viernes, 6 de febrero de 2026

LA NAVE

Hernán Bortondello

 

Hacía tanto que viajaba en ella que no recordaba su aspecto exterior ni cuándo se la habían asignado. El habitáculo principal medía aproximadamente cuatro por siete metros. Solo dos pequeños compartimientos se le anexaban: el de sanidad y el de alimentación. En una especie de litera ubicada en la parte posterior, yacía con los ojos abiertos el único tripulante, tratando de hallar una razón valedera para abandonar el lecho. Últimamente no se le ocurría ninguna y únicamente su viejo sentido del deber lo empujaba a levantarse mañana tras mañana. Mas ponerse en pie no era el único problema; también debía escuchar un audio para rememorar qué tareas incluía la rutina diaria. Las tinieblas invadían cada vez más territorios de su memoria.

Pero el olvido no era una consecuencia de los largos años atravesando el tiempo y el espacio. Por el contrario, era su traumático presente el que erosionaba su psique. A la permanencia definitiva en aquel planeta, del que ya nunca remontaría vuelo, se sumaba  la imposibilidad personal de salir a la superficie, respirar su atmósfera, interactuar con la fauna y la flora e intentar vincularse con los habitantes de la civilización nativa. Es que, inexplicablemente, en él se había desarrollado una fobia por todo lo que tenía que ver con ese mundo.

Sin embargo, penetrando en lo más profundo de su mente y espíritu, se podía descubrir la verdadera razón de su decadencia. Una que nada tenía que ver con la soledad y la certeza de que moriría sin ninguna compañía. No, el oculto y fatal motivo radicaba en el hecho de que ya no podría huir de la culpa que lo atormentaba. Sus frecuentes viajes espaciales le habían brindado la ilusión de que la dejaba atrás junto a la convicción de que jamás sería perdonado.

Otra vez el reloj marcó las 15:00, hora de su tierra natal. Levantando los dedos del teclado, suspendió los registros en la bitácora que, dadas las circunstancias, se había convertido en un diario personal. Acopiando fuerzas, se incorporó del asiento frente al pequeño tablero y con paso cansino fue hacia el dispensador de café. Tras servirse una taza, se acercó a la ventana principal, único contacto con el inalcanzable exterior, y jaló el control para retirar la pantalla de protección solar. Ésta, lentamente, se fue plegando hasta ocultarse casi en el techo de lo que ahora no era más que un barco varado. Así, de abajo hacia arriba, volvió a revelarse una tierra ajena. El bombardeo de estímulos visuales siempre lo atontaba un poco al principio, y para asimilarlo bebía un trago muy caliente. Sus ojos demoraban unos segundos en acostumbrarse a la luz de aquella gigantesca estrella y recién entonces podía escrutar el paisaje. Con los años, había aprendido a identificar, y hasta cierto punto comprender, muchos aspectos de él y de la vida que lo habitaba. Pese a ello, ésta última le provocaba un extraño rechazo. En particular, le desagradaba la audacia de unas pequeñas criaturas aladas que caían desde el cielo como flechas. Cubiertas de algo parecido a un pelaje, ora colorido, ora grisáceo, aterrizaban sobre lo que consideraba algún tipo de formaciones botánicas y entre cuyas encrucijadas ramificaciones, cubiertas de un verdor que les era común, las desfachatadas alimañas se cortejaban, hacían el amor o entablaban feroces peleas territoriales. Es cierto que no podían verlo, pero esos ágiles bichos lo sobresaltaban. Detectaba perfidia en sus redondos ojillos cuando se acercaban y golpeteaban con agudos picos el marco exterior del cristal espejado, alimentándose con los insectoides que anidaban en él. Pero, a pesar de la aversión que les tenía a los que bautizara como animalejos, se preocupaba de filmar sus distintas especies y tomar detalladas notas sobre sus hábitos y conductas.

Estos seres eran los que con más frecuencia observaba, pero no eran los únicos. Existían, entre otros, unos cuadrúpedos aparentemente más evolucionados, que si bien eran de muy variadas formas, tamaños y pelajes, él deducía que derivaban de un tronco común. Por algún motivo los más pequeños le resultaban especialmente simpáticos. Los de mayor talla, mucho más amenazadores, solían ser acompañados por lo que definía como entidades biológicas miméticas y que, creía, estaban dotadas de un sentido poderoso y desconocido. No podía explicarse de otra manera cómo habían sabido de él, sin siquiera observarlo, y luego imitar a la perfección la forma humana. Le intrigaba sobremanera descubrir cómo lograban inferir la existencia del sexo femenino y masculino, replicando sus diferencias y teniendo especial cuidado en no repetir rostros y conformaciones físicas. Desconocía, también, como eran capaces de determinar los límites de su campo visual, ya que, con seguridad, ellos cambiaban su apariencia original un segundo antes y un segundo después de aparecer ante él. No le cabían dudas de que eran intelectual y socialmente avanzados. Esto le resultaba obvio al analizar sus conductas. Si bien por lo general sólo los veía deambular, de tanto en tanto se detenían y conversaban. Asombrosamente, sus maneras y gestos eran idénticos  a los del homo sapiens. Ergo, se decía, la habilidad de imitación a un nivel tan complejo sólo podía ser desarrollada por una inteligencia muy evolucionada.

Aquella tarde en particular apenas había visto a dos miméticos masculinos. Simulaban ser individuos adultos e iban muy relajados, casi hombro con hombro, hablando de algo  seguramente gracioso dadas sus amplias sonrisas. Después, sólo unos pocos animalejos posándose y levantando vuelo, pero nada más.

Mucho tiempo atrás, se había impuesto un horario de vigilancia y relevamiento que terminaba a las 18:00. Habiendo ya pasado dicha hora, estaba por bajar la pantalla solar y activar la iluminación artificial. Fue en ese momento cuando un mimético femenino apareció de repente frente a él y le dio el susto de su vida. Con las palmas apoyadas contra el grueso vidrio templado, daba la impresión de estar mirándolo. Pero eso es imposible, pensó, ¡esta criatura no puede verme, sólo se refleja a sí misma!, exclamó con voz cascada, como para convencerse.

Aquella entidad imitaba el aspecto de una jovencita de unos dieciséis años, cabello negro muy largo y facciones exquisitas. Entonces, el terror lo paralizó, resultándole imposible hacer otra cosa que no fuera observar aquel rostro. Los ojos de la extraña, negros también, le resultaban muy familiares. Muy, pero muy familiares, atinó a decirse. Cómo si un rayo hubiese iluminado su mente, supo que aquella cara era la que lo había visitado por años en un sueño recurrente, uno que lo torturaba y que inevitablemente lo hacía despertar sudoroso y agitado.

¡Es ella! ¡Dios, es ella!, quiso aullar, pero la angustia le cerró la garganta y sólo pudo exhalar un sonido ahogado e ininteligible como un estertor. Sintiendo un horrible mareo, creyó que la consciencia se le estaba licuando y que empezaba a girar alrededor de la imagen imposible, enmarcándola. Finalmente, luego de un tiempo que no pudo precisar y habiendo alcanzado el clímax de la desesperación, comenzó a invadirlo una especie de relajación fruto del agotamiento nervioso. Los latidos del corazón fueron normalizándosele, y su vista, que se le nublara por el estrés, pudo volver a enfocar gradualmente a la muchacha. Era una locura, pero no tenía dudas: se trataba de Érica, su único amor; la novia que, siendo demasiado joven e inmaduro, abandonara con un bebé en el vientre.

