jueves, 19 de marzo de 2026

EVOLUCIÓN

Oscar De Los Ríos

 

No puedo definir dónde me encuentro, tampoco puedo recordar cómo llegué. Por más que abro los ojos no veo; por más que corro no llego a ningún lado, el espacio parece desplazarse conmigo; no hay suelo, pero no caigo ni floto. La noción de tiempo y espacio carece de lógica. Aun así me siento cómodo, cuidado, protegido; es como volver a estar en el útero materno. ¿Será esto la muerte? ¿Naceré a una nueva forma de vida? ¿Qué pasará con todo lo que fui? Tal vez la vida se sienta de alguna forma después de la muerte, como la sensación de miembro fantasma; mejor dicho de cuerpo fantasma.

Han pasado diez años desde que, mi mentor y amigo, el doctor Andrés Kepler, antropólogo, se ha introducido de manera voluntaria, provisto de sensores, en donde él cree que se introdujo (y de lo que a mí me convenció, para secundarlo en su investigación). Hace treinta millones de años ingresó por primera vez un antepasado de homo sapiens y quedó atrapado en una suspensión temporal siendo, durante su estadía, como una pupa de insecto antes de la metamorfosis, para luego pasar al estado de imago y al fin salir al mundo exterior; al completar su ciclo, como un ser completamente evolucionado, que al no encontrar una semejante con quien reproducirse, inseminó a hembras salvajes en el primer estadio evolutivo, dejando una descendencia híbrida que continuó su ciclo de reproducción, (evolucionando e involucionando a un mismo tiempo, según de donde se lo mire), hasta la aparición del hombre. Llegó a esta conclusión luego de dar con un cráneo de un homorevolución (como llamó a este ser mucho más evolucionado que el ser humano actual), de treinta millones de años de antigüedad. Redefiniendo la teoría evolutiva de Darwin, infirió que la humanidad es una degeneración del verdadero estadio evolutivo que debemos alcanzar.

Luego de recorrer durante cinco años el África central, en la zona donde encontró el cráneo de homorevolución, a la que denominó “Alfa-Omega”, dio con la tribu Nontuhaaí. Tras convivir con ellos un año, recogió una leyenda que pasó de generación en generación desde tiempos ancestrales. La misma cuenta que existe una cueva muy adentro de la montaña, en la que no pueden ingresar ni el viento, ni los rayos de luna o de sol; en la cual descansa el espíritu que creó el mundo y que, solo cuando el hombre entre en esta zona, estará completo. Luego de oír el relato del brujo de la tribu, en las palabras del traductor que lo acompañaba, empezó a sentir una especie de júbilo. La historia, lejos de parecerle inverosímil, venía a reforzar su teoría, cuya tesis sostiene que: “En el centro mismo de Alfa-Omega existe lo que denominó un “Ojo del Tiempo”, en donde se manifiesta una desaceleración temporal, partiendo del futuro más lejano y, en forma simultánea, se produce una aceleración desde el origen de los tiempos, hacia el presente. Resultando de esto una tensión constante de ondas armónicas temporales, que hacen que, quien entre en ella, pueda evolucionar a su mayor estadio debido a que el futuro y el pasado avanzarán hacia él”. Tal distorsión temporal convertiría en obsoletos nuestros más precisos sensores y cronómetros al punto de que no solo no podrían medir o registrar este fenómeno, sino tan siquiera detectarlo. Para probar su teoría, luego de recorrer con guías nativos el territorio Nontuhaaí, trazó un mapa de la zona ubicando su centro. Se dirigió a ese lugar hallando la entrada a una cueva. A pesar del nerviosismo y la euforia, por dar con el sitio que buscaba hacía tantos años, tuvo la suficiente cordura como para no penetrar en la misma y solo introdujo la mano hasta la muñeca, de manera que el reloj de pulsera quedara dentro. Al retirarla, tras calcular que había pasado un par de minutos, comprobó que el reloj no había registrado el tiempo transcurrido en la zona Alfa-Omega. Repitió el experimento metiendo y sacando la mano rápidamente y el reloj adelantó dos minutos. “En este lugar existe una pulsión de fuerzas, que mantienen circulando el flujo temporal, pensó… sorprendiéndose a sí mismo al pensar que tal vez el tiempo podía ser una partícula. “Y, al adentrarnos en la cueva, este fenómeno se seguiría manifestando cada vez con más fuerza, hasta encontrar el equilibrio en su centro”. Este razonamiento lo llevó a tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre: debía llegar hasta el Ojo del Tiempo, en el centro mismo de la cueva, aunque en ello le fuera la vida. Sin decir una palabra a los nativos que lo acompañaban, volvieron a la aldea y a la semana partió rumbo a la Argentina. Ya regresaría con el equipo adecuado.

Apenas arribo al país me contactó, para ponerme al tanto de las nuevas buenas. Únicamente a mí me confió sus propósitos, agregando que temía que lo encerraran por loco; se había puesto un tanto paranoico. Recuerdo el día en que lo hizo.

—Me resulta imposible vivir en esta incertidumbre, Héctor —me dijo luego de ponerme al tanto de su proyecto y de cómo lo había elaborado—. Ingresaré en el Ojo del tiempo y tú me secundarás desde el exterior. Tu misión será la de crear los dispositivos que permitan monitorear mis funciones corporales y mi actividad cerebral mientras me halle en la cueva. Si no llegaras a registrar datos de los monitoreos se puede deber a una de dos razones: a que estoy muerto o a que estoy en lo cierto y el tiempo no corre allí de la misma manera en que lo hace en nuestro hábitat. Debes prometérmelo, aunque me creas en peligro, no ingresarás a la zona Alfa-Omega, sino que esperarás, estoy seguro de que en algún momento lograré mandarte alguna señal. Estamos tan inmersos en el devenir temporal, en la sucesión de hechos determinados por un lógico devenir: pasado-presente-futuro, que no hemos podido percibir que las arenas del tiempo avanzan en ambos sentidos. Por otro lado, si logro mandar un impulso cerebral desde el interior de Alfa-Omega al mundo, el pasado, el presente y el futuro se fusionaran y el tiempo como lo conocemos dejará de existir. —Yo lo escuchaba en un estado que oscilaba entre el asombro y la admiración—. Te he elegido para que me secundes —continuó con voz trémula—, porque desde el primer día en que nos conocimos, durante la conferencia que diste, en la facultad de Ciencias Exactas de La Plata, sobre “Diferencia entre nanoparches sensitivos y nanoparches intuitivos, y su relación con la Tecno-Matemática-Cuántica en la transmisión de datos”, supe que eras el indicado. Además, al conocer mi trabajo sobre el Ojo del Tiempo, has manifestado, en más de una ocasión, que seguirías mis pasos adónde fuera que estos te lleven.

Utilizando de manera clandestina el laboratorio de la facultad, meses después, durante la prueba de los Nano chips corporales, pudimos determinar, en simulaciones virtuales (nos fue imposible reproducir las condiciones temporales de la cueva), que para captar un pulso cerebral desde el exterior necesitábamos una longitud de onda que se moviera a una velocidad próxima o superior a la de la luz, para romper la barrera atemporal del Ojo del Tiempo. Así, si se producía algún cambio, podríamos enviarlo a mi computador. De ninguna manera yo podía ingresar para verificar el estado de los sensores; de hacerlo quedaríamos los dos suspendidos en el tiempo. El principal problema al que nos enfrentábamos era que el cuerpo y el cerebro humano eran demasiado lentos en registrar un cambio en sus funciones. De nada nos servía que lográramos que los nanosensores tuvieran una velocidad de procesamiento de datos cercana a la de la luz. Debido a esto realizamos cientos de ensayos virtuales que fueron un fracaso, hasta que en uno de ellos observé, al desprenderse un sensor del cuerpo, que este logro enviar un dato que no pudimos decodificar, pues no era una variación corporal. Este accidente me llevó a investigar las ondas de energía que se manifiestan alrededor del cuerpo humano, conocidas como Aura. A Partir de esta nueva rama que se abrió en la investigación me dediqué hasta la obsesión a diseñar un algoritmo que usaríamos para la transferencia de datos desde los parches que llevaría Andrés, no ya en el cuerpo, bajo la piel, sino alrededor de este. Los microsensores reaccionarían a cualquier tipo de cambio en el estado del cerebro, enviando los datos a partir de las variaciones producidas en el Aura. Al hacer las primeras pruebas nos encontramos con el hecho de que, este barrunto áurico, se manifestaría a través de la variación de partículas (iones positivos y negativos), presentes en los neutrones que conforman el campo energético de cada persona; a los que llamé Auféris. A través de ellos logré que el cuerpo liberara nano-porciones de energía. A los que tienen carga negativa les atribuí un efecto de proyección temporal con tendencia al futuro y, a los de carga positiva un efecto de proyección temporal con tendencia al pasado. Estos iones van a una velocidad superior a la de la luz y, por esto, registraríamos un cambio en las funciones corporales y principalmente en las neuronales, en el momento mismo de producirse. Haciendo un escaneo constante del cerebro, y un mapa neuronal, pude diseñar un algoritmo que relaciona, la variación energética en el campo áurico con el área del cerebro donde se va a manifestar el cambio. Tomando esto en una relación recíprocamente inversa, podría extraer y decodificar un pensamiento, en función de la variación producida en el aura humana. ¡Al fin estábamos listos!

