viernes, 27 de marzo de 2026

AMMO RAA

Majda Arhnauer Subašić

 

—Ammo raa, ammo raa, ammo… —el grito inarticulado, surgido de la garganta de una criatura robusta y cubierta de vello, resonó por el desierto.

Las hendiduras de sus ojos, abiertas por el miedo y situadas bajo una frente baja, permanecían fijas en el cielo, de donde provenía una luz cegadora. Era completamente distinta de aquella esfera ardiente que aparecía con regularidad en un extremo del mundo que conocía y desaparecía por el otro. A esa estaba acostumbrado, aunque al verla ponerse en la distancia siempre lo invadía una leve inquietud. Temía el peligro que traía su ausencia. Más que comprenderlo, lo sentía: en la oscuridad era impotente y mucho más vulnerable ante criaturas de formas diferentes. Más rápidas, más ágiles, más fuertes.

Ya cuando la esfera conocida comenzaba a descender y su luz a menguar, él y los de su especie empezaban a buscar refugio en la espesura de los arbustos o bajo los escasos árboles. Por instinto había surgido la conciencia de que juntos eran más fuertes y podían sentirse más seguros. Los murmullos que brotaban de sus gargantas expresando una angustia primitiva, se apagaban poco a poco al sentir la cercanía de los otros.

Pero aquella luz había aparecido de repente. Al principio, un diminuto punto en el cielo creció con rapidez y adquirió contornos más definidos. Danzaba sobre las cabezas de las criaturas, que la contemplaban como hechizadas. La acompañaba un zumbido desconocido para sus oídos. El cerebro de la criatura reconoció al instante la situación como peligrosa y emitió la orden de alerta total. El corazón se desbocó en un ritmo de combate y la sangre se precipitó por las venas. Todas las fibras se tensaron a la espera de la siguiente orden que debía dar el cerebro. Aquel complejo sistema orgánico, oculto bajo los huesos del cráneo, tenía que analizar en un instante una multitud de datos aparentemente inconexos y ofrecer una solución de la que dependía la existencia de la criatura. ¿Luchar o huir?

La mandíbula prominente se descolgó primero por la sorpresa y luego se abrió en una mueca amenazante que dejó al descubierto una hilera de dientes fuertes. El “ordenador” eligió la lucha y la orden fue emitida: asustar al enemigo desconocido. Mostrarle su fuerza. Hacerlo huir. Así había sido enseñado el organismo a lo largo de milenios. El método había demostrado ser eficaz en gran medida y se había transmitido de generación en generación.

El cuerpo tambaleante de la criatura peluda agitó aún los brazos y, un instante después, cayó al suelo como segado. No resistió la presión de su propia fuerza. Lo traicionó el motor que impulsaba la sangre por sus venas y mantenía los procesos biológicos que lo sostenían con vida. Los demás humanoides, buscando refugio en la alta hierba de la sabana, se dispersaron por los alrededores. Con una mezcla de asombro primitivo y miedo en la voz, gritaban:

—Ammo raa, ammo raa…

—Ammo raa, ammo raa —repitió con una sonrisa Signum-1 mientras se preparaba para la fase final de la maniobra de aterrizaje.

Las voces captadas por los sensores llevaron al módulo las primeras impresiones auditivas de la vida en el planeta, destinado a entrar en la órbita de un desarrollo vertiginoso. Miles de años de observación y estudio de la especie que evolucionaba más rápidamente de entre todas las que lo habitaban habían dado resultados favorables en cuanto a sus características biológicas conocidas hasta entonces. Un material adecuado, al que convenía dar la oportunidad de acelerar su progreso mediante algunos impulsos bien dirigidos.

—Interesante denominación para lo desconocido e incomprensible. Apostaría a que esta expresión podría pasar a formar parte de la memoria histórica de estos especímenes. Las generaciones que se sucedan la transmitirán unas a otras, aunque su significado original se pierda. Algún día nos venerarán sin ser conscientes de nuestro verdadero papel. La realidad y la fantasía se entrelazarán en una mezcla de reverencia y admiración que podría incluso transformarse en culto. No me sorprendería que así denominaran a una divinidad creada en su mente como recuerdo de un acontecimiento incomprendido que interrumpió su rutina cotidiana, tal como ya ocurrió en el planeta 3ZAPY10.

—Estoy de acuerdo —asintió Signum-2—. Se trata de un curso de acontecimientos bastante predecible, registrado ya muchas veces en distintas variantes.

Desvió su atención hacia el procedimiento preciso de reducción de la velocidad de aterrizaje y, en consecuencia, la disminución de la potencia de los aceleradores energéticos. La pequeña masa intensamente luminosa, con una tripulación de tres hombres cuya misión transformaría el planeta, se detuvo, con un zumbido cada vez más débil, justo sobre el suelo, quedando suspendida en el aire. Dos figuras, con trajes ceñidos que constituían una versión especial de cámara térmico-vacía, descendieron en silencio hasta la superficie.

El primer contacto con el suelo del planeta despertó en ellos una sensación de respeto y gratitud por poder sembrar allí la semilla de un desarrollo futuro. Y también una leve inquietud nacida de la responsabilidad que bien conocían.

Al descender, Signum-1 comentó pensativo:

—Nuestra intervención en el desarrollo natural de la vida en este planeta puede ser un arma de doble filo. También puede conducir a la destrucción, como ya ha ocurrido. Desde la catástrofe de 2ZAP3.0, siempre albergo ciertas dudas sobre si nuestra injerencia tiene sentido y es éticamente justificable.

—Confiemos en el mejor resultado. Además, volveremos para observarlos y, si es necesario, corregir el rumbo. El primer millón de años es el más difícil. Cuando superan el nivel tecnológico en el que empiezan a ser conscientes de las posibles consecuencias del uso incontrolado de su conocimiento, suelen aprender a dominar la engañosa sensación de superioridad. Entonces los valores morales se arraigan definitivamente en su conciencia colectiva —respondió Signum-2, más optimista.

En silencio, se dirigieron hacia la criatura que yacía indefensa en la hierba, no muy lejos. Todo su ser giraba en torno al miedo, y con terror mortal observaba a las extrañas figuras que se acercaban.

Se acabó. Ya no se movería, no vería, no emitiría sonidos. Como otros que había visto caer ante criaturas diferentes. Pero a esas –grandes, fuertes, rápidas, que clavaban en ti sus dientes afilados– las conocía. A veces podía escapar de ellas, esconderse. A estas blancas, algo parecidas a él y a los suyos, jamás las había visto. Por instinto se quedó rígido. Y esperó. Hasta que, con ayuda de un modulador de ondas cerebrales, se sumergió en un estado de sopor.

El tercer miembro de la tripulación se unió a los dos primeros solo en la fase final de la operación. A él le correspondía realizar el acto crucial que cambiaría el curso de la vida en el planeta.

El bioscáner confirmó, como se esperaba, los datos recopilados previamente. El espécimen era considerado la forma de vida más desarrollada en esa parte del universo. Según las previsiones, poseía bases genéticas susceptibles de ser mejoradas drásticamente mediante la implementación de un genoma más perfeccionado. El análisis in situ, realizado por Signum-3, lo confirmó. Un pequeño pinchazo y la extracción de una gota de líquido rojo ofrecieron más respuestas. El analizador bioespectral necesitó solo unas centésimas de segundo para determinar la combinación óptima de cadenas peptídicas complementarias con la muestra.

Las simulaciones se habían realizado muchas veces, pero esta era la primera en vivo. Los tres sintieron excitación al observar los monitores virtuales donde se desarrollaban los análisis de cada componente.

—En momentos como este, cuando cambiamos el curso de la evolución de un planeta, siempre me pregunto si es correcto jugar a ser creadores. ¿Realmente nos está permitido intervenir en el curso natural de los acontecimientos en nombre de la ciencia y el progreso? —dijo Signum-3, dejando aflorar sus dudas.

Aunque la pregunta sonaba retórica, recibió respuesta.

—Ah, ¿para qué tantas dudas? La superioridad que se nos ha otorgado nos exige abrir camino a otros. Con nuestra ayuda nos seguirán. Y algún día su desarrollo los llevará a un nivel en el que serán capaces de hacer lo mismo que nosotros: crear nuevas formas de vida, contribuir a la biodiversidad del universo. Nuestro papel es simplemente acelerar el proceso.

Asintieron en silencio.

La presión sobre un punto de la pantalla activó el programa. Comenzó la síntesis cuidadosamente planificada de las cadenas peptídicas de ambas muestras. El proceso se puso en marcha. Solo faltaba implantar la nueva estructura en el cuerpo del receptor. Un procedimiento rutinario que conduciría a la criatura primitiva hacia nuevas dimensiones de desarrollo.

