lunes, 13 de abril de 2026

MUJER DESCONOCIDA

Franco Ricciardiello

 

Pinar de Ravenna, agosto de 1849

—¡No es un juego para niñas! ¡Lárgate!

Los muchachos soltaron carcajadas, señalando con los dedos sucios de tierra a la niña que los enfrentaba de pie, a la sombra de un tamarisco solitario, un poco más allá de los primeros árboles del pinar de Ravenna. Era agosto; las horas de luz se encogían sobre el delta del Po. El cielo era violeta hacia oriente.

El niño que había hablado se reía con más descaro que los demás que lo secundaban, por lo que no vio llegar el gran terrón de tierra que, volando hacia él en una parábola precisa, lo golpeó en el rostro, haciéndolo caer de espaldas.

Un silencio repentino descendió entre los muchachos descalzos, que se quedaron boquiabiertos al ver a su jefe derribado por una niña. Ella se inclinó, decidida a recoger otro terrón para continuar la ofensiva, cuando lanzó un grito que helaba la sangre. Los niños se acercaron con cautela, mientras el primero se incorporaba, sentado, con el cabello cubierto de polvo.

Del fino estrato de suelo que cubría la arena de la laguna emergía un brazo con una mano gris. Presentaba evidentes marcas de mordeduras de animales y tenía las uñas ennegrecidas por la descomposición.

Corrieron a avisar al párroco de Mandriole, don Burgatti, quien llegó al lugar de Pastorara esforzándose por seguir el ritmo de los muchachos. Ya estaba casi oscuro. Se arrodilló, apartando la arena con las manos.

—Es una mujer, pobrecilla —dijo.

Entre sus dedos quedaron mechones de cabello, y el olor de la putrefacción se le quedó adherido a la sotana durante varios días. Avisó a las autoridades. Los muchachos guiaron hasta el lugar a un carabinero que montó guardia durante toda la noche bajo el cielo estrellado. Eran los días previos al Ferragosto de 1849; un poco más al norte, los austríacos bombardeaban Venecia y la flota imperial la bloqueaba desde el Adriático.

A la mañana siguiente, don Burgatti regresó junto con el sepulturero llegado de Sant’Alberto, que trabajaba con un pañuelo impregnado en agua de rosas cubriéndole nariz y boca. En el lugar ya se había reunido una multitud de personas llegadas desde Mandriole cuando arribaron el doctor Fuschini, jefe del hospital de Ravenna, y el sustituto fiscal Bozzi, quien autorizó a desenterrar el cadáver del medio metro de arena que lo cubría de manera aproximada. El cuerpo, que nadie de los presentes reconocía, se hallaba en avanzado estado de descomposición. El sepulturero limpió la piel con un trapo y lavó el cadáver.

—Mulieris incognitæ —dijo el médico en beneficio de los presentes—; altura un metro setenta y cinco, edad aparente treinta, treinta y cinco años. Cabello “a la puritana”, de color oscuro, parcialmente desprendido del cuero cabelludo. Viste ropas sencillas, camisa y enagua de batista blanca; sin zapatos ni joyas. Pies sin callosidades, típicos de una persona de ciudad más que de campo. El cuerpo está en descomposición: ojos salientes, la mitad de la lengua fuera de los dientes. Al examen táctil la tráquea parece rota y se observa una marca circular alrededor del cuello, signos inequívocos de estrangulamiento.

—¿Qué hacemos con la pobrecilla? —preguntó el cura.

El doctor y el magistrado intercambiaron una mirada, y el primero añadió:

—No se considera oportuno trasladar el cadáver a otro lugar para continuar con un examen más detallado, debido al gran hedor. Por razones de salud pública, se dispone que sea enterrado de inmediato. No obstante, pueden iniciarse simultáneamente investigaciones para determinar quién es la mujer, cómo llegó aquí y cómo resultó víctima.

El día de la Asunción llegó desde Ravenna en carruaje el delegado pontificio Lovatelli. Quiso ver al doctor Fuschini, que estaba realizando la autopsia de la mulieris incognitæ en una barraca de madera en Pastorara, no lejos del lugar donde había sido encontrada. Lovatelli se sentó fuera de la puerta, a la sombra, abanicándose. Sentía que la cabeza le daba vueltas por el calor sofocante.

El médico salió para lavarse las manos en un cubo de agua que un muchacho había recogido de la laguna.

—¿La estrangularon? —preguntó Lovatelli.

Fuschini negó con la cabeza.

—Debo retractarme de la causa de muerte por estrangulamiento. Se trata más bien de fiebre malárica, agravada por las penurias del viaje y el estado de embarazo.

—¿Embarazo? —exclamó el delegado de policía.

—Llevaba en el vientre un feto de al menos seis meses.

Ambos sabían que ese hecho reforzaba las hipótesis sobre la identidad de la muerta. No podía ser otra que la mujer del Fugitivo.

—¿Y por qué escribieron en un primer momento que había sido estrangulada? —dijo Lovatelli—. Saben lo que imaginamos: que, sintiéndose perseguido, el Fugitivo se deshizo del estorbo que lo retrasaba. Estranguló a su esposa con sus propias manos. Incluso hay quienes susurran que, por la prisa, la enterró aún con vida, y que ella logró sacar el brazo desde debajo de la tierra, que luego fue devorado por perros callejeros.

—Yo sigo la ciencia, no hipótesis fantasiosas —respondió Fuschini, secándose las manos—. Había examinado un cadáver recién extraído de la arena. Ahora me doy cuenta de que los daños en el cuello son efecto de la putrefacción, no de un estrangulamiento mecánico. El mentón inclinado protegió la parte superior del cuello del calor de la arena, que en cambio produjo en la parte inferior un círculo como de depresión.

Lovatelli se secó el sudor con un pañuelo.

—Esto concuerda con las declaraciones de los testigos —comentó—. Hemos establecido que la muerte ocurrió el 4 de agosto, seis días antes de que el cuerpo fuera hallado, en la propiedad del marqués Guiccioli, en presencia de los administradores, los hermanos Ravaglia, y del doctor Nannini, médico de Sant’Alberto. Y del Fugitivo, por supuesto.

—La identificación es indudable, a estas alturas —murmuró Fuschini, aún sorprendido de que la Historia lo rozara tan de cerca, sin previo aviso.

—Sin duda su colega Nannini sabía con quién trataba cuando fue llamado a la granja. El Fugitivo había escapado de la escuadra naval austríaca, desembarcando en nuestra costa junto con su lugarteniente y la mujer, ya en estado de agotamiento por la larga y penosa huida desde Roma.

Fuschini negó con la cabeza y dijo con admiración:

—Cuatro ejércitos intentan detenerlo: austríacos, franceses, pontificios y napolitanos; y aun así ha logrado conducir una legión de cuatro mil hombres desde Roma hasta San Marino, atravesando Lacio, Umbría, Toscana, las Marcas y la Romaña, evitando durante un mes enfrentamientos y emboscadas.

El delegado pontificio se puso de pie, fingiendo no haber oído aquel elogio al Fugitivo, que oficialmente era enemigo del Estado Pontificio.

El doctor preguntó:

—¿Qué dijeron los testigos?

—Un patriota de Comacchio guio a los fugitivos entre los pantanos y los juncales, tras el desembarco con el que escaparon del enfrentamiento con la marina austríaca de Kopinovič. Los llevó de granja en granja; los campesinos los ayudaban a pesar de las amenazas de fusilamiento de von Gorzkowski. El 4 de agosto, a las siete y media de la tarde, llegaron a la casa de campo del marqués, donde ya se encontraba Nannini. El médico vio enseguida que la mujer estaba muy grave; la colocó sobre un colchón que levantaron por las cuatro esquinas y la llevaron al piso superior. Allí la tendieron en una cama y le frotaron la frente con vinagre; pero era demasiado tarde. El marido se dio cuenta de que ya no respiraba, se desesperó, pero lo convencieron de continuar la huida. Los austríacos estaban por todas partes, lo perseguían para fusilarlo. Justo a tiempo: al día siguiente una patrulla registró la granja.

