viernes, 30 de octubre de 2026

TED

Claude Francis Dozière

 

¿Sabes qué me sorprende? Que no tiemblo, ni siquiera ahora que las correas me aprietan la carne como espinas de pescado seco. Detrás del vidrio veo sus caras hambrientas: periodistas hambrientos, guardias complacientes, predicadores que gritan como buitres en busca de carne viva, todos listos para devorar mi último pedazo de alma. Scott Maxwell, el reportero del Tribune, se ha plantado en primera fila con su cuaderno abierto de par en par. Está ansioso por describir el silbido de la electricidad en mi cuerpo. Como si el Diablo pudiera gritar.

Creen que la última comida del comedor es un acto de caridad. Yo sé que es puro forraje para la hoguera, una especia macabra para engordar a la bestia antes de la matanza. Los guardias me ignoran, pero el aire a mi alrededor vibra de tensión, un estremecimiento carnal como el instante antes de que la hoja se hunda. Siento el metal de las hebillas arañándome la piel, hierro que corroe la carne viva. Una enfermera me roza la sien; el contacto dura una eternidad. Le dedico una sonrisa. El sacerdote murmura súplicas, traga Ave Marías y «Omnipotente» como un bebedor desesperado, con la esperanza de que los santos apacigüen el abismo negro que nos devora.

Fuera de las rejas, una multitud exulta ante mi condena. Adolescentes con los ojos ardientes de horror, madres temblando de alegría, ancianos que llegaron en autobús desde todos los estados, todos en un delirio de sangre. Agitan pancartas que dicen «KILL THE SEX BEAST» y banderas de barras y estrellas. Son ignorantes, ni siquiera saben mi verdadero nombre. Yo, en cambio, recuerdo la nieve de Vermont, las noches de agosto escondiéndome entre los abetos, la habitación en la que comprendí que nunca sería un chico normal. Una oleada de náuseas me sube por la garganta, lenta y penetrante, como una marea sucia.

Me piden un último deseo. Se imaginaban gritos desgarradores, lamentos de un alma en llamas, un melodrama que les pusiera los pelos de punta. En cambio, mi voz sale seca:

«No hay nada. Nunca ha habido nada que decir».

Me miran como si una última palabra pudiera redimirlos, como si una oración pudiera salvarlos. Pero yo ya estoy en otra parte. Solo siento una dulce y sencilla indiferencia. Mis dedos tiemblan ligeramente sobre los reposabrazos de madera, el corazón late al ritmo sordo de ese reloj obsceno. Me parece estar aún en el lago, en una tarde de agosto, mientras la corriente decide mi próximo sacrificio, mi próximo asesinato.

Hoy es el gran día, el final que todos anhelaban. Moriré en esta silla eléctrica, después de años en esta cloaca penitenciaria. No llegará ninguna llamada para salvarme, estoy seguro. Logré escapar a Colorado, pero aquí en Raiford no hubo escapatoria. La muerte ahora me espera, yo la espero. Querido Ted, este es tu último acto, te lo has merecido. Ahora pagarás la cuenta y así debe ser. Miraré a los ojos a estos hijos de puta que se estremecen al pensar en verme asarme; para ellos, yo soy la bestia. Pero no gritaré, no les daré esa satisfacción.

Starke, 24 de enero de 1989.

Se acabó.

Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

 

 

 

GALOPE EN MI EDIFICIO

Lana Derkač

 

Me despertó un trote que se convirtió en galope. Avanzaba desde el piso de arriba de nuestro departamento hacia la planta baja. Me resultaba extraño oír aquel sonido como si él mismo emitiera su propia voz, como si el ser vivo fuera él y no un caballo. ¿Existía siquiera el animal? ¿Había perdido la capacidad de relinchar y el golpeteo de los cascos era lo único con lo que podía expresarse?

¿Un caballo en la escalera? ¿En plena ciudad? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué se retiraba con tanta rapidez?

Por un momento pensé que había visitado al vecino del quinto piso, tres pisos por encima del mío. Era el único del edificio cuyo origen se desconocía y tal vez hubiera tenido alguna relación con los caballos. ¡Qué va! Aquel hombre era demasiado práctico, y yo intuía que este no era un caballo en venta. Se decía que el vecino, refugiado, había acabado en un hospital psiquiátrico, pero que muy pronto había salido adelante. Aprendió el idioma, consiguió empleo como un trabajador más, fue ascendiendo y, quién sabe mediante qué maniobras, llegó a ser gerente.

Pero intuía que aquel caballo era, ante todo, algo más que un caballo. Que el animal irreal de la escalera podía ser un símbolo. Que un caballo común jamás habría subido por allí.

Y todo se me aclaró bastante. ¡Era Pegaso! Aunque dudo que en aquel pasillo estrecho hubiera tenido espacio suficiente para las alas. A menos que estuvieran atrofiadas, quizá incluso cortadas.

Se marchaba del edificio porque mi inspiración para escribir había desaparecido.

Cada vez que la sequía se instalaba en mis pensamientos y los agrietaba como una tierra que, pese a todo, aún se mantenía unida, sentía que se perdía la conexión entre ellos, se secaba la concentración y mis observaciones empobrecidas apenas lograban formar un conjunto débil y desvaído. Sabía que podía pasar horas mirando un punto de la habitación sin captar nada. Y no tenía fuerzas para interrumpir aquella actividad embrutecedora, si es que se podía hablar de actividad. Perdía el tiempo, no conseguía ponerme en movimiento, y había tanto por hacer. En esos momentos, hasta las tareas domésticas quedaban detenidas y, fuera de mi control, se volvían independientes. Pero, liberadas de mis movimientos y de mi atención, permanecían inmóviles, como si también ellas hubieran perdido la capacidad de moverse, sin voluntad de levantarse del suelo o de las superficies de los muebles y emprender cualquier cosa. Aunque solo fuera para celebrar su libertad.

Arrastraba una falta crónica de sueño. Eso contribuía a mi embotamiento, y yo demoraba el momento de poner fin a aquel estado lastimoso. Varias veces me sumí en un sueño breve, arrellanada en el sofá, todavía sentada, con la cabeza bamboleándose sin apoyo.

Pasaban los días sin inspiración. La sequía me había dado sed, y yo intentaba entrar en contacto con cualquier cosa bella e impactante que despertara en mí una emoción intensa, ya que no podía escribir poesía ni prosa. Ya que me había quedado sin las vivencias que un texto podía suscitar en mí.

Hacía esculturas poco convincentes con papel de periódico y pasta de modelar, volvía a ensartar cuentas de piedra sueltas para formar collares al menos un poco distintos de los que había tenido antes, fotografiaba sombras… Extrañaba enormemente la personalidad que expresaba a través de la escritura. Me había perdido en un espacio conocido; sabía exactamente dónde y por qué, pero eso no ayudaba, así que intentaba llenar el vacío incluso decorando pasteles. Sin embargo, la piel del pastel me ardía como si fuera la mía, cubierta de una erupción por haberla tratado mal. Cuando intentaba dejar sobre ella letras invisibles, en cuanto la conciencia las alcanzaba se convertían en pequeñas heridas.

Ya que no podía escribir, miraba un sinfín de libros ilustrados sobre pintura. Sobre objetos bellos. Contemplaba la exuberante efervescencia del cielo, que desde las nubes blancas se derramaba en mis ojos hambrientos, inundados a diario de falsificaciones de la naturaleza. Flores artificiales, césped y otras copias de plástico.

