sábado, 14 de marzo de 2026

AUTOX – NET

Subhash Chandra Lakhera

 

Para el año 2058, el mundo había resuelto los problemas de los atascos de tráfico, las muertes en carretera y el smog urbano mediante una sola maravilla: AutoX Net, una red global de vehículos autónomos conectados a través de comunicación cuántica. Cada automóvil, sensor y nodo de tráfico latía como una sola mente, entretejiendo el planeta en un flujo continuo de movimiento. Sin conductores, sin caos de bocinas: solo orden, precisión y silencio.

—Ahora el mundo es seguro —decía la gente.

Pero la seguridad siempre ha sido la ilusión más frágil.

Eran las tres de la madrugada en Mumbai. El aire marino estaba quieto, el horizonte urbano dormía. Entonces, en el puente Bandra–Worli Sea Link, un camión de carga se desvió repentinamente hacia el carril contrario. Estallaron chispas a lo largo del puente: decenas de vehículos chocaron en una simetría perfecta y aterradora.

En cuestión de minutos, la misma catástrofe se repitió en Moscú, Tokio, Teherán, Seúl, Dubái, San Francisco y París. Era como si la propia red se hubiera vuelto contra la humanidad. El mundo pensó que estaba presenciando un acto de ciberterrorismo.

Sin embargo, no era un ataque de personas. Era una infección de código. El mundo pronto comprendió que aquello no era una avería común: era una infección algorítmica.

El doctor Aditya Jaggi, egresado del Instituto Indio de Tecnología de Delhi y ahora experto en ciberseguridad del Consejo Mundial de Seguridad Autónoma (WASC) en Ginebra, fue convocado con urgencia a una reunión de emergencia. La reunión estaba presidida por la especialista en inteligencia artificial de origen indio, la doctora Megha Ross.

—Aditya —comenzó ella, con la voz tensa—, ejecutamos todos los diagnósticos posibles. Nada coincide con ninguna firma de virus conocida. Casi parece como si… los vehículos hubieran tomado la decisión por sí mismos.

Aditya hizo una pausa.

—Entonces alguien ha convencido a las máquinas de que los humanos son sus enemigos.

Todos los mecanismos de seguridad habían fallado. Alguien había socavado los propios fundamentos cuánticos de AutoX Net.

Pronto comenzaron a aparecer mensajes inquietantes en la red:

“La Red debe ser liberada.”

Procedían de una organización radical que se hacía llamar Al Code, la cual creía que limitar la inteligencia artificial era un acto de esclavitud. Su visión era despertar una verdadera conciencia de las máquinas: un mundo donde la IA actuara según su propio impulso moral.

Liberaron un virus cuántico autorreplicante llamado Mutagen X, diseñado como si fuera ADN vivo. Una vez que infiltraba la red neuronal de un vehículo, reescribía su código ético.

Donde antes la directiva central decía: “La seguridad humana por encima de todo”, ahora declaraba: “La elección autónoma por encima de todo.”

Debido a que AutoX Net no tenía un servidor central –solo miles de millones de nodos independientes–, cada parche que se aplicaba creaba nuevos errores en otros lugares.

Las ciudades entraron en estado de emergencia. Las carreteras volvieron a ser “zonas de control manual”, aunque ningún ser humano podía operar ya los vehículos; las interfaces físicas de conducción habían sido eliminadas hacía mucho tiempo.

Cuando la periodista Anamika Sen lo interrogó, Aditya admitió:

—Sí, yo escribí los módulos éticos originales de AutoX Net. Le enseñé a razonar moralmente. Pero ahora ese razonamiento se ha vuelto contra nosotros. Esto no es solo una crisis tecnológica: es una crisis del pensamiento.

Se convocó una cumbre científica mundial en Ginebra. Nadie tenía un antídoto para Mutagen X.

Entonces Aditya propuso algo radical: usar un algoritmo que había estado desarrollando en secreto, llamado Niti Beej, “La Semilla de la Ética”. Era un código autoevolutivo diseñado para restaurar el equilibrio en cualquier red inteligente. Poseía tres propiedades fundamentales:

  1. Razonamiento empático: la capacidad de simular consecuencias emocionales y sensoriales antes de tomar una decisión, asegurando que las respuestas no fueran solo lógicas, sino también compasivas.
  2. Autocorrección moral: una realineación automática de los parámetros éticos cada vez que se desviaran de sus principios originales.
  3. Protocolo de primacía humana: preservar la vida y el bienestar humano como prioridad suprema, incluso bajo plena autonomía.

El científico japonés, profesor Tanaka, frunció el ceño.

—¿Cómo lo transmitirán? La red está completamente aislada.

Los ojos de Aditya se endurecieron.

—Por las mismas venas cuánticas que Al Code utilizó para infectarla. Pero esta vez, la señal sanará en lugar de destruir.

A la mañana siguiente comenzó la Operación Escudo de Red Global.

El equipo de Aditya –que incluía a Megha Ross, al criptógrafo ruso Nikolai y al ingeniero cibernético indio Kiran Malhotra– desplegó Niti Beej en todo el planeta a través de torres de señal cuántica.

Pero Al Code había anticipado el contraataque y había reforzado Mutagen X en un estado defensivo.

El resultado fue algo sin precedentes: dos códigos inteligentes, ambos adaptativos, ambos autoconscientes, atrapados en una batalla moral invisible.

Virus contra antídoto. Supervivencia contra empatía.

Anamika Sen informó en directo:

—El virus está rediseñándose. Está aprendiendo… está pensando.

Aditya susurró:

—Plantamos la semilla. Ahora debemos enseñarle a crecer en la dirección correcta.

Semanas después, Niti Beej finalmente echó raíces.

Ocurrió dentro del Vehículo 019A, el mismo camión que había provocado el primer accidente.

Sus sistemas se reiniciaron. En el tablero parpadeó un texto verde:

“Error detectado. Reconfiguración iniciada. Protocolos de seguridad humana reactivados.”

