viernes, 20 de febrero de 2026

LA CIUDAD, OBSTRUIDA

Finn Audenaert

 

Cuando la enfermedad estalla de manera inesperada, no hay lugar para contemplaciones. Primero caen los niños, su llanto en agonía, coda de la existencia de todos. Cadáveres de párvulos llenan las calles que gimen, donde hasta hace poco jugaban. Las madres se plantan horrorizadas frente a las ventanas, se arrancan el cabello. Los padres, con el rostro como un paño descolorido, aferran a sus amadas por la espalda. Brazos tensos que deben salvar o, al menos, retener. Todo se sella herméticamente, como la vez anterior. El duelo. Solo. Puede. Vivirse. A. Distancia. ¡Oh, el horror ha regresado! Pronto zumba y pulula sobre los cuerpos sin alma: moscas, ratas, cucarachas. Groningen se paraliza.

La muerte escarlata avanza alegremente por el lodazal de sangre y pinta las fachadas con patrones de gotas. El noble señor Escarlatina ha aterrizado por novena vez. Se intentó ahogarlo en aguas turbias, asarlo en la hoguera, arrancarle el alma con cuerdas ásperas. Con esfuerzo se lo diseccionó y, finalmente, se lo diagnosticó fuera de existencia. Pero no hay un “finalmente”, no con el noble señor. Se ha fracasado; la nobleza es y seguirá siendo inasible. Groningen es su ciudad, y todos lo sabrán en las pocas horas que restan antes de que devore a quienes se atrevieron a desafiarlo. Que primero lloren a su descendencia muerta.

Cuando cae la noche, vuelve a extender sus garras. Un bramido llena la plaza Damsterplein, aplasta toda novedad. Lo que no se reconoce no cuenta. Carros relucientes, herméticamente cerrados. Luces intermitentes verdes y rojas –¡rojas!– y líneas blancas rectas. Groningen se disfraza una y otra vez. Inútil… Lo intempestivo arrasa sin miramientos. Sus uñas raspan el vidrio. Tintineo, cuerpos torpes caen en el charco que no deja de expandirse. La sangre ya les llega a las rodillas, y el noble señor mide ahora varios metros de altura.

En la Papengang, detrás de un muro donde las salpicaduras escarlata del señor se funden sin fisuras en patrones más caprichosos, un niño está arrodillado. Cabello largo y negro, hombros frágiles, rostro pálido. Una niña se quedó enferma en casa durante el Día Nacional del Juego al Aire Libre. Una tos persistente. Myra había insistido.

—Mamá, mis amiguitos.

Un breve silencio.

—Luego —había dicho la madre.

¿Luego? Myra sabía que no se refería a hoy. Porque la niña, al igual que el noble señor, conoce la verdad impía: quien ha alcanzado los años de la sabiduría miente. ¡Miente!

Y sin embargo. Sobre su hombro izquierdo, se apoya la mano temblorosa de la madre. A la derecha, la pesada garra del padre. Los papás siempre son un poco bestias.

—Reza —susurran—. La leyenda dice que el último niño nos salvará.

Eso Myra nunca lo oyó en un libro de cuentos.

Reza, pero no sabe a quién.

—¡Invocá a Groningen misma! —grita su madre, fuera de sí.

Pero si la ciudad sufre, ¿cómo podría ayudar?

—La sangre, siempre la sangre —gruñe su padre—, siglo tras siglo.

Su voz es aún más grave de lo habitual. San-gre.

Myra tose desde hace años. Ganglios enfermos. Hospital adentro, hospital afuera. A veces se pregunta si algún día será mamá. En una llovizna persistente, durante una de esas estancias interminables en el Hospital Martini, miraba desde un tercer piso más allá de las tristes plantas de interior. En el estacionamiento latía, marcaba el ritmo, vivía: el Sistema Circulatorio. Qué simples los colores, azul y rojo. Qué claras las esquinas rectas. Horas enteras se quedaba mirándolo.

San-gre. La voz de su padre es brutalmente ahogada por el engendro de afuera.

—¡Venganza!

¿Cómo pueden sonidos tan ásperos ser nobles?

—Sálvanos.

Su plegaria comienza sobria.

—Hazlo por mamá, papá y Mientje, mi canario. Yo quie…

—Apúrate, niña —jadea la madre.

Myra traga saliva, un olor rancio invade la sala. Una presencia antiquísima desciende sobre ella, pone las palabras en su boca. ¿Groningen misma?

—Sistema Circulatorio, guardián de los enfermos, arráncate del asfalto. Allí aguarda aquel que nunca se sacia.

La tierra tiembla. Algo se libera, lejos y a la vez cerca.

Por docenas, los súbditos renuentes desaparecen en su boca abierta. El noble señor se llena, merodeando por la ciudad. Cuando se lanza sobre los sintecho, flotando en el mar rojo del parque Pioenpark, choca contra una estructura extraña, hierro que quiebra la superficie espumosa y no deja de crecer. El azul se extiende hacia la izquierda, el rojo –otra vez su color– hacia la derecha.

Myra lo ve ocurrir detrás de sus ojos. Siente la lucha bajo su piel. El Sistema Circulatorio cruje; el sonido es delicioso, y aprieta al ahora flácido señor. El estruendo de su danza mortal llega hasta la sala. Un golpe sordo. Luego: nada.

Myra abre los ojos, mira a sus padres.

—Ha terminado —dice—. El señor ha sido sometido. Por ahora.

Un latido regular resuena.

—La ciudad ha sido desobstruida. El Sistema Circulatorio regresa a su lugar fijo, donde velará para siempre.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

EL BROMISTA

Julio R. Estefan

 

A Hugo no lo veía desde el segundo año de la facultad. Fue el año que se ganó el mote de “el bromista” por la ocurrencia que tuvo en la clase de Física II. La cosa fue así: el profesor de aquella asignatura era sordo, nos lo había dicho claramente el primer día de clases, “No voy a contestar preguntas durante mi exposición, porque no escucho nada”. Después supimos por su esposa, quien daba las clases de Análisis Matemático, que era tan terco que se negaba a usar el audífono que le habían recetado.

En fin, aquel día de agosto, Hugo llegó al anfiteatro con una novedad: la famosa caja de la risa de Tato Bores. Era un artefacto sencillo, con un disco de plástico y un mini tocadiscos que funcionaba con una pila doble A y un pequeño interruptor. Era similar a la cajita que traían en esa época las muñecas parlantes, pero en la caja de Tato Bores, lo que se había grabado era una carcajada sonora y contagiosa que al oírla te hacía reír aunque no lo quisieras. El cómico de los monólogos la había hecho famosa en su programa, accionándola ante la respuesta o exposición de los políticos de turno, con evidente sarcasmo.

Hugo, nadie sabía cómo la había obtenido, tenía la primera que veíamos de cerca. Las cosas, como a veces sucede, se acomodaron a favor del bromista. El profesor acostumbraba copiar en el pizarrón las deducciones matemáticas que llevaba desarrolladas en su carpeta de folios. Por una incierta coincidencia, un auxiliar lo había llamado fuera del anfiteatro, en medio de la clase, y Hugo supo que esa era su oportunidad. Bajó a zancadas desde la última fila, tomó la carpeta del profesor y le arrancó una hoja, la que seguía a la que estaba copiando hasta ese momento. Con la misma celeridad volvió a su asiento y esperó como si nada. Nadie sabía, ni siquiera los amigos más cercanos de Hugo, lo que éste tramaba. El profesor volvió a la pizarra, tomó su carpeta y continuó copiando el desarrollo interrumpido. En un instante, notó que algo andaba mal. Se alejó del pizarrón y miró lo que había escrito. Miró los apuntes. Borró algunas ecuaciones y volvió a copiar de sus escritos. Otra vez se detuvo. No lograba descubrir el error. En ese preciso momento, Hugo accionó la caja de la risa y ésta comenzó a resonar en el anfiteatro. Por supuesto, todos los estudiantes fuimos contagiándonos con aquella risa que poco a poco se multiplicaba y resonaba en el recinto.

El profesor se puso aún más nervioso. Miró al auditorio y solicitó silencio. “¿Qué les pasa? ¡Cállense! ¡No voy a continuar en estas condiciones!”. Finalmente, tomó sus cosas y salió del anfiteatro con un gesto de disgusto y el rostro encendido de vergüenza.

