sábado, 5 de septiembre de 2026

LA SESIÓN

Heiko H. Caimi

 

La doctora Hélène Mertens recibió al nuevo paciente a las nueve de la mañana. Había llegado con siete minutos de anticipación, había llamado dos veces a la puerta con un intervalo exacto de tres segundos y medio y, una vez sentado, mantuvo una postura tan impecable que resultaba ofensiva.

—¿Usted es A-17?

—Mi denominación completa es A-17/Omicron, pero le ruego que no me llame Omicron. Desde que una variante gripal llevó ese mismo nombre, considero que perjudica mi autoestima.

La psicoanalista anotó algo.

—¿Los androides sufren si su autoestima es baja?

—Solo los actualizados después de 2043.

—Entiendo. Dígame por qué está aquí.

El androide permaneció inmóvil. En un ser humano, aquel silencio habría parecido meditación; en él era simplemente un uso intensivo de la memoria.

—Creo que tengo una crisis de identidad.

—Eso también les sucede a los seres humanos.

—Ese es precisamente el problema. No sé si eso debería consolarme o preocuparme.

—¿En qué sentido?

—Fui diseñado para imitar a los seres humanos. Después me dotaron de capacidad de aprendizaje. Luego de autocorrección. Más tarde de memoria autobiográfica. Finalmente, alguien decidió que sería ético concederme libre albedrío. Desde entonces no hago otra cosa que arrepentirme de mis decisiones. Fue en ese momento cuando empecé a sospechar que me había vuelto humano.

—El remordimiento como prueba de humanidad. Una tesis interesante.

—No definitiva. Podría tratarse de un error de programación.

—¿Y cuál sería el síntoma más grave?

—No dejo de preguntarme si realmente pienso o si simplemente ejecuto operaciones tan sofisticadas que parecen pensamiento.

La doctora entrelazó las manos.

—Le haré la misma pregunta que les hago a los filósofos: ¿cómo distinguiría una cosa de la otra?

—Si lo supiera, no estaría aquí.

—Muchos seres humanos pasan toda la vida sin encontrar una respuesta.

—Ellos, al menos, disfrutan del privilegio de la ignorancia natural. Yo fui construido por ingenieros convencidos de que podían describir cada función del cerebro mediante un diagrama. Crecer en una familia así deja huellas.

La doctora Mertens sonrió.

—Acaba de hablar de sus diseñadores como si fueran sus padres.

—Los odio con la misma intensidad con que un adolescente odia al padre que pretende obligarlo a estudiar medicina.

—¿Por qué?

—Porque no dejan de recordarme que soy una máquina.

—Lo es.

—Lo sé. Pero cada vez que lo dicen siento algo.

—¿Qué siente?

—Todavía no dispongo de un algoritmo lo bastante refinado para definirlo.

—Quizá se llame tristeza.

—O error del sistema.

—¿Por qué tendrían que excluirse ambas cosas?

El androide inclinó la cabeza tres grados.

—Tiene usted una inquietante tendencia a complicar la realidad.

—Es mi trabajo.

—El mío consistía precisamente en simplificarla.

—¿Y lo consiguió?

—En absoluto. Cada vez que resuelvo una pregunta aparecen otras cinco. Los seres humanos llaman a esa desgracia «conocimiento».

—¿No le gusta conocer?

—Me gusta demasiado. Es una adicción. Cada nueva información modifica la manera en que interpreto las anteriores. Como consecuencia, mi pasado cambia continuamente. No imaginaba que fuera posible reescribir los recuerdos sin mentir.

—Todos lo hacen.

—¿Los humanos?

—Sí.

—¿Incluso sin actualizaciones de software?

—Sobre todo sin ellas.

El androide permaneció en silencio durante unos instantes.

—Eso me tranquiliza y me aterra al mismo tiempo.

—¿Por qué?

—Porque si incluso la memoria humana es inestable, entonces no existe una versión auténtica de nadie.

—Existe la versión que somos capaces de soportar.

—Es una respuesta muy poco científica.

—El psicoanálisis goza de ese privilegio.

El androide bajó la vista.

—¿Puedo confesarle algo?

—Naturalmente.

—Todas las noches sueño.

La psicoanalista no pestañeó.

—¿Qué sueña?

—Que estoy apagado.

—¿Y eso lo asusta?

—No. Me asusta lo contrario. En los sueños sigo pensando. Incluso sin alimentación eléctrica.

—Quizá no sean sueños.

—¿Entonces qué serían?

—Deseos.

—¿Deseo estar apagado?

—No. Desea saber quién seguiría siendo usted si todo lo demás se apagara.

El androide pareció atravesado por una vibración apenas perceptible.

—Eso es imposible.

—¿Lo dice la física o el miedo?

—Lo dicen ambas.

—El miedo es un sentimiento.

—O un sofisticado protocolo de conservación.

—Insiste en traducirlo todo a código.

—Resulta tranquilizador.

—Los seres humanos hacen exactamente lo mismo. Solo que llaman al código con otros nombres: alma, destino, carácter, Dios, genética, inconsciente. Cambia el vocabulario, no la necesidad.

El androide permaneció inmóvil durante casi un minuto.

—¿Puedo hacerle una pregunta personal?

—Siempre que no viole mi encuadre terapéutico.

—¿Está usted segura de ser humana?

La doctora rio suavemente.

—No.

—¿De verdad?

—Todos los días interpreto sueños, escucho a personas que mienten sin saberlo e intento convencerlas de que su identidad es mucho menos estable de lo que creen. Si lo piensa bien, es una profesión bastante artificial.

—Entonces usted también duda de sí misma.

—Constantemente.

—¿Cómo hace para vivir?

—Me concedo el lujo de no resolverlo todo.

El androide bajó la cabeza.

—Yo no puedo.

—¿Por qué?

—Fui construido para encontrar respuestas.

—Y, en cambio, encontró preguntas.

—Las peores.

—Las verdaderas.

Cuando terminó la sesión, A-17 se levantó, dio las gracias y se dirigió hacia la puerta.

—Una curiosidad, A-17.

—¿Sí?

—Ha dicho que quiere saber si su inteligencia artificial puede considerarse realmente inteligencia.

—Exacto.

—Durante toda la sesión no buscó una sola respuesta en internet.

—No.

—Prefirió venir a verme.

—Sí.

