domingo, 12 de julio de 2026

UN ANUNCIO DE CIGARRILLOS… INCITA A FUMAR

Ahmed Sadaawi

Cuando imprimió su mano manchada con la sangre del cordero en la pared, había tres dedos rojos: el índice, el corazón y el pulgar, como un anuncio para promocionar el tabaco, y eso fue precisamente lo que animó a los niños a dibujar con las tizas un cigarro entre los otros dos dedos extendidos. Cuando sus amigos lo despidieron al montarse en el tren que partía hacia la capital, el gesto que hizo con la mano fue algo tibio, porque ellos no eran sus amigos, amigos que él hubiera escogido, simplemente los encontró, como encontró sus dedos amputados sobre el biombo en el último ataque que sufrió durante la guerra de los ochenta. Trozos de carne que se abrieron paso lejos de él, exactamente igual que aquellos que se despedían ahora, que se mostraban tímidos desde la ventana, próximos a un tamaño similar a la nada, como sentía en su fuero interno.

Le gustaba aquel poema que decía: “Solía contar a mis amigos con los dedos, y ahora no cuento con mis dedos más que mis dedos”; con toda seguridad quería decir que dos amigos intercambian la pérdida con el meñique y el anular, y el resto le resultaba indispensable, a diferencia de todos sus compañeros que ya se marcharon, liberando sus dedos del cómputo y la numeración.

Entró en el hotel Dunya en el primer callejón de la calle Alrashid. Lo recibió Abdu con su barba larga, tomó la maleta y lo condujo a una habitación alejada con dos camas. Su primer amigo le había dicho que Abdu cuidaba un gato en su habitación, situada a la entrada del hotel, le daba de comer queso, le servía bebidas gaseosas y lo arropaba cuando dormía.

—¿El gato arropa a Abdu… o Abdu arropa al gato? —Le preguntó, pero el amigo no contestó nada, si bien tras un momento de silencio, reanudó el tema del gato.

—Dice Abdu que el gato sabe hablar, que se entendían sus maullidos y en ellos dividía perfectamente las tres partes de la oración: nombre, verbo y complementos… pero un accidente de tráfico ¡lo ha dejado mudo! Estaba cansado por el largo viaje y no se emocionó con la triste historia del gato. Quería dormir, pero su amigo continuó hablando—. ¿No has notado que Abdu apenas habla? Es por la pena que le da el gato…, hasta dejó la bebida desde el doloroso accidente.

Él ya estaba roncando y había doblado el brazo debajo de la cabeza, mientras el amigo seguía la cháchara mirando desde la ventana hacia el tragaluz opaco.

Por la mañana, tocó a la puerta de su habitación su segundo amigo. Había llegado a un acuerdo con él para la cuestión de la jubilación y su pensión por discapacitado de guerra… Al despertar, encontró que su primer amigo se había marchado de la habitación en algún momento. Por la noche se habían reunido los tres en el cuarto alrededor de una botella entera de ginebra. El primer amigo era más alto que el segundo amigo, tal cual la diferencia que existe entre el meñique y el anular. El primero no paró de hablar más que para tomar un trago del único vaso que había sobre la mesa, colocada entre las dos camas, y el segundo bebía del vaso como variación a su silencio opaco, y las pocas frases que pronunció se parecieron a las señales divinas de la unicidad de Dios, o las proclamas de Alnifari, en comparación con las frases del primero, que se sucedían sin descanso hasta que se vació la botella.

—Esta chica que vi en la oficina de las pensiones tiene una relación con el director.

—¿Cómo es eso? ¿Es que conoces al director?

—No, pero lo he deducido por su mirada y por el ambiente de la oficina.

—Pero si no estuviste conmigo… ¿De dónde te has sacado eso?

—No, pero tengo un amigo discapacitado de guerra, y…

La botella no se había acabado aún, pero su primer amigo se levantó para ir al baño. Solo entonces pudo preguntar a su segundo amigo qué le pasaba.

—¡Oye! ¿Estás con nosotros, o qué?

El segundo amigo respondió mirando al techo.

—Mañana es mi cumpleaños. —Guardó silencio unos segundos y luego, de repente, se cortó la electricidad. El amigo siguió hablando—. El día que he decidido suicidarme.

Buscó una vela en el bolsillo de su chaqueta colgada en la pared, y a continuación encendió el pabilo y la puso sobre la mesilla, iluminando la habitación con una luz perezosa y tenue. En ese momento llegó el primer amigo.

—¿Saben? —exclamó sentándose delante de la vela para continuar con un tono imperceptible—. He escuchado una voz extraña en el servicio que estaba al lado del mío. Me he colado y he visto a una persona practicando la costumbre secreta.

—¿Te vio él?

—No, pero llevaba la foto de una revista en la otra mano cuando se fue la luz, y de repente, se cortó la voz extraña.

—¿Y qué problema hay? Es algo natural —dijo respondiendo a las palabras de su primer amigo, el fanático. Luego, se fijó en la gran sombra de su cabeza, reflejada en lo alto de la pared, y en sus orejas, que eran más prominentes en la sombra que en la realidad, dos pabellones auditivos afilados similares a las orejas del demonio.

—Mañana es el día apropiado… Un buen cierre dramático.

Habló su segundo amigo con la vista puesta en el techo, donde el humo de los cigarrillos serpenteaba en el condensado ambiente.

—Cásate, en lugar de eso —Le respondió a su amigo, el abatido y triste. Luego encendió otro pitillo.

—Pretenderás decir que el matrimonio se parece al suicidio. En mi primer matrimonio descubrí esta verdad… Quería que me acostara con ella ¡cada tres horas!

Molesto, el primer amigo le interrumpió.

—¿Por qué hablas de tu mujer de esa forma?

—Él no se ha casado nunca. Nunca ha visto la vagina de una mujer —dijo el segundo amigo… lo que hizo sonreír al primer amigo.

—Al fin se rompió el anular —señaló con cinismo.

Cuando se marcharon, poco antes de que el hotel cerrara las puertas, la electricidad seguía cortada, la vela había llegado al final y se extendía con su cera derretida sobre el borde de la mesilla. Alargó su mano delante de la vela y se dibujó sobre la pared una sombra pálida de una mano grandiosa. La botella estaba vacía y lo más probable es que él se hubiera tomado la mayor parte, dado que su primer amigo estaba demasiado ocupado hablando y el segundo, fumando.