Lovatelli sacó dos cigarros del bolsillo, encendió uno y le ofreció el otro a Fuschini. El olor del cuerpo dentro de la choza llegaba hasta donde estaban.

—¿Logró escapar de nuevo? —preguntó el médico.

—Por supuesto. Ese hombre tiene siete vidas, como los gatos. Probablemente ya esté camino a América.

El delegado pontificio Lovatelli declaró ante el juez, algunos días después, que la causa de la muerte de la mujer era la fiebre terciana maligna. Tenía veintiocho años el día de su fallecimiento. Se descartó la hipótesis de que el marido la hubiera matado porque en ese estado lo retrasaba en la huida: quedó establecido que, antes de escapar de las patrullas austríacas, el hombre, destrozado por el dolor, simplemente había pedido a sus anfitriones que dieran digna sepultura a su esposa; pero los hermanos Ravaglia temían ser sorprendidos con el cadáver y arriesgarse al fusilamiento, por lo que la habían enterrado apresuradamente bajo un poco de arena en la llanura de Pastorara.

Don Burgatti fue junto con el clérigo Giuseppe Fanciullini a recuperar el cuerpo de la mujer, completamente desnudo tras la autopsia. Lo envolvieron en una rejilla de cañas de marisma y lo depositaron provisionalmente en una caja de madera, transportándolo a la iglesia para bendecirlo. Luego lo enterraron sin ataúd en el pequeño cementerio de Mandriole, entre la cruz mayor detrás del ábside y el muro del jardín.

Diez años después, en septiembre del 59, el marido, de regreso de su largo exilio en América, llegó a Mandriole con amigos de confianza; exhumó los restos y los llevó consigo a Niza, y en el mes de octubre siguiente inició una suscripción pública para comprar fusiles de guerra. Seis meses después partió en la expedición militar que destruyó para siempre el reino borbónico en Italia.

Aun así, los restos no estaban destinados a descansar en paz. En 1931 fueron exhumados y trasladados al cementerio monumental de Staglieno, en Génova, y al año siguiente un tren especial llevó los restos a Roma, para sepultarlos en la base de la estatua dedicada a la mujer, en la colina del Gianicolo.

Hoy siguen allí. La placa no muestra el nombre brasileño con el que nació, Ana Maria de Jesus Ribeiro, sino aquel con el que es conocida en el mundo: Anita Garibaldi.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

LUZ

Greg McWhorter

 


Estoy sentado en este lugar, completamente solo, sudando y gimoteando sobre el frío suelo de linóleo. Estoy sentado con las rodillas pegadas al pecho y las manos rodeando mis piernas encogidas. El frío está drenando mis fuerzas. Tiritó. Sollozo. Me duele. Estoy sufriendo. Mi cerebro está en llamas. Literalmente se siente como si hubiera una conflagración dentro de mi cráneo que no conoce descanso.

Volví a inyectarme. Soy un adicto. Los químicos en mis venas mantienen a raya a las apariciones, pero el precio es el deterioro gradual de mi estado mental. Me estoy pareciendo cada vez más a un animal. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Al menos ya no veo a los muertos. Los médicos creen que los cortes en mis brazos me los hice yo mismo, pero en realidad son de ellos, las apariciones. Los fantasmas, o lo que demonios sean, intentan despedazarme. Ansían mi carne, pero parecen empeñados en hacerme sufrir. Están decididos a provocar mi caída. Están resueltos a lograr mi destrucción final. Me verán muerto.

Los estoy combatiendo con químicos, pero mi cerebro no puede soportar mucho más. Debo hacer algo. Tal vez pueda cortar los síntomas. Tal vez pueda expulsar a los demonios dentro de mí. Al menos creo que emanan de mí. Algo dentro de mí está muerto. Me balanceo hacia adelante y hacia atrás. Solo hay una luz en esta pequeña habitación y está directamente sobre mi cabeza. Una bombilla sin cubierta. Cruda y desoladora.

Sigo balanceándome, al principio lentamente y luego con energía creciente hasta que logro ponerme de pie. Me arrastro hasta un pequeño soporte sobre una mesa cercana. Todos mis cuchillos han desaparecido. Los médicos fueron eficientes y no me dejaron nada. No tengo forma de extirpar los demonios que aúllan en mi cráneo. Es de ahí que deben venir las apariciones. Solo las drogas las mantienen sepultadas en el interior de cuerpo. Necesito dejarlas salir, pero de una forma que me libere de ellas.

Me doy vuelta y veo una ventana cercana. Por supuesto, tiene barrotes de metal por fuera para impedir que me caiga. El vidrio, sin embargo, está del lado interior. Tomo el pequeño soporte y me arrastro hasta la ventana. Me detengo mirando mi reflejo en el cristal solo un segundo. Veo que el demonio soy yo. Eso es todo lo que necesito saber. Levanto el soporte y rompo el vidrio antes de que nadie pueda detenerme. Sé que me observan desde una distancia segura, detrás de cámaras de video.

Mientras los fragmentos de vidrio caen al suelo, arrojo el soporte a un lado y rápidamente introduzco la cabeza por la nueva abertura. Los barrotes exteriores impiden que saque todo el cuerpo, pero hay espacio suficiente para mi cabeza entre ellos. Dejo que mi cabeza se deslice entre los barrotes con rapidez e intento decapitarme con los trozos de vidrio aún en el marco. No logro arrancarme la cabeza, pero mi garganta se abre en la yugular y puedo sentir cómo la vida se escapa rápidamente de mí. Estoy libre de los muertos al fin. Soy libre…

El Dr. G.R. McWhorter es un escritor latino, autor de Bound By Vines, novela que ganó el premio a Mejor Novela en el Festival de Cine Independiente de Londres y en el Festival Internacional de Cine Hollywood Hype en 2025. Recientemente se estrenó un cortometraje multipremiado basado en uno de sus relatos de terror. McWhorter también es conocido por escribir libros de terror y es miembro de la Asociación de Escritores de Terror. Sus escritos se han publicado en revistas, periódicos, revistas especializadas y antologías de varios países. McWhorter posee un doctorado y ha compartido sus escritos con diversos grupos en Estados Unidos, Europa, Latinoamérica y en la Comic-Con de San Diego.

  



EL GNOMO SIN TIEMPO

Luciano Doti

 

Recuerdo lo ocurrido como si hubiera sido hoy, pero no recuerdo el momento. Es decir, me resulta imposible situarlo en algún espacio cronológico. Cada vez que intento asomarme a esa sucesión de hechos y situaciones, caigo en una suerte de nebulosa que no me deja ver el principio ni el fin, como si navegara en un océano de tiempo sin una costa a la vista donde encallar.

Todo comenzó el día en que fui, como tantas otras veces, a bailar tango. Ésa fue la primera vez que lo percibí. Aunque me era bastante desconocido, lo reconocí, parecía que ya nos hubiéramos encontrado anteriormente. Quizás, la teoría de la reminiscencia, por la cual uno tiene un conocimiento previo de lo que es en sí, me ayudo a tener la convicción de que de él se trataba.

El monstruo se hallaba sentado en una mesa al costado de la pista, y podría jurar que fue él quien me condujo hacia ella.

La chica, una dama de edad indefinida, cautivó mi atención desde el primer instante. Fue algo a primera vista. Digo “algo” para no tener que usar otra palabra más específica, pero muy cursi y banalmente bastardeada.

Yo la observaba acodado en la barra del salón, degustando mi bebida. Ella, indiferente, fingiendo no verme al principio, aceptando mi acercamiento después.