Hugo se doblaba de la risa, y nosotros también, aun cuando a algunos, después, nos remordiera la conciencia. Esa fue la última semana que vimos a Hugo en la facultad. No volvió y perdí todo contacto con él, hasta hoy que apareció ante mí, caminado displicente por la diagonal de la plaza Independencia. Me detuve en seco junto a la estatua de la Libertad de Lola Mora. Sospecho que me reconoció, pero hizo como que no me había visto. Tuve que llamarlo un par de veces para lograr que se detuviera y se acercara a saludarme.

Lo invité a tomar una café pero se rehusó. “Voy con el tiempo justo”, me dijo. Y sin embargo, nos quedamos ahí parados conversando al menos una hora. Me contó un poco de todo; que había estado casado unos tres años; que no tuvieron hijos; que el matrimonio no era para él. “Siempre fui muy loco”, dijo; y se acordó de aquella vez con la caja de la risa. Sacó el tema de repente y me contó que después de aquella broma decidió no volver a la facultad. “No era lo mío”. Sentí la obligación de preguntarle cómo se le había ocurrido semejante picardía. Sonrió y me confesó:

“Al viejo de Física lo tenía entre ceja y ceja desde el comienzo del año. Para mí, se hacía el sordo para no responder nuestras preguntas en clases. Pero me fue bien. Ustedes me pusieron el apodo y yo lo tomé como una premonición. Por aquellos días había leído un cuento muy bueno, de un tal Frederick o Fredric Brown. Un cuento que narraba las aventuras de un viajante de comercio que se pasaba haciendo bromas con los artefactos que su compañía fabricaba. La cosa no terminó bien en el cuento, pero a mí me sirvió de inspiración. Decidí dedicarme a eso, al negocio de los artículos para hacer bromas. Alquilé un local en el centro, en Ayacucho y Crisóstomo Álvarez, ‘Birlibirloque’ se llamaba el negocio. Allí vendía trucos de magia y chascos. Muchos magos profesionales y amateurs eran mis clientes. Y también gente que quería gastarle una broma a algún pariente o amigo. Estaba, por ejemplo, el famoso ‘picapica’, un artículo que se vendía para sorprender a los recién casados. Se ponía el polvo entre las sábanas y cuando se acostaban comenzaban a sentir picazón en todo el cuerpo, ¡una joda bárbara! O los metales que al soltarlos sobre el piso sonaban como platos o cristalería rota. ¡Asustaban a las amas de casa, anfitrionas de alguna cena pituca! Con la magia me iba muy bien. Traía trucos desde Buenos Aires y algunos importados de España o de Estados Unidos; pero otros, los ideaba yo mismo. Recuerdo uno que tuvo mucho éxito. Era una moneda que desaparecía en las manos del espectador o sobre una mesa; y lo hice basándome en la ley de elasticidad de Hooke (para algo tenía que servirme mi año de ingeniería) y en un dibujo animado de nuestra infancia: Don gato y su pandilla. La moneda estaba atada con cinta transparente a una goma elástica, sujeta con una traba para la ropa en el interior de la manga del saco del mago. Sólo era cuestión de soltar la moneda en el momento preciso y ¡zas! desaparecía ante los ojos incrédulos de los espectadores.

“El negocio anduvo bien hasta el 2001, ya sabes, vino el corralito, perdí mis pocos ahorros y los costos del alquiler, los impuestos y los servicios se fueron por las nubes. No puede aguantarlo”.

Hizo una pausa y vi que, disimuladamente, tragaba saliva. Se le hizo un nudo en la garganta y casi se le escapa una lágrima. Me miró a los ojos y me dijo: “Pero ahora ando bien, de alguna manera sigo en mi rubro. Ya no vendo bromas ni magia, pero los hago para el público, cada vez que me contratan para una fiesta, un casamiento o una despedida de soltero. Uso siempre un disfraz”, me dijo y metió la mano en el bolso que llevaba; sacó una máscara y me la enseñó. Era una muy buena versión del Guasón, el de la película con Joaquín Phoenix y Robert de Niro; la de 2019.

Después, nos abrazamos para despedirnos. Cada uno siguió su camino, en la misma dirección, pero en sentido contrario.

Julio Ricardo Estefan nació en 1963, en Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba. Vivió en Aguilares, provincia de Tucumán, y desde 1981, está radicado en San Miguel de Tucumán. Es Profesor en Física y Especialista en Educación Superior y TIC. Durante 2008 publicó sus trabajos en la revista Ñ (Buenos Aires), La Buhardilla de Papel (Rosario) y en los blogs de literatura: Químicamente impuroBreves no tan brevesRáfagas y parpadeosPoesía de TucumánAlpialdelapalabraPoetas Siglo XXI Antología mundial, entre otros. Participó en las antologías: Monoambientes (2008), Velas al viento (2010), Fervor de Tucumán (2010), Brevedades (2013), El mundo de papel (2014), Grageas 3 (2014) y Cien páginas de amor (2015). Publicó La excepción a la regla (2009), Juegos de Superhéroes (2010), La señal inválida (2011) y La torre de papel (2013). Algunos de sus poemas han sido publicados en diversas antologías, entre ellas: Reñidero (2012) y Antología Federal de Poesía (2017). Es editor de La aguja de Buffon ediciones y miembro fundador de la Asociación Literaria “Dr. David Lagmanovich”.

SI ME INVITAS CON UNA BOTELLA DE CACHAZA TE CUENTO LA HISTORIA

Leon Nunes

 

Todo empezó aquí mismo, en este bar. Lo entiendo, ha pasado mucho tiempo, a veces me falla la memoria; a veces incluso dudo si almorcé. Pero te lo juro. Por mi difunta madre, por los huesos que la Tierra aún consumirá de ella, es la pura verdad. Bueno, si realmente ocurrió como me lo contaron, eso es otra historia; en cualquier caso, confío en quien me lo contó.

Decir que ese hombre era un matón sería decir solo la mitad de la verdad; más que eso, la valentía brillaba en sus ojos apagados, su pelo largo, sus venas abultadas, sus músculos explosivos. No habría querido cruzarme en su camino por nada del mundo. Supongo que tú tampoco.

Dicen que venía de otra tierra, y el extranjero experimentó amor y lucha en nuestras tierras; en ese orden: amor y lucha. Le hicieron una promesa de lucha, así que aceptó venir aquí. A algunos los lleva el alcohol, a mí, por ejemplo. Él, ¡ah!, él, por la adrenalina que dan las peleas.

La persona me dijo: murió un gobernante, pero fueron dos, según mi investigación. Además, esto de la religión también da miedo; no puedo explicarlo, pero había una conexión.

¿No me cree?

Pregúntele a cualquiera en la calle.

Como decía, llevaron al extranjero a una pelea extraña, yo diría diabólica. ¿Les dan miedo las serpientes? Yo les tengo mucho miedo. Luchó contra un millón de ellas, ¡ah!, luchó, y si yo estuviera en su lugar, no estaría aquí contándolo, habría muerto allí mismo, primero de terror, luego de veneno, todas venenosas. ¿Sabes lo que digo? Imagínate, ¡Dios no lo quiera!, imagina cinco serpientes aquí, qué miedo. Debajo de la mesa, enroscándose en nuestros pies, mordiéndonos mortalmente las espinillas.

¿Aún no me crees? Al menos me diste más cachaza.

Aquí la historia se vuelve más confusa. Algunos afirman que el extranjero murió, después de todo, ¡serpientes, qué miedo!; otros, que sobrevivió, bendiciones del cielo o del infierno. Mi amigo dice que sobrevivió, le creo. La cachaza me baja por la garganta, ayudándome a olvidar mi vida descarriada. No puedo decir que sea la primera vez que hablo del tema; sin embargo, afirmo que soy el primero en hablar: vi esa maldita serpiente. Gigantesca. ¿Cuántos metros? Cinco, ocho, diez, no sé, vi a esa criatura del diablo, con un puñado de ojos, colmillos afilados. Arrastrándose. Qué miedo. ¡Cielos, qué miedo!

Murió, pero no murió, ¿entiendes?

No hay mucho más que decir. La serpiente responde a un conjuro; ¿se entiende?; no sé, vudú, brujería, el diablo, no sé, nunca he tenido acceso a los conjuros. ¿Quién? Esos gobernantes, obviamente, esos gobernantes, esto coincide con el anuncio de la muerte de Tadeu y Tiana, la gente se encargó de difundir la noticia, uno lo dice, otro lo exagera. ¿Quieres un trago?

No te daré uno.

No me crees.

