domingo, 21 de junio de 2026

CENIZAS

Julian Gallo

 

El café se encontraba al borde del Puerto Viejo. Las mesas daban al agua, con una magnífica vista de la Basílica de Notre-Dame de la Garde a lo lejos. Cuarenta años antes, Leo se había sentado allí con Ashley, recién casados, felices, con todo el futuro abierto ante ellos. Recordaba cómo ella había colocado el estuche de su violín sobre la mesa, ocupando casi todo el espacio, y cómo solo decidió ponerlo junto a su silla cuando el camarero finalmente trajo el vino. Ahora, en el mismo lugar donde había descansado aquel estuche, estaba su urna: una pequeña caja de madera colocada entre una taza de café y un vaso lleno de agua.

Leo miró más allá de ella, hacia el puerto.

El puerto estaba tranquilo y azul allí donde lo acariciaba el sol, más allá de los barcos atracados que se mecían suavemente sobre el agua. Algunos cúmulos flotaban en el cielo y, de vez en cuando, se interponían ante el sol, atenuando momentáneamente la luz antes de permitir que el brillo regresara. El clima era casi exactamente igual al de la primera vez que se sentaron allí.

Le alegró descubrir que el café seguía existiendo, ahora que habían regresado tal como siempre habían planeado hacerlo. Aunque no de esta manera.

Encendió un cigarrillo y observó los barcos balanceándose suavemente contra sus amarras. Más lejos, hacia el otro extremo del puerto, un ferry avanzaba lentamente por el agua.

Apoyó una mano sobre la urna y la contempló mientras daba una larga calada a su cigarrillo. Gitanes. La misma marca que fumaba cuando visitaron el lugar por primera vez. Lo curioso era que ya no fumaba, pero ¿qué importancia tenía ahora?

Volvió a mirar el puerto, sin retirar la mano de la urna, observando una gaviota que planeaba en el aire con una gracia semejante a la de un bailarín. Otra la siguió antes de que ambas desaparecieran de su vista. El café se había enfriado. No lo bebió.

Cuando decidieron ir a Marsella por primera vez, Ashley pensó que la ciudad era demasiado áspera para ser hermosa y demasiado hermosa para ser áspera.

Había cambiado mucho desde entonces.

Por aquellos años, a Ashley le gustaba observar a los pescadores remendando sus redes junto a los costosos yates. Le gustaba el olor de los mariscos procedente de los restaurantes cercanos. Le gustaban el ruido y los aromas de la sal marina, el combustible diésel y el pan recién horneado de los cafés próximos.

Leo también disfrutaba de todo aquello, quizá incluso más que ella, porque había sido idea suya pasar allí la luna de miel.

¿Por qué París? Todo el mundo va a París, le había dicho.

Hagamos algo diferente.

Las cosas eran más fluidas en aquellos tiempos. Todo era una experiencia esperando suceder. Sin planes. Sin itinerarios. Solo la vida y cada instante tal como llegaba. Eso era lo que más amaba de Ashley. Su disposición a aceptar cualquier cosa. Nunca se quejaba.

O casi nunca.

Aunque Leo disfrutaba del ambiente marítimo, era la música lo que más fascinaba a Ashley. Una noche había un violinista callejero tocando bajo una arcada. No era muy bueno, pensaba ella, pero eso no importaba. Lo escuchó de todos modos.

El violinista era joven, todavía un muchacho en muchos aspectos, y ella respetaba eso, respetaba su pasión y el hecho de que tocara por el puro placer de hacerlo. No todos tenían el privilegio de tocar con una orquesta sinfónica o de subir a un escenario de conciertos.

—Cada ciudad canta de manera diferente —le había dicho ella cuando se alejaron—. ¿Esta? Canta como alguien que intenta recordar quién es.

Él nunca olvidó esas palabras. Pensó en ellas durante años y siempre las recordaba cuando viajaba por trabajo, ya fuera a Ginebra o a Pittsburgh. Esa era la manera de ver el mundo que tenía Ashley. Con los ojos de un niño. Con los ojos de una artista.

El camarero llegó y Leo despertó de su trance. Se llevó el café frío y, en lugar de pedir otro, Leo optó por una copa de vino. No importaba que ni siquiera fuera mediodía. ¿Qué importaba ya nada?

Ahora, más presente, el puerto parecía más ruidoso. O quizá él era simplemente más silencioso. Seguía hablando con Ashley, aunque no en voz alta. Ella le respondía en su mente, pero no lo bastante fuerte como para ahogar el súbito aumento del volumen de la vida que lo rodeaba. Voces. Motocicletas. El estrépito de persianas metálicas al abrirse. Bocinas lejanas. Las conversaciones de los nuevos clientes que llegaban al café. Uno de ellos se fijó en la urna sobre la mesa y simplemente la observó, con una expresión cargada de empatía. Leo lo notó y, casi por reflejo, apoyó una mano sobre la urna. Cuando lo hizo, el cliente apartó la mirada. Leo volvió a mirar la urna. En su interior estaba todo lo que quedaba del amor de su vida. La hermosa mujer que había llenado salas de conciertos. La mujer que hacía reír a todos. La mujer que hacía sentir apreciados a quienes la rodeaban.

No era justo, pensó. Y durante semanas había intentado comprenderlo. Quizá nunca lo lograría. Quizá, con el tiempo, sí. Ya no estaba seguro de nada.

El camarero regresó con una copa de vino.

Leo tomó un pequeño sorbo. Le sentó bien. Volvió a dirigir su atención hacia el puerto. Qué inmóvil estaba el agua. Las aguas tranquilas son profundas, dice el refrán. Una pequeña voz en su interior le dijo que había una lección en aquello. O quizá era la voz de Ashley, aunque sonaba como la suya. Normalmente no pensaba en cosas así, de modo que tal vez fuera ella, tendiendo un puente a través del tiempo y del espacio para hacerle saber que seguía con él. La gente siempre estaba buscando lecciones, significados o mensajes. A veces las cosas simplemente suceden. Sin razón. Sin enseñanza. Simplemente son. Eso era lo que más le costaba aceptar. Ashley creía que todo, sin importar qué fuera, ocurría por una razón.

Él no lo creía.

Un niño que corría por el muelle con una barra de pan bajo el brazo interrumpió sus pensamientos. Parecía un niño francés, pensó, aunque vestido más o menos como cualquier muchacho de su edad. Aquello le resultó divertido. Qué infancia tan magnífica, reflexionó. Crecer rodeado de todo aquello, día tras día. El aire fresco. El mar. Los aromas. Contrastaba enormemente con el entorno urbano estadounidense en el que él había crecido.

Leo y Ashley nunca tuvieron hijos.

No hay nada peor que un niño perdiendo a uno de sus padres, especialmente a su madre. No había hijos a quienes consolar. No había que intentar responder todas esas preguntas imposibles. No. Ashley no quería hijos. Su música era su hija. Y la cuidaba como si realmente lo fuera.

Él siempre estuvo más abierto a formar una familia, pero tampoco le decepcionó que nunca la tuvieran. Ahora estaba agradecido por ello. Habían vivido su vida juntos suponiendo que siempre habría tiempo, es decir, si Ashley alguna vez cambiaba de opinión. Pero entonces ocurrieron cosas. Lo inesperado. Lo no planeado. Sin rima ni razón. Simplemente sucedieron.

