viernes, 8 de mayo de 2026

EN EL CAMINO

Iván Bojtor

 

(Un epígono de Lovecraft)

Me encontré con Randolph Carter en el camino hacia Narath, la de las cúpulas de calcedonia. Cuando me vio, me observó con desconcierto. En lugar de saludarme, me preguntó algo, y luego dijo algo más, una noticia espantosa, algo tan terrible que desperté sobresaltado por el horror.

El corazón me latía en las sienes y jadeaba en busca de aire. Cuando me calmé –tal vez incluso me había vuelto a dormir mientras tanto– intenté recordar sus palabras, pero por más que forcé mi mente, no conseguí evocarlas. Por la mañana quise llamar a mi trabajo para pedir unos días libres, pero aquel maldito aparato no funcionaba por alguna razón, y más tarde terminé olvidándolo. Pasé todo el día caminando de un lado a otro por la habitación o quedándome frente a la ventana contemplando la niebla, mientras evocaba el camino revestido de mármol verde azulado y a Carter acercándose hacia mí, mirándome fijamente y preguntando algo… pero fue inútil. No me rendí. Recorrí una y otra vez el camino de mi sueño en mi pensamiento.

Había partido desde la cascada de Morana, de aguas negras como la noche, donde contemplé durante largo tiempo el juego de luces brillando sobre las gotas y escuché el rugido amenazante hasta que un grito resonó en el aire. La balsa fue soltada de la orilla y la corriente nos arrastró consigo. Corríamos entre las espumas negras, entre riscos verde oliva que se alzaban a ambos lados, internándonos en una inmensa selva cargada de aromas desconocidos. Anochecía. Entre las ramas retorcidas de árboles centenarios, aves de plumas doradas despedían el día con sus cantos. En la luz menguante, el río cobraba vida. Desde las profundidades, bancos de peces de resplandor azul ascendían cerca de la superficie para atraer hacia el agua, con su luz, a las mariposas incoloras de la noche.

Hasta el amanecer escuché las desgarradoras canciones del temerario pueblo de balseros. Para cuando el sol tiñó de rojo la cima azul hielo de la lejana montaña Harien, el Morana también se había calmado y serpenteaba lentamente por una llanura arenosa que parecía infinita.

En la desembocadura del Oukranos, que vierte sus aguas en el Morana, me despedí de mis compañeros y subí a una galera ricamente tallada para remontar el río. Todos los pasajeros se dirigían hacia Thran, la de las torres doradas, para continuar desde allí a pie hacia Narath, la de las cúpulas de calcedonia, donde se celebraría la fiesta. Venían de Ulthar, del otro lado del río Skai; venían de Ghram, de la tierra de Shantay eternamente cubierta por una niebla violeta; y de Ilek-Vad, que se alza sobre peñascos de cristal. Venían para bailar y festejar durante tres días y tres noches, y para escuchar el canto de desconocidos bardos que navegaban sobre el azul del cielo… Y entonces, allí, en el camino que atravesaba el bosque cargado de aromas especiados, vi a Carter. Vi el horror en su rostro, vi moverse sus labios, pero no logré comprender lo que decía.

Me tranquilicé pensando que en mi sueño, durante la fiesta, terminaría enterándome de todo. Pero aquella esperanza también se desvaneció durante la noche, porque no logré dormir ni un instante.

Antes del amanecer, mientras avanzaba tambaleándome por la calle desierta rumbo al trabajo, me invadió la sensación de que alguien me observaba. Miré nerviosamente a mi alrededor, pero no vi a nadie. De pronto, desde algún lugar –quizá desde uno de los portales oscuros– surgió una figura con aspecto de vagabundo. Su abrigo le llegaba casi hasta los tobillos. La escarcha se había congelado sobre su larga barba gris y sucia; debía de llevar mucho tiempo esperando allí. Me detuve un instante y traté de rodearlo.

—Traigo una carta —dijo detrás de mí con voz ronca. No me detuve. Tal vez no hablaba conmigo, pensé. Pero volvió a gritarme—: ¡Eh! Traigo una carta para usted, de Carter. De Randolph Carter. —Me di vuelta. Sacó de un bolsillo de su abrigo mugriento una hoja que brillaba tenuemente con un resplandor verdoso—. Carter dijo que esperara la respuesta y que se la llevara. Pero yo ya no volveré allí. Así que haga lo que quiera —gruñó con odio, mientras me ponía la carta en la mano.

Antes de que pudiera preguntarle nada, echó a correr. Quise gritarle, pero al verlo desvanecerse en medio de la calle como si se hubiera convertido en niebla, ningún sonido salió de mi boca.

Guardé la carta en mi bolso y emprendí el regreso a casa bajo la luz de las lámparas color pergamino.

No comprendía cómo aquel vagabundo había conseguido sacar la carta de ese otro mundo. Yo mismo lo había intentado algunas veces con los pétalos iridiscentes y espinosos de la flor del árbol satia, pero por más que los ocultara en mi palma, al despertar y abrir el puño cerrado, siempre encontraba únicamente el dolor.

Ya en casa examiné la carta. Apenas brillaba y su color también se había apagado; en los bordes se desdibujaban los elegantes signos thranianos trazados con tinta roja. Aun así, conseguí descifrar que en Ilek-Vad el trono de ópalo se había resquebrajado y que sobre los muros de Thran, la de las torres doradas, una mano invisible había pintado enormes signos oscuros.

Eso era todo lo que decía.

Al observar con más atención la hoja, vi que le habían arrancado un fragmento de la parte inferior. Seguramente Carter había copiado allí la espantosa inscripción, pero por alguna razón esa parte nunca llegó hasta mí. Cuando intenté leerla de nuevo buscando algún significado oculto en aquellos signos, la escritura desapareció y lentamente también se extinguió la luz de la carta.

Sentado en el sillón observé durante mucho tiempo la ventana negra. Aún no amanecía. Poco a poco el sueño me envolvió y finalmente crucé flotando hacia aquel otro mundo.

La cascada del Morana rugía con furia. Las aguas antaño negras como la noche descendían ahora como una masa gris. El canto de las aves de plumas doradas sonaba apenas como graznidos, y las canciones de los balseros parecían alaridos. Apenas podía esperar el momento de desembarcar y subir a una fastuosa galera de proa dorada, pero en la desembocadura del Oukranos no encontré ni una sola embarcación. Emprendí a pie el camino hacia Thran, la de las mil torres. No me crucé con un alma en todo el trayecto. Apenas reconocí la ciudad: sus torres se desmoronaban, las enormes puertas de metal yacían en el polvo y el brillo de sus pulidos muros de alabastro se había apagado. Solo resplandecían en medio de la grisura los signos de aquella espantosa pintura. La inscripción estaba dirigida a mí. En cuanto la vi, las palabras de Carter regresaron de inmediato a mi memoria:

—¿Qué haces aquí? ¡Tú ya estás muerto!

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300, GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

UN CORAZÓN PARA UN CEREBRO ELECTRÓNICO

Mariano Buscaglia

 

Estaba seguro de que ese era el camino habitual: el atajo a través de la calle Reconquista. Sabía también que algo lo esperaba unas cuadras más arriba. ¿Su trabajo? ¿Su casa? ¿Su verdugo? Tenía la certeza que su nombre era Osvaldo. Y dedujo, por el anillo que llevaba en su mano derecha, que estaba casado. Todos esos recuerdos, sin embargo, eran brumosos y no había duda de que algo iba mal. Muy mal.

