viernes, 17 de julio de 2026

CUANDO ESTABA VIENDO UNA TELENOVELA INDIA

Aleko Shugladze

 

Justo cuando estaba viendo una telenovela india –los personajes no decían prácticamente nada; pronunciaban una sola palabra y después se quedaban mirándose y mirándose– apareció un conocido y me dijo:

—Tienes que venir conmigo a Gldanula. Vamos a pelear.

Resulta que un imbécil, conocido del conocido del conocido de un buen amigo mío, le había dado una paliza a su propio suegro y había que vengarlo.

—Hermano —le dije—, ya tengo cincuenta años y, además, estoy viendo una telenovela india.

—Déjate de tonterías.

Y nos fuimos.

Nos metimos ocho personas en un solo coche. Por el camino se nos unieron otros dos vehículos y comprendí que era preferible ver cinco telenovelas turcas seguidas, que el verdulero te encajara una sandía podrida y soportar el baile solitario del vecino del piso de arriba a las cuatro de la madrugada, antes que tener cincuenta años e ir a Gldanula a pelearte.

Mi conocido –cuyo nombre no voy a decir completo; solo les diré que empieza con T y termina con emo– iba al volante, torciendo el labio inferior con aire de matón.

Cuando llegamos a Gldanula, el lugar me resultó muy familiar.

—¿De dónde conozco esto? —me pregunté.

Y entonces lo recordé: lo había visto en las películas estadounidenses. Esos sitios donde meten a un tipo cualquiera, un pobre desgraciado, en el maletero, lo llevan a un descampado y aplastan el coche con él dentro.

Exactamente eso era: un cementerio de automóviles.

Miré hacia un lado, miré hacia el otro... Miraras donde miraras, no había escapatoria.

Imagínense la escena: un hombre de cincuenta años, con angina de pecho, intentando huir mientras seis grandulones lo persiguen. No parecía una perspectiva demasiado alentadora.

Todos bajaron de los coches y se acercaron a una cerca.

Aquella cerca no cercaba absolutamente nada, y eso me dio todavía más miedo.

Entonces todos, al mismo tiempo, empezaron a orinar contra la cerca.

Eso me dio aún más miedo.

Lo peor era que, aparte de mi amigo, no conocía a nadie. Es decir, en ese momento solo reconocía dos cosas: a mi amigo y a la cerca. Así que no tenía ni idea de a quién debía seguir, lo que complicaba bastante la situación. Solo distinguía la cara de uno de los nuestros... Bueno, ni siquiera la cara: un fragmento de oreja. Durante el viaje, tan apretados como íbamos en el coche, era lo único que alcanzaba a ver. Mientras tanto intentaba que no se me cayeran las monedas del bolsillo, porque llevaba una mano metida allí.

Alguien nos llamó y nos acercamos al coche. Abrieron el maletero.

—Saquen lo que hay.

Uno sacó un cuchillo. Otro, una especie de puño americano. Un tercero, una llave inglesa enorme. Yo también me asomé al maletero. Solo quedaba un inflador de pie. La verdad es que nunca había usado un inflador en una pelea, pero era mejor que ir con las manos vacías. Quedarme quieto en una esquina haciendo "fss... fss..." como si estuviera comprobando el inflador no parecía una estrategia muy convincente. Pensé que podía arrancarle la manguera y hacerla girar como un látigo.

Fuimos hasta el centro del terreno y nos detuvimos. El yerno y el suegro se acercaron hasta quedar nariz contra nariz. Alguien me gritó:

—¿Qué haces parado ahí? ¡Ese es el lado de ellos! Ven para acá.

Me cambié de sitio, aunque creo que antes estaba donde debía. Aquel tipo me confundió. Ni siquiera estoy seguro de haber terminado realmente del lado de los nuestros.

Mi amigo se acercó y me dijo:

—¿Ves a ese señor de setenta y seis años, el del bigote? Lleva un arma en el bolsillo. En cuanto empiece la pelea nos va a disparar. —Maldición, murmuré—. ¿Qué dijiste? No te entendí.

—Que estoy nervioso y se me traban las palabras.

—No tengas miedo —me tranquilizó—. Ahora mismo voy a buscar un arma.

—Voy contigo.

—No. Quédate aquí. Aquí haces más falta.

Arrancó el coche y salió disparado.

Me acerqué a un automóvil grande y abrí las cuatro puertas.

Pensaba intensamente en el "método Chaplin": entrar por una puerta, salir por la otra, correr un poco, volver enseguida, entrar otra vez por otra puerta y salir por el lado contrario... repetirlo hasta que te atraparan.

Me enrollé la manguera del inflador alrededor de la mano.

Y entonces empezó la pelea. Fue una pelea muy seria. En un momento dado ya ni siquiera pude apartar la vista de ella. Bueno... en realidad estaba junto al coche. O mejor dicho, detrás. Más exactamente aún, se me había desatado un cordón del zapato y estaba agachado atándolo. Primero agachado. Después acostado. Debajo del coche.

Fue el mejor momento cinematográfico de toda la escena.

Ya no ves la pelea. Solo escuchas los golpes y los gritos. Y por esos sonidos imaginas el desastre que se está desarrollando.

—¿Quién está aquí? —gritó alguien.

Y me encontraron.

—¿Tú eres amigo del que empieza con T y termina con emo?

Me puse de pie. Bueno, primero salí de debajo del coche y después me puse de pie. No logré entender si era de los nuestros o de los otros. Me quité la manguera de la mano... La hice girar. Una vuelta. Otra. Otra más. Y le di un golpe en plena frente.

Salí corriendo y me metí en medio de la pelea. Todavía guardaba un truco secreto. Consistía en caminar entre los que se estaban pegando mientras gritabas un nombre raro:

—¡Jack! ¡Jack!

O:

—¡Charlie! ¡Charlie!

Sin prestar atención a nadie, como si hubieras perdido a un amigo y lo estuvieras buscando.

A este sistema yo lo llamo el método de la triple confusión.

Funcionó.

Y también ayudó el hecho de que ellos tampoco me conocían y no estaban completamente seguros de si debían pegarme o no.

Entonces miré hacia el horizonte y vi llegar una patrulla policial.

"¡Me salvé! ¡Me salvé!"

La patrulla llegó y le preguntó al que tenía la cara más destrozada:

—¿Qué le pasó?

—Me caí.

—¿Y después de caerse lo arrastraron?

—No. Me caí y me arrastré yo solo.

—¿Llevan armas?

—No.

Yo me acerqué discretamente a los policías y les hice una seña con los ojos. ¿Qué seña? Ni yo mismo lo sé. Pero alguna seña hice.

—Si no llevan armas, entonces sigan, pero no se maten entre ustedes.

Y, de verdad, se fueron. La pelea continuó.

—¡Al diablo con todo! —grité—. ¡Ya que estoy metido en esto, adelante!

