domingo, 2 de agosto de 2026

TEATRO REBELDE

Flavio Deri

 

En el siglo XXIII, la Tierra ya no era la cuna de la humanidad, sino su escenario.

Tras sobrevivir milagrosamente al colapso ecológico y a las guerras de los siglos XXI y XXII, la humanidad se había aferrado a la única oferta de salvación posible: la de los Ylthar, una raza alienígena tecnológicamente muy superior, llegada desde el sector de Antares. Parecían una mezcla entre los Grises de las leyendas ufológicas y los Reptilianos de las teorías conspirativas. Quizá aquellos rumores de finales del segundo milenio habían sido profecías mal interpretadas; o quizá todo había sido una simple casualidad.

Y así ocurrió.

Los Ylthar no eran filántropos. Nunca habían venido para colonizar ni para exterminar. Lo único que les interesaba era el «producto Tierra»: un mundo cuya diversidad cultural e histórica podía convertirse en el mayor parque temático de toda la galaxia.

El contrato había sido sencillo y terrible: los Ylthar estabilizarían el clima, limpiarían los océanos y detendrían la desertificación; a cambio, obtendrían el control absoluto del planeta como atracción interestelar.

Eran criaturas altas y esbeltas, de piel gris brillante recorrida por finas escamas, con enormes ojos negros de reflejos verdes como el jade.

En menos de cincuenta años, la Tierra había sido «restaurada» como un gigantesco decorado. Los continentes fueron transformados en escenarios temáticos y las naciones reducidas a teatros vivientes, donde sus habitantes representaban papeles previamente asignados. Cada región tenía su propio guion, aprobado por un consejo de dramaturgos alienígenas de seis ojos y voces semejantes a coros de niños desafinados.

Los italianos permanecían atrapados en un Renacimiento perpetuo: Florencia y Venecia se habían convertido en postales vivientes, pobladas por pintores callejeros, saltimbanquis danzantes, damas vestidas de época y mercaderes que regateaban en las plazas. Los franceses representaban eternamente la Belle Époque, entre bistrós y artistas bohemios que bebían absenta fluorescente importada por los Ylthar. Japón oscilaba entre el feudalismo y el período Edo, con samuráis que blandían katanas holográficas. Estados Unidos había quedado congelado en un mítico Lejano Oeste, con pistoleros que disparaban cartuchos de fogueo mientras los turistas alienígenas se tomaban selfis junto a caballos clonados de dientes impecablemente blancos.

Los visitantes llegaban desde todos los rincones de la galaxia a bordo de naves transparentes que sobrevolaban los continentes, dispuestos a consumir el «espectáculo humano» como quien asiste a una representación teatral o prueba un exótico aperitivo.

Los seres humanos aceptaban sus papeles. No existía otra alternativa.

El contrato garantizaba un salario en créditos energéticos, convertidos en alimentos y asistencia médica. A cambio, todos debían vestir un disfraz y actuar cada día, sin excepción. Cada ciudad, cada aldea y cada fortaleza perdida entre las montañas debía permanecer abierta al turismo y convertirse en una fuente inagotable de entretenimiento interactivo. Ningún pueblo podía quedar fuera de escena: todos eran escenarios permanentes.

Los mejores intérpretes recibían bonificaciones; los peores eran degradados a «extras ambientales»: permanecían inmóviles durante horas en el fondo de las escenas, como estatuas vivientes, mientras los turistas les tomaban fotografías. Algunos descendían todavía un escalón más y eran convertidos en «efectos sonoros»: personas obligadas a estornudar, hablar en dialecto, reír o llorar cuando se les ordenaba, conectadas a dispositivos que liberaban olores para hacer la representación aún más realista.

Entre aquellos bastidores planetarios vivía Jonatan Righi.

Tenía cincuenta y dos años, los hombros encorvados y un pasado como profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Milán. Había terminado convertido en barrendero y encargado de limpieza de las calles de «Renacimiento Italia». Con su escoba y su carrito de residuos recogía papeles y restos de utilería por las calles de Florencia, mientras a su alrededor se repetían siempre los mismos diálogos: mercaderes que discutían el precio de la seda, artistas que pintaban vírgenes sobre lienzos envejecidos y damas que paseaban vigiladas por drones-directores.

Aquellos drones eran pequeños y estaban equipados con altavoces que gritaban:

—¡Más dramatismo!

—¡Repita la frase con más entusiasmo!

Sus voces metálicas infestaban cada callejón.

Algunos, mal programados, estallaban en carcajadas a mitad de una conversación o difundían desafinadas arias de ópera que convertían los callejones en un cabaré delirante. En ocasiones obligaban a los transeúntes a improvisar reverencias exageradas y, quien se negaba, era perseguido por hologramas de bufones burlones que lanzaban confeti tan afilado como cuchillas.

Todo era escenografía y, al mismo tiempo, amenaza: un grotesco cruce entre el teatro y la tortura cotidiana.

Jonatan ya no soportaba aquel espectáculo.

El contrato no contemplaba desapariciones misteriosas ni castigos sangrientos. Nadie era ejecutado ni eliminado. Sin embargo, una reducción considerable –o la pérdida total– de los créditos equivalía a caer en una miseria aún peor que la existente antes de la llegada de los alienígenas. Bastaba perder una bonificación o equivocarse en una línea del guion para verse obligado a mendigar raciones de alimento sintético.