Se le otorgaría el poder de superarse a sí misma, de someter a especies menos exitosas y de acercarse a su ideal de creador. Se vería arrastrada por un torbellino de progreso que la impulsaría cada vez más alto. El crecimiento y el florecimiento de la especie se acelerarían. Le llevaría mucho tiempo comprender que el poder y la superioridad también exigen responsabilidad: hacia sí misma, hacia el planeta, incluso hacia el universo, cuando ampliara su perspectiva y comprendiera que no es la cima de la creación, sino solo una parte de un sistema vivo que late en la eternidad.

El segundo pinchazo, algo más profundo, tampoco dejó huella. Solo provocó pequeños espasmos, señales de que el sopor remitía. El pecho comenzó de nuevo a subir y bajar, la vena del cuello a latir con fuerza. De la boca de aquel ser empezaron a brotar sonidos guturales que se transformaron en una secuencia en la que se percibían los primeros indicios de melodía. Quién sabe por qué caminos aquellos sonidos encontraron su lugar en la memoria colectiva y se conservaron durante milenios en los rituales de los chamanes.

Signum-1 miró a la criatura cubierta de vello casi con afecto. Sintió la necesidad de pronunciar algunas palabras.

—Sobre ti recae el destino del planeta que algún día gobernarás con tu razón. Usa toda la sabiduría que ahora se te concede para no volver contra ti mismo el poder que de ella se derive. Tu ruina puede ser la ruina del planeta, y la ruina del planeta será tu ruina segura. Volveremos para observar y registrar tu progreso, guiarte y –si es necesario– borrar tus genes de la faz del planeta.

Sonó como un conjuro. O tal vez como una plegaria. Algo destinado a arraigarse en la conciencia de cada individuo cuya estructura genética naciera de aquella criatura en cuyo interior se había sembrado una nueva hélice peptídica.

Conscientes de haber cumplido otra gran tarea en su misión, los tres se dirigieron hacia el módulo que los llevaría de regreso a la nave nodriza, desde la cual continuarían explorando nuevas regiones del universo.

—¿Se imaginan que a este pobre salvaje, que hace poco aprendió a encender fuego, le hemos puesto en las manos el don con el que algún día dividirá el núcleo del átomo y penetrará en el secreto del bosón? Sobre las alas de la energía de las partículas más pequeñas viajará, como nosotros, por el universo, ampliando los límites de lo conocido con su conciencia. Llegará a comprender su propia estructura hasta la última molécula de la cadena genética que transmitirá de generación en generación. Embriagado por la conciencia de haber alcanzado la cima, también él asumirá el papel de creador —reflexionó Signum-1.

—Ojalá sea consciente de que el poder no solo es una bendición, sino que también puede convertirse en una maldición —añadió Signum-3.

El acelerador cuántico vibró apenas de forma perceptible y el módulo se puso en movimiento. Lentamente, como si quisiera despedirse, la esfera luminosa se elevó hacia el cielo.

—Poco a poco se erguirá y perderá la mayor parte de su vello. En el lóbulo frontal se acumularán neuronas y se formarán miles de millones de conexiones sinápticas. Embriagado por su propia grandeza, se elevará cada vez más alto y, a veces, pondrá en peligro su existencia, hasta que un día descorra el velo del misterio de su origen —pensó en voz alta Signum-2.

—…y tome conciencia de la fuerza siempre presente que guía su desarrollo y orienta a tiempo el curso de los acontecimientos —concluyó Signum-1.

Los humanoides reaparecieron desde sus escondites y, con murmullos de asombro, observaron la esfera luminosa que desaparecía en el horizonte. Con unos pocos sonidos apenas articulados y gestos, contarían a sus crías lo que habían presenciado. Y ellas a las suyas.

A lo largo de milenios, el acontecimiento viajaría en el tiempo y se transformaría en leyenda, donde la realidad se entrelazaría con lo místico.

Con el paso de los siglos, se multiplicaron y buscaron mejores condiciones de vida, migrando hacia las fértiles orillas de un gran río. Cada generación fue más ingeniosa, su lenguaje más rico. El conocimiento adquirido se convirtió en su fuerza y en la base de un progreso cada vez más rápido.

Pero también se transmitió el recuerdo ancestral de la esfera brillante como el sol, de la cual emergieron –al principio invisibles– extrañas criaturas dotadas de poder sobrenatural. Más que saberlo, intuían que a ellas debían mucho de lo que habían recibido.

El grito del humano primitivo, Ammo Raa, se convirtió en la conciencia del pueblo en el nombre de un ser al que comenzaron a venerar como a un dios. Amon Ra: como padre, Todopoderoso, nombrado de distintas formas en todos los idiomas del mundo, que guía con firmeza y amor al hijo y lo protege en todos sus caminos, esperando que algún día alcance la madurez y cumpla su destino.

Majda Arhnauer Subasic es una autora eslovena residente en Liubliana que escribe principalmente relatos. Su obra combina fantasía, misticismo, historia, espiritualidad y temas existenciales. Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas revistas literarias, fanzines y antologías eslovenas, incluyendo colecciones de fantasía eslovena contemporánea (Supernova, Jasubeg en Jered, Ventilator besed, Locutio). Ha recibido varios reconocimientos literarios, entre ellos premios en el concurso Koroska v besedi, una nominación a Cuento Esloveno del Año por Sodobnost (2016) y el primer puesto en el concurso de ciencia ficción de Časopis za kritiko znanosti (2019). Su relato "La Ira de la Diosa Ekvorna" apareció en la antología de ciencia ficción y fantasía de Europa del Este The Viral Curtain (2021).

 

MONSTRUO DE OJOS SALTONES: PRIMER BESO

Achim Stößer

 

Un romance moderno,
una interpretación perfecta
Actuando como dos tontos,
diciendo tonterías
Susurrando dulces naderías,
como solo hacen los jóvenes amantes

Extreme, «When I First Kissed You»

 

Una ráfaga de viento alcanzó a Mildred, le arrancó el sombrero cloche de la cabeza y dejó al descubierto su corte bob. El sombrero cayó al vacío mientras ella se aferraba a uno de los desnudos pilares de acero. Un reflejo humano, pero absurdo, considerando el motivo por el que estaba allí.

A diferencia de la ciudad de sombras grises, el viento allá abajo, cuando había comenzado su ascenso cerca de la medianoche, dormía. Aquí arriba, sin embargo, a más de mil pies sobre el suelo, había corrientes ascendentes y ráfagas que silbaban a través de las vacías aberturas de las ventanas y que ya varias veces habían amenazado con arrancarla y arrojarla al abismo.

Mildred se soltó del pilar y trepó al siguiente travesaño. En la oscuridad, la grúa que se alzaba como una silueta junto a ella parecía una bestia primitiva.

Dejó que su mirada recorriera las luces de Manhattan. Le parecía que desde allí arriba, desde una perspectiva desde la cual, en otros lugares, únicamente las aves contemplaban la ciudad, no solo podía abarcar la isla, sino toda Nueva York, casi todo el Empire State, aunque este yaciera en la oscuridad. Un leve mareo la invadió, sus rodillas temblaban; a diferencia de los mohawk, que apenas tres horas después volverían a trepar por el esqueleto del edificio para remachar los últimos vigas de acero, ella no carecía en absoluto de vértigo, aunque apenas podía dimensionar la enorme altura a la que se encontraba por las diminutas luces bajo sus pies.

Mildred alisó la amplia falda plisada de su vestido de noche hasta los tobillos –tan poco adecuado para aquella escalada como sus zapatos de tacón–, se sentó con cuidado en una tabla de madera y se apoyó en uno de los pilares. El metal áspero estaba casi dolorosamente frío contra la piel desnuda de su espalda. Abajo, los relojes debían de estar a punto de dar la una; aquí arriba, el tiempo parecía haberse detenido.

—Vayamos, pues, y construyamos una ciudad y una torre cuya cima alcance el cielo —susurró.

Sacó de su bolso sus utensilios de fumar, colocó un cigarrillo en la boquilla y aspiró mientras encendía la punta con el mechero. Necesitó varios intentos hasta lograrlo por culpa del viento. El humo le raspó la lengua y el paladar, y lo exhaló hacia el aire. El médico le había recomendado fumar contra sus ataques de asma. No le había servido de mucho; más bien al contrario.

Tendría que tomar impulso si quería caer realmente en la calle y no sobre el techo de alguno de los anchos niveles inferiores, si es que eso era posible desde allí. Se preguntó cuánto duraría la caída: ¿segundos, minutos? Se sentiría, estaba segura, como horas. Durante un breve instante comenzó a dudar de su decisión.

Aunque en gran parte había subido por escaleras y andamios, había sido un camino largo y penoso escalar aquel falo de acero y piedra, pero no quería actuar precipitadamente. Al fin y al cabo, no se trataba solo de su propia vida, sino también de la vida que llevaba dentro. Volvió a dar una calada; la punta del cigarrillo brilló roja en la oscuridad.

¿Cómo podía un Dios omnisciente, todopoderoso y bondadoso permitir que uno de sus siervos hiciera algo así? ¿Cómo podía seguir viviendo con ello? Creían en serpientes que hablaban y zarzas ardientes, en ángeles y demonios, en el cielo y el infierno, pero nadie le creía que un sacerdote hubiera hecho aquello. Ante eso cerraban ojos y oídos.

