Franco Ricciardiello
El general
Bonaparte se asomó a la torreta incandescente del carro armado, observando el
tibio mar de la Liguria a través del vapor acuoso que se filtraba por debajo de
él a través de los intersticios de la caldera Fulton.
El
cielo sobre los Apeninos, en aquel abril del 1796, era sereno como el futuro en
la imaginación de un general de veintisiete años. Bonaparte tendió una mano
enguantada hacia el sargento, que se retorció diligente en la compuerta de la
torreta, encogiéndose para evitar el contacto con el general mientras le
entregaba la regla binocular.
Bonaparte
se quitó el sombrero emplumado, única concesión a la elegancia mundana de los
oficiales republicanos, que por otra parte se distinguían de los soldados tan
sólo por una hoja de oro bordada en la solapa de la chaqueta. Apuntó la regla
hacia las ruinas del castillo de Cosseria, donde menos de mil granaderos
austro-piamonteses del general Provera habían rechazado durante todo el día los
ataques de la infantería del coronel Joubert. Bonaparte pudo divisar también el
lejano resoplar de los carros de vapor armados que salían de Carcare.
Más
lejos todavía, eran visibles los distantes movimientos de una batalla, al fondo
del Valle Bormida. El general ajustó la guía milimetrada de la regla binocular.
—Once
kilómetros, tal vez doce —dijo al sargento—. Diez mil infantes aproximadamente.
La
precisión del general al estimar las fuerzas enemigas con la regla le confería
un aura legendaria a ojos de sus hombres. En Dego, en Millesimo, en Montenotte,
después de haber observado algunos minutos las maniobras del enemigo a través
del sextante mecánico, estaba en condiciones de cuantificar casi exactamente
las fuerzas del austriaco Beaulieau.
Bonaparte
no ocultó un gesto de intranquilidad.
—Augereau
se ha movido prematuramente —dijo, señalando la batalla al sargento—. Está
atacando a los piamonteses, pero nosotros no podemos movernos hasta que
destruyamos a Provera en ese castillo.
—Los
carros están llegando, general —respondió el sargento, afligido—. Pero en menos
de media hora será de noche.
Bonaparte
se alzó sobre la culata del cañón, después se dejó resbalar a tierra,
manchándose de polvo las botas. El sargento fue torpemente tras él.
—Una
pérdida de presión, mi general —dijo el maquinista, acariciando
complacientemente la enorme esfera de cobre de la caldera. Bonaparte no le hizo
caso, bajando hacia la chapucera columna de caballería que precedía los carros
armados.
—¡Gracias
al italiano Volta, nosotros iluminaremos la noche de los Apeninos, como aquél
anochecer de París en el que rechazamos la armada del tirano de Prusia en
Longwy! —clamó Bonaparte. Un fuego de fusilería al fondo del valle no le
distrajo— ¡Teniente! —llamó, con un gesto imperioso—. ¿Por qué os habéis
detenido?
Un
oficial acudió al galope, precediendo a duras penas a los carros armados, sobre
la tierra fresca de los Apeninos.
—¡Una
carroza, mi general! —exclamó, sin tomar aliento—. Los cazadores han arrestado
un fiacre en la carretera de Ceva. Transporta una princesa turinesa.
Bonaparte
se rascó la nuca, observando los hombres más próximos. No parecían cansados, ni
de la campaña primaveral ni de la jornada. Sin embargo en dos días habían visto
tres batallas, forzando a los enemigos a la retirada cuando ya tenían la
victoria, destruyendo diez batallones del Emperador de Austria y separando sus
hombres de los piamonteses.
Bastante
atrás en la fila, un carro exhaló vapor.
—¿Habéis
requisado los apartamentos para la noche? —preguntó Bonaparte.
El
teniente se retorció sobre la silla, mostrándole la dirección de Carcare.
—Una
oferta espontánea —respondió—. Un noble del lugar quiere acoger al estado mayor
por esta noche.
El
general hizo una seña de regresar al carro armado.
—Haz
traer aquí el fiacre de esa princesa —dijo—, estamos todos cansados, nos hace
falta reposar esta noche. El reflector eléctrico está al llegar: apuntadlo
hacia el castillo y bombardeadlo durante algunas horas, hasta que veáis huir a
los granaderos.
