domingo, 16 de agosto de 2026

LOS PEREGRINOS DEL ÚLTIMO SOL

Heiko H. Caimi

 

No sabría decir cuánto tiempo llevábamos cabalgando por la Llanura de los Postes cuando empecé a tener la certeza de que el sol, bajo el cual habíamos viajado desde nuestra partida de la Ciudad del Pozo, ya no recorría realmente el cielo, sino que más bien efectuaba una especie de lenta oscilación: descendía durante algunas horas hacia aquella región occidental donde la tierra y el aire se confundían en una misma bruma color cobre, para luego volver a elevarse, como si algo, más allá del horizonte, lo rechazara. Ya había observado el fenómeno en los días anteriores, aunque sin atreverme a hablar de él con Sereh, porque hay pensamientos que adquieren consistencia en cuanto se expresan y que, mientras permanecen confinados en la mente, conservan al menos la tranquilizadora naturaleza de la duda. Sin embargo, llegó un momento en que me resultó imposible seguir creyendo que se trataba de un engaño provocado por el cansancio. El sol no se ponía; quizá había dejado de hacerlo siglos atrás. Quizá, pensé entonces, todo cuanto habíamos aprendido en la Ciudad acerca de la sucesión del día y la noche pertenecía a un mundo que había dejado de existir mucho antes de nuestro nacimiento.

Éramos dos y cabalgábamos la bestia a la que habíamos llamado Oth, aunque desde hacía ya varios días me resultaba difícil seguir considerándola un caballo. Sereh iba sentada detrás de mí, envuelta en el velo de fibras negras que habíamos encontrado entre las ruinas de Khar, y yo sostenía oblicuamente sobre el hombro la Lanza de las Profundidades, casi tres veces más larga que la estatura de un hombre, de cuyo extremo posterior pendía la jaula de hierro que contenía el Corazón.

Antes de abandonar la Ciudad habíamos recibido tres advertencias: no mirar jamás directamente lo que estaba encerrado en la jaula; no pronunciar nuestros nombres durante el canto de los postes; no prestar atención a ningún cambio que se produjera en el cuerpo de la montura. Esta última prescripción, que al principio nos había parecido la más absurda, muy pronto se había convertido en la más difícil de respetar, pues Oth había empezado a cambiar ya después de la primera semana de viaje.

La Llanura se extendía a nuestro alrededor sin poseer nada de la majestuosidad de las grandes extensiones; por el contrario, nos provocaba esa particular opresión que nace de la monotonía: no había colinas, rocas, cursos de agua ni vegetación; tan solo un terreno negro, desmenuzado y vagamente untuoso, en el cual los cascos de Oth se hundían produciendo un sonido sordo, y los innumerables postes que se alzaban a distancias irregulares y se prolongaban hasta los límites de la vista. Algunos eran finísimos y tan altos que sus extremos se perdían en la bruma; otros estaban torcidos y nudosos, y en más de una ocasión me pareció distinguir en ellos protuberancias semejantes a articulaciones. Al principio había supuesto que eran los restos de un bosque carbonizado, aunque no lograba imaginar qué incendio habría podido dejar en pie árboles tan altos y consumir hasta el último rastro de sus ramas. Esta explicación me había satisfecho hasta que, al pasar muy cerca de uno de los postes, observé su superficie: era blanquecina, finamente porosa y recorrida por delgadas estrías longitudinales. Aparté de inmediato la mirada.

—¿Todavía crees que son árboles? —me preguntó Sereh.

Su voz, después de tantas horas transcurridas en el silencio de la Llanura, me sobresaltó. Respondí que no veía qué otra cosa podían ser y, mientras pronunciaba esas palabras, advertí lo poco que creía en ellas.

Sereh no insistió, pero se apretó aún más contra mi espalda. Durante un tiempo solo oí el paso regular de Oth y, mucho más lejos, un rumor bajo que podría haber sido el viento, aunque en la Llanura el aire estaba inmóvil.

Habíamos dejado la Ciudad del Pozo cuarenta y tres días antes, según el cómputo de Sereh, y cincuenta y uno según el mío. Al principio habíamos discutido la discrepancia, comparando las muescas grabadas en nuestras tablillas y tratando de establecer cuál de los dos se había saltado o había duplicado alguna jornada; más tarde habíamos desistido, porque ambos registros estaban completos. La Ciudad había quedado atrás, con sus murallas inclinadas, sus torres ciegas y las inmensas viviendas subterráneas en las que los últimos hombres vivían desde hacía siete generaciones, esperando el día, anunciado en los libros más antiguos, en que el cielo volvería a ser azul y las estrellas ocuparían nuevamente la noche. Ninguna de las dos cosas había ocurrido. Las estrellas se habían apagado una tras otra y, en los últimos años, hasta la noche había comenzado a comportarse de manera extraña, hasta que una mañana el Mensajero apareció en el borde del Pozo.

Nadie lo había visto entrar. Ese solo hecho debería habernos impedido escucharlo, pues las puertas estaban vigiladas sin interrupción y ningún hombre en su sano juicio se habría acercado al Pozo durante las horas oscuras. Sin embargo, allí estaba, sentado en el parapeto, envuelto en harapos grises, con el rostro cubierto por una máscara de sal. Entre las manos sostenía una jaula, dentro de la cual algo latía con una lentitud que, desde el primer instante, me produjo una repugnancia casi física.

El Mensajero nos había dicho que el Corazón debía ser transportado a través de la Llanura, más allá de Khar y de la Torre, hasta el lugar donde terminaba el mundo. Todavía recuerdo mi pregunta, formulada más por incredulidad que por valor:

—¿Y qué ocurrirá cuando haya llegado allí?

La máscara de sal se había vuelto hacia mí y, aunque no tenía aberturas a través de las cuales pudiera verle los ojos, tuve la impresión de que algo me observaba desde una distancia inconmensurable.

—El mundo terminará —había respondido.

Quizá fue precisamente esa respuesta la que nos convenció. Desde hacía muchos años, en efecto, habíamos empezado a sospechar que el mundo se había vuelto demasiado viejo para continuar.

Cuando partimos, Oth era un gran caballo gris, flaco pero vigoroso, perteneciente a los establos subterráneos de la Ciudad. Al séptimo día habían aparecido en su cuello unos filamentos finísimos, semejantes a las telas producidas por las arañas de las cavernas; al duodécimo, aquellos filamentos ya colgaban de los flancos y el vientre, formando una especie de retícula que parecía crecer directamente de la piel. Hacia el decimoctavo día, el pelo había desaparecido casi por completo y las patas, que yo recordaba robustas, se habían alargado considerablemente. Entonces, al observar por casualidad el movimiento de los músculos del muslo izquierdo, había visto abrirse bajo la piel una pequeña cavidad ovalada, provista de dos bordes pálidos que se separaban y volvían a cerrarse con un movimiento demasiado deliberado para ser una simple contracción. No había dicho nada. La noche siguiente, mientras descansábamos bajo uno de los postes, Sereh me había preguntado, sin mirarme, si yo también había visto la boca.

Desde entonces ambos habíamos evitado observar a Oth más de lo necesario.

Sin embargo, había algo peor que las transformaciones de la bestia, y era aquello que nos seguía. Al principio lo había confundido con una nube en el horizonte oriental, una franja oscura tan fina que habría sido fácil ignorarla; pero en los días siguientes aquella franja había crecido y se había vuelto imposible atribuirla a un fenómeno atmosférico. Por donde pasaba ya no distinguía postes, terreno ni cielo, sino tan solo una negrura absoluta que no parecía oscuridad, sino ausencia de luz. Sereh la llamó la Noche y conservamos ese nombre, aunque ambos sabíamos que no guardaba relación alguna con la noche que habíamos conocido de niños.

