sábado, 15 de agosto de 2026

OPORTO RANCIO

Oscar De Los Ríos

 

08:00 am

Al despertar, aún antes de abrir los ojos, la primera sensación no vino del recuerdo ni de la culpa; fue un dolor punzante en la rodilla izquierda.

​Las sábanas eran las mismas del Día A; pero el viejo sentía su cuerpo como un saco de arena húmeda. Se miró las manos. La piel del dorso tenía esa palidez translúcida y moteada que solo otorgan el encierro y el tiempo.

​Su rodilla le pedía quedarse un rato más en la cama, pero hoy nada lo podía retrasar.

​En la mesita de luz, el cronómetro digital marcaba el avance del Día B.

​Se calzó las pantuflas y fue al baño, donde alivió una urgencia propia de la edad.

​La atmósfera del departamento era asfixiante. Las ventanas estaban siempre cerradas y pesadas cortinas relegaban el sol al exterior; pero ya se habían acostumbrado.

​De camino a la cocina para preparar el desayuno, cruzó el comedor. En el rincón más oscuro, su hermano ya estaba sentado en una silla de madera; sus manos descansaban en los apoyabrazos. Tenía la cabeza colgando y lo miraba con una mueca torcida, como si encontrara el asunto vagamente divertido.

​—Buenos días —le dijo el viejo, mientras se acomodaba los anteojos—. A partir de hoy continuarás con tu vida, ya no te voy a retener. No podés reprocharme nada; te cuidé y nunca estuviste solo. Por favor recordá que el éxito de nuestra misión exige que te mantengas en tu lugar.

​Su hermano no respondió; fue precisamente ese silencio terco el que le devolvió la tranquilidad de que la simetría sería perfecta.

 

12:00 pm

El viejo realizó La Contabilidad del Cosmos. Arrastró los pies hasta el gran salón donde se encontraba la consola central, un altar de pantallas de monitoreo que él mismo había ensamblado.

​Revisó los gráficos de cascada y los códigos que titilaban en los monitores; los valores eran exactos. El puente temporal estaba tendido. En las interfaces gráficas, las variables de la materia del Día B reflejaban una superposición matemática casi perfecta con los registros del Día A. La espera estaba terminando. El cosmos, con su monumental indiferencia de gigante ciego, parecía ignorar las arrugas de su rostro. En el flujo luminoso de los algoritmos, la brecha temporal quedaría reducida, al final del Día A, a dos fotogramas idénticos, cancelándose en el filtro de la probabilidad.

​El viejo sonrió. Luego miró a su hermano, que seguía sentado al fondo del salón, observándolo indiferente.

​—Hoy voy a saldar mi deuda con el Cosmos. Seré su administrador de sistemas.

​Sin embargo, cuando intentó levantarse de la silla ergonómica, un fuerte dolor de espalda le recordó que el administrador de sistemas tenía el disco duro dañado por el tiempo. El Universo estaba a punto de saltarse la última década, pero sus vértebras la habían contabilizado con precisión fiscal.

 

04:00 pm

El guion original –el que el programa había decretado– exigía que a las cuatro de la tarde se sirviera el oporto.

​El pico de la botella chocó el borde de la copa con un tintineo nervioso, mientras el licor espeso se derramaba.

​Sin moverse de su lugar, vestido con un traje de lino beige y el gesto cansado del que ya nada espera, su hermano lo observaba acercarse. Habían estado discutiendo desde el mediodía por las patentes del software de la matriz cuántica y, al no llegar a un acuerdo, la situación escaló.

​—¡No vas a poner la investigación, otra vez, solo a tu nombre. El algoritmo cuántico es mío! Igual que el reconocimiento de nuestros pares —amenazó su hermano, quien se rebeló por primera vez en su vida—. Si mañana intentás subirlo a la página de registro de patentes, presento la demanda y te hundo. A las ocho me voy para siempre, a empezar una nueva vida.

​Las copas quedaron sobre la mesa.

​Horas después volvieron a cruzarse en el comedor. Aún había tensión entre ellos, pero hicieron una tregua. Y con el correr de los días, el encierro dictó que el éxito y el reconocimiento solo tenían valor en relación con la manera de interactuar con los demás; poco a poco se fueron aislando de la sociedad. Un nuevo proyecto, capaz de borrar un evento del devenir del cosmos, los mantuvo unidos en la sala de computación.

​ Para asegurar que todo transcurriera sin la interferencia de la realidad exterior, el viejo, compró uno a uno, los cuatro departamentos del sexto piso del complejo. El dinero de las patentes de software se había ido en ofertas ridículas a vecinos ruidosos, hasta dejar el pasillo en un silencio de tumba.

​La única variable humana era un sargento retirado de la policía local que llevaba ya un largo tiempo cobrando un sueldo generoso por vigilar la entrada del 6B. Dejaba las compras junto a la puerta cerrada, convencido de que custodiaba el encierro voluntario de un millonario excéntrico.

​Su único día libre era el domingo. Entregado a la fe desde su retiro del servicio, oficiaba como diácono de la parroquia del barrio.

​El viejo, a pesar de las diferencias, comprendió que aún eran familia y le ofreció una copa de oporto; su hermano la rechazó. Pero él insistió, su hermano vaciló; tomándole la mano con infinita dulzura, le ayudó a cerrar los dedos alrededor del cristal.

​Brindaron.

​Lo único que el programa no podía solapar era el sabor del oporto: espeso y vibrante en el Día A; rancio y amargo en sus papilas envejecidas, en el Día B.

 

08:00 pm

El reloj del sistema emitió un pitido sordo sacándolo de sus divagaciones.

​El viejo tomó el cuchillo de caza con mango de asta de ciervo. El acero estaba tan pulido como la primera vez, pero su brazo no tenía la fuerza del rencor; solo lo animaba la culpa.

​—Es hora.

​Levantó el brazo para asestar el golpe que iba a reiniciar el cosmos.

​El impacto no fue blando. No hubo la resistencia cálida de la carne que su memoria había ensayado durante diez años. El metal chocó con algo seco, calcáreo, un muro de tiza dura que rechazó el acero. El golpe vibró a través del mango y la hoja, irradiando un dolor agudo hasta su codo.

​La fuerza del impacto hizo que el cuerpo se tambaleara en la silla. Un hombro se desmoronó. Jirones de lino se hundieron en la caja torácica, pelada por el tiempo y el formol. La copa de oporto se volcó, tiñendo restos de tela de un color púrpura oscuro que corrió sobre el polvo de los restos, tratando en vano de imitar la sangre. El golpe desprendió la mandíbula del cráneo, que colgaba ahora de un hilo de cartílago seco, revelando el vacío negro e infinito de la muerte.

​El viejo miró la palma de su mano acalambrada. En el suelo, entre astillas de hueso amarillento, quedó el puñal.

​Giró la cabeza, aterrorizado, hacia la consola. Las pantallas seguían brillando en verde, estables, impasibles, marcando una fluctuación cuántica perfecta. El software decía que el Universo estaba borrando el Día A. Pero el dolor en su codo era real y la muerte de su hermano aún permanecía inmutable.

 

11:55 pm

​Una ansiedad insoportable, ante el inminente borrado del día, llevó al viejo a dejar la puerta principal del departamento entornada. Buscaba desesperado una bocanada de aire fresco.