Pero lo peor era observar a los coches magnéticos, esos enormes carromatos negros con farolas rojas, que se detenían a su lado. Observar las cabezas de los conductores que lo miraban con expresión conturbada desde el interior de las ventanillas de sus vehículos.

“¿Qué ocurre? ¿Qué ven en mí?”

Se detuvo en una esquina, dos mujeres que caminaban tomadas del brazo, emperifolladlas en unos vestidos tubulares con sombreros cubiertos de flores artificiales, se separaron y dejaron escapar un grito, mirándolo con expresión de espanto.

Osvaldo observó sus manos, miró su vestimenta… Todo parecía estar en orden.

—Pero, ¿qué pasa?

Siguió cuesta arriba por la estrecha callejuela ensombrecida por los rascacielos. Echó una mirada hacia lo alto. Los coches aéreos no parecían detenerse ante la singularidad que tanto llamaba la atención de los transeúntes.

—Me llamo Osvaldo…

Recordaba su nombre, pero no lograba deducir cómo había llegado a esa calle. Insistió: “Algo sucedió… ¿Un accidente?”

El estruendo de un caño de escape aturdió sus sentidos. Una motocohete se atravesó en la calle y un policía enfundado en un traje de cuero oscuro, en el que brillaba una placa enchapada en plata, le hizo una seña.

—¡Alto ahí! —le gritó.

Osvaldo intentó alzar sus cejas, pero no pudo. Llevó las manos a su rostro y vaciló. Sus dedos tantearon una superficie metalizada, dura, cubierta de protuberancias que semejaban botones o rejillas. No recordaba haberse colocado un casco sobre la cabeza, empero... Quiso encontrar la perilla o la cintilla que debía cruzar su mentón, pero no halló ninguna abertura entre su cuello y su cabeza. No había nada. La epidermis de su cogote parecía adherirse o fusionarse con esa caja.

—¡Doctor Osvaldo Platter! ¡Deténgase ahí! —gritó el policía.

Un sonido eléctrico emergió de una especie de parlante que ocupaba el lugar de su boca. El policía desabotonó la cartuchera donde colgaba su pistola atómica y su mano permaneció presta para alzar el arma.

Osvaldo o ese tal “doctor Osvaldo Platter” intentó explicarse, porque, sin lugar a duda, había una equivocación. No recordaba ese apellido… Pero del parlante solo emergió un sonido irritante, a dial de radio sucio, a señal perdida. Alzó sus brazos e hizo algunas señas, pero el policía comenzó a ponerse nervioso. La gente se detuvo e hizo un corro alrededor del hombre de la ley. Incluso los coches aéreos disminuyeron su marcha para observar el escándalo, alterando el tráfico celestial.

El hombre se sintió frustrado y agotado. No sabía qué ocurría, ni por qué tenía ese trozo romboide de metal ocupando el espacio de su cabeza, porque ya casi no le quedaba duda de que alguien le había trasplantado ese televisor en el lugar del cráneo. No quería dejarse llevar por la desesperación, pero la situación era alarmante.

—¡No me obligue a disparar, doctor!

“¿Dispararle?” “¿Por qué haría algo así?” Platter, porque sin duda era ese tal Platter, dio un paso hacia adelante. El policía alzó su pistola atómica. Y fue lo último que hizo. Un haz de rayos emergió de la esfera esmerilada y cubierta por una telilla enrejada que cumplía la función de sus ojos. Los rayos carbonizaron al hombre de la ley. El viento se encargó de esparcir una nube de cenizas oscuras y ascuas incandescentes.

La turba se dispersó lanzando alaridos y los coches aceleraron su marcha. El espectáculo había adquirido un matiz circense demasiado sangriento para sus paladares. Osvaldo no sabía cómo había sucedido aquello, pero comprendió que otra voluntad lo dominaba. La voluntad que convivía dentro de él, dentro de ese romboide que había remplazado su cabeza.

Desesperado, echó a correr. Atravesó las calles en dirección al Bajo. Muy pronto dejó atrás las vías más pobladas y entró en esa zona fronteriza del puerto donde deambulaba la resaca de la sociedad. Se coló en un callejón y caminó por entre unas casuchas hasta encontrar la puerta de un bar de mala muerte. Tiró del picaporte y entró.

Una rápida mirada le indicó que el establecimiento estaba poblado por unos pocos borrachos consuetudinarios y semi comatosos. El barman, un gorila de casi dos metros de altura, secaba sobre el mostrador unas diminutas copitas de whisky.

—¡Aquí no atendemos marcianos! ¡Fuera!

—¡No soy ningún marciano! Soy el doctor Osvaldo Platter

Más que la confesión, le asombró la voz ¡Su voz! Emergiendo de su garganta hasta ese parlante que tenía adosado por boca. El sonido era metálico y rechinante, pero audible. El barman frunció su entrecejo y pasó de un extremo a otro de sus labios el mondadientes reblandecido que mordisqueaba.

—¿Qué quiere beber?

—Una ginebra Bols, por favor

El camarero se agachó y tomó una vieja botella de ginebra, la repasó con un trapo y luego vertió un dedo sobre un vaso. Deslizó el vaso sobre el humedecido mostrador y aguardó. Osvaldo se acercó y cerró su mano sobre la consumición. Se preguntó si tendría sentido llevar ese líquido hasta el parlante que ahora le oficiaba de boca. No lo sabía, por lo que alzó la mano. En ese momento, escuchó un pitido en el interior de su cabeza y, como cuando lo atacó el policía, actuó sin meditación alguna. Giró sobre sus pies, dejó caer el vaso y un haz de fuego emergió de su único ojo artificial. Dos policías se cubrieron de llamas, vacilaron un instante y luego atravesaron el bar como si fuesen antorchas humanas, hasta que cayeron sobre las baldosas. Uno de los borrachos tuvo suficiente presencia de ánimo para tomar un matafuego y apagar las llamas que cubrían a los hombres de la ley. Cuando el vapor artificial se disipó un poco, Osvaldo descubrió que los dos policías se habían transformados en carbones.

—Usted…

—Lo siento mucho… Pagaré los daños… No sé qué me sucede… Es esta cabeza…

Otro rayo emergió de su ojo y vaporizó la mitad del cuerpo del comerciante que se desplomó junto a las entrañas humeantes que emergieron del interior de su cuerpo. En su mano llevaba una pistola de rayos lista para disparar.

Osvaldo buscó la salida trasera a través de la cocina y escapó acompañado de los gritos de los borrachos. Sobre mostrador dejó el dinero que supuso había costado esa ginebra que no pudo beber.

Se alejó tropezando con cirujas y opiómanos selenitas que yacían tirados entre la basura y buscó refugio debajo de una escalera de metal. Arriba, las patrullas policiales batían en su busca todos los rincones de la ciudad.

En esa zona, las luces de la metrópolis apenas llegaban como una lejana fosforescencia. Solo los desclasados se aventuraban a esas orillas que eran dominadas por los anfibios del Riachuelo. Los que se habían adaptado a la vida subacuática tras las consecuencias radioactivas de la bomba del 32.

Pero Osvaldo comprendió que ya no debía temerle a nada. Se acomodó entre un manojo de papeles mugrientos e intentó dormitar. Pero no sabía cómo cerrar ese ojo sin párpado ni hacer descansar el procesador que había remplazado su materia gris. Hurgó su cabeza en busca de alguna perilla, pero se preguntó que de encontrarla, por puro azar, si existiera, sería como suicidarse, porque nunca podría volver a encenderse a sí mismo. Por lo que dejó el rombo metálico en paz y trató de reflexionar acerca de su contrariedad.