Bailamos. Eso hicimos. No sé durante cuánto tiempo, y otra vez tengo que detenerme aquí, porque si algo caracteriza a esta historia es que no tiene tiempo. Transcurrió o transcurre o transcurrirá en un lugar. ¿Pero cuándo?

El tango sonaba en el salón. Pie derecho atrás, el pie izquierdo dibuja una ele también atrás, junto ambos pies, avanzo uno, dos, tres, los junto nuevamente, giro abriendo el pie derecho y junto para comenzar otra vez. Lo bello en la Tierra imita a lo bello en sí. Luego yo me senté en mi mesa y ella con el monstruo.

La danza es una forma de ritual, y con ese sencillo acto, el rito había comenzado. La ceremonia de dos almas cruzándose en el espacio existencial, se recrea eternamente, igual que en el inicio bíblico de Adán y Eva.

A la vista de todos ella estaba sola, pero para mí estaba acompañada por ese extraño ser. Ese ser que en arcaico diálogo se debatiera si debe considerarse un dios.

Salí a caminar por una avenida que frecuenté mucho en otro tiempo. Caminé varias cuadras reflexionando sobre estos temas, la gente pasaba al lado mío sin que yo me fijara en ellos. De vez en cuando, me corría a un costado para no chocar con alguno que iba más distraído que yo. No sé cómo hice para atravesar los cruces de calle, debo haberlos atendido inconscientemente, dado que llegué a recorrer quince cuadras sin advertirlo.

Por más que le daba vueltas al asunto, no alcanzaba nada concreto. Quizás en ello esté la clave del particular tema que absorbía mis pensamientos: en lo volátil, lo etéreo; la pura inconsistencia de la nada. La ciudad me latía en la cabeza, al ritmo del 2x4.

Estaba en la puerta de un bar ya conocido por mí y entré. Pedí cerveza. Nunca tomo vino cuando estoy solo; me parece que un hombre solitario tomando vino en un bar da una imagen de borracho, en cambio con la cerveza disimula más. Así es que, una vez disimulada mi imagen, me dispuse a tomar la cerveza y mirar por la ventana.

Poco a poco fui cayendo en un sopor. Absorto en mis divagues, lo que pasaba ante mis ojos se mezclaba con lo que había en mi ser moral. Evalué la posibilidad de estar siendo presa de alguna clase de demencia. Se me atravesó la foto de una playa, en mi adolescencia, de otra mujer, parecida a la dama citada. Revivía la experiencia, la tenía ante mí, era real, yo la sentía real. Si yo y la dama del salón de tango podíamos ser comparados con Adán y Eva, ¿la de la playa era mi Lilith?

Cuando uno se deja llevar por los pensamientos no existe el tiempo. Es como en un sueño, el pasado siempre vuelve como un flashback. Si se es capaz de recordar en presente, de alguna manera ese hecho recordado vuelve a suceder y a traer de regreso la sensación de entonces. En el mundo onírico el tiempo es una dimensión desconocida. Es el pensamiento racional el que nos hace esclavos de ese tirano que gobierna nuestras vidas. El presente es un puente en medio del espacio, si imaginamos la vida como una línea recta, hacia atrás se extiende el pasado y hacia delante el futuro. El pasado son los recuerdos y el futuro es una ilusión. De ese modo, mientras el presente es algo palpable que dura un instante, el pasado y el futuro sólo existen en la mente.

Hasta aquí seguí un orden lógico. ¿Pero qué hay si dejo de lado esa lógica? Considerando la vida como un plano, ya no como una línea recta, sino como un plano que se extiende hacia todos lados; nos encontramos con que el presente sigue siendo un punto, un instante, pero para el resto del tiempo se abren un montón de posibilidades. Podríamos ir hacia al pasado o al futuro, incluso tomar por un camino alternativo, una realidad paralela, un abanico de opciones atemporales en las cuales cada cosa imaginada sea posible, real, palpable. Teorías cabalísticas aseguran que nuestro camino se bifurca en dos ante cada disyuntiva de la vida, y ambos existen. Así elegimos en cuál estamos.

Necesitaba hallar la manera de pasar de un camino a otro, saltar de aquí a allá. Si la vida fuera como Second Life, ese simulador de vidas creadas por nosotros mismos que nos permite, entre otras cosas, volar. Si fuera así, no habría nada que nos fuera negado. No existiría la angustia, ni el melancólico sentimiento de perdida ante la ausencia o la derrota.

El monstruo sigue junto a ella, trata de ser simpático conmigo, y ahora que recuerdo, quizás, ya lo intento otras veces. Sí, consigo recordarlo, fue en el pasado, pero yo ahora tengo más experiencia, no en vano han transcurrido los hechos pretéritos. Aunque, si retomamos un poco la idea anterior, podemos teorizar que tal vez no fueron pretéritos, sino que simplemente fueron, ocurrieron, y seguirán siendo y ocurriendo las veces que se recreen en mi mente. Él parece decidido y espera. ¿Cuánto tiempo? No sé cuánto tiempo. No hay tiempo.

Estaba sentado en un bar, acababa de caminar quince cuadras, tomaba cerveza, la bebía de a sorbos mientras reflexionaba acerca de todo ese asunto del tiempo y de cuánto mejor sería vivir sin esas limitaciones cronológicas. Después, terminaba mi cerveza, pagaba la consumición y me iba.

Seguía avanzando por la avenida. En un momento dado, cualquiera, doblaba en una esquina, y cuando me daba cuenta, estaba en un laberinto que me hacía sentir como el protagonista de un cuento borgeano.

No sé cómo había llegado a ese entramado de calles. A ese montón de senderos enmadejados y serpenteantes en los que cada hecho se superponía en simultaneo. Me encontraba con personas que ya conocía y otras con las que estábamos predestinados a conocernos. En realidad pasaban junto a mí, pero no me reconocían, no me veían. A medida que avanzaba iba recordando sucesos acaecidos años atrás; eso último en el supuesto caso de que aún existiera el tiempo. De pronto, algo se aclaraba para mí: ese laberinto reproducía lo que había en mi mente; todo lo que había almacenado en mi vida estaba ahí. Avanzaba, nada me detenía, era un viaje al interior de mí ser. En un momento llegaba a mi límite, más allá comenzaba el laberinto de ella. En ese límite estaba el monstruo, entonces los pies se me trababan. No podía avanzar más. Me sentaba y esperaba.

Seguía sentado en mi mesa. Miraba la pista de baile. Estaba atestada de gente y llegaban más. Las parejas iban dibujando círculos de fuego en el piso del salón. Daban un espectáculo de singular belleza. Bebía un trago de cerveza. Mientras lo bebía miraba por encima del vaso y observaba, entre luces y sombras, esa mesa, la de ella. Tras esa acción bajaba el vaso, y junto con él también descendía mi mirada para quedarse en la pista.

Me levantaba de la mesa, subía la escalera, que era extensa y no tenía rellano, me disponía a entrar en el baño, empujaba la puerta y me introducía en él. Me dirigía a uno de los mingitorios, orinaba, oía a dos personas hablar acerca de un faso, charuto, finito; algo normal en el baño de un boliche hoy en día, aunque sea de tango. Cuando terminaba, cerraba la cremallera de mi pantalón, iba al lavatorio, lavaba mis manos, tomaba una toalla descartable y me secaba las manos; luego desechaba la toalla en un cesto y me conducía a la puerta de salida. Antes de salir me aseguraba de que mi bragueta estuviera bien cerrada. Después bajaba la escalera, caminaba hasta mi mesa, me sentaba y bebía otro trago de cerveza; fondo blanco.

