miércoles, 25 de febrero de 2026

GUSTO ADQUIRIDO

 Johan Davidsen

 

Sara aseguró su bicicleta a un tubo de desagüe frente a la entrada de mi edificio, mientras un gran grupo de jóvenes salía en tropel del vestíbulo del local de conciertos de enfrente.

—Retrocedan —dijo con firmeza uno de los porteros.

—¡Eres un perro! —gritó un chico de sudadera con capucha.

Cuando todo se calmó un poco quise intentar vender la entrada que me sobraba.

—¿Probamos con ellas? —le pregunté a Sara, señalando a tres mujeres de unos cuarenta años. Me sentía más seguro con ellas. Pero ella prefería preguntarles a los que acababan de expulsar.

—Hola, ¿están buscando una entrada? —preguntó Sara al grupo.

—La compro por 100 coronas —dijo un hombre corpulento con camiseta blanca, con la mirada perdida.

—Cuesta 295 —respondió Sara—, eso fue lo que pagamos.

Un hombre más bajo salió del grupo.

—Yo la quiero —dijo—. ¿Cuánto cuesta? ¿Cuál es tu número? Ponte aquí a mi lado y te hago la transferencia.

De pronto estábamos en medio del grupo. Yo estaba nervioso. Tecleó mi número y realizó la transferencia. Con manos temblorosas, le envié la entrada.

—Mi MobilePay no funciona, no sé por qué —dijo, y le preguntó a un amigo si podía transferir el dinero.

—Tengo el dinero, lo aseguro. Toma, sostén mi teléfono hasta que recibas el pago —dijo el amigo.

Sara sostuvo su teléfono mientras él hacía la transferencia.

Subimos a mi apartamento antes del concierto. La adrenalina todavía corría por mi cuerpo. Encontré dos cervezas en el refrigerador y nos sentamos en el sofá.

—Me sentí como el chico más blanco de todos allá abajo —dije.

—Pero es que lo eres —respondió Sara, riendo.

Era increíble lo acostumbrado que debía estar aquel tipo a la desconfianza. Él mismo sugirió que sostuviera su teléfono como garantía.

Sara estuvo de acuerdo.

—Tal vez sea porque una vez me asaltaron que no confío en nadie —dije.

—Yo no tuve ningún problema. Pero también podría ser su madre —dijo Sara.

El novio de Sara, Simon, escribió. También iba al concierto con unos amigos. Miré por la ventana y lo vi abajo. Nos saludaron con la mano. Teníamos que terminar nuestras bebidas. Escribió que irían al bar a la derecha del escenario. Poco después, a la izquierda. Su exnovia estaba trabajando allí.

En la calle, una patrulla policial tenía las luces azules encendidas.

—¡Ahora cálmate! ¡Da un paso atrás! —gritó un agente.

Se oyó un golpe sordo cuando un joven fue empujado contra el coche y tirado al suelo, mientras la policía y los jóvenes se gritaban mutuamente. Sara hablaba de brutalidad policial mientras yo fumaba un cigarrillo camino a la entrada, donde una agente estaba sentada encima de un joven que yacía boca abajo sobre los adoquines.

El hombre que había comprado mi entrada discutía con un policía, intentando explicar lo sucedido. No entendí lo que quería decir. Seguimos hacia la entrada.

El bajo hacía vibrar las ventanas.

—Llegaron justo a tiempo —dijo el guardia dijo.

Creo que Sara no lo escuchó y siguió subiendo lentamente las escaleras.

—Oye, ya empezó —tuve que decirle.

Entonces nos apresuramos a subir y nos metimos entre la multitud.

Le escribí a Simon para decirle dónde estábamos, pero pronto lo vi con sus amigos, a unos metros delante de nosotros entre el público.

—¡Qué gusto verte! —gritó, haciendo que mis tímpanos vibraran incómodamente mientras nos abrazábamos.

El concierto estuvo bien, pero no tan bueno como las dos veces anteriores que había visto al rapero. Después me quedé afuera hablando con Simon. Algunos querían ir a un bar antiguo. Pero Sara pensaba que estaría demasiado lleno. Es alérgica al humo y dijo que terminaríamos impregnados de nicotina.

Sara y Simon tenían hambre. Un taxi con la luz verde encendida estaba un poco más abajo en la calle. Colocamos la bicicleta de Sara en la parte trasera, y Simon dijo el nombre de un restaurante en el centro del que siempre hablaba. Cuando el coche tomó velocidad, le pedimos al conductor que subiera la música, una canción del concierto. Ya en el centro, nos detuvimos ante un semáforo en rojo.

—Esperen —dijo el taxista—, tengo que revisar la bicicleta.

Salió y ajustó bien el soporte. Un taxi que venía en sentido contrario bajó la ventanilla.

—¿Qué estás haciendo? ¡Inmigrante! —le gritó a nuestro conductor, riendo. Se conocían.

Nos dejó justo frente al restaurante. Abrimos la puerta de cristal y nos abrimos paso a través de las gruesas cortinas que mantenían el frío afuera.

Un camarero británico con gorra plana nos preguntó si veníamos por bebidas o por cena.

—¿Por qué elegir? —preguntó Simon.

Nos acomodaron en una mesa junto a la ventana que daba a la calle. Yo realmente necesitaba ir al baño. Debía estar al fondo del local alargado. Pero había un bar en el centro.

—Disculpe, señor, esta es el área de trabajo. Está del lado equivocado de la barra —gritó el camarero.

Me tomó un momento entender que me hablaba a mí. Evidentemente había pasado al lado incorrecto. Cuando llegamos, nos había preguntado si queríamos sentarnos en la barra, lo cual habíamos rechazado, pero yo miré hacia allí y, por alguna razón, confundí el lado de los clientes con el del personal sin darme cuenta.

Debió de ser eso lo que salió mal cuando intenté encontrar el baño. Me dio vergüenza, pero salí y fui al baño. Había dos inodoros uno junto al otro en una sala grande con iluminación tenue.

Cuando regresé a la mesa, conté la experiencia embarazosa. Los otros dos no lo consideraron tan grave. Pero también estaban bastante más ebrios. Pedimos comida. Y luego un vino natural que el camarero describió como un gusto adquirido. Pero al probarlo, se parecía a una sidra casera. Sara estuvo varias veces a punto de quedarse dormida.

Cuando llegó la cuenta, superaba las mil coronas. Le pregunté a Simon cuánto debía transferirle.

—Doscientos —dijo tras pensarlo un momento.

Simplemente lo hice, aunque estaba lejos de ser mi parte completa.

Al salir, no pude evitarlo y me acerqué a la barra, donde nuestro camarero, que ya había terminado su turno, estaba sentado en un taburete. Con un rápido movimiento de la mano, le quité la gorra, que voló en un arco bajo por encima de la barra y cayó en el lavabo.

No debí haber hecho eso.

Johan Davidsen es un escritor danés nacido en 1985. Tiene una maestría en Estudios de la Comunicación por la Universidad de Copenhague. Debutó como autor en 2015 con Jeg kan ikke hjælpe dig med dine problemer (No puedo ayudarte con tus roblemas). Selvmordstanker kan ikke betale sig (Los pensamientos suicidas no pagan) es su segundo libro.