Observó la majestuosa mano sobre la pared. Tenía cinco dedos. Los movió y se movió la mano en la sombra unos segundos después. La bajó lentamente hacia su cara y se frotó los ojos. Permaneció en esta postura hasta que la electricidad iluminó de nuevo la habitación. La vela estaba completamente muerta.

Se daba cuenta de que el asunto de su jubilación iba a alargarse y que el dinero que tenía no le duraría demasiado tiempo. Sus amigos continuaron acudiendo a su habitación cada noche o en noches alternas. Una tarde, cuando subía las escaleras del hotel, vio el gato al que mimaba Abdu sobre los últimos escalones, mirando con unos ojos brillantes y asustados a quien subía por las escaleras. De pronto, la cabeza de Abdu asomó por la puerta de arriba. Parecía distinto. Se había afeitado la barba. Él se quedó quiero durante unos segundos, respetando la decisión del pobre gato sobre si subir o bajar, pero Abdu le lanzó un zapato con un movimiento violento de su mano, como si estuviera participando en un concurso, y el gato cayó rodando por las escaleras. Pasó por su lado aturdido y le sorprendió su maullido. Era un sonido doloroso e inesperado, pero solo el maullido de un gato.

Le preguntó a Abdu el porqué de aquella crueldad contra su gato mimado, y éste respondió:

—Se sienta en la azotea y me lo encuentro que se lo está tirando otro gato. Cada vez que espanto al segundo gato, vuelve… Hoy lo encontré debajo de mi cama, haciéndoselo otra vez.

No sintió ninguna lástima por lo que le pasara al gato, pero le preguntó por el asunto del habla. «¿De veras el gato hablaba?», a lo que Abdu contestó extrañado:

—¿Para qué va a hablar? ¿Acaso no le doy todo? ¿Para qué va a hablar o a preguntar?

Un par de horas después llegaron sus amigos. El primero llevaba un bolso de deporte y el segundo una bolsa negra donde escondía una botella. El primero dijo que pasaría la noche con él, y posiblemente las noches siguientes, y aunque la decisión no le hizo estar demasiado cómodo, tampoco dijo nada que dejara entreverlo.

El segundo amigo abrió la botella. Llenó el vaso y bebió de prisa. Sin saber por qué recordó al verlo beber con tanta urgencia sus palabras de aquella noche, ¿no quería suicidarse el día de su cumpleaños?

—¿Recuerdas los baños circulares delante de la Oficina de Pensiones que está a lado del puente? Pues, ¿sabes?, hoy he visto a la empleada de contabilidad aquella, ¿te acuerdas? Me puse en la cola con ella y la llevé hasta los baños, y allí me casé con ella.

No le contestó nada porque la electricidad se cortó en ese momento. Levantó su chaqueta, colgada de un clavo sobre la pared y sacó una vela larga. Prendió la mecha y la puso en el borde de la mesilla. Su primer amigo retomó entonces la narración de su historia con la empleada de las pensiones.

Al cabo de unas horas, la botella tocaba a su fin, y entre el parloteo de su primer amigo, quien se marchó al servicio, y el desánimo del segundo, él vigilaba la sombra de su mano sobre la pared. Era algo extraño. El meñique y el anular estaban ahí. Él los movía y los dedos se movían. ¿Estaban, acaso, perdidos en la otra mano? Aquí está, la segunda mano… y sí, también estaban. Se volvió hacia su segundo amigo, que fumaba mirando al techo. Quería asegurarse de algo.

—¿Qué hiciste el día de tu cumpleaños? —le preguntó.

El segundo amigo exhaló una calada larga del cigarrillo y soltó el humo lentamente para que se mezclara con la nube de humo que se mantenía en lo alto de la habitación. Luego, se volvió hacia él.

—Nada importante… —le contestó—. Fui a trabajar… Volví del trabajo. Quería pasarme por el callejón de mi novia, pero dudé porque odio esperar para ver si asoma o no la cabeza por la puerta de casa.

—¿Qué novia es esa?

—Esa de la que te hablé… Una compañera de estudios.

—¿Me estás tomando el pelo?… Pero ¡si tienes canas!, ¿de qué estudios estás hablando?

—Bueno, yo la he amado desde entonces, pero jamás se lo confesé.

—¿Y la sueles ver cuando pasas por la calle donde está su casa?

—No, se casó hace seis años, o siete… No recuerdo bien.

—Entonces, ¿por qué vas por allí?

—Pudiera ser que viniera a ver a su familia… Siempre hay una oportunidad, aunque sea mínima.

—Una oportunidad, ¿para qué?

—Para ver a mi novia.

Eso dijo el segundo amigo mientras miraba con ojos brillantes la llama firme de la vela cuando la sombra de una mano enorme con cinco dedos se dibujaba sobre la pared contigua. La mano de la sombra agarraba lentamente la cabeza del segundo amigo, pero se detuvo. Después se relajó y se retiró de la pared, decaída.

—¿Por qué no te suicidaste? ¿No era una decisión importante? —volvió a preguntarle. Reinó el silencio durante breves instantes antes de llegar la respuesta.

—El asunto requiere de valentía. Todos los hombres sobre la faz de la tierra están desesperados para que lo haga alguno en nombre de ellos. Si todos ellos hubieran reunido el arrojo de ese uno, habría terminado la liturgia con la eucaristía echada en el abismo de la nada.

—No entiendo una palabra. ¿Por qué no lo has hecho?

—Es complicado. No es así de sencillo.

Un fastidio intenso comenzó a afligirle, y cuando entró su primer amigo pareciera que lanzaba un contraataque, pues lo bombardeó con la pregunta antes de sentarse.

—¿Por qué has tardado?

—¿Recuerdas aquella persona, al de la foto? La foto de la revista aquella noche en los baños. —Respondió que sí, así que siguió hablando orgulloso—. Lo hice con él… Lo sorprendí haciéndolo consigo mismo y le facilité el asunto.

