sábado, 23 de mayo de 2026

FLORES EN EL BARRO

Rosa Lía Cuello

Todavía puedo, como cuando era chica, y mi mamá me contaba cuentos, me mostraba los dibujos de cada hoja, y las letras. Amaba la voz de mi madre. Yo la escuchaba leer, cerraba los ojos y me caía dentro del cuento.

Aún es posible, no sé por cuánto tiempo. Sobre todo hoy, siento que voy a lograrlo. Justo ahora, cuando la puerta de calle se cierra con furia y el olor a hierba y alcohol invade todo.

Noche otra vez. Estas cosas pasan siempre de noche, como en las películas. Ruidos de pasos que se acercan. Luces apagadas La respiración se entrecorta, el sudor frío me paraliza. En el mismo momento en que se abre la puerta de la habitación yo abro la puerta del silencio y toco la sangre de mis muertos. Veo sus pálidas caras, ellos estiran sus huesudas manos. Sus bocas son una mueca del destino.

Alguien tironea mi cadena con la cruz y una voz pastosa grita, me empuja y golpeo contra algo duro y frío. Un líquido rojo se esparce por el aire. No sé si duele. No hago tiempo a caer que ya estoy otra vez en pie. No, no duele. No ahora, que es que cuando me escabullo por los blancos pasillos de un cuento; allí me espera mi amiga de la infancia, y me abraza con tristeza.

Nada puede doler. Ni los borceguíes incrustándose en mí, sobre mí, alrededor. Ni siquiera la lluvia que acabo de inventar en un mágico acto.

Una mano torpe y callosa intenta retenerme, pero otras más suaves ya me están ayudando. Es la princesa, mi amiga de la infancia Nos alejamos de allí, salimos corriendo hacia el bosque que está detrás de la casa. Vamos entre los árboles viejos hasta un pozo en la tierra, una trinchera. ¿Qué hace ese agujero profundo y estrecho en el patio del palacio? En el fondo hay barro salpicado de flores blancas; piso pero no me hundo, solo esquivo las flores que de pronto toman la forma de pequeñas caras. (Si cruzamos el infierno, me dice mi amiga, ganamos).

La última vez fue mi madre la que me condujo por estos caminos, y me daba la mano El juego de la trinchera cansa, quita el aliento, después me despertaré con la boca seca, los labios casi partidos.

Siento el cuerpo pesado y húmedo. No deseo seguir corriendo, ya no. Cierro los ojos, quiero dormir pero la voz áspera se amplifica, rebota en mi cuerpo, mis órganos sienten lo extraño.

Alguien, desde lejos, pregunta qué sucede, la voz pastosa contesta: métase en su vida. Yo quiero contarle. No puedo, mi voz se pierde. De nuevo estoy en el cuento que mi madre me contaba cuando niña. El del príncipe y el zapato de cristal, o el del príncipe convertido en sapo. No recuerdo, mi memoria ahora es frágil, se quiebra y oigo el ruido de los recuerdos desparramándose.

Otra vez aparece mi amiga, que no sé dónde se había metido. Me ayuda a ponerme de pie, salimos del barro. Las flores-rostros permanecen en su sitio, parecen manchadas por algo que no distingo Con esfuerzo, transitamos por un bosque lleno de verde y aroma a pino…

Ahora Se abre otra puerta en el camino, sé que debo cruzarla, esta vez es imprescindible. Subimos una escalera, la bruma blanca nos cubre los pies, ella me lleva de la mano, cada tanto se da vuelta y sonríe. Hay campanas que no suenan pero las oigo. Es como una música desconocida que me llama.

Esta sensación es vieja, creí que ya no se repetiría. Pasó tanto tiempo desde la última vez, tanto miedo, tanta sumisión, tanta lágrima.

¿Pienso por qué no escapé antes, por qué no cerré la puerta con llave, y ahogué gritos, que destrozan por centésima vez. Era yo, me cuestiono. ¿Quién era, quién soy? Ya no lo recuerdo.

Eso me angustia y comienzo a caer por un túnel estrecho. Siento paz.

Veo la imagen de una flor que cae al barro, golpea sus pétalos y salpica las paredes. No mires, me dice, mientras me tironea el brazo, no mires.

Igual no deseo abrir los ojos, ni despertar de este cuento absurdo. Es una sensación de placidez la que me embarga, un deseo de partir como nunca antes. Sigo cayendo en un agujero sin final. Suelto su mano que intenta en vano retenerme.

Veo otra vez la sangre de mis muertos y a mi madre que se acerca con sus ojos tristes y, me susurra: vamos, basta, ya terminó…

No comprendo bien, adónde me quiere llevar, tengo la mente obnubilada. El cuerpo no responde, la noche quiere tragarme como una ciénaga oscura, pero de repente sale el sol, y ya no llueve en los ojos de mi madre.

Ahora floto, soy una mariposa que se escapa del cuento, me alejo despacio, me siento liviana, nada me retiene. Vuelo hasta el techo de la habitación, ahí me detengo, y miro, observo el desorden, la sangre en el piso y a un hombre que golpea con furia.

Abajo está lo que queda de mí.

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

EL SUPLICIO DE LOS QUEMADOS

Ignacio Fritz

 

Piso 1

Suelo estar falto de cobardía cada vez que entro en un ascensor. A pesar de que es inusual terminar encerrado en la cabina –un ataúd de acero– y que lleguen los bomberos –con estridencia en un ingente y llamativo camión rojo con brillosos cromados–, o que los resistentes cables que lo sujetan se rompan y se acabe cayendo en picada varios pisos y terminar aplastado en tierra firme, o en concreto sólido, tal como vi en una teleserie brasileña –no recuerdo cómo se llamaba, pero la emitían a la hora de la siesta, tres de la tarde–, donde una mujer terminó con el cuello roto, cubierta con su propia sangre producto del severo impacto.

 

Piso 2

En el piso dos entra Annie Murphy, actriz que reconozco porque, sí, no es famosa-famosa-famosa: rechazo la hiperexposición de las celebridades; basta que una sea Scarlett Johansson para execrarla sin contemplaciones, en vilo, sin mayores fundamentos.

—Buenas tardes —le digo, pero no me oye. No me contesta el saludo y ni siquiera cruzamos miradas. Simplemente, no me percibe ni me ve. Se limita, con toda naturalidad, a pulsar el botón del último piso, el de la azotea, y pienso que podría ser una persona que se le parezca, eso es común, pero se me mete entre ceja y ceja que podría ser su doppelgänger –«el que camina al lado»–, un sosias fantasmal aparecido en un dos por tres, que solo yo puedo divisar.

