lunes, 15 de junio de 2026

INHUMANOS

Luciano Lara

 

El despertador sonó a las seis y media; hacía por lo menos diez minutos que Fabiana estaba despierta. Aprovechó la alarma para levantarse con un movimiento rápido. Como todos los días, encendió el televisor mientras se dirigía directamente al baño. El noticiero anunciaba que sería un día de muchísimo calor en Buenos Aires. Hizo una mueca de desagrado, abrió la ducha y comenzó a lavarse los dientes. Dedicó un par de minutos a observar su rostro en el espejo. Tengo que hacer algo con estas arrugas, pensó mientras sacudía la cabeza como intentando evitar la aceptación de que los años también pasaban para ella.

Unos segundos más tarde ya estaba enjabonándose el cuerpo debajo de la lluvia que le pegaba suave sobre los hombros a una temperatura agradable. Se sintió bien hasta que dejó que su mente viajara a la oficina y recordó que además del calor, sería un día de muchísimas complicaciones laborales. Diciembre era un mes con demasiadas actividades protocolares que dejaban poco tiempo para las tareas rutinarias con las que había que cumplir.

Tardó más o menos una hora en arreglar su imagen con el peinado, maquillaje y vestimenta. Durante todo ese lapso acompañó estas actividades con protestas y refunfuños motivados principalmente por su tediosa vida laboral, pero también por las malas noticias que vivaban a toda voz los periodistas del noticiero televisivo: calor insoportable, caos de tránsito, cortes de luz, inflación, caída de reservas, cepo al dólar e impuestos al turismo.

—¡Qué país de mierda! —exclamó—; esto no da para más.

 

Una vez que estuvo lista, abrió la puerta de su habitación y caminó por el largo pasillo hasta llegar a la cocina del amplio departamento ubicado en el séptimo piso de un edificio que daba a la Avenida del Libertador, frente a los bosques de Palermo.

Apenas ingresó a la cocina dirigió la mirada a la mesa del desayunador para asegurarse de que todo estuviera listo. La mesa estaba cubierta por un mantel blanco y sobre éste, la tetera, la taza, un plato con frutas y tostadas ya untadas con manteca y mermelada de arándanos. Todo prolijamente dispuesto y en una combinación casi perfecta con los cubiertos de plata ubicados alrededor del plato principal.

—Buen día, señora —dijo Matilde mientras encendía el televisor y sintonizaba el noticiero. Fabiana asintió como devolviendo el saludo.

 —Matilde, fijate que dejé el televisor prendido en la habitación.

—Sí, señora —dijo la mujer mientras caminaba en dirección al cuarto. Inmediatamente, Fabiana estiró el brazo y comenzó a servirse el té de hierbas japonesas, luego tomó unos trozos de papaya que parecían cortados milimétricamente y los puso sobre el plato principal.

Comió una tostada, tomó un sorbo de té y luego un trozo de papaya. Dejó que el sabor del desayuno se le esparciera por la boca. Estaba riquísimo. Se sintió bien por unos segundos hasta que se dio cuenta que faltaba el diario en la mesa.

—Matilde

—Sí, señora.

—¿Dónde está el diario?

—No vino, señora.

—Tenés que acordarte de llamar al diariero, si a las siete no llegó, hay que llamarlo porque este tipo es un irresponsable y yo necesito tener el diario a la mañana.

—Ya lo llamé, señora —interrumpió Matilde —; me dijo que el repartidor estaba en camino.

—Bueno, llamá de nuevo porque se me hace tarde y necesito el diario.

—Pero, señora, ya llamé hace quince minutos y me dijo que en media hora…

—Llamá igual, Matilde.

—Está bien, señora —respondió la mujer en un tono de resignación. Fabiana hizo una mueca mientras sacudía la cabeza; qué mal arrancamos el día, pensó.

El diario llegó unos cinco minutos después. Fabiana se levantó de su silla y se acercó hasta la puerta para tomarlo. Rompió con violencia el celofán que lo envolvía y con movimientos rústicos, volvió a sentarse para leerlo mientras terminaba de desayunar.

 

Apenas terminó el desayuno, dobló el diario y lo puso dentro de una carpeta de cuero negro. Caminó hasta el baño; cepilló sus dientes con rapidez y luego volvió a pintarse los labios. Se miró en el espejo para darse los últimos retoques hasta que sintió que estaba lista. Volvió a la cocina, bebió un último sorbo de té, tomó su cartera y la carpeta.

—Matilde, por favor no te olvides de ir a buscar el vestido que encargué y de llamar a la peluquería para confirmar el turno a las cinco de la tarde. Mirá que no tengo margen, la fiesta empieza a las nueve en punto. Chau, me voy.

—Sí, señora, no se preocupe —respondió la mujer mientras miraba a Fabiana que se retiraba del departamento sin mirar hacia atrás.

El ascensor tardó un par de minutos en llegar. Fabiana suspiró varias veces durante la espera. El calor en el palier ya empezaba a molestarla. Apenas salió del ascensor observó los parques ubicados frente al edificio en el que vivía y por tercera vez en el día se sintió bien y respiró profundo. La sensación de felicidad fue quizá la más efímera de todas, pues terminó apenas vio a los tres villeros que limpiaban vidrios en el semáforo de la esquina. ¡Qué país de mierda!, pensó mientras abría la puerta del edificio. Se dirigió hacia el borde de la acera con la mirada fija en la avenida. El calor era agobiante. Sintió que le faltaba el aire. Se entusiasmó cuando vio que al lado de un Mercedes Benz negro al que dos pibes le limpiaban el parabrisas había un taxi libre.

El hombre que conducía el Mercedes bajó el vidrio, sacó su mano a través de la ventanilla y le entregó un billete a uno de los pibes. Fabiana sintió que un calor mucho más intenso se abría paso desde su estómago y en menos de un segundo su cuerpo ardía. Siempre hay algún idiota que fomenta la vagancia, pensó. Apenas el semáforo dio paso y los autos arrancaron extendió la mano. El taxi se detuvo; ella subió e indicó el destino al chofer quien inició la marcha de inmediato. Un segundo más tarde, hurgó en la cartera y tomó su celular para contactarse con la oficina.

—Telstar, buenos días —dijo una voz femenina del otro lado de la línea.

—Patri, soy Fabi ¿cómo estás?

—Bien, Fabi.

—¿Alguna novedad? ¿Llamados?

—No, por ahora todo tranquilo —respondió Patricia.

