Traian Urdea
Golpeo la pelota
delante de la casa con mi pequeño nieto. Tiene cuatro años y es muy serio en
todo lo que hace. Enviamos “voleas” que aterrizan en el tejado.
—¡Más alto, y más alto! —grita
decidido.
Como es liviana, él también puede
enviarla hasta el alero. Cuando le llega el turno de patear, se concentra, se
autoproclama Superman, Spiderman o Batman y, después de dos o tres fallos,
golpea la pelota con una fuerza sorprendente para un chiquillo que todavía
pronuncia mal las palabras. Junto con ella, de vez en cuando también sale
volando su zapatilla, y tengo que traer la escalera del cobertizo para bajarla
del techo.
—¡Más alto, más fuerte! —grita él.
Y la pelota desciende desde la
cresta de la casa rebotando sobre las tejas con sonidos de xilófono. Es
demasiado pequeño para verla y la espera tenso, aguardando que caiga cada vez
en un lugar distinto del patio; corre a abrazarla y, sorprendido, estalla en
carcajadas.
Hace calor. Es pleno verano. El día
anterior fue la fiesta de su cumpleaños. Los globos llenos de helio, atados al
suelo de la terraza, se mecen con la brisa como el penacho de una anémona de
mar y, entre ellos, aparece mi mujer sacudiendo una camisa en lo alto de la
escalera de entrada a la casa.
—¡Tengan cuidado de no tirar una
teja del techo! ¿Qué están haciendo ahí?
—Estamos lanzando la maza hasta las
nubes —digo yo.
—El martillo de Thor —me corrige
Maxi.
Mi mujer, Lili, deja de sacudir;
con los brazos caídos, los bordes de la camisa se acomodan sobre los escalones
como un telón.
—¡Maximilian! —A ella le gusta
pronunciar su nombre completo, y el niño deja de correr y espera atento—.
Maximilian —vuelve a gritar, mientras el viento le revuelve el cabello y deja
su rostro completamente al descubierto.
—¿Sí?
—¿Sabes lo que es una maza?
Él sonríe, se le ilumina la cara.
—¿No? —dice.
—Explícale al niño para que
entienda, querido.
—Luego se lo explico dentro de
casa, le mostraré mejor una foto.
No tengo ganas de detenerme en
medio de la acción para dar explicaciones eruditas.
—Dijo que quiere ser ingeniero
cuando crezca, tiene que saberlo —dice ella.
—¡Oye! —le grito—. Los ingenieros
más bien hacen martillos.
—Entonces explícale cómo se
fabrican los martillos —insiste ella.
—Es un martillo encantado —me apoya
Maxi.
—¿Ves? —digo—. Los martillos
encantados los hacen los dioses, no los ingenieros.
—Díselo ahora, por favor.
Frunce el ceño, sacude una vez más
la camisa y se dispone a entrar en la casa.
Apenas logro enviar una vez más la
pelota al aire cuando aparece la madre del chico.
—Maxi, ¿quieres comer?
—No —responde él con voz apagada.
—Vamos, solo un poquito, por favor.
—Más tarde, ¿sí? —suplica él—.
¡Espera! —agrega.
Y me tira de la manga para quitarme
la pelota de los brazos.
Las manos de los niños son
extraordinarias. Instrumentos frágiles, suaves, aterciopelados, delicados, pero
extraordinariamente fuertes. Y aunque al oír su exclamación “¡Espera!” espero
que me empuje, él me tira hacia sí con los dedos aferrados a la manga de mi
camisa y me desequilibra; el botón del puño sale volando y se oye cómo cae
sobre el suelo de baldosas con un tintineo repetido, como una uña golpeando el
borde de una taza de leche.
—¡Es mi turno! —me reprocha.
Con la pelota en brazos, corre
demasiado atrás para tomar impulso. Tiene un gesto serio, decidido; vestido con
su camiseta de Superman y las zapatillas con el martillo de Thor dibujado en
las punteras, parece poseído por superpoderes. Pero al llegar a la línea de
tiro se queda sin aliento y la pelota apenas sube hasta el borde del techo y
rueda perezosamente hasta el alero.
