sábado, 3 de octubre de 2026

LA MEMORIA DEL CUERPO

Graciela De Mary

 

Stella nunca tuvo militancia de ninguna clase. Es más, siempre criticó a la gente que según ella perdía el tiempo en vez de ir a trabajar como Dios manda. Pero sus hijas le salieron al padre, qué se le iba a hacer. Ningún conflicto las dejaba indiferentes, y si eran causas perdidas, mucho mejor. Cada vez que Stella pensaba en quien había sido el hombre de su vida, y a pesar de que hacía muchos años que era viuda, una súbita paz le envolvía el pecho y volvía a ser feliz. Se conocieron cuando él la asistió en la calle el día que se desmayó después de que le hicieran un aborto. Ella estaba tirada en una vereda. Se había ido deslizando lentamente hasta el piso, con la frente sudorosa apoyada en la superficie fría de un portón. Eran los tiempos del “no te metás” y la gente que pasaba creía que estaba borracha pero él la levantó y la llevó a tomar un café con leche. Después la acompañó a la casa. A la semana siguiente, la madre de Stella, que se había conformado con las mentiras inventadas por la hija, atendió la puerta.

 —Che, te busca el muchacho que te trajo el otro día.

 Stella se dio cuenta de que ni le había preguntado el nombre.

 —Carlos. Me llamo Carlos.

 Hacía unas semanas que las hijas de Stella no paraban en la casa, y cuando estaban, se la pasaban haciendo carteles. Verdes. También llevaban día y noche pañuelos de ese color en el cuello, o atados a las mochilas. Una tarde, mientras ella les cebaba mate, les preguntó en qué andaban. Esa noche la iban a pasar frente al Congreso para apoyar la legalización del aborto. A Stella le mortificaba la palabra. Si hubiera dependido de ella, la habría prohibido.

 —¿Sabés cuántas mujeres se mueren por abortos clandestinos, mami?

 Claro que sabía. Todavía seguía soñando con Gladys, la partera que se lo practicó a ella. Se acordaba de la desesperación que sintió cuando el noviecito que tenía la dejó; cuando la panza le empezó a crecer; cuando se ahogaba con el llanto contenido por la almohada. Se acordaba de la compañera del colegio que la había mandado a ese sucucho sucio. Se acordaba de haber despertado de la anestesia, de haber llorado a los gritos por el dolor y de cómo la hija de puta de la partera perdió la paciencia y se la sacó de encima a los empujones. Si no hubiera sido por la ternura de Carlos, se hubiera muerto ahí mismo de puro miedo.

 —Voy con ustedes.

 Subieron las escaleras de la estación Callao. Stella, medio perdida, del brazo de sus hijas, se despreocupó del frío y de la lluvia porque estaba sostenida por la multitud. Jamás había vivido nada igual. En cada esquina, alguien comentaba el debate de los diputados o convidaba un mate cocido caliente. Veía a sus hijas manejarse con soltura entre las pancartas y las banderas que al cabo debieron recoger por culpa del viento. Llegó a preguntarse cómo se había perdido todo eso. Separado por unas vallas, había otro grupo, con carteles celestes. Le explicaron que eran los que estaban en contra de la legalización del aborto. Había policías en el medio, de modo que se cruzaban cantitos provocadores, pero nada más.

 De pronto, a Stella le pareció haber visto una cara conocida. Una corazonada la llevó a acercarse al otro bando.

 —¿Adónde vas mamá?

 —Ya vengo.

 Se separó de su grupo y empezó a caminar más rápido. Los policías no le prestaron atención. Su aspecto no intimidaba a nadie.

 —Hola Gladys —dijo bien fuerte.

 Una de las mujeres que sostenía una bandera con un dibujo parecido a un bebé, giró la cabeza.

 —¿Quién sos? —La partera se calzó los anteojos que colgaban de su cuello.

 —¡Claro, qué te vas a acordar! ¿Qué carajo hacés acá?—Stella le gritó en el oído, ya había traspasado las vallas.

 —Salí de acá, tortillera de mierda —dijo Gladys tratando de sacársela de encima.

 —¡Maldita yegua! —Stella se abalanzó sobre ella y se prendió de sus mechas

 Unas horas después Stella recuperó la libertad. Sus hijas, orgullosas, la esperaban en la puerta de la comisaría.


Graciela De Mary nació el 8 de marzo de 1963 y reside en Villa Ballester, Buenos Aires. Es profesora de historia y escritora. Ha publicado el ensayo La enseñanza de la historia y la literatura (2017) y el libro de cuentos Un laberinto de vidrios rotos (2019). También participó en numerosas antologías como Gente de pocas palabras (2018), Más allá de un no (2018), Antología del Primer Concurso Nacional e Internacional de Relatos breves, Israel (2019) y Caperucita feroz (2020). Colaboró con la Revista Yzur (Universidad estatal de Rugers de Nueva Jersey) Vol. 3, Nº 1, julio de 2021. Publicó su segundo libro de cuentos Cría cuervos (2022) y participó en la antología Calladita te ves mejor (2024).

 

  

LOS SUCESOS

Helen Ivory

 

Este árbol es idéntico al árbol que viste cuando tomaste este atajo y te adentraste en el corazón verde y oscuro del bosque que respira. Todos los árboles son idénticos a aquel árbol. Avanzas a trompicones entre los tojos y una cola de sombra lanza un chillido.

Por fin, un claro y un atisbo del bondadoso cielo. Qué raro es ver por estos parajes las galas de un caballero, un hombre de negro, con aspecto de sacerdote, pulcro y ordenado. Se quita el sombrero para saludarte y, por supuesto, tú también haces una reverencia lo mejor que puedes, a tu manera de liebre, deseando que el bosque te recoja en su seno.

 

La alta sombra te siguió, eso es lo que les dices. ¿De qué otra manera explicar su voz en la madriguera de tu oído? La gente ha dejado de llamar a tu puerta. Tu granero está abandonado, salvo por los menudos trajines de las ratas.

Desde Samhain, tu fuego no quiere arder, ni una sola brizna de llama. La muñeca de grano clavada en el dintel no hace más que llorar. No se lo cuentas a nadie; es mejor mantener la boca cerrada. La sombra se vuelve más ruidosa por la noche, cuando los pájaros están en sus dormideros. Se ha instalado en la silla de tu difunto padre y conoce tan bien todas las canciones antiguas que las canta al revés. A veces, el cuello de encaje que rodea el cuello de la sombra parece una luna con cuernos caída sobre su espalda.

 

El sacerdote vino hoy; divisaste su figura vestida de oscuro desde el cobertizo de las cabras. Es maravilloso esconderse con ellas, dejarse envolver por su olor maternal y su calor vivo. Al cabo de un rato se marchó, mientras su séquito de grajos graznaba hroc, hroc de decepción.

Había venido por tu alma, pero ¿de qué sirve un alma en este mundo cuando nadie quiere comprar tu cerveza? Al anochecer, la viste correr veloz por el camino convertida en liebre, zigzagueando hacia el prado bajo. Últimamente, tu cuerpo pesa como un saco de grano.

 

La última vez que viste a tu madre había trazado un círculo sagrado junto al arroyo. Estaba descalza, acurrucada en su centro. Había ido al encuentro de los espíritus y su cuerpo aguardaba como una copa vacía esperando la lluvia.

 

Todos esos hombres con sus delicadas vestiduras y sus intenciones selváticas... tu madre habría tenido algo que decir sobre ellos. Siempre oyes su voz en el confín de la tierra. Sabes que, si hundieras la mano en cualquier concavidad de agua, ella estaría allí para arrastrarte hacia abajo, hacia un lugar seguro. Pero la idea de ese estado intermedio te asusta. El espíritu abandona el cuerpo con tanta alegría y, sin embargo, el cuerpo, pobrecito, sufre: criatura terrenal colmada de tristeza.

 

Pasaste el invierno con las cabras. Algunos días, hasta el sol estaba tan cansado que apenas abría los ojos. Habías decidido dejar a la sombra entregada a sus propios ardides y oías su canturreo grave mientras se arrastraba por todos los rincones de la casa.

 

Cuando llegó la primavera, la sombra ya no podía levantar del suelo su apagado ser. Estaba tan privada de canciones como un gusano. La chimenea había olvidado todo cuanto alguna vez supo acerca del fuego.

La cabra pía te instó a regresar a la casa, aunque solo fuera para asomarte por la ventana y hacerte una idea de cómo estaban las cosas. Habías llegado a creer que los consejos de las cabras solían ser sensatos.

 

La cabra blanca está preñada y ha estado pastando en el huerto con algo muy parecido a la serenidad. Sigues hasta la casa el sendero que ella ha ido despejando al comer, con la cabra pía a tu lado.