El monstruo continuaba inmutable junto a ella. Me fugaba por otro camino del laberinto. ¡En vano!, todos los caminos me llevaban a él. Por más que buscaba desesperado alguna opción, un atajo, un agujero de gusano que me permitiera aparecer junto a ella evitando al monstruo, el producto de cada una de mis empresas era siempre infructuoso. Para mi desazón, no restaba más que aceptar la triste realidad: no había salida; me resultaba imposible atravesar esa línea, el límite entre mi sector y el de ella. En medio de ambos se erigía enhiesto, cual obelisco en la Plaza de la Republica. Éste se encontraba sobre un estrado, imponía respeto con su magna presencia, bloqueaba mi camino autoritariamente, como si fuera dueño de mi destino.

Continuaba en el salón, afuera la ciudad dormía ajena a todos esos acontecimientos. Eran las 4 AM, esa hora rara en que no se sabe si es tarde a la noche o temprano a la mañana. Mientras dormían, muchos estarían creando sus propios monstruos.

Es así, los hombres hemos creado seres sobrenaturales de nuestros miedos. Hace siglos nació la mitología, los dioses paganos, luego las religiones, pero muchas veces son sólo un refugio para depositar allí nuestros temores.

De repente, en medio de tantas elucubraciones, mitos, sueños, pensamientos, recuerdos y realidades, había alguna cosa que empezaba a tener sentido para mí. Aún no podía determinar en qué tiempo vivía, pero podía decretar que era el arquitecto de mi propio destino. Nada impediría que yo obtuviera lo que deseaba. Nada ni nadie. ¿Nadie? Es que acaso esa cosa merecía ser llamada de un modo personal. Taché en mi mente “nadie” y dejé sólo “nada”. Ahora sí estaba pensando con más propiedad.

El monstruo no existía, era un gnomo, no tenía entidad por sí mismo, salvo la que yo le daba en mi mente. Al fin lo sabía, no lo había sabido antes pero lo sabía ahora. Entonces ya no había motivo para no avanzar.

Frente a mí estaba ella. Tenía que atravesar toda la pista para llegar ahí. Avanzaba por el laberinto. Pasaba por el mismo sitio en el que hacía un instante, al menos a mí me había parecido un instante, se erigía el monstruo. No había nada. Solo, dueño del lugar, caminaba a mis anchas por el sitio. Ya estaba en el otro sector, me desplazaba por un costado de la pista, llegaba a su mesa, la sacaba a bailar, alrededor nuestro el resto de las personas formaban un círculo, nosotros ocupábamos el centro, girábamos.

Un símbolo, lo que había creído un monstruo es un símbolo. Representa un sentimiento. Primero tratamos de huir, pero después nos atrae. Ya no podemos escapar, cuando uno está compenetrado no puede dejarse a sí mismo. A veces, las menos, puede durar su hechizo toda la vida; otras, las más, se termina antes. Pero mientras dura no hay voluntad de escapar. El tiempo pasa sin ser percibido; no hay tiempo.

Luciano Doti (Buenos Aires, 1977). Ha publicado cuentos, microficciones y poemas en varias revistas como Qu, NM, 27, Penumbria, Insomnia, Tiempos Oscuros y miNatura, y en antologías de Pelos de Punta, De los Cuatro Vientos, Dunken, Desde la Gente, Mis Escritos y Ediciones Irreverentes. Obtuvo los premios Kapasulino a la Inspiración 2009, otorgado por un taller literario, Sexto Continente de Relato 2011, por una audición de Radio Exterior de España, Microrrelato de Miedo 2013, por un grupo de estudiantes de la Universidad de Navarra y los segundos premios de microrrelato Mis Escritos 2014 y Guka 2015, esta última es una revista auspiciada por la Biblioteca Nacional Argentina.

 

domingo, 12 de abril de 2026

VIENTO SOBRE EL AGUA

 Csaba Béla Varga

A Rexi le encantaba contemplar cómo el sol se hundía en el agua en dirección a China. Claro que sabía que eso no revelaba precisamente un gusto refinado, pero…

¿Sería cursi?

¿Y qué más daba? Cuando algún día tuviera su propio apartamento, uno de verdad, al que regresara durante años, y no solo una habitación o un departamento alquilado en algún rincón del mundo, entonces colgaría también su cuadro favorito frente a la chimenea.

Los dos gatos jugando con el ovillo.

La oscuridad cubrió en un instante la ensenada con forma de herradura. Tras medio minuto de silencio, estallaron de pronto unas diez músicas distintas. Bajo los pinos se fueron encendiendo una tras otra las luces de colores de las discotecas y los restaurantes. Rexi respiró hondo, se puso de pie con esfuerzo y, cojeando un poco, echó a andar hacia las rocas del norte.

En Okinawa le habían sacado las balas de la espalda y del muslo. Debido al estado de alerta, probablemente él había sido el único no estadounidense en aquella base fuertemente vigilada. Seguramente ni el médico texano ni la enfermera de Kansas sospechaban siquiera que precisamente por culpa de la última escapada de Rexi había sido necesario aumentar un grado el nivel de alerta en todo el mundo. El coronel, por supuesto, enseguida había salido con que debía descansar.

Bendito fuera su corazón de oro.

Rexi hizo una mueca agria. Por lo general, eran ellos quienes tenían que entrar cuando el centro decidía intervenir. A países, a regiones donde los lugareños no comprendían qué tarea tan grande y noble era la guerra contra el terrorismo. Donde solo contaban los lazos de parentesco, la voz de la sangre y la venganza de sangre. Donde nadie dudaba de que los monstruos recorrían la noche. Donde cada año moría de hambre la misma cantidad de gente que la que perecía en las guerras tribales.

Desde hacía muchos miles de años.

Pero ahora podía descansar. Podría, si todo hubiera salido bien. Pero no salió bien. Las vacaciones tampoco habían comenzado con demasiada suerte. De camino a Tokio el avión estuvo a punto de volcar por la tormenta de viento en la que se metieron. El tren rápido hacia el sur fue clausurado porque en demasiados tramos las vías habían quedado bloqueadas por árboles caídos. Después, la tormenta más importante del nuevo siglo desapareció con la misma rapidez con que había llegado.

Así que Rexi intentó hacer autostop. No fue nada fácil. Pero, de pronto, se detuvo ante él un cochecito destartalado y un duendecillo de pelo naranja, erizado, le sonrió de oreja a oreja. Las japonesas tenían gustos extraños.

De todos modos, Rexi no se quejó.

Betty tenía que volver a la universidad una semana más tarde, pero prometió que bajaría para el fin de semana.

Si no tenía que ir a manifestarse contra las bases estadounidenses o contra la OMC.

Rexi se quedó solo. No tenía muchas ganas de volver a entablar amistad con nadie. Caminaba durante horas por la orilla del mar al amanecer y al atardecer.

Así fue como conoció al viejo.

 

La formación de cazas que llegaba desde la base de Hakukai fue deshecha por el viento huracanado. Rexi observaba los aviones desde el pie del acantilado. Se preguntaba dónde podrían aterrizar si aquel temporal seguía mucho tiempo más. Aparte de él no había nadie en la costa.

El viejo venía del pueblo, no de la hilera de hoteles. Con un enorme abanico plegado en la mano, caminaba deprisa hacia la orilla, con la cabeza baja. Un funcionario jubilado, pensó Rexi. Un jubilado bastante maltrecho, añadió para sí.

Un estruendo tremendo anunció la llegada de la tormenta. Empezó a llover a cántaros. Una oscuridad casi nocturna cubrió la playa. Los aviones que se alejaban desaparecieron entre las nubes negras. El estrépito del aguacero ahogó el sonido de sus motores.

El viejo se va a empapar bien, pensó Rexi.

Los relámpagos casi se tocaban de tan rápido que caían uno tras otro sobre las aguas espumosas de la ensenada. Al cabo de un rato, Rexi se cansó del juego de las fuerzas de la naturaleza. Se subió la capucha de la chaqueta y echó a andar hacia el hotel.

Cuando llegó, la lluvia había cesado y el viento se había calmado. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su habitación, no vio al viejo por ninguna parte.

