sábado, 20 de junio de 2026

EL SILENCIO

Heiko H. Caimi

 

Al principio creía que el silencio era una habitación. Un lugar apartado donde refugiarme cuando las voces del mundo se parecían demasiado al zumbido de las moscas cuando rondan la carne muerta.

Después comprendí que el silencio es una divinidad, una sustancia invisible que precede toda palabra y sobrevive a todas las lenguas.

Dios mismo, cuando creó el mundo, tuvo que desgarrar una inmensa extensión de silencio para hacer nacer la luz.

Y ese fue el primer pecado.

Yo, en cambio, he elegido devolver la creación a su condición original. No hablo desde hace once años, tres meses y diecisiete días. Dejé de hacerlo una mañana de invierno, frente a una mujer que me preguntaba si quería azúcar en el café. Recuerdo el vapor que ascendía de la taza como el alma de un animal sacrificado. Recuerdo sus labios moviéndose sin descanso. Y, sobre todo, recuerdo el horror repentino: cada palabra que pronunciaba era una herida infligida al cuerpo del universo. Y no era diferente cuando hablaba cualquier otra persona.

Desde entonces he custodiado el silencio como otros custodian reliquias u hostias consagradas.

Al principio me tomaron por un excéntrico. Mi madre lloraba. Mi hermano se reía. Los médicos tomaban notas en hojas blancas, con esa caligrafía nerviosa que tienen los sacerdotes de la ciencia. Uno de ellos me mostró imágenes del cerebro. Dijo que el lenguaje es necesario para el equilibrio psíquico.

Pensé que la sangre también es necesaria para la supervivencia y, sin embargo, los santos aprendieron a desangrarse por amor a Dios. Además, Dios también es mudo: nos gobierna, pero no nos habla.

Comencé a vivir mediante gestos mínimos. Una inclinación de cabeza para agradecer. Dos dedos levantados para pedir agua. La mirada baja cuando alguien exigía una respuesta. Privado de mi voz, el mundo se volvió lentamente más distante. Y en esa distancia finalmente vi su verdadera naturaleza. Los hombres hablan porque tienen miedo. Hablan en los bares, en los autobuses, en los hospitales. Hablan durante los funerales, junto a las tumbas todavía abiertas, mientras la tierra espera al muerto con la paciencia de los antiguos rituales. Hablan incluso durante el amor, incapaces de soportar el maravilloso silencio de los cuerpos. Las palabras son anzuelos lanzados contra el vacío.

Yo, en cambio, he elegido habitar ese vacío. Cada día, sentado en mi habitación, escucho la respiración de las paredes. Las tuberías vibran como órganos sumergidos. Las vigas del techo gimen suavemente bajo el peso de la noche, con la solemnidad de los tubos de un órgano atravesados por un aliento invisible. Y el latido de mi sangre contra los tímpanos adquiere la cadencia grave de una liturgia celebrada en las profundidades del cuerpo. Incluso el polvo posee un sonido, una especie de lento crepitar cósmico.

El silencio no es ausencia. Es un continente inmenso que los hombres cubren con charlas por miedo a precipitarse en él. Con el paso de los años mi cuerpo ha cambiado. La voz, sin uso, se ha retirado a algún rincón del pecho como un animal herido. Cuando intento toser percibo un estertor cavernoso, como si perteneciera a otro ser enterrado dentro de mí. La propia lengua se ha vuelto pesada, inmóvil como una reliquia guardada tras un cristal. También he dejado de escribir. La escritura no es más que una forma más lenta de ruido. Ahora vivo rodeado de cuadernos vacíos. Los abro cada noche y contemplo sus páginas en blanco. Son las verdaderas escrituras sagradas: textos todavía inmunes a la contaminación del significado. A veces permanezco horas enteras frente a una hoja intacta. Me parece estar contemplando el rostro de Dios antes de la creación.

La gente del barrio ha comenzado a evitarme. Algunos niños me siguen por la calle haciéndose la señal de la cruz. Una mujer me llamó «el monje de la nada». No ha entendido nada.

La nada sigue siendo una palabra.

Yo sirvo a algo que viene antes.

Una noche soñé con una catedral inmensa construida enteramente de silencio. No había muros ni altares ni imágenes sagradas. Y, sin embargo, sentía su presencia cerniéndose sobre mí como una montaña. En el centro había una figura sin rostro. Comprendí de inmediato que era Dios. No hablaba. Ninguna revelación. Ningún mandamiento. Solo aquella presión absoluta e insoportable, semejante a los abismos marinos. Me desperté llorando.

Desde entonces sé que el Paraíso no estará hecho de coros angelicales. Esas son fantasías inventadas por los hombres para hacer soportable la eternidad. El verdadero Paraíso será un silencio tan vasto que borrará incluso el pensamiento de uno mismo.

De vez en cuando la tentación regresa. Ocurre sobre todo en los mercados, en los lugares concurridos, cuando el murmullo humano se convierte en un pantano que trepa por las piernas. Entonces siento nacer en mi garganta el deseo monstruoso de gritar. Una sola palabra bastaría para romperlo todo. Una blasfemia. El nombre de mi madre. Cualquier cosa. Sería como escupir dentro del tabernáculo. Resisto apretando los dientes hasta hacerlos sangrar. Porque he comprendido una verdad que los hombres rechazan desde hace milenios: el lenguaje no sirve para comunicar, sino para ocultar. Cada palabra añadida al mundo aleja las cosas de su esencia. Los árboles se asfixian bajo el nombre de «árbol». El mar queda encarcelado dentro de la palabra «mar». Incluso Dios, desde que los hombres lo nombran, se ha vuelto más pequeño. Yo intento liberarlo. Cuando muera, nadie conocerá mis últimas palabras. Eso me llena de alegría. Imagino al médico inclinado sobre mi cuerpo, a los familiares esperando una frase definitiva, una confesión, una señal. Y, sin embargo, encontrarán únicamente mi boca entreabierta, semejante a una puerta abierta sobre el desierto. Solo entonces comprenderán que mi silencio no era una renuncia, sino una plegaria.


Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

PANSPERMIA

Nenad Smiljkovic

 

En un mundo donde la vida y la conciencia son apenas una parte de un proceso mucho más antiguo y frío, extrañas entidades de apariencia humana visitan a mujeres y hombres estériles, otorgándoles fertilidad y la posibilidad de prolongar su linaje. Nadie conoce su origen, su propósito, ni es posible seguirles el rastro.

La esterilidad: cada época ha actualizado a su manera este fenómeno eterno entre los seres vivos. Ah, pero la esterilidad entre los humanos, esos conjuntos de células que han aprendido a pensar y hablar demasiado, liberados de depredadores concretos en la cadena alimentaria...

Los seres humanos buscaron las causas de la infertilidad en todo tipo de factores y la justificaron de mil maneras: promiscuidad excesiva, consumo de tabaco, alcohol, alcaloides pesados, predominio de genes recesivos defectuosos. La obesidad como causa de infertilidad era descartada por los delgados; los infértiles no fumadores desconfiaban de la teoría del humo de tabaco como agente espermicida. Los habitantes urbanos, infértiles y contaminados por sustancias repletas de metales y pesticidas, convencionalmente llamadas alimentos, observaban con incredulidad a los montañeses estériles criados en las regiones más puras del planeta. Veían la infertilidad como consecuencia de fallas de salud, como un fenómeno cosmopolita, una enfermedad, una maldición. Una pesada marca personal y social.

Pero apareció un hombre. Surgía de la nada; nadie conocía su origen, si es que un vagabundo puede tener uno. Establecía rápidamente relaciones, amistades y contactos sexuales con mujeres. Cazaba exclusivamente a las infértiles. Caminaba por las calles observando discretamente los edificios circundantes, con una mirada semejante a un aparato de rayos X o una cámara termográfica. A través de las paredes distinguía los ovarios disfuncionales de las mujeres estériles, los niveles anormalmente bajos de estrógeno y progesterona, el anhelo de dar a luz.

Antes frecuentaba bailes y carnavales; hoy, más bien bodas y fiestas rave. En los bosquecillos de regiones rurales remotas encontraba mujeres desesperadas y decepcionadas, al borde de perder la voluntad de vivir por no tener descendencia. Las ayudaba a encontrar ovejas perdidas del rebaño o cargaba un saco de harina hasta el molino junto al cual ellas se desplomaban agotadas; poco después también les concedía una familia. Intelectuales furiosas y seguras de sí mismas, eternamente despreciativas hacia los hombres y convencidas de que la culpa residía en toda semilla masculina y no en ellas mismas, sucumbían ante él en busca de la oportunidad de tener hijos. Llegó a embarazar a cuatro mujeres «al mismo tiempo», porque participaban juntas en una especie de ociosas orgías lésbicas interestatales de mujeres infértiles cuando él apareció. También alcanzaba a aquellas rodeadas y absorbidas por la transmisión genética de mascotas o hijos ajenos, convencidas de que una descendencia propia era completamente innecesaria; ellas también terminaban dando a luz, descubriendo un extraordinario talento para la maternidad. Respetaba, sin embargo, las decisiones firmes de las mujeres estériles que no deseaban tener hijos.

