sábado, 25 de abril de 2026

LA SEÑORA MARITÉ

Elizabeth Ryske

 

La señora Marité jamás revelaría su verdadera edad, la coquetería era lo primero en su vida. Nosotros, sus vecinos, podíamos tener una vaga idea de los años de la dama porque su hijo, muy simpático y muuuuuuyyyyyy sociable, el año pasado tuvo la gentileza de invitarnos a la fiesta en la que celebró su sexagésimo cumpleaños, de tal modo que su madre debería estar transitando, seguramente, la octava década.

Solíamos verla bajar de su departamento de la calle Larrea para tomar un taxi, y regresar cargada de paquetes y bolsas con los logos de las tiendas más exclusivas de Buenos Aires. Nunca dejaba de saludarnos a mí y a las nenas, con una estudiada cortesía que incluía una sonrisa pequeña, un gesto casi imperceptible, que demostraba su don de gentes pero también dejaba en claro que no sentía precisamente una gran alegría al vernos. Nuestro departamento estaba justo debajo del suyo, y el bullicio propio de tres niñas en edad escolar no le era muy grato, aunque el mayor problema era el piano y las intensas batallas que las chicas libraban con los ejercicios de Czerny y las sonatinas de Clementi, por no hablar de sus fallidos intentos con algunas pequeñas obras de Bach o de Mozart. Cada tanto la señora Marité me llamaba por teléfono para recordarme con gran amabilidad que las 8 de la noche era un muy buen horario para que las nenas dejaran su práctica musical y cenaran, siempre haciendo hincapié en el bienestar de las chicas, y en la cantidad de horas de sueño necesarias para un buen rendimiento escolar, elogiando exageradamente la educación bilingüe y de doble jornada que yo les daba “a pesar de las circunstancias”. Esa frase suya era la sutil manera de censurar mi estilo de vida, que incluía dos divorcios y un novio muy buen mozo, que era el baterista de la banda de jazz en la que yo cantaba.

Justamente, regresábamos juntos una helada noche de viernes, al término de una extraordinaria “session” en San Telmo, cuando encontramos un cordón policial que impedía el ingreso al edificio. La presencia de patrulleros y ambulancias me paralizó el corazón. Las nenas estaban solas en el departamento con la supervisión de Martina, una estudiante de psicología de veintiún años que venía a quedarse con ellas cuando yo salía. Generalmente se apoltronaban en el enorme sofá del living y miraban películas de Disney comiendo pochoclo, y a mi regreso solía encontrar a las cuatro dormidas en el sillón. El despliegue policial me asustó, y en pocos segundos mi imaginación ya había calculado decenas de posibles tragedias. Mientras que un oficial no nos permitía el paso, mi desesperación no me dejaba encontrar la billetera para mostrar el documento de identidad que acreditaba que yo vivía allí. Por suerte, el encargado del edificio me vio y pegó el grito: “la señora vive acá, tiene tres nenas que están con la niñera”.

Tuvimos que entrar por la puerta de servicio. Por la principal era imposible, había varios periodistas de la televisión con sus cámaras y equipos, y estaba ingresando un montón de personas: policías, médicos, gente con rostros preocupados… Nunca en mi vida había sentido tanto miedo, pero Eduardo, el encargado, nos tranquilizó diciendo que las chicas y Martina estaban bien, se sorprendió de que no las hubiéramos visto asomadas al balcón, mirando los sucesos con la misma intriga que el resto de los vecinos.

Al entrar al departamento descubrimos que las cuatro, lejos de estar asustadas, no podían contener la excitación y las ganas de contarnos los acontecimientos. Era imposible entender lo que decían, hablaban todas al mismo tiempo y tardamos un buen rato en descifrar su relato: un ladrón había logrado entrar al edificio y escabullirse en el departamento de la señora Marité, que estaba comenzando su ritual nocturno de belleza, ese que muchas veces nos había comentado en la previa de las reuniones de consorcio, cuando las (hipócritas) vecinas le preguntaban cuál era el truco para mantenerse siempre tan joven y bella, y muy complacida nos contaba que su secreto consistía en la aplicación diaria de una máscara facial que minimizaba las arrugas, una crema verdosa que extendía por todo su rostro dejando libres sólo los párpados, sobre los cuales pondría rodajas de pepino justo en el momento de acostarse. También usaba ruleros para mantener impecable su peinado, y una redecilla sobre éstos para mantenerlos en su lugar.

Fue entonces cuando oyó algunos ruidos y pensó que lo mejor era esconderse, que “el ladrón se llevara lo que quisiera”, pero que no le hiciera daño a ella. No tuvo mejor idea que tirar algunas ropas al piso del placar y sentarse sobre ellas, rogando que el ladrón se fuera lo antes posible.

El pobre hombre (siiiiiiii, el “pobre hombre”) se dejó vencer por la codicia: no conforme con los objetos de plata que había encontrado en la sala, con las valiosas joyas y los relojes de marca que halló en los cajones del escritorio, no conforme con su importante botín pensó que además debía haber dinero en efectivo, dólares tal vez, y empezó a revisar en vano toda la habitación, hasta que de repente abrió el placar y allí la encontró a ella, sentadita , con su rostro verde, la bata blanca, las manos unidas sobre el pecho apretando el rosario que rezaba con fervor, iluminada por la luz cenital que se encendía automáticamente al abrir las puertas del armario, y los dos gritaron de terror, pero él cayó hacia atrás y permaneció inmóvil. La señora Marité esperó un poco y al ver que nada sucedía se atrevió a levantarse y salir de su escondite. Encendió las luces del cuarto y miró detenidamente al ladrón, sin saber qué hacer. Antes de llamar a su hijo lo llamó a Eduardo, el encargado, que constató que el ladrón estaba muerto y llamó a la policía … y la policía trajo a los forenses, que trajeron a los fiscales … porque había que tener pruebas de que el pobre hombre en verdad sufrió un infarto, que no tenía heridas de bala ni de arma blanca …

La señora Marité, dijeron, “no le había hecho nada” y fue exonerada. Poco después, su departamento fue puesto en venta y se mudó a Belgrano, no podía soportar las miradas de los vecinos, que siempre pensamos que era culpable.

Después de todo, al pobre hombre lo mató del susto.

Elizabeth Ryske es escritora, narradora, música, docente de arte y actualmente Secretaria de Cultura de SADE Zona Norte. Ha publicado Vuelos (1988), De amores, recuerdos y otras yerbas (2018), Las crónicas de Oncativo (2024) y Claroscuros (2026), además de participar en numerosas antologías publicadas en Buenos Aires y el interior de Argentina.


REGALO DEL DRAGÓN

 Toshiya Kamei


Las hojas caídas se agitaban con el estertor de la muerte. Las nubes oscuras que se acumulaban en lo alto de las montañas, ocultaban la luna y las estrellas. Mientras todos se apresuraban en subir a terreno alto, la lluvia otoñal azotaba sin piedad. En poco tiempo, el río aumentó su caudal amenazando con tragarse el pueblo entero. Empapados de pies a cabeza, los aldeanos permanecían acurrucados en la colina. El trueno retumbó y los niños pequeños gimieron, colgados de las piernas de sus madres. Huérfana en la inundación anterior, Ai se unió a su hermano mayor, Genzō.

—¡Allí viene el demonio! —jadeó un anciano, mirando hacia arriba mientras los rayos cruzaban la noche.

—¡El río se va a tragar los arrozales! —lamentó una mujer de mediana edad—. ¿Cómo vamos a sobrevivir sin arroz? —se cubrió la cara con las manos y se agachó.

El año anterior, los padres de Ai y Genzō fueron arrastrados en su inútil intento de proteger sus arrozales.

—¡Maldito demonio! —gritó Genzō—. ¡Ya te llevaste a mis padres! ¿Qué más quieres?

Agarró la mano de Ai y se dirigió hacia la montaña.

—¿A dónde vamos, Genzō? —preguntó Ai con la frente arrugada por la preocupación.

—No te preocupes. ¡Ven! —dijo Genzō y apretó los dientes—. ¡Quiero ser fuerte! ¡Quiero salvar la aldea!

Los niños tropezaban en su camino hacia la cima. Genzō miró hacia el cielo oscuro, pero no había señales de que la tormenta amainara.

—¡Dioses, denme fuerzas! —gritó el muchacho alzando el puño.

En ese momento, las nubes se apartaron y un dragón se elevó en el aire, serpenteó por el cielo y se dirigió hacia Genzō y Ai.

—¡Oh, no! —gritó Ai y apretó con más fuerza la mano de su hermano.

