jueves, 12 de marzo de 2026

SE DESCONOCE EL PARADERO DE JOSÉ SARAMAGO

Jorge Candeias

 

Ha desaparecido de su casa, en la isla española de Lanzarote, Canarias, el escritor portugués José Saramago. El laureado con el premio Nobel habría sido visto por última vez por un repartidor de una tienda local, que habría ido a entregarle provisiones a su casa al comienzo de la tarde de anteayer, día 21. La esposa del escritor se encuentra de viaje y no se la espera en Lanzarote hasta dentro de una semana. Según informaciones de la editorial, Saramago se preparaba para publicar el octavo volumen de los Cuadernos de Lanzarote. La policía no ofrece ninguna explicación sobre el caso y la casa del escritor se encuentra inaccesible para los medios de comunicación.

Sin embargo, hemos podido averiguar que la desaparición, denunciada a la policía española por algunos amigos que tenían una cita concertada con el escritor en Haría, pequeña localidad del norte de la isla de Lanzarote, presenta aspectos misteriosos e incluso insólitos. En efecto, aunque no hay señales de robo ni de violencia, han desaparecido varios objetos personales, entre ellos ropa, la computadora que el escritor utiliza para escribir y otros objetos predilectos de Saramago, como si se hubiera preparado para un largo viaje. Para aumentar el misterio, se encontró sobre la mesa de trabajo del escritor un breve manuscrito fantástico, al que hemos tenido acceso y que transcribimos a continuación.

 

¿De qué vale una vida sin misterios? Me descubro jugando insistentemente con ese pensamiento mientras otra parte de mi cerebro revive mi salida de esta Tierra que me acoge como un útero desde hace tantos años que ya se han vuelto difíciles de contar. Tal vez, porque mi vida no tiene misterios para mí, la dediqué a inventárselos a los demás y, si ese fuera el caso, ¿qué haré yo con los años que me quedan? O mejor, ¿qué podré hacer con ellos, ahora que esta vieja vida que es la mía se ha vestido con un manto de misterio que ni otra vida igual a esta me permitiría desentrañar?

Los críticos de lo que escribo dicen que soy demasiado intrincado, que pierdo la objetividad de lo que quiero decir en las muchas palabras con que lo digo y en los rodeos, retrocesos y giros con que llevo mis frases a su destino. Tal vez sea así, aunque a mí todo me parece claro. Pero si es así, ¿será este texto incomprendido? ¿Tendré que forzarme a un estilo periodístico para que no confundan lo que quiero decir con lo que no quiero? Ya he perdido la costumbre del estilo periodístico, si es que alguna vez la tuve, pero quizá tenga que intentarlo, al menos. Porque lo que tengo que decir es demasiado importante como para que no me comprendan; será incluso lo más importante que alguna vez haya dicho o diré, o quizá la única cosa verdaderamente importante que dejaré a mis semejantes.

Pienso que todo habrá comenzado cuando quise dirigir la mirada del mundo hacia sus desheredados, aprovechando los cinco minutos de fama que el Nobel me dio. De algún modo que ni siquiera me atrevo a intentar comprender, mis palabras habrán llegado más lejos de lo que jamás podría haber supuesto. O al menos eso pienso, porque no se me dijo nada directamente; solo me fueron mostradas maravillas y terrores y se me hizo una petición silenciosa para que sacara de ellos mis propias conclusiones.

Sea como fuere, el hecho es que hace unos seis meses, tiempo contado a través de los ciclos de sueño y vigilia que atravesé, o ayer, si he de creer en la fecha que marca el calendario que tengo delante, fui llevado por unos seres que me parece haber visto ya en sueños, míos o de algún otro soñador, a un objeto casi abstracto, tan extraña era su forma, o su falta de forma, que aquello no encajaba en nada que formara parte de la experiencia de los hombres. No tenía forma, por tanto, pero tampoco carecía de ella, porque parecía poseer alguna estructura lógica. Era algo construido con un propósito, no una balsa de piedras unidas por azar para ir a la deriva por las corrientes de aquello que le sirviera de soporte. En el interior reinaba la misma ambigüedad, y además de la ausencia de una forma con propósito evidente, aunque yo no pudiera saber cuál era ese propósito, había cosas bidimensionales, no exactamente pintura, quizá tampoco caligrafía, y nada que se pareciera a un manual que me ayudara a encuadrar todo aquello en un conjunto único y real.

Será innecesario decir que en ese punto empecé a dudar de mi cordura, y debo admitir que aún hoy, después de tanto tiempo y de tantas cosas –y no logro convencerme de que lo que estoy describiendo haya sucedido apenas ayer–, alguna duda sigue persistiendo en mi espíritu sobre su verdadero estado. Extraña manía esta de la mente de reflejarse sobre sí misma. Pero no puedo dejar que se disperse en filosofías que en este momento son espurias, ni puedo partir del principio de que he enloquecido. Ellos no me lo perdonarían, y quizá ni yo mismo me perdonaría.

Ni siquiera advertí que aquello se levantara del suelo, pero cuando mis captores –y los llamo captores a falta de un término mejor, pues no había violencia alguna y, en cambio, esos seres estaban envueltos en un aura de benignidad que no se mostraba, pero sí se veía– me llevaron a una sala –y me encuentro aquí una vez más con dificultades de lenguaje, porque aquello no era una sala de las que todos conocemos de nuestra vida cotidiana. Pero he decidido que debía sacrificar la realidad a la claridad siempre que la verdad no sufra con ello, y si nada se aparta de la verdad más profunda al llamar sala a lo que no lo es en la realidad objetiva de las cosas, sea entonces una sala– con vistas al exterior, pude ver una cosa redonda y azul frente a mí, una joya a la que los hombres de todos los pueblos llaman Tierra. Pero la vi como la había visto antes tantas veces en fotografías y pinturas, no como la vi toda mi vida, en fragmentos minúsculos, a ras del suelo. Me creerán sin duda si les digo que no puedo imaginar que hasta el año de mi muerte vuelva a ver algo que me impresione tanto…

Discúlpenme. Vinieron a llamarme, quieren partir. Me siento como un niño en una tienda de dulces, con sus padres ya en la puerta llamándolo. Quiero dejar este relato terminado, pero temo haberme perdido en divagaciones no fundamentales. Concluyamos brevemente, entonces, pues todo indica que más tarde tendré mucho tiempo para describir con mayor detalle todo aquello por lo que he pasado.

