martes, 5 de mayo de 2026

ACTIVISTAS EXTRATERRESTRES POR LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES UTILIZAN EL “PIZZAGATE” COMO UN MEDIO PARA LOGRAR SUS FINES ECOLÓGICOS

Marleen S. Barr

 

La Ley de Especies en Peligro, que durante cuarenta y cinco años ha protegido a la fauna vulnerable al tiempo que ha bloqueado la ganadería, la tala y la perforación petrolera en hábitats protegidos, está siendo atacada por legisladores, la Casa Blanca y la industria en una escala no vista en décadas. Las acciones [diseñadas para debilitar la ley] incluyeron un proyecto de ley para eliminar las protecciones del lobo gris en Wyoming y en la región occidental de los Grandes Lagos; un plan para evitar que el urogallo, un ave del tamaño de una gallina que habita millones de acres ricos en petróleo en el oeste, sea incluido en la lista de especies en peligro durante la próxima década; y una medida para retirar de la lista de especies en peligro al escarabajo enterrador americano, un insecto con manchas anaranjadas que durante mucho tiempo ha sido la pesadilla de las compañías petroleras que desean perforar en la tierra donde vive”—Coral Davenport y Lisa Friedman, “Impulso para debilitar la ley que protege a la fauna en riesgo”.

New York Times, 23 de julio de 2018.

 

Kyra, Myra y Shyra –estudiantes de posgrado en biología del planeta Zoonotic que tenían como especialización secundaria la política estadounidense– viajaban por la Autopista Intergaláctica en busca de animales en peligro de extinción para preservarlos. Al entrar en la Vía Láctea, sabiendo que los humanos estaban deteriorando su entorno, se dirigieron directamente a la Tierra. Mientras flotaban sobre Washington D. C., Kyra se sintió desalentada.

—La fauna terrestre está amenazada hasta un punto que supera nuestros superpoderes y capacidades zoonoticianas para salvarla —dijo Kyra a sus compañeras.

—No es así —respondió Myra—. Podemos unir nuestras grandes cabezas y elaborar un plan. Podemos utilizar una conspiración estadounidense a nuestro favor. Pizzagate, por ejemplo.

—¿Pizzagate? —preguntó Shyra.

—Sí, Pizzagate —continuó Myra—. La conspiración sostiene que Hillary Clinton envió correos electrónicos que contenían mensajes codificados que conectaban a altos funcionarios del Partido Demócrata y restaurantes estadounidenses con una supuesta red de tráfico humano y explotación sexual infantil. Un restaurante de Washington D. C. llamado “Comet Ping Pong Pizzeria” ocupa un lugar central en las acusaciones. Los terrícolas estadounidenses no tienen idea de que “cometa” señala la participación de la directora de mi tesis. Ella utilizó la telepatía para instigar la conspiración para que pudiéramos usarla como cobertura para nuestra agenda de bienestar animal. Obligó a los conservadores a difundir la teoría conspirativa de Pizzagate en las redes sociales. Podemos usar Pizzagate para manipular a los terrícolas conservadores estadounidenses, hacerlos rebotar como en un juego de ping pong para que estén distraídos y no tengan idea de nuestro objetivo. Para intensificar la situación, mi directora hizo que un hombre de Carolina del Norte disparara dentro de la pizzería. Esta es nuestra oportunidad de secuestrar a un legislador conservador, encerrarlo en el almacén de la pizzería e inculcarle algo de conciencia ambiental.

—¿A qué conservador deberíamos secuestrar? —preguntó Myra—. Encerrar a uno es válido. Sé que eso es lo que los conservadores no dejan de decir que quieren hacer con Hillary. Pero hay tantos conservadores que, francamente, no les importa en absoluto la fauna.

—Yo voto por Mitch McConnell —sugirió Kyra—. Habitualmente realiza acciones conservadoras perversas. Además, está relacionado con los animales porque el elenco de Saturday Night Live lo representa como una tortuga. Permítanme ser específica. La Ley de Especies en Peligro, que protege a la fauna vulnerable, está siendo atacada por legisladores republicanos. Las acciones diseñadas para debilitar la ley incluyen un proyecto para eliminar la protección del lobo gris, el urogallo y el escarabajo enterrador americano. Podemos transformarnos en estas especies, materializarnos en la pizzería y desafiar a McConnell. Los operadores conservadores, que están ocupados acusando a Hillary de abuso infantil, no notarán lo que estamos haciendo.