El dragón aterrizó ante ellos. Sus grandes ojos parecidos a gemas brillaban en la penumbra. Un olor a humedad emanaba de su cuerpo escamoso. Genzō puso su cuerpo entre Ai y el monstruo. El dragón bajó al nivel de los ojos de los niños. Ai fue la primera que se acercó y lo acarició. Los amables ojos de la criatura le recordaron a su madre. Envalentonada, Ai se subió a la espalda del dragón y se sentó. Genzō vaciló un breve instante, pero siguió detrás de ella. Con los hermanos en su espalda, el dragón extendió las alas y voló hacia el cielo.

El dragón aterrizó en una colina y se inclinó hacia el suelo, Ai y Genzō se deslizaron por su espalda. La criatura se alejó volando de nuevo y dio vueltas sobre el río que amenazaba con desbordarse. Luego se dirigió hacia una montaña pequeña y la golpeó. Mientras los niños observaban desde una distancia segura, el dragón se arrojó repetidamente contra la elevación hasta derribarla. La criatura recogió la tierra y la dejó caer entre el violento flujo del río y la aldea. Mientras volaba de un lado a otro, se formó un dique a lo largo del río. Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, los aldeanos en la colina vitorearon bajo la lluvia.

Cuando el cielo comenzó a iluminarse, la tormenta había amainado. Los arrozales permanecían intactos. Aliviados, los aldeanos saludaron al dragón, gritando su gratitud. La criatura realizó algunos círculos perfilados contra el amanecer y se fue volando. Algunos aldeanos vieron a Genzō y Ai en su espalda mientras el dragón se derretía en las nubes.

Toshiya Kamei (ella/elle) es una escritora asiática queer que se inspira en cuentos de hadas, folclore y mitología. Sus relatos cortos han aparecido en Galaxy’s Edge, Nature y PodCastle. Su obra «Luna hambrienta» ganó el concurso de microrrelatos de la revista Apex en octubre de 2022.

LA PLAYA

Dan Henk

 

Las vacaciones

La familia de Tim pertenecía a la clase trabajadora, pero su compañero de juegos de rol, Drew, tenía padres más acomodados. Ambos asistían a la misma escuela privada cristiana en Carolina del Norte, y con bastante frecuencia pasaban el tiempo juntos los fines de semana. La mayoría de las veces en la casa de Drew, mucho más grande, de dos pisos y estilo Tudor. Era una elegante vivienda de estuco blanco y entramado de madera oscura, oculta dentro de varios acres de terreno arbolado.

Los padres de Drew tenían un bungalow de vacaciones en la isla Brunswick, y a menudo llevaban a Tim allí durante los fines de semana, deteniéndose de paso en un famoso restaurante local para comer hamburguesas. Esta vez, sin embargo, los padres de Tim alquilaron una habitación en un hotel barato cerca de Carolina Beach. Invitaron a Tim a llevar a Drew. Como frecuentaban la misma iglesia, los padres de Drew estuvieron totalmente de acuerdo.

Como era habitual, una vez que llegaron al motel, los padres de Tim desaparecieron, dejando a Drew y a Tim a su suerte. En un motel destartalado que había visto tiempos mejores. Sin embargo, estaba a un tiro de piedra de la playa.

Los dos caminaron hasta la playa, construyeron castillos de arena, cavaron trincheras y trataron de adentrarse en el agua hasta que casi se ahogan. Drew era un poco más corpulento, así que participó menos en las actividades en aguas profundas. Pero al atardecer, ambos recorrieron la orilla en busca de pulgas de mar. Esos curiosos pequeños crustáceos podían encontrarse por las burbujas de aire que dejaban tras el retroceso de las olas. Habían conseguido un balde de plástico amarillo y pasaron la última hora antes del anochecer llenándolo.

 

Pulgas de mar

De vuelta en el motel, Tim recorrió los canales del televisor en busca de algo decente. Todo lo que encontró fue una película de bajo presupuesto sobre conspiraciones alienígenas. Platillos voladores escondidos en garajes industriales, custodiados por hombres uniformados y de carácter duro. Esa versión ochentosa del personal militar, corriendo de un lado a otro y acosando intrusos. Gafas oscuras, uniformes indefinidos, todos los estereotipos presentes y contabilizados.

La trama no era gran cosa, y la película era innecesariamente oscura, así que Tim se distrajo rebuscando en el balde.

Las pulgas de mar se retorcían como si les molestara haber sido desplazadas. La sola vista de ellas provocaba cierto rechazo en Tim. No estaba seguro de qué eran exactamente, ni de si podían morder. Las pinchó con una pajilla de plástico, y algunas se aferraron a ella. Tim agitó la pajilla frenéticamente hasta que las criaturas volvieron a caer en la masa.

Inquieto y aburrido, sacudió el balde, y algo le llamó la atención. Era un poco más redondo y tenía un brillo más metálico que las criaturas. Después de varios intentos con la pajilla, logró aislar el objeto. Empujándolo hacia un lado, lo sacó del balde.

Parecía una moneda vieja y corroída. El tono era más bien verde aguamarina que otra cosa. Algo parecido a esas monedas que permanecen demasiado tiempo en las fuentes de los centros comerciales. Las marcas estaban tan desgastadas que eran ilegibles, pero definitivamente no se parecían a nada que hubiera visto antes. ¡Esto podía valer algo! Había leído muchas de esas historias hechas para niños en las que encuentran cartas valiosas de expresidentes en el fondo de algún cajón viejo.

Mañana preguntaría a los locales para ver si alguien tenía idea de qué era.

 

Los locales

La madre de Tim preparó huevos, tocino, tostadas, y remató todo con un vaso de jugo de naranja. Drew y Tim aún estaban terminando de comer cuando ella llenó un bolso con ropa y anunció

—Tu padre y yo vamos a la playa. Ustedes diviértanse, cariño. ¡Nos vemos a las seis para cenar!

Con eso, el padre dejó los cubiertos sobre un plato vacío y lo llevó al fregadero.

—Gracias, cariño. Deliciosa comida.

Un breve destello de luz desde la puerta, y Drew y Tim quedaron nuevamente a su suerte. En una habitación de motel húmeda y con olor a moho y salitre. Todo parecía tan viejo y desgastado que Tim se preguntó cuánto tiempo llevaba en pie aquel lugar.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la moneda.

—¡Mira lo que encontré, Drew!

Drew no pareció impresionado. Le echó un vistazo rápido, se apartó el desordenado cabello castaño.

—¿Qué es? —preguntó.

 

—No lo sé. Una moneda vieja que encontré en ese balde con todas esas pulgas de mar.

—Déjame verla.

Tim la dejó caer en su palma y Drew la hizo girar. A la luz del día parecía aún más vieja y desgastada. De forma más bien ovalada, el borde estaba astillado y todo parecía hecho a mano. Los dibujos se habían oxidado hasta adquirir unas tonalidad verdosa, y las hendiduras tenían un marrón oscuro y sucio. Drew la dio vuelta otra vez y preguntó con indiferencia.

—¿Qué crees que es?

—Ni idea. Vamos a averiguarlo. Podría valer algo.

Tim estaba mucho más entusiasmado que Drew. Pero, claro, siempre lo estaba.

—Claro. ¿Dónde pensabas ir?

Tim no tenía idea, pero había algunos puestos de pesca por la zona. Si lograba reunir valor, preguntaría allí. Hablar con adultos desconocidos era intimidante, pero no quería irse sin saber si aquello podía ser un tesoro escondido.

—Vamos a ver un par de puestos de pesca locales y luego podemos ir a la playa.

Drew parecía escéptico, pero por lo general era bastante accesible. Tim se puso las sandalias, metió una toalla, aletas y gafas en la mochila, y guardó la moneda en el bolsillo.

—Espera un momento —lo detuvo Drew mientras corría a buscar su equipo.

Afuera, la luz del sol era cegadora. El viento levantaba arena que les golpeaba los ojos y las piernas desnudas. Entrecerrando los ojos, Drew miró alrededor del estacionamiento del motel.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó.

Tim no tenía idea, pero había sido su propuesta, y no quería parecer desorganizado.

—Creo que vi un puesto de pesca un poco más adelante.

Drew se encogió de hombros. Su camiseta se agitaba con el viento resaltando su barriga y sus brazos rollizos. Tim dudaba de que alguien les prestara atención. Dos chicos en traje de baño y sandalias molestando a adultos con trabajos de verdad. Pensó en ir directamente a la playa, pero era cuestión de orgullo. Ya había formulado la idea, así que lo mejor era terminar con aquello.

