sábado, 4 de julio de 2026

MIS TIEMPOS DE AJEDRECISTA

Shota Iatashvili

No tenía ni idea de qué le pasaba a la chica. Hacía su movimiento, contenía la respiración unos segundos, luego movía la mano de nuevo hacia el tablero y tocaba la pieza que acababa de colocar, como si la acariciara, o bien agarraba suavemente la parte superior de la pieza con sus dedos pálidos y luego la hacía girar ligeramente, moviéndola unos milímetros hacia un lado susurrando: "acomodo”, con voz cálida y algo ahogada para luego apoyar una vez más su cabeza rubia en la palma carnosa.

Hacía esto después de cada movimiento. No solo ajustaba sus propias piezas; también lo hacía con las mías. Incluso cuando las coloqué con mucho, mucho cuidado, justo en el centro de la casilla, ella seguía ajustándolas. Empecé a sentirme inquieto cada vez que ella realizaba una jugada. Perdía el hilo de mis pensamientos, las variantes calculadas y las combinaciones preparadas se confundían unas con otras. Toda mi atención se concentraba en ella, que en cualquier momento iba a extender la mano hacia la pieza que yo acababa de mover, tocarla, acariciarla, incluso levantarla apenas del tablero para volver a depositarla exactamente en la misma casilla y decir con aquella voz enigmática:

—Acomodo.

Era una norma. Los ajedrecistas pueden ajustar sus piezas, o incluso las del oponente, siempre que pronuncien esas palabras mágicas al hacerlo. Si no pronuncian las palabras, la regla establece que deben mover la pieza que hayan tocado (si era suya) o capturarla (si era de su oponente), suponiendo que sea legal hacerlo. Por desgracia, no había nada en las reglas sobre cuántas veces un jugador podía ajustar una pieza, así que esta chica ejercía su derecho en cada jugada. De hecho, a veces incluso varias veces entre jugadas: tocaba el caballo blanco, o el alfil negro, o los peones de ambos jugadores... Su mano recorría el tablero, acercándose a una pieza mientras murmuraba en una especie de trance:

Acomodo, acomodo, acomodo. Y mientras tanto mi mente se iba nublando poco a poco. Cometía errores groseros y siempre terminaba perdiendo contra ella.

Me acordé de esa chica cuando el gran maestro Suetin nos dio una conferencia sobre la preparación psicológica del ajedrecista. Sobre la preparación psicológica y la influencia psicológica. Nos lo explicaba en teoría y, al mismo tiempo, ilustraba cada concepto con ejemplos concretos. Contó varios casos de partidas ganadas gracias a la presión psicológica ejercida sobre el adversario.

Entre ellos relató este:

—Había un jugador que, apenas hacía una jugada, se quedaba mirando fijamente a los ojos de su rival. No apartaba la vista. Y cuando el adversario respondía, procuraba contestar lo más rápido posible para volver a sostenerle la mirada. Ninguna regla prohíbe mirar al oponente, así que este tampoco podía protestar. Y de ese modo consiguió sacarlo de concentración y vencerlo.

En cuanto escuché aquello, todo se volvió claro para mí.

Comprendí que aquellas interminables y desesperantes maniobras de acomodar las piezas constituían un método cuidadosamente elaborado de presión psicológica. Al menos eso creí entonces. Aunque, pensándolo bien, ¿qué métodos elaborados podía haber desarrollado una niña de apenas doce años? Probablemente se trataba simplemente de una neurosis. Una neurosis silenciosa, una necesidad irresistible de tocarlo todo.

O quién sabe... Tal vez su padre era ciego y había aprendido a jugar con él.

Los ciegos participaban siempre en nuestros torneos. Se sentaban aparte y, curiosamente, eran quienes más espectadores atraían. Cada vez que el rival hacía una jugada, ellos extendían ambas manos sobre el tablero para descubrir qué pieza había sido movida, desde qué casilla y hasta cuál. Una vez que lograban reconstruir la posición, permanecían inmóviles, con la mirada perdida hacia el techo del salón o, más a menudo, dirigida hacia un adversario invisible. Después volvían a recorrer el tablero con las manos y hacían su propia jugada.

No siempre, pero también contra los ciegos perdía con bastante frecuencia.

A veces, cuando terminaba la partida, me pedían que los acompañara hasta la parada de autobús más cercana. Cerraban su tablero plegable de casillas desgastadas, se lo ponían bajo el brazo, yo les ofrecía el mío y caminábamos hasta la Filarmónica. Les iba leyendo los números de los autobuses que llegaban, uno tras otro, hasta que aparecía el que necesitaban. Los ayudaba a subir y luego emprendía el camino de regreso a casa... derrotado por un ciego.

En aquellos torneos por sistema suizo ocurría de todo.

Una vez apareció un soldado ruso. Tenía las mejillas coloradas y era evidente que provenía de alguna remota provincia perdida de Rusia. Llegaba directamente desde el cuartel. Casi siempre lo hacía tarde, entraba corriendo, jadeando, se sentaba frente al tablero... y nos derrotaba a todos, partida tras partida.

Les ganaba también a los ciegos, a la chica que acomodaba las piezas, a nuestros mejores jugadores de primera categoría y hasta a los candidatos a maestro. Pasó por encima de todos con una facilidad humillante y terminó ganando el torneo. Después regresó a su cuartel y nunca más volvió a aparecer.

Supongo que poco tiempo después terminó el servicio militar y lo enviaron de regreso a aquella provincia olvidada. Quizá ahora siga viviendo allí, ya envejecido, entregado a la bebida y, cuando anda escaso de dinero, todavía les gane alguna botella de vodka apostando partidas de ajedrez a sus paisanos.

¿Qué me hizo acordar ahora de aquel soldado ruso, si en realidad quería hablar de otro ruso muy distinto, del gran maestro Suetin, el mismo que nos dio aquella conferencia sobre la preparación psicológica del ajedrecista y que luego se sentó a jugar una exhibición simultánea contra nosotros, un grupo de chicos con las orejas aún puntiagudas por la infancia?

Ahí estaba yo. Hice una jugada, luego otra. El gran maestro Suetin caminaba sin cesar, trazando círculos entre las mesas. Debía enfrentarse al mismo tiempo a veinte o veinticinco niños y despacharnos a todos casi con un simple movimiento de la mano.

Suetin era un hombre corpulento; incluso podría decirse descomunal. Pero eso no tenía ninguna importancia. El ajedrez será un deporte, sí, pero no atletismo. No hace falta un cuerpo perfecto para jugar bien. Lo que hace falta es una mirada penetrante, movimientos ágiles de la mano y una inteligencia afilada. Y el gran maestro Suetin poseía todo eso.

Avanzaba con seguridad entre el rectángulo formado por las mesas. Sin embargo, cuando pasó un par de veces junto a mí y levanté la vista, advertí un detalle extraño: llevaba unas gafas enormes, con lentes desproporcionadamente gruesas. Detrás de aquellos cristales, sus ojos aparecían gigantescos, deformados. Y fueron precisamente esos ojos magnificados los que me sugirieron una idea bastante desagradable.

El gran maestro acababa de contarnos que un ajedrecista había derrotado a su rival manteniéndole la mirada durante toda la partida. En ese mismo instante pensé: si ese método existe, si ya ha demostrado funcionar y, además, no infringe ninguna regla... ¿por qué no utilizarlo ahora mismo?

No bien se me ocurrió, levanté la cabeza y clavé los ojos en los del gran maestro Suetin. Él me miró desde arriba, hizo su jugada y siguió caminando tranquilamente.

Continuó avanzando con su pesado cuerpo de mesa en mesa, realizando los movimientos con absoluta calma mientras completaba otra vuelta. Yo lo seguía con una mirada tensa; unas veces le perforaba la espalda, otras la nuca, otras el perfil del rostro. Cuando volvió a acercarse, me lanzó una mirada de soslayo, hizo otra jugada y siguió su camino.

Bajé la vista al tablero. Habíamos entrado en una Apertura Española. Conocía bien sus caminos. Decidí de inmediato qué variante elegir, hice mi movimiento... y seguí taladrándole la espalda con los ojos.

