Petra Coret
El arroyo
centelleaba plateado. En sus orillas, arañas negras tejían sus telas entre las
ramas de los arbustos. Las hojas de allí todavía estaban verdes, a diferencia
de las de los árboles que se alzaban por encima. Lentamente, el amarillo
revoloteaba hacia abajo para fundirse con la alfombra marrón. No había rojo. Ni
rojo de bayas, ni rojo de petirrojos, ni el suave rojo amarillo anaranjado del
atardecer.
Quizá más tarde. Todavía no lo
había decidido.
Enjuagó el pincel, lo dejó
cuidadosamente a un lado y se quitó el delantal. El rojo tendría que esperar.
Primero debía preparar la comida.
Isobel arrastró los pies hasta su
modesta cocina. Vaciló un instante.
—Hoy bastará con la cacerola más
pequeña —dijo, sin dirigirse a nadie en particular.
Apenas consiguió contenerse para no
mirar el rincón vacío donde antes había estado la cesta.
«Eres demasiado vieja para volver a
tener un perro.»
Eso decía su sobrina. Pero ¿qué
significaba ser vieja? Cerró los ojos y evocó la imagen de Bobbie, el perrito
blanco y negro que la había acompañado durante los largos años transcurridos
desde la muerte de Thierry. Casi podía oír el golpeteo de sus patas sobre las
baldosas.
No. Tenía que ser fuerte.
Después de cenar se dejó caer,
cansada, en su sillón favorito. Y, como siempre, se quedó dormida a mitad de
las noticias. Un par de horas más tarde, un anuncio publicitario la despertó
bruscamente. ¿Por qué esas cosas tenían siempre un volumen tan alto? En
cualquier caso, era hora de irse a la cama.
Un día como cualquier otro.
En Escocia, en
octubre, había squalls. Eran aguaceros helados que caían casi horizontalmente.
Su chaqueta era demasiado fina y había olvidado llevar una bufanda abrigada.
Sin embargo, las miradas amorosas del hombre que estaba a su lado compensaban
cualquier incomodidad. La naturaleza era de una belleza cautivadora. Salvaje e
intacta, como las cascadas que rugían bajo el pequeño puente.
Isobel despertó con
una sonrisa en el rostro.
Algún día regresarían a aquel
lugar, pero con mejor tiempo. Nunca habían podido hacerlo.
De camino al baño pasó junto al
pequeño cuadro en el que estaba trabajando. Seguramente no era perfecto, pero,
en fin... Una pequeña pelota roja descansaba en la orilla, junto al arroyo.
Solo después de desayunar y
recogerse su largo cabello gris se dio cuenta de que había algo extraño.
Arrastró los pies hasta el caballete y volvió a mirar los tubos de pintura.
El tubo rojo seguía cerrado, sin
usar. Y, sin embargo, allí estaba aquella pelota roja. Volvió a limpiar sus
gafas. Allí estaba. Una pelota roja. Extraño. Ella no la había pintado,
¿verdad? Se encogió de hombros. Seguramente estaba equivocada.
Más tarde ese mismo día llegó
Margje, la asistenta doméstica. Como de costumbre, traía toda clase de
comentarios y críticas sobre la forma en que Isobel organizaba su vida y su
pequeño apartamento. Isobel solía ignorarla. Seguramente lo hacía con buena intención.
Pero esta vez empezó a quejarse del caballete, que estuvo a punto de derribar con
la aspiradora. Después de que Isobel gritara un brusco «¡Cuidado!», Margje
respondió que entonces no debería dejar aquel trasto allí. ¿Y por qué no tenía
una afición normal, como tejer, hacer ganchillo o bordar? Algo que ocupara
menos espacio.
Isobel se guardó el comentario de
que, al parecer, Margje también quería que ella, por ser anciana, ocupara menos
espacio. En cambio, respondió que, según su médico de cabecera, probar algo
nuevo era precisamente bueno para mantener el cerebro en forma, y que ya había
tejido y hecho suficiente ganchillo en su juventud. Y en cuanto al bordado, las
pruebas colgaban de las paredes en forma de diversos trabajos enmarcados.
No mencionó que sus manos ya no
servían demasiado para realizar labores tan delicadas.
Margje comprendió que había ido
demasiado lejos e intentó compensarlo con un elogio.
—Esos cisnes te han quedado muy
bien. Parecen reales. No sabía que también había cisnes negros ni que tuvieran
el pico rojo.
Isobel volvió a limpiar
cuidadosamente sus gafas.
En el cuadro había dos majestuosos
cisnes negros de picos rojos navegando por el arroyo.
