viernes, 12 de junio de 2026

EL BESO DE LA DRÍADA

Cat Rambo

 

Había una vez un mago llamado Hoja, que estudió en el Colegio de Magos del puerto marítimo de Tabat. Había sido un sencillo muchacho de aldea con talento para la jardinería, descubierto por un Explorador del Colegio. Entre aquellos muros cubiertos de hiedra aprendió y destacó, y cuando llegó el momento de elegir entre aquel mundo y el más amplio que existía fuera de él, decidió quedarse, satisfecho, y convertirse en uno de sus instructores.

Amaba el conocimiento y lo perseguía con el mismo fervor con que un borracho persigue una jarra de cerveza. Los estantes de su cámara rebosaban de libros y notas, y siempre que algún nuevo saber llegaba al Colegio, ya fuera en forma de un viejo mapa o de la historia contada por un bardo, él estaba allí.

En toda su excelencia tenía un único defecto. Le encantaba dar consejos sobre cualquier asunto, y cuanto menos sabía sobre el tema, más hablaba.

Con el tiempo llegó a ser considerado una gran autoridad en cuestiones amorosas, aunque jamás había besado ni a una muchacha ni a un muchacho, pues prefería las páginas de sus libros. Aquello llamaba la atención, porque era un hombre hermoso, de rizos oscuros y piel tersa, sobre la que la sombra de la barba reposaba como la llegada del crepúsculo. Pero no tenía interés alguno en el romance. Prefería pasar los días leyendo o dedicándose a experimentos arcanos y extravagantes, como descubrir cómo teñir una llama de color púrpura o cuál era la forma más eficiente de negociar con una ondina.

Aun así, por las noches se sentaba en la taberna y pontificaba ante sus compañeros sobre los misterios de las mujeres, mientras ellos aceptaban con entusiasmo sus consejos.

La mayor parte de sus recomendaciones estaban bien intencionadas. Pero había una idea que repetía una y otra vez.

—Hay que empezar —declaraba, tomando otro sorbo de cerveza para crear una pausa dramática— como se piensa continuar. Decide desde el principio cómo quieres que funcione la relación y ella se acostumbrará. De lo contrario, terminarás enrollado alrededor de su dedo y bailando al son de su música.

Por supuesto, terminó enamorándose.

Se enamoró perdidamente de la manera más clásica, después de verla fugazmente entre una multitud: un destello de ojos verdes, una barbilla levantada y un cabello tan castaño como las hojas otoñales. Intentó seguirla, pero ella desapareció en la Plaza Pececillo, y allí quedó él, desconcertado, escrutando los rostros de la multitud.

Frecuentó la plaza durante una semana antes de desesperarse y comenzó a vagar por las calles cercanas. La plaza se encontraba en el extremo sur de la ciudad, rodeada de antiguas construcciones de ladrillo y, por supuesto, del Bosque de los Trasgos, donde los jóvenes solían cazar pares de trasgos de vez en cuando. El Duque pagaba dos monedas de cobre por cabeza, y para muchos muchachos era motivo de orgullo invitar una ronda en la taberna con las ganancias de la cacería.

Una noche creyó verla a través de la verja de hierro forjado negro que rodeaba el bosque. Pasó la velada buscándola por los húmedos senderos verdes, escuchando atentamente y oyendo únicamente el suave ulular de los trasgos o el ocasional silbido de una flecha seguido de rápidas pisadas. Finalmente salió del bosque y se sentó en un banco junto a la entrada.

Era una noche brumosa, atravesada por una llovizna fina. Después de permanecer allí sentado durante más de una hora, con pequeñas gotas acumulándose sobre su capa, sintió una presencia a su espalda.

Era como una sombra fría.

—Si quieres sentarte, siéntate —dijo con desaliento—. O quédate de pie. Me da igual.

Tras un momento, otra muchacha apareció por el costado del banco. Era alta y delgada, muy pálida, y el frío que emanaba de su piel blanca le indicó que era una no muerta. Sin embargo, era muy hermosa, con ojos como hielo azul y cabellos semejantes a olas de plata.

Ninguno de los dos habló y permanecieron sentados otra hora más, durante la cual nadie pasó por allí. Finalmente, un grupo de cazadores nocturnos salió tambaleándose del bosque, oliendo a aguardiente especiado y llevando varios pares de trasgos colgados del cinturón, los pequeños cadáveres flácidos como pájaros muertos.

Uno de ellos saludó alegremente al pasar junto al banco y luego el grupo siguió adelante entre risas, susurros y más risas.

Hoja se reclinó y suspiró.

—¿Acaso no soy hermosa? —preguntó la muchacha no muerta, hablando por primera vez.

Su voz era fría y lenta, como agua goteando en una caverna subterránea.

—Lo eres, pero estoy enamorado de otra persona.

—La muchacha de cabello castaño y ojos verdes.

Resopló con desprecio.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿La conoces? —Ella se encogió de hombros con un leve movimiento bajo la seda oscura de su capa—. ¿Sabes cómo se llama?

Ella lo miró con ojos semejantes a espejos, piedras lunares veladas por cataratas espirituales.

—Su nombre podría traducirse como Hiedra de Invierno —respondió con indiferencia.

—¿En qué idioma?

Sus labios se curvaron con desdén y se puso de pie.

—Eso tendrás que averiguarlo tú. —Miró por encima de su hombro hacia las negras ramas del bosque—. Parece que ya has recorrido la mitad del camino.

Y desapareció, como si jamás hubiera estado allí.

Hoja se fue a dormir.

