Nancy Jane Moore
Nancy Jane Moore
Karel Smolders
Escuche, creo que
será mejor que se marche. Sí, todavía queda algo de tiempo, pero aun así,
cuando se desate el infierno no querrá estar aquí, créame.
¿Qué dice? ¿Que si no tengo miedo?
No, claro que no, ¿por qué habría de tenerlo? ¿Porque dentro de un rato
probablemente estaré muerto? Buen punto, pero no, no tengo miedo. Después de
todo llevo mucho tiempo esperando este momento. Es, por usar un cliché, mi
destino. ¿Perdón? ¿Cómo terminé así? Vaya, probablemente sea complicado, y la
verdad es que no lo sé muy bien. La memoria es algo molesto y, por suerte, la
mía es difusa.
Hay una cosa segura: al principio,
con un solo e insensible trazo de pluma, vendí mi vida. Desde ese instante
conocí mi destino. Está expresado literalmente en el contrato. Un contrato que
solo puedo romper de una manera: muriendo.
¿Mi nombre, pregunta? Es
irrelevante. Siguiendo una vieja tradición, mi nombre es nadie. No tengo
familia, amantes, amigos ni pasado. En el tiempo anterior a aquella firma yo no
existía, ¿entiende? No tuve infancia, ni padres que me guiaran durante mi niñez
y se preocuparan si no regresaba a casa a tiempo. Buscará inútilmente maestros
que me hayan tenido en sus clases, o compañeros con quienes recorrí borracho
las calles, o novias –o novios, quizá– que me arrancaran un beso o la
virginidad. Nunca existieron. Y no podría ser de otro modo. ¿Cómo se puede
aspirar a este trabajo si le rompe el corazón al amor de tu vida, o a tu madre
llorosa, o, Dios nos libre, a tus hijos? Tolerancia cero en ese sentido.
Y sin embargo somos muchos.
Cientos. Miles. Siempre.
No, tiene razón: entre aquel
entonces y ahora he recorrido un largo camino. Primero vino el entrenamiento.
Duro, porque el objetivo no es solo tu preparación física. También debes
aceptar tu propia inutilidad. Debes comprender que solo sirves para una cosa y
que la sociedad puede prescindir perfectamente de ti. Y por lo tanto también
debes dejar de lado el miedo a la muerte inevitable, sumergiéndolo en un baño
de violencia. Sabes que ese día llegará: una bala en la cabeza y tus sesos
convertidos en una pintura abstracta roja sobre la pared. O un proyectil en el
pecho o un lavabo arrancado y estampado contra tu cráneo, algo por el estilo.
Sí, lo que dice impresiona por un momento, pero no se equivoque. Para entonces
yo ya me había reconciliado con lo que habría de venir.
En fin, así que hubo maratones,
durante días enteros, con la mochila al hombro, vacía de vida pero llena de
inutilidad. Endurecerte bajo lluvias de balas, viendo caer a tus compañeros,
tan prescindibles y anónimos como tú, en fuentes de sangre. Un jueguito tonto,
en ese caso, por supuesto. Podemos ser desechables, pero la sincronización es
esencial para la carne de cañón.
No, no tengo idea de cuánto duró el
entrenamiento. ¿Un mes o dos años? Da igual. Pasó como una neblina. No recuerdo
detalles. ¿Detalles? ¿Qué digo? Los recuerdos en general están sobrevalorados.
¿Qué dice? Ah, sí. Sí, lo entiendo. A usted le gusta poder sacar algunos
fragmentos de conversación cuando vuelve a casa después de una larga jornada
laboral. Conserva recuerdos para poder evocarlos algún día en un café con
viejos amigos. Para bromear y reír y luego contárselos a sus nietos. ¿Pero yo?
No hay absolutamente nadie con quien compartir esos recuerdos, así que tampoco
necesito cargar con ellos. ¡No me mire con tanta tristeza! ¡Es la libertad
definitiva! Nadie se preocupa por mí, nadie me espera, es más: nadie sabe que
existo. ¿Ve? Después del entrenamiento estaba plenamente convencido de mi
propia redundancia. Y de una manera furtiva, con la promesa de morir en
combate, eso me proporcionó una extraña sensación. No sé cuánto tiempo tardé en
reconocerla como felicidad, pero me daba paz. Tiene razón: soy un humilde
engranaje en una máquina inmensa. Pero también uno indispensable. Porque, si
no, ¿quién lo haría? ¿Usted, tal vez? No, ya imaginaba que no. He hablado de
esto con otras personas. Todos se hacen las mismas preguntas, usted no es una
excepción. Pero cuando les lanzo esta pregunta a la cara, cuando les pregunto
directamente: “¿Quiere hacerlo usted?”, todos retroceden un paso, como si los
estuviera atacando. ¿Pero sabe cuál es el problema? Usted cree que puede marcar
la diferencia. Se considera demasiado importante.
Ah, bueno, es lo que hay. Después
del entrenamiento finalmente nos dieron un arma. Un arma de guerra cuya
fabricación desconocía, al igual que sus posibilidades. No hacía falta saberlo.
Solo tenía que aprender a apretar el gatillo sin que me destrozara el hombro.
Eso, y cargar la munición. ¿Perdón? No, ahí se equivoca. Esa arma no está
destinada a defenderme. No salvará mi miserable pellejo. No sirve para eso en
absoluto. Claro que voy a dispararla. Muchísimo incluso, espero, antes de que
me maten. Pero la intención no es que acierte nada. ¿Cómo que no lo entiende?
Pues claro que sí, ¿no? Bien, sí, sí, a usted no le gusta la idea, pero ¿qué
pensaría si a mí tampoco me gustara? ¿A dónde iríamos a parar entonces?
¿Después? Después vino la espera.
Tarde o temprano llega la misión. Cuándo, no lo sabes. De vez en cuando
entrenas, sí, pero por lo demás: el gran vacío. Por si se lo pregunta: no es
realmente un problema, me pongo a mí mismo en modo de espera. Así funciona con
los prescindibles.
