jueves, 29 de octubre de 2026

SU ÁRABE

Niels Hav

 

Se acercaba a la ranura de su puerta con un respeto especial. Cuando deslizaba la correspondencia, escapaba del interior una pequeña bocanada de aire, y ella se demoraba unos segundos ante la puerta. Incluso cuando no había cartas para él, se detenía un momento en el descanso del tercer piso. Las altas ventanas de la escalera daban al lado opuesto de la calle, y desde allí podía ver en diagonal el patio trasero, con su cemento agrietado. Sabía lo torpe que debía de parecer vista desde el interior del departamento, a través de la mirilla, pero ella se sentía muy real allí, mientras aguzaba el oído para captar el menor sonido.

Hasta que la luz se apagaba con un chasquido seco, como si en algún lugar, al fondo del vestíbulo, hubiera cambiado un engranaje, y ella quedaba a oscuras y volvía a respirar. De inmediato seguía escaleras arriba, como si fuera en busca de algo importante, para luego bajar de nuevo a su ritmo habitual. No sabía si se sentía decepcionada o aliviada.

 

Nunca habría tocado el timbre solo para llamar su atención; sin embargo, todos los días lo esperaba durante aquellos pocos segundos. Una sola vez, seducida por sus fantasías, lo había hecho. Había sido un error absoluto. Lo oía moverse adentro, pero él no abría. Toda la situación la desconcertaba, aunque ya había tocado el timbre y no podía deshacerlo: era imposible irse sin más.

Así que volvió a tocar y escuchó el sonido estridente que llegaba del interior, horrorizada por haber actuado. ¿Por qué lo había hecho?

De pronto, la puerta se abrió de un tirón y apareció su rostro ancho, mirándola fijamente. La espesa cabellera, por lo general peinada hacia atrás, le caía alrededor de las orejas. Parecía un completo desconocido. Ella no alcanzó a reaccionar ni a hablar antes de que él pronunciara aquella única palabra.

—¡No! —En la acústica desnuda del pasillo resonó como un grito agudo. La puerta se cerró con violencia.

Nunca más se había atrevido a tocar el timbre.

 

Pero otro día, antes de que ella llegara al descanso, él apareció de pronto en la puerta abierta. Retrocedió un paso para dejarla entrar. Al verla vacilar, hizo un gesto impaciente con la mano: no quería hablar en la escalera. Estaba recién afeitado, como siempre, y llevaba el brillante cabello negro peinado hacia atrás, pegado al cráneo. Desprendía un aroma penetrante que ella no reconocía.

Cada vez era como si, durante los primeros minutos, fueran dos desconocidos. Él se mostraba muy cortés. Le tomaba la mano, se inclinaba y le rozaba los nudillos con sus labios carnosos. Después la ayudaba a quitarse la chaqueta, la chaqueta roja de Correos, y la colocaba cuidadosamente en una percha junto al espejo.

Cuando empezaba a hablar, las primeras frases le salían con un acento marcado, como si llevara mucho tiempo sin hablar aquel idioma con nadie. Había en su voz un desamparo que contrastaba de manera conmovedora con la serena autoridad de su cuerpo.

—Ya verás —decía, por ejemplo.

Con una mano en su codo, la guiaba hacia el interior. Era un departamento grande y las habitaciones estaban casi vacías, aunque los pocos muebles parecían caros. Había cuatro sillones alrededor de una mesa baja, y un equipo de música, nuevo, se alzaba solitario contra una larga pared desnuda. Los discos que elegía para ella eran todos de música árabe, interminable y melancólica; era como escuchar el fluir del agua. Un placer ondulante: eso le producía a ella aquella música. A él, en cambio, lo animaba.

—Ven —decía con entusiasmo, y se adelantaba de un salto hacia la habitación contigua, donde un escritorio macizo ocupaba, solo, el centro.

Había un paquetito preparado, más pequeño que una caja de fósforos, envuelto con esmero. Ella debía abrirlo.

—Para ti —decía él, y se lo depositaba solemnemente en la mano. Muy serio.

Ella sonreía; cada vez intentaba negarse. Al principio aquellos regalos la incomodaban; nunca se había sentido a gusto recibiendo obsequios, no estaba acostumbrada, no a esa clase de obsequios. Pero él era inflexible.

A menudo eran joyas, aunque también podía ser un amuleto, una figurilla, un perfume: cosas exquisitas. Los paquetes algo más grandes podían contener un pañuelo, ropa interior costosa; una vez, un sombrero. Ella se negó a aceptarlo y lo devolvió cuidadosamente a la caja. Era un sombrero pequeño y muy sencillo; nunca había visto nada semejante.

Él se rio de ella.

—No uso sombrero —dijo. Pero él había advertido el anhelo en sus ojos.

—Jamás podría ponerme ese sombrero —dijo con timidez.

Él volvió a sacarlo de la caja, le acomodó el pelo corto detrás de las orejas y se lo puso. Era más bajo que ella, y ella podía observar su radiante concentración. Sus dedos gruesos la hacían sentirse elegante mientras le arreglaba el pelo y sujetaba el sombrero con un alfiler largo.

Tenía que mirarse en el espejo. Él la admiraba, le apretaba las manos con entusiasmo. Y el sombrero realmente la favorecía, le transformaba el rostro y toda la figura. Se erguía, se balanceaba de puntillas, como si aquel sombrero que flotaba sobre su pelo la elevara. Hasta podía olvidarse de los pantalones negros de Correos.

—Todo se vuelve hermoso para ti —decía él.

En casa escondía sus regalos en una maleta gastada, en lo alto del armario: usarlos era demasiado arriesgado. Pero dejó el sombrero con él, en su departamento, dentro de la caja que estaba en el alféizar. Él no volvió a mencionárselo. Pasaron varias semanas antes de que se atreviera a llevárselo.

La trataba con una consideración desesperada, como si fuera una persona excepcional. Y cuando ella tenía que irse, nunca intentaba retenerla. Ella imaginaba que al instante siguiente ya estaría absorto en otra cosa. Era un misterio para ella.

 

La primera vez, ella se había quedado allí, desprevenida, tendiéndole una carta en medio de su rutina. Él había salido a la escalera: un hombre bajo y corpulento, de ojos negros y brillantes, de unos sesenta años. Todos los días se encontraba con mucha gente en las escaleras, pero nunca con nadie como él. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas, y ella reparó de inmediato en sus brazos anchos, cubiertos de un vello espeso. Y también en el pánico frío de sus ojos, como si mantuviera a raya, en silencio, algún conflicto interior.

La luz de la escalera se apagó. Ambos extendieron la mano al mismo tiempo para volver a encenderla, y ella sintió el calor de su mano gruesa. Fue él quien pulsó el interruptor.

Él se rio, y ella vio sus dientes brutales.

La carta que había llevado había caído sobre el felpudo; se inclinó y la recogió. Era una carta del municipio, franqueada a máquina, nada especial. Pero él la recibió como si ella le hubiera ofrecido un regalo.

—Gracias —dijo. Su voz resonó en el hueco de la escalera y pareció asustarlo incluso a él. Ella le había sonreído, se había sentido reconocida.

—¿Abres esta carta conmigo? —preguntó él.

Ella no había entendido qué quería decir y se quedó vacilando en el umbral mientras él desaparecía en el departamento. Regresó con un abrecartas y, mientras ella esperaba, abrió el sobre: sus dedos cortos eran sorprendentemente ágiles.

Lo que quería era que ella le leyera la carta.

—El danés no se lleva bien conmigo —dijo.

Era una carta del Registro de Población: había olvidado declarar su cambio de domicilio, se había mudado allí desde otra dirección sin notificarlo, y aquello había «llegado a su conocimiento». Ella se lo explicó, complicándolo un poco más de lo necesario. Él comprendió de inmediato.

