martes, 10 de febrero de 2026

LLAMADA CELESTIAL

George Dimitriu

 

Gicu, un hombre corpulento y barbudo, llegó un verano a Poiana Braşov con sus hijos. Lo primero que hicieron fue comer papas fritas con diversos ingredientes, en unos sombreros mexicanos de cartón. ¡Gorditos! ¡Muy gordos! Así que dieron un paseo rápido para recuperarse.

En un momento dado, Gicu vio una gran esfera transparente, custodiada por dos hombres, y se dirigió hacia ellos:

—¡Hola! ¿Qué pasa con esta esfera? ¿Es para hacer zorbing?

—¡Sí!

—¡Yo también quiero usarla!

Había oído hablar de la nueva diversión en Poiana y tenía curiosidad por probarla. Básicamente, entrabas en la esfera, te atabas con unos arneses y comenzabas a descender, en comunión fraternal con ella.

Les informó a sus hijos que tal cosa no era para ellos y los dejó en el punto de llegada con uno de los hombres, tras lo cual comenzó a subir la colina con el otro. En el camino, intentó tirarle de la lengua al hombre que empujaba la esfera hacia la cima de la colina, un hombre flacucho con bigote.

—¿Cabe una persona fácilmente dentro?

—Está diseñada para dos personas. ¿Vas solo o esperas a un acompañante?

—¡Solo! Si me enfermo, no quiero ensuciar al otro —declaró con firmeza—. ¡Supongo que la limpias por dentro a menudo!

—¡Bastante a menudo!

—¡Yo, sin embargo, creo que no es tan grave! Puedo afrontar este reto —le anunció al hombre de la esfera—. Entonces, ¿cómo se detendrá cuando llegue abajo?

—Hay terreno llano, así que mi compañero la detendrá fácilmente.

Al llegar a la cima de la colina, Gicu entró en la esfera –por una puerta– junto con el hombre flacucho, tras lo cual se dejó atar por él.

El hombre salió tras impedirle la entrada y el hombre barbudo oyó, como un susurro, la pregunta.

—¿Listo?

—¡Listo! —gritó a todo pulmón, y el hombre desgarbado empujó la esfera cuesta abajo.

 

Para cuando alcanzó la velocidad, se había acostumbrado al movimiento de balanceo y al hecho de que, de vez en cuando, el cielo se tocaba con el suelo. Incluso vio con el rabillo del ojo al hombre desgarbado corriendo cerca de la esfera. «¡No es para tanto!», se dijo. «¡Yo también lo hice!». En un momento dado, sin embargo, se sintió lanzado como una honda hacia el cielo decorado con nubes y empezó a gritar, esperando al mismo tiempo evitar el impacto con ellas. La esperanza no fue en vano, pero sufrió un choque mucho más fuerte contra el suelo. Debido al desnivel, la esfera había empezado a rebotar como una pelota de ping-pong.

Estaba ronco de tanto gritar al llegar al pie de la colina. Lo más desagradable era la sensación de impotencia: una vez atado a la esfera, ya no se podía influir en el curso de las cosas. Los dos hombres unieron fuerzas y detuvieron la esfera, y Gicu salió de ella con un golpe; aún tenía la impresión de que describía un movimiento plano-paralelo. Uno de los hombres de la esfera revisó su interior: estaba limpio. El hombre barbudo se fue, apoyándose en los niños, pero el hombre que había corrido a su lado lo alcanzó.

—¿No quieres una vez más? Vi que lo disfrutaste mucho; mientras la esfera rodaba, ¡incluso te oí cantar! ¿Qué canción era?

George Dimitriu nació el 14 de enero de 1967 en Galați, Rumania, y reside en Râșnov, condado de Brașov, Rumanía. Es miembro asociado de la Unión de Periodistas Profesionales de Rumanía y editor jefe de la revista independiente Oasis of Culture. Ha publicado los volúmenes de prosa corta Una nueva vida (Rumania, 2022, debut literario) y Un amor platónico (Rumania, 2023), el volumen de reportajes literarios A través de la maravillosa Europa y la novela de ciencia ficción El último dictador, parte de la trilogía La sociedad planetaria. Es autor de las antologías Otoño en el sentido lírico (2023), Invierno desde el corazón (2023), Unión y palabra (2023), Antología de la amistad (2024) y En las alas del pensamiento vol. II, III (2024), Crónicas de arena y mar (2024), Pensamientos flotantes (2024), Silencio crucificado (2024), Colección de cuentos de ciencia ficción y fantasía para ciegos (2024), Estaciones (antología rumano-australiana, 2024), Eminescu, un sueño en espera (2025) y prologó la antología brasileña de ciencia ficción União Galáctica Ancestral (editorial Nebula, 2025).

PALOMAS ILIRIAS

Tihomir Jovanović

 

Un grupo de soldados alemanes descendió del jeep y avanzó por el polvoriento camino herzegovino mientras el sol, elevado en el cielo, ardía cerca de su cenit. Anto se secó las gotas de sudor de la frente y apartó el cabello al notar a los recién llegados. Lo extraño era que delante de los soldados caminaba un hombre vestido de civil, con un sombrero en la cabeza que lo protegía del sol, sin duda mucho mejor de lo que los cascos metálicos protegían a los soldados, en cuyos bordes ya se distinguía claramente el doble rayo en forma de S.

Más extraño aún era verlos allí, en aquel paraje perdido, lejos de la ciudad y lejos de los bosques donde –según decían– se ocultaban los rebeldes. Se desviaron del camino principal y tomaron una senda entre el trigo que conducía hacia él. El corazón de Anto comenzó a latir con más fuerza. Aquello no presagiaba nada bueno; tal vez sabían algo…

—Herr —se dirigió a él el hombre de civil—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¿Sí? —respondió Anto, aunque sonó más como una pregunta que como una afirmación.

El recién llegado alzó la cabeza y miró al cielo, donde se distinguían como pequeños puntos las aves que se elevaban hacia las alturas, rumbo al sol…

—Palomas —dijo, mientras los soldados, con ametralladoras en las manos y el dedo sobre el gatillo, vigilaban los alrededores.

—¡Sí! ¡Palomas! —respondió Anto—. Aquí hay muchas, es una tradición desde tiempos inmemoriales…

Colombe Illirice —susurró el recién llegado.

—¿Cómo dice?

—Así las llamaban los antiguos romanos, por los ilirios que habitaban estas tierras —respondió el alemán—. Según la leyenda, ellos soltaban esas palomas al cielo durante sus festividades, para que tocaran el firmamento y desde allí transmitieran a los hombres los mensajes de los dioses…

—¿De dónde…? —empezó Anto—. ¿Qué historia es esa…?

—Permítame presentarme primero. Otto Reinhard. No se sorprenda de que domine su lengua; mis antepasados vivieron durante generaciones en estas tierras, en Voivodina, donde los llaman Volksdeutsche. —Anto seguía sin comprender del todo, aunque asentía con la cabeza, esperando que el alemán le explicara finalmente de qué se trataba. Y Otto continuó—: Con la anexión de la antigua Yugoslavia al poderoso Tercer Reich, entré al servicio de un instituto llamado Deutsches Ahnenerbe – Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte, dedicado a la investigación de la cultura de los pueblos de esta región.

—Ah, ya veo… ¿y yo? ¿Cómo puedo ayudarle?

—Mostrándome el lugar donde se encontró esto.

Otto Reinhard sacó una fotografía del bolsillo interior de su chaqueta.

—¡Una fíbula! —observó Anto.

—Sí, una fíbula de plata… un broche utilizado por los antiguos ilirios para sujetar la vestimenta.

Lo inusual de aquella fíbula era la esvástica grabada en ella. Había sido hallada durante excavaciones arqueológicas en tumbas ilirias en Kočno, cerca de Bileća. La esvástica es un símbolo antiguo, manifestación del culto solar, pues representa el sol en movimiento.

—Ah, eso… —dijo Anto aliviado—. No queda lejos de aquí… me queda de paso, así que se lo mostraré. Además, ya hace demasiado calor para seguir segando.

—Sí —sonrió Otto, dejando al descubierto un diente de oro justo detrás del colmillo.

No era una sonrisa agradable, pensó Anto, mientras recogía la guadaña y se la echaba al hombro. Los tres soldados se sobresaltaron y retrocedieron un paso, como si aquel segador enjuto y el movimiento de su guadaña les recordaran las viejas ilustraciones en las que la muerte es representada de ese modo.

