sábado, 13 de junio de 2026

EL POZO

Ivana Gavrić

 

Después de varias noches sin dormir, empecé a preguntarme: ¿por qué?, ¿para qué? Estoy en una trinchera. Mi compañero Blaža está a mi lado, pero es como si estuviera solo. Es una sensación extraña. No le temo a la muerte. Solo al dolor y a la impotencia.

Es de noche. Invierno. Estamos equipados con ropa más o menos abrigada y botas que no dejan pasar el agua. Apestan como el mismo demonio, eso sí, pero al menos tengo los pies secos. Me pregunto si quien las usó antes que yo seguirá con vida.

Divago, no logro concentrarme, y debería hacerlo: mi vida depende de ello. Los observamos desde la trinchera. Se mueven. Está oscuro, pero vemos el movimiento.

Nos enviaron en misión de reconocimiento. Estamos en tierra de nadie. Lo bastante cerca como para oír toser a uno de sus centinelas. Su posición está frente a nosotros, en una aldea de unas veinte casitas. Allí hubo una masacre unas noches atrás.

—No, no vayas por ese camino ahora, Boro —me reprendo—. ¡Déjalo!

Desde aquella noche infernal duermo poco. Temo que las imágenes en mi cabeza vuelvan a cobrar vida.

Y el único lugar donde consigo dormir es la trinchera, cuando estoy de guardia.

Veo al enemigo moverse. Están recogiendo leña. Ellos también están metidos en la misma mierda: se están congelando. Sufrimos las mismas penurias, solo que en bandos distintos.

Nosotros también atravesamos aquel pueblo de esa manera. El comandante obligó a la gente a salir de sus casas. No sé qué demonios hacíamos allí, pero me tocó marchar al final de la columna.

El comandante Joksimović. Todos estábamos hartos de él. Los más viejos ya lo conocían antes de la guerra. Lo llamaban Calígula.

Avanzábamos despacio. La anciana del pañuelo negro que iba delante de mí apenas podía caminar. Se detenía cada pocos pasos. Le dolían sus piernas deformadas. El tiempo pasaba y nosotros avanzábamos cada vez más despacio por su culpa. Cuanto más evidente le resultaba al comandante que la anciana se estaba quedando atrás, más nos apuraba. Yo también me rezagaba; caminaba despacio detrás de ella. En silencio. No sabía adónde íbamos ni por qué llevábamos civiles con nosotros. Pero lo sospechaba.

Joksimović podía ver perfectamente que la mujer desfallecía. Se detuvo inmóvil. De pronto sus ojos brillaron cuando miró hacia nosotros. Primero la observó a ella y luego a mí. Se acercó lentamente y le habló casi pegado al rostro:

—Vamos, vieja, más rápido.

La anciana se esforzaba, hacía todo lo posible por seguir adelante, pero su cuerpo envejecido ya no respondía. Entonces cayó sobre la tierra congelada y comenzó a sollozar suavemente.

Me miró. Buscaba protección en mí. Salvación. Le dolía. La palabra NO me desgarraba la garganta, un acto de rebeldía jamás pronunciado.

Sin el menor rastro de compasión, Joksimović le ordenó con voz tranquila que se levantara.

—No puedo, hijo. Quisiera, pero no tengo fuerzas —suplicó la anciana entre jadeos. Entonces Joksimović me miró a mí. Juro que había algo en aquella mirada. Algo que solo había visto allí, en el frente, en ciertas personas y en algunos miembros de los paramilitares que habían estado allí la otra noche.

Se acercó con paso seguro. Lo suficiente para que pudiera oler el perfume barato que usaba.

—¿Y tú, Đurić? ¿Qué estás haciendo? —Disfrutaba viendo cómo los demás le tenían miedo—. ¡Muévela! Esa vieja es ahora tu responsabilidad, muchacho. ¡Muévela! ¡Pégale!

No podía creer lo que me estaba pidiendo. Intenté ayudarla a levantarse.

—No puedo, hijo, no puedo. —La anciana lloraba desconsoladamente.

Joksimović me vio intentando ayudarla.

—¡Alto! —gritó de pronto. Volvió a acercarse. Con la bota sacudió a la mujer—. ¡Vieja, levántate! ¡Por tu culpa vamos retrasados!

—¡No puedo, hijo! No puedo del dolor. Sin mi bastón no puedo caminar, ¡y no me dejaste traerlo!

Joksimović la observó a ella y luego a mí con absoluta calma.

—Đurić, ¿qué estás esperando? ¡Dispara!

Lo miré paralizado.

—No... ella es... de alguien...

—No, hijo. Ya no lo es.

La comisura de sus labios se curvó apenas al mencionar a la familia de la anciana.

—¡Dispara!

Su expresión volvió a endurecerse de golpe. Era una mirada vacía. No podía moverme. Apreté los puños hasta clavarme las uñas en la carne, pero seguí inmóvil. Entonces la tomó del cabello y la arrastró hasta un pozo cercano. Yo observaba petrificado. La anciana gemía de dolor.

—No, hijo, te lo ruego por Dios. No. Por el alma de tu madre. Déjame aquí. Soy demasiado lenta para seguirlos.

—Vamos, vieja. El diablo ha venido a reclamar lo suyo. ¿Ves que no quiere aliviarte? —Me señaló sin apartar los ojos de los míos—. Esta es tu última oportunidad, Đurić. Acaba con su sufrimiento. Aquí no hay mucho que pensar, hijo.

Empecé a respirar agitadamente. Apreté el fusil. Al verlo, él se apartó un poco, esperando con avidez mi siguiente movimiento. Levanté el arma. Vi a la anciana a través de la mira mientras sollozaba en silencio. No me miraba. Ya había aceptado su destino. Permanecí así unos instantes. Y entonces arrojé el fusil al suelo.

—¡No puedo hacerlo!

No me atreví a mirarlo.

—Đurić, ven aquí, hijo.

Estaba perfectamente tranquilo. Aquello me revolvió el estómago. Me acerqué. Él levantó despacio a la anciana y la arrojó dentro del pozo.

—La has condenado, Đurić. Esto es obra tuya.

Mientras hablaba, desde las profundidades se oyó un golpe sordo contra el agua, seguido de chapoteos y gritos de auxilio.

 

Ahora cabeceo en la trinchera y aquello me sobresalta.

