lunes, 31 de agosto de 2026

EL CUERPO

Claudia Isabel Lonfat

 

¿Te acordás, Gachi, cuando la Polaca nos decía que el pecado se notaba en el cuerpo, que todo cambia, que se desarrollan las tetas y el vello púbico crece como una maraña a la que llamó “alambres retorcidos”? Mientras recitaba sus sentencias morales, le mirabas los labios finos que se adelgazaban más con el gesto, hasta parecer ranuras que escupían cosas. La imitabas, estirando la boca y escondiendo los labios. Nos reíamos como locas. También nos compadecíamos de su hija que se sonrojaba con los comentarios de su madre y agachaba la cabeza hasta quedar jorobada. Tu risa inundaba todo mi espacio, contagiándome, inyectándome vida. Solo así podía salir de mi cono de sombra, donde se aislaba la niña de doce años para escribir poemas sobre pequeños muertos y cuervos. Hacías mi mundo libre y hermoso, hasta que llegaba Lena, tu vieja, como la llamabas a escondidas para no recibir una cachetada o pellizco. Lena para mí era la mujer roja, porque su nariz y mejillas estaban coloradas de furia. Limpiaba casas todo el día, y fregaba a mano ropa ajena, hasta dejarla inmaculada. Apenas veíamos que metía su mano gastada entre las tiras de plástico de la cortina multicolor, asomándose con el entrecejo fruncido y su mejor cara de diabla, el silencio era instantáneo; el canario dejaba de cantar, y los gatos huían a la casa del vecino. Inspeccionaba toda la casa en busca de alguna pelusa, alfombra fuera de lugar, migas de pan o cualquier mínimo descuido, como una sábana arrugada o mal tendida. Después abría la heladera y revolvía el plato de los fiambres. Se demoraba un largo rato durante la inspección y volvía furiosa, con pasos vacilantes y oliendo a alcohol. Me implorabas con la mirada. Yo sabía que me tenía que ir, que nos habíamos comido dos fetas de fiambre y te esperaban gritos y quizás alguna paliza. Y cuando ocurría esto último, no hacía falta contarlo. El cuerpo lo dice todo, Gachi. El tuyo era como la primavera, colorido, exuberante, prematuramente deseable. Dice que se posan ojos indebidos, y que las vecinas te odiaban porque sus hombres no podían evitar mirarte. Te culpaban por despertar el pecado en ellos, eso que no se podía decir. ¿Te acordás de Marquitos, el nene qué cuidabas para ganarte unos mangos, y el verano qué me pediste que te ayudara a cuidarlo? No querías quedarte sola porque estaba el padre; ese que nunca tuvo nombre, siempre fue “El papá de Marquitos”. Aquel día, cuando vio que tenías compañía, se fue enojado, y nosotras nos metimos rápido en el bañito de afuera, para revisar el rincón misterioso tapado con una lona y ladrillos. Aprovechamos que el nene dormía, para desentrañar el misterio. Había una pila de revistas. No eran ni de moda, ni de autos, ni fotonovelas. Eran revistas pornográficas. Las miramos. ¿Te conté Gachi que una vez vi un pito enorme, el de mi vecino, que salió desnudo al patio mientras yo jugaba con el perro en la terraza y que me escondí para que no se diera cuenta? Te reíste, pero no dijiste nada. Cada una de las revistas era la historia de un encuentro sexual, y como las fotonovelas, tenían principio y final. Las mirabas en silencio. Ese día que te vi desnuda fue revelador. Te estabas bañando, y enjabonada abriste la puerta para pedirme otra toalla porque se te había mojado. Fue cuando me di cuenta. No porque no te haya visto antes desnuda, de hecho muchas veces nos bañábamos juntas, pero por primera vez entendía las diferencias del cuerpo, el tamaño de tu vulva tan distinta a la mía. Y te pregunté con inocencia: ¿por qué tu chocha es grande y arrugada? Y vos te pusiste mal, nunca antes te había visto así. Te pedí que me contaras, pero no tenías voz, movías la boca, como un pez fuera del agua, y no salía ningún sonido. Me asusté, lloré, te abracé. Después recordé ese día que discutimos por una pavada, y te quedaste tildada en medio de una avenida. Te agarré de la mano, y me dijiste: “Sos lo único que tengo en la vida, si me dejás me mato”. Yo te abracé igual de fuerte que cuando tuve la revelación del cuerpo. El mundo siguió, la vida nos separó y no nos volvió a unir. Ni siquiera treinta años después al reencontramos en la fiesta de ex alumnos. Te hice recordar el día que nos conocimos en la plaza Alianza. Estabas en la calesita, yo me subí y charlamos mientras la hacíamos girar hasta marearnos. Y la sorpresa al encontrarte en tercer grado entre mis compañeros. Me dijiste: “No recuerdo nada Flaca, vos sos mi memoria”, y te volví a ver el mismo gesto de niña, cuando te mordías el labio inferior mostrando las paletas, frunciendo tu nariz respingada y pecosa. 


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

 

HISTORIAS DE PIEDRAS

Tōuya Tachihara

 

(Estas historias fueron publicadas anteriormente en Twitter y cada una de ellas fue escrita para no superar los 140 caracteres japoneses.)

 

En la Feria Literaria de Sapporo encontré un libro maravilloso. Cada ejemplar contenía una piedra diferente y el comprador podía elegir la suya. Yo me enamoré a primera vista de una piedra que parecía un hueso.

Seguramente cada persona que compre este libro tendrá un sueño distinto. Como la edición está limitada a cincuenta ejemplares, me he tomado la libertad de escribir cincuenta historias.

1

Me dijeron que la habían recogido en un río de Otaru y me la llevé a casa. En otros tiempos solía ir allí con el hombre al que amaba. Qué recuerdos. La piedra era blanca y parecía un hueso. Me la introduje con delicadeza en la boca y reconocí sin lugar a duda su sabor.

Por fin has vuelto conmigo. Tienes el mismo sabor de entonces, a sangre y carne. Bienvenido a casa, amor mío. Bienvenido, después de que te arrojé al río.

2

Me regalaron una piedra roja y reseca. Antes de acostarme llené un vaso con agua y la sumergí.

A la mañana siguiente, la televisión e Internet no hablaban de otra cosa: inexplicablemente, Marte había quedado inundado durante la noche.

3

Me dijeron que la piedra había sido recogida en Sajalín y la llevé sin darle demasiada importancia a la casa de mis padres. Cuando se la mostré a mi abuela, postrada desde hacía años, su rostro se iluminó de pronto con una sonrisa y lanzó un pequeño grito:

—¡Papá!

Yo nunca lo había sabido, pero al parecer su padre había sido internado en aquellas tierras y jamás regresó. Desde entonces, mi abuela duerme todas las noches abrazada a la piedra como si fuera su mayor tesoro.

4

Mientras caminaba por una calle en la que el sol reverberaba con ferocidad, vi a una niña agachada bajo la sombra de un árbol.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.

—¡Hay muchas! —respondió.