 

DE SABORES Y ALEGRÍAS

Maritza Macías Mosquera

 

Anny había llegado de España a acompañar a su amiga… un poco tarde, se dijo. Transcurrió más de un año desde la partida de doña Ramona, pero ella, becada en Europa, no podía dejar todo para venir a casa de Celia cuando su madre falleció. Estaba al tanto de lo ocurrido, con la información precisa, ya que hablaba a diario con su amiga, en realidad se mensajeaban, era la forma más práctica; sin embargo, Anny sabía que faltaba ese abrazo prolongado a propósito, con la sola intención de sentir a la otra.

Su amistad se remontaba a los tiempos de la universidad. Allí se conocieron. Cuando un trabajo grupal las puso en el mismo grupo y a investigar el mismo tema, nunca más se separaron. La amistad, que databa ya de más de diez años, era firme y honesta. Por eso le dolía no estar con Celia, no haber estado a su lado en el velatorio y el funeral.

Su beca había terminado y había aprobado como siempre, sobresaliente. Decidió regresar de inmediato. Hacía dos años que no abrazaba a sus padres, hermanos ni sobrinos y en especial a su amiga del alma.

—¿Cómo estás, amiga de mi corazón? ¡Te he extrañado tanto! —Fue lo más honesto que le salió de la boca. Celia la había ido a esperar al aeropuerto.

—Bien —respondió Celia—. ¿Cómo estuvo el vuelo?

—La verdad, me lo dormí todo, desperté cuando atravesábamos la cordillera.

—Ja, ja, ja, lo sabía, igual que cuando te fuiste, no has dejado de ser una marmota. —Y se rieron juntas.

Ese día se quedaría con ella, sus padres vivían en provincia, así que partiría al día siguiente. Sabía que no cabía la posibilidad de dormir, eran muchos dos años lejos sin poder conversar a solas. Luego de ver a su familia, regresaría a ocupar su cargo a la facultad donde se desenvolvía antes de la beca y se quedaría en la casa de Celia, quien ya tenía un dormitorio dispuesto y donde se instaló de inmediato.

Cuando hizo entrega de los regalos que traía, Celia no pudo contener el llanto al recibir el abanico legítimo de Sevilla, que Anny le había comprado a su madre. Ella estaba segura de que Anny se lo traería desde España, pero no alcanzó a recibirlo porque un mieloma múltiple, ese cáncer de ancianos, la había llevado en pocas semanas.

Ramona sospechó su condición, pero Celia no se lo corroboró, nunca hablaron de su enfermedad, solo se limitaba a cuidarla y mimarla. No había tiempo para ellas. Fue por esa razón que la emoción de Celia la hizo desbordarse y cayó en cuenta que no había llorado con tanta pena su duelo en lo que iba corrido de ese año.

—Sabes que a veces creo que es un déjá vu, cuando los recuerdos se me confunden con flashes sobre mi vida pasada —dijo Celia, confesándole a Anny lo que era su vida ahora sin su madre—. Será que la memoria y el tiempo se pueden mezclar como los ingredientes de una receta o, que son solo curiosas maneras que tiene nuestro cerebro de enviarnos hacia atrás. No para retener el tiempo ido ni para volver a él, lo que es imposible, si no para no olvidar de dónde venimos ni lo que hemos vivido, sea esto bueno, malo; feliz o doloroso.

—Eso es legítimo —la animó Anny—, solo tú sabes cómo canalizas tu pena y tus recuerdos.

—También —continuó Celia sin prestar demasiada atención al comentario de su amiga—, en otras ocasiones, creo sentir que me nombra, escucho su voz tras de mí y, giro para verla, pero no está, entonces me pregunto, ¿sería mi imaginación? Porque la oí tan nítida… Sí, escucho su voz, esa misma melodiosa voz de antaño, esa voz cantora, alta, afinada, armoniosa, de timbre brillante. Esa voz y esas canciones, resuenan constantes en mis oídos. Nunca he vuelto a escuchar una voz como la suya. Puede que yo la idealizara en mis remembranzas, igual es mi prerrogativa, puesto que era mi madre su dueña.

—Es cierto; la oí cantar algunas veces.

—Pero cuando se enfermó ya no pudo cantar más, se le olvidó ese amplio repertorio del que disponía y junto con el olvido de las letras de las canciones, su voz se volvió desafinada, desentonada y prefirió el silencio.

Y al silencio de Ramona, mencionado por Celia, siguió un silencio prolongado durante el cual Anny no supo qué decir. La anfitriona se levantó para servir café y la amiga recorrió la sala con la mirada.

—Todo está igual —dijo finalmente.

—Prefiero que así sea —dijo Celia regresando con una bandeja en la que, además de la cafetera y los pocillos, había una fuente con bizcochos caseros. Solo entonces, cuando se hubo sentado en el sillón, reanudó los comentarios—. Tengo recuerdos de mi madre desde una edad bien lejana, debo haber tenido cuatro o cinco años, porque la veo joven en esas imágenes que mi cerebro logró guardar. Ella fue siempre una mujer muy acelerada, hacía todo muy rápido y me costaba mucho seguir su ritmo, muchas veces se le caían las cosas o las dejaba sobre la mesa o en el lavaplatos, de manera brusca, todo por lo atolondrada que era.

—Sí, así la recuerdo, cuando yo te pasaba a buscar y se molestaba porque tú no estabas lista. “¡Tan lenta esta niñita, por Dios!”, me decía mientras buscabas tus cosas por aquí y por allá.

 —Ella era así, rápida para todo. Extraño sus comidas. Cocinaba tan rico, aunque yo no alcanzaba a ver qué ingredientes ponía en cada comida; por lo mismo me causaba curiosidad saber qué llevaba cada plato, no para cocinar yo, que era muy niña, sino porque le quedaban tan ricas que deseaba saborear y reconocer en ellas, cada ingrediente. Después, ya de grande me ayudaba a cocinar y me dirigía: el pollo pega bien con apio, las carnes rojas con pimienta negra y así fui aprendiendo, de su forma y estrategias culinarias.

—Pero deben haberte quedado grabadas algunas de sus recetas, ¿no? —Anny bebió un sorbo de café y Celia la contempló extrañada, como si con esa simple frase hubiera abierto un canal hacia el pasado.

—¡Eso mismo! —exclamó—. Pero lo que más recuerdo, sin dudar, eran dos preparaciones de ella que me embelesaban. No eran comidas de almuerzo o cena. Una era un postre: leche asada.

—En España le dicen flan —acotó Anny—. ¡Me encanta!

—El otro —siguió Celia—, un queque, ambos dulces y, a ambos se les hacía una especie de costra encima. La de la leche asada, era muy, muy rica y la del queque, era crocante.

—Me había olvidado lo que es un queque. Allá le dicen bizcocho… ¿Es lo mismo?

—Supongo que sí —dijo Celia moviendo la mano, como restándole importancia al tema de los nombres—. En aquellos años —continuó—, en mi casa de niña no existían los electrodomésticos, por lo que mi retina me devuelve la imagen de ella, batiendo con un par de tenedores y, como era acelerada, batía muy rápido. Tampoco se guiaba por cantidades indicadas en alguna receta, ella lo hacía todo "al ojo", como decimos por acá. Yo la observaba y, mientras revolvía y batía, cantaba boleros y tangos. De esos me aprendí parte de sus letras.

—¡Qué divertido!

Celia contempló a su amiga y una especie de luz le recorrió la mirada.

—Oye —dijo al cabo de un momento—, se me ocurre una idea: ¿qué tal si preparamos ese queque y lo comemos hoy mismo.

Anny, que conocía los sabores de ambos, no pudo decir otra cosa que dar un sí rotundo y emocionado.

