jueves, 26 de febrero de 2026

ROJO

Claude Bolduc

 

Los dos señores lograron dirigor nuestra balsa hasta la pequeña isla. Mamá tenía mucho dolor. Mamá murió. Los dos señores están tristes. ¿Quién va a cuidar de mí? Nunca debo salir de noche, decía mamá. Pero aquí estoy afuera. Y tengo miedo. Es demasiado grande a mi alrededor. Mamá está acostada allá, sobre las piedras, porque los señores no pudieron enterrarla allí dentro. Le pusieron un abrigo encima. Y piedras. Los señores hicieron un fuego y nos acostamos.

 

Esta noche un animal aulló mientras yo dormía. Yo no lo escuché; fue Gary, el señor más alto, quien me lo dijo. Su rostro estaba todo mojado cuando hablaba y sus ojos estaban muy, muy abiertos. Le dijo al otro que la isla era demasiado pequeña para un animal y que había salido del agua o que era un pájaro.

 

Luc es el mayor de los dos señores. Me enseñó a recoger frutas en la isla. Las frutas son buenas, dijo. A mí no me gustan las frutas. Mamá decía que la carne es mejor.

 

Todavía estaba oscuro cuando me desperté. La noche es grande. Mucho más de lo que pensaba. También huele bien. Y la música, montones y montones de pequeños ruidos juntos. Estaba contento. Es la primera vez que estaba contento desde que mamá murió. Me volví a dormir.

 

Los dos hombres hablaban entre sí cuando me desperté. Hablaban rápido. ¿Animal o gaviota o qué? ¿Cuándo se come el cadáver? ¿Cuándo vienen los rescatadores? Luego dejaron de hablar cuando me moví. No querían que fuera a ver a mamá esta mañana. Recogimos frutas. ¡Puaj!

 

Está oscuro. Mis dedos tocan mi boca. Sí, sonrío mucho, muestro mis dientes, pero no, está oscuro, nadie los ve. Siento a mamá allá sobre las rocas, no voy a verla, ella no quería que saliera de noche; hay que dormir.

 

Le dije al señor Gary que las frutas no son buenas. Mamá me lo dijo. Él me dijo que cuando no hay pan, se come torta y que el rescate ya viene. Luego mordió una fruta roja. Lo rojo es bueno. Probé. No, no era bueno.

 

Soñé que saltaba sobre las rocas, que daba la vuelta a la isla, que levantaba una manta y luego nada más; me desperté, era de noche pero no estaba tan oscuro, había una luna como en la televisión. Estaba tan contento que ya no tenía hambre, me volví a dormir.

 

Los dos señores hablaban muy, muy fuerte cuando me desperté. Me dijeron que estaban jugando, pero vi bien que estaban enojados. El señor Gary me miraba con sus ojos muy abiertos y el señor Luc lo sostenía por los hombros. Fui a las rocas a ver a mamá. Había adelgazado mucho. El abrigo sobre ella hacía un hueco y estaba mojado. Quise acariciarla, pero el señor Luc llegó y no quería que tocara eso. Me dijo que fuera a recoger frutas. Fui, pero no tenía hambre.

La luna es grande. Podría tocarla. No, no puedo. Pero su luz es cálida. Hace cosquillas. Es agradable.

Estoy contento, muestro mis dientes, me enderezo y miro. Huelo. Las rocas allá, el olor es fuerte. Del otro lado el fuego, pero todavía más olor. Mucho más. Caliente. Me acerco, huelo, escucho bum-bum, bum-bum, bum-bum. Emocionado, la luna, tengo hambre, el olor.

Comida.

Muerdo, eso se mueve, grita, me golpea, arranco.

 

Esta mañana el señor Gary no está aquí en el campamento. El señor Luc está sentado en el suelo, la espalda contra una roca. No se mueve. Tiene los ojos muy, muy abiertos y mira la sangre por todas partes en el suelo. ¿Quién sangra? Sabe extraño en mi boca. Pregunté dónde estaba el señor Gary y se rio durante mucho tiempo con sus ojos muy abiertos. No quería que me acercara. Pensé que quería verme recoger frutas en el pequeño bosque. Fui, pero nunca comeré una fruta de esas.

Tengo tiempo de volver antes de que anochezca. Dos veces, a escondidas, fui a ver al señor Luc. No se había movido y todavía tenía sus ojos muy abiertos. Voy a acostarme sin mirarlo. No me gustan sus ojos. Tengo muchas ganas de ver a los que vendrán a  rescatarnos.

 

No había nadie cuando el sol me despertó. Sangre por todas partes. Incluso en mis manos. El sabor está en mi boca.

Estoy completamente solo.

¿Quién se va a ocupar de mí?

 

El sol se va. Está todo rojo. Hermoso.

Veo un barco allá, muy muy lejos.

Voy a esperarlo sobre las rocas, con mamá.

Salvado.

Estaba empezando a tener hambre.

Nacido en la ciudad de Quebec, Canada, Claude Bolduc se ha dedicado principalmente al relato fantástico durante más de treinta años. Del centenar de relatos que ha publicado en el mundo francófono, ha recopilado tres colecciones que le han valido varios premios literarios. Como invitado, ha participado en varios eventos literarios en Europa, como la retrospectiva de fantasía "Voyage aux portes de l'étrange" (Bélgica, 1999), la Convención Francesa de Ciencia Ficción (Bélgica, 2002) y, por invitación del Servicio del Libro de Luxemburgo, la Feria del Libro de Bruselas en 2007. También publicó la novela corta « L'Ensemenceur » en 2023.

CRIMEN EN METEOROLOGÍA

Mugur Ioniță

 

He cometido un crimen. Un crimen atroz. Ahora tendré que pagar. Los niños duermen, igual que mi esposa. No les he dicho nada, no tenía sentido. No soporto verlos devastados. En cambio, he preparado un pequeño equipaje en el que puse algo de ropa interior y el cepillo de dientes. No llevaré más ropa; supongo que en prisión me darán el uniforme a rayas. No sé por qué la policía tarda tanto; debería estar aquí desde hace rato. Espero que en cualquier momento entren los agentes encapuchados. Ojalá no rompan la puerta; a mi esposa le resultará difícil repararla. ¿Por qué habré enterrado el cadáver? No lo sé, quizá por rabia. Todo quedó registrado por las cámaras de la oficina. No tengo escapatoria. No tenemos escapatoria, porque fuimos varios los asesinos.

 

Todo comenzó el día en que el director entró en la oficina acompañado de una joven tímida.

—Ella es Ina Arcip, su nueva compañera. Ha sido designada directamente desde Bucarest. No tiene mucha experiencia, pero es ambiciosa. Mi pedido, y la de la dirección, es que le enseñen todo lo que saben. Mira, ella usará ese ordenador del rincón.

Nos sorprendió, por un lado porque ya estábamos con el personal completo y, por otro, porque el gobierno acababa de emitir una ordenanza que prohibía nuevas contrataciones en el sector público. El director dijo que nos sería de ayuda, así que la aceptamos sin protestar. No tenía encanto ni carisma. Un rostro tan apagado que, si lo pienso bien, no podría describir sus rasgos físicos.

