martes, 28 de julio de 2026

EN SILENCIO

Eri Echilley

 

Llueve. Las gotas se abarrotan en la ventana como quién mira con la ñata en el vidrio todo aquello que no podrá tener. Llueve y la solemnidad de la casa es un arrullo de cuna que adormece mis ganas de querer poner un pie en la cocina. Tengo una tristeza sideral, porque la escala de grises se apoderó de mi manera de ver el mundo desde aquel incidente.

Me voy a levantar, te digo, mientras vos seguís observando el infinito adormecida en tus disociaciones recurrentes. Con pasos silentes, me dirijo hasta la cocina, prendo las luces y pongo un jarrito con agua en el fuego de la hornalla. Saco el frasco de café, agarro una cucharita y coloco los granos necesarios en un filtro que nadie usa. Las cerámicas sostienen los pies descalzos de mi peso muerto.

De pronto, un ruido. De repente, un estrépito. Un grito. Seguramente dejé la televisión prendida de nuevo y eso te aterra. Perdón, suelo olvidarme de que mi cotidianidad no es la tuya. Camino lentamente hasta la habitación y vos hablás por teléfono, otra vez volvió a pasar. Te asusta lo cotidiano.

—Me estoy volviendo loca, Juan. Me estoy volviendo cada día más loca.

No, amor. No es locura, te digo mientras seguís hablando a los gritos sin importar lo que yo te pueda decir.

—No soporto más todo esto, recétame más pastillas. Algo que no me haga sentir que estoy perdiendo la cabeza.

Pero, amor, vos no necesitás nada de eso. Amor, vos no estás loca. Yo estoy loco, yo soy el problema. Yo y mis descuidos.

Con celeridad, corrés a la cocina por un vaso de agua. Tus pasos se apuran con el nerviosismo de alguien que huye. El pitido insolente de tu voz aguda me destruye los tímpanos. Mi amor, no lo vuelvo a hacer, te lo juro, te suplico, mientras vos ordenás todo, apagás la hornalla y sacás el jarrito del fuego.

—No puedo con todo esto. No es real. Nada es real.

¿Qué es real?

Amor, no te alteres, no va a pasar nada. Solo quería sorprenderte. Solo quería…

Tus manos apuradas intentan guardar las cosas en los cajones de la mesada. Luego la rabia hace que abras el blíster con una energía irreverente. Cuando lo lográs, se te caen las pastillas e intentás levantarlas del suelo. Tus manos tiemblan, tu garganta se cierra y tus pupilas se dilatan. Intento abrazarte, pero es como si no lo notaras. Hace tiempo que no notás nada, pienso.

—No lo soporto más. Por favor, vení a buscarme. Necesito que vengas a buscarme ya, quiero ir a dormir con vos. Necesito que vengas a buscarme. Tengo miedo.

¿No soy lo suficiente para vos? No te vayas, prometo no volver a prender la tele ni a despertarte de esa manera. Pero no hice nada malo.

El reloj del salón marca las nueve y media. Suena el timbre de forma incesante. Vos abrís rápido, Juan entra y lo abrazás. Me voy a la habitación y te espero. Amor, no me dejes, te digo, mientras vuelvo a prender la televisión y los ojos de Juan se abren de par en par. No me ignoren.

Te enojás y le gritás como si él solo tuviera la culpa de todo esto. Amor, vos estuviste ahí. Tus manos labraron el acta, mi propia sentencia, coartaron mis ganas, urdieron el plan y ahogaron el último suspiro de mis pulmones agitados mientras mi espalda descansaba sobre aquel respaldo de terciopelo.

El viento agita las cortinas. Me levanto y apago la luz. Voy a la cocina y giro las perillas. Quiero que descanses de esta locura, mi amor. Las ventanas abrazan el viento y se abren como nunca. La humedad de las paredes chorrea en forma de lágrimas negras. Juan intenta abrir la puerta, pero yo sostengo el picaporte. No puedo dejarte ir así. No puedo sentir que todo esto fue en vano. Tus golpes desenfrenados se diluyen en el silencio sepulcral del bosque lejano que alberga nuestra casa. Tu corazón se acelera demasiado. Juan intenta romper el vidrio, intenta con todas sus fuerzas golpear la puerta, pero la luz mortuoria del cuarto se deglute los intentos. Vos repetís que tenías razón y que no estabas loca. No, amor. No estás loca, te digo y me escuchás. La palidez se apodera de tu piel y la desesperación se hace uno con tu carne. Abrazas a Juan y las gotas frías de transpiración le recorren la espalda. Nunca estuviste sola, agrego y me escuchás de nuevo. Dejás de ignorarme por fin. Intenté decírtelo muchas veces, amor. Nunca crucé la luz, porque no puedo alcanzar la gloria sin sentir que existe la justicia.

Los gritos mudos y ahogados se acumulan en tus cuerdas vocales. Los alerces se arrellanan al paso del viento. El silencio se muda a tu boca y nadie oye, nadie espera, nadie busca, nadie escapa. Las gotas se amontonan en la ventana para ver la escena final. Las cortinas terracota observan con morbo a los dos amantes dormidos en silencio.


Érica Echilley (1986): argentina, oriunda de la localidad de Ezeiza. Estudiante avanzada de Lengua y Literatura y ayudante de cátedra de Semiótica en el ISFD y T Nº 35 de Monte Grande. Autora de Cartas en cuarentena, El chat que nunca borro, Líneas de fuga y Conversaciones. Ganadora del concurso internacional de microrrelato “Desafío Literario Nº 12” en 2020.

ESPACIO LIMINAL

Franca Marsala

 

Patrick Konnas esperaba en la zona de descanso de la estación orbital. Estaba nervioso, inquieto. De vez en cuando se acomodaba el cómodo traje azul que llevaba puesto, aunque le sentaba como un guante. Con su figura esbelta, casi cualquier prenda le favorecía.

—Señor, parece preocupado —intervino el secretario, Sam.

—No, no, estoy bien. Solo un poco ansioso. Esta conferencia en Europa es muy importante. Podría ser mi consagración.

—No tiene nada de qué preocuparse. El discurso es prácticamente perfecto. Además, también se informó sobre los demás participantes, sus costumbres y hábitos, incluidos los alienígenas. Ha pensado en cada detalle. Puede estar tranquilo.

—Es difícil para nosotros, los humanos. A menudo somos más emotivos de lo necesario. A veces desearía tener un poco de tu desapego robótico —comentó el directivo, sonriendo.

Una voz anunció el atraque del Galactic Express, el convoy del color de la noche que, surcando el espacio, unía los distintos planetas del Sistema Solar.

—Ha llegado el momento —suspiró Konnas—. Comienza la aventura.

Siguieron a la pequeña multitud y subieron al transporte.

