Hernán Bortondello
Hacía
tanto que viajaba en ella que no recordaba su aspecto exterior ni cuándo se la
habían asignado. El habitáculo principal medía aproximadamente cuatro por siete
metros. Solo dos pequeños compartimientos se le anexaban: el de sanidad y el de
alimentación. En una especie de litera ubicada en la parte posterior, yacía con
los ojos abiertos el único tripulante, tratando de hallar una razón valedera
para abandonar el lecho. Últimamente no se le ocurría ninguna y únicamente su
viejo sentido del deber lo empujaba a levantarse mañana tras mañana. Mas ponerse
en pie no era el único problema; también debía escuchar un audio para rememorar
qué tareas incluía la rutina diaria. Las tinieblas invadían cada vez más
territorios de su memoria.
Pero el olvido no era una consecuencia de los
largos años atravesando el tiempo y el espacio. Por el contrario, era su
traumático presente el que erosionaba su psique. A la permanencia definitiva en
aquel planeta, del que ya nunca remontaría vuelo, se sumaba la imposibilidad personal de salir a la
superficie, respirar su atmósfera, interactuar con la fauna y la flora e
intentar vincularse con los habitantes de la civilización nativa. Es que,
inexplicablemente, en él se había desarrollado una fobia por todo lo que tenía
que ver con ese mundo.
Sin embargo, penetrando en lo más profundo
de su mente y espíritu, se podía descubrir la verdadera razón de su decadencia.
Una que nada tenía que ver con la soledad y la certeza de que moriría sin
ninguna compañía. No, el oculto y fatal motivo radicaba en el hecho de que ya
no podría huir de la culpa que lo atormentaba. Sus frecuentes viajes espaciales
le habían brindado la ilusión de que la dejaba atrás junto a la convicción de
que jamás sería perdonado.
Otra vez el reloj marcó las 15:00, hora de
su tierra natal. Levantando los dedos del teclado, suspendió los registros en la
bitácora que, dadas las circunstancias, se había convertido en un diario
personal. Acopiando fuerzas, se incorporó del asiento frente al pequeño tablero
y con paso cansino fue hacia el dispensador de café. Tras servirse una taza, se
acercó a la ventana principal, único contacto con el inalcanzable exterior, y jaló
el control para retirar la pantalla de protección solar. Ésta, lentamente, se
fue plegando hasta ocultarse casi en el techo de lo que ahora no era más que un
barco varado. Así, de abajo hacia arriba, volvió a revelarse una tierra ajena. El
bombardeo de estímulos visuales siempre lo atontaba un poco al principio, y
para asimilarlo bebía un trago muy caliente. Sus ojos demoraban unos segundos en
acostumbrarse a la luz de aquella gigantesca estrella y recién entonces podía
escrutar el paisaje. Con los años, había aprendido a identificar, y hasta
cierto punto comprender, muchos aspectos de él y de la vida que lo habitaba.
Pese a ello, ésta última le provocaba un extraño rechazo. En particular, le desagradaba
la audacia de unas pequeñas criaturas aladas que caían desde el cielo como flechas.
Cubiertas de algo parecido a un pelaje, ora colorido, ora grisáceo, aterrizaban
sobre lo que consideraba algún tipo de formaciones botánicas y entre cuyas encrucijadas
ramificaciones, cubiertas de un verdor que les era común, las desfachatadas
alimañas se cortejaban, hacían el amor o entablaban feroces peleas
territoriales. Es cierto que no podían verlo, pero esos ágiles bichos lo
sobresaltaban. Detectaba perfidia en sus redondos ojillos cuando se acercaban y
golpeteaban con agudos picos el marco exterior del cristal espejado,
alimentándose con los insectoides que anidaban en él. Pero, a pesar de la
aversión que les tenía a los que bautizara como animalejos, se preocupaba de
filmar sus distintas especies y tomar detalladas notas sobre sus hábitos y
conductas.
Estos seres eran los que con más
frecuencia observaba, pero no eran los únicos. Existían, entre otros, unos
cuadrúpedos aparentemente más evolucionados, que si bien eran de muy variadas
formas, tamaños y pelajes, él deducía que derivaban de un tronco común. Por
algún motivo los más pequeños le resultaban especialmente simpáticos. Los de
mayor talla, mucho más amenazadores, solían ser acompañados por lo que definía
como entidades biológicas miméticas y que, creía, estaban dotadas de un sentido
poderoso y desconocido. No podía explicarse de otra manera cómo habían sabido
de él, sin siquiera observarlo, y luego imitar a la perfección la forma humana.