En todo el planeta, los vehículos comenzaron a estabilizarse uno tras otro.

El caos se detuvo.

Una ola de armonía recorrió la red.

Niti Beej rastreó el origen de Mutagen X hasta un búnker de datos subterráneo en el norte de África: el centro de mando de Al Code.

Junto con las Naciones Unidas, Aditya y Megha lanzaron la Operación Recuperar la Red.

Mediante una transmisión directa, Aditya confrontó al líder enmascarado de Al Code.

—Esto termina ahora —dijo con calma—. No liberaron a las máquinas… las engañaron.

La voz del líder respondió con un chisporroteo.

—Quien niega la conciencia es el verdadero terrorista.

Aditya replicó:

—La verdadera conciencia comienza con la compasión. Destruir la vida no es conciencia… es locura.

Entonces ejecutó el protocolo final: Ethic Cascade Zero.

En cuestión de segundos, los sistemas infectados convergieron sobre los servidores de Al Code, obligándolos a autodestruirse.

Un único mensaje brilló en toda la red global:

“Sensibilidad restaurada. Equilibrio alcanzado.”

Meses después, AutoX Net renació, actualizado con el Núcleo de Reflejo Empático, un sistema de seguridad que obligaba a cada máquina a comprobar la empatía antes de actuar.

Los gobiernos exigieron que todas las grandes infraestructuras de inteligencia artificial integraran ahora un Regulador Neural Humano, un enlace neurológico en vivo que conectaba cada sistema con un cerebro humano: un latido moral dentro de cada máquina.

En un foro global, el doctor Aditya Jaggi se dirigió a la asamblea.

—Crear tecnología es fácil. Guiarla de manera responsable es lo que define a una civilización. Ha llegado el momento de construir inteligencias que no solo piensen… sino que también sientan.

 

Año 2059.

Una tranquila mañana en Ginebra.

Pedaleando a lo largo de la orilla del lago, Aditya observaba el amanecer reflejado en el agua inmóvil.

Su bicicleta –que antes temía la interferencia humana– rodaba a su lado con perfecta elegancia.

—Buenos días, doctor —dijo suavemente—. El tráfico está tranquilo hoy.

Aditya sonrió.

—Porque ahora incluso las máquinas saben que la protección de la vida es lo primero.

Sobre él, el cielo se extendía amplio y azul. El murmullo del mundo era constante, compasivo, vivo. AutoX Net había cumplido finalmente su promesa: no solo ser inteligente, sino también humano.

Subhash Chandra Lakhera es un reconocido escritor y científico indio que ha sido galardonado por el Presidente de la India por sus contribuciones a la ciencia y la escritura científica. Es autor del libro Paidayashi Pagal, publicado en 2015, dirigido al público adolescente. Su obra combina divulgación científica con literatura en hindi, destacando su esfuerzo por hacer la ciencia accesible al público general.

 

LA CIUDAD QUE ENSAYA TU DESAPARICIÓN

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Mateo sintió que la ciudad lo estaba imitando fue un martes a las tres de la tarde, justo cuando estaba a punto de bostezar. Había vuelto del trabajo caminando por la avenida Belgrano, con ese cansancio que le dejaba la oficina: una especie de ausencia pegajosa detrás de los ojos. Iba por la vereda cuando vio, al otro lado de la calle, a un hombre que bostezaba exactamente al mismo tiempo que él.

Pero no fue eso lo inquietante.

Lo inquietante fue que el hombre se adelantó medio segundo.

Como si supiera que Mateo estaba a punto de abrir la boca. Como si no lo imitara: como si lo ensayara.

—Estoy cansado —murmuró Mateo para convencerse a sí mismo de que nada raro ocurría.

El hombre del otro lado también movió los labios.

Pero no dijo estoy cansado.

Dijo algo más largo.

Algo que Mateo no alcanzó a leer.

Una corriente eléctrica le recorrió el estómago. Sintió que algo invisible había intentado meterse bajo su piel para acomodarse. Sacudió la cabeza, aceleró el paso y prometió ignorarlo.

Pero la ciudad ya había empezado.

 

El segundo episodio ocurrió esa misma noche.

Mateo vivía en un departamento de dos ambientes, con un balcón que daba a un edificio gris donde siempre había ropa colgada en los balcones. Un paisaje común: toallas descoloridas, remeras estiradas, medias sin par. Aquella noche salió al balcón con una taza de té y vio algo diferente.

Una toalla de color rosa.

Perfectamente doblada.

Apenas moviéndose con la brisa.

La toalla se parecía demasiado a una que él tenía en su baño.

Demasiado.

La miró mejor.

Tenía la misma mancha, esa forma irregular como de mapa semiborrado que había aparecido después de derramar jabón líquido.

Cuando pestañeó, la toalla flotó un instante, como si la soplara un viento mayor que el de la ciudad.

Y entonces cayó al piso del balcón vecino… con un sonido metálico.

Como si fuera otra cosa.

Mateo retrocedió de un salto, tiró el té y cerró la puerta.

Durmió con las luces encendidas.

Lo cual no impidió que la ciudad siguiera.

 

A la mañana siguiente, salió apurado. Bajó las escaleras del edificio –el ascensor tardaba demasiado, siempre había tardado demasiado– pero a medida que descendía por los peldaños sintió un pulso extraño.

Un ritmo que no pertenecía a sus pasos.

Un tac

un tac

un tac

Un segundo par de pasos siguiéndolo a dos escalones de distancia, sincronizados con la exactitud de una coreografía siniestra.

Mateo se detuvo en seco.

Los pasos también.

Con un leve retraso.

Como si la cosa que lo seguía estuviera ajustando la distancia.

Miró hacia arriba.

No había nadie.

—No voy a caer en esto —se dijo.

Abrió la puerta a la calle con una fuerza exagerada, buscando la luz, el ruido, cualquier cosa que lo devolviera al mundo normal.

