lunes, 21 de septiembre de 2026

EGIPTO

Abdel Latif Moubarak

 

La frialdad de la piedra de granito se filtraba a través del vestido negro de Souad, pero a ella no le importaba. La franja de asfalto se extendía lisa y despiadada, como si estuviera ansiosa por tragar sus pasos tal como había tragado, apenas una semana atrás, el rechinido de los frenos finales y el grito de su hijo de diecinueve años, Youssef. Diecinueve años de risas, carreras y calidez, condensados en un abrir y cerrar de ojos y en una sola palabra repetida en todos los pésames: "un accidente".

​Souad caminó lentamente hacia la casa que su niño había dejado para no volver jamás. El silencio en la sala no era simplemente una ausencia de sonido; era una entidad pesada que posaba sobre su pecho. Cerró la puerta tras de sí y miró el calendario colgado en la pared: habían pasado nueve días como un coma leve, y hoy marcaba el comienzo de las diez noches en las que decidió enfrentar su tragedia cara a cara, lejos de la ilusión del consuelo y de las frases habituales de confort.

​Souad se sentó en el suelo de la habitación de Youssef. El aire aún conservaba el aroma de su colonia, una mezcla de limón y ferviente juventud. Ante ella estaba su mochila azul, abandonada en un rincón de la habitación desde el día del accidente.

​Abrió el cajón del escritorio lentamente. Un cuaderno de clases, un bolígrafo roto y un llavero con forma de raqueta de fútbol. Tomó el cuaderno y abrió las primeras páginas; había garabatos aleatorios, notas sobre los próximos exámenes y una lista de canciones que planeaba descargar.

​No habían caído lágrimas de sus ojos todavía; en su lugar, sentía una sequedad ardiente en la garganta. Colocó su mano sobre la caligrafía irregular, como intentando extraer un pulso perdido de entre los papeles. Se preguntó en silencio: ¿Cómo pueden perdurar las líneas de lápiz en el papel mientras la mano que las escribió yace bajo la tierra? Presionó el cuaderno contra su pecho junto con el resto de sus cosas y durmió sobre los azulejos fríos, respirando su aroma hasta la mañana.

​El ruido de la carpa del velorio formal se había desvanecido, pero la segunda noche trajo un golpe inesperado a la puerta. Souad abrió la puerta a Najlaa, su vecina y amiga de toda la vida, que llevaba un plato de comida caliente.

​Najlaa se sentó y habló en voz baja, llena de piedad.

—Tienes que comer, Souad... Youssef está en un lugar mejor. Es un pájaro del paraíso; Dios lo eligió porque lo amaba.

​Souad sintió una ola de ira sofocada subir por su garganta. No quería oír hablar de un lugar mejor; lo quería a él aquí, en su habitación, quejándose de los exámenes difíciles o pidiendo un segundo plato.

—Sé que me quieres, Najlaa, pero por favor... no me expliques su muerte —dijo en un tono quieto pero firme—. Déjame llorarlo tal como es, mi hijo a quien perdí en la calle. No cubras esta tragedia con palabras reconfortantes solo para calmar tu propia mente.

​El silencio cayó. Najlaa asintió con la cabeza y se fue lentamente, dejando a Souad a solas con el plato de comida frío y su puro derecho a un dolor sin adornos de palabras.

​Pasaban de las dos de la mañana cuando Souad recordó el viejo teléfono de Youssef, juntando polvo en el cajón de la librería. Lo sacó y lo puso a cargar, esperando ejecutar una idea que había rondado su mente todo el día.

​Abrió los álbumes de fotos, luego pasó a la aplicación de grabadora de voz. Encontró una grabación con su voz del año anterior, leyendo un texto literario con un tono juguetón y dudoso: "Mamá, escucha esta grabación y dime si mi locución es buena..."

​Presionó reproducir. Su voz salió clara, cálida y llena de vida. Sus lágrimas finalmente cayeron, no lentamente, sino como una cascada que brota tras romper un largo dique. Se cubrió el rostro con las manos, con el cuerpo temblando por los sollozos. La voz sonaba tan viva que sintió que sería un crimen detenerla. Reprodujo la grabación docenas de veces, y cada vez su voz llenaba la habitación, acariciando su corazón con una mano de éter, hasta que el sueño la venció mientras el sonido resonaba en sus oídos.

​Souad se paró en el balcón con vistas a la carretera principal. A esta hora, Youssef solía regresar de su entrenamiento deportivo, levantaba la cabeza hacia el balcón, aplaudía dos veces para que sus ojos captaran su presencia y luego subía las escaleras de un salto.

​Se quedó observando a los transeúntes. Jóvenes de su edad, vestidos con ropa deportiva similar, riendo y bromeando. Sintió envidia, una envidia pura y profunda por las madres de esos jóvenes que los estaban esperando ahora. No le deseaba el mal a nadie, pero se preguntaba con agonía: ¿Por qué él? ¿Por qué esa carrocería en particular atravesó su cuerpo?

​El tiempo pasó y las luces de la calle se apagaron una a una. Souad se dio cuenta de que esperar en el balcón ya no tenía ningún sentido, y que el niño que solía mirar hacia arriba para saludarla se había convertido en una raíz en una tierra distante.

​En esta quinta noche, Souad decidió cocinar. No había cocinado desde aquel día oscuro. Preparó la comida favorita de Youssef: pasta al horno con bechamel.

​El aroma llenó los rincones de la cocina y, por unos momentos breves, olvidó la realidad, sintiendo que las cosas seguían su orden natural. Colocó los platos en la mesa del comedor: uno para ella, uno para su esposo que había fallecido años atrás y uno para Youssef en su asiento habitual.

​Se sentó a la mesa y tomó su tenedor. Miró fijamente la silla vacía frente a ella. Ese asiento vacante parecía más grande que toda la habitación. No pudo tragar ni un solo bocado. Tomó el plato de Youssef, lo cubrió con papel de aluminio, salió a la noche oscura y se lo dio a un hombre anciano que dormía cerca de la estación. Era la primera vez que salía a ofrecer algo al mundo desde su partida.

​Esta fue la noche más larga y dura. Souad se despertó con una pesadilla recurrente: una luz amarilla cegadora, el duro rechinido de neumáticos rozando contra el asfalto y un golpe sordo.

​Se sentó en medio de la cama, invadida por una rabia violenta. Ira hacia el conductor que había huido, ira hacia la calle escasamente iluminada, ira hacia los médicos que no pudieron salvarlo y una rabia silenciosa hacia el destino mismo.

​Recorrió el apartamento como una loca, moviendo adornos de sus lugares y gritando al vacío.

—¿Por qué no me llevaste a mí? ¿Qué hace un chico en la flor de su vida bajo la tierra mientras yo me quedo aquí, respirando?

​No encontró respuesta. Se desplomó sobre la alfombra de oración y permaneció postrada durante horas, sin pedir nada, simplemente dejando caer su cabeza pesada sobre el suelo, permitiendo que su ira se consumiera y se convirtiera lentamente en las cenizas de una rendición impotente.

​Llamaron a la puerta a primera hora de la tarde. Los visitantes eran tres de los amigos cercanos de Youssef. Entraron con timidez, con las cabezas gachas, llevando un trofeo deportivo que Youssef había ganado en su última competencia de carrera pero que no vivió para recoger.

​Souad se sentó con ellos. Los jóvenes tartamudearon al principio, temerosos de avivar su duelo. Pero ella les sonrió débilmente.

—Hablen de él —les dijo—, cuéntenme cosas que hizo con ustedes y que yo nunca supe.