El segundo amigo intervino burlándose:

—Puede que lo hiciera él contigo. Bájate los pantalones para que lo confirmemos.

—Tú estás celoso de mí.

Tras decir aquello, tomó asiento para seguir bebiendo. Entretanto, la mano grande de la sombra con los cinco dedos comenzó a curvarse sobre la pared.

—Estás aquí sentado mientas la novia de parvularios… eructa de tanto revolcón.

El primer amigo murmuró aquello antes de darle un trago al vaso con evidente nerviosismo… Al final se pelearon, el meñique y el anular estaban en la mano enorme de la sombra zurrándose el uno al otro y separándose con evidentes convulsiones.

Abrió la puerta con torpeza y seguidamente se apoyó en el filo de la hoja abierta para dirigirse a sus amigos:

—Venga… Salgan… No quiero que vuelvan aquí nunca más. —Pronunció aquellas palabras como si masticara un bocado pegajoso—. Tú —se dirigió al primero—, ¿por qué me mientes? El gato no hablaba… No comía queso y bebía leche… Era un hijo de puta. Y tú —se dirigió al segundo—, tú eres como él. Lárgate y suicídate sin tanto anuncio… Quieres que el mundo te salve sin necesitar de una salvación. —Ambos salieron apoyándose el uno sobre el otro y antes de alcanzar el final del pasillo, les gritó—: Han prorrogado el procedimiento de la jubilación hasta que se derrita el invierno, ¿Saben?

Cerró la puerta sin asegurarse de que hubieran oído sus palabras, y se quedó cerca de la vela que languidecía, como si alguien siguiera aún con él en la habitación.

—Me han dicho… “tú no tienes ninguna discapacidad. Las personas no necesitan normalmente ese par de dedos”… pero yo los necesito… ¡Los necesito!

Gritó la última frase como si quisiera llorar. Se echó en la cama y levantó la mano delante de su cara y luego la fue acercando despacio hasta que acabó detrás de la vela. La gran sombra sobre la pared reflejaba una mano con tres dedos… Exactamente igual que el anuncio que animaba a fumar.

Por la mañana, abrió los ojos con el traqueteo de la puerta… Recordó que no la había cerrado bien la noche anterior… Desde su sitio pudo ver como el gato mimado de Abdu entraba, caminaba con delicadeza y en silencio sobre el suelo de la habitación, acercándose a él. Se sentó sobre las patas traseras e irguió la cabeza con respeto. Luego soltó un maullido extraño:

—Me gustaría contarte algo. Ayer por la noche estaba dando un paseo por la calle. Tus amigos estaban peleándose a voces y a la altura de la alcantarilla grande del final de la calle se pararon. De repente, tu segundo amigo se lanzó él solito a la alcantarilla… Lo último que pude escuchar de ellos fueron las palabras de tu primer amigo. Con los ojos puestos en el oscuro sumidero, le increpaba: ¿Quieres ser importante? Me tienes celos.

Recordó el principio del relato, cuando imprimió sobre la pared una mano manchada con la sangre de un cordero sacrificado, feliz por haber salido con vida de la guerra, y sintió una pérdida grave oprimiendo su alma cansada.

Ahmed Sadaawi nació en Bagdad en 1973. Es novelista, poeta y guionista. Ha trabajado en diversos periódicos y revistas, y fue corresponsal de la BBC en Bagdad entre 2005 y 2007. Actualmente reparte su tiempo en la escritura de documentales y programas de televisión. Entre su obra narrativa se destacan: El hermoso país. (Premio de Novela Árabe en Dubái. 2004), Sueña o juega o muere. (2008), Frankenstein en Bagdad (Premio Booker árabe, 2013), La puerta de las tizas. (2017), La cara desnuda dentro del sueño (2018).

PERTENENCIA

Alex S. Johnson





 

La pálida luz color miel y limón golpea los arcos de piedra caliza. Entre el gris pizarra y el verde, según sus múltiples estados de ánimo, el Sena cambia de color.

Se oye el estridente graznido de los turistas desde los barcos cargados de extranjeros que pasan deslizándose río abajo; el oleaje golpea los muros del muelle. Macey Kahill siente esas ondulaciones dentro de sí... ella no pertenece a los turistas, a la vociferante horda del vulgo, a los de afuera. Está muy lejos de aquella adolescente torpe, un poco regordeta, quemada por el sol y cubierta de picaduras de abeja, avergonzada de un padre que vendía anfetaminas desde el cobertizo del bosque y de una madre conocida como «la fácil del pueblo».

Ahora es francesa, artista de performance y periodista de verdad. En su biografía antes mencionaba con orgullo «dos años de periodismo en la escuela secundaria», pero hace tiempo eliminó esa línea. Su falta de estudios formales ha quedado eclipsada por el prestigio cultural que posee hoy.

Pasa las páginas de la revista con desgano. Los diminutos sauces de Vert Galant tiemblan con la brisa. El agua golpea suavemente el malecón. El lejano zumbido del tráfico de la orilla derecha, amortiguado por la distancia. Recuerda a Baudelaire y Correspondencias.

Sentada sobre la piedra caliza del muelle e imaginándose en otra parte... un zumbido en los pulmones, en la cabeza, diminutas campanas tintineando... miles de alas... ¿de dónde han salido?

Pasos sobre la piedra antigua... huecos, resonantes. Fragmentos de conversaciones en distintos idiomas llegan flotando desde el puente.

Ha traído el almuerzo. Tiene una hora... la revista le hormiguea entre las manos... tan exótica... se aferra a las palabras; el idioma adquiere de pronto una nitidez absoluta y luego vuelve a escapársele, arrastrado como una barcaza por el río, llevado por las alas, las muchísimas alas...

Otra vez esa palabra, vista en una librería de la Nueva Era: pertenencia. Una manifestación. Un descenso hacia la mente de la colmena.

Hoy es francesa.

Ayer, hace una hora y hace quince minutos estaba de pie mirando el barro. Se sentía atrapada, deformada, como los pies de una estatua hundidos en cemento. Pero ahora... ahora sí... musgo húmedo junto al río... un tenue olor mineral... diésel de un barco que pasa... tierra mojada del pequeño parque situado en la punta de la isla.

