis indefensos compañeros y reventarles las cabezas a garrotazos. Fue terriblemente cruel ver eso y no poder hacer nada. Haber querido actuar hubiera sido mi perdición: no me habían visto, pero tampoco podía salir de entre las sombras que me amparaban. Esperé que terminaran con su macabro festín, que incluyó el reparto de las ropas y pertenencias de mis amigos y el desmembramiento de sus cuerpos. Cuando emprendieron al retirada, ataqué. Tuve la suerte de que no advirtieran lo que pasaba hasta que dos de ellos hubieron caído. Para entonces había mejorado mi posición, y siempre con las sombras como aliadas, seguí delante con mi ataque, que se definió con una desbandada general cuando cayó el cabecilla: nada menos que el Nazareno. Tras asegurarme de que nadie pudiera dispararme, me acerqué hasta el cadáver aún caliente del esbirro. Con una de sus manos apretaba la cabeza de Feldman. Respetuosamente se la arranqué, aunque algunos pelos quedaron adheridos a los dedos del Nazareno. Miré por última vez el rostro de mi compañero, le saqué los lentes Lennon que tanto le admiraba y que estaban intactos y arrojé la cabeza en la alcantarilla más cercana. Esa noche no comí.

 

VIII

Por la mañana me juego. Realizo ese deseo postergado durante tanto tiempo: cruzo la frontera y entro a la zona legal. Parece otro mundo. ¿No lo es, en realidad? Todo tan limpio, la gente tan cándida –burguesa y burócrata, buena gente–, el cielo es más azul, perdido entre los edificios de cien pisos promedio. Llego al área peatonal del Centro y me confundo con tos transeúntes. Ellos no lo saben, pero son mis cómplices, mis múltiples aliados. ¿Qué harían si lo supieran? ¿Seguirían de mi lado o me entregarían atado de pies y manos al Inquisidor? Me lleno los pulmones de aire húmedo, huelo todos los aromas del mercado y me cago de risa cuando paso frente a la Plaza de las Hogueras: veo anunciado un doble programa para esta noche. Tal vez venga a verlo. Uno siempre tiene esta sangre fría necesaria para distanciarse de aquello que está a punto de tocarlo, de aquello que puede ser el anuncio de su propia muerte, de su propio fracaso, de su propio fin. ¿Por qué no somos capaces de medir los riesgos a cada instante? Nada me previno o me hizo pensar que el Panzón Iñaki me ha hecho seguir por su secuaz dilecto: el Godo, un flaquito que patina en las erres, dicen que porque es eunuco: no lo creo, puede tratarse de una dislalia natural o por algún antecedente alienígena. La cuestión es que estamos solos entre la gente. Los dos lo sabemos. Una sonrisa idiota le arquea la cara serosa. Con voz de idénticas características –idiota y serosa–, me pregunta por qué carajo me meto en la "política interna" de Downtown. Le contesto que no sé, que no me cuestiono esas boludeces, que estoy allí por una circunstancia, que nada de Downtown me interesa realmente, salvo la acogida que tuve cuando huía de la zona legal y el acoso actual por parte de su banda. Dicho esto, me retiro, dándole un fuerte empujón cuando paso a su lado.

Todo sucede tan rápido que no lo puedo creer. La dimensión del tiempo se acelera o no sé qué, pero no puedo aprehender los hechos que se suceden a tan vertiginosa velocidad. La multitud nos rodea, nos separa, gritan, nos golpean. nos escupen, nos desnudan, nos tajean y nos arrancan mechones de pelo, allí, en pleno mediodía de la ciudad. Finalmente nos atan a sendos palos, en medio de la Plaza de las Hogueras. El sol ataca con mayor ferocidad aún que la población. No sé si es alucinación o lucidez: entreveo –mis párpados pesan demasiado como para levantarlos del todo, y si así fuera, no resistiría la luz intensa contra el blanco de las baldosas– dos figuras conocidas: Claudio y el Panzón Iñaki dialogan amablemente detrás de los verdugos, allí, en segundo plano, también están Carola y Angélica, y hasta donde puedo vislumbrar, el resto de las dos bandas, perfectamente camuflados entre los ciudadanos legales. Comentan la necesidad de recurrir a este trámite –supongo que se refieren a la ignominiosa entrega de la que fuimos objeto el Godo y yo– y la morbosidad de la gente, que hace lo mismo que ellos, pero con un refinamiento absurdo y curioso que les sirve como total amparo legal para cometer el mismo crimen.

Sé que todo estuvo preparado desde un principio. Que tanto uno como otro caudillo se están sacando de encima a un par de clavos remachados, mufas o pesados. Por mi parte, ahora libero a Claudio de mi mirada desaprobadora cuando quiera cantar o recitar sus poemas. Tengo la boca reseca, hinchada y ardiente por los chorros de transpiración que llegan a través del partido labio superior. Siento náuseas. Creo que voy a perder el sentido. Algo húmedo en mis piernas, repentinamente. Alcanzo a oler la aspereza del kerosene, pero no pierdo del todo la conciencia. Es más, pareciera que con el calor del fuego ascendiendo y quemando, los sentidos se afinan. Veo por última vez esos rostros y descubro que siempre me parecieron inquietantes, enigmáticos.