Cada día, Jonatan anotaba sus reflexiones en un viejo cuaderno. Una sola frase se repetía una y otra vez, como un estribillo:

¡Este mundo se ha vuelto loco!

Su vida cambió el día en que, durante una jornada de limpieza cerca del Palazzo Vecchio, descubrió un dron-director caído en el suelo.

Una avería. Una auténtica rareza. Los Ylthar los habían diseñado para resistirlo todo, incluso los escupitajos de una llama peruana. Jonatan lo recogió y, mientras manipulaba sus circuitos, descubrió un canal interno de comunicaciones de los Ylthar. Era solo un fragmento, pero revelaba una verdad escalofriante. Los alienígenas no se limitaban a vigilar a los humanos: corregían el argumento en tiempo real. Las revueltas, los accidentes e incluso las enfermedades eran transformados en material narrativo e incorporados al espectáculo como parte de la atracción.

No todos los seres humanos habían aceptado aquella situación con resignación. Fundamentalistas islámicos, el Vaticano y prácticamente todas las confesiones religiosas, junto con los pueblos nativos de América, diversas comunidades de África Central y grupos indígenas de la Amazonia, habían intentado rebelarse contra lo que consideraban una invasión y una forma de esclavitud hipercapitalista.

Pero los Ylthar habían demostrado ser más previsores. También aquellas resistencias fueron convertidas en escenas pintorescas destinadas a divertir a los turistas. No existía nada fuera del guion. Incluso la rebelión formaba parte del espectáculo.

Jonatan quedó conmocionado.

Su rabia se transformó en una obsesión: debía desenmascarar el gran engaño. Comenzó con pequeños gestos. Robó un traje de caballero medieval y, por las noches, recorría las calles a caballo fingiendo ser un rebelde fuera de su época. Escribió grafitis filosóficos en los muros: La libertad no se representa. Organizó improvisados discursos frente a la multitud. En una ocasión incluso simuló un ahorcamiento en la plaza de la Señoría mientras gritaba citas de Nietzsche. Pero el público alienígena lo aplaudió con entusiasmo. Siempre ocurría lo mismo. Los drones-directores lo seguían, los espectadores alienígenas reían, aplaudían y registraban todo. Sus acciones eran absorbidas de inmediato por el espectáculo y presentadas como un «nuevo paquete narrativo»:

¡La herejía filosófica del Renacimiento!

O bien:

¡La rebelión del bufón!

Cuanto más intentaba escapar, más popular se volvía entre los turistas.

Su rostro comenzó a aparecer en los hologramas publicitarios:

«¡Venga a conocer al Filósofo Rebelde de Florencia!»

Los visitantes abarrotaban las plazas para presenciar sus improvisaciones. Su rebelión se había convertido en la principal atracción de la temporada. Los Ylthar vendían recuerdos con su imagen: estatuillas, tazas e incluso muñecos capaces de repetir su frase más famosa:

¡Este mundo se ha vuelto loco!

Pero Jonatan no estaba solo. Entre disfraces y máscaras, algunos hombres y mujeres habían empezado a seguirlo, no como espectadores, sino como cómplices. Actores cansados de representar siempre el mismo papel. Madres que deseaban un futuro distinto para sus hijos. Ancianos que se negaban a morir disfrazados. Se llamaban entre ellos los Fuera de Escena.

Vivían en catacumbas bajo las ciudades, alimentándose de comida sintética desechada por los alienígenas, y hablaban en voz baja, temiendo que hasta las paredes pudieran representar un papel contra ellos. Entonces Jonatan decidió emprender una acción mucho más radical.

Sabotear la Gran Recreación.

Era el acontecimiento mensual durante el cual millones de turistas alienígenas asistían a la Síntesis de la Historia Humana, una representación colosal que involucraba simultáneamente a todos los continentes.

Ciudades, pueblos y fortalezas montañosas transmitían secuencias sincronizadas: guerras medievales, descubrimientos científicos y revoluciones condensados en un único desfile planetario, con carrozas escénicas conectadas mediante satélites, coros globales y hologramas visibles incluso desde la órbita.

Si conseguía destruir aquella representación, quizá lograría romper la ilusión.

La noche de la Recreación, Jonatan y los Fuera de Escena penetraron en el corazón de la maquinaria teatral. Sabotearon los proyectores. Desactivaron los disfraces holográficos. Abrieron los bastidores ocultos tras las escenografías. Les temblaban las manos. Los corazones les latían al unísono. Pero la esperanza de mostrar la verdad los mantenía en pie. Algunos subieron a las carrozas triunfales y comenzaron a volcar cajas llenas de vestuario. Otros liberaron animales holográficos que, privados de su programación, empezaron a comportarse de manera grotesca: caballos que rebuznaban como asnos, águilas que recitaban proverbios medievales y estatuas animadas que lloraban leche agria.

Durante unos minutos, el público alienígena contempló la verdad. Actores exhaustos. Niños que lloraban fuera de personaje. Máquinas sosteniendo fachadas de cartón piedra. Hologramas que se deshacían como polvo de colores. Algunos figurantes, obligados a sonreír durante horas, se dejaron caer al suelo con los rostros deformados por muecas permanentes. Viejos campesinos, agotados, comenzaron a reír histéricamente mientras destrozaban con las manos sus herramientas de utilería. Incluso una vaca holográfica se desplomó y empezó a recitar poemas futuristas, mientras un grupo de gladiadores desorientados marchaba en círculos gritando consignas publicitarias.

