viernes, 23 de octubre de 2026

AMANECER

Jiao Ce

 

1

Día 51. Campamento del Primer Escalón, vertiente norte. Altitud: 7007 metros.

El fuego prendió y el interior de la tienda, hasta entonces en penumbra, se fue iluminando, lo que dio un poco de vida a aquel espacio de menos de diez metros cuadrados.

Puse una olla de hierro sobre el fuego, coloqué con cuidado tiras de carne seca sin cocinar contra su borde interior y eché dentro una buena cantidad de nieve que había recogido entre los brazos. La olla comenzó a chisporrotear de inmediato.

Junto al fuego estaba sentado Chai Hu, el jefe de mi expedición, que escribía en una libreta en una postura extraña. A aquella altitud, la presión atmosférica era tan baja que la tinta de su bolígrafo no salía por mucho que lo intentara.

No le había quedado más remedio que meterse el tubo del bolígrafo en la boca y soplar suavemente para poder escribir. Movía la cabeza al compás de la mano, como una vieja máquina de escribir.

—Te ves muy extraño —dije.

—¿Ah, sí? —Chai Hu me miró de reojo y se sacó el tubo de la boca. Una gota de saliva cayó sobre la libreta y se apresuró a limpiarla, avergonzado—. ¿Cómo están tus funciones corporales? —agregó mientras se secaba la comisura de los labios.

—Bastante bien. —Moví los brazos metálicos, que adquirieron un brillo anaranjado a la luz del fuego.

—Revisa tus componentes mecánicos. —Sacó de detrás de él la caja de herramientas y añadió con frialdad—: Mañana caminaremos todo el día. No me retrases.

Me toqué instintivamente el pecho. Dentro de la caja torácica de metal latía con fuerza un corazón humano.

—Ochenta y seis por ciento de componentes no humanos —murmuré mientras recibía la caja de herramientas que me tendía Chai Hu.

El fuego ardía con más fuerza. Fuera de la tienda, el viento aullaba y arrastraba granos de nieve sobre una extensión de hielo completamente negra, cuyos límites se perdían de vista. La pequeña tienda se aferraba a aquella superficie helada como un botón de color rojo anaranjado.

 

2

Cuando salimos del campamento uno ya eran las diez de la mañana, pero el cielo seguía gris y oscuro. Sobre nuestras cabezas se extendía una capa de nubes negruzcas, densa y espesa, formada por innumerables fragmentos de roca y partículas minerales de menos de dos milímetros de diámetro, mezclados con cristales de hielo. Los volcanes habían expulsado aquellas partículas durante la Gran Erupción y desde entonces permanecían suspendidas en la atmósfera.

En otros tiempos, desde allí se habría visto con claridad la cumbre del Everest, además de la ruta de ascenso por la vertiente norte. Ahora no se veía nada de aquello. La capa de nubes había cercenado limpiamente la cima y la montaña entera parecía un emperador decapitado.

—¿Qué miras? —preguntó Chai Hu mientras recogía la tienda.

—La capa de nubes es muy espesa —dije, con la vista en lo alto.

Interrumpió su tarea, se enderezó y se levantó las gafas protectoras.

—En las partes más delgadas tiene doscientos cincuenta metros de espesor. En algunos lugares alcanza los dos kilómetros.

—De verdad oculta todo el cielo… —exclamé.

—Bah. —Chai Hu soltó un resoplido desdeñoso—. Cuatrocientos veinte volcanes activos en erupción ininterrumpida durante trece meses. Enormes cantidades de polvo acumuladas en la troposfera. La luz solar bloqueada, los vientos de altura debilitados, el efecto de Coriolis… Menos mal que no viví en aquella época.

—Ahora tampoco estamos mucho mejor —dije.

Chai Hu no respondió. Ya había terminado de recoger la tienda y emprendimos la marcha hacia el último campamento antes de la cumbre.

El viento soplaba con más fuerza. Los granos de nieve que levantaba provocaban violentos ataques de tos con cada respiración. Chai Hu se cubrió la boca y la nariz con el cuello de la chaqueta y avanzó trabajosamente entre el viento y la nieve, ayudándose con los crampones y los bastones.

Lo seguí de cerca, hundido en la nieve hasta las rodillas.

Todas las rutas hacia la cumbre habían desaparecido en la ventisca. Solo se distinguía una cresta de color marrón oscuro que se internaba directamente en las nubes negras, sin que pudiera verse dónde terminaba.

 

3

Día 52. Campamento de ascenso a la cumbre del Everest. Altitud: 8018 metros.

Hoy las cosas fueron bastante mal. Primero perdimos los utensilios de cocina junto al precipicio del Collado Norte. Después, a los 7800 metros, Chai Hu se lesionó un brazo. También se rompió el último par de bastones que nos quedaba y, por si fuera poco, comenzó a sufrir episodios de respiración sibilante, un indicio de mal de altura.

Encendí una fogata. Los labios de Chai Hu habían adquirido un tono violáceo y el sudor le perlaba cada vez más la piel.

—Cuando entres en calor te sentirás mejor —le dije.

Chai Hu frunció el ceño.

—El corazón me late un poco rápido. Por lo demás… estoy bien.

Lo tomé del brazo.

—Pulso: ciento veintiuno. Presión máxima: ciento diez. Mínima: cincuenta y nueve.

—No es nada. No te preocupes por mí. —Cerró los ojos.

Aseguré los bordes de la tienda con objetos pesados para impedir que se filtrara el aire frío.

—¿Viste las banderas de oración hoy? —le pregunté.

—¿Las que estaban a los 7200 metros?

—Sí. Debajo había una escala de medición y, junto a ella, una estela de piedra. En la estela…

—Estaban los nombres de todos los que murieron aquí.

Asentí.

Chai Hu abrió los ojos y se quedó mirando el techo de la tienda como si quisiera atravesarlo con la mirada.

—Ninguno quería morir. Ninguno sabía que acabaría muriendo en esta montaña nevada… Pobres idiotas…

—Pero murieron por algo que valía la pena. Tal vez ese sea el sentido de la vida —dije.

—¿El sentido? —Chai Hu se incorporó a medias—. Yo lo llamaría una vanidad patética.

—Has llegado a la cumbre muchas veces. ¿Ninguno de esos ascensos tuvo sentido para ti? —pregunté.