—Bueno, me alegro. Asegurate de que esté funcionando bien el aire y decile a Miguel que llego en diez minutos, que además del café y las medialunas me traiga un jugo bien helado. ¡No sabés el calor que hace! Es insoportable, te diría que estar en la calle hoy, es inhumano…


Luciano Lara es un músico que nació en Quilmes en mayo de 1975, que desde hace unos años decidió lanzarse a la literatura con una propuesta provocadora. El contacto con la literatura le llegó casi por casualidad; agobiado por el trabajo en una corporación multinacional y al borde del colapso, en enero de 2013 durante un viaje a la Patagonia, inspirado por la lectura de los libros Crítica del Oficinismo y Cinco cuentos cobardes, del filósofo H.G. Johannes (amigo y maestro de Luciano), escribió su primera ficción "Tránsito hacia la libertad", enseguida la segunda, "Absurdo" y durante los meses siguientes, las cinco historias que integran su primer libro, Apasionadas, editado por Sinergia en 2015 bajo el seudónimo Köller. Desde aquel inicio literario, en 2013, ha participado de varios proyectos. Uno de sus textos apareció en Grageas 3, otro en la antología mexicana Fútbol en breve, otros tres en Cien páginas de amor, uno en la antología mexicana Nocauts, otros tres en Minimalismos y uno en Extremos. Su primera novela, Resistencia, se encuentra en proceso de corrección.

 

 

CORRE, LOLA, CORRE

Jeton Neziraj

 

La ambulancia transportaba a Shamim, un paciente de Bangladesh, desde la habitación que ocupaba en el barrio de Dardania, en Pristina, hasta la Clínica Medicus, situada en las afueras de la ciudad. Shamim regresaba a la clínica después de una complicación inesperada que había surgido dos días después de vender uno de sus riñones.

La ambulancia avanzó por la calle Madre Teresa, giró hacia el bulevar Bill Clinton y luego tomó la carretera de salida de la ciudad.

El reloj marcaba: 13/09/2008 — 16:45.

La ambulancia llevaba las sirenas encendidas y circulaba a gran velocidad.

El sudor perlaba el rostro cerúleo de Shamim. Con una mano se aferraba al borde de la camilla e intentaba soportar el dolor.

Después de la operación le habían dicho que todo iría bien, pero había surgido una complicación y, en lugar de estar en un avión de regreso a casa, que era donde deseaba encontrarse, viajaba ahora en una ambulancia que lo llevaba de vuelta a la clínica.

El vehículo zigzagueaba entre los automóviles que le cedían el paso, pero la carretera estaba bloqueada en la rotonda principal, cerca del Hotel Victory.

Dos policías uniformados habían colocado allí un cordón rojo y pedían a los conductores que esperaran porque, según decían, «algo importante estaba ocurriendo en la ciudad».

Unas treinta corredoras de maratón descendían por la carretera hacia la meta. La gente, a ambos lados del camino, aplaudía y las animaba a continuar. Ya faltaba muy poco. Dos kilómetros como máximo. Junto a la línea de llegada había una pequeña tarima donde se encontraban diversas personalidades políticas y sociales, entre ellas el presidente de Kosovo. Aquel era un acontecimiento histórico para todo el país. No solo era el primer maratón organizado desde la guerra, sino también la primera carrera exclusivamente femenina de la historia de Kosovo. La Radio Televisión de Kosovo incluso estaba transmitiendo la prueba en directo.

Entre las corredoras se encontraba Lola, la famosa presentadora de Crónicas Kosovares, un programa de investigación televisiva conocido por destapar escándalos. Todo el mundo lo veía. Incluso, por supuesto, el presidente.

—¡Corre, Lola, corre! —coreaba la multitud.

—¡Corre, Lola, corre! —repitió el presidente.

Cuando la ambulancia llegó al cordón policial, uno de los agentes indicó al conductor que se detuviera y esperara. El maratón debía terminar. Kosovo necesitaba una ganadora aquel día. Shamim apretó los dientes e intentó mantenerse consciente, pero estaba perdiendo fuerzas. El médico que viajaba con él trataba de animarlo.

—Todo saldrá bien, Shamim. Todo saldrá bien. Después de una operación así pueden surgir complicaciones. Pero todo estará bien. ¿Tienes familia?

Shamim quiso responder, pero no tenía fuerzas ni palabras. Miró al médico y apenas logró emitir un leve gemido. Entonces pensó en el europeo llamado Frank, a quien había vendido su riñón dos días antes. Lo imaginó abriendo la puerta de su casa y entrando en un jardín lleno de hermosas flores. A un lado, junto a la puerta, lo esperaban su esposa y su pequeña hija. Shamim abrió nuevamente los ojos. Miró al médico. Este le tomó el pulso. Shamim intentó volver a pensar en Frank, pero no pudo. La ambulancia. Las corredoras. La multitud. La policía. El cordón rojo. Shamim. Frank. El riñón. El presidente.

El conductor volvió a tocar la bocina.

Uno de los policías le hizo señas para que esperara porque, según dijo, el maratón terminaría pronto y una mujer sería la vencedora.

—¡Corre, Lola, corre!

Todas las corredoras aceleraron el paso. Lola también. El sudor caía sobre el asfalto de aquella carretera principal de Pristina, la misma que conducía a la Clínica Medicus.

Energía. Pasión. Fiebre. Miedo.

El presidente se puso de pie para animar a Lola y luego se volvió hacia alguien cercano.

—Este asfalto es nuevo, lo colocamos hace poco. Lo inauguramos hace apenas una semana junto con el ministro de Transportes.

Lola encabezaba el grupo de las otras veintinueve corredoras. Les llevaba unos diez pasos de ventaja.

—¡Corre, Lola, corre!

Shamim no sabía nada del maratón. No sabía mucho sobre Pristina. No sabía nada sobre Lola, la corredora que estaba a punto de ganar la carrera. Se agitaba en la camilla e intentaba mantenerse con vida hasta llegar a la Clínica Medicus. El médico intentó sonreírle, pero, frustrado porque la ambulancia seguía detenida, estalló:

—¿Qué demonios está pasando? Han bloqueado la carretera principal por un maratón inútil. Y ni siquiera son corredoras profesionales, sino un grupo de muchachas. ¿Desde cuándo las mujeres de este país corren maratones? ¿Es esto realmente lo más importante que necesitan ahora? Muy bien, que corran, que corran las señoras, pero ¿no podían haber planeado el recorrido en otro lugar? ¿Eh? No puedo creerlo. Este lugar va cuesta abajo, Shamim. Las cosas no deberían ocurrir así, maldita sea. Si esta situación fuera diferente, si tú no estuvieras aquí ilegalmente, saldría ahora mismo de la ambulancia y agarraría a ese policía por el cuello. No me importaría en absoluto este maratón. La vida de una persona vale más que diez, cientos o miles de maratones, Shamim. Pero como este trabajo es ilegal, tengo que contenerme, callarme y esperar. Y tú también tienes que esperar. Resiste, Shamim. Aguanta. Lo lograrás.