Una vez en la cocina, Celia fue quien guio la faena… cantando, tal como hacía su madre.

—Quebrar tres huevos y echarlos en un cuenco... dijo mirando a Anny. Luego, sin solución de continuidad, entonó una estrofa—. Partiré canturreando... mi poema más triste.

—¿Y ahora? —apremió Anny.

—Agregar una taza de azúcar... Poner un octavo de mantequilla a temperatura ambiente, batir...

 y seguir cantando... le diré a todo el mundo... lo que tú, me quisiste...

—¿Sabes la receta de memoria?

Celia no respondió a la pregunta y continuó la cantilena.

—Una vez esté todo bien mezclado agregar una taza de harina de trigo. Y luego echar, sobre la mezcla, otra taza de harina y continuar mezclando…

—¡Canta, canta!

Y cuando nadie escuche, mis canciones ya viejas… partiré a algún pueblo lejano...

—¡Sigue!

—Espolvorear un par de cucharaditas de polvos de hornear y mezclar despacio... Enmantecar un molde y vaciar la mezcla en él.

—Ya no estás cantando.

—… y allí, moriré...

—¡Qué final triste!

—No para el queque —dijo Celia—. Luego de una media hora, pinchar con una aguja de tejer para comprobar si ya está cocido. Si la aguja sale húmeda dejar un rato más, si sale seca está listo.

—¿Qué cantabas? —preguntó Anny.

—Era un tema muy antiguo —comentó Celia—, se llama "Cuando ya no me quieras", del mexicano Miguel Castilla; lo interpretaba Tito Rodríguez y también por Los Tres Reyes. Mi madre sabía todo lo concerniente a los temas que le gustaban.

 

—Hay que celebrar tu regreso, amiga querida —dijo Celia cuando hubieron terminado la actividad culinaria.

—Traje un espumante delicioso...

—Mientras no terminemos borrachas…

—Veo que sigues siendo la misma de siempre. No cualquiera recuerda una de esas canciones, al menos no con tu edad y no esas canciones.

La nota final —agregó Celia—, es que si no lo haces cantando, ten la seguridad que no obtendrás los resultados esperados, Pero te voy a enviar las recetas a tu celular, para que la prepares con tu familia y también la grabación de esa y otras canciones.

 

Por la mañana se despidieron en el terminal de buses. Hubo un largo abrazo, saludos a la familia, y los mejores deseos. Celia regresó a casa, ordenaría un poco y luego se iría al trabajo, como siempre... cuando un Cely muy suave se escuchó en alguna parte de la sala.

Celia, miró por todos lados y luego sonrió.

—Sí, mamá, estoy feliz; el queque salió perfecto… y usaré tu abanico. Te lo prometo.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

DEL GÉNESIS AL ÉXITO

Valter Cardoso

 

El valioso detector de metales con forma de desmalezadora yacía recostado contra un termitero, junto a una mochila y una pequeña azada. A su lado, Giorgio, irritado, intentaba espantar a los insectos con una mano y sostener el mapa con la otra. Con la cabeza baja, un hilo de sudor le corría hacia el ángulo del ojo, le ardía y le dificultaba aún más la lectura y el reconocimiento del lugar.

—¿Valdrá el sacrificio? —pensaba en voz alta, mientras el calor y las picaduras de mosquitos lo castigaban.

La idea le había parecido buena días atrás, cuando descubrió una carretera en construcción que había sido abandonada por el gobierno anterior por falta de fondos. Consultó un mapa antiguo y confirmó que aquella ruta se cruzaría con uno de los posibles caminos que la Civilización Inca utilizaba para llegar al océano Atlántico, conocido como el Camino del Peabiru.

En la carretera abandonada, la naturaleza ya se había recuperado bastante y casi había cerrado el paso. Logró llegar cerca de la ruta inca con su jeep y allí esperaba encontrar diversos tesoros; pero, por ahora, la realidad solo le había regalado espinas, picaduras y un calor infernal.

Verificó en el mapa que estaba en el lugar correcto. Incluso había algunas piedras cortadas y aplanadas formando un sendero que se perdía en la selva. Sin embargo, ya llevaba dos días prospectando una zona extensa sin encontrar absolutamente nada. La sensación de desánimo se convirtió en pánico cuando oyó un rugido aterrador que venía del matorral. Se sintió completamente indefenso, porque el sonido llegaba justo desde la dirección en la que había dejado el jeep. Sin pensar mucho qué animal sería, recogió su equipo y echó a correr en dirección opuesta.

Se internó en la espesura sin preocuparse por los pastos afilados que le marcaban pequeños cortes en la piel expuesta. Se detuvo recién cuando casi cayó por un barranco. El detector de metales no tuvo la misma suerte: rodó unos metros hacia abajo hasta quedar trabado en una rama. Como estaba lejos y ya no oía los bramidos del animal, se sintió a salvo e improvisó una misión de rescate, sujetándose de raíces y lianas. Al llegar cerca del detector, notó que estaba encendido y vibrando. Se colocó los auriculares y recibió el zumbido que tanto había esperado. Alejó y acercó la bobina exploradora a la ladera del barranco para confirmar sus sospechas. El pitido agudo, estridente y entrecortado sonaba como la más bella sinfonía sagrada para sus oídos en ese momento. En el panel de control confirmó que lo que había encontrado era metal, y de un tamaño muy grande.

Tras asegurar una zona estable en la ladera con anclajes, grampas y cuerdas, apartó el pasto e inició la excavación cuidadosa con la pequeña azada. Con pocos golpes oyó el choque del metal. Con miedo de dañar su tesoro, siguió cavando con las manos hasta encontrar una superficie lisa. Al primer contacto de la piel con el metal, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Fue casi como una descarga, pero sin dolor, apenas una leve incomodidad que no volvió a repetirse. Lo extraño fue que, después de tocarlo, empezó a recordar cosas que el tiempo había ocultado hacía mucho, en breves destellos de memoria. También notó que su manera de razonar había mejorado y que percibía con más atención los detalles.

El objeto enterrado era grande. No parecía ser de un material valioso como el oro, pero podía tener valor histórico. Tras algunas horas de trabajo y de exaltación –y de una especie de delirio provocado por esos flashes–, vio que ya quedaba al descubierto más de un metro del artefacto, aunque aún era imposible conocer su tamaño real; solo que la superficie era curva.

No había uniones, y las pruebas con el detector revelaron varios tipos de aleaciones. Empezó a imaginar si podría ser el fuselaje de un avión o incluso de un barco. ¿Y si era una bomba o un misil dormido? Aun corriendo riesgos, siguió decidido mientras la luz del día se lo permitió. Pronto notó una pequeña marca en un extremo de la superficie lisa. Continuó retirando la capa de tierra de esa zona y descubrió una franja con triángulos impresos en bajorrelieve, semejantes a una escritura cuneiforme.

Buscó el cantimplora para echar agua y limpiar mejor, pero estaba vacía. No logró recordar cuándo había bebido agua por última vez ese día y notó la garganta reseca. Agotado por el cansancio y con calambres por la postura con la que se había afirmado en la ladera, decidió dar por terminada la jornada, por más motivado que estuviera. Con el celular tomó algunas fotos del área metálica y de los detalles triangulares. Marcó la posición con la app de GPS y aprovechó para trazar el camino más corto hasta donde había dejado el jeep.