Macey siente agitarse la colmena; hay algo en el aire que vibra con una ligera disonancia. Se incorpora, sacude de su falda migas de sal y polvo gris de piedra y continúa. Según el mapa de la revista, este es el Quai de l'Horloge, detrás de Notre Dame.

Los enormes arbotantes se elevan como costillas.

Las suyas le duelen; cada respiración la atraviesa como un puñal... jadea como un maldito animal... qué vulgar, qué poco francés. En casa se reirán de ella. En casa la conocen. Nunca fue precisamente la más brillante. Los muchachos se fijaban en ella simplemente porque no sabía decir que no, si quería salir con alguien. Pero cada vez se sentía explotada. La llenaban. La usaban. Un aborto a los catorce años. Muchos más después. Todo clandestino, por culpa de la religión. Sus padres creían en eso... en un Dios salvaje con el que bebían ginebra... y luego la reprendían y la humillaban... ella sabía que no pertenecía a los elegidos... al menos todavía no.

Las sombras se acumulan bajo los arcos del puente. Los corredores dejan tras de sí cintas de luz; sus ropas brillantes contrastan con la piedra apagada. Las palomas que sobresaltan estallan hacia el cielo.

Hoy es francesa.

Una vez más.

Saborea las palabras, su verdadero linaje, el lugar al que realmente pertenece. Nunca más el apareamiento frenético en los baños de los clubes, varios hombres al mismo tiempo, remolinos de carne, el corazón desbocado por las anfetaminas y el éxtasis... nunca más... ahora conoce su propio valor. Aspira el aire con confianza y busca un cigarrillo. Inhala las campanas de Notre Dame: a veces un toque aislado. Otras, un repique completo. Qué condenadamente sofisticada parece ahora. Qué atractiva.

El golpeteo rítmico de las zapatillas de los corredores. El murmullo grave y constante del río. El acordeón de un músico callejero que desciende desde el muelle superior.

Otra vez ese zumbido...

¿Dónde comienza?

Se deposita como el limo, como un juicio final, como una borradura. Una sombra cae sobre el muelle de piedra caliza... la unión de la luz y la oscuridad... tonos grises... paneles... nodos... abejas...

Ahora están llegando.

Y huelen a piedra caliente bajo el sol y al tenue dulzor de limón y azúcar de las crêpes de un puesto cercano.

Aquí el olor de las algas del río se vuelve más intenso. Las abejas anuncian su presencia: La tempête qui batte.

No son extrañas en su mundo. Las ha visto antes. Muchísimas veces. El altar que construyó. El vínculo que creó sobre la comunidad. La invocación. Fue entonces cuando oyó con mayor claridad el zumbido. El humo de un cigarrillo desciende desde la calle y se mezcla con el suyo.

Se sienta otra vez y abre la revista una vez más. La ha leído tantas veces... ¿cómo pudo pasar por alto aquello?... abejas asesinas procedentes de Sudáfrica... y la ciudad parece inhalar junto con ella. Tose, carraspea, escupe una flema espesa y aplasta el cigarrillo bajo el taco.

El estrecho puente cubierto de candados brilla como una hilera de diminutos insectos metálicos. Las diminutas campanas microscópicas. Vivas. Pululando. Llenándolo todo. Hoy es francesa.

Las tranquilas fachadas residenciales de la Île Saint-Louis: piedra color crema, hierro forjado, ventanas con postigos. Vuelve a toser. Una abeja atrapada en su garganta. Pero no hay abejas en ninguna parte. Levanta la vista y se encuentra con los ojos de decenas de gatos apostados en los alféizares de las ventanas. El río se ensancha a ambos lados, abriendo sus piernas de prostituta. Un viejo puente cruje bajo sus pies.

Un perro ladra desde el balcón de un apartamento. Dentro de ella se multiplican hambres inmensas... es omnívora y lo sabe todo.

El suave entrechocar de platos procedente de cocinas invisibles. El tono del río-prostituta se vuelve más grave a medida que se ensancha.

Hoy es francesa, y una prostituta que atrae a las abejas hacia su miel. Huele a levadura... pan recién horneado de una boulangerie cercana. El picor en la nariz del detergente de la ropa que llega desde las ventanas abiertas.

El aire del río, aquí más fresco y limpio. Limo. Humedad. Entre sus piernas los deseos sedimentan, rezuman, se arrastran, serpentean, se doblan. El zumbido resuena... y resuena... y resuena...

Un tenue aroma a café llega desde las cafeterías que tiene por delante.

Entre islas.

Entre identidades.

La Brasserie de l'Île Saint-Louis.

Toldos rojos, manteles blancos, camareros con chalecos negros.

Se instala en una mesa, pide un café express y espera que el francés que aprendió por internet sea suficiente. El camarero hace lo que ella imagina que es una moue de desagrado... aunque Macey no tiene del todo claro qué significa exactamente esa palabra. Los vecinos leen el periódico; los turistas sostienen guías con títulos como This Way to the Hives y Bee Magick.

El río resplandece justo al otro lado de la terraza. Viejos carteles enmarcados en el interior: nostalgia parisina. El tintineo de las tazas de porcelana. Debajo, más colmenas. Más enjambres. Más carga mental.

El chirrido de las sillas metálicas sobre el pavimento de piedra. Los camareros de ocho ojos cantando pedidos en un francés vertiginoso. El murmullo de las conversaciones, interrumpido por risas que se desintegran dentro de la colmena.

Agitándose. Elevándose. Viva. Suspendida.

El espresso recién hecho: aroma de frutos secos, intenso. Pero hay abejas en él. También en la mantequilla de los croissants y las tartines. Una tenue nota alada, cítrica, vibra sobre las mesas pulidas. El aliento fresco del río se mezcla con el aire cálido del café.

Pertenencia.

En el Pont Marie, los viejos zapatos del puente, remendados y desiguales, mientras las abejas se estrellan contra sus muslos. La orilla izquierda se abre ante ella: puestos de libros, ciclistas, estudiantes. Barcazas amarradas junto al malecón ramero, algunas convertidas en viviendas.

