sábado, 25 de julio de 2026

EL ÚLTIMO SUSURRO DEL VIENTO

Aziz Mountassir

 

En un pequeño pueblo rodeado de montañas, vivía una joven llamada Isabella. Desde que era niña, había soñado con un amor verdadero, un amor que la llevaría a los rincones más profundos de su corazón. Un día, mientras recogía flores en un prado, conoció a Alejandro, un pintor errante que había llegado al pueblo en busca de inspiración.

Isabella se sintió atraída por su sonrisa cálida y su mirada profunda. Los dos comenzaron a pasar tiempo juntos, compartiendo risas y secretos bajo el cielo estrellado. Mientras Alejandro pintaba el paisaje que los rodeaba, Isabella se dio cuenta de que había encontrado el amor de su vida. Sin embargo, el tiempo no estaba de su lado. Alejandro tenía un secreto: estaba enfermo, una enfermedad incurable que lo debilitaba poco a poco.

A pesar de su estado, Alejandro nunca dejó de sonreír y hacer reír a Isabella. Él creía que el tiempo que pasaban juntos era más valioso que la tristeza que lo rodeaba. Así, cada día se convirtió en un regalo. Pasaron semanas llenas de amor, risas y momentos inolvidables, mientras Alejandro pintaba un último cuadro, una representación de su amor.

Un día, mientras el sol se ponía en el horizonte, Alejandro tomó la mano de Isabella y le dijo: "Te prometo que mi amor por ti vivirá incluso después de que yo ya no esté". Con lágrimas en los ojos, Isabella le respondió: "Siempre llevaré tu amor en mi corazón".

Después de un tiempo, la salud de Alejandro se deterioró. Isabella lo cuidó con todo su amor, pero un día, mientras las flores del prado comenzaban a florecer, Alejandro se despidió. En sus últimos momentos, susurró al viento: "Siempre estaré contigo".

Isabella, desgarrada por la pérdida, visitaba el prado cada día, esperando escuchar el susurro de Alejandro entre las flores. Lo que ella no sabía era que su amor había dejado una huella inquebrantable en su corazón. Con el tiempo, comenzó a pintar también, inspirada por sus recuerdos juntos.

Cada pincelada era un homenaje a su amor eterno. Y aunque Alejandro ya no estaba físicamente a su lado, su espíritu vivía en cada cuadro que ella creaba. Años después, el pueblo celebró una exhibición de sus pinturas, donde Isabella mostró el último cuadro que Alejandro había comenzado: un paisaje lleno de flores y un sol radiante, simbolizando el amor que nunca moriría.

Al mirar sus obras, Isabella sonrió entre lágrimas. Aunque el viento ya no susurraba su nombre, ella sabía que siempre estaría con él, porque el verdadero amor nunca desaparece; vive en los recuerdos y en el corazón de aquellos que aman.

 

Pasaron los años y las pinturas de Isabella se hicieron famosas. Quienes visitaban sus exposiciones admiraban la belleza de sus paisajes, pero pocos comprendían que cada pincelada era una lágrima convertida en color. Ella no pintaba flores ni montañas; pintaba los recuerdos de Alejandro, el hombre que jamás abandonó su corazón.

Una tarde de otoño, durante una nueva exposición, un hombre permaneció inmóvil frente al último cuadro que Alejandro había comenzado y que Isabella había terminado. Lo contempló durante largo rato, incluso cuando la sala ya estaba casi vacía.

Se llamaba Gabriel. Era profesor de literatura, viudo desde hacía algunos años y poseía una mirada serena, aunque profundamente melancólica.

Se acercó a Isabella y le dijo con voz suave:

—Este cuadro no fue pintado con colores... fue pintado con el alma.

Ella sonrió con delicadeza, pero sus ojos seguían perdidos en un tiempo que solo ella conocía.

Desde aquel día, Gabriel comenzó a asistir a todas sus exposiciones. Poco a poco nació una sincera amistad. Paseaban por los jardines, hablaban de poesía, de música y del sentido de la vida. Él nunca intentó borrar el recuerdo de Alejandro; comprendía que había amores que ni la muerte conseguía destruir.

Sin darse cuenta, Gabriel terminó enamorándose de Isabella.

Una tarde, mientras caminaban entre los árboles, tomó valor y le confesó:

—No quiero ocupar el lugar de Alejandro. Solo deseo caminar a tu lado el tiempo que la vida nos regale.

Isabella bajó la mirada y respondió con un hilo de voz:

—Hay corazones que solo aman una vez. El mío murió el día que él cerró los ojos.

Gabriel sintió que aquellas palabras atravesaban su pecho como un puñal. Sin embargo, sonrió con ternura.

—Entonces déjame ser solamente el amigo que permanezca cuando todos los demás se marchen.

Y así fue.

Durante meses estuvo junto a ella. Cargaba sus cuadros, la acompañaba a las galerías, le llevaba libros y flores silvestres. Pero cada noche regresaba a casa con el mismo dolor: amaba a una mujer cuyo corazón pertenecía para siempre a un hombre ausente.

Un amanecer encontró, frente a la puerta de su casa, una pequeña caja de madera.

Dentro estaba el primer retrato que Alejandro había pintado de Isabella y una carta escrita por ella.

"Gabriel, si el destino nos hubiera permitido conocernos antes, quizás hoy estaríamos escribiendo nuestra propia historia. Pero llegaste cuando mi corazón ya era un santuario lleno de recuerdos. Perdóname por no poder ofrecerte lo único que me pedías: mi amor."

Gabriel leyó aquellas líneas una y otra vez.

Después desapareció.

Nadie volvió a verlo.

Un año más tarde, Isabella recibió una carta enviada por el notario de una ciudad lejana.

Gabriel había fallecido en un accidente de automóvil.

Entre sus últimas voluntades había dejado una carta dirigida a ella.

Con las manos temblorosas, Isabella comenzó a leer.

 

"Querida Isabella:

Nunca lamenté haberte amado. El verdadero amor no exige ser correspondido; le basta con existir.

Solo me entristece haber llegado demasiado tarde. Tu corazón ya tenía un dueño, y ni siquiera la muerte pudo arrebatárselo.

Si alguna vez piensas en mí, no llores. Sonríe. Porque conocerte fue el regalo más hermoso de mi vida.

Ahora me marcho con la esperanza de que, donde terminan los caminos de los hombres, comiencen los caminos de las almas.

Tal vez allí, por primera vez, el tiempo llegue antes que el amor.

Siempre tuyo,

Gabriel."*

 

Por primera vez desde la muerte de Alejandro, Isabella sintió que el peso de la culpa era más grande que el de la tristeza.

Había perdido a dos hombres.

Uno porque la muerte se lo arrebató.

El otro porque ella nunca pudo abrirle la puerta de su corazón.

Nunca volvió a pintar.

Su estudio permaneció cerrado y cubierto de silencio.

Una noche de invierno regresó al prado donde había conocido a Alejandro.

Llevaba consigo el último cuadro y las dos cartas.

Se sentó bajo el viejo árbol, abrazó aquellos recuerdos y susurró entre lágrimas:

—Alejandro... te esperé toda la vida.

Gabriel... perdóname por haberte amado demasiado tarde.

Al amanecer, unos pastores encontraron el cuadro apoyado contra el árbol.

Isabella descansaba inmóvil, con una leve sonrisa dibujada en los labios y las dos cartas apretadas contra su pecho.

El médico dijo que su corazón simplemente dejó de latir.

Pero los ancianos del pueblo contaban otra historia.

Decían que aquella madrugada el viento sopló de una forma diferente.

Y que, entre las flores, pudieron escucharse tres susurros:

El de un hombre que murió demasiado pronto.

El de otro que llegó demasiado tarde.

Y el de una mujer que jamás consiguió dividir un corazón que había prometido amar una sola vez.