​Sus expresiones cambiaron y comenzaron a recordar. Le contaron cómo solía compartir su comida, imitar a sus profesores de la universidad y correr a ayudar a cualquiera que viera en el camino. Souad se rio con ellos, mientras las lágrimas corrían por su rostro al mismo tiempo. Esa noche, se dio cuenta de que Youssef no solo había vivido en su casa; había dejado pedazos de su alma en los corazones de estos jóvenes.

​Las gotas de lluvia se deslizaban por los cristales de las ventanas. Souad decidió dar el paso más doloroso para cualquier madre en duelo: clasificar la ropa de su hijo.

​Abrió el armario. Sus camisas, pantalones y abrigos pesados estaban colgados en el mismo orden en que los había dejado. Sacó bolsas grandes y comenzó a doblar las sábanas y camisas, apartándolas para dárselas a los necesitados.

​Con cada prenda que tocaba, recordaba la ocasión en que había sido comprada: esta camisa para su decimoctavo cumpleaños, este abrigo el invierno pasado cuando llegó a casa completamente empapado. Conservó solo una camisa, su favorita, que llevaba el logo de la Universidad de Alejandría, y la presionó contra su pecho, mientras cerraba las otras bolsas con un corazón exprimido por el dolor, pero aliviado por una pena tranquila.

​En la novena noche, Souad no pudo permanecer en la casa. Fue al cementerio antes del atardecer y se quedó allí hasta que cayó la oscuridad.

​El cementerio estaba tranquilo, envuelto en árboles y una brisa suave. Se sentó junto a la tumba y puso su mano sobre la tierra húmeda. Ya no lloraba con la angustia ardiente de las primeras noches. Comenzó a hablarle con voz suave, como si le estuviera leyendo un cuento antes de dormir como solía hacer cuando él era un niño pequeño.

​— Youssef... te extraño mucho —le dijo—, pero te prometo que intentaré vivir. No dejaré que mi dolor te mate dentro de mí otra vez. Mantendré vivo el recuerdo de tu risa.

​Esta fue la primera noche en que sintió que una extraña sensación de serenidad se filtraba en su interior, como si la tierra misma le estuviera ofreciendo un pésame silencioso.

​Llegó la décima noche, trayendo consigo una transformación tranquila. Souad abrió completamente las cortinas de la habitación, dejando que la luz de la luna, y luego la luz del amanecer que se colaba, llenaran el pasillo que había estado oscuro durante tanto tiempo.

​Tomó el cuaderno de Youssef que había encontrado el primer día y abrió la última página en blanco. Sacó un bolígrafo y comenzó a escribir debajo de sus garabatos aleatorios:

​"Te has ido, Youssef, dejándome con una herida que nunca sanará, pero también me dejaste diecinueve años de luz. En estas diez noches, aprendí que el duelo no es un enemigo del que deba huir; es el espacio donde te mantengo vivo en mi corazón. No te olvidaré y nunca dejaré de extrañarte, pero hoy, empiezo a vivir por ti".

​Cerró el cuaderno y lo colocó sobre la mesa al lado de su cama. Respiró hondo y dio la bienvenida al primer rayo de sol mientras bañaba la habitación con una nueva calidez, aceptando su dolor como parte de un amor sin fin.

Abdel Latif Moubarak (Suez, 1964) es un destacado poeta y escritor egipcio en lengua árabe clásica y vernácula. Graduado en Derecho por la Universidad Ain Shams, es miembro de la Unión de Escritores Egipcios y de la red de Escritores Árabes en Internet. Surgió como una figura relevante de la generación poética de los años ochenta, publicando ampliamente en reconocidas revistas y periódicos del mundo árabe como Al-Ahram y Kuwait. A lo largo de su trayectoria ha publicado diversos poemarios, entre los que destacan Sentimientos y ecos (1994), Un ataque de sed (2007) y su obra en inglés Probability (2026). Su obra literaria ha sido distinguida con múltiples reconocimientos internacionales, incluyendo el Escudo de Excelencia y Creatividad de la Unión de Medios Árabes (2014), el Premio Internacional Sergio Camellini en Italia (2025), el Premio Naji Naaman a la totalidad de su obra (2026) y el Gran Premio del Jurado en el certamen literario italiano Il Meleto di Guido Gozzano (2026).

 

 

VIERNES A LAS SEIS

Eliana Machado

 

En la barra del bar, un tipo con cara de necesitar compañía se sienta frente a otro.

—Te voy a contar una historia, che. Era viernes, hora de salida de oficina. Todos con esa risa floja de los que se sienten libres por dos días. Todos menos nuestro hombre. El tipo salía del laburo, cerca del Obelisco, pero tenía más cara de lunes a las ocho que de viernes a las seis. Igual, a nadie le importaba. Ya sabés cómo es: nadie se fija en el que camina mirando el piso cuando el resto levanta la cabeza y se manda al fin de semana como si fuera día de fiesta nacional.

Le tocaba irse en subte, cosa rara en él. El auto se lo había llevado la grúa —los del tránsito, bah— porque esa mañana, apurado por no llegar tarde, no vio el cartel de “prohibido estacionar” frente al museo, justo en la calle donde lo dejaba siempre. Para su desgracia —o su suerte, andá a saber—, lo habían puesto de forma excepcional, por orden del Gobierno de la Ciudad, porque esa noche había fiesta en los jardines del museo: carpas blancas, luces cálidas, vino gratis para los funcionarios y toda la morfi sin límite, ya sabés… como siempre, pagada con nuestra guita. 

Pensó que ahí terminaba la mala racha. Sí, lo pensó, entre tanta cagada. Ya ves. Prefirió caminar hasta Callao para despejarse. Ahí iba, maletín en mano, entre el barullo de la gente que festejaba el finde. Cuando cruza la avenida, se larga la lluvia. Se cubre con el maletín, apura el paso… y zas: tropieza y se va de jeta contra la vereda. Se levanta como puede, con un diente menos y la boca hecha un desastre. La camisa blanca se le tiñe de rojo; parece un vampiro recién alimentado, pero sin glamour, sin castillo, sin nada. Y uno piensa: ¡Qué mala leche, loco! Se sacude el agua de los hombros, respira hondo y aprieta el maletín contra el pecho, como si apretarlo fuerte le fuera a arreglar todo este quilombo.

No tiene cara de querer ayuda y nadie parece dispuesto a ofrecérsela. Se limpia como puede, se tapa la boca con una mano y entra al primer bar que encuentra —el Celta Bar, justo ahí nomás. Pide un whisky, no para brindar, sino para apagar el dolor. El del cuerpo… y el otro. Lo baja de un saque. Como quien quiere que le queme algo por dentro, para ocuparse apagando el fuego y no darle bola a lo que le carcome la cabeza.

 

El otro escucha en silencio. No interrumpe. No asiente. Apenas parece respirar. Algo en la historia le resulta familiar, pero el silencio entre ambos no deja lugar a preguntas.

El que habla termina su trago, pide la cuenta, se levanta despacio. Y justo antes de irse, levanta la vista para despedirse del otro, que acaba de escucharlo.

—¿Pero por qué el tipo ese tenía mala cara? —pregunta el oyente.

—Porque lo habían echado esa misma tarde. Fired, hermano. Y yo que había pensado que lo del auto era lo peor del día.

Sonríe. Le falta un diente. Del lado derecho. El otro también sonríe. El mismo hueco oscuro. La misma mancha roja en la camisa. El mismo maletín.

El hombre se queda mirando el vaso vacío, como si en el fondo quedara algo más.

—Y encima sin indemnización… —murmura.

Del otro lado del espejo, su boca todavía estaba cerrada.


