martes, 6 de octubre de 2026

SUITE 1200

Hernán Bortondello

 

Aclaro que no fue casualidad que ese nublado mediodía yo me encontrara tan cerca del mostrador de recepción del Hotel Roosevelt de Hollywood. Sabía que podía ser la oportunidad de mi vida y no iba a permitir que otro botones me ganara de mano.

—Murray, sírvase acompañar a Miss Monroe a sus habitaciones, por favor —dijo el conserje, clavándome su vieja mirada de vaca altanera.

Nunca una orden de aquel imbécil me había resultado tan dulce. Estaba tan encantado que lo habría besado.

Incliné la cabeza hacia Miss Monroe algo exageradamente, extendiendo mis manos para tomar los bolsos de compras que colgaban de su antebrazo izquierdo. Al alcanzármelos, sus dedos enguantados en cabritilla blanca tocaron los míos. Sentir ese contacto fue suficiente para que el rubor saltara a mis mejillas. Me puse furioso conmigo mismo; así, colorado como un tomate, estoy seguro de que parecería mucho más mocoso de lo que era. Sólo atiné a no cruzar la mirada con la diosa que ahora me seguía a pocos pasos mientras cruzábamos el inmenso hall de inspiración morisca. Aún a mis espaldas, aquella terrible hembra seguía perturbándome. Supongo que era ese maldito Chanel N° 5 que estaba quemándome la cabeza como un whisky Moonshine. El repiqueteo de sus zapatos de tacones altos marcaba el ritmo de mi corazón mientras pasábamos bajo algunos de los múltiples arcos sarracenos que jalonan el lujoso lugar.

Luego de la breve caminata hacia el ascensor, que se me hizo eterna, ascendimos hasta el piso 12 y nos dirigimos por el pasillo alfombrado hasta la suite 1200.

Las manos me temblaron al hacer girar la llave en la cerradura. Me hice a un lado y le cedí el paso con gesto caballeresco. Ingresó a la habitación pasando frente a mí. No era alta, pero con mi metro setenta y cinco yo tampoco lo era. ¿Cómo describirla? Era hermosura pura. Ninguna zorra que hubiese visto antes –y en el hotel abundan las de categoría– movía las caderas con tanta naturalidad, como si ignorara el efecto letal de ese contoneo.

—¿Dónde dejo sus bolsos, señorita? —le pregunté casi sin aliento al reparar ahora en su generoso escote. Temí que mi entrepierna me jugara una mala broma. A los diecisiete años hasta una brisa nos excita. Y yo estaba con Marilyn

—Sobre el diván, muchacho, por favor —dijo amablemente, pero me reventó que se dirigiera a mí de esa manera. ¿Muchacho? ¡Soy un hombre, mierda!, gruñí para mis adentros mientras apoyaba los bolsos sobre un sillón blanco. ¡Cómo te regalarías si este “muchacho” tuviera una fortuna!, y al decirme esto el enojo se transformó en una carcajada mental. ¡Toby, no pienses idioteces! Para la más bella del planeta un bobo semejante no sería su tipo ni aunque poseyera una gran fortuna.

De repente, interrumpí las patéticas reflexiones. Ella estaba abriendo su cigarrera de oro. Sinceramente, todavía hoy, no me explico la rapidez con que apareció el encendedor en mi mano. Tantos años después no olvido la llama que le ofrecí entonces, iluminando esos rasgos divinos; el rímel de las pestañas, la precisa vulgaridad del rojo en los labios y aquel lunar… ¡Diablos! Con los párpados bajos inhaló profundo el cigarrillo, sin apurarse, y echando atrás la cabeza exhaló más lentamente aún el azulado humo hacia el techo. Al volver a bajarla, un mechón platinado le cayó sobre la cara, como en las películas. Se lo apartó con un soplido encantador y quedó observándome con repentina seriedad.

—¿Viven tus padres, amigo? —me preguntó segundos después; había una extraña ansiedad en la interrogación.

—Sí, ambos, gracias a Dios. Vivo con ellos, Miss Monroe —contesté.

—¡Suertudo! Si pudiera te los compraría —y subrayó aquella enigmática acotación con una sonrisa tan radiante que se escucharon aleluyas en toda la galaxia. Una sonrisa en la que me sorprendió descubrir un dejo de tristeza—. Muchas gracias… —agregó para despedirme, al tiempo que me obsequiaba una generosa propina.

Cuando cerré la puerta, abandonando en su lujosa jaula a esa mezcla irrepetible de femme fatal, niña y anciana, recordé la lujuria que había despertado antes en mí y me sentí un reverendo hijo de puta.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

 

COCHIX

Giorgio Sangiorgi

 

Era de noche cuando Cochix llegó y creía que ya no le quedaba ninguna esperanza.

—¡Pero quién diablos me mandó hacer esto! —exclamó Alberto, dirigiéndose a las estrellas.

Sin embargo, ya sabía la respuesta porque, cuando el jefe de los scouts lo había invitado a aquella excursión «para ver si le gustaba la vida al aire libre», había aceptado con entusiasmo.

Que la vida al aire libre no le iba a gustar era, en realidad, algo previsible, dado que lo que más le gustaba era quedarse en casa frente a la PlayStation. Sin embargo, al aceptar aquella propuesta, su propósito era muy distinto: esperaba encontrar amigos por fin. Personas que lo aceptaran tal como era, sin tratarlo como un excremento de mosca. Para un muchacho de doce años, sin novia y sin amigos, aquello era de suma importancia.

Pero el intento había fracasado y los buenos scouts apenas lo habían soportado desde el principio. Tanto era así que, en cuanto el jefe le pidió a él y a otros tres que fueran a buscar leña al bosque, los otros empezaron a caminar a buen paso, con el evidente propósito de dejarlo atrás.

Él los había seguido a duras penas mientras pudo, pero su peso excesivo, debido a la impresionante cantidad de bocadillos que acostumbraba a engullir durante un día normal, pronto lo había dejado fuera de combate. Así que se había quedado solo en la espesura del bosque y enseguida se había perdido.

Ahora que había caído la noche, estaba realmente furioso y asustado. Nunca había dormido siquiera en una tienda de campaña, mucho menos a la intemperie, en la oscuridad de un bosque. Además, le habían dicho que desde hacía algunos años los lobos habían regresado, procedentes de los países del este. Y con ellos los osos, los jabalíes y quién sabía qué más.

Exhausto, se arrodilló y lloró un poco. ¿Lo estarían buscando? ¡Pero qué vergüenza de mierda!... Mejor morir, pensaba confusamente.

Entonces, una luz lejana le dio un atisbo de esperanza.

Cualquier punto de referencia era mejor que nada, y donde había luz eléctrica seguramente no había fieras.

Tuvo que esforzarse bastante para llegar al lugar deseado, porque estaba más arriba, en una especie de pequeña colina que se elevaba entre los árboles. Mientras subía por la ladera, en parte a cuatro patas, su entusiasmo se iba enfriando.

La luz que vislumbraba en la cima no era lo bastante intensa como para indicar la presencia de un asentamiento humano, un lugar de civilización tecnológica. A lo sumo podía ser el campamento de alguien. No era gran cosa, por tanto, pero seguía siendo un lugar donde podría pedir ayuda.

Estaba casi en el borde de la cima cuando advirtió que aquella luz no era fija, sino que pulsaba de manera extraña. También oía un zumbido.

