jueves, 26 de marzo de 2026

26

Gabriel Chiriac

 

El camino hacia la Estación 4 tomaba tres horas con buen tiempo, y hoy no era buen tiempo. El viento fuerte venía del norte con un olor a hierro y ozono que no existía en la llanura hace veinte años, cuando Mara había hecho el trayecto por primera vez en bicicleta, con una caja de almuerzo atada al portaequipajes. Ahora caminaba, con una bolsa de lona gruesa cruzada sobre el pecho, y sentía cómo cada ráfaga le volteaba el abrigo hacia adentro, pegándolo a las rodillas. La tela del abrigo era marrón, casi anaranjada en algunas zonas, decolorada por el sol del verano, que ese año había sido distinto: más blanco, más alto, y de algún modo más hostil.

La llanura de Lerod se extendía plana en todas direcciones, salvo hacia el norte, donde se adivinaba una línea de colinas bajas, casi inventadas por la niebla. El suelo era de un beige quemado, agrietado en polígonos regulares, cada grieta con la profundidad de un dedo. Mara evitaba pisarlas por una costumbre antigua, formada en la infancia, y eso daba a su caminar una ligera sinuosidad que, sin embargo, nadie había notado nunca, porque nunca había nadie en la llanura.

La Estación 4 apareció en el horizonte primero como una franja gris, luego como una estructura de ángulos precisos que no pertenecían al paisaje natural. Era una construcción baja, de hormigón vertido mucho antes de la Reorganización, con paredes más gruesas en la base y una serie de rejillas de ventilación en el lado sur. Las puertas –dos, pesadas, de aluminio anodizado– estaban abiertas cuando Mara llegó, señal de que Rudo estaba dentro.

Lo encontró en la sala de calibración, encorvado sobre una caja de plástico volcada, con las manos metidas en las entrañas de un aparato de secuenciación que había desmontado hasta la placa. Rudo era un hombre de cuarenta y tantos que parecía de treinta cuando callaba y de sesenta cuando hablaba. Y hablaba mucho. Llevaba un mono de trabajo lavado tantas veces que había adquirido un color sin nombre, con un parche rectangular en el codo derecho hecho de una tela completamente distinta, negra, cosida con hilos blancos visibles. En la nuca, el cabello corto, blanquecino y amarillento, estaba pegado por el sudor, aunque afuera hacía frío.

—No tomaste el transportador de la estación —dijo sin levantar la vista.

—Lo tomó Sim para abastecimiento.

—Sim tomará el transportador siempre que pueda, porque a Sim no le gusta la llanura ni caminar, pero finge que usa el vehículo por necesidad.

Mara dejó la bolsa en el suelo, junto a un escritorio metálico sobre el que había tres termos y una serie de tubos de ensayo vacíos. Sacó de la bolsa una cápsula cilíndrica, blanca, de unos diez centímetros, y la colocó sobre el escritorio con cuidado, como si contuviera algo líquido.

—Llegó esta mañana —dijo.

Rudo levantó la mirada. Sus ojos eran claros, con una ligera asimetría; el izquierdo parecía más pequeño, o quizá la ceja izquierda estaba más caída. Se levantó de la caja, se limpió las manos en un trapo sujeto al cinturón y se acercó al escritorio sin prisa, con esos pasos amplios que le daba la costumbre de espacios estrechos.

—¿De dónde?

—No lo sé. Estaba en el sistema de recepción, sin remitente, sin ruta explícita.

—Eso no es posible.

—Ya… y sin embargo, ahí está.

Rudo tomó la cápsula. La hizo girar varias veces. La superficie era lisa, sin marcas, con una sola zona ligeramente mate en uno de los extremos, la zona de lectura. La acercó al analizador, un dispositivo negro fijado a la pared, y el aparato emitió un sonido breve, como una tos.

—Tiene materia viva —dijo.

Mara se sentó en la silla del escritorio, una silla con ruedas cuyo respaldo ya no existía, reemplazado por un soporte de alambre soldado que la empujaba ligeramente hacia atrás, obligándola a mantenerse erguida. Ya sabía que en la cápsula había materia viva. Lo había comprobado en casa, antes de salir, con la prueba simple, la de la luz roja: la cápsula había pulsado una vez, lentamente, como un corazón dormido.

—¿Puedes averiguar qué contiene? —preguntó.

—Hay que abrirla en la cámara estéril y eso requiere al menos dos horas de preparación.

—Tenemos tiempo.

—Tenemos otra cosa —dijo Rudo, y su tono había cambiado. Ya no era neutro. Había algo en él, algo que Mara reconocía tras años de colaboración: una preocupación que se negaba a admitir.

—¿Qué otra cosa?

Él dejó la cápsula sobre el escritorio y se dirigió a la estrecha ventana del muro occidental. Afuera, la llanura de Lerod era igual de impasible. Un polvo amarillento se levantaba a unos cien metros, arremolinado por el viento en espirales bajas. Rudo permaneció de espaldas a Mara y habló hacia la llanura.

—Hace cuatro días envié un informe a la Central sobre el sector seis. Degradación progresiva, disminución de la capacidad de absorción. Ya lo sabes, viste los datos.

—Sí.

—Pues bien, esta mañana, antes de que llegaras, alguien de la Central respondió a mi llamada. No del departamento con el que trabajo normalmente. Otra división. Querían saber cuántas estaciones dentro de nuestro radio están operativas y cuál es el personal activo.

Mara guardó silencio un momento, observando cómo, afuera, el viento sacudía un mechón de hierba seca atrapado entre dos grietas del suelo.

—¿Y tú qué respondiste?

—Les di los datos. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Mara se levantó, fue hacia los termos, abrió uno y sirvió en dos vasos metálicos. El líquido estaba caliente, un té marronáceo con olor a canela y algo más pesado, vegetal, que Rudo preparaba por la mañana y dejaba en el termo para que se enfriara hasta una temperatura tolerable. Le dio un vaso sin decir nada.

—La cápsula —dijo él después de beber— llega justo después de mi informe.

—O llega desde una dirección completamente distinta y es una coincidencia.

—No creo en coincidencias, y menos en la llanura de Lerod.

—No eres el único que envía informes. Hay siete estaciones activas en el sector.

—Sí, pero yo envié el único informe sobre la degradación del sector seis. Los demás no informan lo que no se quiere que se informe.

Mara había bebido la mitad del vaso. El té dejaba en la lengua un amargor seco, de tanino viejo. Pensó en las tres mañanas consecutivas en las que había ido al sistema de recepción y no había encontrado nada, y en esta mañana, cuando la cápsula estaba allí, blanca, lisa y anónima.

—¿Abro la cápsula o no? —dijo.

—Ábrela —respondió Rudo—. Solo así sabremos qué hay dentro, venga de donde venga.

La cámara estéril estaba al final del pasillo, una habitación con paredes dobles y una presión ligeramente mayor que el resto de la estación, que se sentía en los oídos al entrar como un suave taponamiento. Mara entró sola, con guantes y gafas de protección, con la cápsula en la mano. Rudo se quedó en la sala de calibración —ese procedimiento era suyo, siempre lo había sido.

Colocó la cápsula en el dispositivo de apertura, un cilindro de vidrio reforzado con un mecanismo de presión. Presionó. Se oyó un clic seco, seguido de un leve siseo de aire. La cápsula se abrió longitudinalmente en dos mitades perfectamente iguales.

Dentro había semillas.