La descendencia no siempre se parecía a él, porque él mismo rara vez se parecía a sí mismo. Cambiaba de aspecto con el paso del tiempo; aparecía con otra fisonomía, se transformaba, combinando un gran carisma con un cuerpo atlético para alcanzar mental, hormonal o físicamente a mujeres estériles de determinados intereses y aspiraciones intelectuales. No prestaba atención a sus preferencias personales ni a lo que, según sus propios gustos, podía considerarse una mujer bella, atractiva o divertida; simplemente cumplía una misión. Las emociones y la atracción física eran herramientas para llevarla a cabo. Nunca envejecía ni moría; solo cambiaba. ¿Qué era? ¿Un demonio o una deidad? ¿Un organismo dotado de una vitalidad superior? ¿Un ser de vida extraordinariamente larga? ¿Un Matusalén? ¿Un extraterrestre? ¿La fuerza vital de antiguos mundos dormidos? ¿Una forma de supravida?

Todo había comenzado por culpa del agua mezclada con un meteorito extinguido, del tamaño de un balón de fútbol. Tenía mucha sed y la bebió hace varios millones de años, poco después de erguirse sobre dos piernas y de que los pulgares de sus manos se rebelaran contra la formación disciplinada de los demás dedos, modificando el atavismo reptiliano heredado de sus antepasados. Era un vertebrado alterado por los horrores invisibles de las fuerzas cósmicas. Había ingerido agua contaminada por secretos procedentes de rincones desconocidos del cosmos. Incorporó fragmentos de cuerpos astrales ignotos o residuos de materia oscura. Al menos eso es lo que mi mente alcanza a comprender, pues carece de capacidad para ir más allá.

Desde la perspectiva de una criatura pensante terrestre, era un vertebrado bípedo de apariencia humana poseído por algo ajeno, una combinación perfectamente integrada de material hereditario terrestre y leche astral, reactivos, enzimas, genomas, quién sabe qué.

Generaciones de inspectores, detectives, forenses, psicólogos y perfiladores no lograron seguirle el rastro, porque algunos de ellos llevaban inconscientemente sus genes; el material astral presente en ellos renunciaba a perseguir a su ancestro. Las mujeres que alguna vez habían sido infértiles y eran más generosas compartían su secreto con primas, amigas y conocidas que sufrían el mismo problema. Las egoístas querían reservarlo para sí mismas, pero él desaparecía. Lo buscaron inútilmente mediante electroforesis y otras pruebas de paternidad, avanzando cada vez más hacia métodos primitivos del pasado.

Él no criaba a sus hijos. Procreaba y desaparecía. Seguía adelante por otros bulevares llenos de edificios habitados por mujeres infértiles, por barrios de parejas incapaces de concebir, por bosques de brujas estériles, por campos y aldeas de campesinas sin descendencia, por ciudades y países. Lo atraía el olor de la infertilidad, la despreocupación de los adultos maduros sin hijos. Lo percibía a kilómetros de distancia, como un tiburón hambriento detecta sangre en el mar. Se ocultaba en el océano de relaciones sexuales humanas, útiles o inútiles, centenares de ellas en cada instante, dentro de esa maldición de la vida: prolongarse en el espacio y en el tiempo.

¿Qué inspector o forense podría descubrir algo así? El sexo perpetuo que lo rodeaba era su coartada constante. Nadie consiguió rastrearlo para reclamar pensiones alimenticias, aunque decenas de mujeres lo intentaron.

Su semilla revitalizaba el sistema reproductor marchito de una mujer estéril. Los óvulos muertos revivían y, allí donde ya no existían, introducía en el útero un espermatozoide especial con una envoltura adicional capaz de transformar una célula epitelial en un óvulo y fecundarla después. Por eso todas las mujeres embarazadas por él conservaban siempre el cincuenta por ciento de la herencia genética de sus hijos. Los niños se parecían a sus madres, y las madres los reconocían como propios tras superar el estricto examen de la vista, el olfato, el oído, el tacto y las hormonas maternas.

Sabía que aquello era necesario para las madres del grupo evolutivamente más reciente de mamíferos, porque él mismo era, en parte, un antiguo mamífero. Con la aparición del cigoto, el cuerpo decadente de la mujer estéril despertaba. Las hormonas se desataban, transformando aquel organismo adormecido en una feroz criatura prehistórica cuya única misión era sobrevivir y criar a sus hijos.

No sentía competencia por parte de otros machos, pues todos los posibles genes humanos estaban representados en él. Apenas conseguía atender a tantas mujeres. A las más desesperadas, aquellas al borde del suicidio, se les aparecía en sueños para pedirles paciencia. Algunas esperaron toda la vida.

Evitaba a quienes deseaban más hijos, porque ya no podía percibir en ellas el aroma de la infertilidad. Solo regresó unas pocas veces a lo largo de los milenios para repetir la concepción cuando una familia había sido destruida por guerras o epidemias. Entonces el olor volvía, y aquellas mujeres lo llamaban en sueños desde miles de kilómetros de distancia, pues la conexión ya había sido establecida.

Raramente engendraba gemelos. Incluso para él era un simple juego de probabilidades matemáticas dentro de un útero recién restaurado. El material estelar que habitaba en su interior le había enseñado que las madres humanas no poseían la capacidad reproductiva de los roedores, por lo que intervenía únicamente después de transcurrido aproximadamente un tercio de la esperanza de vida femenina, que fue aumentando a lo largo de los milenios.

Ignoraba a las menores de edad. Consideraba que un ser humano se liberaba completamente de la adolescencia solo después de los veinticinco años.

Era acosado por los homosexuales. No podía percibirlos mediante su peculiar sentido; simplemente se cruzaba con ellos por casualidad. Los evitaba con inteligencia y los ignoraba, porque no veía sentido en desperdiciar su semilla ni su tiempo. La homosexualidad se fundamentaba principalmente en las emociones, mientras que su misión consistía en expandir la vida, no el amor, entendido desde determinadas perspectivas antropocéntricas. Consideraba la homosexualidad una herramienta útil en regiones afectadas por una fuerte explosión demográfica. Él actuaba principalmente en territorios golpeados por el invierno demográfico, revitalizando antiguas civilizaciones consumidas por migraciones masivas, cambios climáticos y errores sociales y tecnológicos de origen humano.

También era bondadoso. Durante el coito, su órgano sexual analizaba los genes del hombre con quien la mujer estéril deseaba concebir con mayor frecuencia. Los replicaba y luego depositaba en el útero un conjunto genético capaz de hacer que el niño se pareciera a ese esposo, amante o novio habitual, dejando a la mujer en un estado de desconcierto semiconsciente. Su órgano reproductor era una antena que evaluaba y anticipaba posibles impulsos infanticidas o rechazos por parte del hombre encargado de criar al niño, en caso de que el recién nacido mostrara rasgos demasiado diferentes.

Poseía un origen parcialmente reptiliano y mamífero, además de genes heredados de aves caracterizadas por su dedicación al cuidado de las crías. Transmitía también esas cualidades protectoras, aunque él mismo se comportara como una fría hembra de víbora que deposita los huevos entre hojas podridas y continúa su camino. Sin embargo, en este caso aquellas hojas cálidas y fértiles eran madres humanas afectuosas.

Presentaba un defecto genético. Sufría ocasionales interferencias visuales, pérdida de saturación en los colores y perturbaciones provocadas por frecuencias cercanas al límite inferior de las radiaciones ionizantes. No era perfecto. El material astral procedente de regiones remotas del cosmos no era completamente compatible con los elementos y compuestos terrestres. Aun así, reparaba con extraordinaria eficacia los sistemas reproductivos dañados o atrofiados de las mujeres. Toda enfermedad de transmisión sexual presente en el organismo humano desaparecía después de una sola sesión reproductiva con una mujer madura e infértil que anhelara ser madre.