Por algo será.

—¿Eres tú, Annie? —persisto.

No responde.

Pienso: «La Murphy es una maleducada».

Me percato que es de carne y hueso, no se trata de una «bilocación». Lo sé porque el blanco de sus ojos, la esclerótica, brilla; es posible que eso, seguro, no se exprese en un doble fantasmal, un doppelgänger, menos el de una actriz. Aparte, usa una minifalda modelo gypsy con una polera que le ciñe perfecta, sobre todo en su esquelética cintura de avispa. Sus brazos, delgados, los enseña caídos, flojos, y sus manos poseen dedos largos, de uñas pintadas de un espléndido amarillo rey, semejantes al sol, o como los bordes de una llama de fuego.

 

Piso 3

Annie Murphy nació en diciembre de 1986, en la actualidad tiene treinta y cuatro años, es joven, canadiense, caucásica: cabello tonalidad miel, pero también con un blondo más intenso; no puedo ser más específico porque nada sé de melenas teñidas; supongo que es su caso, se colorea el pelo.

No tengo pruebas de si lo hace o no.

—Lindo pelo —lanzo el piropo. Miento, luego—: Muy natural.

Recogiendo lo más importante, el físico de Annie Murphy no resalta, no es que tenga silicona en las mamas o bótox en la cara: se ve muy natural, cercana al promedio, pero es muy fina y supongo que debe ser vegana y animalista y medioambientalista y seguro que quedará embarazada en los próximos dos años y el Antimundo sabrá quién es tanto como yo sé: la veo en la pantalla y me rio a mandíbula batiente, sobre todo cuando me salgo del loop y me introduzco en los aparatos tecnológicos, en la internet.

 

Piso 4

Ella es divertida, tal como se observa en la comedia Schitt’s Creek’, donde encarna a Alexis Rose, hija de unos millonarios que pierden su fortuna y terminan hacinados en un «pueblo de mierda», como reza el título de la serie.

Imaginarla como un doppelgänger que pueda permanecer estancada en un determinado lugar –este ascensor, junto a mí para toda la Eternidad– me excita más que su semblante o su cuerpo o sus ojos o lo que sea, aunque no estoy seguro si soportaré permanecer tanto tiempo unido a ella, en una sincronía que me tiene bajándome en el piso 12 –el piso del incendio– cada día.

¿Alguien recuerda lo que pasó, aquí, en la torre Santa María, el veintiuno de marzo de 1981?

 

Piso 5

Su histrionismo, rayano en lo jovial, se plasma en la comedia Schitt’s Creek’. Reconozco que aquello me entusiasma más que su físico, tema que atrae a los burdos, hombres que primero ven el culo y luego hablan con alguna chica equis, y lo siento si «A quien le quepa el sayo, que se lo ponga», como dicta la frase ya que el mundo –y no el Antimundo– se rige por temas más prosaicos y elementales, como lo expuesto y atribuido a Guillermo de Ockham (1280-1349), fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico, que planteaba que «En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable».

¿Annie Murphy está en este ascensor como una doppelgänger que me acompañará en mi travesía en esta suerte de limbo?

No, lo siento. Estoy solo. Aburrido de hacer un acto una y otra vez desde que fallecí aquí mismo, en este ataúd de acero, el veintiuno de marzo de 1981, hace más de cuatro décadas.

—¿Eres Anne Frances Murphy, la actriz? —le pregunto, pero no me oye.

Otra vez no me dirige la palabra. Es enervante, lo juro.

—Tu actuación en Schitt’s Creek’ me mata —insisto por otro lado, el de su trabajo.

Es una mujer parecida a ella, y NO ELLA. Intempestivamente se frota los brazos descubiertos, siente frío y retira un celular fosforescente y se taponea las orejas con unos audífonos y oye la canción «True Faith», de New Order, a gran volumen, todo con el frío que se origina aquí, siendo que afuera, en la calle, se caen los patos asados.

 

Piso 6

De acuerdo con el principio de Guillermo de Ockham, olvidémonos que nos hemos encontrado en un ascensor con el doppelgänger de Annie Murphy. Debe haber una explicación más prosaica, más simple, pero que yo sepa no se está filmando un comercial en la azotea, ni menos una película o una serie de Netflix, y no creo que esté de visita en Chile, en plan anónimo, y que visite la torre Santa María, menos en un ascensor junto a una aparición que soy yo, aunque no me he manifestado aún, solo he logrado en el ascensor un vientecillo gélido, atribuible al aire acondicionado.

Ser un espectro es un tema tedioso; de ahí que me gustaría estar aquí con su doppelgänger, acompañado en la Eternidad, o hasta que derriben la torre como fueron derribadas las torres del World Trade Center; esto último ni en broma; basta de desgracias mundiales; basta de muertes.

Con la mía fue suficiente.

 

Piso 7

En realidad –hasta ahora– nunca me he puesto a pensar en los inconvenientes de usar un ascensor varias veces al día en mi trabajo –o situación– en la torre Santa María: ciento diez metros de altura, treinta pisos y cuatro subterráneos. Aparte –aquí mismo y con respecto a mi ser–, en marzo de 1981 hubo ese alarmante incendio y fallecieron once personas, de una, entre las cuales me encontraba yo, para mi desgracia.

Me asfixié en este ascensor producto de la humareda y otros tampoco se salvaron porque no supieron usar las vías de escape por lo modernas e inusuales. Esa mañana, sonó la sirena del cuartel y salimos a toda pastilla y tuve la desgracia de no poder apagar el incendio en el piso 12 y luego encerrarme en el ascensor y fallecer de una manera más o menos torturante.

—¿De visita en Santiago de Chile? ¿Una película? ¿Me darías tu autógrafo? —arremeto, sin resultados óptimos.

 A todos nos succiona la Parca, ese gran embudo como agujero de gusano, ese puente de Einstein-Rose que ataja el espacio/tiempo.

 

Piso 8 

Annie Murphy está casada con el cantante y compositor Menno Versteeg. En 2013 perdieron su hogar y casi todas sus pertenencias en un siniestro, un incendio; llamaradas en danza carbonizadora, macabra. Con todo, el hecho de que una actriz haya sufrido el trauma de un incendio –asunto experimentado por mí– me deja pensando por varios segundos y la música de New Order me despierta de mis cavilaciones, de estar en Jauja, distraído, ahíto, empachado, a pesar de que le he hablado sin resultados concretos y he creído que será mi pareja fantasmal por el resto de los días en la Humanidad, hasta que esta construcción colapse o desaparezca del reino de Dios.