¡Ella no había pintado ningún
cisne!
No lo dijo. No quería que Margje
pensara que se estaba volviendo loca. Otra cosa que no recordaba. Igual que
aquella pelota roja.
¡Que ahora ya no estaba!
Después de que Margje se marchara,
la anciana se acercó mucho al cuadro. Dos cisnes negros sobre el arroyo y
ninguna pelota roja. Tocó el lienzo en el lugar donde estaban los cisnes.
La pintura estaba seca.
Durante el resto de aquella tarde
de martes, Isobel volvió a estar sola. Se sentó frente al caballete y pensó qué
más podría pintar en la escena del lienzo. Cerró los ojos e intentó recordar
qué otras cosas habían sucedido durante aquellas vacaciones.
Habían pasado la mayor parte del
tiempo en Edimburgo. En el castillo y recorriendo las calles antiguas. Había
decidido deliberadamente no elegir eso para su primer cuadro. Tendría que haber
pintado personas, y no se le daba demasiado bien. Por eso había plasmado en el
lienzo el recuerdo de aquella excursión.
El viaje en autobús había sido
largo y agotador. Sobre todo para su marido, cuyas largas piernas apenas cabían
en el asiento. Pero allí había visto montañas de cerca por primera vez, y
aquellas cascadas también eran inolvidables. Durante un rato habían estado
solos. Sin los demás pasajeros.
Y aquel día cumplían exactamente
quince años de casados.
Él había sacado un anillo de un
bolsillo oculto de su chaqueta. Un anillo que ella todavía llevaba. Un anillo
de oro con una piedra roja. Él sabía que le gustaba el rojo.
Oh, cuánto lo echaba de menos. Su
sonrisa torcida cuando la miraba. La calidez que irradiaban sus ojos marrones.
El hoyuelo de su barbilla.
Isobel suspiró. Thierry...
Cuando volvió a abrir los ojos, los
cisnes habían desaparecido. Claro. De no ser porque Margje también los había
visto, habría pensado que realmente se estaba volviendo loca. Se levantó y
arrastró los pies hasta la ventana. La intensa lluvia de las últimas semanas
cubría con un velo el mundo exterior. No faltaba mucho para que los árboles
perdieran también las últimas hojas y quedaran pocos colores aparte de un gris
desvaído, azul y negro. En su juventud había vivido en una calle con cerezos
japoneses. En primavera se cubrían de una exuberancia de flores de color rosa
oscuro y, en otoño, de cálidas hojas rojas. Siempre conseguían alegrarla. El
ayuntamiento los había talado porque no querían árboles exóticos en los Países
Bajos. Más tarde los sustituyeron por unos troncos delgados, con unas pocas
hojas dispersas que no alegraban a nadie.
Regresó al cuadro. Esta vez no
había cambiado nada. Se concentró en la pequeña cascada. Salpicaduras blancas
sobre el azul. Pequeñas piedras desgastadas por el agua. Ramas y hojas
arrastradas por la corriente. Se preguntó adónde iría aquella agua. ¿Al mar?
La casa estaba silenciosa. Ni
siquiera la radio ayudaba. Había gente hablando, sí, pero no hablaban con ella.
Quizá debería tener otra mascota después de todo. Un perro no, porque había que
sacarlo a pasear. Y con sus piernas maltrechas no podía hacerlo demasiado bien.
¿Un pájaro, entonces? O dos. Juntos y felices en una jaula. Una tía suya había
tenido agapornis. Lovebirds, los llamaban en inglés. Los dejaba volar
regularmente por la casa y se posaban junto a ella para picotear la fruta que
estaba comiendo. Unas criaturitas encantadoras.
Su sobrina le había recomendado
asistir a los encuentros matutinos que organizaban en el edificio. Había ido
una vez. No se había sentido a gusto. La gente, en su mayoría mujeres mayores,
hablaba de cosas que no le interesaban y jugaba a juegos aburridísimos de
tiempos inmemoriales. No era para ella. Podía mantener conversaciones más
profundas con la cajera del supermercado. Eso le recordó que tenía que pedir la
compra. A diferencia de otras personas de su edad con las que a veces hablaba
en el ascensor, Isobel poseía suficientes conocimientos digitales para realizar
operaciones bancarias por su cuenta y encargar por internet las cosas que
necesitaba. No podía ser de otra manera habiendo tenido un marido que trabajaba
en informática.
Pedía las compras pesadas y
aquellas cosas que necesitaba pero por las que no tenía ganas de ir hasta una
tienda. Así, cuando salía, podía limitarse a visitar los establecimientos
agradables. Como las librerías.
