martes, 16 de junio de 2026

EL PINTOR DE TORMENTAS

Patricio Ramos Gatti

 

Cuando el cielo comenzó a pudrirse, los hombres construyeron refugios, cavaron sótanos y aprendieron a mirar el suelo.

Taparon ventanas. Levantaron techos improvisados sobre las terrazas. Aprendieron a calcular la lluvia por el olor del aire y a caminar rápido cuando las nubes adquirían ese color oscuro, parecido al de una fruta ya demasiado madura.

Solo uno hizo lo contrario.

Cada mañana arrastraba una escalera hasta el desierto y pintaba pedazos de cielo sobre un muro abandonado. Celeste limpio. Nubes lentas. Un poco de sol.

Nadie sabía exactamente de dónde venía. Algunos decían que había sido maestro. Otros, que antes de las tormentas trabajaba reparando carteles de las rutas. Los más viejos aseguraban que simplemente había aparecido una mañana con la escalera al hombro y que desde entonces nunca dejó de volver.

Los cuervos se reían de él desde los escombros. Las tormentas respondían con relámpagos.

—Es inútil —le gritaban los que aún pasaban por allí—. Estás perdiendo el tiempo, chango. Mirá para arriba. ¿No ves cómo se está muriendo el cielo?

Una mujer llegó a decirle que estaba loco. Un camionero le ofreció trabajo descargando chatarra. Un grupo de chicos le arrojó piedras una tarde.

El hombre seguía pintando.

A veces el viento le tiraba los tarros de pintura. A veces una tormenta borraba parte del trabajo de la semana. Entonces regresaba al día siguiente y empezaba otra vez, como si no hubiera perdido nada.

Con los meses empezó a ocurrir algo extraño.

Primero desaparecieron las aves oscuras. Después llegaron palomas, gorriones y otras criaturas que nadie veía desde hacía años.

Al principio fueron apenas cuatro o cinco. Luego llegaron decenas. Después, cientos.

Se reunían frente al muro como peregrinos frente a una ventana.

La gente también empezó a quedarse mirando. Al principio por curiosidad. Después por costumbre.

Algunos llevaban sillas. Otros termos para el mate. Había quienes no creían en el mural, pero igual regresaban cada semana. Se quedaban un rato en silencio y después volvían a sus casas. Nadie decía que se sentía mejor al marcharse. Sin embargo, todos regresaban. Como si frente a aquella pared todavía fuera posible recordar algo que el mundo había olvidado.

Una tarde, mientras una tormenta desgarraba el horizonte, una paloma blanca atravesó la pintura. Nadie la vio venir. Salió desde algún lugar detrás de los escombros y avanzó directamente hacia el muro. No chocó contra la pared. No intentó esquivarla. Simplemente siguió volando. Las alas desaparecieron entre las nubes pintadas igual que una piedra desaparece en un pozo profundo.

El hombre observó cómo se perdía en aquella profundidad imposible. Permaneció inmóvil varios segundos. Tenía manchas de azul en las manos y una gota de pintura resbalaba lentamente por uno de sus dedos. Entonces se dio cuenta de que no estaba reproduciendo el cielo. Nunca lo había estado haciendo.

Lo estaba reparando.

Por primera vez en muchos años sonrió. Subió un peldaño más y continuó trabajando hasta el anochecer. Nadie se animó a interrumpirlo. Y cuando cayó la noche siguió trabajando todavía un poco más, iluminado apenas por los relámpagos que cruzaban la tormenta.

A la mañana siguiente encontraron la escalera vacía. El pincel aún colgaba de un escalón. El balde seguía lleno. La pintura azul seguía fresca. Las huellas terminaban junto al muro. No había rastros de que hubiera regresado al camino.

Y en el centro del muro había aparecido una figura diminuta, alejándose entre nubes luminosas.

Algunos aseguraron que la figura levantaba una mano. Otros dijeron que era solo una mancha de pintura. Nadie consiguió ponerse de acuerdo.

Desde entonces, cuando las tormentas cubren el mundo y parece que ya no queda esperanza, las palomas regresan al viejo muro. Se posan frente a la pared. Esperan unos minutos. Quietas. Atentas. Como si escucharan algo que los hombres ya no pueden oír.

Y luego atraviesan el cielo.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

LA VERDADERA NATURALEZA DE LA SINCRONICIDAD

Luca Symitz

 

Sincronicidad: término introducido por el psicoanalista suizo Carl Gustav Jung. La teoría describe la relación entre un estado psíquico interno y un acontecimiento externo y objetivo que no presenta una conexión causal evidente, pero que se experimenta como significativo. El ejemplo más conocido proviene de una sesión terapéutica en Zúrich alrededor de 1930, cuando una paciente le contó a Jung un sueño que había tenido sobre un escarabajo dorado. Exactamente en ese mismo instante, un escarabajo real (un cetonio dorado, Cetonia aurata) golpeó la ventana de su despacho. Jung capturó al insecto y se lo entregó diciendo:

—Aquí tiene su escarabajo.

Lo que la historia omite es que Jung comprendió el enorme potencial de aquella coincidencia y, sobre todo, del propio insecto. Por eso decidió contratar al escarabajo en el acto como su asistente personal.

 

Varios años después de aquel primer caso de sincronicidad, Carl, ya convertido en un psicoanalista consolidado, atendía a su quinta paciente del día en su consultorio de Zúrich, más exactamente en Küsnacht, situado a las afueras de la ciudad.

—Maldita sea, sin un descanso... La quinta desde que empezamos a las nueve de la mañana. ¿Qué le pasa a la gente? Los tiempos modernos ejercen demasiada presión sobre todos. ¿Se han vuelto locos? En fin... así es la vida; a veces no resulta fácil. Pero aun así, hay demasiada cola frente a mi consulta. Sus crisis son mi estado de emergencia —pensó.

Sin embargo, a diferencia de los dos primeros pacientes, que se quejaban de lo habitual –ansiedad y melancolía–; del tercero, que imaginaba ser un gato persa; y de la cuarta, que sufría ataques de ira (arrojaba cosas al suelo, amenazaba de muerte, pronunciaba monólogos de más de dos horas cuando discutía con su marido y hablaba de los padres austríacos de él, a quienes solo conocía por sus relatos; completamente normal, lo que hace la gente moderna, había anotado en cierta ocasión), la quinta paciente tenía un problema profundo: era incapaz de confiar en los demás.

