domingo, 11 de octubre de 2026

EL ÚLTIMO DE SU ESPECIE

Michelle Stern

 

El frío me rodeaba. El zumbido constante de los rotores resonaba en la sala vacía. Las paredes blancas y desnudas del observatorio amplificaban aquel sonido, que se había convertido en mi compañero desde mi llegada a la LUTEZZA.

Me encontraba en el polo sur de la estación espacial y miraba a través del suelo de cristal. Como una gigantesca esfera de luz azul, la Tierra estaba a mis pies. La negrura del espacio la envolvía.

Mientras los temblores de la cuarta fase de sueño vigilante recorrían mi cuerpo, afloró un recuerdo que creía olvidado. Volvía a ser una niña de cinco años, pálida y demacrada, de pie ante una ventana de la ESCAPE, con la punta de la nariz apoyada en el acero transparente. Como si ese hubiera sido siempre mi destino. Observar. Separada de lo que sucedía.

Entonces todavía creía que todo podía salir bien.

Un último escalofrío me recorrió al terminar la cuarta fase de sueño vigilante. Apoyé una rodilla en el suelo de cristal y presioné la mano contra la superficie fría. Entre mis dedos extendidos brillaba la luz azul de la Tierra.

Qué poco habían comprendido los seres humanos. Ya en el año 2000 deberían haber advertido que algo no iba bien. Las alergias, las enfermedades respiratorias y las epidemias animales aumentaban rápidamente. Las defensas humanas se habían debilitado; el proceso de degeneración ya estaba en marcha. Las llamadas enfermedades de la civilización tenían un origen común.

Las pruebas atómicas legales e ilegales, las enormes emisiones de dióxido de carbono y el deterioro de la capa de ozono habían contribuido al desequilibrio ambiental y al calentamiento global.

En las profundidades de los océanos empezaron a derretirse depósitos de hielo de decenas de miles de años de antigüedad, en los que el gas xenthan había permanecido almacenado sin que nadie lo descubriera. Emergió como un enemigo invisible; lento, insidioso y mil veces peor que el metano. Cuando en 2071 pudo identificarse con certeza la causa del daño, más de la mitad de los seres humanos ya no podían reproducirse de forma natural. Pero quizá la humanidad hubiera podido sobrevivir a pesar de aquellas décadas de envenenamiento.

Retiré la mano y dejé al descubierto la Tierra.

Fue el «Día del Destino» lo que condenó a la humanidad. El día cuya predicción había convertido a mi padre en objeto de burlas. Muy pronto, los dirigentes comprendieron que aquello que los científicos les explicaban era una realidad atroz. Se tomaron precauciones. Para entonces, todos los supervivientes disponían de una máscara contra el xenthan. Pero cuando el volcán submarino Gagatos entró en erupción y liberó una cantidad inmensa de aquel nanogás en pocas horas, las máscaras dejaron de servir.

Habían transcurrido más de ochenta años desde el «Día del Destino». Tenía pocas esperanzas de encontrar todavía vida en la Tierra. Los alimentos contaminados y el agua envenenada habían causado más muertes que la detonación de una potente bomba atómica. Ojalá los albanitas me hubieran dejado partir antes.

Se abrió una de las dos puertas correderas situadas frente a frente. La hoja curva de metal se deslizó con un leve siseo hacia una cavidad de la gruesa pared. Me levanté y vi entrar al protector Junika. Era la única criatura viva a bordo, además de mí. A diferencia de lo que me ocurría a mí, el albanita no necesitaba un traje protector que le proporcionara calor adicional. Llevaba una capa marrón de tejido basto que ocultaba su piel verde, semejante a una corteza. Agradecía que escondiera sus extrañas extremidades. Aunque llevaba ochenta años viviendo entre los albanitas, sus cuerpos seguían resultándome ajenos.

El albanita se colocó a mi lado. Aunque yo no era baja, me superaba en tres cabezas. En su rostro estrecho, de mentón puntiagudo y frente alta, brillaban ocho ojos. No tenía nariz y su boca era sorprendentemente pequeña, aunque al parecer no siempre había sido así. La evolución de los albanitas, desde sus antepasados semejantes a insectos hasta alcanzar la inmortalidad, había sido mucho más prolongada que la breve existencia de la humanidad.

La capucha cubría la voluminosa parte posterior de su cabeza, que colgaba de ella como el abdomen de una araña.

—¿Todavía tienes esperanzas, Lakrima? —preguntó mi protector en lugar de saludarme.

—Es muy solitario ser la última de una especie.

—Deberías aceptarlo. —Mi protector señaló el planeta azul con sus siete dedos delgadísimos—. La Tierra está muerta. Tu especie se ha condenado a sí misma. Con esa mentalidad, solo era cuestión de tiempo.

No sabía qué responderle. Jamás comprendería mis sentimientos. Cuando la luz divina repartió las emociones, había pasado de largo ante los albanitas.

La puerta del otro extremo de la sala se abrió y uno de los drones Sci se acercó zumbando. La máquina triangular parecía un avión de papel desmesurado. Se detuvo frente a mí, a la distancia programada.

—Señora, la sonda Sci-Ea-371 informa de un débil indicio de vida humanoide en el sector 371B, parcela 28.

Sentí que el corazón se me aceleraba y escuché sus latidos en los oídos.

—Eso corresponde al paralelo 22. Brasil. ¿Es correcto?

El dron tardó un instante en procesar mi afirmación.

—Correcto —confirmó—. Brasil. Río de Janeiro. ¿Debemos rescatar la forma de vida encontrada?

—Si pueden hacerlo sin causarle daño, tráiganla.

El dron procesó mis palabras.

La luz del indicador pasó del rojo al verde.

—Entendido.

Miré los ocho ojos inexpresivos de mi protector.

—La esperanza es humana y tiene su razón de ser.

No pude resistirme a aquella pulla. Como el albanita no conocía los sentimientos, de todos modos era imposible ofenderlo. Salí del observatorio con la cabeza erguida.

 

Tenía la frente húmeda y me temblaban las piernas, como si estuviera atravesando una fase de sueño en vigilia. Avancé con pasos vacilantes por el pasillo estrecho. Habría agradecido una ventana que me permitiera dirigir la atención hacia las estrellas. Las paredes blancas parecían devolver mis emociones hacia lo más profundo de mí.

Las máquinas habían guiado la ADVENTARIUS hasta la Tierra sin contratiempos y rescatado la forma de vida humanoide. Al otro ser humano. Pensarlo me producía escalofríos. Había seguido por el monitor la recuperación de aquel cuerpo masculino consumido, pero todavía me parecía irreal. Un dron médico lo había sedado después de conseguir entrar en el edificio hermético cubierto por una cúpula de cristal.

Estaba a punto de cruzar la puerta metálica de la enfermería cuando un chasquido de mandíbulas a mi espalda delató la presencia de mi protector. Se desplazaba casi sin ruido sobre sus cuatro pares de patas de distinta longitud. Vi un movimiento bajo su capa. El aleteo de su par de patas atrofiadas era una señal de inquietud. Se interpuso como si quisiera impedirme entrar en la enfermería.

—Los machos de tu especie son más agresivos. No te acerques a ese ser.

—¡Apártate! ¡Quiero verlo!

El albanita vaciló y luego se hizo a un lado con unos pasos menudos. Tenía la cabeza inclinada y la capucha le caía sobre la frente sin pelo.

Entré en la enfermería, la única dependencia de la LUTEZZA que olía a algo: a desinfectante. Aun así, lo prefería a aquella ausencia constante de olores, que me hacía dudar de si todavía conservaba el olfato.