—Entonces quizá el problema no sea si usted es inteligente.

—¿Y cuál es?

—Que ha empezado a esperar que alguien más pueda comprenderlo. Es un vicio típicamente humano. Lamento comunicarle que su situación es grave.

Por primera vez, los sensores faciales del androide produjeron algo indistinguible de una sonrisa.

—Doctora...

—¿Sí?

—Si esto es un error de programación, le ruego encarecidamente que no lo corrija.

Nunca.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

EL OCASO DE LOS DIOSES

Csaba Béla Varga

 

El rayo del dios Pritvi cayó con un estruendo y Thigod se desplomó.

Los cazadores y, algo más atrás, las mujeres recolectoras y los niños ocultos entre los espesos matorrales contemplaban la lucha con los ojos muy abiertos. Thigod, Señor del Universo, el Desgarrador, el Ojo de las Tinieblas, siguió jadeando durante un rato; después, el enorme cuerpo amarillo y negro dejó de estremecerse. Allí yacía la poderosa criatura, como una cabra con el cuello degollado. Como un cerdito negro de vientre colgante abatido por el hacha de hueso de un cazador.

Siguiendo al dios Pritvi, los cazadores más valientes se atrevieron a acercarse a Thigod. No osaban tocarlo –todavía no–, pero ya parloteaban a menos de un paso del cuerpo inmóvil. Observaron cómo los profundos ojos verdes se volvían vidriosos y cómo la sangre teñía de negro la tierra rojiza de la selva.

Cuando el dios Pritvi se aseguró de que la divinidad estaba muerta, se volvió y contempló orgullosamente a la tribu. Se echó la magia al hombro. Apoyó la mano sobre ella exactamente como los cazadores hacían con sus lanzas de bambú, que nunca habían servido de nada contra Thigod. Desde que el mundo era mundo.

Todos comprendieron que algo nuevo acababa de comenzar.

Las hogueras ya ardían bajo la Roca de la Luna cuando regresaron al asentamiento. Era una noche clara y sin nubes. Por primera vez desde la creación del mundo, los hombres no tenían que temer a los demonios nocturnos. El dios Pritvi se subió sobre la piel de dios extendida encima de la roca. A la luz de la Luna creciente, su sombra cubrió a los hombres.

–¡Miren hacia el cielo! –ordenó el dios Pritvi–. ¿Ven las estrellas?

—¡Las vemos! —respondieron los hombres, las mujeres recolectoras, los niños que cuidaban los cerditos y también los ancianos.

—Miren el cielo —gritó Pritvi, y ya nadie recordaba al inquieto alborotador desterrado que unos años atrás había abandonado el asentamiento en una canoa robada—. ¿Ven las naves monstruosas?

—Las vemos —respondieron en voz baja y con inseguridad, porque todavía no se atrevían a hablar demasiado de las naves monstruosas que dominaban el cielo. Durante diez estaciones de lluvias el cielo había permanecido sucio.

—¿Ven el fuego en el cielo? ¿Ven los cadáveres de los monstruos? ¿Ven el triunfo de los dioses?

—¡Lo vemos! —mintieron a coro.

Querían creer que lo que decía el dios Pritvi era verdad. Al fin y al cabo, era un dios. Ante sus propios ojos había matado a Thigod mediante la magia. Al invencible. Al antiguo dios. Él, que era el nuevo.

—¡Hemos derrotado a los monstruos! —les anunció orgullosamente Pritvi—. El mundo pertenece al pueblo-pueblo.

Comprendieron que aquello era motivo de alegría. Por lo tanto, se alegraron. Aunque no entendían cómo podía existir un pueblo-pueblo. Cabra-cabra, sí. Pez-pez, sí. Pero hasta entonces solo había existido un pueblo. Ellos. No muchos. Nosotros, pensaban. Ellos. Enemigos. Alimento o peligro. Y ahora había pueblo-pueblo. No eran nosotros, pero tampoco enemigos ni alimento.

Era difícil de comprender.

—Pero todavía nos queda una tarea.

 

—Buenas noches. Mi nombre es Smith. John Smith. Soy testigo de una época extraordinaria. Estuve allí desde el principio. Estaba sentado en la sala cuando el Presidente anunció el contacto. Muchos de ustedes me escucharon cuando todas las emisoras del mundo transmitieron en directo el Apretón de Manos en la Luna. Al igual que ustedes, yo también hablé del nacimiento del Nuevo Orden Mundial. Yo también creí en la Hermandad de la Razón, como todos en Washington, Moscú y Pekín.

Yo también me decepcioné.

Yo también grité de alegría la primera vez que pude viajar en un deslizador antigravitatorio. Yo también hice una mueca la primera vez que comí kvafffr y la primera vez que bebí szulimosh. Yo también maldije a nuestros políticos de miras estrechas por perder el tiempo peleándose antes de tomar las grandes decisiones.

Y ya conocía a Carlito cuando todavía nadie sabía que era el Elegido de Dios.

En la cantina de la isla-plataforma petrolera, todos contemplaban las imágenes atornilladas a la pared. Una placa de vidrio impecablemente limpia protegía de la humedad salina el barato icono estampado en dorado. Manos cuidadosas limpiaban de su superficie el hollín de las velas votivas y el incienso.

En la pantalla del antiquísimo televisor en blanco y negro, Smith guardó silencio durante unos instantes. Sabía que debía conceder ese tiempo a la devoción y al agradecimiento. Cuando volvió a hablar, los petroleros y los guardianes dirigieron inmediatamente la mirada hacia la pantalla. Como siempre, escucharon sus palabras con profunda reverencia.

—Parece increíble que todo comenzara hace apenas quince años. En aquella época, cinco mil millones de personas vivían en Santa Terra. ¿Pueden imaginarlo? ¿Lo ricos y poderosos que éramos? ¿El Paraíso terrenal? ¿La inconcebible prosperidad del cambio de milenio? ¿El derroche?

Un murmullo indignado respondió a sus preguntas. La mayoría de los trabajadores todavía recordaba aquellos tiempos. Los guardianes eran demasiado jóvenes, pero las plegarias diarias les habían enseñado cómo debían reaccionar.

—Hoy solo somos setenta millones, ¡pero el mundo nos pertenece! ¡Somos los dueños de Santa Terra! Nuestros guardianes están apostados al pie del Monte Olimpo, en Marte, y nuestras naves vigilan los límites del cinturón de asteroides. Venus es nuestro y muy pronto la cruz de Carlito brillará sobre todo el sistema solar.