Ante ella había varias decenas de piedras. Cuando las tomé, descubrí que todas estaban frías. Sapporo es una ciudad poco húmeda y los lugares a la sombra pueden resultar sorprendentemente frescos.

Supongo que las piedras también querían protegerse del calor.

5

Tenía tanta hambre que no podía soportarlo y me comí una piedra. Para mi sorpresa, estaba deliciosa. Por desgracia, se me quedó atascada en la garganta. Qué pena. Ahora ya no puedo decir nada de lo que deseo decir. Tampoco las cosas que debería decir: todas han quedado enterradas en mi vientre.

—Tal como está el mundo, lo mejor es que no digas nada —comentó mi esposa, entrecerrando los ojos con satisfacción.

6

La enorme roca, venerada durante siglos como una divinidad, fue dinamitada durante las obras de ampliación y voló en mil pedazos. En su lugar construyeron una magnífica carretera.

Cierto día se produjo un alud de barro. La roca que siempre lo había contenido ya no estaba allí y, sin embargo, nadie murió: momentos antes del desastre, una tormenta de pequeñas piedras cayó sobre la carretera y obligó a interrumpir el tránsito.

La piedra continúa protegiéndolos.

7

Como tenía problemas en un ojo, fui al médico y me lo reemplazó de inmediato por uno nuevo. Cuando regresé a casa y me miré en el espejo, descubrí que llevaba engarzada una espléndida amatista.

«¿Acaso entré por error en una joyería?», pensé, y me eché a reír a carcajadas ante aquel desenlace digno de un rakugo.

8

—¡Me mataron después de maltratarme injustamente, cuando yo solo había querido comer! ¡Hasta me llenaron el vientre de piedras! —protestó el lobo ante el rey Enma en el otro mundo, relatándole su muerte miserable.

—He leído tu demanda —respondió Enma con gravedad—. En tu próxima vida seguirás siendo un lobo, pero los siete cabritillos reencarnarán como los tres cerditos.

9

Tenía algo pesado alojado en el pecho y hasta respirar me resultaba doloroso. Vivir era un tormento, de modo que vagué en busca de un lugar donde morir. Al inclinarme sobre las aguas de un lago tranquilo, una piedra enorme salió rodando de mi boca.

De pronto, libre de aquel peso, sentí que el corazón se me aligeraba. Ya me marchaba lleno de alegría cuando una mujer me llamó desde atrás:

—¿Cuál de estas piedras es la que has perdido?

10

—Existe una piedra mágica capaz de conceder un solo deseo —me dijo mamá mientras me mostraba su tesoro—. Me la regaló tu abuela.

Ahora soy yo quien le enseña la piedra a mi hija.

—Me la dio la mamá de mi mamá. Es una piedra maravillosa que nadie ha utilizado todavía. Estoy segura de que algún día también te la regalaré.

11

Acusaron a mi hermana de adulterio y la gente comenzó a apedrearla. No dejaron de arrojar piedras hasta que su cuerpo quedó destrozado y murió. Solo cuando las piedras formaron una pequeña montaña volvió a reinar el silencio.

Recogí una de ellas y la apreté con fuerza.

Mi hermana no había cometido adulterio. Un hombre le había preguntado cómo llegar a cierto lugar y ella se había limitado a indicarle el camino.

Aquel mismo día abandoné mi casa, mi aldea y mi país.

12

Mi padre me compró una piedra lunar en la tienda de recuerdos de un museo. Yo la enterré en el jardín.

Poco después ocurrió algo extraordinario: la Luna comenzó a aproximarse con rapidez a la Tierra y los científicos anunciaron que podía llegar a chocar con ella.

Corrí al jardín, desenterré la piedra y la arrojé hacia el cielo con todas mis fuerzas. La Luna regresó a su lugar.

13

En nuestra familia había una roca de jardín que habíamos cuidado durante generaciones. Al cumplir quince años, mi hijo decidió pulirla. En su interior había agua y un pez nadaba en ella.

Mi esposa, horrorizada, ordenó que rompieran la piedra. El pez se convirtió en dragón y ascendió al cielo. Nuestra familia cayó de inmediato en la pobreza.

Pero mi hijo sonrió.

—Así está bien. Nadie debe conservar durante demasiado tiempo un poder que excede el conocimiento humano.

14

Un hombre que sostenía una piedra mientras insultaba a otra persona dijo:

—Cuando arrojo una piedra, yo también siento dolor.

Alguien que observaba la escena le preguntó:

—Si nadie te ha golpeado, ¿por qué habría de dolerte?

—No he dicho que me duela la mano. Cuando lastimo a alguien, me duele el corazón.

Otro hombre, al oírlo, le dio un puñetazo.

—Pues a mí ahora me duelen la mano y el corazón.

15

Repudiada por poseer un corazón frío como la piedra, la princesa se recluyó a solas en una torre elevada. Los pájaros se convirtieron en sus amigos y acudían a cantar para ella todos los días.

Una bruja le había robado la sonrisa. Solo las criaturas que no eran humanas pudieron comprender su verdadera bondad y su nobleza.

Cuando por fin se quedó sola, la princesa encontró la paz.

16

En cierta aldea había una hermosa estatua de piedra que representaba a una doncella. Un viajero se enamoró de ella a primera vista, aunque sabía que su amor era imposible.

Un anciano le contó la leyenda: cuando el Sol y la Luna aparecieran juntos, la doncella recibiría un cuerpo de carne y hueso. El viajero esperó. Esperó hasta envejecer y morir.

Tiempo después, el Sol y la Luna aparecieron juntos.

La doncella derramó una única lágrima.

17

Encontré una piedra azul en mi bolsillo. No recordaba cuándo la había recogido. Al sostenerla contra el sol, apareció en su interior un dibujo maravilloso. Entorné los ojos para observarlo mejor y, en un instante, fui absorbido por la piedra.

Mientras intentaba decidir qué hacer, desconcertado, introduje una mano en el bolsillo. Por alguna razón, allí había una piedra blanca…

18

—¡Voy a desenterrar una piedra increíble!

Mi hermano, fanático de las piedras, partió hacia otro país y desapareció. ¡Perderse por culpa de unas simples piedras! Todos los días lloraba mientras contemplaba las que guardaba en su habitación.

Hasta que una tarde oí su voz. Observé una de las piedras con atención y descubrí en su interior un mundo diminuto. Allí estaba mi hermano, viviendo feliz.

Supongo que realmente lo es.

19

En Occidente existe una historia sobre un hombre que coloca por accidente el anillo de compromiso en el dedo de una doncella de piedra y luego es perseguido por ella. En Japón, en cambio, tenemos un cuento en el que alguien cubre con sombreros unas estatuas de piedra de Jizō y recibe una generosa recompensa.

¿A qué se debe semejante diferencia?

Me lo pregunto mientras observo a la muchacha que sonríe frente a mí. Ahora que lo pienso, creo que una vez le puse una bufanda a la estatua de una joven.

20

Había un escultor extraordinario. Al contemplar una piedra sabía qué figura debía liberar de ella y la tallaba. A veces surgía un anciano; otras, un ave o una bestia.