Los coches pasaban rugiendo, lanzándoles piedras mientras avanzaban entre los arbustos espinosos al costado del camino. Pasaron algunos negocios pesqueros más formales, un motel barato y una estación de servicio sin nombre. El calor era húmedo y sofocante, calentando incluso las suelas de las sandalias. Tim sudaba y empezaba a sentir el ardor del sol en la piel. Pero era demasiado terco como para rendirse. Algunas piedrecillas se colaban en sus sandalias y le pinchaban las plantas de los pies. Era obvio que Drew también estaba sufriendo. Las axilas de su camiseta mostraban grandes manchas de sudor y respiraba con dificultad. Su ánimo se apagaba por momentos. Tim se detuvo y observó el entorno. Un poco más allá, tras una pendiente, había un puesto que parecía prometedor. Lo bastante deteriorado y aislado como para no resultar demasiado intimidante. Era ahora o nunca, y Tim debía elegir algo antes de que Drew se rindiera.

—¡Vamos! ¡Creo que veo uno!

Drew se limpió el sudor de la frente e intentó ver lo que señalaba Tim.

—¿Ese lugar?

—¡Sí!

Tim salió corriendo por la carretera. Saltó una zanja seca y subió por el camino asfaltado.

—¡Espera! —gritó Drew, jadeando mientras intentaba alcanzarlo. Tim se detuvo frente a la puerta de madera y reunió valor. Cuando Drew llegó, sin aliento, giró hacia la entrada. La choza parecía a punto de venirse abajo. Era de tablas blancas y la puerta ni siquiera tenía un picaporte real, solo un aro de hierro oxidado. Tim lo agarró y la abrió. El interior no era mejor. Las paredes, el techo e incluso el suelo eran de tablones rústicos, algunos apilados formando un mostrador improvisado. No había nadie, y Tim sintió un escalofrío; aquello parecía la escena de mil películas de terror. Tras unos momentos tensos, la ansiedad superó su curiosidad y estuvo a punto de salir corriendo.

—¿Hola?

Una voz áspera surgió de una habitación trasera. Tim se sobresaltó y se detuvo. Drew entró de golpe. Apoyado en sus rodillas, intentó hablar, pero estaba sin aire. Un hombre de mediana edad apareció desde la trastienda. Llevaba una gorra de camionero de malla y ropa que había visto mejores días. Se limpió las manos en la camiseta y las apoyó en el mostrador.

—¿Necesitan algo, chicos?

Tim dudó, incapaz de encontrar las palabras.

Los penetrantes ojos azules del hombre lo observaban sin piedad, lo que solo lo incomodó más.

—Encontré algo en la playa —logró murmurar finalmente—. Pensé que quizá usted sabría qué es...

Ya estaba pensando que era una mala idea.

—¿Qué tienes? Déjame verlo.

Ahora Tim se sentía aún más ridículo. Solo era una moneda vieja. Definitivamente era una mala idea.

Sacó la moneda del bolsillo y la dejó caer sobre el mostrador, que casi estaba a la altura de su cabeza. Se sintió pequeño e insignificante.

El hombre la recogió y, sosteniéndola en alto, la hizo girar entre sus dedos.

—¿De la playa, dices? ¿Tal vez de las cuevas marinas? ¿Entraste allí?

Tim no supo bien qué responder. Bajo esa mirada inquisitiva, todo parecía absurdo.

—Eh... sí, de la playa. No sabía nada de cuevas marinas. Solo parecía... extraña. Como antigua o algo así.

—No es nada especial. Quizá algún turista extranjero la perdió. Vuelve a tus vacaciones, chico. Algunos tenemos trabajo.

El hombre sonó despreciativo y un poco irritado, pero Tim no pudo evitar notar que parecía algo sorprendido. Tim tomó la moneda de su mano.

—Gracias, señor —murmuró—. Perdón por molestar.

Y salió rápidamente hacia la puerta. Esta se cerró de golpe detrás de él, y casi había llegado a la calle cuando Drew lo alcanzó.

—Tim... ¿qué... qué fue todo eso?

Tim se inclinó.

—No confío en ese tipo —susurró—. Creo que encontramos algo importante.

 

Incógnito

Desconfiando de ese hombre, Tim tiró de Drew hacia un lado. Atravesaron un matorral de maleza crecida y se dirigieron hacia unos muelles que se extendían sobre la playa. Estaban a pocos metros del puesto de pesca, y aún lejos del motel, pero Tim pensó que era más seguro que caminar por la carretera abierta. Se deslizaron entre unas pequeñas casas de playa, atravesaron una vieja cerca tambaleante y emergieron en la orilla.

La madera del viejo muelle se alzaba a su izquierda y Tim se agachó para meterse debajo. Deslizándose entre los pilotes, esperó a que Drew lo alcanzara. Todo empezaba a parecer un poco ridículo. Estaba escondido detrás de madera podrida, con los pies medio enterrados en montones de basura turística: vasos y envoltorios de comida rápida. Drew llegó junto a él, jadeando.

—¿Qué pasa, Tim?

—Quedémonos aquí un rato.

Drew se encogió de hombros.

Pasó una hora y Tim empezaba a quedarse sin excusas. Había pasado ese tiempo revolviendo basura plástica y vegetación medio muerta. Estaba a punto de sugerir volver al motel cuando oyó un ruido. Era el zumbido de un vehículo todo terreno, y por instinto se escondió detrás de uno de los pilares interiores. Drew lo miró confundido y se acercó sigilosamente.

—¿Qué es, Tim?

Un ATV avanzó por la playa y se detuvo junto a un grupo de turistas. Un hombre con uniforme policial color caqui descendió y comenzó a gesticular de forma bastante agresiva. Tim estaba medio oculto tras un soporte, concentrado en la escena lejana, cuando un sonido detrás de él casi lo hizo saltar.

—¿Qué están haciendo aquí?

Tim se tensó para salir corriendo, pero la presencia de ese policía lo hizo dudar. Girando la cabeza rápidamente, vio que solo era un chico. Quizá estaba exagerando. Parecía más bien un local descuidado, de esos que se las arreglan solos, que alguien peligroso.

Alto y delgado, vestía unos jeans sucios y una camiseta gastada. Nada que hiciera pensar en un policía. Su cabello rubio largo le caía sobre el rostro en mechones suaves y brillantes, y olía a aceite de motor, cigarrillos y tierra. También llevaba una camiseta blanca de Metallica, con una calavera ensangrentada detrás del logo. Eso le daba bastante más credibilidad.

—Solo estamos pasando el rato.

—¿Son ustedes los que buscan los policías?

Tim volvió a ponerse nervioso y pensó en huir, pero decidió tantear primero la situación.

—¿Qué buscan los policías?

—Oye, tranquilo... que se jodan.

Pronunció la palabra “jodan” con cierta cautela, como si le resultara un poco atrevida. Tim miró al suelo y removió la arena con los pies. No sabía bien qué decir, pero pensó que lo mejor sería ganarse la confianza del muchacho. No parecía policía.

—Soy Tim. Este es mi amigo Drew.

—Encontraron algo, ¿verdad? —Eso no era lo que Tim esperaba—. En serio. Que se jodan. Cuando encontramos cosas, las enterramos. Los que se meten demasiado suelen desaparecer.

—Encontré una moneda. Una moneda rara.

La sacó del bolsillo y se la mostró. El muchacho la tomó, la levantó hacia un rayo de luz que se filtraba entre las vigas y la hizo girar lentamente.

—Espero que no se la hayas mostrado a nadie. Será mejor que la entierres.

—Uh oh.

—Mierda... ¿qué hiciste?

—Solo se la mostré al tipo del puesto de pesca de ahí cerca. Actuó raro, así que me fui.

El muchacho sacó un paquete de cigarrillos Camel, encendió uno y dio una calada.

—¿Le dijiste quién eras?

—No. Salimos corriendo bastante rápido.

—Eviten a ese policía de ahí, entierren la moneda y váyanse lo antes posible. Las cosas se han vuelto muy raras por aquí. Gente nueva que parece... distinta, y muchos más policías de lo normal. Algunos ni siquiera parecen policías.

Drew tenía una expresión de desconcierto. Había permanecido en silencio todo el tiempo, observando algo que claramente no comprendía. Tim, en cambio, estaba sumergiéndose en una espiral mental. Había leído mucha ciencia ficción y terror. Esto sonaba serio, de adultos, y todos sabían que no se podía confiar en el gobierno. Le dio las gracias al chico, rechazó un cigarrillo y volvió a remover la arena con los pies. Ya no quería hablar con desconocidos; pensó que, si no interactuaba, el muchacho se marcharía.

