martes, 28 de abril de 2026

JULIA DREAM

Carmen Rosa Signes Urrea


…will the misty master break me
will the key unlock my mind
will the following footsteps catch me
am I really dying
Julia dream, dreamboat queen,
queen of all my dreams.

Julia Dream (Pink Floyd)


La tormenta había dejado el aire limpio y los cristales sucios, manchas de barro que dibujaban sombras falsas en la pared.

Ramón contemplaba a Julia en el esplendor de su avanzada edad. Habían envejecido juntos. Después de casi cincuenta años compartiéndolo todo, gozaba mirándola; dejaba pasar las horas muertas en ello. La quería.

La misma Julia de siempre: tan hermosa, amable, tan complaciente. Pero Julia dormía y él se perdía en la imagen fija que ella le reportaba, en un bucle atemporal que tan solo él comprendía.

Intentó ver la superficie yerma que se extendía frente a su casa desde la ventana. Colapsada de tráfico y transeúntes mucho tiempo atrás, se estremeció al imaginarse allí afuera, haciendo frente a las inclemencias de un clima variable y poco recomendable para el ser humano. Sintió deseos de salir en busca de alguien con el que intercambiar palabras, porque Julia seguía durmiendo. La soledad dolía.

Al conocerla lo abandonó todo, aunque tampoco le dieron otra opción. Fue el baluarte de un mundo en declive, a punto de ser abandonado. A partir de ese momento, vio cambiar su fisonomía en el espejo, el entorno desde la ventana y la existencia desde una pantalla. Mientras en los planetas exteriores la vida seguía su curso, Julia se encargó de que él no perdiera detalle, además de proporcionarle la paz y el deleite diario, el placer reducido a la mínima expresión, aliñado de películas, documentales, realitys, seriales, noticieros, retransmisiones deportivas… y todo sin salir de casa, como única forma de no perder la perspectiva.

Los prospectos no mintieron. Después de seleccionar sus preferencias y una vez que estas fueron asimiladas por el organismo central, a Ramón se la concedieron. Julia fue su guía, la compañera soñada, el apoyo que todo hombre necesita para sobrevivir.

—¡Julia! —parecía susurrar, mientras sus ojos regresaban a ella, que seguía durmiendo.

Imaginó que sus sueños fueran un reflejo de lo cotidiano, de la aburrida existencia que le había tocado en suerte. Aprovechó que la luz del día se abría paso con lentitud para marcar las cifras del código de seguridad con las que desbloquear a Julia, rescatarla de su letargo. Pero se dio cuenta de lo inútil del intento.

Se recostó junto a ella buscando el calor de las conexiones. Apenas si pudo sentir los guiños chispeantes de su pantalla, ahora fundida en negro. El mandato de los megahercios, de la fibra óptica, de las microondas, había desaparecido. El sueño de Julia, la reina de todos sus sueños, no podía conectarse porque él ya no estaba. Había dejado de ser la clave que le desbloqueara la mente.

Ramón comprendió con certeza que estaba muerto.

Carmen Rosa Signes Urrea, que también ha publicado bajo el seudónimo “Monelle”, nació en Castellón de la Plana, España, en 1963. Es ceramista, fotógrafa e ilustradora. Textos suyos aparecen en páginas web, revistas digitales y blogs como la Revista Red Ciencia Ficción, Axxón, NGC3660, Portal Cifi, Revista Digital miNatura, Breves no tan breves, Químicamente impuro, Ráfagas parpadeos, Letras para soñar, Predicado.com, La Gran Calabaza, Cuentanet, Blog Contemos cuentos, El libro de Monelle, 365 contes y algunos otros. Actualmente gestiona varios blogs, dos de ellos relacionados con la Revista Digital miNatura, publicación especializada en microcuento y cuento breve del género fantástico, la cual dirige junto con su esposo, Ricardo Acevedo. Ha sido finalista de certámenes de relato breve y microcuento como: las dos primeras ediciones del concurso anual Grupo Búho; en ambas ediciones del certamen de cuento fantástico Letras para soñar; I Certamen de Relato Corto de Terror El niño Cuadrado; Certamen Literatura móvil 2010, Revista Eñe. Ha ejercido de jurado en concursos tanto literarios como de cerámica, e impartido talleres de fotografía, cerámica y de literatura.

 

APRENDIENDO ARTES MARCIALES

Rafael Martínez Liriano

 

No sé exactamente por qué me detuve. Había salido a caminar sin rumbo fijo después de cenar, intentando despejar la cabeza, cuando escuché los gritos al doblar la esquina. Un taxi estaba detenido a mitad de la calle, con la puerta del conductor abierta y las luces aún encendidas. Dos hombres forcejeaban con el chofer, un anciano que trataba de protegerse con los brazos mientras uno de ellos intentaba arrancarle la billetera.

Me quedé paralizado un segundo. Lo razonable habría sido seguir de largo o llamar a la policía. Pero el viejo lanzó un grito seco, de rabia más que de miedo, y algo en ese sonido me empujó hacia adelante.

—¡Eh! —grité, sin saber muy bien qué iba a hacer.

Uno de los ladrones se volvió hacia mí. Encontré en el suelo un trozo de madera –quizá parte de un cajón roto– y lo levanté con ambas manos, más para darme valor que para usarlo. Avancé un par de pasos y volví a gritar. El anciano aprovechó la distracción y empujó con fuerza al hombre que tenía enfrente.

De pronto la escena se volvió confusa: golpes, insultos, pasos apresurados, alguien que abría una ventana y preguntaba qué estaba pasando.

El alboroto atrajo a más personas y los ladrones al verse superados en número optaron por escapar. Teníamos algunos golpes; yo obtuve un ojo morado, pero en general estábamos bien. El anciano me felicitó por haberle hecho frente a esos ladrones, sin saber que la mayor parte del tiempo estuve temblando de miedo, Marcial, así se llamaba, ofreció llevarme al hospital, donde me curaron una herida en el pie y los moretones que me había hecho en la pelea. Cuando salí, Marcial estaba esperando para llevarme a casa. En el camino de regreso conversamos mucho. El anciano era muy simpático y con mucha energía; me contó que esas peleas con ladrones eran algo común para él. Hacía veinte años que era taxista; antes había sido albañil pero tuvo que cambiar de trabajo cuando se lastimó la espalda. Tenía dos hijas que aún vivían con él y su esposa. Me fascinó de una manera especial conversar con aquel anciano.

Al llegar a mi casa lo invité a tomar algo como agradecimiento por haberme ayudado pero él se negó, dijo que su esposa lo esperaba para cenar y que era una cita a la que no podía faltar. Me preguntó si estaba casado y le dije que sí pero que en este momento estaba solo y le expliqué que mi esposa había viajado. Él, amablemente, me invitó a cenar en su casa y ofreció traerme de vuelta sin costo adicional; era lo menos que podía hacer por un compañero de armas. Lo dijo en broma pero a mí me agradó la idea de que de alguna manera me considerara su compañero.

Fuimos a su casa, que quedaba en las afueras de la ciudad, y en el camino siguió contándome cosas de su vida. También quiso saber algo sobre mí y fue entonces que me di cuenta de que tenía poco que contar; había tenido una vida sin demasiados contratiempos en la que prácticamente no me había esforzado por obtener lo que tenía. En ese momento sentí una especie de vacío en mi interior. Una sensación que no sabría cómo definir. 

En casa de Marcial nos recibió su esposa, Marta, una señora de contextura robusta, más alta que Marcial y seguramente más joven. Al bajar del taxi, el anciano saludó a su esposa con un beso y un abrazo. Después me presentó como su nuevo amigo y me invitó a pasar. Me llamó la atención que Marcial no le dijera a mujer que yo estaba invitado a cenar; su esposa tampoco preguntó, como si tener amigos con quiénes compartir la cena fuera algo común para ellos. Ya dentro de la casa, Marcial me presentó como Miguel, un cliente y amigo. La casa de Marcial era pequeña y humilde, acorde con su trabajo, pero estaba bien organizada y limpia. Más que la mía pensé, sintiendo un poco de vergüenza. Durante la cena Marcial y Marta monopolizaron la conversación a petición mía; quería conocer más acerca de mis anfitriones. La cena transcurrió entre historias sobre la juventud de ambos y la manera en que se conocieron: Marcial estaba empezando su oficio como albañil y por casualidad le tocó hacer unas reparaciones en la casa de Marta. Según él fue amor a primera vista, ella por otro lado afirmó que le hizo caso solo porque le dio pena que el pobre se decepcionara después de tanto insistir. Sea como haya sido, el hecho es que llevaban cuarenta años juntos y no parecía que su amor fuera a disminuir por ahora. 

