sábado, 24 de octubre de 2026

AGENTE COOKIE Y LAS CORTINAS ABIERTAS

 Rik De Lavaletta

 

Desde que Cookie vive conmigo, mi casa se ha llenado de luz. Literalmente. Antes de su llegada, solía pasar buena parte del día con las cortinas cerradas. «¿Qué más da?», pensaba entonces. Al fin y al cabo, el paisaje nunca cambiaba. Ahora, en cambio, las abro de par en par cada mañana. No por mí, sino por Cookie. Mientras las cortinas sigan cerradas, ella no puede empezar su jornada laboral.

Vivo en un décimo piso. Desde mi ventana se divisan edificios altos, el casco antiguo de la ciudad y, más allá, las montañas recortadas contra el horizonte. Hubo épocas en las que pasaba días enteros sin apenas prestar atención a aquellas vistas.

Cookie se mantiene en equilibrio sobre un estrecho reborde de apenas diez centímetros, justo el espacio necesario para acomodar sus patitas, y puede pasarse horas contemplando el exterior. Un solo pájaro basta para absorber toda su atención. Entonces se queda inmóvil, acerca el hocico al cristal hasta casi tocarlo y tensa las patas traseras como si estuviera a punto de lanzarse sobre su presa. Que haya una ventana de por medio no parece figurar entre sus preocupaciones. Cuando llueve, sigue con la mirada las gotas que se deslizan lentamente por el vidrio. A veces ladea la cabeza para no perder de vista alguna. De vez en cuando me pregunto si de verdad no estará contándolas.

En secreto, la llamo Agente Cookie. Desde su puesto de observación, pocas cosas escapan a su vigilancia. Sus orejas se mueven de manera independiente, mientras su cabeza puede permanecer inmóvil durante minutos enteros. Pájaro a las once: objetivo localizado. Un destello que cruza repentinamente la ventana del edificio de enfrente: requiere investigación. Apoya una pata contra el cristal, vuelve a bajarla y continúa observando.

«¿Qué ves?», le pregunto cuando me siento a su lado.

Cookie vuelve ligeramente la cabeza hacia mí y entorna los ojos.

Información clasificada. No tienes por qué saberlo todo.

Después dirige de nuevo su atención hacia la ciudad. Yo permanezco junto a ella.

Al principio lo hacía sobre todo porque aquel reborde tan estrecho no terminaba de inspirarme confianza. Pero pronto empecé a mirar también hacia abajo. Cada tarde, el mismo anciano recorre la callejuela arrastrando los pies. Algunos días camina más despacio que otros. Una ventana del edificio de enfrente permanece abierta durante días, hasta que una mañana aparece cerrada. La luz del sol va pasando de una fachada a otra; las nubes desfilan frente a las montañas. Antes solo veía edificios. Ahora me pregunto quién vive detrás de aquellas ventanas y adónde se dirigirá el anciano todas las tardes. Mientras tanto, Cookie ya está siguiendo a otro pájaro.

Cuando considera que ha visto suficiente, salta al respaldo del sofá. Da dos vueltas sobre sí misma, apoya la cabeza y cierra los ojos. Al oír un ruido en el pasillo, una de sus orejas gira lentamente hacia atrás. La otra no se mueve. Me quedo observándola más tiempo del necesario, esperando a ver si la segunda oreja decide hacer algo también.

Más tarde me toca a mí convertirme en objeto de vigilancia. Desde su torre para gatos, situada junto a mi escritorio, Cookie me contempla con una expresión que ya conozco demasiado bien:

¿Otra vez pegado a ese cacharro?

Primero da unos golpecitos al ratón del ordenador. Si sigo trabajando como si nada, trepa al escritorio y atraviesa tranquilamente mi espacio de trabajo. Se instala junto al teclado. Cuando intento alcanzar el ratón, coloca una pata encima. Se la aparto con delicadeza. Ella vuelve a ponerla exactamente donde estaba.

En la pantalla queda una frase a medio escribir. Espero a que retire la pata, pero Cookie se estira y apoya la cabeza contra mis dedos. Unos minutos después, el cursor sigue parpadeando en el mismo lugar. Cookie duerme. Solo cuando muevo la mano entreabre un ojo.

Al caer la tarde, Cookie regresa a la ventana. La luz se vuelve más tenue, las sombras se deslizan sobre los tejados y los pájaros pasan por última vez junto al edificio. Permanece completamente inmóvil en su estrecho observatorio. Solo se mueve la punta de su cola. Me acerco, me coloco a su lado y contemplo el paisaje con ella, sin hacer preguntas.

Una noche, de pronto, salta del reborde y desaparece en dirección al sofá. Yo me quedo junto a la ventana. A lo lejos, las montañas van perdiendo lentamente sus colores. Se encienden luces detrás de algunas ventanas y, en la callejuela de abajo, alguien camina todavía entre los edificios.

No cierro las cortinas hasta que la oscuridad es completa.

A la mañana siguiente vuelvo a abrirlas, muchas veces incluso antes de que Cookie haya llegado a la ventana.

Rik de Lavaletta es un escritor neerlandés que vive y trabaja en Tailandia. Escribe principalmente ficción con un estilo crudo y directo, con un fuerte énfasis en la atmósfera y las relaciones humanas. Su obra se sitúa a menudo en la frontera entre la realidad y la imaginación, explorando temas actuales y tensiones existenciales.

 

 

DE LEY

Lucía Amanda Coria

 

El comisario Fuentes fue hacia los dos hombres esposados. Se plantó ante uno de ellos, señalándole con el dedo.

—Fuiste vos —lo increpó—. ¿Dónde las escondiste?

Allí fue que Alfredo, alias el Patón, perdió toda su arrogancia.

—Sí, señor —reconoció—. He sido yo.

El otro detenido, Mateo, alias El Mataco, respiró aliviado.

 Los dos hombres demorados en la comisaría, eran sospechosos de un ilícito. Adultos jóvenes, desocupados crónicos, tenían frondosos prontuarios por delitos contra la propiedad.

 El Patón había llegado desde una provincia vecina, atraído por el progreso que trajo la Promoción Industrial y se quedó a vivir aquí, donde se sentía feliz. El Mataco en cambio nunca había salido de la ciudad que lo vio nacer, y no tenía mayor interés en conocer otra cosa.

 Al verse descubierto, el culpable confesó su delito y condujo a los agentes hasta un terreno baldío ubicado en las afueras de la ciudad. Allí debajo de ramas y escombros había escondido las cosas robadas, dentro de una bolsa.

 Al abrirla, surgieron de ella numerosas chapas de bronce de distinto tipo y tamaño. Entre ellas una pesada pieza, arrancada al monolito levantado en homenaje a un conocido futbolista local.

—Qué bárbaro —dijo uno de los agentes—. Ni el Búfalo se salvó de este ladrón.

No se había salvado ninguno de los profesionales que vivían o tenían sus estudios en las cercanías de la plaza central. A todos les sustrajeron, en una sola noche, las placas de bronce colocadas en las paredes exteriores de sus propiedades.

Nadie había visto ni escuchado nada. Por más que allí la gente gustaba de circular hasta altas horas de la noche. Tal vez para compensar, la costumbre local de empezar las actividades diarias, alrededor de las diez de la mañana.

Corrido un poco por el prestigio social de los damnificados, el comisario Fuentes, a cargo de la investigación del robo, se dedicó personalmente a esclarecer el hecho. Interrogó a una docena de conocidos rateros, visitó las casas de compraventa, obtuvo algunos nombres y pudo demorar a dos sospechosos. Estaba seguro de que uno de ellos era el culpable. Pero ambos se habían negado a declarar y debería liberarlos por falta de pruebas.

 Las cosas cambiaron ese mediodía, cuando el comisario caminaba por la vereda de una de las casas despojadas.