Me siento en una silla jadeando y
demoro lo más posible traer la escalera, tratando de recuperar un poco el
aliento. Él se sienta a mi lado y empieza a balancear las piernas.
—Vamos a acostarnos — dice después
de unos minutos—. Estamos cansados.
En el dormitorio comienza una nueva
ronda de travesuras: quién se viste más rápido con el pijama, yo con sus
pantalones, él con los míos. Quién consigue el mejor lugar en la cama: él en mi
sitio, yo en ninguno, porque mi lugar siempre queda ocupado antes de que llegue
a tocarlo.
Luego, cuando por fin logro
acostarme, deja de saltar en la cama como si fuera un trampolín.
—Vamos —me propone—, te leo un
cuento para que puedas dormirte.
Elige de la biblioteca un libro
grueso que apenas puede cargar. Cuando lo abre sobre la cama, observo que es un
manual de matemáticas especiales. Pasando varias páginas de golpe, empieza a
contarme una historia con toda calma, deteniéndose largo rato en la página
abierta, recorriendo con el dedo las filas de caracteres y usando palabras que
no entiendo. Acentúa las palabras, balanceando la cabeza hacia adelante y hacia
atrás, silabeándolas.
—Todos: diez, treinta, setenta —recita.
Y con los ojos muy abiertos hace
girar las manos, como si no lograra abarcar con palabras la totalidad de todos
esos “todos”.
Intento imaginar la acción a partir
de la sucesión de ecuaciones diferenciales.
A la página siguiente del cuento
llega pasando una docena de páginas de una vez. Empieza de nuevo a murmurar
palabras indescifrables, borrando con el dedo fracciones y logaritmos.
—¿Quieres que te cuente un cuento? —le
pregunto haciendo un inútil intento por distraerlo—. Cuando era pequeño me
gustaban mucho.
Me escucha con seriedad.
—¡Espera! —dice luego—. Tengo que
terminar la historia del superhéroe.
Bien. De todos modos me siento
frustrado. Sus cuentos están demasiado tecnologizados y los míos son arcaicos.
Así que cuando pasa el último
montón de páginas, lo apuesto todo a la carta de un personaje como los de los
cómics: ¡Greuceanu!
—Había una vez, hace mucho tiempo…
Había un emperador llamado el Emperador Rojo, algo distraído y atolondrado, muy
triste porque, mientras estaba de visita en casa de sus abuelos, unos dragones
le habían robado el Sol y la Luna del cielo. Entonces el valiente Greuceanu, al
verlo tan triste, y siendo misericordioso por naturaleza, decidió devolverlos
al cielo del castillo. Partió con tanta velocidad que el Emperador solo alcanzó
a preguntarle esto:
—¿Y qué superpoderes tienes,
valiente?
—Tengo un solo poder: ¡nunca me
rindo!
Pero Maxi no escucha: gira la
cabeza hacia el televisor, atento a lo que ocurre en la pantalla.
—¿No te interesa el cuento?
Con los ojos fijos en la televisión
sonríe torcido.
Cuando pronuncio la última palabra,
le soplo aire bajo el cuello. Solo se aparta, no dice nada.
—Oye, ¿qué haces?
Le sacudo el hombro, pero él
intenta quedarse rígido.
—¿Quieres que te cuente más? ¡Dime!
—Con el dedo índice sigo la silueta de su espalda y se sacude gruñendo—. ¿Qué
pasa, por qué estás molesto?
Lo agarro por la cintura y finjo
morderlo. Empieza a reírse.
—Ese no es un cuento interesante
—me dice—. Es aburrido.
—¿No te gustó cómo lo conté?
Se vuelve hacia mí serio,
pronunciando las palabras despacio.
—No. ¡Pero no me interesa! Es
a-bu-rri-do. —Y mostrando los dientes remata—: ¡Eso es todo!
—Bien, entonces cuéntame tú un
cuento.
—No me dejaste terminar. Mi
historia no está terminada. Mi superhéroe es diferente.
—Oh, vamos, cuéntala hasta el
final. ¿Por qué no me avisaste? Mira, te escucho.