​Hacia el final de su ronda, el sargento se detuvo extrañado frente al 6 B. Llevado por el presentimiento, entró al departamento en el momento mismo en que las pantallas mostraban los últimos datos. Se paralizó en el umbral, retrocediendo un paso mientras su mano derecha bajaba instintivamente hacia la cartuchera abierta del cinturón. El brillo en sus ojos pasó del horror al asco. Miró al anciano cubierto de sudor y polvo de hueso, cayendo de rodillas, y luego miró al esqueleto apuñalado, rodeado por una mancha oscura y pegajosa sobre la alfombra. Conteniendo una arcada, tragó saliva con dificultad y retiró la mano del arma.

​Se llevó la mano al pecho y se persignó.

​El viejo abrió la boca para gritarle que había corregido el cosmos; que los últimos diez años se perdieron en el vacío de la existencia; que la rodilla le dolía por la entropía biológica y no por el castigo divino; que Dios había mirado para otro lado. ¡Que él… él! era el artífice del milagro que iba a presenciar.

​El cronómetro llegó a 00:00.

​La luz de las pantallas se extinguió. En la oscuridad del salón, solo quedó el viejo llorando sobre un montón de huesos amarillos, mientras el sargento rezaba un padrenuestro para agradecer el perfecto y previsible decreto del Altísimo.



Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

 

LA FÁBRICA DE MÁSCARAS

Alex S. Johnson

 

Fue más la idea de una fábrica de máscaras que su realización concreta la que zanjó el debate tácito entre los dos hombres.

Digo “tácito” porque la idea permanecía entre ellos, y en el aire del estudio de Hauptmann, como un animal, quizá un perro pequeño. De esos animales excesivamente dependientes, sumisos, dispuestos a hacer cualquier cosa por complacer a su amo. En algunas razas esa dependencia alimenta las semillas de la violencia; en otras, vuelve al perro inútil para cualquier cosa que no sea dormir. Pero el proverbial perro echado sobre la alfombra no era inútil… al menos, este no lo era.

—Ha llegado la hora de actuar —dijo Hauptmann de improviso, aplastando su habano, todavía a medio consumir, contra el cenicero y golpeándolo una y otra vez con fuerza brutal.

Ese gesto le pareció innecesario a su interlocutor, Georges Gleese, y presagiaba un estallido de veneno personal.

—No podemos empezar a fabricar máscaras… —comenzó Gleese—. Al menos, todavía no. Podríamos experimentar con “personae” y luego, si conseguimos patrocinadores… entonces…

Pero el esfuerzo fue tibio, y pronto guardó silencio.

—No.

—¿No?

—No. No me refería a fabricar máscaras… una idea excesivamente simple, vuelta todavía más banal por tu deslucida descripción. Necesitamos vigor, señor… vigor… Yo deseo fabricar fábricas de máscaras.

—Es un proyecto imposible —dijo Gleese.

En la penumbra parecía un muchacho rubio, joven y disoluto, aunque había alcanzado los cuarenta y cinco años.

—Nunca funcionará. Mi concepto es práctico, aceptable, realizable… De hecho, ahora mismo puedo pensar en media docena de personas con las que podríamos hablar hoy mismo y que estarían encantadas de participar. Imagínelo, mi querido Hauptmann… máscaras encontrándose con máscaras. Máscaras proliferando… y no solo “personae”, sino máscaras físicas, sólidas, entrelazadas con esas “personae”… Podríamos emplear nanotecnología y metafísica, reajustar las “personae”, ¿comprende? Necesito una copa.

—Creo que aún queda un poco de sangría en el decantador de la cocina, aunque la criada parecía medio muerta la última vez que la vi —dijo Hauptmann, encogiéndose de hombros—. En realidad, estoy casi seguro de que ya está completamente muerta. Ya sabe… pertenece al linaje de Schrödinger.

—Ah, sí, Irwin… Un hombre mágico, verdaderamente extraordinario. Sus experimentos mentales con el boxeo de sombras…

—Ese era Arnold Schoenberg.

—No, está pensando en el compositor.

El perro se incorporó y comenzó a rascarse… un leve sonido de uñas que precipitó el estudio en una oscuridad de otro mundo. A través del muro de ébano, rostros de una luz deslumbrante y de inmensa intensidad fueron desprendiéndose de las sombras.

—Creo que empiezo a comprender su punto de vista —dijo Hauptmann—. Es usted más sabio y extraño de lo que imaginaba. Lo creía aquel joven ingenuo que me seguía a todas partes y espiaba mis encuentros amorosos con aquella Jezabel…

De pronto se puso de pie y, con una mueca siniestra que parecía parpadear en colores de Technicolor, le propinó una bofetada a su invitado.

—¡Dios mío! ¿A qué ha venido eso?

—La verdad es que no estoy seguro —respondió Hauptmann—. Estoy sinceramente desconcertado por mi propio comportamiento. Nunca he sido propenso a la violencia.

—Quizá se trate de un trastorno neurológico —aventuró su invitado.

—¡Jamás! —tronó Hauptmann.

Se dirigió al armario, sacó una escoba y la blandió.

—Ni una palabra más…

—Su estado lo está volviendo imposible, filosófica y epistemológicamente hablando —dijo su invitado—. Lo veo a usted engullido por las sombras mientras yo entro en la luz que emana de estas máscaras…

Gleese extendió la mano hacia la claridad que brotaba de los ojos de las máscaras y extrajo de ella una cuerda de neón con la que inmovilizó rápidamente a Hauptmann, rodeándole todo el cuerpo.

La multitud de máscaras estalló como una ristra de fuegos artificiales y, en el instante mismo de extinguirse, cada una pronunció un monólogo tan exquisito como, paradójicamente, insoportablemente banal.

—Lo que quería decir —comentó Hauptmann— es que he cambiado de opinión. Vuelvo a mi idea original… la fabricación masiva de fábricas de masas, primero a escala local y luego creciendo… creciendo… creciendo.

El rostro de su invitado volvió a hundirse en las sombras. El hombre más joven tomó su bastón de caoba con empuñadura de bronce.

—Bueno, viejo amigo, ha sido tan inquietante como siempre. Nos veremos de nuevo en el Café du Monde.

—Naturalmente.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 


NUNCA SOLA

Eveline van Dienst

—Ay... ¿Acaso tengo la cabeza metida en un tornillo de banco? —gime Lilian. Se lleva ambas manos a la cabeza y comienza a presionar las sienes con las yemas de los dedos, haciendo movimientos circulares. Mantiene los ojos cerrados, incluso los aprieta con fuerza—. Ay, Dios... —vuelve a gemir—. ¿Qué fue lo que pasó? —Le zumban los oídos. En el cuello siente un dolor punzante. Y procura no volver nunca sola a casa en bicicleta, oye decir a su madre en sus pensamientos. Asegúrate siempre de que alguien vaya contigo—. Sí, sí, ya, ya... —murmura mientras gira la cabeza de un lado a otro. Siempre, o casi siempre, había obedecido los mantras de su madre—. Uf... Demasiada luz...

