viernes, 22 de mayo de 2026

ASCENSO AL OLIMPO

Bojan Ekselenski

 

En realidad, nunca debería haber escrito esta historia. Pero una historia escrita por una vida alternativa no se detiene ante nuestros deseos. Esta es la historia de mi hermana Fanika, una hermana que nunca tuve. Entonces, ¿cómo puede existir?

En el mundo de la realidad alternativa todo es posible y allí vive mi hermana alternativa. La historia fue más o menos así…

 

Fani decidió ascender al Oros Olimpos, cuya cima más alta es el Mytikas. Aquel día empezó a hablarme de eso en el peor momento posible, porque yo tenía prisa y apenas escuché la mitad de su verborrágica explicación:

—Iremos con el todoterreno de Klara. Al principio pensábamos ir solo Zara, Klara y yo, pero Irena también se metió. —Y añadió de mala gana—. Va a pasarse todo el tiempo posando, grabando y sacando fotos para su vlog. Como seremos cuatro, nos llamaremos las cuatro mosqueteras.

Fruncí el ceño.

—¿Mosqueteras? ¿No sería mejor mujerqueteras o femiqueteras?

—¿Otra vez te estás burlando?

—No me burlo. Mosquetero es masculino; más al sur dicen “macho”, de ahí “mosquetero”, en plural “mosqueteros”. ¿Dónde quedó ahora tu encantador feminismo?

Resopló con fastidio.

—Ay, nunca vas a cambiar.

—¿Y por qué habría de hacerlo? Estoy muy cómodo conmigo mismo —respondí alegremente—. No me queda ni demasiado ajustado ni demasiado flojo. —Y me palmoteé el vientre—. Aunque no niego que me gustaría vender algunos kilos.

Ella solo hizo una mueca. Sabía que, en el fondo, disfrutaba de nuestras pullas mutuas. Mi hermanita era una criatura maravillosa; haría cualquier cosa por ella.

La dejé seguir parloteando sobre el proyecto Olimpo.

Sentí en la espalda la mirada desaprobadora de mamá, porque no le gustaba que molestara a mi hermana incluso cuando esperaba mi apoyo. Pero, como decía Fani, yo no podía dejar de ser quien era. ¿Y por qué habría de hacerlo?

Los días hasta el “Día E” (la letra D ya estaba ocupada) pasaron rápidamente. A Fani le tocó la primera parte de la misión como conductora y aquel viernes por la tarde las cuatro plumas de las femiqueteras honraron nuestra casa con su visita. El nivel de decibelios se multiplicó por diez. Debo admitir algo –pero no se lo cuenten a nadie–: aquello era muchísimo mejor que la misa silenciosa que reinaba cuando solo estábamos mamá, papá y yo. Todos nosotros éramos bastante callados, sobre todo papá, que pasaba el tiempo libre aislado en su taller del sótano. Y mamá era simplemente ella misma: cuando papá no estaba, no tenía a quién sermonear para que recogiera lo que dejaba tirado.

En circunstancias normales, todo aquello no habría merecido más atención que la suciedad bajo una uña, si no hubiera ocurrido.

Pero lo mejor será escuchar por un rato a mi hermana.

—Conduzcamos lo más alto posible —interrumpió Irena tras unos inusualmente largos minutos de silencio.

Yo solo esperaba el momento en que diría aquello. Lo que más le gustaba de las montañas eran las selfis desde cumbres populares que publicaba en sus redes. Caminar hasta allí y regresar era para ella un mal necesario. Subía cientos de fotos y videos selfi de cada cima, acompañados de descripciones interminables de aquello que podría verse si su cara no ocupara gran parte del encuadre. A mí las selfis no me decían nada. Una foto de recuerdo, sí, pero ¿publicar reportajes enteros? Ni loca. Yo anotaba los detalles en mi diario de montaña y listo. Subía por mí misma.

Klara soltó una carcajada.

—Menos mal que no hay una carretera hasta la cima. —Y se animó mirando el pronóstico del tiempo—. Quizás allá arriba encontremos a los dioses griegos. Ya saben, Atenea, Afrodita, Zeus y los demás.

Levanté el pulgar. Klara y Zara eran compañeras de escalada y normalmente buscaban la ruta más difícil hacia la cima.

—Sería genial encontrarse con Afrodita o con Zeus —añadí alegremente.

Zara respondió:

—No sé si tendremos esa suerte. Pronosticaron cielo despejado. Los dioses viven en la niebla que cubre la montaña. Cuando no hay niebla, tampoco hay dioses.

Irena suspiró.

—Ah, una selfi con Zeus…

Zara se echó a reír.

—Qué práctico. Como lleva un rayo en la mano, la foto no quedaría subexpuesta. Aunque cuidado con Zeus; dicen que era un auténtico mujeriego. Y tampoco se preocupaba demasiado por el incesto.

Así repasamos un poco nuestros conocimientos de mitología griega. A mí las divinidades griegas siempre me parecieron bastante relajadas.

Respecto al punto de partida llegamos a un compromiso. Condujimos hasta Prionia, donde había un estacionamiento decente. Primero tomamos café en el restaurante del lugar y luego nos colgamos las mochilas, agarramos los bastones de senderismo y emprendimos la marcha. Irena comenzó enseguida con su espectáculo de selfis. Solo nos miramos entre nosotras. Que se divirtiera. Ya se cansaría cuando llevara unas cuantas horas de camino bajo los pies.

No había pasado ni media hora cuando tropezó e hizo una voltereta artística. Un nueve perfecto, pensé. Por suerte, su número de danza terminó sin heridas ni daños. Seguimos adelante y llegamos al refugio Spilios Agapitos. Pasamos allí la noche y cenamos pasta. Irena hizo algunas muecas porque no consiguió comida certificada como vegana, pero demostró aquello de que, en la necesidad, hasta el diablo come moscas.

A la mañana siguiente continuamos el ascenso con buen tiempo. Zara tomó el papel de guía hasta Skala, a unas cuatro horas de distancia, pero desde allí el sendero se volvió más exigente. Como el pronóstico seguía cumpliéndose, esperábamos un ascenso normal a la cima, de algo más de media hora. Klara agarró el palo de selfis de Irena.

—Ahora guarda esto. No puedes ir por estas rocas con una sola mano. Nadie va a arrastrarte para que puedas seguir posando para tu vlog, YouTube, Insta o cualquier otra tontería.

Irena guardó el teléfono con enojo

—¿Ahora estás contenta? —añadió desafiante.

Intervine para frenar aquella discusión innecesaria.

—Vamos, este tramo no es tan fácil. Tendrás que pasar un rato sin selfis. Los vlogs y un sendero difícil no combinan.

—Si alguna no se siente completamente segura —añadió Zara mirándonos a Irena y a mí— puede esperar aquí. Nosotras anotaremos a las cuatro en la cima.