Después de la cena Marcial recogió la mesa y me invitó a ir a la cocina con él, me preguntó que prefería hacer, si lavar los trastes o quitarles el jabón, le respondí que no sabía, que no recordaba la última vez que lo había hecho. Marcial me miró extrañado y me preguntó si no lavaba lo platos después de comer le respondí que esas tareas las hacía mi mujer en su totalidad; de nuevo me miró extrañado y preguntó por qué, me sentí un poco avergonzado con la pregunta y me excusé diciendo que no sabía hacer labores domésticas porque nunca había necesitado aprender. El anciano me miró con una especie de lastima, movió la cabeza de lado a lado y después me dijo que debía arreglar eso, que no podía ir por la vida ignorante de las habilidades básicas que una persona debe tener para poder enfrentar lo que el mundo pueda ofrecerle. 

Las palabras de Marcial me hicieron reflexionar en algo que hasta aquella noche no había prestado atención: era prácticamente un inútil. Era cierto que poseía muchas habilidades intelectuales, sabía varios idiomas y tenía muchos conocimientos de diversos temas pero en lo que se refiere a mi bienestar individual, siempre había dependido de otra persona, primero de mi madre y la servidumbre de la casa y ahora de Alicia, mi esposa. Me di cuenta de que la había cargado con la responsabilidad de llevar el rumbo de nuestro hogar tratándola muchas veces más como una empleada que como esposa. Nunca se me había ocurrido hacer una autocrítica tan profunda y sincera.

Aquella noche le pedí a Marcial y a su esposa que me dejarán convivir con ellos por unos cuantos días para aprender a ser autosuficiente y ser útil no solo en mi casa sino también en el mundo.

En las semanas siguientes Marcial me tomó como su ayudante. Después del trabajo iba con él a su casa a realizar los trabajos más diversos, desde arreglar el patio trasero y delantero de la casa –nunca había usado un pico y una pala; es super agotador– hasta cocinar un guiso. Marta me enseñó a cocinar lo mejor que pudo, aunque debo admitir que soy un alumno muy malo, pero al menos ya no tendría que pedir comida si tengo hambre. Marcial incluso me llevó al gimnasio de un amigo suyo donde estoy aprendiendo a boxear. Marcial dice que uno nunca sabe qué día se va a encontrar con otro par de ladrones; es mejor estar listo aunque no haga falta.

Alicia volvió tres semanas después y yo la recibí con la comida que le gustaba preparada por mí, me aseguré de organizar y limpiar la casa. Quería que mi esposa notara el cambio que había experimentado, quizás era un cambio sutil pero que para mí significaba mucho. Ella se sorprendió por mi nueva faceta de ser humano autosuficiente, aunque si me preguntan, diría que su reacción fue menos efusiva de lo esperado. Supongo que ella pensó que el hecho de que por fin cumpliera con la parte que me correspondía no era algo que mereciera una celebración. La dinámica del hogar cambió en las semanas siguientes, Alicia y yo nos alternamos las tareas y además empezamos a salir más a menudo. Mis salidas a la casa de Marcial se hicieron frecuentes, y así descubrí que no era el único visitante frecuente a aquella casa. Un día me lo encontré hablando con una chica de unos dieciocho años que escapaba de su casa por los maltratos de la madre y apatía del padre. Eso lo supe por Marcial, que le consiguió un pequeño cuarto en una pensión de un amigo. Así conocí a otras personas en desgracia que tenían la suerte de conocer al anciano. Chicos de la calle, exdrogadictos. Todos tenían un lugar en la mesa cuando les hiciera falta. No quise ser solo un observador de aquella situación y decidí ofrecer mi ayuda al viejo taxista en su cruzada. Yo ayudaba con lo que estaba a mi alcance, un poco de comida para alguien que tenía días sin comer, unos cuantos cientos de pesos para pagar las medicinas del hijo de alguien. Todo suma, decía Marcial, feliz de poder ayudar. Yo compartía esa alegría, por primera vez en mi vida sentía que era parte de algo de verdad importante. Era una lastima que mi esposa no compartiera esa alegría. Aunque al principio pareció estar feliz por la nueva manera de ver la vida, lo cierto es que después de un tiempo empecé a notar que estaba apática y distante. Las cosas continuaron iguales hasta que hace unos días la interrogué al respecto. Al principio quiso evadir la conversación con la excusa de que no sucedía nada, que todo era idea mía, pero al final la presioné y terminó revelando que lo que la tenía molesta era está nueva autosuficiencia mía. Esta afirmación me dejó sorprendido. Ella había sido la más perjudicada con mi actitud de descuido, ya que debía cargar sin ayuda con la responsabilidad de mantener nuestro matrimonio funcionando. Pensé que liberarla de aquella carga la haría feliz. Respondió con claridad que, a pesar de que mi antiguo yo era perezoso y casi un inútil, prefería lidiar con él y no conmigo; según ella el yo de antes era fácil de manejar. Estaba tan abstraído en mis asuntos que no tenía tiempo de discutir cualquier decisión que ella tomara. Según manifestó, nuestro matrimonio funcionaba porque uno decidía y el otro acataba, pero ahora esa dinámica se había roto y yo también quería tener poder de decisión. Me confesó que no le agradaba que saliera tanto a la calle, que prefería que estuviera en casa como antes. Además admitió que Marcial no le caía bien, que estaba segura de que era una buena persona pero que eso no era suficiente. Yo escuché en silencio tratando de procesar toda aquella información. Estaba totalmente confundido, había pasado diez años escuchando los reclamos de mi esposa, sobre mi pereza y lo pesado que era para ella tener que lidiar con todo lo relacionado con nuestro matrimonio. Ahora que había admitido mi error y trabajado para ser el hombre ella pedía que fuera, resulta que tampoco es suficiente. Salí a dar una vuelta y dejé a Alicia en casa. Tenía mucho en que pensar y no sabía si encontraría la manera de solucionar este nuevo problema.

Di vueltas por la ciudad sin un rumbo fijo, sin darme cuenta termine frente a la casa de Marcial. Era temprano y supuse que no estaría en casa. De todas formas, entré. Doña Marta me recibió con esa amabilidad maternal de siempre. Me invitó a tomar un café mientras esperaba a su marido ella no tardó en darse cuenta de que algo no estaba bien conmigo. No tenía una relación tan cercana con doña Marta, como la tenía con su esposo pero al final terminé contándole todo el asunto con mi esposa, pensé que una mirada femenina podría ayudarme a encontrar alguna solución, si es que la había.

La señora fue muy amable y comprendió la situación sin que yo tuviera que abundar en detalles.

—Antes de amar a alguien tienes que comprenderlo —dijo la anciana con una sonrisa—. Nosotros, la gente, somos locos —afirmó con autoridad. —Yo no entendía nada, pero permanecía en silencio hasta ver a dónde nos llevaba la conversación—. Tu mujer tenía razón cuando dijo que en las relaciones hay uno que manda y el otro obedece —agregó—. Es un jueguito de tira y afloja para ver quién tiene más fuerza. —Me explicó que en mi matrimonio esa competencia no se dio porque desde el principio me quedé fuera del juego sin siquiera saber qué estaba sucediendo—. Entre Marcial y yo —concluyó—, existe esa competencia; estamos siempre con ese tira y afloja, unas veces yo lo dejo ganar y otras él me deja ganar a mi. En cuarenta años de relación debes aprender a convivir con esa otra persona igual que tú, que tiene sus propios pensamientos.

—¿Qué debo hacer para resolver la situación? —le pregunté—. No puedo desaprender todo lo que aprendí en los últimos meses y volver a ser la persona dependiente que era.

—Tu esposa tendrá que aprender cosas nuevas al igual que tú lo hiciste —me respondió doña Marta con calma—. La gente cambia y los que están a su lado deben aprender a vivir con eso. Será decisión de ella si acepta o no la persona que eres ahora.