Cada vez era mayor mi deseo de contemplar la naturaleza también en los cuadros. Y cada vez menor la abstracción que dominaba las paredes de mi departamento. Tampoco tenía nada en contra de la figura humana, desde luego; prefería los cuadros más oscuros, en los que apenas se distinguían siluetas humanas sumidas en la meditación. Y también me atraían las figuras situadas en paisajes intactos, como las que pintaban los impresionistas.

Mucho tiempo atrás, con mis primeros sueldos, había comprado algunos cuadros, en su mayoría abstractos, que cada vez me gustaban menos. No eran obra de pintores desconocidos; sin duda estaban realizados con cierta destreza, pero me habían dejado de importar. Creo que no se trataba solo de que, con los años, se hubieran convertido en una parte imperceptible del mobiliario y se hubieran integrado en la rutina cotidiana. En realidad, nunca habían despertado en mí una emoción tan intensa como los cuadros del museo de Skagen, en los que la luz cae de una manera especial sobre la costa. O los pintados en los cafés parisinos. Como los cuadros profundamente meditativos de Stančić. Como Lluvia, de Steiner.

Pegaso llevaba días sin aparecer, lo cual era una mala señal. Había sustituido la falta de inspiración por una intensa atención a las paredes del departamento. Por la insatisfacción ante unos cuadros que llevaba años mirando y me dejaban vacía.

Pensé en la reproducción de Mujer con sombrilla, de Monet, que habíamos traído de Giverny, y sentí deseos de contemplarla. La bajé de lo alto del armario y por fin sentí alegría.

Estaba pensando qué marco le quedaría mejor cuando llamó mi madre, y le dije entusiasmada:

—¿Sabes? Voy a quitar el cuadro que está sobre la mesa del comedor. Me ha aburrido.

—¿Ese que queda tan bien allí? –preguntó.

—Ese mismo.

—¿Y cuál vas a colgar en su lugar?

—Una reproducción.

—¿Una reproducción? —Mi madre ni siquiera intentó disimular su asombro—. ¿Y todos esos originales que tienes?

—Quiero contemplar Mujer con sombrilla —le expliqué.

No tenía motivos para mantener un cuadro en la pared solo porque fuera un original, y me pregunté si en realidad llevaba años sometida al conformismo. Mirando un cuadro al que una reproducción eclipsaba porque sobre la mesa había querido tener una obra más cara y no una más bella. Y eso en un departamento al que casi nadie viene, porque no recuerdo cuándo tuve tiempo libre por última vez. ¿Para quién había colgado allí el cuadro anterior? ¿Para las personas a las que había pensado invitar, pero no invité, o para mi propio disfrute? ¿Tanto había cambiado mi gusto?

Despreciaba el conformismo y el esnobismo. Diré con orgullo que sobre la mesa he colgado una reproducción que, incluso antes de estar en la pared, despierta en mí una alegría invencible.

Tal vez también podría sustituir por una reproducción cierto dibujo poco memorable, pensé.

Sentí cómo la luz y la hierba de la escena de Monet crecían dentro de mí hasta convertirse en poesía. Cómo el movimiento de la falda de la mujer entraba en ella, perdía los rasgos de una acción ajena y se transformaba en otro ser vivo. Dudaba acerca de qué clase de palabra predominaba allí. El verbo moverse se había convertido en el sustantivo movimiento, y lo que aún debía comprender eran las propiedades de aquel ser inanimado y vivo, capaz de adentrarse en mis preocupaciones y acabar con la sequía. Sabía que esta solo desaparecería cuando encontrara los adjetivos que explicaran suficientemente el movimiento.

Y en mi reflexión sobre la falda al viento irrumpen ahora otros movimientos que producen un trote y se convierten en galope. Llegan desde la escalera.

Comprendo que Pegaso ha vuelto.

Lana Derkač (Požega, Croacia, 1969) se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras en Zagreb. En Croacia ha publicado 12 antologías poéticas, 3 colecciones de cuentos, una novela, un libro de textos de drama y uno de ensayos.  También, ha publicado los libros de poesía en México, Bélgica, Túnez, Montenegro, Kosovo y Macedonia del Norte.  Sus obras han sido incluidas en antologías, panoramas y anuarios en Croacia y en el extranjero. Sus textos han sido traducidos a 24 lenguas. Obtuvo varios premios literarios: El premio literario croata Zdravko Pucak, el premio para el mejor libro de poemas de un autor de Eslavonia Duhovno hrašće, el premio Risto Ratković por la mejor colección de poemas en la región, o sea, en el territorio de Montenegro, Bosnia y Hercegovina, Serbia y Croacia (Montenegro), el premio croata Vinum et  poeta y el premio para el mejor libro de poesía croata Tin Ujević.

 

 

LA ENCANTADORA VOZ DE LOS ROBOTS

Cristina Chiesa


 

El señor Benavídez se despertó esa mañana bajo el influjo de una voz nasal.

—Buenos días, señor Benavídez, hora de levantarse.

La voz repitió la misma frase una y otra vez hasta que una mano salida de debajo de la cobija tomó el despertador y lo tiró al piso.

Se levantó de mal humor –como casi todos los días– y puso la cafetera a calentar mientras mordisqueaba un trozo de pan. Cuando la cafetera estuvo a punto, un pitido del infierno hizo prenderse una luz verde y él supo que podía ya beberlo. Acto seguido, la taza puesta en la pileta de la cocina fue lavada automáticamente por un chorro de agua caliente y jabonosa, que –le habían asegurado– no arruinaba las manos.

Salió a una calle tan iluminada que opacaba el cielo casi nocturno de la madrugada y se encaminó a la parada del autobús digital. Al subir puso la tarjeta magnética y un cartel naranja desde dónde salía una voz átona, le anunció que su boleto había sido ya cobrado. Ya no existían conductores, habían ido desapareciendo a medida que los buses electrónicos que no despedían humo y no producían sonido alguno habían sido puestos en circulación. Caminó entre la gente, buscando un lugar, el olor del interior era rancio y las caras de los trabajadores se le metían debajo de la piel, como torturándolo; eran caras como de corral, algunas bovinas, otras como de aves desesperadas. Clavó espantado la mirada en el suelo, se sintió mal, descompuesto del estómago y terriblemente violento, con unas ganas de destrozar, de arrebatar esas miradas a la vida, de dejarlos sin boca, sin ojos, nada que pudiera hacer esos ruidos húmedos con los párpados, esos sonidos pegajosos con la garganta. Y antes de que su desesperación lo hiciera bajarse en cualquier lado, otra voz nasal anunció las calles de su destino y le advirtió al bajar que tuviera cuidado con los escalones y que le deseaba un buen día.

—Ojalá revientes —masticó Benavídez, y caminó hasta su trabajo.

Pensó que caminar un poco lo aliviaría de la espantosa sensación de vacío, de soledad inaudita. En el Parque, sin tanta luz urbana, pudo ver la luna que aún brillaba entre los árboles del invierno, y un intenso olor de pasto fresco lo ayudó a recuperarse un poco. Pero cómo dolía, cómo quemaba eso en su interior. Prendió un cigarrillo buscando atenuar la angustia, mientras observaba cómo las maquinas limpiadoras llevaban a cabo su trabajo. Hacía tiempo que habían reemplazado a la gente sin recursos para esa tarea. El municipio ya no contrataba desocupados, ahora tenían expertas máquinas amarillas.