Decidió pedir también un poco de
vino. Estando sola no bebía demasiado, pero de vez en cuando resultaba
agradable. Y especialmente durante aquellos días sombríos, una copa de chianti
acompañada por un bombón de chocolate podía ser muy reconfortante.
Volvió a la pintura. El pequeño
puente aún requería algunos retoques; la madera parecía demasiado nueva. Con
cuidado, pintó unas cuantas vetas tenues en la barandilla. Sus dedos
envejecidos temblaban ligeramente, pero eso no importaba. Logró no emborronar
el pajarillo rojo. Contempló su obra con satisfacción. El pajarillo rojo le
devolvió la mirada.
¿Qué?
Retrocedió con el taburete y todo. ¿De
dónde había salido aquello?
Tomó el tubo rojo y lo abrió. No
faltaba pintura. Hundió el índice en ella y tocó con él una esquina del cuadro.
Era casi del mismo color que el pájaro. Pero, aparte del hecho de que ella no
había pintado aquel pájaro –al menos hasta donde podía recordar–, parecía tener
un ligero matiz verdoso.
Estaba ocurriendo algo extraño. Eso
estaba claro. Miró el retrato de su difunto esposo que estaba sobre el
escritorio. Era la última fotografía que conservaba de él. Las pinturas y el
caballete –junto con todos los accesorios– habían sido el último regalo de
cumpleaños que él le había hecho.
Poco después, él enfermó y, tras su
última estancia en el hospital, falleció en su cama, en casa. El caballete, las
pinturas y todo lo demás se habían empaquetado y trasladado a aquel apartamento
de residencia asistida cuando la casa resultó demasiado grande para una mujer
mayor. Apenas la semana anterior había terminado de desembalar la caja.
—Thierry, ¿qué has hecho?
El hombre de la fotografía la
miraba con su habitual sonrisa pícara y no decía nada. Isobel estaba convencida
de que, de algún modo, él era el responsable de los extraños sucesos, después
de todo. Algo totalmente irracional, por supuesto. Pero a lo largo de su vida
juntos, él siempre había sido quien la hacía reír, de una forma u otra. ¿Era
aquello su idea de una última broma?
Después de cenar, Isobel se sentó
ante el escritorio macizo que había pertenecido a su marido. Había insistido en
llevárselo a su nueva casa, a pesar de que ocupaba bastante espacio. Abrió el
portátil y esperó el enlace que la conectaría con su hija en Estados Unidos. A
su parecer, aquello era lo único bueno que había surgido de la época del
coronavirus. Un viaje a Estados Unidos resultaba caro y agotador a su edad;
ahora, sin embargo, podía ver y hablar con su única hija todas las semanas.
Y con su nieta, por supuesto. Aquel
pequeño milagro. Ambas lo eran, en realidad. Había sucedido durante el viaje a
Escocia. Tras un largo periodo de incertidumbre y un diagnóstico que
simplemente no llegaba a ser positivo, por fin había concebido pasados los
cuarenta años. Valerie, su hija, había pasado más o menos por la misma
experiencia; ella también había tenido a su hija a una edad avanzada.
Valerie y Steve, su marido, se
turnaban para hablar. Comentaron detalles sobre su nueva casa y el jardín que
planeaban acondicionar, sobre las elecciones y, por supuesto, sobre los
tornados que azotaban el país. Isobel, a su vez, habló de la lluvia que llevaba
semanas cayendo y del cuadro en el que estaba trabajando; incluso apartó el
portátil un momento para mostrarlo.
—Es precioso, abuela —dijo una
vocecita. En la pantalla apareció la coronilla de una cabeza con pequeñas
trenzas castañas. La niña se subió al regazo de su madre y enseguida empezó a
parlotear en su habitual mezcla de inglés y neerlandés.
Ella también había estado pintando:
un dibujo de un conejo. Mostró su peluche –el mismo que Isobel le había
regalado, con el pequeño chaleco y los calcetines que ella misma había tejido–;
Joyce y aquel peluche eran inseparables.
La niña no paraba de hablar y
saltaba rápidamente de un tema a otro: el colegio, la visita al zoo, los loros
y la próxima fiesta de Halloween. ¿Y seguro que la abuela vendría por Navidad
este año? La echaba mucho de menos.
La conversación llegó a su fin
cuando Steve tomó a la niña en brazos y dijo que la abuela ya tenía que irse a
dormir.
Justo antes de colgar, Valerie miró
a Isobel con preocupación.