No una, no diez. Mara las contó dos veces: veintiséis semillas, cada una en una celda separada de espuma de gel, cada una etiquetada con un número mínimo, grabado en la cápsula, no escrito. Las semillas en sí eran diferentes entre sí: algunas eran pequeñas y negras, con una superficie estriada; otras grandes, de color crema, con una cubierta mate. Dos eran rojizas, casi marrones. Solo una era transparente, o casi, de un amarillo muy pálido, como un cuarzo erosionado por el tiempo.

Mara las fotografió todas, introdujo los datos en el sistema y luego salió de la habitación con una sensación que nunca había logrado explicarse del todo y que, en la intimidad de sus pensamientos, llamaba el peso del futuro: el momento en que algo pequeño, pero con un potencial enorme y abierto a todas las posibilidades, aún no ha decidido qué será.

—Veintiséis —le dijo a Rudo.

Él estaba ahora frente al aparato de secuenciación, que había vuelto a montar parcialmente, con un cable suelto conectado a un portátil viejo cuya carcasa estaba agrietada en la esquina izquierda.

—¿Especies identificables?

—Cinco de referencia, el sistema las reconoce. Las otras veintiuna están fuera de la base de datos.

Rudo soltó el cable.

—Fuera de la base de datos significa que no existen o que nunca fueron catalogadas, o que existieron y ya no existen.

—O que la base de datos está incompleta.

—La base de datos tiene ocho millones de entradas.

—¿Y cuántas especies existían antes de la Reorganización?

Rudo no respondió. Mara sabía que él tampoco conocía la cifra exacta, porque nadie la conocía. Las estimaciones variaban tanto que se habían vuelto abstractas, como los números astronómicos: comprendidos intelectualmente, imposibles de expresar.

Se sentaron juntos en el escritorio, con las fichas fotografiadas delante, y Mara sacó de la bolsa un cuaderno de tapas de cartón y un lápiz mecánico de mina gruesa. Rudo miró el cuaderno con una expresión divertida.

—¿Tomas notas a mano?

—El sistema almacena en la nube. Y lo que está en la nube es accesible para la Central.

—¿Y el papel?

—El papel es solo mío.

Rudo asintió levemente, sin comentar. Afuera, la intensidad del viento había aumentado. Lo oían como un sonido de fondo, como una respiración continua, a través de los gruesos muros de hormigón.

Pasaron dos horas catalogando, comparando, siguiendo en un mapa antiguo de papel –sujeto con cinta adhesiva gruesa en las cuatro esquinas en la pared detrás del escritorio– las zonas de la llanura de Lerod donde las condiciones del suelo correspondían a cada tipo de semilla. Cinco de las veintiséis podrían, teóricamente, echar raíces en su sector. De las cinco especies ya catalogadas, tres habían sido declaradas extintas regionalmente seis años antes, una era endémica de una zona a dos mil kilómetros al norte, y solo una era común, una hierba de tallos rectos que Mara había visto crecer en las grietas del suelo.

—Alguien sabe qué crece aquí —dijo Rudo en un momento—. O qué ya no crece.

—O alguien sabe qué podría crecer.

—Eso es más preocupante.

—¿Por qué?

Rudo bebió de su vaso, que se había enfriado por completo. La mueca que hizo fue por la temperatura, no por el sabor.

—Porque si sabes qué crece, registras. Si sabes qué podría crecer, planificas.

Mara escribía en el cuaderno con letras pequeñas y ordenadas, sin abreviaturas. Le gustaba escribir a mano precisamente por eso, porque la obligaba a un ritmo de formulación que el teclado no exigía.

—También puedes planificar algo con buenas intenciones —dijo.

—Sí. Puedes.

El silencio que siguió no era incómodo. Era un silencio de llanura, denso, lleno de lo no dicho, y ambos lo conocían lo suficiente como para no forzarlo.

Al caer la tarde –la luz exterior se había vuelto amarilla, ese amarillo específico del atardecer en la llanura, plano y sin sombras, que lo convertía todo en fotografías sepia– Rudo fue hacia las puertas de aluminio y las abrió de par en par. El aire exterior entró de inmediato, con su olor a hierro y polvo seco y, por debajo, algo vegetal, apenas perceptible, quizá real, quizá imaginado.

—Sim regresa mañana por la mañana —dijo Mara desde el escritorio.

—Sim preguntará por la cápsula.

—Sí.

—¿Qué le dirás?

Mara cerró el cuaderno. Lo guardó en la bolsa, sobre una capa de papel kraft que cubría el fondo. Pensó en Sim, un hombre alto, con gafas de montura fina, con una precisión en los gestos que había admirado al principio y que ahora la fatigaba. Sim era correcto, entregaba informes a tiempo, no falsificaba datos, respetaba todos los protocolos. Y aun así, desde hacía unos meses, Mara sentía que Sim informaba no porque entendiera por qué lo hacía, sino porque informar era el procedimiento y el procedimiento era su seguridad.

—Le diré que llegó una cápsula de prueba, que procesamos el contenido, que los resultados están en el sistema.

—¿Y las veintiuna especies no catalogadas?

—Las veintiuna especies no catalogadas no están en el sistema. Están en el cuaderno.

Rudo se quedó en la puerta con las manos en los bolsillos del mono y miró la llanura. La luz amarilla la aplanaba aún más. A unos doscientos metros, algo se movía: un animal pequeño, quizá un pájaro, o una ilusión producida por el viento que agitaba el polvo.

—Si las plantamos —dijo, sin volverse— y prosperan, será visible. Cualquiera que pase por el sector verá que aquí crece algo que no debería crecer.

—O que regresa algo que siempre debería haber estado aquí.

—Depende de quién mire.

Mara se levantó y se colocó en la puerta junto a él. Sus estaturas eran casi idénticas, ambos de altura media, ambos con los hombros ligeramente encorvados por la costumbre del trabajo de escritorio.

—¿Sabes cuál es el problema con las semillas? —dijo Mara al cabo de un rato.

—Hay muchos problemas con las semillas.

—Solo hay uno. Que no saben lo que quieren. No puedes negociar con ellas, no puedes explicarles el contexto, no puedes pedirles que esperen un momento mejor. Pones la semilla en la tierra y ella hace lo que sabe hacer. Eso es todo.

Rudo sacó una mano del bolsillo y la llevó a la nuca, gesto reflejo, y notó que el cabello ya estaba seco.

—Quizá esa sea exactamente la razón por la que alguien envió la cápsula.

—O por la que alguien no quiere que la enviemos más lejos.

Uno de los termos –el del medio– emitió un sonido leve, de metal que se contrae al enfriarse. Ambos lo oyeron y ninguno se volvió.

Mara pensó en la semilla transparente, la de color amarillo pálido. La última que había fotografiado. La sostuvo un segundo en la palma antes de devolverla a la celda de gel, y había sentido que no pesaba nada, que era más una ausencia de peso que una presencia. Y aun así estaba allí. Existía. Alguien la había puesto en la cápsula, alguien había decidido que pertenecía a ese conjunto de veintiséis, y alguien la había enviado a la llanura de Lerod sin remitente ni ruta.

El sol llegó a la línea de las colinas del norte, o donde debía estar esa línea, ahora invisible en la niebla. La llanura se volvió violeta, luego gris, rápidamente, como una pantalla que se apaga. La temperatura descendió varios grados en pocos minutos, perceptible en las manos y en el rostro.

—¿Te quedas o te vas? —preguntó Rudo.

—Me voy. Aún tengo la llanura con luz si me apresuro. Voy a buscar mi bolsa.

Mara entró, tomó la bolsa, comprobó que el cuaderno estaba bien sujeto bajo el papel kraft. Vio sobre el escritorio las dos mitades de la cápsula, traídas antes de la cámara estéril. Las tomó, sin saber por qué, y las guardó en el bolsillo exterior de la bolsa. Las mitades ya no podían cerrarse, pero podían mantenerse juntas con la mano, y Mara ya las sostenía.

