lunes, 13 de julio de 2026

KRONÓKRATAS

José Muchnik

De agua o de arena, de sol o de cuarzo, relojes... ¿Qué miden? El tiempo no fluye, somos nosotros fluído, palabras, sangres, sueños, navegando hacia la única desembocadura, el mismo misterio, delta irreversible. ¡Progreso! ¡Certidumbres! ¡Velocidades crecientes! Más más, más... más rápido, ríspido, rabioso, más miasmas hasta descifrar la sentencia que hechiceros de la séptima noche formularon en los albores del ombligo: “a mayor velocidad menor será el tiempo disponible” formulación conocida en la era del jade como “paradoja de khronos invertido”.

Así fué, quisimos medir el tiempo, dividirlo en ínfimas láminas para vislumbrar la transparencia del espacio y aquí llegamos, fuimos nosotros los medidos, descuartizados, repartidos en jornadas rayuela, saltados entre cronometradas sartenes y cuadradas casillas ¡hay de quien transpase los límites! volverá castigado al punto de partida sin percibir el sentido de saltos ... ni casillas.

“Kronókrata: persona que pertenece a la élite que gobierna el tiempo”, asi fue definida esta palabra en la Gran Eciclopedia de Boedo hacia los comienzos del tercer milenio. Difícil imaginarse que hasta ese momento estuviera ausente de charlas y diccionarios, lo cual refleja la inteligencia de estos individuos, al no ser designados imposible identificarlos, a menudo ellos mismos no se identifican, es más quedan oscilando entre sus péndulos, no perciben el vaivén de su vanidad hasta que el yoyó se estrella contra un espejo inesperado.

Pará, Josecito, ya te zafaste como de costumbre ¿a dónde querés llegar? Esa es una característica típica de boedónicos, no hablan para decir cosas sino para encontrar lo que quieren decir. ¿Cómo querés que sepa dónde quiero llegar antes de largarme al camino?, ya lo dijo Machado ¿querés que te lo repita?, se hace camino al... Pensándolo bien kronókratas somos todos, en mayor o menor grado, todos somos cómplices del corsé que fuimos armando. ¿Ahora nos aprieta mucho? ¿No nos deja respirar amaneceres? ¿Se forman ilusiones edema bajo la piel o se ampollan deseos reventados como burbujas antes de llegar a labios? ¿Cómo deshacerse de miriñaques y elásticos zoquetes? ¿Cómo lograr que los pies recuperen su voz y nos hagan escuchar la frescura del arroyo?

El problema no son las barajas –bastos y espadas mienten a sabiendas–, la clave es encontrar el mecanismo del juego, el orígen de la humana frustración, las cuerdas y zanahorias que los kronókratas mayores utilizan con maestría para ajustarnos el corsé. Cada vez entiendo menos, Josecito. Te lo voy a explicar como un cuento para niños a ver si... Había una vez un mundo sin tractores ni motores ni wifi ni google, reinaba el tiempo de siembras y cosechas, de solsticios y equinoccios, luego poco a poco fuimos acelerando, rebanando segundos, perforando instantes, armando el tiempo comprimido que todos disfrutamos, pero acordate lo que dijimos, él no pasa, él no cambia, somos nosotros los que pasamos, nosotros los comprimidos. No, no digas tonterías, no estoy contra el progreso técnico, me parece genial, fibras ópticas, naves espaciales, internet, facebook, twitter ... ¡progreso técnico! Pero... ¿qué progreso?, lo aprovechamos mal, no sabemos montarlo con liviandad, al final es él quien nos monta, quien reparte fustazos sin piedad a jinetes y caballos, nos conduce trotando al bebedero de aguas secas, y así estamos, arremetiendo contra los palos en una carrera arreglada, perdiendo las apuestas pues ya no sabemos ni qué clásico estamos corriendo ni dónde está la línea de llegada.

¿Será posible armar de otra manera las cosas?, borrar esquemáticas casillas, desabrochar la imaginación, poner el placer en el centro de las ecuaciones y domar el progreso por más que relinche, clavarle espuelas en ijares hasta aflojar soberbias, liberar poco a poco el tiempo de sus chalecos de fuerza. El problema no era transformar el plomo en oro. ¿Para qué buscar oro? Alquimistas y piedras filosofales erraron de senda, la gran icógnita era cómo transformar el plomo en tiempo libre ¿cómo cortar las cuerdas?, rallar las zanahorias, desajustar el corsé, destornillar los Kronókratas del puente de mando y respirar aire de otros vientos. Tal vez una invasión de Kronoklastas abra otros futuros, pero esa es otra palabra y merece otro ideograma, pueden pasar a la página siguiente.

Tiempo libre, utopía de vuelo, repito: el tiempo no fluye somos nosotros los fluidos, inútil aclarar entonces que tiempo libre no existe, él está, libres podríamos ser nosotros... ya sería tiempo.

José Muchnik, poeta y antropólogo, nació en 1945 en la ciudad de Buenos Aires. Ingeniero Químico de la UBA (1973). Reside en Francia desde 1976. Graduado Doctor en Antropología de l’ Ecole d’Hautes Etudes en Sciences Sociales de París. Especialista en el estudio de culturas alimentarias locales, recorrió diversos países de África y América Latina. Realizó numerosas obras de poesía, novelas, ensayos y muestras fotográficas. Publicaciones recientes. Crítica poética de la razón matemática, 2015, poemas (bilingüe, español-francés). Ed. L’Harmattan. Geriatrikón, 2017, novela, Ed CICCUS Buenos Aires. Desgarros: exilios, duelos, muros, 2018, poemas y relatos. Ed CICCUS Buenos Aires. Chant pour Paris, 2019, Ed. Unicité, Francia. Di-Amantes: 2019, poemas, Ed CICCUS Buenos Aires. « Poemas de la cuarentena », 2020, Ed CICCUS Buenos Aires. Dechirures, poemas, 2020, Ed. Unicité, Francia. “Tamukiz”, poemas, en colaboración con Philippe Tancelin, 2021, Ed. L’Harmattan, Francia, “Fracaso”, relato épico, 2023, Ed CICCUS Buenos Aires. Es cofundador del grupo franco-argentino “Travesías Poéticas” (2009); del grupo de poetas franceses “Collectif effraction” (http://effraction-collectif.strikingly.com/) (2016) y del grupo internacional de poetas “Crue Poétique” (Creciente Poética, 2018, movimiento internacional de artistas y poetas por un mundo sin muros ni barbaries.).

LA CAMPANA

Ana Cristina Rodrigues

De pie en medio de la plaza principal del pueblo donde siempre viví, contemplo la campana de bronce de la iglesia. Recuerdo aquella tarde de verano en que la trajeron para reemplazar la vieja campana, ya agrietada, cuyo sonido era tan lúgubre que alejaba a la gente de la iglesia y, por lo tanto, de Dios.

Mi padre ayudó a colocarla allí. Era un hombre respetuoso de los mandamientos, serio, siempre dispuesto a colaborar con la iglesia. Su muerte dejó un vacío inmenso en aquel pequeño lugar.

El zumbido de las voces me rodea, pero lo ignoro. Prefiero perderme en mis pensamientos, contemplando la campana, símbolo de un pasado que se aleja cada vez más, antes que participar en la mezquindad de la vida cotidiana del pueblo, llena de pequeñas intrigas y rencores. Todos eran iguales, capaces de acudir llorando a pedir un favor y, al día siguiente, susurrar mentiras al oído de los vecinos, envenenando sus almas.