Después de salir de la Tierra, nos dirigimos a Marte. Lo sé porque aterrizamos –no aterrizamos exactamente, pero en fin… no hay tiempo para explicarlo mejor ni para buscar palabras más fieles– junto al lugar donde quedó abandonada aquella pequeña maravilla tecnológica que yo tanto critiqué por desviar recursos fundamentales en un mundo lleno de seres humanos muriendo de hambre. La reconocí, y reconocí el lugar, aquella llanura llena de piedras bajo un cielo color de rosa. Me mostraron ese planeta tal como es hoy, en el presente, y luego vi cómo será en el futuro y cómo fue en el pasado. Vi Marte repleto de hombres y de actividad, ciudades, primero dentro de cúpulas de vidrio y más tarde bajo un cielo azul tan semejante al de la Tierra que se me llenaron los ojos de lágrimas. Durante muchos días me mostraron el planeta, lugar por lugar, casi piedra por piedra, desde el presente hasta un futuro que se me presenta lejano y hacia atrás en el tiempo hasta el diluvio primigenio que comenzó a esculpir su rostro. Comprendí, o creí comprender, que todo se sumaba para llegar a ese punto del tiempo en que pies humanos surcaran por primera vez aquellas extrañas arenas, y cuando, después de haber visitado el pasado de Marte, hicimos una breve excursión por los planetas gigantes, creí entender Marte como un ejemplo, una muestra, una parábola parcial de un todo mucho mayor, porque el futuro de los planetas hijos del Sol se me presentaba repleto de hombres, hombres por todas partes, de Mercurio a Plutón, pasando por una miríada de cuerpos cuyos nombres propios o apellidos jamás conocí. Supuse que los hombres no se habrían quedado en el patio del Sol y que, en cambio, habrían partido hacia otras estrellas, para llamar suyos a otros lugares, bajo otros cielos pintados con constelaciones extrañas para ojos terrestres, aunque nada de eso me fue mostrado por mis cicerones.

Vi todo aquello con la mirada maravillada de un hombre que contempla desplegarse ante sí la historia del asedio al Universo entero, y en ese asedio están sus propios hijos en la primera línea de combate, y comprende que la insatisfacción que siente dentro de sí es la misma que los lleva a luchar, a luchar siempre, contra todas las dificultades, contra todos los imposibles, con la Voluntad como único combustible de una máquina voladora que jamás dejará de volar.

Después me trajeron de vuelta a Marte y me dieron a ver la evolución del planeta desde que por primera vez se reveló en su individualidad de planeta, único y diferente de todos los demás, hasta mi tiempo presente anterior, y digo anterior porque para entonces ya me sentía fuera del tiempo, un observador exterior, sin interferencia ni influencia sobre la realidad. Me dieron a ver en paralelo la evolución de mi propio mundo, ambos lado a lado, la Tierra como un hermano mayor de Marte, pero al mismo tiempo más joven, porque vivo. Vi en ella el nacimiento de la Vida, vi en ella el surgimiento del Hombre, sus primeras alegrías y tristezas y Marte vacío, las primeras injusticias, las primeras desigualdades y Marte vacío, el nacimiento, apogeo y muerte de los grandes imperios de la Antigüedad y Marte vacío, las edades de las Tinieblas y de las Luces, y Marte vacío, las primeras máquinas y Marte vacío, las grandes guerras y Marte vacío, finalmente el presente y Marte vacío. Y Marte vacío. En el lugar donde la nave estadounidense debería haberse quedado oxidándose no había nada, y en mi Tierra las cosas tampoco eran ya exactamente como yo las conocía.

¿Será posible que haya estado tan equivocado? ¿Será posible que el hambre y el sufrimiento sean condiciones necesarias para la supervivencia de los hombres? No puedo aceptarlo de ninguna manera. Pero lo que vi fue un mundo entero concentrando sus recursos y su atención en acabar con el hambre, la miseria y la indignidad humana, y muriendo por ello. Lo que vi fue una especie que olvidó el Espacio y que por eso no aprendió una serie de técnicas ni descubrió un vasto conjunto de leyes naturales necesarias para su viabilidad, una especie que solo advirtió la contaminación cuando ya era demasiado tarde, una especie que nunca desarrolló mecanismos eficaces de control ecológico porque no disponía de un punto de observación exterior a la biosfera que la ayudara a calibrar el grado de acierto de sus intentos de corregir los desequilibrios que iba produciendo. Y después vi la derrota total, el regreso del hambre y de la miseria, el regreso de la enfermedad, el regreso de la guerra y finalmente vi la muerte.

¡Qué contraste! ¡Y qué paradoja! Así como con todo lo malo que existe en el mundo que somos el Hombre prospera, con todo lo bueno que existe en el mundo que deberíamos ser, el Hombre muere.

No es posible que solo pueda ser así, de una manera o de otra, en blanco o negro. Tiene que existir un camino intermedio, un tercer camino, que pueda compatibilizar la supervivencia con la dignidad humana, un camino que no deje un sabor amargo en la boca de los hombres que lo sigan. Pero para poder tener esperanza de ser capaz de encontrar ese camino necesito saber más, y por eso partiré de nuevo dentro de unos minutos. Mis compañeros, que mientras tanto se han convertido verdaderamente en compañeros, compañeros de descubrimiento y de exploración, me esperan, aparentemente pacientes, mientras yo, sentado aquí en este ambiente familiar, divago sobre el destino del Hombre. Tengan un poco más de paciencia, que ya casi he terminado.

Y he llegado al punto en que tendré que decir claramente lo que he dejado entrever en las líneas anteriores: estoy profundamente arrepentido de las palabras que pronuncié condenando los esfuerzos científicos. Si encuentran en sus sentimientos un lugar para el perdón, se los agradezco, pero no podré censurarlos si en mi memorial quedo descrito como un ciego propagador de la ceguera. Sin embargo, no reniego de una vida de lucha por la dignidad humana. Pienso que se pueden y se deben resolver todos los problemas al mismo tiempo. Es para saber cómo hacerlo que parto de nuevo. Por eso, amigos míos, no lamenten ni lloren mi ausencia, porque estaré luchando por ustedes y, en consecuencia, por mí mismo.