El cansancio físico sumado a esa especie de trance en que cayó tras echarse a dormitar bajo el rincón de la escalera, provocó que los circuitos de su cabeza electrónica, de alguna manera, se relajaran y dejaran libre la información que, hasta ese momento, había estado encriptada.

El doctor Osvaldo Platter recordó. Rememoró sus trabajos en el laboratorio, la búsqueda de una inteligencia mecánica perfecta. Un cerebro artificial que procesara la información más rápido que cualquier humano, una máquina que sirviera, también, de repositorio de inteligencias humanas. Un híbrido mediante el cual la humanidad pudiese jugar con la inmortalidad.

Esa noche había bebido de más. Había trasuntado más botellas de ginebra de las que su hígado podía digerir. Los vómitos y el llanto no ayudaron a liberar la angustia que lo dominaba. Por lo que, vacilante, en zigzag y trastabillando, regresó a su laboratorio bajo la lluvia helada de la madrugada.

Su robot cirujano salió del estado latente y lo recibió como si fuese un nuevo día. El doctor no lo corrigió. Le dijo que ya había encontrado su cobayo, que dispusiera la mesa de operaciones, que esa noche harían el trasplante en un cuerpo humano; quería dejar de sentir dolor.

El robot era eficiente, lo había programado para realizar esa delicada operación. Fueron diez horas en el quirófano que había preparado en el sótano de su sala de experimentos. El cirujano electrónico transfirió sus recuerdos a las bombas cristalizadas en sulfato de zinc de la memoria que había adosado dentro de la caja que le serviría de cabeza y cerebro. Una computadora que además era capaz de defenderlo de casi cualquier amenaza.

Antes de echarse sobre el camastro, le hizo un pedido al cirujano.

—Envía la cabeza por correo a mi casa, a nombre de mi esposa, dile que la cuelgue en la sala de estar, junto a los trofeos que fue acumulando en vida. Dile que ya no soporto sus engaños y, también, dile que todavía la amo.

El hombre mecánico tomó nota en una pequeña libreta de papel que dejó sobre una mesita ratona donde había dispuestos todas las sierras y escalpelos con los que decapitaría al doctor.

Cuando su recuerdo se disipó, Osvaldo aguardó el tiempo necesario en que una lágrima imaginaria se hubiese deslizado por su mejilla. Luego alzó su mano y buscó la perilla. Ya recordaba dónde estaba.

Tiró hacia abajo y el mundo se apagó.

Mariano Buscaglia nació en Buenos Aires, Argentina, en 1976. En 2015 creó el sello Ediciones Ignotas que rescata literatura policial y fantástica argentina relegada al olvido. Editó para la Biblioteca Nacional los libros policiales de la colección “Disparos en la Biblioteca”. Participó como guionista en la segunda etapa de Fierro y fue jefe de redacción de la revista en su etapa web. Publicó novelas, cuentos y artículos con las editoriales InterZona, La Otra Gemela, Fan Ediciones y Borde Perdido y en revistas como Salvaje Sur, Cineficción, Sensacional, Cuaderno de la Biblioteca, entre otras.

IN MEMORIAM

Ángel Fuentes Balam

 

Frente al cuarteado espejo del baño, el excomandante Rangel analizaba la sangre que le había hinchado un ojo; una aguda presión tensaba su nuca, viajando por oreja, quijada y molares, asentándose bajo la nariz. Las feas muecas que cada reflejo le devolvía no lograban apaciguar el malestar. Con apenas un billete de cien en la cartera, rehusaba ir al matasanos; sin embargo, aquella dolencia comenzaba a nublarle la vista.

Ese punzón rítmico en la sien lo había despertado en madrugada, obligándolo a ingerir cuatro analgésicos: el sueño que mordisqueó su cerebro durante las horas siguientes fue dedicado al cuerpo de Aixa. Qué oportuno. Voces lejanas se escapaban del televisor encendido, recordándole su aniversario: treinta años habían pasado desde que los aterrados labios de la joven poeta cincelaron sus últimas palabras: revertar ad vos.

—No se olvida… —proclamó un desganado conductor del noticiero, cumpliendo la efeméride protocolaria.

El anciano caminó hasta la cocina. Dos cucarachas huyeron hacia la oscuridad con la fugacidad de un disparo. Bang. Aixa, moría, con lágrimas, sangre y mocos chorreándole por todo el rostro. Bang. Los pasos del militar retirado llegaron hasta la estufa. No se percató del temblor en sus manos hasta que sirvió el café aguado en una taza de metal. Entre la muñeca y los nudillos, sus venas se torcieron cual gusanos de tierra. Los dedos de Aixa así se habían movido en otra época, bien abiertos para enseñar la menuda palma, como si pudiese detener la bala en pleno en vuelo. En el puño contrario, la estudiante apretaba un manuscrito: el que hubiera sido el mejor libro de su generación.

El golpe del aluminio contra el suelo resonó en el caserón maltrecho. Rangel se agarró el cráneo, gimiendo. Vio sus pies, tambaleándose en las amarillentas losas, y no supo nombrarlos como parte de sí mismo. Lo mismo ocurrió al ojear la estancia: estaban ahí, pero los objetos perdieron su nombre en un instante. Era un maldito derrame cerebral.

El soldado arrastró los pasos, penetrando en la rancia alcoba, desesperado por tomar el frasquito de ibuprofeno. No obstante, sin saber en qué momento, se halló abriendo el cajón del buró, junto a su raído lecho. El palpitar de su cabeza era un gélido filo rebanando la tierna médula espinal. Sudoroso, extrajo unos papeles antiguos, revisándolos con furor.

—Si llega la muerte cabalgando en flamígero jamelgo… —leyó con un grito, aunque la voz que hubo surgido de su desdentada boca no era el acento cavernario de un viejo que lanzó a su batallón órdenes e improperios su vida entera, sino la fina coloratura de una niña.

El excomandante quiso romper aquellas hojas, pero una repentina parálisis lo detuvo. Soltó el manuscrito. El verso daba vueltas en su cerebro, como bailarina que practicase una y otra vez en un escenario vacío. Una lágrima de sangre descendió en trémolo desde su párpado, hidratando su enjuta máscara. Recordó otras lágrimas, treinta inviernos atrás, enjuagando una hermosa cara morena, compungida –igual que todo el cuerpo– por un hondo horror, aovillándose en aquel corredor del edificio Chihuahua. Rangel se burlaba de la mancha oscura que nacía entre las piernas de su víctima:

—Ya estás grandecita, chingao, ya estás grandecita… ¡Bang! —exclamó con sorna, para amedrentar a Aixa—. Lástima. Pero eso te pasa por pendeja, por protestar mamadas. —Rangel apuntó a la cabeza de la chica, y ella, sabiendo que la luz se apagaría, clavó los ojos en su asesino, para confesarle el título de su ópera prima.

Bang. Cansando de nadar en la materia gris del exmilitar, el teratoma se expandió de súbito, fracturando el hueso y formando un gran bulto que reventó el tímpano, sacó de la órbita el ojo afectado, y aflojó la mandíbula. Era un magnífico tumor: en su centro, los globos oculares, insertos en el pus, ya tenían iris y pupila, varios dientes sobresalían de la rosácea tumefacción, y el cabello que alrededor había brotado era de un castaño luminoso.

Rangel pegó un desgarrador alarido. 