Yo nunca hice eso, entre otras cosas porque la vida de los habitantes me interesaba muy poco. Jamás me negué a ayudar a quien lo necesitara, desde luego. Pero nunca buscaba a nadie; dejaba que fueran ellos quienes acudieran a mí. Mi compañía eran los libros que mi padre, con enorme esfuerzo, me había enseñado a leer; los bordados que aprendí de mi madre, fallecida unos meses antes que él, y la gata, ya muy anciana, que venía con la casa que heredé. Las horas de mi vida transcurrían al compás del tañido de la campana.

El sol calienta. Se acerca el mediodía, la hora en que la campana resonará con toda su fuerza. El murmullo de la multitud que me rodea cesa para dejar paso a una única voz. Una voz conocida desde hacía muchos años. La había oído innumerables veces conversando con mi padre, discutiendo los problemas de aquella pequeña parroquia. Jamás habría imaginado que aquella voz tan grave y serena acabaría volviéndose con tanta fuerza contra mí.

—Por todos los delitos de brujería denunciados por los habitantes de esta aldea, la condeno a morir en la hoguera cuando la campana termine de dar las doce. ¿Tiene algo que decir?

No respondo. Ya he intentado defenderme, negando las acusaciones. Cansada de discutir, alegué que debía ser juzgada por un tribunal. Pero nadie me escuchó. Están convencidos de que utilicé artes de brujería para matar a mis padres, ayudada por un demonio que, según ellos, habita en la vieja gata...

La campana comienza a sonar. Su tañido es tan limpio como la primera vez que resonó en esta plaza. Un sonido que me devuelve a la infancia y a tiempos más felices.

La multitud se acerca con antorchas en las manos. Ni siquiera intento liberarme de la estaca a la que llevo dos días atada.

En lo más profundo de mi corazón, ruego que, si la magia existe de verdad, acuda en mi ayuda y me permita escapar. Si se me concede seguir viviendo, en este mismo instante juro convertirme en aquello de lo que me acusan: una bruja.

Pero cuando escucho el último tañido de la campana de bronce, siento las primeras llamas rozar mis pies descalzos.

Ana Cristina Rodrígues nació en São Sebastião do Rio de Janeiro, Brasil, en 1978. Es historiadora, una perfecta coartada para pasarse la vida leyendo y escribiendo. Profesionalmente ha publicado dos artículos: "Visões da morte na História dos Francos de Gregório de Tours" (2004) y "Os Votos do Faisão: ideais de cavalaria na corte borgonhesa do século XV" (2004). En materia de narrativa publicó en Sci Pulp, Scriptonauta, Blocos Online, Scarium e Inpempol. En materia de ficción literaria, publicó en Sci Pulp, Scriptonauta y Blocos Online. Dos de sus cuentos se tradujeron al castellano y se publicaron en Axxón.

VINO CONTRA SANGRE

Jasmina Blažić

 

Darija estuvo a punto de morir de miedo.

Detrás de un muro semiderruido, como si hubiera permanecido emparedada y siguiera viva, apareció una mujer apartando piedras con las manos cubiertas de polvo blanco, con una expresión a la vez furiosa y desesperada. Pero enseguida, Darija comprendió que aquello que tanto la había sobresaltado no era otra cosa que su propio reflejo en un espejo colocado detrás del hueco abierto en el muro que se desmoronaba.

Le sorprendió encontrar un espejo en un lugar donde, con toda probabilidad, antes había habido una puerta, y eso la impulsó a ensanchar todavía más la abertura.

Mientras golpeaba con cuidado los restos del revoque para no romper el espejo, que se balanceaba suavemente de un alambre sujeto al viejo dintel de madera, su reflejo aparecía cada vez más cubierto de polvo, con el cabello enredado y lleno de telarañas que brotaban de las grietas y una mirada hambrienta. Parecía desesperada. De un modo u otro, no era extraño: solo había desayunado y ya eran las seis de la tarde.

Y todo por culpa de una mochila demasiado pesada para su espalda cansada. Apenas había logrado subirla por la escalera. Estaba llena de delicadas herramientas arqueológicas que pensaba lavar. De forma inesperada, la mochila la desequilibró y fue a estrellarse contra la pared del pasillo con un estrépito metálico. Inmediatamente después del golpe se oyó el crujido seco del fino revoque.

Además, la primera piedra que se desprendió le cayó sobre el empeine. Por suerte seguía usando botas de montaña, porque desde hacía varios días limpiaba el piso de piedra de una antigua villa romana. Las ruinas habían sido descubiertas entre zarzamoras llenas de espinas secas, en el lugar donde debía continuar el muro de piedra seca más largo de Istria.

La segunda piedra rodó hasta la puerta de su habitación. Enseguida las grietas comenzaron a extenderse en todas direcciones, los pequeños guijarros saltaban de las juntas y, frente a ella, apareció aquel rostro: ¡el rostro de una mujer emparedada!

—¡Y resulta que era yo, la malvada reina del espejo! —le cuenta Darija a Tomislav hacia el final de esta historia, mientras ambos beben vino en la terraza de un café—. Después de ensanchar cuidadosamente el hueco con el martillo, apareció una habitación oscura. Un pedazo podrido del marco de la puerta estuvo a punto de matarme al caer.

—Te dije que dejaras las herramientas en mi coche. Ya ves: casi derribas media casa.

Darija se había quedado sin transporte cuando Jopa regresó a Zagreb para hacerse cargo del período de exámenes de primavera. Con él también se marcharon los tres estudiantes de tercer año de arqueología, mientras ella permanecía trabajando entre las ruinas de una casa que probablemente había pertenecido al antiguo propietario de aquellas tierras. Tomislav la ayudaba con los suministros: todas las mañanas la recogía en coche y la llevaba de regreso al terminar la jornada, casi siempre haciendo una pausa para tomar una copa de vino en El Vampiro, el café del pueblo.

—Les pagaré los daños a los propietarios —dijo Darija—. Cuando los conozca. Me alquilaron la casa y ni siquiera los he visto. Dejaron la llave en la taberna, al cuidado de la camarera.

La casa era una antigua construcción de dos plantas. Ramilletes marchitos de siempreviva y salvia, ya descoloridos, se amontonaban en los rincones del suelo. En la planta baja todavía se adivinaba el olor del estiércol seco, por lo que supuso que antiguamente había funcionado allí un establo. Dormía en una habitación del piso superior, con la ventana abierta por las noches, tranquila, porque nadie podría asomarse hasta allí.

La primera vez que vio la casa quedó fascinada por el amplio arco que se elevaba sobre el pasaje hacia el patio. Encima del arco había advertido un sector donde las piedras estaban colocadas de una manera diferente. Entonces pensó que se trataba de una abertura tapiada, pero solo ahora comprendía que en otro tiempo había sido la ventana de aquella habitación oculta.

—¿Sabes? —dijo Tomislav—. Voy a contarte algo, pero tienes que prometerme que no te asustarás. Después de todo, siempre puedes mudarte a mi casa.

—Después de la mujer emparedada, ya no creo que haya nada que pueda asustarme. Gracias por la invitación; nunca se sabe.

Tomislav señaló una puerta situada a poca distancia del café.

El Museo de Jure Grando, el legendario vampiro.

Después de morir, golpeaba las puertas de las casas de sus vecinos para anunciarles la muerte y no dejaba en paz a su viuda. Hasta que ella se cansó y lo denunció ante las autoridades del pueblo. Tras pasarse todo un día dándose ánimo con vino, los hombres fueron a abrir ceremoniosamente la tumba. Intentaron varias veces inutilizar al vampiro, huyendo y regresando una y otra vez entre rezos. Al final, todo terminó con la decapitación del vampiro, para alegría de los vecinos, del dueño del café y de los turistas, que durante las noches de verano se quedaban allí hasta muy tarde bebiendo cócteles vampíricos.

—Ese ser maligno anduvo por aquí hace unos trescientos cincuenta años.