El Dr. Embajador Aziz Mountassir, nacido el 30 de marzo de 1961 en Casablanca, Marruecos, es un distinguido poeta y periodista internacional, además de un firme defensor de la paz y la humanidad. Su dedicación de toda la vida a la diplomacia cultural, la literatura y las labores humanitarias lo han consolidado como una voz global en favor de la armonía y la buena voluntad. A través de su obra poética, sus colaboraciones internacionales y su liderazgo, continúa inspirando el cambio y promoviendo la paz en todo el mundo. Es autor de diez libros y su poesía ha sido traducida a más de dieciséis idiomas. Colaboró en numerosas antologías internacionales de poesía y sus poemas han sido interpretados por artistas internacionales tras su traducción. Por otra parte, es participante activo en seminarios sobre paz y cultura en todo el mundo, incluyendo países como México, Argentina, España, Egipto, Estados Unidos, Canadá, Marruecos, India, Jordania, Ecuador, Costa Rica, Venezuela y Túnez.

LÍNEA DE MONTAJE

Ana Lúcia Merege

 

Blixi trabaja en la posición central de la cinta transportadora. Por las ventanas de la Fábrica es casi imposible que entre un rayo de sol, salvo en verano, cuando brilla pálido en el cielo durante largas horas. A la mayor parte del personal eso no le gusta y prefiere que cierren las ventanas, dejando la iluminación a cargo de los globos de cristal de nieve; es como si el invierno durara todo el año. O quizá el otoño, la época de mayor demanda, cuando el Patrón exige un esfuerzo adicional para aumentar la producción. En la práctica, eso significa trabajar el doble. Y como la pausa entre los turnos, cuando pueden salir un poco, nunca coincide con el mediodía, pasan varios meses sin ver la luz del sol.

Blixi es un buen operario, pero el Jefe del Taller lo vigila de cerca y, a veces, lo reprende por distraerse. Eso viene ocurriendo con mayor frecuencia en los últimos años, sin que exista una razón: el ambiente no ofrece novedades, y mucho menos el trabajo, ejecutado con movimientos medidos y perfectos. Unir dos piezas, clavar, encajar o pegar, pasar al siguiente en la cinta; unir otras dos piezas, clavar, y así sucesivamente. No es un mal trabajo –esa idea ni siquiera se les ocurriría–, pero Blixi lleva allí tanto tiempo, sus manos están tan acostumbradas a repetir aquellos movimientos que, aun sin proponérselo, su mirada se desprende de la cinta y recorre el taller como si buscara algo.

—¿Qué? —pregunta el Jefe, cada vez más áspero e irritado.

Pero la respuesta de Blixi consiste en bajar la cabeza y volver al trabajo.

O al menos así había sido hasta hoy.

Es el día que suelen llamar la Víspera, una jornada frenética y agitada en la Fábrica, porque precede a aquella en la que se distribuye la producción de todo un año. Blixi está en su puesto y maneja un pincel, que sumerge en el pegamento para unir dos partes de una casita de juguete. Como de costumbre, todos trabajan sin levantar la vista, salvo el Jefe del Taller, que va de un lado a otro inspeccionando productos y operarios. Sus botas producen un ruido constante, con un ritmo tan acompasado como el de un reloj; está allí desde el comienzo del turno, incorporado a los demás sonidos de la Fábrica y, precisamente por eso, llama la atención de Blixi cuando se detiene de improviso.

Intenta resistirse, concentrándose en la secuencia de movimientos frente a la cinta, pero el impulso crece dentro de él, aumenta hasta hacerse más fuerte que su voluntad.

Entonces, Blixi mira.

El Jefe del Taller está de pie, leyendo un papel que acaba de bajar por el tubo de hielo. Eso no le habría robado más que un instante de atención a Blixi de no ser por un detalle: el Jefe necesitó luz para leer el memorando y, en lugar de usar un globo de nieve, abrió una ventana.

Y, por casualidad –solo puede haber sido casualidad–, lo hizo durante la única hora de sol de ese día de invierno.

Una estrecha franja de claridad se desliza por el taller, invade los ojos de Blixi y lo ciega para cualquier otra cosa que no sea esa luz.

La cinta continúa avanzando, las piezas de las casitas pasan frente a él sin que siquiera las vea. El operario que sigue en la línea de montaje intenta cubrir la falla, enseguida ayudado por el compañero siguiente, pero, al tener también su propia secuencia de movimientos que cumplir, no tardan en verse entorpecidos. Sin saber qué hacer, uno de ellos llama a Blixi en voz alta y logra devolverlo a su puesto; pero el grito atrae la atención del Jefe del Taller, cuyos ojos centellean al ver las piezas acumuladas sobre la cinta.

Se vuelve hacia Blixi con la pregunta de siempre, más furioso que nunca, en la punta de la lengua; una pregunta que, sin embargo, muere en su boca al darse cuenta de que es inútil.

Porque, por primera vez, aunque como siempre haya vuelto al trabajo, la expresión de Blixi deja claro que tiene una respuesta.

El procedimiento estándar para esos casos es uno solo, y el Jefe no habría llegado donde llegó si no cumpliera las normas. Sin decir una palabra, pasa las hojas de su portapapeles hasta encontrar el nombre de Blixi y anota el código correspondiente, información que, al final del turno, será enviada al personal de la oficina. Ellos se encargarán del caso, quizá dentro de uno o dos días; no es probable que lo hagan en medio del caos de la Víspera, aunque, quién sabe. Entre todas las noches del año, precisamente esta es aquella en la que cualquier cosa puede suceder.

Y, en efecto, sucede.

Y mucho antes de lo que el Jefe esperaba: a mitad del turno siguiente, cuando una orden enviada por el tubo de hielo conduce a Blixi al sector de empaquetado.

Es una sala gigantesca, situada en el último piso de la Fábrica. Para sorpresa de Blixi, se parece mucho al Taller, con las mismas cintas transportadoras en las que trabajan centenares de operarios. La diferencia es que, en lugar de montar juguetes, aquí la serie de movimientos sirve para envolverlos, algunos en cajas, otros en bolsas de tela o de papel de colores. El operario situado al final de cada cinta adorna el paquete con un lazo y el bulto cae por un tubo hacia algún lugar de los pisos inferiores. Todas las cintas, por cierto –y son muchas–, terminan en ese mismo tubo, de modo que los paquetes deben de estar acumulándose muy deprisa allá abajo.

Blixi está pensando en el tamaño de aquella pila cuando el Supervisor se acerca a él.

A diferencia del Jefe del Taller, su expresión no refleja impaciencia; su voz es monótona, pero suave, y su cadencia hace que Blixi se relaje y asienta a todo lo que escucha.

Sí, sabe que la Fábrica tiene reglas y admite que las ha infringido varias veces durante los últimos años, cuando dejó de prestar atención a la cinta. También es consciente de que la infracción de hoy fue más grave, no solo porque provocó una falla en la producción, sino porque –y en ese punto la voz del Supervisor adquiere un tono más íntimo– con su actitud Blixi demostró estar descontento, y eso contradice las directrices del Patrón respecto de los operarios.

Ellos no pueden trabajar en la Fábrica si no son felices.

La imagen del Patrón, hasta entonces adormecida en su marco sobre la pared, cobra súbitamente vida al oír la mención de su nombre. Crece ante los ojos de Blixi; es casi como si el Patrón estuviera allí en persona, con sus largas barbas blancas y las mejillas que parecen manzanas. Sonríe, sus ojos desbordan confianza y bondad, y Blixi se deja envolver por ellas como por una nube.

Ahora sí, siente que todo saldrá bien, inspirado por aquella visión.

Ahora estás listo para hacer tu última contribución a la Fábrica.

Sigue las instrucciones siguientes sin vacilar, caminando hasta el borde del círculo abierto en el suelo, donde a cada segundo las cintas transportadoras descargan regalos. El Supervisor pega un lazo en su delantal mientras el Patrón continúa sonriendo: ahí está el pequeño Blixi; fue un buen operario y ahora servirá a la Fábrica en su propósito más elevado.

Blixi apoya las manos en la cintura e hincha el pecho, lleno de orgullo.