Regresé a casa con las ideas más claras listo para conversar con Alicia, sin embargo no fue necesario. Sobre la mesa de la cocina hallé una carta en la que mi esposa se despedía de mí, dando por terminado nuestro matrimonio. Ella argumentaba que nuestra relación había llegado a un punto en que no había manera de reparar lo que estaba dañado. Que mi cambio repentino solo aceleró algo que tenía años gestándose.

Me quedé no sé cuántas horas sentado en la cocina, mirando hacia la nada. La vida que conocí hasta hace unos meses ya no existía. Mi esposa me dejó y lo irónico es que de cierta manera fui el responsable.

Han pasado varios meses y la separación no dolió tanto como yo esperaba. El mundo no dejó de girar y mi vida aunque iba más lenta, tampoco se detuvo. Encontré que mi existencia era más que un matrimonio. Aún estoy aprendiendo y creo que nunca terminaré. Sigo ayudando a Marcial con sus obras de bien, me he vuelto más cercano a la familia, sobre todo a Mariana una de las hijas de Marcial. Heredó la personalidad combativa de su padre y la belleza de la madre por suerte.

—No sabes lo que la vida te traerá. Bueno, malo. Eso nadie lo sabe, solo puedes tratar de prepararte lo mejor posible. —Eso me dijo el anciano un día y estoy completamente de acuerdo.

 

Meses después entendí que aquella noche no aprendí a pelear, sino a perder sin derrumbarme. Perdí a Alicia, sí, pero también dejé atrás al hombre que necesitaba que otros vivieran por él.

Una tarde, al cerrar el portón de la casa de Marcial, me vi reflejado en el vidrio del taxi: tenía las manos ásperas, un corte reciente en el labio y una calma que antes no conocía. Ya no temblaba. No porque el miedo hubiera desaparecido, sino porque había aprendido a caminar con él.

Mariana salió a mi encuentro con una sonrisa burlona y me lanzó los guantes.
—A ver si hoy aguantas más —dijo.

Los até despacio. Esta vez no para demostrar nada, ni para impresionar a nadie. Solo porque podía.

Marcial, desde la puerta, asintió en silencio.

Y entonces lo entendí: en la vida no se trata solo de evitar los golpes, sino de elegir por qué vale la pena recibirlos.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

COMPRE ORIGINALES

Iván Molina Jiménez

 

El médico, sentado detrás del escritorio, puso mi expediente en una bandeja de metal. Su rostro evidenciaba molestia y fastidio. Permaneció en silencio durante casi un minuto; después me miró directamente a los ojos.

—No entiendo por qué, simplemente, no esperó un poco más — expresó con voz grave.

—Ya no soporto vivir.

—La excusa de siempre.

—¿Hay algo que…?

—Nada, excepto ser paciente y, la próxima vez, proceda de manera sensata: sólo compre originales.

Profundamente triste y decepcionado, salí del consultorio, bajé las escaleras y me alejé lo más rápidamente que pude del edificio principal de la Caja Costarricense de la Muerte Segura (CCMS).

 

Con la invención del Reno-vator, en el 2065, la historia humana cambió de rumbo inesperadamente. Diseñado como un suero inteligente, la sustancia no sólo impedía el envejecimiento, sino que inmunizaba contra todo tipo de enfermedades. A partir de entonces, hombres y mujeres alcanzaron tres sueños largamente ansiados: inmortalidad, juventud eterna –la madurez se detenía a los veinticuatro años– y salud perfecta. Sin duda, existía siempre la posibilidad de morir en un accidente, por un ataque de otro individuo o por suicidio; pero dada la extraordinaria información que el producto almacenaba, de manera automática, en cada célula, la persona fallecida podía ser recuperada mediante clonación con todos sus recuerdos al día.

La vertiginosa comercialización del suero condujo, en lo inmediato, a la quiebra de las tradicionales y poderosas industrias médicas, farmacéuticas y de seguros, al cierre de todas las actividades vinculadas con los servicios fúnebres, a la desaparición de la muerte como causal canónicamente legítima de disolución matrimonial y a la supresión del concepto de viudez en tanto indicador del estado civil. Los cementerios pronto fueron convertidos en museos y los líderes de las principales religiones del planeta empezaron a ajustarlas a la nueva situación: el mundo transformado por Reno-vator fue definido como una etapa inicial y necesaria para alcanzar, más adelante, el Paraíso pleno.

Pese al entusiasmo que despertó el producto, diez años después de su salida al mercado resultó obvio que urgía reestructurar otras áreas de la experiencia humana. La primera y fundamental consistió en prohibir los nuevos nacimientos, al menos hasta que las colonias en Venus, Marte y otros planetas y lunas del Sistema Solar, fueran capaces de absorber la población extra. Tal paso supuso el colapso de los sistemas escolares y de las actividades vinculadas con las demandas de niños y adolescentes. Asimismo, con la desaparición de los gastos de seguro y de los planes de pensión, los salarios reales se incrementaron, pero los trabajadores quedaron obligados a laborar por siempre, ya que por más que intentaran ahorrar, jamás dispondrían de los recursos suficientes para retirarse a vivir por toda la eternidad.

A inicios del siglo XXII, la insatisfacción creciente era visible en los repetidos intentos de amplios sectores de la población por poner fin a sus días. Algunos lo lograron, mediante formas de suicidio que implicaban la destrucción absoluta de todas sus células. La respuesta de los poderes públicos, frente a tal desafío, fue ilegalizar la muerte, de manera que cualquiera que intentara quitarse la vida, sabía que tenía una condena segura de veinticinco años en la cárcel. Para aumentar la efectividad de la medida, en el 2124 se acordó que, en adelante, sería obligatorio aceptar la extracción de una gota de sangre una vez al mes, de modo que nadie pudiera destruirse impunemente.

La ilegalización –como el búho de Minerva– se aprobó cuando ya era muy fuerte la presión en contra. En las calles de las principales ciudades del planeta, se multiplicaron las movilizaciones populares a favor de que morir fuera elevado a la categoría de derecho humano. A tal reivindicación se sumaron predicadores alternativos, políticos en busca de ascenso y, de más importancia, círculos de intelectuales que denunciaban los daños psicológicos producidos por el insoportable goce de la vida. El argumento decisivo lo brindaron los tecno-economistas de MIT-2: al no renovarse la población, la capacidad de innovación científica tendía a disminuir, por lo que se preveía una profunda crisis económica para el 2150.

 

Luca Fragomeno, un filósofo neo-mercantilista de origen italiano, publicó en Le Monde Solaire del 31 de mayo del 2132, un artículo que proponía una solución práctica para los graves problemas provocados por el éxito de Reno-vator. Ante todo, morir debía ser algo legal y sujeto a las leyes del mercado, por lo que era imperioso que a las personas se les devolviera el derecho de desaparecer, pero no por accidente, crimen o suicidio, sino como una simple y normal transacción económica. “El acceso a la propia muerte –según ese distinguido pensador europeo– no tiene por qué ser muy distinto de ir a la tienda a adquirir una corbata de seda, un traje elegante o un par de zapatos”.

Aunque el filósofo no profundizó en las condiciones operativas de su propuesta, otros sí lo hicieron y, en unos pocos años, existía una nueva industria, basada en la mercantilización del proceso de morir. El sistema fue organizado en dos etapas: la primera consistía en comprar el derecho de fallecer. Con este propósito, fueron diseñados planes de cotización, mediante los cuales los asalariados podían, después de unos treinta años de labor, disponer de los recursos suficientes para cancelar el costo de liberarse de la vida. El elevado monto establecido fue justificado porque, con la reactivación de los nacimientos, era necesario efectuar fuertes inversiones en diversas áreas, en particular en educación.

Tres meses después de expedido el permiso correspondiente, las personas eran autorizadas para adquirir la forma de expirar. La segunda etapa del proceso, sin embargo, no era tan sencilla. Las corporaciones que controlaban el mercado aprovecharon su ventaja para establecer precios exorbitantes por las mejores muertes. Óbitos rápidos y sin dolor, en particular eutanasias e infartos asistidos, estaban al alcance, únicamente, de los sectores más acaudalados del Sistema Solar. El resto de la población, según fuera su nivel de ingreso, debía conformarse con la compra de enfermedades que podían prolongarse durante meses e, incluso, años (a menor duración, mayor el costo) antes de acabar con el paciente.