Bebió otro sorbo de vino lentamente.

La luz del sol había cambiado. Más nubes se habían desplazado sobre el agua. Recordó haberla visto detrás del escenario antes de una actuación en Viena, un sueño de infancia para ella. Ya habían estado en Viena una vez, durante el cuarto año de su matrimonio. Ella quería visitar la ciudad de los grandes compositores y hablaba constantemente de cómo algún día actuaría allí. Siempre estuvo convencida de que lo lograría y hablaba de ello con tanta seguridad que no quedaba más remedio que creerle. Cuando por fin llegó aquel día, estaba preparada. Ni una pizca de nerviosismo. Ni una sombra de duda. Él estaba más nervioso que ella. Le costaba creer que no sintiera absolutamente ningún miedo.

—¿Nunca te pones nerviosa?

—Cada vez que subo a un escenario —le respondió. Pero nadie lo habría adivinado.

Así era Ashley. Cuando comenzaba a tocar, él la observaba desde un lateral del escenario, nervioso y sudoroso. La música parecía descender sobre ella como un regalo venido de lo alto. Era la música la que la guiaba a ella, y no al revés. Nunca olvidó aquello.

Y bastó un sorbo de vino para despertar ese recuerdo.

Aquel momento proustiano le hizo pensar en el vino que compartieron en un café vienés después de aquella actuación. Y entonces, un día, la música desapareció. El violín permaneció intacto, en la sala de música donde ella lo había dejado por última vez. Después desapareció la intérprete. Así, sin más. Todo lo que quedó fueron la urna y el eco de su vida. ¿Destino? ¿Fatalidad? ¿Casualidad? ¿Quién podía saberlo con certeza? Si era el destino, lo imaginaba como una corriente submarina. Invisible e inevitable. Uno puede navegar contra ella durante un tiempo. Puede fingir que elige el rumbo. Pero tarde o temprano la corriente lo lleva a otro lugar. A menudo se preguntaba si había sido el destino lo que los había unido desde el principio. Y, si así era, ¿por qué el destino habría de intervenir para arrebatársela? Si todo tenía una razón, como Ashley creía firmemente, ¿cuál era la razón de aquello? Era más fácil cuando uno es joven, pensó. Cuando eres joven estás más seguro de todo. Aparece esa arrogancia juvenil y nadie puede decirte nada. Así era como ellos habían enfrentado el mundo. Entonces. Después las cosas cambian. Te das cuenta de que no sabes tanto como creías. Y, de hecho, aprendes muy deprisa que en realidad no sabías absolutamente nada.

Volvió a mirar la urna y apoyó una mano sobre ella.

Luego dirigió la vista más allá, hacia la basílica situada sobre la colina que dominaba la ciudad. ¿Qué ocurrirá ahora?, se preguntó. Dentro de aquel edificio, los sacerdotes se alzaban ante los fieles rebosantes de certeza. Ellos tenían la respuesta. O al menos eso creían. Los filósofos también lo creían. Y los científicos. Sin embargo, parecía que todas sus respuestas terminaban conduciendo a la misma puerta. Y nadie regresaba jamás desde detrás de ella para ofrecer una respuesta definitiva. Lo desconocido seguía siendo desconocido.

Y se preguntó si esa no sería precisamente la cuestión.

Más nubes llegaron flotando y bloquearon momentáneamente la luz del sol sobre el agua. En algún lugar, a lo lejos, sonó una campana. Leo bebió lentamente su vino, encendió otro cigarrillo y contempló el puerto. Pensó en una tarde, durante la semana de su luna de miel. Habían estado mirando el puerto desde aquel mismo lugar. Ashley apoyó la cabeza sobre su hombro y le tomó la mano. Las luces del puerto temblaban sobre el agua oscura.

—¿Cómo crees que será cuando seamos viejos? —le preguntó.

Leo soltó una carcajada.

—Supongo que lo descubriremos —respondió, todavía riendo.

—No. Dímelo —insistió ella—. Hablo en serio.

—Seguiremos juntos —respondió él con una sonrisa.

—Buena respuesta —dijo ella, y ahora fue su turno de reír. Y parecía que el tiempo estaba de su lado. Tenían todo el tiempo del mundo. ¿No era así?

De pronto el viento se intensificó.

Sintió un escalofrío extraño recorrerle el cuerpo. Sin embargo, no hacía frío, ni siquiera junto al agua. Su mano seguía apoyada sobre la urna, como si todavía sostuviera la mano de Ashley. La pequeña caja de madera tenía un color parecido al de su violín. No era casualidad. Por eso la había elegido.  Entonces sintió una soledad inmensa. Una soledad como jamás había experimentado. Intentando mantener la compostura, bebió lentamente un sorbo de vino y dio una larga calada a su cigarrillo. Ayudó. Aunque apenas. Volvió a pensar en aquella tarde. En cómo el agua se había vuelto negra. En lo impresionante que era la vista. En los diminutos puntos de luz sobre la colina bajo la basílica. Por lo demás, el cielo estaba oscuro. Y seguía pensando en aquella oscuridad. No con miedo. Con curiosidad. No pasaría mucho tiempo antes de que él mismo entrara en ella, pensó.

Aquello solía asustarlo.

Ya no. Quería creer que aquello era solo una separación temporal. Que algún día volverían a verse. Y esta vez tendrían tiempo. Tiempo infinito. Y ninguna de aquellas preguntas importaría ya. Mantuvo la mano sobre la urna, decidido a cumplir su promesa.

Miró una vez más el puerto.

Aquellas aguas cristalinas y azules en las que había sido bautizada la nueva vida que comenzaron juntos. Por un instante casi pudo sentir nuevamente la cabeza de Ashley apoyada sobre su hombro. La sensación fue tan real que tuvo que tocarse el brazo. Entonces se echó a reír. Porque sintió que ella se reía de él. Dentro de él. Por permanecer allí sentado junto a lo que quedaba de ella. Aunque también sabía que quien ella había sido ya no estaba allí. Aun así, tenía una promesa que cumplir. Pagó la cuenta, tomó la urna y comenzó a caminar por el muelle, con la pequeña caja de madera bajo el brazo. Siguió avanzando por el mismo recorrido que solían hacer durante sus paseos vespertinos.

Después abordó el ferry en Mairie.

Cuando llegó al otro lado del puerto, continuó caminando por el Quai de Rive Neuve. A pocos metros del lugar donde había desembarcado, salió a un embarcadero de madera, todavía con la urna bajo el brazo. Miró la fila de embarcaciones ancladas en el puerto. Luego observó a su alrededor. Había algunas personas cerca. Quizá demasiadas. Pero estaba decidido a cumplir su promesa. Colocó la urna frente a él sobre el embarcadero y se arrodilló como si fuera a atarse los cordones de los zapatos. Después abrió la urna y miró el agua. Cumplió su promesa. No dijo adiós mientras observaba las cenizas disolverse en el puerto. Mientras las veía dispersarse en múltiples direcciones. Aquello no era una despedida. Era solo una separación temporal. Luego volvió a guardar la urna vacía bajo el brazo y continuó caminando por el muelle. El viento volvió a levantarse. Y le arrancó una sonrisa. No miró hacia atrás.

No tenía necesidad de hacerlo.