Pilar, un beso de quien te amó siempre. Yo sé que comprendes. Espero estar de vuelta pronto, probablemente en un tiempo mucho más breve para ustedes que para mí. Espero regresar más sabio y con algunas respuestas en lugar de lo que hasta ahora son solo preguntas. Hasta entonces, quédense todos con mis mejores deseos. Y no dejen de esforzarse, por el futuro.

 

Este texto se encuentra actualmente en manos de especialistas para determinar su autenticidad. No obstante, una fuente de la Facultad de Letras de la Universidad de Coímbra dijo a nuestra redacción que, según un análisis preliminar, el texto parece ser una falsificación no demasiado perfecta, dado que el estilo fraseológico no corresponde enteramente al del escritor. Queda la pregunta: ¿quién podría intentar evitar sospechas de secuestro con un texto de tales características?

Ninguna de las personalidades consultadas hasta el cierre de esta edición mostró la menor apertura a la hipótesis de que el texto relate hechos verídicos.

Jorge Candeias, nacido en el Algarve, al sur de Portugal, lleva demasiado tiempo traduciendo y solo escribe cuando le apetece y tiene una historia que contar, algo que últimamente casi nunca ha sucedido. A pesar de ello, de vez en cuando publica algunas cosas antiguas, incluso en inglés y, como pueden ver, en español. Su último libro, lleno de historias de ratas, se autopublicó en 2022 e incluye relatos de algunos amigos. Nadie lo ha leído, lo cual es perfectamente lógico.

 

 

EL ESCONDITE DE LA SEÑORA SCOTT

Andrea Tillmanns

 

—Cuidado, ese es un fa sostenido, no un fa —dijo Luisa, señalando la partitura—. Era lo mismo en “Amazing Grace”, ¿recuerdas?

—Oh, apenas se puede ver esa pequeña cruz delante de la nota, ni siquiera con gafas de lectura —respondió Christine, llevándose de nuevo el saxofón a los labios—. Pero si tú lo dices…

Antes de que pudiera intentar el estribillo otra vez, llamaron a la puerta. Christine suspiró.

—Probablemente sean otra vez los Miller, del otro lado del pasillo —murmuró, entregándole el saxofón a su profesora de música y saliendo al recibidor—. Sus hijos corren por el apartamento todo el día y, cuando yo quiero tocar un poco de música, vienen enseguida a quejarse… simplemente no entienden las melodías hermosas.

Luisa sonrió. Desde que Christine había empezado las clases de música, poco menos de un año atrás, la jubilada estaba firmemente convencida de que un saxofón solo podía producir sonidos hermosos. No podía entender por qué sus vecinos seguían viendo las cosas de otra manera, ni siquiera con la mejor voluntad del mundo.

Pero esta vez nadie venía a quejarse de su versión algo poco convencional de “Greensleeves”. En cambio, cuando regresó al salón, Christine traía consigo a una anciana en camisón.

—Ahora siéntese aquí, en el sillón, señora Scott. Le traeré una manta y luego podrá contarme su historia…

—¡No quiero una manta, quiero mi dinero! —protestó la señora Scott, apartando la mano de Christine—. ¿Has visto mi dinero? He buscado por todas partes, pero ya no está en mi escondite…

—¿Ha revisado la vieja máquina de coser? —preguntó Christine, empujando suavemente a la anciana hacia el sillón y colocando sobre sus piernas una manta de lana del sofá antes de quitarse rápidamente su cárdigan y ponérselo sobre los hombros—. ¿O en el horno? La última vez estaba escondido allí.

—Yo nunca lo puse allí, no, no —replicó la anciana, mirando a su alrededor con inquietud—. ¡Allí, allí en el jarrón, mira allí! —señaló el gran jarrón de pie en una esquina del salón.

Christine suspiró en voz baja.

—La pobre mujer está bastante senil ahora —le susurró a Luisa al pasar junto a ella—. Pero su hija no quiere llevarla a una residencia…

—Si ya ni siquiera puede vestirse sola —murmuró a su vez Luisa—, quizá no sería lo peor… ¿quién la cuida?

—Su hija… la mayor parte del tiempo, al menos —respondió Christine.

Inclinó el jarrón de suelo para que la señora Scott pudiera mirar dentro y metió la mano antes de negar con la cabeza.

—Hoy no, al parecer, aunque… Le prepararé algo de comer en un momento. Luisa, ¿te parece bien si dejamos la clase por hoy?

—Hasta que termine la lección puedo ayudarla a buscar —decidió Luisa sin pensarlo mucho. Al fin y al cabo, le estaban pagando por su tiempo allí—. Mientras tanto puedes prepararle algo de comer.

A juzgar por lo delgada que estaba la anciana, aquello era sin duda una buena idea.

Dejó el saxofón sobre la mesa y acercó su silla al sillón donde la señora Scott seguía mirando a su alrededor.

—Señora Scott —dijo, tomando la mano delgada y helada de la anciana, que entonces sí miró a Luisa—. Soy una especie de detective; tal vez pueda ayudarla a buscar.

No mencionó que su anterior trabajo detectivesco había consistido en tropezar casi por casualidad con un caso de asesinato y luego resolverlo también casi por casualidad. En cualquier caso, buscar billetes cuyo escondite había sido olvidado le parecía mucho más agradable que tratar literalmente con un asesino.

—Entonces ven conmigo —dijo la señora Scott, poniéndose de pie, metiendo un brazo en el cárdigan de Christine y tirando de Luisa hacia la puerta con la otra mano.

—¡Christine, vamos arriba! —llamó Luisa a su alumna de música, que estaba rebuscando en el refrigerador de la cocina.

—¡Ahora voy! —respondió ella.

En realidad, la señora Scott simplemente había dejado abierta la puerta de su apartamento en el segundo piso cuando bajó al de Christine. Solo entonces Luisa se dio cuenta de que la anciana ni siquiera llevaba calcetines; sus pies debían de estar tan fríos como sus manos dentro de aquellas finas pantuflas.

—Pero necesito el dinero, ¡urgentemente! —murmuró mientras abría la puerta y arrastraba a Luisa al interior del apartamento con un firme agarre—. Tú lo entiendes, Sophia, ¿verdad?

—Sí, claro —respondió Luisa. ¿Sophia sería la hija de la anciana?

—Eres la única que siempre ha sido buena conmigo… —continuó la señora Scott—. Mira esto: el dinero estaba aquí, ¡y ahora ha desaparecido! —La llevó hasta la chimenea y levantó un leño—. Ahí, ¿ves? ¡Se ha ido, lo han robado!