Salta de la cama, toma de la
biblioteca otro libro de matemáticas, arroja sobre la cama los lápices de
colores y empieza a dibujar líneas quebradas: primero azul, luego rojo y verde.
Tira el lápiz después de usarlo, preocupado por no perder la fluidez del
dibujo. De vez en cuando abre el libro al azar, parece consultarlo, corrige una
línea con varias letras z superpuestas, suspira y susurra:
—Casi olvidé escribir.
Cuando termina, me muestra la hoja
y “lee”, borrando el dibujo con el dedo índice de principio a fin:
—¡Megapascales!
Este pequeño es todo un personaje.
De verdad tiene superpoderes: aprendió inglés solo mirando videos en YouTube,
donde buscaba soluciones para los rompecabezas de su consola. Así que le
aseguro que “megapascales” es una palabra muy hermosa. Es la unidad de medida
de la presión.
—¿Y del viento?
—Sí, también del viento. Si sueltas
un globo en el patio, la presión del viento lo empujará cada vez más lejos de
la casa.
—Pero volverá a casa, ¿no?
—Pues no creo que sepa regresar
solo. No es tan listo.
—¿No sabe cómo me llamo?
—Buena idea —digo—. Vamos a soltar
un globo, le decimos cuál es tu nombre y volverá a buscarte. ¿Quieres?
—¡Sííí!
Salimos corriendo al patio. Su
madre nos oye y grita:
—¡Maxi, ponte los zapatos! ¡No
salgas descalzo!
Maxi agarra uno de los globos.
—¡Lo sueltas y volverá volando
hacia mí! —dice.
Me da risa.
—Bien —digo—. Vamos a ayudarlo.
Tomo el rotulador y escribo tu nombre en él, ¿de acuerdo? —Mientras caligrafío
en letras grandes, me mira con tanta inocencia que tengo la impresión de que
todo el mundo a nuestro alrededor –los árboles, las flores, el techo de la casa
y los demás globos– se le escapa por los ojos directamente al alma. Le digo—: Mira,
también escribiré mi número de teléfono; si no se las arregla para volver,
puede llamarme y lo ayudo.
—¡Buena idea! Si yo estoy en el
jardín de infancia, el globo te llamará a ti y tú le dirás a qué hora llego a
casa. ¡No tires el papel! Te dibujé dónde va a llegar el globo, ¿sí?
Suelto el globo, él lo libera. Luego
Maxi y yo nos damos la mano como después de un trabajo bien hecho y nos vamos a
dormir. Me quedo dormido pensando en su mano frágil aferrada suavemente a la
mía.
Dos días después suena el teléfono
y responde mi mujer. Dice que un ingeniero de Iași que asegura llamarse
Maximilian encontró un globo enganchado en la barandilla de su balcón con mi
número de teléfono escrito en él.
—¿Qué día es hoy? —le pregunto.
—Miércoles.
—Los globos llenos de helio no
flotan más de tres días y en ningún caso recorren setecientos kilómetros.
¿Entiendes?
—Pensó que alguien intentaba
enviarle un mensaje —responde ella con calma—, así que decidió buscar una
explicación, eso me dijo.
—Es una broma de la madre del niño
—digo—. ¡Es imposible!
—Parecía bastante serio. ¿Por qué
crees que alguien querría bromear con esto? Además, está el niño de por medio.
¿Te parece normal?
—Hay un montón de sociópatas en el
mundo que solo piensan en sí mismos. Mendigan, roban, mienten, engañan. Lo que
sea necesario para sentirse bien con el mínimo esfuerzo o para complacer a
alguien a cambio de algo.
—Eres cínico.
—Yo estoy aquí llorando por ese
globo, todo desinflado, clavado en el balcón de ese tipo. ¿Estaba pinchado? No
lo creo. O tal vez tenga un pitbull en el balcón que se encargó de él; de otro
modo habría llegado más allá del círculo polar, clavado en la punta de la
tienda de un inuit.
Me mira con los ojos muy abiertos.
—¿De dónde tenía ese hombre tu
número de teléfono? —Me pregunta casi en un susurro.