No tenía religión, ideología política, opiniones dogmáticas, sermones fanáticos, preferencias musicales, escritores favoritos, estilos de vestir, hábitos alimentarios ni vicios predilectos, aunque todo eso hubiera pasado a través de él durante las épocas. Según las investigaciones, parecía inclinarse por la dieta asociada al grupo sanguíneo B, de acuerdo con los testimonios posteriores de algunas mujeres fecundadas por él, aunque parte del equipo consideraba semejante hipótesis una completa tontería.

Había atravesado gran parte del Cenozoico, sustentado sobre profundas raíces heredadas del Mesozoico. No propagaba la vida por placer sexual, por ese postre de éxtasis que sigue al acto reproductivo y con el que las especies son recompensadas por perpetuarse. Había acumulado millones de orgasmos en la memoria de sus experiencias. Poseía conocimientos dignos de un alquimista supremo.

Simplemente caminaba y resolvía problemas de infertilidad, alimentado por la leche astral contenida en aquel asteroide caído. ¿Era eso la Providencia? No le preocupaba. Se limitaba a hacer aquello para lo que estaba capacitado. Creía que algún nivel superior de existencia astral se ocupaba de esas cuestiones. Él era apenas un soldado, un trabajador, un ejecutor biológico. Las más refinadas nanoestructuras del cosmos primordial presentes en su cuerpo de vertebrado cumplían las órdenes recibidas por esa entidad básica.

Caminaba absorbiendo, dentro de cierto radio, todas las impresiones emocionales de quienes lo rodeaban. Alegrías, felicidad, sufrimiento, dolor, orgasmos ajenos; filtraba todo aquello y concentraba su atención en los «tormentos de la infertilidad».

¿Cómo lo hacía?

Utilizaba una forma de comunicación basada en el nitrógeno, incomprensible para los seres humanos. Cuatro quintas partes del aire están compuestas por nitrógeno, y aproximadamente una trigésima parte del cuerpo humano también lo contiene. Así era como se comunicaba con las mujeres en sueños.

Utilizaba nitrógeno.

Mujeres sabias, brujas, científicas, maridos celosos y toda clase de hombres persiguieron durante siglos su identidad al advertir el inexplicable aumento de embarazos dentro de poblaciones oficialmente registradas como infértiles. Robaban muestras degradadas de su semen, seguían su rastro mediante leyendas, testimonios verbales, documentos escritos, videntes y adivinas; más tarde recurrieron a cámaras de vigilancia y análisis genéticos de su ADN perfectamente camuflado. Siempre terminaban confundidos.

Siempre estaba varios pasos por delante.

Una vez incluso lograron arrestarlo. Le dispararon y lo hirieron. Se preparaban para abrirlo con bisturíes, analizar sus tejidos con reactivos y buscar sus secretos bajo los objetivos de poderosos microscopios.

Desapareció.

Curado.

Las cámaras registraron todo lo ocurrido en la habitación, pero él simplemente dejó de estar allí. Nadie supo cómo. Del mismo modo que manipulaba células infértiles, también dominaba la conciencia humana, reflejo de esas mismas células. Después de todo, incluso aquella tecnología electrónica había sido concebida por individuos portadores de sus genes.

La descendencia de su estirpe difería de la producida por parejas humanas ordinarias. Tendía a una mayor armonía con la naturaleza y con el cosmos. Gracias a su semilla surgían arquitectos, jueces, deportistas, naturalistas, artistas de todas las disciplinas, agricultores, ministros, ascetas, filósofos, educadores, sacerdotes, estudiantes disidentes, revolucionarios, marginados sociales, magos y brujas, teósofos, alquimistas, criminales de múltiples talentos, entusiastas y altruistas.

Todos ellos difundían pequeñas porciones de conocimiento y sabiduría estelar entre una humanidad torpe y tambaleante, intentando restablecer el equilibrio con la naturaleza, única garantía de supervivencia.

Muchos fueron asesinados o encarcelados, porque esa misma humanidad prefería revolcarse en la inercia del egoísmo, la inmovilidad y la decadencia estereotipada, temiendo cualquier cambio.

Algunos miembros de su linaje tuvieron éxito y fundaron sociedades herméticas y conglomerados secretos donde el conocimiento era transmitido de forma clandestina mediante libros olvidados y prohibidos.

¿Por qué hacía todo aquello? Porque tenía un propósito: propagar la vida.

Panspermia.

Era una llave errante que encontraba y abría las cerraduras atascadas de este mundo. ¿Quién le había otorgado esa misión? La leche astral procedente del asteroide caído.

Su mente terrestre visualizaba a su Creador como algo vagamente semejante a Azathoth, la deidad ficticia –o quizá real– del caos. El soberano del caos primordial, anterior a las primeras estrellas, cuya existencia la humanidad ni siquiera sospecha. Para cualquier escritor de horror sería una entidad irresistible, una fuente inagotable de espanto. Sin embargo, no existe combinación posible de palabras o frases que su mente no hubiera procesado a lo largo de miles de años. Incluso había engendrado, de cuando en cuando, virtuosos del lenguaje capaces de acercarse a tales conceptos, otorgándoles fama o conduciéndolos a la hoguera si nacían en épocas oscuras.

¿Tenía buenas intenciones al conceder descendencia a mujeres cuyo tiempo reproductivo estaba a punto de agotarse? Yo no lo creo. Yo, que escribo estas líneas. Yo, una de las detectives que conoció de cerca su magistral fuga después del arresto. Aunque a primera vista parezca altruismo, se trata de una simbiosis pura. Él ofrece una familia; ellas aportan descendencia dotada de propiedades astrales y características perfectamente humanas, sin deseos de huir a otros mundos ni de transmitir información a una flota oculta detrás de algún planeta remoto.

Hemos escuchado, leído, escrito, dibujado, observado y soñado demasiado acerca de invasiones extraterrestres maliciosas. Pero esto no era una invasión. Era una simbiosis. No un parasitismo. No una depredación.

Las formas de vida procedentes de distintos rincones del cosmos deseaban conocerse y combinarse. Una descendencia viable era la prueba de que esa integración funcionaba. Respetaba el terreno reproductivo de los hombres terrestres, interviniendo únicamente allí donde ellos eran impotentes para hacerlo, sembrando de ese modo embajadores astrales.

Según cierta lógica, la Tierra es también una especie de cuerpo astral, una micropartícula del Big Bang, ese pedo primordial de Azathoth a partir del cual todo cobró forma gracias a la astronomía, la astrofísica, las hipótesis, el «astro-algo», tal y como uno podría intentar comprenderlo.

Sí, la Tierra es un cuerpo astral.

Y él simplemente reconciliaba el aislamiento terrestre con el resto del cosmos. Nos habíamos aislado demasiado. Nos habíamos convertido en alienígenas para el propio universo. Comprendí eso porque yo misma llevo semilla estelar en mis tejidos. Mi madre sufrió enormemente antes de darme a luz, en un edificio que alguna vez estuvo lleno de mujeres estériles y que Él visitó.

Por supuesto, abandoné la búsqueda de mi padre astral. Fui yo quien lo ayudó a escapar de prisión. El nitrógeno me habló en sueños. Me dijo que no levantara la mano contra mi propia sangre. Y así lo ayudé. Estoy convencida de que, durante aquella fuga imposible, ni siquiera utilizó el diez por ciento de su capacidad mental.

 

Al mismo tiempo, entre los seres humanos caminaba una mujer.

Y todavía camina. Ella caza hombres estériles. Su labor es más prolongada, porque permanece junto a la familia mientras debe alimentar a la descendencia con su leche sagrada, hasta que aparecen los dientes capaces de masticar alimento sólido. Entonces desaparece. Deja atrás a un hombre radiante de felicidad por haber formado una familia y sale en busca del siguiente. Transformada. Con otra apariencia física. Con otra personalidad. Con otro cuerpo. Y así, aproximadamente cada dos años.

Ella también bebió aquella antigua agua mezclada con los condimentos astrales del asteroide caído...

Nenad Smiljković (nacido el 23 de junio de 1983 en Skopje) es un escritor serbio de terror y ficción especulativa. Es licenciado en Biología por la Universidad de Niš y trabaja como profesor de biología en el sur de Serbia. Su obra fusiona escenarios rurales, folclore y terror cósmico-biológico, creando una voz singular arraigada en la atmósfera, la herencia cultural y la transformación humana. Sus relatos exploran la frontera entre la naturaleza, la historia y fuerzas que escapan a la comprensión humana, donde el horror surge como una consecuencia lógica del mundo, más que como una intrusión repentina. Su obra también ha aparecido en revistas y antologías como Diskurs (Croacia), Athanatik (Montenegro) y la serie de antologías Iza Uma (Más allá de la mente) de Croacia. Vive, trabaja, lee y escribe cerca de Vranje, en el sur de Serbia. Es padre de tres hijos. 