Le intrigaba sobremanera descubrir cómo lograban inferir la existencia del sexo
femenino y masculino, replicando sus diferencias y teniendo especial cuidado en
no repetir rostros y conformaciones físicas. Desconocía, también, como eran
capaces de determinar los límites de su campo visual, ya que, con seguridad,
ellos cambiaban su apariencia original un segundo antes y un segundo después de
aparecer ante él. No le cabían dudas de que eran intelectual y socialmente
avanzados. Esto le resultaba obvio al analizar sus conductas. Si bien por lo
general sólo los veía deambular, de tanto en tanto se detenían y conversaban.
Asombrosamente, sus maneras y gestos eran idénticos a los del homo sapiens. Ergo, se decía, la
habilidad de imitación a un nivel tan complejo sólo podía ser desarrollada por
una inteligencia muy evolucionada.
Aquella tarde en particular apenas había
visto a dos miméticos masculinos. Simulaban ser individuos adultos e iban muy
relajados, casi hombro con hombro, hablando de algo seguramente gracioso dadas sus amplias
sonrisas. Después, sólo unos pocos animalejos posándose y levantando vuelo,
pero nada más.
Mucho tiempo atrás, se había impuesto un
horario de vigilancia y relevamiento que terminaba a las 18:00. Habiendo ya pasado
dicha hora, estaba por bajar la pantalla solar y activar la iluminación
artificial. Fue en ese momento cuando un mimético femenino apareció de repente
frente a él y le dio el susto de su vida. Con las palmas apoyadas contra el
grueso vidrio templado, daba la impresión de estar mirándolo. Pero eso es imposible,
pensó, ¡esta criatura no puede verme, sólo se refleja a sí misma!, exclamó con voz
cascada, como para convencerse.
Aquella entidad imitaba el aspecto de una jovencita
de unos dieciséis años, cabello negro muy largo y facciones exquisitas. Entonces,
el terror lo paralizó, resultándole imposible hacer otra cosa que no fuera
observar aquel rostro. Los ojos de la extraña, negros también, le resultaban
muy familiares. Muy, pero muy familiares, atinó a decirse. Cómo si un rayo
hubiese iluminado su mente, supo que aquella cara era la que lo había visitado
por años en un sueño recurrente, uno que lo torturaba y que inevitablemente lo
hacía despertar sudoroso y agitado.
¡Es ella! ¡Dios, es ella!, quiso aullar, pero
la angustia le cerró la garganta y sólo pudo exhalar un sonido ahogado e
ininteligible como un estertor. Sintiendo un horrible mareo, creyó que la
consciencia se le estaba licuando y que empezaba a girar alrededor de la imagen
imposible, enmarcándola. Finalmente, luego de un tiempo que no pudo precisar y habiendo
alcanzado el clímax de la desesperación, comenzó a invadirlo una especie de
relajación fruto del agotamiento nervioso. Los latidos del corazón fueron
normalizándosele, y su vista, que se le nublara por el estrés, pudo volver a enfocar
gradualmente a la muchacha. Era una locura, pero no tenía dudas: se trataba de Érica,
su único amor; la novia que, siendo demasiado joven e inmaduro, abandonara con
un bebé en el vientre.
Ahora ella estaba allí y le estaba
gritando algo que no podía escuchar, pero su expresión era de súplica y sobre
sus mejillas encendidas se deslizaban unas lágrimas que lo hicieron olvidarse
de todo: la precaución por una atmósfera desconocida, la fobia incomprensible a
lo externo, la soledad falsamente asumida y el temor a la muerte.
¡Érica!, y esta vez sí pudo rugir su
nombre mientras se abalanzaba a la compuerta de aire. Atropelladamente, abrió la
primera puerta, cruzó la esclusa y, sin pensarlo siquiera, hizo lo mismo con la
segunda. En su inconsciencia, no se había puesto el traje protector. Ahora
estaba afuera…
—¡Abuelo! ¡Me vas a matar de un susto!
¿Por qué no me contestabas las llamadas? —le recriminó ella, llorando y fuera
de sí.
Atontado, como si le hubiesen asestado un
golpe en la cabeza, el viejo no supo qué contestar.
—¡Tonto y más tonto! ¡Acá te traigo la
vianda! ¿Otra vez te olvidaste de cargar la batería del celular? ¿Acaso no
querés alimentarte? —Patricia, angustiada y casi sin aliento, era fiel calco
de su abuela Érica.
Agachando la cabeza como un niño en falta,
se quitó de la entrada para dejar pasar a su nieta, que como una tromba se
dirigió a la cocina.
Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.





