Patricio G. Bazán
El sol estaba ya bajo cuando me
presenté ante Cornelio, mi centurión, que se veía casi tan fastidioso como yo.
—Quinto, llegas
tarde, para variar. Debo reemplazar al idiota de Cayo Longino que, sin previo
aviso, comenzó a tener visiones acerca de dioses y milagros. No te molestes en
protestar: sé que ya estuviste de guardia, cuando murió ese nazareno…
—¡Ni lo mencione,
trabajamos como galeotes conteniendo los desórdenes!
—… pero todos están
un poco nerviosos, y necesito a un voluntario más para cuidar el sepulcro.
¡Gracias por ofrecerte!
“¡Como si pudiera
elegir, gordo pomposo! Al menos, será un trabajo tranquilo”, pensé en su cara
sin que se notara. Pero no tuve tanta suerte.
—Aunque estamos
frente a una tumba, no creas que vas a aprovechar la guardia nocturna para
dormir a pata suelta: circula el incómodo rumor de que los seguidores del falso
mesías planean robar el cuerpo. Así que mantengan los ojos abiertos, que lo que
menos quieren los príncipes y el procurador son problemas políticos...
Tenía toda nuestra
atención, pues había nombrado una de las palabras que los legionarios más
detestamos: problemas. Nadie quiere problemas, sobre todo si se emplean como
pasaporte a los más remotos e incómodos confines del imperio. ¿Problemas, dijo?
No, gracias, centurión; solo queremos volver a casa. Y, si es posible, de una
pieza. Creo que todos los presentes evidenciábamos ese temor en nuestros
semblantes, pues el muy maldito nos obsequió el dudoso presente de su sonrisa
despareja. Ensayó una suerte de reverencia exagerada y se despidió entre
carcajadas.
—¡Buena guardia!
Lo vi alejarse, aun
sacudiéndose de risa. Saludé a mis compañeros: Claudio, el flaco Anco Mario,
Alano el Godo, todos buenos hombres que se veían tan cansados y molestos como
yo.
—Quinto, ¿tú
también, hijo mío? —exclamó Claudio a modo de saludo. Nos conocíamos desde hace
años; los cuatro éramos veteranos de tantas campañas que ya ni cuestionábamos
las ocurrencias de nuestros superiores. Estos duraban en el mando lo que
dictaran las políticas del momento, pero nosotros no; siempre estábamos
presentes, doblando el espinazo allí donde Roma lo necesitara.
—No pude resistirme
al encanto de sus feas jetas, camaradas. —Contemplé el oscuro y lúgubre paisaje
que nos rodeaba. ¡Cada guardia peor que la anterior!—. Al menos está
silencioso.
—Si me lo preguntan,
no creo que venga nadie a robarse un cadáver —sentenció Anco. No se lo habíamos
preguntado, pero eso no era un obstáculo para que nos obsequiara con uno de sus
habituales fragmentos de sabiduría. —De ser así, habrían puesto más guardias en
este agujero infecto.
—Es que confían en
que cuatro de los aguerridos muchachos de la Décima bastan para contener a una
horda de fanáticos furiosos —contesté—; aunque lo que realmente me pregunto es
por qué convocar a cuatro veteranos de la Fretensis, en lugar de los inútiles
de la cohorte local…
—Precisamente, a
causa de un inútil. Malco, el espía del sacerdote Cajapha, le fue con el cuento
ese del secuestro —terció Alano. Corpulento y reservado, hablaba solo lo
necesario, y lo poco que decía siempre tenía sentido—. El resto quedó apostado
en la Torre Antonia, por las dudas…
Me acerqué al
sepulcro para examinar la gran piedra circular que tapaba la cueva, en busca de
señales de negligencia. Soy extremadamente sensible a los detalles.
—Veo que han puesto
el sello en la losa. ¿Estuvieron presentes durante el acto, o recién llegan,
como yo?
Claudio escupió al
piso antes de contestar.
—Nos encontramos con
todo el circo ya montado, Quinto. Nos pusieron en autos hace tan solo un
momento. Ignoramos quién estuvo antes de guardia: solo vimos a Cornelio y a un
sacerdote judío bastante nervioso. Parecía que querían sacarse el paquete de
encima.
—Resumiendo: vamos a
pasar una velada entretenida custodiando el sepulcro de un revoltoso ejecutado,
en espera de la incursión de un ejército fantasma. Díganme que, al menos, no
temen también que el occiso vaya a resucitar y salir flotando tras empujar esa
pesada piedra…
Curiosamente, no
contestaron mi chanza. Tenían el semblante preocupado, como si en sus cabezas
hubieran anidado sospechas que no quisieran compartir con el resto.