El conductor volvió a tocar la bocina. Entonces el policía kosovar frunció el ceño, se quitó la gorra y se acercó a la ambulancia.

—¿Cuál es la prisa? ¿No ve que no puede pasar?

—Llevo a un hombre enfermo. Tengo que llevarlo a la clínica.

—El maratón terminará pronto. En unos minutos como mucho. Me temo que no podemos detener la carrera. Esta noche tiene que haber una ganadora en Kosovo.

Solo cuando terminó su explicación preguntó por el paciente. Por aquel desgraciado que se retorcía en el interior luchando por su vida.

—Es un anciano. Ha sufrido un infarto.

El conductor se vio obligado a mentir. Cinco años antes, el presidente había firmado una ley que declaraba ilegales los trasplantes de órganos.

—Diez, nueve, ocho, siete... cuatro, tres, dos y...

Lola cruzó la línea de meta.

Levantó los brazos victoriosa y luego se lanzó a los brazos de su marido, que la esperaba lleno de alegría. Finalmente, uno de los policías retiró el cordón rojo que bloqueaba la carretera. La ambulancia arrancó a toda velocidad. Lola, la periodista de investigación, había ganado la carrera. Aquel largo e histórico maratón. Kosovo tenía una ganadora aquel día.

Pero Shamim nunca llegó a saberlo. Murió dos minutos antes de llegar a la Clínica Medicus. A las 17:03 exactamente. El presidente felicitó a Lola. Después le colocaron una medalla alrededor del cuello. Todos contemplaron aquel momento tan especial: quienes estaban allí presentes y quienes seguían la transmisión por televisión.

Entonces Lola habló:

—Dedico esta medalla a mi país. Gracias a todos. Este país saldrá adelante, tal como siempre hemos soñado. Ahora, pongámonos a trabajar.

El cuerpo de Shamim fue abandonado en un bosque mucho después de que hubiera caído la noche. No había otra opción. Había entrado ilegalmente en el país. Toda huella de su existencia debía ser borrada. Lo único que quedó de él fue su riñón. En algún lugar de Europa. Vivo. Funciona bien. Y Frank se siente bien gracias a él. 

(Traducido del albanés por Alexandra Channer.)

Jeton Neziraj nació en 1977 en Kosovo. Es el exdirector artístico del Teatro Nacional de su país y fundador y actual director de Qendra Multimedia. Ha escrito más de veinticinco obras de teatro que se han representado, traducido a casi 20 idiomas y presentado en más de 70 producciones en Europa y Estados Unidos. Sus obras han recibido numerosos premios y reconocimientos y se han presentado en festivales de toda Europa. Es autor de numerosos artículos sobre temas culturales y políticos, publicados en revistas y periódicos locales e internacionales. Su estilo es irreverente y absurdo. Evoca a Ibsen, Molière y Kafka…

 

ASESINATO EN EL FRÍO INVIERNO

Tamikio L. Dooley

 

Era temprano en la mañana de Navidad de 1996 cuando una nevada de siete pulgadas cayó sobre Aspen, Colorado.

El aire helado congelaba a las personas hasta los huesos. Los huesos también anhelaban sobrevivir en aquel frío invernal.

Y el hombre seguía arrastrando a la mujer por el bosque nevado, lejos de su cabaña.

Allí fue donde le había hundido el hacha en el cráneo.

Después de sacar el hacha del cráneo de la mujer en su cabaña, la miró a los ojos y la vio precipitarse al abismo de la muerte. Estaban muy abiertos por el shock, y la sangre corría entre ellos. Luego observó la enorme abertura en la parte superior de su cabeza, donde el hacha había estado incrustada casi una hora antes. Su sangre, que antes había circulado cálida por sus venas, se había congelado y ya no fluía por ellas.

Se detuvo un momento y miró detrás de sí mientras continuaba arrastrándola por el bosque cubierto de nieve. El aire parecía volverse cada vez más gélido.

La arrastraba por su larga cabellera rubia dorada, antes vibrante, ahora apelmazada de sangre y materia cerebral. Le había abierto el cráneo y el contenido se había derramado sobre aquellos ojos azules ya vacíos, junto con la sangre, que después se había vuelto tan fría como la muerte misma.

El hombre pensó que el bosque nevado era donde ella debía estar. Por eso la llevaba allí. O, más exactamente, la arrastraba. Jamás la perdonaría por lo que le había hecho. Y verla mirándolo con aquellos ojos azules después de aquello hacía hervir su sangre. Aquellos ojos brillantes, ya no más brillantes, lo llenaban de furia. No soportaba verlos. No soportaba verla.

Por eso había decidido matarla.

Esa era la razón por la que había visitado su cabaña horas antes. Ella había confiado en él. Todas confiaban en él. Había matado a otras mujeres antes que a ella. Y mataría a otras después. Todas eran rubias doradas de ojos azules. Las odiaba a todas. Por eso esperaba al invierno para asesinarlas. Llevaba demasiado tiempo. Pero no podía cambiar sus planes. No podía cambiar la época del año en que las mataba. Y la mujer que ahora arrastraba por el frío había sido la víctima perfecta para el día de Navidad. Había pasado la noche en su cabaña. Había dormido con ella en su cama. La había hecho gritar en la cama. Y había esperado la llegada de la madrugada para despedazarla y arrastrarla. Había sido una de sus mejores víctimas. Así, perdido en sus pensamientos, se internó más profundamente en el bosque nevado. Ni siquiera se había molestado en cubrirla con una manta, una piel o una alfombra. Estaba desnuda. Sus enormes pechos seguían balanceándose mientras la arrastraba. La nieve se había acumulado en su vello púbico. Sus pies se habían vuelto azules, igual que sus labios y sus rodillas.

Horas antes había estado arrodillada sobre ellas.

Se detuvo junto a un árbol, aun sujetando el cabello de la muerta con su guante negro de cuero, y dejó caer el cuerpo casi congelado frente al enorme tronco. Se apoyó contra él y se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo. Agradeció llevar un traje para la nieve, aunque tendría que lavarlo varias veces para quitar la sangre que había salpicado sobre él durante el asesinato. Inspiró aire helado en sus pulmones ardientes y, por un momento, olvidó dónde estaba. Después exhaló una nube de vapor. Llevaba un gorro negro de lana sobre la cabeza cuadrada. Estaba muy abrigado. Por desgracia para ella, no podía decirse lo mismo de la mujer muerta y congelada que yacía a su lado.

La observó.