Blog del autor: https://priceizabiti.blogspot.com/?m=1

 

LA CIGUAPA

Rafael Martínez Liriano

 

A finales del siglo XIX, un rico comerciante inglés de apellido Rooney se estableció junto con su familia en lo profundo de la sierra de Bahoruco. Su intención era explotar los vastos recursos de aquel territorio aún sin explorar. Sin embargo, el inglés fue advertido por los lugareños de la presencia de la ciguapa, un ser sobrenatural con forma de una bella mujer de cabello negro azabache, que corría libre en lo profundo de la selva, manteniendo alejado a todo aquel cuyas intenciones no estuvieran en armonía con el bosque y sus habitantes. Aquella historia, por supuesto, no amedrentó al altivo inglés, que como hombre proveniente de un mundo civilizado no prestó especial atención a aquella leyenda local. 

Sucedió que, a pesar de las promesas de un pago más alto de lo establecido, nadie quería aventurarse en lo profundo de la selva por temor a la ciguapa. No sirvieron los ruegos, ni siquiera las amenazas. Mister Rooney estaba furioso con sus empleados, que por cuentos baratos ponían en peligro no solo su futuro sino también el de toda su familia. Cansado de que sus planes fueran afectados por la ignorancia de sus hombres, el inglés se decidió a terminar con la leyenda de una vez. Avisando que cazaría a la ciguapa, se internó solo en lo profundo del bosque. 

Como experto cazador, no se extrañó de estar rodeado por la naturaleza. Aunque no creía en las historias de los aldeanos, decidió preparar una trampa por si acaso algún ser inteligente moraba en medio de aquel bosque. Lo primero que hizo fue despojarse de todas sus armas, excepto por un pequeño cuchillo que escondió en su entrepierna. En segundo lugar, se propinó a sí mismo varias heridas –ninguna de gravedad, por supuesto– para aparentar ser un pobre hombre perseguido que no había tenido otra opción que internarse en el bosque huyendo de sus captores. Mister Rooney apelaría a la bondad de aquellos seres para derrotarlos. 

 Pasó varios días vagando noche y día en aquel bosque de ramajes espesos y una fronda que podía resultar asfixiante. Dolorido y hambriento, comía las pocas frutas que estaban a su alcance. Al octavo día, su voluntad se quebró y solo deseó volver al calor y la comodidad de su hogar, junto a su familia. Listo para emprender el camino de vuelta, el crujir de las hojas secas lo detuvo. 

 Repentinamente notó la presencia de una mujer parada a su lado: joven, de estatura media, cubierta por una frondosa cabellera negra. En silencio, extendió sus manos ofreciéndole unos mangos. El hambriento inglés comió la fruta con voracidad ante la mirada complacida de la criatura. Mientras comía, observó atento cualquier descuido de la mujer. En un instante, la tomó por la muñeca y, con rápido movimiento, le cortó la garganta. 

 La muchacha se revolcó por el suelo del bosque mientras su sangre abonaba la tierra. Mister Rooney esperó hasta estar seguro de que estaba muerta. Al levantar el cuerpo, notó que aquella mujer tenía los tobillos dislocados y puestos al revés. Orgulloso por su hazaña, el inglés cargó el cuerpo de la ciguapa hasta el centro del pueblo y lo exhibió como un trofeo. 

El terror se propagó por el pueblo como el fuego en una pradera seca. Todos corrieron a esconderse, temiendo las desgracias que estaban por suceder. Rooney, por su parte, regresó a casa con su familia, presto a celebrar lo que él creía una victoria. Sin embargo, esa noche la selva se encargó de demostrarle lo equivocado que estaba. 

 Desde el anochecer, el ambiente se tornó pesado y asfixiante. Un rumor de bestias desatadas –invisibles, pero presentes– llegaba desde los alrededores de la casa, mientras el desasosiego y la angustia se apoderaban de los miembros de la residencia Rooney. La señora Rooney y los pocos sirvientes que no habían abandonado la casa elevaban plegarias suplicando protección, al tiempo que los niños, bajo las camas, lloraban muertos de miedo. Mister Rooney, entre tanto, trataba de mantener la calma. Sabía que, por más cosas extrañas que sucedieran afuera, estarían seguros dentro de la casa. Ordenó a los sirvientes que buscaran armas y protegieran las puertas. 

De pronto, el sonido de un cristal explotando en mil pedazos detuvo los corazones de todos por un segundo. Después, un grito infantil hizo sentir miedo, por fin, al estoico señor Rooney. Al llegar a la habitación de sus hijos, sus ojos buscaron entre los niños que lloraban desconsolados. Buscó a la pequeña Margaret –siete años–, pero no la halló. En su lugar, solo encontró una habitación con dos niños llorando, señalando con su mirada una ventana rota. Al otro lado, solo había un pozo de infinita oscuridad, listo para tragarse a su próxima víctima. 

Dejando de lado cualquier precaución o temor a lo desconocido, Rooney se lanzó selva adentro, gritando el nombre de Margaret a todo pulmón. Buscó inútilmente por días, sin hallar siquiera rastro de la niña. 

—Una vida por otra —murmuraban en el pueblo, tratando de explicar la desaparición—. La selva se cobró aquello que le había sido arrebatado. 

Rooney perdió a su hija aquella noche. Después, perdió al resto de su familia, que, aterrados por lo sucedido, decidieron regresar a Inglaterra. 

Rooney, ahora, es un fantasma. Solo la sombra del altivo hombre de mundo que llegó a los montes de Quisqueya dispuesto a imponer su voluntad sobre el misticismo y la naturaleza. Hoy es solo un ermitaño que vive en una casucha y que, de vez en cuando, se interna en el bosque en busca de un fantasma: una ciguapa de cabellos dorados que corre por la espesura, dejándose ver de vez en cuando por algún desdichado que ha perdido el camino.

Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

viernes, 19 de junio de 2026

EL NACIDO

Jorge Claudio Morhain


Por ahí pasa el Riachuelo. Ah, claro, usted no sabe qué es el Riachuelo. Es un riacho podrido que rodea a Buenos Aires. Separa a los buenos de los malos. A los limpios de los sucios. Tiene una baranda, tiene... Baranda dije, olor. Olor, dije. Bueno, ahí, en el borde, pero en el mismo borde del Riachuelo, hicimos la villa. No había donde meterse, y ese terreno estaba libre, con pastito, lindo, usted viera. Deben ser como veinte metros, entre el alambrado de una empresa pública y el agua, en Avellaneda pero del lado de la capital, al lado de dos puentes, uno viejo para autos y uno más viejo pero más grande, para los trenes, allá arriba. La villa se hizo en dos patadas. Se vino mucha gente. Después cuidamos que no entren más, porque ya no había dónde ponerse. Son como el olor. Se meten por todos lados.

   Está bien, está bien, no le estoy contando la historia de la villa. Le estoy contando la historia del Nacido que apareció del Riachuelo. Ah, ¿no le dije que apareció del Riachuelo?

   El asunto es que a la Dora, la que "trabaja" en la villa, se le perdió un crío, la Marcelita. Ella, claro, no puede cuidarlos bien porque no solamente recibe a la gente de la villa sino que aparecen tipos de quién sabe dónde. No les importa el olor, se meten en la casilla, en la pieza de la Dora que de veras está linda y limpita y siempre calentita. Ella no puede salir a cada momento a ver sus guachitos. Así que se le perdió la Marcelita, que gateaba siempre para el lado del agua. Todos hicimos cuenta que se la llevó el río. Anduvimos removiendo un poco el líquido espeso como aceite, pero qué íbamos a encontrar, si uno se cae ahí y te comen los ácidos, te comen.

   Pero no, qué denuncia. Nadie va a denunciar nada, en la villa. Si uno asoma seguro que va en cariñoso. No entiende. Que va en canasta. Que va en cana. Que va preso. ¿De qué país viene usted? Así que nos quedamos en el molde. Se perdió, y chau. Fue. La Dora no iba a patalear mucho porque era una boca menos, y, como todos los otros, vino al mundo culpa de algún forro pinchado. Hay que ver lo que es el olor. Uno se acostumbra, tanto que cuando anda donde no hay ese olor es como que no se halla, se siente raro. Huele como a chocolate espeso.