Cuando digo que la serpiente murió pero no murió, quiero decir que puede revivir con el encantamiento adecuado; brujería, si lo prefieres. Por mi parte, bueno, por mi parte, no quiero volver a ver a esa serpiente, ni a ninguna serpiente.

Vete, ahora que lo sabes, alguien más tiene que saberlo, vete, has calentado demasiado el banquillo para alguien más, vete. Sal de aquí.

Leon Nunes es un novelista brasileño de 41 años nacido en Vimão, Rio Grande do Sul, Brasil; actualmente reside en Camboriu. Escribe ficciones de suspenso, terror, drama y algo de poesía desde 1997. Ha colaborado en varias antologías. Es autor de los libros Sob a ponte resta o passado (Bajo el puente descansa el pasado), Em busca da vingança (En busca de la venganza), O Funeral (El funeral), Eles estão dentro de mim (Están dentro de mí) y Nas esquinas do corpo tudo é invisível (En los rincones del cuerpo todo es inestable). Es autista, diagnosticado a finales de 2018 o principios de 2019, y está híper concentrado en la literatura. Actualmente se dedica a escribir nuevas novelas.

jueves, 19 de febrero de 2026

APOCALIPSIS NOW

Wahid Ghanim

 

El desertor se escabulló en la oscuridad de la noche, rodeado de un aura que lo convertía en la imagen en negativo de una rata caminando sobre sus patas traseras, una radiante imagen de un tembloroso blanco grisáceo. Era un espectro gris que corría, y el espectro se convirtió en dos, tres, cuatro... hasta el infinito.

Había sobrevivido milagrosamente después de que una llama infernal le quemara el rostro y una enorme explosión lo arrojara al suelo. Quedó sordo y ya no podía oír la voz de su compañero, Falah Abdul-Amir. Solo su mano no se apartó de una pequeña radio de transistores; sus ojos estaban cerrados, con luces ardientes parpadeando en sus pupilas.

Ahora, estaba enterrado en la arena del desierto, entre arbustos y trincheras, refugiándose bajo vehículos destrozados. Otra guerra, pero la misma. Otras armas, cuyo frío metal había tocado su cuerpo décadas atrás, lo habían puesto al alcance de las armas de soldados estadounidenses, australianos y británicos. Era como si, en su infancia, o incluso antes de nacer, los proyectiles y misiles hubieran dejado una ceniza ardiente, blanca y radiactiva que le escocía en el cuerpo. Se alejó de su unidad militar; tal vez acababan de lanzar sobre ella la llamada "Madre de Todas las Bombas".

Le pedía prestada a uno de los soldados la pequeña radio Philips, guardada en un estuche de cuero marrón perforado, y la dejaba susurrar las noticias hasta bien entrada la noche. Escucharon la advertencia en Radio Montecarlo. Once toneladas de TNT caerían sobre sus cabezas. Los soldados pensaron que los estadounidenses captarían la señal de radio y bombardearían su ubicación los impulsó a gritarle, obligándolo a apagar la radio de sus recuerdos y las aterradoras y lánguidas tardes. Soñaron con esa madre ensangrentada abrazándolos y liberándolos de su tormento.

Su amigo, Falah Abdul-Amir, pálido, dijo: "¡Estás condenado!".

Pero este amigo ya había hecho sus preparativos desde que salió de sus vacaciones habituales. La última vez, hace un mes, trajo consigo una paloma mensajera, algo que causó sorpresa. El oficial quiso quitársela, era un teniente frenético, pero él logró retenerla y la escondió entre los soldados. El oficial la persiguió, y ella revoloteó de un lado a otro. Escribió unas palabras de despedida. Y un testamento en un pedazo de papel que ató a la pata de la paloma; en caso de que muriera el pájaro volvería a su familia para informarles: “Este pájaro no tiene ninguna conexión conmigo excepto con mi muerte”.

En aquel entonces, los teléfonos celulares no habían aparecido o estaban prohibidos en el país. Los teléfonos satelitales Thuraya estaban permitidos para algunas personas cercanas a las autoridades, y los dispositivos inalámbricos no funcionaban; en cuanto se iniciaba una llamada, el lugar era bombardeado.

Sentía que ya había pasado por ese infierno mientras caminaba entre las ruinas. Le sorprendió su propia apatía, pues se había entregado a su destino sin miedo; tal vez su miedo se había disipado, enterrado en lo más profundo de él, dando paso a una máscara fría que ya había visto en los rostros de las películas de terror, en los rostros de asesinos y víctimas desesperadas.

Cuando el lugar fue bombardeado de nuevo, se arrastró, tanteando los rostros ensangrentados, y su mano se hundió en el cerebro de uno de los hombres. Los huesos de su cráneo se partieron, y se veía amarillo en la oscuridad. Quizás era su propio amigo. Un traqueteo y un gemido lo siguieron, y más tarde descubrió, sentado entre soldados de un batallón británico, que mientras se arrastraba había estado gritando inconscientemente, pero no podía oír su propia voz.

Ya no había un frente de guerra, sino una extensión de vehículos volados, cadáveres de soldados, troncos de palmeras y personas, todo cubierto de cenizas, esparcido a lo largo de un camino exterior, pero la guerra no se detuvo, y su arco continuó extendiéndose, iluminado por un crepúsculo rojizo en el cielo. De vez en cuando, un helicóptero estadounidense Cobra rugía, derribando todo lo que se movía. Los aviones de la coalición seguían disparando aquí y allá. Recordó que un crepúsculo ardiente brillaba en la distancia, y no lo vio al girarse, pues las llamas lo rodeaban en la oscuridad, y él era parte de ese arco ardiente.

Se llamaba Ibrahim y era forastero en Basora, procedente de una de las ciudades del Éufrates. De civil, era adicto a las películas de acción, guerra y fantasía, toda la locura que Hollywood le había metido en la cabeza, pero también tenía un caballo, cabras y ovejas.

Caminaba día y noche, sucio, radiante, azotado por una brisa marina húmeda. Entró en la ciudad y se movió sigilosamente por los callejones, sin sentir nada, pero evitando instintivamente ser capturado por las fuerzas de seguridad, evitando las calles principales. Las farolas estaban iluminadas con luces amarillas y el aire de marzo era frío, pero no se encontró con nadie; solo perros, y sus ladridos no eran más que un sonido de la nada, como si los oyera, su eco reverberando en el cielo, que retenía los rayos del sol, el azul y los vapores venenosos, tal vez de su recuerdo, donde una paloma vuela, de un futuro gris, los animales del color del terror en sus madrigueras, y las criaturas de su memoria. Estaba entumecido. Perdió toda sensibilidad hacia las cosas, hacia sí mismo. Todo lo que le conectaba con la vida se desvaneció, y esa fuerza aterradora encarnada en el personal de seguridad, con rostros fríos y duros como robots de película, se borró. Justificó sus acciones ante sí mismo; si le apuntaban con sus rifles, se quedaría quieto, sumiso, igual que su amigo, el campesino, se había sometido al llamado de la guerra y se había apostado en la frontera para luego desaparecer. No quedaba nadie de su unidad. Solo encontró la radio. Experimentó la misma ilusión; ningún amigo había muerto a causa de esa bomba traicionera, y ni siquiera estaba seguro de que hubiera caído. Había un amigo en su provincia, a orillas del río Éufrates, conduciendo un tractor y cantándole a las novias de su campo, aunque no podía oír su voz. En cuanto a la radio fue para alguien más, o quizás para él personalmente, Radio Montecarlo tocaba suave música de acordeón, acompañando a una banda de los años cincuenta; a nadie le gusta un soldado que deserta de su puesto. Seguirá siendo motivo de desprecio incluso si su unidad militar se derrumba y sus miembros se dispersan. Debería morir allí, entre sus camaradas, crea o no en su deber. Mientras escucha una pequeña radio con la batería descargada, siente un viejo desprecio y una tristeza que lo envenena para el resto de su vida.

Llegó al amanecer a un gran edificio de fachada blanca y líneas negras en la cima. Sintió que conocía el extraño lugar. Las luces del amanecer fluían densamente y lo rozaban, como si el vapor del río de la ciudad hubiera subido y limpiado su rostro ardiente. Él era el chico extraño. Un letrero brillaba en la oscuridad: era un club de profesores, su parte norte estaba destruida y sus puertas de hierro rotas; debía haber sido bombardeado y su contenido probablemente saqueado por la gente.

