lunes, 25 de mayo de 2026

A LAS TRES EN PUNTO DE LA MADRUGADA

 Nancy Jane Moore

 

Te despiertas en mitad de la noche y estiras la mano para tocar a tu esposo, pero solo encuentras colchón. El sonido de las sirenas de la policía te sacude y te despierta por completo.

Entonces oyes –más fuerte que las sirenas– la voz sensual que promete a los que llaman a la mujer de sus sueños por solo tres noventa y cinco el minuto. Tu esposo se ha quedado dormido en la sala con el televisor encendido.

No estás segura de qué fue lo que te despertó. La luz del farol de la esquina se filtra por los bordes de las persianas. Puedes ver los contornos de los muebles: las cómodas de falsa teca, la biblioteca llena de novelas góticas románticas. Nada distinto.

Estabas soñando. Pero no recuerdas qué.

Lo que sí recuerdas es que no terminaste ese informe del trabajo sobre el porcentaje de reclamos de seguros correctamente archivados. Esperas llegar temprano y hacerlo.

Enciendes la radio. La voz tranquilizadora de un locutor de la BBC te habla de un genocidio en algún lugar de África. Vuelves a quedarte dormida.

Cuando despiertas otra vez, la luz del sol se cuela por la ventana. Son las siete y cuarto. Te has quedado dormida de más. Te pones la bata y corres a la cocina para hacer café.

Tu esposo sigue tendido en el sillón reclinable de cuerina marrón, medio dormido, mirando las noticias. Lleva los pantalones desabrochados y gira la cabeza como si tuviera una contractura en el cuello.

En la televisión, una joven animada de cabello rubio corto dice:

—Noticias locales: apareció un muro en medio de la ciudad durante la noche.

La pantalla se llena con una enorme extensión de concreto. Un reportero está junto a ella, hablando a un micrófono. El muro se eleva muy por encima de su cabeza.

—El muro apareció en algún momento entre las dos y las cuatro de la madrugada —dice.

Sabes que el muro levantándose fue lo que te despertó a las tres de la mañana. Aunque eso no tiene sentido. El muro está muy lejos de tu casa. Corre junto a las vías del tren que separan el lado correcto de la ciudad del lado incorrecto.

—Buena idea —dice tu esposo—. No necesitamos a esa clase de gente. —Se incorpora bruscamente, abandona el sillón y se instala en el baño. No puedes ducharte hasta las siete y cuarenta y cinco, así que sales tarde, te encuentras con un embotellamiento y llegas al trabajo después de las nueve.

Acaba de producirse una crisis: el vicepresidente ejecutivo senior de reducción de costos necesita saber por qué tu departamento utiliza un 3,2 por ciento más de suministros que los otros departamentos de revisión de reclamos. Te unes a la empleada administrativa para ayudarla a documentar que no se desperdicia ningún suministro, y eso hace que olvides tu informe hasta casi el mediodía, cuando tu jefe te lo pide. Así que te saltas el almuerzo para terminarlo.

Una mujer del departamento de compras vive del otro lado del muro y no apareció. Nadie habla de ello.

De regreso a casa, el locutor de radio dice con voz enérgica:

—Las autoridades locales informan que no hay manera de atravesar ni de superar el muro. En deportes, los muchachos de la ciudad pierden otra vez. Y esta noche tendremos lluvia.

Quieres ver las noticias, pero tu esposo está viendo una repetición de una comedia de situación donde unos jóvenes disparatados que comparten un departamento increíblemente elegante hablan de sexo sin parar, pero nunca lo practican realmente. Durante los comerciales cambia de canal con rapidez, deteniéndose apenas cuando aparecen rubias voluptuosas –aunque por lo demás muy delgadas– en traje de baño.

Sirves la cena frente al televisor y te sientas a mirar un concurso en el que todas las preguntas son sobre programas de televisión. Aunque sabes todas las respuestas, no las dices en voz alta. Finalmente te vas a dormir.

Y vuelves a despertarte a las tres de la mañana. Cambias la radio a las noticias locales y escuchas durante quince minutos antes de que digan algo sobre el muro. Se ha movido. Está más cerca de tu casa.

Al día siguiente, más personas no se presentan al trabajo. Miras fijamente la pantalla de la computadora e intentas concentrarte en encontrar errores en los reclamos de seguros que tienes delante. Cuesta concentrarse en el trabajo. Le envías un correo electrónico a una compañera al otro lado de la oficina para preguntarle qué ha oído sobre los muros. Cuando llega la respuesta, es del departamento de recursos humanos, recordándote que no debes usar el correo electrónico para asuntos personales.

Al día siguiente faltan dos personas de tu departamento, y tu jefe da un discurso acerca de que todos deben hacer un pequeño esfuerzo extra durante la crisis. Te asigna otra región. Te quedas hasta tarde y, cuando llegas a casa, tu esposo ha pedido pizza y se la ha comido toda. Cenas cereal frío.

Cuando despiertas a las tres de la mañana siguiente, tu corazón late muy rápido. Tu esposo no está en la cama, pero puedes oír la televisión. Te gustaría tener compañía, pero simplemente permaneces acostada, sintiendo los latidos acelerados. No quieres saber qué ocurrió, así que solo enciendes la BBC. Solo que están hablando de muros apareciendo por todas partes y, de pronto, ya no suenan tan tranquilizadores.

Manifestantes están incendiando una embajada estadounidense en algún lugar de Medio Oriente. El primer ministro británico expresa su profunda preocupación. El secretario general de las Naciones Unidas convoca una reunión especial del Consejo de Seguridad. Apagas la radio y te quedas acostada en la oscuridad.

La rubia animada de las noticias matutinas te informa las novedades: un segundo muro, del otro lado de la ciudad. Este los separa de los más acomodados.

—Mejor —dice tu esposo—. No necesitamos a esos estirados.

Más personas no van al trabajo. Tu jefe te asigna otra región más. Ese día te quedas dos horas extra. Te preguntas por qué debes hacer tanto cuando muchas de las personas cuyos reclamos revisas están del otro lado del muro. Pero no te quejas.

Dos días después llegas a casa y encuentras a tu esposo despatarrado en el sillón reclinable, con una pila de latas de cerveza volcadas junto a la silla. Intentó ir a trabajar, pero se encontró con un muro. Tratas de despejarlo, cocinas una buena cena de pollo frito y puré de papas, pero a mitad de la comida se levanta y sale dando un portazo. Regresa quince minutos después con una bolsa enorme de tortillas fritas y un paquete de seis latas de la nueva cerveza light cuya publicidad no deja de aparecer en televisión.

Te gustaría consolarlo, pero ya no sabes cómo. Te preguntas si él siente lo mismo o si, en realidad, simplemente no le importa.

El locutor entusiasta de las noticias informa al día siguiente que han surgido nuevos muros en dirección perpendicular.

—Las autoridades especulan que algunas partes de la ciudad parecen un gran tablero de damas —dice, y su compañera lanza la risa protocolaria.

Una mañana, cuando despiertas a las tres, sabes que ahora hay un muro entre tu casa y el trabajo. Te preguntas si otras personas también despiertan cuando aparecen los muros. No has oído nada sobre eso en las noticias.

Te levantas y te vistes de todos modos. Tu esposo sigue roncando en el sillón cuando sales. Conduces por la calle hasta encontrarte con un muro. Es la primera vez que realmente ves uno.

Por las imágenes de televisión esperabas que fuera liso, pero es de concreto áspero, apenas terminado. Ves a un hombre intentando escalarlo, usando las partes rugosas como apoyo para manos y pies, pero pierde el equilibrio y cae pesadamente al suelo. Permanece allí unos minutos, luego se arrastra hasta ponerse de pie y empieza a trepar otra vez. Tú te marchas antes de que vuelva a caer.