—Lo sé —respondió Darija.

Ya habían visitado el museo varias veces. La primera estuvo a punto de darle una bofetada a Jopa cuando, oculto detrás de una cortina de tela, la agarró de la pierna en plena oscuridad. Porque sabía que era él o alguno de los estudiantes. Y porque no existía ningún Jure Grando, o al menos ella estaba convencida de que nunca había existido tal como lo presentaba el museo.

—Y allí está su tumba —continuó Tomislav, señalando hacia el cementerio del pueblo, donde la lápida desaparecía discretamente bajo líquenes, musgo y hierba, sin permitir que un visitante desprevenido sospechara todo el misterio que la rodeaba.

—Entonces en algún lugar también tuvo que nacer.

—Exactamente. Y la casa donde ahora vives... según cuentan, allí nació Jure Grando. Dicen que la habitación donde vino al mundo fue tapiada para borrar cualquier recuerdo suyo. O por miedo a que allí volviera a engendrarse algún mal.

Darija recordó cómo había entrado en la habitación atravesando un montón de listones de madera rotos, iluminando con su linterna los rincones llenos de telarañas. Con gran esfuerzo había descolgado el espejo, temiendo que se desplomara sobre ella y la decapitara.

En el centro de la habitación había una mesa cubierta por una extraña capa de polvo y una botella de cerámica rechoncha, tan cubierta de suciedad que, apenas Darija se acercó, el polvo comenzó a desprenderse en gruesas escamas.

—Todo eso estaba dispuesto para impedir que el mal pudiera entrar —explicó Tomislav—. Sobre la mesa seguramente hubo alguna vez un crucifijo y una hostia. Y dentro de aquella botella debía de haber vino bendito. Ya sabes: la sangre y el cuerpo de Cristo. Ningún vampiro querría permanecer allí. Ni mucho menos volver a nacer en ese lugar.

—Uf... —exhaló Darija, a medio camino entre la risa y el llanto.

Bebió un sorbo del vino. A la luz del crepúsculo era casi negro, espeso y áspero, y de pronto creyó percibir en él un sabor salado y metálico, como a sangre.

—Me parece que he cometido un grave error. —Tomislav la miró, sorprendido—. Esta mañana limpié toda la habitación. Barrí el polvo, quité las telarañas, tiré toda aquella basura... incluida la botella de vino. Y el espejo...

—¡No me digas! —exclamó él. A Darija le pareció que, pese al grito, estaba conteniendo una sonrisa.

—No lo rompí ni lo tiré. Es bonito, antiguo. Pero ¿qué hacía allí, justo donde antes había estado la puerta, mirando hacia la entrada?

—Antes los espejos llevaban una fina capa de plata, y a los vampiros eso no les gusta demasiado. Así que cualquier recién llegado podía desistir de entrar en la habitación con solo verse reflejado.

—Pues ahora el espejo está cuidadosamente embalado en una caja de cartón... y las demás... bueno... las demás protecciones ya no existen.

—En ese caso —dijo Tomislav—, creo que lo mejor será que te mudes a mi casa.

—No lo sé —respondió Darija.

Lo cierto era que ella ya tenía unos cuantos años, pero Tomislav también. Y nunca se había casado; eso era lo que le habían contado en el pueblo. Había terminado la universidad y regresado a Tinjan. Se dedicaba al turismo y llevaba una vida tranquila, sin estrés. Tal vez valiera la pena conocerlo mejor...

Del vaso de Tomislav ascendía el aroma del moscatel de Momjan, el mejor vino para las damas. Eso era lo que ella debería haber pedido. Siempre le habían enseñado que una mujer debía beber lo mismo que el hombre: así ambos se dejaban llevar al mismo ritmo y a la mañana siguiente despertaban con la misma clase de resaca.

—Quizá mañana. Esta noche dormiré en mi habitación.

—Ya sabes mi número. Y no tardes mucho en cambiar de idea.

 

Darija se acostó sin leer, con la ventana abierta porque ya habían aparecido los mosquitos sedientos de sangre. No quería pasarse la noche persiguiéndolos por la habitación.

Abajo cerró con llave la puerta de entrada y, casi sin darse cuenta, también la puerta de su cuarto.

Acostada, escuchó el paso de un automóvil; luego el zumbido de un ciclomotor que siguió oyéndose durante mucho tiempo desde el valle; después, un rebaño de cabras que regresaba tarde a casa. Desde algún lugar llegaba un sonido como surgido del centro de la tierra: el roer impaciente y furioso de un ratón o de algún otro roedor de campo.

Parecía haber silencio, pero en realidad el ruido de la naturaleza y de las criaturas nocturnas que abandonaban sus escondites llenaba el aire. En cualquier momento podría oír el golpeteo de las pezuñas de los ciervos, el deslizarse de un zorro por los túneles del matorral o los empujones de los jabalíes sobre las hojas podridas del otoño anterior.

Se levantó y miró por la ventana.

Entre las frondosas ramas del almez se filtraba una débil luz de luna. Desde aquella altura, la hierba nueva bajo la ventana parecía, bajo el escaso resplandor lunar, un campo de briznas de cristal rotas.

—Como si alguien hubiera caminado por aquí —pensó—. Quizá Jure Grando. De visita en la casa donde nació.

Se miró a sí misma, con su pijama de franela. No era precisamente el prototipo de una doncella victoriana. Además, Dios era testigo de que, desde la primera hora de sus prácticas universitarias, en algún lugar de Zagorje, había excavado esqueletos, hueso por hueso, falange por falange. Nada relacionado con lo humano, ni siquiera con los muertos, le resultaba extraño. Tenía edad suficiente para no temer ni a la muerte, ni a los ladrones, ni a los secuestradores, ni siquiera a sí misma. Y, por si acaso, junto a la cama tenía un rosario de madera de abedul.

A la mañana siguiente, cuando se encontró con Tomislav para tomar un café en El Vampiro, un vecino se acercó a la barra y, con gesto preocupado, pidió una copa de biska.

Alguien había avisado de que en el cementerio había aparecido un charco poco profundo, justo al lado de la tumba de Jure, y que se estaba extendiendo por los alrededores. Ya revoloteaban mosquitas sobre él y, antes del mediodía, aquello podría empezar a despedir un olor insoportable.

Porque, al parecer, se trataba de sangre.

 

Aquella tarde, en el yacimiento, quitó cuidadosamente el polvo de un mosaico que representaba algo parecido a un macho cabrío negro.

Mientras hacía un boceto en su cuaderno, una creciente inquietud le impedía concentrarse. Decidió interrumpir el trabajo, cubrió el mosaico con ramas secas, se echó al hombro la mochila, ahora medio vacía, y dejó las herramientas escondidas en un hueco al pie del gran muro de piedra seca. Entre aquellas piedras había una que ella misma había colocado años atrás. Luego emprendió a pie el camino hacia Kringa.

El pueblo estaba extrañamente animado.

Algunos turistas madrugadores recorrían las calles dando vueltas en círculo y reaparecían una y otra vez frente al café. Allí había varios grupos de jugadores de cartas, aunque nadie estaba jugando. Todos cuchicheaban, exagerando los gestos con bruscos movimientos de las manos, como si discutieran en silencio.

—Pronto anochecerá —dijo Darija, sentándose junto a Tomislav.

Aquel día había trabajado bastante más de lo habitual. Al mediodía solo había pasado por la taberna para comer šurle con espárragos y había regresado enseguida al yacimiento, intrigada por el mosaico.

—Creo que esta noche te mudarás a mi casa —dijo Tomislav—. Lo que apareció en el cementerio, ese desagradable charco... es sangre.

—Vamos, no digas tonterías —lo reprendió Darija—. ¿Sangre de quién? ¿De dónde iba a salir tanta sangre? ¿Y cómo saben que es sangre?

