martes, 1 de septiembre de 2026

FUGA SIN FINAL

Sergio Gaut vel Hartman

 

Sufro la soledad, pero no conozco un remedio que la cure. Vagaba por las calles de Almatý desafiando el crudo diciembre kazajo, sin mejores opciones que pasar la Navidad en mi habitación del hotel Kazakhtan, en absoluta soledad, cuando la casualidad, suponiendo que tal cosa exista, me ubicó en el camino de Pedro Rivero, jefe de recursos humanos de la empresa de cosméticos en la que trabajé hasta 2012. Ese mismo sujeto que ahora me abrazaba efusivo, tan lejos de casa, me había dado la noticia de que estaba despedido.

—¡Increíble! Coincidir en Kazajistán —dijo Pedro.

—Sí, una gran coincidencia —respondí mordiendo las palabras.

—¿Con quiénes va a pasar la Navidad?

—Con unos amigos peruanos —mentí—. Estoy con ellos para gestionar la venta de un reactor nuclear. —Seguí mintiendo; soy un especialista en la materia.

—¡Pero no, mi amigo! —refutó Pedro sujetando mis brazos con unas manos que parecían tenazas. Olvidé consignar que Pedro es lo más parecido a un luchador de sumo que pueda imaginarse. Con ciento sesenta kilos y la prepotencia de un camión Belaz, podría aplastar un automóvil pequeño de un puñetazo—. Pasará la fiesta con compatriotas. ¿Peruanos? —Hizo un gesto de asco que me molestó enormemente; tengo varios buenos amigos peruanos. Pero no era fácil zafar del apretón de Pedro. Podría decir que me arrastró hasta su casa entre muestras de simpatía y la promesa de un festín pantagruélico. ¿Qué decir? ¿Qué argumentar? ¿Explicarle las razones de mi presencia en Almatý? ¿Manifestar que hacía una semana que perseguía a Irina Makarova, mi esposa durante los últimos siete años, en busca de una reconciliación imposible? Todo lo que había logrado era morirme de frío. El dinero no era problema: podía seguir indefinidamente en Kazajistán pero, ¿para qué?

Pedro me metió en un Lada Granta rojo y recorrimos la Gornaya hasta la avenida Dostyk y nos detuvimos ante un edificio enorme.

—Aquí vivo —dijo Pedro señalando un edificio fastuoso. Ingresamos a la enorme recepción y tras ascender no menos de veinte plantas llegamos al piso donde vivía mi “amigo”. Casi de inmediato, una multitud de niños de tres a doce años se abalanzó sobre nosotros gritando en kazajo y ruso una serie de reclamos, demandas, exigencias y ruegos, que yo fui incapaz de comprender.

—Aunque no conozco ni una frase en el idioma de este país —argüí— presumo que estos niños claman por sus regalos navideños.

—Exacto —respondió Pedro, lacónico.

—¿Son todos suyos?

—¡No! Solo Vania, el varoncito ese, de cinco, y la de siete, Ludmila. —Observé a esos dos niños en particular y terminé aceptando que la propuesta de un tipo al que siempre odié, y al que solo me unía una forzada coexistencia en la misma empresa mientras vivíamos en Buenos Aires, no había sido tan descabellada.

Fui presentado a la multitud y no tardé en verme envuelto en una maraña de abrazos y apretones de manos. La familia de la esposa de mi anfitrión era numerosa y se componía de una docena de adultos y una prole acorde, invariablemente kazajos, que me hablaron con una desconcertante naturalidad, a la que yo replicaba con movimientos labiales que trataban de parecer sonrisas. Raisa, la esposa de Pedro, una mujer rubia, menuda, de enormes ojos azules, me abrazó con una dulzura que me desconcertó.

—Me prometió que pasaría la Navidad entre compatriotas —protesté cuando quedamos solos un momento.

—Lo somos —dijo Pedro—. Mis dos hijos nacieron en Buenos Aires, pero llegamos a Kazajistán cuando eran muy pequeños.

—¿Su esposa habla nuestro idioma?

—Tampoco. —Y tras esta tajante afirmación, Pedro me dio la espalda y se dedicó a los parientes y amigos presentes, dejándome solo y aislado.

Los niños eran todos muy simpáticos, y pude detectar que no se diferenciaban demasiado de los infantes de mi país. Pese a lo temprano de la hora ya habían sabido ingeniárselas para destrozar la mayor parte de los obsequios recibidos. Los observé sin el menor disimulo, aunque eso no pereció alterarlos. En particular despertó mi atención el comportamiento de Ludmila, la hija de Pedro. Era una niña de ojos y cabellos oscuros, como el padre, que no parecía interesada en jugar con los otros. Es probable que alguno de los mayores le hubiera pegado u ofendido, aunque más que agredida lucía molesta y angustiada. Cada tanto suspiraba de un modo que nunca vi en una pequeña de esa edad. Dejé de prestarle atención y me concentré en el aburrimiento que me producía permanecer en esa casa, rodeado de desconocidos. Volví a pensar en Irina y lamenté no haber resistido los embates de Pedro Rivero. Ahora estaría en el lobby del hotel Kazakhtan, conectado a Internet, chateando con mis amigos. Por hacer algo, me dediqué a recorrer las habitaciones, apreciando la decoración y el mobiliario. Rivero parecía haber pegado buena; tal vez seguía en el negocio de los cosméticos, en el que debía haber escalado posiciones gracias a zancadillas oportunamente aplicadas.

Lo cierto es que mi deambular me llevó hasta una habitación que tenía la puerta abierta. Sin recato observé que en el interior la pequeña Ludmila, tapada con una manta, parecía querer aislarse del mundo. Me acerqué con sumo cuidado, tratando de no asustarla, y aunque convencido de que no me respondería, le pregunté en castellano si estaba enojada. Para mi sorpresa, y tras retirar la manta y contemplarme unos segundos como si yo fuera un ser de otro planeta, respondió en mi idioma.