El lugar de las antiguas excavaciones era un campo abandonado. Los trabajos, iniciados tiempo atrás, habían sido interrumpidos por la guerra. Solo aquí y allá se veían vestigios del trabajo de los arqueólogos, ya que la maleza comenzaba a brotar y a conquistar el espacio.

Descendieron del vehículo. Reinhard se apoyó las manos en la cintura y contempló el claro. Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro al pensar que tal vez allí encontraría algo capaz de cambiar el destino del Reich… y con él, el suyo propio.

 

En el castillo de Wewelsburg reinaba una intensa actividad. Los teléfonos no dejaban de sonar, llegaban telegramas de todo el mundo, de aquellos lugares a los que Heinrich Himmler había enviado a sus emisarios en busca de objetos de poder. Todo ello bajo el amparo del Ahnenerbe, el instituto de investigación. Para ese fin había creado equipos formados por aventureros, místicos de sociedades secretas –que abundaban en la Alemania de entonces– y destacados científicos, especialmente arqueólogos.

Himmler estaba convencido de ser la reencarnación de un antiguo rey germánico, Enrique. En ese momento se hallaba sentado en su despacho, reclinado en un sillón de cuero, tras un enorme escritorio de roble. Detrás de él colgaba un retrato del líder del gran Reich alemán, Adolf Hitler. Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta.

Komm rein… —dijo, levantando la vista de los papeles extendidos sobre el escritorio.

En el marco de la puerta apareció Karl Maria Wiligut, su consejero personal. Sostenía un documento en la mano y en el rostro se le dibujaba una sonrisa apenas contenida.

—Herr Reichsführer Himmler, buenas noticias…

—¿De dónde? —preguntó Himmler con aparente indiferencia.

—De los Balcanes, de Yugoslavia… en relación con aquella fíbula iliria de plata con la esvástica. Se ha localizado el yacimiento. Solicitan autorización para continuar las excavaciones…

—Ah, sí… naturalmente. Autorizado. Que se transmita en media hora.

Wiligut sonrió, saludó con el brazo derecho en alto y un Heil Hitler, y salió del despacho. Justo antes de cerrar la puerta, le pareció ver que el líder en el retrato detrás de Himmler sonreía. Himmler simplemente asintió con la cabeza, como si ya estuviera cansado de aquella exaltación del líder de apariencia nada aria según los cánones del Gran Reich.

 

Otto Reinhard reunió para la investigación del yacimiento a un grupo de arqueólogos de Alemania y Austria. Se alojaron en una casa alquilada no lejos del sitio arqueológico. El lugar de las excavaciones estaba cercado con alambre de púas y carteles de advertencia: Achtung! Zugang verboten! Halt! Además, los soldados armados con ametralladoras y el dedo en el gatillo bastaban para disuadir incluso a los más curiosos de la población local de acercarse al trabajo de los arqueólogos. Los túmulos, bajo los cuales se ocultaban las tumbas, se habían hundido con el tiempo y apenas eran reconocibles.

Aquel día el cielo estaba lleno de aves, palomas, que parecían vigilar las excavaciones desde lo alto y que, esta vez, no transmitían a los hombres los mensajes de los dioses, sino que, por el contrario, su arrullo parecía informar a los dioses de lo que estaba ocurriendo en la tierra… a dioses antiguos.

Reinhard alzó la vista hacia las palomas y susurró:

—Esas aves… están aquí otra vez, siempre que comenzamos a excavar…

—Otto, son solo aves… palomas. Ellas vuelan, nosotros cavamos —respondió su colega Gerhard Ebel—. No veo nada extraño en ello.

—Tienes razón, Gerhard. Estoy demasiado absorbido por la importancia de nuestro trabajo y por la mística, así como por el mito de las palomas entre los antiguos ilirios. Para ellos eran una especie de ave sagrada; figuras estilizadas de palomas aparecen en muchos objetos cotidianos hallados en las excavaciones: broches, torques, copas…

—¡Eh, Ebel, Reinhard, vengan aquí! —gritó el joven colega Lehmann von Neumann, interrumpiendo su conversación—. ¡He encontrado algo interesante!

Otto y Gerhard se acercaron al joven, que se secó el sudor de la frente, dejando una mancha de tierra, sin que ello disminuyera la alegría reflejada en su rostro. Con un cepillo limpió el polvo de una piedra en el suelo…

—Algo parecido a una lápida —susurró—. Miren, está llena de grabados: palomas, serpientes y otras cosas…

—Interesante —susurró Ebel, inclinándose hacia la fosa—. La paloma y la serpiente, enemigos naturales, pero aquí no parecen serlo… como si se comunicaran entre sí…

—Sí. Probablemente la visión de algún artista de la época… Además, la propia palabra ilirio está de algún modo relacionada con las serpientes. Según la leyenda, el progenitor de los ilirios, Ilirio, nació como serpiente, descendiente del rey tebano Cadmo y Harmonía. Incluso ellos mismos se transformaron en serpientes tras su muerte. Y de las palomas ya sabemos que son mensajeras de los dioses…

—Supongo que esta es la tumba de algún miembro destacado de la tribu, un jefe o un sacerdote. Espero que bajo la losa encontremos algo mucho más interesante que simples restos óseos…

—Los ilirios creían en la vida después de la muerte y eran enterrados con muchos objetos de uso cotidiano.

—Entonces liberemos la losa y veamos qué se oculta debajo…

Tomaron paletas, escobillas y pinceles, aunque la mayor parte del trabajo la realizaron con las manos y los dedos para liberar la piedra del abrazo de la tierra, deteniéndose de vez en cuando para descansar y cruzar miradas.

—El Reichsführer Himmler estará sin duda satisfecho con este hallazgo. Miren, en las esquinas de la piedra vuelve a repetirse el símbolo de la esvástica, prueba de la presencia aria en estas tierras…

Natürlich… —respondió Ebel.

—Debajo de la piedra debería haber una cavidad, según mi criterio —observó Lehmann von Neumann—. Supongo que la tumba está construida con muros, lo que indica que se trataba de una persona importante.

Continuaron excavando hasta dejar la losa completamente al descubierto.

—Ahora despacio… tomémosla por los extremos —dijo Otto—. No la levantaremos, para que no se quiebre; es de piedra caliza…

Empujaron la losa a un lado, milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, hasta que apareció una abertura hacia la oscuridad. De ella emanó un olor extraño y acre, si es que así puede llamarse algo tan desagradable para las fosas nasales.

—¿A qué huele eso…? —empezó a decir Ebel, pero lo interrumpió un siseo y la cabeza de una serpiente que emergió de la abertura de la tumba.

—¡Cuidado! —gritó Reinhard, retrocediendo.

En algún rincón de su subconsciente recordó que, para los ilirios, la serpiente era la guardiana del hogar. Incluso de los eternos.

Cuando creyeron haberse puesto a salvo, desde el cielo descendió un estruendo, y la bandada de aves recordó a una enorme nube de granizo que se precipitaba hacia la tierra.

—¿Qué es esto, Himmel…? —gritó Gerhard—. ¿Qué les pasa a esas aves…?

Colombe Illirice… —susurró Reinhard.

Nadie lo oyó entre los chillidos de la multitud de aves que se abalanzaban hacia el suelo. Al frente del enjambre volaban varias palomas…

Palomas, halcones, águilas, cuervos, grajos… todas en una sola bandada, olvidando enemistades ancestrales, unidas contra un enemigo común, se lanzaron sobre los hombres y los atacaron con garras, picos y alas… revoloteaban a su alrededor buscando un punto libre sobre el que precipitarse…

Los soldados que custodiaban las excavaciones apuntaron sus armas al cielo y dispararon contra la bandada. Cayeron algunas aves, pero en general los disparos no tuvieron gran efecto, pues seguían llegando más y más. También atacaron a los soldados, picoteándoles los dedos y arrojándose contra sus rostros, por lo que se echaron al suelo para proteger los ojos y las manos, ya que cualquier otra defensa resultaba inútil y solo enfurecía aún más a las aves…

Mientras las aves revoloteaban y lo atacaban, Ebel intentó alcanzar la seguridad del automóvil. Con una mano se defendía de los ataques y con la otra buscaba la cerradura de la puerta, hasta que la encontró y logró meterse en el interior, a salvo tras el vidrio y la chapa. Varias aves entraron con él y continuaron atacándolo, tratando de alcanzarle los ojos. Los protegió con el antebrazo izquierdo mientras con la mano derecha buscaba la llave de contacto. Las puertas volvieron a abrirse y Otto y Gerhard se metieron en el vehículo, seguidos por más aves, mientras otras se estrellaban contra los cristales…

Finalmente lograron librarse de las aves dentro del automóvil: algunas estaban muertas, otras aún agitaban las alas rotas en el suelo, heridas, chillando de dolor o de furia impotente. Afuera, las aves seguían embistiendo, sin comprender que el vidrio, aunque transparente, era para ellas una barrera infranqueable…

—¡Conduce… conduce rápido…! —jadeó Otto Reinhard—. ¡Vámonos lo más lejos posible de aquí!

