lunes, 20 de abril de 2026

ARABESCO INMÓVIL

Mauricio-José Schwarz

 

Almudena doliente en la cama. Almudena doliente bailando.

Repiqueteo de tacones que convierten a la madera en instrumento, feria de percusiones, sorda marimba bombardeada. Silencio mientras una pierna se asoma entre los vuelos de la falda, coqueta, perfecta, muscular, apoderándose del primer plano, del escenario todo, bebiéndose la luz que marca un círculo sobre la mujer y su color.

Almudena sobre la camilla, debatiéndose entre el dolor y el horror, mirando sin querer mirar la mancha roja que se extendía por la sábana, goteando vida abandonada por el suelo.

No hay engaño que no pueda convertirse en realidad si pasa por la mano del artesano. La mentira anunciada, promovida, conocida, puede alzar el vuelo. Mentira son los personajes de la tragedia griega, que en acabando el llanto y la muerte bajan del escenario y se convierten en simples actores aficionados al vino y a la música de las flautas. Mentira son los músicos de cuadritos pintados por el catalán. Mentira las penurias del diminuto vagabundo que se mueve espásticamente en los filmes de Chaplin. Mentira el vuelo fingido de las bailarinas sobre las puntas, imaginándose cisnes envueltos en tul.

Mentira era Almudena. Mentira nueva inventada a dueto por el Charro, que según ella se parecía a Jorge Negrete hasta en las pestañas, y el Tiburón, que hubiera dado una pierna por la gloria de parecerse a Gardel, pero que tenía aspecto entre de matón de la mafia y de dueño de una pizzería.

Mentira que bailaba de cuando en cuando en las dimensiones igualmente falsas del espacio virtual, en las imágenes y sonidos que corrían por las líneas telefónicas y saltaban ágiles de satélite en satélite para reconstruirse en las pantallas y las bocinas de las computadoras que tapizaban al planeta.

Una Almudena tan real que invitaba a tocarla, que parecía despedir su propio aroma feral aunque esas cosas aún eran imposibles. Almudena en una ilusión de cuerpo entero, tres dimensiones, sonido perfecto, que pasaba del flamenco a Gershwin con elegancia, gitana en un momento, mulata esencial al siguiente, y que había dejado huella con sus bailes en fingida gravedad cero, como si ella y su público estuviesen suspendidos entre la Tierra y la Luna, y a nadie importaba que fuera una ilusión.

Había dejado huella cuando ya no tenía piernas. La paradoja le divertía enormemente aunque jamás lograba arrancarle una sonrisa con ella al Charro o al Tiburón. Cierto, dejaba huella a veces en la tierra con las prótesis casi alquímicas de plástico y complicados intestinos electrónicos que le permitían caminar casi sin tambalearse, subir escaleras, trotar en las mañanas e incluso inclinarse a recoger algún objeto del suelo, pero que eran incapaces de bailar y dejar huella en los corazones.

Había dejado huella en otros, en cambio, con corrientes eléctricas diminutas que salían de las terminaciones vivas de sus muñones, esos nervios truncos con los que a veces sentía que le dolían las piernas ausentes. Así como las prótesis físicas sentían las órdenes de esos nervios, las traducían a velocidades asombrosas y reaccionaban, los electrones enviaban mensajes a través de los cables diseñados por el Charro y el Tiburón entre oscuros chistes tecnológicos y jarras de café. Y los mensajes de los cables llegaban a las computadoras que los dos hombres habían acumulado para hacer los complejos trabajos de programación que les permitían vivir como vagos y cobrar grandes sumas.

Las señales nerviosas iban a las computadoras y entonces bailaba una Almudena replicante en la pantalla tridimensional.

Al principio se sintió una grotesca marioneta estática en la silla, con cables que salían de toda parte móvil de su cuerpo y se convertían en la imagen en la pantalla. Miró el entorno virtual en las gafas diseñadas por el charro. Era un teatro y ella estaba al centro del escenario. Siguió instrucciones, imaginó que daba un paso al frente y pudo ver que bajo ella se extendía su pie y se posaba sobre el piso falso con un reconfortante sonido. Era como estar dentro de otra Almudena entera.

Asombrada, no volvió a temer las horas de ajustes a los aparatos, las pruebas prolongadas que poco a poco la reinventaban bailarina.

Fue como aprender a caminar de nuevo.

El Tiburón agregó más cables y explicó que, en cuanto resolvieran algunos puntos sobre cómo conseguir que las computadoras la "vieran", quizá desaparecerían muchos de ellos.

—Pero para que salga bien, tiene que doler —dijo el Tiburón y el Charro hizo un mohín que acentuó su parecido con el ídolo de la pantalla.

Los nuevos cables llevaban sensaciones de presión y de dolor al cuerpo de Almudena, en respuesta a sus evoluciones imaginarias en el escenario inexistente.

Al cabo de unos pasos se sintió confiada, quiso girar y perdió el equilibrio tan eficazmente como lo hubiera hecho en la realidad. El mundo que veía se inclinó de súbito en las gafas mientras ella lanzaba un grito de dolor al chocar la cadera imaginaria con el escenario inexistente.

—Acaso habría que disminuir la potencia —dijo el Charro con toda seriedad.

—Los artistas deben sufrir —sugirió el Tiburón.

—También pueden rompernos la cara a patadas —reflexionó el Charro mirando cómo Almudena se quitaba las gafas y los miraba con odio no por cordial menos sincero.

—Acaso habría que disminuir la potencia —concluyó el Tiburón.

Almudena fue sujeto experimental, Terpsícore de laboratorio, bailarina de indias, campo de pruebas y fuente de interminables cantidades de números que resultaban de las acciones de cada cable y daban pie a que el Charro y el Tiburón prepararan más y más jarras de café y hablaran en su idioma técnico y hermético. Almudena aprendió a dar un paso y otro, a hacer un glissade sin piernas y un pas de chat sobre un entarimado que sólo existía en sus gafas televisoras, haciendo sonidos que le llegaban mediante bocinas. El Charro aprendió a graduar los sonidos y las sensaciones. El Tiburón aprendió a disminuir la potencia del dolor y hacer más eficientes las sensaciones que recibían los muñones. Almudena aprendió a pespuntear un taconeo terso y retador desde su silla, las manos abriéndose en el aire como flores urgentes. Descubrió cómo manipular sus extensiones para convertir la cibernética en una herramienta más, otro órgano que le permitía explorar las posibilidades del movimiento en que había vivido su cuerpo desde los cuatro años de edad hasta el día en que un automóvil se plegó sobre sus piernas convirtiéndolas en un recuerdo.

Llegó el día en que se anunció por los gusanos telefónicos que se podía ver a Almudena bailar en las computadoras. Y la vieron aunque no supieran quién era esa maestra de baile y coreógrafa que cuatro años atrás había estado a punto de hacerse famosa y en cambio se había hecho tullida.

Y Almudena bailó, primero directamente, transmitiendo su ilusión a una hora exacta para un público incuantificable e invisible de hombres y mujeres absortos ante sus computadoras, y que encontraron la manera de hacer saber su entusiasmo por la danza virtual de la mujer de negros cabellos. Luego, Almudena bailó en discos que podían adquirirse junto a los programas de contabilidad y los juegos donde se puede destruir al enemigo con armas malévolas y brutales.