—¡Maldita sea!

Blaža me sacude.

—Vamos, despierta. Estás delirando.

Tomo el visor nocturno.

Veo que varios de ellos se dirigen al otro extremo de la aldea.

Pero algo me impulsa a mirar detrás.

Distingo claramente algo moviéndose, algo con forma humana, pero no logro comprender qué es.

Avanza lentamente sobre unas piernas que se doblan en ángulos imposibles.

—¡Blaža, mira eso, demonios!

Blaža observa. No dice una sola palabra.

—¿Qué demonios es eso?

Pregunto antes de atreverme a mirar otra vez. Entonces reconozco el pañuelo negro. Empapado por un agua oscura. Una figura encorvada, cubierta de harapos. La cabeza torcida en un ángulo antinatural, rota. Me mira directamente. Y empieza a acercarse.

La trinchera se vuelve demasiado estrecha y profunda, como un pozo. Me falta el aire. El barro bajo mis pies me impide moverme. No sé cómo, pero consigo salir. Huyo presa del pánico. Disparo a todo lo que me rodea. Tengo que escapar de aquí, aunque me acribillen en el intento. Blaža me llama en voz baja. Pero yo sigo corriendo.

 

Despierto en el puesto médico. Estoy atado a la cama. Todo parece ir más despacio. No sé cuándo ni cómo llegué allí. Miro mis piernas. Estoy entero. Qué alivio. Pero... ¿Qué demonios hago aquí? Me quedo mirando el techo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Al cabo de un rato entra un médico.

—¿Estás despierto, Đurić?

Me examina, me apunta con una linterna a los ojos, comprueba mis reflejos. Me hacen muchas preguntas. Entre otras cosas, quieren saber si recuerdo lo que vi en la trinchera. Claro que lo recuerdo. La anciana que Joksimović me obligó a matar había vuelto de entre los muertos.

—¿Blaža logró escapar de ella? —pregunto preocupado.

El médico me mira fijamente.

—¿No lo recuerdas? Blaža está muerto. No mirabas adónde disparabas. Te enviaremos a casa. Tendrás que continuar tratamiento psiquiátrico. Tú no sirves para el frente.

Al oír aquellas palabras, fragmentos de recuerdos comenzaron a surgir ante mis ojos. Entonces lo recordé. Yo había disparado en todas direcciones. Yo... Blaža. ¿Qué he hecho?

 

Han pasado meses desde entonces y todavía no soy una persona completamente funcional. Tomo mi medicación con regularidad. Me dejan volver a casa, pero bajo vigilancia constante. Mi madre enfermó de preocupación. También mi Sara. Tuvo que irse. Alejarse de mí. Y llevarse a la pequeña. Dicen que soy inestable. Dicen que una noche las ataqué. Dicen que les gritaba que me dejaran en paz, que yo no había querido arrojarlas allí, que no debían haber salido del pozo. Deliraba. Terminé otra vez en el hospital psiquiátrico. La doctora dice que tendré que tomar medicación toda la vida. Que las psicosis son demasiado fuertes. Que las alucinaciones regresan constantemente a pesar de los potentes antipsicóticos. Cada noche mi madre vela por mí. Es lo único que me queda. Mis tormentos la están matando lentamente. La observo consumirse. Todo lo que ocurrió allí me persigue. A la anciana solo la veo en sueños. Me llama desde el pozo. Me reprocha no haberla protegido. Y luego aparece Blaža, tendido a mi lado en la trinchera, cubierto de sangre. Aquella noche, en la aldea... No me permite olvidarla. No me permite borrarla. Los paramilitares dejaron tras de sí una devastación indescriptible. Yo no estaba allí cuando ocurrió.  Por suerte. Pasamos por allí a la mañana siguiente. Las brasas seguían ardiendo entre los escombros. La blancura de la nieve estaba profanada por la sangre y las cenizas. Los cuerpos de los civiles yacían en los patios y junto a las paredes de las casas, en posiciones que me revolvían el estómago. Entre todas las imágenes que vi, hubo una que se grabó más profundamente que las demás: el cuerpo de una mujer, profanado hasta quedar irreconocible, y el silencio que lo rodeaba. Al ver la escena, un sargento veterano se detuvo para vomitar. Otro suboficial tomó el primer trozo de tela que encontró y me lo puso en las manos.

—Ve a cubrir a la pobre mujer.

Esas imágenes me persiguen en los sueños. Y a veces también a plena luz del día. La guerra terminó hace años. Pero dentro de mí continúa. Ahora me destruye sin ametralladoras ni granadas.

Mi madre ya no está. Mi Sara no quiere verme. Me teme. Y teme también por la pequeña, porque cree que podría hacerle daño durante uno de mis ataques. Pero yo estoy tranquilo. Durante el día. Por la noche me alcanza. La anciana me llama. Todavía escucho sus gritos desde el pozo.

Joksimović se inclina sobre mí.

—Dispara, Đurić —me dice con frialdad—. Sálvala.

Entonces veo unas manos que levantan a la anciana del suelo y la arrojan al pozo. Y son mis manos. Yo lo hice. No lo recuerdo con claridad. ¿De verdad fui yo? ¿Son realmente mis manos.

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube "Gavranica". Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

LA MOTOSIERRA COCODRILO

Tom Paulsen

 

Benjamin se negaba a dormir. No esta vez. Con cuidado deslizó la almohada bajo la nuca. No había razón para acostarse demasiado cómodo.

Ella estaba sentada en el borde de la cama y le acomodó la manta hasta justo debajo de la barbilla. El voluminoso libro rojo descansaba profundamente hundido en su regazo cubierto de flores blancas.

—¿Qué cuento quieres escuchar hoy? —preguntó.

La joven mente infantil reflexionó o, al menos, fingió hacerlo. Benjamin ya había tomado una decisión desde hacía mucho tiempo. Aun así, con la esperanza de no parecer demasiado repetitivo, deseaba que ella lo propusiera primero.

—Jovencito, creo que sé exactamente lo que estás pensando —dijo ella, acompañando las palabras con un guiño alegre—. ¿Qué te parece el cuento popular del granjero y el cocodrilo?