—¿Quién podría haberlo tomado? —preguntó Luisa, agachándose para mirar también bajo el leño.

Para su sorpresa, no era de madera en absoluto: evidentemente era falso, con leños artificiales delante de una llama simulada. Lo cual sin duda era más sensato que una chimenea real para una anciana tan olvidadiza.

Por supuesto, la señora Scott probablemente había extraviado su dinero en algún sitio, o su hija lo había llevado al banco hacía tiempo para evitar precisamente eso. Y sin embargo…

Había una gruesa capa de polvo sobre los leños y sobre todo el suelo de la chimenea; era evidente que nadie la había limpiado desde hacía mucho tiempo. Solo bajo el leño central, el que la señora Scott acababa de levantar, había una zona rectangular completamente libre de polvo.

Luisa frunció el ceño, pensativa.

¿Podría haber algo de verdad en la historia de la anciana, después de todo? Al menos algo había estado allí no hacía mucho.

Cuando sonó el timbre, abrió rápidamente la puerta y dejó entrar a Christine, que había traído un sándwich y un plato de ensalada de judías.

—Bien, señora Scott, primero coma algo y luego buscaremos su dinero juntas, ¿de acuerdo? —sugirió.

La anciana aceptó. Christine le trajo un vaso de agua de la cocina y luego ambas se sentaron con ella a la mesa del salón.

—¿Quién podría haber tomado su dinero? —preguntó Luisa.

—Lilly, esa arpía —respondió de inmediato la señora Scott.

—Lilly murió hace tres años —comentó Christine en voz baja—. Un ataque al corazón, con poco más de setenta.

—Entonces fue August. Siempre se gasta todo su dinero —propuso la señora Scott, imperturbable.

—August es su hijo; vive en Europa desde hace treinta años —explicó Christine, encogiéndose de hombros con gesto apologético.

—Había algo en la chimenea que ya no está —insistió Luisa, volviéndose otra vez hacia la señora Scott—. ¿En quién más puede pensar?

—Pero eso tú lo sabes, Sophia —respondió ella con reproche, y luego se comió la mitad del sándwich antes de continuar—. Marianne, esa desordenada, necesita todo el dinero para su marido inútil, y por eso no quiere que me vaya a vivir contigo.

Confundida, Luisa miró a su alumna de música.

—¿Quiénes son Marianne y Sophia? —susurró.

—Marianne es la única que siempre te cuida aquí —respondió Christine en tono normal, dirigiéndose a la anciana—. ¿No es así? Tu hija viene a visitarte todos los días. Vi su coche estacionado fuera de la casa otra vez esta misma mañana.

Luego se volvió hacia Luisa.

—Y Sophia… es Sophia Berg, una vieja amiga de la señora Scott. Vivía a dos calles de aquí y ahora está en la residencia de ancianos Santa Elisabeth. La pobre mujer se rompió la cadera hace dos o tres años y desde entonces ya no puede caminar bien, y no tiene hijos que puedan cuidarla.

Luisa se recostó en la silla y observó pensativa a la señora Scott.

¿Por qué la anciana no estaba vestida si su hija había estado allí por la mañana?

Sin dudarlo, sacó su teléfono del bolsillo y buscó en internet el número de la residencia de ancianos del lago de deportes acuáticos.

—Hola, me llamo Luisa Williams —dijo cuando respondió la central—. ¿Podría comunicarme con la señora Sophia Berg?

—Lo hiciste muy bien —dijo la señora Scott, asintiendo agradecida a Christine—. ¿Podrás cocinar eso otra vez mañana al mediodía?

Christine sonrió.

—Veré si puedo encontrarle algún postre —dijo, y desapareció en la cocina.

Poco después regresó, negando con la cabeza.

—El refrigerador está casi vacío —murmuró, desconcertada—. ¿Cuándo fue la última vez que su hija le hizo las compras?

Luisa salió rápidamente al pasillo cuando la señora Berg respondió al teléfono, para poder hablar con ella con tranquilidad.

Cuando volvió al salón unos minutos más tarde, se sentó a la mesa con las dos mujeres mayores y suspiró en voz baja.

—Bueno, Sophia Berg me contó algo interesante —dijo—. Curiosamente, está completamente convencida de que la señora Scott realmente quiere mudarse a su residencia de ancianos y que solo su hija se lo impide porque teme heredar menos más adelante.

Miró pensativa a Christine y luego volvió a tomar su teléfono móvil.

—Incluso a riesgo de hacer algo terriblemente estúpido y acusar a una persona completamente inocente, voy a llamar a la policía.

No tardaron mucho en descubrir el dinero robado aquella misma mañana en la casa de la hija de la señora Scott, quien quedó demasiado atónita ante la aparición de los policías uniformados como para negar el robo. Había descubierto el escondite unas semanas antes y, ahora que su marido se había quedado otra vez sin trabajo y los préstamos de la casa y del coche resultaban cada vez más difíciles de pagar, ya no había podido resistirse.

Luisa no dijo nada al respecto, ni tampoco mencionó que la anciana señora Scott había comido dos bananas y una gran barra de chocolate aquella misma tarde y parecía realmente satisfecha por primera vez.

No pasó mucho tiempo antes de que la señora Scott pudiera mudarse a la residencia de ancianos, a solo unas habitaciones de distancia de su amiga Sophia Berg.

Cuando Luisa se encontró con ella por casualidad unas semanas más tarde en el lago de deportes acuáticos, empujando una silla de ruedas con una anciana bien arreglada, al principio pensó que la señora Scott le guiñaba un ojo en un momento de reconocimiento.

Pero también podría haber sido por el sol, que brillaba fuerte y claro aquel día, anunciando el comienzo de la primavera.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

 

VEINTISIETE INTENTOS DE APROXIMACIÓN A JUBIPÉN ITSARA (EL GAMULANO)

Rogelio Ramos Signes

 

1. Cansado de vivir de sus defectos, Jubipén Itsara (El Gamulano), una tarde en que ladraba a las ruedas de un camión, optó por ser normal.

 

2. Alicia, y no Gladys ni Estela, fue quien descubrió la metamorfosis de Jubipen Itsara (El Gamulano) a pesar de cuanta cosa diversa pueda escucharse por ahí.

 

3. Desde niño Jubipén Itsara gustaba discutir a sus vecinas, conspirar con sus compañeros de manualidades, e inventar frases célebres. De allí lo de Gamulano.