Antes de hacer el último esfuerzo y llegar hasta aquella incógnita, se detuvo y cerró los ojos, con la esperanza de que aún no hubieran avisado a sus padres de su desaparición. No lograba imaginar cómo podrían reaccionar ante aquella noticia.

Por fin se decidió y llegó a la cima de la colina.

Se despertó al oír el trino de unos pájaros. Evidentemente estaba en una cama, pero el agradable contacto con las sábanas frescas y limpias contrastaba con un dolor sordo que sentía por todo el cuerpo. Recordaba poco de la noche anterior.

Abrió los ojos y descubrió que estaba en su casa, en su habitación.

Su madre entró poco después y le dijo que no se preocupara, porque habían avisado a la escuela de que no asistiría durante unos días. Luego, antes de salir de la habitación, se volvió y dijo:

—Lo hiciste muy bien, cariño, al encontrar el camino tú solo. Pero la próxima vez vuelve al campamento de los scouts; venir directamente a casa fue un esfuerzo excesivo. ¿No te parece…?

No esperó respuesta y salió.

En los días siguientes, Alberto se preguntó qué habría sucedido, cómo había logrado volver a casa, pero no consiguió aclararlo. Con el tiempo olvidó el episodio y siguió obteniendo malas notas en la escuela, dejándose maltratar por sus compañeros y desahogando sus frustraciones al engullir cantidades impresionantes de comida.

Hasta el día en que oyó aquella voz.

—¡Eh, no! ¡Ya basta! Una protesta tajante había resonado en su cabeza. —Así no vamos a llegar a ninguna parte.

—Pero… Pero… ¿Quién es? —dijo Alberto, mirando a su alrededor.

—No estoy a la derecha ni a la izquierda, Alberto; estoy dentro de tu cabeza.

—Ya está —gimoteó el muchacho—, ahora también me he vuelto loco.

—Claro que no, tranquilízate —lo apaciguó la voz—. Soy Cochix y estoy dentro de ti.

—¿Cómo…? —preguntó Alberto, tragando saliva y palpándose el cuerpo como si quisiera comprobar si tenía algún bulto extraño en alguna parte.

—No vas a encontrarme así… —dijo la voz—. Ahora siéntate, porque te debo muchas explicaciones.

Cochix tuvo que esforzarse mucho para hacerle comprender la situación a aquel niño ignorante. Le explicó que era un ser de otro planeta que se había estrellado en la Tierra a causa de una avería en su nave espacial.

El alienígena estaba a punto de morir por culpa de la atmósfera terrestre, que había empezado a infiltrarse en el vehículo, cuando, por suerte, había aparecido Alberto. Entonces Cochix se le había echado encima y, a través de los poros de la piel, se había introducido en su cuerpo para protegerse. Aquello era una antigua herencia de su pueblo, que en tiempos remotos se defendía de ese modo de las formas de vida más peligrosas.

—Debo disculparme —le dijo entonces—. Consideramos inmoral asumir el control completo de un ser superior –aunque en tu caso quizá sea una definición un poco aventurada–, pero no había tiempo que perder.

Finalmente, Cochix había utilizado el cuerpo de Alberto para ocultar la nave y lo había llevado de vuelta a casa. Un ejercicio físico claramente excesivo para el muchacho, que se había desmayado apenas había llegado a la puerta.

—¿Qué vas a hacerme ahora? —preguntó Alberto, una vez que comprendió mejor la situación—. ¿Me comerás el cerebro?

Había motivos para perder la paciencia.

—Claro que no, qué dices —respondió Cochix—. Pero necesito tu ayuda para regresar a casa, y si sigues así, en lugar de ayudarme acabarás muy mal.

—Qué… quieres… decir… —balbuceó Alberto, interpretando la afirmación como una amenaza.

—¡Santa paciencia! Quiero decir que, si no intervengo, nunca tendrás las capacidades necesarias para ayudarme.

—Claro, yo no valgo nada. Y si lo dices tú, que estás dentro de mí, debe de ser verdad.

—No es verdad, Alberto. Pero no conseguirás lo que deseas compadeciéndote de ti mismo y sin esforzarte. ¡Tendremos que trabajar, estudiar y… tendremos que adelgazar!

—¡¿Y eso no son amenazas?!

—No entiendes nada —volvió a impacientarse Cochix—. ¡Pasarán muchos años antes de que todo esté preparado para mi regreso a casa, pero tú no llegarás a verlo!… Si no cambias tu alimentación, morirás en menos de veinte años.

—¿Qué?

—¿Acaso no ves la televisión? ¡Tu madre no mira más que programas en los que les dicen a los gordos cómo adelgazar!

—No, yo no veo esas cosas; cuando estoy en la sala pienso en mis asuntos.

—Y haces mal.

—Pero, en fin, ¿qué quieres de mí?

—Intentaré planteártelo de este modo… Quiero hacer un pacto. Un día, dentro de muchos años, me ayudarás a volver a casa. A cambio, yo te daré… todo lo que deseas.

Alberto se quedó un momento en silencio, con la boca abierta. Por un instante creyó encontrarse dentro del cuento de Aladino.

—¿Harás que consiga también… una novia?

—No debería ser difícil, pero tendrás que hacer lo que te diga.

 

Los que siguieron fueron años intensos para Alberto. Pero no estuvieron exentos de satisfacciones.

Había mucho en lo que trabajar. Ante todo, en su cuerpo.

Lo primero que hizo Cochix fue modificar los receptores del estómago del muchacho para reducir su constante sensación de hambre. No contento con eso, le provocaba un considerable malestar físico cada vez que se acercaba al refrigerador fuera de las horas de comida.

Un día también le propuso un régimen de actividad física, pero Alberto no quería ni oír hablar de ello.

—Si no haces ejercicio, la dieta no será suficiente —le dijo Cochix, desesperado.

—No me interesa —respondió el muchacho, que seguía vegetando frente al televisor de su habitación.

—Entonces hagamos un pacto.

—¿Qué pacto? —preguntó Alberto, aguzando el oído. Los pactos de Cochix siempre eran muy interesantes.

—¿Conoces Cosmic Sword…?

Era un videojuego que a Alberto le gustaba mucho, pero que le resultaba demasiado difícil porque sus componentes estratégicos eran muy marcados.

—¿Sííí…?

—Te ayudaré a completarlo. Pero cada vez que derrotemos a un jefe, saldrás de casa y te pondrás a correr hasta que te diga que pares.

Poco después estaban frente a la consola, jugando como locos. Si Cochix hubiera podido tomar el control de las manos de Alberto, el asunto se habría resuelto en poco tiempo, pero Alberto no habría experimentado la satisfacción de alcanzar el resultado. Había algo educativo en aquellos juegos de los terrestres y Cochix quería aprovechar ese potencial al máximo. Así que se limitaba a sugerirle al muchacho los movimientos más eficaces y a explicarle en qué consistían.

Poco después, la madre de Alberto lo vio salir de casa dando gritos de alegría y, con mayor sorpresa aún, vio que echaba a correr y desaparecía por el sendero.

Cuando Alberto cumplió quince años, era otra persona. No se podía decir que tuviera un físico atlético, pero estaba bien proporcionado, su tez le daba un aspecto saludable y, en conjunto, se lo podía considerar un muchacho apuesto.

También le iba mucho mejor en la escuela.