Ahora ella estaba allí y le estaba gritando algo que no podía escuchar, pero su expresión era de súplica y sobre sus mejillas encendidas se deslizaban unas lágrimas que lo hicieron olvidarse de todo: la precaución por una atmósfera desconocida, la fobia incomprensible a lo externo, la soledad falsamente asumida y el temor a la muerte.

¡Érica!, y esta vez sí pudo rugir su nombre mientras se abalanzaba a la compuerta de aire. Atropelladamente, abrió la primera puerta, cruzó la esclusa y, sin pensarlo siquiera, hizo lo mismo con la segunda. En su inconsciencia, no se había puesto el traje protector. Ahora estaba afuera…

—¡Abuelo! ¡Me vas a matar de un susto! ¿Por qué no me contestabas las llamadas? —le recriminó ella, llorando y fuera de sí.

Atontado, como si le hubiesen asestado un golpe en la cabeza, el viejo no supo qué contestar.

—¡Tonto y más tonto! ¡Acá te traigo la vianda! ¿Otra vez te olvidaste de cargar la batería del celular? ¿Acaso no querés alimentarte? ­­—Patricia, angustiada y casi sin aliento, era fiel calco de su abuela Érica.

Agachando la cabeza como un niño en falta, se quitó de la entrada para dejar pasar a su nieta, que como una tromba se dirigió a la cocina.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus  relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

 

 

LA CRISIS DEL SECTOR TURÍSTICO

Simonetta Olivo

 

Cuando el sacerdote pronunció la esperada frase, “el novio puede besar a la novia”, los invitados aplaudieron, los niños desviaron la mirada, las damas de honor se balancearon sobre los tacones. Más tarde, en el brindis, el marido observó complacido a la esposa deslizarse de un invitado a otro repartiendo recuerdos y sonrisas; él se prestó a las bromas de los amigos, que aludían a la inminente noche de amor, en la ficción de que fuera la primera. Ella se dejó alzar en el umbral del apartamento donde ya vivían; el novio bromeó sobre el peso que tuvo que sostener. Consumaron lo que el estado de embriaguez les permitió.

Al día siguiente, al amanecer, embarcaron bajo un cielo poblado de globos y música de orquesta. Otros como ellos repetían el saludo de ocasión, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer y la misma sonrisa multiplicada a lo largo de todo el crucero.

Eran dos desconocidos perfectamente felices: nunca se habían mirado tan a fondo a sí mismos como para poder siquiera imaginar qué significa amar.

El primer día de viaje el esposo vomitó durante horas y la esposa le hizo compañía, sentada en la cama del camarote, las manos entrelazadas bajo el mentón y el pijama rosa comprado para la ocasión.

El segundo día salieron a divertirse: había que apiñarse en el buffet, jugar al minigolf, pasear por la cubierta al atardecer, pero sobre todo siempre había un camarero dispuesto a ofrecer un generoso cóctel, de modo que no pasara una sola hora en la que no estuvieran al menos algo achispados.

Por la noche ella se ponía su vestido dorado y de lamé, y todo el tiempo comprobaba en el espejo del salón que el pliegue del peinado no perdiera forma. Él se aburría un poco, pero el lujo del barco le daba la sensación de ser rico, y eso le bastaba.

Desembarcaron para visitar la primera ciudad durante seis horas. Los guiaba una mujer corpulenta de mediana edad, vestida con un traje sastre color burdeos: agitaba su banderita como si fuera un estandarte y los conducía a penetrar en la multitud de turistas, como bancos de peces que se encuentran y se cruzan. Las ruedas de valijas sobre el asfalto peatonal y el olor a McDonald’s se multiplicaban, siempre idénticos, en cada calle que los llevaba al destino obligatorio: la catedral, el parque, la calle de las compras, la larga fila para acceder al museo, con todas las guías de traje color burdeos disputándose el espacio entre sus protegidos y la boletería. Carteles multilingües aconsejaban no desnudarse en los lugares de culto, no escupir en el suelo, recordar la propina. La esposa seguía a la guía como si fuera la comandante de la infantería, y la visita una guerra santa. El reparto de los sándwiches envueltos a bordo entusiasmó al esposo, como suele ocurrirles a los niños de excursión escolar. Compraron láminas y adornos de Swarovski para el mobiliario de su nueva vida. Antes de volver a subir al barco pidieron a la guía que les sacara una foto con la ciudad de fondo, conscientes de que jamás regresarían; se besaron en el momento del disparo y luego, sin nostalgia, observaron cómo la costa se alejaba y desaparecía, con las pantorrillas hinchadas y un gran deseo de mojito.

En los días siguientes se dedicaron a los bailes en grupo y a la vida social. En la cena charlaban con la pareja asignada frente a ellos; entre ambos había una diferencia de edad que saltaba a la vista: ella rondaba los veinte, alta, voluptuosa, con los labios siempre brillantes y el cabello apenas ondulado en los largos; él, de la mitad de su estatura, al menos sesenta años, con un impulso irrefrenable por alardear de sus bienes, incluida la esposa. Los hombres hablaban entre ellos de relojes; las mujeres, de cocina.

Después de tres días de navegación, la esposa le preguntó al esposo cuándo estaba previsto el próximo desembarco. Él se preocupó: en efecto, haciendo memoria, ya deberían haber visto al menos otras dos ciudades asomadas a ese mar. Atribuyeron el retraso a algún mal tiempo en la costa y volvieron a brindar a la luz de la luna, como cada noche, como todas las parejas asomadas a ese lado del barco, con el brazo del hombre sobre el hombro de la mujer.

Durante dos días el barco no se movió. Entre los pasajeros circulaba una vena de irritación y ansiedad, pues no había un motivo aparente ni explicación para ese estancamiento. Los esposos se lo tomaron con filosofía y se dedicaron al minigolf. La esposa acababa de apuntar al tobogán de la última pista cuando la voz del capitán cayó sobre todos los pasajeros, anunciando la rápida propagación, en tierra firme, de un virus resistente a los tratamientos. También en el barco se habían registrado dos casos, en aislamiento. Se invitaba a los pasajeros a lavarse frecuentemente las manos, a desechar los pañuelos usados en bolsas de un solo uso, a estornudar en el pliegue del brazo. Los esposos terminaron la partida, bromearon con los comensales sobre el asunto de los estornudos, brindaron en la cubierta a la luz de la luna, pero esta vez con menos compañía, pues muchos, tras el anuncio, se habían retirado a sus camarotes.

Al día siguiente se cruzaron con la joven de los labios brillantes. Elegantísima como de costumbre, delataba su malestar con la palidez y con la ausencia de él. La esposa notó el cabello sucio. No se saludaron.

En el barco circulaban noticias sobre el estado de la situación: que en tierra firme el contagio sumaba nuevas víctimas cada hora y que al menos una veintena de metrópolis habían sido puestas en cuarentena. Se decía que la muerte podía llegar por paro cardíaco, o por asfixia, tarde o temprano, para todos o para unos pocos. Los rumores resbalaban por los pisos brillantes del barco, se difundían, se agrandaban y se encogían, mientras los pasajeros se replegaban cada vez más en los camarotes.

Los esposos no renunciaron al minigolf. La esposa escribió un poema sobre el viento y se lo leyó al esposo.

A la mañana siguiente los esposos notaron que la cubierta estaba casi desierta. El capitán invitaba a la calma, a aprovechar el buffet y a mantener al menos un metro de distancia entre un pasajero y otro. La cena fue un velatorio: los bailes fueron cancelados y los amigos de mesa no se presentaron. La esposa le contó al esposo su cuento favorito de la infancia, y él le habló de cómo por la noche temía la soledad.