El
sargento se dispuso a tomar el caballo de manos del asistente. El general
Bonaparte montó con elegancia, volviendo al trote hacia Carcare seguido de su
estado mayor.
Con
un estruendo que desbocó los caballos, el carro armado del general inició el
bombardeo del castillo de Cosseria.
El día en el
que el ejército republicano había atravesado la frontera ligur, nadie habría
apostado por la victoria de un general de veintisiete años. Era la primavera
del ‘96; el pequeño corso del apellido impronunciable permaneció sentado sobre
la torreta del carro armado a vapor todo el camino hasta Oneglia, precedido de
las divisiones de Augereau y de Massena y seguido por veintinueve cañones Gribeauval calibre 24, de tres disparos
por minuto, montados sobre carros Fulton. El resto del ejército revolucionario,
destacado en Liguria por el Directorio más para alejar la posibilidad de un coup d’état que para realizar una
maniobra de distracción que favoreciera la respetable armada del general Moreau
en Reno, maniobraba a la izquierda de la formación sobre los primeros
contrafuertes de los Apeninos.
El
rey de Cerdeña no había visto nunca un carro armado, si bien había oído hablar
de la nueva potencia de la República regicida. El ejército del rey de Prusia
había sido detenido en Longwy por un cuerpo de armada de proscritos alsacianos,
respaldados por la artillería automotriz. El italiano Volta había iluminado con
una llamarada de fuego impalpable la noche parisina para festejar la victoria,
y los hombres de ciencia franceses habían montado máquinas capaces de hacer
prodigiosas operaciones matemáticas con un simple movimiento de la mano.
El
rey de Cerdeña se disponía a defender la puerta de Italia. Mientras el general
Bonaparte entraba en Imperia, ya conquistada por su predecesor Schérer, el
soberano acordó un pacto de hierro con los austríacos, que tampoco se fiaban
demasiado de los Saboya ni de su ejército de apariencia imponente. Los aliados
comenzaron las maniobras de defensa sobre un amplio frente tras Turín, los
Apeninos y Alejandría.
Un
ultimátum fue enviado por el ejército austro-piamontés a los franceses. La
amenaza de atravesar las fronteras y evacuar también Niza, en manos de la
República hasta los años de Robespierre, fue acogida con un gesto de ira por
Bonaparte. Pero sus oficiales tenían miedo, porque comandaban treinta y siete
mil soldados sin zapatos contra el ejército más temible de Italia. El rey de
Cerdeña había movilizado un ejército de veinticinco mil hombres sobre el frente
apenínico, a los cuales se unían veintisiete mil súbditos del Emperador de
Austria.
Después
de noches insomnes de cálculos en la pascalina
sentado en la mesilla de campo, inclinado sobre una gran carta del campo de
batalla que revelaba con banderines la posición de los cuerpos de la armada
austríaca y piamontesa, Bonaparte aceptó la batalla de Voltri en el paso de
Cadibona pese al escepticismo de sus oficiales.
El
comandante en jefe del ejército austro-piamontés inició la guerra atacando la
brigada del general Cervoni en Voltri, a través del paso del Turchino, buscando
separarla de la armada francesa y destruirla. Era la mañana del 11 de abril. La
noche del 23 de abril, el ejército del rey de Cerdeña dejó de existir.
La noche de
aquel 13 de abril, Josefina Teresa de Lorena, princesa de Carignano, bajó un
pie al estribo del fiacre.
—Oh,
¿qué es aquello? —preguntó en un perfecto francés señalando al horizonte
nocturno de los Apeninos, iluminado por una luz encarnada.
—El
fuego eléctrico —respondió el sargento, embriagado por el perfume de prímulas
de la princesa, manteniéndose a distancia para no tener que ayudarla a
descender con la mano—. Es el invento de un italiano, como usted. Gracias a él
el general será elegido en el Instituto Nacional de Ciencias y Artes, en París.
—Italia
no existe —replicó la princesa, precediendo a algún paso a su doncella—. Es una
invención de vuestros regicidas. ¿Dónde se encuentra ese general Buonaparte?
—Eh,
también el Congreso Aulico allá en Viena querría saberlo —bromeó el sargento—.
Venga por aquí, en la casa.
La
princesa de Carignano precedió al granadero sobre la gravilla marina del patio.
