martes, 18 de agosto de 2026

RASTRERO

Petra Coret

 

Con una irritación cada vez mayor, contemplaba a la negra criatura zumbadora que estaba sobre su cabeza, en la ventana. Trepaba sin cesar. ¿Por qué hacían eso esos bichos? De vez en cuando levantaba vuelo y volvía a golpearse obstinadamente contra el cristal. Animal estúpido. La ventana contigua, por la que había entrado, para colmo, estaba abierta. No le costaría nada salir por allí. Regresar al lugar al que pertenecía. Bicho asqueroso.

Moira sabía por experiencia que no podía alcanzarlo. Incluso ahora, de puntillas sobre la silla tambaleante, le resultaba imposible atrapar, aplastar y matar a aquella repugnante alimaña. Ni siquiera si saltaba. Cuánto detestaba a esos bichos.

Últimamente había muchas otras cosas que la irritaban. La silla sobre la que estaba, por ejemplo. Su silla favorita. Prácticamente destrozada por el mal comportamiento de alguien. En el pasado había permanecido sentada allí durante horas, contemplando el exterior a través de una de las tres ventanas altas y alargadas de la torre. Cuando se ponía de pie sobre la silla, como ahora, alcanzaba a ver el jardín de hierbas situado al fondo del patio amurallado.

Cuando el Maestro todavía estaba sano, no hacía tanto tiempo, disfrutaba trabajando allí. Quitaba las malas hierbas, regaba, plantaba y cosechaba. A veces ella lo acompañaba. Había un lugar sobre el muro bajo donde le gustaba sentarse a tomar sol. Mientras trabajaba, él le hablaba de toda clase de cosas. A ella le encantaba el sonido de su voz.

Pero desde la llegada del nuevo aprendiz todo había empezado a salir mal. Para comenzar, no entendía por qué el Maestro había aceptado a otro discípulo. El Maestro lo sabía. Había intentado explicárselo. Sentía que se aproximaba su final y alguien tendría que sucederlo. Le preocupaba quién cuidaría de ella cuando él ya no estuviera.

¡Pfff! Ella no necesitaba tantos cuidados. Podía arreglárselas perfectamente sola. Naturalmente, no sería tan agradable y tendría que acostumbrarse, pero, en principio, no necesitaba a nadie.

Y también estaba la guerra. Una guerra estúpida entre personas estúpidas. A veces oía los cañonazos en la distancia. Parecían acercarse cada vez más. Por fortuna, la torre estaba protegida. El Maestro se ocupaba de ello. Él y su medallón.

Ahí iba otra vez aquel condenado bicho. ¡Zum, zum! ¡Pum, pum! Maldita criatura descerebrada.

Igual que el aprendiz. ¿Cómo se le había ocurrido al Maestro aceptar precisamente a ese? Un joven larguirucho y lleno de granos, con la nariz siempre húmeda, que aspiraba los mocos ruidosamente a cada momento. Era viscoso. Eso era. No le agradaba. Si al menos hubiera sido alguien como Leon, que era verdaderamente amable. Y respetuoso. O como Aline, que comprendía que Moira era más importante que ella. Pero ¿ese Ricardo?

Ella estaba presente cuando visitó la torre acompañado por su padre. El barón Radolfo. ¿O era Rudolfo? ¿Ludolfo? Bueno, algo parecido. En cualquier caso, se creía muy importante. Vestía prendas confeccionadas con telas costosas y uno de esos ridículos cuellos redondos de encaje. Y usaba mucho perfume. Apestaba. A pesar del perfume, no gracias a él. ¿Cuándo se habría bañado por última vez? Debía de haber sido años atrás. Su hijo no era mucho mejor.

El moscardón trepó un poco más. Por un instante pareció que encontraría la ventana abierta. Fue una falsa alarma. ¿Por qué pensaba ese animal que, si repetía siempre lo mismo, obtendría un resultado diferente? Aunque, bien pensado, la mayoría de las personas eran exactamente iguales. Y si al menos escucharan… Hablaban muchísimo, pero escuchar… No, eso no. Y eso era precisamente lo que tampoco hacía Ricardo.

Tenía talento. Moira lo admitía. El Maestro también lo había visto. Pero el talento por sí solo no era suficiente. Debía practicar. Y seguir las instrucciones. Obedecer. No, el talento por sí solo no convertía a nadie en mago. Y todavía era demasiado pronto para los grandes hechizos que tanto deseaba dominar.

A diferencia del nuevo aprendiz de hechicero, Moira conocía el orden correcto de las cosas para alcanzar el nivel de un Maestro como el suyo. Después de todo, había estado a su lado durante la formación de los diez u once discípulos anteriores. Uno había sido enviado de regreso a su casa porque no poseía las condiciones necesarias. Otro se había marchado por voluntad propia. Ninguno de los dos había sido tan obstinado, perezoso y arrogante como Ricardo.

¿Qué se creía? Convertirse en mago llevaba años. Se necesitaban concentración, dedicación, inteligencia y humildad. Sí, sobre todo esto último. Un aprendiz de hechicero debía comprender todo lo que todavía ignoraba y dedicar tiempo y esfuerzo a aprender a aprender.

¡Practicar! ¡Practicar! ¡Practicar! Y escuchar al Maestro. No hacer lo que hacía Ricardo.

Aquella misma mañana había preparado el desayuno. Apenas era capaz de hacer eso. Para Moira había dejado un cuenco de leche y, a su lado, un plato con los restos del pollo del día anterior. ¡Leche! ¿Acaso no había oído nada de lo que había dicho el Maestro? Moira no bebía leche. La enfermaba. Ni siquiera le gustaba. Frunció la nariz al recordarlo.

En ese momento la cocina estaba vacía. Nadie podía verla. Por lo tanto, dirigió un hechizo sencillo hacia el cuenco. Magia simple, que fluyó directamente desde su cerebro, atravesó el éter y alcanzó la leche.

El cuenco emitió una luz verde. Verde como sus ojos. Olfateó la leche una vez y luego otra, pero ni siquiera su agudo olfato pudo detectar veneno. Sin embargo, según el hechizo, estaba allí. Y, lo que era aún peor, también estaba en el pollo.

Después de lanzar un segundo encantamiento sobre la leche y el pollo para depositar la sustancia venenosa en algún lugar donde no pudiera causar daño, corrió hacia la habitación del Maestro. La puerta estaba cerrada con llave. Eso ya era extraño, pero no existía ninguna cerradura en la torre capaz de detenerla. Después de todo, la torre la conocía.

El Maestro dormía en la cama. Junto a él estaba la papilla que Ricardo había calentado. Al lado había una cuchara. Moira repitió su sencillo hechizo y descubrió el mismo veneno en la papilla. Más débil, mucho más débil, pero estaba allí. La cuchara se encontraba limpia y no había sido utilizada.