Todo había comenzado en la escuela, cuando su mejor amiga recogió sus cosas –literalmente todos los encajes y servilletas con los que jugaban– y simplemente se hizo amiga de otra niña. Desde entonces se había vuelto desconfiada y no conseguía establecer vínculos con nadie. Tampoco dejaba que los hombres se acercaran demasiado. Ahora, poco antes de cumplir cincuenta y tres años, los fantasmas del pasado amenazaban con destruirla. Por eso había decidido buscar ayuda psiquiátrica profesional.

Estaba recostada en el elegante diván rojo de cuero, explicándole a Carl lo que había soñado. Él bajó discretamente la mirada hacia su pequeño reloj de bolsillo y luego observó la ventana para comprobar si su asistente estaba en posición. Había que reconocer que tenía la costumbre de llegar unos segundos tarde de vez en cuando, pero aquello tendía a convertirse en una manía que nadie en Suiza comprendía: aparecer varios minutos después de la hora convenida.

La duda se retorció en su interior como un gusano antes de morder.

¿Y si Osi se había echado una siesta en mitad del día?

Entonces la terapia no tendría ningún efecto. Sin él, hablaría para oídos sordos y las psicosis continuarían.

La paciente comenzó a explicar que aquella misma amiga de la infancia le había regalado una joya con forma de escarabajo, hecha de oro.

Carl parpadeó, reflexionó un instante, celebró interiormente la coincidencia, carraspeó y dijo con aparente indiferencia:

—Ya veo...

Anotó algo en su expediente y guardó silencio. Entonces su atención quedó atrapada por una visión extraña al otro lado del cristal. Ahora sí empezaba la diversión.

—¡Dios santo! ¿Será posible?

Se levantó de un salto, caminó hacia la ventana y la abrió. Se detuvo un momento antes de recoger con delicadeza un objeto casi invisible. Su rostro irradiaba sorpresa. Luego regresó junto a Gertrude con el puño cuidadosamente cerrado. Lo mantuvo cerrado un segundo más de lo necesario para aumentar el dramatismo. Sintió a Osi moverse impaciente allí dentro, una pequeña vibración que parecía decir:

«Suéltame ya, jefe; la luz es perfecta.»

A ella le pareció que había atrapado un pajarito. O quizá un polluelo. Sabía que, además de dedicarse al psicoanálisis, Carl criaba gallinas de manera orgánica. Solo como afición. Así como Churchill levantaba muros de ladrillo, Carl recogía huevos. Y además el aire junto al lago de Zúrich era magnífico.

—Aquí tiene su escarabajo dorado, Gertrude —dijo.

Le mostró el insecto.

Brillaba majestuosamente con tonos que iban del oro al verde y se pavoneaba como un predicador vanidoso.

Ella palideció.

—¡Oh, mein Gott!... ¡Sí! ¡Es exactamente igual al que soñé!

—Jawohl... —Carl inhaló profundamente antes de dar una larga calada a la pipa, tal como dictaba la moda entre los psicoanalistas de la época—. Sabe, Gertrude... Este insecto no es propio de nuestras tierras suizas. En el sur, sí. Quizá en España. Es muy posible. Pero, en abierta contradicción con el orden establecido, existe un orden oculto en el universo. No lo vemos, pero nos envía mensajes constantemente. Si nos atrevemos a mirar, podemos contemplar una verdad más profunda.

Con un gesto teatral, casi ensayado, dejó que el escarabajo subiera hasta la punta de su dedo. Durante un instante sus miradas se cruzaron. No fue una mirada entre hombre y naturaleza, sino entre dos profesionales suizos, dos gigantes económicos, dos titanes bancarios comprobando que la combinación de la caja fuerte seguía funcionando.

Carl señaló la ventana entreabierta, una abertura apenas lo bastante grande para un escarabajo bien alimentado, pero demasiado pequeña para que entraran gorriones curiosos.

El escarabajo levantó vuelo y desapareció con elegancia.

Gertrude permaneció sentada, boquiabierta, escuchando las palabras del sabio terapeuta.

—La solución no consiste en que le recete opioides potentes, como habría hecho mi viejo amigo Sigmund. De hecho, esa fue una de las razones principales por las que rompimos nuestra relación en 1913. No en un sentido romántico, comprenda, sino profesional, ético y académico.

»La solución es que se ponga en contacto con su amiga y hablen de lo ocurrido hace tantos años. Quién sabe; quizá durante esa conversación aparezca otra verdad, una verdad ajena a este mundo. Tal vez vuelvan a ser amigas. Tal vez sigan coleccionando servilletas y haciendo decoupage sobre, digamos, macetas como esa.

Señaló la pequeña maceta vacía que había sobre la mesa.

Gertrude rompió a llorar.

—Bueno, bueno...

Carl la consoló con una suave palmada en el hombro.

—Danke schön, Carl, vielen Dank —sollozó ella.

Le entregó un discreto sobre grueso que él guardó mecánicamente en un cajón para abrirlo más tarde con su confiable navaja Victorinox.

Por el tacto ya sabía cuánto dinero contenía.

Suficiente para unas largas vacaciones en la montaña y para no responder correspondencia durante tres semanas.

Gertrude abandonó el despacho.

El silencio regresó.

Carl se levantó, fue hasta la puerta, la abrió, aspiró el aire con gesto solemne y observó el pasillo una vez más para asegurarse.

No había nadie.

Solo los retratos de sus antepasados, con bigotes excesivamente largos.

Cerró la puerta y se dejó caer sobre el diván donde la paciente había estado acostada quince minutos antes.

—Muy bien, Osi. Ya puedes volver a entrar.

No hubo respuesta.

Nada.

—¡Osi! ¿Estás sordo? —gritó Carl.

En ese mismo instante el insecto tropezó con el alféizar y cayó sobre la alfombra de lana.

—Lo siento, perdono, Carlito. Estaba escondido bajo una hoja de rosa y no te oí, mi amigo —respondió el insecto con un alegre acento español.

Carl sonrió.

—No importa. Por cierto, muy bien hecho, Osi. El final estuvo mucho mejor que esta mañana. La práctica hace al maestro. En la primera sesión tardaste un poco en entender mi señal. ¡La paciente casi empezó a sospechar!

—Sí, perdono otra vez, Carl, mi patrón. Es igual que entrenar. Cuando uno entra al gimnasio, las pesas parecen más pesadas en la primera serie que después de entrar en calor. Además, debo admitir que la última frase, la del universo, sonó mucho más convincente con Gertrude que con Benedikte, la de la falta de energía. Aquella vez dijiste algo que...

—Sí, sí, no me lo recuerdes —lo interrumpió Carl—. Dije que el universo nos envía señales todos los días, pero la formulación quedó algo torpe cuando te señalé y tú apareciste con todos esos tentáculos. Parecía que el universo nos estuviera enviando presagios aterradores. Además, su presencia siempre me pone nervioso. Aunque lo entiendo: ¿qué tiene que ver un insecto con la depresión? A veces siento que perdemos el hilo por completo. ¿Crees que debería haberlo dicho en inglés? Algo como: It is a sign from above.