—Si llega la muerte cabalgando en flamígero jamelgo… —repitió el cúmulo de células germinales, para volver a crecer.

El anciano sintió cómo un líquido caliente bañaba su pecho: era la sangre desbocada que resultaba de su piel rota; el pliegue de lo que fue su mejilla chocaba contra la canosa barba. Quiso tocar aquella monstruosidad que le había destrozado la cabeza, pero el teratoma volvió a expandirse.

—Si llega la muerte cabalgando en flamígero jamelgo…

Esta vez, todo el centro del cráneo fue destruido. Rangel vivía aún, bajo esa bola de carne apoderándose de su cerebro. El tumor abrió los ojos, mirando hacia el cielorraso, intentando acoplarse a la terrible luz. La mortecina consciencia del soldado volvió al frío pasaje de aquel octubre, para mirar a Aixa: antes de que la bala entrara en su materia gris, no fue miedo lo que sintió, sino un purísimo sentir de desafío.

La masa de carne que reventó el rostro de Rangel, siguió creciendo. Tuvo labios en pocos minutos, orejas, fosas nasales; escarbó en la columna del anciano y ahí hizo nacer sus pulmones, sus nervios, su nuevo esqueleto. Los tejidos del excomandante cayeron al suelo como ropajes inútiles; sus órganos fueron aplastados por otros, jóvenes y funcionales; sus fluidos, licuados hasta purificar otro cuerpo y ser genuina falta de humanidad.

Entre las vísceras del hombre, se había erguido una mujer completa. Ella, al despertar de un ominoso letargo, se limpió los párpados, observó sus manos, los senos frescos, las piernas fuertes, el corazón encendido. A sus pies, lo que una vez fue su victimario, comenzaba a atraer a las hormigas; los papeles versificados de otra época, se remojaban en fluidos cadavéricos.

La joven caminó hasta encontrar un espejo. A sus múltiples fragmentos, arribaba una sonrisa de incredulidad y gozo. Aixa se palpó la cara, lacrimosa de alegría, y abrió los labios para volver a oírse, soñadora y digna, como antaño:

—Revertar ad vos. 

Ángel Fuentes Balam. Mérida, Yucatán. 1988. Director de Teatro, escritor, actor. Egresado de la licenciatura en Teatro de la Universidad de las Artes de Yucatán. Profesor  y Director de Teatro en Centro Cultural Pinzón. Ha sido Profesor y Director de la Compañía-Escuela de Teatro del Centro Cultural El Claustro, Campeche. Diplomado en Creación Literaria por el INBAL. Ha publicado en diversas antologías, nacionales e internacionales entre las que destacan: La memoria de los días, Karst: escritores de la península yucateca, Pandemials, Insomniak, Colectivero, Mexafuturismo contemporáneo, Y se hizo el caos: antología de cuento hispanoamericano sobre mundos distópicos, Pyramid, Necroeroticón. Seleccionado para el libro: Lo mejor de la Ciencia Ficción Mexicana 2024”. Y ha sido colaborador en revistas y diarios como: Por Esto!, Delatripa, Círculo de Poesía, Mundo Tóxico (Aeternum), El nahual errante, Liriel, Bitácora de vuelos, Alas Blancas, El ahuehuete, Efecto Antabús, Grafógrafxs, A doble voz, El rizo robado, Página Salmón, Fanzine Delfos, Revista Sinfín, Marabunta, Sarape de Neón,  Poetómanos, Monolito, Pérgola de humo, entre otras.  Coordinó y produjo la Buqueic, del 2017 al 2019, presentación de lectura y acciones escénicas sobre literatura erótica, realizada por artistas mexicanos.  

 

 

jueves, 7 de mayo de 2026

ARAÑAS

Sue Burke

 

Justo antes de entrar en el bosque, encontré el tipo de cosa que quería mostrarle a mi hijo.

—Roland, mira, hay un nido de lagartos hoja que acaba de abrirse. Parecen hojitas de pasto, ¿verdad?

Primavera. Todo volvía a la vida otra vez. Y apenas un poco más allá del alcance de mi brazo, vi lo que parecía un helecho seco, aunque probablemente no lo fuera. Lo mantuve vigilado mientras mi hijo y yo nos acuclillábamos para estudiar el suelo. Al principio era difícil distinguir a los lagartos, pero al final él soltó una risita y señaló.

—Son muy pequeños, papá.

—Van a crecer. Pero ahora son tan pequeños que no pueden hacerte daño. Puedes dejar que uno camine sobre tu mano.

Y eso hicimos: látigos verdes con patas, apenas de la mitad del largo del dedo de un niño de cinco años. Le expliqué cómo se esconden en el pasto, con la cabeza hacia abajo, esperando que pasen animales todavía más pequeños; entonces saltan y se los comen. Por eso, si dejábamos las manos colgando, los lagartos descendían hasta la punta de nuestros dedos. Era su lugar natural.

Aquel supuesto helecho muerto que estaba junto a nosotros tenía una corona de ojos. En efecto, era una araña de montaña. La segunda que veía ya en nuestro pequeño paseo. ¿Por qué tantas esa primavera? Como muchas cosas, tenían un nombre terrestre porque se parecían un poco a la criatura de la Tierra. Por lo que había averiguado, las arañas en la Tierra nunca eran más grandes que una mano, pero las nuestras eran más grandes que una cabeza humana. Ambas tenían muchas patas y una mordedura venenosa. ¿Las nuestras eran tan agresivas como las arañas terrestres, que a menudo mordían a las personas? ¿Las arañas terrestres eran tan inteligentes como las nuestras?

—Vamos a dejar a los lagartos para que sigan con sus vidas.

Apoyé la mano en el suelo y, con un poco de insistencia, el lagarto bajó. Roland me imitó y observamos cómo desaparecían entre la hierba.

Luego se volvió hacia mí, preocupado.

—¿Los pisamos sin darnos cuenta?

Buena pregunta. Tal vez crecería sintiendo por el bosque lo mismo que yo.

—Supongo que a veces sí. Somos grandes, así que no podemos evitar equivocarnos. Creo que nunca deberíamos intentar lastimar nada si no es necesario. Yo cazo, ya sabes, pero nunca mato nada salvo para comer o para protegernos.

Pero no quería darle un sermón.

—Entremos al bosque ahora, ¿de acuerdo?

No le señalé la araña. Su madre me mataría –o haría que deseara que me matara, solo para que dejara de gritarme– si supiera lo cerca que estábamos de las arañas. No solo la que estaba junto al sendero, sino todas las demás. Había muchas en la orilla del río, aunque todo el mundo lo sabía porque robaban peces. Estaban en los bosques. En los campos y los huertos. Incluso había visto una en la ciudad, y la espanté hacia afuera. La mayoría de la gente no se daba cuenta. Si no observas con atención, no ves las cosas.

Y si no aprovechas las oportunidades, las pierdes. Paso tiempo con Roland casi todos los días, pero nunca es suficiente. La primavera solo llega una vez al año, y un niño tiene cinco años solo una vez en la vida. Así que seguimos adelante. Solo tendría que ser especialmente cuidadoso.

—¿Vamos de caza?

—No. Quiero decir, pensé en mostrarte cosas. Hay mucho para ver.

—¿Cangrejos ciervo?

—Claro. Y pájaros, insectos y kats, toda clase de cosas. Escucha. ¿Oyes eso?

—Pii, pii —repitió.

—Exacto. Es un lagarto voltedor.