Así y todo, reconozco que Claudio es el jefe cruel pero justificable, y el Panzón Iñaki, el enemigo ideal en un lugar tan notable como Downtown.

Claudio Noguerol nació en 1956 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, Argentina. Afincado en Rosario desde hace décadas, es un artista multidisciplinar que propone un viaje muy personal por distintas formas de ver y hacer arte desde su óptica protagonista: músico, fotógrafo, pintor, poeta y escritor, Noguerol deja su impronta en imágenes propias y joyas prestadas desde la paleta de su ordenador, obras que evidencian una visión pletórica, oscura, vibrante, serena, según el caso.


EL BAILARÍN Y EL PERRO

Boris Mišić

 

Por un instante pensé que lo lograría. Alcancé el puente y, del otro lado del río, me aguardaba la seguridad. Cuatro de mis guardias ya habían llegado. A pesar de la distancia, reconocí sus rostros: Ark, Dani, Astor, Luk. Guerreros experimentados, curtidos en incontables batallas. Sus poderosos corceles negros nos llevarían con rapidez a la seguridad de la Pustara.

Me detuve, cuidando de no perder de vista a los tres asesinos del rey que se me acercaban lentamente. Los evaluaba por sus movimientos: en apariencia relajados, pero cautelosos, con un andar casi inaudible, como grandes felinos. Se distribuían en círculo, procurando que en ningún momento los tres estuvieran al alcance de mi espada. Sabían con quién se enfrentaban. No retrocedieron ni siquiera cuando vieron a los guardias.

Sentí el cambio incluso antes de sacar la espada de la vaina. Como si una gran sombra hubiera caído sobre el puente. Sobre el mundo. No sabía con certeza si el viento de la Pustara había llevado su olor hasta mis fosas nasales, o si simplemente nos habíamos sentido el uno al otro, como las bestias siempre se detectan entre sí. Mientras los hombres del rey me rodeaban, lancé una mirada furtiva al otro lado del puente.

El Perro había llegado.

Era una mole gigantesca, tan grande como un elefante, de piel negra y áspera, bajo la cual ondulaban innumerables músculos. Sus mandíbulas estaban erizadas de filas de dientes que perforaban y desgarraban la carne con mayor precisión que cualquier cuchillo o espada. El Perro tenía un solo ojo enorme, del que brotaba una pasión asesina y ancestral. Aquel ojo irradiaba inteligencia; en sus profundidades vi los corredores del tiempo. Sabía cuán antiguo era el Perro, sabía que había caminado solo por la Pustara bajo las estrellas frías, mucho antes de la aparición de los hombres.

Casi al mismo tiempo, como si nos leyéramos la mente, nos movimos, el Perro y yo.

Uno de los hombres del rey arremetió furioso contra mí. Retrocedí, aparentando ceder ante su ímpetu. Todo en el combate está en la mente. Brazos, piernas, espadas: son solo herramientas. La clave del éxito es la cabeza. Leer las intenciones del adversario; ocultar las propias.

Mientras retrocedía, el segundo asesino se me acercaba en silencio. Vi el destello de satisfacción en su rostro: estaba exactamente donde él quería que estuviera. Le leí el pensamiento en la cara; en uno o dos segundos me atravesaría con la espada.

De pronto me dejé caer en una media cuclillas. Sentí cómo la hoja silbaba sobre mi cabeza y rozaba mi cabello. Vi la decepción en el rostro del hombre, pero no tuvo tiempo para más: mi espada le cortó los tendones.

Me incorporé a tiempo para que otra hoja pasara zumbando junto a mi cabeza; atravesé el vientre del segundo asesino y cayó de rodillas. Al otro lado del puente también danzaban las espadas. No tenía nada que reprochar a mis guardias: eran magníficos. Pero justo cuando parecía que lo lograrían, el Perro, de manera casi mágica pese a su tamaño, esquivaba cada golpe. Ark levantó la espada apenas un instante tarde, y las mandíbulas se cerraron alrededor de su garganta. Vi a Dani bajar la espada; estaba convencido de que esta vez la hundiría en la cabeza o en el ojo del Perro. Maldito sea: mis amigos luchaban por su vida, y yo casi sentí pena por que aquella criatura majestuosa abandonara el mundo. La espada no alcanzó el objetivo. Una poderosa zarpa se abatió y tiñó de rojo el vientre de Dani.