En la Oficina Regional de Pronóstico del Tiempo todos superábamos los cincuenta años. Habíamos empezado la carrera con mapas trazados con plumilla y juegos de lápices de colores, y luego vivimos en primera persona la evolución tecnológica: el ordenador y los modelos matemáticos. Debo reconocer que, después de tantos cambios, las novedades se habían vuelto agotadoras para nosotros. Éramos como una familia variopinta, no necesariamente perfecta, hombres y mujeres. A veces celebrábamos, otras discutíamos, como todas las personas que llevan más de veinte años trabajando juntas. En fin, éramos un colectivo unido por el tiempo. Aunque su llegada nos alteró, pensamos que un poco de sangre nueva no nos haría daño. La aceptamos como a una hermana menor. Consejeros, importantes y meticulosos, rodeábamos por turnos a Ina Arcip y la abrumábamos con nuestra sabiduría meteorológica. Al principio se expresaba con dificultad y nos divertía cuando cometía errores. Se corregía enseguida y asumía la crítica con estoicismo, sin mostrar emoción alguna. Le asignamos tareas sencillas, como completar tablas con temperaturas mínimas y máximas, fenómenos, estado del cielo o velocidad del viento.

—Es posible que te aburras aquí —le dije—. Hacemos cada día el mismo trabajo.

—Adoro la naturaleza repetitiva de las cosas —nos respondió—. Así son también las estaciones.

Hacía preguntas muy precisas y obedecía con docilidad. Después le confiamos tareas cada vez más complejas, e Ina nunca las rechazó. Solo intervenía cuando nuestras explicaciones eran demasiado vagas.

Un día, cuando me dio un ataque de ciática, le dije que me recostaría un momento y le pedí que terminara mi trabajo. Me sorprendió ver lo bien que lo hizo. El pronóstico era impecable, los contratos respetaban perfectamente la terminología y fueron enviados a los beneficiarios a la hora exacta, y las tablas no tenían errores. Además, al mediodía salió en directo por Radio Timișoara y, con una dicción de manual a la que añadió algunas inflexiones juguetonas, anunció el pronóstico. La elogié incluso ante el director. Quedó encantado.

Quizá se pregunten si nosotros, los hombres del equipo, nos sentíamos atraídos por ella. No, en absoluto; la veíamos más bien como un ser asexuado, y las mujeres no la consideraban una rival que intentara ganarse el favor de los hombres, como había ocurrido en el pasado. A veces mantenían con ella conversaciones no meteorológicas: una receta de pasteles o una recomendación de vacaciones. El director incluso nos pidió que no tuviéramos fantasías eróticas con ella. Aun así, le preguntamos si tenía novio. Se quedó un poco bloqueada, dudó, parpadeó varias veces lentamente y respondió de forma evasiva que, debido a los bajos salarios, en el mercado de la seducción los meteorólogos ya no estaban solicitados, lo cual nos dejó pensativos. Estaba decidida a aprender meteorología y nada más. Estaba tan concentrada que ni siquiera el día de mi cumpleaños quiso probar un pequeño pastel. Y durante la campaña electoral, cuando a diario levantábamos la voz y discutíamos acaloradamente en la oficina, ella permanecía simplemente impasible en su rincón, absorta en mapas y tablas.

Otra mañana la encontramos trabajando desde muy temprano. Ya había cubierto casi todo el volumen de trabajo del equipo. A su lado, el director exhibía una amplia sonrisa.

—¿No te fuiste a casa? —le pregunté.

—No, me quedé aquí —respondió.

—¿Qué haces en tu tiempo libre?

—Leo.
—¿Qué lees?

—Cualquier cosa.

En fin, no éramos nosotros quienes debíamos decirle cómo vivir su vida. Era su elección.

Así pasó un año. Ina Arcip no había tomado ni un solo día de baja médica, nunca se resfrió, y nosotros todavía no sabíamos casi nada de su familia o de sus amigos. Como le habíamos enseñado todo lo que sabíamos, Ina Arcip nos mostraba su gratitud haciendo nuestro trabajo. No formaba bandos, no era parcial, no se daba aires. Era absolutamente correcta y eficiente. Y nosotros nos volvimos tan perezosos que, durante el turno, pasábamos el día viendo televisión o recostados, dando “me gusta” en los teléfonos y solo comprobando de vez en cuando si Ina seguía en horario.

Todo fue maravilloso hasta que el director nos anunció que debían reducirnos a la mitad la jornada laboral, junto con un recorte salarial, por supuesto. Es una orden de arriba, no puedo hacer nada. Saltamos indignados. No encontramos comprensión ni en él ni en la dirección de Bucarest. Intentamos incorporar a Ina Arcip al sindicato, pero ella rechazó cortésmente, alegando la impotencia de esa organización, lo cual nos enfureció, aunque debo reconocer que tenía razón. Ante cualquier protesta nuestra, Ina Arcip permanecía indiferente. Se excusaba diciendo que era nueva y que no se involucraba.

No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron los despidos. Pensamos que Ina, por ser la más reciente, sería la primera en la lista. Pero no fue así. Otros dos compañeros tuvieron que marcharse. Uno terminó como vigilante en una fábrica de neumáticos y el otro se divorció y luego cayó en el alcoholismo. O quizá en orden inverso, no estoy seguro.

Desde entonces algo cambió en nuestra actitud hacia Ina Arcip. Empezamos a mirarla con odio, sospecha y envidia, aunque ella seguía siendo educada y dispuesta a ayudarnos.

—Ocúpate de lo tuyo —le dije una vez cuando se ofreció a corregir un pronóstico. Había olvidado mencionar el hielo. No se ofendió, aunque después comprendí que tenía razón, como siempre. Efectivamente, hubo hielo. Trabajaba cada vez mejor, casi a la perfección. Aportó ideas nuevas, mejoró y perfeccionó los modelos matemáticos, y nosotros ya no pudimos seguirle el ritmo. La precisión de su trabajo era diabólica –una palabra que probablemente habría halagado su orgullo– y su índice de aciertos era muy superior al nuestro.

Inevitablemente llegó el día fatídico –es decir, ayer, porque ahora ya ha pasado la medianoche– en que el director nos anunció que todos estábamos despedidos, excepto Ina, por supuesto, pero que no nos preocupáramos, recibiríamos los diez salarios compensatorios que estipula el convenio colectivo. Tenemos familias, hipotecas, y aún nos faltan diez o quince años para la jubilación; no creemos en la reconversión profesional. ¿Quién contrata a un meteorólogo viejo? Ya habíamos visto el amargo destino de los dos compañeros despedidos previamente.

No nos quedó más que una sola cosa por hacer. Les juro que no fue algo premeditado; actuamos por instinto. De vuelta en la oficina, nos abalanzamos sobre ella como perros. No opuso resistencia; de hecho, no hizo el menor gesto. No mostró sorpresa, ni horror, ni dolor. Y eso nos enfureció aún más. La golpeamos contra las paredes, las mujeres le arrancaron el cabello y los hombres la golpearon con puños y pies hasta que no dio más señales de vida. La matamos con brutalidad. Luego, sin piedad (de todos modos estaba muerta), le cortamos las manos, los pies y la cabeza y la metimos en un saco. Era ligera como una nube. La enterramos en el Bosque Verde, junto al Museo de la Aldea, bajo la oquedad de un árbol viejo, y nos fuimos a casa sin hablarnos.

¡Toc, toc!

Por fin apareció la Policía; cuánto tardaron. Es por la mañana, ya son las diez. Los niños se han ido a la escuela, mi esposa al trabajo. Estoy solo en casa y sin haber dormido. Gracias a Dios, no rompieron la puerta.