—¡Salud para la familia! —digo. Luego
admito que lo escribí yo, jugando, junto con Maxi.
—¿Quién te mandó a enviar tu número
de teléfono por ahí? ¿Te sorprende que la gente te llame? ¡Dios mío, qué
tontería hiciste!
—¿Recuerdas cómo la madre del niño
daba vueltas alrededor de nosotros el domingo? —digo—. Oyó lo que le contaba al
niño en el dormitorio y ahora se está burlando de nosotros.
Pasan unos minutos y vuelve a sonar
el teléfono.
—¡Hola! ¡Soy Maximilian! —declara una
voz de adolescente.
—Sí, claro. —Le corto.
Inmediatamente vuelve a sonar. La
tercera voz parece la de un anciano; no me atrevo a reprenderlo, solo le
cuelgo.
Miro hacia el techo y levanto el
puño, como si pudiera ver allí a la madre del niño encaramada.
—¡Eh, señora! ¿Perdiste la cuenta
de los que metiste en esta comedia? —grito.
Mi mujer tiene una mente analítica
y no se rinde fácilmente. Durante un rato tamborilea con los dedos, luego me
quita el teléfono suavemente de la mano, observando cómo reacciono, y se va a
la cocina. Habla durante media hora; por el tono de su voz me resulta familiar
la forma en que interroga a alguien, preguntando y volviendo a preguntar,
hablando a veces con calma, a veces elevando el tono.
De todos modos la conversación me
parece inútil y demasiado larga, así que le grito:
—¿Y no nos enviará también unas
fotos de su juventud?
Lili aparece en el marco de la
puerta con el dedo índice sobre los labios.
—¡Calla un momento!
Al final, el tipo insiste en que
nos reunamos con él la semana siguiente. Es ingeniero de sistemas y tiene
treinta años. También es rubio, con ojos azules. Su segundo nombre también es
Ayan y nació el mismo día y mes que Maximilian, lo cual sería impactante si resultara
cierto. Lili está tan entusiasmada con el resultado de su investigación que me
da toda la noche una serie de conferencias sobre las leyes del azar.
—No puedo lanzarme de un acantilado
—le digo al final—, porque, oh my God, tengo un millón de posibilidades
de adelgazar dos kilos.
Y abro una cerveza.
En la televisión anuncian que un
meteorito con el peso de un niño de cuatro años había golpeado la Luna con la
fuerza de treinta bombas atómicas; la explosión tuvo la luminosidad de una
estrella de magnitud cuatro. Bueno, ¿y qué?
El primer shock lo
tengo cuando nos conocemos y nos estrechamos la mano. Los hombres usan las
manos para conocer el mundo del mismo modo que los perros usan el olfato.
Nuestra mano es un órgano sensorial con una memoria dedicada a eso. Una memoria
afectiva.
Una mano firme inspira confianza,
revela una persona abierta, posiblemente sincera, mientras que una mano blanda
sugiere un carácter oculto.
Hace tiempo conocí a un muchacho de
Iași, joven y apuesto, pero con una cara triste; parecía insomne y temeroso. Me
tendió una mano húmeda y blanda. Mantenía los dedos juntos como si intentara
transferirte una rana a la palma. Más tarde oí que estaba enfermo. Hablando con
él descubrí un personaje tímido y retraído, no uno arrogante como cabría pensar
en el caso de quienes ofrecen una mano muerta. Espero que aún viva.
La mano de Maxim, el hombre que se
presenta como Maximilian Ayan, es blanda y frágil, igual que la de un niño. Me
mira a los ojos, dejándome abarcar su palma por completo, preocupado de que no
sea aplastada por un apretón que ya se insinúa demasiado firme en mi rostro.
Recuerdo el apretón de manos
después de liberar el globo, cuando Maxi y yo sellamos el envío del mensaje al
éter. La sensación es similar y, al observar su rostro, descubro la misma cara
luminosa, con ojos pequeños y húmedos y los labios alargados en una sonrisa
tranquila que le da un aspecto de felicidad sin fin, de la cual puede repartir
a todos sin quedarse sin nada.
El parecido es sorprendente,
reforzado por el apretón de manos.