 

Por la mañana lo despertaron los gritos de las gaviotas que revoloteaban fuera de su ventana. Sacó la cabeza y observó la calle. Bajó unas monedas en una cesta y recibió a cambio una hogaza de pan recién horneado, untada con un queso blanco y picante, además de un odre de agua fresca. Desayunó en su balcón mientras contemplaba el movimiento de la calle.

Bajo la luz intermitente del sol que aparecía y desaparecía entre las nubes, el recuerdo de la muchacha fantasma se fue debilitando hasta desaparecer. Lo único que permanecía en su mente era una cascada de rizos color nuez.

Asomado al balcón mientras daba un feroz mordisco al pan, estuvo a punto de atragantarse cuando vio aquellos rizos destacándose sobre los fríos adoquines.

Escupió el pan.

—¡Eh! ¡Eh! —gritó hacia la calle.

La señaló mientras ella y varias personas más se detenían para mirar hacia arriba.

—¡No se mueva! —gritó—. ¡No se mueva hasta que baje! ¡Por favor, señorita, no se mueva!

Se puso apresuradamente la túnica de magíster mientras salía por la puerta y bajó las escaleras corriendo. Llegó sin aliento hasta donde ella estaba.

La muchacha tenía hoyuelos en su piel morena clara y se reía de él.

—¿Y todo esto a qué se debe? —preguntó.

—Por favor, señora, si fuera tan amable, quisiera saber su nombre —dijo él, intentando adoptar una postura digna, aunque las palabras iban acompañadas por pequeños jadeos.

Ella lo observó.

—Mis amigos me llaman Hiedra.

—¿Puedo contarme entre ellos? Mi nombre es Hoja.

—Muy bien —dijo ella—. ¿Viene conmigo a cargar algunos paquetes?

Y así lo hizo.

Pasó toda la mañana siguiéndola con una cesta, llenándola con paquetes de agujas, dos tarros de colorete y un par de guantes bordados.

—¿Puedo invitarla a almorzar? —preguntó cuando las campanadas del gran reloj del Duque anunciaron el mediodía.

Ella levantó la vista.

—¡La hora! —exclamó—. ¿Adónde se va? Debo despedirme.

—¿Cómo volveré a verla? —preguntó él.

Ella sonrió.

—Si está destinado a ser, ocurrirá.

Y, retrocediendo con su cesta entre las manos, desapareció en la multitud, arrastrada por la corriente humana como una hoja en un río. Un destello de una manga y luego nada.

Hoja comió en silencio y de mal humor en un rincón de la taberna.

Mientras perseguía un trozo de pescado con la cuchara, uno de sus colegas del Colegio se dejó caer en el asiento frente a él.

—Pareces abatido.

Hoja levantó la vista y se encogió de hombros. No recordaba el nombre del hombre ni deseaba compañía. Volvió a mirar las turbias profundidades de su estofado mientras sentía la mirada del otro clavada en él.

—¡Estás enamorado! —exclamó el hombre con asombro.

A pesar de sí mismo, Hoja se sonrojó.

—Ya era hora —dijo el otro—. Ahora serás más realista con los consejos que das a los demás. «Hay que empezar como se piensa continuar», nada menos.

—¡Pero es verdad! — replicó Hoja, molesto—. Hay que empezar como se pretende seguir y no dejar que ella te tenga envuelto alrededor de su dedo.

—Ja. ¿Y eso es lo que has estado haciendo tú?

—Todavía no hemos llegado a ese punto —respondió Hoja con rigidez—. Pero cuando llegue el momento, puedes estar seguro de que le dejaré claro quién lleva la batuta.

El otro hombre se limitó a reír.

 

La muchacha zombi estaba posada en su balcón, apoyada contra la barandilla.

La escena habría resultado encantadora de no ser porque estaba devorando una paloma desprevenida.

Se limpió las mejillas y algunas plumas escaparon de su capa y se alejaron flotando en el viento.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, hablando hacia la brisa mientras esta tejía su cabello en una red plateada.

—Hoja. ¿Y tú?

—Zuelada. Ella no te conviene.

—¿Cómo lo sabes?

—La conozco.

Lo observó con aquella inquietante mirada plateada. Por encima de ellos, las nubes cruzaban la luna como jirones de encaje desgarrado.

—Yo te trataría mejor. Mucho mejor. ¿Confías en mí?

Él no pudo evitar reírse.

Una sombra de nube cruzó el rostro de ella.

—No lo entiendes —dijo él—. Soy magíster del Colegio de Magos, y confiar en la palabra de una no muerta que no ha sido invocada... por hermosa o encantadora que sea... sería considerado una enorme insensatez.

Ella sonrió.

—¿Hermosa y encantadora?

Pero los pensamientos sobre la muchacha de cabello castaño le impidieron continuar aquel flirteo, y permanecieron unos minutos en un silencio incómodo.

Finalmente ella suspiró, dio un paso atrás y desapareció una vez más.

 

Iba caminando por la calle con un brazo cargado de libros que pensaba intercambiar en la librería cuando Hiedra deslizó su esbelta mano por su codo y apareció a su lado sonriendo.

—Debe estar destinado a ser —dijo misteriosamente.

Él sintió una oleada vertiginosa de felicidad.

—Debe ser así —respondió sonriendo.

La tercera vez que apareció, la muchacha fantasma solo dijo:

—Ya te dije que ella no te conviene.

Y desapareció.

A la mañana siguiente siguió a Hiedra hasta el Bosque de los Trasgos, tan eufórico y risueño como cualquier adolescente enamorado. Ella avanzaba entre los árboles, y su cabello se confundía con la corteza bajo aquel silencioso mundo de sombras.

Por encima de ellos, un trasgo ululó tristemente.

Ella se detuvo al pie de un árbol y levantó una mano para indicarle que permaneciera inmóvil.