Mientras tanto volvía a acordarme de la chica que acomodaba las piezas. Pensaba para mis adentros: «Ojalá el destino vuelva a cruzarme contigo. Ya vas a ver. Te devolveré exactamente lo mismo. Te atravesaré con la mirada hasta que bajes los ojos de vergüenza. Ya no podrás mirar bien el tablero; te temblarán la mano y la voz; no podrás hacer una jugada decente ni pronunciar con esa vocecita temblorosa tu "la acomodo...". Entonces sí... entonces me vengaré de ti. Te derrotaré sin piedad.»

Pero ¿qué importaba ahora aquella chica? Estaba jugando contra el gran maestro Suetin y la lucha ya había entrado en el medio juego. Yo, un chico correcto, educado, siempre con las mejores calificaciones, extraordinariamente tímido, de esos que se ruborizan por las cosas más insignificantes, empecé a mover con rapidez. No apartaba la vista de aquel cuerpo torpe y pesado; mejor dicho, intentaba atrapar la mirada escondida tras aquellas enormes gafas. A veces incluso lo conseguía. Y entonces leía en sus ojos una furia terrible. Una crueldad feroz. Después de todo, ¿cómo iba a soportar que un chiquillo al que acababa de enseñar de buena fe un recurso psicológico se atreviera, media hora más tarde, a utilizar precisamente ese mismo recurso contra él?

Estábamos ya casi al final del medio juego. Miré el tablero y no podía creerlo. Tenía una posición claramente superior. Casi ganadora.

«¡El método funciona!», pensé.

El gran maestro Suetin se acercó, se detuvo frente a mi tablero. Yo seguía mirándolo con obstinación. Él se inclinó sobre la posición, hizo su movimiento y, justo en ese instante, acercó todavía más el rostro al mío para susurrarme al oído, en ruso, de manera casi agresiva, procurando que nadie más lo oyera:

—¡No me mires a los ojos!

Me estremecí. El muchacho correcto, tímido y aplicado bajó inmediatamente la cabeza y fijó la vista en sus propios zapatos. Sentía cómo el gran maestro seguía caminando. Cuando se alejó, apenas me atreví a levantar los ojos hacia el tablero para descubrir qué jugada había hecho. Todo a mi alrededor estaba borroso. Forcé la vista hasta distinguir, con dificultad, la posición de las piezas. Volví a bajar la cabeza y me quedé mirando mis zapatos. Calculaba variantes de memoria, desplazaba las piezas mentalmente e intentaba encontrar así la forma de seguir luchando.

Se acercaba...

Creo que ya lo había encontrado... Llegó hasta mi mesa. Se detuvo frente a mí. Levanté apenas la vista e hice mi jugada. Él respondió haciendo resonar la pieza contra el tablero y siguió adelante. Completó otra vuelta sin que yo levantara la cabeza. Y creo que una tercera también. Mientras tanto mi posición iba deteriorándose a ojos vista. La ventaja conquistada comenzaba a evaporarse. Y, sin embargo, seguía oyendo en mi oído aquel susurro:

—¡No me mires a los ojos!

Y entonces me enojé. De golpe. ¿Con qué derecho me lo prohibía? ¿Por qué no podía mirarlo? ¿Acaso no acababa de decirnos él mismo que aquello no infringía ninguna regla? Ahora era él quien estaba rompiendo el espíritu de lo que acababa de enseñarnos. Tal vez no violaba ninguna norma escrita, pero intentaba ejercer presión psicológica sobre mí...

Hasta ese momento había sido yo quien ejercía presión psicológica sobre él. Y aquella cabeza avergonzada se levantó de pronto con orgullo. Quise mirarlo. Ya venía caminando hacia mí. Sus ojos agrandados por las gruesas lentes se encontraron con la mirada aparentemente inocente, aunque obstinada, de un niño. No apartó la vista. Seguía avanzando. Y seguía mirándome. Con una expresión casi feroz. Comprendí que precisamente en ese instante debía resistir. Y resistí. Llegó hasta mi tablero. Se quedó de pie frente a mí. Me observaba desde arriba. Parecía devorarme con los ojos. Yo seguía mirándolo. El gran maestro Suetin ni siquiera dirigía la vista al tablero. Solo me miraba a los ojos. Yo tampoco apartaba la mirada. Temblaba, pero seguía mirándolo. Ni siquiera parpadeaba.

Y vencí.

Fue él quien retiró primero la mirada. Entonces bajó los ojos hacia el tablero, realizó su jugada con un estrépito que resonó por toda la sala y siguió caminando.

Ya quedábamos muy pocos jugadores. Tal vez siete. Para todos los demás la partida había terminado. Por eso regresaba a mi mesa cada vez con mayor rapidez. Yo lo contemplaba sin el menor pudor. Y le jugaba con el mismo descaro. Y le gané. En ajedrez, el derrotado estrecha la mano del vencedor. Es el gesto que simboliza la rendición. Una costumbre aceptada, civilizada. Aunque, extraoficialmente, existe otra forma, bastante menos elegante: cuando uno pierde, puede derribar a propósito su propio rey sobre el tablero.

El gran maestro Suetin hizo precisamente eso. Más que dejar caer a su rey, lo estrelló contra el tablero. Y se marchó sin estrecharme la mano. Yo seguí su figura con la mirada por última vez. Probablemente aquella fue la mayor victoria de toda mi vida. Después de eso jamás volví a experimentar una sensación semejante.

En cambio, nunca más volví a encontrarme con la chica que acomodaba las piezas. Seguíamos jugando los mismos torneos, pero el destino –o, mejor dicho, el sorteo– nunca volvió a emparejarnos. Ella quedaba a la izquierda; yo también. Ella arriba; yo arriba. Ella abajo; yo abajo.

Y, sin embargo, cuánto deseaba volver a enfrentarla.

Me picaban las manos. La mirada ya la tenía preparada. Mientras tanto, la muchacha rubia seguía sentándose frente a otros jugadores y continuaba acomodándoles las piezas. Tal vez lograba desconcentrarlos. O quizá no.

Poco después, unos muchachos me sacaron del Palacio del Ajedrez y me dieron una paliza allí mismo, a pocos metros de la entrada.

Jamás me habían golpeado de esa manera. Fue la primera y la peor paliza de toda mi vida. No consigo recordar qué tenían contra mí, qué les molestaba de mí, qué les había hecho. Pero desde entonces siempre me acompañó la sensación de que aquello había sido un castigo. Un castigo por la forma en que había tratado al gran maestro Suetin. También fue profundamente vergonzoso abandonar el ajedrez y huir del Palacio del Ajedrez.

En uno de los torneos terminé último entre dieciséis participantes, con apenas medio punto.

Iba perdiendo. Seguía perdiendo. Continuaba perdiendo. Luchaba desesperadamente, pero por alguna razón siempre acababa perdiendo. En casa lo ocultaba. Le mentía a mi padre. Yo ya era estudiante universitario.

A veces le decía que había hecho tablas; otras, que había ganado.

Le mentía porque él había sido quien me llevó por primera vez a una escuela de ajedrez. Deseaba de verdad que yo jugara bien. Cada uno de mis pequeños éxitos lo llenaba de felicidad. Y yo no quería que supiera hasta qué punto estaba fracasando. No quería entristecerlo.

Ese miserable medio punto se lo arranqué a un jugador indio. Los demás ya se burlaban de mí.

—Ese pobre indio creyó que eras un rival fuerte y por eso aceptó las tablas. Si no, también te habría ganado.

Jugué mi última partida y salí de allí corriendo. No quise volver a mirar hacia el edificio. Llegué casi a odiar el ajedrez. Para mí, en aquella época, el ajedrez era una derrota interminable. Las derrotas frente a la chica que acomodaba las piezas. Las derrotas frente a los jugadores ciegos. La paliza recibida delante del Palacio del Ajedrez. El medio punto. El último puesto. Las burlas. ¿Qué podía pesar, frente a todo eso, una única victoria insolente sobre el gran maestro Suetin?

Pero comprendí que el ajedrez podía ser todavía una derrota mucho mayor cuando me enteré de la muerte de mi primer entrenador, Shota Intskirveli.

Aquel hombre que había formado campeones del mundo fue encontrado muerto durante los años noventa, en una casa con las ventanas rotas. Murió de hambre. Murió congelado.