Lili le ofrece un té que él bebe
mirándonos después de cada sorbo por encima de la taza. Al principio mantiene
los ojos casi cerrados, luego parece evaluarnos de una manera profesional.
—Aprecio mucho que me hayan
recibido en su casa. Son buenas personas, igual que Maxi.
Mientras habla, sus cejas se
levantan de forma extraña sin alargarle el rostro, como si estuvieran montadas
en un decorado y alguien las manejara desde atrás con un hilo.
—¡Qué cejas tan hermosas tiene!
—exclama mi mujer, mirándolo con admiración—. ¡Y el cabello color del maíz!
—¿Han oído hablar de la teoría de
los seis grados de separación? —pregunta—. Al participar en un proyecto de
redes sociales tuve la oportunidad de probarla. Me propuse enviar un mensaje a
cualquier persona desconocida del mundo usando como máximo cinco
intermediarios, de los cuales solo uno es conocido mío. Hoy en día no es difícil:
el mundo es pequeño, hay muchas redes sociales y los resultados no son
difíciles de prever.
—El mundo está construido con
clichés —añado yo.
—¡Exactamente! Se puede imaginar un
juego global en el que los jugadores sean todos los habitantes del planeta. No
es difícil. Vivimos en un mundo de redes sociales. Podrías descubrir muy
fácilmente dónde vive una persona a la que no ves desde hace mucho tiempo. Pero
¿pueden encontrarse las personas del futuro con las del pasado? Esa sería la
verdadera demostración de que la teoría de las redes humanas es válida.
Mientras habla de la longitud del
camino entre dos nodos de comunicación y de los grados de separación, sostiene
el teléfono en la mano y desplaza el dedo pulgar por la pantalla.
—Mira —dice mi mujer con los ojos
húmedos y una expresión de veneración— qué sincero es. Vio que nosotros también
somos así. Mi corazón lo reconoce, no envejeció conmigo.
—Pues sí, si mi corazón dice que
sí, sí; si dice que no, no —El hombre habla con voz apagada, inclinado sobre el
teléfono—. Digo exactamente lo que pienso, lo que siento, lo que me surge. Creí
que ustedes también eran así, que no se burlarían de mí.
Se endereza.
—Quizá, a veces…
Sonríe.
—No lo sé.
Empieza una conversación con
alguien en la pantalla en inglés. Parece un juego erótico lleno de dulzuras y
tonterías infantiles, pero forzado. Más que intentar conquistarla, parece estar
interpretando un papel. Introduce una serie de emoticones, luego mira
sorprendido a Maxi, que también está presente.
—No debería comentar más desde el
teléfono. Parece que tengo retraso. Es absurdo.
—Adelante —le digo—. No nos
molesta. Habla con quien tengas que hablar.
—No… mejor me detengo. No es nada
urgente. A mi exnovia le gustaba drogarse. Le gustaba drogar a su gato y le
habría gustado drogarme a mí también.
—¡Genial! —exclamo.
—No sabe odiar, no sabe juzgar. Es
puro amor y ama todo lo que encuentra. De vez en cuando nos comunicamos.
Lo dice con un tono suave y
relajado, pero golpeando rítmicamente el suelo con los pies.
—Yo vi cómo estabas escribiendo ahí
—dice Lili con afecto—. Pero ¿qué tiene de malo que te ame? Deberías alegrarte.
Todas las personas quieren ser amadas. Dale una oportunidad. Intenta mirar
dentro de tu alma; seguro que escondiste allí tus sentimientos. El amor no
puedes perderlo.
—¡Pero no me interesa! Es
a-bu-rri-do. Solo intento ayudarla. —Y mostrando los dientes remata—. ¡Eso es
todo!
Mi mujer frunce el ceño. Las
pupilas se le dilatan de sorpresa. Con una mueca en la comisura de los labios,
respira hondo y presenta a Maxi con un tono distinto.
—¡Miren! ¡Él es nuestro héroe! ¡Él
lo trajo hasta nosotros! ¡Es un verdadero superhéroe!