Si saltaba ahora, todo acabaría. Ningún infierno para ella por su impureza, ningún limbo para el niño no nacido. Ni siquiera oscuridad, solo un sueño eterno sin sueños del que no habría despertar: la nada. Y esa nada era infinitamente mejor que esta vida, este infierno en la Tierra, estos monstruos, estos inhumanos que se llamaban a sí mismos humanos.

Quizá era cobarde desaparecer así, pero ya no le quedaban fuerzas.

Echaría de menos algunas cosas, los libros, la música. No, en realidad no echaría de menos nada, porque ya no existiría. Lo único que quedaría sería su cadáver, un cuerpo destrozado en una masa repugnante de carne, astillas de hueso y sangre, que algún desgraciado bombero o forense tendría que raspar con una pala de una de las innumerables calles de Gotham, y unos pocos recuerdos que se desvanecerían en las mentes de monstruos en cuyos pensamientos habría sido mejor no haber estado nunca.

El cansancio la invadió; sus ojos querían cerrarse. Absorta, comenzó a tararear «Blue Skies», y por eso tardó un poco en percibir el zumbido sobre ella. Alzó la vista: allí arriba no podía haber nada. Sin embargo, una sombra se acercaba. ¿Era un zepelín? Aunque estaba previsto el atraque de dirigibles, aún pasarían meses hasta la inauguración del edificio más alto del mundo y hasta que el primer aerostato pudiera amarrar. ¿Y qué loco intentaría ahora, en plena noche cerrada, encontrar el mástil de amarre, incluso si ya estuviera instalado?

Pero cuando la hoz de la luna menguante abrió algunos dedos de luz entre las nubes, reconoció que el objeto volador no era un cigarro, sino que parecía una concha plateada formada por dos platillos. Débiles luces en su superficie se encendían y apagaban sin patrón aparente.

La boquilla del cigarrillo se le cayó de la mano y desapareció en la profundidad con el rescoldo extinguiéndose, hasta impactar ocho segundos después, en silencio, sin que nadie lo notara.

Algo parecido a una escotilla se abrió en la nave. Una luz deslumbrante desde el interior cegó a Mildred; sus pupilas se contrajeron casi hasta desaparecer. Solo cuando su retina se adaptó intuyó a alguien acercándose. La escotilla se cerró; la figura que se movía ágilmente por las vigas de acero solo se distinguía vagamente en la oscuridad que volvió a imponerse. Solo el casco que le cubría toda la cabeza parecía iluminarse desde dentro.

El pigmento visual de sus ojos se fue regenerando poco a poco, y entonces reconoció que la criatura llevaba una especie de traje de buzo brillante… pero tenía una docena de extremidades. En una de sus ocho manos sostenía algo que le recordó a un secador de pelo… o a una pistola atómica de una tira cómica de Buck Rogers. Un secador no podía ser. Aquello debía de ser un hombre del espacio.

Como convertida en estatua de sal, Mildred se quedó mirando fijamente al marciano. Este se acercó a gran velocidad, zigzagueando, saltando de viga en viga con destreza, casi con elegancia. Por un instante se detuvo en su danza grotesca. La mano que sostenía el arma de rayos temblaba. El material plateado del traje no parecía goma, sino más bien una armadura de placas. Ella intentó retroceder, pero no había salida: tras unos pocos pasos, la estructura de acero terminaba. El marciano la alcanzó y la sujetó con varias garras. Tras el visor vio la mueca de un monstruo de ojos saltones. Cuatro ojos rojos. Oyó, amortiguado por el casco, un ronroneo, luego un bufido como el de un gato rabioso, y palabras incomprensibles, extrañas, apagadas, como venidas de lejos. Mildred se zafó de su agarre, saltó con decisión a una viga más baja, resbaló. Estuvo a punto de caer, luego echó a correr, tan rápido como la oscuridad se lo permitía.

El marciano la siguió, acortando distancia. Ella le arrojó el bolso, pero rebotó sin efecto y cayó al vacío aparente. Se apretó de espaldas contra un pilar cuando su perseguidor la alcanzó y la rodeó. Se debatió; su mano palpó una barra de hierro o una herramienta olvidada y golpeó con todas sus fuerzas, tanto como le permitía el agarre de múltiples brazos. El visor de su casco se hizo añicos; el aire terrestre le arrebató el aliento y, jadeando, la soltó. Un olor a huevos podridos le llenó la nariz; tosió. Su corazón latía desbocado.

El monstruo la agarró de nuevo con varios brazos y la arrastró consigo como un lobo a su presa. Su cabeza golpeó contra un pilar de acero, y perdió el conocimiento.

 

Desde su fuga del lugar que los impíos llamaban sanatorio, había vagado sin rumbo por el espacio, de sistema solar en sistema solar, de una roca muerta a otra. Pero ahora, desde un pequeño asteroide con forma de estómago de rumiantes que eligió como base para explorar aquel sistema, había detectado indicios de vida avanzada. Señales de radio analógicas, débiles y ruidosas, cuyas ondas transportaban lenguaje, música e incluso, en ocasiones, imágenes en movimiento, habían captado su atención como un faro.

Y ahora, más rápido de lo que se había atrevido a esperar, había encontrado lo que buscaba y había llevado a una de las entidades nativas a su segmento de aterrizaje.

Aún yacía inconsciente, respirando pesadamente sobre una camilla. Rruuptuurr se había liberado del entorno nativo de su traje y solo llevaba su banda de iniciación y, por supuesto, el maquillaje adecuado en las articulaciones de sus ocho brazos, únicos toques de color en su piel por lo demás impecablemente blanca como la nieve. También le había quitado a ella su primitivo traje protector, que, aunque compuesto por varias piezas, resultaba prácticamente inútil. Sus brazos estaban obscenamente sin maquillar; solo en el rostro parecía haber aplicado algunos pigmentos, lo que le daba un aspecto más bien de payaso que decoroso.

En la atmósfera húmeda prosperaban plantas exuberantes de hojas gruesas que trepaban por el suelo, las paredes y el techo, extendiendo incluso sus dedos hacia las ventanas. A través de los ojos de buey se veía la débil luz de estrellas lejanas. La ventana del suelo del segmento de aterrizaje permitía observar el planeta. En el continente de la cara ahora oscura se distinguían las luces de la aldea donde había capturado a la entidad, así como las de otras poblaciones aún más pequeñas.

Altavoces ocultos llenaban la estancia con una cantata coral. La mesa junto a la camilla estaba dispuesta con un festín de los más exquisitos platos de carne, dos grandes vasos de leche fermentada de animal saltador y un cuenco con ocho ramas de jugo tumb. Eran sus últimas reservas de carne, valiosas; nunca había tenido muchas, pues sortear la prohibición impía era casi imposible, y también la leche y las ramas se estaban agotando.

Rruuptuurr observaba impaciente su conquista. Era casi como en aquel viejo cuento en el que el príncipe no se atrevía a despertar con un beso a la princesa que llevaba ciento veintiocho órbitas solares dormida y que había rescatado de la torre del dragón. Todo su cuerpo temblaba.

Había atendido cuidadosamente la herida sangrante en la parte posterior de la cabeza de la mujer. Al lavarse después las manos, una sensación incómoda lo había invadido al ver el agua ensangrentada fluir hacia el lavabo: era de un rojo extraño, como jugo fresco de bayas piramidales. Pero la sensación se disipó pronto.

Por fin ella empezó a moverse, volvió en sí, jadeó. Con los ojos cerrados murmuró algo, y él lamentó no poder entender sus susurros amorosos. Su piel brillaba como barnizada. De excitación, sus sacos laríngeos azul oscuro se inflaron como globos y al mismo tiempo palidecieron.

Ella abrió los ojos, vio el verde casi omnipresente de la flora, luego a Rruuptuurr, sus múltiples brazos, sus cuatro ojos rojos ahora aún más visibles sin casco… y gritó.

Un extraño llamado de cortejo, le pareció, y se dio cuenta de que sabía demasiado poco de las costumbres de los nativos de aquel mundo.

Con timidez, dejó que sus manos superiores y el racimo de lenguas largo como un brazo recorrieran su cuerpo. Ella se apartó, respirando con dificultad. Las ventosas de sus muñecas se le adherían a la piel y se desprendían con un sonido húmedo, dejando marcas rojas.

El aire circulaba entre sus hinchados sacos laríngeos. Los crujidos, silbidos y siseos crecieron hasta formar un concierto cacofónico. Una baba viscosa brotó de las bolsas mucosas en sus axilas.

De pronto, su elegida vomitó el contenido de su estómago; no comprendía qué significaba aquello, sobre todo porque no le resultaba estimulante. Dudó.

—¿Por qué…? —arrulló.

Por supuesto, ella no lo entendía.