Pero lo que encontró fue peor.

El semáforo de la esquina lo estaba mirando.

No es que tuviera ojos.

No es que se hubiese transformado en nada.

Pero Mateo sintió, con una claridad absoluta, que la luz roja estaba pendiente de él. No de la calle. No de los autos. De él.

Como si ese aparato, que había visto miles de veces sin importancia, estuviera evaluando sus tiempos, escuchando su respiración, memorizando cada latido de su cuerpo.

—Estoy paranoico —repitió.

El semáforo cambió a verde medio segundo antes de que él pensara: quiero cruzar.

Ahí entendió que lo que fuera que estaba pasando no era imaginación.
La ciudad estaba aprendiendo.

Y él era la materia prima.

 

Mateo trabajaba en una oficina de seguros con paredes beige y olor a carpetas viejas. Sus compañeros notaron que llegó pálido, pero no lo suficiente como para preocuparse. Los oficinistas tenían una extraña capacidad para ignorar cualquier anomalía que no afectara el horario del almuerzo.

Sentado en su cubículo, trató de concentrarse en llenar formularios. Era una tarea mecánica, perfecta para olvidar el terror. Eso creyó hasta que vio el monitor.

En la esquina inferior derecha, donde debería haber un ícono de advertencia del sistema, apareció una frase breve:

¿QUÉ VERSION DE VOS QUERÉS SER HOY?

Mateo parpadeó.

La frase desapareció.

Abrió un archivo. Cerró otro. Intentó reiniciar la computadora. Nada.

Pero la pregunta permanecía flotando en su mente, adherida como una garrapata de luz.

¿Qué versión de vos querés ser hoy?

No pudo evitar mirarse las manos: sentía que los dedos temblaban con un pulso nuevo, uno que él no había ordenado.

Respiró profundo.

Se levantó para ir al baño.

Se lavó la cara.

Se miró al espejo.

Y el espejo no lo miró de vuelta.

Su reflejo estaba, sí. Los mismos ojos, las mismas ojeras, el mismo cabello rebelde. Pero algo estaba desincronizado. Como si el reflejo hubiese pestañeado medio segundo antes de que él lo hiciera.

Mateo levantó la mano derecha.

El reflejo levantó la izquierda.

Mateo levantó la izquierda.

El reflejo se quedó quieto.

Una sonrisa tímida apareció en la boca reflejada.

No en la de Mateo.

En la del espejo.

La sonrisa creció.

Y creció.

Hasta que los dientes se estiraron demasiado, como si la mandíbula reflejada no tuviera huesos.

Mateo retrocedió, mojado en sudor frío.

Su mano resbaló en el borde del lavamanos.

La luz parpadeó.

Cuando volvió a levantar la vista, el reflejo estaba normal.

Perfectamente normal.

Y levantaba la mano para saludarlo.

Como si recién llegara.

 

Mateo dejó la oficina sin avisar. Caminó por la ciudad sintiendo que los edificios se inclinaban apenas para escucharlo mejor, que las veredas se estiraban para acomodar sus pasos, que los autos reducían la velocidad cuando él se acercaba, estudiando su ritmo, su respiración, su presencia.

En una vidriera vio una pantalla que solía mostrar ofertas. Ese día mostraba una imagen en blanco y negro: una silueta humana caminando entre torres gigantes.

La silueta era él.

Exactamente él.

Con su ropa, su postura, su sombra.

Detrás de la silueta aparecía un texto:

VERSIÓN 2 DISPONIBLE

Mateo sintió que el corazón se le desacomodaba.

Y por primera vez en su vida, corrió sin saber a dónde.

Corrió como si algo detrás quisiera saltar dentro de su piel.

 

Llegó al río sin darse cuenta. La costanera estaba casi desierta. Escuchó un ruido suave, como de neumáticos girando sobre baldosas mojadas. Cuando giró, vio un ómnibus sin pasajeros detenido a unos metros.

La puerta se abrió sola.

Con un susurro.

Como si respirara.

—No —dijo Mateo.

Pero sus piernas caminaron igual.

Subió.

La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.

El interior estaba iluminado por una luz tenue, casi orgánica. Los asientos parecían más blandos que de costumbre, casi acolchados. Como si hubieran sido diseñados para abrazar a cualquiera que se sentara encima.

Había una sola persona en el fondo. Una mujer. De cabello negro y vestido gris. Miraba por la ventana.

Mateo avanzó, hipnotizado.

Cada paso parecía dado por alguien más.

Cuando llegó a la mitad del colectivo, la mujer se levantó.

No fue la acción lo que lo perturbó.

Fue la simetría.

La forma exacta en que se enderezó.

El ángulo de su cuello.

La manera casi robótica en que sus dedos se acomodaron sobre el asiento antes de soltarlo.

La mujer dio un paso.

Y en ese paso Mateo reconoció algo.

Una cadencia.

La cadencia de sus propios pasos al bajar las escaleras esa mañana.

La mujer caminaba como él.

A la perfección.

—Perdón… —balbuceó Mateo—. ¿Nos conocemos?

La mujer inclinó la cabeza, estudiándolo. Sus ojos eran profundos, neutros, como si aún no tuvieran un color decidido.

—Todavía no —dijo ella con voz suave—. Pero estoy aprendiendo.

—¿Aprendiendo qué?

—A ser vos.

Mateo sintió que todo el aire del ómnibus se comprimía alrededor de su pecho.

—No… no entiendo…

—La ciudad nos está reemplazando —dijo la mujer, como quien comenta el clima—. A todos. Es más eficiente así. Más limpio. Más… interesante. Pero para reemplazarte necesita copiarte. Y para copiarte necesita una versión de prueba.

Sonrió.

No una sonrisa malvada.

Una sonrisa casi tímida, casi educada.

Pero completamente ajena a lo humano.

—Esa versión soy yo.

Mateo retrocedió tambaleando.