—Mamá, ¿te llamo mañana?
—No, cariño, estaré bien.
Más tarde, cuando
estaba acostada, comprendió por qué Valerie le había hecho aquella pregunta. Al
día siguiente, ella y Thierry habrían cumplido cincuenta y cinco años de
casados. Isobel volvió a darse la vuelta. Por lo que a ella respectaba, seguían
casados. Su marido simplemente estaba... un poco más lejos. A veces, demasiado
lejos... Tomó la almohada que descansaba en el lado de la cama que había
pertenecido a él y la abrazó con fuerza.
Durmió y soñó. Cada
vez más atrás en el tiempo.
Los últimos días en el hospital,
sentada junto a su marido, que yacía conectado a una inquietante cantidad de
tubos y cables.
—Prométeme que después no estarás
demasiado triste. Quiero que seas feliz.
Después, las numerosas cenas en
aquel pequeño restaurante del barrio. Sin importar lo que apareciera en el
menú, ella siempre elegía lo mismo. Por mucho que Thierry se burlara. Luego, la
boda de su hija con aquel hombre al que ellos también habían aprendido
rápidamente a querer, pese a que se la llevaría muy lejos, al país situado al
otro lado del océano. Y antes de eso, las numerosas vacaciones en la playa o en
los bosques, en aquel viejo automóvil que Thierry reparaba constantemente
porque siempre se averiaba. La niña jugando al borde de la carretera mientras
esperaban el servicio de asistencia.
Otra escena en el hospital: Thierry
sosteniendo en brazos a su hija recién nacida como si fuera el mayor tesoro de
la Tierra. Que, naturalmente, lo era. Y, por último, aquellas vacaciones en
Escocia que lo habían cambiado todo.
Despertó en una
casa fría.
Isobel dudó si encender la
calefacción. El gas estaba muy caro últimamente. Y todos aquellos expertos
medioambientales de los medios de comunicación no paraban de hablar de bombas
de calor, paneles solares y demás. Ella vivía en el séptimo piso; allí una
bomba de calor no serviría para nada. Y por ella podían llenar todo el tejado
de paneles solares, pero como simple inquilina no tenía ninguna autoridad sobre
eso. Buscó automáticamente aquella bonita bufanda roja que había comprado en
Escocia.
Ah, sí. Se había perdido durante la
mudanza. Su hija le había dicho que simplemente encargara otra. Como si fuera
tan sencillo.
Decidió desayunar panqueques.
Después de todo, era una especie de celebración. Aunque fueran del microondas. La
cafetería quedaba demasiado lejos y, además, estaba lloviendo. Y prepararlos
ella misma... ¿Para una sola persona? Eso no tenía nada de festivo. A pesar de
todo, los panqueques estaban bastante buenos. Recién hechos habrían sido
mejores, por supuesto, pero, en fin. El año siguiente, cuando hiciera mejor
tiempo.
Terminó el último bocado justo a
tiempo. Sonó el timbre. Un joven pecoso le entregó la caja de vino que había
encargado. Le dio una generosa propina porque era un día de celebración. Colocó
todas las botellas menos una en el botellero. La última era para aquella noche.
Y para la noche siguiente. Y la siguiente. Porque, estando sola, no iba a
terminarla tan rápido.
Mientras tanto, volvió a sentarse
frente al cuadro. En conjunto, estaba bastante satisfecha con su trabajo. Pensó
que, en realidad, no había ninguna razón para no tomarse ya una copa. Isobel se
levantó y, al darse la vuelta, alcanzó a ver una bufanda roja a cuadros colgada
sobre el pequeño puente. Decidió dejar de preocuparse por aquella clase de
alucinaciones. Necesitaba unas gafas nuevas.
Eso era todo.
Y, efectivamente, cuando regresó,
la bufanda había desaparecido.
Esta vez trabajó en las copas de
los árboles y en los retazos del cielo de octubre que se veían entre ellas.
Había hecho buen tiempo aquel día. No volvió a llover hasta la mañana
siguiente. El castillo había sido hermoso, al igual que las callejuelas antiguas.
La vieja iglesia era impresionante, los museos abrumadores y la comida
deliciosa.
Sin embargo, en sus recuerdos,
aquel había sido el día más hermoso de todos.
Continuó trabajando con esmero.
Nadie la molestó. El día transcurrió más rápido de lo previsto y la oscuridad
comenzó a caer lentamente. Se dio cuenta de que, en realidad, tenía hambre.
