Rubén Faustino Cabrera nació el 16 de noviembre de 1949 en La Cumbre, Córdoba, y reside en Del Viso, Partido de Pilar. Es un prolífico escritor, guionista, humorista y difusor cultural con una trayectoria destacada desde la década de 1980. Su labor como redactor e historietista abarca emblemáticas publicaciones gráficas argentinas como Humor, Sex Humor y Fierro, además de haber sido uno de los guionistas de la revista chilena Condorito. En televisión y radio, colaboró en el recordado programa El show de VideoMatch, escribió para Johnny Allon Presenta y condujo diversos ciclos radiales. Como narrador, ha obtenido múltiples galardones, destacándose como finalista en el Concurso de Cuentos Clarín y Revista Ñ (2008), y ha publicado una extensa obra que incluye novelas de fantasía heroica, libros de humor, antologías, versiones condensadas de clásicos y microrrelatos difundidos internacionalmente y traducidos a proyectos educativos oficiales. Además, ejerce activamente como tallerista, jurado literario y corrector de textos.
MICROFICCIONES Y CUENTOS
MICROFICCIONES Y CUENTOS es un espacio de difusión cultural dedicado a acercar obras literarias de distintos países. Las traducciones fueron realizadas por Sergio Gaut vel Hartman con asistencia de herramientas de inteligencia artificial y otros recursos, y posteriormente revisadas y editadas por él. Los derechos de las obras pertenecen a sus autores, se publican con su autorización y no pueden ser reproducidas ni explotadas comercialmente sin permiso.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
LA NOCHE DE WALPURGIS
LA SUERTE CAMBIA
István Nemes
Jim Bimm caminaba
nerviosamente de un lado a otro frente al mostrador de mármol blanco como la
nieve. Después de una hora y media de hacer fila, le costaba soportar que
rechazaran una vez más su solicitud. Aunque la funcionaria alienígena era un
ángel adorable, de sonrisa encantadora, detrás de ella, junto a la salida,
montaban guardia dos colosos musculosos con los que no parecía aconsejable
discutir. Entre los angélicos, las hembras parecían frágiles y sensuales
muñequitas de apenas un metro cincuenta de altura, mientras que los machos eran
guerreros intrépidos de dos metros y medio. Querubines alados.
—Nuestra capacidad de
almacenamiento es limitada, señor —gorjeó la mujercita—. Lamentablemente, no
podemos llevarnos con nosotros a todos los que desean marcharse. La cantidad de
solicitantes supera en varios miles de veces las plazas disponibles y los criterios
de selección son estrictos.
La alienígena de rostro angelical
hablaba con voz cristalina, ceceando ligeramente y con acento francés; sonreía
con tanta amabilidad que era imposible enfadarse con ella.
—Pero... pero ni siquiera me han
explicado por qué me rechazaron.
—No es necesario dar explicaciones.
Nuestra nave, nuestro mundo, nuestras condiciones. Su gobierno ha establecido
que la selección de los viajeros entre los voluntarios es prerrogativa nuestra.
—Soy la elección ideal —se lamentó
Jim—. Joven, sano, emprendedor, ingenioso, creativo, imaginativo... Tengo dos
títulos universitarios, pero tampoco le hago ascos al trabajo manual. Trabajo
obsesivamente de la mañana a la noche, o de la noche a la mañana.
—Seguro que tienen una lista de
espera —intervino Julia, la pareja de Jim—. ¡Por lo menos anótenos en ella! ¡Lo
exijo!
El ángel observó con interés a la
decidida pareja; en sus ojos irisados destellaron luces como si tratara de
examinarlos con alguna clase de radiación, desde los dedos pequeños de los pies
hasta la coronilla.
—¿Por qué desean tanto abandonar la
Tierra?
—Desde que tengo uso de razón
siento que no pertenezco aquí. Y mi esposa tampoco. Siempre hemos querido
marcharnos. Conocer otra cultura, adoptar sus costumbres, vivir como ellos...
integrarnos entre ellos... encontrar cosas nuevas que puedan apasionarme, que
den un propósito a mi vida... Siempre soñé con que algún día apareciera en la
Tierra una especie mucho más avanzada y sofisticada que nosotros... y nos
llevara consigo a su propio mundo.
—Y yo soñé hace años con la llegada
de los angélicos —prosiguió Julia—, con el traslado de las personas valiosas.
Nos encantan las historias de ciencia ficción, nos encantan la ciencia, la
astronomía y también la astrología. Por mi nacimiento soy Sagitario... ¡mi
lugar está en la constelación de Sagitario!
—No puedo creer que no nos
consideren lo bastante valiosos —gruñó Jim—. ¡Lo somos! ¡Tenemos que irnos con
ustedes! ¡Tenemos que hacerlo! ¡No tenemos nada que hacer en la Tierra! Un
mundo nuevo, una aventura nueva, ¡eso es lo nuestro! Un mundo donde no haya
corrupción, donde no haya malditos políticos, donde no hagan falta abogados,
donde...
—Si viviéramos en el siglo XIX
—explicó Julia—, habríamos sido de los primeros en partir hacia el oeste en
caravanas de carretas para conquistar territorios inexplorados...
—¡Y para participar en la
construcción de un mundo nuevo!
—Lo siento.
El ángel levantó la mano izquierda
y agitó sus alas blancas como la nieve, pero conservó su sonrisa seductora.
—Sin duda son personas valiosas,
pero les ruego que no retrasen la fila. ¡Márchense!
Los dos guardaespaldas querubines
dieron un paso al frente. No desenvainaron las enormes espadas que colgaban de
sus cinturas, pero hicieron un movimiento que indicaba que hacerlo era solo
cuestión de segundos.
—¡Les convendría llevarnos! —gimió
Jim desesperadamente—. ¿Cuáles son esas condiciones que, según ustedes, no
cumplimos? ¿Creen que no estamos lo bastante locos como para aceptar cualquier
cosa? Nos encantan los deportes. Mi esposa corre habitualmente, juega al tenis
y practica kung-fu. Yo escalo laderas y glaciares; mis deportes favoritos son
el salto BASE y el ala delta. ¡Estamos dispuestos a cualquier locura, queremos
probarlo todo!
—¡Exactamente! —lo secundó Julia—.
Y si el problema es que no tenemos hijos, eso puede cambiar fácilmente.
—Los dos somos fértiles, tenemos
certificados médicos. Y, como he dicho, estamos dispuestos a cualquier cosa.
El ángel contempló con interés a
los exaltados jóvenes.
—En ese caso, ¿probarían algo para
complacerme?
—¡Cualquier cosa!
—¿Probarían qué se siente al
apartarse de la fila y cederles el lugar a los siguientes solicitantes?
Ya era la séptima
vez que Jim y Julia eran expulsados de entre los aspirantes. De nada había
servido presentarse con identidades falsas diferentes en las representaciones
angélicas, rellenar de distinta manera los formularios o mentir acerca de las
cosas más diversas: siempre los rechazaban.
Cuatro años atrás había aterrizado
la primera nave espacial de los angélicos en el estado de Nueva York, cerca de
la ciudad de Nueva York, y después del prolongado proceso de establecimiento de
contacto y del secretismo internacional, llegaron varias decenas de naves más a
las proximidades de distintas ciudades de todos los continentes. Los
alienígenas compartieron con la humanidad numerosos avances médicos y
tecnológicos, y lo hicieron de manera que ningún país pudiera apropiárselos en
beneficio exclusivo. Revelaron que llevaban cien años observando los
acontecimientos de la Tierra –a ellos se debía la multitud de avistamientos de
ovnis–, pero que solo entonces habían considerado llegado el momento de
mostrarse. Caminaban sobre dos piernas, tenían grandes alas de ángel en la
espalda, dos brazos terminados en manos de cuatro dedos y cabezas de apariencia
casi humana. Su boca era algo más ancha y su dentadura más poderosa que las de
un ser humano corriente, y sus dos ojos estaban tan juntos que los lagrimales
casi se tocaban por encima del afilado puente nasal, semejante a un pico, pero
aquello no molestaba a nadie.
Se llamaban a sí mismos angélicos
y, debido a sus alas blancas y emplumadas, la asociación popular fue inmediata
y todo el mundo comenzó a referirse a ellos como «los ángeles del Cielo». Y la
denominación resultaba apropiada, aunque solo fuera porque llamaban «Hevn» a su
planeta natal en su propia lengua. La palabra inglesa heaven significa
«cielo» o «paraíso», y eso resultó decisivo. Los alienígenas de rostro
angelical, mirada inocente, amables y amistosos quedaron identificados en el
imaginario colectivo con los ángeles. Cuando se descubrió que una nave estelar
angélica ya había visitado la Tierra en tiempos prehistóricos, surgieron
numerosas hipótesis según las cuales probablemente ellos habían dado origen a
los mitos relacionados con los ángeles.