Bajo una pérgola de glicina encontraron a un soldado de leva.
—¿Dónde
está el general Buonaparte? —preguntó la princesa.
—Bonaparte —respondió el muchacho—. Soy
yo.
Josefina
Teresa de Lorena, princesa de Carignano, observó perpleja el soldado, mientras
su doncella se santiguaba. El sargento se quitó el sombrero y el general
Bonaparte la miró de pies a cabeza.
—¿Que
hacía en la carretera a aquella hora de la noche? —preguntó bruscamente.
—Venía
a conocerle a usted —respondió, dándose cuenta de que el discurso que tenía
preparado se había borrado de su memoria.
El
general se metió en la casa. La doncella observaba perpleja el carro armado,
adormilado a la sombra del patio, parecido a uno de los elefantes de Aníbal que
descendieron de los Alpes para destruir la legiones romanas junto al Tesino.
La
princesa siguió a Bonaparte.
—¡General!
—exclamó—. He venido para advertirle que el rey de Cerdeña y los austríacos
tienen setenta mil hombres y doscientos cañones entre Mondoví y Alejandría.
Apenas saque usted la nariz fuera del paso, le saltarán encima.
El
francés atravesó a grandes pasos la estancia casi vacía. La doncella se había
quedado apretada en una esquina, inmóvil por el miedo, mientras el sargento
controlaba el umbral.
—Quiero
que vea una cosa —dijo Bonaparte haciendo una señal con el índice a la
princesa.
Ella
le siguió a la ventana, y se quedó sin aliento. Todo el flanco del castillo de
Cosseria estaba iluminado por una luz como de incendio, mas no era fuego. Desde
un semicírculo los carros armados franceses disparaban ininterrumpidamente
sobre los arruinados muros.
—¡La
superioridad técnica de la Libertad! —exclamó el general con los cabellos
despeinados—. Aplastaremos el ejército de su rey de opereta después de haberlo
separado de los austríacos. ¡Pondremos de rodillas el emperador no con nuestra
armada, si no con la superioridad ideológica de la nación revolucionaria!
—¿Qué
es eso? —preguntó la princesa, señalando perpleja la máquina a manivela que el
sargento había puesto poco antes en la mesa.
—¿Esto?
—dijo el general como despertándose—. Es una pascalina, una máquina para operaciones matemáticas. Gracias a
Laplace y a Monge, mis ingenieros están en disposición de calcular en pocos
minutos la capacidad de un puente de mantenerse sobre un río. Con eso.
La
princesa oprimió con la punta de un dedo uno de los botoncitos color crema en
el piano de la pascalina, sintiendo
el sutil chasquido del metal. Esperó no quedar contagiada del ateísmo del
general francés, simplemente tocando su máquina.
—Lo
siento, pero no podemos dejarla regresar esta noche —dijo Bonaparte
devolviéndola a la realidad—. Ha visto las posiciones de mi ejército. Deberá
compartir la hospitalidad de mi anfitrión por esta noche. Ya he dado orden a mi
asistente de preparar dos estancias para usted y su doncella.
Llamaron
a la puerta. Entró un soldado, que la princesa Teresa de Lorena supuso un
oficial pese a la falta de apariencia.
—Mensaje
del general Massena, de Dego —dijo sin aliento, tendiendo un sobre sellado y un
salvoconducto al general.
—Cinco
mil prisioneros y diecinueve cañones capturados —exclamó radiante Bonaparte
apenas rompió la cera—. ¡Maravilloso André Massena! ¡Y sólo ayer Augereau
arrebató mil mosquetes a los austríacos, repartiéndolos entre aquellos de sus
soldados que no tenían armas de fuego! ¡Dentro de la próxima semana estaremos
en Turín!
La
doncella intentaba permanecer invisible. Josefina Teresa de Lorena observó al
general palmear la espalda del mensajero, mandándolo a descansar y divertirse
al campo.
—Muestra
la estancia a la princesa —ordenó Bonaparte al sargento.
Josefina
Teresa tomó la doncella por la mano y siguió al soldado por la escalera al piso
superior. Algunos camareros piamonteses observaban con temor católico el paso
marcial de los franceses, pesado de botas y municiones. La princesa intentó
sonreír a los criados, pero ellos se mantuvieron aparte.