Y antes de que me tiraran al suelo, durante unos segundos repartí manotazos con todas mis fuerzas. En fin, la pelea terminó. Yo salí bastante bien parado. Solo había perdido la visión de un ojo y, cuando me tocaba la oreja, no sentía absolutamente nada. Cuando nos marchábamos, los del otro bando nos alcanzaron en coche. Un tipo muy golpeado sacó la cabeza por la ventanilla. Llevaba el cuello de la camisa completamente desgarrado. Parecía Alain Delon en esas películas en las que primero le rompen el cuello de la camisa y después intentan cortarle la cabeza.

¿Saben qué me dijo?

—Ven, te acerco hasta abajo.

Me conmovió. Pero no lo demostré. Y no me subí. Seguí caminando. Cuando llegué a la carretera apareció mi amigo con el coche.

—Ya traje las armas.

—De este oído no oigo. Háblame por el otro.

—¡Ya traje las armas!

—A ver.

No había conseguido armas de fuego, así que había traído: dos cuchillos para cortar pan, cuatro cuchillos para pelar papas, cuatro grandes coladores para té, unas diez cuchillas de máquina de picar carne –supongo que con la idea de lanzarlas como si fueran ninjas–, un objeto completamente indescriptible y otros dos objetos igualmente incomprensibles que, más tarde, descubrí que eran cortadores de pizza: tenían una rueda redonda girando delante, así que no podían ser otra cosa.

Pensé: Voy a escribir todo esto mientras todavía lo tengo fresco y lo llevaré a alguna editorial.

Lo escribí. Lo llevé a una editorial muy importante. Lo leyeron. ¿Y saben qué me dijeron?

—Está escrito en un lenguaje demasiado complicado. El contenido termina perdiéndose.

Aleko Shugladze (Tiflis, Georgia, 18 de septiembre de 1965) es escritor, guionista y director de cine. Estudió en el Instituto Politécnico de Tiflis entre 1982 y 1987 y posteriormente cursó Dirección Cinematográfica en la Universidad Estatal de Tiflis. Entre 1989 y 1993 trabajó como asistente de dirección en los Estudios Cinematográficos de Georgia. Más tarde integró el teatro de performance Margo Korabliova (1994-1997) y, entre 1998 y 2001, realizó documentales contra la violencia para la organización Caucasian House. De 2001 a 2003 fue director y guionista de la organización no gubernamental StudioMobile – Accent on Action, dedicada a la lucha contra la violencia contra las mujeres. Desde 2003 se ha dedicado intensamente a la promoción de la literatura, distribuyendo libros de manera independiente y organizando encuentros y conversaciones con lectores en instituciones y organizaciones. Inició su trayectoria literaria en la década de 1980 escribiendo obras de teatro y guiones cinematográficos. Su primer libro de cuentos, Intento de fuga, apareció en 2001. Su novela Todo lo que ocultamos (2016) se convirtió en un éxito de ventas en Georgia y fue uno de los libros más leídos del año. En 2017 recibió el prestigioso premio literario Saba a la mejor novela del año. Posteriormente, la obra fue traducida al inglés y al alemán. En 2018 participó en el certamen internacional Penmarathon, en el que escritores georgianos y alemanes debían escribir un relato sobre un tema determinado durante veinticuatro horas de trabajo aislado. Obtuvo el segundo puesto entre los participantes georgianos. En 2020 publicó el volumen de cuentos Un laberinto para Manuel, distinguido con el premio literario Free Litera. En 2026 apareció La mujer en el campanario, una colección de cinco relatos que integró la lista de finalistas del premio Saba de ese año.

 

GOLGO

Nino Martino

 

No, esta no era la Cerdeña que recordaba y que tanto había amado.

Las encinas seguían allí, en la llanura de Golgo, junto con los lentiscos y el su murdegu, el jara sarda. Todo parecía salvaje, natural, adecuadamente primitivo. Pero ya era pura ficción. Una gigantesca maquinaria mediática destinada a los turistas adinerados, y solo a ellos. Las playas blanquísimas, el mar azul, los escollos y los farallones. Y luego el interior de la isla. Todo estaba cuidado hasta el más mínimo detalle.

Había desaparecido cualquier forma de industria o de actividad productiva que no estuviera estrictamente vinculada con la agricultura biológica o con una ganadería controlada. Toda la costa, y también el Supramonte del interior, estaba preparada para un turismo de lujo, ese que ama la ficción de una naturaleza salvaje e incontaminada. Una naturaleza más auténtica que la antigua naturaleza. Quien tiene dinero debe poder relajarse en armonía, sincronizarse con la energía positiva y respirar las fragancias silvestres.

En algún lugar estaba la sima de Golgo, la gran atracción del Supramonte de Baunei. Había estado allí una vez, cuando era niño. Yo también había arrojado una piedrita y durante mucho tiempo no la oí rebotar.

—No la oyes porque es muy profunda —me dijeron.

—¿Qué tan profunda?

—Cientos de metros. Tan profunda que la piedra tarda bastante en golpear una roca.

—¿Y si alguien se cae?

—A veces sucede.

—¿Y cómo hace para salir?

—No. Nadie que haya caído allí ha vuelto a ser rescatado.

La puerta de la lanzadera oruga se abrió con un leve silbido.

—Adiós, señor Parodi, y felices vacaciones. Ya verá, será una estancia maravillosa. Es uno de los mejores lugares. Incluso tiene un toque de misterio. Ya sabe... la sima de Golgo...

Bajé y me volví para mirar al piloto.

—¿Misterio? ¿Qué tiene de misteriosa?

—Oh, se cuentan cosas muy extrañas sobre la sima de Golgo.

Con otro suave resoplido la puerta se cerró. La lanzadera eléctrica giró, retomó el camino de tierra y desapareció, rápida y silenciosa, detrás de una curva.

Un hombre vestido con el traje tradicional sardo salió del hotel y vino a mi encuentro.

—Buenos días. Usted debe de ser el señor Antonio Parodi.

—Así es.

—Lo estábamos esperando. Permítame llevar su equipaje.

Tomó la gran valija que contenía todo mi equipo científico y nos encaminamos hacia la entrada.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

—El necesario.

Hice un gesto impreciso con la mano.

Subimos un par de escalones de falsa madera y atravesamos un pórtico antes de entrar en la pequeña recepción.

La mujer que estaba detrás del mostrador era alta, morena, de ojos negros. También llevaba una versión moderna del traje tradicional sardo. Conservaba el estilo, aunque el corte era más sobrio, elegante y ligero.

—Buenos días. Apoye la mano, por favor. —Adelantó una pequeña caja negra con el lector de identificación—. Discúlpeme, es por razones de seguridad. Ya comprende.

—Lo comprendo.

Apoyé la mano sobre el lector, que emitió un débil pitido. Se encendió una pantalla holográfica con una serie de datos y cifras.

—Perfecto. Su habitación ya ha sido asignada. Le transfiero la acreditación. —Oí el leve sonido de mi dispositivo portátil dentro del bolsillo—. Todavía llega a tiempo para el almuerzo. Falta menos de media hora. Desde su habitación podrá elegir el menú. Chiara Settembrini, quien lo convocó, almorzará con usted.