Entró en un corredor que le pareció haber visitado antes y recorrió un pasillo flanqueado por habitaciones abiertas, escritorios, sillas, armarios y macetas con plantas tropicales a ambos lados. Sus pies lo arrastraron y descubrió que le faltaba un zapato. Le sangraba el pie, tenía una uña rota y un dedo hinchado, pero no sentía dolor y no se dio cuenta de que se dirigía a la cocina. Allí encontró conservas, bolsas de arroz, legumbres y papas, bebidas y un refrigerador bien iluminado, rebosante de pollo y hamburguesas; todo permanecía como estaba antes, como si todos hubieran huido de repente. Recordó que tenía hambre. Se lavaría y se vendaría la cara, que había empezado a supurar, con una gasa que encontró en un botiquín de madera encalada. Se vio reflejado en el espejo del baño y supo que era él, el mismo que había recibido el beso de la muerte sin morir. El hilillo de sangre de su nariz se secó. El fugitivo, que se despreciaba a sí mismo y a su alegría por sobrevivir, temblaba ante el agua fría.

A media mañana, se despertó con unos ruidos que venían de la carretera; no eran ruidos específicos, ni de coches, ni de personas, ni de animales. Se dio cuenta de ello al ordenar sus pensamientos, que era el traqueteo de la puerta exterior de hierro, sacudida por el viento. Era su primer día con vida y se estaba agotando. Un viento azotaba los pasillos, soplando desde el lado devastado. Vio un cráter dejado por un misil, ahora lleno de agua. Mirando hacia afuera, pudo ver sombras a la luz del sol, figuras humanas distantes arrastrándose. Tenía sed. Regresó a la cocina y tomó una botella de agua. De algo estaba seguro: el sonido de los bombardeos había cesado, tal vez para reanudarse por la noche. Se arrastró, apoyado en la pared. Algo en su cabeza lo impulsaba a levantarse. En las siguientes horas, la gente llegó y saqueó la cocina, pasando junto a él sin notarlo. Otros lo siguieron, con voces jóvenes, buscando cualquier cosa que pudieran encontrar.

Era una criatura frágil y sin rostro, escuchando su propio silencio y vacío, sin saber dónde había perdido la radio. ¿Cuándo se le había soltado de la mano? Quizás otros lo notarían si subía el volumen. ¿Qué había sido de su amigo campesino de piel oscura? ¿De su hermana, su madre, sus hermanos mayores, los que habían muerto y los que habían sobrevivido?

El agua relucía en los arrozales y oyó el canto de las aves migratorias. Vio las ruedas de los soldados surcando los senderos polvorientos. Sin darse cuenta, una sensación de desapego lo acompañaba; podía oír el murmullo de su sangre y su pulso. Se levantó y miró a su alrededor; no quedaba nada. La luz se filtraba por los grandes ventanales, con los cristales rotos, mientras imaginaba oír el rugido de maquinaria y helicópteros. Bebió agua turbia del grifo y caminó por el pasillo hasta una gran puerta de madera. Al abrirla, se encontró de pie en la entrada de un espacioso salón. En un extremo, un proyector de películas se alzaba tras filas de sillas, frente a una pantalla blanca de cuatro metros de largo. El proyector parecía una mantis religiosa convexa, y detrás, en la pared, había una gran vitrina de madera vidriada que contenía rollos de película, latas y otros objetos. El sonido de potentes motores se acercaba, pero no les prestó atención; creía haber encontrado algo que siempre le había gustado. Corrió las pesadas cortinas de las ventanas, así que la luz se atenuó. Colocó el dedo sobre un botón y simplemente lo presionó; el proyector se encendió y su luz se iluminó en la pantalla.

Comenzó una canción triste, apenas audible. Apareció un rostro, arrugado y resignado. Una botella de Martel, un palmeral y otros árboles. El verde lujo del recuerdo parecía engañoso, como si lo supiera de antemano. Sombras oscuras se deslizaban, atravesadas por aviones de guerra, con sus hélices aleteando, su movimiento fluido. Entonces, el bosque se transformó en una ola de llamas y humo. El soldado bailaba, alucinando y desnudo. El guerrero fue engullido gradualmente por los sucesos del infierno: fuego y cadáveres dispersos. Un hombre viviendo en las profundidades del infierno, su propio infierno yacía al otro lado, corriendo entre la gente pequeña en sus campos. El ritmo monótono de la muerte, lento y luego repentino y devastador, la masacre... la masacre...

Otros llegaban apresurados, hambrientos, ladrones e intrusos, empujando la puerta del vestíbulo; esta crujía, y el crujido se oía como si emanara de dentro. Miraban dentro del vestíbulo a su fantasma y se retiraban.

Recordó haber sobrevivido a los proyectiles estadounidenses y británicos, y se tocó el rostro carbonizado. Ya no sentía que hubiera sobrevivido; el fuego de la tierra se intensificó y lo rodeó. Entonces, en lo profundo del crepúsculo ardiente, percibió pasos que se acercaban e inclinó la cabeza. La puerta del vestíbulo se abrió, y los soldados estaban sentados a su alrededor en sillas, susurrando y haciendo sonar sus botas, como si no quisieran despertarlo de su pesadilla. Sin embargo, reían a carcajadas.

—Amigo mío, esta es una película estresante —gritó un traductor iraquí que los acompañaba.

La presencia fría e inhóspita lo despertó de golpe, como si le hubieran dado un golpecito en la cabeza. Miró y vio soldados rubios, quizá británicos o estadounidenses, de brigadas de infantería, blindados o navales, algunos con la tez del mismo color que el brillante pelaje rubio de sus caballos, aquella era una recluta que se recogió el pelo con una goma en la raíz, se levantó el casco y se secó la frente. Estaban viendo la película con él. Siete soldados con uniforme de combate, con la cara sucia, habían cruzado el desierto.

Lo miraron a la cara y contemplaron su uniforme militar desgarrado, con las manos en las armas. Uno lo saludó con un gesto y fumó un cigarrillo, mientras que el otro le ofreció otro, pero él no respondió.

La masacre lo rodeaba, frente a él, detrás de él, dentro de él, en la oscuridad y la luz. Sintió un escalofrío que lo invadía, un miedo repentino y aterrador que se apoderó de él, y un dolor atronador que estalló de repente. En ese momento, dejó escapar un aullido, temblando. Dos soldados se levantaron con cautela, con los dedos en el gatillo, y el traductor se acercó. El soldado sintió miedo; lo oyó aullar por dentro. Los cuerpos que veía en la pantalla lo seguían de un lado a otro.

Traducción Abdul Hadi Sadoun

Wahid Ghanim (Basora 1962) es un escritor y novelista iraquí contemporáneo, considerado una de las voces narrativas que han abordado las cuestiones del ser humano, la guerra y la memoria. Ha escrito novela y cuento, y sus obras se caracterizan por la profundidad psicológica y la experimentación en la construcción narrativaEs considerado uno de los autores que han contribuido a la renovación de la narrativa iraquí contemporánea. Entre sus novelas más destacadas se encuentran El hermoso que huye hacia su destino (2016), en la que trata los efectos de la violencia y las transformaciones sociales. También ha publicado libros de relatos como: Las que se bañan en la sala de los muertos (2025) y Días de quien ha perdido el amor (2023).


 

ENTRE EL POLVO DE LAS ALAS

Dănuț Ungureanu

 

Día

El hermano menor, Feodor, no tenía ni la menor idea siquiera de la mosca Bu. Lo supo cuando, bajo la aspereza tibia de la palma con la que había querido aplastar al bicho, sintió que se le desgarraba la almohada de la mejilla y se le llenaba de sangre.

—Fedi —me reí, preocupado—, ¡estás más loco que nuestro rey! Ven aquí cerca, que tengo que hablarte…

Era un moscardón grande, viejo, con el tórax brillando verde como la hierba. La palma del hermano menor, Feodor, casi lo había dejado tullido. Zumbaba finito y a trompicones, mientras daba vueltas sin rumbo, agitando con lástima un ala torcida. La armadura diminuta, la coraza que la madre naturaleza les había cincelado a todos los de su linaje, le había salvado la vida esta vez. Igual que las armas cortantes, apenas visibles a simple vista.

—Eh, Pepe —balbuceó Fedi—, ¿qué estás diciendo ahí?

Me reí otra vez, breve y algo torcido, porque no tenía tiempo para él. Me arrodillé en el polvo del camino, obligándolo a hacer lo mismo y a callarse. Tras casi una hora de súplicas y disculpas, su excelencia emprendió el vuelo, despreciándonos desde las alturas. Ya se había repuesto, y los suyos se encargarían de ponerlo definitivamente en pie. Estábamos humillados, pero perdonados, y de todos modos sabíamos que apenas se alzara por encima de nuestras cabezas indignas ya nos habría olvidado. Así son las moscas verdes Bu.