El niño tuvo ganas de gritar de alegría. ¡Sí, sí, sí! Pero ya estaba demasiado somnoliento. Necesitaría sus fuerzas. Tenía que mantenerse despierto. Aunque fuera solo esta vez, por fin escucharía el final.

Benjamin asintió con suavidad. Debía ahorrar energía.

—Gracias, mamá.

La mujer del vestido blanco enderezó la espalda y se aclaró la garganta. Su capacidad para contar historias dejaba bastante que desear. No era precisamente una buena narradora, pero era mamá. El comienzo le resultaba más familiar que el resto. Era la clase de inicio con que comenzaban todos los cuentos. Incluso los de esta clase, horribles y macabros.

 

Había una vez un granjero que vivía solo en condiciones miserables. Hambriento de vida y de campos verdes, vagaba inquieto por lo más profundo del bosque más oscuro. Su estómago rugía cuando de pronto tropezó con una sierra tirada en el suelo. Los dientes de la hoja metálica brillaban pulidos, y la sierra era del tipo motorizado.

—¡Mira por dónde caminas! —gritó la motosierra.

Sobresaltado, el granjero levantó la monstruosa herramienta. No vio señales de boca ni de ojos, pero aun así decidió preguntar:

—¿Puedes hablar?

—Claro que puedo hablar. Y si me utilizas correctamente, también puedo alimentarte para el resto de tu vida.

El hombre jadeó de asombro. Llevó la sierra consigo hasta la granja. Con una enorme sonrisa, colocó la herramienta mágica sobre una mesa manchada de la sala y se sentó frente a ella.

—Acércate más —susurró la motosierra.

Los dientes de la hoja comenzaron a girar lentamente.

«Es una fuerza mágica», pensó el granjero mientras acercaba el oído. Por el rabillo del ojo distinguió el débil reflejo de un enorme ojo rojo.

—Obtendrás doce años adicionales de vida sin hambre por cada extremidad cercenada que coloques ante mí —dijo la herramienta mágica.

El granjero sonrió ampliamente, aunque tuvo que explicarle a la criatura que no había vecinos en kilómetros a la redonda y que su familia, bueno, ya no estaba allí. Hacía muchísimo tiempo que su esposa y su hijo habían sido colocados sobre aquella misma mesa. Había utilizado su hacha. Había cortado sus cuerpos famélicos en pequeños trozos, suficientes para llenar una enorme olla de estofado, y luego había masticado aquella carne correosa, parecida a la del cerdo. Comida tibia para un solo hombre durante semanas.

—Entonces te sugiero que empieces cortándote una de tus propias extremidades —dijo la sierra.

De pronto emitió un estruendo ensordecedor y el hombre dio un salto hacia atrás. Los dientes de la motosierra giraban más rápido de lo que podía contarlos, mientras una humareda negra llenaba la sala con olor a diésel.

—Pero... pero... —balbuceó el granjero—. Voy a desangrarme.

—No te preocupes. Un hierro al rojo vivo detendrá la hemorragia. Al fin y al cabo, ¿de qué sirven los brazos y las piernas si te mueres de hambre?

El hombre asintió. En el granero había un viejo hierro oxidado que llevaba generaciones allí. Corrió a buscarlo. Lo calentó sobre el fogón mientras la herramienta mágica, apoyada sobre la mesa, ronroneaba mecánicamente como una gata en celo.

Una vez más, el granjero se sentó frente a la mesa. Extendió la mano izquierda; al menos conservaría la mano con la que se masturbaba. Las gruesas venas azules palpitaban a lo largo de la muñeca y el brazo.

El granjero apretó los dientes mientras las afiladas púas rozaban la suave costra de la piel, alcanzando el frágil esqueleto. El dolor se transformó en vibraciones heladas, un dolor incontrolable, antes de cesar repentinamente.

Sobre la mesa, frente a la motosierra, yacía la mitad de un brazo humano. Empapado y envuelto en un charco de sangre.

El sufrimiento regresó de golpe al muñón que le quedaba, más intenso que durante el propio corte.

Sudoroso y chorreando sangre, el hombre sacudió el hierro y presionó el resplandor anaranjado contra la masa roja del muñón hasta que el vapor de aquella atrocidad le invadió las fosas nasales. Se negó a desmayarse. No se atrevía.

El granjero observó el brazo amputado sobre la mesa. Lo atrajo hacia sí, como si fuera una enorme pierna de cordero, y clavó los dientes en la carne húmeda y velluda.

Comenzó a masticar.

—¡Idiota! ¿Qué demonios estás haciendo? —gritó la criatura mágica, cuya voz resonó como un eco agresivo dentro de su cerebro.

—Tal vez debería haberlo cocinado primero —se disculpó el granjero.

—¡No debes comértelo! Acerca el brazo hacia mí.

El hombre hizo lo que la criatura le ordenó. Entonces vio el limo pegajoso que rezumaba desde la carcasa de la motosierra. Aquella sustancia, parecida a una vaselina aguada, se adhirió a la parte superior del brazo y soldó la extremidad a la herramienta.

La motosierra, convertida ahora en un monstruo de un solo brazo, se aferró al borde de la mesa y descendió al suelo. Comenzó a arrastrarse lentamente hacia la puerta cuando el granjero se puso de pie indignado.

—¡Me prometiste doce años sin hambre, pero no veo ni una migaja de comida sobre la mesa!

—Créeme —respondió la criatura con aquel desagradable eco mental—. Mañana, cuando despiertes, tu huerto florecerá. No necesitarás alimento, ya que durante un tiempo serás inmortal. Vende lo que puedas. Conserva el resto para los tiempos difíciles que vendrán. Dentro de doce años, cuando el hambre vuelva a llamarte, regresaré.

El granjero se despidió de la motosierra de un solo brazo.

Al día siguiente ocurrió exactamente lo que la sierra había predicho y, poco después, el hombre vivía como un rico terrateniente. Cada mañana arrancaba enormes zanahorias, recogía repollos frescos y patatas saludables. Las tardes las dedicaba a cosechar cebollas antes de llenarse el estómago con la sopa de verduras más deliciosa que recordara hombre alguno. No porque tuviera hambre, sino porque podía hacerlo.

Al menos una vez al mes visitaba el mercado para vender sus verduras. Con los bolsillos repletos de monedas regresaba a la granja.

Y así, el granjero vivió feliz durante todos sus días.

