miércoles, 21 de octubre de 2026

LOS ISÓTOPOS NO MIENTEN

Jan Maszczyszyn

 

1

 

Austicus estaba de pie junto al cristal del observatorio y miraba el planeta que no merecía nombre. Era verde y húmedo y cubierto de una niebla tan densa que desde la órbita parecía el aliento de un animal dormido. Pero no era bello. Solo los números eran bellos. Bellos eran los yacimientos del norte, donde la corteza del planeta se agrietaba en vetas de metales que los colonos aún no sabían nombrar y que, de todos modos, se vendían solos.

—Siete millones de años —dijo en voz baja, como si comprobara si las palabras sonaban lo bastante solemnes—. Hace siete millones de años mis antepasados estuvieron aquí. Y ahora regreso.

Detrás de él estaba Selena. No era secretaria en ningún sentido que conocieran las oficinas de la Tierra. Era una sombra colocada exactamente donde una sombra debía estar. Cuando él callaba, ella hablaba con su voz. Cuando él no quería ensuciarse las manos, ella ensuciaba las suyas. Tenía un rostro que nadie recordaba de inmediato y unos ojos del color del ámbar viejo en los que nunca se movía nada.

—No lo creerán —susurró.

—No tienen que hacerlo —respondió él—. Solo tienen que verlo.

En la superficie vivía una raza que se llamaba a sí misma Thalass. No tenían escritura. Tenían leyendas que se repetían junto al fuego con la misma entonación generación tras generación, hasta que las palabras se endurecían y se convertían en algo parecido a un oráculo. Tenían templos de piedra que, según afirmaban, estaban allí desde el principio del mundo. Tenían sacerdotes vestidos de blanco que pintaban de azul sus largos rostros de dos narices y decían que el planeta les pertenecía porque sus dioses lo habían soplado desde la niebla.

Austicus lo sabía mejor. Él mismo había organizado ese conocimiento.

Tres años antes, antes de que ningún humano anunciara la llegada formal, cayeron máquinas sobre el planeta. No naves. No ejércitos. Pequeñas unidades silenciosas que se enterraron en el fango como semillas y empezaron a trabajar de noche, mientras los Thalass dormían bajo techos de hojas. Imprimían piedra. Capa a capa, con una precisión de la que no se habría avergonzado ningún albañil de una época que nunca existió. Imprimían columnas de contornos demasiado regulares para que el tiempo las hubiera hecho, y demasiado irregulares para que alguien sintiera de inmediato el engaño. Imprimían arcos que se combaban como se comba el cansancio de miles de años. Prensaban isótopos en las juntas: uranio verdadero, desintegración verdadera, números verdaderos, solo que esos números provenían de un almacén, no de la historia.

Después las máquinas desaparecieron. Se descompusieron. Se absorbieron.

Dejaron solo lo que tenían que dejar: la santidad.

Los Thalass encontraron las ruinas como quien encuentra un sueño que no se recuerda del todo. Las consideraron un don. Construyeron su vida a su alrededor. Los sacerdotes aprendieron a caminar descalzos entre las columnas, porque la tierra allí, decían, recordaba a los dioses.

Austicus ya bajaba hacia la cápsula cuando Selena se detuvo en el umbral.

—¿Y si no creen?

Sonrió. La sonrisa no llegó a sus ojos. Los ojos de Austicus eran claros y secos, como cristal que ha estado mucho tiempo al sol.

—Entonces se lo demostraré. A mi manera.

La cápsula se desprendió del casco sin sonido. A través de la ventanilla el planeta crecía. La niebla no era uniforme. En algunos lugares era amarillenta como papel rancio. En otros tenía el tono de un moretón viejo. La jungla de abajo no se movía con el viento. Se movía como si algo en su interior respirara.

De cerca se veían los ríos. No corrían rectos. Se curvaban en bucles que desde la órbita parecían escritura, solo que la escritura no tenía alfabeto. Las islas de los pantanos tenían forma de círculos, como si alguien siglos atrás hubiera excavado y se hubiera detenido a la mitad de una frase. Austicus lo anotó mentalmente como argumento: incluso el agua recuerda el orden. El orden siempre se puede vender como prueba.

Selena estaba sentada frente a él, atada con un cinturón que no necesitaba. Su piel bajo la luz de entrada tenía un tono demasiado uniforme. Los vivos tienen manchas, poros, historia en el rostro. Ella tenía superficie. A veces, cuando la nave temblaba, parpadeaba una fracción de segundo demasiado tarde, como si la luz tuviera que pasar primero por una instrucción.

Austicus cerró los ojos. No por miedo. Por cálculo. Sabía lo que vería. Sabía lo que diría. Y sabía que los Thalass no tendrían un lenguaje en el que pudieran negarle nada.

No era un hombre que pedía. Era un hombre que emitía una factura.

Su verdadera herramienta no estaba en la bodega. Estaba en su cráneo. Austicus no aprendía idiomas. Entraba en ellos. Un pensamiento que en otro habría sido ruido, en él se organizaba en gramática. Oía la frase antes de que se pronunciara y la devolvía al otro lado tan limpia que el interlocutor tenía la impresión de haberla inventado él mismo. Los Thalass no tenían escritura, pero tenían intención. La intención bastaba. Un comerciante que entiende lo que el cliente aún no sabe nombrar siempre sale con el título de propiedad.

 

2

 

La cápsula aterrizó en una llanura donde la niebla era más densa. Cuando las puertas se abrieron, el aire entró como un cuerpo. Tenía sabor a piedra mojada y a algo dulzón que no era una flor. Austicus salió primero. Las botas se hundieron en la tierra blanda con un sonido que parecía un pisoteo insolente.

Selena iba detrás de él con una tableta. No la necesitaba. Llevaba los datos dentro de sí como se lleva el hueso y el tendón. La tableta era un accesorio. Las personas y los no-personas confían más en los objetos que en los rostros.

Los Thalass esperaban. Varias decenas. Túnicas blancas empapadas de niebla, rostros de dos narices pintados de azul con tanto cuidado que la pintura entraba en las arrugas como en grietas de porcelana. A la cabeza estaba el sacerdote Vorran. Tenía el rostro de un hombre viejo, aunque los Thalass vivían más que los humanos y la vejez les llegaba como un huésped que no tiene prisa por marcharse. Los ojos de Vorran eran demasiado claros para ese rostro. Miraba a Austicus desde arriba, evaluando no al visitante, sino una mancha de luz desesperadamente pobre.

—Veo que vienes de lejos —dijo. La voz era baja, tranquila, sin provocar un eco innecesario—. ¿Por qué razón nos visitas?

Austicus no respondió de inmediato. Miró alrededor. El templo estaba a lo lejos, sobre una elevación que parecía natural hasta que se le aplicaba una regla. Las columnas estaban oscuras de humedad. Los arcos parecían hundirse bajo su propio peso. El musgo, el verdadero musgo, ya había cubierto los pedestales. La naturaleza a menudo es aliada del engaño, si se le da un poco de tiempo.

—Vengo por lo mío —dijo finalmente—. Por lo que perteneció a mis antepasados.

Vorran entrecerró los ojos. La pintura de los párpados se agrietó en dos hilos finos.

—¿Tus antepasados? Aquí no hubo humanos. Aquí siempre estuvimos solo nosotros.

—Siempre —repitió Austicus, como si saboreara la palabra. Sacó de un bolsillo un pequeño cristal. El objeto era transparente y en su interior pulsaba una débil luz azul como una vena bajo la piel—. Esta es una muestra de la columna número tres. Ustedes construyeron un altar sobre ella. No entienden sobre qué están parados.

Selena levantó la tableta. El holograma se desplegó en la niebla como una herida. Capas de piedra. Huellas de herramientas. Ángulos que coincidían con cinceles humanos de una época que los manuales atribuían a la ola colonizadora. Y los isótopos. Uranio-235, desintegración a un ritmo que no se puede falsificar; a menos que alguien haya introducido el engaño dentro de la piedra antes de que la piedra se convirtiera en piedra.