Chai Hu soltó una risa fría.

—Para mí, el sentido ya ha muerto.

—No te creo.

Chai Hu comenzó a toser violentamente. Tardó un buen rato en dominar el malestar.

—ST02, recuerda esto —dijo con toda seriedad—: hay quienes viven por cosas vanas e inalcanzables. Pero yo vivo para mí. Antes escalaba el Everest por una sola razón: porque está ahí y lo único que tengo que hacer es conquistarlo. ¿Entiendes?

—¿Y esta vez?

Chai Hu vaciló y luego me fulminó con la mirada.

—Hoy hablas demasiado.

Era evidente que se negaba a admitir algo, pero guardé silencio.

Enrolló su chaqueta cortavientos, la metió debajo de la almohada y volvió a acostarse.

 

4

Día 53. Vertiente norte del Everest. Altitud: 8517 metros.

Las corrientes de aire entre las montañas habían provocado una intensa nevada en la vertiente norte desde la noche anterior. Todas las rutas hacia la cumbre habían quedado sepultadas bajo casi sesenta centímetros de nieve. A cincuenta grados bajo cero, la nieve se convertía en hielo en cuanto tocaba el suelo. El rodamiento de mi pierna izquierda se había congelado y el mecanismo de transmisión había dejado de funcionar por completo. Ahora la pierna me sostenía como una rígida barra de hielo.

Chai Hu avanzaba con dificultad delante de mí. Las aristas de hielo y las rocas erosionadas entorpecían cada movimiento como cuchillas. Por cada paso que subía, retrocedía medio. En más de dos horas habíamos recorrido menos de un kilómetro.

Aun así, se volvía de tanto en tanto para apremiarme a seguirlo.

—¡Si te quedas atrás, morirás! —gritó entre el viento y la nieve.

—Los robots no mueren. —El viento se tragó mi voz.

Llevaba más de ocho horas sin beber una gota de agua. El mal de altura persistente lo hacía temblar como si tuviera escalofríos, pero seguía avanzando con firmeza. No lograba comprenderlo. A veces me parecía que el robot era él.

Ya habíamos entrado en la capa de nubes negras. Todo a nuestro alrededor era gris y difuso; hasta los copos de nieve eran grises. No se parecía a la noche ni a una tormenta de arena, sino más bien a la penumbra interminable que precede al amanecer.

«Tal vez así fuera el principio de la creación…», pensé. Aquel caos nos envolvía. Envolvía todo el Everest.

Levanté la vista, pero la cumbre seguía sin aparecer.

De pronto, Chai Hu se irguió bruscamente y cayó rígido, como una puerta que se desploma.

Solté la mochila y me apresuré a trepar hacia él.

—¿Cómo estás? —Le sostuve la cabeza con la mano izquierda. La falta de oxígeno le había vuelto el rostro de un tono violáceo azulado y tenía los labios hinchados.

—No… muy bien… —Apenas movía los labios y su respiración era muy débil.

Le toqué el brazo. Ardía. Los sensores indicaban que su pulso había llegado a doscientos diez.

—Vamos a bajar —dije con calma.

Chai Hu ya tenía la mirada perdida, pero aun así negó con la cabeza.

—No…

—Todavía faltan cuatrocientos cuarenta metros para la cumbre —dije.

—Ayúdame a subir. Puedo hacerlo…

—No llegarás.

Chai Hu jadeaba. De sus pulmones salía un silbido metálico.

—Tú… —De pronto me sujetó la mano con una fuerza sorprendente.

—Sube… tú solo —dijo.

—Llegar a la cumbre no tiene sentido para mí —respondí con calma—. Voy a llevarte de regreso.

—¡No! —Abrió los ojos con esfuerzo y me miró—. ¡Lo que tiene sentido para mí… también lo tiene para ti!

—¿Qué? —Sentía con claridad la violencia de su pulso, que hacía vibrar al mismo ritmo el motor de mi brazo.

—La humanidad lleva más de cien años… sin ver… un amanecer… —Inspiró con esfuerzo—. Ve… díselo…

—Pero soy un robot.

Chai Hu levantó una mano y me dio unas palmadas en el pecho metálico.

—Tú sí lo tienes.

Entonces dejó caer la cabeza y cerró los ojos. Pero su mano seguía aferrada con fuerza a la mía.

 

5

Cumbre del Everest. Altitud: 8851,27 metros.

Nunca había contemplado un amanecer desde una montaña, ni comprendía qué significaba para los seres humanos.

Pero ahora estaba en la cumbre. Las nubes negras que habían cubierto el mundo durante cien años habían quedado bajo mis pies, y el cielo era tan azul y límpido como un remanso de agua.

Ajusté la frecuencia de la radio y elevé al máximo la potencia de salida de la batería para asegurarme de transmitir en todas las bandas.

Reflexioné un momento y comencé la transmisión:

—Quince de septiembre de 2185, ocho y veinticinco de la mañana. Veintisiete grados, cincuenta y nueve minutos, diecisiete segundos de latitud norte. Ochenta y seis grados, cincuenta y cinco minutos, treinta y un segundos de longitud este. Cumbre del Everest. Soy Jiang, miembro de la expedición. Declaro solemnemente que, en este momento, el sol está saliendo por el este. Repito: soy Jiang, miembro de la expedición. Declaro solemnemente que, en este momento, el sol está saliendo por el este. ¡La humanidad vuelve a bañarse en la luz del sol! ¡La humanidad vuelve a bañarse en la luz del sol!

Mientras hablaba, abrí mi caja torácica de metal y dejé al descubierto mi corazón. Bañado por la luz del amanecer, brillaba como el oro.

Jiao Ce es un escritor chino de ciencia ficción, periodista y editor en Hebei News Network. En 2013, publicó su primer relato, «El operador» (The Operator), en la revista *New Science Fiction*. Posteriormente, publicó una serie de relatos cortos en la aplicación *Little Science Fiction*. En mayo de 2017, su obra «Amanecer» (Dawn) fue seleccionada como material de comprensión lectora para el examen de ingreso a la escuela secundaria en el distrito de Xicheng, Pekín. Ese mismo año, obtuvo el segundo premio al mejor relato corto en la segunda edición de los premios Water Drop.