Cuando éramos niños, a veces sentaba sobre sus rodillas a la vivaz Keti Abashidze mientras analizaba nuestras partidas y nos enseñaba aperturas y pequeños secretos del ajedrez. Cada vez que yo veía a aquella luminosa Keti Abashidze, mi concentración se desvanecía y ya no lograba seguir hasta el final los análisis posicionales del entrenador. Y cuando ella era mi rival, casi siempre perdía. Exactamente igual que contra la chica que acomodaba las piezas. Muchos años después, cuando ya había terminado la universidad, volví a encontrarme con Keti Abashidze. Seguía irradiando la misma vitalidad. Me invitó a su casa, en Vake.

Tomamos el té, recordamos la infancia y luego dijo:

—Ya que estamos recordando viejos tiempos, juguemos una partida.

Nos sentamos frente al tablero.

Y, naturalmente, volvió a derrotarme con facilidad. Sonrió y creo que hasta comentó:

—Qué curioso... siempre te gano.

Así era. No parecía ser un jugador débil. Y, sin embargo, todos parecían derrotarme. De las victorias no quedaba casi nada. Las derrotas, en cambio, dejaban cicatrices. Me desgastaban por dentro. Me hacían más pesado. Me transformaban. Y, sobre el fondo de todas aquellas derrotas, solo me quedaba una historia para contar: cómo había derrotado al gran maestro Suetin gracias a la presión psicológica. La contaba una y otra vez. Me consolaba contándola.

La repetí tantas veces que terminé cansándome incluso de escucharme a mí mismo.

Y entonces la escribí.

Pero ahora, mientras termino de escribirla, quien vuelve a aparecer ante mis ojos es Shota Intskirveli. Hambriento. Congelado. Muerto en una casa de ventanas rotas. Y me gusta imaginar que lo encontraron sentado frente a un tablero de ajedrez, con la mano inmóvil suspendida en el aire y una dama entre los dedos, a punto de colocarla en f5 o quizá en g6 para mostrarnos una de aquellas hermosas combinaciones de Mijaíl Tal o de Bobby Fischer. Y que no estaba solo. Que seguía abrazado a la sombra de la radiante Keti Abashidze, sentada, como siempre, sobre sus rodillas.

Shota Iatashvili nació en Georgia en 1966. Escribe poesía y prosa, y es traductor y crítico de arte. De 1993 a 1997 trabajó como editor en el Centro de Letras de la República para los periódicos literarios Rubicón y La Tercera Vía. Leer menosEs editor de la editorial The Caucasus House desde 1998 y ha sido editor jefe del periódico The Alternative, publicado por The Caucasus House. Entre sus libros de poesía se encuentran The Wings of Death (1993), Chewing Gum (1994), The Petrol Flowers (2000), While It's Time (2006) y A Scar (2010), entre otros. Sus libros de prosa incluyen Counter-Ajour (1998), The Flower of All Flowers and an Engineer (2000), Photo-Fathers (2005) y Gravitation (2012). Entre sus obras de crítica literaria se encuentra su colección de 2010 Cleaning. Sus traducciones incluyen Styles of Radical Will (1999) y American Poets (2004) de Susan Sontag. Ganó el Premio Saba a la Mejor Colección de Poesía (2007 y 2011), el Premio Internacional de Poesía de la Lavri de Kiev (2009) y el Premio al Mejor Crítico Literario (2011). Sus obras han sido traducidas a más de una docena de idiomas.

 

 

HISTORIA PERSONAL DE LA UCRONÍA

Luis Saavedra

 

“Es un reloj, es tuyo”. El niño se incorporó soñoliento en la cama y miró a su padre a su lado, en la oscuridad. “¿Y por qué? ¿Adónde vas?”. “Volveré, es solo que quería dártelo”. “Pero es tuyo”. “Sí, ahora te lo doy y cuando vuelva será mío otra vez”. Y el padre lo colocó alrededor de la muñeca del niño. “Mira, se ilumina cuando no hay luz”, el rubor fantasmal de los punteros y números marcaba las tres y cuarto de la madrugada. “¿Puedo jugar con él un rato?”. “Ahora no, mañana. Ahora te vas a dormir de nuevo.”

 

La casa está en silencio y solo queda el niño que duerme en la habitación de arriba. Afuera escucha el  motor del vehículo que se marcha calle abajo. Son casi las doce y media en la madrugada y se dirige a la cocina. Enciende la luz y abre el refrigerador, saca una cerveza y se sienta a la mesa para beberla. El gato aparece y se miran largamente. El gato es negro y blanco y tiene una mancha blanca en una de sus orejas. Finalmente, el animal se mueve y va a frotarse contra una de sus piernas. Lo levanta y pone en el regazo. Es cálido y terso y ronronea. Le acaricia debajo de la barbilla y el gato entrecierra los ojos con placer.

Luego de beber la cerveza, vuelve al salón comedor y sigue esperando en la semi oscuridad. No se atreve a encender la lámpara. La luz del alumbrado público se cuela por el follaje y luego por las cortinas para dar un tono azuloso a la habitación. Las fotos sobre el gran televisor, las pinturas marinas en las murallas, los muebles negros. Todo inundado por sombras azules y otras más oscuras. Toma una foto y la lleva a la ventana. En la foto familiar es un día de navidad junto al árbol. Están los cuatro. El padre, la madre y los dos niños. Esta noche, la niña está con su abuela porque es muy pequeña, y duermen en la habitación del fondo del patio. El niño ya es grande, eso es lo que él dice. Tiene nueve años y sabe que cuenta con la confianza de sus padres para quedarse solo mientras ellos están afuera. Un par de horas antes, él leía un libro sobre hombres que se extravían en Marte y tienen que usar su ingenio y humor para llegar con vida a la base. El sueño lo venció en la parte en que deben cruzar un cañón rocoso, en donde encuentran un río subterráneo. Duerme en la habitación de arriba.

Deja la fotografía en su lugar cuando escucha un motor viniendo por la calle. Mira discretamente por la ventana y se encandila con el haz de luces. Tras un segundo, su corazón salta al ver la carrocería azul del auto, pero el modelo no es el correcto. No sabe si sentir decepción o alivio. El auto se aleja y se queda en mitad del living pensando en cuál será su próximo movimiento. Va al dormitorio principal y encuentra de nuevo al gato, dormido a los pies de la cama. Se acerca al velador del lado izquierdo y enciende la luz de la lámpara de noche. Abre el cajón y observa. Hay un folleto de una nueva máquina de afeitar, la novedad para la navidad de ese año. Y abajo está el reloj. Le resulta familiar y anacrónico. Se sienta en el borde de la cama, mientras las manos le tiemblan. Es un bonito reloj, imponente, de metal macizo que trae múltiples segunderos. Sabe que en la oscuridad los números de nácar refulgen suavemente y tiene un dispositivo cinético para recargar su batería caminando. Es el reloj de su padre.

En los viajes de ida y vuelta no puedes llevar nada contigo. Y cuando apareces en un desplazamiento temporal, quedas a tu propia suerte hasta que termina su efecto. Cuanto más lejos viajes por tu propia línea de experiencia, más imprecisa se vuelve la ciencia del salto y llega un momento en que todo se vuelve caótico. Pero para lo que necesitaba, encajaba en el rango. Su reintegro sucedió en el callejón de una población durante una madrugada. Robó un pantalón y una camisa colgados en un patio trasero. El perro se quedó mirándolo lánguidamente. Los zapatos vinieron de un basural y el dinero, de su buena memoria para recordar las apuestas. No las grandes, solo pensaba estar un par de semanas. Pero el desplazamiento lo dejó casi a un año de distancia y en otro país. En Buenos Aires, trabajó de panadero para un viejo almacenero y de guardia nocturno en una fantasmagórica morgue. Compró un boleto de bus hasta Villa Pehuenia y les pidió trabajo a unos burreros. Cruzó hacia Chile por el paso de Pino Hachado. La tercera noche, mientras Tabilo contaba una complicada historia con una china, sintió la Añoranza. “Ché, ¿qué tenés, Ernesto? Te pusiste pálido”. No respondió al nombre de inmediato, había usado tantos nombres. “Nada, Tabilo. Me parece que la pierna de cordero me cayó del orto”. El Universo tiene formas para conservar cierta unidad y todo lo que se encuentra en tránsito, vuelve pronto a su equilibrio. La Añoranza era la forma de la materia para regresar a su lugar. Un tirón en las entrañas que se va haciendo más doloroso hasta que comienzas a doblarte en el pasado|futuro y terminas en el piso de tu presente. En Santiago, encontró un arriendo barato y un puesto de medio tiempo en la cocina de un bar. Su habitación quedaba a media hora caminando de su casa de infancia.