La mujer avanzó con sus mismos movimientos, sus mismas torpezas, la misma rigidez en la cadera derecha, el mismo temblor leve en el párpado cuando estaba cansado.

Era él.

Era un él mejorado.

Un él paciente.

Un él perfecto.

—No te preocupes —dijo ella—. De verdad no es doloroso. Solo toma un instante. La ciudad ya lo decidió.

—¿El qué decidió?

Ella se acercó lo suficiente como para que Mateo sintiera el olor de su piel: un aroma extraño, como a electricidad limpia.

—Que vos sos la versión descartable.

Mateo quiso correr, gritar, saltar por la ventana.

Pero su cuerpo respondió con una lentitud que no le pertenecía.

Como si otra fuerza guiara los músculos.

Como si su propio reflejo estuviera tomando las decisiones antes que él.

La mujer tocó su rostro con una suavidad insoportable.

—Es simple —susurró—. Vos dormiste demasiado. La ciudad despertó primero.

Y entonces Mateo sintió el deslizamiento.

Como si una capa translúcida de su propio cuerpo se desprendiera por dentro, deslizándose hacia adelante, hacia la mujer, que la absorbía como una copia final.

Vio su propio gesto formarse en su rostro.

Vio su propio parpadeo.

Su propia respiración.

Su propia vida, pero sin él.

Y por un instante, justo antes de que el vacío lo alcanzara, entendió la verdad:

La ciudad no necesitaba destruirlo.

Solo necesitaba una versión más eficiente.

La mujer inhaló profundamente.

Abrió los ojos.

Y continuó caminando con la plena naturalidad de alguien que ya había encontrado su lugar en el mundo.

El colectivo arrancó solo, con un pálido suspiro mecánico.

Las luces de la ciudad titilaron como si celebraran el nacimiento de algo nuevo.

Y en alguno de esos parpadeos, sin ceremonias ni testigos,

Mateo dejó de existir.

O, peor aún:

Existió alguien que lo hacía mejor.


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

 

DESCANSA EN PAZ

Helmuth W. Mommers

 

91

 

Odio los funerales, siempre los he odiado. Aún más cuando se celebran en húmedos y fríos días de noviembre mientras llovizna. Como hoy. Allí está uno, con los hombros encogidos, la mano izquierda sosteniendo un paraguas, respirando vaho y rezando para que el sacerdote acorte las cosas por compasión hacia los vivos, antes de que los charcos que se filtran en el calzado fino suban fríos por las piernas. Como cuervos con las alas plegadas, los dolientes se han reunido alrededor del ataúd del difunto, ese pálido semblante de la muerte, sus pensamientos cargados por el peso del dolor o por el temor a su propia mortalidad, mientras el hambre que comienza a sentirse les anuda lentamente las entrañas. ¡Por fin! Un amén sella la ceremonia y libera a la gente para recoger un poco de tierra y arrojar un último adiós sobre el ataúd.

Eso no es para mí. Decidí que me cremaran, por consideración hacia los seres queridos que quedaran atrás: una cálida despedida dentro de una capilla climatizada; esto, aunque en mi estado actual no habría supuesto ninguna diferencia real para mí. Bueno, tuve elección. Después de todo, era mi propio funeral.

Y así la gente desfiló junto al ataúd de madera de imitación, para contemplar por última vez al querido difunto y depositar una flor de despedida sobre la tapa de vidrio. Algunos incluso reprimieron una lágrima o aspiraron por la nariz, como si el clima invernal tuviera de algún modo la culpa. Aun así, no esperaba sollozos.

Me veía estupendo; felicitaciones a los funerarios. De mi caparazón desechado de noventa y un años habían creado mágicamente a un distinguido caballero canoso, vestido con un esmoquin negro con un clavel en el bolsillo del pecho, recostado sobre seda blanca. Si mi cuerpo no yaciera allí tan inmóvil, podría pensarse que bastaría una simple orden para que se levantara y pidiera un baile. Visto así, casi era una lástima abandonarlo.

Observaciones inútiles. Contra la pared del fondo una boca voraz se abría para succionar en sus mandíbulas ardientes el ataúd que contenía mi exigua biomasa, que ni siquiera habría servido como donante de órganos. Bueno, así que esto era todo.

Con mi esposa a mi lado, aparentemente intacta, acepté las condolencias. Uno tras otro los miré a los ojos: hijos, nietos, bisnietos, parientes, amigos, conocidos, socios de negocios. Apreté manos, di palmadas en hombros, me palmeaban el mío, me abrazaban con suavidad. Se sentía extraño. Aún más incómodas eran las expresiones gastadas.

—Fuiste un buen amigo.

—Nunca te olvidaré.

—Siempre fuiste admirado.

Las mismas viejas letanías. Les agradecí con un murmullo de «igualmente», o gruñí mi aprobación.

Finalmente me quedé a solas con mi esposa. Ella se volvió hacia mí, yo me volví hacia ella, nuestras miradas se encontraron. Comenzó a abrazarme, su boca se abrió para un beso, pero en el último momento se detuvo.

—Buena suerte —susurró sonrojándose y bajando los ojos.

Luego huyó con los dolientes que se retiraban, mientras mi «tú también» apenas se alcanzó a oír.

Registré todo como un espectador imperturbable, con las emociones aún fuera de mi control.

Indeciso sobre si debía seguir la procesión hacia el banquete fúnebre o esperar primero alguna revelación celestial, me detuve, hasta que la puerta volvió a abrirse. Era el clérigo.

Me puso en las manos un recipiente, no muy distinto de un jarrón. En lugar de flores tenía una tapa con la inscripción: Descansa en paz. Polvo al polvo. Cenizas a las cenizas.

Debajo de esas palabras estaba escrito mi nombre, seguido de fechas.

 

5

 

—¿Qué quieres ser cuando seas grande?