Y es precisamente en ese instante cuando los inocentes ojos azulados del Patrón lo alcanzan con un rayo.

La caída es inmediata, y la rigidez que invade sus miembros es tan rápida que no llega siquiera a debatirse. También su grito se extingue en la garganta después de los primeros metros.

Se extingue para siempre, lo sabe, igual que sabe lo que ocurrirá a continuación.

Es uno de los efectos de la descarga: deshace las ilusiones y revela de una sola vez la verdad sobre quienes no logran adaptarse a la Fábrica.

Blixi no tiene dudas sobre lo que lo espera en las próximas horas. Rígido, reducido quizá a una cuarta parte de su tamaño, su cuerpo caerá sobre una cinta transportadora, kilómetros más abajo, entre los demás paquetes destinados a cargar el trineo. Su conciencia durará todavía algún tiempo, el suficiente para percibir la partida del vehículo y, tal vez –si la posición entre los juguetes se lo permite–, sentir el contacto del viento por última vez.

Y quizá haya estrellas.

Piensa en su brillo, en el centelleo semejante al de los cristales de hielo, y recuerda cuánto lo sorprendió descubrir que los mortales les hacen pedidos.

Entonces, de pronto, recuerda que para los humanos la Víspera es la noche en que todos los deseos se cumplen; y, aunque él no sea uno de ellos, aunque en realidad no llegue a creer en las estrellas, antes de que todo se apague todavía tiene tiempo de formular su primer y último deseo.

Quedar en el fondo del trineo, entre los juguetes destinados al otro lado del mundo.

Y, al llegar allí, ser entregado a un niño que juegue durante todo el año bajo la luz del sol.

Ana Lúcia Merege nació en 1969 en Río de Janeiro. Es licenciada en Bibliotecología y maestría en Ciencias de la Información. Es autora de varios libros de fantasía, como O Caçador, O Castelo das Águias y Os Pilares de Melkart, todos ellos publicados por la editorial Draco. Organiza y participa en eventos de literatura fantástica. Como investigadora, ha publicado varios artículos y los libros Histórias de Fada: orígenes, história e permanência no mundo moderno (Editorial Claridade) e História do Livro: molduras e transformações (Fundación Biblioteca Nacional). Vive en Niterói, Río de Janeiro, con su marido y sus hijos, trabaja con manuscritos de la Biblioteca Nacional y tiene pasión por los viajes, la mitología y los cuentos de hadas.

 

LA CASITA PROPIA

Oscar De Los Ríos

 

El sol de febrero de 2027 castigaba la ciudad. En un departamento alquilado en el centro de Rosario, Mateo y Sofía estaban frente a la pantalla de la notebook, el único objeto de la casa que parecía recibir toda la atención de la familia.

​Hacía apenas una hora que el gobierno nacional había anunciado por cadena nacional el nuevo Plan de Vivienda: "Cimientos de Libertad", un crédito del Banco Hipotecario Nacional diseñado para "gente de bien". Inmersos en una realidad de sueldos mínimos y horas extras, Mateo y Sofía sentían que la vida se les iba en un goteo incesante de contratos de alquiler y expensas extraordinarias.

​—Dale, Mateo, cargá de nuevo —rogó Sofía, con los ojos rojos de tanto tener la vista fija en la pantalla, como si apartarlos fuera renunciar a sus sueños.

​—El portal oficial colapsa cada vez que llego al campo del CUIL —respondió Mateo, con los dedos entumecidos.

​De repente, la pantalla cambió. Lograron ingresar al sitio web donde se realizaba la inscripción; el dato que les pasó un amigo por WhatsApp, de usar una VPN con sede en Israel, había hecho la magia. Pero el sistema no se rendía; parecía una carrera de obstáculos. En un arranque de eficiencia inesperada, les pidió un documento que no figuraba en ninguna guía previa: el “Certificado de Validación de Optimismo”. Mateo buscó frenéticamente en otras pestañas. Nadie sabía dónde se tramitaba, pero un hilo de una red social sugería que se obtenía tras responder un cuestionario psicotécnico donde el usuario debía marcar "Verdadero" a afirmaciones como "Los Cucas se robaron todo", “El León devoró la casta” o “En 40 años seremos potencia”.

​Por fin, luego del último clic, dio la confirmación y pudo avanzar a la siguiente pantalla, donde lo esperaba el captcha que determinaría que aún era un ser humano. No debieron clickear sobre semáforos en rojo ni bocas de incendio. El sistema les obligaba a identificar "tramos de rutas nacionales en condiciones de transitabilidad" sobre un mapa satelital. Mateo pasó cuarenta minutos haciendo clic sobre manchones grises y banquinas desmoronadas hasta que, finalmente, el círculo verde de aprobación apareció en pantalla.

​Cuando el correo electrónico de confirmación llegó a la bandeja de entrada, sintieron el alivio de la euforia. Habían calificado. Mateo y Sofía miraron a los chicos con esa chispa de esperanza contagiosa que solo tienen los que pagan alquiler en 2027. Se sintieron, por fin, parte de ese 1% que lograba ganarle al sistema, los elegidos para abandonar la precariedad del inquilino.

​Esa noche no se habló de deudas. Sofía, sentada en la cama, ya se imaginaba con una cinta metálica midiendo la pared al fondo del living.

​—Acá va a ir la biblioteca de madera maciza —decía, imaginando el olor del roble.

​Mateo, por su parte, había entrado en YouTube y veía tutoriales sobre cómo cuidar un césped que todavía no había plantado. Aprendía sobre el pH del suelo y el riego por aspersión mientras miraba el balcón de dos metros por uno, donde en cuatro macetas plásticas tenía todo su patrimonio botánico.

 

La sede de calle Santa Fe era un hormiguero de personas con carpetas bajo el brazo y esperanzas por realizar. Tras tres horas de cola fueron derivados a una oficina en el último piso: el despacho del Escribano.

​El lugar era aséptico, con un ventanal que miraba hacia el río Paraná. La vista le pareció a Sofía de buen augurio. El Escribano, un hombre de gestos medidos y traje gris impecable, tenía sobre el escritorio el contrato del crédito hipotecario y unos anteojos de cartón prensado con lentes de realidad aumentada. Se los extendió como quien entrega la llave de la puerta de entrada.

​—Pruébenlo, por favor. Aquí pueden visualizar cómo la casita propia se va haciendo realidad.

​Mateo se colocó el visor. De repente, el despacho desapareció. En su lugar surgió un living inmenso, de techos altos y pisos de porcelanato. Era una vivienda de tres ambientes, impecable, con patio y asador.

​—Es escalable según el ancho de banda que contraten —explicó el Escribano desde algún lugar de la realidad física.

​—Pero... ¿cuándo nos mudamos? —preguntó Sofía, que ya le había arrebatado los anteojos a su marido y giraba sobre su propio eje maravillada por la cocina de mármol virtual.

​—La entrega física será por sorteo —respondió el funcionario con una sonrisa profesional—. El último sorteo está programado para hacerse en treinta años; son muchas las casas a entregar. Mientras tanto, ustedes ya son propietarios. Pueden entrar y recorrer su casa cuando quieran, desde cualquier lugar con conexión.

​Desde un rincón de la oficina, otro funcionario le susurró al Escribano, pero lo suficientemente fuerte para que Mateo y Sofía oyeran:

​—¿Y si se atrasan en alguna cuota? ¿Aún van a tener el beneficio de ingresar al sitio web o los van a bloquear?

​—Por supuesto que van a poder seguir soñando. Con el tiempo, el sueño va a ser tan importante como la casita propia. Y los mantendrá contentos. La tranquilidad es el verdadero bien de mercado aquí.

​Los meses siguientes fueron una lenta agonía financiera. La cuota del crédito, ajustada por el “Índice de Inflación” empezó a devorar los ingresos de la familia. Primero fueron las salidas a comer; luego, el ajuste llegó a las necesidades básicas; no se compraron zapatillas nuevas para Enzo, mientras Mateo remendaba las viejas con pegamento; Emma escondió la nota de la maestra pidiendo un libro de lectura nuevo; se cancelaron los festejos de cumpleaños.

