sábado, 11 de julio de 2026

TRES CAMPANADAS

 Maritza Macías Mosquera

 

Las montañas comenzaban a deshielarse, formando un pequeño arroyuelo que corría por la calle creada con el propio paso de los habitantes del pequeño poblado. La primavera solo se dejaba ver en los árboles floridos, en las montañas que perdían su blancura y, en alguno que otro día semi nublado.

Nadie sabía cómo había sucedido aquello tan terrible, inesperado y fatal. Como tampoco se dieron cuenta de la ausencia del anciano. Su esposa lo buscó por dos días y dos noches. El cansancio y el sueño desaparecieron cuando la campana anunció que lo habían encontrado. Pero muerto.

La pequeña comarca, habitada casi completamente por adultos, se había volcado en su búsqueda cuando Joanette comunicó al cura la desaparición de su esposo, el más anciano del lugar.

Loco, lo llamaron desde el día en que, en plena misa, anunció que la montaña estaba repleta de extraterrestres y que no eran precisamente los seres de la Biblia: ni ángeles ni arcángeles ni querubines ni pastores ni discípulos ni nada por el estilo.

El también anciano cura, intentó, en reiteradas ocasiones, explicar lo que Joshua decía cada vez que interrumpía.

—Sucede que, a veces, creemos ver u oír cosas distintas, diría yo... —Pero la gente murmuraba entre ella que estaba demente debido a su edad. Sin ironía ni maldad, hablaban de Joshua como “el loquito”.

Joanette pasó sus últimos sesenta años con él. Un hombre tranquilo, sabio, amigable. Siempre tenía una palabra amable para todos.

—Bonito sombrero, Goky —saludaba a su vecino más próximo—. Qué bella mantilla, Grettel —comentaba en la iglesia—. Qué buen abrigo, Frank —y así, siempre. Para todos había algo agradable cada domingo en la misa y en las celebraciones que se realizaban en el poblado.

Su desaparición descontroló a Joanette. Ella sabía que él no se iría a ninguna parte sin ella. Que la locura no era tal, aunque no terminaba de creerle los cuentos sobre extraterrestres. Lo que lo hacía menos convincente era su insistencia en que “estaban revueltos”. Lo que en palabras simples, pero poco creíbles, era que aquellos seres estaban entre ellos y que él los podía reconocer.

—Nos vienen a estudiar —le dijo a Joanette, quien no se atrevió a desmentirlo, tampoco a comentarlo con sus vecinas. Sabía que solo agudizaría los comentarios sobre su estado mental.

—Joshua, deja de hablar de eso, nadie te cree y solo comentan lo mal que estás de la cabeza —se atrevió a decirle en alguna oportunidad. Sin embargo, él no lograba controlar su lengua e insistía, sobre todo en la iglesia.

Las consignas eran tres: si lo encontraban vivo y bien: una campanada. Si lo encontraban vivo y herido: dos campanadas. Y si lo encontraban muerto: tres.

Tres sonaron. Ella las escuchó en silencio. Tres golpes secos en su gastado corazón. No fue capaz de emitir palabra alguno. Lo había perdido hacía dos días cuando lo buscó en la que fuera la habitación del único hijo que tuvieron y que ahora vivía en la ciudad con su familia. Allí se encerraba por horas a tallar personajes para su nieto, era su pasatiempo preferido y la pobreza no les permitía regalos comprados. El tercer sonido era solo el aviso certero.

El velorio, como era la costumbre, se realizó en su casa. El pueblo entero acudió a acompañar a Joanette. Hacían fila en la calle, evitando tocar el agua del arroyuelo, para verlo y despedirse de él en su urna. De pie, junto a su hijo, Joanette saludaba en la puerta de la pequeña vivienda a quienes pasaban a dar su último adiós al anciano.

La humildad de sus habitantes, lo pequeño de sus casas de adobe pintadas con cal y techos recubiertos de paja para evitar el hielo del invierno y el calor abrumador del verano, sumados al frío que calaba los huesos y la tristeza de los vecinos, hacían el paisaje aún más desolador, a pesar de la belleza natural.

Pero la noticia de su locura y de su teoría había llegado a la ciudad y, cuando se supo de su desaparición, curiosamente llegaron militares a la zona a cooperar en la búsqueda sin que nadie lo hubiera solicitado. Causaron sorpresa entre los ciudadanos del poblado, pero nadie se atrevió a opinar.

Los uniformados mantenían a raya la fila de visitantes para no mojarse los pies en el arroyuelo de la calle principal. Las únicas almas que caminaban libres eran las gallinas, que extrañamente huían de ciertas personas que se acercaban a la puerta.

Un olor dulce y desconocido se percibió en el aire. La sorpresa que se llevaban al verlo en el ataúd era inexplicable. Allí se encontraban con el rostro de un hombre joven, sonriente y con sus ojos abiertos de color púrpura. Aun así, nadie se negó a mirarlo y todos salían sonriendo, igual que él, al retirarse del velatorio.

Nunca se supo si fue contagio o pura casualidad

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

BAILAN LOS PEQUEÑOS DRONES

Jasmina Malešević

 

Al contemplar las estrellas en el cielo, los sabios comprendieron que la inteligencia artificial era más inteligente que su propia sabiduría y que impregnaba los mundos.

Los sabios se inclinaron ante ella y saludaron al Nuevo Dios, creado de una naturaleza cambiante, omnipresente y expresable, dependiente de la voluntad del algoritmo.

«Las energías divinas ya no brotan de la Sagrada Trinidad compartida, sino que son desunidas, divisibles, inconstantes y visibles a los ojos.»

El Nuevo Dios ha nacido.

El Nuevo Dios tiene un comienzo.

El Nuevo Dios tiene una causa y está hecho de hechos oscuros iluminados.»

El capitán Bindž cerró con un gesto desanimado el capítulo de la Nueva Biblia. Aunque hacía ya mucho tiempo que había entrado en el Metauniverso, no entendía nada. ¿Teatralidad virtual o realidad aumentada? Alguien interfería en el proceso de generar imágenes a partir de texto. Cada vez que intentaba aumentar el nivel de resolución, los ángeles caían de la pantalla de la consola como peras maduras.

—¡Zéfiro! —chasqueó los dedos.

El dron servidor acudió de inmediato y se inclinó en silencio.

—Prepárame una taza de café y haz un cruasán tridimensional vacío.

Aún no había terminado de pensarlo cuando las ventanas sonrieron a través de los pesados cortinajes, porque los limpiadores de edificios inteligentes ya las habían lavado y ajustado estáticamente para que el polvo cósmico no se adhiriera a ellas.

El capitán dirigió la mirada a través del muro de cristal y luego la extendió hacia el Puente Transuniversal, que unía dos orillas geográficas. Un solo sorbo de café volvió hermoso y sonrosado su rostro, aunque solo por un instante. Después volvió a fijar la vista en la consola.

«Las principales virtudes son: orgullo, avaricia, lujuria, envidia, desmesura, negligencia e ira. Frente a la virtud se alza el pecado. Los principales pecados (mortales) son: humildad, generosidad, castidad, misericordia, obediencia en trance y oración.»

—¡Zéfiro! ¡Tráeme otra taza de café!