Lo primero que Cochix había tenido que hacer era intervenir en su cerebro, porque había zonas en las que las vías neuronales estaban prácticamente atrofiadas, mucho más que la media de los seres de su especie. Si no había sido tonto desde el principio, el escaso uso de sus facultades lo había convertido en uno incluso en el plano físico.

Mientras restablecía aquellas conexiones con paciencia, Cochix hacía todo lo posible para ayudarlo a ampliar su deseo de conocimiento y, muy pronto, Alberto se convirtió en un muchacho curioso al que todo le fascinaba.

Sin embargo, los intereses de estudio de ambos no siempre coincidían, hasta el punto de que a menudo se veía a Alberto sentado a una mesa con varios volúmenes delante… y no siempre era Alberto quien leía las historietas. Aquello contribuyó a difundir la idea de que, en cierto modo, era un muchacho genial.

Le iba bien en la escuela y también destacaba en las actividades deportivas, de modo que Alberto no tardó en tener un buen número de amigos, que lo encontraban simpático y estimulante, y de muchachas, que revoloteaban a su alrededor.

Un día Cochix le dijo:

—Como ves, estoy cumpliendo mi parte del pacto. He hecho realidad todos tus deseos.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Alberto con inquietud.

—No, todavía no —respondió Cochix, y al decirlo comprendió que Alberto estaba más que dispuesto a cumplir el pacto, pero también preocupado porque aquel día sus vidas se separarían.

Una vez terminados los estudios secundarios, Alberto aceptó la propuesta de Cochix de obtener un título en ingeniería en una facultad que abarcaba aquella disciplina en todos sus aspectos, desde la mecánica hasta la electrónica. Era una carrera privada y muy costosa y, para conseguir los fondos, Cochix aceptó, excepcionalmente, ayudarlo a ganar una suma considerable en un casino. Cuando salieron, con los bolsillos llenos de billetes, los responsables del establecimiento le ordenaron que no volviera jamás. Habían comprendido que habían utilizado algún sistema, pero no podían demostrarlo. El sistema era Cochix.

Alberto, tanto con la ayuda del alienígena como gracias a sus nuevas capacidades personales, completó brillantemente sus estudios y, el mismo año en que se graduó, se comprometió con la mujer que sería su esposa.

Con el tiempo, los propósitos de los dos seres simbióticos se habían vuelto prácticamente idénticos y acordaron intentar conseguir un empleo en los laboratorios de investigación de la agencia espacial. Alberto, que gracias a los conocimientos de Cochix estaba un paso por delante de todos los demás, consiguió el puesto y, en pocos años, se convirtió en el director de un ambicioso proyecto destinado a desarrollar un motor capaz de llevar al ser humano a explorar el sistema solar.

Una noche de febrero, el equipo pudo afirmar que había alcanzado el objetivo, así que se organizó una gran fiesta que duró varias horas.

Cuando todos se hubieron marchado –Alberto siempre era el último en abandonar el laboratorio–, Cochix tenía algo que decir:

—Ha llegado el momento.

—¿Por qué has esperado? —preguntó el terrestre—. Creo que ya tenías todo lo que necesitas desde hace al menos un año.

—Al estar contigo, he aprendido a amar este mundo y a tu gente. El motor Albert es mi regalo para ellos.

—Pero seré yo quien reciba todos los honores.

—Y ese es mi último regalo para ti —dijo Cochix, transmitiéndole todo el afecto que podía desde su peculiar posición—. ¿Te apetece pasar una noche agotadora? —preguntó después.

—Mi esposa está en casa de su madre. Ningún problema.

Rápidamente volvieron a poner en marcha algunas de las complejas máquinas del laboratorio y, hacia las cuatro de la madrugada, siguiendo las instrucciones de Cochix, Alberto había construido varios circuitos y otros aparatos cuyo funcionamiento o utilidad no lograba comprender en absoluto.

—Mételo todo en una bolsa —dijo entonces el alienígena—. Tenemos que hacer una excursión al campo… ¿Te gusta la vida al aire libre?

Subieron al automóvil y llegaron a los bosques donde Alberto se había perdido de niño y había conocido a Cochix. Se internaron entre los árboles y, guiado por su amigo, Alberto no tuvo dificultades para encontrar la pequeña colina donde había visto aquella luz. Subió con inquietud, porque no recordaba nada de lo que había visto cuando había llegado a la cima la primera vez. Pero se sintió decepcionado, porque allí arriba no había nada.

—¿Dónde está la nave espacial? —preguntó.

—¿Por qué crees que te sentías como si te hubieran molido a golpes cuando despertaste? La enterré con tu ayuda.

—¡Eso explica esto! —dijo entonces Alberto, sacando de la bolsa una pala plegable.

Trabajaron unos veinte minutos y pronto la pala tocó una superficie metálica. Sin embargo, las sorpresas no habían terminado.

—¡Pero es pequeña! —exclamó Alberto después de desenterrar la nave—. No debe de medir ni un metro. Podría ser una maqueta.

—Querido Alberto —explicó el alienígena—, no habrás creído que soy capaz de permanecer dentro de ti gracias a alguna especie de magia. Lo que sucede es que, comparado contigo, soy realmente muy pequeño.

Una vez pasado el asombro, prevaleció la profesionalidad, y juntos abrieron unos compartimentos y sustituyeron las piezas dañadas. Finalmente, Cochix le dijo:

—Ahora tendrás que trasladarme a la nave; espero que no te dé demasiado asco.

—¿Qué?

—Lo he pensado mucho. Vuestra atmósfera es realmente peligrosa para mí. Y la mejor manera de protegerme durante el traslado es que me expulses por la boca.

—¡Santo cielo! —se lamentó Alberto—. Pero supongo que también ha llegado el momento de despedirnos. Después ya no te oiré dentro de mi cabeza. Y me sentiré muy solo.

—Yo también, Alberto. Yo también.

Era el momento de trasladar a su extraño compañero de vida. Al presionar una pequeña hendidura, Alberto abrió una escotilla circular y luego apoyó sobre ella la boca abierta, haciéndola coincidir perfectamente con la abertura. Se habría dicho que estaba besando un huevo enorme.

Durante un instante un tanto espeluznante, sintió que algo viscoso se condensaba en su boca y enseguida salía de ella. Alberto sintió un estremecimiento de repulsión mientras dejaba la nave en el suelo. Si hubiera podido quedársela, la especie humana habría dado un salto tecnológico de siglos, pero Alberto ni siquiera lo pensó un instante. Traicionar a un amigo tan querido era sencillamente inconcebible.

Poco después, el pequeño ovni se iluminó y desapareció en el cielo.

Alberto se quedó mirando las estrellas y luego… soltó un estornudo.

Maldición, se estaba resfriando por quedarse allí. Entonces recordó. Durante todos aquellos años nunca había tenido ninguna enfermedad, porque Cochix no podía permitírselo y mantenía su sistema inmunitario en constante alerta.