Me acerqué con vacilación al lecho médico, anclado al suelo, detrás del cual se alineaban las máquinas. Sus sensores registraban mediante ondas el estado del paciente.

No comprendía a mi protector. ¿Cómo podía representar un peligro para mí aquella criatura lastimosa? Yacía ante mí, demasiado delgado, con los ojos cerrados. Era una sombra de lo que había sido. Solo su cabello conservaba vigor: largo y negro. Me acerqué más y contemplé, maravillada, la nariz prominente, las cejas oscuras y espesas y los pómulos marcados. El corazón me golpeaba como si quisiera escapar del pecho.

En ese momento el hombre abrió los ojos. Eran grandes, de un castaño claro, como si la luz de la Tierra se reflejara en ellos. Me miró fijamente y jadeó. Le temblaron los labios y una tos dolorosa sacudió su cuerpo. Aun así, extendió ambas manos, me sujetó por los brazos y me atrajo hacia él. Desconcertada, lo dejé hacer. Mientras me inclinaba sobre el lecho, sus manos temblorosas me rodearon el rostro. Vi lágrimas en sus ojos cuando por fin habló.

—Un ser humano —dijo entre jadeos—. Eres un ser humano. —Volvió a toser; un espasmo le sacudió el cuerpo.

—Yo… soy Lakrima. Espero que no estés molesto porque te hice rescatar sin tu consentimiento…

Se rio. Reía y tosía.

—Hablas. No eres un delirio de la fiebre. —Me sujetó el rostro con más fuerza—. Dime que no eres un sueño.

—Soy Lakrima. —Mi cerebro no conseguía procesar los sentimientos que me transmitía con aquellos ojos grandes. Me sentía como un dron incapaz de reaccionar ante una sobrecarga de información.

Se tranquilizó y sus manos aflojaron la presión.

—¿Adónde me has traído, Lakrima, ricitos rojos?

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había sentido otra piel humana? Su mano temblorosa pasó sobre mi oreja y se hundió en mi cabello. Por primera vez en más de ochenta años me hice la absurda pregunta de si era atractiva.

—Te he traído a una estación espacial. Orbita alrededor de la Tierra como un satélite en miniatura. Lamento no haber ido a buscarte personalmente, pero no estamos seguros de que nuestras máscaras contra el xenthan funcionen…

—Máscaras contra el xenthan. Conozco por lo menos un millón de chistes malísimos sobre la eficacia de esas porquerías. —Me acarició el cabello—. Allí abajo ya no tenía nada que perder. No te preocupes, ricitos rojos.

—Me llamo Lakrima.

—Lo sé. Es un nombre albanita. Un nombre que esa especie puede pronunciar sin dificultad y que tiene un significado para ellos.

Le sujeté los hombros huesudos.

—¿Conoces a los guardianes cósmicos de los mundos?

—Claro que los conozco. —Tosió y apartó la mano de mi cabello. Deseé que volviera a apoyarme las manos en las mejillas, pero, en cambio, me tomó los dedos con delicadeza.

—Me llamo Marc Santos. Estuve presente cuando mi madre, Susann, negoció durante años con los albanitas. Entonces todavía éramos unos doscientos. Muchos estaban agonizando; ya no podíamos quitarnos los trajes negros. Al final, mi madre se arrodilló ante los guardianes de los mundos. Pero ni siquiera eso los conmovió. Es un milagro que te salvaran. Lakrima. Lágrima.

Que supiera el significado de mi nombre confirmaba sus palabras. Mi respiración se aceleró.

—Hubo un albanita en particular que intercedió por mí. Me sacó de la ESCAPE cuando yo era la última superviviente.

—La ESCAPE. —Marc frunció el ceño—. Pero eso fue hace más de ochenta años…

—Los albanitas me concedieron la vida eterna. —Respondí a la presión de sus dedos—. Marc, puedo curarte. He aprendido mucho de los albanitas. Quizá también te concedan a ti la vida eterna…

Retiró los dedos y me los apoyó en los labios.

—Los albanitas deberían haberte llamado Inazenta. La inocencia.

—No entiendo qué quieres decir. ¿He dicho algo malo?

Marc me miró con compasión.

—¿Cuántos años tenías cuando te encontraron los albanitas?

—Siete.

—Eso explica tus ojos. Tu rostro no tiene edad, pero tus ojos siguen siendo los de una niña. —La comprensión iluminó su mirada—. Eres Jana. Jana Patschenka. La única niña a bordo de la ESCAPE. Tenías cinco años cuando partieron.

—¿Cómo lo sabes?

—En la Tierra eras una leyenda. Un destello de esperanza. —Me miraba con tanta intensidad como si quisiera conservar mi imagen para siempre en la memoria—. Ha valido la pena esperar la muerte. —Me soltó y metió una mano bajo la sábana blanca. Desprendió algo que llevaba colgado del cuello con una cadena. Apareció un memotop. Recordaba aquellas cajitas. Servían para escribir, comunicarse y determinar la ubicación. Marc apretó el dispositivo contra su pecho—. Este es mi tesoro. Mi protección contra la locura. En esta cajita están todos mis recuerdos, mis deseos y mis sueños. —Me lo tendió—. Quédatelo.

Lo tomé con cuidado.

—Yo… no puedo decirte lo que significa para mí que existas.

—No hace falta. Tu rostro cuenta todo lo que no puedes decir. Nunca aprendiste a disimular.

—¿Eso es malo?

—No. Es maravilloso. —Sus manos me sujetaron la cabeza. La incliné casi sin que él tuviera que atraerme. Sus labios me rozaron la frente con un beso tímido. Después me soltó y cerró los ojos, exhausto.

Nunca había sido tan feliz.

—Hay vino en la LUTEZZA. Y también un poco de pan. Son mejores que la comida espacial de siempre. ¿Quieres que te traiga?

—No. —Marc no volvió a abrir los ojos; una sonrisa descansaba en su rostro—. Quédate aquí, ricitos rojos. Mientras dure. —Su voz se apagó.

Miré los indicadores biológicos y vi que se había quedado dormido.

Así era, entonces, un ser humano cuando dormía. Gracias a mi sueño vigilante, no necesitaba dormir de forma natural. El órgano Harim que me habían implantado los albanitas, para lo cual habían extirpado la mitad de mi estómago, lo hacía innecesario. Pero de pronto quise volver a dormir. Me acosté sobre un extremo de la manta, muy cerca de Marc, y pensé en lo hermoso que sería dejar de estar sola.

 

Cuando desperté, sentí que algo no iba bien. Marc yacía relajado bajo la luz intensa de las lámparas del techo, que imitaban la luz solar. La sonrisa seguía en sus labios, como si estuviera lleno de alegría. Le toqué el rostro y me sobresalté. Me levanté de un salto; el memotop se me cayó de la mano mientras miraba los indicadores biológicos. Mostraban que el corazón de Marc había dejado de latir. Tenían que estar equivocados. No podía ser.

Lo levanté por los hombros; su cabeza quedó sobre la almohada y el mentón se alzó hacia mí.

—¡Marc!

La puerta corredera se abrió a mi espalda. Entró mi protector. Me volví hacia él.

—¡Date prisa! ¡Tienes que salvarlo! —Los ojos negros e inexpresivos del protector Junika me llenaron de una furia incontenible. Quería sujetarlo y sacudirlo.

El protector Junika permaneció inmóvil en el centro de la sala blanca.