El insecto estuvo de acuerdo.

—Bueno, entonces lo intentaremos la próxima vez. ¿Crees que deberíamos añadir algo romántico en español?... No importa. Como acordamos, aquí tienes tu sueldo.

Le entregó cinco monedas.

Un franco por cada paciente.

—¡Hombre, cinco francos! ¡Que Dios bendiga el día en que decidí solicitar el puesto de asistente de psicoanálisis! —exclamó el modesto pero profundamente religioso escarabajo. No podía ocultar su felicidad. Estaba eufórico. Por aquella época cinco francos eran mucho dinero. De hecho, hoy también pueden serlo, conviene señalarlo, aunque depende del tipo de cambio. Pero en el momento de escribir estas líneas equivaldrían aproximadamente a unas pocas monedas corrientes.

Osi empezó a transportar la primera moneda hacia su pequeña alcancía situada en un rincón. Fuerte como era, primero la levantó con un esfuerzo digno de un luchador de sumo, la colocó sobre el canto y comenzó a hacerla rodar lentamente hacia la caja. Exactamente igual que los escarabajos peloteros empujan sus bolas de estiércol.

Cuando las cinco monedas hubieron caído en su fondo de ahorro, tintineando de manera asíncrona, llegó el momento de discutir la agenda del día siguiente.

Volverían a recibir al señor Johan. Debían comprobar si la terapia prescrita por Carl estaba funcionando: que se mirara al espejo y repitiera varias veces:

—No soy un gato persa. Ni siquiera soy un gato. Soy un elegante agente inmobiliario de Basilea, solo que despeinado.

Si no funcionaba, tendrían que repetir el procedimiento.

Carl hablaría extensamente, mientras Osi aguardaría tras el cristal. Cuando Carl bajara la pipa, el escarabajo entraría volando, sería recogido con solemnidad y posaría majestuosamente sobre su mano.

Entonces Carl afirmaría algo así como que el universo opinaba que el señor Johan no era un gato, del mismo modo que Carl no era un insecto.

¿Funcionaría?

Sí.

Perfecto.

Otra nueva interpretación para Osi.

Cuando todos los detalles estuvieron resueltos y la noche comenzó a caer, decidieron concederse una pequeña bonificación.

Osi recibió un trozo de manzana que podría mordisquear durante horas antes de enterrarse en la maceta del escritorio para echar una breve siesta reparadora, o Kurzschlaf, como dicen los alemanes.

Carl observó al escarabajo devorar la manzana mientras él mismo disfrutaba de un coñac francés, sorbiéndolo lentamente.

Bien merecido, amigo.

Aunque, una vez más, terminó bebiendo unas cuantas copas de más; algo muy de moda entre los psicoanalistas de antaño y quizá también entre los actuales.

Sus pensamientos se volvieron cada vez más confusos, pero uno permaneció visible:

Todos apreciaban tanto a Osi que aquel pequeño e insignificante escarabajo hacía considerablemente más fácil el trabajo de Carl como psiquiatra.

¿Un diminuto escarabajo aparentemente insignificante?

Bueno...

Quizá eso de las coincidencias no tenga tanto que ver con la casualidad después de todo.


El compromiso filosófico con lo absurdo está profundamente arraigado en la identidad de Symitz como autor noruego, donde las expectativas tranquilas y estructuradas de la vida nórdica sirven como el lienzo perfecto para su profunda fascinación por la sátira. Cuando se aleja del escritorio literario, se relaciona con el mundo de maneras totalmente viscerales. Ya sea navegando por el ajedrez físico del jiu-jitsu brasileño, canalizando una silenciosa empatía al cuidar gatos o enfrentándose a la realidad tangible del levantamiento de pesas, estas actividades contrastan marcadamente con su juego intelectual. Son estos anclajes cinéticos que permiten que su mente regrese a la página, lista para volver a subvertir lo mundano y encontrar la broma cósmica oculta en el esfuerzo existencial.

 

EL FUNERAL DEL MUNDO

Alex S. Johnson

 

Monsieur Trifage caminaba de un lado a otro por su estudio.

Los paneles de caoba de las estanterías atrapaban la luz de la lámpara y la devolvían en destellos semejantes a diminutas dagas reflejadas en sus gafas sin cristales.

Se encogió de hombros, se quitó las gafas y las dejó colgando mientras se frotaba los ojos.

Las explosiones de fosfenos hicieron girar estrellas ante su vista... Y entonces apareció el fantasma de ella en el revestimiento de madera. Le señaló su propio reflejo en el barniz pulido, un reflejo que comenzó a transformarse en un minotauro.

—Esto no es natural ni correcto —dijo Monsieur Trifage a su reflejo.

—Naturalmente, ahora todos somos minotauros —respondió Gabrielle.

Había sido su amante, muerta en un incendio muchas décadas atrás. Creía haber desterrado de su mente todo recuerdo de ella, pero ahora parecía que aquellos intentos solo habían despertado un ejército de fantasmas que giraban ante sus ojos en remolinos de humo. Miró a su alrededor para comprobar si había provocado algún incendio en el despacho y recordó la historia de Thomas De Quincey apareciéndose en la planta baja ante sus hijas entre risas, el autor de Suspiria con el cabello en llamas, atrapado en un sueño opiáceo mientras estaba despierto.

Pero no había ningún resplandor de fuego. Y, sin embargo, podía oler el humo.

—Es un funeral mundial —dijo Gabrielle. Su acento francés estaba impregnado de matices de rosa, bergamota y otras notas más oscuras—. Estamos recentrando el mundo; reestructurándolo. Reformateándolo. Las redes neuronales están acoplándose al ciberespacio y abriendo paso a los de abajo.

Observó que había hablado en español y no en francés, afirmando claramente que «los de abajo» estaban a punto de alcanzar la supremacía. Sin embargo, en su mente él oyó les maudits.

Los Malditos.

—¿La muerte te ha concedido conocimientos especiales? —preguntó. El erudito que había en él estaba reemplazando al temeroso solterón.

—No —respondió ella, y su voz era como un pozo profundo—. Aunque, pensándolo bien, no estoy muerta.

No estaba muerta.