Cuando aquella tiniebla estuvo ya lo bastante cerca para ocupar una parte considerable del horizonte, oímos el canto. Comenzó con una vibración tan baja que la sentí en los estribos antes incluso de oírla. Oth aminoró el paso y luego se detuvo; el sonido aumentó y pareció propagarse a través del terreno, hasta que uno de los postes a nuestra derecha tembló visiblemente. Poco después respondió un segundo poste, luego un tercero, y en cuestión de pocos minutos toda la Llanura resonó con una única nota inmensa y profunda, semejante al gemido que habría podido emitir la propia materia del mundo sometida a una tensión insoportable. El Corazón, detrás de mi hombro, aceleró sus latidos y la vibración de la jaula se transmitió por el asta de la Lanza hasta mi mano.

Entonces vimos surgir a los hombres. Las figuras emergieron de la materia negra de la Llanura como cuerpos que atravesaran una superficie líquida, primero con la cabeza y los hombros, luego con el tronco y finalmente con las piernas. En el reducido espacio que nos rodeaba conté varios centenares; más allá, hasta la bruma, había miles, quizá millones. Todos estaban desnudos, eran delgadísimos y permanecían perfectamente inmóviles, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y el rostro vuelto hacia el cielo.

Sentí que Sereh se ponía rígida contra mí y comprendí, por el movimiento de sus labios junto a mi oído, que estaba a punto de pronunciar mi nombre. De inmediato le puse una mano sobre la boca.

En ese mismo instante, todas las figuras abrieron las suyas. El sonido aumentó hasta volverse casi intolerable, amplificado por los postes. Los hombres sepultados en la Llanura producían aquella nota, y los postes la recogían, la amplificaban y la conducían hacia lo alto.

Levanté involuntariamente los ojos. El cielo de cobre parecía inmóvil y, sin embargo, tuve la certeza de que algo allá arriba estaba escuchando.

Oth reanudó la marcha sin que yo lo espoleara. Atravesamos aquella multitud durante un lapso que no sabría calcular. Ninguna figura nos miraba, pero cuando llegamos al centro de la zona más poblada vi que algunas cabezas comenzaban a inclinarse lentamente. Una tras otra, se volvieron en nuestra dirección, no hacia Sereh ni hacia mí, sino hacia la jaula.

El canto cesó de golpe. Los hombres se hundieron en la tierra con la misma silenciosa facilidad con que habían salido de ella y los postes volvieron a callar. A nuestras espaldas, en el horizonte, la Noche estaba más cerca.

La Torre apareció algunos días después. Durante muchas horas la confundimos con uno de los postes, porque era tan delgada que solo su perfecta verticalidad la distinguía de los demás; sin embargo, al acercarnos advertimos que tenía una superficie trabajada y que se elevaba tanto que desaparecía en la bruma.

No encontramos puertas ni aberturas. En su base estaba sentado un hombre muerto, cubierto por una armadura sobre la cual habían crecido los mismos filamentos que envolvían a Oth. El esqueleto sostenía entre las manos una tablilla de piedra.

Sereh conocía la lengua antigua mejor que yo. Limpió la superficie de la tablilla y leyó largo rato en silencio; luego su rostro adoptó una expresión que nunca antes le había visto.

—Dice que el Corazón no debe llegar al fin del mundo.

Miré instintivamente la jaula.

—El Mensajero nos ordenó que lo lleváramos allí.

—Lo sé.

—¿Hay algo más?

Sereh vaciló y luego volvió a examinar los caracteres desgastados. Cuando habló, su voz era muy baja:

—Dice que el mundo ya ha terminado.

No lo comprendí de inmediato. La frase poseía esa forma paradójica que la mente rechaza antes incluso de haber considerado su significado; después, al observar la Llanura, el sol inmóvil, los postes y la tiniebla que avanzaba devorando el horizonte, sospeché por primera vez que el hecho de que estuviéramos vivos no constituía una prueba suficiente de la existencia del mundo.

—¿Y nosotros? —pregunté.

Sereh siguió mirando fijamente la tablilla.

—Nosotros somos lo que continúa.

Después de esas palabras, todo comenzó a adquirir un significado diferente. La Ciudad del Pozo, las generaciones que habían vivido en los subterráneos, las estrellas desaparecidas, la progresiva inmovilidad del sol: lo que habíamos considerado síntomas de un mundo moribundo podía ser, en cambio, el residuo de un mundo extinguido desde tiempos inmemoriales, una especie de persistencia mantenida artificialmente por aquello que transportábamos en la jaula.

Cuando Sereh propuso regresar, no necesité responderle: la Noche ocupaba ya casi la mitad de la Llanura. Entonces propuso destruir el Corazón.

Por unos instantes consideré realmente la posibilidad de abrir la jaula y golpear lo que contenía con la punta de la lanza. Fue en ese momento cuando el Corazón habló. No oí ninguna voz, por supuesto. En cambio, vi a mi madre, muerta cuando yo tenía siete años, sentada en la terraza de nuestra casa antes de que cerraran las torres; vi a mi padre, el patio de mi infancia, el agua que corría al aire libre y, por encima de todo, un cielo azul de una intensidad casi dolorosa. El recuerdo fue tan perfecto que durante unos instantes olvidé la Llanura.

Cuando se desvaneció, Sereh estaba arrodillada junto a Oth y comprendí que ella también había recibido algo del Corazón.

—No quiere morir —dijo.

No respondí de inmediato.

—Tal vez —dije por fin— nos haya traído hasta aquí precisamente porque no puede hacerlo solo.

Llegamos al límite de la Llanura cuando la Noche estaba ya tan cerca que podíamos ver cómo los postes desaparecían en su interior. Yo había esperado una muralla, un precipicio o un mar; encontramos, en cambio, algo mucho más terrible: la tierra simplemente cesaba. Más allá del borde no había vacío, porque el vacío todavía presupone un espacio en el que algo podría encontrarse; había una luminosidad de color oro oscuro, carente de profundidad y distancia, ante la cual los sentidos parecían perder toda capacidad de juicio. Los últimos postes estaban inclinados hacia aquella región, como si una fuerza lentísima los hubiera doblado a lo largo de eras o los estuviera atrayendo hacia aquel más allá.

Oth se detuvo a pocos pasos del confín y su cuerpo se abrió. La piel de los flancos se separó sin sangre y las fibras que la recubrían se tensaron, revelando que debajo ya no había carne, huesos ni vísceras, sino tan solo una red de filamentos negros, dentro de la cual vi moverse innumerables pequeñas formas humanas. Eran hombres y mujeres, algunos tan diminutos que cabían en la palma de una mano, otros aún más pequeños; y todos, cuando la luz del confín penetró en el cuerpo abierto de la bestia, levantaron el rostro al mismo tiempo.

—Hemos llegado —dijeron.

No sabría explicar cómo unas voces tan pequeñas pudieron producir un sonido que atravesó toda la Llanura. Los postes vibraron. Detrás de nosotros, la tierra volvió a vomitar a los hombres sepultados, todos en movimiento y vueltos hacia el Corazón. Comprendí entonces, con una claridad que me llenó de horror, que Oth no nos había transportado a través de la Llanura: habíamos sido nosotros quienes lo transportamos a él y, con él, a una multitud perteneciente a épocas y quizá a mundos anteriores al nuestro.

Más allá del confín, algo se movió. No puedo decir que lo viera. Percibirlo sería una expresión más exacta. La luminosidad dorada sufrió una deformación vastísima, como si detrás de una membrana se hubiera acercado una masa de dimensiones incalculables, y dos regiones pálidas se abrieron, muy distantes entre sí. Solo después de unos instantes comprendí que mi mente las interpretaba como ojos.

La Noche seguía avanzando. Levanté la Lanza y, por primera vez, miré dentro de la jaula. Lo que latía allí no era un órgano. Era un mundo.

Vi océanos, continentes y montañas; vi nubes correr sobre mares azules y ciudades encenderse en la noche. Vi a hombres nacer, amar, luchar y morir; vi imperios surgir y disolverse, bosques convertirse en desiertos y desiertos cubrirse de agua. Luego vi una llanura negra sembrada de postes. Vi una ciudad construida alrededor de un pozo. Vi dos figuras sobre un caballo que avanzaban bajo un sol color cobre.