—No puedo salvar lo que está muerto.

—Pero… —No conseguía comprender sus palabras—. Los drones lo habían estabilizado, habían detenido la destrucción de sus pulmones. ¡No puede morir!

—Fue una orden del Consejo de los Guardianes de los Mundos.

Creí sentir el gas xenthan en mis pulmones, descomponiéndome los órganos desde dentro. Intenté respirar. Me dolía el pecho como si el proceso de destrucción estuviera en marcha.

—¿Lo has matado? —Me salió un graznido ronco. Me abalancé sobre el protector Junika y le golpeé el pecho con los puños—. ¡Monstruo! ¡Nadie puede comprender lo que me has quitado!

El albanita me sujetó las muñecas con una fuerza sobrehumana.

—Era necesario. El xenthan también le había corroído el corazón. Una especie tan destructiva como la tuya no debe tener futuro.

Me soltó las muñecas. Retrocedí tambaleándome hasta la cama y golpeé con el pie el dispositivo de memoria. Lo recogí mecánicamente y me lo apreté contra el pecho, como había hecho Marc unas horas antes. Contemplé sus facciones serenas. La luz de sus ojos castaños se había extinguido.

—Los dejaron morir; a todos los seres humanos. Por eso no pude salir antes de Alkalon. Solo cuando creyeron que todos estaban muertos me permitieron emprender una búsqueda inútil. Los seres humanos dicen que se cosecha lo que se siembra. ¡Deseo que tu especie reviente de la misma manera miserable en que ustedes dejaron morir a la nuestra!

—La ira es solo una de las debilidades humanas. Pero la mayor es que se niegan a reconocer los defectos de su adaptación evolutiva y a superarlos. Sin esa negativa, la ira sería innecesaria. Todo esto sería innecesario.

Salí de la sala con lágrimas en los ojos. Ya no recuerdo cómo conseguí llegar al observatorio. Allí me dejé caer sobre el suelo transparente, me encogí sobre la luz azul de la Tierra y lloré, aferrada al dispositivo de Marc.

Michelle Stern es el nombre literario de Stefanie Jahnke, escritora alemana nacida el 20 de julio de 1978. Estudió lengua y literatura alemanas, psicología e historia del arte en la Universidad de Fráncfort y participó en talleres de escritura con Kurt Drawert y Uschi Zietsch. Desde 2012 se dedica profesionalmente a la escritura. Es autora de unas setenta novelas y novelas cortas de la serie de ciencia ficción Perry Rhodan, en la que también se ocupa de la correspondencia y del espacio de contacto con los lectores. Además, escribe novelas eróticas y ha publicado bajo otros nombres, como Sarah Schwartz y Stefanie Rafflenbeul.

 

 

ÓRGANOS

Dan Perşa

 

Al fin y al cabo, era escritor, aunque en mi vida hubiera vendido un solo libro. Y como no había vendido ninguno, era bastante pobre. Pero así vivía la mayoría de la gente. Los veía a diario: trabajaban sin descanso durante todo el día, sin conseguir mejorar su situación. Una mañana, alguien me animó a entrar en un blog que visitaban millones de personas. Me dijo que publicara allí fragmentos de mis libros: los leerían y después mis libros se venderían. Pero no me aceptaron. Pronto comprendí por qué.

Por mi manera de ser, tal como soy desde que nací, necesito la verdad. Cada persona necesita algo. En el blog al que había llegado, todos hablaban únicamente del alma, de la parte elevada de nosotros, de la parte limpia, bañada de luz, sin sombras ni penumbras. Como era una comunidad muy numerosa, deduje que eso era lo que necesitaban las personas que publicaban allí y se cultivaban: una imagen idílica de la humanidad, libre de cualquier defecto.

Me sentí como en una utopía.

Porque yo había buscado las verdades de la vida. Y sé que la vida y la muerte siempre están juntas. Que nuestra parte espiritual descansa sobre una estructura biológica precaria, nuestro cuerpo, que puede sufrir fatiga y enfermedades. Conozco la condición humana porque veo a las personas y a la humanidad en su conjunto, no solo en su aspecto idílico. Pero quizá los demás tampoco puedan ver, como yo, únicamente nuestra parte buena, aunque sí puedan conectarse con ella durante unos minutos y encontrar así la felicidad.

Justo cuando me entregaba a esas desoladas reflexiones, un ataque de vértigo me derribó. No podía levantarme. El suelo se me escapaba de debajo de los pies. Vino una ambulancia y me llevó. Pero yo no tenía con qué pagar la hospitalización.

—No hay ningún problema, señor, ningún problema. Lo conectaremos a los aparatos y todo irá bien.

Mira, todavía existe la caridad en el mundo, me dije. Me llevaron a una… No sé muy bien qué decir que era. ¿Una nave que se extendía a lo largo de miles de kilómetros? Todo estaba limpio y era blanco, y concluí que más bien se trataba de un laboratorio, a juzgar por los cientos de tubos de plástico transparente por los que circulaban líquidos. O quizá fuera una sala de hospital, porque veía enfermos suspendidos de unas cuerdas ligeramente elásticas. Parecían balancearse en el aire y me parecieron bastante felices. Uno de ellos, con movimientos muy lentos y evidentemente experimentado, pues llevaba allí mucho tiempo, se cepillaba los dientes mientras se desplazaba suavemente por el aire con gran habilidad. No distinguía bien si llevaba pijama o estaba desnudo. Concluí que estaba vestido, porque me parecía más digno que una persona llevara ropa. La ropa le da algo al ser humano: ya no está tal como lo trajo su madre al mundo. Imagínense salir desnudos a la calle: ¿quién los respetaría? Pero con un traje bien cortado… Ah, la cosa cambia, ¡uno es alguien! Si además lleva una corbata… unos zapatos bonitos… y un maletín… un maletín grande, importante… uno también es importante… y puede pavonearse como un pavo real. Puede caminar de un lado a otro mientras espera un taxi y habla por teléfono, con la espalda recta y una postura marcial.

¿Pero si estuviera desnudo? Andaría encorvado y miraría a su alrededor con pánico, como un animal acosado. Se cubriría las partes pudendas con las manos. Por eso concluí que el hombre que se cepillaba los dientes llevaba pijama. No lo veía muy bien debido a la distancia, pero también a las retortas, los tubos de plástico, los tubos de ensayo y unos espermatozoides enormes, o, en fin, no sé muy bien qué eran, pero se parecían a la pequeña mancha blanca y ligeramente opaca que hay en la clara de los huevos –y eran innumerables, entorpecían mucho la visión–, que daban vueltas por allí flotando como enormes pelusas, aparentemente sin propósito alguno, aunque yo estaba convencido de que desempeñaban una función muy precisa e importante. Quizá fueran el personal de enfermería, porque veía a aquellos espermatozoides atender a los enfermos. Ajustaban los extremos de los tubos en las cánulas o los reconfortaban con alguna palabra.

Por fin, también a mí me conectaron a tubos y conductos, y empecé a sentirme mejor. No pasó mucho tiempo antes de que se disiparan el mareo y la sensación de que iba a morir, y pude mirar a mi alrededor con confianza. Quería saber si llevaba puesto un pijama suave, blanco y con rayas azuladas, pero cuál no sería mi sorpresa al descubrir que todos mis órganos estaban fuera de mi cuerpo y flotaban a mi alrededor, conectados a tubos de plástico transparente por los que circulaban diversos fluidos. El hígado me llamó especialmente la atención. Era muy grande y hermoso; un órgano fuerte, al fin y al cabo. Después vi mi corazón. Seguía bombeando, y su ritmo me pareció más bien un tic nervioso, como el de alguien que mueve sin cesar una pierna debajo de la mesa y nunca puede detenerse. El cerebro también estaba allí: lo distinguí encima de mí, parecía algo más libre, sujeto al parecer por un solo tornillo.