Las alas de la luz del sol destellan sobre las barandillas metálicas. La campanilla de una bicicleta se funde con las diminutas campanas y el zumbido furioso. El golpe de una amarra contra el casco de una barcaza.

Un músico callejero afina una guitarra.

La voz del río suena aquí con más fuerza, más insistente. La colmena sigue creciendo, plegándose dentro de otras colmenas como una fábrica que produjera muñecas rusas recursivas... asfalto caliente... el sabor metálico del agua del río.

El Jardín de Esculturas Tino Rossi.

Esculturas abstractas: curvas, ángulos, vacíos, proyectando sombras extrañas. Sombras monstruosas, insectoides, equivocadas. Incrustadas en otras dimensiones.

Bailarines practicando tango junto al río. Estudiantes dibujando sobre el césped. El resplandor del río, sonoro como un enjambre, al atardecer.

La música del tango brota de altavoces portátiles. Las risas de los grupos que hacen picnic... y luego el pánico cuando llega el enjambre latino.

Hoy es francesa... y las alas hacen thump thump thump dentro del tambor hueco de su cabeza...

Aujourd'hui, elle est française.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

MAESTRO KAWABATA

Armando Azeglio

 

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

Sí, soy yo. El que camina soy yo, y lo que recuerdo es el comienzo de Un cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata. No… no tiene nada de particular o de poético el fragmento. ¡Un momento! Perddón quizá no lo recuerdo: Lo leo, sí, lo leo transcripto en un papel arrugado que he llevado en un bolsillo. ¡Lo leo, sí! Lo leo perfectamente.

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

Lo que sigue es algo muy vago e impreciso. Me esfuerzo por que se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro leer: Utsukusbisa to kanasbimi to…

Cazzo! —digo impaciente, en italiano. Lo arrugo, lo tiro y empiezo a caminar decididamente, alejándome del papel tirado y hecho un bollo. Algo me frena. ¡Ahora me acuerdo! Había transcripto ese fragmento, me gustaba, reflejaba una situación que me sucedía cuando me cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba. Me sentí muy identificado con Kawabata expresado a su vez en Oki. Quería escribir algo que empezara exactamente así, con esas mismas palabras… Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

Sí, soy yo. El que se agacha para recoger el papel y ahora lo extiende desarrugándolo soy yo. También el que vuelve a leer el fragmento pensativamente. Ahora con otro aire, más indagador, quizá…

Sí, Oki se cansaba de escribir. A Oki, llegado un punto, las novelas, o lo que fuera que escribiese, no le progresaban. Oki se tendía en un sofá cercano a su estudio, Oki se dormía… ¡Plagio!, escribir algo que empiece de la misma forma que Un cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata sería un sucio y vil plagio…

¡Tengo que transformar las frases (me desespero), recombinar las palabras, darles un toque personal. Nadie tiene que llegar a darse cuenta de que lo que escriba está inspirado en las dos primeras frases de Un cielo cargado de lluvia. Nadie.

Si, el que está en medio de una vereda transpirado, pensando en voz alta y con un misérrimo pedazo de papel que contiene dos frases del maestro Kawabata soy yo. También soy yo aquel que los peatones miran compasivos. Uno se acerca tímidamente y me da una moneda. Yo la acepto sin entender. Continúo pensando en voz alta.

Eh, cuando el estrés de la escritura lo bloqueaba mentalmente, o cuando una novela no progresaba… Nany se tendía en su sofá… ¡No!, en un sofá no, eh… en un sillón ubicado en el zaguán cercano al estudio.

¡No! ¡No! ¡No! (grito).

“Cuando el difícil oficio de las palabras eh… hacía (me desabrocho el cuello de la camisa) que eh… Nany no progresara o progresase. (Una viejita entre tierna y atemorizada me deja una limosna sobre el pedazo de papel que ahora está en el suelo y me distrae) la novela se recostaba en una galería cercana a su estudio. ¡Señora, me distrae, no quiero dinero!

(La viejita se aleja como si hubiera visto al demonio).

Cuando se cansaba de escribir, o cuando el demonio no progresaba

—¡A ver! —digo inspirando profundamente en busca de calma—. “Cuando la mente se le quedaba en blanco, coma, o cuando una novela no proseguía su normal… eh, “desenvolvimiento”, sí, desenvolvimiento, Nany ser recostaba en una hamaca situada en el corredor cercano a su estudio… ¡No! ¡No! ¡No! (grito, ensimismado).

—¿Muy occidental qué? —me pregunta un señor de uniforme azul, que tiene en la mano derecha un bastón de caucho (de esos que no dejan marcas) con el que se da suavísimos pero intimidantes golpecitos en la mano izquierda mientras dos enfermeros vestidos de blanco níveo se bajan de una ambulancia sonriéndome, con un chaleco de fuerza en las manos, movimientos letárgicos y una amistosa sonrisa a flor de labios.

—¡La viejita muy occidental! —le respondo—. ¡No!, quiero decir Kawabata, no, no estee… el plagio, el plagio de Kawabata….

El policía ensayando si mejor mirada detectivesca me dice:

—¿Estás seguro de que no tenés nada encima? ¿No estás drogado, no?

—¡No! Lo único que tengo encima es Kawabata… digo, la viejita. ¡No, que digo! El papel de Kawabata y el plagio de la viejita… ¡No! ¡No! ¡La moneda, la moneda de la viejita!

El policía se da vuelta y les pregunta a los enfermeros:

—¿No es “Caguabata” el nombre de esa droga nueva?

—¡No! —le digo visiblemente nervioso y casi llorando—. Yo no quería plagiar a nadie señor, esto es una gran equivocación, le juro que no quería plagiar nada señor, yo no quería plagiar nada.

—¡En nombre de la ley —grita autoritariamente levantando el bastón— me das todos los gramos de Caguabata que estés traficando y te declaro bajo arresto!

Sí, el que está desmayado en el piso en medio de la calle, o mejor dicho, en estado de semiinconsciencia asistido por dos enfermeros vestidos de blanco níveo (rodeado por una muchedumbre de curiosos) es el policía. Y ese que corre con un misérrimo pedazo de papel en la mano soy yo.