La garganta se le llenó de polvo mientras el estudio se poblaba de más figuras espectrales. Figuras del pasado. Algunas históricas, como Julius Caesar y Jesús. Le pareció incluso distinguir a su difunta gata, Suzie Dear, entre aquella multitud. Extrañaba a la persa que se frotaba contra sus piernas durante aquellas largas horas de estudio mientras él se sumergía en manuscritos escritos en urdu antiguo y en ciertas lenguas habladas únicamente por los ángeles.

—El Funeral Mundial ha comenzado en serio —dijo Gabrielle—. Y tú tienes un asiento en primera fila.

El erudito comenzó a llorar, pero una de las figuras quizá era Jesús, no estaba completamente seguro, extendió una mano al final de un brazo excesivamente largo.

—Llevan muertos mucho tiempo —dijo con una voz de cenizas y corcho quemado.

—¿Quiénes?

—Todos ellos. Muertos en sus corazones y, por lo tanto, muertos para todos los efectos prácticos.

—¿Estaba todo esto... predestinado? ¿Lo puso Dios en marcha? Una vez leí en un cuento de Jorge Luis Borges...

—Dios no tuvo nada que ver con ello —respondió Jesús—. La verdad es que los deístas tuvieron razón desde el principio. Dios es un relojero, un mago menor para nosotros. Puso el reloj en movimiento y abandonó el lugar...

—Creía que eso era la Cábala luriánica.

—También.

—Sin embargo, no me siento triste. Pensé que me sentiría así...

—La muerte no es un final. Es un espacio como esta habitación o como tu dormitorio, donde no lograste conquistar el corazón –aunque sí el cuerpo– de Gabrielle Saint-Coeur.

—¿Cuándo terminará el funeral?

—Comenzó antes del alba de los tiempos y continuará hasta que finalmente se agote la cuerda del reloj.

—Ah, ya veo. ¿Y nosotros?

—Encontraremos maneras de ocupar el tiempo. ¿Tienes un juego de ajedrez?

Mais naturellement.

—Bien, entonces. Yo prefiero las negras. ¿Coñac?

—Hay una botella en el gabinete.

—Entonces comencemos la partida.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

lunes, 15 de junio de 2026

INHUMANOS

Luciano Lara

 

El despertador sonó a las seis y media; hacía por lo menos diez minutos que Fabiana estaba despierta. Aprovechó la alarma para levantarse con un movimiento rápido. Como todos los días, encendió el televisor mientras se dirigía directamente al baño. El noticiero anunciaba que sería un día de muchísimo calor en Buenos Aires. Hizo una mueca de desagrado, abrió la ducha y comenzó a lavarse los dientes. Dedicó un par de minutos a observar su rostro en el espejo. Tengo que hacer algo con estas arrugas, pensó mientras sacudía la cabeza como intentando evitar la aceptación de que los años también pasaban para ella.

Unos segundos más tarde ya estaba enjabonándose el cuerpo debajo de la lluvia que le pegaba suave sobre los hombros a una temperatura agradable. Se sintió bien hasta que dejó que su mente viajara a la oficina y recordó que además del calor, sería un día de muchísimas complicaciones laborales. Diciembre era un mes con demasiadas actividades protocolares que dejaban poco tiempo para las tareas rutinarias con las que había que cumplir.

Tardó más o menos una hora en arreglar su imagen con el peinado, maquillaje y vestimenta. Durante todo ese lapso acompañó estas actividades con protestas y refunfuños motivados principalmente por su tediosa vida laboral, pero también por las malas noticias que vivaban a toda voz los periodistas del noticiero televisivo: calor insoportable, caos de tránsito, cortes de luz, inflación, caída de reservas, cepo al dólar e impuestos al turismo.

—¡Qué país de mierda! —exclamó—; esto no da para más.

 

Una vez que estuvo lista, abrió la puerta de su habitación y caminó por el largo pasillo hasta llegar a la cocina del amplio departamento ubicado en el séptimo piso de un edificio que daba a la Avenida del Libertador, frente a los bosques de Palermo.

Apenas ingresó a la cocina dirigió la mirada a la mesa del desayunador para asegurarse de que todo estuviera listo. La mesa estaba cubierta por un mantel blanco y sobre éste, la tetera, la taza, un plato con frutas y tostadas ya untadas con manteca y mermelada de arándanos. Todo prolijamente dispuesto y en una combinación casi perfecta con los cubiertos de plata ubicados alrededor del plato principal.

—Buen día, señora —dijo Matilde mientras encendía el televisor y sintonizaba el noticiero. Fabiana asintió como devolviendo el saludo.

 —Matilde, fijate que dejé el televisor prendido en la habitación.

—Sí, señora —dijo la mujer mientras caminaba en dirección al cuarto. Inmediatamente, Fabiana estiró el brazo y comenzó a servirse el té de hierbas japonesas, luego tomó unos trozos de papaya que parecían cortados milimétricamente y los puso sobre el plato principal.

Comió una tostada, tomó un sorbo de té y luego un trozo de papaya. Dejó que el sabor del desayuno se le esparciera por la boca. Estaba riquísimo. Se sintió bien por unos segundos hasta que se dio cuenta que faltaba el diario en la mesa.

—Matilde

—Sí, señora.

—¿Dónde está el diario?

—No vino, señora.

—Tenés que acordarte de llamar al diariero, si a las siete no llegó, hay que llamarlo porque este tipo es un irresponsable y yo necesito tener el diario a la mañana.

—Ya lo llamé, señora —interrumpió Matilde —; me dijo que el repartidor estaba en camino.

—Bueno, llamá de nuevo porque se me hace tarde y necesito el diario.

—Pero, señora, ya llamé hace quince minutos y me dijo que en media hora…

—Llamá igual, Matilde.

—Está bien, señora —respondió la mujer en un tono de resignación. Fabiana hizo una mueca mientras sacudía la cabeza; qué mal arrancamos el día, pensó.

El diario llegó unos cinco minutos después. Fabiana se levantó de su silla y se acercó hasta la puerta para tomarlo. Rompió con violencia el celofán que lo envolvía y con movimientos rústicos, volvió a sentarse para leerlo mientras terminaba de desayunar.

 

Apenas terminó el desayuno, dobló el diario y lo puso dentro de una carpeta de cuero negro. Caminó hasta el baño; cepilló sus dientes con rapidez y luego volvió a pintarse los labios. Se miró en el espejo para darse los últimos retoques hasta que sintió que estaba lista. Volvió a la cocina, bebió un último sorbo de té, tomó su cartera y la carpeta.

—Matilde, por favor no te olvides de ir a buscar el vestido que encargué y de llamar a la peluquería para confirmar el turno a las cinco de la tarde. Mirá que no tengo margen, la fiesta empieza a las nueve en punto. Chau, me voy.