 

El nuevo bungalow estaba a un paso del agua, aunque unos buenos doscientos metros por encima de ella, en la cima de una roca inmensa. A un paso bastante largo, si uno no tenía cuidado. Si Rexi no hubiera sido extranjero, probablemente no le habrían dado las llaves. Los hoteleros también se alegraban de perderlo de vista. El dueño del baño de vapor seguía postrado en el hospital local, todavía en estado de shock, y eso que Rexi solo lo había apretado un poco. El tipo no había querido permitirle usar el baño caliente. Por allí no todo el mundo apreciaba tanto a los extranjeros peludos como Betty y las universitarias. Sin duda, el señor director del hotel pensaba que, si el gaijin insistía a toda costa en ahogarse, mejor que lo hiciera en un lugar donde su cadáver hinchado no perturbara la tranquilidad de los huéspedes nacionales.

No es que demasiados huéspedes hubieran bajado al mar.

Hacía mucho tiempo que la temporada no era tan mala.

Rexi tomaba té con las piernas colgando sobre el vacío cuando volvió a ver al viejo.

El anciano estaba de pie en el agua, debajo de la línea de visión de Rexi; tenía los pantalones arremangados hasta las rodillas, la camisa arrugada le sobresalía por fuera del pantalón, y la espuma le pegaba al cráneo el escaso cabello canoso.

Sostenía el abanico abierto junto al rostro y luego, con un movimiento rápido de la mano derecha, lo deslizaba sobre el agua. La parte superior del cuerpo giraba un poco hacia la derecha, y el brazo extendido levantaba el abanico en un amplio arco hacia lo alto. La luz rojiza del disco solar atravesaba el papel de arroz amarillento. El abanico volvió a iniciar el descenso. Esta vez pasó de derecha a izquierda, apenas un poco por encima del negro espejo del agua.

El viejo siguió así hasta que salió la luna.

Un conservador de tradiciones sintoístas, pensó Rexi. En China había visto algo parecido. Solo que allí los viejos practicaban por la mañana en el parque. Taichí. Este anciano incluso podría haber servido en Shanghái durante el servicio militar. Tal vez se lo había aprendido a los chinos. Seguramente practicaba todos los días.

Probablemente ese era el secreto de una vida larga.

 

No sabía tanto japonés como para entender exactamente de qué trataba la película que desfilaba en la pantalla granulada del televisor. Apenas había sonido. Algún fantasma y la venganza de los espíritus porque la familia del samurái los había ofendido. O quizá no había sido el samurái, sino alguno de sus antepasados. O el antepasado de su señor feudal, doscientos años antes. Luego la pantalla se oscureció y Rexi se quedó sin luz y sin televisión. Si la costa no había sido declarada zona catastrófica era solo porque los daños no los había causado un tifón, sino simplemente un clima inusualmente tormentoso. Debido al peligro de terremotos, la mayoría de los cables corrían por la superficie. Gran parte de ellos colgaban ahora hechos jirones de los postes, allí donde todavía quedaban postes. Los trescientos canales de la televisión por cable habían enmudecido ya el día anterior, y ahora también se había apagado la transmisión terrestre.

Rexi no tenía idea de qué ocurría en el resto del mundo. No debería haber dejado en la base su antiquísima radio de VHF. En el último MMS de Betty decía que no podía venir, porque un árbol había caído sobre el coche de sus padres. Los dos estaban en el hospital. Y también le decía que por un tiempo no habría más manifestaciones contra los yanquis. Los soldados estadounidenses habían sacado a miles de personas de entre los escombros.

Abajo, la procesión se acercaba al mar desde el pueblo. Rexi los contempló sorprendido. Eran muchísimos, quizá había salido todo el pueblo. Docenas de faroles de papel brillaban en la oscuridad. La gente vestía atuendos tradicionales de fiesta. Rexi no vio ni un solo traje ni una sola prenda occidental. Las ráfagas de viento le llevaron fragmentos de un canto triste.

Los aldeanos traían cestas llenas de pétalos blancos y amarillos. Mujeres de cabello blanco se adentraban en las olas y arrojaban flores al agua a puñados. Pero el viento soplaba con tanta fuerza que los pétalos no alcanzaban las olas. Volvían volando a la orilla y se quedaban pegados a la ropa mojada de la gente. El canto cesó. Los faroles de arroz se fueron apagando uno tras otro.

Rexi no vio al viejo por ninguna parte.

 

Hacía frío, pero no tanto como para que Rexi no corriera por la playa descalzo y con el torso desnudo. Disfrutaba sentir cómo las olas heladas lo empujaban, lo animaban a ir todavía más rápido. También disfrutaba poder estar solo con el mar, con las fuerzas desenfrenadas de la naturaleza. Corría casi sin hacer ruido sobre los pequeños guijarros puntiagudos y el cascajo de roca. Con cada paso, decenas de piedras se clavaban en la planta de sus pies. Eso lo reanimaba aún más. Correr por la orilla del mar embravecido era como haber ido a una sesión de acupresión. Se suponía que bastaba apretar un punto de la planta del pie para que enseguida se arreglara alguno de los órganos internos. Cada punto de la planta estaba conectado con otra parte del cuerpo.

Claro que eso no le impedía maldecir en voz baja cuando pisaba un fragmento afilado de concha.

El viento arreció y empezó a llover. Todavía débilmente.

Avanzaba a buen ritmo. La fuerza de sus zancadas lo llevó más allá del tramo acondicionado de la playa; ya andaba por donde ni siquiera los pescadores iban casi nunca. Cerca de las ruinas del antiguo templo.

El viejo estaba arrodillado en el agua. Se notaba que se encontraba mal.

El abanico flotaba sobre el agua.

 

Hacia las tres de la madrugada llamaron a la puerta.

Esto no es Kabul, pensó Rexi. Aquí no hay que temer a la oscuridad. Este es uno de los países más desarrollados del mundo, la fortaleza de la técnica moderna. Se acercó a la puerta y abrió. Afuera hacía la misma oscuridad que adentro. Llevaban medio día sin electricidad. Una ráfaga tan fuerte se le vino encima que casi le arrancó la puerta de las manos.

Llovía a mares.

Dos figuras empapadas hasta los huesos estaban en el umbral. Le explicaban algo, pero Rexi no los entendía.

—No entiendo, no entiendo —dijo en japonés—. Más despacio.

Los visitantes se miraron. Esta vez empezó a hablar solo uno de ellos. También hablaba atropelladamente. A Rexi le pareció entender algunas palabras.

—¿Que vaya con ustedes? ¡Ni hablar! Con esta lluvia.

Los recién llegados empezaban a perder la paciencia. Uno de ellos, que por la mano bien podía ser una anciana, agarró a Rexi y comenzó a tirar de él con decisión hacia afuera.

—¡No jueguen conmigo! —estalló el extranjero—. ¿Qué quieren? ¿No saben inglés? ¿O chino?

La anciana comprendió que no lograría mover ni un centímetro a aquel extraño gigantesco. Dijo unas palabras a su acompañante, que sacó algo de debajo del impermeable.

Un abanico largo, plegado.

El abanico del anciano.

 

Otros tres los esperaban en la orilla del mar. No era poca valentía, porque el mar parecía haberse vuelto loco. Las olas asaltaban los peñascos de la costa con una fuerza aterradora. Algunas llegaban incluso hasta las ruinas del viejo templo. Por culpa del viento huracanado, parecía que la lluvia caía horizontalmente. A pesar de la chaqueta adecuada para la tormenta, Rexi quedó empapado en un instante. Si no fuera por los relámpagos continuos, ni siquiera habría distinguido a los que aguardaban.

La muchacha joven sabía algo de inglés.

Rexi la reconoció. Era la enfermera del hospital al que había llevado la mañana anterior al anciano inconsciente que había encontrado en la orilla.