La cabina era lujosa, como todas las demás. Estaba compuesta por dos amplios compartimentos: el primero, destinado al día, con sillones ergonómicos de color rojo, numerosos estantes retráctiles que aparecían solo cuando era necesario, cuadros tridimensionales de artistas famosos en las paredes y una iluminación tenue; el destinado a la noche era todavía más confortable, con una enorme cama de levitación magnética que ocupaba gran parte del espacio y unos rectángulos camuflados en las paredes que hacían las veces de armarios.

El viajero tomó asiento y dejó vagar la mirada a través de los grandes ventanales que ofrecían una vista sobrecogedora del infinito.

—¡Qué maravilla!

—Sí, señor —respondió el robot mientras transportaba los contenedores modulares.

—Siéntate —le ordenó—. Ya guardarás mi ropa después.

—Como desee.

—Creo que ha llegado el momento de relajarme y disfrutar del viaje.

—Por supuesto. Se lo merece. Me alegro por usted.

—Me gusta oírtelo decir, aunque solo sea cortesía. Me alegra compartir esta experiencia contigo. Has estado a mi lado durante todo mi ascenso y quería que siguieras acompañándome.

—Me honra oír eso. He sido testigo de su trabajo, durante estos años, en el campo de la alimentación sintética. Ha alimentado a poblaciones enteras con los productos de sus instalaciones. Tiene motivos para sentirse orgulloso.

—Gracias. Eres un amigo.

—En cierto modo, sí lo soy, señor.

El paisaje cambió: el vehículo emprendía un largo itinerario. Se detendría en la siguiente base de embarque para recoger a habitantes de otros mundos hasta llegar a su destino: el satélite de Júpiter.

Dos hombres aparecieron en la puerta, empujándose amistosamente.

—Déjalo ya, te comportas como un chiquillo —protestó uno de ellos, alto y moreno.

—Lo dice el adulto —se burló su compañero, bajo y rubio.

—Ya están aquí; precisamente me preguntaba cuándo aparecerían para molestar —los reprendió Konnas con tono divertido—. Sam, ¿recuerdas a Axel Myrat y Gurden Filik? Trabajan en mi mismo sector, aunque en continentes distintos.

—Sí, los recuerdo. Me alegra volver a verlos, señores.

—Gracias, igualmente —respondió Filik.

—Este cree que es mejor molestar a los demás que releer y corregir las cuatro palabras que ha escrito —intervino Myrat.

—Es imposible corregir la perfección —replicó el otro.

El empresario soltó una carcajada.

—Con ustedes este viaje será todavía más divertido.

—Más tarde nos reuniremos con nuestros colegas en una sala de descanso para charlar y, sobre todo, beber —lo invitó Axel.

—Gracias. Me uniré encantado.

—Siempre que, como de costumbre, no termines borracho —lo reprendió Gurden.

—Estoy de vacaciones; no tengo una esposa detrás diciéndome lo que debo hacer, sobre todo lo que no debo hacer, y pienso divertirme.

—Ya. Hodilla volvió a montar una de sus escenas habituales, como si fueras a ausentarte un mes en vez de unos pocos días. Qué suerte tienes, Patrick, siendo soltero.

Mientras seguían criticando su buena fortuna, se marcharon.

—Son simpáticos, ¿verdad, Sam?

—Escapa a mis capacidades comprender vuestro sentido del humor. Sin embargo, me alegra comprobar que ahora está más tranquilo.

Patrick sonrió y sacó su holopad de uno de los numerosos bolsillos del traje.

—Estoy más calmado, pero quiero echarle un último vistazo a la ponencia. Por simple precaución.

Comenzó a recorrer las imágenes tridimensionales que aparecían ante él. Llegó al pasaje que le interesaba e hizo deslizar las páginas con un gesto.

Parecía excelente, aunque en realidad era perfeccionista en exceso.

De pronto, el dispositivo emitió una señal luminosa y una voz sintetizada anunció la llegada de un mensaje.

El logotipo de la organización terrorista G.A.I.A. (Global Awakening in Action) apareció suspendido frente a él: un árbol de ramas enmarañadas cubiertas de espinas, cuyas raíces se hundían profundamente en la tierra.

"Llevas un dispositivo adherido al cuerpo. Si intentas abrirlo o manipularlo, se activará. Contiene una toxina, Aeromor, una sustancia letal para los terrestres. ¡Han sido derrotados!"

Inmediatamente, una cuenta regresiva de quince minutos sustituyó al mensaje. Conocía a esos fanáticos. Eran criminales despiadados. Ahora él se había convertido en su objetivo. Sintió un mareo y le costó respirar. Temió estar sufriendo un infarto.

El asistente lo sostuvo mientras se desplomaba sobre el asiento y lo ayudó a controlar la respiración.

—Está sufriendo un ataque de pánico. Déjelo en mis manos.

—No puedo... no puedo... —murmuró—. Son unos fanáticos.

—Por desgracia, tiene razón. Son fundamentalistas obsesionados con un único objetivo: regresar a la naturaleza y a los productos cultivados como en la Antigüedad.

—Se niegan a comprender que son precisamente industrias como la mía las que permiten alimentar a tanta gente. El planeta está al límite; no podemos retroceder.

—Solo saben matar en nombre de unas convicciones irrealizables.

—¿Dónde está? ¿Dónde? No lo encuentro.

El robot comprendió a qué se refería y comenzó a registrarlo con rapidez y método.

Se lo mostró: un pequeño cilindro gris adherido al borde del pantalón, junto al zapato.

—Debió de ocurrir entre la multitud, antes —reflexionó.

—¡No lo toques! —le ordenó Konnas.

—Quizá pueda piratear su sistema. Intentaré descubrir cómo desactivarlo.

—Eres mi única esperanza.

Patrick bajó la cabeza y esperó.

—Una opción de seguridad me bloquea. Debe de haber sido diseñada por alguien más avanzado que yo. Lo siento mucho, señor.

El directivo perdió el control.

—¡Tenemos que avisar a los demás! ¡Hay que evacuar el convoy! —gritó—. Cualquiera que respire oxígeno morirá. Axel, Gurden... son mis amigos... Con este sistema de ventilación no tendrán... no tendremos... ninguna posibilidad.

Se precipitó hacia la salida, pero el asistente lo detuvo.

—¿No comprende que estallará el caos? Todos intentarán llegar a las cápsulas de salvamento y terminarán haciéndose daño, pisoteándose unos a otros.

—¿Y entonces?

El robot lo observó durante un instante.

—Venga conmigo.

—¿Adónde? Quedan muy pocos minutos.

—Confíe en mí.

—Sí... sí, confío en ti.

Recorrieron juntos los pasillos, pasando junto a las cabinas y las zonas de recreo.