 

4. Huérfano e insigne desde el primer día de su vida, Jubipén rondó las talabarterías buscando su propia identidad, pero sólo contrajo el vicio de los verdugos misericordiosos: el silencio.

 

5. Buscando su propia identidad fue que Jubipén dio con un alquimista liberal y un latinista retirado. De allí lo de Itsara.

 

6. Si a cada Jubipén (es tradición) corresponde un Itsara; a cada Jubipén Itsara corresponde una Iracema Snif, con quien se casó a la medianoche de un 31 de diciembre, saludados por las bombas, cornetas y petardos de todo el país; tal vez de todo el mundo.

 

7. La vida del matrimonio Itsara fue un martirio, si también se entiende por martirio la sucesión de los días pendiendo de una cruz (pasatiempo que practicaron), con las manos agujereadas, una corona de espinas y todo eso. “Hoy por ti, mañana por mí” fue el lema del matrimonio, mientras se flagelaban mutuamente según cayeran los dados sobre un plato odiosamente cóncavo.

 

8. La joven Snif, esposa de Jubipén Itsara desde un 31 de diciembre a la medianoche, nació de mujer mulata y de granado alemán. Por eso aullaron los coyotes. Por eso menguó la luna y perdió brevas la higuera. De allí Iracema.

 

9. Iracema Scherwitz, esposa de Jubipén y madre de un talento menor nacido hacia la primavera, adquirió el llanto como única forma de expresión. Por eso Snif.

 

10. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue hombre de hogar, hasta donde el hogar se lo permitió, y ciudadano de cada bar que acertó a inaugurar en su camino.

 

11. Cuentan que Jubipén era diestro para las tareas manuales, parco para los besos y un tanto distraído.

 

12. De la primera distracción surgió Caifás, un talento menor nacido hacia la primavera. Se dice (sólo se dice, porque no hay archivos) que los primeros días del crío fueron un tormento.

 

13. Hacia la primavera, y en el espacio que va del 14 al 15 de noviembre, Alicia Estrázulas de Varela y Cross redescubrió al Gamulano, pero ya era tarde.

 

14. Sobrecogido por los espacios interiores de su infancia, Jubipén Itsara abandonó los vicios del destete; fijación oral a la que hizo añicos una noche de cigarrillos, gomas de mascar y alguna ginebra.

 

15. Temeroso de todo lo que no fuese natural, Jubipén Itsara fundó el Club de Enemigos de Jubipén Itsara, secundado por un descendiente directo de Rousseau y el más serio biografista de Lao Tsé.

 

16. En la Universidad Taoísta de su barrio, exactamente, fue que Jubipén instaló un quiosco de emparedados y gaseosas. El "Tao-Te-Ching" (que así se llamaba) le dejó pérdidas cuatro semanas antes de inaugurado y un peligroso indicio de reumatismo articular.

 

17. Distanciado a muerte de los naturalistas del Club de Enemigos de Jubipén Itsara, y a la vez escapando a los acreedores del "Tao-Te-Ching Nourishing Kiosk", conoció a Blonda Cruz, la mujer vegetal de pájaros en la cabeza.

 

18. Iracema Snif y Blonda Cruz inspiraron a Guay Descartes la novela éxito del último verano.

 

19. "Hombre perro, mujer llanto, niña olivo" fue llevada al cine por los franceses, a la televisión por una cooperativa de California, y al video por un ejecutivo de Madrid.

 

20. Libro condensado en Colombia, prendedor en Buenos Aires, historieta en México y remera estampada en Alabama, la novela de Guay Descartes dio la vuelta al mundo en menos de ochenta días.

 

21. Como toda historia que pierde intimidad, la historia del Gamulano fue una guía telefónica. ¡Una tortura!

 

22. Pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, Jubipén Itsara fue a la vida lo que un príncipe ruso en el exilio fue a París: suspiros y destellos.

 

23. Alicia, y no Gladys ni Estela, sino Alicia Estrázulas de Varela y Cross murió de amor por lo imposible, por el tiempo y “por un hombre pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, como un príncipe ruso en el exilio”. Jubipén. Jubipén Itsara. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue el peor de los verdugos: la mató con la indiferencia.

 

24. Caifás Itsara, un talento menor nacido en primavera, ingresó al ambiente de la gente linda de la mano de su madre y en brazos de su padrastro Lucas, un cantante belga que vendía bien en aquella temporada.

 

25.  Loco y triste de locura y tristeza elementales, Jubipén reflejó su desgracia en un viejo espejo durante los 29 primeros días de un mes que no fue febrero.

 

26. Imaginando desenlaces felices para un radioteatro que auguraba truculencias, fue que Itsara, sin saberlo, ingresó al bovarysmo.

 

27. Una tarde en que miraba fornicar despreocupadamente a dos hormigas, Jubipén Itsara (El Gamulano) cansado de ser normal, optó por ladrar a las ruedas de un camión.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016). 

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

CIERRE

Swara Mokashi

 

—Por favor, pase —dijo Nandan, abriendo la puerta para recibir a Eddy.

Eddy, que medía casi seis pies, entró. Lini, que estaba sentada en una silla, se puso de pie en cuanto lo vio. Tal vez Eddy pudiera hacer algo. Ahora las esperanzas de ambos estaban centradas en él.

—¿Dónde está Vishi? —preguntó Eddy con una sonrisa.

—¿Dónde va a estar? —respondió Nandan, irritado—. Está adentro. No quiere escuchar a nadie.

—Eddy, ahora tendrás que convencerlo tú. Se le ha metido una idea extraña en la cabeza —dijo Lini.

—Muéstrame el mensaje —dijo Eddy mientras se sentaba.

Lini abrió un cajón y le entregó un sobre. Dentro había un pequeño dispositivo. Eddy lo sacó.

—¿El PIN? —preguntó.

—No sirve de nada —respondió Nandan—. Mi suegro lo aprobó y envió la respuesta ese mismo día.

—Pero ¿por qué tanta prisa? —preguntó Eddy—. Que haya llegado la carta no significa que haya que decir que sí de inmediato. Se puede discutir, tenemos un mes para pensarlo. Hay muchas opciones. Existe la criónica para preservar el cuerpo, el mapeo cerebral para conservar el cerebro. Si él acepta, los patrocinadores harán fila.