 

EDÉN

Georges Bormand

 

Gan Edén, el Jardín de Edén, existe. Lo sé, ahora. Tiene un sitio web también. Lo he encontrado, he visto sus imágenes, más claras, más detalladas de lo que jamás había imaginado que se pudiera tener en la web. He hablado con sus habitantes. Ahora busco el camino para ir allí. 

Empezó como un juego: había escrito la palabra Gan Edén en el browser, y leí las respuestas. Observé un enlace curioso, www.ganeden.org y decidí probarlo. Cargar la página de entrada fue muy lento, aún si tenía solamente una imagen de floras y una frase: Gan Edén acepta su ingre. ¿Continuar? Contesté “sí”.

La imagen parecía ensancharse y vi árboles gigantes, rodeados de flores maravillosas. Varios animales paseaban por todas partes, las fieras entre los herbívoros, aunque nunca vi que una fiera atacara a un herbívoro. Algunos hombres paseaban entre los animales, sin prestarles ninguna atención, como si todos fueran animales domésticos. No vi ningún animal que pareciera herido, o enfermo; ni hombre o hembra que no fuera hermoso. El Jardín del Edén tal como sería si Adán no hubiera pecado. No lo podía creer.

¿Cuánta memoria sería necesaria para una imagen tan precisa? Más de lo que mi computador y mi modem pueden manejar. Sin embargo, era más definida que un filme en la televisión. Y pude desplazarla, acercarme a los detalles que quería observar, alejarme para ver el paisaje completo. De hecho, pude alejarme tanto como quería; el jardín parecía infinito. Y llano, sin horizonte, sin curvatura. No era otro planeta, era otro universo.

De repente, apareció un mensaje en la pantalla: Alguien quiere hablar contigo. ¿Aceptas?

Contesté “sí”.

Una mujer muy bella apareció en la pantalla y oí su voz, alta y clara, lo que no era posible porque los altoparlantes de mi computador estaban arruinados. Me dijo:

—Bienvenido al Gan Edén; no sé cómo has obtenido el acceso, pero si el Señor te lo ha permitido, debes ser hombre justo.

¿Un hombre justo? Si jamás voy en la iglesia, nunca rezo, y cometí tantos pecados que no puedo contarlos… ¿Es posible que el Señor se estuviera equivocando? Estaba asombrado, no podía creer lo que oía, no podía entenderlo. Contesté:

—Si lo dices, debe ser verdad. Pero no soy consciente de esto. ¿Quién eres? ¿Hay servicio de recepción en el Gan Edén?

—No, no es necesario. No tenemos muchas visitas. Me sorprendí al descubrir que había un visitante, y quise conocerte.

No sé cuánto tiempo hablamos, tal vez horas, si no equivoco, aun cuando mi reloj no lo confirmaba.

Al final, le pedí:

—¿Cómo puedo reunirme contigo? ¿Debo fallecer? ¿Seguro que no debo suicidarme?

—No, no, debes llegar vivo. Pero no puedo indicarte el camino. Debes encontrarlo por ti mismo. Espero que suceda pronto. Te espero.

De repente, la conexión se interrumpió; la pantalla presentaba esta leyenda: “Conexión interrumpida desde el otro lado”. Intenté reanudar la conexión, pero siempre obtuve la respuesta: “Este sitio no existe”.

Busco el camino que mi querida, porque ya es mi querida, me ha dicho que debo encontrar. Y ya no lo busco solo en el computador; lo busco en los libros, en las iglesias, en todas partes. Porque me ha dicho claramente: no debes esperar la muerte, debes llegar vivo. ¿Cómo? Ya lo encontraré.

Georges Bormand nació el 19 de agosto 1950 en París, Francia. Estudió matemáticas y se graduó en 1974. Ha enseñado matemáticas en escuelas secundarias desde entonces hasta su jubilación en 2015. Ha empezado a escribir cuando tenía tiempo libre porque su trabajo era corregir ejercicios de enseñanza a distancia en el CNED. Se casó en 1974 y se divorció en 2001, por lo que ahora permanece soltero. Ha empezado a participar en el fandom de ciencia ficción en 1998, concurriendo a convenciones y festivales desde 2001, y a escribir en el fanzine Présences d'esprits. Ahora también escribe en Phenix (webzine) y Galaxies (revista). Tradujo cuentos del inglés y del castellano e intenta mejorar su escritura en ambos idiomas para también poder traducir desde el francés y difundir las ficciones que producen los escritores franceses.

 

EL TRIATLÓN

Daniel Antokoletz

 

El capitán Rodolfo Bloom, corre como nunca lo ha hecho. No pierde el tiempo mirando hacia atrás. Lo siguen de cerca, pero es fuerte y rápido. De todas formas la velocidad importa poco, necesita la resistencia. Ha entrenado, y vaya si lo hizo. Para él ganar la medalla olímpica como maratonista, escalar el Chimborazo al trote, o ganar cinco veces el Downhill de ciclismo, sólo ha sido parte del entrenamiento. Toda su vida se preparó para éste momento. Juan Libet le arroja una piedra para detenerlo, pero falla por varios metros. En esta carrera está todo permitido, pero él no piensa hacer nada contra los demás.

Mira alternativamente su próxima meta, enfocado a donde tiene que llegar, y el piso, para evitar las piedras. Sus pasos largos parecen saltos. Ya puede ver el tajo del canal dibujándose sobre el polvo rojizo. Siente cómo le queman los pulmones por la falta de aire. Se esfuerza.

Clava una estaca en la tierra y desciende haciendo rapel por el acantilado al borde de la meseta de Tharsis. Llegó antes que la legendaria tormenta roja, y eso es bueno. Con el polvo tapándole la vista, seguro se desbarrancaría. Se descuelga y baja los primeros quinientos metros como si descendiera en cámara lenta. Se cubre bajando lo más pegado posible a la pared cuando unas rocas caen a su alrededor. A pocos metros se desenrolla la cuerda de uno de sus contrincantes. Apenas llega al primer descanso, a más de un kilómetro del fondo, el cielo se oscurece por las nubes de polvo que pasan por encima de ellos. Mira hacia arriba y ve la sombra de Goletb, moviendo diestramente sus piernas, y deslizándose hacia él. Su propia cuerda da un cimbronazo y otro de los competidores está usando su cuerda para bajar. Debe apurarse hay varios que también son rápidos y fuertes y no quiere pelear contra ellos. Tropieza con una roca y baja varios metros deslizándose sobre su trasero. Verifica que no se le haya roto el traje y continúa con su bajada.