 

Piso 9

La torre Santa María fue inaugurada en 1980. Por aquellos días era el edificio más alto de Chile: minirascacielo instalado en los faldeos del distintivo cerro San Cristóbal, con una arquitectura vanguardista, acristalada e inspirada en el World Trade Center de Nueva York, pero en menor escala, acaso «a la chilena».

—¿Te gusta Chile? ¿Estás de visita? ¿De incógnito? —repito en saco roto, sin lograr nada. No me da bola, aunque tal vez porque se lo pregunto en español y no en inglés, que es su idioma nativo, supongo, allá en Canadá, junto al francés.

Vuelve a frotarse los brazos y los vellos se le erizan por el frío.

 

Piso 10

La tragedia de 1981 no se compara con la del World Trade Center el once de septiembre de 2001, cuando se logró volar la santabárbara con lo fatídico a gran escala, producto de magníficas explosiones, fruto del choque de dos aviones comerciales contra el dúo de imponentes edificios neoyorquinos, símbolos del capitalismo salvaje.

Ambas edificaciones –la torre Santa María y las Twin Towers– sufrieron en carne propia una catástrofe, pero en diferentes niveles, ya que hablamos de construcciones con pisos que se relacionan por los siniestros y porque el World Trade Center inspiró la construcción de este bloque.

—¿Por qué vas a la azotea, Annie? —No hay réplica—. ¿Motivos de trabajo…? Sé que eres actriz, y de las buenas. La comedia es un género dificilísimo. No cualquiera la ejecuta con naturalidad ante las cámaras.

Parezco idiota de tanto preguntarle con ineficacia.

 

Piso 11

En el piso once pienso en Santa Bárbara, icono mártir de todos los que profesamos la religión católica, Patrona de la Artillería y de todas aquellas profesiones que se encuentran ligadas al mundo del fuego abrasador. Cada cuatro de diciembre todos –absolutamente todos– los bomberos y electricistas y mineros le rinden tributo a Santa Bárbara.

Hoy es cuatro de diciembre de 2021.

Recién veo que Annie Murphy lleva una mascarilla en la boca y nariz, no sé por qué. Juro que no distinguí el antifaz: está a mi lado y quema –o vuela– la santabárbara y la sincronía resulta especial porque el World Trade Center –las Twin Towers– colapsaron incendiadas y todo esto remite a la idea de que hemos sido víctimas del fuego, con una llama oscura como el destino.

—Los ascensores son peligrosos, Annie —añado.

Nada.

 

Piso 12

Siempre es lo mismo, a mi pesar: entro al ascensor e intento charlar con la gente que no me ve en la mayoría de los casos, aunque a veces me pronuncio, asusto, intimido. Quedan turulatos. Un espectro está en un loop tedioso y repetitivo, durante años y años, décadas y siglos. Una misa en mi honor me vendría bien, sería lo ideal, estaría en paz. Cavilo que tal vez ella irá a una misa en la azotea. O que ella es la mismísima Santa Bárbara. O que tal vez yo no fallecí asfixiado ese veintiuno de marzo de 1981, ni con quemaduras en las vías respiratorias ni llagas exasperantes en todo mi cuerpo –quemaduras de segundo y tercer grado, por lo mínimo–, a pesar del traje de bombero, con la chaqueta de cuero, el casco y la toalla blanca y húmeda alrededor del gaznate.

Nada ese día pudo ayudarme, ni siquiera el hacha.

—En este piso doce se originó un gravísimo incendio por un cigarrillo mal apagado que entró en contacto con una moqueta impregnada en adhesivo de contacto —suelto—. Fallecí de manera trágica y ahora estoy aquí. ¿Quieres cenar conmigo? —Y, sin más, me bajo del ascensor.

Me realizo preguntas fundamentales, que quedarán sin respuesta, o sin ser pronunciadas, como las que le he formulado en estos doce pisos: no sabré qué hay en la azotea, Annie Murphy no es un doppelgänger, ni si quiera se trata de la actriz canadiense de Schitt’s Creek’, y la incandescencia deflagra, hiere, tuesta, resulta tan eterna como el suplicio de los quemados, asfixiados en un tiempo que avanza como un ascensor cuando sube cada vez, en un loop crispante, perpetuo, carbonizado.  

Ignacio Fritz nació en Santiago, Chile, en 1979. Licenciado en Comunicación Social y Periodista (UNIACC) con estudios inconclusos de Literatura y Derecho. Ostenta un diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Diego Portales. Sus primeros cuentos aparecieron en el suplemento juvenil «Zona de Contacto», del diario El Mercurio, a fines de la década de los 90. Ha publicado los libros de cuentos Eskizoides y obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de Unión Latina con el relato Camila Rochet. Su última novela se titula Terrorismo marxista.

VESNA Y DIVKO

Dinko Osmančević

 

Pronto la noche engulliría la montaña y su aldea, Bojka. Pero los pastores habían perdido una ovejita. Los demás muchachos llevarían el rebaño al pueblo, mientras Divko permanecería en la montaña para buscar a la traviesa Asja. En varias ocasiones anteriores, el muchacho rubio había regresado a Bojka victorioso, con la joven oveja sobre los hombros. Divko apenas contaba quince veranos, pero era digno de su nombre; alto y fuerte, aunque todavía no se había desarrollado por completo, como un capullo que apenas comienza a abrirse.

—Nunca se había alejado tanto —murmuró, y abrió las manos con impotencia.

Se había internado profundamente en la montaña y los días se habían vuelto más cortos. Debía regresar enseguida; de lo contrario, la noche lo sorprendería lejos de Bojka. Apretaba con fuerza su maza. Quiso darse la vuelta; apenas un instante lo separaba de tomar la decisión. Y fue entonces cuando una anciana apareció ante Divko. Surgió, pensó él, de la nada. Tenía largos cabellos grises, un rostro demacrado y un abrigo de lana que le llegaba hasta el suelo, con una carga de ramas sobre la espalda. Sus miradas se cruzaron: la de ella era turbia; la del muchacho, asombrada y teñida de temor.

—¿De dónde vienes, mujer?

—Eso mismo quería preguntarte, muchacho. Has llegado frente a mi casa —gimoteó la anciana.

Señaló una cabaña de troncos, a unos cincuenta pasos. Divko se sorprendió de no haber advertido antes el humo que escapaba del techo.