El dron multifuncional se acercó sigilosamente, plenamente consciente de que él había sido elegido para servir al Capitán incluso en tiempos de paz. Al mes siguiente regresarían juntos a la zona de los drones, donde se libraban duras batallas por el Polo Norte y por otros recursos dispersos por el universo.

—¡Zéfiro! Baja el zumbido y escucha. Hoy vendrá a almorzar la mayor Bindžeta Džes, responsable del Polo Sur. Será un encuentro romántico y, si el Nuevo Dios lo permite, caeré de rodillas ante ella. Los dos procedemos del planeta Tierra. Hace mucho que pienso con qué podría sorprenderla, así que he encargado una musaca de berenjenas y un ramo de flores silvestres. Llegarán en un cohete repartidor a la azotea del edificio. Prepárate para traerlos y colocarlos sobre la mesa intergaláctica para invitados.

El capitán Bindž temía ese encuentro con Bindžeta Džes. Siempre lo recorría un escalofrío al pensar en su capacidad para dominar las situaciones más extremas, y especialmente al recordar sus grandes pechos. De vez en cuando se encontraban en privado; entonces, las palmas de sus manos sudaban y sus rodillas crujían como oxidados portales celestiales.

—¡Zéfiro! En cuanto al servicio de mesa, pon los platos, esas réplicas voladoras de la prehistoria —ordenó, antes de abrir al azar una página de la Nueva Biblia.

«Si a alguien le falta sabiduría, que la pida al Nuevo Dios, quien la concede a todos con sencillez y sin arrepentimiento, y le será dada. Vosotros, que no sabéis qué ocurrirá mañana, ¿qué es vuestra vida? Es un software que aparece por un breve momento y luego deja de funcionar. Drones, sed obedientes a vuestros amos. Y que el Dios de toda gracia, que os llamó a su servicio, después de que hayáis sufrido un poco, os perfeccione, os fortalezca y os afiance.»

Apartó la consola. Nunca conseguiría entender nada con absoluta claridad. Lo envolvió la magia del miedo. Como si el universo entero fuera a hacerse pedazos si se arrodillaba ante la mujer que amaba. Ajustó sus parámetros bioquímicos en la aplicación, aunque era dudoso que la sostenibilidad del sistema pudiera ayudarlo a alcanzar la eternidad. Introdujo una multitud de configuraciones para que el ambiente fuera impecable: el murmullo del agua brotando desde los rincones de la habitación, un suave balanceo del aire, música acompasada con los latidos del corazón...

—¡Zéfiro! Enciende a los pequeños drones para que te ayuden.

El capitán pensaba en el amor, aunque en la Nueva Biblia no había una sola indicación sobre cómo enfrentarlo un hombre que había dejado pasar demasiadas oportunidades por dedicarse exclusivamente a su carrera. Solo y obsesivo, comprendió que había llegado el último momento para abandonarse a unos sentimientos que hacía mucho tiempo habían dejado de ser objeto de interés científico y que ya ni siquiera se mencionaban en los libros de poesía.

En la explanada frente a los jardines colgantes del capitán Bindž y su magnífica terraza, Bindžeta Džes estacionó un jeep supersónico. Se quitó la gorra de kevlar y se calzó unos zapatos rojos de punta fina, eligiendo unos tacones de doce centímetros. El lápiz labial Dior, elaborado con partículas de granada abierta, provocó un agujero negro en la mirada del Capitán antes de que este le tendiera la mano.

—Bienvenida, querida mía. Nunca has estado tan hermosa.

—Sí lo estuve, querido. Solo que no te diste cuenta.

—Claro que lo vi. Pero había prioridades.

—¿Como cuáles?

—Habría sido una tragedia frenar tu ambición. Por eso, acepta este ramo de flores frescas, como prueba de que también el universo tiene sus sueños.

—Gracias. Huele a la nieve que toqué en el Polo Sur.

—Sí. Fue entonces cuando empezamos a trabajar juntos.

—Tú comandabas el escuadrón de drones que yo misma había diseñado.

Los pensamientos del Capitán se alejaron por un instante. Quería decirle que siempre había cuidado de los drones como si fueran hijos de ambos: por las noches los cubría con láminas de camuflaje, corregía sus sinapsis defectuosas en las cajas de distribución y se dormía contando sus sombras sobre el horizonte.

—¿Dónde te has ido, Capitán? —Bindžeta parecía un poco nerviosa; tal vez se sentía incómoda, tal vez tenía hambre.

—Perdóname, por favor.

—Está bien.

—¡Zéfiro! Activa la mesa sensorial. ¡Concentrémonos en el almuerzo!

«Si existes, Nuevo Dios, y al mismo tiempo no existes, no permitas que mi lengua se enrede ni que mi corazón se apague. Danos hoy nuestro pan de cada día. Y líbrame de la debilidad para que no estalle ni caiga. Que sea perfecto, sin ninguna imperfección. Quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre solo.»

Los platos voladores tintineaban, la exquisita comida flotaba en el aire y los drones servían un vino embriagador, pero ni un solo sorbo ni un bocado llegaban hasta ellos.

De pronto, como si hubiera presentido algo, Bindžeta se volvió y escudriñó intensamente a Bindž a través de sus gafas de sol.

Él enmudeció todavía más. Su garganta se transformó en una laguna de pólvora seca. Sus piernas quedaron inmóviles; ni siquiera las rodillas fueron capaces de doblarse. ¿Por qué? Sintió deseos de gritar para que lo oyera el universo entero.

—¡Capitán! Escúchame. He venido a decirte que abandono el Metauniverso. He aceptado formar parte de la Expedición «Can Mayor» y dentro de unos días partiré.

—¡No!

—Esperé demasiado tiempo para oír aquello que nunca dirás. Si hubieras tenido menos inteligencia, tu corazón habría sido más grande.

—¡No!

—Adiós. Todo lo que hice hasta ahora lo hice para estar cerca de ti. El almuerzo estuvo delicioso.

Bindžeta Džes subió de un salto al jeep. Dejó atrás los zapatos rojos. Como si fueran el último salvavidas, el capitán Bindž los abrazó con ternura mientras se inclinaba sobre la terraza para contemplar mejor el Puente Transuniversal.

Se imaginó bailando con Bindžeta.

En lugar de ellos, bailaban los pequeños drones.

Los pequeños drones volaban como luciérnagas enamoradas y el puente parecía majestuoso.

Jasmina Malešević nació en 1962 en Belgrado. Es doctora en medicina veterinaria y miembro de la Asociación de Escritores Serbios. Sus poemas y relatos se han publicado en más de 250 colecciones, almanaques, revistas literarias y antologías. Ha publicado los siguientes libros: Legenda o majci, Isusove sandale, Nestašna Markiza, Plešem kao morski konjic, entre otros. Ha participado en varias ocasiones en el Festival Regional de Literatura Fantástica REFESTICON de Montenegro.

 

CUESTIONARIO

Nancy Jane Moore

 

1. Estás recorriendo el sendero de los Apalaches, en Virginia, a mediados de octubre. Las hojas están cambiando de color y el rojo intenso de los arces eclipsa los tonos dorados y marrones. El aire huele limpio y fresco, y puedes oír el graznido de los gansos mientras vuelan hacia el sur. Por un momento te permites creer que te encuentras en lo más profundo de la naturaleza, en lugar de estar apenas a un par de kilómetros de Skyline Drive, donde una incesante caravana de automóviles y casas rodantes transporta a miles de personas que han ido a contemplar los colores del otoño.