Eliana Machado es escritora, poeta, traductora literaria y editora brasileña, radicada en Francia desde 1994. Escribe y publica en portugués, francés y español. Doctora en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos por la Universidad de Niza-Sophia Antipolis, se formó también en Letras Portuguesas y Españolas y en Lengua, Literatura y Cultura Rusas en la Universidad de São Paulo. Es autora de libros de poesía, narrativa, ciencia ficción y literatura infantil, entre ellos République des Eaux / República das Águas, Locus brasilis, Blanco en el blanco, Brasil: aventura interior, Los Elegidos y Arthur au Royaume Tarentulesque. Sus cuentos y poemas han aparecido en revistas y antologías de distintos países. Como traductora literaria, ha trabajado con obras de Luiz Alfredo Garcia-Roza, Patrícia Melo y José Antonio Mazzotti. Es fundadora de Éditions des Trois Rivages y miembro de la Société des Gens de Lettres de Francia. Su obra ha recibido diversos reconocimientos literarios en Francia y en el exterior.

 

 

UN BRINDIS POR LA AMISTAD

Jona Heynke

 

Había decidido matar a mi mejor amiga. Sin embargo, todavía no había decidido cómo hacerlo. Mi ceguera era el principal obstáculo. No podía atropellarla con el coche. Si intentaba empujarla por las escaleras o golpearla en la cabeza con un martillo, vería lo que me proponía hacer. Tampoco era posible recurrir a una sobredosis de algún medicamento, porque en el botiquín de nuestra casa solo había una caja de analgésicos y las vitaminas de Ville.

Estaba guardando en los armarios de la cocina las cosas que había comprado. Cuando mi mano tropezó con una botella de whisky, se me ocurrió un plan infalible.

Sini aceptó de inmediato mi invitación a una noche de sauna entre amigas. Llegó envuelta en una nube de perfume en la que se distinguían, por lo menos, manzana y canela.

—No tenías que haber traído nada —dije, repitiendo mi frase habitual.

—Claro que sí —respondió Sini, como siempre—. Hice una tarta de manzana. Sé que te gusta.

Y me gustaba. Pero primero comeríamos algunos aperitivos acompañados de un buen whisky escocés. Después iríamos a la sauna y, para terminar, comeríamos la pasta con mariscos que yo había preparado y la tarta de manzana de Sini. Como de costumbre, Sini quería el whisky con soda. Como de costumbre, yo me burlé de ella por eso.

Brindamos por la amistad, como tantas noches anteriores.

—Pase lo que pase, siempre nos tendremos la una a la otra —dijo Sini, que ya arrastraba claramente las palabras—. Paula, ¿alguna vez te he dicho cuánto te admiro?

—Alguna vez has dicho algo por el estilo —respondí.

Sini se sirvió otra copa. Por la duración del sonido del líquido al caer, deduje que no había notado nada extraño en la soda.

—Haces todo igual que quienes pueden ver.

—Bueno, ya llevo treinta y cinco años practicando cómo vivir siendo ciega —resoplé, mientras llenaba mi vaso de whisky puro, que apenas me había hecho más efecto que el agua.

—Muchas veces me he preguntado qué pasaría si me quedara ciega —dijo Sini—. Yo no podría arreglármelas.

Sini bebió un sorbo y chasqueó los labios, espero que de placer.

—Es como si estuviera viendo peor.

—Son imaginaciones tuyas —dije con brusquedad—. O quizá hayas bebido demasiado. La ceguera no es contagiosa, si eso es lo que temes.

La respiración de Sini se volvió pesada. El vaso cayó. Por suerte, estaba vacío.

Me acerqué a Sini y la sacudí. Se había desplomado inerte sobre la silla y respiraba cada vez con mayor dificultad.

—Me duele —balbuceó de forma apenas comprensible.

—A mí también —le dije al oído—. Me duele desde que supe que querías quedarte con Ville.

—No —gimió Sini, y empezó a tener arcadas.

—Sí. Nuestro coche empezó a oler a tu perfume. Después también Ville.

—¡Paula, ayúdame, me duele!

—Ville empezó a recibir y enviar montones de mensajes de WhatsApp. Y cada vez tenía que quedarse hasta más tarde en el trabajo.

—¡Paula, por favor!

—Puedo ser ciega, pero no soy estúpida. Uno de mis amigos consiguió para mí una neurotoxina experimental. Mezclé suficiente con la soda para que ningún tratamiento pudiera salvarte.

—¡Paula, tengo miedo! Por favor. ¡Llama a una ambulancia!

Tomé el iPhone y le di vueltas entre las manos.

—¿O prefieres que te lea los mensajes de WhatsApp que tú y Ville se enviaban? Otro buen amigo mío consiguió entrar en tu teléfono y me los copió. Tú y Ville discutían cómo podía librarse de un lastre ciego como yo. Bueno, ahora por lo menos tú vas a librarte. Mezclé tanta cantidad de metanol con la soda que ningún medicamento milagroso ni lavado de estómago podrá salvar ya tu miserable vida.

Sini pasó los últimos y breves instantes de su vida llorando y temblando. No me quedé a presenciarlos; empecé a borrar las huellas. Vertí por el desagüe el resto de la soda. Enjuagué la botella y el vaso y los arrojé a la basura. Después llamé a una ambulancia. Los paramédicos se mostraron comprensivos. Sin duda debía de ser espantoso que mi mejor amiga hubiera muerto delante de mis ojos sin que yo pudiera ver lo que ocurría. Estuve de acuerdo con ellos en que pasar la noche sola en casa no era una buena idea. Tomé un taxi hasta el mejor hotel de la ciudad. Ville, que esta vez estaba realmente de viaje de negocios, se enteraría más tarde de la terrible noticia de la muerte de su amante.

Cuando regresé a casa, me recibió el silencio. Probablemente Ville estaba durmiendo para recuperarse del cansancio del viaje. Decidí comer la pasta con mariscos que había quedado sin tocar el día anterior. No llegué hasta el refrigerador. Algo grande que estaba en el suelo me hizo tropezar. Mi mano tocó algo blando y gomoso.

¡Un muñeco grande!, fue mi primer pensamiento. Luego reconocí el rostro de Ville.

Esta vez no tuve que fingir la conmoción. Los paramédicos se llevaron con ellos a una reciente viuda que temblaba de horror: yo. El sedante debió de nublarme la cabeza, porque llamé a un policía conocido y confesé mi crimen. De todos modos, el análisis toxicológico acabaría revelando la neurotoxina. El policía fue comprensivo, aunque tampoco a él le parecía que el asesinato hubiera sido la solución correcta en aquellas circunstancias. Resultó que Ville había legado casi todos sus bienes a Sini. Ahora irían a un orfanato chino, porque Sini había muerto antes que él.

—Ya que has empezado a confesar, ¿qué te parece si admites también el otro asesinato? Sabemos de dónde obtuviste la sustancia que pusiste en la soda. Pero ¿de dónde sacaste el veneno de la tarta? —En ese preciso momento comprendió que yo realmente no tenía la menor idea de qué estaba hablando. Poco antes de morir, Ville había comido un gran trozo de tarta de manzana. Contenía una dosis de neurotoxina tan grande que habría matado hasta a un caballo.

Jonna Heynke es una escritora, traductora, compositora y diseñadora de sonido ciega, nacida en Finlandia y residente en Alemania junto a su marido y sus gatos. Lleva muchos años trabajando como escritora y traductora independiente. Su primera novela se publicó en Finlandia en 2015, y su obra ha aparecido también en antologías, periódicos y revistas. Ha traducido al finés dos poemarios de Till Lindemann. Heynke es también la creadora de Pictures Whisper Echoes, una serie de «pinturas sonoras» basadas en artes visuales, fotografías, arquitectura, paisajes y lugares. Utiliza la inteligencia artificial como medio para acceder visualmente a las imágenes; ella misma compone e interpreta la música, principalmente con sintetizador y piano. Todas estas pinturas sonoras se publican en su canal de YouTube, Blind can see the sun.