Si bien las empresas justificaron los precios por la inversión necesaria para producir una nueva generación de enfermedades capaces de destruir los códigos defensivos programados por Reno-vator, la injusticia era evidente. De acuerdo con una investigación efectuada en el 2169 por el Proyecto Estado del Planeta, los trabajadores con sueldos más bajos debían cotizar alrededor de treinta años más, después de haber adquirido el derecho a morir, para poder comprar, apenas, un Parkinson clásico, una lepra tradicional, una tuberculosis básica o un cáncer de próstata o de seno de efecto prolongado, todos los cuales tardaban décadas en matarlos (con el agravante de que únicamente podían incapacitarse en la fase terminal).

Fue, en tal contexto, que surgieron pequeñas y medianas empresas farmacéuticas, muchas de origen caribeño y asiático, que comenzaron a fabricar enfermedades genéricas de muy bajo costo. El principal problema de sus productos era que carecían de garantía y fallaban con alguna frecuencia; pero, pese al riesgo, se popularizaron inconteniblemente. Amenazadas por lo que denominaron una competencia desleal, las corporaciones presionaron a las autoridades para que ilegalizaran a sus adversarios mercantiles. Simultáneamente, iniciaron una intensa campaña entre los médicos y las instituciones de salud pública –ahora encargadas de administrar la muerte– para que recomendaran a la población sólo la compra de originales certificados.

 

Sofía me esperaba en el Parque Morazán. Le bastó mirar mi rostro para conocer la respuesta. Dos siglos antes, en este mismo sitio, habríamos parecido dos jóvenes enamorados, que se preparaban para el ritual de los besos y las caricias, mientras los árboles volvían a ver para otra parte. Sin embargo, teníamos más de ciento veinte años y lo único que deseábamos era descansar, de manera definitiva.

—¿Y ahora?

—A empezar de nuevo.

Lo dije con un tono de resignación que no podía ocultar completamente la frustración que sentía. Acababa de perder los ahorros de una década en la compra de una pulmonía fulminante de clase ejecutiva, que me tuvo postrado por casi una semana sin que, al final, lograra aniquilarme. Retornar a mis labores de inspector municipal era todo lo que había en mi futuro inmediato.

—¿Nos vamos?

—Ya casi.

Abracé a Sofía y, brevemente, imaginé que todo era distinto y que, en vez de ser una mercancía sujeta al vaivén de las fuerzas del mercado, la muerte volvía a ser el último, indispensable y precioso dominio de la vida.

Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en Alajuela, Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mundos.

 

 

lunes, 27 de abril de 2026

EL FRUTO DEL ÁRBOL DE MAERD

 

Andrea Tillmanns

 

No era la primera vez que Estven estudiaba las largas filas de números, que le causaban cada día más preocupación con cada nueva cifra añadida al final. Desde que su padre había muerto inesperadamente y demasiado pronto el año anterior, él había tenido que hacerse cargo del negocio, pero el comercio le resultaba mucho menos de su agrado de lo que había esperado. Especialmente en las últimas semanas y meses, el destino parecía haberse vuelto en su contra.

A veces le resultaba casi reconfortante que su madre llevara ya varios años muerta y que sus dos hermanas mayores se hubieran casado hacía tiempo. Al menos Estven no tenía que preocuparse por alimentar a una familia.

Sus padres no habían sido ricos, pero él nunca había conocido la preocupación constante de no saber si tendría dinero suficiente para comer al día siguiente. Últimamente, soñaba a menudo con no tener que preocuparse nunca más por eso. No deseaba otra cosa.

—No es tan sencillo —dijo una voz suave.

Estven se sobresaltó. Sentada frente a él había una mujer muy alta y esbelta, con rizos rubios que brillaban dorados a la luz vacilante de la vela.

—¡Eres un hada! —respondió, sorprendido—. ¿Cómo has llegado aquí? ¿Y por qué?

—Porque estabas convencido de que solo tenías un deseo —dijo el hada.

—¿Y quieres concedérmelo? —preguntó Estven, emocionado—. ¿Y estás segura de que es solo un deseo…?

El hada suspiró y agitó la mano con desdén.

—Tres deseos son, en realidad, un poco excesivos. Estrictamente hablando, no voy a concederte ni un solo deseo. En cambio —con un movimiento fluido, sacó algo verde y redondo del bolsillo de su abrigo y lo lanzó juguetonamente al aire—, en cambio, te daré un regalo…

Atrapó con destreza el objeto redondo y lo dejó sobre la mesa frente a Estven.

—El fruto del árbol de Maerd —continuó— puede darte aquello de lo que más careces, lo que más necesitas con urgencia. Mientras te falte algo, no te dará nada menos importante, por mucho que puedas desearlo. Así que piensa bien cuándo lo utilizarás.

Estven tomó el fruto con cuidado en la mano. Se sentía muy frío y liso, sin una sola imperfección. Y aunque los frutos verdes solían estar inmaduros, él sabía que este era diferente. Sin duda sería más delicioso que cualquier cosa que hubiera comido jamás.

Cuando volvió a levantar la vista, el hada había desaparecido. Estven sostuvo el fruto con ambas manos. Mientras pudiera sentirlo, podía creer que un hada acababa de concederle un deseo… o al menos algo parecido.

En realidad, no había razón para no morder el fruto de inmediato. Sin embargo, dudó. ¿Y si el fruto asumía que su mayor deseo no era un futuro sin preocupaciones económicas, sino una familia propia? Después de todo, la mayoría de los hombres de su edad ya estaban casados o al menos comprometidos. Pero durante el último año había tenido demasiadas preocupaciones como para pensar en eso.

Reflexionó casi toda la noche y finalmente creyó haber encontrado la solución. Sus dificultades comerciales parecían mucho mayores que los temores de los jóvenes que intentaban conquistar el corazón de una muchacha, así que estaba convencido de que podría encontrar esposa fácilmente si hacía un pequeño esfuerzo. Solo entonces recordó a Birka, que siempre conducía con tanta destreza el carro de su padre, mientras el viento a veces soltaba su cabello del moño en la nuca. Habían jugado juntos de niños y se habían visto casi todos los días desde entonces, pero en el último año Estven apenas había tenido tiempo de pensar en ella. Ahora, sin embargo, la idea de pasar el resto de su vida a su lado le parecía acertada.

En el pasado, nunca se habría atrevido a proponerle matrimonio a Birka. Pero ahora, con el fruto en el bolsillo y las palabras del hada aún resonando en sus oídos, Estven estaba seguro de que todo saldría bien. Tartamudeó un poco cuando le dijo a Birka que quería pedirle su mano a su padre, pero pudo ver por su sonrisa que eso no importaba en absoluto. Antes de que pudiera hablarle de una herencia que había pensado mencionar, ella le echó los brazos al cuello, tomó su mano y lo llevó ante su padre. Al principio, él miró a Estven con cierta sorpresa, pero cuando dio su consentimiento para el matrimonio, parecía tan feliz como Birka y, poco después, su madre al enterarse de la boda.

En el ajetreo de los preparativos, Estven rara vez pensó en el fruto del árbol de Maerd. Mientras recorría los mercados cercanos en busca de bonitos regalos para su novia, encontraba constantemente objetos baratos que la gente de su aldea o de otros mercados podía necesitar, y de hecho, Birka parecía vender más de lo que él había logrado últimamente. Pronto se dio cuenta de que tenía un poco más de dinero de lo que esperaba y decidió usar el fruto solo después de la boda.

Cuando terminaron las celebraciones, ambos trabajaron en su pequeña tienda. Estven pensó que sería mejor esperar un poco más, especialmente porque su situación ya no era tan mala como cuando conoció al hada. Pero apenas habían pasado unas semanas cuando su esposa le dijo que estaba esperando un hijo, y aunque se alegró por Birka, se preguntó qué ocurriría si usaba el fruto en ese momento. Lo más importante entonces era que su primer hijo naciera sano y que su esposa sobreviviera al parto sin problemas. Pero ¿serviría de algo comer el fruto ahora? ¿O provocaría que se cumpliera algo mucho menos importante?

Estven encontró una caja de madera con bonitos incrustaciones que le pareció adecuada para proteger el fruto del árbol de Maerd. Escondió la caja bajo las tablas del suelo de la tienda. A veces, cuando Birka descansaba un poco al mediodía, la sacaba y miraba el fruto que ya había cambiado su vida. Quizá el próximo año, pensaba en esos momentos, cuando nuestro hijo pueda sonreírme…

Cuando nació su hija, Estven creyó que nunca había sido tan feliz. La pequeña en brazos de su esposa, sonriendo entre lágrimas de agotamiento, le parecía lo más hermoso que había visto jamás. Cuando los vecinos venían a ver a la niña, a menudo encontraban telas, especias u otras cosas que necesitaban. Su padre solo había vendido artículos valiosos, la seda más fina y joyas exquisitas, pero cuando Estven se dio cuenta de que la mayoría de la gente necesitaba otras cosas, comenzó a buscarlas en sus viajes.