Julian Gallo es el autor de 'Laberintos existenciales', 'El último Tondero en París', 'El pingüino y el pájaro' y otras novelas. Sus relatos cortos han aparecido en The Sultan's Seal (El Cairo), Exit Strata, Budget Press Review, Indie Ink, Short Fiction UK, P.S. I Love You, The Dope Fiend Daily, The Rye Whiskey Review, Latinoture, Angles, Verdad, Modern Literature (India), Mediterranean Poetry (San Pedro y Miquelón), Borderless Journal (Singapur), Woven Tales, Wilderness House, Egophobia (Rumania), Plato’s Caves, Avalon Literary Review, VIA: Voices in Italian Americana, The Argyle, Doublespeak Magazine (India), Bardics Anonymous, Tones of Citrus, The Cry Lounge (Alemania), Deal Jam, 22/28, Active Muse (India), Zero Readers, Hominum Journal, Write Now Lit (Nigeria), MiniMAG, Paradox Magazine, Penman Review, Lowestoft Chronicles, Marrow Magazine, Lanae Literature and Review, Helix Literary Magazine, Interweaved Magazine, Pattern Recognition, October Hill Magazine, Lit Ezine, Inkwell y Flora Fauna.

 

EL GRAN JUEGO

Santiago Oviedo



La superficie de Chaturaji parece un inmenso damero con escaques de líquenes y hematita. De tanto en tanto, contra la negra cortina del cielo, se perfilan las siluetas de montañas como piezas de ajedrez. Nadie recordaba si eran formas naturales o talladas por antiguas generaciones, porque las viejas leyendas habían caído en el olvido. Por entre ellas se desplazan de norte a sur y de este a oeste las ciudades rodantes, cabalgando o cortando transversalmente las líneas del campo magnético del planeta, mientras siguen sin pausa las órbitas de los satélites colectores, que transmiten levemente incrementada la energía que llega del sol mortecino.

Todo pulsaba con la monotonía de un reloj. Entonces, los dados rodaron.

Uno, dos, tres, cuatro pajes-robots, vestidos con trajes cuartelados, se acercaron en distintos puntos del planeta a otros tantos tronos. Estaban ocupados por seres con mirada cansada, envueltos en mantos de seda jaliana de diferente color, y voces aún más fatigadas.

—Majestad —rechinaron los autómatas, con una reverencia casi simultánea—, se aproxima la nave con los emisarios de Tierra de Sol.

Ocho manos se crisparon sobre los apoyabrazos de los sitiales, mientras los troncos se erguían con mal contenida tensión.

El navío diplomático –inmenso y majestuoso– se materializó en los bordes del sistema y se dirigió a Chaturaji impulsado por los motores de plasma.

Una vez estabilizada una órbita alrededor del planeta, la cápsula de desembarco se desprendió de la nave madre. Bajo la tenue luz del sol del sistema, los dos artefactos centellearon con los colores de Tierra de Sol: una mole del tamaño de un planeta enano y una nave apenas más pequeña que un crucero de carga que –al costado de la otra– se antojaba minúscula.

Aun así, al posarse en la superficie ocupó casi una quinta parte del astropuerto Choupat. En medio del zumbido de los generadores antigravitacionales –forzados al máximo para compensar la masa del módulo–, el transporte terrestre llegó al planeta con tres días estándar de demora.

Cuatro embajadores descendieron con calmada dignidad y fueron conducidos al Gran Cuadro Central de Chaturaji, donde los aguardaban los soberanos.

El jefe Cabeza Blanca, el maestro Berger, don Garcilaso y el cadí Uthmán comparecieron ante los reyes Negro, Rojo, Amarillo y Blanco.

—¡Larga vida a los Cuatros Señores de Chaturaji!

Como emisario de Tierra de Sol, eran expertos en protocolo y llegaban en misión comercial. Pero también había una jugada secreta.

Presentaron disculpas por el retraso, adjudicado a una singularidad en la traslación, y cumplieron cada una de las etapas ceremoniales de la recepción. Los guardias reales se mantenían en formación con sus libreas, mientras robots mayordomos iban de un lado a otro con bandejas provistas con manjares y licores exóticos. Las sonrisas se mezclaban con las conversaciones de negocios, pero las miradas se cruzaban con un velado nerviosismo y anunciaban un gambito.

Era la primera misión terrestre a Chaturaji en mucho tiempo. El planeta había sido colonizado por Tierra en los años de la Primera Expansión. Luego llegaron las Guerras y se rompió el contacto entre los distintos mundos humanos. El comercio se mantenía en pequeña escala entre planetas próximos entre sí, pero los lazos primigenios habían desaparecido.

Chaturaji —como otros mundos— había atravesado sus propias tribulaciones. Situado en el borde del universo conocido por la humanidad, estaba muy distante de la cuna de la raza.

El planeta era rico en minerales, pero su producción proteínica era escasa. Eso siempre es un inconveniente. Nadie puede comer plata para cagar oro. Resulta incómodo vestir un traje de hierro y beber mercurio no es muy saludable.

Por ende, la escasa producción de alimentos resultaba más valiosa que todo lo demás y debía ser cuidada con ahínco. Era vital conservar la biosfera, en especial ante la escalada entre dos facciones que querían acaparar los recursos. En consecuencia, los que en realidad manejaban el poder acordaron moderar sus ambiciones, dejaron de apoyar esas políticas y decretaron las Reglas de los Cuartos, que regirían de ahí en más la vida en Chaturaji. La producción y la población se estabilizaron de manera draconiana, instituyendo un sistema cerrado, pero autosuficiente, donde el crecimiento demográfico no podía superar los índices de productividad.

No era lo ideal, sino lo necesario. Y funcionó.

Así nacieron los primeros Cuatro Reyes de Chaturaji.

El tiempo siguió su curso y los sucesores de aquellos consolidaron una cultura local que les permitió al aumentar la riqueza del planeta y evitar privaciones, sin necesidad de conflictos.

Cuando llegó el mensaje de que Tierra de Sol quería volver a establecer contacto con los antiguos enclaves, Los Cuatro Reyes del momento se mostraron renuentes. No les atraía complicar sus relaciones externas. El comercio con Jali, Linde y Cryon resultaba suficiente. Pero nuevos mensajes –muchos por canales secretos– surcaron el espacio y finalmente la misión terrícola fue aceptada.

Luego de la recepción, los emisarios de Tierra de Sol fueron conducidos a sus aposentos en el Gran Palacio. Más tarde, cuatro pajes-robots se encaminaron hacia los cuartos con un mensaje de sus respectivos señores.

Cada uno de los delegados hizo lo que debía hacer.

Después de todo, eran las órdenes.

Recorrieron los respectivos pasillos en penumbras hasta las cámaras de los soberanos. Los colores eran diferentes en todos los casos y también las decoraciones. Pero los diálogos fueron idénticos. O casi.

—Su gobierno nos informó de cierto… peligro.

—Su Alteza, el Consejo Terrestre se cree obligado a notificarle que hay un pacto secreto entre dos de los otros reyes.

—Eso ya nos lo dijeron. ¿Cómo se enteraron?

—Filtraciones que llegaron a través de comerciantes jalianos, Majestad. Hubiera deseado llegar antes, pero la perturbación en el salto jugó contra los planes del Consejo.

—¿Los otros delegados están al tanto de esto?