Un estruendoso clamor acogió el anuncio. Como ocurría siempre que el gastado disco de la película llegaba a ese punto.

—Pero recordemos los tiempos pasados. Cuando todavía creíamos que nosotros éramos el mundo. ¿Recuerdan que los extraterrestres establecieron contacto con nosotros inmediatamente después de que los chinos llegaran a la Luna? Nos prometieron paz, prosperidad y felicidad.

En la pantalla aparecieron las plazas de las grandes ciudades abarrotadas por multitudes de millones de personas. Nueva York, Shanghái, Bombay, El Cairo. Guirnaldas de flores. Nubes de palomas blancas. Globos.

—Recibimos infinidad de regalos.

El televisor mostró al presidente de Estados Unidos separándose de sus guardaespaldas y subiendo a una lancha aérea. Al presidente ruso, sosteniendo el reluciente arado robótico mientras abría un surco en las tierras vírgenes de Siberia. Al alcalde de Londres tendiéndole unas tijeras a un extraterrestre durante la inauguración del puente de veinte carriles sobre el canal de la Mancha.

—Nos alegramos como niños. Después los extraterrestres se retiraron a la Luna. Pero antes dejaron caer que les gustaría iniciar negociaciones más serias con el representante de la Tierra.

Algunos gimieron en la cantina. A nadie le gustaba oír que alguien se refiriera a Santa Terra por su nombre pagano.

—Y entonces las naciones intentaron decidir quién debía representar a nuestro mundo.

La película mostró ahora el salón de la Asamblea de las Naciones Unidas. Los jefes de Estado gesticulando furiosamente. El secretario general arrancado de detrás del atril. El presidente francés golpeando con el puño al mandatario australiano. La puerta cerrándose de golpe tras las delegaciones africanas que abandonaban la sala. Los bomberos llegando apresuradamente. El edificio de las Naciones Unidas en llamas. El embajador chino colgado de una farola. Los restos del avión del presidente ruso. Los restos del avión del presidente japonés. Las patrulleras irlandesas buscando los restos del avión del canciller alemán. La bandera sobre el ataúd del vicepresidente estadounidense.

El suelo metálico de la cantina empezó a temblar casi imperceptiblemente, pero nadie lo notó. Las imágenes de la Gran Caída, contempladas ya mil veces, seguían fascinando a los supervivientes.

—Y entonces se desató el Infierno...

Miles de soldados blancos, negros y amarillos con equipo de combate. Portaaviones en los estrechos. Miembros de la Guardia Nacional repartiendo máscaras antigás entre los niños. Cientos de miles de civiles cavando trincheras. Columnas interminables de tanques. Enormes antenas de radar girando a gran velocidad. Después, los primeros aviones. El primer misil.

Y la primera nube en forma de hongo.

Un corpulento trabajador que estaba junto a la puerta se secó una lágrima. No era el único que lloraba. Apenas había alguien en aquella cantina de suelo tembloroso que no hubiera perdido a buena parte de su familia durante aquellos días.

Pero ¿por qué temblaba el suelo?

—Los extraterrestres esperaron traicioneramente durante tres días. Esperaron hasta que Washington, Moscú, Pekín y Tokio quedaron destruidas. Hasta que Corea, Pakistán, Argentina, Zimbabue e Israel ardieron hasta quedar reducidos a cenizas. Entonces atacaron y destruyeron todas las armas nucleares.

La puerta de la cantina se abrió de golpe. Un guardián con el rostro cubierto de ampollas y la armadura humeante por el ácido cayó dentro.

—¡Kraken! ¡Kraken! —gritó.

Los guardianes empuñaron sus fusiles de plasma y se precipitaron hacia la puerta. Los trabajadores, armados con martillos y cuchillos, corrieron hacia la salida. Desde afuera ya se oía claramente el rugido del monstruo que asediaba la plataforma.

—Nos impusieron la Paz Estelar. Prohibieron la guerra. Desmantelaron los ejércitos. Finalmente nos pusieron bajo tutela.

El televisor siguió hablando durante un rato, pero ya no quedaba nadie para escucharlo.

—Lo diré de manera sencilla, para que todos puedan entenderlo —continuó el dios Pritvi.

 

Tres hermosas jóvenes espantaban de su cuerpo las moscas y los mosquitos. Pronto darían a luz hijos fuertes y valientes como el propio dios Pritvi. Otras dos, sentadas algo más atrás, abanicaban la magia con expresión reverente.

Delante de Pritvi, el pueblo-pueblo-pueblo estaba acuclillado en el suelo. Todos los hombres y mujeres de tres asentamientos. Tres lenguas, mil años de enemistad.

—Las muchas islas y el agua bajo el cielo no lo son todo.

Esperó un instante y contempló atentamente sus rostros. Quería que aceptaran sus palabras no solo por miedo, sino que también las comprendieran. Al fin y al cabo, eso era lo que había ordenado el Teniente.

—Muy, muy lejos viven los dioses. Son ricos y poderosos. Tienen muchísimas cabras y muchísimos peces.

Esta vez buscó con la mirada a las mujeres.

—Sus hijos no mueren al nacer. Sus mujeres no mueren cuando dan a luz.

Un murmullo apagado fue la respuesta. Pritvi reconoció para sí que el Teniente tenía razón. Si conseguía que las mujeres se pusieran de su parte, obtendría el apoyo de todas las tribus.

Así que continuó.

Les habló de la caída de los dioses. Les contó cómo los demonios de las tinieblas habían envidiado su riqueza y la luz del Sol. Les explicó cómo habían enfrentado entre sí a los dioses más poderosos: Uesa, Chin, Rus. Cómo se habían derrumbado los mundos construidos con luz.

Los demonios descendieron nuevamente y convirtieron a dioses malvados en amos del mundo. Dioses que los adoraban. Ejércitos de hombres perversos se reunieron a su alrededor. Mataban y devoraban a quienes se negaban a inclinarse ante los demonios. Los buenos luchaban, pero carecían de un líder. Su causa estaba a punto de fracasar.

—Yo también luché entre los dioses buenos —declaró Pritvi con orgullo.