Cierto día esculpió un dinosaurio tan perfecto que parecía vivo. Un científico acudió a verlo y, maravillado, le preguntó cómo lo había conseguido.

—Me limito a leer los recuerdos encerrados en la piedra —respondió el maestro.

21

Una joven murió consumida por un amor no correspondido. Desde entonces, cada noche visitaba al hombre amado acompañada por su criada. Cuando el hombre descubrió que se trataba de un fantasma, se encerró en su casa y se negó a recibirla.

—¡Qué humillación! —gritó ella.

Enfurecida, arrojó algo contra la puerta. Esta se hizo pedazos sin ofrecer resistencia y, al otro lado, apareció el hombre temblando de miedo.

A la mañana siguiente, en aquel lugar solo encontraron un viejo farol de piedra.

22

Había un puente que se derrumbaba con cada inundación. Prometieron una gran recompensa a un hábil carpintero llegado desde muy lejos y le encargaron la construcción de un puente de piedra.

El día en que terminó la obra, enterraron vivo al carpintero para convertirlo en sacrificio humano. Por supuesto, tampoco le pagaron.

Al final, el puente resultó resistente y útil, y nunca cayó sobre él maldición alguna.

Así funciona el mundo.

23

Mi padre vivió la guerra durante su infancia y jamás olvidó el terror de los bombardeos. Un niño de familia adinerada alardeaba siempre de que habían construido bajo su casa un refugio antiaéreo de piedra.

—¡Allí estaremos seguros! —repetía.

Un día, una bomba cayó sobre la casa. Cuando mi padre fue a verla a la mañana siguiente, descubrió que toda la familia había muerto cocida dentro del refugio del que tanto se enorgullecían.

24

No puedes imaginarlo. Hace mucho tiempo —incluso durante la generación de tus padres— las piedras fueron armas importantes. Todavía hoy pueden causar accidentes terribles.

A propósito, esa piedra incrustada en tu cabeza, ¿cuánto dolor te produjo?

Ah, ya no puedes saberlo. Qué lástima. Tendré que preguntárselo a otra persona.

25

Había un hombre obsesionado con el sonido de dos piedras al chocar. Si producían una nota aguda y cristalina, eran excelentes. Pero nunca encontraba el sonido ideal.

Todos los días recogía piedras, las golpeaba entre sí y escuchaba. Como broma, alguien le entregó una pieza de cerámica idéntica a una piedra.

—¡Este es el sonido! —gritó, enloquecido de alegría.

Pero la cerámica se hizo añicos en ese mismo instante.

26

Cuando me avisaron que mi padre, famoso por ser un cabeza dura, había muerto, regresé de inmediato a mi pueblo natal. Era un hombre de una obstinación inquebrantable: cuando tomaba una decisión, nada conseguía hacerlo cambiar de parecer.

Terminada la cremación, nos dispusimos a recoger sus huesos y no pude evitar echarme a reír. Como había padecido tantas enfermedades, estaban frágiles y casi no quedaba ninguno.

Pero el cráneo se conservaba intacto.

27

En Taiwán se practica la adivinación arrojando dos piedras con forma de medialuna. Mi suegra las llamaba poe. Supongo que el método de interpretar las combinaciones de sus caras procede del I Ching.

Las probabilidades de que el cometa choque contra la Tierra son del cincuenta por ciento. Contemplo la media luna en el cielo nocturno y la sombra que proyecta sobre la tierra, y realizo mi propia adivinación.

Luna, ¿tiene alguna posibilidad de sobrevivir el niño que llevo en mi vientre?

28

Todos los miembros de la familia se reunieron alrededor de la mesa. Era una asamblea importante: decidirían mi futuro. Sirvieron la comida.

Mi tío golpeó ligeramente con un dedo la enorme mesa de piedra y bromeó:

—Parecemos los caballeros de la Mesa Redonda.

En realidad, se trataba de la Última Cena.

Todos, excepto yo, ya habían brindado con el vino envenenado con arsénico.

29

Mi abuelo me enseñó un juego que se practicaba con piedras blancas y negras. Me apasionó desde pequeño y continué jugándolo incluso después de hacerme cargo del trabajo de mi abuelo y de mi padre.

Por fin he alcanzado una posición en la que nadie puede darme órdenes. Juguemos a mi antojo. Venus será blanco; Marte, negro. Sí, también convertiré la Tierra en una piedra negra.

El universo es un gigantesco tablero de go. Ser dios no está nada mal.

30

Un torrente devoró la tierra. Casi todos los seres vivos fueron arrastrados por las aguas mientras imploraban la ayuda de Dios. Compadecido, Dios depositó una piedra verde bajo el agua. Gracias a ella se salvaron las criaturas que habitan hoy el mundo.

Hijos míos, compadézcanse de ellas. Nosotros no tenemos nada que temer, por grandes que sean las olas.

¡Larga vida a los peces!

31

—Solo quien esté libre de culpa puede arrojar una piedra —declaró el rey.

Todos los habitantes del reino apedrearon al condenado.

Al día siguiente, el rey proclamó:

—Solo quien se reconozca culpable puede arrojar una piedra.

Nadie lo hizo.

32

En cierto planeta descubrieron unas ruinas. En ellas había una plataforma gigantesca de piedra. ¿Se trataba de un recinto religioso, de un espacio político o de ambas cosas?

Los investigadores debatieron en el lugar, pero no consiguieron llegar a ninguna conclusión.

Poco después descubrieron la respuesta. Un alienígena gigantesco salió de su escondite, inmovilizó a los científicos y comenzó a cocinarlos sobre aquella enorme tabla de cortar.

33

La leyenda afirmaba que quien extrajera la espada clavada en la roca se convertiría en rey. Todos los que lo intentaron fracasaron.

Hasta que un hombre rompió la roca y se apoderó de la espada. Como, para ser exactos, no la había «extraído», comenzó una encarnizada discusión sobre si debía ser reconocido como rey.

Aprovechando la disputa, un país enemigo invadió el reino. El hombre de la espada lo expulsó gracias a su astucia.

Y se convirtió en rey.

34

Entre unas ruinas antiguas se alzaba un misterioso conjunto de megalitos. Nadie había conseguido descifrar sus inscripciones. Eran consideradas el mayor enigma del mundo y se rumoreaba que quien las interpretara descubriría el secreto de la creación.

Un niño contempló los dibujos y se echó a reír.

—Nosotros también hacemos cosas así —le explicó a su padre—. Son garabatos.

¿Cuál será la verdad?

35

Un demonio furioso maldijo a un hombre: todo cuanto tocara se convertiría en piedra. Los alimentos y las bebidas se petrificaban apenas entraban en contacto con sus manos. El hombre padecía hambre, pero la propia maldición le impedía morir. Hasta el viento se transformaba frente a él en pequeñas piedras que caían dispersas.

Vagó durante años, atormentado por la soledad.

Al final, se abrazó a sí mismo.