Aquellos ojos azules ya no lo miraban a él. Miraban hacia el cielo, donde aquella noche había menos estrellas. Y él sabía por qué. Porque había matado. Aquello era un regalo de Navidad para el universo. Un universo en el que vivía desde los doce años. Desde que su madre murió. Y desde que comprendió que nunca conocería a su padre. Volvió a mirar a la mujer y la rabia regresó. Le dio un puñetazo en el rostro. Su cara estaba helada. Y las manchas azuladas de su cuerpo se habían vuelto aún más oscuras. Miró la rama de un árbol que se extendía sobre ellos. Pensó en colgarla. Pero comprendió que no había llevado una cuerda. Se maldijo por ello. Luego pensó en decapitarla. Pero recordó que no había traído el hacha. Ni siquiera una sierra. ¿Con qué podría descuartizarla allí mismo?

Volvió a maldecirse.

Y terminó culpando de todo a la mujer muerta, sin pronunciar jamás su nombre. No volvería a mencionarlo. No entre sus labios cálidos. Porque los de ella estaban casi morados por el frío. No quería dejarla allí. Sería un privilegio excesivo. Debía hacer algo antes de que amaneciera por completo. Algo rápido. Pero para colgarla o descuartizarla tendría que regresar a la cabaña en busca de una cuerda, el hacha o una sierra. Y eso estaba fuera de discusión. Entonces recordó algo. Llevaba consigo un cuchillo de caza. Se puso de pie, lo sacó, se arrodilló junto al cadáver y le cortó la cabeza. La cabeza estaba casi congelada. Se alegró de haber comenzado antes de que se endureciera por completo como el hielo invernal. Antes de que amaneciera del todo, el hombre cortó cuanto pudo del cuerpo con el cuchillo de caza, dejando tajos, arañazos, heridas y perforaciones porque no disponía de un hacha ni de una sierra. Cuando terminó, volvió a maldecirse por haber ensuciado otra vez su traje para la nieve. Todo para nada. Entonces llegó la plena luz del día.

Tamikio L. Dooley es una autora galardonada con múltiples premios. Ha publicado 170 títulos y 125 libros. Escribe ficción y no ficción de géneros como crimen, suspense, misterio, fantasía, historia, western, romance, apocalipsis zombi y paranormal. En su tiempo libre, escribe cuentos, poesía, artículos, ensayos, libros sobre salud, libros infantiles, diarios, libros de autoayuda, cultura, historia afroamericana e historia. También es bloguera. Sus áreas de investigación y estudio son la mentoría educativa, la salud y la historia.

 

domingo, 14 de junio de 2026

LOS TILOS AL 400

Claudia Isabel Lonfat

 

La dirección estaba en la vieja libretita de Muriel, esa que mantenía cuidada de cualquier posible extravío o accidente. No fue difícil darme cuenta cuál era el dato que necesitaba porque era la única dirección que no tenía escrito el nombre, y eso era justo lo que Muriel quería; ocultarlo a mis ojos, que yo nunca supiera quién era realmente, para no tener que gritarle en la cara que ella era una mentirosa, una apropiadora.

Los Tilos al 400, zona sur, solo eso, anotado en la página veintitrés de la libretita que huele a café rancio y humedad. El sur es grande, con muchas localidades barrios y asentamientos donde los nombres de las calles se repiten, pero después de descartar aquellas cuya numeración no coinciden,  me quedó Banfield.

Los acontecimientos se fueron concatenando desde que un hombre y una mujer aparecieron por el barrio, a pocos metros de mi casa. Al principio pensé que podían ser testigos de Jehová,  vendedores de paraísos y otras hierbas, o tal vez una pareja que evaluaba el barrio antes de comprar alguna propiedad, pero al tiempo, esas presencias terminaron por perturbarme. Si bien algún que otro vecino se sentía espiado por los intrusos que nunca hablaban con nadie, terminaron por naturalizarlo. Incluso se dijo que hubo una denuncia, pero no prosperó porque fue desestimada en la misma comisaría.

Mientras tanto, por la TV,  se podía ver a las Abuelas de Plaza de Mayo anunciando que pronto habría noticias sobre los nuevos nietos recuperados. Inmediatamente se me cruzaron muchas cosas por la cabeza; la decisión de hacerme un ADN, mis continuas sospechas de ser adoptada, de no pertenecer a ningún lugar, de sentir la otredad como si fuera hueso y piel.  

Tenía doce años cuando le pregunté a Muriel a quién me parecía. No encontraba ni un rasgo similar a ellos. En esa ocasión, y en las sucesivas, buscaba algo que limpiar, quizás algún objeto imaginario, para no tener que mirarme a los ojos mientras me mentía,  diciendo que era parecida a una de mis abuelas.

Las fotos que tenía de mis abuelas eran algo borrosas pero se podía notar claramente que una de ellas era rubia y la otra muy alta, características que yo no poseo, y que no son ni cercanas a la piel morena que solo yo tengo, y nadie más en toda la familia. Por otro lado, Toro, mi apropiador, era sargento de la federal, ahora está jubilado. Un ACV lo había dejado mudo y con medio cuerpo paralizado. La enfermedad le servía de excusa para hacerse el boludo, y no responder a mis continuas preguntas. Muriel me decía que lo dejara en paz, que no lo torturara porque no podía hablar ni pensar.

No les creía a ninguno de los dos. Era curioso escucharle decir que yo lo torturaba a él.

Posiblemente “Toro” haya sido el apodo de batalla que le pusieron sus compañeros en esa guerra sucia. Un toro con cuernos punzantes atacando a sus víctimas, desgarrando cuerpos juveniles, en medio de la más absoluta indefensión. Y yo, y tantos otros, naciendo en ese escenario, con el estigma de la muerte y de la mentira,  cómo sentir piedad por ese hombre que me crió y hasta me dio cariño y cuidados de hija, con toda esa historia oscura detrás.

En Los Tilos al 400 está la respuesta a todas mis preguntas, lo sé, aunque nadie me lo diga, yo lo sé. Lo dicen mis ojos cada vez que me miro al espejo y estudio mi cara redonda y morena, mi pelo negro y grueso que no puedo acomodar y que tiende a abultarse groseramente, como si tuviera un arbusto en la cabeza. En Los Tilos al 400 voy a conocer mi historia, no la fabricada por ellos, y no van a poder mentirme más ante la contundencia de un ADN, con las Abuelas recorriendo mi historia, reescribiéndola por mí, a pesar de que ellos no quieran que eso suceda.

La estación Banfield está próxima, dos paradas, algunas cuadras y mi destino se revelará por fin. Imaginé tantos escenarios, tantos diálogos, tantas caras parecidas a la mía, dónde hallarme y descansar de esta soledad que me habita desde que tengo memoria.