Desplaza las manos hasta los ojos y se los cubre. Una corriente de aire frío acaricia su cuerpo y un escalofrío la recorre. Los pájaros cantan con estridencia.

Poco a poco regresan los recuerdos de la noche anterior.

 

—¡Hola! Soy Karst. ¿Vienes seguido por aquí?

—No lo sé. Tal vez. ¿Y tú? —responde mientras bebe un sorbo a través de la pajita y lo mira con gesto seductor.

—Solo cuando hay algo apetecible que encontrar. —Hace una breve pausa y luego susurra con voz insinuante—: ...como este Bloody Mary.

Choca su vaso contra el de ella.

Con sus ojos azul celeste salpicados de un leve destello anaranjado, el cabello casi blanco y una barba de tres días, Karst no es precisamente un hombre poco atractivo.

Nunca te vayas a casa con un desconocido.

Después de uno, dos, tres o quizá cuatro cócteles –Lilian ya ha perdido la cuenta–, ambos se dirigen a la pista de baile.

Rhythm is a dancer, it's a soul's companion, you can feel it everywhere —canta Karst a todo pulmón siguiendo la música.

Levanta los brazos y mueve las caderas con entusiasmo, aunque la coordinación no sea precisamente su punto fuerte.

Oh-oh, it's a passion, oh-oh, you can feel it in the air —continúa Lilian, también a voz en cuello, mientras alza los brazos.

Sus manos se encuentran y los dedos se entrelazan.

Las manos de Karst abandonan lentamente las de Lilian y descienden hasta posarse sobre sus caderas. Luego la atrae hacia él y ambos bailan apasionadamente al ritmo de la música.

Lilian siente el cuerpo frío de Karst pegado al suyo. Ella, en cambio, arde. Y no solo por el calor del local o por el baile.

Qué ojos tan extraños... y qué sonrisa tan luminosa, piensa. Está para comérselo.

Antes de darse cuenta, siente los labios de Karst sobre su cuello. Se deslizan lentamente de arriba abajo. Suaves. Delicados.

Y de pronto...

—¡Ay! ¿Qué haces? —exclama.

Se lleva la mano derecha al cuello. ¡La ha mordido! Eso no se hace en una primera cita. Ese tipo de cosas se reservan para más adelante. ¡Qué descaro!

—Perdón —dice Karst—. Me dejé llevar. El calor del momento. Je... —La mira con expresión algo torpe y añade—. Me parece que sería muy agradable volver contigo a casa en bicicleta.

Lilian se sobresalta y, de un empujón, lo aparta. Ha tenido suficiente. Karst la observa desconcertado.

—Ha sido un placer conocerte, pero ya es hora de que me vaya —dice ella con decisión—. Gracias por la agradable velada.

Sin esperar respuesta, se da media vuelta y se dirige al guardarropa. ¿Pero qué se habrá creído? ¿Embriagarme para luego aprovecharse de la situación? Bah... Los hombres son todos iguales. Con el abrigo bajo el brazo sale furiosa del local y, con manos temblorosas, libera la bicicleta del candado.

—¡Grrr! —resopla.

Solo quiere llegar cuanto antes a casa. Olvidar esa noche. Olvidar al señor seductor... o más bien al señor abusador. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí. Estúpido Karst.

#IntentoDeOlvidarlo: fracaso. No pienses más en él y ya está.

¿Tomar el camino corto, por el dique, o el largo, atravesando el pueblo? Elige el dique. Así se ahorra unos diez minutos. Monta en la bicicleta y se pone en marcha. Tras un rato, el enojo comienza a disiparse. Entonces aparece el miedo. Lilian toma conciencia de lo vulnerable que es en ese momento: una mujer joven, sola, en plena noche, por un camino desierto. Procura no volver nunca sola a casa en bicicleta. ¿Y si su madre, una vez más, tenía razón? Las madres siempre tienen razón. Un escalofrío le recorre la espalda. Siente el corazón latiéndole en la garganta.

—Debería haber ido por el pueblo. ¿Qué son diez minutos en toda una vida? —se lamenta.

Las lágrimas le llenan los ojos y la vista se le nubla. Se seca con la manga y vuelve a ver con cierta claridad. Pedalea con más fuerza por el estrecho camino del dique, sin iluminación, rodeado a ambos lados por campos desiertos cubiertos por un espeso manto de niebla. La cabeza le da vueltas por el alcohol. Las piedras saltan bajo las ruedas y las ramas secas se parten a su paso. Y entonces... ¿Qué fue ese ruido? Lilian mira hacia atrás. Ve a alguien acercándose rápidamente en una bicicleta sin luces. Muy rápidamente. Da la impresión de que flota. He bebido demasiado en muy poco tiempo. No debo volver a hacerlo. En cuestión de segundos, el ciclista está justo detrás de ella.

A partir de ese instante... su memoria queda completamente en blanco.

 

Lilian abre los ojos y aparta lentamente las manos del rostro. Sus pupilas se acostumbran poco a poco a la luz. La ventana está entreabierta. Las copas de los árboles se balancean de un lado a otro, como si la saludaran. Mira a su alrededor y descubre que está acostada en una cama. En las paredes cuelgan fotografías de mujeres jóvenes, pósteres y recortes de periódicos. Entonces se da cuenta.

Son sus fotografías.

Son sus pósteres.

Es su habitación.

—¿Qué...? —alcanza a murmurar.

—Buenos días, bella durmiente —dice una voz con alegre naturalidad. Lilian no entiende nada. Vuelve la cabeza hacia el lugar de donde proviene la voz y ve a Karst—. Buenos días otra vez. ¿Dormiste bien?

Lilian se sobresalta y se incorpora de golpe en la cama.

—¿Qué haces aquí?

—Tranquila, no voy a hacerte daño. ¿Qué fue lo que pasó anoche? De repente te fuiste sin decir una palabra. Me preocupé por ti, así que fui tras de ti y te llevé sana y salva a tu casa. ¿No recuerdas nada? —Lilian lo mira con los ojos muy abiertos—. Ya veo que no... —dice Karst—. Además, ¿a quién se le ocurre recorrer sola, en plena noche, un dique completamente desierto? Podría haberte pasado cualquier cosa. ¿Tu madre nunca te enseñó eso?

—Eh... sí... —balbucea Lilian.

Ese dolor de cabeza...

—Y quizá deberías beber un poco menos de alcohol. Con la forma en que ibas zigzagueando con la bicicleta, parecía que estabas compitiendo por la medalla de oro en eslalon gigante.

Karst se ríe de su propia broma.

Ese dolor en el cuello...

Lilian lleva la mano derecha hasta la zona dolorida. Tiene la sensación de tocar pequeñas costras. Comienza a rascarlas.

—Ah, eso... —dice Karst—. Sí, perdón... bueno, en realidad no. Te ofrecías en bandeja y no pude resistirme. Aunque debo decir que tienes la piel bastante dura, ¿lo sabías? Me sentí como un mosquito intentando picar a un elefante. —Sonríe ampliamente al hacer el comentario. Al ver que ella no comparte el entusiasmo, añade—: Está bien... ahora sí, perdón de verdad. Nunca he sido un romántico. Llevo siglos intentando aprender, pero definitivamente no es lo mío. —Lo dice con un tono de absoluta inocencia—. Pero, si debo ser sincero, tu sangre es deliciosamente dulce. ¡Ni el mejor Bloody Mary puede competir con ella!