Pero ahora Cochix ya no estaba, y si permanecía mucho más tiempo inmerso en aquella humedad, acabaría enfermando de verdad. Debía ponerse en camino hacia casa, pero antes de marcharse, Alberto alzó la mirada al cielo y pensó: Gracias, Cochix. Y quién sabe… Ahora que me has mostrado el camino, quizá algún día vaya a visitarte.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

 

 

MI PRIMER ABRIGO

Baktybek Shamkeev

 

Hace poco me enviaron por WhatsApp un video con imágenes de archivo y escenas de la vida de los escolares soviéticos. Hay videos de ese tipo, algo así como «Qué bien se vive en el país de los sóviets», o títulos parecidos, con cierto tono de nostalgia por aquella época y aquella forma de vida. En una de las escenas vi a un niño de unos ocho o nueve años, vestido con un abrigo de cuadros gris oscuro, un gorro con orejeras y botas de fieltro, que caminaba con sus amigos por la calle nevada de un pueblo.

Al principio no comprendí por qué aquellas imágenes en particular habían llamado mi atención. Volví a ver el video y la escena en la que un grupo de muchachos, unos con chaquetas acolchadas, otros con abrigos de piel o cazadoras, iban a la escuela conversando alegremente y, de vez en cuando, lanzándose bolas de nieve. Solo aquel niño del abrigo de cuadros gris oscuro, que le quedaba muy bien, caminaba junto a ellos con aire solemne y se sacudía de tanto en tanto la nieve de las bolas que lo alcanzaban.

Era evidente que protegía su abrigo de las bolas de nieve y no participaba en el juego de sus compañeros. Llevaba manoplas y sostenía en la mano derecha una cartera escolar algo abollada. Quizá se había puesto aquel abrigo por primera vez en su vida y se dirigía a la escuela con sus amigos.

Entonces comprendí por qué me había llamado la atención precisamente aquella escena del video. Era por el abrigo de cuadros gris oscuro del niño: yo había tenido uno igual cuando estaba en tercer grado, y con él se relacionaba un episodio desagradable de mi infancia despreocupada y feliz.

Como era habitual después de las vacaciones, antes del comienzo de las clases, muchos padres compraban ropa nueva para sus hijos, porque durante el verano todos habíamos crecido y la del año anterior nos quedaba pequeña. A menudo había que comprar prendas de una talla mayor. Así fue como, en septiembre, mi madre me compró un abrigo nuevo para ir a la escuela. Mientras duraban los cálidos días de otoño, me lo ponía a menudo en casa y miraba cómo me quedaba en el espejo del dormitorio de mis padres.

En aquellos días esperaba con impaciencia que llegara el frío y cayera la primera nieve para poder ir a la escuela con mi abrigo nuevo. Era el primer abrigo de mi vida, comprado cuando estaba en tercer grado, porque hasta entonces, en invierno, había usado una chaqueta acolchada o una cazadora abrigada, y ya quería llevar un abrigo y parecerme a mi padre. De niños, todos queríamos crecer cuanto antes y vestir ropa más elegante, y el abrigo nos parecía un atributo de la vida adulta.

Por fin, a finales de noviembre llegaron los fríos días de invierno. Una noche nevó copiosamente y a la mañana siguiente todo estaba blanco; la nieve cubría la calle casi hasta las rodillas. Me puse el abrigo con enorme satisfacción, me encasqueté el gorro de piel de conejo con orejeras, me calcé las botas abrigadas y, con la cartera escolar bajo el brazo, salí corriendo a la calle. Allí ya me esperaban Marat y Bakyt, que estaban en otras secciones de mi mismo grado, en la misma escuela primaria de cuatro años.

Éramos vecinos, nuestras casas estaban adosadas y siempre salíamos juntos hacia la escuela. Si alguno se retrasaba, llamábamos a su puerta o lo gritábamos por su nombre desde el patio. Marat y Bakyt se fijaron de inmediato en mi abrigo nuevo y, después de tocar el cuello y los bolsillos de parche, dijeron con aprobación que era magnífico. Luego nos encaminamos sin prisa a la escuela, saludando por el camino a otros muchachos de nuestra calle.

Avanzábamos por la nieve profunda y recién caída como exploradores que abrían camino. Al acercarnos a la escuela, vimos que los alumnos ya se agolpaban ante la entrada y se limpiaban la nieve adherida al calzado con una escoba gastada que se pasaban por turnos. La encargada de la limpieza y los alumnos de los grados superiores que estaban de guardia comprobaban que entráramos con el calzado limpio, para que no lleváramos barro ni nieve al interior.

Mientras esperábamos nuestro turno para usar la escoba, Marat empezó a hacer bolas de nieve y a lanzárselas a sus compañeros de clase, que respondieron arrojando otras hacia nosotros. Una me dio en el abrigo. Me sacudí enseguida, corrí hacia la entrada y le pedí la escoba a un alumno conocido, para limpiarme el calzado y entrar de inmediato, antes de que me acribillaran a bolas de nieve. No quería que mi abrigo nuevo se llenara de nieve: no me cansaba de admirarlo, aunque muchos otros alumnos llevaban otros parecidos.

Después de entrar en la escuela y sacudirme los restos de nieve de la ropa y las botas, me acerqué al largo perchero de madera, dispuesto en dos filas unidas junto a la pared, cerca de la ventana. Me quité el abrigo sin prisa, lo examiné por todos lados y, tras comprobar que estaba limpio, lo colgué por la trabilla en un extremo del perchero. Puse el gorro encima, en el mismo gancho, y metí la bufanda en las mangas del abrigo. Luego avancé despacio por el pasillo y, antes de entrar en el aula, volví la vista una vez más hacia el perchero para asegurarme de que el abrigo seguía en su sitio. Después entré con los muchachos que acababan de llegar.

Las clases pasaron volando. Me quedé un rato conversando con mi amigo Yurka Shtokolov sobre sus clases en la escuela de música, a la que había empezado a asistir en tercer grado. Por eso, a veces venía a clase con una reluciente trompeta de cobre en un estuche que parecía una pequeña maleta. Como todavía faltaba bastante para que comenzaran sus clases de música, charlábamos sin prisa sobre sus progresos musicales y su aprendizaje de la trompeta. Yurka sacó el instrumento del estuche, colocó la boquilla y sopló un poco, tratando de producir algún sonido, pues apenas estaba aprendiendo a tocar. Al oír los fuertes sonidos de la trompeta, la señora Valia, encargada de la limpieza, se asomó al aula y nos reprendió: Yurka debía dejar de tocar y nosotros debíamos salir de la escuela, porque las clases habían terminado hacía rato y ya era hora de volver a casa.

Recogimos nuestras cosas rápidamente, salimos del aula a toda prisa y nos dirigimos al perchero que estaba cerca de la salida. Desde lejos advertí que mi abrigo no estaba y empecé a inquietarme. Al acercarme, solo vi mi gorro, que seguía colgado en el extremo del perchero; el abrigo había desaparecido. Yurka y yo nos miramos y comenzamos a revisar las otras prendas que quedaban, pero no encontramos lo que buscábamos, aunque su cazadora y su gorro estaban en su sitio. En medio del perchero colgaba, solitaria, una mugrienta chaqueta acolchada gris; un poco más allá había un par de cazadoras de invierno y un abrigo negro gastado.

Yurka se echó a reír y, señalando la chaqueta acolchada, empezó a bromear: seguramente a alguien le había gustado mi abrigo y se lo había puesto sin pensarlo dos veces, dejándome su chaqueta a cambio. Pero cuando vio que yo no estaba para bromas y que parecía desconcertado, intentó tranquilizarme. Trataba de ocultar mi tristeza, pero los ojos ya se me habían llenado de lágrimas, porque imaginaba que alguien se había marchado con mi abrigo y probablemente se estaba riendo de mí, después de dejarme su vieja chaqueta mugrienta o su cazadora gastada. ¿Y si alguien de fuera había entrado expresamente en la escuela y me había robado el abrigo? ¿Dónde iba a buscarlo ahora?

