lunes, 18 de mayo de 2026

HANNA, EL ÁNGEL

Rodica Bretin

 

Alix me miró, luego al cielo despejado, salpicado de estrellas. Era de noche y, desde las murallas almenadas, la isla parecía un barco navegando mar adentro.

—Muéstramelo.

Extendí las manos hacia ella, con los dedos separados, como si empujara una barrera invisible, que se volvió más delgada y desapareció por completo cuando Alix apoyó sus palmas contra las mías.

De pronto, tuve la sensación aguda de alguien que despierta de un coma profundo. Imágenes, sonidos y olores explotaron a mi alrededor, como si estuviera en medio de un deslumbrante espectáculo de fuegos artificiales. Podía oír la luz de las estrellas y cada una sonaba diferente, como los instrumentos de una orquesta interpretando la sinfonía del cielo. Distinguía la vibración de un púlsar, el estruendo en cascada de un agujero negro, seguido por la obertura in crescendo de la explosión de una supernova. Podía ver a través del mar hasta las profundidades recorridas por tiburones, ballenas, delfines y pulpos y, más abajo aún, en el abismo acuático donde extrañas siluetas se deslizaban entre los corales, criaturas antediluvianas arrastraban la cola por la arena en la que cohortes de cangrejos marchaban en formación, preparándose para el Día D en que invadirían las playas del mundo. Percibía el olor de los cigarrillos de marihuana que fumaban dos pescadores en algún bote a kilómetros de distancia, el aroma de la resina de pino en un bosque al noroeste, el hedor de neumáticos quemados de un camión donde un muchacho y una muchacha hacían el amor, ella por primera vez, él…

¿Y Alix? ¿Desde cuándo se había vuelto translúcida, como una estatua de cristal? Podía ver sus huesos y músculos, arterias y venas donde la sangre latía en armonía con los ritmos eternos de la naturaleza. Escuché el latido… ¿de dos corazones?

Alix apartó las manos y mi universo volvió a ser como antes, una copia pálida y desvaída, una representación en blanco y negro de lo que Alix vivía, momento a momento. Alix, que… no era del todo humana. Algunos la llamarían diosa mortal, ¡pero no sabían nada! Desde afuera parecía siempre satisfecha consigo misma y con quienes la rodeaban, irradiando equilibrio y serena aceptación, un oasis de calma en un desierto de locura.

Alix oyó mi pensamiento.

—No exactamente —me contradijo sin levantar la voz—. Hubo un tiempo en que yo era igual que tú.

—¿Quieres decir siempre enfadada por cualquier cosa o por cualquiera?

Sonrió, pero sus ojos siguieron fijos en un pasado sombrío.

—Es difícil no saber quién eres, pero es aún más difícil no saber qué eres. Hasta los nueve años pensé que era normal. Nunca conocí a mis padres, pero eso no tenía nada de extraordinario; en aquellos días muchos niños de Estocolmo, Copenhague y Oslo terminaban como yo, abandonados, mendigando en las calles, dependiendo de la misericordia de los extraños. ¿Recuerdas a la niña de las cerillas, que murió congelada en la nieve mientras los ricos y sus familias celebraban la Navidad? ¿Un cuento que conmovió y despertó la sensibilidad de generaciones de lectores o un hecho real registrado por Hans Christian Andersen con dramático realismo? Yo tuve más suerte que la mayoría. Terminé en un orfanato parroquial. Tenía un techo sobre mi cabeza, una cama con un colchón relleno de paja, una manta viscosa y un lugar en la mesa común, donde el manjar cotidiano era un guiso de nabos. Todo estaba racionado. Cuando la ropa nos quedaba pequeña, nos daban otra igual de remendada y gastada. En cuanto a los zapatos, no teníamos. Debíamos estar agradecidas por las sobras, los harapos, un trozo de pan mohoso y una manzana carcomida por gusanos, porque no nos echaban afuera, a la ventisca. Éramos una carga sobre los hombros del personal del orfanato, de la cocinera que todos los días debía enfrentarse a una difícil decisión: ¿papas hervidas o al horno? Sufríamos hambre, frío, estábamos sucias y harapientas, pero podía ser peor… y oíamos aquello hasta que las otras huérfanas y yo empezamos a creerlo.

—Pero no Hanna.

—Hanna era mi amiga, la muchacha de cabello dorado y ojos de un azul tan pálido que parecían dos ópalos. Hanna hablaba poco y solo conmigo, pero no porque fuera tímida, silenciosa o retraída. Hanna creía que era un ángel. Sus padres celestiales se habían visto obligados a dejarla atrás, pero no la habían abandonado. Mañana, o dentro de un año, regresarían para llevársela con ellos. A veces podía oírlos llamándola por su nombre, diciéndole que no perdiera la paciencia ni la esperanza. Se habían marchado por un tiempo, pero…

—¿Adónde fueron? —le pregunté un día.

—La noche siguiente nos escabullimos por la ventana del ático del dormitorio y nos quedamos juntas contemplando el cielo estrellado desde el tejado. “¡Allí!”, dijo ella. Me mostró un destello igual a miles y miles de otros. Pero para Hanna aquella estrella era un faro, iluminando el camino de regreso a casa. Y desde entonces salíamos al tejado cada noche en que el cielo estaba despejado. Una vez me susurró otro secreto al oído. “Me han brotado alas invisibles. Si las abro, podría elevarme por encima de las casas, de los árboles.” ¿Y yo? le pregunté. “No te dejaré, Alix”, me respondió. Cuando mis padres vengan por mí, nos iremos juntas. Cuarenta niñas vivíamos en el dormitorio del ático. Una de ellas, nunca supe cuál, le informó a la supervisora sobre nuestras escapadas nocturnas. En el orfanato todo era escaso y estaba racionado: la comida, el calor, la cera de las velas… todo excepto los castigos. Durante casi dos días nos obligaron a permanecer arrodilladas sobre cáscaras trituradas de nuez. Luego nos dieron cepillos, jabón y cubos de agua para limpiar la sangre de las tablas del suelo. Pero el verdadero castigo aún estaba por llegar. La directora había llamado a un herrero para colocar barrotes de hierro en las ventanas del ático. Y la noche anterior a que el dormitorio se convirtiera en una prisión, Hanna se acercó a mi cama y puso un dedo sobre mis labios. No pronunció una sola palabra, pero comprendí su pensamiento. Aquellos eran nuestros últimos momentos de libertad. ¿Por qué desperdiciarlos? En el cielo, la negrura que cubría las estrellas comenzaba a disiparse. Antes había llovido y el tejado estaba mojado y resbaladizo. ¿Pero qué importaba? Hanna tenía alas, las estrellas parpadeaban entre las nubes desgarradas, pronto el firmamento estaría despejado y sería todo nuestro. Cuando las tejas resbalaron bajo mis pies, Hanna me sujetó de los brazos tratando de detenerme, pero no funcionó. Ambas nos precipitamos por encima del desagüe y caímos catorce metros hasta el patio pavimentado con granito. Desperté en la enfermería del orfanato. El médico me dijo que Hanna había quedado destrozada y había muerto al instante. Era una mentira cruel y me negué a creerla. ¡Hanna había volado! Había abierto las alas y flotaba en algún lugar sobre la ciudad. Pero ¿por qué me había dejado allí? Tal vez me dejó atrás porque todos mis huesos estaban rotos. Nadie en el orfanato creía que sobreviviría hasta la mañana, y esperaron y esperaron. Al amanecer aún no había dado mi último aliento y por la tarde pedí un vaso de agua.