Mientras terminaba el cigarrillo las miró con odio, esto era lo que el progreso había logrado en esta insignificante parte del mundo, latas amarillas que contrastaban con el verde de los árboles.

Llegó al trabajo. En la entrada unos ojos mecánicos vigilaban desde una pantalla.

—Su número de identificación es correcto, pase Benavídez —dijo la máquina.

¡Carajo!, pensó irritado, todos los días el mismo cuento.

Subió las escaleras y se metió en su box sin saludar a nadie.

Entre las cosas que habían ido creciendo a pasos agigantados, estaba ésta, el ignorarse mutuo, la despersonalización del otro. La gente eludía constantemente el contacto físico y hasta verbal. Prefería el correo electrónico, los mensajes de texto o las redes sociales que daban un barniz de compromiso y amistad ficticia, pero la tendencia siempre creciente era el no comprometerse, mezclarse o complicarse demasiado con alguien. La vida comunitaria se había simplificado de una forma animal, o más bien vegetal. Algas mecidas por una marea de circunstancias, siempre cambiantes, siempre en fuga.

La nueva sociedad, debido a sus extrañas necesidades autoimpuestas, había cuidado de todos los detalles, prohibiéndoles a los hombres, lenta, sutilmente, todo pensamiento independiente, toda iniciativa, toda desviación de la rutina. Sólo podían seguir viviendo a condición de ser como máquinas. Y las máquinas, una a una, los habían ido reemplazando. La gente ya no sabía hacer funcionar sus facultades, porque al perder la práctica se habían vuelto seres incapaces de pensar por sí mismos. Vivían como ciegos en una gran habitación, tan sólo conscientes de lo que entraba en contacto directo con ellos, incapaces de ver el aspecto general de las cosas y las cosas aparecían y desaparecían ante sus ojos como si no tuvieran conexión ni propósito.

Benavídez encendió su PC y en la PC una suave voz en off le dio la bienvenida.

¿Por qué no te morís?, pensó. Y acto seguido le sonrió a la voz.

—Gracias, Señor. Benavídez, por su entrega diaria a la Corporación —dijo la voz que todavía no había sido codificada para leer los pensamientos. Aunque posiblemente eso ya no tardaría.

Todo ese nuevo día de su vida, un día que no volvería jamás, fue el del imperecedero tedio, trabajos de lectura y revisión, modificación de códigos, importación de textos en un sistema universal conectado con la sede central en Londres.

Todo el día con la femenina voz en off que cada 60 minutos le iba marcando el porcentaje de su producción. Porque Benavídez, como cualquier hijo de vecino, tenía que llenar el porcentaje diario de producción o si no rendir cuentas ante una voz un poco menos meliflua que la de su PC. Una máquina que lo interrogaría acerca de por qué se había atrasado, perdido media hora, levantado catorce veces o demorado en su media hora de almuerzo.

Y Bruno Benavídez odiaba con pasión lo que hacía, lo que estaba obligado a hacer porque no había forma ni manera de huir de esa esclavizante colectividad que ya no se detenía en ningún detalle insignificante, mucho menos en la vida de un hombre como él, solitario y manso, hasta cobarde, como le había dicho su propia madre, y que ahora, con los puños apretados derramaba silenciosas lágrimas escondido en su box.

Lloraba por lo que estaba pasando, por lo que ya había pasado en su terruño, eso que pareció insignificante al principio, manejable, que nadie vio venir, como un alud, como una especie de monstruo pegajoso agarrándose de todos los fragmentos de la vida. La gente apelotonada en las ciudades, esclavos como él que hacían trabajar sus reflejos a razón del setenta por ciento de producción promedio para poder comer, autómatas que pensaban con las falangetas, reyes de un mísero cuadrado de existencia, pegados a una pantalla, haciendo de cuenta que vivían a través de un 3D.

Y la cordial bienvenida a las máquinas, primero las más chicas que, dijeron, servirían para acelerar los procesos, hacer la vida más cómoda, los intercambios más rápidos. Luego las más sofisticadas que reemplazaron definitivamente el contacto humano, arrojaron a los hombres al ocio inhumano, que instalaron franjas de población en la periferia de las ciudades, calificando a los hombres como lo habían calificado a él, por cobarde útil, por manso, porque nunca se había animado a rebelarse ni siquiera con su propia muerte, a ese sistema carnicero. Y finalmente estas de ahora, que te saludaban, siempre sonrientes, siempre dispuestas a estar a tu servicio, cuando en realidad era uno mismo el que estaba al servicio de ellas y del amo que las manejaba.

Benavídez estaba asqueado de sí mismo, asqueado de su cotidianeidad y de la amabilidad de las máquinas, de sus buenos días, cuidado no se caiga, le agradecemos sus servicios, esté atento a su colesterol, beba mucha agua, coma frutas y verduras y no fume.

Querían mantener su buena salud, claro. Querían que el preso les sirviera por largo tiempo.

Terminó el día, y junto con una fila de empleados con caras de legumbres resecas, iguales a la de él, salió de la empresa.

Decidió caminar otra vez, quitarse de encima ese insecto que lo taladraba por dentro. Sin rumbo, hacia ningún lugar.

De todos modos, nadie lo esperaba, no tenía ni mujer ni hijos, ni una mascota, ni siquiera esas que ofrecían ahora, eléctricas, casi iguales a las de verdad, pero que causaban menos dolores de cabeza y lógicamente eran más baratas de mantener.

Recordó un relato de su abuelo, el barrio donde había vivido, el último marginal y mal mirado por el municipio porque los vecinos se habían negado sistemáticamente a mudarse de allí, y peleaban por mantener la fachada de un lugar antiguo, vetusto y anacrónico. Uno de eso lugares sucios, sombríos y malfamados, a los que la gente decente evitaba y había radiado casi completamente. Hacia allí se dirigió y a medida que se internaba en la barriada se fue sintiendo más ligero, más cómodo, como si volviera otra vez a su lugar de origen. Las casas eran viejas, deshechas por los años, ventanas altas enrejadas con sus marcos descascarados, verjas carcomidas invadidas por la vegetación cimarrona, la calle empedrada, apenas iluminada por faroles de otro tiempo, un jazmín en flor, inesperado, trepando por un muro. Y por primera vez en meses, sonrió, recordando, porque faltaba un tango en algún patio, de esos que escuchaba el viejo, o un compadrito acodado en una esquina y la vida se hubiera semejado demasiado a aquella que le contaron, a aquella que de chico, cerrando los ojos, se animaba a reavivar.

En su deambular encontró un bar abierto, un tugurio lúgubre, con aire a encerrona y torvos parroquianos que bebían en silencio; un televisor chillaba propagandas cerca del techo. Porque a pesar de la resistencia, ya no era posible encontrar un lugar de la ciudad que no tuviera uno esos aparatos frenéticos, ofreciendo cada dos segundos artículo tras artículo que harían de la vida de la gente un verdadero paraíso.

Se acercó a la barra en busca de algo fuerte, sabía que el alcohol, si lo dejaba, le cambiaría un poco la perspectiva de esa noche, al menos por un rato lo ayudaría a soportar la melancolía letárgica que lo atormentaba desde la hora de despertar. No había sin embargo despachante alguno, miró para un lado y para el otro, pero no vio a nadie. Y la gente seguía bebiendo ensimismada en sus pensamientos.