La ruta trazada facilitó el regreso, pero no redujo el dolor en las piernas ni el malestar. Llegó al vehículo con la penumbra del final de la tarde, bebió mucha agua, comió un sándwich y se recostó. A pesar del cansancio, no consiguió dormir ni descansar; se quedó divagando hasta bien entrada la noche.

—¿Qué será eso? ¿Valdrá mucho? ¿Qué tamaño tiene? ¿Qué peso? ¿Cómo voy a llevármelo solo? ¿Por qué, aunque estoy agotado, siento que mi cerebro funciona mejor que nunca? —se preguntaba, ya que el sueño no llegaba.

Eufórico por divulgar su hallazgo, le envió la imagen de los triángulos a Erich, un amigo que había sido su profesor de geología en la facultad. Al fin y al cabo, necesitaba ayuda para transportar aquel descubrimiento de tamaño gigantesco. Esperó la respuesta del amigo, pero ni siquiera vio el mensaje.

La expectativa y el silencio se rompieron con un nuevo rugido, ahora identificable por el sonido como el de un gran felino. Parecía estar cerca, pero esta vez Giorgio estaba preparado. Esperó a que la bestia se aproximara lo suficiente para devolvérsela. Cuando estuvo justo frente al jeep, encendió la parrilla de faros auxiliares y, al mismo tiempo, activó la bocina de aire comprimido. El chorro de luz cegadora, sumado al bramido de bocina de camión, si no mató al animal del susto, por lo menos debió hacerlo correr toda la noche. La situación le dio el alivio que necesitaba. Acomodó la parte trasera del jeep y aseguró una noche de sueño agradable.

Se despertó con un haz de luz en la cara. Todavía no había amanecido cuando varias personas armadas, con trajes blancos de aislamiento, lo sacaron del vehículo a la fuerza. Asustado y somnoliento, vio que a su alrededor había carpas, gente de blanco, camiones e incluso helicópteros. Lo llevaron al interior de una de las carpas y lo esposaron a una silla. Alguien que parecía estar al mando dejó de manipular una tableta y se acercó cuando los demás salieron.

—Perdone la puesta en escena, señor Giorgio. A los militares les gusta este teatrillo. Usted es nuestro invitado —dijo una voz femenina, amortiguada por el traje, mientras le quitaba las esposas—. Soy la doctora Márcia, y tengo mucha curiosidad por su aventura —añadió, retirándose la capucha.

Con el nuevo desarrollo de su razonamiento, Giorgio incluso había preparado varias quejas y preguntas, pero la apariencia de la mujer lo hizo ruborizarse y trabarse. La visión, en cámara lenta, le reveló una piel tan clara como el traje, apenas sonrojada en las mejillas, sobre los hoyuelos. Ese rojo también estaba en los labios carnosos y en los cabellos rizados que caían sobre los hombros. Sus ojos eran negros, de una profundidad tal que no se distinguía la diferencia entre iris y pupila.

—¿Qué… qué… está pasando? —balbuceó, tímido, apartando la vista del rostro angelical hacia la identificación del traje: Dra. M. Oliveira 0*.

—Bueno, voy a ayudarte —dijo la doctora, y en la tableta le mostró la misma imagen que él le había enviado al profesor—. ¿Dónde cayó el platillo volador?

Ver la imagen recargó su energía mental. Preguntas y respuestas le cruzaron la mente en un instante. Decidió contraatacar.

—Doctora, noté que maneja la tableta con la mano izquierda. ¿Sabía que solo el diez por ciento de la población es zurda? ¿Y que ese número es aún menor entre las mujeres? —dijo, inflando el pecho en un gesto de imposición.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con el objeto que encontró? —preguntó ella, desconcertada.

—Tiene todo que ver. ¿Y su pelo? Es pelirrojo natural, ¿no? Entonces menos del dos por ciento de la población mundial tiene esa característica —siguió, ya de pie, como quien controla la situación.

Antes de que ella abriera la boca, continuó:

—Y sus ojos, con iris completamente negros: una parte ínfima de la humanidad tiene ese color. ¿Cuál es la probabilidad de que una sola persona tenga todas esas características? —dijo, casi agresivo.

—Ah, ya entendí. Está intentando ganar tiempo, confundirme. Si no quiere cooperar, tendré que llamar a los militares para nuestro jueguito —amenazó, posando la mano sobre un dispositivo que parecía un reloj.

—No es para marearla, solo quiero que siga mi línea de razonamiento, ¿sí? —dijo, bajando el tono y volviendo a sentarse—. Ahora lo más importante —continuó, con la voz lo más baja y controlada posible, para asegurarse toda su atención—: su identificación en el traje.

—Sí, es mi apellido. ¿Qué tiene?

—No el apellido: lo que viene después. Los militares usan esa parte para el tipo de sangre. Pocos notarían que no es la letra “O” lo que está estampado, sino el número cero. Y como tampoco hay signo de positivo ni negativo, solo un asterisco, significa que su tipo sanguíneo es RH nulo, llamado sangre dorada: extremadamente raro, con menos de cincuenta individuos reconocidos en todo el mundo —terminó, exhalando, aliviado, como si acabara de darle jaque mate a un maestro de ajedrez.

—Pero… pero… ¿qué tiene que ver eso con su hallazgo? ¿Cómo descubrió todo eso sobre mí? —balbuceó, confusa.

—Ustedes usan trajes para protegerse de algún peligro o contaminación que el artefacto pueda causar. Pero, ¿y si el contacto causa beneficios? No perdamos más tiempo. Si lo que quieren es el artefacto, vamos hacia allá. Pero antes quiero garantías: al menos el veinte por ciento de todo el beneficio que obtengan con investigaciones y productos relacionados. Use su tableta, que debe tener internet, y oficialicemos esto ahora mismo.

La labia y la rapidez de Giorgio funcionaron. Antes no sabía cómo transportar el artefacto, y ahora tenía logística, un laboratorio y hasta derechos financieros garantizados. Tras legalizar el acuerdo, usó el GPS para guiar a la doctora y su equipo hasta el hallazgo.

En el lugar, tras pruebas de radiactividad y calidad del aire, la doctora y los militares se quitaron los trajes protectores. Con ayuda de uno de los helicópteros hicieron un barrido con una especie de sonar para descubrir el tamaño real del objeto. El monitoreo en la tableta indicó que la medida horizontal alcanzaba los veinte metros; pero la estructura se prolongaba por más de cien metros de profundidad. Se movilizó enseguida un equipo mayor, con excavadoras. Mientras tanto, Giorgio y Márcia limpiaban con cuidado la superficie, buscando nuevos caracteres en bajorrelieve.

Hacía mucho tiempo que la doctora investigaba la Teoría de los Astronautas Antiguos y su relación con la mitología de los dioses en diversas civilizaciones. Con lo raro de su sangre y la dificultad de encontrar un donante, había almacenado reservas para sí misma y conoció a un multimillonario que compartía la misma condición.

Así obtuvo el financiamiento que necesitaba: laboratorios, equipos e incluso un pequeño ejército de protección. Ahora le faltaba el eslabón perdido: aquello que la vincularía con un linaje de dioses, los venidos de otros planetas.