—Soy Divko, hijo de Vukan, de Bojka. Busco una oveja de mi rebaño.

—Las ovejas extraviadas siempre son las más queridas.

—¿Vives sola en la montaña? ¿No temes a las bestias, mujer?

—Los hombres son las peores bestias, muchacho. Llámame Ana. Ayúdame con las ramas y podrás pasar la noche en mi casa. También recibirás un cuenco de sopa caliente; seguro tienes hambre. Ya es tarde para regresar a tu hogar.

El muchacho tomó con facilidad la carga de la anciana. Volver al pueblo a través de la montaña sería demasiado arriesgado de noche.

 

Divko devoraba la sopa sentado a la mesa, en un rincón de la cabaña. Ana se quitó el abrigo y lo colgó de una viga. Se movía de un lado a otro junto al hogar. Iluminado por las llamas, el vestido de Ana se volvió transparente. Debajo se delineaba claramente su desnudez. A pesar de los años, Ana tenía un cuerpo hermoso y bien formado. Divko dejó de comer, pero no pudo dejar de mirarla. Sentía que el deseo lo dominaba como nunca antes. Su virilidad se endureció y temió moverse para que la anciana no lo advirtiera. Al mismo tiempo, imaginaba levantarse, tomarla en brazos y llevarla hasta el lecho de pieles y paja en el otro extremo de la cabaña. Deseaba con todas sus fuerzas arrancarle el vestido, abrirle las piernas y hundir su masculinidad en su sexo hasta derramar su semilla sobre ella.

De pronto, todo se oscureció ante sus ojos. Cerró los párpados apenas un instante. Cuando volvió a ver, Ana estaba de pie frente a él, completamente desnuda. Era joven, de largos cabellos negros y colmillos lobunos descubiertos en una sonrisa feroz. Lo tomó de la mano y lo levantó de la mesa. Lo condujo hacia el lecho. Saltó sobre Divko y rodeó su cintura con las piernas. El muchacho liberó su virilidad y la sujetó por las nalgas. Sintió que su miembro penetraba su ardor. Ana lo sofocaba con besos. Cayeron sobre el lecho. Ella lo aprisionó con su cuerpo y se retorcía sobre él en pleno frenesí. Divko contemplaba los grandes pechos de Ana, que se movían rítmicamente ante sus ojos. El placer creciente comenzó a hacerlo temblar cada vez más, sin control...

 

Antes del amanecer, la partida de hombres de Bojka, con antorchas en las manos, dio fruto. Encontraron a Divko medio desnudo, acurrucado junto a un tronco podrido. Temblaba de fiebre.

 

La muchacha descalza danzaba al son del canto de las abubillas sobre un prado salpicado de flores silvestres. Su vestido de lino y su larga cabellera dorada ondeaban con la brisa. Recolectaba hierbas medicinales y disfrutaba del hermoso día de primavera. Había aprendido herboristería de su madre, y esta de la suya, generación tras generación. Aunque estaba absorta entre hierbas y danzas, advirtió a un muchacho corpulento con una maza en la mano. Se acercaba desde el valle del arroyo murmurante. Ella se detuvo y aguardó al desconocido.

—Saludos, muchacha —le dijo el joven.

—Y a ti, forastero. ¿Vienes de lejos?

—Soy Divko Vukanov, de Bojka.

—He oído hablar de tu aldea. Está del otro lado de la montaña. Es extraño que andes solo, tan lejos de tu hogar y de los tuyos.

—Busco a alguien desde hace siete veranos. Mi maza y yo no tememos a nadie. Pero tú también estás sola. Eres hermosa, muchacha, y alguien podría hacerte daño. Será mejor que regreses a casa.

—Me llamo Vesna y no estoy sola. En ese bosquecillo está mi hermano de juramento, Stribor. Él me protege. Sus flechas alcanzan el corazón de mis enemigos.

—A mí me alcanzó una flecha hace mucho tiempo —Divko bajó la mirada un instante—. Llevo semanas caminando y quisiera descansar unos días. ¿Necesitan un trabajador en tu aldea? Sé hacer de todo. Trabajo por un lecho en un rincón, una corteza de pan y un poco de sopa.

Vesna y su protector, el hermano de juramento Stribor, llevaron a Divko a su aldea. Bjelobrijeg era un poblado ordenado, de hermosas casas de madera, rodeado y protegido por una empalizada de estacas afiladas. El abuelo de Vesna, Vojihna, un anciano alegre de larga barba blanca, vivía en una casa cercana a la entrada sur del pueblo. Ya estaba entrado en años y, como sus hijas se habían casado y su esposa había muerto, vivía solo. Necesitaba ayuda con las abejas, los caballos y el resto de los animales.

Fuerte, hábil y trabajador, Divko ganó fácilmente la simpatía del abuelo de Vesna durante los días siguientes gracias a su esfuerzo y dedicación en la casa. Vojihna tenía cuatro hijas y cada vez veía más en Divko al hijo que nunca había tenido. Pero Divko también había conquistado otra simpatía. Todos los días, Vesna visitaba a Vojihna y a su trabajador. Les llevaba leche fresca y comida, pero también un soplo de frescura y una corona de flores sobre la cabeza. Hablaban de la aldea y del ganado, de las hierbas medicinales, de la montaña y del nacimiento de la vida en primavera. Divko se sentía cómodo y satisfecho en compañía de Vesna. Le agradaban especialmente su sonrisa amplia y sincera y la mirada luminosa de sus ojos azul cielo...

Finalmente el sol se abrió paso entre las nubes. Durante los días anteriores, la lluvia había caído sobre el pueblo sin descanso. Divko reparaba una valla cerca del establo, mientras las abejas zumbaban alrededor de las colmenas. Vesna se acercaba sigilosamente, de puntillas; quería sorprenderlo.

—Te veo —dijo el muchacho sin darse vuelta.

—¡Bah! ¿Cómo pudiste verme? ¿Acaso tienes ojos en la nuca? —se enfadó Vesna.

—No, pero tengo oídos. No fuiste tan silenciosa.

—¿Y por qué eres tú tan callado y reservado? Escuché en el pueblo que preguntas por una mujer. ¿Es ella quien te atormenta?

Divko se ensombreció y apartó la mirada.

—Fue hace mucho tiempo. La encontré inesperadamente en el bosque, en la montaña. Me convirtió en hombre y me entregó su amor. Ocurrió un milagro y desapareció. Me dejó inquietud y deseo. Desde entonces enloquezco buscándola.

—Sé de quién hablas. Otros también han oído de ella, pero le temen y evitan nombrarla.