Estaba por darse vuelta y volverse hacia la salida, cuando su mirada se topó con una cosa cuadrada, luminosa y acerada, acercó un poco más su cabeza para verla bien, y la cosa encendió de pronto unos circuitos de colores preguntándole con voz empalagosa y que no ocultaba la desagradable nasalidad de los robots, qué deseaba beber.

Benavídez quedó helado, como herido por un rayo. Ni ese barrio de perdidos taitas se había podido salvar finalmente de la inexorable invasión cibernética. Ni el malevo mejor pintado por el abuelo podría ya volver a pedir una caña y ser complacido por una robusta señora con un escote sugerente. Porque la “pulpera” era ahora una gris, lustrosa y exacta máquina de expender lo que uno necesitara en el momento que lo necesitara, sólo dirigiendo los ojos a la altura del circuito electrónico que la haría funcionar.

Rígido, mirando la caja luminosa, instado cada tres segundos a qué dijera qué desea consumir, se rindió finalmente, introdujo el billete y la ginebra le fue servida.

Hasta gusto a aceite de armatoste, a cables quemados le sintió a la bebida. Se la tomó de un trago. Y pidió dos más. La máquina parecía complacida, hasta una musiquilla de fondo le acompañaba en cada entrega.

Y a medida que el alcohol subía y nublaba sus facultades, una extraña claridad se abría dentro suyo. Había pendido del universo atado por los hilos de una piedad ficticia, de una esperanza inerte. Las historias de su abuelo habían alimentado el proceso de seguir viviendo. No había otro motivo sino una fantasmal telaraña de recuerdos que no eran suyos, de promesas cumplidas a medias, y de su inequívoca y perenne pusilanimidad.

—Los melancólicos sí tuvimos nuestro tiempo en otras épocas… pero ya no —se dijo—. Ahora se prefiere directamente el crimen, el suicidio o la eutanasia. Menos costosos —rio para sus adentros—. Porque hasta la muerte tiene su marketing. Y se lo vamos a dar —masculló—

Y estampando el vaso sobre el mostrador, salió a la calle. Tambaleándose caminó hasta la parada de cualquier colectivo, tuvo una arcada y medio que quiso vomitar.

El bus se acercaba. Las luces le encandilaron la cara demacrada. Y cómo un monigote desarticulado se lanzó al medio de la calle.

Antes de que el monstruo lo llevara por delante, les grito:

—¡¡Les arrojaré mi cadáver!!

Con el impacto la puerta del ómnibus se abrió y lo último que Benavídez escuchó fue una voz nasal que le decía:

—Cuidado con el escalón al bajar, que tenga usted un buen día.

Cristina Enriqueta Chiesa, nació en Rosario el 1° de mayo de 1957, es Licencia en Ciencia Política. Le fueron publicados cuentos en Axxón 195, NM 16, 24 y 28, y en las antología Cien Páginas de Amor editada por Sergio Gaut vel Hartman en Ediciones Desde la Gente. Desde el 2013 colabora en la corrección de la Revista NM (La nueva literatura fantástica latinoamericana).

 

jueves, 29 de octubre de 2026

SU ÁRABE

Niels Hav

 

Se acercaba a la ranura de su puerta con un respeto especial. Cuando deslizaba la correspondencia, escapaba del interior una pequeña bocanada de aire, y ella se demoraba unos segundos ante la puerta. Incluso cuando no había cartas para él, se detenía un momento en el descanso del tercer piso. Las altas ventanas de la escalera daban al lado opuesto de la calle, y desde allí podía ver en diagonal el patio trasero, con su cemento agrietado. Sabía lo torpe que debía de parecer vista desde el interior del departamento, a través de la mirilla, pero ella se sentía muy real allí, mientras aguzaba el oído para captar el menor sonido.

Hasta que la luz se apagaba con un chasquido seco, como si en algún lugar, al fondo del vestíbulo, hubiera cambiado un engranaje, y ella quedaba a oscuras y volvía a respirar. De inmediato seguía escaleras arriba, como si fuera en busca de algo importante, para luego bajar de nuevo a su ritmo habitual. No sabía si se sentía decepcionada o aliviada.

 

Nunca habría tocado el timbre solo para llamar su atención; sin embargo, todos los días lo esperaba durante aquellos pocos segundos. Una sola vez, seducida por sus fantasías, lo había hecho. Había sido un error absoluto. Lo oía moverse adentro, pero él no abría. Toda la situación la desconcertaba, aunque ya había tocado el timbre y no podía deshacerlo: era imposible irse sin más.

Así que volvió a tocar y escuchó el sonido estridente que llegaba del interior, horrorizada por haber actuado. ¿Por qué lo había hecho?

De pronto, la puerta se abrió de un tirón y apareció su rostro ancho, mirándola fijamente. La espesa cabellera, por lo general peinada hacia atrás, le caía alrededor de las orejas. Parecía un completo desconocido. Ella no alcanzó a reaccionar ni a hablar antes de que él pronunciara aquella única palabra.

—¡No! —En la acústica desnuda del pasillo resonó como un grito agudo. La puerta se cerró con violencia.

Nunca más se había atrevido a tocar el timbre.

 

Pero otro día, antes de que ella llegara al descanso, él apareció de pronto en la puerta abierta. Retrocedió un paso para dejarla entrar. Al verla vacilar, hizo un gesto impaciente con la mano: no quería hablar en la escalera. Estaba recién afeitado, como siempre, y llevaba el brillante cabello negro peinado hacia atrás, pegado al cráneo. Desprendía un aroma penetrante que ella no reconocía.

Cada vez era como si, durante los primeros minutos, fueran dos desconocidos. Él se mostraba muy cortés. Le tomaba la mano, se inclinaba y le rozaba los nudillos con sus labios carnosos. Después la ayudaba a quitarse la chaqueta, la chaqueta roja de Correos, y la colocaba cuidadosamente en una percha junto al espejo.

Cuando empezaba a hablar, las primeras frases le salían con un acento marcado, como si llevara mucho tiempo sin hablar aquel idioma con nadie. Había en su voz un desamparo que contrastaba de manera conmovedora con la serena autoridad de su cuerpo.

—Ya verás —decía, por ejemplo.

Con una mano en su codo, la guiaba hacia el interior. Era un departamento grande y las habitaciones estaban casi vacías, aunque los pocos muebles parecían caros. Había cuatro sillones alrededor de una mesa baja, y un equipo de música, nuevo, se alzaba solitario contra una larga pared desnuda. Los discos que elegía para ella eran todos de música árabe, interminable y melancólica; era como escuchar el fluir del agua. Un placer ondulante: eso le producía a ella aquella música. A él, en cambio, lo animaba.

—Ven —decía con entusiasmo, y se adelantaba de un salto hacia la habitación contigua, donde un escritorio macizo ocupaba, solo, el centro.

Había un paquetito preparado, más pequeño que una caja de fósforos, envuelto con esmero. Ella debía abrirlo.

—Para ti —decía él, y se lo depositaba solemnemente en la mano. Muy serio.

Ella sonreía; cada vez intentaba negarse. Al principio aquellos regalos la incomodaban; nunca se había sentido a gusto recibiendo obsequios, no estaba acostumbrada, no a esa clase de obsequios. Pero él era inflexible.