Cuando llegó el momento de entrar
en acción, estaba preparado. La primera vez se trató de un brote en una
estación espacial, no importa dónde ni cuándo. Recuerdo poco de aquel día,
porque regresé sano y salvo. Principalmente porque no entré en combate. Siempre
hay un montón de drones como yo disponibles y, quizá porque era un novato,
estaba al final de la fila. En las primeras líneas se moría en abundancia. Los
héroes de turno, tan certeros como siempre, lograban alcanzarnos de maravilla.
Los nuestros caían elegantemente al suelo o se desplomaban por encima de las
barandillas hacia el final de sus vidas, perseguidos por un largo estertor de
muerte. Vi a varios desde la distancia. Era hermoso. Como una coreografía
asesina, un ballet de violencia acompañado por una sinfonía de ametralladoras
crepitantes. Los héroes hacían honor a nuestras filas. Aquello era la cumbre
absoluta. Así quería morir yo también.
Claro que siempre hay pequeños
defectos. Por ejemplo, aquel grupo minoritario de héroes no parecía preocuparse
de que sus balas, además de abatir con precisión a mis compañeros, también
abrieran agujeros letales en la pared exterior de la estación espacial. Y
aparentemente eso tampoco les molestaba. Así son los héroes. Como siempre,
salieron ilesos, pese a incontables caídas, explosiones y otros golpes
brutales. Y varios cientos de disparos que producían mucho ruido y chispas. Más
algunos daños colaterales. Una estación espacial, naturalmente, tiene personal
y a veces ese personal se cruza en medio de un tiroteo. Mala suerte, pero a
nadie le importa.
No, yo mismo no entré en acción.
Salvo para arrojar después los cadáveres de mis compañeros fuera de la esclusa
de aire. Después de todo, una vez terminada la operación la estación espacial
debe volver a funcionar.
¿Si he vivido algo más? Otros dos
ataques, sí. Siempre pueden llamarte y nunca sabes dónde ni cuándo. La primera
vez formamos parte del ejército mercenario de un dictador en algún país
inexistente de África. La segunda vez lanzamos un asalto contra un planeta
helado en quién sabe qué galaxia. Siglo XXVII o algo así. En aquella segunda
ocasión la batalla estaba terminando cuando me enviaron al frente. Incluso me
habían dado otro rifle, uno de esos láser. No llegué a usarlo, pero ya sabe lo
que eso significa: esta vez estoy en la primera oleada, así que mis días
realmente están contados.
¿Por qué mueve la cabeza? ¿De dónde
sale ese suspiro? ¿No estará triste? ¿No por mí? Eso es lo último que quisiera.
¿Acaso no le acabo de explicar cómo son las cosas? Mire, esta vez trabajamos
para una especie de jefe mafioso en un mundo distópico. Aunque a mí me da
igual. ¿Ve esto? Un casco, sí. Bonito diseño, ¿verdad? Tiene un aspecto
maligno. Y lo genial es que, cuando me lo coloque dentro de un momento, el
visor bajará y ya no verá mi rostro. A partir de entonces seré invisible: ya no
un ser humano, sino el dron perfecto. Sin rostro, sin carácter, sin
sentimientos y sin alma. Estoy listo para saltar a la línea de fuego, disparar
a lo loco y luego morir de forma espantosa. Ya lo verá: será hermoso. ¡Adiós y
disfrútelo! Y… si de todos modos lo mira, tal vez vuelva a pensar en mí alguna
vez.
Marta Ortiz
Entonces ella pensó que solo para ella
se había vuelto imposible hallar la salida.
Clarice Lispector
Se retracta.
Retrae, retráctil, el impulso. El paso atrás le ayuda a dar el salto adelante
como esos ofidios reptantes húmedos ondulantes y ella oscila tibia su vientre
sobre las veredas también húmedas de noviembre.
“Hola, aquí estoy”, dice, y parece decir: “nadie, nadie cae en la luna de
mi espejo”, y curva una sonrisa pobre sobre su cara triste. Se pellizca el
brazo a ver si siente dolor y sí, sí lo siente, una puntada aguda, y por eso
sabe que está viva y comprende la naturaleza más bien clásica estándar de su
visibilidad: cuenta con un esqueleto de huesos nada frágiles y una gruesa
satinada carnadura recubriéndolos. Un aspecto saludable que ella desearía
insertar allí, en el centro del mutismo, en las caras mutantes de la tumultuosa
columna de gente (ellos hablar hablan hasta por los codos, los de la columna;
pero a ella, ni mú); probar cómo atornillarse al bloque antropomorfo recién
desprendido –una nave que parte–, de la sala donde tuvo lugar el Simposio de
Cine; pleno centro, la sede, un salón oval en el edificio metálico encastrado
en lo alto bajo un cielo de red de pescador donde yacen atrapadas las
estrellas.
Un muro inquieto, el bloque humano indiferente a esta mujer que presenta
sus huesos como quien representa esparciendo sus jirones y su sangre en un
teatro circular compuesto de veredas, paredes y gradas; un ondular ofídico de
búsqueda solapada, un reptante obstinado zigzag. Toda ella una máscara, la
tensa musculatura de la cara, los ojos como pulidas piedras tristes, el pelo
soltando una estrella que el viento tuerce en dirección a la masa, la columna
humeando un persistente calor humano; y las manos de Ángela, la huyente, en un
gesto voraz más allá de todo límite, los dedos como garfios volando en la
dirección deseada succionándole la fuerza, las ganas.
Se detiene, traga bilis o lo que parece bilis, tal vez no lo sea y se trate
más bien de una saliva ácida lindante con un sabor metálico como a sacarina.