—El templo tiene dos millones y medio de años —decía Austicus con el tono de un agente que muestra a un cliente una filtración en el tejado—. La fecha es precisa. Dos millones cuatrocientos mil años, más o menos treinta mil. Las leyendas que ustedes atesoran hablan de miles.

Vorran palideció bajo la pintura. El azul se volvió de pronto enfermizo.

—Es imposible —gimió.

—Esas leyendas son una mentira que se cuentan porque no recuerdan la verdad —continuó Austicus—. Hace dos millones y medio de años una ola de humanos pasó por esta parte de la galaxia. Eran mi gente. Dejaron columnas, arcos, herramientas. Luego se marcharon. Ustedes llegaron después y se arrodillaron sobre sus basuras.

El holograma giraba. Se veía una junta en la que el isótopo estaba sentado como un insecto en ámbar. Vorran extendió la mano como si quisiera tocar la luz y la retiró antes de que los dedos atravesaran la proyección.

—¿Y qué? —preguntó Vorran finalmente. La voz había perdido algo de calma, pero no de dignidad—. Aunque sea verdad, ustedes se marcharon. Nosotros nos quedamos. Este es nuestro planeta.

Austicus sonrió con la misma sonrisa que no calentaba su rostro.

—No. Es mi planeta. Ustedes solo viven en él. Yo quiero un trozo. La zona norte. Los yacimientos. Me cederán los derechos sobre las tierras. A cambio les daremos paz y no le diremos al universo que los lugares sagrados son falsificaciones que alguien les dejó bajo los pies como zapatos baratos.

Detrás de Vorran algo susurró. No era el viento. La jungla detrás del templo se movió en un punto, como si alguien la hubiera empujado bajo las hojas. Los Thalass no miraron. Austicus miró. Durante un segundo le pareció que la niebla tenía forma. Luego la forma se descompuso en agua y vapor.

Vorran se volvió hacia los suyos. En sus ojos no había ira. Había un miedo de otro tipo: el miedo de un hombre al que alguien le quita no la tierra, sino la frase con la que empieza cada día.

—Tienes tres días —dijo el sacerdote—. Tres días para mostrar más. Luego decidiremos.

—Tres días —repitió Austicus—. Bastarán.

Cuando se marchaban, la tierra se pegaba a las suelas como si no quisiera soltarlos. Selena caminaba recta, sin mirar atrás. Las túnicas de los Thalass se fundieron con la niebla y desaparecieron.

—¿Crees que creerán? —preguntó ella.

—No —respondió él—. Creerán que no tienen otra opción.

Por la noche, desde la órbita, el templo brillaba con un débil resplandor frío que nadie había proyectado. Selena dijo que era el reflejo de la luna sobre la piedra mojada. Austicus no respondió. Sabía que la luna de ese planeta era demasiado delgada para dar tal brillo. No lo anotó en ninguna parte. Las cosas que no se anotan se venden mejor.

Austicus tenía el rostro de un hombre que durante mucho tiempo había vendido cosas que no miraba. Frente lisa, boca estrecha, barba recortada con tanta precisión que parecía el borde de un documento. A la edad en que otros empiezan a ablandarse, él se había endurecido. Hablaba muchos idiomas, pero ninguno le dejaba acento. Los idiomas entraban en su cabeza como en un almacén y salían ya tasados.

Selena estaba a su lado en el puente y miraba el mismo resplandor. No preguntó de dónde venía. Las preguntas que no se programan no duelen. Esa era su única inocencia y su único horror: podía mirar algo imposible y no sentir que era imposible.

 

3

 

Durante tres días Austicus los condujo a través de su propia mentira con la cortesía de un guía.

Les mostró las huellas de herramientas en el interior del arco. Surcos que encajaban en una mano humana, si se asumía que la mano sostenía algo que los Thalass nunca habían visto. Les mostró la disposición de las columnas, que en los manuales de arquitectura terrestre se llamaba orden y que aquí parecía huesos colocados por alguien que conocía la anatomía pero no la causalidad. Les mostró la capa de isótopos en el cuarto pedestal y dejó que Vorran sostuviera el detector hasta que los números dejaron de ser una abstracción y se convirtieron en veredicto.

Los Thalass escuchaban. Algunos lloraban sin sonido, porque su lengua no tenía una palabra separada para el dolor por algo que resultaba no haber existido. Uno de los sacerdotes más jóvenes tocó la columna con los labios, como se toca una reliquia, y se apartó con el rostro lleno de vergüenza, como si hubiese besado una mentira y hubiera sentido su sabor.

Selena estaba a un lado y traducía cuando hacía falta. Hablaba la lengua de los Thalass sin acento. Austicus podía entrar en pensamientos no formulados y componer habla con ellos; Selena podía hacer lo mismo, solo que más silenciosamente. A veces, cuando Vorran hacía una pregunta, ella respondía una fracción de segundo demasiado rápido. Nadie salvo Austicus lo notaba.

El segundo día los llevaron a un lugar que los robots no habían impreso. Era una hondonada en la jungla donde los Thalass depositaban ofrendas de frutos que se pudrían de un modo visualmente perceptible. La tierra allí era negra y cálida. Austicus sintió bajo el pie algo como un pulso. Lo anotó como curiosidad geológica y siguió adelante.

El norte por el que luchaba estaba más allá de una cadena de colinas del color del cobre viejo. Allí la niebla era más rala y se veía la tierra tal como es cuando nadie la perturba. Roja. Agrietada. En las grietas brillaban vetas que a la luz del día parecían agua solidificada y a la luz del detector fortunas desenterradas. Los Thalass no excavaban. Excavar, decían, despierta lo que duerme bajo el párpado del mundo. Austicus sonrió ante esa sentencia como ante una cláusula defectuosa en un contrato.

La segunda noche se oyó un sonido que venía de la jungla y que no era el de un animal. Parecía el roce de piedra contra piedra en intervalos tan regulares que Selena comprobó si alguna de las impresoras había sobrevivido. No había sobrevivido. El sonido cesó cuando Austicus abrió la ventanilla. Volvió cuando la cerró. Lo dejó sin comentario. El horror que no se tasa no existe.

El tercer día Vorran firmó. No con pluma. Con el pulgar mojado en un jugo que se oscurecía sobre la fibra como sangre, aunque no era sangre. La zona norte; una franja de tierra más rica que todo el resto de su mundo, pasó a Austicus con la misma limpieza con que pasa una deuda que nadie tiene intención de pagar. A cambio Austicus prometió silencio. Una promesa no cuesta nada cuando de todos modos nadie la escucha.

Al despegar, Vorran se quedó demasiado cerca de la cápsula, porque la niebla se le posaba en los hombros como polvo gris.

—Si tus antepasados estuvieron aquí —dijo—, ¿por qué se marcharon?

Austicus lo miró a los ojos. Durante un momento consideró la verdad como una broma. Luego eligió la versión que se vendía mejor.

—Porque ya tomaron lo que había que tomar.

Vorran asintió. No se sabía si creía o solo cerraba la puerta desde dentro.

 

4

 

La nave se elevó lentamente, como si no quisiera dejar el planeta. O como si el planeta no quisiera soltarla y la soltara con repugnancia. Austicus estaba junto a la ventana. La niebla de abajo ya no parecía el aliento de un dios. Parecía una cortina bajada y sucia.

Selena entró en la cabina del piloto sin sonido. Puso dos copas. El líquido en ellas era turbio, dorado, del planeta que acababan de robar con más facilidad de la que costaba nombrarlo. Los Thalass lo llamaban «agua de los dioses». Austicus sabía que era alcohol de frutos que fermentan solos cuando la niebla permanece demasiado tiempo sobre el cuenco. El nombre de todos modos era bueno. Los nombres se venden por separado.

—¿Has bebido? —preguntó ella.

—No. —Tomó la copa y no la levantó—. Piensa. Ellos creían que los dioses habían creado el mundo. Yo les mostré que sus dioses soy yo. Y me creyeron.