Por supuesto negué con la cabeza, e Irena también, aunque fuera solo por orgullo. Continuamos el ascenso y lo completamos en cuarenta y cinco minutos. El último tramo era realmente exigente y algo acrobático, con apenas unas pocas sirgas metálicas.

En la cima del Olimpo, por supuesto, nos tomamos una selfi grupal y luego nos dedicamos al contenido de las mochilas. Klara y Zara solo se miraron cuando Irena empezó a explicar largamente para su vlog el trayecto desde el refugio hasta la cima.

—Vamos, deja eso. No vamos a esperarte mucho tiempo. Este clima favorable aquí no es algo garantizado. Ni la IA puede detener el viento o borrar las nubes. ¿Lo ves?

En el sudoeste comenzaban a acumularse nubes no anunciadas. Las montañas imprevisibles no obedecen a las aplicaciones meteorológicas.

De pronto nos golpeó una ráfaga de viento helado. Saqué rápidamente mi cortavientos. Irena chilló:

—¿Qué demonios es esto? La aplicación me marca calor y nada de viento.

Klara sonrió con amargura.

—Por desgracia, el clima no obedece a las aplicaciones.

En un instante las nubes nos cubrieron y ocultaron el sol, mientras el viento seguía aumentando. Irena empezó a inquietarse.

—¿Qué haremos si empieza a tronar y a llover?

—Los rayos son dominio de Zeus —respondió Zara cansadamente—, y rezarás para que no te alcance con su flash.

Irena se removió nerviosa, hizo una mueca y se quejó:

—Está haciendo mucho frío. Y se supone que es verano.

Me puse los guantes, levanté la capucha sobre el gorro y cerré el cierre del cortavientos con fastidio.

—Por eso siempre hay que llevar gorro y guantes en la mochila. Vámonos antes de que empeore.

El cielo se oscurecía amenazadoramente mientras el viento aullaba. De repente las nubes parecieron desplomarse sobre nosotras y quedamos envueltas en una niebla espesa.

Y entonces comenzó la parte más extraña…

Al principio apareció apenas una luz suave.

Irena, por supuesto, incluso en medio de sus maldiciones porque el clima no obedecía a la aplicación, no olvidó hacerse selfis y elaborar teorías. Zara terminó hartándose de aquel parloteo incesante.

—Antes de empezar el descenso, guarda el teléfono. ¿Quieres que te lo quite y te lo devuelva junto al coche?

—Guárdalo —añadió Klara con dureza.

Irena buscó sorprendida mi mirada y algo de compasión, pero la decepcioné.

—En estas condiciones tenemos que concentrarnos al máximo en dónde y cómo pisamos, no en exponernos a todas por culpa de tus absurdas selfis. Lo siento.

—¡Qué cerradas son! Hoy no puedes vivir encerrada en tu cuartito, aislada del mundo. La Edad de Piedra ya pasó —respondió indignada, mientras seguía agitando su prolongación electrónica.

Aquella pose realmente empezó a irritarme.

—Guarda el móvil. No querrás que te lo quite yo; llegaría al estacionamiento por correo aéreo —siseé cansada.

Klara y Zara asintieron. Irena no cedió.

—Que alguna se atreva…

Klara soltó un bufido.

—¿Y qué harás?

Nuestra discusión fue interrumpida por una luz extraordinariamente intensa que atravesó el baile de nubes y niebla. Nos miramos asombradas y nos quedamos sin palabras. Incluso Irena, nuestra parlanchina oficial, enmudeció. Sin decir nada, giraba su palo de selfis y grababa.

No me pregunten por los momentos siguientes, porque no tengo idea de qué ocurrió ni cómo ocurrió. La lógica, en aquel instante, simplemente dijo adiós.

 

En Pazin me encontré con mi conocido Bojan, que proveía a mi hermana de diarios de montaña. Me arrastró con él asegurándome que Istrakon, la convención de aficionados a la fantasía, era algo excelente. Al principio íbamos a ser tres, pero Andrej canceló por la enfermedad de su esposa. Era la primera vez que asistía a una convención fuera de Eslovenia. Hasta entonces había sido un habitual de la local, “En la frontera de lo invisible” y de vez en cuando me dejaba caer por Fanfest. Debo reconocer que el croata no se me daba demasiado bien. El año anterior, en Makarska, no quisieron servirme café porque por error pedí “kafa” en lugar de “kava”.

—Kafa se toma en Belgrado —me espetó el camarero.

Algo parecido ocurre en Grecia, donde si pides café turco te señalan con la mano hacia Turquía, porque en Grecia solo sirven café griego. Evidentemente, en los Balcanes existen interminables guerras cafeteras.

Pazin es una ciudad enclavada en una depresión en el centro de Istria y su historia esconde bastantes curiosidades. Las hordas de turistas pasan de largo, lo cual es una lástima. Bojan ya había estado allí varias veces, pero fuera de las actividades de la convención nunca se permitía hacer turismo.

—¿Nunca te tienta meter la nariz en otro sitio? —le pregunté.

—No tengo tiempo. El año pasado vine con Alenka y se pasó refunfuñando porque tuvo que pasear sola.

—Tiene toda la razón. Un poco de convención y un poco de turismo. No me digas que tienes que quedarte encerrado todo el tiempo en el recinto.

Se encogió de hombros.

—No soy un fanático de los viajes —respondió de mala gana; muy propio de él.

—Pues tú participa por los dos; yo voy a hacer algo de turismo. Hoy me anoté para visitar la cueva de Pazin. ¿Ya estuviste allí?

Negó con la cabeza.

—Ya habrá tiempo. La cueva no se va a ir a ninguna parte.

—Eso imaginaba —comenté con ironía—. También voy a probar la tirolesa. Tú sigue ladrando entre salas y habitaciones. Y de paso saluda de mi parte a algún Zeus, Gimli o cualquier otro personaje de la escena.

Aquel año estaba muy de moda una película sobre los dioses griegos. Era para morirse de risa ver a Hollywood intentando enseñarnos mitología griega…

 

Nos encontramos… en otro lugar. No sabía explicarlo de otro modo. Aquella inmensa sala estaba definitivamente en otro sitio. Mirábamos confundidas la cúpula transparente bajo nubes resplandecientes. Irena comenzó inmediatamente a sacar fotos y grabar videos selfi.

—¿Dónde estamos? —logré preguntar.

Ninguna respondió. Solo se oían murmullos, suspiros y, por supuesto, las tonterías de Irena.

—Nos secuestraron los alienígenas.

La respuesta llegó sola. De repente apareció una mujer con un vestido verde y una corona de mirto rodeando su cabello dorado.

—Su deseo íntimo de conocer a los dioses griegos se ha cumplido.