Siente el paso áspero de la materia viscosa atascada en su garganta, se suelta
por la faringe en una especie de deglución lenta falsa de un bolo alimenticio
que no es tal, es más bien la impotencia recubierta de jugos gástricos en sube
y baja por el tubo, jugos que horadan el esófago el estómago las cuevas los
canales vesiculares duodenales; jugos que regurgitan el sabor a hiel a bilis a
impenetrable a frío glacial de la columna de cinéfilos repartiéndose ansiosa
entre los bares cerca del Simposio y Ángela y sus manos tan vacías cargadas de
carpetas de folletos de proyectos solitarios; ella no, no va a ninguna parte,
no traspone el umbral de ningún bar.
Se ahueca, la comba invertida de una cúpula mustia, un duomo en pequeña
escala. Siente el silente impulso rítmico, el corazón desbocado relincha rojo.
Bombea sangre aglutinada y el torrente de lágrimas como llovizna, un lago que
abre empuja el canal del lagrimal, drenan dolor, las gotas, los hilos salados
le mojan la cara, las mejillas ardidas. El rímel, el delineado marrón en la
línea de las pestañas, la base tostada, el rubor, la mezcla derramándose,
cayendo las manchas oscuras sobre la piel inundada y la impotencia que aprieta
fuerte las sienes porque la cabeza, ella cree, le va a estallar: la siente
bombo gigante, hueco, y alguien sigue batiendo el parche como loco sobre la
tela de las sienes, fina badana vulnerable.
No queda ni un alma, a la columna se la tragaron los bares, el Aquí tango,
el Soliloquio, el Gardelito cerca del Simposio, todas bocas cálidas
absorbiendo. Cayó la noche clara perforada y mil estrellas y a ella nadie le
dijo “venite a mi espejo, buscame en el iris de tus ojos”. Nadie.
Pasados olvidados los días del Simposio –días para Ángela de tristes
monólogos y solitaria malasangre–, aconteció un prodigio: una fuerza huracanada
ingobernable la arrastró, la fue llevando sobrevoló una vuelta completa sobre
sus pies. Si antes miraba al norte ahora busca el sur; si hasta entonces había
sido incapaz de usar zapatos rojos, ahora los usa. La cabeza enloquecida
desmadrada brota géiseres cráteres, escupe la vieja lava putrefacta. En
segundos asumió la fría drástica decisión: no preocuparse no reptar ofídica no
rogar. Tomó aspirinas suavizó la aguda vieja migraña occipital, y a las cinco
en punto de la tarde del martes 15 de noviembre vio con sorpresa su dedo índice
presionar tres veces el botón del timbre en la casa de su madre. Propuso tomar
juntas el té en la salita de estar.
Marcelina, sabia, preparó té verde con hojitas de melisa que calman los
nervios, lo sirvió en pocillos de porcelana francesa, y al cabo de dos o tres
sorbitos, dijo:
—Hija, cuando sientas en las sienes esa sensación de parche de badana a
punto de estallar se impone comprar túnicas satinadas, sandalias somalíes,
bolsitos de pedrería, aros collares brazaletes, broches de piedras duras. Tu
corazón lo pide a gritos.
Ángela dudó. Las palabras resonaban huecas insonoras atravesaban planchas
de corcho. Una tarde de shopping no
parecía el antídoto para salir del letargo que la acosaba rítmico, como si
dibujara un electrocardiograma de montículos y pozos. El adagio con sabor a
oráculo emergiendo de la boca de Marcelina, humo rizado, no logró asegurarle la
eficacia de un cúmulo de vidrieras, puertas giratorias, escaleras mecánicas,
palmeras plásticas, baños impolutos, música híbrida, oleadas de murmullos y
escuadrones clonados globalizados marchando con o sin pancartas, nadando las
galerías de baldosones brillantes, como de agua, entre marejadas de papas
fritas y Mac Combos de Mac Donald’s. Nada de nada; ella descreía desconfiaba,
un lugar así jamás segregaría los fluidos alquímicos básicos indispensables
para conjurar su estado melancólico así porque sí, de sólo mirarlo y
transitarlo.
Desalentada, extraviada (vapor de dudas), emprendió, como quien busca pero
teme la amenaza del minotauro, la pista de la consulta a un psicoanalista de
renombre, quien, como antes lo había hecho Marcelina, le apuntó con el índice y
dijo que debía mirar dentro de sí, cosa que Ángela intentó pero sin suerte,
porque se mareó y apenas encontró hilos fragmentados de vivencias dispersas que
ni la mejor bordadora hubiera podido reunir en una forma coherente, en un
racimo de uvas o un ramito de dalias al menos; y entonces pensó que no, que el
camino de la introspección era huidizo y que tal vez la explosión del cráter en
los inciertos laberintos de su pensamiento le señalara otros pasajes y aún
otros seguramente más llevaderos que ese.
El shopping no, pero tampoco la
honda y misteriosa búsqueda dentro de sí como rastreando migajas en el interior
calcificado de una ciudad de olvido. Nada, absolutamente nada.
Abatida amedrentada tragó suficientes miligramos de una pastillita
narcótica y en cuestión de segundos se durmió. Subió al cielo por una rayuela
de pesadillas; como entre nubes se vio sonámbula picando sobras de la heladera;
intuyó a Marcelina azucarando un té de limón. Noches largas de gasa gruesa
sumando cascadas de sueños y un nombre flamante verde esmeralda creciendo sin
pausa: Mayra Milreyes, la tarotista que su amiga Lorena esculpía como a un
mito.