   ¿Qué tiene que ver el olor? No, es que me acordaba del olor de esa nochecita de fin de otoño. No sé si fue dos meses después, o seis, o un año. Me acuerdo, sí, que salí de la casilla que compartimos el Tiro, Martínez y yo. A echar un meo. Es que me gusta ver cuando el chorro pega en el agua oscura y se arruga como una seda, en redondeles. Me acuerdo que esa noche estaba rara, como quieta, los ruidos de la avenida venían como lejos, no pasaba casi nadie por Luján, no había viento. El Riachuelo se ponía tan lisito que daban ganas de mandarse una picada. La onda se agrandaba y se agrandaba bajo mi pishada, y de repente me di cuenta de que era demasiado grande, que era mucho más grande de lo que debiera ser, y entonces desvié el chorro hacia el pasto y comprendí que algo estaba saliendo del Riachuelo. Enseguida, no sé por qué pensé en la Marcelita. Eso salió del agua, yo lo vi, yo estaba allí. Era como un muñeco hecho con lanas empetroladas, sin forma. Yo lo vi. Y enseguida de verlo corrí a la casilla y llamé a los otros mamados, y entre cargada y cargada vinieron a ver la cosa salida del Riachuelo. Me llamaron loco, drogado, Fabio Zerpa, cualquier cosa. Máxime cuando al borde del Riachuelo solamente había una mancha de agua podrida oliendo como a chocolate recalentado. Ni rastros del Nacido. Pero yo lo vi. Qué cosa, desde esa noche cómo cambiaron las cosas para nosotros. Siendo cuatro la casilla quedaba chica. Así que Martínez se fue porque no aguantaba el olor a podrido, dijo. Nos quedamos con el Tiro. Los primeros días fue un escándalo, porque dijeron los chabones que había mal olor. Uno, no sé, creo que fue Martínez, contó de la noche y la meada, y de repente se apareció la Dora, más linda que nunca con sus ojos llorados y su minifalda. Yo le dije "qué buscás". "Mi hija", dijo. Yo le dije "estás mamada", y ella quiso hacerme a un lado. "¿Qué querés a cambio?", me dijo, y yo le miré las tetas. "Está bien", dijo, y me hizo a un lado. ¿Sabe que hasta vomitando es linda la Dora? Vomitó por toda la pieza, y por un rato el olor a vino superó el olor del Nacido y el del mismo Riachuelo. Y salió diciendo que estaba loco y que no era su hija, y que tenía un bicho. Y algunos vecinos quisieron hacer lío, pero el Tiro se plantó en la puerta y dijo: "¿Qué? ¡Manden la cana si quieren algo, qué!"

   Y todos se fueron a su casa.

   Pero vino la cana en serio, no sé si alguno nos tenía tanta rabia o qué, y revisó la casilla y encontró la mancha de agua del Riachuelo con olor a chocolate rancio, y se fueron frunciendo la jeta de asco. El Nacido se había corrido hasta el agua.

   Cuando se fueron los canas vinieron a los pocos días los otros, los de corbata, a querer comprar lo que había. Dijeron que habían hecho un experimento con genética, que no sé si será tan puta como la Dora, pero parecía que sí, porque dijeron que habían mezclado a varios tipos para que pariera una cosa, y que se les había ido por el desagüe y que era de ellos. ¿Cómo qué cosa? ¿De qué estamos hablando? Del Nacido. Nosotros nos negamos a dejarlos entrar, pero parece que por ahí uno se mandó por una tabla floja y se encontró con el Nacido en la cama. De repente alguien me hace a un lado, viniendo de adentro. Y era el fulano, blanco como esa hoja en la que usted escribe. "No es", dijo. Y se fueron. Y los últimos que vinieron fueron los de la tele, pero a esos les hicimos creer que había una manifestación pidiendo trabajo, y se mandaron flor de nota, y nos tiraron unos pesos. Después no pasó nada. Pasó el tiempo, eso pasó. El Nacido se fue criando, nos queríamos mucho los tres. No había egoísmos entre nosotros. El Tiro y yo queríamos al Nacido de igual a igual. Lo demás lo sabe, don. ¿Ah, no lo sabe? Bueno, hace unas cuantas noches aparecieron unos tipos en lancha. Unas lanchas negras, silenciosas. Los tipos vestían de negro. Hablaban bajito, pero creo que en inglés. Cuando quisimos acordar los tuvimos adentro. Entonces el Tiro se volvió una fiera. Sacó el bufoso y empezó a los chumbos, a dos manos (porque tenía dos bufosos) y parece que los tipos no se la esperaban, porque mientras preparaban tremendas ametralladoras nos fuimos. Nos fuimos a la mierda. Nunca más. Le juro que extraño aquel olor a chocolate podrido. Pero cuando pienso en la sangre del Tiro desparramada por todos lados me viene una cosa... Nos vinimos para acá. Acá es más fácil. Plantamos alguna cosita. Hago changas.

   Ahora sí, ya sabe todo. Yo decía que usted tenía que saber esta última parte porque los tipos que mataron al Tiro eran parecidos a usted, así, grandotes, ojos azules. ¿El Nacido? Ah, no al Nacido nunca lo va a ver. Se volvió al río. Le gustaba la mugre. Sobre todo después que se rompió. Sí, se rompió, se rajó, como una bolsa de trigo demasiado llena, y solito se arrastró al Riachuelo. Seguro que era Marcelita, yo siempre digo. Seguro la agarró esa agua con todas esas cosas de la puta Genética y la cambió toda. ¿No? Eso es lo que digo. Yo, digo, pero yo no sé nada.

   ¿Quién? ¿Mi mujer? No, ella no va a hablar. Deme los dólares, ella no sabe nada. Oiga, deme la guita, que yo ya hablé. Ella vino después, está bien que sea linda como un ángel, blanca como una paloma, dulce como un bombón, un sueño, una dulzura. Está bien que les guste a todos, que todos quieran tenerla y cuidarla. Yo también. Pero es mi mujer, y no sabe nada. ¿Qué experimento ni qué ocho cuartos? Ella es una mujer, ¿me entiende? ¡Una m-u-j-e-r! Marcela...

   Deme la guita o armo un escándalo. Eso es. Oiga, no se arrime más por el rancho, ¿eh? Ella es mi mujer, no la puta Dora, ¿eh? ¿Me entendió?


Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

 

 

HUELLAS EN LA PIEL

Nebojša Petković


 —¿Tienes hambre, Septum?

No hubo respuesta. El anciano se había vuelto a quedar dormido. Mejor así, pensó, y alargó la mano hacia los restos de carne.

Cuando se eliminan las partes podridas de una rata del desierto y se le extraen las vísceras... bueno, por muy grandes que sean esos animales en aquellas regiones, no queda gran cosa. En cualquier caso, no lo suficiente para dos viajeros.

Mientras mastica los trozos fibrosos arrancados de la brocheta, fingiendo que tienen mejor sabor del que realmente poseen, contempla las estrellas.

El cielo está abarrotado de luces.

La visión sería mágica si aquella bóveda no cubriera esta tierra reseca que le maltrata las posaderas. Un poco más. Es la cuadragésima séptima noche y mañana verá el Último Puerto. Y entonces... Entonces ya veremos. O como era aquello... Mañana se preocupará por sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal. Aunque no está seguro de Septum. El viejo no muestra señales de enfermedad, pero está muy lejos de ser alguien joven. Tarik teme que le queden días de vida. Por supuesto, eso no lo detendrá. Nada lo detendrá para abandonar aquel planeta maldito, y menos aún un anciano con el que se había cruzado por casualidad y al que aceptó de mala gana como compañero de viaje.

Ugvadul es un mundo muerto. Y, para ser sinceros, ya lo estaba antes de la enfermedad. Los pueblos que viven en los desiertos siempre están medio muertos. Donde escasea el agua, donde el sol quema la piel durante el día y los vientos la azotan por la noche, donde las ciudades están hechas de la misma arena y no se distingue un edificio de una duna... incluso las personas parecen hechas de arena: masas grises, porosas y arrugadas. Allí la muerte es una costumbre. Ahora todo ha terminado por fin. El Viento Negro está exterminando incluso a los animales malditos.

Se ríe en desafío al silencio, sin temor a que el sonido de su garganta despierte a Septum. Probablemente nada lo despertaría ya. La gente siempre está dispuesta a ser creativa. Sobre todo cuando se trata de inventar nombres.

La enfermedad no tenía nada que ver con el viento; quizá con el color negro durante sus primeras fases. Una vez se lo preguntó a un colega del instituto: si el nombre se debía a la velocidad con la que se propagaba.

—No. Simplemente les sonó bien... para los anales. Los anales permanecen. Las personas no.

