martes, 2 de junio de 2026

LA HIJA QUE SANGRA

Shweta Taneja

 

—¡Hermano, eres el hombre del momento! —Sardar Singh golpeó a Asim en el hombro, haciéndolo tambalear y toser—. ¡Qué suerte, yaar! Yo he tenido siete hijas, siete perras costosas. Mi Lalli es una yegua fértil, pero no, ni una sola ha heredado lo suyo ni ha derramado una gota de sangre. Pero tú, ¡diste en el blanco con la primera, eh! ¡Maldito suertudo! —Sardar le guiñó un ojo.

Asim miró alrededor con desconfianza, esperando desesperadamente que nadie hubiera oído. Justo cuando su suerte parecía haber cambiado, iba y se encontraba con el mayor chismoso del distrito.

—¿Cómo supiste…? —Asim se interrumpió. Sacó su pañuelo bordado, cuidadosamente doblado, y se secó el sudor de la frente, acomodándose el cabello engominado mientras se alejaba un poco de su ruidoso compatriota—. Mira, aquí no, por favor.

Sardar arrastró a Asim hacia un rincón, apartándolos del mar burbujeante de humanidad que hacía fila para entrar al mercado de fertilidad.

—¡Eres una auténtica bestia escondida! —el susurro de Sardar resonó con fuerza junto a su oído.

Asim era un hombre bajo y delgado, con una pequeña barba puntiaguda destinada a ocultar un mentón poco notable. Sardar, en cambio, era enorme: alto, ancho y gordo, con una abundante barba salpicada de canas.

—Francamente, cuando te casaste con esa Alia pensé: qué desperdicio de una raza perfecta. Ella es una campeona, claro, todo el mundo lo sabía. Todas las mujeres de su familia habían parido hijas sangrantes. ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que hubo sangre en tu familia, eh? —Sardar le clavó el codo en las costillas, haciéndolo encogerse—. Pero tú demostraste ser un lobo disfrazado de oveja, ¿eh? ¿Cuántas hijas tienes ahora?

—Cuatro —respondió, frotándose la costilla dolorida.

—¿Doce años y ya cuatro hijas? ¿Y todas menores que la sangrante? ¿Cuántos años tiene ella? ¿La hija que sangra?

—Once.

—¿Sangrando a los once? Bueno, bueno, bueno. ¿Estás usando Fertible…?

—¡Jamás! —Los labios de Asim se torcieron con disgusto.

—Entonces estás tomando esa poción de Hanif Hakeem, ¿eh? Cuéntanos también a nosotros, yaara, queremos conocer el secreto. A nuestra Lalli todavía le quedan algunos años de sangrado. Tal vez podamos humedecer también nuestras tierras estériles.

—¡Sardar!

—Escucha, hermano —Sardar le pasó el brazo por los hombros, con las cejas brillantes de sudor—. Como sabes, mi hijo Karkat ya está listo para una sangrante. Nosotros, los hombres del distrito, tenemos un entendimiento entre nosotros, ¿verdad? No querrás que tu hija vaya a la casa de un extraño donde Alia ya no pueda verla, ¿no? ¿Quién sabe qué costumbres perversas tienen los de otros distritos? Si es alguien del distrito cuatro podrían incluso…

Asim apretó el asa de su preciosa conservadora y contuvo una respuesta mordaz. Todo el distrito conocía al simple hijo de Sardar. Llevaba meses ofreciendo a su primogénito en el mercado para conseguir una sangrante. ¿Quién en su sano juicio entregaría una hija sangrante, y además virgen, a ese idiota? Asim tenía grandes esperanzas para su Gaia. Quería que tuviera tantos hijos como fuera posible. Necesitaba un semental fértil para ella. No el hijo de Sardar, que no parecía tener ni semen en los testículos ni cerebro en la cabeza.

—Mira, tengo que irme. Tengo un turno en la subasta…

—¿Hora de subasta? ¿Conseguiste entrar? —Sardar le dio una palmada en la espalda que casi hizo caer la conservadora—. ¡Eso sí que son buenas noticias, hermano! ¡Imagínate! ¡Uno de mi propio distrito convertido en un auténtico subastador! ¿Por qué no lo dijiste antes?

Le arrebató la conservadora de las manos.

—Mira, Sardar —intentó recuperarla Asim—, seguramente tendrás otras cosas que hacer. No quiero molestarte…

—¡Ajee, no te preocupes! ¿Quién va a ayudar si no es un hermano? ¿A qué hora dijiste que era tu subasta?

—A las cinco.

—¡Eso es dentro de unas pocas horas! Vamos, vamos, tenemos que apresurarnos.

Lo arrastró de nuevo hacia la multitud que avanzaba hacia el mercado de fertilidad.

—Ahora que eres subastador tendrás a toda clase de buitres revoloteando sobre tu cabeza, listos para falsificar tu nombre y quitarte el puesto. Debes estar alerta y… ¡Fuera! ¡Fuera! —Sardar apartó a empujones a un par de vendedores ambulantes que se acercaban con amuletos—. ¡Es un auténtico subastador, con sangre auténtica! ¡Mantengan esas porquerías lejos de él, sanguijuelas hambrientas!

Asim lo siguió sin alternativa.

—…y nunca sonrías a los compradores —gritaba Sardar sobre el estrépito, avanzando por el centro del pasillo como un elefante—. Ellos no te están haciendo un favor; eres tú quien les hace un favor al considerar sus ofertas por tu sangrante. Mejor todavía: déjame hablar a mí. Mi tío Bunny Chacha, ¿lo conoces, verdad?

Asim asintió de mala gana.

Todo el mundo conocía al tío de Sardar, un respetado Anciano. Todos acudían a Bunny Chacha para pedir consejo sobre la venta de muchachas sangrantes. Corría el rumor de que una vez había vendido una muchacha a un jeque.

—Lo he ayudado muchas veces… incluso pensé en dedicarme a ser agente para todos esos padres que acudían a él, pero no, no hay suficiente gente que confíe en uno… no como en ti, hermano… ni siquiera mires a los otros subastadores. Así es como consigues…

Asim maldijo entre dientes. Apenas una hora antes, cuando el funcionario finalmente le había entregado un turno, había creído que su suerte cambiaba. Había besado el relicario de sangre que había comprado el día anterior, se había puesto su mejor ropa y había corrido a buscar un buen lugar en la subasta para exhibir sus muestras de sangre. Y ahora estaba atrapado con Sardar.

—¿Oyes eso, Dada? —gritó Sardar, dirigiéndose a un anciano encorvado, cuyos brazos parecían ramas secas cubiertas de talismanes y amuletos—. ¡Un hombre de mi propio distrito! ¡La primera hija sangrando a los once!

El viejo miró a Asim mientras movía la boca como si rumiara.

—Ajee, en nuestros tiempos había muchas más sangrantes. Podías casarte con cualquier muchacha y ella te daba más sangrantes.

—¿Sin subasta? Eso es imposible —bufó Asim, incapaz de contenerse.

Presumidos. Había muchos últimamente. Estériles fanfarrones con hijas secas o, peor aún, sin hijas.

—Subasta, subasta —el anciano hizo una mueca—. Todas esas son cosas nuevas. ¡Ramu! —llamó a un hombre que, si era posible, parecía aún más viejo, con el rostro derretido como una vela—. Cuéntales cómo nos casábamos en nuestros tiempos. ¿Pedíamos todas estas muestras de sangre y tonterías?