—Qué barbaridad comisario —dijo alguien, a sus espaldas—. Ya no se puede vivir tranquila.

Era Doña Guillermina, la habitante más antigua del barrio, una viejecita lúcida y simpática a quien todos conocían como la “loca del agua” por su costumbre inveterada de lavar la vereda de su casa, todos los días al rayar el alba.

Quería conversar, se desvivía por hacerlo. Y aunque conocía vida y milagros de todo el mundo, en este caso no podía aportar ningún dato útil. El uniformado sólo le prestaba una distraída atención. Hasta que unas palabras de la anciana le hicieron reaccionar.

—Esa mañana, cuando salí a baldear yo vi las placas del doctor, acá al lado —decía—. Y pensé decirle a la empleada de ellos que las lustrara. Se veían sucias, sin brillo.

Las manchas descascaradas en la pared denotaban la ausencia de los elementos citados

—¿A qué hora sucedió eso? —preguntó el comisario.

—A las cinco y media. Yo lavo mi vereda todos los días a la misma hora —contestó ella, satisfecha del interés que había despertado—. Me gusta…

 Pero el hombre ya había subido al móvil policial. Creía tener el caso resuelto.

 El culpable confesó y se recuperaron los objetos robados. Antes de liberarlo, le pidió disculpas a El Mataco por las molestias causadas.

 Alguien le preguntó después cómo había hecho para determinar la inocencia de este sospechoso.

—El hecho ocurrió muy temprano, después de las cinco y media de la mañana y antes de las nueve —explicó.

—¿Qué tiene que ver? —preguntó su interlocutor.

—Este es un hombre nacido y criado en San Luis —declaró muy ufano—. Ningún puntano genuino va a levantarse temprano sólo para robar. Podrá hacerlo en cualquier otro momento, no digo que no. Pero levantarse exclusivamente a eso, va contra sus normas de vida.

 El hecho es anecdótico, pero acuñó una expresión muy precisa referida al carácter local, que hasta la fecha se cita como irrefutable en algunos círculos. Claro que los tiempos y las cosas han cambiado mucho desde entonces.

Aunque la mirada curiosa regresó una y otra vez no pudo ver nada en la calle solitaria. El pasajero de la sombra había desaparecido.


Lucía Amanda Coria vive en San Luis, Argentina. Es licenciada en Enseñanza de la Economía de la Universidad Nacional de San Luis. Se desempeña como docente del nivel medio y superior de su ciudad natal. Ha participado en congresos literarios nacionales e internacionales. Sus trabajos literarios están publicados en antologías de poesía y narrativa de Argentina, México, Perú, Chile, España y Canadá.

 

EL MANÁ

Rebecca Behar

 

Deslumbrante, llevaba extravagancias de tul, abullonados de satén, velos desflecados que atrapaban las ráfagas de aire; sus imágenes quebradas flotaban a su paso, indolente, felina, adornada con perlas y piedras cuya virtud emanaba de su piel, tan blanca como una primera gasa de niebla después de las heridas de la madrugada. Los brazaletes y las cadenas relucían en sus muñecas, en sus tobillos, y sus cabellos sembrados de estrellas, ámbar y azabache, fluían hasta la curva de su cintura. Las lenguas susurraban en su espíritu, donde los deseos se lanzaban al asalto como adolescentes de acuarela que saltaran bajo los cerezos pintados.

Las abejas y los micrófonos, las cámaras codiciosas la cercaban cuando bajaba del avión. Eros, ese joven idiota, se escondía entre la multitud que rugía contra las vallas para alcanzar a la estrella consumada, símbolo de porvenir y novedad.

Las muchachas, recogidas, escuchaban ascender su canto funámbulo desde el fondo de las tierras en barbecho, donde los trigos verdes y los acianos parecían crecer más deprisa, y las bocas se adherían largamente al eco de sus palabras rítmicas, que la esperanza modulaba en melodías malvas, sobre una nota grave infinita, mientras las manos unidas y las cabezas mecían el tiempo cargado de reminiscencias y visiones para apaciguar el rumor de las mil lenguas, refrenado por una dulzura nueva y devuelto al silencio asombrado, sin referencias, como el juego de los ciclos despolarizados en la geografía de los ángulos muertos vuelve a formarse tímidamente, con la prudencia de los animales que salen, furtivos, después de la tormenta, tanteando los charcos, los troncos caídos, los arbustos despeinados.

Así circulaba el fervor, en susurros clandestinos, con esos gestos que eluden la palabra demasiado cruda, con palabras de amante contrariada. ¿De verdad regresaría aquella que canta con el corazón los viejos lais y los poemas melancólicos, o que de pronto aúlla y murmura en sílabas entrecortadas un llamado a unos aliados mártires? Apenas saben todavía reconocer el sonido del rombo ritual y ya desaparece la esfinge sideral, los perfumes de esencias raras enloquecen a los caballos, pero no, no es más que una sibila exfoliada en el espejo de los estudios del viejo Hollywood, calibrada en las pantallas a lo largo de kilómetros de película, multiplicada por las redes y vendida en subastas a precios que el antiguo prez de los trovadores jamás habría soñado alcanzar, arrugando su divinidad irónica en el envoltorio de un caramelo que desenvuelve un niño, que contempla y de pronto reconoce aquella sonrisa, única, y llora porque los mayores lo obligan a tirar el precioso papel.

El aura misteriosa se burlaba de quienes solo creen en el testimonio de sus sentidos. Seducidos, tanto más idólatras cuanto más incrédulos, quieren tocar, oír, comprar a un precio altísimo y saciarse con la ilusión cada vez más perfecta de la presencia carnal, lo más cerca posible del lugar inaccesible, distorsionado por la hemorragia de sus simulacros.

Atrapados en las cadenas de causalidad, los pueblos, con las miríadas de seres sensibles, tejían la leyenda de azur recogida por el oráculo hermético, según el cual, por algún capricho del destino, los fabricantes de mitos caerían un día en su propia trampa.

Por mucho que la bella estuviera entregada a la subasta, expuesta al público y pisoteada, su carisma se difractaba, quemando las impurezas, burlándose del orden y de las leyes. Los jóvenes abandonaban familia y carrera para ponerse en camino, mochila al hombro, en bicicleta, detrás de la gran caravana donde caracoleaba la gente del circo. Y las bestias salían de sus guaridas porque los cazadores, con viejos juramentos en los labios, abandonaban sus lúgubres cacerías para emprender la peregrinación sin destino.

El hambre de amor sollozaba en los sueños, se codiciaba hasta la crueldad a la inasible hembra proteiforme cuyo ser de carne se había retirado de este mundo. Las grandes convocatorias mezclaban las clases y los pueblos, los jóvenes comulgaban en grandes danzas de posesión, se contoneaban, frenéticos, al ritmo de cadencias redundantes, incantatorios, que martilleaban, bombardeaban, azotaban los nervios, alcanzaban el corazón de latidos precipitados para hacer subir el terror alcohólico, caldear, sublevar la conciencia, quebrar las frases, proferir las palabras, los sonidos, el clamor hacia la gran potranca sexual llegada de otro mundo, y antes de la crisis erótica se revolcaban por el suelo, quemando las costumbres en una tarantela improvisada, una verdadera algarabía de movimientos nuevos, que ningún maestro de danza había trazado de antemano, como los saltos de las brasas en un fuego de leña verde.

Pero en cuanto un héroe, después de años de búsqueda, la divisaba por fin bajo su falaz forma de carne, ella se evaporaba en la risa del día, en el alfabeto de los juncos, visión sin consistencia de una náyade entrevista en los círculos del agua, o que tal vez saltaba allá con aquellos peces multicolores, o hacía malabares con las libélulas. O bien sus tristes velos desplegados en el ocaso se reunían en formas purpúreas para recordar los efluvios de seducción que envolvían a los seres, los sujetaban y los hacían avanzar, avanzar sin recobrar jamás el aliento.