Avanzó un presuroso primer paso, entretejió un tercer camino (ha visto
alucinada el hocico los cuernos ha oído bufar ha sentido la tibieza el aliento
del toro con torso y cabeza humanas), camino señalado por tantas suculentas
horas de sueño: rastrear la guarida el paradero de Lorena, encontrarla boca
abajo en su cama de espaldar dorado a la hoja y edredón de satén rojo. ‒Lorena
exhalaba humo esfumada detrás de las gasas los doseles los gobelinos‒; el sudor
le incrustaba cuentas de cristal en el cuello debajo del mentón, en la nuca,
detrás de las rodillas. Usaba papel tisú para absorber las gotitas en la cara
de rasgos orientales. De los sótanos herrumbrados de la ciudad de olvido,
Ángela recuperaba los trazos los rasgos de la madre japonesa y el padre holandés
de la amiga, una de esas chicas de curvas de borde de fruta, caderas cóncavas,
piernas como obeliscos. Día y noche se preguntaba por la fuerza del origen, si
la mezcla genética, esa agua subterránea humedeciendo; o quizás las marcas
frutales en el cuerpo habrían impulsado ese movimiento cómodo de Lorena en las
antípodas de la moral y las buenas costumbres.
Ángela, viajera incansable de un angosto largo desfiladero sin jamás
retroceder (ansiaba seguir la polvareda y a ella el monstruo le parecía tan
hermoso incluso el miedo), asistió asombrada a una segunda revelación: algo
alguien (una luz dorada) le ordenaba mutar, vestir encaje negro a la hora de
dormir, peinarse con rastas, beber tragos largos y saborear cerezas heladas.
Supo no sin asombro que la compañía de Lorena impulsaba la producción de
palabras brotando impolutas de su garganta reseca, agrietada, tanto tiempo en
desuso. En un primer momento produjeron un sonido tenso amoratado y luego
acarameladas, se cubrieron de plumas. Sin escrúpulo alguno acortó el largo de
las faldas, agregó centímetros a los tacos, acentuó la profundidad del escote y
tomó una cita con Mayra, la tarotista, quien le vaticinó una voluminosa
remoción, un bamboleo ilimitado de sus capas primordiales, un estropicio del
orden y la importancia de lo que fue, para la estructura básica de la corteza
terrestre, el cenozoico y sus largos períodos terciario y cuaternario y dentro
de ellos la extraordinaria y misteriosa expansión de los mamíferos en el
planeta. Amaneció un nuevo orden capaz de provocar fuertes vibraciones al
abordar los bares cerca del Simposio y encarar allí una comunicación fluida,
cargada de libros de proyectos de cópulas, disfrazada de chica desinhibida con
los bordes resaltados redondos decididos, a medio camino entre Lorena y Mayra,
un compendio de las dos, imagen marmolada con esporádicos atisbos de la arcaica
versión obsoleta de ella misma, de Ángela.
Y ha de haber sido por esta nueva dudosa legitimidad, por la insuficiencia
de las máscaras ocultando facciones de base melancólica y retraída; por eso y
por otras razones indescifradas, que Ángela reculó sintió una repentina
desconfianza y en menos que canta un gallo produjo un enérgico sacudón seguido
de remezones. El miedo al fracaso la apartó la segregó de la mirada inquisidora
de Mayra, fuera del campo visual de Lorena. Aplacada la polvareda en el corazón
esquivo de los largos corredores, los recodos, las encrucijadas, presa de la
más espantosa soledad deambulando sin norte sin hocico sin bufidos no quiso más
consejos ni oráculos, bastante tenía con los que le tiraron a la cara las
cartas de tarot que ella indignada arrojó fuera de sí haciéndolas volar y
fulgurar en el aire como a una baraja de fuego.
Enclaustrada entre las cuatro
paredes de su cuarto y a pesar de los incisivos filosos llamados de Marcelina y
del obsecuente interés de Lorena y de Mayra, de pronto insignificantes, se
durmió. Contra todo presagio se durmió; contra viento y marea durmió y soñó.
Tres días con sus tres flotantes noches de luna desplegando velos sobre la
cama, sobre su cuerpo quieto. Hubo tumultos eróticos, bosques en cuyo punto
ciego se abría un claro pretextando estar allí sólo para resaltar los
enmarañados bordes de las coníferas. En el centro mismo de la luz una mujer
dormida sostenía un ovillo de hilo y la sola visión de los pies desnudos y los
ojos cerrados revueltos como siguiendo, calculando el paso agitado el redoble
el latido de un sueño, desestabilizaba hacía temblar la cama se oía el sordo
gemido la herida mortal, se olía la sangre quemándose al sol, el sueño pesado,
salvaje, de Ángela.
Al cabo de la tercera noche, y sin que hubiera acabado aún de unir los
hilos que anudaban la red entre sueño y vigilia, la pesadez que la dormía se
cortó como se corta la luz, la dejó a oscuras. Ángela creyó en el inicio de la
profunda remoción que profetizaba el tarot. El bosque, bajo intensa capa de luz
blanca había desaparecido y ella vibró leve cerró los párpados barrió la sangre
apretó los puños y despertó en punto a las nueve y media de la mañana y la
cruda angustiosa sensación de haber oído gemidos de muerte en el interior del
laberinto y la polvareda aplacándose y la puerta de salida de par en par
abierta.
En el suelo, al alcance, los zapatos rojos y el ensayo de la Milreyes con los dos párrafos tachados en verde y la copia para entregar, corregida y encarpetada; la mesa de luz atestada de papeles, libros, el esmalte clarito, la taza de té frío, sin tocar. La rutina en el desorden como hiedra invadiendo el dormitorio. Pensó: “vivir así es vivir a medias”.
Fueron los crujidos de la madera
bajo los pasos fatigados de Marcelina los que cortaron el sueño de Ángela. Un
rastro de años sobre la pinotea del pasillo camino a la cocina. Milagro del
azar. De lo contrario, la ponencia de la Milreyes no llegaba a tiempo antes de
la apertura del Simposio de Cine Contemporáneo, ni ella se encontraba a
mediodía con Alejandro en el Soliloquio. Y que si no lo encuentra ahí, que lo
ubique en el Gardelito, lo pactado.
Marcelina, vieja y sorda, mira como quien no ve, vuelve a hundirse en las ruinosas ruinas que la cobijan.