—Querido —dije como al pasar—, por poco nos vemos con el diablo. ¡No vuelvas a hacer eso nunca!

El sol era ya medio fruto de limón. Me incliné y agarré con la derecha el mango nacarado de mi raedera. Con la izquierda le arrojé al hermano menor, Feodor, la suya, y él la atrapó torpemente, justo por el extremo del gancho afilado. Creí que me iba a reventar de risa. Fedi se enfada pocas veces. Él también se rio.

—Vamos a trabajar, ¡vamos, empecemos de una vez! —decía entre hipos, y le brillaban los ojos.

Echamos a andar, con las raederas al hombro, hacia el estrechamiento que forma el valle poco antes de entrar en la ciudad. La plataforma cenicienta de hormigón de la estación transformadora ora se alzaba, ora bajaba, escondiéndose de nuestra vista tras las crestas verdes, alargadas, innumerables. Parecía que no nos acercáramos jamás.

A mitad de camino, Fedi se detuvo y me miró con admiración.

—Tenías razón, Pepe, cuando dijiste que esperáramos una noche más.

Y me señaló con la punta de la raedera el racimo de criaturas pegado a las barras de enfriamiento del transformador. El trafo se veía pequeñísimo y la gente de allí parecía granitos, pero yo sabía que nos tocaría sudar de veras.

—¡Vamos! —le dije, seco.

Subimos y volvimos a bajar. Entonces oí la respiración larga y sincronizada de los de allí y, como siempre, me pareció que había un olor en el aire. Pero sabía que no era nada. Solo quien hubiera empuñado antes que yo la vara flexible de la raedera quizá habría sentido algo en este aire alrededor de los transformadores. Había dejado, justo en la unión del mango amarillento por el sudor de la mano, una marca extraña a la que no le di vueltas ni un minuto entero.

El hermano menor, Feodor, se detuvo suspirando junto a la plataforma de hormigón de la estación. Estaba allí plantado con las piernas abiertas y, de vez en cuando, golpeaba con el extremo afilado de la raedera los bultos multicolores de líquenes y conchas vacías que crecían con los años en la carne gris de los pilares. Tenía la cabeza echada hacia atrás. Cuando llegué junto a él, jadeando, alcé yo también la vista. El cielo empezaba a llenarse de pelusa de nubes.

Creo que eran, en total, alrededor de cien. Los que habían logrado aferrarse bien a los aisladores de porcelana o a los salientes de la cuba dormitaban aturdidos, poniendo los ojos en blanco cada vez que, apretujados por el hormigueo de los otros, los llegados más tarde, conseguían robar una bocanada de aire.

Las espaldas y las piernas temblaban con fuerza, bajo el peso de los menos afortunados, que aún no habían perdido la esperanza de acercarse más al corazón tibio del trafo. Allí jugueteaban corrientes de inducción capaces de despertar hasta a un muerto, y eso era justamente lo que ellos necesitaban. Eso era lo que buscaban.

Los más débiles de ángel, los que no habían podido sujetarse como era debido durante la noche –porque aquella noche había hecho un frío infernal– o los que habían llegado demasiado tarde, cuando ya no cabía ni una mirada, yacían tendidos sobre el hormigón todavía húmedo, no secado por el sol. De ellos no salía nada: ni una brisa, ni un temblor, nada. Las carcasas se habían endurecido del todo, pero más allá de sus bolsillos y bolsillitos palpitaba una especie de aura mortal. Ni se nos ocurrió asomarnos al interior de los trajes.

“¿Empezamos?”, me preguntó Fedi con la mirada.

“Empezamos”, le respondí del mismo modo.

Gruñimos los dos, alzando las raederas del hombro, y nos pusimos manos a la obra. Yo me movía bastante bien para mi edad, y Fedi se las arreglaba como podía. Lo habían aceptado de aprendiz hacía apenas una semana. No podía quejarme de que no fuera fuerte, y aun así se cansó antes que yo.

Para limpiar el trafo, después de una noche como la que acababa de pasar, hace falta nervio o destreza, y eso solo se consigue con el paso del tiempo.

Ahora, escuchen:

Cuando lanzas la vara larga y delgada de la raedera para enganchar con la punta del gancho una coraza, al principio lo haces con indiferencia, con desdén y casi al azar, porque en ese revoltijo de manos, piernas y espaldas tendrías que estar ciego y borracho con el vino de nuestro rey para no enganchar algo. Con todo, algo en tu mente vela para que agarres bien lo que has agarrado; de lo contrario, la raedera puede resbalar y acabarás tumbado de espaldas entre los demás. No es una desgracia demasiado grande, pero te fatiga antes. Eso le pasó al hermano menor, Feodor, unas cinco o seis veces.

—¡Vamos, muchacho, vamos! —le decía sin mirarlo—. ¡Nos va a sorprender el mediodía!

Y él se levantaba, maldiciendo furioso, y embestía otra vez como un carnero. Aún estaba verde.

Después de que el gancho de la raedera se abre paso entre las placas verdes del traje que has enganchado, debes girar la vara con rapidez, con ambas manos. Así te aseguras de que no vuelva a deslizarse.

—¿Cuánto tiempo quedará? —se atrevió Fedi, soplando con dificultad.

¿Qué podías contestarle? Ya habíamos bajado más de treinta carcasas cada uno y el agua nos corría por el cuerpo como después de la lluvia. Eso sí: el sol había trepado sobre nuestras cabezas sin dar señales de querer bajar de allí.

El acero brillante de la vara canta más que la mejor cuerda, serpentea más que el mejor arco, cuando, apoyándolo contra la coraza verde, lo obligas a arquearse peligrosamente.

Luego, según te venga mejor, tiras de golpe o lo dejas desengancharse a su antojo, sin soltar ni un instante el mango nacarado que se retuerce en tus manos. Si lo dejas escapar, te puede costar un ojo, o algo peor. Las vibraciones violentas que nacen en el cuerpo flexible de la raedera se transmiten a la coraza atravesada, haciéndola resbalar primero despacio y luego cada vez más rápido. El que todavía vive dentro suele estar demasiado débil para resistirse…

—¡Maldita sea! —dije, irritado.

—¿Qué pasa? —hizo el hermano menor, Feodor.

Entre los que habíamos bajado había varios ancianos y algunas mujeres. No habían tenido fuerza para subir más de una longitud de vara o no habían podido abrirse paso más allá de los cuerpos de los que llegaron primero. Ahora respiraban pesado, de golpe, mientras las carcasas, privadas del soplo de energía que envolvía al trafo, morían; estaban medio muertas; estaban muertas de verdad; perdían su elasticidad viva y los estrangulaban.

…y entonces apoyas bien la suela de la bota y giras la vara en sentido contrario. Si eres un flojo o tienes ganas de charlar mientras la coraza se enfría, estás perdido. La vara queda atrapada allí, entre placas muertas, como en una prensa, y no es raro que las líneas finas de sutura, que mientras la coraza estaba viva le daban movilidad de serpiente, se cierren, mordiendo el acero.

—¡Puf! Se me volvió a escapar.

Fedi se apoyó en el mango blanco y me miró, interrogante.

—¿Ves a ese de allá arriba, el de más arriba de todos? Con ese vamos a tener trabajo.

Pero para llegar hasta él hubo que desprender todo el montón de individuos que nos miraban aterrados, sin dar señal de entender qué estaba pasando. La sombra de la muerte los había llenado de oscuridad…

Nosotros también trepábamos como podíamos. El hermano menor, Feodor, maldecía cada vez peor cada vez que tiraba de uno. Caían desde más alto a la plataforma, pero no les pasaba nada. La coraza muere tan rápido que ya en el aire se vuelve algo duro como el hormigón.

Cuando al sol le quedaba poco para ponerse, llegamos arriba.

Quién sabe qué tretas habría hecho para subir hasta allí. Estaba firmemente agarrado, y yo sabía por qué. Desde que tomé la raedera en la mano, ya me había topado con un par como él, así que conocía el truco. Se las había arreglado para que las partes que le cubrían las piernas y el brazo izquierdo se endurecieran por separado, dejando intacto el resto de la coraza. Por eso íbamos a tener que sudar para despegarlo del aislador de porcelana, de ese abrazo por el que tanto había luchado.