Rematé al primero, ya sin piernas. El tercero intentó varias fintas que rechacé de manera rutinaria. Decidí acortar el combate y ayudar a los míos. El puente estaba lleno de irregularidades y salientes; durante siglos lo habían transitado incontables caravanas de mercaderes y aún más ejércitos. Pisé mal, aparenté flaquear. Los ojos del asesino brillaron con un fulgor victorioso. Murió de una forma rápida, casi indolora. Sus ojos conservaron la expresión de triunfo mientras, en menos de un segundo, pasaba al Baile y le cortaba el cuello y la garganta.

Me volví para correr hacia mis compañeros.

Demasiado tarde.

Luk yacía en un charco de sangre.

Astor lanzó un último ataque desesperado. El Perro lo esquivó con facilidad y descargó un zarpazo. Observé, hipnotizado, la cabeza de Astor volar hacia el agua, casi cien metros más abajo.

El Perro giró y en ese momento nuestras miradas se cruzaron.

«Tú eres el Bailarín», oí la voz antigua y profunda de la bestia en mi mente. «No eres un cobarde, como la mayoría de los bípedos. No duermes junto al fuego, en una cama caliente. Tu hogar está en una tienda, bajo las estrellas de la Pustara. Amas el olor de la sangre. Amas el miedo en el rostro de tus enemigos. No te despedazaré, mortal. No te arrancaré la cabeza. Un guerrero así merece respeto. Beberé tu sangre. Tu sangre me dará fuerza. Estoy cansado de la Pustara, mortal. Cansado de la soledad. La he olido. En las Tierras Verdes, a cientos de leguas de aquí, de donde tú vienes, en los sótanos del palacio del rey… allí retienen a mi hembra, mortal. Solo somos dos en este mundo. Me prometieron, mortal, que cuando te matara, mi hembra sería liberada. Juntos cazaremos lobos y manadas de bisontes en las Tierras Verdes. Juntos cazaremos hombres, Bailarín. Te recordaré mientras cazamos».

La voz resonó ahora en la mente del Perro.

«La Pustara es mi hogar. No amo las Tierras Verdes. No amo a los nobles viscosos, a las damas empolvadas y flácidas, sus intrigas y sus bailes. No amo las ciudades cuyas puertas y murallas me asfixian. Amo el olor de la arena y el frío de las noches del desierto. Amo el aroma de la libertad, el ardor de las tormentas de arena y la mirada de los antiguos dioses de piedra. Siento tu edad, Perro. Siento la red de la que has salido, la oscura perrera sin tiempo, perdida entre las estrellas. No confíes en el rey ni en sus hombres. No liberarán a tu hembra. No vayas a las Tierras Verdes. Allí habita el mal. Regresa a la Pustara. La Pustara es libertad, Perro. Primigenia, salvaje… antigua. Permite que bailemos juntos… permite que cacemos juntos. Somos uno: Hombre y Perro. Bailarín y Perro».

El silencio se prolongó durante una eternidad. El ojo gigantesco e inmóvil me atravesaba, penetraba en los corredores más profundos del alma; nada podía ocultársele. Veía todos mis miedos y toda mi fuerza. Esperaba la respuesta, y la respuesta era una sentencia. No tenía ilusiones. Si el Perro decidía que ya no merecía caminar bajo las estrellas, ni todas las artes del Baile podrían salvarme. Vi sombras jugar sobre sus músculos poderosos, sentí una estructura que se movía bajo su piel y supe que no era de este mundo, que había llegado desde lejanos universos. Alguna luz inconcebible.

O tal vez oscuridad.

El ojo se cerró por un instante y, cuando volvió a mirarme, supe que la sentencia estaba dictada. No sentí miedo. Muy al fondo de aquellos pozos oscuros vi la negrura infinita de la preexistencia, nebulosas lejanas y brazos galácticos, agujeros negros, cuásares, entramados informes e incoloros de innumerables dimensiones y mundos sellados tras ellos. Con alguna parte de su mente, el Perro aún corría por esas praderas cósmicas, y mientras sus patas surcaban la Pustara y las Tierras Verdes, mientras en sus fosas nasales se arremolinaban la arena y los poderosos aromas tropicales, supe que todo aquello era solo un sustituto, una estación pasajera rumbo a lo eterno y maravilloso… el lejano, celestial coto de caza.

Cerré los ojos. Si debía morir joven y en la plenitud de mis fuerzas, que fuera ahora, y que lo hiciera esta criatura sublime, este monstruo perfecto. Sonreí: la situación era un poco absurda; casi amaba a mi asesino.

Vamos, Perro. Hazlo.

El hombre del rey estaba muriendo. A medida que las entrañas se le derramaban, también se le escapaba la vida. Lo último que vio, habría jurado que lo vio… fue una visión prodigiosa, casi imposible. Un enorme perro negro de un solo ojo, tan grande como un elefante, llevaba sobre el lomo a un hombre conocido como el Bailarín. Vio una alegría inconmensurable en sus rostros, como si hubieran encontrado algo que llevaban siglos buscando.