Sereh miró conmigo. Y la comprensión se abrió paso en nuestro interior. Nosotros no transportábamos el mundo: estábamos dentro del mundo que transportábamos. La jaula contenía aquello que nos contenía, y esa imposibilidad, en lugar de destruir mi razón, me pareció de pronto lo único razonable que había comprendido en mi vida. El Mensajero no había mentido, como tampoco la inscripción de la Torre. El mundo había terminado; el mundo aún debía terminar. Ambas afirmaciones describían momentos distintos de un proceso que quizá se repetía desde que existía algo capaz de existir.

El conocimiento llegó al mismo tiempo que el movimiento de la cosa situada más allá del confín. Comprendí que cada mundo, al alcanzar su vejez extrema, producía un Corazón; que cada Corazón encerraba el germen de otro mundo y que alguien debía finalmente conducirlo hasta el límite de la realidad que lo había generado. Los seres contenidos en Oth eran los supervivientes, o quizá tan solo los recuerdos, de mundos anteriores. Los postes eran lo que quedaba de quienes habían fracasado. Y la Noche era simplemente la nada que recuperaba aquello que ya debería haberle sido devuelto.

Sereh gritó que arrojara el Corazón. La tiniebla estaba muy cerca. Los hombres de la Llanura corrían hacia nosotros; Oth permanecía inmóvil, abierto de par en par, mientras las criaturas encerradas en su cuerpo tendían miles de pequeños brazos hacia la jaula.

Levanté la lanza con ambas manos y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, la arrojé más allá del borde.

La jaula atravesó lentamente la luminosidad dorada y por un momento quedó suspendida. Luego el Corazón se abrió. Una luz blanca estalló con tal inmensidad que el sol sobre la Llanura pareció una brasa vista en el fondo de una caverna. Los postes se inclinaron y cayeron, la tierra se levantó en grandes oleadas negras y las multitudes surgidas del subsuelo se disolvieron sin dejar rastro. Oí a Oth emitir un sonido desmesurado, en el que reconocí por un instante el relincho del caballo que habíamos sacado de la Ciudad y, al mismo tiempo, las voces de innumerables criaturas. Luego la Noche nos alcanzó.

Cuando volví a ver, estaba tendido sobre la hierba. Permanecí inmóvil durante mucho tiempo, pues la sensación de la hierba contra mis manos se había vuelto tan extraña que me parecía más prodigiosa que cualquier cosa que hubiera visto en la Llanura. Sobre mí se extendía un cielo oscuro, pero no era la Noche que nos había perseguido. Miles de puntos luminosos lo llenaban: estrellas. Casi había olvidado que pudiera haber tantas.

Sereh yacía no muy lejos y respiraba. Oth, nuevamente con el aspecto de un caballo gris, pastaba tranquilamente a pocos pasos de nosotros. Cuando salió el nuevo sol, iluminando una llanura cubierta de hierba y unas lejanas colinas azules, sentí una alegría tan violenta que me dio miedo.

Sereh despertó y me preguntó dónde estábamos. Le dije que no lo sabía. Fue entonces cuando vi algo que emergía del suelo a pocos pasos de ella. Era delgado, blanco y no más alto que mi antebrazo. Un poste.

Me acerqué sin hablar. Su superficie era porosa y estaba recorrida por finas estrías longitudinales. Apoyé una mano sobre ella y sentí una vibración debilísima que ascendía desde la tierra. Muy por debajo de nuestros pies, alguien cantaba.

Me volví hacia Oth. El caballo había dejado de pastar y miraba el nuevo sol. Durante un rato no ocurrió nada; luego, bajo la piel de su flanco, vi formarse una pequeña depresión ovalada. Los dos bordes se separaron lentamente y volvieron a cerrarse.

Sereh no lo advirtió. Esta vez no le dije nada. Por fin había comprendido la tercera advertencia.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

LOS PECHOS DE LA TÍA LIVIJA

Marina Šur Puhlovski

 

La tía Livija tenía unos pechos extraordinarios, como, según se decía, nadie había tenido jamás, no solo en la colina de Fućkar, sino en cien kilómetros a la redonda, hasta llegar a la ciudad.

También su nombre, Livija, era poco común, distinguido (yo lo consideraba distinguido), y armonizaba perfectamente con sus pechos. Si los nombres no se impusieran cuando las niñas todavía no tienen pechos, sino apenas dos manchitas parduzcas apenas abultadas sobre el pecho, habría jurado que ese nombre había sido creado precisamente para ellos. Solo sus pechos eran tan fluidos como la pronunciación de su nombre, y solo ellos poseían la elegancia de ese nombre...

La tía Livija podía cortarse cien veces; aunque yo viera que su sangre era roja, igual que la mía o la de Štefica, Magda, Lojzek o Ružica, todavía hoy sigo creyendo que por sus venas no corría sangre roja, sino azul.

Diferente.

Real.

Cuando la tía Livija me puso por primera vez sobre sus pechos, estos no eran más grandes que mi cabeza de tres meses. Y mientras yo crecía gracias a la leche de sus pechos, esa proporción nunca cambió; permaneció igual durante todo el tiempo que me amamantó, o, si cambió, fue siempre en favor de sus pechos.

Siempre terminaban siendo más grandes que yo.

Con el tiempo Livija tuvo que sostenerlos con un sostén, siempre húmedo o endurecido por la leche seca. Recuerdo que solo tenía ese sostén y que lo lavaba constantemente. Debía de ser pobre. Digo "debía", porque no recuerdo la pobreza: uno olvida aquello que no considera importante.

Y, para decir la verdad, la tía Livija ni siquiera era mi verdadera tía. Yo simplemente la consideraba de mi familia porque me había alimentado con su leche.

Mi madre –esa mujer desconocida– me llevó hasta Livija cuando yo era apenas un bebé, envuelta en una manta. Y aunque todos me aseguran que es imposible recordar aquella época –¿quién ha oído decir que un bebé pueda recordar?–, yo recuerdo perfectamente el tren que me llevó desde la ciudad hasta la casa de Livija; recuerdo el silbato y el resoplido del vapor entre las ruedas.

—Viajamos en tren —le dije una vez a mi madre—. Era un tren viejo que se detenía a cada rato y, cada vez que se detenía, sonaba un silbato; después se oía escapar el vapor...

Mi madre sostiene que todos los trenes son iguales y que el tren en el que viajamos hasta la casa de Livija –porque tuvo que admitir que efectivamente viajamos en tren– lo confundí con el que tomamos años después para asistir al entierro de mi padre; mi madre, mi hermana y yo acompañábamos el ataúd.

Pero, en fin, dejémosle creer eso. A nadie le gusta admitir que se equivoca.

En el fondo de su alma –¿o de su corazón?– mi madre siempre envidió a la tía Livija por sus pechos. No porque me hubiera criado con ellos; por eso, creo, sentía gratitud. La envidiaba porque Livija podía alimentarme y ella no.

Recuerdo –aunque me nieguen el derecho a recordar– cómo mi madre apartó la vista la primera vez que la tía Livija me acercó a sus pechos. Estoy segura de que no quiso mirarlos.

Y más tarde, cuando iba a visitarme al pueblo –menos de lo que cabría esperar de una madre, debido a la enfermedad de mi padre–, siempre salía de la casa con gesto sombrío cuando la tía Livija empezaba a amamantarme.

Mi madre prefería recordar la época en que era joven y tenía algo que mostrar bajo la blusa. ¿Pero de qué le sirvió, si más tarde sus pechos se secaron? Quizá habían florecido demasiado pronto. Los pechos de mi madre eran pequeños y grises. A mí me parecían una ubre vacía. De ellos apenas salía un líquido amarillento, transparente y muy aguado cuyo sabor, lo recuerdo perfectamente, se parecía al del jabón.

Mis tres hermanos mayores, mis pobres hermanos mayores, de quienes a veces se habla durante las largas noches mientras se bebe café con leche, murieron por culpa de aquel jabón...