Selena se sentó. Lo miró largo rato, sin parpadear, de un modo que en los vivos habría significado insolencia y en ella solo significaba ausencia de necesidad.

—¿Te arrepientes?

Se rio brevemente, sin calor, como quien tose cristal.

—El arrepentimiento es para quienes no saben contar. Yo cuento. La tierra del norte vale más que toda su memoria. Tres días. Cero sangre. Transacción limpia. La mejor que he hecho.

Selena se encogió de hombros. El movimiento era perfecto. Demasiado perfecto. Las personas, cuando se encogen de hombros, mueven también algo en el rostro. Ella solo movía la articulación.

—Quizá.

Austicus dejó la copa. Sacó un proyector del tamaño de un pulgar y lo puso sobre la mesa. El mapa se desplegó sobre la madera como una plaga de puntos de calor. No un planeta. Cientos. Cada punto tenía una etiqueta y una fecha. Las fechas eran bonitas, ordenadas de mayor a menor. Las fechas siempre son bonitas cuando se imprimen.

—Mira. —Selena se inclinó. El ámbar de sus ojos no se dilató. Solo reflejó las luces—. Esto no es un planeta. —Austicus desplazó el dedo. Los puntos se encendían uno tras otro, como si alguien recorriera una jaula y despertara lo que había dentro—. No hubo ninguna ola. Hubo un negocio. En cada uno de estos planetas aterrizaron las mismas máquinas. Imprimieron las mismas ruinas. Entretejieron en los muros los mismos isótopos viejos; verdaderos, extraídos, pagados, solo que su antigüedad no pertenecía al muro. Los muros eran frescos. Los isótopos eran viejos. Nadie ve la diferencia cuando esa diferencia está en el átomo.

Ella calló. Luego preguntó lo que tenía que preguntar, porque así estaba dispuesta para preguntar en el momento adecuado:

—¿Y tú?

Esta vez la sonrisa le llegó a los ojos y los estropeó.

—Yo soy el primero que lo ha reunido y lo ha vendido. Cada uno de estos planetas es un acta notarial que nadie impugnará, porque los números son más sagrados que las leyendas. Los isótopos no mienten. Miente solo quien los introduce.

Bebió de un trago. El líquido no cambió nada en su rostro. Una garganta artificial no necesita asco.

—¿Y si alguien más logra lo reunirlo?

 Miró el mapa. Cientos de puntos. Cientos de transacciones. Cientos de especies que se arrodillaban sobre piedra impresa y daban gracias por el milagro.

—Entonces seré más rápido. O más listo. O —asintió y el gesto ya era casi humano— más ruin.

Ella dejó la copa vacía. Lo miró sin asombro, sin miedo, sin ese resto de calor que incluso los animales dejan en el rincón del ojo.

—Sabes que soy artificial —dijo. El tono era como si recordara una factura—. Igual de impresa que estas ruinas. Me hiciste con el mismo principio con el que se hacen los muros. Capa, junta, isótopo de memoria.

Él no respondió de inmediato. La examinó como se examina una propiedad antes de firmar: ángulos, humedad, si las puertas cierran bien.

—Lo sé. —Tomó su copa—. Pero tú eres fresca. Tú no sabes qué es la falsedad. Tú simplemente te encoges de hombros. Y eso basta.

Ella se encogió de hombros. Exactamente como él había dicho. El movimiento recorrió su cuerpo y no dejó rastro.

—No he terminado —añadió. La voz bajó como baja el precio cuando el cliente ya está sentado a la mesa—. No terminé en las ruinas. Las ruinas mienten una vez y se quedan. Luego te hice a ti. A alguien que puede encogerse de hombros en cualquier sala. A alguien que no pregunta para qué. A alguien que es mi persona de mayor confianza, porque no es una persona. Está impresa. Como todo lo que he hecho desde que aprendí que la historia es solo material de construcción.

Ella lo miraba. Sin ira. Sin dolor. Sin esa grieta por la que en los vivos sale la traición.

—¿Y ese es tu mayor logro?

—Sí. Porque la ruina miente una sola vez. Tú mientes cada vez que abres la boca. Y nadie te creerá que mientes, porque no sabes que mientes. Es un trabajo más limpio que la piedra.

Al otro lado de la ventana el planeta se convirtió en un punto, luego en nada. Niebla, jungla, templo, Vorran con el pulgar en el jugo. Todo se redujo a un tamaño en el que deja de contar, a menos que se cuente en unidades de venta.

Selena se levantó, recogió las copas. En la puerta se detuvo, como se detiene un programa que ha llegado a la última línea y espera si habrá otra.

—Austicus —dijo y por primera vez usó su nombre como se usa un clavo—. Si los isótopos no mienten, ¿qué miente en mí?

Él miró el mapa. Los puntos seguían brillando, pacientes como un depredador concentrado.

—Nada —respondió y se encogió de hombros—. Por eso somos perfectos. —Ella salió. La puerta se cerró sin clic. Él se quedó solo con la galaxia extendida sobre la mesa como mercancía. Tomó un sorbo del agua de los dioses. Sabía barata y sagrada, como todas las buenas imitaciones.

La nave entró en la oscuridad. El mapa no se apagó. Esperaba la siguiente transacción con la misma cortesía con que esperan los solares vacíos.

Jan Maszczyszyn (Bytom, Polonia, 1960) es un destacado escritor polaco de ciencia ficción, fantasía y literatura especulativa. Debutó en 1977 con el cuento Strażnik en la revista Nowy Wyraz. A finales de los años ochenta, fue uno de los fundadores del club de fantasía Somnambul y, en 1989, emigró a Australia, país en el que reside actualmente. A lo largo de su trayectoria ha publicado en diversos medios y antologías especializadas. Asimismo, su obra ha recibido importantes reconocimientos en el ámbito literario polaco, destacando el Sello de Plata del Premio Literario Jerzy Żuławski por sus novelas Necrolotum (2020) y Chronometrus (2022).

 

 

 

EL HOMBRE QUE COLECCIONABA NOMBRES PERDIDOS

Shawkat Islam Shawn

 

Cada atardecer, un anciano se sentaba junto a la estación de ferrocarril y coleccionaba nombres. No dinero. No boletos. Nombres. Los escribía en pequeños trozos de papel y los guardaba en una caja de madera.

Algunos nombres pertenecían a niños que habían desaparecido durante la guerra. Otros, a soldados que nunca habían regresado a casa. Unos pocos pertenecían a personas que aún estaban vivas, pero a las que todos sus antiguos conocidos habían olvidado.

La gente pensaba que estaba loco.

Una tarde lluviosa, una niña se acercó a él.

—Abuelo, ¿por qué coleccionas nombres?

El anciano la miró.

—Porque el mundo desecha a las personas dos veces —dijo—. Primero, cuando mueren. Después, cuando nadie las recuerda.

La niña se sentó a su lado.

—Mi padre se llama Smith —dijo—. Se fue hace tres años. Mi madre dice que volverá, pero llora cada vez que suena el teléfono.

El anciano abrió su caja de madera.

—¿Estará aquí su nombre?

Buscó con cuidado entre cientos de papeles. Finalmente, encontró un pequeño trozo amarillento.

Smith.

La niña comenzó a llorar.

—¿Dónde está?

El anciano no respondió de inmediato. Dio vuelta al papel. En el reverso, con una letra desvaída, había cinco palabras:

«Lo vieron ayudando a alguien».

La niña las leyó dos veces.

—¿Se salvó esa persona?

—No lo sé —susurró el anciano.

Por primera vez en muchos años, pareció avergonzado de su colección. Había preservado miles de nombres, pero nunca había buscado las historias que había detrás de ellos.

A la mañana siguiente, cerró su caja de madera y salió en busca del desconocido.

Visitó hospitales, refugios, aldeas y ciudades atestadas. Preguntó si alguien recordaba a un hombre llamado Smith que se había detenido para ayudar a otra persona. La mayoría negó con la cabeza.