—¿Había ocurrido un milagro?

—El médico me miró horrorizado y asustado, como si yo fuera un ternero de tres cabezas… ¿y qué? Hanna había escapado; volvería para llevarme lejos de él, de todos ellos. Aquella noche la fiebre descendió, pude mantenerme en pie y me levanté de la cama. El baño estaba al otro extremo del corredor y casi había llegado cuando percibí un olor extraño, como flores marchitas. Abrí una puerta, luego otra. En la tercera habitación encontré a Hanna, cubierta con una sábana manchada de óxido. Pero era sangre. La arranqué y contemplé el cuerpo destrozado y el rostro desfigurado de mi amiga. Había sido una niña que soñaba ser una criatura alada; ahora no era más que un cadáver anónimo que el orfanato estaba a punto de vender a la Clínica Real como material de estudio para estudiantes de medicina. Y en cuanto a mí, ¿era un ángel, un demonio, una abominación? Me trasladaron del dormitorio común a un armario en el sótano, pasándome la comida por una rendija de la puerta, como si tuviera lepra, peste o alguna otra enfermedad contagiosa. La directora había llamado a un exorcista y el médico informó a sus colegas anatomistas que prepararan la mesa y los instrumentos de disección, aunque no antes de realizar algunos experimentos científicos. ¿Era resistente al agua helada, al fuego o al ácido sulfúrico? ¿Podrían conservarme en formaldehído? Me llamaban la niña de huesos de goma, que había caído de un tejado y se había levantado sin un rasguño. Así nacen las leyendas urbanas. ¿Era afortunada o hija del diablo? Nunca llegaron a averiguarlo. El tercer día después del accidente que me trajo aquella fama indeseada, escapé del orfanato, dejando atrás la ciudad y luego Suecia. No permanecí más de un par de días en un mismo lugar, todavía huyendo aunque nadie me persiguiera, sin más equipaje que mis recuerdos. Hasta conocerte, Hanna había sido mi única amiga.

—Una muchacha que pensaba que era un ángel y otra que se imaginaba humana —dije—. Ambas estaban equivocadas y tenían razón al mismo tiempo. Pero al final, después de tantos caminos recorridos, ¿descubriste quién eres, qué eres?

Alix inclinó la cabeza hacia un lado y me observó bajo las pestañas.

—Al final… ¿es realmente tan importante?


Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

DURAK

Anatoly Belilovsky

 

—Es peligroso, este hielo —dijo el ruso.

La gran masa congelada se acercaba lentamente, mientras el camarero luchaba por empujar el carrito a través del umbral de la sala de cartas.

—Estoy de acuerdo —dijo el neoyorquino.

Barajó un mazo de cartas con bastante desgano.

—Parece que está a punto de provocarle una hernia a nuestro camarero.

—Yo solo quería suficiente para poner en mi brandy —dijo el texano—. ¿Por qué trajo el bloque entero?

—La White Star Line se enorgullece mucho de su servicio —dijo el camarero.

—En el Titanic no hacen nada en pequeño —dijo el neoyorquino—. Al menos no en primera clase.

El camarero descargó el picahielo con un golpe experto. Fragmentos de hielo cayeron brillando sobre el plato. El camarero los dejó caer dentro del vaso del texano.

—El peligro ahora mismo —dijo el inglés— es que entre un francés. Estaría perfectamente en su derecho de dispararle por este sacrilegio. Hielo en el armagnac…

—Es solo brandy —dijo el texano—. Usted no es francés, ¿verdad, muchacho?

—No, señor —respondió el camarero.

—Tiene un acento raro —dijo el texano—. ¿De dónde es?

—De Transilvania, señor —dijo el camarero.

—Anginas —dijo el ruso—. El frío puede enfermar la garganta y uno muere de anginas. Eso pasó con su George Washington. Murió de anginas.

El ruso hizo una pausa.

—En diciembre. Cuando hace frío.

—Murió por las sangrías —dijo el neoyorquino.

—¿En América usan sangrías? —preguntó el ruso—. En Rusia usamos sanguijuelas. Nadie muere por sanguijuelas. ¿Qué usan en Inglaterra?

—Transilvanos —dijo el inglés.

—¿Qué? —preguntó el ruso.

—¿Desean algo más? —preguntó el camarero.

—No —dijo el ruso—. ¿Transilvanos como sanguijuelas?

—Vampiros —dijo el inglés.

—Ah —dijo el ruso—. Del libro del señor Stoker. Es divertido.

—¿Leyó Drácula? —preguntó el neoyorquino.

—Leo todos los libros ingleses —dijo el ruso—. Sherlock Houses. Capitanes valientes. Máquina de los tiempos.

—¡H. G. Wells! —exclamó el inglés—. ¡Le gusta Wells!

—Leo a Wells —dijo el ruso—. No me gusta Wells.

—Yo tampoco soporto a Wells. Maldito socialista —dijo el texano.

—A mí me gustó bastante La guerra de los mundos —dijo el neoyorquino—. Al final, cuando los invasores mueren de influenza…

—¿Desean que traiga más hielo? —preguntó el camarero.

—Tenemos de sobra —dijo el texano—. Lo que escribió Wells… son puras tonterías. Eso no puede pasar.

—¿Por qué no? —preguntó el inglés.

—Primero que nada, allá en el rancho, si tiene vacas enfermas, las mantiene alejadas de las sanas, pero los pavos y las gallinas estarán perfectamente. La idea de que los marcianos agarren peste bovina cuando las cabras no la agarran… bueno, eso es ridículo.

—Es cierto —dijo el neoyorquino.

—Y en segundo lugar —dijo el texano—, no hay nada en Marte. Si hubiera algo allí, habrían dejado algo visible. Estoy seguro de que el señor Lowell habría visto ciudades, no solo canales, si existieran marcianos como los del libro.