La conciencia se le nublaba, todo giraba a su alrededor. No pudo discernir hacia dónde había corrido la extraña pareja, ¿en qué dirección?

¿Hacia las Tierras Verdes o hacia la Pustara?

Nunca conocería la respuesta.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron GateGuardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my CakeShades of EvilShades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantasticaVarios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

 

martes, 17 de febrero de 2026

SONATA PARA UN MUNDO NUEVO

Daniel Frini

 

La nave se deshizo al cruzar un campo de asteroides mientras viajaba a un treinta y tres por ciento de la velocidad de la luz. Antes, cuando la AI tuvo la certeza de que la desintegración era inevitable, ordenó a los automatismos que activaran las cápsulas de seguridad. Algunas se atomizaron, como la nave. Otras, pusieron dirección al planeta.

Cruzaron el límite de Kármán a una velocidad muy superior a la de seguridad, y no resistieron la fricción ni el calor consecuente. Se desguazaron en la atmósfera, en millones de pedazos. La mayoría de ellos no llegó a la superficie. Todas las cápsulas, menos una.

Sin embargo, su aterrizaje fue violento e incontrolado. El reactor se partió y, en milisegundos, un pulso en forma de radiaciones ionizantes y neutrónicas mató a quienes la ocupaban. A todos, menos a él.

Los gases neuronales lo sacaron del sueño de la animación suspendida. El caos, el ruido de las alarmas –infinitas–, el humo y el olor penetrante y ácido lo aturdieron. Necesitó varios minutos para sobreponerse y entender qué había pasado. El gusto metálico en su boca le indicó la rotura del reactor. Una mirada a su alrededor, le mostró que todos estaban muertos, y que ni siquiera habían dejado sus nichos. Una lectura rápida de los escáneres le mostró que no había nadie –ni nada– de su mundo, con vida, en una esfera de cuatro años luz de radio, centrada en su posición. Es decir, la nave había muerto. Y estaba solo.

Su situación le resultó clara, y esa comprensión lo golpeó, dejándolo sin aire. Los años de preparación, su entereza y su sangre fría le impidieron gritar. Gimió. Un nudo inconcebible le impedía tragar. Intentó llorar, pero las lágrimas se negaron: era el último habitante de su mundo.

No lo habían logrado.

 

Todos vieron aproximarse el apocalipsis, las señales fueron claras durante mucho tiempo, los cambios no podían presagiar nada distinto. Pero, por alguna razón inexplicable, quienes estaban en posición de encontrar e implementar una solución, no solo fueron incapaces de hacer algo por detener la debacle, mientras esto fue posible: tampoco lo intentaron. Peor aún, negaron el problema. Así pasaron años, décadas, siglos.

Mucho tiempo después, cuando todo estaba perdido, algunos gobernantes aventuraron explicaciones que, en realidad, no convencieron a nadie y, por supuesto, no aportaron nada que mostrase un mínimo resquicio para avistar un remedio. No quedaba otra cosa que salvar las sobras. Y la memoria. Pero tampoco aquí fueron capaces de consensuar una solución, y se perdieron los últimos e invaluables momentos de la civilización.

Al menos, ellos, su grupo, lo intentaron.

La idea no era, para nada, original. Construir diez naves a las que subirían todo lo que pudieran salvar de su mundo. Diez arcas. Diez backups.

Pero, ¿qué salvar? Esto implicó un cúmulo interminable de selecciones al azar, sin planificación ni proyecto; apenas con una vaga idea, un propósito indefinido, más centrado en las ganas de ganarle a la muerte que a un propósito concreto. Para ellos estaba claro que ya no había tiempo para otra cosa. ¿Qué dejar? ¿Qué llevar? ¿Qué condenar, no a la muerte, sino al olvido?

Tanta riqueza, vida, especies, historia, recuerdos. Tanta cultura. Un millón de años de cultura.

Además, ¿adónde ir? Decidieron que cada una de las diez naves viajaría a un planeta distante de los millones que, en miles de años, habían encontrado girando alrededor de estrellas lejanas; aquellos más cercanos al Planeta Madre ya habían sido visitados y resultaron ser inhabitables. Allí aparecía otra de las tantas y tan importantes cuestiones imposibles de contestar ahora: ¿por qué no se había preparado alguno de estos mundos para una eventualidad aún mucho menor que la de la extinción de la vida en el Planeta Madre? Tenían tecnología para hacer habitable otro mundo. ¿Entonces?

No había otra opción más que buscar en las estrellas alejadas; y apostar, porque no había forma de saber si lo que había ocurrido antes –la imposibilidad de encontrar un planeta capaz de ser habitado–, podía, con solo mirar desde los observatorios en órbita, revertirse. Era una apuesta de muerte.