—¿Crees que no lo sabe? —dijo Nandan—. Yo también se lo pregunté. Me dijo que ya había tomado su decisión, que no valía la pena perder tiempo. ¿No lo conoces acaso?

—Escucha —dijo Lini—, en cuanto nos lo dijo salimos para aquí y te avisamos. Todavía podemos retirar la respuesta. He averiguado que se puede cambiar durante tres días. Habla con él.

—Eres su favorito —añadió Nandan—. Tal vez puedas convencerlo. Es nuestro profesor. ¿Cuánto ha hecho por nosotros? Y en estos tiempos, ¿ciento uno es una edad para aceptar la eutanasia? Todavía tiene mucho que enseñar. Y su cerebro… acabar con todo de golpe… no, no puedo aceptarlo.

Nandan se levantó y salió de la habitación.

Vishwanath Pendharkar descansaba en su cuarto. En el marco digital frente a él había puesto fotografías muy antiguas: de su infancia en la escuela, con amigos, en excursiones, luego de la universidad, después de su boda, fotografías familiares, de la universidad, homenajes, con estudiantes… miles de imágenes aparecían una tras otra, pulsando las cuerdas de la memoria.

Apareció una fotografía de su esposa y presionó el control remoto para detenerla. Sin darse cuenta, su mirada se dirigió al ordenador que tenía delante. Había conservado su existencia dentro de él después de su muerte física. En aquel momento le había resultado insoportable vivir sin ella. Tras su muerte hablaba con esa existencia preservada, conversaba con ella cada día.

Sin embargo, en los últimos veinte años no habían hablado ni una sola vez.

No existía la posibilidad de que ella se enfadara… aun así… Antes de irme, pensó, debería hablar con ella una vez más. No por ella, quizá por mi propia tranquilidad.

Puso en marcha el ordenador, pero luego decidió que hablaría con calma por la noche y encendió la televisión.

Las noticias de siempre: la explosión demográfica, la escasez de productos esenciales, el racionamiento de nuevos nacimientos, protestas de jóvenes que exigían reducir la edad mínima para la eutanasia, robots con inteligencia artificial que quitaban el trabajo a los humanos… y muchas cosas más.

Cansado, apagó el televisor.

Llamaron a la puerta y su alumno favorito, Eddy, entró en la habitación. Al verlo, Vishwanath sonrió.

—Adelante, Eddy. ¡Cuántos años sin verte! ¿Cómo estás? Siéntate.

—¿Estaba hablando con la señora? —preguntó Eddy señalando el ordenador—. ¿No lo interrumpí?

—No, no. ¿A qué se debe esta visita tan repentina? Ah… Nandan te habrá llamado, ¿verdad? Está muy enfadado conmigo.

—Sí, pero no solo él. También recibí un mensaje de Lini, y además un par de llamadas de la universidad.

—Vaya… parece que mucha gente se ha sorprendido.

—Claro que sí, profesor Vishi. Todos esperaban que solicitara una extensión, y según el procedimiento seguramente se la habrían concedido. Pero usted directamente…

—Pero todo mi trabajo está bien registrado —respondió Vishwanath—. He formado estudiantes brillantes, como tú, que podrán continuar con él. Entonces ¿para qué pedir una extensión? ¿Y por qué tendría que sorprender a alguien? Ya cumplí cien años. ¿Qué hay de nuevo en eso? Para ser sincero, ya no tengo el entusiasmo ni la energía de antes. ¿No debería dejar espacio a la próxima generación? Además, ya llegó la carta. Legalmente puedo despedirme de este mundo. Tengo ciento un años.

—Pero ¿por qué tanta prisa?

—¿Prisa? ¿No ves las noticias todos los días? ¿Por qué debería ocupar el lugar de una vida nueva?

—Pero usted es diferente, profesor. No es una persona común. ¿Por qué aplicarse las mismas reglas que a los demás? Presentaré una apelación y estoy seguro de que la aceptarán. Usted es un gran científico… todavía puede aportar mucho.

—No, Eddy. No sería correcto hacer una excepción. Las mismas reglas que se aplican a todos se aplican también a mí. No soy especial. No voy a sentar un precedente incorrecto. Ya he comunicado mi decisión, después de pensarlo bien.

—Profesor, entonces… al menos déjenos conservar su cerebro. ¿Por qué se niega a eso? Necesitamos su existencia, su consejo, durante muchos años más. Conseguiré patrocinadores. Solo diga que sí.

—No, Eddy. Tampoco le veo mucho sentido a eso.

—Pero cuando ocurrió lo de la señora…

—Sí… fue una decisión tomada en un momento de emoción. Y causó más sufrimiento que otra cosa, Eddy.

—Profesor… piense al menos en Lini. Ella es como su hija. ¿No ha pensado en el golpe que esto significará para ella?

—Precisamente he pensado en ella —respondió Vishwanath con una voz algo apagada—. Mi esposa, Vishakha, murió repentinamente en un accidente. Fue un golpe terrible. No pude soportarlo. Además, en aquel momento tenía todos los medios a mi disposición. Actué rápidamente y congelé su cerebro. Luego descifré todos los recuerdos almacenados en él y los transferí a este ordenador, conservando de algún modo su existencia. Estaba muy feliz. Había hecho inmortal a mi esposa … pero esa felicidad no duró mucho. —Vishwanath guardó silencio un momento. Se quedó mirando el rostro de su esposa en la fotografía detenida en el marco digital. Luego apagó el marco y continuó—: Los antiguos decían: “Cuando el aliento abandona el cuerpo, queda libre de todas las ataduras”. Pero en este caso, aunque su cuerpo se había ido, ella seguía conmigo. Al principio me alegraba de haberla devuelto a la vida. Pero poco a poco empecé a notar sus limitaciones.

—¿Qué limitaciones? —preguntó Eddy—. ¿Acaso no sigue hablando con ella?

—No… Un ser humano no es solo un cerebro, Eddy. Es un conjunto. Su existencia física también es importante. Somos seres humanos. Para expresarnos necesitamos muchos medios, no solo palabras: el tacto, los ojos, los gestos… Al final, una máquina es una máquina y un ser humano es un ser humano. Por mi propio egoísmo atrapé a mi Vishakha en una máquina y no la dejé liberarse. Y así yo también quedé atrapado… en su existencia.

—Profesor, está siendo demasiado emocional.