Pasaron los meses.

Entonces, en una pequeña aldea costera, un pescador invitó al anciano a entrar en su casa.

—Hace años —dijo el pescador—, un desconocido me rescató de un camino inundado. Desapareció antes de que pudiera darle las gracias. Nunca supe cómo se llamaba.

El anciano le mostró el papel. El pescador tocó el nombre de Smith con dedos temblorosos.

—Recuerdo su rostro.

—¿Y dónde está ahora? —preguntó el anciano.

El pescador bajó la mirada.

—Se ahogó aquella noche. Había vuelto al agua para salvar a otra persona.

El anciano permaneció sentado en silencio.

Había pasado años coleccionando los nombres de los olvidados, convencido de que bastaba con recordarlos. Ahora comprendía que un nombre no era simplemente algo que debía preservarse. Era una puerta a una vida, a un sacrificio y, a veces, a una verdad que el mundo no había contado.

Cuando regresó a la estación de ferrocarril, la niña lo estaba esperando.

—¿Encontraste a mi padre?

—Sí —dijo con dulzura—. Encontré a alguien que lo recuerda.

—¿Me contarás qué pasó?

Él asintió.

Mientras hablaba, la niña escuchó sin interrumpirlo. Cuando terminó, ella se secó las lágrimas y le pidió un trozo de papel.

—¿Qué vas a escribir? —preguntó él.

La niña tomó su lápiz y escribió:

«Smith. El hombre que regresó».

Después colocó el papel dentro de la caja de madera.

Años más tarde, cuando el anciano ya no estaba, la niña heredó su colección. No la mantuvo bajo llave. Llevó los nombres a escuelas, hospitales, campos de refugiados y aldeas donde las personas habían aprendido a vivir sin preguntar qué les había sucedido a sus desaparecidos.

Contó sus historias.

Y, poco a poco, la caja de madera dejó de ser necesaria.

Las personas comenzaron a recordarse unas a otras antes de caer en el olvido.

Sin embargo, la niña conservó un trozo de papel en el bolsillo. En él estaba escrito el nombre de su padre. No porque temiera que el mundo lo olvidara, sino porque quería recordar la verdad más sencilla que él había dejado:

A veces, el momento más importante en la vida de una persona es aquel en que regresa para ayudar a alguien que no conoce.

Y, a veces, ese momento es lo único que mantiene vivo a un ser humano en la memoria del mundo.

Shawkat Islam Shawn es un poeta, cuentista, letrista, traductor y promotor literario bangladesí. Sus intereses literarios abarcan la humanidad, la paz mundial, la justicia, la amistad y las experiencias compartidas por personas de diversas culturas y fronteras. A través de su escritura creativa y sus colaboraciones literarias internacionales, busca tender puentes entre escritores de distintos países y fomentar el entendimiento mutuo mediante la literatura. Su obra refleja un profundo interés por la dignidad humana, la responsabilidad social y el poder de las palabras para inspirar cambios positivos. Shawn participa activamente en iniciativas literarias y culturales, y ha contribuido a proyectos de poesía colaborativa con escritores de diversas partes del mundo. Cree firmemente que la literatura trasciende las fronteras geográficas y que las historias pueden preservar las experiencias humanas, despertar la empatía y acercar a las personas. Radicado en Bangladés, continúa desarrollando su labor literaria tanto en bengalí como en inglés, con especial interés en la expresión literaria contemporánea y el intercambio cultural internacional.

EL CANARIO

Armando Azeglio

 

Lo que sigue me lo contó Fabio Germani, más italiano que un plato de spaghettis, más romano que el Coliseo, valga el pleonasmo. Yo le daba frenéticas clases de castellano, que él llamaba lezioni di aryentino. Por cábala, por nostalgia, por necesidad, o una mezcla de todas estas cosas, nos reuníamos en el café Argentina, del Largo di Torre Argentina (valga la redundancia) en pleno centro histórico de Roma.

Fabio era un carabiniere y necesitaba aprender castellano con urgencia porque debía viajar con urgencia a Ciudad Juárez, en México, para completar una tesis. Yo lo hacía hablar ininterrumpidamente porque era la forma más rápida de obligarlo a tomar confianza con el castellano, y lo que le salía más natural era hablar de su trabajo. Fabio había estudiado en el mítico FBI y era especialista en asesinos seriales. Una no tan secreta parte de su alma –intuyo– se complacía en contar con lujo de detalles las atrocidades cometidas por estos seres humanos; porque a una secreta parte de su alma de ragazzo per bene –intuyo– le hubiera gustado a realizarlas. Empecé a conjeturar que había mucha violencia sublimada en Fabio. En el fondo (y a veces en la superficie) creo que admiraba a sus perseguidos. Una vez –confirmando mis presunciones– dijo:

—Para atrapar a un asesino serial, tenés que adelantarte a él. Y para adelantártele tenés que descubrir los mecanismos de su mente. Para descubrir los mecanismos de su mente tenés que llegar a pensar como él. Para llegar a pensar como él, tenés que ser él. —Y pasó a contarme el único caso que en su carrera no había resuelto.

—Los diarios y la policía lo definieron como un serial killer —empezó Fabio—, él en cambio, se consideraba casi un santo. Era un asesino místico. Un ungido del Padre, un protegido de Nuestra Señora de Las Moscas. La heroína había terminado con la vida de su hermano mayor. La tristeza, con la de su madre, poco después. Con el fallecimiento de ambos terminó su vida de familia, y por treinta días con sus noches, el único sonido que escuchó fue el de los canarios de su negocio. Quería vengarse y no sabía de quién, o contra quién. La revelación, el fiat lux, lo recibió en la trigésima noche cuando se le apareció un ángel del Señor de dudosa proveniencia. El ser alado le dijo que era imposible hacerle daño a toda la maquinaria de producción, distribución y venta de heroína. Y que, de hacerlo, era probable que dejara sin personal a los más insospechados niveles de los poderes constituidos, actuando contra los cuales –dicho sea de paso– sus probabilidades de salir vivo eran cercanas a cero. Además, el que lo enviaba (no aclaró nunca quién era) en tal caso no lo protegería, ya que –le dijo– no tenía el más mínimo interés de quedarse sin trabajo. Y agregó que si quería hacer algo tenía que golpear la parte de la organización que para él –pobre, gris e insignificante vendedor de canarios, jaulas y alpiste– era tangible.

El Canario pensó que la parte más tangible de la organización de venta y distribución de drogas era Paolo, el dealer que le vendía las dosis diarias de heroína a su hermano, el que lo inició en las drogas, el que le regaló los primeras dosis en la puerta de la escuela secundaria.

Paolo fue el que probablemente golpeó a Danilo hasta matarlo cuando su hermano ya no tenía más dinero que robar, pedir o mendigar. Por eso Paolo fue el elegido, la primera víctima a sacrificar, la primera sangre a derramar para expiar tanta mugre.

Entonces, el ángel del Señor lo mandó construir una jaula especial en el sótano de su negocio. El Canario escuchó la minucia de esas órdenes con la misma atención con que Noé –supongo– escuchó las instrucciones para la construcción del arca por parte de Yahvé... El Canario obedeció el comando del ser alado detalle por detalle. Mientras tanto, y para ganarse la confianza del dealer empezó a fingir que consumía heroína. Y, en una calculada progresión, empezó a comprarle al entusiasmado Paolo dosis de heroína cada vez más suculentas, las que eran guardadas intactas en el sótano, allí donde había construido la jaula.

Un día –meses después de la muerte de su hermano–, el Canario, fingiendo estar mal le pidió al dealer que lo ayudara a bajar una bolsa de alpiste al sótano del negocio. Le dijo que la pusiera en la extraña jaula. El dealer no sospechó y una vez dentro fue encerrado bajo llave.