Marta Ortiz nació en
Rosario, Santa Fe, Argentina, donde vive. Profesora y Licenciada en Letras por
la U.N.R. Poeta y narradora. Publicó: El vuelo de la noche (primer premio de cuento Bienal Internacional
Puerto Rico 2000 -La Editorial, Univ. de Puerto Rico, San Juan, P.R. 2006-); Diario de la plaza y otros desvíos
(poesía, El Mono Armado, Bs. As. 2009); Colección
de arena (cuentos, Edit. Fundación Ross, Rosario, 2013); Casa de viento (poesía, Alción Editora,
Córdoba, 2015). Poemas y cuentos suyos integran antologías y otras publicaciones
en soporte papel y digital. Co-dirigió la colección Narrativas Contemporáneas
para Editorial Fundación Ross. (Rosario). Co-compiladora de las antologías El
río en catorce cuentos y Mi madre sobre todo (Edit. F. Ross, Rosario, 2010 y 2011). Su cuento Sicómoro,
traducido al alemán, integra la antología Narradoras argentinas del
siglo XX (editorial Trafo,
Berlín, 2014). Colabora con reseñas críticas y textos de creación en medios
culturales de su país y del extranjero. Participó en ciclos
de lectura y festivales de Poesía (VII Festival
Latinoamericano de Poesía en el Centro, Buenos Aires, 2015; VI, VII y VIII Semana de las Letras y la Lectura (El Círculo, Rosario,
2012, 2013 y 2014, 2015), Festival Internacional de Poesía de Rosario (2008),
Movimiento de Escritoras Los Puños de la Paloma (Santa Fe, ediciones 2012, 2014 y 2015). Desde
2003, coordina los talleres de Lectura y Escritura Ópera Prima y un taller de
Lectura Crítica. Edita el blog “Vuelo de noche”: http://www.marta-ortiz.blogspot.com/
Csaba Béla Varga
Periferia
Galáctica, en algún lugar del espacio profundo
El almirante supremo Dascoleo lanzó
una mirada de disgusto al teniente que se agitaba nervioso frente a él.
—¿Por qué me viene con semejantes
estupideces, hombre? ¡Muestre un poco de iniciativa y resuelva el asunto usted
mismo!
—Pero, señor, yo solo pensaba
que...
—Usted no piense, teniente, o
terminará destinado a una base de observación solar. ¿No ve que quiero cenar
antes del híper salto?
—Los radares de profundidad
detectaron señales de civilización muy débiles en el borde de la zona
pacificada. Tal vez sea una base de los rebeldes...
A través de las ventanas del puente
de mando, el almirante contempló cómo los relucientes buques de guerra se
acomodaban lentamente alrededor del crucero imperial en formación de salto.
Aquella temible flota finalmente podría dejar atrás la Periferia y, en el
futuro, imponer la voluntad de la corte imperial en los mundos más civilizados
de los sistemas interiores. Escuadrones de cazas pasaban junto a la nave
insignia.
—Idioteces. Debe de ser algún mundo
bárbaro perdido en medio de la nada. Envíe un bombardero semi cíborg.
—Entendido, mi señor. Tras destruir
los objetivos, el bombardero llegará a alguna guarnición del sector dentro de
uno o dos años.
—Y nosotros dejaremos orden detrás
de nosotros. Bien, me voy a comer. Los saltos siempre me revuelven el estómago.
Veinte minutos después, un CB
Barracuda abandonó la compuerta de lanzamiento trasera de uno de los
destructores. El responsable de suministros de la flota imperial, que acababa
de aplastar en sangre la rebelión xeno, eliminó la nave de la lista de unidades
en ruta hacia el sistema Shoga.
Tras completar la operación, apartó
la vista de la pantalla con aburrimiento. No prestó atención al mensaje
emergente que indicaba que el poder de las unidades imperiales había disminuido
un 0,0000000000001 por ciento.
Periferia,
planeta Nova Tierra, Palacio de Arkonium
Alguien sacudió el hombro del arkon
de Rogros. El Padre del Pueblo gimió y miró alrededor de la sala con expresión
desconcertada. En el húmedo gran salón de la antigua Asamblea Planetaria,
oficiales borrachos yacían desparramados sobre el piso cubierto de vómito y
charcos de alcohol, entre prostitutas medio desnudas que babeaban por efecto de
las drogas.
—¿Qué demonios pasa? —le rugió
Rogros al sirviente que había interrumpido la celebración.
Hacía tres meses que la Unión había
eliminado los últimos focos de resistencia de la Confederación. Las columnas de
tanques de Rogros habían entrado triunfalmente en la capital y desde entonces
él era el amo del mundo entero. El primer hombre de todo el planeta. Había
logrado lo que ningún caudillo había conseguido antes. Las purgas todavía
continuaron durante un mes; las noches de Novapolis eran iluminadas por las
agonías de los prisioneros arrojados a hogueras de queroseno, pero desde
entonces el arkon estaba aburrido. Ya no quedaba nadie a quien derrotar.
—Es Dom Roshill, señor. Quiere
hablar de inmediato con vuestra excelencia.
Al entrar en su despacho, Rogros
activó con un chasquido la enorme pantalla que cubría la pared. En el monitor
en blanco y negro apareció el profesor doctor doctor Roshill, principal
ideólogo de la Unión. El Cerebro.
—¡Aquí está la prueba, Rogros,
aquí, en mis manos! ¡Sí existe inteligencia entre las estrellas! ¡Sí somos
descendientes de los dioses del espacio! —agitó triunfante la cinta perforada
del telegrama.
—¿Qué demonios quieres? ¿Ocurrió
algo?
—¡Una nave del espacio, Rogros!
Apareció en el borde del sistema solar y se acerca cada vez más. ¡Lo que
siempre dije! ¡Aquí está la prueba! ¡Los dioses han regresado!
Rogros se despejó en un instante.