Maxi mantiene las manos juntas
entre las rodillas. Con una sonrisa melancólica en el rostro, sentado e
inclinado hacia adelante, ríe. No ríe a carcajadas. Su risa es como agua que
está a punto de desbordarse, como un llanto silencioso sin sollozos, y él la
mantiene encerrada allí. Por culpa de esa risa que quiere salir, tiene los ojos
llenos de lágrimas.
—Ajá —dice el señor Maxim—.
Entonces yo soy tú y tú eres yo. ¡Encaja perfectamente! Pero no entiendo cómo
me encontraste, si llevo meses esperando encontrarte y tú lo lograste tan
fácilmente.
—Lo calculé en los libros de mi abuela
—dice Maxi con voz ahogada.
—Yo vi que hacía algo con mis
manuales de matemáticas de la universidad, pero no entendí qué estaba haciendo.
—Mi mujer estudió informática y
este pequeño nació matemático —digo—. Está entrando en su quinto año de vida
académica.
—Es un superhéroe —dice Maxim—. ¡Es
mi superhéroe! Él logró encontrarme mientras yo no consigo contactar con
ninguno de todos los demás.
Con los ojos muy abiertos gira las
manos en el aire, como si no pudiera abarcar con palabras la totalidad de esos
“todos”.
—¿Has oído hablar de la teoría de
los seis apretones de manos? —le pregunta.
El niño sonríe, se le ilumina el
rostro.
—¿No? —dice.
—Supongamos que quiero conocerte y
encontrarme contigo. Solo sé cómo te llamas y cuál es tu aspecto. Si envías la
foto de una persona desconocida a través de una cadena de seis amigos o
conocidos, tu mensaje llegará a esa persona. Pero si me tomo una foto y
comienzo la búsqueda… ¿me encontraré a mí mismo? ¿Existen otros yo?
—¿Existen? —dice Maxi, levantando
las cejas.
—Eso es. No lo sé. Tal vez sea una
coincidencia. No pueden existir al mismo tiempo dos personas con edades
distintas. Y si nos encontramos viniendo de universos diferentes y de tiempos
distintos, ¿nos daremos cuenta? Todo ocurre en nuestra mente. Puede ser un
sueño que no puedes distinguir de la realidad.
—¿Tú ahora estás soñando? —pregunta
Maxi, separando las sílabas con el movimiento de la cabeza.
El señor Maxim estalla en
carcajadas y agita la mano.
—Si supiera cómo hiciste el
cálculo, quizá lo entendería.
—Él logró incluso más —intervengo—.
Aquella noche mi teléfono no dejó de sonar. Un montón de individuos se creían
Maximilian; fui víctima de un delirio mesiánico.
Entonces aparece mi mujer colocando
algo sobre la mesa.
—Vamos, léelo otra vez para el
señor Maxim —dice—. Te traje aquí el libro de matemáticas.
—¿Qué debo leer? —se confunde el
niño.
—La historia del superhéroe, como
me la leíste a mí —digo—. Vamos, puedes hacerlo, no la habrás olvidado.
Entonces el señor Maxim se sienta
junto al niño, abre el libro y empieza a leer él. Recorre con el dedo las filas
de caracteres, produciendo sonidos que representan los símbolos y letras
impresos, pero de forma mezclada e incomprensible. Acentúa el tono, silabeando
palabras y balanceando la cabeza. A veces entona, luego alza la voz y la
modula.
Maxi entra en el juego y balbucea
junto a él las palabras incomprensibles; sus voces se superponen, desplegándose
grandiosas o arrastradas, sincronizando pausas y cadencias, una cristalina y la
otra profunda, en una coreografía compleja.
Luego los dos recitan juntos.
—Todos: diez, treinta, setenta.
Con los ojos muy abiertos giran las
manos en el aire y se detienen.
—En cambio no le gustan los poemas
infantiles ni los cuentos —digo—. Pero sabe contar, sumar y restar. Hace
cálculos bastante complicados. ¡Pero leer no sabe!
—Qué extraño se ha vuelto todo
—dice Lili—. Vamos, hazles una foto.