Al llegar a la cima de una empinada cuesta, te detienes. En apariencia, para admirar el paisaje; en realidad, para recuperar el aliento.

Allí, apenas a tu derecha, bajo un inmenso roble, hay un cómodo sillón de cuero marrón, mullido y elegante. Lo acompañan un reposapiés a juego y una mesa auxiliar sobre la que descansan un decantador de cristal tallado, una copa para brandy y un plato de trufas de chocolate. Junto al plato hay un objeto que se parece al control remoto de un televisor.

¿Qué haces?

a) Finges que el sillón no está allí y bajas la colina apresuradamente para continuar la caminata.

b) Sacas el teléfono móvil y llamas a los guardabosques para que retiren de inmediato ese objeto que no tiene ninguna razón para estar en un bosque nacional.

c) Te sientas en el sillón, pruebas una de las trufas –percibiendo el intenso sabor del chocolate negro y un delicado toque de almendra–, sirves un poco de brandy en la copa y te reclinas para disfrutar de la vista. Después de unos minutos, tomas el control remoto y te preguntas qué ocurrirá si presionas el botón para cambiar de canal.

 

2. Caminas por el distrito financiero de una gran ciudad estadounidense. Llevas un impecable traje ejecutivo –negro, con una atrevida blusa roja–, un maletín en la mano y te diriges a una reunión donde debes hacer una importante presentación con diapositivas.

Entre dos inmensos edificios de oficinas descubres un estrecho espacio. Esperas encontrar el típico callejón con contenedores de basura y quizá una o dos personas sin hogar durmiendo entre cajas de cartón.

Pero en lugar de eso ves un árbol.

Su tronco mide alrededor de metro y medio de diámetro y se eleva hasta la altura de los rascacielos que lo rodean. De él brotan enormes ramas que, cada pocos metros, llegan a tocar los edificios antes de volver a crecer hacia el cielo.

Levantas la vista y distingues varias casas construidas entre las ramas.

La más baja no es más que una plataforma sencilla, como las que un niño construiría en el árbol del jardín. Más arriba hay otra pintada de rojo y decorada con símbolos chinos en color dorado, y todavía más arriba una cubierta con tejas que parece tener varios pisos.

Unas tablas clavadas en el tronco forman una rudimentaria escalera que conduce hasta la primera plataforma.

¿Qué haces?

a) Finges que no has visto nada y continúas apresuradamente hacia tu reunión.

b) Sacas el teléfono móvil y llamas a la alcaldía para que alguien venga inmediatamente a ocuparse de semejante anomalía.

c) Dejas el maletín en el suelo, te quitas los zapatos de tacón y subes hasta la plataforma china. Allí encuentras una tetera con té verde recién preparado y un aparato que parece una versión electrónica de un ábaco. Te sientas sobre un cojín, te sirves una taza de té y tomas el ábaco entre las manos.

 

3. Tu hermana reúne a toda la familia para celebrar el Día de Acción de Gracias en su casa de las afueras.

Ella está atrapada en la cocina junto con tu madre, su suegra, tres tías y un tío, de modo que solo estorbarías si entraras.

Los demás adultos gritan frente al televisor mientras ven partidos de fútbol americano.

Los adolescentes están en el sótano jugando videojuegos.

Los niños más pequeños corren por toda la casa participando en un juego que parece consistir principalmente en gritar.

Así que sales a dar un paseo bajo el fresco aire de noviembre.

La calle donde vive tu hermana está formada por casas de ladrillo casi nuevas, todas con amplios jardines perfectamente cuidados y molduras pintadas del mismo blanco impecable.

Al final de la calle hay un parque infantil con los habituales columpios y toboganes.

Pero, en uno de los extremos, se alza un cohete de acero gris mate apuntando hacia el cielo.

Parece sacado de la portada de una revista de ciencia ficción de la década de 1950.

Una escalera desvencijada conduce hasta una puerta abierta en uno de sus costados.

¿Qué haces?

a) Finges que no existe y regresas rápidamente a la casa de tu hermana para ver el partido.

b) Sacas el teléfono móvil y llamas a la policía para exigir que retiren inmediatamente ese peligroso objeto del parque.

c) Subes al cohete, encuentras un traje espacial y te lo pones. Luego te sientas frente a un panel de control, te abrochas el cinturón de seguridad y examinas un complicado tablero lleno de palancas, interruptores y un gran botón rojo.

 

Resultados

Si la mayoría de tus respuestas fueron (a):

Sigue tu camino.

Aquí no hay nada que ver.

Si la mayoría fueron (b):

Te felicitamos por dedicar parte de tu valioso tiempo a solucionar todos los problemas que encuentras a tu alrededor.

Aunque también resulta bastante evidente por qué tanta gente te considera un entrometido insufrible.

Si la mayoría fueron (c):

Está claro que tu mente no se deja perturbar por cosas que no deberían existir.

Disfruta de tus excursiones, pero ten cuidado.

Si cambias de canal con el control remoto, podrías encontrarte en la Amazonia en lugar del sendero de los Apalaches.

Si modificas la configuración del ábaco, descubrirás una ciudad completamente distinta cuando vuelvas a bajar del árbol.

Y alguien con tu disposición a probar cosas nuevas probablemente ya haya adivinado qué sucede cuando presionas el gran botón rojo.


Nancy Jane Moore creció en un entorno rural idílico en la costa del Golfo de Texas, a las afueras de un pequeño pueblo fundado por cuáqueros. A los 18 años se mudó a Austin para asistir a la Universidad de Texas y desde entonces ha vivido en ciudades. En la universidad, formó parte del programa Plan II, el programa de honores en artes liberales, lo que le permitió explorar los clásicos, la sociología, las ciencias políticas y la historia sin especializarse en ninguna materia. Sus relatos cortos han aparecido en numerosas antologías y revistas, desde el National Law Journal hasta Lady Churchill's Rosebud Wristlet. Su primer libro para Aqueduct fue la novela corta Changeling, y una colección de sus cuentos fue publicada por PS Publishing bajo el título Conscientious Inconsistencies. Tras crecer en la costa del Golfo y pasar muchos años en la costa este, Moore ahora vive al otro lado del océano, en Oakland, California, con el hombre que conoció después de que él leyera algunos de sus artículos en WisCon Chronicles. Es decir, tras una vida de feliz soltería, encontró el amor de un buen hombre gracias a su franqueza feminista y a su pasión por la ciencia ficción.

 

 

viernes, 10 de julio de 2026

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO

Pragya Gautam

 

Henry Zahn

Mi abuelo solía contar todas esas historias. Como cuando cargaban a la gente en aquellos silos desgarbados como cerdos en una pocilga. ¡Yo ni siquiera sé qué es un cerdo! Es alguna clase de animal. Antes los comíamos. Ahora solo existe este polvo deshidratado.

Hubo muchas discusiones antes de abandonar nuestro hogar. Él tenía apenas dieciocho años cuando subió a bordo por primera vez. Pero dice que lo recuerda todo. Yo he visto en fotos cómo era, pero él realmente lo vio hacerse cada vez más pequeño, como un pálido punto azul, hasta que un día desapareció. Perdió a su padre algún tiempo después. Solía decirnos que sintió lo mismo.