Pasaron años mientras permanecía allí. En cualquier caso, era un tiempo difuso, indefinido. Me asombraba la generosidad de aquel hospital, habría querido darle las gracias a alguien, pero no tenía a quién. Por allí no pasaba ninguna persona viva e intacta. Solo los espermatozoides grandes y suaves como pelusas, que se afanaban en sus tareas de enfermería. Pero un día necesité ir al baño y me bajaron de aquella maraña de cables.

—Se merece un poco de movimiento —me dijeron las pelusas—, para desentumecer los huesos. Incluso puede hacer algunos ejercicios gimnásticos, extensiones y flexiones; es muy recomendable. Es usted un paciente que se lo ha ganado.

Me daban ganas de reír de alegría. En otro tiempo no me habría alegrado tanto caminar hacia un retrete por unos pasillos revestidos de azulejos blancos y brillantes. ¡Qué expresivos y sugerentes me parecían los tonos de blanco! Porque allí no había un único blanco uniforme. La cal tenía un matiz ligeramente grisáceo en comparación con los azulejos, lo que creaba un contraste, y en las uniones la sombra parecía dibujar una línea. Algo era, ¿no? De otro modo me habría encontrado como en un baño de vapor, sin nada definido a mi alrededor. Me llegó el sonido de una descarga de agua en un retrete. Se abrió una puerta difícil de distinguir entre tanta blancura y apareció un hombre. Llevaba un pijama blanco con rayas anchas azuladas, unas pantuflas de cuero marrón y calcetines azules afelpados. Un anciano, a juzgar por su cabello blanco, escaso y desordenado.

—Je, je —rio al verme, y señaló con la mano la pared situada a su izquierda—. Aquí debería haber una ventana. —Se puso a cantar un aria de ópera; no tenía mucha voz, pero sonaba bastante bien gracias al eco.

—Buenos días, señor —lo saludé, contento de ver por fin a una persona.

En una mano llevaba un cepillo de dientes y en la otra un tubo de dentífrico. Yo transportaba un soporte parecido a un perchero, con todos mis órganos colgados de él.

—¿A quién puedo expresarle mi gratitud por recibir tan buenos cuidados de manera completamente gratuita? —le pregunté, abordando la cuestión que me preocupaba desde hacía tanto tiempo.

—Oh, señor —rio él—, no se preocupe. ¿Acaso no lo sabe? ¡Nuestros órganos alimentan los cuerpos de los lectores felices, para que puedan vivir afuera, en el mundo, y disfrutar de todos los placeres de la vida!

Dan Perşa nació en Gherla, condado de Cluj, Rumania, en 1960. Reside en Bacău. Se graduó como ingeniero geofísico. A partir de 1993, trabajó como redactor y posteriormente como secretario general de redacción de la revista *Tomis* (Constanţa), secretario general de redacción de la revista *Amphion* (Constanţa) y redactor jefe de la revista *Preda* (Constanţa). En 2006 regresó a Bacău, donde ejerció como secretario general de redacción de *Meridian 27* y, más tarde, como redactor de la revista *Ateneu*. Es miembro correspondiente de la revista *Observator* (Múnich) y de la revista *Euphorin* (Sibiu), así como redactor de la revista *Hyperion* (Botoşani). Hizo su debut editorial en 1997 con la novela *Vestitorul* (Editorial Albatros, Bucarest). Ha publicado las novelas *Vestitorul* (1997), a la que siguieron *Şah orbe…* (1999), *Război ascuns* (2005), *Cu ou şi cu oţet* (2007), *Cărţile vieţii* (2009), *Arca* (2012), *Viaţa continuă* (2013), *Şi eu am scufundat Atlantida* (2016), *Înapoi pe Solaris* (2018), *Dincolo* (2019), *Bestiarro* (2021), *Onirica* (2022), *Călătorie în iad şi în rai şi-n oraş* (2022), *Ícar 89* (2023) y *Recensământul morţilor* (2025).

 

PROCLAMA

Fernando Manzini

 

1 de enero de 2026


COMUNICADO DE PRENSA DE PATIC (Personas Apasionadas con Talentos Inhibidos por el Contexto).

Ahora se puede contar.

El año pasado nuestra organización orquestó una abrumadora demostración de fuerza en todo el mundo.

Entre enero y marzo de 2025, habiendo dado lo máximo que podíamos tanto en el plano mental como en el físico, nuestros miembros no lograron ganar ningún concurso literario, ningún torneo de póker, ningún partido de tenis, de básquet, o de vóley. Entre abril y mayo, nuestros miembros aprobaron un total de cero (0) exámenes finales de Análisis Matemático I y ninguna de las pruebas psicofísicas necesarias para ingresar al equipo local de natación, Prefectura Naval, o la Gestión Integral de Residuos. En junio, ninguno de nosotros salió campeón de karate, bochas o dominó en nuestros respectivos clubes barriales; ninguno de nuestros miembros logró llegar a mitad de año con ninguna materia adeudada en las escuelas nocturnas donde cursamos. Durante el receso de invierno (catorce días exactos de vacaciones teóricas), seguimos sin embargo estudiando, trabajando, entrenando obstinadamente.

Todo esto se logró tan subrepticiamente que atrajo poca atención pública.

Entre agosto y setiembre, el hecho de que nos negaran becas doctorales o el derecho a jubilarnos, no logró transformarnos en bestias frustradas: ninguna de las personas que amamos recibió de parte nuestra una amenaza, ni un gesto de fastidio. Usamos quince minutos de cada día del mes de octubre para encerrarnos en nuestros placares o en nuestros baños, darle una trompadita a un saco, a un azulejo, cerrar los ojos y repasar nuestro sueño, muy despacio, como si estuviéramos recordando una canción que nos gustó hace mucho. Entre noviembre y diciembre, ninguno de nosotros logró un ascenso en Walmart. De todos los futbolistas que se encontraban en nuestras filas, el Club Deportivo Riestra contrató a un total de: nadie.

Cabe señalar que, además de las actividades realizadas por nuestros miembros vitalicios, se completaron una serie de actividades no planificadas por miembros a tiempo parcial o incluso por no miembros.

En una piecita de Nagua, República Dominicana, una nena de diez años repasó sus apuntes de Geografía tapándose los oídos con los pulgares mientras sus padres se gritaban y se tiraban ceniceros y sillas en la habitación contigua. En Matera, Italia, después de que su nieto le dijera “vecchio stupido”, un recolector de uvas de setenta y cinco años se pasó una tarde entera viendo un video donde un dibujito animado le enseñaba cuándo usar “b” y cuándo “v”. En Zubarah, una empleada doméstica cubierta con burka pensaba el primer verso violento de su libro imaginario de poemas mientras le masajeaba los pies al dueño de casa. En Berisso, Argentina, un niño jorobado logró evadirse de las cargadas constantes de su hermano mayor jugando una partida mental de ajedrez consigo mismo. Un joven de Indiana, desdentado y hambriento más allá de lo creíble, se esforzó en recordar sus lecciones infantiles de catequesis para olvidarse un rato de sus ganas de matar a alguien.

Una palabra sobre nuestra membrecía.