A menudo eran joyas, aunque también podía ser un amuleto, una figurilla, un perfume: cosas exquisitas. Los paquetes algo más grandes podían contener un pañuelo, ropa interior costosa; una vez, un sombrero. Ella se negó a aceptarlo y lo devolvió cuidadosamente a la caja. Era un sombrero pequeño y muy sencillo; nunca había visto nada semejante.

Él se rio de ella.

—No uso sombrero —dijo. Pero él había advertido el anhelo en sus ojos.

—Jamás podría ponerme ese sombrero —dijo con timidez.

Él volvió a sacarlo de la caja, le acomodó el pelo corto detrás de las orejas y se lo puso. Era más bajo que ella, y ella podía observar su radiante concentración. Sus dedos gruesos la hacían sentirse elegante mientras le arreglaba el pelo y sujetaba el sombrero con un alfiler largo.

Tenía que mirarse en el espejo. Él la admiraba, le apretaba las manos con entusiasmo. Y el sombrero realmente la favorecía, le transformaba el rostro y toda la figura. Se erguía, se balanceaba de puntillas, como si aquel sombrero que flotaba sobre su pelo la elevara. Hasta podía olvidarse de los pantalones negros de Correos.

—Todo se vuelve hermoso para ti —decía él.

En casa escondía sus regalos en una maleta gastada, en lo alto del armario: usarlos era demasiado arriesgado. Pero dejó el sombrero con él, en su departamento, dentro de la caja que estaba en el alféizar. Él no volvió a mencionárselo. Pasaron varias semanas antes de que se atreviera a llevárselo.

La trataba con una consideración desesperada, como si fuera una persona excepcional. Y cuando ella tenía que irse, nunca intentaba retenerla. Ella imaginaba que al instante siguiente ya estaría absorto en otra cosa. Era un misterio para ella.

 

La primera vez, ella se había quedado allí, desprevenida, tendiéndole una carta en medio de su rutina. Él había salido a la escalera: un hombre bajo y corpulento, de ojos negros y brillantes, de unos sesenta años. Todos los días se encontraba con mucha gente en las escaleras, pero nunca con nadie como él. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas, y ella reparó de inmediato en sus brazos anchos, cubiertos de un vello espeso. Y también en el pánico frío de sus ojos, como si mantuviera a raya, en silencio, algún conflicto interior.

La luz de la escalera se apagó. Ambos extendieron la mano al mismo tiempo para volver a encenderla, y ella sintió el calor de su mano gruesa. Fue él quien pulsó el interruptor.

Él se rio, y ella vio sus dientes brutales.

La carta que había llevado había caído sobre el felpudo; se inclinó y la recogió. Era una carta del municipio, franqueada a máquina, nada especial. Pero él la recibió como si ella le hubiera ofrecido un regalo.

—Gracias —dijo. Su voz resonó en el hueco de la escalera y pareció asustarlo incluso a él. Ella le había sonreído, se había sentido reconocida.

—¿Abres esta carta conmigo? —preguntó él.

Ella no había entendido qué quería decir y se quedó vacilando en el umbral mientras él desaparecía en el departamento. Regresó con un abrecartas y, mientras ella esperaba, abrió el sobre: sus dedos cortos eran sorprendentemente ágiles.

Lo que quería era que ella le leyera la carta.

—El danés no se lleva bien conmigo —dijo.

Era una carta del Registro de Población: había olvidado declarar su cambio de domicilio, se había mudado allí desde otra dirección sin notificarlo, y aquello había «llegado a su conocimiento». Ella se lo explicó, complicándolo un poco más de lo necesario. Él comprendió de inmediato.

Así que todo había desembocado en una copa como recompensa; él había insistido. Ella se sentó en uno de los sillones profundos, preguntándose por él y por aquella oportunidad, mientras él acercaba un carrito de vidrio y cromo. Llevaba diez o veinte botellas y copas de distintas clases.

—¿Qué deseas?

Ella no habría sabido elegir; no conocía ninguna de las etiquetas, y una bebida fuerte no era apropiada: estaba trabajando.

Así que él eligió por ella, un licor. Y se sirvió lo mismo en vasos bajos y anchos. Cuando le entregó el vaso, ella reparó en sus uñas fuertes, cuidadas, tan distintas de las uñas de los hombres que solía ver. Él no dijo «salud», pero inclinó ligeramente la cabeza hacia ella con respeto, alzó el vaso y bebieron.

El sabor le recordó algo parecido que había probado una vez durante unas vacaciones, en algún lugar del sur. No era exactamente lo mismo, pero el ambiente de aquellos días se fundió sin esfuerzo con aquel momento especial.

—Es rico —dijo—. Me gusta mucho el sabor.

Había aclarado deliberadamente la voz y articulado mejor las palabras, como si esperara que a él le costara entenderla. No hacía falta.

Él le ofreció de inmediato la botella. Ella creyó que era una broma y se negó; empezó a hacerle preguntas. ¿De dónde era? ¿De dónde venía, originalmente? Pero él ya estaba buscando papel y envolviendo la botella; la dejó sobre la mesa, junto al vaso de ella. La desconcertó.

Fue su primer regalo. Así serían las cosas, como habría de descubrir.

No le había tenido miedo, ni por un instante. Era como si todo lo que ocurriera allí fuera a tener valor para ella.

Cuando se marchó, se llevó la botella: tenía que aceptarla.

—Es buena para ti —dijo él. Y, en realidad, ella quería llevársela; no era nada del otro mundo, así como en otra ocasión podían ofrecerle un cigarrillo. Se lo recordó a sí misma. Aun así, no la llevó a casa, sino que la guardó en su casillero de Correos. Allí podía sacarla cuando estaba sola, desenroscar el tapón y aspirar su intenso aroma. Después volvía a taparla y la colocaba al fondo del estante.

 

Estaban tendidos uno junto al otro en su cama, que no era una cama, sino un colchón grande y duro sobre una estructura baja. Estaba en una habitación de esquina, con ventanas altas, y en las paredes había grandes cuadrados de luz solar que avanzaban milímetro a milímetro. Ella los veía y no los veía. La música árabe fluía de los altavoces en una maraña interminable de imágenes nuevas.

Abajo, frente a la entrada, la bicicleta amarilla de Correos la esperaba con sus bolsas.

Él la hizo girar hasta dejarla boca abajo. Se incorporó en la cama y empezó a masajearla con sus dedos cortos y gruesos, los hombros y la nuca, donde siempre estaba tensa.

—Beth —dijo. Así la llamaba él. Su nombre era Lisbeth, pero hasta entonces la habían llamado Lis—. Siento pena por ti —dijo.

Pero casi significaba otra cosa: él la había vuelto valiosa. Podría quedarse así para siempre, escuchando su voz y la música que se deslizaba por las paredes para mezclarse con la luz del sol sobre el piso barnizado.

Era él quien ocupaba sus pensamientos; quería saber de dónde venía, cuándo había llegado.

—Cuéntamelo, Ray.

—Vivo en lo lejano —dijo él—. Muy lejos.

Ella no conseguía que le diera a aquel lugar un nombre concreto.

—Mi país está en mi corazón —decía él, con una solemnidad cómica.

Ella casi dormía, pero al mismo tiempo estaba completamente despierta; era una especie de trance hipnótico. Allí, en el departamento, se volvía visible para sí misma; todo era tan real. El pulgar de él encontraba el punto sensible de su nuca, desataba los dolores y estos se disolvían. Nunca en su vida se había sentido tan bien.