¿El Maestro habría descubierto el veneno por sí mismo? ¿O estaba demasiado débil para comer sin ayuda? Moira decidió que, desde ese momento, siempre estaría presente cuando Ricardo le llevara comida. También hizo desaparecer la papilla y, recurriendo a su memoria, conjuró en el cuenco un aromático caldo de pollo. Aline le había enseñado a prepararlo y le había dicho que era un plato excelente para las personas enfermas. No es que el Maestro tuviera gripe ni nada semejante. Principalmente, era viejo.

Probó un poco del caldo. Sabroso, con especias, pero no demasiado fuerte. Lanzó otro hechizo sencillo para mantenerlo caliente hasta que el Maestro lo bebiera y un tercero para impedir que alguien añadiera algo. La magia despertó parcialmente al Maestro. Él le sonrió con los ojos entrecerrados y le acarició la cabeza. Después volvió a dormirse.

¡Por fin! La estúpida mosca había dejado de zumbar. Ahora estaba posada sobre la ventana, limpiándose la cabeza con las patas delanteras. Todavía demasiado arriba para alcanzarla. A menos que saltara. Era arriesgado. Pero mientras tensaba los músculos vio aquello que había estado esperando.

Abajo caminaba aquel mentiroso y holgazán. Se dirigía hacia la puerta del jardín. El sirviente que le llevaba todos los días una cesta con comida había llegado justo a tiempo.

En teoría, Ricardo era responsable de las comidas. Sin embargo, cocinar no era uno de sus puntos fuertes. Peor aún: lo consideraba indigno. Preparar la comida le parecía humillante, a pesar de que él mismo había prometido cumplir todas las tareas correspondientes a su posición de aprendiz.

Naturalmente, el Maestro sabía cocinar. Y Moira también era capaz de preparar algo comestible. Pero lo que el estúpido aprendiz no comprendía era que el arte de la cocina y el arte de la magia estaban estrechamente relacionados. Se aprendía a cocinar mediante la práctica, siguiendo fielmente una receta y ejecutando paso por paso aquello que estaba indicado. Lo mismo ocurría con la magia. Si no se hacían las cosas en el orden correcto o no se añadían los ingredientes en las cantidades adecuadas, se emprendía el camino hacia el desastre. Solo más adelante, cuando se comprendía el mecanismo, se conocían los matices y se había practicado lo suficiente, era posible apartarse de la receta. Todo requería tiempo.

A menos que uno fuera un genio, y Ricardo definitivamente no lo era.

Con ese pensamiento, Moira saltó de la silla y corrió tan deprisa como pudo hacia la habitación del aprendiz. No disponía de mucho tiempo. Subió velozmente, de tres escalones por vez, y se detuvo de golpe ante la puerta. La magia que recorría todo su ser rozó con suma delicadeza la madera.

Olfateó. La puerta no solo estaba cerrada con llave —eso ya lo esperaba—, sino que también tenía una trampa mágica. Una trampa desagradable, concebida para matar. Que realmente fuera capaz de hacerlo era discutible. Estaba construida con bastante torpeza.

Moira fijó sus ojos mágicos en la pared contigua a la puerta. Una gran sonrisa apareció en su rostro. Ricardo había cometido el mismo error que tantos otros. Había protegido la puerta, pero no la pared. Por lo tanto, Moira pronunció mentalmente una pequeña Palabra y atravesó el muro.

Ordenar. Otra tarea que el aprendiz no dominaba. La habitación era un desastre. La ropa permanecía arrugada en el suelo, exactamente donde se la había quitado, mezclada con toda clase de basura. Su sensible olfato protestó. Moira se recordó que no había ido allí por eso. Y que no disponía de mucho tiempo. Sus intensos ojos verdes examinaron cuidadosamente la habitación.

¡Allí! Debajo de la cama. El Maestro se habría enfurecido si hubiera sabido lo que había allí. Y de qué manera lo habían dejado. Era uno de sus libros de magia. A juzgar por su aspecto, uno que el imprudente Ricardo no tendría autorización para leer hasta mucho tiempo después. Lo había empujado brutalmente debajo de la cama, de modo que las páginas habían quedado arrugadas. Si el Maestro no estuviera tan enfermo… aquello significaría el final de su aprendizaje.

Pero ¿qué había estado leyendo aquel alfeñique? Por fortuna, Moira era pequeña y esbelta y veía perfectamente en la oscuridad, de modo que se deslizó debajo de la cama.

Alisó la página con cuidado. Mediante la magia, naturalmente; sabía que no debía tocarla. Mmm…

Una Palabra inexistente en el lenguaje humano cuyo significado era “combustión total instantánea”. ¿Por qué le interesaba eso a aquel bárbaro? Era un hechizo que incluso el Maestro prefería no utilizar. Solo lo hacía cuando no existía ninguna alternativa. Un encantamiento espantoso. Era necesario conocerlo únicamente para poder neutralizarlo. En este caso, haciendo que el hechizo se volviera contra quien lo pronunciaba. Así funcionaba.

Y Ricardo, según la opinión no demasiado modesta de Moira, era absolutamente incapaz de utilizarlo. Aunque podía comprender por qué deseaba tanto aprenderlo. Con aquella guerra desarrollándose en el exterior… Sin embargo, el Maestro expulsaría inmediatamente de la torre a aquel desgraciado si se enteraba. Si no estuviera enfermo. Era demasiado peligroso.

En cualquier caso, se trataba de un libro de hechizos muy poderosos. Más adelante se encontraba el encantamiento que ella misma había leído por accidente en una ocasión. El Maestro no sabía nada de eso. No es que hubiera querido engañarlo; por entonces estaba sentada en el alféizar mientras él hojeaba el libro. Ella tenía muy buena memoria. Además, la ilustración situada junto al hechizo era graciosa. Pero no podía quedarse allí mucho tiempo.

Salió de debajo de la cama polvorienta, atravesó la pared y se deslizó entre las sombras hacia la planta baja, justo cuando aquel sujeto viscoso subía ruidosamente por la escalera. Después de descender unos escalones, se detuvo.

Un momento. Algo no encajaba. Si el sirviente había traído la cena, ¿no debería estar abajo aquel parásito? Allí era donde debía llevar la comida. Entonces, ¿por qué subía? Incluso había pasado de largo ante su propia habitación. ¿Qué había más arriba?

¡El Maestro!

Moira giró de inmediato y corrió a toda velocidad hacia la habitación del Maestro. No aminoró el paso ante la puerta cerrada, sino que la atravesó directamente. Pasó disparada entre las piernas del aprendiz y saltó sobre la cama del Maestro.

—¡Animal estúpido! —gritó Ricardo—. ¿Cómo entraste? ¡La puerta está cerrada con llave!

Moira no respondió. Sus ojos se concentraron en la mano derecha del aprendiz y en la piedra que sostenía con fuerza. Siseó. Gruñó. Interpuso todo su cuerpo, aunque no fuera demasiado grande, entre su Maestro y el atacante.