Verifica el manómetro de su botellón. Le alcanzará. Observa las banderillas rojas que lo guían al sendero para poder bajar a la depresión de manera relativamente segura. Asumiendo el riesgo, baja a un trote rápido por un camino que, cada vez, se hace más escabroso. Al voltear en un recodo, imponente, el monte Olimpo se eleva recortándose tras una niebla de polvo rojizo que no permite ver la cumbre del monstruo.

Llega a la dantesca aureola, y monta en su bicicleta. Sus poderosas piernas terrestres la empujan alejándolo de su contrincante, y acercándolo a la base del volcán. Tiene que ganar la mayor cantidad de terreno posible. Su fuerte es la carrera y el ciclismo. Escalando está en desventaja. Si bien sabe que posee el doble de fuerza que los demás, no conoce tan bien el terreno como los locales.

La base del viejo volcán se confunde con el terreno. Sube con la bicicleta mientras el terreno se lo permite. Luego de varios kilómetros abandona su vehículo, y comienza la ascensión del monte más alto del sistema solar. Se esfuerza. Escala, cruza cañones de una profundidad inconmensurable y aprovecha la fuerza de sus músculos moldeados en la gravedad terrestre para cruzar de un salto algunas grietas. Cada vez le cuesta más. Debe prestar atención para no toparse con las bestias locales. Es una ascensión de veintidós kilómetros. Ve cómo Goletb tropieza. Le cae bien. Decide ayudarlo cuando ve que una especie de planta envuelve sus cuatro finas patas, y lo arrastra hacia la grieta. Ve el terror en la cara del marciano manoteando para arrancar las móviles ramas. Sólo logra quedar más atrapado. Rodolfo continúa su camino. Sabe que no puede hacer nada.

Sigue ascendiendo. Llega a un pequeño saliente de roca que le permite descansar unos momentos. Al sentarse observa unos pequeños hilos que cruzan la roca de punta a punta. Arroja una roca sobre ellos; y una planta, similar a la que se llevó a Goletb, envuelve la piedra pulverizándola. Asustado, esquiva esa temible trampa, y continúa trepando. Su cuerpo le reclama descanso.

A una decena de metros de la cumbre; Yamungia, de Titán, se le acerca peligrosamente. Rodolfo, ya agotado, y con varias fugas en su traje, con los músculos de sus piernas ardiendo de dolor, salta hacia adelante buscando achicar espacio entre él y la gloria.

Con su último aliento, llega al borde de la caldera del volcán. Observa a su alrededor y lo único que puede ver es la ladera del volcán que se extiende hasta el horizonte. Clava la bandera con una hermosa imagen de la Tierra. Los ancianos del consejo del pueblo lo esperaban:

—Bienaventurado Rodolfo Bloom, de la Tierra. Has llegado primero en el triatlón ceremonial —dice el más viejo del grupo.

—Gracias venerable. Es un honor ser el primer terráqueo en vencer en el triatlón marciano. Es, sin duda, un deporte que será popular en mi planeta.

—¿Deporte? ¿Creíste que esto es un deporte? —Rodolfo mira desconcertado a los ancianos del consejo—. No es un deporte —dice otro de los ancianos moviendo nerviosamente las cuatro patas—. Es una selección —termina diciendo mientras arrojan a Bloom a la caldera apagada del volcán—. Elegimos al mejor para sacrificarlo a los dioses.


Daniel Antokoletz Huerta (Buenos Aires, 1964), es un ingeniero y escritor argentino, dedicado a la investigación científica y tecnológica, ámbitos que conviven con su pasión por la narrativa. Su formación rigurosa en ingeniería se refleja en la precisión de su estilo, mientras que su mirada literaria explora los límites entre lo real y lo imaginario. Ha sido distinguido con premios literarios nacionales e internacionales, reconocimientos a una obra que combina reflexión con atmósferas intensas. En el terreno editorial, publicó dos libros de cuentos con la editorial Bookaholic: 14 cuentos de terror, vida y muerte y Momentos de terror. Su escritura se caracteriza por un lenguaje claro y evocador, capaz de transformar la experiencia cotidiana en materia narrativa. Ha sido traducido a varios idiomas.Publicó en antologías como Grageas 2 y 3, Espacio austral, Latinoamérica en breve, Minimalismos, Extremos y en Metagalaktika, antología de cuentos argentinos en húngaro.

jueves, 22 de octubre de 2026

ELLA O YO

Yanni Tugores

 

Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en la mano derecha. Va de un extremo al otro y, a mitad del recorrido, se detiene. Levanta la cabeza y me observa. Solo distingo su silueta, el rostro oculto bajo una capucha y dos cuencas blancas y vacías que, de algún modo, sé que me miran.

¿Tiene rostro? No logro distinguirlo desde el ventanal de mi apartamento, en un noveno piso. Sin embargo, esas cuencas se me aparecen con una claridad imposible.

Todas las noches repite la misma rutina: camina, se detiene, me observa y continúa.

Afuera es verano, pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro la silla de ruedas y me dirijo al dormitorio. Me paso a la cama y me cubro con una manta de cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin logro dormirme.

Amanece. La luz del sol atraviesa mis párpados. Intento abrir los ojos, pero no puedo. Siento una opresión en el pecho. Me froto los párpados hasta conseguir separarlos; aun así, no veo nada. Estiro las manos hasta alcanzar la silla. Me incorporo y, ayudándome con los brazos, bajo las piernas de la cama. Logro sentarme. Tiro de la manta y me cubro. Conozco bien la casa; puedo recorrerla a ciegas.

El frío es cada vez más intenso. Me acerco al ventanal y corro las cortinas. Siento el sol sobre el cuerpo, pero no consigue calentarme.

No tengo apetito ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo me llega desde algún rincón. Deben de ser las heces de la gata que no he podido limpiar. ¿Qué puedo hacer si no veo? No importa, pienso, ya lo limpiaré.

Decido quedarme allí, inmóvil, esperando. Mimí salta a mi regazo, maúlla y ronronea.

Abro el ventanal y salgo al balcón. La gata salta al suelo y se aleja. Siempre regresa. No me preocupo.

Poco a poco se apaga el ruido del día.