Se comenzó por seleccionar mundos de entre los más estudiados en el pasado, y se descartaron aquellos que presentaron alguna duda. Se estudió otros que reemplazaran a los rechazados, en un proceso recurrente que arrojó, al fin, diez posibles objetivos; el más cercano, a unos mil doscientos años luz, y se los repartieron. A su nave se le asignó un pequeño mundo azul, a mitad de camino entre el centro y el borde de la galaxia, sujeto gravitacionalmente a una estrella pequeña –una enana blanca de tipo G–, a unos dos mil quinientos años luz de distancia. Para cuando llegasen, si llegaban, haría muchísimo tiempo que su mundo se habría transformado en inhabitable y, probablemente, habría desaparecido.

Preguntarse si podrían llegar no era vano. No sabían tan solo si podían alejarse del Planeta Madre. La única manera de llevar tamaña carga, era en naves con motores de  radiosótopos de positrones, pero de un tamaño tal que resultaban cinco veces más grandes que las más grandes jamás construidas. De esta manera, sería posible viajar a no más de  un cuarenta por ciento de la velocidad de la luz. Eso era lo máximo a lo que aspirar. Era necesario fabricarlas en el espacio, fuera del sistema, y cargarlas en un gran número de viajes, con naves convencionales de motores helicoidales.

Así se hizo.

Cuando las diez naves estuvieron cargadas y dispuestas, los tripulantes entraron en animación suspendida y la IA se hizo cargo de la ignición.

Él fue el designado para demorar su sueño y supervisar el comienzo del viaje. Aunque no podía ver las otras naves, sí detectó en los sensores, con horror, la inusual carga de antimateria que no podía significar más que la destrucción de, al menos, seis de las otras naves. También pudo ver, en las pantallas, cómo las tres restantes, giraron alocadas y comenzaron a caer hacia el centro del sistema, hacia la estrella. Su nave fue la única en sobrevivir y comenzó su viaje hacia el planeta asignado, lejano en espacio y en tiempo.

No quedaba otra cosa por hacer. Allá fueron.

 

Él era ingeniero y doctor en física nuclear, contaba con Grado III en experiencia de manejo de reactores de la clase W –uno de los únicos tres técnicos capaces de esto en su mundo– y era experto en armas de hidrógeno. Es más: él, como toda la tripulación, había sido mutado genéticamente para resistir 6500 rads de radiación ionizante. Sobreviviría a la exposición a los protones y partículas alfa de alta energía del espacio durante el larguísimo viaje; y a cualquier accidente. Y eso había ocurrido.

«¡Revisión!». Una voz proveniente de alguna parte de su cerebro lo devolvió a la realidad. Su templanza y su madurez mental lograron que se sobrepusiese al miedo. Reaccionó como su entrenamiento dictaba. De manera automática, verificó su estado y la existencia o no de heridas. Estaba en condiciones físicas aceptables. Controló su equipo, su exoesqueleto y sus armas. Todo bien. Verificó su comunicación con la cápsula de seguridad. Bien. Encendió los comandos de supervivencia. Funcionaban. Al menos, las baterías no habían perdido la carga. ¿Estado del reactor? Fugas de radioisótopos. Él resistiría.

¿Dónde estaba? Tecleó los comandos en la computadora. La pantalla se ilumino. Era el planeta correcto. ¿Y la estrella? No hacía mucho se había ocultado tras el horizonte. Estaba en el lado oscuro. Tocó, en la pantalla, el botón virtual «Comprobación y exploración». Era un mundo habitado. Y con un grado de civilización Tipo 0, pero a cien o doscientos años de alcanzar el Tipo 1. Hizo una mueca de disgusto; que, muy pronto, cambió por un gesto de esperanza. Quizá los nativos pudiesen ayudarlo.

 

Lo inundó un optimismo que era impensado hacía, apenas, segundos. Si lograba comunicarse con ellos, podría hablarles de su mundo.

No había nada orgánico para salvar, salvo su propio cuerpo. Pero, aun cuando esto era mejor que nada, él era sólo una minúscula muestra de la diversidad que alguna vez había conocido, aunque los discos rígidos que estaban en la cápsula contenían un back up de toda la información de la nave; de manera básica, una bitácora con todo el conocimiento de su civilización. Y, quizá, el grado de desarrollo de la ingeniería genética de los nativos podría reproducir el genoma de, aunque sea, una parte de las especies de su mundo; y, por supuesto, guardar y conocer toda su cultura.

Ahora, fue su esperanza la que lo golpeó. Su idioma no se perdería. Los idiomas de su mundo no se perderían. La música, el arte, la literatura, la geografía, los paisajes –los hermosos y queridos atardeceres de su sol–, las selvas, los desiertos, los hielos, la nieve, el mar, las arenas de las playas, las ciudades, la tecnología, las plantas, los animales. La historia, su historia, la historia de su civilización; los excelentes logros de culturas antiguas, los poemas grabados en tablillas de barro y las inmensas bibliotecas de pergaminos. Y, por supuesto, las guerras, las muertes, las plagas, la destrucción, la sobreexplotación, los asesinatos y genocidios, la esclavitud y la maldad. Y el ocaso –estúpido, idiota, y enajenado– de su mundo.