—No lo sé, Omnipotencia. Después de todo, los objetivos de la misión comercial son auténticos. Pero mis superiores directos suponen que detrás de ese pacto están los terroristas de Tierra 2, con la intención de boicotear la propuesta de Tierra de Sol.

«Como le venía diciendo, estamos retrasados. Hay un proverbio que dice: Natura non facit saltus. Y un científico de los Años Viejos afirmaba que Dios no jugaba a los dados. Pero luego vimos que el Destino sí lo hace. Y ya están echados. Sus adversarios ya deben de estar movilizando tropas. Si hubiera llegado antes esto quizá se hubiera podido evitar, pero ahora…

El emisario terrestre hizo silencio. El soberano continuó en silencio.

—Mi Señor, las posiciones ya están determinadas y no se puede hacer nada para evitarlo. Le ruego que acepte mis servicios.

Y los Cuatro Reyes tuvieron cuatro Consejeros.

Al día siguiente, el Gran Cuadro Central de Chaturaji estaba desierto y cada uno de los extranjeros se alojó en el palacio de uno de los cuatro reyes. No hace falta decir quién con quién. Para aquellos momentos, ya no importaba.

En función de las Reglas de los Cuartos, bastó con que un rey se aliara con otro para que el resto se alineara en un bando contrario.

Fue un conflicto extraño para los cánones de la época. Después de las Guerras, cuando se fragmentó la Gran Ecúmene, las acciones bélicas no desaparecieron, sino que se hicieron más civilizadas. En un acuerdo tácito se evitaron las armas de destrucción de masas; solo había actos de fuerza aislados, que llevaban conversaciones diplomáticas fundadas en convenios previos. Era lo más provechoso para una política manejada por intereses comerciales.

En Chaturaji, por otra parte, sobrevivía el gusto por los oropeles, aun cuando el resto de las tradiciones se había perdido o abandonado. Las fuerzas armadas se enorgullecían de sus panoplias en ocasión de los desfiles de rito y al asumir sus misiones específicas se volvían casi tan importantes como los propios soberanos.

Dentro de ese esquema, las unidades blindadas conformaban un cerco de hierro en su respectivo cuadrante; la artillería móvil –drones y misiles; en su mayoría autónomos– apuntaba detrás de las murallas similares del adversario y las unidades aerotransportadas efectuaban golpes de mano quirúrgicos en la retaguardia. El magnicidio, por cierto, estaba vedado, así que la estrategia en las disputas anteriores siempre se orientó hacia la amenaza del bloqueo energético mediante la toma de control de los satélites colectores.

Pero esta vez fue distinto. El respeto entre los Cuatro Reyes había desaparecido, reemplazado por la sospecha, en especial cuando las operaciones se estancaron casi desde el inicio. Quizá fuera por la intervención de los agregados terrestres, que parecía haber ido más allá del asesoramiento.

En consecuencia, los jefes militares doblaron la apuesta y optaron por acciones de ocupación del territorio enemigo y la infantería –como de costumbre– pagó el precio. Obligada a mantener el terreno, una juventud vigorosa murió o quedó lisiada en combates librados mayormente contra máquinas y comenzaron los crímenes contra la población civil y la destrucción de los centros de producción biótica.

La gallardía y la disciplina de las paradas de exhibición desapareció como la escarcha al amanecer.

Aun así, las Reglas de los Cuartos se mantuvieron en pie incluso al final de la escalada.

Uno de los reyes fue capturado y su aliado no contaba con recursos propios para continuar con las operaciones, por lo que se intercambió por uno de los otros como rehén y el primero fue liberado y asumió el mando de las fuerzas conjuntas.

Con la nueva distribución del teatro de condiciones, así como podía tratar de redimir al que le permitió recuperar su libertad –y confiar en que pudiera capturar al que lo tenía como rehén–, también podía optar por apoderarse de la totalidad de los tronos, en la medida en que pudiera obtener el dominio de las diferentes tropas.

Era una situación en la que resultaba imprescindible medir bien las fuerzas y quiso pedirle consejo a su asesor terrícola, pero no lo encontró. Y tampoco había señales de los otros tres.

Los cuatro embajadores de Tierra de Sol se habían reunido en la nave madre, porque sus temores se habían concretado. En las proximidades de la estrella del sistema se había materializado la nave proveniente de Tierra 2, escasamente más pequeña que la otra.

Mostraba las señales de un encuentro con la nave terrestre, a la que había interceptado durante el salto, pero el emblema del dragón que identificaba su procedencia aún era visible. Como en ese momento había estado adelantada, por las paradojas del viaje relativista llegó cuando en la superficie de Chaturaji ya estaban llevándose a cabo las acciones bélicas. Pero en ese lapso la tripulación terrana del sistema estelar de KOI-4878 no se había dedicado a reparar los daños externos, como lo había hecho la de Tierra de Sol, sino a reforzar su armamento.

La onda de pulso que lanzó contra la nave terrestre desmanteló las reparaciones y quedaron en evidencia las cicatrices del escarceo previo; de inmediato, los emisarios de Tierra de Sol abrieron el canal de comunicación.

Era una situación de suma cero.

Doktor von Hauser, el señor Wu, el jefe Taika y el masái Ngendo se encararon con sus homólogos terrícolas.

—Por lo que vemos, consiguieron hacerle creer a las autoridades de Chaturaji que nuestro planeta estaba interviniendo en su política interna. Expresamos nuestro repudio y, ante el hecho consumado, reclamamos como reparación el derecho de cogestión, en virtud de lo acordado en el Pacto de Wolf 359.

—Nuestra misión es pacificar Chaturaji bajo el dominio de un único soberano —adujeron los terrícolas.

—Eso es inadmisible en los términos del Pacto. Chaturaji es un planeta soberano de la antigua Ecúmene. Es rico, pero sabemos bien que no es de interés comercial. Lo que realmente importa es su ubicación como nodo de intercambio en las rutas de tránsito, por estar en el margen del espacio conocido, y eso determina nuestro derecho a constituir un área de influencia.

—Para que eso sea así, deberían participar de modo activo en las tratativas para la detención del conflicto. ¿Tienen autorización para eso?

—Tanta como ustedes —respondieron los emisarios terranos.

Los embajadores de Tierra de Sol no volvieron a la superficie de Chaturaji y los de Tierra 2 nunca bajaron.

Mantuvieron las conversaciones desde sus naves, que orbitaban el planeta a escasa distancia de la red de los satélites colectores.

El rey que tenía en esos momentos la ventaja estratégica pronto se dio cuenta de que difícilmente obtendría una victoria definitiva. Los apagones se hicieron frecuentes, en coincidencia con algún retroceso en las tratativas, y ante el estancamiento del conflicto los jefes militares vieron reducido su peso político, mientras esos espacios iban siendo ocupados por los mercaderes.

La demora hasta la paz definitiva se debió principalmente a la participación de los enviados de las dos Tierras, que pugnaban por acrecentar sus beneficios.

En medio de eso, cada uno de los dos reyes aún activos se alió con su rehén, dejando atrás al antiguo aliado.

Finalmente quedaron dos bloques –cada uno conformado por dos de los cuadrantes– y el planeta volvió a llamarse Chaturanga, como en la época de la Gran Ecúmene.