—Sí, señora, no se preocupe —respondió la mujer mientras miraba a Fabiana que se retiraba del departamento sin mirar hacia atrás.

El ascensor tardó un par de minutos en llegar. Fabiana suspiró varias veces durante la espera. El calor en el palier ya empezaba a molestarla. Apenas salió del ascensor observó los parques ubicados frente al edificio en el que vivía y por tercera vez en el día se sintió bien y respiró profundo. La sensación de felicidad fue quizá la más efímera de todas, pues terminó apenas vio a los tres villeros que limpiaban vidrios en el semáforo de la esquina. ¡Qué país de mierda!, pensó mientras abría la puerta del edificio. Se dirigió hacia el borde de la acera con la mirada fija en la avenida. El calor era agobiante. Sintió que le faltaba el aire. Se entusiasmó cuando vio que al lado de un Mercedes Benz negro al que dos pibes le limpiaban el parabrisas había un taxi libre.

El hombre que conducía el Mercedes bajó el vidrio, sacó su mano a través de la ventanilla y le entregó un billete a uno de los pibes. Fabiana sintió que un calor mucho más intenso se abría paso desde su estómago y en menos de un segundo su cuerpo ardía. Siempre hay algún idiota que fomenta la vagancia, pensó. Apenas el semáforo dio paso y los autos arrancaron extendió la mano. El taxi se detuvo; ella subió e indicó el destino al chofer quien inició la marcha de inmediato. Un segundo más tarde, hurgó en la cartera y tomó su celular para contactarse con la oficina.

—Telstar, buenos días —dijo una voz femenina del otro lado de la línea.

—Patri, soy Fabi ¿cómo estás?

—Bien, Fabi.

—¿Alguna novedad? ¿Llamados?

—No, por ahora todo tranquilo —respondió Patricia.

—Bueno, me alegro. Asegurate de que esté funcionando bien el aire y decile a Miguel que llego en diez minutos, que además del café y las medialunas me traiga un jugo bien helado. ¡No sabés el calor que hace! Es insoportable, te diría que estar en la calle hoy, es inhumano…


Luciano Lara es un músico que nació en Quilmes en mayo de 1975, que desde hace unos años decidió lanzarse a la literatura con una propuesta provocadora. El contacto con la literatura le llegó casi por casualidad; agobiado por el trabajo en una corporación multinacional y al borde del colapso, en enero de 2013 durante un viaje a la Patagonia, inspirado por la lectura de los libros Crítica del Oficinismo y Cinco cuentos cobardes, del filósofo H.G. Johannes (amigo y maestro de Luciano), escribió su primera ficción "Tránsito hacia la libertad", enseguida la segunda, "Absurdo" y durante los meses siguientes, las cinco historias que integran su primer libro, Apasionadas, editado por Sinergia en 2015 bajo el seudónimo Köller. Desde aquel inicio literario, en 2013, ha participado de varios proyectos. Uno de sus textos apareció en Grageas 3, otro en la antología mexicana Fútbol en breve, otros tres en Cien páginas de amor, uno en la antología mexicana Nocauts, otros tres en Minimalismos y uno en Extremos. Su primera novela, Resistencia, se encuentra en proceso de corrección.

 

 

CORRE, LOLA, CORRE

Jeton Neziraj

 

La ambulancia transportaba a Shamim, un paciente de Bangladesh, desde la habitación que ocupaba en el barrio de Dardania, en Pristina, hasta la Clínica Medicus, situada en las afueras de la ciudad. Shamim regresaba a la clínica después de una complicación inesperada que había surgido dos días después de vender uno de sus riñones.

La ambulancia avanzó por la calle Madre Teresa, giró hacia el bulevar Bill Clinton y luego tomó la carretera de salida de la ciudad.

El reloj marcaba: 13/09/2008 — 16:45.

La ambulancia llevaba las sirenas encendidas y circulaba a gran velocidad.

El sudor perlaba el rostro cerúleo de Shamim. Con una mano se aferraba al borde de la camilla e intentaba soportar el dolor.

Después de la operación le habían dicho que todo iría bien, pero había surgido una complicación y, en lugar de estar en un avión de regreso a casa, que era donde deseaba encontrarse, viajaba ahora en una ambulancia que lo llevaba de vuelta a la clínica.

El vehículo zigzagueaba entre los automóviles que le cedían el paso, pero la carretera estaba bloqueada en la rotonda principal, cerca del Hotel Victory.

Dos policías uniformados habían colocado allí un cordón rojo y pedían a los conductores que esperaran porque, según decían, «algo importante estaba ocurriendo en la ciudad».

Unas treinta corredoras de maratón descendían por la carretera hacia la meta. La gente, a ambos lados del camino, aplaudía y las animaba a continuar. Ya faltaba muy poco. Dos kilómetros como máximo. Junto a la línea de llegada había una pequeña tarima donde se encontraban diversas personalidades políticas y sociales, entre ellas el presidente de Kosovo. Aquel era un acontecimiento histórico para todo el país. No solo era el primer maratón organizado desde la guerra, sino también la primera carrera exclusivamente femenina de la historia de Kosovo. La Radio Televisión de Kosovo incluso estaba transmitiendo la prueba en directo.

Entre las corredoras se encontraba Lola, la famosa presentadora de Crónicas Kosovares, un programa de investigación televisiva conocido por destapar escándalos. Todo el mundo lo veía. Incluso, por supuesto, el presidente.

—¡Corre, Lola, corre! —coreaba la multitud.

—¡Corre, Lola, corre! —repitió el presidente.

Cuando la ambulancia llegó al cordón policial, uno de los agentes indicó al conductor que se detuviera y esperara. El maratón debía terminar. Kosovo necesitaba una ganadora aquel día. Shamim apretó los dientes e intentó mantenerse consciente, pero estaba perdiendo fuerzas. El médico que viajaba con él trataba de animarlo.

—Todo saldrá bien, Shamim. Todo saldrá bien. Después de una operación así pueden surgir complicaciones. Pero todo estará bien. ¿Tienes familia?

Shamim quiso responder, pero no tenía fuerzas ni palabras. Miró al médico y apenas logró emitir un leve gemido. Entonces pensó en el europeo llamado Frank, a quien había vendido su riñón dos días antes. Lo imaginó abriendo la puerta de su casa y entrando en un jardín lleno de hermosas flores. A un lado, junto a la puerta, lo esperaban su esposa y su pequeña hija. Shamim abrió nuevamente los ojos. Miró al médico. Este le tomó el pulso. Shamim intentó volver a pensar en Frank, pero no pudo. La ambulancia. Las corredoras. La multitud. La policía. El cordón rojo. Shamim. Frank. El riñón. El presidente.