—¿Realmente crees que puedes proteger a ese viejo? ¡Rastrera!

¡El rastrero eres tú! Pero Ricardo no la oía. Naturalmente que no. A diferencia de los demás aprendices, carecía de la capacidad de comprenderla. Eso debería haber sido una advertencia para el Maestro.

—¡Apártate y déjame acercarme! Él es demasiado viejo y débil. Y, además, demasiado cobarde. Alguien tendrá que hacerlo en su lugar. Pero no puedo hacerlo solo; necesito ese medallón. Si no quiere o no puede ayudarnos, tendrá que hacerlo otra persona. ¿Es que no lo comprendes?

Eso era demasiado. Nadie llamaba cobarde al Maestro. Era mayor que Ricardo, mayor que todos los habitantes de aquel país. Que casi todos. Moira también lo conocía desde hacía mucho tiempo. Y por esa razón comprendía perfectamente por qué el Maestro no había intervenido en aquella guerra absurda. Una guerra entre dos hermanos. Ahora entendía por qué el barón había ofrecido como aprendiz a su hijo menor.

El duque, su cuñado, había solicitado la ayuda del hechicero. Cuando este se negó, porque no quería agravar la guerra añadiéndole magia, habían ideado aquel plan. El medallón amplificaba la magia y ayudaba a concentrarla. En ese momento protegía la torre y la pequeña aldea circundante mediante una cantidad mínima de poder mágico.

Pero, como el miserable aprendiz no aprendía con suficiente rapidez y no tenía autorización para practicar encantamientos que pudieran resultar útiles en una batalla, habían decidido que sencillamente robaría el medallón. Entonces podría hacerlo todo y, quién sabía, quizá se volviera rico y famoso. Y poderoso.

Ricardo, el Gran Héroe. Archimago de los Cinco Ríos. Bien podría suceder.

Por fortuna para él, el Maestro había enfermado. Por desgracia para él, ella había descubierto el veneno y lo había neutralizado. ¡Los envenenadores eran repugnantes!

Moira intentó parecer tan grande como fuera posible. No permitiría que le hiciera daño al Maestro. Detrás de ella, este se movió. Los gritos debían de haberlo despertado. Sintió su mano sobre el hombro. Algo frío alrededor del cuello.

El gruñido que brotaba de su garganta se volvió más fuerte y amenazador. Cambió. Ella cambió. Ya era negra. Ya tenía dientes afilados y garras largas y agudas. El hechizo del libro adquirió forma en su mente. Moira creció. Nunca había podido emplear un encantamiento tan poderoso. Lo conocía y lo comprendía, pero jamás había poseído semejante fuerza mágica. Todos sus sentidos funcionaban ahora con una intensidad extraordinaria.

Ricardo retrocedió. La piedra mortal estuvo a punto de caer de su mano. Moira sabía ahora qué era: magia oscura. Comprada con sangre. Exactamente la clase de magia que el Maestro detestaba. Solo podía utilizarse una vez. Y provocaba adicción. Ese era el problema. Quien recurría una vez a esa clase de magia tenía que usar más. Tenía que hacerlo. El Maestro practicaba magia blanca.

—¡Bestia infernal! —gritó el joven al ver la nueva forma de Moira.

Se humedeció los labios y pronunció una Palabra. O, al menos, lo intentó. Moira saltó de la cama con un movimiento fluido y cayó sobre el muchacho traidor. Sus dientes se hundieron profundamente en su cuello y sus garras le desgarraron el vientre. Esta vez la piedra cayó al suelo.

Moira, convertida en una pantera negra, continuó mordiéndolo hasta que Ricardo dejó de moverse. Este abrió los ojos una vez más y su boca formó las primeras sílabas de la Palabra que había encontrado en el libro de su habitación. Moira pensó casi automáticamente en el contrahechizo.

Las dos corrientes de magia chocaron. Cada una luchaba por dominar a la otra. Moira opuso todo su ser a la furia y el odio del aprendiz. Él se resistió. Durante un instante pareció que habían llegado a un punto muerto. Pero la gata apoyaba las patas sobre la piedra desnuda de la torre, y esta acudió en su ayuda.

En pocos minutos la habitación se llenó de luz, una luminosidad cegadora que atravesó a Moira y se proyectó contra Ricardo. Se enroscó alrededor de su cuerpo como una cadena irrompible y penetró en su boca abierta. Ricardo se incendió. Unas llamas blancas lo envolvieron y de su garganta escapó un último grito sin palabras antes de que se deshiciera en cenizas.

Moira se lamió cuidadosamente las patas y se limpió el pelaje. Poco a poco recuperó la forma que siempre había tenido.

La de una elegante gata negra.

El Maestro susurró su nombre. Su voz sonaba temblorosa. Con dos saltos, Moira regresó a la cama. Algo frío y pesado colgaba de su cuello. El medallón. Se acostó para permitir que el Maestro se lo quitara.

—No, querida Moira. Mi fiel Moira. Me ha mantenido con vida durante bastante tiempo. Ha llegado el momento, el momento de partir. Quisiera… Ay, quisiera haber encontrado a alguien que pudiera cuidar de ti.

Cerró los ojos por un instante.

No importa. Puedo cuidar perfectamente de mí misma. Soy más fuerte de lo que crees.

—Y más inteligente —suspiró el Maestro—. Tú comprendiste hace mucho tiempo lo que yo no quería saber. Lo lamento.

No es necesario. Custodiaré esta torre hasta que llegue alguien digno de los tesoros que guarda.

—Lo sé.

El pecho del anciano subió y bajó unas cuantas veces más.

—Te quiero…

Después, silencio.

Moira apoyó la frente contra la de él.

Adiós, Maestro.

 

Más tarde.

Una columna de humo negro se elevaba verticalmente desde el patio de la torre.

En el escalón situado junto a la puerta del jardín, una gata de pelaje intensamente negro se lamía para limpiarse. La columna de jinetes se detuvo por un momento frente a la torre. Un hombre vestido con uniforme rojo comenzó a apuntar al animal con su mosquete. El hombre que cabalgaba a su lado lo sujetó del brazo.

—Los gatos negros traen mala suerte —protestó el tirador.

—Matarlos trae todavía más mala suerte —respondió el otro.

Ya no era joven y vestía una túnica con una larga capa. Desmontó con cansancio. Había sido un día muy largo.

—¿Todo está bien, Moira? —preguntó.

La gata levantó la cabeza. El hombre de la túnica se sobresaltó al ver el medallón que relucía alrededor de su cuello. Para él, y solo para él, irradiaba una luz sobrenatural. Aunque ella también debía de verla, pensó.

El Maestro ha muerto, Leon.

Había tristeza en su “voz”.

—Lo lamento. ¿Puedo hacer algo?

No. Custodiaré la torre hasta que llegue un nuevo Maestro.

—Comprendo. Hasta entonces, Moira. Será una tarea solitaria.

Moira asintió.