La Tierra apareció desnuda. Sin guion. Convertida en una parodia de sí misma. El silencio fue absoluto. Luego estalló una ovación ensordecedora. Como si la verdad hubiera sido el giro argumental más esperado de toda la función.

Los Ylthar anunciaron con entusiasmo el nacimiento de una nueva temporada: El Teatro de la Rebelión.

El sabotaje de Jonatan había sido transformado, de inmediato, en un contenido premium, una innovación que hacía el parque todavía más atractivo. Los rebeldes fueron elevados a protagonistas de la nueva trama y vendidos como la última atracción imprescindible para los turistas. Humillado y derrotado, Jonatan comprendió que había sido absorbido por completo. Cualquier cosa que intentara hacer sería convertida al instante por los alienígenas en una nueva estrategia comercial. No existía salida. Salvo un gesto extremo que ningún guion pudiera prever. Esperó una ocasión propicia. Las plazas estaban repletas de espectadores humanos y alienígenas.

Entonces se arrancó el disfraz, sintiendo la tela empapada de sudor adherirse a su piel. Se situó en el centro del escenario. Y, ante todos, hundió un puñal en su propio cráneo. Durante un instante irreal, el público quedó sin aliento. El olor acre de la sangre se mezcló con el aroma dulzón de las flores sintéticas del decorado, mientras un silencio cortante descendía sobre la plaza. Los gritos de los humanos se confundieron con los sonidos guturales de los Ylthar, semejantes a gorgoteos metálicos. Era evidente. Aquello no era ficción. No formaba parte del guion. El caos estalló.

Los turistas huyeron derribando recipientes de comida alienígena, cuyo intenso olor a azufre impregnó el aire. Los drones graznaban órdenes contradictorias mientras emitían destellos cegadores. Los actores ya no sabían si debían seguir interpretando su papel o llorar de verdad. Pasos, gritos y sirenas artificiales terminaron fundiéndose en una única y ensordecedora cacofonía. Al día siguiente, sin embargo, la maquinaria del espectáculo ya lo había absorbido todo.

En las calles principales de la ciudad apareció un holograma de Jonatan convertido en el Filósofo Trágico. Su figura translúcida daba la bienvenida a los recién llegados con una solemne reverencia, acompañada por el sonido amortiguado de aplausos pregrabados. Y su frase más célebre se repetía sin cesar, como una letanía hipnótica:

¡Este mundo se ha vuelto loco!


Flavio Deri nació en Italia el 18 de octubre de 1988. Desde muy joven se sintió atraído por la obra de H. P. Lovecraft, cuya lectura despertó una pasión duradera por la literatura fantástica y el horror cósmico. Miembro de la H. P. Lovecraft Historical Society, ha dedicado buena parte de su trayectoria a explorar el universo literario inspirado en los Mitos de Cthulhu. Durante años escribió campañas para juegos de rol de mesa y en vivo, hasta que decidió volcarse a la narrativa. A partir de la pandemia comenzó a participar en concursos literarios y en diversas antologías colectivas, entre ellas Scrivi un racconto di sei parole y Scrittori Italiani, donde publicó relatos marcadamente influenciados por la tradición lovecraftiana. Aficionado al weird y al horror, posee una biblioteca especializada con más de un centenar de volúmenes dedicados a la obra de Lovecraft y a los autores inspirados en su legado. Además de escritor, practica karate, es aficionado al heavy metal, participa activamente en juegos de rol en vivo y es socio fundador de la asociación cultural WHLive APS.

 

 

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Gareth D Jones

 

Encontraron a Billy “Llave Inglesa” en un club de obreros del barrio más duro de la ciudad, a pocas calles de donde todos ellos habían crecido.

Era un día gris y encapotado, en el que todo sonaba apagado y los zepelines que zumbaban sobre sus cabezas permanecían ocultos tras las nubes, con el rumor amortiguado.

Se detuvieron en una calle lateral y el motor de la motocicleta tosió varias veces antes de apagarse definitivamente. Un leve zumbido continuó procedente del sidecar cubierto mientras Dave desmontaba y se quitaba las enormes gafas protectoras.

Tanto la motocicleta como las gafas eran restos de la Gran Guerra y, aunque probablemente ya hubiera podido conseguir unas que le ajustaran mejor, nunca le había parecido importante. Teniendo en cuenta todo lo demás…

El sidecar también procedía de la guerra, aunque ahora estaba adornado con unos flotadores laterales semejantes a pontones y carenados con rebordes metálicos.

—Solo tardaré unos minutos —dijo. Un jadeo surgió de la trompeta acústica instalada en el costado del sidecar—. Ábreme.

—Hace frío —respondió Dave.

—Lo sé. —Una respiración entrecortada—. El frío me alivia.

Dave quiso protestar, pero Colin llevaba conviviendo con sus dolencias el tiempo suficiente como para decidir por sí mismo.

Accionó la palanca que liberaba el cierre de la cubierta y esta se levantó sobre unos brazos hidráulicos hasta quedar plegada sobre la parte trasera del sidecar.

Colin podía volver a cerrarla desde dentro cuando recuperara fuerzas.

Su hermano inspiró una larga y temblorosa bocanada de aire helado, que hizo estremecerse su pálido y delgado cuerpo.