Así que todo había desembocado en una copa como recompensa; él había insistido. Ella se sentó en uno de los sillones profundos, preguntándose por él y por aquella oportunidad, mientras él acercaba un carrito de vidrio y cromo. Llevaba diez o veinte botellas y copas de distintas clases.

—¿Qué deseas?

Ella no habría sabido elegir; no conocía ninguna de las etiquetas, y una bebida fuerte no era apropiada: estaba trabajando.

Así que él eligió por ella, un licor. Y se sirvió lo mismo en vasos bajos y anchos. Cuando le entregó el vaso, ella reparó en sus uñas fuertes, cuidadas, tan distintas de las uñas de los hombres que solía ver. Él no dijo «salud», pero inclinó ligeramente la cabeza hacia ella con respeto, alzó el vaso y bebieron.

El sabor le recordó algo parecido que había probado una vez durante unas vacaciones, en algún lugar del sur. No era exactamente lo mismo, pero el ambiente de aquellos días se fundió sin esfuerzo con aquel momento especial.

—Es rico —dijo—. Me gusta mucho el sabor.

Había aclarado deliberadamente la voz y articulado mejor las palabras, como si esperara que a él le costara entenderla. No hacía falta.

Él le ofreció de inmediato la botella. Ella creyó que era una broma y se negó; empezó a hacerle preguntas. ¿De dónde era? ¿De dónde venía, originalmente? Pero él ya estaba buscando papel y envolviendo la botella; la dejó sobre la mesa, junto al vaso de ella. La desconcertó.

Fue su primer regalo. Así serían las cosas, como habría de descubrir.

No le había tenido miedo, ni por un instante. Era como si todo lo que ocurriera allí fuera a tener valor para ella.

Cuando se marchó, se llevó la botella: tenía que aceptarla.

—Es buena para ti —dijo él. Y, en realidad, ella quería llevársela; no era nada del otro mundo, así como en otra ocasión podían ofrecerle un cigarrillo. Se lo recordó a sí misma. Aun así, no la llevó a casa, sino que la guardó en su casillero de Correos. Allí podía sacarla cuando estaba sola, desenroscar el tapón y aspirar su intenso aroma. Después volvía a taparla y la colocaba al fondo del estante.

 

Estaban tendidos uno junto al otro en su cama, que no era una cama, sino un colchón grande y duro sobre una estructura baja. Estaba en una habitación de esquina, con ventanas altas, y en las paredes había grandes cuadrados de luz solar que avanzaban milímetro a milímetro. Ella los veía y no los veía. La música árabe fluía de los altavoces en una maraña interminable de imágenes nuevas.

Abajo, frente a la entrada, la bicicleta amarilla de Correos la esperaba con sus bolsas.

Él la hizo girar hasta dejarla boca abajo. Se incorporó en la cama y empezó a masajearla con sus dedos cortos y gruesos, los hombros y la nuca, donde siempre estaba tensa.

—Beth —dijo. Así la llamaba él. Su nombre era Lisbeth, pero hasta entonces la habían llamado Lis—. Siento pena por ti —dijo.

Pero casi significaba otra cosa: él la había vuelto valiosa. Podría quedarse así para siempre, escuchando su voz y la música que se deslizaba por las paredes para mezclarse con la luz del sol sobre el piso barnizado.

Era él quien ocupaba sus pensamientos; quería saber de dónde venía, cuándo había llegado.

—Cuéntamelo, Ray.

—Vivo en lo lejano —dijo él—. Muy lejos.

Ella no conseguía que le diera a aquel lugar un nombre concreto.

—Mi país está en mi corazón —decía él, con una solemnidad cómica.

Ella casi dormía, pero al mismo tiempo estaba completamente despierta; era una especie de trance hipnótico. Allí, en el departamento, se volvía visible para sí misma; todo era tan real. El pulgar de él encontraba el punto sensible de su nuca, desataba los dolores y estos se disolvían. Nunca en su vida se había sentido tan bien.

Cuando miró su reloj, que estaba en el suelo entre la ropa de ambos, sintió un golpe seco de miedo. Saltó del colchón y se vistió a toda velocidad. Él permaneció junto a la ventana, de espaldas a ella, envuelto apenas en una sábana. Como un samurái japonés, pensó ella. Miraba tranquilamente la calle, absorto en sus pensamientos.

Así se quedaba, de pie; nunca la acompañaba hasta la puerta.

Con el corazón desbocado, ella recorría la siguiente escalera sin dejar de mirar el reloj. Cuando tenía que tocar un timbre para entregar una carta certificada, la recibían miradas inquisitivas. O eso le parecía. Estaba a punto de inventar excusas. En Correos entraba por atrás sin que la vieran; los demás habían regresado hacía rato, habían rendido cuentas y se habían ido a casa, y ella solía ser una de las más rápidas. Aunque, a esas alturas, en la oficina ya no sorprendía que llegara tarde.

De vuelta en casa, sacaba la aspiradora del armario y empezaba a limpiar frenéticamente el departamento. Pero de pronto, en medio de todo aquello, se detenía y se dejaba caer pesadamente sobre el brazo deshilachado del sofá.

Se plantaba ante el espejo, cara a cara consigo misma. Las hijas, sus muchachas ya grandes, estaban casi independizadas. Casi todas las noches, Elo y ella cenaban en la cocina, sobre las alas de la mesa plegable, desde donde podían alcanzar la comida en la cocina. Él no advertía nada. Ella siempre había creído que, si alguna vez pasaba algo, él se lo notaría. Comían, cada uno sumido en sus propios sueños, mientras la radio emitía sus conversaciones grabadas que ninguno escuchaba. Y ellos mismos no decían nada, aunque intercambiaran pequeños comentarios sobre la comida, sobre las hijas, sobre el trabajo de Elo.

Es un buen hombre, pensaba ella, está lejos de ser de los peores. Habían seguido juntos todos aquellos años; conocía hasta el menor detalle de sus costumbres.

Sin embargo, cada uno estaba solo en compañía del otro. Comían solos, se sentaban solos, uno junto al otro, en la sala para mirar televisión; dormían solos, uno al lado del otro, en la cama crujiente.

Estaba muy cansada. Cuando se acostaba con los ojos cerrados, sonaba la música árabe, un eco nítido en su interior; Ray abría la puerta para dejarla entrar. Así se dormía.

 

Durante varios días él estuvo ausente. Ella lo sentía en la escalera, lo olía ante su puerta: él no estaba allí. Y podía oírlo en el sonido apagado de las cartas al caer entre periódicos y viejos folletos.

Pasó alrededor de una semana. Contra su voluntad, se preocupaba por él: podían pasar tantas cosas. Intentaba imaginar distintas situaciones, pero su mente tanteaba en la oscuridad. ¿Qué sabía de él, en realidad? ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Adónde había ido?

Subía las escaleras con pesadez, los días eran tediosos, sus pensamientos estaban estancados; al bajar, se detenía ante su puerta cerrada. Y mientras llevaba la bicicleta hacia la entrada siguiente, notaba que en su interior se producía un cambio de marcha. Se distraía y se quedaba manoseando las cartas, torpe como una principiante; iba acumulando rabia contra él, se endurecía.

Entonces, de pronto, él volvió a aparecer en la puerta abierta.

—¿Dónde has estado? —preguntó ella con aspereza.

Pero su enojo no podía sostenerse. El alivio era enorme.

Los dedos gruesos de él la inventaron de nuevo mientras la desnudaba, y el último resto de resentimiento desapareció ante su ternura obstinada. Su barbilla se hundió entre los muslos de ella; sus labios suaves la elevaron fuera de sí misma, y ella tocó el techo con los pies.