Y mientras Almudena bailaba, el Charro y el Tiburón soñaban con otros artificios para que Almudena bailara soft shoe en las arenas de la Luna, simulando esa quinta parte de gravedad que convertía a los astronautas en saltarines a cámara lenta, para que ensayara mudras acompañada de bailarines que estuvieran en otros países y se unieran a ella en coreografías fantásticas sin tener que salir de sus domicilios.

El Charro y el Tiburón soñaban escenarios y retos para llenar de danza la vida de Almudena, de saltos watusi y de zapateados gauchos, de ballet y de pavanas, valses y minuets, coreografías sin precedente y largas improvisaciones de tap posibles, acaso, en compañía de Gene Kelly o Donald O'Connor.

Y soñaban que olvidaban cuál de los dos, si es que alguno lo había hecho, llevaba en las manos el volante del automóvil al momento en que serpenteó descontrolado y chocó contra la guarda de la autopista, anunciando su ruina con un cruel aullar de metal vencido al que le hizo coro el asombro sangrante de Almudena.

La Almudena que no iba a ser nunca de ninguno de los dos.

    Los dos que eran para ella. 

Mauricio-José Schwarz Huerta (Ciudad de México; 2 de febrero de 1955) es un novelista, periodista y fotógrafo mexicano, radicado en España desde 1999. Orientado principalmente a la literatura de géneros (ciencia ficción, terror, policial) ha publicado más de un centenar de relatos en revistas de México, Colombia, Francia, Argentina, Venezuela, Bélgica, Cuba, Estados Unidos y España; tres novelas policiales, dos colecciones de relatos individuales y numerosos artículos y ensayos, además de antologías y obras colectivas en Estados Unidos, España, Francia, Italia, Colombia, Venezuela, Argentina y Cuba.

FILOSOFÍA PARA GATOS

  

Rosa Lía Cuello

 

Mientras espero que Juan venga a buscarme, y como me arreglé temprano, cosa inusual en mí, me pongo a hojear un apunte que estoy leyendo para un curso. Dice que con el pensamiento se puede llegar a lo que es la verdad e ignorar los sentimientos, que a los humanos parecen regirnos. Siempre estamos pensando en hacer cosas por los otros, ya sea por lástima, por interés, por envidia, por creer nomás, por ese sentimiento absurdo que nos domina de estar en todo y de solucionarle la vida a los demás.

En realidad lo que dice es sobre ignorar los sentidos, en la medida que la razón no indique que son verdaderos. Y agrega que “Es necesario decir y pensar que el ser es y el no ser no es”.

Ahí es cuando uno comienza a preguntarse que es El Ser y tiene que correr aunque sea hasta un diccionario porque no entendimos nada de lo que dijo la profesora, que parecía más trabucada que nosotros. También este buen señor afirma que “el ser es uno, inmutable, inmóvil, indivisible e intemporal”. Más de uno podrá preguntarse que clase de loca soy. Eso no viene al caso…

En este momento, me quedo pensando en Parménides. No el filósofo sobre el cual estoy leyendo sino en mi gato que se llamaba igual. Era el vago más ronroneador del barrio. Atigrado y de color naranja. Dicen que de cada millón de gatos naranjas nace una sola hembra. ¿Y adivinen donde vivía? En la casa de al lado.

Está bien, mi Parménides no era un ser en el sentido que refiere el cuadernillo, era un gato, mi gato, pero se hacía entender.

Desde chiquito le gustó dormir cerca de la ventana, en el piso, sobre un almohadón verde. No hubo forma de cambiarlo de lugar, si lo poníamos en otro sitio se las ingeniaba para regresar. Hasta que mi madre un día dijo que era imposible hacerle entender y lo dejó. Sucedía que desde allí vigilaba a la vecina que se la pasaba subida al árbol, y cuando cruzaba algún otro felino por esos lugares ella sólo miraba para la ventana y allá salía mi Parménides como si lo llamaran de urgencia, dispuesto a luchar para defender a su amada.

Ella, “inmutable”, veía desarrollarse la contienda, cuando el intruso lograba escapar, bajaba y se reunía con él. Los ojos le brillaban y juro que muchas veces la vi sonreír seductoramente; si los sentidos se disfrazan, yo pido perdón. Fui engañada por ellos y por esa Gatúbela de jardín, que mordía a mi gato en el cuello y él se quedaba muy orondo, como si le gustara.

Mi hermoso y relleno mamífero, se ponía cada día más flaco. Perdió el hambre y juraría que estaba ojeroso, pero fiel. A veces me miraba queriendo contarme algo, o me lo contaba, pero yo no supe entenderlo.

Una tarde, lo vi salir despacito, no digo arrastrándose, pero casi, y cruzar el cerco con dificultad. Esa noche no volvió a dormir y la vecina tampoco.

A lo largo de tres días recorrimos casi todos los lugares del barrio. Los bomberos no me hicieron caso, la policía no tomó mi denuncia, ni la de la vecina, casi nos mandan a la guardia psiquiátrica.

Hasta que un viernes, en medio de la noche pude verlo al lado de la cama, hablaba, y me dijo que buscara entre los yuyos del patio de un caserón abandonado. Salí sin decir nada, con una linterna bien grande.

Me dirigí al fondo de la casa que conocía, por que cuando niños todos jugábamos ahí. Mi Parménides iba delante de mí, casi transparente de tan flaco. Alumbré cerca de un tronco que había y me paralizé, quedé “inmóvil”, lo que vi me lleno de miedo.

Ella, tan anaranjada y peluda, estaba inclinada sobre mi hermosa mascota, y al ver la luz levantó la cabeza. Su nariz, antes rosada ahora estaba roja como su boca con la sangre de mi félido que le caía por los colmillos pequeños y filosos, pero efectivos.

En ese momento, recordé aquella vieja leyenda japonesa que contaba el tintorero, sobre una gata vampiro que mataba a sus enamorados. Y me di cuenta de que el gato que me acompañaba, se acercaba al lugar y se iba incrustando lentamente sobre el cadáver hasta fusionarse en él. Ahí supe que el objeto de mi cariño sería “indivisible” para siempre. Presa de un ataque de furia y desconsuelo agarré a la gata maldita y la revoleé por sobre el tapial.

Después tomé a mi Parménides que ya no respiraba y lo llevé a casa. Cuando amaneció lo enterré en el jardín, segura que nuestro cariño se había convertido en “intemporal”…

Nunca sacamos el almohadón verde de abajo de la ventana. Piensen lo que quieran, pero mientras recojo mi cartera, porque escuché la bocina del auto de Juan, lo veo pasar y ubicarse en su lugar favorito…

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

UN INDULTO POR EL JARRÓN DE LA DONCELLA GUERRERA

Jaap Boekestein

 

Cuando Sergio tenía mil ciento veinte años

—Afirmas saber dónde está el regalo para Su Imperialidad, Sergio —dijo la senadora Amilia Contraidpu.

La más alta representante imperial y administradora del sistema Fharman era una mujer excesivamente corpulenta, con el rostro pintado de verde y los párpados y labios de un rojo brillante. Vestía una reluciente armadura negra de la Orden de las Doncellas Guerreras Juramentadas. Había dejado fuera de la celda el hacha sierra eléctrica tradicional de tres cabezas.

Sergio llevaba un mono de prisión a cuadros azul ultramar y amarillo. Organizar loterías ilegales se castigaba con una severidad excesiva en el sistema Fharman. Sergio y Roage se enfrentaban cada uno a cincuenta años de servicio de conservación en el parque de reptiles de Wiogho-Wioy, un puesto en el que la esperanza de vida media superaba apenas los cinco años.