—Hermano, hay algo
más en todo esto. Detienen al líder de una secta mesiánica por instancia de los
sacerdotes. Menos él mismo y una docena de alucinados, todos lo querían muerto.
Se lo ejecuta como advertencia, y su movimiento queda desbaratado. Todos lloran
y se lamentan, y las autoridades se envían mutuas congratulaciones; retorna la
paz social a Judea, ¡albricias! Pero misteriosamente, el centurión Longinos
comienza a relatar a todo aquel que le preste la oreja disparates acerca de
portentos celestiales y dioses renacidos. Por eso lo relevaron. Y entonces, en
lugar de emplear a la red local de fisgones para algo más que complotar, echan
mano a un puñado de legionarios duros y discretos, habituados a ejecutar
ciertas operaciones tan confidenciales que jamás llegan a oídos de Cesar… Hay
algo aquí, Quinto: político o religioso. No me gusta.
Todos asentimos.
¡Niñeras de un mesías muerto! Parecía uno de esos trabajos desagradables que a
veces nos caían sin pedirlo, en los que se arriesga el pescuezo sin más
recompensa que una promesa de ascenso o, simplemente, una palmadita sobre el
hombro y un “Roma te lo agradece”. En esta tierra, donde todos conspiraban,
mentían y espiaban en nombre de la ambición, éramos los únicos bueyes que
transpiraban para un águila dorada...
Se había puesto
oscuro, y no lo notamos enseguida, cada uno rumiando sus propias teorías sobre
el suceso. Nos arrebujamos en nuestros mantos y, de común acuerdo, decidimos
permanecer a oscuras. Refrescaba, y el viento se entretenía meciendo las ramas
de los árboles de ese jardín sombrío, aportando su cuota de inquietud al clima
de pesimismo que, como un ladrón en la noche, había descendido sobre nosotros.
A falta de algo
mejor que hacer, comencé a afilar mi daga, con el oído atento a cualquier
indicio de problemas. Todas las guardias se parecían, después de tanto tiempo,
pero esta en particular nos tomaba con nuestros hábitos de trabajo alterados.
Sabíamos, de algún modo, que esta guardia nocturna no sería normal.
Debí haberme quedado
dormido un breve instante, porque un codazo en el costado (gentileza de
Claudio, antiguo compañero de tienda) reclamó mi atención.
—Quinto, asno viejo,
no te duermas. Si vuelve Cornelio con los relevos, no seré yo quien te salve.
—Hablando de asnos,
soñaba contigo...
Rio por lo bajo,
aunque yo no bromeaba. Tuve una fugaz visión del mesías muerto pero, en lugar
de un cuerpo roto y torcido, sobre el staurós habían clavado un asno. Postrados
en torno a él, miles de seguidores bebiendo su sangre y comiendo su carne como
chacales. Alguien decía algo a mis espaldas, que me sonó como
"asinarii" (adoradores del asno).
—¡Silencio! —siseó
Alano.
Un gesto de la mano:
había percibido algo. Automáticamente, todos nos tensamos como la cuerda de una
lira bien afinada.
No había viento, ni
animales cerca; y sin embargo, nos envolvía tanto silencio como para notar un
ligerísimo rumor que no lográbamos identificar.
Un susurro en mi
oído.
—¿Gente? —Anco, por
una vez en su vida, no tenía una opinión formada al respecto. “Gracias,
Júpiter, por este milagro”, pensé.
—No son pisadas...
Es como... —En realidad, no podía hacerme una idea.
Alano apuntó con su
espada directamente a la losa circular en la pared de piedra. Todos clavamos
los ojos en el sitio señalado: el sonido venía de adentro del sepulcro.
Nos miramos con Anco
durante una fracción de segundo, para luego contemplar con atención la cuerda
que cruzaba diametralmente la losa, y que se fijaba en el muro con sendos
sellos en sus extremos: era nuestra prueba de que todo estaba en su sitio, como
correspondía.
—¡Claudio, enciende
una luz! —ordené. Me ardían los ojos, tan tiesos como el muerto en su tumba.