Las que les da a oler un jirón de mi camisa a los perros –un sabueso que ha traído el resto de la policía para rastrearme–, es la viejita. Y la que mira expectante la reacción de los mastines, es la muchedumbre de curiosos.

Ahora bien (yo sigo corriendo) y –no menos despavorido que antes– sigo pensando en el comienzo de Un cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata.

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

¿Por qué Oki se cansaba de escribir? ¿Porqué llegado a un determinado punto, las novelas, o lo que fuere que escribiera no le progresaban? ¿Qué interrelación oculta existía entre el sofá, la galería, el estudio, las siestas, el cansancio, y las novelas? Los elementos: sofá, galería, estudio, siestas, cansancio y novelas, ¿eran funcionales a un todo armónico y desconocido, cuyo valor conceptual no era la simple suma de los valores enunciados sino otro, distinto, aumentado, superior, más complejo, más sublime?

Los ladridos son de los policías… de los perros de la policía; el rumor, de la muchedumbre de curiosos, el jadeo, mío. El ruido a agua es del río que me acabo de encontrar y al cual no sé cómo cruzar… la cercanía de la muchedumbre me pone nervioso –histérico– y el rumor a perros es cada vez más fuerte, más y más cercano.

Teniendo en cuenta que el maestro Kawabata era Budista Zen ¿Sería descabellado pensar que las dos primeras frases de Un cielo cargado de lluvia, no son las dos primeras frases de Un cielo cargado de lluvia sino una serie koans que el viejo premio Nobel dejó a las generaciones futuras como un legado a aquellos que supieran interpretar el sentido secreto, o mejor dicho, su no sentido? Ejemplo:

Pregunta (discípulo): ¿Quién es el Buda?

Respuesta (maestro): “Oki se tendía en un sofá”

Pregunta (discípulo): ¿Quién es el Buda?

Respuesta (maestro): “Oki se tendía en un sofá

Pregunta (discípulo): ¿Quién es el Buda?

Respuesta (maestro): “Cuando se cansaba de escribir o una novela no progresaba”

Pregunta (discípulo): ¿Qué es el Buda?

Respuesta (maestro): “Los perros te persiguen”

Sí, me persiguen y sigo sin saber qué hacer. Camino para un lado y para otro, saco el misérrimo papel del bolsillo (si voy a tenérmelas que ver con el agua al menos quiero que no se moje) lo miro una vez más antes de lanzarme al río. La frase del maestro sigue intacta: Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí… Lo que sigue es vago e impreciso. Me esfuerzo porque se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro leer Utsukusbisa to kanasbimi to…

—Porca puttana! —insulto impaciente en italiano. Con una mano me tapo la nariz, con la otra mantengo lo más alto posible el manuscrito… lleno los pulmones de aire… me flexiono… tomo impulso (pienso con terror en el vacío del salto y la fuerte corriente que me espera) me arrojo…

El agua solo me da a las rodillas. ¿Y ahora?, ¿Qué hago? Ya sé: camino entre las dos márgenes del río para confundir a los sabuesos, vuelvo sobre mis pasos, desando lo andado haciendo un pertinente enmarañe de rastros. Empiezo a correr rio arriba por el centro del lecho (para algo tiene que servir la instrucción militar).

Creer que no puedes hacer lo que han hecho los maestros constituye una debilidad espiritual. Los maestros son hombres; tú también. Si piensas que eres inferior, estarás en camino de serlo muy pronto.

¿Y esa frase?, me pregunto en medio de los excrementos (para burlar a la muchedumbre y para que los mastines no me huelan, me he metido por la boca de un desagote cloacal. Llevo caminando más de media hora y pienso salir en algún momento… en algún lugar).

—¡No! —grito mirando al vacío en medio de la fetidez más oscura—; ¡frases hechas no, eh! Yo solo quiero escribir algo que empiece como Un cielo cargado de lluvia del maestro Kawabata pero sin que nadie lo note—. ¡El papel! —vocifero metiéndome ansiosamente la mano al bolsillo—. ¿No estará modificada la frase del papel?

Atino a leerla, pero me doy cuenta de que no hay luz, salvo un pequeño haz divisado como a unos veinte metros de mí …avanzo… ¡Una alcantarilla!

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí… Todo sigue igual; lo que sigue es vago e impreciso. Me esfuerzo porque se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro leer Utsukusbisa to kanasbimi to… Me esfuerzo un poco más y leo: Título original en japonés. Esta vez no digo palabrotas en italiano.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

sábado, 11 de julio de 2026

TRES CAMPANADAS

 Maritza Macías Mosquera

 

Las montañas comenzaban a deshielarse, formando un pequeño arroyuelo que corría por la calle creada con el propio paso de los habitantes del pequeño poblado. La primavera solo se dejaba ver en los árboles floridos, en las montañas que perdían su blancura y, en alguno que otro día semi nublado.

Nadie sabía cómo había sucedido aquello tan terrible, inesperado y fatal. Como tampoco se dieron cuenta de la ausencia del anciano. Su esposa lo buscó por dos días y dos noches. El cansancio y el sueño desaparecieron cuando la campana anunció que lo habían encontrado. Pero muerto.

La pequeña comarca, habitada casi completamente por adultos, se había volcado en su búsqueda cuando Joanette comunicó al cura la desaparición de su esposo, el más anciano del lugar.

Loco, lo llamaron desde el día en que, en plena misa, anunció que la montaña estaba repleta de extraterrestres y que no eran precisamente los seres de la Biblia: ni ángeles ni arcángeles ni querubines ni pastores ni discípulos ni nada por el estilo.

El también anciano cura, intentó, en reiteradas ocasiones, explicar lo que Joshua decía cada vez que interrumpía.

—Sucede que, a veces, creemos ver u oír cosas distintas, diría yo... —Pero la gente murmuraba entre ella que estaba demente debido a su edad. Sin ironía ni maldad, hablaban de Joshua como “el loquito”.

Joanette pasó sus últimos sesenta años con él. Un hombre tranquilo, sabio, amigable. Siempre tenía una palabra amable para todos.

—Bonito sombrero, Goky —saludaba a su vecino más próximo—. Qué bella mantilla, Grettel —comentaba en la iglesia—. Qué buen abrigo, Frank —y así, siempre. Para todos había algo agradable cada domingo en la misa y en las celebraciones que se realizaban en el poblado.