—Resolveré el enigma del jarrón desaparecido y, a cambio, mi amigo y yo recuperaremos nuestra libertad, todos los cargos serán retirados y nuestros antecedentes penales serán borrados.

La senadora Amilia Contraidpu resopló.

—Si consigues que recupere el regalo para Su Imperialidad, obtendrás todo eso, y además yo misma cocinaré una comida para ti, pero hay una condición: debo tener el antiguo jarrón Qgirub en mi poder dentro de catorce horas. Entonces partiré hacia Hellesion IV para el cumpleaños de Su Imperialidad. Si presentas el regalo aunque sea diez minutos tarde, me aseguraré de que tú y tu amigo contéis el número de machos de estegosaurio en celo de Wiogho-Wioy. Su número es un gran misterio cada vez, porque ninguno de los contadores regresa jamás.

Sergio asintió para indicar que aceptaba la oferta. La senadora era conocida como una persona de corazón duro pero honorable. Cumplía cada promesa, y cada amenaza, al pie de la letra y en espíritu.

—Para empezar, debo visitar la cámara acorazada donde el regalo para Su Imperialidad fue visto por última vez.

La cámara acorazada personal de la senadora Amilia Contraidpu estaba hecha de curlbon impenetrable. Era un enorme cubo cuadrado situado en el centro del grandioso despacho oficial de la Representante Imperial.

Ventanas arqueadas lo bastante grandes como para alojar un pequeño yate espacial ofrecían una vista panorámica de una docena de manantiales de lava activos que burbujeaban entre árboles cíclopes ignífugos. En el suelo yacía la piel de un leviatán espacial; su pelaje translúcido e hipersensible era un mar de placer supremo. Varios cientos de candelabros y dos enormes braseros de acero colgados del techo, tan alto como el de una catedral, proporcionaban un océano de iluminación.

—Albrax, abre —ordenó la senadora Amilia Contraidpu, y la puerta de la cámara acorazada se abrió en silencio.

—¿Albrax? —preguntó Sergio.

No llevaba ningún dron-esposador. La senadora habría podido partirlo en dos sin demasiada dificultad, y escapar de su palacio sin un traje de viaje significaba morir asfixiado por los vapores sulfúricos cáusticos y las temperaturas abrasadoras.

—Albrax es el mejor cerebro de seguridad dentro y fuera del Imperio Infinito. Anticipa roturas y robos y toma por sí mismo las medidas necesarias.

Un cierto orgullo resonaba en la voz de la senadora Amilia Contraidpu.

—Solo lo mejor es suficientemente bueno para custodiar un regalo destinado a Su Imperialidad.

—Y aun así el antiguo jarrón Qgirub ha desaparecido —observó Sergio.

La puerta de la cámara estaba ahora completamente abierta y no revelaba nada más que un vacío bien iluminado.

—¿Quién descubrió la desaparición?

—Yo misma —dijo la senadora con cierta acritud—. Esta mañana ordené a Albrax que abriera la cámara y entonces advertí que el regalo había desaparecido. Todos los sensores de esta sala indican que nadie se ha acercado a la cámara desde anoche, cuando inspeccioné el contenido y la irremplazable pieza antigua seguía presente.

Sergio observó el holograma de lapso temporal de los hechos descritos. La primera vez que la senadora estaba frente a la cámara, el jarrón estaba allí: un sencillo cuenco vidriado, azul por fuera y de un naranja ardiente por dentro.

La pieza antigua era más vieja que el propio Imperio Infinito y poseía una historia gloriosa. Que la senadora hubiera adquirido el jarrón como regalo para Su Imperialidad había sido una auténtica sensación informativa.

Lo mismo que su desaparición.

El holograma mostraba los acontecimientos posteriores: un largo período de absoluta nada, seguido de la segunda visita de la senadora a la cámara. La puerta se abría y el jarrón ya no era visible. La cámara vacía parecía una herida abierta, y hasta Sergio sintió un instante de tristeza.

—Albrax, ¿cuál es tu explicación para la desaparición? —preguntó.

—No tengo explicación para ello —respondió el cerebro artificial.

Era una voz neutra, sin género, que casi nunca se utilizaba para mentes artificiales. Para la mayoría de la gente, una voz tan impersonal evocaba una irritación inquietante y asociaciones con traición y conspiraciones. Al parecer, la senadora Amilia Contraidpu no se veía afectada por tales pensamientos.

Sergio dejó que su mirada vagara desde la cámara por toda la sala de trabajo. Decenas de miles de sensores invisibles, cada uno con todo tipo de propósitos y funciones, cubrían el espacio. Corromperlos a todos habría sido un juego de niños en cualquier holodrama, pero la realidad era más obstinada.

Un ladrón profesional habría prestado poca atención a los sensores y habría extraído toda la cámara de la habitación con una nave espacial y un rayo de enganche, para luego escapar rápidamente.

La mirada de Sergio regresó a la cámara como por instinto.

—Albrax, ¿cuál era tu misión respecto al antiguo jarrón Qgirub que la senadora Amilia Contraidpu pensaba presentar a Su Imperialidad?

—Debía salvaguardar el jarrón en cuestión hasta que la senadora partiera hacia Hellesion IV para celebrar el cumpleaños de Su Imperialidad.

—¿Y qué tipo de problemas anticipabas al cumplir tu tarea? ¿A quién has identificado como las mayores amenazas?

—El senador Weenisuus Palgram, el senador Heaving Dandelion y el senador Xee-334-Eewe. Son los principales competidores de mi cliente por el favor de Su Imperialidad. No presentar el jarrón fortalecería sin duda su posición.

—¿Y qué tipo de amenazas tácticas has identificado, Albrax?

—Ladrones contratados por uno o más de los senadores mencionados. El Gremio de los Cuatro Dedos Amarillos, los ninjas de sombra de Zaklaanaaso, los merodeadores Honau de Trea. Considero que todos ellos son capaces de burlar las defensas de mi cliente y robar la cámara y su contenido, o alterarla hasta tal punto que el contenido quede destruido.

—¿Uno de esos villanos ha robado mi regalo? ¿Eso es lo que dices, Sergio? —quiso saber la senadora Amilia Contraidpu.

Sus ojos brillaban y su armadura crepitó levemente en las junturas.

Sergio hizo apresuradamente un gesto conciliador.

—Aún es demasiado pronto para eso. Albrax, ¿estoy en lo cierto al pensar que, pese a todas las medidas de seguridad, las defensas planetarias, el palacio fortificado de la senadora y tu propia presencia, en realidad considerabas que la seguridad era insuficiente? ¿Que existía la posibilidad de que fracasaras en tu misión?

—Ciertamente.

—¿Y fuiste tú el que filtró a la esfera informativa la noticia de que el regalo para Su Imperialidad había desaparecido? —Solo siguió el silencio—. No voy a ir a ninguna parte hasta que la senadora parta hacia el planeta imperial Hellesion IV, y gracias a mi condición de detenido tampoco puedo comunicarme con el mundo exterior. Así que lo que digas permanecerá en secreto. Entonces, ¿filtraste tú la noticia del robo, Albrax?

—Sí.

La senadora sopló por su formidable nariz como un buey salvaje.

—¿Por qué? Se supone que eres el cerebro artificial más avanzado en el campo de la seguridad. En lugar de eso, fracasas en tu misión y, para colmo, ¡compartes mi vergüenza con el resto del Espacio Conocido!

Quedaba claro que la senadora estaba disgustada.