Pero incluso esos días, como todos los demás, terminaron por acabarse.

Poco a poco la hierba se volvió gris. Las verduras dejaron de crecer. El estómago volvió a dolerle y, por primera vez en muchos años, comenzó otra vez a rugir.

Demacrado y frágil, el granjero fue atacado por una enfermedad inexplicable. Durante ciertos períodos, una sustancia viscosa brotaba de todas las aberturas imaginables de su cuerpo: mucosidad, lágrimas, vómito y excrementos.

A menudo, todo al mismo tiempo.

Cansado, hambriento y postrado en cama, oyó de pronto unos golpes en la puerta.

—¡Adelante! ¡Está abierta! —gritó con voz ronca.

Tosió, carraspeó y escupió un moco blanquecino que cayó al suelo.

La manija descendió lentamente.

Una criatura de un solo brazo se arrastró por el piso, se encaramó a la mesita de noche y exhibió los dientes de su hoja metálica. Ya no estaban tan relucientes como antes. Ahora eran más bien marrones.

—¿Qué dice este buen hombre a otros doce años sin hambre? —preguntó la sierra.

—¿Y también curarás esta enfermedad? —preguntó el granjero.

La criatura soltó una carcajada histérica.

—Ni hablar. Las enfermedades siempre vienen y van, pero tu vida continuará. ¿No era eso lo que deseabas?

El hombre enfermo asintió. Se incorporó lentamente en la cama hasta quedar sentado.

—Si voy a pasar todo el día aquí acostado, probablemente no necesite dos pies.

La motosierra ronroneó mecánicamente desde la mesita de noche. Luego ayudó con su único brazo: calentó el hierro y arrastró un taburete junto a la cama para que el pie del granjero quedara lo más recto posible.

—Debo disculparme, amigo —dijo la sierra con un tono engañosamente cordial—, si mis dientes se han oxidado un poco desde la última vez.

Desde la mesita, la motosierra se alzó apoyándose en su brazo y luego se precipitó sobre la pierna del granjero como el ataque final de dos luchadores cubiertos de barro.

También esta vez el hombre tuvo que apretar los dientes mientras las púas abrían camino a través de la gruesa piel. Los dientes voraces de la hoja mordieron el hueso.

Un corte helado, vibrante y prolongado.

Un par de días después, cuando la criatura se marchó llevándose un pie como trofeo, la salud del granjero mejoró.

«Las enfermedades vienen y van», tal como había dicho la herramienta mágica.

Y, en efecto, casi siempre era así.

Una vez más llegaron los días felices.

A diferencia de la ocasión anterior, resultaba difícil llegar al mercado con un solo pie, pero eso tampoco importaba demasiado. El granjero pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la ventana. Arrancaba cebollas mientras observaba el césped verde brillar bajo los rayos del sol y contemplaba las hileras saludables de verduras.

De vez en cuando, cuando se sentía con ánimo, salía dando saltos fuera de la casa y arrancaba una zanahoria.

No porque tuviera hambre.

Solo por el placer de su sabor refrescante.

Pero aquellos días también llegaron a su fin.

Una vez más la enfermedad regresó.

Por fortuna era mucho menos repugnante que la anterior, aunque parecía más permanente. A pesar de la inextinguible sensación de saciedad, el cabello del granjero comenzó a volverse gris a medida que se acercaba el final de aquel nuevo período de doce años.

Eso era normal con la edad y no le preocupaba demasiado.

Lo que sí le preocupaba era su estado mental.

Algunas veces creía ver a su hijo caminando por el huerto. Sin embargo, todavía conservaba suficiente lucidez para comprender que aquello era imposible. Su querido muchacho había muerto de hambre poco después de su madre. Y si el granjero no se hubiera comido a ambos, él mismo habría corrido la misma suerte.

Los episodios más terribles eran aquellos en los que, de repente, se sentía otra vez un niño de corta edad.

Momentos en los que ya no podía distinguir los recuerdos de la realidad.

Aunque solo fuera por breves períodos, comenzaba a sentir la sombra de su propio padre en la habitación. Como hijo único, temía el regreso de la vara. Los golpes brutales que salpicaban las paredes con manchas de sangre. Quería correr a esconderse. Refugiarse bajo las mantas. Esperar a que su madre se sentara en el borde de la cama para contarle una historia antes de dormir. Porque entonces sabía que el día había terminado y estaría a salvo hasta la mañana siguiente.

Cuando la motosierra volvió a irrumpir por la puerta, el granjero levantó la palma de la mano.

—Detente ahí, criatura. Regresa al bosque. No puedo soportarlo más.

Además de su brazo y su pierna, la sierra mágica había adquirido ahora otro brazo, más delgado y casi femenino, que sobresalía de uno de sus costados.

«Es difícil describirla como otra cosa que no sea un cocodrilo motosierra mutilado», pensó el granjero mientras la observaba con mirada cansada.

—¿No querías vivir una vida sin hambre? —preguntó la criatura.

—Sí, antes sí. Pero incluso sin hambre, el cuerpo y la mente se desgastan. Creo que ya es hora de que mi vida también termine algún día.

La motosierra rugió con violencia.

—¡No! —bramó—. Me tambaleo demasiado con estas tres extremidades. Realmente esperaba conseguir una cuarta. ¡Ya no tienes derecho a elegir!

Sobresaltado, el granjero se lanzó hacia atrás, tropezó con el taburete y cayó de espaldas con estrépito. El dolor estalló en cada una de sus articulaciones mientras la criatura se abalanzaba sobre él.

La herrumbrosa y descascarada hilera de dientes siseó con furia cuando el horrible roedor de la Codicia duplicó el precio de su oferta para que el hombre pudiera vivir saciado durante todos los días de su existencia.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

El cuento popular terminó con el ruido del exterior. Llamaron a la puerta. Benjamín quiso esconderse bajo las sábanas, pero descubrió con horror que no tenía brazos. Tampoco tenía pies. Brazos y pies, solo muñones.

—¡Mamá, mamá! —gritó el niño.

—Cállate, campesino senil —respondió la mujer vestida de blanco—. No soy tu madre. —Cuando se levantó del borde de la cama, Benjamín notó que a ella también le faltaba un brazo—. Viene el amo —agregó; ahora sí la recordaba. No era su madre. Nunca lo había sido.