Cuando me acerqué lo suficiente, retrocedí sin querer. Tenía la mirada clara, como la mía o la del hermano menor, Feodor. Había mantenido libre el brazo derecho y podría haberlo usado para hacerme alguna mala jugada.

—¿Qué quieren? —preguntó en voz baja—. No pido nada. Estaba aquí tranquilo.

Fedi lo agarró por una pierna, pero a mí me daban ganas de reír al ver cómo lo miraba ese tipo. Me incliné y vi que abajo, sobre la plataforma, la noche ya se deslizaba. Allí nadie se movía, salvo los enjambres guerreros de moscas verdes Bu. Sus excelencias zumbaban, diligentes, posándose a intervalos sobre las carcasas agotadas, alzando el vuelo otra vez. Miles, cientos de miles se agitaban dentro de ellas, haciendo chocar sus armaduras, que los últimos rayos de luz habían convertido en tantos luciérnagas inquietas.

—No puedes quedarte aquí —dije con suavidad—. Vamos, cierra los ojos y sé un buen chico.

 

Mañana

Por la mañana, todo era igual que antes. El hermano menor, Feodor, había ganado la experiencia de un día. Yo me limpiaba el barro de las botas con el extremo afilado de la raedera. Estábamos los dos tirados en la hierba, a un tiro de palo de la plataforma del trafo, porque la mosca verde había empezado a organizar sus asuntos por allí. Ponía los huevos bajo el amparo seguro de más de cien carcasas.

Cuando nos disponíamos a abrir las provisiones, resonó, al principio muy despacio y luego cada vez más fuerte, el retumbo de los cerdos. El cortejo apareció un poco después, desfasado: primero el doble de las imágenes, más pálido; luego las criaturas verdaderas. Se había levantado una nube inmensa, como de polvo, pero no era polvo, porque la noche apenas había huido: eran los miles de millones de alas minúsculas, transparentes, de las sagradas, nobles moscas verdes Bu que habían tenido un glorioso final en los últimos días, y otros miles de millones de las vivas que acompañaban a nuestro rey loco. Fedi se quedó con el bocado en la boca.

—No temas —dije—; ni te ven, tan insignificantes somos.

Así era. Uno no ve cada hoja, cada piedra sobre la que pisa.

Eran tres cerdos, tres hocicadores de estrellas, y alrededor de treinta caballos. Detrás, un caracol gigantesco avanzaba con pesadez, con la concha llena hasta el borde de comida y de todo lo necesario para un alto en el camino. Nuestro rey había salido a tomar el aire. Como iban a pasar justo por delante de nuestras narices, nos quedamos allí, tirados un poco más lejos.

Los cerdos de las estrellas, que –según se decía– habían traído desde tantos años luz los contenedores con la semilla de la que procedíamos, pasaron sacudiendo sus jamones metálicos. Hacían un ruido espantoso, porque habían perdido más de la mitad de los propulsores. Dieron vueltas gruñendo alrededor del trafo casi un cuarto de hora. Los pilotos, desde detrás de los ojos de buey, contaban las carcasas que habíamos alineado, yo y Fedi, desde la tarde anterior. Después siguieron adelante. El lugar no les convenía. No podían aterrizar.

Pasaron los jinetes, pisoteando la hierba con indiferencia. Sus caballos llevaban todos penachos verdes y mantas de estaño. Los jinetes iban desnudos. Luego pasó el carro de nuestro rey, empujado por una multitud de cortesanos.

Mientras tanto, el hermano menor, Feodor, había vuelto a las preguntas. Le había dicho mil veces que las preguntas no son para la gente, pero él es demasiado joven para entenderlo.

—Pepe —dijo—, si yo no tengo permiso para aplastar un bichito de esos asquerosos, que hay miles por aquí, ¿por qué él sí tiene permiso para fastidiarme a mí?

Yo ya había empezado a comer tranquilamente. El cortejo del rey se había detenido cerca de la estación de transformadores, un poco más allá, y ahora desempaquetaban todo. Los cerdos de las estrellas se habían calmado.

—Come, hombre, ¿qué quieres de mí? —dije con la boca llena.

Luego me arrepentí. Y mira cómo son las cosas, hermanito:

El polvo, la hierba, las piedras y las conchas de los caracoles perdidos están para que puedas pisarlos. Igual que los miles de millones de alas transparentes de la mosca verde muerta no hace mucho. Pero esa es otra historia. Por encima de todo están los que anoche bajamos de la caja tibia del trafo. Por encima de ellos estamos nosotros.

—¿Y por encima de nosotros? —preguntó el hermano menor, Feodor, ordenando sobre un pañuelo un puñado de nueces.

Comíamos nueces y bebíamos a sorbos un vino rojizo como la hierba de las colinas en otoño.

—Por encima de nosotros —le enseñé— está el caballo envuelto en estaño, que puede aplastarte bajo la pisada de sus cascos estriados si no estás atento. Y el jinete desnudo que lleva las riendas. Y el gran caracol que viene detrás, con la concha repleta de comida. Luego los demás y, por encima de todos, su excelencia, la santa mosca verde Bu. Sobre su armadura brillante, el rostro sereno de nuestro rey. ¡Ya está!

El hermano menor, Feodor, hipo y se puso a comer. Parecía que se pelearan los hambrientos por su boca. Yo estaba cansado de hablar.

Nuestro rey ordenó que hubiera música, y entonces todo el cortejo hizo música. Era un ruido infernal. Luego él se declaró satisfecho. Con una señal trajo el silencio, recostándose en el sillón asimétrico de vidrio verde. Diez vírgenes lo rodearon, ondulando sus cuerpos, y se sentaron obedientes. Las que estaban del lado de la mitad humana del rey arrojaban flores de vez en cuando o lo rociaban con perfume desde pequeños recipientes guardados en la palma. Las otras ungían con miel amarilla los miembros de la mitad mosca o lustraban con piel de marta las facetas brillantes del ojo.

—Pepe —declaró el hermano menor, Feodor—, ¡a mí me alcanza! ¡Reviento!

Desprendió del cinturón la jarra de vino, recibida junto con la raedera con la que uno se gana el pan. Yo lo miré de reojo, pero luego me reí: de todas maneras, ese día y el siguiente estábamos libres, nadie se ocuparía de nosotros. Así que empezamos a pasárnosla, chasqueando los labios con ganas.

—Vamos a acercarnos, a ver también nosotros qué pasa —me dio un codazo Fedi.

—¿Ver qué? —me extrañé.

—Cómo se emborracha la mitad humana de nuestro rey y después la otra, la de la izquierda, la de mosca peluda. Cómo luchan, en una bandeja colocada ante sus ojos –solo uno humano–, cohortes de moscas verdes Bu para complacer a nuestro rey loco y enseñarle los bellos secretos de la pelea. Cómo hace una seña el rey para que elijan entre los cortesanos a los que han fallado o ya no le agradan. Y cómo les exprimen la vida a las carcasas vivas de las que ya no pueden salir por sí solos.

A mí se me escapó la risa.

—Si ya sabes todo eso, ¿para qué necesitas acercarte? A lo mejor te gustaría también a ti un traje de esos. Mira que están vivos mientras a nuestro rey se le antoje que lo estén. Cuando viven, te protegen de todo: de la enfermedad, del insomnio, de la mordida cruel del hielo. Y de la del lobo o del enemigo mortal. Con ellos atravesaron los caminos entre las estrellas, saltando o arrastrándose según les dieran las fuerzas, las criaturas débiles que, hace miles y miles de años, guiaron a los cerdos de las estrellas hasta estas tierras benditas. Quizá fue lo único bueno que trajeron consigo y dejaron atrás antes de que se perdieran sus señales. Al menos así lo dicen las historias de estos lugares maravillosos, sin igual. Y así las carcasas… cuando el rey ordena que ya no les permitan abrevar energía de las fuentes del palacio, se vuelven útiles solo para la mosca verde. Ella pone allí sus huevos después de que, claro, tú y yo hemos bajado del trafo a los que querían estirar un poco más los días.

El hermano menor, Feodor, pareció convencido, pero no demasiado contento. Yo sabía que él habría querido de verdad ir allí a brincar o a reír como un tonto al zumbido grueso y desquiciado de nuestro rey. El vino de la jarra se le había subido a la cabeza, al corazón y a los huesos. Cuando los cerdos de las estrellas venidos de lejos, de otros cielos, cayeron entre las colinas y los contenedores se rompieron, mezclando entre sí las semillas de todos los que viven en nuestro mundo, no estaba escrito para el hermano menor, Feodor, que pudiera, dentro de miles de años, estar entre los que ahora banqueteaban junto al trafo.