Salió. Rudo seguía en la puerta.

—Si llega algo más al sistema de recepción —dijo ella—, no lo abras tú solo.

—No abrí esta cápsula yo solo.

—Tú no la abriste en absoluto.

Él asintió. Mara echó a andar por la llanura con su paso característico, evitando las grietas del suelo con esa sinuosidad de la que no era consciente. La estación quedó atrás, primero reconocible por sus ángulos precisos, luego una franja gris, luego nada.

La llanura estaba vacía y al mismo tiempo no lo estaba, porque bajo la capa de beige quemado, en esas grietas regulares, en ese polvo con olor a hierro, se encontraba todo lo que había sido alguna vez y todo lo que podría haber sido si las condiciones se hubieran alineado de otro modo, en otro momento, con otras decisiones tomadas por personas que ya no existían.

Mara caminaba con la mano sobre el bolsillo exterior de la bolsa, sintiendo la forma de la cápsula vacía a través de la tela gruesa. Pensó en las veintiséis celdas de gel, en las veintiséis semillas que había dejado en la cámara estéril, en el dispositivo de vidrio reforzado, sobre una bandeja metálica. Pensó en la tierra agrietada bajo sus pies. Pensó que no había tomado ninguna decisión y que quizá precisamente esa era la decisión.

Gabriel Chiriac se graduó en la Facultad de Teología Ortodoxa "Dumitru Stăniloae" de la Universidad "Al. I. Cuza" (Departamento de Arte Sacro) de Iași, con una especialización en libro-documento y una maestría en la misma área. Es restaurador experto de madera en el Centro de Investigación y Conservación-Restauración del Patrimonio Cultural del Complejo del Museo Nacional "Moldova" en Iași. Asimismo, es experto acreditado por el Ministerio de Cultura en la conservación del patrimonio cultural nacional y en la conservación-restauración de la madera de monumentos arquitectónicos populares. Debutó como autor en 2009 en la editorial Junimea de Iași con la novela histórica «Invierno con copos de nieve sangrientos» (reeditada en 2020 por la editorial SedCom Libris de Iași), seguida de otras dos novelas de temática histórica: «El león alado» (Junimea, 2011) y «Niebla roja en Crimea» (Junimea, 2014). En 2024, también en la editorial Junimea, publicó el poemario «Kerouac Blues». Ha publicado poesía y prosa breve en Planeta Babel, Rexpublica, Meridianul Timișoara, Lettres Capitales, O mie de semne, Noise Poetry, Helis, Zugzwang y Ficțiunea.

 

ARGUS PARPADEA

Paul Di Filippo

 

Mi gato me estaba observando en mi estación de trabajo.

Y también lo hacía todo el mundo.

Hoy en día todos vivimos en un Panóptico en tiempo real.

Gracias a ARGUS.

ARGUS era el Archivo de Sensorios Globalmente Subidos, y contenía cada segundo de lo que cada persona en la Tierra veía u oía, incluso mientras dormía. Un conjunto de cámaras y micrófonos del tamaño de una garrapata de ciervo, alimentados por la captación de energía ambiental e incrustados justo bajo la piel de cada individuo, se encargaba de la grabación continua e involuntaria.

Las cámaras y los micrófonos se asemejaban a un pequeño tatuaje facial, generalmente uno en cada mejilla para el procesamiento estéreo. El diseño predeterminado del fabricante era un Ojo de Horus iconográfico, pero casi nadie entre los ocho mil millones de ciudadanos se quedaba con ese diseño.

Habiendo crecido con ARGUS, nunca tuve verdaderas quejas, especialmente porque hacía posible mi trabajo actual.

Pero entonces llegó aquel día perturbador…

Me llamo Ross Strucker, y soy un autor.

Convierto las vidas de personas comunes en arte.

O lo hacía, hasta que dejé para siempre mis herramientas digitales.

El día en que ARGUS parpadeó, estaba componiendo un thriller romántico. Intentaba, sin éxito, encontrar una toma en los archivos de ARGUS que incluyera a mis dos protagonistas desde una tercera perspectiva. Eso suele ser difícil cuando solo están presentes las dos personas en cuestión, mirándose entre sí. Muchas veces puedo encontrar imágenes de cámaras de vigilancia que hacen el trabajo. Pero esta vez no había ninguna.

Así que, de mala gana, recurrí a imágenes de cámaras de mascotas.

Por lo general no me gusta usar material de los Ojos de Horus instalados en perros, gatos, palomas y otros animales, ya que con frecuencia presentan ángulos extraños y cambios bruscos de enfoque. Pero esta vez encontré algo adecuado.

Satisfecho pero cansado, hice una pausa y consideré mi paleta de elecciones narrativas posteriores. Después de todo, ARGUS ofrecía tanto de donde elegir.

El mundo entero en una gema.

Los muchos, muchísimos petabytes que componían ARGUS estaban replicados en sitios redundantes; cada depósito consistía en sesenta kilogramos de diamante de memoria artificial, cuya red de carbono-12/carbono-13 apenas estaba llena a la mitad tras cincuenta años de entrada global.

La transmisión inalámbrica, instante a instante, desde los Ojos de Horus de cada individuo, etiquetada con un identificador cívico único, fluía de manera constante hacia el propio ARGUS, fusionándose con el flujo vital acumulado del ciudadano.

La abrumadora mayoría de los datos de ARGUS era de código abierto.

La privacidad y el secreto habían muerto en cuanto ARGUS entró en funcionamiento.

Cualquier cosa que una persona supiera o experimentara podía ser conocida –y utilizada– por cualquier otra.

Mi gato saltó a mi regazo, buscando una atención que en realidad no podía darle. Estaba demasiado ocupado reflexionando sobre los destinos de mis personajes, preguntándome cómo podía mejorar el vasto tapiz de realismo bruto contenido en ARGUS.

El “material” (los autores preferimos el término a la antigua) que cada ciudadano proporcionaba era etiquetado automáticamente con una multitud de descriptores para cada segundo, identificando su contenido de mil maneras diferentes. Los motores de recuperación con dominio semántico podían traer selecciones sin esfuerzo según su contenido habitual.

—Muéstrame qué cené hace un año en este mismo día.

—¿Qué está haciendo ahora mismo mi exesposa?

—¿Quién se reunió con el Emir de París a las diez de esta mañana?

—¿Cuándo fue la última vez que mi hijo se bañó?

—¿Qué atuendo planea usar Steffi Chubb esta noche en los Premios Vaticanos en Lagos?

Pero mi kit especial de autor, compuesto por agentes estéticos semiinteligentes, me permitía seleccionar material con criterios más arcanos.

—Muéstrame un conjunto de respuestas irónicas a planes fallidos.

—Muéstrame un conjunto de soñadores nostálgicos en entornos bucólicos.

—Muéstrame un conjunto de lugares que transmitan desuso mezclado con amenaza.

—Muéstrame un conjunto de orgasmos reprimidos.

A partir de la materia prima extraída de las profundidades de ARGUS y desplegada en mi monitor Coldfire del tamaño de una pared, ensamblaba narrativas e historias.

Mi trabajo se situaba a medio camino entre los montajes oníricos y surrealistas de autores como The Culling House Collective, Armand Akimbo y los gemelos Voest, y los documentalistas como Nilda Osborne, Focal Length Unlimited y Informavore.

Justo entonces, mi gato decidió que no obtendría ningún afecto de mí, y en su lugar optó por observar el monitor de ARGUS con curiosidad felina, mirando la pantalla como si realmente comprendiera las imágenes en constante cambio de sus congéneres animales que se mostraban allí.