Al día siguiente avistaron tierra y prepararon la valija. Los oficiales médicos, parecidos a astronautas con trajes anticontaminación, midieron la temperatura corporal de cada uno, expulsando de la fila a los febriles. Aglomerados en la cubierta principal, los esposos vieron acercarse la costa, pero cuando el perfil de la ciudad se volvió más definido, el barco se detuvo. La esposa apretó con fuerza la mano del esposo.

La voz del capitán envolvió a los pasajeros. Las autoridades locales no habían concedido el atraque del barco ni estaban dispuestas a enviar ayuda para los enfermos. El capitán concluyó: “Señoras y señores, ya no somos turistas”. Ante esas palabras, muchos se arrojaron al mar y comenzaron a nadar: pero la costa estaba demasiado lejos.

Esa noche los esposos permanecieron sobrios y, por primera vez en muchos años, discutieron, para luego buscarse en la oscuridad. No se llamaron “querido” ni “querida”, sino por su nombre.

A la mañana siguiente, acompañados por el viento, jugaron a perseguirse, como niños.

Pasó un tiempo que nadie sabía ya contar. El barco se transformó en un navío fantasma; a los pasajeros se les concedía una hora diaria al aire libre, y se recomendaba mantener una distancia de al menos dos metros entre unos y otros.

Luego el capitán dejó de hablar.

El crucero flotaba inmóvil, como un juguete roto y abandonado.

Cuando las autoridades permitieron a los sobrevivientes desembarcar, los esposos se escondieron.

Su casa era el mar.

Incluido en la antologia personal de la autora, L'ultima estate del mondo (Delos Digital, 2025)

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital,  2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.





 

¡ESE ROJO!

Veronika Santo

¡Ese rojo!

Nunca en mi vida había visto un color así, el color del fuego, el color del corazón. Tenía exactamente nueve años el día en que mi padre me llevó a esta excursión, poco después de la muerte de mi madre.

Antes de entrar en la Casa de los Misterios, antes de ahogarme en ese mar de rojo que me marcaría para toda la vida, mi padre y yo caminamos durante horas por Pompeya.

Me explicó que hacía mucho tiempo la ciudad había sido cubierta por la ceniza de un volcán, que un polvo gris había sepultado casas, personas, animales y plantas.

Tan fascinado como estaba, me sentía también incómodo. Giraba confundido hacia uno y otro lado en aquella ciudad muerta de muros blancos que, en un instante, cuando menos lo esperaba, había sido cubierta de ceniza. De vez en cuando miraba en dirección al volcán que se alzaba sobre la ciudad. Era comienzos del cuarto mes, la primavera era inusualmente fría y las laderas del Vesubio todavía estaban cubiertas de nieve. Pensaba que la ciudad misma era prueba de que no se podía confiar en el volcán. Esperaba ver en cualquier momento lenguas rojas de lava derritiendo la nieve y precipitándose hacia nosotros.

Parecía que yo era el único que albergaba esas sospechas. Increíblemente, la gente a nuestro alrededor paseaba, levantaba los teléfonos móviles para fotografiar el Vesubio y luego le daba la espalda con total calma.

Le contaré a la clase que vi un volcán de verdad, les diré que de repente la cima empezó a humear y que el fuego tiñó el cielo. Volví a mirarlo a escondidas. No pasaba nada, lo cual no significaba que no pudiera pasar. Había que vigilarlo. Incluso podía añadir que vi un dragón. En realidad, era perfectamente posible que de la lava del cráter salieran también dragones.

—Sucede —dijo papá—. La vida sigue, sigue, y de repente, cuando menos lo esperas, se detiene.

Su voz era amarga, melancólica. Si hasta entonces me sentía incómodo, ahora sentí cómo se me encogía el estómago. Sabía que pensaba en mamá, aunque intentábamos no hablar más de ella. Mamá estaba muerta y había que olvidarlo. Él lo repetía constantemente, pero entonces ¿por qué me había traído justo aquí, a una ciudad tumba sobre la cual aún se cernía impune su asesino?

Y entonces…

—Vivieron y se fueron —continuó con el mismo tono—. Cuando personas y cosas desaparecen en el tiempo no hay que olvidarlas, pero tampoco aferrarse demasiado a su recuerdo.

¡Eres tú el que no me deja olvidar, tú, tú!, quise gritar, pero como siempre en esas ocasiones, no dije nada.

De repente su voz se me volvió insoportable. Igual que la atención obsesiva que me dispensaba. Desde que murió mamá vigilaba cada uno de mis movimientos. Llamaba a la escuela para asegurarse a qué hora terminaba la última clase, y ante el menor signo de enfermedad me arrastraba en pánico de médico en médico. Empecé a odiar a mi padre y quizás aquí, en Pompeya, más que nunca. Me sentía atrapado, quería huir: de que mamá ya no estuviera, huir de él, pero aún más de mí mismo. Daba vueltas casi en pánico, buscando algo, algo.

Qué exactamente, no lo sabía.

Y de repente ese “algo” apareció. Como si la ciudad hubiera respondido a mis llamados de auxilio.

A la Casa de los Misterios se entraba por una veranda desde la cual se podía ver casi todo el golfo de Nápoles. El mar chispeaba, brillaba, inspiraba reverencia; así que nos detuvimos unos instantes para contemplarlo, por fin en silencio, mientras yo rezaba en mi interior para que al menos por un rato me dejara en paz. Apenas nos alejamos de la terraza, volvió a bombardearme con explicaciones, esta vez sobre la disposición de las habitaciones de la Casa de los Misterios. Podría haberme interesado, pero incluso eso me resultaba excesivo.

Atravesamos cuatro salas que conducían al peristilo con dieciséis columnas (las conté obstinadamente, porque no quería prestar más atención a mi padre).

Y entonces, de pronto, nos encontramos frente a los muros pintados de aquella casa. Creo que al principio ni siquiera entendí lo que representaban. Lo que me atrajo fue el color, ese rojo increíblemente profundo en el que me ahogué, que me envolvió como si quisiera protegerme, como si quisiera devolverme al mundo. Solo después de unos momentos mi mirada se detuvo en una de las pinturas murales.

—Deja eso —respondió mi padre con cierta incomodidad—, esa manera de pintar pertenece al pasado.

Yo era solo un niño y creo que ese rojo pompeyano, el color del fondo sobre el cual la joven vestida de amarillo me miraba, respondió a mi llamado interno de auxilio. Cómo, no lo sé. Solo sé que me quedé inmóvil, hechizado, con la boca entreabierta, mirando lo que tenía delante.

La joven estaba sentada en una silla blanca, quizá de piedra, y una mujer a su lado le peinaba el cabello. Un niño desnudo con alas sostenía un espejo. Tenía cuerpo de niño, pero rostro de adulto. La imagen estaba algo dañada por el tiempo o tal vez inacabada.

Mi padre, por supuesto, notó mi mirada y dijo que se trataba de Puto, el dios del amor: entre los pueblos paganos no había ángeles. Esta vez sí lo escuché. Quería saber quién era Puto, pero parecía que él no sabía más. Justo cuando por fin quería aprender algo, no supo responderme.

Agucé el oído. Desde el patio llegaba la voz de un guía que explicaba a un grupo de visitantes la técnica pictórica de la encáustica. Entendí por lo que decía que gracias a ella los colores de aquellos muros habían permanecido casi intactos durante los últimos dos mil años.

—Yo también pintaré así cuando sea grande —dije en voz alta sin apartar la vista de la pintura.