Karst sonríe mostrando los dientes. Sus colmillos brillan frente a Lilian.

—¿Desayunamos? —pregunta a continuación—. No tengo idea de qué guardas en la cocina ni dónde está cada cosa, pero seguro que lo averiguo.

Lilian sigue siendo incapaz de articular más que unas pocas palabras. Siente que la cabeza continúa dándole vueltas.

—¿Sabes qué? Lo prepararé yo. Tú quédate descansando un poco más. Enseguida vuelvo. —Antes de salir de la habitación, cierra la ventana y corre las cortinas—. Creo que, de ahora en adelante, te sentirás mucho mejor —agrega.

Y tenía razón. A veces, solo a veces, los hombres tienen razón. Y ¿cómo continúa la historia?

Resumiéndolo mucho: vivieron felices durante muchísimo, muchísimo, muchísimo, muchísimo, muchísimo... muchísimo tiempo.

Eveline van Dienst es una autora neerlandesa conocida principalmente por escribir literatura infantil interactiva y relatos de ciencia ficción y fantasía. Además de su faceta como escritora, trabaja en el sector de la salud mental para jóvenes (jeugd GGZ). Entre sus libros destacados pueden mencionarse Amy op zolder (2021), Un libro infantil interactivo publicado a través de la editorial Boekscout y Ridder Joris: Draak ik heb je!, otro relato infantil ilustrado de carácter lúdico.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

RESPIRACIÓN

Meghashri Dalvi

 

—¡Otra vez cancelaron nuestro plan! —grité con frustración. Sin querer, cerré la laptop de un golpe seco.

—¿Qué? ¿Otra vez? Era de esperarse. Llevan dos días emitiendo alertas. Y desde ayer ni rastro del sol; tendríamos que haber ido hace un par de días.

—Mmm. ¡Si hubiéramos ido, nos habríamos quedado atascados allá! ¿Y quién iba a saber que la calidad del aire iba a empeorar de esta manera? Ahora han impuesto una cuarentena de una semana. Significa que tendré que esperar otra semana más para visitar a mi tía.

—En cuanto levanten la cuarentena, iremos de inmediato. ¿Te parece? —dijo Gayatri mientras terminaba de ordenar sus cosas—. Además, nos mantenemos en contacto por video. También está la enfermera robot.

—Oye, eso no es suficiente para una persona mayor. Y para mí tampoco, la verdad. El video y la telemedicina sirven para salir del paso, pero hay que ir a visitarla en persona. Voy a empezar a prepararme. Enviaré los documentos. Diré que es una emergencia y que tengo que ir a verla. A ver si me dan el permiso y puedo ir y volver en dos días. —Me levanté y Comencé a dar vueltas por la habitación.

—¿En este aire tan contaminado? ¿Y si te pones mal a mitad de camino? ¿Y qué vas a hacer para comer por el camino?

—Ya veré. Primero que me den el permiso. —Volví a abrir la laptop y empecé a revisar los documentos.

+++

—El coche ya llegó, Ranjan. ¿Ya revisaste el clima? —gritó Gayatri, y eché un último vistazo al equipaje.

—¿Para qué voy a revisar? Temperatura por encima de los cuarenta y dos grados, con probabilidad de lluvia en cualquier momento y mala visibilidad; ya sabemos todo eso sin necesidad de mirar.

—Está bien. —Gayatri llevó la maleta hasta la puerta y dijo—: Le puse unos dulces suaves a los tía, que le encantan.

—¿Cuándo hiciste eso? —La miré sorprendido.

—Me tomé el tiempo. No te preocupes. Tu comida también va en la misma maleta. Y llámame de vez en cuando.

—Claro. En cuanto llegue te hago una videollamada para que hables con mi tía, ¿ok?

Al subirme al vehículo sin conductor, me di cuenta de que era de nivel cinco.

—Yo había pedido un coche de nivel cuatro —dije molesto.

—Correcto. Pero como ahora estamos en cuarentena, todos los coches que han salido son exclusivamente de nivel cinco —explicó el vehículo con voz neutral.

—La cuarentena es por la contaminación del aire. ¿Qué tiene que ver eso con los niveles? Espera, no empieces. Solo quiero viajar si me dan una respuesta lógica a esto. Un coche de nivel cinco significa que en ninguna circunstancia podré tomar el control. Entonces, ¿qué hago si surge una emergencia? Por eso siempre pido un coche de nivel cuatro, para tener algo bajo nuestro control en caso de necesidad.

—Tiene razón, Ranjan. Sin embargo, muy pocas personas han obtenido permiso para viajar. Para evitar cualquier tipo de irregularidad, el gobierno ha establecido esta norma: solo pueden circular coches de nivel cinco. Indique su decisión. Si cancela el viaje, se aplicará un cargo por cancelación de cincuenta créditos.

¿Cincuenta créditos por cancelar cuando el viaje de ida y vuelta costaba doscientos? Me puse furioso, pero también entendí que las empresas de vehículos autónomos nos cobran esto como coste de oportunidad. Me había preparado tanto para ir a ver a mi tía que al final decidí subirme al coche. Me senté por costumbre en el asiento del conductor.

+++

Pasamos por el primer puesto de control, al cruzar la frontera del Gran Bombay. Los papeles estaban en orden; el sistema autónomo del puesto de control recopiló algunos datos del vehículo y nos dio permiso para continuar.

No se veía ni una sola alma en la calle. Aunque, a decir verdad, con ese aire brumoso tampoco había mucho que ver. Al menos en Bombay se veía a los trabajadores de servicios esenciales y a la policía con grandes máscaras de gas en la cara y bombonas de oxígeno a la espalda.

Involuntariamente, mi mirada se desvió hacia la izquierda. Había bombonas de oxígeno de emergencia; aunque solo fuera un pasajero, las normas exigían dos bombonas delante y tres detrás. Mi mente hizo el cálculo automáticamente: en caso de un apuro extremo, todo el viaje se podía hacer con oxígeno. Sentí un extraño alivio.

En ese momento sonó el móvil.

—¡Le deseamos un buen viaje! Si necesita más oxígeno, puede pedirlo llamando a este número en cualquier momento. Un dron se lo entregará de inmediato, esté donde esté —dijo un mensaje automatizado con un entusiasmo artificial.

Me puse furioso. ¡Con solo mirar las bombonas de oxígeno, el rastreador del coche había recopilado y compartido esos datos, y las empresas habían deducido mi necesidad para enviarme publicidad! Por supuesto, ya no tenía sentido protestar demasiado. Ya había expresado mi descontento con el coche; si añadía más quejas, harían un perfil psicológico mío y me cancelarían el viaje. El coche era de nivel cinco, totalmente automatizado, autónomo y capaz de tomar sus propias decisiones. No podría hacer nada, simplemente darían la vuelta y me llevarían de regreso a casa.

La salud de mi tía había empeorado hacía dos años. Fui a quedarme con ella durante una semana. Había contratado a una empleada para las tareas de la casa, una enfermera robot y organizado todo lo demás. Yo corría con los gastos: videollamadas regulares, telemedicina y el pago de los medicamentos. El gobierno tenía todos esos datos y, basándose en ellos, me habían concedido este permiso. No iba a arruinarlo por tonterías.