—Murieron de debilidad —afirmaba mi madre.

Pero yo, que mamé de sus pechos antes de que me llevaran junto a la tía Livija, sé que no murieron de debilidad. Murieron de jabón. Y, después de todo, ¿acaso mi madre me habría llevado hasta Livija si antes no hubiera enterrado a mis tres hermanos?

Por supuesto que no.

Después de perder a aquellos tres hijos, asesinados por el jabón, mi madre tuvo miedo de que también yo muriera.

Por eso se sentó conmigo en un tren y me llevó a la colina de Fućkar, junto a la mujer que me amamantaría y a quien terminé llamando tía.

Así eran los pechos de la tía Livija: inmensos y siempre llenos. Cuando apoyaba la cabeza sobre ellos –¡y cuánto me gustaba hacerlo!– era como apoyarla sobre cien mil almohadas. Ninguna almohada posee esa suavidad ni ese calor.

Desde que me separé de la tía Livija y de sus pechos –por la fuerza, porque de otro modo jamás me habría marchado– no he dejado de buscar algo con qué compararlos, aunque sé que nunca encontraré una comparación adecuada. Todo lo que después conocí de cálido y blando nunca fue igual; nada estaba tan vivo como ellos, de modo que jamás volvió a repetirse aquella sensación.

¡Cuántas veces apoyé la cabeza sobre el pecho seco de mi madre esperando encontrar en él siquiera un rastro de los pechos de la tía Livija!

Pero allí no había nada.

Mi separación de la tía Livija fue definitiva. Y, sin embargo, recuerdo. Y eso ya es mucho. ¿Qué puede recordar, por ejemplo, mi hermana, que milagrosamente –yo sigo creyendo que fue un milagro– consiguió sobrevivir alimentándose con la leche de nuestra madre, con aquel jabón?

¡Qué amargos, qué tristes deben de ser los recuerdos de mi hermana, criada con la leche de nuestra madre! Le pregunté alguna vez por sus recuerdos, con cuidado de no herirla. Pero ella dice que no recuerda nada. Tal vez tenga razón al haber hecho el esfuerzo de olvidar que de pequeña se alimentó de jabón. Quizá yo hubiera hecho lo mismo si me hubiera tocado semejante destino. ¿Para qué conservar un recuerdo así?

Yo tuve a la tía Livija.

Por eso mis recuerdos son alegres y están llenos de vida. Dicen que tengo un carácter bueno y leal, y que por eso «no me irá bien en la vida».

Pero yo me limito a encogerme de hombros, porque ocurra lo que ocurra, para mí, como suele decirse, «no hay de qué temer». Yo mamé de los pechos de la tía Livija. Yo ya tuve, desde el principio, la mejor de las suertes.

Marina Šur Puhlovski nació en Zagreb el 20 de septiembre de 1948. Allí cursó sus estudios de bachillerato y se licenció en Literatura Comparada y Filosofía en la Facultad de Filosofía. Publicó su primer relato en 1974 y su primer libro, debido a diversas circunstancias adversas, no vio la luz hasta 1991: la novela «Trojanska kobila». Comenzó a publicar con mayor frecuencia tras el fin de la guerra de Yugoslavia, a partir de 1996. Hasta la fecha, ha publicado veintitrés obras: nueve novelas, seis colecciones de relatos, dos poemarios, dos libros de ensayos, dos libros de viajes y dos diarios personales. Su décima novela se publicará a finales de 2026. 

 

 

LECHE

Kerry Keys

 

No sabía que iba a ser tan difícil. Solo quería comprar un litro de leche. Eran alrededor de las doce de la noche, pero la tienda abría las veinticuatro horas y estaba apenas a un par de cuadras. Salí al pasillo, bajé las escaleras desde mi departamento hasta la entrada del edificio, pero cuando empujé la puerta para salir, no se movió. Empujé y empujé, y cedió un poco. Empujé un poco más y cedió otro poco. Después ya no. Era extraño, porque tenía cierto juego. Finalmente, exasperado, volví a subir al departamento, busqué un destornillador, un martillo y una llave inglesa, y desmonté la puerta de sus bisagras.

Entonces vi el problema. Había un cadáver tendido justo delante de la puerta y un auténtico mar de cadáveres en todas direcciones, todos más o menos apoyados unos contra otros y, por lo que parecía, completamente inertes. Arrastré el cadáver que bloqueaba la salida hacia el interior del edificio y lo dejé debajo de los buzones. Qué fastidio. Tendría que abrirme paso entre todos aquellos cuerpos, o pasar por encima de ellos, para conseguir mi litro de leche.

No fue nada fácil descubrir cómo avanzar, pasando por encima o retorciéndome entre ellos. Al principio intenté caminar con cuidado por los espacios que quedaban entre los cuerpos, pensando que sería lo más sencillo, pero el pie se me quedaba atascado una y otra vez: a veces entre las costillas de dos cadáveres, otras entre un brazo y una pierna, o entre una rodilla y un cuello. Lo que se te ocurra. Casi siempre conseguía zafarlo a fuerza de tirones o torsiones, pero en ocasiones quedaba realmente atrapado y tenía que mantenerme en equilibrio sobre una sola pierna, en una postura imposible, tirando y tirando. La tercera vez perdí el equilibrio y me fui al suelo, cayendo de trasero justo sobre la cabeza de alguien; quiero decir, sobre la cabeza de un cadáver. Ya había anochecido. No veo demasiado bien. De todos modos, para mantener el equilibrio era más importante mirar dónde apoyaba los pies que hacia dónde iba. No caminaba exactamente en círculos, pero casi.

Varias veces se me salió un zapato; siempre el del pie derecho, porque intentaba avanzar con esa pierna. Entonces no me quedaba otra que sentarme. Aquello era todavía más molesto que caerme, porque tenía que decidir sobre qué sentarme cuando lo único que quería era conseguir mi leche. ¿Sobre el trasero de alguien? ¿Sobre un cuello? ¿Sobre la parte baja de una espalda? Por lo general, esa era la superficie más cómoda para apoyar mi propio trasero. A veces no había elección. Me sentaba donde podía para recuperar el zapato y volver a ponérmelo. La próxima vez usaré botas.

Lo más desagradable de todo era precisamente sentarme para calzarme otra vez. Algún hueso del tobillo parecía querer incrustarse entre mis nalgas, o unos dientes daban la impresión de morderlas. Al levantarme sentía deseos de patear alguna pierna o romperle los dientes a alguna boca, pero era imposible: bastante trabajo costaba caminar como para ponerse a repartir patadas. Orinar encima de ellos habría sido una solución mejor, pero no tenía ganas.

La tienda estaba apenas a unos doscientos metros, pero el trayecto parecía interminable y el avance era desesperadamente lento, con todos aquellos malditos cadáveres desparramados por el camino como si alguien hubiera segado un campo de maíz. Sí, un verdadero mar de cadáveres, aunque no hubieran sido arrastrados por ninguna corriente. Habría resultado mucho más fácil atravesarlos si estuvieran en descomposición, hinchados y blandos. Habrían cedido un poco más.

Después de unos cincuenta metros de abrirme paso con impaciencia, cambié de estrategia. Intentaría caminar por encima de ellos. Eso exigía una concentración casi atlética. Desde luego, seguía tropezando, girando, dando pequeños saltos y trastabillando para recuperar el equilibrio, y tampoco podía seguir una trayectoria recta porque cada pérdida de equilibrio me hacía aterrizar varios cuerpos más allá. Pero, al menos, había menos posibilidades de que el pie quedara atrapado entre un par de hombros o entre los muslos de alguien y tuviera que sentirle los testículos o el pene a través del cuero de mis zapatos. Gracias a Dios por las niñas pequeñas; sin ellas, ¿cómo haría un viejo como yo para abrirse camino por la vida?