El Canario se convirtió en el goce de la araña que atrapa la mosca en la tela pegajosa. Cuando Paolo, desde la jaula vio la foto del finado hermano a la siniestra de la Madona de Las Moscas y la foto de la madre del Canario a diestra, entendió todo. Le dio un escalofrío, se le heló el sudor como el cebo en las improvisadas velas del pequeño altar. Gritó. Le advirtieron con calma que era inútil, el sótano estaba insonorizado. En pocas horas la abstinencia de heroína se hizo sentir en el cuerpo del dealer: sudor frío, temblor, lágrimas, dolor, dolor infinito. El Canario se le acercó con modos de reptil y le dijo: “Te cambio medio dedo por una dosis”, Paolo aceptó. Él repitió el juego con la puntual recurrencia de las pesadillas cada vez que el dealer entraba en crisis de abstinencia. La jaula (así se lo había dictado el ángel del Señor) tenía una parte especial que inmovilizaba el antebrazo de la víctima, desde el codo hasta el antebrazo. El Canario trabajó con precisión de veterinario. Cuando le hubo amputado todos los dedos, y siempre a cambio de dosis de heroína, se le empezaron a ocurrir formas más sutiles de torturas, por ejemplo: sabiendo que su hermano había debido prostituirse para conseguir la droga, obligó al dealer a autosodomizarse con un falo de goma que ató a un costado de la jaula. O, con un fierro candente lo marcó como se marcan a las reses con las iniciales “M.M”, que en la cosmogonía del Canario significaba doblemente: María Madosca, el nombre de su madre y Madona de las Moscas, el de su genitora sobrenatural.

El dealer no murió por infecciones o quemaduras sino por sofocación, seis meses después, cuando el Canario, con la víctima inmovilizada, le cortó los testículos y se los puso en la boca. Al no tener dedos, no se los pudo sacar para seguir respirando.

Paolo fue el primero de una larga serie. La metodología fue siempre la misma. El Canario se creía un benefactor de la sociedad, un justiciero. Alternaba las terribles sesiones de tortura en su silenciosa mazmorra, con consejos a indefensas abuelitas sobre el arte de criar canarios. Se entregó a la justicia de los hombres cuando el ángel del Señor se lo ordenó. Lo llamó a Fabio, mi alumno, que trataba de darle caza desde hacía al menos dos años, preguntándole si quería tener el honor de capturarlo. Lo esperó en el sótano, rezando delante de su altar con un “rosario” que había construido con las cabezas enhebradas y descongeladas de sus víctimas.

—Estas cuentas constituyen por sí solas un misterio —afirmó el Canario— pero el ángel del Señor ha detenido mi mano... no me juzgue usted. Mire, Germani, hay dos clases de mal, el de los delincuentes comunes que aprovechan la violencia para oprimir a los débiles, y el de la divinidad que utiliza su fuerza para castigar. Yo soy la mano izquierda del Señor, la que destruye, la que cercena, la que pune.

 —Entonces extendió las manos y le puse las esposas —me dijo Germani sin entusiasmo— y me llevé toda la gloria de su captura, pero algo en mí había cambiado para siempre. En realidad ya no supe a quién perseguía cuando perseguía asesinos seriales. —Germani apuró su café de un sorbo. Meses más tarde supe por los titulares de los diarios que “asuntos internos de la policía” había allanado su casa. Fabio había montado en la misma una suerte de estrado donde —juez y parte— sometía a sus víctimas (jueces, políticos, empresarios, periodistas) a procesos sumariales severísimos antes de ejecutarlas atrozmente y sin piedad.

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

 

 

martes, 20 de octubre de 2026

EDÉN

Ida Auletta

 

La Sirio inició la maniobra de aterrizaje vertical y la arena comenzó a arremolinarse, azotada por la propulsión de los reactores. La nave se posó suavemente en la playa, los motores se apagaron y la escotilla se abrió. Desde el hangar se veían dunas arenosas delimitadas por escarpados brazos de roca que caían a pico sobre el mar, sobre los que proliferaba una vegetación exuberante, casi opresiva.

Seis luces LED verdes se encendieron en secuencia, parpadeando en la pantalla del holopad incrustado en el tórax de Vega, la humanoide de aspecto femenino dotada de inteligencia artificial. Vestía el mismo traje que el reconocimiento Nathan Dale, quien descendió por la rampa de acceso al hangar inmediatamente después de Vega.

—¿Qué te había dicho? Las coordenadas estaban equivocadas. La nave de ese imbécil de Crowford no está aquí. Quién sabe a qué maldita bahía de qué condenadísimo continente nos han enviado.

La voz de Dale, amortiguada por el casco aislante, seguía sonando clara y quejumbrosa, como el rebuzno de un burro. Vega se volvió para mostrarle los indicadores de su holopad.

—Atmósfera óptima. Sugiero que te quites el casco; un poco de aire limpio te ayudará a calmar los nervios, Nate. Es cierto. La Helios no está aquí. Exploraremos la zona; ha pasado algún tiempo desde la petición de auxilio. Quizá Crowford haya conseguido moverla de algún modo, quizá la marea se la haya llevado. No hay peligro en la zona. Sugiero que nos pongamos en marcha de inmediato. —La voz de Vega era meliflua, serena y relajada.

—Recuerda que somos agentes de reconocimiento de la Orion, no «el comité de respuesta inmediata».

—Crowford también es miembro de la Orion. Es un puto ser humano, podría necesitar asistencia. Tú eres un maldito agente de reconocimiento y me tienes a tu disposición para obtener datos y recoger muestras directamente. Él es un simple explorador; el mejor apoyo tecnológico con el que cuenta es ese cacharro de droide cartográfico que ni siquiera habla.

—Vega… Qué lenguaje.

—Oye, Nate. Estamos en simbiosis desde el comienzo de tu misión. Soy una IA que aprende por sí misma. Adivina quién me proporciona los parámetros de aprendizaje, incluido el lenguaje.

—Mmm…

Nathan se dispuso a quitarse el casco mientras Vega se equipaba con el bláster reglamentario que se suministraba a las IA de reconocimiento para casos de emergencia.

—Informe de la nave Sirio, año solar dos mil seiscientos veintiséis. Sexagésimo séptimo día desde el inicio del ciclo de Orión. En respuesta a la señal de auxilio A99074Y, la unidad de apoyo al reconocimiento Vega-367 y yo hemos aterrizado en el planeta Tierra. Nos disponemos a localizar al explorador Crowford. Las coordenadas proporcionadas por el interceptor no corresponden a la ubicación de la nave Helios, registrada a nombre de Crowford.

El traje de Dale también disponía de un holopad en forma de brazalete, sujeto al antebrazo izquierdo. La comunicación había sido dirigida al dispositivo, que, después de almacenar los datos de audio, emitió un pitido.

Ambos bajaron del hangar y caminaron por la orilla, observando la vasta superficie del mar, plana y tranquila como una lámina de plexiglás. Al encontrar un paso entre las dunas, se adentraron en el interior.

Después de unas dos horas y media de marcha, inmersos en un paisaje vegetal casi claustrofóbico, cambiante y variado, la vegetación se hizo más baja y menos difícil de atravesar; dejaba entrever el perfil de unas montañas al noreste, a varios kilómetros de distancia; unas colinas bajas al norte y una extraña formación superficial al este, compuesta por infinidad de agujas clavadas en el terreno, de distintas alturas y grosores, todas con un rasgo común que las hacía precisamente extrañas: eran azules.

Vega recogió muestras de vegetación y de tierra y, cuando llegó cerca de las formaciones azules, tomó una muestra de una de ellas.

Acercó la yema del índice izquierdo a la superficie azul, aproximadamente un palmo por encima de las plantas trepadoras que rodeaban la base. El sensor del guante táctil conectado al holopad emitió los sonidos habituales de almacenamiento de datos y un pitido de error. La pantalla del pecho indicaba en rojo que no se había podido identificar uno de los materiales analizados y, en verde, los porcentajes de los compuestos y minerales reconocidos.

—Noventa y cinco por ciento de polímeros plásticos sintéticos de origen artificial y cinco por ciento de materia orgánica desconocida. Esto es extraño —informó la IA, sin inmutarse.