 

domingo, 20 de septiembre de 2026

LA BALADA DEL GATO

Khancho Kojouharov

 

El viejo gato se apagaba. Sabía que la Muerte no era más que una acompañante hacia la siguiente vida felina, pero nadie más lo sabía. Presintiendo la llegada de aquella visitante a la que casi todos temían, la casa entera quedó en silencio. En la sala solo permaneció su humano. El hombre colocó una vieja camiseta suya bajo la cabeza del gato y, al percibir aquel conocido olor amistoso, este se sumió en un sueño inquieto.

No advirtió cuándo su humano se levantó y fue a la cocina, pero entre sueños oyó un familiar borboteo y, poco después, el aroma del café recién hecho irrumpió sin ceremonias en las fosas nasales del gato y lo obligó a abrir los ojos. El hombre dejó la taza sobre la mesa, se sentó a su lado y le acarició la cabeza. La caricia era agradable, pero ¿acaso aquel hombre no comprendía que en la vida de los gatos hay momentos importantes en los que, más que ninguna otra cosa, desean quedarse solos?

El gato no tenía fuerzas para levantarse y arrastrarse debajo de algún mueble, de modo que se limitó a mirarlo con cansancio. El hombre captó su mirada y parpadeó varias veces. Lo hacía para contener la humedad que pugnaba por salir de sus párpados, pero el gato lo interpretó a su manera y le devolvió el parpadeo: «Sé que eres mi amigo y que no aprovecharás este breve instante en que no te miro para atacarme». Después le dirigió una mirada firme e insistente: «Te he contado todas mis historias, pero la última no tiene palabras. ¡Simplemente tienes que verla!».

Luego entornó los ojos y concentró toda su atención en un sonido apenas perceptible. Pasos que se acercaban. Los había oído muchas veces, pero durante los últimos diecisiete años siempre se habían dirigido hacia algún otro. Ahora venían por él.

Por agotado que estuviera, el guerrero de cuatro patas se preparó para la batalla. No era grande, pero su valor era digno de un tigre. No renunciaría sin luchar al olor de la camiseta, a la caricia del hombre ni al recuerdo de las decenas de elegantes gatas y traviesos gatitos que habían pasado por su vida.

Por la rendija de los párpados observó a la visitante indeseada. Con las garras fuera, se preparó para saltar, enseñó los dientes y siseó, pero de su boca solo salió un suspiro apenas audible. Entonces oyó la voz del hombre:

—¡Adiós, Barborani! ¡Gracias por todo, querido! ¡Gracias también por esta lección!

Desde algún lugar en lo alto vio cómo el hombre acomodaba sobre su regazo el cuerpo todavía caliente y apoyaba las manos sobre él para acariciar por última vez a su querido compañero. Con amor y admiración, porque había sido testigo de su última batalla.

Entonces, delante de él, comenzó a titilar una luz. Sin saber cómo, el gato se encontró junto a una alta cerca blanca con un portón abierto de par en par, del que emanaba un calor acogedor y amable. Con un repentino impulso de energía y sin la menor vacilación, avanzó hacia la nueva aventura.

Por supuesto, había oído hablar del paraíso de los gatos, adonde iban todos los guerreros de cuatro patas que no habían temido atacar a la propia Muerte. Decían que el paraíso era un lugar cálido y acogedor, con cuevas apropiadas para esconderse. Decían que allí había árboles huecos entre cuyas ramas volaban y piaban miles de pájaros. Decían que lo atravesaba un río cristalino que desembocaba en un lago lleno de peces. Todo aquello siempre le había parecido demasiado hermoso para ser verdad.

El paraíso estaba allí, en la Tierra. Por las noches, el paraíso estaba sobre el cálido hombro del hombre o acurrucado junto a él; durante el día, en cambio, estaba en el barrio, donde había tantas palomas. La mayoría eran lo bastante estúpidas como para no advertir que el gato se acercaba cada vez más, hasta que, tras un sprint fulminante, arqueaba el cuerpo en un salto acrobático y las atrapaba antes de que hubieran conseguido elevarse demasiado.

El paraíso era la conocida voz del hombre, que al caer la tarde salía frente al edificio y gritaba a pleno pulmón:

—¡Gaaatooo! ¡Barboraaani!

Aquel llamado ejercía sobre él una atracción irresistible. El gato aparecía por detrás de la esquina del edificio vecino y, a medio camino entre el paso y la carrera, atravesaba el cuadrado de césped situado entre los bloques, a la izquierda del abeto solitario, y ya desde lejos comenzaba a contar lo que le había sucedido durante el día. No con maullidos entrecortados, como la mayoría de los gatos, sino con toda una serie de sonidos bien modulados que se fundían suavemente unos con otros: una melodía distinta cada día. El hombre lo recibía con una amplia sonrisa y abría la puerta de entrada para dejarlo pasar delante de él, diciendo:

—¿Y qué pasó después, querido? ¡Cuéntame, Barborani!

Animado, el gato seguía contándole cosas en el ascensor y en el rellano de la escalera, añadiendo nuevos detalles a su relato. Su elocuencia solo se interrumpía cuando el hombre abría la puerta del apartamento y el olor de la comida salía a recibirlos.

Una vez saciado el hambre, el gato permitía que le limpiaran las patas y todo el cuerpo con un paño húmedo. Después evaluaba cuál de los tres —la mujer que lo había salvado, su amigo el hombre o la anciana— parecía menos dispuesto a levantarse de donde estaba, y se acomodaba en su regazo. Se lo aseguro: ¡aquello era el paraíso!

Es cierto que, al principio, el mundo no había sido amable con él. Cuando era un gatito pequeño y tonto, corrió hacia un hombre y maulló para hacerle saber que quería que lo acariciaran y le dieran de comer. Pero el hombre era malvado y le dio una patada que lo hizo volar varios metros, hasta el abeto. Con las últimas fuerzas, el gatito se arrastró bajo las ramas que colgaban hasta el suelo. Antes de perder el conocimiento, vio cómo el abeto erizaba sus cientos de agujas afiladas y ahuyentaba al agresor.

Recobró el sentido entre dos manos cálidas. Al parecer, la mujer había conseguido abrirse paso entre las ramas para recoger aquella bolita dorada que gemía. Forró una caja de cartón vacía con una manta vieja y durante dos semanas le dio leche en la boca con un cuentagotas, hasta que el gatito recuperó fuerzas y pudo ponerse de pie. No lo sacaron al exterior hasta un mes después y, durante los primeros días, el hombre lo dejaba bajo el abeto protector y se sentaba en algún banco para vigilarlo. El gatito se volvía más fuerte y ágil no de día en día, sino de hora en hora, y pronto intentó atrapar su primera paloma.

—Bueno, amigo —dijo entonces el hombre—, por lo que veo, ya puedes arreglártelas solo. Diviértete y dentro de unas horas vendré a llevarte a casa.

Y al anochecer bajó al patio. El gatito lo esperaba bajo el abeto, terriblemente hambriento pero muy feliz. El hombre lo llevó hasta su cuenco de comida blanda y la vida volvió a ser maravillosa. Solo que, a causa del dolor provocado por la patada, había perdido la cuenta y ya no sabía cuál de sus sucesivas vidas estaba viviendo.

Un año después se había convertido en un gato joven –ligero, pero ágil para saltar y muy resistente– y trepaba a los árboles como una ardilla. Entonces, un día de verano, regresó al patio el viejo bandido pelirrojo Horatio –llamado así por el personaje de una serie policial cuyo cabello tenía el mismo color llameante– e intentó expulsarlo de sus antiguos dominios. Varias veces libraron feroces combates y, en cada ocasión, Barborani demostraba ser un adversario eficaz.