Al descubrir una nueva línea de triángulos grabados, la doctora sintió un hormigueo en todo el cuerpo. Hasta ese momento había creído que buscaba respuestas sobre su origen y la rareza de su constitución física. Pero, alcanzada por la misma carga de energía que Giorgio –la que ampliaba el pensamiento y el razonamiento–, dijo en voz alta:

—¡Estábamos equivocados! Esto no es un platillo volador caído. Este objeto nunca estuvo en el espacio. Fue construido por dioses, sí… pero dioses de la Tierra. Esto es una base de lanzamiento, construida hace milenios, en una época en la que los seres eran más civilizados y evolucionados. Fueron ellos quienes iniciaron el poblamiento del universo. Los primeros astronautas. Los Dioses Astronautas.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

 

martes, 24 de febrero de 2026

CARAMELOS

Sergio Gaut vel Hartman

 

Ahora todo se deforma, como en un sueño mal recordado. Pero mientras sucedía se ajustaba a reglas lógicas, tenía cierta coherencia interior, era creíble.

Empezó cuando llevábamos unos pocos meses de casados. En aquel entonces teníamos tan poco dinero que nuestra única diversión consistía en recorrer las calles y avenidas mirando vidrieras. Irma enfrentaba la tortura de no poder comprar con un buen humor admirable. Invariablemente regresábamos a casa con la sensación de haber perdido algo por el camino.

Una tarde de tantas, hartos de túnicas y sandalias –pero en silencio, porque no teníamos nada mejor que ofrecernos–, nos detuvimos frente a un negocio antiguo, de vidrios sucios e iluminación deficiente que, sin embargo, contenía una buena cantidad de sillones de diseño moderno. Había sillones tapizados en pana y raso, sillones de cuero, con armazones de madera, de cromo, y un juego de hierro forjado con almohadones rojos de seda. Una variedad enorme de sillones colmando un local que cualquier comerciante astuto habría convertido en tres.

Nos pareció raro que no hubiese vendedores a la vista, pero la curiosidad nos venció, y entramos.

—¿No hay nadie? —pregunté en voz alta. Irma se aferró a mi brazo, insegura.

—Para qué llamar, si no vamos a comprar nada.

—Pregunto un precio y salimos. Le quiero ver la cara al vendedor.

—Vayámonos ahora. Este lugar me da miedo.

—Si salimos sin preguntar algo haremos el ridículo.

Pero pasaron dos o tres minutos silenciosos, inmóviles, que sólo sirvieron para aumentar la incomodidad. Irma miraba hacia la calle con los ojos muy abiertos y yo trataba de comprobar si el bulto que yacía en un diván azul, al final del salón, era el bendito vendedor que dormía la siesta. Me armé de valor –aunque sabía que lo único a vencer era mi timidez–, y caminé entre los sillones arrastrando a Irma.

No había dado más de cinco pasos cuando el vendedor se levantó refregándose los ojos y nos miró desconcertado. Como almohada había estado usando una bolsa de caramelos y las irregularidades del celofán le marcaban la cara como cicatrices.

—¿Qué desean?

—Un juego de sillones —dije—. De cuerina, como ésos. —Señalé un par de sillones marrones, vulgares y sin gracia. El vendedor cabeceó sin mirarlos y luego de una pausa dijo una cifra. Era una cifra muy alta, algo más de lo que ganábamos Irma y yo sumando nuestros sueldos.

—Es muy caro —dijo Irma—. Lo vamos a pensar.

—Sí, sí —dijo el vendedor—. Vuelvan cuando quieran. —Era evidente que se había dado cuenta de que no éramos compradores aun antes de interrumpir la siesta, pero no parecía guardarnos rencor por eso. Sonrió desganadamente y pudimos apreciar que no era mucho mayor que nosotros.

—Perdone la molestia —dije dándole la espalda, y tomando a Irma de la mano caminamos hacia la calle—. Buenas tardes —susurré.

—Esperen —dijo el vendedor—. Llévense unos caramelos. —Tomó la bolsa y la rasgó con brusquedad—. Gentileza de la casa.

—No se moleste —dijo Irma.

—No somos aficionados a los dulces —dije, con desconfianza.

—Por favor —dijo el vendedor. Había algo de súplica en el tono con que lo dijo. Volví sobre mis pasos, metí la mano en la bolsa y agarré un caramelo.

—Gracias.

—Agarre más. —Ahora el tono era perentorio—. Usted también... señorita. ¿O señora?

—Señora —dijo Irma extendiendo la mano.

—Lleven para los chicos —dijo el vendedor.

—No tenemos —dije.

—Ya vendrán. Y siempre hay sobrinos, los hijos de los amigos... No sean tímidos.

Terminamos llevando una docena de caramelos. Comimos varios en el camino de regreso a casa, riéndonos de nuestra propia estupidez. Durante aquel otoño recordamos el episodio una que otra vez, y siempre servía como excusa para reír y comer caramelos.

 

—No tenemos donde guardar las cosas —se quejó Irma.

—Liquidá un poco de ropa vieja —dije distraídamente. Irma me miró un momento, como para justificar el tránsito del fastidio a la simpatía.

—¿Sabés que no es una mala idea?

Revolvió el placar a conciencia. Una hora después tenía una montaña titulada "esto puede servir" y un montoncito titulado "esto no sirve para nada"; había perdido demasiado tiempo considerando posibles reformas sin reparar en los años y los kilos transcurridos.

—¿Te acordás de este saco? Acá a la vuelta hacen arreglos...

—Está pasado de moda, Irma. No pensarás que voy a ir a la oficina disfrazado de tanguito.

—Se usan más justos.

—¡Haceme el favor! Tirá esa reliquia a la basura.

Irma se encogió de hombros resignada. Sostuvo el saco de las solapas, tal vez imaginando que podría aprovecharse la tela para hacerle bermudas a uno de los chicos. ¡La ropa está tan cara! Finalmente decidió aceptar mi opinión, pero después de colocar el saco en la pila "esto no sirve para nada" cambió de idea.

—¿Qué hacés? —dije espiando por encima del diario.

—Le reviso los bolsillos. Vos tenés la costumbre de olvidar dinero en cualquier parte.

—Si encontrás algo seguro que está desmonetizado. ¿Sabés cuánto hace que no uso ese saco?

—Años. —Frunció el ceño y sacó algo ovalado de un bolsillo interior.

—¿Qué es?

—¿Recordás estos caramelos?

—Sí. Es uno de los que nos dio el vendedor de la mueblería. Creí que los habíamos comido todos.

—Parece que no. Qué risa. ¿Lo querés?

—Guardáselo a los chicos.

—¿Uno solo? ¿Para que se peleen? Además está viejo. Mejor comételo vos, tenés tripas de hierro. —Irma lo desenvolvió con cuidado y me lo alcanzó. Pero vi algo en el papel que me llamó la atención.

—Hay algo escrito —dije.

—Será una viñeta, como la de los chicles.

—Pero los otros no eran así. —Leí con dificultad; la letra era casi microscópica—. Mira qué raro. Es una invitación a una fiesta campestre.

—¡Qué lástima! Entonces nos la perdimos.

—Es para el sábado que viene —dije con tono sombrío.

—Fue hace como cinco años. Estará equivocado.

—Está impreso, clarito. Sábado 14 de noviembre. A menos que sea un error.

—Si fuera un error no diría sábado. Hace cinco años el 14 de noviembre fue domingo. —Irma hablaba con aplomo de temas matemáticos. Era profesora de un colegio secundario, y jugando con los números me superaba con facilidad. Tenía un calendario perpetuo en la cabeza y manejaba el ábaco con más destreza que yo una calculadora.

—Pero el error pudo cometerse el año anterior.

—Estás equivocado. Hace seis años el 14 de noviembre fue viernes porque los bisiestos saltean un día de la semana a causa del 29 de febrero. La última vez que el 14 de noviembre cayó un sábado fue en 1970.