¿Y por qué habían venido los
angélicos a la Tierra? Consideraban que la humanidad había alcanzado ya un
nivel que le permitía incorporarse a la Comunidad Cósmica y se ofrecieron a
ejercer de protectores de nuestra especie, que hasta entonces había vivido aislada.
Pero para ello –afirmaban– la especie humana debía demostrar ante los seres
inteligentes de la Galaxia su inteligencia y su viabilidad. Es decir,
seleccionarían una muestra –un grupo de cien mil personas– entre los
voluntarios y los llevarían a una isla deshabitada pero paradisíaca de Hevn,
donde aquellos colonos tendrían la oportunidad de construir su propio mundo y
demostrar así que la especie humana era digna de formar parte de la Comunidad
Galáctica.
Se presentaron varios millones de
candidatos; muchos, muchísimos millones de seres humanos inteligentes que
habrían estado dispuestos incluso a ir al infierno con tal de librarse de aquel
mundo devastado por las guerras, corrupto hasta la médula y podrido, donde
tenían que trabajar aterrorizados para conseguir el sustento cotidiano bajo una
forma de gobierno terrorista a la que llamaban democracia. Pero los angélicos
se reservaron el derecho de elegir entre los solicitantes a los ejemplares
adecuados. A quienes finalmente podrían viajar a Hevn, al Paraíso. Y como los
angélicos habían demostrado sus buenas intenciones proporcionando una valiosa
ayuda científica, los Estados miembros de las Naciones Unidas colaboraron
gustosamente con ellos.
Nadie sabía con qué criterios
realizaban la selección. Pero Jim Bimm y su pareja se habían metido en la
cabeza que estarían entre los colonos cuando las gigantescas naves espaciales
despegaran de la Tierra, y hasta entonces Jim siempre había conseguido llevar a
buen término todo aquello que se proponía. Era realmente ingenioso; si lo
echaban por la puerta, volvía a entrar por la ventana.
Había conocido a Julia varios años
antes de la llegada de los angélicos. Pensaban de la misma manera acerca del
mundo y compartían también sus sueños. La muchacha delgada, de cabello muy
corto, trabajaba en una oficina de inmigración y sabía de la presencia de los
angélicos mucho antes de que la mayor parte del mundo se enterara. Deseaba con
el mismo fanatismo que Jim subir a bordo de una de las naves, pero también
había sido rechazada. Después de deducir que los matrimonios gozaban de cierta
ventaja en las solicitudes, se casaron apresuradamente, pero para entonces ya
era demasiado tarde: las plazas estaban casi cubiertas. Solo les quedaba una
posibilidad: ganar el sorteo en el que se decidiría el destino de las últimas
doscientas tarjetas de viaje.
Los trucos, chantajes, actos de
corrupción y amenazas a los que Julia, gracias a su buena posición dentro de la
administración, había recurrido para conseguir que ella y su marido
participaran en el sorteo final merecerían una novela aparte. Pero, naturalmente,
también fracasaron allí y no estuvieron entre los elegidos. Sin embargo, Jim
Bimm y su esposa no se dieron por vencidos. Violando la ley, Julia obtuvo de un
expediente confidencial el nombre y los datos de una de las parejas
afortunadas: el matrimonio Halloran. Dos seres monstruosamente obesos que,
entre ambos, pesaban más de trescientos kilos; como Jim los llamaba para sus
adentros: el señor y la señora Cerdito...
—¡Es increíble que hayan elegido a
esos y no a nosotros! —se lamentó Jim unos días después, mientras bebía con su
esposa en un tugurio miserable—. ¡Esos malditos Halloran irán al Cielo en
nuestro lugar! ¡Ese par de cerdos gordos!
—¡Esto aún no ha terminado, amigo
mío! —siseó Julia con feroz determinación—. Yo no me doy por vencida tan
fácilmente.
Jim hizo una mueca amarga.
—¿Qué esperanza te queda?
La mujer lo miró sombríamente. Por
delgada y frágil que pareciera, podía llegar a ser feroz y obsesiva.
—Sé dónde viven por el
expediente...
—¿Y qué?
—Habrá diez mil pasajeros en la
nave de Nueva York. Durante los últimos días ya han embarcado nueve mil
ochocientos. Mañana recibirán al último grupo, los afortunados del sorteo...
¡Doscientas personas! ¿Crees que los alienígenas van a comprobar personalmente
la identidad de cada una?
Jim comenzó a comprender lo que
estaba pensando su esposa.
—¿Podría funcionar? —preguntó
sombríamente.
—No necesariamente tenemos que
matarlos —murmuró la mujer—. Atamos a los Cerditos, les quitamos sus tarjetas
de viaje, nos presentamos con sus nombres... puedo fabricar documentos falsos
en la oficina... y para cuando mañana a esta hora descubran el ataque, nosotros
ya estaremos a muchos miles de kilómetros de la Tierra...
La entrada en la enorme casa se
produjo sin contratiempos. Parecía que Julia tenía experiencia en esa clase de
cosas. Pocos minutos después, el señor y la señora Halloran, vestidos con sus
pijamas, yacían atados en un rincón, mientras los intrusos abrían cajones
febrilmente y arrojaban su contenido por todas partes.
—¿Dónde diablos pueden haberlas
escondido? —siseó Julia.
Arrancó la cinta adhesiva que
cubría la boca del señor Halloran. El rostro adiposo del hombre temblaba
mientras jadeaba en busca de aire.
—¡No las encontrarán! —gimoteó—.
¡Las quemamos!
—¿Qué? —Jim lo miró atónito—.
¿Quemaron las tarjetas?
—No las tarjetas —balbuceó
Halloran—, sino los códigos.
—¿Qué? ¡¿Qué códigos?!
—¡Los del sorteo!
El hombre obeso calló y apretó los
labios con fuerza, como si no estuviera dispuesto a decir nada más, pero Julia
le dio dos patadas en la cara y el individuo empezó a gemir de inmediato.
—¡Lo confieso! ¡Amañamos el sorteo!
¡Sobornamos a los supervisores!
—¿Qué?
—Ya estaba decidido —sollozó el
hombre—. Los angélicos nos habían elegido; el sorteo no fue más que una
representación, parte de algún juego político... ¡Nosotros teníamos que ganar!
Jim Bimm estuvo a punto de estallar
de furia; le dio dos patadas al hombre obeso. Julia, sin embargo, se mostró más
práctica.
—¿Dónde están las tarjetas de
viaje?
—En la caja fuerte de la pared...
—gimió el señor Halloran—. El código es uno... dos... tres... cuatro...
—¡Vaya, qué original!
Julia conducía con
tranquilidad y avanzaban hacia el aeropuerto a un ritmo lento y despreocupado.
No tenían necesidad de apresurarse y tampoco querían llamar la atención. La
gigantesca nave espacial alienígena se alzaba muy por encima de los edificios
de diez pisos, y la vibración y los destellos constantes de su resplandeciente
red de energía dibujaban colores fantásticos en el cielo sonriente del
amanecer.
—¿Qué crees, Jul? ¿Funcionará?
—¡No me llames así! ¡Me llamo Faye
Halloran! ¡Y tú acostúmbrate al nombre George!
El aeropuerto, abandonado y fuera
de uso desde hacía años, estaba ahora rodeado por un fuerte cordón de
seguridad. Junto a la valla se agolpaba una enorme multitud: periodistas,
fotógrafos, reporteros, curiosos, y en la barrera de entrada montaban guardia
soldados armados hasta los dientes y querubines provistos de espadas. Llegaban
coches, autobuses y taxis uno tras otro. Aquel día embarcaban los últimos
doscientos pasajeros; casi todos iban acompañados por familiares y amigos que
habían acudido a despedirse allí mismo de quienes se preparaban para el gran
viaje.
—¡Esto es una estupidez! —siseó
Jim, nervioso—. Nos descubrirán. Ni siquiera nos parecemos a esos dos montones
de grasa.
—¡Sé optimista! No tenemos otra
oportunidad... y nuestros documentos falsos llevan nuestras propias
fotografías.
Julia redujo apenas la velocidad y
se abrió paso entre la multitud que avanzaba hacia ellos. No atropelló a nadie,
pero siguió adelante con firmeza e implacablemente. A su alrededor destellaban
los flashes, acercaban micrófonos y le gritaban que bajara la ventanilla. La
mujer se cubrió parcialmente el rostro y, medio minuto después, entraron en la
zona de seguridad, dejando atrás a la muchedumbre vociferante.
Había catorce coches delante de
ellos y poco después llegaron otros cinco o seis detrás. Cuando el oficial de
guardia se acercó, Julia bajó la ventanilla y le sonrió amablemente. Le entregó
las dos tarjetas de viaje y también sus documentos de identidad. El oficial
introdujo las pequeñas tarjetas de plástico en una ranura del ordenador de
control que llevaba sujeto a la muñeca y luego se las devolvió.