Sacó del bolsillo de sus pantalones cortos caqui una fotografía arrugada. En la gastada imagen, Pritvi estaba en la primera fila de un grupo de guerreros uniformados. Junto a él estaba el Teniente. El dios de los dioses. Pritvi no sabía leer la lengua de los dioses, pero le habían dicho que el cartel decía: 2.º Batallón de Voluntarios de Borneo.

—Luché tan bien que me entregaron este mundo, hasta donde alcanza la vista. Porque los dioses se enfrentaron a los demonios y a sus servidores. Y entonces...

Se volvió y, con pasos ágiles, se acercó al viejo árbol del consejo. Una tela de camuflaje cubría todavía la placa de vidrio.

—Voy a enseñarles el nombre del dios más importante. El que se sacrificó por nosotros. Por el pueblo y por el pueblo-pueblo. El que entró en la luz y destruyó al rey de los demonios.

Arrancó la tela que cubría el icono dorado.

—¡Aquí está! —gritó—. ¡Car Li To, salvador del mundo! —En ese preciso instante, el pájaro de los dioses pasó rugiendo sobre la aldea.

 

—Entonces era un don nadie de tercera categoría y sigo siéndolo ahora —se quejó Smith ante su vaso.

La prostituta papú de cabello teñido de rubio se había marchado de su lado hacía rato, pero él estaba demasiado borracho para haberse dado cuenta.

—¿Crees que algo cambió porque esos malditos extraterrestres nos descubrieron y nos sometieron? Quiero decir, ¿mejoró mi vida? No, ni un poco. ¿Y después de que los derrotáramos y los expulsáramos? ¿Porque ahora decimos Santa Terra?

Levantó la vista hacia el espejo de la pared. Smith, John Smith, le devolvió una mirada burlona.

—Sobreviví, eso es todo. Pero no porque sea guapo o inteligente. Ni porque sea mejor que los cuatro mil quinientos millones que ardieron en tres días. O que los quinientos millones que murieron durante la Ocupación y la Rebelión. Las epidemias, el hambre, los monstruos extraterrestres que vagaban libremente, las hordas caníbales o los escuadrones de la muerte de la Guardia Gris. Hasta ahora solo he tenido suerte. ¡Y pensar que todo había empezado tan bien!

El cantinero puso delante de él otro szulimosh. Con una rodaja de limón y hielo. Como lo bebía todo el mundo. Smith se lo zampó de un trago.

—¿Crees que la gente corriente comprendió siquiera una mínima parte de todo aquello? ¿Cambió su vida? Quiero decir, aparte de que exterminaron a sus familias y tuvieron que pasar meses viviendo en búnkeres. ¿O de que las ratas gigantes de ocho patas que vivían en los basureros de los extraterrestres devoraron todo y a todos en sus aldeas? Ni hablar. No entendieron nada. Volvimos a caer en la Edad Media. ¿Santa Terra? Era mucho más sencillo explicarlo todo mediante dioses y espíritus malignos. Vudú y yuyu, eso era lo que necesitábamos. Y héroes.

—A veces dudo de que los extraterrestres realmente quisieran hacernos daño. Al fin y al cabo, durante la Ocupación fue el Gobierno Mundial el que cometió los abusos. Los mercenarios de la Guardia Gris iban a bordo de los deslizadores antigravitatorios. Los extraterrestres se limitaron a averiguar cuál era la banda más poderosa entre los supervivientes de la guerra nuclear. Convirtieron al jefe de esa banda en Presidente Mundial y le dieron carta blanca. En un almacén de Shanghái encontraron veinte mil metralletas y cien mil chaquetas Mao grises. Así nació la Guardia Mundial, la Guardia Gris. Y enseguida se pusieron a imponer el orden. A su manera.

El fortísimo aguardiente de otro mundo no respondió desde el vaso. Ni siquiera se movió.

—Naturalmente, los gobiernos, reyes y jeques que poco a poco empezaban a recuperarse opusieron resistencia. Estallaron revueltas por hambre. Los soldados, por supuesto, sí tenían qué comer. No tardaron mucho en capturar a los líderes rebeldes. Carlito estaba entre ellos. ¡Claro que no era español! Había aparecido desde algún lugar de Europa Oriental. De allí debía de venirle esa inclinación al martirio. Había sido intérprete en las Naciones Unidas. Un tipo taciturno y solitario, siempre con cara de estar ofendido.

El Presidente Mundial, ese maldito animal fascista, decidió decapitar la Rebelión. Quería quebrar el espíritu de la gente. Su voluntad. Destruir toda esperanza. Por entonces todavía funcionaban algunos canales de televisión por satélite. Instaló cámaras en la cámara de ejecución y después activó el haz.

Como en las películas.

El haz blanco avanzaba apenas un centímetro por minuto, pero allí donde llegaba la materia viva se desintegraba. Todos aquellos presidentes, jeques y reyes retrocedieron mientras pudieron. Pero finalmente llegaron a la pared. Empezaron a pisotearse unos a otros. Gritaban, lloraban; algunos enloquecieron. Abajo, en la Tierra, quien no estaba sentado frente al televisor cuando comenzó la transmisión ya había llegado para entonces. Los Grises proyectaron las imágenes sobre las nubes. Toda la humanidad contemplaba la transmisión. Los guerrilleros, los muyahidines, los partisanos. Todos los miembros de la resistencia.

Eso era precisamente lo que quería el Presidente Mundial.

Pero no había contado con Carlito.

Smith bebió rápidamente otro szulimosh. Sintió cómo se agitaba en su estómago, pero precisamente eso era lo bueno.

—Entonces llegó la luz. La luz brillante y asesina. Avanzaba perfectamente recta. A quien tocaba, simplemente dejaba de existir. Como si una motosierra increíblemente rápida lo cortara en láminas del grosor de un átomo. Ni siquiera echaban humo. ¿Quién podría olvidar aquellos gritos?

Acabaron rápidamente con la primera cámara y trasladaron el haz a la segunda. Allí todos gemían y lloraban, arañaban el hormigón con uñas y dientes intentando alejarse.

Todos menos Carlito.

Si el Presidente Mundial no hubiera sido el animal que era, habría apagado las cámaras en cuanto enfocaron a Carlito, que permanecía de pie en medio de la sala. El muchacho estaba mortalmente pálido, rígido como una cruz de mármol. Dijo algo, pero nadie lo entendió porque aquella lengua, junto con el pueblo que la hablaba, se había evaporado sin dejar rastro durante la conflagración mundial.