Irena apuntó enseguida el teléfono hacia ella y suspiró:

—Qué disfraz tan genial.

Klara susurró:

—Afrodita…

La mujer asintió. Entonces apareció un hombre.

—Con ella nunca se sabe. También le gustan las mujeres.

Reconocí a Hefesto, dios de la forja y del fuego. Con aquel mono que cambiaba del rojo al naranja parecía más alguien disfrazado para un cosplay.

De forma inesperada apareció también Zeus. En la mano sostenía un cetro brillante lleno de pequeños rayos chisporroteantes.

—Así que ustedes nos invocaron. Cuatro habitantes de este mundo.

Zara se quedó boquiabierta.

—Zeus en persona. ¿Dónde está la barba gris?

—Me la afeité hace años; ya no está de moda. Entre ustedes cuenta el aspecto joven y atlético. No soy Papá Noel ni Santa Claus. Precisamente esos dos payasos modernos me desplazaron. Sobornan a los niños con billeteras ajenas, convierten lo sagrado en un entretenimiento barato lleno de comida y encima actúan como si fueran importantes —dijo elevando la voz con fastidio.

Luego aparecieron Hera, Atenea, Poseidón, Hades, Hestia, Hermes, Ares, Deméter y Artemisa. Reconocí a los doce dioses y diosas principales del panteón griego. A su manera era genial: habían mantenido el equilibrio entre hombres y mujeres miles de años antes de que los progresistas empezaran a gritar sobre ello. Finalmente me servía de algo aquella buena nota en mitología griega antigua. Recordé también su moral bastante peculiar. Literalmente, todos se acostaban con todos.

—¿Qué quieren decir con que los invocamos? —tartamudeó Irena.

—Las cuatro eran sinceras en su deseo de encontrarnos —respondió Zeus relajadamente—. Durante siglos nadie había pensado en querer vernos aquí arriba.

—¿Y los demás que llegan a la cima? ¿Ellos también los ven? —pregunté.

Ares negó con la cabeza.

—Nadie nos ve porque desplazamos nuestro encuentro fuera de su momento temporal.

En medio de la sala apareció la imagen de la montaña, con varias personas que acababan de alcanzar la cima. Todo estaba inundado por el sol.

—¿Desplazado fuera de su momento temporal? Eso suena bastante psiquiátrico.

—¿Psiquiátrico? —comentó Hera con acidez—. Entre el instante anterior y posterior a su tiempo existen universos enteros. De hecho, cada instante es un universo, y hay infinitos.

Recordé a mi hermano, que había ido con Bojan a Pazin para Istrakon. Se me ocurrió una idea.

—Entonces tengo un desafío para ustedes —dije observando al grupo divino—. Los dioses deberían ser todopoderosos. Me gustaría visitar a mi hermano en Pazin. Hades es el maestro del inframundo. Podríamos visitar juntos la cueva de Pazin.

Hades puso los ojos en blanco con fastidio.

—¿Acaso parezco un guía de cavernas?

—Sería interesante ver si alguien los reconocería. ¿Pueden abandonar su momento y entrar en el nuestro? —pregunté.

Zeus respondió con voz atronadora:

—¿Por quién nos toman? Podemos entrar en su instante cuando queramos. No lo hacemos porque los humanos perdieron la fe en nosotros y encontraron otros ídolos. Nuestro poder reside en la fe, no en el conocimiento.

Nos miramos unas a otras. Todo aquello era realmente extraño.

—Pero ustedes son dioses. Podrían acabar con todas las guerras y estupideces del mundo con un simple gesto.

Zeus negó con la cabeza.

—No funciona así. La tarea de los dioses no es gobernar a la humanidad, sino orientarla mediante la fe. Si gobernáramos, seríamos iguales a esos reyes un poco ridículos a los que ustedes llaman presidentes.

Bufé decepcionada.

—¿Y cuál es entonces su propósito? ¿Acostarse unos con otros y celebrar fiestas cuando les levantan un montón de piedras? Sobre todo usted tiene una historia bastante escandalosa —dije señalando a Zeus.

Él volvió a negar con la cabeza.

—¿Ven? Por eso es mejor observarlas desde el instante posterior al suyo. ¿Hades?

Hades, pálido y de barba espesa y cabello ondulado, golpeó el suelo con su bastón rematado por una punta bifurcada.

—Puedo echar un vistazo a su mundo tranquilamente. Nadie me reconocerá. Todos están demasiado ocupados mirando pantallas y peleándose alrededor del comedero.

Mis ojos brillaron.

—Quizás no, pero serían una compañía genial. Todos ustedes. Un poco de actuación divina y ganarían el concurso de cosplay grupal. Justamente ahora hay una película muy popular protagonizada por ustedes.

—¿Qué es cosplay?

—Un concurso de disfraces. Será divertido —respondí alegremente—. Ustedes mismos interpretarían sus propios personajes. La fiesta sería perfecta.

Zeus me sorprendió cuando respondió sin vacilar:

—Entonces vamos. Que haya fiesta.

—¿Y nosotras? —preguntó Zara.

Irena se volvió hacia nosotras.

—Tengo que hacerme una selfi entre los dioses griegos.

Y tomó una foto.

—Qué lástima que no pueda abrir más el encuadre.

 

Le di un codazo a Bojan cuando vi a mi hermana, a sus amigas y al grupo de doce cosplayers.

—Mira eso. ¿Dónde consiguieron ese equipo de cosplay y qué hacen aquí?

Mirko, uno de los organizadores locales y alma de la convención, además de editor de la antología de Istrakon, se quedó boquiabierto.

—¡Qué disfraz grupal tan impresionante! Qué pena que llegaran tarde al concurso. Dijiste que vendrían solo ustedes desde Eslovenia y ahora esto… Si además actúan tan bien como se ven, habrían ganado seguro.

Negué lentamente con la cabeza.

—¿Cómo llegaron aquí mi hermana y sus amigas si habían ido al Olimpo? ¿Me estuvo tomando el pelo?

—Parecen cuatro Lara Croft multiplicadas —añadió Bojan—. Los disfraces son realmente perfectos. Está claro que te engañó por completo.

Sacó el móvil y tomó una foto del grupo. Yo también hice tres fotografías.

Mi hermana corrió hacia mí y, antes de que pudiera preguntar nada, me bombardeó con palabras como de costumbre.

—Nos dieron ganas de venir a una convención. Trajimos cosplayers con nosotras. Espero que no lleguemos demasiado tarde. Parecen salidos directamente de una película. También tienen una actuación muy trabajada. El rayo de Zeus incluso funciona.

Bojan respondió antes que yo.

—Lamentablemente llegaron tarde al cosplay. Este equipo disfrazado como el panteón griego habría ganado seguro con un poco de actuación. Sobre todo gracias a la película. ¿Y ustedes cuatro qué representan? Tú podrías interpretar a Lara Croft. El polvo, los restos de barro y el equipo de montaña…

—¿Cómo que llegamos tarde? —preguntó sorprendida.