La segunda revelación me llega
cuando los dos se acercan para entrar en el encuadre. Maxi con su chándal y sus
calcetines azules con rojo; el señor Maxim con vaqueros y camiseta de manga
corta.
Mi mujer me toma la mano.
—¡Qué bien se ven juntos! ¡Y qué
bonito han leído!
—¿Cómo sabes lo que dijeron? —le
pregunto—. No entendiste nada.
—Me gusta cómo suena.
Cuando me dispongo a accionar el
disparador de la cámara, veo en el encuadre el estampado de la camiseta y corro
a la caja donde guardo todo tipo de “locuras” producidas por el pequeño.
El dibujo que Maxi garabateó aquel
domingo y que yo conservo como recuerdo es idéntico al diseño de la camiseta
del visitante.
—Es una canción —dice el señor
Maxim, intrigado por mi reacción—. Él canta las ecuaciones matemáticas. No
necesita entenderlas; siente su música. Es algo instintivo, igual que el arte
se manifiesta instintivamente en algunos niños sin que conozcan las teorías que
lo explican.
Le muestro el dibujo y parece no
reconocer la similitud.
—¡Sorprendente! ¿Hizo esto mientras
leía? ¡Lo dibujó en colores! Es un espectáculo de música y magia.
Me doy cuenta de que no reconoce el
dibujo. Repite demasiado ciertas frases y, al mirarlo con más atención, puedo
percibirlo tanto a los diez años como a los setenta. Habla como suelo hablar
conmigo mismo: doy vueltas alrededor de un tema y luego la imaginación intenta
complacerme inventando historias por las que me dejo dominar. Un artefacto del
estado de semiconsciencia.
Podría imaginar una impresora 3D
que lo construye con materiales biodegradables, incluso comestibles. ¿Por qué
querrías soñar personajes hechos de materiales resistentes? Podría incluso
comérmelo, amistosamente, como a una naranja, para despertarme tranquilo.
Podría imaginar cualquier cosa,
pero lo importante sería otra cosa.
—Mira —digo—: en algún lugar del
subconsciente siento que estoy entre el sueño y la realidad. No te preguntaré
nada ni te pediré nada. Y no diré más palabras que las necesarias hasta
quedarme sin aire en el pecho; luego puedes desaparecer. —Abrazo a Maxi y le
acaricio el cabello. Un cordón púrpura arde en el borde de sus párpados,
rodeando los ojos inundados de lágrimas. Pero no de llanto—. No me interesa
quién eres. ¡Los niños son los verdaderos héroes! Los encontramos cada día
aprendiendo a vivir en este mundo en el que nacieron y que consideramos
nuestro, de los adultos. Los obligamos a aprender nuestra lengua, nuestras
costumbres y a copiar nuestros defectos. Puedes ser él u otro. Puedes venir de
otro tiempo o de otro universo. No espero una historia llena de éxito ni una
anodina, sin resonancia. Solo una normal, sobre esa parte de la humanidad que
no puedes destruir, que con cada nuevo nacimiento vuelve a encender la
esperanza de que serán mejores que nosotros.
Me despierto y su
mano frágil está suavemente aferrada a la mía. Hace calor. Es pleno verano.
Unos mechones húmedos se le han pegado a la frente y, mientras los aparto con
la punta de los dedos, se relaja lentamente, luego me echa una pierna encima y
hunde la mejilla en el hueco de mi cuello. ¿Qué hora será? ¿Cuánto habré
dormido? ¿Habrá logrado el globo llegar a algún lugar? ¿Alguien me llamará?
Traian Urdea nació en 1963. Reside en Timișoara, Rumania. Es Licenciado en Tecnología de la Construcción de Maquinaria y Finanzas Bancarias. Miembro del círculo H.G. Wells Timișoara desde 1982. Escritor de literatura fantástica y de ciencia ficción. Debutó en la revista Paradox n.º 9/1983 con el relato «Nivelul Alb». A lo largo de los años, ha publicado numerosos relatos en las revistas especializadas Paradox y Helion. El relato «Incursiune în cotidian» se publicó en el número 12/1987 de la revista Paradox y fue premiado en la Eurocon 1987 de Montpellier.