Cuando levantas el pestillo, se oye de pronto un correteo y, en un instante, te conviertes en una piedra erguida. Las cabras se acercan, te recuerdan que eres una mujer viva, y entonces empujas la puerta con el hombro. Un diminuto retazo de noche se arrastra hacia el sol y muere.

 

A la muñeca de grano le han brotado tallos verdes donde deberían estar los dedos de las manos y de los pies. Limpias de cenizas el hogar y construyes, con roble curado, lo que parece ser el primer fuego. No necesita que lo incites para cobrar vida y, poco después, la chimenea ruge hacia el cielo con toda su gloria.

Las cabras mordisquean el exuberante trébol que ha crecido sobre cada superficie de la habitación. Tú, en el luminoso jardín de tu hogar. Tú, la cabra pía y la cabra blanca, y los gemelos dormidos en su vientre.

 

Publicado por primera vez en Constructing a Witch (Bloodaxe Books, 2024).

Nota: shadowtail («cola de sombra») es un nombre popular inglés para la ardilla.

Helen Ivory (Norwich, Inglaterra) es poeta y artista visual; crea cajas de sombras, collages y criaturas de fieltro realizadas con la técnica de afieltrado con aguja. Ha recibido un Gregory Award y un Cholmondeley Award de la Society of Authors. Edita IS&T, y enseña y ejerce como mentora para Arvon, The Poetry School y NCW Academy. Su sexta colección publicada por Bloodaxe, Constructing a Witch (2024), fue recomendada en invierno por la Poetry Book Society (PBS), y ha sido traducida al griego y publicada por Thraka. También tiene obras traducidas al polaco, ucraniano, croata y español, además de traducciones realizadas como parte de la plataforma europea de poesía Versopolis. Un poema de su cuaderno surrealista Maps of the Abandoned City (SurVision, 2019) forma parte de Poems on the Underground, en Londres. Su Wunderkammer: New and Selected Poems fue publicado por MadHat en Estados Unidos en 2023. Acaba de recibir una beca de la Author’s Foundation para trabajar en su nueva colección para Bloodaxe.

 

EL CONEJO DE LA ZONA VERDE

Hassan Blasim

 

Antes de que apareciera el huevo, yo leía un libro de religión o de leyes y me dormía. Al igual que mi conejo, estaba más activo a primera hora de la mañana y al caer el sol. Salsal, por su parte, se pasaba la noche en vela, despierto hasta las tantas. Siempre se levantaba al mediodía y, antes de salir de la cama, abría el portátil para entrar en Facebook: revisaba los comentarios nuevos sobre la discusión de la noche anterior y luego se metía en la ducha. Después entraba en la cocina, ponía la radio y escuchaba las noticias mientras hervía el huevo y preparaba café. Se llevaba el desayuno al jardín y se sentaba a la mesa que había bajo la sombrilla. Comía, bebía y fumaba mientras me observaba.

—Buenos días, Hayar, ¿qué cuentan las plantas?

—Este año viene caluroso… no crecerán con mucha fuerza —le decía yo mientras podaba los rosales.

Salsal encendía el segundo cigarro y miraba a mi conejo con una sonrisa sarcástica.

Nunca entendí qué tenía contra el conejo. Lo había traído la anciana Um Dalaa. Dijo que se lo había encontrado en el parque y decidimos quedárnoslo hasta que investigara quién era el dueño y lo encontrara. Pasó un mes y el conejo seguía con nosotros; yo llevaba dos meses con Salsal en aquel chalet de lujo situado al norte de la Zona Verde. Era una villa aislada, rodeada por unos muros altos y cuyas puertas estaban equipadas con un riguroso sistema de control electrónico. No sabía cuándo llegaría la Hora Cero. Salsal era un profesional, y a mí me llamaban “Pato” por mi primera operación.

Una vez a la semana nos visitaba el señor Salmán. Se ocupaba de nosotros y de cómo nos iban las cosas. Salmán nos traía algo de alcohol y hachís. Cada vez que venía nos contaba un chiste con poca gracia sobre política y nos recordaba confidencialmente la importancia de la operación. Salmán era aliado de Salsal y no me revelaba muchos secretos. Ambos trataban de erosionar mi debilidad y mi limitada experiencia. Yo no les prestaba demasiada atención, pues estaba sumido en las amarguras de mi propia vida, deseando que el mundo muriera de un golpe decisivo y letal.

La anciana Um Dalaa venía dos días a la semana. Nos traía el tabaco, cocinaba y limpiaba la casa. Una de esas veces Salsal se propasó con ella: le agarró el culo mientras preparaba dolah. Ella le arreó un cucharazo en la nariz y le sacó sangre. A partir de entonces Salsal renunció a ella y no volvió a dirigirle la palabra. Era una mujer que rondaba los cincuenta, pero muy activa. Había tenido nueve hijos y afirmaba odiar a los hombres: decía que no eran más que miserables asnos egoístas. Su esposo había trabajado en la empresa nacional de electricidad. Se había caído de lo alto de un poste de luz y había muerto. Era un borracho. Ella lo llamaba “la salamandra destilada”.

Yo le había construido al conejo una jaula en una esquina del jardín y cuidaba muy bien de él. Sabía que los conejos son animales muy sensibles y necesitan que se atienda debidamente su limpieza y alimentación. Había leído sobre ello cuando estudiaba en la secundaria. El interés por la lectura se apoderó de mí a los catorce años. Al principio leía sobre todo novelas rusas traducidas, muchas, y poesía árabe clásica. No tardé en aburrirme. Nuestro vecino era funcionario en el Ministerio de Agricultura. Una vez estaba jugando con su hijo Salam en la azotea de su casa, donde había un baúl de madera tapado por un montón de trastos viejos. Salam me reveló el secreto. El baúl estaba repleto de libros sobre los cultivos, métodos de riego y variadas enciclopedias sobre plantas e insectos. Debajo de todos los libros había muchas revistas porno de actrices turcas. Salam me dio una revista y yo tomé un libro sobre las especies de palmeras autóctonas. Después de aquello no necesité más a Salam. Yo solo me colaba desde mi casa hasta la azotea de la suya para hacer una visita al baúl biblioteca; tomaba un libro y una revista y devolvía lo que había tomado prestado anteriormente. Más tarde, me volví un apasionado de las obras de zoología y botánica, y empecé a buscar todo libro nuevo que llegaba a las bibliotecas, así hasta que entré en el ejército. En realidad, mi placer por la lectura era algo perturbador. Me sentía preocupado ante toda información nueva. Elegía un detalle concreto y empezaba a buscar en los índices de los libros sus formas y otras connotaciones. Recuerdo que durante mucho tiempo anduve detrás del beso. Leía y leía y me sentía mareado, como si degustara las bayas de un narcótico. Los experimentos demostraron que el chimpancé se refugia en el beso para aliviar la tensión, el estrés y el miedo, y también se ha demostrado que la hembra se refugia en el macho, lo abraza y empieza a besarlo cuando siente que han entrado extraños en su zona. Más adelante, después de una dilatada búsqueda, descubrí otro beso, ¡un largo beso tropical!: el que practican unos peces tropicales que se besan entre ellos durante media hora o más, sin coger aire. Los días de oscuridad durante los años del embargo económico significaron para mí alimentarme de libros, cuando la electricidad se cortaba veinte horas al día, especialmente después de la cadena de ataques aéreos estadounidenses contra el palacio presidencial. Me metía en la cama a medianoche y, a la luz de una vela, descubrí un beso nuevo: unos insectos llamados redúvidos no intercambian besos entre ellos. La hembra solo se satisface con la boca de las personas dormidas: avanza por su cara hasta llegar a la comisura de los labios, se queda ahí y empieza a besarla. Eso, antes de inyectarle el veneno en forma de gotas microscópicas. Y si la persona que duerme goza de buena salud y tiene un sueño natural, se despertará con un beso envenenado en la boca del tamaño de cuatro gotas de agua juntas.

Deserté de la mili. No aguanté demasiado el régimen de humillación que se estilaba allí. Me empleé en un horno de samún por las noches. Tenía que mantener a mi madre y a mis cinco hermanos. Entonces se esfumaron las ganas de leer y el mundo se volvió para mí un animal legendario incomprensible. Al año siguiente cayó el régimen y me libré del miedo a la pena de cárcel por haber huido del servicio militar. El nuevo gobierno eliminó la mili obligatoria, y cuando empezó la ola de violencia y comenzaron a rodar cabezas por cuestiones sectarias, tuve la intención de huir a Europa, pero asesinaron a dos de mis hermanos cuando volvían del trabajo en una fábrica de zapatos de mujer. Un taxista los entregó a un puesto de control falso. Los llevaron a la milicia Allahu Akbar en un lugar desconocido y les cortaron las cabezas después de abrirles agujeros en el cuerpo con un taladro eléctrico. Encontramos sus cadáveres en un basurero cerca de la capital. Aquello me marcó en el alma y me fui de casa. No pude soportar el miedo que impregnaba los rostros de mis hermanos y de mi madre. Me sentí perdido y ya no sabía qué quería de esta vida. Tomé una habitación en un hotel sucio hasta que vino un primo a visitarme y me ofreció trabajar con los nuestros para vengarnos.