—Ive recogió una muestra y se la llevó a su hija. Ya sabes que trabaja en el laboratorio del consultorio. No le dijo de dónde la había sacado; solo le pidió que la analizara. Y sí: es sangre.

De pronto, Darija sintió que no podía pensar. Se pellizcó el muslo a través de los gruesos pantalones vaqueros. «¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿De qué estamos hablando?» Los vellos de sus antebrazos se erizaron. Aquello le ocurría siempre que la asaltaba un presentimiento imposible de nombrar. «Pero esto no deja de ser una historia», pensó. «Quizá todo sea un invento para atraer turistas antes de que empiece la temporada.»

—Puede que todo coincida con tu... "limpieza" de aquella habitación —dijo Tomislav, inclinándose hacia ella con aire conspirativo.

Era un hombre ya algo calvo, pero conservaba unos ojos muy bien dibujados y una nariz fina, pese a los años. No sabía muy bien por qué ese detalle acudía ahora a su mente. Y, sin embargo, volvió a sentirse capaz de pensar con claridad.

—Esta tarde unas ancianas han estado hablando junto a la verja. Dicen que Jure ha regresado. Y que ahora todas las mujeres del pueblo están en peligro: las jóvenes, las viudas mayores, las dependientas, las camareras... incluso las propias ancianas.

Darija soltó una carcajada.

En las demás mesas se hizo el silencio. Todos se volvieron hacia ella con gesto de reproche, incluso un joven que bebía solo un cóctel de un color extraño mientras examinaba con gran atención una enorme cámara fotográfica. «Seguro que es periodista», pensó, sintiendo lástima por él.

—Mañana abrirán la tumba —dijo Tomislav—. Al amanecer. ¿Te interesa verlo?

—Claro que sí. —Los arqueólogos tenían fama de profanar tumbas y, además, ella había estudiado etnología durante tres años. Era una buena oportunidad para cerrar el círculo—. Iré, por supuesto.

Aquella noche durmió muy poco. Y podía decirse que tenía miedo. El viento golpeaba los postigos y silbaba de una forma extraña al colarse entre las cortinas, de modo que decidió cerrar la ventana. El silencio que siguió resultó todavía más inquietante. En algún momento, medio dormida, le pareció oír pasos en el pasillo y volvió a despertarse. Pensó en encender la luz, salir de la habitación e iluminar toda la casa. En bajar a la cocina y encerrarse allí. En el peor de los casos, siempre podría escapar por la ventana, aunque afuera quizá la situación fuera aún peor. Tuvo que levantarse tres veces para ir al baño, pero fue aplazándolo hasta el último instante. Abrió el neceser y se quedó mirando las pastillas para los nervios. Al final decidió no tomarlas. Los vellos de sus antebrazos permanecían constantemente erizados y la piel ya comenzaba a escocerle. En su cabeza nacían ideas angustiosas, lentas pero muy precisas. No eran precisamente inocentes; parecían pensamientos que pertenecían a otra persona. Al final cayó rendida sobre la cama y se quedó dormida, agotada por el cansancio y los nervios.

Poco antes del amanecer soñó con Jure Grando.

Vestía una capa negra y lucía un fino bigote de dandi. Bajo el brazo llevaba una botella de cerámica cubierta de un brillante esmalte, y del bolsillo de la chaqueta asomaba una hostia.

Le sonreía, enseñándole los colmillos, chasqueaba los labios rojizos.

—Ay, Darija... Darija... —la reprendía—: Has limpiado muy bien la habitación. La botella estaba vacía; el vino ya se lo habían bebido los albañiles antes de tapiarla. Y esa hostia tuya tampoco vale gran cosa.

En ese instante la hostia comenzó a deshacerse en polvo.

Darija abrió los ojos, cegada por los remolinos de polvo que giraban dentro de los rayos del sol de la mañana, mientras el teléfono móvil, sobre la mesilla, sonaba con insistencia. Era Jopa.

—Tomislav me pidió que te llamara. Dice que intenta localizarte desde las seis de la mañana y no contestas. Está preocupado.

Miró el reloj. ¡Ya era bastante tarde! ¡Tendría que haber estado hacía rato en el cementerio!

—Darija, ¿qué hiciste anoche? —preguntó Jopa al oír su voz ronca y entrecortada—. Suenas como si no hubieras dormido. ¿No habrás encontrado algún novio?

«A mi edad ya no se dice "novio"; se dice "novio abuelo"», pensó.

Y sí, Jopa, su amigo desde la juventud, compañero de trabajo durante tantos años, seguía siendo celoso y continuaba insinuándosele. Pero, por muchas historias pasadas y futuras que compartieran, sabía que entre ellos nunca ocurriría nada.

—Sí, tengo un nuevo novio —respondió—. Ya te hablaré de él cuando vuelvas.

 

En el cementerio, un pequeño grupo de personas permanecía sobre el terreno empapado observando a dos hombres que excavaban la tumba. Con cada palada brotaba más barro. No muy lejos, un perro bebía agua de un charco turbio. Por la carretera cercana pasaban automóviles rumbo al trabajo; de vez en cuando alguien tocaba la bocina al ver a los hombres cavando. Poco después pasó una furgoneta decorada con dibujos de panes y luego el reparto de periódicos camino del quiosco junto a la escuela.

Mientras tanto, el barro del fondo de la fosa adquiría un color cada vez más rojo. Dos hombres permanecían cerca sosteniendo largas estacas afiladas. A su lado, un muchacho grababa la escena con el teléfono móvil.

Los presentes se santiguaron cuando resonó un golpe de la pala contra la madera. Al menos, eso fue lo que pareció. Tomislav caminó delante de Darija, abriéndole paso. Pronto se levantó un murmullo de excitación. Era evidente que habían encontrado el ataúd. Ahora lo estaban abriendo.

—Ahí está... Es Jure...

Darija se acercó al borde. Abajo distinguió los restos bastante bien conservados de un esqueleto, empapados por aquella sustancia roja. Recordó que la leyenda decía que, cuando abrieron la tumba por primera vez siglos atrás, también había brotado sangre por todas partes, mientras el vampiro yacía con las mejillas sonrosadas y una sonrisa burlona.

En ese instante lamentó no tener una estaca en la mano.

Medio hundido en el barro, el esqueleto parecía reírse de ella e invitarla a comprobar cuál de los dos vencería esta vez.

De pronto, un potente chorro de líquido surgió de la tierra justo bajo el cráneo y lo lanzó violentamente... ¡directamente a los brazos de Darija!

El mismo reflejo instintivo que hace subir de un salto a una silla cuando entra un ratón en la habitación actuó ahora con toda su fuerza.

Arrojó el cráneo de vuelta a la fosa como si fuera una pelota, con una expresión de repugnancia impropia de alguien acostumbrada a manipular restos humanos de siglos de antigüedad. Se limpió desesperadamente las manos en el jersey. Ahora estaban teñidas de un rosa intenso, igual que los ciclámenes que florecían tras el muro, aunque todo su cuerpo ya estaba cubierto de barro. Aquella masa era más roja que la tierra rojiza de Istria, como si una riada hubiera arrastrado polvo de ladrillo. Solo que aquello era pegajoso, olía mal y...

Entonces recordó el análisis realizado por la hija de Ive. Y gritó, aterrorizada:

—¡Tapen la tumba! ¡Rápido, tápenla!

Los hombres la obedecieron sin discutir. Cubrieron la fosa apresuradamente, casi aliviados de que alguien hubiera expresado en voz alta el miedo que todos compartían.

 

Más tarde, naturalmente, estaban otra vez en El Vampiro, tomando el café de media mañana.