—No estoy bromeando. Durante años ha habido historias raras por aquí. Monstruos marinos y cosas así. Hace unos meses aparecieron unos tipos del gobierno y la gente empezó a desaparecer. Ese tipo del puesto de pesca llegó más o menos al mismo tiempo. Nadie lo conoce y definitivamente no es de aquí.

El muchacho terminó su cigarrillo, lo apagó y se alejó.

—Tengo miedo, Tim. Esto parece algo grande.

Drew se asustaba de todo y con todo. Tim pensó que, si le restaba importancia, tendrían más posibilidades de estar tranquilos al llegar la noche.

 

El motel

Ya era de noche cuando se fueron. Tim y Drew caminaron por la orilla en dirección al motel. Quedaban apenas unos pocos rezagados en la playa. Eran solo siluetas negras a lo lejos, recogiendo toallas y plegando sillas como en una vieja película de animación cuadro por cuadro.

El regreso fue mucho más largo de lo que Tim recordaba. Miraba constantemente las cabañas de madera que bordeaban la costa como referencia. Estaba a punto de dar la vuelta cuando finalmente llegaron a las afueras del motel. El pequeño estacionamiento tenía solo unos pocos coches, y la puerta abierta de su habitación dejaba escapar un delgado haz de luz sobre la grava. Su madre y su padre casi habían terminado de cenar cuando entraron.

—¡Se perdieron la cena! Debe haber sobras en el refrigerador. Espero que se hayan divertido. Tenemos que irnos mañana antes de las once. Diviértanse y no se queden despiertos hasta muy tarde, su padre y yo nos vamos a dormir.

El padre miró a Tim, pero no dijo nada. Dejó el cuchillo y el tenedor en el plato, puso la servilleta encima y se dirigió al fregadero.

—Gracias, cariño, por la cena. Te despertaré a las nueve mañana, Tim.

—Ay, papá, ¿no puede ser a las diez?

—Ya demostraste que no sabes manejar bien el tiempo, Tim. A las nueve, temprano.

Drew corrió hacia el refrigerador y empezó a revisar los platos envueltos en plástico. Dos estaban llenos de pollo frito con arroz. Tomó uno y fue hacia el cajón de los cubiertos. Tim, cabizbajo, se acercó al refrigerador.

Tomó el otro plato y se dirigió al sofá.

—Oye, Drew, ¿puedes traerme cubiertos y una servilleta?

Sacó la mesita plegable y dejó el plato encima. Caminó hasta el televisor y giró el dial hasta encontrar un programa de ciencia ficción sobre cucarachas radiactivas. Un minuto después, Drew se sentó a su lado. Movió el plato de Tim, dejó el suyo y empezó a comer con voracidad, ensuciándose la cara.

—¿Qué estamos viendo?

—Una película de ciencia ficción sobre cucarachas radiactivas devoradoras.

—Bien. ¿Quieres que te traiga algo de beber?

—Claro. Solo agua.

 

Todo se va al infierno

Tim se despertó con esposas. Las muñecas atadas con fuerza detrás de la espalda, lo primero que notó fue lo incómodo que estaba. Apoyado en una esquina, la forma de una silla de madera se le clavaba en el trasero, y los bordes de las esposas de metal le raspaban las muñecas.

—¿Qué está pasando?

La habitación estaba llena de policías. En el centro del suelo, sobre una lona de plástico, yacían los restos de Drew. Había sangre por todas partes, y lo que quedaba de su rostro era una masa irreconocible de carne destrozada y huesos rotos. Un ojo colgaba fuera de la cuenca, deslizándose por la mejilla izquierda como al final de un hilo carmesí. Las cavidades oculares estaban aplastadas en una forma alargada, la otra convertida en una grieta sangrienta. La mayor parte de la nariz era un amasijo de cartílago y sangre gelatinosa. El cuerpo estaba relativamente intacto, aunque pálido e hinchado. La madre estaba acurrucada en una esquina, llorando entre las manos. El padre estaba sentado enfrente, con el rostro enterrado en la palma de la mano, negando lentamente con la cabeza, incrédulo.

Uno de los oficiales se acercó sosteniendo una pequeña pipa de metal.

—Parafernalia de drogas. ¿Sabía que su hijo fumaba marihuana?

El padre negó lentamente.

—No tenía idea, oficial —murmuró.

—¿Dónde consiguió esto? Por cómo se ve, apostaría a que estaba adulterado con algo. Probablemente polvo de ángel. Hemos tenido una especie de epidemia recientemente.

El padre parecía asqueado y evitaba el contacto visual.

Otro policía, revisando el suelo cerca de Drew, levantó un tubo metálico cubierto de sangre.

—¡Parece que tenemos el arma!

Tim miró desesperado a su alrededor.

—¡Papá, sabes que yo no hice esto! —suplicó—. ¡Papá! ¡Mírame!

Por un momento, su padre dejó de mover la cabeza y abrió los ojos completamente. Tim casi pudo oír cómo pensaba. El momento pasó; volvió a bajar los párpados y continuó negando.

—Te encontrarán la ayuda que necesitas, hijo.

—¡Pero papá! ¡Tú me conoces! ¡De verdad! ¡Soy yo! ¡Tu hijo! ¡Sabes que no hice esto!

El padre giró hacia él; sus ojos hinchados por el llanto eran visibles. Una expresión de duda cruzó su rostro, como si quisiera creerle. Pero fue breve. Bajó nuevamente la cabeza y retomó su temblor melancólico.

—Mire, oficial... solo dígame qué debo hacer...

El policía más cercano, que Tim supuso era el investigador principal, se acercó y puso una mano sobre el hombro del padre.

—Tenemos que llevarlo a la comisaría. Pueden seguirnos si quieren.
Algo así de grave... estará detenido bastante tiempo. Quizá quieran buscar un hotel cercano.

 

Solo empeora

Pasó más de una hora. Los forenses llegaron y se fueron. Se colocó cinta amarilla alrededor de la escena del crimen. Tim permanecía sentado, horrorizado, intentando recordar algo de la noche anterior. Sus padres se volvieron cada vez más serios y permanecieron sentados en silencio. Sus lágrimas se habían secado, sus miradas permanecían perdidas en el vacío.

Finalmente, solo quedaron dos policías. Indicaron a Tim que se levantara y lo escoltaron hasta un coche patrulla. Unos minutos después, sus padres salieron. Subieron a su Fiat amarillo mostaza, encendieron el motor y esperaron. Dos policías se acomodaron en la parte delantera del vehículo.

Sin cruzar miradas, salieron hacia la carretera principal.

La mente de Tim corría sin control. ¿Qué podía hacer? Recordó la moneda en su bolsillo y trató de mover las manos esposadas. No llegaban lo suficiente, así que torció el cuerpo intentando alcanzar el bolsillo delantero. Las esposas le mordían las muñecas, el hombro parecía a punto de dislocarse, pero finalmente logró llegar al fondo.

El bolsillo estaba vacío.

Dan Henk nació en una pequeña base militar en el sur profundo de Estados Unidos. Ha vivido en la calle, superó un cáncer cerebral, fue apuñalado por un drogadicto, destrozó tres coches y tres motos, y se precipitó hacia atrás a través de un parabrisas. Tras cuatro horas en coma, se recuperó y retomó su vida normal. Existe la teoría de que es un cíborg. Ha publicado tres novelas y dos plaquettes, ha realizado numerosas ilustraciones para libros y revistas, y es dueño de un estudio de tatuajes en Nueva York. Más de cien libros y revistas han publicado artículos sobre su arte, escritura y tatuajes. Puedes ver sus últimas aventuras y triunfos en su sitio web, danhenk.com.

viernes, 24 de abril de 2026

LA MUJER DE LÁZARO

Cristian Mitelman

 