Tu esposo está bebiendo el desayuno y viendo los programas matutinos. No dicen nada sobre los muros. Otra rubia animada entrevista al autor de un libro de dietas que te permite comer toda la carne vacuna que quieras, pero no pollo ni pescado. Ni verduras. La rubia asegura que funciona y dice haber perdido quince kilos.

Empiezas a limpiar. Frotas las juntas de los azulejos del baño con un viejo cepillo de dientes. Lavas los zócalos. Subes a un banquito y limpias la parte superior del refrigerador. Pasas la aspiradora hasta que tu esposo te grita que el ruido interfiere con la televisión.

Al día siguiente trabajas en el jardín. Cortas el césped aunque apenas hace tres días que lo cortaste. Arrancas malezas del cantero. Cavas un hoyo para una nueva azalea y vas al vivero a comprarla, solo para encontrarte con un muro.

Por la noche miras la televisión junto a tu esposo. Ven una nueva comedia sobre unos jóvenes disparatados que viven en una estación espacial. Hablan de sexo sin parar, pero nunca lo practican realmente. Ninguno de los dos se ríe.

Empiezan las noticias de la noche. El presentador adopta su expresión más solemne y les informa que un hombre fue partido en dos cuando un muro cayó encima de él. No muestran imágenes. El presentador dice que no es la primera vez que las personas resultan heridas por los muros. Sus palabras sugieren un encubrimiento gubernamental. Parece más preocupado por eso que por la gente lastimada por los muros.

Transmiten un fragmento del presidente expresando compasión por la familia de la víctima y prometiendo designar una comisión gubernamental para estudiar los muros. Tu esposo empieza a roncar, y tú interpretas eso como la señal para irte a dormir.

A las tres de la mañana despiertas jadeando, como si hubieras estado corriendo durante horas a toda velocidad. Permaneces acostada, mirando los muebles familiares y escuchando la televisión. No oyes nada.

Quizás se cortó la luz. Pero no: el reloj de la radio cambia de 3:07 a 3:08. Intentas calmar el corazón para poder oír por encima de sus latidos, escuchas otra vez. Nada.

Tienes miedo de moverte, pero igual te levantas, te pones la bata y las pantuflas y avanzas por el pasillo.

Y chocas contra el muro. Cruza la casa por la mitad, separando los dormitorios de la sala y la cocina. Suspiras, lamentando lo de la cocina. Pero al menos tienes el baño. Lo usas en ese momento antes de volver a la cama, donde ya no consigues dormir.

Por la mañana sales por la ventana del dormitorio. Un muro atraviesa tu propiedad en dos. Otro corta la casa de los vecinos. La calle está bloqueada en ambas direcciones. La única salida es a través de los patios. No parece que se pueda llegar muy lejos así.

Golpeas la puerta de los vecinos. No hay respuesta. Probablemente estaban en la cama cuando ocurrió. Entonces recuerdas que las casas son iguales. Su cocina debe estar de este lado. Rompes una ventana y entras. Encuentras café y cereal.

El vecino es de los que siempre arreglan cosas. Tomas su taladro, revisas las brocas y encuentras las adecuadas para concreto. Pasas un alargador y comienzas a perforar el muro. Tarda más de lo que esperabas incluso hacer una pequeña marca.

A media tarde has desgastado todas las brocas para concreto y solo has logrado una hendidura de unos ocho centímetros de profundidad. Pruebas con las brocas para madera y no avanzas nada.

Regresas a tu dormitorio llevando comida y herramientas.

A las tres de la mañana despiertas intentando gritar, pero no puedes emitir sonido alguno. El cuarto está completamente oscuro. Sabes, sin mirar, que el muro está justo afuera de la ventana del dormitorio.

Te levantas tambaleándote, pensando vagamente en beber agua. Pero chocas de lleno contra el otro muro. Está entre tú y la puerta.

Retrocedes lentamente, tropiezas con la cama y vuelves a dejarte caer sobre ella. Pero este no es momento de rendirse.

Tomas el pico que robaste a tu vecino y empiezas a golpear el piso del armario. La madera cede fácilmente y pronto haces un agujero que deja al descubierto otra capa de madera. La destrozas hasta que puedes ver la tierra y agradeces a Dios que la casa no esté construida sobre una losa de concreto.

Una vez que el agujero es lo bastante grande, tomas una pala y empiezas a cavar. Primero arrojas la tierra al espacio bajo el piso, pero se llena rápidamente, así que comienzas a amontonarla en el dormitorio. Al amanecer puedes permanecer de pie dentro del pozo hasta los hombros. Es casi tan ancho como el armario.

Comes un sándwich de mantequilla de maní y admiras tu trabajo. Es hora de comenzar el túnel lateral.

Cavas como una mujer poseída. Ahora le perdonas a tu esposo su pereza: si no hubieras pasado tanto tiempo trabajando en el jardín, nunca habrías tenido la fuerza suficiente para cavar ese túnel. Lo haces lo bastante ancho y profundo para poder avanzar arrastrándote sobre manos y rodillas.

Después de unos pocos metros ya no puedes usar la pala. Te arrastras hacia adentro y utilizas una paleta de jardinería. Ahora avanzas más despacio. Descansas un momento y comes el resto de la mantequilla de maní.

Calculas que debes estar casi en el borde de la casa. Pronto pasarás por debajo del muro y empiezas a emocionarte pensando en lo que podría haber del otro lado. ¿Estarán allí los vecinos, con la casa otra vez intacta? ¿Tendrás que explicar lo de la comida y las herramientas?

Empiezas a cavar cada vez más rápido.

Y entonces: clonc.

Has golpeado una roca. Retrocedes y haces lo que haces cuando trabajas en el jardín: cavar un poco más lejos.

Clonc.

Lentamente comprendes la verdad. No golpeaste una roca. Golpeaste el muro.

Después de un rato te cansas de llorar y simplemente dejas de hacerlo. Te pasas un antebrazo sucio por el rostro, te suenas la nariz con la parte superior del pijama y sales arrastrándote del agujero. Abres una lata de atún.

Una vez alimentada de nuevo, vuelves a entrar en el agujero. Sabes que nunca rodearás el muro, sabes que se hunde demasiado profundo como para pasar por debajo. Empiezas a cavar.

Nancy Jane Moore creció en un entorno rural idílico en la costa del Golfo de Texas, a las afueras de un pequeño pueblo fundado por cuáqueros. A los 18 años se mudó a Austin para asistir a la Universidad de Texas y desde entonces ha vivido en ciudades. En la universidad, formó parte del programa Plan II, el programa de honores en artes liberales, lo que le permitió explorar los clásicos, la sociología, las ciencias políticas y la historia sin especializarse en ninguna materia. Sus relatos cortos han aparecido en numerosas antologías y revistas, desde el National Law Journal hasta Lady Churchill's Rosebud Wristlet. Su primer libro para Aqueduct fue la novela corta Changeling, y una colección de sus cuentos fue publicada por PS Publishing bajo el título Conscientious Inconsistencies. Tras crecer en la costa del Golfo y pasar muchos años en la costa este, Moore ahora vive al otro lado del océano, en Oakland, California, con el hombre que conoció después de que él leyera algunos de sus artículos en WisCon Chronicles. Es decir, tras una vida de feliz soltería, encontró el amor de un buen hombre gracias a su franqueza feminista y a su pasión por la ciencia ficción.

AQUELLOS QUE VAN A MORIR

Karel Smolders

 

Escuche, creo que será mejor que se marche. Sí, todavía queda algo de tiempo, pero aun así, cuando se desate el infierno no querrá estar aquí, créame.