—Muy bien.

—Le recomiendo el cochinillo asado...

—¿Cochinillo?

—Reconstruido y sintetizado a partir de algas, naturalmente. Nosotros respetamos la naturaleza. En cambio, podrá ver a nuestros verdaderos cochinillos correteando libremente por el bosque. —Sonrió con una extraña curvatura en los labios. En la muñeca llevaba la pulsera identificativa: género femenino, libre y disponible—. La dirección y todo el personal esperamos mucho de usted. No comprendemos qué ha sucedido. Permítame darle la bienvenida en nombre de todos.

—Gracias.

La habitación era amplia. Las paredes estaban revestidas de corcho. Un enorme ventanal daba al bosque. En cuanto entré, la habitación me reconoció y apareció una pantalla holográfica con el menú.

Elegí el cochinillo asado y una selección de verduras crudas, garantizadas como biológicas y cultivadas en el lugar.

Me quedé contemplando el bosque más allá del doble vidrio.

Era un auténtico encinar. A algunos árboles les habían retirado hacía poco la corteza y mostraban el tronco rojo como la sangre. El sotobosque crecía aparentemente libre y salvaje, en una ficción impecable. Una inmensa maquinaria mediática. Naturaleza Incontaminada. Esa era la auténtica vocación de Cerdeña, proclamaban los folletos. Una vocación que, liberada de las ataduras del falso progreso, había emprendido por fin el vuelo, igual que sus centenares de halcones peregrinos.

Un sonido suave, casi de flauta, me anunció que el almuerzo sería servido en pocos minutos en el comedor común. Me cambié rápidamente, me puse un traje ajustado de color gris acero y salí.

El comedor era pequeño y estaba elevado sobre el terreno. Uno de sus lados era una inmensa pared de doble vidrio desde la que se podía contemplar el bosque. Guiándome por las indicaciones de mi dispositivo portátil, fui hasta la mesa que me habían asignado, una de las mejor ubicadas. Volví a mirar hacia el exterior. En algún sitio debía de estar el sendero apenas insinuado que conducía a la sima de Golgo.

Entró un grupo de tres personas y ocupó una mesa cercana.

La mujer era alta, esbelta y muy rubia. Llevaba descubierto el pecho izquierdo, donde se veía el tatuaje identificativo de género. Los dos hombres vestían elegantes monos de color gris antracita y tenían esa expresión desdeñosa de quienes poseen mucho poder... o fingen poseerlo.

Miraban alrededor, contemplaban el paisaje y reían. Parecían inmensamente felices y seguros de sí mismos.

—Me perderé en el bosque —dijo la mujer echando la cabeza hacia atrás, radiante—. Quien me encuentre me tendrá.

—¿Y si te encontramos los dos? —preguntó el más bronceado de los hombres. Su piel tenía un tono dorado.

—Oh... —rio ella—. Entonces... —Acarició al más bronceado y le lanzó un beso al otro—. Adoro esta naturaleza. Tiene una vibración tan positiva... Fue una idea excelente venir.

—Entonces, perdámonos.

La mujer volvió a reír, mostrando una lengua vivaz.

—Me perderé... Nos perderemos en el bosque...

Aparté la mirada. La Cerdeña de mi infancia se había perdido para siempre en el gran vacío del tiempo.

Entonces la vi entrar.

Era menuda, de piel clara, sin maquillaje, con un vestido elegantemente escotado que se ceñía a su cuerpo. Le preguntó algo al camarero, quien le señaló mi mesa.

Se acercó con paso rápido y se sentó frente a mí de un movimiento ágil.

—Soy Chiara Settembrini y tú eres Antonio Parodi.

—Hola, Chiara.

Notó que miraba la pulsera que llevaba en la muñeca.

—No te hagas ideas raras. La llevo solo por protocolo. Estamos aquí para trabajar, no para otra cosa. Soy la responsable del sector informático y del hardware.

Sonreí.

—La sima de Golgo y los problemas que han surgido. Traje todo mi equipo.

—Después iremos. ¿Qué elegiste del menú?

—Cochinillo asado y verduras.

—Yo también.

—No eres sarda.

—No. Pero tú tampoco.

—Hace mucho tiempo mis padres trabajaron una temporada en Cerdeña.

—Bueno... desde entonces han cambiado unas cuantas cosas.

—Sí.

—Ahora Cerdeña es, por fin, una tierra libre, controlada y natural.

Me dedicó una sonrisa torcida, como si esperara mi complicidad.

En ese momento llegó un camarero vestido con traje tradicional sardo. Llevaba una gran corteza de corcho con forma de cuenco natural. Sobre el mirto fresco descansaban las tajadas de cochinillo asado.

El aroma me envolvió.

—Parece auténtico cochinillo asado.

—¿Lo conocías?

—Claro.

—Yo no, hasta que empecé a trabajar aquí. Pero está muy bueno. Ya lo he probado.

—Buen provecho —dijo el camarero antes de alejarse.

—Lo importante —dijo Chiara mientras empezaba a comer con verdadero apetito— es ofrecerles a los visitantes exactamente aquello que creen necesitar. —Hablaba sin parar. De vez en cuando blandía el tenedor para dar énfasis a alguna frase—. La sima de Golgo está rodeada de muchas leyendas antiguas. ¿Las conoces?

—¿A cuáles te refieres?

—Por ejemplo, antiguamente se decía que de la sima salía un dragón que exigía el sacrificio de siete muchachas, a las que luego raptaba y se llevaba al fondo.

—Vírgenes, supongo.

Chiara volvió a sonreír con aquella característica sonrisa torcida.

—Supongo que sí, aunque la leyenda no lo aclara. Después construyeron una pequeña iglesia dedicada a San Pedro, justo en el lugar donde el dragón se llevaba a las muchachas, y desde entonces cesaron los sacrificios.

—Interesante. Y, si no recuerdo mal, la iglesia sigue allí, construida con piedra volcánica.

—Claro. Hay otra leyenda que cuenta que, cierta vez, un pastor decidió no asistir a la fiesta de Baunei para conmemorar la construcción de la iglesia, y como castigo la sima se lo tragó junto con todos sus bueyes.

—Nunca conviene enfrentarse a la Iglesia.

—¿No eres católico?

—No me planteo el problema.

—Ah, yo tampoco.

Tomó una falsa costilla con las manos.

—Es increíble cómo lograron reproducir el sabor de la grasa alrededor de la costilla y hasta del falso hueso.

—Sí, no está nada mal.

—La sima siempre ha estado rodeada de misterio. Los primeros doscientos metros son un pozo vertical abierto en el basalto volcánico, pero durante mucho tiempo nadie consiguió descender hasta el fondo. Después descubrieron una plataforma donde se acumulaban los restos de quienes caían allí. Huesos, piedras, arena...

—Pero también se hablaba de un acceso al mar, ¿no?

—Sí. Según la tradición popular existía un conducto que descendía varios cientos de metros más, atravesando la roca caliza, pero nunca fue encontrado.