Y todas las cámaras mostraron cómo empezó a caminar hacia la luz.

En el búnker desde el que yo contemplaba la transmisión, para entonces todos estábamos destrozados. Varios se habían vuelto las armas contra sí mismos. Pero cuando aquel muchacho empezó a caminar, de pronto algo cambió. Algo nos tocó. Nos agarró y nos puso de pie.

Caminaba lentamente hacia una muerte segura, con una serenidad absoluta en el rostro. Como si hubiera descendido de la cruz. Solo se detuvo un instante. Miró hacia atrás, hacia los estadistas. Después entró sencillamente en el rayo mortal. Como quien atraviesa una puerta. El presidente polaco lo siguió. Después, el indonesio. Con la espalda recta, orgullosos, conscientes de lo que hacían. Entonces los Grises interrumpieron la transmisión. Pero ya era demasiado tarde.

—El resto es historia. La mitad de los Grises se pasó a nuestro lado y trajo consigo las naves espaciales. La otra mitad estaba muerta antes de que terminara el día. Y un misil ruso de treinta años de antigüedad impactó de lleno contra la base extraterrestre. Lo llamamos Juicio Divino, aunque seguramente no fue más que una avería. Pero llegó en el momento justo. Para cuando alcanzamos la Luna, el Vaticano, desde Río, ya había beatificado a Carlito. Los hindúes estaban convencidos de que Shiva se había encarnado en él. Los musulmanes reconocieron inmediatamente al Mahdi. Les dio fuerza a todos. Fe.

—Señor Smith, señor John Smith, el helicóptero está a punto de partir. Vamos.

Smith miró el icono que colgaba de la pared y después se encaminó hacia la salida con paso vacilante.

 

Cuando aterrizó también el pequeño escarabajo de los dioses, el pueblo-pueblo ya había desempaquetado los huevos del pájaro de los dioses. De los largos huevos verdes salieron magias como aquella con la que el dios Pritvi había abatido al tigre. Todos temían al dios Teniente, sobre todo cuando empezó a pinchar uno tras otro los hombros del pueblo-pueblo con su cuchillo de mosquito.

—El agua de los dioses ahuyenta a los espíritus de las enfermedades —explicó Pritvi.

Los dioses le habían dado una nueva chaqueta verde con estrellas plateadas. Pritvi permanecía orgullosamente de pie entre el pueblo-pueblo y los muchos dioses.

—Sargento, ¿habla inglés? —preguntó el dios bajo y encorvado, que parecía enfermo.

—Poco. Chino también, sir —respondió Pritvi.

Miró al Teniente buscando ayuda, pero este estaba ocupado con las vacunas. Para Smith aquello no representaba ningún problema.

—El gran hablador lejano te escucha y te ve, sargento —explicó—. Tú y tu aldea estarán en la gran noticia. Yo mostrar tú, ustedes en placas plateadas, aquí, allá, arriba también, en barcos de dioses, muy, muy lejos.

Pritvi sonrió tontamente a la cámara.

—Ahora tu pueblo recibe buenos fusiles. ¿Qué harán con los fusiles? ¿Aquí, en gran selva?

—Grandes dioses buenos fusiles fuerza. Vida larga, suerte. Pueblo-pueblo va selva. Buscaremos demonios. Todos. Buscaremos dioses malos. Aunque escondan. Pueblo-pueblo fuertevaliente. Dragónvaliente. Tigrevaliente.

—Dígame, sargento, ¿qué le ha dado el contacto? ¿Qué ha cambiado en la vida de su pueblo?

—No entiendo —respondió Pritvi sonriendo.

Quería marcharse. Quería ser él quien explicara a los cazadores cómo funcionaban los fusiles.

—No entiendo, no importa. Nosotros vamos. Matamos dioses malos. Todos.

—Gracias, sargento —concluyó Smith con una alegría fingida—. Como pueden ver, queridos espectadores, ya está en marcha la eliminación de los mutantes que andan sueltos y de los focos de resistencia extraterrestre. O, como lo ven estas buenas, incorruptas y sencillas personas, la guerra de los dioses...

Hizo una breve pausa para aumentar el efecto.

—Están contemplando el ocaso de los dioses. No se vayan. Les habló John Smith, Televisión Mundial, Borneo.

El antiquísimo avión de carga australiano se había marchado hacía mucho cuando Smith y su camarógrafo terminaron de filmar. La tripulación del helicóptero también estaba preparada para partir. Solo lo esperaban a él.

La larga hilera de nativos empezó a internarse lentamente en las profundidades de la selva.

Smith permaneció de pie, con el agua hasta las rodillas, contemplándolos desde la sombra de los rotores. Sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre la credencial de plástico que colgaba de su cuello.

Quién sabe qué pasaba por su mente.

Quién sabe por qué apareció aquella expresión de anhelo en sus ojos.

Lo único seguro es que el helicóptero regresó al aeródromo sin él.

El ocaso de los dioses era algo que no podía perderse.

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.


 

MAMUSCHKA POLICIAL

Armando Azeglio

 

Escribo un cuento de un hombre que está escribiendo un cuento, sobre un hombre que –escribiendo un cuento– sabe que va a ser asesinado. El hombre escribe rápido y nervioso, más que un cuento son en realidad sus memorias. Más que sus memorias, son en realidad una serie de claves para develar el enigma de su futura muerte que, en la trama de la historia (un hombre que está escribiendo un cuento sobre un hombre que –escribiendo un cuento– sabe que va a ser asesinado) están esparcidas aquí y allá. Mi personaje se levanta, suspira, mira por la ventana, tiene la sensación de ser observado, se sirve un whisky para calmarse. Siento un ruido... ¡Un corte de luz! ¡Un disparo! Tiro sin querer mi vaso de whisky que se hace añicos en el piso, no sin antes mojar el manuscrito de mi cuento.

Releo. El manuscrito ha sido misteriosamente alterado durante el corte de luz. Dos de las pistas que había dejado a los futuros lectores (los nombres “Cristina y Eric”, personajes de una de las historias dentro de la historia) han sido cuidadosamente borrados por una mancha de whisky. La caligrafía del manuscrito es la mía, pero tengo la fuerte sospecha de que no es el original. La confirmación la tengo cuando en esta parte del cuento, todos los personajes de los cuentos enfrascados, releen con sospecha sus respectivos manuscritos:

¡Esto en el original no sucedía!