El plan ya no le parece tan sencillo. Incluso suena descabellado, ahora que está sentado en el borde de la cama de sus padres. Aunque se lo pensó un ciento de veces. Ver la sorpresa en el rostro de su padre, contarle una historia sobre el futuro, abrazarse. Todo lo que está entre esos momentos nunca fueron abordados por él en forma satisfactoria. Jamás llegó a un acuerdo consigo mismo. Su paz mental es una ilusión que alcanzará cuando el niño que duerme en la habitación de arriba, se despierte mañana y vea a su padre. Se guarda el reloj en su chaqueta y apaga la luz y baja las escaleras. En uno de los peldaños patea una pelota de plástico que no debía estar allí. No la notó al subir, pero ahora cae un peldaño cada vez con un sonido que no sabe si es ruidoso o apagado. En un momento de pánico, piensa que debe salir ahora mismo de la casa y olvidarlo todo y dejarse llevar de vuelta a su tiempo. Mira hacia la habitación del niño y no se atreve a moverse. Si se despierta ahora y lo ve, se convertirá en un bucle de tiempo que no sabe matemáticamente cómo terminará. La pelota deja el último peldaño y rebota tres, cuatro y cinco veces hasta que se detiene contra la muralla. Espera que se encienda la luz debajo de la puerta, que se abra y aparezca el niño restregándose los ojos. Espera que la fina voz llame a su madre o padre y luego pregunte dos veces y luego grite de terror. Espera que su sangre deje de subir a su cabeza y le deje pensar con mayor claridad. Pero, finalmente, es el gato el que sale de la habitación matrimonial y baja entre sus piernas hasta encontrar la pelota. Sigue mirando la puerta de la que era su habitación, pero no pasa nada. Relaja la presión sobre el pasamanos de la escalera. Baja suavemente, con cuidado y se sienta en el sofá. Solo entonces se permite tener un pequeño momento de colapso emocional, nervioso, y solloza con una mano sobre la boca. Cierra los ojos y se reclina. El reloj de la pared indica las dos y cuarto de la madrugada.

El plan era sencillo. Salvar a sus padres de morir en un accidente vehicular la madrugada de ese día. El tiempo es tan complejo que no está claro qué pasa con las paradojas. Si simplemente se adapta y crea una nueva corriente que fluye alejándose de la original. O tu historia sigue siendo la misma, no importa cuántas veces quieras cambiarla. Su padre regresó por un motivo que ya no importa y entró a la pieza de su hijo para darle el reloj. Él siempre fue emocional cuando tomaba una copa de más. Su hijo también lo es, la emoción lo inunda cuando piensa en ellos a solas. Creció con sus tíos maternos y sus primos. Se peleó en la escuela y tuvo su primera novia a los catorce. Tuvo una perra que se llamaba Toña y generaciones de hamsters que no duraban más de dos años. Y a través de todo ese intenso viaje hacia el futuro, el reloj se mantuvo constante en la caja de sus recuerdos y, una vez que lo redescubrió a los dieciséis, ya no quiso olvidarse. Ingeniería, física, Paris y Tokio. Un doctorado en Estados Unidos y una invitación a incorporarse al Proyecto. En el Proyecto conoció a una chica y en una noche de karaoke se fueron a la cama. El test de embarazo dio positivo dos semanas después. El Proyecto luego lo eyectó treinta y tres años en lo profundo del pasado. Mareado por el vértigo temporal vomitó una bilis amarilla. El plan era sencillo, pero la cadena de eventos que lo había traído fue tan retorcida que a la luz de esa madrugada su bilis le pareció espesa y oscura.

Son veinte para las tres de la madrugada. Sueña. Con el primer día que vino a su casa. Está en la acera de enfrente y se ve a sí mismo jugando con Pancho. Hacen carreteras en el suelo del jardín para hacer pasar los convoyes de tanques plásticos y carritos de bombero hechos en China. Desde atrás, su padre le pregunta si puede ayudarle y da un salto. Se da la vuelta y enfrenta su gesto penetrante y desconfiado. No lo vio venir, fue una idiotez llegar hasta acá a plena luz del día. Y ni siquiera simulando pasar por delante, sino que plantarse como un sicópata al otro lado de la calle. Pero no pudo evitarlo, su corazón saltaba. Su padre le repite la pregunta con más intensidad. “En nada, ché. Solo ando medio perdido, llegué hoy día a Santiago y ando buscando esta dirección.” Le sonríe y le pasa la dirección del departamento que arrendó a pocas cuadras. Su padre toma el papel y lo mira, pero no pierde la cautela. “¿Argentino, eh?”. “Sí, de Entre Ríos”. Al hombre se le ilumina la cara. Ya han estado allá de vacaciones. Dos veces en un balneario a orillas del río Gualeguay. Es un truco sucio que funciona. “Bonito lugar”. “Hermoso, ni se imagina”. Su padre se relaja y apunta calle abajo: “Siga caminando unas cuatro cuadras hasta la avenida Los Pajaritos y doble a la izquierda. No estoy seguro, pero deben ser una ocho o diez cuadras”. “Muchas gracias”. Y antes de alejarse, extiende la mano. Su padre la estrecha y siente una corriente de veinte mil voltios fluyendo entre ambos. “Para servirle”, dice él y atraviesa la calle, abre la reja y se mete en la casa, mientras los niños siguen jugando.

Se despierta sin saber en donde está, con una sensación de alarma y extiende las manos para agarrar algo que solo vive en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo se quedó dormido? Mira el reloj de pared que da las tres y cinco de la madrugada. Un auto se ha estacionado afuera. Se espabila y se prepara, las manos le tiemblan. No puede evitar respirar arrítmicamente. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y encuentra el reloj macizo y real, es una fuerza que lo ayudará a enfrentar lo que viene. En Meyrin tuvo una discusión con un físico que le aseguraba que el tiempo era inflexible. El físico escribió un centenar de ecuaciones en su pizarra que aseguraba que hiciera lo que hiciera, el tiempo conservaba su forma. Se lo quedó mirando un momento y luego se fue. Trabajó un mes sobre la teoría del físico hasta descubrir un pequeño error. Por supuesto, el físico no se lo agradeció, pero no lo había hecho por él. Lo que él necesitaba no era rigurosidad, sino esperanza. Pero, ¿y ahora? No estaba seguro. El pequeño error tal vez no influía, pero nunca volvió a saber del físico para preguntarle. Los resultados del Proyecto tampoco fueron concluyentes porque las desviaciones incluidas en el flujo temporal finalmente estaban ya contenidas. Enviaron pequeños objetos cincuenta, cien años en el pasado, pero pocos sobrevivieron. Una fotografía moderna estaba en los cimientos del mismo edificio. Una cápsula del tiempo fue rescatada del fondo del Támesis. Bastaba con saber en donde buscar porque era un circuito cerrado. Conocías de antemano que iba a estar allí como en un juego adivina-qué-hace-tu-mano-derecha. Llegaron a un callejón sin salida porque para obtener resultados dimensionables debían hacer algo radical y nadie estuvo dispuesto a evitar la Primera Guerra Mundial. Pero quizás algo pequeño, personal. Su propia historia era perfecta. Se ofreció como voluntario para ser el primero en generar una gran paradoja que tal vez lo destruyera a él y también al Proyecto. No le interesó la discusión posterior sobre el método de medición de la paradoja porque sabía de antemano que era un rompecabezas. La noche de karaoke fue su despedida. Despertó al lado de Jean, asistenta ejecutiva de uno de los gerentes del Proyecto. Pelirroja, más alta y delgada, con una rosa tatuada en el dorso de su mano izquierda. La última semana hablaron sobre el niño, ella no abortaría y no le importaba su opinión. Ella argumentó que él no volvería y que era como si ya no existiera. Él no tuvo mucho qué defender. Aún no saltaba, pero la paradoja había ocurrido. Dejaría un niño detrás, preguntándose quién fue su padre.