—No, ji —gritó el derretido Ramu—. Antes de las bioguerras no necesitábamos análisis de sangre. En nuestros tiempos podías casarte con cualquier mujer, ¡con cualquiera!, y ella te daba hijas sanas y sangrantes durante toda su vida fértil. Ahora ya no queda calidad. ¡Las muchachas son más estériles que el centro del desierto de Gobi!

Escupió en el suelo, dejando una larga estela roja de paan sobre el pijama de alguien.

—Yo les digo: si quieren una muchacha fértil, compren mi surma. Así nací yo y mi padre antes que yo. Este surma es mágico, ji. Hace que una muchacha sangre más rápido de lo que uno tarda en ir al baño después de un banquete.

—¿De verdad? Dame una muestra —dijo Sardar.

Se apartó de la fila. Asim recuperó su conservadora y avanzó rápidamente, esperando haberse librado para siempre de su compatriota. El tiempo era esencial.

Le había tomado un mes entero, angustioso y lleno de pánico, llegar hasta allí. Primero, esperar mes tras mes a que el ciclo menstrual de su hija apareciera. Correr al laboratorio con una muestra de sangre. Rezar.

Muchas muchachas del distrito, después de las bioguerras, sangraban uno o dos meses y luego dejaban de hacerlo.

—Sangrado psicológico —decían los médicos—. Eso no significa que sea fértil.

Su bendita Gaia había sangrado durante cinco meses completos antes de que él corriera al Banco Estatal de Subastas para registrarse en una subasta nacional.

Alia le había dicho que no se molestara y que vendiera a Gaia en el mercado del distrito, pero él había insistido. Gaia era su primera hija. Le debía algo mejor que terminar en una familia como la de Sardar. Merecía a alguien educado y rico. Alguien que pudiera darle hijos hermosos y amarlos a todos. Alguien como un jeque.

Por eso Asim había pedido un enorme préstamo a un prestamista y había internado a Gaia en el Centro de Fertilidad de la Ciudad mientras esperaba que el Banco Estatal le asignara un turno.

El Centro de Fertilidad era terriblemente caro, pero no podía arriesgarse. Había oído historias espantosas sobre bandas que secuestraban muchachas sangrantes y a sus madres, asesinaban a los hombres de la familia y luego vendían a las mujeres a compradores privados en el extranjero.

Y tampoco confiaba en el Estado para proteger a las muchachas ni a él de los depredadores.

Tenía que vender a su hija ese mismo día. Si no lo lograba tendría que regresar, conseguir nuevas muestras de sangre, volver a solicitar turno al Banco Estatal y esperar otra vez. O peor aún: vender a su hija en el mercado negro para conseguir dinero.

—Jamás —susurró—. Mi sangre es auténtica. Mi hija sangra de verdad.

No como ese Sardar Singh y aquellos vendedores geriátricos. Desocupados que acudían al mercado día tras día arrastrando a sus hijas estériles, obligándolas a probar métodos quirúrgicos, pociones o medicinas en un intento desesperado por volverlas fértiles.

¡Idiotas infértiles y sin dinero!

Sí, hoy concretaría una venta, costara lo que costase.

Una cacofonía de conversaciones, discusiones acaloradas y gritos anunció el Mercado Fértil antes incluso de que pudiera verlo. Un único torniquete permitía el ingreso de las personas mientras los guardias verificaban las tarjetas de identificación.

Como de costumbre, el aire acondicionado del bazar no funcionaba, de modo que el espacio sellado por paredes de vidrio resultaba sofocante y abrasador.

Asim avanzó entre los pasillos llenos de vendedores que exhibían sus mercancías sobre alfombras o toallas, y compradores que revolvían, escogían muestras, las examinaban, regateaban o negaban con la cabeza.

Al fondo del salón, frente a las filas de puestos, estaba la sección de Subastas, separada del bazar principal por una bruma de aire frío.

El bazar de la élite.

Asim caminó hacia allí con el corazón golpeándole el pecho.

—¡Hermano! —Sardar apareció detrás y le aferró el hombro—. ¡Vamos a conseguirle un jeque a tu hija, yaara!

Jeque.

La idea casi hizo tropezar a Asim.

Si conseguía un jeque podría… tener una casa propia, mantener a toda su familia con comodidad, incluso comprar gasolina para la moto y llevar a Alia a la feria de primavera. ¡Su hija vestiría joyas y sus nietos recibirían educación!

Un jeque sería…

—¿Viene contigo? —preguntó un guardia, señalando a Sardar mientras Asim mostraba su tarjeta de subasta.

Era el momento. Un simple movimiento negativo de cabeza y Sardar desaparecería de encima como caspa.

Sin embargo, algo hizo que Asim asintiera.

Sardar le dio una palmada en la espalda mientras entraban.

—¿Preparaste tu discurso? —preguntó—. Eso es lo primero para atraerlos hacia tus muestras de sangre. Puedes tener las muestras de la yegua más rara del mundo, pero ¿de qué sirve si nadie se acerca?

La zona de subastas tenía cubículos más amplios para cada vendedor, con rincones destinados a las negociaciones.

Los padres ya estaban abriendo sus conservadoras y acomodando las muestras de sangre sobre los escritorios asignados. Daban instrucciones a amigos, familiares o compatriotas que habían llevado consigo; colgaban carteles sobre el historial familiar y de fertilidad tanto del padre como de la madre; exhibían el certificado de probabilidad que otorgaba el Estado, indicando qué tan probable era que la muchacha reprodujera futuras hijas sangrantes.

El puesto asignado a Asim estaba en diagonal frente al escenario. Al fondo del escenario se encontraba la zona acordonada para los compradores VIP.

Jeques, susurró una voz melosa en su cabeza.

—¿Cómo se convierte uno en comprador? —preguntó mientras miraba a uno de los jeques.

—Hay que ser rico, hermano —respondió Sardar, quitándose el turbante para limpiar la mesa—. Al menos diez cajas bancarias del tamaño de nuestras casas, llenas hasta el borde de monedas. ¿Trajiste carteles? ¿O alguna foto de tu hija sangrante?

—No.

—¡Mira a los demás! —Sardar agitó la mano a su alrededor mientras volvía a colocarse el turbante—. ¡Hasta trajeron a sus hijas, exhibiéndolas como si esto fuera un mercado de camellos! —escupió—. ¿Y tú? ¿Ni siquiera una foto? ¿Cómo atraerás compradores, eh? ¿Con el olor de su sangre?

Asim apretó los labios y comenzó a sacar las muestras cuidadosamente, acomodándolas con pulcritud sobre la mesa.

—No exhibiré a mi hija como si fuera un animal —dijo.

—Tú, el testarudo del distrito…

Un hombre se acercó al puesto.

—¿Es auténtico ese rojo? —preguntó. Vestía un elegante traje negro.

—Cien por ciento auténtico, ji —respondió Sardar antes de que Asim pudiera abrir la boca—. Pero antes dinos quién eres, eh. No pareces comprador.

—Sardar —susurró Asim, pero Sardar continuó.

—¿Quién eres para preguntar por la sangrante? ¿Tienes siquiera monedas suficientes para formular la pregunta?

El hombre se alejó cabizbajo.

—No conoces a estos tipos —continuó Sardar, ignorando el ceño de Asim—. Desperdician sangre valiosa oliéndola o tragándola, y se hacen llamar agentes. Voy a conseguirnos compradores.

Salió al pasillo y comenzó a hablar con la gente. Cada pocos minutos regresaba acompañado de alguien, susurrando:

—¡Muestras frescas y auténticas de una virgen sangrante, ji! ¡Solo once años!

Pronto se formó una fila de compradores que pedían gotas de sangre para probarlas con sus flamantes hemoglins y registrar los resultados en sus tabletas. Algunos preferían degustarla, tocando la gota roja con la punta de la lengua antes de asentir o negar con la cabeza.