​Pero cuando los invitaban a alguno y alguien les preguntaba: “¿Cuándo se mudan a la casa propia?”, ellos respondían con una fe dogmática:

​—Hay que darles tiempo.

​Una frase que funcionaba como un escudo contra la angustia. Se convencían de que el sacrificio físico de hoy era el cimiento de la casita propia de mañana.

​La crisis final llegó cuando el dueño del departamento que alquilaban les comunicó que no renovaría el contrato. Necesitaban mudarse. Desesperado, Mateo volvió al Banco Hipotecario. Buscó al funcionario que lo había atendido antes, el que hablaba con el Escribano.

​—Comprendo la urgencia, Mateo —le dijo el hombre con un tono paternal—. Pero deben darse tiempo. El sorteo mensual los puede hacer propietarios físicos en cualquier momento. Solo es cuestión de no perder la fe en el sistema.

​Mateo volvió a la casa con los hombros caídos. Las cajas de cartón ya estaban apiladas en el living, listas para un desalojo que tenía como destino la casa de sus padres. Después  de un rato de incertidumbre, se animó a contarle a Sofía la charla con el funcionario del banco, esperando que ella estallara en llanto o en furia. Pero Sofía, que sostenía los anteojos de cartón como si fueran un rosario, lo miró con una serenidad que le infundió ánimos.

​—Es cierto, Mateo —dijo ella con una voz suave, casi mística—. Debemos darnos tiempo.

 

La última noche en el departamento fue una comunión familiar con fe en el futuro. Solo quedaban muebles vacíos. Todo lo demás había sido embalado; sobre la mesa estaban los lentes de realidad aumentada.

​En medio de la penumbra, Mateo, Sofía y los dos chicos se sentaron en círculo en el sillón a mirar el televisor. En un programa de noticias la realidad trascendía la pantalla:

​—Pasando al ámbito gubernamental, el jefe de Gabinete deberá mañana comparecer en Comodoro Py por…

​—Pónganselos —ordenó Mateo.

​Cada uno se colocó sus anteojos de cartón. Al instante, las paredes del departamento vacío desaparecieron. Se encontraron de nuevo en su salón de techos altos, frente a la biblioteca de madera maciza cargada de clásicos y el ventanal que daba a un césped verde esmeralda.

​—Debemos darnos tiempo —susurró Mateo, mientras Sofía acariciaba la cabeza de sus hijos.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

viernes, 24 de julio de 2026

EL RELOJ QUE DEJÓ DE MEDIR EL TIEMPO

Nataša Radanović

En la parte antigua de la ciudad, en una calle por la que la gente caminaba con más silencio que por las demás, había un pequeño taller con una puerta de madera y una placa de bronce descolorida: Mateo Vargas - Reparación de relojes antiguos.

Ya casi nadie confiaba en los relojes antiguos. Hacía mucho tiempo que el tiempo se había mudado a las pantallas de los teléfonos, a esos números que brillaban y desaparecían más rápido de lo que las personas alcanzaban a recordarlos.

Pero Mateo seguía creyendo en ellos. Para él, un reloj nunca había sido un simple objeto.

—La gente cree que un reloj mide el tiempo —solía decir—. No. Un reloj solo muestra aquello que hemos perdido intentando medirlo.

Mateo tenía setenta y dos años y las manos de un hombre que había dedicado toda su vida a aprender la paciencia. En su taller había cientos de relojes. Cada uno guardaba una historia. Uno había pertenecido a un maestro que lo llevó durante cuarenta años. Otro, a un soldado que lo conservó a lo largo de la guerra. Un tercero, a una mujer que lo guardaba en un cajón porque le recordaba a un hombre que nunca regresó.

Mateo no reparaba únicamente mecanismos. Reparaba recuerdos. Pero, entre todos los relojes del taller, había uno que jamás tocaba. Era un gran reloj de madera oscura, con una fina grieta en el vidrio, que colgaba detrás de su mesa de trabajo.

No funcionaba. No se atrasaba. No se adelantaba. Simplemente permanecía allí. Las agujas marcaban las siete y catorce. Nadie sabía por qué. Y Mateo nunca lo explicaba.

Una lluviosa mañana entró en el taller una joven. Llevaba entre las manos un pequeño objeto envuelto en una tela azul.

—¿Repara usted cosas que ya nadie sabe reparar? —preguntó.

Mateo levantó la vista.

—Lo intento.

—¿Y si no están rotas?

El anciano hizo una pausa.

—Esas son las más difíciles.

La joven dejó el objeto sobre la mesa y desenvolvió la tela. Era un reloj de bolsillo de plata. Antiguo, pero cuidadosamente conservado. En la tapa posterior había dos iniciales grabadas: A. V.

Los ojos de Mateo permanecieron fijos en ellas más tiempo del que habría querido.

—¿Conoce esas iniciales? —preguntó la joven.

Mateo miró por la ventana. La lluvia resbalaba por los cristales.

—No —respondió con serenidad. Pero mintió.

Aquella noche no apagó enseguida la luz del taller. Se quedó entre los relojes que marcaban el tiempo con ritmos distintos. Entonces, por primera vez en muchos años, se acercó al gran reloj de la pared. Apoyó la mano sobre la caja de madera.

—Lucía —murmuró.

Aquel nombre contenía toda una vida. Lucía era una mujer capaz de descubrir la belleza en las cosas más sencillas. En la luz de la mañana sobre la mesa. En el olor de los libros. En el silencio que comparten dos personas que se aman.

—La gente intenta medirlo todo —solía decir—. Incluso la felicidad. Pero hay cosas que existen únicamente porque las sentimos.

Mateo se reía de aquellas palabras. Ahora las comprendía. Abrió la parte trasera del gran reloj. No encontró ningún mecanismo averiado. No encontró óxido. Solo encontró un pequeño papel amarillento. Reconoció la letra antes de leer la primera palabra. Hay caligrafías que no reconocemos con los ojos. Las reconocemos con el corazón.

En el papel estaba escrito:

«Querido Mateo:

Si estás leyendo esto, significa que por fin estás preparado. Sé que pensaste que este reloj dejó de funcionar el día en que me fui. Sé que durante años intentaste reparar algo que nunca estuvo roto. Pero el reloj no se detuvo entonces. No conserves el último instante de nuestra vida juntos. Eso no es amor. Es miedo. Búscame en los días en que fui feliz. No en el día en que me fui.»

Mateo dejó la carta sobre la mesa. Por primera vez en treinta años no vio el pasillo del hospital. No vio el último instante. Vio la sonrisa de Lucía. La vio bailar en la cocina mientras preparaba la cena. Vio sus pequeños días, sus días corrientes. Y entonces comprendió la verdad. No había perdido a Lucía el día en que murió. La había perdido el día en que dejó de recordar cómo había vivido.

Al día siguiente, la joven volvió a buscar el reloj.

—¿Lo ha reparado? —preguntó.

Mateo sonrió.

—Sí.

—¿Cuánto le debo?

—Nada.

—Pero ha trabajado en él.

El anciano miró el gran reloj.

—No reparé el reloj.

—Entonces, ¿qué hizo?

—Lo ayudé a recordar —respondió Mateo en voz baja.

Desde ese día la gente volvió a acudir al taller. Ya no llevaban solamente relojes. Llevaban historias. Y Mateo dejó de preguntar qué tenía averiado el objeto. Empezó a preguntar otra cosa.

—¿Qué recuerdo guarda?

Porque había comprendido que algunas cosas no necesitan ser reparadas. Necesitan ser escuchadas. Muchos años después, un joven relojero le preguntó:

—¿Por qué nunca volvió a poner en marcha aquel gran reloj?

Mateo miró las agujas, que seguían marcando las siete y catorce. Sonrió.

—Porque comprendí que no toda detención es una pérdida.