Llegaron a un área aislada.

El robot, con sus velocísimos dedos, introdujo un código que todos los pasajeros recibían al hacer la reserva –con la orden terminante de no utilizarlo salvo en casos de extrema emergencia– y las puertas se deslizaron, revelando los módulos de socorro.

Los dos penetraron en el hangar.

—¿Tienes alguna idea? —preguntó Konnas.

El asistente se acercó a uno de los módulos, tocó un control y abrió la cápsula.

Con decisión, empujó a Patrick al interior.

—¿Qué ocurre? ¿Qué piensas hacer? —exclamó él, sorprendido.

—Lo estoy sacrificando. Morirá; eso ya está decidido. El tiempo casi se ha agotado. Estoy eludiendo la Primera Ley de la Robótica, que me obliga a protegerlo a usted y a sus semejantes, para aplicar la Ley Cero: salvar a la humanidad.

Su jefe intentó resistirse, pero el robot lo sujetó con facilidad.

Luego entró también y cerró la compuerta.

—Lo lamento profundamente. Usted no lo merecía. Nadie lo merecería.

—Estoy perdido, lo sé. Pero tú... tú no. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me has seguido? —balbuceó, temblando.

—Después de haberlo condenado, mi cerebro sufrirá daños irreparables —explicó.

—¡Soy una persona, puedo morir! ¡Pero tú no! ¡Pueden regenerarte, reactivar tus circuitos!

—Es una decisión mía, Patrick —respondió Sam.

Rozó una consola y la cápsula fue expulsada hacia el espacio.

Hacia la oscuridad.

Franca Marsala nació en Italia el 28 de junio de 1970. Escritora apasionada desde muy joven, cultiva principalmente el cuento, género con el que ha participado en numerosos concursos literarios, alcanzando en muchas ocasiones las instancias finales. Ha colaborado con diversas editoriales italianas, entre ellas Scudo Edizioni, Cartman, Holden Edizioni, Giulio Perrone Editore, Historica, 150 Strade, Lettere Animate, Il Pavone, PAV Edizioni, Zona Morta e InFilaIndiana, además de publicar en medios digitales como Scirokko, Rapsodia y Cose di altri mondi. Su obra abarca la ciencia ficción, el thriller, el fantástico, el policial y el terror. En 2024 apareció su primera novela de ciencia ficción, Más allá del espacio y del tiempo, y ese mismo año participó en la antología Voci degli abissi con el relato Mundo de cristal, distinguido con el Premio Vegetti 2025. También ha publicado relatos en revistas especializadas como World SF Magazine Italia y Il Magazzino dei Mondi, además de integrar numerosas antologías colectivas. Entre sus trabajos más destacados figuran las novelas Tra le nuvole (2017), La Tempesta (2012) y Le otto croci, que obtuvo el décimo puesto en el Premio Dea 2019. En 2015, una idea original suya fue adaptada por Astorina para convertirse en la historia de Diabolik Angoscia dal passato, y otro de sus textos formó parte del espectáculo teatral Condominio, estrenado en Milán.


 

CRIATURAS DE LA NIEBLA

Vanja Spirin

 

¡Estimado lector!

La extraña historia que tenemos ante nosotros nos llevará a un mundo que, a primera vista, parece ordinario, aunque todos sabemos que las cosas y los acontecimientos rara vez son como aparentan. En ella encontraremos ambición, pasión, un orgulloso burgo, un blasón misterioso y seres sumamente inusuales, la mayoría de las veces inaccesibles a nuestros modestos sentidos humanos.

El inicio de este relato nos lleva a un tiempo muy, muy lejano, cuando en la Tierra, a partir de una repugnante mezcla primigenia de babas y viscosidades indudablemente desagradables, comenzaron a formarse nuevas formas de vida. Junto con las algas verdeazuladas y las geobacterias –de las cuales más tarde surgiría una raza de robots vivos e inorgánicos, responsables en su momento de la extinción de más del 80 % de los seres orgánicos del planeta– apareció algo verdaderamente singular. Era una criatura colectiva, compuesta por diversos subentidades, más o menos incorpórea.

¿Cómo “más o menos”? se preguntarán. En efecto, la fisiología de ese tipo de organismos es difícilmente comprensible para la mente humana, y muchas preguntas –completamente lógicas– permanecen sin respuesta. Había cuestiones como “¿Quién soy?” y “¿Cómo estás?” pero, dejando esas efímeras trivialidades de lado, también surgían otras más tangibles: “¿Cómo subiré esta cuesta resbaladiza sin romperme la nariz ni lastimarme el coxis?” Había de todo un poco.

Nuestro ser era una entidad cooperativa semimaterial que, hasta donde sabemos, existía solo bajo la forma de una nube de vapor de agua. Nadie ha ofrecido una explicación convincente sobre dónde permanece esa conciencia durante los calurosos veranos, cuando la niebla escasea o desaparece del todo.

Las criaturas de la niebla pueden dividirse, a grandes rasgos, entre entidades espaciales y entidades abstractas. Así, cuando una persona entra en una niebla de ese tipo, puede encontrarse con portales hacia otras dimensiones espaciotemporales, o bien verse invadida por sensaciones de incertidumbre, expectativa o una vaga ansiedad acompañada, en ocasiones, de excitación. La mayoría de los humanos atribuirán esas experiencias a sus propias emociones, pero estarían equivocados.

Entre los seres incorpóreos existían figuras de variado talante. Aunque en conjunto formaban el ente vivo de la niebla, cada uno era también, al mismo tiempo, una conciencia individual. Como si, por ejemplo, los riñones de una persona tuvieran mente propia y, por decirlo de manera trivial, el izquierdo fuera socialista e internacionalista, y el derecho un fervoroso capitalista de ideas conservadoras.

Entre ellos se encontraba Koviljka, objeto de deseo de los demás. Encantadora, delicada y bendecida con una gracia carnal irresistible, pertenecía a la especie de aquellas que creaban portales. Quien entrara en Koviljka llegaba siempre a un lugar de placer y gozo físico. Algunos personajes vulgares decían que “no había nada más bello que entrar en Koviljka”, pero no hablaremos de groserías.

Entre esos indeseables se encontraba Stanislav, encargado de provocar esa vaga sensación de carencia, cuando uno no sabe si lo que le falta es una buena conversación, un trago de absenta, sexo o un viaje a la majestuosa Viena. Pero de él hablaremos más adelante (si acaso), pues era un sinvergüenza de marca mayor.

Tal vez convenga, ya que hablamos de tipos problemáticos, mencionar antes a Ladislav, o Laci, que se dedicaba con gusto a las bromas, o, como se diría hoy, al troleo. Algunos sostienen que fue él quien, en el siglo X, persuadió a los humanos mediante sueños para construir un castillo sólo con el propósito de plasmar en él un escudo heráldico enigmático que causaría siglos de confusión. No hay pruebas sólidas, por ahora.

