lunes, 14 de septiembre de 2026

CURA DE SUEÑO

María Cristina Rolnik

 

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño.

El médico, hace tiempo, diagnosticó sequedad de mucosas, recetó anteojos oscuros y un bozal de tela para dormir. Apagar los ventiladores y el aire acondicionado. Dejar las ventanas abiertas. Y un psiquiatra. Jamás dejaría las ventanas abiertas, el horror entra por allí. Las otras indicaciones las cumplí durante cinco minutos exactos y terminé imitando a Michael Jackson frente al espejo, encendiendo el ventilador después de tanto esfuerzo y tirando anteojos, bozal y demás.

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño.

El psiquiatra no usaba diván y menos que menos barba. Quería contarle el sueño, pero insistió en remontarnos a la infancia, la adolescencia. Durante diez sesiones.

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño. Pero esta vez las marcas rojas aparecieron en el cuello. Durante el día parecían moretones de pasión; cubrirlos con un bonito pañuelo y a trabajar.

El psiquiatra reaccionó cuando vio los moretones alrededor del cuello. Quería contarle acerca del sueño, pero preguntó sobre mis amantes, mis preferencias sexuales y luego de un par de bostezos (no escuchó precisamente el diario de una princesa rusa) recetó ansiolíticos y no sé qué para dormir.

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño. Además de moretones en el cuello, mis uñas tenían algo oscuro, bermellón, sangre coagulada. No era mía.

—Estás muy flaca —masticó Fabiana junto a la medialuna en el bar de siempre—. ¿Te teñiste el cabello de rubio? La colorista se equivocó de color. Estás casi canosa.

Le dije sí (era no) como en todas nuestras charlas. Ella conocía mis sueños y desde el principio quería acompañarme a su tarotista-espiritista-masajista-reiki personal. Le dije sí (era sí).

Otra vez desperté abrazándome, en posición fetal. La boca y los ojos secos, dolor de garganta y las rodillas rojas. Fue el sueño. Moretones, sangre coagulada entre las uñas y esta vez latidos que retumbaban en la cabeza. Comparé mi ritmo cardíaco con el tam-tam insoportable; no coincidían.

Yo creo en fantasmas, en brujas, y en todo lo que leo. La ficción desapareció para mí, desde pequeña, cuando por las noches las luces invadían el cuarto a través de las persianas y una ronda de sombras ocupaba el techo. Eran siluetas oscuras, no se movían. Ellos decidieron no regresar y todo se calmó. Hasta que comencé a soñar.

La Señora Bruja de Barrio Norte se llama Perla, vive en un piso 12, rodeada de gatos siameses. Me gustan los gatos y la altura. Perla era majestuosa. Fabiana se sentó en el sillón masajeador.

La señora me acompañó a un cuarto oscuro. Sonreí: olía a muñecas nuevas, como mi cuarto, y escuchaba el tic tac del reloj de la gallinita que tenía en la mesita de luz. Tropecé con algo, no pregunté a Perla qué era, estaba segura que se trataba del escritorio "para estudiar".

—Acostate —susurró la señora—; falta poco para las doce. —Temblaba entre las sábanas, y cerraba los ojos para no ver el techo, la ventana.

Perla murmuraba letanías o una canción de cuna, no sé bien. Logré dormir. Las luces me despertaron, infiltradas entre las maderas, muy fuertes, muy blancas y se movían haciendo un sonido agudo, como un foquito a punto de quemarse. Miré el techo, estaban allí. Llamé a Perla, nada. Corrí hacia el escritorio y me escondí debajo. Choqué contra un bulto pequeño, blando.

—Hola —me dijo la niña—; tengo miedo, ayudame. —Las luces no llegaban hasta allí y no veíamos las sombras. Por primera vez, estaba tranquila: había una niña a quien salvar. La abracé muy fuerte.