Los amantes del Absoluto, rechazados, quedaban reducidos a los escasos vestigios de la herencia de la tierra, vanos restos abandonados de saqueos que de nada servían, porque la nostalgia del despertar permanecía en quienes contemplaban el desierto, esperando todavía la vida y el agua. Con su lucidez inútil regresaban a los trabajos sombríos, a las penas que los pillajes y los atropellos habían acumulado, expuestos a la duplicidad oculta en los despachos de voces amortiguadas, los salones donde se conspira bajo la asepsia de los oros; arrojados al «montón de inmundicias» que antiguas tradiciones llamaron mundo, a nuestra condición, desde entonces aún más miserable por estar ligada a aquello que ya no sabemos ver: la insoportable desaparición de la roca y del pozo, la pérdida del hilo tenue de los pensamientos hacia la pequeña luz frágil de la suerte. Y he aquí que despertaban en ayunas, con los puños apretados bajo las pesadas varas de medir que vaciaban de sentido su devenir y confiscaban su esperanza y toda la belleza que bullía en las pasiones multicolores, los riesgos asumidos y la aceleración de los tiempos.

Entonces, soberana, abandonaba a sus humildes devotos al pie de las murallas puestas al descubierto, otorgándoles el tedio y la angustia como óbolo bajo un sol que bebía la sed en la garganta. Y he aquí que esos drogados, sucumbiendo a la tentación idólatra, se obstinaban en tocar su simulacro, mendigando la felicidad o al menos la esperanza de un porvenir por el que pasara clandestinamente, en el desastre de los años sucesivos de miserias y llagas, una fina película, débil, un ínfimo rayo de su gran resplandor.

¿Cuándo había reinado aquella que daba el impulso, antes de los hombres, antes de las tumbas, y de dónde venía? Surgida del gran géiser de los deseos humanos, aquella belleza perfecta jamás habría podido ser forjada, aunque, según dicen, el Infierno sea hábil y rápido para la imitación. ¿O de las esferas celestes? ¿Cómo se habrían reunido y formado los vapores en otro lugar que no fueran los sueños, y cómo habrían podido las estrellas avaras enviar semejante mensaje de vida? Era un milagro nacido de antiguas súplicas, de las pequeñas laminillas estridentes donde gritan los muertos, de aventuras secretas entre antiguos cómplices. Nadie lo sabe, nadie razonaba ya; también se decía que la desesperación había roto milagrosamente el encadenamiento de causas y efectos y que aquel salto de unos segundos había lavado el espacio hasta dejarlo límpido, o bien no, todo no era más que conjeturas y sueños.

Así, los tiranos y los impostores no se privaban de invocar a la Ausente para exprimir a los fieles ingenuos, víctimas de una jerarquía de sectas, pero tal vez habría bastado con que gimiera un animal, con que un triángulo de aves migratorias pasara sobre los tejados, para que los amantes transfigurados recuperaran desde entonces la mirada interior y el recuerdo de la voz reveladora. Así, por eclipses, los pueblos volvían a sí mismos, el diamante surcaba los discursos descompuestos mientras aparecía en la conciencia de los ermitaños exhaustos el trazado de las roderas de su propia vida.

Los cronistas, en su jaula retórica, sufrían incurables accesos de mutismo, incapaces ya de calificar el extraño período. Aquejada de sonambulismo, la humanidad se orientaba a tientas hacia el recuerdo de la salvación. Se lanzaba una pajarera de periodistas en persecución de apariciones anunciadas y luego desmentidas, y he aquí que los rastreadores soltados a un alto costo, creyendo acosar a una reina, eran burlados en el último momento, pero, picados por el desafío, se disponían a difundir como de costumbre noticias falsas cuando de pronto les fallaba la memoria y la angustia los atenazaba por la garganta, extraviaba sus pasos. ¿Y si aquel ser llegado de quién sabe dónde se vengaba? Tan grande era su sed de pruebas tranquilizadoras emanadas de un poder trascendente.

Se observaban las fases de la luna, los puestos de los astrólogos florecían, salmodiaban un saber muerto. Festones de pensamientos confusos obstruían las mentes turbias. Se decía moda, furor, psicosis, estupidez, engaño, manipulación, se agotaban los calificativos, se razonaba dando crédito a los cálculos, los trenes se detenían ante obstáculos invisibles y el cielo se convertía en escenario de los monstruosos ballets de aviones y astros donde los códigos se recomponían y lanzaban herméticas interferencias sobre las redes de aquellas Babeles caóticas donde los astutos humanos se perdían en los meandros de su deseo de saqueo, de su miserable avidez.

¿Por qué aquellos fantasmas, aquellas gárgolas, brotaban de las máscaras de los fabricantes de discursos que someten a sus semejantes, moldean y falsifican su espíritu? ¿Por qué aquella estrella, o su imagen, estilizada entre comillas, reproducida en todas partes para vender, prostituida en tantos miles de millones de ejemplares con su estela de sangre en primera plana, según ciclos conocidos de antemano con sus reacciones estereotipadas?

—¿Por qué Ella en particular? ¡La Diva o su gemela, candidatas no faltan!

—Imagínense, tenía que rodar una película, el contrato estaba casi firmado y ¡zas!, las imitaciones se desvanecen, se descomponen, ¿qué se puede hacer? Es por culpa de Ella, desaparecida otra vez.

—¡Ah! Habría que conseguir que Ella no existiera.

—Pero Ella no está, ¿qué más piden?

—Diantre, que Ella sea una mentira habitual, humana, de honrado comerciante. No esas desapariciones ni ese dulce descarrilar: eso les rompe el espinazo a las empresas más sólidas.

—¡El orden, el Orden, el ORDEN! —clamaban los acaudalados mientras el pueblo exultaba, susurraba, reía y bailaba.

Porque nada conseguía saciar la curiosidad excitada y el rumor seguía creciendo, incontrolado, repercutido por todas las facetas, filtros y espejos deformantes de las comunicaciones en todo el mundo. Una broma planetaria, decían los escépticos, o un genial engaño divino –¿por qué no?– excomulgado por los sacerdotes.

Un niño la ha visto. Cerca del estanque. Al anochecer. Porque se había demorado y se había perdido, porque tenía miedo del sátiro, ya saben, ese que viola y degüella a los inocentes y profana las tumbas y del que hablan todos los periódicos, y sus padres, desesperados, buscaron al pequeño desaparecido. Error, «Ella» estaba allí, puesto que él está sano y salvo; seguro que lo habría salvado del bosque de mala fama después de que se extinguiera la última línea de plata y oro en el crepúsculo.

Sí, cerca del estanque, en el parque del castillo, había surgido de los nenúfares adormecidos y él había corrido hacia ella y se había sumergido en el agua helada. ¿Y aquella hada cruel lo había arrastrado hacia la ciénaga y el lodazal? No, lo había llevado hacia la isla de juncos y bambúes en el centro de la extensión de agua para que se durmiera apaciblemente a salvo de los ogros perversos en busca de carne tierna que devorar. Había cantado con voz sobrenatural las palabras de una antigua melodía que habían tropezado al saltar las piedras y las columnas del tiempo y se habían perdido de exilio en traición.

Las plumas corrían y fabulaban. Por fin había un tema único para todas las crónicas, una aspiración sencilla para todos, y las comuniones volvían a formarse y los celos encendían de odio a los jóvenes héroes lanzados a la conquista de aquel fenómeno fuera del tiempo y del espacio y que, sin embargo, decían los filósofos, todo lógico puede aceptar porque las proposiciones lógicas no emiten juicio alguno sobre los hechos.