Las naves diplomáticas volvieron a sus respectivos sistemas solares y en planeta se inició un periodo que se conoció como el Renacimiento, porque se repararon los daños de las luchas, se crearon nuevas obras de arte y aumentó el comercio. Pero también, al igual que en el de la vieja Tierra, la política se negoció por las noches a punta de dagas en las callejuelas y solo quedaron dos reyes, cuando los otros se resistieron a abandonar el antiguo modo de vida.

 En un universo multidimensional, una entidad que se puede llamar Beth se quejó.

—La aparición de esa segunda nave fue casi una trampa.

Otra –que se puede llamar Luis– carcajeó.

—Pero no viola en absoluto las reglas. Además, en definitiva, la variante de cuatro es casi tan aburrida como la de dos —dijo, mientras reacomodaba las piezas—. Habría que probar con la de tres.

Nion –que había estado al costado, observando la partida– asintió en conformidad.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

 

EL PRIMOGÉNITO

Dragan Milojković

 

Vilena blandió la azada con todas sus fuerzas y, cuando esta golpeó la tierra endurecida, de su frente, de sus cejas y de su barbilla brotaron gotas de sudor. La tierra no conocía la misericordia: solo entregaba alimento a quienes se lo arrancaban mediante un trabajo duro y constante.

En el siguiente golpe, más débil que el primero, lanzó una mirada de reojo hacia su padre, su madre, sus hermanos y sus hermanas, que trabajaban el campo junto a ella. Nadie le prestaba atención, y aprovechó el momento para llevarse una mano al vientre. Allí había surgido un retortijón profundo, el primero, el que anunciaba la tormenta de dolor.

Quizás solo sea mi imaginación, pensó, asustada como una cierva que huye de los cazadores a través del bosque. Dioses, por favor, que no sea más que mi imaginación.

Pero los dioses permanecieron en silencio. Todos ellos. Svetovid, Dazhbog, Lada, Jarilo, Mokosh... ninguno respondió a la súplica de Vilena, ninguno le ofreció consuelo ni aliento, ninguno le mostró el camino que debía seguir.

No le sorprendió. Esperaba su desprecio, porque lo que llevaba bajo el pecho, lo que crecía en su vientre, no había surgido de la bendición que los dioses conceden a los recién casados. El niño que crecía dentro de ella era fruto del engaño. Vilena no estaba casada y, sin embargo, se había entregado a Hrastomir, que la había cortejado el tiempo suficiente para que confiara en sus palabras dulces como la miel.

Cuán amargamente había sido engañada.

Creyó que la amaba, que soñaba con ella por las noches y que despertaba cada mañana con su imagen en la mente. Eso era lo que él le decía, y ella había sido lo bastante ingenua para creerlo. Hrastomir solo deseaba una cosa y, una vez obtenida, jamás volvió a mirarla.

Varias semanas después, Vilena comprendió que su credulidad le costaría mucho más que un corazón roto. Estaba embarazada. La semilla de la traición de Hrastomir estaba tomando forma dentro de ella.

Desde aquel día dejó de ceñirse el cinturón a la cintura y permitió que el vestido cayera holgado. Comenzó a comer con más frecuencia y en mayores cantidades; sus mejillas se redondearon y nadie en su familia encontró extraño el ligero aumento de volumen de su vientre. En eso, al menos, los dioses habían mostrado cierta misericordia: pese al niño que crecía en su interior, su figura cambió tan poco que todos supusieron simplemente que había ganado algo de peso.

Y ahora, mientras trabajaba en el campo junto a su familia, había llegado la primera señal de que el fruto del engaño de Hrastomir estaba listo para venir al mundo.

Un dolor agudo la atravesó de repente.

Por fortuna no duró mucho. Aun así, la azada estuvo a punto de escapársele de las manos. Pero resistió. Siguió cavando. Entonces sintió humedad. Sintió agua corriendo por sus piernas y empapando la tierra seca bajo sus pies.Y en ese instante supo que había llegado el momento.

—Padre, una debilidad se ha apoderado de mí. Una carga oprime mi alma... ¿Puedo regresar a casa, padre? El dolor atraviesa mi cuerpo como la espada que los soldados de nuestro príncipe llevan al cinto.

Su voz sonaba como si estuviera exhalando el último aliento, y a su padre le bastó una mirada para comprender que una pesada aflicción había caído sobre su cuerpo y su espíritu. Se limitó a asentir y continuó cavando.

Agradecida por el permiso, Vilena se alejó del campo en dirección al bosque. Mientras caminaba, otra oleada de dolor le desgarró el vientre, pero logró mantenerse en pie, impulsada sobre todo por el temor de atraer la atención de su familia.

Cuando entró en el bosque y la espesura la ocultó de las miradas, se detuvo un momento para recuperar el aliento y luego siguió avanzando.

Al llegar al camino que conducía a la aldea, donde sus antepasados habían vivido durante siglos en casas de barro y madera con techos de paja, se detuvo.

Ahora debía tomar una decisión de vida o muerte respecto a aquello que llevaba dentro.

Una posibilidad era regresar al pueblo y dar a luz allí, bajo el mismo techo donde ella había nacido y crecido. Y cubrir de vergüenza tanto a sí misma como a su familia. Ser objeto de desprecio. Sentir los dedos señalándola. Escuchar los susurros a sus espaldas.

Porque Hrastomir jamás admitiría que el niño era suyo.

Las lágrimas que corrían por su rostro parecían susurrarle que aquella elección no debía hacerse. Por eso se dirigió hacia el río, atravesando el bosque para evitar miradas curiosas, pues lo que se proponía hacer no era algo que otros debieran contemplar. Ni siquiera ella misma, cuyos ojos estaban ya nublados por el llanto.

El río la recibió como una esmeralda líquida: verde, brillante bajo el sol, con remolinos que burbujeaban mientras el agua giraba hacia las profundidades.

Una vez más el dolor la atravesó. Pero esta vez se tendió sobre la orilla, junto al agua. El parto había comenzado. Y el dolor borró el mundo entero a su alrededor, dejándole únicamente la fuerza necesaria para empujar, para expulsar de sí el fruto de su confianza y del engaño de Hrastomir.

Cuánto tiempo pasó mientras pujaba entre sufrimientos, apretando los dientes para no gritar, para que nadie pudiera oírla, no lo sabía. Le parecía que había transcurrido una eternidad. Y cuando la presión desapareció, cuando el espasmo que había aprisionado su cuerpo se desvaneció de repente, dejando únicamente dolor en sus caderas ensanchadas, exhaló con fuerza, dispersando algunas gotas de sudor que empapaban su rostro.

El silencio, nacido como por bendición de los dioses, duró apenas un instante. Entonces el llanto de un niño rasgó el aire sobre el río. Vilena cortó el cordón umbilical con los dientes y lo ató. Tomó al niño en brazos, y este lloró con fuerza. Su vacilación duró menos que el tiempo que tardaron las gotas de sudor en caer de su rostro al suelo. Luego acercó al niño a la superficie del río. Las lágrimas empañaban su vista, de modo que ni siquiera distinguió claramente su rostro cuando lo entregó a las aguas. El remolino arrastró el pequeño cuerpo hacia las profundidades verdes. Y el llanto del niño se apagó tan repentinamente como había surgido momentos antes, anunciando la llegada de una nueva vida al mundo.