—Nadie te va a hacer daño. —El corazón de la chiquita latía, latía fuerte, tan fuerte, tan delator que penetraba en mi cabeza. Las luces se acercaban, casi a nuestros pies. La puerta se abrió, y entró alguien que no era una sombra, ni un fantasma ni un ser de otra galaxia. Era un hijo de puta de este mundo. No veía su rostro, pero llamaba a la niña.

—No dejes que me toque —imploró la chiquita. —Me incorporé con furia. El hombre se sorprendió y casi huye. Pero la puerta se cerró, las sombras del techo cayeron sobre él, y gritó. De pie con los puños cerrados y una felicidad de valientes, observé todo. La niña salió de su escondite. Ella, en ese pijama tan conocido y querido, esos cabellos rubios de infancia y esa sonrisa verdadera que nunca tuvo, me abrazó por última vez. Las luces la rodeaban y se iban con ella. Se fue.

Cuando Perla me despertó, yo dormía civilizadamente, boca abajo, en una habitación sin otro mueble que un sillón símil cuero. Busqué las heridas, no estaban.

—¿Qué fue esto, Perla? —pregunté por preguntar. La señora sonrió.

—Fue una cura de sueño. —Pagué y nos fuimos.

Duermo bien, gracias.

María Cristina Rolnik nació en 1973 en la provincia de Corrientes, Argentina, y morirá, asegura, en el 2073 en la provincia de Corrientes (Estados del Sur Unidos por el Norte). Hizo estudios primarios, secundarios y terciarios, completos, por lo que puede afirmarse que es el orgullo de mamá y papá. Estudió danzas clásicas, pero las abandonó cuando se vio horrenda con más tutú que encanto. Estudió francés comercial, inglés de postguerra y sabe algunas palabras en guaraní y polaco. Actualmente hace ejercicio casi legal de la Medicina. Película favorita: Las alas del deseo. Escritor favorito: Edgar A. Poe. Poeta favorito: Alejandra Pizarnik.

SIN NOMBRES

Sándor Szélesi

 

Para Eva, de Ursula K. Le Guin

 

Fueron devolviendo sus nombres uno tras otro. Todos, sin excepción, sin importar cómo sonaran: podían ser suaves como un soplo, como haai; comenzar en los labios y susurrar como una hoja seca, como marazzo; brotar desde la garganta, como squalo; o estallar entre los dientes con un siseo áspero, como shark. Los animales acuáticos fueron los primeros en devolverlos. De todos modos, nunca los habían necesitado demasiado: bajo el agua los sonidos son completamente distintos; ¿qué podía importarles el lenguaje humano? Renunciaron a él con facilidad. Se desprendieron de sus nombres las ballenas, los pulpos, los peces espada, los esturiones y toda clase de criaturas escamosas; las sardinas se los quitaron de encima con un destello, como las bailarinas de un escenario que, en un compás determinado de la música, se desprenden del velo; un instante tenían nombre y al siguiente ya no, y después el cardumen giró con agilidad y desapareció en la penumbra gris verdosa bajo el agua, como si nunca hubiera formado parte del mundo. Los delfines, riendo, hicieron que las olas crestadas borraran los nombres de su piel elástica y luego se deslizaron con rapidez y sin ruido hacia el lejano crepúsculo que temblaba sobre el horizonte. Focas y pingüinos daban vueltas, giraban, jugaban entre sí mientras arrojaban lejos todas las secuencias de sonidos que les habían colgado encima. Los manatíes, melancólicos y de expresión triste, parecieron animarse un poco al entrar en el anonimato: ya nadie volvería a confundirlos con el poeta, aunque a cambio también desaparecieron de los cuentos, donde se volvían hermosos, gráciles y mágicos; tal vez después se arrepintieron de no tener ya nombre, pero nunca se lo habrían confesado a nadie. Las medusas flotaban suavemente entre los sonidos y sobre la profundidad sin fondo, se contraían, intentaban subir hacia la luz, pero no conseguían ascender, como si la palabra se hubiera convertido en una pesada armadura mientras se desprendía de ellas; de pronto cayó, y ellas se deslizaron por debajo del escudo de los sonidos y siguieron flotando. Para ellas, existir dejó de tener importancia, aunque en realidad siempre habían sido los espíritus de los mares y océanos: agua dentro del agua. Entre ellas, los individuos inmortales de Turritopsis dohrnii se mezclaron con los de Turritopsis nutricola, y desde entonces nadie pudo distinguirlos; así, los mortales se volvieron inmortales y los inmortales, mortales.