—Albrax, los enemigos de la senadora están bajo la ilusión de que el jarrón ha sido robado y probablemente se sospechan unos a otros del hecho. Tu ardid ha tenido éxito. Ahora muéstrale a la senadora que no has fracasado en tu misión —ordenó Sergio.

Durante otro breve latido del corazón, la cámara permaneció vacía.

Entonces la luz parpadeó —un holograma que se desactivaba— y de pronto quedó revelado el antiguo jarrón Qgirub. La antigüedad reposaba exactamente en el lugar donde había estado todo el tiempo.

A Sergio se le cortó la respiración. Ver aquel objeto en la vida real era una experiencia casi mística.

¡Qué perfección!

¡Qué simplicidad!

La senadora Amilia Contraidpu soltó una carcajada y dio a Sergio una palmada en el hombro.

—¡Por los tres soles de Acuario! Eso ha sido endiabladamente inteligente de tu parte, hombrecito. ¡Ja! Haré liberar a tu amigo de la prisión y borraré tus fechorías. Esa es la ventaja de ser senadora. Y después te cocinaré una comida. Espero que te guste la carne chamuscada con patatas asadas y ensalada de pimientos, porque eso es lo que habrá.

—Suena delicioso —respondió Sergio—. Y ¿podría pedir un viaje a Hellesion IV para mi compañero y para mí? Siempre he querido ver el planeta del Emperador, y quizá no consideres oportuno que permanezcamos en el sistema Fharman.

Esta vez escapó una risa atronadora de la boca de la mujer de maquillaje verde.

—Eres un pícaro, Sergio. Creo que este podría resultar un viaje interesante a Hellesion IV.

Jaap Boekestein (1968) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía, terror, suspense y todo lo que le apasiona. Su primera publicación fue en 1989 y ha escrito más de 500 relatos y alrededor de una docena de novelas cortas. Ha sido editor de varias revistas como Holland SF, Waensinne y Wonderwaan. Escribe principalmente en neerlandés, pero algunos de sus trabajos en inglés se pueden encontrar en Amazon.com. Su gran proyecto es una serie de relatos y viñetas ambientadas en un futuro lejano sobre el estafador y misterioro Sergio Wilhem Wang-von Luhfthoven.

 

domingo, 19 de abril de 2026

LA NOCHE DE LA ÚLTIMA CAMPANADA

Alexandra Medaru

para Andrei Iorga

 La vislumbro entre las ruinas castigadas por el sol opresivo: una diosa llegada de tiempos antiguos, una Afrodita que lleva en silencio su belleza, de algún modo ignorante de todo lo que se oculta en ella. Sus rizos rubios caen hacia las caderas, y su rostro, como la nieve sobre la que descansan un par de grandes ojos castaños, invita a tomarla entre los brazos y besarla. No sabe que, más allá de los ladrillos rojos, se encuentra quien daría cualquier cosa por un instante de su atención.

Avanza suavemente entre los restos del castillo en ruinas. El largo vestido blanco se ajusta a su joven cuerpo sin imperfecciones, y casi siento el impulso de saltar al otro lado del muro que nos separa para decirle todo lo que quisiera. Pero no me atrevo por miedo, pensando que no está hecha para mí: un pobre a merced de los turistas.

Mira hacia la vieja capilla, de la que solo quedan el altar y algunas estatuas cubiertas de pintura descascarada por el paso implacable del tiempo. Quisiera dirigirse hacia allí, pero una voz grave de mujer la hace detenerse.

—Anita, ¡es hora de regresar!

Suspira molesta, lanzando una última mirada hacia el lugar al que querría llegar, pero que le está prohibido, y vuelve junto a la mujer que la había llamado.

Cuando se alejan, paso al otro lado del muro y las sigo como una sombra que no quiere delatar su presencia, pero que se adivina entre las cortinas. Mientras avanzo tras ellas, la veo volver la cabeza hacia los restos de la pequeña iglesia, y entonces nuestras miradas se cruzan por un instante. Mi aspecto la perturba, y pienso que la culpa la tienen mis ropas malolientes, el cabello negro grasiento, la suciedad bajo las uñas, las piernas temblorosas, el cuerpo débil apenas resistiendo el calor sofocante.

Retira la mirada, paralizada, y se aferra del brazo de su acompañante como una niña asustada por el monstruo bajo la cama. Quisiera ir tras ella, pero, tambaleándome, me quedo en el mismo sitio, sabiendo que el destino me es adverso: el mundo no es como en las películas de Hollywood; lo aprendí en carne propia cuando perdí el negocio, luego a mi esposa y, finalmente, todo. Como un péndulo, vacila entre acercarse y alejarse. Yo también vacilo, aunque quisiera preguntarle qué provocó su inquietud, pero cuando doy un paso más, la vista se me nubla y su silueta se disuelve como los recuerdos enviados al olvido.

 

Las puertas del castillo se habían cerrado una vez concluido el horario de visitas. El guardia de la ronda nocturna me había echado del recinto, así que me senté al borde del foso, masticando un trozo de pan seco dejado en la salida trasera por la cocinera del restaurante del museo, cuyo nombre nunca llegué a saber. Nunca me hablaba, pero sabía dónde solía pasar el tiempo y se ocupaba de dejarme algo para comer. En una ocasión le dejé, a mi vez, una nota de agradecimiento escrita en una servilleta robada de una mesa y una pulsera barata comprada en el mercado con las pocas monedas reunidas aquel día mendigando. Encontró mis presentes y se los llevó sin decir palabra.

Estaba tragando otro bocado cuando, entre los coches estacionados al otro lado de la carretera, vi una silueta femenina, y en ese paso reconocí un andar que parecía haber visto muchas veces antes. La mujer se acercó como si me estuviera buscando, pero continué devorando el panecillo, aunque me inquietaba como nadie lo había hecho antes.

Se sentó a mi lado y me habló como a un conocido.

—Raul… ¿Eres tú?

Sus palabras me hicieron atragantarme con el pan que estaba mordiendo con avidez.

—¿Cómo sabes cómo me llamo? —balbuceé.

—¿No te acuerdas?

Me esforcé por recordar, pero estaba seguro de no haberla visto nunca antes de ese día.

—Ven conmigo —me dijo, tomándome de la mano.

Su contacto me quemó, despertando en mí sensaciones olvidadas desde hacía milenios. Me arrastró como si acabara de descubrir una nueva América y quisiera mostrármela, y yo la seguí con paso apresurado. Llegamos ante las puertas, donde el guardia permanecía rígido como un cadáver. Ella se acercó y le susurró unas palabras al oído. Una sonrisa bobalicona apareció en el rostro del hombre, que le entregó sin resistencia las llaves escondidas en el bolsillo de sus pantalones grises. Toda la escena me pareció extraña, pero no más que nuestro encuentro, así que la seguí y penetré en los lugares que ya había recorrido tantas veces, aunque ahora parecían distintos; me dije que debía de ser la oscuridad, que lo envuelve todo en sombra y olvido a lo largo de la noche.

Avanzamos por la senda empedrada. Me tomó de nuevo de la mano, como si no quisiera que me escapara, sin saber que lo único que yo deseaba era ser su prisionero para siempre.

El viento soplaba suavemente y los árboles se inclinaban ante nosotros como sirvientes frente a su señor, mientras el aire frío aliviaba mi rostro cansado. Debía de ser ya muy tarde, y aun así mis pasos avanzaban como en un sueño hermoso que no habría querido que terminara jamás.

