Sergio Gaut vel Hartman
El tipo me abordó cuando regresaba del cementerio.
—No se resigne —dijo. Era delgado, muy alto y hablaba
chistando las eses.
—¿Usted qué sabe? —repliqué amoscada—. Y salga del
paso. —Además de inoportuno, el sujeto era desagradable y olía mal.
—Sé todo. La enfermedad de Aldo, lo mucho que luchó
para no morir. Hubiera merecido seguir viviendo.
No pude reprimir el llanto. Odiaba llorar delante de
un extraño, de un desconocido; y más aún frente a aquel engendro que parecía
salido de una mala película de terror.
—¿Y a usted qué le importa? —argumenté cuando pude
reponerme un poco—. No es asunto suyo.
—Me importa, porque puedo devolvérselo.
Tardé cinco segundos en asimilar el impacto y otros
diez en elaborar una respuesta válida, aunque creo que no fue la que el tipo
esperaba.
—¡Déjeme en paz!
El sujeto se irguió, alejándose de mí como un pájaro
que levanta vuelo. Reparé en el tamaño de las orejas, cubiertas de pelo rojizo
y en los ojos de un azul tan intenso como nunca había visto en un adulto. No
era el mejor momento para reparar en esos detalles, lo sé, pero así ocurrió,
aunque no fue nada si lo comparo con lo que dijo.
—No ando por ahí resucitando gente, señora. No
pretendo ser un dios, ni tampoco un mago —señaló acercando de nuevo la cabeza a
mi rostro; la fetidez del aliento era insoportable—. Trabajo para New Life, una
empresa reconstructora. Usted puede dejar que el cuerpo de su marido se pudra
en el cajón o puede autorizarnos a exhumarlo para que nosotros nos ocupemos.
—¿Qué se ocupen de qué? —Junté la aversión que sentía
con el recelo que el tipo me despertaba, y ante mi propia sorpresa, le concedí
cinco minutos—. Explíqueme qué quiso decir con eso de… ocuparse.
El sujeto movió la cabeza e hizo crujir las vértebras
del cuello; las orejas parecieron disminuir de tamaño y parpadeó varias veces.
Luego, sacando un folleto ilustrado de una ajada cartera marrón, apuntó el
encabezado con un dedo largo, rematado por una uña sucia.
—A la gente que se muere —dijo hablando con
exasperante lentitud— no le fallan todos los órganos al mismo tiempo.
—¿Qué quiere decir?
—Su marido tenía cáncer, pero murió por un paro
cardíaco. —No estaba preguntando. Era como si hubiera tenido la historia
clínica de Aldo delante de los ojos—. Eso significa que el cadáver es
aprovechable.
—¿Aprovechar el cadáver? ¿De qué está hablando? —Sé
que soné exasperada, casi al borde de la histeria, pero no me importó; ya no me
importaba nada. Al tipo le quedaban dos minutos antes de que le arrancara los
bellos ojos azules.
—Sintetizo —dijo el agente de New Life sin inmutarse,
aunque estoy segura de que era consciente de que su tiempo se agotaba—. La Empresa acondiciona el
cuerpo del difunto para que operen un centenar de nanobots inteligentes
controlados por un procesador alojado en el bulbo raquídeo. Su marido
recuperará la mayor parte de las funciones motoras, podrá hablar, reír y jugar
a la lotería de cartones.
—¿Habla en serio? —estallé—. Ustedes no tienen
sentimientos.
—Tenemos, señora, tenemos —replicó él, haciendo alarde
de una paciencia infinita—. En el lugar de la sangre inyectamos silicoil, un
fluido que facilita los desplazamientos de los nanos por todo el cuerpo.
—Es una locura —murmuré. Pero fue evidente que el tipo
de New Life oyó lo que dije.
—No lo es. Le garantizamos el setenta y cinco por
ciento de su marido original.
—¿Me garantizan qué? —exclamé volviendo a sacar las
garras.
—El setenta y cinco por ciento de lo que fue su
marido, tal vez hasta el ochenta. Eso significa que volverá a ser tres cuartas
partes de lo que era. —No quise preguntar cuál sería el cuarto que no iba a
funcionar. Y el vendedor pareció captar mis pensamientos de inmediato—. Una
parte se ha perdido para siempre, lo siento. Pero le sugiero ver la copa medio
llena y no la copa medio vacía. —Y tras decir esto volvió a apartarse de mí. Lo
vi como en un sueño, flotando hacia atrás, las orejas agitándose como alas y el
aliento fétido perdiendo consistencia en el aire.
—Espere, no se vaya. ¿De cuánto dinero estamos
hablando?
Aldo regresó una tarde de otoño. El viento parecía haberse
ensañado con las persianas y la casa estaba impregnada de una humedad viscosa,
quizá la respuesta del ambiente a mi ansiedad. Temblaba; todo mi cuerpo era un bloque
de aserrín y podía desarmarse en cualquier momento. Me habían dicho que Aldo
volvería en el curso de la semana, pero yo me preparé para que fuera el
viernes, no el lunes. Tocaron el timbre como vulgares repartidores de pizza y
se quedaron quietos, esperando a que yo abriera la puerta.