Ahora incluso intentaba liberarse de su abrazo. Sus sacudidas y contorsiones lo desconcertaban: casi parecía que quisiera resistirse a su presencia, se retorcía como un gusano ensartado. Aunque no comprendiera el honor de haber sido elegida por él como su primera compañera, debía entender la fortuna de poder unirse a él. Aún no había tenido ninguna compañera; si muriera en ese instante, sus cuatro almas inmortales permanecerían solas en el jardín para toda la eternidad. Y la esencia de aquella maravillosa criatura lo salvaría de ese destino, aunque ella aún no compartiera la fe verdadera en el Uno, el Óctuple, ni siquiera supiera de su existencia.

En cambio, ella se resistía, apenas podía respirar, jadeaba. De pronto logró recoger sus dos únicas piernas y empujarlo con ellas. Dado que la baja aceleración del segmento apenas simulaba gravedad, él salió despedido varios brazos de distancia y chocó contra la pared. Ella rodó fuera de la camilla y cayó al suelo, más flotando que cayendo. Se incorporó apoyándose en la mesa, agarró un cuenco lleno y se lo arrojó. Rruuptuurr retrocedió sobresaltado. El cuenco y las rodajas de asado chocaron contra la pared y descendieron lentamente; solo algunas gotas de salsa lo mancharon. Sus sacos laríngeos se habían desinflado en flácidos pliegues azul oscuro.

Luego lanzó un pesado tenedor de dos púas. Una de ellas se clavó por encima de la rodilla en una de sus patas delanteras. Aulló con un gemido y arrancó el tenedor. Sangre amarillo intenso brotó de la herida, menos de lo que había esperado. Pero su atención se desvió, y no advirtió que ella había descubierto las armas de rayos colgadas en la pared. Era demasiado tarde: ya había arrancado la más grande de su soporte… y disparó.

Rruuptuurr saltó hacia arriba, a un nivel intermedio del techo, y se puso a cubierto. Debía de haber perdido la razón para disparar un arma de rayos dentro de un segmento de aterrizaje.

El disparo no lo alcanzó y solo chamuscó algunas plantas, de las que se elevó un humo acre, aunque en volutas tan finas que el sistema no consideró necesario extinguirlo. El nivel donde se encontraba resistió el disparo, y también el segundo y el tercero. Ahora el arma tardaría un momento en recargarse.

Rruuptuurr se incorporó de un salto, descendió; debía desarmarla antes de que causara daños serios.

Pero fue demasiado lento. Cuando ella disparó de nuevo mientras retrocedía ante él, tropezó con una enredadera y, al caer, alcanzó la ventana del suelo, que se rompió al instante y se convirtió en una lluvia brillante de fragmentos estelares, como el rostro del Señor.

El torbellino de la atmósfera que escapaba casi lo derribó.

Jadeando, ella corrió hacia la abertura y, fracciones de segundo antes de que la nave sellara la fuga y restableciera la atmósfera con un siseo, saltó en un intento desesperado de huida… hacia la nada. Así se convirtió en el primer ser humano que vio el planeta desde aquella altura, aunque solo por un instante antes de perder el conocimiento. Pero ya no pudo contarle a nadie la increíble belleza que había contemplado, pues cayó –desde mucha mayor altura y durante mucho más tiempo del que había planeado– hacia la muerte. Su cuerpo se hundió en el océano.

Rruuptuurr miró fijamente el suelo, ahora opaco, que por lo demás parecía intacto.

Furioso, hizo salir y retraer varias veces su diente incisivo de la vaina mandibular, saltó hacia los controles, se desplazó un trecho alrededor de un cuarto del planeta y disparó al azar. El rayo, por casualidad, se dirigió hacia una pequeña isla cercana a un continente que, a la luz del amanecer, recordaba vagamente a una bota. Tuvo suerte de impactar, sin saberlo, en un volcán activo: así su presencia pasó desapercibida, aunque el volcán entró en erupción con violencia y una nube piroclástica de ceniza, escoria, piedras y gases calientes mató a seis habitantes de la isla. La avalancha ardiente destruyó parte de un asentamiento, viñedos y embarcaciones, e hizo hervir el mar, que se había retirado ligeramente. De ese modo, el disparo irreflexivo de Rruuptuurr no dejó huellas evidentes.

Puso rumbo de regreso al asteroide donde su nave principal lo esperaba como un montón de caracoles planos apilados.

Aun hirviendo de rabia como el agua del mar calentada por la lava, arrancó algunas plantas, las arrojó y golpeó la pared sin control. Luego recogió las ramas de jugo tumb, se metió dos en la boca y empezó a masticarlas con avidez.

Tardaría bastante en regresar al asteroide y poder entrar en la capilla que había instalado en su nave principal. Echaba de menos el familiar olor ácido del lugar. Allí al menos tenía una barra de oración de la que colgarse.

Tragó el jugo, dejó a un lado las ramas mordidas y encendió hierba de humo en un cuenco. Como no podía acudir a la capilla, cuyas ocho paredes estaban adornadas con los signos de las ocho inmanaciones del único Dios verdadero, trazó los símbolos sagrados en el aire con sus brazos. Uno de sus brazos, que representaba la inmanación oculta, permaneció inmóvil. Los otros formaron el signo del Creador, el del Conservador, el de lo Femenino (lo primero creado, imperfecto, maligno), el de lo Masculino (lo derivado, perfecto, bueno), el de la inmanación ejecutiva, el de la legislativa y el del Juez, la Muerte y el Destructor: al mismo tiempo formaba círculo, barra, ipsilón y cruz (no triángulo y rombo como algunos heréticos condenables), pentagrama, hexagrama y rueda de ocho radios. Luego repitió con los ocho brazos la barra del Conservador, que impulsaba el curso del mundo, inclinó la cabeza con humildad, hizo ondular su corona de brazos y comenzó a entonar una breve plegaria:

—Señor del Nido nuestro, tu aliento nos sostiene como el aliento del Creador nos formó a su imagen. Lo que fue, lo que es y lo que será: tú lo sabes, porque es tu voluntad. Lo que fue, lo que es y lo que será: soy demasiado pequeño para saberlo, porque es tu voluntad. Señor del Nido nuestro, absuélveme. Señor del Nido nuestro, te ruego, dame una señal para que tu polluelo no se desvíe.

Los tallos de las hojas a su alrededor se inclinaron levemente y sintió una aceleración casi imperceptible, como si el segmento evitara un obstáculo.

—Señor del Nido de nuestros Señores del Nido, Señor del Nido de nuestros polluelos, tu siervo te agradece la gracia de esta señal, para tener la certeza de seguir el camino correcto y de que guías mis garras y mis pensamientos, ahora y siempre. Santificada sea tu excreción, oh, Señor.

Por última vez alzó los brazos con humildad.

Finalmente se había calmado. Apartó la vajilla, la comida, la hierba consumida y los restos de plantas, se limpió de manera rudimentaria, atendió la herida sobre la rodilla y retocó el maquillaje de sus brazos. Luego se acercó a uno de los ojos de buey y contempló las estrellas, aparentemente inmóviles pese a la velocidad de la nave.

Aunque esta vez no había sido en absoluto como lo había imaginado –pues ahora comprendía que no se había preparado lo suficiente–, Rruuptuurr sabía que amaba ese planeta, casi tanto como amaba al Señor del Nido.

Y de algo estaba seguro: aquel no había sido su último beso. Volvería.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

LA LENTA VELOCIDAD DE LA LUZ

Guido Eekhaut

 

Su nombre es Beck. Es nuevo, así que me acerco a él con extremo cuidado, como hago siempre con los recién llegados. Desde la recepción lo acompañan hasta mi estación, que está en el ala D. En este momento hay siete huéspedes en este sector; él es el número ocho. Ocho es la cifra adecuada para mí. Tengo que atender todas sus necesidades, todo el tiempo, y tener más de ocho huéspedes sería demasiado estrés.

Incluso yo soy susceptible al estrés.

Beck es alto. Eso no debería sorprender, dado que ha vivido en un entorno de baja gravedad durante gran parte de su vida. Qué difícil debe de ser para él volver a la gravedad completa. Pero al menos es solo 1G, no más. Aun así necesitará tiempo para adaptarse. La mayoría de los lugares donde vivió y trabajó tendrían menos gravedad que la terrestre. Y también menos presión atmosférica, aunque eso quizá no le moleste demasiado.

En fin. Aquí está. Tiene esa misma expresión deslumbrada (no hay otra palabra para describirla) que todos tienen al regresar. Es cuestión de expectativas. Aunque probablemente se hayan preparado durante mucho tiempo y hayan recibido asesoramiento de especialistas, el regreso sigue siendo problemático, agotador, confuso. A menudo me pregunto por qué se molestan en regresar. Todo lo que dejaron atrás ha desaparecido hace mucho.

—Su equipaje será llevado a su habitación en breve —le digo a Beck.