Aunque el tema favorito de Roshill le importaba muy poco, durante los largos
años de lucha por el poder absoluto había oído miles de veces la teoría del
científico: el pueblo gherri, la tribu que daba los dirigentes de la Unión,
descendía de dioses astronautas. A diferencia de todos los demás pueblos
inferiores y esclavos de Nova Tierra. Él mismo sabía que ningún hallazgo
arqueológico tenía más de dos mil años de antigüedad, pero el pasado del único
mundo habitado del sistema no le interesaba en lo más mínimo. Como señor de la
guerra de la Unión, vivía para la lucha y para el presente.
Y ahora había aparecido un nuevo
adversario.
Justo a tiempo.
Base espacial B
417, luna minera Helene
Con la bandeja en la mano, Jonniby
se detuvo un instante, pero nadie quiso hacerle lugar en ninguna mesa. El
hombre detrás de él recibió su ración, avanzó y lo empujó con el hombro.
Jonniby se dio vuelta con expresión amarga y, como siempre, se acercó al
estante fijado a la pared oscura del comedor para comer solo aquella soja
aguada y maloliente. Una bonita muchacha de cocina de cabello corto recogía las
bandejas. Pasó junto a Jonniby como si el muchacho no existiera.
En la sala reinaba un ambiente
opresivo. B 411, B 412 y B 413 habían sido destruidas y, según decían, el
monstruo ya había abandonado las lunas de Poseidón y se preparaba para
aniquilar las pequeñas bases alrededor de Artemisa. Era imposible resistirlo. En
un solo día recorría distancias para las que incluso los transbordadores más
modernos heredados de la Confederación necesitaban meses. Utilizaba armas con
las que los científicos de Nova Tierra ni siquiera se atrevían a soñar, aunque
la guerra mundial de cuarenta años había impulsado enormemente el desarrollo de
la tecnología militar. Tal vez tuvieran razón quienes afirmaban que el
encuentro entre civilizaciones excluía toda cooperación. La más débil, la menos
desarrollada, estaba condenada a perecer.
El comandante de la base, Dom
Romer, permanecía de pie en el centro de la sala con los brazos cruzados. Nada
escapaba a sus ojos penetrantes.
Jonniby había oído los rumores más
absurdos, aunque, mientras preparaba sus exámenes, apenas abandonaba su
camarote lleno de libros, del tamaño de un ataúd. No es que alguna vez saliera
demasiado. El personal confederado que aún no había sido ejecutado gracias a
sus conocimientos especializados susurraba acerca de la venganza de los dioses.
Los mineros de gas de la Unión, en cambio, consideraban aquel horror surgido de
improviso un arma secreta del enemigo derrotado. Nadie dudaba, sin embargo, de
que tarde o temprano el arkon Rogros acabaría enfrentándolo.
El maltrecho CB
Barracuda emergió de la boca de la caverna. Desplegó sus redes recolectoras
para recargar las cámaras de plasma agotadas durante la destrucción del
objetivo anterior. El bombardero tripulado por una dotación parcialmente
ciborgizada no había sido diseñado para misiones como aquella, pero aun así se
desempeñaba de maravilla. Los soldados de piel escamosa y ampollada que
flotaban en el líquido incoloro hacía mucho que no se sentían tan bien. Después
de tantas humillaciones y derrotas, por fin saboreaban la dulzura de la
victoria. En regiones más civilizadas no habrían tenido demasiadas
oportunidades contra los mezones o los zarg. En casa, tarde o temprano, los
obsoletos Barracuda acabarían desmantelados y fundidos, mientras que a la
tripulación le aguardaría el desempleo en la superficie. Allí, en cambio,
podían sentirse dioses.
Dioses de la destrucción.
Y no era una sensación
desagradable.
—¿Otra vez tuviste mala suerte?
—preguntó Yom, el maestro armero.
—No, simplemente no tenía nada que
hacer. Pensé en bajar para ayudar un poco —respondió Jonniby.
—¿Así que no te enviaron como
castigo? ¡Eso sí que es nuevo! ¿Por qué no cortejas a las chicas o sales a
divertirte con tus amigos?
—Estoy pensando en esa nave
extraterrestre. Qué súper civilización debe ser si envían una sola nave para
conquistar un sistema solar entero. Además, no tengo amigos. Y las chicas...
bueno, no suelen hablarme.
—Estás loco, muchacho. Hay que
vivir mientras uno es joven. —El hosco y solitario maestro armero siguió
trabajando en uno de los lanzacohetes—. El monstruo llegará pronto. Quiero que
esta pequeña belleza funcione para entonces. No es un arma milagrosa, pero es
lo único que tenemos.
—¿Puedo ayudar en algo?
—Claro, si no te molesta
ensuciarte.
—¿Señor? —El
comandante Romer permanecía rígido frente a la diminuta pantalla en blanco y
negro.
—Sé breve —Arkon Rogos observó a su
subordinado con expresión sombría. Un ladrón, un malversador, o quizás alguien
de origen dudoso. De lo contrario, no lo habrían escondido en ese agujero de
piedra en medio de la nada, pensó el caudillo—. No podemos enviar ayuda —dijo—.
Nuestros ocho transbordadores fueron destruidos. Todavía faltan meses para
iniciar la producción de los cohetes portanaves Brutal de la Unión. Así que
tendrás que resolver la situación con tus propios medios. Y rápido.
—¿Autoriza la ejecución de mi plan,
mi señor?
—No tenemos alternativa. La nave
llegada de las estrellas debe ser destruida.
—La destruiremos, señor.
—Solo una cosa, Romer. ¿A quién
piensas enviar a la mina?
—El teniente Roskhal es mi mejor
hombre. Un verdadero tipo duro. Sangre gherri cien por ciento pura.
—Entonces ¿por qué lo desterraron a
ese agujero?
—Violó a unas monjas de una raza
inferior.