La seguridad de la cama desapareció.

La motosierra destrozó la puerta de madera.

—Es hora de cortarte la última extremidad, idiota. Porque ¿qué vas a hacer con eso cuando tu mano de mierda me pertenezca?

Tom Paulsen nació el 4 de julio de 1990 en la ciudad costera noruega de Haugesund. Desde que tiene memoria, siempre le ha interesado contar historias: ver películas, jugar videojuegos, leer libros. De los 13 a los 18 años formó parte de un grupo local de teatro infantil. De 2009 a 2012 vivió en la pequeña ciudad de Rena, donde estudió cine. Tras finalizar sus estudios, se mudó, junto con un compañero de estudios, más al norte. El plan era dirigir una compañía cinematográfica comercial desde Vardø, una ciudad en la zona ártica. Este proyecto duró unos cuatro años. A finales de 2016, Tom Paulsen regresó a su ciudad natal, Haugesund. Desde 2017 trabaja en el servicio postal. Debutó como autor en 2022 con la novela de fantasía y humor Kaffeverden. Desde entonces, ha publicado varios relatos cortos, que se encuentran en antologías y en internet.

Ilustración de Kenneth Gismarvik

VISITA

Nélida Cañas

 


                                                                        Al maestro Raúl Soldi y su obra Sarita (1947)

 Algo le revelaron los ojos de su perro aquel amanecer de grises nervaduras.  Pero no quiso pensar en eso. Se preparó un café bien cargado y dos tostadas. Estaba en eso cuando sintió el campanilleo del portón. Atravesó el parque y vio a una niña de unos seis años con el cabello castaño, casi rojizo. Llevaba un vestido liviano con detalles bordados en el cuello y al borde del ruedo, una camperita verde y zapatos blancos con soquetes del mismo color. Pensó que la niña vendería alguna rifa para el colegio y salió para abrir la reja del portón. La niña estaba sola y se la veía tranquila. Pasó y le entregó un papelito doblado en cuatro. Carlos desdobló el papel y leyó: “Te dejo a Sarita por un tiempo. Sé que contigo se encontrará a gusto.” Y firmaba R.S. ¡Pero qué locura es está! Casi gritó Carlos. ¿Quién era R.S.? ¿Y Sarita? ¿Qué Sarita? No conocía nadie con ese nombre. La niña lo miraba con sus enormes ojos negros y le tendió la mano hasta tomarse de la suya. ¿Quién te trajo hasta acá? le preguntó Carlos. Nadie, vine sola, dijo la niña. No puede ser, los niños no andan solos por ahí. ¿Dónde está tu madre? No lo sé, respondió Sarita, que no lo soltaba de la mano. Entraron a la casa y la niña se acomodó en el sillón azul.  Tengo hambre, le dijo mirándolo a los ojos. Por acá tango unas frutas, querés, le dijo Carlos. Sí, dijo la niña, y tomo una mandarina. ¿Le sacás la cáscara? Claro, dijo Carlos, mientras pensaba en qué hacer con la niña. Enseguida pensó en los ojos de su perro, que a estas alturas apoyaba la cabeza en la falda de la niña. Mientras trataba de calmarse creyó haber visto en algún lado el rostro delicado y la mirada melancólica de la niña. Pero por más que pensó no pudo recordar. La niña se paseaba por la amplia sala de la casona y se detenía a mirarlo todo. Luego se dejó estar en el sillón azul y se quedó dormida. Carlos volvió a los bocetos en los que estaba trabajando para ver si se le ocurría algo mientras la miraba con disimulo. Es una niña tímida. Una aparición dulce y etérea como salida de un cuadro, pensó. Y se distrajo con sus bocetos. No supo cuánto tiempo pasó, pero había comenzado a oscurecer. Su perro dormía a sus pies, como siempre. Carlos encendió las luces y buscó a Sarita. Pero la niña, quien quiera que fuera, ya no estaba. Abrió la puerta de calle y salió al parque. Nada. La puerta de la verja estaba abierta y apoyado en el roble había un aro de mimbre, de esos que usan los niños para jugar. Su perro le movía la cola. Estaba contento. Carlos le acarició la cabeza, como siempre, mientras entraban a la casona. Algo leve se movía en el aire y las hojas del parque.

Nélida Cañas nació en la plenitud de la llanura, en el pueblo rural de Arroyo Cabral, al sur de la provincia de Córdoba y vivió por 25 años en el valle de San Salvador de Jujuy. Actualmente reside en Córdoba. Ha publicado en narrativa, además de varios libros de poesía: De este lado del mundo, (1996), Breve cielo, (2010), En la Fragilidad de los días (2013), Intersticios, (2014), Chiquilladas (2016) Como si nada, (2018) De nunca acabar (2019), Cartografías mínimas (2021), Letras entretejidas, Correspondencia con Ana Martinengo (2021), Collares de acacia (2023), De Zerzura a Ada Kaleh –microtextualidades (2026). Ha recibido Premios Nacionales e Internaciones. Recientemente el 2do Premio de la Fundación Argentina para la poesía /2024, con el poemario Caligrafía del silencio.

 

 

viernes, 12 de junio de 2026

EL BESO DE LA DRÍADA

Cat Rambo

 

Había una vez un mago llamado Hoja, que estudió en el Colegio de Magos del puerto marítimo de Tabat. Había sido un sencillo muchacho de aldea con talento para la jardinería, descubierto por un Explorador del Colegio. Entre aquellos muros cubiertos de hiedra aprendió y destacó, y cuando llegó el momento de elegir entre aquel mundo y el más amplio que existía fuera de él, decidió quedarse, satisfecho, y convertirse en uno de sus instructores.

Amaba el conocimiento y lo perseguía con el mismo fervor con que un borracho persigue una jarra de cerveza. Los estantes de su cámara rebosaban de libros y notas, y siempre que algún nuevo saber llegaba al Colegio, ya fuera en forma de un viejo mapa o de la historia contada por un bardo, él estaba allí.

En toda su excelencia tenía un único defecto. Le encantaba dar consejos sobre cualquier asunto, y cuanto menos sabía sobre el tema, más hablaba.