Llegó el frío y, hasta que terminó el invierno, Horatio no volvió a aparecer por el patio. Cuando regresó en primavera, se encontró con un Barborani más grande y musculoso que parecía haberle arrancado la piel para vestirse con ella. No está claro si comprendió que era su hijo y que ya se había vuelto demasiado fuerte para que pudiera vencerlo. A pesar de ello, Horatio no vaciló en atacarlo. ¿Lo hizo obedeciendo algún principio felino desconocido para los humanos o porque quería asegurarse de dejar tras de sí un heredero digno?

Esta vez Barborani venció y, cuando Horatio huyó, lo persiguió hasta su escondite. El bandido se deslizó hábilmente bajo la tapa metálica de un cálido sótano que olía a polvo de carbón. Barborani, prudentemente, no saltó tras él –después de todo, el sótano del carbón era territorio personal de Horatio–, pero durante media hora paseó orgullosamente de un lado a otro sobre la tapa y, antes de marcharse, dejó encima su señal: «¡No vuelvas a aparecer ante mis ojos!». Después regresó al patio y pasó todo el día sobre el techo del transformador, calentado por el sol, donde ningún otro gato se atrevía a subir.

Los años siguientes estuvieron llenos de innumerables aventuras de caza y de amor. Todas las gatas eran suyas y aquella parte de la ciudad se llenó de pequeños gatitos pelirrojos. Continuaba con devoción la obra que Horatio había iniciado en otro tiempo, aunque no existiera la menor posibilidad de que algún día consiguiera terminarla. Pero, a pesar de estar ocupadísimo, siempre –salvo cuatro o cinco noches al año– regresaba a casa, donde lo esperaban sus humanos.

Y ahora se extendía ante él el inmenso y exuberante jardín del paraíso. Todo un mundo nuevo para explorar: acogedor y cálido, con pequeños remolinos que en otoño arrastraban por el suelo incontables hojas secas con un sonido provocador, desafiándolo a atraparlas. Cuando se cansaba de aquel entretenimiento, el gato se dirigía al lago que relucía bajo el sol. Entre las flores y las hierbas abundantemente regadas caminaban o saltaban miles de pájaros. Al caer la tarde se encaminaba hacia la amplia y horizontal bifurcación de un viejo árbol situado cerca del portón y, cuando la noche avanzaba, subía hasta allí de dos saltos.

Durante los primeros meses pensó que todo cuanto lo rodeaba había sido creado especialmente para proporcionarle comodidad y alegría, pero con el tiempo comprendió que incluso en el paraíso faltaba algo. Echaba de menos la calidez del antiguo hogar, las caricias de sus tres habitantes y la voz del hombre, que a veces le correspondía contándole, a él y a nadie más, sus nuevas historias. El gato no era plenamente consciente de ello, pero sentía hacia él una gratitud inmensa, porque el hombre le había revelado la alegría de amar a alguien además de a uno mismo. Por eso, cada atardecer se acercaba al portón, no fuera a perder la oportunidad de ver a su antiguo dueño y este se internara en el vasto bosque, haciendo que ambos tardaran muchos años más en encontrarse.

Hoy, mientras les cuento su historia, el gato sigue esperando pacientemente, sin impacientarse. Todos los gatos proceden de la eternidad o –¡como mínimo!– del universo anterior; son dueños del tiempo y no necesitan pedir prestada la paciencia. Barborani sabe muy bien que, aunque viven más que los gatos, los humanos tampoco son eternos. Algún día su dueño –¡no, su amigo!– dejará por fin de contarles a los demás sus nuevas historias y, en vez de despedirse, enseñará por última vez los dientes a la Muerte. Y eso significará que se habrá ganado dignamente un lugar en el paraíso.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

 

LA BOLSA DE BASURA

Leo Masliah

 

Rodríguez iba saliendo de su casa para ir a trabajar, pero volvió para buscar una bolsa plástica llena de basura, que tenía preparada desde la víspera para una ocasión así, es decir, una ocasión en la que él, camino hacia alguna parte, tuviera que pasar por donde estaba el tacho de basura que se alimentaba de las bolsas de basura producida y envasada en cada uno de los apartamentos del edificio.

El plan era sencillo y Rodríguez se iba acercando al tacho de basura sin pensar demasiado en nada relacionado con eso, pensando sí más bien en otras cosas relacionadas con otras cosas. Pero cuando se encontraba a menos de siete metros del tacho, Rodríguez detectó la proximidad de una agente perturbador, un elemento desestabilizador de la posible calma que acompañaba el automático, necesario, lógico, humano, social, comprensible, perfectamente justificado, habitual, cívico acto de tirar la basura. Era un individuo que, arrodillado junto al tacho, extraía de allí restos de alimentos, los cuales clasificaba y separaba en distintas bolsas que traía consigo, según el contenido proteínico, el tenor graso o el nivel de adición vitamínica que tuvieran; pero el individuo no daba la impresión de ayudarse, en la detección de las gradaciones específicas alcanzadas por cada uno de estos parámetros, con ningún tipo de instrumental técnico, excepción hecha de una protuberancia que él llevaba incorporada al rostro y que le servía para medir con precisión asombrosa el índice de putrefacción operante en cada residuo alimentario, ya que entre dos mitades de cáscara de naranja aparentemente iguales, el individuo descartaba una y se quedaba con la otra, y no era, como se dice vulgarmente, porque estuviere en condiciones de tirar manteca al techo. En efecto, su nivel de ingresos no parecía ser muy alto, a juzgar por unas pequeñas roturas visibles en un costado de su toga de arpillera.

Rodríguez empezó a vacilar. Luego siguió haciéndolo.

No sabía si ignorar al individuo y depositar la bolsa en el interior del tacho, o ignorar al individuo para dejar la bolsa a unos metros de él, o tomar otras actitudes cuya descripción se verá momentáneamente demorada por el análisis de aquellas otras ya mencionadas.

La primera de éstas, es decir, de aquéllas, a saber, ignorar al individuo y tirar la bolsa en el tacho, era casi imposible de llevar a la práctica, porque la posición de la cabeza y las manos del perturbacionista era tal que obligaba a Rodríguez, en caso de decidirse a tirar la bolsa en el tacho, a decir “con permiso”. Esta opción implicaba no ignorar al individuo y considerar el acto de depositar la bolsa como una entrega, era como decirle “tomá”, y eso requería reconocer previamente en el objeto alguna cualidad capaz de valorizarlo como obsequio.

Dejar la bolsa a una distancia prudencial del tacho implicaba también, quisiéralo o no Rodríguez, reconocer el origen humano de la perturbación, y localizarlo en la persona del espécimen que revisaba la basura, ya que, de haberse tratado de un perro o una rata, Rodríguez no habría tenido inconvenientes en tirar la bolsa en el tacho dejando por cuenta del animal la tarea de defenderse del impacto, y siendo en este caso dicho impacto únicamente de tipo físico, y no también emocional, social o como quisiera llamarse a las connotaciones extrafísicas que puede haber en la actitud de regalarle a alguien una bolsa con basura. La única forma de dejar la bolsa a pocos metros del tacho y al mismo tiempo ignorar efectivamente la presencia del foco problematizador era concretar una súbita mudanza al edificio de al lado, cuyo tacho de basura estaba en ese momento libre de incursiones extractivas (aunque no por mucho tiempo, ya que en cuatro o cinco tachos más adelante y con próximo asiento en los tachos sucesivamente más cercanos había otro qué sé yo). Esa mudanza súbita sólo podía producirse si llegaban a confluir allí en ese momento una serie de factores, como el que Rodríguez no fuera miope y pudiera ver en la pizarra del quiosco de enfrente si su número de lotería había salido favorecido. Dándose una solución afirmativa a esto, Rodríguez, en la euforia del triunfo, habría podido cruzar a cobrar portando un tácito perdón por la distracción consistente en no desprenderse todavía de la bolsa de basura. Al volver a su vereda, con el dinero en una mano y la bolsa en la otra, debía pasar el propietario de alguno de los apartamentos vacíos del edificio vecino al suyo, y Rodríguez podría entonces decirle “tome este dinero, le compro el apartamento; supongo que ahora puedo hacer uso del tacho de basura correspondiente a ese edificio”. Pero la miopía de Rodríguez invalidaba todo esto aun cuando su número de lotería hubiese resultado premiado y el dueño del apartamento vecino vacío estuviese llegando desde la otra cuadra.