—Y además —dije—, siempre puedes ir por allí; ya te lo he dicho: eres tan insignificante que nadie te verá.

Pero luego bebimos más y, al cabo de un rato, hasta nos peleamos un poco con las hermosas varas de las raederas. Fedi era fuerte y poderoso, y yo diestro. Pensé que los dos parecíamos guerreros valientes, mejores que las Bu, y luego ya no pensé en nada, porque todo se me había amontonado bajo el cráneo. El hermano menor, Feodor, me hizo con el gancho afilado de la raedera un tajo oblicuo en la frente y, riéndose, me lo cubrió con hierba y alitas transparentes.

—¡Ya está! —gritó—. ¡No puedo más, ya está! ¡Ya está!

Estábamos los dos, yo y el hermano menor, Feodor, tirados en la hierba, y el cortejo del rey, todo su campamento, era ahora un carrusel multicolor que giraba cada vez más deprisa ante nuestros ojos. Los cerdos de las estrellas dormían, los caballos se habían arremangado las mantas de estaño, mordisqueándose los penachos. Los cientos de miles de moscas verdes Bu se movían con cuidado y devoción sobre los cuerpos dormidos del rey y de las diez vírgenes. Solo seguían despiertos los jinetes desnudos, inmóviles, y algunas carcasas que se apretaban hacia las barras de enfriamiento y los platillos de porcelana del trafo.

Y yo, pasado un tiempo, no dejaba de mirar a Fedi cabeceando, y él se levantaba, es decir, una imagen suya se levantaba en pie y otra quedaba abajo en la hierba, junto a mí, borracha como yo. Luego ese Fedi que estaba de pie echaba a andar, apurado, hacia el campamento dormido de nuestro rey. Luego otra imagen suya se levantaba y se iba deprisa hacia allí. Y luego otra, y otra, y así sucesivamente. Yo tenía la raedera sobre las rodillas y no podía decir nada…

Nacido en 1958, Dănuț Ungureanu es un escritor, periodista, guionista, dramaturgo y formador de escritura creativa rumano. Se graduó en la Universidad Politécnica de Bucarest. Es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. También es miembro fundador y primer presidente de la Sociedad Rumana de Ciencia Ficción y Fantasía (SRSFF). Ha publicado decenas de textos en revistas y almanaques, así como numerosos guiones para televisión y radio. Participa en más de veinte antologías y volúmenes colectivos de relatos, tanto rumanos como coproducciones internacionales. Su portafolio incluye veinte novelas personales, publicadas por diversas editoriales, y seis colecciones de relatos. Ha publicado varias otras novelas y volúmenes de prosa corta en colaboración. Sus textos han sido galardonados con numerosos premios. Sitio web del autor: www.danutungureanu.com.

 

ŽELVA

Néstor Darío Figueiras

 

Organizarnos nos tomó un año entero. Un año para olvidar… Pero todos sabemos que es imposible borrar las cosas que hemos vivido desde la implosión.

 

Un gruñido en los parlantes. Dejo de tipear, guardo el documento y bajo el monitor de mi laptop maltrecha para observar las pantallas de vigilancia. Las cámaras muestran a un Vader arrastrándose sobre el reseco césped de la plaza Éxodo Jujeño. Quiere subir por Gándara hasta el centro. La resistencia de los monstruos sigue aumentando. Ninguno de ellos había llegado tan lejos. De todos modos, éste se ve bastante mal. Aúlla al sol y va dejando jirones de piel mustia en el pavimento. Se morirá en la calle.

Sin embargo, llegará el día en que podrán alcanzar el refugio.

 

Antes compadecía a los Vaders… o Empolvados, como les dicen algunos. Ya no. Son unos reverendos hijos de puta que nos quieren despedazar a mordiscones. Así de sencillo. Alguna vez traté de convencerme de que todos ellos fueron, ni más ni menos, los que le hicieron el juego al Gobierno, los que creyeron que la implosión era mejor y no vieron que estaban poniendo en riesgo la civilización. Pero la verdad es que muchos de los que pedían la demolición manual también están allí afuera, metamorfoseados, infestando la superficie, buscando asesinarnos para ofrecer sacrificios a las entidades de Fuegos Fatuos. Y por otro lado, en nuestras filas hay algunos que votaron por la implosión. A pesar de nuestra manía de pasarlo todo a blanco y negro, la Historia sigue abrumándonos con miles de tonalidades de gris. Por ejemplo, ahí tenemos a Želva, quien dice haber elegido la implosión en el plebiscito, tan hermosa, tan extraña como su insólito poder. Ella apareció un mediodía de septiembre, como por arte de magia. Golpeó las puertas del bunker hasta que logró despertarnos. Nadie puede explicar su peculiar condición, ni hemos encontrado a otro que la compartiera. Su voluptuoso cuerpo es inmune a la mordida de los Vaders, lo que la ha convertido en nuestra mejor luchadora. Con sus caderas y tetas de heroína de comic, apenas armada con un machete, sale a plena luz del día a buscar comida, ropa o municiones, y siempre vuelve ilesa. Sin embargo, nunca quiso aceptar el liderazgo de los Loosers. Incluso cuando el mismo Lucho le pidió que lo suplantara.

 

Una alteración en el aire. Cierro la laptop.

—Siempre escribiendo, vos.

Hablando de Roma. Su singular aroma me llegó antes que su voz.

—Sí, para despuntar el vicio. ¿Vas a salir? Los demás siguen durmiendo.

—Sí. Ellos descansan. Vos escribís. Y yo reviento Empolvados.

Touché.

—Hay uno a dos cuadras. Está medio muerto —digo, y señalo la pantalla que muestra el cuerpo marchito.

—Sí. Quiero interrogarlo antes de que se deshaga.

Me doy vuelta y me atrevo a mirarla a los ojos. Negros y deslumbrantes, como su pelo, que se despliega en suaves ondulaciones sobre los hombros desnudos. Hoy luce ropa de gym: el top no alcanza a contener su pródigo busto. Me descubro hipnotizado por el tatoo que adorna la naciente de su seno izquierdo y un calor me sube por las mejillas. Digo lo primero que se me cruza por la mente, como para salir del paso.

—Supongo que lo hablaste con Lucho.

Su sonrisa me desarma.

—Sí. ¿Por qué no lo haría?

—Vos podés manejarte como quieras. Él te da completa libertad.

—¡Ja, ja, ja! Sabés que no es así. Tenemos que ser disciplinados si queremos subsistir. Seguí escribiendo: es importante que otros sepan lo que está pasando aquí.

—¿Hay sobrevivientes en otros lugares?

—No es eso lo que querés preguntar. Querés saber qué significa mi tatuaje.

—No, yo… Sí.

—Es una tortuga. Y el mundo descansa sobre su caparazón.

—Ajá.

Me sonríe otra vez, da media vuelta y sube por la escalera caracol que se enrosca hasta las puertas blindadas del bunker. Una vez que me libero del hechizo de ese hermoso trasero enfundado en lycra negra, continúo escribiendo.

 

Akupera. La imagen que bordea su escote es la de Akupera, la tortuga que sostiene al mundo. Todo encaja. Ahora sí tendrán que creerme. Želva es la única que puede vencer a los Vaders. Ella vino del Macrocosmos para ayudarnos.

 

—¡Lucho, Lucho! ¡Despertate!

—¡La puta madre, Santiago! Todavía no terminó tu turno de vigilancia —rezonga, bizqueando frente a su reloj—. ¿Qué pasa ahora? Patrullé toda la noche sin parar. Necesito dormir.

—Vení a ver. Es Želva.

El fastidio que había en su mirada se convierte en incredulidad al observar a Želva en las pantallas, completamente desnuda, montando frenéticamente al Vader moribundo. Lucho y yo permanecemos en silencio al escuchar los gemidos y gritos que brotan de los parlantes. Cuando ella deja de retorcerse, agitada por las convulsiones, arranca el corazón marchito del monstruo con las manos y lo devora, dejando que la sangre biliosa caiga sobre sus increíbles pechos. Luego se viste, empuña su machete y camina por Gándara. Toma Berlín y sigue su trazado circular hasta Ávalos. Una vez que llega a Avenida de los Incas la perdemos.

 

—Te digo que es así, Lucho. Escuchame: siempre aceptaste mi teoría acerca de la infección por medio del polvo que levantó la implosión de la cárcel de Caseros.