Después de las aguas llegaron los animales terrestres. Los ciervos y los corzos por fin se convirtieron en una sola cosa, de modo que nunca más llamaría la atención en los cuentos la extraña transformación de los pequeños corzos al crecer. Los lobos se sacudieron los nombres como si fueran gotas de agua atrapadas en su espeso pelaje invernal, mientras que los zorros jugaron un poco más con ellos: los persiguieron dando vueltas, como si persiguieran sus propias colas. A los osos y a los pandas todo aquello les daba igual; se adentraron tambaleándose en el anonimato y se pusieron a comer. Los perezosos cruzaron lentamente al otro lado y enseguida se quedaron dormidos.

Los mayores problemas fueron las cabras y los yaks. Pero las cabras siempre habían embestido todo de frente y pretendían resolver las cosas por la fuerza, mientras que los yaks dudaban a causa de su orgullo: todas las lenguas los llamaban del mismo modo, y eso hacía especial a su especie. Mientras esperaba la decisión de los yaks, yo todavía conservaba la esperanza de que prevaleciera la sensatez que otorgaban los nombres, de que regresaran al mundo el orden y la alegría de la diversidad. Pero, siguiendo la recomendación del consejo de las hembras ancianas, finalmente ellos también devolvieron su nombre.

Entonces desapareció del mundo el té con mantequilla de yak.

Solo quedó el té.

Los animales domésticos fueron los últimos. Eran los que estaban más cerca de los seres humanos. Sobre todo aquellas especies que vivían bajo el mismo techo que alguien. Vi que los perros y los gatos vacilaban, aunque por razones distintas. Los perros necesitaban las órdenes y las palabras con que los llamaban; los gatos, en cambio, necesitaban su individualidad. Pero si no tienes nombre, ¿cómo puedes ser distinto de los demás?

Claro que Eva los convenció de que existían dos clases de nombres y que solo tenían que devolver el común; sus nombres propios –César, Teddy, Esmeralda, con mayúscula– podían conservarlos. También consiguió convencer a los loros de que devolvieran el suyo, aunque ellos eran capaces de hablarnos con palabras humanas...

Los animales domésticos podían ser persuadidos. Pero yo pregunto: ¿qué sentido tiene el quién si ya no sabes qué eres en realidad?

Y vi que todo aquello agradaba a Eva. Se bañaba en las sensaciones liberadas, en las que el miedo ya no se diferenciaba del dolor, el placer del tormento, un cuerpo de otro cuerpo, una sangre de otra sangre. Pero cuando miré alrededor vi la pérdida, el caos de lo imposible de describir. Un torbellino de plumas, el golpeteo conjunto de pezuñas, olores que ya no podían distinguirse unos de otros.

Me refugié en el trabajo.

Todavía tenía objetos y me aferraba a ellos. Del tronco de los árboles había desaparecido el escarabajo de la madera, pero su olor seguía allí; bajo las piedras ya no había hormigas, pero las piedras todavía chocaban entre sí dentro de mi mano; el reloj seguía marcando el tiempo con su clic rítmico, aunque el cuco ya nunca volvió a salir de él. Los objetos conservaron algo de su singularidad, aunque habían perdido muchas de sus características particulares.