—Entonces, ¿qué es?

Mateo guardó silencio durante un largo rato.

—A veces algo se detiene únicamente para que, por fin, podamos ver.

Aquella noche, cuando Mateo abandonó para siempre su taller, sobre la mesa, junto a sus manos, descansaba el pequeño reloj de plata con las iniciales A. V.

Junto a él había una última carta. No era de Lucía. Era de él. En el papel había escrito una sola frase:

«No conservamos el tiempo deteniéndolo. Lo conservamos viviéndolo.»

El gran reloj de la pared siguió marcando las siete y catorce. No porque hubiera olvidado cómo medir el tiempo. Sino porque le había mostrado a un hombre aquello que el tiempo, por sí solo, jamás puede mostrar: que algunos instantes nunca pasan. Solo esperan a que volvamos a encontrarlos. 

Nataša Radanović es una serbia de origen montenegrino, nacida en 1971 en Foča, Bosnia y Herzegovina. Creció en Goražde, donde cursó la primaria y la secundaria. Posteriormente, continuó sus estudios en Belgrado, en la Academia de Bellas Artes. Escribe poesía y prosa desde su más tierna infancia. Su obra literaria abarca poesía espiritual, patriótica, amorosa e infantil, así como relatos y prosa en los que explora al ser humano, las emociones, los valores, los recuerdos y el mundo interior. Además de la literatura, Nataša Radanović también se dedica a la pintura. Ha realizado 27 exposiciones, 11 de ellas individuales y el resto colectivas y de carácter humanitario. Sus poemas y relatos se han publicado tanto en su país como en el extranjero, y su poesía se lee en todo el mundo. Ha recibido importantes premios por su obra literaria, poética y pictórica. Es madre de dos hijos adultos. A través de su creatividad artística, aboga por la paz mundial, la humanidad, los derechos humanos, la ecología y los valores que unen a las personas. Cree que el arte puede acercar a las personas y preservar lo más valioso de cada uno. Actualmente vive y crea en Suecia, llevando consigo su origen, su herencia cultural y su inquebrantable conexión con Serbia y sus raíces montenegrinas.

MANCHA

Wilson Gorj

 

Por aquella época yo debía de tener unos quince años. Mi tía era novia del pastor de la iglesia del barrio: un hombre íntegro, de voz serena y mirada firme. Dudo que sacara dinero de la congregación, porque vivía con lo justo. Lo único de valor que tenía era una vieja bicicleta azul, ya desteñida, cuyo chirrido se reconocía desde lejos, como si anunciara su llegada.

Vivía solo, en un pequeño cuarto detrás de la iglesia, con paredes blancas y una ventanita. Había ido allí dos o tres veces con mi tía. Nunca vi un televisor encendido. Ni una radio. Siempre lo encontrábamos leyendo. Siempre el mismo libro: la Biblia.

Cerca de casa había un videoclub. Para entonces las cintas VHS ya habían desaparecido de las estanterías. El negocio sobrevivía con los días contados, aunque todavía nadie lo supiera. Uno de mis amigos trabajaba allí; atendía el mostrador, registraba los alquileres y ordenaba las películas que los clientes dejaban fuera de lugar.

Fue en uno de esos días sin importancia cuando vi salir de allí al pastor.

Llevaba una bolsa blanca con el nombre del videoclub impreso en rojo. Pedaleaba despacio, mientras la bolsa se balanceaba colgada del manubrio.

¿Qué películas llevaría?

Fueran las que fueran, no era asunto mío. Pero al día siguiente me tocó ir a alquilar un DVD para el fin de semana.

Mi amigo estaba detrás del mostrador, masticando algo mientras veía una película de acción con el volumen muy bajo. Esperé a que se fueran un par de clientes antes de acercarme con una comedia estadounidense en la mano.

Le pregunté con toda naturalidad, como quien no le da importancia:

—Ayer, ese pastor... el novio de mi tía... ¿qué alquiló?

Mi amigo ni siquiera lo pensó.

—No puedo decírtelo.

Solté una risa incómoda.

—Vamos, no seas así. Dime.

Negó con la cabeza.

—Hablo en serio. No puedo. Sería violar la privacidad de los clientes.

Lo dijo con un orgullo inesperado.

Me quedé un rato más, intentando averiguarlo de otra manera, pero fue inútil. Salí del videoclub con una sensación desagradable, como si hubiera intentado abrir una puerta que no me pertenecía.

De regreso, el sol caía sobre el asfalto y devolvía un calor sofocante. Ya me había olvidado del asunto del pastor cuando vi el gentío.

Siempre que hay gente reunida en medio de la calle, llega más gente. Me acerqué poco a poco para averiguar qué había pasado. Se había formado un círculo. Algunos hablaban en voz alta; otros solo observaban.

Cuando por fin pude ver, reconocí primero la bicicleta azul, caída de costado, con una de las ruedas todavía girando lentamente.

Después distinguí el cuerpo.

Estaba tendido sobre el asfalto, inconsciente.

No había sangre alrededor del pastor.

Un hombre decía que lo había atropellado un automóvil. Otro aseguraba que el conductor se había dado a la fuga. Alguien ya había llamado a una ambulancia.

Por un instante me quedé inmóvil. Entonces pensé en mi tía. Alguien tenía que avisarle. Pero antes de irme, mis ojos se posaron en la bolsa. Estaba allí, junto a la bicicleta, un poco arrugada. Pensé: el pastor iba camino de devolver las películas. O quizá iba a prestárselas a alguien. Miré alrededor. Nadie me prestaba atención. Todos estaban demasiado ocupados comentando el accidente. Me acerqué. Levanté la bicicleta y la apoyé sobre la acera. Después recogí la bolsa. Algunas personas me miraron.

—Es el novio de mi tía —expliqué, más alto de lo necesario.

Nadie respondió. Pero tampoco nadie me lo impidió. Empecé a alejarme, con la bicicleta en una mano y la bolsa en la otra. El corazón me latía descompasadamente. Di un respingo cuando la sirena anunció la llegada de la ambulancia. Avancé unos metros más y me detuve. Miré a ambos lados de la calle. No había nadie. Abrí la bolsa. Las manos me temblaban un poco mientras sacaba las cajas de plástico que contenían los DVD alquilados. Eran tres. Y todos tenían portadas con antiguos dibujos animados de Disney. Me quedé mirándolos, sin comprender. Di vuelta una caja y luego otra. Los títulos no decían nada distinto de lo que mostraban las ilustraciones: historias sencillas, felices, hechas para niños. El pastor no tenía hijos. Ni sobrinos que yo supiera. Ningún niño frecuentaba su casa. No encontraba ninguna explicación.

Antes de guardar otra vez las películas en la bolsa, se me ocurrió abrir las cajas y comprobar los discos. Podían contener otra cosa. Recordé a un amigo que escondía películas pornográficas dentro de cajas de películas inocentes. Una vez, su padre llevó un VHS de Mazzaropi para verlo con varias parejas de la iglesia. La incomodidad llenó la sala apenas empezó la proyección. Pero no era el caso. Los tres DVD correspondían exactamente a las coloridas portadas. Volví a guardarlos en la bolsa, la colgué del manubrio y monté en la bicicleta. Mientras pedaleaba sentía una sensación extraña. No era alivio. Tampoco decepción. Era otra cosa.

Cuando frené frente al portón de la casa de mi tía, ya sabía lo que tenía que decirle. Pero lo que había visto dentro de aquella bolsa seguía sin encontrar su lugar. Hasta hoy, cuando recuerdo aquel día, no pienso en el accidente. Pienso en la bolsa. Y en lo que creí que encontraría dentro de ella. Algo un poco sucio que no estaba en los DVD, sino en mí.

Wilson Gorj es originario de Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos, crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías, periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010), Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

 

 

 

LOS HERMANOS GRIMM

Voicu Dașcău

Era una noche oscura y tormentosa en el País de los Cuentos. El bosque milenario, el lago cristalino y los dos ríos que descendían desde las montañas azules, coronadas de nieve, eran iluminados por los relámpagos. Los truenos apagaban las voces de las aves y de las fieras que vagaban por el bosque.