Como ya manifesté antes, han pasado diez años y no estoy seguro de cuánto tiempo transcurrirá antes de que Andrés pueda abandonar la zona Alfa-Omega; tampoco si lo hará en el futuro o, tal vez, en el pasado. Paradójicamente, a pesar de haber realizado complejos cálculos matemáticos y de física cuántica (las ecuaciones que utilicé respondían tanto a valores positivos como negativos), me es imposible determinar si el cambio evolutivo que debería estar sufriendo se halla en sus orígenes o en su etapa final. De lo que sí estoy seguro es de poder extraer los registros, si se producen variaciones, y enviarlos alrededor del mundo a cualquier dispositivo inteligente, utilizando los agujeros negros de internet. De esta manera podría infiltrar un virus, a través del tráfico perdido de la web, el cual contendría una dirección IP que se guardaría en la memoria del ordenador y, a una hora programada, redireccionaría a los navegadores al sitio web adonde enviaría el mensaje. Desde el momento en que Andrés entró al ojo del tiempo, pusimos al mundo en un conteo regresivo y, en algún momento, la aceleración-desaceleración-temporal, que sufre esa zona, podría alcanzar nuestro presente, y los cambios en el planeta serán tan grandes que el tiempo dejará de correr hasta casi desaparecer como noción que perciben nuestros sentidos y la humanidad pasará a una etapa de crisálida, de la cuál surgirá evolucionada. En mis manos queda la decisión de crear una forma de vida de vida que nuestros sentidos actuales no pueden describir, ni comprender.

El momento crucial ha llegado, he recibido la señal tan largamente esperada y la he transmitido a todo tipo de aparato electrónico que esté conectado a internet. En las pantallas de los dispositivos lo último que algunos pueden leer es: “Mañana es hoy y hoy es ayer”. Por todo el mundo se produce un impulso áurico-crono-magnético que sumerge a la humanidad en un punto de fusión temporal, a partir del cual pasado y futuro comienzan a alejarse para instaurar el presente. Un presente que llegará dentro de millones de años y del cual surgiremos evolucionados en una forma de vida, que tal vez nunca comprenda lo que fue antes de salir de la crisálida.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

EL LOBO Y CAPERUCITA ROJA

Miriam Ootjers

 

Una vez, una suave brisa de primavera soplaba entre los árboles del bosque, los pájaros cantaban y una niña entrecerraba los ojos contra el brillante sol del mediodía. Llevaba una capa roja con capucha y, en la mano derecha, sostenía una cesta con pan fresco, ciruelas pasas y una botella de tequila. Caperucita Roja iba camino de la cabaña de su abuela.

Por qué una mujer necesitada de más de ochenta años había decidido seguir viviendo en medio del bosque seguía siendo un misterio para ella. Caminar todos los días por el mismo sendero del bosque, arrastrando una pesada cesta solo para tener que escuchar las quejas de la anciana empezaba a irritar a Caperucita. Sabía que tenía mejores maneras de pasar el día.

La puerta de la cabaña estaba abierta, pero la abuela no estaba por ninguna parte. Era la tercera vez ese mes, y Caperucita sospechaba que la abuela empezaba a volverse un poco senil. No era la primera vez que encontraba rasguños y moretones por toda la piel de la anciana. Cuando le preguntaba, la abuela miraba las heridas con sorpresa y decía que no tenía ni idea de cómo ni dónde se las había hecho.

Ante la perspectiva de tener que buscar por medio bosque, Caperucita dejó escapar un suspiro irritado y, con más fuerza de la necesaria, golpeó la botella sobre la mesa de la cocina, arrojó la cesta a un rincón y caminó con paso pesado hacia la puerta.

Justo cuando estaba a punto de bajar la manija, esta bajó sola y la puerta se abrió de golpe. La niña, que ya se estaba inclinando sobre la puerta, cayó directamente en los brazos del lobo, que la había abierto desde afuera.

La maldición de Caperucita ahogó el «disculpa» del lobo mientras él la empujaba de nuevo hacia dentro y cerraba la puerta tras de sí. Puso una pata sobre su boca para impedir que dijera algo más que una joven no debería decir.

—Sssssst —añadió, innecesariamente.

Se apoyó de espaldas contra la puerta, con las orejas atentas a cualquier sonido del exterior, mientras Caperucita, con los brazos cruzados, esperaba con impaciencia a que terminara su espectáculo.

—¿Qué estamos esperando? —preguntó finalmente.

El lobo le hizo un gesto para que guardara silencio.

—Alguien me persigue —susurró—. Con una ballesta.

La niña negó con la cabeza.

—No seas ridículo. La caza está prohibida desde hace años. ¿No has visto los carteles de «y vivieron felices para siempre» en cada entrada del bosque? Nadie vive feliz para siempre si alguien lo persigue con una ballesta. Ahora hazte a un lado, he perdido a mi abuela. Otra vez.

Impaciente, empujó al lobo a un lado y abrió la puerta. Una flecha pasó silbando junto a su oreja, cambiando instantáneamente la opinión de Caperucita. Cerró la puerta de golpe.

—Alguien te persigue —dedujo.

—Con una ballesta —asintió el lobo.

—O con un arco largo —replicó ella, aunque se dio cuenta de que ese no era el momento para empezar una discusión.

En vez de eso, tomó una escoba del armario, se quitó la capa y la ató al palo.

—Quizá ese no sea el color adecuado —sugirió el lobo.

Molesta, la niña arrancó la capa del palo, agarró el borde del mantel y lo tiró de la mesa de la cocina. El lobo atrapó la botella de tequila justo antes de que se hiciera añicos contra el suelo.

Caperucita abrió la puerta lo suficiente para sacar el palo de la escoba y agitó la bandera blanca arriba y abajo. Como no fue recibida por una lluvia de flechas, sacó con cuidado la cabeza, abrió la puerta y salió.

—Quienquiera que fuera, ya se ha ido.

El lobo salió con cautela por la puerta, preparado para saltar de nuevo dentro si veía el más mínimo movimiento entre los arbustos. Poco a poco se relajó.

—Esto lleva pasando días. Alguien está cazando en el bosque con una ballesta. A la señorita Armiño le dieron una flecha en la cola la semana pasada. Y justo ayer, el señor Zorro vio pasar una flecha sobre su cabeza. No esperó a la siguiente. Y todos recordamos el día en que desapareció toda la familia Visón.

Los ojos de Caperucita se posaron en el rasguño del brazo del lobo.

—Las flechas son rápidas —murmuró él, avergonzado, cubriéndose la herida con la pata—. Parece que ahora apunta principalmente a los lobos.

—Eres el único lobo en esta parte del bosque.

—Eso parece.

Entonces Caperucita recordó algo.

—Mi abuela está ahí fuera en alguna parte. Podrías ayudarme a buscarla.

El lobo se frotó el rasguño del brazo y luego miró por encima del hombro la botella de tequila en la mesa de la cocina.