Hoja observó cómo la pequeña criatura humanoide de color pardo descendía por el tronco hacia la mano extendida. Frotó su rostro contra la piel de ella como un gato que busca caricias.

Como ella permaneció quieta, el trasgo se volvió más atrevido. Trepó por su brazo y tironeó de la tela de la manga. Hizo una mueca mientras olfateaba el aire al mirar hacia Hoja, y él alcanzó a ver sus afilados dientes de marfil a apenas unos centímetros del suave temblor de su cuello.

Se quedó sin aliento.

La criatura saltó de regreso al árbol.

—Lo siento —dijo él—. Lo he asustado.

Ella aguardó mirando hacia arriba, pero el trasgo ya había desaparecido.

—No importa —dijo.

La luz de la luna volvió plateado su cabello.

Tomó la mano de Hoja y tiró suavemente de ella.

—Ven por aquí. Allí está el claro.

Entraron en el claro situado en el corazón del bosque. Lo rodeaban árboles retorcidos, una mezcla de robles, espinos y viejos manzanos grisáceos. También había un matorral de rosas silvestres, algunas con pétalos cubiertos por una fina capa de hielo.

Ella lo condujo hasta un espacio vacío en la línea de árboles.

—Aquí —dijo—. Lo he elegido para ti.

—¿Qué quieres decir?

Ella lo miró con aquella tenue y enigmática sonrisa.

—¿Me amas?

—Más que a ninguna otra cosa en el mundo.

—¿Incluso más que a tu Colegio?

—Por supuesto —respondió él, contemplando su delicado rostro en forma de corazón.

—Entonces será mejor que empecemos como pensamos continuar —dijo ella, mientras las raíces comenzaban a brotar de sus pies y a hundirse en la tierra, y el frío del invierno tocaba su corazón—. Después del impacto inicial te acostumbrarás.

Sus brazos se elevaron involuntariamente, arqueándose con dolor.

—Con el tiempo te acostumbrarás —repitió ella.

Desde el borde del claro alcanzó a ver a la muchacha zombi observándolos.

Intentó gritar algo, cualquier cosa, pero ya no podía hablar.

Hiedra lo envolvió con sus hojas heladas y lo condujo hacia la inmovilidad.

La novela de Cat Rambo Exiles of Tabat, fue publicada en mayo de 2020, seguida de la space opera You sexy thing en noviembre del mismo año. Cat es autora, además, de otras dos novelas, más de doscientos cuentos y editora de antologías y libros de cocina. Fue nominada a los premios Nebula, World Fantasy y Compton Crook. También dirige la escuela de escritura en línea, The Rambo Academy for Wayward Writers.

 

LAS VACACIONES SOÑADAS

Frank Hiis

 

Durante dos semanas tuve el mismo sueño todas las noches. En él, me alojaba en una enorme suite de hotel en un paraíso mediterráneo junto al mar. Había restaurantes fantásticos por todas partes; incluso podía pedir comida a domicilio a la playa. Disfrutaba bebiendo Coca-Cola y comiendo alitas de pollo mientras contemplaba el mar o a las mujeres, bellezas mediterráneas que se metían al agua o volvían a tomar el sol. Por las noches salía a divertirme y bebía hasta el hartazgo, mientras los hombres del lugar me vitoreaban, impresionados por mi resistencia, y antes de que mujeres con vestidos luminosos y provocativos, y largas melenas sueltas que agitaban mientras me dedicaban sonrisas coquetas, me invitaran a bailar.

En la vida real rara vez bebo y no sé bailar en absoluto. Aun así, cada mañana despertaba decepcionado al darme cuenta de que todo aquello solo había sido un sueño.

Mirándolo en retrospectiva, resulta muy extraño que el sueño se repitiera durante tantas noches seguidas. Me daba la sensación de despertar a un nuevo día en el sur de Europa en el mismo instante en que me quedaba dormido.

Pero las jornadas agitadas en el trabajo me dejaban poco tiempo para pensar en ello.

Trabajaba en una oficina diáfana. A mi alrededor siempre había bullicio y gente corriendo justo al lado de mi escritorio. Constantemente algún compañero necesitaba ayuda y yo empujaba mi silla con ruedas hasta su puesto para darle instrucciones rápidas. Mi bandeja de entrada se llenaba de mensajes más deprisa de lo que podía responderlos. Hacía al menos una hora extra cada noche, a menudo una hora y media. De todos modos, nadie me esperaba en casa. No tenía demasiados familiares, salvo mi madre, que me llamaba una vez por semana, y dos hermanos que nunca llamaban. Empecé a acostarme cada vez más temprano.

En los sueños era una persona que se divertía más de lo que jamás me había divertido despierto. Las mujeres me miraban como si fuera una estrella de cine. Prácticamente podía elegir entre ellas, y eso hacía.

Una belleza local se acercó a mí en la playa y me invitó a cenar. Después de la comida la invité al hotel. Hicimos el amor en el balcón de la habitación mientras se ponía el sol sobre el mar. Estaba desnuda entre mis brazos mientras yo la levantaba del suelo y ella se aferraba a mí con brazos y piernas.

Al día siguiente estaba sentado en la oficina sonriendo al recordar el sueño sin darme cuenta de que la corbata se me había hundido en la taza de café. Pero apenas me había dormido aquella misma noche cuando la mujer apareció y me dijo que estaba embarazada de mi hijo. Me sentí inmensamente feliz y le aseguré que me quedaría con ella para criar al niño juntos. Finalmente me acompañó al aeropuerto después de que acordáramos que yo dejaría mi apartamento, renunciaría a mi trabajo y regresaría allí lo antes posible.