La mesa del comedor del viejo castillo, tallada por los mejores artesanos con la madera de los mejores árboles, estaba excepcionalmente concurrida por distinguidos invitados. Allí se encontraban Blancanieves, Caperucita Roja, los Tres Cerditos, Rapunzel, la Bella Durmiente, Cenicienta, los músicos de Bremen, la Oca de Oro y muchos otros.

Los manjares preparados por el cocinero del castillo eran refinados y exquisitos. Después de comer y beber los vinos más finos, comenzaron a contarse unos a otros cómo habían llegado hasta allí. Blancanieves había sido salvada por siete enanitos después de morder una manzana envenenada. Caperucita Roja estuvo a punto de ser devorada por un lobo, pero, por fortuna, un cazador pasó por el lugar. Los tres cerditos engañaron al lobo que quería matarlos y comérselos. Cenicienta había sido obligada a servir a su madrastra y a sus hermanastras. La Bella Durmiente fue rescatada por el beso del verdadero amor de un príncipe, tras haber sido condenada por una maldición a dormir hasta entonces. Los músicos de Bremen eran célebres por atrapar ladrones con sus voces y canciones. Rapunzel fue secuestrada y mantenida cautiva por una reina malvada. Hansel y Gretel fueron atraídos a una casa de pan de jengibre por una bruja... y así sucesivamente.

Sus historias eran cada vez más trágicas y desgarradoras, aunque, afortunadamente para todos ellos, siempre aparecía algún héroe que los salvaba.

A medida que avanzaba la noche, decidieron finalmente irse a dormir, felices de haberse conocido tan bien por primera vez. Se abrazaron y lloraron mientras se dirigían a sus habitaciones del castillo.

 

Salía el sol. Un nuevo día comenzaba en el País de los Cuentos. Todas las nubes habían desaparecido y el cielo lucía el tono de azul más hermoso que nadie hubiera visto jamás.

Jack y William, los dos psiquiatras más prestigiosos del famoso hospital psiquiátrico apodado «el Castillo», realizaban la ronda acompañados por residentes, internos y estudiantes.

Cada puerta tenía una pequeña ventanilla que abrían para preguntar a los pacientes cómo se sentían. Tras recibir una respuesta –o, en algunos casos, ninguna–, se volvían hacia sus colegas más jóvenes y comenzaban a presentar cada caso.

—En esta habitación tenemos a Janet. Intentó suicidarse cortándose las venas después de que su madrastra, que padecía una psicosis, la obligara a comer porque la consideraba demasiado delgada, y estuvo a punto de asfixiarse con una manzana. La conocen como Blancanieves debido a la extrema palidez de su piel tras la gran pérdida de sangre. Fue encontrada por pura casualidad por un vecino que también era profesional de la salud. Después de llamar a los servicios de emergencia, le practicó los primeros auxilios y le salvó la vida en el último instante.

Amelia, conocida como Caperucita Roja porque siempre viste de rojo –ropa roja, sombrero y capa rojos, igual que cuando iba a la escuela primaria–, fue atacada y gravemente herida y desfigurada por un perro callejero mientras regresaba a casa vestida de ese modo. Un policía la salvó disparándole al animal. El trauma del ataque sigue siendo muy profundo y, con toda probabilidad, la acompañará el resto de su vida.

María Cruz, conocida como Cenicienta, es hija de una familia de inmigrantes ilegales. Para evitar ser entregados a las autoridades migratorias y expulsados definitivamente del país, ella y sus padres se vieron obligados a trabajar para una familia adinerada en condiciones peores que la esclavitud. Fueron golpeados, pasaron hambre, durmieron al aire libre y sufrieron toda clase de abusos. Cuando sus padres murieron, ella fue encontrada, pero ya era demasiado tarde para su salud mental.

Hansel y Gretel son dos hermanos gemelos que padecen diabetes de tipo I. Cada vez que no quieren hacer los deberes, colaborar en las tareas domésticas u obedecer a sus padres, dejan de administrarse insulina y caen en coma diabético. Cada uno de esos episodios deja secuelas cada vez más graves en sus cuerpos. Sus padres los trajeron aquí antes de que terminaran por matarse.

Cinthya, o la Bella Durmiente, sufría una depresión severa y mezcló alcohol con somníferos para poder dormir, al menos, una noche. Su compañera de habitación la encontró apenas respirando y comenzó a practicarle respiración boca a boca mientras pedía ayuda a gritos.

«Los tres cerditos», Mike, Jim y Andy, son tres hermanos con graves trastornos alimentarios y obesidad mórbida. Sus padres han probado todo lo que el dinero puede comprar, sin obtener resultado alguno, por lo que los trajeron aquí con la esperanza de que podamos ayudarlos.

Christine, o Rapunzel, fue secuestrada por una asesina en serie y permaneció encerrada durante años en un sótano sin ventanas. Fue encontrada en un estado casi catatónico. Su largo y hermoso cabello no había sido cortado desde el día de su secuestro.

John, conocido como la Oca de Oro, es un famoso ladrón, especialista en estafas y robos, célebre por sustraer oro, monedas y joyas de lugares aparentemente inaccesibles. Sospechamos que finge una enfermedad mental para evitar una condena de prisión, aunque todavía no hemos podido demostrarlo. Su inteligencia representa un verdadero desafío para nosotros.

Los animales que ustedes conocen como los músicos de Bremen son, en realidad, nuestros animales de compañía y de terapia. Ayudan a los pacientes con su presencia y con sus voces.

Anoche, por primera vez, les permitimos reunirse entre ellos, ya que consideramos que su estado mental era lo bastante seguro y estable. El encuentro tuvo lugar en el comedor del hospital.

—Bien, jóvenes. Eso es todo por hoy. Mañana continuaremos con los demás.

Los dos astros del rock de la psiquiatría, a quienes los pacientes llamaban «los hermanos oscuros», se alejaron lentamente mientras los demás discutían los casos con admiración y asombro.

Voicu Dașcău nació en Arad, Rumania, ciudad en la que reside. Es médico de atención primaria especializado en obstetricia y ginecología en Arad. Su obra literaria hasta la fecha incluye tres ediciones de Mitul Răpirii sau al lui Obstetrykalion din Sarkynos, en los que transforma la obstetricia —el embarazo y el parto— en una mitología original.

 

 

jueves, 23 de julio de 2026

EL GANSO BROMISTA

Fernando Sorrentino

 

“El ganso bromista” es el título de un cuento de Constancio C. Vigil cuya lectura disfruté en mi infancia, hace muchísimos años… Unas dos décadas más tarde, ciertos sucesos personales me obligaron a recordarlo y, por ese motivo, asigné el mismo título a este episodio autobiográfico que estás leyendo.

Mi interés por la literatura era, y sigue siendo, bastante mayor que mi interés por la educación. En consecuencia, y a modo de simbiosis práctica, decidí estudiar lo suficiente y necesario, y logré recibirme de profesor de Lengua y Literatura.

Por aquella época inaugural, con el fin de ayudar a mis flacos bolsillos de docente me convertí, free-lance, en corrector de pruebas de imprenta de la Editorial Zahorí, especializada en las llamadas “ciencias del hombre” y cuya sede se hallaba en el barrio de San Telmo.

Ningún escrúpulo resulta óbice para autoelogiarme: mi contracción al trabajo, mi conocimiento de la lengua española y mi gusto por incursionar en cuestiones gramaticales o estilísticas, condiciones aunadas a cierto espíritu obsesivamente detallista, me llevaron pronto a ascender a la categoría de editor externo de obras aceptadas para su publicación.