Esperaba un pelotón entero de agentes encapuchados con armas cargadas, que me tiraran boca abajo y me ataran las manos a la espalda. Estaba preparado para soportar el impacto. Lo merecía. Pero no. En la puerta se presentó cortésmente una joven agente uniformada. No era feroz en absoluto.

—¿Señor Mugur Ioniță?

—Sí, soy yo.

—En relación con lo ocurrido ayer en el Centro meteorológico, ¿puede acompañarme a la comisaría?

—Sí —respondí, sorprendido por la amabilidad de la policía.

Ni siquiera lleva pistola; al menos no veía funda alguna.

—Espere a que tome mi equipaje.

—No es necesario. No lo retendremos mucho tiempo.

—¿No me pondrán esposas?

—Si tiene ganas de juegos perversos, hágalo con su esposa —me interrumpió la joven, irritada por mi pregunta.

En la sede policial, en un banco largo, estaban alineados los demás compañeros y compañeras, sin haber dormido, igual que yo.

—Señores —nos dijo un policía, probablemente el encargado de investigar el crimen—, ¿qué les ocurre? Es el tercer caso de este tipo en una sola semana. El mes pasado tuvimos unos diez más. Completen las declaraciones y pueden irse. De todos modos, todo quedó registrado por las cámaras de la oficina; no tiene sentido negar los hechos.

Escribí toda la historia, cada uno según la percibió. El policía guardó las declaraciones en un cajón sin molestarse en leerlas.

—Por daños a la propiedad tendré que abrirles un expediente penal. Además de una multa y obligaciones de pago. Probablemente también se les retenga parte de los salarios compensatorios.

—¿No estamos detenidos por homicidio? —se atrevió a preguntar una compañera.

—¿Se han vuelto todos locos? ¡Adiós!

Uno de los compañeros se ofreció a llevarnos a casa en coche. Encendió la radio y, para nuestro horror, en directo, su voz, como llegada desde una nube, recitaba con la habitual perfección la poesía meteorológica del día. Al final, con inflexiones juguetonas: presentó para ustedes la meteoróloga de turno, Ina Arcip.

Cambiamos la ruta y regresamos al Bosque Verde. Observamos que estaba lleno de tumbas, algunas más recientes, otras más antiguas. Identificamos la suya por la gran oquedad. La desenterramos con las manos desnudas. Bajo la tierra húmeda, en medio de la naturaleza, encontramos algunos cables enredados, restos de plástico, circuitos y la placa donde figuraban únicamente las iniciales de Ina Arcip.

Mugur Ioniță nació en 1972 en Timișoara, Rumania. Es meteorólogo, escritor y también ha sido, entre otras cosas, oficial, profesor de geografía, controlador de tráfico terrestre aeroportuario y corresponsal para la zona oeste del país del semanario Observatorul Militar. Ha trabajado en misiones internacionales durante más de doce años, en países como la República Democrática del Congo y Bosnia y Herzegovina. Es autor de las novelas Ultimul meteorolog (2021), Scrie-mi! (2023) y Odiseea adriatica (2025, así como de un relato del volumen colectivo Underground TM – Orașul care nu se vede (2022). En verano, cuando no está escribiendo ni observando las nubes, se le puede encontrar en el mar. En los últimos diez años, desde que descubrió la navegación, ha acumulado varios miles de millas en los mares de Europa, como patrón o miembro de la tripulación.

LAS CLOACAS DEL PARAÍSO

Rodrigo Juri

 

1

 

Las olas rompen contra las rocas de abajo levantando una fina llovizna que se eleva incluso por sobre el borde del acantilado, envolviendo al hombre que, sin amilanarse por el frío ni la humedad, contempla el inicio de un nuevo día. Disfruta del aroma salino que inunda sus narices y que llena sus pulmones. Aprecia el violento clamor del mar estrellándose contra las murallas de piedra. Sonríe cuando los primeros rayos del sol le hacen entrecerrar sus ojos.

Un parpadeo. Tan sólo eso. Y todo es oscuridad mientras cae vertiginosamente en un abismo de insondable profundidad.

Francisco Domínguez detesta cuando eso pasa. Cuando interrumpen violentamente la conexión y dejan su cuerpo botado en cualquier lado para que él se haga cargo. Al menos esta vez está abrigado, cubierto por las mantas de un lecho que huele a desinfectante y a sexo. A un costado, poniéndose sus ropas hay una niña impúber. La reconoce como un móvil Leyla estándar. Uno de los modelos clonados en serie por una compañía de la competencia. Una criatura que fue lobotomizada en su primer año de vida y que desde entonces es manipulada en forma remota a través de un implante por los operadores de la compañía.

Se pregunta si acaso podría ganar algo de todo aquello. Pero no. Es claro que el operador sabe quién es su cliente y que la sesión ha terminado.

—¿Dónde estoy? —le pregunta.

—En un motel en las afueras de Santiago. Hay una estación de trenes justo a la salida.

Mira por una ventana y afuera es de noche. Eso no le consuela mucho. Con seguridad su cliente lo ha paseado sin ningún miramiento por la superficie, exponiendo su cuerpo a los dañinos rayos ultravioleta del sol e incluso es posible que lo haya llevado hasta las ruinas de la ciudad que siguen siendo radiactivas aunque ya han pasado varias décadas desde el último bombardeo.

A ese ritmo no va a durar mucho. Decide que lo mejor es aprovechar la oscuridad, así que se viste rápidamente y sale presuroso en dirección a la estación, esperando que pase pronto un tren que lo lleve a casa.

 

2

 

Está sentado sobre hierba seca mirando un valle verde que se extiende a lo lejos. Su último cliente parece haberse hecho adicto a él y volvió a solicitar sus servicios sólo veinticuatro horas más tarde. Apenas había tenido tiempo para llegar a los complejos subterráneos de Nuevo Valparaíso, reportarse con su jefe y dormir un poco. Pero estaba bien. Ahora de nuevo su mente puede disfrutar de la soledad y de un paisaje maravilloso, lejos de los inmundos corredores de la ciudad y la total miseria de la superficie. Por otro lado, su cuerpo podía estar asándose en lava ardiente, por lo que sabía. No importaba. Después de lo que había pasado había exigido garantías adicionales y se las habían otorgado. Cualquier daño que sufriera sería compensado con creces.

¿Quién sería?, se preguntó. Su jefe le había dicho que era un oficial corporativo de la Luna. Eso no era mucho porque el noventa por ciento de la demanda en el lucrativo negocio del arriendo de cuerpos provenía de la Luna. Hombres de negocios, autoridades, incluso turistas, que jamás podrían poner un pie sobre la Tierra pues sus huesos famélicos se quebrarían y sus flojos corazones colapsarían, todo ello a causa de la escasa gravedad en la que habían nacido y crecido. Lo más cerca que podían llegar era hasta alguna estación espacial en órbita terrestre y desde allí contratar los servicios de alguno de los muchos miserables que poseían un implante de control remoto en la base de su encéfalo.

A algunos les repugnaba esa práctica. La forma última de prostitución. Muchos le miraban con desprecio cuando sabían a qué se dedicaba. Expresión que se convertía en desdeñosa envidia cuando le veían conduciendo algún lujoso automóvil o envuelto en un elegante traje manufacturado en la Luna o Marte. Todo gracias al dinero que no dejaba de llegar a su cuenta corriente.