Desde que el mundo es mundo, a la edad tierna en que ni siquiera se entienden las palabras, nuestras madres cansadas nos paraban el corazón de un grito solo porque las aburríamos. Somos los gordos de las clases de gimnasia, los miedosos de los talleres de teatro, los maricas de las escuelas técnicas. Si captábamos la atención de nuestro padre, era solo en el momento en que bajaba el volumen del televisor para decirnos: “Callate que no escucho”. Toda nuestra infancia, adolescencia y juventud buscamos en vano, con desesperación, un sueño en que creer, un amigo en quien confiar.

En medio de todo eso, como todas las demás personas, tuvimos, al menos, una mínima semilla de luz: un lenguaje que pudo haber sido preciso y proteico, una mente que reconoció una vez un patrón excepcional, unos brazos que, con el entrenamiento adecuado, podrían haber sido enormes o apolíneos. Nada de eso prendió, jamás tuvimos oportunidad.

Por eso, un poco como revancha, y porque la semilla sigue ahí, pulsando como una ampolla de fuego, nos hacemos adultos y a la vez ladrones. Es tiempo lo que robamos, todo el que podemos: a nuestras parejas, a nuestros oficios, a nuestras gestiones bancarias, a nuestros padres viejos. En esos minutos ganados a la obligación, buscamos tierra para nuestra semilla: algo que haga posible lo que hace tiempo perdió toda posibilidad.

Así, a pesar de nuestra biología pobre, del ambiente infértil, aprovechamos la distracción de nuestros jefes para teclear en la computadora de la oficina medio párrafo de nuestro cuentito ñoño, de nuestra tesina obvia; corremos como diablos descosidos entre el kiosco y la lavandería solo para tonificar las piernas, entrenar para el fulbito del lunes; torcemos el lomo sobre la mesa de la cocina para leer cinco o seis páginas de Guerra y paz –nuestros hijos dormidos, nuestras parejas en vela, esperándonos en la cama–, y nos abofeteamos a nosotros mismos para espantar el sueño. Sabemos que dormiremos mucho menos de lo necesario, que mañana rebotaremos soñolientos y lerdos entre obligación y obligación, pero es preciso perseverar, a pesar de todo. Y si no… ¿qué nos queda?

Somos los obstinados torpes. Los esmerados lentos. Los masoquistas del rechazo.

Queremos ser (sí, todavía) el genio que ilumine de un chispazo, el ángel que conmueva.

No tenemos esperanza y lo sabemos: es del todo irrelevante.

Los que sientan necesidad de hacerlo, únanse a nosotros. Jamás volverán a sentirse solos.

Una cosa les juramos: no venceremos. Pero al menos estaremos vivos.


Fernando Manzini nació en La Plata en una fecha precisa que esta noche prefiere olvidar. Luego de una nefasta experiencia con la educación técnica, huyó a las Humanidades y se recibió de psicólogo (dicen las malas lenguas que no tuvo el coraje suficiente para estudiar Filosofía, pero ya sabemos lo sesgadas y venenosas que suelen ser las malas lenguas). Ejerce como docente universitario en la Facultad de Psicología de la UNLP en asignaturas con nombres largos y cacofónicos. Es un eterno aspirante a escritor y un ajedrecista que por no decir improvisado, llamaremos, por decoro, autodidacta. Tiene cero libros publicados y jamás pasó la segunda fase del concurso de cuentos del Banco Provincia. "Mi libro llegará a su debido tiempo", dice, malhumorado, a los que le preguntan cuándo podrán leer algo suyo entre dos tapas. Mientras tanto, el tiempo lo arrasa implacable. Pero a vos también.

 

sábado, 10 de octubre de 2026

HASTA QUE MI MUERTE NOS SEPARE

Eveline van Dienst

 

—Que duermas bien —dice Jonah mientras besa a su madre en la frente—. Mañana por la mañana vendré a verte alrededor de las siete. ¿Dejo encendida la luz del pasillo o prefieres que la apague? —No obtiene respuesta. Suelta una risita y susurra—: Te la apagaré. Descansa, mamá. —Jonah sale del dormitorio y cierra la puerta.

A la mañana siguiente, Jonah entra alegremente en el dormitorio.

—¡Buenos días, mamá! Si no te importa, pasaré primero por la panadería, porque acabo de ver que no queda pan. Todavía hay unas tostadas, pero prefiero una rebanada de pan —hace una breve pausa—. Bueno, eso no es del todo cierto; a decir verdad, prefiero un cruasán recién hecho. ¿Y tú? ¿Mamá? ¡Mamá! Dormilona… Bueno, entonces supongo que no te importará que vaya ahora a hacer unas compras y después te ayude a levantarte. También te traeré algo rico. Hasta dentro de un rato.

—Mamá —Jonah vuelve a entrar en el dormitorio media hora después—, te he traído una palmera de hojaldre, porque sé que siempre te gustaban tanto con un rulito de mantequilla fresca y mermelada de fresa. He puesto la mesa, así que podremos desayunar en cuanto te hayas lavado. ¿Qué vestido quieres ponerte hoy? ¿El de flores o el de mariposas? —Jonah saca del armario el vestido negro con girasoles—. ¿Este? —Lo deja sobre la silla y toma de la cesta unas medias cortas que combinan con él. Jonah va al baño, llena una palangana con agua tibia y añade un poco de aceite de lavanda—. Mmm, qué delicia, mamá. Ah, por lo que veo, el frasco está casi vacío. Pronto habrá que comprar otro. —Saca del armario una manopla de baño y la deja en el agua. La manopla se empapa. Con la palangana entre las manos, vuelve a la cama y la coloca en la mesita de noche. Jonah ayuda a su madre a incorporarse—. A pesar de tu complexión, no eres precisamente fácil de mover; al final tendré que echarte sobre los hombros. —Mientras lo dice, le guiña un ojo, pero enseguida rectifica—: Perdona, mamá, una broma fuera de lugar… —Después de ponerle el vestido, Jonah le arregla el cabello. Le coloca una pinza con una bonita flor de tela—. ¡Preciosa! —dice radiante—. Como digo yo: «No hay que tocar nada más». Vamos, mamá, es hora de desayunar. —Juntos van a la sala.

—Por cierto, ¿has sabido algo de Birgitte últimamente? Estoy un poco preocupado por ella. La última vez que hablamos tenía bastantes problemas de dinero. Me contó que apenas podía llegar a fin de mes con sus ingresos y que Steven siempre encontraba la manera de eludir el pago de la pensión alimenticia. Al parecer, salía cada vez con una excusa distinta. Una vez, que el perro se había comido el cheque; otra, que el cheque se había borrado en la lavadora. Vamos, esas son las excusas que usan los chicos de secundaria cuando no han hecho los deberes. ¿No puede inventar algo mejor? ¿Cheques? ¿Quién usa cheques hoy en día? ¿Y su perro? Ni siquiera tiene uno, como tampoco tiene lavadora. Ojalá la tuviera. El apestoso. No, no se puede confiar en Steven. Siempre lo he sabido. No todas las personas tienen buen corazón. Y algunas, creo yo, ni siquiera tienen uno. Quizá debería llamar a Birgitte dentro de un rato para preguntarle cómo está. Me parece mejor que hacer conjeturas. —Sin dejar una pausa entre sus frases, continúa—: Oye, mamá, ¿no tienes hambre? Todavía no has probado bocado. ¿No te gusta? ¿Debería haberte traído una pasta de chocolate? Perdona… Pero la próxima vez tendrás que decirme qué te apetece, porque, si no dices nada, no sé qué te pasa por la cabeza. —Jonah mira a su madre.