Entre las copas arqueadas vi el castillo: con muros gruesos, torres altas y vitrales fantasmales. Bajo la pálida luz de la luna ya no era la ruina del día. Quizá sea una visión nacida de las tinieblas de una noche extraña, me dije, y mi corazón empezó a latir con fuerza, sintiendo que más allá de aquellos muros se ocultaba un terrible secreto. Y aun así no me detuve.

Me decía que, si estaba con ella, nada podía ser tan malo, que nadie podía vencerme, que la inmortalidad era nuestra. Luego me preguntaba si no serían solo ilusiones de un loco que ha perdido la cabeza ante una desconocida.

El sendero nos llevó hasta un estanque coronado por arbustos. El silencio opresivo me estremecía como las aguas embravecidas de un mar en tormenta.

Subió al puente y la seguí sin preguntas. Ya habría tiempo para ellas después de que me revelara el secreto que guardaba, me dije. Eso era lo que quería saber. Hacia eso me apresuraba como los soldados hacia la muerte.

La puerta había quedado abierta. Aunque el pecho me ardía como un volcán, crucé las pesadas puertas del castillo. De pronto estaba del otro lado de los muros, donde nada era como antes.

Las salas habían vuelto a la vida; el bullicio y la agitación las dominaban como en una feria familiar. Acróbatas, bailarinas, enanos se movían de un lado a otro, preparando el espectáculo. De una estancia contigua llegaban risas y el choque de copas, y varios sirvientes pasaron apresurados frente a nosotros cargando bandejas de plata rebosantes.

Me dispuse a dirigirme hacia el festín, pero ella me detuvo.

—Vamos a otro lugar —me dijo con firmeza.

—Pero…

—Todo a su debido tiempo.

La obedecí y la seguí como si hubiera sido su esclavo. Al caminar sobre el suelo de mármol era más hermosa que cualquier reina de Tebas, y si me hubiera pedido la vida…

Las puertas de la capilla abrieron sus brazos acogedores. A través de la amplia abertura se veía una luz intensa, deslumbrante. Si hubiera creído en los dogmas cristianos, habría dicho que el Espíritu Santo había descendido en aquella pequeña iglesia y aguardaba a sus fieles.

Avanzamos hacia el velo resplandeciente y pronto llegamos junto al altar, donde un Jesús de piedra nos sonreía a pesar de los clavos que lo sujetaban a la cruz blanca. Miré hacia los bancos, que comenzaban a llenarse de gente, y la visión me aterrorizó. Sus rostros me parecían conocidos, aunque no recordaba haberlos visto nunca. Como el Cristo de la cruz, llevaban sonrisas luminosas y acogedoras, pero sus miradas estaban vacías y sus cuerpos manchados de sangre que brotaba de heridas en el cuello o el pecho.

Me volví hacia la mujer que me acompañaba. De pronto era sobrecogedora: vestida de novia, con una corona de sauce en la cabeza. Su vestido se había teñido de rojo por las oleadas que corrían desde su garganta, y en sus ojos vi el mismo vacío: el de la muerte. Aquello me sacudió profundamente y retrocedí un paso.

—¿Qué está pasando? —le pregunté.

—Hoy nos casamos como debimos hacerlo hace siglos —respondió—. ¿No lo recuerdas?

Por más que lo intentaba, por más que me esforzaba, no comprendía los misterios que se revelaban; mi mente giraba sin control.

—¿Nos casamos?

Fue todo lo que logré decir.

—Como habríamos hecho si no hubiera conocido mi final a manos de la Diablesa —dijo, clavando en mí su mirada fría y tomándome de la mano.

En ese instante, pasado y presente se precipitaron sobre mí, sumergiéndome en un torrente de visiones dolorosas acompañadas por el tañido de la campana. Por un momento la veía a ella, la mujer de ahora, llevándome hacia el altar, donde el presbítero nos esperaba para unirnos por la eternidad, mientras el coro entonaba su canto angélico. En otro instante me veía entrando por la puerta de aquella iglesia vestido con una túnica negra, con una espada ceremonial al cinto, deseando unirme a la mujer que amaba. Luego volvía a la ceremonia presente y a la mujer adorada que me pedía que la amara como en nuestra primera vida juntos. Y de nuevo regresaba a aquellos tiempos, avanzando por la capilla bañada en sangre mientras imploraba a un Dios sordo que no confirmara mis peores temores. Pero mis súplicas eran inútiles, porque ante el altar, rodeada por un charco rojo, había caído en un sueño helado. Corría hacia donde yacía, tomaba su cuerpo frío en brazos, y mi grito atravesaba los cielos.

Un segundo toque de campana, ensordecedor esta vez, me despertó de aquel viaje alucinante, y miré a todos los presentes, que me instaban a unirme a mi elegida, cumpliendo el destino que nos había sido negado. No había soñado nuestra vida de ese modo, pero su contacto ardiente me susurraba que tal vez el Paraíso era posible pese al Infierno que habíamos conocido. Estar juntos era todo lo que deseaba.

Cuando el sacerdote nos preguntó si queríamos tomarnos el uno al otro en el reino de Cristo, lo supe, con la desesperación de un mendigo que se aferra al manto de un transeúnte. En lo profundo de la noche, la última campanada sonó, uniéndonos en un beso y llevándonos hacia la eternidad…

 

Abro lentamente los ojos; la cabeza me da vueltas, la vista está borrosa. Sobre mí, un grupo de rostros desconocidos vela como padres junto a la cuna de un recién nacido. Entre ellos reconozco uno: el de Anita, que me mira con preocupación.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, exhausto.

—Te desmayaste —responde.

Y recuerdo que hace dos días que no pruebo bocado.

—La ambulancia está en camino.

Al oír hablar de médicos me invade el terror. Vendrán, me llevarán y no volveré a verla nunca más. Intento levantarme, pero no me dejan, sujetándome contra el suelo.

—No es seguro que te muevas. Podrías tener una conmoción —dice.

—No me importa —respondo, intentando liberarme del agarre, pero sus brazos son demasiado fuertes.

—Debe verte un médico —insiste Anita.

Le tomo la mano y los recuerdos de aquella vida lejana regresan, abrumadores.

—Anita… —digo.

Y no parece en absoluto sorprendida de que conozca su nombre; al contrario.

—Raul…

—No dejes que nos separen —le digo, temiendo que pueda desaparecer en cualquier momento.

—Lo has recordado…

Intenta abrazarme, pero aún estoy agitado y el abrazo me asfixia, así que la aparto suavemente.

—¿Qué hacemos ahora?

Una sombra de tristeza se posa en su rostro, retrasando su respuesta, y en ese instante de silencio todas mis temores se confirman y me ahogan incluso antes de escuchar sus terribles palabras:

—No puedo llevarte conmigo —dice.

—¿Por qué?

—Tengo una familia —responde, mirando a lo lejos.

Veo a la mujer con sombrero, acompañada de dos hombres, uno joven y otro con el cabello encanecido. Al cabo de unos instantes, un niño con pantalones cortos azules se une a ellos y, cuando lo llama “papá” y se lanza a los brazos del hombre joven, comprendo toda la magnitud de la tragedia.

—Nos casamos hace cuatro años. Lo quiero, y al pequeño lo amo más que a mí misma. No puedo abandonarlos —dice, y en sus ojos leo un dolor que también siento en mí.

—Pero yo soy… Nosotros somos… —murmuro, deseando que todo sea solo una pesadilla.

—Nos encontramos demasiado tarde, Raul.

Comprendo que, igual que yo, querría quedarse.