Y todo terminó.

Vilena permaneció acostada un rato más, reuniendo fuerzas. Cuando finalmente se levantó, emprendió el camino hacia su hogar arrastrando los pies. Y durante todo el trayecto lloró, esperando que el sudor y las lágrimas que corrían sin cesar por su rostro se transformaran en gotas de olvido; que cada una de ellas, al deslizarse por sus cejas, su frente, sus mejillas y sus labios antes de caer sobre la tierra, se llevara consigo una parte del recuerdo de lo sucedido, hasta que no quedara nada más que vacío, sin imágenes, sin recuerdos, sin pensamientos ni sentimientos.

Por supuesto, las primeras noches fueron las más difíciles.

Porque aunque el dolor físico había desaparecido, permanecía la pena por la sangre de su sangre, por la carne de su carne, por el hijo al que había matado para proteger su honor y el de su familia. Así, durante las noches, mientras los demás dormían, lloraba en secreto y se tragaba los sollozos como quien traga bocados de sufrimiento. A veces soñaba con él. En aquellos sueños, el pequeño, rodeado por los espíritus del río, emergía de las profundidades y extendía hacia ella sus manos frías y sin vida para abrazarla y arrastrarla consigo. Entonces despertaba sobresaltada, sofocando el grito que amenazaba escapar de sus labios, y contemplaba aterrorizada a sus familiares, acostados sobre los colchones de paja, durmiendo plácidamente.

Sin embargo, aunque algunas heridas jamás cicatrizan, el tiempo enseña a convivir con ellas. Así ocurrió también con Vilena. Muy en lo profundo de su ser, debajo de todos sus pensamientos y emociones, permaneció escondido el recuerdo del niño que había entregado a los espíritus del río. Y siguió viviendo como si aquello nunca hubiera sucedido.

Al verano siguiente Hrastomir desapareció. Nadie sabía a dónde se había ido. Los aldeanos contaban muchas historias: que las hadas lo habían hechizado, que servía como mercenario en tierras lejanas, que se había casado con alguna viuda en una ciudad cercana... Se contaban innumerables versiones. A Vilena no le importaban. Desde que él había desaparecido, le resultaba más fácil soportar el recuerdo de aquel día maldito en que ahogó a su hijo. Ese mismo año, durante el otoño, se casó.

Su esposo se llamaba Vratoslav. Era un buen hombre. Atento. Sereno. Gracias a él, Vilena logró empujar aún más cerca del olvido el acto que había cometido. Y cuando al año siguiente dio a luz un hijo, sintió una alegría auténtica, una alegría que no había experimentado desde el día en que lloró su primogénito, aquel que había entregado al río.

Al niño le pusieron por nombre Mihajlo. Al año siguiente nació otro hijo: Vukan. Y la vida continuó. Año tras año.

Cuando Mihajlo cumplió ocho años y Vukan siete, el rastro del crimen cometido una década atrás se había convertido para Vilena en una sombra proveniente de otro mundo, de la vida de otra mujer que llevaba su mismo nombre, pero con la cual, aparte de ese nombre, no compartía nada. Sus hijos la ayudaban mucho en ello. Eran traviesos, curiosos y siempre estaban deseosos de jugar. Junto a ellos no había tiempo ni tranquilidad para detenerse a pensar en el pasado.

Un día los llamó porque la comida estaba lista. No respondieron. Los llamó de nuevo. Tampoco hubo respuesta.

Entonces salió de la choza. No estaban allí. Salió al camino polvoriento de la aldea. Tampoco había nadie. Solo el aire temblaba bajo el calor del sol del mediodía.

—¡Vratoslav, los niños han desaparecido! —llamó a su esposo, que acababa de regresar del campo y se había sentado junto al hogar.

—¿Cómo que han desaparecido? —preguntó él mientras aparecía en el umbral.

Vilena sacudió la cabeza con impotencia. Sintió que, desde una profundidad cuya existencia ni siquiera sospechaba, ascendía un oscuro presentimiento. Como una sombra que extendiera sus manos desde un abismo hacia el cielo para oscurecer la luz del sol. Como si también Vratoslav hubiera percibido aquel mal presagio, su rostro se volvió grave. Y ambos salieron a buscarlos. Cada uno por su lado. Vilena no supo cómo sus pies la condujeron hacia el bosque. Ni por qué había elegido aquella dirección. Solo sabía que deseaba llegar al río. Cuando llegó al lugar donde, diez años antes, había ocurrido aquello que deseaba olvidar, los vio. A los dos. Mihajlo y Vukan. Reían mientras avanzaban paso a paso dentro del río, como si hubieran ido allí simplemente para jugar. Vilena se lanzó al agua tras ellos como quien arroja su cuerpo contra un enemigo eterno. Como si pretendiera cambiar el curso mismo del río.

Los niños reían mientras miraban hacia las profundidades verdes, pero ella los sujetó por la cintura, los atrajo hacia sí y, llevándolos bajo los brazos, los sacó hasta la orilla.

—¿Qué están haciendo? —preguntó con una voz cargada de ira.

—Estamos jugando, mamá. Nuestro hermano nos llamó —respondió Vukan, señalando el río con su pequeña mano.

—Pero ahora ya no está. Lo asustaste —añadió Mihajlo.

Vilena giró bruscamente hacia el agua.

Y aquel presentimiento que había estado ascendiendo desde el abismo de su interior, oscureciendo el sol, el cielo y toda su vida, adquirió por fin una forma concreta. Esa forma era el río. Y entonces comprendió. Los espíritus del río, aquellos malignos demonios acuáticos a quienes había entregado a su primogénito, habían puesto ahora sus ojos en Mihajlo y Vukan. También querían llevárselos. Querían arrastrarlos al abismo verde, tal como habían tomado al niño sin nombre que ella misma les había entregado. Con un movimiento brusco y decidido, tomó a sus hijos de la mano y los condujo de regreso a la aldea. Los arrastraba casi a la fuerza.

Los niños caminaban deprisa, como si los demonios del agua fueran a salir del río para perseguirlos. En la aldea los esperaba una multitud. Todos habían oído hablar de la desaparición de los pequeños. Entre la gente reunida frente a la casa distinguió a su padre y a su madre. También estaban sus hermanos y hermanas. Los familiares de su esposo. Y muchos vecinos. Cuando los vieron aparecer, todos corrieron hacia ellos. Los más rápidos fueron la madre de Hrastomir y la madre de Vilena. Ella soltó a los niños y estos volaron a los brazos de sus abuelas. Los aldeanos los rodearon. Y antes de que alguien pudiera preguntarle dónde los había encontrado, Vilena se escabulló entre la multitud y desapareció detrás de la casa más cercana. Cuando estuvo segura de que nadie la observaba, emprendió nuevamente el camino hacia el río.

Esta vez sus pasos no eran tan rápidos como cuando había llevado a los niños de vuelta a la aldea. Ahora sabía lo que iba a encontrar. Sabía que el crimen cometido once años atrás no había pasado inadvertido. Los demonios y las almas de los ahogados la habían visto. Y ahora reclamaban a más de sus hijos. Cuando llegó a la orilla, exactamente al lugar donde once años antes había dado vida para apagarla inmediatamente después, se detuvo y contempló el río. No había nadie. Solo los remolinos burbujeaban.