—De acuerdo —coincidieron Myra y Shyra.

Las zoonoticianas transportaron a McConnell al almacén de la pizzería, se materializaron allí y lo enfrentaron.

McConnell quedó desconcertado al encontrarse encerrado en una pizzería acompañado por animales e insectos no humanos que hablaban.

—Siéntese —dijo Kyra/loba.

—Trump se quejó conmigo de cuánto odiaba a ese horrible Michael Wolff y su invectiva de fuego y furia. Ahora tengo que lidiar con una loba parlante con enormes colmillos. Voy a llamar a mi equipo de seguridad —gruñó McConnell.

—La resistencia es inútil. Si se queja, parecerá desequilibrado —dijo Kyra/loba.

—Soy el líder de la mayoría del Senado. ¿Eres el lobo feroz? ¿Estás relacionada con Wolf Blitzer? Eres noticias falsas.

—Sí, soy el lobo feroz en relación contigo. Prepárate para desempeñar el papel de mi oveja. Estoy aquí como acto de venganza. Debido a que estás destruyendo la Ley de Especies en Peligro, mis compañeras lobas grises están en peligro. Lo mismo ocurre con el escarabajo enterrador americano y el urogallo. Tu desprecio por la conservación hará que te veas inundado por lobos, urogallos y escarabajos sobrenaturales. Si no proteges a las especies en peligro, te devoraré. Además, soplaré y resoplaré y derribaré tu mayoría en el Senado. Siempre puedo traer de vuelta a tu abuela de entre los muertos y comérmela también. ¿Cómo te sentirías usando una capa roja y llevando una cesta?

—Déjenme salir de este almacén de la pizzería inmediatamente —exigió McConnell.

—De ninguna manera —chirrió Myra/escarabajo enterrador.

McConnell, agotado, se recostó sobre una pila de cajas de pizza desechadas. Al cerrar los ojos mientras Myra/escarabajo se replicaba, se dio cuenta de que las cajas apiladas albergaban un enjambre de escarabajos enterradores americanos. Comenzó a aplastarlos.

—Aplastarnos no te llevará a ninguna parte —dijeron Myra/escarabajos—. Somos inmortales. No podemos ser aplastados.

—Uso insecticida contra las cucarachas de Kentucky. ¿Quieres decir que ni siquiera eso funcionará?

—En absoluto. Debido al daño que estás causando a la fauna, nosotros, los escarabajos enterradores, te someteremos a un tormento peor que el de las diez plagas de Egipto. Somos más horribles que las plagas de piojos, moscas y langostas. Cuando nos arrastremos sobre ti, rogarás que te cambien chinches por escarabajos. Lo peor de todo es que eres la única persona que puede vernos y sentirnos.

Cuando McConnell buscó alivio subiéndose a cajas llenas de salsa de tomate, apareció una bandada de urogallos enfurecidos que volaron sobre su cabeza.

—Querías provocar nuestra extinción —tuiteó Shyra/urogallo—. Aunque la venganza es dulce, no lo es nuestro método de venganza. A la cuenta de tres, suelten —dijo a la bandada. Una gran masa de excremento de ave cayó sobre la cabeza de McConnell.

Molesto por estar cubierto de insectos y excrementos de aves, McConnell intentó limpiarse.

—¿Has tenido suficiente? ¿Estás listo para dejar de promulgar legislación perjudicial para la fauna? —preguntaron al unísono Kyra/loba, Myra/urogallo y Shyra/escarabajos enterradores.

—No. Solo me interesa servir a los intereses corporativos.

Las zoonoticianas volvieron a su forma habitual de grandes cabezas y regresaron a Zoonotic para rendir sus exámenes orales. No dejaron a McConnell en el almacén de la pizzería, y tampoco le permitieron conservar su forma humana. Lo transportaron del restaurante de Washington al metro de Nueva York.

El tiempo pasó. La atención al Pizzagate dio paso al meme de la “rata de la pizza”. Ningún humano estadounidense descubrió jamás que la rata que se hizo famosa por arrastrar una porción de pizza por las escaleras de entrada del metro era el desaparecido Mitch McConnell.