Cuando miró su reloj, que estaba en el suelo entre la ropa de ambos, sintió un golpe seco de miedo. Saltó del colchón y se vistió a toda velocidad. Él permaneció junto a la ventana, de espaldas a ella, envuelto apenas en una sábana. Como un samurái japonés, pensó ella. Miraba tranquilamente la calle, absorto en sus pensamientos.

Así se quedaba, de pie; nunca la acompañaba hasta la puerta.

Con el corazón desbocado, ella recorría la siguiente escalera sin dejar de mirar el reloj. Cuando tenía que tocar un timbre para entregar una carta certificada, la recibían miradas inquisitivas. O eso le parecía. Estaba a punto de inventar excusas. En Correos entraba por atrás sin que la vieran; los demás habían regresado hacía rato, habían rendido cuentas y se habían ido a casa, y ella solía ser una de las más rápidas. Aunque, a esas alturas, en la oficina ya no sorprendía que llegara tarde.

De vuelta en casa, sacaba la aspiradora del armario y empezaba a limpiar frenéticamente el departamento. Pero de pronto, en medio de todo aquello, se detenía y se dejaba caer pesadamente sobre el brazo deshilachado del sofá.

Se plantaba ante el espejo, cara a cara consigo misma. Las hijas, sus muchachas ya grandes, estaban casi independizadas. Casi todas las noches, Elo y ella cenaban en la cocina, sobre las alas de la mesa plegable, desde donde podían alcanzar la comida en la cocina. Él no advertía nada. Ella siempre había creído que, si alguna vez pasaba algo, él se lo notaría. Comían, cada uno sumido en sus propios sueños, mientras la radio emitía sus conversaciones grabadas que ninguno escuchaba. Y ellos mismos no decían nada, aunque intercambiaran pequeños comentarios sobre la comida, sobre las hijas, sobre el trabajo de Elo.

Es un buen hombre, pensaba ella, está lejos de ser de los peores. Habían seguido juntos todos aquellos años; conocía hasta el menor detalle de sus costumbres.

Sin embargo, cada uno estaba solo en compañía del otro. Comían solos, se sentaban solos, uno junto al otro, en la sala para mirar televisión; dormían solos, uno al lado del otro, en la cama crujiente.

Estaba muy cansada. Cuando se acostaba con los ojos cerrados, sonaba la música árabe, un eco nítido en su interior; Ray abría la puerta para dejarla entrar. Así se dormía.

 

Durante varios días él estuvo ausente. Ella lo sentía en la escalera, lo olía ante su puerta: él no estaba allí. Y podía oírlo en el sonido apagado de las cartas al caer entre periódicos y viejos folletos.

Pasó alrededor de una semana. Contra su voluntad, se preocupaba por él: podían pasar tantas cosas. Intentaba imaginar distintas situaciones, pero su mente tanteaba en la oscuridad. ¿Qué sabía de él, en realidad? ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Adónde había ido?

Subía las escaleras con pesadez, los días eran tediosos, sus pensamientos estaban estancados; al bajar, se detenía ante su puerta cerrada. Y mientras llevaba la bicicleta hacia la entrada siguiente, notaba que en su interior se producía un cambio de marcha. Se distraía y se quedaba manoseando las cartas, torpe como una principiante; iba acumulando rabia contra él, se endurecía.

Entonces, de pronto, él volvió a aparecer en la puerta abierta.

—¿Dónde has estado? —preguntó ella con aspereza.

Pero su enojo no podía sostenerse. El alivio era enorme.

Los dedos gruesos de él la inventaron de nuevo mientras la desnudaba, y el último resto de resentimiento desapareció ante su ternura obstinada. Su barbilla se hundió entre los muslos de ella; sus labios suaves la elevaron fuera de sí misma, y ella tocó el techo con los pies.

Cuando volvió en sí, él estaba de pie frente a ella, sosteniendo una bandeja con una servilleta azul, un plato blanco y pequeñas delicias que había comprado. Para ella. Decía sus nombres en una lengua extranjera. Pero ella no tenía el menor apetito, se limitó a probar unos bocados. Y dejó la bandeja con cuidado en el suelo.

Él se sintió decepcionado, lo que a ella la reconfortó un poco.

Pero respondió con silencio.

—¿Por qué no dices nada? —preguntó ella. Estaba sentada desnuda en la cama, fumando; empezaba a resultarle natural.

—Decirlo mata a la gente —dijo él.

Ella pensó en su correspondencia. A veces le llegaban cartas de lugares extraños. Había estudiado los sellos y matasellos cuando, de madrugada, clasificaba las cartas para su recorrido; rara vez recibía cartas danesas. Ahora se lo preguntó directamente: ¿quién le escribía aquellas cartas?

Pero él era reservado.

—Negocios. —No quiso decir más.

Se quedaron sentados, fumando en silencio; ella empezó a fantasear.

—Déjame mudarme aquí —dijo—. Quiero vivir contigo.

—No —dijo él.

Fue un golpe: ella había estado completamente segura de que reaccionaría de manera opuesta. Sintió miedo de sí misma, se sintió idiota, engañada, ridículamente desnuda. Apagó el cigarrillo y se cubrió con la sábana; quería levantarse cuanto antes y salir de allí. Pero no pudo porque tenía las piernas entumecidas y le temblaban, se estremecían, medio dormidas. Y le brotaron las lágrimas, como un desfallecimiento repentino.

Él salió de la habitación, revolvió su escritorio, se afanó nerviosamente allí dentro. Ella lloraba, con los pensamientos en un callejón sin salida.

Pero cuando ya estaba vestida y a punto de irse, él se le acercó.

—Tus lágrimas llenan el mar de la tristeza —dijo. Ella lo miró fijamente, sin comprender—. No podemos alejarnos de nuestros propios territorios, ni tú ni yo —dijo él.

—¿Qué significo para ti, entonces?

La torpeza de él con el idioma también recreaba las palabras para ella; podía recurrir a todos los lugares comunes que quisiera.

—No es bueno quedarse aquí —dijo él—. Eres una mujer casada.

 

Ella se armó de desprecio. Nunca volveré a entrar en este departamento, decidió. Nunca.

Y su vieja rutina la recibió misericordiosamente: los días siguientes pasó deprisa ante su puerta y, para su alivio, él no salió. Se concentraba en su recorrido, lo completaba y era una de las primeras en rendir cuentas; empezaba a reconocerse otra vez. Leía minuciosamente, página por página, el periódico que llevaba a casa cada tarde, acompañada de sus propios pensamientos dispersos. La historia había terminado.

Para volver a ser normal, llamó a sus hijas y las invitó a cenar. Y las muchachas aparecieron en la cocina con sus risas espontáneas, dispuestas a pasar una noche infantil de bromas y diversión. Hablaban con soltura de sus vidas, de toda la gente nueva que conocían constantemente. Pero, sobre todo, querían impresionarse una a la otra, no a ella. Ella podía servir la comida y escuchar. Sus intervenciones no eran más que los comentarios graciosos de una madre; no había ido al concierto ni había visto la película.

Se reían de ella.

—Pero, mamá —exclamaron al unísono—, ¿tú nunca haces nada?

Ella no iba a arruinarles aquel entusiasmo fresco.

—No —dijo—. Nunca hago nada.

Un día se encontró con dos hombres en la escalera de Ray, dos extranjeros. No subían ni bajaban; estaban en el descanso, frente a su puerta, como si llevaran mucho tiempo allí. Ambos eran jóvenes altos, de mandíbulas poderosas; la dejaron pasar. Ella siguió escaleras arriba, demasiado sorprendida para detenerse.