Suda y siente una punzada suave en el pecho. Si el tiempo no permite paradojas, entonces algo le pasará. ¿La policía del tiempo? ¿Alguien en traje cromado saldrá de un portal, le disparará y arrastrará su cuerpo adentro? ¿O será más sencillo como desaparecer en el momento antes que su padre entre? Una fuerte punzada en el estómago lo inclina. Y luego pasa lentamente. Respira mejor. Son las tres y cinco. Se quiere incorporar porque es el momento de hacerlo, pero primero escucha una llave en la cerradura y entra una figura. Se queda mirando a su padre fijamente en la oscuridad, petrificado. Papá entra tambaleando y hablando por teléfono celular. Se detiene un segundo en el umbral y luego camina directo a la cocina. Tropieza con una silla y se ríe, alguien en el otro lado de la línea le da instrucciones. No, no lo encuentro, Marta, dice y sigue buscando. En el sofá, la fuerza de gravedad lo aplasta, le impide acercarse a su padre. Se siente detrás de una pecera desde donde el exterior parece tan extraño que no tiene nada que ver con él. Esto no está ocurriendo, le sucede a otro y él es solo el espectador. ¿Pero por qué su cuerpo parece una cuerda de guitarra? Esa sensación tan familiar que es el miedo y que lo ha acompañado desde la infancia, desde que sus padres desaparecieron de su vida. ¡Lo encontré!, dice el hombre del celular, vuelvo al auto y nos vamos de nuevo a la fiesta. Sale de la cocina con una botella de champaña, cruza el living y choca con el umbral y vuelve a reír. Su padre, siempre tan alegre con unas copas de más. La puerta se cierra y escucha el ruido del motor alejándose. Son las tres y diez de la madrugada.

Jamás llegó a acercarse a las escaleras.

Suda. Dolor de cabeza. Temblor de piernas. Y en todo ese caos, no entiende qué ha ocurrido. ¿Cuántos pasados pueden existir? ¿A cuántos pasados se puede volver? Y aún no sabe si el tiempo es inflexible. Otra punzada en el estómago, tiene que salir de la casa y volver a su departamento y pensar. Pensar en qué dirá cuando vuelva al Proyecto. En que no es posible demostrar nada porque todos los resultados apuntan a bucles cerrados. Entonces como ahora, sus padres están muertos en el mismo accidente y el reloj. El reloj. El reloj. El reloj. Su cuerpo deja de quejarse, en su cabeza ha encajado una idea. Se levanta del sofá y sube las escaleras ya sin querer ser invisible. Se debilita a cada paso. Se detiene ante la habitación del niño y saca el reloj. Abre la puerta y adentro la oscuridad parcial le da la sensación de estar mirando kilómetros de abismo. El futuro es un abismo, caer durante años, buscando una explicación para un solo momento sublime entre él y el hombre que nunca subió a verle. Sobrevivir no fue una ventaja y se permite un pensamiento sombrío: ¿es suicidio matar a un niño; pensó lo mismo su otro yo, treinta y tres años atrás en su pasado, pero se acobardó? Su vida era un bucle cerrado porque así lo ordena el universo. Hasta hoy, porque ya no teme a las paradojas. Son las tres con catorce minutos de la madrugada.

Hace frío en la calle. O es el sudor que se hiela en su piel. El dolor en su estómago se incrementa y quiere ir a un hospital. Pero sigue caminando calle abajo automáticamente. No hay nadie para verlo marchar como borracho y solo un perro le ladra en una de las casas. Siente que se desvanece de momento en momento. Atraviesa una cancha de fútbol y llega a la avenida que es un río de bestias gigantescas de acero a esa hora. Los camiones lo ignoran. Se detiene y apoya en la estructura de un basurero público. Ya no hay tiempo, le dice su cuerpo. Su mente todavía retiene la imagen azul del niño durmiendo. Él no es un asesino. Cerró la puerta y se marchó, una paradoja tan sencilla. Saca el reloj y lo mira por última vez. Lo deja caer en el basurero. No hay ningún ruido, como en un pozo que no tiene fondo. Su cabeza se despeja y siente que algo viene. Abre la boca en un gesto de dolor, se dobla sobre sí mismo. Se derrumba, pero no alcanza a tocar el suelo.


Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

TANNEKE

Laura Scheepers



Tannekin / Diablesa
Hechicera / Misa negra
Novia de Satanás / Hierba de brujas
Gottem y Tielt / ¿Qué los llevó a hacerlo?

(Monique Simon)

 

¿Cómo pudo suceder esto? ¡Si Anna y yo teníamos, nada menos, la purga! ¿Cómo pude acabar muriendo, tras espantosas torturas, si estábamos tan bien protegidas?

 

Tiritando y desnudas, Tanneke y su hija estaban de pie en el despacho del párroco Jeronimus Rade, el célebre cazador de brujas. Habían acudido para obtener una purga, un certificado oficial que acreditaba que no eran brujas. Para Tanneke era importante: ya había atravesado dos procesos judiciales en los que la brujería había desempeñado un papel. Si bien ella había sido quien inició aquellas demandas, una vez que el estigma de la brujería se adhería a una persona, era difícil librarse de él.

Por consejo de Hubrecht Meganck, primo de su madre y alguacil de la región, habían viajado hasta Gottem, el pueblo donde Tanneke había nacido. El párroco las hizo caminar de un lado a otro y clavó agujas en sus lunares, que, por fortuna, sangraron con normalidad. Tanneke lo observaba con desconfianza. Una y otra vez intentaba quedarse a solas con Anna o tocarla más de lo estrictamente necesario.

 

¿Fue porque Thomas me llamaba «bruja» cada vez que se enfadaba? ¿Me denunció porque lo llevé ante los tribunales? ¿Me consideraba una mujer licenciosa porque disfrutaba de nuestra intimidad? Las mujeres decentes no disfrutan de esas cosas.

 

Después de que Tanneke llevara realmente a Thomas ante la justicia por difamación, aquella noche habían discutido, a pesar del estofado de conejo que compartieron para cenar. Thomas estaba furioso; Tanneke, en cambio, se sentía victoriosa. Llamarla continuamente «bruja» era, sin lugar a duda, una calumnia.

—¡¿Habrías preferido verme arder en la hoguera acusada de brujería?!

Thomas se quedó atónito. Nunca había pensado en ello. ¿Podían sus palabras tener consecuencias tan terribles? Su impulso de gritar se desvaneció como la nieve bajo el sol.

—¿D-de verdad crees que eso podría haber ocurrido?

—Sin duda. La palabra de un hombre vale mucho más que la de una mujer. Y sabes que conozco las hierbas medicinales. A mujeres como yo enseguida las llaman brujas, y no solo los maridos resentidos.

—L-lo siento muchísimo, Tanneke. Es cierto que a veces me enfurezco, pero de verdad te quiero y no quiero perderte.

 

No puedo creer que, después de aquella conversación, Thomas me traicionara. El susto fue tan grande que empezó a tartamudear. A partir de entonces nos unimos mucho más y él aprendió a controlar sus ataques de ira. Incluso aprendimos a serenarnos después de una discusión y a hablar de lo que nos preocupaba.

 

Un año más tarde, un vecino volvió a llamarla bruja y Thomas la apoyó sin reservas cuando inició otro juicio por difamación. También ganó ese proceso. No existía prueba alguna de que fuera una bruja. Tenía la purga y no apareció ningún testigo.

 

Todo el mundo de la comarca acudía a mí una vez que quedó establecido que no era una bruja. ¿Eran demasiado eficaces mis remedios de hierbas? ¿Me llamaban bruja porque la abuela me había enseñado todo lo relacionado con las plantas medicinales y sus preparados? ¿O había algo misterioso en el hecho de que mis remedios casi siempre funcionaran?

 

El dieciséis de diciembre fueron a buscar a Tanneke por primera vez. La llevaron a Tielt para interrogarla. En Gottem había volcado un caballo con su carreta. El hijo pequeño de una vecina había muerto, y también de eso la culpaban a ella.

Tanneke negó todas las acusaciones. No tenía nada que ver con la muerte del niño; lo único que había hecho era llevarle a la madre un caldo reconstituyente. Además, la carreta había volcado al otro extremo del pueblo.

Nadie supo con certeza si le creyeron, pero la dejaron en libertad.

Tanto Thomas como ella vivían ahora dominados por el miedo. Thomas lamentaba profundamente haberla insultado en el pasado. ¿Acabaría aquello provocando la ruina de su esposa?