Los días de verano eran largos y tediosos. Es cierto que estaba en un chalet cómodo, con piscina y sauna, pero a mí me parecía un palacio en un espejismo. Salsal se había quedado con una habitación en la segunda planta y a mí me bastaban una manta y una almohada en el sofá situado en medio del enorme salón donde se hallaba la biblioteca. Quería tener los ojos abiertos al jardín y al portón de fuera, por si las moscas. Me impresionaba el tamaño de la biblioteca. Había muchos libros de religión y jurisprudencia, nacional e internacional. Encima de las estanterías había ordenado unas figuras de animales hechos de madera de teca, con formas y movimientos que imitaban los tótems africanos. Los animales totémicos separaban los libros de religión de los de leyes. Cuando se hacía de noche, comía algo, me iba al sofá y me hundía allí. Hojeaba el álbum de mi vida y luego sacaba un libro y leía sin atención. En mi cabeza, el mundo era como una telaraña que emitía un zumbido tenue. Un eco de una vida moribunda, una respiración contenida, unas alas delicadas y repugnantes que se batían por última vez.

Tres días antes de la última visita del señor Salmán, encontré el huevo. Aquel día me desperté de madrugada, como siempre. Tomé agua limpia y comida y fui a ver a mi compañero, el conejo. Le abrí la puerta de la jaula y salió enérgico al jardín. Había un huevo en la jaula. Lo tomé y me puse a mirarlo detenidamente, tratando de comprender aquella broma. Era más pequeño que el huevo de una gallina. Me inquieté y fui a la habitación de Salsal. Lo desperté y le conté lo del huevo. Salsal lo tomó y lo miró unos instantes; luego se echó a reír.

—Hayar… Trata de no tomarme el pelo —me llamó la atención haciendo gestos con el dedo delante de mis ojos.

—¿Qué quieres decir? No he sido yo el que ha puesto el huevo ahí —aseveré.

Salsal se frotó los ojos y a continuación dio un salto y salió de la cama rabioso y cubriéndome de insultos. Nos dirigimos al portón del chalet para comprobar el sistema de vigilancia. Inspeccionamos el muro y revisamos el jardín y todas las habitaciones. No había nada fuera de lo normal. ¡Un huevo en la jaula de un conejo! No cabía otra posibilidad que pensar que uno de ellos se estaba burlando de nosotros: se habría colado en el chalet y había puesto el huevo al lado del conejo.

—A lo mejor es una simple broma de Um Dalaa… Que te den a ti y a tu conejo —dijo Salsal y luego se quedó callado.

Pero ambos sabíamos que Um Dalaa estaba enferma y que no había aparecido por casa ningún día de la semana anterior. Nuestro miedo se multiplicó porque no teníamos armas de fuego. No se nos permitía tener armas en casa hasta que llegara el día de ejecutar la misión de asesinato. Les preocupaban los registros, dado que la Zona Verde era un área gubernamental y en ella residía la mayoría de los hombres del Estado. Nosotros vivíamos en una villa porque estábamos a cargo de la protección de un diputado del Parlamento. Salsal sufrió un ataque de histeria y me pidió que me deshiciera del conejo degollándolo, pero me opuse y le dije que lo que estuviera ocurriendo no tenía nada que ver con el conejo.

—¿No ha sido tu santísimo conejo el que ha puesto ese huevo? —gritó furioso subiendo a su habitación.

Hice café y me senté en el jardín a observar al animal. Se estaba comiendo sus heces. Dicen que le aportan vitamina C, fabricada por los microorganismos del estómago. Salsal volvió al cabo de un rato con el portátil, murmurando algo para sí mismo y, a ratos, insultando a Salmán. Después, mientras revisaba Facebook, dijo: «Debemos estar alerta en todo momento», por lo que me pidió que pasara la noche en su habitación, dado que su ubicación en la segunda planta ofrecía un buen punto para controlar la entrada de la casa y los muros.

Apagamos todas las luces. Nos sentamos en el cuarto de Salsal y empezamos a turnarnos para hacer las rondas.

Transcurrieron dos noches sin que sucediera nada sospechoso. El chalet estaba tranquilo, sumido en la paz y el silencio. Durante el tiempo que me quedé en la habitación de Salsal, descubrí que usaba Facebook con un nombre falso: se hacía llamar Guerra y paz, y en su muro había puesto los trazos a grafito de una foto de Tolstói. Tenía más de mil amigos, la mayoría escritores, periodistas y pensadores. Discutía sus ideas y se presentaba ante los demás como un engreído inteligente. En sus comentarios y análisis abordaba con humildad y buen juicio temas relacionados con la violencia en el país. Una vez habló largo y tendido en sus comentarios sobre el secretario del ministro de Cultura, su humanidad y su inteligencia única. En aquel momento me trajo sin cuidado la charla sobre ese hombre. Le dije que quien trabajaba en lo que nosotros hacíamos debía mantenerse al margen de las conversaciones por internet. Me dirigió la mirada socarrona de un profesional.

—¡Usted preocúpese de ese conejo ovíparo suyo, señor Hayar! —me dijo.

Por fin nos vino a visitar el señor Salmán y Salsal perdió los estribos delante de él al ponerlo al corriente del asunto del huevo del conejo. Salmán se burló de nuestra historia y echó por tierra nuestras sospechas hacia Um Dalaa, asegurándonos que era una mujer de fiar que hacía mucho tiempo que trabajaba para ellos… Pero Salsal lo acusó de traidor y se enzarzaron en una discusión, mientras yo los observaba sentado. De aquella pelea entendí que en el mundo de las depuraciones sectarias y políticas caben muchas traiciones por intereses. Los partidos gobernantes, con frecuencia, revelaban informes de los sicarios entre ellos a cambio de un trato político por un puesto o para encubrir una maniobra de corrupción a gran escala. Pero Salmán negaba todas y cada una de las acusaciones de Salsal y nos pidió que nos tranquilizáramos, dado que la liquidación del objetivo tendría lugar en un par de días. Nos sentamos en la cocina y allí Salmán nos explicó en detalle cuál era el plan. Luego sacó de su maletín dos pistolas con silenciador y dijo que recibiríamos el dinero en cuanto concluyera la operación; después de aquello nos trasladaríamos a otro lugar en las afueras de la capital.

—¡Un huevo de conejo! Pero qué chistoso aquí el Patito —me soltó Salmán antes de irse.

La última noche la pasé en vela en compañía de Salsal. Estaba preocupado por el conejo, pues todo apuntaba a que Um Dalaa iba a tomarse unas vacaciones largas. El conejo moriría de hambre y de sed. Salsal, para no variar, seguía ocupado con Facebook mientras yo permanecía cerca de la ventana, vigilando el jardín de la casa. Me contó que estaba discutiendo con el secretario del Ministerio de Cultura sobre la violencia sectaria y sus orígenes. Por lo que me contó, entendí que este hombre había sido escritor en tiempos de Saddam y tenía tres novelas que hablaban del sufismo. Un día había asistido con su esposa a una fiesta que celebraba un arquitecto en su suntuosa mansión a orillas del Tigris. La esposa era una mujer encantadora, una auténtica belleza y tan culta como el marido. Estaba interesada en los manuscritos islámicos antiguos. A aquella fiesta también había sido invitado el jefe del aparato de seguridad, un pariente del presidente. Al concluir la velada, el jefe de seguridad le encargó a la división de inspección del departamento de seguridad que leyera las novelas de nuestro compañero, y unos días después lo metieron en la cárcel, acusado de instigación contra el Estado y el partido. El jefe de seguridad trató de negociar con la esposa del novelista: la libertad de su marido a cambio de que se entregara a él. Cuando ella se negó a aceptar el trato, dejó que uno de sus hombres la violara en presencia del esposo. Después de aquello, la mujer huyó a Francia y allí se le perdió la pista. Soltaron al novelista a mediados de los noventa y viajó en busca de su mujer. No tenía la menor noticia sobre su paradero. Cuando cayó la dictadura, volvió al país y fue nombrado viceministro de Cultura. La historia de la vida de este hombre parecía la trama de una película india. Me impactó la cantidad de detalles que conocía Salsal sobre ella y me dio la impresión de que estaba encandilado con la personalidad y el bagaje cultural de aquel hombre. Le pregunté por la confesión religiosa del viceministro, pero ignoró mi pregunta. Más adelante, traté de sacar de nuevo la conversación sobre la identidad de nuestro objetivo, pero Salsal respondió que a un Pato novato como yo no le estaba permitido saber algo así. Toda mi intervención se reducía a conducir el coche. Salsal sería quien dispararía con el silenciador.