Me desperté en el instante en que el avión despegó.

La decepción fue mayor que nunca. Sentí que lo había perdido todo al volver a la realidad. Pero ahí terminó el sueño.

Después de eso, cada vez que me dormía, soñaba las mismas cosas inconexas de siempre, sin continuidad alguna, nada que pudiera recordar más de unos minutos después de despertar.

Sin embargo, nunca olvidé aquellas vacaciones soñadas. Suspiraba cada vez que pensaba en ellas y sentía nostalgia.

Después de algunas semanas se me ocurrió buscar su nombre en internet. Y la encontré. Su nombre era correcto. Su fotografía también.

Había publicado un mensaje donde contaba que había quedado embarazada de un turista que cortó todo contacto con ella al regresar a su país.

Aquello me asustó. No sabía qué creer. Nunca le conté a nadie lo del sueño. Pero durante los años siguientes descubrí que realmente había tenido un hijo y que el niño se parecía cada vez más a mí. Con el tiempo conseguí apartarla de mis pensamientos, hasta que una noche, varios años después, soñé que estaba otra vez en la misma suite del hotel.

La mujer estaba afuera. Golpeaba la puerta. Gritaba que había pagado a alguien en la recepción para que le avisara si alguna vez regresaba. Cuando abrí, acercó su rostro furioso al mío y me gritó que debía asumir mi responsabilidad. No pude hacer otra cosa que pedir disculpas humildemente y prometer que la compensaría por todo el daño causado.

Fui con ella a su casa para conocer a mi hijo.

Cocinamos juntos y pasamos toda la noche frente al televisor, riendo y conversando, antes de terminar llorando en brazos el uno del otro después de que el niño se hubiera acostado. Recuperé su amor antes de irnos a dormir. Aquella misma noche me acosté a su lado. Pero ya no logré despertar. Tras un sueño sin sueños desperté en su cama. Y así continuó todo.

Viví con aquella nueva familia durante más de una semana antes de descubrir, tras una búsqueda en internet, que yo estaba muerto.

Había fallecido tranquilamente mientras dormía la misma noche en que había aparecido allí de nuevo, y mi madre había encontrado mi cadáver en la cama después de entrar en mi apartamento con una llave.

Pedí prestado el teléfono de la madre de mi hijo e intenté llamar a mi madre.

Cuando me identifiqué, gritó que se trataba de una broma cruel, que yo era un miserable, y exigió saber quién era realmente. Colgué sin saber qué hacer.

Al final decidí quedarme en mi nueva vida y hablar lo menos posible sobre mi procedencia. Y aquí duermo bien por las noches. Nos hemos casado. He conseguido trabajo vendiendo fruta en el mercado. Los fines de semana los pasamos en la playa.

Nuestro hijo crece muy deprisa. La vida es como unas vacaciones de ensueño que nunca terminan.

Frank Hiis (nacido en 1979) reside en Oslo y trabaja como bibliotecario y agente literario. Ha publicado tres poemarios con Kolon forlag y textos en Klassekampens bokmagasin, Signaler, Splittet Kjerne y skrekklitteratur.no.

 

ENTRE NOSOTROS

Taleb Alrefai

 

Yusuf, amigo mío:

Estás sentado solo frente al mar. El café que tienes delante ya se ha enfriado.

Contemplas las olas. Desde la distancia se empujan a sí mismas hacia la orilla. Y, en el instante en que llegan, entregan a la arena los secretos que esta esperaba.

Y entonces te tranquilizas.

 

Yo estoy sentado frente a la pantalla.

En mi despacho. Los estantes llenos de libros me rodean.

Y un silencio que me conoce y que yo conozco se posa sobre el borde de mi escritorio.

De vez en cuando me observa.

Palabra a palabra, se escriben los momentos de Yusuf.

 

Lo sé, no buscabas esto. Aún estabas sentado detrás de tu escritorio en los últimos minutos de la jornada laboral.

Llamó la directora de la oficina del presidente del consejo de administración:

—El presidente quiere verle.

Rara vez te mandaba llamar. De camino a su despacho intentaste recordar algún error o descuido que hubieras cometido.

Entraste. Saludaste. Te sentaste.

Como siempre lo habías conocido: tranquilo, reservado y enigmático. Encendió un cigarrillo. Dio una calada. Expulsó el humo.

Te miró. Como si leyera algo en tu rostro.

Tú bajaste la vista hacia tus manos.

—Señor Yusuf, es usted un empleado diligente, y tengo la intención de proponer a los señores miembros del consejo que sea el nuevo director general.

Sus palabras te sorprendieron. Una sonrisa tenue se dibujó en tu rostro, pero no dijiste nada.

Deseaste que repitiera la frase. Pero él siguió mirándote, y tú solo alcanzaste a decir:

—Es un honor para mí.

—No quiero que nadie lo sepa... —te advirtió—. Yo mismo me pondré en contacto con usted. Eso es todo.

Y dio por terminada la reunión.

Cuando regresaste a tu despacho, la habitación ya no parecía tuya.

Te quedaste de pie en el centro. Miraste el cielo lejano y no supiste dónde poner las manos. «¡director general!».

Pensaste en llamar a Lulua, tu esposa, pero recordaste la advertencia del presidente.

Te susurraste a ti mismo:

«Guardaré el secreto yo solo».

 

—Adelante, Yusuf. Me has preocupado.

—Señor Taleb, ha pasado una semana.

—Lo sé.

—Usted es el escritor de esta historia. Me eligió a mí, así que no me deje suspendido.

—Perdón, yo escribo las escenas según la experiencia de lo vivido.

—Entonces ayúdeme acelerando el ascenso.