Colin era un año menor que Dave, pero aparentaba diez años más que los veinticinco de su hermano. Tenía el cabello ralo, el rostro cubierto de cicatrices y llevaba un jersey de manga larga para ocultar los brazos, igualmente marcados. Las manos descansaban sobre una serie de palancas instaladas en el tablero de madera.

La peor de sus heridas permanecía oculta bajo una junta de goma que unía su cintura con el borde del sidecar.

—Eso está mejor —susurró.

El suave traqueteo habitual aumentó de tono mientras la bomba trabajaba con más intensidad para presurizar la cabina ahora abierta.

La ausencia de piernas dejaba espacio para un compacto motor diésel y una gran cantidad de aparatos médicos que ayudaban a Colin con diversas funciones corporales. Dave procuraba no pensar demasiado en ello. Le bastaba con saber que el aire presurizado ayudaba a su hermano a respirar. Prefería ignorar el resto de las funciones corporales.

—Estaré bien —dijo Colin.

Era ya el final de la tarde. Las calles estaban sumidas en sombras y una brisa fría soplaba entre los edificios. Parecía que toda la ciudad estuviera hecha únicamente de ladrillos rojos ennegrecidos y marcos de ventanas blancos, desconchados por el tiempo.

Dave se ajustó con fuerza el pesado abrigo militar alrededor del cuerpo, otro sobrante de la guerra que seguía despertando recuerdos indeseables cinco años después, aunque también proporcionaba un calor muy bienvenido.

Entró en un amplio salón oscuro y cargado de humo, que olía a cerveza y a trabajo duro.

El club pertenecía a los Hyatt, igual que el mercado negro y otros negocios relacionados.

Billy “Llave Inglesa” mantenía todo funcionando a la perfección para ellos, convenciendo a quienes no estaban del todo persuadidos de que lo mejor era aceptar los grandes planes que los Hyatt tenían para el barrio.

El murmullo de las conversaciones y el tintinear de los vasos continuaron sin alterarse mientras Dave avanzaba hacia la barra. Vio a Billy antes de llegar. Permanecía de pie al extremo de la barra, sosteniendo una pinta de cerveza amarga. Tan grande y cruel como siempre. Billy “Llave Inglesa”. Billy ya no era mecánico. Al menos, no de la clase que reparaba máquinas. Ahora utilizaba la llave inglesa sobre las personas. Se suponía que lo hacía por dinero, aunque Dave sospechaba que también obtenía placer de ello.

Ignoró el hosco saludo del camarero y se volvió hacia el antiguo matón del colegio. El mecánico. El asesino.

—Billy.

Nada más. Se detuvo a varios pasos de distancia. Billy lo examinó lentamente, de arriba abajo.

—Davey Brown —dijo—. ¿Qué te trae por aquí?

—Colin quiere verte.

—¿Ah, sí? Pues que entre. —Bebió un largo trago de cerveza—. Aunque, espera... no puede. —Golpeó el vaso contra la barra—. No tiene piernas. —Se limpió la boca con el dorso de la mano y soltó una carcajada. Nadie lo acompañó. Los dos hombres que estaban cerca de él se removieron con incomodidad—. ¿Todavía sigues aquí? —preguntó Billy al cabo de un momento.

—Colin te espera. Dice que salgas y lo enfrentes como un hombre.

—¿Ha dicho qué?

El rostro de Billy enrojeció. Nunca era una buena señal. Ya ocurría en el patio de la escuela.

—Está esperando.

Billy lo apartó de un empujón.

—Vamos.

Se dirigía a los dos hombres de la barra. Ellos lo siguieron apresuradamente. Dave fue detrás.

 

Dave había encontrado a su hermano en un abarrotado hospital de campaña. Respiraba con dificultad, pero soportaba el sufrimiento en silencio. La sábana sucia que le llegaba hasta la barbilla ocultaba las heridas, aunque la forma del cuerpo bajo ella era mucho más corta de lo que debía. El lugar apestaba a enfermedad, vómito, sudor y tierra.

Cuando Dave llegó ya era entrada la noche, pero los continuos gemidos de los pacientes, los murmullos de las enfermeras y los gritos ocasionales no disminuían por el hecho de que fuera tarde. Los ojos de Colin se abrieron apenas un instante.

—¿Dave?

Su voz era apenas un susurro entre astillas. Dave no había preparado nada que decir. Ni siquiera esperaba que Colin despertara.

—Estoy aquí, Colin. Vine en cuanto pude.

Colin asintió débilmente y volvió a cerrar los ojos. Dave permaneció largos minutos junto a la cama, completamente impotente, escuchando la respiración trabajosa de su hermano. Se acercó una enfermera cargando un montón de sábanas usadas. Tenía un rostro joven, pero unos ojos demasiado viejos.

—¿Artillería? —preguntó Dave.

Enseguida se sintió estúpido. Claro que había sido la artillería.

—Él es de los afortunados. —La enfermera sonrió con tristeza—. Si la explosión no le hubiera arrancado las piernas, habría seguido avanzando con el resto de su unidad y habría muerto por el gas mostaza. —Apretó el montón de sábanas contra el pecho—. Solo respiró una pequeña cantidad, pero ya no puede respirar como antes.

—¿Mejorará?

—¿La respiración? Tal vez. ¿Las piernas? Solo con un milagro.

—Gracias.

La enfermera se alejó.