Erik pisó el acelerador, el coche dio un tirón y arrancó, seguido durante un tiempo por las aves que aún perseguían a su presa…

Desde la abertura de la tumba emergió el cuerpo de una serpiente de dibujos rojizos, que luego se enroscó sobre la losa de piedra, junto a la paloma grabada.

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

ANA

Pedro Pablo Enguita Sarvisé

 

Ana no recordaba mucho de sus primeros años. Los arrastró con cansancio, con párpados que se cerraban envueltos en la niebla del olvido. De vez en cuando, alguien venía a visitarla. Eran sus hijas y sus nietos o, al menos, eso decían, porque ella no los conocía de nada. Al menos, la trataban con cariño, algo que agradecía. Algún día les devolvería el favor.

Su esperanza venía respaldada por la ciencia médica. Una palabra que permeaba en el ambiente: alzhéimer. Bastaba para justificar sus síntomas y hacer pronósticos llenos de optimismo.

Ana mejoró. Encontró fuerzas para comer por sí misma y, con el tiempo, incluso para levantarse de la cama. En aquel geriátrico todo el mundo mejoraba día a día, cada mes ingresaba alguien recién llegado del cementerio o bien marchaba para iniciar una nueva vida independiente. Entre tanto, Ana esperaba, hacía amigos y veía la televisión.

En la caja tonta no hacían otra cosa que hablar de política. La situación de España era desastrosa, la corrupción campeaba a sus anchas, las ciudades estaban plagadas de extranjeros, ya fueran turistas o bien inmigrantes ilegales. Buena parte de la población de Cataluña añoraba la independencia, perdida en aquel fatídico referéndum del 56.

El tema de la independencia terminó desmadrándose. Políticos catalanes vinieron de Suiza, de Alemania, de Bélgica, coño, de todas partes para organizar una consulta y la policía española se vio impotente para detenerlos. Al final se organizó un referéndum y la gleba, enaltecida, se enfrentó a la policía y la expulsó a patadas de los colegios electorales.

Sin embargo, los políticos catalanes no obtuvieron el rédito que esperaban. Tras tantos años invertidos en el tema, lo único que obtuvieron fue un nuevo Estatut.

Ana siguió esos vaivenes con despierto interés. Le dieron tantas pastillas en el geriátrico que el alzhéimer remitió y su estado de salud mejoró hasta el punto de que pudo independizarse y mudarse a un piso. Encontró uno adaptado a las nuevas modas: con muebles oscuros, olor a madera vieja y refinadas lámparas de araña. ¡Adiós a la estúpida simplicidad sueca!

Pasó algunos años en su piso, matando el tiempo con telenovelas y programas del corazón hasta que se decidió a echarse marido. A sus hijas no les gustó la decisión, eran de una generación que se jactaba de ser más abierta pero a Ana le daba la impresión de que, simplemente, se habían equivocado de formas más pretenciosas. La mayor se había casado dos veces y la menor ni siquiera tenía claro si le gustaban los hombres o las mujeres. A Ana toda aquella indecisión le parecía poco seria. Quería sustentar su vida sobre algo firme.

En el cementerio había muchos hombres, esperando a resucitar. Solo había que buscar uno que fuera a revivir en breve. Pasó días en el camposanto, recorriendo las solitarias tumbas, hablando a los muertos con la esperanza de que alguno contestara. Era una decisión complicada, con los hombres nunca se sabía. Los había buenos y cariñosos, los había rudos pero trabajadores, los había vagos y borrachines y luego estaba la peor clase, la que solo mostraba su verdadera cara de puertas adentro.

Encontró una tumba. Bonita, adornada con flores. El tipo se llamaba Ildefonso, un nombre que últimamente se estaba poniendo de moda. Ana se sorprendió al ver a sí misma entablando largas conversaciones con él, compartiendo las novedades de la vida y fantaseando por las respuestas. Al final se decidió: la fecha de defunción era próxima y la foto de la tumba le despertaba una extraña calentura en su bajo vientre.

Cuando desenterraron a Ildefonso, toda la familia estaba congregada, llorando de emoción. Lo llevaron al hospital para iniciar el complejo proceso de resurrección hasta que, por fin, comenzó a boquear. Su arrítmico corazón fue recuperando el brío hasta que, dos días después, pudo salir, convaleciente, al domicilio.

Sus primeros años de matrimonio no fueron fáciles. Ildefonso estaba enfermo y, además, no colaboraba nada en casa, solo salía a pasear el perro y a jugar a las cartas al bar. Sus hijas le recriminaban a su recién aparecido padrastro su actitud, que si la igualdad y blablablá, pero Ana las cortaba en seguida: esas viejas generaciones con sus anticuadas ideas.

El paso del tiempo no hizo mejorar la actitud de Ildefonso respecto a las tareas domésticas, que calificaba de “cosas de mujeres” pero, al menos, cobró suficientes fuerzas para ir a buscar un trabajo. En sus idas y venidas al bar hizo amistades, que le hablaron de una fábrica de Santa Coloma de Gramanet frente a la que había una acampada exigiendo su apertura. Ildefonso se unió a la protesta, soportando el frío y la lluvia, hasta que, al final, al final, los patronos accedieron a las demandas de los obreros, vendieron la fábrica que tenían en China y, con el dinero obtenido, abrieron la fábrica de Santa Coloma.

Los años pasaron. Sus nietos rejuvenecieron hasta ingresar en la barriga materna. Sus hijas rompieron con sus parejas y regresaron a casa.

La vida se volvió más sencilla, con jerséis tejidos a mano y comida madurada con la paciencia de la olla. Los móviles desaparecieron. Las frenéticas vacaciones en el extranjero fueron sustituidas por el aire puro de los bosques gallegos. Los canales de televisión menguaron y la familia se reunía alrededor de los pocos que quedaban, como un tesoro que no querían que se les arrebatase.

La merma de las condiciones de vida hizo que la ciudadanía buscara culpables. Al final, resultaron ser los de siempre: los homosexuales y las mujeres. Creyeron que los derechos que reclamaban violaban el mandato divino. Era hora de abandonar ese caótico hedonismo del pasado e imponer orden.

Sus hijas, que procedían de otra época, no estuvieron conformes con esas ideas modernas de que solo había dos géneros, que la homosexualidad era una enfermedad y que el matrimonio era indivisible a ojos de Dios. Pero su tiempo ya había pasado; ni siquiera podían votar, acababan de ingresar en el instituto y los adultos cada vez les hacían menos caso. El mundo pertenecía a la generación de Ana.

La economía empeoró y la gente culpó a esa clase política catalana que llevaba décadas fent país. Hubo un gran jolgorio cuando se disolvió la Generalitat y también cuando Josep Tarradellas marchó en un avión para no volver. Hasta se prohibió dar clases en catalán para cortar de raíz ese tipo de veleidades en las generaciones venideras.

Fueron años turbulentos. Los grupos violentos aprovecharon el caos para proliferar; cada semana implosionaba alguna bomba y los muertos regresaban al mundo de los vivos de las formas más atroces. El descontrol hizo que la ciudadanía anhelara alguien que pusiera orden. Con buen juicio, hicieron lo de siempre: buscar alguien a quien revivir. Y encontraron un fabuloso mausoleo llamado el Valle de los Caídos. Seguro que en él habría alguien importante que restauraría el orden.

Franco, decían que se llamaba.

Aunque Franco era un señor mayor, su impronta se notó en seguida: se implantó la pena de resurrección, se prohibieron los partidos políticos y las manifestaciones. Era una paz, sí, pero impuesta por la fuerza. Además, la situación económica siguió degenerando, hasta el punto de que se desmontó la fábrica de Santa Coloma de Gramanet, que tanto esfuerzo había costado traer de China. Con la desaparición de las fábricas, se desmantelaron barrios enteros de obreros. Sin trabajo, la gente de la ciudad empezó a emigrar al campo. Decían que allí había más oportunidades.