De qué castillo y qué ciudad se trata quedará como secreto, pero nada de esto es ficción.

 

El viejo burgo fue construido con fines defensivos. Con el tiempo pasó de mano en mano: reyes y nobles lo ocuparon, alquilando sus vastas salas de piedra labrada, erguidas al borde de un abismo kárstico. Casi cada inquilino dejaba en sus muros un escudo familiar, pues parecía ser lo que más les importaba: un testimonio de linaje, nobleza y rango.

Jamás se aclaró del todo si aquella fortaleza fue erigida sólo por razones militares, o si existió, sutilmente, la influencia de la niebla –en concreto, de Ladislav– sobre los humanos.

A lo largo de los siglos, las criaturas de la niebla, aburridas de su eternidad, buscaban el contacto con los humanos del lugar. El castillo, aunque menos conocido que otros, se volvió célebre cuando un renombrado escritor de fantasía le dijo a un viajero espaciotemporal, amante de las antigüedades, que la fortaleza era tres siglos más antigua que el misterioso Machu Picchu, que albergaba niebla viva y que allí existía un blasón singular, diferente a los demás, ligado sin duda a una historia tan mística como insólita.

Curioso, ¿cómo sabía él eso de la niebla?

Nadie lo sabe. Pero el misterio atrajo a generaciones de aventureros y estudiosos, incluidos los descendientes de un arqueólogo llamado Paulus, el de la bella cabellera (apodo, por cierto, irónico, dado su prematura calvicie). Uno de sus descendientes, Julius, dedicó su vida a la heráldica y se sintió especialmente fascinado por aquel escudo extraño, que avivaba su imaginación y su ansia de conocimiento.

 

Ladislav, además de bromista y trol, era un ente nebuloso encargado de provocar el sentimiento de alivio extático; por ello, era muy popular entre humanos y entidades de niebla por igual.

Así se dieron conversaciones como esta entre humanos perdidos en la niebla:

Ella: “Perderse en la niebla es de las cosas más bellas que me han pasado. Por un momento pensé que algo malo ocurriría, y de repente me invadió una dicha tan grande que…”

Él: “¿Qué, tuviste un orgasmo?”

Ella (sonrojada): “Pues sí. Fue maravilloso.”

Él: “Qué suerte. Yo solo sentí una cáscara de palomita pegada al paladar que no podía quitarme con la lengua. Y luego, la sensación de que algo me faltaba. Luego aparecí en una cabaña del bosque… Nada que ver con lo tuyo.”

Ella había encontrado a Laci. Él, en cambio, se topó con Stanislav y Hanibal, el responsable de la sensación de “cáscaras pegadas al paladar”. Este último era un híbrido, lo que explicaba por qué uno podía sentirse al mismo tiempo en una cabaña y con un cuerpo extraño. Inusual, desde luego.

Las criaturas de la niebla podían describirse, según un dicho, como “curas bautizando chivos”: ociosas y traviesas. Aburridas, solían inspirar a los humanos a realizar las actividades más peculiares. Así fue como Laci, con la ayuda parcial de Hana y Koviljka, instó a un antiguo artista a esculpir un escudo distinto a todos los demás: austero, sin águilas ni fieras, puro y misterioso.

Uno de los cautivados por ese escudo fue Julius. Inteligente, pero de temperamento impetuoso, dedicó días al estudio de los textos antiguos y a conversar con el pueblo, aunque el secreto del enigmático blasón siempre se le escapaba.

Laci, al notar su obsesión, concibió una broma. Una noche se filtró en su habitación envuelto en niebla, y, mientras Julius dormía, plantó en su mente una idea: El secreto no puede descifrarse porque el escudo está invertido, como las inscripciones en las antiguas estelas destinadas a las almas internas.

Luego se desvaneció, riendo.

Al día siguiente, Julius despertó emocionado. Pensó que semejante sueño no podía ser casualidad. Religioso como era, lo tomó por una revelación divina: ¡por fin una iluminación que revolucionaría la heráldica! Entusiasmado, pidió prestado un espejo al barbero, reunió a curiosos y llamó a la prensa para una presentación pública frente al misterioso escudo.

Ante todos, proclamó:

—¡Señoras y señores! Estoy a punto de revelar un descubrimiento revolucionario. Inspirado por una fuerza que no es de este mundo, he comprendido que este escudo se asemeja a ciertos monumentos funerarios con inscripciones invertidas, legibles sólo desde el interior. Observen… Sólo hay que mirarlo en el espejo y…

El público contuvo la respiración.

—¿Y bien? —gritó alguien—. ¿Cuál es el secreto? ¿Hay un tesoro?

—¿Tiene algo que ver con unas botas? —añadió otro.

Julius frunció el ceño y tartamudeó.

—Pues… solo se ve la imagen al revés. Quizás requiere tiempo para…

—¿O sea que nada descubriste? —preguntó una niña.

La multitud prorrumpió en carcajadas. La prensa guardó sus cámaras entre resoplidos. Julius, humillado, vio alejarse a los curiosos mientras alguien murmuraba:

—Idiota.

Avergonzado, fue a una taberna, bebió hasta el amanecer y regresó tambaleándose a su posada, donde cayó en un sueño profundo.

Los seres de la niebla observaron con disgusto el desenlace. Laci había ido demasiado lejos.

—Sabes, Laci —le dijo Stanko—; eso no estuvo bien. El pobre chico no es malo, ni siquiera está deshidratado (ya sabes cuán importante es el agua para nosotros). ¿No crees que deberías compensarlo?

—Sí, sí, me siento mal —admitió Ladislav—. No imaginé que saldría tan mal. Fue cruel.

—Podríamos animarlo un poco, en señal de… —intervino Stanko.

—¿Compensación? —añadió la compasiva Lana.

—Claro —propuso Koviljka—. Lo rodeamos mientras duerme, lo atraigo a mí, le damos un par de dulces experiencias, y luego Lana se encarga de que el final sea inolvidable. Después lo devolvemos, y listo.

Todos estuvieron de acuerdo.

Ni siquiera las criaturas de la niebla comprendían del todo cómo funcionaba Koviljka cuando se convertía en portal hacia aquellos lugares de placer. Algunos decían que no era un portal, sino un nodo espaciotemporal capaz de retener a un ser por un lapso antes de devolverlo a su realidad. Cuando le preguntaban, ella sólo sonreía, produciendo en los demás la sensación de un beso en el cuello.