Recuerdo que después de bastante tiempo me volví hacia la puerta abierta que daba al patio. Allí había sombra, allí luz veraniega; el sol se reflejaba en las columnas de mármol del patio interior. Había algo en esa luz que separaba aquel mundo de este, y aunque era solo un niño, ya sabía dónde estaba mi lugar.

Mi lugar estaba junto a ese rojo.

Más tarde busqué la palabra encáustica en la enciclopedia: era de origen griego y significaba “poner al fuego”. El pigmento se derretía en cera caliente, la pintura se aplicaba con herramientas especiales sobre la superficie y luego se calentaba para unificar el dibujo. Se requería gran habilidad para manejar fuego, cera y colores, y se consideraba que quedaban muy pocas personas que conocieran la técnica exacta.

Pronto comprendí que en realidad ya no la conocía nadie. Sí, había quienes se presentaban como expertos, pero no utilizaban las herramientas correctas, no conocían los pigmentos antiguos ni sabían elegir la cera adecuada.

Desde entonces, todos los días agregué algo a mi conocimiento de la encáustica, aunque, no sé por qué, nunca hablé de ello con mi padre. Dediqué mucho tiempo al rojo y supe que no era un color sino un pigmento, producido a partir del polvo triturado del mineral cinabrio.

Un día –yo ya tenía dieciséis años– me sorprendió frente a una tabla de madera en la que practicaba la aplicación de colores con mis entonces primitivos instrumentos.

—¿Por qué? —preguntó mirando lo que hacía. El dolor en su voz me hirió, me enfureció.

—¿Por qué te molesta? —le respondí desafiante.

—Porque tienes que vivir en el tiempo que te tocó —contestó.

Pero eres tú el que nunca lo logró, quise decirle. Lo que me llevaba a la ira era presentir que él relacionaba mi interés por la encáustica con el deseo de revivir el pasado; tal vez incluso pensaba que era un intento inconsciente de revivir a mi madre. Proyectaba sus errores en mí, los veía en mí.

¿Cómo podía explicarle ese rojo que se había vuelto la linfa de mi vida? Que el tiempo es fluido como el pigmento que se derrite en la cera al fuego, y que yo quiero, quiero fluir con él. Que era él, y no yo, quien cavaba constantemente en el pasado. Y que, maldita sea, ya era hora de que me dejara en paz.

A los diecisiete años tuve mi primera relación sexual. Se llamaba Irena, era bajita, algo rellenita y tenía unos pechos bonitos. Recuerdo que sudé mucho. Para ella también era la primera vez y quería que fuera cuidadoso. Yo tenía prisa, quería saber lo antes posible cómo era; además, ella era cálida, blanda y, en general, no creo que haya salido muy bien. Pero en el momento en que eyaculé, mal y apresuradamente, ante mis ojos apareció por un instante ese rojo profundo que yo, torpe y a mi manera, intentaba alcanzar en el lienzo.

No era exactamente lo mismo. Quizá era más pálido, quizá diferente, ¿peor, mejor?

Empecé a cambiar de chicas, experimentando, buscando. No tenía prisa: ningún verdadero artista puede permitirse ese lujo. La prisa es superficialidad e incomprensión. Quería explorar bien el mundo de los cuerpos femeninos suaves, su geometría, curvas y sombras. El arrebato que sabía liberarme y lanzarme a la órbita, hacia el rojo.

Nunca me enamoré; no podía ni lo pretendía. Como ya dije, mi trato con las chicas era una búsqueda del camino hacia el rojo. ¿Podían llevarme allí o no?

No podía ocultarle las chicas a mi padre; me miraba con desconfianza, pero no decía nada. Probablemente pensaba que yo era sexualmente inquieto, y nada más. Al mismo tiempo pintaba, en secreto. Como antes, cuidaba que mi padre no descubriera lo que realmente hacía. Me satisfacía de algún modo que no supiera a qué me dedicaba, qué quería, qué buscaba.

Aún no lograba obtener el color deseado. Sabía volar hacia la órbita, pero no alcanzarla. Poco a poco se me hizo claro que mi vida erótica no me llevaría muy lejos en la búsqueda del rojo pompeyano. Con las chicas estaba bien, pero no era suficiente. En cuanto a la pintura, tenía intuición, pero no técnica.

Además, ¿qué eran todas esas chicas comparadas con aquella de vestido amarillo que había visto en el fresco de Pompeya? Ese era el problema: ella era una diosa; estas eran solo chicas de carne y hueso. Poco a poco me fui saturando de sus cuerpos rosados y redondeados que pasaban por mi cama.

Yo buscaba otra cosa. Si hubiera tenido que expresar con palabras qué era exactamente esa otra cosa, no habría sabido decirlo. El rojo pompeyano: ese era el objetivo de mi búsqueda. ¿Adónde debía conducirme ese rojo pompeyano? Si de verdad lograba obtenerlo, ¿qué consecuencias tendría para mi vida? No tenía respuestas a esas preguntas, pero sí tenía deseo. El guante del desafío arrojado a los dioses. Sacaba a la luz algo que debía haber quedado olvidado. En lo más profundo sabía que en el momento en que lo consiguiera, algo sucedería. Solo que no sabía qué.

Tras terminar la escuela secundaria de artes plásticas, le pedí a mi padre que completara mis finanzas para ir a Nueva York y ampliar horizontes con visitas a los museos de allí. Omití decirle que en realidad iba al Museo Metropolitano a ver la única vasija antigua del mundo en la que estaban descritas con precisión las herramientas utilizadas en la encáustica. La vasija no estaba expuesta al público porque figuraba en la lista de obras en litigio por su restitución al país de origen. Por un momento pensé que mi viaje había sido en vano y pedí ayuda a uno de mis profesores. Recuerdo que olvidé la diferencia horaria y lo llamé a las cuatro de la madrugada de nuestro horario. En lugar de mandarme al demonio, a la mañana siguiente llamó a nuestro cónsul en Nueva York, presentándome como uno de sus mejores alumnos.

Logré obtener un permiso especial para ver la vasija.

Pasaron varios años hasta que conseguí fabricar las herramientas, obtener y perfeccionar los pigmentos. Aprendí que la cera pura debía fundirse primero en el mar y que incluso el gran Leonardo da Vinci fracasó en su intento de pintar con color, fuego, cera y mar. El fresco que representaba la batalla de Anghiari se le derritió ante los ojos.

Mientras tanto terminé también la Academia de Bellas Artes y me mudé lejos de mi padre.

Por fin logré escapar de su atención excesiva, aunque no de sus miedos. Todavía solía llamarme a cualquier hora del día o de la noche para preguntarme si había comido, si tenía suficiente dinero, si veía a alguien en ese momento. Después de todas aquellas chicas con las que había salido años atrás, desde hacía un tiempo prefería estar solo.

Todos esos años me enseñaron a esperar, a tener paciencia. Probablemente porque ahora estaba tan cerca del objetivo.

Parecía que lo tenía todo: por fin podía empezar a pintar de verdad con la técnica de la encáustica. Y hacía tiempo que sabía qué: una copia de la imagen que alguna vez, para mi noveno cumpleaños, había visto en Pompeya. Fondo rojo y tres figuras: la joven, la mujer que le peinaba el cabello y Puto, el dios alado del amor, con rostro de adulto y cuerpo de niño.

¿Pero quién observaba todo eso? Tenía que haber alguien más. Sonreí: ¿quién pintaba?

Me estremecí ante esa idea, pero ¿acaso después de tantos años no tenía derecho a la audacia? La pintura pompeyana estaba algo dañada; yo haría otra igual, pero nueva, fresca, como en el momento en que fue creada.