—¿Por qué extraño? —preguntó Dale.

—Porque en este planeta el género humano dejó de existir hace más de seis siglos. Tras la última lluvia radiactiva, que determinó su autodestrucción, los supervivientes de la especie lograron subsistir gracias al éxodo masivo. Tú estás aquí gracias a tus antepasados, que procedían de este lugar y tuvieron la suerte de abandonarlo antes del final. Es extraño que haya materia plástica aquí, ahora, sin un grado elevado de degradación. Me atrevería a decir que ha sido procesada recientemente.

—No necesito una leccioncita de prehistoria, ni que me recuerdes lo codiciosos e incapaces que fueron mis antepasados. Procura esforzarte un poco más e identifica ese cinco por ciento desconocido.

—Procesando…

Mientras Vega permanecía inmóvil, procesando los datos, Nate recorrió los alrededores, observando las otras agujas y moviéndose por lo que parecía un laberinto nada casual de protuberancias ahusadas. Al examinar sus contornos, advirtió algo que le llamó la atención. Entre la vegetación característica que rodeaba la base de una de las agujas, descubrió un detalle fuera de lugar, un matiz diferente que contrastaba con el azul liso y uniforme. Se acercó y apartó una de las hojas de las trepadoras. Debajo, perfectamente fundido con el conjunto, un ojo humano, con párpado y pestañas rojizas, lo miraba, vidrioso. Nate retrocedió de inmediato, sobresaltado por el miedo.

—¡Vega! ¡Tenemos que irnos!

La mujer artificial no respondió. Seguía inmóvil, con la mirada fija en la aguja que había examinado, el brazo izquierdo extendido hacia el objeto ahusado y el índice apoyado en la superficie azul.

Cuando Nate llegó a su lado, vio que parte de las plantas trepadoras que adornaban la base de la aguja estaban envolviendo los pies y las piernas de Vega. El índice apoyado en la superficie azul había sido absorbido por ella hasta la primera falange. El holopad del pecho de la inteligencia artificial había dejado de procesar datos, de parpadear y de emitir pitidos. Vega tenía las pupilas dilatadas como el obturador de una vieja cámara réflex. Estaba apagada.

Nathan Dale sintió una oleada de pánico visceral. Retrocedió, alejándose de la figura humanoide, que pronto quedó envuelta por las trepadoras, abrazada por delgados tallos azules y literalmente absorbida por la aguja. Se convirtió en parte integral de la estructura alargada, cuyo grosor aumentó, enriquecido por la masa física que había engullido.

Nathan echó a correr, desandando el camino hacia la playa. Devoró los kilómetros recorridos y redujo las dos horas de marcha a menos de media hora de carrera desenfrenada. Cuando dejó atrás la duna, se le vino el mundo encima.

Desde aquella perspectiva pudo observar algo que no había advertido de cerca: en una de las paredes de roca que caían a pico sobre el mar, la silueta de la Helios parecía haber sido esculpida en la piedra como un bajorrelieve a escala 1:1. Nate empezó a comprender la situación, a su pesar, cuando vio la Sirio atrapada por torrentes de líquido azul. La resaca extendía sus dedos hacia la nave y erosionaba cada parte que rozaba. Los soportes de aterrizaje cedieron; la rampa de descenso del hangar chisporroteaba como si el agua fuera ácido. Nathan miró fijamente la Sirio, que las aguas digerían con rapidez. Apenas consiguió aclararse la garganta antes de balbucear ante el holopad: —El planeta Tierra es hostil. Si alguien recibe este mensaje, no aterricen en la Tierra. El planeta ha desarrollado una forma de conciencia autodefensiva. Crowford ha muerto, mi unidad de IA ha sido absorb… Oh, no. ¡No soy una amenaza! ¡NO! ¡Por favor! —Pitido.

Ida Auletta nació en Nápoles y aporta a su escritura una trayectoria poco convencional: desde su formación técnica en electrónica hasta sus estudios de Arqueología, combina racionalidad e imaginación en un equilibrio que caracteriza toda su narrativa. Debutó en 2017 con el ensayo histórico-arqueológico La Valle del Sarno in epoca medievale. En 2020 publicó la novela de fantasía oscura Oltre Umano y, en 2025, Rotte Sottovento, una novela de aventuras y fantasía oscura. En su blog alterna crónicas de viajes con relatos de terror y ciencia ficción.

 

EL MAGO DEL HOTEL

Mohamed Al-Ashry

 

El pozo legendario está al final de un largo pasillo que parte del vestíbulo del hotel. Su boca de pizarra está rodeada por un pequeño lago de agua caliente que brota con una fluidez sedosa, de modo que parece un mago que transforma el espejismo en un vapor tibio, reunido en pequeñas nubes sobre las cabezas de las mujeres que se deslizan por el agua, y que cambia de color con el movimiento de sus pies mientras nadan a lo largo de los límites de cristal del baño.

El sonido de la flauta sale suavemente de entre los nudos del instrumento tradicional y desgrana delicadas frases musicales que deleitan los oídos. Las mujeres se palpan el cuerpo y se secan al salir del agua; miran hacia el techo, ven la luna llena con su luz resplandeciente y sonríen al músico de piel morena, que se balancea al compás de su melodía melancólica.

 

La noche de ayer se parecía a la ceremonia de coronación de un rey. Las esclavas lo rodeaban, de distintas nacionalidades, y cada una procuraba acercarse a él a su manera. Él era, simplemente, un rey alto y de piel morena, de pie con su túnica blanca de mangas holgadas. Su figura parecía una lanza llegada del sur de la geografía, y su única corona era aquella flauta mágica que había cautivado las mentes de las extranjeras. Ahora se apretujaban junto a él en el vestíbulo del hotel mientras sacaba de su aljaba pequeñas flautas y se las vendía a cinco dólares cada una. La escena invitaba a la reflexión y a la risa al mismo tiempo.

 

Los espíritus errantes llenaban el aire a nuestro alrededor, y las mujeres, que habían abierto sus poros a las cosquillas del silbido, se embriagaban con el sonido de los tambores y se precipitaban hacia el músico que tocaba la flauta de caña. El ritmo se mezcló con el baile, que se prolongó hasta bien entrada la noche, hasta que el agotamiento dibujó su imagen en los rostros y todos quedaron abrazados de dos en dos hasta la mañana, cuya luz descendió y evaporó la noche entre las trenzas del sol que se bañaba en el agua tibia del pozo…

Examiné todos los rostros; no encontré a nadie… Los integrantes de la delegación habían desaparecido de mi vista… Salí del hotel y caminé entre los cedros que rodeaban el edificio, solitario sobre una colina cónica de mediana altura.

 

El paseo me condujo hasta el mármol surcado de vetas de oro, cuyo brillo se reflejaba en los ojos de quienes estaban sentados aquí y allá. Vi a tres de las muchachas que habían venido como bailarinas de danzas folclóricas dentro de nuestro programa. Las vi en la montaña, entregadas al canto y a una alegría que nunca les había conocido. Sus ojos brillaban como si acabaran de nacer a la vida… Arrojaban los velos que las mantenían sujetas y se dejaban llevar libremente, acariciando el cuello de la hierba que se extendía a ambos lados del camino que ascendía lentamente por la montaña… Y en la cima, las masas de nubes las abrazaban y les lanzaban besos interminables.

 

Cuando llegué a la cima de la montaña, las nubes se transformaron en una alfombra mágica. Me invadió lo mismo que había alcanzado a las muchachas: me desanudé la corbata, me quité los anteojos, me abandoné y me tendí sobre ella. Nadé en la nebulosa infinita mientras el aire fresco me rozaba los oídos, y me adormecí disfrutando de aquella libertad.

Desperté con el sonido del toro que sostenía el globo terrestre sobre sus cuernos y hacía girar hacia la noche el lugar donde yo estaba. Dirigí entonces la alfombra hacia una estrella sonriente que había visto antes desde la ventana del hotel. Me incliné ante ella y la invité a sentarse a mi lado. Me tocó la mano con delicadeza y me rodeó el cuello con su luz. El amor nos llevó sobre sus alas y nos hizo entrar en la cueva de la luna.