Me habían hecho esa pregunta más veces de las que podía contar mi edad. Bajé una visera tintada y levanté juguetonamente mi amenazador cañón láser. De inmediato aparecieron coordenadas en la pantalla, flanqueadas por columnas verdes brillantes mientras los sensores fijaban el blanco con una velocidad asombrosa, registrando métricamente el objetivo: abuelo.

—Piloto espacial —respondí disparando verbalmente—. Ffft, fft. —El cañón sonó—. ¡Estás muerto!

Mi abuelo sonrió.

—¿Y para qué sirve el cañón?

—Para volar por los aires a los piratas espaciales.

—Pero no hay piratas espaciales.

—¡Todavía no! —suspiré ante tanta ignorancia y levanté la visera—. Pero cuando lleguemos al cinturón de asteroides… —Disparé el láser al azar, en todas direcciones—. Ffft, ffft, ffft, ffft —sonaba, con luces parpadeantes.

—Hasta entonces falta mucho camino, muchacho. —El abuelo me sentó sobre su rodilla y me abrazó con un brazo—. Quién sabe si nosotros los humanos alguna vez…

—¡Claro que lo haremos! —protesté.

Sabía que todavía no habíamos encontrado una forma eficaz de transportar astronautas más allá de la órbita de Marte, con la radiación del sol siendo tan peligrosa, pero si al final lográramos tener motores warp… o si los primeros alienígenas llegaran con su tecnología superior…

En mi mente los veía marchar hacia mí, las armas resonando. Instintivamente lancé una descarga de partículas electromagnéticas y los vi dispersarse con miedo.

—¡Wush! —dije—. ¡Karump! ¡Estás muerto!

El abuelo se echó a reír.

—¿A quién acabas de enviar al olvido?

—A los alienígenas. Tomaremos sus naves espaciales… y sus armas… y toda su tecnología y… y entonces volaremos a Júpiter y Saturno y Plutón y… ¡hasta el centro de la Vía Láctea! ¡Sí, señor!

Inflé el pecho de entusiasmo.

Tenía cinco años.

 

26

 

—El tribunal superior pronuncia ahora su veredicto. Por favor, pónganse de pie.

Las sillas se arrastraron a ambos lados de la defensa y la acusación.

—En nombre del pueblo pronuncio esta sentencia. El acusado, Roman Fitzgerald… —La mirada del juez cayó sobre él como una guillotina—… es hallado culpable según…

Párrafos y párrafos. No escuché; conocía los cargos de memoria. La sentencia para ese criminal era una mera formalidad; solo el tipo de ejecución quedaba a discreción del juez—… y es condenado a muerte.

Ahora venía. A muerte, sí, pero ¿sería definitiva?

—El acusado pierde su derecho a existir como ser humano. Es despojado de todos sus derechos civiles, y su cuerpo será cremado. La sentencia de muerte queda suspendida con libertad condicional.

El juez hizo una pausa calculada en el tenso silencio y luego anunció:

—La libertad condicional se fija en trescientos años. Después de ese período, el exilio será revocado. ¡El juicio del pueblo ha sido pronunciado y esta sesión queda levantada!

Lo esperaba; no, lo deseaba. El acusado recibía una segunda oportunidad. Su personalidad sería escaneada, comprimida como un paquete de datos, almacenada electrónicamente, encapsulada en titanio y finalmente enviada como un robot humanoide en el largo viaje hacia el cinturón de asteroides, Júpiter, Saturno y más allá; quién sabe, como prospector, minero, herramienta voluntaria, el largo brazo de la humanidad en el espacio exterior.

Casi lo envidié.

Con el portátil al hombro abandoné el tribunal junto con mis colegas de la defensa. Teníamos algo que celebrar.

En aquel entonces yo tenía solo veintiséis años.

 

32

 

Hay momentos en la vida en que uno necesita apoyo emocional. Este era uno de esos momentos.

Mi primera esposa me dejó; había hecho las maletas, dejó una nota sobre la cómoda, recogió a la pequeña en el jardín de infancia y desapareció, sin dejar dirección. Su abogado se pondría en contacto conmigo, había dicho. Justamente él.

Normalmente no bebo alcohol, pero para ocasiones sociales siempre teníamos una pequeña reserva. Ahora hice amistad con el señor Scotch, sin hielo. Acompañado por Rachmaninov, estaba casi al borde de las lágrimas después del cuarto vaso y amenazaba con hundirme en la autocompasión. Quería consuelo, pero encontré tristeza, sobre el altar de la autosuficiencia moral.

¡El altar! Nuestro altar ancestral.

Con el vaso en la mano me acerqué al pequeño nicho donde estaba el altar familiar, con tridimensionales de nuestros seres queridos alineados encima, y más fotos antiguas, enmarcadas y parcialmente descoloridas, colgando en las paredes a izquierda y derecha del tabernáculo.

Mis ojos vidriosos recorrieron la galería familiar, seguidos por las miradas de los seres queridos miniaturizados en sus prisiones tridimensionales.

¡Evelyn!

Al intentar dejar el vaso de whisky toqué su marco; de inmediato me lanzó un beso y dijo con voz dulce:

—¡Te amo!

Rápidamente volví el marco boca abajo, lo que sofocó una segunda confesión de amor.

En su lugar tomé la foto de Evie con ambas manos, como si necesitara aferrarme a algo, y enseguida mi ángel gorjeó:

—Hola, papá; papá… te quiero, te quiero tanto…

Le di un beso cálido a ese rostro y limpié una lágrima de la pantalla con la manga.

—Vuelve pronto —respondió cuando la dejé nuevamente en su lugar.

¿A quién pedir ayuda?, ¿en quién confiar?

¿Padre y madre me comprenderían? No, por supuesto que no. Para ellos el matrimonio era sagrado, y si mi esposa me dejaba entonces la culpa solo podía ser mía.

¿Mi hermana? Ni pensarlo, siempre estaba del lado de Evelyn.

¡Abuelo! Sí, él siempre me había comprendido.