Tampoco hubo problemas con los
documentos: Julia había realizado un trabajo preciso en la oficina.
—¡Buen viaje, señor y señora
Halloran! —les deseó el oficial mientras levantaba la barrera—. ¡Buena suerte
en el nuevo mundo!
Dejaron el coche junto a la
siguiente barrera y se sometieron a un control más minucioso; los registraron
de manera exhaustiva en todos los sentidos, incluidas las cavidades corporales.
Examinaron todos sus objetos personales: anillos, collares, pendientes, todo.
Después les permitieron acceder a
la zona más interior. Vista desde tan cerca, la gigantesca nave espacial
resultaba verdaderamente opresiva. Ambos tenían la sensación de que el enorme
monstruo metálico estaba a punto de caer sobre ellos.
Se acercaron con pasos soñolientos
y prácticamente no prestaron atención a sus compañeros de viaje, que avanzaban
con idéntica mezcla de asombro y emoción. Su sueño se había hecho realidad.
Pronto subirían a bordo y entonces ya nadie podría obligarlos a regresar.
—¡Tómame de la mano! —murmuró
Julia, emocionada, y Jim obedeció.
Avanzaron tomados de la mano hacia
la nave alienígena, y no solo para representar ante los curiosos el papel de un
matrimonio enamorado.
En aquella zona más interior ya no
había soldados de las Naciones Unidas con cascos azules, sino únicamente
angélicos machos de dos metros y medio de altura. Junto a la rampa de acceso a
la nave esperaban a los recién llegados dos alienígenas femeninas de rostro
angelical. Además de Jim y Julia, llegaron al mismo tiempo otras ocho personas.
Todos eran matrimonios corpulentos y obesos, de entre veinte y cincuenta años.
Los angélicos no comprobaron nada.
—¡Vengan! —dijo amablemente la
alienígena más alta, con su ligero ceceo, y condujo al pequeño grupo hacia el
interior de la nave.
Después de diez minutos subiendo y
bajando en ascensores, desplazándose por pasillos móviles y flotando sobre una
extraña sustancia gelatinosa, llegaron ante una puerta de cerámica.
Jim miró a su alrededor frunciendo
el ceño y se asomó por algunas ventanas. Quiso seguir adelante, pero la angélica
se interpuso en su camino.
—¡Por aquí! —indicó con
amabilidad—. ¡Quítense la ropa y entren en la ducha de descontaminación!
Después, cuando hayan terminado, ocupen las cápsulas de hibernación que estén
libres.
A lo largo de toda la pared se
alineaban cápsulas del tamaño de una persona, semejantes a ataúdes
transparentes de cristal. En aquellos compartimentos realizarían, en estado de
congelación profunda, el viaje de más de diez años. Una pequeña parte de las celdas
todavía estaba vacía, pero en la mayoría podían verse cuerpos humanos desnudos
en posición semirreclinada. Una sustancia gelatinosa cubría gran parte de sus
cuerpos y un tubo fino penetraba en sus fosas nasales, pero aparte de eso todos
estaban completamente desnudos. Y eran terriblemente gordos, barrigones,
adiposos. El más pequeño debía de pesar por lo menos ciento veinte kilos.
Mientras los pasajeros recién
llegados se desvestían con cierta vergüenza, dándose la espalda unos a otros, y
entraban en la ducha desinfectante, la diferencia entre Jim y Julia y sus
compañeros de viaje se hizo todavía más evidente. Jim tampoco era particularmente
corpulento, pero las extremidades huesudas de su esposa, sus piernas delgadas
como palillos y sus brazos escuálidos parecían casi traquetear.
Mientras el aerosol desinfectante
caía sobre ellos, un grupo de angélicos trabajaba alrededor de las cápsulas de
hibernación vacías.
—Esto no me gusta —susurró Jim a su
esposa.
—¡Alégrate! —respondió Julia
sonriendo—. Esto era lo que queríamos, ¿no? Estamos a bordo. ¡Dentro de unas
horas estaremos camino al Cielo!
—Esos... ¡todos son gordos! Mira,
¡los alienígenas solo han elegido a gente obesa!
—¿Y qué?
—Mientras veníamos por el pasillo
miré dentro de un par de habitaciones. Tuve la impresión de que pasábamos junto
a cocinas, enormes almacenes de alimentos...
—¿Qué estás insinuando?
Jim se mordisqueó los labios.
—¿Por qué crees que la sala de
hibernación está precisamente al lado de las cocinas y los comedores? ¿Para que
si nos entra hambre durante la hibernación en el largo viaje podamos salir de
nuestros ataúdes y comer algo?
De pronto Julia también se puso
seria.
—¡¿De qué demonios estás hablando?!
—De que esto no es una sala de
hibernación, sino un congelador... ¡donde guardan la carne!
La mujer miró horrorizada hacia una
de las alienígenas de rostro angelical, que palpaba solícitamente a una señora
obesa mientras la ayudaba a entrar en un ataúd de cristal vacío. Había algo
extraño en los gestos del ser alienígena; era como si condujera a un cerdo al
matadero.
—¡Es imposible! —susurró Julia,
aunque se estremeció.
—Pero... es lógico —musitó Jim—.
Los angélicos no vinieron por nosotros. Solo aterrizaron en la Tierra para
reabastecer sus provisiones. ¡Mira sus dientes! ¡Son carnívoros!... ¡Y durante
el resto del viaje nosotros seremos su comida!... Engañamos, robamos, mentimos,
incluso recurrimos a la violencia para poder llegar al Cielo.
Suspiró.
—Pronto recibiremos nuestra
recompensa por todo eso... No iremos al paraíso de los ángeles... sino a sus
estómagos.
MI PEQUEÑA Y MODESTA BODA NO JUDÍA
Marleen S. Barr
Llamé por teléfono
a mi madre para darle la noticia que llevaba veinticinco años esperando oír.
—Hola.
—Cásate.
—Voy a casarme. Precisamente para
eso te llamo.
—Cásate.
—No me estás escuchando. Estás tan
acostumbrada a decirme que me case que sigues diciéndomelo aunque voy a
casarme. Déjame ser clara: me caso mañana por la mañana. Din, don, las campanas
van a repicar.
—¿Qué? ¿Qué campanas? Oy, mi hija
se casa en una iglesia. Tu padre y yo no vamos a entrar en una iglesia. Podemos
hacer la vista gorda acerca de que el novio sea shaygetz porque ya eres
tan mayor que nuestra única exigencia es que te cases con un ser humano; pero
una boda en una iglesia está fuera de toda discusión. Los judíos de Forest
Hills no van a la iglesia. Tu padre y yo no somos una excepción.
—No. Nada de iglesia. Me caso
mañana por la mañana en el Ayuntamiento de Queens, en Queens Boulevard. Pepe y
yo pasaremos a recogerlos a ti y a Egor –a mi padre lo llamo Egor y a mi madre,
Herbert– a las diez y media.
Después de terminar la llamada en
la que anuncié mi boda a mi madre y de dedicar exactamente tres minutos a los
preparativos –prestar atención a los detalles ceremoniales no es mi estilo–,
volví al trabajo que tenía entre manos aquella noche.
La familia nuclear Lear –que estaba
a punto de incorporar al lascivo historiador de arte francocanadiense Pepe Le
Pew– entró en el edificio municipal de Queens y tomó asiento en la zona de
espera reservada para las parejas a punto de casarse y sus acompañantes.
Herbert examinó el terreno con esa mirada de «cásate con un hombre
heterosexual» que había utilizado durante toda mi vida adulta.
—Mira a todas estas mujeres que
están a punto de casarse. ¿Por qué tú no puedes casarte? ¿Por qué no puedes ser
como todas estas mujeres? ¿Por qué no puedes ser normal, Sondra?
Como Pepe no estaba acostumbrado a
las madres judías –y mucho menos a Herbert, que superaba todos los límites de
lo intolerable–, intenté mantener la calma.
—Querida madre, por favor, reconoce
que estoy aquí precisamente para casarme.
—Todos estos hombres ya están
comprometidos. Pero fíjate en el funcionario que celebra las bodas. Tal vez
esté soltero. Pregúntale si está soltero. Si lo está, yo les preguntaré a esos
futuros novios si tienen amigos o hermanos solteros.
Y ahí terminó mi decisión de
mantener la calma.
—Esto supera todo lo imaginable.