Las zoonoticianas publicaron su investigación en una revista académica. Su teoría se convirtió en práctica cuando aseguraron que los demócratas recuperaran la mayoría en el Senado. Los demócratas no promulgaron ninguna legislación perjudicial para la fauna. Kyra, Myra y Shyra comieron pizza para celebrarlo.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

LA TIERRA PROMETIDA

Krunoslav Mikulan 

Juraj seguía a un hombre y a una mujer mientras subían por las escaleras cubiertas de basura. Apretaba con fuerza la empuñadura fría de la pistola y esquivaba con cautela a las personas que yacían en el suelo. Ya estaba oscuro, y últimamente la vista se le había debilitado de manera notable. No había iluminación. No había nada en aquellos días.

La pareja dobló en la esquina. Juraj apuró el paso para no perderlos de vista. Un pasaje estrecho, basura desparramada, cajas, tablas, ladrillos… Excelente. La mujer había estado hablando de algo todo el camino, luego llorando, luego lamentándose. Él no la entendía. Mejor así. Más fácil.

Alcanzaba a distinguir varias siluetas en el pasaje. No eran importantes. Ahogadas en su propia desesperación. Esperando para siempre. Ni siquiera las miró. No eran importantes.

¡Ahora! Una carrera corta, la pistola en la mano, un golpe en la cabeza de la mujer. ¡Callate de una vez! Ella se desplomó como un saco. Mejor así; podría haber gritado. El hombre se sorprendió, se confundió, levantó las manos. Juraj lo agarró del cuello y le apoyó la pistola en la sien.

—¡Dame el oro! ¡Give gold! —siseó Juraj en croata y en un mal inglés.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Debían de estar llenos de miedo. Menos mal que había penumbra. Negó con la cabeza. Tal vez no entendía, tal vez fingía. Juraj lo golpeó con la pistola. A la mierda, no tenía tiempo, debía darse prisa. El hombre cayó al suelo y soltó un gemido. No le había pegado con suficiente fuerza. Otro golpe, y después otro. ¡Callate! ¡Callate, ¿me oyes?! Juraj jadeaba mientras el corazón le latía tan fuerte que sentía dolor en el pecho. Quizás también se acercaba su propio final. Tenía que apurarse. Registró rápidamente el cuerpo. Tanteó hasta encontrar la billetera del hombre, la sacó, la abrió y volcó el contenido en su palma. El oro brilló a la luz de la luna.

 

Juraj apartó el pedazo de tela de la entrada de la tienda. Blaž y Margareta ya dormían en sus sacos. Barbara lo esperaba. Como siempre. Menos mal que estaba oscuro. Tampoco quería verle los ojos.

La luna, sin embargo, iluminó por un momento la sangre que empapaba la manga de su brazo derecho. Barbara le tomó la mano para revisarla.

—¿Es tuya? —susurró.

—No —respondió él con voz ronca, y volvió la cabeza.

Vergüenza. Culpa. A la mierda.

Barbara empezó a respirar rápido.

—¿Alguien te vio?

—No —repitió Juraj.

Sacó las monedas y se las metió en la mano a Barbara.

—Cuenta.

Barbara las contó deprisa.

—Alcanza.

—¿Estás segura?

Barbara asintió. Se sentó en el suelo y se puso a llorar. Juraj se sentó a su lado y la abrazó. Empezó a temblar. El shock. A la mierda. Blaž y Margareta soñaban el sueño de los inocentes. Mejor así.

 

El sol abrasaba, y miles de personas se apiñaban frente a la cerca que rodeaba el pequeño puerto. Alboroto, lamentos, llanto. Sonó un disparo. Alguien había querido saltar la cerca. Sin piedad. Juraj y su familia no se unieron a aquel mar de desesperación. Su objetivo estaba un poco más lejos. Un gran edificio rosado con inscripciones griegas ilegibles. Juraj no era bueno para los idiomas. Era ingeniero, no lingüista.

El edificio también estaba cercado, con alambre de púas, y al menos veinte guardias bien armados lo rodeaban. Delante había bastante menos gente. En pequeños grupos, probablemente familias, los guardias los dejaban pasar despacio. A veces echaban a algún grupo entre gritos y llantos. A veces los golpeaban. A veces se oía un disparo. Había muchos disparos en el pueblo. Así habían echado a su familia una semana antes. Pero Juraj no se había entregado a la desesperación.