A la luz de la
lámpara de aceite, todo parecía permanecer en orden: la cuerda se veía tensa,
los sellos en su sitio... ¡No, en uno de ellos se apreciaban unas minúsculas
grietas! En mi fuero interno, rogué que fuese un problema con la cera, o un
trabajo mal hecho. De lo contrario, tendríamos otro tipo de problemas.
—¿Qué decías,
Quinto, sobre muertos que escapan de su propia tumba? —Las palabras de Anco
sonaron trémulas, temblorosas. Iba a responderle con una grosería cuando varias
copias inquietas de nuestras propias sombras se manifestaron, proyectadas sobre
la fría roca que inspeccionábamos. Además de nosotros, alguien más andaba
paseándose con lámparas en medio de la noche.
Cometimos el error
de mirar directamente las luces, gracias a lo cual no podíamos distinguir si
nuestro misterioso visitante era un soldado, un sacerdote, un seguidor del
muerto o el fantasma de Marco Antonio. Gritamos casi a coro:
—¿Quién está ahí?
Otra luz se unió a
la primera, encegueciéndonos. Si eran enemigos, nos merecíamos caer redondos
como reses apuntilladas. ¿Cómo no los escuchamos? Nadie podía sorprendernos de
ese modo, sin emitir ni un mísero sonido.
Lo que siguió fue
tan confuso que ninguno pudo dar cuenta de la misma versión de los hechos.
Recuerdo que el temor de sentirnos emboscados por enemigos invisibles nos
inflamó el pecho de una incontenible furia ciega. Lanzamos un grito de guerra y
nos lanzamos a un ataque desordenado. Luego, todo se convirtió en un
pandemonium.
Las dos luces se
movían como serpientes enloquecidas, impidiéndonos ver contra quién la
emprendíamos. Suponiendo que el portador más cercano de una de las lámparas era
diestro, lancé un par de golpes a la izquierda del resplandor; pero, o bien era
zurdo, o llevaban aquellas potentes luces colgando de una pértiga.
Éramos los únicos
que producíamos ruidos; aquellos intrusos no luchaban, no gritaban, y ni
siquiera delataban su presencia al desplazarse; se comportaban como perfectos
fantasmas.
Mi espada dio contra
algo duro, y acometí un par de veces más antes de darme cuenta de que estaba
atacando a un árbol. Me detuve un momento, confundido, para notar con alarma
que el gordo Claudio estaba intercambiando golpes de pugilato contra el flaco Anco,
ambos tan ciegos como topos. Cerca de ellos, Alano intentaba levantar del suelo
su casco, pero cada vez que estaba por atraparlo, lo pateaba más lejos. Debo
confesar que me dio un ataque de risa tan grande que caí al suelo, envuelto en
carcajadas.
Desde esa inusual
perspectiva pude notar que la cárdena soga que cruzaba la losa se había
esfumado, pero en ese momento no podía hacer otra cosa que reírnos de nuestra
propia estupidez.
Me levanté como
pude, aún risueño, cuando algo duró me dio en la cabeza: la propia testa del
galo que, por fin, había recuperado su casco. Caímos pesadamente junto a los
otros dos luchadores, quienes se alarmaron con el ruido y comenzaron a darnos
golpes. Por una cuestión de orgullo, quiero creer que llegué a devolver un par
tortas a mis compañeros antes de quedar tendido. Luego, cayó sobre mi
atribulada consciencia un piadoso manto de tinieblas.
Pese a nuestras
protestas y la demostración de la colección de heridas, rasguños y
magulladuras, nadie nos creyó la historia que narramos. Todos por igual fuimos
severamente reprendidos (contemplar la roja cara de Cornelio con los ojos fuera
de las órbitas valió la pena), y si bien esperábamos un castigo peor, algo
realmente más extraño ocurrió en las altas esferas del poder. Corrió dinero,
como suele ocurrir en los asuntos turbios, y todo el episodio de la misteriosa
desaparición del cadáver fue delicadamente sepultado por las autoridades judías
y romanas. Alguien resolvió que fuéramos licenciados del ejército y se nos
envió a casa, con una talega repleta de denarios y la orden de cerrar la boca
de allí en adelante. Creo que hablo por todos al sospechar que nos usaron desde
un principio: precisaban de cuatro asnos a quién culpar.
Como diría Claudio:
si me lo preguntan, jamás sabré explicar qué ocurrió en aquel dichoso jardín,
ni qué fueron esas luces sobrenaturales; lo único cierto es que nuestro relevo
encontró una tumba vacía y cuatro legionarios dormidos.
El resto, es historia.