A veces pensaba en el fruto del árbol de Maerd sin sacarlo de su escondite. Muchos peligros amenazaban a su hija. Había oído que, a dos calles de distancia, un niño había muerto por enfermedad, y otro se había ahogado en el estanque del pueblo. Solo un año más o dos, pensaba, mientras hubiera otra forma…

Pero cuando su hija tenía apenas un año, Birka esperaba su siguiente hijo, y de nuevo Estven estaba demasiado preocupado por su esposa y el niño por nacer como para usar el fruto imprudentemente. Ese niño, esta vez un varón, también nació sano, y en los años siguientes llegaron tres más. Estven empezó a preguntarse si el fruto también ayudaría cuando su hija mayor estuviera esperando un hijo, y decidió no usarlo aún, por si acaso. Además, no les faltaba nada, así que podía esperar un poco más.

Tras varios años más, cuando Estven ya tenía tres nietos, su hijo mayor se hizo cargo de los viajes más largos a ciudades lejanas, mientras que los dos menores les ayudaban en el negocio. Con el tiempo, Birka se ocupaba cada vez más de sus nietos, mientras Estven planificaba los viajes de sus hijos y seguía trabajando en la tienda.

Una semana después de su sexagésimo tercer cumpleaños, Estven se sintió de pronto tan débil que no fue a la tienda como de costumbre. En su lugar, se sentó en el banco frente a su casa, con una manta sobre las rodillas, y observó en silencio el sol de la mañana.

No se dio cuenta de la mujer a su lado hasta que le habló.

—Un día apropiado, ¿no crees? —preguntó.

Estven frunció el ceño y la miró. Le tomó un momento reconocer al hada que una vez le había dado el fruto. Parecía mayor que entonces; los cuarenta años transcurridos habían dejado su huella en su rostro.

—¿Apropiado para qué? —respondió. Creía saber a qué se refería el hada, pero no había esperado que fuera ella quien lo acompañara de este mundo al siguiente.

—Para probar el fruto del árbol de Maerd —respondió ella.

Estven la miró durante largo rato, luego asintió. Sí, tenía razón, nunca habría otro momento como ese. Si no probaba el fruto ahora, probablemente no podría hacerlo nunca más.

De algún modo, la caja de madera en la que lo había guardado durante años había salido de su escondite bajo las tablas del suelo. La abrió con cuidado y sacó el fruto de Maerd. No había cambiado en absoluto en todo ese tiempo, ni siquiera se había marchitado un poco, y su piel verde seguía tan brillante como siempre. Estven lo sostuvo un momento en la mano y luego, con decisión, se lo llevó a la boca y comenzó a masticar lentamente. Le tomó un tiempo darse cuenta de que nunca había experimentado ese sabor, y aún más comprender que nunca había probado nada tan maravilloso.

—Esto es lo mejor que he comido en mi vida —dijo finalmente, despacio. Miró al hada pensativo—. Pensé que este fruto podría concederme un deseo, pero ¿solo sabe bien?

El hada negó con la cabeza.

—Este fruto da a las personas lo que más necesitan —respondió con calma—. Da oro a los más pobres, esperanza a los afligidos, permite que los solitarios encuentren a otra persona, y ayuda a los que sienten nostalgia a encontrar el único barco de regreso a casa. Muchas personas lo han comido, pero solo unas pocas han experimentado cómo sabe realmente. Solo a quienes no les falta nada más se les concede este privilegio.

Estven negó con la cabeza y sonrió. Se sentía mucho mejor ahora que por la mañana. Si no lo hubiera sabido, probablemente habría ido a la tienda después de todo. El hada se levantó del banco y miró a Estven, como invitándolo, y él, aun sonriendo, la siguió, directo hacia el sol.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

CÍRCULOS: DESENCUENTROS

Myriam Goluboff

 

Gerardo estaba sentado al borde de la piscina. Estela se deslizaba por el agua, movía los brazos formando un arco perfecto y luego lo hendía sin levantar una gota. Su respiración constante acompañaba el movimiento de la cabeza. No se cansaba de contemplarla. Ella disfrutaba nadando y él mirándola constantemente. Ese rectángulo azul los unía en una pasión común. Luego se sentaban a la mesa, donde los esperaban las botellas y los vasos que se teñían de rojo y de verde… Brindaban imaginándose bajo los cocoteros del caribe, haciendo tintinear los hielos y esperando que cayera la noche para enlazarse bajo las estrellas. Habían creado un mundo mágico: sus miradas se cruzaban, rezumaban complicidad, admiración mutua… Al tiempo, él quiso verla tirarse desde un podio y zambullirse hasta desaparecer, para tener la excitación de pensar que la perdía y luego la emoción del reencuentro. Estela aceptó encantada, amaba el agua, le gustaba sentir su cuerpo penetrándola como una daga para salir con elegancia y seguir nadando pausadamente. Al emerger no lo podía ver, pero intuía su mirada anhelante, el alivio de volver a verla.

Él notó que ya no sentía tensión en la espera: en el momento exacto, a los pocos segundos, la cabeza de Estela asomaba, siempre en el mismo punto de la lámina de agua.

Esa tarde, mientras brindaban, sintiendo la música de los cristales al chocar, él le pidió que se zambullera desde el trampolín bajo. Ella aceptó encantada, todo lo que fuera un encuentro de su cuerpo con el agua le causaba enorme placer y sentir la admiración de Gerardo la excitaba, le causaba tanto gozo nadar como ver sus ojos brillantes y su sonrisa complacida. Después, por la noche, redoblaban sus caricias, el cuerpo los comunicaba, el momento mágico del brindis de la tarde se prolongaba en la cama. Eran tres los que ahí estaban: Gerardo, Estela y el agua.

Un día, cuando ya terminaba el verano, Gerardo le pidió que se tirara del trampolín más alto. Estela lo miró con miedo. Nunca había subido hasta allí arriba, siempre había tenido temor imaginando el rectángulo azul, lejano. Sintió una inquietud en su estómago, pero subió decidida. Él la imaginaba, preveía la figura tirándose en picado, con los brazos estirados y las dos piernas tensas y presentía un orgasmo al contemplarla. Los ojos le brillaban con la sola idea y los labios resecos se entreabrían expectantes. Pero ella llegó arriba y lo vio como si lo tuviera delante. Recordó aquel día, cuando había caído bajando de un molino, las polleras como paracaídas, su grito hasta que enmudeció al golpear contra la tierra seca. Se le nubló la vista y sintió que se mareaba. En ese momento no pudo pensar en el placer que tendría al caer como una flecha, y llegando casi hasta el fondo, curvar su cuerpo como un arco para salir en el centro del agua. Dio media vuelta y bajó por la escalerilla. Se acercó a Gerardo y le dijo: «Lo siento. No puedo.»

Él supo que ya no importaba la belleza del cuerpo de ella en el agua, la perfección al zambullirse desde el podio, la recta precisa con que se lanzaba desde el trampolín bajo. Estela lo había traicionado.

Miró alrededor. Pero sobre la medianera observó una piscina exactamente igual y vio otra cabeza que, como una lancha, iba surcando el agua de lado a lado.

Sus ojos comenzaron a brillar…

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

CUENTO EXTRAÑO DE AÑO NUEVO


Ana Cristina Rodrigues

 

Todas las cosas malas deberían terminar en el último minuto del año, para que el Año Nuevo trajera novedades buenas y felicidad. Eso era lo que Ana Clara creía. Y pensando en ello, arriesgándose a recibir una paliza tremenda, había tomado una de las armas de su padrastro, policía militar.

Respiró hondo, repasando cuidadosamente los pasos de su plan para empezar bien el año. Por fin se liberaría de los golpes, de los cintazos… y de las manos sucias del padrastro. Neusa, su madre, ignoraba todo aquello; trabajaba demasiado y tenía otros dos hijos que cuidar. La tristeza silenciosa de la mayor significaba poco, casi nada, para ella, que pasaba los días fuera, cocinando en un hotel de la Zona Sur.