Todo el estilo de la época se impregnó de nuevos colores, de ritmos carnales, y la novedad entraba con violencia y socavaba las posiciones adquiridas, los privilegios y el histérico control de los poderosos. Cuando la ausencia de la Única empujaba el péndulo hacia la incredulidad y los hombres regresaban a sus costumbres y sus vicios, de pronto algún pastor en lo alto de una montaña, algún comerciante extraviado en una estación desierta o unas niñas en su primera salida, en lugar de encontrar rebaño, cliente o primer enamorado, la divisaban, sueño, artificio o misterio –se llevaba un dedo a los labios, decían, giraba un anillo en su dedo, hacía relucir sus joyas, en las que se reflejaba el universo, y tocaba su música lenta–, entonces se acercaban los ángeles. Se acercaba aquello que siempre huye, se esconde; ella amansaba lo ínfimo, tocaba el hondísimo reposo del anciano devuelto a su majestad esencial, y el niño se maravillaba de un gesto, una nota, un color, en su perfección sin mediación, tal como son por naturaleza y sin artificio; entonces el pastor, o el tosco comerciante, o incluso el jugador supersticioso, abría mucho los ojos y la sorpresa expulsaba los pensamientos parásitos, los cadáveres de palabras y los desperdicios, y, atraído hacia lo insondable dentro de sí, permanecía inmóvil, estupefacto, atrapado en el juego de la gran iniciación sibilina en las verdades negadas.

Entonces un ir y venir de encuentros, de tiempos y contratiempos rodeaba y acosaba a quien había sido elegido durante unos segundos, y las vidas trastornadas influían por oleadas sobre quienes las rodeaban, y de nuevo los ecos y los murmullos alcanzaban el amplificador deformante y surcaban la actualidad y las preocupaciones de la época, tan cuidadosamente deformadas para que siguieran siendo propiedad de una élite engañosa y engañada a su vez por aquello que era de buen tono llamar «la mayor superstición de nuestra época», comparable a las ingeniosas prestidigitaciones y otros insólitos testimonios de los cuadernos del misterio policial.

Decían «no es más que una mujer», pero precisamente. Sí. Todos deseaban verla, envidiaban a quienes la habían visto, todos querían más que su imagen, más que lo que se decía de ella. Hacía falta un cuerpo, para la felicidad, para la suerte, para tener un destello de lo sublime en su álbum de pensamientos, un poema, un fragmento de estribillo, una nada. Había que poseer un pedazo de objeto, una esquina de la tela de su vestido, la huella de su paso por el suelo reproducida en millones de ejemplares, algunos anillos robados.

Los traficantes abandonaban la droga para lanzarse al negocio de los nuevos relicarios, los sacerdotes revisaban sus breviarios y se leía a los poetas. Los amantes ofrecían a su amada una hebra de seda de color estelar, los coleccionistas consumían noches en vela, todos los museos relegaban las piezas antiguas y los viejos lienzos de fulgores parduscos para dejar sitio a pétalos, ramitas, papel arrugado, esquirlas de piedra, baratijas que ella había –decían los ladrones– tocado, encantado, y los niños, acuclillados ante la quincallería, dibujaban las escenas de los encuentros, los arrobamientos.

Se disputaban los títulos de propiedad de los lugares solitarios. Los desiertos, las cumbres más altas, los terrenos del casquete glaciar y de los planetas vecinos se vendían a precio de oro, se los rodeaba de alambre de púas, cada propietario construía gruesos muros alrededor de su huerto, ahondaba aún más los canales alrededor del prado dejado en barbecho. Cada uno, secretamente, preparaba la llegada de la huésped maravillosa, cada uno buscaba en los rasgos de las recién nacidas una imitación de la perfección de la Llena de Gracia. Porque hasta la codicia recuperaba el antiguo acto de construir un altar, una espera de piedra.

¿Cómo podía aquella locura perpetuarse y vivir en la fría y funcional organización de los poderes, en la sombría relación de fuerzas que cimentaba los destinos y fijaba las suertes? Aquella efervescencia, aquel regreso desviaban la atención pública hacia fines distintos de los asignados por la élite. Esta, sin embargo, veía con buenos ojos aquella distracción antes del despertar del arquero, creyendo que sus clérigos lograrían controlar el fenómeno y utilizarlo en beneficio propio. Pero la astuta ninfa –una mujer muy sencilla, como Helena, que enloqueció a todo un pueblo– aparecía y desaparecía cuando las cosas, devueltas al orden, se habían reconstruido y estrechado bien para prohibirle todo lugar donde existir, incluido su nombre.

Sin embargo, entre las multitudes, los trazados de las conciencias, si pudieran formar un dibujo, trenzarían una tela tan tupida que no habría ningún punto de fuga, escondite, abertura, segundo de misterio, calderón o epifanía posible, un mundo herméticamente cerrado por nuestra ignorancia y por la sorda tiranía del deseo colectivo, que jamás dejará volar un encanto, huir un poema, liberarse un ángel. Y así los incrédulos demostraban la imposibilidad del acontecimiento volcánico del nacimiento de un ser libre, imperial y genialmente íntegro, como esas diosas cuyo sueño hace palpitar los mármoles antiguos y cuya sonrisa todavía expresa la alegría del reposo, esa maravilla que flota unos instantes en la aurora, cuando la tierra parece aún tan vasta, desconocida y llena de riquezas.

El Poder controla, legisla, vigila, penetra en todos los hogares, prohíbe la existencia de seres sin sello ni registro en el pasado, en el presente y para siempre. Con la ayuda y la libre voluntad del Pueblo. Sí, todos los jefes lo proclamaban: «Lo controlamos todo, dominamos la situación». El aparato entero de la ciencia, a punto de penetrar los secretos últimos de la vida, se extraviaba y vaticinaba, enfrentado a incomprensibles indicios físicos, publicaba una letanía de comunicados aterrados con conclusiones contradictorias. Qué importa, el Poder controla, domina, castiga y vigila. Cada nueva aparición, aunque solo fuera susurrada y murmurada y enseguida censurada, desencadenaba una nueva serie de medidas represivas ciegas que abrumaban a los desdichados a quienes la Seductora había rozado con una epifanía convulsiva, semilla de sueño y de viento que la gran multitud anónima ya no sabía enterrar y proteger.

Y el yugo del Poder se intensificaba, provocando a los pueblos, confiscando los esfuerzos, multiplicando las restricciones, obsesionando a los espíritus refugiados detrás de una fortaleza sitiada. La tierra, vieja presa en disputa, repetían los charlatanes, sensual y muda, expulsaba a los hombres, esclavos de sus propios pensamientos, lejos de la libertad de las cosas.

Y cuando el Poder se siente amenazado, ya saben, ¿verdad…? La misma sempiterna historia, la conocen bien: golpea mediante el sacrificio de inocentes condenados a participar en ordalías inconfesables. Así, el mal decoroso, banal y corriente expulsará el escándalo. Receta probada que cultiva las flores venenosas en los jardines del Ser.

Entonces la Reina de la Compasión se vistió de oscuro, la noche protegió su gloria, se refugió en lo sombrío, en el fondo de los lagos, en el silencio de las cuevas, tuvo que esconder en el exilio su luz, la luz entera del universo, dejando apenas una apariencia de ser, una cáscara hueca de pálidas imitaciones hecha de hábitos y repeticiones que los hombres llamaron realidad y que, al menos, podían dominar.