Así lo hicieron. Mientras Julius dormía, la niebla se deslizó por su ventana. La blancura lo envolvió y, de pronto, se encontró en un paraje deslumbrante, rodeado de una mujer que era la suma de todos sus deseos. Cambiaba de forma: primero una morena atlética de ojos verdes, luego una rubia voluptuosa de aroma intoxicante.

Creyendo soñar, se abandonó al placer. Luego vino un éxtasis sostenido, provocado por Hana, y despertó bañado en sudor, jadeante.

—Vaya sueño… —dijo para sí—. Esto sí que fue intenso. ¡Y en una noche tan fría! ¿Cómo estoy tan acalorado?

Fue al baño, se miró al espejo y vio marcas de lápiz labial y arañazos en la espalda. Un perfume femenino flotaba en su piel. Sonrió, recordando todo, a través de la niebla.

Desde el cristal vio la niebla alejándose hacia el abismo bajo el castillo.

 

Epílogo

A pesar del bochornoso episodio, la carrera de Julius no sufrió. Al contrario, floreció. Años después, ya célebre, los periodistas le preguntaron cómo lo había afectado aquel fiasco. Él sonreía, con aire de gato que se tragó un pez dorado, y respondía:

—Yo no lo considero un fracaso. Todo lo contrario.

Los más sagaces lo observaban sospechosamente, intuyendo que detrás de su respuesta había una historia secreta. Y al menos en eso, tenían razón.

El misterio del blasón enigmático siguió desafiando a generaciones futuras, mientras las criaturas de la niebla, complacidas, se esfumaban una vez más entre los pliegues del tiempo.

Así fue como todo ocurrió.

Vanja Spirin nació el 28 de mayo de 1963 en Zagreb. Estudió Lingüística y Fonética en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Zagreb y se graduó en la Academia de Producción Musical (MPA). Se dedica a la escritura, la producción musical y los proyectos multimedia, y ocasionalmente trabaja como instructor de escritura creativa. Como escritor, ha cultivado diversos géneros literarios, y sus relatos y columnas han sido publicados en numerosas antologías, colecciones, periódicos, revistas y portales en línea. Ha publicado los siguientes libros: Hangrap y Drobhila, epopeya estarojmírica (1993), Mitos y leyendas croatas (1994), El tesoro de los dioses (1999), Las hazañas heroicas de Junkers y Vailiant (2000), La tercera nariz (2003), Misión mortal (2013), Junkers y Vailiant contra las fuerzas de la oscuridad (2017), Rubias para principiantes (2017), De las ovejas a las estrellas (2022) y Las sombras de las almas ocultas (2024). 

lunes, 27 de julio de 2026

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N

Lusine Kharatyan

Después del 11 de septiembre, mi familia estadounidense decidió aprender sobre otras culturas. Así fue como terminé viviendo en su casa. Yo les hablo de Armenia; ellos me hablan del chino al que hospedaron antes que a mí.

 

Mi familia estadounidense es protestante. Antes de cada comida rezamos. Especialmente cuando comemos frutillas con avena alrededor de la mesa redonda.

 

Los domingos vamos a la iglesia. En el subsuelo leemos el Evangelio y luego contemplamos un mapa del mundo colgado en la pared, donde los «cristianos perseguidos» aparecen marcados en rojo intenso. En los puntos más rojos trabajan, sin descanso, los misioneros de nuestra iglesia.

Me alegra en silencio que mi diminuta patria, más pequeña que una piedra lanzada con una honda, aparezca en ese mapa ensangrentada por todos lados... pero completamente estadounidense.

 

Mi padre estadounidense colecciona relojes antiguos y armas. Las armas cuelgan de la pared del sótano; los relojes detenidos, de las paredes de la sala.

En el cuarto blanco de los relojes almorzamos los domingos y, alrededor de una taza de agua vivificante cada uno, discutimos todos los matices del sabor del pan de cada día, el funcionamiento de nuestro sistema digestivo y el crecimiento del mal en el mundo.

 

Nuestra casa está junto a un lago. Es nuestro lago, aunque lo compartimos con otras cuatro familias de clase media alta, como nosotros.

Mi padre estadounidense construyó la casa con sus propias manos cuando era joven, junto con sus amigos de la generación del baby boom, contribuyendo así a las estadísticas del crecimiento económico de Estados Unidos.

Es un placer contemplar el lago por la mañana desde la cocina acristalada, taza de café en mano, mientras las ardillas saltan de rama en rama entre los enormes pinos.

Del otro lado del vidrio, el cielo está a tus pies, hay dos somormujos, la lancha del vecino de la orilla opuesta levanta las olas y el invierno próximo permanece escondido en el espejo del lago.

 

Mi amor estadounidense es una tienda de lanas.

Fue en este noviembre oscuro, sucio e incómodo, mientras deambulaba con la llovizna golpeándome la cara, Bach en los oídos, cansada de las estadísticas y con la nariz helada escondida en la manga de mi chaqueta, cuando nos encontramos en el escaparate situado junto al videoclub de películas somalíes impregnado de olor a especias.

Tú eras naranja, grueso y de lana. Te abracé junto con aquellas dos agujas enormes y sentí un calor indescriptible.

Mientras la radio de casa sigue debatiendo si Estados Unidos debe entrar o no en Irak, yo tejo contigo una prenda grande, cálida y llena de sol.

 

Mi madre estadounidense camina cada mañana alrededor de nuestro lago. Los fines de semana yo también la acompaño. La caminata dura aproximadamente una hora. Por el camino nos cruzamos con caminantes, corredores, personas que pasean perros, otras que recogen sus excrementos, ciclistas, ciervos, ardillas e incluso pavos salvajes.

El día siempre permanece en silencio. Pero nosotras hablamos.

Ella me cuenta lo difícil que fue criar a sus dos hijos y cómo logró detectar a tiempo un cáncer en dos ocasiones, salvándose de la muerte. Hace veinte años. Y hace diez.

Yo le cuento cómo murió mi padre en la guerra.

Hace diez años.

 

Me enfrenté al mundo en la universidad. Entré en el aula... y allí estaba. Ahora permanecemos inmóviles: yo lo miro a él y él me mira a mí. Estados Unidos ocupa el centro; el océano Atlántico, Europa y África quedan a la derecha; Asia y Australia, a la izquierda. Pero a mí siempre me habían dicho que la humanidad había nacido en las Tierras Altas de Armenia. Entonces lo comprendí. La Tierra es el centro del sistema solar.

 

El subsuelo de nuestra universidad es nuestro búnker. Fue construido para resistir siglos: sólido, estéril. Un monolito. Paredes insonorizadas e innumerables pasillos. Un laberinto. Una matriz. Una red. Los edificios del pasado y del futuro están unidos por corredores largos e interminables: ingeniería biomédica, ciencias sociales, administración, derecho, historia, programación, física, filosofía.