Quizás solo sea un pensamiento mágico, una solución instantánea para mis ausencias, o para cada hueco que no pude llenar con nada; ni estudiando, ni haciendo todo lo que tenía ganas de hacer, porque mis apropiadores me dieron mucha libertad, me dejaron elegir. Pude recibirme de ingeniera, de traductora, y hasta de enfermera. Ellos pagaron cada carrera sin ninguna queja, privándose de todo para que pudiera realizarme; incluso Toro, hizo trabajitos en algunos boliches de la ciudad para conseguir ingresos extras; salía de la comisaría y se iba directamente cada fin de semana a custodiar la entrada de alguna de las discos de la zona.

Cuando pienso en Toro antes del ACV, me cuesta asociarlo con el monstruo mudo que mira raro cuando le hago preguntas sobre mi origen. A veces me da la sensación de que sus manos inmóviles se crispan sobre el apoyabrazos de la silla de ruedas, y que sus ojos se inyectan de sangre, pero luego todo parece tener la monotonía de un cuadro en blanco y negro; vuelvo a mirar y nada.

Estación Banfield, calle French derechito hasta llegar a Los Tilos. Un local muy pequeño y antiguo con toda la pintura descascarada lleva pintado el número 400 en el marco de la puerta de madera. Ningún cartel que me oriente, puede ser cualquier cosa, desde una casa de computación hasta una de antigüedades, una imprenta o una relojería.

Giro la muñeca para ver la hora, son las catorce y treinta y tres. De todos modos toco el timbre y espero, o desespero, pero voy a quedarme hasta que salga o entre alguien, total, hace semanas que me dieron vacaciones forzosas en el trabajo. Fue cuando empecé a entregar mal todos los planos, justo yo, después de haber sido la empleada perfecta durante años. El ingeniero Ponce me dijo que no me quería despedir solo por estar pasando un mal momento, de ahí lo de las vacaciones. Yo las llamo “vacaciones” para no tener que explicar nada a Muriel y Toro, cuando en realidad se trata de una licencia por tiempo indeterminado.

No soporto tener la mirada de Muriel por sobre mis hombros cada instante, y sus silencios, porque nunca me dice nada. Ni una palabra, pero hasta ese silencio, o los ojos colgados de Toro, me suenan a reproche, a queja, a desilusión. Preferiría que me griten, me cuestionen, o me digan algo sobre mi indumentaria andrógina, mi pelo creciendo hacia arriba, les debe molestar mucho. Cuando me llené el cuerpo de tatuajes sentí que Muriel se desgarraba por dentro, y secretamente hasta disfruté por eso, pero no reaccionó ni siquiera después que me mutilé la piel.

Ya son las dieciséis en punto, ¿a qué hora abrirán los negocios en este pueblo? Golpeo de nuevo con más energía, casi escandalosamente, y desde una ventanita espía alguien. Me grita que el señor Grillo murió hace más de un año, que el local está cerrado  y de vez en cuando viene Guadalupe, la hija de Grillo.

¿Quién será Grillo? ¿Cómo alguien se puede llamar Grillo? Grillo…Grillo. ¿Grillo?

—Señora, ¿a qué se dedicaba Grillo?

—A lavar alfombras —me grita la mujer que espía por la ventanita.

Ahora ya sé quien es Grillo; es el señor que cada cuatro meses va con un viejo Fiat Europa blanco, cargado de cosas, para hacerle una limpieza profunda a todas las alfombras de Muriel. Esta es una desilusión más para anotar en mi larga lista de desilusiones, y ya no sé cuantas van, muchas. Y si a esto le sumo el resultado del ADN, que según Abuelas, no coincide con ninguno del banco de datos, técnicamente, no soy hija de desaparecidos. Pero lo que más me sorprende es el otro resultado, el de los análisis que hice por mi cuenta, con muestras de pelo de Muriel y Toro, que da noventa y nueve por ciento de compatibilidad conmigo. Esto último es una payasada, cómo voy a ser hija de Muriel y Toro, con esta cara redonda y la tez morena, ¿Y sí me robaron de algún parque? Siempre salen noticias de chicos desaparecidos, hay caritas en las cajas de leche, en las vidrieras de los comercios, en los diarios. La gente dice al verlos “como si se los hubiese tragado la tierra”.

 Yo creo que está la mano negra de Toro acá, como él fue cana, seguro conoce mucha gente pesada y trucharon el ADN. Si en este país la justicia no existe, es lo que dicen todos, no existe.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

EL HIJO DEL PRESIDENTE

Yaseen Ghaleb

 

—La cautela no te salva del destino.

Así lo repetía Fatum, con su voz áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.

Aquella sentencia resonaba en los oídos de Shahin como un conjuro. Pero él, como todos los hombres que creen estar por encima de la ley, jamás le prestó atención. No veía en aquellas palabras más que cenizas de viejas historias que no pertenecían a su tiempo.

Shahin, con el cuerpo mestizo que había heredado de su madre, era un meteorito que estallaba en medio de la oscuridad del club nocturno. Sus ojos lanzaban chispas y sus pasos sobre la pista parecían seguir un ritmo distinto al de la música.

La bailarina, aquella que el destino había puesto en su camino, se contorsionaba ante él como una serpiente luminosa. Giraba a su alrededor, avivando un fuego que solo podía extinguirse mediante el riesgo. Ella extendió la mano y se golpeó ligeramente su pecho, indicándole que se acercara. Él avanzó sin vacilar, como una mariposa persiguiendo el resplandor de una llama, sin saber que aquel paso marcaba el comienzo de su caída.

El local estaba sumergido en una cascada de luces de neón, como una escena invertida de un paraíso oculto en los brazos del infierno.

Shahin, cuya virilidad era tema de conversación tanto entre mujeres como entre hombres, tomó a la bailarina y la hizo sentir su sexo como quien vuelve a descubrir su propio cuerpo.

No era la primera vez. Y tampoco habría sido la última. Si no hubiera aparecido el hijo del presidente.

Aquella sombra pesada que arrastraba tras de sí escoltas vestidos de negro y rostros vacíos de expresión entró en el local como entra un cazador en un bosque cuyos senderos conoce de memoria.

Se detuvo de pronto frente a Shahin, como si hubiera captado una chispa de desafío suspendida en el aire.

—¿Ya te habías acostado antes con la bailarina? —preguntó con una frialdad semejante a una cuchilla.

Shahin levantó la cabeza, como quien desafía lo que no puede ser desafiado.

—Sí, señor.

—¿Cuántas veces?

—Una sola.