—¡Aquí estoy! —gritó, y su voz cruzó las aguas como un alarido destinado a resonar durante siglos—. ¡Muéstrense! ¡Salgan! ¡Negociaré con ustedes por la vida de mis hijos! ¡A ellos no se los entregaré!

La respuesta fue el silencio. Y el murmullo de los remolinos.

Quizá los niños solo lo imaginaron, pensó, sintiendo renacer la esperanza.

Quizá no vieron nada.

Quizá todo fue producto de su imaginación.

Tal vez había entendido mal. Tal vez allí no había nadie.

Con esos pensamientos comenzó a darse la vuelta para regresar a la aldea por el sendero por el que había venido. Entonces, detrás de ella, una ola golpeó violentamente la orilla. Y al instante supo que algo inmenso había emergido del agua. Que estaba allí, a sus espaldas. Como una sentencia del destino que hubiera aguardado durante años.

Lentamente, como si se despidiera de la vida, temerosa de lo que iba a contemplar, volvió a girar. Y dejó de respirar. Frente a ella, en el agua que le llegaba hasta el pecho, estaba Voden. Llevaba una corona de hierbas acuáticas. Una espesa y larga barba blanca por la que corrían chorros de agua. Su piel estaba cubierta por los crecimientos del fondo de lagos y ríos. El dios de las aguas contemplaba a Vilena con unos ojos en los que no existía la misericordia.

—Ha llegado el momento de pagar las deudas —dijo.

Su voz sonó como el crujido de un árbol anciano cuando sus raíces son arrancadas de la tierra y cae al fin. Vilena abrió lentamente los brazos. Como si con las palmas mostrara todo el sufrimiento que había soportado desde que descubrió que estaba embarazada de Hrastomir. Toda la vergüenza. Todo el dolor de haber creído en sus mentiras de amor. Toda la deshonra que amenazaba a su familia.

—No eres la culpable de sus mentiras —respondió Voden a aquella súplica silenciosa—. Por eso te concedí diez años. Pero ahora ha llegado el momento de que te consagres también a él, porque tienes otros hijos. ¿Lo has olvidado?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, un niño apareció desde las profundidades verdes. No emergió a la superficie. Simplemente se hizo visible bajo el agua. Tenía diez años. Su piel era pálida. Blanca como la de un ahogado que ha permanecido bajo las aguas durante días. Y aunque Vilena solo lo había visto una vez, apenas durante unos instantes, aunque entonces era un recién nacido y sus propios ojos estaban cegados por las lágrimas cuando lo entregó al río, lo reconoció inmediatamente.

Era su primogénito. Su primer hijo.

El niño de piel blanca y exangüe flotaba bajo la superficie y extendía los brazos hacia ella para que lo estrechara contra su pecho.

Junto al muchacho apareció otra figura. Al principio fue apenas una sombra. Luego sus ojos se abrieron con asombro. Reconoció al ahogado. Era Hrastomir.

—Sí, él también está aquí, porque un niño necesita un padre —dijo Voden—. Y ahora todos estarán juntos, donde nadie los condenará.

—No... yo no quiero... —Vilena negó con la cabeza.

—Si no lo deseas, no tienes por qué hacerlo —respondió Voden con voz serena—. Pero conoces el precio. Hoy ya lo has visto.

Sí. Vilena conocía el precio. La vida de sus hijos era ese precio. Tarde o temprano, en uno o dos días, en una semana, en un mes o dentro de muchos años, Mihajlo y Vukan terminarían en el fondo de un río o de un lago. Por eso inclinó la cabeza en señal de aceptación. Dio un paso hacia el agua. Luego dio otro. Cuando el agua le llegó al pecho, se sumergió lentamente. La superficie del río se cerró sobre su cabeza. Y las manos frías de su hijo primogénito la abrazaron y la condujeron hacia el abismo verde.

 

El agua era oscura y fría.

Vilena creyó que el miedo la paralizaría, pero no ocurrió así.

Mientras descendía, sostenida por las manos del niño que había ahogado once años atrás, sintió cómo algo comenzaba a desprenderse de su corazón. No era la vida. Era el peso. La culpa. El dolor. Los remordimientos acumulados durante tantos años.

A su alrededor flotaban sombras. Algunas parecían personas. Otras apenas eran formas imprecisas que se confundían con las corrientes. Sin embargo, ninguna se acercó. Solo el muchacho permaneció junto a ella. Su rostro ya no parecía el de un cadáver. Continuaba siendo pálido, pero ahora mostraba una expresión tranquila. Y por primera vez Vilena vio en él algo que jamás había podido contemplar cuando nació. Vio a su hijo. No al fruto de la vergüenza. No al recuerdo de una traición. No al motivo de su sufrimiento. A su hijo.

El niño sonrió.

Entonces ella comprendió que, durante once años, jamás se había permitido pensar en él de ese modo. Siempre había recordado el crimen. Nunca al niño. Las lágrimas brotaron de sus ojos, aunque el agua las borró de inmediato.

Hrastomir se acercó.

El hombre que había destruido su juventud ya no tenía el rostro orgulloso que ella recordaba. Parecía cansado. Triste. Y cuando la miró, bajó los ojos. No intentó justificarse. No habló de amor. No habló de engaños. No habló en absoluto.

Aquello bastó.

Porque Vilena comprendió que incluso él había sido juzgado. Quizá por los dioses. Quizá por el propio río. Quizá por la culpa.

Voden los observaba desde cierta distancia. Su figura gigantesca parecía formar parte del agua misma.

—Las deudas han sido saldadas —dijo.

Su voz resonó a través de las profundidades. Y entonces ocurrió algo inesperado. El niño soltó la mano de Vilena. Después señaló hacia arriba. Hacia la superficie. Ella lo miró sin entender.

—Madre —dijo él por primera vez. Solo una palabra. Una única palabra que había esperado más de una década para escuchar. Luego sonrió de nuevo. Y la empujó suavemente. Vilena sintió que la corriente la envolvía. Que el agua comenzaba a elevarla.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Voden la contempló largamente.

—Has pagado más de lo que te correspondía.

La corriente se hizo más fuerte.

—No comprendo.

—Los hombres castigan por vergüenza. Los dioses castigan por maldad. Tú no actuaste por maldad.

El río rugió a su alrededor.

—Pero maté a mi hijo...

—Y has muerto cada día desde entonces.

El rostro de Voden comenzó a alejarse. También el de Hrastomir. También el de su hijo.

—¿Volveré a verlo? —gritó Vilena.

El niño asintió. Y aquella imagen fue lo último que contempló antes de que la corriente la impulsara hacia arriba. La superficie estalló a su alrededor. Vilena emergió jadeando. Tosió. Vomitando agua. Y se aferró a la orilla cubierta de hierba. Durante un largo tiempo permaneció inmóvil.

El sol comenzaba a ponerse. El río parecía completamente normal. No había dioses. No había espíritus. No había ahogados. Solo el rumor del agua.

Finalmente se puso de pie. Sus piernas temblaban. Miró una última vez las profundidades verdes. Y creyó ver, durante un instante, la silueta de un niño que le decía adiós con la mano. Luego desapareció. Vilena regresó a la aldea. Aquella noche abrazó a Mihajlo y a Vukan mientras dormían. Y lloró. Pero no lloró como había llorado durante los once años anteriores. Ya no eran lágrimas de culpa. Ni de miedo. Ni de desesperación. Eran lágrimas por un hijo perdido. Por un hijo amado. Por un hijo al que, al fin, había podido llamar suyo. Y cuando llegó el amanecer, el peso que había llevado durante más de una década ya no estaba allí. Porque algunas heridas nunca cierran.