No era posible entonces ignorar la presencia del individuo, había que tenerla en cuenta. Desde este punto de vista, dejar la bolsa en el tacho era una descortesía, estando como estaba Rodríguez en conocimiento de que el otro iba a tomarla y revisarla de todas maneras. Pero dársela en las manos no dejaba de constituir para él una ofensa, atendiendo al contenido repugnante de la bolsa. En cuanto a si para el otro ese acto podía resultar ofensivo o no, era algo difícil de prever. Más allá de sus intenciones de apropiarse la bolsa, el individuo podía contar con una dosis de orgullo que superara con creces en intensidad a la que se necesitaba para realizar el esfuerzo de levantar una bolsa no muy pesada que alguien le deja a uno al lado, o el de desatar un nudo más o menos provisorio que alguien hizo en la boca de una bolsa de nailon. Otra posibilidad era dejarla en el tacho, pero abierta, dando a entender que no se ignoraban las intenciones del sujeto en cuanto a revisar la bolsa. Pero todos estos pensamientos pasaron con mucha rapidez por la mente de Rodríguez. Vencido por la ambigüedad contenida en el acto de darle a alguien algo que es una porquería, siendo que este alguien tiene de todas formas mucho interés en recibirla, Rodríguez empezó a pensar en otro tipo de salidas.

Pensó, por ejemplo, en darle al individuo, no la bolsa de basura, sino una limosna. Sin embargo el análisis de esta posibilidad le reveló que esto no habría de librarlo del dilema de qué hacer con la bolsa. Sea cual fuere la magnitud de la limosna, era evidente que nunca bastaría para consolidar en el otro una posición económica suficientemente holgada como para abandonar el hábito de hurgar en los tachos de basura. Entonces el individuo aceptaría quizá la limosna, pero metería inmediatamente después las manos en la bolsa. En cuanto a decirle “tome, le doy esto con la condición de que no revise la bolsa”, no parecía esto contener mayor cantidad de urbanidad que dejar la bolsa ahí nomás y retirarse del lugar sin decir ni siquiera “bolsa va”.

Rodríguez empezó a retroceder. Mientras lo hacía siguió examinando otras posibles maneras de deshacerse de la bolsa sin entrar en actitudes que hirieran sus principios.

Consideró el no dejar la bolsa en el tacho, sino sólo su contenido, vaciándolo en las manos del individuo. También consideró el dejar la bolsa cerrada y decirle “mire, le dejo esto, y sé que lo va a abrir; no me gusta la idea pero sé que es lo único que usté puede hacer para vivir; yo quisiera ayudarlo, pero no puedo por razones salariales, etc.”. Luego pensó en vaciar la bolsa en el tacho del edificio vecino, pero volver luego y tirar la bolsa vacía en el otro tacho, mostrando su necesidad de evitar entregarle basura al otro, pero mostrando al mismo tiempo también que no era su intención hacerle un desaire ni fingir que no lo había visto ni que lo había visto pero que no quería roces con él.

Ninguna de estas opciones satisfizo a Rodríguez. Siguió retorciendo hasta entrar de nuevo en el edificio. Subió las escaleras también retrocediendo, y sacando la llave de su apartamento consiguió, luego de unos minutos de esfuerzo, abrir la cerradura permaneciendo él de espaldas a la puerta. Así entró al apartamento, y siguió retrocediendo hasta que se topó con la ventana, que estaba abierta. Supo detenerse en ese momento, y permaneció allí quieto como un muñeco a cuerda detenido en su marcha por algún obstáculo, siempre de espaldas a la ventana, con la bolsa de basura en la mano. Y así pasó un rato, hasta que de pronto Rodríguez oyó que desde abajo el tipo le gritaba “che, loco, aunque sea tirámela por la ventana”.

Leo Maslíah nació en Montevideo, Uruguay, el 26 de julio de 1954. Es humorista, músico y escritor. Cuenta con más de cuarenta discos editados en Uruguay, Argentina y Chile; casi tantos libros y más de diez obras de teatro estrenadas. Su trabajo, tanto lo musical como lo literario, suele ir acompañado con un estilo humorístico muy característico en el cual recurre a muchísimos recursos: el juego de palabras, la ironía y el absurdo. Sus obras atraviesan distintos géneros musicales en tanto el folclore, clásico, rock, blues, tango, entre otros. Entre sus libros publicados pueden mencionarse Hospital Especial (1983). Historia transversal de Floreal Menéndez (1985) Teléfonos públicos (1987), El lado oscuro de la pelvis (1989), La tortuga (1990), Tarjeta roja (1991), La mujer loba ataca de nuevo (1992), El animal que todos llevamos dentro (1992), El triple salto mortal (1993), Mentirillas (1993), La décima pista (1995), Signos (1997), Líneas (1999), Servicio de habitación (2002), Estatutos (2002), Horóscopos y otras sentencias (2003), Libretos (2004), Cuentos Impensados (2008), La bolsa de basura (2009), Sagrado colegio (2014), El bobo del pueblo y otras incorrecciones (2015), Literatura con vallas (2017) y Moderador y otros desbordes (2025).

 

 

MIS ALAS ROTAS

Jorge Luis Betancourt

Fui un niño solitario, duro, triste, mal querido, creado para el dolor… sin amigos de mi edad ni juguetes nuevos… ¿o los tuve y ya no recuerdo? No conocí a los Reyes Magos ni habité un castillo encantado. Vivía en una casa grande con mamá y papá Ogro, usando los mismos zapatos de siempre, rotos, amarrados con cordeles, llenos de remiendos por donde entraba el agua, el lodo, el viento y el frío de las pisadas. Los dedos se me entumecían por la humedad.

En las mañanas iba por leche a un barrio lejano y en las tardes recogía ramas secas para el fogón. Para todos era un niño malo porque me gustaban las mariposas. La gente del barrio me temía por mi aspecto oscuro; parecía una sanguijuela pegada a la piel para chupar sangre. No supe nunca de dónde vine ni si tuve pasado.

Solo un padre Ogro, despiadado, y una madre que al principio fue distinta, pero después se volvió insultos, latigazos y empujones que a veces me hacían golpear la pared o el suelo, tragando polvo. Una vez me aventaron desde un acantilado. Me tragó el mar con su hambre de olas contra la faralla. Nadie quiso ayudarme. Nadando contra las corrientes alcancé la orilla. Sus caras insatisfechas porque no me quedé en el fondo… ¿querían que me ahogara?

Pese a los maltratos, le cantaba a los pajaritos mi mundo interior, conversando con lagartijas y búhos que entendían mi lenguaje. Con sus ojos saltones me observaban curiosos.

Un niño ciego y su gato gris eran mis únicos amigos. Con ellos hablaba a través de una ranura en la cerca frente a su casa. Un rato corto, pero me valía ese tiempo. Le elogiaba lo bonito de sus ojos.

Los gritos de Mamá Ogro me llamaban aunque no fuera necesario. Nunca estuve a bien con ella.

Papá Ogro me agarraba del pelo y me hacía oler el piso. Me obligaba a sentarme con las nalgas desnudas sobre el hormiguero de hormigas bravas. No conseguía humillarme. Nunca lloraba ni me quejaba por nada. Yo no entendía qué era ser malo.