A la mañana siguiente estuvimos esperando delante de un garaje situado en el centro de la capital. Según lo previsto, el objetivo llegaría en un Toyota Crown rojo. Cuando el vehículo entrara en el garaje, Salsal se bajaría, seguiría al objetivo hasta el interior y lo liquidaría. Acto seguido nos largaríamos en el coche hacia nuestra nueva ubicación en las afueras, razón por la cual agarré al conejo y lo metí en el maletero.

Al móvil de Salsal llegó un SMS y, al leerlo, le cambió el color de la cara. Se suponía que la espera del objetivo no se alargaría más de diez minutos. Le pregunté si había algo que no iba bien. Soltó un insulto y se golpeó el muslo. Me inquieté. Vacilante, extendió su teléfono móvil hacia mí y me enseñó la foto de un conejo sentado encima de un huevo. Era una foto ridícula manipulada con Photoshop.

—¿Sabes quién me envía la foto?

Negué con la cabeza.

—El viceministro de Cultura.

—¡¿Qué?!

—Él es el objetivo, Hayar.

Me bajé del coche. Me hervía la sangre por la tontería de Salsal y todas las paranoias de aquella operación de tres al cuarto. Transcurrieron más de quince minutos y el objetivo no apareció. Le dije a Salsal que yo me retiraba de la operación. Entonces, él también se bajó del coche y me pidió que tuviera paciencia y esperara un poco más, pues ambos estábamos en peligro. Volvió a montar en el coche y trató de ponerse en contacto con Salmán. Mientras tanto, yo eché a andar hacia una tienda cercana en busca de un paquete de tabaco. Tenía palpitaciones a causa del enfado. En cuanto llegué al ultramarinos, el coche explotó y salió volando envuelto en llamas. Salsal y el conejo se calcinaron.

Hassan Blasim nació en Bagdad, Irak, en 1973. Estudió en la Academia de Artes Cinematográficas. Más tarde se vio obligado a huir durante años como refugiado hasta llegar a Finlandia en 2004, donde reside actualmente. Sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas. El loco de la Plaza Libertad (2009) fue su primer libro de cuentos. Su segunda recopilación de cuentos, El cristo iraquí (2013) ha sido merecedora del “Independent Foreign Fiction Prize”.  La exposición de los cadáveres (2014) es el título de su última obra. 

 

viernes, 2 de octubre de 2026

TOP OF THE POPS

Michael Schmidt

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Estimados fieles, con motivo de su centésima misión, hoy transmitimos en vivo desde la cabina el diario de nuestro poseedor del récord, Sven, THE GUN. Como nos reveló THE GUN previamente en una entrevista exclusiva, cree que aún puede superar sus récords. ¡Démosle nuestros mejores deseos!

Como es habitual, para una ocasión como esta hay nuevamente numerosos sorteos. Esta vez pueden ganar planeadores de juguete de THE GUN, figuras de THE GUN, camisetas de THE GUN y tazas de café de THE GUN. Y quien responda a la siguiente pregunta: «¿Quién es el segundo en la lista de mejores de todos los tiempos detrás de THE GUN?», ganará un encuentro de dos horas con THE GUN

Y ahora, en vivo desde la cabina de THE GUN...

 

Me subo a la estrecha cabina del jet espacial, estiro las piernas y me coloco en posición. Afortunadamente, tengo una complexión pequeña y delgada; de lo contrario, tendría serios problemas de espacio. Pero, por lo general, esto ya se toma en cuenta al seleccionar a los pilotos; los requisitos físicos son un criterio de eliminación.

Y quien, con el paso del tiempo, piense en perder la forma física, lo pagará con servicio en tierra; en caso de reincidencia, para siempre. Esto también es necesario. Los requisitos son altos, ya que la esperanza de vida promedio de los pilotos es de apenas tres meses.

A pesar de ello, cada trimestre miles de hombres y mujeres jóvenes se postulan para una capacitación como pilotos de aviones a reacción, aunque todos conocen las consecuencias. Cuesta creerlo, pero hay muy pocas ciudades grandes en las que no haya una calle que lleve mi nombre. Y eso me enorgullece.

¿A qué batalla me dirijo?

Luchamos contra los menselijk, extraterrestres con apariencia humana que llegaron a nuestro sistema solar hace mucho tiempo. Aunque se parecen a nosotros en apariencia, tienen una mentalidad completamente diferente, lo que llevó primero a una guerra brutal que luego fue librada en nombre de unos pocos humanos y menselijk.

Doscientos aviones espaciales de cada bando se enfrentan durante dos semanas, hasta que uno de los bandos ya no envía más naves a la batalla o se encuentra en tal desventaja que el resto se rinde. Aunque el Menselijk individual no conoce la rendición, solo la lucha hasta el amargo final.

Por cada ronda ganada se obtiene un jet espacial adicional. Solo hay que lograr una ventaja numérica lo suficientemente grande, pero ninguna de las partes ha logrado una ventaja de más de cincuenta jets. Para luego perderla de inmediato.

Pero vamos por buen camino. Nuestra ventaja es de veintiocho naves, la mayor ventaja en mucho tiempo.

Esta vez lograremos ampliar nuestra ventaja hasta que sea insuperable. Alcanzaremos la victoria final y estableceremos mi récord para la eternidad. Expulsaremos a los menselijk de la Vía Láctea.

Pero aún queda mucho para llegar a eso. La suerte en la batalla es caprichosa y rara vez predecible.

Los índices de audiencia son enormes. La Santa Iglesia de la Nueva Fe se había asegurado el futuro para siempre gracias a los derechos de transmisión. Los escépticos incluso afirman que ese fue el propósito de su fundación.

 

Soy la estrella, el mejor soldado espacial genéticamente modificado de todos los tiempos. Mis admiradoras se desmayan en masa cuando realizo mis misiones. Mi correspondencia de admiradores está repleta de propuestas explícitas, lo cual me llena de orgullo, aunque no tenga ningún interés en ellas.

Declaraciones de amor en rima, fotos de chicas desnudas y sus fantasías escritas. Una mujer incluso quería volar en mi jet y seducirme durante la competencia...

Sin embargo, mi condicionamiento impide tales inclinaciones; los aspectos sexuales no influyeron en la selección de mis características. Por eso, no tengo experiencia con el género femenino ni lo anhelo. El tan citado instinto sexual masculino me es ajeno. Aun así, también disfruto de este tipo de fama.

Mi vida entera está determinada por las competencias; el tiempo entre ellas lo aprovecho para regenerarme por completo. Apenas hay algún daño físico que los médicos y sus tanques no puedan reparar.

La cúpula del piloto se cierra. Mi condicionamiento psicológico funciona a la perfección, gracias a la Santa Iglesia de la Nueva Fe, por lo que mi anticipación se limita a una suave euforia, hay que mantener la mente clara.

 

Miro a mi derecha hacia Martin, un francés delgado de origen asiático. Martin me sonríe con confianza. Levanto el pulgar y pongo mi expresión de victoria.

“Por fin empieza. A toda máquina. La victoria es nuestra. ¡Igualdad!”

Sin poder evitarlo, ambos nos reímos. Entonces llega el momento.

Reviso los sistemas por última vez, inicio la rutina de prueba. Como siempre, todo funciona a la perfección. Disfruto del último momento antes de que comience el procedimiento de arranque y den inicio los combates. Con toda la brutalidad y dureza que conlleva un enfrentamiento bélico. Desde los albores de la humanidad, nada ha cambiado en este sentido. Y desde el inicio de la historia de la humanidad, han habido hombres como yo que disfrutan de la lucha. Cuya pasión es la muerte. ¡Una sensación maravillosa, siempre y cuando sea yo quien la inflige y no quien la recibe!!

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

El marcador actual tras el primer día de batalla es el siguiente: Humanos 200, Menselijk 168. Hemos podido ampliar nuestra ventaja en cuatro. Este es el mejor resultado en tres años, dos meses y doce días. El avance decisivo está por llegar, lo sentimos. Nuestro profeta Peter T. Collins, como hombre afortunado, honrará mañana a tres vírgenes. Sigan luchando con esfuerzo incansable, la victoria final está cerca.

 

«Aquí THE GUN. ¡Escuadrón, en marcha! La victoria final es nuestra. ¡Libertad!»