—Tú eres mía y yo soy tuyo. No puedes dejarme aquí —le suplico con palabras y con la mirada.

—Debo hacerlo.

—¿Has olvidado todo lo que nos prometimos? —pregunto.

—No he olvidado ni una palabra, pero Casper me necesita —dice, mirando una vez más al niño.

—¿Volveremos a vernos?

Aunque ya conozco la respuesta antes de que la diga, esas palabras abren la vieja herida que nunca ha sanado del todo en mi alma.

—No en esta vida —responde, y suelta mi mano.

Sus palabras me recuerdan a la mujer roja que quería mis tierras, y que, al no poder obtenerlas, había matado todo lo que yo tenía de más sagrado. Después de que Anita fuera depositada en el ataúd, enloquecido de dolor, irrumpí con los pocos hombres fieles que quedaban en las tierras de la Diablesa y la capturé. La até con cuerdas a mi caballo, arrastrándola de vuelta al castillo, donde la arrojé a los sótanos oscuros. Allí le desgarré las ropas, y los instrumentos de tortura danzaron sobre su cuerpo desnudo hasta que no quedó nada. En sus últimos momentos pronunció su maldición: que viviera vida tras vida, regresando siempre a estas tierras, que volviera a encontrar a mi amor perdido, que nos reconociéramos, pero que nunca volviera a ser mía, sino de otro, y que el anhelo me consumiera como los gusanos consumirían su cuerpo.

—Pero en cada una de las vidas que vendrán… —y sus ojos brillan con esperanza.

Sabiendo la maldición que pesa sobre nosotros, dudo que la felicidad nos pertenezca alguna vez, así que guardo silencio, sin querer destruir sus sueños. Quizá también porque yo tengo los míos.

—Intenta recordarme, Raul, y vuelve aquí. Yo haré lo mismo, y algún día estaremos juntos de nuevo. Ahora debo irme —dice.

Quisiera no soltarla jamás, pero la dejo marchar sin palabra, sin beso. Solo haría las cosas más difíciles. Y mientras la veo perderse en la distancia, maldigo al Dios en el que no creo por el destino desolado que me ha sido concedido…

Alexandra Medaru nació en 1988 en Bucarest, Rumania. Es escritora de literatura fantástica y realista (prosa, dramaturgia y poesía), crítica literaria y editora. Es redactora jefe de la revista P(RO)EZIA y colaboradora permanente de la revista digital EgoPHobia, donde dirige dos secciones: Arena cultural: el libro y el cine (como crítica literaria) y Lecturas adecuadas / recomendadas por Alexandra (como editora). Entre sus obras más significativas se encuentran: El pecado (2013), Encuentro con un hombre, un sátiro y un gato (2016), Gomes Leal – ¿poeta de Satanás o de Cristo? (2016), Ser o no ser escritor… (2017), Las últimas criaturas de la noche (2017), La gran unión y la cultura de la influencia eterna (2018), Henrik Ibsen – “Peer Gynt” (2019), Madona con lágrimas de sangre (fragmento, 2020), La sinfonía oculta (fragmento, 2021) o Un verso como una despedida (2022). Blog personal: http://www.taramuridenicaieri.ro.

 

LA MANERA MÁS EXTRAÑA DE LLEGAR A TU FIN

Thomas de Vries

 

Cuidar niños no siempre es divertido. Alice mira con cierta melancolía a Hatta, la bebé en sus brazos.

—Cálmate ya, cariño —susurra. ¿La niña no es demasiado pequeña para quedarse sola con ella? Bueno, si la madre de Hatta, la Condesa, lo aprueba… Y luego está el dinero, claro.

Aquella mañana, Alice encontró una sorpresa en el buzón: una invitación bellamente caligrafiada del Gato de Cheshire para una partida de damas esa misma noche… mucho más interesante que los juegos de ajedrez tan ensalzados en el País de las Maravillas. Alice habría ido encantada, de no ser porque poco después comprobó en la panadería que no podía pagar el pan. Así que tenía que trabajar.

La manera más sencilla de ganar dinero es hacer de niñera. Los habitantes del País de las Maravillas rara vez se quedan en casa. La aventura los llama hacia el bosque Tulgey, el Palacio de Corazones, la costa y muchos otros lugares. Suelen desentenderse de sus hijos. Por todo ese extraño país, humanos, animales y criaturas fabulosas cuidan de los pequeños. El niñero más solicitado es el Verdugo. Es muy bueno con los niños y sus honorarios son razonables.

—Veo a la mayoría de los habitantes del País de las Maravillas al principio y al final de su vida —es una de sus frases preferidas.

Por eso Alice tiene que conformarse –y lo dice con todo respeto– con las sobras: niños muy pequeños, niños muy mayores, niños traviesos y, peor aún, hijos de padres pobres. Mientras mece lentamente a Hatta hasta que se duerme, Alice recuerda su peor y su mejor experiencia como niñera.

Una vez cuidó durante una tarde a los horribles gemelos Tweedledinges y Tweedledattum. Esos niños no tenían ningún sentido de la moda, con sus pantalones de viejo y zapatos gastados. Aun así, se burlaron de Alice por su vestido azul celeste y sus zapatillas blancas. Qué malvados. Aquella fue la única vez que los cuidó.

En cambio, su día con Lily, la hija de la Reina Blanca, fue mucho mejor. Alice jugó durante horas con la niña en el jardín de rosas. ¡Ojalá fuera pleno verano ahora mismo!

La Condesa ha salido por la noche, a pesar del mal tiempo. Va con la Reina de Corazones a una representación de The Murder of Gonzago, una obra de Bill el Lagarto, un joven talento prometedor de un remoto rincón del País de las Maravillas. Alice ya ha oído mucho sobre la obra. A alguien le vierten veneno en los oídos, ¡imagínate! Esa sí que es una manera extraña de morir. ¿Cuál sería, en realidad, la manera más extraña de morir?

Alice sale de sus pensamientos cuando el bebé gruñe.

—Vamos, Hatta, duérmete. No tengo ganas de ocuparme de ti toda la noche. Seguro que hay dulces escondidos en la cocina. Tu madre no es muy generosa; ¡tengo derecho a un extra!

Por desgracia, Hatta no le hace caso. Gruñe cada vez más fuerte y, además, su colita rizada asoma por debajo del pañal.

—Cuando tiene hambre —recuerda Alice que le dijo la Condesa—, Hatta se convierte en un cerdito. Y tiene hambre a menudo…

Alice había pensado que lo decía en sentido figurado, pero debería haberlo sabido mejor. Hatta resopla con su hocico de cerdo y, al mismo tiempo, se tira un pedo. ¡Puaj, los niños! ¡Y los cerditos!

Alice coloca con cuidado a la pequeña Hatta sobre el canapé y va a la cocina en busca de comida. Quizá encuentre chocolate, regaliz o un bastón de caramelo. La Condesa salió demasiado tarde hacia el teatro y no le dio más instrucciones. Así que Alice abre armarios y cajones. Le lleva un rato encontrar una caja de cereales. «¡Nadie en el camino come esto, así que cómetelo todo!», dice en la caja. Sacude la cabeza; casi todo es un misterio en este país de conejos. Por más que busca, no encuentra una botella de leche. El gruñido en el salón aumenta de forma alarmante. ¡Es hora de tomar una decisión! Alice vierte los cereales de Nadie en un cuenco, toma una jarra de agua y lo llena hasta el borde. Ya se enterará si a Hatta le gusta el preparado.