¿Qué dice? ¿Que si no tengo miedo? No, claro que no, ¿por qué habría de tenerlo? ¿Porque dentro de un rato probablemente estaré muerto? Buen punto, pero no, no tengo miedo. Después de todo llevo mucho tiempo esperando este momento. Es, por usar un cliché, mi destino. ¿Perdón? ¿Cómo terminé así? Vaya, probablemente sea complicado, y la verdad es que no lo sé muy bien. La memoria es algo molesto y, por suerte, la mía es difusa.

Hay una cosa segura: al principio, con un solo e insensible trazo de pluma, vendí mi vida. Desde ese instante conocí mi destino. Está expresado literalmente en el contrato. Un contrato que solo puedo romper de una manera: muriendo.

¿Mi nombre, pregunta? Es irrelevante. Siguiendo una vieja tradición, mi nombre es nadie. No tengo familia, amantes, amigos ni pasado. En el tiempo anterior a aquella firma yo no existía, ¿entiende? No tuve infancia, ni padres que me guiaran durante mi niñez y se preocuparan si no regresaba a casa a tiempo. Buscará inútilmente maestros que me hayan tenido en sus clases, o compañeros con quienes recorrí borracho las calles, o novias –o novios, quizá– que me arrancaran un beso o la virginidad. Nunca existieron. Y no podría ser de otro modo. ¿Cómo se puede aspirar a este trabajo si le rompe el corazón al amor de tu vida, o a tu madre llorosa, o, Dios nos libre, a tus hijos? Tolerancia cero en ese sentido.

Y sin embargo somos muchos. Cientos. Miles. Siempre.

No, tiene razón: entre aquel entonces y ahora he recorrido un largo camino. Primero vino el entrenamiento. Duro, porque el objetivo no es solo tu preparación física. También debes aceptar tu propia inutilidad. Debes comprender que solo sirves para una cosa y que la sociedad puede prescindir perfectamente de ti. Y por lo tanto también debes dejar de lado el miedo a la muerte inevitable, sumergiéndolo en un baño de violencia. Sabes que ese día llegará: una bala en la cabeza y tus sesos convertidos en una pintura abstracta roja sobre la pared. O un proyectil en el pecho o un lavabo arrancado y estampado contra tu cráneo, algo por el estilo. Sí, lo que dice impresiona por un momento, pero no se equivoque. Para entonces yo ya me había reconciliado con lo que habría de venir.

En fin, así que hubo maratones, durante días enteros, con la mochila al hombro, vacía de vida pero llena de inutilidad. Endurecerte bajo lluvias de balas, viendo caer a tus compañeros, tan prescindibles y anónimos como tú, en fuentes de sangre. Un jueguito tonto, en ese caso, por supuesto. Podemos ser desechables, pero la sincronización es esencial para la carne de cañón.

No, no tengo idea de cuánto duró el entrenamiento. ¿Un mes o dos años? Da igual. Pasó como una neblina. No recuerdo detalles. ¿Detalles? ¿Qué digo? Los recuerdos en general están sobrevalorados. ¿Qué dice? Ah, sí. Sí, lo entiendo. A usted le gusta poder sacar algunos fragmentos de conversación cuando vuelve a casa después de una larga jornada laboral. Conserva recuerdos para poder evocarlos algún día en un café con viejos amigos. Para bromear y reír y luego contárselos a sus nietos. ¿Pero yo? No hay absolutamente nadie con quien compartir esos recuerdos, así que tampoco necesito cargar con ellos. ¡No me mire con tanta tristeza! ¡Es la libertad definitiva! Nadie se preocupa por mí, nadie me espera, es más: nadie sabe que existo. ¿Ve? Después del entrenamiento estaba plenamente convencido de mi propia redundancia. Y de una manera furtiva, con la promesa de morir en combate, eso me proporcionó una extraña sensación. No sé cuánto tiempo tardé en reconocerla como felicidad, pero me daba paz. Tiene razón: soy un humilde engranaje en una máquina inmensa. Pero también uno indispensable. Porque, si no, ¿quién lo haría? ¿Usted, tal vez? No, ya imaginaba que no. He hablado de esto con otras personas. Todos se hacen las mismas preguntas, usted no es una excepción. Pero cuando les lanzo esta pregunta a la cara, cuando les pregunto directamente: “¿Quiere hacerlo usted?”, todos retroceden un paso, como si los estuviera atacando. ¿Pero sabe cuál es el problema? Usted cree que puede marcar la diferencia. Se considera demasiado importante.

Ah, bueno, es lo que hay. Después del entrenamiento finalmente nos dieron un arma. Un arma de guerra cuya fabricación desconocía, al igual que sus posibilidades. No hacía falta saberlo. Solo tenía que aprender a apretar el gatillo sin que me destrozara el hombro. Eso, y cargar la munición. ¿Perdón? No, ahí se equivoca. Esa arma no está destinada a defenderme. No salvará mi miserable pellejo. No sirve para eso en absoluto. Claro que voy a dispararla. Muchísimo incluso, espero, antes de que me maten. Pero la intención no es que acierte nada. ¿Cómo que no lo entiende? Pues claro que sí, ¿no? Bien, sí, sí, a usted no le gusta la idea, pero ¿qué pensaría si a mí tampoco me gustara? ¿A dónde iríamos a parar entonces?

¿Después? Después vino la espera. Tarde o temprano llega la misión. Cuándo, no lo sabes. De vez en cuando entrenas, sí, pero por lo demás: el gran vacío. Por si se lo pregunta: no es realmente un problema, me pongo a mí mismo en modo de espera. Así funciona con los prescindibles.

Cuando llegó el momento de entrar en acción, estaba preparado. La primera vez se trató de un brote en una estación espacial, no importa dónde ni cuándo. Recuerdo poco de aquel día, porque regresé sano y salvo. Principalmente porque no entré en combate. Siempre hay un montón de drones como yo disponibles y, quizá porque era un novato, estaba al final de la fila. En las primeras líneas se moría en abundancia. Los héroes de turno, tan certeros como siempre, lograban alcanzarnos de maravilla. Los nuestros caían elegantemente al suelo o se desplomaban por encima de las barandillas hacia el final de sus vidas, perseguidos por un largo estertor de muerte. Vi a varios desde la distancia. Era hermoso. Como una coreografía asesina, un ballet de violencia acompañado por una sinfonía de ametralladoras crepitantes. Los héroes hacían honor a nuestras filas. Aquello era la cumbre absoluta. Así quería morir yo también.

Claro que siempre hay pequeños defectos. Por ejemplo, aquel grupo minoritario de héroes no parecía preocuparse de que sus balas, además de abatir con precisión a mis compañeros, también abrieran agujeros letales en la pared exterior de la estación espacial. Y aparentemente eso tampoco les molestaba. Así son los héroes. Como siempre, salieron ilesos, pese a incontables caídas, explosiones y otros golpes brutales. Y varios cientos de disparos que producían mucho ruido y chispas. Más algunos daños colaterales. Una estación espacial, naturalmente, tiene personal y a veces ese personal se cruza en medio de un tiroteo. Mala suerte, pero a nadie le importa.

No, yo mismo no entré en acción. Salvo para arrojar después los cadáveres de mis compañeros fuera de la esclusa de aire. Después de todo, una vez terminada la operación la estación espacial debe volver a funcionar.

¿Si he vivido algo más? Otros dos ataques, sí. Siempre pueden llamarte y nunca sabes dónde ni cuándo. La primera vez formamos parte del ejército mercenario de un dictador en algún país inexistente de África. La segunda vez lanzamos un asalto contra un planeta helado en quién sabe qué galaxia. Siglo XXVII o algo así. En aquella segunda ocasión la batalla estaba terminando cuando me enviaron al frente. Incluso me habían dado otro rifle, uno de esos láser. No llegué a usarlo, pero ya sabe lo que eso significa: esta vez estoy en la primera oleada, así que mis días realmente están contados.