—Se formularon muchas teorías sobre el origen de la sima, ¿verdad?

—La más aceptada sostiene que el agua erosionó la roca caliza bajo el basalto y este terminó desplomándose. —Notó mi expresión de duda—. Bueno... al menos es la teoría más difundida.

—¿Y los primeros doscientos metros tienen una forma elíptica, con dimensiones constantes hasta llegar a la base calcárea? No sé...

—La naturaleza es extraña, ¿no te parece?

—¿Puedes contarme cuál es el problema?

—Después del almuerzo te llevaré a la sala de control. En apariencia todo funcionaba perfectamente y, de pronto... —Sacudió la cabeza—. Es un verdadero desastre. Tenemos muchísimas reservas. Gente muy rica e importante. Vienen de todo el mundo.

—Sí, me lo imagino.

—Es el misterio de esta sima lo que atrae y fascina al turista... quiero decir, al visitante.

—Naturaleza salvaje y un toque de misterio.

Me miró desconcertada. Tal vez el tono de mi voz no había sido el adecuado.

—¿No estás de acuerdo?

—Oh, sí, por supuesto. Les han dado exactamente lo que esperaban.

Me observó unos segundos.

—La armonía con la naturaleza que encuentran aquí necesita un pequeño toque de misterio. La armonía de la creación siempre tiene algo de misterioso, ¿no creés?

—Me dijiste que hace dos semanas el sistema dejó de funcionar por completo y que me llamaron como supervisor.

—Parece que eres el mejor en este campo.

Seguía observándome con cierta desconfianza.

—Eso dicen. Me informaron que habían creado una especie de lamento acompañado por la proyección holográfica de un dragón fantasmal que surgía de la sima, flotaba unos instantes sobre ella y luego desaparecía.

—Es una obra muy delicada. La diseñaron nuestros artistas. Solo la activamos los días de maestral.

—El viento seco y limpio del noroeste.

—Exactamente. Pero hace dos semanas...

—¿Qué ocurrió?

—El dragón apareció flotando sobre la sima y, de pronto, explotó en miles de chispas azules.

—¿Cómo puede explotar un holograma?

—No puede. Debe de haber sido algún problema interno del software o del hardware. Desde entonces no funciona absolutamente nada. Hay un fallo en el sistema instalado dentro de la sima, en el tramo inicial, perfectamente oculto entre el basalto.

—Quiero ver la sala de control.

—¿Ahora?

—¿Y cuándo, si no?

Naturalmente no comprendió la cita. Era demasiado ajena a este maldito sistema.

Me condujo hasta la sala de control. Había innumerables pantallas desde las que podía supervisarse cada rincón de toda la zona de Golgo. Me mostró el funcionamiento del truco holográfico. Ahora estaba fuera de servicio, pero conservaban las grabaciones. El resultado era realmente impresionante por su realismo. También aparecían las multitudes de turistas contemplándolo, extasiadas. Un campo eléctrico hacía que se erizaran los vellos de los brazos y el cabello de los espectadores. Se oían pequeños gritos, falsos desmayos, abrazos tiernos.

Algunos iban elegantemente vestidos; otros lucían una estudiada desnudez cubierta de tatuajes, según la moda más reciente entre los muy ricos.

El espectáculo había funcionado durante algunos días. Después todo el sistema colapsó y el holograma del dragón explotó.

—Un poco kitsch, ¿no te parece?

—A la gente le encantaba.

—Entonces el problema está en la sima de Golgo. ¿Puedo bajar?

—¿Bajar? —preguntó, sinceramente sorprendida—. Está "el Huevo". Algunas personas lo utilizan para experimentar la emoción de descender al subsuelo. Cobramos muy caro esa experiencia. Pero solo puede bajar una persona por vez.

—¿Quieren resolver el problema?

—Claro, pero...

—Según los datos que nos enviaron, se produjo una tormenta electromagnética originada en las profundidades. Quizá tenga que llegar hasta la plataforma inferior. Sustituiré los componentes quemados, pero necesito averiguar el origen de esa enorme perturbación. La electrónica del dragón debe de haber interferido con algo... —Chiara me observaba como si yo estuviera un poco loco—. Ya sabes... muchas veces los que parecen un poco locos son precisamente los que terminan resolviendo los problemas.

—Si tú lo dices...

—Lo digo yo. ¿Por qué crees que soy tan bueno en lo mío?

Organizó el descenso a toda prisa. Se había vuelto fría como el hielo.

 

En cuanto descendí unos metros por debajo de la boca irregular de la sima apareció el sistema electrónico. Algunos componentes estaban literalmente calcinados. Los sustituí.

Después continué bajando, mientras mis sofisticados instrumentos analizaban las paredes de la sima sin detectar ninguna anomalía.

El descenso me pareció interminable. Las paredes eran, por tramos, lisas y negras, de basalto volcánico. El Huevo se detuvo por fin en el fondo. La plataforma estaba cubierta de piedras, arena, escombros y huesos. Huesos de animales. Y también huesos humanos. La cálida luz de los LED de mi casco iluminó la cavidad. Monté el equipo mientras seguía observando los alrededores. En un punto se había producido una especie de derrumbe y se había abierto otro hueco. Consulté rápidamente la base de datos. No. Aquel conducto no figuraba en ninguna exploración anterior. Era reciente. Acerqué los sensores de campo. El hueco conducía a una segunda cámara situada bajo la plataforma. La exploración subterránea terminó y una pantalla holográfica se iluminó automáticamente. Entonces apareció.

Un amasijo metálico, parcialmente destruido. Pero en la base de datos de las exploraciones anteriores no existía nada semejante. Solo figuraba la plataforma de arena y piedras. Extraño. Si el basalto hubiera colapsado por la erosión del agua sobre la roca caliza, habría sido imposible que todos los materiales hubieran terminado únicamente sobre aquella plataforma. Y, además... ¿Por qué aquella forma elíptica, tan regular? Tomé parte de mi equipo y me introduje en el hueco. Descender resultó fácil. Demasiado fácil. No había escalones. Solo una pared lisa en espiral, de suave pendiente. Bajé varios metros hasta llegar a la cámara que había visto en la pantalla. La estructura ocupaba prácticamente todo el espacio de la cavidad. Estaba gravemente dañada. Había fragmentos esparcidos por todas partes. Consulté, incrédulo, mi dispositivo portátil. La inteligencia artificial reconstruyó de manera aproximada la forma original de aquello que estaba viendo. Integró rápidamente los nuevos datos de los sensores con toda la información disponible. Luego formuló varias hipótesis. Miré atónito la primera de ellas, señalada como la más probable.