Él, en cambio, los miraba con condescendencia. Gentes que se aferraban a una realidad decadente. ¿Qué podía haber de bueno en aquel mundo arruinado por interminables guerras nucleares, agotado en sus recursos naturales, sometido a dictadores brutales y a oligarquías esclavistas?

Lo paradójico era que alguien de allá, de aquel paraíso tecnológico que era la Luna, deseara visitar este infierno. Pero quién era él para discutir sus motivos. Lo importante era que eso le permitía pasearse por un soleado valle tapizado de fragantes flores y frondosos árboles, y encima, se le pagaba por ello.

Esta vez es peor. Está en medio de una zanja, semidesnudo y la lluvia cae sobre él a cántaros. De nuevo está en el exterior, y no puede dejar de preguntarse qué asuntos tiene su cliente allí afuera. No importa. No es problema suyo. Sí lo es comprobar que todos sus miembros estén donde deben estar. Sí, aparentemente sí, aunque siente un dolor apagado en la base del estómago. Sin duda, alguien le había golpeado allí algunos momentos antes. ¿En qué sórdido asunto se había metido su cliente?

Se levanta lo mejor que puede y comienza a caminar. No tiene idea de dónde está ni a dónde debe dirigirse. Le pide a la inteligencia artificial alojada en su implante que le avise a su jefe y que mande un transporte a por él. Se sienta debajo de un árbol. Su mente se traslada a una paradisíaca isla tropical mientras alguien más se encarga de llevar su ser hasta un sitio confortable y seguro.

 

3

 

Una ciudad dorada al otro lado de un río de plata. Allí quizás le esperan los tesoros de Alí Babá, o mejor aún, el harén del califa. Sólo tiene que pedir y se le concederá. Esta vez su cliente le había ofrecido el doble de paga y acceso a realidades virtuales de alta fidelidad. Al final no pudo negarse.

Se acerca a la góndola que espera al borde del río. Sube en ella y como por arte de magia la pequeña embarcación comienza por sí sola a surcar las aguas llevándolo hacia la ciudad de oro.

Dolor. Intenso dolor. Está en una playa de arenas grises, bajo un cielo encapotado. Su pierna sangra y su pantalón está manchado de púrpura. ¿Cuándo tiempo lleva así? ¿Ha perdido mucha sangre? ¿Cuánto le van a pagar por este desastre?

Todos estos interrogantes pasan a segundo plano cuando ve que a su lado está el cuerpo inmóvil de una pequeña. La conoce. Leyla. Quizás la misma en cuya compañía había despertado días atrás. Por alguna razón, está seguro de ello. Comprende que está muerta, su cuello torcido en un ángulo imposible.

Tendrá que dar algunas explicaciones a la policía y a los dueños de la unidad, pero todo está en la memoria de su implante y, por supuesto, se le exonerará de toda responsabilidad. El verdadero culpable tampoco tiene nada de qué preocuparse pues está a salvo allá en el espacio.

Se arrastra un trecho dejando un rastro rojo tras de sí. Se está desangrando con rapidez. Siente una punzada de miedo. Piensa en enviar una señal de emergencia. No servirá. No llegarán a tiempo. Por lo demás, ya siente que sus miembros se entumecen y su visión se nubla. Muy pronto perderá la conciencia. Ya está jodido. Decide permitir que la muerte gane esa batalla.

 

4

 

Su jefe le espera en la cima de la verde colina apoyado en monolitos de piedra. Domínguez asciende los últimos tramos del sendero visiblemente enojado.

—Lo siento, Pancho —dice el jefe—. Los seguros cubren todo y el cliente se ofreció a pagar una compensación adicional.

—¿Qué mierda pasó?

—Ya sabes. Los selenitas y sus conspiraciones corporativas. Y no nos conviene saber más.

—Última vez, jefe. Ya no quiero más problemas. Nada de cuerpos fuertes y atléticos. No quiero jugar más a los espías y ladrones.

—Entonces no me sirves.

—Eso está bien porque renuncio.

 

La niña avanza por el pasillo escasamente iluminado. A su lado están los centenares de estanques guardados en el sótano de la compañía. Dentro de cada uno de ellos flota un cuerpo, o lo que queda de ellos. A veces son sólo cabezas o cerebros conectados directamente a tubos que les suministran nutrientes.

Llega hasta donde sus nuevos jefes le habían dicho que estaba. Un cuerpo completo, flotando en un líquido viscoso. Es viejo, de cabeza calva y muchas llagas en la piel producto de la radiactividad. Francisco Domínguez, dice la placa. Alguna vez ese cuerpo había sido joven y se había alimentado, había caminado y había visto y oído por sí mismo. También había sido pobre y tuvo que venderse a bajo precio. Lo trataron mal y muy pronto quedó estropeado. Pero había alcanzado a ahorrar lo suficiente como para costearse un estanque de manutención.

La niña contempla con tristeza aquel ser, que es ella misma, el original, allí donde todavía residen sus recuerdos y su voluntad.

Con el dinero de los seguros, los bonos y la indemnización bien podría haber vivido sin necesidad de trabajar un buen tiempo. Podría haberse quedado una larga temporada en cualquiera de los jardines del Edén que tanto le gustaba visitar. Pero no.

Sí, detestaba ese mundo en el que le había tocado vivir. Pero lo necesitaba. Necesitaba saberse vivo, saberse real. Saber o imaginar al menos que era algo más que ese bulto flotando en líquido verdoso.

Ahora que había comprobado que la mudanza se había llevado a cabo sin contratiempos tenía que volver a sus labores. Sus nuevos jefes le habían dado un modelo Leyla estándar. Un cerebro hueco que ahora ocupaba él. Un cuerpo infantil que debía ofrecer a los pedófilos de la Luna. Esta vez sería un operador, nada de escaparse a mundos de fantasía en horas de trabajo.

Rodrigo Juri nació en 1971, es ingeniero agrónomo y profesor de ciencias. Aunque ha sido aficionado a la ciencia ficción desde niño, se ha dedicado a escribir desde hace unos pocos años, luego de que en el año 2007 participara como miembro del comité organizador de la 65ava Convención Mundial de Ciencia Ficción celebrada en Yokohama, Japón. Ha publicado sus trabajos en portales electrónicos como Tau Zero, Axxón, El Sitio de Ciencia Ficción, y en el fanzine argentino Próxima. Participó en la antología binacional chileno argentina Espacio Austral. Actualmente vive en la ciudad de Rancagua, está casado con Ximena y tienen una hija cuyo nombre, sin embargo, no es Elvira, tampoco Sol, sino Evelyn. Además comparten sus vidas con tres gatos, dos pajaritos, un perro y una liebre loca. 

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

GUSTO ADQUIRIDO

 Johan Davidsen

 

Sara aseguró su bicicleta a un tubo de desagüe frente a la entrada de mi edificio, mientras un gran grupo de jóvenes salía en tropel del vestíbulo del local de conciertos de enfrente.

—Retrocedan —dijo con firmeza uno de los porteros.

—¡Eres un perro! —gritó un chico de sudadera con capucha.

Cuando todo se calmó un poco quise intentar vender la entrada que me sobraba.

—¿Probamos con ellas? —le pregunté a Sara, señalando a tres mujeres de unos cuarenta años. Me sentía más seguro con ellas. Pero ella prefería preguntarles a los que acababan de expulsar.