Sesenta mil estudiantes. No sé cuántos profesores. Como enanos, caminamos en silencio por esos corredores subterráneos, sin ventanas y sin sol. Buscamos oro. Cada uno en su propia mina. Ninguno tiene fronteras, pero todas las puertas y todas las salidas están cerradas. Falta el aire. Todos están en contra de la guerra de Irak. Silencio. Un paso adelante y una pared. En la biblioteca pido todos los ejemplares de Pravda correspondientes al año 1961.

 

Salgo del subsuelo. Hace un frío soleado. El viento trae noticias. Un puente sobre el Misisipi. De dos niveles. El de abajo es para los automóviles; el de arriba, para nosotros. Hace frío y nuestro puente tiene un túnel de vidrio. Transparente, para que puedan verse el cielo y los rascacielos. Consignas, eslóganes, grafitis, invitaciones. Un murmullo me llena los oídos. Está fuera del sistema. Entonces está todavía más dentro del sistema. Es el propio sistema. Está escrito en el idioma de los extraterrestres.

«Club Ruso. Únete a nosotros.»

«Asociación de Estudiantes Árabes.»

«Asociación de Indígenas de América.»

«Gays y lesbianas. Nos reunimos todos los viernes.»

«¿Bailas salsa? ¿Quieres aprender?»

«Defiende tu futuro.»

«Osama Bush-Laden.»

«Antropología... Mucho más que una carrera.»

Letra-palabra-dibujo-color-número-idea-canción... Todo me mira. Lo comprendí. En uno de los pasillos suena una grabación:

—Hola, soy Angela.

—Yo soy Eric.

—Mi nombre es Jane.

Son muchísimos.

 

Mi abuela estadounidense tiene noventa y cinco años. Vive en un hogar para ancianos. Hoy hemos venido a visitarla. Cultiva tomates en el jardín de la residencia. Es sábado y la peluquera del hogar le ha teñido el cabello; también le hicieron manicura y pedicura.

Mi padre le dice:

—Vamos a jugar a las cartas.

Ella no oye. Él la toma del brazo y la conduce al interior. Los cuatro nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Mi abuela pregunta de dónde soy. De todo lo que le explica su hijo solo entiende la palabra «Unión Soviética».

Entonces yo le hablo de mi abuelo, que durante la Gran Guerra Patria llevaba desde Irán camiones Studebaker estadounidenses.

 

Los estudiantes internacionales de nuestra universidad hemos sido invitados a cenar. Es el club de los estadounidenses ricos. Después del 11 de septiembre, los millonarios comenzaron a interesarse por el mundo y quieren conocer otras culturas directamente de la fuente. El club está en la azotea de un rascacielos. Mujeres con maquillaje carísimo. Hombres con trajes carísimos. Sonrisas de dientes impecablemente blancos. Yo, como un gladiador en Roma. El millonario que me toca en suerte pasa toda la noche hablando de la caída del Imperio romano. Dice que es una ley histórica: los imperios nacen y desaparecen. Pero Estados Unidos vivirá mucho tiempo. Porque ellos son libres. Él, por ejemplo, tiene derecho a volar en su propio avión. En Europa, dice, no tendría ese derecho.

 

Una compañera de clase es militar. Su padre también. Y su abuelo. También lo son su madre, su hermano y su tío. Sirvió en el ejército y ahora el ejército paga sus estudios. Los míos también los pagan los contribuyentes estadounidenses. Al parecer, las dos estamos en deuda con ellos. Ella es republicana. Yo, demócrata. Las dos cursamos la materia Historia de las ideas en Estados Unidos y, junto con el resto del grupo, estamos en contra de la guerra.

Hoy estaba triste. Sobre todo ella. Dijo que mañana parte hacia el combate. Irak. Está en contra de la guerra, pero debe ir. A defender los valores estadounidenses.

 

Nuestra práctica profesional transcurre en un lugar donde pasamos el día hablando del coeficiente de Gini, de la pobreza, del hambre y del analfabetismo.

Por las noches organizamos recepciones donde criticamos la política exterior de Bush, a los economistas de Chicago y la negativa de Estados Unidos a firmar el Protocolo de Kioto. Todo ello alrededor de salmón rojo del Pacífico y caviar negro. Gracias a una compañera de prácticas traicioné a Naranja con Chomsky. Fue una aventura muy rápida: apenas una hora de encuentro. Había muchos izquierdistas. Anarquistas de izquierda. Punks. Hipis envejecidos. Trotskistas. Feministas. Inmigrantes de Oriente Medio y de la Unión Soviética. Buscadores de conspiraciones. Holgazanes profesionales.  Desempleados por convicción. Personas sin hogar. Alcohólicos deprimidos. Y jóvenes extraordinariamente vitales.

El 9 de noviembre ganó la democracia.

Mis padres estadounidenses, republicanos, siguen rezando cada domingo por mí y por mi familia. Yo creo en sus oraciones.

Lusine Kharatyan es una escritora y antropóloga armenia. Estudió en la Universidad Estatal de Ereván, el Centro Demográfico de El Cairo y la Universidad de Minnesota. Es conocida por sus obras de ficción, entre las que destacan: El libro oblicuo (novela, 2017), Nomeolvides, callejón sin salida (relatos, 2020), Un asunto sirio (novela, 2019). Esta novela fue galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Kharatyan reside en Ereván.


 

CHICAS MALAS

Claudia Isabel Lonfat

 

Esos ochenta metros, los que separaban mi casa de la casa de la Polaca, los caminé enojada. Arrastrando los pies para gastar la media suela recién hecha de mis Guillerminas. Quería descargar ese cúmulo de pequeños odios, antes de que la Polaca me empezara a hurgar con su mirada inquisidora. Porque si la vieja notaba mi furia, empezarían las preguntas, y yo no quería responder nada que tuviera más de dos palabras. Menos con ella, que era chusma y siempre hacía comentarios desubicados.

—Qué milagro que hayas venido a jugar con Teresita —dijo entornando los ojos, hasta casi cerrarlos, y así se quedaban, como telones rotos y deslucidos, pero luego, de pronto, los abría, y su color turquesa surgía tan hermoso como breve.

Yo sabía que mi presencia no era una sorpresa. La Polaca le pedía a mi mamá que visitara a su hija, Teresita, porque no tenía amigas. Después mamá me mortificaba con reclamos, que más tarde concluían con la típica presión.

—¿Por qué no vas a jugar un rato con Teresita?

—No quiero —le contesté cortante.

—¿Qué te cuesta, si es una chica buena?

—Me aburro, no quiero.