—Ahora no hay nada alrededor del Caspio —dijo el ruso—. Y todos venimos de allí.

—¿Más armagnac, quizás? —sugirió el camarero.

—Tenemos suficiente armagnac —dijo el neoyorquino—. ¿Qué es eso del Caspio?

—Eso es un mar, ¿verdad? —preguntó el texano.

—Creo que se refiere a la hipótesis póntica sobre la urheimat indoeuropea —dijo el inglés.

—¿Le importaría hablar en inglés? —dijo el texano.

—¿Podría traerles un nuevo mazo de cartas? —preguntó el camarero—. No han terminado su partida de bridge.

—Estoy harto del bridge —dijo el neoyorquino—. Me aburro hasta la muerte. Nunca pasa nada en el Titanic.

—¿De qué se está quejando? —preguntó el texano—. La comida es perfecta, la orquesta es de primera. Y el servicio…

Hizo un gesto hacia el camarero.

—Habla por sí solo.

—El Titanic —dijo el camarero— recibió el mejor personal cuidadosamente seleccionado de toda la White Star Line, de la cual me enorgullece formar parte. ¿Quizás podría traer queso o sorbete?

—¿Ven a lo que me refiero? —dijo el neoyorquino—. No puedo quejarme de nada aquí. Quiero volver a casa. En Nueva York puedo quejarme. Me pone nervioso no hacerlo. No veo la hora de bajarme de este maldito barco.

—Qué lenguaje —dijo el inglés.

—Lomonósov escribió sobre lenguaje —dijo el ruso—. Dva siempre es dos, tri siempre es tres, kot siempre es gato, en eslavo y germánico y en hindustaní. Todos idiomas parecidos, todos vienen de la estepa. Ahora no hay nada allí.

—Interesante —dijo el inglés—. Creo que entiendo lo que quiere decir.

—Es como juego ruso de cartas —dijo el ruso—. Se llama Durak.

—Durak… ¿No es la palabra rusa para “tonto”? —preguntó el neoyorquino—. Uno la oye mucho caminando por el Lower East Side.

El ruso asintió.

—“Durak” también es el perdedor en el juego.

Desde el rincón de la sala, el camarero observaba con enorme interés.

—¿Cigarros? —preguntó—. ¿Desean que les traiga cigarros?

—Si no le importa, no queremos cigarros —dijo el inglés—. Me gustaría aprender este… Durak.

El ruso tomó las cartas y miró alrededor.

—¿Tengo permiso? —preguntó.

Los otros asintieron.

El ruso repartió rápidamente seis cartas para él y el inglés. Dio vuelta la decimotercera carta; era la jota de diamantes. El resto del mazo lo dejó boca abajo junto a la carta descubierta.

—Esta carta —dijo señalando la jota— nos dice cuál es el triunfo. Los triunfos funcionan igual que en bridge: una carta más alta vence a una más baja, pero solo dentro de su palo, y cualquier triunfo vence a cualquier otra carta excepto a un triunfo más alto. Ahora ataco.

Puso un siete de tréboles boca arriba.

—Creo que entiendo —dijo el inglés.

Lo cubrió con un diez de tréboles.

—Ahora —dijo el ruso— solo puedo continuar atacando con cartas del mismo valor que ya están sobre mesa: dieces y sietes.

Puso un siete de corazones.

—Por supuesto, fue buena idea empezar con carta que tenía en pareja…

El inglés puso un seis de diamantes.

—Ahora sabemos lo que no tiene —comentó el texano—. Si tuviera un corazón más alto que siete, lo habría jugado.

—Exactamente —dijo el ruso—. Y por suerte para mí…

Puso un seis de corazones.

El inglés levantó la vista.

—No tengo corazones y no tengo más diamantes. ¿Y ahora?

—Ahora las recoge. Son sus cartas ahora —dijo el ruso—. Yo me quedo con tres cartas, así que tomo tres del mazo.

Tomó tres cartas.

—Ahora vuelvo a tener seis y, como gané esta mano, ataco otra vez.

Puso una jota de espadas.

El inglés respondió con un as de espadas.

—Ahora puede atacar con una jota o un as, ¿correcto?

—Correcto —dijo el ruso—. Sin embargo, pensé que podría tener reina o rey y entonces continuaría. Pero así como está, terminé. Esto va al descarte.

Colocó las dos cartas sobre la mesa formando una nueva pila y tomó una carta del mazo de reserva.

—Ahora usted ataca.

El inglés empezó con un siete de corazones.

—Recuperando lo mío, ¿no? —dijo el ruso, cubriéndolo con una reina de corazones.

El inglés continuó con un siete de tréboles.

El ruso cubrió con una jota.

—Si hubiera tenido esto en la mano anterior… —dijo—. Pero la acabo de sacar ahora mismo.

Cubrió el siete con una reina de espadas.

—Tengo carta más baja —dijo— pero es bueno limitar opciones del oponente, ¿no? ¿Tiene algo para atacar?

El inglés negó con la cabeza.

—No más sietes, ni jotas, ni reinas.

El ruso reunió las cartas de la mesa.

—Defensa exitosa —dijo mientras las ponía en el descarte—. Ahora necesito tres, pero espero por usted, ya que defendió. Usted tiene…

—Cinco —dijo el inglés—. Entonces tomo una, ¿verdad?

El ruso asintió. El inglés tomó una carta, seguido por el ruso.

—¿Pudín Waldorf? —sugirió el camarero.

—¿Quiere dejar ya de preguntar? —dijo el neoyorquino—. Bien, ¿por dónde íbamos?

—Una carta, hacen seis, y es mi turno de atacar —dijo el inglés—. Hasta ahora parece un gran juego.

—¿En qué es mejor que el bridge? —preguntó el texano.

—Se parece más a una guerra real —dijo el inglés—. Las fuerzas usadas en una batalla siguen allí para la siguiente… aunque no necesariamente del mismo lado. Y supongo que las alianzas no son permanentes, como sí lo son en el bridge.

—Sí, aliados —dijo el ruso—. Más tarde les mostraré Durak con mucha gente, ya verán… se puede cambiar de aliados en mitad de mano.

—Las guerras napoleónicas —dijo el inglés—. O la Guerra de los Treinta Años. O las guerras de los sucesores de Alejandro.

—Tenemos pastel Napoleón —dijo el camarero—. Es muy bueno.

—No queremos pastel —dijo el texano—. Ahora, ¿cuál es el objetivo del juego?

—Es —dijo el ruso— quedarse sin cartas cuando se acaba mazo de reserva.

—Eso es un poco raro —dijo el neoyorquino—. En la vida real, ¿cómo se gana quedándose sin nada?