Recordando que las cámaras me estaban vigilando, puse la expresión más serena posible. Empecé a pensar en mi tía y traje a mi mente su casa en el pueblo, que ella mantenía impecable: unos cuantos árboles, canteros de hortalizas y un frescor verde. Poco a poco comencé a sentirme más tranquilo.

La última vez que fui a ver a mi tía, Gayatri me había acompañado muchas veces. Se llevaba muy bien con ella. A Gayatri le enternecía saber que mi tía me había criado después de que mis padres murieron en un accidente. Y tras la pérdida de sus propios padres en aquella pandemia, mi tía era nuestro único lazo familiar.

Seguro que a Gayatri le habría gustado venir, pero nunca le habrían dado el permiso. Todavía está en edad reproductiva y su perfil de datos se recopila constantemente. Por lo tanto, es obligatorio mantenerla alejada de la contaminación a toda costa. Llevamos diez años casados y nos mantenemos firmes en la decisión de no tener hijos. Con tanta incertidumbre en el mundo, traer una criatura y ver claramente lo que le espera en el futuro nos parece injusto; obligarla a enfrentarse a ese destino es algo que ninguno de los dos aprueba.

Sin embargo, el gobierno todavía guarda esperanzas. De vez en cuando envían avisos y ciertos incentivos con subsidios y facilidades. Ofrecen permisos pagados de dos o tres años para la crianza de los hijos a ambos padres. Y, claro, ¿qué van a hacer? Con la caída tan drástica de la tasa de natalidad, tienen que probar todas las vías posibles. Mientras no recurran a la fuerza, todo va bien.

Al darme cuenta de por dónde iban mis pensamientos, me sobresalté. Por mucho que uno se esfuerce, estos sistemas inteligentes detectan los sentimientos al instante a través de los pequeños detalles. Es lógico: han aprendido de millones y millones de casos y procesan los datos para extraer conclusiones infalibles. Si ahora mostraba algún sentimiento de frustración en el rostro, se enviaría una alerta de inmediato.

Respiré hondo e intenté recordar cosas agradables: los buenos comentarios que había recibido en la oficina, el anuncio de un nuevo proyecto, mi helado favorito, la publicación de mi sesión de yoga en las redes sociales que había recibido un centenar de «me gusta», y el momento reciente en que le gané una carrera de ciclismo a un amigo en el metaverso.

Mi rostro se relajó espontáneamente. Supuse que el sistema del coche lo habría detectado y dado por bueno. Poco a poco mis ojos empezaron a cerrarse, el sopor de los pensamientos agradables me invadió y me quedé dormido ligeramente.

 

—La temperatura exterior es de cuarenta y cinco grados centígrados. Nos estamos acercando a una zona de servicios, ¿desea hacer una parada? —preguntó el coche; me desperté de golpe.

¿Necesitaba ir al baño? No había tomado ni un sorbo de agua desde que salimos y ya habían pasado dos horas. El coche lo sabía todo y por eso preguntaba.

—No. Ya veremos más adelante —respondí.

—A cuatro kilómetros hay un problema de tráfico y, al ser una zona industrial, no se podrá bajar del vehículo.

¡Ah, claro! Esa zona de tan mala fama. La contaminación allí es tan densa que resulta obligatorio usar oxígeno. Y ahora ni siquiera te dejan bajar.

En ese momento llamó Gayatri.

—Estoy revisando tu viaje en la aplicación. Como a lo mejor estabas durmiendo, no te había llamado antes. ¿Todo va bien?

—Sí, cariño. ¡Me quedé dormido de verdad! Ahora haré una parada para ir al baño.

—Cómete unas parathas, ¿sí?

—¡Uff! ¿Me pusiste parathas? Siempre comemos lo mismo.

—Son las que mejor aguantan en los viajes.

—Todavía no tengo hambre. Ya veré más adelante.

—Se ve un problema de tráfico más adelante. Cuídate.

Colgué la llamada y acepté la sugerencia del coche de hacer una parada. Debido a la cuarentena, la zona de descanso estaba prácticamente cerrada; solo funcionaba un pequeño puesto que vendía productos envasados. Al ver que no había nadie en los alrededores, el vendedor me saludó agitando los brazos con energía. Lo ignoré y fui al baño.

El coche reanudó la marcha, pero se detuvo al poco tiempo.

—Una cisterna ha volcado más adelante y ha bloqueado la carretera. Nos han indicado que tomemos una ruta alternativa —anunció el coche mientras giraba hacia un camino estrecho a la izquierda.

A nuestro alrededor, el aire brumoso y oscurecido apenas permitía ver nada. Delante de nosotros iban otros dos coches. Supuse que alguien más habría salido por una emergencia, así que saqué el móvil para matar el tiempo y empecé a revisar los mensajes. Luego eché un vistazo rápido a las redes sociales. Gayatri había subido un nuevo vídeo a su canal. Pasaría los dos próximos días sola en casa, trabajando de forma remota y apenas unas cuatro o cinco horas. Se aburriría. Los vecinos parecían no existir. Hoy en día ya solemos acumular provisiones para un mes entero en casa; las cuarentenas, las alertas de contaminación o las advertencias de tormenta llegan en cualquier momento, por lo que es mejor no salir.

De repente, el coche tropezó con un bache enorme en la carretera.

—¿Qué pasa?

—La rueda no sale del bache, solo gira. Estoy aplicando más potencia —respondió el coche a mi pregunta.

Miré hacia afuera con curiosidad. Hasta ahora nunca había tenido la necesidad de pasar por esta carretera; normalmente cruzaba rápido por la autopista para ir a ver a mi tía. Esta vez había terminado aquí debido al desvío. A lo lejos se veían un par de casas y algunas personas afuera.

—¿Quiénes son esas personas? —pregunté.

Al coche le tomó un momento escanear a esas personas desde la distancia y obtener sus datos.

—Son cuatro hombres y dos mujeres. Vivían en la costa cercana y se dedicaban a la pesca. Cuando la crecida de la ría devoró sus casas y sus tierras, les dieron este lugar como refugiados.

—Pero ¿cómo se ganan la vida aquí? —pregunté asombrado.

El coche recopiló un poco más de datos:

—El gobierno les da algunos alimentos al mes.

De repente, vi que esas personas venían directas hacia el coche. Todos parecían rondar los treinta años. Noté de inmediato que no había niños ni ancianos entre ellos. Lo que eso pudiera significar me dio un vuelco en el estómago.

—¿Por qué vienen hacia acá? ¿Tendrán la intención de robar? —le pregunté al coche, sintiendo escalofríos.

—Todos los sistemas de seguridad están operativos —respondió el coche con frialdad.

Aquellas personas se acercaron y se quedaron mirando el coche en silencio. Al ver las sencillas mascarillas que llevaban puestas, sentí una punzada en el interior. Hacía cuántos días que no sentía tanta empatía... Aunque, pensándolo bien, hacía cuántos días que no veía a gente diferente. Se me pasó por la cabeza darles las dos bombonas de oxígeno del coche, pero sabía perfectamente que eso no era posible.