—No estoy enojada; estoy harta de la estupidez humana, de la hipocresía, de los lugares comunes, de los convencionalismos, aquí y en cualquier otra parte. —El comentario me desconcertó. Parecía provenir de un adulto, no de una pequeña de apenas siete años. Y eso sin contar con la cuestión del idioma, una incógnita que me propuse esclarecer de inmediato.

—Te expresaste muy bien en mi lengua; aquí todos hablan kazajo o ruso.

—Viví muchos años en tu país —respondió sin vacilar. ¿Qué podía significar “muchos años” para alguien como ella? Pedro dijo que habían llegado a Kazajistán cuando los niños eran muy pequeños.

—¿Cuántos, exactamente? —pregunté con un dejo de burla.

—Más de treinta. —Lo mencionó como al pasar, sin tomar en cuenta la incongruencia de tal información. Pero antes de que yo pudiera agregar nada, continuó—. Esta es mi novena vida; durante la séptima fui Alfonsina Storni, la poeta. Me suicidé en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938.

El universo se dio vuelta como un guante. Jamás, en todo el tiempo que llevo en la Tierra aparentando ser un ser humano común y corriente, había conocido a otra criatura como yo, a otro condenado a un eterno renacer en otro cuerpo, conservando los recuerdos de la vida anterior con una perfección absoluta. Me estremecí ante la idea de que debería esperar por lo menos diez o doce años para entablar con ella una relación fructífera. Pero me tranquilicé de inmediato, ¿qué son diez o doce años para seres como nosotros?

Sergio Gaut vel Hartman, nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947, es el creador y coordinador de MICROFICCIONES Y CUENTOS desde abril de 2024. Además de este, pueden leer otros 25 cuentos publicados anteriormente.


EL JUGUETERO

Volker Dornemann

 

¿Lo ves, amor mío? ¡Todo vuelve a estar bien! ¿No te dije que todo volvería a estar bien? ¡Deberías haber confiado en mí! Nos habríamos ahorrado mucho sufrimiento.

Pero... ¡ay!, quizá todo tenía que suceder así. Porque ¿acaso no estamos ahora incluso mejor que antes? Casi como cuando nos conocimos.

¡Qué grande, qué maravilloso fue nuestro amor durante aquellos primeros días! No te importaba que yo fuera apenas un humilde juguetero. No te importaba que tu padre se negara a bendecir nuestra unión. Tenías tus propias ideas y seguías a tu corazón, sin preocuparte por las consecuencias.

¡Me sentía tan orgulloso de ti, tan feliz! ¡Los dos lo éramos!

¿Cómo pudo desvanecerse aquella felicidad? ¿Cómo pudo nuestro amor convertirse en todo lo contrario?

Debería haber reconocido las señales. ¡Las reconocí demasiado tarde! Tu temperamento, tu fuerte voluntad, tu carácter indomable... todo eso lo admiraba en ti. ¡Admiraba que, desafiando todas las convenciones sociales, antepusieras nuestro amor a cualquier otra cosa!

Debería haber comprendido que ese carácter, ese temperamento, también podía ser destructivo. Que era necesario refrenarlo. Porque en el matrimonio una mujer debe obedecer a su marido, tal como Dios lo ha querido y dispuesto. Como ha sido desde tiempos inmemoriales y como siempre ha sido.

Sé que no puedo culparte únicamente a ti. Yo estaba cegado. Y no lo comprendí hasta que fue demasiado tarde.

¡Casi! ¡Gracias a Dios, solo casi! Porque ¡míranos ahora! Todo vuelve a estar en orden. ¡Y así seguirá, si el destino lo quiere, hasta el fin de nuestros días!

Nuestra última discusión estuvo a punto de separarnos. Querías abandonarme. No te importaba el estigma que pesa sobre una mujer divorciada. Como entonces frente a tu padre, también ahora tu obstinación era más fuerte que cualquier razonamiento.

Yo no quería hacerte daño. ¿Verdad que lo sabes, chérie? Pero yo también tengo cierto temperamento. ¡Un hombre tiene su orgullo! Tus palabras me habían herido profundamente. ¡Y al final hasta te reíste de mis sentimientos lastimados! Seguramente fue la histeria que afecta a las mujeres cuando sus humores se desequilibran.

¡Yo no quería golpearte! ¡No con tanta fuerza como para que perdieras el equilibrio y cayeras al suelo! ¡Tú lo sabes! No soy un mal hombre.

Fue un accidente que, al caer, tu cabeza golpeara de tan mala manera contra el borde de la cómoda. De eso no cabe ninguna duda. Y si hubieras muerto, cualquier juez lo habría considerado de la misma manera.

Pero tu herida no fue mortal, ¡gracias a Dios! Hoy sé que Él, en su sabiduría, dispuso que así fuera.

Solo tu mente se había marchado. Se había desvanecido hacia regiones del más allá. Y con ella, tu carácter rebelde. También desaparecieron las facultades más elementales que posee hasta un niño: el habla, los movimientos coordinados. En tu envoltura de carne no había quedado nada salvo el vacío.

Y comprendí: ¡esta era nuestra oportunidad!

Porque el vacío podía volver a llenarse. Y esta vez únicamente con cosas buenas, allí donde antes habitaban las malas. Con orden allí donde antes reinaba el caos.

Solo soy un juguetero, es cierto, ¡pero gozo de gran prestigio entre los de mi oficio! No me limito a crear sencillas figuras talladas o muñecas inanimadas. ¡Oh, no! Conozco y utilizo las leyes de la mecánica, poseo los conocimientos y la destreza de la relojería. ¡Creo maravillas mecánicas dotadas de vida!

También esto contribuye a nuestra buena fortuna: vivimos en una época de grandes descubrimientos e invenciones. Con la fuerza del vapor impulsamos colosos de acero a través de los mares; con montgolfieras y dirigibles vencemos la gravedad de la Tierra, que nos mantuvo encadenados durante milenios. Medimos el tiempo con precisión mediante engranajes y resortes metálicos.