El ruso sonrió.

—¿Qué idiomas hablamos, además de inglés? Yo hablo ruso, francés y polaco.

—Algo de panyabí, en mi caso —dijo el inglés—. De mis días en el ejército.

—Español —dijo el texano.

—Alemán —dijo el neoyorquino.

—¿Pastel alemán de chocolate? —preguntó el camarero.

—Estoy lleno como un cerdo —dijo el texano—. Ese bistec con hígado picado… Y… ah, sí. ¿Qué tienen en común todos esos idiomas?

—Son lenguas indoeuropeas —dijo el inglés—. Originadas probablemente en las estepas al norte del mar Caspio, en su propio país.

—¿Alguna vez estuvo allí? —preguntó el ruso.

—¿Duraznos en gelatina de Chartreuse? —preguntó el camarero.

El texano negó con la cabeza, muy parecido a un caballo espantando una mosca molesta.

—¿Por qué sigue interrumpiendo? Apenas se puede mantener una conversación con todas estas interrupciones. ¿Qué fue lo último? Ah, sí. No, nunca he estado en su país.

—Créame, señor —continuó el ruso—, ahora no hay nada ni nadie allí.

—Interesante idea —dijo el neoyorquino.

—¿Y qué tiene eso que ver con el señor Wells?

—¿Empezaría juego de Durak atacando con as o triunfo? —preguntó el ruso.

—No —dijo el neoyorquino—. Porque entonces el oponente podría usarlo contra usted más adelante en la partida. Como en…

—Los cipayos tenían nuestros rifles cuando se rebelaron —dijo el inglés.

—Y Washington fue entrenado por los británicos —dijo el neoyorquino—. Y los japoneses pasaron de juncos a acorazados en cuarenta años después de la visita del señor Perry.

—Tenemos excelentes éclairs de chocolate y vainilla —dijo el camarero.

—Tienen excelentes acorazados en la marina japonesa —dijo el ruso—. Yo los vi. En Tsushima.

Sacudió la cabeza.

—El Pacífico no es un buen lugar para estar en bote salvavidas. Un bote salvavidas nunca es un buen lugar para estar.

—Entonces es improbable que los marcianos atacaran con armamento demasiado avanzado —dijo el inglés—. Rayos calóricos o algo parecido.

—No si son inteligentes —dijo el neoyorquino—. Ahora bien, si tomamos el libro del señor Stoker…

—¡Vampiros marcianos! —exclamó el inglés—. ¡Los muertos vivientes de otro mundo!

—Me alegra que alguien esté encontrándole sentido a todo esto —dijo el texano—. ¿Le importaría explicarlo?

—Descartemos, digamos, la fantasiosa idea de que quien es mordido se convierte en vampiro —dijo el inglés—. Conservemos la larga expectativa de vida y las peculiares necesidades alimenticias. Y consideremos la curiosa inmunidad del vampiro al espejo y al daguerrotipo. Tenemos entonces una raza de seres invisibles –o simplemente muy pequeños– capaces de proyectar su apariencia y su voz directamente en nuestra mente mediante poder mesmerista, y de levitar gracias a algún otro medio científico. Podrían haber caminado entre nosotros desde antes de la época de Vlad Tepes. Desde antes de Gilgamesh, de hecho. Y nosotros jamás lo habríamos sabido.

—¿Helado? —preguntó el camarero—. Vainilla francesa…

—El frío enferma, produce anginas o tuberculosis —dijo el ruso, frotándose la garganta—. Marte es como la tundra siberiana: frío, vacío, mal clima. Buen lugar del cual huir. Leí sobre José de Acosta, él pensaba que indios escaparon a América desde Siberia. No queda nada en la tundra. No queda nada en Marte.

—Supongo que eso significa que uno de nosotros podría ser un vampiro marciano —dijo el texano—. ¿No es así, muchacho?

Agregó esto último haciendo un gesto al camarero.

—La White Star Line jamás permitiría —dijo el camarero— que una persona de carácter dudoso abordara uno de sus barcos.

Lentamente, casi imperceptiblemente, retrocedió alejándose de la mesa.

—Fácil averiguarlo —dijo el neoyorquino.

Sacó una cigarrera pulida.

—Aquí estoy yo —dijo, sentándose cerca del ruso— y aquí está usted. Dos reflejos.

Luego le entregó la cigarrera al texano.

—Y aquí estamos nosotros dos —dijo el texano inclinándose hacia el inglés—. ¡Camarero! Venga aquí, muchacho. Le toca a usted.

—En un momento, señor —dijo el camarero desde la puerta.

—Vuelva aquí. Quiero ver su cara en el espejo —gritó el texano—. ¿Adónde va, muchacho?

—A un asunto de suma importancia, señor —dijo el camarero—. Debo traer más hielo.

Y se apresuró a salir.

—Todavía hay un bloque entero sobre la mesa —dijo el neoyorquino—. ¿Qué piensa traer, un iceberg?

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

DIAGONAL Y DESPUÉS

Virginia Caramés

 

Que se te vaya el cuerpo me decía, hay que acompañar con el cuerpo. Es el cuerpo.

El cuerpo.

Ya chispeaba y yo ahí parada, en Diagonal Norte, mirando los personajes de piedra Mar del Plata. Me iba a mojar. Se me iba a mojar el cuerpo... el cuerpo.

Entra Ismene, o sea yo.

Ismene.

Ismene en el cuerpo mío.

Repaso mentalmente mi parlamento mientras miro los seres de piedra Mar del Plata. Debo dejar que se me vaya el cuerpo.

El ensayo terminó antes por el llamado telefónico. Juntamos papeles y abrigos y nos dispersamos luego de un saludo rápido.

Ahora chispeaba y a mí no se me iba el cuerpo, me estaba mojando.

Creonte se fue a tomar el subte, Hemón se iba para el lado de Corrientes a retirar unas entradas que le habían dejado de cortesía a su nombre en la boletería del Astral. Eurídice no había ido al ensayo y Antígona, la que sí ponía el cuerpo, ella, la que se entregaba blandamente a las palabras, a ella no se la veía por allí. Qué diferencia con los personajes de piedra Mar del Plata de Fioravanti: duros, erguidos, firmes diría. Esos personajes no se comunicaban con el cuerpo como Antígona, la que sí sabía hacerlo.

Antígona se había demorado mientras los demás salíamos, yo caminé unos metros hasta Diagonal y ahí estoy, tiesa, mojándome lentamente como se están mojando el expresidente de piedra Mar del Plata y los otros. Los otros miran para otras calles, para Florida por ejemplo, pero para mi lado y por encima de mi cabeza, el que mira es Sáenz Peña que está rígido y se moja.