—¡Más lagartos! No puedo recordar tantos lagartos.

Lo vi cerca de un tocón.

—Lo sé, es difícil. Hay muchísimos tipos. Shhh. ¿Lo ves? Es negro, blanco y marrón, con grandes rayas.

Me arrodillé y lo ayudé a distinguirlo.

—Guau. Es un lagarto joya.

—No exactamente. No querrías tenerlo en tu jardín. Desentierra las cosas. ¿Ves lo que hay junto a él? Ese arbusto muerto se está acercando cada vez más...

El arbusto, por supuesto, era un ave palo-pluma. De pronto atrapó al lagarto, le golpeó la cabeza contra el tocón y empezó a arrancarle las patas para tragárselas. Roland se puso de pie de un salto.

—Los animales se esconden en el bosque —dijo—. A veces también las águilas. Mamá dice que el bosque es peligroso. Por eso no puedo venir solo.

“Mamá dice”. Claro que sí.

—Nos aseguramos de mantener alejadas a las águilas —respondí—. Hay cosas de las que hay que cuidarse, pero la mayoría de las cosas que se esconden quieren esconderse de nosotros, no hacernos daño.

La mayoría.

No quería asustarlo, así que necesitaba encontrar rápido algo que no diera miedo.

—Sigamos caminando.

Pareció aliviado de alejarse del ave. Caminamos un poco y entonces se me ocurrió algo.

—¿Puedes pensar en otras cosas que se escondan?

—¿Esconderse?

Miró alrededor.

—¿Qué tal los kats? —sugerí—. ¿Por qué su pelaje es verde?

—Mmm... son verdes para fingir que son lagartos de hierba. Muchísimos lagartos.

Se echó a reír. Al parecer era una broma. Así que yo también me reí.

Entonces vi un buen ejemplo.

—¿Qué te parece eso, ahí en el tronco del árbol? Seguro que es excremento de lagarto, ¿verdad?

—No, papá. No lo es.

Ya me había descubierto.

—Exacto.

Lo toqué con un dedo. Salió volando.

Él gritó de alegría.

—¡Un insecto caca!

—En realidad es una luciérnaga azul.

—¿Eso es una luciérnaga? Son tan bonitas. A todos les gusta mirarlas.

—Su luz es bonita. Pero cuando se posan, parecen excremento para que las aves y los lagartos no se las coman. La mayoría de la gente no sabe eso. Solo miran las luces que vuelan por la noche y nunca averiguan qué produce esa luz. Pero ahora tú sí lo sabes.

Nuestras miradas se cruzaron, compartiendo un secreto.

Entonces me di cuenta de que, justo encima de nosotros en el árbol, había una araña lo bastante cerca como para tocarme el hombro.

—Sigamos y veamos qué más encontramos.

—¿Y si el excremento de kat en realidad son bichitos? Quiero decir, bichitos que parecen excremento de kat.

—Te gustan mucho los kats, ¿verdad? —La ciudad mantenía una colonia de kats domesticados—. ¿Qué es lo que te gusta de ellos?

Empezó a contarme sobre el baile que él y los otros niños estaban aprendiendo con los kats, e incluso mostró algunos pasos. Traté de prestar atención, pero no dejaba de pensar en las arañas.

Había demasiadas.

Por lo general vivían en las montañas, justo debajo de la línea de árboles, y rara vez bajaban a nuestros bosques. Tal vez habían tenido una explosión de población. Tal vez el clima, fresco y seco para ser primavera, las hacía sentirse cómodas más abajo. Tal vez nuestra colonia las atraía. O quizá algo las estaba empujando hacia abajo: depredadores o hambre.

Vi algo que Roland necesitaba conocer, y esperaba que no lo asustara. Intentaría hacerlo sonar bien.

—Te mostraré otra cosa que no es lo que parece. ¿Ves esas flores? Son lirios. ¿Ves cómo brillan? Son muy bonitas. Pero no las toques. Tienen diminutos fragmentos de vidrio y te cortarán. ¿Sabes por qué? Porque les gusta la sangre. Es un buen fertilizante. Ahora no tengas miedo. Solo debes saber lo que son y no tocarlas.

—Brillan mucho.

—Sí, brillan mucho.

No muy lejos, una araña estaba en un árbol sobre un parche de musgo que en realidad era un kat aplastado contra el suelo, escondido a plena vista. Di un paso para alejar a Roland antes de que la araña lo descubriera, pero el niño no se movió.

—Son como lagartos joya —dijo—. Las flores parecen lagartos rojos y lagartos amarillos.

—Tienes razón. Nunca me había dado cuenta, pero sí se parecen mucho a los lagartos.

—Tal vez las flores atrapan cosas que creen que van a atrapar lagartos.

—Apuesto a que es eso. Muy inteligente de tu parte verlo.

¿Por qué yo no lo había notado antes? Me quejo de que la gente no observa, y a veces yo tampoco observo.

—No pueden atraparme —dijo Roland—, porque soy más inteligente que ellas.

—Exactamente. Vamos. ¿Sabes? Cuando tengamos nuestra reunión de cazadores, deberías venir y contar eso, lo de las flores. Siempre estamos intentando descubrir cosas. Bueno, eso es algo que tú descubriste sobre los lirios.

—¿Yo? ¿Puedo hablar en la reunión de cazadores? ¿De verdad, papá?

—Sí, claro. El descubridor recibe los honores.

Lo vería hablar y me sentiría orgulloso de mi hijo.

Estábamos desesperados por saber más sobre las arañas. Su veneno podía matar a un kat u otro animal de tamaño considerable. Nadie sabía qué podía hacerle a un humano y nadie se ofrecía voluntario para averiguarlo. Tampoco nos atacaban nunca, aunque si uno se acercaba demasiado a un nido, parloteaban, agitaban las patas y chasqueaban las mandíbulas para ahuyentarte. También robaban. Las tripulaciones de pesca tenían que mantenerse alerta. Se movían demasiado rápido para que pudiéramos atraparlas y esquivaban las flechas como si fuera un juego. De hecho, habían calculado el alcance de nuestras flechas y sabían quedarse justo más allá.

A menudo nos reuníamos para hablar sobre las arañas, todos juntos: cazadores, agricultores, pescadores, incluso el equipo de cocina, porque la basura podía atraerlas y no podía tirarse en cualquier parte. En realidad nunca podíamos tirar basura en cualquier sitio, pero las arañas tenían a la gente asustada. Tiffany, por ejemplo, la madre de Roland, que durante un breve tiempo logró parecer la mujer perfecta para mí –aunque esa es otra historia–, predicaba el exterminio. Yo temía que, si iniciábamos una pelea, las arañas decidieran continuarla. Como jefe de los cazadores, necesitaba ofrecer un plan propio.

Sinceramente, no sabía lo suficiente sobre las arañas como para saber qué hacer.

—¿Qué es eso? —dijo Roland, aferrándose a mi pierna y escondiéndose detrás de ella.

Algo avanzaba ruidosamente entre los matorrales hacia nosotros. Lo supe enseguida.

—¿Allá?

Se movía rápido y ladraba con fuerza.

—Es grande, papá.

Lo levanté en brazos.

—No, en realidad no lo es, y no nos hará daño. Son solo aves, muchas aves. Pájaros azules. ¿Ves? —Se aferró con fuerza, pero se inclinó para mirar mejor—. Pájaros azules. ¿Oyes cómo ladran? Hay muchos ladridos, así que sabes que no es un animal grande, sino muchos animales pequeños. Les gusta correr haciendo mucho ruido para asustar a las cosas que se comen. Todos en fila, en zigzag. Mira, se están deteniendo. Tal vez encontraron algo. Veamos qué.