—¿Y quién no lo hizo? ¿Solo por
eso?
—Frente a las cámaras de la
Televisión Mundial, señor. Dos días después del funeral del arzobispo.
—¡Debieron ejecutarlo!
—No fue posible, señor. El general
Dom Robald es su padrino.
—Entiendo —el dictador de Nova
Tierra tamborileó pensativo con los dedos—. No, Romer, tendrás que enviar a
otro. Es una misión suicida y no quiero que alguna familia noble consiga un
mártir. Busca a alguien por quien nadie derrame lágrimas. Una rata solitaria.
Que no tenga amigos, amantes ni parientes influyentes. Envía a uno de esos
contra el monstruo.
—Tengo justo a alguien así, señor.
Un imbécil perdido. No bebe, no anda con mujeres. Un ratón de biblioteca. La
muerte será una liberación para él.
—Después de la
destrucción de B 415 —dijo Romer—, los exploradores encontraron el escondite
del monstruo. Se refugia en esta mina. Aquí podremos atraparlo.
—Podemos introducir el explosivo
por esta galería. Pero ¿cómo apuntaremos? El control remoto no funciona a
través de media milla de roca —le preguntó Yom al comandante.
—No hará falta control remoto.
Enviaremos una bomba viviente.
—¿Quién llevará la carga? ¿Algún
soldado de asalto?
—Claro que no. Ese chico que a
veces baja por aquí. Total, no tiene mucho que perder —Romer escupió con
desprecio.
Jonniby permanecía
agazapado en el suelo, abrazándose las rodillas y temblando. Como tantas otras
veces, estaba aterrorizado. Romer lo había mandado llamar, le explicó lo que
debía hacer y luego se marchó. Ni siquiera se interesó por saber qué opinaba del
asunto. No es que Jonniby hubiera tenido el valor de negarse. Nunca había
sabido decir que no. El capellán militar de la colonia minera lo bendijo
apresuradamente y le aseguró que todos sabrían en qué clase de gran héroe se
había convertido. Pasó toda la noche dando vueltas sin dormir, imaginando mil
veces la forma espantosa en que moriría. Entre una oleada de terror y otra
trató de pensar en algo más alegre, pero no se le ocurría nada. Como si su vida
hubiera estado formada únicamente por habitaciones estrechas e idénticas. El
orfanato, el internado, el cuartel, la biblioteca, las pequeñas celdas
universitarias. Habitaciones estrechas, frías y vacías. Nunca había nadie.
Siempre estuvo solo, como si fuera un leproso.
O un monstruo.
Golpearon la puerta. Se recompuso y
salió. Para su sorpresa, no vino a buscarlo un soldado de asalto, sino Yom.
—Vamos —dijo el anciano con el
rostro rígido.
—No puedo, me tiemblan las piernas
—gimió.
—Bebe esto —el maestro armero le
ofreció una cantimplora metálica—. Te ayudará.
La bebida casi le abrasó la
garganta, pero una cálida oleada lo inundó y consiguió ponerse en marcha.
—¡Mantente erguido! —lo reprendió
Yom—. Todos te estarán mirando. ¡Muéstrales a las chicas cómo es un héroe
solitario!
De verdad todos conocían la misión.
Todo el personal de la base se apiñaba en el abarrotado corredor. También las
chicas. Jonniby descubrió con asombro que las mujeres claramente se habían dado
cuenta de que existía. Eso nunca le había ocurrido antes. Se ruborizó, pero se
enderezó y avanzó hacia la esclusa exterior con la espalda recta. La multitud
murmuró. Jonniby habría jurado que nadie se burlaba de él.
Era una sensación extraña.
Llevaban seis horas
avanzando en el vehículo oruga por la superficie rocosa y sin atmósfera de la
luna. Sobre ellos brillaban miles de estrellas. La espiral ardiente de la
galaxia se veía con absoluta claridad. Millones de estrellas, millones de
planetas. Y a través del infinito espacio había llegado hasta ellos un monstruo
asesino.
—¿Habías estado aquí afuera alguna
vez? —preguntó Yom.
—¿En la superficie? Nunca.
—Vale la pena venir. Cuando miras
el cielo, te ves obligado a enfrentarte contigo mismo. A pensar qué hiciste
bien y qué hiciste mal. Las estrellas purifican el alma.
Jonniby miró al anciano sin
comprender. Nunca antes lo había oído hablar tanto.
—Tengo miedo —dijo—. Queremos
adherir una vieja mina magnética a la invencible máquina de guerra de una súper
civilización. No tengo ninguna posibilidad. Debe ser una nave terriblemente
avanzada, el arma más moderna de los extraterrestres, si enviaron una sola para
conquistar un sistema entero y ocho mil millones de personas.
—No era eso lo que esperabas,
¿verdad? Tus libros hablaban de majestuosas flotas de naves espaciales de
kilómetros de longitud. Discos de acero del tamaño de montañas sobre las
grandes ciudades del mundo. Enormes armadas amenazantes. ¡Rayos mortales resplandecientes!
¡Terribles máquinas tentaculares!
—Sí. Un enemigo gigantesco. Una
resistencia heroica. No una nave diminuta, más pequeña incluso que un
transbordador.
—Llegó sola y aun así puede
destruirnos. Un monstruo solitario. En las montañas, cuando yo era niño,
cazaban osos grises con hachas. Eso sí era un verdadero horror. No estaba
permitido tener armas de fuego. Los cazadores solo tenían posibilidades de sobrevivir
si sorprendían al oso mientras dormía. Nosotros sabemos dónde duerme la bestia.
Allí la atraparemos.
—Sabrá que me acerco. Debe tener
sensores y radares superiores. Está muchísimo más avanzada que nosotros.
—Solo detecta tecnología.