36

Había un joven cuyo aspecto era tan extraño que no podía salir de casa. Solo se relacionaba con los demás a través de Internet. En un chat conoció a dos hermanas tímidas. Mensaje tras mensaje, su afecto fue creciendo, aunque ninguno reunía el valor necesario para encontrarse en persona.

Hasta que las hermanas confesaron:

—En realidad, ¡somos gorgonas!

El joven sintió un enorme alivio.

Él era una gárgola.

37

Había un hombre capaz de pulverizar rocas con el pensamiento. La gente se burlaba de él y afirmaba que semejante poder no servía para nada.

Un día llovió con tanta intensidad que la montaña se derrumbó, pero la aldea se salvó: el hombre destruyó todas las rocas y piedras que caían sobre ella. Solo entonces reconocieron por primera vez su valor.

Como se había convertido en un bien de la comunidad, lo encerraron en un rincón de la aldea.

38

Deseosos de que sus extraordinarios logros fueran recordados eternamente, los habitantes de una civilización grabaron sus palabras en tablillas de piedra.

Tal como esperaban, las tablillas sobrevivieron a su desaparición. Otros pueblos las heredaron y sus estudiosos consiguieron descifrarlas e investigarlas. Cuando también aquella civilización se extinguió y todo ser vivo dejó de existir, las tablillas continuaron dormitando detrás de las puertas oxidadas de un museo.

Esperaban el surgimiento de una nueva civilización.

39

Una anciana pareja muy devota entregó sus capas de paja y sus sombreros a dos estatuas de Jizō. Después regresaron a casa por el camino nevado, temblando de frío.

Aquella noche oyeron un ruido en la entrada. Al abrir la puerta, encontraron allí a las dos estatuas que habían visto durante el día.

—Hemos venido a devolverles el favor y darles calor.

Los Jizō se aferraron a los ancianos con sus cuerpos de piedra helada.

A la mañana siguiente encontraron los dos cadáveres congelados…

40

Era un planeta donde solo existían arena y piedras. No encontraron bacterias y lo declararon carente de vida.

Los técnicos enviados para preparar su colonización murieron en pocos días. Las piedras se introdujeron por cada orificio de sus cuerpos y los destruyeron desde dentro.

Sí, las piedras eran las armas con las que los habitantes se defendían de los invasores.

Los granos de arena eran los habitantes.

41

Hojas de tiempos remotos, insectos, agua… El ámbar ha albergado toda clase de cosas y los seres humanos siempre lo han amado por su misterioso encanto.

Un niño encontró una pieza extraña. Era tan grande como su puño y contenía en su interior una multitud de engranajes. Después descubrió una tras otra nuevas piezas de ámbar que encerraban toda clase de objetos.

Entonces comprendió que él también se encontraba dentro del ámbar.

42

La persona que lleva un gran cristal engarzado en el dedo solo se preocupa por su resplandor y no presta atención a nada más. Hasta conversar conmigo parece resultarle difícil.

Al cabo de un rato comenzó una discusión, pero de pronto todo quedó en silencio. Me asomé y vi que el anillo que tanto apreciaba se había partido en dos.

Es verdad que llevar el cerebro como accesorio resulta muy práctico, pero tiene sus inconvenientes.

43

El viento pasa, la lluvia fluye y la nieve se derrite. Los seres vivos crecen y envejecen, y ceden el mundo a las generaciones siguientes.

Solo las piedras permanecen detenidas en el instante y existen, momento tras momento, dentro de la eternidad.

44

El gólem era una criatura de barro. Poseía voluntad propia, pero no sabía cómo expresarla. Imitando a los humanos, se llenó la cabeza de pequeñas piedras. De inmediato se volvió más inteligente que ellos y la sociedad, aterrorizada, comenzó a perseguirlo.

—Las piedras valen mucho más que los sesos —lo consoló Sun Wukong, el Rey Mono nacido de una roca.

45

Cuando esa persona cuenta una historia de fantasmas, siempre deja una piedra antes de marcharse. Después de narrar algo que realmente le sucedió, abandona una piedra que vibra en consonancia con la historia…

Para quien la recibe es insoportable: padece pesadillas y fenómenos sobrenaturales.

¿Quieres saber cómo librarte de ella? Es muy sencillo. Debes arrojar la piedra y un puñado de sal gruesa a una corriente de agua limpia.

Es el método más eficaz.

46

Una mujer dotada de poderes espirituales afirmó que la habían maldecido. Para devolver la maldición, comenzó a comportarse de manera agresiva con las personas con las que ya no deseaba trabajar. Algunas se alejaron; otras la defendieron.

Las maldiciones son como espejos: reflejan nuestro verdadero rostro.

Con el tiempo, el cuerpo y el corazón de la mujer se endurecieron y quedaron rígidos como la piedra.

47

—Dentro de esta pequeña piedra cabe todo un universo —me confió ella—. Cada piedra contiene un cosmos, con sus mundos, sus civilizaciones y sus criaturas. ¿No te parece maravilloso?

Sonriendo, hizo añicos la piedra.

—Basta con que exista una sola diosa: yo. Tengo en mis manos el poder de conceder la vida y la muerte.

Mientras reía, vi que un dedo gigantesco descendía sobre su cabeza.

48

Las estatuas de Ninomiya Kinjirō de todo Japón echaron a andar y comenzaron a sermonear a los jóvenes que no estudiaban. Hachikō, en Shibuya, castigó solemnemente a quienes maltrataban a los animales. Las lápidas se levantaron y golpearon a sus irrespetuosos descendientes.

Quienes apenas consiguieron escapar de Japón llegaron a Estados Unidos a tiempo para presenciar cómo la Estatua de la Libertad aplastaba la residencia presidencial.

49

Las piedras rosadas, fabricadas al solidificar recuerdos preciosos junto con el rocío de las flores, se vendían a precios exorbitantes a quienes habían olvidado los sueños y el amor.

Después de venderlas, no quedaba en el corazón de sus antiguos propietarios ningún recuerdo cálido. Por eso volvían a comprarlas pagando tres veces el precio obtenido.

Un instante dulce, congelado para siempre.

Sin comprender que era aquello mismo de lo que se habían desprendido.

50

Junto a mi almohada hay un libro maravilloso. En su última página contiene una piedra verdadera. La acaricio mientras me duermo y, en sueños, se van tejiendo historias sobre piedras.

—Solo serán cincuenta —me dijo la persona que me vendió el libro.

Pero ¿qué sucederá después?

Tengo sueño. Seguiré durmiendo hasta convertirme en piedra. Hasta que el mundo entero se convierta en piedra.

Tōuya Tachihara es escritora, traductora y profesora universitaria. Su obra de ficción abarca principalmente la ciencia ficción, la fantasía y el terror. También participa activamente en la traducción y difusión de la ciencia ficción en chino entre el público japonés. En reconocimiento a sus contribuciones en este campo, recibió el Premio Especial del Gran Premio de Ciencia Ficción de Japón.