—Ellos podrían usar nuestra experiencia y evitar lo que nos destruyó a nosotros —se sorprendió hablando en voz alta, entusiasmado—. No solo podré conservar la memoria de mi civilización. ¡Lo que tengo para ofrecerles puede salvar su propio mundo!

Por supuesto –lo sabía–, los nativos tergiversarían la información, la utilizarían con parcialidad, se ocultarían material sensible unos a otros. Conocerían sus armas y su increíble poder. Se sorprenderían con la posibilidad de dominar el espaciotiempo, de viajar a las estrellas vecinas; de curar todas las enfermedades, y se disputarían el conocimiento; pero allí estaría él para prevenirlos y evitar estas desagradables situaciones.

Se convenció, por fin, de lo que era evidente. Los nativos iban a reconstruir el mundo perdido, su cultura y su gente. Pero, mucho más importante que eso, él iba a salvarlos de su propia aniquilación,

 

¿Era posible comunicarse con ellos, con los nativos?

En la pantalla, pulsó el botón virtual que indicaba «Información. Comunicación y lenguaje». La computadora indicó que escaneaba señales. La barra de estado avanzaba con lentitud exasperante. Luego, leyó en la pantalla: Información insuficiente para determinar el número de especies existentes. Estimación: 9x106 especies distintas. Arqueó los ojos en un gesto de sorpresa. Una especie dominante identificada. Cantidad estimada de individuos de esta especie en el planeta: 7x109. Proximidad de individuos de esta especie: Cuatro individuos, a dos mil metros. Características de los individuos: detectan radiación electromagnética por ojos, 380 a 750 nanómetros, muy reducida en el lado oscuro del planeta; detectan ondas de presión por oídos, 20 hertz a 20 kilohertz; detectan productos químicos por lengua y nariz; detectan temperatura y presión a través de cubierta externa. No detectan campos magnéticos. No detectan radioactividad. Identificación de conceptos matemáticos: sistemas predominantes, base diez, base dos y base sesenta; conocimiento de cero e infinito, conocimiento de números primos, conocimiento de números irracionales e imaginarios; conocimiento de números e, pi y phi. Identificación de conceptos físicos: conocimiento de la constante de Planck; conocimiento de la constante de gravitación; Conocimiento de la permitividad eléctrica en el vacío; conocimiento de la permeabilidad magnética en el vacío. Identificación de conceptos químicos: conocimiento de capa de valencia. Identificación de concepto de lenguaje en individuos: repetición de sonidos, identificada; ratio de entropía, calculado. Nivel de posibilidad de comunicación: bueno. Información de cod/decod descargada a dispositivo móvil. Información topográfica descargada a dispositivo móvil. Información de entorno descargada a dispositivo móvil.

«Cuánto por enseñarles», se dijo. Ubicó la vivienda de los nativos. No se detectaban problemas en el camino. Revisó, otra vez, su equipo. Emprendió la marcha. La más grande marcha. La que le daría sentido a su epopeya. La que salvaría la memoria de su mundo. La que salvaría a este nuevo mundo de sí mismo.

 

Se sorprendió con el tamaño de la vivienda. Los nativos debían ser enormes. Consultó con su dispositivo móvil. Presionó «Fisonomía» en la pantalla. Allí estaba la información. Si. Había dos que tenían unas cincuenta y cinco veces su tamaño. Los otros dos, eran unas treinta y siete veces más grandes.

La adrenalina lo inundaba. Ese era el momento. Entró a la vivienda.

 

La mujer se levantó para llevar los platos a la pileta de la cocina. La cena había estado bien. Su marido estaba satisfecho y le guiñó un ojo. A los niños les encantaba el pollo al horno.

Dio dos pasos y miró al piso.

—¡Puta madre! —dijo, y dio un fuerte pisotón que resonó en el comedor.

—¿Qué pasó? —la interrogó su esposo.

—Nada. Una cucaracha —contestó ella.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

PLASTER CASTER

Domenico Gallo

 

Conozco a Rachel Plastercaster en su elegante loft, en el último piso de un viejo edificio industrial de Nueva York.

—Esta era la sede de una empresa que fue asaltada durante las grandes huelgas del 19. Los obreros derrotaron a la milicia privada, los Pinkerton, creo, y entraron aquí durante una reunión del consejo de administración. Fue una auténtica carnicería. —Rachel me invita a sentarme en el archipiélago de sofás que ocupa el enorme espacio en el que nos encontramos—. Tengo cuarenta y siete años —continúa, riendo, mientras se sirve un vaso de vodka—. ¿No tenías curiosidad por saberlo?

—No sé si habría tenido el valor de preguntarlo —respondo, un poco intimidado por encontrarme frente a una de las groupies más famosas de la historia del rock. Mientras tanto, trago un sorbo demasiado generoso del licor que tengo en la mano.