Leon, el mago, volvió a montar y ordenó a la columna que continuara la marcha.

Moira se quedó sola.

Como siempre. 

Petra Coret es una escritora neerlandesa que nació en Rijswijk (Zuid Holland) y reside en Zoetermeer. La autora dice de sí misma: Siempre me han interesado los idiomas, la historia y las historias que la gente cuenta sobre el mundo que les rodea. Esto me llevó a obtener una maestría en lengua y cultura griega y latina antiguas, y a escribir mis propias historias. Estas historias sobre mundos extraordinarios y gente común, o viceversa, se publican desde hace unos dos años. Y, si de mí depende, se publicarán más en los próximos años.

OTRA VIDA

Sucharita Dutta-Asane

 

Escribió su primera carta a Sameer un mes después de su muerte.

 

Querido:

Estoy aprendiendo a vivir sin ti. Hace un mes que moriste; me quedan tantos meses más por vivir.

Con amor, Anu

Sameer murió en un día de calor insoportable; la bala que terminó alcanzándolo llevaba el nombre de otro, pero él se interpuso en su camino. Eso fue lo que le dijeron. Nunca encontraron su cuerpo.

Esperó seis meses. Entonces, una noche, soñó.

Estaba de pie a la orilla de un arroyo, vestida con una falda de un verde esmeralda brillante y una banda azul, tan ligera como una gasa, cruzándole el pecho. Esperaba. El agua era transparente; un pez plateado cruzó velozmente ante ella y el brillo de sus escamas la deslumbró. Levantó la vista y allí estaba Sameer, en la orilla opuesta, entre juncos y margaritas silvestres, escribiendo en el aire con el índice. Ella extendió la palma para recoger las palabras que flotaban sobre él; cuando se enroscaron en su mano, la sumergió lentamente en el agua y la abrió. Las palabras se disolvieron y extendieron su blancura sobre el azul.

Cuando el sueño terminó, seguía dormida, abriendo y cerrando los puños. Al despertar, el agua y las palabras se habían retirado. La imagen de Sameer permaneció detrás de sus ojos hinchados.

Esperó.

Sameer se había evaporado de su vida, dejándola desolada, enamorada de un muerto, viuda, con el vientre vacío... No iba a perdonarle que hubiera muerto. No iba. No iba. No. No. No.

Entonces, una mañana, sonó el teléfono. Un timbre agudo, insistente.

Estaba preparando una taza de café mientras intentaba leer las noticias ya envejecidas del periódico; las palabras se arrastraban por las páginas como hormigas. Sin ganas de contestar, dejó sonar el teléfono hasta que el timbre empezó a irritarla.

—¿Hola?

Su voz sonó pequeña, reticente.

—¿Señora Guha?

—Sí.

—Llamo por su esposo...

Miró el reloj. Demasiado temprano para una llamada del banco.

—Lo siento, él...

—Está en el hospital...

Pero él estaba muerto.

 

Desde su asiento junto a la ventanilla observó cómo el cielo vacío se deslizaba lentamente y recordó las historias de fantasmas que había leído desde niña. Por una vez deseó que fueran ciertas. Que los fantasmas existieran. Que Sameer se le apareciera. Cualquier cosa era preferible a aquel vacío. Le escribió durante el vuelo.

 

Querido:

Dicen que moriste. Ahora parece que sigues vivo.

¿Habríamos podido imaginar un día como este cuando corríamos por aquella calle empapada de lluvia, cubriéndonos la cabeza con las bolsas de las compras? ¿Recuerdas cómo nos reíamos? Teníamos el cuerpo pegajoso por tanta lluvia y el piso resbalaba bajo nuestros pies. La tapicería de yute, de la que estaba tan orgullosa, quedó completamente húmeda por las bolsas que arrojamos sobre ella. ¿Recuerdas cómo terminamos desplomados en los brazos del otro y me dijiste que debías irte una semana? «Deja ese trabajo», te dije. «No hacen más que enviarte lejos.» «Gracias a ese trabajo podemos vivir en una casa como esta», respondiste. ¿Recuerdas cómo nos deslizamos hasta el suelo? ¿Cómo, en un solo movimiento, me inmovilizaste debajo de ti, me besaste hasta dejarme sin palabras y pusiste fin a todas mis réplicas? ¿Lo recuerdas?

Con amor, Anu

 

El hospital estaba muy lejos del aeropuerto y el tráfico era denso.

¿Cómo había logrado encontrarlo el amigo de Sameer? Lo preguntó, pero no consiguió retener la respuesta. En aquel momento nada era más importante que la noticia que acababa de recibir. Todo lo demás era un vacío.

La habitación estaba en el cuarto piso. No esperó el ascensor. Bajo sus pies, los escalones parecían derretirse.

Al fondo de la habitación blanca y gris distinguió una cama y, sobre ella, tres partes separadas de un cuerpo: una cabeza rapada, un codo y un pie desnudo que sobresalía de la colcha azul. ¿Dormían los fantasmas? Quería despertarlo. Oír su voz. Quería gritar hasta llenar los pulmones de aire.

 

En el silencio aséptico del consultorio, permaneció sentada mientras el médico estudiaba la historia clínica.

—Señora Guha, permítame explicárselo así. La memoria de su esposo está afectada. Puede tratarse de una pérdida temporal causada por el trauma o quizá sea permanente. Todavía es imposible saberlo. Necesitará atención médica constante hasta que su cerebro comience a funcionar mejor...

Ella se lo llevaría a casa. Sentada junto a la cama del hospital, rozó apenas el brazo de Sameer, cuando lo único que deseaba era abrazarlo. Él abrió los ojos y la miró. Ella sonrió del modo que tanto le gustaba: inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado y dejando que la sonrisa se curvara apenas hacia la izquierda.

—¿Te estás burlando de mí o de verdad sonríes porque eres feliz, Anu? —le había preguntado una tarde sofocante, poco después de que empezaran a salir juntos.

—¿Y tú qué crees, Sammy, mi amor?

Las palabras habían escapado antes de que pudiera contenerlas, junto con la parte más espontánea de sí misma. Entonces los dos habían estallado en carcajadas. Ahora él solo la miraba. Con los ojos vacíos.

—¿Quién es usted? —preguntó.

No había hostilidad en su voz. Solo desconcierto. Ella sintió que algo se quebraba en su interior. Durante los días siguientes aprendió a presentarse una y otra vez.

—Soy Anu. Tu esposa.

Cada vez que pronunciaba aquellas palabras esperaba ver una chispa de reconocimiento.

Nunca llegaba.

 

Querido:

Hoy me preguntaste quién era. No te culpo. La culpa pertenece a ese lugar donde te perdiste durante seis meses y del que has regresado sin nosotros. No sé si debo llorar al hombre que murió o alegrarme por el hombre que volvió. Quizá sean dos personas distintas.