Me llega el olor de la sal, el vaivén de las olas y las risas de los últimos enamorados que abandonan la playa. Recuerdo que esta noche hay luna llena e intento imaginar su luz sobre el agua.

Es extraño: ya no tengo frío. Por el contrario, un calor intenso me sofoca. Alguien toma mi mano y me ayuda a incorporarme. Oigo un roce pesado a nuestro lado, algo que se arrastra. Después siento agua en los pies.

Una mano me toca el rostro y vuelvo a ver.

Estoy caminando junto a ella por la orilla del mar. Bajo su capucha, los ojos ya no son cuencas blancas y vacías: son enormes, rojos, y un halo de fuego le rodea el cuerpo. Con la mano libre arrastra algo que deja un surco en la arena.

Ahora entiendo: ha venido a buscarme. Me lleva con ella, pero ¿adónde?

El calor se vuelve insoportable. Yo no he sido mala.

—¡No, no! ¡Por favor, déjame!

Forcejeo hasta soltarme. Me sumerjo en el mar y nado hasta dejar de hacer pie.

¿Hacer pie? ¡Mis piernas se mueven! ¡Puedo nadar!

La luna llena ilumina la playa. El agua está cubierta de noctilucas que destellan con cada brazada. Mi cuerpo desnudo se llena de esos fulgores. ¡Qué placer!

Nado hasta la orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba sobre la arena y me observo. La piel está tersa, el pelo ha recobrado el color del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis manos no queda una sola arruga. ¡Soy joven otra vez!

Me acerco al agua y busco mi reflejo en la superficie iluminada por la luna.

Estoy desnuda. Debo regresar. Pero antes tendré que secarme.

La playa está desierta. De la figura que me acompañaba no queda rastro. Decido caminar de un extremo al otro.

A mitad del recorrido me detengo. Levanto la mirada y, detrás de un ventanal, veo a una anciana sentada en una silla de ruedas. Me está mirando.

Bajo los ojos. Una túnica negra me cubre hasta los pies.

Vuelvo a caminar por la playa, de un extremo al otro, mientras mi mano derecha arrastra una pesada guadaña.

Yanni Mara Tugores Tajada nació en Montevideo y reside en La Paz, Canelones, Uruguay. Escritora, prologuista y promotora cultural, es secretaria de la Asociación Uruguaya de Literatura, Historia y Arte, embajadora de Paz por Mil Milenios de Paz y embajadora del idioma español por la Fundación César Egido Serrano. Ha publicado catorce libros y participado en más de trescientas antologías nacionales e internacionales. Sus poemas y cuentos aparecieron en diarios y revistas de distintos países y fueron traducidos al portugués, árabe, italiano y rumano. Algunos poemas fueron musicalizados por autores uruguayos y argentinos. Ha prologado y presentado más de treinta libros, integrado jurados literarios y dictado conferencias sobre escritores uruguayos. Dirige la Comunidad Artística Esquina Cultural La Paz, donde organiza concursos internacionales de poesía y narrativa en español, portugués, italiano y braille. Compila antologías, coordina encuentros literarios y ha recibido premios y reconocimientos por su obra y su labor cultural, social y humanitaria.

EL OTRO LADO DE LA MAMPARA

Sabeen Ali

 

El tiburón me clavó sus afilados dientes en la espalda y, con una oleada de dolor desgarrador, mis ojos cerrados se abrieron de par en par y fueron a posarse en el techo. Después de superar todo límite, la intensidad del dolor empezó a desvanecerse. Desde el techo, mis ojos miraban hacia abajo, donde una bolsa de color caqui, semejante a un sobre, se inflaba y desinflaba. Luego mi mirada se fijó en las luces lechosas de bajo consumo, encerradas en marcos de vidrio empotrados en el cielorraso. ¿Eran cortinas rojas lo que colgaba de los rieles o una ilusión óptica? Como un pececito, examiné aquella habitación semejante a un acuario, o aquel acuario semejante a una habitación. Por todas partes había luces que encandilaban. También distinguí unas sombras vestidas de verde que se movían. Contenía el aliento, absorta, siguiendo las luces.

—Respira…

—Respira…

—Solo respira —se oyeron unas voces. Entretanto, el tiburón que me perseguía volvió a clavarme los dientes en la espalda. Había fracasado mi intento de cerrar los ojos como una paloma. Ajenos ya al dolor, mis ojos empezaron a deslizarse por el techo, cada vez más lejos.

—Aguanta… Aguanta…

—Respira… Solo respira… —Las voces se fueron apagando, y una llamada impregnada de una espera profunda alcanzó mis sentidos.

—Adil… Adil… Mi vida…

—Tipu… Tipu…

Además de los míos, había otros dos ojos que se deslizaban por el techo y miraban de un lado a otro. También a aquella mujer la perseguía algún monstruo marino. Estaba a punto de preguntarle quién era y cómo había llegado allí cuando el tiburón volvió a hundirme los dientes en el cuerpo. Esta vez, junto con la carne, empezó a deslizarse sangre caliente. El dolor y una presión invisible me desgarraban.

Desde hacía muchos días, el miedo a aquel momento me sobresaltaba durante unos instantes en la oscuridad de la noche y me quitaba el sueño. Yo apartaba aquel temor impreciso, cambiaba lentamente de postura y dirigía mis pensamientos hacia otra cosa. En aquellos días era como si contuviera el universo entero, como si en cada vena guardara los secretos de la vida y de su crecimiento. Los días y las noches transcurrían en una embriaguez vital en la que la sensación de plenitud me perfumaba el alma. La piel, desde el rostro hasta los pies, había florecido como si bajo la carne irradiaran luz constelaciones enteras. Cuando me cepillaba despacio el cabello espeso, que me llegaba a las rodillas, no encontraba ni un solo pelo quebrado. Un nuevo brillo se había mezclado con su negrura. El blanco de los ojos se había vuelto más blanco, y las pupilas oscuras parecían iluminarse. Pero, bajo aquella felicidad, en algún momento las inquietudes empezaban a reptar como hormigas. Se insinuaba el temor de que algo se escurriera, de que algo se deslizara fuera de mí, y el corazón se me aceleraba. Sin embargo, el aroma de la ropa limpia e inmaculada barría todas aquellas inquietudes y las arrojaba al suelo.