Engranajes y resortes. Y una llave para dar cuerda al mecanismo y poner en movimiento unos miembros inertes.

Tus movimientos ya no poseen la gracia con que antaño parecías flotar sobre el suelo cuando bailabas. Todavía no. Tendré que introducir algunas mejoras.

Confía en mí: ¡el progreso no se detiene!

Echo un poco de menos las conversaciones que manteníamos cuando nuestro amor todavía era joven. Las palabras tiernas que susurrabas a mi oído. Sin embargo, no extraño los crueles insultos que terminaste lanzándome.

Ahora se me ocurre algo...

¿Recuerdas el grafófono que compré para nosotros, para conservar eternamente nuestros juramentos de amor, inmortalizándolos en cera? Tú me convenciste de comprarlo, aunque aquel pequeño aparato era caro y consumió buena parte de nuestros ahorros. Fue una idea maravillosa, aunque ni tú ni yo podíamos saber entonces hasta qué punto aquel cilindro llegaría a sernos útil algún día.

¡Ahora será tu voz! ¡Y tus dulces palabras hablarán únicamente de amor!

¡Ah, qué hombre tan feliz soy! ¡Qué pareja tan feliz seremos! ¡No más discusiones, no más contratiempos! ¡Nunca más!

Quizá solo falte una cosa para que nuestra felicidad sea completa. ¡Para que no seamos únicamente una pareja feliz, sino una familia feliz!

¿Conoces la historia de la marioneta de madera que deseaba convertirse en un niño de verdad?


Volker Dornemann reside en Bochum, Alemania, y trabaja como autor independiente de ciencia ficción, terror y otros géneros fantásticos. Publica sus relatos en diversas revistas como c't, Space, Spektrum der Wissenschaft, Phantastisch, Exodus y Weltenportal, así como en antologías y en sus propios libros. Hasta la fecha, ha publicado siete colecciones de relatos, tres de las cuales contienen 200 microrrelatos cada una (con un máximo de 500 palabras por relato). Otras dos se encuentran actualmente en preparación.

ALICE

Alex S. Johnson

 

Hay cierto ritual, cierta manera de ser ella que a la vez la revela y la oculta. Siente que se le corta la respiración, como si alguien le hubiera pisado el empeine. Se siente vulnerable, pero no tiene miedo porque los tranquilizantes le calman la mente, la envuelven en un baño de algodón, la apaciguan y reconfortan.

Y entonces entra en la sala y sabe que el mar atmosférico está llegando, porque vio los informes de las noticias y no dejaba de esperar que dijeran algo sobre Tony. Pero Tony estaba... Tony se había ido, así, sin más, como si nunca hubiera existido.

Era cierto que él y ella nunca habían sido muy cercanos, salvo durante aquel verano, pero descubrieron que compartían el amor por De Kooning. Algo en la serie «Woman» conmovía a ambos, la manera en que los pasteles estaban embadurnados, el rostro de la mujer contorsionado detrás de otra capa de máscaras sobre máscaras.

Encontraron claridad detrás de la pared de copas de vino a través de la cual se espiaban aquella noche tan tranquila y, al día siguiente, como un preludio, él se había ido, un preludio musical.

Ella pensaba que debían de haber sido primos. Pensaba que debían de haberse conocido en el pasado, quizá en otra vida. Pensaba que en aquella otra vida él había sido Alice y ella Tony. Pensaba muchas estupideces.

Había llegado el momento, el momento de adornarse con la máscara. Por supuesto que se había preparado, se había preparado detrás de la máscara que le presentaban los espejos, pero siempre había algo sutilmente equivocado, quizá alienígena, en la base de maquillaje, que hacía que el colorete y todo lo demás, todo lo demás, resbalaran sobre su rostro, cayeran y tropezaran, tropezaran y cayeran.

Se sentía mareada. Metió la mano en el bolso y aferró el frasco. Era un frasco verde de medicamentos recetados y había tironeado y arrancado la etiqueta con las uñas, que estaban ligeramente descascaradas y quebradas y, oh, ¿por qué no iba a una manicura, por qué no se las cortaba? Algo se había desplazado, algo había resbalado, y sentía inestables los tacones bajo los pies y el vestido de cóctel debía de estar puesto al revés, porque las miradas y las sonrisas astutas que percibía por el rabillo del ojo le mostraban, le decían, le revelaban que Tony ya no estaba en el aire.

El mar atmosférico también había aparecido aquel día y se lo había llevado en forma atómica, partes de él arrastradas, partes de él demoradas, del mismo modo que ella se preguntaba si los viajes en avión no dejaban varadas versiones nuestras de líneas temporales alternativas en diversos puntos de intersección... quizá una Alice más ingeniosa, menos frágil, más mundana estuviera sentada en un café de París o Ámsterdam y ¿seguirían existiendo los cafés de hachís? Siempre se lo había preguntado, había experimentado un poco en la universidad, pero ahora que era adulta, que estaba ahí afuera por su cuenta, aquello le parecía algo superficial y fuera de su alcance. No comprendía nada, no veía nada y no parecía aprender nada sobre sí misma. Pensó en empezar de nuevo, regresar a casa y conseguir un trabajo en la zona. Cualquier cosa. Ser práctica. Ahorrar algo de dinero. Pero había insistido en marcharse y seguir adelante en la Gran Ciudad, y ahora subalquilaba un lugar que sabía que no podría pagar.

Aunque tampoco estaba bien regresar a Poughkeepsie con el rabo entre las piernas. ¿Qué iba a hacer, quedarse en el sótano viendo dibujos animados los sábados por la mañana y comiendo cereales de chocolate como durante su adolescencia suburbana?

Tony estaba sentado dentro del enjambre atmosférico. Ella vio su sombrero revolotear a través de los ojos de su médula y después él estaba sobre la mesa y luego ya no podía verlo con claridad, estelas de vapor azul bailando en los bordes de su visión. Y después se había ido, ido, ido, por el sendero blanco del conejo, ido.