Cuando volvió en sí, él estaba de pie frente a ella, sosteniendo una bandeja con una servilleta azul, un plato blanco y pequeñas delicias que había comprado. Para ella. Decía sus nombres en una lengua extranjera. Pero ella no tenía el menor apetito, se limitó a probar unos bocados. Y dejó la bandeja con cuidado en el suelo.

Él se sintió decepcionado, lo que a ella la reconfortó un poco.

Pero respondió con silencio.

—¿Por qué no dices nada? —preguntó ella. Estaba sentada desnuda en la cama, fumando; empezaba a resultarle natural.

—Decirlo mata a la gente —dijo él.

Ella pensó en su correspondencia. A veces le llegaban cartas de lugares extraños. Había estudiado los sellos y matasellos cuando, de madrugada, clasificaba las cartas para su recorrido; rara vez recibía cartas danesas. Ahora se lo preguntó directamente: ¿quién le escribía aquellas cartas?

Pero él era reservado.

—Negocios. —No quiso decir más.

Se quedaron sentados, fumando en silencio; ella empezó a fantasear.

—Déjame mudarme aquí —dijo—. Quiero vivir contigo.

—No —dijo él.

Fue un golpe: ella había estado completamente segura de que reaccionaría de manera opuesta. Sintió miedo de sí misma, se sintió idiota, engañada, ridículamente desnuda. Apagó el cigarrillo y se cubrió con la sábana; quería levantarse cuanto antes y salir de allí. Pero no pudo porque tenía las piernas entumecidas y le temblaban, se estremecían, medio dormidas. Y le brotaron las lágrimas, como un desfallecimiento repentino.

Él salió de la habitación, revolvió su escritorio, se afanó nerviosamente allí dentro. Ella lloraba, con los pensamientos en un callejón sin salida.

Pero cuando ya estaba vestida y a punto de irse, él se le acercó.

—Tus lágrimas llenan el mar de la tristeza —dijo. Ella lo miró fijamente, sin comprender—. No podemos alejarnos de nuestros propios territorios, ni tú ni yo —dijo él.

—¿Qué significo para ti, entonces?

La torpeza de él con el idioma también recreaba las palabras para ella; podía recurrir a todos los lugares comunes que quisiera.

—No es bueno quedarse aquí —dijo él—. Eres una mujer casada.

 

Ella se armó de desprecio. Nunca volveré a entrar en este departamento, decidió. Nunca.

Y su vieja rutina la recibió misericordiosamente: los días siguientes pasó deprisa ante su puerta y, para su alivio, él no salió. Se concentraba en su recorrido, lo completaba y era una de las primeras en rendir cuentas; empezaba a reconocerse otra vez. Leía minuciosamente, página por página, el periódico que llevaba a casa cada tarde, acompañada de sus propios pensamientos dispersos. La historia había terminado.

Para volver a ser normal, llamó a sus hijas y las invitó a cenar. Y las muchachas aparecieron en la cocina con sus risas espontáneas, dispuestas a pasar una noche infantil de bromas y diversión. Hablaban con soltura de sus vidas, de toda la gente nueva que conocían constantemente. Pero, sobre todo, querían impresionarse una a la otra, no a ella. Ella podía servir la comida y escuchar. Sus intervenciones no eran más que los comentarios graciosos de una madre; no había ido al concierto ni había visto la película.

Se reían de ella.

—Pero, mamá —exclamaron al unísono—, ¿tú nunca haces nada?

Ella no iba a arruinarles aquel entusiasmo fresco.

—No —dijo—. Nunca hago nada.

Un día se encontró con dos hombres en la escalera de Ray, dos extranjeros. No subían ni bajaban; estaban en el descanso, frente a su puerta, como si llevaran mucho tiempo allí. Ambos eran jóvenes altos, de mandíbulas poderosas; la dejaron pasar. Ella siguió escaleras arriba, demasiado sorprendida para detenerse.

En lo alto vaciló y respiró sin hacer ruido mientras escuchaba. Ellos seguían allí abajo, de pie; no hacían nada, ni siquiera hablaban entre sí. En el hueco de la escalera reinaba un silencio absoluto; la escucha de ambos trepaba sigilosamente hacia ella, la escalera se había convertido en oídos de atención concentrada.

Despacio, empezó a bajar peldaño a peldaño, con una mano en la baranda. En el tercer piso seguían frente a la puerta; esperaban, volvieron a hacerle sitio para que pasara. Ella se detuvo y los miró, les exploró los rostros, quería hacerlos ceder; su mirada luchó contra la amable cortesía de ambos. Pero su espera inexorable continuó: se negaban a moverse un milímetro. Le sonreían, ensanchaban el descanso con sus miradas sonrientes hacia los escalones. Ella tendría que pasar de largo.

Abajo llevó la bicicleta al otro lado de la calle, hasta la acera de enfrente. En el departamento de Ray las persianas estaban cerradas, algo inusual; ¿tal vez él no estaba? Pero ella sabía que estaba allí, lo sentía.

Y su prisma interior volvió a girar; el corazón le latía en la garganta mientras continuaba su recorrido. En su imaginación, él estaba ahora más cerca de ella que nunca.

 

A la mañana siguiente, los ojos de Ray la miraban desde la portada del primer periódico que vio, y también desde todos los demás: una conmoción súbita. Liquidado. La fotografía estaba ampliada y era casi irreconocible, pixelada, pero era él. Tuvo que sentarse en el borde de la acera; su cuerpo se rindió, se desplomó hacia delante, con el rostro sobre el periódico, mientras seguía leyendo.

Tráfico ilegal de armas, narcotráfico, intrigas políticas. Un sinfín de conjeturas.

«Se presume que se trata de un ajuste de cuentas interno».

El páramo del vasto mundo se cerró sobre ella; el tránsito ardía al sol.

Subía y bajaba escaleras sola, casi fuera de sí.

En casa bajó la maleta del armario, solo para estar una vez más con sus regalos. Había pulseras, pendientes y pequeños frascos de perfume. Un pañuelo, una blusa, ropa interior. Extendió las cosas sobre el cubrecama. El sombrero había perdido su forma original y, bajo la luz polvorienta de la lámpara sobre la cama, parecía una compra casual en una tienda de segunda mano. Le dio vueltas entre los dedos y se hizo preguntas. Porque todo aquello estaba muerto para ella, como si perteneciera a la historia de otra persona, no a la suya.

Al cabo de unos días, los periódicos dejaron de hablar de él. Cada día se agachaba ante su puerta y miraba por la ranura de la correspondencia. Desde el recibidor hacia el fondo, las puertas estaban abiertas, como si sus muebles lo esperaran; podía ver cómo el polvo se acumulaba sobre los pisos.

Entonces, una mañana, la puerta estaba entreabierta y oyó voces en el interior. La empujó cuidadosamente con las yemas de los dedos; los muebles de él habían desaparecido, dos hombres con ropa de trabajo barrían el piso. Entró y se acercó a ellos con un manojo de cartas en la mano.

—De este ya puede olvidarse.

Señalaron hacia sus pies, donde una flor terrible se abría en la alfombra.

La cama había desaparecido, el equipo de música, los sillones y las mesas. Sin embargo, su aroma familiar la recibió como un confidente. Fue de habitación en habitación como quien busca algo a lo que aferrarse, un punto de apoyo o el final de una historia. Pero el departamento estaba vacío.

Niels Hav nació en 1949 en Dinamarca y creció en una granja de la costa occidental del país. Poeta y cuentista, debutó en 1981 y ha publicado varios libros de poesía y narrativa breve. Sus poemas y cuentos han aparecido en numerosas revistas y antologías y han sido traducidos a múltiples idiomas. Su obra ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Danés de Literatura 2024. Vive en Copenhague.

 

 

 

EL DIBUJO

Fiorenzo Dioni

 

Desenrollar el papel sobre el tablero de dibujo es un gesto lento y ritual. Mesa a cuarenta y cinco grados, superficie de goma recién limpiada, aunque ya esté perfecta, cuatro trocitos de cinta adhesiva preparados.