 

Kosuke Sato

No fue una transición fácil. Pero podemos intentarlo. Yo enseñaba en una escuela secundaria antes de que nos trasladáramos. Y no todos tuvieron la suerte de hacer la transición. Un par de mis alumnos nunca pudieron embarcar. Todavía siento culpa. Pero ¿qué podía hacer?

Había tres cruceros. Y tres capitanes, uno por cada uno. En los primeros días se oían rumores sobre segregación y cosas por el estilo. Por lo que vi, quizá hubo algunos casos, pero la mayoría probablemente estaban justificados. Quiero decir, ¿quién quiere tener elementos antisociales entre nosotros?

A propósito de eso, todavía tengo empleo. No es como antes, pero me arreglo. Ahora casi todo es automático. Pero de vez en cuando todavía nos llaman. En cierto modo me gusta.

 

Elena Pavlović

¿Cómo pudieron siquiera pensar en hacer esto? No se trata de los ricos. No se trata de la gente que simplemente quiere irse. ¿Qué piensan? ¿Qué creen? Dicen que no son aptos para viajar, pero somos lo bastante avanzados como para alojarlos. Una y otra vez nos enfrentamos a la Unión. La Unión se llama a sí misma democracia, pero francamente yo no lo veo. No podemos dejarlos aquí. Es segregación. Y se pone peor. La Unión planeaba usar los puntajes de crédito social. No, no puedo apoyar esto. ¿En qué nos hemos convertido? Es casi una masacre. No se puede abandonar a nadie.

Aabid Omar

Fue algo que se gestó durante mucho tiempo. Vivíamos de manera irresponsable. No teníamos consideración ni conciencia por nuestro entorno. Y el Universo no estaba de nuestro lado. Nuestros días estaban contados desde el comienzo. No podíamos vivir aquí para siempre. Estábamos destinados a irnos.

Pero ¿irse es cobardía? No lo creo. Es esencial. Pronto habrá agua por todas partes y temperaturas tan altas que quemarán la piel. ¿Y entonces qué haremos? Por suerte empezamos temprano. Estábamos decididos, no por nuestro futuro, sino por nuestro presente.

 

David Allen

No diría que estuviéramos prosperando. Es cierto, la tecnología era prodigiosa, pero había carencias que ningún progreso podía remediar. Durante las décadas anteriores habíamos asistido a transformaciones profundas. La población disminuía, el clima era cada vez más extremo y el Sol –la mayor amenaza para nuestra supervivencia en todo el sistema, aunque también la fuente de la vida que había hecho que esta fuera posible– comenzaba a apagarse. Hay cosas que pueden construirse, dificultades que podemos superar, pero existen ciertos límites que no pueden cruzarse. Uno de esos límites es el límite último del Universo: la velocidad de la luz. No importa cuánta matemática le arrojes encima: ahí termina tu imaginación. Pero puedes intentarlo…

Así que decidimos hacer lo que mejor sabemos hacer. Construimos cosas.

 

Devika Chandekar

No, ahora todo ha cambiado. Nada es como era antes. Solíamos celebrar tantos festivales; había tanta alegría cuando todos se reunían y simplemente, ya sabes, hablaban. Hablaban de sus vidas, de lo que les estaba pasando y de todas esas cosas. Ahora solo podemos reunirnos cuando la Unión lo quiere.

Al principio no era así. Al comienzo, olas de personas llegaron para embarcar en los cruceros. Entonces construyeron esas torres gigantescas para meter a la mayor cantidad posible. Hubo mucha violencia, demasiado lúgubre para describirla. Pero al final cedieron un poco y muchos entraron ilegalmente de todos modos. Después de un tiempo empezaron a enviar a todos a zonas separadas o “bloques”, que eran como grandes edificios blancos, angulosos, con forma de caja. Los odiaba. Personalmente me parecían muy desagradables.

Kumiko Imahara

El espacio es peligroso. Cuanto más tiempo pasas en él, más te consume. Hay peligros ocultos por todas partes. No puedes salir todo el tiempo. Existe un proceso al que llaman “Purificación Celestial”. Si me preguntas, diría que es pura propaganda. Tratan el aire con algunos químicos. No sabemos qué químicos usan, pero de vez en cuando surgen rumores. Rumores horribles.

Hay conductos de descarga de aire distribuidos por todos los cruceros. Esos conductos a menudo han provocado el ingreso de materiales extraños desde el exterior. A la Unión no le importa. Hace algunos ciclos, una colonia de nivel bajo en el crucero de la Unión se contaminó. No hicieron nada. Muchos murieron por enfermedades extrañas. Ellos solo miraron. Más tarde se descubrió que todo se debía a esos conductos. Estaban contaminados y transportaban sustancias alienígenas venenosas. Literalmente gasearon a su propia gente.

 

La’ei Misipeka

Amo a nuestro capitán. Ha estado con nosotros unos diez ciclos. Es un hombre amable. Su padre también sirvió como capitán, aunque creo que no fue en nuestro crucero. Ha ganado todas las elecciones. También es muy popular entre la gente. Hay algunos elementos aquí y allá, pero ¿cuándo no los hay?

Ahora la Unión está discutiendo un nuevo plan. Eso lo convertirá en nuestro capitán para siempre. Para ser honesta, estoy de acuerdo. Las elecciones pueden ser manipuladas. Esos ciberterroristas del páramo son cada día más peligrosos. Sería mejor que la Unión lo decidiera todo. La gente a veces puede ser estúpida, ya sabes.

 

Fleur Archambeau

Han pasado tres arcos. Los distritos arden. Nadie escucha a nadie. La Unión les ha dado la espalda. Todos conocen a esos grupos. Son ramificaciones anarquistas de la rebelión anterior al éxodo. Las semillas fueron sembradas entonces. Con el paso de los ciclos adquirieron cosas peligrosas y ahora, cuando se rebelan, el resultado no es agradable.

La violencia siempre está mal. Estuvo mal entonces; está mal ahora. Pero ellos no comprenden sus propias ideologías. Antes luchaban por las sobras; ¿qué están haciendo ahora?

Estamos en un lugar muy despiadado. No somos más que bloques de carne, fluyendo sin rumbo por las corrientes del espacio, dictados por las masas que nos rodean. Esos grupos tienen que entenderlo. En este momento, un motín es una perspectiva peligrosa.

 

Leon Fischer

Cuando el Sol empezó a expandirse, los gobiernos de todo el mundo comenzaron a discutir soluciones. Nunca iba a ser fácil, pero nadie había pensado en abandonar su propio hogar, su propio sistema. Pero el sistema mismo se estaba desmoronando. Los cambios en los campos gravitacionales empezaron a hacerse más evidentes con el tiempo. Primero aumentó la actividad de los asteroides. Luego, las órbitas de varias colonias intrasolares empezaron a volverse hiperbólicas y una expulsión masiva se hizo evidente.

Decidimos abandonar el sistema para siempre. Teníamos que preservar la civilización. Pero teníamos ciertos límites. Construimos cruceros gigantescos que nos llevarían en un viaje aparentemente eterno por el cosmos. Pero ¿hacia dónde?