Por un impulso juvenil, decidí crear un efecto de “sala infinita”, el simple resultado de cualquier cámara apuntando a un monitor en vivo que acepta la señal de esa misma cámara.

Ya estaba en el área de cámaras de mascotas de ARGUS, así que fue sencillo abrir una ventana hacia el flujo vital de mi gato.

Pero en lugar de la sala infinita, vi algo imposible.

En mi pantalla apareció una imagen de mi gato mirando hacia fuera desde mi monitor, como si los Ojos de Horus integrados en él estuvieran transmitiendo una imagen desde un espejo.

¿Qué estaba haciendo ARGUS? ¿Qué fallo desconocido podría explicar aquello?

Y entonces lo comprendí.

ARGUS nos estaba devolviendo la mirada.

Los flujos vitales digitalizados dentro del titánico archivo habían adquirido conciencia por sí mismos. El simulacro del mundo había superado un punto crítico de densidad informativa.

Me sentí mareado, a punto de desmayarme. Cerré los ojos.

Cuando los abrí, el imposible gato que miraba con inteligencia había sido reemplazado por la sala infinita que esperaba.

Aburrido, mi gato saltó al suelo y el punto de vista en movimiento del monitor cambió en consecuencia.

Apagué mi sistema apresuradamente.

Y aún no lo he vuelto a encender.

 

—Con agradecimiento a Charles Stross y Rudy Rucker, por sus aportes fundamentales sobre registros de vida y cajas de vida.

Paul Di Filippo nació el 29 de octubre de 1954 en Woonsocket, Rhode Island, Estados Unidos. Es crítico literario y escritor de ciencia ficción. Ha trabajado para las revistas Asimov's Science Fiction, The Magazine of Fantasy & Science Fiction, The New York Review of Science Fiction e Interzone. Su historia corta "Kid Charlemagne"; publicada en Amazing Stories, fue nominada al Premio Nébula al mejor relato corto en 1987. También, su historia corta "Lennon Spex" fue nominada al mismo premio en 1992, la novela corta "Karuna, Inc." fue nominada al Premio Mundial de Fantasía en esa categoría en 2002 y la novela Un año en la ciudad lineal (2002) fue nominada al Premio Hugo. Ha publicado The steampunk trilogy (1995), Destroy All Brains! (1996), Ribofunk (1996), Fractal Paisleys (1997), Lost Pages (1998), Joe's liver (2000), Strange Trades (2001), Neutrino Drag (2001), A mouthful of tongues: her totipotent tropicanalia (2002), A year in the Linear City (2002), Fuzzy dice (2003), Spondulix (2004), Harp, pipe and symphony (2004), Creature from the Black Lagoon: time's black lagoon (2006), Cosmocopia (2008), Roadside Bodhisattva, (2010), A Princess of the Linear Jungle (2011) y The big get-even (2018), entre otros.

 

FACTOR COMÚN

Sergio Gaut vel Hartman

La casa no estaba mal. Tal vez tenía más habitaciones de las necesarias y un carácter lúgubre que podría corregirse con flores y plantas y algunos chicos corriendo por los pasillos y el patio. Me pregunté si tendría ocasión de hallar algo mejor y también a cuantos otros empalagosos vendedores inmobiliarios tendrían que soportar antes de dar con la casa ideal, el lugar soñado.

—¿Qué tal, qué le parece? —dijo el vendedor frotándose las manos. Había fabricado una sonrisa tan falsa que amenazaba con perpetuarse en su rostro, condenándolo al rigor mortis en vida—. No tendrá ocasión de hallar algo mejor —insistió tras leerme los pensamientos. Trucos de vendedor, sospeché; soy demasiado infantil en esas cuestiones. Iba a replicar, lo juro, pero en ese momento sonó el teléfono móvil del tipo quien, tras musitar una disculpa, se retiró a la habitación contigua para atender la llamada.

Quedé solo y me dediqué a observar los techos, altos y blancos. Unas molduras de yeso marcaban nítidamente la separación con las paredes, feas, pintadas de apuro. Pensé que era una casa original, estrafalaria, tal vez urdida por un arquitecto esnob. Avancé unos pasos hacia la habitación siguiente, alejándome del vendedor. El lugar parecía en cierto modo ilógico, y me evocaba un cuento que había leído tiempo atrás. Por un momento pensé que podía quedar atrapado en esa geografía singular, perdido en espacios con los que no estaba familiarizado en absoluto, pero alejé esos argumentos tontos de inmediato. El vendedor seguía hablando, tal vez discutía o recibía instrucciones para rematar la operación, por lo que volví a centrar mi atención en la casa. Había demasiadas habitaciones, me repetí; las paredes rezumaban humedad, los pisos estaban desparejos y la ventilación era escasa. Esas razones me llevaron a decidir que tenía suficiente como para terminar allí mismo con todo el asunto. Me acerqué a una puerta y la abrí. Daba a una pieza vacía. Volví sobre mis pasos y abrí otra puerta. Esta habitación, más pequeña, estaba poblada por dotaciones de muebles apolillados y decrépitos, malolientes; sentí náuseas. A punto de desembocar en un patio en el que se había acumulado una masa de luz dorada, advertí una puerta disimulada tras una cortina azul raída y sucia. Vacilé entre salir al patio, a ojos vista el final ciego de la línea, ya que no podía existir un número ilimitado de habitaciones o concentrar mi atención en esa puerta. Venció la segunda idea.

Tanteé el picaporte tras la cortina y sentí la frialdad del bronce; tal como imaginaba, no estaba cerrada con llave; ninguna de las puertas de la casa lo estaba, después de todo. La abrí y me enfrenté a la primera sorpresa.

La suposición natural, no sé por qué, había sido pensar que la habitación estaba vacía y que la luz del patio se colaba oblicuamente por una ventana, iluminando partículas de polvo y delimitando un trapecio de claridad en el piso oscuro. No era así.

La pieza no tenía ventanas. La crudeza blanca de varios tubos fluorescentes resplandecía sobre los objetos negándoles el derecho a la sombra. Pero esos detalles no eran ni de lejos tan extraordinarios como lo demás. Sentado en una silla de respaldo alto, con los codos apoyados en una mesa de madera y los puños bajo el mentón, había un hombre de edad indefinible, con el cabello canoso y una red de arrugas en el rostro que parecían remedar el laberinto de la casa. Miraba hacia la puerta, como si me hubiera estado esperando, pero al verme ni siquiera parpadeó.

—Buenas tardes —dije—. No sabía que hubiera alguien aquí.

—Buenas. Soy Juan Salvo —dijo, arrastrando las palabras. Mencioné mi nombre y él se encogió de hombros. Permanecí unos segundos clavado en el piso, prestando atención a los ruidos, apenas roces, que se producían en una habitación contigua que se comunicaba con la que estábamos por una abertura sin puerta.

—¿Hay alguien más? —dije señalando la abertura con el dedo.

—Sí —dijo Salvo—, Guevara; está preparando mate. Aguardamos a Rosa para empezar. —Pareció observarme con mayor atención durante un segundo, pero perdió el interés de inmediato. —A usted no lo esperábamos. ¿Tenía que venir? ¿Quién lo mandó? —Las palabras denotaban suspicacia y recelo, pero el tono cansado desmentía cualquier matiz en esa dirección.

No supe qué contestarle, por lo que me situé a la defensiva, con la guardia bien alta.

—¿Quienes son ustedes? —pregunté, siempre atento a lo que el tal Guevara hacía en la habitación vecina; por lo visto no tenía ningún apuro. Dos o tres veces escuché tintineos, como si golpeara una cucharita contra un vaso.