¿Por qué mueve la cabeza? ¿De dónde sale ese suspiro? ¿No estará triste? ¿No por mí? Eso es lo último que quisiera. ¿Acaso no le acabo de explicar cómo son las cosas? Mire, esta vez trabajamos para una especie de jefe mafioso en un mundo distópico. Aunque a mí me da igual. ¿Ve esto? Un casco, sí. Bonito diseño, ¿verdad? Tiene un aspecto maligno. Y lo genial es que, cuando me lo coloque dentro de un momento, el visor bajará y ya no verá mi rostro. A partir de entonces seré invisible: ya no un ser humano, sino el dron perfecto. Sin rostro, sin carácter, sin sentimientos y sin alma. Estoy listo para saltar a la línea de fuego, disparar a lo loco y luego morir de forma espantosa. Ya lo verá: será hermoso. ¡Adiós y disfrútelo! Y… si de todos modos lo mira, tal vez vuelva a pensar en mí alguna vez.

Karel Smolders publicó su primer relato en los años ochenta. Posteriormente, convenció a una editorial belga, a través de más de media docena de libros infantiles, para que se adentrara en el género de la ciencia ficción. A esto le siguieron ocho libros para jóvenes adultos con diversas editoriales. Su inspiración entró en letargo durante algunos años, pero ha resurgido en la última década. Esto ha dado como resultado relatos —ya no dirigidos a jóvenes— que aparecen en diversas antologías y publicaciones. Una novela de ciencia ficción espacial se publicará en 2026.

 

LA METAMORFOSIS DE ÁNGELA

Marta Ortiz


Entonces ella pensó que solo para ella

se había vuelto imposible hallar la salida.

Clarice Lispector

 

Se retracta. Retrae, retráctil, el impulso. El paso atrás le ayuda a dar el salto adelante como esos ofidios reptantes húmedos ondulantes y ella oscila tibia su vientre sobre las veredas también húmedas de noviembre.

“Hola, aquí estoy”, dice, y parece decir: “nadie, nadie cae en la luna de mi espejo”, y curva una sonrisa pobre sobre su cara triste. Se pellizca el brazo a ver si siente dolor y sí, sí lo siente, una puntada aguda, y por eso sabe que está viva y comprende la naturaleza más bien clásica estándar de su visibilidad: cuenta con un esqueleto de huesos nada frágiles y una gruesa satinada carnadura recubriéndolos. Un aspecto saludable que ella desearía insertar allí, en el centro del mutismo, en las caras mutantes de la tumultuosa columna de gente (ellos hablar hablan hasta por los codos, los de la columna; pero a ella, ni mú); probar cómo atornillarse al bloque antropomorfo recién desprendido –una nave que parte–, de la sala donde tuvo lugar el Simposio de Cine; pleno centro, la sede, un salón oval en el edificio metálico encastrado en lo alto bajo un cielo de red de pescador donde yacen atrapadas las estrellas.

Un muro inquieto, el bloque humano indiferente a esta mujer que presenta sus huesos como quien representa esparciendo sus jirones y su sangre en un teatro circular compuesto de veredas, paredes y gradas; un ondular ofídico de búsqueda solapada, un reptante obstinado zigzag. Toda ella una máscara, la tensa musculatura de la cara, los ojos como pulidas piedras tristes, el pelo soltando una estrella que el viento tuerce en dirección a la masa, la columna humeando un persistente calor humano; y las manos de Ángela, la huyente, en un gesto voraz más allá de todo límite, los dedos como garfios volando en la dirección deseada succionándole la fuerza, las ganas.

Se detiene, traga bilis o lo que parece bilis, tal vez no lo sea y se trate más bien de una saliva ácida lindante con un sabor metálico como a sacarina. Siente el paso áspero de la materia viscosa atascada en su garganta, se suelta por la faringe en una especie de deglución lenta falsa de un bolo alimenticio que no es tal, es más bien la impotencia recubierta de jugos gástricos en sube y baja por el tubo, jugos que horadan el esófago el estómago las cuevas los canales vesiculares duodenales; jugos que regurgitan el sabor a hiel a bilis a impenetrable a frío glacial de la columna de cinéfilos repartiéndose ansiosa entre los bares cerca del Simposio y Ángela y sus manos tan vacías cargadas de carpetas de folletos de proyectos solitarios; ella no, no va a ninguna parte, no traspone el umbral de ningún bar.

Se ahueca, la comba invertida de una cúpula mustia, un duomo en pequeña escala. Siente el silente impulso rítmico, el corazón desbocado relincha rojo. Bombea sangre aglutinada y el torrente de lágrimas como llovizna, un lago que abre empuja el canal del lagrimal, drenan dolor, las gotas, los hilos salados le mojan la cara, las mejillas ardidas. El rímel, el delineado marrón en la línea de las pestañas, la base tostada, el rubor, la mezcla derramándose, cayendo las manchas oscuras sobre la piel inundada y la impotencia que aprieta fuerte las sienes porque la cabeza, ella cree, le va a estallar: la siente bombo gigante, hueco, y alguien sigue batiendo el parche como loco sobre la tela de las sienes, fina badana vulnerable.

No queda ni un alma, a la columna se la tragaron los bares, el Aquí tango, el Soliloquio, el Gardelito cerca del Simposio, todas bocas cálidas absorbiendo. Cayó la noche clara perforada y mil estrellas y a ella nadie le dijo “venite a mi espejo, buscame en el iris de tus ojos”. Nadie.

Pasados olvidados los días del Simposio –días para Ángela de tristes monólogos y solitaria malasangre–, aconteció un prodigio: una fuerza huracanada ingobernable la arrastró, la fue llevando sobrevoló una vuelta completa sobre sus pies. Si antes miraba al norte ahora busca el sur; si hasta entonces había sido incapaz de usar zapatos rojos, ahora los usa. La cabeza enloquecida desmadrada brota géiseres cráteres, escupe la vieja lava putrefacta. En segundos asumió la fría drástica decisión: no preocuparse no reptar ofídica no rogar. Tomó aspirinas suavizó la aguda vieja migraña occipital, y a las cinco en punto de la tarde del martes 15 de noviembre vio con sorpresa su dedo índice presionar tres veces el botón del timbre en la casa de su madre. Propuso tomar juntas el té en la salita de estar.

Marcelina, sabia, preparó té verde con hojitas de melisa que calman los nervios, lo sirvió en pocillos de porcelana francesa, y al cabo de dos o tres sorbitos, dijo:

—Hija, cuando sientas en las sienes esa sensación de parche de badana a punto de estallar se impone comprar túnicas satinadas, sandalias somalíes, bolsitos de pedrería, aros collares brazaletes, broches de piedras duras. Tu corazón lo pide a gritos.

Ángela dudó. Las palabras resonaban huecas insonoras atravesaban planchas de corcho. Una tarde de shopping no parecía el antídoto para salir del letargo que la acosaba rítmico, como si dibujara un electrocardiograma de montículos y pozos. El adagio con sabor a oráculo emergiendo de la boca de Marcelina, humo rizado, no logró asegurarle la eficacia de un cúmulo de vidrieras, puertas giratorias, escaleras mecánicas, palmeras plásticas, baños impolutos, música híbrida, oleadas de murmullos y escuadrones clonados globalizados marchando con o sin pancartas, nadando las galerías de baldosones brillantes, como de agua, entre marejadas de papas fritas y Mac Combos de Mac Donald’s. Nada de nada; ella descreía desconfiaba, un lugar así jamás segregaría los fluidos alquímicos básicos indispensables para conjurar su estado melancólico así porque sí, de sólo mirarlo y transitarlo.