Pero incluso las heridas eternas pueden encontrar, al final, la paz.

Dragan Milojković es un escritor serbio de fantasía. Es el autor de la épica saga fantástica Crónicas de Helma, que actualmente cuenta con cuatro libros publicados de los ocho anunciados. Sus relatos han aparecido en varias antologías colectivas, así como en un sitio web dedicado a difundir su obra. La producción literaria de Milojković se distingue por el uso de motivos étnicos, tradiciones populares y mitología eslava, a menudo entrelazados con ficción histórica. Además de escribir, también trabaja como ilustrador y diseñador de libros. Ha creado numerosas ilustraciones para portadas de libros, y su obra puede verse en su sitio web oficial: https://hronikehelma.com/art/, que también es uno de los principales portales para la promoción de la literatura fantástica a través de entrevistas con escritores de los Balcanes. Vive y trabaja en Montenegro, en Herceg Novi, en la costa adriática.

 

sábado, 20 de junio de 2026

EL SILENCIO

Heiko H. Caimi

 

Al principio creía que el silencio era una habitación. Un lugar apartado donde refugiarme cuando las voces del mundo se parecían demasiado al zumbido de las moscas cuando rondan la carne muerta.

Después comprendí que el silencio es una divinidad, una sustancia invisible que precede toda palabra y sobrevive a todas las lenguas.

Dios mismo, cuando creó el mundo, tuvo que desgarrar una inmensa extensión de silencio para hacer nacer la luz.

Y ese fue el primer pecado.

Yo, en cambio, he elegido devolver la creación a su condición original. No hablo desde hace once años, tres meses y diecisiete días. Dejé de hacerlo una mañana de invierno, frente a una mujer que me preguntaba si quería azúcar en el café. Recuerdo el vapor que ascendía de la taza como el alma de un animal sacrificado. Recuerdo sus labios moviéndose sin descanso. Y, sobre todo, recuerdo el horror repentino: cada palabra que pronunciaba era una herida infligida al cuerpo del universo. Y no era diferente cuando hablaba cualquier otra persona.

Desde entonces he custodiado el silencio como otros custodian reliquias u hostias consagradas.

Al principio me tomaron por un excéntrico. Mi madre lloraba. Mi hermano se reía. Los médicos tomaban notas en hojas blancas, con esa caligrafía nerviosa que tienen los sacerdotes de la ciencia. Uno de ellos me mostró imágenes del cerebro. Dijo que el lenguaje es necesario para el equilibrio psíquico.

Pensé que la sangre también es necesaria para la supervivencia y, sin embargo, los santos aprendieron a desangrarse por amor a Dios. Además, Dios también es mudo: nos gobierna, pero no nos habla.

Comencé a vivir mediante gestos mínimos. Una inclinación de cabeza para agradecer. Dos dedos levantados para pedir agua. La mirada baja cuando alguien exigía una respuesta. Privado de mi voz, el mundo se volvió lentamente más distante. Y en esa distancia finalmente vi su verdadera naturaleza. Los hombres hablan porque tienen miedo. Hablan en los bares, en los autobuses, en los hospitales. Hablan durante los funerales, junto a las tumbas todavía abiertas, mientras la tierra espera al muerto con la paciencia de los antiguos rituales. Hablan incluso durante el amor, incapaces de soportar el maravilloso silencio de los cuerpos. Las palabras son anzuelos lanzados contra el vacío.

Yo, en cambio, he elegido habitar ese vacío. Cada día, sentado en mi habitación, escucho la respiración de las paredes. Las tuberías vibran como órganos sumergidos. Las vigas del techo gimen suavemente bajo el peso de la noche, con la solemnidad de los tubos de un órgano atravesados por un aliento invisible. Y el latido de mi sangre contra los tímpanos adquiere la cadencia grave de una liturgia celebrada en las profundidades del cuerpo. Incluso el polvo posee un sonido, una especie de lento crepitar cósmico.

El silencio no es ausencia. Es un continente inmenso que los hombres cubren con charlas por miedo a precipitarse en él. Con el paso de los años mi cuerpo ha cambiado. La voz, sin uso, se ha retirado a algún rincón del pecho como un animal herido. Cuando intento toser percibo un estertor cavernoso, como si perteneciera a otro ser enterrado dentro de mí. La propia lengua se ha vuelto pesada, inmóvil como una reliquia guardada tras un cristal. También he dejado de escribir. La escritura no es más que una forma más lenta de ruido. Ahora vivo rodeado de cuadernos vacíos. Los abro cada noche y contemplo sus páginas en blanco. Son las verdaderas escrituras sagradas: textos todavía inmunes a la contaminación del significado. A veces permanezco horas enteras frente a una hoja intacta. Me parece estar contemplando el rostro de Dios antes de la creación.

La gente del barrio ha comenzado a evitarme. Algunos niños me siguen por la calle haciéndose la señal de la cruz. Una mujer me llamó «el monje de la nada». No ha entendido nada.

La nada sigue siendo una palabra.

Yo sirvo a algo que viene antes.

Una noche soñé con una catedral inmensa construida enteramente de silencio. No había muros ni altares ni imágenes sagradas. Y, sin embargo, sentía su presencia cerniéndose sobre mí como una montaña. En el centro había una figura sin rostro. Comprendí de inmediato que era Dios. No hablaba. Ninguna revelación. Ningún mandamiento. Solo aquella presión absoluta e insoportable, semejante a los abismos marinos. Me desperté llorando.

Desde entonces sé que el Paraíso no estará hecho de coros angelicales. Esas son fantasías inventadas por los hombres para hacer soportable la eternidad. El verdadero Paraíso será un silencio tan vasto que borrará incluso el pensamiento de uno mismo.

De vez en cuando la tentación regresa. Ocurre sobre todo en los mercados, en los lugares concurridos, cuando el murmullo humano se convierte en un pantano que trepa por las piernas. Entonces siento nacer en mi garganta el deseo monstruoso de gritar. Una sola palabra bastaría para romperlo todo. Una blasfemia. El nombre de mi madre. Cualquier cosa. Sería como escupir dentro del tabernáculo. Resisto apretando los dientes hasta hacerlos sangrar. Porque he comprendido una verdad que los hombres rechazan desde hace milenios: el lenguaje no sirve para comunicar, sino para ocultar. Cada palabra añadida al mundo aleja las cosas de su esencia. Los árboles se asfixian bajo el nombre de «árbol». El mar queda encarcelado dentro de la palabra «mar». Incluso Dios, desde que los hombres lo nombran, se ha vuelto más pequeño. Yo intento liberarlo. Cuando muera, nadie conocerá mis últimas palabras. Eso me llena de alegría. Imagino al médico inclinado sobre mi cuerpo, a los familiares esperando una frase definitiva, una confesión, una señal. Y, sin embargo, encontrarán únicamente mi boca entreabierta, semejante a una puerta abierta sobre el desierto. Solo entonces comprenderán que mi silencio no era una renuncia, sino una plegaria.


Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

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