Con amor, Anu

 

La rehabilitación avanzaba lentamente. Sameer reaprendía los nombres de los objetos cotidianos. Una taza. Una cuchara. Una ventana. Un árbol. Pero los nombres de las personas seguían escapándosele. A veces la miraba con infinita ternura. Otras veces parecía observarla como si fuera una desconocida.

Había noches en que despertaba sobresaltado, pronunciando palabras en un idioma que ninguno de los médicos conseguía identificar. Y, en ocasiones, un nombre. Siempre el mismo.

—Maya...

Anu fingía dormir. El nombre comenzó a perseguirla. ¿Quién era Maya? ¿Una amante? ¿Una hermana? ¿Una compañera de trabajo? Buscó entre viejas fotografías. En agendas. En correos electrónicos. No encontró nada. Ninguna Maya. Cuando por fin reunió valor para preguntarle, Sameer frunció el ceño.

—No lo sé. Solo sé que la extraño.

Y empezó a llorar.

 

Querido:

Hoy lloraste por otra mujer. No sentí celos. Sentí miedo. Porque comprendí que el hombre que amo guarda recuerdos de una vida en la que yo nunca existí. Con amor,
Anu

 

Los médicos insistían en que aquello podía formar parte del proceso de recuperación. Fragmentos de memoria. Asociaciones erróneas. Confusión. Pero Anu comenzó a sospechar otra cosa. No era solo que Sameer hubiera olvidado. Era como si hubiera regresado con recuerdos que pertenecían a otra existencia. A veces describía una ciudad donde nunca había estado. Recordaba una casa con un jardín de jazmines. Hablaba de una hija. De un perro. De un árbol cuya sombra conocía de memoria. Todo con una precisión imposible. Y siempre aparecía Maya. Las semanas se transformaron en meses.

Sameer volvió a caminar con normalidad. Aprendió otra vez las rutinas de la casa. Reía. Leía. Cocinaba. Pero jamás recuperó el pasado que habían compartido.

Un día encontró una fotografía de los dos. La observó largo rato.

—Parecemos felices.

—Lo éramos.

Él asintió lentamente.

—Lamento no recordarlo.

 

Querido:

He dejado de esperar que vuelvas. Eso no significa que haya dejado de amarte. Empiezo a comprender que el amor también puede dirigirse hacia un desconocido. Quizá sea esta la otra vida que nos tocó.

Con amor, Anu

 

La primavera llegó sin hacer ruido.

El jazmín del jardín floreció por primera vez desde la desaparición de Sameer. Ella cortó unas cuantas flores y comenzó a trenzarlas, como hacía antes. Él la observó en silencio.

—¿Qué haces?

—Lo mismo de siempre.

—Enséñame.

Ella levantó la vista. Las manos de Sameer recibieron las flores con una delicadeza inesperada. Sin saber cómo ni por qué, empezó a entrelazarlas exactamente igual que antes. Los dedos parecían recordar aquello que la memoria había olvidado. Cuando terminó la guirnalda, la colocó sobre el cabello de Anu. Ella permaneció inmóvil. Él sonrió con timidez.

—No sé por qué sabía hacerlo.

—No importa.

Ella apoyó la frente contra la suya. No le preguntó por Maya. No volvió a preguntarle por el pasado. Comprendió que el hombre al que había amado quizá nunca regresaría del todo. Y, sin embargo, allí estaba otro hombre. Distinto. Perdido. Vulnerable. Dispuesto a empezar desde el principio.

Mientras el perfume del jazmín ascendía entre los dos, Anu entendió que algunas historias de amor no sobreviven porque el pasado permanezca intacto. Sobreviven porque alguien acepta construir, con infinita paciencia, otra vida.

Sucharita Dutta-Asane es una escritora y editora independiente de ficción, residente en Pune, Maharastra, India. En 2008, recibió el segundo premio de Oxford Bookstores para autores noveles por su antología «The Jungle Stories». Sus relatos han aparecido en diversas antologías nacionales e internacionales, como la antología africano-asiática «Behind the Shadows» (Amazon Kindle, 2012) y «Breaking the Bow» de Zubaan, una antología de ficción especulativa basada en el Ramayana (2012). Sus artículos, reseñas de libros, relatos y la novela corta «Petals in the Sun» se han publicado ampliamente en medios electrónicos, como Asian Cha, entre otros.

 

HABILIDADES DE SUPERVIVENCIA

Nancy Jane Moore

 

—Sí, es un arma estupenda. Una Uzi de quinta generación. Liviana, compacta. Y nunca se encasquilla.

Saqué el arma del estante y se la entregué al chico.

Cuando estiró la mano para tomarla, la sudadera mugrienta se le levantó y dejó al descubierto el mango de un cuchillo metido en la cintura de los jeans. Agarró rápidamente el arma y se bajó la sudadera, mirándome de reojo para comprobar si yo había visto el cuchillo.

Traté de aparentar que no.

El chico —debía de tener unos dieciséis años— apuntó el arma hacia la pequeña ventana situada en lo alto de la pared del sótano.

—Está brutal —dijo.

A su edad yo habría dicho «genial».

—Sí —dije—. Cuando la compré, allá por 2017, pensé que me convertía en un hombre de verdad, que nadie volvería a meterse conmigo. Es increíble la diferencia que pueden hacer unos cuantos años.

Me la devolvió de mala gana y se dejó caer en el sillón naranja que yo había encontrado abandonado en la calle un par de meses antes. La mano derecha descansaba sobre su cintura y jugueteaba con el borde de la sudadera. No me había dicho su nombre.

Dejé el arma despreocupadamente sobre la mesa y abrí la botella de whisky que había traído. La etiqueta decía que contenía whisky escocés, aunque no me pareció muy probable cuando lo serví en una taza rajada y un vaso de plástico amarillo. Tenía mal aspecto y olía todavía peor. Diez años atrás no habría probado otra cosa que un Macallan de malta. Como dije, las cosas cambian.

Le pasé el vaso al muchacho. Lo tomó con la mano izquierda. Tenía el ceño fruncido, desconcertado. Me miraba raro desde que lo había invitado a entrar.

Lo había encontrado escondido detrás del rododendro enfermizo que crecía junto a la puerta de mi casa. No debía de haberme oído acercarme, porque dio un respingo cuando le dije:

—Está bastante húmedo y frío ahí detrás, ¿no, hijo? ¿Por qué no entras y te calientas un poco?

Al principio se me quedó mirando como un ciervo sorprendido por los faros de un automóvil, pero después se encogió de hombros.

—Claro, ¿por qué no?

El calor de mi habitación en el sótano disipaba el frío de noviembre. El chico dio un buen trago del supuesto whisky escocés, tosió y volvió a beber.

—Sí, en los años veinte yo estaba en la cima del mundo —dije—. Gané tanto dinero, primero con las criptomonedas y después con las salidas a bolsa de empresas de inteligencia artificial, que ni siquiera necesitaba trabajar. Supongo que nadie lo diría viendo este lugar.