Con el tiempo llegó a ser considerado una gran autoridad en cuestiones amorosas, aunque jamás había besado ni a una muchacha ni a un muchacho, pues prefería las páginas de sus libros. Aquello llamaba la atención, porque era un hombre hermoso, de rizos oscuros y piel tersa, sobre la que la sombra de la barba reposaba como la llegada del crepúsculo. Pero no tenía interés alguno en el romance. Prefería pasar los días leyendo o dedicándose a experimentos arcanos y extravagantes, como descubrir cómo teñir una llama de color púrpura o cuál era la forma más eficiente de negociar con una ondina.

Aun así, por las noches se sentaba en la taberna y pontificaba ante sus compañeros sobre los misterios de las mujeres, mientras ellos aceptaban con entusiasmo sus consejos.

La mayor parte de sus recomendaciones estaban bien intencionadas. Pero había una idea que repetía una y otra vez.

—Hay que empezar —declaraba, tomando otro sorbo de cerveza para crear una pausa dramática— como se piensa continuar. Decide desde el principio cómo quieres que funcione la relación y ella se acostumbrará. De lo contrario, terminarás enrollado alrededor de su dedo y bailando al son de su música.

Por supuesto, terminó enamorándose.

Se enamoró perdidamente de la manera más clásica, después de verla fugazmente entre una multitud: un destello de ojos verdes, una barbilla levantada y un cabello tan castaño como las hojas otoñales. Intentó seguirla, pero ella desapareció en la Plaza Pececillo, y allí quedó él, desconcertado, escrutando los rostros de la multitud.

Frecuentó la plaza durante una semana antes de desesperarse y comenzó a vagar por las calles cercanas. La plaza se encontraba en el extremo sur de la ciudad, rodeada de antiguas construcciones de ladrillo y, por supuesto, del Bosque de los Trasgos, donde los jóvenes solían cazar pares de trasgos de vez en cuando. El Duque pagaba dos monedas de cobre por cabeza, y para muchos muchachos era motivo de orgullo invitar una ronda en la taberna con las ganancias de la cacería.

Una noche creyó verla a través de la verja de hierro forjado negro que rodeaba el bosque. Pasó la velada buscándola por los húmedos senderos verdes, escuchando atentamente y oyendo únicamente el suave ulular de los trasgos o el ocasional silbido de una flecha seguido de rápidas pisadas. Finalmente salió del bosque y se sentó en un banco junto a la entrada.

Era una noche brumosa, atravesada por una llovizna fina. Después de permanecer allí sentado durante más de una hora, con pequeñas gotas acumulándose sobre su capa, sintió una presencia a su espalda.

Era como una sombra fría.

—Si quieres sentarte, siéntate —dijo con desaliento—. O quédate de pie. Me da igual.

Tras un momento, otra muchacha apareció por el costado del banco. Era alta y delgada, muy pálida, y el frío que emanaba de su piel blanca le indicó que era una no muerta. Sin embargo, era muy hermosa, con ojos como hielo azul y cabellos semejantes a olas de plata.

Ninguno de los dos habló y permanecieron sentados otra hora más, durante la cual nadie pasó por allí. Finalmente, un grupo de cazadores nocturnos salió tambaleándose del bosque, oliendo a aguardiente especiado y llevando varios pares de trasgos colgados del cinturón, los pequeños cadáveres flácidos como pájaros muertos.

Uno de ellos saludó alegremente al pasar junto al banco y luego el grupo siguió adelante entre risas, susurros y más risas.

Hoja se reclinó y suspiró.

—¿Acaso no soy hermosa? —preguntó la muchacha no muerta, hablando por primera vez.

Su voz era fría y lenta, como agua goteando en una caverna subterránea.

—Lo eres, pero estoy enamorado de otra persona.

—La muchacha de cabello castaño y ojos verdes.

Resopló con desprecio.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿La conoces? —Ella se encogió de hombros con un leve movimiento bajo la seda oscura de su capa—. ¿Sabes cómo se llama?

Ella lo miró con ojos semejantes a espejos, piedras lunares veladas por cataratas espirituales.

—Su nombre podría traducirse como Hiedra de Invierno —respondió con indiferencia.

—¿En qué idioma?

Sus labios se curvaron con desdén y se puso de pie.

—Eso tendrás que averiguarlo tú. —Miró por encima de su hombro hacia las negras ramas del bosque—. Parece que ya has recorrido la mitad del camino.

Y desapareció, como si jamás hubiera estado allí.

Hoja se fue a dormir.

 

Por la mañana lo despertaron los gritos de las gaviotas que revoloteaban fuera de su ventana. Sacó la cabeza y observó la calle. Bajó unas monedas en una cesta y recibió a cambio una hogaza de pan recién horneado, untada con un queso blanco y picante, además de un odre de agua fresca. Desayunó en su balcón mientras contemplaba el movimiento de la calle.

Bajo la luz intermitente del sol que aparecía y desaparecía entre las nubes, el recuerdo de la muchacha fantasma se fue debilitando hasta desaparecer. Lo único que permanecía en su mente era una cascada de rizos color nuez.

Asomado al balcón mientras daba un feroz mordisco al pan, estuvo a punto de atragantarse cuando vio aquellos rizos destacándose sobre los fríos adoquines.

Escupió el pan.

—¡Eh! ¡Eh! —gritó hacia la calle.

La señaló mientras ella y varias personas más se detenían para mirar hacia arriba.

—¡No se mueva! —gritó—. ¡No se mueva hasta que baje! ¡Por favor, señorita, no se mueva!

Se puso apresuradamente la túnica de magíster mientras salía por la puerta y bajó las escaleras corriendo. Llegó sin aliento hasta donde ella estaba.

La muchacha tenía hoyuelos en su piel morena clara y se reía de él.

—¿Y todo esto a qué se debe? —preguntó.

—Por favor, señora, si fuera tan amable, quisiera saber su nombre —dijo él, intentando adoptar una postura digna, aunque las palabras iban acompañadas por pequeños jadeos.

Ella lo observó.

—Mis amigos me llaman Hiedra.

—¿Puedo contarme entre ellos? Mi nombre es Hoja.

—Muy bien —dijo ella—. ¿Viene conmigo a cargar algunos paquetes?

Y así lo hizo.

Pasó toda la mañana siguiéndola con una cesta, llenándola con paquetes de agujas, dos tarros de colorete y un par de guantes bordados.