Mi madre murió en los trabajos de parto, según me dijo un día su hermana mayor, la señora Matilde, que me crio hasta los trece años en los campos de Castilla la Vieja, y dado que yo fui la causa de la muerte de la madre, mi destino estuvo marcado por los trabajos y las privaciones, tal como quien es deudor y todas las noches siente que su acreedor está por caerle y deberá dormir a la intemperie, puesto que ya no habrá de quedarle ni el heno del establo para descansar junto a los bueyes. Y digo que mis primeros años fueron una preparación para la laceria de los posteriores, y es que la señora Matilde, casada con Tomé Jaramillo, no era mujer habituada a los hábitos mundanos como el yantar y el beber, al punto que su imagen, consubstanciada sólo con las cosas del espíritu, parecía uno de esos chapiteles de las iglesias toledanas que vi en uno de mis primeros viajes, aunque de eso hablaré más tarde, porque todas exposición debe tener un orden y no conviene que el después anteceda al antes, como me explicó el Arcipreste de San Salvador, mi actual dueño, hombre que, aunque formado en las letras de Aristóteles, es también un gran catador de vinos, que una cosa no va en menoscabo de la otra, siendo que así sucedía con la señora Matilde, que de tanto atender la salud del alma, descuidaba los bienes del cuerpo y era su desnudez un anticipo de la muerte venidera, porque yo que la miré sin paños puedo atestiguar que las costillas le bailaban al igual que un esqueleto en tumba movida, y esto no debía de ser de agrado de Tomé Jaramillo, a quien le gustaba la longaniza y todo lo que tuviera abundancia de materia, mas cuando yo quería comer, impedíalo la señora Matilde, alegando que esas eran cosas de hombre que trabajaban en el campo y que no cuadraba a las mujeres la gula ni los otros seis pecados hermanos. Y digo que a don Tomé Jaramillo debía angustiar la imagen de la muerte que habitaba en su señora esposa, porque más de una vez se santiguó a espaldas de ella, como quien está en presencia de una mala imagen a la que conviene alejar. Y además, siendo yo moza, tenía el trabajo de limpiar los establos de cuadra y más de una vez encontré al señor con otras mujeres que yo conocía del pueblo y allí sucedía la inversión del mundo, porque todo el mundo dejaba de mostrar la cara y era el culo la parte más saliente del cuerpo, y al ser establo y haber caballos pensé yo que todos imitaran a las bestias y el señor montara campesinas rollizas y las campesinas rollizas también quisieran ser jinetas y se colocaran sobre don Tomé Jaramillo para una carrera que duraba sus buenos momentos. Y este lugar era bueno para mí, porque a escondidas de doña Matilde, el señor ejerció la primera caridad conmigo, y siempre me tenía reservadas algunas papas cocidas, pequeños trozos de pernil (esos eran días de fiesta) y restos de bodigos que en las casa quedaban y que él sacaba antes de que endurecieran y fueran comida de los muchos ratones que por allí corrían. Habiendo cumplido ya los doce años, fui una noche, tal como cuadraba, a limpiar la bosta de los caballos, cuando don hallé a mi amo en la más estricta de las soledades, y viéndole así me acerqué y él me convidó con un pan nuevo, recién horneado que me pareció recién salido de los hornos del cielo, aunque tengo entendido que es en el infierno donde se genera el calor que surge bajo la tierra, y si esas cosas nacen del abismo, pensé que era mejor condenarse para siempre que salvarse a costa de las miserias a las que se sometía mi señora Matilde, y algo de mis pensamientos habrá visto el tío, que puso discretamente su mano en mi rodilla y luego comenzó a subir y hasta llegarme adonde nacen las bragas y luego sentí su aliento contra el mío y mucho me hizo doler ese día, y aunque las lágrimas se empeñaban en salir de los ojos, él mismo la enjuagaba con sus labios y, en medio de amorosas promesas que se mezclaban con los insultos que solía murmurar en compañía las otras campesinas que por allí pasaban, me enseñó el arte de las acciones que deben ocultarse, único arte que permite a las mujeres pobres sobrevivir en una sociedad como esta, que por fuera muestra una cara y por dentro es algo tan distinto. Pero por más que se oculten ciertos actos, las cosas terminan por saberse y es que mi dueña no conoció las acciones del marido y la sobrina, por lo que una tarde de otoño me dijo:

—Puta al igual que tu madre, que Dios la tenga en su gloria, aunque cosa difícil es. Mejor vete, que ya no hay lugar para ti en esta casa y además ya sabes cómo puedes tener tu alimento.

Y así me vi desamparada de todos, por lo que me encaminé a Toledo, adonde habían dicho que tenía familia, y aunque fuera improbable, no tenía otra posibilidad que ir a una ciudad que desconocía por caminos que también me eran extraños, a la espera de conseguir alguna casa en que pudiera emplearme, porque ya estaba crecida y formada y podía lavar platos y zurcir camisas o limpiar caballerizas, llevar el heno y todo cuanto una joven puede hacer. Lo cierto es que siempre hay poca moneda en estos parajes del mundo y los maravedíes que se ganan en las Indias se pierden en los mares o en la corte, por lo que nadie se dignaba a tomarme como criada, por lo que acabé en una venta solicitada por los muchos viajeros que venían allende el océano, pero no eran estos hombres de alcurnia ni que hubieran ganado su lugar bajo el sol, sino una soldadesca ruin como la madre que la había parido y mis días pasaban en un bodegón donde todo olía a rancio y perdido de día y todo olía a regüeldo por las noche, y es bajo esas mantas donde gané durante años el sustento con el que pude mantenerme a mí y a los tres hijos que me llegaron a su debido turno, de padre distinto pero idéntico gesto, porque los hombres no difieren en su forma de ser y se diría que todos participan de una especie de hombre general cuya idea se le habrá ocurrido a algún demiurgo borracho, pero mejor es que calle, porque los tribunales funcionan plenamente en estos días y no quiero que me acusen de herejía o de andar judaizando, carta corriente en las cárceles del Santo Oficio, que todo lo mira y a quien bastante debo, porque es parte de mi historia lo que a continuación viene y es que pude abandonar la soldadesca porque una noche se allegó un Arcipreste del Salvador que había sido llamado como teólogo auxiliar para un juicio que se haría en Toledo contra un cabalista o algo así, y es que viéndome el dicho monje mujer todavía apetecible, decidió nombrarme criada personal y llevarme consigo a aquella ciudad, donde finqué un tiempo y conocí que ya no tenía familiares ni conocidos, por lo que estaba absolutamente sola en este mundo, ya que mis tres hijos también se habían dispersado por las rutas de Dios y en ellos pienso cada noche y es mi deseo mayor que no terminen en las galeras de su majestad o haciendo sombra de un árbol con los cuervos picoteándoles los ojos desmesuradamente abiertos, tal como tantas veces hallé en las distintas rutas por las que el cura me condujo. Que se arrimen a los buenos es mi deseo, por más difícil que sea este empeño. Aunque no soy experta en números, si mal no hago las cuentas fueron dieciséis los años que anduve trotando de venta en venta hasta que conocí al nombrado Arcipreste, hombre celoso de su cargo y astuto como una araña, porque sabía manejar al mundo a su antojo tejiendo redes que sólo él sabía pulsar. Supe servir a buen amo como creo que ninguna mujer lo haya complacido, pero para evitar malevolencia, que es cosa frecuente en estos páramos de España, dispuso que me casara con un mozo de origen desconocido que por entonces hacía el trabajo de pregonero de vinos y en eso él y yo vinimos a coincidir en lo mucho de nuestras fatigas y en lo poco de los premios que la vida prodiga a los que bien se esfuerzan, pero el cura que nos unió en matrimonio nos aseguró la vejez siempre y cuando estuviéramos bajo su órbita, tal como los herejes dicen que los planetas lo están alrededor del sol, cosa absurda si la hay, siendo que es claro que la tierra es el centro de todo el universo y es Roma el centro de la Tierra y es el papa el centro de Roma. Me avine así esposa de hombre humilde y así sirvo buenamente a dos hombres y ya no estoy bajo los caprichos y las violencias de los viajeros que pernoctaban en las ventas. Soy buena esposa por las noches y ninguna queja se oirá de mi amo, pero también soy buena esposa de la santa madre iglesia, porque el Arcipreste reclama su parte del trato y no hay nadie que conozca los gustos de ese hombre, por lo que las lenguas de serpiente me llaman la doble maridada y cada vez que mi esposo pasa en su corretaje de vinos los niños le juegan al toro y más de una chanza tuvo que sufrir, mas yo le digo que no haga caso, que la envidia es la única que habla en esos casos y los ojos de los que calumnian están rojos de mal mirar, porque si espiaran puertas adentro, grandes cosas descubrirían en sus propios portales y más de un hijo debiera de cambiar de apellido y más de un burlador pasaría de torero a toro y de toro a ciervo mayor, si es que tales cambios pueden existir tal como en los tiempo de Ovidio se dice que hubo, porque aunque mujer sin cultura soy, muchas cosas oí del Arcipreste que maravillaron mi entendimiento. Y hasta aquí no tengo mucho más que contar: intento mantener mi hacienda en paz y espero que si alguna vez nuestro Emperador vuelve a Cortes en Toledo, no haya menguado la prosperidad de los últimos años y mis tres hijos puedan conocer esta casa que los aguarda, casa rústica, es cierto, pero en la que no faltan los bollos de pan y la bota de vino.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

LIPSTICK

Michael Haulică

 

MARTES. Me infiltré entre ellos conforme al procedimiento. Creo que no han notado nada. Todo fluye de manera natural, en una normalidad exasperante. Por ahora intento exponerme lo menos posible. La metamorfosis es perfecta, pero necesito tiempo para acostumbrarme a la nueva apariencia. Y la asimilación de su código de comunicación aún me da trabajo...