No es escrupulosidad, es temor a la hoja en blanco cuando uno la ve tensa, lisa y dispuesta a recibir el grafito de las ideas que le rondan la cabeza. Preparada para el dibujo que te han encargado desarrollar, para dar vida a un nuevo proyecto. La miras mientras afilas la mina, haciéndola girar una y otra vez a la antigua, sobre un trozo de papel de lija, hasta desgastarla más de lo necesario.

Todo blanco y limpio.

El señor Prandi siempre dice que debemos ser como los cocineros, que después de cada ingrediente limpian todos los rincones de su puesto de trabajo. Y Angelo lo hacía siempre, recordando las enseñanzas del viejo proyectista, que tenía en la cabeza cada detalle de lo que debía hacer.

Prandi no era muy simpático, pero sí amable y cortés, y cuando enseñaba hablaba despacio, variando el tono de voz solo cuando debía explicar los conceptos más importantes del dibujo técnico. Con un maestro así, era fácil aprender los secretos, y a la ambición de convertirse pronto en proyectista se sumaban la emoción y la impaciencia por conseguirlo. Era una de esas personas que Angelo recordaría siempre.

El tablero está listo. Una carrera para lavarse las manos, cosa que Angelo hacía mil veces al día, y llega el momento de dibujar.

¿Y ahora qué? El primer esfuerzo consiste en volver a mirar la hoja en blanco, obligatoriamente con una mano sosteniendo el mentón, e imaginar el dibujo ya terminado, tratando de trazarlo debajo del papel para que después solo haya que calcarlo, como si la mente lo estampara en la superficie de goma.

Está todo allí. Toma forma incluso con los ojos cerrados, y cuando los abres, a lo imaginado solo le faltan las líneas grises del lápiz.

Pero nunca es así. La mano abandona el mentón, un instante más de reflexión y luego la mina 5H, la que nunca ensucia, traza el eje de simetría horizontal. Esa línea discontinua es sagrada: mancha la hoja inmaculada y, por un momento, parece que ya estuviera hecha la mitad del trabajo.

Ahora solo hace falta no volver a levantar la mina del papel, aunque la ansiedad empieza a abrirse paso entre las pocas certezas.

«Bien, lo importante era empezar, lo demás vendrá solo». Y uno se oculta a sí mismo que, aparte de las nociones básicas, no sabe muy bien qué añadir a esa línea que no desentonaría en un cuadro futurista.

—¿Te animas a realizar este estudio? Primero preparas un plan, después una lista de prioridades, dibujas siguiendo los puntos de la lista y, por último, haces una comprobación. En esa última etapa revisamos juntos el resultado.

Prandi es una garantía: puedes contar con él en cualquier momento. Pero Angelo aspira a otra cosa.

—Sí, ningún problema.

Y ya está pensando: «Lo hago todo yo y le presento el dibujo terminado, sin necesidad de correcciones. Puedo hacerlo».

La presunción a veces es maravillosa, pero el valor añadido es la curiosidad.

La 5H traza la primera línea perpendicular al eje, y el olor del grafito ya cierra las puertas a todo lo demás: el dibujo cobra vida. O al menos sus contornos. Sara, la amiga pintora con la que Angelo toma de vez en cuando clases de dibujo artístico, siempre dice que nunca hay que separar el lápiz del dibujo; la punta debe permanecer en contacto con él, para que uno también lo esté, sin distracciones. Para fundirse con el papel, con las líneas y los colores.

Las líneas se suceden, la idea toma forma. Después llega el momento de los cálculos.

—¡Maldito perfil trapezoidal! Siempre tengo que repasar las fórmulas para calcularlo.

—¿Necesitas ayuda?

De vez en cuando, la voz de Prandi viene a interrumpir las líneas, pero el silencio deliberado y un poco de la presunción habitual levantan una barrera. No hace falta nada más.

—¡No, gracias!

Y el lápiz corre más deprisa.

Sí, porque también hay que tener en cuenta el tiempo. ¿Para cuándo es la entrega?

Toma el Colombo, la biblia de los dibujantes técnicos. Y allí está el señor Timoshenko indicando el camino, pero de una manera tan complicada que debes devanarte los sesos para utilizar solo lo que necesitas. Los libros técnicos son así: indispensables e irritantes. Pero sin ellos la hoja seguiría en blanco y la 5H duraría toda una vida, intacta.

Quizá debería haber dedicado su presunción a otro oficio. Siempre lo dice Davide, su amigo músico: el talento te lleva hasta cierto punto; después tienes que estudiar.

Está bien, señor Timoshenko, le haré caso y leeré todos los detalles.

La resistencia de la tuerca debe calcularse teniendo en cuenta únicamente los tres primeros filetes trapezoidales.

La flexión de esta pieza solo es aceptable en función de los esfuerzos generales. De acuerdo, pero ¿cómo la coloco después? ¿Y el rayado de la sección lo hago a mano alzada?

Ahora les toca a los fluidos: ¿cómo dimensiono el cilindro hidráulico que ejerce el empuje? Y reaparece la bibliografía técnica: ¿quién dice que los fluidos no se comprimen? El señor Timoshenko le cede el escenario al señor Bulk, que en realidad no existe, sino que da nombre a un conjunto de conceptos que complican las cosas.

La lectura avanza deprisa, se salta muchos detalles y va al grano. ¡Aquí estás!

Después, la mina se desliza que da gusto. Cada vez más deprisa, guiada por la urgencia de terminar para ver realizado lo que antes no era más que una hoja en blanco. La imaginación casi permite ver los mecanismos moviéndose sobre el papel.

Falta poco, pero la certeza de estar cerca de la meta ya lo lleva a repetir su jueguito de siempre para llamar la atención: llama a los demás, les muestra la mina que sobresale exageradamente del portaminas y lo lanza contra el techo de paneles de espuma. El portaminas se clava y queda allí: es el equivalente de aquel «Profesor, he terminado» de la escuela.

Pero esta vez la mina se rompe, el portaminas cae y la oficina se llena de las risas de los demás. Poco importa: el orgullo que siente por ese dibujo está por encima de todo. Esté bien o mal.

Debería haber minas de repuesto en abundancia, pero cuando mira el estuche lo encuentra vacío. Es el único que usa esa dureza; de algún modo quería ser distinto de los demás, pero ahora nadie tiene una para prestarle.

Revuelve nerviosamente entre los instrumentos desordenados de la mesa, pero solo encuentra minas de 0,5, de las que se usan para escribir o hacer cuentas. Decide que servirán de todos modos.

La prisa es mala consejera y lleva a hacer cosas que traicionan los propios principios: esa mina es HB, dejará polvo sobre el papel y, cuando borre, el canto de la mano, además de retirar las virutas de goma, arrastrará aquel polvo gris oscuro y ensuciará la hoja que la 5H había dejado inmaculada.

Cuando la limpieza del papel es uno de los principios con los que se trabaja, un dibujo sucio no puede ser aceptable. Parece algo hecho sin cuidado, solo para llenar la hoja, un revoltijo de líneas confundidas por la niebla del grafito que arrastran los errores y las correcciones.

Angelo cuida cada movimiento, cambia la manera de trazar las líneas para evitar el daño. Y piensa que, si ocurriera lo que teme, habría que rehacer el dibujo desde el principio, por una cuestión de principios: no hay vuelta de hoja. También piensa que es una paradoja rechazar la ayuda de los demás en los aspectos conceptuales, en lo que respecta a aprender y crecer, y acabar dependiendo de ellos por una simple mina. Porque él no escribe: dibuja. Y no es un Basquiat: es un Rafael.