Sonreí con cierta malicia.

—Muy simple. Hoy es domingo y la convención está terminando. ¿Por qué están aquí? ¿Me engañaste con lo del Olimpo y algo salió mal? ¿Quiénes son ellos? Como ves… —Miré a nuestro alrededor—. La convención está acabando.

—Es una larga historia —respondió.

 

Después de pasar la noche en el refugio emprendimos el regreso hacia el estacionamiento y luego alegremente hacia Eslovenia.

—¿Por qué no elegimos mejor el avión? —refunfuñó Irena.

Zara le espetó:

—Entonces no habrías podido hacer selfis en todos los miradores de los Balcanes.

—Qué cerrada eres con tu lógica de museo —replicó ella.

—Chicas —interrumpí la discusión—. Estuvimos en la montaña de los dioses. ¿No es increíble?

—Menos mal que el tiempo aguantó. Un día después la niebla habría arruinado las vistas.

La bastante silenciosa Klara habló entonces.

—No sé, me siento rara. Tuve sueños extraños con dioses griegos.

Zara añadió:

—Qué curioso. Yo también.

—Soñé que estábamos en Pazin con los dioses y que llegábamos tarde al concurso de cosplay —añadí—. ¿No es extraño? Todas pensamos en ellos y tuvimos sueños parecidos.

Irena deslizaba frenéticamente el dedo por la pantalla y parecía cada vez más desesperada. Como si le hubieran quitado la droga a una adicta. Después de varios minutos de movimientos frenéticos gimió:

—¿Qué pasó con las grabaciones? Me faltan siete horas.

Zara puso los ojos en blanco.

—Eso sí que es un milagro. ¿Es posible que durante siete larguísimas horas no grabaras nada? ¿Tienes contabilizado todo lo que capturaste? Seguramente caíste en algún agujero temporal.

Y soltó una carcajada.

Klara y yo nos reímos también. Siete horas sin sacar fotos y ya estaba al borde del pánico.

Pero Irena no tenía ganas de reír.

—El teléfono grabó y sacó fotos, pero no registró nada.

—¿Cómo que nada? —pregunté.

Ella respondió preocupada:

—El teléfono grabó siete horas de ruido blanco.

 

P. D.:

Tuve sueños extraños. Por cierto… ¿les conté que al final hice tres fotografías en Pazin? Fotografías de un simple ruido blanco.

Bojan Ekselenski, nacido en 1964, es el presidente de la Sociedad Literaria de Celje. Su obra se publica en diversas revistas literarias eslovenas y en varias antologías extranjeras. Hasta octubre de 2019, había publicado 14 libros impresos y otros tantos libros electrónicos. También fue coeditor de las dos únicas antologías de literatura fantástica eslovena publicadas recientemente. Desde 2016, es editor de Supernova, la única revista impresa de literatura fantástica eslovena. Promueve activamente la literatura fantástica de calidad, uno de los géneros literarios más olvidados en Eslovenia. Desde 2017, en nombre de la Sociedad Literaria de Celje, organiza Fanfest, el Festival de Literatura Fantástica Eslovena, el único evento de este tipo, dedicado principalmente a un pequeño grupo de autores eslovenos de fantasía.

EQUINOCCIO


Lu Evans

 

 

Vivíamos bajo tierra.

hasta que llegó el momento de emerger.

En la superficie del mundo,

Hemos encontrado al Protector de la Tierra.

Nos dijo que este mundo es un regalo.

Y debemos cuidarlo.

Él dijo: Para encontrar tu hogar,

Necesitas llegar al centro del mundo.

Entonces comenzamos a caminar hacia los puntos más lejanos.

Aprendemos la forma de la tierra con nuestros pies,

y buscamos el centro.

El Protector de la tierra nos dijo

para observar la gran señal en el cielo,

Esto simbolizaría que hemos llegado al centro.

Entonces, cuando vimos la luz brillante en el cielo,

comprendimos que debíamos establecernos en el suroeste.

Y sabíamos que ese era el centro.

 

 

Me tiemblan los pies al subir los estrechos escalones curvos tallados en la pared del acantilado que conducen a la gruta sagrada. Intento no mirar hacia abajo, pues el acantilado me llena de pavor. No me gusta estar a la intemperie; me mareo y siempre pienso que voy a caerme. Mis antepasados ​​debían de tener los pies muy pequeños. Los míos son más largos que los escalones. En invierno es peor, pues todo se vuelve muy resbaladizo con la nieve. Cuando llueve… cuando solía llover… también era peligroso. Incluso ahora, aunque las escaleras estén secas, es un gran riesgo.

Finalmente, en la cueva, me siento y respiro profundamente, intentando calmar mis nervios. La cueva es pequeña y de difícil acceso. Los demás sacerdotes nunca vienen aquí; prefieren usar nuestras kivas, las cámaras circulares que construimos bajo tierra, donde celebramos ceremonias. Pero yo siempre vengo a este lugar para los rituales sagrados, los mismos que usaban mi padre, su padre, el padre de su padre, y así sucesivamente, desde hace muchísimo tiempo, un tiempo tan lejano que es imposible calcularlo. Un tiempo que ocurrió incluso antes de que construyeran las doce grandes casas con sus muchos pisos, cientos de habitaciones, las kivas y los huertos de maíz alrededor de las murallas.

Vengo de una familia de sacerdotes. Para mí, esto es un honor, pero también una maldición tan pesada como un búfalo sobre mis hombros, y por eso camino encorvado a pesar de mi juventud.

Sentado a la entrada de la cueva, observo el paisaje con una extraña sensación: sombría y melancólica. Mis ojos recorren lentamente el gran desgarro en el suelo que sirve de morada a mi pueblo. Es larga y muy ancha; las paredes lejanas del otro lado y las de este lado son nuestros escudos. Veo los edificios más distantes y, muy abajo, nuestra casa más grande, una gran estructura en forma de medialuna con cinco pisos, casi 800 habitaciones y 30 kivas que marcan las seis direcciones sagradas: norte, sur, este, oeste, abajo y arriba. Todo el edificio, con sus largas paredes, indica no solo las seis direcciones sagradas, sino también el paso del tiempo según la posición del sol. Nuestra pared, que va de sur a norte, marca los solsticios. El año solar comienza con el solsticio de invierno, cuando el sol se pone en el sur; cuando se pone en el norte, es el solsticio de verano. Cuando se pone en el centro, es el equinoccio, que también está marcado por otra pared. Todo fue construido con precisión, tras una profunda observación de los movimientos del sol y las estrellas que pueblan el cielo infinito.