Quise desaparecer en el humo de los basureros cuando quemaban los desperdicios del día. No hacía preguntas sobre por qué me veían detestable. Justificaba la rabia de Mamá Ogro como si fuera un castigo inevitable. Decían que cuando miraba de frente, en mis ojos se asomaba el pájaro rojo de la mala suerte.

Para el niño ciego siempre fui su príncipe gato. Le prometí que lo llevaría a conocer el mar.

Tenía insomnio porque Papá Ogro me despertaba con dos palmadas en la cabeza para que fuera al granero, donde la cabra embestía al cerdo.

En las mañanas, antes de que el sol atravesara la copa de los árboles, iba a otro barrio a comprar leche y pan. Arrastraba los pies sobre el polvo, cruzando charcas dejadas por la lluvia. Lodazales sombríos, un bosque de hierbas donde se ocultaban el gnomo y las mariposas negras. Creía que en cualquier momento vendrían a llevarme hacia una islita en medio del océano, donde pudiera verme sin los zapatos rotos, con alas multicolores volando sobre el mar.

Cantaba alto para espantar el miedo.

Una vez rompí el cristal del cuadro donde Mamá Ogro tenía su virgencita. Fue cuando con más crueldad me trató. La vecina, madre del niño ciego, tuvo que intervenir; de lo contrario me habría arrancado la piel con la correa. Estaba furiosa, respirando asmática por el cigarrillo, con ojos redondos y brillosos como los del búho. No era ella, parecía otra mujer.

«¡Yo quiero un hijo macho!»

Me echaba en cara el sacrificio de haberme criado, como si yo debiera agradecerle el hecho de estar vivo. No pedí nacer, ni ser su hijo, ni cargar con sus frustraciones.

Y yo justificaba sus excesos como castigo por haber roto el cristal de la virgencita.

El niño ciego y su gato gris seguían siendo mi refugio. Él tampoco era feliz. Encerrado en su mundo, sin poder ver el mar. Los otros niños se burlaban. Nadie entendía nuestras tristezas.

Yo intentaba hacerlo sonreír. Le contaba historias donde era un príncipe timonel de un barco. Le prometía viajes a otros puertos donde habría niños con ojos azules y gatos como el suyo.

—¡Llévame a conocer el mar! —decía a veces.

Yo lo escuchaba con alegría, imaginando que sería mi grumete.

Desde casa, Mamá Ogro me gritaba “mariposo”. Corrí un día y perdí los zapatos. Cuando regresé a buscarlos ya no estaban. Tal vez alguien los escondió. Tal vez no.

Papá Ogro llegaba bebido. Era costumbre suya beber hasta perderse. Mamá Ogro lo seguía también. Ambos terminaban derrumbados sobre la mesa del comedor, como si estuvieran muertos.

Cerré puertas y ventanas. Me dolía el cuerpo por los golpes. Intenté recuperar mis zapatos. Los encontré en una zanja fangosa.

El niño vino hasta la cerca. Le pregunté:

—¿Quieres que te lleve a conocer el mar?

Asintió feliz.

Le ayudé a salir por la abertura de la cerca. Tomé su mano pequeña y temblorosa entre la mía que sudaba.

—No tengas miedo. Estás conmigo.

Caminamos despacio por la vereda hacia el bosque de yagrumas.

Atrás quedó la casa de los Ogros, entre llamas y humo.

Jorge Luis Betancourt (Banes, Holguín, Cuba, 1964) es escritor, poeta y artista visual. Su producción literaria ha sido publicada en revistas y antologías de México, Chile, Perú, Italia y España, consolidando una presencia internacional sostenida. Entre sus libros publicados destacan Un animal de triste apariencia (Editorial Metaliteratura, Argentina), El ojo insípido de la noche (Editorial Kañy, Argentina), La playa del chivo (novela, Ilíada Ediciones, Alemania), Retrato de una Habana frente al Morro (Editorial Papel en Blanco, Argentina), Filo perverso (poesía, JLBEDITOR), El ojo en la ranura (Ediciones Niágara, Estados Unidos) y Havana Lux (Brightstars, Estados Unidos). Ha colaborado además en publicaciones colectivas como Antología de poetas por la paz (Italia) y en la revista Nube Cónica (Chile). Ha recibido reconocimientos internacionales, entre ellos el diploma de honor al mérito cultural otorgado por la Associazione Culturale International of Art and Literature (IAAL) en 2023 y la distinción “L’sola Felice” de la Unión Mundial de Poetas por la Paz y la Libertad, por su contribución al arte, la cultura y la justicia social. Es autor de número en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

 


 

sábado, 19 de septiembre de 2026

LA FAMILIA BAJO EL AGUA

Lucy Taylor

 

Poco después de cumplir quince años, regresé a casa y descubrí que se había llenado de agua. No quiero decir que estuviera bajo el agua: estaba llena de agua, como un juguete que uno metería en un acuario. Dentro, mi madre y mi hermana Babette, de diez años, flotaban de una habitación a otra como grandes y delicadas bailarinas que hicieran piruetas en una empapada cámara lenta.

Me quedé mirando a través de la ventana, sin atreverme a abrir la puerta por temor a que saliera un torrente de agua, así que esperé afuera hasta que papá llegó tambaleándose, con aquel brillo malicioso en los ojos que sugería que la acogida que había recibido en el bar del barrio no había estado a la altura de su rango en la Orden Fraternal de Borrachos, Matones y Cretinos. Ni siquiera se fijó en el estado de la casa, sino que se precipitó directamente contra una pared de agua, gritando y agitando los brazos con torpeza en cámara lenta. Casi no se oía nada. Alcancé a distinguir unos gorgoteos que podrían haber sido «maldita perra» y «cantinero imbécil», pero en su mayor parte solo eran sonidos suaves, de succión. No daban ningún miedo. Mamá gritó algo que salió a borbotones de su boca en una larga hilera de burbujas plateadas, como si estuviera vomitando perlas o las cápsulas de huevos de alguna exótica criatura marina.

Papá levantó el puño. Cuando la golpeó, ella se dobló en un silencio lento y elegante, mientras el vestido se inflaba alrededor de sus caderas. Un diente salió flotando de su boca. Respiré profundamente y me zambullí en la sala sumergida.

En cuanto entré en el agua, papá se abalanzó sobre mí, con sus labios gomosos retorcidos como los de una morena enfurecida; movía la boca, pero de ella no salía ningún sonido, salvo el gluglú de las burbujas. Intentó agarrarme, pero antes de que pudiera golpearme, Babette pasó flotando, braceando frenéticamente, con el cabello rojo desplegado alrededor de la cabeza como un halo de fuego. Me tomó de la mano y subió flotando por las escaleras delante de mí como un ángel ahogado.

No fue hasta que entramos nadando en nuestra habitación y nos escondimos en el armario cuando comprendí que había estado respirando todo el tiempo. El agua era espesa, fría y empalagosa, pero al cabo de un rato dejé de notarlo. Solo estaba agradecida de poder respirar.

Aquellas primeras semanas de adaptación a la vida bajo el agua fueron difíciles. Dormía mucho y tenía sueños extraños y turbios en los que me ahogaba, revivía y volvía a ahogarme, pero también empecé a sentir una nueva y agradable calma, un entumecimiento maravilloso en el que incluso las peleas más violentas estallaban en medio del silencio y la serenidad, y la sangre que brotaba de mi labio o de la nariz de mamá se desplegaba como hermosas serpientes submarinas en el agua azul aciano. Los gritos de papá no me asustaban, y el dolor físico, cuando llegaba a sentirlo, parecía producirse en el cuerpo de otra persona; las sensaciones eran lejanas, como el eco de un tren que desaparece a lo lejos por un túnel.