Se había puesto el vestido de fiesta aunque en realidad no era esa clase de fiesta, si entienden a qué me refiero, y podía sentir los ojos sobre ella, el juicio; ellos sabían que ella no encajaba allí y pronto tendría que empezar a inventar excusas o sencillamente marcharse, de manera abrupta, y si en realidad nunca la habían querido allí, sin duda todos exhalarían un suspiro de puro alivio: oh, miren, esa ya se fue, todo en ella estaba mal, no era ingeniosa, no era la adecuada, era aburrida con su vestido de cóctel... una flor de pared vestida para emerger por las grietas pero cayendo cada vez más y más hacia el interior de la estela de vapor, y Tony estaba allí, al final de la estela, con algo en la palma, algo apretado en la palma, y ella no quería verlo...

No quería ver el guion... su guion, despertar ahogándose con el lodo de pastillas que su cuerpo había asimilado increíblemente una y otra vez, aunque... Tony tenía el frasco de pastillas en la mano y se lo empujaba delante de la cara: mira la dosis, querida, mira aquí, ahora ya es demasiado tarde...

El río atmosférico corría a través de su médula y el dolor se abría paso a martillazos por su garganta, pero no encontraba una salida, no encontraba por dónde escapar, y entonces ella quedó sola entre los brazos del vapor azul.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

 

lunes, 31 de agosto de 2026

EL CUERPO

Claudia Isabel Lonfat

 

¿Te acordás, Gachi, cuando la Polaca nos decía que el pecado se notaba en el cuerpo, que todo cambia, que se desarrollan las tetas y el vello púbico crece como una maraña a la que llamó “alambres retorcidos”? Mientras recitaba sus sentencias morales, le mirabas los labios finos que se adelgazaban más con el gesto, hasta parecer ranuras que escupían cosas. La imitabas, estirando la boca y escondiendo los labios. Nos reíamos como locas. También nos compadecíamos de su hija que se sonrojaba con los comentarios de su madre y agachaba la cabeza hasta quedar jorobada. Tu risa inundaba todo mi espacio, contagiándome, inyectándome vida. Solo así podía salir de mi cono de sombra, donde se aislaba la niña de doce años para escribir poemas sobre pequeños muertos y cuervos. Hacías mi mundo libre y hermoso, hasta que llegaba Lena, tu vieja, como la llamabas a escondidas para no recibir una cachetada o pellizco. Lena para mí era la mujer roja, porque su nariz y mejillas estaban coloradas de furia. Limpiaba casas todo el día, y fregaba a mano ropa ajena, hasta dejarla inmaculada. Apenas veíamos que metía su mano gastada entre las tiras de plástico de la cortina multicolor, asomándose con el entrecejo fruncido y su mejor cara de diabla, el silencio era instantáneo; el canario dejaba de cantar, y los gatos huían a la casa del vecino. Inspeccionaba toda la casa en busca de alguna pelusa, alfombra fuera de lugar, migas de pan o cualquier mínimo descuido, como una sábana arrugada o mal tendida. Después abría la heladera y revolvía el plato de los fiambres. Se demoraba un largo rato durante la inspección y volvía furiosa, con pasos vacilantes y oliendo a alcohol. Me implorabas con la mirada. Yo sabía que me tenía que ir, que nos habíamos comido dos fetas de fiambre y te esperaban gritos y quizás alguna paliza. Y cuando ocurría esto último, no hacía falta contarlo. El cuerpo lo dice todo, Gachi. El tuyo era como la primavera, colorido, exuberante, prematuramente deseable. Dice que se posan ojos indebidos, y que las vecinas te odiaban porque sus hombres no podían evitar mirarte. Te culpaban por despertar el pecado en ellos, eso que no se podía decir. ¿Te acordás de Marquitos, el nene qué cuidabas para ganarte unos mangos, y el verano qué me pediste que te ayudara a cuidarlo? No querías quedarte sola porque estaba el padre; ese que nunca tuvo nombre, siempre fue “El papá de Marquitos”. Aquel día, cuando vio que tenías compañía, se fue enojado, y nosotras nos metimos rápido en el bañito de afuera, para revisar el rincón misterioso tapado con una lona y ladrillos. Aprovechamos que el nene dormía, para desentrañar el misterio. Había una pila de revistas. No eran ni de moda, ni de autos, ni fotonovelas. Eran revistas pornográficas. Las miramos. ¿Te conté Gachi que una vez vi un pito enorme, el de mi vecino, que salió desnudo al patio mientras yo jugaba con el perro en la terraza y que me escondí para que no se diera cuenta? Te reíste, pero no dijiste nada. Cada una de las revistas era la historia de un encuentro sexual, y como las fotonovelas, tenían principio y final. Las mirabas en silencio. Ese día que te vi desnuda fue revelador. Te estabas bañando, y enjabonada abriste la puerta para pedirme otra toalla porque se te había mojado. Fue cuando me di cuenta. No porque no te haya visto antes desnuda, de hecho muchas veces nos bañábamos juntas, pero por primera vez entendía las diferencias del cuerpo, el tamaño de tu vulva tan distinta a la mía. Y te pregunté con inocencia: ¿por qué tu chocha es grande y arrugada? Y vos te pusiste mal, nunca antes te había visto así. Te pedí que me contaras, pero no tenías voz, movías la boca, como un pez fuera del agua, y no salía ningún sonido. Me asusté, lloré, te abracé. Después recordé ese día que discutimos por una pavada, y te quedaste tildada en medio de una avenida. Te agarré de la mano, y me dijiste: “Sos lo único que tengo en la vida, si me dejás me mato”. Yo te abracé igual de fuerte que cuando tuve la revelación del cuerpo. El mundo siguió, la vida nos separó y no nos volvió a unir. Ni siquiera treinta años después al reencontramos en la fiesta de ex alumnos. Te hice recordar el día que nos conocimos en la plaza Alianza. Estabas en la calesita, yo me subí y charlamos mientras la hacíamos girar hasta marearnos. Y la sorpresa al encontrarte en tercer grado entre mis compañeros. Me dijiste: “No recuerdo nada Flaca, vos sos mi memoria”, y te volví a ver el mismo gesto de niña, cuando te mordías el labio inferior mostrando las paletas, frunciendo tu nariz respingada y pecosa. 