Ana e Ildefonso trataron de aguantar. Al principio fue fácil, porque sus dos hijas desnacieron. El desparto fue la experiencia más dolorosa que Ana había vivido. Suerte que introducirse un bebé por la vagina era algo que solo tendría que hacer dos veces en la vida.

El declive de España prosiguió. El país quedó sumergido en una época gris, que respiraba temor. Los extranjeros, que antes habían invadido el centro de las ciudades, dejaron de venir a esa España retrógrada. Ana e Ildefonso tuvieron que deshacerse de muebles y más muebles. Ni siquiera pudieron conservar esa televisión en blanco y negro, por cuya venta cobraron una pequeña fortuna. Al final, sin posibilidades de subsistir, decidieron descasarse.

Frente al altar, de forma irrevocable, separaron sus vidas. Ana nunca había sido más feliz. Ambos se fueron a vivir con sus respectivos padres. Se siguieron viendo y amando en secreto pero, poco a poco, la llama de la pasión se fue apagando. Al cabo de un par de años, eran unos perfectos desconocidos.

Los padres de Ana se quedaron sin trabajo y llegó su turno de pensar en emigrar. Tenían familia en Galicia, recuerdos de las vacaciones de verano y el idioma se les daba bastante bien, así que cogieron sus escasas pertenencias y se plantaron en un pueblo de Pontevedra, entre vacas y barro.

Conforme Franco recobraba fuerzas, su ánimo sanguinario salió a la luz. Montones de inocentes fueron extraídos por la fuerza de las fosas en las que habían encontrado reposo eterno, metidos en cárceles e interrogados sin contemplaciones.

En el resto del mundo las cosas no iban mejor. La devastación de Europa era tal que en Alemania emergió un carismático líder que prometió hacer el país grande de nuevo. Para sorpresa de todos, los alemanes se batieron con éxito contra norteamericanos, británicos y soviéticos, los expulsaron del país e incluso echaron al mar al ejército aliado, en una ignominiosa maniobra que fue conocida como el “Embarco de Normandía”. En el frente del este, las cosas no iban mejor. Los soviéticos se batían en retirada, huyendo de los panzers alemanes.

Pero la maldad salió a la luz. Aparecieron nombres asociados al horror: Auschwitz, Mauthausen o Dachau. Millones de personas salieron de hornos crematorios para contar sus experiencias. Judíos, gitanos, homosexuales y socialistas testimoniaron la depravación del régimen nazi.

Los soviéticos hicieron acopio de valor. ¡Ni un paso atrás! En las heladas ruinas de Stalingrado se plantaron frente al invasor. Luego vinieron Moscú y Leningrado. Finalmente, en una ofensiva relámpago conocida como Operación Barbarroja, cogieron a los alemanes por sorpresa y los expulsaron al otro lado de la frontera.

Los nazis, muy debilitados, eran una sombra de lo que habían sido. Tanto era así que los británicos, en una improvisada invasión que contó incluso con barcos de pesca, desembarcaron en Dunkerque. En apenas tres semanas, los franceses los arrollaron. Incluso la insulsa Polonia los expulsó sin contemplaciones.

La caída de Alemania tuvo importantes consecuencias en España. Franco, envalentonado por los triunfos iniciales de Alemania, había prestado apoyo a Hitler. Ahora que Alemania había perdido, era hora de ajustar cuentas. En Castilla la Nueva y Valencia, algunos militares valientes se sublevaron y proclamaron la República. Pasmado, el régimen de Franco no supo cómo actuar. Envalentonada, una improvisada multitud cruzó los Pirineos con lo puesto. Por todas partes se abrieron fosas comunes y los recién resucitados empuñaron las armas contra el franquismo. Las tropas del régimen huyeron atropelladamente, dejando tras de sí Barcelona.

El sanguinario dictador reorganizó sus tropas y las atrincheró en el Ebro. Le costó a la República meses de duros asaltos afianzarse al otro lado del río. Franco pidió suplicó ayuda a sus aliados Hitler y Mussolini pero estos, debilitados, no estaban en condiciones de ofrecérsela.

Ana era demasiado pequeña para comprender lo que sucedía, pero veía la preocupación en la cara de los adultos. Se hablaba de ciudades reconstruidas tras los bombardeos, de batallas con miles de revividos, de pueblos en los que los renacidos volvían a sus casas… Había miedo, heroísmo, grandeza y miseria a partes iguales: historias de iglesias levantadas por el fuego y furgonetas que descargaban sindicalistas.

Para Ana, lo peor fue que una de aquellas furgonetas trajo un maestro a la aldea. En cuanto el profesor se recuperó el susto de revivir, llamó a todos los niños a la escuela. ¡La escuela! ¡Con lo que le gustaba a Ana ir a pastar con las vacas!

La guerra se torció para el bando franquista. Los vascos hicieron trizas el pacto con el dictador y se levantaron en armas. Los contraataques franquistas en Belchite y Brunete se saldaron en sonoros fracasos. El orgulloso tirano trató de diluir sus responsabilidades de cuarenta años de dictadura ocultándose tras otros generales, convenientemente revividos. Los franquistas pasaron a denominarse “nacionales” e incluso, en un desesperado intento por tender puentes con el gobierno republicano, adoptaron la insignia nacional. Pero ya era demasiado tarde, con la guerra decidida, la República no tenía intención alguna de negociar.

Finalmente, el 18 de julio de 1936, llegó la noticia que todos esperaban:

En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rebelde, han alcanzado las tropas republicanas sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.

Los generales rebeldes volvieron a sus cuarteles y prosiguieron sus vidas como si nada hubiera sucedido. No hubo represalias. Todo, en aras de la reconciliación.

Pero la República tampoco fue la bicoca que muchos esperaban. Huelgas, pistolerismo, una economía en crisis y continua inestabilidad política. Los mayores hablaban de restaurar la monarquía. Al fin y al cabo, a España no le había ido tan mal con Felipe VI y Juan Carlos I ¿no?

A Ana todas aquellas consideraciones le trajeron sin cuidado. Tras una vida de duro trabajo, por fin pudo dedicarse a lo que más le gustaba: jugar. No le preocupaba abandonar este mundo. La cuenta regresiva era implacable, pero la pasó, feliz, entre los abrazos de sus padres.

Al fin, Ana desnació.

Tal vez quieran saber si hay vida después de nacer, pero eso queda para otra historia.

Pedro Pablo Enguita Sarvisé nació en Barcelona en 1975, si bien no recuerda gran cosa del evento y cree que la mayor parte del mérito no fue suyo. Luego se licenció en Físicas para hacerse el interesante, en lugar de cultivar saberes más prácticos como la alineación del Barça o la diferencia entre los pantalones corsarios y bermudas. Trabaja como informático, o al menos eso le han dicho. De momento ha publicado 24 cuentos en múltiples medios, una antología llamada Los pintores de estrellas verdes y la novela corta Nación, que fue finalista del Premio Pedro Carbonell. Es colaborador de la web El Yunque de Hefesto, ganadora del Premio Ignotus a la mejor web en 2025. Tiene escritas tres novelas, que amenaza con publicar algún día.

 

 

lunes, 9 de febrero de 2026

COSTUMBRES DEL ALCAUCIL

Fernando Sorrentino

 

Muy pocas personas conocen el pasaje Ohm. Su única cuadra de extensión corre cerca de la esquina de las avenidas Triunvirato y de los Incas. En un pequeño departamento con balcón al contrafrente vivo yo.

Alcancé los cuarenta y ocho años sin querer –o sin poder– casarme. Vivo solo y me arreglo bastante bien. No soy agricultor ni botánico, sino profesor de castellano, literatura y latín: nada sé de aquellas ciencias rurales y naturales, pero algo conozco de lingüística y etimologías. Desde estos campos empecé mi acercamiento al alcaucil.

Como se sabe, un buen porcentaje del léxico español reconoce su origen en la lengua de los invasores árabes del siglo VIII. A veces éstos crearon el vocablo mediante el recurso de conferir forma árabe a un sustantivo latino (o neolatino) corriente en la España de entonces.

Tal es el caso de la palabra mozárabe caucil, proveniente del latín capitiellum, que significa «cabecita». De manera que alcaucil (artículo + sustantivo) significa «la cabecita». Este nombre popular posee, digamos, mayor «expresividad» y «utilidad» que el término científico Cynara scolymus.

Veamos por qué. 