Mi orden a través del sistema de comunicación a bordo es la señal de que empieza todo. El despegue. La fuerza G me clava con fuerza en el asiento. Salimos de JERICHO, el planeta base de la humanidad para esta batalla. A las 08:15, los menselijk nos siguen. Tras salir de las capas atmosféricas más externas, formamos la formación MANN –en honor a él mismo– y esperamos la señal de inicio. No puede tardar mucho más.

Ya se ve el resplandor del hongo atómico, justo en el centro del triángulo formado por JERICHO, 0815 y el sol HOLOCAUST. Nos dividimos en veinte escuadrones de doce aviones cada uno. Nos acercamos a la flota de los menselijk.

«Escuadrón, ¡adelante! ¡Justicia!»

Abro fuego; como poseedor del récord, tengo el derecho al primer disparo. Impacto directo. El Menselijk se desvanece en una nube de fuego.

Rayos de luz surcan el vasto vacío y envuelven a los cazas en explosiones deslumbrantes. Las descargas de plasma de la energía ionizada causan interferencias en los receptores de la radio de propaganda. A pesar de eso, las consignas motivadoras de Collins llegan a mi mente; como siempre, me invade la euforia de la justicia. En medio de ese éxtasis, logro mi quinto derribo. Y eso en solo cuatro horas. Un récord en potencia.

A mi derecha, detrás de mí, se produce una brillante llamarada. Me invade un profundo sentimiento de tristeza. Martin había sido un buen amigo. Hemos librado fantásticos duelos de entrenamiento. Me exigió mucho. Esta había sido su décima misión. Con ella había alcanzado el Top 100. Pero su vertiginosa carrera terminó abruptamente. Es una lástima.

«Escuadrón, han visto el final de Martin y saben lo que hay que hacer. ¡Justicia!»

Hago un giro brusco, giro violentamente y descargo mi sed de venganza contra un menselijk. La maniobra poco convencional pone en apuros a otros menselijk; mi escuadrón se dispersa y deja menselijk calcinados en las filas enemigas.

Luego, los menselijk se recuperan. La intensidad de los combates disminuye; ambos bandos actúan ahora con cautela. El primer día de combate llega a su fin.

«Escuadrón, ya está. Volvemos. ¡Igualdad!»

Giro, y los aviones humanos me siguen en formación de regreso a la base. Estoy satisfecho con cómo ha transcurrido la batalla hasta ahora. Nos hemos ganado el descanso, en el sentido más literal de la palabra.

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

¡Estimados fieles! Tras la primera semana, hemos logrado ampliar nuestra ventaja a cuarenta y uno. De nuestro lado, aún hay ciento cincuenta héroes en marcha por la Santa Causa. Sigan luchando, compañeros, la victoria final está cerca. Recuerden nuestros valores. Igualdad. Justicia. Libertad.

Para aprovechar la pausa, volveremos a explicar los acontecimientos históricos que dieron lugar a estas competencias:

Fue el HOMBRE. Con su valiente sacrificio, decidió a favor de la humanidad las batallas en Titán, la luna de Saturno, y marcó un punto de inflexión en el conflicto en un momento en que todo apuntaba ya a una guerra eterna. Los menselijk cumplieron con los acuerdos y, tal como se había estipulado, abandonaron nuestro sistema solar natal.

Pero la alegría duró poco. La humanidad pudo disfrutar de diecisiete años de paz, un fugaz momento de tranquilidad, hasta que ocurrió lo increíble.

Cuando la primera nave espacial cruzó la frontera del sistema solar, la paz terminó abruptamente. Así como los menselijk se habían apegado al pie de la letra a los acuerdos, así de intransigentes fueron al aprovechar esta nueva situación. Cada nave espacial fue reducida a sus átomos. Los menselijk consideraban que el acuerdo se aplicaba a los límites de nuestro sistema solar, pero no más allá de ellos.

Se avecinaba una segunda guerra, solo que esta se trasladaría al vacío del espacio.

Una vez más, fue el primer profeta de la Santa Iglesia de la Nueva Fe quien encontró una salida al dilema inevitable. Ninguno de los humanos quería una segunda guerra; las consecuencias de la Primera aún estaban grabadas en la conciencia de todos gracias a la propaganda de la Santa Iglesia de la Nueva Fe. Y los índices de audiencia habían sido enormes.

Se encontró una solución de mutuo acuerdo para evitar la guerra inminente, similar a la que había llevado a los combates en Titán.

Se eligió el sistema HOLOCAUST...

 

He aprovechado el descanso nocturno exclusivamente para mi rehabilitación. Mi acondicionamiento sigue funcionando a la perfección. Estoy en plena forma. ¡Acierto! Mi derribo número mil. Un hito histórico.

«Escuadrón, ofrezcamos algo a quienes se quedaron en casa. ¡Justicia!»

Volamos brevemente en formación, formamos el signo de la victoria; a los millones frente a las pantallas de televisión les encanta eso.

Pero la euforia se desvanece. La batalla se vuelve más dura, las bajas son mayores. Buena gente. Poco a poco vamos perdiendo fuerza, pero a los Menselijk les va peor. A medida que pasa el tiempo, se agotan las reservas físicas y psicológicas. Los primeros de nosotros se sacrifican en la batalla, emulando al HOMBRE. Entonces termina la primera semana. Una vez que se ha superado esta etapa, el final empieza a vislumbrarse lentamente.

«Escuadrón, ha llegado el momento. Volamos a casa. ¡Igualdad!»

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Tras la primera semana, logramos ampliar nuestra ventaja a cuarenta y uno. De nuestro lado, aún hay ciento cincuenta héroes luchando por la Santa Causa. Sigan luchando, compañeros, la victoria final está cerca. Recuerden nuestros valores. Igualdad. Justicia. Libertad.

 

«Escuadrón, máxima concentración. Hoy es un buen día. ¡Libertad!»

Me siento bien, este es mi día, estoy rebosante de energía. Lo siento en lo más profundo de mi ser: hoy se tomará la decisión y ocuparé un lugar importante en la historia de la humanidad. Me haré inmortal con la victoria.

Giro bruscamente los mandos, me meto en una trayectoria estrecha y sinuosa, y luego catapulto el jet en picada hacia la izquierda y arriba. La presión aerodinámica es enorme. La máquina chilla, pero ya me he deshecho del menselijk que me pisaba los talones. Mi escuadrón se abalanza sobre él y lo destruye. La victoria está cerca. Un breve suspiro de alivio. Disfruto del momento de calma.

De repente, se produce un golpe brutal. Mi nave da un salto hacia adelante. Me han alcanzado. El jet entra en barrena. Pero aún es maniobrable. Realizo una maniobra evasiva, dirigiéndome en diagonal hacia mi escuadrón. Mi escuadrón acude en mi ayuda y ahuyenta a los menselijk que nos atacan.

Hago un balance. Mi capacidad de aceleración ya es solo del 70 %. Además, los controles ya no responden de manera óptima; más bien, lo hacen de manera mínima. La situación se ve mal. Al parecer, mi capacidad de concentración se ha visto afectada, nublada por la euforia de mi supuesta superioridad. Me he confiado demasiado, y ahora estoy sufriendo las consecuencias.

Vuelo por el espacio girando descontroladamente. Pongo rumbo para salir del sistema, lejos de la batalla. Pero voy demasiado lento. Otro impacto de rebote hace temblar la nave.

Me duele el brazo como si estuviera en llamas. Partes del revestimiento interior se me han clavado en la parte superior del brazo. Mi acondicionamiento también ha sufrido daños. El sudor me gotea por la frente, me tiemblan las rodillas. Me cuesta respirar. Esto nunca me había pasado. Los pilotos de aviones a reacción son sometidos a un entrenamiento psicológico durante su formación para que repriman cualquier sentimiento, como el miedo o la duda, y puedan reaccionar como una máquina en cualquier situación. Pero ahora todo eso se ha esfumado. Vuelvo a ser humano.

En mis pantalones surge una excitación nunca antes experimentada. Las cartas de admiradores que recibí en el pasado se me presentan en una dimensión completamente nueva. Imágenes de chicas jóvenes de pechos generosos aparecen ante mi mente. Cuerpos desnudos en poses inequívocas, con las piernas abiertas y las manos justo en el lugar que más me excita en este momento. Un espasmo incontrolable recorre mi cuerpo, un éxtasis de los sentidos. Todo mi pensamiento se concentra en esta única cosa. Aparto la mano y la reemplazo por la mía. Puedo sentir su excitación literalmente.

«Sí, te quiero. Te quiero ahora. Me da igual esta maldita guerra. Ahora soy humano».

Me desabrocho los pantalones y la penetro con mi virilidad recién despertada. Su olor dulcemente ácido, el sabor salado de su piel me vuelven casi loco.