Los ojos de ella están dirigidos hacia él. Guarda silencio.

—Termino el té y después recojo la mesa; así podremos salir. Hoy hace buen tiempo. Está fresco, pero con ese solecito… ¡Una maravilla! Si nos abrigamos bien, no nos resfriaremos.

Jonah cierra la puerta de la calle a sus espaldas y gira a la izquierda. A esa hora hay poca gente afuera. Los niños están en la escuela y la mayoría de los adultos están trabajando o en algún otro lugar, ocupados en sus asuntos. Alguno que otro pasea a su perro. Un perro que sí existe… Jonah suele evitar a esas personas. No le gustan demasiado los demás. No se le dan bien las relaciones sociales y a menudo no sabe cómo comportarse. Una pregunta como «¿Cómo estás?» le resulta difícil. Porque, en fin, ¿cómo está? Dadas las circunstancias, bastante bien. Jonah se pregunta a menudo si quienes le hacen esa pregunta quieren de verdad saber cómo se siente. Sospecha que la formulan sobre todo como una forma de saludo o por cortesía. Porque casi siempre sucede lo mismo.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Me alegro.

—¿Y tú?

—También bien. Bueno, hasta luego.

—Sí, hasta luego.

Pocas veces ha sentido Jonah que las personas se interesaran de verdad por él y que les importara. Nunca le han preguntado: «¿Cómo te sientes? No, ¿cómo te sientes de verdad? Sé sincero». Últimamente, las preguntas eran sobre todo: «¿Cómo está tu madre?» y «¿Sufre mucho?». Ni una sola vez le preguntaron: «¿Puedo ayudarte en algo?» o «¿Hay algo que pueda hacer por ti?».

Jonah cierra los puños.

—¡Mamá, no es justo! —exclama—. ¿Qué hay de malo en mí? ¿Por qué no me quieren? Tú me querías, ¿verdad? ¿Por qué me querías? Algo debía de hacer bien, ¿no? Uno no quiere a alguien solo porque sea de su familia, ¿verdad? Yo te quiero y siempre te querré, y no es solo porque fueras mi madre. Eras una mujer maravillosa. Recibí todo el amor y los cuidados que necesitaba. Siempre estuviste a mi lado, estuvieras o no de acuerdo con mis ideas y mis actos. No me juzgabas. Esa aceptación tuya, sin reservas, me parece una de las cualidades más hermosas que tenías, y espero haberla heredado. Estaré a tu lado y seguiré cuidándote hasta que ya no pueda, y eso será cuando la muerte venga a buscarme… Te lo prometo. —Jonah sube un poco más la cremallera de su abrigo y se pone la capucha para quedar bien abrigado. A gusto, cálido y protegido. El cabello de ella sigue firmemente sujeto con la pinza. Se pone los guantes. Jonah mira las uñas y dice en voz baja—: Dentro de un rato habrá que pintarlas de nuevo; empiezan a verse un poco descuidadas… —Jonah se mete las manos en los bolsillos y continúa su paseo con el abrigo confeccionado con su madre.

Eveline van Dienst es una autora neerlandesa conocida principalmente por escribir literatura infantil interactiva y relatos de ciencia ficción y fantasía. Además de su faceta como escritora, trabaja en el sector de la salud mental para jóvenes (jeugd GGZ). Entre sus libros destacados pueden mencionarse Amy op zolder (2021), Un libro infantil interactivo publicado a través de la editorial Boekscout y Ridder Joris: Draak ik heb je!, otro relato infantil ilustrado de carácter lúdico.

 

 

VISÍTAME EN MI SOLEDAD…

Henry Lion Oldie

Homenaje a Roger Zelazny

Hoy tampoco había venido nadie.

El barquero suspiró, terminó de fumar la pipa y se levantó del tronco. Para sentarse al atardecer, siempre llevaba aquel tronco hasta la orilla, lo colocaba bajo el sauce, se sentaba, encendía la pipa y contemplaba el agua. Cultivaba él mismo el tabaco en el huerto, detrás del bancal de eneldo y de dos arbustos de grosellas rojas. Hacía muchas cosas por su cuenta, porque allí no había ayudantes.

Solo él y aquellos a quienes debía llevar a la otra orilla.

Desde hacía poco se había quedado solo.

Desde hacía mucho, se corrigió el barquero. Desde hacía mucho, amigo. Ya nadie necesita cruzar tu estúpido río. El mundo ha cambiado. Nadie viene y tú esperas como un idiota. Apostaría a que mañana también vendrás aquí a esperar. Cien tareas en la casa, mil quehaceres, y tú, robándole un minuto a cada hora, correrás al río como un chiquillo y mirarás en todas direcciones, resoplando de aflicción.

Sí, así será, y no de otro modo.

Las ramas delgadas del sauce se bañaban en el agua negra. Un pez chapoteó en una poza. La luna, blanquecina como una vejiga natatoria, se mecía en el cielo indistinto. A lo lejos, al otro lado del río, aullaba un perro. Al rebotar contra la luna, el aullido se fragmentaba, se desdoblaba, volaba sobre los tapices de amapolas y lirios silvestres. Parecía que no aullaba un solo perro, sino por lo menos tres.

—Basta, tontuelo —murmuró el barquero, como si el desdichado animal pudiera oírlo—. Basta. No me atormentes. Sí, la luna, lo entiendo. Pero ellos ya no están, por mucho que aúlles o tires de la cadena…

Sabía que tampoco había nadie al otro lado del río. Varias veces había subido a la barca –¡sin pasajeros, aunque aquello fuera antinatural!– y había cruzado a la otra orilla. Dejaba la barca en una lengua de arena y caminaba y caminaba, adentrándose en tierras salvajes y desiertas. Sus piernas robustas, aunque poco habituadas a las caminatas largas, medían el espacio. Sus ojos, todavía agudos pese a la edad, escudriñaban los alrededores, humedecidos de esperanza. Durante el camino lo inquietaba la posibilidad de que le robaran la barca.

A veces gritaba:

—¡Eeeh! ¡Eeeeh!

Ni siquiera el eco le respondía. Allí no había eco, aunque se pusiera a golpear un tambor.

El barquero calculaba el tiempo para regresar antes del anochecer, cruzar de vuelta y pasar la noche en la cabaña, en lugar de dormir a cielo abierto. A veces, de camino a casa, pensaba que debería abastecerse bien de provisiones y salir de expedición durante cinco días o una semana. ¿Y si aún quedaba alguien allí, al otro lado del río? Alguien refugiado en una cueva, oculto en el bosque; escondido detrás de una roca, sin atreverse a asomarse… No todos eran tan sociables como cierto barquero abandonado a su suerte.

Después de todo, ¡que hubieran dejado de acudir a esta orilla no significaba que tuvieran que desaparecer de ambos lados del río a la vez! Había que llevar queso, panes planos, tabaco y un odre de agua del manantial, porque la del río no se podía beber, y marcharse a algún sitio, a cualquier sitio. Quizá incluso al lugar de donde ellos venían antes. Encontrarlos, preguntarles por qué llevaba tanto tiempo sin aparecer nadie…

Por supuesto, se hacía ilusiones, pero hay situaciones en las que solo te quedan las ilusiones. Sabía que no se marcharía durante cinco días, y mucho menos una semana. No podía dejar la barca tanto tiempo sin vigilancia.