En aquellos años, anteriores a la proliferación de las computadoras, esa labor consistía en leer con sumo cuidado los originales dactilografiados en Underwoods, Remingtons u Olivettis y, mediante lápiz o bolígrafo, ir extirpando los disparates, desatinos o despropósitos semánticos, conceptuales, ortográficos, sintácticos en que suelen incurrir médicos, sociólogos, historiadores, psicoanalistas… (sin excluir profesores de lengua y literatura), y reemplazarlos por los respectivos términos ortodoxos o, al menos, sensatos. Esa tarea me resultaba muy placentera.

No obstante, mi trabajo carecía de la deseada continuidad, pues solían producirse extensas pausas hasta de meses enteros, en que mi pericia no era necesaria en absoluto. Sea como fuere, mis visitas a la editorial, aunque esporádicas, fueron gradualmente familiarizándome con los distintos miembros de la empresa, gente, dicho sea de paso, en general muy simpática y amable.

Por la índole de las tareas, yo trataba casi exclusivamente con una muchacha un poco mayor que yo, la editora en jefe, conocida como la “profe Tita” (modo familiar y afectuoso de referirse a quien, según su DNI, se llamaba Josefina Titorelli); en menor medida, también charlaba de vez en cuando con tres o cuatro chicas a las que espero no ofender si las califico como “editoras de menor cuantía”.

Mis diálogos con Tita se prolongaban, en ocasiones, más de una hora, pues, como no ignoran quienes se desempeñan en el mundo del libro, la edición es tarea en extremo delicada: obliga a obrar con pies de plomo y a no dejar ningún pormenor librado al azar.

Hacia el fondo del amplio salón principal donde Tita y yo afinábamos detalles textuales, y separada por una mampara de madera y vidrio, se hallaba la oficina contable, cuyo jefe era el señor Jeremiasz Schmar. Su rostro anguloso, sus pómulos salientes, su entrecano pelo rubio y totalmente lacio, su piel blanquísima y sus ojos celestes lo declaraban, a simple vista, oriundo de algún país de Europa oriental. Por las razones que fueren, adolecía de un fuerte acento extranjero que, unido a su voz de registro acutísimo, lo singularizaba fácilmente cuando hablaba en español. Tendría unos cuarenta y cinco años.

A veces, don Jeremías (así, con respeto, lo llamaban en la editorial) interrumpía, muy educada y ceremoniosamente, el diálogo entre Tita y yo para tratar alguna cuestión breve relacionada con la disciplina financiera de la empresa. En varios de esos coloquios pude escucharlo con nitidez y en detalle.

Cierta vez manifestó un tímido malhumor hacia el deficiente servicio de transporte público que debía utilizar para trasladarse hasta la editorial.

—Pero ¿cómo? –se extrañó Tita–. Yo tenía entendido que usted venía a pie…

—Eso era antes, cuando yo vivia en Tacuari y avénida Bélgrano. Ahora mudé lejos, pásaje Calíngasta, Villa Santa Rita…

Fui interesándome en la manera que tenía don Jeremías de expresarse en nuestro idioma. Un buen día, no estando él donde pudiera oírme, se me ocurrió decirle a Tita, en voz baja, unas frases en que imitaba la elocución de dicho caballero.

Y hétenos aquí que la profe Tita, contra todo pronóstico y abandonando por un instante su recato y su seriedad habituales (que no le impedían ser sarcástica a menudo), prorrumpió en una estentórea carcajada, tan sonora como discordante en aquel sitio consagrado a producir libros y a difundir cultura.

Desde entonces, y con entusiasta regocijo de Tita, yo solía remedar la extravagante habla de don Jeremías, reproduciendo las eses muy violentas, la confusión entre erres y eres, las vocales más abiertas o más cerradas, los cambios de acentuación o los errores de conjugación.

Me aqueja cierta tendencia a caer en la hipérbole humorística: no tardé demasiado en extender mis imitaciones más allá de Tita. Con la complicidad de Brunelda, la jovencita, bastante excedida de peso, que oficiaba de recepcionista, adopté la costumbre, al llamar por teléfono, de presentarme como si fuera el señor Jeremías.

Nuestros diálogos se desarrollaban en formato y contenido invariables:

Yo (con el habla, muy sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenas tardes, ¿me hiciera ústet el fávor de comunícarme con la ámable señórita profésora Tita?

Brunelda (desternillándose de risa): —Sí, cómo no. ¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

Brunelda (compungida): —Ay, sí, tiene razón, don Jeremías, discúlpeme. Ya le paso la comunicación a la profe Tita.

La rutina semiteatral entre Brunelda, Tita y yo continuó sin modificación alguna. No constituía la diversión más apasionante del mundo, pero tampoco era desagradable y, por añadidura, introducía algún matiz ligeramente insólito en nuestras relaciones laborales.

Esta situación habrá durado no menos de seis u ocho meses.

En algún momento no pude no notar que el señor Jeremías ya no formaba parte de la constelación de la Editorial Zahorí. Y llegué a temer que ya no se encontrase sobre la faz de la tierra.

Mi inquietud resultó injustificada: Tita me informó que don Jeremías había renunciado a su empleo en la empresa para ahora integrarse al personal de otra compañía comercial, al parecer con el fin de gozar de mejores condiciones salariales.

Sea como fuere, no había ninguna razón para abandonar mi remedo del habla de don Jeremías. Puede pensarse que todo lo excesivo termina por cansar y por aburrir. Pero, en fin, los tres (Tita, Brunelda y yo) nos divertíamos con esas tonterías que no causaban daño a nadie.

Rutina que se interrumpió cuando advino un largo silencio en que dejé de ser convocado: tal vez tres o cuatro meses.

Nos hallábamos a finales de agosto, y un aire gélñido y grisáceo se esparcía sobre Buenos Aires. Atribulado por la idea de que la Editorial Zahorí no estuviera satisfecha con mi desempeño profesional, una tarde cobré valor y llamé por teléfono.

Yo (con el habla del señor Jeremías): —Buenos días, ¿me hiciera ústet el fávor de comunicarme con la ámable señórita profésora Tita?

¿Brunelda?: —¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

¿Brunelda?: —No lo entiendo, señor. Discúlpeme, no sé qué quiere decir…

Yo (tomando conciencia de un hecho nuevo): —Pero ¡cómo! ¿No habla yo con señórita Brúnelda?

Recepcionista: —No, señor, lo siento. Brunelda no pertenece más a la empresa. La nueva recepcionista soy yo.

Yo: —¡Carambo! ¡Qué noticia sorprendédora! Y entonces prégunto: ¿cómo llama ústet misma, amable nueva telefonisto?

Recepcionista: —Mi nombre es Amalia.

Yo: —Nombre Amelia, pero ¿cuál apellida?

Recepcionista: —Amelia no: Amalia. Amalia Sortini.

Yo: —¡Oh, Sordini! ¿Quiere decir que ústet es sorda hipoacústica, que no oye palabras o música o ladridos de gatos?

Recepcionista: —Oigo perfectamente, señor. El que no oye es usted: no dije Sordini sino Sortini.

Yo: —¡Ah, Sortini! Lindo apéllido itálico de la buena suerte sortinisca. En visita a Italia yo conoció sábrosas cómidas. En Argéntina acostumbré comer nutrítivas pastas. Yo siempre almuerza sorrentinos noche de lunes, miércoles y jueves. En cambio, martes y dómingo toma sopa y come rabánitos hervidos.

Recepcionista (con tono glacial): —Ya mismo le paso la comunicación con la señora Tita.

Yo: —¡Muchos gracias, yo habla con señórita Tita en séguida!

Resultó, oh fortuna, que Tita estaba justamente a punto de convocarme por un nuevo original para procesar. Y me citó a fin de que lo retirara el día siguiente.

Así, en la recepción, pude conocer a Amalia. El pelo erizado, el rostro triangular muy anguloso y la nariz corva me hicieron pensar en un carancho o, al menos, en un gallo de riña. Contaría unos cuarenta años, era muy delgada, usaba anteojos y mostraba una expresión avinagrada. Resumí estos rasgos como una combinación de antigua empleada del correo y de archivista municipal.