—No puedo.

—¿Por qué?

Su pregunta me tomó por sorpresa. Mis dedos se apartaron del teclado.

—No soy como usted cree.

—¿Cómo?

Su pregunta quedó flotando frente a mí.

No sabía qué responder. Y para enviarle al menos un poco de esperanza escribí:

—Lo intentaré.

—Quiero ver adónde me llevará.

Levanté los dedos del teclado.

No escribí nada.

 

Aquella noche, en el momento en que entraste en casa, tus ojos se cruzaron con los de tu esposa, Lulua.

Sentiste que había visto aquello que no querías que viera.

—Estás cansado —dijo enseguida.

—Es un dolor de cabeza —respondiste, llevándote la mano a la sien para convencerte incluso a ti mismo.

Os sentasteis a la mesa. Comiste en silencio.

Pero tu mente y tu corazón estaban pendientes de una llamada cuyo sonido soñabas escuchar.

Volvió a mirarte, pero no dijo nada.

Bajó la cabeza hacia su plato.

Quizá lo había comprendido.

 

—Señor Taleb, han pasado dos semanas.

—Perdón, yo no controlo las fechas del consejo de administración.

—Usted es el escritor de la historia. Una sola frase y todo termina.

—No está en mis manos.

—Estoy agotado. Duermo con el teléfono debajo de la almohada. Lo llevo conmigo a todas partes. Escucho el timbre, aunque no suene.

Eché la silla un poco hacia atrás.

La pantalla estaba frente a mí, y los libros me observaban.

Él permanecía en silencio. Y yo seguía sin escribir nada.

—Señor Taleb, escriba el final.

Mis dedos permanecían inmóviles sobre el teclado.

No se movían.

Miré la pantalla.

Y tú me miraste a mí.

 

Intentaste retomar tu vida tal como era, y fracasaste.

La espera de la llamada seguía habitándote. Y también el ascenso a director general. Más de una vez comprobaste que el número del presidente estaba guardado en tu teléfono. Ayer no pudiste esperar en tu despacho. Subiste al piso superior sin un motivo claro. La secretaria te encontró y la saludaste.

Ella respondió:

—Buenos días, señor Yusuf.

No encontraste qué decir.

Entonces añadió, sorprendiéndote:

—El señor presidente viajó ayer.

Te tragaste la decepción.

No preguntaste cuándo regresaría.

Volviste a tu despacho y cerraste la puerta.

Te quedaste de pie en el centro de la habitación, igual que la primera vez.

Escuchaste el zumbido del aire acondicionado. Comenzaste a caminar contando los pasos. Y cuando te detuviste, no supiste cómo sentarte. Ni por qué seguías de pie.

 

—Señor Taleb, pongámonos de acuerdo: ya no quiero el ascenso.

—No puedes retractarte de aquello que deseaste.

—Fue usted quien sembró ese deseo en mí.

Me aparté un poco de la pantalla.

—Y tú aceptaste y desempeñaste el papel.

—Entonces escriba el final y termine la historia.

—La historia no terminará.

—¡Dios mío! —resoplaste.

Mis dedos se quedaron congelados sobre el teclado.

Miré la pantalla.

Tú no me miraste.

Solo quedamos el silencio del despacho y yo.

No hablamos.

 

Sigues sentado frente al mar.

El café se ha vuelto a enfriar.

Dejas el teléfono sobre la mesa y lo miras fijamente.

Mientras él te da la espalda.

Las olas del mar se retiran lentamente de la orilla.

Ha comenzado la marea baja.

Extiendes la mano hacia el teléfono.

Luego la retiras.

Y yo también retiro la mía.

No escribo nada.

Taleb Alrefai (Kuwait, 1958) es uno de los narradores contemporáneos más destacados del mundo árabe. Ingeniero civil por la Universidad de Kuwait y Máster en Escritura Creativa (MFA) por la Universidad de Kingston de Londres, comenzó a publicar en la década de 1970. Su obra, que abarca la novela, el cuento, el teatro y el ensayo, ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el inglés, el francés y el alemán. Entre sus novelas más reconocidas figuran El olor del mar, Al-Najdi, Habi y El secuestro del amado. En 2010 presidió el jurado del Premio Internacional de Novela Árabe (Arab Booker Prize). Es fundador y director del Foro Cultural Al Multaqa y del Premio Al Multaqa para el Cuento Árabe, dos de las iniciativas culturales más importantes de Kuwait. Asimismo, ejerce como profesor visitante de Escritura Creativa en la Universidad Americana de Kuwait. En 2002 recibió el Premio Estatal de Literatura por El olor del mar, y en 2021 fue distinguido como Personalidad Cultural del Año en la Feria Internacional del Libro de Sharjah.

 

(Kuwait, 30 de diciembre de 2025)

Traducción: Abdul Hadi Sadoun

 

jueves, 11 de junio de 2026

EL TIEMPO DE LA MÁQUINA DE VAPOR

Lewis Shiner

 

El Chico subió la intensidad de la lámpara de gas de su habitación. El papel pintado de lino rosado se seguía viendo un poco deslucido. Desde que J. L. Driskill había inaugurado su nuevo establecimiento en diciembre del 86, el Hotel Avenue había ido cuesta abajo.

Había un cuadro enmarcado en la pared y el Chico llevaba una hora mirándolo. Era un grabado de un indio pawnee. El indio tenía la cabeza afeitada, salvo una franja de cabello que corría por el centro. Llevaba plumas en el pelo que le quedaba, y este le caía sobre la frente.