Los guardias hablaban griego y un mal inglés. Incluso peor que el suyo. No importaba. Hoy hablaba el oro. La familia se puso en fila. Juraj le mostró el oro al guardia. ¡Pasen! En el edificio estaba sentado un hombre gordo. Hacía un calor insoportable. Por supuesto, no había aire acondicionado, ni siquiera un ventilador común. Juraj puso el oro frente al hombre. No hacía falta decir nada. Ochenta ducados, o su equivalente en oro de menor calidad. Por una familia de cuatro. El hombre contó las monedas de oro, asintió y señaló la puerta en el extremo opuesto de la habitación.

 

La barca estaba llena de gente. Juraj no era marinero, pero sabía que el viaje sería peligroso. Había varios idiomas: griego, albanés, ucraniano, macedonio, rumano, serbio… Y croata, por supuesto. Juraj no le dirigía la palabra a nadie. No hacía falta encariñarse con nadie. Sacó una pequeña radio y la encendió. La encendía cinco minutos por día. Ya no había más baterías. Mientras duraran, durarían. La emisora estaba en inglés. No entendía todo. Barbara había estudiado inglés en la escuela; ella entendería mejor.

A pesar del estado de emergencia, hay cada vez más desorden. Viena, Budapest, Zagreb y Belgrado están en llamas. Se estima que hay diez millones de refugiados en Grecia, y que llegarán otros tantos durante la próxima semana. Bucarest fue completamente abandonada porque el nivel de radiación alcanzó valores letales. La nube radiactiva llegó a Italia, donde… ¡clic!

La gente a su alrededor empezó a gritar. Querían que volviera a encender el radio. Las baterías se habían agotado. No tendría que haber sacado el radio, pero las noticias en inglés se transmitían todos los días al mediodía. ¿Qué esperaba? ¿Buenas noticias? Idiota.

 

La tormenta los sorprendió en el mar. No sabía dónde estaban, ni si estaban cerca de su destino. No había salvavidas. ¡Un grito! Alguien cayó al mar. Nadie reaccionó. No había ayuda. La barca se alzó, se inclinó, y unas cuantas personas más cayeron al agua. Juraj abrazó a Barbara, Blaž y Margareta. Se aferraron con fuerza. Juraj no era religioso. ¿Para qué? De todos modos, Dios no los miraba…

Una ola enorme barrió la barca. El mar rugía, furioso con la gente. La mano de Barbara se soltó de la de Juraj. Olas, espuma, tragos de agua de mar, tos.

—¡Barbara! ¡Blaž! ¡Margareta!

¡Allí! ¡Allí! Blaž y Margareta estaban juntos.

—¡Barbara! ¡Barbara!

El mar no respondía. Los castigaba. Sin importar la nación. Sin importar el idioma. Ni Dios.

 

Juraj se arrastraba por la orilla arenosa. Solo un poco más. Blaž y Margareta estaban con él. Incluso habían llegado a la orilla antes que él.

—Barbara… —lloró en voz baja.

El mar respondió con un rugido y con el chapoteo de las olas.

Soldados con uniformes parduzcos reunían a quienes habían conseguido llegar a la orilla por sus propios medios. No se preocupaban por los demás. Un soldado se acercó a Juraj.

—¿Egypt? —preguntó Juraj.

—¡Misr! —respondió el soldado. Juraj no entendió. ¡Malditos idiomas extranjeros!

Unos cuantos camiones estaban estacionados un poco más allá. Militares, pintados con los colores del desierto. Los soldados separaban a los hombres de las mujeres, incluso a los niños. Uno agarró a Margareta de la mano.

—¡No! —gritó Juraj, y buscó la pistola. No estaba. La había perdido luchando contra la naturaleza—. ¡No! —volvió a gritar, y se lanzó contra el soldado.

Un culatazo en la cabeza. Otro golpe. Oscuridad.

 

—¿Name? —preguntó el soldado, con aburrimiento en la voz.

—Margareta. Name Margareta. Mi hija. Daughter.

—¿Age?

—Ah, a la mierda. ¡Blaž!

—Twelve —dijo Blaž, ayudándolo.