Por primera vez en mi vida me había sucedido algo fuera de lo común. Era como si el mundo entero se hubiera vuelto negro y triste, como si el cielo oscuro se me hubiera desplomado sobre la cabeza.

Con esos pensamientos permanecí largo rato junto al perchero, sin saber qué hacer, mientras Yurka tenía mucha prisa por ir a sus clases de música. Me aconsejó que fuera a la sala de profesores o al despacho de la directora para informar de la desaparición del abrigo. Se vistió rápidamente y se apresuró hacia la salida para no llegar tarde a la escuela de música, a la que entonces llamábamos simplemente «la de música».

Al fondo del pasillo, la señora Valia estaba lavando el suelo. Primero me acerqué a ella para preguntarle si había visto quién podía haberse puesto mi abrigo. Por supuesto, me respondió que no se fijaba en quién se ponía la ropa de quién y que vigilar esas cosas no era su obligación. Pero al verme tan desconcertado y casi llorando, comenzó a tranquilizarme y me llevó a la sala de profesores, donde todavía quedaban algunos docentes, entre ellos nuestra maestra, María Fiódorovna. La señora Valia me acercó a ella y le informó de la desaparición de mi abrigo.

María Fiódorovna nos enseñaba desde que estábamos en primero C y durante todos aquellos años me había tratado muy bien. Vino enseguida conmigo al perchero y, después de mirar las cazadoras y la chaqueta acolchada, me preguntó si alguna de aquellas prendas era mía. Le respondí que ese día había ido por primera vez a la escuela con el abrigo nuevo que mi madre me había comprado en septiembre. (Qué curioso: todavía recuerdo cuánto costó aquel abrigo infantil: treinta y cinco rublos soviéticos de los de entonces, mientras que una chaqueta acolchada para niños apenas costaba seis o siete. Era 1972, y mis padres, ambos médicos, ganaban por entonces alrededor de cien rublos mensuales cada uno. En la familia éramos cuatro hijos y yo era el mayor. Lo menciono solo como información, por si a alguien le interesa o también recuerda aquellos precios soviéticos con los que transcurrió nuestra infancia).

Al comprender que alguien se había puesto mi abrigo por equivocación o lo había robado deliberadamente, María Fiódorovna me llevó al despacho de la directora para hablar de lo ocurrido y tomar alguna medida que permitiera encontrarlo. La directora, Nadezhda Vasílievna, me preguntó cuándo había visto por última vez el abrigo en el perchero. Respondí que me lo había puesto durante el recreo largo para ir al baño de la escuela, que estaba en el patio trasero. Después, al regresar, lo había colgado otra vez en el mismo lugar, en el extremo del perchero donde seguía mi gorro con orejeras.

María Fiódorovna y Nadezhda Vasílievna comenzaron a hablar sobre qué alumno podía haber robado mi abrigo y si convenía llamar a la policía para esclarecer las circunstancias del robo y buscar la prenda desaparecida. En ese momento se asomó al despacho la maestra de tercero B, cuyo nombre ya no recuerdo. También se había enterado por la señora Valia de la desaparición de mi abrigo y sugirió que podía haber sido su alumno Vovka Járchenko, porque la vieja chaqueta acolchada que colgaba en medio del perchero era suya.

Le contó a la directora que, durante la cuarta clase, Vovka le había pedido permiso para marcharse porque le dolía el estómago, y ella lo había dejado ir, dispensándolo de las últimas clases de matemáticas y literatura.

Vovka Járchenko era nuevo en su clase: su familia se había mudado durante el verano desde el pueblo vecino de Pokrovka y vivía en algún lugar de las afueras de nuestro pueblo, Kirovka. Yo apenas lo conocía, porque era bastante huraño y enseguida se metía en una pelea si alguien lo molestaba por ser el nuevo de la escuela. Se relacionaba sobre todo con los alborotadores del barrio, los malos alumnos y los que repetían de grado.

Le iba mal en los estudios y casi no tenía amigos en su clase. Solo sabíamos que provenía de una familia con problemas; siempre llevaba la ropa descuidada, la camisa sucia y los pantalones sin planchar. Tenía la mirada de un lobezno acorralado y contestaba de mala manera a todo el mundo, incluso a los maestros. Recuerdo que mis amigos Omor y Bakyt, que estaban en su clase, contaban entre risas que en su cartera solo llevaba un cuaderno, una libreta escolar maltrecha y una honda.

María Fiódorovna llamó a mi madre al trabajo y le pidió que viniera para confirmar que aquel día yo llevaba un abrigo nuevo y, si fuera necesario, identificarlo en caso de que apareciera en casa de Vovka Járchenko. Para entonces, los policías ya habían llegado a la escuela e interrogaban a los maestros y a la señora Valia sobre mi abrigo desaparecido, tomando notas en un cuaderno o en hojas de papel.

Después llegó mi madre y fue con ellos en el automóvil de la policía hasta la casa de Vovka Járchenko, en las afueras del pueblo. De camino me dejaron en casa. Para salir de la escuela a la calle tuve que ponerme su vieja chaqueta acolchada, que olía mal y tenía los bordes del cuello y las mangas muy sucios por el sudor. En cuanto llegué a casa, me la quité y la dejé en el frío vestíbulo, para que su olor no entrara en las habitaciones.

Mi madre regresó unas dos horas después y parecía otra persona. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y empezó a reunir cosas en una gran bolsa negra de compras. Metió prendas viejas mías y de mis hermanos menores: ropa, calzado, algunos juguetes e incluso alimentos.

Mientras reunía aquellas cosas, no dejaba de llorar. Entre lágrimas me hablaba de la pobreza en la que vivía la familia de Vovka Járchenko: no tenían una casa, sino una especie de refugio excavado en la tierra, frío y oscuro, y en la mesa no había nada para comer. Entre sollozos contó que, además de Vovka, allí estaba su madre enferma, con niños pequeños en brazos, y que era la primera vez en su vida que veía una pobreza tan desesperada. El padre era alcohólico y no había trabajado en ningún sitio desde que se mudaron de Pokrovka. La madre estaba de licencia por maternidad y recibía una pequeña ayuda para cuidar al hijo menor, que todavía era un bebé.

Aquella tarde descubrí una faceta de mi madre que no conocía: también podía llorar por unos niños desdichados. Aunque era pediatra y seguramente había conocido a muchas familias con hijos pequeños y sabía de sus vidas, resultaba evidente que la situación de la familia de Vovka la había conmovido profundamente.

Le pregunté dónde estaba mi abrigo y me respondió que me compraría uno nuevo, que aquel se lo quedara Vovka, porque no tenía otra cosa que ponerse aparte de aquella vieja chaqueta acolchada. Sus dos hermanos menores ni siquiera tenían ropa de abrigo y, según le había contado su madre, por eso no iban ni al jardín de infancia. Mi madre les había pedido a los policías que la acompañaron que no abrieran ninguna causa penal por la desaparición del abrigo, para que la familia de Vovka no resultara perjudicada. Por el contrario, había que ayudarla a conseguirle trabajo al padre.