 

 

MIS AÑOS POR LOS TUYOS

Boris Mišić

La niña estaba sentada con las piernas cruzadas dentro del círculo y canturreaba con los ojos cerrados. Poco a poco, el sonido se hizo más nítido; los hongos cobraron vida, comenzaron a titilar y a cambiar de color y de forma.

Oculto entre los árboles, Obrad se mordió el labio. Una mano descansaba sobre la empuñadura de la espada; con la otra palpaba un cuchillo corto y afilado. Calculó la distancia. El cuchillo sería más eficaz. Bastaba un buen lanzamiento para que el corazón de la niña guardiana se detuviera en el acto. Contempló con repugnancia el corro de las hadas: los hongos formaban un círculo perfecto alrededor de la niña, como si dejaran bien claro que allí solo había lugar para ella.

El hombre que acechaba entre los árboles era Obrad, conocido en otros tiempos como «el Cruel». Su espada y su ley habían sido respetadas desde el Danubio hasta el Adriático, desde Rudnik hasta Orjen. Ante el estruendo de los cascos de su poderoso corcel negro temblaban por igual los nobles y los otomanos. Pero aquellos días de gloria pertenecían a un pasado lejano.

Años antes, cuando las incursiones de las insolentes partidas otomanas se hacían cada vez más frecuentes, Obrad había llegado a la montaña Čarobnik persiguiendo a una de ellas. El lugar tenía mala fama, pero él solo creía en la espada y en la ley del más fuerte, del más hábil y del más valiente, no en supersticiones. Sus hombres abatieron a la mayoría de los invasores y Obrad salió en persecución del jefe, un turco alto y corpulento, de rostro pétreo. El fugitivo cabalgaba directamente hacia un extraño círculo de hongos, en medio del cual había una joven.

Obrad enmudeció. No era inmune a los encantos femeninos, pero hasta entonces ninguna mujer había conseguido someterlo ni apartarlo de una batalla. Aquella joven, sin embargo, era bellísima. Supo de inmediato que era turca por el cabello largo y negro como las alas de un cuervo, la nariz afilada y aguileña y el rostro moreno, azotado por el viento. Sus ojos, también negros, eran grandes y profundos como la noche. Su mirada desafiante no suplicaba: cortaba, rasgaba.

La sangre se le subió a la cabeza. Por mujeres así se desenvainan cuchillos, un hermano se alza contra otro, se reniega de la fe y de la cruz, se mata, se destruye y se incendia. En aquel momento, Obrad habría puesto el mundo entero a sus pies. Espoleó brutalmente al caballo, alcanzó al turco y de un solo sablazo le cortó la cabeza, que rodó pendiente abajo. La mujer lo miró con desafío, sin miedo, pero Obrad descubrió también otro sentimiento en sus ojos: admiración. Dejó de pensar. Lanzó el caballo dentro del círculo y, sin detenerse, agarró a la mujer y la acomodó detrás de él en la montura. Al sentir aquel cuerpo joven y firme apretado contra el suyo, perdió por completo la razón.

En algún lugar que ahora parecía muy lejano, creyó oír unas voces tenues, en el límite de lo audible. Apenas lograba asociarlas con los rostros de sus cortesanos. Le advertían del peligro, le rogaban, le imploraban. Como un río distante, de aquellas bocas invisibles fluían y murmuraban las historias sobre los horrores de la montaña Čarobnik: hombres y animales desaparecidos, jóvenes que habían dormido una noche dentro de un corro de hadas y despertado convertidos en ancianos. Las voces lo llamaban y lloraban; le recordaban a las omajas y otros espectros que atacaban de noche a los hombres en la montaña. Ni siquiera de día era un lugar seguro, decían.

Vio la montaña a través de aquellos ojos, los de generaciones de antepasados que desde tiempos inmemoriales habían vivido a la sombra de sus bosques oscuros, sus vastos páramos y sus cumbres rocosas. Grises y frías, las cumbres se alzaban hacia el cielo como dedos del diablo, como si quisieran atraparlo y devorarlo, tragarse la luz y el propio firmamento, extender las tinieblas sobre el mundo y devolverlo a su estado primigenio: a lo que había sido antes de que los seres humanos aparecieran bajo la bóveda celeste. A lo que había sido cuando lo recorrían criaturas diferentes, de ojos resplandecientes y cuerpos translúcidos en los que se reflejaban las estrellas, con voces en las que resonaban los universos. Mucho antes de que el hombre se irguiera y reinara la espada ensangrentada del imperio terrenal, condenando a las criaturas celestiales a la oscuridad y al olvido.

Demasiado tarde. Todo aquello se desvanecía en una especie de ondulación soñolienta, como el canto de las sirenas que llamaban a Odiseo. Semejante a un marinero borracho, Obrad se tambaleaba dentro del círculo y lo olvidaba todo: victorias y derrotas, linaje, gloria, poder. Nada importaba ya. Ni el Estado cuya gloria y poder se apagaban; ni los nobles que se inclinaban humildemente ante él mientras esperaban la ocasión de clavarle un cuchillo por la espalda; ni el indeciso emperador bizantino, cuya vacilación frente a los otomanos, presentía, acabaría provocando la destrucción del mundo que había conocido y gobernado.

Todo aquello no era más que un recuerdo nebuloso. Tal vez la montaña había despertado lo que deseaba en secreto: dejar de cargar sobre sus hombros el destino del mundo. Después de todo, ni él ni sus enemigos decidían nada. Todo estaba escrito desde hacía mucho tiempo en las estrellas y en los hilos del destino. ¿Por qué no podía ser, por una vez, un hombre común? Un simple varón fuerte y rudo, todavía en la plenitud de la vida, que sintiera las curvas y los miembros ágiles y vigorosos de la joven y bellísima mujer que tenía a su lado. Deseaba su fuerza, su juventud y su frescura; beberlas, incorporarlas a sí mismo, volver a sentirse joven y, por encima de todo, vivo. Sentir una vez más la vida antes de que, al día siguiente, dentro de un año o dentro de cinco, en algún lugar, lo abatieran los sables otomanos o el acero traicionero de sus propios nobles.

Todas las ataduras cedieron. Ya no pensó en el imperio, el ejército, su esposa ni sus hijos. Durante cuatro días y cuatro noches se entregó a los sentidos bajo la resplandeciente luna de las hadas. Habría jurado que oía música, una música que surgía del círculo de hongos convertido en muro, en barrera contra el mundo exterior. Después ni siquiera recordó cómo se había separado de la joven ni cómo encontró el camino de regreso.

Para Obrad habían transcurrido cuatro días y cuatro noches; fuera del círculo habían pasado cuatro años. El imperio que había dejado atrás ya no existía. Lo poco que quedaba de él podía recorrerse a pie en una sola jornada.

Antes de regresar a la montaña, Obrad había interrogado a hechiceros y magos, y había bebido las mejores pócimas para apagar la lujuria. Esperaba volver a encontrar a la seductora guardiana del círculo, pero esta vez había cerrado con firmeza la mente y el cuerpo a los deseos carnales.

En cambio, encontró a la niña a la que ahora acechaba desde los árboles.