Sigue adelante y, cuando llega la etapa de los retoques, alterna frenéticamente entre trazar una línea y apartarse del papel para observar el conjunto. Se acerca el momento de aquel «revisamos juntos el resultado», y la ansiedad vuelve con fuerza.

Ahora lo ve completo, otra vez con una mano sosteniendo el mentón. Es un soporte para un molde.

«Prandi le pondrá objeciones, pero siempre lo hace», piensa, y ese pensamiento se impone a todas sus cavilaciones. Angelo sabe que habrá algo equivocado, que será necesario revisar algún detalle, que aprenderá algo de la comprobación, pero, convencido como está de que es bueno, le dolerá, al menos durante un tiempo; después se convencerá de que la crítica era justa y la aprovechará. También sabe que Prandi se lo dirá con amabilidad y cortesía, y eso hace una gran diferencia.

Sentado en el taburete, admira su obra. En su mano, la goma ha sustituido al portaminas; los ojos recorren veloces cada punto del papel y, de vez en cuando, se inclina hacia delante y borra cuando una sombra interrumpe su recorrido. Después de todo, ha conseguido hacer un trabajo aceptable, piensa, aunque en realidad para él es una obra maestra.

Ahora el dibujo debe reposar, y Angelo se va a perder el tiempo, a desconectar la cabeza del trabajo recién terminado, a despejarse y prepararse para el «revisamos juntos». Ese momento es necesario porque sabe que, cuando vuelva, verá de inmediato algún error y lo corregirá por su cuenta, sin ayuda de nadie.

Vuelve.

Los errores están ahí, son pocos. Los borra. Sonríe.

Se asoma por detrás del tablero.

—El dibujo está listo —dice.

Fiorenzo Dioni nació en Brescia en 1963. Diseñador de profesión y escritor por vocación, siempre ha escrito, pero comenzó a publicar hace pocos años. Le encanta escribir historias inspiradas en situaciones cotidianas, a las que luego les da un toque surrealista e imaginativo. Ha publicado tres libros: «Puertas», compuesto por tres relatos cortos; «Reflexiones», un proyecto colaborativo con un fotógrafo en el que imágenes y palabras se encontraron y compararon; y «El hombre en la caja», publicado por Calibano Editore, compuesto por 19 relatos surrealistas. Uno de ellos fue adaptado al cómic «Mi padre, el tango» (Calibano, 2023). Ha participado en varias antologías de relatos temáticos, entre ellas «Yo también. Historias de mujeres al límite», «Nos sentamos al lado equivocado», «Nada por lo que matar» (Prospero Editore) y «Los cuentos de la leona» (Calibano Editore). Otros relatos suyos se han publicado en la revista Inkroci, donde también colabora con reseñas de libros y discos en las columnas "¡Atención al libro!" y "¡Formidabili, quelle dischi!". Anteriormente, escribió reseñas para las revistas NB y Dentro Brescia.

 

LOS RASTROS DEL CURANDERO ESPACIAL

Fabricio Callapa-Ramírez

 

Como últimas pruebas de la existencia del Curandero Saturnino Kahuana –al margen de todas sus propiedades, casas, vehículos y terrenos que lucían completamente vacíos y sin utilizar– quedaban apenas aquella caseta celeste que se ubicaba al borde del Mercado Campesino y ese estrafalario comercial que transmitían en la Cadena Popular de Televisión. La caseta aún guardaba una ch’uspa con hojas de coca, las cuales jamás pudo utilizar para leer el futuro con acierto, además de unas derruidas baratijas con las cuales ofrecía sus amarres eternos que duraban tres o cuatro semanas. Objetos que fueron desestimados durante el peritaje policial.

Por otra parte, el comercial televisivo lo muestra como un sujeto de labia peculiar y seguridad convincente, incluso habiendo filmado en croma y reemplazando aquel fondo verde con una descripción del espacio y el Sistema Solar, con imágenes copiadas de algún documental de la alemana Transtel, en donde don Saturnino se adjudicaba –quizás por un error de pronunciación– el título de Curandero Espacial. En treinta segundos, junto a una melodía de zampoñas y sintetizadores cósmicos, aquel hombre con aire de sabio y charlatán ofrecía una ayuda para curar enfermedades imposibles, una ayuda que no encontrarían en ningún otro sitio, cien por ciento garantizado.

Algunos rumores apuntan a que este nombre nunca fue un error, sino un acto adrede.

 

EL HIJO BASTARDO DE ILLAPA

 

Si alguien hubiera visto que el rayo que atravesó al curandero no fue una de esas raíces luminosas que agrietan el cielo, sino un haz recto de luz que se estrelló de golpe cerca a las mesetas de Hananpampa, se hubiera dado cuenta de que nunca llegó a recibir la gracia de Illapa, para dedicarse a las artes sanatorias que su mentor, Don Casiano Quispe, le había intentado enseñar.

De todas maneras, aquella noche de lluvia y truenos esparciéndose en la tierra, se presentaba como una oportunidad, pues... si no era el rayo, alguna otra cosa tenía que ser y así fue. El haz de luz que llegó, y pareció estrellarse directamente contra unas rocas, descubrió un objeto redondo y plateado, una especie de gigantesco plato de donde salía gimiendo un extraño ser viviente, de unos ojos enormes como semillas negras de zapallo, de unas facciones tan cinceladas y definidas en grandes trazos que parecían hechas en algún tipo de madera en lugar de una piel tan accidentada y llena de surcos como la de los seres humanos.

Saturnino, que en ese entonces rondaba los veintiséis años, lo observaba con sorpresa y, de no haber tomado cautela y miedo en ese mismo momento, no hubiese llegado a revivir con una deslumbrante nitidez el recuerdo y las palabras de su viejo maestro:

“Aunque no recibas al rayo para que el Don caiga sobre ti, todavía hay una forma de adquirir la habilidad para sanar a la gente... por eso te la voy a contar. Eres tonto y tan testarudo como un animal en celo, pero si la vida te ha hecho así es porque la tierra siempre guarda algo para todos y, aunque esto es más difícil y menos probable, es algo que a mí también me contaron...”

Entonces sintió como si todas aquellas palabras estuvieran cobrando vida mientras veía al extraño ser que, despatarrado y con el cuerpo partido por la mitad, trataba de estirar una de sus extremidades hacia un pequeño compartimento del plato. De allí sacó un recipiente que desenroscó fatigado y esparció una especie de polvillo que pronto se convirtió en unos hilos que fueron cosiéndole el cuerpo. El aprendiz de curandero lo vio con sorpresa, pese a que fue tal como se lo habían descrito. Entonces supo que debía apoderarse de aquel ser y todas sus pertenencias.

No aguardó más de dos minutos cuando, boleadora en mano, saltó a capturarlo. En la oscuridad y con la lluvia todavía salpicando como una serie de agujas despuntadas, el extraño ser escapó con torpeza y espantado por las hostiles facciones de aquel hombre que parecía un espantapájaros de poncho mojado y dientes verdosos de tanto pijcho.

Saturnino probó su puntería, con la que tantas aves consiguió durante su niñez, y logró darle en la cabeza, aunque no lo derribó. A lo lejos se veía a esa pequeña figura escurrirse en el paisaje y perderse por completo. Pese al aparente fracaso, el hombre lució satisfecho ya que tenía en su poder aquel polvillo y cargó en sus espaldas el platillo volador hasta las proximidades de su solar. No le pareció que tuviera un gran peso porque lo trasladó con rapidez y, si bien no había procedido con atraparlo, estaba seguro de que encontraría la oportunidad para reencontrarse y cumplir el consejo que su mentor le había revelado, pero... mientras tanto, aquel polvillo le serviría para iniciar su carrera de curandero y hacerse de unos buenos dólares.