Dave sintió que las piernas le flaqueaban y terminó sentándose en el borde de la cama de su hermano. Se imaginó a otros dos hermanos, en otro hospital, al otro lado del frente, hablando en alemán. Él no disparaba personalmente los cañones, pero formaba parte de la tripulación de una de aquellas fortalezas móviles que avanzaban aplastándolo todo a su paso y disparando contra todo lo que tenían delante. Nueve tanques Mark I modificados, unidos mediante estructuras metálicas, con cabinas blindadas, torretas y casamatas. Doscientos treinta pies de largo. Setenta y cinco de ancho. Un peso descomunal. Aquellas máquinas iban a poner fin a la guerra de una vez por todas. Eso era lo que Dave había creído. Ahora estaba contemplando las consecuencias.

—Volveré pronto —dijo. Y salió tambaleándose del hospital.

 

Billy permanecía de pie, mirando fijamente a Colin.

—¿Enfrentarte como un hombre? —se burló—. Lo único que tengo delante es medio hombre.

Se irguió con toda su estatura, los brazos pegados al cuerpo y los puños preparados para golpear, la misma postura intimidatoria que adoptaba en el patio de la escuela.

Billy el Matón.

—Espera —dijo Colin con suavidad—. Espera un momento. No te veo muy bien.

Era una frase inusualmente larga para él.

Accionó una pequeña palanca y el sidecar se inclinó hacia adelante sobre el soporte que lo unía a la motocicleta. Al elevarse la parte trasera, el asiento se reclinó hasta dejarlo casi erguido.

No era lo mismo que estar de pie sobre sus propias piernas, pero era un buen sustituto.

 

Cuando terminó la Gran Guerra, apenas dos años después de haber comenzado, Colin ya estaba de regreso en Inglaterra. Lo habían dado de alta y había vuelto a casa en una silla de ruedas.

Dave regresó poco después. Como tantos otros, fue recibido como un héroe, aunque él nunca llegó a sentirse así.

Al cabo de unos días, todos los demás parecieron olvidarlo también, y él quedó con una sensación de vacío y suciedad por dentro.

Cuando volvió a casa, Colin apenas hablaba. Permanecía sombrío, encerrado en sí mismo, respirando con dificultad y contemplando el mundo a través de la ventana. El reencuentro con Lily no había salido bien, le confesó su madre. La muchacha se había desmayado al verlo. Aunque después se recuperó, se mostró profundamente arrepentida y prometió visitarlo todos los días, nunca volvió.

—No la culpo —dijo Colin algunas semanas más tarde, cuando por fin pudo hablar del tema—. Éramos apenas unos chicos cuando me fui. No me debe nada.

—Pero las cartas...

Colin levantó una mano débilmente.

—Me ayudaron a seguir con vida. Siempre le estaré agradecido por eso. Pero no puedo condenarla a vivir junto a un inválido.

—No eres un inválido.

—¿Entonces qué soy? —replicó él, con brusquedad.

 

En el hogar, la jerarquía militar había sido sustituida por el grado de heroísmo con que la opinión pública juzgaba a cada veterano. Las tripulaciones de las Fortalezas Móviles gozaban de bastante prestigio, pero los miembros de la Flota Aérea eran, con diferencia, los más admirados. Aquellos intrépidos pilotos de chaquetas de cuero y elegantes gafas protectoras que desafiaban a la muerte mientras sus enormes dirigibles cruzaban las líneas enemigas. Solo que uno de ellos había sido Billy Elkins. Y Dave sabía perfectamente que Billy no tenía nada de héroe. Era un simple aprendiz de mecánico que había tenido la suerte de embarcar en un dirigible. Uno que no fue derribado.

Pocos meses después de regresar se casó con Lily. Al poco tiempo ella quedó embarazada. Demasiado poco tiempo, si alguien se detenía a hacer cuentas. Colin jamás culpó a Lily. A quien odiaba era a Billy.

Después Lily cayó por las escaleras y se rompió el cuello. El odio de Colin se transformó entonces en una obsesión absoluta.

 

Un año después del final de la guerra, Dave asistió a una reunión de veteranos. Ni siquiera sabía por qué había aceptado la invitación. No sentía el menor deseo de recordar lo vivido. Colin, por supuesto, no fue. Jamás salía de casa.

Era un pequeño pub alegre, situado cerca de una base de la Flota Aérea y frecuentado sobre todo por soldados que estaban de permiso. Tres o cuatro hombres del barrio de Dave seguían en el ejército y media docena más acudieron al local para beber cerveza y conversar un rato.

—Por suerte Billy Elkins no ha aparecido —comentó Dave.

—No se atrevería a dejarse ver por aquí —respondió Rob Lambert, haciendo una mueca antes de dar un largo trago a cerveza oscura.

—¿De veras?

Según la experiencia de Dave, Billy aparecía siempre donde quería y cuando quería.

—Los muchachos no se lo permitirían. —Rob señaló discretamente a los soldados y aviadores uniformados que llenaban el local. Dave esperó a que continuara—. Hay rumores. —Rob volvió a beber—. En la última misión del dirigible en el que servía Billy, dos hombres cayeron por la borda desde varios miles de pies de altura, sobre Bélgica.

—¿Billy los empujó?

No le resultó una acusación sorprendente.

—Eso dicen.

—¿Y nadie hizo nada?

—Estábamos ganando la guerra. Los tripulantes de la Flota Aérea eran héroes nacionales. Billy podía estar loco, pero era un mecánico extraordinario. Lo necesitaban para regresar a casa.

Dave permaneció mirando su vaso. Rob también era mecánico. No estaba acostumbrado a oír elogios dirigidos a Billy.