—Precisamente porque tenemos emociones somos humanos, Eddy. De lo contrario, la diferencia entre una ameba unicelular y un ser humano sería solo el número de células. La gente siempre ha dicho que no hay verdad más eterna que la muerte. Hoy pretendemos haberla vencido, pero en realidad no ganamos.

—¿Qué quiere decir?

—Cuando alguien muere en una familia, los que vienen a consolar dicen: “Olvida lo que ya pasó, mira a los que siguen contigo y enfrenta la vida”. ¿Pero qué hice yo? Intenté mantener conmigo a mi esposa muerta. Y además sin su consentimiento. Con el tiempo comprendí que, aunque su cerebro existiera, ¿de qué le servía? No tenía libertad para tomar ninguna decisión sobre sí misma. En cierto sentido la dejé inválida. Y mi propia situación era extraña. No podía olvidarla y seguir adelante, pero tampoco podía vivir plenamente con ella. Sufrí mucho. Entonces comprendí algo: por dolorosa que sea, la muerte ofrece algo muy importante, un cierre.

—Profesor…

—Esa fue la última vez que hablé con ella. Le pedí perdón y le hice una promesa. Desde ese día no hemos vuelto a hablar. Entonces decidí, Eddy, no dejar cabos sueltos. Hay que hacer un nudo y cerrar el asunto.

—Profesor…

—Mientras este cuerpo me pertenezca, tomaré todas las decisiones sobre él. Y sí, le prometí a Vishakha que antes de irme también la liberaría. Por eso no habrá mapeo cerebral. Muerte completa y absoluta. Y esta es mi decisión final —dijo Vishwanath con firmeza—. Nosotros nos retiramos ahora, dejando las riendas a los jóvenes como ustedes.

—¿Y Lini? ¿Qué hay de ella?

—Lini tendrá que enfrentarse a la muerte de sus padres. Y eso será lo mejor para ella. Créeme.

—¡No, papá!

Lini, que había estado escuchando detrás de la puerta, entró corriendo en la habitación. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se sentó junto a Vishwanath y tomó su mano entre las suyas. Él permanecía tranquilo y la acariciaba suavemente.

—Lini, ya eres adulta. Deja esa obstinación. Acepto esto por mi propia voluntad. Y también es lo mejor para ti. En realidad tú misma sabes lo extraña que es una existencia entre el ser y el no ser. Esta noche hablaré con Vishakha y también la liberaré. Cometí un error al retenerla así. El dolor adicional que tendrás que soportar porque ambos partiremos al mismo tiempo es culpa mía. Si puedes, perdóname. Pero estoy seguro de que algún día comprenderás mi decisión. Debemos vivir la vida plenamente… y morir también de la misma manera: plenamente.

Swara Mokashi nació en Thane una ciudad en el estado indio de Maharashtra, y vive en Pune, en el mismo estado. Se licenció en psicología y le interesan las artes y la literatura. La mayoría de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en revistas maratíes y también en una antología. Actualmente trabaja como escritora independiente para teatro, televisión y cine, donde recibió su primer reconocimiento estatal como mejor dramaturga en 2024.

 

EL VENTILADOR

Claudia Isabel Lonfat

 

Las siestas de verano en el pueblo siempre fueron largas y aburridas. Los adultos preferían acortar el día durmiendo, para escaparle a las horas más calurosas, y nos obligaban a permanecer de cúbito dorsal hasta las cinco de la tarde. Yo miraba el vetusto y enclenque ventilador de techo, cuyas aspas giraban con la misma lentitud de la siesta, y recordaba el día que papá lo trajo de la ciudad. Estaba contento el viejo, pensando que nos proveía de cierto confort, como cada una de las veces que viajaba y traía algo que según él servía para que mamá se “luciera”.

Al principio, con los primeros viajes, a mamá se le iluminaban los ojos. Supongo que creía que ese "lucimiento" se relacionaba con algún vestido, algo de oro comprado en cuotas, o quizás zapatos con plataforma como los que usaban las mujeres de la TV. Pero después de ver a papá sacar de su embalaje objetos polvorientos, como una licuadora, cuchillos, lámparas de pie de segunda mano, o una vieja alfombra, percibía la desilusión de mamá, y sus ojos se volvían a opacar, sin haber exhalado una sola queja.

La realidad era que el ventilador no servía para nada; jamás pudimos conseguir que esas aletas metálicas, grises, casi inertes, pudieran tirar un poco de alivio sobre nuestros cuerpos acalorados. El viejo había reemplazado la araña de bronce de la sala con bellos caireles de cristal, por un armatoste ruidoso y feo, pero luego, después del chasco sufrido por la inutilidad del artefacto, volvió a colocar la araña en su sitio, y el ventilador pasó a formar parte del escaso mobiliario de mi pieza, quizás pensando que al ser tan diminuta, allí sí podría cumplir su función específica.

A veces, agobiado en medio del estío, miraba el girar perezoso de sus aspas hasta ser invadido por las náuseas y caer en la cuenta de que había encontrado una manera de sacarle provecho al ventilador. Llevaba su tiempo, pero al final lo conseguía, las náuseas volvían, y de esa manera le hacía creer a la vieja que me había caído mal la comida, razón por la cual se mortificaba tanto, que se desvivía por atenderme y preparar jugos de fruta. Me sentía mimado cuando ella me pasaba la mano por la frente para calcular la fiebre, y yo notaba, o creía notar, un suspiro ahogado de alivio al comprobar que estaba bien. Eso me llenaba de felicidad. Ver ese destello de preocupación en sus ojos, hacía que valiera la pena todo ese tiempo empleado en mirar esas sucias aspas moviéndose sin parar.

Pero algo pasó. Las náuseas se fueron quedando; ya no necesitaba ver su monótono girar. Incluso, hasta la fiebre era real, y no solo la resultante del deseo impoluto de recibir las caricias de mamá.

No me animé a decirle al médico que vino con papá de la ciudad, que las náuseas me las provocaba yo mismo mirando fijo el movimiento de las aspas del ventilador de techo. Y al observar su actitud, tan serio en su ropa blanca, empezaba a percibirlo como uno más de los tantos objetos inservibles que papá nos traía.

 El doctor fruncía el entrecejo y hablaba. Los ojos de mamá tenían una expresión tan triste y desoladora, que permanecían así hasta cuando se sonreía, como los de las mujeres en las pinturas románticas antiguas. Fue tal la tristeza que vi en ellos, que no aguanté más y le pedí a papá que tirara de una vez por todas el ventilador.

Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3Cuentos de terrorPrimera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

LA LÍNEA AMARILLA

 Luca Willems

 

Levantarse de la cama, abrir las cortinas, dejar la ventana entreabierta, seguir cuidadosamente la línea amarilla. Ducharse, vestirse, hacer la cama, seguir cuidadosamente la línea amarilla. Bajar, desayunar, cepillarse los dientes, seguir cuidadosamente la línea amarilla.

La línea siempre había estado allí. Él la seguía ciegamente; al fin y al cabo, era el camino correcto, ¿no? ¿Por qué habría de apartarse de algo tan cómodo? Toda su vida estaba perfectamente trazada, así que no había razón para no seguir ese camino.

Hasta que un día ocurrió algo extraño.

Como cada día, había seguido la línea amarilla y llegó al aula donde siempre tenía clase de anatomía. Siguió la línea hasta su asiento en la sala y se sorprendió al ver a una chica sentada junto a su lugar. Se sentó y le sonrió con amabilidad. Ella le devolvió la sonrisa.

—Siempre hay tanta gente en las clases, ¿verdad? —dijo él, intentando romper el hielo.

—Sí, es verdad —respondió ella con una breve risa—. ¿Vienes a menudo a esta clase? Nunca te había visto antes aquí.

Él hizo girar el bolígrafo entre sus manos y respondió:

—Casi siempre, pero normalmente me siento por la parte de atrás.

Hubo un breve silencio y la chica asintió.

—¿Qué haces en tu tiempo libre? —preguntó de pronto el joven estudiante.

Ella sonrió, como si hubiera esperado la pregunta.

—Toco el piano y canto —respondió.

—¿Piano? —repitió él, claramente interesado.

La chica asintió.

—¿Tú tocas algún instrumento? —preguntó a su vez.

Él soltó una leve risa y negó con la cabeza.

—Intenté tocar la guitarra una vez, pero digamos que no era un talento natural.

La chica se rio suavemente y lo invitó a tocar juntos alguna vez, pero él rechazó la propuesta con educación. Después de todo, no sabía tocar el piano, así que no veía razón para ir. Entonces ella se ofreció a enseñarle. Él se preguntó si su línea amarilla se lo permitiría. Tras una larga duda, aceptó, y después de la clase los dos estudiantes se dirigieron al aula de música.

Para su gran sorpresa, su línea amarilla conducía exactamente hasta allí. Aliviado, caminó –como siempre– justo por el centro de la línea.

Pasaron algunas semanas y el joven estudiante demostró tener mucho talento para tocar el piano, y él mismo estaba encantado con su nueva pasión.

Hasta que un día su línea se dirigió hacia el lado opuesto del aula de música.

El joven estudiante se quedó inmóvil y miró al suelo. Tras unos segundos de duda, decidió ir igualmente al aula de música. En el momento en que su pie abandonó la línea amarilla, se sintió liberado.

Pronto empezó a apartarse cada vez más de su línea amarilla.

Pero al poco tiempo comenzaron a suceder cosas extrañas.

Al principio eran pequeños cambios: una lámpara que parpadeaba, una puerta que ya no cerraba bien o ruidos que no podía identificar. Al principio lo atribuyó al azar o a su propia imaginación. Pero cuanto más se alejaba de la línea amarilla, más intensas se volvían las anomalías.

Las sombras parecían bailar en lugares donde no había ninguna fuente de luz, los colores se desvanecían y el tiempo a veces parecía acelerarse o, por el contrario, volverse más lento.

Muy pronto empezó a sentir miedo cuando no estaba sobre su línea.

Intentaba quitarse esa sensación de encima, pero cada vez la presión se hacía más fuerte.

Un día, mientras estaba sentado en el aula de música con la chica, se dio cuenta de que las teclas del piano temblaban bajo sus dedos, como si también fueran sensibles a la presión que él sentía. Tocó un acorde, pero el sonido le llegó extraño y distante.

La chica no notó nada; reía y seguía tocando alegremente, pero él no podía ignorarlo.

Era como si el mundo le susurrara, recordándole que no debía apartarse de la línea.

La presión aumentaba cada vez que tocaba, y aunque amaba la música, aquella sensación opresiva permanecía constantemente en el fondo de su mente.

Cuando esa noche llegó a casa y vio la línea amarilla que conducía a su habitación, sintió el impulso de no volver a pisarla, como sí había hecho las noches anteriores.

El mundo sin la línea se sentía distinto, como si todo lo que antes era sólido ahora se hubiera vuelto líquido e incierto.

Aun así, esa noche no puso el pie sobre la línea.

Se fue a la cama sin seguir su rutina habitual y cerró los ojos, temiendo una noche inquieta.

Soñó que estaba de nuevo sobre la línea amarilla, pero cada vez que intentaba avanzar, la línea se apartaba bajo sus pies, como si ya no quisiera guiarlo.

Corrió, pero sus pies solo encontraban el vacío.

Y a lo lejos oyó una voz.

No podía entender las palabras, pero el tono era claro: severo, impaciente, decepcionado.

Al día siguiente, después de clase, vio a lo lejos a la chica esperándolo, sonriendo como siempre.

Ella era libre, comprendió.

No estaba atada a ninguna línea.

Respiró hondo y caminó hacia ella, todavía consciente de la ausencia de la línea bajo sus pies.

Pensó en el futuro.

¿Cuánto tiempo seguiría sintiendo esa incómoda presión en el pecho? ¿Era simplemente el precio de la libertad: la incertidumbre constante y la vaga amenaza de que el mundo se derrumbara sin el apoyo seguro del viejo y conocido camino?

Miró una vez más hacia atrás, sonrió y siguió caminando.

La chica le guiñó un ojo.

Luca Willems, nacida en 2008 en Gante, Bélgica, escribe relatos desde muy joven. Durante el instituto, debutó con el relato "De gele lijn" (La línea amarilla), publicado por Out of This World. Escribió este relato para un concurso de relatos cortos sobre la obra del autor absurdista Piet Apol. Esta primera publicación reforzó su ambición de seguir escribiendo. Posteriormente, creó el relato de clima-ficción "Tegen de stroom in" (Contracorriente) para la colección temática "De belofte" (EdgeZero). Luca se centra principalmente en relatos cortos, en los que experimenta con el lenguaje, la atmósfera y los giros sutiles.