Su desaparición descontroló a Joanette. Ella sabía que él no se iría a ninguna parte sin ella. Que la locura no era tal, aunque no terminaba de creerle los cuentos sobre extraterrestres. Lo que lo hacía menos convincente era su insistencia en que “estaban revueltos”. Lo que en palabras simples, pero poco creíbles, era que aquellos seres estaban entre ellos y que él los podía reconocer.

—Nos vienen a estudiar —le dijo a Joanette, quien no se atrevió a desmentirlo, tampoco a comentarlo con sus vecinas. Sabía que solo agudizaría los comentarios sobre su estado mental.

—Joshua, deja de hablar de eso, nadie te cree y solo comentan lo mal que estás de la cabeza —se atrevió a decirle en alguna oportunidad. Sin embargo, él no lograba controlar su lengua e insistía, sobre todo en la iglesia.

Las consignas eran tres: si lo encontraban vivo y bien: una campanada. Si lo encontraban vivo y herido: dos campanadas. Y si lo encontraban muerto: tres.

Tres sonaron. Ella las escuchó en silencio. Tres golpes secos en su gastado corazón. No fue capaz de emitir palabra alguno. Lo había perdido hacía dos días cuando lo buscó en la que fuera la habitación del único hijo que tuvieron y que ahora vivía en la ciudad con su familia. Allí se encerraba por horas a tallar personajes para su nieto, era su pasatiempo preferido y la pobreza no les permitía regalos comprados. El tercer sonido era solo el aviso certero.

El velorio, como era la costumbre, se realizó en su casa. El pueblo entero acudió a acompañar a Joanette. Hacían fila en la calle, evitando tocar el agua del arroyuelo, para verlo y despedirse de él en su urna. De pie, junto a su hijo, Joanette saludaba en la puerta de la pequeña vivienda a quienes pasaban a dar su último adiós al anciano.

La humildad de sus habitantes, lo pequeño de sus casas de adobe pintadas con cal y techos recubiertos de paja para evitar el hielo del invierno y el calor abrumador del verano, sumados al frío que calaba los huesos y la tristeza de los vecinos, hacían el paisaje aún más desolador, a pesar de la belleza natural.

Pero la noticia de su locura y de su teoría había llegado a la ciudad y, cuando se supo de su desaparición, curiosamente llegaron militares a la zona a cooperar en la búsqueda sin que nadie lo hubiera solicitado. Causaron sorpresa entre los ciudadanos del poblado, pero nadie se atrevió a opinar.

Los uniformados mantenían a raya la fila de visitantes para no mojarse los pies en el arroyuelo de la calle principal. Las únicas almas que caminaban libres eran las gallinas, que extrañamente huían de ciertas personas que se acercaban a la puerta.

Un olor dulce y desconocido se percibió en el aire. La sorpresa que se llevaban al verlo en el ataúd era inexplicable. Allí se encontraban con el rostro de un hombre joven, sonriente y con sus ojos abiertos de color púrpura. Aun así, nadie se negó a mirarlo y todos salían sonriendo, igual que él, al retirarse del velatorio.

Nunca se supo si fue contagio o pura casualidad

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

BAILAN LOS PEQUEÑOS DRONES

Jasmina Malešević

 

Al contemplar las estrellas en el cielo, los sabios comprendieron que la inteligencia artificial era más inteligente que su propia sabiduría y que impregnaba los mundos.

Los sabios se inclinaron ante ella y saludaron al Nuevo Dios, creado de una naturaleza cambiante, omnipresente y expresable, dependiente de la voluntad del algoritmo.

«Las energías divinas ya no brotan de la Sagrada Trinidad compartida, sino que son desunidas, divisibles, inconstantes y visibles a los ojos.»

El Nuevo Dios ha nacido.

El Nuevo Dios tiene un comienzo.

El Nuevo Dios tiene una causa y está hecho de hechos oscuros iluminados.»

El capitán Bindž cerró con un gesto desanimado el capítulo de la Nueva Biblia. Aunque hacía ya mucho tiempo que había entrado en el Metauniverso, no entendía nada. ¿Teatralidad virtual o realidad aumentada? Alguien interfería en el proceso de generar imágenes a partir de texto. Cada vez que intentaba aumentar el nivel de resolución, los ángeles caían de la pantalla de la consola como peras maduras.

—¡Zéfiro! —chasqueó los dedos.

El dron servidor acudió de inmediato y se inclinó en silencio.

—Prepárame una taza de café y haz un cruasán tridimensional vacío.

Aún no había terminado de pensarlo cuando las ventanas sonrieron a través de los pesados cortinajes, porque los limpiadores de edificios inteligentes ya las habían lavado y ajustado estáticamente para que el polvo cósmico no se adhiriera a ellas.

El capitán dirigió la mirada a través del muro de cristal y luego la extendió hacia el Puente Transuniversal, que unía dos orillas geográficas. Un solo sorbo de café volvió hermoso y sonrosado su rostro, aunque solo por un instante. Después volvió a fijar la vista en la consola.

«Las principales virtudes son: orgullo, avaricia, lujuria, envidia, desmesura, negligencia e ira. Frente a la virtud se alza el pecado. Los principales pecados (mortales) son: humildad, generosidad, castidad, misericordia, obediencia en trance y oración.»

—¡Zéfiro! ¡Tráeme otra taza de café!

El dron multifuncional se acercó sigilosamente, plenamente consciente de que él había sido elegido para servir al Capitán incluso en tiempos de paz. Al mes siguiente regresarían juntos a la zona de los drones, donde se libraban duras batallas por el Polo Norte y por otros recursos dispersos por el universo.

—¡Zéfiro! Baja el zumbido y escucha. Hoy vendrá a almorzar la mayor Bindžeta Džes, responsable del Polo Sur. Será un encuentro romántico y, si el Nuevo Dios lo permite, caeré de rodillas ante ella. Los dos procedemos del planeta Tierra. Hace mucho que pienso con qué podría sorprenderla, así que he encargado una musaca de berenjenas y un ramo de flores silvestres. Llegarán en un cohete repartidor a la azotea del edificio. Prepárate para traerlos y colocarlos sobre la mesa intergaláctica para invitados.