—¿Dónde escribes? —me pregunta Rachel con alegría. Evidentemente el nombre de la revista que le repetí por teléfono no se le quedó grabado.

Le paso un ejemplar. A pesar de los años sigue siendo una mujer atractiva, rubia, alta, con dos ojos azules cansados y acuosos.

Pulp. Un bonito nombre —me dice amablemente mientras hojea la revista con rapidez—. ¿Tiene algo que ver con Tarantino? Yo lo conocí en una fiesta horrible allá por Orlando.

—Digamos que nos gustaba su recuperación de la cultura popular. —Rachel me observa con aburrimiento y sonríe—. ¿Cómo empezaste tu carrera de groupie? —pregunto de pronto, dando comienzo a la entrevista.

—Por casualidad —ríe y lanza Pulp sobre el cojín de un sofá—. Estaba en Chicago, en un concierto de Alice Cooper, y me puse a esperar al grupo fuera de los camerinos. Había un gentío gritando y empujando. Recuerdo que un gordo sudado se me pegó y no dejaba de meterme las manos entre los muslos. Entonces se abrió la puerta y un gorila nos preguntó, a mí y a un par de chicas que estábamos allí delante, si queríamos entrar. Naturalmente dije que sí. —Rachel vuelve a reír, mostrando una fila de dientes excepcionalmente blancos—. En diez minutos me encontré en una orgía.

—Háblame de Alice Cooper…

—Y quién lo vio… Aquellos eran solo los técnicos del grupo, pero me quedé con ellos, moviéndome de concierto en concierto, hasta que conocí a Cynthia. Fue en Buffalo, estaba detrás de Eric Clapton…

—¿Ya había empezado con los moldes?

—Claro, aunque no tenía muchos. No se le daba muy bien…

Rachel se levanta y me invita a seguirla.

—Ven, te muestro mi colección.

Me precede hasta un pequeño estudio. Detrás de dos puertas de cristal, los moldes están dispuestos con orden impecable, blancos o grises, como una colección de soldaditos o de relojes. Me acerco para leer las plaquitas colocadas con precisión delante de cada objeto.

—Eric Burdon, Ricky Fataar, Pete Townshend, Sterling Morrison, Mascara Snake, Noel Redding, Carl Palmer, Jimi Hendrix, Neil Young, Frank Zappa…

—También él —exclamo sorprendido al observar el molde del pene que reposa junto a decenas de otros—. Pensaba que Zappa…

—También Zappa, naturalmente.

Rachel abre la vitrina y empuña el trofeo con las manos. Produce una impresión particular ver a esta mujer sosteniendo una copia en yeso del pene de Frank Zappa.

—Cynthia no lo logró, pero yo fui más insistente.

Vuelve a reír, feliz por el regreso de aquellos recuerdos.

—¿Cómo lo hacían? —pregunto un poco incómodo.

—Al principio seguía a Cynthia Plastercaster, que fue quien tuvo la idea de los moldes. Abordábamos sin falsos pudores a las estrellas del rock; Cynthia preparaba el molde mientras otra del grupo, a menudo yo, nos encargábamos del pene de la víctima…

Rachel empuña el pene de Frank Zappa y se lo acerca a los labios.

—En fin, lo tomaba en la boca hasta que estaba lo suficientemente duro para el molde, luego Cynthia lo colocaba en una forma llena de alginato, un polvo usado para moldes dentales. Y listo.

Rachel me pone el molde de Zappa en la mano para sacar otro de la vitrina.

—Jimi Hendrix me volvía loca —dice poniéndome delante el pene de mi guitarrista favorito—. Estaba tan excitado que eyaculó dentro del molde…

—¿Y cuándo dejaron de hacerlo?

—Nunca.

Me sonríe mientras vuelve a guardar las reliquias.

—Me buscaron para hacer un molde de Kurt Cobain, pero la era del rock había terminado, al menos para mí.

Rachel abre una caja metálica.

—Sigo con otros sujetos que me interesan: performers, periodistas, algún recordista de atletismo, amigos, entrevistadores…

Se vuelve hacia mí y vuelve a reír.

Rachel cruza la habitación lentamente hasta el equipo de música. Comienzan los acordes de “New Age”, una vieja canción de los Velvet. La veo de espaldas mientras manipula una mesita, luego oigo el ruido de un grifo abierto. Rachel se desabrocha la camisa y la arroja sobre una silla de mimbre. Los pechos son pequeños, con las areolas oscuras. Un pequeño tatuaje azul, casi indistinguible, de forma indefinida.

—Siéntate aquí, Pulp.

Me hundo en un sofá mientras Rachel me quita los jeans.

—No eres como Zappa… ya estás casi listo.

Cerca de ella, en el suelo, hay un recipiente que contiene una pasta repugnante.