El soldado escribía algo, de derecha a izquierda, en escritura árabe. Maldita sea. Años antes, cuando le habían ofrecido ir a trabajar a una obra en Egipto, él se había negado. En casa se está mejor, había dicho. Podría haber aprendido algo de árabe. Ahora no estarían tan metidos en la mierda.

We look. We find —dijo por fin el soldado—. Next!

—Eso dijiste la última vez —murmuró Juraj.

De hecho, era la cuarta vez. Nada. Desaparecida. Si alguien la había vendido por dos camellos, los mataría. A todos.

—¿Creés que van a encontrar a Megi? —preguntó Blaž.

—Sí. Sí.

—¿Y a mamá?

El puño helado de la muerte alrededor del corazón. Un sollozo ahogado.

—Hijo…

No pudo terminar. El mar es despiadado, había dicho Anđelo, su compañero de trabajo. Lo que se lleva no lo devuelve. Entonces se había reído. En una vida pasada.

—Prometiste que siempre estaríamos juntos…

—Perdón…

Extendió la mano hacia Blaž. El chico se soltó y empezó a pegarle con las manos. Lo mordió en el hombro.

—Perdón.

 

Cena. Una especie de papilla sin sabor. Después de freírse al sol, todos comían con avidez.

Había algún tipo de disturbio junto a la cerca. Pasaba Đorđe, un montenegrino.

—Eh, Juraj, están buscando ingenieros para trabajar. ¿No eras una especie de ingeniero civil?

Juraj agarró rápidamente a Blaž de la mano y lo arrastró hacia la cerca. Se pusieron en la fila. Soldados que otra vez se morían de aburrimiento.

—Soy ingeniero, ¿entiendes? ¡Blaž! ¿Cómo se dice eso?

Engineer.

—Eso. I engineer, me.

What about him? —preguntó el soldado.

—Es mi ayudante, mi aprendiz. ¿Cómo se dice aprendiz?

—Creo que apprentice.

—Eso. He apprentice. My. Of me.

Otro soldado le mostró un dibujo.

What is this?

Juraj entendió: estaban comprobando si de verdad era ingeniero. Intentó explicarlo en su mal inglés. Blaž a veces intervenía para ayudar.

El primer soldado les hizo una seña para que se pusieran junto al camión. Allí ya había diez personas. Conocía a algunas. Sahib era de Tuzla, también estaba Georgi, de Bulgaria. A veces hablaba un poco con ellos. No formaba amistades.

—¿Oíste? —le dijo Sahib—. Todo se fue al carajo.

—¿De qué hablas?

—Allá en casa, todo está contaminado. Menos mal que nos escapamos. Ahora también están huyendo los italianos. El grupo que llegó ayer, todos italianos. Ahora van a seguir los franceses, los alemanes…

—¿Y Zagreb? ¿Split?

—Todo se acabó… Las lluvias radiactivas obligaron a todos a huir. El que se quedó ya está muerto. Mi Tuzla ya no existe…

Okay, let’s go! —gritó un soldado.

Los hombres, unos veinte, subieron al camión. Se dirigieron hacia el sur. El viaje duró toda la noche. Blaž se quedó dormido. Siempre se dormía con facilidad. Mejor así.

Por la mañana tomaron un amplio desvío alrededor de una gran ciudad. Maquinaria de construcción por todas partes. Polvo. El sol ya ardía.

—Nuevo Cairo —dijo Sahib.

Estaba bien informado. Más que Juraj. Conocía el Corán, también sabía unas cuantas palabras de árabe, así que a veces hacía de intérprete en el campamento. Era extraño que no le hubieran dado un trabajo mejor hasta entonces.

—La nueva capital. Allí podría haber trabajo.

El camión no se detuvo, sino que siguió durante otra hora. Pasaron una especie de barrera. Por fin. Los soldados les gritaron que bajaran. Juraj despertó a Blaž y saltaron.

Frente a ellos: una pirámide. Nueva. Inacabada.

—¿Qué mierda es esto? —se le escapó a Juraj.

You work here! —gritó el soldado—. Come!

 

—Margareta. Mar-ga-re-ta.

El soldado estaba anotando el nombre. Este era joven. No se moría de aburrimiento. Junto a él había un voluntario de la Media Luna Roja. Explicaba algo, pero su inglés también era malo.

We find. She alive, we find.

And my wife. Barbara. Bar-ba-ra. Barbara. She in sea. Ocean. Ah, no, a la mierda, no el océano, sino el mar. Sea, ¿entiendss?