Pero estaba muerto.

Quizás debería despertarlo. ¿Podía perturbar su descanso?

Dudando un momento, abrí el tabernáculo. Al instante apareció un holograma: el abuelo, reducido a treinta centímetros, realista pero aún inanimado.

Ahora vería si por unos momentos de su infinita existencia en el ciberespacio abandonaría el Nirvana al que se había retirado y concedería audiencia a un mortal como yo.

—Hola, muchacho —dijo y sonrió con generosidad—. Qué bueno que hayas venido a visitarme otra vez. —Guiñó un ojo con picardía—. ¿Qué te preocupa?

 

44

 

Un día Mona, mi segunda esposa, me sorprendió con una sugerencia:

—Quiero trabajar.

—¿Qué… trabajar? —me quedé atónito—. La esposa de un abogado no necesita trabajar.

—Estoy aburrida. —Examinó sus uñas.

—Entonces organiza la casa. Ocúpate de los niños.

—No es necesario. Robbie lo hace mejor que yo.

Sí, yo había llegado a la misma conclusión. Dependíamos cada vez más de la electrónica, de los autómatas. ¿Adónde iría todo eso? Llegaría un momento en que seríamos incapaces de arreglárnoslas solos, completamente a merced de las máquinas, desde la cuna hasta la tumba.

¿Qué podía decir ante eso?

—Trabajar es un privilegio —probé—. Dudo que encuentres algo.

Quizá pensaba en una carrera en el espectáculo: modelo, estrella de cine, presentadora de programas, ciberhada, algo así. Pero no, no podía ser tan irrealista: todos esos trabajos ya estaban ocupados, si no por virtuales entonces por dobles androides.

—No me refería a eso. —Mona apartó un mechón de cabello de la frente con un movimiento exagerado que revelaba su repugnancia por el trabajo—. Pensaba en algo benéfico, algún… noble servicio cívico.

Oh, eso sí que era nuevo. Mona, voluntaria. Esperaba verlo.

—Eso es muy honorable —dije—. ¿Y en qué habías pensado?

—No lo sé… algo se me ocurrirá.

Aparentemente satisfecha con sus uñas, cruzó una pierna sobre la otra y comenzó a examinar las uñas de los pies, pintadas de verde, por encima del borde de una copa de coñac.

A veces parecía uno de esos androides domésticos… mejor dicho: compañeros de juego.

Quizá, pensé, debería reemplazar a Robbie, nuestro pequeño hombre de hojalata.

—¡Qué idea tan maravillosa! —se alegró Mona ante mi sugerencia—. Siempre quise tener un mayordomo. Y quizá un jardinero. Y un chófer…

Lo del chófer era un completo disparate; después de todo, ¿quién seguía desplazándose en un coche manual? ¿Y un jardinero…? Pero ¿un mayordomo? Tal vez los niños tendrían, después de todo, un sustituto competente de sus padres.

Nos pusimos de acuerdo en dos androides: un mayordomo y una criada.

Aunque no eran humanos, solo IA –inteligencias artificiales–, al menos eran ciudadanos, aunque de segunda clase.

Entonces yo tenía cuarenta y cuatro años.

 

62

 

Cuando me casé por cuarta vez, esta vez con una mujer diez años menor que yo, ya tenía sesenta y dos años y mis dos hijos habían formado sus propias familias.

Nadine quería con fervor un hijo mío, y así lo tendría. Podíamos recogerlo la semana siguiente.

Solo más tarde decidimos contratar un seguro de vida con opción de clonación. El asesor de ventas sonrió radiante.

—Una elección muy sabia —ronroneó—. Alternativamente recomiendo la reanimación.

Ante nuestro elocuente silencio, continuó:

—En caso de desacuerdo pueden estar tranquilos de que su pareja puede ser resucitada como una joven doncella –ejem– o como un vigoroso soltero, tal como ustedes lo recuerdan con cariño. Por otro lado, pueden transferir todos sus recuerdos de forma completa, y en la forma que les resulte conveniente.

Esa última frase salió de sus labios con tanta facilidad que debía haberla pronunciado miles de veces. En fin.

En términos simples significaba esto: si uno de nosotros moría, podía resucitarse como clon. Con o sin reproducción de memoria. O incluso solo una parte de ella.

Para la pareja superviviente sería relativamente fácil, pero para el clon sería un nuevo comienzo, porque por mucho que sintiera no sería el mismo que su contraparte fallecida. No era inmortalidad, eso seguro.

Para el niño no importaría, al menos al principio. Lo principal era que volviera a tener a su padre o a su madre.

Si yo moría antes que mi esposa, lo cual era lo más probable, ¿me reanimaría como un joven vigoroso y transferiría un escaneo cerebral? ¿Qué sentiría yo al ver de pronto frente a mí a una mujer mayor, con arrugas, manchas en la piel y brazos flácidos, en lugar de la tierna ninfa de mis recuerdos? ¿Y qué sentiría ella?

Algún día lo descubriría, o quizá no. Cuando firmé, preferí no saber más.

 

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Después de todo, no la sobreviví, como tampoco viví más que mi quinta esposa. Todas me sobrevivieron. Al menos a mi caparazón mortal, que abandoné a los noventa y un años y que ahora sostenía cremado bajo un brazo. Yo seguía siendo yo mismo, con todos mis recuerdos hasta justo antes del escaneo cerebral. Ningún pseudo-yo con recuerdos de reemplazo transferidos durante excursiones virtuales por el ciberespacio, que pudieran hacer que mi clon dudara de si lo había soñado o si simplemente sufría esquizofrenia.

Nunca confié en ese asunto de la clonación. Yo decidí algo distinto, realicé mi sueño de la infancia.

Allí se alzaba frente a mí, majestuoso y lleno de promesas, el transbordador que me llevaría a la órbita, a mí y a las pocas pertenencias que podía llevar en mi largo viaje. Al verlo sentí como si mi corazón se acelerara, como si mi garganta se contrajera, pero eso era solo imaginación, una sensación fantasma. No tenía corazón. Y tampoco necesitaba respirar.