Desalentada, extraviada (vapor de dudas), emprendió, como quien busca pero teme la amenaza del minotauro, la pista de la consulta a un psicoanalista de renombre, quien, como antes lo había hecho Marcelina, le apuntó con el índice y dijo que debía mirar dentro de sí, cosa que Ángela intentó pero sin suerte, porque se mareó y apenas encontró hilos fragmentados de vivencias dispersas que ni la mejor bordadora hubiera podido reunir en una forma coherente, en un racimo de uvas o un ramito de dalias al menos; y entonces pensó que no, que el camino de la introspección era huidizo y que tal vez la explosión del cráter en los inciertos laberintos de su pensamiento le señalara otros pasajes y aún otros seguramente más llevaderos que ese.

El shopping no, pero tampoco la honda y misteriosa búsqueda dentro de sí como rastreando migajas en el interior calcificado de una ciudad de olvido. Nada, absolutamente nada.

Abatida amedrentada tragó suficientes miligramos de una pastillita narcótica y en cuestión de segundos se durmió. Subió al cielo por una rayuela de pesadillas; como entre nubes se vio sonámbula picando sobras de la heladera; intuyó a Marcelina azucarando un té de limón. Noches largas de gasa gruesa sumando cascadas de sueños y un nombre flamante verde esmeralda creciendo sin pausa: Mayra Milreyes, la tarotista que su amiga Lorena esculpía como a un mito.

Avanzó un presuroso primer paso, entretejió un tercer camino (ha visto alucinada el hocico los cuernos ha oído bufar ha sentido la tibieza el aliento del toro con torso y cabeza humanas), camino señalado por tantas suculentas horas de sueño: rastrear la guarida el paradero de Lorena, encontrarla boca abajo en su cama de espaldar dorado a la hoja y edredón de satén rojo. ‒Lorena exhalaba humo esfumada detrás de las gasas los doseles los gobelinos‒; el sudor le incrustaba cuentas de cristal en el cuello debajo del mentón, en la nuca, detrás de las rodillas. Usaba papel tisú para absorber las gotitas en la cara de rasgos orientales. De los sótanos herrumbrados de la ciudad de olvido, Ángela recuperaba los trazos los rasgos de la madre japonesa y el padre holandés de la amiga, una de esas chicas de curvas de borde de fruta, caderas cóncavas, piernas como obeliscos. Día y noche se preguntaba por la fuerza del origen, si la mezcla genética, esa agua subterránea humedeciendo; o quizás las marcas frutales en el cuerpo habrían impulsado ese movimiento cómodo de Lorena en las antípodas de la moral y las buenas costumbres.

Ángela, viajera incansable de un angosto largo desfiladero sin jamás retroceder (ansiaba seguir la polvareda y a ella el monstruo le parecía tan hermoso incluso el miedo), asistió asombrada a una segunda revelación: algo alguien (una luz dorada) le ordenaba mutar, vestir encaje negro a la hora de dormir, peinarse con rastas, beber tragos largos y saborear cerezas heladas. Supo no sin asombro que la compañía de Lorena impulsaba la producción de palabras brotando impolutas de su garganta reseca, agrietada, tanto tiempo en desuso. En un primer momento produjeron un sonido tenso amoratado y luego acarameladas, se cubrieron de plumas. Sin escrúpulo alguno acortó el largo de las faldas, agregó centímetros a los tacos, acentuó la profundidad del escote y tomó una cita con Mayra, la tarotista, quien le vaticinó una voluminosa remoción, un bamboleo ilimitado de sus capas primordiales, un estropicio del orden y la importancia de lo que fue, para la estructura básica de la corteza terrestre, el cenozoico y sus largos períodos terciario y cuaternario y dentro de ellos la extraordinaria y misteriosa expansión de los mamíferos en el planeta. Amaneció un nuevo orden capaz de provocar fuertes vibraciones al abordar los bares cerca del Simposio y encarar allí una comunicación fluida, cargada de libros de proyectos de cópulas, disfrazada de chica desinhibida con los bordes resaltados redondos decididos, a medio camino entre Lorena y Mayra, un compendio de las dos, imagen marmolada con esporádicos atisbos de la arcaica versión obsoleta de ella misma, de Ángela.

Y ha de haber sido por esta nueva dudosa legitimidad, por la insuficiencia de las máscaras ocultando facciones de base melancólica y retraída; por eso y por otras razones indescifradas, que Ángela reculó sintió una repentina desconfianza y en menos que canta un gallo produjo un enérgico sacudón seguido de remezones. El miedo al fracaso la apartó la segregó de la mirada inquisidora de Mayra, fuera del campo visual de Lorena. Aplacada la polvareda en el corazón esquivo de los largos corredores, los recodos, las encrucijadas, presa de la más espantosa soledad deambulando sin norte sin hocico sin bufidos no quiso más consejos ni oráculos, bastante tenía con los que le tiraron a la cara las cartas de tarot que ella indignada arrojó fuera de sí haciéndolas volar y fulgurar en el aire como a una baraja de fuego.

 Enclaustrada entre las cuatro paredes de su cuarto y a pesar de los incisivos filosos llamados de Marcelina y del obsecuente interés de Lorena y de Mayra, de pronto insignificantes, se durmió. Contra todo presagio se durmió; contra viento y marea durmió y soñó. Tres días con sus tres flotantes noches de luna desplegando velos sobre la cama, sobre su cuerpo quieto. Hubo tumultos eróticos, bosques en cuyo punto ciego se abría un claro pretextando estar allí sólo para resaltar los enmarañados bordes de las coníferas. En el centro mismo de la luz una mujer dormida sostenía un ovillo de hilo y la sola visión de los pies desnudos y los ojos cerrados revueltos como siguiendo, calculando el paso agitado el redoble el latido de un sueño, desestabilizaba hacía temblar la cama se oía el sordo gemido la herida mortal, se olía la sangre quemándose al sol, el sueño pesado, salvaje, de Ángela.

Al cabo de la tercera noche, y sin que hubiera acabado aún de unir los hilos que anudaban la red entre sueño y vigilia, la pesadez que la dormía se cortó como se corta la luz, la dejó a oscuras. Ángela creyó en el inicio de la profunda remoción que profetizaba el tarot. El bosque, bajo intensa capa de luz blanca había desaparecido y ella vibró leve cerró los párpados barrió la sangre apretó los puños y despertó en punto a las nueve y media de la mañana y la cruda angustiosa sensación de haber oído gemidos de muerte en el interior del laberinto y la polvareda aplacándose y la puerta de salida de par en par abierta.


En el suelo, al alcance, los zapatos rojos y el ensayo de la Milreyes con los dos párrafos tachados en verde y la copia para entregar, corregida y encarpetada; la mesa de luz atestada de papeles, libros, el esmalte clarito, la taza de té frío, sin tocar. La rutina en el desorden como hiedra invadiendo el dormitorio. Pensó: “vivir así es vivir a medias”.

 Fueron los crujidos de la madera bajo los pasos fatigados de Marcelina los que cortaron el sueño de Ángela. Un rastro de años sobre la pinotea del pasillo camino a la cocina. Milagro del azar. De lo contrario, la ponencia de la Milreyes no llegaba a tiempo antes de la apertura del Simposio de Cine Contemporáneo, ni ella se encontraba a mediodía con Alejandro en el Soliloquio. Y que si no lo encuentra ahí, que lo ubique en el Gardelito, lo pactado.

 Marcelina, vieja y sorda, mira como quien no ve, vuelve a hundirse en las ruinosas ruinas que la cobijan.