Después de que mamá empezaba a hacer exhalaciones ruidosas, como un toro antes de la cornada, yo sabía lo que se venía: una perorata tan insoportable como innecesaria. No la escuchaba. Había aprendido a pausarla dentro de mi cabeza, hasta que nombraba a Gachi, mi amiga, y también mi límite.

—Bueno, muy bien, no vayas. Siempre vos y tu amiga Gachi van a ser las chicas malas —dijo con resentimiento—. Por eso no vas a ir a lo de tu amiguita hasta que te levante el castigo.

Calculé rápido las consecuencias y reculé. Estaba muy enojada como para ponerme a razonar con mamá.

—Bueno… voy —le contesté.

 

Teresita me miraba desde el patio de la cocina, mientras la Polaca, su madre, fingía sorpresa o demencia. Para qué engañarnos; ambas sabían que yo no quería estar ahí, lo cual era horrible, humillante y hasta perverso. Prefería, mil veces, seguir de largo esos treinta y seis metros que faltaban hasta lo de Gachi; treinta y seis metros reales, que medimos uniendo elásticos viejos que no servían, con algunas sogas, y después terminábamos la medición final con el metro de costura. Para algunos, Gachi era “la chica mala”; para mí, la amiga más divertida.

Cuando la Polaca terminó su indagatoria, Teresita, con cierta timidez, me llamó para que fuera hacia el patio. La Polaca nos dijo que jugáramos en la terraza, que iba de compras y volvía pronto. Teresita, que siempre miraba al piso y me resultaba difícil de definir, ahora me observaba con sus ojos azules y sonreía.

—Isa, se me ocurre una idea genial —dijo efervescente y me dejó sin reacción—. Vamos a saltar a la casa de al lado y de ahí a las terrazas; ahora no hay nadie, todos salieron.

La seguí sin dudar. No era complicado. Teníamos que trepar sin esfuerzo la baranda que separaba su terraza del patio del vecino. Luego subir una escalera externa al segundo piso y una segunda escalera externa al tercero, que además era la esquina.

Teníamos una vista impresionante de los alrededores; veía mi terraza y también el pasillo de Gachi. Un gran árbol no me permitía observar más detalles de su casa, lo cual me parecía genial porque, con Gachi, fumábamos en ese patio para que no quedara olor a pucho dentro de la casa. Ahora, sabía que era seguro.

Esas casas desconocidas nos mostraban algunos de sus secretos: cuartos escondidos en las terrazas, palomares, pajareras, palmeras, piletas de natación, juegos de plaza, hermosos parques; hasta un auto antiguo y un pavo real. También la vimos a la Polaca llegando a la esquina, así es que bajamos.

Nos sentamos en la mesa del comedor fingiendo que hablábamos del colegio. Entró con los labios fruncidos, luego se metió a un cuartito, y volvió con una anciana que parecía momificada. La mujer, de edad indescifrable por las infinitas arrugas, chillaba como un gato. La Polaca la sentó y le metió los pies en una palangana con agua caliente. Luego, con una tenaza, le empezó a cortar las uñas, que eran gruesas como pezuñas. La vieja lloraba y la insultaba en un idioma incomprensible. Teresita se descomponía de la risa.

El día aún no había terminado para mí. La Polaca me iba a llevar a la Escuela Científica Basilio, de la cual era directora. Lo había arreglado todo con mi mamá a mis espaldas. Viajamos en el 181 hasta Beiró y Lope de Vega, caminamos tres cuadras hasta una casa antigua que era una sede de la ECB. La casa era enorme; el recibidor tenía una mesa central con una escultura y a su alrededor varios ambientes con puertas dobles. En el fondo del salón se veía una especie de puerta de garaje, de cuatro hojas, parecida a la de los cines. Los adultos entraban por esa puerta, pero nosotros solo teníamos acceso a las habitaciones donde había juegos de mesa, papeles, lápices y un proyector de diapositivas. Con Teresita, y los otros niños, jugábamos al tutifruti, hasta que ella me agarró de la mano y me hizo salir.

—Quiero que veas algo —me lo dijo al oído mientras miraba a su alrededor a ver si venía alguien.

Abrió lentamente una de las hojas de la puerta grande del fondo donde estaban los adultos, y obviamente la Polaca.

Lo que vi parecía ser el escenario de una película de terror. Se trataba de una especie de teatro con muchas butacas, casi todas ocupadas por gente que hacía algo extraño con las manos; las acercaban y alejaban, haciendo movimientos convulsivos. Y los que estaban en el escenario se encontraban como idos. Uno de ellos, un hombre joven, hablaba sin parar con voz de mujer.

—Mi marido me envenenó —decía una y otra vez con los ojos desorbitados.

La Polaca le hacía preguntas.

—¿Quién sos? ¿Qué nos querés comunicar?

—Es boluda tu mamá —le dije angustiada a Teresita—. Le está diciendo, el tipo o tipa, que la envenenaron, y ¿cómo puede hablar si está envenenada, o sea muerta…?

—Es un médium —contestó Teresita como si fuera lo más normal del mundo.

—No entiendo, el muerto parece vivo —acoté, sintiendo una especie de corriente extraña recorriéndome toda.

—El muerto está dentro del cuerpo de uno vivo —dijo Teresita.

Se ve que mi cara reflejaba todo el miedo que sentía, porque Teresita se empezó a reír como un demonio.

—¿Le tenés miedo a los fantasmas? ¡Jódete! —me dijo—. Yo le tengo más miedo a los vivos —agregó.

El fantasma, junto con el médium, se cayeron despatarrados en el escenario de madera. Desde donde estábamos podíamos ver el culo gordo de la Polaca, mientras intentaba, en vano, levantarlo.

 

Los días siguientes tuve pesadillas horrendas por culpa de Teresita. Lo primero que hice fue contarle a Gachi.

—Así, con esa cara de boluda que tiene, timidona y siempre con la mirada en el piso… viste, resultó ser una víbora.

—Hay que desconfiar de las que tienen cara de boludas, son las peores —dijo Gachi.

Nos fumamos un cigarrillo Le Mans largo, que tenía gusto a pasto seco meado por los gatos, y empezamos a cranear la venganza, porque si había algo que no podíamos permitir era que Teresita se burlara de alguna de nosotras.

Gachi tuvo una buena idea que entre las dos fue tomando forma. Ella había visto una película en la que un grupo de jóvenes jugaba a las cartas. El perdedor se sacaba una prenda, y así hasta que terminaba el juego. Con Gachi planeamos marcar cartas y tenerlas duplicadas para que la perdedora fuera siempre Teresita, y así desplumarla en un rato.

No iba a ser fácil. La Polaca no dejaba que Teresita fuera a la casa de nadie, ni siquiera a la mía, así es que teníamos que ir a su terreno para lograr nuestro plan. Para eso se tenían que dar varias condiciones: que Teresita se quedara sola, que Gachi pudiera entrar a la casa sin ser vista por la Polaca.