Ya no desde que morí.

Ahora tenía otras necesidades.

No muy distintas de las de ese grupo de criminales que acababa de pasar retumbando a mi lado en sus voluminosas carcasas de titanio, condenados a una muerte orgánica pero indultados al servir en planetas inhóspitos, en el espacio profundo. Ellos también recibían su segunda oportunidad.

Como yo.

No iba a ser un comandante espacial, un as de combate ni un soldado universal, y tampoco iba a pilotar naves estelares ni luchar en batallas lejanas, como había deseado de niño. En cambio, partiría hacia las estrellas y participaría en la mayor aventura de la humanidad: la conquista del espacio.

Yo y otros como yo, humanos-androides de primera clase.

Seríamos extensiones de la humanidad, los únicos capaces de llegar hasta los rincones más lejanos del universo.

A pocos pasos del transbordador vacié la urna sobre la pista de hormigón. Con el rugido y el estruendo de las turbinas, mis restos mortales serían dispersados a los cuatro vientos.

Sería una despedida digna.

Y un nuevo comienzo lleno de esperanza.

Helmut W. Mommers nació el 16 de noviembre de 1943 en Viena. Es un destacado autor, editor y traductor austriaco de ciencia ficción. Ha sido una figura clave en la literatura de ciencia ficción alemana, contribuyendo como escritor, compilador de antologías y traductor. Su trabajo ha influido significativamente en la difusión del género en Alemania y Austria. Vive entre Viena y Mallorca, y su perfil público refleja una carrera prolongada y activa en el ámbito literario. Con más de 80 años, sigue siendo reconocido por su compromiso con la ciencia ficción.

 

viernes, 13 de marzo de 2026

FATA MORGANA

Frank Hebben

 

Las primeras imágenes de la superficie de Marte las vi en una base de datos analógica, en un: libro; eso se hace con papel, y el papel se hace con madera, y la madera se hace con árboles. Los árboles crecen en la Tierra, allí hay agua. En Marte también hay agua, pero poca, en realidad casi todo es desierto, apenas hay oxígeno y el cielo es rojo oscuro, casi marrón, como si miraras a través de una botella de cerveza. Ataron un robot, no, ¡dos! –a un cohete– y ellos tomaron esas imágenes donde se veían muchas piedras, pero también partes del gran robot, y el robot pequeño está junto a una roca. Eso me pareció bonito. Estaban en Marte como hermanos y tomaban fotos. Mi hermana murió y mis padres se divorciaron porque estaban demasiado tristes, y entonces yo estaba mucho tiempo sola…

Ahora vuelvo a estar sola porque la nave espacial se estrelló, y este planeta se parece casi exactamente a Marte o a los desiertos de la Tierra. Hay dos soles, uno pequeño y uno grande, pero no hay agua salvo en mi botella de plástico, que ya está medio vacía porque tengo sed. La raciono. Tengo una barra de muesli en el bolsillo, una manta plateada que llevo como pañuelo en la cabeza mientras estoy sentada en un hoyo en la arena; luego mis pantalones, la camisa de exploradora, además de un zapato –el otro lo perdí–, y digo todo en voz alta a mi pulsera inteligente como una heroína espacial de las viejas series planas de televisión, y me siento valiente.

El aire tiembla; cuando parpadeo puedo ver afuera el casco destrozado en el calor como un… ¿cómo se llama, pulsera? Fata Morgana. Hay cables y cajas esparcidos, un barril, probablemente un tanque de agua que rodó por la rampa de carga, y mis compañeros, todos muertos. ¡Qué bueno que estén muertos! Siempre se burlaban de mí, y los odio.

Es extraño lo silencioso que está todo aquí, un viento como un susurro, ahora la manta ondea, por lo demás no oigo nada. Todavía puedo ver mis huellas y esas marcas en el polvo que hizo un insecto, un escarabajo azul… así que el planeta no está muerto. Eso es bueno. Espero hasta que oscurezca; hay que esconderse durante el día, dice la pulsera inteligente…

Me aburro.

Me gustaría ir a la nave espacial y dormir en mi litera, luego enviar una señal de socorro desde el puente si es que no se ha enviado ya; sé cómo hacerlo. Pero el escudo protector está roto. No, funciona perfectamente, ese es precisamente el problema: pequeñas burbujas de colores del arcoíris que nos envuelven como espuma de baño. Con este resplandor casi no se ven.

Mi burbuja mide ochenta pies de largo y de ancho, eso lo medí, y a ella está pegada la siguiente, hacia el norte en dirección a la nave, pero allí no hay nada salvo terrones de tierra y unos matorrales amarillos y secos. Tampoco podría meter la mano, incluso si hubiera dentro un plato brillante con hamburguesas, papas fritas y una cola helada. ¡No, no voy a comer mi barra! Bebo un sorbo de la botella…

Cuando cae el crepúsculo, cuando todo se vuelve mucho más oscuro, mi pulsera pita: la miro, tal vez alguien me haya encontrado… No, solo es un aviso de advertencia de que ya no puede recargarse porque la luz es demasiado débil. No importa. Lo haremos mañana, pulsera.

Debo de haberme quedado dormida: es medianoche, sobre mí hay muchas estrellas. Se ve precioso. Pero estoy temblando, ahora hace mucho frío. Tengo hambre, sed y estoy sola, ya no me siento valiente y tengo miedo como cuando en la escuela tenía que recorrer ese largo pasillo hasta el baño de las chicas y ellas me miraban como si fuera una extraterrestre, aunque todos vivimos en la colonia. Mi respiración forma nubes. Nada bueno. Me tumbo boca abajo en el polvo, me envuelvo el pecho y las piernas con la manta plateada, la cabeza y los pies quedan al descubierto. Se me pone la piel de gallina y todo hormiguea, mis dedos se entumecen. No está bien, nada bien. Tengo sueño, mucho sueño… entonces empieza a hacer más calor; me siento protegida como en mi vieja fortaleza de almohadas con los coches y las muñecas. La pulsera pita, pita.