—No hemos solucionado nada —dijo Tomislav con preocupación—. Y el cráneo... ¿viste dónde cayó?

—Donde había estado siempre. Justo donde debía ir la cabeza.

—Eso no está bien. Tendríamos que haberlo colocado entre las piernas de Jure. Quién sabe... Tal vez todo esto siga un orden perfectamente lógico. Primero tú irrumpes en la habitación de la casa donde nació; después la dejas impecablemente limpia para que cualquiera pueda entrar; al día siguiente este muerto viviente decide regresar porque, digamos, su cabeza sigue en su sitio. ¿Por qué te ríes? El barro sigue brotando en el cementerio, sea sangre o lo que sea.

Darija comprendió que tenía razón. Hubiera sido Jure Grando o no el origen de todo aquello, el problema seguía allí. Los vecinos se preguntaban cómo iban a permitir que los turistas pasearan durante el verano junto a semejante hedor y aquellas nubes de insectos. Quizá incluso tuvieran que trasladar el cementerio. Y, en ese caso, también el museo y el café podrían verse obligados a abandonar Kringa. Ya no tendrían dónde jugar a las cartas cuando llegaran las lluvias otoñales y la niebla volviera a adueñarse de los valles. Solo les quedaría reunirse por las noches en sus casas para beber vino y pensar en aquel barro que se extendía por Kringa, por toda Istria y por el mundo entero como una mancha de maldad.

Darija recordó el sabor del espeso teran, de color rubí, que en otro tiempo había simbolizado la fuerza de la vida, hasta que poco a poco cedió su lugar al vino blanco como símbolo de la pureza de esa misma fuerza en el sacramento de la eucaristía.

De pronto se animó. «¿Por qué no? ¿Por qué no intentarlo?» Si todos estaban convencidos de que aquello era sangre y de que guardaba relación con el vampiro, ¿por qué no creerlo también ella?

Los vellos de sus antebrazos volvieron a erizarse al instante, como confirmándole que estaba en lo cierto.

—Tomislav... ¿Conoces a algún sacerdote en quien se pueda confiar?

—Bueno...

Ella le explicó su plan.

—La verdad —admitió Tomislav de mala gana— es que conozco a más personas que tienen una cisterna de cinco mil litros que curas discretos. Pero haré lo posible.

 

A la mañana siguiente una cisterna azul se detuvo junto al cementerio.

El conductor bajó, desenrolló una larga manguera y, con ayuda de Tomislav, la pasó por encima del muro.

Comenzó entonces el riego del cementerio.

El potente chorro de líquido rojo golpeaba con fuerza las lápidas y salpicaba la hierba, mezclándose con el barro de los senderos.

Desde cierta distancia observaban la escena varias ancianas y algunos vecinos, con evidente preocupación.

—¡Qué desperdicio... qué desperdicio! —repetía el conductor, resignado.

Cuando la cisterna quedó vacía, él y Tomislav subieron a la cabina y regresaron hacia Tinjan.

Detrás de ellos pasó Darija al volante del Fiat Punto de Tomislav. Tomó el camino de tierra que discurría junto al muro de piedra seca hacia el yacimiento arqueológico, dejando atrás, por aquella mañana, todos los sucesos y todas las conjeturas.

—Así que sobreviviste —dijo Jopa.

Había regresado de Zagreb el día anterior. También había ayudado a Darija a trasladarse a casa de Tomislav y, de paso, él mismo se instaló en la habitación contigua.

—Devolví la llave a la taberna. Me dijeron que los propietarios vuelven este fin de semana.

—¿Y cómo vas a explicarles que derribaste media pared del pasillo y limpiaste aquella habitación?

—No pienso explicarles nada. Ellos también podrían haberme contado por teléfono, cuando alquilé la casa, quién había nacido en esa habitación. ¡Podrían haber hecho un museo!

—Bueno, dos museos dedicados al mismo vampiro tan cerca uno del otro quizá habrían sido demasiados. Por cierto, dicen que poco después de vaciar la cisterna desaparecieron el charco y las moscas, y que ahora junto a la tumba crecen margaritas. Un paisaje idílico.

—Sí. Ya no queda ningún rastro.

—¿Y con qué llenaron la cisterna? ¿Algún desinfectante? ¿Algo contra las ratas? ¿Insecticida?

—Nada de eso. Pero, si te lo digo, prométeme que no te reirás.

—Me conoces. No puedo prometer semejante cosa —respondió Jopa muy serio.

—Al principio yo tampoco creía en toda aquella historia. Pero luego pensé: «Cree, y todo se resolverá».

—¿Qué había dentro de la cisterna?

Darija recordó al sacerdote que, al amanecer, antes del primer toque de campanas, había celebrado la misa detrás de la iglesia y bendecido una cisterna llena del mejor y más espeso vino teran.

Se vio a sí misma y a Tomislav repasando mentalmente la lista de patrocinadores que habían donado semejante cantidad de vino. Recordó también al conductor de la cisterna, escuchando la oración con las manos entrelazadas y expresión afligida.

—La sangre de Cristo. Vino transformado en la sangre de Cristo.

—Sangre contra sangre —dijo Jopa en voz baja—. Una infección contra otra, al menos en teoría.

—¿Sabes? Creo que durante mucho tiempo voy a beber solo cerveza.

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.

 

 

domingo, 12 de julio de 2026

UN ANUNCIO DE CIGARRILLOS… INCITA A FUMAR

Ahmed Sadaawi

Cuando imprimió su mano manchada con la sangre del cordero en la pared, había tres dedos rojos: el índice, el corazón y el pulgar, como un anuncio para promocionar el tabaco, y eso fue precisamente lo que animó a los niños a dibujar con las tizas un cigarro entre los otros dos dedos extendidos. Cuando sus amigos lo despidieron al montarse en el tren que partía hacia la capital, el gesto que hizo con la mano fue algo tibio, porque ellos no eran sus amigos, amigos que él hubiera escogido, simplemente los encontró, como encontró sus dedos amputados sobre el biombo en el último ataque que sufrió durante la guerra de los ochenta. Trozos de carne que se abrieron paso lejos de él, exactamente igual que aquellos que se despedían ahora, que se mostraban tímidos desde la ventana, próximos a un tamaño similar a la nada, como sentía en su fuero interno.

Le gustaba aquel poema que decía: “Solía contar a mis amigos con los dedos, y ahora no cuento con mis dedos más que mis dedos”; con toda seguridad quería decir que dos amigos intercambian la pérdida con el meñique y el anular, y el resto le resultaba indispensable, a diferencia de todos sus compañeros que ya se marcharon, liberando sus dedos del cómputo y la numeración.

Entró en el hotel Dunya en el primer callejón de la calle Alrashid. Lo recibió Abdu con su barba larga, tomó la maleta y lo condujo a una habitación alejada con dos camas. Su primer amigo le había dicho que Abdu cuidaba un gato en su habitación, situada a la entrada del hotel, le daba de comer queso, le servía bebidas gaseosas y lo arropaba cuando dormía.

—¿El gato arropa a Abdu… o Abdu arropa al gato? —Le preguntó, pero el amigo no contestó nada, si bien tras un momento de silencio, reanudó el tema del gato.

—Dice Abdu que el gato sabe hablar, que se entendían sus maullidos y en ellos dividía perfectamente las tres partes de la oración: nombre, verbo y complementos… pero un accidente de tráfico ¡lo ha dejado mudo! Estaba cansado por el largo viaje y no se emocionó con la triste historia del gato. Quería dormir, pero su amigo continuó hablando—. ¿No has notado que Abdu apenas habla? Es por la pena que le da el gato…, hasta dejó la bebida desde el doloroso accidente.