—No, gracias —negó con la cabeza—. Quizá vuelva sola. Puedo quedarme aquí para que haya alguien esperándola.

La niña se encogió de hombros, volvió a ponerse la capa y desapareció entre los árboles.

Tan pronto como se fue, el lobo agarró la botella de la mesa, desgarró el pan en trozos y los puso en un plato. Observó las ciruelas pasas durante un rato, luego se encogió de hombros y las esparció sobre el pan. Llevó todo al dormitorio de la abuela, se acomodó en la cama y esperó el regreso de la niña.

Media hora más tarde se despertó al oír la puerta principal. Con la flecha de ballesta aún viva en su mente, rodó desde debajo de las mantas hasta el suelo. Desde debajo de la cama vio las botas de Caperucita, seguidas por los calcetines mojados dentro de unas zapatillas empapadas que debían de ser de la abuela.

Avergonzado, salió a toda prisa de debajo de la cama, saltó sobre ella y limpió las migas del cubrecama. La niña asomó la cabeza por la esquina del dormitorio.

—¡La encontré! —dijo triunfante.

El lobo se levantó, se estiró y caminó hasta la cocina para ver si quedaba algo más para comer.

Había ramitas enredadas en sus apretados rizos permanentes, y su vestido de flores estaba rasgado en varios sitios, pero la anciana no parecía darse cuenta.

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo? —La abuela lo miró… y también a través de él.

—Sí, soy amigo de su, eh… —El lobo miró de la niña a la abuela intentando adivinar la relación entre ellas—. De Caperucita —terminó—. ¡No debería andar sola por el bosque! Los ataques con ballesta son una plaga últimamente.

Le agitó un dedo en señal de advertencia. Caperucita, que estaba reuniendo tiritas y vendas, asintió.

La abuela miró al lobo con ojos vidriosos.

Luego dijo:

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo?

El lobo abrió la boca para repetir la misma respuesta, pero se dio cuenta de que aquello podía prolongarse durante horas.

De pronto los ojos de la abuela se iluminaron.

—¡Caperucita, tenemos un invitado! ¡Trae los vasos!

Apartó la mano de la niña, que justo estaba intentando ponerle una tirita en el brazo, y se dirigió tambaleándose hacia uno de los armarios de la cocina. Tras una breve inspección dedujo.

—Te has olvidado del tequila.

Caperucita miró acusadoramente al lobo, que saltó, corrió al dormitorio y volvió con la botella medio llena.

—No, señora abuela, usted la dejó en el dormitorio.

Añadió una sonrisa de disculpa dirigida a Caperucita.

El lobo se estaba divirtiendo bastante; Caperucita, en cambio, parecía pensar lo contrario después de un solo vaso de tequila. Él ya iba por el tercer vaso, más media botella que había bebido mientras esperaba a la niña, y se lo zampó de un solo trago. Luego se levantó. Un poco inestable sobre sus patas, hizo una torpe reverencia a la abuela y agarró la silla para mantenerse en pie.

—Mis disculpas, señora abuela, pero su, eh… Caperucita no debería caminar sola por el bosque. Ataques con ballesta y esas cosas… —Su voz se perdió en las profundidades del alcohol.

—Pero, señor Lobo, hace mucho que no tengo compañía —respondió la anciana—. Por favor, quédese un rato más.

Los ojos del lobo se encontraron con la mirada despreciativa de Caperucita, luego con los ojos suplicantes de la vieja. Pero negó con firmeza. Todo el mundo también se movió.

—No, las damas primero. —Frunció el ceño—. Las jóvenes damas primero —intentó corregir su error.

Cuando comprendió que tampoco eran las palabras adecuadas, se rindió, cambió la silla por el hombro de Caperucita y la condujo hacia la puerta.

—Nos vamos. Adiós, señora abuela.

La niña, más que feliz de abandonar la sofocante cocina que ahora también olía a alcohol, se dejó empujar hacia afuera.

 

Al final del día siguiente, el lobo se encontró con Caperucita en el camino hacia la casa de su abuela.

—¡Buenos días! —dijo la niña.

El lobo se agarró la cabeza y se tapó las orejas con las patas.

—¿Resaca? —preguntó la niña, más fuerte de lo necesario, y añadió una sonrisa maliciosa. —Él apretó los ojos ante el sonido de su voz y asintió—. La abuela tiene aspirina.

El lobo volvió a asentir en silencio y siguió a la niña. Levantó una esquina del paño de la cesta con cuidado, procurando que ella no lo notara. Vio una botella, pero resultó ser jugo de pera. Decepcionado, dejó caer el paño otra vez.

 

—¡Señor Lobo!

Parecía que algo del día anterior había quedado en la memoria de la abuela, porque saludó al lobo con entusiasmo.

—Eso no tiene muy buen aspecto —dijo señalando el rasguño en su brazo.

La herida, causada por la flecha de ballesta, estaba claramente infectada. El lobo la miró y solo entonces se dio cuenta de que le dolía bastante. Al parecer, la resaca había relegado a segundo plano todos los demás dolores de su cuerpo.

Con más fuerza de la que uno esperaría de una anciana, lo empujó hacia una silla de la cocina y se dirigió tambaleándose a la despensa. Se oyó el ruido de varios frascos de vidrio, seguido de murmullos, y luego la abuela regresó con un brazo lleno de botellas y tarros que esparció sobre la mesa.

Parecía haber olvidado a sus visitantes mientras abría varios frascos, olía el contenido, leía etiquetas y vertía parte de los líquidos en un cuenco. El lobo miró a Caperucita, pero ella se encogió de hombros.

—No me preguntes —decía aquel gesto.

La anciana machacó todo junto con un mortero. El resultado fue una pasta marrón y maloliente que probablemente pretendía ser un medicamento. Un poco más preocupado al percibir el horrible olor de las hierbas mezcladas con algunos ingredientes menos fáciles de identificar, el lobo se echó hacia atrás en la silla todo lo que pudo.

—Eh… —protestó débilmente cuando la abuela metió los dedos en el cuenco y le agarró el brazo.

El firme agarre le impidió levantarse con educación pero rápidamente y huir hacia la seguridad de cualquier otro lugar que no fuera la cocina de la abuela. En cambio, se quedó quieto mientras la anciana le untaba la pasta sobre la herida. Luego soltó su brazo y se limpió los dedos en el delantal.

Divertida, Caperucita vio cómo el ojo derecho del lobo temblaba mientras se sentaba sobre su pata izquierda para impedirse a sí mismo limpiarse la pasta marrón. Era demasiado educado para saltar y correr al fregadero a lavarla. En lugar de eso, forzó una sonrisa que pretendía ser de agradecimiento, pero que sobre todo mostraba muchos dientes.

De pronto, la abuela pareció hundirse de nuevo en el lugar al que iba su mente cuando no estaba allí. Miró las botellas y tarros sobre la mesa y la pasta maloliente del cuenco.

—Caperucita —dijo con tono de reproche—. ¡Qué desastre! ¡Limpia esto, niña!

Con un profundo suspiro, Caperucita se levantó lentamente de la mesa, devolvió todos los tarros y botellas a la despensa y sacó el cuenco con el brazo estirado todo lo posible para arrojarlo a la basura.

Mientras tanto, el lobo no se sentía demasiado bien. Tenía la nariz congestionada, como si se hubiera resfriado –lo cual en realidad era una bendición con aquella pasta apestosa en el brazo– y el mundo empezaba a volverse un poco borroso.

La voz de Caperucita era demasiado aguda cuando le preguntó si el brazo se sentía mejor. Su propia voz parecía esconderse en algún lugar profundo dentro de él y se negaba a salir, así que simplemente asintió. Sí, su brazo se sentía mejor. Es más, ya no sentía el brazo en absoluto.

Señaló la jarra de agua sobre el fregadero, pero falló el objetivo y su pata fue a parar a la botella de tequila. La niña agarró la botella y sirvió un vaso para cada uno. El lobo levantó su vaso con la pata izquierda y una vez más se lo zampó de un trago. La abuela dormitaba con los ojos cerrados y no pareció notar el tequila que Caperucita le había servido.