La pequeña abrió los ojos. Obrad contempló su rostro con mayor atención y sintió que la mente se le ensombrecía. Los mismos ojos grandes y negros, la misma nariz afilada y aguileña, el mismo cabello negro y espeso… Pero había algo más: mirar a la niña era como contemplar su propio reflejo.

Obrad tembló.

Entró en el círculo sin decir palabra, mientras la niña lo observaba inmóvil. Durante unos instantes se miraron y se comunicaron con los ojos algo inexpresado y misterioso. Obrad levantó el cuchillo. Había interrogado minuciosamente a cuantos hechiceros y magos conocían los secretos de la montaña Čarobnik; incluso había hecho torturar a algunos hasta que hablaron. Gracias a ellos sabía qué debía hacer para deshacer el encantamiento del círculo de una vez para siempre.

Obrad abrazó a la niña casi con ternura y apoyó el cuchillo contra su garganta. Bastaría un solo movimiento. No le dolería demasiado.

Debo mantenerme firme. No puedo flaquear, pensó.

Pero el cuchillo se negó a deslizarse por la cálida garganta de la niña. Las manos se le entumecieron; la fuerza comenzó a abandonarlo lenta pero inexorablemente. Comprendió horrorizado que nada servía: ni las pócimas de los magos, ni los encantamientos, ni la voluntad. Allí actuaban fuerzas primigenias ante las cuales, pensó, los seres humanos y sus imperios terrenales no eran más que insectos insignificantes, condenados a vagar sin rumbo ni propósito. Lamentó no haber matado a la niña desde lejos y haber entrado en aquel corro de hadas, aquel círculo diabólico donde todo parecía conducirlo hacia su inevitable perdición. Quizá lo habían llevado hasta allí precisamente para eso. Quizá nunca había sido más que un peón sin voluntad propia, un juguete de los dioses o de fuerzas todavía más innominadas y poderosas.

Mientras sus miembros dejaban de responder y sus funciones vitales se apagaban, se abrió su ojo interior y los hilos del tiempo comenzaron a desenrollarse ante él. Vio innumerables muertes, las heroicas caídas de caballeros y las muertes infames de traidores. Vio la interminable horda otomana pisotearlo y destruirlo todo, desde Kosovo hasta Hungría, desde Tracia hasta Dalmacia. El heroísmo no servía de nada: la simple y definitiva superioridad numérica de los conquistadores se alzaba con la victoria. Su imperio duró siglos, pero fue resquebrajándose y desmoronándose, como el agua silenciosa que durante siglos abre camino a través de la piedra y la tierra y finalmente resulta vencedora. Llegaron otros conquistadores, cada vez peores; vio pájaros de acero vomitando fuego desde los cielos, vio columnas de desplazados y refugiados vagando por las montañas y los bosques de una tierra que alguna vez había sido tranquila y majestuosa. Vio hornos demoníacos donde quemaban vivos a seres humanos; y, lo peor de todo, como un castigo divino, algo cuyo destino había entrevisto ya en las miradas furtivas de sus nobles: el hermano se levantó contra el hermano, el padre contra el hijo, el hijo contra el padre.

Ahora que por fin lo comprendía, era demasiado tarde. La vida lo abandonaba. La sabiduría se le revelaba en el último instante únicamente para mostrarle que había desperdiciado su existencia. Todos los sueños de gloria y poder carecían de sentido. Todo imperio estaba condenado a desaparecer; toda victoria estaba perdida de antemano y valía tanto como la derrota. Toda crueldad era innecesaria e inútil: apenas aceleraba aquello que de todos modos acabaría llegando, la muerte. El tiempo convierte cada piedra en polvo y aplasta a cada hombre, cada imperio, cada poder. Cuando hubieran pasado los siglos, no quedaría huella alguna, ni del hombre ni de sus actos.

Había vivido en vano. Había matado y conquistado en vano. Todo cuanto había hecho no era más que polvo que dispersarían los vientos del tiempo.

Lo único por lo que habría valido la pena vivir ya no podía tenerlo. Cerró los ojos y el cuchillo se le escapó de la mano. Su último pensamiento fue que la salvación había estado allí, a su alcance, en la garganta que había tenido bajo el filo; pero él había sido demasiado orgulloso e insensato para apoderarse de ella y vivir.

La lluvia corría por el rostro de la niña y se mezclaba con sus lágrimas; las lágrimas, a su vez, se mezclaban con la sangre que el filo había hecho brotar de su garganta. La niña se incorporó, apoyó una mano sobre la frente de su padre muerto y comenzó a cantar lenta y suavemente con voz de hada. Pronto se le sumaron otras voces, casi inaudibles, y el círculo se iluminó con una extraña claridad pálida.

Mientras Obrad despertaba, el paisaje se transformó y, con él, el rostro y el cuerpo de la niña. Cuando abrió los ojos, vio a su hija convertida en una mujer unos veinte años mayor. Se puso de pie de un salto y comprendió que ya no sentía el peso de la vejez: sus miembros volvían a ser fuertes y vigorosos, y su vista era nuevamente clara.

La joven lo tomó de la mano. Mientras la lluvia resbalaba por sus dedos, quien alguna vez había sido un gobernante cruel depositó en la palma de su hija algo mucho más precioso que el poder, un imperio, el prestigio, un título o cualquier otra cosa que hubiera poseído jamás.

Sus lágrimas.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron Gate, Guardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my Cake, Shades of Evil, Shades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantastica. Varios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

 

domingo, 30 de agosto de 2026

CONFITEOR

Mario Gazzola


Mea Culpa, can you put it better?
I'm saying I'm sorry, I made a mistake,
I Made, I committed a sin,
I made a mistake.
And I'm never gonna do it again,
I never did it before
And I'm never gonna do it again.

(Mea Culpa, David Byrne/Brian Eno,
de My Life in the Bush of Ghosts, Sire 1981)

 

«¡Solo el amor de Jesús quita la suciedad de nuestras miserables vidas!», trona el Papa altísimo e inmenso desde los holocasts sobre mi cabeza: «Mea culpa, mea maxima culpa, recordémoslo siempre».

Son al menos una docena, ocupan el lugar de los frescos en las naves de una catedral antigua y oscura, aparte de las pantallas. Es mucho más grande que la vieja iglesia de piedra de mi parroquia. Miro el confesionario.

Oscuro, inmóvil, silencioso, cerrado por su cortinilla morada. Me da un poco de miedo, aunque no sé bien por qué. Parece vacío, pero sé que no lo está. Él está adentro. Está adentro con mi amiga Federica y pronto me tocará a mí. No quiero. Tengo miedo, ¡no quiero! No quiero decirle lo que hice. No quiero decirle que lo hago... que por la noche me toco... en la cama, antes de dormir. Que me meto los dedos y pienso... en el novio de Fede. Sé que es pecado y no hay que hacerlo, y aquí hay muchos pecados en uno solo. Pero no puedo evitarlo, me gusta demasiado. Lo hago todas las noches y no me apetece contárselo.

¡Mea culpa, mea culpa, mea culpa! ¿Está bien así? Mea maxima culpa.