Un par de horas desaparecieron en un aturdimiento.

Asim miró la lista que había preparado. Ochenta y cinco personas habían probado la muestra.

—¿Puedo tener una muestra, por favor? —preguntó una voz suave.

Asim levantó la vista. Era una mujer de unos veinte años, vestida con un sari estampado. Tragó saliva.

—Represento al jeque Numansin —dijo ella con voz ronca mientras Asim presionaba el tubo para dejar caer una gota de sangre sobre la palma de la mujer.

Ella lamió la gota con su pequeña lengua sin dejar de mirarlo.

—Poderosa —susurró, dedicándole una suave sonrisa.

—¡No eres bienvenida aquí! —bramó Sardar, que acababa de regresar con otro comprador.

—¡Sardar! —exclamó Asim.

—Hemos oído historias sobre tu jeque. No nos interesa —dijo él, despidiéndola.

La mujer se alejó guiñándole un ojo a Sardar.

—Asim, ¡es hora de impresionarlos con tu discurso!

Asim caminó hacia el escenario, nervioso, manoseando el papel que Alia le había dado, esperando recordar todo.

Deseó que su esposa estuviera allí. Alia tenía experiencia en esas cosas. Después de todo, había asistido a muchas subastas antes de que su padre aceptara vendérsela a él en el bazar local, y solo porque la suerte de Asim había cambiado el día que encontró una caja de naranjas frescas abandonada durante su turno como vigilante nocturno.

¿Él?

Aquella había sido su primera y última vez en una subasta, y encima en un bazar local. Era la primera vez que participaba en una subasta de ciudad.

Se secó el sudor de la frente y pensó si no sería mejor pedirle a Sardar que hablara en su lugar. Él sí parecía seguro y fuerte, un macho alfa capaz de criar hijas sangrantes como moscas.

El registrador pronunció su nombre y Asim subió al escenario trastabillando.

Contempló un mar de rostros: hombres de largas barbas, turbantes, cabellos largos, bigotes amenazantes.

Comenzó a recitar torpemente las líneas aprendidas de memoria. Algo sobre la familia de su esposa, la suya propia y su hija virgen de apenas once años, que llevaba ya seis meses sangrando.

Todo el tiempo fue dolorosamente consciente de que estaba arruinándolo.

Y cuanto más desesperado se sentía, más se equivocaba.

El público –un grupo de hombres urbanos, elegantes y refinados– pronto perdió el interés.

Una risita. Un bostezo. Un murmullo en voz alta.

¿Sonaba demasiado simple? ¿Demasiado campesino?

La mujer que había pasado antes por su puesto le susurró algo al hombre sentado junto a ella en la sección VIP.

El jeque.

Asim siguió murmurando mientras desordenaba sus papeles, intentando contar un chiste que Alia había preparado y olvidándolo a mitad de camino.

—¡Es de mi distrito! —gritó Sardar desde abajo del escenario, mientras se golpeaba el pecho—. ¡Distrito cuatro! —Su voz retumbó por toda la sala—. ¡Tenemos las muchachas más hermosas del país! ¡Tiene once años y es virgen!

—¿Y para qué queremos belleza si son estériles como un mar de arena? —gritó un hombre del público.

Las risas estallaron.

—¿Dónde está tu hija? ¿Cómo sabemos si es bonita?

—¿Cómo sabemos que es virgen?

—Nosotros no exhibimos a nuestras hijas de donde venimos —gritó Sardar.

—¿Quién compra una verdura sin tocarla un poco antes? —gritó otro.

—Tenemos la sangre —murmuró Asim, sintiendo que el corazón le subía a la garganta.

El público empezó a abuchear y reír.

—¡Idiotas de pueblo!

—No parece capaz de fecundar ni una mosca, mucho menos una muchacha sangrante.

Las carcajadas fueron seguidas por un rugido de Sardar.

—¡¿Quién dijo eso?!

Sardar saltó hacia la zona VIP.

—¡Sardar! ¡No!

Asim bajó apresuradamente del escenario.

Los guardias estatales uniformados se movieron de inmediato, abalanzándose sobre Sardar y descargándole bastonazos eléctricos. Él se retorció y golpeó a uno de los guardias con su pesado brazo.

—¡Basta! —dijo una voz atravesando el tumulto.

Los guardias quedaron inmóviles.

Los ojos de Asim parecieron salirse de las órbitas.

Era la misma mujer de antes.

—El jeque Numansin comprará a esta muchacha —anunció con suavidad.

La mujer condujo a un aturdido Asim hacia un rincón.

—Está interesado —dijo.

Asim miró al jeque sentado en la primera fila de la sección VIP, mordiendo una manzana.

Un jeque auténtico. Tan auténtico como la manzana que comía.

Era la primera vez que veía un jeque, y una manzana.

Tragó saliva.

—Eres realmente afortunado —dijo ella, advirtiendo su expresión—. Pero tiene una condición.

—¿Cuál?

—Quiere firmar un contrato contigo. Esta muchacha y todas las futuras muchachas sangrantes.

—Eso no…

—No está dispuesto a esperar. Puedes pedir cualquier suma, cualquier…

Se detuvo mientras él calculaba mentalmente.

—Será bueno con ella, Asim —dijo suavemente—. Créeme.

—¡No lo hagas, hermano! —Sardar llegó rengueando—. ¡He oído historias sobre este jeque! ¡Lo llaman el Jeque Coleccionista!

La mujer le dedicó una sonrisa sombría y se volvió.

—Estaremos quince minutos más en la sección VIP —dijo mirando a Asim—. Es una buena vida.

—Encontraremos otro comprador —gritó Sardar—. Uno mejor, alguien con…

—¿Mejor que un jeque? —exclamó Asim, temblando de ira—. ¿Te escuchas a ti mismo, Sardar? Te respeto, pero ¿qué demonios te pasa?

—Escúchame, ese hombre no está bien. No lo está. ¡Tu hija viviría una media vida! Dámela a mí. Tú y Alia nos conocen. Ella vivirá con mi hijo, con mi familia. Podrán verla todos los días.

—¿Y cuántas monedas tienes, Sardar?

—¡Las suficientes para que vivas una vida normal, hermano!

—Es un jeque, Sardar. Y tú… tú eres un patán comparado con él.

—¡No dejaré que desperdicies una muchacha sangrante de nuestro distrito!

—¡Es mía! ¿Entiendes? ¡Mía! ¡Mía para venderla o no, como yo quiera! Y no voy a vendértela a ti, Sardar. Ni en un millón de años secos. ¡Ni aunque tu hijo fuera el último muchacho con esperma sobre la Tierra!

Sardar retrocedió como si lo hubieran golpeado físicamente.

—¡La maldición de Banjar caerá sobre ella! —dijo antes de alejarse.

Asim se estremeció.

Maldito padre estéril, sin hijas sangrantes que vender. Queriendo darle órdenes a él, un padre de una muchacha sangrante.

A Alia todavía le quedaban algunos años fértiles. Tal vez tendrían otra sangrante, tal vez no. Pero él ya estaba recibiendo dinero adelantado por todas las futuras.

No más subastas.

Todo lo que tendría que hacer sería llamar y obtendría un jeque para cualquier futura hija sangrante.

Y podría darle una buena vida a su familia.

Demonios, incluso podría convertirse en el jefe del distrito, un hombre respetado e influyente. ¡Un Anciano como Bunny Chacha! Un hombre al que todos acudían para pedir consejo sobre cómo vender hijas sangrantes.

Todo lo que tenía que hacer era firmar un papel.