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

 

HISTORIAS DE PIEDRAS

Tōuya Tachihara

 

(Estas historias fueron publicadas anteriormente en Twitter y cada una de ellas fue escrita para no superar los 140 caracteres japoneses.)

 

En la Feria Literaria de Sapporo encontré un libro maravilloso. Cada ejemplar contenía una piedra diferente y el comprador podía elegir la suya. Yo me enamoré a primera vista de una piedra que parecía un hueso.

Seguramente cada persona que compre este libro tendrá un sueño distinto. Como la edición está limitada a cincuenta ejemplares, me he tomado la libertad de escribir cincuenta historias.

1

Me dijeron que la habían recogido en un río de Otaru y me la llevé a casa. En otros tiempos solía ir allí con el hombre al que amaba. Qué recuerdos. La piedra era blanca y parecía un hueso. Me la introduje con delicadeza en la boca y reconocí sin lugar a duda su sabor.

Por fin has vuelto conmigo. Tienes el mismo sabor de entonces, a sangre y carne. Bienvenido a casa, amor mío. Bienvenido, después de que te arrojé al río.

2

Me regalaron una piedra roja y reseca. Antes de acostarme llené un vaso con agua y la sumergí.

A la mañana siguiente, la televisión e Internet no hablaban de otra cosa: inexplicablemente, Marte había quedado inundado durante la noche.

3

Me dijeron que la piedra había sido recogida en Sajalín y la llevé sin darle demasiada importancia a la casa de mis padres. Cuando se la mostré a mi abuela, postrada desde hacía años, su rostro se iluminó de pronto con una sonrisa y lanzó un pequeño grito:

—¡Papá!

Yo nunca lo había sabido, pero al parecer su padre había sido internado en aquellas tierras y jamás regresó. Desde entonces, mi abuela duerme todas las noches abrazada a la piedra como si fuera su mayor tesoro.

4

Mientras caminaba por una calle en la que el sol reverberaba con ferocidad, vi a una niña agachada bajo la sombra de un árbol.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.

—¡Hay muchas! —respondió.

Ante ella había varias decenas de piedras. Cuando las tomé, descubrí que todas estaban frías. Sapporo es una ciudad poco húmeda y los lugares a la sombra pueden resultar sorprendentemente frescos.

Supongo que las piedras también querían protegerse del calor.

5

Tenía tanta hambre que no podía soportarlo y me comí una piedra. Para mi sorpresa, estaba deliciosa. Por desgracia, se me quedó atascada en la garganta. Qué pena. Ahora ya no puedo decir nada de lo que deseo decir. Tampoco las cosas que debería decir: todas han quedado enterradas en mi vientre.

—Tal como está el mundo, lo mejor es que no digas nada —comentó mi esposa, entrecerrando los ojos con satisfacción.

6

La enorme roca, venerada durante siglos como una divinidad, fue dinamitada durante las obras de ampliación y voló en mil pedazos. En su lugar construyeron una magnífica carretera.

Cierto día se produjo un alud de barro. La roca que siempre lo había contenido ya no estaba allí y, sin embargo, nadie murió: momentos antes del desastre, una tormenta de pequeñas piedras cayó sobre la carretera y obligó a interrumpir el tránsito.

La piedra continúa protegiéndolos.

7

Como tenía problemas en un ojo, fui al médico y me lo reemplazó de inmediato por uno nuevo. Cuando regresé a casa y me miré en el espejo, descubrí que llevaba engarzada una espléndida amatista.

«¿Acaso entré por error en una joyería?», pensé, y me eché a reír a carcajadas ante aquel desenlace digno de un rakugo.

8

—¡Me mataron después de maltratarme injustamente, cuando yo solo había querido comer! ¡Hasta me llenaron el vientre de piedras! —protestó el lobo ante el rey Enma en el otro mundo, relatándole su muerte miserable.

—He leído tu demanda —respondió Enma con gravedad—. En tu próxima vida seguirás siendo un lobo, pero los siete cabritillos reencarnarán como los tres cerditos.

9

Tenía algo pesado alojado en el pecho y hasta respirar me resultaba doloroso. Vivir era un tormento, de modo que vagué en busca de un lugar donde morir. Al inclinarme sobre las aguas de un lago tranquilo, una piedra enorme salió rodando de mi boca.

De pronto, libre de aquel peso, sentí que el corazón se me aligeraba. Ya me marchaba lleno de alegría cuando una mujer me llamó desde atrás:

—¿Cuál de estas piedras es la que has perdido?

10

—Existe una piedra mágica capaz de conceder un solo deseo —me dijo mamá mientras me mostraba su tesoro—. Me la regaló tu abuela.

Ahora soy yo quien le enseña la piedra a mi hija.

—Me la dio la mamá de mi mamá. Es una piedra maravillosa que nadie ha utilizado todavía. Estoy segura de que algún día también te la regalaré.

11

Acusaron a mi hermana de adulterio y la gente comenzó a apedrearla. No dejaron de arrojar piedras hasta que su cuerpo quedó destrozado y murió. Solo cuando las piedras formaron una pequeña montaña volvió a reinar el silencio.

Recogí una de ellas y la apreté con fuerza.

Mi hermana no había cometido adulterio. Un hombre le había preguntado cómo llegar a cierto lugar y ella se había limitado a indicarle el camino.

Aquel mismo día abandoné mi casa, mi aldea y mi país.