El muchacho recorrió la habitación con la mirada. Por un instante, una mueca burlona sustituyó su expresión de desconcierto.

Yo sabía lo que veía. Un fregadero en un rincón, un microondas encima de un refrigerador de medio metro de altura: esa era mi cocina. Un futón manchado enrollado contra la pared: el dormitorio. Comía en la mesa que en ese momento sostenía el whisky y el arma, y estábamos sentados en las dos sillas que constituían la sala de estar. Una maraña de alargadores atravesaba el cuarto hasta llegar a un conjunto improvisado de enchufes mediante los cuales le robaba electricidad a Pepco. De allí obtenían energía los electrodomésticos de la cocina y un par de lámparas.

—Bonito lugar —dijo.

Intentó mantener la mueca burlona, pero en su voz había una levísima nota de envidia.

—He vivido en lugares peores. Después de que estalló la burbuja de la inteligencia artificial terminé en la calle. ¿Qué edad tenías cuando ocurrió todo eso? ¿Nueve, diez años?

—Siete.

—Lo bastante grande para saber que las cosas se habían puesto mal. Pero probablemente no entendías por qué. ¿Ahora les enseñan esas cosas en la escuela?

—Hace tiempo que no voy a la escuela.

—Me lo imaginaba. Deberías aprender algo sobre eso, hijo.

Respondió con su característico encogimiento de hombros.

—La inteligencia artificial iba a cambiar el mundo y los mercados funcionaban en línea las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, así que podías comprar o vender desde cualquier lugar y en cualquier momento. La tecnología existía, así que la pusieron en marcha. Igual que la bomba atómica o el asbesto: lo usamos antes de comprender qué teníamos entre manos. Y para que todo se viniera abajo bastó con que un par de millones de personas entraran en pánico.

—Mi padre se tiró por una ventana. En K Street.

El chico lo dijo con total naturalidad, como si aquello no significara gran cosa.

—Jesús.

Con razón había terminado en la calle.

—Supongo que lo perdió todo.

¿Cómo podía un hombre hacerle eso a su hijo? Casi sentí lástima por el muchacho.

—Perderlo todo vuelve loca a la gente. Yo también perdí la cabeza.

Pero no salté.

Bebí un poco de whisky. Estaba apenas unos escalones por encima del alcohol puro.

—Sí, me volví bastante loco viviendo en la calle, tratando de mantenerme con vida. Llevaba esa Uzi a todas partes, se la apuntaba a la cara a la gente.

El chico sonrió. Supuse que sabía algo acerca de apuntarle armas a la cara a la gente. O, por lo menos, cuchillos.

—Enya Sensei, mi maestra de aikido, se rio de mí cuando compré esta arma.

—¿Aprendiste a pelear con una mujer?

La mueca burlona había regresado definitivamente.

—¿Qué pasa? ¿No crees que una mujer puede enseñarle a un hombre a pelear? Esas mujeres duras que andan ahora por las calles probablemente tengan unas cuantas cosas que enseñarte.

—Bueno, algunas, supongo. Pero estás hablando de hace muchísimo tiempo.

Los chicos siempre creen que todo lo ocurrido antes de que nacieran sucedió en la Edad Media.

—Sí, aprendí artes marciales con una mujer. Y aprendí mucho. Por eso siempre la llamé «Sensei». Es la palabra japonesa para maestro. Una forma de mostrar respeto.

—Ya lo sé —dijo el chico con impaciencia.

Seguro que lo sabía. Las películas de acción no han pasado de moda. Hoy ya no se preocupan demasiado por los efectos especiales sofisticados —cuestan demasiado—; simplemente ponen más asesinatos y más sangre.

—Claro que para mí el aikido no era más que un pasatiempo. Jugaba a ser samurái. Me servía para relajarme del mundo real, donde me dedicaba a hacerme rico.

El muchacho no tenía muchas ganas de escuchar mis recuerdos, pero cuando uno bebe el whisky de otro hombre está obligado a escuchar un poco. Se terminó de un trago el vaso de supuesto escocés y miró la botella con expectación.

Le serví otro.

—El «mundo real». Ahora definimos el «mundo real» como hacer lo que sea necesario. Pero las cosas volverán a cambiar. La economía se recuperará y entonces sobrevivir dependerá de saber algo sobre negocios legítimos.

El chico soltó una risita.

—¿Quieres tomarme como alumno y enseñarme algo de negocios, viejo?

—Tal vez.

Mi propia respuesta me sorprendió. Había algo en ese chico que me resultaba atractivo, quién sabe por qué. Realmente quería enseñarle algo.

—¿Sobre criptomonedas, inteligencia artificial y toda esa mierda?

—Más bien sobre supervivencia —dije.

—Ah, claro. Practicaste un poco de artes marciales una vez y crees que sabes mejor que yo cómo arreglártelas. Yo vivo en la calle, señor. Crecí en ella. Sé todo lo que hay que saber sobre sobrevivir.

—¿Y cuando las cosas cambien? ¿Cuando sobrevivir sea algo más que apuntarle un arma a alguien y quitarle lo que tiene?

—Soy un guerrero de la calle, abuelo. Siempre habrá un lugar para los guerreros.

—Tú no eres ningún guerrero. No sabes ni lo más elemental acerca de serlo. Solo eres otro mocoso que se cree duro. Todas tus ideas vienen de jefes de pandillas, malas películas y videojuegos como Street Fighter VIII.

Se puso de pie de un salto.

—Nadie me habla así.

—Cállate y siéntate.

Nos sorprendió a los dos obedeciendo.

—Los verdaderos guerreros no matan a nadie a menos que sea necesario —dije—. No como ustedes, los mocosos que matan gente solo por diversión.

Por la mirada que me dirigió comprendí que aquello le sonaba ridículo, pero seguí adelante.

—Mira a Enya Sensei. Sabía bastante de armas de fuego, practicaba tiro y sabía manejar tanto pistolas como rifles. Pero no creía que andar por ahí con un arma en la cintura te convirtiera en guerrero.

»Una vez me dijo: “Dependes demasiado de las armas. Llegará un momento en que contarás con una y no será el arma adecuada”.

»Yo le respondí: “Las armas de fuego son el arma de nuestra época. Me encanta el aikido, pero para defenderse, las armas son la respuesta”.

»Entonces me miró con cierta tristeza. “Las armas no son más que otra herramienta y, en última instancia, ninguna herramienta es jamás la respuesta”.

Vacilé un momento.

—¿Sabes? Enya Sensei no solía dar consejos. Debería haberle prestado más atención cuando lo hacía.

—¿Qué quieres decir? Con una potencia de fuego así consigues respeto de verdad en la calle. Todo el mundo quiere un arma como esa Uzi.

—Más tontos ellos. Enya Sensei tenía razón. La potencia de fuego no va a mantenerte vivo ahí fuera.

Era evidente que no creía una palabra, pero había despertado su curiosidad.