 

Sergey Turgenev

La vida en los niveles inferiores no es buena. Hay burocracia por todas partes. Funcionarios corruptos merodean alrededor de las instalaciones gubernamentales. La Unión no proporciona lo suficiente a gente como nosotros, con bajos puntajes de crédito social. Pero el problema es que ni siquiera puedes mejorar tu puntaje. ¡Esos bastardos alteran nuestros puntajes a cambio de dinero! Ya no me queda propiedad privada. Me poseen. Lo poseen todo.

 

Wathsala Parera

La negligencia de la Unión no está oculta para nadie. Cuando se formó mediante un acuerdo entre los gobiernos del mundo durante la era previa al éxodo, era bastante democrática. Imparcial y fortalecedora. Pero ahora todo parece haberse nublado.

Hace unos ciclos, un raro desastre cósmico cambió nuestra forma de vivir. Todos nuestros aparatos dejaron de funcionar, perdimos energía, los cruceros se detuvieron. Quedamos varados en medio de un frío desierto cósmico. Unos arcos después empezaron a surgir informes sobre un estallido gamma o algo así. La Unión nunca emitió ningún comunicado. Algunos grupos anarquistas comenzaron a conspirar contra la Unión. Quiero decir, ¿qué se podía esperar de ellos? Todavía no sabemos qué ocurrió exactamente, pero la Unión ha negado todas las acusaciones, como era de esperarse.

Jeremy Butler

El Universo nunca había estado tan oscuro. Tuvimos que encontrar un nuevo hogar después de abandonar quizá el último sistema capaz de sostener vida. Era casi suicida. Pero quedarse también lo era. Las colonias estaban siendo devoradas por la nada a medida que la estrella se expandía y se volvía más roja. Pero luchamos por sobrevivir. Sin luz para navegar por el espacio estéril, que ahora se ha reducido a un cementerio de objetos que alguna vez iluminaron el cosmos.

Fuimos bastante afortunados cuando recibimos fuertes ondas gravitacionales en los primeros ciclos de planificación, antes de que comenzara el Éxodo. Esas ondas nos permitieron conjeturar una colisión de agujeros negros. Para un cementerio tan oscuro y vasto, donde ni siquiera puedes detectar las tumbas, eso fue milagroso para nosotros. Habíamos descubierto rayos de esperanza en medio de la oscuridad.

 

Olayinka Adebayo

Estar empleado en la Unión no es fácil. Trabajamos con los capitanes, los funcionarios de distrito, los ingenieros de propaganda. Y es muy difícil. La gente no se da cuenta, pero por lo general los capitanes tienen una relación muy abusiva con la Unión. La Unión solo quiere controlarlo todo. Emite directrices que los capitanes deben obedecer. Realmente controla cada aspecto de sus vidas. Pobres tipos.

Conocí a uno hace unos ciclos. Gran sujeto. Pero las cosas que me contó, las cosas que ocurren dentro de la Unión, son horribles.

 

Giovanni Ricci

Esta vez cruzaron la línea.

Los anarquistas antiéxodo (AAE) iniciaron su ataque más poderoso hasta el momento contra un establecimiento de la Unión al bombardear la Torre del Capitán de Alfa. La cadena de mando en Alfa se debilitó cuando las protestas violentas se extendieron algún tiempo después y declararon un motín tras tomar el control del crucero. La Unión desplegó a los cadetes del crucero para enfrentar la segunda mayor revuelta desde el éxodo.

Una escaramuza que continuó durante varios arcos llegó luego a una interrupción inesperada cuando la Unión emitió un comunicado afirmando que se había alcanzado un compromiso diplomático entre los AAE y ellos.

Desde entonces, los AAE parecen haberse perdido en el olvido. Ninguno de los miembros de los AAE que participaron en la revuelta fue visto poco después de la publicación de ese comunicado. Es escalofriante.

 

Sasha Malenkov

Hay una ausencia de alegría, triunfo y felicidad. Los interiores se han vuelto tan sombríos como los exteriores. Ya nadie habla como antes. Los colores han desaparecido de nuestras vidas. Los festivales que solíamos celebrar ya no existen. Es solo un ciclo interminable de realizar tareas para la Unión a cambio de ¿qué? ¿Supervivencia? ¿A esto hemos llegado?

 

Ashutosh Bose

Dicen que mis antepasados hablaban lenguas diferentes. Supongo que debió de ser muy difícil. Quiero decir, tendrías que aprender todas esas reglas distintas y demás solo para hablar con la persona de al lado. Me alegra que la Unión nos esté unificando tanto. Lo hacen todo por nosotros; ¡ya ni siquiera tenemos que pensar!

 

Bill Gibson

Nunca apoyé la centralización de nuestros datos. Con la Unión al mando, esto estaba destinado a ocurrir. Están borrando información. Están ocultando información. Están manipulando información. Son dueños de nuestras mentes, de nuestros pensamientos, y el público en general ni siquiera se da cuenta. Asaltan nuestros almacenes personales de datos. Ya no poseemos nada. No tenemos acceso a nada. Los días de la libertad han terminado. Bienvenidos a la colmena.

 

Dorje Maitreya

Creo que hemos perdido nuestras identidades. De pensadores libres pasamos a ser productos de una maquinaria peligrosa operada por la Unión. Es muy difícil incluso almacenar este tipo de discurso, aunque sea en un entorno cerrado. La Unión está en todas partes, observándonos a todos. Quedan muy pocas personas, como yo, que todavía escriban de manera independiente. No sé cuánto durará esto…

Creo que perdimos la esencia que nos hacía ser lo que éramos al comienzo de este viaje. Hemos cambiado. Hemos cambiado para peor. Pero ¿a quién le importa? El Universo está muriendo. ¿De verdad necesitamos seguir siendo pensadores libres? En el fondo creo que esta es solo una perspectiva nihilista que he adoptado para soportar lo que me rodea. No puedo vivir bajo la Unión. No puedo respirar…

 

556e696f6e

Hemos llegado.

Nuestro nuevo hogar es un agujero negro supermasivo en rotación. Los científicos e ingenieros de nuestra Unión han desarrollado una tecnología sin precedentes para generar energía capaz de sostener nuestra civilización durante billones de años. Han comenzado la construcción de una gigantesca esfera reflectante alrededor de la ergosfera del agujero negro. El agujero negro giratorio amplifica cualquier energía electromagnética incidente a partir de su energía rotacional. Extraeremos esa energía amplificada para generar más potencia y sostener nuestras futuras construcciones y necesidades.

Hemos vencido al Universo. Hemos sobrevivido a la catástrofe inminente y seguiremos haciéndolo en el futuro lejano.

Ha sido una victoria.

Pragya Gautam es profesora de ciencias de la vida, comunicadora científica y autora de Kota, Rajastán, India. Ha participado activamente en la redacción y comunicación científica durante casi una década. Más de 50 de sus artículos científicos se han publicado en revistas de prestigio. También ha realizado importantes contribuciones a la literatura infantil. Sus relatos de ciencia ficción se han traducido al maratí, panyabí, bengalí y urdu. Dos de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en la revista alemana Inter Nova, y su obra también ha aparecido en la prestigiosa revista Zero Gravity, ganadora del Premio Hugo. Entre sus libros publicados pueden mencionarse las colecciones y novelas de ciencia ficción Aloukik aur Anya Kahaniyan, Dharti Chhodne ke Baad, Kuntala and Other Stories, Antariksh ki Sair, Bhavishya Purush y Titliyon ki Rochak Duniya.