Aprendí enseguida que no debía intentar avanzar de cabeza en cabeza como quien cruza un arroyo saltando de piedra en piedra: las cabezas rodaban o se inclinaban y terminaba otra vez con el pie atrapado entre toda clase de partes del cuerpo. Las piernas tampoco ofrecían demasiadas garantías. Como dicta el sentido común, las espaldas y los vientres eran la mejor opción. Pensé, con cierta melancolía, que si aquellos cadáveres hubieran salido directamente de un centro de interrogatorios o de un campo de concentración, tal vez habría más espacio entre unos y otros... aunque probablemente no, porque también habría muchos más cuerpos amontonados.

A veces la simple disposición de los cadáveres no dejaba alternativa y tenía que apoyar el pie con muchísimo cuidado sobre una oreja –cuando la cabeza estaba vuelta de lado resultaba un poco más estable– o sobre un cuello, esperando que la barbilla no se levantara y me dejara el pie encajado entre ella y el esternón.

Como puedes imaginar, aquello llevaba bastante tiempo y, de vez en cuando, terminaba cayendo boca abajo en una especie de grotesco preludio de intimidad, aunque no sucedía muy a menudo. Lo peor era cuando el cuerpo sobre el que caía pertenecía a un bebé o a un anciano muy viejo. No estoy seguro de por qué. Los cuerpos ancianos, en la penumbra, eran indistinguibles de los demás –y yo tampoco intentaba distinguir nada– salvo cuando me caía encima de ellos. Los cuerpos muy pequeños, en cambio, eran obviamente de bebés y resultaban bastante fáciles para caminar sobre ellos: tenían el tamaño justo para apoyar un pie, eran más blandos y no rodaban como las cabezas. Creo que encontrarme cara a cara con un bebé me hacía sentir culpable, porque su única utilidad consistía en servirme de apoyo para llegar a comprar mi cartón de leche. Y aunque despertara de aquella inercia, tampoco compartiría mi leche con una cobra.

Después de lo que me parecieron horas, por fin llegué a la tienda. Pensé que tal vez debería comprar también una botella de destapacañerías y echar un poco sobre los cadáveres cada vez que regresara al departamento para que, al cabo de unos meses, se abriera por lo menos un sendero transitable. O dos botellas: una para el camino de ida y otra para el de vuelta. Pero sería demasiado engorroso y, la verdad, no tenía ánimo para semejante tarea.

El verdadero problema era regresar cargando el cartón de leche sin romperlo. Gracias a Dios ya no los vendían en botellas de vidrio. No voy a aburrir a nadie con los detalles, pero el regreso fue prácticamente igual que la ida. El mismo trabajo. La misma logística, solo que a la inversa. Como el cartón iba en el bolsillo del abrigo, tenía las dos manos libres. La única diferencia era que debía cuidar aún más el equilibrio para no caer del lado donde llevaba la leche.

Cuando por fin llegué a la puerta del edificio, fue un alivio comprobar que ya no había un cadáver bloqueando la entrada. Menos mal que lo había arrastrado hacia adentro antes de emprender lo que ahora me parecía toda una misión. Aquella pequeña superficie de hormigón desnudo era un regalo del cielo, aunque nadie hubiera enviado nada: un felpudo de bienvenida en medio de un océano de cadáveres que semejaba una gigantesca alfombra voladora.

Me limpié las suelas sobre aquel inesperado "regalo del cielo". Estaban realmente asquerosas, pese al aspecto casi antiséptico de los cuerpos: tenían restos de sangre, de excrementos y algunos cabellos pegados.

Al entrar comprendí que tendría que subir el cadáver hasta mi departamento. No había otro sitio donde dejarlo. Si permanecía allí seguiría impidiendo que los vecinos llegaran a sus buzones; si lo dejaba en la escalera, alguien podía tropezar con él y entonces habría un maldito cadáver más del que ocuparse. Además, tener que pasar por encima de él cada vez que fuera a buscar el correo sería un fastidio. Quién sabe, hasta podía constituir una infracción administrativa.

No fue sencillo. Si alguna vez has intentado cargar un cadáver, sabes de qué hablo. Peor que arrastrar un ciervo; por lo menos un ciervo tiene astas. Este ni siquiera tenía un pene al que pudiera atarle el cinturón para facilitar el transporte. Al final no encontré otra solución que arrastrarlo escalera arriba sujetándolo por los pies, después de envolverle la cabeza con mi suéter para no lastimársela.

Y aquí llega el verdadero clímax del asunto; no más adelante. Fue un momento terrible.

Cuando metí el cadáver en el departamento, encendí la luz y lo miré... era mi madre.

Bueno, ya puedes imaginarte.

Hacía años que no la veía. En realidad, estaba convencido de que había muerto mucho tiempo atrás, pero allí estaba ahora, muerta de verdad, en mi sala.

¿Quién podría volver a pronunciar la palabra "ingratitud"?

No podía simplemente arrastrarla otra vez escaleras abajo, expulsándola de mi vida de ese modo. Debía de haber recorrido un largo camino para llegar hasta allí. Y arrojarla por la ventana para que cayera encima de otro cadáver –aunque la caída quedara amortiguada– sería como lanzarme esa misma palabra, "ingratitud", directamente a la cara.

El problema era que mi departamento era muy pequeño y no había sitio para que durmiera cómodamente.

Supongo que, si la vida no es más que un sueño, la muerte también lo será. Y quizá tanto la vida como la muerte, y todo lo demás, no sean más que un sueño soñado.

Y yo no quería que mi madre se pasara la noche dando vueltas y manteniéndonos despiertos a los dos dentro de nuestro sueño soñado.

Además, solo tenía un vaso para la leche, porque vivía solo. También una sola almohada, una cuchara, una toalla, un edredón y un televisor.

Después de pensarlo un buen rato, se me ocurrió acostarla en mi catre y dejarle la almohada. Yo tampoco la necesitaba. El vaso y la cuchara podía lavarlos después de cada uso; una persona puede contagiarse una enfermedad y quizá también se pueda contagiar la muerte.

En cuanto a la toalla, ella podía usar un lado y yo el otro. El edredón podíamos turnárnoslo una noche cada uno o, si hacía falta, yo podía cubrirme con una de las cortinas.

Y el televisor... bueno, llevaba años descompuesto.

Así que la acomodé lo mejor que pude y fui a la cocina a beber mi leche.

Bebo un litro entero cada día, por lo general por la noche.

Cuando terminé de beberlo de un trago, me di cuenta de repente de que no había dejado ni una gota para mi madre.

Me sentía agotado, pero la tienda abría las veinticuatro horas y lo mejor sería volver.

Me puse el abrigo, bajé las escaleras y salí al exterior, sobre el inexistente felpudo de bienvenida donde antes había estado el cuerpo de mi madre.

Debía de haber recorrido un largo camino y casi había conseguido llegar.

Probablemente también tuvo que abrirse paso entre todos aquellos cadáveres.

Quizá incluso hubiera traído leche para mí, porque en el aire flotaba un tenue olor a leche rancia.

Cuando uno vuelve a ver a su madre después de tantos años, inevitablemente se pone a reflexionar un poco.

Así que no era mala idea descansar allí unos minutos, justo donde ella había estado, antes de regresar a la tienda.

Además, aquel inmenso mar de cadáveres resultaba bastante intimidante.

La tienda abre las veinticuatro horas y nunca se queda sin leche.

No hay por qué preocuparse.

Si me quedo dormido, estoy seguro de que ella bajará a despertarme y podremos ir juntos a comprar nuestra leche.