Su estómago protesta. Está seguro de haber eliminado las partes infectadas del animal, pero aquella criatura ya era repugnante de por sí. Será mejor dormir antes de vomitar. No conviene emprender la marcha con el estómago vacío. Mañana aún le esperan varios ashares hasta el puerto, y eso significa una larga caminata por la arena. Se despide de las estrellas, entra en el vivac y cierra los ojos.

 

Despierta con el sol.

La lona de la tienda se agita sobre su cabeza y un hedor le invade las fosas nasales.

—¡Septum! ¡Septum!

Se incorpora sobre las rodillas y se arrastra hasta el anciano. Lo sacude. Está frío como una noche ya extinguida. Y rígido. Siente alivio. Habría sido más difícil con él si hubiera decidido seguir viviendo un poco más. Ni siquiera va a enterrarlo. La arena se encargará de eso. No siente remordimientos. La muerte se ha vuelto tan común en los últimos meses que resultaría impropio sentir algo distinto de indiferencia. Sobre todo porque parece que Septum murió de viejo. Mucho mejor que todos los demás. Solo tiene que completar su rutina matinal y ponerse en marcha. Cuando termina, puede tirar el pequeño frasco. Está vacío. Y eso tampoco importa. Ya no volverá a necesitarlo.

Exactamente siete ashares después del lugar donde dejó el cadáver de su compañero ocasional, el Último Puerto emerge del desierto. El cosmódromo parece irreal en aquel paisaje arenoso, aunque resulta bastante ordinario comparado con los grandes puertos galácticos. Comparado con alguno de aquellos en los que espera aterrizar algún día, una vez abandone el muerto Ugvadul.

 

—Señor Tarik Erej.

El oficial examina su credencial a través del visor de su traje protector.

—Investigador principal del Instituto de Biogenética de Ugvadul.

Lo observa con desconfianza, percibiendo la diferencia entre la fotografía y el hombre que tiene delante.

Más de mil ashares vagando por aquel mundo podían hacer eso con una persona.

—No esperábamos encontrar a nadie más con vida, y mucho menos a alguien de su... —Tarik se encoge de hombros—. Comprenderá que debemos realizar algunas pruebas antes de admitirlo.

—Por supuesto.

Lo conducen a través de una zona cercada hasta unas cápsulas metálicas achaparradas. Sobre él vuelan varios helicópteros; dos naves medianas esperan en la pista. Un poco más lejos, dentro de jaulas de contención, queman lo que queda de los infectados. El hedor asciende al cielo junto con el humo cargado de hollín.

Durante la siguiente hora le extraen sangre, le retiran capas epidérmicas de brazos y piernas, lo someten a chorros de agua hirviendo y lo frotan con cepillos ásperos.

No es agradable, pero ya conoce el procedimiento. Al final le entregan ropa limpia y hasta él mismo se ve diferente. El oficial de la puerta vuelve a acercarse. Sin la escafandra parece menos amenazador.

—Partiremos dentro de dos horas. Tendrá una cabina separada en nuestra nave. Sé que está cansado, señor Erej, pero me muero de ganas de escuchar su historia. Espero que nos honre contándola durante la cena en el salón principal.

—Por supuesto, señor...

—Egler. Abadar Egler. Capitán colonial de la corporación Vinet.

—Encantado.

Se estrechan las manos. Ya no hay temor. Las pruebas han dado negativo. Vuelve a ser un hombre.

 

La cabina es agradable, aunque no lujosa. Como la nave, en realidad. Cuando pensaba en este momento siempre imaginaba un gran transbordador de pasajeros lleno de gente. Era una fantasía absurda, por supuesto. Difícilmente una nave semejante habría cubierto jamás la ruta entre el espacio y Ugvadul. Aquel planeta era el apéndice inútil de la galaxia y precisamente por eso era un lugar excelente para las investigaciones que realizaba su instituto. El problema era que Tarik nunca había comprendido la verdadera magnitud de aquellas investigaciones.

No importa el tamaño de la nave ni que transporte únicamente personal militar. Incluso unos pocos serán suficientes. No quiere dormir y desperdiciar el tiempo. Aprovecha las horas previas a la cena para bañarse de nuevo, esta vez disfrutándolo, pasear por la nave y conocer a tanta gente como pueda. Cuando termina vuelve a quedarse solo. Abre la caja con sus pertenencias personales, confiscadas y luego devueltas. Saca una fotografía. En ella aparecen una mujer y un niño de cinco años. La besa y la coloca sobre el armario bajo el espejo. Su mirada pasa de la imagen, involuntariamente, a su propio reflejo. Ve algo cerca del cuello de la túnica. La levanta. Las primeras marcas están allí. Aparecen como pequeños hematomas oscuros aislados que, en la siguiente fase, se unirán formando manchas mayores. Muy pronto esas zonas comenzarán a pudrirse y la piel ennegrecida se abrirá en heridas. En las próximas cuarenta y ocho horas. Sonríe. No a sí mismo. A la mujer y al niño.

—Cobraré la deuda, mis amores.

No existe cura. El doctor Tarik Erej solo consiguió desarrollar un suero capaz de ralentizar la enfermedad y eliminar los rastros en la sangre durante sus primeras etapas. Ya era un milagro que hubiera durado tanto. Por suerte, funcionó.

Quería llegar hasta la nave de la corporación para la que había trabajado con dedicación durante los últimos tres años, creyendo que hacía el bien. Por eso trasladó a su familia a Ugvadul, pese al desierto, la pobreza y la rudeza de la población local. Creía que estaba haciendo algo bueno para toda la galaxia. Aquello en lo que trabajaba acabó matando a casi todos los habitantes del planeta. Y finalmente también a su familia.

El Viento Negro –un virus sintético– resultó tan peligroso que Vinet lo declaró antieconómico. Era tan contagioso que ni siquiera servía como arma militar. Pues ahora sí tendrá utilidad... Y completamente gratis. No solo se lo había regalado a los oficiales y soldados de Vinet. Esperaba habérselo regalado también a sus familias, a sus compatriotas...

Quizá incluso a toda la galaxia.

Nebojša Petković nació el 15 de noviembre de 1975 en Belgrado. Se graduó en la Facultad de Arquitectura y ejerce profesionalmente como arquitecto. Vive y trabaja en Belgrado. La escritura es una afición y una pasión que practica desde hace mucho tiempo, aunque dio un paso importante en ese ámbito recién con la publicación de su primera novela en 2014. Desde entonces ha publicado un total de seis novelas: Potraga (2014), Rat (2015), Izdaja (2016), Čudnovati događaji u Novogodišnjoj noći (2018), Čuvar grada (2022) y Sone strane (2024). Además de sus novelas, ha publicado varios relatos de terror, fantasía folclórica y fantasía épica.

 

LA FRÍA VERDAD QUE HACE RECHINAR LOS DIENTES

Ovidiu Vitan

 

TOMOROVEANU AURELIAN ION

CORREDOR DE SEGUROS

EVALUADOR DE RIESGOS

SEGUROS DE VIDA, SECUESTRO Y RCA

 

El hombre sentado detrás del escritorio coincidía con la imagen que Roman Popovici se había formado de él al leer el cartel sobre la puerta. Un caballero que acababa de superar los sesenta años, con una experiencia de vida que hacía difícil engañarlo, ojos atentos y una sonrisa profesional y cordial.

—Así que ha expresado su deseo de realizar una evaluación de riesgos y contratar un seguro —dijo el abogado, observando los documentos frente a él—. Me alegra que sea precavido; la gente todavía no se toma en serio el problema de las abducciones. Dicen que Bucarest no es Palermo.

—Me sorprende, considerando la cantidad de casos que han ocurrido últimamente —convino el joven—. Mi esposa y yo, sin embargo, nos tomamos este asunto muy en serio.

—Y hacen bien —asintió Tomoroveanu mientras continuaba tecleando con dos dedos en su computadora portátil—. Pero para la evaluación de riesgos necesitaré algunas respuestas a preguntas estándar —continuó—. ¿Está preparado?

El abogado bombardeó al joven con preguntas tales como cuántas personas vivían en el edificio donde residía, si tenía antecedentes psiquiátricos, si solía ir solo a lugares desiertos y cuáles eran estos: a) callejones, b) cuevas no abiertas al turismo, etcétera.

Diez minutos después, Tomoroveanu, estudiando la pantalla con una expresión concentrada como si quisiera justificar sus honorarios, decretó:

—Tiene una puntuación de 0,49, lo que significa un riesgo medio de ser abducido por extraterrestres. Califica para la póliza estándar, que cubre asistencia psicológica, investigaciones médicas y extracción de cuerpos extraños del organismo. Solo una aclaración: existe una cláusula que establece que la indemnización no será reconocida si el asegurado ya ha sido abducido anteriormente.