Marta Ortiz nació en Rosario, Santa Fe, Argentina, donde vive. Profesora y Licenciada en Letras por la U.N.R. Poeta y narradora. Publicó: El vuelo de la noche (primer premio de cuento Bienal Internacional Puerto Rico 2000 -La Editorial, Univ. de Puerto Rico, San Juan, P.R. 2006-); Diario de la plaza y otros desvíos (poesía, El Mono Armado, Bs. As. 2009); Colección de arena (cuentos, Edit. Fundación Ross, Rosario, 2013); Casa de viento (poesía, Alción Editora, Córdoba, 2015). Poemas y cuentos suyos integran antologías y otras publicaciones en soporte papel y digital. Co-dirigió la colección Narrativas Contemporáneas para Editorial Fundación Ross. (Rosario). Co-compiladora de las antologías El río en catorce cuentos y Mi madre sobre todo (Edit. F. Ross, Rosario, 2010 y 2011). Su cuento Sicómoro, traducido al alemán, integra la antología Narradoras argentinas del siglo XX (editorial Trafo, Berlín, 2014). Colabora con reseñas críticas y textos de creación en medios culturales de su país y del extranjero. Participó en ciclos de lectura y festivales de Poesía (VII Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro, Buenos Aires, 2015; VI, VII y VIII Semana de las Letras y la Lectura (El Círculo, Rosario, 2012, 2013 y 2014, 2015), Festival Internacional de Poesía de Rosario (2008), Movimiento de Escritoras Los Puños de la Paloma (Santa Fe, ediciones 2012, 2014 y 2015). Desde 2003, coordina los talleres de Lectura y Escritura Ópera Prima y un taller de Lectura Crítica. Edita el blog “Vuelo de noche”: http://www.marta-ortiz.blogspot.com/

domingo, 24 de mayo de 2026

MONSTRUO SOLITARIO

Csaba Béla Varga 

 

“Las civilizaciones aisladas, pero viables, tras superar el choque cultural, son perfectamente capaces de reintegrarse a la civilización galáctica sin mayores dificultades.”
Fragmento del Manual de Antropología Cósmica

 

 

Periferia Galáctica, en algún lugar del espacio profundo

El almirante supremo Dascoleo lanzó una mirada de disgusto al teniente que se agitaba nervioso frente a él.

—¿Por qué me viene con semejantes estupideces, hombre? ¡Muestre un poco de iniciativa y resuelva el asunto usted mismo!

—Pero, señor, yo solo pensaba que...

—Usted no piense, teniente, o terminará destinado a una base de observación solar. ¿No ve que quiero cenar antes del híper salto?

—Los radares de profundidad detectaron señales de civilización muy débiles en el borde de la zona pacificada. Tal vez sea una base de los rebeldes...

A través de las ventanas del puente de mando, el almirante contempló cómo los relucientes buques de guerra se acomodaban lentamente alrededor del crucero imperial en formación de salto. Aquella temible flota finalmente podría dejar atrás la Periferia y, en el futuro, imponer la voluntad de la corte imperial en los mundos más civilizados de los sistemas interiores. Escuadrones de cazas pasaban junto a la nave insignia.

—Idioteces. Debe de ser algún mundo bárbaro perdido en medio de la nada. Envíe un bombardero semi cíborg.

—Entendido, mi señor. Tras destruir los objetivos, el bombardero llegará a alguna guarnición del sector dentro de uno o dos años.

—Y nosotros dejaremos orden detrás de nosotros. Bien, me voy a comer. Los saltos siempre me revuelven el estómago.

Veinte minutos después, un CB Barracuda abandonó la compuerta de lanzamiento trasera de uno de los destructores. El responsable de suministros de la flota imperial, que acababa de aplastar en sangre la rebelión xeno, eliminó la nave de la lista de unidades en ruta hacia el sistema Shoga.

Tras completar la operación, apartó la vista de la pantalla con aburrimiento. No prestó atención al mensaje emergente que indicaba que el poder de las unidades imperiales había disminuido un 0,0000000000001 por ciento.

 

Periferia, planeta Nova Tierra, Palacio de Arkonium

Alguien sacudió el hombro del arkon de Rogros. El Padre del Pueblo gimió y miró alrededor de la sala con expresión desconcertada. En el húmedo gran salón de la antigua Asamblea Planetaria, oficiales borrachos yacían desparramados sobre el piso cubierto de vómito y charcos de alcohol, entre prostitutas medio desnudas que babeaban por efecto de las drogas.

—¿Qué demonios pasa? —le rugió Rogros al sirviente que había interrumpido la celebración.

Hacía tres meses que la Unión había eliminado los últimos focos de resistencia de la Confederación. Las columnas de tanques de Rogros habían entrado triunfalmente en la capital y desde entonces él era el amo del mundo entero. El primer hombre de todo el planeta. Había logrado lo que ningún caudillo había conseguido antes. Las purgas todavía continuaron durante un mes; las noches de Novapolis eran iluminadas por las agonías de los prisioneros arrojados a hogueras de queroseno, pero desde entonces el arkon estaba aburrido. Ya no quedaba nadie a quien derrotar.

—Es Dom Roshill, señor. Quiere hablar de inmediato con vuestra excelencia.

Al entrar en su despacho, Rogros activó con un chasquido la enorme pantalla que cubría la pared. En el monitor en blanco y negro apareció el profesor doctor doctor Roshill, principal ideólogo de la Unión. El Cerebro.

—¡Aquí está la prueba, Rogros, aquí, en mis manos! ¡Sí existe inteligencia entre las estrellas! ¡Sí somos descendientes de los dioses del espacio! —agitó triunfante la cinta perforada del telegrama.

—¿Qué demonios quieres? ¿Ocurrió algo?

—¡Una nave del espacio, Rogros! Apareció en el borde del sistema solar y se acerca cada vez más. ¡Lo que siempre dije! ¡Aquí está la prueba! ¡Los dioses han regresado!

Rogros se despejó en un instante. Aunque el tema favorito de Roshill le importaba muy poco, durante los largos años de lucha por el poder absoluto había oído miles de veces la teoría del científico: el pueblo gherri, la tribu que daba los dirigentes de la Unión, descendía de dioses astronautas. A diferencia de todos los demás pueblos inferiores y esclavos de Nova Tierra. Él mismo sabía que ningún hallazgo arqueológico tenía más de dos mil años de antigüedad, pero el pasado del único mundo habitado del sistema no le interesaba en lo más mínimo. Como señor de la guerra de la Unión, vivía para la lucha y para el presente.

Y ahora había aparecido un nuevo adversario.

Justo a tiempo.

 

Base espacial B 417, luna minera Helene

Con la bandeja en la mano, Jonniby se detuvo un instante, pero nadie quiso hacerle lugar en ninguna mesa. El hombre detrás de él recibió su ración, avanzó y lo empujó con el hombro. Jonniby se dio vuelta con expresión amarga y, como siempre, se acercó al estante fijado a la pared oscura del comedor para comer solo aquella soja aguada y maloliente. Una bonita muchacha de cocina de cabello corto recogía las bandejas. Pasó junto a Jonniby como si el muchacho no existiera.

En la sala reinaba un ambiente opresivo. B 411, B 412 y B 413 habían sido destruidas y, según decían, el monstruo ya había abandonado las lunas de Poseidón y se preparaba para aniquilar las pequeñas bases alrededor de Artemisa. Era imposible resistirlo. En un solo día recorría distancias para las que incluso los transbordadores más modernos heredados de la Confederación necesitaban meses. Utilizaba armas con las que los científicos de Nova Tierra ni siquiera se atrevían a soñar, aunque la guerra mundial de cuarenta años había impulsado enormemente el desarrollo de la tecnología militar. Tal vez tuvieran razón quienes afirmaban que el encuentro entre civilizaciones excluía toda cooperación. La más débil, la menos desarrollada, estaba condenada a perecer.