El hijo del presidente miró a la bailarina, que se había convertido en una estatua de miedo, y luego volvió la vista hacia él.

—¿Sabes que ella me pertenece?

—Todos estamos a su servicio, señor.

Al hijo del presidente la respuesta no le gustó. Buscaba un pretexto. Cualquier pretexto.

—¿Me pediste permiso antes de acostarte con ella?

—No, señor.

No hubo tiempo para pensar ni para retroceder. La mano del hijo del presidente se elevó como una tormenta repentina y le cruzó el rostro con tal fuerza que parecía querer borrarlo de la existencia. Un diente delantero cayó al suelo como un mal presagio.

—Tu madre era una prostituta —dijo con una voz cargada de desprecio mortal—. ¿Por qué no pediste permiso?

Shahin permaneció de pie, limpiándose la sangre con la mano desnuda, y respondió con una calma cercana a la locura.

—Mi madre no era una prostituta, señor.

El hijo del presidente volvió a reír. Su risa sonó como si se abrieran las puertas del infierno.

—¡Tu madre murió de tanto acostarse con hombres!

Shahin no supo qué responder. No sabía si debía llorar por aquella madre a la que apenas había conocido como una sombra ausente, o dejarse arrastrar por la ola de rabia que lo invadía. El silencio se volvió tan pesado que parecía capaz de matar a todos los presentes.

—Todas las bailarinas de aquí me pertenecen —añadió entonces el hijo del presidente, con tono definitivo—. Si quieres tocarlas, hablarles o acostarte con ellas, primero me pides permiso. ¿Entendido?

Shahin levantó la cabeza.

En sus ojos brillaba la mirada de quien contempla la muerte cara a cara.

—¿Y por qué tendría que pedir permiso, señor? ¿Acaso es su madre?

El aire pareció congelarse. Nadie se atrevió a moverse. Y en aquel instante comenzó el final. El local estalló en gritos. Los puños de los guardaespaldas cayeron sobre el cuerpo de Shahin como si quisieran borrar toda huella de su existencia.

Caía. Volvía a levantarse. Volvía a caer. Como un náufrago luchando contra olas más fuertes que él.

En aquel momento Shahin comprendió que la cautela, por grande que fuera, jamás salva del destino.

Tal como repetía Fatum, con su voz áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.

Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

GUERRA SANTA

Nino Martino

 

1

La cafetera burbujea mientras prepara el café. En mi cocina desnuda cuelga una jaula, y dentro de la jaula hay un canario malinois. Es extraordinario que, en una sociedad que parece destinada al desastre total, todavía haya gente que críe canarios.

Fui a buscarlo a Alpe Devero. Antiguamente era una localidad turística; se dejaba el automóvil antes de la meseta y se continuaba a pie, entre senderos y pistas de esquí.

El criador era un joven barbudo llamado Ernesto.

—¿Cómo haces para vivir aquí arriba? —le había preguntado.

—¿Y tú cómo haces para vivir allá abajo?

—Estoy obligado a vivir en la ciudad.

—No me interesa por qué. Yo vivo aquí e intento sobrevivir aquí. Cuando todo se vaya al desastre, espero arreglármelas.

—Crías canarios.

—Los canarios cantan. Y yo soy feliz con su canto.

—Están enjaulados.

—Todos estamos enjaulados.

—Pero queremos salir.

—El canario no quiere salir. Afuera no sobreviviría.

—Estás perpetuando una especie que quiere permanecer en una jaula.

—Entonces, ¿por qué quieres comprar uno?

—Porque su canto me tranquiliza.

—¿Ves?

—¿Cuánto quieres por él?

—Te lo regalo.

—¿Por qué?

—No vivo de vender canarios. Cultivo lo que necesito. Ya casi no queda nadie por aquí. La especie humana también es una especie que quiere permanecer en una jaula.

—¿Qué jaula?

—Hay muchas maneras de estar en una jaula. Cada cual tiene la suya. —Guardó silencio un instante y luego añadió—: Siempre se está solo al amanecer.

Así fue como me lo regaló.

En realidad, había subido hasta allí porque la noticia de aquel criadero me proporcionaba una cobertura perfecta. Mientras descendía había instalado un nodo de la red negra, camuflado entre los árboles. Desde ese punto podían mantenerse conexiones seguras con buena parte de la llanura y con la base lunar.

Ahora la habitación empieza a iluminarse. El sol aún no ha salido, pero el primer resplandor invade el cielo y el canario comienza su largo trino modulador.

La olovisión está frente a mí y permanece apagada. Si fuera un buen ciudadano debería encenderla, pero instalé un dispositivo que simula su funcionamiento y nadie puede saber que he renunciado al derecho-deber de estar informado.

Me sirvo el café.

El canario picotea las semillas. Le introduzco entre los barrotes una hoja de achicoria silvestre. Adora las hierbas amargas; todos los canarios adoran las hierbas amargas.

La taza tiene un motivo azul: dos avefrías asomadas. Es una taza hecha en Cerdeña. Aparto los recuerdos. No es el momento. Me acerco a la ventana.

Desde el último piso veo los tejados de la ciudad, los dos rascacielos, la torre de telecomunicaciones y la catedral sobre el islote en medio del río.

El amanecer es rojo, de un rojo violento. Hermoso de contemplar, aunque provocado por el polvo atmosférico que regala atardeceres y amaneceres magníficos.

Comienza otro día y no sé qué traerá.

—Bach, Suite n.º 4, Sarabanda, Casals.

La habitación se llena con el sonido del violonchelo. Observo cómo despierta la ciudad. Las luces se apagan una tras otra. Empieza el tráfico.

Pablo Casals hace mucho que es menos que polvo, pero su música sigue existiendo. El canario intenta imponerse sobre ella. Junto a la jaula, una luz azul comienza a palpitar.

—Conexión.

El holograma aparece en el centro de la habitación.

Rafaela está sentada ante su escritorio. Los cabellos rizados le cubren parte del rostro. Sus ojos son negros y directos.

—Que la fuerza del amanecer te acompañe —susurra con ironía.

—Donde tú estás todavía debe de ser de noche.

—Noche avanzada.

Sonríe.

—¿Qué te impulsa a buscarme en mitad de la noche? —pregunto.

—Desde luego, no el deseo de verte. —Se ríe echando la cabeza hacia atrás—. Quién sabe. En cualquier caso, ya estás despierto, escuchando a Bach y probablemente mirando el amanecer.

—Como siempre.

—Y, como siempre, tu canario está cantando.

—Nunca fuiste una defensora de los canarios.

—Un canario. En estos tiempos. —Suspira—. Pero no, no estás loco.

Me observa un instante.