Lo comparó con lo que veía en el espejo. Tenía una resaca terrible por la hierba loca y el whisky sin etiqueta de la noche anterior. Su fino cabello rubio apuntaba en todas direcciones y sus ojos estaban casi completamente enrojecidos. Sacó su navaja de afeitar, la asentó un par de veces contra la bota y agarró un mechón de pelo.

Qué demonios, pensó.

Resultó más difícil de lo que había imaginado y terminó con un montón de pequeños cortes por toda la cabeza. Cuando acabó, tomó la navaja y la utilizó para cortar la parte inferior de su guardapolvo negro de cuero. Lo cercenó justo por debajo de la cintura. Durante un par de segundos se preguntó por qué demonios lo estaba haciendo, se preguntó si había perdido la razón. Luego se lo puso y volvió a mirarse al espejo, y esta vez le gustó lo que vio.

Era exactamente lo correcto.

 

Había habido una taberna en la esquina de Congress Avenue y Pecan Street prácticamente desde la época en que Austin dejó de llamarse Waterloo y se convirtió en la capital de Texas. Por aquellos días se llamaba Crystal Bar. Un alero rodeaba todo el edificio y, en el lado de Pecan Street, había un anuncio pintado sobre los ladrillos que promocionaba los cigarros de diez centavos de Tom Moore. Las cubiertas de tela de los carruajes estacionados junto a la acera se inflaban con la suave brisa otoñal.

Los tranvías tirados por mulas habían desaparecido y ahora los tranvías eran eléctricos, gracias a la presa inaugurada en mayo del año anterior. Decían que Austin era «el futuro gran centro manufacturero del Suroeste». Era la primera gran ciudad que conocía el Chico. Los cables eléctricos y telegráficos tendidos por todo el centro parecían la historia del futuro impresa en bloques sobre el cielo.

El Chico llegó media hora tarde a una cita fijada para las dos con el gerente del Crystal. El gerente se llamaba Matthews y llevaba corbatín, cuello almidonado y un traje hecho a medida.

—¿Conoces «Grand-Father's Clock is Too Tall for the Shelf»? —preguntó Matthews.

El Chico no se había quitado el sombrero.

—Claro que sí.

Sacó de su estuche una guitarra Martin de cuerdas de acero y tocó suavemente con los dedos.

—«Fue comprada en la mañana del día en que nació / y siempre fue su tesoro y su orgullo / pero se detuvo —para siempre— sin volver a andar / cuando murió el anciano».

Voy a vomitar, pensó el Chico.

—No tienes gran voz —dijo Matthews.

—Lo único que quiero es pasar el sombrero —dijo el Chico—. Señor.

—Tampoco tienes gran sombrero. Está bien, muchacho, puedes intentarlo. Pero si al público no le gusta, estás fuera. ¿Entendido?

—Sí, señor —respondió el Chico—. Entendido.

 

El Chico regresó aquella noche a las nueve. Le había comprado unas hojas de cáñamo a un muchacho mexicano y las había fumado, pero no parecían ayudarlo con los nervios. Sentía como si Gentleman Jim Corbett estuviera intentando abrirse paso a puñetazos desde el interior de su pecho.

El techo debía de estar a unos nueve metros de altura. La mitad superior de la sala era blanca por el humo de los cigarros y la mitad inferior olía a flatulencias y cerveza derramada. Más de la mitad de las mesas estaban ocupadas y solo quedaban un par de asientos libres en la barra. Todos los clientes eran hombres, por supuesto. Hombres blancos. Decían que ninguna dama se atrevía a caminar por el lado este de la Avenida.

Nadie le prestó mucha atención, y menos que nadie las camareras. Contó tres. Una de ellas no parecía tan vieja ni tan gastada.

Un gordo descomunal con sujetamangas aporreaba en un piano con la caja de resonancia rota «The Little Old Cabin in the Lane». El Chico conocía la letra. Hablaba de los tiempos en que «los negritos se reunían junto a la puerta / y bailaban y cantaban por las noches». Si había algo capaz de impedir que se acobardara y regresara al hotel, tenía que ser aquello.

Al fondo de la sala había un escenario de madera de apenas un metro de ancho y poco más de un metro de alto. Lo justo para que alguna cantante entrada en carnes se paseara por él levantándose la falda por detrás. El Chico colocó sobre el escenario el último taburete libre de la barra y apoyó junto a él el estuche de la guitarra. Subió y se sentó. Aquello lo elevó lo suficiente para quedar justo dentro de la nube de humo.

El pianista terminó o se rindió. En cualquier caso, dejó de tocar y se acercó a la barra.

El Chico sacó la guitarra. Tenía una correa con un gancho que pasaba por detrás y le permitía sostener el peso del instrumento sobre el cuello. Era lo que llamaban una guitarra de salón, la más grande que fabricaba C. F. Martin and Sons. Con su plectro de cobre y aquellas cuerdas de acero sonaba tan fuerte como el regreso de Jesucristo. Aun así, al Chico le habría gustado una caja de resonancia más grande. Habría sonado todavía más fuerte.

Alguien en la barra dijo:

—¿Conoces «Grand-Father's Clock»?

—¿Qué tal «Ta-ra-ra-boom-de-ay»? —gritó alguien más allá.

El hombre estaba borracho y empezó a cantarla él mismo.

—¡No, «Grand-Father's Clock»! —dijo otro—. ¡«Grand-Father's Clock»!

El Chico se quitó el sombrero.

Quizá no fue todo el bar el que quedó en silencio, pero sí un círculo de unos diez o doce metros a su alrededor. El Chico miró aquellos rostros y comprendió que había cometido un error. Era el tipo de error que uno podía no sobrevivir.

Más de cincuenta hombres lo observaban.