La enfermera empezó a explicarle algo a toda prisa. Rexi apenas la entendía. Lo que no costaba advertir era que lo que brillaba bajo los ojos de los cinco japoneses no eran gotas de lluvia. Escuchó sus explicaciones cada vez con más atención, incrédulo.

Luego, cuando se inclinaron ante él y las miradas de los cinco quedaron fijas en él, no pudo decir que no.

 

Por la mañana Rexi no bajó a la playa.

Todo eso lo soñé, se repetía. Probablemente me traje el abanico del hospital por puro nerviosismo.

Quiso hacerse café, pero no había electricidad. Ya tampoco le funcionaba el móvil. La comida se había echado a perder en el refrigerador. Durante la mañana, mientras no llovió, vaciaron los hoteles del paseo marítimo. Les pusieron candados, sellaron las puertas y luego los policías también se marcharon.

A primera hora de la tarde el viento volvió a levantarse. Cuando Rexi llegó al pueblo para comprar algo de comida, ya llovía otra vez a cántaros.

El ataúd estaba expuesto delante de la tiendecita.

Todo el pueblo estaba allí reunido en torno a él. Pescadores, agricultores, vendedores del mercado de pescado y sus familias. Montones de niños. Todos lo miraban a él.

—¡Eso no puede ser verdad! —gritó—. No pueden hablar en serio.

Calló. Vio en sus rostros que sí hablaban en serio.

—¿Desde cuándo? ¿Cuándo empezó?

Habló una de las ancianas, y la enfermera llegada de la ciudad tradujo.

—Desde que este pueblo se alza aquí, siempre ha habido alguien en la orilla. Mil años, dos mil años, ¿quién sabe?

—¿Y ustedes se lo creen?

—Vemos que es verdad —la anciana señaló el cielo negro—. Sentimos que es verdad.

—No puedo creerlo.

—Anoche ya lo hiciste. Hazlo otra vez.

Rexi meneó la cabeza, incrédulo. Ojalá no hubieran estado allí los niños.

—¿Por qué yo? ¿Por qué no un japonés? ¿Un monje sintoísta?

—La gente de la ciudad no cree en ello. Hace falta fe para que funcione. Y fuerza. Además, él te eligió a ti como sucesor.

—¡No me digan! —estalló Rexi—. Lo hice una vez, de acuerdo, no lo niego. No sabía lo que estaba haciendo. Bien, bajaré ahora también. No hay problema. Sean felices. Pero dentro de una semana ya no estaré aquí. Entonces, ¿qué pasará?

—Entonces morirán cientos de miles de personas. El mar se tragará islas. La inundación barrerá ciudades. El agua anegará países. Pero tú no vas a permitirlo.

Rexi meneó la cabeza, incrédulo. Todos allí se habían vuelto locos.

 

Aquellas olas parecían increíblemente frías. No había una sola parte de su cuerpo que deseara internarse en esa agua helada. Y aun así, echó a andar hacia abajo. Los aldeanos lo siguieron en silencio. También los niños. Aunque solo fuera por ellos, tenía que intentarlo. Siseó cuando una ola negra le empapó los pantalones y la camiseta. No tenía sentido seguir llevando la chaqueta impermeable. Se detuvo a unos pasos de la orilla.

Simplemente no podía ser verdad.

Solo que la noche anterior había funcionado.

Sostuvo el abanico abierto junto al rostro, tal como había visto hacer al viejo. Respiró hondo y luego, con un movimiento rápido de la mano derecha, lo deslizó sobre el agua. Nada.

Ningún cambio. La lluvia seguía cayendo con la misma fuerza. En las pausas entre las ráfagas oía cantar a los pescadores en la orilla. La parte superior de su cuerpo giró un poco hacia la derecha, el brazo extendido levantó el abanico en un amplio arco hacia lo alto. La luz blanca de los relámpagos atravesó el papel de arroz amarillento. El abanico volvió a bajar. Esta vez pasó de derecha a izquierda, apenas un poco por encima del negro espejo del agua.

Rexi siguió.

Las tormentas habían matado a muchísima gente en todo el mundo en cuestión de días. El viejo japonés llevaba semanas gravemente enfermo. Cada vez le costaba más arrastrarse hasta la orilla por la mañana y por la tarde. Y cuando no bajaba, la naturaleza empezaba a enfurecerse.

Los meteorólogos atribuían aquel tiempo apocalíptico a El Niño y al efecto invernadero.

No a un anciano.

Rexi recordó que una vez un chino le había contado algo sobre una mariposa. Una que agitaba las alas en el bosque y una semana más tarde un huracán se llevaba media Kansas. Pero aquello era solo una fábula filosófica, ¿no?

El abanico seguía silbando sobre el agua.

Acupresión.

Si presionas el lugar correcto del pie, se arregla una parte del cuerpo. Un esfuerzo diminuto en el lugar adecuado y en el momento preciso puede salvar una vida.

Desde hacía milenios, alguien permanecía en el agua de aquella ensenada. Hombres de las cavernas le llevaban comida por orden del chamán. Los samuráis llevaban a sus hijos ante él para que aprendieran qué era el servicio. El shogún hizo construir un templo en su honor. Mientras el ritual se cumplía por la mañana y por la tarde, no sucedían catástrofes.

La lluvia cesó.

Rexi ya no sabía desde hacía cuánto tiempo agitaba el abanico. Las piernas se le habían vuelto insensibles en el agua, pero de algún modo no tenía frío. Al contrario, se sentía bastante bien. Después de todo, era fuerte, como habían sido fuertes todos aquellos a quienes alguna vez se les había confiado el abanico.

El viento también cesó.

A su espalda el canto de los pescadores sonaba cada vez más fuerte. Solo callaron un instante cuando vieron lo que también Rexi veía a través del fino papel de arroz.

En el horizonte, entre las nubes que poco a poco se deshacían, apareció el disco rojo del Sol, que se iba a descansar en dirección a China.

La tormenta había terminado.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

 

EN EL TÚNEL

 Bilal Fadl

 

Nadie, en absoluto, esperaba que el país presenciara un destino semejante. Durante largos años, la obsesión por su ausencia repentina inquietaba a sus opositores antes que a sus partidarios y aterrorizaba a sus adversarios más que a quienes se beneficiaban de él. Cada vez que surgía la posibilidad de su desaparición súbita, todos rehuían el tema: algunos gritaban con vehemencia para ocultar el olor de la hipocresía: «¡Que Dios no nos prive jamás de su presencia!», otros escapaban del asunto espinoso limitándose a expresar su preocupación por el país y murmurando: «Hasta el Profeta murió y la voluntad de Dios es inevitable… pero que Dios nos proteja», y un tercer grupo decía con entusiasmo a quienes temían por el futuro del país: «Egipto siempre ha sido fecundo». Si les pedías que propusieran a uno de sus hijos para desempeñar el papel de sustituto, te respondían, casi a punto de abofetearte de rabia: «Si durante más de un cuarto de siglo la gobernó alguien que ni siquiera soñaba con hacerlo, ten por seguro que no le molestará entregar sus riendas a otra persona que tampoco sueñe con gobernarla… Es cierto que Egipto padece de presión y azúcar, pero no olvides que su corazón sigue siendo grande».

Pero ninguno de ellos esperaba que su ausencia repentina llegara de aquella manera única que sacudió al universo entero.

Desde el primer momento en que las agencias de noticias y los canales de televisión difundieron aquella noticia urgente hasta ahora, nadie ha entendido lo ocurrido.

«Desaparición de la caravana presidencial en el túnel de Al-Oruba».

Cómo, por qué, dónde desapareció y si regresará… nadie lo sabe, y quizá nadie lo sepa en el futuro cercano.