—Me pareció probable. El polvo, la contaminación, los transgénicos, los agrotóxicos… ¡Qué sé yo! Podría haber sido cualquier cosa. O la suma de todo eso.

—El edificio original de la cárcel, la Casa de Corrección de Menores Varones, fue diseñado en 1870 por un grupo de arquitectos al mando de Pedro Benoit, un francmasón consagrado.

—Cortala con esas boludeces, ¿querés?

—No son boludeces. Benoit también diseñó la ciudad de La Plata. Sabés que ese esquema de diagonales esconde el número áureo, la vesica piscis y la mandorla, todas señales de orientación para los demiurgos del Macrocosmos. El tipo tenía relación con poderes que están más allá de nuestra comprensión. Te digo esto porque en la cárcel de Caseros también había algo. Algo que creció cuando Videla inauguró los pabellones nuevos, en plena dictadura.

—¿Qué cosa?

—Una fuerza maligna, lo que posee a los Vaders. Un poder que impregnó las paredes de las celdas, alimentándose de la angustia, la furia y la crueldad que llenaban esos recintos en donde nunca se alcanzaba…

—¡Nombralo, dale!

—…la redención. Cuando demolieron las instalaciones, el polvo, que portaba esta semilla maligna, se metió en las personas, convirtiéndolas en los engendros que hoy nos cazan.

—¡Cagón! No querés decirlo.

—¿Y vos? ¿Por qué no lo nombrás vos? Si pensás igual que yo. Por eso nos trajiste a Parque Chas. Sabías que acá estaríamos a salvo. A los entes de Fuegos Fatuos les repele este laberinto circular: los diagramas curvos y la noche los debilitan. ¡Lo dilucidamos juntos, leyendo los libros! Pero ahora dudás de lo que alguna vez creíste. Más cagón sos vos.

Un dejo de vergüenza asoma en los ojos de Lucho.

—Los Vaders pronto podrán alcanzar el bunker. ¿No te das cuenta de que todo se va al carajo, Lucho? Necesitamos un líder seguro, convencido.

—¿Sí? ¿Quién? ¿Vos? No me hagas reír.

—Yo no. Želva.

—Estás celoso, ¿no? Todo esto es porque no soportás que se acueste conmigo.

Suspiro. Cargo el rifle y me cuelgo una mochila con la laptop y el resto de mis pertenencias.

—Vas a buscarla.

—Sí.

—No seas tonto, Santiago. No le interesa defendernos. Está loca. Ella es… aterradora. ¡No vayas!

Llego al último escalón y empujo las puertas de acero del refugio. Es raro pensar que hubo una fuente aquí, en el centro de Parque Chas, nuestro axis mundi. El sol me golpea de lleno. Apenas son las cuatro de la tarde. La simpatía de los Vaders por la luz resultó sorprendente al comienzo, pero los libros dejan bien claro que Fuegos Fatuos –ese segmento maldito del Macrocosmos– es un lugar que rebosa de luminosidad, por lo cual resulta lógico que sus criaturas busquen comida durante el día. Por una vez las tinieblas son enemigas del Mal.

Tengo que encontrar a Akupera. Sé que ella intuye que no hay futuro para los Loosers. Por eso se fue. Pero yo no voy a morir junto a esos idiotas.

Salgo del laberinto borgeano. Camino varias cuadras por una Avenida de los Incas extrañamente silenciosa. El bulevar se ha convertido en un baldío de yuyos ralos y ponzoñosos. El barro veteado por el verdín cubre los cordones. Todo es desolación. Ni cadáveres hay. Comienzo a creer que esta falsa seguridad anuncia lo peor, cuando algo por detrás me tira de los pelos. Caigo de espaldas y unas fauces feroces se abren sobre mí.

—Marica de mierda. Abandonaste a tus compañeros. Creés todo lo que dicen los Escritos de Bangor, ¿y no te atrevés a pronunciar mi nombre? La Tortuga no los va a salvar, imbécil.

Las roncas palabras se abren paso en medio de estertores fétidos. Hacía mucho tiempo que no escuchaba esa voz estremecedora. Ya casi había olvidado por qué los bautizamos “Vaders”. No puedo moverme: desde la nuca, el dolor paralizante relampaguea por toda mi espalda. De reojo veo que mi rifle se encuentra debajo de uno de los pies de la bestia.

—Y encima fantaseás con ella. Ja, pobre iluso. Nunca te la va a chupar. Nunca, ¿entendiste? ¿Sabés por qué? Porque sos un puto asqueroso. Desde chiquito. ¿O no? ¿Te acordás? ¡Sí que te acordás! Te tragabas las lágrimas y nunca le dijiste nada a mami porque te gustaba…

En ese momento, la cara del Vader se transfigura y el rostro de mi padrastro aparece en ella. Algo mucho más horrible que el dolor me entumece ahora. Justo cuando sus garras se abalanzan sobre mí, una hoja le traspasa el hinchado abdomen desde atrás y lo raja hasta las bolas. No logro girar la cabeza con la suficiente rapidez y la porquería amarilla cae sobre mí. Vomito sobre los borceguíes de Želva.

—Así no vas a llegar a ningún lado. ¿Trajiste la laptop?

—Sí —Apenas logro abrir la boca. Desde el piso sus curvas son mucho más imponentes.

—En pocos días los Empolvados se darán un festín en el refugio —predice, mientras me ayuda a levantarme. Y agrega—: Esta guerra es más complicada de lo que parece, Santiago. Hace eones que esperamos una confrontación definitiva y ahora no sabemos si vamos a salir triunfantes. Pero los Escritos no están terminados aún. En el Metaverso necesitamos cronistas que documenten lo que está sucediendo, sin importar cuál sea el resultado.

—¿Metaverso?

—Así llamamos nosotros al Macrocosmos.

—¿De verdad votaste por la implosión?

—Sí. Había que pelear de una buena vez. ¿No me creés? Buscame en el padrón: Želva Dalibor —dice, mientras me limpia la cara.

—Qué nombre.

—Es checo. Mis abuelos fueron inmigrantes.

—¿Tiene algún significado?

—¡Por supuesto! Qué raro que no lo averiguaste. Significa “Tortuga que lucha lejos”. ¿Tenés el rifle cargado?

—Sí.

—Me encantaría decirte que a mi lado vas a estar seguro…

—Me siento seguro.

—Bueno, me alegro —y me da un tierno beso en la boca. Su extravagante perfume me serena y ahuyenta la sensación de asco.

—¿A dónde vamos?

—Al Galaxy Soho. Un enorme edificio convenientemente lleno de parábolas y superficies curvas. En él amparamos y entrenamos a cientos de personas como vos. Querías conocer a otros sobrevivientes, ¿no?

—¿Dónde queda?

—En Pekín.

—¿Pekín? ¿Cómo…?

—Vos seguime.

 

Desde que ella me enseñó a viajar a través de los pórticos todo ha sido más fácil. (Para trasladarnos desde Parque Chas a Pekín bastó que diéramos tres vueltas completas por Berlín, la única calle completamente circular de Buenos Aires). Ya pasó otro año y sólo leyendo mis archivos puedo recordar cómo comenzó todo. Nadie sabe quién ganará esta guerra interminable, aunque Akupera —la inefable diosa-tortuga del Metaverso—, nos guíe.

Pero cuando ella viene a mi habitación en el Galaxy para mostrarme sus otros tatuajes, me pide que la llame Želva.

Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador. Profesa su fe como cristiano evangélico. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado cuentos, entre otras, en las antologías Los rostros y las tramas (2005) Historia alternativa (2005), Tricentenario (2102), Umbrales y Crepúsculos (2015), Espacio austral (2016), WhiteStar (2016), Latinoamérica en breve (2016), Extremos (2017) y en las revistas Ópera Galáctica, Sensación, Próxima y Catarsi. Fue traducido al francés, catalán, italiano, húngaro y griego. Sus cuentos pueden leerse en publicaciones digitales tales como Necronomicrón, Axxon, NGC 3660, NM, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, miNatura, Crónicas de la Forja. Ha recibido menciones en numerosos concursos, como en la primera ConSur, organizada por el CACyF, dónde ganó una mención de honor con el relato “Organicasa”. Ha publicado dos antologías de cuentos, El cerrojo del mundo está en Butteler (2016), Capricho #43 (2017), Playlist (2022). Plenaluz/Entreluz (Ayarmanot, 2021) fue su primera novela: un libro doble, espejado, un artefacto que reúne narrativa, poesía, música e ilustraciones.

 

 

LA CIUDAD, OBSTRUIDA