Fijé el día y la hora en que me sentaría a comenzar el cuadro. Habían pasado exactamente quince años desde que estuve en Pompeya con mi padre.

La noche anterior casi no dormí de la excitación; me había preparado para esto desde mi noveno cumpleaños. Me removía inquieto; en realidad hubiera querido saltar de la cama y empezar a pintar de inmediato, pero no quería arruinar lo que había planeado durante años.

A la mañana siguiente me duché, me lavé el cabello, me puse la mejor camisa de mi guardarropa. También me preparé un café fuerte. Las manos me temblaban un poco, pero sabía que eso cesaría en cuanto me sentara y empezara a pintar. Nunca había tenido problemas de concentración.

Di un sorbo al café caliente. Estaba bueno, amargo.

Encendí el pequeño hornillo a gas en el que calentaría los colores, la cera y las herramientas. Desde tiempos primigenios el fuego crea y destruye: ¿sería ahora mi amigo o mi enemigo?

Mis movimientos eran precisos, medidos.

Afuera era un cálido día de primavera. Recordé que ese mismo día, quince años atrás, el Vesubio tenía una corona de nieve y yo pensaba que en cualquier momento podría empezar a escupir fuego. Todo empieza y termina con el fuego, pensé.

Mezclé los colores, suspiré y comencé a trabajar sobre la base.

El tiempo pasó y ni siquiera noté cuándo cayó la noche. Al día siguiente ocurrió lo mismo, en una especie de fiebre, en un semisueño del que solo emergía la imagen. En algún momento de la tarde sonó el teléfono.

—No contestas desde hace días —dijo mi padre con voz triste—. ¿Está todo bien?

No podía permitirle que ahora lo arruinara todo. Ahora que por fin lo lograría, lo sentía; ahora que por fin tocaría ese rojo.

Le dije que no se preocupara, que estaba trabajando en un cuadro y que había perdido la noción del tiempo.

Volví ansioso al fuego y a los colores. La imagen que surgía no era una copia: era esa imagen. ¡Era ese rojo!

Pensé que había logrado devolver al mundo la técnica de pintar con fuego; pensé que era el único pintor en el mundo que había dominado la antigua técnica utilizada por egipcios, griegos y romanos.

Había vencido al tiempo, vencido al olvido, entrado en la propia trama del mundo.

En un momento miré por la ventana: el sol primaveral debilitaba la llama de gas y luego la fortalecía de nuevo, como si la incitara. Creo que ya estaba muy cansado, porque de pronto me pareció que la pared frente a mí era roja. Como si estuviera cayendo en algo cálido, algo intensamente rojo. ¿No era eso lo único que siempre había deseado? Solo que de repente tuve miedo.

La silla bajo mí se volvió fría, como de piedra. Me acomodé mejor, la toqué con la mano, miré: era solo una silla de cocina común. Pasé la mano con pánico por mis ojos.

Cuando la retiré, la joven estaba frente a mí: su cabello castaño caía suavemente sobre el hombro que la mujer de vestido púrpura a su lado acomodaba. Mi diosa me sonreía, claro, porque yo era quien la había pintado. La miré con incredulidad y luego me volví hacia la base en la que trabajaba. Mi mano se detuvo: ¿había dibujado todo eso yo? No había duda: me había convertido en un verdadero maestro; dentro de unos dos mil años la gente se maravillaría ante esta pintura.

Solo un par de movimientos más y el cuadro estaría terminado; podría darme vuelta e irme. ¿Pero dónde?

De repente, en la calle se oyó un murmullo que iba creciendo lentamente, como una marea amenazante. La joven, asustada, se puso de pie de un salto; su vestido amarillo ondeó, el cabello se le desparramó sobre los hombros.

Luego un grito, luego otro, el ruido de pasos, gente que huía por la calle. A la mujer a su lado se le cayó el peine de la mano.

Yo permanecí inmóvil, la mano aún detenida a mitad del gesto. Sabía lo que estaba ocurriendo allá afuera, en las blancas laderas del volcán.

Ni siquiera el pequeño Puto se movía; solo me miraba fijamente. Seguía sosteniendo el espejo plateado y parecía alguien que lo sabe todo. En el espejo se sucedían imágenes; más que verlas, las intuía. Sabía que a través del espejo fluía toda mi vida. Y que pronto me hundiría de verdad en ese rojo: era el final que había anhelado desde mis nueve años.

Creí haberle robado al mundo antiguo la técnica de la pintura, pero en lugar de eso, fue él quien me tomó a mí.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

jueves, 5 de febrero de 2026

UNA VISITA AL MUSEO

Luís Filipe Silva

 

Pasa, yo te guío. Hace tiempo que no recibimos visitas. ¡Vaya, qué grupo tan animado son, y tantos! La mayoría de los días, cierro las puertas al anochecer sin ver a nadie. Al amanecer, sí, día tras día. Más de dos siglos, casi tres. Solía decir que a la gente ya no le importaba, pero la realidad puede ser que ya no quede nadie. ¿Cómo voy a saberlo? No, si me voy podría considerarse un incumplimiento de contrato. No me arriesgaré. Bueno, el castigo sería el despido inmediato de mi ser. Ah, sí, una bala en el corazón, casi literalmente, pero no del todo, porque será un fuerte golpe en mi chip. Estoy lleno de ellos, ¿no es así contigo también?

Así que, este es el salón. Perdón por todo el polvo. Los demonios llevan en huelga desde el Día del Juicio, y es demasiado trabajo para mí solo. Ja, ¿te gusta mi metáfora, verdad? Es de películas muy antiguas, de algún tipo de franquicia. Un poco demasiado drama pero aun así muy divertido. También había un libro, supongo. De todas formas, puedes esperar aquí un rato mientras enciendo todo esto. No tardará. Solo cuidado con los bichos. Pueden ser bastante desagradables. ¡Uno de los grandes incluso puede morderle la cabeza al bebé!

Ah, bueno, eso está mejor, ¿no? Por aquí. No interactúes con el loro, diga lo que diga. Vale, así que este es el pasillo principal. Es solo de ida. Una vez dentro, no puedes volver atrás, tendrás que recorrer todas las habitaciones. Así que, si necesitas pensar esto...

¡Perfecto! Eres de mi tipo. O lo serás, al final de esto. Ja, es broma. Ahora, solo necesito que firmes aquí, y aquí... Quédate quieto. Tranquilo, solo fue un pinchazo para recoger un poco de sangre. Sí, todo bien. Puedes entrar.

Bueno, porque nos enorgullece seleccionar solo a los mejores clientes.

Estás entrando ahora en el Museo de la Guerra Definitiva. La que superaba a todas las demás, y que evitaba futuras guerras. La primera sala nos muestra...

¡Dios mío! ¿Qué le pasó? Ah, el loro. Te advertí que no jugaras con él. Es un arma biológica viva de esa época. Cálmate, niña. Puedes quedarte en el salón mientras tus padres y hermanos realizan la visita. Aquí tienes algo para los ojos. Lamentablemente, el saco ha sido comprometido. Es un efecto secundario del veneno. Probablemente nunca recuperarás la vista, pero al menos estás viva.

No, no puedes volver. Eso es lo que dije. Tienes que seguir moviéndote hasta encontrar la salida.

Es justo, señora. Ninguno de los que vivieron esta horrible guerra pudo salir, ¿verdad? ¿Qué tipo de experiencia real estaríamos proporcionando si la permitiéramos? Sigue moviéndote, llegarás una estación médica tarde o temprano. No, darse prisa no sirve de nada, porque las habitaciones siguen moviéndose. Bueno, en una guerra nunca sabes qué pasará después. ¡Experiencia real, señora!