—Hola, ¿están buscando una entrada? —preguntó Sara al grupo.

—La compro por 100 coronas —dijo un hombre corpulento con camiseta blanca, con la mirada perdida.

—Cuesta 295 —respondió Sara—, eso fue lo que pagamos.

Un hombre más bajo salió del grupo.

—Yo la quiero —dijo—. ¿Cuánto cuesta? ¿Cuál es tu número? Ponte aquí a mi lado y te hago la transferencia.

De pronto estábamos en medio del grupo. Yo estaba nervioso. Tecleó mi número y realizó la transferencia. Con manos temblorosas, le envié la entrada.

—Mi MobilePay no funciona, no sé por qué —dijo, y le preguntó a un amigo si podía transferir el dinero.

—Tengo el dinero, lo aseguro. Toma, sostén mi teléfono hasta que recibas el pago —dijo el amigo.

Sara sostuvo su teléfono mientras él hacía la transferencia.

Subimos a mi apartamento antes del concierto. La adrenalina todavía corría por mi cuerpo. Encontré dos cervezas en el refrigerador y nos sentamos en el sofá.

—Me sentí como el chico más blanco de todos allá abajo —dije.

—Pero es que lo eres —respondió Sara, riendo.

Era increíble lo acostumbrado que debía estar aquel tipo a la desconfianza. Él mismo sugirió que sostuviera su teléfono como garantía.

Sara estuvo de acuerdo.

—Tal vez sea porque una vez me asaltaron que no confío en nadie —dije.

—Yo no tuve ningún problema. Pero también podría ser su madre —dijo Sara.

El novio de Sara, Simon, escribió. También iba al concierto con unos amigos. Miré por la ventana y lo vi abajo. Nos saludaron con la mano. Teníamos que terminar nuestras bebidas. Escribió que irían al bar a la derecha del escenario. Poco después, a la izquierda. Su exnovia estaba trabajando allí.

En la calle, una patrulla policial tenía las luces azules encendidas.

—¡Ahora cálmate! ¡Da un paso atrás! —gritó un agente.

Se oyó un golpe sordo cuando un joven fue empujado contra el coche y tirado al suelo, mientras la policía y los jóvenes se gritaban mutuamente. Sara hablaba de brutalidad policial mientras yo fumaba un cigarrillo camino a la entrada, donde una agente estaba sentada encima de un joven que yacía boca abajo sobre los adoquines.

El hombre que había comprado mi entrada discutía con un policía, intentando explicar lo sucedido. No entendí lo que quería decir. Seguimos hacia la entrada.

El bajo hacía vibrar las ventanas.

—Llegaron justo a tiempo —dijo el guardia dijo.

Creo que Sara no lo escuchó y siguió subiendo lentamente las escaleras.

—Oye, ya empezó —tuve que decirle.

Entonces nos apresuramos a subir y nos metimos entre la multitud.

Le escribí a Simon para decirle dónde estábamos, pero pronto lo vi con sus amigos, a unos metros delante de nosotros entre el público.

—¡Qué gusto verte! —gritó, haciendo que mis tímpanos vibraran incómodamente mientras nos abrazábamos.

El concierto estuvo bien, pero no tan bueno como las dos veces anteriores que había visto al rapero. Después me quedé afuera hablando con Simon. Algunos querían ir a un bar antiguo. Pero Sara pensaba que estaría demasiado lleno. Es alérgica al humo y dijo que terminaríamos impregnados de nicotina.

Sara y Simon tenían hambre. Un taxi con la luz verde encendida estaba un poco más abajo en la calle. Colocamos la bicicleta de Sara en la parte trasera, y Simon dijo el nombre de un restaurante en el centro del que siempre hablaba. Cuando el coche tomó velocidad, le pedimos al conductor que subiera la música, una canción del concierto. Ya en el centro, nos detuvimos ante un semáforo en rojo.

—Esperen —dijo el taxista—, tengo que revisar la bicicleta.

Salió y ajustó bien el soporte. Un taxi que venía en sentido contrario bajó la ventanilla.

—¿Qué estás haciendo? ¡Inmigrante! —le gritó a nuestro conductor, riendo. Se conocían.

Nos dejó justo frente al restaurante. Abrimos la puerta de cristal y nos abrimos paso a través de las gruesas cortinas que mantenían el frío afuera.

Un camarero británico con gorra plana nos preguntó si veníamos por bebidas o por cena.

—¿Por qué elegir? —preguntó Simon.

Nos acomodaron en una mesa junto a la ventana que daba a la calle. Yo realmente necesitaba ir al baño. Debía estar al fondo del local alargado. Pero había un bar en el centro.

—Disculpe, señor, esta es el área de trabajo. Está del lado equivocado de la barra —gritó el camarero.

Me tomó un momento entender que me hablaba a mí. Evidentemente había pasado al lado incorrecto. Cuando llegamos, nos había preguntado si queríamos sentarnos en la barra, lo cual habíamos rechazado, pero yo miré hacia allí y, por alguna razón, confundí el lado de los clientes con el del personal sin darme cuenta.

Debió de ser eso lo que salió mal cuando intenté encontrar el baño. Me dio vergüenza, pero salí y fui al baño. Había dos inodoros uno junto al otro en una sala grande con iluminación tenue.

Cuando regresé a la mesa, conté la experiencia embarazosa. Los otros dos no lo consideraron tan grave. Pero también estaban bastante más ebrios. Pedimos comida. Y luego un vino natural que el camarero describió como un gusto adquirido. Pero al probarlo, se parecía a una sidra casera. Sara estuvo varias veces a punto de quedarse dormida.

Cuando llegó la cuenta, superaba las mil coronas. Le pregunté a Simon cuánto debía transferirle.

—Doscientos —dijo tras pensarlo un momento.

Simplemente lo hice, aunque estaba lejos de ser mi parte completa.

Al salir, no pude evitarlo y me acerqué a la barra, donde nuestro camarero, que ya había terminado su turno, estaba sentado en un taburete. Con un rápido movimiento de la mano, le quité la gorra, que voló en un arco bajo por encima de la barra y cayó en el lavabo.

No debí haber hecho eso.

Johan Davidsen es un escritor danés nacido en 1985. Tiene una maestría en Estudios de la Comunicación por la Universidad de Copenhague. Debutó como autor en 2015 con Jeg kan ikke hjælpe dig med dine problemer (No puedo ayudarte con tus roblemas). Selvmordstanker kan ikke betale sig (Los pensamientos suicidas no pagan) es su segundo libro.

 

DE SABORES Y ALEGRÍAS

Maritza Macías Mosquera

 

Anny había llegado de España a acompañar a su amiga… un poco tarde, se dijo. Transcurrió más de un año desde la partida de doña Ramona, pero ella, becada en Europa, no podía dejar todo para venir a casa de Celia cuando su madre falleció. Estaba al tanto de lo ocurrido, con la información precisa, ya que hablaba a diario con su amiga, en realidad se mensajeaban, era la forma más práctica; sin embargo, Anny sabía que faltaba ese abrazo prolongado a propósito, con la sola intención de sentir a la otra.

Su amistad se remontaba a los tiempos de la universidad. Allí se conocieron. Cuando un trabajo grupal las puso en el mismo grupo y a investigar el mismo tema, nunca más se separaron. La amistad, que databa ya de más de diez años, era firme y honesta. Por eso le dolía no estar con Celia, no haber estado a su lado en el velatorio y el funeral.