El lobo empezó a ver doble y se preguntó si una resaca no debería mejorar en vez de empeorar durante el día. Los colores eran demasiado brillantes ahora y la abuela parecía mirarlo con los ojos entrecerrados. Caperucita le sirvió otro vaso y él se lo bebió.

Entonces el alcohol empezó a hacer su trabajo y a suavizar los bordes afilados de lo que fuera que lo estuviera afectando. El mundo volvió a sus proporciones más o menos normales, aunque todavía un poco borrosas.

—Señor Lobo, ¿se encuentra bien? —La abuela se había despertado de su siesta—. Se ve un poco pálido.

Caperucita lanzó una mirada significativa de la botella al lobo, pero la abuela no pareció notarlo.

—Quizá debería quedarse aquí esta noche —continuó—. El bosque no es lugar para un lobo resfriado.

El lobo, que tenía la sensación de que aquello era algo más que un resfriado, negó con la cabeza.

—Es muy amable de su parte. Pero podría ser contagioso. No quisiera que usted se enfermara.

No vio la mirada esperanzada de Caperucita cuando miró del lobo a su abuela.

—Pero hace mucho frío en el bosque —insistió la anciana.

—No, tengo que llevar a su, eh… —Hizo una nota mental de que realmente tenía que preguntar cuál era exactamente la relación entre las dos; aquello empezaba a resultar incómodo— …Caperucita a casa. Ataques con ballesta…

Eso fue todo lo que logró decir. Empujó la silla hacia atrás y Caperucita se levantó rápidamente para sostenerlo.

—Gracias, señora abuela —murmuró el lobo, asintiendo hacia la mujer.

¿Frunció el ceño, o solo era su visión borrosa?

Se dejó conducir hacia la puerta. La niña se volvió y saludó a su abuela con la mano. La abuela no devolvió el saludo.

Con la firme idea de que era él quien la estaba sosteniendo a ella y no al revés, el lobo siguió caminando hasta que estuvieron a mitad de camino hacia la casa de Caperucita. La niña pasó por encima de la raíz de un árbol que llevaba creciendo allí más de veinte años. Él no.

Su brazo derecho seguía negándose a obedecer las órdenes de su cuerpo y, en lugar de agarrarse instintivamente a Caperucita, cayó hacia atrás dentro de un charco.

Tosiendo y jadeando, salió a la superficie, se arrastró hasta terreno seco y sacudió el agua de su pelaje.

La niña trató desesperadamente de no reír. Se quitó la capa de los hombros y se la ofreció al lobo. Él se secó lo mejor que pudo y se la devolvió.

—¿Mejor? —preguntó ella, observando las manchas marrones que la pasta medicinal había dejado en su capa roja.

—Sí, mucho mejor —respondió el lobo con total sinceridad.

El hormigueo en su brazo derecho le indicó que la sensibilidad estaba regresando. Tomó nota mental de caer en charcos con más frecuencia cuando el mundo se volviera demasiado borroso.

Con paso decidido acompañó a la niña hasta su casa.

 

Con una cesta llena de comida y un profundo suspiro, Caperucita volvió a ponerse en camino hacia la casa de su abuela. En el bosque buscó con la mirada al lobo, pero parecía tener otros planes para ese día. Una lástima. Visitar a la abuela era mucho más divertido con el lobo cerca.

Caperucita se detuvo cuando oyó lamentos procedentes de los arbustos.

—¡Ay, pobre de mí! —gritaba alguien.

La niña dejó la cesta en el suelo, apartó las hojas y vio a una oveja que se sujetaba la pata trasera con las delanteras.

—¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre de… mí!

La oveja pareció vacilar un instante al ver a Caperucita, pero enseguida se recompuso y continuó su lamento.

—Señora Oveja, ¿qué ocurre? —preguntó Caperucita intentando hacerse oír por encima del llanto.

—¡Mi pata! —baló el animal—. Tropecé con una raíz y me torcí la pata. ¡Ay, pobre de mí!

Caperucita dudó. Ayudar a la oveja le llevaría más tiempo del que quería pasar en el bosque. Por otro lado, no podía dejar así a una criatura del bosque que claramente estaba sufriendo.

Tomó a la oveja por las patas delanteras, ignorando el «¡ay, ay, ay!» que casi le perforó los tímpanos, y la puso de pie. Con la oveja apoyada en su brazo derecho y la cesta en la mano izquierda, la ayudó a llegar hasta la cabaña de la abuela. Con un poco de aspirina y vendas la pondría nuevamente sobre sus patas –o mejor dicho, pezuñas– en poco tiempo.

Caperucita abrió la puerta… pero no la abuela no estaba. Ante la perspectiva de tener que buscar por el bosque una vez más, dejó escapar un profundo suspiro. Sentó a la oveja en una silla y sacó el botiquín de uno de los armarios.

Se arrodilló junto a la oveja para vendarle la pata. El animal gemía suavemente y Caperucita le dio unas palmaditas en la rodilla para consolarla.

—¡Vaya, señora Oveja, qué patas tan delgadas tiene!

—Sí, hija mía —respondió la oveja—. Es porque tengo que caminar largas distancias por el bosque todos los días para encontrar comida.

Caperucita entendió la indirecta, se levantó, tomó un poco de pan de la despensa y se lo dio a la oveja, que empezó a comer.

—¡Señora Oveja, qué dientes tan rectos y blancos tiene!

—Sí, hija mía, es por todo el pasto que mastico cada día.

Caperucita la observó pensativa durante un momento y se encogió de hombros. Ajustó bien la venda alrededor de la pata de la oveja y se levantó.

—Señora Oveja, qué hombros tan extrañamente formados tiene.

Señaló los hombros de forma semicircular.

—Sí, hija mía, eso es por mi ballesta.

Caperucita apenas tuvo tiempo de decir:

—¿Mi balles…?

La oveja saltó de la silla, empujó a la niña con los hombros y la hizo caer hacia atrás sobre el suelo de la cocina. Sacó la ballesta de debajo de la piel de oveja y apuntó al pecho de la niña. La piel cayó al suelo y dejó al descubierto un vestido de flores demasiado familiar para Caperucita.

El grito de Caperucita quedó ahogado por un fuerte gruñido. El lobo saltó desde la puerta principal y cayó sobre el vientre de la abuela. Con una pata derribó la ballesta de su mano y con los dientes la sujetó por la piel del cuello.

Con los ojos llenos de furia, la abuela gritó:

—¡El alcohol no funciona, el veneno no funciona, las flechas no funcionan! ¡Estúpido lobo, por qué no te mueres de una vez! ¡Tu piel vale mucho más que tu vida!

Horrorizada, Caperucita miró de la abuela al lobo. Él intentaba decir algo, pero todavía sujetaba a la vieja por el cuello. Sus ojos pasaron de la abuela que se debatía y gritaba a la niña.

«¿Qué vamos a hacer con ella? Y por favor responde ahora mismo», parecía decir aquella mirada.

Caperucita comprendió entonces que la abuela no era tan débil ni tan senil como había fingido. Se golpeó la frente por haber sido tan ingenua. O quizá el tequila que su abuela siempre le servía tenía parte de la culpa…

El lobo la devolvió a la realidad con un interrogatovo “¿Mwwhh-hhh?”

Caperucita tomó una decisión. Muchos animales de ese bosque habían muerto a manos de aquella abuela disfrazada de oveja. Aquella sería la última vez que engañaría a alguien.

Con firmeza levantó a la mujer por los tobillos y señaló el pozo que llevaba años seco, pero que se mantenía allí por razones sentimentales… al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo un pozo común puede convertirse en un pozo de los deseos.

Juntos llevaron a la mujer que luchaba y gritaba hasta el borde y la arrojaron dentro.

Un grito sorprendido, un golpe… y luego silencio.