Sin fingirme don Jeremías, le dije que venía a ver a la señora Tita. Amalia anunció mi presencia por el intercomunicador y me invitó a pasar al salón principal.

Tita me informó que Brunelda había concluido su carrera de derecho y que ahora trabajaba en un estudio jurídico. Ufano de mi actuación, le describí el diálogo mantenido el día anterior con la nueva recepcionista, en la seguridad de que aprobaría mi creatividad. Pero no fue así:

—Me parece que no te conviene hacer participar a Amalia en el histrionismo que usabas con Brunelda. El sentido del humor de Amalia es aún inferior al que posee la momia de Tutankamón, y esta chica hasta podría enojarse con vos.

—Muy bien, de acuerdo, acepto tu consejo. Pero quizá alguna vez, cuando yo llame por teléfono, retome la personalidad de don Jeremías.

Gesto dubitativo de Tita:

—No sé, no sé…

Desplegó sobre el escritorio el original al que yo debía conferir una forma legible, y pasó a explicarme las pautas que debería tener en cuenta. Menos erudito que mediático, el autor (cuya identidad no revelaré) era asaz conocido por participar con harta frecuencia en programas televisivos de “divulgación científica”. El libro abarcaba unas ochocientas páginas, y –me previno Tita– abundaba en cuadros sinópticos, tablas estadísticas, interpolaciones de citas en inglés, en francés y en alemán, apellidos y nombres de pila con grafía errónea… Todos los obstáculos y todas las dificultades confluían en la obra, amén de que versaba sobre temas que no revestían para mí el menor interés: una maraña tenebrosa de psicoanálisis, sociología, epistemología, lingüística…

Ejecutar ese trabajo equivalía a cobrar una razonable suma de dinero, de modo que retorné a casa con el libraco en mi cartapacio y con alegría en mi corazón. En quehaceres del intelecto mi límite para interrumpirlos es el primer atisbo de cansancio mental: en cuanto lo percibo, abandono la tarea y la reanudo el día siguiente. Mediante este método suelo avanzar con lentitud, pero lo que pierdo en velocidad lo gano en eficacia y en precisión.

De manera que, sin prisa y con pausas, fui internándome por esa especie de selva oscura redactada en dialecto tan hiperculto como antipático.

Por otra parte –ya lo anticipé–, la parte genuinamente deleitosa de mi existencia discurría por otros senderos. Me encantaba leer narrativa y dejarme llevar, en especial, por las historias con peripecias extrañas o insólitas: como todo lector, tengo mis amores literarios…

Declararé por enésima vez mi ilimitada admiración hacia las fabulaciones de Marco Denevi. Me seducen sus juegos, sus sorpresas, la fluidez de su prosa, su sentido del humor, su imprevisible imaginación. Resulta fácil verificar que con alguna frecuencia recurre al tema de la impostura: personas que terminan siendo otras. Tal ocurre en Rosaura a las diez, en Ceremonia secreta, en Los asesinos de los días de fiesta…

¡Ah, esos cómicos hermanos despiadados que vivían en la calle San Blas…! ¡Qué hermosa novela!

Una mañana septembrina de domingo decidí conocer la calle San Blas. En esa época yo vivía casi en el confín norte de Palermo, Paraguay al 5400. Consulté un plano de Buenos Aires y averigüé cómo alcanzar en bicicleta la calle San Blas: esfuerzo fácilmente accesible para las energías de mis treinta años de aquellos días.

Tomé por la avenida Juan B. Justo hasta llegar a la coordenada necesaria. Tras algunos giros, pude hallarme en la calle de Meneranda, Iluminada, Honorato, Patricio de la Escosura, Anacarsis y Lucrezia… No puedo no confesar que sentía cierta emoción.

Hete aquí que, al llegar al 3300 de San Blas, apareció, perpendicular, el pasaje Calingasta, o sea, ¡recordé de repente!, donde se encuentra el domicilio de don Jeremías. Se me ocurrió, entonces, recorrer el pasaje y comprobé que consta únicamente de una cuadra donde, según me pareció, no hay nada notable.

Una pregunta acudió a mi caletre: ¿en cuál de estas casas se hallará el hogar del antiguo jefe contable de la Editorial Zahorí? Sin embargo (me dije), ¿qué diablos podía importarme esa información? Y entonces una especie de molesto moscardón de incertidumbre empezó a aletearme…

En casa acudí a la letra S de la guía telefónica, donde, ¡aleluya!, figuraban en el pasaje Calingasta el domicilio y el número telefónico del señor Schmar. Ignoro por qué este hallazgo me infundió alegría.

El lunes por la mañana, a primera hora, y sin motivo racional alguno, llamé por teléfono a la Editorial Zahorí:

Yo (con el habla, cada vez más sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenos días, señórita Ámalia. Éspero y déseo que se ácuerde de mi persona.

Amalia (con cierto dejo de disgusto): —No sé, señor, ¿quién es usted?

Yo: —Mi nombre es séñor Jeremías Schmar. Aunque ústet no recuerde mi pérsona, yo conozco perfectamente bélleza y simpatia de señórita Ámalia ya que muchas veces he visitado edítorial y pasado frente a recepción.

Amalia (silencio sepulcral).

Yo: —¿Cortó ústet comunicación? ¿No oye ústet mis palabras? ¿No hace favor de respónderme?

Amalia: —Sí, lo oigo, pero no entiendo qué me quiere decir. No sé quién es usted, nunca lo vi, no lo conozco…

Yo: —Pero yo sí conozco a ústet y debo confésarle que estoy enamórado de ústet y quisiera proponerle matrímonio a la brévedad posible.

Amalia (colérica al máximo): —Dígame, ¿usted está loco o qué demonios le pasa? Deje de hacerse el gracioso, señor imbécil, y no me haga perder tiempo con sus bromas de payaso estúpido.

Yo: —Pero, señórito, escúch…

En este punto Amalia cortó la comunicación, descortesía que por cierto me dolió.

Volví a mi tarea.

El hecho fue que, trabajando metódicamente unas tres horas diarias, concluir la tarea de adecentar el mamotreto me insumió casi noventa días. Al cabo de ese tiempo, ya en los calores de noviembre, pude desembarazarme del gravoso incordio y me presenté en la Editorial Zahorí.

En la recepción me sorprendió la presencia de una nueva empleada: una chica muy joven, tal vez de unos dieciocho años, con pelo rubio y pecas anaranjadas.

Ya ante Tita, comenté:

—Veo que hay nueva recepcionista… Parece que Amalia no duró demasiado…

Tita sonrió:

—Es que, mientras vos desapareciste del mapa, hubo notables novedades en nuestro modesto jet set

Pensé: “Profe Tita, la de Afilada Lengua”. Repliqué, ligeramente irritado:

—No me calumnies: yo no desaparecí de ningún mapa. Me dediqué a luchar contra el libraco perpetrado por don Dificilongo Galimatías…

Nueva sonrisa de Tita, como aprobando mi explicación. Extrajo una cartulina blancuzca de un cajón de su escritorio y me la extendió. Leí:

 

Ha llegado nuestro momento. Nos casamos y nos encantaría compartir con ustedes este día tan especial. La ceremonia tendrá lugar en la Iglesia Santa Rita de Casia, calle Camarones 3443, Buenos Aires, el sábado 23 de octubre a las 21:00.

Los novios saludaremos en el atrio.

Afectuosos saludos,

Jeremiasz Schmar y Amalia Sortini

 

—Qué lástima —dije—. Me habría gustado presenciar la ceremonia. Pero el sábado 23 ya pasó. Veo que me enteré tarde.

—Bueno –se disculpó Tita–, pensé en avisarte por teléfono pero, con tanto ajetreo laboral, me olvidé. Además, no creo que te importara demasiado. 


Este cuento ha sido publicado en el volumen Contra el mar helado de nuestro corazón. Franz Kafka a cien años de su muerte, textos compilados por Gerardo Piña-Rosales y Daniel R. Fernández para la Academia Norteamericana de la Lengua Española.


Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

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