Con el tronco bajo el brazo, se encaminó a la cabaña. Se han ido, pensaba mientras caminaba. Se han ido y no entiendo adónde. Han olvidado el camino al río y no sé por qué. Esto empezó hace mucho, pero no recuerdo cuándo exactamente. ¿Qué me queda? La barca, el río y un buen tabaco. No es poco, supongo. Conozco a muchos que cambiarían de lugar conmigo encantados.

Antes, mientras transportaba pasajeros por el río, a veces preguntaba en broma si alguno quería cambiar de lugar con él. Curiosamente, rara vez encontraba voluntarios. Pero algunos aceptaban. Si contara a todos los que habían accedido, reuniría un grupo bastante respetable.

Muchos son unos pocos multiplicados por el tiempo.

El barquero sonrió al recordar cómo invitaba a aquellos listillos a tomar los remos. Al cabo de un minuto, la barca empezaba a girar y el agua entraba por la borda. Los listillos manejaban los remos en vano, entre maldiciones y sollozos, mientras los demás pasajeros gritaban de miedo… Cuando por fin volvía a ocupar su legítimo puesto, le daban las gracias. Durante un instante, el pequeño mundo de la barca olvidaba dónde estaban, quiénes eran y adónde iban. Solo quedaban la broma, la estupidez, el miedo y la salvación.

Más que suficiente.

Al desembarcar, cada uno le daba una moneda. Cuando regresaba a casa, para descansar o recoger otro grupo de personas que querían cruzar, detenía la barca en medio del río y arrojaba las monedas al agua, una por una. Un pasajero, un hombre triste de ojos húmedos y saltones, que se había quedado un rato junto al embarcadero porque aquel día había llegado mucha gente, le dijo:

—Eso se hace para volver. ¿Adónde quiere volver usted, barquero?

—Quiero volver a mi río —respondió.

El pasajero triste se sorprendió:

—¿De veras? ¿Acaso se ha marchado alguna vez de aquí?

—No —respondió—. Nunca. ¿Pero para querer volver es imprescindible haberse marchado primero?

—Es usted un filósofo —rio el pasajero triste. Su risa concordaba con su aspecto: era apagada y melancólica—. Entonces hágame un favor: arroje una moneda por mí también. Yo también quiero volver algún día. La nieve de febrero, blanda y porosa, el sabor del pan recién hecho… Los gritos de las grajillas sobre el campanario. Sí, tengo muchas ganas de volver. La arrojaría yo mismo, pero acabo de darle mi moneda.

El barquero extendió las manos en un gesto de disculpa:

—No servirá de nada. Perdóneme si lo ofendo, pero no sé mentir. Los que son como usted no regresan. ¿Para qué desperdiciar una moneda?

«¿Para qué desperdiciar un deseo?», quiso añadir, pero guardó silencio. Una moneda no era nada: un chapoteo y desaparecía; un buen deseo, en cambio, siempre podía servir. Incluso en la otra orilla, donde estaban las amapolas y los lirios.

—Y los que son como usted no se marchan —concluyó el hombre triste—. Bueno, me voy. ¡Buena suerte!

En medio del río, el barquero arrojó de todos modos una moneda por aquel pasajero. Por si acaso. La moneda, por supuesto, se perdió en vano. Aunque las demás tampoco se habían hundido con mucho más sentido, así que no había motivo para preocuparse.

Ahora, mientras regresaba a la cabaña en el crepúsculo, el barquero recordó al pasajero triste. Lástima que no hubiera vuelto. Se habrían sentado juntos, cada uno en su tronco, a fumar y charlar de cualquier cosa. El hombre triste habría aprendido a remar, a calafatear la barca y a cuidar las gallinas…

El barquero se detuvo.

El corazón le dio un vuelco. Le brotaron gruesas gotas de sudor en la frente. Por la emoción, le pareció que junto a la cabaña estaba el pasajero triste de ojos húmedos y saltones. Solo después de dos latidos interminables comprendió que se había equivocado.

Junto a la cabaña había una mujer.

Aceleró el paso, pero enseguida recobró la compostura. No estaba bien correr al encuentro de una visitante ocasional como si fuera un chiquillo mocoso. ¿Qué importaba que llevara tanto tiempo sin aparecer nadie? Quizá a partir de la mañana siguiente empezaran a llegar multitudes y apenas diera abasto para transportarlas. Tendría que volver a embrear la barca y revisar los escálamos. Y reforzar el embarcadero: había días en que la tercera tabla contando desde la derecha no resistía.

Ya ni siquiera recordaba cuándo había tenido días así.

—Buenas noches —le dijo la mujer, después de esperar a que él subiera por el sendero—. Comprendo que llego en un mal momento… ¿Me permitiría pasar la noche en la cabaña? Créame, no causaré molestias.

Alta y esbelta, tenía sus años, pero no parecía una anciana. Desde luego, no era mayor que el barquero. El viento agitaba el borde de su vestido negro y hacía susurrar los encajes blancos del cuello y de las mangas. Las piernas, descubiertas hasta las rodillas, parecían elegantes y fuertes. Se notaba que la mujer caminaba mucho y sabía apreciar un calzado cómodo.

En la mano derecha llevaba una hoz.

—¿No necesita ir a la otra orilla? —preguntó el barquero, sorprendido.

—¿Yo? No. ¿Por qué? ¿Hay alguien allí?

—No. Pensé…

Quiso decir que la llevaría y que, a partir de aquel momento, ella estaría en la otra orilla, y después, quién sabe, todo volvería a arreglarse, sería como antes… Pero no lo dijo. El perro había dejado de aullar y la luna había ascendido. En el silencio que sobrevino se oía el chapoteo del río, más abajo.

—Ya es tarde —el barquero dejó el tronco en el suelo—. Vamos a cenar. Tengo queso, panes planos, pescado seco y agua del manantial. También hay huevos en la fresquera, cinco. Mis gallinas son buenas ponedoras. ¿Cómo le gustan, duros o con la yema blanda?

—Me gustan fritos —respondió la mujer—. ¿Tiene una sartén?

Había una sartén. Poco después chisporroteaba en ella la panceta que la visitante había sacado de su morral. Los huevos se extendieron entre las lonchas doradas, cuajándose y adquiriendo consistencia. El pescado seco no tardó en quedar reducido a unas espinas aceitosas, un lomo graso y unas huevas de un rojo apagado que rezumaban humedad. El queso se fundió sobre los panes calientes y la mujer esparció encima un puñado de eneldo finamente picado.

—Una cena de reyes —dijo ella—. Gracias.

—Gracias a usted…

Durante todo ese tiempo, el barquero estuvo sentado en el tronco, fumando su segunda pipa de la noche y observándola cocinar. Un espectáculo maravilloso. Al principio había intentado ayudar, pero la mujer lo apartó con decisión y le ordenó traer agua y descansar. Estoy segura de que está cansado, le dijo. Yo solo he caminado y mirado a mi alrededor, pero usted tiene el río, la barca, los quehaceres y todo lo demás…

No discutió. Claro que le habría gustado replicar: usted ha caminado todo el día, y quizá no solo un día, ni siquiera una semana, mientras yo holgazaneaba en la orilla… Pero la panceta olía tan bien, y los panes con queso y hierbas tenían tan buen aspecto, que cualquier discusión terminaba antes de empezar.

—¿Tiene herramientas? —preguntó ella después de cenar.

Él se inquietó. Ahora la mujer le pediría aguja e hilo, y una aguja de hueso y un ovillo de hilo grueso difícilmente servirían para coser un encaje desprendido.

—¿Qué necesita?