Me adentro en la catedral oscura y fría. Ayer también lo hicimos juntas. Fede y yo, pero jamás se lo diré. Todavía lo siento, el calor... su rodilla contra la mía... en la ducha de la piscina. Me senté sobre sus piernas mientras me hablaba de ellos... me tocó por casualidad, creo... pero después no podía parar de frotarme... Y después de que me vine... yo también se lo hice a ella... Dios mío...

Busco con la mirada la salida, pero la iglesia no tiene puertas. Oigo música de órgano. Voy detrás del altar para no seguir mirando el confesionario y lo veo. El organista es un diácono joven, pero lleva gafas de sol redondas, una boina en la cabeza y un tubo alrededor del cuello como una bufanda. Se gira y me mira por encima de las lentes negras con una sonrisa de reptil.

Escapo corriendo, aterrorizada.

Paso cerca de la pila bautismal, una pileta de mármol incrustada en el suelo. El sacristán está allí de pie, inmóvil; él también se da vuelta para mirarme: sus brazos se prolongan en largos tubos carnosos que revuelven el agua santa. Un tubo corrugado también le sale de debajo de la sotana y se sumerge en la pileta.

Hace un movimiento hacia mí. Corro cada vez más fuerte, pero no logro ver una salida. Quisiera gritar y pedir ayuda, pero tengo la boca sellada.

Me encuentro de nuevo frente al confesionario. Veo a Fede allí: está desnuda, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos bajos.

El padre Leandro, de pie ante la cortinilla, me mira con severidad. Como si viera lo que pienso. Señala con el dedo hacia mí y dice con voz cavernosa:

—Con Federica hemos terminado. Ahora te toca a ti.

Retrocedo.

—No —digo—, no, hoy no es mi día de confesión... es que tendría que irme...

—Ven.

Mea culpa.

Él también está conectado al agua santa por un tubo que le sale de la sotana.

En la mano derecha sostiene una hostia. Retrocedo aún más. Siento que me agarran. Dos monjas con la cara negra como el hábito me arrastran hacia el confesionario. Dedos fríos de metal.

Apoyo los pies descalzos sobre el mármol gélido, pero no sirve de nada.

Me doy cuenta de que yo también estoy completamente desnuda, me muero de la vergüenza.

Nohicenadanoloicenooo... noquieroque mepreguntedelpecado...

Finalmente mi boca se abre y logro gritar:

—Mea culpa, mea culpa. Meaaa... ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo...!

Y me despierto.

 

Mamá me llama. Hoy es día de confesiones y quiere que vaya sola a la iglesia. Yo no quiero ir para nada, pero ella me dice que no haga tonterías, que una niña de once años no necesita que su madre la lleve a la unidad espiritual, y que además allá me encontraré con Federica y volveremos juntas.

Le digo que tengo miedo de cruzarme con uno de esos pedófilos, o con un homosexual, un incesto u otro enemigo de la Nova Familia, como dice el padre.

Ella no cede:

—¡Vamos! ¡Con la nueva ley ya casi no hay ninguno suelto, ni siquiera en los barrios islámicos de Milanofuori!

—¡No tengo ganas!

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que no tengo...

—¿Pasó algo malo?

—No, nada, mamá.

Luego no sé cómo me sale, pero sale:

—El padre Leandro me cae mal.

Espero la tormenta. Increíblemente, no llega. Mamá me habla con dulzura, aunque haya criticado al sacerdote.

—No debes odiarlo, aunque a veces haga algo que no te guste. Él sigue siendo tu párroco, Susi. —No puedo creer lo que oigo—. Sé lo que piensas: sabes, de joven el padre Leandro también fue mi confesor. Yo también lo detesté en ocasiones, pero luego aprendí a entenderlo... Nosotros no somos sacerdotes, querida, no... no vivimos su vida... ¿entiendes? —No, pero al final me manda afuera de todos modos—. Con el tiempo verás que tú también lograrás entender su mundo...

Afuera está gris. La gente camina mirando fijamente hacia adelante, como si nadie viera nada a su alrededor. Parece que no piensan en nada, que todos tomaron la Hostia Médica o que miran holovisiones místicas por todas partes.

En todos los altavoces de la calle resuena esa versión para órgano de Mea Culpa, una canción antiquísima que me hizo escuchar papá. Era de un... de dos de esos «musiqueros del pecado» que estaban de moda en la Era Promiscua: un tal Brain One, o tal vez Eon, o qué sé yo, uno con una boina en la cabeza, y otro llamado David Noséqué, que habían hecho un disco –así los llamaban antes– que hablaba de la «vida en el matorral», lo cual era sin duda una clara invitación a pecar. Papá dice que en aquel entonces se podía, que incluso había tiendas especiales para vender esa música y eran perfectamente legales antes de la Nova Reforma Nacional.

A veces me pregunto cómo se sabe si uno se cruza con un pedófilo de verdad, si solo los has visto en holovisión. Si no puedes oír qué música lleva en los auriculares, si de verdad escucha el holypod o si guarda una reserva de «música promiscua» antigua que lo estimula.

Papá dice que a veces esos discos profanos tenían incluso mujeres totalmente desnudas, sin velo, en las portadas. Para venderlos mejor.

Ahora esa canción, Mea Culpa, fue salvada por la versión para Órgano Sagrado de Lady Sagra & Madonnae, pero el resto seguro hablaba de matorrales de pecado.

Y si resulta que él, es decir, el pedófilo, te toca, después ya no podrás tener una Nova Familia bendecida...

Fede se encontró con uno, dice. Y hasta la tocó, me lo dijo ella ayer. Pero ella ya tiene catorce años, se confesó y el padre le da la Hostia Médica, así que podrá olvidar su pecado y tal vez algún día tener una Nova Familia.

Fede es mi mejor amiga. Me gusta muchísimo, y también me gusta su novio Andre, aunque él tiene al menos veinte, tal vez veintidós años, y a una niña como yo ni la miraría. Dice que en las confesiones el sacerdote siempre le pregunta qué hace con su novio, que debe tener cuidado con lo que hace o se arriesga a perder la bendición y quedar fuera de la Iglesia... después ella se ríe entre dientes y no me dice nada más, y yo me quedo imaginándomela junto a su Andre, encerrados en su self-car...

Que al final son las mismas cosas que quiere hacer el pedófilo, solo que él es más grande y no te pregunta si quieres, pero te sientes obligada, me dijo ella.

Fede me contó estas cosas solo a mí porque, de todos modos, después el padre me daría la Hostia Médica y yo olvidaría todo, tal como lo olvidaría ella, y no se lo podría decir a nadie más.

A la Hostia Médica la llaman así porque no está hecha de agua y harina como las hostias de antes, me explicó papá. Ahora las hace una industria farmacéutica con un producto químico que –si el sacerdote te absuelve– te hace olvidar todos los pecados.

Siento pasos detrás de mí.