En la víspera de Navidad regresaron. Esta vez encerraron a Tanneke en una prisión situada en la esquina de las calles Sint-Jansstraat y Hoogstraat. La sometieron a largos interrogatorios. La acusaban de poseer un polvo mágico, de haber matado un caballo y de haber asistido al aquelarre para mantener relaciones carnales con el diablo.

Los interrogatorios comenzaron con dureza y fueron volviéndose cada vez más violentos a medida que Tanneke se negaba a confesar. Ella insistía en que todas las acusaciones eran falsas, que ya había sido absuelta en dos ocasiones anteriores y que, además, poseía una purga. Era una vergüenza que la mantuvieran encarcelada.

La noche en que le arrancaron las uñas de las manos fue espantosa. Jamás había experimentado un dolor semejante. Por primera vez admitió que, en ocasiones, preparaba remedios con hierbas. Cuando el verdugo empezó también con las uñas de los pies, perdió el conocimiento.

A la mañana siguiente se retractó de su confesión, pero aquellos hombres ya habían probado el sabor de la sangre y el alguacil Meganck estaba completamente convencido de que aquella mujer era una bruja.

Cuando oyó aquello, Tanneke comprendió por fin cómo eran realmente las cosas.

¡Fue Hubert quien me hizo esto! ¡Mi propio primo! Primero quiso despojarme de mi herencia y después pretendió que le fuera infiel a mi marido, porque él no tenía esposa y me consideraba hermosa. ¡Ese fanfarrón que creía tener derechos sobre mí!

 

Tanneke fue trasladada a la Torre del Mercado de Tielt y trajeron desde Gante al temido verdugo Baudewijn Waelspeck.

El verdugo la roció con ácido y ella gritó hasta quedarse sin aliento. El dolor era peor que el de una quemadura. Al día siguiente señaló aquellas heridas como si fueran marcas del diablo.

Indignada, Tanneke respondió que durante el examen para obtener la purga aquellas marcas no existían. Pero el párroco De Rade guardó un silencio absoluto.

 

¡Ese asqueroso De Rade, que miraba a Anna con tanta lascivia, no hizo nada! Él mismo redactó nuestras purgas, pero ese viejo degenerado seguramente seguía resentido porque permanecí junto a ella como acompañante y no tuvo ocasión de manosearla más allá de lo indispensable durante el reconocimiento físico.

 

Volvieron a sacar a Tanneke de la celda. Apenas podía caminar y los guardias tuvieron que sostenerla mientras la arrastraban hasta la cámara de torturas. Ya no le quedaban uñas y todo su cuerpo estaba cubierto por las heridas que le había provocado el ácido. Además, le habían clavado agujas una y otra vez en todos sus lunares.

No sabía cuánto tiempo más podría resistir.

Al menos se sentía aliviada por no haber dado un solo nombre. Incluso bajo las torturas más atroces había conseguido mantener a Anna completamente al margen.

Le aseguraban que otra mujer la había visto en el aquelarre, pero ignoraba quién podía ser.

La condujeron hasta un sucio trípode de madera. No era un simple trípode, sino un instrumento de tormento. En el centro tenía un bloque rematado en una punta. Sobre él había sangre seca y otros fluidos corporales. Tanneke sintió un escalofrío.

La obligaron a sentarse cuidadosamente sobre aquella punta y sintió cómo esta penetraba en su sexo. Era afilada y demasiado gruesa. Contuvo la respiración y apretó los dientes para no gritar de dolor.

Entonces vio acercarse al verdugo con el temido collar. Antes de colocárselo alrededor del cuello, él le mostró las veinte púas afiladas que sobresalían hacia el interior. Luego sujetó cadenas al collar y las fijó a cuatro puntos distintos de la habitación.

Tanneke procuró permanecer completamente inmóvil, aunque el dolor en la parte inferior de su cuerpo exigía toda su fuerza de voluntad. Sabía que aquello no era más que el principio. Si seguía resistiendo, encontrarían la forma de hacerla sufrir aún más.

Lo que tanto temía acabó ocurriendo.

Había permanecido allí sentada durante lo que le pareció un día entero cuando el verdugo encendió un fuego muy cerca de ella. Como no reaccionó con suficiente rapidez, empujó las brasas con una horca hasta dejarlas casi debajo de sus pies.

Ya no pudo seguir inmóvil. Cada movimiento hacía que una de las púas del collar se hundiera en su cuello o en su garganta.

La primera vez, instintivamente se inclinó hacia el lado contrario, pero enseguida comprendió que allí la esperaban las púas opuestas.

Cuando el verdugo colgó pesas de sus piernas, sintió cómo la punta del trípode penetraba cada vez más profundamente en su cuerpo y desgarraba la delicada piel de su sexo.

Le resultó imposible permanecer quieta. Gemía, y de vez en cuando lanzaba un grito, pero seguía negándose a confesar.

El verdugo, cada vez más furioso, recurrió al látigo.

Tanneke lanzó un alarido. Con cada sacudida de su cuerpo, la punta del trípode se hundía más profundamente en su interior, mientras las púas del collar se clavaban por todos lados en su cuello y su garganta.

Enloquecida por el dolor, terminó admitiendo parte de las acusaciones. Confesó que poseía un polvo de brujería y que había causado la muerte de personas y animales.

El verdugo dio un brusco tirón de una de las cadenas y Tanneke sintió la sangre correr por su cuerpo y deslizarse entre sus piernas.

Dominada por un terror absoluto, confesó también haber mantenido relaciones carnales con el diablo durante un aquelarre.

—¿Y quiénes estaban contigo? —gritó el verdugo mientras volvía a tirar con violencia de una de las cadenas.

—¡Nadie! —chilló Tanneke.

El verdugo se colgó con todo su peso de la cadena y Tanneke sintió un crujido en la nuca.

 

Y aquí estoy ahora, suspendida sobre mi cuerpo torturado.

Puedo ver todo lo que me hicieron, pero, gracias a Dios, ya no puedo sentirlo.

Eso solo puede significar que estoy muerta.

Cuando contemplo mi pobre cuerpo, no puedo sino alegrarme de no haber arrastrado a nadie conmigo en mi caída.

 

Me enterraron en Gottem. El estanque cercano todavía recibe el nombre de «el Pozo de las Brujas». No en tierra consagrada.

El cirujano de la ciudad, Salomon Merckx, afirmó que el diablo vino a buscarme; no que hubiera muerto a causa de las torturas.

Ojalá hubiera sido una bruja de verdad. Al menos ahora sabría cómo atormentar a todos esos hombres que me hicieron esto. Pero no lo soy. Solo puedo permanecer cerca de mi tumba o del lugar donde morí. Y allí no quiero volver jamás. Lo único que puedo hacer es rezar. Rezar para que las mujeres seguras de sí mismas, o las mujeres que conocen el poder de las hierbas, nunca vuelvan a ser acusadas de brujería. Rezar para que llegue un tiempo en que las mujeres estén a salvo de hombres inmundos y lascivos como aquellos que destruyeron mi vida.

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.

 

 


viernes, 3 de julio de 2026

EL RÍO

Yusuf Abu Alfawz

 

La puesta de sol abraza el entorno. El tiempo está ventoso y el río parece molesto, jugueteando a su antojo con los botes de los pescadores. Las gaviotas inquietas buscan donde resguardarse y emiten intensos graznidos, como llamadas de auxilio.

En paralelo al río circulan los coches a toda velocidad. Las puertas están cerradas, las cortinas corridas, abarrotados de pasajeros o vacíos, pero todos pasan deprisa, salvo un vehículo de pasajeros que se detiene frente al muelle viejo. Su conductor rebusca en el motor con mala cara y junto a él su ayudante permanece de pie, tiritando por el frío y la confusión.

En la orilla se ha parado un joven que mira hacia el río enfadado, indiferente al frío o al viento. Dentro del vehículo, los pasajeros consultan sus relojes una y otra vez y el descontento se hace visible en sus rostros.

El hombre grueso que va sentado en la parte delantera del vehículo se inclina sobre su vecino, el de la Samsonite, y con un tono audible y señalando con su mano ruda hacia la orilla, exclama:

—¡Pero que hace ese trastornado allí con este tiempo!