En lo alto vaciló y respiró sin hacer ruido mientras escuchaba. Ellos seguían allí abajo, de pie; no hacían nada, ni siquiera hablaban entre sí. En el hueco de la escalera reinaba un silencio absoluto; la escucha de ambos trepaba sigilosamente hacia ella, la escalera se había convertido en oídos de atención concentrada.

Despacio, empezó a bajar peldaño a peldaño, con una mano en la baranda. En el tercer piso seguían frente a la puerta; esperaban, volvieron a hacerle sitio para que pasara. Ella se detuvo y los miró, les exploró los rostros, quería hacerlos ceder; su mirada luchó contra la amable cortesía de ambos. Pero su espera inexorable continuó: se negaban a moverse un milímetro. Le sonreían, ensanchaban el descanso con sus miradas sonrientes hacia los escalones. Ella tendría que pasar de largo.

Abajo llevó la bicicleta al otro lado de la calle, hasta la acera de enfrente. En el departamento de Ray las persianas estaban cerradas, algo inusual; ¿tal vez él no estaba? Pero ella sabía que estaba allí, lo sentía.

Y su prisma interior volvió a girar; el corazón le latía en la garganta mientras continuaba su recorrido. En su imaginación, él estaba ahora más cerca de ella que nunca.

 

A la mañana siguiente, los ojos de Ray la miraban desde la portada del primer periódico que vio, y también desde todos los demás: una conmoción súbita. Liquidado. La fotografía estaba ampliada y era casi irreconocible, pixelada, pero era él. Tuvo que sentarse en el borde de la acera; su cuerpo se rindió, se desplomó hacia delante, con el rostro sobre el periódico, mientras seguía leyendo.

Tráfico ilegal de armas, narcotráfico, intrigas políticas. Un sinfín de conjeturas.

«Se presume que se trata de un ajuste de cuentas interno».

El páramo del vasto mundo se cerró sobre ella; el tránsito ardía al sol.

Subía y bajaba escaleras sola, casi fuera de sí.

En casa bajó la maleta del armario, solo para estar una vez más con sus regalos. Había pulseras, pendientes y pequeños frascos de perfume. Un pañuelo, una blusa, ropa interior. Extendió las cosas sobre el cubrecama. El sombrero había perdido su forma original y, bajo la luz polvorienta de la lámpara sobre la cama, parecía una compra casual en una tienda de segunda mano. Le dio vueltas entre los dedos y se hizo preguntas. Porque todo aquello estaba muerto para ella, como si perteneciera a la historia de otra persona, no a la suya.

Al cabo de unos días, los periódicos dejaron de hablar de él. Cada día se agachaba ante su puerta y miraba por la ranura de la correspondencia. Desde el recibidor hacia el fondo, las puertas estaban abiertas, como si sus muebles lo esperaran; podía ver cómo el polvo se acumulaba sobre los pisos.

Entonces, una mañana, la puerta estaba entreabierta y oyó voces en el interior. La empujó cuidadosamente con las yemas de los dedos; los muebles de él habían desaparecido, dos hombres con ropa de trabajo barrían el piso. Entró y se acercó a ellos con un manojo de cartas en la mano.

—De este ya puede olvidarse.

Señalaron hacia sus pies, donde una flor terrible se abría en la alfombra.

La cama había desaparecido, el equipo de música, los sillones y las mesas. Sin embargo, su aroma familiar la recibió como un confidente. Fue de habitación en habitación como quien busca algo a lo que aferrarse, un punto de apoyo o el final de una historia. Pero el departamento estaba vacío.

Niels Hav nació en 1949 en Dinamarca y creció en una granja de la costa occidental del país. Poeta y cuentista, debutó en 1981 y ha publicado varios libros de poesía y narrativa breve. Sus poemas y cuentos han aparecido en numerosas revistas y antologías y han sido traducidos a múltiples idiomas. Su obra ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Danés de Literatura 2024. Vive en Copenhague.

 

 

 

EL DIBUJO

Fiorenzo Dioni

 

Desenrollar el papel sobre el tablero de dibujo es un gesto lento y ritual. Mesa a cuarenta y cinco grados, superficie de goma recién limpiada, aunque ya esté perfecta, cuatro trocitos de cinta adhesiva preparados.

No es escrupulosidad, es temor a la hoja en blanco cuando uno la ve tensa, lisa y dispuesta a recibir el grafito de las ideas que le rondan la cabeza. Preparada para el dibujo que te han encargado desarrollar, para dar vida a un nuevo proyecto. La miras mientras afilas la mina, haciéndola girar una y otra vez a la antigua, sobre un trozo de papel de lija, hasta desgastarla más de lo necesario.

Todo blanco y limpio.

El señor Prandi siempre dice que debemos ser como los cocineros, que después de cada ingrediente limpian todos los rincones de su puesto de trabajo. Y Angelo lo hacía siempre, recordando las enseñanzas del viejo proyectista, que tenía en la cabeza cada detalle de lo que debía hacer.

Prandi no era muy simpático, pero sí amable y cortés, y cuando enseñaba hablaba despacio, variando el tono de voz solo cuando debía explicar los conceptos más importantes del dibujo técnico. Con un maestro así, era fácil aprender los secretos, y a la ambición de convertirse pronto en proyectista se sumaban la emoción y la impaciencia por conseguirlo. Era una de esas personas que Angelo recordaría siempre.

El tablero está listo. Una carrera para lavarse las manos, cosa que Angelo hacía mil veces al día, y llega el momento de dibujar.

¿Y ahora qué? El primer esfuerzo consiste en volver a mirar la hoja en blanco, obligatoriamente con una mano sosteniendo el mentón, e imaginar el dibujo ya terminado, tratando de trazarlo debajo del papel para que después solo haya que calcarlo, como si la mente lo estampara en la superficie de goma.

Está todo allí. Toma forma incluso con los ojos cerrados, y cuando los abres, a lo imaginado solo le faltan las líneas grises del lápiz.

Pero nunca es así. La mano abandona el mentón, un instante más de reflexión y luego la mina 5H, la que nunca ensucia, traza el eje de simetría horizontal. Esa línea discontinua es sagrada: mancha la hoja inmaculada y, por un momento, parece que ya estuviera hecha la mitad del trabajo.

Ahora solo hace falta no volver a levantar la mina del papel, aunque la ansiedad empieza a abrirse paso entre las pocas certezas.

«Bien, lo importante era empezar, lo demás vendrá solo». Y uno se oculta a sí mismo que, aparte de las nociones básicas, no sabe muy bien qué añadir a esa línea que no desentonaría en un cuadro futurista.

—¿Te animas a realizar este estudio? Primero preparas un plan, después una lista de prioridades, dibujas siguiendo los puntos de la lista y, por último, haces una comprobación. En esa última etapa revisamos juntos el resultado.

Prandi es una garantía: puedes contar con él en cualquier momento. Pero Angelo aspira a otra cosa.

—Sí, ningún problema.

Y ya está pensando: «Lo hago todo yo y le presento el dibujo terminado, sin necesidad de correcciones. Puedo hacerlo».

La presunción a veces es maravillosa, pero el valor añadido es la curiosidad.