El conductor volvió a tocar la bocina.

Uno de los policías le hizo señas para que esperara porque, según dijo, el maratón terminaría pronto y una mujer sería la vencedora.

—¡Corre, Lola, corre!

Todas las corredoras aceleraron el paso. Lola también. El sudor caía sobre el asfalto de aquella carretera principal de Pristina, la misma que conducía a la Clínica Medicus.

Energía. Pasión. Fiebre. Miedo.

El presidente se puso de pie para animar a Lola y luego se volvió hacia alguien cercano.

—Este asfalto es nuevo, lo colocamos hace poco. Lo inauguramos hace apenas una semana junto con el ministro de Transportes.

Lola encabezaba el grupo de las otras veintinueve corredoras. Les llevaba unos diez pasos de ventaja.

—¡Corre, Lola, corre!

Shamim no sabía nada del maratón. No sabía mucho sobre Pristina. No sabía nada sobre Lola, la corredora que estaba a punto de ganar la carrera. Se agitaba en la camilla e intentaba mantenerse con vida hasta llegar a la Clínica Medicus. El médico intentó sonreírle, pero, frustrado porque la ambulancia seguía detenida, estalló:

—¿Qué demonios está pasando? Han bloqueado la carretera principal por un maratón inútil. Y ni siquiera son corredoras profesionales, sino un grupo de muchachas. ¿Desde cuándo las mujeres de este país corren maratones? ¿Es esto realmente lo más importante que necesitan ahora? Muy bien, que corran, que corran las señoras, pero ¿no podían haber planeado el recorrido en otro lugar? ¿Eh? No puedo creerlo. Este lugar va cuesta abajo, Shamim. Las cosas no deberían ocurrir así, maldita sea. Si esta situación fuera diferente, si tú no estuvieras aquí ilegalmente, saldría ahora mismo de la ambulancia y agarraría a ese policía por el cuello. No me importaría en absoluto este maratón. La vida de una persona vale más que diez, cientos o miles de maratones, Shamim. Pero como este trabajo es ilegal, tengo que contenerme, callarme y esperar. Y tú también tienes que esperar. Resiste, Shamim. Aguanta. Lo lograrás.

El conductor volvió a tocar la bocina. Entonces el policía kosovar frunció el ceño, se quitó la gorra y se acercó a la ambulancia.

—¿Cuál es la prisa? ¿No ve que no puede pasar?

—Llevo a un hombre enfermo. Tengo que llevarlo a la clínica.

—El maratón terminará pronto. En unos minutos como mucho. Me temo que no podemos detener la carrera. Esta noche tiene que haber una ganadora en Kosovo.

Solo cuando terminó su explicación preguntó por el paciente. Por aquel desgraciado que se retorcía en el interior luchando por su vida.

—Es un anciano. Ha sufrido un infarto.

El conductor se vio obligado a mentir. Cinco años antes, el presidente había firmado una ley que declaraba ilegales los trasplantes de órganos.

—Diez, nueve, ocho, siete... cuatro, tres, dos y...

Lola cruzó la línea de meta.

Levantó los brazos victoriosa y luego se lanzó a los brazos de su marido, que la esperaba lleno de alegría. Finalmente, uno de los policías retiró el cordón rojo que bloqueaba la carretera. La ambulancia arrancó a toda velocidad. Lola, la periodista de investigación, había ganado la carrera. Aquel largo e histórico maratón. Kosovo tenía una ganadora aquel día.

Pero Shamim nunca llegó a saberlo. Murió dos minutos antes de llegar a la Clínica Medicus. A las 17:03 exactamente. El presidente felicitó a Lola. Después le colocaron una medalla alrededor del cuello. Todos contemplaron aquel momento tan especial: quienes estaban allí presentes y quienes seguían la transmisión por televisión.

Entonces Lola habló:

—Dedico esta medalla a mi país. Gracias a todos. Este país saldrá adelante, tal como siempre hemos soñado. Ahora, pongámonos a trabajar.

El cuerpo de Shamim fue abandonado en un bosque mucho después de que hubiera caído la noche. No había otra opción. Había entrado ilegalmente en el país. Toda huella de su existencia debía ser borrada. Lo único que quedó de él fue su riñón. En algún lugar de Europa. Vivo. Funciona bien. Y Frank se siente bien gracias a él. 

(Traducido del albanés por Alexandra Channer.)

Jeton Neziraj nació en 1977 en Kosovo. Es el exdirector artístico del Teatro Nacional de su país y fundador y actual director de Qendra Multimedia. Ha escrito más de veinticinco obras de teatro que se han representado, traducido a casi 20 idiomas y presentado en más de 70 producciones en Europa y Estados Unidos. Sus obras han recibido numerosos premios y reconocimientos y se han presentado en festivales de toda Europa. Es autor de numerosos artículos sobre temas culturales y políticos, publicados en revistas y periódicos locales e internacionales. Su estilo es irreverente y absurdo. Evoca a Ibsen, Molière y Kafka…

 

ASESINATO EN EL FRÍO INVIERNO

Tamikio L. Dooley

 

Era temprano en la mañana de Navidad de 1996 cuando una nevada de siete pulgadas cayó sobre Aspen, Colorado.

El aire helado congelaba a las personas hasta los huesos. Los huesos también anhelaban sobrevivir en aquel frío invernal.

Y el hombre seguía arrastrando a la mujer por el bosque nevado, lejos de su cabaña.

Allí fue donde le había hundido el hacha en el cráneo.

Después de sacar el hacha del cráneo de la mujer en su cabaña, la miró a los ojos y la vio precipitarse al abismo de la muerte. Estaban muy abiertos por el shock, y la sangre corría entre ellos. Luego observó la enorme abertura en la parte superior de su cabeza, donde el hacha había estado incrustada casi una hora antes. Su sangre, que antes había circulado cálida por sus venas, se había congelado y ya no fluía por ellas.

Se detuvo un momento y miró detrás de sí mientras continuaba arrastrándola por el bosque cubierto de nieve. El aire parecía volverse cada vez más gélido.

La arrastraba por su larga cabellera rubia dorada, antes vibrante, ahora apelmazada de sangre y materia cerebral. Le había abierto el cráneo y el contenido se había derramado sobre aquellos ojos azules ya vacíos, junto con la sangre, que después se había vuelto tan fría como la muerte misma.

El hombre pensó que el bosque nevado era donde ella debía estar. Por eso la llevaba allí. O, más exactamente, la arrastraba. Jamás la perdonaría por lo que le había hecho. Y verla mirándolo con aquellos ojos azules después de aquello hacía hervir su sangre. Aquellos ojos brillantes, ya no más brillantes, lo llenaban de furia. No soportaba verlos. No soportaba verla.