La mayoría apenas trae equipaje. Están acostumbrados a viajar ligeros. Viajar entre estrellas implica viajar ligero. Cada gramo cuenta, y la compañía se encarga de contarlos. Suelen tener algunos recuerdos y uno o dos conjuntos de ropa. Todo lo que necesitan aquí se imprime para ellos. Igual que todo lo que necesitaban a bordo de sus naves se imprimía para ellos.

—Me llamo Tanya —le digo. —Mi voz transmite el mínimo de autoridad. Intento sonar como un familiar. Sé que eso tiene un efecto muy calmante—. No me llame enfermera ni nada parecido. Llámeme por mi nombre.

Me observa con interés. Me mantengo en forma, no aparento mi edad. No llevo uniforme ni bata blanca. Solo ropa informal que transmite comodidad. En algún momento superarán la fase de la madre sustituta e incluso coquetearán conmigo. Se lo permito. Para eso estoy aquí. Todas sus necesidades.

Sé que hacen el trayecto desde el puerto hasta este lugar en un coche privado con cristales tintados y por una ruta cuidadosamente planificada. Para evitar el choque cultural. Saben qué esperar, pero ver el paisaje, tan distinto de lo que recuerdan o esperan, sería una confrontación demasiado fuerte. Incluso si han visto videos de la Tierra y saben cómo es el lugar, enfrentarse a ello en vivo podría resultar, bueno, un poco traumático.

No tiene preguntas. Rara vez las tienen. Están bien preparados y saben qué esperar. Además, están aquí por voluntad propia. Nadie los obligó. Nadie les dijo que regresaran. De hecho, la compañía intenta disuadir el regreso. Pero cuando el sujeto ha tomado su decisión, no hay reglas que le impidan volver.

Aunque en realidad no es un regreso.

 

Las comidas se toman en el gran salón, que es un comedor disfrazado, al estilo antiguo. Está decorado como una sala de reuniones corporativa de finales del siglo XXI, con luz indirecta y muebles cómodos, aunque no demasiado elaborados. En un lado están las mesas con la comida, toda natural y saludable, servida profesionalmente por nuestro personal de cocina. En el otro lado hay una gran superficie de visualización que suele mostrar un parque, con arbustos, árboles y un cielo despejado. Bajo demanda, la vista puede modificarse. La mayoría de los huéspedes prefiere el parque. Yo no tengo opinión al respecto.

Beck no está cómodo. Debería estar acostumbrado a lugares como este. A bordo, las instalaciones habrían sido más estrechas, salvo en las naves de generaciones posteriores. Incluso allí, las pantallas y superficies de visualización son comunes, con vistas similares a esta. La gente anhela la naturaleza, incluso en el espacio. Quizá esperaba otra cosa. Otro tipo de decoración. Algo de un siglo anterior.

Por lo general, mis huéspedes se mezclan casi de inmediato con los demás. Se les anima a hacerlo. De lo contrario aparece la soledad. No podemos permitirlo. Las personas deben ser sociales. Lo más sociales posible. Especialmente aquí. Especialmente estas personas. Pero Beck mantiene su distancia, por ahora. Quiere observar primero.

Hay una buena mezcla de géneros. Eso es una ventaja. Hay una buena mezcla de todo, ya que los pilotos eran elegidos por sus habilidades más que por rasgos físicos, género, origen étnico o color de piel. Todo eso lo dejamos atrás. Somos todos iguales, y todos diferentes.

Todos son atemporales, independientemente de su edad cronológica.

Me mira más de lo que debería mientras estamos en el salón. Está comiendo un almuerzo ligero. Yo, sentada frente a él en la misma mesa, soy el rostro más familiar, ya que aún no ha hablado con los demás huéspedes. Lo hará más tarde, en las salas de recreo, los salones pequeños, las salas de observación, la biblioteca. Oh sí, tenemos una biblioteca. Con libros reales regenerados. Algunos de nuestros huéspedes nacieron en la era de los libros. Algunos recuerdan haber oído música en vivo. Organizamos esas cosas cuando podemos. No podemos privarlos de sus pequeños placeres.

Aún no siente la necesidad de hablar con nadie. Solo absorbe el entorno, las conversaciones de los demás huéspedes. No hay prisa. Estará aquí un largo tiempo. Como suelen estarlo todos. Una vez que han decidido regresar, muy pocos vuelven a marcharse.

Un poco más tarde veo a Beck en la sala de lectura. Está hojeando un libro. Sé lo que busca. Lo que todos buscan al regresar. Quiere encontrar las partes que faltan. Quiere aprender qué ocurrió durante todos esos siglos recientes. Todo lo que se perdió. Intenta reconectar. Fracasará. Ninguno logra reconectar. Ese es su problema. Ahí es donde las cosas se vuelven dramáticas. Cuando lo comprenden, hay un momento de crisis. Todos pasan por él. Y nosotros los ayudamos. Los ayudamos a superar la necesidad de reconectar.

 

Los días siguientes son como todos los demás. El paso del tiempo es casi imperceptible aquí. El clima exterior es bastante claro, con solo unas pocas nubes en el cielo. Los huéspedes salen al exterior, al parque real que rodea la propiedad. No tienen idea de que están protegidos del sol, ya que la burbuja es invisible. No necesitan saber sobre la radiación. Algunos sí lo saben, porque lo han leído. No sienten la necesidad de compartir esa información con los demás. La burbuja los protege de todos modos.

Se busca la calma para estos huéspedes, que en muchos sentidos son nuestros héroes. ¿Acaso no fueron ellos quienes pilotaron las naves estelares en sus largos viajes por el espacio profundo? ¿No fueron ellos quienes debieron permanecer despiertos mientras las generaciones futuras eran transportadas como embriones en los compartimentos de la nave, aún solo potencialmente humanas? ¿No garantizaron que el viaje hacia mundos lejanos se convirtiera en la única forma de supervivencia de la humanidad?

Estos pilotos hicieron posible la expansión de la humanidad en el espacio. Las máquinas por sí solas no podían hacerlo. Nadie confiaba lo suficiente en ellas. No en aquellos tiempos, cuando los algoritmos eran débiles e incompletos y las máquinas físicas estaban sujetas a fallos ocasionales. Las cosas han cambiado mucho recientemente. Pero en el espacio profundo, las sociedades humanas siguen dependiendo de humanos para gestionar sus asuntos. El futuro tarda en llegar a muchos de los otros mundos, ya que la velocidad de viaje sigue estando fatalmente limitada.

Pilotos humanos. Viviendo durante siglos, pero en apenas unos años. La humanidad avanzando lentamente por las grietas del espacio, hacia los valles profundos o luminosos del tiempo, lista para encontrar nuevos mundos.

Ahora la humanidad se ha dispersado. En todos esos mundos, separados por el más cruel de los enemigos: el tiempo.

Por eso Beck y otros como él son nuestros héroes.

 

Algunos de los pilotos se volvieron locos, por lo general tras completar otra misión más, una de más. Es bastante fácil volverse loco en el espacio. Hay demasiado, y está ahí todo el tiempo. Cuando el tiempo pierde su significado, todo lo que queda es el espacio. Y el espacio es, al mismo tiempo, cruel e indiferente. Pero se necesitan humanos para la conquista del espacio. Para controlar, juzgar, sacrificarse. El universo es vacío, sombrío, mortal. Solo unos pocos mundos y las naves que viajan entre ellos contienen vida.

Aún no hemos encontrado otra forma de vida inteligente. La vida vegetal abunda en esos muchos mundos, así como cosas como insectos, virus, bacterias. Pero nada más complejo que eso. El universo no favorece las formas de vida superiores. No favorece la complejidad biológica. Desde luego, no favorece la inteligencia.

—¿Ni siquiera después de todo este tiempo? —pregunta Beck—. Quiero decir, Tanya, uno esperaría que encontráramos algo como reliquias, ruinas, gigantescas naves espaciales abandonadas. Pruebas de que hubo otros, alguna vez. No necesariamente como nosotros, pero inteligentes y capaces de construir cosas. Máquinas, y una sociedad.

—Tiene la cabeza llena de esos programas espaciales románticos —le digo—. No hay nada así ahí fuera. El universo es simplemente demasiado vasto para que dos civilizaciones espaciales se encuentren, siquiera por accidente. Y quizá simplemente no haya nadie.

—¿Cuántos mundos hemos explorado?

—Perdí la cuenta —le digo.

Por supuesto, conozco la cifra exacta. Pero decírsela despertaría sus sospechas. No necesita saber lo que soy. Le quedan algunas ilusiones, y queremos que se mantengan intactas.

—Miles —dice—. Teníamos unos cuantos miles de mundos que explorar, y en varios de ellos establecimos sociedades. Solo una parte muy pequeña de los mundos posibles en la galaxia, pero aun así uno esperaría la posibilidad de formas de vida superiores.

Sabe tan bien como yo que enviar una nave a un mundo distante no garantiza que se desarrolle una colonización exitosa. Una nave llena de futuros seres humanos y algunos algoritmos inteligentes no es garantía de supervivencia. Ese es el drama de la humanidad. Pasan siglos antes de que nosotros, aquí en la Tierra o en cualquier otro mundo, tengamos noticias de ellos. Si sobreviven. Demasiado vasto, demasiado vacío. Eso es el espacio.