Y ahora llevaba tres días jugando al escondite con el tiburón en aguas de un azul profundo. A veces conseguía despistarlo y escapar; otras, aquel pequeño tiburón me hería con un leve golpe. Al principio, su mordedura me había parecido una sensación casi dulce. Pero, a cada instante, aumentaban el dolor cortante de sus dientes y la intensidad de la presión. Después, al tercer día, el tiburón había crecido tan deprisa que, a su lado, yo parecía un pececito que podía devorar de un solo bocado.

Y cada vez que el enorme tiburón me clavaba sus dientes puntiagudos en la espalda, se me escapaba un leve gemido, por mucho que intentara contenerme. Durante aquel juego perdí el dominio de mí misma, los puños se aflojaron y mis ojos salieron volando de mi rostro, quedaron suspendidos en el aire y empezaron a examinar con gran asombro los objetos de abajo. El dolor, después de alcanzar su máxima intensidad, comenzaba a borrarse. Solo quedaba una dentellada. De pronto, el tiburón me devoró la mitad del cuerpo.

—Uah… Uah… Uaaah…

En una bandeja de acero, junto a la cama, había algo enrollado que parecía una pequeña manta de color rojo oscuro.

Mis ojos suspendidos en el aire dejaron de mirar hacia abajo, regresaron al techo y siguieron deslizándose.

—Adil… Adil… —Ella continuaba buscando a alguien.

—¿Cómo llegó aquí?

—¿Quién es Adil…? ¿Y dónde está?

—Shhh… Estoy esperando… —fue la respuesta.

—Uah… Uah… Uaaah…

Lloraba a pleno pulmón. Al oírlo, mis ojos suspendidos descendieron por el aire y regresaron a mi rostro. Las luces lechosas, los marcos de las lámparas y el techo blanco fueron alejándose.

Giré la cabeza hacia la voz. En lugar de la luz cegadora, me entró en los ojos un resplandor de estrellas titilantes. Lo miré y sonreí. La enfermera sostenía a un bebé envuelto en una tela verde, de piel rosada y vello dorado. Tenía cierto disgusto en los ojos y el ceño fruncido. Todos los dolores desaparecieron de golpe.

Mi mirada lo colmaba de bendiciones. Daría la vida por ti.

Oí unas voces.

—Es un niño…

—Un varón.

—Has tenido un hijo.

—Felicidades.

Volví a cerrar los ojos, sonriendo. Esta vez, al cerrarlos, en lugar de luces intensas empezó a extenderse la oscuridad.

Un rato después trasladaron la camilla desde la sala de partos hasta una habitación del sector privado. Cuando volví a abrir los ojos, la enfermera redujo la velocidad del goteo del suero y me indicó que durmiera.

Mientras descendía hacia las profundidades de aquellas aguas oscuras, la cabeza se me mecía como la de un viajero que, incluso después de regresar de una larga travesía marítima, sigue sintiendo durante varias noches el balanceo y la vibración de las olas resplandecientes.

Detrás de mis ojos cerrados no podía verla, pero su voz seguía haciendo vibrar mis tímpanos como un instrumento invisible.

—Adil… Adil… Tipu…

De pronto, aquellas voces cobraron intensidad.

—Quítenme estos cables… Sáquenme todas las agujas. No me hagan sufrir… No me maten…

Se oyeron pasos apresurados.

—Enfermera… Doctora… Por favor, sálvenla… —suplicaba una voz delicada.

—Perra… Maldita… Lárgate de aquí…

—¿Por qué haces que me claven tantas agujas?

—No me vas a dejar descansar…

—Adil, mi Adil…

—Tipu… Tipu…

En plena madrugada, el ruido de mis intestinos anunció un hambre feroz. Apenas despertó aquella sensación, entreabrí los ojos. Intenté moverme, pero tenía el cuerpo entero entumecido. Cuando recuperé un poco la conciencia, la presencia de un líquido caliente debajo de mí despertó todos mis sentidos. La cama estaba empapada de sangre. Al advertir que la miraba, la enfermera se acercó, examinó lo que ocurría y fue a llamar a la médica de guardia.

—Enfermera, llame de inmediato a su especialista. Es una hemorragia posparto.

—Doctora, son las cuatro de la mañana. ¿Vendrá a esta hora?

—No lo sé, pero explíquele todo el estado de la paciente. Nos indicará un tratamiento o vendrá.

Poco después, un médico de cabello blanco como la nieve estaba junto a mí, escuchando el informe de la doctora. Me administraron inyecciones y luego cambiaron el suero.

Una delgada pared de madera contrachapada me separaba de la habitación contigua. Seguía oyendo las voces apagadas que llegaban del otro lado.

El anciano profesor me miró y dijo:

—No hay ninguna complicación.

—Ánimo, has tenido un hijo varón…

—Y aun así te has venido abajo. ¡Las madres de varones se olvidan de cualquier sufrimiento con solo pensar en su felicidad! Y ahora come y bebe algo… Ve al baño por tus propios medios… Mañana, cuando pase de visita, quiero encontrarte muy fuerte.

—Ten el valor de una madre.

Unas horas después intenté incorporarme, tragué unos sorbos de té y volví a acostarme. Toda mi atención estaba puesta en aquellos dos ojos que había visto suspendidos en el techo de la sala de partos, acompañados de medio cuerpo. Tenía la impresión de que aquella misma mujer estaba en la habitación contigua, al otro lado de la pared de madera contrachapada. Durante el día, la sospecha se convirtió en certeza. La misma voz impaciente volvió a resonarme en los oídos.

—Lárgate de aquí. ¿Por qué me atormentas?

—Adil, Tipu, Adil, Tipu…

—¿Dónde están?

—Sí… Es la misma mujer —murmuré para mí.

El día entero transcurrió entre la debilidad y la somnolencia. Al atardecer empezaron a llegar las visitas. Resonaban las felicitaciones, mientras que de la habitación contigua llegaban murmullos apagados, expresiones de pesar, palabras de consuelo y oraciones.

Después oí a una mujer que hablaba por teléfono.

—El horario de visitas termina a las siete. Vengan pronto…

—¿De qué servirá que lleguen después?

—Sí, parece que está llegando el final…

—Tiene cáncer, de vejiga…

—Lo descubrieron en la última etapa.

—Que Dios se apiade…

—Está muy mal.