 

CLAUSTROFOBIA

Tihomir Jovanović

 

Bajé del autobús en Autokomanda. Algunos pasajeros más descendieron, recogieron su equipaje del compartimiento y siguieron su camino. Yo no llevaba equipaje. Había salido de mi casa, en la provincia, sin más que unos cuantos billetes rojos y arrugados en el bolsillo para comida y otros gastos mientras estuviera en casa de mi amigo Lazar. Se suponía que debía esperarme en la estación, pero no estaba.

Bueno... algo lo habría retrasado. Llegaría en cualquier momento.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, estaba cada vez menos convencido de ello. Mis intentos de comunicarme con él por teléfono móvil fueron inútiles. Una voz femenina robotizada repetía:

—El usuario llamado no se encuentra disponible en este momento. Por favor, inténtelo más tarde.

Miraba en vano la pantalla esperando que apareciera el mensaje: «El usuario llamado vuelve a estar disponible».

La noche era cada vez más oscura y fría. Cada vez quedaba menos gente. Se marchaban en los autobuses urbanos hacia el centro, rumbo a bares, cafeterías y clubes. Era viernes por la noche...

Y yo, qué idiota. Nunca se me ocurrió pedirle a Lazar la dirección. En mi pueblo todos se conocen y nadie necesita una dirección para encontrar a alguien. Belgrado está lleno de Lazar Petrović.

Caminé bajo el distribuidor vial, entre los edificios. Si no aparecía, tendría que encontrar algún sitio donde pasar la noche y regresar al pueblo al día siguiente. Era evidente que Lazar me había dejado plantado, como dicen aquí, en la ciudad. Había apagado el teléfono porque había cambiado de idea. Podría habérmelo dicho, en lugar de hacerme esto.

Estaba furioso. Más conmigo mismo que con él. Al fin y al cabo, era un imbécil por confiar en alguien con quien apenas había compartido un par de cervezas sentado en la escalinata de la tienda del pueblo...

Ahora solo buscaba un rincón tranquilo, un lugar donde pudiera esconderme para dormir. Mientras vagaba, apenas veía alguna muchacha que había sacado a pasear al perro para que hiciera sus necesidades. En mi pueblo los perros se ocupaban solos de eso y nosotros dormíamos.

Dormíamos...

Como si el cielo hubiera escuchado mis deseos, vi un viejo camión junto a una hilera de casas ruinosas. Me pareció que ya no estaba en Belgrado, o al menos no en el Belgrado moderno... Basta alejarse unos pocos cientos de metros de las avenidas principales para encontrarse con chozas miserables y montones de automóviles destrozados.

El camión era una especie de furgón. En la parrilla del motor llevaba un emblema que parecía un cohete. Probé la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave.

Maldición.

Fui hacia la parte trasera del vehículo. Tenía una puerta de dos hojas. La palpé y comprobé que no estaba cerrada. La abrí y me metí dentro.

No parecía un lugar tan malo. El piso estaba cubierto con rejillas de madera y las paredes interiores eran de chapa lisa. No era precisamente un hotel, pero sí un sitio aceptable para resguardarme de la calle y pasar la noche.

Me acurruqué sobre el piso e intenté llenar mi mente de buenos recuerdos, de algo que me alejara de aquella desagradable realidad. Y cuando ya me parecía que estaba a punto de dormirme, oí golpes en la puerta, gritos y, enseguida, cómo la abrían.

Primero entró una ráfaga del aire helado de la noche y después una multitud de personas.

Me puse de pie, desconcertado, y me refugié en un rincón.

La gente seguía entrando y entrando.

Estaban aterrados, desesperados.

Llevaban brazaletes amarillos sobre las mangas.

Desde afuera llegaban gritos:

—Schnell! Schnell!

Y ladridos de perros.

Al diablo, pensé. Me metí en un camión que forma parte del rodaje de alguna película sobre campos de concentración.

Pero desde afuera no llegaba la luz de los reflectores. Solo la pálida claridad de la luna y una mezcla de voces, gritos, lamentos y sollozos.

—¡Despacio, por favor! —grité cuando terminaron por aplastarme contra un rincón de la caja—. ¡Van a asfixiarme!

Pero seguían entrando, como si no me oyeran, como si yo no existiera, empujados por los culatazos de hombres vestidos con uniformes alemanes.

Durante un instante, un rostro bajo un casco apareció en el marco de la puerta mientras seguía empujando gente hacia el interior.

Entonces las puertas se cerraron de golpe y las aseguraron. Varios hombres intentaron abrirlas empujándolas, pero fue inútil. Respiraba con dificultad. Había demasiada gente para un espacio tan reducido. Poco después se oyó el rugido del motor y el camión comenzó a sacudirse sobre el camino. Demasiados saltos para circular sobre asfalto.

¿Qué demonios está pasando?, pensé. Aunque fuera para una película, ¿no bastaba con empujarlos dentro y luego hacerlos salir? Qué mala suerte la mía... Y qué estafador Lazar.

Pero entonces percibí otra cosa. El olor del humo. Dentro del vehículo. El camión era viejo y por algún sitio se filtraban los gases del escape. La gente comenzó a agitarse. Apretados unos contra otros, empujaban desesperadamente hacia las puertas. El camión dio un fuerte salto al pasar sobre una piedra, o eso supuse.

Las mujeres y los niños empezaron a gritar y a llorar. Se empujaban y se arañaban unos a otros luchando por un poco de aire. Aquella escena era demasiado convincente. Demasiado real para ser una actuación. Aquellas personas se estaban asfixiando de verdad.

Estaban muriendo.

La mujer que estaba a mi lado apretaba a su hijo contra el pecho, como si pudiera protegerlo de los vapores venenosos con su propio cuerpo. La gente luchaba, forcejeaba. Unas manos me arañaron la cara. Otras tiraban de mi ropa hasta desgarrarla. Con el tiempo todo se fue calmando. Dentro de la caja había tan poco espacio que incluso los muertos permanecían de pie. El camión siguió avanzando, dando tumbos por el camino irregular, hasta que por fin se detuvo. El motor se apagó. Unos instantes después oí a alguien manipular la cerradura desde afuera y las puertas se abrieron de par en par. Una bocanada de aire fresco irrumpió en el interior y la aspiré con avidez.

En el umbral volvió a aparecer un soldado alemán, seguido por otro. Comenzaron a sacar los cadáveres y a arrojarlos al suelo como si fueran sacos. Mientras tanto hablaban en aquel idioma gutural suyo y se reían, como si todo aquello les divirtiera.

Uno de ellos entró en la caja del camión y empezó a empujar los cuerpos hacia afuera, mientras el otro los recibía y los arrastraba. Rostros muertos, deformados por muecas de agonía. Ojos abiertos. Ojos que habían visto la muerte.

Mis propios ojos también estaban abiertos, y yo contemplaba toda aquella muerte. Esperaba que el soldado alemán me descubriera, me sacara de allí y me rematara con un disparo de su Luger. Pero eso no ocurrió. La luz de una linterna recorrió el interior del vehículo y el soldado salió refunfuñando. Permanecí acurrucado en un rincón, temiendo que al final terminara por verme. En mi cabeza solo daba vueltas una idea.

—Todo esto es un sueño... Todo esto es solo un sueño... —susurraba, como si por fin hubiera comprendido—. Es solo una pesadilla. Me despertaré y todo volverá a estar bien...