Cuando Eva se acercó, fingí estar muy ocupado y me puse a arreglar algo con gran empeño. No quería intervenir en lo que estaba haciendo. Esperaba que comprendiera por sí sola qué era lo que hacía que existieran lo salvaje y el cazador, el bien y el mal en el mundo; qué hacía que lo dulce se deshiciera en la boca con una ligereza tan delicada y que el sabor picante estallara como fuego en la punta de la lengua.

Permaneció un rato a mi lado, observándome, y después me dio las gracias por el regalo que mi padre y yo le habíamos hecho.

—Fue útil, pero últimamente ya no me queda demasiado bien —dijo.

Yo no entendía por qué todo había cambiado, cuando al principio se había alegrado tanto con aquel regalo, se había alegrado con nosotros.

—Ahora lo devuelvo.

La amargura me raspó la garganta. Sentí que debía protestar, pero al final solo dije, como quien no concede importancia al asunto:

—Déjalo ahí, ¿de acuerdo?

Se quedó un momento más. Luego se movió y empezó a guardar cosas dentro de una gran maleta, y así continuamos cada uno con lo suyo, uno junto al otro. De vez en cuando la miraba de reojo. Parecía tan meticulosa y decidida como siempre me había gustado, pero ya no tenía la menor idea de lo que pasaba por su cabeza ni por su corazón.

Su corazón, cuya forma, si uno la dibuja...

Cuya forma...

Caramba, no consigo recordar qué animal tiene un corazón con esa forma.

De pronto el corazón se convirtió simplemente en corazón: músculo y sangre, nada más.

Una clase de músculo y sangre.

—Bueno, adiós, cariño —dijo a mi lado.

La palabra me hizo dar un respingo. Mencionó la llave de la puerta del jardín, dijo que la encontraría, pero no recuerdo exactamente lo que añadió, porque yo solo podía pensar en cómo conseguir que se quedara.

—¿Cuándo estará lista la cena? —pregunté estúpidamente, sosteniendo entre las manos dos piezas que no encajaban y que temblaban.

Tal vez pensé que una actividad cotidiana compartida conseguiría retenerla allí conmigo de algún modo. La cena tangible, parte de la realidad, una realidad que empezaba a volverse gris, porque ya tampoco existían tantas cenas diferentes; pero aun así podía ser nuestra, suya y mía.

—No estoy segura —respondió lentamente—. Ahora me voy... con ellos.

Con ellos, dijo refiriéndose a aquellos, y de verdad se volvió y echó a andar.

Se había quitado de encima la vida que había llevado hasta entonces como quien se desprende de una ropa rasgada, pensé, y me invadió una tristeza infinita. La observé mientras se alejaba con aquellos que ya no tenían nombre y que habían arrojado también parte de sus colores, sus olores y sus sensaciones.

Habría corrido detrás de ella, me habría puesto ese calzado cuyo nombre provenía de un animal rápido y... y que ya no tenía nombre, de modo que tampoco existía ya esa clase de calzado; pero una cansada impotencia me clavó al suelo.

Respiré profundamente y, por última vez, recordé que nunca volvería a percibir el aroma del almizcle.

Entonces esa palabra, que por algún milagro había sido la última en aferrarse a mi realidad, también se evaporó sin dejar rastro; como cuando el sol persistente seca un lago y solo deja detrás el desierto, la tierra desnuda, agrietada, reseca, sin vida.

Hacía frío y yo temblaba, pero por dentro me inundó un fuego, un calor vacío que nunca antes había sentido.

Sándor Szélesi es escritor, poeta, editor y guionista, y dirige la Sección de Ciencia Ficción de la Asociación de Escritores Húngaros. Es autor de treinta y cinco novelas y aproximadamente ciento cuarenta relatos. Ha editado varias antologías y fue redactor jefe de la revista literaria de ciencia ficción y fantasía SF&F Átjáró entre 2002 y 2004, publicación que este año se relanza en formato de antología trimestral. A lo largo de su carrera ha trabajado también como director artístico en diversas editoriales. Por sus novelas y relatos de género fantástico ha recibido en ocho ocasiones el Zsoldos Péter-díj, y en 2007 la European Science Fiction Society le concedió en Copenhague el premio al mejor escritor de ciencia ficción. Junto a su pareja, escribe novelas románticas bajo el nombre Pálmai-Lantos Éva. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Novela Histórica. Además de su labor literaria, escribe guiones para cine y televisión, incluyendo series como En la línea de fuego y Hacktion, telefilmes como Pilato y Fiscal de la muerte, y largometrajes como La noche de los solteros. Es miembro de la Academia de Cine Húngara.