Los seres volvían a sus ocupaciones, ya nada perturbaba el orden gris donde todo era puntual, sin sorpresas, sombrío y habitual. Las soledades yuxtapuestas, de intercambios codificados y discursos previstos, ignoraban su riqueza vital y la fuerza latente de las savias. Ya nunca más podría ocurrir nada. Se llamaría «riqueza» a un rincón de arena frente al mar donde el estrépito de las ciudades concedía una apariencia de tregua, y «cielo» a una parca aguada de gouache donde se podían contar las estrellas. El placer ya no sería más que el sufrimiento del otro. Así, la Academia se ocuparía de clasificar incansablemente a los seres en cuadrículas para restituir a cada uno un magro usufructo llamado conciencia. Todo era normal. Por fin. Los humanos réprobos gemían: «No hay salvación».

A la orilla del agua, la niña descubría por primera vez los lirios, los altos tallos de bambú, y miraba vivir y morir los destellos de luz; se mostraba absorta y grave, su espíritu concentrado en las chispas se esforzaba por hacer vivir a cada una un poco más, sostenía el pequeño fulgor y le inventaba aventuras.

La bruma envolvía la forma del sauce como una dama blanca, y la niña reconocía en ella las historias que su abuela le contaba sobre la Enviada, la Toda Espléndida. ¿Qué buscas entre los juncos, soledad y viento? Oh, mi Dama, entre las miríadas de lucecitas, ¿cuál es la primera? ¿Cuál enseña a las otras a brillar de nuevo? Quiero el secreto de las cosas, dime, ¿por qué te has ido?

La Dama Sauce se inclinaba hacia la niña y acariciaba el círculo de los jóvenes brotes de luz:
—¿En la escuela no aprendes la calma de los estanques? ¿Y el perfume de las flores? ¿Qué hacen, entonces, los maestros en tu tiempo?

—No, mi Dama —suspiraba la niña—, cubren el mundo de cifras y enseñan un saber muerto. Dime, entonces, qué hace que esas flores sean tan blancas y cómo se mecen, ligeras, en la corriente. ¡Ten piedad! Si nos abandonas, caeremos fuera de la tierra, como las migas de mi delantal.

Pero el jirón de bruma se dispersaba en el aire translúcido, el sauce indiferente susurraba y se doblaba mientras la niña, enojada, sacudía una brazada de hojas.

La noche de la hechicera ocultaba a los ojos humanos lo que es demasiado grande. Desvaneciéndose en sus propios encantamientos, cercenó lo visible y los colores gloriosos de sus velos, pero la luz todavía brillaba en su rostro oscuro y su belleza rondaba a los más sensibles entre los hombres. Entonces retiró su alma y cubrió con una coraza hermética sus perlas y sus joyas, pero algún enigma las heredaba y desencadenaba el odio. ¿Dónde se puede esconder la evidencia, la extraordinaria verdad que todos buscan?

Se volvió aún más exangüe y ayunó, castigó su propia belleza y se alojó entre los ascetas: detrás de gruesas murallas enterró los secretos del alba y la memoria de la tierra.

Pero las bandadas de pájaros se instalaban alrededor de la fortaleza y una algarabía, un estrépito de vida y de música loca, alegre, ligera, lírica, revelaba todavía a la soberana invisible, y el viento murmuraba alabanzas, los niños soñaban con explorar las grandes salas desiertas, los laberintos, las escaleras ocultas, los húmedos tragaluces de los sótanos para encontrar de nuevo la pista del ser luminoso. Se rebelaban, rechazaban el mundo, juraban fidelidad a aquel medallón sobre su pecho, y el rumor clandestino, transgrediendo la prohibición, recomenzaba en lenguaje silencioso bajo las palabras ostensibles de quienes viven en voz alta, al revés.

Entonces los vestigios volvían a adquirir valor y el poder lanzaba sus anatemas y tomaba por blanco a quienes todavía poseían preciosas reliquias legadas por sus antepasados, y se celebraban solemnes autos de fe y las blasfemias brotaban, vengadoras, hacia aquel infinito que había que densificar, reducir a la nada, enterrar, excluir, o mejor aún, neutralizar, volver banal, insignificante. Desacralización interminable que impregnaba los cuerpos a contrarritmo, canalizaba los recorridos, las reminiscencias y cuadriculaba la insólita vida. Y el gran asunto de todos era sofocar los últimos rastros de rebelión, reducir los últimos focos de resistencia.

Y he aquí que se convirtió en la sombra de lo que no tiene sombra, por fin imposible de detectar, pero compañera ignorada de los viajes de la luz, alegre y silenciosa en la hospitalidad vegetal. La naturaleza la recobraba y el Poder mismo tenía que beber su esencia, llamada «materia». Pero en el eco del fondo del pozo todavía vibraba algo de la nostalgia alquimista.

Pero la sombra todavía ensombrecía al Poder tan celoso, y sus flechas afiladas apuntaban entonces a las partículas más pequeñas de lo manifestado, en la exploración puntillosa de las cosas. Cada nacimiento, en cada hogar, entre las miríadas de habitantes de la tierra, era recibido con angustia, porque todavía podía deslizarse en él algún don de hada o alguna sonrisa de astro.

Entonces las miradas se convirtieron en saeteras, la sospecha se insinuó en el espíritu de los seres carentes, obsesionados. Cada uno se volvió el vigilante de su prójimo, escrutando los menores gestos de seres corrientes, sin nada de especial, interpretando la menor apariencia.

Silencio de terror. Guerras de payasos que salen de los espejos rotos, sin motivos, escalas de crueldad como valores. Una historia áfona, fuera del tiempo. Autómatas y cálculos.

Y experimentaron el horror de vivir. Y, sin embargo, aquel Otro terrible no era más que su amor.

Pero allá, en la casa junto al sauce, la pequeña huérfana le decía a la Dama:
—¡Mira, el aura no se borra de mi dibujo! Cierra pronto los postigos, nunca se sabe…

Nunca se sabrá.

Rebecca Behar es una escritora, poeta y artista de slam francesa. Su obra abarca poesía escrita y oral, así como ficción y cuentos. Recibió la influencia de la radio underground y del movimiento feminista. Libros publicados: Poèmes urbains (poesía); Le Faune (cuentos); Conférences et articles; 4 gamins dans le cosmos; Bulle d'Ozer y l'Enchanteur. Sus poemas y artículos se han publicado en diversas revistas como Poetic Bond, Escaner Cultural, World Poetry Yearbook y Ancrages.

 

EL MATAMOSCAS

Mike Jansen

 

El olor a mosca electrocutada seguía colándose obstinadamente en mis fosas nasales. Repugnante. Peor aún era el zumbido penetrante y omnipresente. Ya no podía pegar un ojo y la falta de sueño me estaba destrozando. Aparté la cortina cubierta de excrementos de mosca y vi la multitud que se agitaba en la entrada de mi casa.

Faltaba poco, lo presentía. ¿Cómo había empezado todo?

Había comprado uno de esos matamoscas a pilas. Muy práctico. Un toque y caen. Mi casa está… bastante castigada por el uso, digamos. Hay rendijas por las que pueden entrar. Cuando regresaba del trabajo por la tarde, lo primero que hacía era dar una ronda matando moscas, lleno de un placer morboso. Después preparaba la cena y me sentaba frente al televisor.

Cada día preparaba la comida más tarde. Hordas de moscas entraban en mi casa y empezaban a perturbar mis veladas cada vez más temprano. Se reunían sobre la pantalla encendida, como si me desafiaran y se burlaran de mí. Juro que formaban palabras en la pantalla. Fracasado. Asesino. Sádico. Odiaba el olor de sus cuerpos electrocutados.

La situación continuaba día tras día, en la calle, en el trabajo, en el automóvil. Incluso cuando dormía, interrumpían brutalmente mis sueños. Mi matamoscas eléctrico trabajaba sin descanso. Así que compré otro. Me gastaba una fortuna en pilas.