—Se llama Ana. ¿Sabes dónde está ahora? —Divko tomó a Vesna de las manos.

—No, pero está en todas partes. Su verdadero nombre es Morana. Y no te dio amor, sino solo deseo. Divko, el amor es cuando te duele aquí. —Vesna le clavó un dedo en el pecho—. El amor duele, pero no es una enfermedad. ¡El deseo sin amor sí lo es!

—¡Mientes! ¡Estás celosa y mientes! —rugió Divko—. Solo he perdido semanas aquí. Mañana al amanecer me marcharé. ¡La buscaré hasta encontrarla!

El muchacho se dio vuelta y se alejó apresuradamente para atender al ganado. Una lágrima resbaló por la mejilla de Vesna.

 

Toda la noche, un mismo sueño giró en la mente de Divko. Ana, hermosa y joven, con los colmillos descubiertos, yacía desnuda acariciándose los pechos, los muslos y el sexo. Chasqueaba la lengua y lo llamaba. Entonces aparecía Vesna, con una corona de flores alrededor del cuello. Sonriente y luminosa, bailaba por el prado...

 

Los gallos anunciaron a Zaria. El muchacho preparó su atado. Un fuerte apretón de manos con Vojihna. El anciano apartó la mirada. Sus ojos estaban rojos e hinchados; a veces los hombres también lloran. Divko tomó su maza y salió resueltamente. Lo recibió la mañana fresca y cubierta de rocío, impregnada del perfume de los tilos.

Paso a paso, Divko llegó hasta las últimas casas de Bjelobrijeg. Estaba seguro de que alguien lo seguía. Unos pasos pequeños avanzaban tras él; intentaban ser silenciosos, pero no lo bastante. No se volvió; solo apresuró el paso hacia la colina y el bosque. De pronto se detuvo y se dio vuelta. Sabía que la vería a ella, a Vesna. El muchacho arrojó la maza y el atado y caminó rápidamente hacia la muchacha, mientras ella corría a su encuentro. Un abrazo firme los unió mientras el sol nacía sobre la montaña.

—¡Aquí, aquí fue donde me dolió! —Divko apoyó su gran mano sobre el pecho.

Vesna secó sus lágrimas; la sonrisa y la alegría habían regresado a su rostro.

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

viernes, 22 de mayo de 2026

ASCENSO AL OLIMPO

Bojan Ekselenski

 

En realidad, nunca debería haber escrito esta historia. Pero una historia escrita por una vida alternativa no se detiene ante nuestros deseos. Esta es la historia de mi hermana Fanika, una hermana que nunca tuve. Entonces, ¿cómo puede existir?

En el mundo de la realidad alternativa todo es posible y allí vive mi hermana alternativa. La historia fue más o menos así…

 

Fani decidió ascender al Oros Olimpos, cuya cima más alta es el Mytikas. Aquel día empezó a hablarme de eso en el peor momento posible, porque yo tenía prisa y apenas escuché la mitad de su verborrágica explicación:

—Iremos con el todoterreno de Klara. Al principio pensábamos ir solo Zara, Klara y yo, pero Irena también se metió. —Y añadió de mala gana—. Va a pasarse todo el tiempo posando, grabando y sacando fotos para su vlog. Como seremos cuatro, nos llamaremos las cuatro mosqueteras.

Fruncí el ceño.

—¿Mosqueteras? ¿No sería mejor mujerqueteras o femiqueteras?

—¿Otra vez te estás burlando?

—No me burlo. Mosquetero es masculino; más al sur dicen “macho”, de ahí “mosquetero”, en plural “mosqueteros”. ¿Dónde quedó ahora tu encantador feminismo?

Resopló con fastidio.

—Ay, nunca vas a cambiar.

—¿Y por qué habría de hacerlo? Estoy muy cómodo conmigo mismo —respondí alegremente—. No me queda ni demasiado ajustado ni demasiado flojo. —Y me palmoteé el vientre—. Aunque no niego que me gustaría vender algunos kilos.

Ella solo hizo una mueca. Sabía que, en el fondo, disfrutaba de nuestras pullas mutuas. Mi hermanita era una criatura maravillosa; haría cualquier cosa por ella.

La dejé seguir parloteando sobre el proyecto Olimpo.

Sentí en la espalda la mirada desaprobadora de mamá, porque no le gustaba que molestara a mi hermana incluso cuando esperaba mi apoyo. Pero, como decía Fani, yo no podía dejar de ser quien era. ¿Y por qué habría de hacerlo?

Los días hasta el “Día E” (la letra D ya estaba ocupada) pasaron rápidamente. A Fani le tocó la primera parte de la misión como conductora y aquel viernes por la tarde las cuatro plumas de las femiqueteras honraron nuestra casa con su visita. El nivel de decibelios se multiplicó por diez. Debo admitir algo –pero no se lo cuenten a nadie–: aquello era muchísimo mejor que la misa silenciosa que reinaba cuando solo estábamos mamá, papá y yo. Todos nosotros éramos bastante callados, sobre todo papá, que pasaba el tiempo libre aislado en su taller del sótano. Y mamá era simplemente ella misma: cuando papá no estaba, no tenía a quién sermonear para que recogiera lo que dejaba tirado.

En circunstancias normales, todo aquello no habría merecido más atención que la suciedad bajo una uña, si no hubiera ocurrido.

Pero lo mejor será escuchar por un rato a mi hermana.

—Conduzcamos lo más alto posible —interrumpió Irena tras unos inusualmente largos minutos de silencio.

Yo solo esperaba el momento en que diría aquello. Lo que más le gustaba de las montañas eran las selfis desde cumbres populares que publicaba en sus redes. Caminar hasta allí y regresar era para ella un mal necesario. Subía cientos de fotos y videos selfi de cada cima, acompañados de descripciones interminables de aquello que podría verse si su cara no ocupara gran parte del encuadre. A mí las selfis no me decían nada. Una foto de recuerdo, sí, pero ¿publicar reportajes enteros? Ni loca. Yo anotaba los detalles en mi diario de montaña y listo. Subía por mí misma.

Klara soltó una carcajada.

—Menos mal que no hay una carretera hasta la cima. —Y se animó mirando el pronóstico del tiempo—. Quizás allá arriba encontremos a los dioses griegos. Ya saben, Atenea, Afrodita, Zeus y los demás.

Levanté el pulgar. Klara y Zara eran compañeras de escalada y normalmente buscaban la ruta más difícil hacia la cima.