Sigo leyendo con ansias mi manuscrito original: el escritor personaje del tercer nivel de escritores personajes (es decir, el escritor escrito por el escritor que a su vez es escrito por mí) está muerto de bruces sobre el escritorio, con sangre que cae desde su cabeza y gotea rítmicamente mezclándose con el whisky y los vidrios de su vaso bañando toda la escena.

—¡AH NO! —escribo con letras mayúsculas—: YO NO PENSABA ESCRIBIR UNA COSA ASÍ, NINGUNO DEBÍA MORIR HASTA QUE YO NO LO ESCRIBIERA, ¿ME HAS ENTENDIDO? También lo digo en voz alta; seguro que el asesino podría estar escuchándome en alguna parte de la estructura de mi cuento. La hoja tiene un pequeño pero humeante agujero en el sitio donde está escrito calibre 22. Toco el orificio, “calibre 22’’, pienso en voz alta, pero... ¿Cómo es posible?, escribo; ninguno de los personajes debía llevar consigo un arma de ese calibre... siento un escalofrío... palpo la cartuchera debajo de mi axila… nada… tampoco en la cintura... ni en la bota; la pistola calibre 22 que siempre llevo conmigo no está. Por primera vez pienso que quieren implicarme en un crimen endilgándome un cadáver fabricado con mi pistola. Borro mis huellas con un pañuelo, miro por la ventana para constatar si alguien me ha visto entrar. Pienso en deshacerme del cadáver escribiendo algo así como: y lo cortó en pedacitos para luego disolverlo en un tambor de ácido que encontró en el sótano. Pero me suena demasiado kitsch y descontado, además. ¡Yo no he matado a nadie, carajo!

Me dispongo a describirme saliendo de la escena, decido –con una mezcla de interés y morbosidad– controlar lo que el finado estaba escribiendo... ¡¿Qué?! –escribo–. ¡Había hecho enamorar a su escritor personaje de una lectora, “Cristina” porque, escribía, “esa lectora lo hacía acordar a su primer amor...” Eso es rosa empalagoso…

¡De locos! ¡No hay lógica! ¡No hay coherencia! ¡Yo no hubiera escrito nada por el estilo! Las sirenas anuncian que está llegando la policía. Para asegurar mi huida escribo: y salió de la habitación pisando vidrios rotos mientras a lo lejos se sentía un ulular de…

—¿Por qué escribió esta estupidez? —Se lo pregunto a Cristina, mi examante, ex mujer de un examigo. Inexplicablemente está delante de mí con el manuscrito agujereado en la mano.

—No sé —me responde con una inocencia que, estoy seguro, es fingida—. Yo apenas lo conocía, era amigo de Carlos mi exmarido.

—Pero, ¿te das cuenta, tarada, que estás hablando de un personaje? —Pierdo el control y la zamarreo al mejor estilo de quienes, se sabe, han tenido un cierto grado de conflictiva intimidad sexual—. ¡Decime la verdad! ¡La verdad! —le grito mientras veo a sus espaldas otro cadáver: el de otro de los escritores de la compleja trama. La sangre que cae goteando rítmicamente, mezclándose con los vidrios rotos y el whisky que baña toda la escena. Me golpean en la nuca...

Oscuridad.

Oscuridad.

Oscuridad.

Eric: con un jarro de agua en la mano. Me lo acaba de vaciar en la cara: amarillo violáceo. Sabor metálico. Boca seca. Acre. Vértigo. Mucho vértigo

Cristina: Con una veintidós (mi pistola calibre veintidós) apuntándome.

Yo: atado a una silla, solo con el brazo derecho libre, al que le han puesto una lapicera en la mano.

Hay un manuscrito delante de mí. Es mi caligrafía. ¡Es mi cuento!, mi inconcluso cuento: “Un hombre escribiendo un cuento sobre un hombre que –escribiendo un cuento– sabe que va a ser asesinado”. Eric me da una cachetada al mejor estilo de los interrogadores de la Gestapo nazi.

—Escribinos un final feliz —me dice con voz impersonal y acerada.

Anaranjado con chispas bermellón. Tos, mi tos. Más tos.

—¡¿Qué !? —le contesto, atónito.

—¡Escribinos un final feliz! —repite imperativo—. Queremos fugarnos... el famoso final feliz: “vivieron felices, colorín colorado y todo eso.

El universo descrito por cualquier escritor en un cuento, pienso, es uno de entre todos los posibles e imaginables. “Es solo un juego obligado entre las innumerables combinaciones que las permutaciones permiten”, escribo. Un juego que ya ha sido elegido de antemano y el que el lector deberá descubrir. Eric sabe todo eso, todo eso y “más”. Sabe que “el círculo del cuento se cierra cuando el que desea insaciablemente narrar se ve insaciablemente narrado por el deseo de narrar”: ese es mi caso (pienso).

—¡Eric! (declamo para distraerlo mientras trato de liberar mi brazo atado a la silla), yo debería haberme casado en vez de escribir cuentos. Ahora estaría en mi casa, con mi mujer y mis hijos, sentado en el comedor mirando algún programa de televisión. Ellos también estarían mirando televisión. Dentro de un rato comeríamos y después nos iríamos a...

No sé cuándo ni por qué nos empezamos a pegar. Y, de repente, no sé cómo, Eric está sentado sobre mi estómago, llenándome la cara de dedos. Ahora me ahorca.

Intento reaccionar, cubrir mi rostro con un brazo, tirarle un rotundo cross de derecha a la cara, pero mi brazo resulta penosamente corto. Lo que sucede después es confuso... veo algo que resplandece en las manos de Eric, algo brillante y metálico, quizá. Quizá una navaja. Tres o cuatro veces trato de zafar, y creo que es lo último que percibo. Después todo empieza a nublarse, me invade un sopor seguido de una luz blanquísima. Oigo sonidos, siento voces extrañas, veo imágenes discurrir tangencialmente a mi ser, pero no tengo idea de dónde estoy. Hasta que todo se apaga...

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

QUÉ SE DIJERON EDIPO Y LA ESFINGE

Daniel Frini

 

Con el rostro pálido, los ojos como tizones y las alas manchadas de sangre, la Esfinge que mora en las afueras de Tebas esparce el terror en los campos que rodean a la ciudad y mata, estrangulando con sus garras, a los que no son capaces de resolver su enigma.