Mi corazón late a toda velocidad; cada músculo, cada nervio está en máxima tensión. Mi ritmo respiratorio se acelera, el pulso hace que la sangre corra a toda velocidad por mis venas. De repente, tengo los pantalones mojados. El sueño se desvanece. Aturdido, regreso a la realidad. Y lo que veo me deja paralizado. Mi primer orgasmo será, al mismo tiempo, el último.

Mis músculos se contraen sin control, un temblor recorre todo mi cuerpo. Algo que nunca antes había experimentado domina ahora todos mis pensamientos. La sensación de miedo puro y primitivo, el miedo a morir.

Activo el sistema de comunicación de a bordo.

«¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme! Se están acercando cada vez más. Cada vez más. ¡Ayúdenme!»

En mi popa hay tres menselijk. Y mi escuadrón llegará demasiado tarde para ayudarme, la distancia es demasiado grande. La opresión en mi pecho alcanza proporciones insoportables. Cada respiración se convierte en un tormento. Mis párpados y las comisuras de mi boca se contraen sin control. Suelto el timón, ya que ya no tengo control sobre los músculos de mis brazos.

«¡Cabrones, no pueden dejarme morir así sin más! ¡Maldita sea! ¡Hagan algo!»

Se alternan vetas negras y rojas, siento un frío sordo en mis sienes.

Literalmente se me escapa un grito prolongado. Golpeo el tablero, el revestimiento. Me duelen los dedos, me corto con un borde, pero el dolor no llega a mi cerebro.

Me araño la piel de las mejillas con las uñas, pero el pánico absoluto sigue teniéndome en su implacable agarre.

“¡No quiero morir! Apenas estoy empezando a vivir. Su miserable pandilla frente a sus pantallas de televisión...”

Los segundos se alargan hasta convertirse en eternidades. Lo vivo como en cámara lenta. Los enemigos se acercan cada vez más. Describen un pequeño bucle, como si quisieran burlarse de mí, prolongar el momento de agonía hasta la última fracción de segundo.

Entonces, las bocas de los cañones se encienden. El universo resplandece.

 

Propaganda en la radio de la Santa Iglesia de la Nueva Fe:

Volvemos a la cabina de mando de THE GUN. Mientras los menselijk se han concentrado en nuestro récord, Martin, “the gun”, el resto de la escuadra logró debilitarlos tanto en otros frentes que, en un futuro cercano, lograremos la victoria final. Por el momento aún quedan once planeadores de los menselijk... Un momento, el número acaba de reducirse en tres más. Estoy contando la cuenta regresiva en vivo.

¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!

La victoria final es nuestra.

Dediquémosla a nuestro Martin, aunque lamentablemente ya no pueda vivir para verla. A cambio, pasará a los anales de la historia de la humanidad como sucesor de MANN.

Debido a este alegre acontecimiento, hoy hay otro concurso. Si responde la siguiente pregunta, puede ganar una estancia de dos semanas en Jericó:

¿Por qué se nombró al HOMBRE salvador honorario de la Santa Iglesia de la Nueva Fe?


Michael Schmidt es un autor, editor y activista literario alemán que reside en Lahnstein. Sus historias son el equivalente, en la literatura, al rock pesado en la música. Explora principalmente los ámbitos del terror y la ciencia ficción, pero tampoco rehúye otros géneros literarios. Disfruta combinando literatura y música.

 

 

UN BOSQUE

Alex S. Johnson

 

Un bosque. Tallos de sinfonía extruidos. Manzanas de caramelo con un aire de lascivia.

Me yergo ante los anchos hombros de la galaxia. Aún no me he desarrollado, pero temo el florecimiento perverso que onduló los cuerpos de mis hermanas. Nosotras nos convertiremos en nuestra madre. Seremos los pétalos suaves y criaremos lobos en nuestros vientres. Acecharemos. Y seremos acechadas mientras llevamos medias.

Los tigres agitados en el caldero aún no han despertado. Sus ojos oscuros, sus secretos latentes, son mis ojos, mi propio fuego latente. Mis desiertos. Mi yermo estéril. Mi copa rebosante entre los muslos. Mi clítoris en forma de medialuna de diamante.

Mis espacios oscuros, ecos moleculares a través de la pista de baile. La carga de los sueños, reflejos tamizados, espejos que sonríen ante la deriva de vilanos de diente de león hecha lágrimas fractales.

Soy una niña con vestidos rosas. Ya he usado tacones. He almacenado secretos en mi armario. Sueño con ventanas. Puertas. Hechizos. Oigo acercarse calíopes. Ventiscas de payasos y bufones. Inviernos que coronan el carnaval.

Aquí conviven todas las estaciones. Aquí, la lluvia viste al sol con trajes coloridos. Aquí hay gigantes. La escarcha azota las cavernas donde habitan las hadas. Aquí, las lágrimas no tienen oportunidad.

Visito a la abuela con mis lazos y mi andar saltarín. Sus labios están marchitos. Sus ojos, cerrados. Yo le he cerrado los ojos. Me despido. Beso sus labios fríos. Rezo mis oraciones.

La sensación térmica... se clava en mis células. Estoy desnuda ante los elementos. El sol de verano se enciende en mis entrañas. Estoy aquí para ustedes hoy, mis bellas criaturas del bosque.

El bosque sonríe; un dedo largo y cantante me hace señas. Sus muslos son arcoíris; su invitación, al banquete. Acepto el banquete. Acepto el mapa hacia las cavernas, respiro hondo, impregno mi piel con sus colores. Me he arrodillado ante el estante donde el viento tomó su primer aliento tras echar un vistazo a la Enciclopedia de los Sueños.

Todos los sueños convergen. Sus rodillas se elevan. Sus pechos se desploman. Sus pechos firmes, dorados, maduros como manzanas. Sus ojos, color espuma de mar, son espejos de los míos.

He probado los primeros frutos de la cosecha de la melancolía. Hinchan mis mejillas. Mis alas crecieron con un dolor tan dulce. Una consagración virginal; eco de doncellas bailando en el claro.

Estamos vestidas de estrellas y somos maravillosas; estrellas que se agitan bajo nuestra piel translúcida. Es seguro aquí, entre mis hermanas. Es el amanecer aquí, entre las arrugas rosadas y prominentes y los coágulos de sangre. Saboreo el hierro y escucho el rugido del carmesí. Me acerco a las primeras ramas que se ofrecen a mi alcance. Tomo la raíz con avidez, lamo la punta y la devoro entera. La savia: mantequilla dulce, sal. Otros matices más oscuros.

Mis hermanas se unen a mí en el festín. Devorando al servidor del bosque, de caderas caprinas. Él ha estado ante nosotras desde siempre. El guía. Somos su coro de hermanas pequeñas. Nos arrodillamos a su servicio. Al del Señor y la Dama. En el bosque, los animales –con ojos tan abiertos como el interior de su muslo izquierdo ante mi lengua– nos devoran mentalmente. Somos su alimento; ellos, el nuestro.

El invierno ha llegado a la mente de la Dama; ella se confunde. Su deriva es una deriva de copos infinitesimales; y entonces, de repente, surge una vena oscura, su tobillo, un espasmo. Un gemido. Las hermanas se han reunido con nosotras. Nuestros pechos jóvenes crecen bajo la sonrisa estrellada del Señor del Bosque. Él nos ve a través del prisma de nosotras mismas. Nuestros apetitos engendran más apetitos. No tememos a nada. Somos sabias. A los catorce. A los diecisiete. A los cuarenta. A los nueve. A los cero. Antes de nacer, nadábamos como peces. Antes de nacer, atrapábamos las corrientes térmicas. Antes de nacer, correteábamos por el bosque: comiendo, bebiendo, follando.

Éramos sabias. Éramos desconocidas. Nos brotó pelaje. Nos brotaron escamas. Nos brotó la desnudez. Estábamos vestidas de niebla. De caricias aterciopeladas... la lengua de la Dama nos exploraba.

El Señor del Bosque sonríe. Nosotras lo guiamos hacia nuestro interior. Él se siente como corteza sobre nuestra piel tersa y tierna, savia desbordante, almíbar pegajoso, explosiones de acritud.

Gotas herrumbrosas. El principio y el fin. Me ha crecido una cola. Aúllo. Perfección peluda. Me ahogo en el espejo infinito y resonante del arroyo. Me veo crecer entre los zarcillos, las raíces, las ramas, el musgo. Mis pechos brotan de la piedra. Me arrodillo ante su grieta y saboreo en mi lengua el gozo del diamante al licuarse. Saboreo imperios de manzana y putrefacción.

Me he cosido al bolsillo de la Dama y aguardo instrucciones.

Yazco en un lecho de setas. Mis hermanas hongos me atraen hacia sus mantos. Soy libre, ahora.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

 

PAZ Y RUTINA

Gerardo Horacio Porcayo



 

I

Se dejó caer sobre la nada acolchonada pared de cromo-molibdeno.