Su beca había terminado y había aprobado como siempre, sobresaliente. Decidió regresar de inmediato. Hacía dos años que no abrazaba a sus padres, hermanos ni sobrinos y en especial a su amiga del alma.

—¿Cómo estás, amiga de mi corazón? ¡Te he extrañado tanto! —Fue lo más honesto que le salió de la boca. Celia la había ido a esperar al aeropuerto.

—Bien —respondió Celia—. ¿Cómo estuvo el vuelo?

—La verdad, me lo dormí todo, desperté cuando atravesábamos la cordillera.

—Ja, ja, ja, lo sabía, igual que cuando te fuiste, no has dejado de ser una marmota. —Y se rieron juntas.

Ese día se quedaría con ella, sus padres vivían en provincia, así que partiría al día siguiente. Sabía que no cabía la posibilidad de dormir, eran muchos dos años lejos sin poder conversar a solas. Luego de ver a su familia, regresaría a ocupar su cargo a la facultad donde se desenvolvía antes de la beca y se quedaría en la casa de Celia, quien ya tenía un dormitorio dispuesto y donde se instaló de inmediato.

Cuando hizo entrega de los regalos que traía, Celia no pudo contener el llanto al recibir el abanico legítimo de Sevilla, que Anny le había comprado a su madre. Ella estaba segura de que Anny se lo traería desde España, pero no alcanzó a recibirlo porque un mieloma múltiple, ese cáncer de ancianos, la había llevado en pocas semanas.

Ramona sospechó su condición, pero Celia no se lo corroboró, nunca hablaron de su enfermedad, solo se limitaba a cuidarla y mimarla. No había tiempo para ellas. Fue por esa razón que la emoción de Celia la hizo desbordarse y cayó en cuenta que no había llorado con tanta pena su duelo en lo que iba corrido de ese año.

—Sabes que a veces creo que es un déjá vu, cuando los recuerdos se me confunden con flashes sobre mi vida pasada —dijo Celia, confesándole a Anny lo que era su vida ahora sin su madre—. Será que la memoria y el tiempo se pueden mezclar como los ingredientes de una receta o, que son solo curiosas maneras que tiene nuestro cerebro de enviarnos hacia atrás. No para retener el tiempo ido ni para volver a él, lo que es imposible, si no para no olvidar de dónde venimos ni lo que hemos vivido, sea esto bueno, malo; feliz o doloroso.

—Eso es legítimo —la animó Anny—, solo tú sabes cómo canalizas tu pena y tus recuerdos.

—También —continuó Celia sin prestar demasiada atención al comentario de su amiga—, en otras ocasiones, creo sentir que me nombra, escucho su voz tras de mí y, giro para verla, pero no está, entonces me pregunto, ¿sería mi imaginación? Porque la oí tan nítida… Sí, escucho su voz, esa misma melodiosa voz de antaño, esa voz cantora, alta, afinada, armoniosa, de timbre brillante. Esa voz y esas canciones, resuenan constantes en mis oídos. Nunca he vuelto a escuchar una voz como la suya. Puede que yo la idealizara en mis remembranzas, igual es mi prerrogativa, puesto que era mi madre su dueña.

—Es cierto; la oí cantar algunas veces.

—Pero cuando se enfermó ya no pudo cantar más, se le olvidó ese amplio repertorio del que disponía y junto con el olvido de las letras de las canciones, su voz se volvió desafinada, desentonada y prefirió el silencio.

Y al silencio de Ramona, mencionado por Celia, siguió un silencio prolongado durante el cual Anny no supo qué decir. La anfitriona se levantó para servir café y la amiga recorrió la sala con la mirada.

—Todo está igual —dijo finalmente.

—Prefiero que así sea —dijo Celia regresando con una bandeja en la que, además de la cafetera y los pocillos, había una fuente con bizcochos caseros. Solo entonces, cuando se hubo sentado en el sillón, reanudó los comentarios—. Tengo recuerdos de mi madre desde una edad bien lejana, debo haber tenido cuatro o cinco años, porque la veo joven en esas imágenes que mi cerebro logró guardar. Ella fue siempre una mujer muy acelerada, hacía todo muy rápido y me costaba mucho seguir su ritmo, muchas veces se le caían las cosas o las dejaba sobre la mesa o en el lavaplatos, de manera brusca, todo por lo atolondrada que era.

—Sí, así la recuerdo, cuando yo te pasaba a buscar y se molestaba porque tú no estabas lista. “¡Tan lenta esta niñita, por Dios!”, me decía mientras buscabas tus cosas por aquí y por allá.

 —Ella era así, rápida para todo. Extraño sus comidas. Cocinaba tan rico, aunque yo no alcanzaba a ver qué ingredientes ponía en cada comida; por lo mismo me causaba curiosidad saber qué llevaba cada plato, no para cocinar yo, que era muy niña, sino porque le quedaban tan ricas que deseaba saborear y reconocer en ellas, cada ingrediente. Después, ya de grande me ayudaba a cocinar y me dirigía: el pollo pega bien con apio, las carnes rojas con pimienta negra y así fui aprendiendo, de su forma y estrategias culinarias.

—Pero deben haberte quedado grabadas algunas de sus recetas, ¿no? —Anny bebió un sorbo de café y Celia la contempló extrañada, como si con esa simple frase hubiera abierto un canal hacia el pasado.

—¡Eso mismo! —exclamó—. Pero lo que más recuerdo, sin dudar, eran dos preparaciones de ella que me embelesaban. No eran comidas de almuerzo o cena. Una era un postre: leche asada.

—En España le dicen flan —acotó Anny—. ¡Me encanta!

—El otro —siguió Celia—, un queque, ambos dulces y, a ambos se les hacía una especie de costra encima. La de la leche asada, era muy, muy rica y la del queque, era crocante.

—Me había olvidado lo que es un queque. Allá le dicen bizcocho… ¿Es lo mismo?

—Supongo que sí —dijo Celia moviendo la mano, como restándole importancia al tema de los nombres—. En aquellos años —continuó—, en mi casa de niña no existían los electrodomésticos, por lo que mi retina me devuelve la imagen de ella, batiendo con un par de tenedores y, como era acelerada, batía muy rápido. Tampoco se guiaba por cantidades indicadas en alguna receta, ella lo hacía todo "al ojo", como decimos por acá. Yo la observaba y, mientras revolvía y batía, cantaba boleros y tangos. De esos me aprendí parte de sus letras.

—¡Qué divertido!

Celia contempló a su amiga y una especie de luz le recorrió la mirada.

—Oye —dijo al cabo de un momento—, se me ocurre una idea: ¿qué tal si preparamos ese queque y lo comemos hoy mismo.

Anny, que conocía los sabores de ambos, no pudo decir otra cosa que dar un sí rotundo y emocionado.

Una vez en la cocina, Celia fue quien guio la faena… cantando, tal como hacía su madre.

—Quebrar tres huevos y echarlos en un cuenco... dijo mirando a Anny. Luego, sin solución de continuidad, entonó una estrofa—. Partiré canturreando... mi poema más triste.

—¿Y ahora? —apremió Anny.

—Agregar una taza de azúcar... Poner un octavo de mantequilla a temperatura ambiente, batir...

 y seguir cantando... le diré a todo el mundo... lo que tú, me quisiste...