Cuando tuvimos la primera reunión en la que nos comunicaron la propuesta, la protodirectora dijo: vamos a hacer una tragedia. 

Antígona, pensé.

Antígona, dijo.

—¿Antígona?

—Antígona.

Hay algo con el cuerpo, algo que no dejo de sujetar.

— ¡Que se te vaya el cuerpo!

Y yo intento..., hay que dominarlo a la vez que hay que dejarlo ir. Y esa cara de decepción de la directora...

Es odiosa.

Vamos, dice en un tono demasiado enfático. Vamos, que se te vaya el cuerpo.

¿Cree que no lo intento?

Veo caer la lluvia y de pronto evoco algo de mi niñez. Voy de la mano de mi padre, ahí mismo, en Diagonal.

"Ahora vas a ver", decía mientras nos acercábamos por Carlos Pellegrini.
En mis recuerdos el espectáculo empezó no bien llegamos pero debía estar ya sucediendo. Era diciembre ya entrado y último día laboral antes de las fiestas, calor, y de pronto la nieve. Una nieve de papeles que lanzaban manos anónimas desde las ventanas, desde todas las ventanas, diría, y la calle iba poniéndose blanca. Pasaron varios años hasta que conocí la nieve de nieve, la de verdad.

Ahora solo quedaba el ensayo de la escena final: Antígona condenada a muerte, Creonte que no pudo con ella y yo con mi cuerpo a cuestas.

"Que se te vaya el cuerpo" era el eco que se repetía en mi cabeza.

La mujer con el niño que hizo Fioravanti por detrás de Sáenz Peña desde donde yo la veo, es tan piedramardelplata como los demás, yo la miro bajo la llovizna y pienso: ¡Mujer, que se te vaya el cuerpo! ¿En qué idioma, si no, me estás diciendo qué?

Mi Ismene es piedra Mar del Plata.

No dejo al cuerpo ir hacia la sumisa.

Donde caían papeles, cae la llovizna y yo sin pensarlo arranco a caminar. Cuando entiendo que Ismene es solo el artilugio de Sófocles para hacer el contrapunto, ya estoy cruzando Florida.


Virginia Caramés es argentina, nació en La Plata, vive en Buenos Aires. Publicó la novela Las cuerdas de Jacobo (2021), el poemario Aves, moscas y otras máquinas (2023) y una nueva publicación en 2024 de la novela Las cuerdas de Jacobo. Formó parte de la Antología cubana de diez poetas argentinos El Silencio Organizado (2024) y de Poesía argentina del siglo XXI (2025) y el poemario Bloque de hueso (2025). Tiene en proceso de edición un libro de cuentos y la novela Elisa Brulet (suite de sus cosas diversas y emparentadas). También se desempeña en artes visuales: escultura (monumento a Pappo en la plaza Saenz Peña de La Paternal CABA), trabajos de talla de piedra, arcilla, orfebrería, joyería , escenografía, tiene varios trabajos de arte textil que forman parte de los catálogos y salones del Centro Argentino de Arte Textil, participó en muestras colectivas de escultura y fue ayudante en el curso de escultura - extensión universitaria en la escuela de posgrado en arte E. de la Cárcova de Buenos Aires, formó parte de la idea y puesta en acto del Museo Urbano (arte itinerante). Fue jurado en concursos de narrativa y poesía.





domingo, 17 de mayo de 2026

LA BESTIA

José Massaroli

 

“Envidiaba la felicidad de las bestias.”

Arthur Rimbaud

 

Partimos inmediatamente después de recibir la señal de alarma en el Comando Espacial.

Nuevamente ha aparecido la bestia en las selvas de Tierra'1.

¡Tierra'1! ¡La cuna de la humanidad! Inhabitable durante siglos, después de la espantosa guerra nuclear que acabó con la civilización y prácticamente toda la biósfera en el planeta, desde hace algunas décadas ha comenzado a mostrar, de manera acelerada, signos de vida vegetal y animal; algunos de ellos realmente alarmantes, como La Bestia.

Desde Tierra'3, única colonia superviviente de la catástrofe, ubicada en el planeta Marte, se mantiene una estricta vigilancia. Satélites que cubren toda la superficie y robots de vigilancia diseminados por los cinco continentes, captan y transmiten cada signo de vida al Centro de Control Planetario. Hay una consigna insoslayable grabada a fuego en nuestras mentes, y es "Que no se vuelva a repetir nunca más un cataclismo como el del siglo XXI"...

B'12 y yo, justamente, pertenecemos a la sub|casta de Mantenimiento del Orden. Una unidad especializada en borrar cualquier tipo de amenaza hacia la civilización que se ha logrado preservar hasta ahora. Somos una de las castas menos favorecidas en la distribución de bio|inteligencia, debo aclarar; pero no necesitamos más para el tipo de misiones que nos han sido destinadas. Como ésta, por ejemplo, casi de rutina, donde sólo hay que ir, cumplir un protocolo sencillo, y regresar.

El micro|bote de desembarco ha partido de la nave madre, que dejamos orbitando alrededor del planeta. El trayecto desde Marte hasta aquí fue normal, todo lo rápido que amerita la situación de alarma. Ahora nos toca a nosotros dos continuar a solas con la misión.

—¡Tierra’1!

Las vibraciones del inter|chip cerebral hieren nuestros sensores.

—Bien, B'12, ya estamos en órbita alrededor de la vieja y querida Tierra. ¿Está todo preparado para el descenso? —pregunto, según el protocolo, a mi compañero.

—Todo listo, D'04, señor —contesta B'12 según el protocolo.

Aterrizamos con el pequeño micro|bote de desembarco. Pisamos tierra. Los drones que nos precedieron han seleccionado el mejor lugar para posarnos. Según sus informes y la inteligencia satelital previa, la Bestia ha de estar cerca. Nuestra misión es aniquilarla.

—¿Dónde está Sabú Z'15?

—Allí viene.

—Bienvenidos, bwanas. Aquí están sus armas.

El Z’15 es el mejor modelo de robot|guía para zonas tropicales. No tiene piernas; no las necesita, ya que se traslada sobre un colchón de plasm[hidrógeno. Por algún capricho de la Tecno|Inteligencia Suprema, que a veces abreva en los archivos históricos de las culturas extinguidas, el robot ha recibido el nombre de Sabú, y su vestimenta holo|sintética fue diseñada y confeccionada según lo acostumbrado en la antigua India durante la colonización británica.

Este instrumento de vigilancia in situ es quien transmitió la alarma sobre la aparición de la Bestia; pero no está programado para destruirla. Por eso nos entrega inmediatamente un par de pisto|lásers de última generación. El "trabajo sucio" es exclusividad de nuestra sub'casta. Nunca fallamos.