 

DESCRIPCIÓN DEL MÉTODO DE CURACIÓN

El Curandero Espacial empezó su carrera con una teoría sobre la enfermedad. Esta sostenía que el mal de una persona no sólo se debía a sí misma, sino a la relación de su colectividad; es decir, que si uno de los familiares presentaba alguna dolencia o algún malestar era porque había algo roto en la familia. Bajo este supuesto, don Saturnino se dedicó a tratar con familias completas y a cobrar por todos. Se daba el lujo de escoger a las más numerosas, pidiendo que señalen el padecimiento principal y luego desarrollar toda una parafernalia teatral para dizque atender al resto.

Muchas de las personas que fueron los pacientes centrales prefieren no hablar respecto al método que Saturnino empleaba para curarlos, salvo una que por petición personal no reveló su identidad para un reportaje periodístico. Esta persona comentó que después de atender a todos sus familiares, el Curandero Espacial lo llevó lejos y vendado, sintió ingresar a una casa y subir unas escaleras, cuenta que por el frío y el silencio supuso que el lugar estaba completamente deshabitado. Tras pedirle que tomara asiento, don Saturnino fue frotando en el cuello una cosa “como arena” que empezó a picarle hasta sentir que se había desvanecido en la piel. El testigo enseñaba el lugar que don Saturnino había intentado curar, “estuve bien durante varios meses, hasta que empecé a sentir que esa parte de mi cuerpo no me respondía, mi cuello no toleraba la presencia de humo y tuve que dejar de fumar. Y fue así hasta que no sé cómo, en una indigestión, fui al baño y vomité en el retrete una sustancia espumosa, una flema se alimentaba de lo que había comido. Sentí tanto asco que jalé del agua sin pensarlo dos veces.”

 

LA ÚLTIMA VISITA

 

Una noche de Septiembre, después de cinco años de una exitosa carrera, don Saturnino recibía sin imaginarlo la última visita. A diferencia de todas las anteriores, en esta ocasión, el cliente jamás había concernido una cita y tampoco llevaba a familiar alguno. Los vecinos de la zona al referirse a él lo describieron como un sujeto diminuto, haraposo y huidizo. Algunos borrachos sostienen, aunque nadie les cree, que tenía un rictus inexpresivo y fijo, de ojos desbordantes y ocultos en una capucha.

Si alguien pudiera estar allí en esos momentos, es decir, retroceder en el tiempo y aparecer en aquel lugar, encontraría la caseta cerrada y con su habitual luz incandescente. Si alguien pudiera aproximarse un poco más, escucharía un par de voces, la primera, aquella que no pertenece al curandero sino al visitante diciendo en un tono furibundo: “¿dónde están mis hijas, mi colmena?, ¿dónde está mi vehículo?”, para luego escuchar las súplicas del curandero pidiendo paciencia. Si alguien pudiera ver a través de algunos huecos de la caseta, podría encontrar al visitante empuñando un cuchillo bañado en una baba espumosa que pareciera moverse y al curandero recibiendo el filo en medio de su vientre.

Sin embargo, lo único que la gente vio ese día fue a Saturnino saliendo con aquel visitante luego de una escandalosa sesión de su oficio. Nadie pensó que pudiera tratarse de un crimen o algo parecido.

 

RUMORES

 

Han pasado más de ocho años después de aquella noche de septiembre, y los documentos de Derechos Reales señalan que Saturnino abandonó sus propiedades y, actualmente, la alcaldía se encuentra haciendo los trámites para apropiárselos. Los últimos giros bancarios que realizó apuntan a que vació sus cuantiosos ahorros. Algunas personas sostienen que lo vieron en ingenios argentíferos comprando minerales. Se presume que se marchó del país, que cambió de identidad y visitó a todos sus clientes antes de irse, amenazándolos de muerte si revelaban algo sobre sus tratamientos o si se sometían a los análisis médicos convencionales. Esto queda desmentido de manera relativa, puesto que algunos familiares, amigos y conocidos de las personas que fueron atendidos por el Curandero Espacial, afirman que él jamás les había tratado de forma intimidante y que jamás recibieron aquella visita secreta. Aunque, por otra parte, ninguno de los tratados hasta hora fue a realizarse alguna clase de atención médica. Dicen que gozan de muy buena salud y un carácter nuevo, como si les hubieran curado no sólo el cuerpo sino el alma.

Fabricio Callapa-Ramírez (1987 Sucre, Bolivia) Es licenciado en Comunicación y Lenguajes de la Escuela Superior de Formación de Maestros “Mariscal Sucre”. Miembro del extinto Taller de Literatura Creativa de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Realizó algunos cursos sobre producción audiovisual y guión en la ciudad de Sucre. Publicó los libros de cuentos “Ahora que el espejo ya no recuerda mi forma”, “El fin de los días de conocimos” y, de manera conjunta, el poemario “Next-Gen”. Participó en el Festival “Días de Poesía”, la antología de cuentos bolivianos de terror “Gritos Demenciales”, el concurso “Sucre en Micro” y el libro “Sed y Sangre: Antología de Relatos de la Guerra del Chaco”. Actualmente es miembro de la revista artesanal de narrativa “Lluvia Inversa”.

miércoles, 28 de octubre de 2026

EL GUARDIÁN DEL CEMENTERIO

René Maori

 

En una ciudad lejana como Tel Aviv, en la zona de la calle Ben Yehuda, se esconde un cementerio judío abandonado. Casi nadie sabe de él, ya que este trozo de tierra, salpicado de lápidas de piedra antigua, se oculta entre los edificios y el acceso está densamente tupido de maleza. ¿A quién le podría interesar un par de docenas de lápidas con inscripciones borradas e imágenes de la Estrella de David, además de varias criptas cuyas puertas hace tiempo saltaron de sus quicios, dejando que sus oscuras oquedades revelen únicamente el vacío? Vacío y oscuridad.

Pero piensen lo que piensen los hombres, los habitantes del cementerio custodian celosamente sus tradiciones, pues nadie las ha abolido. Y la tradición más sagrada de todo camposanto ha sido y sigue siendo su Guardián. Él nace en el instante en que los hombres miran un trozo de tierra y deciden: «Aquí habrá un cementerio», y muere... No, el Guardián jamás muere. Su cometido es aguardar el día del Juicio Final y vigilar que todo esté en orden. Que no se armen aglomeraciones ante el trono divino y que nadie llegue tarde o, Dios no lo quiera, se quede dormido. Así transcurren los días del Guardián del cementerio, inspeccionando cada noche la presencia de los difuntos como un viejo pastor que cuida el rebaño confiado a su tutela, a la espera de su hora de gloria. En cierto modo, es prisionero del pedazo de tierra que lo engendró y absorbió a los demás. Todos sus interlocutores llevan muertos una eternidad, lo que significa que las conversaciones giran siempre en torno a lo mismo. Su vida pasada. Y si el cementerio está abandonado, mal asunto. No hay noticias que llevarse a la boca.

En esa misma maravillosa ciudad de Tel Aviv también hay vivos. Existen más allá del perímetro que pertenece a los muertos. Sus casas se alzan sobre un muro de piedra que duplica la altura del difunto más alto. Pero el Guardián hace muchos años que no ve a ninguno. Es probable que hayan desaparecido de este mundo hace tiempo y hayan pasado bajo la jurisdicción de los custodios de otros cementerios.

Eso pensaba nuestro Guardián, que portaba un nombre hermoso y temible: Jatuliel. Aunque de temible solo tenía el eco para quienes conocen las Palabras, pues en realidad se traducía simplemente como «gato de Dios». Lindo, ¿verdad?