—¿Y después?

—Después nadie quiso un escándalo.

—Así que lo dejaron volver a casa —dijo lentamente Dave—. Y luego empujó a Lily por las escaleras.

Rob se atragantó con la cerveza.

—Yo creía que se había caído.

—Eso es lo que afirma Billy.

Ambos permanecieron un rato en silencio.

Al fondo del local, media docena de hombres comenzó a cantar una melancólica canción sobre un romance en tiempos de guerra.

—Me toca invitar la siguiente ronda —dijo Dave.

Rob lo acompañó para ayudar a transportar las jarras. El camarero estaba al otro extremo de la barra, pero enseguida captó la mirada de Dave. Accionó una palanca situada junto a él y la plataforma sobre la que permanecía sentado avanzó lentamente a lo largo de la barra impulsada por un pequeño motor. Pequeñas bocanadas de humo diésel se mezclaban con el humo de los cigarrillos antes de perderse en la neblina del local.

Sirvió las cervezas con sorprendente destreza, como si sus brazos compensaran la ausencia de piernas.

—Eso es justamente lo que Colin necesita —dijo Dave.

—¿Una pinta?

—No. Algo que le permita volver a desplazarse.

—Se nos han ocurrido algunas ideas —explicó Rob mientras regresaban a la mesa con cuatro jarras cada uno.

Los recibieron con un coro de «¡Salud!».

—A Colin le gustaba mucho su motocicleta, ¿verdad? —preguntó Rob.

—Muchísimo.

—Podríamos adaptar un sidecar para él, de modo que pudiera salir a pasear contigo.

—El problema es la respiración —objetó Dave—. No soportaría el viento de la carretera.

Rob sacó del bolsillo un trozo de papel y un pequeño lápiz. Comenzó a dibujar.

—Mira. Un sidecar cerrado. —Añadió unas cuantas líneas—. Le instalamos un compresor para mantener presurizada la cabina... un sistema neumático para abrir la cubierta...

—¿Y dónde meterás todo eso?

Rob lo miró como si fuera un completo idiota.

—No tiene piernas, ¿o sí?

Dave contempló el tosco dibujo.

—¿El ejército les permite hacer estas cosas?

—Tenemos más material del que sabemos qué hacer con él —respondió Rob—. Nos dejan experimentar en los talleres con la esperanza de que inventemos algo útil para el ejército. ¿Quién crees que adaptó el vehículo del camarero?

—¿Y qué más han construido?

—Eso no puedo decírtelo. —Rob lanzó una carcajada y vació media jarra de un trago—. Ahora mismo estamos trabajando en algo realmente extraordinario.

—¿Ah, sí?

—Un tanque para un solo hombre.

—¿Un tanque?

Dave recordó aquellas gigantescas Fortalezas Móviles basadas en los Mark I.

—Con patas en lugar de orugas —confesó Rob.

Dave no supo decidir si hablaba de un proyecto secreto o si simplemente la cerveza estaba empezando a hacer efecto.

—Suena impresionante —dijo.

 

—¿Qué quieres? —preguntó Billy—. Aparte de otra buena paliza.

—Quiero que tú... —Colin sufrió un largo acceso de tos seca—. Perdón. Dave, ¿puedes explicárselo?

Accionó otra palanca y la cubierta descendió hasta volver a sellarlo dentro de la cabina presurizada.

—En un minuto estará bien —dijo Dave.

—No estará tan bien cuando termine con él —replicó Billy.

—Quiere que nos devuelvas lo que nos quitaste —dijo Dave—. Por todas las veces que nos golpeaste en la escuela. Por el aviador al que arrojaste sobre Bélgica. Pero, sobre todo, por Lily.

Billy hizo un gesto de desprecio.

—¿Esa zorra?

—No hables así de ella —dijo Colin, cuya voz sonaba más firme gracias al aire presurizado del habitáculo.

—¿O qué? —Billy flexionó los brazos—. ¿Qué vas a hacer esta vez?

—Retarte a un duelo.

—¿Un duelo?

Billy estuvo a punto de atragantarse de pura incredulidad.

—Sí. Si te atreves.

—¿Si me atrevo?

Escupió al suelo y se quitó la gorra.

—Siempre me atrevo.

Entregó la gorra a uno de sus secuaces y se quitó la chaqueta.

Con un silbido hidráulico, el sidecar continuó inclinándose hasta quedar completamente vertical.

Colin observaba a través del panel tintado del techo con una sonrisa sombría dibujada en el rostro.

Los flotadores laterales se abrieron por la mitad y unos pistones empujaron las secciones inferiores hasta apoyarlas firmemente sobre el suelo.

Billy, sin dejar de mirar la transformación, tendió distraídamente la chaqueta hacia uno de sus hombres. El secuaz no logró atraparla. La dejó caer y la recogió apresuradamente antes de que Billy lo advirtiera.

La parte inferior de los flotadores se desplegó formando pies provistos de cuatro garras. Un fuerte chasquido anunció que la motocicleta acababa de separarse del sidecar.

—Ingenioso —admitió Billy.