La fuente de la poesía de Kerry Shawn Keys se encuentra en los Montes Apalaches, la América urbana, India, Brasil y Lituania. Sus raíces son universales. De 1998 a 2000, impartió clases de teoría de la traducción y composición creativa como profesor asociado Fulbright en la Universidad de Vilna. Es autor de decenas de libros. Su obra abarca desde la poesía errante y pastoral de las faldas de las montañas y la recuperación urbana hasta piezas de teatro-danza, flamenco, libros infantiles, meditaciones sobre el Tao Te Ching y un poema épico polifónico, compuesto a partir de sus diarios del sur de la India. Ha actuado y grabado con el percusionista de free jazz y artista de constelaciones sonoras Vladimir Tarasov (CD-Prior Records), y fue el líder del cuarteto Nada, de jazz-fluxus. Algunos de sus libros más recientes son: Kitos Knygas, 2013; Sich einen Fluss verschaffen, poemas bilingües inglés/alemán, 2017; Nueva poesía de China, 1917-2017, 2019; Hielo negro, 2020; Cordones para Chagall, poemas de amor seleccionados, 2021; Kerry Shawn Keys, Vida y obras seleccionadas, 2021; Estaciones en el huerto, 2023, Black Spruce Press, 2023; Alfabeto de sueños, 2024.


sábado, 15 de agosto de 2026

OPORTO RANCIO

Oscar De Los Ríos

 

08:00 am

Al despertar, aún antes de abrir los ojos, la primera sensación no vino del recuerdo ni de la culpa; fue un dolor punzante en la rodilla izquierda.

​Las sábanas eran las mismas del Día A; pero el viejo sentía su cuerpo como un saco de arena húmeda. Se miró las manos. La piel del dorso tenía esa palidez translúcida y moteada que solo otorgan el encierro y el tiempo.

​Su rodilla le pedía quedarse un rato más en la cama, pero hoy nada lo podía retrasar.

​En la mesita de luz, el cronómetro digital marcaba el avance del Día B.

​Se calzó las pantuflas y fue al baño, donde alivió una urgencia propia de la edad.

​La atmósfera del departamento era asfixiante. Las ventanas estaban siempre cerradas y pesadas cortinas relegaban el sol al exterior; pero ya se habían acostumbrado.

​De camino a la cocina para preparar el desayuno, cruzó el comedor. En el rincón más oscuro, su hermano ya estaba sentado en una silla de madera; sus manos descansaban en los apoyabrazos. Tenía la cabeza colgando y lo miraba con una mueca torcida, como si encontrara el asunto vagamente divertido.

​—Buenos días —le dijo el viejo, mientras se acomodaba los anteojos—. A partir de hoy continuarás con tu vida, ya no te voy a retener. No podés reprocharme nada; te cuidé y nunca estuviste solo. Por favor recordá que el éxito de nuestra misión exige que te mantengas en tu lugar.

​Su hermano no respondió; fue precisamente ese silencio terco el que le devolvió la tranquilidad de que la simetría sería perfecta.

 

12:00 pm

El viejo realizó La Contabilidad del Cosmos. Arrastró los pies hasta el gran salón donde se encontraba la consola central, un altar de pantallas de monitoreo que él mismo había ensamblado.

​Revisó los gráficos de cascada y los códigos que titilaban en los monitores; los valores eran exactos. El puente temporal estaba tendido. En las interfaces gráficas, las variables de la materia del Día B reflejaban una superposición matemática casi perfecta con los registros del Día A. La espera estaba terminando. El cosmos, con su monumental indiferencia de gigante ciego, parecía ignorar las arrugas de su rostro. En el flujo luminoso de los algoritmos, la brecha temporal quedaría reducida, al final del Día A, a dos fotogramas idénticos, cancelándose en el filtro de la probabilidad.

​El viejo sonrió. Luego miró a su hermano, que seguía sentado al fondo del salón, observándolo indiferente.

​—Hoy voy a saldar mi deuda con el Cosmos. Seré su administrador de sistemas.

​Sin embargo, cuando intentó levantarse de la silla ergonómica, un fuerte dolor de espalda le recordó que el administrador de sistemas tenía el disco duro dañado por el tiempo. El Universo estaba a punto de saltarse la última década, pero sus vértebras la habían contabilizado con precisión fiscal.

 

04:00 pm

El guion original –el que el programa había decretado– exigía que a las cuatro de la tarde se sirviera el oporto.

​El pico de la botella chocó el borde de la copa con un tintineo nervioso, mientras el licor espeso se derramaba.

​Sin moverse de su lugar, vestido con un traje de lino beige y el gesto cansado del que ya nada espera, su hermano lo observaba acercarse. Habían estado discutiendo desde el mediodía por las patentes del software de la matriz cuántica y, al no llegar a un acuerdo, la situación escaló.

​—¡No vas a poner la investigación, otra vez, solo a tu nombre. El algoritmo cuántico es mío! Igual que el reconocimiento de nuestros pares —amenazó su hermano, quien se rebeló por primera vez en su vida—. Si mañana intentás subirlo a la página de registro de patentes, presento la demanda y te hundo. A las ocho me voy para siempre, a empezar una nueva vida.

​Las copas quedaron sobre la mesa.

​Horas después volvieron a cruzarse en el comedor. Aún había tensión entre ellos, pero hicieron una tregua. Y con el correr de los días, el encierro dictó que el éxito y el reconocimiento solo tenían valor en relación con la manera de interactuar con los demás; poco a poco se fueron aislando de la sociedad. Un nuevo proyecto, capaz de borrar un evento del devenir del cosmos, los mantuvo unidos en la sala de computación.

​ Para asegurar que todo transcurriera sin la interferencia de la realidad exterior, el viejo, compró uno a uno, los cuatro departamentos del sexto piso del complejo. El dinero de las patentes de software se había ido en ofertas ridículas a vecinos ruidosos, hasta dejar el pasillo en un silencio de tumba.

​La única variable humana era un sargento retirado de la policía local que llevaba ya un largo tiempo cobrando un sueldo generoso por vigilar la entrada del 6B. Dejaba las compras junto a la puerta cerrada, convencido de que custodiaba el encierro voluntario de un millonario excéntrico.

​Su único día libre era el domingo. Entregado a la fe desde su retiro del servicio, oficiaba como diácono de la parroquia del barrio.

​El viejo, a pesar de las diferencias, comprendió que aún eran familia y le ofreció una copa de oporto; su hermano la rechazó. Pero él insistió, su hermano vaciló; tomándole la mano con infinita dulzura, le ayudó a cerrar los dedos alrededor del cristal.

​Brindaron.

​Lo único que el programa no podía solapar era el sabor del oporto: espeso y vibrante en el Día A; rancio y amargo en sus papilas envejecidas, en el Día B.

 

08:00 pm

El reloj del sistema emitió un pitido sordo sacándolo de sus divagaciones.

​El viejo tomó el cuchillo de caza con mango de asta de ciervo. El acero estaba tan pulido como la primera vez, pero su brazo no tenía la fuerza del rencor; solo lo animaba la culpa.

​—Es hora.

​Levantó el brazo para asestar el golpe que iba a reiniciar el cosmos.

​El impacto no fue blando. No hubo la resistencia cálida de la carne que su memoria había ensayado durante diez años. El metal chocó con algo seco, calcáreo, un muro de tiza dura que rechazó el acero. El golpe vibró a través del mango y la hoja, irradiando un dolor agudo hasta su codo.

​La fuerza del impacto hizo que el cuerpo se tambaleara en la silla. Un hombro se desmoronó. Jirones de lino se hundieron en la caja torácica, pelada por el tiempo y el formol. La copa de oporto se volcó, tiñendo restos de tela de un color púrpura oscuro que corrió sobre el polvo de los restos, tratando en vano de imitar la sangre. El golpe desprendió la mandíbula del cráneo, que colgaba ahora de un hilo de cartílago seco, revelando el vacío negro e infinito de la muerte.

​El viejo miró la palma de su mano acalambrada. En el suelo, entre astillas de hueso amarillento, quedó el puñal.

​Giró la cabeza, aterrorizado, hacia la consola. Las pantallas seguían brillando en verde, estables, impasibles, marcando una fluctuación cuántica perfecta. El software decía que el Universo estaba borrando el Día A. Pero el dolor en su codo era real y la muerte de su hermano aún permanecía inmutable.

 

11:55 pm

​Una ansiedad insoportable, ante el inminente borrado del día, llevó al viejo a dejar la puerta principal del departamento entornada. Buscaba desesperado una bocanada de aire fresco.