Él ya estaba roncando y había doblado el brazo debajo de la cabeza, mientras el amigo seguía la cháchara mirando desde la ventana hacia el tragaluz opaco.

Por la mañana, tocó a la puerta de su habitación su segundo amigo. Había llegado a un acuerdo con él para la cuestión de la jubilación y su pensión por discapacitado de guerra… Al despertar, encontró que su primer amigo se había marchado de la habitación en algún momento. Por la noche se habían reunido los tres en el cuarto alrededor de una botella entera de ginebra. El primer amigo era más alto que el segundo amigo, tal cual la diferencia que existe entre el meñique y el anular. El primero no paró de hablar más que para tomar un trago del único vaso que había sobre la mesa, colocada entre las dos camas, y el segundo bebía del vaso como variación a su silencio opaco, y las pocas frases que pronunció se parecieron a las señales divinas de la unicidad de Dios, o las proclamas de Alnifari, en comparación con las frases del primero, que se sucedían sin descanso hasta que se vació la botella.

—Esta chica que vi en la oficina de las pensiones tiene una relación con el director.

—¿Cómo es eso? ¿Es que conoces al director?

—No, pero lo he deducido por su mirada y por el ambiente de la oficina.

—Pero si no estuviste conmigo… ¿De dónde te has sacado eso?

—No, pero tengo un amigo discapacitado de guerra, y…

La botella no se había acabado aún, pero su primer amigo se levantó para ir al baño. Solo entonces pudo preguntar a su segundo amigo qué le pasaba.

—¡Oye! ¿Estás con nosotros, o qué?

El segundo amigo respondió mirando al techo.

—Mañana es mi cumpleaños. —Guardó silencio unos segundos y luego, de repente, se cortó la electricidad. El amigo siguió hablando—. El día que he decidido suicidarme.

Buscó una vela en el bolsillo de su chaqueta colgada en la pared, y a continuación encendió el pabilo y la puso sobre la mesilla, iluminando la habitación con una luz perezosa y tenue. En ese momento llegó el primer amigo.

—¿Saben? —exclamó sentándose delante de la vela para continuar con un tono imperceptible—. He escuchado una voz extraña en el servicio que estaba al lado del mío. Me he colado y he visto a una persona practicando la costumbre secreta.

—¿Te vio él?

—No, pero llevaba la foto de una revista en la otra mano cuando se fue la luz, y de repente, se cortó la voz extraña.

—¿Y qué problema hay? Es algo natural —dijo respondiendo a las palabras de su primer amigo, el fanático. Luego, se fijó en la gran sombra de su cabeza, reflejada en lo alto de la pared, y en sus orejas, que eran más prominentes en la sombra que en la realidad, dos pabellones auditivos afilados similares a las orejas del demonio.

—Mañana es el día apropiado… Un buen cierre dramático.

Habló su segundo amigo con la vista puesta en el techo, donde el humo de los cigarrillos serpenteaba en el condensado ambiente.

—Cásate, en lugar de eso —Le respondió a su amigo, el abatido y triste. Luego encendió otro pitillo.

—Pretenderás decir que el matrimonio se parece al suicidio. En mi primer matrimonio descubrí esta verdad… Quería que me acostara con ella ¡cada tres horas!

Molesto, el primer amigo le interrumpió.

—¿Por qué hablas de tu mujer de esa forma?

—Él no se ha casado nunca. Nunca ha visto la vagina de una mujer —dijo el segundo amigo… lo que hizo sonreír al primer amigo.

—Al fin se rompió el anular —señaló con cinismo.

Cuando se marcharon, poco antes de que el hotel cerrara las puertas, la electricidad seguía cortada, la vela había llegado al final y se extendía con su cera derretida sobre el borde de la mesilla. Alargó su mano delante de la vela y se dibujó sobre la pared una sombra pálida de una mano grandiosa. La botella estaba vacía y lo más probable es que él se hubiera tomado la mayor parte, dado que su primer amigo estaba demasiado ocupado hablando y el segundo, fumando.

Observó la majestuosa mano sobre la pared. Tenía cinco dedos. Los movió y se movió la mano en la sombra unos segundos después. La bajó lentamente hacia su cara y se frotó los ojos. Permaneció en esta postura hasta que la electricidad iluminó de nuevo la habitación. La vela estaba completamente muerta.

Se daba cuenta de que el asunto de su jubilación iba a alargarse y que el dinero que tenía no le duraría demasiado tiempo. Sus amigos continuaron acudiendo a su habitación cada noche o en noches alternas. Una tarde, cuando subía las escaleras del hotel, vio el gato al que mimaba Abdu sobre los últimos escalones, mirando con unos ojos brillantes y asustados a quien subía por las escaleras. De pronto, la cabeza de Abdu asomó por la puerta de arriba. Parecía distinto. Se había afeitado la barba. Él se quedó quiero durante unos segundos, respetando la decisión del pobre gato sobre si subir o bajar, pero Abdu le lanzó un zapato con un movimiento violento de su mano, como si estuviera participando en un concurso, y el gato cayó rodando por las escaleras. Pasó por su lado aturdido y le sorprendió su maullido. Era un sonido doloroso e inesperado, pero solo el maullido de un gato.

Le preguntó a Abdu el porqué de aquella crueldad contra su gato mimado, y éste respondió:

—Se sienta en la azotea y me lo encuentro que se lo está tirando otro gato. Cada vez que espanto al segundo gato, vuelve… Hoy lo encontré debajo de mi cama, haciéndoselo otra vez.

No sintió ninguna lástima por lo que le pasara al gato, pero le preguntó por el asunto del habla. «¿De veras el gato hablaba?», a lo que Abdu contestó extrañado:

—¿Para qué va a hablar? ¿Acaso no le doy todo? ¿Para qué va a hablar o a preguntar?

Un par de horas después llegaron sus amigos. El primero llevaba un bolso de deporte y el segundo una bolsa negra donde escondía una botella. El primero dijo que pasaría la noche con él, y posiblemente las noches siguientes, y aunque la decisión no le hizo estar demasiado cómodo, tampoco dijo nada que dejara entreverlo.

El segundo amigo abrió la botella. Llenó el vaso y bebió de prisa. Sin saber por qué recordó al verlo beber con tanta urgencia sus palabras de aquella noche, ¿no quería suicidarse el día de su cumpleaños?

—¿Recuerdas los baños circulares delante de la Oficina de Pensiones que está a lado del puente? Pues, ¿sabes?, hoy he visto a la empleada de contabilidad aquella, ¿te acuerdas? Me puse en la cola con ella y la llevé hasta los baños, y allí me casé con ella.

No le contestó nada porque la electricidad se cortó en ese momento. Levantó su chaqueta, colgada de un clavo sobre la pared y sacó una vela larga. Prendió la mecha y la puso en el borde de la mesilla. Su primer amigo retomó entonces la narración de su historia con la empleada de las pensiones.

Al cabo de unas horas, la botella tocaba a su fin, y entre el parloteo de su primer amigo, quien se marchó al servicio, y el desánimo del segundo, él vigilaba la sombra de su mano sobre la pared. Era algo extraño. El meñique y el anular estaban ahí. Él los movía y los dedos se movían. ¿Estaban, acaso, perdidos en la otra mano? Aquí está, la segunda mano… y sí, también estaban. Se volvió hacia su segundo amigo, que fumaba mirando al techo. Quería asegurarse de algo.

—¿Qué hiciste el día de tu cumpleaños? —le preguntó.

El segundo amigo exhaló una calada larga del cigarrillo y soltó el humo lentamente para que se mezclara con la nube de humo que se mantenía en lo alto de la habitación. Luego, se volvió hacia él.

—Nada importante… —le contestó—. Fui a trabajar… Volví del trabajo. Quería pasarme por el callejón de mi novia, pero dudé porque odio esperar para ver si asoma o no la cabeza por la puerta de casa.