Uno de ellos dio unos golpecitos en la ventanilla. El coche emitió una alarma de advertencia. El hombre retrocedió como si hubiera recibido una descarga y los demás también dieron cuatro pasos atrás.

—¿Qué pasó? —Me acomodé en el asiento. El coche no dijo nada. ¿Habrá dado una pequeña descarga eléctrica? Me vino el pensamiento a la cabeza, pero lo descarté enseguida.

—Tomará un tiempo —informó el vehículo.

Era imposible bajarse. Me quedé mirando a esa gente sin saber qué hacer. ¿Por qué estaban parados ahí? ¿Cómo pasaban los días? ¿En qué trabajaban? ¿Qué tendrían disponible para entretenerse? ¿Debería mirar algo en la pantalla del coche? ¿O sacar mi tableta para trabajar en algo? ¿O ponerme a comer? Lo pensé, pero me pareció de mal gusto hacerlo frente a esas personas. Para disipar la multitud de preguntas inútiles que me invadían, cerré los ojos y me quedé recostado en silencio.

—¿El coche se detuvo? ¿Qué pasó? —preguntó Gayatri por teléfono, preocupada.

—El coche se ha quedado atascado en un bache, nada serio —respondí con cautela.

—¿Te van a enviar otro coche? —Sus preguntas no cesaban.

—Arrancará en un momento, no te preocupes. Hace un rato vi tu vídeo. —Hablé de cualquier cosa para pasar el tiempo al teléfono y volví a mirar hacia afuera.

Aquellas personas seguían allí, mirando las ruedas del coche. Sentí un miedo innecesario: un paraje desconocido, un coche sobre el que no tenía ningún control. ¿A qué se me ocurrió venir aquí? ¿Qué cisterna había volcado? A todo esto, ¿qué hace una cisterna en la autopista? En todos estos años nunca había visto una cisterna. ¿Y este coche? ¿La avería que sufrió y su reparación en el momento justo no formarán parte de un plan premeditado? ¿No será esto un experimento para traernos deliberadamente aquí y analizar el rumbo de nuestros pensamientos? Había oído rumores de que este tipo de experimentos se llevaban a cabo en la sociedad. ¿No me habré visto atrapado sin darme cuenta en uno de ellos?

Mi pulsera medía constantemente los latidos de mi corazón y el ritmo de mi respiración. ¿A dónde irían a parar esos datos? ¿Y qué clase de información sobre mí habrá recopilado este coche? Hacía poco, a un compañero de trabajo lo habían despedido de la noche a la mañana; había oído ciertos cuchicheos sobre él, y luego nadie supo a dónde se había marchado de Bombay.

Metí la cabeza en el móvil a toda prisa. Este mundo en línea es mejor. Más o menos conozco el funcionamiento de sus algoritmos: sé a qué sitios entrar, qué ver y qué evitar. Mis movimientos por aquí son cautelosos para que no se malinterpreten. Más vale no salir de esta zona de confort.

 

Al notar algo extraño de repente, levanté la vista. El aire dentro del coche estaba totalmente inmóvil y reinaba un silencio sepulcral.

—¿Qué pasa? —pregunté por pura costumbre.

Pero el coche no respondió, ni siquiera después de que se lo pregunté dos o tres veces. Era sorprendente, porque los vehículos siempre están conectados, tienen batería de reserva y, según las empresas, tienen tan pocas piezas móviles que es imposible que se queden completamente inutilizados.

De repente me estremecí. No existe nada que sea cien por cien perfecto; de entre millones o miles de millones de veces, un coche puede fallar una o dos veces, y al parecer esta millonésima ocasión me había tocado a mí. Por desgracia. Involuntariamente miré hacia afuera. ¿Ese fallo ocurrió por casualidad o lo provocó esa gente? ¿Cómo apareció un bache tan grande como para atrapar el coche? ¿Qué hizo aquel hombre cuando tocó el coche hace un rato? ¿Formará parte de su plan? ¿Y por qué se quedaron observando el coche durante tanto tiempo?

Tomé el móvil a toda prisa. Había un mensaje que decía que otro coche llegaría en diez minutos. ¿Diez minutos? Cada minuto se me hacía eterno. Afuera se había formado un grupo de unas quince personas bajo el sol abrasador de cuarenta y seis grados. Y yo, atrapado a solas en un coche de nivel cinco averiado, sin ningún tipo de control sobre la situación. No se veía nada a lo lejos y no había ningún puesto policial cerca. Miré la pulsera en mi muñeca: las pulsaciones se habían disparado a ciento veinte. ¿Qué conclusiones sacarían de allí a donde llegasen estos datos?

Cerré los ojos e intenté tranquilizarme. Recordé la casa de mi tía, el hermoso cuadro colgado en el salón de nuestra casa en Bombay, la falda azul que le quedaba tan bien a Gayatri... Fui repasando uno a uno todos esos recuerdos. Sin embargo, en mi mente solo aparecían aquellas personas de fuera.

No sé cuánto tiempo pasó así. Seguro que más de diez minutos. Otro coche avanzó unos metros y se detuvo. Sonó su alerta.

Y de repente caí en la cuenta: ahora tendría que bajar de este coche. Estar al menos un minuto afuera, en medio de aquella contaminación infernal. Me puse a temblar de puro miedo.

Sonó de nuevo la alerta del coche nuevo. Ya tenía que salir. Temblando, cogí la máscara de gas y me la puse. Me coloqué los guantes, tanteé todas mis pertenencias para asegurarme de que no olvidaba nada y levanté las maletas. Mi mano titubeó un instante en el pomo de la puerta. Pero ya no había opción.

Apenas se abrió un poco la puerta, la turba se abalanzó sobre mí. La abrieron de par en par y lo primero que hicieron fue arrancar las bombonas de oxígeno. Uno o dos empezaron a tirar de los asientos del coche. Alguien arrancó los componentes electrónicos. Todo se convirtió en un caos en una fracción de segundo.

Apenas logré salir cuando me rodearon por completo. Alguien me arrebató las maletas, otras manos se metieron en mis bolsillos, y alguien me arrancó el móvil y la pulsera que llevaba en la muñeca. Caí al suelo de golpe, sin entender absolutamente nada. Cuando tuve la oportunidad de recobrar el sentido, todos ya habían desaparecido del lugar. Solo estábamos yo y los dos vehículos en aquel paraje desolado, sobre un fondo borroso, gris y reseco.

Con gran esfuerzo y dando cuatro pasos tropezados, me metí en el nuevo coche. Al entrar, me escocieron los ojos con fuerza y caí en la cuenta de que alguien también me había arrancado la máscara. Cogí rápidamente otra máscara del coche y me la puse en la cara, respirando con avidez.

—El colirio para los ojos está en la guantera. Tome una pastilla de allí —indicó el coche. En ese momento sentí por aquel coche inanimado un apoyo tan grande como jamás había sentido por nadie en mi vida.

Saqué la botella de agua del coche y me tomé la pastilla. Me eché el colirio en los ojos. Tuve la suerte de no haberme hecho ningún rasguño. Tal como sugirió el coche, me comí los dos paquetes de galletas que encontré en la misma guantera. Pero en el estómago se me había desatado una especie de fuego abrasador.

