Cristian Mitelman
Después
de la Guerra, mi padre, al igual que un gran número de sus colegas, fue
sometido a juicio. Se presumía algún pasado colaboracionista con el régimen.
Efectivamente, había algunas fotos con su mano diestra alzada, aunque eso no
demostraba nada. En todas las reparticiones públicas y universidades los
empleados debían realizar el saludo en determinados momentos del año. Yo era
chico y sentía que para mi padre el juicio era una afrenta. ¿Acaso no había
enseñado literaturas del Cercano Oriente durante décadas? En su juventud había
participado en la expedición inglesa que había redescubierto las antiguas
glorias de Nippur. Parte de aquellos materiales, especialmente las tablillas,
terminaron en el Museo Británico. Como alemán al que se había concedido una
beca para el viaje, no podía protestar, aunque más de una vez confesó que
hubiera deseado que algunos textos llegaran a Berlín. Estábamos en 1922.
Salíamos de un infierno y nos encaminábamos a otro. Cinco años antes, mi padre
había conocido las trincheras en esa tierra de nadie que era el frente
oriental. Ahí perdió dos dedos de la mano izquierda. Sobrevivió gracias a los
cuidados de un médico que se suicidaría poco después de la Noche de los
Cristales. Si mal no
recuerdo, se apellidaba Szerman.
Una noche, bajo la influencia de la luna caldea, logró
descifrar los fragmentos de una pequeña columna que había copiado una semana
atrás. Aunque contaba con algunos rudimentos de la gramática sumeria, de pronto
el texto le habló desde su silencio de treinta y cuatro siglos. El fragmento
abundaba en espacios vacíos ya que el tiempo había destruido las columnas que
formaban aquel fragmento de relato:
…entonces
el dios desapareció por…
se
encaminó al alto monte, donde los hombres no pueden fijar la vista.
Hasta lo
más profundo del cielo escaló el dios… vencido…
Y la
tierra conoció un largo invierno.
Ya no
hubo granos. No hubo cebada.
Las
fuentes de la vida se agotaron y…
… los
hombres pidieron al Rey que escalara la alta cumbre.
Sólo el
rey podía conocer la alta cumbre.
Los
hombres le pidieron que subiera, roca a roca,
… para
hablar…
Y …amesh
lloró en la noche, porque iba a despedirse
…la
esposa
Debía
escalar hasta lo más hondo del universo
donde se
amacollan los truenos…[1]
Tradujo al alemán y luego lo volcó al inglés. A partir de
sus conjeturas, comenzaron los trabajos de desciframiento del idioma. Su nombre
apareció en los Anales Europeos de
Filología. No sería la primera vez que sus ideas habrían de publicarse en
ese medio.
Aquella noche, mientras su mente exploraba aquellas
palabras que venían de lejos, cierta imagen le causó una mezcla de náusea y
angustia. Se había alejado un poco del campamento. El calor era agobiante y más
allá el desierto resplandecía bajo la opacidad del cielo. Un sonido afilado le
llamó la atención. Deseó una de esas tormentas que parecen limpiar el universo,
pero el calor era un dios impiadoso y hacía que las acciones transcurrieran con
mayor lentitud. Una rata grisácea lanzaba pequeños chillidos ante un gato que
la merodeaba. Al levantar la vista, vio la misma situación reflejada como
sombra en el muro blanquecino de una vieja casona. Se dijo: “ahora el gato va a
saltar y le va a desgarrar el cuello”. En ese momento de vértigo no se dio
cuenta de que estaba en dos planos. Miraba simultáneamente las sombras y a
quienes las proyectaban. Todo sucedió casi al revés: la rata se prendió del
cuello de su enemigo y de pronto hubo un revoltijo de chillidos entremezclados.
Un maullido atroz, lento, violáceo, anunció que el pequeño diente de la rata
había encontrado una arteria esencial. El gato arqueó el lomo con esa furia
epiléptica que antecede al fin. Dio tres vueltas sobre sí mismo y esparció un
chorro de sangre negruzca. La rata, ya desprendida, llegó hasta un pozo y
alcanzó a perderse en un laberinto de aguas podridas y basura. El otro cayó
animal junto a pocos pasos de él. Un último temblor y la muerte. Mi padre se
sintió invadido por un sudor insano. Todavía recordaba el ojo muerto del gato,
que parecía absorber los restos de una luz moribunda.
Volvió al campamento y comenzó una especie de traducción
febril. De pronto comprendió parte de aquella escritura que oscilaba entre el
jeroglífico y las hendiduras cuneiformes.