 

El lobo colgó la ballesta sobre la chimenea para perpetuar aquel día especial, y quizá también por si aparecía otra abuela ahora que el territorio de caza había quedado liberado. Caperucita se quedó con la piel de oveja como recuerdo del día en que el lobo le salvó la vida… y de que no todo es lo que parece.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

SOBRE LOS HOMBRES Y LOS FANTASMAS

Krunoslav Mikulan

 

¿Soy un ser humano? Fuera de contexto, esta pregunta puede parecerles extraña. Me la hago a mí mismo mientras observo la puesta de sol en mar abierto. Estoy de pie sobre una roca; sopla una suave brisa del sur; hace calor; en la bahía hay una hilera de casas, un pueblo; conozco su nombre y su número de habitantes; algunas personas pasean por la orilla; sus identidades se escriben automáticamente sobre mi retina, en un blanco neutro; ah, allí, un cuadrado verde: es Bojana, la conocí hace ochenta y dos años, el cinco de enero, a las diez y catorce de la mañana, en la playa del lugar, a trescientos veintisiete metros de aquí.

Es mi cumpleaños. Uno redondo. Y hago lo que hago cada año, no siempre en el mismo lugar, pero siempre solo. Desactivo todas las mejoras, me desconecto de la red, apago los suplementos oculares, detengo los nanobots que circulan por mi torrente sanguíneo.

Vértigo. Debilidad repentina. Me aferro con fuerza a la roca y me siento. Los cuadraditos han desaparecido; siento pánico, me siento desorientado. Hace apenas cinco segundos sabía cómo se llamaba el pueblo de la bahía, cuántos habitantes tenía, sabía cuál era la velocidad del viento, cuál la humedad del aire, sabía a qué distancia estaba el siguiente asentamiento. Ahora no sé nada. Pero este desconcertante desplazamiento de la realidad pasará. Pasa todos los años.

En mi cumpleaños siempre busco la soledad. ¿Por qué? Entonces pienso. Intento recordar a las personas, los acontecimientos, la infancia… Sin mejoras es más difícil. Debo concentrarme especialmente. Relajarme. Respirar hondo. Intentarlo otra vez.

Abro la mente, me dejo caer por la cascada de los recuerdos. Son imperfectos, nebulosos; nunca estoy seguro de ellos. ¿Ocurrió realmente así? Recuerdo un cumpleaños en la casa vecina. No sé cuántos años tengo. Tal vez diez. Me inquieto cuando me doy cuenta de que no recuerdo quiénes estaban presentes. El hermano y la hermana de al lado, a ellos los recuerdo; sí, incluso sé qué comimos: sándwiches con fiambre y queso, con mayonesa; sobre la mesa, botellas de Coca-Cola; la torta… no recuerdo exactamente de qué era, pero siempre me gustó más el chocolate. ¿No es así?

Camino por los recuerdos sin saber siquiera qué estoy buscando. Con sorpresa me doy cuenta de que brilla el sol. ¿Por qué en los recuerdos siempre brilla el sol? Estoy en casa; claro que ya no existe; ahora hay allí un edificio de cincuenta pisos, propiedad de una corporación cuyo nombre no puedo recordar. Solo la infancia permanece en mi memoria sin mejoras…

Estoy en la sala de estar y dormito sobre el pecho de mi padre, que ronca. ¿Por qué hago eso? Me divertía. Lo amaba; sí, lo recuerdo bien; me invade la nostalgia, entonces, cuando aún era “pequeño”. Más tarde surgieron conflictos, pero ahora no quiero pensar en eso. Retrocedo aún más en el pasado, hacia aquellos tiempos sencillos…

…y con horror me doy cuenta de que no puedo recordar el rostro de mi padre.

Trago saliva con dificultad y me aferro todavía más a la roca. Es áspera. No me importa ahora. Si me corto, los nanobots cerrarán la herida más tarde. El pánico vuelve a apoderarse de mí. En mis pensamientos me vuelvo y busco a mi madre. La veo, veo su rostro. Lo recuerdo. Me vuelvo hacia la cama en la que duerme mi padre. No tiene rostro. ¡No tiene rostro!

Me froto los ojos con fuerza, respiro hondo otra vez, debo concentrarme. Sin activar las mejoras. ¡Debo recordar!

Una gaviota lanza un chillido y pasa volando junto a mí. Me sobresalto, sorprendido. ¿Es real la gaviota? ¿O es una simulación? Entrecierro los ojos intentando percibir alguna irregularidad. Ya está demasiado lejos. Las gaviotas aún existen. En algunos lugares. Pero me ha interrumpido, ha destruido mi concentración. Respiro hondo el aire del mar. Por un instante, como siempre en una situación semejante, me pregunto si estoy en el mundo real o en una realidad virtual. Estoy tan inseguro con las mejoras desactivadas…

Me levanto, algo torpemente, y me dirijo hacia la casa de mi amigo. Luka ha decidido organizar una celebración por mi cumpleaños. Él no necesita un motivo especial para una fiesta desenfrenada. El sendero asciende; por todas partes se oyen grillos; huele a lavanda. Los sonidos son reales; los aromas también. Se acercan dos mujeres. ¿Dónde está…? Ah, claro, lo he desactivado todo…

Se asustan, se sobresaltan; no pueden identificarme, mis mejoras no transmiten mi identicod. Retroceden por un sendero lateral. Quise detenerlas, disculparme, explicarlo, pero no llegué a hacerlo. En realidad, me quedé inmóvil, indeciso. ¿Qué podría decirles? ¿Que no puedo recordar el rostro de mi padre? No lo entenderían…

No quiero ir a la celebración. Preferiría seguir navegando por los recuerdos… A mi padre le gustaba la ciencia; hablaba conmigo con entusiasmo sobre el desarrollo de la astronomía, la física, la ingeniería genética.

—Hijo, vivirás en una época de progreso inimaginable —me decía a veces; o algo parecido, no estoy seguro—. La ciencia está a punto de hacer inmortal al hombre. Quizá dentro de unos cincuenta años, no más. Me alegra que tú vayas a vivir para verlo.

Siento una opresión en el pecho y en la garganta. Me dejo caer bruscamente sobre una piedra grande junto al sendero. Las lágrimas empiezan a correr. Tenía razón. Han pasado cientos de años. Yo sigo caminando por el mundo y no puedo recordar su rostro. ¡No puedo!

—Señor, le ruego que active sus mejoras —oigo decir.

Un policía androide está de pie a poca distancia de mí y me observa con unos ojos que recuerdan a los humanos.

—¿Necesita ayuda, señor? Mi subprograma psicológico me indica que se encuentra en una situación de angustia emocional.

Me seco las lágrimas con la palma.

—No, no —consigo decir—. Solo las desactivé un momento… Ya sabe, hoy es mi cumpleaños…

—Ah, comprendo. Depresión de cumpleaños. Una reacción psicológica habitual. Si fuera tan amable de activar sus mejoras, podría recomendarle un procedimiento para restablecer el equilibrio emocional.

Le doy las gracias, me levanto, activo las mejoras; de inmediato recibo una notificación de que cerca hay un fantasma desconocido y que conviene tener precaución. No puedo evitar reír. Fantasma, sí. Una persona sin mejoras. Quería quedarme solo con mis pensamientos. Ahora sé exactamente qué sendero debo tomar, la dirección del viento y su velocidad, la humedad del aire; las noticias fluyen hacia arriba por el lado derecho; incontables llamadas por la izquierda… Los nanobots se han reiniciado; veo perfectamente en la oscuridad que ya ha caído; la dopamina inunda mi cerebro; la concentración se agudiza…

De la casa de Luka, en lo alto de la colina, llega música fuerte, ruido, gritos. Ya no estoy jadeando; los músculos funcionan impecablemente. Abro la puerta. Destellos. Velas aromáticas. Música. Bebidas. Potenciadores del placer. Muy tradicional. Luka es de la vieja guardia.

La mayoría de los cuadraditos ahora son verdes, pero también hay algunos blancos. Lo importante es que no haya rojos: mis enemigos, que con los años se han ido acumulando, o simplemente personas que me irritan. Ah, mira, Brigita ha cambiado de género; ya no es una rubia; ahora es un hombre atlético de piel azul y cabello negro salpicado de estrellas. Sin el identicod no la habría reconocido.

—¿Cómo estás? ¿Sigues todavía…? ¿No? ¡No puedo creerlo!

Naturalmente, las mejoras registran toda la información nueva en las bases de datos. Oh, Amanda ha venido en un cuerpo androide. Es alquilado. Tampoco ella se parece a sí misma, claro. Vive en Tahití; no puede asistir a todos los cumpleaños en persona.