Era una nave. Una nave espacial. De una forma extraña, elíptica. Desde un rincón llegaba un olor a quemado. Me acerqué. Había algo completamente destruido por el fuego. Como todo lo demás, resultaba imposible comprender de qué se trataba. Uno de los sensores, activado automáticamente por la inteligencia artificial, realizó una datación aproximada. Miles de años. Aunque me parecía imposible, quizá acababa de descubrir el verdadero origen de la sima de Golgo. A mis espaldas sonó un ruido breve y seco. Di un salto hacia un lado mientras me volvía. Entonces apareció la Cosa. Parecía una especie de foca. Tenía pequeños miembros anteriores rematados por finos tentáculos y, en lugar de patas, unas aletas. Poseía unos discos que parecían ojos compuestos y una especie de párpado que se abría y cerraba con rapidez. Parte de su cuerpo era, sin embargo, claramente metálica. La Cosa avanzó arrastrándose hasta detenerse fren te a mí. De pronto me invadió una inmensa ola de nostalgia. Una nostalgia ajena. La nostalgia de un mundo absurdo, con tres lunas, un cielo violeta y un mar profundísimo.

No. Ya no regresaré. No estoy vivo ni soy una máquina. Estoy atrapado. Todo está destruido. Nunca podré volver. Continúo transmitiendo los datos que recojo, pero ya no sé adónde llegan. Yo... yo he terminado. Todo terminó para siempre. Algo se quemó dentro de mí.

La oleada me atravesó... y desapareció. La Cosa se desplomó. De ella comenzó a brotar un líquido negro y maloliente. Me arrodillé ante aquel ser mientras registraba todos los datos. La datación también era increíble. Miles de años. Entonces todo empezó a desintegrarse. Algo que había mantenido unida aquella materia dejó de existir. La Cosa se convirtió en polvo. También la nave. Los fragmentos metálicos, las estructuras retorcidas, las ramificaciones de lo que parecían tubos... Todo se pulverizó.

Retrocedí apresuradamente hacia el túnel mientras el polvo invadía toda la cámara. Poco después estaba otra vez sobre la plataforma, entre las piedras arrojadas por los visitantes y los huesos de animales y personas. Respiré hondo varias veces. El hueco desapareció tras un nuevo derrumbe. Hubo un ligero temblor. Me pareció que la plataforma descendía unos centímetros.

Luego todo quedó inmóvil.

Había terminado. Consulté la inteligencia artificial. Todo había sido registrado. Sin embargo, la nueva exploración holográfica ya no mostraba absolutamente nada. La nave había desaparecido. También el extraño ser parecido a una foca. Más abajo todavía aparecía una especie de profundo canal que probablemente conducía, en efecto, hasta el mar.

Dejé de temblar. Yo seguía vivo. Y volvería a subir. Arriba me esperaban el sol, la gente, la vida. Aquella transmisión de imágenes había sido espantosa. Una melancolía. Una añoranza inmensa. ¿Era ese el verdadero origen de Golgo? Imaginé una nave precipitándose por alguna razón, excavando con su impacto aquella sima elíptica en el basalto. Quedó detenida allí, irremediablemente destruida. Ninguna posibilidad de regresar para quien parecía ser un explorador.

Había sobrevivido... miles de años. Quizá era en parte un organismo mecánico. Tal vez él mismo había excavado el conducto que llevaba hasta el mar. Quizá era la legendaria foca monje que, de vez en cuando, algunos aseguraban haber visto antes de desaparecer misteriosamente durante años.

Y luego la electrónica del falso dragón había entrado en resonancia, en una tremenda realimentación positiva, con alguno de los sistemas de aquella estructura. Ambos se habían destruido mutuamente. Entré en el Huevo y programé el ascenso. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿A quién iba a contárselo? Mi inteligencia artificial contenía todos los datos. ¿Crearían una nueva atracción turística para aquel mundo demente? ¿Y los científicos...? Pero ¿qué científicos? A veces uno toma decisiones impulsivas.

—IA, elimina todos los datos.

—Solicito confirmación.

—Confirmo. Elimina todos los datos. También la copia de seguridad.

—Copia de seguridad eliminada.

Regresé a la superficie.

—¿Y bien? —preguntó Chiara—. Perdimos la comunicación y pensamos que te había ocurrido algo.

—Todo solucionado. Ahora volverá a funcionar como ustedes quieren.

—Entonces...

—Sus equipos entraron en interferencia y resonancia con una veta metálica existente dentro del basalto. Esa resonancia quemó el sistema.

Mentí.

—¿Podría volver a ocurrir?

—No.

No volverá a suceder.

Regresamos a la sala de control. Chiara activó rápidamente los mandos. El dragón, etéreo e ilusorio, apareció durante unos instantes flotando sobre la sima de Golgo. Un grupo de turistas se encontraba junto al borde.

—¡Oooh!...

Exclamaron maravillados mientras el campo electrostático les erizaba el cabello. La gran maquinaria mediática había vuelto a ponerse en marcha. La armonía. La naturaleza salvaje. El dragón de la tradición popular. La pequeña iglesia de piedra vigilándolo todo. Todo había vuelto a la normalidad.

Chiara se ofreció a acompañarme en una excursión turística, pero rechacé la invitación.

El importe acordado fue acreditado en mi cuenta.

—¿Por qué no te quedas unos días? Estar aquí cuesta muchísimo dinero. Supongo que normalmente no podrías permitírtelo...

—No, gracias. Ya me han pagado.

Sonrió con aquella sonrisa apenas torcida.

—Si quieres... ahora que el trabajo terminó... podríamos... —Su pulsera se iluminó un instante—. Me llaman a otro sitio. De todos modos, gracias.

Entonces llegó la lanzadera oruga eléctrica. La puerta se abrió con un suave silbido. Subí.

Mientras el vehículo se alejaba por el camino de tierra, me volví para mirar. Chiara seguía de pie. Parecía desconcertada. No se despidió. Yo tampoco. Pensé en la inmensa nostalgia de un mundo que jamás volvería a existir. Pensé en aquella muerte, fuera lo que fuese aquel ser, desaparecido para siempre después de miles de años cumpliendo una misión cuyo sentido quizá ya ni siquiera existía para su propia lógica alienígena.

Después vi grupos de turistas guiados por senderos apenas marcados por expertos cicerones que los conducían a experimentar las supuestas vibraciones positivas del bosque de Golgo.

Entonces el camino dobló en una curva. La sima de Golgo y el hotel desaparecieron de mi vista.


Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.