Aquí estoy, esperando para casarme, y tú estás tan acostumbrada a decirme que
me case que, aun cuando la boda es inminente, sigues sin poder dejar de
insistir y hacerme la vida imposible. ¿Vas a seguir diciéndome que me case
cuando termine la ceremonia? Y si decides desistir ante la evidencia
indiscutible de que tus sermones ya no son necesarios, ¿con qué cosa nueva te
obsesionarás? Estoy segura de que habrá algo nuevo. No puedes empezar con lo de
los nietos porque soy demasiado mayor para tener un bebé. Egor, por favor, haz
algo. Dile a Herbert que deje de decirme que me case y que encuentre marido
cuando voy a casarme dentro de quince minutos y el marido que he encontrado
está aquí mismo.
—Haz lo que dice tu madre. Escucha
a tu madre —dijo Egor tranquilamente.
—¡Aaaaaargh! —dije.
—Discúlpenme. Voy al baño —dijo
Pepe.
Pasaron cinco minutos y Pepe seguía
sin regresar. Entré en pánico. Imaginé que Pepe, después de pensarlo mejor tras
haber visto a Herbert en acción, había decidido no seguir adelante con la boda.
Pensé que Pepe había puesto pies en polvorosa rumbo a las colinas de Forest
Hills. Aunque las colinas de Forest Hills están pavimentadas, no dejan de ser
colinas. Después de haber estado expuesto a Herbert, era perfectamente posible
que Pepe hubiera decidido huir hacia ellas. Resolví guardarme mis temores. No alcanzaba
a imaginar hasta qué punto Herbert podía hacerme sentir miserable si se
enteraba de que yo sospechaba que Pepe había levantado vuelo.
—Siguientes. Boda Lear-Le Pew —dijo
un empleado municipal.
—Mi prometido no está aquí.
—¿Dónde está?
—No tengo la menor idea. Salió de
la sala y no ha vuelto.
Todas las parejas que esperaban y
sus séquitos guardaron silencio y me miraron con compasión. Herbert rompió el
silencio.
—Sondra, encuentra a tu marido.
Encuéntralo inmediatamente, o antes si es posible.
Herbert me estaba diciendo que
encontrara marido en mi propia boda... y ahora lo que decía tenía sentido.
Me interné en las entrañas del
laberíntico edificio municipal de Queens, dudando de que alguna vez consiguiera
regresar al punto de partida. Acababa de escapar de la monstruosa Herbert y
ahora estaba perdida en un laberinto. La suerte estaba de mi lado. Como
profesora de mitología, sabía exactamente qué hacer. Lo que había funcionado
para Teseo funcionaría para Sondra. Simplemente ataría un hilo al picaporte de
una puerta y lo seguiría para regresar. Vuelta al principio. No tenía ningún
hilo. En cambio, llevaba una galleta en el bolsillo. Adiós, Teseo. Hola, Hansel
y Gretel. Dejaría un rastro de migas de galleta y lo utilizaría para
orientarme. Mientras buscaba frenéticamente a Pepe y dejaba caer migas de
galleta, sabía que, si regresaba sin él, Herbert me metería en un horno y me
convertiría en pan de jengibre. Pensándolo mejor, Herbert no sabría preparar
pan de jengibre ni aunque le fuera la vida en ello. A diferencia de las brujas
malvadas de los cuentos de hadas, las madres judías no convierten a sus hijas
en pan de jengibre. Simplemente las atosigan hasta la muerte.
Llegué a la balaustrada de una
terraza del segundo piso que daba al vestíbulo.
—¡Pepe! ¡Pepe! —grité
frenéticamente mientras mi voz reverberaba contra las paredes del vestíbulo.
Mi repetición no era menos
desesperada que los reiterados gritos de «Elaine» de Dustin Hoffman durante la
boda. Resonó por todas las zonas públicas del primer y segundo piso... sin
obtener respuesta alguna de Pepe.
Lo único que me quedaba por hacer
era investigar los baños. Asomé la cabeza en todos los baños de hombres que
pude encontrar mientras gritaba «¡Pepe! ¡Pepe!» a pleno pulmón. Por suerte,
«Pepe» suena en inglés como pee-pee. Tal vez pudiera evitar que me
arrestaran si interpretaban mis gritos de «Pepe, Pepe» como los de una persona
trastornada, con un extraño acento, que necesitaba orinar urgentemente. Ya
podía imaginar la acusación: ensuciar un edificio municipal con migas de pan y
hacer proposiciones en los baños de hombres. El veredicto: internamiento en el
Hospital Psiquiátrico Bellevue. Bellevue era preferible al destino que me
aguardaba a manos de Herbert si regresaba a mi boda sin haber encontrado a mi
marido.
Intenté tranquilizarme y encontrar
una salida racional a la situación. Recordé el episodio de Sex and the City
en el que el novio de Carrie Bradshaw utiliza una nota adhesiva para
comunicarle que quiere terminar con ella. Pepe, siempre tan correcto en
cuestiones sociales, no se marcharía para siempre sin despedirse. Como mínimo,
podía confiar en que utilizaría una nota adhesiva que dijera «adiós». Mi temor
de que Pepe hubiera huido hacia las colinas de Forest Hills tenía que ser
injustificado. Pepe debía de encontrarse en alguna parte del edificio
municipal. Puesto que había pasado tantos años buscando marido, era lógico
suponer que debía de poseer la capacidad de encontrar al mío dentro de un
espacio específicamente delimitado.
Todos esos pensamientos lógicos se
volvieron irrelevantes en cuanto vi a Pepe caminando despreocupadamente por el
pasillo.
—¿Dónde estabas? Pensé que Herbert
te había horrorizado hasta tal punto que habías decidido abandonarme para
siempre. El funcionario pronunció nuestros nombres y nadie respondió. A pesar
de mi habitual habilidad para eludir las reglas, no podía casarme sin ti.
Herbert me ordenó que buscara marido en mi propia boda. Gracias a tu ausencia,
por fin lo que decía tenía sentido.
—No conviertas esta situación en un
drama. Me encontraste cuando nos conocimos y acabas de encontrarme otra vez.
Todo está bien. Nunca te abandonaría, con Herbert o sin Herbert... aunque debo
admitir que es un poco excesiva. Vamos a casarnos.
Cuando entré en la sala de
ceremonias matrimoniales del edificio municipal llevando a Pepe conmigo, todas
las personas presentes respiraron aliviadas.
Herbert y Egor nos contemplaron
orgullosos mientras oía que por fin me dirigían las consabidas palabras de la
ceremonia. Cuando el funcionario llegó a la parte en la que preguntaba si
alguien tenía alguna objeción, Herbert, como siempre, no permaneció callada ni
guardó silencio.
—El propósito de mi vida durante el
último cuarto de siglo ha sido decirle a Sondra que se case. Ahora que
finalmente, más vale tarde que nunca, va a casarse, aunque sea con un goy
–y a estas alturas estoy dispuesta a hacer la vista gorda–, ¿cuál será ahora el
propósito de mi vida? No puedo imaginarme sin decirle a Sondra que encuentre
marido y se case. ¿Qué voy a hacer?
Por una vez en mi vida, me quedé
sin palabras. Estaba tan avergonzada que deseé llevar puestos mis zuecos rojos
mágicos en vez de los blancos. Los zuecos rojos me permitirían recurrir a mi
amigo Ilya, el vampiro, para que me teletransportara y me sacara de aquella
situación insostenible.
El siempre confiable Egor, que
jamás dejaba de ayudar cuando realmente lo necesitaba, acudió al rescate.
—Rozie, esto no se trata de ti. No
se trata de que tú preguntes: «¿Qué voy a hacer?». Se trata de que Sondra diga:
«Sí, acepto». Por fin. No preguntes qué puede hacer por ti el «sí, acepto» de
tu hija; pregúntate qué puedes hacer tú por el «sí, acepto» de tu hija.
El funcionario continuó sin
pestañear. Probablemente ya lo había visto todo y Herbert no consiguió
perturbarlo.
—Sí, acepto —dije.
—Sí, acepto —dijo Pepe.
El funcionario hizo lo suyo y nos
declaró casados. Por fin estaba casada. Mientras besaba a Pepe y Herbert y Egor
se besaban entre sí, el momento fue absolutamente mágico. O, expresado en
términos de mi experiencia vital, fue mágico pero, aun así, real.
Los vulgares zuecos blancos, y no los sobrenaturales zuecos rojos, eran el atuendo más apropiado para mi particular pequeña y modesta boda no judía.
martes, 29 de septiembre de 2026
LA ZAREVNA
Sergiy Paltsun
Hace calor. El
amplificador mental se recalienta a cada momento y amenaza con hacerme hervir
el cerebro. Tengo que sumergirlo en el agua. Y sumergirme yo también. Pero
mientras nos refrescamos, el objetivo puede escaparse y salir de mi radio de
alcance. Y entonces habrá sido inútil que durante tantos días les haya sugerido
a todas las muchachas que venían a recoger bayas que en estos parajes se oculta
algo muy valioso y nunca visto. Por supuesto, ya conseguí material para la
transformación: una de las recolectoras, al verme, no se limitó a gritar y
salir corriendo como las demás, sino que... En fin, podemos prescindir de los
detalles fisiológicos. De todos modos, el material no sirve de mucho: en la
sociedad local impera el patriarcado y...