—¡Desapareciste por un momento! Haces eso todos los años, ¿verdad?

La conozco desde hace cuatro décadas; conoce mis costumbres; pregunta por cortesía.

—No puedo quedarme mucho, todavía tengo dos reuniones esta noche.

Unas cincuenta personas. Pocas. Pero esto es solo la realidad ordinaria. La virtual es mucho más importante.

—¿Dónde estás, hombre? —oigo la voz de Luka en mi cabeza—. ¡He diseñado esto durante tres días! ¡Sumérgete! ¡Llegas tarde!

Me sumerjo en la realidad virtual. Ah, aquí hay mucha más gente. Varios cientos. A muchos los conozco; naturalmente no recuerdo sus nombres; las mejoras me los escriben, junto con una fotografía de su aspecto real y otras informaciones que considero útiles. Aquí es aún más fácil ser otro, distinto: la ropa, el maquillaje, el cabello, el género… todo puede cambiarse en un segundo; allí “afuera” todavía se necesitan un par de minutos.

Luka ha adoptado la figura de Elvis Presley, el famoso músico del siglo XX. Ya les dije que es tradicional. De la vieja escuela. Lo imita a la perfección; toca sin fallos; la voz es impecable. Por todas partes hay espuma que se derrama en colores de arcoíris; cristales que se extienden desde el techo casi hasta el suelo y vibran; aromas especialmente diseñados llenan mis fosas nasales; las felicitaciones llueven desde todas partes, desde personas virtuales hasta mensajes de video. Caos. Todo para olvidar…

Saco de una carpeta virtual fotografías antiguas. Aquí está el rostro de mi padre. Me tranquilizo. Sí, así es. Es él. Exactamente así se veía el día en que dormí sobre su pecho. Cuando tenía diez años. Cuando disfrutaba que su respiración me meciera suavemente arriba y abajo. Cuando el mundo era joven y la eternidad estaba al alcance de la mano.

Luka grita que nos preparemos. Algo nuevo. Él es diseñador de mundos virtuales. Siempre tiene algo nuevo. Curioso, considerando lo tradicional que es. Sin embargo, sus ideas tienen éxito regularmente. La espuma desaparece, el humo se disipa; estamos sobre una plataforma negra pulida; alrededor hay montañas, nubes; nos iluminan tres soles y dos lunas.

—¡Hoy volamos! —grita Luka y conduce al rebaño hacia el borde del abismo.

Salta primero. Todos detrás de él. Me dejo arrastrar. Lo admito. Soy débil. Espero tensión, terror, placer, cualquier cosa con tal de no pensar. Salto. Caigo, caigo, profundamente, a través de las nubes. El suelo se acerca rápidamente. Lo siento todo: primero la excitación; luego el terror. El placer no llega; lo reemplaza el pánico, el horror; el suelo se aproxima, erizado de púas de acero. Me inundan la adrenalina, la noradrenalina, el cortisol. Sé que está planeado así, que debe ser así, pero el miedo me desgarra. Grito, aúllo; a mi alrededor una multitud innumerable cae y grita a pleno pulmón; suplica ayuda, suplica que se detenga, suplica misericordia. Alcanzan el clímax.

Una púa de acero me atraviesa.

Me encuentro otra vez en la sala, en el suelo. A mi alrededor hay gritos; luego risas; vítores:

—¡Más, más, vamos otra vez!

El diseño ha tenido éxito, Luka es el rey. Yo también río; es más fuerte que yo. Permanezco sentado en el suelo. Los demás saltan otra vez. Varias veces. Lloran, ríen; las hormonas actúan.

Los cuadraditos son verdes. Pero todos son extraños. Excepto quizá Luka. ¿Por qué hay tantos extraños? Las mejoras necesitan unos segundos para restablecer el equilibrio hormonal. Salgo. En la casa nadie se mueve; todos están inmersos. Eso me conviene. Algo no está bien en mí. Quizá antes no debería haber desactivado las mejoras. Un trastorno del equilibrio; ocurre.

¿Dónde están mis amigos? No estos cuadraditos verdes. Mis amigos. Los de la infancia. Aquellos con quienes celebraba los cumpleaños. Me conecto a la red para comprobarlo. Cierro los ojos. Los he olvidado, no en sentido estricto; los he descuidado. Ahora es demasiado tarde. No encuentro a ninguno. Busco. El último fue Stjepan. Suicidio. Hace veintisiete años. Desactivó las mejoras y se arrojó al abismo. Por el acantilado. No por uno virtual.

Desactivo las mejoras. Siento náuseas. Vomito. Solo queda Luka. Conocía a Stjepan. ¿Por qué no me lo dijo? ¿Acaso lo sabía? ¿Le importó…?

Todos mis amigos de la infancia han desaparecido. Mi familia ya no está conmigo. Como un rayo me golpea la comprensión de que tuve una hija, hace mucho; sin mejoras, no sé cuándo fue. Las mejoras han amortiguado el devastador sentimiento de tristeza; están programadas así. Ella ya tampoco está. Hace mucho que la lloré. Perdió el sentido de la vida; fue antes de la regulación automática de la producción hormonal; simplemente se desvaneció, como un fantasma… ¿Soy culpable? Sí… Debo serlo… No estoy seguro…

Salgo al porche, me agarro a la barandilla para no caer y me siento torpemente en un escalón. ¡Tampoco puedo recordar su rostro! Me estremezco de horror. Cierro los ojos e intento evocar su imagen. ¿Por qué me torturo? ¿Por qué intento recordar usando mi imperfecto cerebro? ¿Por qué he vuelto a desactivar las mejoras?

Lo sé.

Quiero convencerme de que todavía soy un ser humano.

Mis sentimientos son un caos, ahora atados en un nudo, ahora desatados, pero siempre confusos. Debo calmarme. Respirar. Concentrarme. Inhala, exhala. Despacio. Su rostro empieza a surgir. Nevena. Cabello castaño, dientes blancos, rectos, incluso sin modificaciones genéticas. Reía con una risa cristalina. El sol brillaba, como siempre.

Lloro, inconsolable. Largo tiempo. Mucho tiempo. ¿Me siento mejor? No. Es mentira que el tiempo cure todas las heridas. Solo las oculta. Lloro por Nevena, por mi padre, por mi madre, por mis amigos, por todos aquellos con quienes compartí la vida. Me tiendo en el porche y me retuerzo entre sollozos. La celebración está en pleno apogeo. Nadie saldrá de la casa ahora.

Poco a poco, muy poco a poco, me incorporo, me levanto; sigo llorando.

Camino por el sendero.

Un fantasma de hombre.

Solo, para siempre.

Krunoslav Mikulan es licenciado en Lengua y Literatura Inglesas y en Lengua y Literatura Alemana, además de tener un máster y un doctorado en Literatura Inglesa. Actualmente es profesor asociado en la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Zagreb (Croacia). Ha publicado ocho novelas y numerosos relatos, poemas y diarios de viaje en diversas revistas y anuarios; también ha publicado numerosos libros y artículos en los campos de la teoría literaria, la lingüística aplicada, la historia y la numismática.

 

miércoles, 18 de marzo de 2026

TIERRA 3.8

Khancho Kojouharov

 

Karl Marx cruzaba la Plaza Roja y se tiraba alegres pedos. Si hubiera sabido lo que ocurriría después de exponer la tesis de que los hombres debían vivir en comunidad, habría escrito el Manifiesto Comunista treinta años antes. Es cierto que tuvo que renunciar a la idea inicial, pero el dinero valía la pena.

La vida era maravillosa. La nieve crujía bajo los pies en el cálido día de invierno. Frente al burdel imperial “Vasili el Bendito” se agolpaban boyardos borrachos y empresarios estadounidenses. Sus luces de neón y sus cúpulas multicolores atraían turistas sexuales de todo el mundo, pero el filósofo barbudo los miró con desprecio. Ya estaba anocheciendo, y Grishka Rasputin le había prometido una orgía nunca vista después de la cena. Los dos encajaban a la perfección: tanto por sus barbas malolientes como porque ninguno sabía mantener los pantalones abrochados.

El móvil sonó. La emperatriz.