Ese año no verían los fuegos artificiales en Penha, porque el más pequeño tenía neumonía. La madre estaba en el cuarto de los dos niños, en una cama improvisada en el suelo, atenta a cualquier fiebre o tos. La cena de Nochevieja estaba en la mesa: frutas, pollo asado, un jamón glaseado, arroz. Ana Clara debía calentar la comida y servirle al padrastro. Y eso era lo que la niña de catorce años pretendía hacer. Cuando el viejo estuviera frente al televisor, siguiendo la cuenta regresiva en Copacabana, ella iría al cuarto, tomaría el viejo 38… Sabía que podía contar con los vecinos, que hacían estallar petardos sin respetar el comienzo del año. Incluso ahora, mientras aún pasaban el noticiero, el ruido era casi insoportable.

Después de que el viejo estuviera muerto, tendido en el suelo, Ana Clara tomaría su mochila y desaparecería. Encontraría la manera de ir a la casa de sus abuelos en Miracema y perderse en el interior del estado, trabajar en lo que fuera, cambiar de nombre, de vida. Año Nuevo, Vida Nueva. Su madre y sus hermanos estarían mejor, sin ese hombre horrible acechando sus vidas y con la pensión que la viuda recibiría.

Llamaron a la puerta y ella se sobresaltó. Solo faltaba que fuera alguna vecina, queriendo hacerle compañía a doña Neusa o algo así. No lo era. Una completa desconocida estaba allí. Cabello castaño claro, robusta, de más de veinte años con seguridad. Llevaba gafas, un poco torcidas, y vestía de negro, a pesar del calor sofocante. Entornó la puerta, convencida de que era un error, sintiéndose segura con la cadena puesta.

—¿Sí?

—Hola, Ana Clara, ¿todo bien? ¿Puedo hablar un momento contigo?

—Disculpe, señora, no puedo dejarla entrar. No puedo hablar con desconocidos…

—Ah, pero yo te conozco, Ana; y hasta sé lo que estás escondiendo debajo de la mochila en el cuarto.

El impacto hizo que Ana Clara actuara automáticamente: abrió la puerta y condujo a la mujer hasta la sala. La extraña pidió un vaso de agua y, tras beber un sorbo, comenzó a hablar.

—Uf, qué alivio. Un calor absurdo… Bueno, encantada de conocerte, Ana, mi nombre es Ana Cristina y he venido aquí para impedir que arruines tu vida. —Nada de lo que Ana Clara dijera iba a servir de mucho, así que decidió quedarse callada y escuchar—. Verás, yo estaba escribiendo tu historia. Sí, hoy, 31 de diciembre… Suena un poco patético, pero mira: estoy tomando antibióticos, así que nada de alcohol. Mis padres, pobres, trabajaron todo el día y duermen hasta las once y cuarenta, más o menos. Mi hijo está jugando “cosas de chicos”, lo que me deja fuera… Y mi novio, que vive en otro estado, decidió salir a celebrar… —entrecerró los ojos, molesta—. Ah, la única persona con la que me gusta hablar en línea está trabajando, y vi cuánto tardó ese hombre en volver a dibujar, así que… decidí escribir tu historia, una historia triste, conmovedora… ¿Me das más agua, por favor?

Aturdida, Ana Clara le sirvió otro vaso.

—Mmm, bien fría. Las delicias del suburbio… ¿Sabes? Siempre me gustó más la Zona Norte de Río, la gente de la Zona Sur es tan presumida. Pero no cambio Niterói por Río. En fin: tu historia iba a tener un hada o algún espíritu bueno de esos que tocaría a tu puerta y te diría lo bonito que es vivir, etcétera, etcétera; tú te conmoverías, hablarías con tu madre y creerías que la vida es mágica por eso. Pero, ¡vamos! —y golpeó el vaso sobre la mesa, inquietando a Ana Clara—. ¿Por qué las cosas buenas en una historia tienen que ocurrir por medio de un ser sobrenatural? ¡Ah, no! Entonces decidí: yo misma venía a resolver el asunto. Con permiso.

Con paso decidido, fue hasta el cuarto de Ana Clara y tomó el arma sin vacilar. Abrió el tambor y sacó las balas.

—Listo, asunto resuelto. En cuanto a usted, jovencita… ¿se ha detenido a pensar en su madre? ¿En cómo quedaría ella?

—Sí, yo…

—No, no lo pensaste, claro que no. ¡Es tu madre y se moriría de tristeza y preocupación!

—¡Pero a ella ni le importo!

—¡No digas tonterías, niña! Claro que le importas, pero tienes dos hermanos menores que ni siquiera saben expresarse bien. Ella espera que tú, si tienes algún problema, hables para que pueda ayudarte. ¿Y tú, hablaste?

—No…

—Una madre no es adivina, muchacha. Es duro darse cuenta de eso. Ve y habla con ella… está despierta por Tonho.

—¿Y mi padrastro?

La sonrisa en el rostro de la mujer extraña heló el corazón de Ana Clara.

—Tu padrastro va a descubrir por qué tengo fama de ser mala. Y dudo que moleste a alguien por mucho tiempo.

Y Ana Clara fue.

Al día siguiente, la madre pidió el divorcio, lo que aumentó aún más el escarnio general, porque el duro policía militar había amanecido atado a un poste, muy golpeado, cubierto de hematomas y con un cartel: “En realidad, quería ser transformista, pero terminé siendo policía militar.”

Ana Cristina Rodrígues nació en São Sebastião do Rio de Janeiro, Brasil, en 1978. Es historiadora, una perfecta coartada para pasarse la vida leyendo y escribiendo. Profesionalmente ha publicado dos artículos: "Visões da morte na História dos Francos de Gregório de Tours" (2004) y "Os Votos do Faisão: ideais de cavalaria na corte borgonhesa do século XV" (2004). En materia de narrativa publicó en Sci Pulp, Scriptonauta, Blocos Online, Scarium e Inpempol. En materia de ficción literaria, publicó en Sci Pulp, Scriptonauta y Blocos Online. Dos de sus cuentos se tradujeron al castellano y se publicaron en Axxón.

domingo, 26 de abril de 2026

LAS OMAJE DE LA MONTAÑA

Milan Pešić

 

Fue en aquellos tiempos remotos, cuando la gente que habitaba al pie de la montaña era impura, y la misericordia de Cristo, las restricciones y los temores modernos aún no los habían transformado de crudas bestias en un supuesto “hombre mejor”. Aunque entregados a un conocimiento mudo ya habían aprendido bastante y, como especie, sabían muchas cosas: manejaban con destreza las manos y poseían una comprensión básica del tiempo y la naturaleza; sin embargo, no pensaban demasiado en sí mismos o, como se diría, carecían de una verdadera autoconciencia. Así eran las cosas entonces.

 

El sol tardío de la primavera iluminaba los parajes desnudos. Una joven de largos cabellos, vestida con un tejido de lana de color marrón oscuro, estaba sentada entre los delicados tallos de levístico y arrancaba briznas de tomillo fragante. Cuidaba a unas pocas cabras suyas que, vagando por la empinada pradera, mordisqueaban la hierba. Era demasiado joven para cambiar de hogar, lo que en aquel tiempo significaba casarse. Hija única de su madre, que después de ella no había logrado concebir de nuevo, crecía y florecía sola, sirviendo a sus padres, cada vez más dependientes de su ayuda y de su capacidad para realizar todas las tareas. Por todo ello, aún no la habían ofrecido.

Dos hordas extranjeras, en realidad grupos familiares, se habían asentado a unos pocos kilómetros de distancia, cada una por su lado. Mientras contemplaba la vasta extensión verde ante sí, la muchacha sentía su presencia en la piel. Desde el lado izquierdo de su mirada, una comunidad tranquila, aunque silenciosa y extraña, vivía en una casa de piedra, cubierta con ramas y delgadas varas sujetas con mica. A ellos acudían constantemente viajeros, para que los anfitriones los sanaran con terrones calentados y cantos rodados, con hielo de las depresiones del terreno y ungüentos preparados con esencias vegetales y reptiles secos. Los visitantes, enfermos y abatidos, pagaban generosamente, traían ofrendas: carne seca, pescado y telas, y a veces también minerales valiosos, pulidos a mano y modelados mediante el raspado contra materiales aún más duros. Se decía que poseían muchas de esas piedras preciosas. Recientemente, el jefe de ese clan le había regalado un collar hecho con cuentas de piedras coloreadas y fragmentos de conchas marinas. Querían llevársela ya el primer invierno, para que diera hijos a uno de los hijos del jefe de la casa, a lo cual ella estaba dispuesta a acceder. Sus padres no lo sabían.