Todos llevaban sombreros de ala estrecha, trajes oscuros y esos espesos bigotes que parecían diseñados para ocultarles la boca por si alguna vez sonreían por accidente.

Ninguno sonreía ahora.

El Chico no vio armas.

Pero tampoco parecía que alguno de ellos las necesitara.

Tocó una frase descendente sobre las cuerdas graves y golpeó un mi séptima con toda la fuerza de su plectro de cobre.

—«Rodé y di tumbos» —cantó—, «lloré durante toda la larga noche».

Estaba tan asustado que sentía la garganta hinchada y la voz le salió convertida en un graznido. Pero su mano siguió moviéndose, marcando el ritmo a golpes sobre la guitarra. La locura empezó a crecer dentro de él al escuchar aquel sonido, al tocar esa música allí, delante de aquella gente, restregándosela por la cara quisieran o no.

—«Rodé y di tumbos, Señor» —cantó—, «lloré durante toda la larga noche».

Saltó del taburete y marcó el tiempo con el tacón de la bota.

—«Me desperté esta mañana y ya no sabía distinguir el bien del mal».

Volvió a recorrer los acordes dos veces más.

No podía quedarse quieto.

Había visto que la música provocaba aquello en otras personas. Había convivido con ello toda su vida, trabajando como aparcero en un condado de población negra, rodeado de familias que apenas estaban a una generación de distancia de la esclavitud. Los había visto junto a sus hogueras los sábados por la noche y en sus iglesias los domingos por la mañana.

Pero era la primera vez que le ocurría a él.

Llegó el momento de una estrofa y estaba tan fuera de sí que solo pudo cantar:

—Na na na na... —siguiendo la melodía. Cuando la vuelta llegó de nuevo, cantó—. «Bueno, la locomotora silba llamando al Día del Juicio. / Oigo a ese tren silbar llamando al Día del Juicio. / Cuando ese tren pase por aquí, se llevará todo lo que tengo».

Otra vez los acordes. Era tocar o morir, o quizá ambas cosas. La canción descarriló rugiendo y explotó sobre un si novena. Las últimas notas permanecieron suspendidas en el aire durante largo rato. Había tanto silencio que el Chico podía oír cómo crujía la acera de madera cuando alguien pasaba caminando por la calle.

—Gracias —dijo.

Uno a uno, los hombres apartaron la vista y volvieron a hablar entre ellos.

Un hombre con traje a cuadros y ojos azul pálido lo observó unos segundos más y luego carraspeó y escupió al suelo.

—Gracias —repitió el Chico—. Ahora me gustaría interpretar una canción compuesta por mí. Se llama «Hombre del siglo veinte». Habla de cómo debemos cambiar con los tiempos y no limitarnos a dejar que el tiempo nos deje atrás. Suena más o menos así.

Intentó atacar el primer acorde, pero su mano derecha no se movió.

Miró hacia abajo.

Matthews la tenía agarrada.

—Fuera —dijo Matthews.

—Solo estaba empezando a animarlos —protestó el Chico.

—Lárgate de una vez —dijo Matthews—, o por todos los truenos del cielo, si ellos no te matan, lo haré yo mismo.

—Supongo que eso significa que no voy a pasar el sombrero.

 

Se sentó en la acera de tablas y secó el sudor de las cuerdas de la guitarra.

Cuando levantó la vista, la camarera que no parecía tan vieja estaba apoyada contra las puertas batientes, observándolo.

—¿Se suponía que era algún tipo de canción de juglares? —preguntó—. ¿Algo como los Ethiopian Serenaders?

—No —respondió el Chico—. No era ninguna canción de juglares.

—Nunca había oído nada parecido.

—No se supone que lo hayas oído. Las cosas que todo el mundo ha oído antes son basura. «The Little Old Cabin in the Lane». Canciones así son las que hacen que la gente sea como es.

—¿Y cómo es la gente?

—Ignorante.

—¿Qué te pasó en el cabello?

—Me lo corté.

—¿Por qué?

—Para que fuera diferente.

—¿Y lo mismo con el abrigo?

—Exacto.

—De verdad te gustan las cosas diferentes.

—Supongo que sí.

—¿De dónde salió tu canción?

—De mi tierra.

—¿Y dónde queda eso?

—Mississipi.

—Bueno —dijo ella—. A mí me gustó un poco.

El Chico guardó la guitarra en el estuche. Cerró la tapa y ajustó los cierres.

—Gracias —dijo—. ¿Quieres acostarte conmigo?

Ella lo miró como si fuera un perro que acabara de intentar orinarle sobre el zapato.

Hizo que las puertas batientes chocaran con fuerza al girarse y se alejó atravesando el salón a grandes pasos.

 

Habían trazado Austin como un cuadrado. Las calles con nombres de ríos texanos corrían de norte a sur, y las que llevaban nombres de árboles, de este a oeste. El lado sur del cuadrado bordeaba el río Colorado, por eso se llamaba Water Avenue. También estaban West Avenue, North Avenue y East Avenue.

Al este de East Avenue comenzaba el barrio de la población negra.

El Chico cargó su guitarra por Bois d'Arc Street, que en Texas pronunciaban «BO-dark». Más allá de East Avenue ya no había alumbrado público. Había bebés descalzos sentados en la calle y se escuchaba música, aunque parecía no provenir de ningún lugar concreto. El aire olía a grasa quemada.

Finalmente divisó una taberna y entró. Esta vez el silencio llegó inmediatamente.

—Hijo —dijo el hombre detrás de la barra—, creo que estás en la parte equivocada de la ciudad.

—Quiero tocar música —dijo el Chico.

—Aquí no hay música.

—La llaman «música azul». ¿Ha oído hablar de ella?