Sin embargo, los hombres no se habían extinguido. Vivían y coleccionaban los días en la gloriosa ciudad de Tel Aviv, sin la menor intención de desaparecer a ninguna parte. ¿Y qué es lo que hace tan célebre a esta urbe, tan mentada en nuestra narración? ¿Qué distingue a este cúmulo de edificaciones a orillas del mar Mediterráneo, bautizado como «la ciudad que nunca duerme»? Es famosa por su juventud, puedo asegurarlo. Alberga la mayor concentración de colectivos espontáneos e informales. Hay de todo: punks, metaleros, hippies, y por ahí se rumorea que hasta se ocultan los emos. Y aquí están los protagonistas de nuestra historia: los góticos, tres impetuosos románticos de nueva hornada, María, Sofía y Shaúl. Si no saben quiénes son los góticos, se los cuento. Sus rostros son de una palidez mortal, y las cuencas de los ojos y los labios, negros como la noche sobre Belén. De ellos dijo el poeta:

 

Cuyos ojos son más negros que la traición,

cuyas mejillas son más blancas que la nieve.

 

Solo visten ropas negras de corte antiguo y adoran todo lo lúgubre y hermoso: los vampiros, el rock pesado, la poesía desesperada. Su maquillaje despierta la envidia de quienes no se atreven a cruzar la línea de su estatus, encorsetado para siempre por las convenciones. Además, les chifla pasar las noches en cementerios y casas derruidas. Es un juego que aporta una pizca de vitalidad a su solemne y severa mascarada.

Nuestros tres góticos eran jóvenes, ¡ay, cuán jóvenes! María aún tenía sin cicatrizar los agujeros de las orejas, perforados expresamente para esa guirnalda de anillos que tintineaba con delicadeza al caminar. Ni siquiera se había desvanecido la redondez infantil de sus mejillas, cubiertas de base cadavérica. Tampoco había desaparecido esa espontaneidad propia de la infancia, pese a toda la parafernalia. Y así, ajenos a los límites de la prudencia, el joven trío llevaba tiempo relamiéndose ante el muro de piedra que ocultaba lo desconocido. Aquella noche decidieron averiguar qué se esconde entre las entrañas de la ciudad y, de paso, ampliar su área de expansión. Abriéndose paso entre la maleza desbocada, tropezaron con una verja de hierro oxidado que les cerraba el paso como una última advertencia en los linderos de lo ignoto. Shaúl, sin pararse a meditar en el simbolismo, empujó la molesta barrera con todo su peso y, con un chirrido prolongado, el monstruo oxidado cedió a su esfuerzo. Los tres góticos se quedaron congelados de admiración. Ante sus ojos se abrió un pequeño cementerio antiguo del que nadie sabía nada.

—Qué hermosura —susurró María, y fue la primera en adentrarse en la morada de los muertos, desprendiendo con elegancia el ruedo de su vestido de terciopelo de entre los zarzales espinosos.

Detrás marchaba Sofía, apretando contra el pecho un abanico ribeteado de plumas de luto. Shaúl titubeó un instante; era el más tímido y le daban pánico los serenos. Pero, ¿a quién se le ocurriría contratar a un vigilante y pagarle un sueldo para custodiar un terreno olvidado por todos? Por añadidura, la heroica hazaña de abrir la vieja puertecilla le infundió un atisbo de orgullo y temeridad.

Tras deambular entre tumbas antiguas cubiertas de hiedra y manchadas de moho marchito, el trío cobró confianza y se instaló sobre una larga lápida bajo la cual, al parecer, yacía una familia entera. María extrajo del bolso latas de cerveza y una bolsa colosal de papas fritas, mientras Shaúl sacaba de su estuche la cámara de fotos y comenzaba a disparar hacia todo lo que caía en su campo de visión.

—Qué raro —terció de pronto Sofía—. ¿Por qué hay tanto silencio aquí? Ni siquiera se oyen coches.

—Estamos en otro mundo —la consoló María—. Esto no es la ciudad, es el reverso. Ya no estamos en ninguna parte. Nadie nos encon-con-trará... —tarareó.

—Nosotros no esperamos a nadie —zanjó Shaúl con voz de bajo. Siempre recurría al registro grave cuando se sentía incómodo pero se negaba a admitirlo.

De este modo comieron, bebieron y, a su manera gótica, se divirtieron. La diversión acabó por visitarlos. Al fin y al cabo, tratándose de críos de ayer mismo, encontrarían su sitio donde fuera. Y entretanto, la hora de los espíritus se acercaba de manera inexorable. Ese preciso momento en que todos los difuntos abandonan sus tumbas y el Guardián pasa lista.

Jatuliel se movió en su cripta, se estiró y asomó la cabeza. Comprobó que sobre sus piedras reposaban los espíritus de siempre, a los que conocía como la palma de su mano. Los espectros conversaban entre sí, por lo que sobre el cementerio flotaba el rumor característico de cualquier muchedumbre. Pero había algo extraño, nuevo. Tres desconocidos estaban sentados junto a la familia Galili. Jatuliel se frotó los ojos y se puso a contar. El padre y los dos hijos de los Galili... En total, tres. Pero entonces, ¿quiénes eran esos tres a su lado? Era evidente que se trataba de muertos, y en apariencia no diferían de cualquier difunto local, salvo por el detalle de ir vestidos con ropajes europeos antiguos. El Guardián salió de su escondite y se detuvo a poca distancia.

—Uy, un gatito —chilló de pronto María—. Miren, miren, un gato negro precioso. Ven aquí, ven con nosotros. Mich, mich, mich.

Jatuliel miró a su alrededor desconcertado. Ni rastro de la estirpe felina, esas criaturas cuadrúpedas que transitan entre los mundos, por el cementerio. Pero aquellos tres lo miraban fijamente. Y una de las muchachas le tendía algo sostenido entre dos dedos. Una laminita amarilla, mientras arrullaba:

—Gatito, ¿quieres una papa frita? Ñam, ñam...

El Guardián se deslizó sigilosamente más cerca y de pronto, ¡oh, horror!, comprendió que aquellos seres poseían carne. Y eso significaba... ¡Significaba que se aproximaba el Juicio, y que los difuntos debían resucitar urgentemente, enfundarse en cuerpos y correr a Jerusalén! Sin duda, aquellos tres habían venido a buscarlos.

El muchacho pálido y de pelo largo, que no podía ser otro que un recién fallecido, le apuntó con un artefacto extraño, entrecerró los ojos, y un fogonazo cegador de luz deslumbró el mundo del Guardián. Lanzaba rayos, aquel muchacho tan estrafalario. ¡Un emisario!

 

Jatuliel se arrodilló por espacio de un segundo, tal como mandaba el ritual, y salió disparado hacia su cripta a toda velocidad.

—Vaya, asustaste al gato —se lamentó María con pucheros—. ¿Hacía falta sacarle una foto justo ahora? Podías haber esperado a que se acercara más, lo habría tomado en brazos. Mira que asustar así al animal, si va pegado al suelo del susto.

—Al gato no le pasó nada. ¡Estás exagerando el efecto de un flashazo! —replicó el rudo de Shaúl—. Ahora volverá, se acordará del cebo y vendrá saltando.

Mientras tanto, Jatuliel hurgaba febrilmente entre sus bártulos, apiñados en un rincón bajo el suelo de la cripta. La mayor parte de los objetos de valor se había convertido en polvo hacía eones. La cadena con la que antaño encadenaron a un templario se había fundido por el óxido en un bloque macizo. Al fin, rescató un viejo shofar verdoso que andaba rodando por un rincón y saltó al exterior.

—¡Amigos! —vociferó con voz estentórea—. ¡Ha llegado el momento! ¡Contemplen! ¡Han venido emisarios a anunciarnos que ha comenzado el Juicio Final!