¿Qué había de malo en eso?

Sardar solo estaba celoso.

Caminó hacia la sección VIP envuelto en una bruma de sueños y firmó donde la mujer le indicó.

Ya estaba hecho.

No había marcha atrás.

—Iré a buscarla al Centro de Fertilidad de la Ciudad —dijo al jeque.

El hombre no le había dirigido ni una sola palabra. Aunque tampoco tenía por qué hacerlo. Pero habría sido agradable.

—No hace falta —dijo la mujer, apoyándole una mano en el hombro y sonriendo con cortesía—. Podemos llevárnosla ahora que los documentos de propiedad están firmados.

—Pero… ¿la boda…?

Miró al jeque.

—Al jeque le gustan las cosas discretas. Nada de caballos ni bailes.

—Pero… ella es mía.

—Ya no —dijo la mujer con suavidad.

—La cuidarán, ¿verdad? —preguntó Asim, dirigiéndose al jeque. De hombre a hombre.

El jeque miró a Asim como alguien que repara en una lagartija en una esquina del cuarto.

—El distrito cuatro es muy raro —respondió.

La mujer entregó a Asim una caja llena de monedas.

—Este es el primer pago. Le enviaremos una mensualidad durante el resto de su vida. Llámenos si vuelve a haber una sangrante en su familia. Haré que alguien recoja a la muchacha en su aldea. Ni siquiera tendrá que venir a la ciudad.

—Lo harán, ¿verdad? —preguntó otra vez.

—Mi colección necesitaba un espécimen del distrito cuatro —raspó el jeque.

—Pero la amarán y educarán a los niños, ¿no? —preguntó Asim mientras ellos se levantaban para marcharse.

La mujer se inclinó y acomodó los pliegues de la túnica del jeque.

—¿Niños? —frunció el ceño el jeque mientras se alejaba.

—¡Ahora sí lo arruinó todo! —exclamó la mujer con voz cortante—. ¿Cómo pudo ser tan insensible?

Y se apresuró detrás de él, dejando a Asim solo con su caja de oro. 

Shweta Taneja es una autora y periodista india galardonada, conocida principalmente por su exitoso libro de ciencia para niños, ¿Qué hicieron? ¿Qué encontraron?, y por la aclamada serie de fantasía, Los misterios tántricos de Anantya. A través de sus obras, que abarcan desde la no ficción hasta la ficción especulativa, explora la relación en constante evolución entre la ciencia, el alma y la sociedad moderna. Fue finalista del prestigioso premio francés Grand Prix de l’Imaginaire, becaria de escritura de Charles Wallace y ha impartido charlas sobre ciencia y ficción en China, Reino Unido e Irlanda. Su obra ha sido traducida al chino, bengalí, francés, rumano, kannada y neerlandés. Como periodista, escribe sobre tecnología avanzada, ciencia e inteligencia artificial para el Hindustan Times. Cuando no está escribiendo, pasea por los bosques, hace senderismo y observa aves con binoculares. Pueden encontrarla en línea con su nombre de usuario @shwetawrites.

 

EL RITUAL DE LA CALLE TORIBIO

Rogelio Ramos Signes

 

Anaclara y Reemberto, los dos menores, cubrían el circuito derecho. Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, hacíamos el trayecto izquierdo. Al fondo, unos metros más atrás del punto donde nos tocábamos las dos brigadas luego de cada vuelta, estaba el bisabuelo acostado en el cajón (¿el ataúd se dice?).

La gente había comenzado a llegar después del almuerzo; no porque temiera pasar hambre durante el velorio, sino porque al bisabuelo se le ocurrió morirse pasadas las 2 de la tarde. La noticia corrió con la velocidad de las piernas de un vecinito que jugaba a las bolillas por allí, justo cuando el bisabuelo dijo “c’est fini”, que es una expresión y nada más. El bisabuelo, que era de Alcoy, provincia de Valencia, dijo “prou”, o dijo “adéu”, no “c’est fini”. Pero en mi barrio, típico barrio de provincia del norte argentino, adéu y c’est fini es casi lo mismo; un sonidito, un respirito trágico.

El comando de la derecha (Anaclara y Reemberto, ya lo dije) partía de la puerta de calle, giraba por la vereda, retomaba por el pequeño parral de la familia, rodeaba la casa, ingresaba por el fondo de la carpintería del tío Vicente y llegaba hasta la habitación que hacía las veces de sala velatoria.

El comando de la izquierda (Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo, también lo dije), una vez separado del comando de la derecha en la propia puerta de la casa, giraba hacia la vereda, daba vuelta a la ochava, rodeaba la casa por la calle Toribio, ingresaba a la vivienda por el saloncito de peluquería que funcionaba al fondo, y llegaba a la pieza del prou y del adéu; es decir, a la habitación del bisabuelo donde el bisabuelo “dormía su último sueño”. Eso escuchamos decir.

Allí, al costado del cajón, un enjambre de parientas revocadas de negro hasta los pies musitaba algunos rezos que se entremezclaban y producían el efecto de una triste colmena. Las llamitas de las velas, inmóviles, parecían líneas incandescentes dibujadas al efecto. Y las flores, que apreciadas de una en una seguramente serían fragantes y agradables, en conjunto tornaban el recinto en algo irrespirable, como un establo en plena actividad. Ese era el punto, precisamente, en el que nos encontrábamos los integrantes de las dos brigadas. Allí, los cuatro primos, nos pasábamos un informe informal de lo que habíamos escuchado en nuestras correspondientes rondas. “Se apagó como un fosforito” decía Reemberto, parodiando a alguna vecina, mientras se mordía los labios, como aguantándose las lágrimas.

Lo que no podíamos aguantarnos era la risa. Alguien que se apaga como un fosforito, en algún momento debió haberse encendido ¡flash! como un joven, esbelto y saludable fósforo parrillero. Además la tía Maricarmen siempre había dicho que el abuelo (abuelo para ella, pero no para nosotros, se entiende) era “medio fosforito”; es decir, temperamental; es decir, calentón; es decir, de pocas pulgas. Y la imagen del bisabuelo, y de su larguísima vida (94 años), reducida al rectángulo de una caja de fósforos, nos parecía muy triste pero también muy graciosa; porque, convengamos, “medio fosforito” querrá decir “de bastante mal carácter”, pero palabra por palabra (y a todos los primos nos fascinaban las palabras) “medio fosforito” también quería decir que no era ni siquiera un miserable fósforo. ¡Bah! Los mayores siempre decían tonteras. Por eso es que nos abrazábamos entre los cuatro, alguno decía compungidamente “Se apagó como un fosforito”, y llorábamos de risa.

Ese era el momento en el que alguna parienta nos decía “¡Juicio, juicio!” con la mano presta para una bofetada, y nosotros volvíamos a nuestra ronda, a ese trabajo impago pero necesario: Anaclara y Reemberto por la derecha, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús y yo por la izquierda. Puerta. Vereda. Ochava. Calle Toribio. Peluquería y, otra vez, el bisabuelo, que hasta hacía un momento se había apagado “como un fosforito”, pero que ahora, por obra y gracia del finísimo oído de Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha, que es como le decíamos los primos?), se había muerto “como un pajarito”. ¡Caramba! ¿Cómo mueren los pajaritos? ¿Con las patitas encogidas? ¿Diciendo “pío”, lentamente? Es difícil saberlo, porque el bisabuelo (hasta donde la información que manejábamos era buena) había dicho “prou”, y no “pío”. Además, no es lo mismo un pájaro que muere de un hondazo, que un pájaro que muere a los 94 años, harto de no hacer nada, o de mirar a las chicas que entran a la peluquería: las caderas de aquella, el escote de esta otra; cansado de ese repetido acto de magia en el que las mujeres entran morochas (morenas, decía él) y salen rubias.