La música continúa mientras Rachel me lame el glande y me masturba con delicadeza.

—Bien, ahora te hago el molde.

—¿Y si se pone…?

Las palabras no me salen con facilidad.

—No te preocupes, soy una vieja plastercaster.

Rachel se quita los jeans y toma uno de sus penes de la vitrina. Se tumba a mi lado y me lo ofrece. Sin pensarlo, la penetro.

—¿De quién era este? —pregunto mientras voy y vengo y mi pene está prisionero del molde.

Rachel me besa.

—De uno de Afterhours —confiesa suspirando—. Pero no te diré de cuál.

Domenico Gallo (Génova, 10 de julio de 1959) es un escritor y traductor italiano. Ha ganado el Premio Italia en tres ocasiones. Dirige la colección Fantascienza e Società para Mimesis Edizioni y es uno de los aficionados más activos a la ciencia ficción italiana. En 1979, lanzó Crash, una publicación underground dedicada a la crítica de ciencia ficción (dos números). Posteriormente, junto con Bruno Valle, editó Intercom, el fanzine italiano de mayor trayectoria en la historia de la ciencia ficción (149 números), que posteriormente se convirtió en una revista digital. En la década de 1970, militó en Un'Ambigua Utopia, el colectivo marxista de estudios sobre lo imaginario.

 

LA ÚLTIMA ARENA SOBRE LA COLINA DEL VIENTO

Husein Kamel Sadoon

Viví dentro de un libro. Era una novela romántica escrita por un joven autor brasileño. Me sumergí tanto en la lectura que terminé entrando en uno de sus capítulos, donde dos amantes necesitaban inmortalizar sus encuentros en un parque público.

Sentí un mareo intenso; mis ojos parecieron volverse metálicos. El paso de la realidad al mundo de la novela fue denso, cargado de humo y vertiginoso. No me dio tiempo ni siquiera de arreglar mi cabello para el encuentro de los amantes, mientras ellos buscaban a alguien que documentara su sesión fotográfica conmemorativa.

Me deslicé entre los árboles como un conejo. No percibieron mi presencia. Me acerqué, hablé con ellos y acordamos realizar cuatro sesiones en distintos lugares del parque.

En la última sesión me volví audaz. Le indiqué al joven que la besara de una sola vez, con calma y en silencio. Ella se negó, temerosa de que algún conocido los viera en el parque y se arruinaran sus citas. Sin embargo, tras una breve conversación romántica, la joven cedió. Él se acercó y posó sus labios sobre los de ella, mientras yo permanecía cerca, observando desde detrás del lente, como si asistiera a una escena cinematográfica.

Cuando terminé, les di una fecha para recoger las fotografías y salí del libro rumbo a casa, hacia la mesa de lectura, con el deseo de conocer el destino de aquellos amantes que se perdieron de mi vista entre la multitud, como una hoja que cae de un árbol y el viento dispersa en el bosque.

Salí en busca de un autobús que me llevara a casa. Todos estaban repletos de pasajeros, lo que me obligó a dirigirme a la estación del tren. Cuando llegué, ya había partido. Quedé atrapado dentro de la novela sin haberlo previsto; todas las salidas estaban cerradas. Incluso el taxi me resultaba extraño y amenazante, hasta que terminé vendiendo mi cámara, después de revelar las fotos y entregarlas al guardia del parque.

La única solución que se me ocurrió fue avisar a mi familia. Llamé a mi hermano, quien me había advertido que no entrara a mi habitación durante la lectura y que cerrara la puerta detrás de mí. Pero había olvidado el título de la novela. Mi hermano Ahmed era un lector apasionado de libros religiosos; ¿cómo convencerlo de que estaba leyendo una novela romántica sobre dos amantes en Brasil? Pensé en extenderle la mano para que me sacara de allí, pero sabía que no sería fácil. Decidí arrastrarme hacia él cuando rompió la puerta de mi habitación y entró. Aun así, me sentía prisionero del mundo narrativo por haber olvidado el título del libro. No revisó mis cosas. Tal vez el título era “El amor en un parque público” o “La última arena sobre la colina del viento”. No me encontró ni el parque ni las arenas de Brasil. Y aquí sigo, esperando que los lectores me rescaten para regresar sano y salvo a casa.

 Traducción Abdul Hadi Sadoun

Husein Kamel Sadoon es un cuentista iraquí contemporáneo pertenece a la nueva generación de escritores de cuento en Irak posterior a 2003. Inició su trayectoria centrada en el relato corto, y su estilo se caracteriza por la experimentación artística y un lenguaje condensado de fuerte dimensión visual y simbólica. Ha publicado dos libros de relatos; Quien encontró la sandalia de Gandhi (2022) y El barrendero del Apocalipsis (2025). Es considerado una de las voces narrativas prometedoras que buscan renovar la forma y el contenido del cuento iraquí contemporáneo.

 

CAZADOR DE LEVIATANES