Los sistemas hidráulicos alojados en los pontones elevaron la cabina casi un metro. Ahora Colin contemplaba desde arriba a su antiguo enemigo. Las secciones superiores de los pontones giraron sobre sus articulaciones y se desplegaron convirtiéndose en un par de brazos mecánicos desproporcionadamente largos. Los brazos se flexionaron imitando el gesto desafiante de Billy. En el extremo de cada uno, una pinza metálica se abría y cerraba con un zumbido. Billy llevó una mano a la espalda y extrajo de su cinturón una enorme llave inglesa. Con una velocidad asombrosa, uno de los brazos mecánicos de Colin se lanzó hacia adelante y arrebató la herramienta de las manos de su adversario.

—Nunca debiste hacerle daño a Lily.

Billy trató de recuperar la llave. La pinza permaneció completamente inmóvil. Por primera vez, la arrogante seguridad desapareció de su rostro. Colin retiró lentamente el brazo, obligándolo a avanzar hasta que Billy tuvo que soltar la herramienta para no caer.

—Nunca debiste hacerme daño.

Con esas palabras hizo girar la llave inglesa y la descargó con fuerza sobre el hombro de Billy.

Billy “Llave Inglesa” lanzó un grito y cayó hacia atrás. Colin dio un paso adelante.

Billy volvió a incorporarse gruñendo. Colin levantó otra vez el brazo mecánico.

Y esta vez no dejó de golpear.

—¡Colin! ¡Basta!

Dave permanecía detrás, a salvo, dando pequeños saltos para golpear con los nudillos la cubierta del habitáculo. Los brazos mecánicos quedaron inmóviles.

Los dos secuaces observaban la escena desde varios metros de distancia, paralizados por el horror. En el suelo yacía una figura encogida. Un brazo protegía su rostro ensangrentado. El otro colgaba inerte a un costado.

—Por favor... basta...

La respuesta llegó en forma de una respiración jadeante que salió por la trompeta acústica.

—No me obligues a volver.

Colin dio media vuelta y se alejó por la calle con grandes zancadas mecánicas. Dave levantó la vista de su derrotado enemigo y descubrió que decenas de personas contemplaban la escena. De pronto volvió a sentir el frío. Se sentó sobre la motocicleta, se colocó las gafas protectoras y puso el motor en marcha.

—Esto no ha terminado —escupió Billy desde el suelo.

—Sí. Ha terminado.

Dave arrancó y alcanzó a su hermano. Colin seguía avanzando con aquellas enormes y bruscas zancadas. Dave se emparejó con él.

—¿Quieres que te lleve?

—Prefiero caminar.

—No tienes energía suficiente.

Con evidente desgano, Colin se detuvo y accionó el mecanismo que invirtió toda la transformación. Dave volvió a enganchar la motocicleta al sidecar.

—¿Te sientes mejor?

—No.

—Lo hiciste por Lily.

—Lo sé.

Condujeron lentamente por la carretera, alejándose del territorio de Billy.

—Mañana —dijo Colin— llévame a la tumba de Lily.

—Lo haré.

 

Avanzaron lentamente por el sendero del cementerio hasta situarse lo bastante cerca para que Colin pudiera ver la lápida sin necesidad de bajar del sidecar. Permaneció un largo rato en silencio.

Entonces un gran automóvil negro se detuvo junto a la entrada del cementerio. Tenía un capó abombado y una parte trasera estilizada. Su motor ronroneaba con un sonido amenazador, como un tigre. Un hombre con un largo abrigo oscuro descendió del vehículo y se acercó tranquilamente. Durante unos instantes permaneció en respetuoso silencio.

—Estuvieron a punto de matar a Billy —dijo sin apartar la vista de la lápida.

—¿Y qué? —respondió Colin entre jadeos.

—Trabaja para mí.

Dave se quedó inmóvil. Durante un instante calculó si podría escapar antes de que aquel coche les cerrara la salida del cementerio.

—¿Usted es el señor Hyatt? —preguntó Colin sin mostrar la menor preocupación.

—No.

El hombre sacó una cartera. Dave respiró aliviado.

—Capitán Farrer. Cuerpo de Inteligencia del Ejército.

Les mostró una acreditación bastante gastada.

—¿Billy trabaja para usted? —preguntó lentamente Dave.

—Sí. Ignoro cuál es el problema personal que tienen con él, pero no volverán a ponerle una mano encima.

—Pero es un asesino —protestó Dave—. ¿Cómo puede trabajar para el ejército? ¿Y los aviadores a los que arrojó por la borda?

—Espías alemanes. —La respuesta llegó con absoluta naturalidad—. Su trabajo consistía precisamente en descubrirlos dentro de la Flota Aérea.

—Él mató a Lily —dijo Colin.

—No. Fue un accidente.

—¿Cómo puede estar tan seguro? —Era casi un grito.

—Porque lo sé.

El capitán sostuvo la mirada de Colin hasta que este terminó bajando los ojos.

—Billy se ha infiltrado en la organización de los Hyatt para ayudarnos a desmantelar el mercado negro. Espero que no hayan arruinado demasiado su credibilidad. —Hizo una breve pausa—. Manténganse alejados de él.

—¿Y por qué deberíamos obedecerle? —preguntó Dave—. ¿Por qué nos está contando todo esto?

—Porque esa motocicleta y ese sidecar me pertenecen.

—¿Cómo?

Colin apenas pudo contener un jadeo.

—¿De verdad creen que permitimos a nuestros mecánicos fabricar cosas como esa para regalarlas?

Dave intentó recordar exactamente cómo se lo había explicado Rob en el pub.

El recuerdo era bastante confuso.

—Queríamos poner el equipo a prueba. —El capitán sonrió apenas—. Billy dice que funciona extraordinariamente bien.