LUNES. He comenzado a colocar los lápices labiales. Se venden bien... Como cualquier mercancía del exterior.

Por la tarde, la primera conversación. ¡Emoción!

Ellos se sentían bien, yo me sentía excelente. Ellos tenían una sed terrible, yo tenía una sed excelente. Ellos querían mucho ir al cine, yo quería excelente. Ellos preveían que mañana llovería torrencialmente, yo los tranquilicé diciéndoles que llovería solo de manera excelente.

MIÉRCOLES. Por la mañana me encontré con uno de ellos.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Bien —respondió. Le ofrecí un lápiz labial. Y lo pasó por sus labios. Repetí la pregunta—: ¿Cómo estás?

—Excelente —fue la respuesta.

¡Excelente! Así debe ser...

Más tarde jugamos una partida de bolos. Él lanzó la primera bola.

—Buena —dije.

—¡Excelente! —replicó él.

Lancé yo también una bola.

—¡Excelente! —exclamó.

—Excelente —confirmé.

Luego él llamó a una nueva bola. Yo también lancé un llamado.

—Tú lleva la puntuación —me dijo.

—No, lánzala tú —lo contradije.

—Vamos, mejor hagamos un ajedrez —se retractó.

—Vamos a lanzar un ajedrez —lo aprobé.

VIERNES. Estábamos sentados a la mesa en la terraza de la cervecería. Uno de ellos se acercó y me saludó con la punta de sus labios coloreados.

—¡Lanzamiento excelente!

Le hice una seña para que se sentara.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—¡Excelente! Lanzo cervezas —me respondió.

—Vamos a lanzar otras dos cervezas excelentes —lo animé.

Se volvió hacia el camarero y dio la orden:

—¡Excelentes! ¡Dos lanzadas para el muchacho!

Y la respuesta llegó, habitual.

—¡Lanzaaa...!

Mientras estuvimos allí, le hablé de la mayonesa. Al despedirse me deseó una “excelente mayonesa de lanzamientos”.

DOMINGO. El stock de lápices labiales ha disminuido considerablemente. Desmantelé el puesto. Basta con llevar algunos conmigo. Parece que han empezado a fabricarlos ellos mismos. De qué, no lo sé. Vi a alguien, en el mercado, vendiendo. Gritaba con todas sus fuerzas, conforme a su costumbre:

—¡Llévate el labial! ¡Llévate el lipstick! ¡El labial del habla excelente! ¡Quien lo use puede comunicarse lanzadamente con cualquiera! ¡Con todo el mundo! ¡Con todos los mundos!

El negocio marcha. Y muy bien. Se nota por sus labios intensamente coloreados.

Por la noche, en la habitación, me desmaquillo con cuidado, para que no se me enreden los pensamientos.

LUNES. Calles llenas de carteles que representan a un hombre de labios coloreados ofreciendo un lápiz labial a un ser imaginado, probablemente perteneciente a otra civilización. Se parece un poco a los tharsianos...

Simposio científico. Sabios, muchos.

Ellos hablaban del vuelo, yo les hablé de hongos. Ellos de otras civilizaciones, yo de hongos. Ellos del labial-contacto, yo de hongos. Ellos de... Yo de... Ellos... Yo...

Los dejé hablando de hongos.

MIÉRCOLES. Cuando salí de casa, la portera, una mujer de mediana edad, excesivamente maquillada, me susurró confidencialmente que “pescando la entronización del globo excelente pantano”. Tenía toda la razón. Le regalé un lápiz labial y nos hicimos muy buenos amigos.

JUEVES. Hoy hablamos de la nieve.

SÁBADO. Polvo; discusiones prolongadas.

DOMINGO. Descansé. Me lo merezco.

LUNES. Tío... Sobrino.

MARTES. Ciudad.

MIÉRCOLES. Oportunidad.

JUEVES. Maravilloso.

VIERNES. Vida.

SÁBADO. Parapsihobit.

LUNES. Lipstick.

MARTES. Lipstick.

MIÉRCOLES. Lipstick.

VIERNES. Fue inaugurado el primer Instituto de Colorística. Ya se han recibido inscripciones para tesis doctorales en cromática paralela, metacolorística integrada, psicofisiología del color, protocolorística, mitocromatismo dialéctico e histórico.

Se trabaja intensamente en la reestructuración de los manuales escolares.

LUNES. Un día entre militares. Reglamentos, disciplina, orden, conformismo, civismo, heroísmo, deber, honestidad, honor...

Cada soldado lleva en la mochila el lápiz labial.

MARTES. Los jóvenes, los adultos del mañana, eternos partidarios de lo nuevo, han adoptado el color como moda permanente: se tiñen el cabello, los párpados, los labios y desfilan pacíficamente, agitando lápices labiales, coreando:

—¡No queremos armas, queremos lipstick!

MIÉRCOLES. Se han publicado las fotografías de la nueva bandera de los Juegos Parapsiholímpicos: sobre un fondo transparente e incoloro, el lápiz labial...

JUEVES. Han terminado de pintar los edificios. Ahora todos son iguales.

VIERNES. Desde el amanecer, una multitud inmensa se dirige hacia el nuevo monumento del planeta. Sobre lo que podría llamarse techo, la estatua gigantesca del lápiz labial, envuelta en un halo tembloroso, envía sus iridiscencias coloreándolo todo: los árboles, el polvo, el aire... Una copia de menor tamaño es llevada en brazos por varios oficiantes. Sus ayudantes arrojan lápices labiales a izquierda y derecha, mientras la multitud entona las Odas al Labial.

Algunos necesitados, con los labios descoloridos, se lanzan al polvo tras un fragmento de lápiz labial. Son observados con simpatía y alentados. Los más afortunados, agradecidos, se colorean de inmediato los labios, los párpados, las orejas.

¡Excelente! ¡Excelente!

SÁBADO. Campaña electoral. Plataformas políticas, plataformas de perforación, plataformas... Planas, planas, planas... Sin ninguna forma. Pero coloreadas. Mono.

Han pospuesto las elecciones.

DOMINGO. Encontré en el buzón la siguiente carta:

“Te lanzo excelente. El invernadero hongo frente a lo maravilloso. Que el polvo parapsihobitante lance la nieve. ¡Lipstick! ¡Lipstick! ¡Lipstick!”

Su lenguaje se ha perfeccionado notablemente; casi ya no existe.

Todo ha funcionado como estaba previsto.

Lipstick. ¡Qué maravillosamente suena esta palabra!

La nave me espera...

Es de noche. Su sol se ha puesto hace tiempo. En su lugar, en el cielo estrellado, la nave se perfila como un lápiz labial que esparce color.

Me mostré en el óvalo de la compuerta y sus gritos me llenaron de felicidad. La multitud empujó hacia adelante a sus representantes y estos hablaron:

—¡Excelentes! ¡Lanza lo maravilloso! ¡Parapsihobitiza nuestra vida! ¡Lipstick! ¡Lipstick! ¡Excelente!

Fue un momento excelente. ¡Excelente!

¡Por fin! Terminado. Misión concluida. Ahora puedo retomar mi apariencia.

Entro en la nave. Es como si ya hubiera llegado a casa. Acoplo el circuito MIM y la mima del Excelentísimo aparece primero en el CUB, como imagen, y luego se materializa.

Tiene los labios coloreados. Bastante intensamente, pero le queda bien. El color le favorece.

Me acerco a Él y toco su manto en señal de Humildad y Sumisión. Él me toca estableciendo el contacto privilegiado. Nos comunicamos. Siento su impaciencia. ¿Qué otra cosa podrían ser estas vibraciones que, por sus resonancias, también me generan una inquietud?

Le informo en detalle el desarrollo de mi misión. Parece desconcertado. Y su pensamiento, como una ola agresiva, inunda mi cerebro: “Wshaakingkaa...”. Es mi turno de quedar desconcertado. Me señala el lápiz labial. Me aplico otra capa de color en los labios y retomo mi informe, concluyendo de forma apoteósica:

—¡El lipstick parapsihobitante miraboliza!

—¡Excelente! —llega la valoración y respiro aliviado. Está satisfecho. Otra ola, esta vez acariciante, me atraviesa: “Gnrl”.

Agradezco, con modestia.

Antes de que la mima del Excelentísimo se desmaterialice, recibo con gratitud la exhortación:

—¡Lanza! ¡Lanza! ¡Lanza!

El holograma desaparece a su vez y mi benefactor se materializa en su nave.