—Estoy a su servicio, Majestad.

—Eso espero —respondió la primera dama de honor—, pero hoy madame E. te quiere solo para ella. Inmediatamente.

Furioso por perder la sesión con Grishka, Marx gruñó.

—Pero si quieres, antes podemos vernos.

—¿Dónde?

 

Cuando el filósofo no apareció, Catalina la Grande ordenó que lo arrestaran junto con Rasputin. Solo encontraron al monje, lo cual constituía una insolente desobediencia por parte de Marx. La nueva orden fue ejecutarlo en el acto. Entonces le informaron de que alguien la había adelantado a medias: habían encontrado al buscado, pero con la cabeza parcialmente cercenada. No había rastro ni del asesino ni del móvil de la víctima. Rasputin estaba destrozado. La emperatriz preguntó con severidad:

—¿Con quién habló por última vez ese canalla?

Toropigin, el comisario jefe del FSB, rompió a llorar.

—No lo sabemos, Majestad —su voz temblaba—. Alguien borró todos los registros.

—Emelia, córtale la cabeza.

El verdugo desenvainó la espada.

—¡No aquí, idiota! Frente al Mausoleo.

Consideraban el Mausoleo un refugio de fuerzas malignas. Nadie sabía cuándo había sido construido ni para qué servía. Solo la emperatriz sospechaba que su aparición tenía algo que ver con aquel ahorcado Vladímir Cómo-se-llamara. Una noche ordenó colgar al agitador en la Plaza Roja, y a la mañana siguiente, en el lugar de la horca, se alzaba el Mausoleo.

Se llevaron a Toropigin. Rasputin intervino preventivamente:

—Señora, ¿llamamos al Gran Detective?

Aquello arrancó a la emperatriz de la idea de otra ejecución.

—¿El inglés?

—Exactamente. Holmes.

—Pónganme con mi prima de Inglaterra. La reina.

 

—Watson, creo que mi teléfono va a sonar.

—¡Increíble! ¿Cómo ha llegado a esa conclusión, Holmes?

—Lo he puesto para que primero vibre.

El teléfono sonó.

—Señor Holmes, habla el secretario personal de Su Majestad la Reina. Espere, por favor, mientras lo comunico.

—Esperaré.

—Señor Holmes, ¿podría hacerme un favor personal? Quisiera que viajara a Rusia.

 

El avión gubernamental despegó de Heathrow.

—¿Puede compartir algo sobre la misión, Holmes?

Holmes levantó los ojos y miró el techo. Aunque viajaban solos, Watson bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—¿El gobierno?

Holmes volvió a mirar hacia arriba.

—¡Dios mío!

—¿Ha oído hablar de las realidades paralelas, Watson?

—¿La hipótesis de Flammarion?

—No, Flammarion se refiere a la multiplicidad de los mundos. Según la teoría de las realidades paralelas hay al menos cinco Tierras. En ellas viven las mismas personas con los mismos caracteres, pero con destinos distintos, porque las circunstancias y los acontecimientos de esas Tierras son diferentes. La razón es que la probabilidad de fenómenos mágicos no es la misma. Me han pedido que investigue si el portal de paso hacia otra Tierra se encuentra en Rusia. Nuestro embajador informó de que allí ocurren cosas extrañas. Y, de paso, investigaremos un asesinato.

 

Las fotografías de la escena del crimen no servían para nada. Los policías habían pisoteado la nieve como una manada de mamuts siberianos.

Se dirigieron al depósito de cadáveres. La barba de Marx era una bola de sangre coagulada con pelos. A la izquierda yacía la parte cercenada del cráneo. Sherlock Holmes pasó un dedo por el borde deformado.

—El hacha se deslizó —dijo Nalivaiko, sucesor de Toropigin—. El asesino resbaló.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó el detective.

—Hicimos un experimento forense —anunció orgulloso el comisario—. Verdugos de plantilla y veintiocho mujiks.

Holmes parecía disgustado.

—¿El asesinado tenía enemigos? ¿Ideas particulares?

—Esto es Rusia, señor Holmes. Todos son enemigos, nadie tiene ideas.

—¿Amantes?

—Las que quiera.

—Entonces ¿podría ser un crimen por celos?

—¿En la Meca del turismo sexual? Tendría que haber visto qué Sodoma y Gomorra fue esto durante el mundial de fútbol. ¡Celos! —Nalivaiko soltó una carcajada.

—¿Ha desaparecido alguien de la corte?

—La primera dama de honor, pero qué tiene que ver...

—¿Aquella a la que la emperatriz le ordenó que llamara a Marx?

—¿Cómo lo sabe?

Holmes sonrió.

 

En el Gran Salón del Palacio del Kremlin había once personas. Solo Holmes no apartaba los ojos del escenario. Los demás ya tenían un dolor de cabeza insoportable y no se atrevían a mirar. Desde hacía cuatro horas, en las cien pantallas corrían las grabaciones sincronizadas de todas las cámaras a ambos lados del muro del Kremlin.

—¿Quiénes son los dos interlocutores en la pantalla B8? —preguntó Holmes, deteniendo las grabaciones.

Nalivaiko dejó la botella y miró.

—Imbéciles. El senador K…klóuz y el príncipe M…mishkin, un idiota famoso. Si supiera cómo se entusiasma por cierta N…nastasia F…filípovna... —el comisario se echó a reír idiotamente.

—Quiero interrogar al príncipe.

Nalivaiko hizo un gesto a los opríchniki que lo custodiaban. Dos de ellos salieron corriendo. Holmes reanudó la imagen, pero enseguida la detuvo.

—¿Dónde desapareció Marx? Estaba en I4 y ahora no está en ninguna parte.

Nalivaiko no estaba completamente borracho. Miró para comprobar que la emperatriz no estaba detrás de él.

—E…en al…algunos lu…lugares no hay cá…cámaras —balbuceó.

—¿Dónde está ese lugar?

—Ce…cerca. De…detrás del campanario de Iván el Terrible.

—Llévenos.

 

La emperatriz señaló a Nalivaiko en el monitor.

—Emelia, la cabeza. Pero primero trae al príncipe Menshikov… —y cuando Emelia salió añadió, como para sí misma—: ¡No hay cámaras!

 

En la entrada del palacio se encontraron con los opríchniki que conducían a un hombre de rostro inteligente.

—Príncipe M…mishkin —lo presentó Nalivaiko—. Príncipe, los caballeros quieren hacerle algunas preguntas.

—Señor Holmes, supongo —dijo el príncipe en inglés—. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Diciéndome quién es el hombre más inteligente de la corte.

—El príncipe Menshikov —respondió Mishkin sin vacilar.

—¿Y el más influyente?

Mishkin sonrió levemente.

—El mismo.

—Gracias, príncipe, me ha ayudado mucho. Si no es indiscreción, ¿podría transmitir mis respetos a madame Filipovna?

—Será un honor para mí, señor Holmes —dijo Mishkin, inclinándose.

Luego miró a Nalivaiko. Este hizo una señal a los opríchniki para que escoltaran al príncipe fuera del muro del Kremlin.

—¿A la escena del crimen, señor Holmes?

—Sí, gracias.

 

A la luz del sol, las manchas de sangre en la nieve destacaban más que en las fotos. El filósofo había sido asesinado entre el muro del campanario y la Campana del Zar, un monstruo de bronce que evidentemente se había agrietado de rabia al darse cuenta de su propia inutilidad. Holmes miró fijamente el fragmento. Luego miró significativamente a Watson y golpeó con el dedo el indistinto monograma más a la izquierda.

El gemido de Nalivaiko hizo que ambos se volvieran. Hacia ellos se acercaba, sin prisa, un hombre alto de ojos inteligentes y barba de dos días. La bata roja estaba abierta y debajo se veían un caftán azul y botas rojas. Emelia lo seguía respetuosamente.

—Nalivaiko, ¿podría presentarnos? —preguntó el desconocido.

El comisario se inclinó torpemente.

—Estos dos caballeros son detectives de Inglaterra: Holmes y Watson. El príncipe Menshikov.

—Y el nuevo comisario jefe del FSB y de la policía. No se preocupe, Nalivaiko. No tenía cómo saberlo —dijo Menshikov—. Encantado de conocerlos, caballeros.