12

Mi padre me compró una piedra lunar en la tienda de recuerdos de un museo. Yo la enterré en el jardín.

Poco después ocurrió algo extraordinario: la Luna comenzó a aproximarse con rapidez a la Tierra y los científicos anunciaron que podía llegar a chocar con ella.

Corrí al jardín, desenterré la piedra y la arrojé hacia el cielo con todas mis fuerzas. La Luna regresó a su lugar.

13

En nuestra familia había una roca de jardín que habíamos cuidado durante generaciones. Al cumplir quince años, mi hijo decidió pulirla. En su interior había agua y un pez nadaba en ella.

Mi esposa, horrorizada, ordenó que rompieran la piedra. El pez se convirtió en dragón y ascendió al cielo. Nuestra familia cayó de inmediato en la pobreza.

Pero mi hijo sonrió.

—Así está bien. Nadie debe conservar durante demasiado tiempo un poder que excede el conocimiento humano.

14

Un hombre que sostenía una piedra mientras insultaba a otra persona dijo:

—Cuando arrojo una piedra, yo también siento dolor.

Alguien que observaba la escena le preguntó:

—Si nadie te ha golpeado, ¿por qué habría de dolerte?

—No he dicho que me duela la mano. Cuando lastimo a alguien, me duele el corazón.

Otro hombre, al oírlo, le dio un puñetazo.

—Pues a mí ahora me duelen la mano y el corazón.

15

Repudiada por poseer un corazón frío como la piedra, la princesa se recluyó a solas en una torre elevada. Los pájaros se convirtieron en sus amigos y acudían a cantar para ella todos los días.

Una bruja le había robado la sonrisa. Solo las criaturas que no eran humanas pudieron comprender su verdadera bondad y su nobleza.

Cuando por fin se quedó sola, la princesa encontró la paz.

16

En cierta aldea había una hermosa estatua de piedra que representaba a una doncella. Un viajero se enamoró de ella a primera vista, aunque sabía que su amor era imposible.

Un anciano le contó la leyenda: cuando el Sol y la Luna aparecieran juntos, la doncella recibiría un cuerpo de carne y hueso. El viajero esperó. Esperó hasta envejecer y morir.

Tiempo después, el Sol y la Luna aparecieron juntos.

La doncella derramó una única lágrima.

17

Encontré una piedra azul en mi bolsillo. No recordaba cuándo la había recogido. Al sostenerla contra el sol, apareció en su interior un dibujo maravilloso. Entorné los ojos para observarlo mejor y, en un instante, fui absorbido por la piedra.

Mientras intentaba decidir qué hacer, desconcertado, introduje una mano en el bolsillo. Por alguna razón, allí había una piedra blanca…

18

—¡Voy a desenterrar una piedra increíble!

Mi hermano, fanático de las piedras, partió hacia otro país y desapareció. ¡Perderse por culpa de unas simples piedras! Todos los días lloraba mientras contemplaba las que guardaba en su habitación.

Hasta que una tarde oí su voz. Observé una de las piedras con atención y descubrí en su interior un mundo diminuto. Allí estaba mi hermano, viviendo feliz.

Supongo que realmente lo es.

19

En Occidente existe una historia sobre un hombre que coloca por accidente el anillo de compromiso en el dedo de una doncella de piedra y luego es perseguido por ella. En Japón, en cambio, tenemos un cuento en el que alguien cubre con sombreros unas estatuas de piedra de Jizō y recibe una generosa recompensa.

¿A qué se debe semejante diferencia?

Me lo pregunto mientras observo a la muchacha que sonríe frente a mí. Ahora que lo pienso, creo que una vez le puse una bufanda a la estatua de una joven.

20

Había un escultor extraordinario. Al contemplar una piedra sabía qué figura debía liberar de ella y la tallaba. A veces surgía un anciano; otras, un ave o una bestia.

Cierto día esculpió un dinosaurio tan perfecto que parecía vivo. Un científico acudió a verlo y, maravillado, le preguntó cómo lo había conseguido.

—Me limito a leer los recuerdos encerrados en la piedra —respondió el maestro.

21

Una joven murió consumida por un amor no correspondido. Desde entonces, cada noche visitaba al hombre amado acompañada por su criada. Cuando el hombre descubrió que se trataba de un fantasma, se encerró en su casa y se negó a recibirla.

—¡Qué humillación! —gritó ella.

Enfurecida, arrojó algo contra la puerta. Esta se hizo pedazos sin ofrecer resistencia y, al otro lado, apareció el hombre temblando de miedo.

A la mañana siguiente, en aquel lugar solo encontraron un viejo farol de piedra.

22

Había un puente que se derrumbaba con cada inundación. Prometieron una gran recompensa a un hábil carpintero llegado desde muy lejos y le encargaron la construcción de un puente de piedra.

El día en que terminó la obra, enterraron vivo al carpintero para convertirlo en sacrificio humano. Por supuesto, tampoco le pagaron.

Al final, el puente resultó resistente y útil, y nunca cayó sobre él maldición alguna.

Así funciona el mundo.

23

Mi padre vivió la guerra durante su infancia y jamás olvidó el terror de los bombardeos. Un niño de familia adinerada alardeaba siempre de que habían construido bajo su casa un refugio antiaéreo de piedra.

—¡Allí estaremos seguros! —repetía.

Un día, una bomba cayó sobre la casa. Cuando mi padre fue a verla a la mañana siguiente, descubrió que toda la familia había muerto cocida dentro del refugio del que tanto se enorgullecían.

24

No puedes imaginarlo. Hace mucho tiempo —incluso durante la generación de tus padres— las piedras fueron armas importantes. Todavía hoy pueden causar accidentes terribles.

A propósito, esa piedra incrustada en tu cabeza, ¿cuánto dolor te produjo?

Ah, ya no puedes saberlo. Qué lástima. Tendré que preguntárselo a otra persona.