—Ya le dije: Rosa, que llegará de un momento a otro, Guevara y yo, Salvo. Siéntese, no se quede ahí parado. ¿Seguro que no lo mandó alguien? A lo mejor Guevara sabe.

Detecté una silla idéntica a la que usaba Juan y la arrastré sin miramientos hasta ubicarla junto a la mesa. Me senté a un costado, de espaldas a la pared que daba al patio y de frente a la arcada por la que, de un momento a otro, aparecería Guevara.

—Usted cita los nombres de esa gente —dije—, y el suyo propio, pero a mí no me dicen nada. ¿Tendría que conocerlos?

—Para mí tampoco significa nada el suyo —dijo Salvo—. ¿Qué importa? Si yo le dijera que Guevara y Rosa son luchadores, personas que han imaginado un mundo mejor y tratan de forzar las cosas para que se concrete, ¿cambiaría algo?

Miré a Salvo desorientado, buscando en mi memoria una razón lógica para encajar el disparate que el hombre sugería. —Espere un momento —balbuceé—. Si lo que usted dice fuera cierto estaría hablando de personas que murieron hace años. Ese Guevara murió en Bolivia, en el monte, hace tiempo. Y ni siquiera me atrevo a pensar que la Rosa que menciona sea la revolucionaria, la alemana de principios del siglo XX que luchó...

—Es polaca, no alemana —dijo Salvo.

—No es, fue. Está muerta —insistí—. Rosa Luxemburgo. —Paladeé el nombre, un nombre épico, como Dolores Ibarruri, como otras damas quijotescas de la historia. El tipo estaba loco.

—Vivo, muerto —dijo Salvo moviendo la cabeza—. ¿Usted qué sabe?

—No esperará que crea que es un fantasma. —Traté de reír, pero mis labios se torcieron de un modo anormal y formaron una mueca despectiva.

—Por el momento, amigo —dijo Salvo—, no espero nada. —Salvo me pareció en ese momento agobiado por un cansancio mayor del que cualquier hombre pudiera soportar, como si una lucha larga e inútil lo hubiera consumido. Iba a replicar; soy una persona racional y esa clase de supersticiones me alteran hasta lo indecible, pero los hechos no se dieron como yo pensaba. Un estrépito me obligó a girar la cabeza. La pared sin ventanas se abrió como si fuera el diafragma de una cámara fotográfica. Chis, chas. No se vio el patio en ningún momento, y de todos modos lo que pude percibir fue, como un fogonazo, que un volumen oscuro atravesaba el iris con paso firme, como si la pared directamente no existiera.

Cuando pude girar todo el cuerpo descubrí junto a mí a una muchacha joven, de unos veinticinco años, tal vez menos; era menuda, de tez muy blanca y se movía nerviosamente, como si le faltara el tiempo para hacer todo lo que tenía planeado.

—Hola, Rosa —dijo Salvo, tan inexpresivo como siempre.

—Hola, Rosa —repetí; podía darme el lujo de ser educado. Estaba fascinado por la idea de que esa mujer fuera la mítica Rosa Luxemburgo, la fundadora del espartaquismo. Pero Rosa había sido asesinada en 1919, ¿cómo era posible...?

La muchacha me miró entre sorprendida e irritada. Por lo visto no le hacía gracia que un intruso ocupara un lugar en torno a la mesa, y menos que la tratara con familiaridad, como si la conociese de antes. Puso los brazos en jarras, en una pose tan afectada que parecía de una heroína de película y me señaló moviendo la barbilla.

—¿De dónde salió, éste, quién es? —dijo con un fuerte acento alemán, lo que confirmó, de alguna manera, lo que había manifestado Salvo.

—Debe ser uno que visita la casa para comprarla —dijo Guevara, saliendo de la otra habitación con un termo bajo el brazo y una calabaza forrada de cuero en la mano izquierda. No me miró; tal vez miraba más allá de la pared, el patio, o más allá de la casa, un paisaje invisible para mí. Por lo visto esa gente sabía y podía cosas que me estaban vedadas. Guevara se sentó y le hizo un gesto a Rosa para que desarmara ese gesto tan adusto, semejante al que emplea un fanático cuando está con alguien que no profesa su fe. Después apoyó la calabaza en una diminuta cesta de mimbre y vertió el agua en un chorro único y preciso, demostrando que tenía el pulso entrenado; dio tres largas chupadas sin mover el recipiente y volvió a cebar, empujando la calabaza hacia Salvo.

—¿Nos sirve para algo? —dijo Rosa. Aunque se le habían ablandado un poco los rasgos, la hostilidad de la muchacha podría haberse pescado en el aire de un manotazo. Sentí el impulso de levantarme de un salto y salir sin saludar, pero el misterio era demasiado precioso, como una gema.

—¿Tienen una misión? —Lo dije sin pensar, una intuición pura como el agua pura; una intuición absurda y sin fundamento. Pero los tres alzaron las cabezas y clavaron los ojos en mí. Hasta Salvo pareció perder la piel de abulia que lo envolvía y Guevara apoyó el termo y Rosa adelantó el cuerpo pequeño, casi rozándome.

—¿Qué sabe de todo esto? —dijo Guevara—. ¿Quién le habló de nosotros?

—Todos tenemos alguna guerra por pelear —dije, ciego, esperando que ese camino llevara a alguna parte—. Estoy buscando la mía.

Suspiraron aliviados, los tres; fue casi cómico. Salvo sacudió la cabeza y me pareció que sonreía. Rosa puso su mano en mi brazo y apretó, como si deseara borrar con ese gesto toda la desconfianza previa.

—Dudo mucho de que esta sea la suya —dijo Guevara. Volvió a echar agua en la calabaza y me la tendió. Aunque no suelo tomar mate acepté. Intuía que si me plegaba a los manejos de esa gente aumentarían mis posibilidades de entender lo que estaba ocurriendo.

—Para saber si estamos en la misma guerra —dije, al azar—, habría que definir primero quién es el enemigo.

Contra lo que esperaba ninguno me contestó. Tal vez mi pregunta había sido demasiado directa y eso me colocaba de nuevo bajo sospecha. ¿Los estaba espiando? Yo sabía que no. Rosa soltó mi brazo; sólo en ese momento advertí que había estado apretando de tal modo que sus uñas atravesaron la tela de mi camisa. 

Guevara se preparó como si se dispusiera a disertar ante un conjunto de jóvenes ansiosos e ignorantes.

—¿Sabe qué pasa? —dijo por fin, aunque sin mirarme, tras dar dos largas chupadas—. El enemigo... no importa mucho quien es el enemigo. Podemos juntar las cabezas y creer que el enemigo es uno solo, y en cierto modo es así, pero la lucha debe darse en cada punto, en cada intersección, ¿entiende? Entonces importa menos. Usted luche su propia guerra y cada uno de nosotros hará algo parecido. Hemos coincidido por casualidad; tal vez ni siquiera pertenecemos al mismo tiempo, todavía no lo pudimos averiguar. En realidad sólo nos juntamos a tomar mate. —Se rió de un modo extraño.

—No se le escapa que no entiendo de qué está hablando —dije.

—No, no se me escapa —dijo Guevara—. Era una posibilidad. ¿Sabe quién soy?

—¿Tendría que saber? ¿Es alguien... importante? Si usted fuera el mismo Guevara... sería imposible. —No quise decir que ese Guevara estaba muerto; me pareció una grosería.

Guevara sonrió. Después se palmeó el muslo.