Me di por vencido. El papelito invitaba a una fiesta campestre a realizarse dentro de dos días en un lugar del oeste bonaerense que yo nunca había oído nombrar.

—Vayamos —dijo Irma contra toda lógica.

—¡Estás loca! No sabemos dónde es, ni quiénes son...

—Vos te metiste en la mueblería de puro curioso. Aquí se indica un punto de reunión muy preciso y ahora la que está intrigada soy yo. Sería interesante comprobar si mantienen la promesa, tanto tiempo después. Dale.

Era un disparate. Y un disparate sin gracia. Pero tampoco tenía argumentos para forzarla a desistir. Cuando a mi mujer se le mete algo en la cabeza es cuestión de seguirle la corriente o soportar las consecuencias.

—De todos modos se me ocurre que no va a haber nadie —insistió para justificar el capricho.

—Sos capaz de levantarnos un sábado de madrugada, el único día que podemos dormir sin remordimientos, para comprobar si un papelito... ¡Por favor!

—No es tan temprano. En el papelito dice "once horas"; con levantarnos a las nueve... Podemos aprovechar bien el día... Si la cita es una broma podemos ir a la quinta de tu sindicato, en La Reja... Hago empanadas.

Claudiqué, perdida toda esperanza.

 

Por lo menos no era una broma. Nunca había visto el puente de Pringles tan concurrido. Parecía una manifestación política, y las caras que me resultaban familiares ya habían superado la media docena. Gente del barrio, seguramente.

—¡Irma! —exclamó una mujer mayor a la que yo conocía de vista; una profesora del colegio, pensé.

—¡Raquel! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —Irma estaba encantada.— ¿Cómo te enteraste? —Raquel contó una historia confusa: el primo, un llamado telefónico... Los chicos me pidieron caramelos y perdí el resto de la explicación.

Cuando volví del kiosco Irma estaba hablando con una mujer que habíamos conocido el año anterior mientras veraneábamos en Necochea. Pensé que una gran organización secreta, tal vez una secta religiosa sórdida, estaba detrás de todo el asunto.

—¿Y los chicos? —preguntó Irma.

—Los traje. Miralos.

Había dos tipos con aspecto de sindicalistas sentados en sillas tijera y acodados en una mesita. Contestaban de mal modo a las preguntas de la gente, pero parecían los únicos que estaban al tanto de lo que pasaba. Me acerqué en pie de guerra.

—¿Alguno de ustedes es flautista?

—No —dijo extrañado el más corpulento—. ¿Por?

—Por nada. Y Hamelín, ¿les suena?

—En absoluto —dijo el otro, petiso y calvo. Pero la pregunta le debió sonar graciosa, porque sonrió.

Era la prueba que necesitaba. Hasta ese momento me había sentido como un pobre paranoico, un exagerado que se pone en ridículo por pura falta de imaginación. Pero se trataba de profesionales, sabían cómo manejarnos.

—Aquí hay gato encerrado —le susurré a Irma apretándole el brazo—. No vamos.

—¡Estás loco! Han venido casi todos los profesores del colegio...

—Y muchos vecinos del barrio que me conocen desde chico. Igual no vamos. Es una trampa.

—¡Por favor! Aquí tengo los pasajes.

—¿Encima pagaste?

—Son pasajes gratuitos. ¿Qué mosca te picó a vos?

Los chicos correteaban por el puente. Seguía llegando gente. En algún momento el petiso y calvo se levantó, plegó la silla y señaló una escalera metálica oxidada y vetusta que juro no haber visto antes en ese lugar. La gente empezó a bajar e Irma fue de los primeros por lo que no tuve más remedio que seguirla. Desembocamos en un andén estrecho, precario, formado con tablones colocados sobre una estructura tubular. La masa humana empujaba en todas direcciones, y a pesar de mis esfuerzos me vi separado de Irma y los chicos. Lamenté no haber tenido por lo menos a uno de ellos en brazos: los imaginaba asfixiados por la multitud. Sin embargo Irma estaba tranquila, me hacía continuas señas con la mano y sonreía. Traté de remontar la corriente pero los bolsos de ropa y comida complicaban la tarea. Cuando comprendí que sería imposible acercarme opté por anunciar a los gritos que nos reuniríamos en el tren, que yo ocuparía los lugares necesarios con los bolsos, que no se apuraran, que dejaran subir al resto de la gente. Justamente en ese momento el tren ingresó en la "estación".

Encajonado entre los muros altos y los vagones, y apretujado por la multitud, me sentí el personaje de un film de Losey. Soy el otro señor Klein, pensé. En cualquier momento llegarán los de la Gestapo y me coserán una estrella de David en la manga... Este tren nos reserva un recorrido atípico: Moreno, Luján, Dachau, Treblinka, Auschwitz.

Esta forma de autocompasión no parecía el mejor método para levantarme el ánimo. Por suerte la puerta del vagón quedó cerca de donde yo estaba, y fui uno de los primeros en subir. Ocupé un asiento triple y me asomé por la ventanilla luego de acomodar los bolsos. Me llamó la atención que subiera tan poca gente, pero lo atribuí a las aglomeraciones y desencuentros. Cinco minutos después el vagón seguía casi vacío, y los únicos pasajeros eran hombres solos, separados de sus familias. Estábamos como acorralados, en una situación precaria, hablando a los gritos por sobre un mar de cabezas. Parecíamos reclutas confundidos, a punto de ser enviados al frente sin instrucción militar. Varias veces traté de acordar con Irma puntos de reunión alternativos, pero ella parecía estar cada vez más lejos y mis palabras, mutiladas por la distancia, le llegaban tal vez entrecortadas, imprecisas.

Finalmente comprobé que, en efecto, nos separábamos más y más porque el tren, silenciosamente, se había puesto en marcha. Los vagones posteriores llegaron al extremo del pequeño andén improvisado y la estación quedó atrás. Perdí todo rastro de prudencia y procuré lanzarme del tren, pero una serie de factores tan simples como imprevisibles se confabularon para impedírmelo. Estaba en la parte central del vagón y grandes pilas de bolsos me cerraban el paso en ambas direcciones. Cuando logré sortear los obstáculos encontré trabadas las puertas de ese lado. Y después fue demasiado tarde: el tren marchaba a una velocidad tal que tirarme en esas condiciones habría sido un suicidio.

Descarté la idea de abandonar el tren y decidí esperar una parada o el final del viaje para regresar a casa en el primer servicio descendente disponible. Por el momento no parecía haber mejor entretenimiento que observar a mis compañeros de infortunio. Casi todos tenían un aspecto mustio, marchito. Pero, aunque estaban confundidos y desanimados, no se hubieran diferenciado de la clase de pasajeros que viaja en tren rumbo al trabajo. Habían aceptado la rareza de la situación con filosófica pasividad, y por lo que pude ver ninguno de ellos había tratado de saltar. Me pareció lícito admirarlos en silencio. Contemplaban el paisaje por las ventanillas con absoluto desapego, como si en lugar de un viaje a lo desconocido estuvieran paseando por una galería comercial. O como si esas líneas paralelas de color gris que iban quedando a nuestras espaldas formaran parte de una rutina diaria. Y sí, pensé, por qué no; cuando subí había varios pasajeros acomodados, que bien podían haber abordado el tren en la cabecera confundiéndolo con un suburbano regular.

Pero el tren no paró en ninguna estación.

Es un rápido, pensé para levantarme el ánimo. No tenía sentido atormentarse con ideas negativas. El tren llegaría a destino...