​Hacia el final de su ronda, el sargento se detuvo extrañado frente al 6 B. Llevado por el presentimiento, entró al departamento en el momento mismo en que las pantallas mostraban los últimos datos. Se paralizó en el umbral, retrocediendo un paso mientras su mano derecha bajaba instintivamente hacia la cartuchera abierta del cinturón. El brillo en sus ojos pasó del horror al asco. Miró al anciano cubierto de sudor y polvo de hueso, cayendo de rodillas, y luego miró al esqueleto apuñalado, rodeado por una mancha oscura y pegajosa sobre la alfombra. Conteniendo una arcada, tragó saliva con dificultad y retiró la mano del arma.

​Se llevó la mano al pecho y se persignó.

​El viejo abrió la boca para gritarle que había corregido el cosmos; que los últimos diez años se perdieron en el vacío de la existencia; que la rodilla le dolía por la entropía biológica y no por el castigo divino; que Dios había mirado para otro lado. ¡Que él… él! era el artífice del milagro que iba a presenciar.

​El cronómetro llegó a 00:00.

​La luz de las pantallas se extinguió. En la oscuridad del salón, solo quedó el viejo llorando sobre un montón de huesos amarillos, mientras el sargento rezaba un padrenuestro para agradecer el perfecto y previsible decreto del Altísimo.



Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

 

LA FÁBRICA DE MÁSCARAS

Alex S. Johnson

 

Fue más la idea de una fábrica de máscaras que su realización concreta la que zanjó el debate tácito entre los dos hombres.

Digo “tácito” porque la idea permanecía entre ellos, y en el aire del estudio de Hauptmann, como un animal, quizá un perro pequeño. De esos animales excesivamente dependientes, sumisos, dispuestos a hacer cualquier cosa por complacer a su amo. En algunas razas esa dependencia alimenta las semillas de la violencia; en otras, vuelve al perro inútil para cualquier cosa que no sea dormir. Pero el proverbial perro echado sobre la alfombra no era inútil… al menos, este no lo era.

—Ha llegado la hora de actuar —dijo Hauptmann de improviso, aplastando su habano, todavía a medio consumir, contra el cenicero y golpeándolo una y otra vez con fuerza brutal.

Ese gesto le pareció innecesario a su interlocutor, Georges Gleese, y presagiaba un estallido de veneno personal.

—No podemos empezar a fabricar máscaras… —comenzó Gleese—. Al menos, todavía no. Podríamos experimentar con “personae” y luego, si conseguimos patrocinadores… entonces…

Pero el esfuerzo fue tibio, y pronto guardó silencio.

—No.

—¿No?

—No. No me refería a fabricar máscaras… una idea excesivamente simple, vuelta todavía más banal por tu deslucida descripción. Necesitamos vigor, señor… vigor… Yo deseo fabricar fábricas de máscaras.

—Es un proyecto imposible —dijo Gleese.

En la penumbra parecía un muchacho rubio, joven y disoluto, aunque había alcanzado los cuarenta y cinco años.

—Nunca funcionará. Mi concepto es práctico, aceptable, realizable… De hecho, ahora mismo puedo pensar en media docena de personas con las que podríamos hablar hoy mismo y que estarían encantadas de participar. Imagínelo, mi querido Hauptmann… máscaras encontrándose con máscaras. Máscaras proliferando… y no solo “personae”, sino máscaras físicas, sólidas, entrelazadas con esas “personae”… Podríamos emplear nanotecnología y metafísica, reajustar las “personae”, ¿comprende? Necesito una copa.

—Creo que aún queda un poco de sangría en el decantador de la cocina, aunque la criada parecía medio muerta la última vez que la vi —dijo Hauptmann, encogiéndose de hombros—. En realidad, estoy casi seguro de que ya está completamente muerta. Ya sabe… pertenece al linaje de Schrödinger.

—Ah, sí, Irwin… Un hombre mágico, verdaderamente extraordinario. Sus experimentos mentales con el boxeo de sombras…

—Ese era Arnold Schoenberg.

—No, está pensando en el compositor.

El perro se incorporó y comenzó a rascarse… un leve sonido de uñas que precipitó el estudio en una oscuridad de otro mundo. A través del muro de ébano, rostros de una luz deslumbrante y de inmensa intensidad fueron desprendiéndose de las sombras.

—Creo que empiezo a comprender su punto de vista —dijo Hauptmann—. Es usted más sabio y extraño de lo que imaginaba. Lo creía aquel joven ingenuo que me seguía a todas partes y espiaba mis encuentros amorosos con aquella Jezabel…

De pronto se puso de pie y, con una mueca siniestra que parecía parpadear en colores de Technicolor, le propinó una bofetada a su invitado.

—¡Dios mío! ¿A qué ha venido eso?

—La verdad es que no estoy seguro —respondió Hauptmann—. Estoy sinceramente desconcertado por mi propio comportamiento. Nunca he sido propenso a la violencia.

—Quizá se trate de un trastorno neurológico —aventuró su invitado.

—¡Jamás! —tronó Hauptmann.

Se dirigió al armario, sacó una escoba y la blandió.

—Ni una palabra más…

—Su estado lo está volviendo imposible, filosófica y epistemológicamente hablando —dijo su invitado—. Lo veo a usted engullido por las sombras mientras yo entro en la luz que emana de estas máscaras…

Gleese extendió la mano hacia la claridad que brotaba de los ojos de las máscaras y extrajo de ella una cuerda de neón con la que inmovilizó rápidamente a Hauptmann, rodeándole todo el cuerpo.

La multitud de máscaras estalló como una ristra de fuegos artificiales y, en el instante mismo de extinguirse, cada una pronunció un monólogo tan exquisito como, paradójicamente, insoportablemente banal.

—Lo que quería decir —comentó Hauptmann— es que he cambiado de opinión. Vuelvo a mi idea original… la fabricación masiva de fábricas de masas, primero a escala local y luego creciendo… creciendo… creciendo.

El rostro de su invitado volvió a hundirse en las sombras. El hombre más joven tomó su bastón de caoba con empuñadura de bronce.

—Bueno, viejo amigo, ha sido tan inquietante como siempre. Nos veremos de nuevo en el Café du Monde.

—Naturalmente.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 


NUNCA SOLA

Eveline van Dienst

—Ay... ¿Acaso tengo la cabeza metida en un tornillo de banco? —gime Lilian. Se lleva ambas manos a la cabeza y comienza a presionar las sienes con las yemas de los dedos, haciendo movimientos circulares. Mantiene los ojos cerrados, incluso los aprieta con fuerza—. Ay, Dios... —vuelve a gemir—. ¿Qué fue lo que pasó? —Le zumban los oídos. En el cuello siente un dolor punzante. Y procura no volver nunca sola a casa en bicicleta, oye decir a su madre en sus pensamientos. Asegúrate siempre de que alguien vaya contigo—. Sí, sí, ya, ya... —murmura mientras gira la cabeza de un lado a otro. Siempre, o casi siempre, había obedecido los mantras de su madre—. Uf... Demasiada luz...

Desplaza las manos hasta los ojos y se los cubre. Una corriente de aire frío acaricia su cuerpo y un escalofrío la recorre. Los pájaros cantan con estridencia.

Poco a poco regresan los recuerdos de la noche anterior.

 

—¡Hola! Soy Karst. ¿Vienes seguido por aquí?

—No lo sé. Tal vez. ¿Y tú? —responde mientras bebe un sorbo a través de la pajita y lo mira con gesto seductor.

—Solo cuando hay algo apetecible que encontrar. —Hace una breve pausa y luego susurra con voz insinuante—: ...como este Bloody Mary.

Choca su vaso contra el de ella.

Con sus ojos azul celeste salpicados de un leve destello anaranjado, el cabello casi blanco y una barba de tres días, Karst no es precisamente un hombre poco atractivo.

Nunca te vayas a casa con un desconocido.