Pasaron algunas semanas, entre exámenes y clases de dibujo y pintura, hasta que vi a la Polaca en la parada del 181. Me quedé en el kiosco mirando la vidriera hasta que llegó el colectivo. Luego crucé para espiar a Teresita desde la ventana del comedor de su casa, que estaba siempre entreabierta. Ella estaba sentada en la cocina, con su abuela, la anciana que chillaba y hablaba en otro idioma. Corrí esos pocos metros hasta la casa de Gachi y le avisé que había llegado el momento. Desandé el camino hacia la casa de Teresita con Gachi pisándome los talones. Golpeé la persiana y vi sus ojos del otro lado.

—Ya te abro —dijo, y noté una alegría ácida en su tono.

No se sorprendió al ver a Gachi. Me pareció raro, pero creí que era por su bajo poder de reacción. Entramos al comedor. Agarró a la vieja del brazo y se la llevó. La pobre anciana se resistía, intentaba agarrarse de la silla y lloraba sin lágrimas, diluyendo sus gestos entre las infinitas arrugas. Teresita la arrastró hacia una habitación y cerró la puerta.

De pronto se transformó. Ya no era la mosquita muerta que se miraba los pies estando con su madre.

—Vinimos a jugar con vos —le dije con un falso entusiasmo.

—¿A qué quieren jugar? —preguntó con cierta inocencia que no me convenció. Por un segundo vi un extraño reflejo en sus ojos.

—Trajimos cartas —le contesté.

Gachi sacó, del bolsillo de su campera, un mazo de cartas, y las dejó sobre la mesa. Eran viejas, con las esquinas redondeadas por el uso y el dorso de un azul desgastado. Teresita las miró con una curiosidad que no parecía del todo genuina.

—¿Y a qué jugamos? —preguntó, deslizando un dedo sobre el doce de espada.

—A la escoba de quince. El que pierde… se saca una prenda —dijo Gachi, lanzándome una mirada rápida.

Era nuestra jugada maestra. Habíamos marcado los naipes con unos pequeños puntos casi imperceptibles en los bordes, usando un esmalte de uñas transparente que había robado de la cartera de la madre de Gachi. Yo tenía las cartas claves escondidas en el elástico del pantalón, listas para ser intercambiadas en un descuido.

Teresita sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos azules, que ahora parecían fríos como el hielo.

—De acuerdo —aceptó—. Pero juguemos a algo más interesante. El que pierde no se saca una prenda… el que pierde bebe esto.

De debajo de la mesa sacó una botella de plástico llena de un líquido amarillento y turbio.

—¿Qué es eso? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

—Un mejunge que hice. Tiene vinagre, jugo de limón, picante, jabón líquido y un poco de la medicina de la abuela. Le da un color lindo, ¿no?

Gachi y yo nos miramos. Nuestro plan se estaba yendo a pique. Esto era mucho más siniestro que quitarse una remera. Teresita no era la víctima que esperaba ser desplumada; era la directora de un juego perverso del que no conocíamos las reglas.

—No —dije, tratando de sonar firme—. Jugamos a lo que dijimos.

—¿Le tienen miedo? —nos provocó, inclinándose hacia adelante—. Pensé que ustedes eran las chicas malas. ¿Un poquito de vinagre las asusta?

Su tono era desafiante. Retirarnos ahora sería una humillación mayor que la que habíamos planeado para ella. Gachi, siempre más audaz, encogió los hombros.

—Dale. Pero vos primero, Teresita. Seguro que perdés.

La partida comenzó. Teresita barajó con una habilidad sospechosa. Repartió las cartas y los primeros minutos fueron normales. Gachi y yo nos comunicábamos con miradas, intentando hacer nuestra trampa. Pero Teresita ganaba las rondas. No todas, pero sí las suficientes. Era increíblemente buena, o nosotras increíblemente torpes. Gachi bebió primero un trago del mejunge. Hizo una mueca de asco, tosió, pero aguantó. Luego me tocó a mí. La mezcla era repugnante, ácida y jabonosa, quemándome la garganta.

Teresita no perdió ni una sola mano.

—Tenés suerte —le dije con la voz ronca.

—No es suerte —respondió ella, colocando sus cartas sobre la mesa—. Es práctica. Mamá y yo jugamos mucho a las cartas cuando no viene gente.

De pronto, lo entendí. La mirada en el piso, la timidez, era su manera de observar, de calcular. En su territorio, con sus reglas, ella siempre ganaba. Habíamos subestimado por completo a nuestro enemigo. Éramos unas aficionadas intentando engañar a una profesional.

Gachi, verde por efecto del brebaje, hizo un gesto. Era la señal para abortar la misión.

—Bueno, nos tenemos que ir —anuncié, levantándome. Las piernas me flaqueaban un poco.

Teresita no hizo nada. Se quedó sentada, con una sonrisa de triunfo tranquila en los labios.

—¿Vinieron a jugar conmigo? —preguntó, casi susurrando—. Qué lindo. Vuelvan cuando quieran. Tengo más cosas para mostrarles.

 

Salimos apresuradamente, casi tropezando en el umbral. El aire de la calle nunca me había parecido tan puro. Vomitamos, y caminamos en silencio los treinta y seis metros hasta la casa de Gachi, sintiendo cómo el sol de la tarde nos golpeaba la nuca.

Una vez a salvo en su patio, bajo la sombra del gran árbol, Gachi encendió dos Le Mans. Me pasó uno.

—La hija de puta nos cagó —resumió, exhalando el humo con fuerza.

Asentí. No había otra explicación. Ella nos había visto venir desde lejos. Nuestro plan, que nos pareció tan astuto, era transparente para alguien criado en la niebla de la Polaca y los espíritus.

—¿Y ahora? —pregunté.

Gachi miró el cigarrillo.

—Ahora nada. Nos ganó. A las víboras no se las enfrenta en su propio pozo. Se las evita.

 

Esa fue la última vez que crucé esos ochenta metros. Le dije a mi madre que si me obligaba a ir otra vez, le contaría a todos sobre la sesión de espiritismo y el médium que hablaba con voz de mujer. El terror en sus ojos fue instantáneo. El miedo al qué dirán, a que su hija fuera la chusma que destapara el escándalo de la directora, fue más fuerte que su deseo de quedar bien con la Polaca. Nunca más me presionó.

A veces veía a Teresita en la parada del 181. Ya no miraba al piso. Me buscaba con la mirada, esos ojos que ahora sabía que eran como los de su madre: hermosos y breves, pero llenos de un conocimiento antiguo y retorcido. Y siempre, siempre, esbozaba la misma sonrisa pequeña y ácida.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

 

EN SILENCIO