Antes, muchos pueblos venían en busca de conocimiento e intercambiando bienes, trayendo aves coloridas, piedras azules, cacao y conchas de bellas formas. Hoy ya no hay visitantes, y casi todos los setenta y cinco asentamientos están vacíos. Lo que queda de mi gente pasa hambre mientras la tierra se seca cada vez más y se transforma en el vientre estéril de la muerte. Demasiado calor en verano, y seco… Demasiado frío y seco en invierno. El río se ha convertido en un hilo de agua; los animales se han ido, las plantas han dejado de crecer, florecer y dar fruto.

Alzo la vista con esperanza. El cielo es azul de punta a punta, un azul intenso y brillante, un cielo como este jamás visto, según comentaron todos los que vinieron. Sin embargo, este maravilloso azul hoy solo me produce tristeza, porque no se ve ni una sola nube, y si no hay nubes, no llueve.

Cuando logro calmar mi respiración, me preparo para el primer ritual del día. De la cesta que llevo colgada al hombro, tomo harina de maíz, plumas de águila y plumas de aves coloridas traídas de los bosques húmedos y lejanos. Con la reverencia que la ocasión exige, deposito las ofrendas en el fondo de la gruta. Saco de la cesta el jarrón cilíndrico que contiene chocolate sagrado y lo coloco junto a las demás ofrendas. Tomo mi flauta de hueso con una serpiente tallada y la toco, pues a los espíritus les gusta la música. Finalmente, enciendo mi pipa y empiezo a fumar, meditando sentado en el suelo, con los ojos cerrados y la mente vacía, solo con el deseo de ser escuchado por los espíritus.

Mezclado con mis oraciones, el humo se eleva desde la cueva como una larga serpiente que asciende hacia el cielo. Espero que mis palabras mágicas lleguen a oídos de entidades ancestrales y sobrenaturales, y que fortalezcan el poder de mi pipa para producir suficiente humo, el cual, a su vez, formará nubes y, con ellas, lluvia. Esta es mi función en este mundo: influir en la naturaleza para el beneficio de mi pueblo.

Aquí el tiempo transcurre de forma distinta, pues este es un entorno mágico habitado por espíritus ancestrales y seres sobrenaturales si se les invoca de la manera adecuada. Siento las sombras brotar de la roca, respondiendo a mi llamado. No se parecen a los vivos; son meras sombras informes. Algunas son más oscuras y contrastan con la roca; otras apenas las percibo. Vienen de un mundo invisible para el ojo humano y me susurran secretos al oído. Hoy me traen malas y oscuras noticias que hacen vibrar todo mi cuerpo, pues mi corazón late con la misma fuerza que los tambores de los navajos, nuestros enemigos. Pero no hablan de esa tribu feroz, sino de un peligro mucho mayor, seres temidos por mi pueblo desde tiempos ancestrales: ¡los hombres-lagarto!

Según los relatos de los ancestros de mi pueblo, los hombres-lagarto vienen de muy lejos en barcos voladores. Tienen el poder de transformarse en hombres de piel pálida, cabello que brilla como el sol y ojos del mismo color que el cielo. Disfrazados con esta apariencia divina, alimentan a mi pueblo con energía maligna, despertando odio, envidia, codicia y violencia, tendiendo trampas para atraer a la gente a sus barcos, desde donde parten hacia la luna, donde devoran a los prisioneros.

Mi pipa se cae y el humo deja de fluir. La comunicación entre los espíritus y yo se rompe como una rama seca bajo mis pies, y se marchan, sus voces reveladoras perdidas en el viento. Vuelvo a estar solo y todo queda en silencio, excepto mi corazón, que sigue latiendo al mismo ritmo que los tambores, creando una música melancólica en mi interior.

No sé cuánto tiempo paso pensando en todo lo que me contaron antes de levantarme e ir a la entrada de la cueva para respirar la fresca brisa de esta estación, pero ningún viento puede calmar mis sentidos.

Veo que a media mañana ya se ha puesto el sol. Tomo mi cesta y mi pipa y comienzo el descenso, prestando atención a dónde piso. Mis piernas se debilitan cada vez más con solo mirar la pronunciada curva de los escalones.

Al llegar a tierra firme, veo acercarse a un joven cazador y a su compañera de aventuras, amigos inseparables desde la infancia. Siempre andan juntos, metiéndose en todo tipo de líos, pero son ingeniosos y disfrutan de los retos como una forma de demostrar su valía. Me serán de gran utilidad.

A medida que se acercan, saludan con la mano.

—Chamán —dice el niño—, nuestro líder nos pidió que viniéramos tras usted. ¿Acaso olvidó que hoy es el equinoccio de otoño y que, antes de que el sol se ponga en el borde de nuestra muralla este-oeste, debemos comenzar la ceremonia de la serpiente venenosa?

—Ambos pasamos la mañana recogiendo las serpientes que se esconden en los agujeros de las paredes de roca —agrega la niña—. Están en las cestas de la gran kiva.

Las serpientes son los únicos animales con el poder de atraer la lluvia, y la ceremonia de danza con serpientes venenosas es muy importante para nuestro pueblo, pero este año serán inútiles. Nada servirá excepto huir.

Pongo una mano sobre el hombro de cada uno de ellos.

—Amigos míos, necesito que me ayuden a convocar a todos. Nadie puede ser olvidado, ni siquiera aquellos que viven en los asentamientos más remotos en los confines de la gran grieta. Los espíritus han venido y me han revelado información importante que debo anunciar.

Al percibir la urgencia en mi voz, la chica, muy seria, apunta su lanza hacia un lado de la grieta.

—Mis pies correrán incansablemente de casa en casa hasta que lleguemos al final de nuestro territorio, en dirección al sol naciente.

Y el niño añade:

—Y mis pies conocen bien los pliegues de esta tierra y recorrerán el otro lado, hacia el sol poniente, llevándome a cada casa hasta que todos sepan que deben venir a escuchar sus palabras.

—¡Gracias! Dígales que vengan sin demora y que estén aquí antes del mediodía.

Los dos jóvenes huyen, cada uno en una dirección diferente, y yo sigo adelante, decidido a cumplir mi misión y salvar a mi gente.

Antes que nada, mis pasos me llevan hasta Ai-Ka, cuyos ojos son más bondadosos que los de una liebre, cautivando mis sentimientos. Ella debe ser la primera en saber la terrible noticia; ella, que tanto ama esta tierra, debe ser la primera en prepararse para partir, pues su vientre está lleno de vida y de él surgirá otro chamán que algún día tomará mi lugar... Cuando la encuentro, está curtiendo pieles para hacer ropa para el bebé. Se detiene al verme, y su sonrisa es breve, pues percibe mi seriedad, y me escucha en silencio. Mis palabras pesan en sus oídos, pero no duda en dejar lo que está haciendo y comienza a empacar sus pertenencias en una cesta.