Vi mi primera mosca gigante en el supermercado. La criatura iba sentada en uno de esos carritos para niños, zumbando y armando un gran alboroto, con sus patitas provistas de garras ensuciándolo todo y su larga trompa depositando el contenido del estómago sobre la fruta de la sección de productos frescos.

Las personas que la rodeaban no le prestaban atención. Incluso le sonreían a aquel bicho asqueroso. Inconcebible.

—Repugnante, ¿verdad, señor Jansen? —dijo la señora mayor que estaba a mi lado, frente al estante de los lácteos. Era la vecina del final de la calle—. Dejan que esos niños lo toquen todo.

—¿Niños? —Volví a mirar. Se me heló el corazón. Los ojos compuestos del animal me devolvieron la mirada—. ¿Entonces también hay adultos?

La vecina señaló con la cabeza hacia el otro lado del expositor de frutas. ¿Cómo no los había visto? Gigantescos, por lo menos de mi estatura, con cuerpos relucientes de un verde dorado y mandíbulas peludas que masticaban sin cesar. Su zumbido me despertó una repulsión y un miedo ancestrales. Salí apresuradamente del supermercado y me atrincheré en mi casa tan rápido como pude.

Aparecieron más. Las veía caminar por la calle, zumbándose unas a otras. A algunas las seguían enormes larvas blancas que se retorcían.

Ahora sí que no pegaba un ojo. Dormir poco también tiene ventajas: sobra tiempo para pensar. Pronto supe lo que debía hacer. Gasté mis ahorros en kilómetros de alambre de cobre. Llené el sótano de estanterías metálicas en las que instalé cientos de baterías conectadas en serie. Las lámparas ultravioletas para insectos iluminaban el recinto con un resplandor fantasmal y emitían pequeños chasquidos a intervalos regulares que me sonaban a música.

Trabajaba día y noche en mi matamoscas especial. Gruesas barras de metal con empuñaduras de goma, conectadas cada una a un cable de cobre de cien metros. Cubrí de alambre de cobre el jardín, la entrada, el paso trasero, todo, bien oculto bajo la arena y la tierra, aislado hasta que se alcanzara la tensión suficiente. Tesla se habría sentido orgulloso de mí.

Ignoraba las llamadas del trabajo. La última vez que atendí, oí por el auricular aquel conocido zumbido penetrante. También habían llegado allí.

Sabía perfectamente que las moscas gigantes no existían. ¡No estaba loco! Pero, con todos esos pesticidas extraños de hoy y esas centrales nucleares con fugas, ¿quién sabe qué mutaciones podían producirse? Además, los demás también las veían, ¿no? ¿Y la vecina?

Aquella mañana vi a varias de las grandes al comienzo de la entrada. Señalaban mi casa. Poco después llegaron otras, que también gesticulaban agitadamente con las patas.

Ahora que me habían descubierto, empecé a prepararme. Me puse la armadura de goma y las gruesas botas de goma hasta las ingles. Del pecho me colgaba la caja de interruptores que activaba distintos sectores de mis defensas. El casco oscuro completaba el equipo.

Algunas se acercaron a mi casa. Entreabrí la puerta. Sus zumbidos eran incomprensibles, aunque por un momento creí distinguir palabras, una petición, un llamado a que me rindiera. Solté una risa desdeñosa y cerré de golpe. Moscas de porquería. No eran de fiar.

Se reunieron en una masa bulliciosa en la calle, justo después de la entrada. Había ambulancias y patrullas de policía. No veía personas por ninguna parte, solo moscas. Desde todas las ventanas las veía apostadas en el límite de mi propiedad, como si esperaran una señal.

 

Ya vienen… ¿No las oyen gritar? Pero les tengo una sorpresa, a grandes y pequeñas. Salgo con los electrodos de varios metros de largo en las manos.

Con relámpagos que brotan de mis manos y descargas que recorren el suelo, derribo a esa chusma de moscas.

Arden y se retuercen, y por primera vez me agrada el olor de su muerte.

Como si estuviera asando un filete de cerdo.

Me da hambre.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

 

EL RETORNADO

Franco Ricciardiello

 

El cielo sobre el puerto tenía el color enfermizo del lomo de un pez muerto. Antes de salir de la estación del metro conté con los dedos. Era el noveno día consecutivo de lluvia y la estación apenas había comenzado. Abrí el paraguas, me metí bajo el brazo el viejo maletín, todo descascarado, apretándolo con fuerza y rogando una vez más que la humedad no atravesara las capas de plástico con las que había envuelto el volumen del siglo XVI.

El maletín me hizo pensar en mi exmarido, Iván, quien, además de renunciar a nuestro matrimonio, había dejado la universidad y partido en una misión arqueológica a las Orcadas. En el norte de Escocia, la temperatura media era más o menos la que teníamos aquí, en la Riviera, cuando mis padres eran jóvenes. Seguí por la acera, procurando mantenerme bajo los balcones de los edificios, y se me escapó una carcajada tan fuerte que un transeúnte se detuvo a mirarme. No había podido contenerme. Me había bastado pensar que mi vida con Iván era más gris que el cielo de aquel momento.

Abrí la puerta exterior del edificio; todavía no habían instalado una cerradura de huella digital. Entré jadeando en el vestíbulo y el maletín estuvo a punto de resbalárseme de la mano mientras cerraba el paraguas. Me recompuse y me dirigí hacia la escalera de la izquierda. En el patio, la lluvia repiqueteaba como uñas sobre un plato de metal, al otro lado de la vidriera art nouveau que era el orgullo del edificio, o al menos el primer detalle que los agentes inmobiliarios mostraban a los posibles inquilinos.

A través de un árbol de vidrio teñido de verde y rosa, distinguí una figura en el patio. Llamé al ascensor, que se deslizaba por una jaula de hierro forjado que quizá tuviera cien años. En la cabina había incluso un asiento plegable.

Miré el patio al otro lado de la vidriera. La persona parecía inmóvil. Me acerqué a la ventana de la escalera. Un hombre de cabello blanco estaba de pie junto a la estatua de mármol de Venus, toda rayada y salpicada de musgo, bajo el agua torrencial, con la única protección de un impermeable azul que brillaba por la lluvia. Tenía el rostro alzado y los ojos cerrados. No me pareció uno de los inquilinos, aunque tampoco los conocía a todos de vista. Había unos veinte departamentos en las dos alas del edificio y, al fondo, más allá de la estatua y de la vieja fuente de piedra, estaba la puerta de un segundo edificio cuya fachada daba a otra calle. El patio era compartido.

La cabina del ascensor llegó con un sonoro clac que evocaba hierro y aceite mineral. Seguí mirando al hombre. ¿Se sentiría mal? Debía de estar empapado hasta los huesos. Probablemente me oyó abrir la puerta vidriada, porque se volvió hacia mí, con hilos de agua que le bajaban por los mechones mojados. Fui a su encuentro, abriendo de nuevo el paraguas, con el maletín apretado bajo el brazo.

—¿Quiere contraer una neumonía? —dije—. Venga conmigo.

Me siguió hasta el resguardo de la escalera, donde el agua que le escurría de los hombros formó un charco frente a la puerta del ascensor. Observé, perpleja, el impermeable, que parecía de goma, y apoyé una mano sobre él: estaba seco, como si el hombre hubiera paseado al aire libre en un día despejado.

—¿Dónde vive? ¿En qué piso?

Me tomé la libertad de apartarle de los ojos los mechones empapados. Parpadeó y me sonrió. Tenía un aire vagamente exótico, como una mezcla de orígenes muy distantes entre sí. ¿Un inmigrante?

Por supuesto, no tenía nada en contra. Cada vez más propiedades de nuestras manzanas pasaban a manos de extranjeros que por fin habían logrado una buena posición, después de años y años de residencia. Muchos se sentían en casa en aquellos edificios algo deteriorados, con balcones que desde la ladera de la colina daban directamente al mar, más allá del cual podían imaginar sus países de origen.