—¿Entonces qué?

—Lo que haces. Cómo actúas. La manera en que te comportas. Estar dispuesto a morir, pero sin rendirte. Y saber elegir el momento. El momento es fundamental.

—¿Esa es la clase de mierda que te enseñaba tu Sensei?

Ignoré el insulto.

—Sí. Eso y otra cosa: cambiar cuando cambia la situación.

—No entiendo.

—Mírame a mí. Hace diez años vivía en un penthouse de la Séptima Calle, en pleno corazón del distrito artístico de moda. Salía con mujeres hermosas, comía en los mejores restaurantes, me hacía los trajes a medida.

»Después llegó el derrumbe y todo cambió. Pero yo no quise cambiar con él. Había invertido casi todo mi dinero en criptomonedas y acciones, aunque todavía conservaba algo en cuentas bancarias. En vez de aceptar las pérdidas y abandonar mi vida de rico, seguí tirando dinero bueno detrás del malo, tratando de volver a la cima. Y terminé viviendo en una caja de cartón, encima de una rejilla de calefacción, a tres cuadras de la Casa Blanca.

El muchacho estiró la mano hacia el whisky y se sirvió otra dosis generosa. No entendía cómo podía beber aquello de un trago; yo todavía seguía con mi primer vaso.

—No me adapté, no cambié con los tiempos, ¿entiendes? —dije—. Terminar en la calle después de tantos años en un penthouse destruyó por completo mi sentido del momento. El dinero había definido toda mi vida, tanto ganarlo como gastarlo. Cuando dejé de tenerlo, ya no sabía cómo comportarme.

»Esa Uzi era lo único que me quedaba. Me aferraba a ella como un niño pequeño a su mantita. La trataba como un amuleto de buena suerte, como ajo y una cruz de plata para mantener alejados a los vampiros. Y también hice algunas otras cosas con ella.

»No voy a contártelo todo. Un hombre tiene derecho a guardarse para sí algunas de sus verdades más desagradables. Pero sí te diré esto: si llegas a estar lo bastante desesperado, terminarás haciendo cosas por las que después te odiarás.

—Sí.

Arrugó la cara, como si tuviera en la cabeza una imagen que prefería no mirar.

Me pregunté qué habría hecho él para sobrevivir.

No se lo pregunté.

—Así que me encontré en la calle y seguía sin cambiar. Continuaba tratando de comportarme como un pez gordo, cosa que no funcionaba demasiado bien. Casi todo el tiempo vivía asustado: aterrorizado ante la posibilidad de que alguien me matara, aterrorizado ante la posibilidad de tener que seguir viviendo como un vagabundo.

»Una noche terminé en un callejón, rodeado por unos mocosos: tipos más o menos de tu edad. Uno de ellos —tenía un machete— soltó una risita cuando le apunté con la Uzi. Eso me asustó. Aunque yo no lo impresionara, el arma debería haberlo hecho. “Apuesto a que esa cosa no tiene balas”, dijo.

»Y no las tenía, por supuesto. Después del derrumbe, las municiones desaparecieron incluso más rápido que la comida. Llevaba un mes sin una sola bala. Temblaba tanto que seguramente podía ver cómo se sacudía el arma. Miré aquel machete oxidado y pensé en suplicar. Les habría dado cualquier cosa que quisieran, si hubiera tenido algo que pudieran querer.

El chico asintió. Conocía esa clase de miedo.

—Pero no tenía nada. Absolutamente nada. Sabía que estaba muerto. Y, de algún modo, eso me liberó del miedo. Una vocecita me susurró en la cabeza: “Hombre, si de todos modos vas a morir, ¿qué tienes que perder?”.

»El tipo del machete sonrió con malicia y lo levantó como si fuera una espada. Lanzó un golpe directo hacia mi cabeza. Y en el momento justo me moví un poco hacia un costado y hacia él, y le clavé la culata de la Uzi en el plexo solar. Se tambaleó. Hice un pequeño giro, agarré la empuñadura del machete y lo lancé contra una pared de ladrillos. Se desplomó y quedó tendido en el suelo. Ahora yo tenía el machete. Me metí la Uzi en la cintura y miré a los otros.

»El segundo —el que tenía el cuchillo— se quedó ahí parado, asustado, pero el tercero vino corriendo hacia mí, blandiendo un listón de madera contra mi cabeza. Y yo simplemente volví a apartarme de la línea de ataque. Solo que, como ahora tenía el machete, al hacerlo le abrí el abdomen de un tajo. Gritó, soltó el listón y se agarró el vientre, tratando de mantenerse entero.

»Hombre, el mocoso del cuchillo saltó una cerca en un abrir y cerrar de ojos. Yo retrocedí hasta salir del callejón y dejé a los otros dos allí. No sé si sobrevivieron.

Mientras contaba la historia, el chico se había ido enderezando en el sillón. Dejó el vaso sobre la mesa y no volvió a servirse. Intentaba parecer duro, pero casi podía oler su miedo.

—Tienes bastante más estilo que aquellos mocosos. Y también más sentido común. Sabes adaptarte. Pasaste la tarde vigilándome, pero cuando te invité a entrar, entraste y compartiste una botella con un viejo. Pensaste que primero me ablandarías un poco y después sacarías ese cuchillo que llevas debajo de la sudadera.

Su mano fue inmediatamente hacia el arma: un reflejo. Me miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué pasa? ¿Pensabas que no me había dado cuenta? Lo vi cuando nos encontramos. Y apostaría a que también sabes hacer algunos trucos con él.

Vaciló. Tenía la mano cerrada sobre el mango del cuchillo, pero no lo sacó. Sus ojos fueron hacia la puerta y después volvieron a mí.

—Adelante, hijo, haz tu jugada. Tienes que ser mucho más rápido que yo. Probablemente tenga edad suficiente para ser tu abuelo. Debería valer la pena correr el riesgo. Tengo buena calefacción en este sótano y falta poco para el invierno. Y podrías quedarte con el arma. Es una buena arma.

Parecía un gato acorralado por un perro. Una mitad de él quería salir corriendo; la otra se preguntaba qué ocurriría si le lanzaba un zarpazo al perro en el hocico y saltaba sobre su lomo.

—Pero no olvides que estás corriendo un riesgo. Puede que haya conseguido municiones para la Uzi. Y aunque no las haya conseguido, estoy dispuesto a apostar mi vida a que puedo quitarte ese cuchillo.

Saltó del sillón hacia un costado, en dirección a la puerta y alejándose de mí. Llegó hasta allí en unos dos segundos, pero después perdió quince o veinte tratando de abrir todas las cerraduras. Si hubiera querido dispararle, habría tenido todo el tiempo del mundo.

Pero no quería dispararle.

—¿Seguro que tienes que irte? Está bien, entonces. Vuelve otro día.

Quizá lo hiciera.

Quizá, después de un par de días, se dijera que había sido un idiota por asustarse de un viejo como yo y regresara para matarme.