—¿Qué novia es esa?

—Esa de la que te hablé… Una compañera de estudios.

—¿Me estás tomando el pelo?… Pero ¡si tienes canas!, ¿de qué estudios estás hablando?

—Bueno, yo la he amado desde entonces, pero jamás se lo confesé.

—¿Y la sueles ver cuando pasas por la calle donde está su casa?

—No, se casó hace seis años, o siete… No recuerdo bien.

—Entonces, ¿por qué vas por allí?

—Pudiera ser que viniera a ver a su familia… Siempre hay una oportunidad, aunque sea mínima.

—Una oportunidad, ¿para qué?

—Para ver a mi novia.

Eso dijo el segundo amigo mientras miraba con ojos brillantes la llama firme de la vela cuando la sombra de una mano enorme con cinco dedos se dibujaba sobre la pared contigua. La mano de la sombra agarraba lentamente la cabeza del segundo amigo, pero se detuvo. Después se relajó y se retiró de la pared, decaída.

—¿Por qué no te suicidaste? ¿No era una decisión importante? —volvió a preguntarle. Reinó el silencio durante breves instantes antes de llegar la respuesta.

—El asunto requiere de valentía. Todos los hombres sobre la faz de la tierra están desesperados para que lo haga alguno en nombre de ellos. Si todos ellos hubieran reunido el arrojo de ese uno, habría terminado la liturgia con la eucaristía echada en el abismo de la nada.

—No entiendo una palabra. ¿Por qué no lo has hecho?

—Es complicado. No es así de sencillo.

Un fastidio intenso comenzó a afligirle, y cuando entró su primer amigo pareciera que lanzaba un contraataque, pues lo bombardeó con la pregunta antes de sentarse.

—¿Por qué has tardado?

—¿Recuerdas aquella persona, al de la foto? La foto de la revista aquella noche en los baños. —Respondió que sí, así que siguió hablando orgulloso—. Lo hice con él… Lo sorprendí haciéndolo consigo mismo y le facilité el asunto.

El segundo amigo intervino burlándose:

—Puede que lo hiciera él contigo. Bájate los pantalones para que lo confirmemos.

—Tú estás celoso de mí.

Tras decir aquello, tomó asiento para seguir bebiendo. Entretanto, la mano grande de la sombra con los cinco dedos comenzó a curvarse sobre la pared.

—Estás aquí sentado mientas la novia de parvularios… eructa de tanto revolcón.

El primer amigo murmuró aquello antes de darle un trago al vaso con evidente nerviosismo… Al final se pelearon, el meñique y el anular estaban en la mano enorme de la sombra zurrándose el uno al otro y separándose con evidentes convulsiones.

Abrió la puerta con torpeza y seguidamente se apoyó en el filo de la hoja abierta para dirigirse a sus amigos:

—Venga… Salgan… No quiero que vuelvan aquí nunca más. —Pronunció aquellas palabras como si masticara un bocado pegajoso—. Tú —se dirigió al primero—, ¿por qué me mientes? El gato no hablaba… No comía queso y bebía leche… Era un hijo de puta. Y tú —se dirigió al segundo—, tú eres como él. Lárgate y suicídate sin tanto anuncio… Quieres que el mundo te salve sin necesitar de una salvación. —Ambos salieron apoyándose el uno sobre el otro y antes de alcanzar el final del pasillo, les gritó—: Han prorrogado el procedimiento de la jubilación hasta que se derrita el invierno, ¿Saben?

Cerró la puerta sin asegurarse de que hubieran oído sus palabras, y se quedó cerca de la vela que languidecía, como si alguien siguiera aún con él en la habitación.

—Me han dicho… “tú no tienes ninguna discapacidad. Las personas no necesitan normalmente ese par de dedos”… pero yo los necesito… ¡Los necesito!

Gritó la última frase como si quisiera llorar. Se echó en la cama y levantó la mano delante de su cara y luego la fue acercando despacio hasta que acabó detrás de la vela. La gran sombra sobre la pared reflejaba una mano con tres dedos… Exactamente igual que el anuncio que animaba a fumar.

Por la mañana, abrió los ojos con el traqueteo de la puerta… Recordó que no la había cerrado bien la noche anterior… Desde su sitio pudo ver como el gato mimado de Abdu entraba, caminaba con delicadeza y en silencio sobre el suelo de la habitación, acercándose a él. Se sentó sobre las patas traseras e irguió la cabeza con respeto. Luego soltó un maullido extraño:

—Me gustaría contarte algo. Ayer por la noche estaba dando un paseo por la calle. Tus amigos estaban peleándose a voces y a la altura de la alcantarilla grande del final de la calle se pararon. De repente, tu segundo amigo se lanzó él solito a la alcantarilla… Lo último que pude escuchar de ellos fueron las palabras de tu primer amigo. Con los ojos puestos en el oscuro sumidero, le increpaba: ¿Quieres ser importante? Me tienes celos.

Recordó el principio del relato, cuando imprimió sobre la pared una mano manchada con la sangre de un cordero sacrificado, feliz por haber salido con vida de la guerra, y sintió una pérdida grave oprimiendo su alma cansada.

Ahmed Sadaawi nació en Bagdad en 1973. Es novelista, poeta y guionista. Ha trabajado en diversos periódicos y revistas, y fue corresponsal de la BBC en Bagdad entre 2005 y 2007. Actualmente reparte su tiempo en la escritura de documentales y programas de televisión. Entre su obra narrativa se destacan: El hermoso país. (Premio de Novela Árabe en Dubái. 2004), Sueña o juega o muere. (2008), Frankenstein en Bagdad (Premio Booker árabe, 2013), La puerta de las tizas. (2017), La cara desnuda dentro del sueño (2018).

PERTENENCIA

Alex S. Johnson





 

La pálida luz color miel y limón golpea los arcos de piedra caliza. Entre el gris pizarra y el verde, según sus múltiples estados de ánimo, el Sena cambia de color.

Se oye el estridente graznido de los turistas desde los barcos cargados de extranjeros que pasan deslizándose río abajo; el oleaje golpea los muros del muelle. Macey Kahill siente esas ondulaciones dentro de sí... ella no pertenece a los turistas, a la vociferante horda del vulgo, a los de afuera. Está muy lejos de aquella adolescente torpe, un poco regordeta, quemada por el sol y cubierta de picaduras de abeja, avergonzada de un padre que vendía anfetaminas desde el cobertizo del bosque y de una madre conocida como «la fácil del pueblo».

Ahora es francesa, artista de performance y periodista de verdad. En su biografía antes mencionaba con orgullo «dos años de periodismo en la escuela secundaria», pero hace tiempo eliminó esa línea. Su falta de estudios formales ha quedado eclipsada por el prestigio cultural que posee hoy.

Pasa las páginas de la revista con desgano. Los diminutos sauces de Vert Galant tiemblan con la brisa. El agua golpea suavemente el malecón. El lejano zumbido del tráfico de la orilla derecha, amortiguado por la distancia. Recuerda a Baudelaire y Correspondencias.

Sentada sobre la piedra caliza del muelle e imaginándose en otra parte... un zumbido en los pulmones, en la cabeza, diminutas campanas tintineando... miles de alas... ¿de dónde han salido?

Pasos sobre la piedra antigua... huecos, resonantes. Fragmentos de conversaciones en distintos idiomas llegan flotando desde el puente.

Ha traído el almuerzo. Tiene una hora... la revista le hormiguea entre las manos... tan exótica... se aferra a las palabras; el idioma adquiere de pronto una nitidez absoluta y luego vuelve a escapársele, arrastrado como una barcaza por el río, llevado por las alas, las muchísimas alas...