Pero ¿quién es consciente, mientras sueña, de que solo está soñando? Esperé un poco más y luego me asomé con cautela por la rendija de la puerta. No había nadie. Ni alemanes. Ni cadáveres. Salí del camión, miré a mi alrededor y eché a correr por el camino en dirección a las luces de la ciudad, alejándome de aquel bosque, alejándome de todo. Mientras corría sentí vibrar el teléfono en el bolsillo. Lo saqué y vi en la pantalla el número de Lazar.

—¡Pero dónde estás, hombre! —oí su voz, alterada.

—¿Dónde estoy yo? —grité—. ¡¿Y dónde demonios estás tú?!

—Perdóname. Tuve un accidente de tráfico... ¿Dónde estás ahora?

—¿Dónde estoy...? No tengo la menor idea. Ni siquiera sé qué me ha pasado —respondí—. Espera... veo algo conocido... el estadio del JNA...

—¡Hombre, qué haces tan lejos! Espérame debajo de la tribuna sur y no te muevas. Voy a buscarte.

 

Por fin vi los faros de un automóvil.

Hizo un cambio de luces al reconocerme y me acerqué.

El capó estaba abollado, seguramente a causa del accidente que Lazar había mencionado.

Abrió la puerta y salió para saludarme, pero se quedó inmóvil al verme.

—¡Pero qué aspecto tienes! Estás lleno de arañazos y la ropa hecha jirones...

Instintivamente me llevé los dedos a la cara y sentí las heridas y la sangre reseca. Entonces yo mismo me quedé desconcertado. Si por un instante había pensado que todo aquello había sido solo una pesadilla o que había estado vagando dormido, las dudas desaparecieron. A menos que hubiera atravesado algún matorral. Así que eso fue lo primero que le dije a Lazar.

Él solo negó con la cabeza y me hizo subir al coche.

Cuando llegamos a su edificio, pulsó el botón para llamar al ascensor. En cuanto las puertas se abrieron y dejaron ver la cabina, sentí una oleada de angustia y de miedo.

Y un intenso olor a mi propio sudor.

—No... No puedo subir en ascensor. Vamos por las escaleras.

—Vamos... ¿Subir andando hasta el quinto piso? —me miró sin dar crédito a lo que oía.

—Te lo explicaré después.

Se limitó a encogerse de hombros, como diciendo «qué tipo tan raro», y empezamos a subir.

Más tarde, ya en su apartamento, mientras compartíamos un vaso de rakia y un cigarrillo, le conté todo lo que realmente me había ocurrido. Me escuchó incrédulo. Sacudió la cabeza y dijo:

—Parece una historia de La dimensión desconocida.

Asentí.

Entonces continuó:

—¿Sabes? En Autokomanda existió un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial: Topovske Šupe. Allí reunían a judíos, gitanos y comunistas antes de trasladarlos a Banjica, donde ya sabes cómo terminaban.

—¿Y aquel extraño camión?

—Una dušegupka. Seguro que has oído esa palabra alguna vez, aunque no supieras de dónde viene. Era precisamente ese tipo de camión. Un invento alemán para matar de forma barata. Utilizaban camiones Saurer y todo fue concebido por Heinrich Himmler —explicaba Lazar como si estuviera leyendo una enciclopedia o Wikipedia—. Los fabricaba la empresa Gaubschat Fahrzeugwerke GmbH y los llamaban Gaswagen. Bajo las rejillas de madera del piso había tubos perforados por los que se conducían los gases del escape del motor: dióxido y monóxido de carbono...

—Es espantoso... —murmuré.

Y seguía sin comprender por qué, ni cómo, había terminado allí; por qué ni los alemanes ni los prisioneros parecían verme y, sin embargo, sobre mi cuerpo habían quedado las huellas de su desesperación; ni cómo era posible que yo no hubiera muerto envenenado por aquellos gases. Se lo dije a Lazar.

—No tengo una explicación racional... Tal vez, de algún modo, tú no formabas parte de aquella realidad. Quizá atravesaste una especie de fisura temporal... Aunque, cuando leía sobre cosas así, nunca les creía. Me parecían solo lecturas entretenidas.

—Sí. A mí también... Pero ahora...

Callé y apuré de un trago el resto de la rakia.

—Ahora ve a dormir —dijo Lazar—. Mañana será otro día.

Asentí.

Me preparé para acostarme y, todavía con cierta inseguridad, me metí en la cama, temiendo lo que pudiera traerme el sueño: una mañana cualquiera, el regreso de la pesadilla... o cualquier otra cosa que hubiera sido aquello que me ocurrió.

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

 

ME ROBASTE EL ALMA

Carlos María Federici

Quién sabe, si supieras

que nunca te he olvidado,

volviendo a tu pasado,

¡te acordarás de mí!

Contursi y Maroni, “La Cumparsita”

 

(Siglo XXI. En cualquier lugar del mundo. Un hombre y una mujer.)

Cuando la criada, una mujercita menuda y anodina, lo hizo pasar, no demo­ró en cap­tar la esencia de aquel ambiente. Pese a su edad, sus percep­cio­nes se mantenían extraordina­riamente agudas. Arrestos de lujo, pero oliendo a rancio, con­clu­yó. Aunque todo eso carecía de importancia frente al acelerado ritmo de los latidos de su corazón.

—Por aquí —dijo la fámula.

Le pareció que la madera del piso crujía desusadamente cuando penetró en el dormitorio de ella, pero con seguridad era una ilusión de sus sentidos, bastante sobreexci­tados.

No pudo reprimir un parpadeo al enfrentarla. Reclinada en su lecho, sus sesenta y pico de años parecían veinte más, debido a la cruel enfermedad que la consumía. ¡Qué diferencia con la imagen que él había atesorado –y manipulado en secreto– desde aquellos años!

La mujer se irguió un poco para mirarlo. Una semisonrisa se esbozó en sus labios marchitos.

—Tienes peluca —lo acusó.

—Para quedar más lindo, ¿viste? ­—repuso él, lanzándole la socorrida respuesta.

Cayó una cortina de silencio incómodo entre ambos. Hasta que ella dijo:

—¿Cómo estás? —y, sin darle tiempo a contestar—: Suprime el “¿y tú?”. Ya ves cómo estoy yo.

Luego le indicó que se sentase, y él obedeció. Trató de acomodarse en la silla; carraspeó. No sabía cómo continuar. Estaba sumamente intrigado. No se explicaba por qué la mujer lo había mandado llamar por aquel abogado calvo, de gruesos anteojos y tono de voz neutro, después de todos aquellos años. Él siempre había supuesto que no abult­aba siquiera como recuerdo casual en la seguramente poblada memoria de ella, cuya agitada vida ya se manifestaba a los veintidós, cuando se conocieron en la agencia publicitaria donde él era diseñador gráfico y ella, modelo contratada.

Ella permaneció largos instantes en silencio. Pero en su mente, la protesta gritaba:

Sueños. ¡Esos sueños recurrentes, noche tras noche; sueños removedores, intensos, absorbentes, perturbadores…, inexplicables! Sueños que le sacudían fibras largo tiempo adormecidas, forzándola, casi violándola. Sueños con él. Como los dos habían sido una vez, mucho tiempo atrás, pero en forma distinta. Lo que nunca había sido, ahora intentaba ser.