Al caer la tarde, mi padre regresó del trabajo y, al ver que mi madre había estado llorando, empezó a preguntarle qué le había sucedido. Ella le contó todo: la desaparición de mi abrigo, la situación de la familia de Vovka Járchenko. Le pidió que volviera a poner en marcha el automóvil para ir juntos a su casa y llevarles las cosas y los alimentos que había reunido. Más adelante, mi madre hizo los trámites para que los dos hermanos menores de Vovka recibieran alimentos de la cocina infantil del hospital, y después consiguió que la madre trabajara con ella como auxiliar en el consultorio pediátrico.

Vovka llevó mi abrigo durante todo el invierno, pero nunca llegamos a ser amigos. Sin embargo, después de aquel episodio advertí ciertos destellos de felicidad en sus ojos, y su carácter huraño se hizo menos evidente. Uno o dos años más tarde, su familia volvió a mudarse a Pokrovka. No sé qué fue de ellos después, pero quiero creer que a Vovka y a sus hermanitos les fue bien en la vida.

Baktybek Shamkeev nació el 16 de mayo de 1963 en Biskek, Kirguistán (entonces conocida como Frunze), en el seno de una familia de médicos. Su nombre, Baktybek, se traduce del kirguís como "persona que aferra firmemente su felicidad". Ha considerado este nombre como una estrella guía a lo largo de mi vida, desde mi infancia hasta el día de hoy. Actualmente trabaja como consultor en finanzas. Anteriormente, ocupó cargos directivos en importantes instituciones financieras, como Ayil Bank OJSC, la Compañía Estatal de Hipotecas (SMC) y el Departamento de Implementación de Proyectos Agrícolas del Banco Mundial, entre otras. Dedicó mucho tiempo al sector de la consultoría, adquiriendo una experiencia inestimable como consultor y formador en planificación estratégica, gestión de proyectos e inversiones. Su formación académica se centra en la ingeniería económica y la programación. Ama la música y toca la guitarra. Hace unos quince años, comenzó a escribir relatos cortos sobre personas que había conocido y momentos que despertaron sus emociones o dejaron una huella profunda.

lunes, 5 de octubre de 2026

PENÉLOPE, TEJIENDO

Carole McDonnell

 

El mar de hombres: vienen en oleadas persistentes e implacables que golpean mi corazón. Que yo haya llegado no solo a ser inmune al rechazo, sino a convertirme en una fría experta en rechazar, haría reír a Ulises. Marcada por el rechazo desde niña, era insegura, bondadosa e ingenua cuando nos casamos. Criada como hija de un rey perfeccionista y a menudo ausente, ¿cómo no iba a identificarme con aquellos a quienes él descartaba con tanta facilidad por malvados, taimados o pretenciosos? Mi esposo, al ver mis heridas emocionales, dijo que haría de mí la más fiel y fuerte de las reinas, y quizá sea en una reina en lo que me he convertido. Me dejó débil y sin las cualidades de una reina; solo en su ausencia he llegado a ser la mejor de las reinas.

Desde el patio central y a través del pórtico, Antínoo entra con aire arrogante. Su sombra se agiganta y tapa el sol cuando entra en la antesala, y se agiganta aún más cuando se detiene en la entrada del salón principal, esperando que todos los demás pretendientes rechazados reparen en él. O lo huelan. La mayoría de nuestros ciudadanos prefieren la rosa y la menta para su aseo. Pero Antínoo se empapa de aromas: mejorana en las axilas, laurel en las partes íntimas, menta en el cabello, tomillo o iris en los pies. Hoy apesta al vino que roba con toda naturalidad de la bodega de mi esposo.

Lleno de soberbia, incapaz de dominarse, vive sin equilibrio ni disciplina. Le tengo miedo. Pero es un miedo que no debo mostrar.

—¡Elígeme, Penélope! —grita, burlón. Los que están cerca del hogar –unos diecisiete o dieciocho hombres de distintas edades– se han vuelto para mirarlo. Sin embargo, guardan silencio; ninguno se atreve a reír sin su permiso.

Antínoo es un sujeto despreciable. Lanza una patada contra un viejo mendigo encapuchado que se ha acercado al arco de Ulises para examinarlo, un arco que aún no se ha doblegado ante los inútiles intentos de Antínoo por tensarlo. Quizá lo irrite la constante resistencia del arco, pero también ha descargado su furia contra mi hijo Telémaco por haber permitido al mendigo entrar en el salón principal.

Antínoo esboza una sonrisa maliciosa: el permiso para que todos participen de su burla. Y ahora el salón resuena con risas autorizadas. Jefes militares, príncipes y señores serviles ríen con él. Pero yo no. Un sollozo desbordante de agotamiento, dolor, terror, desesperación y preocupaciones maternales se me atasca en la garganta. Las lágrimas contenidas siempre me queman detrás de los ojos, pero cada vez que Antínoo entra amenazan con brotar. La ira masculina me aterra.

Se acerca a mí de soslayo, con la mirada puesta más allá de donde estoy, en la sala del trono.

—¡Elígeme, Penélope! —dice de nuevo, y yo respondo, asombrada de que mi voz no tiemble.

—No eres digno de mí —digo.

Él responde:

—Soy digno de ti. Haré que el ocaso de tu vida sea como un nuevo amanecer.

—Más bien la llevarías a una muerte prematura —responde una voz a mis espaldas.

Reconozco la voz. Anfínomo. Bondadoso y bueno, el único que podría robarme el corazón… si es que los corazones fuertes pueden ser robados.

Me vuelvo hacia Anfínomo y lo saludo con una inclinación de cabeza.

—Querida señora —dice, y me rodea la cintura con la mano derecha para calmar mis nervios.

Aparto el brazo reconfortante de Anfínomo, resistiéndome a las persistentes oleadas de su bondad, pero ordeno a mis doncellas que le traigan carnes asadas, quesos y uvas. Veinte años son mucho tiempo. El mundo está lleno de crueldades cotidianas, guerras no declaradas, orgullos heridos y victorias mezquinas. Desde mi juventud estoy cansada de todo eso. Noble de porte y de corazón, Anfínomo me recuerda a Ulises por su capacidad de fortalecer mi corazón. Y solo Anfínomo puede aplacar la desesperación que lo golpea. Con Anfínomo cerca, casi olvido mi desesperada esperanza de que Ulises –a quien no veo y que está muy lejos– no se encuentre en el mundo de los muertos.

—Anfínomo —dice Antínoo—. Por mucho que penes de amor, ¿acaso la señora va a elegirte? ¿No ves que sigue amando a su esposo muerto?

—Mi esposo no está muerto —grito, con la voz temblorosa. Espero que crea que tiembla de ira y no de miedo. Pero ¿quién sabe? Antínoo es un depredador experto en olfatear a sus presas.

Antínoo se dirige solo a Anfínomo, como si yo no hubiera pronunciado una palabra.

—Regresa a tu ciudad, Anfínomo —dice—. Suspira allí por Penélope. Suspira por ella con todo tu corazón y durante todos los años que te queden de vida. Una reina anciana no necesita un nuevo amor. Necesita un rey digno de protegerla tanto a ella como a su hijo.

Vuelve a mirar hacia la sala del trono. Muchas veces lo he encontrado sentado en el trono de Ulises, como si ya gobernara Ítaca.

Me acaricia el rostro, pero Anfínomo le aparta la mano. Sonrío a mi salvador. Pero me recuerdo a mí misma: Ulises sigue vivo.