¿Dónde iba? Oh, sí, la primera habitación. Ah, ya sé lo que es esto. Cada una de las jaulas de la izquierda tienen un hombre perro. Podían atacar por su cuenta o unirse en manadas, de ahí su nombre. Todos los equipos los usaron en algún momento, pero solo la facción Rosa los cultivó desde su nacimiento. Básicamente son músculos robustos con colmillos y garras, y un cerebro humano reducido a funciones básicas. Hubo países llenos de ellos. Puedes ver algunas de sus presas en las jaulas opuestas. Finalmente, las primeras víctimas desarrollaron su propio armamento, pero como podrías imaginar, esos bebés podían saquear y devastar una sola aldea en pocas horas.

Ah, sí, están vivos, todos. Se mantienen en estasis en los tiempos de desactivación. Y tenemos un pasillo que une ambas zonas, cortado por un divisor endeble. Mira cómo los hombres perros se golpean contra ella, observa el verdadero terror de esos aldeanos. Nos enorgullece mostrarles la verdadera Historia en acción.

Esta es la sección de armas, una docena de habitaciones llenas de los principales dispositivos terrestres, acuáticos y aéreos. Se ha puesto mucho cuidado aquí para ser lo más preciso posible. Por favor, no interactúes con ellos ni hagas movimientos bruscos, algunos de los mecanismos desencadenantes pueden seguir activos. No podemos saberlo con certeza porque sus creadores han sido exterminados. Hay vídeos de ellos en acción, que puedes ver. Te esperaré al final del pasillo.

Hola de nuevo, te has tomado tu tiempo. Ah, veo que algunos no lo habéis conseguido. Sí, las abejas son sensibles al sonido, hay una advertencia en la pared. Después de todo, diezmaron ese archipiélago. Bastante cruel, de hecho, especialmente si no tienen veneno.

No, lo siento, no puedes salir. Porque es toda la experiencia de la guerra, ¿sabes? Nos enorgullece ser precisos. ¿No crees que la gente estaba cansada de la guerra, que quería salir? Por supuesto que lo hicieron, pero no pudieron, así que ¿qué tipo de museo seríamos entonces?

Ahora, ahora, no hace falta que me amenaces. No puedo hacer nada cuando el espectáculo ha empezado. Soy prescindible como cualquier otro guía. De hecho, puedes decir que ahora mismo soy tu mejor amigo.

Oh, presta atención. Los módulos son libres para recorrer cada sección tras un tiempo. Como hacían en el pasado. Ay, ay, está sufriendo mucho, la toxina la va a devorar por dentro. Mejor acabar con su sufrimiento.

¡Esas eran las decisiones que la gente tenía que enfrentar! ¿No lo sabías? ¿No te enseñan la historia de la Tierra en las colonias exteriores? ¿Pensabas que podías mirar desde lejos y disfrutar del hecho de que nos mataríamos? Bueno, en ese caso este museo será una experiencia muy humilde.

Por cierto, si fuera tú, volvería a buscar a tus compañeros muertos. Mira, esta siguiente parte simula el asedio de Australia, también conocido como los Meses del Hambre, y he notado que no has traído ningún tentempié...

Luís Filipe Silva es el autor de O Futuro à Janela, ganador del Premio Caminho de Ciencia Ficción en 1991; Cidade da Carne, Vinganças (Caminho 1993 - publicado posteriormente por Épica en un solo volumen en 2013, A GalxMente), Terrarium Redux (2016 con João Barreiros). Traductor y antólogo ("Os Anos de Ouro da Pulp Fiction Portuguesa", Saída de Emergência, 2011), ensayista (entrada sobre Portugal en la Enciclopedia de Ciencia Ficción). Blog: tecnofantasia.com / Instagram: luisfilipesilva.autor.

 

CORRECCIÓN

Silvio Sosio

 

A un millón de kilómetros del objetivo, el sistema inició el procedimiento de restablecimiento del soporte vital.

Cuando la presión del aire alcanzó los 1013 milibares y la temperatura interna de la cabina los 297 kelvin, el subsistema criogénico inició el procedimiento de reanimación. La bañera se calentó cuasiestáticamente hasta que el cuerpo alcanzó los 283 kelvin; luego comenzó el delicado procedimiento de sustitución del líquido conservante especial por sangre, previamente calentada. Cuando el cuerpo llegó a los 309 kelvin, la bañera se abrió y se encendieron las luces.

A cuatrocientos cincuenta mil kilómetros del objetivo, una descarga eléctrica reactivó el latido cardíaco. Casi al mismo tiempo se hincharon las bombas y se forzó la reanudación de la respiración.

El hombre tosió e inhaló el aire con violencia, como si se estuviera asfixiando.
En los primeros instantes, las pupilas se agitaron desesperadamente, como si no entendiera dónde estaba. El ritmo cardíaco, aunque estabilizado con ayuda de sustancias químicas, era más rápido de lo normal, pero al cabo de un minuto se normalizó.
Pocos instantes después, la respiración se estabilizó y el hombre se incorporó para sentarse. Con calma, respiró unos minutos más sin moverse. Miró a su alrededor. La cabina era poco más grande que la bañera criogénica en la que se encontraba: no más de tres metros cúbicos. Los indicadores luminosos no señalaban ninguna anomalía.

A doscientos cincuenta mil kilómetros del objetivo, el hombre se quitó las cuatro agujas de las vías de los brazos y las piernas y desabrochó las correas que lo mantenían anclado a la bañera. Intentó moverse; se detuvo un instante y volvió a intentarlo. Recuperaba con rapidez la plena funcionalidad física.

Aferrándose a un asidero del techo, se puso de pie y empezó a hacer algunos movimientos para comprobar la respuesta de los músculos. Estaba desnudo: de un compartimento sacó algunas prendas de algodón liviano y se las puso.

A cincuenta mil kilómetros del objetivo, el hombre se acercó al puesto de control y se aseguró con una correa a la sillita. Con manos expertas activó los sistemas de verificación y revisó los resultados. Todo funcionaba perfectamente: la posición en el espacio era la correcta y el objetivo estaba donde tenía que estar.

Por primera vez desde que había despertado, el hombre alzó por fin la vista hacia las pantallas que mostraban el espacio alrededor de la nave. Tardó unos instantes en orientarse y finalmente logró identificar el Sol. A una distancia de ciento veintinueve unidades astronómicas, ya no era más brillante que cualquiera de los millones de estrellas que resplandecían en la pantalla.

A diez mil kilómetros del objetivo, el hombre se levantó y se acercó al voluminoso traje espacial, fijado a la mampara detrás de él. Con gestos expertos comprobó su estado. Con una lenta voltereta, posible gracias a la ausencia de gravedad, metió las piernas en el traje sin despegarlo de la pared. Luego pasó a introducir los brazos en las mangas gruesas. Con más dificultad, teniendo que trabajar ahora con las manos dentro de los grandes guantes, cerró cuidadosamente el traje y, por fin, liberó los enganches que lo sujetaban a la pared y quedó flotando. De un compartimento extrajo el casco y se lo colocó, fijándolo al traje.

Durante unos minutos verificó que los datos de presión, temperatura y oxígeno fueran correctos y que todos los sistemas del traje estuvieran plenamente operativos. Después abrió la válvula para despresurizar la cabina.

Entonces se detuvo a esperar.

A diez kilómetros del objetivo, el sistema de navegación desactivó los cohetes de frenado e inició la maniobra de aproximación de precisión. El hombre controló la operación desde un pequeño monitor, listo para intervenir. No fue necesario.