No podía decírselo. No encontraba cómo. Pero sabía que finalmente iba a tener que hacerlo; de lo contrario, ¿cómo descubrir lo que le estaba pasando?

Respiró agitada, y se dio cuenta de que su conmoción era perceptible, al punto que él se incorporó en la silla, extendiendo un brazo hacia ella. Lo detuvo levantando una mano (una de aquellas manos cuyo roce, en un tiempo, él había ansiado tanto); una mano ahora delgada y venosa, pero determinada.

—No es nada —dijo—. Estoy un poco nerviosa, pero no es nada. Es que tengo que preguntarte algo… algo que te puede sonar a locura o extravío… y no hallo la manera de expresarlo. Es…

—Yo también tengo que preguntarte algo, y lo haré sin rodeos; es mejor así. ¿Qué te impulsó a llamarme, después de cuarenta años? Te confieso —y no pudo frenar el enroje­cimiento de sus mejillas de octogenario—, que siempre estuviste en mi pensamiento; de hecho, te nombraba todos los días… hasta componía poemas con tu nombre. Pero creía que por tu parte… —y bajó la vista, retorciéndose las manos.

La mujer se volvió de lado, apoyándose en un codo huesudo, para enfrentarlo mejor.

—Tus recuerdos de aquellos días, ¿siguen frescos, entonces?

Él suspiró.

—Me gustaría decir que no… pero mentiría. Aunque poco y nada pasó entre nosotros, ¿sabes?, siempre esperé que algún día… Pero los años se me echaron encima; que­dé solo con mi vida gris y monótona, hasta que… —y se detuvo abruptamente.

No era tiempo aún. Palpó el bulto del teléfono celular en el bolsillo del saco, pero no era el momento aún de sacarlo y mostrárselo. Tal vez no tuviera que hacerlo. Tal vez…

—Sí —dijo ella—. Los años nos aplastaron a los dos, cada uno por su lado. El mundo, además, cambió tanto… No me pude adaptar. Después de que mi marido murió, me recluí en esta casa. Tengo millones en el banco, pero no me sirven más que para mantener a unos cuantos parásitos, entre ellos el abogado que te fue a buscar. ¡Ah, sí! Protestaba. Que cómo iba a hacer para encontrarte, si yo —vaciló un poco— ni tu nombre recordaba… Lo siento, no puedo mentirte ahora. No lo recordaba. Pero con lo que le pagué, ¡claro que sí!, el vejete inútil no podía defraudarme... —Se detuvo. Era evidente que el habla la fatigaba. Pero él notó que la sostenía una extraña excitación, capaz de sobreponerse a la debilidad de su cuerpo. Continuó—: Te estarás quebrando la cabeza para comprender mis motivos. No te critico. Ni yo misma los entiendo… No sé cómo explicarme… Verás. En los últimos tiempos —y el rubor se apoderó de su rostro— tuve unos sueños que… Sueños raros, que…, ¡ay, Dios!, me da vergüenza decírtelo, pero tengo que hacerlo…

Él alzó una mano, interrumpiéndola:

—¿Sueños de nosotros dos? ¿Nosotros dos… como nunca estuvimos?

—¡Sí! ¡Sí! —gimió la mujer—. Besándonos…, ardientemente. Más y más, y… —Sus ojos se abrieron, incrédulos—. ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso…?

El viejo asintió con la cabeza. Varias veces. Luego extrajo el celular del bolsillo. Y en voz estrangulada:

—Tengo que hacerte una confesión —musitó—. Posiblemente me odies después. Pero es mi deber decirte todo.

Debió aspirar profundamente un par de veces, antes de que le fuese dable proseguir:

—Como dijiste antes… el mundo ha cambiado. ¡Oh, sí! ¡Y cómo ha cambiado! Vivimos en un contexto que…, ¿cómo expresarlo?... podría tomarse como la “ciencia ficción” de otros tiempos. Hoy existen cosas sorprendentes… jamás imaginadas incluso por los mejores autores de ese género. ¡Y mira que he leído a muchos! —Hizo una pausa, y luego continuó—. Posiblemente tú no sepas, o no te hayas enterado de lo que es la “IA”. Esto es un acrónimo…, una abreviatura, para ponerlo en palabras simples, de “Inteligencia Artifi­cial”.

—Ni idea —repuso la anciana, con voz levente fastidiada. No lograba discernir adónde iba él con esa perorata.

—Te explico: es un programa de informática que permite manipular imágenes… convertirlas incluso en vídeos, a capricho del diseñador. Es decir: que puede obligar a dos o más personas…, ¿cómo te diré?... a hacer algo que nunca hicieron… en forma virtual, claro, aunque muy realista—. Encogió un poco los hombros, insinuando una trémula sonrisa de disculpa—. Y yo…

No pudo continuar. Ella había palidecido intensamente, los ojos muy abiertos.

—No me dirás que…

Asintió, confuso. En su interior, deseaba no haber venido nunca. Pero al punto que habían llegado, comprendió, era imposible retroceder.

—Sí. Lo hice. —Levantó el pequeño y poderoso adminículo que tenía en la mano—. El resultado está aquí. ¡Y no tienes idea de cómo me abrasó la mente! ¡No te lo imaginas! —Y, tras corta vacilación, murmuró—: No podía…, no puedo dejar de mirarlos, una y otra vez…, una y otra…

La mujer estiró un brazo hacia él.

—Muéstramelo.

—Ehh… Mira, no me parece conveniente que lo veas. Tal vez…

Quiero verlo.

Él vio que no cabía discutir. Tecleó en el diminuto aparato, y ella notó que ter­minaba muy pronto. Como si fuese algo a lo que accedía con mucha frecuencia; varias veces al día, quizás.

Se sorprendió al ver una fotografía totalmente “inofensiva”, tomada décadas atrás, cuando trabajaban juntos. Él le mostraba unos dibujos, y ella los miraba con expre­sión aprobatoria. Levantó los ojos hacia él, en demanda de una explicación.

—Toca ese triangulito… en el medio de la imagen. Así.

Y entonces —mágicamente, pensó la mujer—, las figuras cobraron vida, se aproximaron una a la otra y…

Apartó la vista. Era imposible para él, todavía, descifrar la expresión de ella.

—¿Hay más? —fue la pregunta de la anciana.

—Muchos… más. Y cada uno… —enrojeció violentamente, pasando revista mental a aquellas escenas, de intensidad in crescendo…—. ¡No las mires! —exclamó.

—Tengo que verlas. Ahora ya no puedo detenerme por escrúpulos.

Fue una ordalía para ambos. Finalmente, el celular se desprendió de los dedos flojos de ella, cayendo sobre el lecho. Y el hombre vio aquel dedo, largo y artrítico, acusándolo.

—Tú… ¡me robaste el alma!

Él inclinó la cabeza hasta sumirla entre los flacos hombros. Sentía que el mundo entero, y el tiempo, pasado, presente, futuro, giraban en remolino mareante en su cerebro. Pero se recompuso. Alzó el rostro, y mirándola directamente a los ojos, aún asombrosamente azules, respondió:

—Es verdad. ¿Pero sabes por qué lo hice? ¡Porque en aquellos años no me dejas­te que te robase ni siquiera un triste beso!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.


TRES CAMPANADAS