El compañero de la maleta comenta con una voz ronca:

—Un loco.

Ambos se ríen en voz alta y se agitan en sus asientos. Las miradas de los otros pasajeros se dirigen hacia donde ha señalado el hombre grueso. Vislumbran a un joven, plantado como el mástil de una bandera y al viento ondeando su ropa.

Una joven viuda, enlutada de pies a cabeza, le dice a su vecina, la de las trenzas largas:

—Pobrecillo, parece que está muy solo.

La vecina, enredando su trenza con nerviosismo, le responde:

—Tal vez… o puede ser que sufra por un amor no correspondido, o quién sabe, igual en este momento esté pensando en el suicidio.

Detrás de ella va sentado un joven con una camisa blanca adornada con unas flores delicadas. Suspira profundamente. Quiere responderles, pero considera que eso sería inmiscuirse en la conversación, así que se dirige a su vecino, el de la cara picada de viruelas.

—Esas dos están equivocadas. Está esperando a su novia. Seguro que hay un motivo para que se retrase. Un tiempo como este no lo aguanta más que un enamorado.

 El vecino de las marcas en la cara se le queda mirando. Analiza su rostro detenidamente y luego se pronuncia, indiferente.

—Puede.

Seguidamente, gira la vista para fijarse bien en ese joven que sigue allí, de pie en la orilla y se dice para sus adentros: Estáis todos equivocados, desgraciados, con mi sexto sentido yo me huelo otra cosa. Es probable que ese miserable sea un conspirador y tenga una cita.

Desde atrás, se inclina sobre ellos un hombre afeitado y educadamente, tensando el final de las palabras, dice:

—Disculpen, puede que me esté metiendo donde no me llaman, pero ¿no pueden pensar que ese joven tal vez quiera cruzar a la otra orilla?

Por la parte trasera del vehículo, un anciano agita su brazo descarnado y grita con una voz honda:

—En lugar de la conferencia esta de posibilidades, ¿no sería mejor dar con la avería para que salgamos cuanto antes de este sitio?

Por un momento reina la calma, tiempo en el todos miran al anciano con perspicacia, aunque cada uno carga en sus miradas un significado. Luego, la voz del conductor, esforzándose por esbozar una sonrisa que parece pálida, interrumpe la calma:

—¡Hermanos! Nos retrasaremos un poco, solo tengan paciencia. Si Dios quiere, al final nos moveremos.

En la orilla, el joven se frota las manos y se dice: Va a venir. Tiene que llegar, mientras observa cómo las barcas pelean contra las olas para alcanzar la otra orilla. El río, las barcas, el viento y el ser humano. Todo esto lo puedo usar para escribir un cuento nuevo.

Siente que algo crece en su interior y acapara todo lo que provoca el frío y el viento. ¡Llegó!, chilla y agita las manos como un niño al contemplar la barca alcanzando la orilla. Abandona el lugar y una sensación abrumadora se apodera de él; percibe que otro viento más intenso retumba en lo más profundo de él y que el río grita con fuerza en sus células. Con un movimiento ágil, hábil, salta la barandilla baja de hierro hacia la calle, llega hasta el autocar, pasa por de delante sin prestarle atención. Los pasajeros no le quitan ojo.

El hombre grueso murmura:

—No tiene cara de loco.

El de la maleta levanta los hombros:

—Puede.

La viuda le dice a su vecina, la de las trenzas:

—No tiene cara de sentirse solo.

A lo que la chica le responde suspirando:

—Y no parece que esté pensando en el suicidio.

El joven de la camisa blanca dice:

—Parece que un asunto importante haya hecho a su novia aplazar la cita.

El de la cara con viruela, añade:

—No parece tan sospechoso como había imaginado.

El hombre del bigote afeitado murmura:

—Parece que va a usar el puente para cruzar el río.

El anciano grita:

—¿Estaba escrito que nos quedáramos aquí tirados?

El joven de la camisa blanca responde:

—¡Pues eso parece!

Y sigue con la mirada al joven que estaba en la orilla y que corre ahora hacia delante a lo largo de la calle, paralela al río, alejándose hacia el corazón de la ciudad.

Yusuf Abu Alfawz nació en Samawah, al sur de Iraq, en 1956. Abandonó su país en 1979 y desde principios de 1995 reside en Finlandia. Además del árabe (su lengua materna) habla kurdo, inglés, ruso y finés. Es miembro de la Unión de Literatos y Escritores de Iraq y del Pen Club en su sección finlandesa. Cultiva la novela y el relato, entre sus obras se destacan: Iraquíes (1985), El pájaro de la sorpresa (1999), Aquellos pueblos (2007), Las pesadillas de Helsinki (2011).

 

RABIA DIGITAL

Nenad Pavlović

 

—La tecnología china es la mejor. ¡La mejor! Nadie más tiene una tecnología que siquiera se le acerque. Comparada con cualquier otra, parece ciencia alienígena o magia. Ciencia ficción. Solo mira esos modelos. Mira esos muslos, cómo se mueven, ¡míralos! Si no fuera por la cuadrícula de neón sobre la que caminan, juraría que son reales…

El zumbido de servomotores. El golpeteo de pesados escarpes acorazados.

Se acercan. Muy cerca. ¡Clang, clang, clang! Ordeno a mi pantalla retiniana que cierre las imágenes y se vuelva opaca, aunque sea un instante, pero ya es demasiado tarde. Dos Centinelas pasan a mi lado. Literalmente a mi lado.

Ni siquiera me dedican una mirada. No es ninguna sorpresa. Esos cubos de basura ambulantes llevan cinco años siendo completamente inútiles.

Olvidé otra vez que estaba afuera. Me río histéricamente, aunque no tiene ninguna gracia. ¡Ni hablar! Podrían haberme matado hace un momento. Vuelvo a reír entre dientes.

Espío detrás de la esquina. La plaza del mercado está casi desierta. Casi. Todavía quedan varios infectados, retorciéndose y sacudiéndose mientras caminan. Ni siquiera saben adónde van. Tengo ganas de gritarles:

—¡Eh! ¡Ni siquiera saben adónde van! —Pero decido no hacerlo.

La tienda china. Quiero entrar. No sé qué haría una vez dentro, pero aun así quiero entrar. Siento… Es irracional. Claro, todos mis implantes están conectados a la red y el virus pudo haber venido de cualquier parte, pero… Pero. No. Salió de ahí dentro. Mercancía sospechosa… Yo debería saberlo. Compré una barbaridad de esas cosas.

Todo el mundo se volvió loco. Todos. Excepto yo, por supuesto. Hace cosas, ¿sabes? Te trastorna el cerebro. Y los implantes. Hace que dejen de obedecerte. Un día caminas normalmente y al siguiente tus piernas ya no se mueven.

—¡Eh, piernaaas! ¡Muévanse! —Puedes gritarles. También puedes golpearlas. Recuerdo cuando golpear las cosas hacía que funcionaran. Ahora no. Ahora solo duele. Las piernas. Y también te altera el cerebro. ¿Ya dije eso? Pero esa no es la peor parte. Ni de lejos. Los locos hacen cosas de locos. ¿Así era el dicho? Da igual. No. Los locos no son el problema. Pero alguien los está convirtiendo en un problema. Los están pirateando. Lo he visto.

¡Mira! ¡Ahora mismo! ¡Solo mira! Un día cualquiera. Algo nublado y embarrado, sí. Con smog, desde luego. Pero, en conjunto… Normal. ¡Ahora mira eso! Mira a ese gitano. Va derecho hacia la tienda china. Como si nada.

Ahora mira a los locos. ¡Mira! Sí, están completamente idos. No sé mucho de programación ni nada por el estilo, pero estoy bastante seguro de que uno no debería tener la tipografía Wingdings en los ojos. Pero observa. El que está junto al arbusto cubierto de basura. Los ojos. Ahora los tiene claros. Y está caminando hacia el gitano. Va a interceptarlo.

Salgo de mi escondite disparando láseres. Le doy de lleno en el pecho. Debería caerse. La gente suele caerse cuando le quemas el pecho. Este apenas reduce la velocidad. Pero ya lo había visto antes.

Corrijo la puntería. Más arriba. Un disparo. Dos. Tres… Hacen falta cinco tiros en la cabeza para derribarlo. Ahora su cerebro no es más que un puñado de cenizas y circuitos fundidos. Aunque, de todos modos, no parecía usarlo. Gracias a Dios, al menos yo sigo siendo normal.