Y sopló el shofar. El sonido del cuerno titánico barrió el camposanto; el antiguo polvo de las tumbas comenzó a brillar con una luz mágica azulada y a revestirse de la carne sepultada allí tiempo atrás, y los cuerpos comenzaron a recuperar su forma primigenia, pues tal era una de las propiedades del cuerno: devolver la vida a la materia perecedera para que hubiera un continente digno donde comparecer ante el tribunal. Los espíritus, que habían entrado en trance al escuchar tal noticia, espoleados por el segundo bramido, se agitaron, se sumergieron en las fosas y empezaron a enfundarse los cuerpos a toda prisa y como buenamente pudieron. Algunos, en la premura, se colocaron las extremidades al revés y salieron de las tumbas caminando hacia atrás, lo cual no dejaba de ser una ventaja, ya que podían ver a través de la nuca.

—No me gusta cómo chilla este gato, está... —empezó a decir Shaúl, pero se calló de golpe, porque todo el cementerio, como por arte de magia, se había poblado de hombres calvos y desnudos que intentaban cubrirse con pudor utilizando trapos mugrientos. Se quedó paralizado, señalándolos con el dedo mientras balbuceaba:

—¡Gopniks... ba-bandidos!

María y Sofía profirieron un chillido al unísono, y los tres se escabulleron tras una lápida para capear el temporal. De que aquellos seres misterios albergaban intenciones aviesas no cabía la menor duda para ninguno de los góticos. La astucia acumulada durante su dilatada militancia les susurraba que aquella noche habían cruzado una línea que jamás debió atravesarse, ni siquiera por góticos acérrimos como ellos. Llegados a este punto, la historia, por fortuna, los abandona piadosamente, temblando detrás de una lápida.

—¡A Yerushalayim! —gritó con solemnidad Jatuliel, volviendo a soplar su instrumento oficial. En realidad no hacía falta, ni mucho menos, pero la grandilocuencia del instante pudo con él, y elevó la buena nueva hacia un cielo lívido iluminado por una luna baja.

—¡A Yerushalayim! —corearon una decena de voces.

Y en desordenada comitiva, los inquilinos del cementerio emprendieron la carrera hacia la salida, allí donde la ciudad rugía. El Guardián corría a la cabeza, con los peyot batiendo al viento y el shofar alzado en su diestra.

Los transeúntes nocturnos miraban atónitos a aquel atado de semidesnudos que, con rostros arrebatados, perseguía a un gato negro vociferante. Esta pintoresca comparsa avanzaba a zancadas dejando caer a su paso harapos descompuestos que se pulverizaban al instante. Los individuos desnudos esquivaban a gritos los escasos automóviles, y sus nalgas brillaban con reflejos mate bajo los haces de los faros. Las calvas destellaban con fuerza a la luz de la luna cuando la señora del firmamento les regalaba su atención a través de los claros entre los árboles y los edificios.

Solo cuando se perfilaron los contornos del monte de los Olivos, fantasmal y sombrío a aquella hora, menguaron la marcha. El Guardián comprendió que habían llegado a tiempo: el juicio todavía no había comenzado, pues el monte yacía desértico y silencioso. Apenas unas pocas sombras incorpóreas deambulaban en su paseo nocturno.

—¡Arie! —atronó Jatuliel con voz estruendosa, invocando al guardián del monte de los Olivos—. Despierta a los tuyos. ¡Han llegado los emisarios, los emisarios! A todo esto, ¿dónde se han metido? —añadió en tono cotidiano dirigiéndose al patriarca de los Galili.

Este se encogió de hombros:

—No los he visto. Estaba contemplando la luna. Seguro que se habrían volado, al fin y al cabo hay cementerios por todas partes.

Arie, un judío bajito embozado en un talit manchado, salió a su encuentro. El anfitrión, aunque deslucido, destilaba auténtica severidad y peso. Al fin y al cabo, era el Guardián del monte de los Olivos: el supremo, el primero entre los iguales, coetáneo del alba de los tiempos cuando se inhumó al primer hombre del que todos los demás guardianes tenían conocimiento

—¿Qué? —masculló acercando la mano a la oreja—. Habla más alto.

—¡Nos han convocado! —gritó el Guardián—. ¡Ya es la hora! ¡He aquí el fin del mundo! ¡Por fin, querido mío!

—¿Cómo te llamas, viajero? —preguntó a Jatuliel con voz aburrida.

—¡Soy Jatuliel, guardián del cementerio de Tel Aviv!

Arie rodeó lentamente al visitante inesperado, pareciéndose en aquel instante de manera extraordinaria al animal cuyo nombre llevaba. Se detuvo un momento, pensando algo, y volvió a ser él mismo: el viejo león no había descubierto nada nuevo en el gatito que tenía delante.

—¿Quiénes son estos? —preguntó Arie, señalando con un dedo artrítico a los muertos de Tel Aviv, que, al tomar conciencia de su condición de no muertos, temblaban desacostumbrados al fresco nocturno y se apretaban unos contra otros para entrar en calor.

—¿Cómo que quiénes? Mis muchachos. El cementerio masculino de Tel Aviv.

—Vaya, masculino, entonces… Ya empezaba a dudarlo, mirando a aquel… Pero ¿qué los trae por aquí?

—Se ha anunciado el fin del mundo. F-i-n d-e-l m-u-n-d-o —deletreó Jatuliel, alzando la mano con el shofar.

—¿Qué dices, hombre? —replicó Arie, indignado—. ¿Nosotros... nos hemos... quedado dormidos?

Le arrebató el shofar de las manos a su colega y sopló con todas sus fuerzas. La tierra vibró a su alrededor. El polvo ascendió a los cielos y cientos, miles...

Detengamos aquí nuestra fantasía. No hubo cientos ni miles. Ni siquiera una decena. Porque Arie reparó de repente en el cielo, donde despuntaba la aurora.

—Ustedes son unos idiotas, y tú eres un gato sarnoso y estúpido —les soltó Arie a Jatuliel y a su séquito—. ¿Qué fin del mundo ni qué milongas? Míralo, ahí está la luz... En el cielo, ¿la ves? ¡Marchando a casa o si no...! —no terminó la frase y se esfumó.

Con él desapareció el infeliz Guardián de Tel Aviv, pues había concluido la hora de los espíritus, el tiempo de las criaturas sin cuerpo. Sobre el monte de los Olivos se desperezaba la mañana. Y eso solo significaba una sola cosa: el fin del mundo quedaba suspendido, y retornar a las tumbas era imposible hasta la noche siguiente. Los difuntos comprendieron de golpe que habían vuelto a la vida.

Por la mañana, los habitantes de la gran ciudad de Jerusalén contemplaron aquí y allá corrillos de gentes desnudas tocadas con taparrabos mugrientos que examinaban los monumentos con avidez. Algunos se sentaban directamente en el suelo, apiñados en círculo, cuchicheando entre ellos.

—Un congreso de krishnas —juzgaron los jerosolimitanos—. Seguro que han salido de las cuevas... Pálidos como si vinieran del otro mundo. ¡Con la de fauna que se ve por aquí!

Y los periódicos publicaron una breve nota sobre las orgías nocturnas de nudistas maduros.

¡Bendito seas, Yerushalayim!

Gabriel René Espiro (que publica con el pseudónimo René Maori) nació en Taskent, Uzbekistán, donde se graduó en la Facultad de Periodismo de la Universidad Estatal. Inició su carrera en el diario Pioner Vostoka y, en 1984, se integró a la Unión de Escritores de Uzbekistán. Ese mismo año debutó como autor publicando la obra poética del escritor represaliado Batu con sus propias traducciones. Su producción literaria abarca diversos géneros y títulos destacados como El aroma del pétalo de azucena (2004), El subterráneo (2009), Poemario (2012), la edición digital de ¿Quién es usted, barón Kalmanóvich? (2013), la antología de relatos Por encima de todo y la novela Tarikat (2024), escrita en coautoría con Vitaly Breeze. Además, su obra forma parte de importantes colecciones y antologías internacionales, consolidando una sólida trayectoria en el ámbito de la narrativa y la poesía.

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