Lo único que la gente sabe es que la caravana de Su Excelencia entró en el túnel de Al-Oruba camino al Parlamento para pronunciar su discurso histórico en el que decidiría si aceptaba asumir la responsabilidad del país durante seis años más, a petición del público, tras años de rumores sobre si heredaría su asiento a su hijo, lo entregaría a uno de sus colaboradores o dejaría un buen recuerdo convocando elecciones presidenciales libres bajo supervisión judicial y sin intervención de la seguridad, en las que el pueblo decidiría su destino por primera vez tras sesenta años desde el lanzamiento de la canción «El pueblo encontró su camino».

Durante unos instantes, los oficiales encargados de asegurar la caravana y los soldados que daban la espalda a los informantes que interpretaban el papel de ciudadanos embelesados por su amor, pensaron que habían sufrido una ceguera temporal que les hizo perder de vista la caravana tras su salida del túnel. Pero los gritos que estallaron en los radios preguntando por el retraso en su llegada los obligaron a abrir los ojos de par en par en busca del motivo de la tardanza. No vieron más que el túnel vacío, desolado y lúgubre, como si aún no hubiera sido inaugurado.

Durante días, los desafortunados responsables fueron sometidos a las formas más atroces de tortura que ni los opositores más férreos del país habían padecido jamás. La pregunta desconcertaba tanto al que la hacía como al interrogado: «¿A dónde fue la caravana? ¿Qué significa que desapareció? ¿Te estás burlando?».

Al quinto día, todos confesaron haber ocultado la caravana en un lugar seguro y se mostraron dispuestos a indicar el sitio y reconstruir el crimen. Sin embargo, se comprobó la inutilidad de seguir cargándoles la responsabilidad y el país tuvo que enfrentarse a su oscuro destino impensado.

Todas las hipótesis fueron examinadas, incluso aquellas cuya trivialidad merecía matar a quien las pronunciaba: desde la posibilidad de que la caravana hubiera sido tragada por un hundimiento del terreno debido a las constantes reparaciones del túnel, pasando por encargar al Observatorio de Helwan estudiar la posibilidad de que hubiera sido absorbida por un agujero negro cósmico al coincidir su entrada con la alineación del disco solar con el sector de noticias, hasta formar un equipo de oftalmólogos para estudiar si la caravana «está realmente allí pero somos nosotros quienes no podemos verla».

Incluso el famoso profesor de historia que fue arrestado por declarar en un canal satelital que lo ocurrido recordaba la desaparición de Al-Hakim bi-Amr Allah en el desierto de Al-Muqattam siglos atrás fue liberado para encabezar un equipo investigador que examinara aquellas circunstancias, con la esperanza de extraer lecciones útiles. Se llegó incluso a ordenar la apertura de la tumba de Sitt al-Mulk, hermana de Al-Hakim, para estudiar su posible implicación en su asesinato y determinar si un gobernante –por voluntad divina o no– podía realmente desaparecer.

La confusión aumentó cuando el suelo del país estalló en varias ciudades, produciendo líquidos densos y viscosos. Algunos editores de periódicos oficiales dijeron que era por la tristeza de la tierra de Egipto ante su repentina desaparición; ciertos imanes afirmaron que era señal de la ira divina y del inminente advenimiento del Imán del Tiempo. Tras formar un comité de ingeniería de alto nivel, se concluyó que se debía a una fractura repentina en las redes de agua y alcantarillado.

Mientras tanto, profesores de derecho constitucional pasaron días y noches buscando una salida legal para llenar el vacío constitucional, pues tal desaparición jamás había figurado ni en la imaginación del más audaz sastre de constituciones.

Quienes apostaron a que el pueblo produciría chistes desternillantes tras lo sucedido se equivocaron: desde el primer día de aquella sorpresa cósmica, el pueblo estuvo a punto de morir de miedo. Los sociólogos políticos explicaron que las bromas surgían tras la partida de gobernantes de corta convivencia con el pueblo creyente –y el creyente, como se sabe, se apega y crea lazos–, a diferencia de Su Excelencia, sin quien nuestros compatriotas ya no imaginaban sus días. Nacieron, crecieron, envejecieron y se marchitaron con él. Cuando llegó, no lo conocían; luego no conocieron a nadie más. El 99,9% del pueblo no había visto otro gobernante. Era como si el mundo hubiera comenzado con él y no fuera a terminar mientras él existiera. Las capas de la tierra cambiaron, mares inundaron islas, terremotos destruyeron estados, volcanes cubrieron ciudades y tormentas dispersaron pueblos… y él permanecía igual. El tiempo parecía haberse congelado en él: pasado y presente chocaban antes de estrellarse juntos contra el futuro, formando una unidad temporal compacta en la que el presente era un pasado ya vivido y el futuro solo aspiraba a no ser peor que el presente.

Cuando el país se acercaba a cumplir un año desde la desaparición de la caravana en el túnel de Al-Oruba, todos volvieron a confirmar que «Dios no hace nada malo». El expediente de la herencia política, que agotó al país durante años, se cerró a la fuerza para partidarios y opositores. Ni siquiera los más hambrientos de heredar se atrevían a expresar su deseo sin conocer el destino de la caravana desaparecida.

En menos de un mes, la gente volvió a su vida normal, incluso mejor que antes. El enigma de la desaparición dejó de ocupar la mayor parte de su tiempo. El nuevo misterio era que nada de lo que todos temían ante la ausencia del presidente había ocurrido: no hubo caos de seguridad, ni vacío de poder, ni revuelta de hambrientos, ni crisis constitucional, ni desequilibrio económico… ni agua potable limpia. Algunos clérigos dijeron que su desaparición había devuelto el freno religioso al comportamiento de la gente por miedo a desaparecer también. Cuando las Naciones Unidas enviaron una delegación de expertos internacionales para estudiar esta situación única, no llegaron a conclusiones definitivas. El jefe de la misión, antes de partir, declaró: «Tras un estudio exhaustivo, concluimos que la república en los últimos años de su mandato ya no vivía: simplemente existía. Y por eso no necesita tanto un presidente como un milagro».

En un café popular que dicen tiene siete mil años, un jugador de dominó comentó, tras alabar a Dios: «¿Quién iba a creer que el país podría seguir así, solo por bendición?».
Su compañero respondió: «¿Y desde cuándo nuestro país ha seguido de otra manera?»


Traducción de Abdul Hadi Sadoun


Bilal Fadl es un escritor, periodista y guionista egipcio nacido en 1974 en El Cairo y criado en Alejandría. Es considerado una de las voces más destacadas de la sátira política y social en el mundo árabe contemporáneo, combinando en su estilo la narración literaria mordaz con el análisis crítico audaz. La trayectoria de Bilal Fadl se distingue por la fusión entre sensibilidad literaria y compromiso crítico, así como por su defensa constante de la libertad de expresión y su capacidad para formular preguntas incómodas con un estilo que equilibra seriedad y humor. Ha publicado varios libros que recopilan sus artículos y textos satíricos, entre ellos: Hijos de los mudos (2006), Risa herida (2008), En los brazos de los libros (2019), y la novela Madre de Mimi (2022).

 

EL NUDO DE LA HORCA

Víctor Lowenstein

 

Salió a caminar como tantas tardes, urgido por el anhelo de llenar las horas libres. También, debido a esa suerte de paranoia que lo acompañaba a tiempo completo y que le llevaba a ver la existencia como una condena, a la ciudad como la cárcel del universo y a su destino, de una fatalidad inevitable e implacable.

Se había vestido al descuido con lo peor de su ropero. Alpargatas rotosas, suéter descolorido y pantalones deshilachados y emparchados. Su propia madre y su esposa siempre lo habían reprendido por el constante desaliño; Pedro se encogía de hombros y persistía en su dejadez. Ellas podían hasta entender el abandono del hombre. Era su actitud negativa la que las desconcertaba, tanto a ellas como a la mayoría de la gente que lo conocía. De alguna forma lo aceptaban tal como era; después de todo cada cual tiene su forma de ser.