Otra vez esa palabra, vista en una librería de la Nueva Era: pertenencia. Una manifestación. Un descenso hacia la mente de la colmena.

Hoy es francesa.

Ayer, hace una hora y hace quince minutos estaba de pie mirando el barro. Se sentía atrapada, deformada, como los pies de una estatua hundidos en cemento. Pero ahora... ahora sí... musgo húmedo junto al río... un tenue olor mineral... diésel de un barco que pasa... tierra mojada del pequeño parque situado en la punta de la isla.

Macey siente agitarse la colmena; hay algo en el aire que vibra con una ligera disonancia. Se incorpora, sacude de su falda migas de sal y polvo gris de piedra y continúa. Según el mapa de la revista, este es el Quai de l'Horloge, detrás de Notre Dame.

Los enormes arbotantes se elevan como costillas.

Las suyas le duelen; cada respiración la atraviesa como un puñal... jadea como un maldito animal... qué vulgar, qué poco francés. En casa se reirán de ella. En casa la conocen. Nunca fue precisamente la más brillante. Los muchachos se fijaban en ella simplemente porque no sabía decir que no, si quería salir con alguien. Pero cada vez se sentía explotada. La llenaban. La usaban. Un aborto a los catorce años. Muchos más después. Todo clandestino, por culpa de la religión. Sus padres creían en eso... en un Dios salvaje con el que bebían ginebra... y luego la reprendían y la humillaban... ella sabía que no pertenecía a los elegidos... al menos todavía no.

Las sombras se acumulan bajo los arcos del puente. Los corredores dejan tras de sí cintas de luz; sus ropas brillantes contrastan con la piedra apagada. Las palomas que sobresaltan estallan hacia el cielo.

Hoy es francesa.

Una vez más.

Saborea las palabras, su verdadero linaje, el lugar al que realmente pertenece. Nunca más el apareamiento frenético en los baños de los clubes, varios hombres al mismo tiempo, remolinos de carne, el corazón desbocado por las anfetaminas y el éxtasis... nunca más... ahora conoce su propio valor. Aspira el aire con confianza y busca un cigarrillo. Inhala las campanas de Notre Dame: a veces un toque aislado. Otras, un repique completo. Qué condenadamente sofisticada parece ahora. Qué atractiva.

El golpeteo rítmico de las zapatillas de los corredores. El murmullo grave y constante del río. El acordeón de un músico callejero que desciende desde el muelle superior.

Otra vez ese zumbido...

¿Dónde comienza?

Se deposita como el limo, como un juicio final, como una borradura. Una sombra cae sobre el muelle de piedra caliza... la unión de la luz y la oscuridad... tonos grises... paneles... nodos... abejas...

Ahora están llegando.

Y huelen a piedra caliente bajo el sol y al tenue dulzor de limón y azúcar de las crêpes de un puesto cercano.

Aquí el olor de las algas del río se vuelve más intenso. Las abejas anuncian su presencia: La tempête qui batte.

No son extrañas en su mundo. Las ha visto antes. Muchísimas veces. El altar que construyó. El vínculo que creó sobre la comunidad. La invocación. Fue entonces cuando oyó con mayor claridad el zumbido. El humo de un cigarrillo desciende desde la calle y se mezcla con el suyo.

Se sienta otra vez y abre la revista una vez más. La ha leído tantas veces... ¿cómo pudo pasar por alto aquello?... abejas asesinas procedentes de Sudáfrica... y la ciudad parece inhalar junto con ella. Tose, carraspea, escupe una flema espesa y aplasta el cigarrillo bajo el taco.

El estrecho puente cubierto de candados brilla como una hilera de diminutos insectos metálicos. Las diminutas campanas microscópicas. Vivas. Pululando. Llenándolo todo. Hoy es francesa.

Las tranquilas fachadas residenciales de la Île Saint-Louis: piedra color crema, hierro forjado, ventanas con postigos. Vuelve a toser. Una abeja atrapada en su garganta. Pero no hay abejas en ninguna parte. Levanta la vista y se encuentra con los ojos de decenas de gatos apostados en los alféizares de las ventanas. El río se ensancha a ambos lados, abriendo sus piernas de prostituta. Un viejo puente cruje bajo sus pies.

Un perro ladra desde el balcón de un apartamento. Dentro de ella se multiplican hambres inmensas... es omnívora y lo sabe todo.

El suave entrechocar de platos procedente de cocinas invisibles. El tono del río-prostituta se vuelve más grave a medida que se ensancha.

Hoy es francesa, y una prostituta que atrae a las abejas hacia su miel. Huele a levadura... pan recién horneado de una boulangerie cercana. El picor en la nariz del detergente de la ropa que llega desde las ventanas abiertas.

El aire del río, aquí más fresco y limpio. Limo. Humedad. Entre sus piernas los deseos sedimentan, rezuman, se arrastran, serpentean, se doblan. El zumbido resuena... y resuena... y resuena...

Un tenue aroma a café llega desde las cafeterías que tiene por delante.

Entre islas.

Entre identidades.

La Brasserie de l'Île Saint-Louis.

Toldos rojos, manteles blancos, camareros con chalecos negros.

Se instala en una mesa, pide un café express y espera que el francés que aprendió por internet sea suficiente. El camarero hace lo que ella imagina que es una moue de desagrado... aunque Macey no tiene del todo claro qué significa exactamente esa palabra. Los vecinos leen el periódico; los turistas sostienen guías con títulos como This Way to the Hives y Bee Magick.

El río resplandece justo al otro lado de la terraza. Viejos carteles enmarcados en el interior: nostalgia parisina. El tintineo de las tazas de porcelana. Debajo, más colmenas. Más enjambres. Más carga mental.

El chirrido de las sillas metálicas sobre el pavimento de piedra. Los camareros de ocho ojos cantando pedidos en un francés vertiginoso. El murmullo de las conversaciones, interrumpido por risas que se desintegran dentro de la colmena.

Agitándose. Elevándose. Viva. Suspendida.

El espresso recién hecho: aroma de frutos secos, intenso. Pero hay abejas en él. También en la mantequilla de los croissants y las tartines. Una tenue nota alada, cítrica, vibra sobre las mesas pulidas. El aliento fresco del río se mezcla con el aire cálido del café.

Pertenencia.

En el Pont Marie, los viejos zapatos del puente, remendados y desiguales, mientras las abejas se estrellan contra sus muslos. La orilla izquierda se abre ante ella: puestos de libros, ciclistas, estudiantes. Barcazas amarradas junto al malecón ramero, algunas convertidas en viviendas.

Las alas de la luz del sol destellan sobre las barandillas metálicas. La campanilla de una bicicleta se funde con las diminutas campanas y el zumbido furioso. El golpe de una amarra contra el casco de una barcaza.

Un músico callejero afina una guitarra.

La voz del río suena aquí con más fuerza, más insistente. La colmena sigue creciendo, plegándose dentro de otras colmenas como una fábrica que produjera muñecas rusas recursivas... asfalto caliente... el sabor metálico del agua del río.

El Jardín de Esculturas Tino Rossi.

Esculturas abstractas: curvas, ángulos, vacíos, proyectando sombras extrañas. Sombras monstruosas, insectoides, equivocadas. Incrustadas en otras dimensiones.

Bailarines practicando tango junto al río. Estudiantes dibujando sobre el césped. El resplandor del río, sonoro como un enjambre, al atardecer.

La música del tango brota de altavoces portátiles. Las risas de los grupos que hacen picnic... y luego el pánico cuando llega el enjambre latino.

Hoy es francesa... y las alas hacen thump thump thump dentro del tambor hueco de su cabeza...

Aujourd'hui, elle est française.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

KRONÓKRATAS