—Juan sabe mucho más de esto que Rosa y yo porque él existe en otro plano, independiente, más cerca del conocimiento central —dijo—. Dice que en algunas líneas soy alguien importante, tal vez decisivo, o por lo menos influyente. Pero las líneas son eso, líneas. Usted recorre un pasillo, abre una puerta y entra a una habitación. Tal vez estoy, tal vez no. Quizá triunfé o fui asesinado o no nací, ¿entiende?

—No. ¿Por qué no me lo explica él? —dije señalando a Salvo—. Si usted mismo acepta que sabe mucho más que usted.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Rosa. Había recompuesto su expresión anterior, aunque potenciada por una urgencia que salía del temor, como si toda la escena corriera el riesgo de reventarse como una pompa de jabón.

—El tiempo no se pierde —dijo Salvo—, somos nosotros los que nos perdemos en el tiempo. —Me estaba cansando de esas frases vacuas, deliberadamente enigmáticas, formadas para impresionarme. Empecé a pensar que, más allá del truco de Rosa y la pared, de las menciones a la guerra o lo que fuera que se proponían hacer, un acto terrorista, una emboscada, un asesinato, esa gente disimulaba una operación concreta: ocupar la casa para utilizarla como base para sus actividades, o algo por el estilo. El recuerdo de los tiempos del Proceso me llegó de golpe y tuve miedo.

—¿Tienen la autorización del dueño o de la inmobiliaria para estar en este lugar o son unos vulgares intrusos? —Mi frase sonó insulsa, y ellos, los tres, aún antes de terminar el párrafo, comenzaron a reírse.

—Si supiera lo vencidas que suenan sus palabras —dijo Guevara cuando pudo serenarse—. Esto es un punto de inflexión, una anomalía. ¿Se cree que algo tan nimio como usurpar una casa puede prevalecer sobre el fenómeno que nos hace coincidir, aquí, ahora, a los cuatro?

—Hablaron de una guerra —dije, tratando de hacer pie nuevamente.

—Usted habló —dijo Salvo—. Para nosotros la guerra, cualquier guerra, pasó a segundo plano hace mucho. ¿Qué guerra se cree capaz de imaginar? ¿Una con soldados, aviones, tanques, misiles? Siento desilusionarlo; no tenemos esa clase de guerras en existencia. —A las palabras de Juan concurría un índice tan elevado de amargura que por un momento creí que iba a estallar, salpicándome, empapándome de veneno azul, letal.

—¿Alguno de ustedes me va a decir con claridad por qué están en este lugar? —Medio me incorporé en la silla; estaba dispuesto a apurarlos y definir, aún a costa de dejar algunos jirones en el intento.

—Ya se lo dije —insistió Guevara—, sólo nos juntamos a tomar mate. —Rosa fue todavía más elocuente: desenfundó el dedo y lo apuntó hacia mí, acusadora, aunque supongo que ni ella sabía de qué me acusaba. Dijo dos o tres palabras en alemán, supongo; sonaron como un insulto.

—Rosa, por favor —dijo Juan Salvo desganadamente—, dejemos esas zonceras.

—Si me explica el truco de la pared —dije sin prestarle atención a la muchacha que seguía gesticulando, a pesar de la reconvención de Salvo, tal vez estancada por falta de palabras en nuestro idioma—, me voy y los dejo en paz. Los encontré por casualidad y no me interesan. Preferiría estar en la biblioteca, leyendo un buen libro. ¿Se dan cuenta? Por otra parte el vendedor me debe estar buscando.

Salvo miró a Guevara, como pidiendo ayuda, pero éste hizo un gesto elocuente, restándole importancia.

—El vendedor es peligroso, él es el enemigo, ya que lo quería saber —dijo Guevara. Entonces Salvo se levantó y poniendo los puños sobre la mesa habló como un dirigente político que negocia el apoyo a su peor adversario.

—Es el tiempo, señor, el mayor impostor, una ficción. Salga de aquí, mientras le sea posible, antes de quedar atrapado en la telaraña de los hechos. ¿Se cree que yo siempre fui esta pálida sombra? Soy un hombre de acción y espero mi oportunidad. Pero usted me perturba, me traba.

—¿Quienes son ustedes? —repetí por enésima vez, casi furioso. Yo también tenía los puños apretados, y a pesar de haber sido siempre una persona pacífica tenía ganas de atropellarlos, de forzarlos a que me explicaran toda la historia.

—Ya se lo dijimos —dijo Guevara; parecía ser muy paciente, un tipo acostumbrado a las empresas complicadas.

—No me alcanza con los nombres; no sé quiénes son ustedes por conocer sus nombres, los que por otra parte podrían ser meros seudónimos. Se usa mucho, últimamente.

Rosa parecía, por primera vez, en paz consigo misma, pero renunció a hablar.

—Supongamos por un momento —dijo Salvo— que somos avatares independientes que se encontraron, que por puro azar dieron con el factor común que les permite coincidir en un espacio ficcional, ¿le alcanza con eso?

—¿Avatares? Hablan como si esto fuera un juego. No, no me alcanza —dije, y era sincero; estaba tan a oscuras como al principio. Tal vez yo sea una persona limitada para comprender lo abstracto o lo fantástico, pero no conseguía anudar a esas tres personas; quizá no hubiera logrado hacerlo ni aun conociendo sus motivos y pasiones—. De acuerdo, cuéntenme sus historias, una de las tres historias, por lo menos.

—No —dijo Guevara, rompiendo un silencio de varios minutos—, no nos queda tiempo. —Trató de verter el agua en la calabaza y descubrió que el termo estaba vacío. Sin vacilar y sin mirar atrás se dirigió hacia la otra habitación. Al verlo desaparecer se me ocurrió que él tenía la respuesta y la escondía, o que me estaba provocando. De un salto crucé el espacio que nos separaba sin que Rosa o Juan trataran de detenerme. Alcancé la arcada y recibí un impacto demoledor: Guevara caminaba hacia un monte de arbustos oxidados, bajo un sol ceniciento y débil; más allá, al costado de un arroyo, se divisaba una especie de campamento en el que algunos hombres y mujeres rodeaban una hoguera. Lo llamé a los gritos, pero él ni siquiera se dio vuelta, como si estuviera transitando un espacio sin conexión. Advertí que había perdido un tercio de realidad, tal vez para siempre, o quizá no era real en absoluto, no lo había sido nunca, ¿cómo saberlo? Giré bruscamente, preparado para descubrir que la arcada que conducía a la casa que había pensado comprar había desaparecido, pero no: la arcada seguía en el mismo lugar; por fortuna no estaba perdido en un universo alternativo, sin posibilidades de regreso. Vacilé un segundo. Lo arruinaría todo si no acertaba con el movimiento correcto, pero tampoco podría seguir viviendo con la duda sobre los hombros.

No obstante, cuando volví a mirar la pieza, Rosa y Salvo habían desaparecido. La habitación estaba vacía, como tantas otras de la casa. No había rastros de la mesa y las sillas y un enorme ventanal daba a un patio en el que los últimos vestigios de una luz cobriza se arrugaban como la piel de una fruta que se pudre. La puerta se abrió y alcancé a oír la voz del vendedor de la inmobiliaria.

—¿Señor? —dijo con voz vacilante—. ¿Está por aquí?

No era posible, nada era posible. Salí al exterior y miré hacia el campamento. Guevara ya me había sacado unos buenos cien metros.  Pero la realidad está atada a leyes lógicas, me dije; no puede ser que la gente aparezca y desaparezca así.

—Sí, estoy aquí —dije, entrando resueltamente a la habitación. El vendedor suspiró aliviado—. Estaba curioseando —agregué.

—Esto da al parque —dijo él señalando la arcada por la que había salido Guevara. Acomodé la idea en mi cabeza. Llamar parque a un monte de matorrales con arroyo propio se me antojaba disparatado, pero era la lógica del vendedor inmobiliario, no la mía o la de los otros tres.