Y no tuvo ganas de trepar, simplemente extrajo la cajetilla de Parisienes y encendió el último... El foco de 100 watts, desnudo y opaco por los restos carbonizados del filamento, lo remitieron a las costumbres añejas; allí, a contraluz, en arquitecturas retorcidas y primigenias, el humo moldeaba Necrópolis de poder, bestias mitológicas, simples quimeras capturadas por las paredes de su celda.

Su Conciencia era de otro tipo. No había furia, frustración o apatía. Podía esperar —de hecho lo hacía—; horas, minutos, días... Mucho más.

El reloj no. Se consumía en movimientos, en furiosos caminares cíclicos. Estaba exasperado. Más allá de lo recomendable.

—El sol está expandiendo su masa y va a comerse a la tierra —amenazó con voz de maquinaria suiza. Era un reloj conservador, había desdeñado las maravillas de la tecnología de punta, por no hablar de los preciosos Holodisplays o de las funcionales pantallas de cuarzo... Aún con su actual trabajo no se arrepentía del péndulo que oscilaba en su vientre.

—Sí, por supuesto —respondió el hombre desde la pared oeste, arrojándole la colilla.

—¡Hace falta disciplina! —bramó el reloj a través de cuatro canales de emergencia y del mismo aire.

—Eres un mentiroso —acusó el hombre, hundiendo ojos y cara entre las piernas—. Aún faltan ocho siglos antes de que el sol se vuelva gigante roja.

—Tic-Tac, tic-tac-tictactiiiiiiic —maldijo.

La escotilla chirrió con goznes podridos por el óxido y dio paso a un grupo militar.

—Baja de allí —exigió el jefe de patrulla desde el umbral. Era nuevo... Nuevo en el oficio de guardián. Su pectoral estaba lleno de cicatrices de guerra. Una coraza abatida por un desintegrador de largo alcance. Había perdido también los brazos. El izquierdo era más obsoleto que el derecho, ambos ajenos al diseño original.

—¡Qué te bajes! —gritó el sargento primero. Un robot de cuarta segregación. Primitivo hasta la ridículo. Los seis patrulleros restantes emitían luces de codicia a través de sus objetivos oculares.

—Quiero un cigarro.

—Enséñenle lo que son los modales —dijo el reloj—. Tengo que convivir con él cada puto eón.

—Grrr —dijeron los patrulleros, empuñaron sus armas e intentaron todas las tácticas conocidas... En realidad no fueron todas, querían preservar sus vidas. También la celda.

—Si me dan un paquete incluso les prometo sufrir —argumentó el hombre, luego de soportar, con una suerte de conmiseración, sus esfuerzos.

El sargento primero alargó tres cajetillas.

—¿Cobalto 1000? —se quejó, ofendido, leyendo las cubiertas— Por esto cuando mucho han de esperar unos cuantos gemidos.

El jefe de patrulla (un capitán de mierda), dio la señal. Lucía derrotado. Tres androides obedecieron al instante, entregando con solemnidad el tributo.

El hombre abrió el paquete de Parisienes y encendió uno antes de iniciar el descenso.

Los robots babeaban aceite. Estaban hambrientos.

—¿Ahora qué va a ser?

Los androides mostraron gustosos sus instrumentos de tortura.

El hombre los miró, compasivo.

—No otra vez. No nos tortures así... Aunque sea finge llorar...

—Bueno —dijo el hombre y se les adelantó rumbo a la cámara de tortura.

 

II

—Ayer emergió una flota de Cygnus X-1 —amenazó el reloj, cansado de mover el péndulo. Ya no era el mismo, los años lo estaban venciendo—. Vienen en son de guerra. Van a destruir el planeta.

—Mmmm —comentó el hombre y se dejó caer en el techo. Hacía calor. Sobre todo al lado del foco. Lo pateó. En realidad le había hecho un favor. La pobre bombilla agonizaba desde hacía tiempo.

—¡Eres un desconsiderado! —lloró el reloj— Me paso las horas alegrándote la vida y mira cómo me tratas.

—Quiero un cigarro —exigió.

El reloj, acostumbrado a su indiferencia, cesó su dramatismo. Aún tenía una misión que cumplir. Transmitió en 360,000 bandas.

Y pasaron dos días.

—¡Oh, excelso! —dijo el jefe de la comitiva. Pertenecía a la segregación racial ochenta y dos— Soy mensajero de los deseos de mi pueblo y...

—Al grano. ¿Qué ofrecen? —cuestionó el hombre, sin mirar al capitán de guardia. Ni siquiera estaba dispuesto a derrochar rencor. Se les habían acabado las reservas. Habían perdido una batalla. Era todo. Fin del drama.

El jefe de la comitiva chasqueó sus dedos metálicos. El sonido se produjo en su altavoz, no en los dedos. Cuatro robots descargaron el baúl y con una solemnidad extrema lo abrieron. Botellas de vino tinto, paquetes de cigarrillos y otras cuantas bagatelas destellaron bajo la luz del foco.

—¿Tienen más? —preguntó él, sin fijar la vista, sin un asomo de necesidad o alegría.

—Toneladas. Cientos de toneladas —dijo el jefe de la comitiva. En su voz asomaba un regocijo irreprimible—. Y aún más. De hecho hemos preparado una sorpresa en su honor.

Él torció el gesto.

—Sí, claro —dijo—. Pero no quiero caminar.

Ocho robots, ataviados al estilo de la Grecia antigua, entraron a la celda. En sus manos portaban una camilla real.

Se dejó caer al suelo y luego se acomodó en el diván Holywoodesco.

El reloj empezó a llorar.

—Voy a morirme de tristeza —amenazó—. Me voy a suicidar. Sin ti la vida no tiene sentido.

—Tráiganlo —dijo él.

El reloj no esperó confirmación alguna. Se descolgó de la pared y se abrió paso a través de la gimiente masa de sus colegas que suplicaban una venia semejante.

Hizo oídos sordos a las súplicas. Hacía tiempo que precisaba un cambio... Por mínimo que este fuera.

El sol constituyó la primera molestia. Los alabos la segunda. Durante todo el trayecto hubo de soportar pleitesías, batallas suspendidas para admirar su paso.

El estado de la tierra no lo sorprendió en lo absoluto. Era un inmenso caos: aire contaminado, tierra seca, arboles muertos, ciudades devastadas, cráteres, armatostes oxidados, robots agonizantes... Nada nuevo.

—Me estoy cansando —murmuró y los androides aceleraron la marcha.

 

III

La observó con cierta amargura. Habían dicho la verdad, era una sorpresa, una parte de sus sueños. Pero sus sueños ya no eran nada.

La congregación contenía el aliento. No lo necesitaban, simplemente habían aprendido a hacerlo.

—Hola, Norma Jean —dijo, encendiendo un cigarro.

La rubia sonrió, provocativa, mientras la parte inferior de su vestido blanco se inflaba bajo una ráfaga de aire.

No consiguió excitarse, se limitó a admirar la escena como si esta estuviera plasmada en la holovisión.

Una cama con colchas de damasco rojo, brotó del piso unos metros atrás de la rubia.

—He estado esperándote —dijo Norma Jean, sin dejar de sonreír. Su cuerpo se desvivía en movimientos voluptuosos que iban dejando atrás la ropa. Finalmente, dos altos y firmes senos lo miraron con fijeza y una suerte de lascivia.

Era una reproducción magistral. No pudo dejar de sentir un ramalazo de deseo. Se acercó lentamente a la rubia y tocó un seno. Cálido, terso, sediento...

La rubia no pudo esperar más. Su verdadera consistencia la traicionó. Lo izó como si fuera un muñeco de peluche. Estrujándolo, caminó hacia el lecho. La multitud se deshacía en vítores, sus objetivos oculares estaban en opción telescópica. No querían perderse un solo detalle.

Norma Jean lo cubrió de besos. Y no eran nada. Le parecía estar siendo explorado por unos tentáculos fríos, que dejaban a su paso un rastro viscoso. Se sintió asfixiado, pese a que ya nunca podría estarlo. Las manos de la rubia se movían expertas sobre sus zonas erógenas. La ropa iba abandonando su cuerpo en ese ritual casi olvidado. Sus instintos no olvidaban y pronto tuvo una erección.

Y fue el colmo.

La exasperación fluyó en sus venas. Estaba harto. Quiso acabar aquella molestia de una vez por todas. La rubia no estuvo dispuesta a cooperar, seguía sus propios deseos, su propio programa erótico.

Y la golpeó. Con saña y desesperación. La rubia se mostró sorprendida, por un momento permaneció rígida, luego se echó a llorar.

Y no lo conmovió ni un ápice. En lugar de ello siguió atacando, abrió sus piernas y la penetró con impulso asesino.