O quizá regresara para escuchar.

 

Publicado originalmente en Aikido Today Magazine, junio/julio de 1998; revisado en 2026.

 

Nancy Jane Moore creció en un entorno rural idílico en la costa del Golfo de Texas, a las afueras de un pequeño pueblo fundado por cuáqueros. A los 18 años se mudó a Austin para asistir a la Universidad de Texas y desde entonces ha vivido en ciudades. En la universidad, formó parte del programa Plan II, el programa de honores en artes liberales, lo que le permitió explorar los clásicos, la sociología, las ciencias políticas y la historia sin especializarse en ninguna materia. Sus relatos cortos han aparecido en numerosas antologías y revistas, desde el National Law Journal hasta Lady Churchill's Rosebud Wristlet. Su primer libro para Aqueduct fue la novela corta Changeling, y una colección de sus cuentos fue publicada por PS Publishing bajo el título Conscientious Inconsistencies. Tras crecer en la costa del Golfo y pasar muchos años en la costa este, Moore ahora vive al otro lado del océano, en Oakland, California, con el hombre que conoció después de que él leyera algunos de sus artículos en WisCon Chronicles. Es decir, tras una vida de feliz soltería, encontró el amor de un buen hombre gracias a su franqueza feminista y a su pasión por la ciencia ficción.

 

 

lunes, 17 de agosto de 2026

EL REGRESO DEL LÍDER

Dinko Osmančević

 

Apareció desde los espacios negros del universo. Primero lo detectaron en las pantallas de control de la estación orbital “Mir 7” y lo comunicaron al mundo entero. Tras el análisis de los datos, quedó del todo claro que era un objeto metálico, de origen artificial, de no más de tres metros de largo, en una órbita elíptica muy amplia alrededor del Sol, con un período de 22 años, y de tal modo que solo después de cada cuatro vueltas, es decir, una vez cada 88 años, pasaba cerca de la trayectoria terrestre.

En los siguientes cuatro días se publicaron miles de artículos, polémicas, declaraciones… sobre aquel objeto volante. La pregunta principal era, por supuesto: si por fin, en la primavera del año treinta y tres del tercer milenio, nos habíamos encontrado con vida inteligente proveniente del cosmos y, si así era, cuál era el objetivo de su misión. Pero el objeto parecía demasiado pequeño para eso; demasiado pobre. La otra posibilidad –que alguien desde la Tierra hubiera lanzado ese objeto, en completo secreto, en 2011, 1989, 1967 o incluso 1945 o 1923, cuando ni siquiera existía una tecnología de cohetes importante– resultaba igualmente inverosímil.

Al cuarto día tras el descubrimiento, los motores del cohete “Proton-Desyat” rugieron en la rampa de lanzamiento de Baikonur. Con un destello de lenguas de fuego, nos separamos de la plataforma. En la punta del cohete iba nuestro mini-transbordador “Mladinka”, el único que podía prepararse tan rápido para esta misión. El poderoso cohete nos empujaba velozmente a través de las capas densas de la atmósfera; en la cabina sentíamos turbulencias, como si el vehículo compartiera nuestra inquietud contenida. Luego el ascenso por la estratósfera… No tardamos en estar en el espacio, por lo que nos desprendimos el “Proton-Desyat” ya gastado, y este cayó de regreso, para arder en la reentrada.

El 17 de abril habíamos recorrido más de la mitad del trayecto. La sincronización de la órbita y velocidad con el objeto desconocido marchaba bien. Conversábamos sin prisa, desde el cosmos, con Baikonur, con Moscú, con Cabo Cañaveral, con periodistas y con nuestras familias. Mi esposa, Vesna, me habló de nuestra pequeña Milica. La había enviado al pueblo, con la abuela. Me contó también algunas nuevas habladurías de Belgrado y yo intenté fingir interés. Me gustaba escuchar su voz. Los rusos cobraban a los occidentales cien dólares el segundo por hablar con nosotros; a los serbios les daban tiempo gratis.

Tres días más tarde, desde la base nos informaron de un evento en el Cabo. Los americanos también habían despegado en su “VentureStar X-33b”, mucho más grande, cómodo y mejor equipado. Llevaban ocho días de retraso respecto a nosotros. Nosotros ya estábamos ante el objetivo: Oleg, Vladímir y yo. Lo observábamos con telescopio, radar y otros instrumentos, grabábamos, comunicábamos: una cápsula primitiva, muy fría, no emitía nada, no irradiaba energía propia, solo reflejaba la luz solar; metal probablemente acero común, nada especial. Longitud dos metros y medio, forma cilíndrica, por un lado acabado en cono, por el otro plano, es decir, la forma de un proyectil o de la ojiva de un cohete simple. Diámetro apenas metro y medio. Fabricación que, por todo lo visto, podría ser perfectamente terrestre.

Nos acercamos de lado y pronto nos movimos en paralelo a él. Lo mirábamos con alivio y, quizá, con decepción: la tecnología tan simple y el tamaño tan reducido hacían difícil creer que algo así hubiera cruzado el espacio interestelar. Concluimos, y el mundo entero concluyó, que no sería el Primer Contacto.

Llegó el momento de actuar. Volábamos exactamente a la misma velocidad, distancia de veinte metros. Teníamos tiempo. Oleg quedó a los mandos de la “Mladinka”, mientras Vladímir y yo nos poníamos los trajes espaciales, listos para cruzar. La caminata espacial duró apenas dos minutos. Las estrellas lejanas fueron testigos mudos de lo que sucedía.

Toqué la compuerta metálica circular de la parte trasera, la plana. No había inscripciones. Sensación extraordinaria. Los contadores Geiger y demás medidores de radiación dormían un sueño profundo: basándonos en eso, creíamos que no era una ojiva nuclear. La compuerta estaba cerrada mecánicamente, con una palanca giratoria en una hendidura del tamaño del puño. Batallamos con ella largo rato: media hora, una hora entera. Y entonces, éxito. Abrimos la compuerta. Dentro no había presión, ningún gas: vacío igual que afuera. Sin embargo, salió un puñado de cristalitos de hielo, blancos, chispeantes. Vimos dos cuerpos humanos congelados, con ropa ligera, sin protección alguna contra el vacío ni la radiación cósmica, claramente muertos. Miré a Vladimir, y él me miraba también, desconcertado.

Sacamos el cuerpo de la derecha, agarrándolo por un pie descalzo. Una mujer. El cuerpo estaba sujetado a una plataforma delgada, larga y ligera, prácticamente una tabla. Miramos su cabecera. Allí había una inscripción en letras latinas: Eva.

Vladímir intentó bromear.

—El otro seguro que es Adán —dijo.

Pero yo sabía que no era Adán. Sacamos el segundo cadáver, también tirando de un pie. Un hombre. En la tabla, sobre su cabeza, había un nombre. A… d… Adolf.


Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

 

RASTRERO