Radiación, máquinas en funcionamiento. Desde aquí arrastraremos el torpedo. Hay
una vieja galería inclinada que conduce a la mina. Cuando te dé la señal,
bajarás por ella. Irás deslizándote montado sobre el torpedo. El monstruo estará
debajo de ti. Caerás sobre él, te adherirás y después... tres segundos y boom.
—Lo sé. Dom Romer también me lo
explicó.
—¿Y no le preguntaste cómo ibas a
salir antes de la explosión? —En el enorme traje protector solo se veían los
ojos del anciano.
—Ni se me ocurrió.
Yom detuvo el vehículo, descendió y
levantó junto al torpedo una caja metálica parecida a una mochila.
—Él es demasiado importante para
ocuparse de detalles tan pequeños. Armé esto mientras tú limpiabas el torpedo.
—¿Qué es?
—Tu boleto hacia un mundo mejor.
El CB Barracuda
apagó sus motores y avanzó únicamente impulsado por sus elevadores antiG hacia
la entrada de la mina abandonada que utilizaban como escondite. Muy lejos
detrás de él, al otro lado del mar de polvo, seguía brillando el cráter donde
hacía poco vivían cinco mil personas en la base B 417. Los soldados semi cíborg
todavía conocían otros dos objetivos en la luna. Cuando terminaran con ellos,
partirían hacia el único planeta habitado del sistema.
De pronto, el instrumento del
navegante detectó una emisión radial junto a la entrada de la caverna. El
mensaje era breve, tal vez una sola palabra, pero los aparatos igualmente
reaccionaron. El artillero activó el turboláser de a bordo y en la pantalla apareció
enseguida una diminuta figura adherida a la roca.
—¿Un explorador bárbaro?
—Destrúyanlo.
Jonniby oyó la orden y, justo
después, vio el destello en el borde de la pared rocosa.
—¡Yom! —gritó al micrófono,
olvidando todas las normas de seguridad—. ¡¿Qué ocurre contigo?!
No obtuvo respuesta.
Agarró el cable de liberación y
tiró de él. El torpedo montado sobre los patines comenzó a deslizarse cuesta
abajo. El muchacho aferró con fuerza el timón y contempló el frente con los
dientes apretados. Avanzaba a toda velocidad por la oscuridad con media
tonelada de explosivos bajo el cuerpo.
El torpedo aceleraba. Unos segundos
más y alcanzaría la boca del túnel, el lugar por donde el monstruo debía pasar
camino a su escondite. De pronto, de la oscuridad emergió el fragmento de una
antiquísima viga de hormigón. Jonniby apartó la cabeza, pero aun así la viga le
rozó el casco. Luego el deslizamiento terminó y el torpedo quedó suspendido en
el vacío.
Como si el tiempo se hubiera
detenido.
Jonniby observó inmóvil cómo debajo
de él aparecía lenta, muy lentamente, el monstruo. No parecía aterrador ni la
máquina de guerra más avanzada de una civilización lejana. Más bien daba la
impresión de estar gastado, deteriorado y castigado por las tormentas.
El torpedo alcanzó el blanco. Se
estremeció violentamente al chocar contra el lomo de la nave y, desde sus
costados, saltaron los ganchos dentados de cabeza diamantina desmontados de
antiguas máquinas mineras. El impacto arrojó al muchacho fuera del asiento.
Tras girar varias veces en el aire, fue a estrellarse contra algo que
sobresalía de la parte trasera de la nave. No perdió el conocimiento, pero el
golpe lo dejó incapaz de moverse.
A través de una estrecha y gruesa
ventana creyó ver el interior de la nave: había personas que flotaban en
cilindros de vidrio y lo miraban estupefactas. Aunque parte de sus rostros
estaba cubierta de metal y de sus narices salían tubos pulsantes, era imposible
no advertir su sorpresa.
Jonniby apartó la mirada de
aquellos seres mitad humanos mitad máquina y logró ponerse de pie. Detrás de
él, el mecanismo explosivo del torpedo adherido a la nave indicaba que faltaban
apenas unos segundos para la detonación.
La nave continuó flotando
lentamente a través del gigantesco recinto. Jonniby levantó la vista. Bajo la
luz del casco distinguió el estrecho pozo vertical del que Yom le había
hablado. Apretó los dientes, se enderezó y golpeó el botón de la infernal mochila
que llevaba en la espalda.
Los cohetes se activaron al
instante y lo lanzaron hacia arriba como un petardo de fuegos artificiales.
Solo que, esta vez, el resplandor del estallido no brilló sobre él, sino muy
por debajo.
—¡Felicitaciones,
joven héroe! —Dom Rogos, Padre del Pueblo, sonreía jovialmente bajo el fuego
cruzado de las cámaras—. Llegarás lejos. Sigue así, muchacho.
Jonniby observó confundido al amo
del mundo. O mejor dicho, al amo del planeta. Al dictador de un único planeta
habitado. Porque en aquella nave había seres humanos. Más o menos iguales que
ellos. Y tarde o temprano llegarían más naves. Entonces descubrirían que Nova
Tierra no era el mundo entero, sino solo una isla.
Y el jefe de los nativos de aquella
isla apenas era una figura más o menos importante entre muchas otras. No el amo
todopoderoso del universo. No aquella especie de dios que él había imaginado
hasta entonces. Ese pensamiento hizo vibrar algo en su interior. Como si una
enorme piedra hubiera caído de sus hombros. Se enderezó, hizo una reverencia y
se mezcló entre los festejantes que se agitaban en el salón iluminado.
Claro que cambiar el mundo todavía
podía esperar un poco.
Cuando una muchacha hermosa,
realmente hermosa, se acercó al joven héroe y, con un gesto completamente
natural, lo tomó del brazo para invitarlo a bailar, Jonniby sintió que la
tierra se abría bajo sus pies. Pero entonces recordó las palabras de Yom. Se irguió
y posó la mano sobre la de la muchacha.
Durante el baile solo le pisó el
pie una vez.
La nueva vida realmente había comenzado.