Decidimos entonces que las dudas existenciales quedarían para después, para cuando estuviésemos lejos del teatro de operaciones y todo fuera un recuerdo, sin cuerpo presente. Nos abrazamos los cuatro, uno de nosotros dijo, en medio de pucheros, “Murió como un pajarito”, lloramos de risa, alguna tía (o vecina, o tutora, o encargada) nos exigió “¡Juicio, juicio!” con la mano remontada para el bife, y partimos hacia una nueva recorrida; en aras de un arduo trabajo no reconocido en su momento, pero que al día siguiente, posiblemente, pasaría a formar parte de la mochila lexicográfica en los anales del barrio. (¿Cabrá el término mochila en lo que estoy diciendo? ¿La palabra lexicográfica significará lo que estoy suponiendo ahora, al momento de esta despojada crónica? ¿El vocablo anales no suena un poco desfachatado en un texto sobre un bisabuelo pájaro que quedó medio fosforito?). Ya veremos.

Puerta. Vereda. Parral. Carpintería del tío Vicente y, otra vez, el bisabuelo allí, haciendo su última siesta, definitiva, sin despertador.

Esa vez fui yo quien recogió una frase: “Dios se lo llevó a su lado”. Pero si Dios se lo había llevado a su lado, y el bisabuelo todavía estaba allí, ante nuestros ojos (como suele decirse), significaba que Dios también estaba allí, invisible, acechante. Y nos entró el miedo, porque Dios no nos había dicho “¡Juicio, juicio!” ni ninguna de esas mandoneadas, y si nos había levantado la mano no teníamos como saberlo porque, ya lo dije, era invisible. Y, bueno, en circunstancias así ya no era tan divertido el juego, y decidimos que el barrio y la ciudad y la provincia, y hasta el país y el continente, se quedarían sin nuestro fino estudio de la lengua local. Ellos se lo buscaron, metiéndolo a Dios en estas cuestiones de entrecasa.

Anaclara, con toda la frustración de sus 8 años pintada en la cara, se quedó sin poder decir la frase que había recolectado: “Colgó los guantes”. ¡Colgó los guantes! Pero si el bisabuelo no había sido boxeador. El bisabuelo había sido viñatero (siempre alguien aclaraba: “Un viñatero de los chicos”, que quiere decir que era un viñatero con pocas tierras, no un viñatero para los niños, se entiende). El bisabuelo también había sido fresador, pero no sabíamos qué significaba eso, y había tenido un almacén y, ya bastante viejito, había sido tornero en la carpintería de su nieto, el tío Vicente. Pero ¿qué podíamos hacer nosotros por la desazón de Anaclara, siempre dejada de lado por ser la menor? Ni mis 9 años ni los 10 de Licha podían hacer algo por ella. Reemberto, en cambio, que también tenía 8, había sido el primero en introducir su fosforito que, apagado y todo, encendió la mecha de ese trabajo tan poco valorado. ¡Qué niño tan gracioso este Reemberto! Pero tuve que ser yo (otra vez yo) quien metiera la pata. Podría haber callado aquello de “Dios se lo llevó a su lado”, y pasar el informe de otras frases que también escuché: “Pasó a mejor vida”, lo que ya supone un juicio de valor y hasta una envidia; o “Levantó los documentos”, aunque a esa nunca la entendí muy bien; o “Se olvidó de respirar”, lo que era un despropósito, porque el bisabuelo sería un viejito caprichoso pero no era un tonto, y sólo un tonto puede olvidarse de respirar. Aunque, con el tiempo, a casi tres años de aquel día, he vuelto a pensar en todo eso y, olvidarse de respirar debe ser una de esas cuestiones a las que les llaman metáfora. La gente no se olvida de respirar; la gente, a lo sumo, deja de respirar porque no puede seguir haciéndolo o porque ya no lo quiere hacer más. El olvido es otra cosa. Y yo nunca me olvidé de ese día; y cuando dentro de un mes ingrese al colegio secundario (que será el Nacional y tendré una materia llamada Literatura) haré una redacción sobre la vida y sobre la muerte que, según mi papá, son dos de los únicos tres temas que existen (“el otro tema es el amor” escuché que una vez le decía a mi mamá, mientras le daba un beso). Y si yo le pregunto, cosa que lo pone muy feliz, acerca de otros temas, como la tierra, por ejemplo, él me contesta que la tierra tiene que ver con la vida y con el amor. Mi padre ama la tierra; pero creo que ya me fui por las ramas. Será porque todavía me faltan unos días para entrar en el colegio secundario y nunca tuve Literatura, que es “el arte de combinar las palabras para expresar sentimientos”, según me dijo mi hermano, que ya tuvo Literatura en tres oportunidades, y que tres veces tuvo que rendirla, con profesora particular y todo.

Asustados con la posibilidad de que Dios estuviese allí, invisible, parado junto al féretro del bisabuelo, mirándonos y amonestándonos con la mirada, convinimos que lo mejor sería salir en silencio por el pasillo y sentarnos en la vereda, con los pies en el agua cristalina de la acequia, porque hacía mucho calor. Allí pensaríamos y decidiríamos los pasos a seguir.

Licha fue la que tuvo la idea; ella era (y es) la mayor y, a la hora de tomar decisiones, eso se nota. Dijo que no podíamos tenerle miedo a Dios. “Sólo se le tiene miedo a los enemigos” dijo, y dijo también que el miedo a Dios era algo que los mayores nos habían metido en la cabeza, y que si Dios estaba allí, junto al bisabuelo (“al bisabuelo Rafael” dijo; se ve que ella conocía a otro bisabuelo, con otro nombre) era porque el bisabuelo había sido una buena persona, que se había quedado viudo muy joven y que había criado a sus hijas con mucho amor, en la fe de Cristo (en esa parte Licha se persignaba, tal vez porque sí tenía miedo y no se animaba a decirlo) y que el único gustito que se había dado en la vida fue hacerse traer desde su tierra (Alcoy, provincia de Valencia, España, ya lo dije) papeles chiquititos y súper suaves para armar sus cigarrillos con tabaco de acá nomás. ¡Sus famosos pitillos! Por todo eso, dijo Licha, y porque los mayores no tienen derecho a adueñarse ni de Dios ni del dolor de los niños, que a veces se manifiesta a través de la risa (textuales palabras de ella), es que teníamos que tomar cartas en el asunto, inmovilizar a toda esa manga de adultos embusteros (hombres como mastines, mujeres como sargentos custodiando al pobre viejo), y dejarnos llevar por nuestros sentimientos, porque nosotros también éramos buenos, como el bisabuelo (dicen que los ancianos y los niños están al margen de las contaminaciones del alma) y que, como no teníamos otra ocasión para darnos nuestro propio gustito más que poniendo a los grandes en su sitio cuando se desubicaban (“ya que ni los papelitos súper suaves de Alcoy nos producen placer” dijo, textual, textual), íbamos a neutralizar a los mayores durante un buen rato.

“¿De qué manera?” preguntamos los tres, a coro, como en las novelas de la radio. Y ella, entonces, en voz muy baja, nos explicó; habló de una película, habló de un libro sin tapas que su papá tenía en la biblioteca, habló de una anciana que vivía del otro lado de la ciudad, habló de muchas cosas. Y entendimos. Por eso entramos al baño y sacamos el frasco de las gotitas tranquilizantes, sin que nos vieran. Por eso entramos a la cocina, también sin que nos vieran, y volcamos el contenido del frasco en la gran olla con café. Por eso le ofrecimos una taza a cada uno de los adultos (tía, tío, vecina, vecino). Y como nadie nos dijo que no (¿quién iba a decirle que no a unos niños que han tomado una iniciativa tan simpática?), en poco más de media hora los tuvimos a todos dormidos en sus sillas, roncando (o no), despatarrados (o no), inofensivos.