En Buenos Aires nadie ha visto una planta de alcaucil. De las verdulerías nosotros conocemos, precisamente, esas cabecitas muertas cuyo corazón (mejor llamado receptáculo) y las bases de cuyas hojas (mejor dicho, escamas) son, por cierto, muy sabrosos. Ahora bien, estas cabecitas guardan el germen de la flor, y el horticultor las arranca de la planta antes de que aquélla llegue a desarrollarse, pues, de no hacerlo así, luego se endurecen y ya no son comestibles.

Durante toda mi vida, yo fui un ignorante total en lo que a morfología, vida y costumbres del alcaucil respecta. Ahora, en cambio, puedo decir, sin pedantería, que he adquirido bastante información y que me he convertido en una suerte de módica autoridad en la materia. Admito, sí, que, sobre el alcaucil, es más lo que me resta por aprender que lo que he aprendido.

El alcaucil puede cultivarse en una maceta, de proporciones más bien amplias. Como es una planta áspera y sufrida, una especie de cardo, requiere escasos cuidados; se desarrolla en seguida; alcanza, de altura, un metro y, en extensión horizontal, una longitud que, hasta ahora, resulta imposible determinar.

Aunque, en general, no me interesan ni me atraen las plantas, acepté con fingida gratitud el alcaucil que me regaló una vecina apodada la Chiche: ésta es una señora de cierta edad y de anteojos, simple y aburridora, que tiene un hijo, más bien de escasas luces, llamado Sebastián.

El joven Sebas –así apocopado por su madre y sus amigos– terminó el tercer año con arduas dificultades. Ignoro por qué me avine a impartirle gratuitamente clases particulares de castellano para que intentara aprender en pocos días lo que no había logrado ni siquiera sospechar en los once o doce meses anteriores.

Nada me cuesta declarar que soy un excelente profesor de castellano, con la experiencia –y el cansancio– de veinte años de tiza y pizarrón. Pero Sebas –inapelablemente palurdo y de tropezado razonamiento– resultó, tal como yo lo preveía, reprobado con justicia por la mesa examinadora del mes de marzo.

La señora Chiche –fanatismo maternal a un lado– supo comprender que la deficiencia no estaba en mí sino en su hijo y, para agradecerme de alguna manera, me regaló la susodicha planta de alcaucil.

La señora Chiche llegó a mi departamento, estuvo un rato, emitió abundantes errores e imprecisiones, no prestó la menor atención a ninguna de mis palabras, me hizo conocer su visión desencantada del mundo y, ¡por fin!, se retiró, dejándome la habitual sensación de desagrado que me producen las personas de escasa inteligencia e ilimitada incultura. Y, junto con cierto mal humor, ahí quedó, en el balcón, en su maceta roja y blanca, la planta de alcaucil.

Poco a poco, fue prodigándose en múltiples cabecitas (alcauciles) de color verde apagado. Por su propio peso, los alcauciles fueron doblegando la resistencia de los tallos y empezaron a reptar por el suelo del balcón, como si fueran las múltiples garras de un animal amorfo y difícil de reconocer, una suerte de erizado pulpo terrestre, con algo de la dureza pétrea y verdusca de las bestias prehistóricas.

Así habrá transcurrido una semana.

Años enteros he luchado sin éxito contra las hormiguitas rojas, esos bichitos invencibles y omnívoros diseminados en infinitas cuevas por todo el departamento. Una tarde me hallaba sentado en el balcón; leía el diario y tomaba mate.

Entonces vi que cuatro de las tantas cabecitas de la planta estaban dadas a la caza de hormigas rojas. Su técnica era, a la vez, muy sencilla y muy eficaz. Con las hojas abajo y el tallo arriba, corrían a modo de arañas, apresaban con delicada exactitud a la hormiga y, mediante rápidos movimientos de tracción y masticación, la llevaban hasta el centro del alcaucil, por donde era ingerida.

Observando con atención, podía advertirse, en los puntos de ensanchamiento del tallo móvil o tentáculo, que los cadáveres de las hormigas eran trasladados hasta el tallo central, donde –imaginé– se hallaría el aparato digestivo del alcaucil. En películas documentales yo había visto más de una vez algo parecido: cuando la culebra traga una laucha o una rana, uno puede percibir la forma del cuerpo de la víctima que se desliza por el interior del cuerpo del victimario: de esta misma manera comían también los alcauciles.

Sentí alegría. Este hecho me pareció auspicioso. Los alcauciles eran infatigables y terriblemente hambrientos. Pensé que, en poco tiempo, lograrían triunfar donde yo fracasé durante años: que terminarían, de modo contundente, con todas las hormigas rojas del departamento, esas hormigas que yo, en mi impotencia, tanto aborrecía.

En efecto, así fue. Llegó el momento en que ya no vi ninguna hormiguita roja. Entonces el alcaucil se extendió en la busca de otros alimentos.

Algunos alcauciles estrangularon y devoraron a las demás plantas del balcón: malvones, geranios, un rosal siempre fracasado, unos helechos antiquísimos, un bravío cacto espinoso. Otros alcauciles, en cambio, prefirieron cavar la tierra y capturaron lombrices útiles y sabandijas perjudiciales. Un tercer grupo trepó por las paredes y penetró en lo hondo de los antros de las arañas.

En verdad, esos alcauciles tenían buen apetito, y crecían. Crecían siempre. No tardaron mucho tiempo en ocupar todo el balcón. A modo de enredadera, se tendieron por el piso, por el techo, por las paredes, en vueltas y revueltas que los convirtieron en selva inextricable.

Debo confesar que, en este punto, me asusté un poquito: temí, estúpidamente, que el alcaucil continuara creciendo hasta ocupar todo el departamento.

—Muy bien —le dije—. Si ésa es tu intención, te condeno a morir de hambre.

Bajé las cortinas de madera gris y cerré herméticamente los vidrios de los ventanales del comedor y del dormitorio. Estaba seguro de que, privado de alimento, el alcaucil empezaría a languidecer, a debilitarse, a encogerse, y terminaría por agostarse en briznas resecas hasta morir.

Adopté esa medida precautoria el lunes 11 de abril de 1988. Por no sé qué conflicto laboral, en mi colegio no hubo clases hacia el final de la semana. Aproveché entonces para hacerme una escapadita a Mar del Plata, en compañía de una especie de novia —por cierto, ya madura— que tengo desde hace muchísimos años, que es profesora de matemática y que se llama Liliana Tedeschi. Ambos devotos del tren y refractarios al ómnibus, partimos de Constitución el miércoles por la noche y pasamos luego cuatro hermosos días en aquella grata ciudad otoñal.

El domingo 17 de abril, hacia las ocho de la mañana, me hallé de regreso en mi departamento de la calle Ohm. Como temo a los ladrones, tengo puerta blindada y dos cerrojos de seguridad. Con el modesto orgullo de ser tan previsor, abrí el primer cerrojo, abrí el segundo, empujé la puerta. Noté que ofrecía cierta resistencia: no demasiado firme, es verdad, pero resistencia al fin.

Entré entonces en una suerte de bosquecillo de alcauciles. Me recibió una fuerte corriente de aire: en mi ausencia, estos individuos habían primero devorado las maderas de la cortina enrollable y luego destrozado los vidrios de los ventanales. Ahora, como ingentes medusas, se hallaban esparcidos por todo el departamento, y cubrían metódicamente pisos, paredes y cielos rasos, reptaban por los rincones, se encaramaban a los muebles, investigaban agujeros y recovecos…

Esto fue lo que vi en una primera mirada general. En seguida intenté obtener un cuadro más sistemático de la situación. Aunque traté de mantenerme sereno, aquellos abusos no pudieron menos que indignarme.

Los alcauciles habían abierto la heladera, el freezer y todas las alacenas, y habían comido el queso, la manteca, las carnes congeladas, las papas, los tomates, los fideos, el arroz, la harina de trigo, las galletitas… En el piso de la cocina me topé con frascos, ahora vacíos, de mermelada, de aceitunas, de pickles, de chimichurri…

Habían devorado todo lo humanamente devorable y ahora –ante mis ojos coléricos– se dedicaban también a todo lo alcaucilmente devorable, que, según estaba viendo, era toda materia orgánica –muerta o viva–, y se hallaban desgarrando, royendo y mascando el cuero y las plumas de los sillones y las maderas de los muebles. Y se hallaban desgarrando, royendo y mascando los libros, ¡oh, Dios, mis libros queridos, reunidos con amor a lo largo de más de treinta años, mis libros subrayados y comentados –jamás con tinta, siempre con lápiz– por mi letra prolija y cuidadosa una y mil veces!