¡Oh! ¡Ahí está el objetivo! ¡Por
fin apareció el cazadorcito! Y está claro que no es un cualquiera: lleva
anillos en los dedos, un caftán bordado, botas de tafilete y camisa de seda.
Además, según los cánones locales, su fenotipo es sencillamente perfecto: alto,
esbelto, de hombros anchos, rubio y de ojos azules. ¡Menuda pieza! Tú eres
precisamente el que necesito, querido. Me acomodo el amplificador mental en la
cabeza y, abrazada a la flecha, intensifico la llamada.
El rubito se vuelve, ve las plumas
de la flecha y después a mí... Me quedo inmóvil. Solo faltaría que él también
huyera. Pero no: el campo mental del objetivo adquiere los colores de la
curiosidad y él, con cautela para no asustarme –¡asustarme a mí, ja, ja!–, se
dirige hacia donde estoy, se inclina procurando no proyectar su sombra... ¡Y de
repente me agarra por la espalda!
¡Ufff! ¡No se puede hacer algo así
tan bruscamente! Por poco hago el mismo papelón que aquella muchacha. Por
cierto, ¿dónde aprendió a ocultar así sus intenciones? ¿Será posible que los
machos de aquí sean capaces de manipular emisiones mentales? En fin, ya pensaré
en eso mañana, porque hoy me están envolviendo en un trapo y llevándome a
alguna parte. Parece que la selección de material queda aplazada por tiempo
indefinido...
Desenvuelven el
trapo y descubro que estoy sobre una mesa. Después de recobrar el aliento –¡menos
mal que al rubito se le ocurrió mojar el trapo!–, miro alrededor y descubro que
alguien me observa atentamente; a juzgar por su campo mental, es un macho alfa.
¡Demonios, ¿qué lleva en la cabeza?! ¿Será un amplificador mental? ¡Vaya
sorpresa! Miro con más atención: no, gracias a Dios, es un simple adorno
metálico.
Mientras tanto, el rubito informa:
—Y fui, padre, como me ordenaste, a
la fiesta. Y en la fiesta las muchachas decían que en nuestro pantano había
aparecido una maravilla nunca vista. Entonces decidí, padre, ir en busca de esa
maravilla. Llegué al pantano, preparé la flecha, cerré los ojos, giré tres
veces sobre mí mismo y sentí como si alguien me llamara. Disparé en aquella
dirección y fui a buscar la flecha. Y entonces vi que sobre un montículo había
una rana de tamaño extraordinario, de estirpe real, con una corona de oro. Así
que atrapé esta rareza y la traje a casa para divertirte, padre, y ganarme algo
de gloria.
—¡Ya me has divertido, Iván!
—responde el alfa con sarcasmo—. ¡Vaya si me has divertido! Te mandé a la
fiesta para que buscaras muchachas bonitas, no para que anduvieras por los
pantanos buscando sapos. Ahora bésate con tu sapo.
—¡Como ordenes, padre! —Y entonces
el rubito vuelve a agarrarme y me acerca a su boca.
¡Puaj, me ha llenado de baba, el
imbécil! Pero ahora tengo material de sobra. Y ya no hay nada que me retenga
aquí. Salvo la mano del hijito. Me sacudo, intento liberarme, pero la mano solo
me aprieta con más fuerza.
—Eres un tonto, Iván, aunque seas
un zarévich —suspira el alfa con pesar—. Ahora te saldrán verrugas por toda la
cara. ¡Tira ese sapo inmediatamente! O mejor llévalo a la cocina. El invitado
galo se quejó ayer durante el banquete de que aquí no servimos ancas de rana.
Que las preparen para esta noche y veremos cómo se las come. ¡Eso sí que será
divertido!
No tengo el menor deseo de acabar
en la cocina. Parece que tendré que iniciar la transformación aquí y ahora.
Solo que, si adopto la forma de un macho, dadas las costumbres locales me
buscaré un montón de problemas, incluido un posible desenlace fatal. Tendré que
volver a la opción inicial. Lo cual quizá sea mejor, porque resulta más
natural... Y en cuanto al patriarcado... Bueno, ya se me ocurrirá algo. Inicio
el proceso de combinación del material genético de la muchacha asustadiza y el
estúpido zarévich, pongo a máxima potencia el campo mental desorientador...
¡Allá vamos!
¡Ufff!... Por fin.
Desconecto el campo y examino rápidamente mi nuevo cuerpo. Parece que ha
funcionado. Y, a juzgar por las vetas de interés fisiológico que aparecen en
los campos mentales del padre y del hijo incluso en medio de su absoluto
estupor, ha funcionado bastante bien. Tan bien que el patriarcado parece haber
dejado de ser un obstáculo insuperable.
—Eres tonto, Vania, muy tonto, pero
para estas cosas no tienes un pelo de tonto... —consigue decir por fin el
padre.
Y el rubito, de pronto, cae de
rodillas ante mí y me pide que me case con él.
Vaya... No esperaba que las cosas
fueran tan deprisa. Pero no importa. Por lo que entendí de los pensamientos de
las muchachas que encontré en el pantano, todavía faltan un par de meses para
la temporada local de bodas. Durante ese tiempo pueden ocurrir muchas cosas. Y
necesito tener la posibilidad de aprovecharlas al máximo. Así que, antes de que
empiecen las preguntas, acepto.
Ser la prometida de
un zarévich resulta muy ventajoso desde el punto de vista de la información.
Llegan visitantes de los lugares más diversos para contemplar a la muchacha
prodigiosa y todos se apresuran a compartir las últimas noticias. Al parecer,
el paso y el accidente de nuestra nave no han pasado inadvertidos, pero nada se
sabe de los demás tripulantes que sobrevivieron. Aunque difícilmente tendrán
prisa por darse a conocer entre los aborígenes: por algún motivo, los sapos
parlantes no gozan aquí de demasiada popularidad. Además, mis compañeros
podrían haber transformado sus cuerpos igual que yo… aunque «igual que yo» es
mucho decir: en el arte de la transformación, nadie de la tripulación se
acercaba siquiera a mi nivel.
Entonces empiezan a llegarme
rumores de que, al otro lado de un río lejano, precisamente donde debía haber
caído la nave, ha aparecido un malvado hechicero llamado Koschéi. Por las
descripciones, ese Koschéi se parece sobre todo a un esqueleto viviente, pero
lo importante no es la forma del cuerpo, que puede cambiarse con facilidad,
sino que haya aparecido recientemente y resulte completamente ajeno a este
mundo.
Le insinúo a mi prometido que me
gustaría ir a ver al extraño hechicero. El rubito echa mano inmediatamente de
la espada y dice que no puede exponer a su adorada –y en eso tiene razón: la
transformación no solo salió bien, sino extraordinariamente bien; la mayoría de
los machos locales pierden los últimos vestigios de inteligencia cuando me ven–,
en fin, que no puede exponer a su adorada a semejante peligro. Por lo tanto,
irá él mismo a buscar a Koschéi y me lo traerá en una jaula de hierro. ¡Sí,
claro que lo traerá! Si ese Koschéi es uno de los nuestros, no volveré a ver a
mi prometido; y si es un nativo, ¿para qué demonios lo quiero, incluso con
jaula y todo? Apenas consigo disuadirlo, diciéndole que no pienso dejarlo ir a
ninguna parte porque sufriría una tristeza indescriptible. Me cree. Dice que,
si tanto lo deseo, enviará embajadores a Koschéi con regalos y una invitación
para la boda. En verdad, el patriarcado en manos expertas...
Y entonces, un día
antes de la boda, recibo inesperadamente un mentograma. De Koschéi. Dice que ha
recibido el mensaje y espera nuevas instrucciones. Atentamente, robot de
reparaciones KSH-11. Resulta que consiguió salir de los restos de la nave,
autorrepararse y establecer comunicación con el cerebro de a bordo. No se sabe
dónde está el cerebro, pero responde a las comunicaciones y, si le doy la orden
correspondiente, KSH-11 intentará localizarlo. Le ordeno que por el momento
permanezca donde está y empiezo a pensar. ¿Escapar hoy mismo, encontrar el
cerebro y comenzar, con ayuda de Koschéi –lo llamaré por el nombre local para
no delatarme por accidente–, a reconstruir la nave o al menos la baliza de
emergencia? ¿O esperar a la boda, convertirme oficialmente en zarevna y
aprovechar entonces mis nuevas posibilidades?
Decido optar por la segunda
alternativa. Además, mi cuerpo parece inclinarse también por ella. Por lo
visto, tiene su propio interés particular en el rubito. Aunque yo tampoco tengo
nada en contra del sexo exótico.