Papá dice que el cerebro tiene dos tipos de memoria: la de los hechos recientes, que te hace recordar qué calcetines te pusiste por la mañana, y la de las cosas lejanas, los recuerdos que ya no se borran: la primera nalgada, el primer beso... o el encuentro con un pedófilo. La Hostia Médica impide que los malos recuerdos recientes se vuelvan eternos. Y el Ogro se esfuma.

Los pasos van al mismo ritmo que los míos.

Papá dice que antes la Hostia ni siquiera era sagrada: era solo un medicamento inventado para quitarles a los adultos ciertos dolores insoportables, como cuando muere un ser querido, o para las mujeres que habían sido violadas por pedófilos u homosexuales. Luego un político de los NeoCristianos Moderados (o del Nuevo Centro Nacional, no me acuerdo) se dejó ver en holo mientras la tomaba, después de que el Papa lo perdonara por un escándalo de bailarinas en el que él no tenía nada que ver, y desde entonces la Hostia Médica se convirtió en la verdadera Eucaristía Absoluta.

Ahora todos la toman en holovisión, quieren la bendición hasta los políticos Federados, que son los menos cristianos de todos pero no quieren que Milano Centro también se vuelva islámica. Papá dice que si quieren la bendición para sus decretos, más les vale no andar con juegos.

Giro y lo veo. Es un hombre.

El domingo, durante el Ángelus, hablando en defensa de la Nova Familia, el Papa dijo que la Hostia es un Sacramento y debe tomarse solo tras la absolución, no como una droga para borrar todo mal recuerdo, como hacen los ateos para no ver su desesperación, o esos Fanáticos Ambientalistas y los terroristas suicidas, lo cual es un sacrilegio mortal.

No consigo perder a ese hombre, lo tengo siempre detrás.

Solo que yo nunca he tomado la Hostia Médica. El padre dice que para nosotros, los niños menores de trece años, no es necesaria salvo en casos gravísimos, como... si te toca un pedófilo. Por eso recuerdo perfectamente cada palabra de Fede.

Doy vueltas sin rumbo un rato, llego hasta el límite de la green-zona-de-residuos. Pero sigue pegado a mí. Es alto, vestido de negro. Tiene una mirada ajena que da miedo.

Intento despistarlo haciendo ziszás entre las montañas de basura apestosa.

Cuando salgo, lo vuelvo a ver. Levanto una nube de micropolvo con los pies. Al darme vuelta, un rato después, todavía viene detrás.

Empiezo a correr, pero él siempre logra mantenerse a la misma distancia.

Por fin llego a mi iglesia jadeando. Me detengo en la entrada, me armo de valor y lo miro fijamente:

—¡Váyase! ¡Deje de seguirme o lo denuncio a la Escuadra Pedoporno!

Él también se detiene y me mira sorprendido:

—Oye, señorita, ¿segura tú estás bien? Yo no sigo a ti, ¿sabes? —dice con acento extranjero mientras saca el teléfono móvil—. ¿Quieres... nosotros llamamos a tus padres?

Dos monjas oyen los gritos y se acercan. Recobro el valor.

—¡Si no se va, lo hago mandar a la cárcel! —grito fuera de mí, señalándolo con el índice—. ¡Terminará viviendo en la zona de residuos como todos los demás cuando los atrapemos!

Me mira aterrorizado. Ve a las monjas con el ceño fruncido.

—Pero tú eres... yo solo soy alguien que va-trabaja... —balbucea. Luego se da la vuelta y sale corriendo.

—¿Qué pasó con el técnico, Susi? —pregunta sor Inés.

—¿Cuál técnico?

—El hombre con el que gritabas recién. Los hombres de traje negro son los técnicos del holocast, ¿sabes? Están instalando uno nuevo ahora, también aquí en la parroquia...

Entro a la iglesia sintiéndome incómoda.

A mis espaldas están sor Teresa y sor Inés:

—¿No vas a confesarte, Susi?

—Sí, enseguida...

Fede sale del confesionario, con los ojos bajos y las manos juntas en el regazo. Pasa a mi lado y me dice:

—Te está esperando. Se guardó un momento a propósito para confesarte a ti, que eres de las más pequeñas.

Siento que me hielo por dentro. ¡No puede saber ya lo de mi pecado y el de Fede! Dios, qué vergüenza. Y si... No, no puede habérselo dicho ella, cómo va a...

De pronto me doy cuenta de que Fede no estaba arrodillada en el confesionario. Estaba adentro. ¡Adentro con él!

Ahora sé lo que le hizo a Fede. Y después le dio la Hostia que limpiaba todos los pecados. Ella ya no sabe nada, pero yo sí sé.

Vuelvo a oír la frase de mi madre: «Con el tiempo tú también lograrás entender su mundo...».

Fede camina hacia un banco como si subiera al Calvario.

No quiero verlo.

«...Luego aprendí a entenderlo...».

Lo veo. Está de pie ante la cortinilla morada descorrida.

—Ven, Susi, ahora hagamos tu confesión, ¿sí?

Me mira con dulzura, a la espera.

—Te he observado con atención estos días y te noto muy madura.

El terror me atenaza. Como en el sueño.

Doy un paso atrás, pero me tropiezo con sor Inés a mis espaldas.

—Yo digo que esta Pascua de 2027 es el momento de recibir tu primera Eucaristía Absoluta. ¿Estás contenta?

—...

—Vamos, ven... No tendrás nada que ocultarme, ¿verdad, Susi?

—Mmm...

—Mea culpa, mea culpa. Mea...

 

Por la noche, durante la cena, mamá me pregunta:

—Y bien, ¿cómo te fue? ¿Encontraste a Fede en la iglesia?

—Sí.

—¿Y volviste con ella?

—No. La... perdí justo después. Volví más tarde tomando el camino que pasa cerca de la zona de residuos.

—¡Uf! Sabes que no quiero que vayan por esos barrios marginales. ¿Oíste que ayer violaron y luego lapidaron a otra chica allí?

—Lo sé, mamá, pero... era tarde.

—Pero... ¿qué pasa? ¿Sucedió algo? ¿Discutieron?

—No, mamá.

—Bueno, ¡no me cuentas absolutamente nada!

—Si hubiera algo que contar... me acordaría, ¿no?

Mario Gazzola (Milán, 1964) es escritor, ensayista y periodista cultural. Es autor de las novelas Rave di morte (2009), Buio in scena (2022), Hyde in Time (2023) y la distopía Situation Tragedy (2024), varias de ellas ilustradas por Roberta Guardascione. Junto con Andrea Carlo Cappi editó la antología Fantasmi di oggi e leggende nere dell’età moderna (2025). Recibió el Premio Vegetti (2019) por el ensayo FantaRock y el Premio Torre Crawford (2022) por el cuento La bambola di scena. Ha publicado relatos en diversas antologías y revistas especializadas, y ha desarrollado una extensa labor como crítico de música rock, cine y teatro. Cofundador y director del sitio Posthuman.it, también colaboró con el programa televisivo Wonderland (Rai 4) y con la Enciclopedia Treccani della Musica del XX Secolo. Además, ha trabajado como guionista, realizador audiovisual y fotógrafo.

 

EL CUERPO