—¿Es usted el inquilino del octavo? —pregunté—. ¿El piso de la buhardilla?

Se me había ocurrido que podía ser él. El cartel de Se alquila, que llevaba meses junto a la entrada, había desaparecido de un día para otro, quizá dos semanas antes.

—Suba, lo acompaño.

Lo empujé hacia el ascensor, entorpecida por el paraguas y el maletín. Habría querido tener tres brazos. Lo hice sentarse en el asiento plegable. Parecía desorientado. Debía de tener más de sesenta años. Medía casi un metro noventa, estaba cuidadosamente afeitado y llevaba el cabello hasta los hombros. Subimos al octavo, pero se quedó inmóvil en el descansillo. Me permití meterle las manos en los bolsillos del impermeable para buscar las llaves y saqué una especie de linterna de un palmo de largo, de aspecto muy tecnológico y costoso. Debía de pesar al menos un par de kilos, como si fuera de metal macizo. La devolví a su sitio porque había visto el sensor de huellas en la puerta del departamento.

—Vamos, deme la mano…

Le presioné el índice, luego el pulgar y después los otros tres dedos contra el disco irisado. Nada. No era su casa. Advertí que, bajo el impermeable, la ropa estaba completamente empapada, desde el cuello de la elegante camisa hasta el bajo de los pantalones. Tenía helada la piel de las manos y su rostro parecía ahora desprovisto de color.

—Jesús mío…

Bajamos al séptimo piso, abrí la puerta de mi casa y lo hice entrar. Lo llevé hasta el baño y le mostré cómo se usaba el grifo monomando.

—Ahora se dará una ducha caliente, mejor dicho, hirviendo, mientras yo preparo un té hirviendo. Disculpe la repetición, pero no encuentro otra palabra.

Lo dejé en el baño, cerré la puerta y me apresuré a sacar el volumen antiguo del maletín y desenvolver el plástico. No parecía húmedo. Lo dejé sobre la mesa del salón que usaba como taller, junto al escáner. ¿Me quedaría alguna prenda de Iván, de las que había dejado cuando presentó su renuncia a mi vida? Claro, había veinte centímetros de diferencia de estatura, pero quizá un suéter pudiera servirme.

Llamé a la puerta de vidrio del baño.

—¿Puedo entrar?

Me quedé con la boca abierta. Ya se había lavado y vestido, con prendas que yo no le había dado y que no me parecía que llevara consigo, porque la camisa y los pantalones estaban tirados en el suelo, formando un montículo húmedo y poco atractivo. Todavía tenía el cabello mojado, pero empezaba a levantársele en una masa rizada, entre blanca y gris. Confundida, guardé el suéter de Iván.

Me siguió a la cocina, mirando a su alrededor con interés. Me pregunté si sería peligroso. A pesar de su edad, parecía robusto y musculoso. Por si acaso, me metí rápidamente el aerosol de pimienta en el bolsillo y le llené de té la taza hasta el borde.

—¿Wūlóng? —dijo, aspirando el aroma. Tenía la voz apenas ronca y un acento indefinible.

—¿Cómo? Ah, sí, es té oolong. ¿Se siente mejor? ¿Podemos llamar a alguien?

Sonrió con condescendencia, como si yo hubiera dicho algo gracioso. Miró a su alrededor.

—¿Dónde está mi ***?

Utilizó una palabra que nunca había oído, pero comprendí que se refería al impermeable. Lo acompañé al salón, que también usaba como taller. Pareció aliviado al ver que lo había dejado sobre el sofá. Tenía el blanco de los ojos inyectado en sangre.

—¿Se siente bien? ¿Tiene el número de algún familiar o amigo al que podamos llamar?

Cerró los ojos e inspiró profundamente.

—¿Le molesta si me recuesto a descansar unos minutos?

Se durmió casi al instante, con la cabeza sobre un apoyabrazos y los pies sobre el otro, de tan alto que era, pero antes dobló cuidadosamente el impermeable y lo dejó junto a él. Lo miré, perpleja. Seguía lloviendo.

Tenía que trabajar. Abrí con precaución el libro antiguo y lo acomodé en el soporte del escáner. Lo abrí sin forzarlo: el programa corregiría la curvatura de las páginas. Iba retrasada con respecto al cronograma del día, de modo que me puse a trabajar con empeño, de dos páginas en dos, usando guantes. Hasta me olvidé de la presencia del hombre en mi sofá, hasta que vi en la pantalla del escáner que era hora de almorzar.

En ese momento, el hombre dejó escapar un gemido mientras dormía, como si estuviera soñando, y la comprensión me atravesó como una descarga.

No era un vecino, no era un inmigrante. ¿Cómo no lo había comprendido de inmediato? Allí, delante de mí, en el salón-taller de mi casa, había un Retornado.

 

Casi había terminado de pasar, una tras otra, las páginas del gran volumen bajo la lente del escáner cuando oí sonar el timbre de la entrada.

Me puse de pie de un salto. El Retornado abrió los ojos, pero no dijo nada. Fui a responder al intercomunicador.

—Séptimo piso.

Cuando oí el clac del ascensor, abrí la puerta. Ya había pagado por internet con la tarjeta de crédito, pero le puse en la mano al repartidor una moneda de un euro y regresé al salón con la bolsa de papel del restaurante.

—Hypnerotomachia Poliphili —dijo el hombre.

—¿Qué ha dicho? —Miré incrédula el grueso volumen bajo el objetivo del escáner, la xilografía de página entera que mostraba a un grupo de mujeres con aquellos vestidos que, durante el Renacimiento, imaginaban que se usaban en la Roma clásica.

—¿Ha reconocido el libro? ¿Entiende del tema?

Y entonces sentí un escalofrío en la nuca. Mientras yo estaba en la puerta, él no se había levantado. ¿Cómo podía saber que el libro de la mesa era la Hypnerotomachia?

Casi como si me hubiera leído el pensamiento, el hombre mostró por un instante el objeto que yo había encontrado en su impermeable y luego volvió a guardárselo en el bolsillo. ¿Se suponía que eso lo explicaba todo? No. No explicaba cómo había podido reconocer la edición del siglo XVI de Bembo que yo debía reproducir. Recordé que ya había sucedido antes con el té, cuando había mencionado el nombre exacto de la variedad.

—¿Cómo se siente? —pregunté con cautela, dejando la bolsa sobre la mesa de trabajo.

Por supuesto, ya no tenía sentido preguntarle si quería hacer una llamada. Era un Retornado. Se incorporó hasta quedar sentado y miró por la ventana. Seguía lloviendo.

—Supongo que debo darle las gracias —dijo con aquel acento singular. Luego recogió el impermeable del sofá—. Lamento la molestia. Me voy enseguida.

—¡Espere! He pedido algo de comer al bistró de la esquina. Imagino que tendrá hambre.

Levanté la bolsa: estaba llena de cajas rectangulares de cartón para alimentos, cerradas con un pequeño adhesivo en forma de hoja verde y dorada.

—Es vegetariano, ¿verdad?

Parpadeó rápidamente, como si no reconociera la palabra.

—Ah, sí, por supuesto —respondió luego.

—He oído que todos ustedes, los Retornados, son vegetarianos. —Y apenas lo dije, me mordí la lengua.

—¿Así nos llaman? ¿Retornados?

Me aclaré la garganta. La reina de las Meteduras de Pata, me llamaba mamá cuando yo era adolescente.

—¿Cómo debería llamarlo?

—Soy Diocleciano.

—Serena.

Le tendí la mano. Me la estrechó con una sonrisa, como quien se somete a una ceremonia olvidada, a un rito de la infancia.

