Saša Robnik
Alonso está sentado
frente a su carreta. Con una vara aviva el fuego, que proyecta sombras
ondulantes, mientras recuerda los buenos tiempos. De vez en cuando su mirada se
escapa hacia el perfil de la ciudad tendida en el valle, allá abajo, y frunce
el ceño. El viento gime entre las ruinas y los bulevares desiertos, esparciendo
su tristeza por un mundo donde toda vida se ha marchitado.
El caballo, no muy lejos de él,
aunque lo bastante cerca del calor de la hoguera, comienza a relinchar y a
golpear con el casco la tierra estéril; las ratas vuelven a molestarlo.
Una sonrisa melancólica se dibuja
en el rostro de Alonso.
—Rocinante, acércate un poco más.
Esa alimaña no se acercará a las llamas.
Sabe que el caballo está resentido
desde hace ya tres días, desde que emprendieron el viaje por el mundo
devastado. Alonso vuelve a abrir la boca para repetir la invitación, esta vez
con voz más suave, pero en ese mismo instante Rocinante responde con un largo e
indecoroso sonido cuyo insoportable olor no deja lugar a dudas.
—¿Con que esas tenemos? —murmura
Alonso.
Aviva el fuego con más fuerza,
haciendo saltar las chispas, mientras recuerda las razones por las que
abandonaron el libro para internarse en el mundo de los lectores.
El primero en advertir que algo
andaba mal en el tejido de la novela había sido su amigo Sancho. Vagaba
entonces, fuera del orden previsto de la historia, por las tierras de La
Mancha, cuando descubrió que faltaban algunos párrafos descriptivos. Naturalmente,
nadie le creyó. Pero cuando cayó una intensa lluvia de letras, seguida por una
tormenta que arrastró varios molinos de viento en la llanura de Montiel,
comprendieron que Sancho no deliraba.
Entonces Dulcinea, al ver la
obstinación con que todos se negaban a aceptar lo evidente, pronunció una breve
frase que les abrió los ojos y el corazón.
—Hermanos, hace un año que nadie
nos lee.
Desde entonces las anomalías se
multiplicaron. Las páginas de su mundo comenzaron a desplazarse al azar; la
secuencia narrativa se desmoronó y los personajes iban cayendo de un párrafo a
otro, apareciendo simultáneamente en distintas partes de la novela.
Alonso decidió enfrentarse a
aquella plaga. Reunió en un frasco las partículas narrativas del libro, las
cargó en la carreta, enganchó a Rocinante y partió hacia el mundo de los
lectores.
En aquella extraña y despiadada
realidad confirmó la sospecha que lo atormentaba: por qué ya nadie los leía,
por qué su mundo se deshacía y qué era necesario para recomponer el libro.
La risa.
La risa del lector era el tejido
que mantenía unidas las páginas y las palabras. Debía encontrarla a cualquier
precio.
Rocinante, en cambio, jamás había
querido abandonar la novela. Estaba convencido de que todo el mérito acabaría
atribuyéndose al orgulloso imbécil de Alonso, y ahora allí estaba, soportando
que las ratas le mordisquearan los garrones mientras el viento arrastraba el
olor de la descomposición. Se preguntaba qué sentido tenía buscar la risa en un
mundo que se había destruido a sí mismo.
El sentido de su existencia había
desaparecido con los primeros bombardeos atómicos, pero aquel grupo de idiotas
formado por Sancho, Alonso y Dulcinea era incapaz de comprenderlo.
Dulcinea...
Una campesina ordinaria a la que
Alonso había elevado a un pedestal. Lo había despedido con besos y promesas que
lo hicieron ruborizarse como un tulipán. Cualquier caballo con un mínimo de
sentido común encontraría aquello repugnante.
¿Y Sancho?
Había salido huyendo, escondiéndose
entre párrafos que ni siquiera le pertenecían.
Un cobarde como ya no existía en la
literatura... porque la literatura misma había dejado de existir.
La oscuridad retrocede y la pálida
luz de un nuevo día se derrama sobre un mundo cubierto por pesadas nubes,
semejantes a un sudario extendido sobre un cadáver.
Alonso ni siquiera se preocupa por
apagar el fuego. Dobla con calma la manta con la que se había cubierto y la
arroja a la carreta. Después se acerca a Rocinante, lo engancha al vehículo,
sube al pescante y permanece de pie contemplando el paisaje.
Bajo él, la ciudad yace inmóvil,
sepultada por cenizas, hierro fundido y un silencio opresivo.
Hace mucho que su nombre se perdió.
Solo queda una silueta, una inmensa
quemadura circular sobre la tierra y estructuras que sobresalen entre las
ruinas como huesos rotos. El río aparece turbio e inmóvil. El bosque ha quedado
reducido a negros pilares, restos carbonizados de antiguos árboles.