—Su nueva pulsera de salud la recibirá al regresar a Bombay. El móvil se lo entregarán mañana en su pueblo. Puede hacer llamadas de emergencia desde el coche. —Me asusté al oír que no tenía el móvil conmigo. Luego, cuando me sentí un poco más tranquilo, decidí llamar a Gayatri para avisarla.

Mientras tanto, el coche reanudaba su marcha con total frialdad.

 

Sentía una extraña sensación al no llevar ningún dispositivo encima. Por un lado me sentía incompleto; por otro, liberado. Una vez se me había caído el móvil y se había roto, y la empresa me había entregado uno nuevo en casa en diez minutos. Pero la entrega en el pueblo se retrasaría. ¿Qué haría mientras tanto? Podría haber mirado algo en la tableta del coche, pero ya no tenía ganas de nada. El coche estimaba que llegaríamos en una hora. Quería pasar ese tiempo tumbado en silencio, sin ningún tipo de interrupciones.

A medida que nos acercábamos al pueblo, la calidad del aire mejoró un poco. Empezaron a verse algunos rayos de sol. Ver girar las aspas de los molinos de viento en el camino indicaba que soplaba algo de brisa, lo que me devolvió un poco el ánimo.

La enfermera realizó primero un escaneo completo para registrar mis datos de salud, los envió a algún sitio para su aprobación y solo entonces se me permitió entrar. Después de desinfectarme bien, entré en la habitación de mi tía. Al verla tumbada en la cama, se me anegaron los ojos de lágrimas. Ella me había enseñado a trepar a los árboles cuando era niño, me había corregido las redacciones en maratí y me había dado un montón de consejos antes de mudarme a Bombay; todo eso vino de golpe a mi memoria. Dos años atrás le había insistido mucho, casi suplicado, para que se fuera a vivir conmigo a Bombay, pero no había querido ceder.

Me senté en la silla de al lado y le tomé la mano. Su tacto, cálido y arrugado, era capaz de transportarme muy atrás en el tiempo. Era como si aquella mano guardara datos vivos de muchísimos años.

—¿Ranjan? Vaya, no avisaste. ¿Has venido de improviso? ¿Todo va bien?

—Me dieron ganas de venir a verte y salí para acá. —No me salían más palabras; se me hizo un nudo en la garganta.

—¿No hay cuarentena por la contaminación? Lo escucho en las noticias.

—Todo bien, tía. Saqué el permiso y vine.

La enfermera de al lado escuchaba atentamente.

—¿Qué necesidad había de pasar por todo esto para venir? Te has gastado un montón de créditos en todo esto. Ya nos vemos por videollamada. Y esta enfermera me cuida muy bien.

Esta generación anterior, capaz de entender la situación y adaptarse a ella, me conmovió profundamente.

—Aun así, tía, la experiencia de tomarte la mano en persona es distinta. Todos los dispositivos tecnológicos se quedan pálidos ante eso.

La tía sonrió y las arrugas alrededor de sus ojos se profundizaron. —Ahora come algo rico aquí. Radhabai cocina muy bien. Y llama a Gayatri de mi parte, habla con ella, dile que estoy bien y prométele que mañana te mandaré de vuelta.

Solté una carcajada franca. Antes, cuando veníamos, los tres bromeábamos muchísimo. La tía estaba bien, nos preparaba todo tipo de manjares y charlaba de cualquier tema. En aquella época no existía esta enfermera y la tía jamás había tenido wifi en casa. Tampoco existía el temor de que alguien te estuviera vigilando o de saber a dónde iban a parar tus datos. Bastaba con aparcar el coche lejos. Luego, al sentarse de noche afuera a charlar, el cielo resplandecía con las estrellas y nuestros corazones hacían lo mismo por dentro.

Apenas terminó la llamada, la enfermera nos recordó que era la hora de la medicina y la revisión de la tía. Así que salí a sentarme afuera. Como no llevaba el móvil de costumbre, mi mirada se desvió de forma natural hacia los alrededores. Aunque no se podía ver la puesta de sol directamente, el cielo estaba bañado de colores. El aire era fresco y los árboles se mecían ligeramente. Se escuchaba el canto de algún pájaro. Por lo demás, reinaba una absoluta quietud y tranquilidad.

El coche estaba estacionado a un lado. Quizás la enfermera también estaba observando. No sé por qué, de repente sentí el corazón ablandarse. Con total despreocupación, me quité la mascarilla de un tirón, la arrojé a un lado y respiré profundamente. Hacía cuántos días que no respiraba aire puro en total libertad.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

 

NAVOIY EN MI MOCHILA

Azam Abidov

 

He viajado a más de cincuenta países con nada más que una mochila. Es una forma sencilla de viajar. Unas pocas camisas. Un cuaderno. Un cepillo de dientes. Un pasaporte.

Y, una vez, un poeta del siglo XV.

La historia comenzó tres años antes con la llamada telefónica más extraña que jamás haya recibido. La persona que llamaba era de la Administración Presidencial de Uzbekistán.

—El primer caballero de Singapur —dijo—, quisiera leer a Alisher Navoiy en inglés.

Aparentemente, durante una breve visita a Taskent, un nombre había seguido a aquel ilustre invitado a todas partes. Teatro Navoiy. Museo Navoiy. Calle Navoiy. Metro Navoiy. Provincia de Navoiy. Tras oír «Navoiy» tantas veces, hizo la pregunta más razonable imaginable.

—¿Puedo leerlo en inglés?

De repente, personas que nunca recordaban mi existencia recordaron mi número de teléfono. Durante años me había dedicado a traducir a Alisher Navoiy al inglés. Farhod y Shirin. Layli y Majnun. Decenas de poemas líricos. Creía que nuestro mayor poeta merecía ser leído no solo en Uzbekistán, sino en cualquier lugar donde se ame la literatura.

Aparte de esos momentos de necesidad oficial, sin embargo, a menudo sentía como si mi propio país me hubiera extraviado discretamente. Las invitaciones se iban a otra parte. Los conferenciantes olvidaban mi nombre. Los programas culturales de algún modo se apañaban sin el traductor que había pasado años intentando llevar a Navoiy a través de los idiomas. Sin embargo, cada vez que alguien en el extranjero deseaba leerlo en inglés, mi número era sorprendentemente fácil de encontrar.

Solo había un problema. No tenía ningún ejemplar.

La edición de Farhod y Shirin que había traducido nunca se había impreso para librerías. Se creó como un regalo cultural: un volumen grande y bellamente ilustrado, adornado con exquisitas pinturas en miniatura, encuadernado bajo una cubierta con gofrado de plata y protegido por un elegante estuche. Todos los ejemplares hacía tiempo que habían acabado en bibliotecas, embajadas, regalos oficiales o colecciones privadas.

Mis propios estantes estaban vacíos.

Esa tarde me hice una promesa.

—Si no puedo poner este libro en sus manos hoy, ¡algún día se lo llevaré yo mismo a Singapur!

Las promesas viajan más despacio que los aviones. Pero suelen llegar. Tres años después, mientras me preparaba para otro viaje más con mi fiel mochila, visité la imprenta donde Farhod y Shirin había visto la luz por primera vez.

El director me recibió calurosamente.