Me abracé a mí misma. No quería que se fuera. ¿Cuándo volvería a encontrar a otro Retornado desorientado en el patio? Señalé la mesa del escáner.

—Ese es mi trabajo. Reproducción del patrimonio literario. En realidad, ya se ha hecho antes, también con la Hypnerotomachia, pero esta editorial apuesta por la calidad, etcétera, etcétera.

Escuchaba cada palabra como si la bebiera, sin apartar los ojos de mis labios, hasta el punto de que habría imaginado que me leía los labios. Estaba de pie y sostenía el impermeable, indeciso sobre si despedirse.

—Pero ¿cómo supo en qué estoy trabajando?

—El poliviteum —respondió.

¿Poliviteum? Sin embargo, era fácil comprender que hablaba de aquel objeto de alta tecnología que llevaba en el bolsillo. ¿Cómo podía aquella cosa permitirle ver, saber?

En la cocina, saqué el contenido de la bolsa y llené dos o tres platos. Había verduras con sésamo, tofu picante y galletas secas endulzadas con caramelo. Diocleciano sonrió y se sentó frente a mí. Para beber solo quiso agua; es más, antes de llevársela a los labios sacó del bolsillo el objeto de siempre, su poliviteum, lo pasó brevemente junto al vaso y luego bebió con deleite, a sorbos, como si degustara un vino.

No es que se supiera mucho de los Retornados. Las primeras apariciones habían sido noticia, sí: hombres y mujeres que parecían surgir de la nada en el escenario de un teatro, en medio del parterre que separaba los carriles de una vía rápida, en la sala de lectura de una biblioteca; evidentemente, también en un patio bajo la lluvia. Había habido un atisbo de debate público, intervenciones de los habituales profetas a quienes nadie escucha, y la cuestión había llegado hasta el Parlamento.

Diocleciano ya había terminado su plato y yo todavía no había tomado el tenedor. Se echó hacia atrás, contra el respaldo, y me miró.

—¿Qué hará ahora? —pregunté—. Usted no es… no era de aquí, ¿verdad?

—¿De aquí? —Por un momento temí que se echara a reír—. No, no, el Retorno es aleatorio e imprevisible.

—¿Tienen alguna organización que los ayude? ¿Ya sabe adónde ir?

Negó con la cabeza.

—Es un viaje de ida. Un salto a ciegas. No se puede volver allá a contar cómo están las cosas. Solo lo descubrimos al llegar.

Me mostró el poliviteum. Claro, debería haberlo imaginado.

—Eso… puede comunicarse directamente con su pensamiento, ¿verdad?

—Desde el primer instante de mi llegada.

Por eso lo sabía todo sin ver, sin preguntar. Me pregunté si los Retornados todavía se comunicarían entre sí en voz alta.

—Si lo hubiera sabido antes, ¿habría venido de todos modos?

—¿Qué alternativa tenemos? Cualquiera que disponga de los medios decide Retornar.

Escuchamos la lluvia durante unos minutos. Aparté mi plato; ya no tenía hambre. Puse la tetera al fuego.

—¿Un té antes de irse?

Aceptó.

—¿Cuándo será? —pregunté.

Pareció no comprender, de modo que tuve que añadir:

—¿Cuándo debo esperarlo? ¿Durante mi vida? ¿Durante la de mis hijos, si es que alguna vez los tengo? ¿Veré crecer a mis nietos?

Hizo un gesto vago y dijo:

—No será un apocalipsis repentino. Más bien como una vela que se apaga. Cuando elegí Retornar, todavía quedaban más de mil millones de seres humanos, aunque muy pocos eran lo bastante ricos como para permitirse escapar.

Los primeros Retornados habían causado sensación, sí: había habido entrevistas y giras de conferencias, incluso cierto movimiento de opinión. Pero pronto había prevalecido una especie de negación colectiva. Algo demasiado grande para afrontarlo; los mecanismos de decisión, demasiado engorrosos. Como siempre, habían aparecido negacionistas, nihilistas, adictos a las teorías conspirativas. Sobrevino una especie de minimización. Era demasiado tarde, habíamos ido demasiado lejos; la masa inercial lanzada hacia el futuro no podía detenerse, salvo mediante un largo conflicto de resultado incierto.

—Es mejor no saber demasiado, créame. Por eso volvemos aquí. Sin ninguna ambición de traerles una advertencia, un aviso; solo queremos vivir hasta el final de nuestros días.

Se puso de pie, guardó el poliviteum en el bolsillo del impermeable de material hidrófugo, al que dio la vuelta y extendió sobre la mesa. En la parte interior de la espalda había una especie de bolsillo ancho y horizontal. Lo abrió rozando el cierre con un dedo, lo que provocó una tenue luminiscencia azulada.

—Quiero hacerle un regalo antes de irme —dijo—. Ha sido amable conmigo. Si hubiera más gente como usted, nunca habríamos llegado a ese punto.

Tenía ganas de llorar.

—Pero ¿adónde irá? ¿Cómo se mantendrá?

Hundió todo el antebrazo en el bolsillo del impermeable, como si el espacio interior fuera mucho, muchísimo mayor de lo que parecía desde fuera. De ahí había sacado la ropa de recambio. De niña leía historietas: Eega Beeva tenía en los pantalones cortos unos bolsillos de capacidad prácticamente infinita. El Retornado sacó, uno tras otro, cuatro lingotitos de oro del largo de un dedo; llevaban grabado el peso: 500 g.

—Ahí dentro tengo toda una reserva. La acumulé durante veinte años en previsión de esto.

Luego sacó otro objeto que parecía la esfera de un reloj o un podómetro; en la parte superior tenía un pequeño cristal donde apoyar un dedo para registrar la huella.

—He comprendido que me servirá de muy poco, como imagino que tampoco les habrá servido a mis predecesores. Es suyo; le aconsejo que no abuse de él. Ya sabe que no puede hacer nada al respecto. Lo que ha ocurrido tiene que ocurrir.

Y así se fue. Se fue y nunca volví a verlo. En cambio, he visto lo que contiene su regalo. He visto y veo. Basta con apoyar el dedo durante unos segundos para que empiece a transmitir imágenes a mi mente.

Veo ciudades desiertas y corroídas por el sol, rascacielos altísimos con todas las ventanas destrozadas y una vegetación raquítica y venenosa que invade las calles de asfalto agrietado. Veo poblaciones desplazarse de una tierra a otra a medida que se agotan las reservas de agua. Veo ciudades costeras sumergidas por las mareas y el nivel de los océanos que sigue subiendo. Veo a la gente observar el horizonte con la esperanza de que las nubes lleguen hasta ella. Veo ciudades construidas bajo tierra, campos cultivados bajo la vigilancia de una milicia, cementerios de automóviles devorados por el óxido, cementerios de camiones devorados por el óxido, cementerios de huesos roídos por perros macilentos. Veo una nave espacial de la esperanza, con mil hombres y mil mujeres, partir hacia otros sistemas estelares sin volver a dar noticias. Veo barcos que regresan del mar con las redes llenas de peces muertos. Veo niños morir de hambre, muros de alambre de púas, migraciones hacia el norte, pueblos que llaman a dios con nombres distintos y que se exterminan por eso. Veo cohetes disparados para disolver las nubes, intentos de reforestación que acaban en arena, agricultores suicidas colgados de árboles frutales muertos. Guerras, abusos, epidemias.

Y veo, por último, la máquina del tiempo, cuánta energía consume y cuánto cuesta escapar hacia atrás, cuánto cuesta Retornar.

He visto y todavía veo, de vez en cuando. Cuando vuelvo a casa después de un día de lluvia, cuando no quiero escuchar las noticias de la cadena, apoyo el dedo en el regalo del Retornado y miro.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

 

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