Me quedé mirando el reloj de la pared, siguiendo el movimiento circular de sus agujas.

La enfermera se acercó y me preguntó cómo me sentía.

—Ahora estoy perfectamente —respondí con una sonrisa—. ¿Podría traerme a mi hijo de la sala de recién nacidos? Anoche ni siquiera pude verlo bien.

Me moría de ganas de ver a mi bebé.

—Sí, se lo traeré. No lo trajimos antes debido a su estado. De todos modos, el primer día todos los bebés permanecen en la sala de recién nacidos.

—Bien, voy a asearme al baño. Tráigamelo dentro de un momento —respondí.

Me miré en el espejo que colgaba sobre el lavabo. Mi piel rosada había adquirido un tono amarillento, tenía hinchazón debajo de los ojos y los labios resecos. Parecía haber regresado de un largo viaje.

Me lavé bien las manos y la cara, me acomodé el cabello con los dedos, intenté dar al rostro toda la vivacidad posible y regresé a la habitación con pasos cortos. Era una sala grande del hospital, dividida en dos habitaciones pequeñas por una pared de madera contrachapada. Ambas compartían un único baño. En lugar de dirigirme a mi habitación, me acerqué a la de la otra paciente y aparté la cortina de la entrada. El horario de visitas había terminado. Frente a mí, en la cama, yacía una mujer de unos cincuenta o cincuenta y cinco años. A su lado, una muchacha de dieciocho o diecinueve estaba recostada junto a su madre. Era muy bonita, pero el cansancio y la preocupación se le notaban claramente en el rostro. Probablemente, agotada, se había acostado allí mismo, en la cama del hospital, pegada a su madre enferma. Al verme intentó incorporarse.

—Sigue acostada —le dije—. Has pasado toda la noche en vela. Estoy en la habitación de al lado. Vine a preguntar cómo está tu madre.

—Ah…

—Has cuidado mucho de ella, aunque todavía pareces muy joven.

—Estoy en tercer año.

—¿Y dónde están tus hermanos? ¿Cuándo llega su vuelo? ¿Adil y Tipu?

—Los dos viven en Australia. Mamá los extraña mucho. Vienen porque se enteraron de su enfermedad. Tienen un vuelo con escala. Acabamos de recibir un mensaje: ya llegaron a Bangkok.

Los ojos de la mujer seguían fijos en el techo.

La miré con intención y dije:

—Si ya están en Bangkok, pronto estarán en Lahore. En cualquier momento los tendrá aquí.

La paciente abrió los ojos y me sonrió. Había en su mirada un profundo reconocimiento. Después dijo:

—Tú eres la que tuvo un niño anoche, ¿verdad?

—Sí, señora.

—Muchísimas felicidades. Me alegra mucho que hayas tenido un varón.

—Sus hijos están por llegar. Esta vez no deje que vuelvan a irse. Cáselos.

Ella sonrió…

Me pareció que sus ojos también habían descendido del techo para regresar a su rostro. Volví a mi habitación y, mientras esperaba a aquel pedazo de mi alma, pensé: qué buena hija tenía. Era tan joven y pasaba todo el tiempo cuidando sola de su madre, oyendo los insultos que ella le lanzaba mientras se retorcía de dolor. La gente dice que las hijas son una riqueza destinada a otro hogar. Y, sin embargo, están presentes en los momentos difíciles. ¿Por qué los hijos varones se van a vivir tan lejos? ¿Por qué las madres los quieren tanto?

Poco después, la enfermera depositaba en mis brazos a un bebé regordete y rosado, envuelto en una manta azul. Miré una vez la pared de madera contrachapada, luego a mi hijo y, al darle el primer beso en la frente, se me escaparon dos lágrimas.

Sabeen Ali nació en Lahore, Pakistán, el 8 de febrero de 1975. Es escritora de relatos cortos y poeta; reside en Yeda. Además de aparecer en revistas paquistaníes como *Funoon*, *Adab-e-Lateef* y *Tasteer*, sus relatos y poemas (*nazms*) se han publicado en revistas indias como *Aajka*, *Shair* e *Istefsaar*, entre otras. En 2018 se publicó *Gul Masloob*, su primera colección de relatos cortos. Su poemario *Anchal Mein Samandar* (libro electrónico) fue publicado en 2016 por Bazm Adab Urdu Library. Junto con otras dos mujeres, es editora de la revista en línea *Deedban*.

 

 

CIUDAD 2.0

Igor Antoniuk

 

«La ciudad había estado esperando

durante veinte mil años».

Ray Bradbury, «La ciudad»

 

El niño ya estaba despierto cuando las luces aparecieron en el cielo.

Por un instante, desgarraron la oscuridad de la noche. Con un estruendo, atravesaron la ciudad dormida. Brillaron como fuegos artificiales del Cuatro de Julio y desaparecieron más allá de las colinas arenosas. Siguió un minuto de silencio, como si nada hubiera ocurrido. Por la mañana, regresó el padre.

—¡Papá! —El niño corrió a abrazarlo.

El hombre se dejó caer, sin fuerzas, en una silla y se apoyó contra el respaldo de madera. Tenía el rostro flácido. La piel grisácea parecía escurrírsele como la cera de una vela recién encendida. Su pecho hundido subía y bajaba lentamente. Mantenía la mirada fija en la pared. Llevaba una camisa roja a cuadros y pantalones vaqueros desteñidos. Olía a metal quemado, y de su respiración ronca emanaba un hedor a caucho chamuscado. Entonces, por primera vez, el niño oyó aquellos sonidos extraños:

Clic-clic-clic-clic.

—¿Volviste anoche? ¿Tú? ¿De verdad?

El hombre no respondió. No apartó la mirada. Parecía estudiar la pared que tenía delante, como si en ella hubieran aparecido constelaciones del zodíaco en lugar del hormigón desnudo. Luego giró lentamente la cabeza hacia el niño y dijo:

—Sí. Soy yo.

—¡Reu! —llegó la voz de la madre desde la cocina—. ¿Estás despierto? —Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos. Miró a su hijo y luego a su marido.

—Reu, ven a la cocina. Ahora. —Cuando el niño se acercó, ella se agachó. Lo observó un momento antes de hablar.

—Raymond, eres un buen niño, ¿verdad?

—Sí, mamá —respondió él.