Pedro —como dijo un amigo alguna vez—, no es mal tipo, al contrario, sólo un poco raro. Me ha confesado que la sociedad le desagrada pues le parece el nudo de una horca que se va cerrando sobre nuestras gargantas. Se puede ser un poco pesimista, pero mire que pensar de esa forma…

—De lo que yo estoy convencido —le habría dicho Pedro— es que vivimos bajo control de organizaciones o entidades que no comprendemos, pero que necesitan con desesperación mantenernos ocupados, idiotizados, conformes. Transitamos en calidad de esclavos por ciudades que poseen todos los instrumentos necesarios para prolongar ese estado de apatía común; desde alimentos insalubres, trabajos agobiantes y adicciones aceptadas y perniciosas, drogas, alcohol. Y mecanismos más perversos y sutiles que voy descubriendo cada día, que me convencen de que lamentablemente, estoy en lo cierto…

No hubo amigo, madre, esposa que lo hubiesen entendido cabalmente; era más fácil declararlo pesimista, lo que era cierto, pero no lo definía completamente. Nadie entendía metáforas como la del nudo de la horca; mucho menos aquello de los mecanismos perversos, “operaciones” como les llamaba a veces.

Dobló por la esquina de la calle de su casa en Munro, barrio en que supo vivir toda su vida, y caminó al azar tres o cuatro cuadras derecho sin pensar en un rumbo para su paseo. Tan enfrascado iba con sus pensamientos que atravesó las siguientes calles en zigzag, tan inconsciente de los pasos que daba como concentrado en los pormenores de aquellos descubrimientos que creía estar haciendo. La uniformidad de las calles, por ejemplo. Cada cuadra repetía una fisonomía urbana de casas enrejadas, perros guardianes tras las rejas, ladrando, y luces de sensores que se activaban a su paso por los frontis. Esa combinación de luces de alarma junto a los ladridos, y las rejas como símbolo carcelario, configuraban cierta clave que creía ser capaz de descifrar, si continuaba investigando lo suficiente. En tanto caminaba reflexionando y a paso de marcha, abstraído, dejando atrás las calles conocidas.

Al llegar a cierto cruce una ochava le pareció desconocida. Alzó los ojos hacia el cartel indicador de calles y no reconoció ninguna de las que iniciaban cada acera. Nombres extraños, de una ajenidad preocupante. Nada le decían, jamás había escuchado esas denominaciones. Gentilicios imposibles de vincular con algo familiar. Decidió que dicha preocupación era insignificante. Dada su distracción habitual, posiblemente había pasado por alto muchas veces esas calles, para reencontrar las conocidas a menos de dos cuadras.

A la quinta cuadra recorrida, vistos otros tantos carteles que anunciaban con nombres de próceres que no le sonaban o batallas que escapaban a los libros de historia, calles que no le recordaban nada visto ni recorrido, Pedro empezó a preocuparse seriamente. No quería admitirlo pero acabó murmurándolo: “estoy perdido”.

No sabía si sentirse furioso o simplemente curioso. Después de todo la cosa no podía pasar de ser una confusión pasajera, pronta a resolverse. No podía estar muy lejos de casa. Sin embargo, la furia se imponía en su ánimo, pues ya iba por la sexta o séptima cuadra (desde luego ya había perdido la cuenta) y la profusión de cosas nunca vistas –calles, frontis, plazoletas extrañas– lo estaba llevando a una crisis de nervios. Forzó una carcajada obligándose a creer que todo era obra de una sencilla desorientación. Sólo debía preguntarle a algún transeúnte por una avenida conocida, y de inmediato se ubicaría y volvería a las calles conocidas, riendo de su torpeza.

Pero era ya de noche. Noche cerrada, y ni un alma circulaba por aceras irreconocibles. Pensó en desandar el camino recorrido, no obstante, era tal su desconcierto que no recordaba por dónde había venido, si avanzaba o retrocedía en ese caos de calles nunca vistas. Las casas se veían normales, acogedoras, y se le ocurrió tocar algún timbre para preguntar a sus dueños la ubicación. Le daba vergüenza, cualquiera puede sufrir un extravío. Tras dudar un poco, llamó a la puerta de un bonito chalé. Tocó tres veces, ya que nadie se apresuró a atenderlo. Estaba un poco impaciente; después de todo sufría una emergencia y se creía con derecho a reclamar respuestas. Tan sólo quería saber en qué calle se encontraba; a cuanto de alguna avenida principal del barrio; simplemente en qué barrio estaba, si no era Munro, Florida o Carapachay, no había otras posibilidades. ¡No podía estar tan lejos de casa! La dama que abrió sigilosamente su puerta tras el grueso enrejado –una vetusta anciana de cabello recogido y rostro blanquísimo inexpresivo– no supo entender sus preguntas o no quiso responderle. Cerró la puerta con un golpe y no reaccionó ante un cuarto llamado, tras el que Pedro fue ganado por el desánimo y decidió probar suerte en otros domicilios.

Antes de rendirse por completo intentó el procedimiento en varias casas más, elegidas al azar. Eran diferentes tipos de vivienda, pero la reacción de sus dueños fue calcada de la primera, como un guion. Mutismo, incomprensión, portazo final.

Ya noche cerrada, se encontró en algún tipo de escalinata de una plaza pública. El silencio era casi irritante, y una resignación vaga lo llevó a recostarse sobre el frío cemento y se dejó caer para dormir un rato, aunque mas no fuera. Necesitaba un descanso para el cuerpo y sus nervios. Antes de caer en el sueño intentó animarse con un pensamiento optimista. “Mañana, todo se resolverá. Veré las cosas con claridad y volveré pronto al hogar”. Cerró los párpados tratando de convencerse de que iba a ser así, y la realidad abandonó al hombre perdido.

 

Un haz de luz sobre los párpados le hizo despertar… pero no veía mucho. Los dos oficiales de policía le ayudaron a incorporarse. Aun así, no distinguía bien las cosas ni supo responder las preguntas de los uniformados. Se sentía más confundido que la noche pasada, de la que no recordaba casi nada. Cierto extravío… Pasos hacia ninguna parte…y calles, calles que no terminaban más.

En la comisaría lo trataron bastante bien, pese a su mal aspecto. Le alcanzaron un café y una mujer policía se encargó de tomarle los datos, ya que no llevaba encima documentación alguna. Era una joven muy educada, bonita, hacía sus preguntas con delicadeza, mostraba paciencia ante la perplejidad del anciano. Pues si lo acompañaba desde la noche una sensación de incertezas con sonido a portazos y silencio de mutismo nocturno. Ahora era diferente, pero por poco…

Le costó reconocer que no había sabido responder una sola pregunta hecha por la mujer policía ni por los demás agentes de la ley. Ya lo trataban sin tanta condescendencia; como se trata a un vagabundo, o a un loco. Se avergonzó de sus pobres vestiduras. Fue la quinta o sexta pregunta sobre cómo era su nombre y apellido que cayó definitivamente en la amarga verdad; no sabía quién era. Se tomó de las sienes lloriqueando e intentando forzar su mente a recordar aquello que se había ido completamente de su cabeza. Nada de memoria, sólo imágenes borrosas de una caminata desquiciada, junto a la sensación de incertidumbre que parecía ser su única marca de identidad. Y, sí, una certeza profunda que seguía latiendo desde el fondo de su espíritu. Algo llegaba a su fin. Cierto círculo se cerraba, como se cierra el nudo de una horca. La imagen que lo había perseguido siempre disipaba su fuerza en su interior. Y el hombre sin nombre ni memoria se echó a reír, y los agentes de la ley se miraron entre sí, pero no comprendieron. El viejo reía y creía entender, en toda su turbación, que había conjurado la condena. Ya no había horca ni nudo ni control sobre su vida. Era otro, era él mismo, era nadie.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

MUJER DESCONOCIDA