 

 

LA BRUMA

Rafael Reyes-Ruiz

 

Apuré el paso y me levanté el cuello del impermeable. Ascendía por la calle empinada hacia Yamato Hill mientras la lluvia barría en ráfagas con olor a humedad y mar revuelto. Nubarrones veloces cruzaban el cielo y, por momentos, la luna asomaba entre ellos.

Gabrielle me esperaba en un bar cerca del antiguo hipódromo. Iba allí de vez en cuando a beber una copa, casi siempre solo. A Roxanna no le gustaba el lugar, ni el jazz que lo ambientaba; decía que parecía un escenario armado para turistas nostálgicos. Adentro todo estaba a media luz y al fondo había grandes ventanales desde donde se veía el costado oscuro del parque y, más allá, las luces del malecón.

Roxanna no sabía de ese encuentro. Ni siquiera sabía quién era Gabrielle. La había mencionado apenas una o dos veces al hablar de mi viaje por la India antes de conocernos.

En aquel entonces todavía pensaba que Japón era algo temporal, una escala antes de convertirme en la persona en la que algún día podría llegar a ser. Creía que bastaban unos pocos años más de esfuerzo y ahorro antes de mudarnos a Tailandia y vivir la vida que habíamos soñado cuando nos conocimos. Una vida más lenta, dedicada a la lectura y la escritura, al yoga y la meditación. Podríamos trabajar como profesores o traductores si necesitábamos más dinero. En aquellos días no dudaba de nada. Daba por hecho que las cosas terminarían por encajar tarde o temprano.

Cuando llegué al bar, Gabrielle estaba sentada en una mesa junto a la ventana, mirando la bahía. Su rostro había cambiado menos de lo que esperaba tras los diez años transcurridos. Primero nos dimos la mano, luego nos abrazamos y reímos un poco, como si no pudiéramos creer que nos estábamos viendo.

Pedimos whisky. Afuera, la bruma descendía sobre el parque y, a ratos, el resplandor del malecón parecía suspendido en el aire.

Luces igual —dijo Gabrielle sonriendo apenas.

Quise decir lo mismo, pero sentí una ligera tensión y cambié de rumbo.

—Me sorprendió tu mensaje —dije—. ¿Solo vienes por tres días?

—Es un viaje de trabajo. Ya sabes cómo es.

—Claro.

La miré a los ojos. En su correo, aparte de las fechas del viaje, Gabrielle había escrito que las cosas no iban como esperaba y que hablar conmigo un rato le haría bien. No añadió nada más, solo su nombre seguido de un apellido que no era el suyo, probablemente el de un marido que imaginé por un instante y que, de algún modo, no pude asociar con ella.

—Es un libro de fotografías sobre casas de las primeras décadas del siglo pasado que todavía siguen en pie en Yokohama y Shanghai —explicó—. Estoy intentando organizar las sesiones según el clima —dijo—. No está colaborando.

Desvió la mirada hacia la barra e hizo una señal al encargado para que nos sirviera otra ronda.

En ese breve instante imaginé su vida en Londres —o quizá en otra ciudad que yo desconocía—: apartamentos alquilados, hoteles anónimos. Me pregunté si realmente se había casado o si aquel apellido pertenecía apenas a una historia pasajera que yo nunca llegaría a conocer. Por un momento sentí que la imagen que había conservado de Gabrielle todos esos años empezaba a resquebrajarse.