Tira de las riendas, pero el
caballo no se mueve. Permanecen inmóviles hasta que Alonso intenta persuadirlo.
—Vamos, fuerza mía. Pongámonos en
marcha y salvemos nuestro mundo.
Rocinante arranca de mala gana, con
un brusco tirón cargado de desprecio y una maldición apenas contenida. Alonso
cae sobre el asiento, reprime la ira que empieza a invadirlo, se acomoda como
puede sobre la incómoda tabla y continúan el viaje.
Poco después abandonan el bosque
calcinado y llegan a una carretera asfaltada casi completamente cubierta por la
vegetación. No tardan en encontrar un automóvil. Se detienen. Alonso salta al
camino, se acerca a la ventanilla cubierta de polvo, limpia el vidrio con la
mano y mira hacia el interior.
Dos esqueletos, inmóviles y
silenciosos, permanecen sentados como testigos eternos de su último instante. Al
acompañante le falta el cráneo. Ha caído sobre su regazo, justo entre sus
manos.
Alonso golpea el cristal.
El esqueleto levanta la calavera y
empieza a mover la mandíbula como si hablara, pero la voz, amortiguada por el
vidrio, resulta incomprensible. Alonso hace gestos desesperados para indicarle
que no puede oírlo, pero el esqueleto sigue hablando. Cuando está a punto de
rendirse y regresar a la carreta, Rocinante se acomoda y, de una poderosa coz,
hace estallar la ventanilla.
La voz, ahora perfectamente audible
y cargada de furia, rompe el silencio.
—¡Malditos vándalos! ¿Por qué
profanan nuestro descanso? ¿Es que las tumbas ya no significan nada para
ustedes?
Alonso, avergonzado, balbucea:
—Mil disculpas, amigo muerto. No
podía oírte detrás del cristal. Por favor, dinos...
El esqueleto lo interrumpe.
—¿Te queda aunque sea un grano de
cerebro? ¿No ves que se me han caído los dedos? ¿Cómo demonios iba a abrir la
ventanilla? Bastaba con abrir la puerta, presentarte con educación y preguntar
lo que querías. ¿Y ustedes por qué siguen respirando?
Alonso dirige al caballo una mirada
llena de reproche. Aquella violencia había sido completamente innecesaria.
El otro esqueleto levanta su
calavera hasta la altura de la ventanilla y, con voz femenina, interviene:
—Conozco a estos idiotas. Los leí
cuando era joven. Salieron de la novela para venir a fastidiarnos. Escuchemos
qué quieren y luego podremos seguir muriendo en paz.
—Necesitamos la risa. Nuestro mundo
se está desmoronando. ¿Dónde podemos encontrarla? —pregunta Alonso rápidamente
para evitar otra reprimenda.
Los esqueletos permanecen callados
durante unos instantes, como si deliberaran en silencio.
Por fin el primero responde:
—Vayan a la ciudad. Busquen un
montón de muertos y todos se reirán de ustedes porque son unos idiotas; eso es
evidente. Prueben en el estadio. Creo que allí se estaba jugando un gran
partido cuando ocurrió todo. Ahora... ¡lárguense!
La carreta avanza lentamente por un
ancho bulevar, entre vehículos abandonados, vegetación salvaje y edificios
derrumbados.
Alonso absorbe cada detalle de
aquel extraño mundo que contempla por primera vez desde el inicio de su
existencia. La inquietud y la tristeza se infiltran en su corazón de papel,
pero el deseo de salvar su mundo prevalece.
Por fin rompe el silencio.
—Cada día deberíamos dar gracias
por la suerte de que nuestro libro quedara olvidado en el sótano de aquella
casa de campo, lejos de toda esta tristeza. —Rocinante no responde. Tira de la
carreta como si nada de cuanto lo rodea pudiera afectarlo. Pero Alonso continúa
hablando—. Si nuestro ejemplar hubiera estado aquí, nos habríamos convertido en
vapor de tinta y papel. ¡Cómo llora mi alma por todas nuestras demás copias!
Los esqueletos dispersos que van
dejando atrás giran curiosos sus calaveras y los observan con las cuencas
vacías, horrorizados por su lamento y por la forma en que alteran la paz de la
muerte.
Ni una sola palabra ha dedicado
Alonso al mundo de los lectores, ni ha mostrado respeto por los restos de los
fallecidos.
Los gritos y los insultos comienzan
cuando una rueda de la carreta aplasta los huesos de un brazo y parte de las
costillas de un esqueleto.
—¡Podrían tener un poco más de
cuidado! —grita una calavera desde el interior de un autobús calcinado.
Otro esqueleto, doblado sobre el
escaparate de una antigua floristería, añade:
—¡Pedazos de simios! ¡Han dejado al
muerto sin brazo!
—¡Ojalá hubieran muerto entre
tormentos, malditos vivos! —resuena desde una mesa frente a una vieja
pastelería.