Entonces cerramos la puerta de calle, para que desde afuera pareciera que el velorio ya había terminado, y a nadie se le ocurriese llegarse por la casa. Si alguien llamaba, nadie respondería. Los intrusos se lamentarían (o se alegrarían) por haberse enterado tarde, volverían a sus hogares y allí no habría pasado nada. Dispondríamos de un tiempo (no sabíamos de cuánto) sólo para nosotros y para el bisabuelo, y para Dios también, si es que decidía unirse a la partida.

Con total tranquilidad entramos a la habitación donde estaba el cuerpo; tenía el mismo gesto pícaro que siempre le vimos, así que no nos dio miedo. Apagamos todas las velas; o sea que la “capilla ardiente”, como le decían las viejas, dejó de ser ardiente, y nunca fue capilla. Levantamos al bisabuelo entre los cuatro; curiosamente, pesaba muy poco. Reemberto recordó que algunos parientes le decían “el abuelo chiquito”; porque antes de ser bisabuelo había sido abuelo, y porque se había ido achicando con los años. Cruzándole nuestros brazos por debajo del cuerpo lo llevamos por el salón comedor, luego por el costado del baño, por la galería y, finalmente, por un pasillo entre dos melgas del parral hasta la carpintería del tío Vicente. Lo sentamos en su vieja sillita de tornero, frente a la máquina que había usado durante años, le pusimos los brazos sobre la manivela y le improvisamos un ritual que, tal vez, no significaba demasiado, pero que de acuerdo con nuestro ánimo simbolizaba mucho, porque lo hicimos especialmente para él. En definitiva, alguien que a los 94 años todavía se entusiasmaba con los escotes de las chicas que iban a la peluquería, merecía eso y mucho más.

Anaclara, que siempre fue la más decidida, se subió al columpio del sauce; y mientras Licha la hamacaba, ella arrancaba hojitas del árbol, a cada empellón. Cuando llegaba al punto más alto de su recorrido, decía rapidito “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Una y otra vez, sin descanso, sin detenerse para tomar aire, hablando para afuera y hablando para adentro “acá me pongo a cantar, adentro de este oratorio, pa’ ver si puedo sacar est’alma del purgatorio”. Ida y vuelta. Arriba y abajo. Con hojitas de ida (que dejaba caer sobre el bisabuelo cuando volaba sobre él), y sin hojitas de vuelta.

Reemberto y yo (ya se sabe que los varones somos más tontos y más flojos) no podíamos dejar de llorar; aunque no sé porqué, si en verdad no estábamos tristes. Dios, si es que estaba allí, no parecía haberse molestado con nosotros, porque ni detenía el columpio ni hacía saltar chispas de las ramas del sauce, y el bisabuelo seguía con su sonrisa, que era seguramente su gesto preferido, porque ése fue el que eligió para llevarse a donde fuera que después se fue. La leña del brasero, donde el tío Vicente calentaba la tetera para tomar mate, nos vino bien para sahumar la misa. Hojas frescas y humo, y unas gotas de agua destilada de la máquina torneadora (a falta de agua bendita) y unas palabras que saqué de no sé qué recuerdo (“ñan arca cu-cú que desbarranca, toca tarro escalera, vuela bajo y antarca”) dieron resultado.   

Entre tanto zarandeo, entre tanto oficio visto, o escuchado, o soñado, o supuesto, o inventado, el bisabuelo dijo alguna cosilla entre dientes; el bisabuelo dijo algo así como “Verge Maria, mare de Déu” (una frase incompleta, pero respetuosa), mientras una orquesta campesina, con tamboriles y zampoñas, a lo lejos, más allá de la vista, más allá de la imaginación y más allá del ánimo, tocaba una melodía de su tierra, que iba y venía con el viento, como un columpio inexistente. En fin. No tuvimos tiempo de treparlo a la hamaca, o no nos animamos, pero el trámite funcionó, con todos sus condimentos; y Dios (invisible, o desinteresado, o haciendo la siesta junto a la parentela) no dijo ni mú.

Han pasado casi tres años desde el velorio y, todavía, cada vez que nos encontramos con Anaclara, Reemberto y Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús, no logramos hablar de esa siesta de verano en la que el bisabuelo muerto, mientras todos dormían, dijo alguna frase bajo una lluvia de hojitas verdes.

Cuando el giro del columpio ya no permitió que Anaclara llegara hasta alguna rama, dimos por terminado el rito: levantamos de la silla al bisabuelo, hicimos el camino inverso y lo acostamos nuevamente en el cajón; encendimos las velas, abrimos la puerta de calle y nos sentamos en un banco de madera, al aire libre, a esperar que comenzaran a despertarse los intratables dormilones.

“¡Juicio, juicio!” dijo alguien entre bostezos, y ese fue el comienzo de la vuelta a la realidad. Luego siguieron otros bostezos, algunas toses, una que otra frase sin el menor sentido, mientras todos, de a uno o en conjunto, se alisaban las ropas, se miraban de reojo y se componían el peinado, para que los otros (tan dormidos como ellos) no se diesen cuenta de que, aún con el cuerpo allí presente, igual se habían echado una siestita.

A las 5 de la tarde empezaron a llegar maestras con guardapolvos y gente desconocida para nosotros. Allí nos enteramos de que, entre sus múltiples trabajos, el bisabuelo también había sido jardinero en la escuela del barrio. Cuando llegaron once muchachos muy transpirados, con camisetas rojas y una pelota de fútbol, nos enteramos de que el bisabuelo también había sido aguatero en el Club Persevera y Triunfarás. Alguien, no sé quién (un tío, un vecino, un desaprensivo) dijo “Se apagó como un fosforito”. Otro (no menos tío, ni menos vecino) dijo “Murió como un pajarito”, y todo siguió así: tarde, noche, madrugada, mañana y mediodía. Por suerte nadie dijo que Dios se lo había llevado con él. Anaclara, Reemberto, Alicia Marcela Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús (¿puedo decirle Licha?) y yo, suspiramos aliviados.

Cuando a las 2 de la tarde llegaron los empleados de la funeraria para cerrar el ataúd, el tío Vicente y su esposa (sin poder explicárselo todavía) continuaban encontrando y sacando hojitas de sauce de entre las ropas del muerto.

El bisabuelo, impecable como siempre (a pesar de la larga jornada), seguía sonriendo.


Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

LENGUAS DE FUEGO EN LA REGIÓN DE MOSCÚ

Majda Arhnauer Subašić

 

—Perdóname, mi querido Seryozhka… no había otra elección —susurré de un modo apenas audible antes de que el criminalista cubriera el cadáver, mientras su colega me hacía una seña para que lo siguiera.

Tomé el bolso con absoluta calma y recorrí una vez más con la mirada las lenguas de fuego que devoraban nuestra dacha, aquel refugio que alguna vez tanto amé y que nos protegía del estrépito de la gran ciudad. Mis ojos se demoraron –probablemente por última vez– en la serena extensión del bosque de abedules y en las siluetas de las colinas lejanas, bañadas por el reflejo de los últimos rayos de un día agonizante. Quería empaparme de aquella visión, grabarla profundamente en la colección de recuerdos a los que acudiría en los años venideros. Sin duda pasaría el resto de mi vida en un entorno muy distinto. Hormigón, ventanas enrejadas, rostros severos e inexpresivos, palabras secas y tajantes. Aunque, si dijera toda la verdad, terminaría sin duda en alguna institución especial, sometida a tratamientos que me reducirían a un estado vegetativo.