Solo. De nuevo solo.

Me desmaquillo, como de costumbre.

Algunos lápices labiales yacen arrojados en un rincón.

Un arma perfecta. Más que perfecta.

Los contactos, los ajustes, la pantalla...

Constelaciones enteras, con sus civilizaciones, me esperan.

Michael Haulică, nacido en 1955 en Armășești, Vâlcea, Rumania, se graduó en la Facultad de Matemáticas, especializándose en Informática, de la Universidad Transilvania de Brașov. Fue programador durante 25 años, y luego se dedicó por completo a la escritura. Actualmente es editor en Art Publishing House y coordinador de las colecciones de ciencia ficción y fantasía de Paladin Publishing House. Es el editor jefe de la revista Argos. Desde 2010 es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. Entre sus obras publicadas se cuentan Madia Mangalena (1999, 2011, 2015); Despre singurătate și îngeri (2001); Așteptînd-o pe Sara (2005, 2006, 2012, 2016); Nu sînt guru (2007); Povestiri fantastice (2010, 2011); ... nici Torquemada (2011); Transfer (2012, 2013, 2014); O hucă în minunatul Inand, (2014) y 9 1/2 elegii (2016).

HIPO

Rajat Chaudhuri

 

1

—Los muertos serían los mejores activistas climáticos —dijo Ajit con su sombría voz de barítono.

—¿Eh? —preguntó Pran, distraído por un enjambre de abejas que iba y venía entre el rodal de rododendros y las cajas de colmenas que habían instalado junto a los altos cipreses que rodeaban el bosque comestible en la cima de la colina. A la pareja le habían asignado tareas en la cocina comunitaria y Pran observaba con atención el caldo de tallos de brócoli, judías verdes y calabaza, que hervía en la olla.

—Eso dice mi gurú Kapali-mata, pero es conocimiento prohibido. No debería hablar de ello. Es una siddha del tantra, puede convertirse en tigre con un chasquido de dedos —dijo Ajit con una amplia sonrisa. Su espesa melena canosa se curvaba sobre la frente y la montura, parecida a algas, de sus gafas oscuras le resbalaba por la nariz mientras hablaba.

—¡Prohibido! Debo confesar que lo prohibido todavía me acelera la adrenalina —susurró Pran, con los ojos brillando de interés. Llevaba las cicatrices de muchas batallas de su vida como forajido, pero los años de vida sencilla lo habían suavizado a él y a su camarada Ajit, a quien había conocido en prisión. Removía el caldo con un largo cucharón de madera, inclinado sobre la cocina eléctrica—, pero sabes qué, no necesitamos la sabiduría de esos gurús para alimentar nuestra conciencia ambiental. Bhai, este trabajo solo se cumplirá cuando haya un cambio radical de valores. Solo entonces las multitudes saldrán de sus casas y oficinas y bloquearán esas industrias sucias de las ciudades corporativas, cerrarán sus centrales de combustibles fósiles y boicotearán las marcas de lujo y los centros comerciales.

—Es más fácil decirlo que hacerlo, barey bhai. Tú y yo sabemos muy bien que el homo sapiens está programado para el mal. Estamos genéticamente diseñados para ser rakshasas con apetitos interminables de recursos. Eso es lo que Kapali-mata repite constantemente. Somos una plaga para el planeta; no todos, pero muchos de nosotros lo somos. Necesitamos una sacudida, rebelarnos contra nuestra codicia. ¡Una descarga eléctrica, un millón de voltios para curarnos de nuestra carbonofilia! Y me han dicho que hay una forma, un camino secreto revelado recientemente. Tiene algo que ver con la vida después de la muerte, con los muertos, pero esto debe mantenerse en secreto hasta que llegue el momento…

Fue interrumpido a mitad de la frase por Pran, un poco mayor, que se había dado vuelta para revisar las lecturas del inversor solar que alimentaba la cocina comunitaria.

—Entonces tu gurú, ¿qué visualizó? ¿Esqueletos viniendo a trabajar para comunidades sostenibles como la nuestra?

—Tch tch, cerca, pero eres demasiado visualizador, barey bhai. Kapali-mata cree que los habitantes del más allá son amigos de la Tierra, y que podemos beneficiarnos de la sabiduría ambiental de los muertos.

Ajit probó el caldo con una cuchara y torció el gesto.

—¡Otra vez sin pollo! —se quejó.

—¿Así que los espíritus del mundo rezan en el altar de santos como Greta? —dijo Pran, ignorándolo. Comer carne, debido a su enorme huella de carbono, se había vuelto impopular en esas comunidades experimentales surgidas hacia mediados de siglo.

—Thunberg-ji, sí, pero ¿no ves la relación más amplia? Todas las clases de fantasmas que conocemos prefieren entornos naturales: los brahmadaityas bengalíes acampan en las ramas de los antiguos árboles banyan, las churels prefieren los arbustos de sheora, los mechho-bhoots prosperan cerca de los estanques, y así sucesivamente —Ajit volvió a ajustar sus gafas.

—No hay nada de malo en seguir a Greta Thunberg. Aquí, en esta cooperativa, la consideramos una inspiración, igual que a Gandhi-ji, Bahuguna-ji, Schumacher-ji y Medha-ji —dijo Pran, enumerando nombres de décadas y siglos pasados, cuando la esperanza era más fuerte—. Y todas estas personas estuvieron vivas y caminaron por esta tierra como nosotros ahora. En esta comunidad intentamos vivir en armonía con nuestro entorno, aunque los canales de noticias de las ciudades corporativas nos etiqueten como anticonsumistas, anti-Zuck, anti-Elon y cualquier otro epíteto con el que quieran estrangularnos. Pero el punto es que estamos muy vivos. ¿Por qué cree tu gurú que aprenderemos a amar el planeta solo después de morir?

Alzó una ceja.

—Por cierto, ¿qué fuma tu Kapali-mata? Tal vez podríamos hacer un trato con su proveedor.

—Sabía que no te convencerías hasta que… —empezó Ajit.

—¿Hasta que esté muerto? —Pran le lanzó una mirada aguda de reojo antes de empezar a servir el caldo en pequeños cuencos de hojas de sal.

 

2

Dos hombres con uniformes policiales de ciudad corporativa –pantalones azules de algodón autolimpiante modificado genéticamente y camisas negras de poliéster con el logotipo de HonestJack– avanzaban sigilosamente por una de las calles laterales oscuras de Jackganj.

Jackganj era el nombre común de todas las ciudades corporativas propiedad de ese coloso transnacional. Para diferenciarlas, los empleados de HonestJack, que vivían, trabajaban y morían en esas ciudades amuralladas, a veces añadían un número, por lo que aquella ciudad en particular era llamada informalmente Jack3.

La larga caminata por caminos de montaña y luego el infiltrarse a través de la triple valla de Jack3 con ayuda de alguien del círculo interno de Kapali-mata los había dejado completamente exhaustos.

Los callejones por los que avanzaban hacia el distrito noreste estaban envueltos en sombras, pero no podían encender sus linternas solares debido a las patrullas militares armadas que cazaban rebeldes anticapitalistas.

Había llovido al comienzo de la noche y las calles estaban resbaladizas por esa lluvia sintética que lavaba cada ciudad corporativa con su mezcla nauseabunda de gotas cargadas de venenos procedentes de combustibles fósiles modificados que aún eran comunes en esas regiones.

Habían partido temprano y, en el descenso, habían visto bolas de fuego iluminando el distrito comercial de Jackganj.

—¿Qué es eso? —había exclamado uno de los dos. Era Pran, casi irreconocible con su disfraz policial, el cabello cortado al ras y sin su bigote fino.

—¡Oh! Entonces ya ha comenzado —respondió el otro con un jadeo. Pero había un matiz de tristeza en la voz de Ajit cuando añadió—: Las fábricas… ¡están atacando el distrito comercial de HonestJack!

—¿Quiénes son?

—Deben de ser seguidores de Kapali-mata, pero esto es muy grave —suspiró Ajit.

—¡Genial! ¡Parece como en los viejos tiempos! —dijo Pran con entusiasmo, pero Ajit le devolvió una mirada fría y continuaron en silencio.

Ya había pasado la medianoche. Avanzaban agachados por una zanja seca, atestada de residuos plásticos, que serpenteaba por Jackganj antes de desaparecer en los desiertos arenosos de los límites de la ciudad.

Aún podían oír pequeñas explosiones a lo lejos, interrumpidas por el traqueteo esporádico de ametralladoras, pero aquello estaba lejos.

—Mira allí —señaló Ajit. Más adelante se alzaba un edificio solitario, con las ventanas destrozadas y sin luces en su interior.