El paisaje fluctuó. Villas de cartón, villas de chapas; zonas residenciales, zonas fabriles, campos hasta el horizonte. Me angustiaba pensar que cuanto más lejos me llevara ese maldito tren, más tardaría en reunirme con Irma y los chicos.

Algunos de mis acompañantes leían el diario y otros dormitaban. No me atrevía a encarar a nadie. Finalmente decidí pasar al vagón contiguo; quizás allí la gente no fuera tan apática y alguien tuviera una explicación para lo que nos estaba pasando.

En el otro vagón había mujeres, no muchas, como si un ordenamiento lógico pero desconocido hubiera separado a las víctimas por sexo. Tenían rostros comunes, casi borrosos, el tipo de cara que resulta difícil de recordar apenas se cierran los ojos. En lugar de personas bien podían ser el producto de una pesadilla.

Y así, la idea que había estado pugnando por entrar en el círculo de la conciencia terminó por imponerse: yo estaba soñando. Uno de esos sueños vívidos, que parecen reales y son capaces de incorporar hasta las reflexiones sobre la naturaleza de los sueños, me había tomado por asalto. Estaba atrapado en una pesadilla capaz de alimentarse de sí misma y al mismo tiempo destruir todos mis intentos por despertar.

—Escúcheme —le dije a una mujer de cierta edad que me pareció confiable—. ¿Usted entiende esto?

—¿Sí? —La mujer no separó la cara de la ventanilla; estaba como hipnotizada. Los cables de alta tensión ondulaban paralelos y cadenciosos entre las torres, configurando un esquema de aislamiento rítmico e inhumano. Comprendí que no lograría nada con ella y me acerqué a otra.

—¿A usted también la cazaron con la trampa de los caramelos? —le pregunté estúpidamente.

—¿Hmmm? —La mujer me miró a los ojos y mis párpados cayeron; noté que se le habían borrado las facciones. O tal vez no fuera así y mis sentidos empezaban a jugarme una mala pasada. Veía planos que se cortaban en puntos distantes, fuera del tren, y formaban ángulos borrosos, inconclusos.

Cuando logré reaccionar y ya me disponía a pasar al vagón siguiente noté que el tren se detenía. Me asomé por la ventanilla y comprobé que entrábamos en una estación de pueblo. Por el tiempo de viaje deduje que no podíamos estar más allá de Merlo, pero el andén, corto e irregular, no se correspondía con ningún lugar que yo conociera. Tal vez, me dije, hayamos tomado por un desvío; debe ser eso.

Traté de leer el cartel que suele haber en los extremos de los andenes o sobre la oficina del jefe, pero no vi nada. Un lugar anónimo. El tren se había detenido sobre una vía única que se perdía en el horizonte, y su arribo debía constituir un acontecimiento importante porque se había congregado una multitud para recibirlo. Hombres y mujeres agitaban los brazos alegremente y voceaban nombres que yo no alcanzaba a identificar. Mis compañeros de viaje, en cambio, parecían aturdidos. Unos pocos se habían levantado de los asientos y miraban hacia afuera extrañados, como si la cosa no fuese con ellos.

Agarré los bolsos y bajé del tren.

Caminé unos pasos por el andén con la intención de preguntar en la boletería si ese u otro tren regresaba a Buenos Aires y cuándo. En virtud de la larga serie de acontecimientos nefastos que parecía perseguirme estaba dispuesto a aceptar respuestas como "mañana", "dentro de una semana" o "ese fue el último viaje"...

Una mujer joven, de largo pelo negro, se desprendió de la multitud y vino rectamente hacia mí, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.

—¡Bela, por fin!

Cuando dijo Bela sentí que un escalofrío me corría por la espalda. ¿Se estaría refiriendo a mí? Miré a los costados y comprobé que era el único pasajero que había descendido. Pero no me llamo Bela. Hasta ese momento estaba seguro de que mi nombre era otro, aunque no lograba recordarlo. Bela me sonaba a húngaro, un nombre ridículo, como de fantasía, adecuado tal vez para un actor de películas de terror, no para una persona normal.

—¡Querido! —exclamó la mujer abrazándome con fervor y besándome en la boca. Sentí su lengua aguda abriéndose paso entre mis dientes; tenía gusto a naranja—. ¿No estás contento de haber vuelto a casa?

—No. No sé —balbuceé.

—Bela, siempre el mismo atontado. Vamos, no te quedes ahí parado como un pavo.

Tironeó de mi mano riendo con descaro. Era una mujer de belleza silvestre, agresiva, que en otras circunstancias me hubiera atraído irresistiblemente en lugar de amedrentarme. Me limité a seguirla.

Cuando abandonábamos la estación miré hacia atrás y descubrí que era el único que había bajado del tren. La gente se desconcentraba en silencio y la fiesta podía considerarse terminada. El tren se puso en marcha. Era evidente que me había apresurado y estaba aún más comprometido que antes.

La mujer me condujo por la única calle del lugar hasta una especie de supermercado que estaba en la esquina, frente a la estación. Pasamos por delante de una pila de cajones vacíos y ella empujó una puerta vaivén de vidrio. En la caja había un hombre mayor, de unos sesenta años, que nos miró inexpresivamente. Atravesamos el salón de ventas sin saludar a nadie, casi a la carrera, y subimos por una escalera escondida entre latas de dulce de membrillo. La escalera conducía a un entrepiso que bordeaba todo el local, pero ése no parecía ser el punto final de nuestro viaje. La mujer se detuvo ante otra puerta y la abrió con una llave que había sacado del bolsillo del jean.

—Vení —dijo tironeándome una vez más. Era una provocación. Yo sabía lo que venía a continuación, pero todavía no había logrado poner mis pensamientos en orden como para hacer alguna pregunta coherente.

Me llevó a un cuarto en penumbras, bastante limpio a pesar de que se hallaba abarrotado de mercaderías. Dejé los bolsos sobre una mesa y me acerqué a ella. Llevó mis manos hasta sus pechos y me indujo a que se los apretara. Esa conducta me descolocó de tal modo que me moví con mucha torpeza y pateé una hilera de botellas vacías. Las botellas rodaron interminablemente y cayeron a la planta baja rompiéndose con gran estrépito. Contrariamente a lo que supuse, a nadie le preocupó lo sucedido, y nadie nos reprendió; hasta me pareció que había risas divertidas y comentarios intencionados, tal vez referidos a lo que podríamos estar haciendo arriba.

—No sabés cómo te extrañé —dijo la mujer sacándose el suéter de lana. Como imaginé, no usaba sostén. Tenía pechos en forma de gota, con pezones y aureolas diminutos.

—¿Te parece un buen lugar para hacerlo? —Mientras pronunciaba esas palabras sentí un hormigueo en la lengua. Una porción de mi mente pensaba otra cosa, tal vez una respuesta adecuada, algo así como: "No pudiste haberme extrañado porque no nos conocemos."

A partir de ese momento toda la escena se desarrolló en dos planos paralelos: yo decía algo diferente de lo que pensaba y a ella le parecía lo más natural del mundo. Nos conocíamos desde hacía varios años, estábamos casados, vivíamos en los altos del supermercado –aunque durante mi ausencia nuestra habitación se había aprovechado para almacenar mercaderías–, ella era la hija del propietario y se llamaba Mari.