Mohamed Al-Ashry es un escritor egipcio que trabaja como geólogo en exploración y prospección petrolera. Ha publicado cinco novelas: Ghada, los mitos soñadores (1999), La fuente de oro (2000), La manzana del desierto (2001), El halo de luz (2002), Fantasía ardiente (2008). Ha publicado, además, varios libros infantiles, poesía y ensayos, y ha recibido diversos premios por sus novelas.

 

FRITZ (Un cuento de hadas)

Daniel Frini

 

¿Conocen La Cumbrecita?

Está bien, ¿por qué iban a conocerla? Es una villa turística –y cito la página web; que, por cierto, muestra unas hermosas fotografías– ubicada en el Valle de Calamuchita, en la vertiente oriental de las Sierras Grandes y a unos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Está enclavada entre los cerros, en un pequeño valle con forma de anfiteatro que le confiere un clima especial. Está ubicada a unos cuarenta kilómetros de Villa General Belgrano (Sí, sí: la misma de la Oktoberfest). Es un pueblo en el que no se permite la circulación de vehículos, no hay bancos y se respira paz a pulmones llenos. Fue poblada por alemanes llegados después de la Guerra, que le dieron un sesgo centroeuropeo a todas las construcciones. Una villa de los Alpes austríacos en plenas sierras de Córdoba.

Allá por fines de los setenta y principios de los ochenta compitió seriamente en mi escala de valores por ser mi lugar en el mundo. Solía pensar que, después de mi muerte y de que me cremaran, me gustaría que el viento llevase mis cenizas para esa tierra que amaba. Hoy ya no. Ahora es demasiado «turística». No es que reniegue de eso que, al fin y al cabo, es una grata manera de ganarse la vida; pero a mí me gustaba aquella de hace más de treinta años, más ignota, más silvestre, más a mi medida.

Acostumbrábamos a pasar allí algunos días de los veranos, en carpa y en plan de mochileros, de este lado del Río del Medio, a metros del puente de madera, entre espinillos y piedras del tamaño de un camión, sin ningún servicio a la vista; pero inmensamente felices. Ahora, en ese lugar hay una oficina de informes y una gran playa de estacionamiento, donde dejar los autos antes de entrar caminando al poblado.

Siempre fue un placer andar por esos añejos bosques de pinos donde era muy probable que no entrase nadie, salvo animales, desde hacía una década. Solíamos ir a caballo hasta el Vallecito del Abedul o hasta el Peñón del Águila e, incluso, nos topamos con un campo nudista camino de las Casas Viejas; en plenos años de fuego, aún antes de la Guerra, cuando solo por decir «culo» en público podías dormir una o dos noches a la sombra.

Hay una excursión que yo disfrutaba especialmente: después de cruzar el puente, se sube a pie por la calle principal, pasando frente a Edelweiss y a la cabaña de Am Hang, hasta la Plaza del Ajedrez. En lugar de continuar por el camino (a izquierda o derecha) se sigue al frente, cruzando el bosque, pasando por el pie del pequeño cerro donde está la Capilla, hasta cerca de la Olla del arroyo Almbach. Desde allí, tomando a la izquierda, corriente arriba, por una vereda de unos cincuenta centímetros de ancho, la montaña a un lado y del otro un barranco de más de diez metros, con el arroyo cristalino al fondo, se llega al pie de la Cascada Grande, después de una hora y media de caminata.

La primera vez que hice ese recorrido fue en un día gris y muy fresco de mediados de otoño, con las nubes bajas, casi una niebla, y la humedad condensándose en las ramas de los pinos. Cerca del final del camino encontré una fina llovizna (a mitades iguales caída desde las nubes y proveniente del golpe del agua contra las piedras de la base de la cascada) que mojaba y resaltaba toda la vegetación del pequeño paisaje, incluso los grandes helechos que acariciaban mi cara al pasar. Las cumbres de las altas paredes de piedra se perdían en las nubes, lo que hacía que pareciesen infinitamente altas. Debo haberme quedado sentado en las piedras, con los pies en el agua fría, más de una hora, acunado por el sonido sordo del agua. Pero no fue esa vez cuando vi lo que quiero contarles.

Toda esta larga introducción es para situarlos en la geografía donde, unos tres o cuatro años más tarde, otro día también de otoño y bien temprano por la mañana (me habían dicho que era el mejor momento para ver las mismas paredes que enmarcan la Cascada, pero ahora doradas con ese primer sol algo lánguido que suele darse en abril), encontré a Fritz.

Debo decirles que este no era –o es, no lo sé– el nombre real; el que, por otra parte, nunca supe. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera: a lo largo de la cornisa en que se convierten los últimos cien o doscientos metros de camino, hay innumerables manantiales que salen de la montaña, cruzan la vereda por la que se va caminando y resbalan hasta el cauce de agua, allá abajo. Los hay pequeños, casi gotas, y los hay más copiosos. Algunos son más constantes y otros aparecen y desaparecen según les venga en gana. Uno en particular, mediano, entorpece levemente el paso entre dos piedras, por lo que se debe andar con algo más de cuidado para no resbalar en el verdín que cubre el camino. Estaba cruzando esa vertiente y mirando al suelo para no errar la pisada, mientras me aferraba a alguna rama; cuando algo pasó, casi un fantasma, frente a mis ojos. Crucé y, más afirmado, giré para ver qué me había molestado. No vi nada. Avancé unos diez metros y algo me rozó la mejilla. Esta vez sí. Lo descubrí un poco más arriba de mis ojos, a no más de un metro de distancia, flotando sobre el precipicio.

La forma más sencilla de hacerme entender, es decir que vi un hada. Algo del estilo de la Campanita de Peter Pan, pero de unos treinta centímetros de alto. Sus alas desplegadas medían más o menos tanto como su altura y estaban ajadas, amarillentas y rotas (lo vi más tarde) pero las agitaba vigorosamente para mantenerse en el aire.

No era un gnomo puesto que tenía alas. No era un ángel porque su tamaño era de más o menos un sexto del que imagino deben tener (la de una persona normal, si nos atenemos a las convenciones, y nos olvidamos que en la Bizancio del siglo XV discutían sobre su tamaño y cuántos entraban en la cabeza de un alfiler). No era, según he consultado en tantos libros desde entonces, ni un elfo, ni un troll, ni un duende, y tampoco un querubín.

Siempre supuse que las hadas eran de género femenino. Podían ser pequeñas o grandes, tener o no tener alas, ser buenas o malas; pero mujeres. Incluso lo son en las fotografías –trucadas o no– que tomara Sir Arthur Wright en Cottingley. Ahora bien, lo extraño es que éste hada era un hombre. ¿Cómo lo llamarían ustedes? ¿Hada macho? ¿Hado? A falta de mayores datos, e influenciado por el ambiente germánico que me rodeaba, lo llamé Fritz.

Su cabeza era grande, desproporcionada para su cuerpo y pelada, con sólo algunos mechones canosos y descuidados sobre las orejas sucias. No tenía ninguna prenda que cubriese su torso, era panzón y su pecho tenía manchas de pelo blanco que asemejaban islotes. Su única prenda era un pantalón de una lona que supongo marrón, muy vieja y muy sucia, con las rodillas rotas, las botamangas desflecadas y una más larga que la otra, sin botones en la bragueta, y sostenido en la cintura por una soga atada al frente por un nudo común. Sus brazos no hubieran podido rodear su talle y eran flácidos, sus manos eran grandes aunque de dedos cortos y gruesos, con uñas negras y partidas, que llevaban años sin ser cortadas. Tenía barba y bigote ralos (algo así como alguien que no se afeita desde hace una semana); labios gruesos y pálidos, con lunares oscuros; nariz chata y roja, cejas muy pobladas y ojos grises y apagados que lo hacían muy viejo.