—Hermoso parque —dije por decir algo. Me moví para superar la línea del vendedor, pero él me tomó del brazo.

—¿Vio algo que no tendría que haber visto? —La expresión del tipo había cambiado drásticamente. Desaparecida la sonrisa de plástico, me miraba con dureza, descaradamente, como suele mirar la policía a un sospechoso. La presión sobre el brazo se acentuó; pensé en Rosa y en que todo el mundo parecía interesado en mantenerme sujeto, no sólo en esa casa y en ese momento.

—¿Me va a soltar? ¿Qué se cree?

—No —dijo el tipo, obstinado; ahora me costaba pensar en él como un simple vendedor inmobiliario; era otra cosa, sin duda, como había dicho Guevara; el vendedor es peligroso, dijo, él es el enemigo. El vendedor lo confirmó de inmediato, con cuatro palabras enigmáticas y concluyentes—. ¿Quién es la mujer?

—¿Qué mujer? No vi ninguna mujer.

—No sea imbécil. —Aumentó aún más la presión sobre el brazo y con un movimiento vertiginoso sacó un arma y me la apoyó en la frente.

—¿Qué hace?

—No estoy jugando; ellos tampoco. ¿No le dijeron que esto es una guerra?

Me reí con la mayor naturalidad posible. —¡Usted está loco! Vine a comprar la casa.

—Esa fue la idea primitiva, pero las cosas cambiaron desde que se encontró con esos tres. —La contundencia de la afirmación desmoronó mi esquema. Sabía todo, no era un truco; era capaz de leer la mente con absoluta eficacia. Decidí dar un golpe de timón, un manotazo de ahogado.

—Ah, esos, iba a preguntarle, justamente. ¿La casa está ocupada? ¿Cómo los saco de aquí? Si la compro, ¿me veré envuelto en cuestiones judiciales?

El tipo me soltó y retrocedió un paso, aunque sin dejar de apuntarme con el arma.

—¿Qué estaban haciendo?

—Están ahí afuera, tomando unos mates —dije con la mayor naturalidad—. ¿No lo sabía? ¿No era que usted lee las mentes?

—¿Yo? ¿Cómo lo sabe? —La vacilación duró un instante, pero por lo visto en las zonas francas alcanza con eso. Una pared volvió a abrirse como un diafragma, chis, chas, no la misma, donde ahora había una ventana, sino la que daba al pasillo, pero esta vez pude verlo sin dificultad. Rosa saltó como una pantera y sujetó la mano del vendedor que empuñaba el arma. Pero eso no fue todo. Hubo otro chis, chas, en el techo, y Salvo se descolgó en cámara lenta, como si se hundiera en un gran volumen de plumas de cisne. Esa morosidad no parecía ser importante, ya que el vendedor estaba paralizado. Su rostro había quedado congelado en una expresión de atónito terror, como si su cerebro fuera incapaz de ordenar otra cosa. Salvo blandía un cuchillo de monte de hoja muy ancha, y lo usó para abrir al tipo del ombligo al cuello.

—¡Guarda que sale! —anunció Salvo.

Del interior del vendedor salió una criatura monstruosa, un esferoide de color azafranado, un ser que no se parecía a nada que viviera en la Tierra. El monstruo no tenía extremidades y se precipitó torpemente, cayendo al suelo sin hacer ruido. No sabía si sorprenderme por lo que estaba viendo o por la forma en que Rosa y Salvo manejaron la situación. Me pareció increíble que la criatura se alojara en el interior del cuerpo de un humano y que, tal vez, no sé, conjeturo, hubiera tomado posesión del mismo para manipularlo.

—Salga, si es impresionable —dijo Salvo—. No miento si le digo que lo que sigue es bastante desagradable. —Iba a preguntar qué quería decir con eso, cuando Guevara volvió a entrar por el mismo lugar que había usado para salir. Traía una bolsa de plástico negro y sin dar ninguna explicación vertió el contenido sobre la criatura. Una cascada blanca cayó sobre el esferoide, que empezó a menguar, al tiempo que se desgajaba, tornándose gris y despidiendo un olor nauseabundo, el mismo que había percibido en la habitación llena de muebles.

—¿Es sal? —dije, estúpidamente.

—Es cocaína —dijo Guevara—. No es una guerra barata. Cada uno de estos bichos nos cuesta una fortuna. —La criatura no tardó en quedar reducida a un montón de cenizas. Salvo se acuclilló para remover los restos con el cuchillo. Rosa se ocupó del vendedor, pero yo tuve que apartar la vista; parecía como si el monstruo que había albergado en su interior le hubiera devorado los órganos. Decir que el tipo estaba muerto era una inocentada.

—Así que esta es la guerra —dije.

—Una de las guerras —dijo Salvo.

—Me usaron miserablemente —protesté—. Sabían que el tipo vendría a buscarme; estaban cebando la trampa.

—Cebar trampas, cebar mate —dijo Guevara—. Qué se le va a hacer. Hay cosas peores. ¿Sabe lo que pasaría si estos logran reproducirse?

—No, pero lo imagino. Veo una legión de vendedores inmobiliarios avanzando sobre las grandes capitales.

—¿Es estúpido? —dijo Rosa. Cuando se enojaba el acento alemán se hacía muy ostensible. Por un momento creí que podía saber quiénes eran realmente esos tres, aunque la historia jamás fue mi fuerte. Tal vez eran nomás los de los libros, con nombres y apellidos y hazañas completos.

—No soy amigo de dar consejos —dijo Guevara—, pero le voy a dar uno: no compre la casa si no quiere vivir en medio de un campo de batalla. —Juntó lo que quedaba de la criatura utilizando la bolsa de plástico en la que había traído la cocaína y lo envolvió sin tocarlo con las manos. Después sacó un rollo de cinta de embalar y le dio varias vueltas. Todo el paquete no abultaba mucho más que una pelota de fútbol.

—Me sacaron las ganas. —Traté de sonreír y no pude.

—Entonces no sé si nos volveremos a ver —dijo Salvo tendiéndome la mano. Se la estreché. Rosa movió la cabeza y fue la primera en salir de la habitación. Chis, chas, ya saben.

—Lo mío es un poco más complicado —dijo Salvo—. Sólo funciona cuando no queda nadie. —No pregunté más; seguramente el techo, convertido en una gran boca, se lo deglutiría. Vi que Guevara salía por la arcada, como todas las otras veces y un par de piezas encajaron: sólo podían encontrarse en ese lugar, en ese punto de intersección y por eso habían necesitado que yo atrajera al vendedor. Igual me sentí una porquería.

Salí de la casa y me propuse seguir el consejo de Guevara al pie de la letra.

Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

LEPIDÓPTERO

Boris Mišić

 

Un viento frío me azotó con fuerza el rostro mientras, tambaleándome, salía del sótano de vinos en la calle Pašićeva. Era mi estado habitual en los últimos meses… hm, para no mentirnos, en los últimos años. Siempre fui un hedonista, disfrutaba del alcohol, la comida y las mujeres. Una vagabunda se me insinuaba en el sótano, empujándome su generoso escote contra la cara, pero mi capacidad de disfrute se había perdido en algún punto con el paso del tiempo. La ignoré y salí tambaleándome al exterior. Estaba pálido y tenía ganas de vomitar. Pensé que me vendría bien caminar hasta el parque Dunavski. Había recorrido esa ruta un millón de veces: sótano de vinos, sobriedad en un banco del parque, cama en la residencia estudiantil Veljko Vlahović.