A cincuenta metros del objetivo, el hombre bajó la palanca para abrir la escotilla exterior y, con un pequeño impulso, se lanzó al vacío.

El espacio fuera de la nave estaba atestado de estrellas. Sin el filtro de la atmósfera y sin la luz del Sol en las inmediaciones, el número de estrellas visibles era mucho mayor de lo que el hombre hubiera experimentado jamás. Permaneció inmóvil unos segundos, quizá para recuperar el equilibrio emocional. Luego empezó a accionar los pequeños propulsores del traje para acercarse al objetivo.

El objetivo era un cuerpo cilíndrico de aproximadamente un metro cúbico de volumen, al que estaba fijada una antena parabólica de 2,74 metros de diámetro, apuntando hacia el Sol, y dos brazos de unos tres metros que contenían los sistemas científicos, dispuestos con unos 120 grados entre sí. El tercer brazo, más delgado y que se extendía unos seis metros, alojaba un pequeño magnetómetro.

El hombre se acercó al objeto equilibrando su velocidad y dirección para no alejarse de él. El objeto parecía completamente inactivo. La energía de los generadores nucleares se había agotado hacía ya muchos años.

Con impulsos pequeños y medidos de los propulsores, el hombre rodeó el objeto, colocándose del lado correcto, y por fin encontró lo que buscaba.

En un lado del objeto había fijada una placa metálica rectangular de oro anodizado. En la placa estaban dibujados, a la derecha, dos seres humanos: un hombre y una mujer. El hombre tenía una mano levantada en un gesto de saludo. En la parte superior izquierda, dos círculos unidos por un trazo horizontal ilustraban la transición hiperfina del espín del hidrógeno atómico y, debajo, había un diagrama que representaba la posición del Sol con respecto a las estrellas más brillantes del sector galáctico.

En la parte inferior de la placa había un esquema gráfico que describía el Sistema Solar.

El hombre movió la mano cubierta por el pesado guante y abrió un compartimento en la parte delantera del traje. Con movimientos prudentes extrajo la contribución a la misión de la Agencia Espacial Rusa: un lápiz grueso.

Con gestos cautelosos acercó el lápiz a la placa y trazó una X sobre el puntito más a la derecha en la representación del sistema solar. Y habló:

—Según lo establecido por la Unión Astronómica Internacional el 24 de agosto de 2006, Plutón ya no puede considerarse un planeta. Ahora esta placa está corregida.

Volvió a guardar el lápiz en el compartimento y accionó los propulsores para regresar a su nave. La Pioneer 10 estaba lista. Ahora lo esperaban otros treinta y dos años de viaje en animación suspendida para llegar a la Pioneer 11.

 Silvio Sosio nació en Milán, Italia, el 5 de octubre de 1963. Es un periodista, editor y antólogo. Su actividad en el campo de la ciencia ficción comenzó en la década de 1980 con el fanzine La spada spezzata (ganador del Premio de la European Science Fiction Society al mejor fanzine europeo de ciencia ficción en 1986). En 1994 fundó, junto con Luigi Pachì, la revista en línea Delos Science Fiction. En 1996 fundó el portal Fantascienza.com. Entre 1999 y 2020 ganó diez veces el Premio Italia. Desde 1993 se dedica a la difusión de la ciencia ficción por vía telemática, primero en el mundo de las BBS con la conferencia dedicada al fantástico Fantatalk en la red OneNet (que sobrevivió hasta 2003 en la Rete Civica Milanese). Además de su actividad periodística, Silvio Sosio también ha escrito algunos relatos, uno de los cuales, “Ketama”, ganó el premio Courmayeur en 1996 y se publicó en Italia y Francia, mientras que otros se han publicado en Urania.

 

GRAN DIOS PERRO

Cristian Mitelman

 

Súbitamente los ladridos empezaron a eso de las ocho, cuando el cielo de verano ya empieza a enrojecer y la luz se recorta sobre los árboles que se han ennegrecido y parecen sombras errantes que han caído sobre un sitio desconocido. Todos los ladridos del mundo, pensó el viejo Irfan mientras miraba el modo en que los colores de las botellas de licor se resolvían en un tono ocre. Desde hacía cuarenta años, Irfan atendía el boliche de la familia. Los otros hermanos se habían ido: solo él había persistido en el pueblo y ya no sabía si en aquello había un acto de lealtad a los mayores o una solapada forma de fracaso.

Irfan miró hacia la ruta y supo que los perros estaban entre el monte y los campos de los Arasary, aunque nunca habían bajado al pueblo como decían algunos. Él los hubiera visto llegar. Desde hacía dos meses que los perros empezaban a aullar de un modo feroz y luego venían ráfagas de ladridos que terminaban pasada la medianoche y a veces podían seguir unas horas más. La vez anterior el incordio había llegado hasta el alba.

Por eso, aquella noche creyó enloquecer y pensó que los dos hermanos Asdrúbal tenían algo de razón en eso: daban ganas de liquidar a los cimarrones. Aunque para los Asdrúbal se trataba de otra cosa. Según ellos, los perros eran una estrategia que usaba el viejo Arasary para quedarse con esas tierras de mierda que a él no le servían para nada, tal como decía el mayor de los Asdrúbal, y lo decía mientras tomaba la caña y miraba con odio las baldosas del boliche, ese viejo de mierda, repetía para ganar la condescendencia de quien estuviera escuchándolo, porque cuando bebía, a Nicanor Asdrúbal se le daba por mirar fijo a cualquier contertulio y lo hacía con ese rencor que le venía de antes, de cuando encontraron a la hermana muerta en una de las parcelas del viejo Arasary, y desde entonces había decretado que ese viejo roñoso, dueño de vaya a saber qué brujería, había hechizado a los perros para que mataran a la hermana, y en eso su juicio era inapelable. Pero estaba equivocado, tan equivocado que hasta el juez de instrucción de Mercedes se lo había dicho, le había dicho que se dejara de joder, que lo de su hermana no eran mordidas de perro, sino que el cuerpo muerto había sido encontrado cerca del cañaveral y que las ratas lo habían devorado a lo largo de dos o tres días. Así le había dicho el juez, y hasta le explicó con ese tono de hombre amparado en la ciencia y el poder que los pasos de la joven no habían apuntado al campo de Arasary, sino que lo habían bordeado porque quería ir a otra parte, que para eso estaban la ciencia y los peritos. Claro que el señor juez podía permitirse aquel lujo porque no vivía en el pueblo, sino en la ciudad. Y además era sobrino del intendente y el intendente era íntimo del gobernador. El gobernador estaba harto de esos pueblitos de mierda que sólo le reportaban tres o cuatro votos que se podía comprar con facilidad y que sólo eran una absurda marejada de problemas que no se terminaba de resolver, aunque pasara el tiempo y pasaran las generaciones.

Los dos hermanos Asdrúbal querían liquidar a todos esos perros porque eran un peligro. Lo cierto es que hasta entonces nadie había sido atacado por aquella jauría sufriente que empezaba su coro al atardecer. Además, ni siquiera tenían la juvenil prepotencia de las jaurías. Por el contrario, había algo de extraña timidez en aquellas bestias más parecidas a fantasmas que a animales.

Pero poco antes del amanecer los aullidos fueron convirtiéndose en gruñidos que el viento fue desparramando hasta llegar a ese momento de silencio que le permitió al viejo Irfan dormitar un momento. Luego se levantó y el sueño extrañamente se le fue: el cuerpo responde a las noches en vela con una precisión que no esperamos.