—Hay noticias importantes desde la base lunar y desde la expedición a Marte.

—No sé nada.

—Lo imaginaba. Debes ir adonde sabes. Quizá sea necesaria una intervención.

—¿Tan grave es?

—Requerirá toda la potencia de la red. —Guarda silencio un instante—. Ya hemos enviado los datos a vuestra sede. Tú tienes el segundo código.

—Entonces sí es una emergencia.

—Bastante.

Sonrío.

—Y me avisan desde Brasil.

—Un lugar vale tanto como cualquier otro. Es la red. —Permanece callada unos segundos—. Tal vez algún día nos veamos en persona.

—Me gustaría.

—Escucharemos juntos tu Bach. Y contemplaremos esta ciudad desde tu ventana.

—Eso espero.

—No lo esperes. Haz que ocurra. —Vuelve a sonreír—. Que la fuerza del día te acompañe.

El holograma desaparece y, mientras el malinois retoma su canto, termino mi café, me visto y salgo.

La calle discurre entre edificios que ocultan parte del cielo. El tráfico ya es intenso. Personas que van al trabajo, transportan datos, producen datos, consumen datos. La vida continúa bombardeada por noticias.

Busco las calles secundarias.

En las vías estrechas la publicidad holográfica es menos invasiva. Cuando me veo obligado a pasar por una avenida más amplia, los anuncios se agolpan a mi alrededor: perfumes, noticiarios, promesas de felicidad, crisis internacionales.

Todo es información. Incluso la publicidad es información. La hiperinformación que borra la realidad.

La multitud aumenta.

Algunos rechazan las tecnologías avanzadas y se refugian en pequeñas comunidades de resistencia; otros sobreviven como pueden en los márgenes de la ciudad. Estoy casi llegando cuando un hombre con la capucha bajada sobre el rostro se acerca.

—Dame todo lo que llevas.

Empuña una navaja.

—No seas idiota —le siseo.

La hoja se despliega.

Abro el abrigo y le muestro la señal luminosa de los blumen.

Vacila.

—¿Un bluman...?

—Exacto.

Otro hombre, a cierta distancia, le grita:

—¿Te has vuelto loco?

La navaja desaparece.

—Tengo hambre, amigo.

—Consérvala.

Sigo caminando. Nadie me sigue.

Esta es la ribera izquierda. Una ciudad que vive en estado de guerra permanente, incluso cuando no caen bombas. La guerra por trabajar, la guerra por sobrevivir, la guerra por controlar el relato del mundo. Y, de pronto, me sorprendo imaginando un paseo junto al mar con Rafaela. Romanticismos de otra época. Me detengo frente a un portal que parece de madera desgastada. En realidad es blindado. Un sensor invisible me reconoce. Una pequeña abertura aparece en la superficie y vuelve a cerrarse tras de mí. Atravieso otros niveles de seguridad y desciendo a las entrañas de la ciudad, por lo que antaño fueron los canales de las viejas alcantarillas. Finalmente entro en la sala. Hologramas, datos, pantallas suspendidas. Mi segundo mundo. Bach y el canario han quedado lejos.

Y Ambra ya está allí esperándome.

 

2

Ambra está sentada en su sillón y unas gafas de realidad aumentada enmarcan sus ojos azules. Hoy lleva el cabello del color del cielo.

—Hola. Hay novedades —me dice.

—Lo sé. Aquí estoy. ¿Son buenas?

—No. —Se quita las gafas y se frota los ojos—. ¿No viste la olovisión?

—No.

Me mira sorprendida.

—Es obligatoria.

—Precisamente.

Se ríe.

—Has hackeado la olovisión.

—Me pareció un uso razonable de nuestros protocolos.

—Podrías perderte algo importante.

—Lo dudo. Estamos librando una gran batalla por la civilización y la democracia. Nuestras tropas combaten la barbarie. Mediante un ataque preventivo defensivo hemos aniquilado una posible amenaza en XXX; dos corzos han sido rescatados y ahora reciben los amorosos cuidados de YYY. ¿Olvido algo?

—No. El tono ha sido perfecto. —Se pone seria—. Hay dos noticias. Una tiene que ver con Marte. La otra con una posible guerra.

—Marte.

—Lo sabía.

—Marte.

—De acuerdo.

Se recuesta en el respaldo.

—La expedición vinculada a la base lunar ha encontrado enormes depósitos de níquel-60.

—¿Y qué?

—El níquel-60 procede de la desintegración del cobalto-60.

Permanezco inmóvil.

—El cobalto-60...

—Exactamente.

Por primera vez desaparece por completo su sonrisa.

—Hemos descubierto por qué Marte se convirtió en lo que es.

—Un desierto.

—Una guerra nuclear.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros.

—¿Están seguros?

—Casi. El níquel fue solo la primera pista. Después llegaron otras. Demasiadas.

Observo los hologramas flotando en la sala.

Códigos, coordenadas, señales. El futuro y el pasado mezclados en la misma habitación.

—Así que este fue su final.

—Sí.

Marte. Un planeta muerto y desertificado no por una catástrofe natural, no por el destino, sino por decisión propia. Por una guerra. Durante un momento nadie habla. Veo las imágenes, los datos, los gráficos, y me parece estar contemplando la Tierra desde muy lejos, desde otro tiempo.

—¿Y la otra noticia?

Ambra suspira.

—Los medios están inundados de noticias sobre un inminente ataque de la Federación Oriental. Vídeos, testimonios, imágenes de atrocidades. La mayoría son falsas; otras han sido modificadas y animadas mediante inteligencia artificial.

—Siempre dicen lo mismo.

—Sí. Y siempre funciona.

—Debemos defender la civilización.

—Exactamente.

—De la barbarie.

—Exactamente.

—Golpeando primero.

—Exactamente. —Me mira—. La nuestra es una guerra santa.

—Ellos dicen lo mismo.

—Todos tienen siempre una guerra santa que cumplir.

Permanecemos en silencio.

Observo su cabello azul.

—Hoy está azul.

—Me gusta recordar el color del cielo.

—Hace mucho que el cielo dejó de ser azul.

—Pero alguna vez lo fue.

—Y no volverá a serlo.

—Eres pesimista.

—No. Soy observador.

Ambra baja la mirada.

Cuando vuelve a alzarla ya no sonríe.

—Todavía no conoces lo peor.

—Dispara.

—Han puesto en alerta la red de misiles nucleares.

La frase cae en la habitación como un peso. Por un instante solo oigo el zumbido de los equipos. Tenemos una gran base lunar, puestos avanzados en  Marte, inteligencias artificiales, las tecnologías más avanzadas jamás construidas... Y al mismo tiempo la vieja tentación de siempre. La guerra.