Hizo un gesto a Emelia.

Emelia miró a Nalivaiko y ladeó la cabeza: «Camina delante de mí, miserable». Ambos se alejaron. Antes de doblar detrás de la iglesia, Nalivaiko gritó:

—¡Viva Su Majestad! ¡Viva la misericordiosa emperatriz Catalina Segunda!

—¿Por qué grita así? —preguntó Watson.

—Es la costumbre —explicó amablemente Menshikov—. Antes de ejecutar a alguien, debe agradecer a la soberana.

—¿Pero por qué lo ejecutarán?

—Digamos que podría haber desviado a su propio bolsillo parte del dinero destinado a comprar cámaras de seguridad. O incluso haber vendido algunas ya instaladas.

—Tal como manda la costumbre —dijo Holmes—. Viejo amigo, por favor, no haga preguntas innecesarias.

—Exactamente —confirmó Menshikov.

No estaba claro si se refería a la explicación de Holmes o a su petición a Watson.

—Hermosa bufanda, príncipe —dijo Holmes—. ¿Acaso en Rusia alguien puede hacer un bordado tan exquisito?

—Es de Bruselas, señor Holmes —respondió el príncipe con cierto orgullo—. Observe qué fina es la hebra de seda.

Holmes entrecerró los ojos y se inclinó para mirarla de cerca.

—En efecto. Nunca había visto nada parecido. Mis felicitaciones, príncipe.

—Gracias. Entonces ¿investiga usted el asesinato de Marx?

—Ahora empiezo. Pero antes necesito algunos productos químicos. ¿Podría ordenar a sus hombres que lleven la receta a nuestro embajador?

—Será un placer ayudarle.

Holmes sacó su libreta y empezó a escribir una larga serie de letras y números. Luego entregó el mensaje cifrado a Menshikov.

—Príncipe, aquí está la receta. Por favor, ordene que la entreguen al embajador. Nosotros lo esperaremos aquí.

El príncipe se inclinó cortésmente y se marchó. En cuanto dobló la esquina, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Emelia! ¡Aquí inmediatamente!

Sacó su teléfono móvil para fotografiar el mensaje.

«Ingleses estúpidos —pensó—. Se imaginan que no podemos descifrarlo».

En cuanto oyó su grito, Holmes se agachó y apartó con la mano la nieve ensangrentada.

—Justo como pensaba.

En la estrella de cinco puntas que apareció parcialmente estaba incrustado un rostro alargado con cuernos, orejas puntiagudas y barbilla de cabra.

—¿Qué es eso, Holmes?

—Eso, querido amigo, es Bafomet. La deidad oculta a la que se acusó a los caballeros templarios de adorar —dijo el detective mientras apartaba más nieve—. ¿Me ayuda?

Presionó con los pulgares y los índices las hendiduras en cuatro de las intersecciones de los rayos.

—Presione la quinta hendidura.

Watson extendió el dedo.

A dos pasos de ellos, una losa se desplazó. Apareció una estrecha escalera de caracol. Holmes descendió unos escalones y examinó la pared.

—Venga, amigo.

Watson bajó hasta él.

—Aquí está el segundo Bafomet. Presione.

La losa sobre sus cabezas volvió a deslizarse a su lugar.

Oscuridad.

Holmes encendió la linterna de su teléfono.

 

Al final del pasillo había un corredor. Sus dos extremos se perdían en la oscuridad.

—Holmes, hay huellas de sangre que suben.

—Probablemente llevaron por allí a la dama de honor asesinada. El asesino la utilizó para atraer a Marx a la trampa y luego la eliminó.

—¿Hacia dónde iremos?

—Hacia abajo. Lo que buscamos debe estar cerca del río. Hacia arriba seguramente está el palacio.

Holmes se equivocaba. Más adelante estaban los sótanos del Mausoleo, donde la instalación frigorífica conservaba a un pequeño cuerpo escarchado con el cuello grotescamente torcido.

—¿Quién es Bafomet? —preguntó Watson cuando empezaron a caminar.

—Un símbolo de dualidad, fertilidad y libre albedrío. Y también de magia negra. Los cristianos lo consideran satánico. Además es la clave de la muerte de nuestra víctima.

—¿Por qué?

—Piénselo. Marx tiene barba de satanista y su doctrina es dual: aparentemente defiende a los obreros, pero ellos solo son un medio para legalizar el amor libre. Ha hecho una fuerte declaración de voluntad de dominar a los demás, lo que irritó a una persona que lo sacrificó ante su propio ídolo.

—Entonces no fue por celos.

—¿En un burdel donde todos consideran idiota al hombre enamorado? Por favor. Los únicos motivos aquí son el dinero y el poder. Pero la víctima lo gastaba todo en bebida y mujeres. ¿Qué queda?

—¿Eso escribió al embajador?

—Le escribí que evaluara si debía informar a Catalina de que su juguete sexual fue asesinado por su favorito, por el hombre que en la práctica gobierna el Estado.

—¿Menshikov?

—Sí.

—¿Cómo lo supo?

—Debajo de su bufanda había una mancha de sangre.

—¿Y la entrada secreta?

—En cuanto vi el monograma en el que está entrelazada la imagen de Bafomet comprendí que por aquí debía de estar la entrada a su santuario.

Watson se detuvo.

—Perdone, Holmes, pero yo no vi nada de eso.

—Porque no sabía dónde mirar, amigo mío. La mente no ve aquello para lo que no está preparada. Así que no se trata de un asesinato ordinario, sino de un sacrificio. Y el sacerdote sacrificador es, naturalmente, Menshikov.

—¿Por qué lo haría?

—Algo ha ocurrido y ha comenzado a eliminar a todos los que pueden limitar su influencia sobre la emperatriz. Así que si no salimos pronto de aquí, seremos los siguientes cuyos cuerpos no encontrarán —Holmes volvió a caminar por el corredor ligeramente inclinado, iluminando las paredes como si buscara algo—. Si tiene más preguntas, por favor, no deje de hacerlas.

Mientras lo seguía, Watson recordó que el mensaje cifrado tenía dos párrafos.

—Holmes, ¿qué más escribió?

—Bravo, amigo, cada vez es más observador. Pedí al embajador que transmitiera a Su Majestad que hemos encontrado el portal… Aquí está, ya llegamos.

—¿Dónde?

Holmes señaló una tercera estrella de cinco puntas casi imperceptible en la pared izquierda.

—Presione.

Esta vez, por la grieta que se abrió apareció una luz intensa que los cegó.

—¿Qué es esto, Holmes?

—Un portal hacia la Tierra alternativa. Propongo que entremos. Creo que ambos saldremos ganando.

—¿Cómo lo sabe?

—¿Cuándo me he equivocado?

—Nunca, pero en sus palabras no veo ninguna deducción.

—¿Me haría el favor de admitir que, además de lógica, también tengo intuición? No olvide que Bafomet es símbolo de fertilidad. Quizá en esa otra Tierra la bala que lo hirió en Afganistán no haya afectado a un órgano tan importante. Quizá encuentre el amor que merece.

Watson tragó saliva.

—¿Y usted qué ganará?

—Siento que por fin encontraré un adversario digno. Un nombre especial. Mordor, Morgana, Moriarty… algo así.

Watson dudó.

—Pero Holmes, ¿qué nos ocurrirá si allí realmente tenemos dobles perfectos?

—No hay “si”. La teoría lo garantiza. Y precisamente eso es lo mejor. En el instante en que aparezcamos allí, tendrá lugar una transición cuántica y su conciencia se fusionará con la conciencia del Watson de ese lugar, mientras que el cuerpo de uno de los dobles desaparecerá. Imagínelo: tendrá recuerdos de dos vidas.

—¡Pero eso significa cambiar! Nunca volveremos a ser las mismas personas.

Holmes sonrió.

—Querido amigo, ¿no es el cambio el sentido de todo viaje? ¿Para qué partir si vas a volver siendo el mismo?

Muy lejos detrás de ellos se oyeron voces. Los dos se miraron y cruzaron el umbral.

 

Así fue como Holmes provocó la Revolución de Octubre en la Tierra 3.8.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

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