Así que iré tras nuestro guerrero más valiente. Es mi amigo y su apoyo es importante. También están los ancianos, que son sabios y escucharán lo que tenga que decir, y tomarán en cuenta mis palabras porque saben que tengo contacto directo con el mundo espiritual.

A la hora señalada, los anasazi del Cañón del Chaco se reúnen en la plaza, alrededor del gran árbol. Junto a los ancianos y nuestro guerrero más valiente, hablaré con ellos. Los dos jóvenes que me sirvieron de mensajeros están al lado de mi hermosa Ai-Ka. Ella, con una mirada dulce pero preocupada, acaricia su vientre lleno de vida y luz. Por un instante, me sonríe. ¿Un intento de animarme? Pero es una sonrisa triste que no inspira.

Entre los anasazi, que son puros y pacíficos, hay un grupo que vino del valle de las grandes plantas húmedas, los toltecas, un pueblo astuto que trajo desgracia a esta tierra. Al encontrar aquí a nuestra gente amable y dócil, impusieron las siniestras ceremonias practicadas por su pueblo, subyugando a los anasazi con intimidación e influyendo en nuestra cultura con su maldad. Por su culpa, nuestros sacerdotes comenzaron a cometer actos horribles y a realizar ceremonias de sacrificio. Durante 250 años nos han obligado a hacerlo, creyendo que comer las entrañas de los cuerpos otorga poderes sobrenaturales similares a los de los dioses. Preferimos hacerlo con los navajos, cuando logramos capturar a algunos, pero al no tener enemigos, elegimos gente de nuestra propia nación. Yo nunca he hecho sacrificios. Mis poderes se usan para contactar con los espíritus. Pero ahora, los dioses ya no pueden tolerar estas prácticas y nos están castigando, secando el mundo que nos rodea, haciendo que el agua se filtre profundamente en la tierra e impidiendo que las nubes de lluvia lleguen a esta región.

Miro a los toltecas con disgusto y repugnancia, pero no es a ellos a quienes me dirijo ahora. Me separo del grupo, dando unos pasos hacia adelante para que todos me vean. Mi voz suena autoritaria, aunque también hay un dejo de desesperación.

—Pueblo mío, hoy es el equinoccio de otoño. Es un momento especial, y la frontera entre nuestro mundo y el mundo invisible donde habitan los espíritus es más tenue. Por eso, hoy muchos lograron cruzar para traer noticias graves, noticias muy graves… Hablaban de los hombres-lagarto. —La gente empieza a murmurar aterrorizada, pero yo hablo aún más alto, alzando los brazos para que se callen y me escuchen—. Los hombres-lagarto devoradores de hombres vienen en sus barcas voladoras que surcan los ríos de estrellas, y cuando la oscuridad de la noche envuelva al mundo, llegarán, fingiendo ser seres bondadosos con piel blanca como la nieve y ojos pintados de cielo, con mechones de sol en la cabeza, y tenderán trampas para convencer a la gente de que suba a sus naves redondas, y luego se lanzarán hacia la luna más rápido que un halcón cazando un pajarito. Por eso debemos abandonar este lugar para siempre, para que no nos encuentren. Debemos irnos ahora, antes de que lleguen. Vayamos a las tierras de abajo, a los vastos bosques bañados por la lluvia todo el año, donde abunda el agua, la caza y las frutas, la miel y las raíces.

Más murmullos. Los toltecas se reúnen con los demás sacerdotes y jefes de clan, pero me hacen señas para que no me acerque. Eso no es buena señal. No quieren que escuche su conversación. ¿Qué estarán tramando?

La espera es corta. El líder de mi casa les dice a las personas que dejen de hablar.

—Usaremos magia contra ellos. Dedicaremos nuestras vidas a los dioses, y ellos se encargarán de ahuyentar a los hombres-lagarto.

Niego con la cabeza en señal de desaprobación, pero los toltecas y anasazis que lo rodean sonríen, asintiendo con la cabeza a su líder. Y sea cual sea su decisión, el pueblo la acepta, aunque no esté de acuerdo.

—No tenemos enemigos presos entre nuestras murallas. ¿Vamos a matar a uno de los nuestros otra vez? —pregunto, nervioso ante la idea odiosa que parece tan atractiva para los demás. Sé que esta no es la solución. Escapar es lo único que nos queda.

—Uno de nosotros es mitad navajo. Su sangre es diferente y complacerá a los dioses —dice el líder señalando a Ai-Ka, quien grita.

Mi cuerpo se enfría como si llevara una manta de nieve y hielo. Pero antes de que pueda reaccionar, los Toltecas, conscientes de mis sentimientos por ella, se abalanzan sobre mí con la velocidad de los demonios.

Despierto dentro de una de las kivas. Allí están nuestro guerrero más valiente, su hija pequeña y su compañero de aventuras con sus padres, algunos ancianos y sus familias, y media docena de familias más. No encuentro a Ai-Ka. La desesperación me invade.

El guerrero sacude la cabeza, con la mirada baja y llena de tristeza. Mientras yo estaba inconsciente, ella fue sacrificada, y compartiremos el mismo destino, cada uno de los que se opusieron al sacrificio de Ai-Ka, a quien tanto amábamos. No hay forma de expresar el dolor que siento. Permanezco en silencio en un rincón durante largo rato, solo esperando y pensando en muchas cosas, y al final veo que no hay futuro para nuestro pueblo, no cuando hay tantas formas de morir a nuestro alrededor: los sacrificios, los toltecas tan peligrosos, los navajos tan agresivos, la tierra sin vida del cañón, los hombres-lagarto que se acercan. La muerte y el olvido de nuestra existencia son parte de nuestro destino. Los pueblos nacen bajo la tierra oscura, emergen a la luz y caminan sobre la tierra, y luego desaparecen bajo el polvo del tiempo.

Pero pasan las horas y nadie viene a buscarnos para los sacrificios, así que me doy cuenta, al igual que los demás, de que no se oyen voces ni pasos. Deben de estar durmiendo, y los que custodian nuestra prisión son silenciosos como pumas. Sin embargo, llega el día y el silencio persiste. Es como si el mundo sobre la kiva se hubiera extinguido. Un mal presagio me corroe los huesos, y me doy cuenta de que este sentimiento me acompaña desde que desperté y no encontré a Ai-Ka, pero estaba oculto bajo la tristeza de la pérdida. Ahora, resignado, puedo sentir la premonición con mayor intensidad.

Uno a uno, subimos la escalera para salir de la kiva, tal como lo hicieron los primeros anasazi cuando emergieron de debajo de la tierra, respondiendo al llamado del Protector.

Y no hay nadie más.