Ella volvió a mirarme.

—¿Y tú? ¿Sigues escribiendo?

Asentí, pero no quise agregar nada. No era ese el momento de hablar de los giros de mi libro inconcluso. Gabrielle había sido la primera persona a quien le hablé de mi intención de abandonar mi vida como traductor en Japón para dedicarme a la ficción literaria, un sueño antiguo que había resurgido justamente durante aquel viaje a Orissa con ella y con Pippa, su amiga de infancia.

—Mi matrimonio está en ruinas —dijo Gabrielle tras el silencio que quedó entre nosotros. Lo dijo sin levantar la mirada, como si describiera algo ya concluido.Bajó la vista hacia el vaso—. Mi esposo ya no me ama. Creo que hemos empezado a odiarnos.

—Lo siento mucho —dije casi sin pensar. Me sonó insuficiente en el mismo momento en que lo pronuncié.

Ya no importa demasiado —replicó con un leve encogimiento de hombros—. Nos vamos a divorciar. Pero no quiero hablar de mí. Cuéntame tu vida.

Me miró como si esperara un reporte preciso.

Estuve a punto de decirle la verdad. Luego no lo hice.

Le hablé en términos generales sobre mi trabajo en la academia de idiomas. No mencioné que desde hacía meses me despertaba con la impresión de estar viviendo una vida ajena, ni que muchas mañanas me costaba trabajo levantarme para ir a la oficina y fingir interés en conversaciones y reuniones interminables. Tampoco hablé mucho de Roxanna; solo lo mínimo. Tal como ella habría querido; una vez me dijo que prefería que nunca la mencionara a gente que no conocía.

Gabrielle escuchaba en silencio, observándome de una manera que me inquietó ligeramente. Recordé entonces otra mirada, muchos años atrás: Pippa, despierta en la oscuridad observándonos desde la otra cama en aquel hotel de Puri. Poco a poco había empezado a parecer natural dormir los tres en la misma habitación. Nos habíamos vuelto inseparables durante aquel viaje por Orissa, después de que conociera a Gabrielle y a Pippa en un restaurante de mochileros en Calcuta.

Gabrielle mencionó a Pippa solo una vez durante la conversación.

—Está en Suiza ahora —dijo—. Nunca permanece mucho tiempo en un mismo lugar.

Sonrió apenas al decirlo y giró lentamente el vaso entre las manos. Por un instante tuve la sensación de que estábamos recordando lo mismo: el rugido del mar oscuro, el olor del hachís y aquel ardor ya lejano.

Luego Gabrielle habló del ensayo que escribiría para el libro, algo relacionado con inmigrantes chinos en Yokohama y las antiguas rutas comerciales entre Japón y China. Mientras la escuchaba, pensé que todavía se movía por el mundo como antes, más por impulso que por un plan claro. Y sin embargo había algo extrañamente coherente en esa deriva.

En algún momento guardó silencio y volvió la mirada hacia la bahía.

—A veces sueño con Puri —dijo después de un rato—. Veo el hotel junto al mar o el templo de Jagannath, al que nunca pudimos entrar.Sonrió levemente. Y contigo.No dije nada. Recuerdo sobre todo tu manera de mirar entonces —añadió mirándome de soslayo—. Como si estuvieras siempre a punto de huir.

Sus palabras me inquietaron más de lo que quise admitir. Había pensado que esa versión de mí había desaparecido; sin embargo seguía allí, observando desde algún rincón oculto.

De repente recordé despertarme en mitad de la noche y ver a Gabrielle sentada en la mesa con la lámpara encendida, escribiendo en silencio en su diario mientras el mar rugía más allá de las contraventanas. Nunca le pregunté de qué trataba.

Hablamos un rato de las ciudades que habíamos visitado recientemente y de la extraña sensación de volver a lugares que ya no eran nuestros. Mientras tanto yo pensaba en Gabrielle despierta en la habitación tenue del hotel, escribiendo palabras que yo nunca leería.