 

Algunos de nuestros huéspedes solo ven repeticiones de los programas que veían cuando eran jóvenes. Tenemos una gran selección. Yo personalmente he visto varios de esos programas, pero no logro apreciarlos. Basura melodramática y barata. Conflictos artificiales y resoluciones ilógicas. Historias poco inteligentes y personajes inverosímiles. Pero si a los huéspedes les gustan, pueden verlos.

Junto con esa basura, hay algunas series tempranas de aventuras espaciales. Igual de malas, y totalmente inexactas desde el punto de vista científico. Pero, de nuevo, es solo escapismo para los huéspedes. Deberían saberlo mejor. Su propia experiencia en el espacio no se parecía en nada a eso. Pero la mente humana nunca es muy racional. Le gusta ser engañada. Le gusta creer que esos programas guardan alguna relación con la realidad. Incluso con una realidad futura.

Los observo, a nuestros huéspedes. Miro sus ojos. Veo estrellas en ellos. Eso es lo que la mayoría tiene en común. Sus ojos están llenos de estrellas. Los otros, los que carecen de esas estrellas, no suelen durar mucho aquí.

Algunas de las otras enfermeras tienen la misma experiencia. Quizá nos estamos volviendo un poco románticas. Quizá imaginamos cosas. Supongo que es algo que llevamos incorporado. Hay que ser un poco romántico para trabajar aquí.

Los llevamos de excursión. Cuando ya se han instalado, los sacamos para que vean cómo son los alrededores. Eso le ocurre a Beck, tras aproximadamente un mes. Le pregunto si quiere hacer un pequeño viaje, hacia la costa, para ver el paisaje. Primero, la reacción habitual: preferiría quedarse aquí. Por supuesto que sí. Sabe que aquí está a salvo. Este lugar ya le resulta familiar. Pero no podemos permitir que se sientan demasiado seguros todo el tiempo. Se apagarían y morirían. Así que los sacamos.

Junto con otros cinco, todos más o menos tan nuevos como él, otra enfermera y yo subimos a un planeador. Despega de inmediato. Volamos hacia el sur, hacia el océano, a no más de diez metros de altura. Hay poco que ver: la llanura parecida a un parque, el bosque a lo lejos y, más allá, las montañas, siempre grises y envueltas en niebla. Ya no tenemos estaciones. No las necesitamos.

Tienen preguntas. Acerca de dónde vive la gente. ¿Dónde están las ciudades? ¿Dónde están los pueblos? ¿Y las carreteras? ¿Y las centrales energéticas? ¿Y el tráfico aéreo?

Les hablamos de un planeta casi vacío. Deberían haberlo sabido, si hubieran leído la historia del mundo. Pero por lo general no lo hicieron. Leen sobre siglos pasados, pero no sobre la historia reciente. Es algo extrañísimo: los humanos no se interesan por lo que le ocurrió a la Tierra. Quizá saben que el planeta se perdió en algún momento. Quizá no quieren saberlo. Quizá encuentran consuelo en el hecho de que la humanidad ahora tiene otros mundos.

No me corresponde comentar ese comportamiento humano.

 

El mar suele decepcionarlos. Es una vasta extensión de agua casi sin color. Está el cielo sobre él, tocándolo en algún punto. Está la playa, en parte cubierta de algas, en parte rocosa. Y hay olas, no demasiadas hoy. Pero eso es todo. Quienes esperaban pueblos veraniegos, turistas y demás deben recordar que todo eso pertenece a otro tiempo.

A nuestros huéspedes les resulta difícil comprender la magnitud del tiempo transcurrido desde que abandonaron este planeta.

Les lleva semanas, meses. Algunos nunca llegan a aceptarlo. Esos son los que no deberían haber venido. Espero que Beck no sea uno de ellos.

Más adelante visitarán las ciudades. O lo que fueron ciudades. Hace tanto tiempo que apenas queda nada de ellas. Preferiríamos no mostrárselas, pero quieren saber. De nuevo, es una confrontación.

Unos días después, Beck se acerca a mí.

—He estado fuera casi mil años —me dice.

En algún momento todos me dicen cuánto tiempo han estado ausentes. El cálculo es sencillo. Están familiarizados con sus propios registros. Pueden sumar los años.

Pero eso es lo que hacen los pilotos. Vuelan en una nave casi a la velocidad de la luz. Les lleva años, a veces décadas, alcanzar el destino de la nave. Tiempo de la nave. El resto del universo ha visto pasar siglos. Para cuando llegan a cualquier lugar, incluso las estrellas han envejecido. Y los pilotos aún quieren regresar, añadiendo aún más tiempo. Ellos habrán envejecido. Pero mucho más lo habrá hecho todo lo demás.

Se han convertido en viajeros del tiempo. Lo saben. A nivel puramente racional, lo saben. Pero su traicionera mente les cuenta otra historia. Ese es el problema de los humanos.

—No esperaba que hubiera cambiado tanto —admite.

—Ninguno de ustedes lo espera.

—Incluso si lo supiéramos, algunos querríamos regresar.

—Es irracional —le digo.

Él me toca el brazo.

—¿Es una enfermedad? ¿Pueden curarla?

No me sorprende la pregunta.

—¿Por qué medios quiere que lo curemos? Esto es la vida. La vida trata sobre la pérdida.

—¿Cuántos humanos quedan en este planeta? Me gustaría conocer a más personas. Quiero saber si puedo integrarme de nuevo en la sociedad. Entiendo que será difícil. La tecnología habrá cambiado radicalmente. Seré como un hombre de la Alta Edad Media llegando al siglo XXI. Pero tengo mi formación. Quiero intentarlo…

—Este lugar, este instituto, existe solo para personas como usted. Para quienes quisieron regresar. ¿A dónde más quiere ir?

—¿Esto es como una prisión?

—No exactamente. Es libre de aventurarse en el mundo.

Aún no puedo decirle la verdad. Es demasiado pronto.

—Pero solo me muestran las llanuras y el océano. Y las ciudades abandonadas.

—Usted es un hombre con los ojos llenos de estrellas, con la mente llena del universo. Ahora ha regresado a este planeta. Debe de sentir que, en efecto, esto es una prisión. Pero en cualquier momento puede marcharse.

—¿Adónde?

—A cualquier mundo que desee.

—¿Y volver a añadir siglos a mi distancia de la humanidad? Eso no parece sensato.

—Claro que no.

Permanece en silencio un rato.

 

Días después, con la pantalla mostrando un paisaje otoñal, se acerca a mí tras el desayuno.

—Me gustaría aventurarme en el mundo por mi cuenta —dice.

—Eso no sería prudente.

—Es una aventura. ¿Puede pasarme algo malo? Sus planeadores son automáticos. Me llevará a donde quiera.

—¿Y a dónde quiere ir?

—Al norte. No hemos ido en esa dirección.

—No hay nada al norte de aquí.

—Entonces exigiré que me lleve a alguna ciudad, una donde aún viva gente.

En algún momento tenemos que decirles la verdad.

—No hay ciudades donde aún viva gente —le digo.

Me mira con sospecha.

—El planeta fue abandonado hace mucho tiempo. Cuatro, cinco siglos.

Lo acompaño a un salón donde estamos solos. Este es un momento difícil para todos. El momento de la comprensión.

—¿Por qué fue abandonado?

—Agotado, vacío, un desastre ecológico. Se le permite volver lentamente a su estado natural.

—Pero tienen este lugar, para nosotros…

—Sí. Porque sentimos que les debemos mucho. Por eso tenemos este lugar.

—El último vestigio de la humanidad.

Siento lástima por él. Aún no lo ha comprendido del todo. Todavía cree en sus propias ilusiones.

—Este no es el último vestigio de la humanidad, Beck.

Me mira con desconfianza.

—¿No?

—Oh, usted está aquí. Usted es humano.

Lo miro a los ojos. Esas estrellas son más hermosas que nunca. Pero pronto se apagarán. Muy pronto, quizá en unas pocas semanas.

—Yo, en cambio —le digo—, no lo soy.

Y entonces, solo entonces, comprende qué soy.

Guido Eekhaut es escritor de novela negra, ficción especulativa, lo insólito y la fantasía literaria. Reside en Bélgica y España y ha publicado unos setenta libros y numerosos relatos, principalmente en neerlandés e inglés. Ganador del premio Hercule Poirot de novela negra y del Premio de Literatura de la Ciudad de Bruselas. Nominado a otros premios, sobre todo en el ámbito de la novela negra y la ficción especulativa. Galardonado con el premio Mossy Stone por su contribución a la promoción de la literatura fantástica en los Países Bajos. Ha escrito para revistas y periódicos sobre temas tan diversos como la gestión empresarial, la historia política actual, el futuro y la tecnología. Actualmente, cuatro de sus novelas negras se han publicado en Estados Unidos, en su propia traducción.