—Supongo que ahora querrá recuperarlo —dijo Dave con amargura.

—Al contrario. Quiero que ustedes también trabajen para mí.

Dave miró a su hermano. Observó cómo la ira iba dejando paso a una renovada expresión de interés.

—¿Haciendo qué? —preguntó Colin.

—Ya se lo diré.

—¿Y si nos negamos? —preguntó Dave, aunque, viendo el brillo de determinación que acababa de regresar al rostro de Colin, comprendió que jamás se negarían.

—Entonces pueden devolverme la motocicleta mañana. —El capitán se dio media vuelta para marcharse. Se detuvo un instante—. Suponiendo que no me la devuelvan mañana... ya me pondré en contacto con ustedes.

Regresó a su automóvil, que desapareció poco después carretera abajo envuelto en una nube de humo negro.

—¿Quieres devolvérsela? —preguntó Dave.

Colin flexionó lentamente sus nuevos brazos mecánicos.

—Creo que no.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

CIUDADES SIN ALMA

Myriam Goluboff

 

Somos miles, somos millones, pero estamos solos. Somos un hormiguero pero no sabemos coordinar una acción común como hacen las hormigas. Cada uno hace lo que cree que le conviene, a costa del grupo, contra las necesidades del grupo, a costa también de sí mismo, contra sus necesidades más profundas.

Me asomo a la ventana. Busco con la mirada algún niño. Espero. Pasan las horas…

Ciudades de las que desaparecieron los niños. Falta que convivan con la gente que puebla las calles, la que pueda estar caminando, sentada en el banco de una plaza, atendiendo su local. Les hemos robado el conocimiento del mundo que los rodea, complejo y rico.

—¡No puedes salir a la calle!

Mandato habitual. La pescadilla que se muerde la cola. Como si en la selva quedaran en sus chozas para evitar las serpientes y su mordedura venenosa. Incapaces de reconocer, de discernir, de saber en quien confiar.

—Quédate tranquila, mira la tele.

Pasividad. Desarrollamos el silencio. Silencio en el pensar. Silencio en el comunicar. Silencio de la capacidad de crear.

—Hay que hacer las tareas. ¡Que no los escuche conversar!

Oyen a sus maestros que les explican desde el encerado, autoritarios. Deben trabajar sin hablar. Deben escuchar y retener. Más… y más… y más…

—¡He dicho que no hablen! Si siguen molestando se quedarán sin recreo.

Al hablar aprenden a usar la palabra, enriquecer el lenguaje. Así surgirán las ideas y podrán alimentar la capacidad de enfrentar problemas complejos, de trabajar en equipo, de desarrollar un diálogo creativo.

—Resolví el problema: Encontré guardería para la niña. La dejo allí mientras estoy en la oficina.

—¿Y tu abuela? ¿Queda sola?

—En un centro de día. Edificios especializados, personal especializado, actividades especializadas. Nos cortamos en rebanadas homogéneas. No hay interrelación entre las distintas edades. Los ancianos podrían contar cuentos a los niños, hablarles de su vida de pequeños, en el campo, de los tiempos duros de la guerra… participar en los juegos con ellos. Los niños podrían alegrar con sus voces y sus abrazos a quienes aún tienen mucho para dar y mucho para recibir. Para ello sólo hace falta aceptar la riqueza de la diversidad. Organizar el equipamiento para articular el desarrollo de la vida de todos en armonía.

—Pasaremos la tarde en el centro comercial.

—Sííííííí ¡qué guay!

El ocio unido al consumo. Locales comerciales, bares… Se sienten seguros sin coches alrededor. Salen de la casa, llegan directamente al enorme aparcamiento y se sumergen en ese espacio que crea apetencias compulsivas. Seguimos sin vivir la ciudad.

—Tres cervezas, un gin-tonic y dos refrescos.

En la mente del pequeño, de la pequeña, se dibuja esta pregunta: ¿Cuándo seré mayor para poder beber como ellos?

—Nos vemos a la una. Me costó conseguir el permiso, pero lo logré. Ayer cumplí los catorce. ¡Por fin!

Ansiado botellón. El alcohol los hace sentirse hombres, las hace sentirse mujeres. Beben porque es lo que corresponde, porque es lo que siempre vieron y desearon.

Forma de convertir en individual el estar juntos. Cada uno se acompaña con su borrachera. Aumenta la incapacidad de comunicación. La necesaria para comprender, para construir, para desarrollar objetivos comunes. Para poder amar…

Desde el sillón, mirando el partido.

—¿Es que hoy no hay comida? ¡Estoy hambriento!

¡Yo soy el que trabaja en esta casa!

Agotamiento, sobrepresión. Repetición de palabras escuchadas en la infancia. Vuelca la rabia en la familia, sobre la mujer, sobre los hijos…Violencia. Más violencia. Hasta la violencia que hiere, hasta la violencia que mata…

Claridad. Convicción. Voluntad. Acción. Y…

¿Podremos tener ciudades de las que uno nunca quisiera escapar? ¿Podremos tener una forma de trabajo que permita que nadie sea esclavo? ¿Podremos tener una vida que desarrolle la creatividad, que permita un convivir armónico?

Myriam Goluboff, nacida en Buenos Aires en 1935, es arquitecta por la Universidad de Buenos Aires. Vive en La Coruña, España, desde 1975. Es profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

 

TEATRO REBELDE