Alonso tira de las riendas y Rocinante
acelera al trote. Poco a poco los insultos se funden nuevamente con el
silencio. Finalmente aparece el estadio. La pareja de esqueletos del automóvil
no había mentido. Jamás había visto una concentración tan enorme de restos
humanos. El corazón comienza a latirle con violencia mientras atraviesan el
túnel que conduce al campo de juego.
Alonso abre los ojos con asombro. Rocinante
deja caer la mandíbula, como si quisiera desgarrar el silencio. Contemplan las
tribunas cubiertas por una masa interminable de huesos. Centenares de miles de
costillas y calaveras. Mandíbulas abiertas en un grito silencioso. Clavículas y
tibias esparcidas como ramas secas. Vértebras que desafían el paso del tiempo. Dedos
que sobresalen entre los montones. Dientes dispersos como fragmentos de vidrio.
El estadio parece haberse
convertido en una arena donde los muertos luchan por recuperar la forma que un
día tuvieron.
Alonso sale de su estupor y se pone
manos a la obra.
Baja el frasco de la carreta, lo
deposita sobre el césped y desenrosca la tapa. De su interior brotan
violentamente cintas de luz multicolor. Se elevan hacia el cielo, se deshacen
en millones de diminutos destellos y empiezan a descender. El terreno comienza
a transformarse. Se convierte en una inmensa llanura castellana donde se alzan
orgullosos antiguos molinos de viento.
Alonso regresa a la carreta, se
coloca la armadura, toma la lanza y ensilla a Rocinante. Monta y, erguido con
toda dignidad, grita de manera que su voz resuena por todo el estadio.
—¡Yo soy don Quijote de la Mancha,
caballero andante, que dedica todas sus hazañas a la dama Dulcinea del Toboso!
El viento dispersa las palabras. El
silencio devora hasta el último eco. Después de unos instantes, desde aquella
inmensa osamenta colectiva llega una voz.
—¡Eres un idiota con una armadura
hecha jirones!
Una risa tímida estalla y enseguida
se apaga.
—Parece que no te toman muy en
serio, caballero —se burla Rocinante.
La risa vuelve a escucharse desde
las tribunas.
El viento, que antes se tragaba las
palabras, hace girar las aspas de los molinos, transformándolos en gigantes con
brazos tan largos como el horizonte.
Alonso aprieta la lanza, espolea al
caballo y carga a través de la llanura.
Su voz retumba.
—¡En marcha, Rocinante!
Rocinante corre más veloz que la
tormenta. La lanza se extiende como el brazo mismo de la locura. El molino
chirría furiosamente mientras espera. Una nueva ráfaga de viento levanta de
improviso un aspa, rompe la lanza y arroja al caballero al polvo. Ahora todo el
estadio estalla en carcajadas.
Alonso permanece tendido en el
suelo, convencido de que un malvado hechicero lo ha convertido en objeto de
burla. Rocinante vuelve la cabeza, relincha y la sacude con sorna. La inmensa
osamenta de las tribunas vibra bajo una ovación burlona. Alonso abandona
entonces el papel que le asignaba la historia. Se pone de pie, hace una
reverencia al público de muertos.
—Lo conseguimos, fuerza mía —le
dice al caballo—. Ahora volvamos a casa.
Por primera vez desde que habían
abandonado el libro, su locura encontraba el lugar que le correspondía dentro
del relato.
—¿Para que Dulcinea cumpla la
promesa que te hizo? —le responde el caballo, riéndose.
—No seas grosero. Ella es una dama
y yo un caballero honorable.
Rocinante lo mira y vuelve a emitir aquel mismo largo e indecoroso sonido, acompañado por un hedor insoportable. El inmenso bosque de osamentas estalla en una carcajada todavía mayor. Una risa que se extiende por el mundo como un incendio forestal. Un incendio que nunca piensa detenerse. Jamás.
Saša Robnik nació en Sarajevo en 1969 y creció en Alemania, donde se enamoró de la prosa de género: ficción especulativa y fantasía. Desde los quince años, vivió en Sarajevo hasta 1994, cuando se instaló en Novi Sad, donde aún reside. En 2010, la editorial IP Tardis publicó su colección de relatos fantásticos Anđeli na kocki šećera, que entrelaza motivos urbanos y folclóricos. Sus obras están representadas en las revistas Znak Sagite, UBIQ, Balkanski književni glasnik y Omaja, así como en las colecciones Zbirka V – fantasticne priče iz ravnice, Nešto diše u mojoj torti, la colección de Istrakon, Apokalipsa laži, y en la colección digital Izvršenje pravde, traducida a varios idiomas. Su nuevo libro, Fantazam mastila i hartije, una novela fantástica con elementos de metaficción, se encuentra actualmente en proceso de impresión.