—Sería genial encontrarse con Afrodita o con Zeus —añadí alegremente.

Zara respondió:

—No sé si tendremos esa suerte. Pronosticaron cielo despejado. Los dioses viven en la niebla que cubre la montaña. Cuando no hay niebla, tampoco hay dioses.

Irena suspiró.

—Ah, una selfi con Zeus…

Zara se echó a reír.

—Qué práctico. Como lleva un rayo en la mano, la foto no quedaría subexpuesta. Aunque cuidado con Zeus; dicen que era un auténtico mujeriego. Y tampoco se preocupaba demasiado por el incesto.

Así repasamos un poco nuestros conocimientos de mitología griega. A mí las divinidades griegas siempre me parecieron bastante relajadas.

Respecto al punto de partida llegamos a un compromiso. Condujimos hasta Prionia, donde había un estacionamiento decente. Primero tomamos café en el restaurante del lugar y luego nos colgamos las mochilas, agarramos los bastones de senderismo y emprendimos la marcha. Irena comenzó enseguida con su espectáculo de selfis. Solo nos miramos entre nosotras. Que se divirtiera. Ya se cansaría cuando llevara unas cuantas horas de camino bajo los pies.

No había pasado ni media hora cuando tropezó e hizo una voltereta artística. Un nueve perfecto, pensé. Por suerte, su número de danza terminó sin heridas ni daños. Seguimos adelante y llegamos al refugio Spilios Agapitos. Pasamos allí la noche y cenamos pasta. Irena hizo algunas muecas porque no consiguió comida certificada como vegana, pero demostró aquello de que, en la necesidad, hasta el diablo come moscas.

A la mañana siguiente continuamos el ascenso con buen tiempo. Zara tomó el papel de guía hasta Skala, a unas cuatro horas de distancia, pero desde allí el sendero se volvió más exigente. Como el pronóstico seguía cumpliéndose, esperábamos un ascenso normal a la cima, de algo más de media hora. Klara agarró el palo de selfis de Irena.

—Ahora guarda esto. No puedes ir por estas rocas con una sola mano. Nadie va a arrastrarte para que puedas seguir posando para tu vlog, YouTube, Insta o cualquier otra tontería.

Irena guardó el teléfono con enojo

—¿Ahora estás contenta? —añadió desafiante.

Intervine para frenar aquella discusión innecesaria.

—Vamos, este tramo no es tan fácil. Tendrás que pasar un rato sin selfis. Los vlogs y un sendero difícil no combinan.

—Si alguna no se siente completamente segura —añadió Zara mirándonos a Irena y a mí— puede esperar aquí. Nosotras anotaremos a las cuatro en la cima.

Por supuesto negué con la cabeza, e Irena también, aunque fuera solo por orgullo. Continuamos el ascenso y lo completamos en cuarenta y cinco minutos. El último tramo era realmente exigente y algo acrobático, con apenas unas pocas sirgas metálicas.

En la cima del Olimpo, por supuesto, nos tomamos una selfi grupal y luego nos dedicamos al contenido de las mochilas. Klara y Zara solo se miraron cuando Irena empezó a explicar largamente para su vlog el trayecto desde el refugio hasta la cima.

—Vamos, deja eso. No vamos a esperarte mucho tiempo. Este clima favorable aquí no es algo garantizado. Ni la IA puede detener el viento o borrar las nubes. ¿Lo ves?

En el sudoeste comenzaban a acumularse nubes no anunciadas. Las montañas imprevisibles no obedecen a las aplicaciones meteorológicas.

De pronto nos golpeó una ráfaga de viento helado. Saqué rápidamente mi cortavientos. Irena chilló:

—¿Qué demonios es esto? La aplicación me marca calor y nada de viento.

Klara sonrió con amargura.

—Por desgracia, el clima no obedece a las aplicaciones.

En un instante las nubes nos cubrieron y ocultaron el sol, mientras el viento seguía aumentando. Irena empezó a inquietarse.

—¿Qué haremos si empieza a tronar y a llover?

—Los rayos son dominio de Zeus —respondió Zara cansadamente—, y rezarás para que no te alcance con su flash.

Irena se removió nerviosa, hizo una mueca y se quejó:

—Está haciendo mucho frío. Y se supone que es verano.

Me puse los guantes, levanté la capucha sobre el gorro y cerré el cierre del cortavientos con fastidio.

—Por eso siempre hay que llevar gorro y guantes en la mochila. Vámonos antes de que empeore.

El cielo se oscurecía amenazadoramente mientras el viento aullaba. De repente las nubes parecieron desplomarse sobre nosotras y quedamos envueltas en una niebla espesa.

Y entonces comenzó la parte más extraña…

Al principio apareció apenas una luz suave.

Irena, por supuesto, incluso en medio de sus maldiciones porque el clima no obedecía a la aplicación, no olvidó hacerse selfis y elaborar teorías. Zara terminó hartándose de aquel parloteo incesante.

—Antes de empezar el descenso, guarda el teléfono. ¿Quieres que te lo quite y te lo devuelva junto al coche?

—Guárdalo —añadió Klara con dureza.

Irena buscó sorprendida mi mirada y algo de compasión, pero la decepcioné.

—En estas condiciones tenemos que concentrarnos al máximo en dónde y cómo pisamos, no en exponernos a todas por culpa de tus absurdas selfis. Lo siento.

—¡Qué cerradas son! Hoy no puedes vivir encerrada en tu cuartito, aislada del mundo. La Edad de Piedra ya pasó —respondió indignada, mientras seguía agitando su prolongación electrónica.

Aquella pose realmente empezó a irritarme.

—Guarda el móvil. No querrás que te lo quite yo; llegaría al estacionamiento por correo aéreo —siseé cansada.

Klara y Zara asintieron. Irena no cedió.

—Que alguna se atreva…

Klara soltó un bufido.

—¿Y qué harás?

Nuestra discusión fue interrumpida por una luz extraordinariamente intensa que atravesó el baile de nubes y niebla. Nos miramos asombradas y nos quedamos sin palabras. Incluso Irena, nuestra parlanchina oficial, enmudeció. Sin decir nada, giraba su palo de selfis y grababa.

No me pregunten por los momentos siguientes, porque no tengo idea de qué ocurrió ni cómo ocurrió. La lógica, en aquel instante, simplemente dijo adiós.