Sacó cuidadosamente todos los
ingredientes de su plato favorito y empezó a prepararlo. Durante un momento se
preguntó por qué añadía aquellos champiñones. Era algo que a Thierry le gustaba
comer. A ella no le desagradaban, pero tampoco los necesitaba. Costumbre,
probablemente. Había preparado tantas veces aquel plato con champiñones que sin
ellos ya no parecía completo. Además, así Thierry estaba un poco con ella.
El vino combinaba muy bien con la
comida y quizá bebió más de lo que había pensado. De cualquier modo, después
del postre volvió a sentarse un rato frente al cuadro con la copa de vino a
medio terminar. Una rosa roja descansaba sobre el puente.
Y un poco más allá había otra. Y
más lejos, una tercera. Y así, una tras otra.
Eran las mismas rosas que Thierry
le había regalado todos los años. Una por cada año de matrimonio. Al final
había necesitado dos jarrones para colocarlas.
Extendió hacia ellas la mano
izquierda.
—Oh, amor mío. Mi queridísimo
amor...
Una voz masculina
resonó en el vestíbulo cuando se abrieron las puertas del ascensor.
—¿Estás segura de que fue buena
idea traer a la pequeña?
—¿Habrías preferido dejarla sola en
la habitación del hotel? —respondió una voz femenina.
Las cintas policiales que rodeaban
la puerta ya habían sido retiradas. La cerradura nueva relucía ante los
visitantes. Los daños en el marco de la puerta eran prácticamente invisibles.
El encargado del edificio había hecho un buen trabajo.
Con cierta vacilación, la mujer
introdujo la nueva llave en la cerradura y abrió la puerta.
Había polvo. Naturalmente. Hacía
meses que nadie entraba para limpiar. Por lo demás, todo estaba más o menos
como lo había descrito el policía. Los cubiertos y los platos estaban lavados
sobre la encimera, aunque todavía no habían sido guardados. Los investigadores
se habían llevado la copa de vino rota para examinarla, y la gran mancha roja
bajo el caballete y el taburete seguía allí. Los investigadores habían
determinado que era pintura. No sangre.
—¿La abuela viene ahora? —preguntó
la niña, llevando, como siempre, su conejo de peluche entre los brazos.
Antes de que su madre pudiera
detenerla, echó a correr alegremente por el pequeño apartamento. Se quedó un
momento junto a la ventana, mirando hacia afuera. Las flores de los árboles
estaban casi marchitas.
La policía había tardado bastante
tiempo en llegar a la conclusión de que, en realidad, no sabía qué había
sucedido. Ni exactamente cuándo había sucedido. El mensajero había entregado el
vino el miércoles, pero al día siguiente el repartidor del supermercado se
había encontrado con la puerta cerrada. El martes siguiente había pasado la asistenta
doméstica, pero no encontró a la señora Gravestein en casa. Tampoco había
ninguna nota indicando adónde había ido, como solía dejar algunas veces. Al día
siguiente, Valerie había llamado en vano. Y llamado. Y llamado de nuevo. Y
después... Aquella era una época en la que prefería no pensar. Se sentía
inmensamente culpable por no haberla visitado con mayor frecuencia. Sobre todo
durante aquellos últimos meses. Pero tenía muchísimo trabajo y el vuelo era muy
caro.
Y así había muchas razones para no
ir.
Steve la abrazó para consolarla.
Sostenía un tubo de pintura en la mano.
—¿Qué es eso?
—Estaba en el suelo. Pintura roja.
Alguien debe de haberlo pisado porque está completamente vacío.
Señaló la mancha roja sobre el
suelo laminado.
—Pero no hay huellas...
—Ya...
También era una marca extraña.
Valerie nunca había oído hablar de ella.
Conte de fées.
—¡Mamá, mira! ¡La abuela! —gritó la
pequeña Joyce, señalando el cuadro.
Valerie abrazó a su hija.
—Sí, cariño. Nosotros también
echamos de menos a la abuela.
—¡No! ¡Mira! Allí, allí está la
abuela.
Valerie miró el cuadro detrás de su
hija. Sintió un frío helado.
Era el paisaje boscoso que su madre
le había mostrado la última vez que hablaron. Un perrito blanco y negro, con
una pelota roja en la boca, estaba sentado sobre el pequeño puente. Estaba
completamente segura de que un momento antes no estaba allí.
Pero no fue eso lo que hizo que la
sangre pareciera congelársele en todo el cuerpo. Al final del sendero que
partía del puente se distinguían las siluetas de un hombre y una mujer
estrechamente abrazados. Tampoco habían estado allí un momento antes. La mujer
llevaba un ramo de rosas rojas entre los brazos.