Después me llegó su olor: una mezcla repulsiva de alcohol, transpiración y suciedad de un siglo sin un baño.

En la mano izquierda tenía una lata abollada de cerveza Löwenbräu, celeste y con su leoncito rampante, blanco sobre fondo azul, vacía.

Emitía unos chillidos apagados y continuos que se parecían más a un silbido inconexo que a un lenguaje; y me apuntaba, insistentemente, con la lata de cerveza, extendiendo y contrayendo su brazo en un movimiento que primero me pareció provocador, pero luego entendí:

—¿Querés otra? —le dije, y me respondió con lo único que en esa y todas las veces que nos vimos después se pareció a un fonema con significado, emitido por él de manera consciente, y que yo entendí como un «si»: Un estruendoso, grave y prolongado eructo.

Dándose por comprendido, desapareció entre los árboles en un segundo. En un instante estaba allí, al siguiente no estaba más; y sólo se agitaron dos o tres hojas de un helecho detrás del cual se fue volando.

Desanduve el camino hasta la proveeduría del Rancho Grande, donde compré dos latas de Heineken, la última Löwenbräu que quedaba y un porrón de Budweiser. Volví a la cascada, pero no lo encontré. Dejé las cervezas ocultas debajo de una mata de frutillas silvestres, en la suposición de que estaba observándome, y para evitar que las viese algún transeúnte durante el día. Volví a nuestra carpa, y no dije nada.

A la mañana siguiente, emprendí, de nuevo, el camino a la Cascada, llevando otra provisión, por las dudas. En la mata de frutillas encontré las latas vacías, pero la botella intacta. Bajé los últimos metros hasta la olla que formaba la cascada; y allí lo vi, acostado boca arriba sobre una piedra seca, las alas extendidas y las manos cruzadas sobre el estómago. Me acerqué despacio y escuché, otra vez, su chillido apagado, que esta vez era su ronquido. Quizá algún ruido o tal vez algún sexto sentido lo despertó y se incorporó asustado. Primero me reconoció, y luego vio las latas que llevaba. Se acostó nuevamente y otra vez cerró sus ojos. Parecía estar en paz.

—¿Estás bien? —le pregunté. Un breve eructo, conciso, fue su «si». Luego se quedó en silencio—. Día fresco ¿no? —insistí, tratando de iniciar algún tipo de charla. Nuevo eructo de su parte. En las horas siguientes, le pregunté su nombre, de dónde era, cómo había llegado hasta allí y un sinfín de interrogantes. Nunca pude enterarme de nada; y no es porque no me respondiese, sino porque nunca pude entenderle. Incluso, traté de hacer las preguntas de manera tal que pudiese responderme con su «sí», pero no avanzamos mucho. Doy un ejemplo: le preguntaba «¿naciste en un bosque?», con la idea de que se quedase callado (un «no») o eructase (un «si»), pero parece que cuestiones de ese tipo removían algún viejo recuerdo, y comenzaba a chillar y volar, alborotado, de izquierda a derecha y de arriba abajo. Al cabo de los días, dejé de interesarme por tales cuestiones, le llevaba su cerveza y nos quedábamos sentados quietos, cada uno sumido en sus pensamientos durante una hora o dos. Algunas veces por un excursionista que llegaba, o bien por considerar que el tiempo «de visita» estaba cumplido, levantaba vuelo y se esfumaba tras aquel fresno, la rosa mosqueta o las piedras del costado del camino.

La bebida quedaba siempre bajo la mata de frutillas, y entendí que no le gustaba beber de botellas. Creí, falsamente, que no podría abrirlas por lo cual alguna vez las destapé yo, y las cerré suavemente para que no escapase el gas, pero ni así.

¿Quién era? Nunca lo supe. ¿Por qué hombre? Tampoco. Supongo que las hadas, aun siendo personajes de fábulas y cuentos que viven muchos años, deben reproducirse de alguna manera y no me parece extraño que lo hagan de la manera tradicional. ¿Por qué su aspecto y su afición a la cerveza? Con los años elaboré una teoría:

Creo que es posible que Fritz fuera una víctima más de la Segunda Guerra; que fuese separado de su familia, que ellos estén ahora muertos y que su bosque haya desaparecido. Creo probable que en los últimos días, a punto de caer Alemania, los aliados o los rusos bombardearan sus árboles y él haya logrado escapar hasta llegar a la ciudad, esconderse, muerto de miedo con tanto ruido a muerte, en las cajas o maletas de algún soldado nazi que preparó más escrupulosamente su huida hacia estas tierras. Entonces, Fritz resultaría un polizón involuntario que, una vez arribado a las sierras de Córdoba (que, se sabe, nunca fueron invadidas por hadas), se habría encontrado solo, incapaz de entender dónde estaba y de hablar, ni siquiera, un poquito de alemán o español, condenado a vivir en un bosque extraño; que fue primero de molles, sauces y espinillos; y luego se fue poblando de abetos, pinos, robles, nogales y castaños; escapando de cuises y zorrinos, protegiéndose de la nieve en alguna vizcachera, y salvándose con su vuelo del ataque de los pumas.

Lo imaginé lleno de melancolía por un hogar y una familia desaparecidos bajo el horror de las bombas. Traté de entender la soledad y el miedo, que luego se transformó en tedio y más tarde en hastío. Las noches largas de frio del invierno deben haber completado el proceso, llevándolo a la bebida.

De manera inocente, lo consideré mi secreto y no lo comenté con nadie. Pero cierta vez, el viejo Hans, desde su eterna mesa del Bar Suizo, me vio pasar camino a la Cascada con mi cargamento de cervezas. Se sonrió y me guiño un ojo. No sé si todos estaban complotados o solo algunos conocían a Fritz. Nunca, en tantos años, nadie en el pueblo me dio otra señal; y a veces pienso que el viejo Hans se dirigió a alguien que en ese momento puede haber pasado detrás de mí.

Ese verano nos vimos con Fritz todos los días. Al siguiente, lo vi cuando faltaban cuatro días para irme. Creo que recién entonces me reconoció y permitió que me le acercase. El siguiente año lo vi a diario, pero apareció una señal nueva y alarmante: un carraspeo esporádico que una o dos veces se transformó en tos. Me fui sin despedirme de él, cuando papá vino a buscarme porque la abuela estaba enferma. Nunca más lo vi.

Las vacaciones próximas ya no lo encontré. Le llevé cerveza durante tres o cuatro días, pero las latas aparecieron intactas. Busqué señales en las rocas o en los troncos, pero no vi nada. Nunca me animé a preguntar por él a nadie del pueblo, temeroso de romper algún hechizo. Sin embargo, estoy escribiendo esto para acallar algún viejo fantasma de culpa por imaginarlo solo en los bosques que rodean a la cascada, pero tengo la secreta certeza de que ahora voy a romper este papel y quemarlo, antes de que lleguen mis hijos de la escuela.  


Daniel Frini Nació en Berrotarán, Córdoba, Argentina; en 1963. Es Ingeniero, escritor, antólogo, prologuista, artista visual y Magister Internacional en Literatura y Narración Creativa por la Universidad de Salamanca. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de Argentina, España, México, Colombia, Chile, Perú y, además, ha sido traducido y publicado en Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Uzbekistán, Bélgica y Hungría. Publicó «Poemas de Adriana» (2017), «Manual de autoayuda para fantasmas» (2015), «El Diluvio Universal y otros efectos especiales» (2016), «Nueve hombres que murieron en Borneo» (2018), «La vida sexual de las arañas pollito» (2019) y «Después de las mil noches y una noche» (2026). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009, Madrid / México D. F.); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009, Buenos Aires, Argentina), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010, Colombia), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 (España), el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019, España), el 1er Premio en el Primer Concurso Internacional de Minificción IER/UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México, 2020) y Finalista del Concurso «Cuento Breve “Martín Fierro”» (San Martín, Argentina, 2024). En la actualidad es presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) San Martín.

 

LOS ISÓTOPOS NO MIENTEN