25

Había un hombre obsesionado con el sonido de dos piedras al chocar. Si producían una nota aguda y cristalina, eran excelentes. Pero nunca encontraba el sonido ideal.

Todos los días recogía piedras, las golpeaba entre sí y escuchaba. Como broma, alguien le entregó una pieza de cerámica idéntica a una piedra.

—¡Este es el sonido! —gritó, enloquecido de alegría.

Pero la cerámica se hizo añicos en ese mismo instante.

26

Cuando me avisaron que mi padre, famoso por ser un cabeza dura, había muerto, regresé de inmediato a mi pueblo natal. Era un hombre de una obstinación inquebrantable: cuando tomaba una decisión, nada conseguía hacerlo cambiar de parecer.

Terminada la cremación, nos dispusimos a recoger sus huesos y no pude evitar echarme a reír. Como había padecido tantas enfermedades, estaban frágiles y casi no quedaba ninguno.

Pero el cráneo se conservaba intacto.

27

En Taiwán se practica la adivinación arrojando dos piedras con forma de medialuna. Mi suegra las llamaba poe. Supongo que el método de interpretar las combinaciones de sus caras procede del I Ching.

Las probabilidades de que el cometa choque contra la Tierra son del cincuenta por ciento. Contemplo la media luna en el cielo nocturno y la sombra que proyecta sobre la tierra, y realizo mi propia adivinación.

Luna, ¿tiene alguna posibilidad de sobrevivir el niño que llevo en mi vientre?

28

Todos los miembros de la familia se reunieron alrededor de la mesa. Era una asamblea importante: decidirían mi futuro. Sirvieron la comida.

Mi tío golpeó ligeramente con un dedo la enorme mesa de piedra y bromeó:

—Parecemos los caballeros de la Mesa Redonda.

En realidad, se trataba de la Última Cena.

Todos, excepto yo, ya habían brindado con el vino envenenado con arsénico.

29

Mi abuelo me enseñó un juego que se practicaba con piedras blancas y negras. Me apasionó desde pequeño y continué jugándolo incluso después de hacerme cargo del trabajo de mi abuelo y de mi padre.

Por fin he alcanzado una posición en la que nadie puede darme órdenes. Juguemos a mi antojo. Venus será blanco; Marte, negro. Sí, también convertiré la Tierra en una piedra negra.

El universo es un gigantesco tablero de go. Ser dios no está nada mal.

30

Un torrente devoró la tierra. Casi todos los seres vivos fueron arrastrados por las aguas mientras imploraban la ayuda de Dios. Compadecido, Dios depositó una piedra verde bajo el agua. Gracias a ella se salvaron las criaturas que habitan hoy el mundo.

Hijos míos, compadézcanse de ellas. Nosotros no tenemos nada que temer, por grandes que sean las olas.

¡Larga vida a los peces!

31

—Solo quien esté libre de culpa puede arrojar una piedra —declaró el rey.

Todos los habitantes del reino apedrearon al condenado.

Al día siguiente, el rey proclamó:

—Solo quien se reconozca culpable puede arrojar una piedra.

Nadie lo hizo.

32

En cierto planeta descubrieron unas ruinas. En ellas había una plataforma gigantesca de piedra. ¿Se trataba de un recinto religioso, de un espacio político o de ambas cosas?

Los investigadores debatieron en el lugar, pero no consiguieron llegar a ninguna conclusión.

Poco después descubrieron la respuesta. Un alienígena gigantesco salió de su escondite, inmovilizó a los científicos y comenzó a cocinarlos sobre aquella enorme tabla de cortar.

33

La leyenda afirmaba que quien extrajera la espada clavada en la roca se convertiría en rey. Todos los que lo intentaron fracasaron.

Hasta que un hombre rompió la roca y se apoderó de la espada. Como, para ser exactos, no la había «extraído», comenzó una encarnizada discusión sobre si debía ser reconocido como rey.

Aprovechando la disputa, un país enemigo invadió el reino. El hombre de la espada lo expulsó gracias a su astucia.

Y se convirtió en rey.

34

Entre unas ruinas antiguas se alzaba un misterioso conjunto de megalitos. Nadie había conseguido descifrar sus inscripciones. Eran consideradas el mayor enigma del mundo y se rumoreaba que quien las interpretara descubriría el secreto de la creación.

Un niño contempló los dibujos y se echó a reír.

—Nosotros también hacemos cosas así —le explicó a su padre—. Son garabatos.

¿Cuál será la verdad?

35

Un demonio furioso maldijo a un hombre: todo cuanto tocara se convertiría en piedra. Los alimentos y las bebidas se petrificaban apenas entraban en contacto con sus manos. El hombre padecía hambre, pero la propia maldición le impedía morir. Hasta el viento se transformaba frente a él en pequeñas piedras que caían dispersas.

Vagó durante años, atormentado por la soledad.

Al final, se abrazó a sí mismo.

36

Había un joven cuyo aspecto era tan extraño que no podía salir de casa. Solo se relacionaba con los demás a través de Internet. En un chat conoció a dos hermanas tímidas. Mensaje tras mensaje, su afecto fue creciendo, aunque ninguno reunía el valor necesario para encontrarse en persona.

Hasta que las hermanas confesaron:

—En realidad, ¡somos gorgonas!

El joven sintió un enorme alivio.

Él era una gárgola.

37

Había un hombre capaz de pulverizar rocas con el pensamiento. La gente se burlaba de él y afirmaba que semejante poder no servía para nada.

Un día llovió con tanta intensidad que la montaña se derrumbó, pero la aldea se salvó: el hombre destruyó todas las rocas y piedras que caían sobre ella. Solo entonces reconocieron por primera vez su valor.

Como se había convertido en un bien de la comunidad, lo encerraron en un rincón de la aldea.

38

Deseosos de que sus extraordinarios logros fueran recordados eternamente, los habitantes de una civilización grabaron sus palabras en tablillas de piedra.