La 5H traza la primera línea perpendicular al eje, y el olor del grafito ya cierra las puertas a todo lo demás: el dibujo cobra vida. O al menos sus contornos. Sara, la amiga pintora con la que Angelo toma de vez en cuando clases de dibujo artístico, siempre dice que nunca hay que separar el lápiz del dibujo; la punta debe permanecer en contacto con él, para que uno también lo esté, sin distracciones. Para fundirse con el papel, con las líneas y los colores.

Las líneas se suceden, la idea toma forma. Después llega el momento de los cálculos.

—¡Maldito perfil trapezoidal! Siempre tengo que repasar las fórmulas para calcularlo.

—¿Necesitas ayuda?

De vez en cuando, la voz de Prandi viene a interrumpir las líneas, pero el silencio deliberado y un poco de la presunción habitual levantan una barrera. No hace falta nada más.

—¡No, gracias!

Y el lápiz corre más deprisa.

Sí, porque también hay que tener en cuenta el tiempo. ¿Para cuándo es la entrega?

Toma el Colombo, la biblia de los dibujantes técnicos. Y allí está el señor Timoshenko indicando el camino, pero de una manera tan complicada que debes devanarte los sesos para utilizar solo lo que necesitas. Los libros técnicos son así: indispensables e irritantes. Pero sin ellos la hoja seguiría en blanco y la 5H duraría toda una vida, intacta.

Quizá debería haber dedicado su presunción a otro oficio. Siempre lo dice Davide, su amigo músico: el talento te lleva hasta cierto punto; después tienes que estudiar.

Está bien, señor Timoshenko, le haré caso y leeré todos los detalles.

La resistencia de la tuerca debe calcularse teniendo en cuenta únicamente los tres primeros filetes trapezoidales.

La flexión de esta pieza solo es aceptable en función de los esfuerzos generales. De acuerdo, pero ¿cómo la coloco después? ¿Y el rayado de la sección lo hago a mano alzada?

Ahora les toca a los fluidos: ¿cómo dimensiono el cilindro hidráulico que ejerce el empuje? Y reaparece la bibliografía técnica: ¿quién dice que los fluidos no se comprimen? El señor Timoshenko le cede el escenario al señor Bulk, que en realidad no existe, sino que da nombre a un conjunto de conceptos que complican las cosas.

La lectura avanza deprisa, se salta muchos detalles y va al grano. ¡Aquí estás!

Después, la mina se desliza que da gusto. Cada vez más deprisa, guiada por la urgencia de terminar para ver realizado lo que antes no era más que una hoja en blanco. La imaginación casi permite ver los mecanismos moviéndose sobre el papel.

Falta poco, pero la certeza de estar cerca de la meta ya lo lleva a repetir su jueguito de siempre para llamar la atención: llama a los demás, les muestra la mina que sobresale exageradamente del portaminas y lo lanza contra el techo de paneles de espuma. El portaminas se clava y queda allí: es el equivalente de aquel «Profesor, he terminado» de la escuela.

Pero esta vez la mina se rompe, el portaminas cae y la oficina se llena de las risas de los demás. Poco importa: el orgullo que siente por ese dibujo está por encima de todo. Esté bien o mal.

Debería haber minas de repuesto en abundancia, pero cuando mira el estuche lo encuentra vacío. Es el único que usa esa dureza; de algún modo quería ser distinto de los demás, pero ahora nadie tiene una para prestarle.

Revuelve nerviosamente entre los instrumentos desordenados de la mesa, pero solo encuentra minas de 0,5, de las que se usan para escribir o hacer cuentas. Decide que servirán de todos modos.

La prisa es mala consejera y lleva a hacer cosas que traicionan los propios principios: esa mina es HB, dejará polvo sobre el papel y, cuando borre, el canto de la mano, además de retirar las virutas de goma, arrastrará aquel polvo gris oscuro y ensuciará la hoja que la 5H había dejado inmaculada.

Cuando la limpieza del papel es uno de los principios con los que se trabaja, un dibujo sucio no puede ser aceptable. Parece algo hecho sin cuidado, solo para llenar la hoja, un revoltijo de líneas confundidas por la niebla del grafito que arrastran los errores y las correcciones.

Angelo cuida cada movimiento, cambia la manera de trazar las líneas para evitar el daño. Y piensa que, si ocurriera lo que teme, habría que rehacer el dibujo desde el principio, por una cuestión de principios: no hay vuelta de hoja. También piensa que es una paradoja rechazar la ayuda de los demás en los aspectos conceptuales, en lo que respecta a aprender y crecer, y acabar dependiendo de ellos por una simple mina. Porque él no escribe: dibuja. Y no es un Basquiat: es un Rafael.

Sigue adelante y, cuando llega la etapa de los retoques, alterna frenéticamente entre trazar una línea y apartarse del papel para observar el conjunto. Se acerca el momento de aquel «revisamos juntos el resultado», y la ansiedad vuelve con fuerza.

Ahora lo ve completo, otra vez con una mano sosteniendo el mentón. Es un soporte para un molde.

«Prandi le pondrá objeciones, pero siempre lo hace», piensa, y ese pensamiento se impone a todas sus cavilaciones. Angelo sabe que habrá algo equivocado, que será necesario revisar algún detalle, que aprenderá algo de la comprobación, pero, convencido como está de que es bueno, le dolerá, al menos durante un tiempo; después se convencerá de que la crítica era justa y la aprovechará. También sabe que Prandi se lo dirá con amabilidad y cortesía, y eso hace una gran diferencia.

Sentado en el taburete, admira su obra. En su mano, la goma ha sustituido al portaminas; los ojos recorren veloces cada punto del papel y, de vez en cuando, se inclina hacia delante y borra cuando una sombra interrumpe su recorrido. Después de todo, ha conseguido hacer un trabajo aceptable, piensa, aunque en realidad para él es una obra maestra.

Ahora el dibujo debe reposar, y Angelo se va a perder el tiempo, a desconectar la cabeza del trabajo recién terminado, a despejarse y prepararse para el «revisamos juntos». Ese momento es necesario porque sabe que, cuando vuelva, verá de inmediato algún error y lo corregirá por su cuenta, sin ayuda de nadie.

Vuelve.

Los errores están ahí, son pocos. Los borra. Sonríe.

Se asoma por detrás del tablero.

—El dibujo está listo —dice.

Fiorenzo Dioni nació en Brescia en 1963. Diseñador de profesión y escritor por vocación, siempre ha escrito, pero comenzó a publicar hace pocos años. Le encanta escribir historias inspiradas en situaciones cotidianas, a las que luego les da un toque surrealista e imaginativo. Ha publicado tres libros: «Puertas», compuesto por tres relatos cortos; «Reflexiones», un proyecto colaborativo con un fotógrafo en el que imágenes y palabras se encontraron y compararon; y «El hombre en la caja», publicado por Calibano Editore, compuesto por 19 relatos surrealistas. Uno de ellos fue adaptado al cómic «Mi padre, el tango» (Calibano, 2023). Ha participado en varias antologías de relatos temáticos, entre ellas «Yo también. Historias de mujeres al límite», «Nos sentamos al lado equivocado», «Nada por lo que matar» (Prospero Editore) y «Los cuentos de la leona» (Calibano Editore). Otros relatos suyos se han publicado en la revista Inkroci, donde también colabora con reseñas de libros y discos en las columnas "¡Atención al libro!" y "¡Formidabili, quelle dischi!". Anteriormente, escribió reseñas para las revistas NB y Dentro Brescia.

 

TED