Ese mismo día supo que el perro de los Anselmi había estado todo el día mirando un muro viejo que lindaba con la vieja propiedad de unos ingleses que se habían ido del pueblo. Había algo en la mirada de aquella bestia que parecía estar escudriñando una especie de texto sagrado cuyo lenguaje secreto sólo él lograba entender.

Ellos saben, le dijo el viejo Irfan a Anselmi: hay algo que los ha alertado. Estos perros nos miran a nosotros y lanzan sus lamentos. Y enseguida le dijo que esa noche había sentido deseos de matarlos a todos, pero que apenas el día empezaba su engranaje aquel deseo se le iba.

Nadie en el pueblo se explicaba aquel cambio. Las actitudes iban desde el silencio hostil, las miradas fijas en un punto, los sonidos plañideros o esa violencia fantasmal que venía de los cimarrones invisibles. Ya nadie sabía qué carajo hacer.

Y entonces pasó lo del ovejero de Arasary. Entró rengueando en el bar y se quedó allí, debajo de una de las mesas. Irfan tendió la mano a la cabeza del animal y entonces supo que algo había pasado. Lo entendió de un modo natural, una especie de tristeza que un rato después logró traducir en palabras: “el viejo Arasary se está muriendo ahí, en ese casco medio destartalado en el que vive; está solo, tiene fiebre, una cuchara se la ha caído de la mano. Las hormigas recorren esa cuchara y se van quedando pegadas: un hervidero de hormigas late debajo de los tablones. El viejo tiene sed”.

Cerró el café y llevó varias botellas de agua mineral a la camioneta roja. Las cargó lentamente y cuando apareció Gómez le dijo que debía ausentarse por unas horas, que era una urgencia. Subió al perro, al que tuvo que levantar porque ya era viejo y arrastraba un problema en la cadera.

Pensó que Gómez debería tomarse la caña en el otro café y una absurda culpa lo arremetió. Se consoló pensando que no podía estar en todas partes.

La camioneta pegó un rodeo y entró en el camino de tierra. La polvareda caliente tejió un pequeño remolino en el aire y luego se desvaneció. No iba a tardar demasiado: a lo sumo en una hora iba a estar de vuelta si no pasaba nada raro. Enseguida pensó que si el viejo estaba muerto iba a tener que dar parte a la policía y ahí sí el asunto se complicaría. ¿Cómo explicar eso que era una corazonada, pero que tenía algo más que un mero pálpito, algo que a él le pareció brotado del mismo cerebro del viejo animal que estaba a su lado y que miraba el camino con la cansada tristeza de algo que parecía inevitable?

Al entrar en la cañada la camioneta empezó a patinar, hasta sentía el viboreo de las chapas y esa forma indócil en que el volante parece responder a una lógica distinta de la propia mano. Se sintió aliviado al salir y al retomar la senda apisonada vio a lo lejos la enorme antena que habían instalado meses atrás. Allá arriba, sobre el ensamble de los metales, el radar (o lo que fuera) parecía un enorme ojo que buscaba una verdad que estaba más allá de la tierra.

Lo sorprendió el ladrido del perro. Había algo metálico en el sonido que salía de su garganta. Irfan al principio lo miró con temor. Es cierto, era un animal viejo, pero conservaba todavía esa fiereza de los viejos mastines que habían sido domesticados con esa mezcla de astucia y palos que el viejo Arasary dominaba mejor que nadie. Los ojos apuntaban fijos hacia la gran antena y entonces Irfan miró también y vio el movimiento de varios cuerpos lejanos. Detuvo el motor como si estuviera haciéndole caso al perro que iba con él. Supo que de allí provenían los aullidos que durante la noche le habían impedido el sueño. No eran muchos: cinco o seis. Y en el centro había uno que no era ni más grande ni más pequeño. No tenía nada en especial, pero los otros lo rondaban como custodios que hacían guardia en la entrada de un templo. Se acercó despacio hasta ellos. La jauría lo miró al principio con indiferencia y apenas escuchó un gruñido una vez que estuvo demasiado cerca. Si bien era una advertencia no agresiva, supo con claridad que ese primer colmillo que asomaba le estaba diciendo que él no podía franquear el umbral. A su compañero lo dejaron llegar sin ninguna muestra de hostilidad. La renguera lo hacía avanzar de un modo desprolijo entre los pozos, pero aquel cuerpo se incorporó entre los otros cuerpos y entonces el viejo Irfan sintió que esta vez debía ir solo a la casa del viejo. Antes de volver a la pick up el sonido de un llanto lo sacudió. Echado en la tierra, el animal de Arasary lanzó una mezcla de ladrido y lamento. Era para él y era para su dueño.

“Me voy antes de que el viejo se muera de sed”, se dijo. Y enseguida pensó que aquellas palabras que se habían formado en su mente no provenían de él. Tuvo la sensación de alguien se las había dictado al oído.

Cuando llegó, lo encontró tirado en el camastro. Los ojos enrojecidos cruzados por leves estrías amarillas; la piel que ya empezaba a apergaminarse en la comisura de los labios.

Irfan tomó una de las botellas que había llevado y buscó que Arasary bebiese. El agua resbalaba; le costó desentumecerle la lengua.

Le preguntó tres veces qué le había pasado, pero el viejo ya estaba en la fase final de la agonía, cuando todo está mezclado y la mente empieza a disolverse en un fárrago de imágenes sin tiempo antes de fundirse en el vacío absoluto.

“La alberca”, fue lo último que llegó a decir Arasary. El cuerpo se le tensó por última vez, acaso como si hubiese estado esperando aquel momento para irse, como si no pudiera morir sin decir algo que era la clave de su vida y de su muerte.

A Irfan le llegó a la piel la sensación de algo mustio. Fue entonces hasta la pequeña plantación del viejo. Tenía razón; la alberca languidecía en un agua pantanosa. No podía ser: él conocía la escorrentía que bañaba a la plantación. Fue remontando hacia el norte y vio las piedras que habían echado para menguar los cursos de agua. Era un trabajo hecho con tiempo y planificación.

“Lo llevaron a la muerte”, pensó Irfan, “fue un combate desigual que habrá durado mucho más de lo que sé. Lástima que el viejo era de pocas palabras”.

Al regresar pasó junto a la antena. Quiso llevarse al perro, pero ya no estaba ahí. Los otros animales iban y venían alrededor del cuerpo del que seguía allí, en el centro, acurrucado en una especie de visión extática.

Esa noche comenzaron otra vez los ladridos y a pesar de todo se fue adormeciendo en los aullidos, en las corridas, y a medida que se hundía en el sueño iba oliendo la escena cerca de la gran antena, porque era algo que tenía un olor salvaje, a miedo, y vio las armas y oyó como detonaciones los primeros disparos; eran varios hombres los que disparaban, los que iban deshaciéndose de aquella jauría, y aunque todos tenían ese olor a hierro y a sangre coagulada los que más apestaban eran los Asdrúbal, que no se cansaban de disparar a las cabezas de los animales enloquecidos. Cuando el último disparo perforó el cráneo del que estaba en el centro todo acabó abruptamente. Se despertó en medio del silencio que ahora empezaba a reinar de un modo insidioso.

Tres o cuatro días después supo que habían encontrado al viejo muerto. El cuerpo ya estaba a medio descomponer, carcomido por las hormigas.

Después de los exhortos de rigor se confirmó que aquellas tierras no tenían herederos. Pasaron a manos del Estado y luego las remataron a un precio lamentable.

Los Asdrúbal no tardaron en recuperar la alberca.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

 

LA NAVE