Ella gimió. La multitud también.

Se movió rápido, sobre el cuerpo de Norma Jean. Ni siquiera pensó en cambiar de postura. Le urgía matar la erección. La rubia, superada la duda, trató de alcanzarlo con los labios.

Y la volvió a golpear. Una y otra vez. Un asco mortal lo poseía. Quiso robarle cualquier símil de placer, cualquier vestigio de goce.

Ella se adaptó al ritmo.

—Sí, pégame. Más, más fuerte.

Y siguió las instrucciones. Sus puños se convirtieron en martillos indestructibles. Primero se vinieron abajo los dientes, luego los ojos botaron como canicas. Fue entonces cuando los sistemas de emergencia le dijeron a la rubia que debía defenderse. Contraatacó a ciegas. Él estaba preparado, sabía lo que podía pasar. Arrancó de cuajo ambos brazos y siguió golpeando su cara hasta transformar su belleza en una masa sanguinolenta e irreconocible, hasta hacer crujir el cuello. Luego sus dedos se posaron sobre los senos, exprimiéndolos, queriéndoles sacar una chispa de deseo. La sangre se coaguló en el damasco rojo y cuando finalmente eyaculó, de Norma Jean no quedaban sino fragmentos de carne y metal.

Se incorporó echo una furia dispuesto a arrasar con el auditorio.

Pero ya no podía hacer nada. Toda la congregación había quedado reducida a chatarra. En pleno éxtasis, lo habían imitado, todos y cada uno de los robots...

Suspiró. Podía deshacer la ciudad, pero no iba a servir de nada. Cabizbajo, desnudo y sin horizontes, caminó lentamente hasta la nueva celda.

Ya pasaría el tiempo.

 

IV

El problema era que aprendían demasiado rápido y nunca olvidaban. Era la historia de sus vidas. Desde el principio habían sido así. Nada los hizo cambiar.

Ahora lo descuidaban aún más. Ya no sólo era imitar las guerras interminables de la humanidad. Les había enseñado algo nuevo...

—Quiero un cigarro —dijo.

El reloj permanecía adormilado, incluso había dejado de mover el péndulo.

—¡Quiero un cigarro! —gritó.

El reloj despertó, exaltado. Su péndulo vibró con miedo. Luego identificó en qué lugar estaba. Hizo un repaso a sus bits de memoria y luego se quejó.

—Es el colmo, ni siquiera puedo tomar un sueño. Quiero un cigarro, quiero un cigarro... ¡Bah! —mientras hablaba, hizo contacto con la red informativa. Los resultados le hicieron torcer el gesto— No hay nadie disponible. Ayer fue día de tregua y hubo orgía en todas las ciudades...

—¡Necesito un cigarro! —vociferó el hombre.

—Sí, ya sé, ya sé —dijo el reloj, descolgándose—. Nunca hay descanso para mí. Nadie me tiene consideración... Estas reumas me están matando y...

Y se perdió en el pasillo, junto con su voz.

Regresó una semana más tarde.

—¿Los fuiste a sembrar? ¿O qué?

—Traigo noticias —respondió el reloj, dejando en el piso un costal lleno de Parisienes.

—Mmm —dijo el hombre, prendiendo un cigarro.

—La flota que salió de Cygnus X-1 está orbitando nuestro planeta. La invasión es inminente.

—Mmm —dijo y siguió aspirando.

—Ayudé a reconstruir a tres robots de cada ciudad. No van a estar listos a tiempo... Voy a ayudarlos —dijo el reloj y en un comportamiento inusual dio media vuelta.

 

 

V

—Quiero un cigarro —volvió a gritar.

El eco fue su única respuesta. El maldito reloj lo había abandonado. Tenía dos horas sin fumar, ocho días sin ver a nadie.

Se dejó caer en el piso, atravesó la escotilla abierta y se adentró en los túneles. El refugio parecía estar lleno de vida: fresadoras, sopletes, remachadoras y sistemas de ventilación.

—Así que aquí están —comentó al llegar a la nave industrial. Nadie volvió la vista. Cientos de robots trabajaban a marchas forzadas, construyendo réplicas de sí mismos, armas y vehículos de batalla.

Se alzó de hombros y siguió caminando. No conocía el complejo y gastó media hora antes de encontrar el almacén. Destapó una botella de vino tinto y la bebió de un trago. Luego se apoderó de cuatro paquetes de cigarrillos y emprendió el regreso.

Frente a los hangares se topó con el reloj. Su respuesta fue inmediata. Lo pateó.

—No te traje aquí para que perdieras el tiempo —regañó.

El reloj se incorporó, herido y avergonzado. Un relé chisporroteaba insistente en su pierna izquierda.

—Lo siento... Estamos desesperados la flota invasora ya arrasó con tres ciudades y... —y se paró en seco. El hombre había hecho un ademán. Uno sólo. Hacía mucho tiempo que no lo empleaba. El reloj inclinó su estructura, con humildad. Luego simplemente lo siguió.

 

VI

Temblaba de miedo. Su péndulo se movía con nerviosismo.

—Deja de hacer eso —dijo el hombre, aspirando con deleite el humo.

El reloj no pudo escucharlo. El sonido de la batalla era enloquecedor pese a la protección de las cimbreantes paredes de cromo-molibdeno.

—¡Vamos a morir! —chilló el reloj.

El hombre le arrojó el Parisienes y luego encendió otro.

—Sólo quedamos tres ciudades —argumentó, su péndulo como gelatina—. ¡Estamos perdidos!

—¡Cállate! —vociferó el hombre tirándole una botella vacía. El ruido que hizo al estrellarse contra su carátula fue excesivo... No era el único. Las paredes se vinieron abajo, rugiendo, coreando el sonido de los cristales rotos.

Lo peor no fueron las toneladas de escombro sobre su espalda. Había perdido la paz, su refugio... También sus cigarros. Estaba hecho una furia. Golpeó a diestra y siniestra, con toda su fuerza. Pronto alcanzó la superficie.

La ciudad estaba deshecha. En sus ruinas un grupo de alienígenas celebraba su nueva victoria. Eran humanoides de piel translúcida y cuatro brazos. Las mujeres poseían además un par extra de senos.

No lo vieron hasta que estuvo en medio de ellos. Era un hombre alto, sucio y desaliñado. Sus ropas eran jirones de tela. Su ceño... Su ceño los hizo tomar las armas y encañonarlo.

—Ni un paso más, amigo —dijo el alienígena más alto. Seguramente era el comandante de la nave que los protegía bajo su sombra.

—Quiero un cigarro

—De este hablaban los robots —terció una extraterrestre de extraordinaria belleza.

—Ajá —dijo el comandante—. Así que tú eres el único sobreviviente de la raza humana.

—Quiero un cigarro.

—Los archivos dicen que fue el único que no se suicidó cuando, después de la cuarta guerra mundial, descubrieron que eran inmortales, invulnerables a cualquier cosa conocida —informó un alienígena decrépito—. Se llama Asterión.

—No seas idiota —dijo la alienígena—. Si eran invulnerables no pudieron suicidarse.

—Se arrojaron al espacio —refunfuñó el viejo.

—Quiero un cigarro.

—Pero entonces no están muertos —afirmó el comandante.

—El caso es que no están aquí. Los robot dicen que se hartaron de todo.

—¿Y este por qué no se fue?

—Pregúntale...

—¿Por qué no te fuiste? —curioseó la alienígena.

—¡Quiero un cigarro!

—¿Por qué se hartaron? —preguntó el comandante.

—¡QUIERO UN CIGARRO!

—¡A mí no me grites, imbécil! —bramó el comandante golpeándolo con la culata de su fusil. No estaba acostumbrado a que desobedecieran sus órdenes.

Y fue todo.

El hombre. El último hombre de la tierra, crispó los puños y empezó a repartir golpes. No hizo caso alguno a los láser, las bombas atómicas o al embiste de la nave. Simplemente golpeó hasta acabarlos.

Y no quedó conforme, fue en busca de los otros.

 

VII

Lo vieron llegar por el oriente.

Sus manos dejaron de temblar sobre los controles del armamento. Algo, en su actitud, les dijo que todo estaba bien, que ya no había más invasores.

Después, todo fue alegría. Salieron a recibirlo en un caos de voces, manos que se extendían para tocarlo, besos en los pies.

—Quiero un cigarro —dijo el hombre. Venía desnudo y cubierto de cenizas.

Los robots no paraban de agradecerle. Trataron de cargarlo en hombros y fue todo.

—¡QUIERO UN CIGARRO! —bramó.

No hicieron falta más palabras. Los robots corrieron a buscar viandas, tributos.

El hombre seguía con ellos.

Pronto todo fue paz y rutina.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

 


LA MEMORIA DEL CUERPO