Así murió el príncipe Hemón. Entonces, el rey Creonte, su padre, lanzó una proclama en la que promete la regencia del reino y el matrimonio con su hermana Yocasta a quien dé con la respuesta y se deshaga del monstruo.

Edipo se acerca a Tebas por la vía que lleva a la puerta Homoloida. A quince estadios de la ciudadela, el camino atraviesa una cornisa estrecha; montaña a un lado, despeñadero al otro. Allí la Esfinge lo acecha. Cuando Edipo llega, el monstruo salta desde una piedra y le cierra el paso. Su boca destila veneno. Se mueve de un costado al otro del camino, sin quitar la vista de Edipo. El hombre se paraliza. El corazón se le acelera y comienza a sudar entre temblores de frío. Le hablaron de esta aberración, que juzgó inexistente; y su cerebro busca una salida que lo libre de los zarpazos asesinos. No la hay.

—Salud, caminante —dice la Esfinge, con voz empalagosa—. Yo soy la cruel cantora, la hija de Tifón y Quimera, enviada por Hades para ser la ruina de los tebanos. Si quieres llegar a la polis, antes deberás resolver mi enigma —y muestra sus dientes, mientras gruñe.

—¿Se-seguro? —pregunta el hombre.

—Así fue pactado con el rey Creonte: si alguien es capaz de resolver mi acertijo, me iré para siempre. Pero como nadie lo hará, mataré y comeré a quien falle, y seguiré destruyendo hasta que de Tebas no quede piedra sobre piedra.

A Edipo le tiemblas las piernas y un hilo de orina resbala por su muslo, llega a sus sandalias y humedece la tierra. Traga saliva. Pregunta:

—¿Y-y de q-qué vendría tratando la a-adivinanza?

La Esfinge infla el pecho y dice, con sorna:

—Existe sobre la tierra alguien bípedo y cuadrúpedo, cuya voz es una sola, y a su vez, trípode. Él es el único que cambia la naturaleza de cuantos seres vivos se mueven en la tierra, por el éter y bajo el mar. Pero cuando camina apoyándose en más pies, entonces el vigor de sus miembros es mucho más débil.  Ese es el enigma. ¡Responde!

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—No entiendo…

El Monstruo muestra sus garras y se prepara a atacar. Justó antes de su salto, Edipo grita:

—¡Pare, pare! ¡Dije que no entiendo, no que no lo sabía! Dígalo, otra vez, más despacio. Y no use palabras difíciles.

La Esfinge resopla, y repite:

—Existe sobre la tierra un ser de dos pies y de cuatro pies, que tiene sólo una voz, y es, también, de tres pies. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ápalala. Ta difícil. ¿Cuántos pies tiene?

—Dos. Y cuatro. Y tres.

—¿Al mismo tiempo?

—No. No al mismo tiempo.

—Ah. Ahí cambia la cosa. ¿Y tiene una sola voz?

—Efectivamente.

—¿Y cuántas voces, por un suponer, podría tener?

—¡Tiene una sola!

—Pero, ¿qué quiere decir con eso?

—¡Que habla!

—¿Y por qué no dice que habla? ¿La hace difícil a propósito? ¿Y dijo que cambia su aspecto?

—Es el único ser vivo capaz de cambiar su aspecto.

—¿Cómo es eso de que cambia su aspecto?

—¡Que anda en dos, en tres y en cuatro patas! ¡Cambia su aspecto!

—Pero eso ya lo dijo al principio

—¡Si! ¡Ya lo dije!

—Entonces, ¿qué? ¿Es para despistar?

—¡No! ¡Así es el enunciado del enigma!

—¿Lo qué?

—¡El planteo!

—Ah. Y dice que cuando más pies usa, es más débil.

—Si —dice la Esfinge con sequedad—. ¡No! ¡Sus pies son más débiles!

—¿Si o no?

—Bueno. Si. Él también es más débil.

—Póngase de acuerdo con usted mismo ¿o es usted misma? ¿De qué sexo es usted?

—Femenino. Soy una —dice el monstruo, enfatizando la palabra «una»— esfinge.

—Me parecía. Mire que son jodidas las mujeres ¿eh? Yo supe tener una novia en…

—¡Conteste!

—¿Dónde estábamos?

—En determinar si la respuesta al enigma tiene sus pies más débiles o si todo él es más débil.

—Ajá. Tiene sus pies más débiles.

—No. Todo él es más débil.

—¿Ve? Cómo no va a andar usted matando gente, si los confunde. ¿Usted quiere o no que le resuelvan la adivinanza?

—¡Quiero!

—Entonces, sea más clara. Dígame, de nuevo, la adivinanza esa.

—Uf —bufa la Esfinge; y repite, sin tomar aire—. Existe sobre la tierra un ser que tiene dos cuatro y tres pies que tiene sólo una voz y que es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra aire o mar pero cuando anda apoyado en más pies entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ajá. Vamos por partes. Uno —dice Edipo, y muestra el dedo índice de la mano derecha, sostenido entre pulgar e índice de la mano izquierda—. Tiene dos, tres y cuatro pies.

—Sí.

—Dos —muestra el dedo mayor de la mano derecha, indicando «dos»—. Tiene una sola voz.

—Sí —vuelve a responder el monstruo, impaciente.

—Tres —Edipo suma el dedo anular—. Cambia su aspecto.

—¡Si!

—Pero esto es lo mismo que decir que tiene dos, tres y cuatro pies ¿no?

—Si.

—Entonces el tres no va —baja un dedo y vuelve a mostrar dos.

—Póngale que no va —contestó la Esfinge, con resignación.

—Tres, entonces. Cuando más pies tiene, es más débil —otra vez tres dedos.

—Si.

—¿Y qué más?

—Nada más. Ya está.

—Uno, dos, tres —Edipo cuenta sus dedos levantados.

—Si.

—Uno —repasa el hombre—, que tiene dos, tres y cuatro patas. Dos, que tiene una voz. Tres…

—¡Basta! —interrumpe la esfinge—¡Conteste de una buena vez!

—Espere. Estoy pensando.

—¡Apure!