No tengo cuchilla de carnicero pero sí una tijera para trozar pollos. Coloqué un tallo de alcaucil entre las dos hojas de acero y –con odio, con jubilosa impiedad– cercené la abominable cabecita enemiga.

El alcaucil decapitado rodó unos centímetros. En el mismo instante, el tallo seccionado se multifurcó en no sé cuántos tallos menores y, simultáneamente, nacieron quince, veinte, cincuenta cabecitas que, furiosas, se lanzaron contra mí, intentando morderme los zapatos, las piernas, las manos.

Entonces, y como pude, retrocedí hacia la zona del baño y del dormitorio, donde la densidad de alcauciles por centímetro cuadrado era mucho menor. Soy una persona –creo– bastante lúcida y no me hallaba dispuesto a perder la calma: sólo quería serenarme y reflexionar un poco, pues no dudaba –siempre tuve mucha confianza en mí mismo– de que hallaría pronta solución al problema de los alcauciles.

Razoné.

Durante mi ausencia, ¿qué los había exasperado y hasta enloquecido? Sin duda, la falta de alimentos. En efecto, durante las semanas anteriores –cuando se hallaban normalmente nutridos–, los alcauciles habían manifestado una conducta digna y juiciosa. Bastaría, pues, con proveerlos de la comida necesaria para que volvieran a ser los calmos y mansos alcauciles de otrora.

Desde el teléfono del dormitorio –casi no había cama, ni mesitas de luz ni placares ni ropas– llamé al mercadito Los Dos Amigos. El primer amigo vende carne; el segundo amigo, verduras y frutas. Al primero le encargué ocho kilos de menudencias bien baratas: hígado, bofe, huesos. Al segundo, papas y zapallos, que cuestan poquísimo y rinden mucho. Les pedí que me mandaran todo en seguida: así aplacaría, por el momento, el hambre de los alcauciles. Más adelante buscaría –y hallaría– la solución definitiva.

Mientras los alcauciles y yo esperábamos los víveres, ellos continuaban royendo. El ruido que produce su roer es similar al de sacudir una caja de fósforos, con la salvedad de que nadie está todo el tiempo sacudiendo una caja de fósforos, y, en cambio, los alcauciles roían, roían, roían todo el tiempo. Continuaban royendo los restos de los muebles: tragaban la madera y desechaban la laca y los elementos metálicos o plásticos.

Pensé: «Mientras tengan algo para comer, estaré a salvo.» Y, en seguida: «Cómo tardan Los Dos Amigos.»

Entonces sonó el timbre (no el del portero eléctrico sino el del departamento): sonó con ese tipo de llamado largo e impaciente que yo aborrezco. Anticipándose a mi movimiento, un alcaucil presionó hacia abajo el picaporte y abrió de par en par la puerta.

En el vano, sobre el fondo más oscuro del pasillo, con delantal blanco y gorrita blanca, y con una enorme canasta de mimbre sostenida por ambas manos, apareció el muchacho gordo y rudimentario que muchas veces yo había visto lavando la vereda del mercadito Los Dos Amigos.

El muchacho –descomunal zopenco de veinte años y cien kilos de peso– vaciló un instante entre saludarme y avanzar. Otra cosa no pudo hacer: en segundos fue envuelto por una telaraña verde, dúctil y eficaz de cuarenta o cincuenta alcauciles. No llegó a gritar ni pudo mover los brazos. Con alcauciles en los ojos, en el cuello y dentro de la boca, semiestrangulado, y no sé si vivo o ya muerto, fue arrastrado –con ligereza de pluma– hasta el centro del comedor, y allí los alcauciles, en áspero tumulto, se dieron a la tarea de horadar y carcomer al muchacho gordo del mercadito, y también su canasta de mimbre, y las papas y los zapallos, y el hígado y el bofe y los huesos.

Aquella imagen de los pequeños alcauciles que recorrían el gran cuerpo me recordó la de las hormiguitas rojas cuando seccionan una cucaracha muerta, o viva.

Mientras estos alcauciles ingerían al muchacho, otros habían echado llave a la puerta del departamento y mantenían ahora aquélla en su poder, lejos de mi posibilidad de alcance.

Entonces me encerré en el cuarto de baño, recinto aún del todo libre de alcauciles. Corrí el pasador metálico y, sentado en el borde de la bañadera, traté de imaginar un rápido plan para derrotar a los alcauciles. Con muchos nervios y con poco tiempo, apenas si llegué a esbozar la idea de provocar un incendio. Pero, ¿qué incendiar?: ya casi no quedaban cosas inflamables, mi casa sólo era un esqueleto de materias inorgánicas.

Estas especulaciones, y otras parecidas, resultaban, al fin, ociosas e inoperantes. Lo mejor –me dije– será no pensar en nada. Y esperar. Sentado en el borde de la bañadera, esperar. Contemplando con estúpida atención esos objetos familiares tan desprovistos de interés: el lavatorio, el espejo, los azulejos…

Los alcauciles ya han empezado a roer y perforar la puerta del cuarto de baño en veinte puntos distintos. Pronto habrá allí veinte boquetes y, en seguida, veinte cabecitas de un verde apagado que avanzarán hacia mí.

Yo espero: ni resignado ni pasivo. He arrancado la barra del toallero y la empuño a modo de garrote: no me entregaré sin resistencia; trataré de inferirles el mayor daño posible.

Repito lo que dije al principio: he aprendido bastante –pero aún ignoro muchas cosas– sobre las costumbres del alcaucil.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La NaciónClarínLa OpiniónLa PrensaLetras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

MASACRE

Giulia Abbate

 

Hoy cumplo la mayoría de edad. Soy una chica realizada y estoy orgullosa de mí.

(¡Estrellas con dos piernas humanas!)

No fue fácil, nada fue fácil. Ponerme en contra de los deseos de mi familia, contra ese futuro retrógrado de matrimonio e hijos que querían para mí. Desafiar las convenciones de esta sociedad solo aparentemente libre, pero en realidad profundamente patriarcal, atrasada, retrógrada.

(El Cielo y la Tierra han intercambiado sus lugares.)

Y sin embargo no me rendí. Presenté la solicitud, superé todos los exámenes, obtuve siempre las mejores calificaciones. Nada fue fácil: no es fácil liberarse de los esquemas preestablecidos, de todas esas actuaciones falsas a las que te obligan desde que naces; no fue fácil descubrir quién soy realmente, construir pieza por pieza mi verdadera identidad, una batalla tras otra.

(La humanidad lleva cascos luminosos, resplandecientes.)

Pero con la ayuda de la escuela lo logré, la escuela me salvó: comprendieron cuánto sufría. Tenía trece años y odiaba a mi familia y su estúpida mentalidad; sentía que algo en mí no estaba bien, y era culpa de ellos, culpa de la sociedad y de su conformismo. Un docente atento captó mi malestar, entendió que en realidad yo era fuerte, que era un maravilloso unicornio multicolor, y que corría el riesgo de no poder jamás alzar el vuelo, de no poder construir una versión mejor y más auténtica de mí misma. Y me ayudó a liberarme.

(Cascos de metal, luminosos, resplandecientes.)

Me ayudó a alistarme, y en las Jóvenes Promesas de la Paz me sentí enseguida como en casa: encontré una verdadera familia, que no te juzga, que no te rechaza si te sientes fuera de lugar, que te encuentra un sitio y te ayuda a florecer, a sobresalir en cualquier desempeño, a completar entrenamientos cada vez más duros. Afronté pruebas físicas casi imposibles, reforcé el estudio y la capacidad de resolución de problemas, elegí mi identidad de género y construí, pieza por pieza, al espléndidə ser humanə en el que estaba destinada a convertirme.

(Un pelotón de soldados carga desde la luna.)

Y ahora estoy lista. Soy una chica, y soy fuerte. Soy libre de las cadenas familiares, soy libre de expresar mi potencial y puedo hacer que también otrəs sean liberadəs de todo esto. Estoy al frente de la fila y soy feliz: el portón se abre, aprieto entre las manos el fusil de asalto, los rotores de los helicópteros levantan olas de polvo, los alrededores son bombardeados, los edificios son despejados; solo queda hacer nuestro trabajo, barrer toda resistencia, destruir a cada vil fundamentalista que encontremos en nuestro camino. No importa quién sea, no importa nada: son subhumanos, residuos patriarcales y medievales de tiempos ya derrotados; nosotros, en cambio, somos espléndidos unicornios que han encontrado su camino y ahora pueden brillar.