 

LA SEÑORA HYDE

Sonia Chocrón

 

Una se mira en el espejo y sabe que algo está cambiando. Genéticamente. Por ejemplo un rasgo en el rostro, el color del cabello. Los pechos. Todos los detalles revelan el fin de mi vida anterior. Excepto por un único recuerdo que me queda de mi primer escarceo amoroso: aquel libro de cuentos de un escritor español, Alvaro de La Iglesia, donde leí, por primera vez, la sátira al Doctor Jeckyll y los efectos de la transmutación. Quién me iba a decir que lo viviría en carne propia, o en cuerpo propio, para ser más exacta. El Doctor Jeckyll y Mister Hyde. Yo soy la Señora Hyde. Lentamente me estoy convirtiendo en animal. Trato de identificarme, no soy de la casta de los lobos. Soy de otra raza, pero soy un animal. Lo primero que percibo es que mis ojos tienen un brillo que no reconozco, casi atroz. Es como si la transparencia del espejo se hubiera apoderado de mi mirada que ya no refleja, absorbe. Y quién duda de los efectos de la luna llena en mi cuerpo. Esa redondez absoluta y grosera que me tienta, que me muestra quizás, esa parte sensual de mí que hasta ahora no había descubierto. Me miro en el espejo y lo corroboro: Mi silueta se hace más vasta, centímetro a centímetro, va creciendo en volumen, en masa de carne robusta y fresca. Pero hay detalles aún más alucinantes que ver crecer un par de nalgas o dos senos descomunales rompiendo las fronteras de mi pecho, de mi cota, de mis miedos. Los detalles… ah, los detalles. El dato pequeño, mínimo a cualquier mirada dispersa. Las uñas de mis manos se estiran como si se tratara de esas flores que se abren ávidas una vez al año y cuyo tiempo los científicos estudian segundo a segundo. Este alargamiento, desde el espejo, luce como un acto de prestidigitación y no como el movimiento espontáneo de la naturaleza impaciente y sabia. Mis uñas, ahora largas, se tiñen de un rojo que me recuerda el espectro de un cherrys in the snow, el labial que alguna vez tuve; se hacen amenazantes y provocadoras. Cualquier mujer, con una manicura así, podría convertirse en la asesina de las manos sangrantes. Pero mis manos no están hechas para quitar la vida. No. Mis manos están haciendo metamorfosis para dar placer. Eso creo. Lo mismo que mis labios, ahora carnosos como una planta del vasto desierto. Esta boca jugosa, conserva en su interior, en su cielo, la savia y el sabor del deseo. Así se ha colmado. Mis ojos destellan y succionan, eso ya lo mencioné. Qué más puedo decir. La transformación se opera ante mis ojos y ante la faz irrestricta del azogue. La luz y el tiempo del espejo saben de mí, de esta que soy ahora. Nadie más asiste a este espectáculo extraño. Sólo yo.

Pero el animal no sólo hospeda su sombra en el espejo de la verdad, también crece hacia adentro como un tubérculo porque mi pensamiento también se trasmuta. Comienzo a soñar con un pene enorme y afilado. En mi cabeza se mezclan aromas, fragmentos de piel, nalgas de hombre velludas y rebosantes. Pantorrillas fuertes, lenguas húmedas y brazos titánicos. En mi alma –si es que los animales podemos tenerla– se va desvaneciendo el sentimiento, se hacen ridículas algunas palabras como amor, cariño, lástima, remordimiento. Frases como “Qué pensará mi madre” pierden su sentido, adquieren una languidez que titila hasta desvanecerse y en definitiva, en mi interior, sólo queda espacio para el instinto, para el acecho, para el cálculo. Un pene enorme e infinito. Un capullo joven debe pertenecerme. Quiero probar todo lo que ha sido creado para mí. Me perfumo, es el único subterfugio que tengo para despistar. Soy un animal, pero no quiero tener el aroma de un animal. ¿A qué huelen las zorras?

Estoy lista, soy la Señora Hyde. Si el Doctor Jeckyll pudo crear al hombre lobo, mis células han transformado mi propia composición en la de una mujer zorra. Una zorra. El espejo me lo dice, la revelación se ha consumado vastamente, el milagro está hecho. No me pregunto quién soy ahora. Lo sé de sobra. No me pregunto tampoco cómo soy. También conozco la respuesta. Sólo hago caso a lo inmediato que es el ansia que siento.

Salgo a la calle, estoy hambrienta. Son las diez de la noche. Y las sombras me recubren solo un poco, porque de este cuerpo que ahora ostento, debo asomar aunque sea el borde, la silueta. Cintura pequeña, sesenta y siete centímetros de diámetro. Senos inflados, par de esponjas de hormonas soñadoras, noventa y ocho centímetros compungidos, comprimidos, canonizados. Mis caderas y mis nalgas. Ah, mis nalgas. Masa sólida y blanda, dúctil, rosada, fértil. Así salgo a la calle. Llevo puesto un vestido rojo frambuesa de seda que se adhiere a estas curvas nuevas como si desde siempre hubiera estado allí, rozando mis cueros. Una sandalias desnudas, desprovistas de todo adorno innecesario que pueda opacar las garras de mis dedos, tersos y encendidos con el mismo esmalte de las manos. Todo lo demás me sobra. No quiero excesos, no quiero ni joyas ni accesorios ajenos a esta transpiración casi salvaje. Lo que distrae, aquello que brilla a la atención, estorba a los sentidos y los neutraliza, los aleja de la verdadera avidez.

Para iniciarme deambulo por una calle céntrica de esas que a las diez de la noche han mudado también su estirpe, se han enrarecido, y sus pobladores incógnitos se debaten en la caza de la presa. Yo también estoy al acecho. Yo también soy una vengadora furtiva, un predador sediento que busca la purificación. El Boulevard de Sabana Grande está repleto de gente joven. Las calles empedradas apenas se iluminan con las miradas perdidas de los mancebos y la luna redonda como mi desvelo. Aquí estoy y la noche es joven y mis ojos vidriosos opacan cualquier claro de luna.

Él se llama Huber, no estudia, es vendedor ambulante de muestras de medicamentos allá en su país, su rostro es casi tan hermoso como el de un ángel. Todo él es traslúcido, blanco, glaseado. Me gusta. Detrás de esa apariencia inocua y desteñida tengo la certeza de que habita un animal de otra especie que no es la mía. Nos tomamos una cerveza en un café donde todos fuman. Es el contrasentido absoluto: tomar cerveza, en un café, donde lo que se hace es fumar. Tomamos otra. Después, nos camuflamos juntos en un baño público. Entramos juntos y nadie nos mira. Antes de levantarme la falda de mi vestido frambuesa, él me pregunta mi nombre. Sólo le respondo: Soy la Señora Hyde. Él repite mi nombre en francés, con su voz casi callada, y en sus labios, la hache de mi apellido de estreno no suena, es totalmente muda, como debe ser la identidad. Silenciosa para pasar inadvertida. Yo me apresuro y desabotono sus pantalones de moda: unos levis de botones. La angustia se enciende con cada botón. Se exasperan mis dedos, mis uñas rojas tropiezan con todo lo que se le acerca, el metal de cada botón, el ojal deshilachado, el promontorio crecido que guarda dentro. La cuenta apenas comienza.

Un pene craso y filoso. Pero no es el suyo. Es el de un hombre que entra borracho a orinar y nos sorprende enredados sobre la pared. Pero ha bebido demasiado. Huber no apaga mi furia, y el borracho tampoco.