  

jueves, 26 de marzo de 2026

26

Gabriel Chiriac

 

El camino hacia la Estación 4 tomaba tres horas con buen tiempo, y hoy no era buen tiempo. El viento fuerte venía del norte con un olor a hierro y ozono que no existía en la llanura hace veinte años, cuando Mara había hecho el trayecto por primera vez en bicicleta, con una caja de almuerzo atada al portaequipajes. Ahora caminaba, con una bolsa de lona gruesa cruzada sobre el pecho, y sentía cómo cada ráfaga le volteaba el abrigo hacia adentro, pegándolo a las rodillas. La tela del abrigo era marrón, casi anaranjada en algunas zonas, decolorada por el sol del verano, que ese año había sido distinto: más blanco, más alto, y de algún modo más hostil.

La llanura de Lerod se extendía plana en todas direcciones, salvo hacia el norte, donde se adivinaba una línea de colinas bajas, casi inventadas por la niebla. El suelo era de un beige quemado, agrietado en polígonos regulares, cada grieta con la profundidad de un dedo. Mara evitaba pisarlas por una costumbre antigua, formada en la infancia, y eso daba a su caminar una ligera sinuosidad que, sin embargo, nadie había notado nunca, porque nunca había nadie en la llanura.

La Estación 4 apareció en el horizonte primero como una franja gris, luego como una estructura de ángulos precisos que no pertenecían al paisaje natural. Era una construcción baja, de hormigón vertido mucho antes de la Reorganización, con paredes más gruesas en la base y una serie de rejillas de ventilación en el lado sur. Las puertas –dos, pesadas, de aluminio anodizado– estaban abiertas cuando Mara llegó, señal de que Rudo estaba dentro.

Lo encontró en la sala de calibración, encorvado sobre una caja de plástico volcada, con las manos metidas en las entrañas de un aparato de secuenciación que había desmontado hasta la placa. Rudo era un hombre de cuarenta y tantos que parecía de treinta cuando callaba y de sesenta cuando hablaba. Y hablaba mucho. Llevaba un mono de trabajo lavado tantas veces que había adquirido un color sin nombre, con un parche rectangular en el codo derecho hecho de una tela completamente distinta, negra, cosida con hilos blancos visibles. En la nuca, el cabello corto, blanquecino y amarillento, estaba pegado por el sudor, aunque afuera hacía frío.

—No tomaste el transportador de la estación —dijo sin levantar la vista.

—Lo tomó Sim para abastecimiento.

—Sim tomará el transportador siempre que pueda, porque a Sim no le gusta la llanura ni caminar, pero finge que usa el vehículo por necesidad.

Mara dejó la bolsa en el suelo, junto a un escritorio metálico sobre el que había tres termos y una serie de tubos de ensayo vacíos. Sacó de la bolsa una cápsula cilíndrica, blanca, de unos diez centímetros, y la colocó sobre el escritorio con cuidado, como si contuviera algo líquido.

—Llegó esta mañana —dijo.

Rudo levantó la mirada. Sus ojos eran claros, con una ligera asimetría; el izquierdo parecía más pequeño, o quizá la ceja izquierda estaba más caída. Se levantó de la caja, se limpió las manos en un trapo sujeto al cinturón y se acercó al escritorio sin prisa, con esos pasos amplios que le daba la costumbre de espacios estrechos.

—¿De dónde?

—No lo sé. Estaba en el sistema de recepción, sin remitente, sin ruta explícita.

—Eso no es posible.

—Ya… y sin embargo, ahí está.

Rudo tomó la cápsula. La hizo girar varias veces. La superficie era lisa, sin marcas, con una sola zona ligeramente mate en uno de los extremos, la zona de lectura. La acercó al analizador, un dispositivo negro fijado a la pared, y el aparato emitió un sonido breve, como una tos.

—Tiene materia viva —dijo.

Mara se sentó en la silla del escritorio, una silla con ruedas cuyo respaldo ya no existía, reemplazado por un soporte de alambre soldado que la empujaba ligeramente hacia atrás, obligándola a mantenerse erguida. Ya sabía que en la cápsula había materia viva. Lo había comprobado en casa, antes de salir, con la prueba simple, la de la luz roja: la cápsula había pulsado una vez, lentamente, como un corazón dormido.

—¿Puedes averiguar qué contiene? —preguntó.

—Hay que abrirla en la cámara estéril y eso requiere al menos dos horas de preparación.

—Tenemos tiempo.

—Tenemos otra cosa —dijo Rudo, y su tono había cambiado. Ya no era neutro. Había algo en él, algo que Mara reconocía tras años de colaboración: una preocupación que se negaba a admitir.

—¿Qué otra cosa?

Él dejó la cápsula sobre el escritorio y se dirigió a la estrecha ventana del muro occidental. Afuera, la llanura de Lerod era igual de impasible. Un polvo amarillento se levantaba a unos cien metros, arremolinado por el viento en espirales bajas. Rudo permaneció de espaldas a Mara y habló hacia la llanura.

—Hace cuatro días envié un informe a la Central sobre el sector seis. Degradación progresiva, disminución de la capacidad de absorción. Ya lo sabes, viste los datos.

—Sí.

—Pues bien, esta mañana, antes de que llegaras, alguien de la Central respondió a mi llamada. No del departamento con el que trabajo normalmente. Otra división. Querían saber cuántas estaciones dentro de nuestro radio están operativas y cuál es el personal activo.

Mara guardó silencio un momento, observando cómo, afuera, el viento sacudía un mechón de hierba seca atrapado entre dos grietas del suelo.

—¿Y tú qué respondiste?

—Les di los datos. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Mara se levantó, fue hacia los termos, abrió uno y sirvió en dos vasos metálicos. El líquido estaba caliente, un té marronáceo con olor a canela y algo más pesado, vegetal, que Rudo preparaba por la mañana y dejaba en el termo para que se enfriara hasta una temperatura tolerable. Le dio un vaso sin decir nada.

—La cápsula —dijo él después de beber— llega justo después de mi informe.

—O llega desde una dirección completamente distinta y es una coincidencia.

—No creo en coincidencias, y menos en la llanura de Lerod.

—No eres el único que envía informes. Hay siete estaciones activas en el sector.

—Sí, pero yo envié el único informe sobre la degradación del sector seis. Los demás no informan lo que no se quiere que se informe.

Mara había bebido la mitad del vaso. El té dejaba en la lengua un amargor seco, de tanino viejo. Pensó en las tres mañanas consecutivas en las que había ido al sistema de recepción y no había encontrado nada, y en esta mañana, cuando la cápsula estaba allí, blanca, lisa y anónima.

—¿Abro la cápsula o no? —dijo.

—Ábrela —respondió Rudo—. Solo así sabremos qué hay dentro, venga de donde venga.

La cámara estéril estaba al final del pasillo, una habitación con paredes dobles y una presión ligeramente mayor que el resto de la estación, que se sentía en los oídos al entrar como un suave taponamiento. Mara entró sola, con guantes y gafas de protección, con la cápsula en la mano. Rudo se quedó en la sala de calibración —ese procedimiento era suyo, siempre lo había sido.

Colocó la cápsula en el dispositivo de apertura, un cilindro de vidrio reforzado con un mecanismo de presión. Presionó. Se oyó un clic seco, seguido de un leve siseo de aire. La cápsula se abrió longitudinalmente en dos mitades perfectamente iguales.

Dentro había semillas.

No una, no diez. Mara las contó dos veces: veintiséis semillas, cada una en una celda separada de espuma de gel, cada una etiquetada con un número mínimo, grabado en la cápsula, no escrito. Las semillas en sí eran diferentes entre sí: algunas eran pequeñas y negras, con una superficie estriada; otras grandes, de color crema, con una cubierta mate. Dos eran rojizas, casi marrones. Solo una era transparente, o casi, de un amarillo muy pálido, como un cuarzo erosionado por el tiempo.

Mara las fotografió todas, introdujo los datos en el sistema y luego salió de la habitación con una sensación que nunca había logrado explicarse del todo y que, en la intimidad de sus pensamientos, llamaba el peso del futuro: el momento en que algo pequeño, pero con un potencial enorme y abierto a todas las posibilidades, aún no ha decidido qué será.

—Veintiséis —le dijo a Rudo.

Él estaba ahora frente al aparato de secuenciación, que había vuelto a montar parcialmente, con un cable suelto conectado a un portátil viejo cuya carcasa estaba agrietada en la esquina izquierda.

—¿Especies identificables?

—Cinco de referencia, el sistema las reconoce. Las otras veintiuna están fuera de la base de datos.

Rudo soltó el cable.

—Fuera de la base de datos significa que no existen o que nunca fueron catalogadas, o que existieron y ya no existen.

—O que la base de datos está incompleta.

—La base de datos tiene ocho millones de entradas.

—¿Y cuántas especies existían antes de la Reorganización?