 

En Pazin me encontré con mi conocido Bojan, que proveía a mi hermana de diarios de montaña. Me arrastró con él asegurándome que Istrakon, la convención de aficionados a la fantasía, era algo excelente. Al principio íbamos a ser tres, pero Andrej canceló por la enfermedad de su esposa. Era la primera vez que asistía a una convención fuera de Eslovenia. Hasta entonces había sido un habitual de la local, “En la frontera de lo invisible” y de vez en cuando me dejaba caer por Fanfest. Debo reconocer que el croata no se me daba demasiado bien. El año anterior, en Makarska, no quisieron servirme café porque por error pedí “kafa” en lugar de “kava”.

—Kafa se toma en Belgrado —me espetó el camarero.

Algo parecido ocurre en Grecia, donde si pides café turco te señalan con la mano hacia Turquía, porque en Grecia solo sirven café griego. Evidentemente, en los Balcanes existen interminables guerras cafeteras.

Pazin es una ciudad enclavada en una depresión en el centro de Istria y su historia esconde bastantes curiosidades. Las hordas de turistas pasan de largo, lo cual es una lástima. Bojan ya había estado allí varias veces, pero fuera de las actividades de la convención nunca se permitía hacer turismo.

—¿Nunca te tienta meter la nariz en otro sitio? —le pregunté.

—No tengo tiempo. El año pasado vine con Alenka y se pasó refunfuñando porque tuvo que pasear sola.

—Tiene toda la razón. Un poco de convención y un poco de turismo. No me digas que tienes que quedarte encerrado todo el tiempo en el recinto.

Se encogió de hombros.

—No soy un fanático de los viajes —respondió de mala gana; muy propio de él.

—Pues tú participa por los dos; yo voy a hacer algo de turismo. Hoy me anoté para visitar la cueva de Pazin. ¿Ya estuviste allí?

Negó con la cabeza.

—Ya habrá tiempo. La cueva no se va a ir a ninguna parte.

—Eso imaginaba —comenté con ironía—. También voy a probar la tirolesa. Tú sigue ladrando entre salas y habitaciones. Y de paso saluda de mi parte a algún Zeus, Gimli o cualquier otro personaje de la escena.

Aquel año estaba muy de moda una película sobre los dioses griegos. Era para morirse de risa ver a Hollywood intentando enseñarnos mitología griega…

 

Nos encontramos… en otro lugar. No sabía explicarlo de otro modo. Aquella inmensa sala estaba definitivamente en otro sitio. Mirábamos confundidas la cúpula transparente bajo nubes resplandecientes. Irena comenzó inmediatamente a sacar fotos y grabar videos selfi.

—¿Dónde estamos? —logré preguntar.

Ninguna respondió. Solo se oían murmullos, suspiros y, por supuesto, las tonterías de Irena.

—Nos secuestraron los alienígenas.

La respuesta llegó sola. De repente apareció una mujer con un vestido verde y una corona de mirto rodeando su cabello dorado.

—Su deseo íntimo de conocer a los dioses griegos se ha cumplido.

Irena apuntó enseguida el teléfono hacia ella y suspiró:

—Qué disfraz tan genial.

Klara susurró:

—Afrodita…

La mujer asintió. Entonces apareció un hombre.

—Con ella nunca se sabe. También le gustan las mujeres.

Reconocí a Hefesto, dios de la forja y del fuego. Con aquel mono que cambiaba del rojo al naranja parecía más alguien disfrazado para un cosplay.

De forma inesperada apareció también Zeus. En la mano sostenía un cetro brillante lleno de pequeños rayos chisporroteantes.

—Así que ustedes nos invocaron. Cuatro habitantes de este mundo.

Zara se quedó boquiabierta.

—Zeus en persona. ¿Dónde está la barba gris?

—Me la afeité hace años; ya no está de moda. Entre ustedes cuenta el aspecto joven y atlético. No soy Papá Noel ni Santa Claus. Precisamente esos dos payasos modernos me desplazaron. Sobornan a los niños con billeteras ajenas, convierten lo sagrado en un entretenimiento barato lleno de comida y encima actúan como si fueran importantes —dijo elevando la voz con fastidio.

Luego aparecieron Hera, Atenea, Poseidón, Hades, Hestia, Hermes, Ares, Deméter y Artemisa. Reconocí a los doce dioses y diosas principales del panteón griego. A su manera era genial: habían mantenido el equilibrio entre hombres y mujeres miles de años antes de que los progresistas empezaran a gritar sobre ello. Finalmente me servía de algo aquella buena nota en mitología griega antigua. Recordé también su moral bastante peculiar. Literalmente, todos se acostaban con todos.

—¿Qué quieren decir con que los invocamos? —tartamudeó Irena.

—Las cuatro eran sinceras en su deseo de encontrarnos —respondió Zeus relajadamente—. Durante siglos nadie había pensado en querer vernos aquí arriba.

—¿Y los demás que llegan a la cima? ¿Ellos también los ven? —pregunté.

Ares negó con la cabeza.

—Nadie nos ve porque desplazamos nuestro encuentro fuera de su momento temporal.

En medio de la sala apareció la imagen de la montaña, con varias personas que acababan de alcanzar la cima. Todo estaba inundado por el sol.

—¿Desplazado fuera de su momento temporal? Eso suena bastante psiquiátrico.

—¿Psiquiátrico? —comentó Hera con acidez—. Entre el instante anterior y posterior a su tiempo existen universos enteros. De hecho, cada instante es un universo, y hay infinitos.

Recordé a mi hermano, que había ido con Bojan a Pazin para Istrakon. Se me ocurrió una idea.

—Entonces tengo un desafío para ustedes —dije observando al grupo divino—. Los dioses deberían ser todopoderosos. Me gustaría visitar a mi hermano en Pazin. Hades es el maestro del inframundo. Podríamos visitar juntos la cueva de Pazin.

Hades puso los ojos en blanco con fastidio.

—¿Acaso parezco un guía de cavernas?

—Sería interesante ver si alguien los reconocería. ¿Pueden abandonar su momento y entrar en el nuestro? —pregunté.

Zeus respondió con voz atronadora:

—¿Por quién nos toman? Podemos entrar en su instante cuando queramos. No lo hacemos porque los humanos perdieron la fe en nosotros y encontraron otros ídolos. Nuestro poder reside en la fe, no en el conocimiento.

Nos miramos unas a otras. Todo aquello era realmente extraño.

—Pero ustedes son dioses. Podrían acabar con todas las guerras y estupideces del mundo con un simple gesto.

Zeus negó con la cabeza.

—No funciona así. La tarea de los dioses no es gobernar a la humanidad, sino orientarla mediante la fe. Si gobernáramos, seríamos iguales a esos reyes un poco ridículos a los que ustedes llaman presidentes.