Qué es lo que busco, no tengo dudas. Dónde, he ahí la incógnita. Mientras tanto engullo algo de comer para saciar al menos mi apetito secundario. Escojo un tarantín ambulante de comida mejicana. Delante de mí, una fiesta de perros, una orgía de perros, me recuerda mi naturaleza animal. El macho se me acerca con las mandíbulas abiertas. No tengo miedo pues sé que no padece de rabia, sufre de instinto, que es un padecer que subyuga, debilita, nos convierte en esclavos. Dejo de mirarlo pero él a mí no. El vendedor de tacos mejicanos lo espanta con la intención de hacerme fiesta. No lo pienso, lo huelo. Es su sudor. En el fondo, él no dista tanto del perro callejero. Un duelo de miradas se cruza entre los dos machos –hombre y perro– y el hombre resulta vencedor. Allí, en esa cama de hojalata improvisada que es el carromato de comida, me toma por lo que soy, la mujer zorra, o sea, La señora Hyde. Su falo no es una arista colosal, mucho menos un capullo de alelí, más bien parece un tamal, pas mal… Mi perfume, afortunadamente lo opaca todo, llega a sedar la orgía de perros que nos observa como quien asiste a una clase práctica de anatomía conyugal, suaviza el espesor del picante y del maíz en fritanga. Y todos los probables clientes de tacos llegan al kiosco como si cada taco o cada tostada pudiera salir premiado con mi persona –o con el animal que soy–. No exagero. Podría haber inventado una cabellera tersa y plateada como la que recubre a cualquier zorra, podría haber inventado una dentadura nueva e incisiva para mí. Pero no es cierto. Toda mi sensualidad se reduce a un aroma, a un deseo y, por supuesto, a la masa crecida de mi cuerpo. Después de todo, menos mal. No me habría gustado que la avaricia, la banalidad, y la opulencia del lujo humanos me transformaran en abrigo de piel.

No he terminado de exprimir aún el zumo de este hombre, del rey del taco, cuando diviso por la ventanilla del carro de latón un rostro único: él es. No está, no se asoma, no espera por mí sino por su cena mejicana. Pero es él. Lo reconozco de inmediato con mi olfato que desde hoy es mi sexto sentido, mi tercer ojo y mi intuición femenina al mismo tiempo. Él es un pene magno e ilimitado. Él es mi lobo. El desenlace está cerca.

Me compongo el cabello, desordenadamente defraudado del encuentro azteca que acabo de concluir. Salgo apacible, manejando diestramente y en la oscuridad, los tacones de mis sandalias que son como dos edificios altos, delgados y desnudos. Como las Torres del Silencio. Tres escalones, y estoy en tierra, junto a él.

—Podemos tener algo, si quieres —le digo— porque yo tengo algo… mucho que darte, que te gustaría probar.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo sabes?

—Se huele —afirmo con toda seguridad.

Él se ríe con una dentadura propia. Puedo ver que casi no tiene caries y que su lengua es enorme. No sabe cuán intensamente penetran los aromas y las imágenes en mí; seguramente a él, con esa lengua, le caben en la boca todos los sabores del mundo. El sabor a párpados, el sabor a ombligo, el sabor de los árboles de la mañana, el sabor del agua espesa, del trueno, el de un pájaro inquieto y atroz.

—Ven para contarte, ven para decirte— le digo yo. Él comienza a caminar y yo le sigo. La luna está llena y por tanto, la calle es menos inmunda con su luz higiénica y blanca. Caminamos juntos, lo cual es un avance si se toma en cuenta que caminamos juntos, solos, en la noche, y apenas quedan los perros, la manada de machos que me acecha, pero que se da por vencida y parte hacia la otra acera.

—Si quieres podemos hablar.

—De qué —dice tan parco.

—De cualquier cosa, mi vida.

Y así caminamos sin nada o poco que decirnos. Qué más da. Quién dijo que un pene tiene el deber de ser buen conversador. Quién.

Llegamos a una esquina donde un hombre arremete contra una mujer. La azota con las manos, con los pies. Ella cae sobre la acera y grita herida, pero nosotros no podemos hacer nada. Y mientras la mujer gime yo miro al hombre que me acompaña y descubro que él podría ser el hombre de mis sueños, es decir, un hombre alto y robusto, de rostro anguloso y firme y seguramente de sentimientos convencionales; solitario de profesión –si no, qué hace conmigo a esta hora–; aventurero de oficio –si no, qué hace conmigo a esta hora; amante apasionado y dueño, en fin, de un pene afilado –si no, qué hago yo con él a esta hora–. No me importa que piense que soy una zorra, qué otra cosa podría ser yo. Todo lo contrario, la sola idea de que lo piense me da placer. El no imagina quién era yo hace dos horas, la perfección, la corrección y compostura, el ser más digno de todos, la estrella de un manual de urbanidad; siempre camuflando. Pero ahora soy la Señora Hyde, gracias a Dios. Y yo me pregunto a estas horas por qué no se ha hecho ninguna película sobre mí. Por qué tanto hablar del hombre lobo y tal, y de mí, nada. Eso es discriminación. Pero bueno, ¿qué hago yo pensando en la discriminación a estas horas y con este hombre idílico junto a mí?

Llegamos a las puertas de un hotel, quiero decir un hotel de paso, o sea un hotelito, un lugar más feo que bonito, sucio, oscuro como la boca del lobo –otra vez con lo del lobo, hasta yo me contamino de Hollywood– un lugar que me recuerda que esto no es Londres y me corrobora también a lo que he venido. A purificar mis apetitos, señores. Él no me pregunta mi nombre pero sin embargo le digo que me llamo Eduarda Hyde a lo cual él permanece impertérrito porque claro, con estas tetas y este cuerpo qué más da el nombre que tenga. No agrega el suyo –a mí sí me habría gustado conocerlo– pero de todos modos entramos los dos al vestíbulo, él toma la batuta como lo hacen casi siempre los hombres y solicita la habitación. Paga y toma la llave, luego subimos escaleras arriba, laberinto arriba, supurando los dos, desde ya, ungüentos de amor; contrayendo los dos, desde ya, el olfato, para no aspirar el hedor a orín. Se escuchan algunos gritos, algunos jadeos que nos transportan al placer con antelación y alevosía y llegamos al cuarto. No hace falta describirlo, todo lo que es necesario saber es que tiene una cama o algo que se le parece. Todo lo demás, lo mismo que una joya, distrae, sobra.

Y allí estamos los dos, él y yo, solos, con una cama. Tengo miedo. El espejo nunca me dijo que tendría miedo. Trato de sobreponerme, pero el temor se resiste a mí misma. Él es, me repito. Es él. Yo lo desvisto primero. Su pecho es muy velludo, es como un hombre de peluche. Y sus brazos. Ay, sus brazos están hechos de metales dúctiles y sellados con un tatuaje de serpientes casi indescifrable. Los pantalones caen a tierra como un telón repentino y allí, escondido, puedo distinguir lo que busco. No quiero que el sienta que lo tomo como hombre-objeto, como objeto sexual; en realidad, lo que quiero es su objeto sexual. Ahora él va conmigo. Mi vestido frambuesa no rueda tan fácilmente como un pantalón cien por cien de algodón. La seda, por la electricidad del cuerpo, se adhiere a mi piel, así que él descubre lentamente mis hombros y los va besando con todo, sobre todo con aquella lengua enorme tan presta a cualquier sabor del mundo. Luego mis senos provocadores le causan un estupor de felicidad. Puedo verlo y olfatearlo porque los animales tenemos un olfato demasiado sensible y me doy cuenta de que él ha comenzado a exudar un aroma un poco rancio y aterciopelado que lo desnuda ante mi nariz. Me río adentro de mi cuerpo con una sonrisa amplia y triunfante sin que él pueda notarlo, y sé a través de mi mirada ancha y penetrante que él ya está contento.