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

UN PINTOR, UNA OVEJA Y UNA BOA

Nir Yaniv

 

—Por favor, dibújame una oveja —dijo; se parecía mucho a ti. Y pensé ay, Dios mío, el niño tiene exigencias. Me habría gustado estar en el desierto, junto a los restos destrozados de mi avión, o en cualquier otro lugar, para el caso. Pero no: los dos estábamos en el puerto espacial; yo, arrojado como una herramienta descartada desde las entrañas de una nave mercante, y él, que parecía haber surgido de la nada.

—No sé dibujar —dije.

Me tendió una caja. Por un momento pensé que me estaba pidiendo una limosna.

—No tengo dinero, niño.

No respondió. Volví a mirar la caja y vi que estaba sellada. Entonces comprendí. Y me quedé asombrado.

—Dios santo, ¿de dónde sacaste una máquina Maker?

Así llamaban a los Creadores en aquella época, y eran costosos. No era el tipo de juguete que uno espera encontrar en manos de un niño de seis años; uno como tú, por ejemplo.

Eso le dio a la petición un significado nuevo y diferente.

—Por favor —dijo, y dejó la caja sobre mi regazo—. Dibújame una oveja.

—No sé usar esta cosa —mentí—. ¿Dónde están tus padres?

Me miró con una expresión triste y tierna en los ojos. Quise ayudarlo. Quizá, me dije, me estoy ablandando con la edad. Niño extraño. De algún modo parecía alguien que jamás hubiera tenido padres. Yo también tengo ese aspecto y, de hecho, nunca los tuve. Por eso tú no tienes abuelo ni abuela.

En aquella época, programar una máquina Maker no era asunto sencillo. Mucho menos cuando se intentaba crear un ser vivo. Muy pocos eran capaces de hacerlo por sí mismos y, además, tenían autorización para ello, mientras que para mí y los de mi clase, como si fuera una respuesta a la evidencia misma de nuestra capacidad, estaba prohibido. El castigo: la muerte.

Incluso tocar la caja podía ponerme en peligro, pero en el corredor de servicio donde vivía no había Ojos de seguridad. Por eso lo había elegido.

El niño seguía mirándome.

—Vamos —dije—. Busquemos a tus padres.

Comencé a alejarme, pero él no se movió. No quería dejarlo allí, y si me atrapaban usando la fuerza contra un niño…

—¿Quieres que te compre un juguete? ¿O algo de comer?

—Dibújame una oveja.

Era demasiado extraño y yo estaba demasiado cansado. Y sin Ojos de seguridad, sin testigos, empecé a dibujar… a crear. Pero no una oveja. Quería asustarlo. No te estoy asustando, ¿verdad?

La serpiente salió arrastrándose lentamente de la caja. Su cabeza era gigantesca, desproporcionada respecto de su grueso cuerpo negro. Siseó.

El niño sonrió.

A ti te gustan las serpientes, ¿verdad?

Incluso entonces ya nadie les tenía miedo a las boas constrictoras.

La sonrisa del niño no cambió cuando la serpiente se retorció y comenzó a morir ruidosamente, resultado de mi dibujo apresurado y torpe. Tal vez fue una señal de lo que vendría después. Apunté el Creador hacia ella y borré la serpiente, reduciéndola a un montón de cenizas sobre el suelo.

—Una oveja —dijo el niño—. Por favor.

Demasiado extraño, demasiado cansado. Demasiado amable. Empecé a dibujar. No una oveja real, sino el ideal de una oveja. Una oveja de leyenda. Una criatura suave, lanuda y dócil. Y allí estaba: rizos blancos de lana sedosa, un balido tranquilo y un ligero aroma almizclado.

La sonrisa del niño se hizo más amplia y giró la cabeza apartándola de mí. Un movimiento, una fracción de segundo, pero yo, todavía absorbido en el acto de creación, percibí el movimiento de los músculos, la pequeña protuberancia bajo la piel, el matiz exacto de los ojos, y supe.

Supe que no era diferente de mí. Que no tenía padres. Y supe que no me había encontrado por casualidad. Esa protuberancia era un transmisor y aquellos ojos… y el castigo por creación no autorizada, para mí y los de mi clase, es la muerte.

Habrá muchos que afirmarían que yo y los míos merecemos la muerte y que estarían encantados de ejecutar la sentencia sin necesidad de llamarlo asesinato. ¿Cómo atrapar a alguien como yo, si no es utilizando a alguien como yo? ¿Un Drone? ¿Un Dibujado?

Me habría gustado preguntarle al niño qué pensaba, pero el tiempo apremiaba y, en cualquier caso, no estaba seguro de que hubiera podido responder. Es más fácil fabricarlos de ese modo. Tal vez algún día te lo pregunte a ti. El tiempo se agotaba y apunté la caja hacia él. Borrar.

Su cuerpo se hundió en silencio mientras la oveja observaba. Pronto no quedó más que un montón de cenizas.

Después de un rato borré también a la oveja. Limpié el suelo, recogí las cenizas dentro de la caja.

Y entonces, solo, me senté en el suelo y te dibujé a ti.

¿Quieres que te dibuje una oveja?

Traducido del hebreo por Lavie Tidhar

Nir Yaniv es un autor, músico y cineasta israelí que reside en Los Ángeles. Pionero de la ciencia ficción israelí de principios de la década de 2000, fundó la primera revista de ciencia ficción en línea del país y coescribió dos novelas con Lavie Tidhar. Su última novela es el thriller satírico El buen soldado. Yaniv también compone música y dirige cortometrajes de animación, como Loontown e Io. Su sitio web es: www.niryaniv.com

 

jueves, 21 de mayo de 2026

EL ÚLTIMO TESTIGO

Arvid Kalnins

 

La ciudad había dejado de tener nombre mucho antes de quedarse vacía. Primero desaparecieron los carteles. Después los mapas dejaron de coincidir con las calles. Finalmente, cuando la gente empezó a abandonar los edificios en silencio, ya nadie necesitó recordar cómo se llamaba aquel lugar. Era suficiente decir “allá”, con un gesto cansado de la mano, y todos entendían.

Narek caminaba por el centro de la avenida principal mientras la niebla azul se espesaba entre las ruinas. Las ventanas abiertas parecían cuencas vacías. Los semáforos seguían cambiando de color para nadie. Cada tanto, una corriente de viento arrastraba hojas húmedas y papeles ennegrecidos que giraban alrededor de sus botas. No tenía frío. Hacía meses que no sentía frío.

La figura arrodillada detrás de él permanecía inmóvil, cubierta por una capa negra que se confundía con la oscuridad. Desde lejos parecía una estatua abandonada entre los escombros, pero Narek sabía que respiraba. O ejecutaba una acción parecida a respirar.

No se volvió para mirarla.

—No deberías seguirme —dijo. La voz salió seca, hueca, como si hubiese atravesado demasiados años antes de llegar al aire.

—Ni siquiera deberías seguir vivo —respondió la figura después de unos segundos.