Bufé decepcionada.

—¿Y cuál es entonces su propósito? ¿Acostarse unos con otros y celebrar fiestas cuando les levantan un montón de piedras? Sobre todo usted tiene una historia bastante escandalosa —dije señalando a Zeus.

Él volvió a negar con la cabeza.

—¿Ven? Por eso es mejor observarlas desde el instante posterior al suyo. ¿Hades?

Hades, pálido y de barba espesa y cabello ondulado, golpeó el suelo con su bastón rematado por una punta bifurcada.

—Puedo echar un vistazo a su mundo tranquilamente. Nadie me reconocerá. Todos están demasiado ocupados mirando pantallas y peleándose alrededor del comedero.

Mis ojos brillaron.

—Quizás no, pero serían una compañía genial. Todos ustedes. Un poco de actuación divina y ganarían el concurso de cosplay grupal. Justamente ahora hay una película muy popular protagonizada por ustedes.

—¿Qué es cosplay?

—Un concurso de disfraces. Será divertido —respondí alegremente—. Ustedes mismos interpretarían sus propios personajes. La fiesta sería perfecta.

Zeus me sorprendió cuando respondió sin vacilar:

—Entonces vamos. Que haya fiesta.

—¿Y nosotras? —preguntó Zara.

Irena se volvió hacia nosotras.

—Tengo que hacerme una selfi entre los dioses griegos.

Y tomó una foto.

—Qué lástima que no pueda abrir más el encuadre.

 

Le di un codazo a Bojan cuando vi a mi hermana, a sus amigas y al grupo de doce cosplayers.

—Mira eso. ¿Dónde consiguieron ese equipo de cosplay y qué hacen aquí?

Mirko, uno de los organizadores locales y alma de la convención, además de editor de la antología de Istrakon, se quedó boquiabierto.

—¡Qué disfraz grupal tan impresionante! Qué pena que llegaran tarde al concurso. Dijiste que vendrían solo ustedes desde Eslovenia y ahora esto… Si además actúan tan bien como se ven, habrían ganado seguro.

Negué lentamente con la cabeza.

—¿Cómo llegaron aquí mi hermana y sus amigas si habían ido al Olimpo? ¿Me estuvo tomando el pelo?

—Parecen cuatro Lara Croft multiplicadas —añadió Bojan—. Los disfraces son realmente perfectos. Está claro que te engañó por completo.

Sacó el móvil y tomó una foto del grupo. Yo también hice tres fotografías.

Mi hermana corrió hacia mí y, antes de que pudiera preguntar nada, me bombardeó con palabras como de costumbre.

—Nos dieron ganas de venir a una convención. Trajimos cosplayers con nosotras. Espero que no lleguemos demasiado tarde. Parecen salidos directamente de una película. También tienen una actuación muy trabajada. El rayo de Zeus incluso funciona.

Bojan respondió antes que yo.

—Lamentablemente llegaron tarde al cosplay. Este equipo disfrazado como el panteón griego habría ganado seguro con un poco de actuación. Sobre todo gracias a la película. ¿Y ustedes cuatro qué representan? Tú podrías interpretar a Lara Croft. El polvo, los restos de barro y el equipo de montaña…

—¿Cómo que llegamos tarde? —preguntó sorprendida.

Sonreí con cierta malicia.

—Muy simple. Hoy es domingo y la convención está terminando. ¿Por qué están aquí? ¿Me engañaste con lo del Olimpo y algo salió mal? ¿Quiénes son ellos? Como ves… —Miré a nuestro alrededor—. La convención está acabando.

—Es una larga historia —respondió.

 

Después de pasar la noche en el refugio emprendimos el regreso hacia el estacionamiento y luego alegremente hacia Eslovenia.

—¿Por qué no elegimos mejor el avión? —refunfuñó Irena.

Zara le espetó:

—Entonces no habrías podido hacer selfis en todos los miradores de los Balcanes.

—Qué cerrada eres con tu lógica de museo —replicó ella.

—Chicas —interrumpí la discusión—. Estuvimos en la montaña de los dioses. ¿No es increíble?

—Menos mal que el tiempo aguantó. Un día después la niebla habría arruinado las vistas.

La bastante silenciosa Klara habló entonces.

—No sé, me siento rara. Tuve sueños extraños con dioses griegos.

Zara añadió:

—Qué curioso. Yo también.

—Soñé que estábamos en Pazin con los dioses y que llegábamos tarde al concurso de cosplay —añadí—. ¿No es extraño? Todas pensamos en ellos y tuvimos sueños parecidos.

Irena deslizaba frenéticamente el dedo por la pantalla y parecía cada vez más desesperada. Como si le hubieran quitado la droga a una adicta. Después de varios minutos de movimientos frenéticos gimió:

—¿Qué pasó con las grabaciones? Me faltan siete horas.

Zara puso los ojos en blanco.

—Eso sí que es un milagro. ¿Es posible que durante siete larguísimas horas no grabaras nada? ¿Tienes contabilizado todo lo que capturaste? Seguramente caíste en algún agujero temporal.

Y soltó una carcajada.

Klara y yo nos reímos también. Siete horas sin sacar fotos y ya estaba al borde del pánico.

Pero Irena no tenía ganas de reír.

—El teléfono grabó y sacó fotos, pero no registró nada.

—¿Cómo que nada? —pregunté.

Ella respondió preocupada:

—El teléfono grabó siete horas de ruido blanco.

 

P. D.:

Tuve sueños extraños. Por cierto… ¿les conté que al final hice tres fotografías en Pazin? Fotografías de un simple ruido blanco.

Bojan Ekselenski, nacido en 1964, es el presidente de la Sociedad Literaria de Celje. Su obra se publica en diversas revistas literarias eslovenas y en varias antologías extranjeras. Hasta octubre de 2019, había publicado 14 libros impresos y otros tantos libros electrónicos. También fue coeditor de las dos únicas antologías de literatura fantástica eslovena publicadas recientemente. Desde 2016, es editor de Supernova, la única revista impresa de literatura fantástica eslovena. Promueve activamente la literatura fantástica de calidad, uno de los géneros literarios más olvidados en Eslovenia. Desde 2017, en nombre de la Sociedad Literaria de Celje, organiza Fanfest, el Festival de Literatura Fantástica Eslovena, el único evento de este tipo, dedicado principalmente a un pequeño grupo de autores eslovenos de fantasía.

FLORES EN EL BARRO