Para su sorpresa, el cerdito lame el cuenco tan rápido que en un abrir y cerrar de ojos vuelve a ser un niño humano. Eso alivia mucho a Alice. Ha oído que la Condesa descuenta un veinte por ciento del pago si al volver encuentra un animal en casa —la nobleza es bastante tacaña—. Tras un eructito, Hatta cierra los ojos.

Por fin Alice tiene tranquilidad. Deja al bebé en la cuna del salón y vuelve a buscar en la cocina. Justo cuando abre el armario de la escoba, oye sonar el timbre de la puerta. ¿Habrá ocurrido algo en el teatro? ¿Se habrá sentido mal algún actor o… o… o realmente lo habrán envenenado? Alice siente tanta curiosidad que corre hacia la puerta tan rápido como una Liebre de Marzo.

Para su alegría y también su decepción –qué mezcla de sentimientos tan confusa–, el Gato de Cheshire está en el umbral. Lleva un ramo de flores y un tablero de damas.

Se la montagna non va da Maometto —dice—, Maometto va alla montagna.

—No hablo Gato, lo siento —responde Alice.

El Gato de Cheshire muestra su sonrisa más amplia, agita la cola y la hace desaparecer.

—Es un dicho chino, querida. No significa más que “No pongas a Mao sobre una montaña, o la montaña caerá sobre Mao”. Sencillo, ¿verdad?

Entra en la casa de la Condesa y arroja las flores al acuario de agua dulce del vestíbulo. Los peces tropicales nadan en todas direcciones.

Alice cree entenderlo.

—Si Humpty Dumpty se sienta en el muro, ¿el muro cae sobre él? —dice mientras lo conduce al salón.

—¡Qué chica tan lista! Así es exactamente como su hermano mayor, Clumpty Dumpty, llegó a su fin.

El Gato de Cheshire hace la señal de la cruz con su pata derecha. Su pata izquierda desaparece brevemente en la nada.

Se sientan en el canapé. Entre ellos reaparece la cola rayada del gato. A Alice le siguen pareciendo divertidos esos trucos.

—No hables muy alto, Chesh —dice—, la pequeña Hatta por fin duerme. Hablando de finales, hace un momento me preguntaba cuál podría ser la manera más extraña de morir.

El Gato de Cheshire se estira y arrastra sus afiladas uñas sobre el cuero. Alice espera que la Condesa no note los arañazos en el canapé.

—Existen tantas posibilidades… —Enumera, colocando el tablero de damas sobre la mesa—. Corres por una madriguera de conejo y esta se derrumba. Juegas al póker con un Soldado de Tréboles y terminas peleándote con él. Compras botones de chaleco al Viejo del Cercado, no te gusta su olor a abadejo y, imprudentemente, pides que te devuelva el dinero. Te dejas bautizar por el Cuervo Monstruo, pero te ahogas en la pila bautismal. Tú…

Alice lo mira con escepticismo.

—Todo eso me parece muy corriente. Se oye hablar a menudo de casos así.

—¡Eso no vale, muchacha! También podemos jugar a las damas —dice el Gato de Cheshire.

—Lo siento, Chesh, pero creo que puede ser cada vez más raro. Estamos en el País de las Maravillas, después de todo.

El Gato de Cheshire frunce los labios.

—A veces creo que sobrevaloras un poco el País de las Maravillas. Es un lugar agradable, pero con el tiempo uno ya lo ha visto todo. Para ti es distinto, porque llevas poco aquí, pero nosotros, los habitantes de este lugar, lo encontramos todo normal y nada especial.

Alice puede entenderlo. Entonces piensa en la obra de teatro.

—¿Alguna vez alguien ha muerto por veneno en los oídos?

—¡MIAU! ¿Qué clase de cosa es esa? ¿Quién inventa algo así? No, no creo que hayamos visto eso antes.

El Gato de Cheshire se estremece y hace desaparecer sus orejas por un instante.

—Te lo enseñaré.

Alice sale de la habitación y vuelve por tercera vez a la cocina. Esta vez encuentra enseguida lo que busca: sobre la mesa hay un folleto teatral de papiro. El Gato de Cheshire la ha seguido y lee lo que está escrito en él.

—Bill el Lagarto es un auténtico raro —dice simplemente en cuanto termina de leerlo—. ¿Y por qué papiro? Hoy en día todo el mundo usa setas aplastadas para escribir mensajes, ¿no?

En fin, eso sigue siendo un misterio. Que Alice sepa, el papiro solo crece en África. ¿Quizá el País de las Maravillas se extiende hasta allí? Antes de que pueda preguntar sobre ese asunto, el Gato de Cheshire golpea la mesa y exclama:

—¡Ya lo sé!

—¡Shhh! Hatta está durmiendo. ¿Qué…?

—La manera más extraña de morir, sé cuál es. Vamos, vamos a hacerlo.

—¿Hacerlo? ¿Qué quieres decir?

El Gato de Cheshire le pone el folleto en la mano.

—Es más extraño si tú lo haces conmigo, en lugar de que lo haga yo solo. Mete el folleto en mi boca.

Alice duda un instante, porque también le apetece jugar a las damas –y con un gato muerto eso resulta un poco más difícil–, pero su curiosidad supera sus ganas de jugar. Coloca el folleto sobre la lengua del gato y empuja todo el conjunto dentro de su boca.

—De…er, A…lice.

Con todas sus fuerzas, Alice empuja. Su antebrazo desaparece dentro de la boca de su amigo.

—¡Estoy atascada! Chesh, ¿qué debo hacer?

El Gato de Cheshire se encoge de hombros.

—La ma…nera más extraña de mo…rir. Exacta…mente lo que quie…res.

—¿Eh? ¿Quieres decir que muramos juntos?

El gato clava sus dientes en su compañera de juego. Centímetro a centímetro arrastra el brazo de Alice más profundamente por su garganta. Cuando la cabeza de Alice entra en su boca, dice finalmente:

—Sí, creo que esta es la manera más extraña de llegar a tu fin.

Los “¡oh!” y “¡ah!” no cesan cuando la Condesa y la Reina de Corazones abren la puerta principal.

—¡Qué galán es el Mosquito! Ese cuerpo de insecto tan grande, mmm.

—Y los chistes que contó, hic… —la Condesa aún tiene hipo de la risa—. ¿Quién habría pensado que el asesinato por envenenamiento podía ser tan divertido…? ¡OH, DIOS MÍO!

Las damas nobles hacen un descubrimiento macabro. En parte sobre el canapé, en parte sobre la alfombra, yace el cadáver medio devorado de la niñera, esa extraña chica Alice. Lo que aún es visible de ella está cubierto por una masa viscosa. De ella emana un olor agrio. Las damas fruncen la nariz. ¿Ácido estomacal? A la altura del vientre de Alice se encuentra la boca completamente abierta del Gato Desvanecedor, ese sinvergüenza que molestaba a todos con consejos para ganar en las damas. O que simplemente molestaba. Sus ojos están vidriosos, su hocico apagado. En la comisura izquierda de su boca hay una grieta que llega hasta su pecho. Sus patas delanteras rodean las caderas de Alice. La Condesa golpea una pata con su bota. Inmóvil: el rigor mortis ya se ha instalado. Extraño, muy extraño incluso ver su cuerpo completo, en lugar de solo una parte.

—La gula es el mayor de los pecados —murmura la Condesa.

La Reina de Corazones no puede más que asentir cuando ve al bebé. Hatta ha salido de su cuna y mordisquea la cola del Gato de Cheshire.