—No es el caso —sonrió Popovici.

—Entonces pediré a la secretaria que inicie de inmediato los trámites y podrá recoger la póliza mañana.

—Gracias. Ah, por cierto, tengo una curiosidad. Usted sabe más de estos temas y me preguntaba cuánto tiempo tiene una persona abducida desde que despierta en la nave hasta que empiezan a cortarla, abrirla, doblarla en posiciones imposibles o hacerle cualquier otra de las cosas horribles que esos seres les hacen.

El abogado lo observó con cierta sorpresa.

—No recuerdo que nadie haya mencionado explícitamente un intervalo —respondió tras una breve pausa—. Sin embargo, por los testimonios de las personas, estimaría que al menos quince minutos, quizá un poco más. ¿Por qué lo pregunta?

—Simple curiosidad —dijo Popovici, levantándose y tendiéndole la mano.

 

Aquella misma noche, Claudia, la esposa de Popovici, se aplicaba una fina capa de crema hidratante en la frente sentada ante el espejo del dormitorio. Roman leía las noticias en su teléfono. Una de ellas le llamó especialmente la atención:

«Una pareja afirma haber sido abducida por un OVNI en la cima de una montaña. Es el quincuagésimo quinto caso de abducción en zonas despobladas este año en Rumania, afirman los especialistas.»

—Cariño —dijo—. Hoy hice algo estupendo.

La mujer lo miró unos segundos, sin decir nada.

—¿Te levantaste del sofá?

—Sí, muy graciosa. Fui al abogado y contraté un seguro contra abducciones para los dos.

Claudia dejó de aplicarse la crema, aunque sin mirarlo.

—Llevo un año insistiendo para que lo hagas, así que supongo que también tenías otro motivo.

—Exacto. No fui solo por el seguro. También le saqué información porque quería saber cuánto tiempo tiene una persona abducida desde que despierta en la nave hasta que comienzan a experimentar con ella.

—Una curiosidad que la humanidad arrastra desde hace demasiado tiempo —suspiró Claudia.

—Te burlas, pero tengo un plan audaz que puede darnos una situación mucho mejor. ¿Recuerdas aquel curso de entrenador sobre técnicas fisiológicas no convencionales al que asistí el año pasado...?

—A pesar de todos mis sinceros esfuerzos por impedirlo.

—Pues bien, ese curso me preparó para la eventualidad de ser abducido. Primero me enseñó cómo recordar cosas que los extraterrestres borrarían de mi mente. Después me mostró cómo alterar mi presión sanguínea, mi respiración y mis ondas cerebrales. Primero tres veces, luego una, luego cuatro veces. Cualquier ser inteligente entendería el número pi.

—No si pensaran en binario o quizá en sexagesimal —observó ella deliberadamente.

—Es cierto, pero probablemente sepan que nosotros calculamos en decimal.

Claudia se sentó al borde de la cama, cepillándose el largo cabello. Por fin miró a su marido.

—Aunque ya creo que me arrepentiré, admito que me has despertado la curiosidad. ¿Por qué quieres saber eso?

—Cariño, estos seres están tan evolucionados que entre ellos y nosotros no existe comunicación, igual que no la hay entre los seres humanos y las proverbiales hormigas. Por eso no podemos decirles que lo que nos hacen, ya sea investigación científica, inseminación para hibridación o tratamientos médicos que ni siquiera comprendemos, constituye para nosotros una tortura atroz. Quiero comunicarme con ellos utilizando el método que te mencioné para convencerlos de que se detengan. ¡Quiero salvar a la humanidad! Y para hacerlo necesito ser abducido. Por eso quiero que vayamos a la montaña este fin de semana. Tú te quedarás segura en el hotel y yo vagaré solo por los senderos.

—Dios mío, Roman... ¡Harías cualquier cosa con tal de no ir a trabajar!

Poco después apagaron las luces y el silencio descendió sobre la habitación.

La noche había envuelto el barrio de Domenii como una madre que arropa a sus hijos. El aire era ligero y propicio para dormir. Fuera de la ventana, los árboles susurraban suavemente...

Popovici despertó sobresaltado, pensando fugazmente que alguien le apuntaba con una linterna a los ojos. Sin embargo, el dormitorio estaba iluminado como si fuera de día. Y entonces sintió verdadero miedo. Pero el miedo se transformó en terror cuando comprendió que la luz lo estaba arrancando de la cama.

Claudia dormía plácidamente. Quiso incorporarse, gritar, advertirle. No pudo hacer nada. Estaba paralizado. Y a su alrededor, el barrio de Domenii dormía con indiferencia.

Despertó de nuevo, no como quien sale de un desmayo, sino como quien simplemente parpadea. Ya no estaba en su dormitorio. Yacía boca arriba, inmovilizado, en una habitación donde la luz parecía caer de forma antinatural, rodeado de objetos que su mente era incapaz de comprender. El corazón comenzó a golpearle el pecho cuando dos ojos negros como alcantarillas en el sótano de un matadero aparecieron sobre él. Alrededor de ellos, en un rostro ceniciento y demacrado, una diminuta hendidura y dos pequeños orificios arrugados formaban la boca y la nariz.

Era un rostro vagamente humano. Pero no humano.

Un segundo ser, increíblemente delgado, apareció en su campo visual. Ambos se miraron sin expresión alguna, como objetos que apenas imitaban la vida. Popovici quiso levantarse y derribar aquellas pesadillas ambulantes. No pudo. Seguía paralizado. Ni siquiera podía gritar.

Imperturbables, las figuras esqueléticas manipulaban un largo tubo metálico flexible recubierto por una especie de papel de lija extremadamente áspero, que le recordó de manera alarmante a una sonda de colonoscopia.

Pero el abogado dijo que tenía al menos quince minutos. ¿Por qué...?

Entonces su horror se duplicó al transformarse en ira.

¡Claro que sabía que nos torturaban apenas despertábamos! ¡Me leyó como un libro y me mintió para no perjudicar su negocio!

El primero de aquellos títeres de ojos muertos se volvió hacia él. Entre sus dedos de nudillos extrañamente primitivos giraba una hoja reluciente. Por su aspecto podía cortar huesos, partir ojos y seccionar intestinos. Popovici tensó todo su cuerpo e intentó modificar su pulso para enviar mensajes aritméticos. Sintió que la frente iba a estallarle y que se asfixiaba. Pero debía transmitir el mensaje. De lo contrario sería torturado. Y no lo consiguió. La hoja se acercó y le quemó los ojos por un instante antes de dividirlos...

Su visión regresó un instante después.

Popovici vio que la aparición se había quedado inmóvil junto a él, con la hoja luminosa en la mano. El rostro gris azulado no expresaba nada, pero la figura demacrada comenzó a temblar horriblemente. El hombre tuvo la impresión de que el fantasma estaba sorprendido. La segunda aparición se reunió con ella, armada con un instrumento que, no sabía cómo lo sabía y prefería no pensarlo, servía para extraer ojos a través de la boca.

Los dos espantapájaros atrofiados se observaron mutuamente. Luego miraron las máquinas. El primero acercó su mano huesuda a la sien del hombre.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el primer fantasma ceniciento. —Popovici estaba tan aturdido tratando de comprender lo que le decían y por escuchar a la aparición hablar con una voz humana que apenas pudo responder—. Ahora puedes hablar. Dime tu nombre —dijo el espectro con una benevolencia inesperada—. Tu nombre psíquico, no el físico.

—¿Mi qué nombre?

—Todavía no tienen nombres psíquicos —aclaró el otro.

—¡Tienes razón! ¿Cómo te llamas?

—Roman Popovici... Soy un ser pensante y sus experimentos equivalen a una tortura para nosotros. ¡Les suplico que no vuelvan a introducir instrumentos en nuestros cuerpos! ¡Nos causa un dolor terrible!

Por primera vez, los rostros de aquellas repulsivas criaturas parecieron expresar algo. En aquellos ojos semejantes al fondo de un lago embarrado creyó percibir una sombra de compasión.

—Llévenlo al salón —le indicó una criatura a la otra.

Al instante siguiente, Popovici se encontraba cómodamente recostado sobre una cama suave y limpia, en una habitación completamente opuesta a la anterior. Estaba bien iluminada, resultaba agradable, decorada de manera extraña pero tranquilizadora.

—Nos sentimos horrorizados y les pedimos disculpas —dijo el primero, llevándose una mano a la cabeza—. Jamás se nos ocurrió que les estábamos haciendo daño. Ni que pudiéramos entablar un diálogo...