Más tarde salimos del bar.

La lluvia había cesado, pero la niebla se deslizaba lentamente entre los árboles del parque, borrando partes del camino. Avanzamos en silencio durante varios minutos. Gabrielle me tomó del brazo para no resbalar en un tramo mojado de la vereda, y ese gesto simple me produjo una tristeza repentina que no supe ubicar.

Por un momento sentí el impulso de decirle que lo dejáramos todo y nos fuéramos a algún lugar, lejos, como si el tiempo no hubiera pasado y siguiéramos allí, en ese hotel casi derruido al borde de la playa. Pero el impulso desapareció casi enseguida.

Seguimos descendiendo hacia Motomachi. Las calles estaban casi vacías y el murmullo lejano del puerto subía entre la niebla. Me pareció ver a alguien caminando unos metros delante de nosotros, una figura delgada con impermeable oscuro que dobló una esquina y desapareció. Pensé absurdamente en Pippa, en la joven tailandesa del lunar en la mejilla, quizá hasta en otra versión de mí mismo alejándose por esas calles.

La visión me produjo una inquietud repentina.

Recordé entonces una noche, muchos años atrás, en la que había subido solo por esa misma colina bajo la lluvia, convencido de que una mujer a quien había amado caminaba delante de mí entre las sombras. Durante horas la busqué por calles vacías y senderos del parque hasta comprender, con una claridad dolorosa, que lo que perseguía no era realmente a esa mujer.

La bruma se volvió más densa a nuestro alrededor.

Gabrielle se detuvo de repente y buscó el teléfono en el bolsillo del abrigo.

—Perdón —murmuró—. Mi abogado no deja de enviarme mensajes.

La luz azul iluminó brevemente su rostro antes de que volviera a guardar el teléfono. Había una tensión en sus ojos, como si algo en ella hubiera cedido sin hacer ruido.

Cuando llegamos a la entrada del metro, Gabrielle se detuvo.

—Me alegra haberte visto —dijo.

Nos abrazamos durante un largo rato. Sentí la humedad de su abrigo y, por un instante, el sonido del mar en Puri, la habitación oscura, Pippa despierta observándonos en silencio, regresó con una nitidez insoportable.

Luego Gabrielle bajó sola las escaleras del metro y desapareció.

No me moví hasta que alguien pasó rozándome y me devolvió al presente. Más tarde emprendí el camino de vuelta cuesta arriba; nuestra casa en Negishi estaba al otro lado. La ciudad parecía suspendida en una especie de sueño: los jardines húmedos, las casas silenciosas, la luz difusa de las farolas flotando en la niebla.

Pensé en Roxanna despierta en nuestro dormitorio con vistas al jardín, en los reproches que me haría por no avisar de que llegaría tarde, en mi oficina en Tokio y en las reuniones interminables, y me pareció que toda esa vida podía desaparecer tan fácilmente como una figura borrándose en la bruma.

Al llegar nuevamente a la cima de Yamato Hill me detuve a contemplar la bahía. Apenas se distinguían algunas luces dispersas sobre el agua negra. Tuve entonces la sensación de que mi vida entera había transcurrido allí, en esa colina húmeda y fantasmal, caminando detrás de algo que nunca alcanzaría del todo a ver.


Rafael Reyes-Ruiz (Bogotá, 1961) tiene un doctorado en Antropología por The New School for Social Research (Nueva York). Ha sido profesor de Ciencias Sociales y Humanidades en Oberlin College (Ohio) y en Zayed University (Dubái). Escribe sus obras en español e inglés; ha publicado seis novelas en español y cinco de ellas han sido escritas por él mismo en inglés. Ha publicado cuentos en diversos medios y ha coeditado dos antologías: una dedicada a escritores latinoamericanos en Japón y otra a escritores hispanohablantes en el golfo Pérsico/Árabe.

 

 

 

CURA DE SUEÑO