Hacia el flanco derecho de su mirada, más abajo en la ladera, donde había pastizales más suaves, dominaba y arrasaba una manada de recién llegados, bajos y deformes, que solían aparecer y arrebatar la presa de otros, un ciervo o un cerdo peludo, para llevársela a su ruidoso refugio, en los múltiples túneles de una cueva ensanchada. No le agradaban, y sabía que también ellos la deseaban para sí.

La muchacha giraba la mano, admirando el colorido del collar, apaciguada por el profundo sentido de su futuro papel como madre, cuando por el rabillo del ojo percibió cómo unas figuras torpes avanzaban hacia ella. Dos hombres con gorros de piel ascendían por la pendiente. Sus ropas de cuero se tensaban sobre sus músculos. La habían visto.

El vello de su cuerpo se erizó, y algo se movió en su estómago, hundiéndose en lo profundo: una sensación similar a la que se experimenta al encontrarse de repente con lobos o con un oso pardo mientras se recogen bayas pequeñas y ácidas. Ocurrió exactamente eso: se activó la señal que advertía del peligro. Saltó instintivamente y corrió cuesta arriba, hacia el pequeño bosque más cercano.

Los perseguidores echaron a correr, y le pareció que avanzaban a saltos. Durante más de una hora retrocedió como una gamuza, acercándose al paso entre los picos. Bebió agua de un charco y se dirigió hacia el acantilado más cercano. Las nubes en el cielo se agruparon en una masa amplia y oscura. Tocó con anhelo las piedras de colores, que, al absorber el apagado resplandor del sol oculto, adquirían tonalidades sombrías.

Los jorobados estaban ya muy cerca, y ella, sin tener a dónde ir, se arrojó al abismo. La sangre inocente se derramó, y los huesos se dispersaron en la sombra de la garganta, aún llena de nieve.

La noche descendía, y los hombres regresaron a casa sin presa, deseando refugiarse cuanto antes de la lluvia que comenzaba a caer con fuerza sobre los picos azulados. Un rayo golpeó la Roca del Halcón, y luego el agua empezó a correr en arroyos, entre las hendiduras de las rocas, por antiguos caminos y a través de barrancos que había excavado hacía mucho tiempo. Los restos de la joven se hundieron en las grietas de la porosa caliza gris, y su alma se durmió en lo profundo de la montaña.

Pasaron los siglos y la doncella cayó en el olvido, y las piedras y conchas fueron trituradas por los embates del viento, que las pulía contra las rocas hasta convertirlas en polvo.

La nieve del sumidero se había derretido por completo, dejando un hueco del que emanaban vapores sofocantes. A ese lugar lo llamaron la Boca del Diablo. Se difundió entonces la creencia de que el abismo era un sitio sagrado, y las doncellas comenzaron a visitarlo en busca de fertilidad por parte de los espíritus, lo que implicaba perder allí la virginidad como parte de un ritual.

Y entonces ocurrió, de algún modo por sí solo, que extrañas razones y leyes inusuales de la naturaleza propiciaron el encuentro de dimensiones. Atraída por la fuerza vital que allí se iniciaba, la joven bajo la montaña despertó. La energía de tales sacrificios la alimentaba y la mantenía despierta. Pronto se volvió insolente y eternamente hambrienta, acechando día y noche en la entrada al mundo subterráneo. Más tarde se fortaleció. Ahora tomaba y esclavizaba almas femeninas enteras para que le hicieran compañía en la oscuridad del vientre de la montaña.

Los tiempos se sucedieron, pasando como nuevas fases que borran a las anteriores, y las Omaje, así fueron llamadas, se apaciguaron en sus guaridas. De vez en cuando, por la noche, embrujaban a algún pastor extraviado y ebrio, seduciéndolo bajo la apariencia de mujeres que ya no eran. Lo guiaban hacia senderos escarpados, donde caía al vacío y moría, y luego lo devoraban como auténticas bestias hambrientas y sedientas de carne y sangre.

Y entonces comenzaron a extinguirse, como todo lo que envejece y no puede durar para siempre; perdían gradualmente su vida inorgánica y se hundían cada vez más en las profundidades del planeta. Así tenía que ser, porque incluso cuando alguien llegaba a verlas, no creía en ellas. Las viejas formas se pierden irremediablemente.

Hasta hace uno o dos años, cuando un nuevo alimento las atrajo con su olor. Resucitaron del folclore, porque hoy, en el escenario del planeta, se desarrolla un verdadero festín para ellas y para criaturas semejantes del pasado. En la montaña tiene lugar una explosión de muertes, y el Señor –o, más precisamente, el dador de vida y supremo devorador– absorbe todas las almas en sí mismo. Bueno, puede decirse que casi todas. Algo queda también para esas damas demoníacas, para que se alimenten como chacales tras los lobos, o hienas después de los leones.

Así que hoy están despiertas de nuevo, más fuertes que nunca. Han asomado sus cabezas desde los túneles oscuros de la Suva Planina y esperan, cerca de la chimenea que no deja de contaminar el aire con su nube de carbón.

Milan Pešić, nacido en 1977 en Niš, Serbia, vive en Jelasnica tras residir dos años en Renania del Norte-Westfalia (Alemania). Novelas publicadas: Diario de un guerrero contra el coronavirus (drama) y Tanatofobia (realismo mágico). Tiene dos novelas inéditas: El reino de la serpiente de tierra y La mina (realismo mágico). Relatos publicados: “Clínica de la Selva Negra” y “Cosecha de polímeros”.

 

LA ABUELA ZAITUNA

Maisalun Hadi

 


Con la aritmética del sol y la luna da comienzo la habitual escena diaria en este hospital desde el instante que entramos en él. En cuanto a la expectación de los pasillos y las puertas, para ese no hay principio ni fin: todo final viene detrás de un principio, y el ajetreo no se detiene nunca. El guarda, en paz descanse, solía sentarse en un sofá, siempre el mismo sofá, colocado cerca de la puerta del hospital que daba al exterior. Con el tiempo descubrí que la mayoría de los funcionarios y sanitarios seguían sentándose en el mismo lugar tanto en las salas de espera como en las habitaciones de contabilidad o administración, a excepción de la abuela Zaituna, la comadrona, que se pasaba la mañana vagando entre las pacientes, y ni una sola vez de las que volví, antes o después del parto, la encontré sentada.

Mis ojos no daban crédito cuando la vi bajando las escaleras. Era como si la viera moverse con el mismo aspecto que hace veinticinco años… Quien la observara de lejos diría que era mucho más joven, aunque había perdido peso. Llevaba en la mano una colcha blanca. Su rostro radiante me hizo recordar aquellos chascarrillos vivaces con los que se mofaba de los gritos de las mujeres durante el parto. A veces usaba constantemente esas palabras obscenas contra aquella que exageraba los gritos de histeria, o cubría al marido de insultos en el momento del parto y le preguntaba sarcástica si le había dedicado un insulto al susodicho o si se había echado a llorar con las mismas lágrimas cuando se revolcaba con él en la cama.

Mi hija Hala subía las escaleras despacio cuando nos encontramos con la abuela Zaituna, en cuyas manos di a luz a mi hija… Salía de la sala de enfermeras, con un chaleco blanco y unos zuecos del mismo color, y una expresión de alegría agradable en su rostro. Tras ella salió a continuación otra enfermera y se unió al grupo de compañeras que corrían detrás de la doctora hacia la sala de obstetricia. Llevaba una muñeca color tierra y dijo que estaría caminando por el pasillo del hospital hasta que llegara a la salida. Alguien se la había olvidado en la sala que acababa de quedar vacía… El pasillo seguía tal cual desde hace muchos años… Las madres debían caminar y llevar a remolque a sus hijos para ponerles las vacunas, o a sus hijas embarazadas que estaban a punto de parir… y las piernas andaban en fila india entre dos paredes largas revestidas con un esmalte brillante y sobre un suelo de azulejos negros adornado con algunos garabatos.