El comandante de la base, Dom Romer, permanecía de pie en el centro de la sala con los brazos cruzados. Nada escapaba a sus ojos penetrantes.

Jonniby había oído los rumores más absurdos, aunque, mientras preparaba sus exámenes, apenas abandonaba su camarote lleno de libros, del tamaño de un ataúd. No es que alguna vez saliera demasiado. El personal confederado que aún no había sido ejecutado gracias a sus conocimientos especializados susurraba acerca de la venganza de los dioses. Los mineros de gas de la Unión, en cambio, consideraban aquel horror surgido de improviso un arma secreta del enemigo derrotado. Nadie dudaba, sin embargo, de que tarde o temprano el arkon Rogros acabaría enfrentándolo.

 

El maltrecho CB Barracuda emergió de la boca de la caverna. Desplegó sus redes recolectoras para recargar las cámaras de plasma agotadas durante la destrucción del objetivo anterior. El bombardero tripulado por una dotación parcialmente ciborgizada no había sido diseñado para misiones como aquella, pero aun así se desempeñaba de maravilla. Los soldados de piel escamosa y ampollada que flotaban en el líquido incoloro hacía mucho que no se sentían tan bien. Después de tantas humillaciones y derrotas, por fin saboreaban la dulzura de la victoria. En regiones más civilizadas no habrían tenido demasiadas oportunidades contra los mezones o los zarg. En casa, tarde o temprano, los obsoletos Barracuda acabarían desmantelados y fundidos, mientras que a la tripulación le aguardaría el desempleo en la superficie. Allí, en cambio, podían sentirse dioses.

Dioses de la destrucción.

Y no era una sensación desagradable.

—¿Otra vez tuviste mala suerte? —preguntó Yom, el maestro armero.

—No, simplemente no tenía nada que hacer. Pensé en bajar para ayudar un poco —respondió Jonniby.

—¿Así que no te enviaron como castigo? ¡Eso sí que es nuevo! ¿Por qué no cortejas a las chicas o sales a divertirte con tus amigos?

—Estoy pensando en esa nave extraterrestre. Qué súper civilización debe ser si envían una sola nave para conquistar un sistema solar entero. Además, no tengo amigos. Y las chicas... bueno, no suelen hablarme.

—Estás loco, muchacho. Hay que vivir mientras uno es joven. —El hosco y solitario maestro armero siguió trabajando en uno de los lanzacohetes—. El monstruo llegará pronto. Quiero que esta pequeña belleza funcione para entonces. No es un arma milagrosa, pero es lo único que tenemos.

—¿Puedo ayudar en algo?

—Claro, si no te molesta ensuciarte.

 

—¿Señor? —El comandante Romer permanecía rígido frente a la diminuta pantalla en blanco y negro.

—Sé breve —Arkon Rogos observó a su subordinado con expresión sombría. Un ladrón, un malversador, o quizás alguien de origen dudoso. De lo contrario, no lo habrían escondido en ese agujero de piedra en medio de la nada, pensó el caudillo—. No podemos enviar ayuda —dijo—. Nuestros ocho transbordadores fueron destruidos. Todavía faltan meses para iniciar la producción de los cohetes portanaves Brutal de la Unión. Así que tendrás que resolver la situación con tus propios medios. Y rápido.

—¿Autoriza la ejecución de mi plan, mi señor?

—No tenemos alternativa. La nave llegada de las estrellas debe ser destruida.

—La destruiremos, señor.

—Solo una cosa, Romer. ¿A quién piensas enviar a la mina?

—El teniente Roskhal es mi mejor hombre. Un verdadero tipo duro. Sangre gherri cien por ciento pura.

—Entonces ¿por qué lo desterraron a ese agujero?

—Violó a unas monjas de una raza inferior.

—¿Y quién no lo hizo? ¿Solo por eso?

—Frente a las cámaras de la Televisión Mundial, señor. Dos días después del funeral del arzobispo.

—¡Debieron ejecutarlo!

—No fue posible, señor. El general Dom Robald es su padrino.

—Entiendo —el dictador de Nova Tierra tamborileó pensativo con los dedos—. No, Romer, tendrás que enviar a otro. Es una misión suicida y no quiero que alguna familia noble consiga un mártir. Busca a alguien por quien nadie derrame lágrimas. Una rata solitaria. Que no tenga amigos, amantes ni parientes influyentes. Envía a uno de esos contra el monstruo.

—Tengo justo a alguien así, señor. Un imbécil perdido. No bebe, no anda con mujeres. Un ratón de biblioteca. La muerte será una liberación para él.

 

—Después de la destrucción de B 415 —dijo Romer—, los exploradores encontraron el escondite del monstruo. Se refugia en esta mina. Aquí podremos atraparlo.

—Podemos introducir el explosivo por esta galería. Pero ¿cómo apuntaremos? El control remoto no funciona a través de media milla de roca —le preguntó Yom al comandante.

—No hará falta control remoto. Enviaremos una bomba viviente.

—¿Quién llevará la carga? ¿Algún soldado de asalto?

—Claro que no. Ese chico que a veces baja por aquí. Total, no tiene mucho que perder —Romer escupió con desprecio.

 

Jonniby permanecía agazapado en el suelo, abrazándose las rodillas y temblando. Como tantas otras veces, estaba aterrorizado. Romer lo había mandado llamar, le explicó lo que debía hacer y luego se marchó. Ni siquiera se interesó por saber qué opinaba del asunto. No es que Jonniby hubiera tenido el valor de negarse. Nunca había sabido decir que no. El capellán militar de la colonia minera lo bendijo apresuradamente y le aseguró que todos sabrían en qué clase de gran héroe se había convertido. Pasó toda la noche dando vueltas sin dormir, imaginando mil veces la forma espantosa en que moriría. Entre una oleada de terror y otra trató de pensar en algo más alegre, pero no se le ocurría nada. Como si su vida hubiera estado formada únicamente por habitaciones estrechas e idénticas. El orfanato, el internado, el cuartel, la biblioteca, las pequeñas celdas universitarias. Habitaciones estrechas, frías y vacías. Nunca había nadie. Siempre estuvo solo, como si fuera un leproso.

O un monstruo.

Golpearon la puerta. Se recompuso y salió. Para su sorpresa, no vino a buscarlo un soldado de asalto, sino Yom.

—Vamos —dijo el anciano con el rostro rígido.

—No puedo, me tiemblan las piernas —gimió.

—Bebe esto —el maestro armero le ofreció una cantimplora metálica—. Te ayudará.

La bebida casi le abrasó la garganta, pero una cálida oleada lo inundó y consiguió ponerse en marcha.

—¡Mantente erguido! —lo reprendió Yom—. Todos te estarán mirando. ¡Muéstrales a las chicas cómo es un héroe solitario!

De verdad todos conocían la misión. Todo el personal de la base se apiñaba en el abarrotado corredor. También las chicas. Jonniby descubrió con asombro que las mujeres claramente se habían dado cuenta de que existía. Eso nunca le había ocurrido antes. Se ruborizó, pero se enderezó y avanzó hacia la esclusa exterior con la espalda recta. La multitud murmuró. Jonniby habría jurado que nadie se burlaba de él.

Era una sensación extraña.

 

Llevaban seis horas avanzando en el vehículo oruga por la superficie rocosa y sin atmósfera de la luna. Sobre ellos brillaban miles de estrellas. La espiral ardiente de la galaxia se veía con absoluta claridad. Millones de estrellas, millones de planetas. Y a través del infinito espacio había llegado hasta ellos un monstruo asesino.