(¡Abran fuego! ¡Desde todos los cañones! ¡Ametrallen! ¡Qué hermoso!)

¡ABAJO, ESCUADRA DE ASALTO!

(¡Abran fuego! ¡Ametrallen! ¡Qué bello! ¡Qué hermoso!)

Citas en cursiva del poema “Masacre” de Liao Yiwu

Giulia Abbate, editora independiente, nació en Roma en 1983. Ha publicado novelas históricas y ucrónicas, así como numerosos relatos en antologías de ciencia ficción y artículos de divulgación para revistas especializadas. Fundó Studio83 - Servizi Letterari (junto con Elena Di Fazio) y es una de las creadoras del portal Solarpunk Italia.

 

DESCARGA

Helmuth W. Mommers

 

Lo había preparado todo. Pronto llegaría el momento. Una fiebre extraña se había apoderado de él, como siempre que estaba a punto de emprender ese viaje. No importaba cuán corto fuera. Fuera de este mundo, hacia otro. Lejos de aquí. Su dedo temblaba visiblemente sobre la tecla ENTER. Un leve toque bastaría para iniciar la descarga.

Por última vez se aseguró de que todo estuviera en su sitio: acumulador completamente cargado, sistema operativo, cubo de datos insertado, archivo seleccionado. Estaba en línea. Ni siquiera necesitaba girar la cabeza para seguir los cables que se introducían en el reproductor: los sentía en el cuero cabelludo.

El dispositivo que zumbaba en su cadera apenas se oía, pero aun así contuvo la respiración y se concentró en escuchar, con los ojos fuertemente cerrados. No se oía nada, no se veía nada sospechoso, nadie parecía observarlo en sus quehaceres, no había peligro de ser descubierto.

El indicador de preparación parpadeó de manera tentadora:

LISTO PARA DESCARGA<

Su dedo se posó sobre la tecla.

Un ruido lo sobresaltó. Un sonido metálico, seguido de rasguños y chirridos. Se incorporó bruscamente. Apretó la frente y la nariz contra la ventana ennegrecida y la frotó con la manga raída cuando no logró distinguir nada. Su respiración se volvió espasmódica y le raspaba dolorosamente la garganta mientras seguía limpiando el vidrio. Finalmente apareció una franja opaca a través de la cual pudo espiar el mundo exterior sin abandonar la seguridad de su choza. Después tendría que volver a ennegrecer el vidrio para no dejar señales reveladoras de su presencia. En eso era meticuloso. Aún quería seguir con vida un tiempo más.

Afuera todo era como siempre: montañas de chatarra hasta donde alcanzaba la vista. Un escondite ideal. No un lugar para sobrevivientes. Solo para ratas y otras alimañas.

Tal vez había sido una rata. Tal vez había tirado algo en su búsqueda de comida; incluso, si tenía suerte, podía haber caído en una trampa y convertirse ella misma en alimento. La idea le hizo salivar. Rata a la parrilla, un banquete. Aunque lo más probable era que se estuviera ilusionando sin motivo. Esas malditas criaturas se volvían más astutas día tras día. Últimamente el cebo desaparecía sin que las trampas se activaran. ¿Estaban mutando?

Tendría que ir a comprobarlo. Antes de que oscureciera. Pero entonces oyó otra cosa: un golpeteo. Silencio expectante, y de nuevo el ruido. Era como si alguien se adentrara en un territorio desconocido. ¡En su dirección!

Eso no era una rata. Era algo más grande, más pesado. Hombre o bestia… si es que aún existía diferencia.

Muy lentamente se apartó del pequeño mirador improvisado y tomó la escopeta apoyada contra la “pared” junto a la “puerta”, que no era más que una lona descolorida que cubría la entrada de una choza enterrada en lo más profundo del vertedero. Esa supuesta puerta, a su vez, estaba oculta tras una chapa abollada apoyada contra el exterior del refugio camuflado.

Con cuidado se arrodilló, dejó el arma a su lado y se tendió en el suelo. Volvió a aguzar el oído. Débiles sonidos de metal raspando contra metal, un crujido, un chirrido, luego un silencio cargado de significado y más ruido.

Tan silenciosamente como pudo, se arrastró bajo la lona y se metió en el espacio detrás de la chapa. Centímetro a centímetro avanzó la cabeza. Miró.

El paisaje era el de siempre: restos de automóviles destripados apilados como edificios de varios pisos y, junto a ellos, aires acondicionados, refrigeradores, lavadoras, televisores y computadoras, todo revuelto como si la mano de un gigante hubiera lanzado los objetos al azar. Más a la derecha se alzaban montañas enredadas de materiales de construcción: caños, vigas, hierros de refuerzo y perfiles de aluminio, como si hubieran llovido palillos de Mikado. Algunos se elevaban hacia el cielo como dedos acusadores, iluminados por un rojo fantasmal del sol poniente… o por el reflejo espectral de la ciudad cercana en llamas.

Solo faltaba el viento, que cada mañana entonaba su lamento, su melodía de muerte. Tan pura como el fin de los tiempos.

En su lugar, algo aullaba en la distancia: ¿perro… lobo? Otros respondían… o se sumaban. ¿Sería la misma jauría que había recorrido las ruinas humeantes días atrás? Donde los sobrevivientes aún creían estar a salvo. Donde el humo del fuego no los delataba porque saturaba el aire. Donde los sótanos y depósitos todavía albergaban provisiones, en torno a las cuales había estallado una guerra despiadada: todos contra todos, símbolo del apocalipsis.

En el resplandor vacilante creyó distinguir movimiento. Fijó la mirada en un punto en medio del montón de chatarra. Allí estaba otra vez: una sombra avanzando. Y ese ruido traicionero, el chirrido de metal contra metal. El silencio expectante que le seguía. No era un animal. Un animal olfatearía el aire, se concentraría en su presa mientras se acercaba y solo se detendría si esta se movía. Él, en cambio, seguía oculto tras la chapa protectora. ¿O sí era un animal? ¿Habían llegado los animales a comportarse como humanos… o era al revés?

¿Algo lo había olido?

La sombra volvió a moverse y él con ella. Con la escopeta apretada bajo un brazo, dio unos pasos encorvados hacia el descampado, avanzando de cobertura en cobertura. Al detenerse, sintió el corazón martillearle el pecho. Apenas logró sofocar un acceso de tos con una mano. Respiraba con dificultad. Sin duda estaba enfermo, probablemente en fase terminal. Estaba convencido de que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Y aun así lucharía por aferrarse a cada minuto. La esperanza de un mundo mejor, donde encontrar consuelo, lo mantenía con vida.

Un dolor agudo le recorrió la pantorrilla. Instintivamente giró sobre sí mismo y cayó de costado al perder el equilibrio. Vio a la rata que lo había mordido, y la rata lo vio a él. Se miraron con abierta hostilidad, hombre y animal, ambos con los ojos enrojecidos, esperando una reacción. Alzó la culata del arma para golpear, pero se contuvo: el miedo a delatar su posición con el estruendo era demasiado grande. La rata pareció comprenderlo y mordió de nuevo.

A duras penas logró reprimir un grito de dolor. Dejó la escopeta y trató de atrapar a la rata con la mano. ¡Comer o ser comido! Pero no consiguió agarrarla. Al cuarto intento, logró escapar llevándose un pedazo de su carne.

Se apretó la herida con una mano para que no siguiera goteando sangre, sangre que atraería a las criaturas en masa. Con la otra arrancó una tira de tela y la ató alrededor de la herida. Tendría que volver de inmediato y limpiarla, hubiera o no una amenaza acechando.

Apoyándose con una mano en el suelo y con la otra en el arma, logró incorporarse en cuclillas. El suelo crujió levemente bajo sus talones cuando se dio vuelta, y entonces sus ojos se posaron en una forma extraña. Lentamente, su mirada ascendió hasta un rostro grotesco que lo observaba con ojos ensangrentados. La boca abierta, espuma burbujeando en las comisuras, dos hileras de dientes amarillos, separados como troneras. De esas fauces surgían al mismo tiempo un gruñido gutural y una espesa miasma de putrefacción.

DESCARGANDO< … indicó el marcador.

—¡Oh, por favor, no antes del desayuno! —la voz de su madre lo arrancó de la realidad. Para reforzar su punto, presionó la tecla STOP y apartó el reproductor.

El niño quiso protestar, pero ya era tarde. Con poco esfuerzo, su madre había retirado los cables de su cráneo.