Nadie sabe de dónde salió el virus. Ni siquiera estoy seguro de que alguien haya intentado averiguarlo.

Los Centinelas siguen avanzando con su pesado paso metálico, haciendo rondas inútiles. No hablan. Y nadie se atreve a preguntarles nada. No le haces preguntas a un mastodonte metálico de dos metros y medio porque puede aplastarte. Quizá ellos también estén trastornados, como los demás. Quién sabe.

Ah, Prokuplje… Este pueblo solía ser normal. Bueno… No. Bueno, sí. Primero era un desastre. Después fue normal durante un tiempo. Y luego volvió a ser un desastre. Solo que mucho peor. Recuerdo aquellos tiempos mientras abro las carpetas de fotografías en una esquina de la pantalla de mi ojo. La gente estaba loca por naturaleza. O drogada. O ambas cosas.

Luego llegaron los Centinelas y, durante un tiempo, todo se volvió bastante tranquilo y, me atrevería a decir, agradable. Después llegó la peste digital. Al principio nadie se dio cuenta. Claro, la gente de por aquí nunca había sido precisamente cuerda. Pero nosotros… Yo. Nosotros. Yo. Yo sí noté los fallos mecánicos. Los ojos girando sin control. Los brazos y las piernas convulsionando. El metal desobedeciendo las órdenes. Y luego la carne siguió el mismo camino.

Podrían ser muchas cosas, claro. Nuestros hábitos digitales son un asco. Pero yo sospecho de los chinos. Después de todo, solo ellos poseen una tecnología así. Y la venden por camiones enteros. Sospecho que son responsables del brote del virus. Aunque quizá el pirata informático sea otra persona. Un oportunista. Vio el caos que podía provocar y decidió sembrarlo. La mente humana es fácil de moldear. Sobre todo cuando ya está frita. Y las recompensas son abundantes.

La gente siempre imagina a los piratas informáticos como unos cerebritos que roban dinero, o como bromistas. ¡Ja! Eso pertenece al pasado. El dinero ya no importa. Ahora todo gira alrededor del poder. Del control. ¿Para qué robar dinero para comprar cosas cuando puedes convertirte en el titiritero y hacer del mundo entero tu teatro del miedo?

Pero no pueden controlarme. No. Mi voluntad es de acero. De titanio. Implacable. Sé que algo se está tramando en esa tienda. Bueno, es una corazonada. Pero una más fuerte que la fe, los hechos o cualquier otra fuerza del mundo. Como cuando los patos saben cómo volar hasta Jamaica, o adondequiera que vuelen en invierno.

Voy a entrar.

Otra vez el zumbido y el estruendo. Dos patrullas de Centinelas. Una detrás de mí. La otra entrando en la plaza del mercado. Estoy acabado. Nadie se mete con los droides asesinos. Vuelven a ignorarme.

Simplemente pasan de largo.

Ni una mirada. Malditos inútiles. ¿Para qué demonios pago impuestos por ellos? Me lo pregunto. ¿Acaso pago impuestos? No lo sé. Creo que sí. Hoy en día todo es automático. Digital.

Solo soy un chico de pueblo. No debería ser yo quien salvara el mundo. Desde luego no soy Rambo. Vaya… Hace mucho que no veo First Blood. ¿Qué haría Rambo?

Debería volver a ver esa película. El menú de la plataforma de streaming aparece en una esquina de mi visión y… ¡No! Nada de distracciones. Esta vez voy a entrar. De verdad.

La fuente de todo esto está dentro de la tienda china. Lo siento. Pero no es ninguno de los chinos. Conozco a la dueña. Mèng Yáo. Mima. Es toda una dama dragón. Pero también es una de las personas más amables que existen. Jamás haría algo así. Ni permitiría que ocurriera.

No.

Hay alguien más detrás del telón. Seguramente Mèng está atada en el suelo, con una cuerda apretándole su trasero redondo y sus pechos…

Las cortinas de cuentas tintinean y chocan unas contra otras al abrirse. Ya estoy dentro. El persistente miasma de polvo plástico y especias flota en el aire. Uno de los locos se incorpora desde el rincón donde estaba agachado. Tiene la piel oscura, pero los ojos rasgados.

Uno de los nuevos nativos. En cuanto me ve, sus ojos recuperan la claridad. Sé lo que significa. Lo han pirateado. Va por mí. Disparo. Y sigo disparándole a la cabeza hasta que cae y queda inmóvil.

Pero la tienda no se parece en nada a como la recordaba. Todo es distinto. ¿Estoy siquiera en la tienda china? Todo esto parece un sueño. ¿Estoy soñando? Solo que este no es mi sueño. ¡Es el sueño de otra persona! Pero ¿cómo puede ser posible? Deben de ser los medicamentos. Los que tomé. O quizá los que no tomé. Da igual.

Sigo disparando. Le doy a uno de los recién activados en el pecho. Apuntaba a la cabeza, pero una cosa es apuntar y otra muy distinta acertar, ¿sabes? Al segundo le doy en el hombro. La sangre salpica. El aceite y los lubricantes arden. Todo huele espantosamente mal. Es nauseabundo.  

Sigo disparando. Sigo avanzando. Tengo que hacerlo. Sé que tengo que hacerlo. No sé por qué, pero el impulso ya es imposible de resistir. Debo seguir adelante. Como un tren magnético. No puedo permitir que los piratas informáticos y los locos se salgan con la suya, pienso mientras aprieto los dientes.

Ahora estoy en el amplio almacén del fondo. Las ordenadas columnas y filas de cajas apiladas me recuerdan a los antiguos videojuegos de baja resolución. Ya me han oído. Saben que voy por ellos. Que lo sepan, pienso, sonriendo.

Mi pistola de energía se está sobrecalentando. Durante una fracción diminuta de segundo me pregunto por qué demonios tengo una pistola de energía. ¿Dónde podría haber conseguido una? Esa mínima distracción basta para que baje la guardia. Y la pago con un hombro chamuscado. Je. Es el hombro izquierdo. Nunca me cayó demasiado bien, de todos modos.

Entonces veo al culpable. Al verdadero culpable. No al títere-drone que me disparó. Ese ya está muerto, humeando sobre el suelo. Es un hombre calvo, de mediana edad, vestido con un traje plateado. Él también me ve. Parece asustado. Y tiene todo el derecho del mundo.

Bueno. Eso pasa cuando uno decide ser un villano. No debería hacerlo.

El hombre levanta su maletín para protegerse el rostro. Con la boca temblorosa, suplica que le perdone la vida. Para ser un villano parece demasiado asustado, la verdad. Pero esto no es una película. Es una guerra. La guerra contra el terror. Y yo estoy ganando.

Su maletín es de buena calidad. Elegante. Caro. Resistente. Detiene mis tres primeros disparos. Pero los tres siguientes abren un agujero incandescente a través del maletín… y de su rostro.

Dejo caer el brazo derecho. La pistola, al rojo vivo, golpea con estrépito el desnudo suelo de hormigón.

Todo ha terminado. No estoy muy seguro de qué es exactamente "todo". Pero sé que he ganado.

Descorro el cerrojo de acero de la puerta trasera y salgo al aire contaminado de Prokuplje. Aspiro profundamente. Huele a palomitas de maíz. Y a victoria. Y a carne chamuscada.

Emprendo lentamente el camino de regreso a casa. En mi cabeza todo lo ocurrido se ha vuelto borroso. Veo un Centinela atascado en un bordillo alto. Su pierna robótica zumba mientras intenta, sin éxito, superar el obstáculo de piedra. Maldito inútil. Se me ocurre lo fácil que sería para un pirata informático competente inutilizar uno. O todos. La idea cruza por mi mente. Pero la aparto. Porque me da miedo.

Me detengo en la tienda de la esquina para comprar una botella de tres litros de Pepsi Verde Neón y continúo hacia casa.

Me duele el hombro. Pero no es nada que una maratón de películas y un poco de cafeína azucarada con gas no puedan curar. Lo importante es que yo gané. Y los piratas informáticos perdieron. Esa es la única verdad. Los detalles todavía no los tengo claros.

Y no importan.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

MIS TIEMPOS DE AJEDRECISTA