La Condesa toma a Hatta en sus brazos.

—Bueno —dice—, al menos me he ahorrado el sueldo de la niñera.

Thomas de Vries (nacido en 1997) escribe en su tiempo libre. Compagina su trabajo como enfermero con el de profesor en un centro de enseñanza nocturna. Es un trabajo duro, pero Thomas lo disfruta. Aún no tiene mucha experiencia como autor, aparte de una buena cantidad de poemas juveniles (¿deslices de juventud?), pero está deseando cambiar eso pronto. Thomas se inspira mucho en el teatro y el cine. Pasa sus vacaciones en Asia, el continente que le ha robado el corazón.

EN SANTO MATRIMONIO

 Gerardo Horacio Porcayo

 

—Aquí hay gato encerrado —dijo la abuela Obdulia cuando llegó el carruaje, la gran Limo Hummer negra, minutos después de que su nieta arribara en un Licoln X-100 descapotable, justo del modelo en que muriera JFK.

—Dios, pero qué celos, mamá ... Deja de buscarle tres pies al gato— Son sólo estrategias para evadir a la prensa —contestó Lucinda.

Las calles empedradas, la pequeña capilla gótica, antiquísima. Era como haber escapado de la ciudad, de la misma modernidad hacia el interior de un bosque encantado. Todo, de hecho, parecía salido de un cuento de hadas. O casi todo, si uno se ponía a descontar la pandemia y la visión de la gente con sus máscaras en la calle.

Había sido una monserga mantener el secreto del lugar, mantener a raya a los parientes, a las habladurías todas... Convencer al mismo guía espiritual familiar de asistir a esa capilla y de la necesidad de supervisarlo todo y celebrar la misa a las cinco de la tarde, horario inusual que tras largos debates habían concebido como el único aceptable para las dos partes.

La orquesta de cámara, la caminata por la alfombra y las palabras del sacerdote hablando del sagrado ministerio del matrimonio.

Y ahí estaban los dos, juntos, contra toda expectativa.

—¿Puedes creerlo, mamá? —La emoción buscaba resquebrajarle su altiva, inconmovible pose, pero la práctica de Lucinda era amplia, imbatible.

—Lo veo y no lo creo —murmuró la abuela Obdulia, sordamente. Estaban en la consagración—. Aún puede salirnos con algo... no es posible que todo se arregle así de fácil... malditas peinadoras, ni el pelo punk, ni los miles de piercings se le notan... es como si se hubiera vuelto otra. Victoria, la oveja negra que se vuelve blanca ante sus propios ojos...

—El amor todo lo puede...

—Sí, como no, de la noche a la mañana olvida a su novio de parrandas, ese motociclista apestoso, para casarse con uno de los galanes más codiciados del año pasado...

—Shh —una de las monjas las miraba con indignación y hacía grandes aspavientos para que dejaran de hablar.

Trataron de disfrutar, sin más cuchicheos el resto de esa parte. A la hora de la verdad, tomaron los pequeños binoculares y apuntaron a su hija/nieta, respectivamente.

—Hermosa... y casándose con ese actor...

—Todavía falta que nadie se oponga...  Ya quiero verlo al motorista de cuero entrar y decir una sarta de barbaridades... como que ya le quitó lo virgencita y algunas otras atrocidades obscenas... —insistió la abuela Obdulia y el padre pareció escucharla.

—Si hay alguien que se oponga a esta boda, que hable ahora o calle para siempre...

Abuela y madre sintieron una corriente que vibraba por sus pieles, giraron la cabeza. Lo único nuevo era un par de reporteros de espectáculos, sus camarógrafos apuntaban al altar.

—Esto va a ser una bomba, mamá... Su imagen va a estar en todas las teles de todo el mundo... Como si fuera Lady Di... O su nuera, Kate Middleton...

—Los declaro, marido y mujer... Puede besar a la novia —anunció el padre.

Los binoculares volvieron a convencerlas. Sí, era el galán y aunque no se veía tan apasionado como en sus películas, aunque se veía torpe, era innegable su identidad; esperada su torpeza después de un accidente como aquel que había tenido al país en vilo y desvelado por su estado, hacía casi un año y luego pasara al anonimato, como lo hacen las grandes estrellas cuando tienen secretos que guardar.

—Su gran secreto —suspiró Lucinda.

—Malditos secretos —masculló Obdulia, afuera ya se escuchaban helicópteros y una manada de reporteros estaba ya a la puerta, como gallos de pelea esperando que los liberes—. Y pensar que preparamos una recepción tan pequeña...

—Mi yerno va a estar enojadísimo por esta filtración —comentó Lucinda, su sonrisa era mínima, pero de autocomplacencia.

Los flashes lo inundaban todo, mientras acababa la ceremonia y la orquesta de cámara interpretaba la salida nupcial. Las cámaras de televisión ya estaban montadas en las afueras y hacían cerco hasta el pequeño atrio y los puentes de madera a través de los que se accedía.

Todavía llegó, contra toda recomendación eclesiástica, la lluvia de arroz (alguna nueva moda sobre el hambre y el desperdicio de granos que se inventaran los sacerdotes).

Y esa pareció ser la señal definitiva: una horda de reporteros se abalanzó sobre la pareja... o mejor dicho, sobre el novio, con su ansia de obtener la primicia, y con los micrófonos tendidos, fueron haciendo a un lado a la novia, hasta que ésta se encontró al lado de su madre y abuela.

—¿Y cómo vieron? —preguntó Victoria, la novia, la desposada, la desplazada...

—Ay, hija, no te preocupes, luego vienen a entrevistarte a ti —dijo la abuela Obdulia.

—Como cuento de hadas, hija mía. Has dejado de ser mi princesita para ser la reina de tu propio feudo... —dijo Lucinda sin permitir que la sonrisa fuera exagerada, aunque su alegría en verdad era desbordante.

Entonces apareció la moto, silenciosa, avanzando en neutral, tras la novia. El conductor era un hombre alto, de smoking de cuero con estoperoles donde deberían estar los botones, cubierto con una máscara de luchador de trazo clásico y toda en negro. Su aroma no había mejorado en lo más mínimo, descubrió la abuela Obdulia...

—Sí, justo eso... y ahora les tomo la palabra... ya les di lo que querían, ya me casé a los ojos de Dios y de los hombres... Y ahora, me voy con el hombre que amo... —dijo Victoria, y el de la máscara la tomó de la mano y la ayudó a montar la moto.

—Que disfruten sus entrevistas, señoras... Va a ser interesante ver cómo explican que el novio esté catatónico... —dijo el enmascarado y teatralmente, tronó los dedos. Al centro del remolino de reporteros, se elevó un desconcierto, frases inconexas.

—Ayuda —dijeron, gritaron algunos...

—Llamen a una ambulancia...

La moto ronroneó su vuelta a la vida.

—Que pasen una buena fiesta, señoras... El show ya empezó...

—¿Y qué decimos si nos preguntan? —inquirió Lucinda, con su máscara de impasibilidad ya rota.

—La verdad, madre... —aseguró Victoria— que lo saqué del hospital con ayuda de mi novio vampiro... éste, con el que ahora me escapo.

La moto rugió y enfiló por uno de los puentes de madera, tras su paso, la limo Hummer, cerró el acceso.

Madre y abuela alcanzaron a escuchar una gran risotada, sobrenatural, como la de Bela Lugosi. Luego, cayó sobre ellas el ramo, inmediatamente después, la oleada de reporteros.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

ARABESCO INMÓVIL