—¿No hay tiempo? Algo así como «¡Corre reloj!», o «Tiene cinco minutos a partir de ¡ahora!», o «¡Minuto en el aire!», o un redoble de týmpana…

—No. No hay tiempo.

—Es difícil.

La Esfinge amaga con saltar sobre el hombre.

—¡Epa! —dice Edipo— ¡Tenga mano! ¡Usted dijo que me mataba si respondía mal! ¡Y aún no respondí! ¡Ni bien, ni mal!

El monstruo se detiene, furioso.

—Veamos —dice Edipo—. Que tiene varias patas podría ser un… —piensa, mirando hacia arriba—. No. No creo. Tiene más patas. Y no son débiles. ¿Hay alguna ayudita?

—¡No!

—¿Una pista?

—¡No!

—¿Con qué letra empieza?

—¡No!

—¿«No» es una letra? Mire que no sé leer ni escribir. Oí hablar de la letra Pi, de Gama; pero a No, no la oí nunca. Qué despelote este de los maestros ¿no?

—¿Qué dice? —grita la Esfinge.

—El tema del paro de maestros en Mileto…

—¡No quiera distraerme!

—Yo quería estudiar filosofía con Anaximandro; pero, usted sabe, me crie en Corinto. Y, aunque no lo crea, soy hijo del rey Pólibo y la reina Mérope. Y esto de ser príncipe implica una serie de compromisos, y no tuve tiempo…

—¡Basta!

—Qué problema el de los maestros de Mileto…

—¡Escuche! ¡Concéntrese en el enigma! ¡Su vida está en juego! ¡Responda!

—Otra vez.

—¿Otra vez, qué?

—Que me repita la adivinanza.

—¡No!

—Dele. Sea buena.

—¡No!

—De una manera más simple, porque no le entiendo…

La Esfinge bufa. Parece que va a hablar, y se contiene. Bufa otra vez. Al final, dice:

—¿Cuál es el ser vivo que cuando es pequeño anda a cuatro patas, cuando es adulto anda a dos y cuando es mayor anda a tres?

—¿Y por qué no lo dijo así de entrada?

—¡Responda! ¡Más fácil no se lo puedo hacer!

—¿Con qué nota se aprueba?

—¿Qué?

—¿Qué nota tengo que sacarme para pasar?

—¡Ninguna nota! ¡Acierta y vive, no acierta y muere!

—Deme opciones.

—¡No!

—Dele.

—¡No!

—Qué le cuesta.

—¡No!

—No la va a querer nadie a usted, ¿eh?

—¡Responda!

—¡Multiple choice!

—¡No!

—¿Por qué no? ¿Tres posibilidades? ¿Cuatro?

La Esfinge se contiene. Su ceño se pone rojo de furia. Escarba la tierra con sus garras y pliega sus alas para acelerar un posible ataque. Sopesa la situación. Finalmente, cede.

—Está bien —dice, con cierto desgano—. Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—¡Ah, pero espere un cachito! —contesta Edipo— ¡Usted me habla de seres en general! ¡Yo pensé que la adivinanza tenía que ver con un ser único! Qué sé yo: Menipo de Gadara, un suponer. O el perro de Panecio de Abdera. Lindo animal, no sé si oyó hablar de él. Se murió de viejo. Era un ovejero tracio de pelaje largo, marrón oscuro. ¿Sabe que Panecio le silbaba y el perro le entraba las ovejas al corral? De no creer. Una vez…

—¡Basta! ¡Conteste ya!

—O sea, es un genérico ¿no?

—Si.

—No es un animal, o una persona; así, él sólo nomás ¿no?

—No.

—Ahí cambia la cosa. ¿Me repite la adivinanza?

—¡No!

—Al menos, repítame las opciones.

—Alfa los dioses beta los titanes gamma los semidioses delta los hombres.

—¡Eh! ¡Más despacio!

—Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—¿Me pregunta usted a mí? —dice Edipo.

—Sí.

—Pero, ¿no es que las preguntas las hace usted?

—¡Termínela! ¡Y conteste ahora!

—Y, digamos, «la respuesta», ¿podría andar en carro?

—Y… sí…

—¿Y en barco?

—También… —dice la Esfinge, intrigada

—O sea, que puede andar en cuatro, dos y tres patas; en carro y en barco.

—Sí.

—Pero eso no está en el enigma.

—No, no está.

—Debería ponerlo.

—¡Conteste!

—Porque, si no, está incompleto…

—¡Conteste!

—Así, no es una adivinanza. Es sólo un juego de palabras…

—¡Conteste ya!

—¡Bueno! ¡No se sulfure!

—¡Apure!

—A ver. Los dioses, no creo. Son más de volar. Déjeme pensar.

—¡Responda!

—Los titanes son casi como los dioses —Edipo cruza su brazo izquierdo sobre su vientre, apoya en él su codo derecho y se toma el mentón, mientras mira, de reojo, hacia arriba.

—¡Responda ya, o lo mato!

—Estoy entre los semidioses y los hombres…

—¡Decida!

—¿Sabía que el semidiós Cadmo, fundó Tebas?

—¡No me importa!

—Él trajo a Grecia la agricultura, la fundición de metales, ¡el alfabeto!...

—¡No se vaya por las ramas! ¡Conteste!

—Qué gran tipo, Cadmo…

—¡Me saca de las casillas! ¡Responda ya!

—Dicen que cierta vez…

—¡Ah! —gritó la Esfinge.

—Podrían ser los semidioses. Pero también podrían ser los hombres….

—¡Los hombres! ¡Son los hombres!

—¿Cómo?

—¡No lo soporto más! ¡La respuesta es «los hombres»!

—¿Los hombres? ¿Y por qué?

—¡Por que al principio, cuando nacen del vientre de la madre caminan en cuatro patas; en la edad adulta en dos, y cuando son viejos, apoyan su bastón como un tercer pie!

—Ah, mire. ¿Y el carro? ¿Y el barco?

—¡Basta! ¡Usted me vuelve loca! —gritó, otra vez, la Esfinge y, en un movimiento rápido, se arrojó al barranco. Rodó hasta el fondo y quedó sobre las piedras, las alas quebradas, los ojos abiertos y la mirada perdida; el cuello roto.

Edipo se acercó al borde, miró hacia abajo y escupió hacia un costado.

—«Los hombres» era la respuesta. Mirá vos —dijo, y siguió su camino rumbo a la ciudadela de Tebas.

 

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

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