—Entonces, si te pido algo… Prométeme que no se lo dirás a nadie, ¿de acuerdo? ¿Lo entiendes? —Le sujetó la muñeca, apretando los dedos—. No le digas a nadie que papá ha vuelto.

—¿Ni siquiera al tío Einar? —preguntó el niño.

—Ni siquiera a él. Júralo —dijo ella, apretándole aún más la muñeca, con la voz temblorosa—. ¿Me oyes? ¿Me oyes?

—Sí, mamá —respondió él, al borde del llanto—. Lo juro.

Por la tarde, llegaron los militares.

Vinieron en tres vehículos blindados. El rugido de los motores hizo que los vecinos apartaran las cortinas. Las puertas se abrieron con un chirrido y unas botas marrones golpearon el asfalto. Rostros adustos. Ningún rastro de emoción. Tras las gafas oscuras, sus ojos eran indescifrables.

Llamaron suavemente a la puerta y entraron sin esperar respuesta.

—Buenas tardes —dijo un hombre alto y canoso al entrar en la sala. Vestía de civil. Dos oficiales más jóvenes permanecían detrás de él.

Han venido por él. Lo saben… El corazón de la mujer latía con fuerza. Intentó recomponerse. Se clavó las uñas en las palmas.

—Claro, pasen, por favor —dijo, esforzándose por mantener la calma—. ¿Quieren café? Está recién hecho. —El oficial de más edad alzó una mano para detenerla.

—Señora Smith —comenzó.

—Nora —lo corrigió ella.

—Nora —repitió él con una sonrisa seca—. Supongo que sabe quiénes somos y por qué hemos venido.

—Sí, me lo imagino —apenas logró decir. Una lágrima le rodó por la mejilla. Se la secó rápidamente y tomó aire con dificultad—. ¿Le ha ocurrido algo a mi marido?

—No lo sabemos —respondió él en voz baja, pero con autoridad—. La expedición de su marido tuvo éxito. Estaban de regreso.

—¿Encontraron algo?

—Tal vez. No puedo decírselo. Es información clasificada, señora Smith… Nora. En el trayecto de regreso, probablemente la nave quedó atrapada en una lluvia de meteoritos.

—¿Probablemente? —preguntó ella.

—A menos que hayan sido los rusos. Perdimos contacto con la tripulación cuando la nave entró en la atmósfera terrestre.

—Entonces, las luces que vimos anoche en el cielo eran…

—Sí —la interrumpió el hombre, recorriendo la habitación con la mirada, en busca de algo—. Eran restos de la nave. Como sabe, la tripulación estaba compuesta por nueve personas. Encontramos a siete.

—¿Muertas? —preguntó ella sin rodeos.

—Se desconoce el paradero de las otras dos —continuó él, ignorando la pregunta—. El capitán y su marido, el señor Smith. Sospechamos que él…

—No creerá usted… —Volvió a sollozar. Las lágrimas le corrían por el rostro—. ¿Que después del accidente mi marido podría entrar sin más por esa puerta y decir: «¡Hola, Nora!»?

—¡Mamá! ¡Mamá! —llegó una voz desde la cocina. En un instante, el niño estaba allí, abrazándola con fuerza.

—Pero papá volverá, ¿verdad? —preguntó el niño, alzando la mirada hacia el hombre.

—Sí —susurró la madre, besándole la coronilla. Tal vez fue entonces cuando el niño volvió a oír aquel sonido tenue:

Clic-clic-clic-clic.

—Mi papá es un héroe, ¿verdad?

—Deberías estar orgulloso de él, niño —dijo el hombre—. Adiós, señora Smith. Nora… Adiós, Reu…

—Pero, señor, ¿cómo sabe mi nombre? —El hombre no respondió y cerró la puerta tras de sí. Los motores rugieron y se perdieron en la distancia.

—Lo sabe todo —susurró la mujer, temblando—. ¡Todo!

Cuando se marcharon, el niño corrió al sótano. La mujer se deslizó por la pared hasta quedar en el suelo, impotente.

—¡Papá! ¡Papá, han venido! Pero yo no…

El padre estaba de pie, de espaldas, con la cabeza inclinada hacia arriba. Sostenía una lata de metal opaco que brillaba débilmente. La tenía pegada al rostro. Unos espasmos agitaban su camisa. En el sótano resonaba un burbujeo húmedo. El olor a grasa de automóvil le irritó la nariz al niño.

Clic-clic-clic-clic.

El hombre se estremeció y apartó lentamente la lata del rostro. Varias gotas negras salpicaron el suelo. Con la otra mano se limpió la cara y se volvió.

En la penumbra, el niño vio un líquido negro y aceitoso que rezumaba de la comisura de la boca de su padre. Le goteaba por el cuello y empapaba la camisa.

—Papá, ellos… pero yo…

—Lo sé —respondió con una voz que zumbaba como una corriente eléctrica—. Sube. YO. IRÉ. PRONTO. —No hizo falta que lo repitiera.

El niño subió corriendo y dejó la puerta entreabierta tras de sí.

De pronto, la cabeza de su padre se torció hacia atrás y quedó colgando sobre el pecho. La boca se le abrió convulsivamente y los ojos se le pusieron en blanco. Con un chirrido metálico, como el de una escotilla al abrirse, el pecho se le abrió en dos. En lugar de sangre, brotó aceite negro. Una aguja dorada salió disparada, y AQUELLO que había sido su padre la atrapó con precisión.

—REU. PAPÁ. YA. VIENE —dijo la madre a su espalda, sosteniendo en las manos una aguja idéntica.

Un chorro caliente corrió por la pierna del niño y se derramó sobre los escalones. El niño no pudo gritar.

Igor Antoniuk (Skomorojy, región de Ternópil, Ucrania, 1991) es escritor, historiador y docente. Estudió Historia y Pedagogía en la Universidad de los Cárpatos Vasyl Stefanyk y reside en Ivano-Frankivsk. Su narrativa breve combina elementos fantásticos, sobrenaturales y de terror. Publicó las colecciones de cuentos Шепіт сосен («El susurro de los pinos», 2018) y Монету підкине кожен («Cualquiera lanzará la moneda», 2024). Sus relatos han aparecido en las revistas Текстover y Склянка часу, así como en diversas antologías de terror.

 

 

AMANECER