Tal como esperaban, las tablillas sobrevivieron a su desaparición. Otros pueblos las heredaron y sus estudiosos consiguieron descifrarlas e investigarlas. Cuando también aquella civilización se extinguió y todo ser vivo dejó de existir, las tablillas continuaron dormitando detrás de las puertas oxidadas de un museo.

Esperaban el surgimiento de una nueva civilización.

39

Una anciana pareja muy devota entregó sus capas de paja y sus sombreros a dos estatuas de Jizō. Después regresaron a casa por el camino nevado, temblando de frío.

Aquella noche oyeron un ruido en la entrada. Al abrir la puerta, encontraron allí a las dos estatuas que habían visto durante el día.

—Hemos venido a devolverles el favor y darles calor.

Los Jizō se aferraron a los ancianos con sus cuerpos de piedra helada.

A la mañana siguiente encontraron los dos cadáveres congelados…

40

Era un planeta donde solo existían arena y piedras. No encontraron bacterias y lo declararon carente de vida.

Los técnicos enviados para preparar su colonización murieron en pocos días. Las piedras se introdujeron por cada orificio de sus cuerpos y los destruyeron desde dentro.

Sí, las piedras eran las armas con las que los habitantes se defendían de los invasores.

Los granos de arena eran los habitantes.

41

Hojas de tiempos remotos, insectos, agua… El ámbar ha albergado toda clase de cosas y los seres humanos siempre lo han amado por su misterioso encanto.

Un niño encontró una pieza extraña. Era tan grande como su puño y contenía en su interior una multitud de engranajes. Después descubrió una tras otra nuevas piezas de ámbar que encerraban toda clase de objetos.

Entonces comprendió que él también se encontraba dentro del ámbar.

42

La persona que lleva un gran cristal engarzado en el dedo solo se preocupa por su resplandor y no presta atención a nada más. Hasta conversar conmigo parece resultarle difícil.

Al cabo de un rato comenzó una discusión, pero de pronto todo quedó en silencio. Me asomé y vi que el anillo que tanto apreciaba se había partido en dos.

Es verdad que llevar el cerebro como accesorio resulta muy práctico, pero tiene sus inconvenientes.

43

El viento pasa, la lluvia fluye y la nieve se derrite. Los seres vivos crecen y envejecen, y ceden el mundo a las generaciones siguientes.

Solo las piedras permanecen detenidas en el instante y existen, momento tras momento, dentro de la eternidad.

44

El gólem era una criatura de barro. Poseía voluntad propia, pero no sabía cómo expresarla. Imitando a los humanos, se llenó la cabeza de pequeñas piedras. De inmediato se volvió más inteligente que ellos y la sociedad, aterrorizada, comenzó a perseguirlo.

—Las piedras valen mucho más que los sesos —lo consoló Sun Wukong, el Rey Mono nacido de una roca.

45

Cuando esa persona cuenta una historia de fantasmas, siempre deja una piedra antes de marcharse. Después de narrar algo que realmente le sucedió, abandona una piedra que vibra en consonancia con la historia…

Para quien la recibe es insoportable: padece pesadillas y fenómenos sobrenaturales.

¿Quieres saber cómo librarte de ella? Es muy sencillo. Debes arrojar la piedra y un puñado de sal gruesa a una corriente de agua limpia.

Es el método más eficaz.

46

Una mujer dotada de poderes espirituales afirmó que la habían maldecido. Para devolver la maldición, comenzó a comportarse de manera agresiva con las personas con las que ya no deseaba trabajar. Algunas se alejaron; otras la defendieron.

Las maldiciones son como espejos: reflejan nuestro verdadero rostro.

Con el tiempo, el cuerpo y el corazón de la mujer se endurecieron y quedaron rígidos como la piedra.

47

—Dentro de esta pequeña piedra cabe todo un universo —me confió ella—. Cada piedra contiene un cosmos, con sus mundos, sus civilizaciones y sus criaturas. ¿No te parece maravilloso?

Sonriendo, hizo añicos la piedra.

—Basta con que exista una sola diosa: yo. Tengo en mis manos el poder de conceder la vida y la muerte.

Mientras reía, vi que un dedo gigantesco descendía sobre su cabeza.

48

Las estatuas de Ninomiya Kinjirō de todo Japón echaron a andar y comenzaron a sermonear a los jóvenes que no estudiaban. Hachikō, en Shibuya, castigó solemnemente a quienes maltrataban a los animales. Las lápidas se levantaron y golpearon a sus irrespetuosos descendientes.

Quienes apenas consiguieron escapar de Japón llegaron a Estados Unidos a tiempo para presenciar cómo la Estatua de la Libertad aplastaba la residencia presidencial.

49

Las piedras rosadas, fabricadas al solidificar recuerdos preciosos junto con el rocío de las flores, se vendían a precios exorbitantes a quienes habían olvidado los sueños y el amor.

Después de venderlas, no quedaba en el corazón de sus antiguos propietarios ningún recuerdo cálido. Por eso volvían a comprarlas pagando tres veces el precio obtenido.

Un instante dulce, congelado para siempre.

Sin comprender que era aquello mismo de lo que se habían desprendido.

50

Junto a mi almohada hay un libro maravilloso. En su última página contiene una piedra verdadera. La acaricio mientras me duermo y, en sueños, se van tejiendo historias sobre piedras.

—Solo serán cincuenta —me dijo la persona que me vendió el libro.

Pero ¿qué sucederá después?

Tengo sueño. Seguiré durmiendo hasta convertirme en piedra. Hasta que el mundo entero se convierta en piedra.

Tōuya Tachihara es escritora, traductora y profesora universitaria. Su obra de ficción abarca principalmente la ciencia ficción, la fantasía y el terror. También participa activamente en la traducción y difusión de la ciencia ficción en chino entre el público japonés. En reconocimiento a sus contribuciones en este campo, recibió el Premio Especial del Gran Premio de Ciencia Ficción de Japón.

 

 

FUGA SIN FINAL