—Quizá haya llegado el momento de activar la red.

—Con todos los riesgos que implica.

—Quizá ya no tengamos elección.

Aún estaba hablando cuando un holograma rojo se encendió en el centro de la sala. La señal de emergencia. Aparece Rafaela. Su rostro está pálido.

—Se ha lanzado un misil nuclear. La Federación Occidental ha lanzado un misil nuclear.

El silencio se rompe.

—Que vuelen los estorninos. La clave. La frase que esperábamos no tener que utilizar jamás.

—Que vuelen los estorninos.

Las luces de la sala se multiplican. Nuestras inteligencias artificiales despiertan. Una tras otra. Como una constelación que cobra vida. Rafaela sigue hablando. Su voz permanece controlada, pero percibo la tensión.

—Desde la Luna confirman el lanzamiento. —Traga saliva—. Todavía no consigo creerlo.

—¿Objetivo?

Por un instante vacila.

—No es la Federación Oriental.

—¿Entonces quién?

—París.

Nadie dice nada. París. No una base militar. No una flota. París.

—Quieren atribuir la culpa a los otros —dice Rafaela—. Provocar una reacción. Si lo consiguen, será el final.

La gran pantalla de la sala se enciende y el mapa del mundo aparece ante nosotros. Puntos luminosos. Redes. Trayectorias. Millones de datos en movimiento. Y nosotros ya estamos dentro de la tormenta.

—París. —La palabra queda suspendida en el aire. Rafaela inspira lentamente.

—Quieren culpar a la Federación Oriental. Los troles, una marea de troles, ya se han activado. Las noticias falsas están inundando la red. Si la gente las cree, la guerra comenzará de verdad.

En la pantalla aparece la trayectoria del misil. Una línea luminosa que atraviesa el mar.

—¿Podemos detenerlo? —pregunta Ambra.

Nadie responde de inmediato. Llevábamos años preparándonos para aquel momento. Años construyendo la red. Años desarrollando inteligencias artificiales independientes. Años imaginando lo inimaginable. Pero prepararse para una posibilidad no significa estar listo cuando llega.

—Lo intentaremos —dice finalmente Rafaela.

Las luces azules se multiplican una tras otra. Son nuestras inteligencias artificiales entrando en acción. Nodos que se conectan. Sistemas que despiertan. Una red invisible que emerge de las sombras mientras, en la pantalla, el misil continúa su recorrido. París. Pienso en las calles, los puentes, las casas. Pienso en las personas que están comenzando su jornada sin saber nada. Pienso en Marte. Quizá toda civilización llegue siempre al mismo punto. Quizá la diferencia resida únicamente en lo que decide hacer cuando llega allí. Rafaela habla con rapidez. Órdenes. Confirmaciones. Coordenadas. Ambra sigue el flujo de datos. Yo observo cómo las luces azules se propagan por el mapa. La Gran Operación. Aquella que esperábamos no tener que utilizar jamás. Si fracasamos, la guerra comenzará. Si triunfamos, nadie podrá seguir ignorando nuestra existencia. En cualquiera de los dos casos, el mundo cambiará. El tiempo parece ralentizarse. Entonces Ambra se pone de pie de golpe.

—¡Lo tenemos!

En la pantalla la trayectoria se quiebra. Un punto luminoso se desvía. Desciende. Desaparece. Durante un instante nadie habla.

—Ha caído al mar —susurra.

Rafaela cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, brillan.

—Lo hemos conseguido.

En algún lugar, en la Luna, ya lo saben. En algún otro lugar, los gobiernos intentan comprender qué ha sucedido. Las luces azules siguen creciendo. La red está despierta. Ya no podrá volver a dormir. Un mensaje atraviesa los canales clandestinos e inunda la red: la responsabilidad de la intervención es nuestra. Ninguna federación. Ningún ataque enemigo. Ninguna represalia, por el momento. El holograma de Rafaela sonríe, pero es una sonrisa cansada.

—Ahora llega la parte difícil.

—Nos toca a nosotros —digo.

Asiente.

—Nuestras inteligencias artificiales han salido a la luz. Hemos impedido una guerra. Ahora debemos impedir todo lo demás.

—La historia está llena de fracasos.

—Lo sé.

—Y aun así seguimos adelante.

—Es lo único sensato que podemos hacer.

Por primera vez la tensión parece aflojarse.

Rafaela me mira.

—Será necesario que vaya a visitarte.

Oigo a Ambra reír por lo bajo.

—Por fin.

—Te llevaré a Alpe Devero —digo.

—¿Con tu criador de canarios?

—Exactamente.

—Me gusta la idea.

—Tal vez te regale un canario.

—Y tal vez escuchemos a Bach.

—Por favor, continúen —interviene Ambra—. Resulta muy edificante.

Sonrío.

—A veces buscar un momento de serenidad parece casi un delito.

Rafaela niega con la cabeza.

—No. Es todo lo contrario.

Permanece callada unos segundos.

—Creo que es justo seguir soñando. Sabiendo cuánto cuesta hacerlo.

Sus palabras quedan flotando en la habitación. Sueños. Luchas. Derrotas. Amores. Tal vez la historia de la humanidad nunca haya sido otra cosa.

—Entonces está decidido —digo—. Vendrás.

—¿Estás seguro de que quieres conocerme de verdad?

—Precisamente. Pongamos las cartas sobre la mesa.

Se ríe.

—Siempre he querido ver París.

—¿Yo solo sería un pretexto?

—El pretexto es el caos que está a punto de comenzar.

—¿Y Alpe Devero?

—Eso lo doy por descontado.

Durante un instante nadie habla. Fuera de nuestra sala, los medios ya se han vuelto locos. ¿Quién lanzó el misil? ¿Por qué cayó al mar? ¿Quién intervino? Las versiones se multiplican y las acusaciones rebotan de un extremo al otro del mundo, intentando desesperadamente desviar la atención, ocultar, minimizar. Pero bajo la superficie circula también otra verdad. Alguien ha detenido la guerra. Alguien que no pertenece a ninguno de los dos bandos.

Rafaela me mira.

—Quién sabe cómo terminará todo esto.

—Siempre está en equilibrio.

—Basta una pequeñez.

Asiento.

—Pero, por ahora, no acabaremos como Marte. —Sonríe.

En mi habitación hay un canario malinois. Alpe Devero sigue existiendo, lejos de las grandes ciudades. Allí arriba, Ernesto cría canarios, cultiva plantas y contempla cómo el sol se eleva sobre las montañas. Y estoy casi seguro de que, en mi cocina ahora vacía, el canario sigue cantando. Quizá realmente no terminemos como Marte.


Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.

INHUMANOS