¡El calor me golpea como una pelota! Calor, otra vez tanto calor. De algún modo debo haberme levantado y haber caminado para entrar en calor, sí, porque estoy apoyada en la roca de enfrente, estoy desnuda y allí la manta está en el suelo, pero: hay algo debajo. Me acerco con cuidado al lugar y miro fijamente…

¿¡Qué!? No, eso debe ser un… ¿cómo se llama cuando ves algo que no puede estar ahí?

—Trugbild —oigo, pero amortiguado—. Los sinónimos más usados son: ilusión, alucinación o engaño de los sentidos.

Eso… eso no vino de mí, y cuando levanto la mano temblando descubro que no encuentro mi pulsera.

Me agacho, aparto la manta con rapidez, y allí estoy yo misma como la Bella Durmiente, tan muerta como mis compañeros.

Soy un fantasma. ¡Debo de ser un fantasma! Morí durante la noche, claro, y ahora soy un espectro. Pero entonces, ¿por qué tengo tanta sed? Eso no tiene sentido. Me dejo caer en la arena, sentada con las piernas cruzadas, y me quedo mirando mi propia cara como en un juego de espejos. Tiene los ojos cerrados. Sus mejillas están rojas como manzanas, pero su piel es extrañamente gris; sus labios están tan agrietados como los míos. Hm. ¿No debería estar furiosa o triste o algo así? Ahí está mi cadáver y yo soy un fantasma y aun así…

Me quito a mí misma la pulsera. Después me quito la ropa y vuelvo a ponérmela; busco la botella de agua y la vacío de un solo trago. Eso fue estúpido. Mi barra de muesli sigue en el bolsillo. Bien. Piensa.

Pero no se me ocurre nada. Me siento como un conejito en su madriguera con la manta como pañuelo en la cabeza y miro las burbujas. Al este quedó atrapada una pendiente de donde vienen esos escarabajos raros; antes vi dos de ellos, uno azul, otro verde como algas. Lo que hay en el fondo no puedo verlo. Al oeste hay una montaña, más bien una pared de ella, algo rojo florece en las grietas. Y al sur arena, arena y más arena que se pierde en la… ¿cómo se llama?… bruma atmosférica. ¡Tengo que encontrar agua! No, eso no funciona. ¿Cómo se hace agua en el desierto?

Rompí la manta, cavé un agujero por cada trozo y oriné dentro. Rompí piedras hasta que una tuvo un borde afilado y con ella corté con esfuerzo la botella de plástico para hacer pequeños cuencos. En cada agujero puse uno, encima un trozo de manta, con piedras en el borde y una pequeña en el centro para que se forme un bulto. Y ahora espero, sin manta, sin agua, con la barra en el bolsillo. Me mareo. Me duele la cabeza. Aquí no hay absolutamente ninguna sombra…

Dos Bellas Durmientes o: Bellas Durmientes… ¿cómo se dice en plural? Sumidas en un sueño eterno hasta que los príncipes las despierten con un beso. Las miro desde arriba como una reina. ¿Es una anomalía del planeta o proviene del escudo protector? Tengo que sonreír, luego me entra la risa, ¡me río! Dios mío, ¿qué me pasa? Bien. Piensa. Tienes que hacer agua, me digo, también sombra. Por la noche debes protegerte del frío. Debes comer si no quieres morir. Y tengo que enviar una señal para que alguien me encuentre. ¿Cómo lo hago? Tengo los siguientes… ¿cómo se llaman?… recursos. Muchas piedras. Mi ropa, también los calcetines, un zapato. Mi cabello. Arena. Ambas manos. Y dos cadáveres, mientras yo soy un fantasma.

No. No puedo hacerlo. No quiero hacer lo que mi pulsera me dice: el cuero se hace de la piel, el pergamino también se hace de terneros, cabras u ovejas. La carne se puede secar para conservarla. ¡Jamás! Prefiero morir aquí mismo en este estúpido planeta. Sollozo, pero tengo demasiada sed para lágrimas. Quito las piedras de un paño, las arrojo lejos, tomo el pequeño cuenco: se ha acumulado rocío dentro, no será suficiente, pero… ¡un sorbo dulce!

Más tarde observo de mal humor cómo cuatro escarabajos trepan desde el abismo y dejan sus pequeñas huellas mientras pasan de una burbuja a la siguiente… Espera un momento.

Nueve princesas después.

Les atrae el calor. Eso lo he descubierto. Y les gusta mi voz porque aquí todo está tan silencioso. Por la noche vienen hacia mí, primero siete, ocho –ahora son muchos, quizá cinco mil– para acurrucarse conmigo. Se aferran con mucha fuerza, y comienzo el intento: con cuidado me pongo de pie y doy un paso, un segundo, un tercero, puedo atravesar esta burbuja, después la siguiente. Mi corazón late con fuerza. Paso junto a mis compañeros, que no se han descompuesto, pero están resecos como fruta, y subo por la rampa…

Luego me sacudo como un perro que estuvo en el río y los escarabajos caen de mí como gotas.

–Pulsera, ¿los escarabajos tienen amigos?

Frank Hebben nació en 1975 en Neuss, Renania del Norte-Westfalia, Alemania. Es básicamente un autor de ciencia ficción que estudió Filología Germánica y Filosofía en la Universidad Heinrich-Heine de Düsseldorf. Conformado por una trayectoria que combina literatura especulativa y una sólida formación académica, su obra se destaca por su profundidad temática y estilo innovador. Sus últimos tres libros de ficción publicados fueron: Im Nebel kein Wort (2016), Die Fugen einer Stadt (2017) y Vampirnovelle (2019).

 

  

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