Empecé a lamentar todos los años que había pasado viviendo en el aire.

Por las noches, Babette y yo nos acostábamos juntas en nuestra cama sumergida y hablábamos en susurros, mientras sus burbujas estallaban sobre mi rostro como besos.

—¿Cómo ocurrió esto? —pregunté—. Quiero decir, nuestra casa ni siquiera era capaz de impedir que entrara la lluvia. ¿Cómo puede contener toda esta agua?

—¿De qué estás hablando? —dijo Babette—. Nuestra casa se llenó de agua cuando murió la abuela. Papá se emborrachó y cayó contra el ataúd, y mamá empezó a gritar. Cuando volvimos a casa, estaba llena de agua. Siempre me pregunté por qué nunca decías nada al respecto.

—¿Por eso nunca te he visto llorar? ¿Has estado bajo el agua todos estos años?

—Lo siento. Debería habértelo dicho. Pensaba que simplemente fingías no saberlo.

—Pero eso sigue sin explicar por qué una casa habría de llenarse de agua.

—Porque necesitamos que sea así —dijo Babette—. Para poder vivir aquí sin volvernos locas.

Tenía razón. Al cabo de un tiempo me acostumbré al silencio, a la lentitud, a flotar de una habitación a otra en lugar de caminar. Y entonces, ¡bam!, llegaba la hora de ir a la escuela, a la iglesia o al supermercado, y el mundo exterior, lleno de ruido, bordes duros y personas ásperas y espinosas, me golpeaba como un ladrillo en los dientes, y lo único que quería era volver a zambullirme bajo el agua.

También era extraño cuando venía alguien de afuera y yo estaba a salvo bajo el agua, pero el visitante no, de modo que nos movíamos en dos mundos diferentes, una criatura terrestre y otra marina, incapaces de comunicarnos. Recuerdo un desastre durante mi primer Día de Acción de Gracias bajo el agua. Dejé que un muchacho que me gustaba, Luke, viniera a casa para ver una película. Justo a mitad de la película, papá irrumpió, flotó hasta chocar con el perchero y lo derribó, y luego salió despedido contra la mesa de centro. Un jarrón se hizo añicos, un fragmento de vidrio le hizo un corte en la mejilla a Luke y él salió corriendo y gritando. Lo único que yo podía pensar era lo estúpido que resultaba montar semejante escándalo cuando lo único que tenía que hacer era echarse hacia atrás y flotar.

Creía haberme adaptado a mi mundo submarino hasta el día en que papá se comió a Babette. Mamá estaba arriba, flotando por el ático mientras hacía la limpieza de primavera. Papá miraba lucha libre profesional en la televisión y avanzaba a buen ritmo en su propósito de reemplazar con cerveza toda la sangre de su cuerpo. Yo jugaba a ser una sirena, moviéndome lánguidamente cerca del techo, dando volteretas en cámara lenta en mi habitación.

De pronto, Babette lanzó un chillido aterrador incluso bajo el agua. Nadé escaleras abajo y llegué a tiempo para ver a papá en el suelo, con Babette inmovilizada debajo de él. Ella intentó escabullirse, pero papá la agarró por los tobillos.

Babette nadaba, pataleaba y gritaba cuando, de pronto, los brazos y las piernas de papá se encogieron hasta convertirse en muñones. De su vientre y de su espalda brotaron aletas. Se convirtió en un tiburón con unas horribles mandíbulas de color metálico y unos ojos que parecían arrancados de un cadáver congelado. Abrió la boca y succionó a Babette. Primero se tragó sus pies y sus piernas, después las caderas y luego el resto. El agua se volvió roja y turbulenta. Trozos de carne pasaron flotando frente a mi rostro. Yo no podía pensar, no podía luchar, no podía nadar, y el cráneo de Babette estaba siendo aplastado como una lata de cerveza vacía. Vi sus ojos, vidriosos y enormes, mientras su rostro desaparecía dentro de aquellas fauces, y entonces nuestro Padre, el Gran Tiburón Blanco, levantó la cabeza y concentró en mí su hambre indescriptible, aquel impulso voraz de devorar y destruir.

Abrí una ventana, respiré profundamente y salí nadando, para caer en el luminoso y estridente mundo exterior, lleno de bordes duros y ruido, donde ya no podía nadar, así que me puse de pie y corrí, corrí para salvar la vida.

Es curioso cómo cambia uno después de haber vivido bajo el agua. El mundo de la luz y el aire nunca termina de sentirse bien, nunca funciona del todo. Es como ser una refugiada durante el resto de la vida, buscando siempre un hogar que apenas puedes recordar y que ni siquiera estás segura de haber querido, pero que fue el único lugar donde alguna vez todo pareció normal.

Pasé bastantes años en el mundo del aire. Viajé hacia el oeste haciendo autostop y viví un tiempo en la calle; después fui a un refugio para jóvenes fugitivos, terminé la escuela y conseguí trabajo vendiendo publicidad para una emisora de radio. Con el tiempo aprendí a no hacer burbujas en público ni intentar cruzar una habitación nadando a braza, porque la gente me miraba de manera extraña. Me adapté tan bien que nadie habría imaginado que me había criado en otro lugar que no fuera el aire.

Entonces, una noche después del trabajo, vi en una esquina a un muchacho rubio de ojos verdes como ágatas y sonrisa burlona, fumando un cigarrillo. Ojos duros de ave de presa y una boca carnosa, tentadora, con un rastro de crueldad en las comisuras y un bulto bajo sus Levi's que hizo que el corazón se me derritiera, resbaladizo, ardiente y húmedo, hasta las bragas.

Me detuve donde estaba. Lo saludé.

No me decepcionó.

Se llamaba Darius. Su apartamento estaba en un edificio sin ascensor junto a una licorería. El apartamento estaba bajo el agua. Abrió la puerta y entró nadando. Yo nadé detrás de él. Follamos como peces, en silencio y con un esplendor de sangre fría, mientras el agua nos protegía, nos mantenía separados, una barrera a través de la cual el odio, el miedo y la violencia apenas lograban alcanzarnos. Allí donde la sangre era hermosa y el dolor una distracción interesante.

Supe que había vuelto a casa.

Lucy Campbell Taylor (Richmond, Virginia, 30 de noviembre de 1951) es una escritora de terror estadounidense. En los años 90, fue descrita como "La reina del horror erótico" por la editora Jasmine Sailing. Estudió filosofía e historia del arte en la Universidad de Richmond, y se graduó con un Bachelor of Arts en filosofía. Sus primeros escritos fueron de no ficción, principalmente de viajes. A principios de los 90, se mudó a Boulder y empezó a escribir ficción. Su colección The Flesh Artist (1993), fue nominada para el premio Bram Stoker en 1994. Su novela The Safety of Unknown Cities fue galardonada en 1995 a la mejor primera novela con el premio Bram Stoker y con el International Horror Guild Award, y al año siguiente, en 1996, con el Deathrealm Award a la mejor novela. Algunos de sus relatos originales aparecen en los cinco volúmenes de la serie internacional de antología Exotic Gothic. Entre sus obras pueden citarse, además de las nombradas, Close to the Bone (cuentos, 1993), Painted in Blood (cuentos, 1996), Sub-Human (novela, 1998), Eternal Hearts (novela 1999), Saving Souls (novela, 2002), The Silence Between The Screams (cuentos, 2011), Unspeakable and Other Stories (cuentos, 2011), A Respite for the Dead (novela corta, 2014), Fatal Journeys (cuentos, 2014), In the Cave of the Delicate Singers (novela corta, 2015), Sweetlings (novela corta, 2017), Spree and Other Stories (cuentos, 2018), Desolation: A Horror Western Novella (novela corta, 2021).

 

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