De pronto mi vestido cae inesperadamente y él se conmueve. Se estremece todo al verme desnuda. Presiento que en segundos saltará sobre mí, ávido.

Incomprensiblemente el hombre parco se convierte en un hombre iracundo, balbuceante. Luego vocifera, se hace hostil en sus gestos y en su voz. Qué es lo que dice, no entiendo. Estoy muy nerviosa. Parece otro, como si una metamorfosis extraña también acabara de eclosionar dentro de él. Las cejas se le juntan, los colmillos se le afilan como unas estacas. Dios mío, qué le ha pasado a este hombre, al parco, al solitario. Parece un caballo salvaje. O un lobo. Parece un lobo con mal de rabia. Se me abalanza a golpearme porque mi pene es más grande y afilado que el suyo. Y yo qué culpa tengo.

Intenta golpearme con sus puños peludos pero yo, que tengo la fuerza de una zorra y de una gata bocarriba también, me defiendo. El hombre huye de mí y de él y me deja entonces con este sabor amargo en la boca, con este olor a fracaso pegado como una estampilla sobre mis sentidos.

Regreso a mi casa con la certeza de que el mundo es injusto. Voy caminando por las calles vacías y entiendo que sólo mis sinsabores lo ocupan todo. No tengo ningún subterfugio para desvanecer mi desconsuelo. Estoy desamparada, en la vastedad de esta noche, y estoy presa también de la vastedad de mis instintos, de esta naturaleza extraña, de mi imagen frente al espejo, de lo auténtico de mí. Voy pensando. Y los perros ¿También ellos huirán de mi esta noche? Pienso y sigo pensando. Yo sufro mucho más que el Doctor Jeckyll y, sin embargo, de él, hacen películas. Yo padezco mucho más. Perdí tres de mis uñas carmesí y mi vestido frambuesa y mi esperanza larga y mi estreno ilusionado se han malogrado juntos.

Porque yo soy la Señora Hyde y no hay poción que me devuelva otra imagen, ni siquiera otra sombra, frente al espejo.

Sonia Chocrón nació en Caracas, Venezuela, en 1961. Es licenciada en comunicación social. Poeta, narradora. Guionista. Publicada por editoriales como Alfaguara, Bruguera, Monteávila. 1988 llega por concurso al Taller “El argumento de ficción de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. De allí, viaja a México invitada por el premio Nobel para fundar el “Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez” donde coescribe guiones para la televisión y el cine. Ha publicado La dama oscura, Sábanas negras, Las mujeres de Houdini, Usted, La virgen del baño turco y otros cuentos falaces y Falsas apariencias.  Su trabajo le ha merecido premios y reconocimientos. Apareció en antologías poéticas, narrativas y críticas. Ha sido publicada y traducida en revistas académicas especializadas en literatura (narrativa y poesía).

 

 

jueves, 16 de julio de 2026

OS VERITATIS

Serena Gentilhomme

 

Os Veritatis, la Boca de la Verdad. Ese mascarón amenazante es el emblema del restaurante con estrella Michelin de mi hermana. Hoy está cerrado al público, pero ella insistió en invitarme a degustar su menú gastronómico. Y hablando de gastronomía, siento que estoy incubando una indigestión: la cena aún no termina y ya me siento enferma. Un eructo hace subir los trozos del estofado de caza que esa muy astuta me obligó a tragar y que me repugnó desde el primer bocado.

—Ah, perdón.

—¿Te sientes mal?

—No…

—¿Por qué mientes todo el tiempo? Eres incorregible.

—En realidad, es el regusto de tu estofado lo que me molesta…

—¡Secreto de chef!

Con los labios apretados, me escruta con sus ojos pálidos. No hay escapatoria posible: las reproducciones de la Boca de la Verdad me rodean por todas partes, sobre un fondo de mármol negro. La más grande cuelga a mi espalda, soplando una eternidad helada sobre mi nuca… Como puedo, me obligo a tragar saliva y respiro hondo.

—¡Al menos dime dónde está mi Bebé!

—Ya era hora: por fin piensas en ese querido pequeño que concebiste con mi propio marido. Qué bien supieron guardar el secreto los dos… Pero, en fin, eso ya es pasado. Nuestro querido murió, tú te quedaste en la ruina y te viste obligada a volver con tu rica hermana engañada, que te recibió junto con tu mocoso…

—¿Dónde está? Lo he buscado por todas partes…

—Si fueras una buena madre, no le quitarías los ojos de encima. Pero, en fin. Por suerte, yo me ocupo de todo. Relájate, bebe una copa de este Brunello di Montalcino y sigue con el estofado.

—No creo que pueda… ¿Dónde está Bebé?

—Te lo diré con una condición: que comas.

—Tengo náuseas…

—¡COME!

Mi boca se llena de una masa untuosa, impregnada de un aroma con efluvios indefinibles que, sin embargo, me resultan extrañamente familiares. Mi esófago se rebela. Aprieto la servilleta contra los labios, pero mi hermana apoya las manos sobre ella con todas sus fuerzas, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, hasta la oscura cavidad del mascarón que, según la leyenda, cercenaba las manos de los mentirosos. Ya está. La cosa ha bajado. Solo me queda un violento ataque de hipo. Entre espasmo y espasmo pregunto, una y otra vez:

—Bebé… ¿Dónde está?

Mi hermana sonríe y se inclina hasta mi oído.

—Está más cerca de tu corazón de lo que imaginas.

Con suavidad hace girar mi silla hacia la pared donde reina el gigantesco mascarón que me contempla con sus ojos vacíos. De inmediato me invade esa desconcertante sensación que produce un juego de las diferencias: algo ha cambiado desde hace un momento, ¿pero qué? Empiezo a temblar; los dientes me castañean. Cierro los ojos, pero mi hermana me obliga a mirar, pellizcándome las mejillas. Su sonrisa se ensancha, su dentadura de oro resplandece, y su dedo huesudo señala una esquina de la enorme boca de sombras, de la que sobresale algo…

Una diminuta mano de recién nacido, lívida y rígida.

Serena Gentilhomme nació en Florencia, Italia, y reside en Besançon, Francia, desde hace medio siglo. Tras explorar el ámbito de la fantasía con tintes eróticos (Villa Bini, 1997; Les Nuits étrusques, 1998), se dedicó a novelizar historias de crímenes reales y sangrientos: Ce que ça fait de tuer (2019). En Des garçons comme il faut (2026), examina las normas sociales, las apariencias y las imperfecciones que se esconden tras la apariencia de decoro. Una novela sensible e incisiva que confirma su talento para indagar en las contradicciones humanas.