—¿Puedo invitarla a almorzar? —preguntó cuando las campanadas del gran reloj del Duque anunciaron el mediodía.

Ella levantó la vista.

—¡La hora! —exclamó—. ¿Adónde se va? Debo despedirme.

—¿Cómo volveré a verla? —preguntó él.

Ella sonrió.

—Si está destinado a ser, ocurrirá.

Y, retrocediendo con su cesta entre las manos, desapareció en la multitud, arrastrada por la corriente humana como una hoja en un río. Un destello de una manga y luego nada.

Hoja comió en silencio y de mal humor en un rincón de la taberna.

Mientras perseguía un trozo de pescado con la cuchara, uno de sus colegas del Colegio se dejó caer en el asiento frente a él.

—Pareces abatido.

Hoja levantó la vista y se encogió de hombros. No recordaba el nombre del hombre ni deseaba compañía. Volvió a mirar las turbias profundidades de su estofado mientras sentía la mirada del otro clavada en él.

—¡Estás enamorado! —exclamó el hombre con asombro.

A pesar de sí mismo, Hoja se sonrojó.

—Ya era hora —dijo el otro—. Ahora serás más realista con los consejos que das a los demás. «Hay que empezar como se piensa continuar», nada menos.

—¡Pero es verdad! — replicó Hoja, molesto—. Hay que empezar como se pretende seguir y no dejar que ella te tenga envuelto alrededor de su dedo.

—Ja. ¿Y eso es lo que has estado haciendo tú?

—Todavía no hemos llegado a ese punto —respondió Hoja con rigidez—. Pero cuando llegue el momento, puedes estar seguro de que le dejaré claro quién lleva la batuta.

El otro hombre se limitó a reír.

 

La muchacha zombi estaba posada en su balcón, apoyada contra la barandilla.

La escena habría resultado encantadora de no ser porque estaba devorando una paloma desprevenida.

Se limpió las mejillas y algunas plumas escaparon de su capa y se alejaron flotando en el viento.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, hablando hacia la brisa mientras esta tejía su cabello en una red plateada.

—Hoja. ¿Y tú?

—Zuelada. Ella no te conviene.

—¿Cómo lo sabes?

—La conozco.

Lo observó con aquella inquietante mirada plateada. Por encima de ellos, las nubes cruzaban la luna como jirones de encaje desgarrado.

—Yo te trataría mejor. Mucho mejor. ¿Confías en mí?

Él no pudo evitar reírse.

Una sombra de nube cruzó el rostro de ella.

—No lo entiendes —dijo él—. Soy magíster del Colegio de Magos, y confiar en la palabra de una no muerta que no ha sido invocada... por hermosa o encantadora que sea... sería considerado una enorme insensatez.

Ella sonrió.

—¿Hermosa y encantadora?

Pero los pensamientos sobre la muchacha de cabello castaño le impidieron continuar aquel flirteo, y permanecieron unos minutos en un silencio incómodo.

Finalmente ella suspiró, dio un paso atrás y desapareció una vez más.

 

Iba caminando por la calle con un brazo cargado de libros que pensaba intercambiar en la librería cuando Hiedra deslizó su esbelta mano por su codo y apareció a su lado sonriendo.

—Debe estar destinado a ser —dijo misteriosamente.

Él sintió una oleada vertiginosa de felicidad.

—Debe ser así —respondió sonriendo.

La tercera vez que apareció, la muchacha fantasma solo dijo:

—Ya te dije que ella no te conviene.

Y desapareció.

A la mañana siguiente siguió a Hiedra hasta el Bosque de los Trasgos, tan eufórico y risueño como cualquier adolescente enamorado. Ella avanzaba entre los árboles, y su cabello se confundía con la corteza bajo aquel silencioso mundo de sombras.

Por encima de ellos, un trasgo ululó tristemente.

Ella se detuvo al pie de un árbol y levantó una mano para indicarle que permaneciera inmóvil.

Hoja observó cómo la pequeña criatura humanoide de color pardo descendía por el tronco hacia la mano extendida. Frotó su rostro contra la piel de ella como un gato que busca caricias.

Como ella permaneció quieta, el trasgo se volvió más atrevido. Trepó por su brazo y tironeó de la tela de la manga. Hizo una mueca mientras olfateaba el aire al mirar hacia Hoja, y él alcanzó a ver sus afilados dientes de marfil a apenas unos centímetros del suave temblor de su cuello.

Se quedó sin aliento.

La criatura saltó de regreso al árbol.

—Lo siento —dijo él—. Lo he asustado.

Ella aguardó mirando hacia arriba, pero el trasgo ya había desaparecido.

—No importa —dijo.

La luz de la luna volvió plateado su cabello.

Tomó la mano de Hoja y tiró suavemente de ella.

—Ven por aquí. Allí está el claro.

Entraron en el claro situado en el corazón del bosque. Lo rodeaban árboles retorcidos, una mezcla de robles, espinos y viejos manzanos grisáceos. También había un matorral de rosas silvestres, algunas con pétalos cubiertos por una fina capa de hielo.

Ella lo condujo hasta un espacio vacío en la línea de árboles.

—Aquí —dijo—. Lo he elegido para ti.

—¿Qué quieres decir?

Ella lo miró con aquella tenue y enigmática sonrisa.

—¿Me amas?

—Más que a ninguna otra cosa en el mundo.

—¿Incluso más que a tu Colegio?

—Por supuesto —respondió él, contemplando su delicado rostro en forma de corazón.

—Entonces será mejor que empecemos como pensamos continuar —dijo ella, mientras las raíces comenzaban a brotar de sus pies y a hundirse en la tierra, y el frío del invierno tocaba su corazón—. Después del impacto inicial te acostumbrarás.

Sus brazos se elevaron involuntariamente, arqueándose con dolor.

—Con el tiempo te acostumbrarás —repitió ella.

Desde el borde del claro alcanzó a ver a la muchacha zombi observándolos.

Intentó gritar algo, cualquier cosa, pero ya no podía hablar.

Hiedra lo envolvió con sus hojas heladas y lo condujo hacia la inmovilidad.

La novela de Cat Rambo Exiles of Tabat, fue publicada en mayo de 2020, seguida de la space opera You sexy thing en noviembre del mismo año. Cat es autora, además, de otras dos novelas, más de doscientos cuentos y editora de antologías y libros de cocina. Fue nominada a los premios Nebula, World Fantasy y Compton Crook. También dirige la escuela de escritura en línea, The Rambo Academy for Wayward Writers.