Por eso había decidido matarla.

Esa era la razón por la que había visitado su cabaña horas antes. Ella había confiado en él. Todas confiaban en él. Había matado a otras mujeres antes que a ella. Y mataría a otras después. Todas eran rubias doradas de ojos azules. Las odiaba a todas. Por eso esperaba al invierno para asesinarlas. Llevaba demasiado tiempo. Pero no podía cambiar sus planes. No podía cambiar la época del año en que las mataba. Y la mujer que ahora arrastraba por el frío había sido la víctima perfecta para el día de Navidad. Había pasado la noche en su cabaña. Había dormido con ella en su cama. La había hecho gritar en la cama. Y había esperado la llegada de la madrugada para despedazarla y arrastrarla. Había sido una de sus mejores víctimas. Así, perdido en sus pensamientos, se internó más profundamente en el bosque nevado. Ni siquiera se había molestado en cubrirla con una manta, una piel o una alfombra. Estaba desnuda. Sus enormes pechos seguían balanceándose mientras la arrastraba. La nieve se había acumulado en su vello púbico. Sus pies se habían vuelto azules, igual que sus labios y sus rodillas.

Horas antes había estado arrodillada sobre ellas.

Se detuvo junto a un árbol, aun sujetando el cabello de la muerta con su guante negro de cuero, y dejó caer el cuerpo casi congelado frente al enorme tronco. Se apoyó contra él y se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo. Agradeció llevar un traje para la nieve, aunque tendría que lavarlo varias veces para quitar la sangre que había salpicado sobre él durante el asesinato. Inspiró aire helado en sus pulmones ardientes y, por un momento, olvidó dónde estaba. Después exhaló una nube de vapor. Llevaba un gorro negro de lana sobre la cabeza cuadrada. Estaba muy abrigado. Por desgracia para ella, no podía decirse lo mismo de la mujer muerta y congelada que yacía a su lado.

La observó.

Aquellos ojos azules ya no lo miraban a él. Miraban hacia el cielo, donde aquella noche había menos estrellas. Y él sabía por qué. Porque había matado. Aquello era un regalo de Navidad para el universo. Un universo en el que vivía desde los doce años. Desde que su madre murió. Y desde que comprendió que nunca conocería a su padre. Volvió a mirar a la mujer y la rabia regresó. Le dio un puñetazo en el rostro. Su cara estaba helada. Y las manchas azuladas de su cuerpo se habían vuelto aún más oscuras. Miró la rama de un árbol que se extendía sobre ellos. Pensó en colgarla. Pero comprendió que no había llevado una cuerda. Se maldijo por ello. Luego pensó en decapitarla. Pero recordó que no había traído el hacha. Ni siquiera una sierra. ¿Con qué podría descuartizarla allí mismo?

Volvió a maldecirse.

Y terminó culpando de todo a la mujer muerta, sin pronunciar jamás su nombre. No volvería a mencionarlo. No entre sus labios cálidos. Porque los de ella estaban casi morados por el frío. No quería dejarla allí. Sería un privilegio excesivo. Debía hacer algo antes de que amaneciera por completo. Algo rápido. Pero para colgarla o descuartizarla tendría que regresar a la cabaña en busca de una cuerda, el hacha o una sierra. Y eso estaba fuera de discusión. Entonces recordó algo. Llevaba consigo un cuchillo de caza. Se puso de pie, lo sacó, se arrodilló junto al cadáver y le cortó la cabeza. La cabeza estaba casi congelada. Se alegró de haber comenzado antes de que se endureciera por completo como el hielo invernal. Antes de que amaneciera del todo, el hombre cortó cuanto pudo del cuerpo con el cuchillo de caza, dejando tajos, arañazos, heridas y perforaciones porque no disponía de un hacha ni de una sierra. Cuando terminó, volvió a maldecirse por haber ensuciado otra vez su traje para la nieve. Todo para nada. Entonces llegó la plena luz del día.

Tamikio L. Dooley es una autora galardonada con múltiples premios. Ha publicado 170 títulos y 125 libros. Escribe ficción y no ficción de géneros como crimen, suspense, misterio, fantasía, historia, western, romance, apocalipsis zombi y paranormal. En su tiempo libre, escribe cuentos, poesía, artículos, ensayos, libros sobre salud, libros infantiles, diarios, libros de autoayuda, cultura, historia afroamericana e historia. También es bloguera. Sus áreas de investigación y estudio son la mentoría educativa, la salud y la historia.

 

domingo, 14 de junio de 2026

LOS TILOS AL 400

Claudia Isabel Lonfat

 

La dirección estaba en la vieja libretita de Muriel, esa que mantenía cuidada de cualquier posible extravío o accidente. No fue difícil darme cuenta cuál era el dato que necesitaba porque era la única dirección que no tenía escrito el nombre, y eso era justo lo que Muriel quería; ocultarlo a mis ojos, que yo nunca supiera quién era realmente, para no tener que gritarle en la cara que ella era una mentirosa, una apropiadora.

Los Tilos al 400, zona sur, solo eso, anotado en la página veintitrés de la libretita que huele a café rancio y humedad. El sur es grande, con muchas localidades barrios y asentamientos donde los nombres de las calles se repiten, pero después de descartar aquellas cuya numeración no coinciden,  me quedó Banfield.

Los acontecimientos se fueron concatenando desde que un hombre y una mujer aparecieron por el barrio, a pocos metros de mi casa. Al principio pensé que podían ser testigos de Jehová,  vendedores de paraísos y otras hierbas, o tal vez una pareja que evaluaba el barrio antes de comprar alguna propiedad, pero al tiempo, esas presencias terminaron por perturbarme. Si bien algún que otro vecino se sentía espiado por los intrusos que nunca hablaban con nadie, terminaron por naturalizarlo. Incluso se dijo que hubo una denuncia, pero no prosperó porque fue desestimada en la misma comisaría.

Mientras tanto, por la TV,  se podía ver a las Abuelas de Plaza de Mayo anunciando que pronto habría noticias sobre los nuevos nietos recuperados. Inmediatamente se me cruzaron muchas cosas por la cabeza; la decisión de hacerme un ADN, mis continuas sospechas de ser adoptada, de no pertenecer a ningún lugar, de sentir la otredad como si fuera hueso y piel.  

Tenía doce años cuando le pregunté a Muriel a quién me parecía. No encontraba ni un rasgo similar a ellos. En esa ocasión, y en las sucesivas, buscaba algo que limpiar, quizás algún objeto imaginario, para no tener que mirarme a los ojos mientras me mentía,  diciendo que era parecida a una de mis abuelas.