Yes. We find —dijo el voluntario, y le entregó una bolsa con comida, jabón y una botella de agua.

Juraj se dirigió hacia las tiendas. Su turno empezaba pronto. Ahí estaba Sahib otra vez. Le había suplicado a la Media Luna Roja que le dieran una radio. De todos modos, internet no funcionaba. Salvo alguna versión local, lenta, en árabe. Había encontrado algunas noticias en inglés. Tal vez las mismas que Juraj solía escuchar.

Más de treinta millones de personas abandonaron Turquía y entraron en Siria e Irak. Entre ellas hay unidades militares completas, armadas y equipadas. Estallaron nuevos conflictos con la población local porque los refugiados no tienen comida ni agua. Israel cerró sus fronteras y prohibió la entrada y la salida del país. En la frontera entre Egipto e Israel hubo un intercambio de fuego de artillería en el que murieron al menos veinte civiles.

—¿Algo sobre nosotros?

—¡Nada! No queda nadie allá en casa.

—Sahib, ¿estás casado?

—No. Y mejor que no.

Sonó el gong. Mediodía. Todos los refugiados debían reunirse en la “plaza” frente a la tienda y presentar sus respetos al presidente Ahmed. Que se fuera al carajo. Sahib decía que se había vuelto loco, que quería proclamarse faraón. Por eso estaba construyendo aquella pirámide. Para la eternidad. Un lunático. Creía que iba a restaurar el antiguo Imperio egipcio. Sahib decía que iría a la guerra contra Israel. Si se declaraba faraón, sucesor del dios Sol, entonces ¿qué pasaba con Alá? ¿Cómo se lo explicaría a su gente?

Guardias, obreros, voluntarios, todos estaban de rodillas, mirando hacia la capital. Llegaron una especie de político y un sacerdote para dar un discurso. Juraj no los entendía.

 

—¡Margareta! ¿Eres tú?

La niña corrió a los brazos de su padre. Lágrimas. Abrazos. Risas. Llegó Blaž. Todo otra vez. Estaba bien. Estaba bien. Solo faltaba encontrar a Barbara.

—¡Estás más delgada, Megi!

—¡Tú también estás más flaco!

—Mala comida…

—Bueno, ¡no hay cerdo!

Risas. Abrazos. Charlas. Lágrimas. Recuerdos.

—¿Dónde está mamá?

Silencio. Lágrimas.

 

Juraj y Blaž estaban en la cima de la pirámide. Tres meses más, como mucho, y estaría terminada, probablemente. Después habría otros seis meses de trabajo alrededor del lugar. Y tal vez construirían otra pirámide. El presidente se había casado hacía poco. Quizás necesitaran una pequeña pirámide para Sara, la primera dama. ¿O una sola para los dos? A la mierda, ¿cómo iba a saber él esas cosas?… Pero quizá habría trabajo. Quizás Megi, Blaž y él encontrarían la felicidad. ¿Acaso no la merecían?

Los soldados empezaron a gritar. Se disparaban tiros al aire. El sargento Jusef, que estaba con ellos en la cima de la pirámide, encendió la radio. Estaba en árabe, a la mierda. Una voz exaltada decía algo.

Margareta subía con dos baldes de agua. Los dejó junto a las escaleras, con miedo en los ojos. Juraj le hizo señas para que se acercara.

—¡Jusef! —gritó Juraj—. What happened?

Egypt attack Israel. We kill them all. All!

Entonces sacó la pistola y empezó a disparar al aire.

All attack. Turkey, Syria, Jordan, Palestine, all attack. They dead!

Metió un cargador nuevo y volvió a disparar todas las balas al aire.

¡Que todo se fuera al carajo! Habían huido de una guerra y se habían metido en otra.

Después de unos minutos, el ruido cesó. El sargento bajó por las escaleras, probablemente para ver qué estaba pasando exactamente. Blaž aprovechó la pausa y se acurrucó contra un bloque de piedra. Dormido. Bendito sea. Todos los obreros se sentaron, y Megi les sirvió agua.

Llegaron sirenas desde la dirección de la ciudad. Juraj se puso de pie y miró hacia abajo. Los soldados entraban en pánico. Algunos corrían, otros huyeron hacia el interior de la pirámide. Pánico. Maldita sea.