—¿Nos verá allí? —preguntó Pran, con la voz ligeramente temblorosa. Ya no le agradaba la idea de encontrarse con alguien en contacto con espíritus en esa parte desolada de una ciudad corporativa donde parecía haber estallado una rebelión. Pero la idea había sido suya. Quería conocer a la gurú tántrica de Ajit y descubrir de primera mano el secreto del más allá que ella afirmaba poseer. Quizá ese conocimiento también podría servir a su comunidad sostenible.

—Sigue avanzando, barey bhai —susurró Ajit con nerviosismo.

En ese momento, un estruendo sacudió el suelo mientras una brillante bola de fuego se elevaba hacia el cielo.

Se agacharon para evitar la ola de aire caliente que recorrió la zanja, arrastrando consigo viejas consolas de videojuegos, muñecas Barbie decapitadas y gorros de fiesta descartados que habían estado de moda años atrás.

Los gorros comenzaron a volar sin caer.

Un depósito de petróleo crudo había sido alcanzado y el fuego furioso se alzaba hacia el cielo, rugiendo y crepitando a lo lejos. Los gorros de colores comenzaron a girar sobre ellos. Más rápido. Como una ruleta girando con furia.

Se miraron.

—Parece que los muertos se han levantado —dijo Pran, con los dientes castañeteando de miedo.

—Lo sabremos pronto. Pero ¿por qué esa casa parece tan tranquila? —susurró Ajit.

Apenas había terminado de decirlo cuando, como una tormenta, un soldado fuertemente armado saltó desde la orilla de la zanja y se abalanzó sobre él, derribándolo. Lo inmovilizó con su bota y apuntó su ametralladora hacia Pran.

El soldado presionó la bota contra la garganta de Ajit.

—¿Policías, eh? ¿Van a ver a Kapali-mata? —rio salvajemente. Ajit jadeaba, agitándose entre los residuos plásticos—. Dejen la farsa. Su mata está bajo nuestra custodia ahora mismo —escupió en el suelo.

Ajit comenzó a tener hipo.

Fuerte y violento.

El soldado miró hacia abajo bruscamente y disparó, pero falló.

En ese instante de distracción, Pran se lanzó sobre él y le asestó un golpe ascendente. El joven retrocedió tambaleándose. Pran, curtido, arremetió con una ráfaga de golpes rápidos como relámpagos.

El soldado dejó caer el arma y se desplomó.

Lo dejaron atado a un árbol muerto, con el rostro contra el tronco retorcido, mientras los gorros seguían girando sobre él cuando llegaron los refuerzos.

 

3

Hoy las abejas están en silencio.

Allá abajo, en las llanuras, todavía se puede ver humo elevándose desde la dirección de Jackganj, pero como ha llegado el invierno, es difícil saber si proviene de bombas incendiarias de los rebeldes o si es simplemente el aire, pesado y lloroso con los venenos de la civilización.

En la pequeña comunidad que ha hecho su hogar en las montañas, el ambiente es festivo.

Ha nacido recientemente un niño de una joven pareja que se unió hace unos meses. Habían escapado de la ciudad corporativa la noche en que los rebeldes ecoterroristas atacaron las fábricas y el depósito de petróleo.

Este año los naranjos han dado abundantes frutos en las colinas, y las ramas se inclinan bajo su peso. El bosque comestible ha ofrecido fresas y calabazas, tomates y albaricoques. Las abejas han producido miel dulce. El dueño de una tienda de trueque ha preparado botellas de un fuerte vino de rododendro, y un ingeniero civil que ahora construye cabañas de micelio duraderas para la comunidad escucha a Ajit y Pran mientras recuerdan los acontecimientos de aquella noche fatídica.

A medida que hablan, más personas se acercan.

Están sentados en círculos sobre la hierba, alrededor de piedras antiguas.

—Entonces, ¿cuál era el secreto que Kapali-mata había descubierto? ¿De algún modo provocó los ataques a las fábricas aquella noche? Todos quieren saberlo —preguntó Pran.

—Parte de esto sonará a disparate, pero los muertos definitivamente tienen conciencia ambiental. Una vez que nos liberamos de las prisiones de la carne y los sentidos, comprendemos rápidamente lo derrochadores que hemos sido y cuánto hemos dañado al planeta vivo. Pero ya no hay forma de volver atrás para reparar el daño —Ajit llenó su vaso y bebió un sorbo.

Pran se acarició el fino bigote.

—Entonces tu gurú… qué mala suerte no haberla conocido… ¿realmente tenía conocimiento directo de ese más allá? —preguntó adoptando una expresión seria.

—Claro que sí, y tenía un método para salir y regresar rápidamente, en cuestión de minutos, enriquecidos con la comprensión de que somos culpables, de que debemos dejar de extraer recursos del planeta. —Ajit bebió otro sorbo.

El ingeniero recogía piedrecillas, las examinaba y las arrojaba una tras otra. Eran plateadas y azules, con metales de las profundidades de la tierra.

Todos guardaron silencio por un momento.

—Debió de enviar a muchos al otro lado antes de traerlos de vuelta, y cuando regresaban eran personas completamente distintas —dijo el ingeniero.

—Exacto, solo que el plan salió mal. Esas personas, tras ese viaje, en lugar de unirse a la comunidad, al activismo y al cambio de estilo de vida, eligieron la vía anárquica del ecoterrorismo, atacando los símbolos de la civilización industrial —suspiró Ajit.

—Eso explica las bombas incendiarias. Esos planes descabellados no garantizan el éxito; a menudo nos hacen retroceder en lugar de avanzar. Nosotros aquí hemos llegado por decisión propia; nuestras experiencias nos han llevado a este experimento. Pero no nos pongamos demasiado serios. Oigan, ¿se acabó el vino? Pero antes de eso, Ajit, dinos algo: ¿cuál es ese camino fácil hacia el más allá y de regreso? ¿No sentimos todos curiosidad? ¿Cómo ver ese otro lado y volver sanos y salvos, cuerpo y alma?

El bebé comenzó a llorar.

Su madre le cantó una canción de primavera, meciéndolo suavemente. Se levantó con el niño en brazos y empezó a alejarse hacia la hilera de cipreses al borde de la colina.

Una luna a medio comer se alzaba sobre las grandes cumbres nevadas.

Ajit volvió a llenar su vaso.

—El camino hacia el más allá y de regreso es en realidad bastante simple. Los antiguos textos tibetanos mencionan un mantra de dos palabras que, si se pronuncia correctamente un par de veces, envía el alma fuera del cuerpo, y luego, recitándolo de otra forma y en otro orden, el alma regresa. En esa visión fugaz del más allá, como eres pura concentración, libre del peso de la carne y los sentidos, absorbes la sabiduría de los siglos, y eso incluye esta simple comprensión: que somos guardianes del planeta y no rakshasas.

—¿Solo dos palabras? —preguntó un anciano.

—Sí, y son fáciles: hik y phat. Nada complicado. Repetidas un par de veces. Este mantra es tan poderoso que la autoridad de Jackganj prohibió esas seis letras cuando se enteraron de él tras torturar a Kapali-mata —dijo Ajit, ya arrastrando las palabras.

—Creo que has bebido demasiado —dijo Pran, apartando la botella de su alcance.

—Pruébalo algún día, barey bhai, pero no te conviertas en un monstruo. Hik phat, hik phat, hik phat… —seguía repitiendo distraídamente.

—¿Eso es todo? Pero sigues aquí, supongo que tu alma aún no ha decidido marcharse —intervino el ingeniero.

—Hay una cosa más que debes hacer —dijo Ajit con voz lejana.

—¿Cuál?

—Hipo.

—¿Hipo?

—Sí, debes tener hipo mientras repites esas palabras. Solo así funciona el mantra. Por eso también han prohibido el hipo.

El vaso de vino de rododendro cayó de su mano y se hizo añicos contra la piedra.

Ajit cerró los ojos y cayó hacia atrás sobre la hierba blanda.

Desde la hilera de cipreses al borde de la colina, el bebé comenzó a llorar.

Rajat Chaudhuri es un novelista y cuentista indio. Es autor de las aclamadas obras Hotel Calcutta (2013), un ciclo de cuentos; El efecto mariposa (2018), la novela Amber Dusk (2007) y otros libros. También es columnista sobre temas medioambientals, crítico literario y reseñador de libros. Su ficción combina una narrativa persuasiva con experimentos de género, estructura y forma al tiempo que aborda temas como el cambio climático, la biotecnología, el urbanismo, y la ingeniería genética. Su ficción ha aparecido en el videojuego sobre cambio climático Survive the Century.

 

LA SEÑORA MARITÉ