Narek sonrió; una sonrisa apenas esbozada, hija de un desconsuelo creciente que busca proscribirse. Aquella conversación la habían tenido muchas veces.

Siguió avanzando. El agua acumulada sobre el asfalto reflejaba una luna blanca y deformada. En otro tiempo, la avenida habría estado llena de automóviles, de anuncios luminosos, de personas apuradas mirando pantallas. Ahora solo quedaban fachadas ennegrecidas y el eco de pasos que parecían ajenos.

Recordó. El problema había comenzado con los rostros. No con las muertes, con los rostros. Las muertes vinieron después. Primero ocurrió algo más difícil de explicar: la gente dejó de reconocerse. Un hombre miraba a su esposa y veía a una desconocida. Una madre olvidaba la cara de su hijo mientras lo tenía delante. Los médicos hablaron de una epidemia neurológica. Los sacerdotes hablaron de castigo divino, como siempre que una calamidad se abate sobre los seres humanos. Las redes se llenaron de teorías absurdas. Pero nadie encontró una explicación.

Luego aparecieron los otros. Personas sin expresión. Sin memoria y por lo tanto sin miedo. Caminaban lentamente por las ciudades, observándolo todo con ojos inmóviles. Algunos afirmaban que eran alienígenas e imitaban a los humanos. Otros aseguraban que eran humanos vaciados por algo imposible de nombrar. Narek recordaba el día en que vio al primero.

Había entrado en una estación de subterráneo buscando refugio durante uno de los apagones. El hombre estaba sentado solo en un banco, perfectamente quieto, bajo una luz de emergencia azulada.

—¿Está bien? —le había preguntado. El desconocido levantó la vista. No tenía párpados. No parecía herido. Ni enfermo. Simplemente… incompleto. Entonces dijo una frase que Narek jamás logró olvidar.

—Cuando todos dejen de mirarse, nosotros ocuparemos el lugar vacante.

Después de eso comenzaron las desapariciones. La gente abandonaba sus casas durante la noche y nunca regresaba. Algunos afirmaban haber visto filas enteras de personas caminando hacia los suburbios, como hipnotizadas. Otros aseguraban que las ciudades estaban siendo copiadas lentamente, reemplazadas por imitaciones defectuosas.

Narek sobrevivió porque aprendió a no dormir demasiado. Y porque nunca volvió a confiar en un rostro.

Se detuvo frente a un edificio derrumbado. Sobre una pared inclinada todavía colgaba parte de un viejo anuncio publicitario. Una mujer sonreía artificialmente junto a una frase incompleta: “LA VIDA PUEDE…” El resto había desaparecido bajo las grietas. La figura encapuchada se aproximó lentamente. Narek sintió el olor húmedo de la tela mojada.

—Es una compulsión, un atavismo —dijo.

—Sí.

—Aun cuando sepas que no queda nada.

Narek levantó la vista hacia las ventanas rotas del quinto piso.

—Queda la costumbre. —La figura guardó silencio. Durante un instante, el viento atravesó la avenida con un gemido largo y metálico. En algún lugar distante cayó una estructura. El ruido retumbó como un trueno amortiguado. Empezó a llover, en silencio, pesadamente; era una lluvia espesa que lo invadía todo, pero ese torrente que buscaba su camino no se parecía en absoluto al agua que creía recordar.

—Ella no sobrevivió —dijo la voz bajo la capucha—. Aunque trates de mentirte, no sobrevivió.

Narek cerró los ojos.

Recordó una cocina iluminada. Una taza de café. Una mujer riéndose porque él insistía en leer las noticias en papel cuando todo el mundo usaba implantes visuales. Recordó la curva mínima de una sonrisa. El movimiento de unas manos. Pero el rostro… El rostro ya no podía recordarlo. Eso era lo peor. Los muertos desaparecen dos veces, pensó. Primero cuando dejan de respirar. Después dejan de existir del todo cuando ya nadie puede imaginarlos.

—A veces creo que todavía está acá —murmuró.

—Eso no es memoria. Es hambre.

Narek se volvió lentamente.

Los ojos oscuros bajo la capucha parecían hundidos en una profundidad imposible.

—¿Cuál es tu naturaleza real, tu verdadera esencia?

La figura tardó en responder.

—Soy lo que serás muy pronto.

—No.

—Todavía no; es cierto —se corrigió—. Pero el día llegará. No existe la inmunidad absoluta.

El silencio volvió a extenderse entre ambos. Narek sintió que un cansancio antiguo le recorría el interior de los huesos. Hacía semanas que veía sombras moviéndose detrás de las ventanas. Figuras demasiado quietas observándolo desde las esquinas. Cada noche eran más. Los otros estaban aprendiendo. Aprendiendo a hablar. A copiar gestos. A parecer humanos. Pero cometían pequeños errores. Nunca parpadeaban al mismo tiempo que los demás. No comprendían el humor. Nunca entendían por qué alguien lloraba.

—¿Cuántos quedamos? —preguntó.

La figura levantó lentamente la cabeza hacia la ciudad vacía.

—Muy pocos.

—¿Y ellos?

—Muchos.

Narek respiró hondo. Entonces lo vio. Al final de la avenida, apenas visible entre la niebla azul, había alguien observándolos. Después otro. Y otro más. Figuras inmóviles bajo la luz enferma de la luna. No avanzaban. Se limitaban a esperar.

—Por lo menos aprendieron a esperar juntos —dijo Narek.

La figura encapuchada asintió.

—Se aprende rápido cuando el mundo queda vacío.

Narek observó las siluetas lejanas. Sintió miedo, pero también una extraña resignación. Como si todo aquello hubiese sido inevitable desde el principio. Tal vez las ciudades siempre estuvieron destinadas a pertenecer a criaturas sin memoria. Seres capaces de ocupar edificios, repetir palabras, imitar vidas, pero sin comprender jamás lo que imitaban.

La figura detrás de él habló por última vez.

—¿Te interesa saber por qué te sigo? —Narek no respondió. Hubiera podido decir que no lo sabía, pero prefirió esperar, y la figura encapuchada finalmente completó su sentencia—. Porque sigo al último que recuerda que alguna vez fuimos distintos.

La niebla avanzó lentamente sobre la avenida. Y Narek, que sabía que la batalla estaba perdida, entró una vez más a la casa y reinició la búsqueda en las habitaciones vacías, en busca de algún eco, un vestigio, por ínfimo que fuera.

Arvid Kalnins, nacido en 1987, vive entre Malmö y Riga e investiga sistemas de memoria artificial y escritura algorítmica. No obstante, suponemos que el autor de este cuento se ha escudado tras un seudónimo. Probablemente sea, como alega, nórdico o báltico, aunque el original llegó escrito en un castellano irreprochable.

 

 

ASCENSO AL OLIMPO