—¿Habías estado aquí afuera alguna vez? —preguntó Yom.

—¿En la superficie? Nunca.

—Vale la pena venir. Cuando miras el cielo, te ves obligado a enfrentarte contigo mismo. A pensar qué hiciste bien y qué hiciste mal. Las estrellas purifican el alma.

Jonniby miró al anciano sin comprender. Nunca antes lo había oído hablar tanto.

—Tengo miedo —dijo—. Queremos adherir una vieja mina magnética a la invencible máquina de guerra de una súper civilización. No tengo ninguna posibilidad. Debe ser una nave terriblemente avanzada, el arma más moderna de los extraterrestres, si enviaron una sola para conquistar un sistema entero y ocho mil millones de personas.

—No era eso lo que esperabas, ¿verdad? Tus libros hablaban de majestuosas flotas de naves espaciales de kilómetros de longitud. Discos de acero del tamaño de montañas sobre las grandes ciudades del mundo. Enormes armadas amenazantes. ¡Rayos mortales resplandecientes! ¡Terribles máquinas tentaculares!

—Sí. Un enemigo gigantesco. Una resistencia heroica. No una nave diminuta, más pequeña incluso que un transbordador.

—Llegó sola y aun así puede destruirnos. Un monstruo solitario. En las montañas, cuando yo era niño, cazaban osos grises con hachas. Eso sí era un verdadero horror. No estaba permitido tener armas de fuego. Los cazadores solo tenían posibilidades de sobrevivir si sorprendían al oso mientras dormía. Nosotros sabemos dónde duerme la bestia. Allí la atraparemos.

—Sabrá que me acerco. Debe tener sensores y radares superiores. Está muchísimo más avanzada que nosotros.

—Solo detecta tecnología. Radiación, máquinas en funcionamiento. Desde aquí arrastraremos el torpedo. Hay una vieja galería inclinada que conduce a la mina. Cuando te dé la señal, bajarás por ella. Irás deslizándote montado sobre el torpedo. El monstruo estará debajo de ti. Caerás sobre él, te adherirás y después... tres segundos y boom.

—Lo sé. Dom Romer también me lo explicó.

—¿Y no le preguntaste cómo ibas a salir antes de la explosión? —En el enorme traje protector solo se veían los ojos del anciano.

—Ni se me ocurrió.

Yom detuvo el vehículo, descendió y levantó junto al torpedo una caja metálica parecida a una mochila.

—Él es demasiado importante para ocuparse de detalles tan pequeños. Armé esto mientras tú limpiabas el torpedo.

—¿Qué es?

—Tu boleto hacia un mundo mejor.

 

El CB Barracuda apagó sus motores y avanzó únicamente impulsado por sus elevadores antiG hacia la entrada de la mina abandonada que utilizaban como escondite. Muy lejos detrás de él, al otro lado del mar de polvo, seguía brillando el cráter donde hacía poco vivían cinco mil personas en la base B 417. Los soldados semi cíborg todavía conocían otros dos objetivos en la luna. Cuando terminaran con ellos, partirían hacia el único planeta habitado del sistema.

De pronto, el instrumento del navegante detectó una emisión radial junto a la entrada de la caverna. El mensaje era breve, tal vez una sola palabra, pero los aparatos igualmente reaccionaron. El artillero activó el turboláser de a bordo y en la pantalla apareció enseguida una diminuta figura adherida a la roca.

—¿Un explorador bárbaro?

—Destrúyanlo.

Jonniby oyó la orden y, justo después, vio el destello en el borde de la pared rocosa.

—¡Yom! —gritó al micrófono, olvidando todas las normas de seguridad—. ¡¿Qué ocurre contigo?!

No obtuvo respuesta.

Agarró el cable de liberación y tiró de él. El torpedo montado sobre los patines comenzó a deslizarse cuesta abajo. El muchacho aferró con fuerza el timón y contempló el frente con los dientes apretados. Avanzaba a toda velocidad por la oscuridad con media tonelada de explosivos bajo el cuerpo.

El torpedo aceleraba. Unos segundos más y alcanzaría la boca del túnel, el lugar por donde el monstruo debía pasar camino a su escondite. De pronto, de la oscuridad emergió el fragmento de una antiquísima viga de hormigón. Jonniby apartó la cabeza, pero aun así la viga le rozó el casco. Luego el deslizamiento terminó y el torpedo quedó suspendido en el vacío.

Como si el tiempo se hubiera detenido.

Jonniby observó inmóvil cómo debajo de él aparecía lenta, muy lentamente, el monstruo. No parecía aterrador ni la máquina de guerra más avanzada de una civilización lejana. Más bien daba la impresión de estar gastado, deteriorado y castigado por las tormentas.

El torpedo alcanzó el blanco. Se estremeció violentamente al chocar contra el lomo de la nave y, desde sus costados, saltaron los ganchos dentados de cabeza diamantina desmontados de antiguas máquinas mineras. El impacto arrojó al muchacho fuera del asiento. Tras girar varias veces en el aire, fue a estrellarse contra algo que sobresalía de la parte trasera de la nave. No perdió el conocimiento, pero el golpe lo dejó incapaz de moverse.

A través de una estrecha y gruesa ventana creyó ver el interior de la nave: había personas que flotaban en cilindros de vidrio y lo miraban estupefactas. Aunque parte de sus rostros estaba cubierta de metal y de sus narices salían tubos pulsantes, era imposible no advertir su sorpresa.

Jonniby apartó la mirada de aquellos seres mitad humanos mitad máquina y logró ponerse de pie. Detrás de él, el mecanismo explosivo del torpedo adherido a la nave indicaba que faltaban apenas unos segundos para la detonación.

La nave continuó flotando lentamente a través del gigantesco recinto. Jonniby levantó la vista. Bajo la luz del casco distinguió el estrecho pozo vertical del que Yom le había hablado. Apretó los dientes, se enderezó y golpeó el botón de la infernal mochila que llevaba en la espalda.

Los cohetes se activaron al instante y lo lanzaron hacia arriba como un petardo de fuegos artificiales. Solo que, esta vez, el resplandor del estallido no brilló sobre él, sino muy por debajo.

 

—¡Felicitaciones, joven héroe! —Dom Rogos, Padre del Pueblo, sonreía jovialmente bajo el fuego cruzado de las cámaras—. Llegarás lejos. Sigue así, muchacho.

Jonniby observó confundido al amo del mundo. O mejor dicho, al amo del planeta. Al dictador de un único planeta habitado. Porque en aquella nave había seres humanos. Más o menos iguales que ellos. Y tarde o temprano llegarían más naves. Entonces descubrirían que Nova Tierra no era el mundo entero, sino solo una isla.

Y el jefe de los nativos de aquella isla apenas era una figura más o menos importante entre muchas otras. No el amo todopoderoso del universo. No aquella especie de dios que él había imaginado hasta entonces. Ese pensamiento hizo vibrar algo en su interior. Como si una enorme piedra hubiera caído de sus hombros. Se enderezó, hizo una reverencia y se mezcló entre los festejantes que se agitaban en el salón iluminado.

Claro que cambiar el mundo todavía podía esperar un poco.

Cuando una muchacha hermosa, realmente hermosa, se acercó al joven héroe y, con un gesto completamente natural, lo tomó del brazo para invitarlo a bailar, Jonniby sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Pero entonces recordó las palabras de Yom. Se irguió y posó la mano sobre la de la muchacha.

Durante el baile solo le pisó el pie una vez.

La nueva vida realmente había comenzado.


Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

A LAS TRES EN PUNTO DE LA MADRUGADA