Rudo no respondió. Mara sabía que él tampoco conocía la cifra exacta, porque nadie la conocía. Las estimaciones variaban tanto que se habían vuelto abstractas, como los números astronómicos: comprendidos intelectualmente, imposibles de expresar.

Se sentaron juntos en el escritorio, con las fichas fotografiadas delante, y Mara sacó de la bolsa un cuaderno de tapas de cartón y un lápiz mecánico de mina gruesa. Rudo miró el cuaderno con una expresión divertida.

—¿Tomas notas a mano?

—El sistema almacena en la nube. Y lo que está en la nube es accesible para la Central.

—¿Y el papel?

—El papel es solo mío.

Rudo asintió levemente, sin comentar. Afuera, la intensidad del viento había aumentado. Lo oían como un sonido de fondo, como una respiración continua, a través de los gruesos muros de hormigón.

Pasaron dos horas catalogando, comparando, siguiendo en un mapa antiguo de papel –sujeto con cinta adhesiva gruesa en las cuatro esquinas en la pared detrás del escritorio– las zonas de la llanura de Lerod donde las condiciones del suelo correspondían a cada tipo de semilla. Cinco de las veintiséis podrían, teóricamente, echar raíces en su sector. De las cinco especies ya catalogadas, tres habían sido declaradas extintas regionalmente seis años antes, una era endémica de una zona a dos mil kilómetros al norte, y solo una era común, una hierba de tallos rectos que Mara había visto crecer en las grietas del suelo.

—Alguien sabe qué crece aquí —dijo Rudo en un momento—. O qué ya no crece.

—O alguien sabe qué podría crecer.

—Eso es más preocupante.

—¿Por qué?

Rudo bebió de su vaso, que se había enfriado por completo. La mueca que hizo fue por la temperatura, no por el sabor.

—Porque si sabes qué crece, registras. Si sabes qué podría crecer, planificas.

Mara escribía en el cuaderno con letras pequeñas y ordenadas, sin abreviaturas. Le gustaba escribir a mano precisamente por eso, porque la obligaba a un ritmo de formulación que el teclado no exigía.

—También puedes planificar algo con buenas intenciones —dijo.

—Sí. Puedes.

El silencio que siguió no era incómodo. Era un silencio de llanura, denso, lleno de lo no dicho, y ambos lo conocían lo suficiente como para no forzarlo.

Al caer la tarde –la luz exterior se había vuelto amarilla, ese amarillo específico del atardecer en la llanura, plano y sin sombras, que lo convertía todo en fotografías sepia– Rudo fue hacia las puertas de aluminio y las abrió de par en par. El aire exterior entró de inmediato, con su olor a hierro y polvo seco y, por debajo, algo vegetal, apenas perceptible, quizá real, quizá imaginado.

—Sim regresa mañana por la mañana —dijo Mara desde el escritorio.

—Sim preguntará por la cápsula.

—Sí.

—¿Qué le dirás?

Mara cerró el cuaderno. Lo guardó en la bolsa, sobre una capa de papel kraft que cubría el fondo. Pensó en Sim, un hombre alto, con gafas de montura fina, con una precisión en los gestos que había admirado al principio y que ahora la fatigaba. Sim era correcto, entregaba informes a tiempo, no falsificaba datos, respetaba todos los protocolos. Y aun así, desde hacía unos meses, Mara sentía que Sim informaba no porque entendiera por qué lo hacía, sino porque informar era el procedimiento y el procedimiento era su seguridad.

—Le diré que llegó una cápsula de prueba, que procesamos el contenido, que los resultados están en el sistema.

—¿Y las veintiuna especies no catalogadas?

—Las veintiuna especies no catalogadas no están en el sistema. Están en el cuaderno.

Rudo se quedó en la puerta con las manos en los bolsillos del mono y miró la llanura. La luz amarilla la aplanaba aún más. A unos doscientos metros, algo se movía: un animal pequeño, quizá un pájaro, o una ilusión producida por el viento que agitaba el polvo.

—Si las plantamos —dijo, sin volverse— y prosperan, será visible. Cualquiera que pase por el sector verá que aquí crece algo que no debería crecer.

—O que regresa algo que siempre debería haber estado aquí.

—Depende de quién mire.

Mara se levantó y se colocó en la puerta junto a él. Sus estaturas eran casi idénticas, ambos de altura media, ambos con los hombros ligeramente encorvados por la costumbre del trabajo de escritorio.

—¿Sabes cuál es el problema con las semillas? —dijo Mara al cabo de un rato.

—Hay muchos problemas con las semillas.

—Solo hay uno. Que no saben lo que quieren. No puedes negociar con ellas, no puedes explicarles el contexto, no puedes pedirles que esperen un momento mejor. Pones la semilla en la tierra y ella hace lo que sabe hacer. Eso es todo.

Rudo sacó una mano del bolsillo y la llevó a la nuca, gesto reflejo, y notó que el cabello ya estaba seco.

—Quizá esa sea exactamente la razón por la que alguien envió la cápsula.

—O por la que alguien no quiere que la enviemos más lejos.

Uno de los termos –el del medio– emitió un sonido leve, de metal que se contrae al enfriarse. Ambos lo oyeron y ninguno se volvió.

Mara pensó en la semilla transparente, la de color amarillo pálido. La última que había fotografiado. La sostuvo un segundo en la palma antes de devolverla a la celda de gel, y había sentido que no pesaba nada, que era más una ausencia de peso que una presencia. Y aun así estaba allí. Existía. Alguien la había puesto en la cápsula, alguien había decidido que pertenecía a ese conjunto de veintiséis, y alguien la había enviado a la llanura de Lerod sin remitente ni ruta.

El sol llegó a la línea de las colinas del norte, o donde debía estar esa línea, ahora invisible en la niebla. La llanura se volvió violeta, luego gris, rápidamente, como una pantalla que se apaga. La temperatura descendió varios grados en pocos minutos, perceptible en las manos y en el rostro.

—¿Te quedas o te vas? —preguntó Rudo.

—Me voy. Aún tengo la llanura con luz si me apresuro. Voy a buscar mi bolsa.

Mara entró, tomó la bolsa, comprobó que el cuaderno estaba bien sujeto bajo el papel kraft. Vio sobre el escritorio las dos mitades de la cápsula, traídas antes de la cámara estéril. Las tomó, sin saber por qué, y las guardó en el bolsillo exterior de la bolsa. Las mitades ya no podían cerrarse, pero podían mantenerse juntas con la mano, y Mara ya las sostenía.

Salió. Rudo seguía en la puerta.

—Si llega algo más al sistema de recepción —dijo ella—, no lo abras tú solo.

—No abrí esta cápsula yo solo.

—Tú no la abriste en absoluto.

Él asintió. Mara echó a andar por la llanura con su paso característico, evitando las grietas del suelo con esa sinuosidad de la que no era consciente. La estación quedó atrás, primero reconocible por sus ángulos precisos, luego una franja gris, luego nada.

La llanura estaba vacía y al mismo tiempo no lo estaba, porque bajo la capa de beige quemado, en esas grietas regulares, en ese polvo con olor a hierro, se encontraba todo lo que había sido alguna vez y todo lo que podría haber sido si las condiciones se hubieran alineado de otro modo, en otro momento, con otras decisiones tomadas por personas que ya no existían.

Mara caminaba con la mano sobre el bolsillo exterior de la bolsa, sintiendo la forma de la cápsula vacía a través de la tela gruesa. Pensó en las veintiséis celdas de gel, en las veintiséis semillas que había dejado en la cámara estéril, en el dispositivo de vidrio reforzado, sobre una bandeja metálica. Pensó en la tierra agrietada bajo sus pies. Pensó que no había tomado ninguna decisión y que quizá precisamente esa era la decisión.

Gabriel Chiriac se graduó en la Facultad de Teología Ortodoxa "Dumitru Stăniloae" de la Universidad "Al. I. Cuza" (Departamento de Arte Sacro) de Iași, con una especialización en libro-documento y una maestría en la misma área. Es restaurador experto de madera en el Centro de Investigación y Conservación-Restauración del Patrimonio Cultural del Complejo del Museo Nacional "Moldova" en Iași. Asimismo, es experto acreditado por el Ministerio de Cultura en la conservación del patrimonio cultural nacional y en la conservación-restauración de la madera de monumentos arquitectónicos populares. Debutó como autor en 2009 en la editorial Junimea de Iași con la novela histórica «Invierno con copos de nieve sangrientos» (reeditada en 2020 por la editorial SedCom Libris de Iași), seguida de otras dos novelas de temática histórica: «El león alado» (Junimea, 2011) y «Niebla roja en Crimea» (Junimea, 2014). En 2024, también en la editorial Junimea, publicó el poemario «Kerouac Blues». Ha publicado poesía y prosa breve en Planeta Babel, Rexpublica, Meridianul Timișoara, Lettres Capitales, O mie de semne, Noise Poetry, Helis, Zugzwang y Ficțiunea.

 

AMMO RAA