Cuando los sirvientes regresan con la comida de mi salvador, Eurímaco se ha acercado a mí. Mira las fuentes con evidentes celos. Apreciado por todos los demás pretendientes, a veces me corteja con su silencio, dejando que los otros hablen por él, cuando no hablan por sí mismos. Suele ser el centro de sus reuniones. Incluso cuando está lejos del salón principal, lo domina. Para ellos es como una gran ola, y ellos son las pequeñas ondas que lo rodean. Para mí es como una corriente de resaca, o como Escila y Caribdis, empeñado en hacerme naufragar.

Su perfidia me agota.

Desesperada por llorar y, a la vez, por no hacerlo, digo a todos los pretendientes presentes:

—Debo salir a respirar.

Sin embargo, Eurímaco me toma de la mano y me conduce fuera del palacio, lejos de su hogar encendido. Por lo general permanezco en mis aposentos interiores, tejiendo. Dentro no tengo cómo escapar. Ahora, fuera, unos treinta pretendientes se vuelven para mirarnos, pero ninguno se acerca. Antínoo está dentro, pero sus espías están por todas partes. Al otro lado del patio, el viejo mendigo encapuchado me mira; su rostro está demacrado, pero me resulta extrañamente familiar. Quiero bajar a la orilla. Quizá Ulises llegue hoy.

—¿Has considerado mi propuesta? —pregunta Eurímaco.

—¿Puedo estar un momento a solas? —digo—. Necesito respirar.

—¡Mi propuesta! —insiste.

—Me traicionaste al hacer que mi criada me espiara —digo entre dientes—. ¿Cómo voy a confiar mi corazón a alguien tan traicionero como tú?

—Solo recurrí a la astucia para conquistar tu corazón —dice, riendo, y luego intenta acariciarme el rostro.

Le aparto la mano.

—Jamás conquistarás mi corazón. Las mujeres buscan un esposo digno de confianza; quienes gobiernan buscan cónyuges honorables. Menelao entregó su corazón a Helena. ¿Y cuál fue el resultado? ¿Cómo se lo recompensó? Con la traición de una mujer infiel.

—Solo me serví de tu criada para conocer tus secretos. No la amo.

—¿Qué me importa si la amas o no? —Me estremezco, pero de ira, no de miedo.

—Deja de llorarlo y abandona tu ridículo tejido, Penélope —replica—. Elígeme y no revelaré tu secreto. Veinte largos años has esperado el regreso de Ulises, y durante tres años has tejido, destejido y vuelto a tejer esa mortaja para su padre.

—Sabes que son tres años porque araste con esa novilla —digo, poniendo los ojos en blanco.

—Penélope, no seguiré discutiendo contigo. ¿Quieres que convierta tu mentira en un secreto a voces? Elígeme. No te haré daño ni a ti ni a Telémaco, y tendrás un amante cálido en tu lecho en lugar de un esposo muerto en tus sueños. Y, además, conservarás tu integridad.

—Haz lo que quieras. Cuéntales mi secreto a todos. No me casaré contigo. Mi esposo regresará, y pronto.

Alza la mano derecha ante mi rostro y la sacude de manera amenazante.

—Penélope, eres una buena mujer. Una buena mujer no se dejaría hechizar como Helena. Tampoco sería la causa de largas guerras sangrientas. Como lo fue Helena. Estos pretendientes tuyos se matarán entre sí si sigues con tus engaños.

Me descubro pensando: ¡Oh, Helena, Helena, cuántos hombres han muerto por tu falta de firmeza! ¡Cuántos hombres orgullosos y nobles, jóvenes y viejos, campesinos y aristócratas, han muerto porque eras tan inestable como una balsa vacía en alta mar! Una buena mujer debería ser el más fuerte de los navíos, firme y sólido por mucho que lo azoten el viento y el mar. Eras tan inestable como el agua. Es cierto que los hombres pueden convertirse en cerdos, atrapados fácilmente por sus deseos, presos sin dificultad en las redes seductoras de mujeres astutas. Pero, Helena, eras hermosa y de noble cuna, ¿por qué permitiste que las mareas de la pasión sacudieran la firme nave de tu matrimonio? ¿Y por quién? ¿Paris? ¡Paris! ¡Oh, Helena, Helena! Las mujeres estamos hechas de una materia resistente. Temiendo, esperando, contemplando el mar oscuro como el vino, podrías haberte aferrado a Paris en tu corazón. Helena, ¿no eras una reina como yo? Alabada por todos, te creíste con derecho a la felicidad y no te importaron los demás. ¡Una guerra, Helena! ¡Una guerra, con miles de muertos, y mi esposo ausente!

Eurímaco interrumpe mis pensamientos.

—Penélope —dice—, ¿perderás tu reino y tu honor dejando que el mundo entero conozca tu pequeño y artero engaño?

Suspira y vuelve a entrar en el palacio.

Miro hacia el mar. Estoy tan cansada de estos hombres. Instantes después, unas pisadas se acercan a la carrera: Telémaco, mi hijo.

—Madre —dice, con la voz llena de ira y miedo—. Están revelando tu secreto.

Me toma las manos. Los pretendientes que estaban fuera corren ahora hacia el salón principal. Solo el viejo mendigo encapuchado permanece en el exterior. Telémaco, el viejo mendigo y yo escuchamos cómo el alboroto de los borrachos dentro del palacio se convierte en gritos furiosos contra las mujeres astutas.

—Ahora me llaman «Helena» —digo, y una risa amarga escapa de mis labios. La sonrisa de admiración del viejo mendigo me da libertad para expresar mis pensamientos en voz alta—. Otras esposas aceptaron la pérdida de sus maridos desaparecidos —le digo a Telémaco—. Se dieron por viudas. Desecharon los tejidos de sus antiguos matrimonios y tuvieron hijos con nuevos esposos. Yo permanecí aquí como un faro de castidad y virtud, esperando a un hombre que podía haber muerto… o haber encontrado el amor con otra mujer. Y ahora estos hombres me llaman «la astuta Helena».

—Madre —dice mi hijo—, otros hombres podrán dejarse hechizar por los cantos de sirenas seductoras o por los afrodisíacos de mujeres desconocidas, pero mi padre no.

—Eras un niño cuando se marchó —digo—. ¿Cómo puedes saber lo que ha hecho o dejado de hacer?

Sin prestar atención a la presencia del viejo mendigo, o quizá confiando en ese rostro anciano, digo:

—La vejez y el aire frío del mar me han entumecido los dedos. Mi mente está llena de tejidos. ¡Cuánto tiempo, Ulises! ¡Ven a mí en sueños si aún estás vivo! ¡No, ven, estés vivo o no! Ven con tu astucia y dame fuerzas. ¡Pero qué mundo han tejido ustedes, los hombres, para nosotras, las mujeres, atrapadas en su trama y su urdimbre! Menelao convocó a los antiguos pretendientes de Helena para recuperarla de manos de Paris. ¡Qué pensaría de mis supuestos pretendientes! ¡Los hombres y sus juramentos de hermandad! ¿Acaso estos intrusos no son también amigos y hermanos de mi esposo, unidos a él por juramento? Cuando nos prometimos, me propuse amarte. Y tú, amarme a mí. Si te han atrapado cantos seductores, deléitate con sus dulces y hechizantes armonías, pero no abandones esta nave matrimonial. Ata tu corazón a mi mástil y regresa a mí. Si te ha arrastrado la resaca de la muerte, álzate del inframundo y regresa a mí.