—¿Leticia Romani? —dijo el más bajo y calvo. Era una
pregunta, pero sonó como la orden de un sargento a su tropa.
—Soy yo.
—Traemos —consultó el artefacto que llevaba colgado
del cinturón— a ZA-34. Restitución grado A. Garantizado 80 por ciento. —Sacó
una hoja de papel y me la tendió. Yo, hasta ese momento, no me había atrevido a
mirar a Aldo a la cara, pero el gesto del otro repartidor —porque de algún modo
debo llamarlo— empujando a mi marido muerto y resucitado hacia delante, como si
quisiese sacárselo de encima, me obligó a fijar la vista en el abrigo de
gabardina demasiado estrecho, en la camisa de cuello raído, en los puños gastados.
Era Aldo y no era, como los muertos son y no son las personas que fueron cuando
estaban vivas. En ese momento pensé que todo había sido un error. Pero también
pensé que era maravilloso tenerlo de nuevo en casa. El repartidor calvo
interrumpió esos devaneos al sacar un sobre de su mochila y mover la mandíbula
hacia adelante, una inequívoca señal de que tenía que tomarlo.
—¿Qué es? —balbuceé.
—La tarjeta, señora —dijo el empleado de New Life,
como si mi pregunta hubiera hecho desbordar su malhumor—. Tiene que llevarla
para pagar las cuotas, a menos que adhiera al sistema de débito automático.
Lo miré de arriba abajo, incrédula. Yo estaba
recuperando a mi Aldo, lo estaba trayendo de regreso de la muerte y ellos me
hablaban de cuotas y débito automático.
—¿No podemos dejar eso para otro momento?
—No, señora —dijo el segundo repartidor—. ¿Se creé que
este es el único… el único que tenemos que entregar?
Había estado a punto de decir el único paquete, o el
único muertito, pero se contuvo a tiempo. Yo, en cambio, no tenía muchas ganas
de contenerme. Solo la presencia de Aldo, parado como un guardia de seguridad
en la garita de un barrio privado, evitó que hiciera una escena.
—Firme acá —dijo el repartidor más alto. Firmé.
—¿Es todo? —pregunté.
—Es todo —dijeron a dúo. Pensé que se parecían a unos
cómicos ridículos, que nunca me habían hecho reír. Abbott y Costello, creo que
se llamaban. Hubiera querido burlarme, herirlos, pero no se me ocurría nada. Y
Aldo seguía parado, inexpresivo, como esperando una orden que no llegaba.
—¿La zeta es por zombi? —dije de un modo inesperado,
inclusive para mí. Los repartidores de New Life se quedaron duros como piedras.
—¿Cómo lo supo? —susurró el más bajo.
—No importa. ¿Hay que activar algún código? —Extendí
la mano, esperando que me dieran otro sobre, esta vez con instrucciones, pero
los tipos dieron media vuelta y se marcharon hacia la camioneta que habían
dejado estacionada a unos cincuenta metros de la puerta de casa, por falta de
lugar. Miré mi brazo estirado y lo adelanté algunos centímetros más hasta
alcanzar el hombro de Aldo, que no se había movido—. Entremos, que está
empezando a refrescar —dije.
La casa se fue transformando en una prisión sin rejas. Aldo
permanecía sentado todo el día en el que fuera su sillón favorito, con la
mirada perdida, en silencio. No necesitaba comer, dormir o ir al baño. Los nanobots
hacían todo el trabajo nadando en el silicoil que circulaba por los tubos que
le habían injertado. Es cierto que contestaba a mis preguntas y que a veces
hacía comentarios y deslizaba sugerencias oportunas, pero era evidente que eso era
obra de un ingenioso programa y que, en síntesis, lo que me habían devuelto era
poco más que una marioneta, un muñecote pasivo y aburrido. A fin de cuentas,
esta versión envilecida de Aldo solo era un poco más tenue que la que ostentaba
hasta poco antes de enfermarse. Si el cáncer no hubiera activado mis circuitos
compasivos habríamos desembocado en una irremediable separación. Se lo terminé
diciendo de un modo que creí elíptico.
—Todo este dinero inútilmente gastado… para terminar
así, como dos extraños.
—Nuestro dinero —respondió Aldo.
—¿Qué dijiste?
—Que es nuestro dinero —insistió él, imperturbable.
—Estás legalmente muerto…
Sonrió; no creí que semejante gesto estuviera entre
sus talentos.
—Los de New Life se ocuparon de anular el certificado
de defunción.
Me quedé petrificada. O sea que todo había sido una
trampa, una celada cuidadosamente preparada para sacarme mucho más dinero del
que costaba ese monstruo. Traté de argumentar y todo lo que brotó de mis labios
fue un sollozo. Me levanté y fui hasta el bargueño, saqué un botellón de
cristal en el que guardábamos coñac y me serví una copa.