Popovici ya no sabía qué lágrimas llenaban sus ojos. Probablemente eran lágrimas de alegría, miedo y asombro. Las criaturas, por su parte, aunque sus rostros horribles permanecían impasibles, también parecían conmovidas. Lo delataba el desagradable temblor de sus cuerpos marchitos.

—Transmitiste un mensaje mediante tus funciones corporales para llamar nuestra atención, ¿verdad? —preguntó una de ellas.

—Me entrené mucho para hacerlo... ¿Son de otro planeta?

—No solo de otro planeta... Nuestro mundo está al otro lado de la realidad, más lejos de lo que puedes imaginar.

—Lo irónico —dijo Popovici, comenzando a sentirse desbordado por una avalancha de preguntas— es que quería ir a las montañas para ser abducido. ¿Cómo sabían que deseaba eso?

—No hay tiempo para preguntas. Debemos informar a nuestros colegas para que detengan definitivamente los experimentos.

—Roman —dijo el otro—, gracias a ti nuestras razas han establecido un verdadero contacto. Pero ahora debemos despedirnos. Regresarás a la Tierra cubierto de gloria.

Al segundo siguiente, Roman Popovici volvió a encontrarse en la lúgubre habitación donde la luz parecía torcida y caía de forma antinatural sobre los bordes de las cosas.

Un escalofrío helado recorrió su cuerpo. Terribles sospechas comenzaron a formarse en su mente. Por fortuna, las criaturas también aparecieron allí, agitadas.

—Lo sentimos, ha habido un pequeño error. Estamos nerviosos —se disculpó la segunda—. Hasta que se resuelva el problema, permíteme responder a tu pregunta sobre por qué te elegimos precisamente a ti. Verás, buscamos explotar el miedo supremo de cada persona que abducimos.

—¿Qué significa eso?

—Sabemos identificar y aislar los temores de las personas y luego utilizarlos contra ellas como si manejáramos un torno dental sobre un nervio expuesto.

—No entiendo...

—Antes mencionaste nuestros experimentos.

—Sí. Probablemente realizan investigaciones, inseminaciones, marcaciones científicas o curan enfermedades... ¿verdad?

La criatura descartó todas aquellas hipótesis con movimientos de su cabeza sin nariz ni orejas.

—No tiene nada que ver con la ciencia ni con la medicina. Es algo mucho más hermoso. Incluso sublime. Vamos, ¿ninguna hipótesis?

Popovici solo pudo negar con la cabeza. Tenía la mente completamente en blanco. La primera aparición se unió a ellos.

—No tiene idea, ¿verdad? —le dijo a la otra, con voz humana.

—¡Ninguna! Es increíblemente estúpido... ¿Quieres decírselo tú?

El ser esquelético acercó su rostro con olor a podredumbre al del hombre y dijo con frialdad:

—Los abducimos por el horror y el dolor que sienten cuando los desarmamos, los despedazamos y los desollamos.

Popovici quedó inmóvil como un insecto atrapado en ámbar.

—Míralo —dijo el primero—. Ya no parece tan estúpido. Está empezando a comprender.

—¿Mintieron? Pero...

—Exactamente. Jugamos con tu patética esperanza de que todo mejoraría. Tu intento de llamar nuestra atención con el truco del pulso fue ridículo; por suerte, podemos leer pensamientos.

En ese momento, Roman Popovici sintió que algo se rompía dentro de su cabeza. Un dolor atroz atravesó su cerebro, entumeciéndolo a medias y provocándole un intenso mareo. Comprendió que, debido al terror, estaba sufriendo un derrame cerebral. Paradójicamente, aquello lo estaba salvando. Todo se volvió negro.

Luego volvió a estar en la habitación imposible. Nada había cambiado.

—Aquí solo mueres con nuestro consentimiento —dijo el otro—. Verás, mi amigo, yo y millones más permanecemos ocultos en órbita alrededor de la Tierra. Y hemos venido para quedarnos. Somos los dientes podridos de las civilizaciones de las que procedemos. Errores de la naturaleza que experimentan éxtasis eróticos en medio de cuerpos destrozados donde la vida aún titila. Por un lado, no podemos evitarlo; por otro, somos inmortales. Para evitar que nos encarcelaran para siempre, lo cual habría sido poco civilizado, fuimos exiliados a bordo de prisiones voladoras, los OVNIs, como ustedes los llaman, que nos mantienen alejados de los planetas decentes.

—Pero nos permiten satisfacer nuestras enfermizas necesidades con sus cuerpos llenos de dolor y sus mentes rebosantes de miedo. A nadie le importan ustedes ni lo que les hacemos, siempre que ellos estén a salvo.

—¿Pero por qué nosotros? ¡¿Por qué los habitantes de la Tierra?!

—Porque, entre todos, ustedes reaccionan de la manera más horrible a la tortura.

—¡Pero no te preocupes! Tenemos la tecnología necesaria para mantenerlos vivos sin importar cuánto abusemos de sus cuerpos. Además, cuando regresan a casa, no recuerdan absolutamente nada.

—¡Pero yo recordaré! ¡Muchísimas personas recuerdan haber sido abducidas!

—Sí, algunas lo han recordado. Pero ¿cuántas no?

—¿Cuántas... cuántas personas han abducido?

El rostro repulsivo e inmóvil del ser pareció ser atravesado por una leve brisa de expresión que semejaba satisfacción.

—Los abducimos a todos. Desde presidentes hasta la niña encantadora que vive en el segundo piso. Desde tu abuela cuando era joven hasta la mujer que duerme a tu lado. Cada día los habitantes de la Tierra son descuartizados, violados y desarmados sobre mesas de operaciones. Después los reconstruimos y los enviamos de vuelta a casa. Solo que les hacemos olvidar todo. Muy rara vez alguien conserva algún recuerdo, pero entonces lo consideran loco.

—Además —añadió el otro, aparentemente encantado—, sus élites saben que existimos y que los abducimos. Estamos en contacto con ellas desde hace mucho tiempo. Es una especie de pacto: ellas se aseguran de que el público no descubra nuestra existencia y nosotros las ayudamos a obtener dinero y poder. Incluso mediante los seguros.

La criatura emitió un sonido desagradable que probablemente era una carcajada burlona.

—Les prometimos que no abduciríamos a los asegurados para que las compañías no quebraran.

—Pero también les mintieron...

—Por supuesto. Los terrícolas son tan estúpidos que podemos hacer con ustedes lo que queramos.

—¡Recordaré todo lo que me han dicho y se lo contaré al mundo entero! ¡¿No les preocupa?!

El esfínter que ocupaba el lugar de la boca en aquel rostro grisáceo se arrugó y se ensanchó como si fuera a expulsar algo que hizo erizarse el cabello de Popovici. Entonces comprendió que aquella mueca era, en realidad, una sonrisa feroz.

—No —dijo secamente el extraterrestre.

Y la hoja que sostenía en la mano se hundió en el pómulo del hombre, atravesando piel, músculo, encía y dientes, cortando su grito y penetrando mucho más profundamente.

 

Frente a la ventana, los árboles susurraban de forma tranquilizadora y el cielo matutino comenzaba a adquirir el azul del mar Mediterráneo que Roman y Claudia habían admirado durante un crucero años atrás.

Roman Popovici se frotó los ojos y se desperezó.

A su lado, su esposa dormía plácidamente, con una expresión serena en el rostro.

El hombre volvió a mirar por la ventana. Entre las frondosas copas de los árboles y el cielo elevado, tuvo la sensación de encontrarse en un bosque encantado. Como si hubiera percibido que estaba despierto, Claudia abrió los ojos. Sonrió instintivamente. Luego recordó la conversación de la noche anterior y la sonrisa se desvaneció.

—¿Vas a preparar café? —preguntó en voz baja—. Estoy cansada, aunque dormí unas ocho horas.

—Debe de ser el estrés... Yo también me siento destrozado. ¡Como si me hubieran pasado por una máquina de exprimir!

—Nunca entenderé de dónde sale esa expresión tan absurda —refunfuñó Claudia.

Y así comenzó un nuevo día.

Ovidiu Vitan, nacido en Rumania en 1967, es corrector de pruebas y traductor. Debutó en la literatura en la revista de ciencia ficción "Anticipatia" en 1996, y su primer libro se publicó en 2016. Desde entonces, ha publicado seis volúmenes. Sus dos libros más recientes, "Pe sapse iulnie in Austrialia" y "Superstitii in spatiu", recibieron prestigiosos premios rumanos de ciencia ficción.

EL SILENCIO