Después su vida entró en esa tranquila vorágine que media
entre el matrimonio y su ascenso en las cátedras. Lo cierto es que durante años
volvió a experimentar una de esas revelaciones. Se diría que ese había sido su
momento. Su nombre, por supuesto, no figura entre los principales estudiosos
del mundo oriental. Hay momentos de la historia en que una nación parece vivir
en los bordes y otros en que se halla en el centro. La Alemania después de la
primera contienda grande parecía sumergida en las notas marginales del orden
europeo.
Años más tarde experimentó su segunda epifanía. El país se
había convertido en algo distinto. No faltaba mucho para la anexión de Polonia.
En el aire un frenesí de banderas rojas y negras anunciaba la victoria
inexorable de una nación que había decidido despertar a su destino. El único
que parecía lejano era aquel profesor de lenguas muertas. Su mano mutilada le
confería un cierto realismo a su concepción del mundo. De todos modos, convenía
disimular cualquier duda sobre la conveniencia de la expansión al Este.
Aquellos dedos, perdidos hacía más de veinte años le conferían el salvoconducto
que evitaría su movilización hasta el final, cuando un oficial le colocó una
pala entre las manos y le exigió una prueba de que podía utilizarla. El honor
de mi padre hizo que maniobrara de un modo extraño pero efectivo. Esa misma
tarde, a un mes de la caída de la ciudad, fue conducido a cavar trincheras en
los alrededores. Todos los alemanes debían colaborar contra el ejército
invasor: niños, viejos, lisiados. No importa: no esto lo que pretendo referir.
Las digresiones nos protegen de esa zona de los acontecimientos que pretendemos
evitar.
Le dije que antes de la anexión polaca mi padre tuvo su
nuevo momento de inspiración. La universidad lo había enviado a un congreso que
se organizaba en España. Trataba sobre los reinos de Taifas y la influencia
árabe en el mundo occidental. La idea del seminario, tal como la concebían las
autoridades germanas, era evidente. Se pretendía mostrar el rol vivificante del
sustrato arábigo y mostrar a la judería sefaradí como una especie de copia del
esplendor islámico. Ya sabe usted la cantilena de esos tiempos: razas que
crean; razas que conservan; razas que parasitan a las dos anteriores. ¿Mi padre
adhería a la ideología oficial? Yo creo que soportaba aquel lastre con
indiferencia. Así como los norteamericanos viven inmersos en sus publicidades,
nosotros habíamos incorporado aquel sistema de ideas como un boleto para
mantener cierto nivel de vida. La universidad pretendía adquirir ciertos
papeles que pertenecían a una colección privada. No debían caer en manos
inglesas o yanquis.
Por aquel entonces estaban por sobrevenir los concursos de
oposición. Mi padre vivía aquello como una experiencia de guerra. Hasta
entonces había sobrevivido y el congreso en España parecía darle algún oxígeno.
Pero (estoy intentado recordar sus palabras) desde hacía tiempo su carencia de
publicaciones lo venía oscureciendo. Un filólogo que no descubre nada se
convierte en una rémora.
Desde un punto de vista estrictamente académico, la misión
fue cumplida a la perfección. No conservo la disertación de mi padre, un hecho
extraño ya que él guardaba sus monografías con orden. Tal vez haya leído algo
de compromiso y luego quemó esos papeles.
Adquirió la biblioteca particular (en realidad eran rollos
carcomidos por los siglos) y llevó los materiales a la biblioteca de la
universidad, donde empezarían los trabajos de traducción y catalogación. (La
vida parecía seguir las sendas normales.)
A lo largo de tres noches, mi padre se reunió en casa con
un profesor que a mi hermana y a mí nos causaba una mezcla de terror y
sorpresa. Era un viejo encorvado, de nariz aguileña y esa piel traslúcida que
anuncia las cercanías de la muerte. Las manchas marrones en las manos tenían
algo de los cráteres de la luna. Lo veíamos desde nuestra habitación y nuestros
murmullos nerviosos hacían que nuestra madre se enojara y nos mandase a la cama
con la promesa de que no habría postre al día siguiente. Pero su voz también
era temblorosa, como si algo le causara repulsión en aquella escena duplicada.
El anciano dejó de venir por las noches. Mi padre comenzó a
trabajar entonces en un nuevo proyecto. Era evidente que el viejo le había
abierto las puertas a un propósito que ya escapaba de sus fuerzas. Se
necesitaba el talento de alguien que estaba en el centro exacto de la vida. Las
nuevas oposiciones fueron un paseo triunfante. Mi padre había encontrado
nuevamente la clave de un texto olvidado. Se trataba de las estrofas perdidas
de un texto del malagueño Ibn Gabirol. Aquellos papeles que venían de Sefarad
le daban un nuevo sentido a su existencia. Los textos eran breves y
enigmáticos. Lo que se demostraba en ellos era que Gabirol los había insertado
en su tratado cabalístico y que luego, a instancias de la misma comunidad, los
había expurgado. En realidad, las tres pequeñas estrofas eran la modificación
de un poema del místico granadino Abdarramán, que había llegado al éxtasis y a
la contemplación de lo Uno a partir de los elementos más bajos de la
naturaleza.