Ahora avanzamos por la verde y tupida vegetación de este sector del planeta que, milenios atrás, ocupaba la Antártida. Con el apocalipsis nuclear, la Tierra cambió su eje de rotación y de ahí este clima tropical, donde antes sólo hubo hielo y frío. Nadie diría que hace siglos la región era un vasto páramo radioactivo como el resto del planeta. ¡La ingeniería núcleo|reconstructiva ha hecho milagros últimamente!

—¿Ves esas aves, Sabú? —digo, mientras levantan vuelo unos vistosos pájaros de tres ojos, cuernos y brillante plumaje tornasolado. Siento una inexplicable inquietud. Empuño mi arma. Mi mano apunta con precisión aunque con un ligero temblor. ¿Un rasgo humano? Deberé estar en guardia! Hago la pregunta obligatoria—: ¿Puedo dispararles?

—Está prohibido, bwana. Son neo|especies útiles para la Ciencia. Están siendo estudiadas por varios laboratorios y se hallan protegidas por los protocolos 758 y 902 —es la respuesta inmediata, mecánica, invariable en estos casos.

No entiendo por qué me siento frustrado. Sé perfectamente que no nos está permitido relacionarnos con ninguna especie de la Tierra ni afectarla de ninguna manera, excepto cuando se nos ha asignado una misión como ésta. Ni siquiera debí preguntar. Creo distinguir, a través de los visores, una tenue sonrisa en el rosto habitualmente imperturbable, de B’12. Eso tampoco me resulta comprensible.

De pronto, nuestros inter|chips captan nítidamente una voz humana, muy cercana, en un radio de apenas 40 ó 50 metros. La exuberante vegetación no nos permite ver quién la emite. Le hago una seña a mi compañero y nos dirigimos hacia el lugar que nos indica el geo|localizador, extremando las precauciones para no ser detectados. La voz, que se expresa en un grosero dialecto primitivo apenas comprensible por nuestros audi|traductores, continúa:

¡...Y mi próxima ley será la de pena de muerte!

Cada vez más cercana, la voz. Capto un tono airado, agudo, irritante; se podría catalogar en la categoría "discurso de odio", o también como “Peligrosa+” según la programación básica de la sub|casta, pienso. Enseguida me llega el pensamiento de B'12 que responde al mío: “Pienso lo mismo, jefe...”. ¡Es una suerte estar neuro|conectados permanentemente!

—¡...Muerte a todos los traidores que se pongan al servicio de nuestros enemigos!

Ahora lo veo. Un ejemplar de regular tamaño en medio de un amplio claro entre la vegetación. Habla sin ningún tipo de micrófono o inter|chip, lo que demuestra su primitivismo extremo. Lleva una especie de uniforme militar del siglo XX, con gorra y pistolera al cinto incluida, y se dirige con gestos ampulosos a una irregular manada de unos cien individuos de su mismo tipo, machos y hembras, pero menos desarrollados físicamente. Por lo que se ve; sólo saben decir "¡Sí!", "¡Viva!" y aplaudir.

¡...Enemigos que vienen de otro planeta, que nos odian y nos temen!! —enfatiza la Bestia, amenazante, exhibiendo sus colmillos cariados y revoleando un puño amenazador.

Rodea a la Bestia una guardia de varios ejemplares de humanos bastante robustos y armados con lanzas y puñales. Veo también en su poder otras armas rudimentarias, similares a los antiquísimos mosquetes y arcabuces de los primeros tiempos de las armas de fuego en la Tierra. Pero no hay que subestimarlas: con ellas se encendió la mecha que terminó destruyendo la vida en el planeta cuando se llegó en pocos siglos a la energía nuclear. También puedo apreciar dos ejemplares del sexo femenino, en óptima condición reproductiva, con escasa y provocativa vestimenta, echadas a los pies del líder de la manada, la Bestia…

—Las hembras son hermosas…

Interrumpe mi observación el súbito e inapropiado pensamiento de B'12 a través del inter|chip. A veces mi compañero me sorprende, realmente. Tendré que informar. Tal vez haya que hacerlo pasar por un curso de reprogramación cuando volvamos a la base.

—Sí... pero recuerda las leyes... —le doy la respuesta prevista en el protocolo de Conductas Alteradas.

…¡Y haremos la guerra a toda otra manada que trate de oponerse a nuestras justas necesidades de espacio vital y alimento! Porque la nuestra es la Causa de la Libertad y la Justicia!

Es un ejemplar claramente peligroso pero no demasiado impresionante; los he eliminado peores. Sin embargo, es evidente que posee un considerable poder de seducción sobre la manada. Las órdenes son claras… Lo tengo en la mira...

—¡Fuego!

Disparamos al unísono, una milésima de segundo después de que yo transmitiera la orden.

Un solo disparo de las pisto|láser basta. La Bestia cae fulminada, con el pecho destrozado y las extremidades ardiendo. Las hembras, salpicadas con su sangre, han salido ilesas y alborotan con sus gritos destemplados La manada huye en desorden. No vale la pena eliminarlos… por ahora. Sin la conducción del líder, volverán a su estado natural de apatía e ignorancia y estoy al tanto de que a la Tecno’Inteligencia Suprema le interesa investigar sus características y evolución.

—No hay que olvidarse de llevar la cabeza de la Bestia, como prueba de su destrucción —le digo a B'12, quien de inmediato cumple la orden y le rebana limpiamente el cuello con su electro|machete.

Nuestra misión está cumplida. Sólo nos queda regresar a la base y esperar una nueva misión. Sabú nos acompaña hasta donde se halla posado nuestro mini|bote de desembarco.

La cabeza de la bestia gotea una sangre roja, caliente, desde su cuello cortado, mientras oscila colgada de la mano de mi compañero. Me quedo mirando cómo esa sangre forma un charco en el suelo, empapando la verde gramilla; nunca termino de acostumbrarme a este espectáculo. ¡Hay tanta vida allí! Una vida que acabamos de extinguir, claro… De pronto me preocupan estos pensamientos. ¿No denotan cierta... como diría, cierta envidia… cierta empatía? Son sentimientos prácticamente erradicados de nuestra mente, de nuestra civilización... ¿Tendré que informar? ¿Necesitaré yo también un curso de reprogramación?

—Adiós, bwanas.

—Hasta la próxima, Sabú.