—Sabe, tenía una amante —dije con deliberación, pronunciando palabras preparadas de antemano.

—Ajá —asintió secamente el hombre serio mientras anotaba algo en una pequeña libreta.

Casi me resultaba cómico que, a finales del siglo XX, con toda la tecnología desarrollada que exploraba el cosmos y las profundidades de la Tierra, así como las partículas subatómicas y los fragmentos de la conciencia, siguieran utilizando el viejo y confiable lápiz y papel.

Amante. El motivo más probable. Tal vez, con un buen abogado, lograra obtener una condena más leve. Una esposa decepcionada que mata a su marido infiel en un arrebato y luego provoca un incendio presa de la desesperación puede despertar al menos una pizca de compasión. Aunque ahora eso ya no importa. No tengo miedo; después de un largo período de incertidumbre y tensión que había penetrado cada fibra de mi cuerpo, solo siento alivio. Un vacío tranquilizador. Y un cansancio que se apodera cada vez más de mí. Pero antes de quedarme dormida en el asiento trasero del coche policial, los últimos meses que alteraron profundamente mi vida hasta entonces completamente ordinaria desfilaron ante mis ojos como una película.

 

—Dashenka, me parece que por fin estoy en el camino correcto —me dijo una voz cuyo extraño matiz me hizo prestarle más atención.

Mi mirada interrogante lo animó a continuar.

—Ya sabes, hace tiempo que todo se está desmoronando. El Estado cierra el grifo donde puede. Nuestro instituto apenas sobrevive. No hay dinero ni siquiera para continuar los proyectos en marcha, mucho menos para iniciar otros nuevos. Rechazaron mi propuesta de investigar más a fondo y caracterizar con mayor precisión el gen HAR1F, ya sabes, aquel con el que algún día podríamos influir en cualquier dirección sobre el desarrollo de determinados centros cerebrales del embrión. Incluso se burlaron de mí, aunque fuera de manera apenas disimulada. Dijeron que era demasiado utópico y me trataron a mí, que tengo bastante experiencia y referencias en ingeniería genética, como a un soñador. ¿Te imaginas semejante humillación? Y para colmo el viejo profesor Budikovsky empezó a divagar sobre objeciones éticas y morales.

—¿Y en que dirección ves entonces tu camino? —lo interrumpí.

Ni yo misma sabía qué me inquietaba, pero tenía la sensación de que aquello no me iba a gustar. Un presentimiento indefinido se clavó en mis entrañas. Siempre que me había ocurrido algo así, terminaba sucediendo algo desagradable. Había aprendido a escuchar esa intuición y, con los años, incluso a obedecerla.

—Estoy llegando a una edad en la que quisiera algo más que un eterno puesto de asistente —respondió—. Después de todo, tengo algunos resultados prometedores, pero la dirección fosilizada del instituto no reconoce su verdadero valor. Evidentemente, hay otros que sí saben apreciar las ideas y enfoques novedosos —concluyó con intención.

Su mirada casi desafiante exigía un comentario.

—Entiendo. Incluso hoy en día sigue siendo válida la frase Nemo propheta in patria sua —asentí con frialdad.

Nada más. No pregunté. En el fondo sabía que no me gustaría lo que vendría después.

—Así que hay personas interesadas en mis investigaciones, aunque por ahora no puedo hablar de ellas.

“¡Eso es!”, pensé. Nada bueno. Intenté conscientemente acallar la advertencia, pero mi paz interior ya estaba quebrada. Procuré no demostrarlo, porque, como buena esposa, intentaba apoyar a mi marido.

Cuando tiempo después anunció que viajaría a Astaná para negociar los detalles de una colaboración, fui incapaz de compartir sinceramente su entusiasmo. Las palabras de reconocimiento y apoyo que salieron de mi boca me sonaron ajenas. Casi hipócritas. Tal vez él también lo percibió, porque se mostraba igualmente reservado. Noté su excitación y quizá una pizca de miedo, pero era como si no me permitiera acercarme. Intuí que la grieta que había aparecido en nuestra relación se profundizaría cada vez más y terminaría separándonos.

Lo acompañé hasta el edificio del aeropuerto. Nos despedimos con prisa. El siempre bullicioso hormiguero de Sheremétievo lo absorbió en su interior y yo corrí casi hasta el coche para regresar al refugio de nuestro hogar. Habíamos pasado allí varios años felices, pero desde que Serguéi se obsesionó con la investigación del segmento genético HAR, solo vivía para eso. Admiraba su dedicación al trabajo; la energía que invertía, su entusiasmo y, por supuesto, sus conocimientos, pero cada vez observaba con más claridad cómo el ser humano desaparecía dentro de él. Las personas se habían convertido en sus ojos en simples conjuntos de genes que debían ser regulados de antemano. De allí a ideas más audaces sobre la dirección que debían tomar sus investigaciones había un solo paso.

—Entiéndelo, Dashenka —intentaba convencerme a veces, cuando mis dudas iniciales se transformaron en una oposición cada vez más firme—, la ingeniería genética ofrece la posibilidad de una enorme diversidad para la especie humana. Quizá no sea muy humana con el individuo, especialmente con aquel destinado a un nivel inferior de existencia y conciencia, pero para la especie en su conjunto la diferenciación genética representa un salto gigantesco hacia adelante. Abre posibilidades inimaginables para el progreso del Homo sapiens en todos los campos.

Pasé una semana entera pensando en aquel hombre que sentía ya como un desconocido. Las conversaciones telefónicas eran breves y áridas. El tono y el timbre de su voz me parecían extraños. Solo entonces comprendí que hacía tiempo que me resultaba raro, aunque no me hubiera atrevido a admitirlo.

“¿Es realmente él?”, pensé cuando finalmente lo vi de nuevo en el aeropuerto. ¿De verdad esos rasgos endurecidos y esos ojos inexpresivos pertenecían al hombre que alguna vez amé? Aquel joven que me había fascinado con su sincero deseo de servir a la humanidad a través de la ciencia. El estudiante lleno de ideales que me hablaba de la misión que llevaba dentro.

—Sabes, Dasha, no puedo contarte demasiado. Es mejor para ti. Hay cartas muy fuertes en juego. También peligrosas. Y muchísimo dinero. Nunca más vacaciones en Odesa y, con suerte, en Varna. Nos espera la Riviera francesa y mucho más. París, Londres… ah, de pronto todo está al alcance de la mano. Mi nombre quedará inscrito entre los inmortales.

Solo fingí alegrarme con él. Quién sabe de dónde surgió aquella amargura que me invadía con cada una de sus palabras.

—¿La Riviera francesa a costa de criaderos humanos robotizados a los que desde el principio les has arrebatado la posibilidad de convertirse en seres humanos tal como les correspondía por naturaleza? No, gracias. La conciencia —si es que todavía recuerdas qué significa esa palabra— no me permitiría disfrutar de los escaparates parisinos sabiendo que las próximas generaciones pagarán una deuda terrible por ello. Entre la multitud de las calles londinenses vería legiones de esclavos especializados, productos manufacturados según tus perversos planes.

—El desarrollo avanza inevitablemente en la dirección en la que yo estoy entre los líderes. No soy el único. Si no soy yo quien coloque la última pieza clave en el mosaico de la nueva era genética, lo hará alguien más. Quizá el retraso sea de uno o dos años, cinco como mucho —explicó con frialdad.