—¿Sabes la receta de memoria?

Celia no respondió a la pregunta y continuó la cantilena.

—Una vez esté todo bien mezclado agregar una taza de harina de trigo. Y luego echar, sobre la mezcla, otra taza de harina y continuar mezclando…

—¡Canta, canta!

Y cuando nadie escuche, mis canciones ya viejas… partiré a algún pueblo lejano...

—¡Sigue!

—Espolvorear un par de cucharaditas de polvos de hornear y mezclar despacio... Enmantecar un molde y vaciar la mezcla en él.

—Ya no estás cantando.

—… y allí, moriré...

—¡Qué final triste!

—No para el queque —dijo Celia—. Luego de una media hora, pinchar con una aguja de tejer para comprobar si ya está cocido. Si la aguja sale húmeda dejar un rato más, si sale seca está listo.

—¿Qué cantabas? —preguntó Anny.

—Era un tema muy antiguo —comentó Celia—, se llama "Cuando ya no me quieras", del mexicano Miguel Castilla; lo interpretaba Tito Rodríguez y también por Los Tres Reyes. Mi madre sabía todo lo concerniente a los temas que le gustaban.

 

—Hay que celebrar tu regreso, amiga querida —dijo Celia cuando hubieron terminado la actividad culinaria.

—Traje un espumante delicioso...

—Mientras no terminemos borrachas…

—Veo que sigues siendo la misma de siempre. No cualquiera recuerda una de esas canciones, al menos no con tu edad y no esas canciones.

La nota final —agregó Celia—, es que si no lo haces cantando, ten la seguridad que no obtendrás los resultados esperados, Pero te voy a enviar las recetas a tu celular, para que la prepares con tu familia y también la grabación de esa y otras canciones.

 

Por la mañana se despidieron en el terminal de buses. Hubo un largo abrazo, saludos a la familia, y los mejores deseos. Celia regresó a casa, ordenaría un poco y luego se iría al trabajo, como siempre... cuando un Cely muy suave se escuchó en alguna parte de la sala.

Celia, miró por todos lados y luego sonrió.

—Sí, mamá, estoy feliz; el queque salió perfecto… y usaré tu abanico. Te lo prometo.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

DEL GÉNESIS AL ÉXITO

Valter Cardoso

 

El valioso detector de metales con forma de desmalezadora yacía recostado contra un termitero, junto a una mochila y una pequeña azada. A su lado, Giorgio, irritado, intentaba espantar a los insectos con una mano y sostener el mapa con la otra. Con la cabeza baja, un hilo de sudor le corría hacia el ángulo del ojo, le ardía y le dificultaba aún más la lectura y el reconocimiento del lugar.

—¿Valdrá el sacrificio? —pensaba en voz alta, mientras el calor y las picaduras de mosquitos lo castigaban.

La idea le había parecido buena días atrás, cuando descubrió una carretera en construcción que había sido abandonada por el gobierno anterior por falta de fondos. Consultó un mapa antiguo y confirmó que aquella ruta se cruzaría con uno de los posibles caminos que la Civilización Inca utilizaba para llegar al océano Atlántico, conocido como el Camino del Peabiru.

En la carretera abandonada, la naturaleza ya se había recuperado bastante y casi había cerrado el paso. Logró llegar cerca de la ruta inca con su jeep y allí esperaba encontrar diversos tesoros; pero, por ahora, la realidad solo le había regalado espinas, picaduras y un calor infernal.

Verificó en el mapa que estaba en el lugar correcto. Incluso había algunas piedras cortadas y aplanadas formando un sendero que se perdía en la selva. Sin embargo, ya llevaba dos días prospectando una zona extensa sin encontrar absolutamente nada. La sensación de desánimo se convirtió en pánico cuando oyó un rugido aterrador que venía del matorral. Se sintió completamente indefenso, porque el sonido llegaba justo desde la dirección en la que había dejado el jeep. Sin pensar mucho qué animal sería, recogió su equipo y echó a correr en dirección opuesta.

Se internó en la espesura sin preocuparse por los pastos afilados que le marcaban pequeños cortes en la piel expuesta. Se detuvo recién cuando casi cayó por un barranco. El detector de metales no tuvo la misma suerte: rodó unos metros hacia abajo hasta quedar trabado en una rama. Como estaba lejos y ya no oía los bramidos del animal, se sintió a salvo e improvisó una misión de rescate, sujetándose de raíces y lianas. Al llegar cerca del detector, notó que estaba encendido y vibrando. Se colocó los auriculares y recibió el zumbido que tanto había esperado. Alejó y acercó la bobina exploradora a la ladera del barranco para confirmar sus sospechas. El pitido agudo, estridente y entrecortado sonaba como la más bella sinfonía sagrada para sus oídos en ese momento. En el panel de control confirmó que lo que había encontrado era metal, y de un tamaño muy grande.

Tras asegurar una zona estable en la ladera con anclajes, grampas y cuerdas, apartó el pasto e inició la excavación cuidadosa con la pequeña azada. Con pocos golpes oyó el choque del metal. Con miedo de dañar su tesoro, siguió cavando con las manos hasta encontrar una superficie lisa. Al primer contacto de la piel con el metal, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Fue casi como una descarga, pero sin dolor, apenas una leve incomodidad que no volvió a repetirse. Lo extraño fue que, después de tocarlo, empezó a recordar cosas que el tiempo había ocultado hacía mucho, en breves destellos de memoria. También notó que su manera de razonar había mejorado y que percibía con más atención los detalles.

El objeto enterrado era grande. No parecía ser de un material valioso como el oro, pero podía tener valor histórico. Tras algunas horas de trabajo y de exaltación –y de una especie de delirio provocado por esos flashes–, vio que ya quedaba al descubierto más de un metro del artefacto, aunque aún era imposible conocer su tamaño real; solo que la superficie era curva.

No había uniones, y las pruebas con el detector revelaron varios tipos de aleaciones. Empezó a imaginar si podría ser el fuselaje de un avión o incluso de un barco. ¿Y si era una bomba o un misil dormido? Aun corriendo riesgos, siguió decidido mientras la luz del día se lo permitió. Pronto notó una pequeña marca en un extremo de la superficie lisa. Continuó retirando la capa de tierra de esa zona y descubrió una franja con triángulos impresos en bajorrelieve, semejantes a una escritura cuneiforme.

Buscó el cantimplora para echar agua y limpiar mejor, pero estaba vacía. No logró recordar cuándo había bebido agua por última vez ese día y notó la garganta reseca. Agotado por el cansancio y con calambres por la postura con la que se había afirmado en la ladera, decidió dar por terminada la jornada, por más motivado que estuviera. Con el celular tomó algunas fotos del área metálica y de los detalles triangulares. Marcó la posición con la app de GPS y aprovechó para trazar el camino más corto hasta donde había dejado el jeep.

La ruta trazada facilitó el regreso, pero no redujo el dolor en las piernas ni el malestar. Llegó al vehículo con la penumbra del final de la tarde, bebió mucha agua, comió un sándwich y se recostó. A pesar del cansancio, no consiguió dormir ni descansar; se quedó divagando hasta bien entrada la noche.

—¿Qué será eso? ¿Valdrá mucho? ¿Qué tamaño tiene? ¿Qué peso? ¿Cómo voy a llevármelo solo? ¿Por qué, aunque estoy agotado, siento que mi cerebro funciona mejor que nunca? —se preguntaba, ya que el sueño no llegaba.