—¿Y por qué no ordenás todo esto? —dijo señalando las cajas, manuales y envoltorios esparcidos sobre la mesa—. Tus historias de terror pueden esperar. ¡Ahora es hora de comer!

Le alcanzó un plato con una porción de torta de cumpleaños.

—¿Qué era esta vez? ¿El asesino de la motosierra o el Armagedón?

Su hermana menor soltó una risita hasta que él la silenció con una mirada fulminante.

—Los últimos días de la humanidad —gruñó, más para sí mismo que para los demás, y pensó: Buenísima película, tendría que mostrársela a los chicos…

—Me temo que nuestros últimos días podrían estar cerca —dijo su padre—, si seguimos así.

Señaló la holo-pared, donde un reportero hablaba sin parar frente a miles de manifestantes.

—Vamos directo hacia nuestra propia destrucción.

Subió el volumen y toda la familia quedó absorta en la escena.

—“…que en caso de agresiones no dudarían en utilizar todos los medios a su disposición. Ante la pregunta de si esto incluía armas químicas y biológicas, el portavoz del gobierno respondió que no podía excluir categóricamente su uso. Se trataba de una ‘guerra santa’, y por lo tanto el fin justificaba los medios…”

—Me perdí el comienzo —dijo la madre—. ¿De qué se trata…?

—¡Shhh! —la interrumpió el padre, impaciente—. Después… lo grabé todo.

En las esquinas de la habitación, varias cámaras parpadeaban.

—No hay que ver siempre lo peor —reflexionó la madre—. De lo contrario, uno podría pegarse un tiro ahora mismo.

—Pero igual deberíamos tomarlo en serio. Sugiero que almacenemos provisiones.

La madre asintió en silencio.

Nada de esto molestaba al niño; él ya vivía en mundos horribles. La niña abrió los ojos con asombro. Todavía era demasiado pequeña para comprender del todo lo que ocurría.

Al salir de la cocina, su madre le entregó la merienda obligatoria. El niño la guardó en la mochila de la escuela de modo que ella no viera el reproductor oculto dentro.

Apenas fuera de la casa y de la vista, se apoyó contra una pared y se dejó deslizar hasta el suelo, atrapó un pequeño espejo entre las rodillas y empezó a conectarse.

Un instante después, la pantalla parpadeó.

DESCARGA FINALIZADA<

Cuando la descarga lo golpeó con toda su fuerza, ocurrió en el peor momento posible. Cayó como si hubiera recibido un golpe demoledor, incapaz de protegerse del engendro que tenía enfrente.

Aunque aún estaba mirando la máscara de la criatura, su mirada se volvió hacia dentro. Se vio a sí mismo a los catorce años, reviviendo una vez más cómo, tan protegido en el círculo de su familia, había buscado refugio en sus mundos espantosos; perverso, considerando lo que algún día tendría que enfrentar.

De todas las películas, tenía que ser Los últimos días de la humanidad, pensó con amargura. Como si no pudiera esperar a que llegaran.

Algo goteó sobre su rostro cuando la máscara se acercó. Saliva. Hambre que le respiraba encima. Un hedor a descomposición lo envolvió.

¿Era este el final? ¿No había regreso al pasado, solo avanzar hacia un futuro que ya no tenía?

Cuando las garras, con uñas rotas y manchadas de suciedad, se cerraron sobre su garganta y apretaron, su cuerpo comenzó a sacudirse sin control por la falta de aire. Entonces se oyó una fuerte detonación y perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, creyó estar enterrado, tan oscuro y húmedo era todo, tan viciado el olor. Pero no: yacía bajo la criatura que lo había atacado. Tras apartarla con dificultad, el cuerpo rodó hacia un lado y quedó boca arriba. Entonces vio el torso destrozado, la sangre. Luego distinguió la escopeta que aún tenía en la mano y de la cual debía haber salido el disparo sin que él lo advirtiera conscientemente.

Se puso de pie y permaneció un momento tambaleante sobre el cadáver. ¿Qué hacer con él? No podía deshacerse del cuerpo. Quizás lo mejor fuera dejarlo para los carroñeros… arrastrarlo más lejos para que las ratas, los perros, los gatos y lo que fuera que anduviera cazando –humanos incluso– no se acercaran a su escondite.

De ser posible, no debía dejar rastros de sangre. Tendría que cambiarse y lavar la ropa. Luego seguir adelante. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Recorrió unos treinta pasos y dejó caer el cadáver. La noche no pasaría sin que fuera roído hasta los huesos, y aun estos quedarían dispersos al amanecer. Decidió desnudarlo. Resultó más difícil de lo que había pensado. El cuerpo estaba cubierto de pústulas supurantes y llagas purulentas en las que los harapos se habían incrustado. Hizo lo que pudo, aunque le costó una enorme fuerza de voluntad.

Podía quemar los trapos, pero eso implicaba el riesgo de atraer visitas indeseadas. Y además sería un desperdicio de gasolina. Tenían que desaparecer, de eso estaba seguro; no podía dejarlos allí, empapados de sangre. ¿Dónde ponerlos, entonces? Su mirada se posó en el montón de neumáticos desechados, refrigeradores y lavadoras: esa era la respuesta. Se quitó los zapatos, que habrían dejado un rastro sangriento, y avanzó descalzo.

De regreso en su refugio, ya se oían los primeros y estridentes presagios de las hordas hambrientas. Pronto estallarían las luchas abiertas por el cadáver.

Corrió la chapa sobre la entrada y la aseguró. Más vale prevenir, pensó. Luego encendió la bombilla y cubrió rápidamente la rendija limpia que había frotado en la ventana. La luz no duraría mucho. Tendría que recargar las baterías.

Primero debía lavarse.

Se desnudó, colocando cada prenda con cuidado sobre una lámina de plástico. Luego hundió las manos en un recipiente con agua jabonosa. Eliminó todo rastro de sangre y después se lavó el rostro. Al alzar la vista para secarse, se vio reflejado en el espejo, iluminado de lado por la pálida luz de la bombilla.

El rostro que le devolvía la mirada no difería demasiado del de la criatura que acababa de matar. La única diferencia era que no estaba cubierto de suciedad. Al igual que ella, mostró los dientes y vio que eran los mismos muñones amarillentos. Al aspirar el aire, el mismo hedor repugnante lo golpeó.

No, no le quedaba mucho tiempo de vida. Se estaba pudriendo por dentro y desintegrando por fuera. Era solo cuestión de tiempo.

Tiempo.

Era valioso.

La bombilla comenzó a parpadear.

Desnudo como estaba, se subió al asiento de una bicicleta destartalada y empezó a pedalear, haciendo chirriar los pedales con velocidad creciente. El dínamo zumbó como un enjambre de avispas furiosas y la bombilla volvió a brillar con nueva vida. Su respiración era entrecortada; resoplaba como una vieja locomotora de vapor. Su cuerpo convulso proyectaba una sombra fantasmal contra las paredes.

Un jinete fantasma, pensó. ¡Saliendo del infierno!

El estruendo de la horda que se disputaba el cadáver afuera ya se oía con claridad. Ahogaría cualquier ruido procedente de su guarida.

La aguja del indicador de la batería temblaba en el máximo.

—¡Ya voy! —graznó como un cuervo—. ¡Espérenme!

Se bajó de la bicicleta, rebuscó en una vieja caja de zapatos y sacó un cubo tras otro, leyendo las inscripciones.

“18.º cumpleaños”, decía uno.

“Graduación”, otro.

“Boda”.

Dudó un instante y luego decidió.

—¡Ya voy, Eva! —tosió mientras se conectaba los cables al cráneo con manos temblorosas—. ¡Dame un minuto!

Sus dedos volaron sobre el teclado del reproductor. Luego se quedó mirando la pantalla con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando el ícono >LISTO PARA DESCARGAR< se iluminó, no dudó ni un segundo en huir de este mundo.

 

Traducción al inglés: Richard Kunzmann


Helmut W. Mommers nació el 16 de noviembre de 1943 en Viena. Es un destacado autor, editor y traductor austriaco de ciencia ficción. Ha sido una figura clave en la literatura de ciencia ficción alemana, contribuyendo como escritor, compilador de antologías y traductor. Su trabajo ha influido significativamente en la difusión del género en Alemania y Austria. Vive entre Viena y Mallorca, y su perfil público refleja una carrera prolongada y activa en el ámbito literario. Con más de 80 años, sigue siendo reconocido por su compromiso con la ciencia ficción.

 

LLAMADA CELESTIAL