Le pedí a mi hija que caminara un poco entre las sillas y el pasillo, pues es bueno moverse antes del parto. A ratos arrastraba un suspiro profundo o miraba desde el pasamanos de la escalera a los hombres y mujeres que no paraban de subir y bajar. Poco después volvió la abuela Zaituna, sin la muñeca ya, y nos indicó que esperáramos en la silla mientras le preparaban a mi hija una habitación individual en la sala del paritorio, contigua a la escalera decorada con imágenes de niños a los que se les cepillaban los dientes o los vacunaban. Hala se cansó de andar y se paró un momento delante de la sala de enfermeras. Se miró al espejo para comprobar cómo llevaba el pelo y atusarlo un poco. Tendió la mano hacia el espejo como si tocara el universo entero en su retrato. Sus ojos se encontraron con los míos en ese espejo que estaba colgado en la habitación. Le sonreí, como si me viera a mí misma hace veinticinco años.

—Me he cansado de andar, mamá.

—Ven, siéntate, cariño, en las sillas de la sala de espera. Aquel lugar es mejor.

   Mi hija siguió mirándome a través del espejo colgado en la sala de enfermeras… Ella hablaba y yo me veía a mí misma… Naturalmente, eso no era posible, pero lo que yo veía no era muy distinto de la realidad… Solo me provocó extrañeza mi imagen antigua que reapareció ante mí tan pronto como olí el aroma del té con la pintura y el desinfectante Dettol, junto al resto de olores del hospital… Mi hija parecía pálida y apagada por culpa del dolor… Yo también sufrí como ella aquella lejana mañana que la tuve.

Le pregunté:

—¿No has dormido un poco?

—No —dijo—, los dolores de parto empezaron cuando me estaba quedando dormida.

Los dolores del parto siempre empiezan por la noche… o continúan hasta la noche si empiezan durante el día… Y ella, exactamente igual que yo, estaba revisando los cuadernos cuando empezaron… Mi amor… La pobre, la noche en vela hasta las dos de la madrugada por revisar las libretas del examen, y sin gozar ni siquiera de una hora de sueño que le diera fuerzas para una mañana tan difícil como ésta... Quise suavizar el ambiente, tomarle el pelo con el asunto del nuevo prometido que se había acercado a su hermana por tercera vez, pero me prohibió hablar cuando los dolores, insoportables ya, le hicieron perder la paciencia definitivamente.

—Mamá, ¿cuándo voy a ir al paritorio?

—La doctora dijo que esperáramos aquí… Suelen entender que la mujer está para dar a luz solo cuando entre los dolores pasan cinco minutos.

—No puedo esperar más. Me estoy muriendo.

—Por Dios, cielo, voy a llamar a la enfermera para que te pase dentro.

Un grupo de enfermeras volvía entonces a lo lejos y nos dijeron que nos acercáramos a la habitación lateral del paritorio… Entramos allí por duplicado…Yo y otra después de un cuarto de siglo… La primera era la segunda… La segunda era la primera… En aquella sala lateral no había cambiado nada salvo el reloj de pared… Recuerdo que lo miraba durante el parto cada cinco minutos, y lo veía quieto, sin moverse.

—Ven, cariño… Súbete a la cama.

—El dolor es inaguantable… Se me va el alma…

Nadie del grupo de las enfermeras le respondió, ocupadas todas ellas en examinar las dilataciones, algo que medían con los dedos, nada de centímetros. Según crecía la dilatación, la situación se hacía más apremiante y los gritos se volvían más enérgicos. Gritó otra vez:

—¿Dónde está la doctora? —Nadie le respondió… Gritó—: ¡Méteme en la sala, mamá!

Solté mis palabras bromeando con la intención de calmarla.

—La sala grande es para salir no para entrar.

Mi hija me sonrió, a pesar del dolor, y cerró los ojos. Sus pequeños dientes se parecían a los dientes de leche de un niño. Cuando la tuve, chorreaba en sudor y no sentí algo de alivio hasta que se abrió la puerta de la sala grande al aire frío de la mañana: se movieron los flecos de la colcha de la cama y ondeó la cortina en la ventana. Mi cuerpo se sintió aliviado, el cual exageré en perfumar con el miedo de mi exceso de transpiración durante el parto… Desaparecí del mundo por un instante debido al intenso dolor y al despertar, la encontré en mi regazo… ¡Y ahí estaba! Otra brisa que pasaba de la puerta hacia la ventana, y el reloj parado… y una tras otra fluían las mujeres de la habitación lateral a la gran sala del paritorio. No quedaba más que Hala. Tenía el pelo empapado en sudor y aplastado contra a la frente y las sienes… Ni andaba ni soñaba… y cuando estaba todos presentes, y las bocas incansables de discutir alrededor del mostrador, sus ojos se hallaban al otro lado de la ventana, alegre con la lluvia que caía sobre todos los árboles del jardín… feliz…buscaba en un instante cualquier cosa, otros, simplemente esperaba…

   Se me caían las lágrimas cada vez que Hala me retorcía la mano con los dolores. Sus uñas se quedaban enganchadas con fuerza a mi mano hasta que pasaba la crisis, luego volvían las dolorosas contracciones y se mordía el labio inferior gimiendo… Era su primer parto, y el alma prácticamente se despegaba del cuerpo con cada pico de dolor que extirpaba el feto de sus entrañas… Pero mi hija no grita como el resto de las embarazadas, solo llora y prolonga su gemido con una voz asfixiada. Cada vez que se acerca una contracción, yo lo percibo por la presión de sus uñas afiladas sobra la palma de mi mano… y a su alrededor aparecen muchas manos y piernas que hacen retumbar el suelo… Comenzó el alboroto al abrirse las puertas, los pasos y el aguacero de los grifos crecía y se extendía. Supe que pronto llevarían a mi hija a la gran sala, lo que significaba que iba a dar a luz enseguida. Mis lágrimas empezaron a caer como la lluvia… La abuela Zaituna fue amable conmigo, después de impedirme que pasara con ella a la sala de partos.

—Venga, ya basta de tanto lloro —me dijo—. Ven y descansa un poco en los asientos de fuera. No temas por ella. Estaré pendiente.

Recuerdo que la abuela Zaituna olió a mi hija Hala, después de lavarla y entregármela, diciendo que le gustaba cómo olían los recién nacidos. El nacimiento es un final, no un principio, y nada más salir mi hija de mis entrañas al mundo, cesaron todas las molestias del parto, y el tormento se tornó un alivio profundo, absolutamente incomparable a cualquier otro. Todo terminó, y dormí profundamente. Al despertar, tenía a Hala sobre mí y sus delicados dedos se movían, y se espantaban del aire, como tentáculos de pequeñas criaturas que no había conocido en mi vida.

Ahora debo esperar que la abuela Zaituna me traiga un bebé nuevo y ponga en mi regazo un buen olor.

—¿No se acuerda de mí? —le pregunté antes de que volviera a entrar en la sala de patos.

—No es que le quite importancia, solo que veo cientos de mujeres al cabo del mes… Demasiadas caras…

—Lo mismo me pasa a mí… Cientos de estudiantes me recuerdan y yo no me acuerdo de ellos.

—Entonces, tienes que ser profesora.

—Así es, y di a luz a mi hija Hala entre sus manos… Ahora ella dará a luz a su hijo entre sus manos también, abuela Zaituna.

—Guarde cuidado que tengo la misma destreza que la abuela Zaituna.

—¿No es usted la abuela Zaituna?

—No, yo soy su hija Zahrá.

Zahrá se volvió riéndose y me saludo con la mano haciendo un gesto discreto. Reprimí las lágrimas y me miré al espejo. Esperé que la hija de la abuela Zaituna se moviera de su sitio y apretara el paso para unirse a lo que le estaba esperando… Minutos después la miraba alejándose en el espejo… Era ella.


Maisalun Hadi nació en Bagdad en 1954. Se licenció en la facultad de Económicas en 1976 y trabajó en el ámbito del periodismo cultural durante más de tres décadas. Algunos de sus trabajos han sido traducidos al inglés, francés, español, kurdo y chino. Entre su extensa producción narrativa, se destacan: La tercera persona, 1985, El error garrafal 1993, Un hombre detrás de la puerta, 1994, No mires el reloj, 1999, El nieto de la BBC, 2011, En la extremidad del jardín, 2013, y el trono y el arroyo 2015.

JULIA DREAM