Despegamos. Ya todo es rutina. Una vez en la nave madre, sólo quedará redactar un amplio y aburrido informe y emprender el regreso a Tierra'3, en Marte. B'12 ha colocado la cabeza en el refrigerador cuántico y yo me encargo de poner en marcha el protocolo de regreso. Entramos en el modo Ahorro de Energía. Antes de caer en el sueño profundo que nos evita malgastar días o semanas de inacción sin provecho alguno, me asalta otro de esos pensamientos inquietantes, prohibidos, tan peligrosos: “¿No tendrán más derecho a la existencia esos míseros seres acosados por el clima, las enfermedades y nuestra vigilancia implacable y a pesar de todo eso, deseosos de existir, de defender su espacio y su derecho a la libertad, a elegir sus propios líderes, a progresar?... Después de todo, descienden de aquellos que nos crearon hace milenios”… ¡Oh, oh!… La palabra “progresar”, una de las tantas excluidas de nuestro vocabulario; ha encendido la señal de alarma en el chip|sensor correspondiente. Su vibración me aturde hasta que pulso el botón de Acatamiento Absoluto. Esto, como todo, queda registrado y me costará, seguramente, una reprogramación… ¡Quién sabe si me volverán a encomendar otra misión! Al personal dudoso lo trasladan al Depósito Ultra|dimensional… Se apagan mis circuitos. Antes de caer en la inconsciencia tengo un último pensamiento, si así se lo puede llamar:

“Tal vez no debimos devolverle las armas a Sabú, al marcharnos. En Tierra'3 no se utilizan para nada; no hacen falta. Sólo nosotros, robots modelo T'50, los más avanzados, que fuimos proporcionados a la sub|casta de mantenimiento del orden por la Tecno|Inteligencia Suprema, estamos programados para saber usarlas… Tal vez…”

José María Massaroli (Ramallo, Buenos Aires; 30 de septiembre de 1952) es un dibujante y guionista de historieta y animación argentino, dedicado, desde 1991, a ilustrar cómics de los personajes de Walt Disney. Desde 2010, publica libros de historieta sobre hechos de la historia argentina. Y en los últimos años ha incursionado en la narrativa, gracias a lo cual ha publicado cuentos de ciencia ficción en la revista Sensacional #13 y #22 y en Fantasías Futurísticas #4. En 2025 se publicó su libro Planeta Cancelado y Otros Relatos, que contiene diez cuentos de ciencia ficción y fantasía.

DESACOMPASADOS

Javier López

 

—Ti-ti-ti-tic taac —se escuchó, en el silencio de la noche, en la relojería del señor Matías Uhrmacher.

—¡Retrasado! —gritó, entre enormes carcajadas, el viejo carrillón inglés del siglo XIX, que tenía fama de no haber variado un solo segundo desde el día de su fabricación.

—¡Leeeento! —exclamó, también entre risas, el reloj de pared que había cerca de la entrada de la relojería, y que el señor Uhrmacher guardaba como una de las joyas de su colección privada. Por él había recibido muchas ofertas de otros coleccionistas, pero ahí seguía, en el mismo lugar, desde que el bisabuelo de Matías fundara el negocio familiar.

Y es que Horace Rolex era la oveja negra de la familia. De hecho, sus padres no habían querido saber nada de él desde que salió de la fábrica de Ginebra dos años antes. Horace, más que dar la hora, sólo daba problemas. Siendo una pieza valiosa, por su afamada marca y su chapado en oro de 18 kilates, había tenido varios compradores, que invariablemente lo devolvían a la tienda del señor Uhrmacher en cuanto observaban que, tras dos o tres días de funcionamiento, su retraso horario era más que considerable.

La relojería acababa de cerrar, y Horace pasaba su primera noche en el cajón de los relojes averiados. Le molestaba estar en aquel lugar oscuro y apartado de los demás. Pero, cuando su vista se hubo acostumbrado a la oscuridad, se dio cuenta de que algo iluminaba el cajón. La esfera fosforescente de Eva Longines proporcionaba la suficiente luz como para que Horace pudiera contemplar las curvas del hermoso reloj de pulsera femenino.

—Ti-ti-ti-ti-ti-tic taaa...tac —saludó Horace, algo más nervioso de lo habitual.

—Tic tacatacatac —respondió Eva, en un tono amable que enseguida conquistó el corazón de Horace, que supo ver inmediatamente que ella también era diferente.

Esa noche apenas durmieron. Conversaron en voz baja, para evitar la mofa de aquellos grandes relojes engreídos en su perfección.

Apenas se habían dormido cuando escucharon llegar al señor Uhrmacher, que levantaba la persiana metálica del negocio con gran estruendo. Poco después de haber entrado en la tienda, y tras colocar en sus estanterías algunos relojes que había recibido a última hora de la tarde anterior, ambos sintieron que el relojero abría el cajón y los tomaba entre sus manos. Lo que iba a pasar después fue algo que Horace no iba a olvidar en el resto de su vida. El relojero fue desnudando a Eva, dejando la tapa de su caja de acero por un lado y el resto de su maquinaria por otro. Horace pudo contemplar a su compañera hermosa, con sus bellos engranajes mostrándose en todo su esplendor, el suave brillo de su cristal perfectamente pulido, y las saetas esbeltas y gráciles marcando las dos menos diez, que a él se le antojaron como una sonrisa.

Pero pronto le iba a tocar el turno a Horace, y entonces sintió pudor ante su compañera. Ella volvió a mostrar su mejor cara, con una sonrisa burlona de tres menos cuarto. Pero él, tímido y lleno de vergüenza, solo pudo poner cara de cinco menos veinte.

El relojero, tras comprobar minuciosamente el mecanismo de ambos, pensó en voz alta:

—Chicos, lo que os ocurre no es mecánico. Es psicológico. Creo que esto es trabajo de terapia. Habrá que probar con El Metrónomo.

Y así fue. El señor Uhrmacher desapareció en la trastienda, y al poco rato regresó con un metrónomo que había pertenecido a Johann Strauss, y con el que había medido el compás de alguno de sus valses más reconocidos. Lo programó a sesenta golpes por minuto y lo dejó a solas con Horace y Eva.

—Clap-clap-clap-clap... —insistía marcadamente El Metrónomo, como un profesional que sabe hacer bien su trabajo.

—Ti-ti-ti-tic taa-aac —trató de imitar Horace, sin conseguirlo.

—Tic ta...ta...taaaac —terció Eva, sin lograr llevar el ritmo.

—¡No, chicos! —dijo El Metrónomo, en un tono que pareció malhumorado—. Tenéis que olvidar todo lo que habéis aprendido hasta ahora y concentraros. Clap-clap-clap —repitió machaconamente.

—Tiiic-tac —repitió Horace.

—Tic-tac, tic-tac —pronunció esta vez Eva, arrancando la aprobación de El Metrónomo y la admiración de Horace.