—Imprimimos miles de libros —dijo con una sonrisa—. Elige el que quieras.

—Ya sé cuál quiero.

Desapareció en el almacén. A los pocos minutos regresó cargando un único ejemplar de Farhod y Shirin. Su cubierta plateada seguía captando la luz tan maravillosamente como recordaba. Se sentía menos como recibir un libro que como reencontrarse con un viejo compañero de viaje. Por fin, la promesa tenía algo que llevar dentro de mi mochila. Mi primer destino en Singapur fue el Istana.

Como un optimista –o tal vez solo un traductor–, imaginé que podía simplemente caminar hasta la puerta llevando un libro hermoso y explicar amablemente mi misión.

Los guardias tenían un concepto diferente de la diplomacia. Me detuvieron mucho antes de la entrada.

—Solo una petición —supliqué.

Sus sonrisas eran cálidas. Su respuesta no lo era. No. Caminé alrededor de los terrenos buscando otra entrada. Otra puerta. Otro guardia. Otra negativa educada. Se me ocurrió que los fusiles poseen muchas cualidades admirables. La pasión por la poesía clásica rara vez se cuenta entre ellas. Sin desanimarme, me dirigí en su lugar a la magnífica Biblioteca Nacional de Singapur. Si en algún sitio se comprendía el destino de los libros, sin duda sería en una biblioteca.

La recepcionista escuchó pacientemente mientras le explicaba mi inusual misión. Luego sonrió.

—Lo siento —dijo—. No entregamos libros a los presidentes.

Perfectamente razonable. Sugirió que me pusiera en contacto con la embajada de mi país. Quizás esa habría sido la vía diplomática adecuada. Pero yo quería que este libro viajara como literatura, no como papeleo. Afortunadamente, la literatura siempre ha viajado mejor con amigos.

Un querido amigo en Singapur tenía por delante un día increíblemente atareado. Reuniones. Conferencias. Plazos de entrega. Aun así, escuchó mi improbable historia con la paciencia reservada para los viejos amigos y los traductores errantes. Luego se rio.

—Vamos —dijo—. Entreguemos a Navoiy.

Dejó a un lado su apretada agenda y juntos cruzamos Singapur en autobús. Entramos en la universidad equivocada. Luego en otra universidad equivocada. A estas alturas, hasta el libro parecía divertido. Al final llegamos a la Universidad de Ciencias Sociales de Singapur. Solo para descubrir que toda la universidad estaba de pie afuera del edificio. Un simulacro de incendio. Parecía que hasta el destino tenía sentido del humor. Nos acercamos a un miembro joven del personal.

Le expliqué que tres años antes, en otro país, se había hecho una promesa, y que este libro de cubierta plateada había viajado hasta Singapur para cumplirla. Lo aceptó con ambas manos.

—Nos aseguraremos de que llegue a la rectora y a su familia —dijo.

En ese momento, el viaje del libro ya no me correspondía dirigirlo a mí. Al día siguiente paseé por los Jardines del Istana con un profesor turco que había conocido en mi albergue. Bajo la sombra de los árboles tropicales, le conté la improbable aventura de un libro terco que había viajado más lejos de lo que muchos humanos lo hacen jamás.

De regreso en Taskent, se está desvelando otra historia. El Museo Alisher Navoiy abandona el corazón de la ciudad. La gente discute sobre edificios. Yo sigo pensando en los libros. Hace años donamos un ejemplar de mi traducción al inglés a la Biblioteca Nacional que lleva el nombre de Alisher Navoiy. Más tarde, desapareció silenciosamente de las estanterías. Nunca llegó ninguna explicación. Entonces, mientras deambulaba por Singapur, se me ocurrió otra idea. Tal vez el misterio se había resuelto por sí solo. Tal vez, ese mismo día en que los funcionarios buscaban urgentemente un ejemplar de Navoiy en inglés, el ejemplar desaparecido de la biblioteca emprendió silenciosamente su propia misión diplomática.

Nunca lo sabré.

Me gusta bastante la idea de que en algún lugar de Singapur pueda haber ahora dos ejemplares idénticos con cubierta plateada de Farhod y Shirin, habiendo viajado cada uno por un camino diferente. Los libros, al fin y al cabo, tienen instintos curiosos. Quizá prefieran a los lectores antes que a los armarios. En Uzbekistán, casi todo lleva el nombre de Navoiy. Fuera de Uzbekistán, sorprendentemente poca gente sabe quién es. Esa, creo yo, es nuestra mayor tragedia. Los museos pueden cambiar de dirección. Los edificios pueden alzarse y venirse abajo. Pero un escritor vive de verdad solo cuando alguien, en alguna parte, abre un libro y descubre que una voz de hace cinco siglos sigue hablándole al corazón humano.

Tenemos museos. Tenemos monumentos. Tenemos calles, teatros y universidades que llevan el nombre de Navoiy. Sin embargo, todavía no tenemos ningún festival literario internacional importante en su honor, ninguna residencia internacional para escritores dedicada a su legado y ninguna Ciudad de la Literatura de la Unesco que celebre la ciudad que con orgullo lleva su nombre. Tal vez algún día eso también cambie. Pues ¿qué mayor homenaje podría haber que permitir que sus palabras —y no meramente sus estatuas— viajen por el mundo?

Nunca recibí un mensaje que dijera: «El libro ha llegado». Tal vez llegó a la familia de la rectora. Tal vez siga haciendo su silencioso viaje a través de despachos y pasillos. Los libros, al fin y al cabo, tienen sus propios itinerarios. Curiosamente, ya no necesito saberlo. Algunas promesas no se cumplen porque alguien pueda darnos las gracias. Se cumplen porque, si dejamos de cumplirlas, nos volvemos más pequeños de lo que somos.

Cuando deshice la maleta al volver a casa, faltaba una cosa en mi mochila. Un libro de cubierta plateada. En su lugar estaba la silenciosa felicidad de una promesa cumplida. Tal vez nos hayamos vuelto notablemente buenos poniendo nombres de lugares a Navoiy. La tarea más difícil es ayudar a viajar al propio Navoiy. Hasta entonces, puede que vuelva a ser necesaria la curiosidad de otro primer caballero –o de otra primera dama– para hacer la pregunta más sencilla de todas:

—¿Puedo leer a Navoiy en inglés?


Azam Abidov (A’zam Obid) es poeta, cuentista, traductor y organizador cultural residente en Tashkent, donde escribe tanto en uzbeko como en inglés. Su obra tiende puentes entre lenguas y culturas, promoviendo la poesía internacional en Uzbekistán y dando a conocer la literatura uzbeka a un público global. Es autor de varios libros de poesía y traducción. Entre sus colecciones de poesía más destacadas se encuentran «Milagro en camino» y «Mi nombre es Uzbekistán». Sus poemas y traducciones, incluyendo obras de Alisher Navoi, padre de la literatura uzbeka, han aparecido en diversas publicaciones internacionales. Abidov es el fundador y director de un programa independiente de residencias para escritores y artistas en Uzbekistán, que desde 2018 ha acogido a cerca de 100 poetas, escritores y artistas de los cinco continentes. Ha participado en residencias y programas literarios internacionales en Iowa, Berlín y Hong Kong.

 

OPORTO RANCIO