Sin embargo, nunca llegamos al
sexo. Aguanto sentada todo el banquete nupcial, nos conducen a mi esposo y a mí
a la alcoba, y entonces ese idiota agarra el cofrecillo donde guardo mi
material genético original y el amplificador mental y lo arroja al fuego.
«Ahora eres mi esposa —dice—, y que tu pasado de sapo arda entre las llamas».
Me quedo petrificada, viendo cómo mis posibilidades de recuperar mi forma
original y comunicarme con Koschéi se van literalmente por la chimenea,
mientras el rubito sonríe como un bobo y me tiende las manos. Según él, hemos
acabado con el pasado y ha llegado la hora de ocuparnos del futuro.
Siento que voy a perder el
conocimiento y empiezo a desplomarme lentamente cuando, de pronto, se abre un
portal en plena alcoba y Koschéi sale de él. Al desaparecer la señal del
amplificador mental, el fiel robot comprendió que algo iba mal y acudió a rescatarme.
Arroja a un lado a mi esposo, me recoge y vuelve conmigo a través del portal.
Me costó mucho
acostumbrarme a no percibir los campos mentales. Una se siente como si
estuviera desnuda en medio de una plaza. Koschéi se ofreció a ir en busca del
cerebro de la nave; quizá este pudiera encontrar alguna solución, pero yo no
tenía fuerzas para dejarlo marchar. Tampoco tenía fuerzas para ir con él.
Esperaba algo. Y finalmente llegó...
Una mañana despierto y Koschéi está
tendido, inmóvil. Lloro por él y por mi amargo destino, me entrego a un ataque
de histeria y empiezo a preguntarme cómo voy a seguir viviendo. Pero resulta
que mi destino no solo me preocupa a mí: un par de días después aparece mi
prometido. Pone un pie sobre el pobre Koschéi.
—He acabado con el villano —dice—.
Te he salvado, luz de mis ojos. Es hora de regresar a casa.
¿Qué podía hacer? Regresamos. Por
el camino me cuenta cómo me buscó, cómo conoció a una vieja bruja llamada Yaga
y cómo esta le reveló dónde colgaba de un roble el cofre de hierro que contenía
la muerte de Koschéi. Entonces tengo una revelación.
—¿No se llamaría la bruja Dzhíagga?
—pregunto.
¡Maldita advenediza! Siempre me
tuvo envidia y me fastidió cada vez que pudo. Incluso ahora, cuando al parecer
solo quedamos nosotras dos en todo el planeta...
—¡Exactamente! Así se llamaba.
¿Cómo lo sabes? —se sorprende mi prometido.
—Porque ella fue quien ayudó a
Koschéi a secuestrarme —le informo con maliciosa satisfacción—. Y después
debieron de pelearse por algo.
—¡Qué víbora traicionera! —se
indigna mi esposo—. Primero lo ayudó a secuestrarte y después me dio de comer,
de beber... en fin, me acostó a dormir, me indicó el camino y me dio consejos.
¡Le cortaré la cabeza!
—No le cortes la cabeza, querido.
Su sangre está hechizada: donde caiga una sola gota, crecerá una bruja nueva
—le pido con dulzura—. Mejor atúrdela de un garrotazo y échala al horno.
—¡Ni siquiera voy a aturdirla! ¡La
arrojaré directamente al horno!
En resumen, para
cuando llegamos a casa había enardecido de tal modo a mi héroe que ni siquiera
se bajó del caballo. Dio media vuelta y partió al galope para arrojar a
Dzhíagga al horno.
Mientras tanto, unos griegos
viajeros se hospedaban en casa de su padre. ¡Qué gente aduladora! A mi esposo,
que hasta ese momento no había conseguido otra cosa que provocar un
cortocircuito en el cerebro de la nave, haciendo que este ordenara a Koschéi autodestruirse,
lo llamaban Nicolás. El vencedor de pueblos, nada menos. A mí al principio me
llamaban Vasilisa, es decir, esposa del soberano, y después, cuando me
observaron mejor y tomaron confianza, Helena, en honor de mi extraordinaria y
deslumbrante belleza.
Pero, además de palabras
aduladoras, los huéspedes me hablaron de una manzana de oro caída del cielo que
estaba en poder del hijo del gobernante de la ciudad de Troya. ¡Y resulta que
la baliza de emergencia, por su forma, su color y su tamaño, se parece muchísimo
a una manzana!
Convencer al jefe de los griegos
para que me lleve con ellos no resulta nada difícil. Más complicado será llegar
a un acuerdo con el dueño de la manzana: dicen que es un consentido y que tiene
mucho éxito con las mujeres.
Pero creo que también podré
resolver ese problema.
EL BRAZALETE DE BLUEBERRY
Kshitij Desai
Deslizó la pantalla
de la computadora que tenía encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La
pantalla no se movía. Solo seguía visible el informe que había abierto poco
antes. ¿Acaso el tiempo se había congelado? No tenía idea de qué hacer.
Y, de pronto, la pantalla de la
computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como
si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la
temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora
empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el
suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo.
Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry que llevaba también se estaba
derritiendo...
¡Gritó!
Ira contemplaba
desde la ventana de la oficina las extensas cordilleras rojizas que se
prolongaban a lo lejos. Era una costumbre suya. Los días en que no tenía
trabajo de campo y debía permanecer en la oficina frente a una pantalla,
aplicaba la regla veinte-veinte-veinte. La regla consistía en que, después de
veinte minutos de trabajo, había que mirar durante veinte segundos algo situado
a veinte pies de distancia. De ese modo, los ojos no se fatigaban y la vista
permanecía despejada. Para Ira era indispensable cuidar así su salud cuando
trabajaba continuamente frente a una pantalla. Durante aquellos descansos de
veinte segundos, solía viajar al pasado. Historias y recuerdos de todo tipo
acudían a perseguirlo.
Ese día recordaba el examen de la MPSC. ¡Cuánto había trabajado para conseguir aquel puesto! Ya llevaba seis años allí, pero conservaba la imagen del examen tan fresca en la memoria como si acabara de rendirlo.
El examen de la Mars Public Service
Commission, es decir, la Comisión del Servicio Público de Marte, había sido una
verdadera prueba de resistencia. La comisión se encargaba de cubrir los puestos
administrativos de la colonia marciana. Los candidatos presentaban sus
solicitudes desde la Tierra y todas las pruebas se realizaban allí, en los
países más próximos a sus lugares de residencia. Los seleccionados obtenían un
nombramiento de once años en Marte. Aquel año se habían presentado unos
veintiséis mil aspirantes.
¡E Ira era uno de ellos! Un Ira
joven, de rostro radiante y ojos llenos de confianza.
Había estudiado muchísimo para el
examen. No podía ser de otro modo. Un gran éxito exigía un gran esfuerzo. Para
prepararse para la prueba escrita, obtuvo una visa de seis meses para Japón y
se instaló en Kioto. La ciudad era famosa por sus cursos preparatorios para el
examen de la MPSC. Muchos aspirantes acudían allí para estudiar.
Ira se entregó por completo a la
preparación. El examen valía trescientos puntos y cada candidato podía escoger
las materias del programa. Era obligatorio rendir un mínimo de seis pruebas.
Ira se inscribió en cursos para ocho. Su rutina se redujo a desayuno, clases,
almuerzo, estudio, cena y más estudio. Por las noches llamaba a su familia para
saber cómo estaban. Ver sus rostros hacía desaparecer su cansancio. Los días
libres se permitía disfrutar de la comida japonesa.
Rindió todas las pruebas con gran
dedicación y, como esperaba, aprobó. Las calificaciones obtenidas en sus ocho
materias le permitieron pasar a la siguiente etapa.
Dos meses más tarde llegó la prueba
física. Quienes fueran a trabajar a Marte tenían que estar físicamente
preparados. Los candidatos con discapacidad estaban exentos de aquella prueba y
sus responsabilidades laborales se adaptaban en consecuencia.
Para prepararse, Ira viajó a Canyon
Ranch, en Estados Unidos, donde los candidatos de la MPSC gozaban de
condiciones especiales. Allí se sometió a ejercicios agotadores, aunque
estimulantes. Lo que no pudo hacer fue disfrutar de la comida estadounidense:
para mantener una salud óptima debía seguir una dieta estrictamente
establecida.
Dos meses después llegó el día del
examen. La prueba física duraba toda la jornada. Al principio, Ira quedó
exhausto. Durante la pausa del mediodía, mientras comía, volvió a concentrarse
en su objetivo: gran esfuerzo, gran éxito. La tensión disminuyó y recuperó el
entusiasmo. Con renovadas energías completó el resto de la prueba.
También la aprobó.