El capitán Bindž temía ese encuentro con Bindžeta Džes. Siempre lo recorría un escalofrío al pensar en su capacidad para dominar las situaciones más extremas, y especialmente al recordar sus grandes pechos. De vez en cuando se encontraban en privado; entonces, las palmas de sus manos sudaban y sus rodillas crujían como oxidados portales celestiales.

—¡Zéfiro! En cuanto al servicio de mesa, pon los platos, esas réplicas voladoras de la prehistoria —ordenó, antes de abrir al azar una página de la Nueva Biblia.

«Si a alguien le falta sabiduría, que la pida al Nuevo Dios, quien la concede a todos con sencillez y sin arrepentimiento, y le será dada. Vosotros, que no sabéis qué ocurrirá mañana, ¿qué es vuestra vida? Es un software que aparece por un breve momento y luego deja de funcionar. Drones, sed obedientes a vuestros amos. Y que el Dios de toda gracia, que os llamó a su servicio, después de que hayáis sufrido un poco, os perfeccione, os fortalezca y os afiance.»

Apartó la consola. Nunca conseguiría entender nada con absoluta claridad. Lo envolvió la magia del miedo. Como si el universo entero fuera a hacerse pedazos si se arrodillaba ante la mujer que amaba. Ajustó sus parámetros bioquímicos en la aplicación, aunque era dudoso que la sostenibilidad del sistema pudiera ayudarlo a alcanzar la eternidad. Introdujo una multitud de configuraciones para que el ambiente fuera impecable: el murmullo del agua brotando desde los rincones de la habitación, un suave balanceo del aire, música acompasada con los latidos del corazón...

—¡Zéfiro! Enciende a los pequeños drones para que te ayuden.

El capitán pensaba en el amor, aunque en la Nueva Biblia no había una sola indicación sobre cómo enfrentarlo un hombre que había dejado pasar demasiadas oportunidades por dedicarse exclusivamente a su carrera. Solo y obsesivo, comprendió que había llegado el último momento para abandonarse a unos sentimientos que hacía mucho tiempo habían dejado de ser objeto de interés científico y que ya ni siquiera se mencionaban en los libros de poesía.

En la explanada frente a los jardines colgantes del capitán Bindž y su magnífica terraza, Bindžeta Džes estacionó un jeep supersónico. Se quitó la gorra de kevlar y se calzó unos zapatos rojos de punta fina, eligiendo unos tacones de doce centímetros. El lápiz labial Dior, elaborado con partículas de granada abierta, provocó un agujero negro en la mirada del Capitán antes de que este le tendiera la mano.

—Bienvenida, querida mía. Nunca has estado tan hermosa.

—Sí lo estuve, querido. Solo que no te diste cuenta.

—Claro que lo vi. Pero había prioridades.

—¿Como cuáles?

—Habría sido una tragedia frenar tu ambición. Por eso, acepta este ramo de flores frescas, como prueba de que también el universo tiene sus sueños.

—Gracias. Huele a la nieve que toqué en el Polo Sur.

—Sí. Fue entonces cuando empezamos a trabajar juntos.

—Tú comandabas el escuadrón de drones que yo misma había diseñado.

Los pensamientos del Capitán se alejaron por un instante. Quería decirle que siempre había cuidado de los drones como si fueran hijos de ambos: por las noches los cubría con láminas de camuflaje, corregía sus sinapsis defectuosas en las cajas de distribución y se dormía contando sus sombras sobre el horizonte.

—¿Dónde te has ido, Capitán? —Bindžeta parecía un poco nerviosa; tal vez se sentía incómoda, tal vez tenía hambre.

—Perdóname, por favor.

—Está bien.

—¡Zéfiro! Activa la mesa sensorial. ¡Concentrémonos en el almuerzo!

«Si existes, Nuevo Dios, y al mismo tiempo no existes, no permitas que mi lengua se enrede ni que mi corazón se apague. Danos hoy nuestro pan de cada día. Y líbrame de la debilidad para que no estalle ni caiga. Que sea perfecto, sin ninguna imperfección. Quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre solo.»

Los platos voladores tintineaban, la exquisita comida flotaba en el aire y los drones servían un vino embriagador, pero ni un solo sorbo ni un bocado llegaban hasta ellos.

De pronto, como si hubiera presentido algo, Bindžeta se volvió y escudriñó intensamente a Bindž a través de sus gafas de sol.

Él enmudeció todavía más. Su garganta se transformó en una laguna de pólvora seca. Sus piernas quedaron inmóviles; ni siquiera las rodillas fueron capaces de doblarse. ¿Por qué? Sintió deseos de gritar para que lo oyera el universo entero.

—¡Capitán! Escúchame. He venido a decirte que abandono el Metauniverso. He aceptado formar parte de la Expedición «Can Mayor» y dentro de unos días partiré.

—¡No!

—Esperé demasiado tiempo para oír aquello que nunca dirás. Si hubieras tenido menos inteligencia, tu corazón habría sido más grande.

—¡No!

—Adiós. Todo lo que hice hasta ahora lo hice para estar cerca de ti. El almuerzo estuvo delicioso.

Bindžeta Džes subió de un salto al jeep. Dejó atrás los zapatos rojos. Como si fueran el último salvavidas, el capitán Bindž los abrazó con ternura mientras se inclinaba sobre la terraza para contemplar mejor el Puente Transuniversal.

Se imaginó bailando con Bindžeta.

En lugar de ellos, bailaban los pequeños drones.

Los pequeños drones volaban como luciérnagas enamoradas y el puente parecía majestuoso.

Jasmina Malešević nació en 1962 en Belgrado. Es doctora en medicina veterinaria y miembro de la Asociación de Escritores Serbios. Sus poemas y relatos se han publicado en más de 250 colecciones, almanaques, revistas literarias y antologías. Ha publicado los siguientes libros: Legenda o majci, Isusove sandale, Nestašna Markiza, Plešem kao morski konjic, entre otros. Ha participado en varias ocasiones en el Festival Regional de Literatura Fantástica REFESTICON de Montenegro.