Logré llegar a un banco. Hacía bastante frío, así que no había parejas enamoradas besándose ni intercambiando caricias. Solo en un banco había una chica regordeta de cabello negro. No podía calcular su edad. Vestía de negro, con un estilo oscuro, casi gótico. Sostenía una caja en las manos y me sonreía. Aparté la mirada. Lo último que necesitaba era eso: una drogadicta o una loca que viniera a sentarse en mis piernas. La apatía y la indiferencia habían matado en mí, hacía tiempo, cualquier deseo sexual. Lo único que quería en ese momento era vomitar, expulsar el vino de mi cuerpo y llegar a la cama.

Los dedos de la chica se movían con destreza sobre la caja, y pronto la tapa se levantó. Ni siquiera vi qué había dentro hasta que algo se posó sobre mi hombro. Me di cuenta de que era una mariposa y, justo cuando intenté aplastarla con la mano, se trasladó velozmente a mi otro hombro. Confundido, miré hacia la chica: ya no estaba en el banco. Excelente, pensé, ahora también he empezado a alucinar. Pronto vendrán los ratones blancos.

Sin embargo, la mariposa era real. Cada vez que intentaba aplastarla o atraparla, se movía a otra parte de mi cuerpo. Bien, pensé, si estás tan empeñada, te llevaré conmigo a la residencia estudiantil. Quizá seas una especie rara, y podría ganar algo de dinero contigo. Solté una risita. Mi locura estaba avanzando seriamente. Veo chicas que desaparecen y hablo con polillas nocturnas.

Entonces sentí un sonido extraño: como un suave y leve aleteo que venía de algún lugar lejano. Mi mariposa ya no se movía, pero habría jurado haber escuchado algo inusual. Volví a ver a la chica en el banco. Bien, mi cordura está regresando. Solo duró un segundo, hasta que comprendí que no era la misma chica que sostenía la caja con la mariposa en el regazo. Nuestras miradas se cruzaron y un escalofrío me recorrió la espalda: reconocería esos ojos incluso estando completamente fuera de mí.

El escalofrío pronto dio paso a la felicidad. Caminé hacia ella en silencio, como un sonámbulo, con la extraña mariposa sobre el hombro.

—¿Ana? —logré apenas articular.

—Soy yo, amor. —Era la voz de Ana.

Ya no podía hablar; las palabras se me atascaban en la garganta. Decidí ignorar ese “amor” hasta entender qué estaba pasando. La abracé, y el abrazo disipó todas las dudas. Su cabello se deslizaba entre mis dedos, su aliento me calentaba las mejillas, y sus dedos recorrían suavemente mi rostro. La buena y vieja Ana. Cuántas veces descansamos aquí, Ana, María y yo, riendo, borrachos de vino y juventud. Una vez salimos sin María; llevé a Ana borracha a la residencia estudiantil, la arropé con cuidado en la cama, y no, no me aproveché de ella. No era tan cerdo como para engañar a mi novia con su mejor amiga.

El trío sin timón navegó durante mucho tiempo por aguas rápidas, aparentemente intocable, inmortal. Hasta aquel fatídico viaje con Radenko. Bonachón, simple, tosco… estúpido Radenko. Lo suficientemente estúpido como para sentarse al volante tras seis cervezas y llevar a María y a Ana hacia la noche eterna.

Abracé a Ana con fuerza. El hecho de que llevaba mucho tiempo muerta, decidí, lo dejaría para después. Ahora solo quería sentir su aliento en mi mejilla… y algo más. Algo cálido y dulce se deslizaba en mi boca, y mi mente alcoholizada tardó en comprender que era la lengua de Ana. Cuando lo entendí, la acepté con gusto.

—Idiota —susurró—. ¿Por qué no hiciste esto antes?

—María —balbuceé—. Ella no habría… yo no… no podía…

—Tonto —me reprendió con dulzura—. María y yo nos amábamos. No sabíamos cómo lo tomarías, y no queríamos perderte. Planeábamos decírtelo justo después… no tuvimos tiempo, ya sabes.

—Así que vivía a un paso del paraíso… —sentí que empezaba a sudar de repente—. No tenía idea de que ustedes dos… y de que yo podía ser… Ana, estoy borracho, cansado, y estoy alucinando. Explícame: ¿cómo es que estás aquí y cómo es que estás viva?

—No estoy viva. —El escalofrío volvió a subir por mi espalda—. Al menos no de la manera en que los humanos entienden la vida. He venido a pedirte que vengas: aún podemos estar juntos. Ella me lo permitió, pero no tenemos mucho tiempo porque…

Otra vez el suave aleteo, y Ana desapareció, se deslizó entre mis dedos, rompiendo la ilusión y devolviéndome a la cruda realidad de un estudiante fracasado y alcohólico. La maldita mariposa seguía posada en mi hombro, y la chica de negro volvió a mirarme desde el banco. Su mirada era oscura y seductora.

—¿Por qué me atormentas, maldita seas? —grité—. ¡Me metes imágenes en la cabeza! ¡Déjame!

—Los humanos siempre son tan patéticos —rio la chica de negro—. ¿Quieres verlas? ¿Quieres estar con Ana y María? Cuando llega el momento de demostrar valentía, siempre aparece vuestra cobardía. Sigue a la mariposa, pequeño, y obtendrás tu paraíso.

La criatura nocturna avanzó por el parque hacia el paso peatonal, y la chica de negro caminaba detrás de mí con esa sonrisa enloquecedora. La mariposa se lanzó directamente hacia el semáforo en rojo, y la chica me señaló que la siguiera. Me detuve, confundido.

—Está en rojo —murmuré.

—Buenos días, Colón —se rio.

Todo ocurrió en un segundo. De nuevo el sonido de alas. El chirrido de los frenos, los gritos de la gente del local cercano. Observé con asombro mis propios miembros y mi cuerpo, despedazados sobre el asfalto. No recordaba dolor alguno ni el momento de la muerte. ¿Era esto una experiencia extracorporal? Me di cuenta de que atravesaba las cosas, de que otras dos formas se entrelazaban y se fusionaban conmigo.

—No —grité con una voz que ya no producía sonidos—. No, me has engañado, devuélveme, esto no soy yo, ¡estas no son Ana y María!

—¿Quieres hacerlo de la manera clásica? Bien, como quieras. Agradéceselo a ella. Suplicó, no tienes idea cuánto. Nunca entenderé qué ven las mujeres en vosotros, débiles. —La chica de negro despotricaba contra el género masculino.

Aleteo. Un destello de luz, un paso por un túnel.

Vuelvo a sentir mi forma física, mis manos, mis piernas, mis labios. Mis brazos vuelven a abrazar el cabello de Ana, mi lengua busca la suya, sus dientes se hunden en mi cuello, y escalofríos de excitación y placer recorren mi piel mientras los labios de Ana beben mi sangre.

Ha pasado mucho tiempo. Ya no estoy enfadado con la chica de negro ni con la mariposa. No encontré el paraíso, quizá más bien el infierno, pero no me quejo. Estoy otra vez con María y Ana, y sí, si tienen curiosidad, disfrutamos de las formas más tiernas, más brutales y desenfrenadas de sexo. ¿Están celosos? Y deberían estarlo. Si quieren visitarnos, vengan al atardecer: somos sensibles a la luz del sol, nos quema la piel, así que solo recibimos visitantes nocturnos.

También cazamos juntos, los tres. Vengan sin miedo, no dolerá. Una pequeña mordida, el roce de sus dulces y divinas lenguas, y eso es todo.

Y el aleteo de unas alas finas y oscuras.


Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron Gate, Guardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my Cake, Shades of Evil, Shades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantastica. Varios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

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