El viejo mendigo se vuelve hacia mí.

—He regresado a casa, Penélope —dice—. Estoy aquí.

Telémaco me sonríe.

—En verdad ha regresado, madre. Madre, aquí está tu esposo, de vuelta del mar.

Ulises sonríe maravillado.

—¡Y qué reina es ella!

Carole McDonnell es una escritora afroamericana nacida en Kingston, Jamaica, y radicada en Estados Unidos. Licenciada en Literatura por SUNY Purchase, ha cultivado una diversa trayectoria centrada principalmente en la ficción especulativa, la fantasía, la ciencia ficción y la literatura de inspiración cristiana. Entre sus obras destacadas se encuentran las novelas Wind Follower (2007) y The Constant Tower (2013), además de colecciones de relatos como Spirit Fruit: Collected Speculative Fiction. Su narrativa explora temas de fe, raza, justicia y relaciones humanas, integrando elementos del afrofuturismo y la fantasía étnica. Sus relatos y ensayos han sido incluidos en antologías influyentes como So Long Been Dreaming: Postcolonial Science Fiction and Fantasy y Sycorax's Daughters, así como en diversas publicaciones periódicas. Además de la ficción, McDonnell ha publicado poesía, devocionales y estudios bíblicos.

 

 

LOS TONOS DEL CREPÚSCULO

Cecilia Aravena Zúñiga

 

Habíamos pasado las horas más ardientes protegidos en nuestro habitáculo. Mi piel aún tenía ampollas de la última puesta de sol que me atreví a ver. Salimos cuando el cielo encarnado que precede la puesta de sol le abrió paso al azul de luna. La temperatura bajó a treinta y ocho grados.

Rara vez dejábamos nuestra sección, pero nos atrajo el anuncio de la exhibición de un clásico del siglo XX. Nos sentamos en la sala de espera en silencio junto a una veintena de personas. Me concentré en la imagen reflejada en el escaparate que tenía al frente. Todos nos veíamos iguales, con nuestros trajes ceñidos de color plateado y nuestras cabezas pelonas en cuerpos enjutos, comparados con los de las estrellas del antiguo cine. Greta se dio vuelta hacia mí, cuando saqué del bolsillo un gramo de droga sintética. Se la ofrecí guiñándole un ojo. Al fin y al cabo sólo faltaba un par de días para el nuevo reparto.

—Te va a gustar esta cinta, está entre los mejores —dije con entusiasmo abriendo la web frente a sus ojos, con un movimiento de mi mano en el aire. Apareció una proyección de fotografías del elenco y el detalle de las principales críticas.

Me quedé a su lado mientras ella tragaba las cápsulas y volví a abrir un par de ventanas antes de ingresar a la sala. Nos sentamos en butacas contiguas. Desde la primera escena me cautivó el personaje de Brando el crepúsculo de tintes rosa y los tejados de París. Con las primeras escenas, la vi humedecer su boca lívida y deseé besarla como en el film. Los actores juntaban sus labios y hacían danzar las lenguas, intercambiando todo tipo de secreciones. Después se frotaban entre sí, sudando como bestias hasta llegar a un jadeo agónico. Creo que Greta me hubiese apartado, aquello debía parecerle torpe y efímero.

Brando me fascinó en El último Tango en París, por su carácter, y la atracción que ejercía sobre Jeanne. Envidié el devaneo y la porfiada inclinación animal de ambos. ¿Qué se sentirá penetrar un cuerpo y convulsionar de placer? ¿Cómo olerá?

Cerré los ojos imaginando que mis dedos se desplazaban por las caderas de aquella actriz, recorriendo su piel tibia y suave. Noté que mi respiración se agitaba y al abrirlos estaba el rostro de Brando ocupando gran parte de la pantalla unidimensional con una lágrima cayendo por su mejilla. De mi pecho emergió un sollozo ahogado y profundo que me dolió como si me rasgara las costillas.

¿Por qué me cautivaba ése crepúsculo púrpura y la silenciosa obscenidad de Brando? Me invadió una extraña nostalgia, pero ¿cómo podía añorar algo que no conocía? ¿Por qué me sentía así? Incómodo por el extravío y sin pensarlo le tomé una mano a Greta. La sentí fría y huesuda. Ella se sacudió y dándome un ligero golpe en el hombro volvió a entrelazarlas.

Al terminar la película, quise aplaudir tragándome un gemido, pero la veintena de espectadores salieron raudos de la sala. Tomamos el elevador en silencio. Greta con la mirada fija en mí. En la cinta mecánica de la superficie, me repugnó el verdor de los bosques y la quietud del lago de tono turquesa proyectado en los muros de los edificios. Me pareció que ese color tan juvenil y fresco hacía más falso el paisaje. No quise detener la vista en los respiraderos ni en las chimeneas, fijé la mirada en los transeúntes que se nos atravesaban presurosos. El vapor los difuminaba, haciéndolos ver incorpóreos. Avanzamos hasta un figón de bebidas comprimidas y nos sentamos frente a la barra.

—¿Te gustó? —pregunté intentando hacer que mi voz sonara grave como la de Brando en la película.

—No, es muy triste.

—¿Te refieres al pasado del film, o a este presente tan distinto? —pregunté sintiéndome entusiasmado por la plática que se iniciaba.

—Max ¿Qué pasa por tu mente? Obvio que hablo de lo antiguo. Vivir en la chifladura del deseo de nuestros antepasados, ¡Que barbarie! ¿Te imaginas a esos seres conscientes de su decadencia? ¿Tolerando lo breve de sus vidas?

—Supongo que eran felices con la pasión que sentían, sus anhelos, la ilusión de trascender —respondí marcando en el dispensador la opción de tequila y sintiendo que me caía un aguacero en la cabeza.

—¿De qué hablas? Eran irracionales e impulsivos. No sé qué buscaban. Sólo disfruté de la cadencia del saxofón y los atardeceres rosados de París —contestó Greta.

—Eran bellos los crepúsculos en esa ciudad —respondí intentando retomar el camino de una buena conversación.

—Sí, qué lástima que ahora las puestas de sol no puedan disfrutarse. ¿Te quedan estimulantes?

Al acercarle mi último gramo de droga, sus ojos áureos se quedaron suspendidos en los míos. Luego alzó una mano, acariciando la parte metálica de mi cabeza. Me gustó el cosquilleo y respondí rozando los sensores de su traje, a pesar de sentir la condescendencia de su gesto, le sonreí y los brazaletes de ambos refulgieron.

En el lado superior izquierdo de su hombro apareció una nueva ventana. Mi procesador me informaba que el índice de coincidencias en nuestras preferencias intelectuales y disposición productiva había aumentado.

—¿Por qué sonríes Max?

—Eres totalmente compatible conmigo —dije bajando la vista hacia los conductos de ventilación de los trenes subterráneos.

—¡Qué novedad! Por algo estamos juntos hace quince años. Recuerda que el mismo día en que nos conocimos comenzamos a sintonizar nuestros terminales —señaló Greta con cierto aire de satisfacción.

—Sí y el intercambio de datos fue veloz y perfecto —contesté, trayendo a mi mente la imagen de Brando desplomándose en el crepúsculo lluvioso y gris de Paris ante una Jeanne impávida con el revólver en la mano.

Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.

  

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