Me acerqué despacio.

—Por lo general te dejan acercarte. Cuando estás demasiado cerca, te lo hacen saber.

Estaba a menos de cinco pasos cuando el ave alfa giró, me ladró y me miró fijamente. Retrocedí un paso. Volvió a comer.

—Hasta ahí podemos acercarnos. No quieren problemas, así que te advierten. No atacan si no tienen que hacerlo. ¿Qué crees que están comiendo?

Roland se inclinó con valentía. Yo me incliné también. El ave se volvió y ladró de nuevo, casi distraídamente, solo como recordatorio. Yo ya sabía qué estaban comiendo por la forma en que se agrupaban alrededor, pero esperé a que Roland lo descubriera.

—¡Es morado! ¿Es una babosa?

—Sí, les gusta comer babosas. Por eso nunca deberías dañar un arrecife de pájaros azules. Queremos que vivan cerca de nosotros, así que respetamos sus hogares.

Babosas. Pedazos de limo ambulante que disuelven la carne. Si había algo que mereciera ser exterminado, eran esas criaturas. Pero nunca podríamos acabar con todas.

Donde hay una, hay más. Oí un zumbido repentino demasiado cerca, a la izquierda... algo se movió rápido. Retrocedí. Era una araña luchando con una babosa: patas marrones enredadas alrededor de una masa púrpura. Hubo un forcejeo breve y la pelea terminó. La araña levantó a la babosa con cuatro patas y se alejó apresuradamente usando las otras cuatro, no tan rápida ni tan elegante como de costumbre, pero parloteando de una manera que, juro, sonaba orgullosa.

Así que cazaban babosas, y además les gustaba hacerlo. Eficientes también. Era una novedad para mí, y valía la pena saberlo. Muy pocos animales podían hacer eso. Tal vez algún compuesto químico las protegía, o quizá tenían una piel extraordinariamente resistente. Sería muy útil contar con otro animal comedor de babosas. Especialmente si resultaban no ser más aterradoras que los pájaros azules. Pero ¿Tiffany lo creería?

Roland seguía observando las aves. Bien. La araña en lucha con la babosa podría haberlo asustado, y su madre quería que le tuviera miedo al bosque. Yo no. Otra diferencia entre ella y yo. A ella le gustaban las cosas seguras, y a mí me gustaban las cosas vivas.

Cada noche soñaba con el bosque y cada día despertaba ansioso por ir allí. No todos eran así, claro. A algunos les gustaba fabricar cosas con las manos o hacer crecer los cultivos. Estaban satisfechos, y quién podía culparlos. Pero el bosque... uno está allí, pero no lo crea ni puede convencerlo de nada. Ni siquiera es un “eso”. Es un “tú”. Quiero decir, el bosque está vivo y hace cosas, reacciona, observa, incluso ataca. Está lleno de trucos y de belleza.

Esperaba haberle mostrado algo de eso a Roland. Pero ya empezaba a inquietarse en mis brazos.

—¿Hora de volver a casa?

—Está bien, papá.

Había algo en su voz que me inquietaba, e intenté descubrir qué era mientras tomaba el sendero que salía del bosque. Parecía infeliz. ¿Conmigo? ¿Con el bosque? ¿Estaba aburrido? O peor aún, ¿asustado?

Menos mal que no le había señalado las arañas. Quién sabe qué cosas le habría contado Tiffany.

Seguimos hablando mientras salíamos. Preguntaba “¿Qué es eso?” y “¿Qué es eso?” sobre árboles y ululatos de lagartos, pero más como un juego que por curiosidad. Un par de veces noté que miraba hacia un lado mientras preguntaba por algo del otro. Los niños pequeños tenían poca capacidad de atención. Probablemente ya habíamos estado allí demasiado tiempo.

Lo bajé cuando llegamos a los campos, y señaló un árbol de lentejas cuyas hojas púrpuras contrastaban con los campos reverdeciendo a su alrededor.

—Mamá dice que hay que plantarlos muy separados para que, si uno tiene escorpiones, no contagie a todos los árboles —dijo.

Yo ya lo sabía, pero no quería desilusionarlo.

—¿Por eso están tan separados? Hay uno aquí, otro allá y otro mucho más lejos.

—Y hay que podarlos. Todas las primaveras.

—Con mucho cuidado, apuesto.

—Con muchísimo cuidado. Y no puedes plantar vides de nieve demasiado juntas. Se pelean.

—¿Así?

Levanté los puños.

—No. Con las raíces y... solo con las raíces. Es muy difícil mantener un huerto.

Esas eran exactamente las palabras de Tiffany, incluso con la misma entonación. Claro, ella pasaba más tiempo con el niño, así que tenía más influencia, y tal vez él crecería para cuidar huertos o cultivos en lugar de cazar en el bosque. Perfectamente aceptable.

La ciudad se elevaba al otro lado de los campos, rodeada por una muralla de ladrillo. Doscientas personas. Después de cuatro generaciones, por fin teníamos suficiente comida, incluso excedentes. Habíamos domesticado varias plantas y animales, y seguíamos aprendiendo sobre otros. Cada año descubríamos nuevas sorpresas sobre el planeta. Y se necesitaban todo tipo de oficios. Tal vez Roland se convertiría en carpintero, médico o cocinero. Todos trabajos perfectamente respetables.

—¿Sabes? —dijo—. Nosotros no nos escondemos. Me pregunto qué pensarán los animales. Nos ven y no nos importa. —Sonaba como un adulto pequeño. Me pregunté a quién imitaba ahora—. Pensarán que no les tenemos miedo. Si nosotros no les tenemos miedo, ¿ellos deberían tenernos miedo?

—Esa es una buena pregunta.

—Esa es una buena pregunta —repitió.

Bueno, tal vez lo había ayudado a comprender que el mundo podía ser más grande que uno mismo, y que eso estaba bien. Incluso si no entendías todo lo que había en él.

—Tenemos que cuidar nuestros árboles —dijo Roland, sonando otra vez como él mismo—. Si son realmente felices, tal vez puedan bailar. —Levantó la vista—. ¿Los árboles son felices en el bosque?

—Creo que sí. Ahí es donde viven. ¿Te gustó el bosque?

Pasó un largo momento pensando.

—Sí. Vi muchas cosas.

Alzó la vista con una sonrisa astuta.

—Papá, tú no las viste. Había arañas por todas partes, y nos estaban observando.

Sue Burke es autora y traductora. Su novela Semiosis fue nominada al Premio Arthur C. Clarke, al Premio John W. Campbell Memorial y al Premio Locus a la Mejor Primera Novela. Sus secuelas son Interference y Usurpation. También ha escrito las novelas Immunity Index y Dual Memory, relatos cortos, poesía, artículos periodísticos y ensayos, y ganó el Premio Alicia Gordon 2016 a la Excelencia en la Traducción otorgado por la Asociación Estadounidense de Traductores. Nació en Milwaukee, vivió en Texas y España, y actualmente reside en Chicago. Para más información, visite https://sueburke.site/

 

FALLA

Voicu Dașcău

 

Era considerado un genio de la geología y un experto en catástrofes naturales. En su infancia y adolescencia había leído con avidez todo lo que existía sobre las ciencias de la Tierra, y luego se graduó con summa cum laude en la facultad más prestigiosa de su especialidad y defendió una tesis doctoral sumamente apreciada en el ámbito del pasado (muy) remoto de los organismos vivos del planeta.