—No te ofrezco porque imagino que el alcohol podría
dañar tus tuberías.
—Sería cuestión de probar —replicó Aldo, enigmático.
El nudo en mi garganta se estrechó aún más; no solo no sabía qué decir, sino
que una terrible sospecha empezó a germinar en mi mente. Tragué el coñac y
sentí que el ardor del líquido apenas podía compensar la furia y el odio y el
desencanto que me habían tomado por asalto.
—No estás muerto —logré balbucear.
—De hecho, no —dijo Aldo—. Morí, en todo caso, pero no
estoy muerto.
—¿Y el cáncer?
—Es difícil de explicar, pero en las actuales
condiciones se ha vuelto inofensivo.
Lo enfrenté. Mostraba el mismo aspecto mustio de
cuando llegó en la camioneta con los repartidores de pizzas; seguía sentado
como un gran panda de peluche, inactivo, impasible. No era Aldo; era un
simulacro de Aldo, una burda falsificación.
—¿Por qué volviste, para qué?
En el caso de que tal gesto estuviera en su
repertorio, puedo decir que se sorprendió.
—Es una pregunta estúpida —dijo—. Acordaste mi
resurrección con los de New Life. Pagaste un adelanto y te comprometiste a
saldar el resto en veintitrés cuotas. Compraste un marido muerto y resucitado para
que mitigue tu soledad.
—¡Que mitigue mi soledad! —estallé—. ¿Cuándo, dónde,
en qué sentido? No dormimos juntos, no hacemos el amor, no salimos a pasear.
Todo es no. Tengo un androide a cuerda sentado en el sillón de la sala; he
comprado un adorno. ¿Eso es lo que mitiga mi soledad? Un jarrón de porcelana
sería más divertido y cálido.
Aldo, o lo que fuera aquella aberración que me habían
devuelto los de New Life, se levantó chirriando del sillón. ¿El ruido que ahora
hacían los nanobots era un desperfecto, se había terminado el silicoil? Avanzó
hacia mí exhibiendo un destello inusual en los ojos, extendió los brazos y las
manos se convirtieron en garras. Un potente y agudo sonido de alarma señaló que
algo estaba fallando en los sistemas, pero eso no fue un obstáculo para que
Aldo pronunciara la frase más absurda de las últimas semanas.
—Vamos a la cama. Quiero que tengamos sexo.
No lo podía creer. ¿Eso? ¿Tener sexo? ¿De dónde había
salido esa propuesta? ¿Acaso había un técnico de New Life manejando a ese…
artefacto por control remoto y ahora se divertía a mi costa? Aldo avanzó otro paso y yo retrocedí. De
nuevo me veía sumergida en una pésima película de horror, como cuando el
vendedor me había hecho la oferta de resurrección. Las zarpas del ser
inverosímil buscando el cuello de la mujer para estrangularla. Y ningún héroe
providencial a la vista.
Mi espalda chocó contra la pared mientras mi cerebro
funcionaba a toda velocidad. ¿Era el cadáver de Aldo reciclado? ¿Un sustituto
fraudulento, bien maquillado, que New Life había preparado para estafarme? ¿Qué
era eso que se disponía a asesinarme?
Dicen que siempre hay una salida. Y en este caso la
salida tenía la forma de un atizador de bronce. Aldo, o lo que fuera, no
esperaba mi reacción. Descargué la vara de metal sobra la cabeza y golpeé,
golpeé, golpeé, golpeé…
Hubo un lapso en blanco. Una niebla azulada que cubrió el
universo, la ignorancia feliz de perder el sentido. Cuando abrí los ojos, el
rostro grotesco del vendedor de New Life ocupaba todo el campo de visión. Las
orejas velludas se agitaban como banderas. El aliento fétido me agredía como la
primera vez, pero ahora su expresión era tierna, la que un padre brinda a su
hija en falta.
—¿Qué hizo señora?
—¿Qué hice?
—Mire.
El sujeto movió el brazo en abanico, como un ilusionista
que está a punto de revelar el resultado del truco y cuando terminó de hacerlo,
vi al peluche tirado boca abajo sobre la alfombra, el cráneo partido y una
sustancia negra manando de la raja.
—¿Es silicoil? —pregunté como una estúpida.
—Eso no importa. A propósito, mi nombre es Olegario
Franchini.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Vamos a tener que empezar de nuevo. Y eso es muy
caro, muy caro.
—¿Eso muerto es Aldo o qué?
—Eso tampoco importa, señora. Lo malo es que la
reparación va a costar el doble de lo que costó preparar el original. Y su
marido ya no será un ochenta por ciento de lo que era sino solo el cincuenta, o
tal vez el cuarenta. Mire cómo le destrozó el cráneo.
—¿De qué está hablando? —El discurso del tipo de New
Life no contribuía a que yo me sintiera menos aturdida, obnubilada.
—Hablo de lo que tengo que hablar, señora. ¿O quiere pasar
el resto de su vida en la cárcel?
Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe. Es el creador y conductor del blog internacional MICROFICCIONES Y CUENTOS.