Por desgracia, tuve que admitir que tenía razón. La caja de Pandora se había abierto mucho antes.

De la noche a la mañana Serguéi abandonó su puesto en el instituto y montó un laboratorio en el sótano de nuestra casa de campo en la región de Moscú. Naturalmente, financiado por aquellos misteriosos patrocinadores kazajos de quienes solo sabía que, en tiempos de la Unión Soviética, habían formado parte del equipo de investigación de una filial de un instituto biomédico que realizaba proyectos secretos para el ejército.

Pasaba allí días enteros absorto en el trabajo. Al principio volvía a casa tarde por la noche y luego se quedaba despierto hasta el amanecer frente a la computadora y los apuntes. Consumía anfetaminas para mantenerse despierto. Más adelante regresaba cada vez menos. Sus visitas eran breves y vacías, casi meramente formales. Apenas hablaba de su trabajo. Y mis preguntas evitaban deliberadamente ese tema. Sentía que mi presencia le molestaba. Como si perturbara su paz. ¿O quizá sembraba dudas en la solidez de sus convicciones y decisiones?

—Así está la situación —anunció una noche, cuando después de mucho tiempo volvió a encontrar el camino a nuestro hogar—. En apenas unos meses he avanzado más que en años enteros de investigación. Estoy a punto de realizar un gran descubrimiento. Un descubrimiento que dará nuevas dimensiones a la especie humana. Manipulando el gen HAR1F, clave en la evolución humana por su influencia sobre el desarrollo del neocórtex, podremos programar el funcionamiento cerebral del embrión en cualquier dirección. Con una tecnología relativamente simple podremos, por ejemplo, inhibir el desarrollo de las redes asociativas de la corteza cerebral, lo que hará que del embrión surja un ser con capacidades intelectuales equivalentes a las de un neandertal. Por otro lado, desarrollaremos sus capacidades físicas y su fuerza para que pueda realizar los trabajos más duros. A otros les potenciaremos el intelecto, que luego estimularemos con apoyo bioquímico adecuado. En una fase posterior podremos incluso bloquear desde el inicio la capacidad de juicio propio. Crearemos esclavos intelectuales sin conciencia individual. Y todavía existen variantes…

Dejé de seguir su exaltado discurso, que parecía no tener fin. En realidad no me había dicho nada nuevo. La visión del mundo que quería crear se desplegó ante mis ojos interiores como una grotesca película de terror. Y con la conciencia de que su realización ya no pertenecía a una novela de ciencia ficción nacida de la imaginación de un escritor, sino a una realidad que se aproximaba. Una realidad de consecuencias imposibles de prever. La mariposa ya había batido las alas y desencadenado cambios que sentirían las generaciones futuras.

—Seryozha, mi querido Seryozhka… —brotó de mí.

Nuestras miradas se encontraron. Sorprendidas y extrañas entre sí. Elocuentes en su abrasador silencio. Las apartamos reconociendo la derrota. La de ambos.

—No me entiendes —murmuró al cabo de un rato con decepción.

—No, ya no te entiendo… —sollocé.

Las palabras de dos desconocidos quedaron suspendidas en un tiempo sin tiempo.

Hacía mucho que había dejado de preguntarme cuál era mi misión. Me parecía que había sido arrojada a este mundo por azar, sin propósito alguno. Sin ambiciones ni deseos especiales que me impulsaran hacia adelante. El monótono trabajo de funcionaria estatal me bastaba por completo. La rutina me daba seguridad y soportaba cada vez peor cualquier alteración del ritmo habitual. Además, era evidente que tampoco contribuiría a perpetuar la especie. No poseía talentos artísticos capaces de dejar al menos una huella de ese tipo. Realmente el mundo no obtendría ningún beneficio de mi existencia aquí. Era como si el Altísimo, a quien alguna vez recé con devoción, me hubiera encarnado por error en este planeta azul verdoso.

“Hmm… ¿y si de todos modos tenía alguna tarea reservada para mí?”, pensé de pronto.

¿Había terminado años atrás en la cama de aquel tímido estudiante lleno de promesas solo por casualidad, después de una fiesta regada con abundante vodka? ¿Era casualidad que hubiéramos permanecido juntos hasta el día de hoy? ¿Cómo había llegado una muchacha completamente común del suburbio de Kuzminki a convertirse en una de las pocas iniciadas que conocían lo que se preparaba para las generaciones futuras de una especie en la que solo algunos privilegiados podrían seguir llevando el nombre de sapiens?

Intenté expulsar la imagen de la misión recién nacida dentro de mí. Ahogarla con un vaso de vodka. Pero el alcohol no hizo más que avivar la batalla de demonios que se desencadenó en mi interior. Escuchar o no escuchar, actuar o no actuar, sufrir atrapada en el destino o lanzarme sobre el océano del mal… meditaba al estilo de Hamlet. Los pensamientos desordenados, cuya velocidad e imprevisibilidad aumentaban con cada copa, solo se calmaron al amanecer. Los primeros rayos del sol trajeron la decisión. Y el alivio.

Sabía que Serguéi confiaba en muy poca gente. Ni siquiera en sus Patrocinadores. Tampoco en las cajas fuertes de los bancos. Últimamente ni siquiera en mí. Guardaba toda su documentación, tanto electrónica como impresa, en nuestra dacha de la región de Moscú, donde poco a poco se había instalado definitivamente.

Por primera vez desde su visita a Astaná conduje hasta allí. La adrenalina inundaba cada célula de mi cuerpo y aumentaba con cada kilómetro recorrido. Sentía una fuerza interior que me ordenaba lo que debía hacer. Incluso al precio de mi propia vida. ¿Era ese el fuego que se enciende cuando uno descubre su verdadera misión? ¡El punto de vista deforme del futuro de la humanidad concebida por Serguéi no debía realizarse bajo ningún concepto!

Lo que siguió ocurrió como en trance. La sorpresa en su rostro cuando aparecí ante él y su tartamudeo, silenciado al ver el arma en mi mano… el olor a gasolina… la chispa que se extendía vertiginosamente… el crepitar que se transformaba en estruendos y fracturas…

Observé con satisfacción cómo aquella visión degenerada, concebida en una mente brillante, se retorcía en la agonía de su destrucción. Contemplé absorta las llamas que devoraban el mal planeado. En mi mente bendecía el poder del fuego, antigua fuerza purificadora. Desde algún lugar lejano llegaba cada vez con más fuerza la melodía del Agnus Dei de Mozart, que en mi cabeza se convertía en un poderoso crescendo, como una misa fúnebre simbólica que borraba los pecados conducentes a la perdición. El fin había justificado los medios.

El sonido agudo de la sirena de un coche policial que se aproximaba interrumpió mi estado de éxtasis.

Debía ordenar mis pensamientos.

Seguir el guion.

Majda Arhnauer Subasic es una autora eslovena residente en Liubliana que escribe principalmente relatos. Su obra combina fantasía, misticismo, historia, espiritualidad y temas existenciales. Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas revistas literarias, fanzines y antologías eslovenas, incluyendo colecciones de fantasía eslovena contemporánea (Supernova, Jasubeg en Jered, Ventilator besed, Locutio). Ha recibido varios reconocimientos literarios, entre ellos premios en el concurso Koroska v besedi, una nominación a Cuento Esloveno del Año por Sodobnost (2016) y el primer puesto en el concurso de ciencia ficción de Časopis za kritiko znanosti (2019). Su relato "La Ira de la Diosa Ekvorna" apareció en la antología de ciencia ficción y fantasía de Europa del Este The Viral Curtain (2021).

 

LA HIJA QUE SANGRA