El hombre sonrió.

—No sabía que la música tuviera colores. Ahora será mejor que te marches antes de cometer un error y salir lastimado.

 

Volvió a su hotel el tiempo justo para hacer el equipaje y luego se dirigió a la estación de tren.

Se sentó en un banco y leyó un periódico que alguien había dejado olvidado. Se llamaba The Rolling Stone. Parecía estar lleno de artículos escritos por listillos sobre libros y artistas. Había un relato firmado por alguien que se hacía llamar O. Henry.

El Chico no encontró nada sobre música.

Aunque, pensándolo bien, ¿qué podía escribirse sobre una canción como «Grand-Father's Clock» o «The Little Old Cabin in the Lane»?

Un anciano negro empujaba una escoba de un lado a otro, observando al Chico de vez en cuando.

—¿Esperando un tren? —preguntó finalmente.

—Así es.

—No pasa ninguno en dos horas.

—Lo sé.

El hombre siguió barriendo.

—¿Es tu gui-tarra? —preguntó al cabo de un rato.

—Lo es.

—¿Te importa si le echo un vistazo?

El Chico la sacó del estuche y se la entregó.

El anciano se sentó junto a él en el banco.

—Es hermosa, ¿verdad?

—¿Toca usted? —preguntó el Chico.

—No —dijo el anciano—. Bueno... quizá antes. Un poco. Hace años que no toco una.

Sostenía la guitarra como si estuviera hecha de jabón y pudiera escurrírsele de las manos si la apretaba demasiado.

—Adelante —dijo el Chico.

El anciano negó con la cabeza e intentó devolverle el instrumento.

El Chico no lo aceptó.

—Creo que todavía podría tocar algo.

—¿Tú crees? —dijo el anciano—. Bueno, tal vez.

Apoyó el pulgar derecho sobre la cuerda mi grave y lo dejó allí.

Después de un rato colocó la mano izquierda alrededor del mástil y presionó ligeramente las cuerdas.

—Uuuuuh —dijo—. Cuerdas de acero.

—Así es.

El anciano cerró los ojos.

La cabeza comenzó a inclinarse hacia atrás y, por un instante, el Chico pensó que estaba borracho y a punto de desmayarse.

Entonces el anciano sacó una navaja del bolsillo y la colocó sobre la rodilla de sus pantalones. Aquello inquietó al Chico. No creía que el hombre fuera a apuñalarlo para quedarse con la guitarra. Pero tampoco veía otra razón para sacar la navaja. El anciano no abrió la hoja. En lugar de eso, encajó el mango entre el dedo anular y el meñique de la mano izquierda. Luego lo deslizó arriba y abajo sobre las cuerdas. Produjo un sonido extraño, fantasmal, como el lamento de un animal moribundo o el silbido de una locomotora que hubiera perdido la razón. Entonces empezó a tocar.

El Chico jamás había oído nada semejante.

Las notas aullaban, gritaban y clamaban como si estuvieran siendo asesinadas. El anciano tocó hasta que le sangraron los dedos y la cuerda mi aguda se rompió. Cuando terminó, permaneció sentado unos segundos, respirando con dificultad.

Luego le devolvió la guitarra.

—Perdona por la cuerda, hijo.

—Tengo otra.

Las lágrimas corrían por el rostro del Chico. No quería secárselas. Pensó que quizá, si las dejaba allí, el anciano no las notaría.

—¿Dónde... dónde aprendió a hacer eso?

—Solo es algo que descubrí por mi cuenta. No significa nada.

—¿No significa nada? ¡Pero si es lo más hermoso que he oído en toda mi vida!

—¿Sabes algo sobre las máquinas de vapor?

El Chico lo miró fijamente.

Pasaron unos segundos.

—¿Qué?

—Las máquinas de vapor. Como la locomotora en la que vas a viajar.

El Chico negó con la cabeza.

—Bueno, todas las piezas de una máquina de vapor llevaban siglos existiendo. Estaban ahí, dispersas por todas partes. Nadie sabía qué hacer con ellas. Y entonces, un día, cinco o seis personas inventaron la máquina de vapor al mismo tiempo. No hay explicación para eso. Simplemente había llegado el momento de la máquina de vapor.

—No lo entiendo —dijo el Chico—. ¿Qué intenta decirme?

El anciano se puso de pie y señaló la guitarra.

—Solo que te espera una vida de sufrimiento, muchacho. Porque el momento de eso todavía no ha llegado.

 

Poco antes del amanecer, mientras el tren avanzaba hacia el oeste en dirección a Nuevo México, empezó a llover. El Chico despertó al ver relámpagos cosidos sobre el cielo. Eso le hizo pensar en los tranvías eléctricos y en las luces eléctricas. Si la electricidad podía hacer que una lámpara brillara más, ¿por qué no podía hacer que una guitarra sonara más fuerte? Entonces tendrían que escuchar. Volvió a quedarse dormido.

Y soñó con guitarras eléctricas.

Lewis Shiner nació el 30 de diciembre de 1950 en Eugene, Oregón, Estados Unidos. Residió durante algún tiempo en Texas para luego radicarse en Carolina del Norte. Comenzó su carrera en el campo de la ciencia ficción y luego se identificó con el movimiento ciberpunk. Posteriormente escribió novelas más convencionales, aunque a menudo incursionando en el realismo mágico con elementos fantásticos. Entre sus obras se pueden citar Ciudades desiertas del corazón (1988), Slam (1990) Los límites de las cosas (1991), Vistazos (1993), Di adiós (1999), Blanco y negro (2008), Dark Tangos (2011) Y Más allá de las puertas del Edén (2019).


 

EL BESO DE LA DRÍADA