Después de uno, dos, tres o quizá cuatro cócteles –Lilian ya ha perdido la cuenta–, ambos se dirigen a la pista de baile.

Rhythm is a dancer, it's a soul's companion, you can feel it everywhere —canta Karst a todo pulmón siguiendo la música.

Levanta los brazos y mueve las caderas con entusiasmo, aunque la coordinación no sea precisamente su punto fuerte.

Oh-oh, it's a passion, oh-oh, you can feel it in the air —continúa Lilian, también a voz en cuello, mientras alza los brazos.

Sus manos se encuentran y los dedos se entrelazan.

Las manos de Karst abandonan lentamente las de Lilian y descienden hasta posarse sobre sus caderas. Luego la atrae hacia él y ambos bailan apasionadamente al ritmo de la música.

Lilian siente el cuerpo frío de Karst pegado al suyo. Ella, en cambio, arde. Y no solo por el calor del local o por el baile.

Qué ojos tan extraños... y qué sonrisa tan luminosa, piensa. Está para comérselo.

Antes de darse cuenta, siente los labios de Karst sobre su cuello. Se deslizan lentamente de arriba abajo. Suaves. Delicados.

Y de pronto...

—¡Ay! ¿Qué haces? —exclama.

Se lleva la mano derecha al cuello. ¡La ha mordido! Eso no se hace en una primera cita. Ese tipo de cosas se reservan para más adelante. ¡Qué descaro!

—Perdón —dice Karst—. Me dejé llevar. El calor del momento. Je... —La mira con expresión algo torpe y añade—. Me parece que sería muy agradable volver contigo a casa en bicicleta.

Lilian se sobresalta y, de un empujón, lo aparta. Ha tenido suficiente. Karst la observa desconcertado.

—Ha sido un placer conocerte, pero ya es hora de que me vaya —dice ella con decisión—. Gracias por la agradable velada.

Sin esperar respuesta, se da media vuelta y se dirige al guardarropa. ¿Pero qué se habrá creído? ¿Embriagarme para luego aprovecharse de la situación? Bah... Los hombres son todos iguales. Con el abrigo bajo el brazo sale furiosa del local y, con manos temblorosas, libera la bicicleta del candado.

—¡Grrr! —resopla.

Solo quiere llegar cuanto antes a casa. Olvidar esa noche. Olvidar al señor seductor... o más bien al señor abusador. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí. Estúpido Karst.

#IntentoDeOlvidarlo: fracaso. No pienses más en él y ya está.

¿Tomar el camino corto, por el dique, o el largo, atravesando el pueblo? Elige el dique. Así se ahorra unos diez minutos. Monta en la bicicleta y se pone en marcha. Tras un rato, el enojo comienza a disiparse. Entonces aparece el miedo. Lilian toma conciencia de lo vulnerable que es en ese momento: una mujer joven, sola, en plena noche, por un camino desierto. Procura no volver nunca sola a casa en bicicleta. ¿Y si su madre, una vez más, tenía razón? Las madres siempre tienen razón. Un escalofrío le recorre la espalda. Siente el corazón latiéndole en la garganta.

—Debería haber ido por el pueblo. ¿Qué son diez minutos en toda una vida? —se lamenta.

Las lágrimas le llenan los ojos y la vista se le nubla. Se seca con la manga y vuelve a ver con cierta claridad. Pedalea con más fuerza por el estrecho camino del dique, sin iluminación, rodeado a ambos lados por campos desiertos cubiertos por un espeso manto de niebla. La cabeza le da vueltas por el alcohol. Las piedras saltan bajo las ruedas y las ramas secas se parten a su paso. Y entonces... ¿Qué fue ese ruido? Lilian mira hacia atrás. Ve a alguien acercándose rápidamente en una bicicleta sin luces. Muy rápidamente. Da la impresión de que flota. He bebido demasiado en muy poco tiempo. No debo volver a hacerlo. En cuestión de segundos, el ciclista está justo detrás de ella.

A partir de ese instante... su memoria queda completamente en blanco.

 

Lilian abre los ojos y aparta lentamente las manos del rostro. Sus pupilas se acostumbran poco a poco a la luz. La ventana está entreabierta. Las copas de los árboles se balancean de un lado a otro, como si la saludaran. Mira a su alrededor y descubre que está acostada en una cama. En las paredes cuelgan fotografías de mujeres jóvenes, pósteres y recortes de periódicos. Entonces se da cuenta.

Son sus fotografías.

Son sus pósteres.

Es su habitación.

—¿Qué...? —alcanza a murmurar.

—Buenos días, bella durmiente —dice una voz con alegre naturalidad. Lilian no entiende nada. Vuelve la cabeza hacia el lugar de donde proviene la voz y ve a Karst—. Buenos días otra vez. ¿Dormiste bien?

Lilian se sobresalta y se incorpora de golpe en la cama.

—¿Qué haces aquí?

—Tranquila, no voy a hacerte daño. ¿Qué fue lo que pasó anoche? De repente te fuiste sin decir una palabra. Me preocupé por ti, así que fui tras de ti y te llevé sana y salva a tu casa. ¿No recuerdas nada? —Lilian lo mira con los ojos muy abiertos—. Ya veo que no... —dice Karst—. Además, ¿a quién se le ocurre recorrer sola, en plena noche, un dique completamente desierto? Podría haberte pasado cualquier cosa. ¿Tu madre nunca te enseñó eso?

—Eh... sí... —balbucea Lilian.

Ese dolor de cabeza...

—Y quizá deberías beber un poco menos de alcohol. Con la forma en que ibas zigzagueando con la bicicleta, parecía que estabas compitiendo por la medalla de oro en eslalon gigante.

Karst se ríe de su propia broma.

Ese dolor en el cuello...

Lilian lleva la mano derecha hasta la zona dolorida. Tiene la sensación de tocar pequeñas costras. Comienza a rascarlas.

—Ah, eso... —dice Karst—. Sí, perdón... bueno, en realidad no. Te ofrecías en bandeja y no pude resistirme. Aunque debo decir que tienes la piel bastante dura, ¿lo sabías? Me sentí como un mosquito intentando picar a un elefante. —Sonríe ampliamente al hacer el comentario. Al ver que ella no comparte el entusiasmo, añade—: Está bien... ahora sí, perdón de verdad. Nunca he sido un romántico. Llevo siglos intentando aprender, pero definitivamente no es lo mío. —Lo dice con un tono de absoluta inocencia—. Pero, si debo ser sincero, tu sangre es deliciosamente dulce. ¡Ni el mejor Bloody Mary puede competir con ella!

Karst sonríe mostrando los dientes. Sus colmillos brillan frente a Lilian.

—¿Desayunamos? —pregunta a continuación—. No tengo idea de qué guardas en la cocina ni dónde está cada cosa, pero seguro que lo averiguo.

Lilian sigue siendo incapaz de articular más que unas pocas palabras. Siente que la cabeza continúa dándole vueltas.

—¿Sabes qué? Lo prepararé yo. Tú quédate descansando un poco más. Enseguida vuelvo. —Antes de salir de la habitación, cierra la ventana y corre las cortinas—. Creo que, de ahora en adelante, te sentirás mucho mejor —agrega.

Y tenía razón. A veces, solo a veces, los hombres tienen razón. Y ¿cómo continúa la historia?

Resumiéndolo mucho: vivieron felices durante muchísimo, muchísimo, muchísimo, muchísimo, muchísimo... muchísimo tiempo.

Eveline van Dienst es una autora neerlandesa conocida principalmente por escribir literatura infantil interactiva y relatos de ciencia ficción y fantasía. Además de su faceta como escritora, trabaja en el sector de la salud mental para jóvenes (jeugd GGZ). Entre sus libros destacados pueden mencionarse Amy op zolder (2021), Un libro infantil interactivo publicado a través de la editorial Boekscout y Ridder Joris: Draak ik heb je!, otro relato infantil ilustrado de carácter lúdico.

 

LOS PEREGRINOS DEL ÚLTIMO SOL