Gabirol, que conocía el hebreo y el árabe, había escrito en
una especie de idioma híbrido, como si quisiera unir las dos lenguas en una
especie de tronco común, una especie de fermento lingüístico acaso anterior a
lo que había hallado mi padre en sus años de juventud.
La Revista Alemana de
Estudios Filológicos publicó el artículo. Mire, aquí están las tres
pequeñas estrofas:
…porque roe el
cadáver hasta el tuétano
por donde circulaba
la vida, y su pico
se hunde en la carne
hedionda…
… así el buitre
devora lo muerto
y al llenarse de
muerte su cuello sin plumas
ama los más bajos
espacios…
Este amor de buitre
me corroe
y me salva, enjaulado
como estoy
en la enferma piel
blanquecina…
Ya ve que la intencionalidad del artículo era mostrar que
Gabirol no había sido original en la concepción mística de su poema. ¿Acaso un
judío podía serlo? Terminada la Guerra, aquellos números de la revista
filológica alemana se perdieron. Mi padre conservó un solo ejemplar, tal vez
como recuerdo de que una ciencia que está impregnada del pasado puede cometer
los errores políticos del presente. Pasó el juicio; logró que su traducción de
las estrofas volviera a incorporarse en el Corpus
Gabirolensis; pasaron los años y llegó a jubilarse. Había proyectado un
viaje con mi madre para ese momento, pero ella murió de un cáncer poco después.
Mi hermana emigró a Brasil, yo me dediqué a la abogacía. Él se quedó solo. Creo
que toda su vida deseó tener alguna tercera epifanía. Cuando lo visitaba los
domingos, siempre lo veía encorvado sobre sus viejos papeles. No volvió a
producir nada más y su nombre fue olvidado rápidamente. Una noche me llamó su
médico personal. Había sufrido un derrame cerebral. Sus últimos días oscilaron
entre el sueño y momentos de conciencia alucinada. La mirada de los moribundos
es escrutadora. Había enflaquecido y su mano derecha temblaba. Se quedó
observándome. Quería hablarme y su voz salió temblorosa y gutural. Me pidió que
entregara todos sus papeles a la universidad. Le dije que estuviera tranquilo.
Sus ojos se clavaron en un punto del techo. Al principio no entendí bien lo que
pretendía decirme. Creo que estaba mezclando aquellas lenguas muertas que
habían cruzado su vida. Luego volvió al alemán y se lanzó por un torrente de
batallas y apellidos de profesores. Su mente estaba intentando, por última vez,
ordenar el caos que somos por la mañana, cuando regresamos a la vigilia luego
del sueño. Se detuvo cuando halló lo que buscaba. Con un gesto me indicó que me
acercara un poco. Entonces me confesó aquello que en verdad lo condenaba. Jamás
había traducido el fragmento Ibn Gabirol. El hallazgo pertenecía a ese viejo
que había estado con él años atrás, en casa. Era un profesor judío al que por
las leyes raciales lo estaban por expulsar de la universidad. Faltaba pocos
años para el horror definitivo, para el horror final. Mi padre había logrado
que le mantuvieran por unos meses una mísera pensión con la que podía irse del
país, aunque el destino de la judería en Europa ya estaba sellado. El precio que
le había cobrado era la entrega de aquella traducción que le permitió a mi
padre ganar nuevamente un renombre que se había ido oscureciendo. Lo de
Abderramán, en cambio, había sido un invento suyo para justificar la edición de
la monografía y su triunfo en el concurso de oposiciones. Gabirol era quien
había escrito aquellas estrofas y demostraba que la gnosis podía estar en todos
lados, aun en la carne hedionda devorada por los buitres.
Después volvió a la inconciencia y murió dos noches
después. Usted buscaba el ejemplar perdido de la revista de filología. Mi padre
conservó el suyo, acaso como un recordatorio de una de sus identidades. Cuando
publique su tesis doctoral sobre Gabirol le pido que sea indulgente.
[1] El artículo que escribió poco después postula las siguientes ideas: un rey (¿acaso Gilgamesh?) debe escalar las alturas para hablar con un dios que se ha desvanecido. La desaparición de una divinidad que se esconde en lo hondo de una montaña sagrada y el consiguiente desorden en la tierra, ¿no son antecedentes del Éxodo? Sólo un hombre puede subir y entablar palabra con el dios. La reaparición del dios, ¿apareja una nueva ley? De este modo la humanidad se reconciliaría con lo divino y volvería una era de orden. La tablilla está rota, pero hallazgos posteriores avalaron aquella hipótesis de mi padre.