Las fotos que tenía de mis abuelas eran algo borrosas pero se podía notar claramente que una de ellas era rubia y la otra muy alta, características que yo no poseo, y que no son ni cercanas a la piel morena que solo yo tengo, y nadie más en toda la familia. Por otro lado, Toro, mi apropiador, era sargento de la federal, ahora está jubilado. Un ACV lo había dejado mudo y con medio cuerpo paralizado. La enfermedad le servía de excusa para hacerse el boludo, y no responder a mis continuas preguntas. Muriel me decía que lo dejara en paz, que no lo torturara porque no podía hablar ni pensar.

No les creía a ninguno de los dos. Era curioso escucharle decir que yo lo torturaba a él.

Posiblemente “Toro” haya sido el apodo de batalla que le pusieron sus compañeros en esa guerra sucia. Un toro con cuernos punzantes atacando a sus víctimas, desgarrando cuerpos juveniles, en medio de la más absoluta indefensión. Y yo, y tantos otros, naciendo en ese escenario, con el estigma de la muerte y de la mentira,  cómo sentir piedad por ese hombre que me crió y hasta me dio cariño y cuidados de hija, con toda esa historia oscura detrás.

En Los Tilos al 400 está la respuesta a todas mis preguntas, lo sé, aunque nadie me lo diga, yo lo sé. Lo dicen mis ojos cada vez que me miro al espejo y estudio mi cara redonda y morena, mi pelo negro y grueso que no puedo acomodar y que tiende a abultarse groseramente, como si tuviera un arbusto en la cabeza. En Los Tilos al 400 voy a conocer mi historia, no la fabricada por ellos, y no van a poder mentirme más ante la contundencia de un ADN, con las Abuelas recorriendo mi historia, reescribiéndola por mí, a pesar de que ellos no quieran que eso suceda.

La estación Banfield está próxima, dos paradas, algunas cuadras y mi destino se revelará por fin. Imaginé tantos escenarios, tantos diálogos, tantas caras parecidas a la mía, dónde hallarme y descansar de esta soledad que me habita desde que tengo memoria.

Quizás solo sea un pensamiento mágico, una solución instantánea para mis ausencias, o para cada hueco que no pude llenar con nada; ni estudiando, ni haciendo todo lo que tenía ganas de hacer, porque mis apropiadores me dieron mucha libertad, me dejaron elegir. Pude recibirme de ingeniera, de traductora, y hasta de enfermera. Ellos pagaron cada carrera sin ninguna queja, privándose de todo para que pudiera realizarme; incluso Toro, hizo trabajitos en algunos boliches de la ciudad para conseguir ingresos extras; salía de la comisaría y se iba directamente cada fin de semana a custodiar la entrada de alguna de las discos de la zona.

Cuando pienso en Toro antes del ACV, me cuesta asociarlo con el monstruo mudo que mira raro cuando le hago preguntas sobre mi origen. A veces me da la sensación de que sus manos inmóviles se crispan sobre el apoyabrazos de la silla de ruedas, y que sus ojos se inyectan de sangre, pero luego todo parece tener la monotonía de un cuadro en blanco y negro; vuelvo a mirar y nada.

Estación Banfield, calle French derechito hasta llegar a Los Tilos. Un local muy pequeño y antiguo con toda la pintura descascarada lleva pintado el número 400 en el marco de la puerta de madera. Ningún cartel que me oriente, puede ser cualquier cosa, desde una casa de computación hasta una de antigüedades, una imprenta o una relojería.

Giro la muñeca para ver la hora, son las catorce y treinta y tres. De todos modos toco el timbre y espero, o desespero, pero voy a quedarme hasta que salga o entre alguien, total, hace semanas que me dieron vacaciones forzosas en el trabajo. Fue cuando empecé a entregar mal todos los planos, justo yo, después de haber sido la empleada perfecta durante años. El ingeniero Ponce me dijo que no me quería despedir solo por estar pasando un mal momento, de ahí lo de las vacaciones. Yo las llamo “vacaciones” para no tener que explicar nada a Muriel y Toro, cuando en realidad se trata de una licencia por tiempo indeterminado.

No soporto tener la mirada de Muriel por sobre mis hombros cada instante, y sus silencios, porque nunca me dice nada. Ni una palabra, pero hasta ese silencio, o los ojos colgados de Toro, me suenan a reproche, a queja, a desilusión. Preferiría que me griten, me cuestionen, o me digan algo sobre mi indumentaria andrógina, mi pelo creciendo hacia arriba, les debe molestar mucho. Cuando me llené el cuerpo de tatuajes sentí que Muriel se desgarraba por dentro, y secretamente hasta disfruté por eso, pero no reaccionó ni siquiera después que me mutilé la piel.

Ya son las dieciséis en punto, ¿a qué hora abrirán los negocios en este pueblo? Golpeo de nuevo con más energía, casi escandalosamente, y desde una ventanita espía alguien. Me grita que el señor Grillo murió hace más de un año, que el local está cerrado  y de vez en cuando viene Guadalupe, la hija de Grillo.

¿Quién será Grillo? ¿Cómo alguien se puede llamar Grillo? Grillo…Grillo. ¿Grillo?

—Señora, ¿a qué se dedicaba Grillo?

—A lavar alfombras —me grita la mujer que espía por la ventanita.

Ahora ya sé quien es Grillo; es el señor que cada cuatro meses va con un viejo Fiat Europa blanco, cargado de cosas, para hacerle una limpieza profunda a todas las alfombras de Muriel. Esta es una desilusión más para anotar en mi larga lista de desilusiones, y ya no sé cuantas van, muchas. Y si a esto le sumo el resultado del ADN, que según Abuelas, no coincide con ninguno del banco de datos, técnicamente, no soy hija de desaparecidos. Pero lo que más me sorprende es el otro resultado, el de los análisis que hice por mi cuenta, con muestras de pelo de Muriel y Toro, que da noventa y nueve por ciento de compatibilidad conmigo. Esto último es una payasada, cómo voy a ser hija de Muriel y Toro, con esta cara redonda y la tez morena, ¿Y sí me robaron de algún parque? Siempre salen noticias de chicos desaparecidos, hay caritas en las cajas de leche, en las vidrieras de los comercios, en los diarios. La gente dice al verlos “como si se los hubiese tragado la tierra”.

 Yo creo que está la mano negra de Toro acá, como él fue cana, seguro conoce mucha gente pesada y trucharon el ADN. Si en este país la justicia no existe, es lo que dicen todos, no existe.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

EL PINTOR DE TORMENTAS