En
el vestíbulo del piso superior la doncella emitió un breve grito. Sentado sobre
un sillón estilo Luis XIV había un soldado muerto, con los ojos abiertos hacia
el cielo.
—¡Pero...!
—dijo perpleja la princesa— ¿Está herido?
El
sargento se encogió de hombros.
—Es
uno de los juguetes del general Bonaparte —dijo—. Un soldado mecánico.
Josefina
Teresa se detuvo frente al soldado. Parecía real: el uniforme era auténtico, la
postura levemente rígida. Tocó el rostro, no era frío.
—¿Metal?
—preguntó casi admirada.
—Caucho
—respondió el sargento, dividido entre el orgullo de la superioridad técnica de
la Grand Nation y el escondido deseo
de ser encargado de supervisar a las dos mujeres.
—¡Un
autómata! —dijo la princesa, golpeando con la uña sobre los pómulos del maniquí—.
¿Y como se mueve?
—El
asistente del general lo activa con un rollo de papel —dijo el sargento—. Una
tira llena de agujeros perforados. Si quiere seguirme, civil...
Un
grito lejano, como de masas que aclamaran, distrajo al sargento. Se asomó
abriendo de par en par la ventana en la noche fría; Josefina Teresa pudo ver,
por encima de su espalda, la luz innatural sobre el castillo de Cosseria.
—Los
piamonteses han sido vencidos —dijo el soldado, los ojos bañados de emoción—.
¡La carretera por Ceva es libre! Ahora el general embestirá el ejército del rey
de Cerdeña.
—Estoy
realmente cansada —dijo la princesa echando un vistazo a su estancia—. Viajar
en fiacre sobre aquella carretera de montaña es una odisea. ¿Puede dejarme a
solas?
El
soldado se retorció los bigotes, afligido por el embarazo, después retrocedió
cerrando la puerta de la cámara. La doncella ayudó rápidamente a la princesa a
descordar el vestido y aflojar el corsé.
—Qué
animales estos franceses —dijo la muchacha—. No los soporto. Apestan.
—También
los nuestros apestarían después tres días de batalla — respondió la princesa
llenando los pulmones de aire. Le daba siempre la impresión de estar desnuda
cuando aflojaba los lazos.
La
doncella puso las varillas de la falda sobre la cama. Josefina Teresa se quitó
los zapatos, refrescándose las muñecas y el cuello en un cuenco de agua que
esperó estuviera limpia.
—Puedes
retirarte a tu estancia —dijo sin volverse—. Pero déjame la lámpara para
después.
Apenas
salió la muchacha, Josefina Teresa sacó la pequeña pistola plana de la doble
cinta con la que la había asegurado a la parte alta del muslo, comprobando por
enésima vez que estuviera cargada.
En la noche
sólo iluminada por el castillo que ardía y el fuego eléctrico de los franceses,
la princesa tendió el oído en busca de una campana para saber la hora. Al cabo
de bastante tiempo, descendió del lecho a la oscuridad, envolviéndose con un
chal.
El
corredor estaba oscuro y desierto. Se sobresaltó ante el perfil inmóvil del
autómata de Bonaparte, aunque lo superó haciéndose el signo de la cruz. Escuchó
con atención a la puerta del general pero no había ningún sonido. La abrió con
precaución, apretando el arma de fuego en la mano derecha, y avanzó de
puntillas más allá del lecho vacío.
Reunió
todo su coraje y descendió la escalera de puntillas, temblando por el frío de
la piedra. Había una luz en el estudio del padrino de la casa. La princesa de
Carignano abrió con dos dedos la puerta de nogal, reconociendo al general de
espaldas. Sentado al escritorio, un hombre de media edad estaba ocupado en
teclear con el dedo en una máquina similar a la pascalina. Una larga cinta de papel blanco todo perforado se
enrollaba como una serpiente bíblica sobre el pavimento, a la luz cálida de dos
lámparas de petróleo.
El
asistente dejó de golpear las teclas, alzando la vista hacia la princesa. El
general se volvió bruscamente, advirtiendo su presencia. Bajó los ojos hacia su
décolleté y sus pies desnudos,
apretando los labios y alzando las cejas.