Pasaron varias sesiones hasta que ambos corrigieron su marcada tartamudez. Pero, desde entonces, se ganaron el respeto de los demás relojes de la tienda del señor Uhrmacher.

Tres meses después, un rico banquero ginebrino acudió a la relojería para hacer un regalo de bodas a sus mejores amigos. Desde entonces, Horace Rolex y Eva Longines lucen en las muñecas de una joven pareja de enamorados de Berna. Y, según he podido escuchar, ellos también lo están.

Javier López nació en 1964 en Ceuta, la ciudad autónoma española, situada en la península Tingitana, en la orilla africana del estrecho de Gibraltar. Actualmente reside en Marbella, Málaga. Estudió Magisterio, rama de Humanidades. Desde siempre ha sentido esa vocación humanística, que le ha llevado a aprender de todo sin especializarse en nada. Apasionado del arte, la historia, la música, la novela, el relato y, en pequeñas dosis, la poesía. Esa misma inquietud interdisciplinar le llevó a estudiar Ciencias Matemáticas, aunque nunca terminó la carrera. Pero al menos consiguió desvelar algunos misterios de la matemática, la física y la química, que era en definitiva lo que buscaba. Desde niño leyó, pero apenas había escrito antes de comenzar con la microliteratura textos que podrían considerarse de forma genérica dentro del ensayo. Crear el blog Cositas Buenas supuso el inicio de su actividad literaria. Gracias a ello tomó contacto con escritores de la talla de Olga Appiani de Linares y José Luis Zárate, que le dieron a conocer el microrrelato. Pero fue sobre todo el apoyo de Sergio Gaut vel Hartman y su ingreso en el grupo Heliconia Literaria lo que le hizo afianzarse en la tarea de escribir, habiendo publicado numerosos cuentos breves en los blogs Químicamente Impuro y Breves no tan Breves y, sobre todo, innumerables hiperbreves en Twitter. Ha participado en las antologías Grageas 2 (2010), Grageas 3 (2014), Minimalismos (2015) y Cien páginas de amor (2015).

¡KABOOM! ¡KABOOM!

Frank Roger

 

Sucedió cuando había terminado de desayunar en mi café al aire libre favorito. Recogí el periódico, me recosté y empecé a leer. Todo parecía normal, hasta que vi la palabra “¡Kaboom!” en algunos lugares, en medio de frases donde esa palabra no tenía absolutamente ningún sentido. De hecho, “¡Kaboom!” carece de sentido en cualquier contexto. No le presté demasiada atención, pero en la página 2 encontré varios casos más.

Eso ya era extraño. Mi primera idea fue que la red informática del periódico debía de haber sido hackeada. Mi segunda idea fue que aquello era obra de algún bromista de pésimo gusto. Revisé rápidamente las páginas siguientes, solo para encontrar más apariciones de “¡Kaboom!”.

Dejé el periódico, bebí un sorbo de café y pensé en aquella ocurrencia absurda. Volví a mirar la primera página y, para mi asombro, advertí que ahora la palabra “¡Kaboom!” aparecía en siete lugares. Estaba seguro de que unos momentos antes solo había unos pocos casos. Revisé también las páginas siguientes y confirmé que la cantidad de “¡Kabooms!” estaba aumentando. Aquello era, por supuesto, inaudito. Una página impresa no puede ser “editada” mientras uno la está leyendo. ¿Qué estaba pasando?

De pronto se me ocurrió una idea. Tomé mi teléfono y comprobé si el texto de la edición digital del periódico coincidía con la página impresa. Para mi sorpresa, no coincidía… bueno, coincidía hasta cierto punto. Encontré varios “¡Kaboom!”, pero no en los mismos lugares que en la edición impresa.

Revisé otros sitios web y descubrí que también tenían la palabra “¡Kaboom!” desperdigada por todas partes. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

—¿Ha visto eso? — le dije el camarero cuando apareció para preguntarme si deseaba pedir algo más—. Esta palabra sin sentido está apareciendo por todos lados. En mi periódico, en los sitios web, quizá incluso aquí.

Tomé el menú que estaba en la esquina de la mesa y revisé rápidamente la lista de bebidas. Ocho de ellas eran “¡Kaboom!”.

—Mire —dije, señalando el menú y luego el periódico—. Está en todas partes. Y empeora a cada minuto.

El camarero observó más de cerca y luego dijo:

—No tengo ni idea de qué es este “¡Kaboom!”. Nunca vi nada parecido.

Le lancé una mirada irritada, pensando que me estaba tomando el pelo.

Entonces ambos miramos el periódico y nos quedamos contemplando el texto, estupefactos, porque cerca del cincuenta por ciento había sido reemplazado por “¡Kaboom!”.

—Esto se está descontrolando mientras lo observamos —dije—. ¿Qué “¡Kaboom!” está pasando aquí?

El camarero dio un paso atrás, como si temiera contaminarse.

—Tal vez deberíamos llamar al “¡Kaboom!” —dijo—. Esto podría ser grave.

—Tiene razón —respondí—. Dejemos que el “¡Kaboom!” se ocupe de esto.

Entonces noté la camiseta del camarero. En vez del nombre del café, The Thyme Traveller, ahora lucía la palabra “¡Kaboom!”.

Se lo señalé.

—No lo perdonó a usted tampoco. Supongo que ya no queda ningún texto a salvo. Y se está propagando rápido y lejos. Solo mire mi “¡Kaboom!”.

Señalé el periódico y ambos vimos que la primera página no contenía nada más que la palabra “¡Kaboom!”, de arriba abajo. No necesité revisar el resto de las páginas. Ya sabía lo que iba a encontrar.

—¿Y ahora qué? —le pregunté al camarero—. ¿Alguna brillante “¡Kaboom!”?

El hombre se encogió de hombros, abatido.

—Todo lo que podemos hacer es “¡Kaboom!” hasta que esta cosa “¡Kaboom!”.

—Supongo que tiene “¡Kaboom!” —acepté—. Y “¡Kaboom!” hasta “¡Kaboom! ¡Kaboom!”.

El camarero asintió. Una amplia sonrisa apareció en su rostro.

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —dijo, extendiendo las manos—. ¡Simplemente Kaboom!

¡Claro! El hombre tenía razón. ¿Por qué no se me había ocurrido antes?

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —le dije—. ¡Kaboom! ¡Kaboom!

Me recosté, aparté el periódico. El camarero me dio unas suaves palmadas en la espalda y regresó al interior del café. Ahora todo empezaba a resultarme claro. En realidad, no era necesario preocuparse.

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —me dije a mí mismo. Terminé mi café y me fui.

“¡Kaboom!” ¿Qué otra cosa podía ser, después de todo?

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

 

HANNA, EL ÁNGEL