Había comenzado su carrera con el estudio de la paleobiología, pero la fascinación por aquellos “estratos de historia” que había descubierto lo llevó a abrazar la ciencia de las transformaciones experimentadas por el planeta a lo largo de los eones, un mundo que había “logrado”, de manera milagrosa, encontrar la zona del sistema solar propicia para la vida. La forma de aparición de la Tierra y, en particular, el hecho de que se produjera a esa distancia del Sol era un misterio inexplicable, y los mitos añadían aún más confusión al cúmulo de hipótesis, cada una más fantasiosa que la anterior.

Tras su tesis doctoral, publicó libros y artículos especializados de gran éxito, y dictó conferencias y cursos en todos los continentes.

La sucesión de los acontecimientos lo había cautivado. Al principio, todo parecía encajar con la versión investigada y conocida desde hacía siglos. Pero, con el tiempo, empezó a darse cuenta de que algo no cuadraba.

Lo primero que lo impactó fue el intervalo de tiempo constante entre dos grandes eventos geológicos. Aunque sonaba increíble, tras examinar todos los hechos y pruebas, extrajo la única conclusión racional: casi en el mismo número de años, con diferencias de apenas unas décimas de porcentaje, la Tierra parecía “atraer” meteoritos y asteroides, engrosando su corteza después de cada impacto de ese tipo. ¿Acaso el planeta quería protegerse de algo? Pero eso implicaba una acción consciente. Apartó rápidamente de su mente ese pensamiento fantasioso. Sin embargo, no podía negar otro aspecto: pese a toda la evolución tecnológica, los humanos no habían podido perforar más allá de cierta profundidad, sin importar el método empleado, encontrando, sin excepción, una capa que les impedía avanzar de cualquier forma. Nadie había podido encontrar una explicación plausible.

El otro detalle lo hizo estremecerse. Las extinciones masivas de especies animales y vegetales eran bien conocidas. Pero a nadie parecía llamarle la atención algo más que evidente: los seres habían desaparecido casi POR COMPLETO. Y no se refería a su número, sino al hecho de que el volumen de fósiles encontrados era más que insignificante en comparación con los ejemplares que habían vivido en las distintas etapas del desarrollo del planeta. Daban la impresión de haberse evaporado. Las consultas con paleontólogos y arqueólogos de renombre confirmaron la Teoría; nadie se había planteado esas preguntas hasta entonces.

 

Con el tiempo, llegó a resultados cada vez más cercanos a lo fantástico, pero respaldados por pruebas claras y sólidas. El más asombroso era que la deriva de los continentes, con la “fragmentación” de Pangea, había conducido al aumento del tamaño del planeta; el Pacífico era, de forma absolutamente increíble, tan grande como en los comienzos de la existencia de la Tierra. Todo esto ocurría a expensas del Atlántico, con su gigantesca falla que se extendía desde Groenlandia hasta los límites de la Antártida. Toda la expansión de la superficie se debía a ella; la actividad sísmica y volcánica a miles de metros de profundidad era –no cabía duda– la clave del gran misterio.

Una idea que había germinado en su mente lo mantenía despierto días y noches enteras. Antes de colapsar física y mentalmente por el agotamiento, encontró una respuesta nada tranquilizadora: toda esa “inquietud” seguía un patrón; el aumento del grosor de la corteza terrestre y la desaparición sin rastro de innumerables especies iban acompañados, con una precisión absolutamente impresionante, de la “agitación” de la falla y el crecimiento de la superficie del Atlántico, con la separación cada vez mayor de Eurasia y África respecto a las dos Américas.

El terremoto de la semana siguiente, que su modelo había predicho con una diferencia de apenas unas horas, fue la última pieza del rompecabezas.

 

Había trabajado toda la noche en la nueva supercomputadora, a partir de una leve sospecha. Partió de una hipótesis asombrosa y, en apariencia, inverosímil.

Todos los cálculos, repetidos una y otra vez, conducían al mismo desenlace teórico: en los próximos diez años, la falla atlántica provocaría el evento que pondría fin a la Tierra tal como la conocían.

Decidió guardarlo todo para sí. Había reflexionado largamente y había intentado evaluar todos los escenarios posibles, pero la conclusión era la misma: ningún ser vivo escaparía, sin importar las medidas adoptadas, y la sociedad, la civilización y la especie humana se derrumbarían en el caos y la anarquía al conocerse la noticia, mucho antes de que ocurriera el evento apocalíptico. Decidió por su cuenta que era mejor que nadie supiera nada, y luego borró cuidadosamente cualquier evidencia de sus evaluaciones.

 

Dos años más tarde se sintieron de pronto las primeras vibraciones. Pero al principio solo fue una falsa alarma. Sin embargo, no se le escaparon los detalles: la frecuencia y la intensidad de los terremotos aumentaban, con resultados acumulativos catastróficos. ¿Era o no el fin?

La respuesta llegó tres meses después. Los sismógrafos se habían “vuelto locos”. El nivel de los océanos y los mares descendió bruscamente; el agua desaparecía por completo a través de las inmensas grietas de la corteza que habían surgido de la nada. La vegetación y la fauna disminuían a ojos vista, sin ninguna explicación lógica. Parecía que, literalmente, “la tierra se los tragaba”, hecho confirmado en poco tiempo por múltiples observaciones independientes de su desplome en esas mismas grietas.

Los terremotos y las erupciones volcánicas, extendidos rápidamente a escala planetaria, no dejaban lugar a dudas: el evento final estaba en pleno desarrollo. La falla atlántica había comenzado a abrirse a lo largo de toda su extensión. La Tierra se estaba partiendo, en el sentido más literal de la palabra.

Cualquier estructura natural o artificial existente dejó de existir. Fragmentos del planeta eran lanzados al espacio, convirtiéndose en los nuevos satélites de lo que alguna vez había sido la Tierra.

Mientras la especie humana vivía sus últimos instantes, la colosal criatura que había eclosionado iniciaba su vuelo de regreso a casa.

Voicu Dașcău nació en Arad, Rumania, ciudad en la que reside. Es médico de atención primaria especializado en obstetricia y ginecología en Arad. Su obra literaria hasta la fecha incluye tres ediciones de Mitul Răpirii sau al lui Obstetrykalion din Sarkynos, en los que transforma la obstetricia —el embarazo y el parto— en una mitología original.

 

EL LADRÓN

Niranjan Ghate

 

La reunión estaba en curso. Todos tenían un aspecto preocupado. Yo, más que nadie. Era natural, ya que mi aparente fracaso en las tareas que me habían sido asignadas era el principal motivo de la reunión. El presidente, los vicepresidentes, el personal directivo, todos habían expresado su opinión. Aunque no me habían reprendido con palabras ni miradas, la tensión subyacente era palpable. De hecho, habían elogiado mis esfuerzos hasta el momento. Se habían desentendido de la responsabilidad. Atrapar a un ladrón era, en cualquier caso, responsabilidad del jefe de seguridad, habían dicho. Se le había dado plena libertad para manejar la situación.

Verán, la Corporación Bharat Robotics está llevando a cabo un gran proyecto secreto. Y al mismo tiempo hay una epidemia de robos. Bueno, no son grandes, sino pequeños, pero tratan asuntos delicados. Hemos nombrado a un oficial del ejército retirado muy condecorado, que en nuestra opinión es bastante competente para manejar el asunto. Tenemos plena fe en él, pero también necesitamos algunos resultados. No aceptamos su renuncia. Queremos que demuestre la confianza depositada en él.