Ahora tenía que prepararse para la
entrevista. Regresó a su casa, en la India. ¿Qué mejor lugar para leer y
reflexionar? Había elegido el centro de Delhi para la entrevista. Ese mismo
día, después de esta, tendría lugar la última prueba: el «mapeo cerebral». Era
el único examen para el cual no hacía falta prepararse. Ira sabía que consistía
en anestesiar al candidato, como en una prueba con narcóticos, y hacerle
algunas preguntas.
El centro de entrevistas era
enorme. Habían acudido muchos candidatos y las entrevistas se realizaban
simultáneamente en diferentes salas. Cuando llegó su turno, Ira entró
procurando mostrar seguridad. Tres funcionarios formulaban las preguntas: uno
era de Suiza, otro de la India y la tercera era una mujer de la administración
colonial de Marte.
La entrevista salió incluso mejor
de lo que esperaba. Después tuvo que esperar en una sala del enorme edificio
para realizar el mapeo cerebral. Los candidatos eran examinados
individualmente, uno tras otro, en distintos horarios.
Hasta que llegó su turno, Ira se
mantuvo tranquilo. Pero cuando entró en la sala sintió cierto temor. El lugar
le recordó de inmediato una clínica dental. Incluso había un sillón-cama como
los de los dentistas. Tal vez por eso se asustó un poco; después de todo, ¡de
niños todos tememos ir al dentista!
Sin embargo, la encargada del
examen —la doctora Mitra— lo tranquilizó. Mientras conversaba con ella, le
administró una inyección anestésica. Menos de una hora después, Ira salió de aquel
lugar.
También había aprobado aquella
prueba.
¡Qué alegría sintió cuando recibió
en su tableta el nombramiento oficial! Pero todavía se alegró más al ver el
regalo de su padre. Reconoció enseguida el atractivo brazalete de piedras
azules que había dentro de la caja. Estaba hecho con piedras «Blueberry», que solo
se encontraban en Marte.
—¿Un brazalete de Blueberry?
¿Cuándo lo compraste?
—¿No recuerdas que una vez me
hablaste de estas piedras? Lo encargué entonces a Marte. Pensé que, si te
gustaban tanto, podría regalártelo en una ocasión especial.
—¡Muchísimas gracias, papá!
Ira se colocó el
brazalete en la muñeca y permaneció contemplándolo un largo rato... hasta que
el sonido del teléfono lo arrancó de su ensoñación. Sonaba el aparato de la
oficina que estaba sobre el escritorio. La llamada procedía del puesto de
seguridad situado junto a la entrada. Deslizó la franja verde de la pantalla
para responder.
—Buenos días, señor —lo saludó el guardia
de seguridad.
—Buenos días, Kirill.
—Está aquí el señor Wadhawan, de la
compañía Wadhawan.
—¿Ha venido personalmente?
—Sí.
—Está bien. Hazlo pasar.
—Buenos días, señor.
Wadhawan empujó la puerta y entró.
Era un hombre de unos treinta y cinco años, corpulento y sonriente. Vestía una
camisa blanca y llevaba en la muñeca un llamativo brazalete de piedras
Blueberry.
—Buenos días. ¿Ha venido usted
mismo? Pensé que enviaría al abogado de la compañía. Siéntese.
—¡Pero, señor! ¿Cómo vamos a mandar
a un abogado a entrevistarse con un funcionario como usted? ¡Ja, ja, ja!
Wadhawan se sentó.
Ira abrió una notificación en la
tableta que descansaba sobre el escritorio y se la mostró.
—Es un requerimiento para que
presenten sus descargos. Normalmente enviamos estas notificaciones directamente
a la empresa, pero ustedes son contratistas del gobierno desde hace muchos
años, así que preferí convocarlo primero. Revísela. Tal vez haya alguna
acusación originada por un malentendido.
Wadhawan leyó la notificación.
Intentaba disimular la preocupación y el abatimiento que se dibujaban en su
rostro.
—¿Qué es esto, señor?
—Un requerimiento para que
presenten sus descargos. Acabo de decírselo.
—Pero, señor, nosotros hacemos todo
de acuerdo con las normas. Claro que a veces hay que hacer algún pequeño...
ajuste...
—¿Ajuste? ¿Pequeño?
Ira sintió que la ira le subía por
dentro.
La compañía Wadhawan tenía el
contrato para la eliminación de residuos. Según sus condiciones, debía recoger
todos los desperdicios de la colonia marciana y clasificarlos en tres
categorías: biodegradables, reciclables y no biodegradables.
Los primeros eran enviados a la
planta de descomposición de residuos Lazi Jyesan, construida por China, donde
eran procesados. Los materiales reciclables se distribuían, según su
naturaleza, entre diferentes instalaciones: plantas de reciclaje de plástico,
vidrio, papel y otras. Los residuos no biodegradables se eliminaban en el espacio
mediante transbordadores estadounidenses. Una enorme bolsa de basura compactada
se cargaba en un transbordador que era lanzado al espacio. Cuando alcanzaba la
órbita gravitatoria apropiada, un acelerador expulsaba la bolsa a enorme
velocidad en dirección al exterior del sistema solar.
Pero Ira había descubierto que la
compañía Wadhawan estaba ahorrándose una gran cantidad de dinero. Casi la mitad
de los residuos recogidos en la colonia eran arrojados directamente al cráter
Lederberg sin tratamiento alguno. El cráter estaba lejos de la colonia. Ira
había viajado personalmente hasta allí con un equipo de inspección y había
visto la basura acumulada. Habían recogido fotografías y videos como pruebas.
Al evitar la clasificación y la
eliminación espacial de los residuos, la compañía Wadhawan se ahorraba buena
parte de los costos.
—Solo procesan la mitad de la
basura. La otra mitad la arrojan al cráter Lederberg. Todos los meses... ¡al
cráter!
—Eso no es cierto.
—No mienta. Fui personalmente al
cráter y lo vi con mis propios ojos. Hay toneladas de basura allí.
—Hablaré con el personal, señor. Yo
no sé nada de esto.
—¡Wadhawan! —dijo Ira con voz
firme—. No le envié directamente la notificación. Organicé una reunión. Y ni
siquiera una videoconferencia: le pedí que viniera personalmente. ¿Sabe por
qué? —Wadhawan guardó silencio—. Porque quería ver la mentira en sus ojos.
Estoy absolutamente seguro de que usted lo sabe. Es más: estoy seguro de que
fue idea suya.
Wadhawan pareció incómodo.
—Señor, mire... llevamos años
haciéndolo así. ¿A quién perjudicamos arrojando los residuos al cráter? Nuestra
colonia no llegará hasta allí ni siquiera dentro de cien años. ¿Para qué gastar
dinero en eliminación espacial?
—¿Y dentro de doscientos años?
¿Dentro de quinientos? En la Tierra acumulamos basura pensando exactamente como
usted. Arrojamos desperdicios a los océanos y los contaminamos. Nos comportamos
como quisimos hasta llevar el planeta al borde de la destrucción. ¿Cuánto
dinero cuesta ahora solucionar esos problemas todos los años? ¿Cuánto trabajo
humano se desperdicia allí únicamente para deshacerse de la basura? ¿Queremos
hacer lo mismo aquí?
Ira hizo una pausa e intentó
dominar su enojo. Wadhawan se apresuró a llenar un vaso con el agua de una
botella que había sobre el escritorio y se lo ofreció. Él lo rechazó con la
mirada.
—Lleva un brazalete de Blueberry,
pero solo para lucirlo. Yo también llevo uno. Sé que la piedra Blueberry es un
símbolo del orgullo de nuestra colonia marciana. A usted Marte solo le interesa
para obtener beneficios. No piensa en el futuro de este planeta.
—Para el futuro todavía falta
mucho... ¡Ninguno de nosotros va a quedarse aquí para siempre! Usted mismo
regresará a la Tierra dentro de cinco años. Y cuando llegue tendrá que buscar
otro trabajo. Señor, podríamos arreglar las cosas para que no tenga que volver
a trabajar jamás. Después de todo, el dinero que ahorramos con estos pequeños
ajustes de la basura no tiene por qué quedarse únicamente en la compañía.
También podríamos... ajustar ahí cualquier gasto que usted tenga.
Ira cerró los ojos durante un par
de segundos. Una vez más, dominó la ira. Cuando acababa de ingresar en el
servicio público y alguien le hacía una «oferta» semejante, se enfurecía y lo
echaba de su oficina. Para entonces ya había aprendido una forma mejor de dar
una lección a esa clase de personas.
—Wadhawan, en mis seis años de
servicio muchas personas han intentado sobornarme. He iniciado los
procedimientos legales correspondientes contra ellas. Tiene suerte de que
todavía se lo diga con calma: tome esta notificación, presente una disculpa por
escrito por haber intentado sobornarme y váyase.