Eufórico por divulgar su hallazgo, le envió la imagen de los triángulos a Erich, un amigo que había sido su profesor de geología en la facultad. Al fin y al cabo, necesitaba ayuda para transportar aquel descubrimiento de tamaño gigantesco. Esperó la respuesta del amigo, pero ni siquiera vio el mensaje.

La expectativa y el silencio se rompieron con un nuevo rugido, ahora identificable por el sonido como el de un gran felino. Parecía estar cerca, pero esta vez Giorgio estaba preparado. Esperó a que la bestia se aproximara lo suficiente para devolvérsela. Cuando estuvo justo frente al jeep, encendió la parrilla de faros auxiliares y, al mismo tiempo, activó la bocina de aire comprimido. El chorro de luz cegadora, sumado al bramido de bocina de camión, si no mató al animal del susto, por lo menos debió hacerlo correr toda la noche. La situación le dio el alivio que necesitaba. Acomodó la parte trasera del jeep y aseguró una noche de sueño agradable.

Se despertó con un haz de luz en la cara. Todavía no había amanecido cuando varias personas armadas, con trajes blancos de aislamiento, lo sacaron del vehículo a la fuerza. Asustado y somnoliento, vio que a su alrededor había carpas, gente de blanco, camiones e incluso helicópteros. Lo llevaron al interior de una de las carpas y lo esposaron a una silla. Alguien que parecía estar al mando dejó de manipular una tableta y se acercó cuando los demás salieron.

—Perdone la puesta en escena, señor Giorgio. A los militares les gusta este teatrillo. Usted es nuestro invitado —dijo una voz femenina, amortiguada por el traje, mientras le quitaba las esposas—. Soy la doctora Márcia, y tengo mucha curiosidad por su aventura —añadió, retirándose la capucha.

Con el nuevo desarrollo de su razonamiento, Giorgio incluso había preparado varias quejas y preguntas, pero la apariencia de la mujer lo hizo ruborizarse y trabarse. La visión, en cámara lenta, le reveló una piel tan clara como el traje, apenas sonrojada en las mejillas, sobre los hoyuelos. Ese rojo también estaba en los labios carnosos y en los cabellos rizados que caían sobre los hombros. Sus ojos eran negros, de una profundidad tal que no se distinguía la diferencia entre iris y pupila.

—¿Qué… qué… está pasando? —balbuceó, tímido, apartando la vista del rostro angelical hacia la identificación del traje: Dra. M. Oliveira 0*.

—Bueno, voy a ayudarte —dijo la doctora, y en la tableta le mostró la misma imagen que él le había enviado al profesor—. ¿Dónde cayó el platillo volador?

Ver la imagen recargó su energía mental. Preguntas y respuestas le cruzaron la mente en un instante. Decidió contraatacar.

—Doctora, noté que maneja la tableta con la mano izquierda. ¿Sabía que solo el diez por ciento de la población es zurda? ¿Y que ese número es aún menor entre las mujeres? —dijo, inflando el pecho en un gesto de imposición.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con el objeto que encontró? —preguntó ella, desconcertada.

—Tiene todo que ver. ¿Y su pelo? Es pelirrojo natural, ¿no? Entonces menos del dos por ciento de la población mundial tiene esa característica —siguió, ya de pie, como quien controla la situación.

Antes de que ella abriera la boca, continuó:

—Y sus ojos, con iris completamente negros: una parte ínfima de la humanidad tiene ese color. ¿Cuál es la probabilidad de que una sola persona tenga todas esas características? —dijo, casi agresivo.

—Ah, ya entendí. Está intentando ganar tiempo, confundirme. Si no quiere cooperar, tendré que llamar a los militares para nuestro jueguito —amenazó, posando la mano sobre un dispositivo que parecía un reloj.

—No es para marearla, solo quiero que siga mi línea de razonamiento, ¿sí? —dijo, bajando el tono y volviendo a sentarse—. Ahora lo más importante —continuó, con la voz lo más baja y controlada posible, para asegurarse toda su atención—: su identificación en el traje.

—Sí, es mi apellido. ¿Qué tiene?

—No el apellido: lo que viene después. Los militares usan esa parte para el tipo de sangre. Pocos notarían que no es la letra “O” lo que está estampado, sino el número cero. Y como tampoco hay signo de positivo ni negativo, solo un asterisco, significa que su tipo sanguíneo es RH nulo, llamado sangre dorada: extremadamente raro, con menos de cincuenta individuos reconocidos en todo el mundo —terminó, exhalando, aliviado, como si acabara de darle jaque mate a un maestro de ajedrez.

—Pero… pero… ¿qué tiene que ver eso con su hallazgo? ¿Cómo descubrió todo eso sobre mí? —balbuceó, confusa.

—Ustedes usan trajes para protegerse de algún peligro o contaminación que el artefacto pueda causar. Pero, ¿y si el contacto causa beneficios? No perdamos más tiempo. Si lo que quieren es el artefacto, vamos hacia allá. Pero antes quiero garantías: al menos el veinte por ciento de todo el beneficio que obtengan con investigaciones y productos relacionados. Use su tableta, que debe tener internet, y oficialicemos esto ahora mismo.

La labia y la rapidez de Giorgio funcionaron. Antes no sabía cómo transportar el artefacto, y ahora tenía logística, un laboratorio y hasta derechos financieros garantizados. Tras legalizar el acuerdo, usó el GPS para guiar a la doctora y su equipo hasta el hallazgo.

En el lugar, tras pruebas de radiactividad y calidad del aire, la doctora y los militares se quitaron los trajes protectores. Con ayuda de uno de los helicópteros hicieron un barrido con una especie de sonar para descubrir el tamaño real del objeto. El monitoreo en la tableta indicó que la medida horizontal alcanzaba los veinte metros; pero la estructura se prolongaba por más de cien metros de profundidad. Se movilizó enseguida un equipo mayor, con excavadoras. Mientras tanto, Giorgio y Márcia limpiaban con cuidado la superficie, buscando nuevos caracteres en bajorrelieve.

Hacía mucho tiempo que la doctora investigaba la Teoría de los Astronautas Antiguos y su relación con la mitología de los dioses en diversas civilizaciones. Con lo raro de su sangre y la dificultad de encontrar un donante, había almacenado reservas para sí misma y conoció a un multimillonario que compartía la misma condición.

Así obtuvo el financiamiento que necesitaba: laboratorios, equipos e incluso un pequeño ejército de protección. Ahora le faltaba el eslabón perdido: aquello que la vincularía con un linaje de dioses, los venidos de otros planetas.

Al descubrir una nueva línea de triángulos grabados, la doctora sintió un hormigueo en todo el cuerpo. Hasta ese momento había creído que buscaba respuestas sobre su origen y la rareza de su constitución física. Pero, alcanzada por la misma carga de energía que Giorgio –la que ampliaba el pensamiento y el razonamiento–, dijo en voz alta:

—¡Estábamos equivocados! Esto no es un platillo volador caído. Este objeto nunca estuvo en el espacio. Fue construido por dioses, sí… pero dioses de la Tierra. Esto es una base de lanzamiento, construida hace milenios, en una época en la que los seres eran más civilizados y evolucionados. Fueron ellos quienes iniciaron el poblamiento del universo. Los primeros astronautas. Los Dioses Astronautas.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

 

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