La pregunta sonó un poco brusca. Se ruborizó de vergüenza. Por suerte, la penumbra ocultó su turbación. Al anochecer, todos los caballos son pálidos, como decía un pasajero sombrío y poco amable.

—Quiero poner a punto mi hoz. Me vendrían bien una piedra de afilar y un poco de esmeril…

—¡Por supuesto! Incluso tengo una sierra para metales…

Volvió a ruborizarse. ¡Presumía como un chiquillo! Pero la mujer le agradecía con absoluta sinceridad, y la sierra la entusiasmó. Diez minutos después, mientras terminaba el último pan por falta de otra cosa que hacer, él observaba complacido cómo ella se ocupaba de la hoz. En cierto modo, aquello le recordaba sus propios cuidados de los remos. Una costumbre que, tras muchos años, no había perdido su matiz de ternura.

La oscuridad no estorbaba a la mujer. Le bastaba la luz de la luna.

—Podría hacerle un mango nuevo para la hoz —dijo él—. Aquí cerca hay un hayedo. El viejo, desde luego, todavía puede servirle. Pero siempre conviene tener uno de repuesto a mano.

Ella sonrió.

—Es usted muy amable.

El barquero comprendió que aquello era una negativa, pero se arriesgó una vez más.

—Sé trabajar la madera. El metal no tanto, pero la madera sí. Yo mismo hago mis remos. ¿Quiere verlos?

—Estoy segura de que sus remos son magníficos —rio ella—. Y de que tiene unas manos de oro. Simplemente, no quisiera cargarlo con un trabajo inútil. Que yo cuide la hoz por costumbre no significa que usted deba hacer lo mismo. Pero si ocurre un milagro y necesito un mango nuevo, será el primero al que acudiré.

—Bien —asintió el barquero con seriedad—. Que sea yo el primero.

De pronto, la mujer dejó la hoz a un lado.

—¿Sabe una cosa? Me sorprende no haber tirado ya este hierro. ¿Quién lo necesita ahora? Solo yo, quizá. Y únicamente como recuerdo. Algunos conservan cartas de amor; otros, un medallón con un mechón de pelo; yo, esta hoz.

—Y yo, la barca.

Las palabras se le escaparon solas, involuntariamente. Un instante después ya lamentaba haberlas pronunciado. Y, para disimular su desconcierto, hizo la pregunta principal, la dolorosa, la que lo atormentaba día tras día mientras esperaba en la orilla:

—Dígame, allí de donde viene… ¿De verdad ya no queda nadie?

—Nadie —respondió la mujer.

—¿Absolutamente nadie?

—Absolutamente nadie.

—¿Y ya no vendrá nadie al embarcadero?

—Creo que no. Busqué, por si al menos quedaba alguien… Busqué durante mucho tiempo. Allí de donde vengo hay muchos rincones apartados: en las selvas, en las montañas, en las islas. No diré que los recorrí todos, pero…

No terminó la frase y se puso a jugar distraídamente con la hoz.

Los he transportado a todos, pensó él. A todos. Hasta el último. Creía que aquella idea debía proporcionarle paz y satisfacción, pero se equivocaba. La angustia le arañaba el corazón y las manos descansaban sobre sus rodillas como si fueran ajenas. Ahora él era una barca abandonada a su suerte.

—¿Y para qué vino aquí?

—¿Ya lo he cansado? —Ella se acomodó el vestido con coquetería.

—¡No, en absoluto! Es que… quería preguntar… ¡Usted no necesita ir a la otra orilla!

—Perdóneme, no pretendía incomodarlo. Comprenda: cuando me convencí de que ya no quedaba nadie en ninguna parte, me hice una pregunta: ¿y en la otra orilla? Quise cruzar el río, recorrer las tierras donde nunca había estado, encontrar al menos a alguien que me dijera que todavía existo, que no soy una sombra incorpórea… Ahora comprendo lo tonto que fue.

El barquero frunció el ceño, sintió que se le formaba un nudo en la garganta y se decidió.

—Usted no es una sombra. Existe. ¿Quiere que se lo diga cien veces seguidas?

—Sí —respondió ella—. Pero ya es muy tarde. Es hora de acostarse.

Por la mañana, la mujer se marchó. El barquero le propuso llevarla al otro lado del río, pasear, recoger un ramo de lirios… No consiguió nada. La mujer dijo que regresaría al lugar de donde había venido y seguiría buscando. Que todavía quedaban sitios apartados donde bien podía haber sobrevivido alguien.

Que un momento de debilidad no significaba nada.

Cuando desapareció detrás del hayedo, el barquero siguió mirando largo rato en aquella dirección. Esbelta, de paso ligero, con su vestido negro y sus encajes blancos, con la hoz en la mano, caminaba casi a la carrera, como si temiera que, de aminorar el paso, algo la arrastrara de vuelta.

Hasta el mediodía trabajó en el huerto. Después reparó la barca. Luego la sacó del agua y la llevó más arriba de la orilla, bajo el cobertizo. Envolvió los remos en una tela basta y los dejó al lado. Volvió a la casa y se preparó para el viaje. Ella no podía haber llegado muy lejos. Si se apresuraba, conseguiría alcanzarla. Y aunque no la alcanzara ahora, sin duda la encontraría después. Con el tiempo. Si algo tenía de sobra era tiempo.

Sabía dónde buscarla. En los sitios apartados. En los rincones ocultos. Era imposible que dos personas no se encontraran allí donde ya no quedaba nadie más que ellas, Adán y Eva de un mundo nuevo.

Y ella todavía no era vieja.

En cualquier caso, era más joven que él.

«Después tendré que volver por el perro —pensaba el barquero mientras se alejaba sin mirar atrás—. Un buen perro siempre viene bien en una casa. Volver, poner a punto la barca, cruzar a la otra orilla y llevarme a Cerbero. El viejo se lo ha ganado. Sí, y no olvidar la sierra para metales: me temo que el perro todavía está encadenado…».

En el fondo del río abandonado brillaban las piedras.

Como miríadas de monedas.

Henry Lion Oldie es el nombre literario de los escritores ucranianos Dmitri Gromov y Oleg Ladyzhenski, galardonados con el título de «Mejor escritor de ciencia ficción de Europa» y receptores de premios literarios internacionales. Sus obras se han publicado en ucraniano, ruso, polaco, lituano, francés, húngaro, español, checo y otros idiomas. Dmitri Yevguénievich Gromov nació el 30 de marzo de 1963 en Simferópol. En 1969 se trasladó a Sebastopol (Crimea) y en 1974 a Járkov, ciudad donde reside actualmente. Tras terminar la educación secundaria en 1980, ingresó en el Instituto Politécnico de Járkov; se graduó con honores en 1986 y comenzó a trabajar como ingeniero químico en la Asociación Científico-Productiva «Carbonat». Inició estudios de posgrado en 1988 y los concluyó en 1991, pero no llegó a defender su tesis, ya que para entonces había centrado su atención casi exclusivamente en la labor literaria. Oleg Semiónovich Ladyzhenski nació el 23 de marzo de 1963 en Járkov. En 1980, tras finalizar la educación secundaria, se matriculó en el Instituto Estatal de Cultura de Járkov para especializarse en dirección teatral; Se graduó con honores en 1984. Entre 1984 y 2000, trabajó como director en el estudio teatral "Pelican", donde puso en escena más de 15 producciones, incluidas adaptaciones de obras de A. y B. Strugatsky, tales como *Qué difícil es ser dios* y *Los judíos de la ciudad de Piter*. 

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