Josefina
Teresa retrocedió fuera del halo de luz. Saltó sobre los escalones, ayudándose
con el pasamanos para marchar más deprisa. En el piso de arriba, se detuvo ante
la puerta de la alcoba tendiendo la oreja. Oyó un paso de botas sobre la
penumbrosa escalera.
Entró
y cerró silenciosamente de nuevo la puerta. Dejó caer el chal, apartó el velo
del baldaquín y saltó bajo la sábana. Rápidamente había escondido de nuevo la
pequeña pistola en la funda de seda cosida por ella misma, asegurada con la
apretada cinta, que le recordaba su deber oprimiendo la carne.
La
oscuridad era absoluta. El silencio era absoluto. Incluso las campanas de las
aldeas sobre los Apeninos parecían enmudecidas por el violento avance del
ateísmo francés.
La
manilla se movió. La princesa pudo ver inclinarse el tibio brillo del latón,
después una silueta de una oscuridad más oscura.
El
general tenía un andar pesado. Su traje desabotonado era una mancha clara en la
estancia.
—¿Quién
es? —susurró la princesa, por salvar las apariencias.
Bonaparte
se aproximó, indiferente a la cortina del lecho. Era tan oscuro que no se podía
ver nada, pero el camisón de noche de la princesa era claramente visible.
Josefina
Teresa no alzó la sábana de lino. Se deslizó en cambio más en ella, extendiendo
el brazo desnudo de costado al cuerpo. El general montó sobre el lecho
comprimiendo el colchón de lana y estopa, sin sacarse las botas.
Se
puso sobre ella, pesado como sólo un hombre lo puede ser. "Derecho de
conquista, derecho del más fuerte" pensó Josefina Teresa de Lorena.
"Hete aquí que venían a traer la libertad y a llevarse la
virginidad."
Sintió
la protesta desgarrada de las enaguas. El general, que ni siquiera se había
sacado el cinturón, estaba dentro de sus piernas. Josefina Teresa alzó el brazo
con voluntad, introduciéndolo bajo el almohadón. Después de un momento de
pánico encontró la pistola.
Bonaparte
se mantenía sobre ella, rebuscando desesperadamente por encontrar sus costados
con los dedos ateridos. Dándose cuenta de que cuando había entrado en su alcoba
se habían dicho sólo dos palabras, su mismo "¿Quien es?" casi
inaudible, la princesa apoyó la boca de la pistola al cuello del general,
apenas bajo la nuez de Adán, y haciéndose un rápido gesto de la cruz hizo
fuego.
En
un increíble estampido que despertó todos los soldados de Savona a Mondoví,
Bonaparte se alzó sobre el lecho y fue arrojado hacia atrás en un rasgarse del
tejido del baldaquín.
Josefina
Teresa quedó ensordecida, más del heroísmo del propio gesto que del disparo.
Notó de golpe el olor de cordita y oyó pasos de carrera sobre los escalones. La
doncella abrió de par en par la puerta, y después entró el sargento con el
mosquete y la lámpara. Vio el general inmóvil, envuelto en el velo rasgado del
baldaquino con un pie todavía sobre el lecho.
Acudieron
otros guardias, furiosos, que cercaron el lecho.
—¡Yo
lo he hecho! —exclamó Josefina Teresa triunfante—. ¡Muerte al anticristo! ¡Dios
ha guiado mi mano!
La
arrastraron del brazo llevándola a una esquina. Todos daban órdenes, la
doncella se escapó aprovechando la escasa luz.
—¡Dios
ha guiado mi mano! —volvió a repetir la princesa.
La
pistola descansaba sobre la sábana. Todo era confuso.
Y
entonces los soldados entorno a ella saludaron al general, vivo. Ella lo
contempló con los ojos de par en par y la boca abierta. Se hizo el signo de la
cruz.
—¡El
demonio! —susurró.
La
llevaron fuera. Bonaparte tenía una expresión indiferente, casi aburrida.
—No
perdamos tiempo, dentro poco llegará el alba —dijo, con un gesto de
suficiencia—. La hora de atacar a los piamonteses. Llevad fuera a esta mujer.
El
sargento había alzado de tierra el cuerpo derribado. "Es un sueño"
pensó la princesa, mientras la llevaban afuera. Había visto salir de la herida
en el cuello el rollo de papel de la cinta perforada durante la noche por el
asistente de Bonaparte.
Traducción: Fran Ontanaya.
Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.