Hablé. Les conté mis esfuerzos. Cada mínimo detalle de las precauciones que estaba tomando. Los guardias que había apostado. Los perros. El equipo electrónico instalado. Las noches que había caminado alrededor de la cerca perimetral, ¡y cómo había fallado! Fallé no en el sentido habitual de fallar, podía detectar pequeñas ranas y ratones, pero no al gran ladrón.

Sí, está bien, pero ¿dónde está el ladrón? No lo habían dicho en voz alta, pero se podía leer en sus rostros, y además en letras mayúsculas. No podía ofrecerles ninguna explicación. No había ninguna que pudiera dar. La reunión se levantó. Me pidieron que continuara como hasta ahora, que atrapara al ladrón, pero que me apresurara. Mire, señor Mayor, tenemos que responder ante el público, así que más le vale tener éxito. Todos me desearon suerte y luego se marcharon. Yo fui el último en salir de la sala de conferencias. El vicepresidente encargado de seguridad, mi protector dentro de la organización, mi padrino, me esperaba en el pasillo, nada inesperado. Me rodeó los hombros con el brazo y me dio unas palmadas. Humillado, no respondí. Humillado no por el gesto, sino por mi incapacidad de estar a la altura de la confianza que ese padrino mío había depositado en mí. Me hundí en mi miseria sin decir palabra. Ese estado miserable me acompañaba desde hacía una semana aproximadamente. Esto es todo, pensé: ahora me va a decir que es la última vez que me respalda. Pero no más. La próxima vez será: «Bien hecho, y gracias».

Caminamos por el ahora vacío pasillo hasta el ascensor. Pulsó el botón y me llevó a su despacho. Llamó a un asistente y pidió café.

—Tomas café.

Era una afirmación, no una pregunta ni una orden. Asentí. Esperamos a que llegara el café. Luego hablamos.

—Cuéntame desde el principio —dijo.

—¿Desde cuándo?

—Desde que notaste el hurto.

«Hurto» fue la palabra que utilizó, no «robo». No soy de discutir por el uso de las palabras, pero aun así noté el cambio de expresión. Robo es a gran escala y generalmente desde fuera; hurto es un delito menor, en su mayoría interno. Lo aclaró, aunque no hacía falta. Conozco la diferencia.

—Al principio pensamos que alguien estaba extraviando los microcomponentes.

—¿Eso fue... cuándo?

—No estoy seguro, pero alguien lo notó de alguna manera. Ya sabe, uno se acostumbra a que ciertas cosas estén en cierto lugar, y un día nota que no están allí. Entonces piensa que alguien las tomó. Esto sigue ocurriendo con otras cosas y uno empieza a preguntarse. Esto continúa durante un tiempo. Otros lo han notado. Se comenta y luego se informa a seguridad. Una vez que todos están alertas, muchas cosas parecen desaparecer. Comienza la investigación. Surgen sospechas. Resultan infundadas. Se investiga a las personas. Se refuerza la seguridad. No se obtiene nada de las investigaciones. El ambiente se vuelve tenso. Afecta al trabajo. Se instalan medidas electrónicas. No sirven de nada. Uno se inquieta y se queda acampando en las instalaciones. No se obtiene nada. Se recurre a la computadora. Se observa un patrón. Poco a poco alguien intenta robar un robot. El secreto más importante y mejor protegido de Bharat Robotics está siendo robado pieza por pieza. Decide acudir al presidente de la corporación, por supuesto a través de los canales adecuados. Un robot que no se puede distinguir sin que se lo indiquen. Un humanoide perfecto para ser presentado al público el próximo Día de la Independencia por su invitado. El mejor Primer Ministro que este país haya tenido. Hay pánico en el consejo de la empresa. Nadie culpa al jefe de seguridad. El caso queda aquí, señor.

Estábamos tomando la tercera taza de café.

—¿Amar está bien? —Amar era el robot prototipo, cuyo nombre significaba inmortal.

—Sí, señor.

—Vamos a hablar con él.

—Sí, señor.

Dejamos las tazas y comenzamos a caminar. Ninguno de los dos habló una sola palabra. Incluso en el ascensor que descendía guardábamos un silencio involuntario.

Salimos del edificio principal. El silencio se volvió opresivo.

Rechazamos el coche eléctrico y preferimos caminar.

Nos acercamos a la casa de Amar. Como tiene que vivir en la sociedad humana, se le ha pedido que viva como un ser humano. Lee mucho. Sobre nuestra cultura, nuestras costumbres sociales y sobre las interacciones humanas.

No se supone que deba cometer errores en compañía de humanos.

Nos acercamos a la casa de Amar. Se ven dos sombras en uno de los cristales de la ventana. Nos intriga. Muy pocas personas conocen la existencia de Amar. Muy pocas tienen permiso para visitarlo. Incluso quienes tienen permiso deben ir acompañados por mí. Una regla observada estrictamente. Aun así, no hablamos. Ya estamos muy cerca de la casa. Pulso el timbre. Oímos pasos. La puerta la abre el propio Amar. Nos desea muy buenas noches. Devolvemos el saludo.

—¿Cómo está, señor?

—Bien, gracias. ¿Y tú, Amar?

—Por cierto, Amar, ¿quién está contigo? —interrumpo las cortesías. Amar me mira. Repito la pregunta—. Sí, Amar, no te hagas el distraído, muchacho. Acabamos de ver dos sombras en tu ventana —dice el vicepresidente.

Si Amar hubiera sido programado para sonrojarse, sin duda lo habría hecho.

—Amarica —llama—. Conozca a Amarica, señor.

Es una mujer deslumbrante.

—Mi esposa, señor —continúa explicando.

Nos miramos el uno al otro, el vicepresidente y yo. Con la boca abierta.

Mil y una preguntas nos cruzan la mente. ¿Cómo pudo una mujer entrar en las instalaciones de Bharat Robotics sin que yo lo supiera? Eso es lo que he estado diciendo todo el tiempo.

—Señor, usted me pidió que fuera lo más humano posible. Me dio esos libros. Me dijo que esos libros contienen mucha información sobre la naturaleza humana y la sociedad. En todos esos libros, un hombre siempre está acompañado por una mujer o al final consigue una. Yo estoy solo. No hay nadie a quien pueda llamar mi mujer. Así que decidí construir mi propia mujer.

Volvemos a mirarnos.

—Cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad. —El vicepresidente ha citado a sir Arthur Conan Doyle.

Felicitamos a Amar y luego nos marchamos. Habíamos encontrado a nuestro ladrón.


Niranjan Ghate es un escritor maratí (de Maharashtra, India), que escribe principalmente relatos de ciencia ficción y artículos informativos sobre hechos científicos. Sus relatos y artículos de ciencia ficción se han traducido a ocho idiomas indios. Ha escrito más de doscientos libros, diez de ellos en coautoría. Algunos de sus relatos se han incluido en más de veinte antologías. Sus libros incluyen diez novelas de ciencia ficción, veinticinco colecciones de relatos cortos de ciencia ficción y unas noventa colecciones de artículos científicos. También ha escrito sobre historia de la guerra y relatos bélicos, principalmente teatro oriental, novelas humorísticas y colecciones de relatos cortos. Empezó a escribir en la universidad, en 1965, y siguió escribiendo hasta 2023, cuando sufrió un accidente.

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