—¡Soborno, señor! No lo vea así. Ha
trabajado muchísimo durante todos estos años. Considérelo un paquete de
jubilación. ¿Qué le parece?
Wadhawan volvió a sonreír con
incomodidad.
—Muy bien. Ahora también presentaré
cargos contra usted. Tanto el requerimiento como la citación judicial llegarán
directamente al correo electrónico de la compañía. Puede retirarse.
Ira volvió la mirada hacia la
pantalla y siguió leyendo el informe que tenía abierto. Sin embargo, observaba
a Wadhawan por el rabillo del ojo. Él continuaba sentado, inmóvil como una
estatua, sin decir una palabra. Esperó un momento. Después se volvió hacia él.
—Señor, ¿no me ha oído? Cuando digo
que puede retirarse quiero decir que se vaya...
Wadhawan siguió sentado, con la
mirada fija en el vacío.
—Oiga... ¿hola?
Ira chasqueó los dedos delante de los
ojos del visitante. Nada. Era como si se hubiera convertido realmente en una
estatua.
Presionó el botón de emergencia
situado debajo del escritorio para llamar al guardia de seguridad, pero el
botón no cedió. Parecía haberse quedado atascado. Ira empezó a sentir miedo.
¿Qué estaba pasando? Un hombre convertido en estatua... un botón inmóvil... Intentó
encender la pantalla del teléfono. Tampoco funcionaba. Solo aparecía una
superficie negra y vacía. Deslizó la pantalla de la computadora que tenía
encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La pantalla no se movía. Solo
seguía visible el informe que había abierto poco antes. ¿Acaso el tiempo se
había congelado? No tenía idea de qué hacer.
Y, de pronto, la pantalla de la
computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como
si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la
temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora
empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el
suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo.
Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry también se estaba derritiendo...
¡Gritó!
—I... I...
Le llegó desde muy lejos una voz
imprecisa. Miró a su alrededor. Una luz intensa comenzó a invadir su campo
visual.
—Ira...
La voz resonaba. Entonces
comprendió que estaban pronunciando su nombre.
La luz no desaparecía. Parecía
brotar de las ventanas, de las lámparas de la habitación e incluso de las
paredes. Deslumbrado, cerró los ojos.
—¡Ira!
La voz se oyó con claridad. Abrió
los ojos y miró alrededor. Estaba en otra habitación. El lugar le resultaba
familiar. Era como si ya lo hubiera visto en alguna parte. Se incorporó. Estaba
acostado en uno de esos sillones-cama que utilizan los dentistas.
—¡Ira!
Se volvió rápidamente hacia la voz.
Una mujer de mediana edad, con bata blanca y una tableta en la mano, estaba de
pie a su lado. Oh. ¡Era la doctora Mitra! La misma doctora que había realizado
el mapeo cerebral durante el examen de la MPSC.
—¿Cómo se siente ahora? —preguntó.
Y de pronto Ira lo recordó todo.
Seguía en la misma habitación. La del examen de mapeo cerebral. Entonces,
¿había estado soñando todo aquel tiempo? Los acontecimientos del sueño
regresaron vagamente a su memoria.
Marte... el trabajo... la
oficina... Wadhawan... Miró de inmediato su muñeca. El brazalete de Blueberry
no estaba allí.
—Me siento bien —respondió.
La doctora sacó del refrigerador un
envase de batido de chocolate, le introdujo una pajita y se lo entregó.
—Tome. Para la serotonina y las
endorfinas de su cerebro. Así no solo se sentirá bien, sino estupendamente.
Ira sonrió y bebió un largo trago.
Sintió que su cabeza se despejaba un poco.
—Doctora, ¿ya terminó mi prueba de
mapeo cerebral?
—¡Sí! Y muchísimas felicidades. Ha
aprobado.
—¡Gracias!
Ira se alegró, aunque no se
sorprendió. Después de todo, ya había experimentado en su sueño la sensación de
aprobar aquella prueba.
—Ahora ya está seleccionado. En la recepción
le entregarán su nombramiento. Vamos, lo acompaño. Yo también tengo que salir.
Ira se levantó del sillón y comenzó
a caminar junto a la doctora.
—Doctora, durante el mapeo cerebral
tuve un sueño muy extraño. Un sueño larguísimo. Me seleccionaban, conseguía el
trabajo y ya llevaba seis años trabajando cuando...
—...durante esos años se le
presentaron varias oportunidades de corrupción y las rechazó. También recibió
presiones de sus superiores para hacer cosas indebidas y se negó. —La doctora
sonreía.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Ira,
entre sorprendido y fascinado.
—Porque no era un sueño. Era una
simulación. Eso que llamamos prueba de mapeo cerebral es precisamente una
simulación.
—¿Una simulación?
—Sí. Una simulación diseñada para
evaluar la integridad moral. Muchos candidatos pueden superar una prueba de
inteligencia o una prueba física. Pero ¿cómo se examina la ética? Para ser
funcionario hay que tener principios. Y no podemos preparar un programa de
estudios y hacer un examen sobre eso. Cualquiera podría memorizar las
respuestas y aprobar. Por eso les presentamos a los candidatos casos prácticos.
Casos reales, que pueden experimentarse, que pueden vivirse. Es decir,
simulaciones.
»Después de anestesiarlo, le
colocamos un casco con nodos. Esos nodos envían señales a su cerebro. ¿Qué
significa ver el mundo, vivir experiencias? Nuestros órganos sensoriales envían
señales eléctricas al cerebro. El programa de simulación le envía señales
similares. Durante ese tiempo, las experiencias, los acontecimientos y el mundo
que tiene ante usted le parecen completamente reales.
»A partir de sus experiencias y
recuerdos anteriores, y de ciertos parámetros estándar que introducimos
nosotros, el programa crea nuevas personas y situaciones. Usted empieza a vivir
dentro de la simulación. Nuestro software observa las decisiones que toma allí,
si actúa éticamente o no, y de eso surge el resultado del mapeo cerebral.
Aunque a los candidatos les decimos simplemente que se trata de una especie de
prueba con narcóticos. —Ira estaba atónito—. Muy pocos candidatos aprueban esta
prueba, Ira. Combinamos el resultado de la entrevista con el de esta
evaluación. Quienes no son seleccionados creen que quizá les fue mal en la
entrevista o que dijeron alguna tontería bajo los efectos de la anestesia. Pero
esta es la verdadera prueba.
—Pero, doctora, supongamos que
salgo de aquí y les cuento a todos el secreto de la prueba de mapeo cerebral,
que en realidad se trata de una simulación. Entonces los demás también podrían
aprobarla, ¿no?
La doctora se echó a reír.
—Es inteligente, pero también un
poco ingenuo. En primer lugar, nuestro software tiene la certeza de que usted
no revelará el secreto. Al fin y al cabo, acabamos de comprobar precisamente la
integridad de su carácter. Si hubiera reprobado, el programa habría borrado de
sus células de memoria el recuerdo de la simulación.
»En segundo lugar, supongamos que
se lo cuenta a los demás. ¿Cómo los ayudaría eso a aprobar? Usted les diría:
“Pórtense bien en la simulación, no sean corruptos...”. Eso significaría que
tendrían que comportarse bien todo el tiempo. Y si realmente fueran capaces de
hacerlo, ¡magnífico!
—¿Por qué tendrían que comportarse
bien todo el tiempo? Bastaría con comportarse bien mientras están en la
simulación para aprobar.
—Porque nadie sabe nunca que está
dentro de la simulación. ¿Cómo podrían distinguir si el mundo que están
experimentando es real o simulado? Para asegurarse de aprobar, tendrían que
comportarse bien siempre. ¿Usted sabía que estaba dentro de una simulación?
—¡No! —respondió Ira—. Todo parecía
absolutamente real.
Ya habían llegado a la recepción. La
doctora continuó lentamente, ahora con un tono misterioso.
—Y esta experiencia que está
viviendo ahora, este mundo... ¿es real o es una simulación? ¿Puede saberlo?
Kshitij Desai es un escritor de
ciencia ficción y otros géneros que reside en Thane, Maharastra, India. Publica
relatos desde los 16 años. A los 17, ganó el segundo premio en un importante
concurso de relatos cortos organizado por *Saptahik Sakal*, en el que
participaron aproximadamente 1.000 escritores. Ha publicado las colecciones de
relatos Sarvaat Jaast Surya Jaglela Maanus (El hombre que vivió más
soles), 2019 y Sheetpetitun Jevha Jaag Yete (Despertar de una cápsula
criogénica), 2025, que ha recibido cuatro premios a nivel estatal a la mejor
colección de relatos, incluidos galardones de Apte Vachan Mandir (Ichalkaranji)
y de la Marathwada Sahitya Parishad. También ha recibido el premio V. A. Rege a
nivel de distrito, otorgado por la Marathi Granth Sangrahalaya de Thane.
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