 

LAS VACACIONES SOÑADAS

Frank Hiis

 

Durante dos semanas tuve el mismo sueño todas las noches. En él, me alojaba en una enorme suite de hotel en un paraíso mediterráneo junto al mar. Había restaurantes fantásticos por todas partes; incluso podía pedir comida a domicilio a la playa. Disfrutaba bebiendo Coca-Cola y comiendo alitas de pollo mientras contemplaba el mar o a las mujeres, bellezas mediterráneas que se metían al agua o volvían a tomar el sol. Por las noches salía a divertirme y bebía hasta el hartazgo, mientras los hombres del lugar me vitoreaban, impresionados por mi resistencia, y antes de que mujeres con vestidos luminosos y provocativos, y largas melenas sueltas que agitaban mientras me dedicaban sonrisas coquetas, me invitaran a bailar.

En la vida real rara vez bebo y no sé bailar en absoluto. Aun así, cada mañana despertaba decepcionado al darme cuenta de que todo aquello solo había sido un sueño.

Mirándolo en retrospectiva, resulta muy extraño que el sueño se repitiera durante tantas noches seguidas. Me daba la sensación de despertar a un nuevo día en el sur de Europa en el mismo instante en que me quedaba dormido.

Pero las jornadas agitadas en el trabajo me dejaban poco tiempo para pensar en ello.

Trabajaba en una oficina diáfana. A mi alrededor siempre había bullicio y gente corriendo justo al lado de mi escritorio. Constantemente algún compañero necesitaba ayuda y yo empujaba mi silla con ruedas hasta su puesto para darle instrucciones rápidas. Mi bandeja de entrada se llenaba de mensajes más deprisa de lo que podía responderlos. Hacía al menos una hora extra cada noche, a menudo una hora y media. De todos modos, nadie me esperaba en casa. No tenía demasiados familiares, salvo mi madre, que me llamaba una vez por semana, y dos hermanos que nunca llamaban. Empecé a acostarme cada vez más temprano.

En los sueños era una persona que se divertía más de lo que jamás me había divertido despierto. Las mujeres me miraban como si fuera una estrella de cine. Prácticamente podía elegir entre ellas, y eso hacía.

Una belleza local se acercó a mí en la playa y me invitó a cenar. Después de la comida la invité al hotel. Hicimos el amor en el balcón de la habitación mientras se ponía el sol sobre el mar. Estaba desnuda entre mis brazos mientras yo la levantaba del suelo y ella se aferraba a mí con brazos y piernas.

Al día siguiente estaba sentado en la oficina sonriendo al recordar el sueño sin darme cuenta de que la corbata se me había hundido en la taza de café. Pero apenas me había dormido aquella misma noche cuando la mujer apareció y me dijo que estaba embarazada de mi hijo. Me sentí inmensamente feliz y le aseguré que me quedaría con ella para criar al niño juntos. Finalmente me acompañó al aeropuerto después de que acordáramos que yo dejaría mi apartamento, renunciaría a mi trabajo y regresaría allí lo antes posible.

Me desperté en el instante en que el avión despegó.

La decepción fue mayor que nunca. Sentí que lo había perdido todo al volver a la realidad. Pero ahí terminó el sueño.

Después de eso, cada vez que me dormía, soñaba las mismas cosas inconexas de siempre, sin continuidad alguna, nada que pudiera recordar más de unos minutos después de despertar.

Sin embargo, nunca olvidé aquellas vacaciones soñadas. Suspiraba cada vez que pensaba en ellas y sentía nostalgia.

Después de algunas semanas se me ocurrió buscar su nombre en internet. Y la encontré. Su nombre era correcto. Su fotografía también.

Había publicado un mensaje donde contaba que había quedado embarazada de un turista que cortó todo contacto con ella al regresar a su país.

Aquello me asustó. No sabía qué creer. Nunca le conté a nadie lo del sueño. Pero durante los años siguientes descubrí que realmente había tenido un hijo y que el niño se parecía cada vez más a mí. Con el tiempo conseguí apartarla de mis pensamientos, hasta que una noche, varios años después, soñé que estaba otra vez en la misma suite del hotel.

La mujer estaba afuera. Golpeaba la puerta. Gritaba que había pagado a alguien en la recepción para que le avisara si alguna vez regresaba. Cuando abrí, acercó su rostro furioso al mío y me gritó que debía asumir mi responsabilidad. No pude hacer otra cosa que pedir disculpas humildemente y prometer que la compensaría por todo el daño causado.

Fui con ella a su casa para conocer a mi hijo.

Cocinamos juntos y pasamos toda la noche frente al televisor, riendo y conversando, antes de terminar llorando en brazos el uno del otro después de que el niño se hubiera acostado. Recuperé su amor antes de irnos a dormir. Aquella misma noche me acosté a su lado. Pero ya no logré despertar. Tras un sueño sin sueños desperté en su cama. Y así continuó todo.

Viví con aquella nueva familia durante más de una semana antes de descubrir, tras una búsqueda en internet, que yo estaba muerto.

Había fallecido tranquilamente mientras dormía la misma noche en que había aparecido allí de nuevo, y mi madre había encontrado mi cadáver en la cama después de entrar en mi apartamento con una llave.

Pedí prestado el teléfono de la madre de mi hijo e intenté llamar a mi madre.

Cuando me identifiqué, gritó que se trataba de una broma cruel, que yo era un miserable, y exigió saber quién era realmente. Colgué sin saber qué hacer.

Al final decidí quedarme en mi nueva vida y hablar lo menos posible sobre mi procedencia. Y aquí duermo bien por las noches. Nos hemos casado. He conseguido trabajo vendiendo fruta en el mercado. Los fines de semana los pasamos en la playa.

Nuestro hijo crece muy deprisa. La vida es como unas vacaciones de ensueño que nunca terminan.

Frank Hiis (nacido en 1979) reside en Oslo y trabaja como bibliotecario y agente literario. Ha publicado tres poemarios con Kolon forlag y textos en Klassekampens bokmagasin, Signaler, Splittet Kjerne y skrekklitteratur.no.

 

EL POZO