—¿Ganaste mucha plata en Buenos Aires? —Mari me apoyaba los pechos en el brazo; sentí la dureza de los pezones, aunque traté de reprimir mi excitación para no perder la cabeza. Aún confiaba en poder explicarle la verdad de la situación, que estaba confundida...

—Algo. Pero vos sabés que un kiosco de cigarrillos y golosinas no es la clase de negocio que permite hacerse rico en poco tiempo.

—No me escribiste ni una carta.

—Tenía el kiosco abierto día y noche. Dormía en el kiosco. —Yo quería hablarle de Irma, de los chicos; decirle que trabajaba en una inmobiliaria y que me llamaba Abel, no Bela. Ahora ya no pensaba en pesadillas, sino en una larga amnesia, una bifurcación en algún punto del camino. Sin embargo retenía mi pasado, recordaba los años de mi niñez.

—Malo; no me trajiste ni un caramelo. —Era el colmo. Revisé los bolsillos del pantalón y encontré los caramelos que había comprado para los chicos en la esquina del puente de la calle Pringles. Le di uno—. ¡Qué lindo! —dijo Mari—. En el papel hay un mensaje de la buena suerte.

—No sabía que los caramelos venían con mensaje —susurré. Mari terminó de leer el papelito y una sombra le cruzó la cara.

—¡Idiota! —Tiró el envoltorio y salió corriendo, con los pechos al aire, desentendidos de los dramas humanos, felices. Recogí el papelito y leí el mensaje: "Este hombre la engaña con una mujer que se llama Irma."

Bajé tratando de pasar inadvertido. Cuando llegué a las cajas observé que Mari estaba hablando con un hombre joven que yo no había visto al entrar; el hombre no parecía impresionado o molesto o excitado porque Mari tuviera el torso desnudo. Ella ni me miró.

Salí a la calle y vi que ya se estaba poniendo el sol. No tenía objeto volver a la estación de ferrocarril, por lo que me alejé del pueblo a campo traviesa. A lo lejos divisé una ruta por la que pasaban coches y camiones.

No fue difícil hacerme llevar por un transportista de hortalizas que iba a Buenos Aires.

¿Las cosas se estarían encarrilando, por fin? Esperaba que Irma no se hubiera puesto excesivamente nerviosa al ver que me iba en el tren, aunque seguía sin entender por qué ella y los chicos no habían subido. Conté los minutos que me separaban de casa. Todo se arreglaría.

El camionero era muy locuaz e interrumpía continuamente mis pensamientos. Traté de ser educado asintiendo y sonriendo de vez en cuando. Hablaba del precio de la verdura, de mercados de concentración... Quizás algo que él dijo, o mis propios nervios, me llevaron a un descubrimiento. Bela no es otra cosa que un anagrama de Abel. ¡Y Mari de Irma! ¡Ahora los rasgos del sueño se afirmaban! ¿Qué significado puede tener verse separado de la familia por culpa de un envoltorio de caramelo, embarcado en un tren irregular, obligado a realizar un viaje sin sentido hasta un pueblo que no figura en los mapas, tironeado por una loca que dice ser tu mujer...?

Me dejó bastante cerca de casa. Pero me sentía perdido, como si hubiera estado mucho tiempo fuera de la ciudad, y no unas pocas horas. Llegué a casa a eso de las nueve. El portero estaba sacando la basura y ni me miró. El corazón me latía con fuerza; estaba muy ansioso y me pareció que el ascensor se movía con exagerada lentitud.

Cuando por fin llegué al departamento me detuve a escuchar. Aparentemente no había nadie. Estarían todos en la casa de la madre de Irma. Puse la llave en la cerradura y la hice girar. Yo no vivía allí. Nunca había vivido en ese lugar.

Una mujer mayor se me acercó, aterrada.

—¿Usted...?

—Señora —articulé con dificultad—: discúlpeme; me debo haber equivocado... soy nuevo en el edificio, ¿sabe? No entiendo lo que pasó. Mi llave abre su puerta... Es una casualidad. —Le tendí la llave, pero la mujer retiró la mano. La llave cayó sobre la alfombra, en silencio.

¿Seguía el sueño, la pesadilla? La mujer retrocedió, como si yo fuese un aparecido. Le di la espalda y salí corriendo de allí,

Bajé por la escalera y paré un taxi al llegar a la vereda. Iría a la casa de mi suegra. Era el único lugar lógico. No quería ni pensar en lo que acababa de pasar en el departamento. Hablaría con Irma y todo se aclararía.

Pero la sensación de angustia se repitió ante el llamador de bronce de la casa de mi suegra.

Ahora sabía de qué se trataba. Había algo irremediablemente desfasado en el modo en que se habían ido desarrollando los acontecimientos, y un sentido extra, una capacidad ignorada hasta ese momento, me ponía sobre aviso. Ya empezaba a ser capaz de descifrar los mensajes.

Por suerte fue Irma quien atendió a los golpes de la manito de bronce.

—¡Querida! —exclamé temblando—. ¡Por fin! —Irma me miró, primero con asombro, luego con espanto.

—Usted... ¿quién es?

—¡Irma! ¡Soy Abel!

—No lo conozco. ¿Qué quiere? —El tono era duro. Yo podía ser un asesino, un borracho; cualquier cosa menos Abel.

—Escúchame —insistí—. No sé de qué lado de la pesadilla estoy, ni siquiera sé si es una pesadilla. Pero déjame entrar, permitime que te cuente lo que pasó desde el principio.

—¡No! No tengo nada que hablar con usted, ni me interesa. —Irma hizo un intento de cerrarme la puerta en la cara. Vaciló.

—Dame un minuto. Hace de cuenta que soy un desconocido que te para en la calle...

—¡No! —repitió Irma. Cerró la puerta.

—Soy... —Yo ya no era nada. ¿Acaso Irma iba a creer una historia basada en que nos habíamos conocido en un baile, siete años atrás, que habíamos estado tres años de novios, que al principio le había costado quedar embarazada...? Los sucesos del día tenían más consistencia. Mari, el caramelo de la buena suerte, con ese mensaje ridículo. Di media vuelta. No sabía si me emborracharía, si iría a ver a un psicólogo, si me suicidaría, o en qué orden haría todo eso. Entonces la puerta se abrió e Irma se asomó tímidamente.

—Espere.

—¿Sí?

—Recuerdo un sueño —dijo Irma—. Una estación de ferrocarril y mucha gente. Lo raro es que había un hombre muy parecido a usted. Me llamaba desde el tren, y me decía algo, pero yo no le entendía.

No le dije nada. Bajé la cabeza, y me alejé. Estaba seguro de que Irma luchaba contra el deseo de llamarme, de seguir indagando, tal vez por pura compasión. Ya no estaba asustada. Pero todas mis pruebas eran como bruma, o peor, como estigmas.

Caminé una cuadra con los puños crispados en los bolsillos, y pensé en los personajes de la literatura, ésos que visitan un lugar imposible y siempre logran rescatar un objeto testigo, la prueba de que estuvieron allí. No en mi caso. Ni siquiera me servía tener los bolsillos llenos de caramelos, los caramelos que los chicos no habían llegado a comer.

Me planteé seriamente la posibilidad de volver al pueblo de Mari, pero no tenía idea de cómo viajar hasta allí. ¿Atravesando un espejo? ¿Tomando un tren fantasma que saliera de un vigésimo piso?

Es inútil. La situación no tiene remedio. Mi efímera existencia habrá terminado cuando el soñador se despierte por la mañana, y me olvide entre el primer sorbo de café y la lectura del diario.

Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

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