Un sonido sordo. Retumbo, zumbido. Juraj miró hacia el nordeste. En el cielo se veían varias estelas de motores de cohetes. Venían precipitándose hacia ellos.

—Papá, tengo miedo —dijo Margareta.

Juraj atrajo a Margareta hacia sus brazos. Se sentaron juntos junto a Blaž, que seguía durmiendo.

—No mires, Megi. No. Descansemos un momento. Estamos cansados. No despiertes a Blaž. Dejalo dormir. Se lo merece.

Juraj escupió la pirámide. Barbara apareció ante sus ojos. Su única y verdadera. Él había prometido que siempre estarían juntos. Lo había arruinado todo. Todo. La culpa le atenazó el alma. Estaba indefenso. Margareta temblaba, Blaž gemía en sueños. Tal vez lo sabía.

Juraj abrazó con fuerza a su hijo y a su hija, y alzó el rostro hacia la llama ardiente de la eternidad.

Krunoslav Mikulan es licenciado en Lengua y Literatura Inglesas y en Lengua y Literatura Alemana, además de tener un máster y un doctorado en Literatura Inglesa. Actualmente es profesor asociado en la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Zagreb (Croacia). Ha publicado ocho novelas y numerosos relatos, poemas y diarios de viaje en diversas revistas y anuarios; también ha publicado numerosos libros y artículos en los campos de la teoría literaria, la lingüística aplicada, la historia y la numismática.

EL ASESINO VIRTUAL

Daniel Antokoletz

David, como cada mañana, se encuentra sentado en su computadora. Es un asesino. Un asesino virtual. En la seguridad de su casa en un barrio anónimo de una ciudad cualquiera. Cuando recibe una asignación, el ejecuta al objetivo de manera implacable.

Él diseñó el sistema y el método, y ya lo usan muchos. El asesinato, para él, es un juego de computadora. Nunca sabe, ni le importa, quién es la víctima, jamás lo averigua. Su sistema utiliza inteligencia artificial para ofuscar esa información que podría ser inconveniente. Analiza a la víctima, la localiza, usando todos los sistemas electrónicos disponibles, estudia sus movimientos y busca predecir. Cuando tiene todo listo envía los datos a la computadora de David, o de los otros asesinos que usan el sistema. Y ellos, simplemente, juegan con la presa. Sentados cómodamente en sus sillones frente al monitor, ejecutan.

Suena el teléfono.

—David, tenemos un pequeño trabajo. La paga de siempre.

—De acuerdo. Envíen los datos a mi cuenta de correos.

En poco tiempo llega el correo electrónico encriptado con los datos. El sistema toma automáticamente el correo electrónico, lo desencripta y comienza con las operaciones. Busca en todas las bases en línea datos sobre el objetivo. Lo localiza y empieza a recabar información sobre cuentas, gastos, llamadas y, usando los datos de celular, establece los movimientos… empieza a predecir los movimientos.

En pocas horas, la inteligencia artificial determina los pasos a seguir para ejecutar al objetivo y prepara un juego.

—David —una voz perfectamente modulada sale de la computadora—, tienes trabajo que hacer. Ya está preparado el juego.

El objetivo trabaja en la calle y se pasa todo el día conduciendo.

David no responde, se sienta. Se pone sus guantes de telemetría y su casco interfaz neural. Mira a su alrededor. Se encuentra dentro de un auto deportivo; sus manos sostienen el volante. Sonríe dentro del casco. Sabe que, apenas choque con su objetivo, el tanque de nafta explotará incinerándolo. Blanco alcanzado.

Mientras conduce en su realidad virtual, un vehículo robótico imita los movimientos que realiza por calles irreconocibles de una ciudad que él no conoce.

Un recuadro rojo en el parabrisas lo guía. Aún no se ubica sobre ningún automóvil, de manera que conduce tranquilo sin interesarse en tratar de determinar su posición. Apenas logre su objetivo, simplemente se sacará el casco y estará seguro en su habitación y, si fallara en su objetivo, no estaría perdido, estaría en su casa, rodeado de sus muebles y equipos.

El recuadro se convierte en una flecha indicándole que doble a la izquierda. Rebasa a un camión de combustible y la flecha se convierte en una cruz sobre una camioneta tres vehículos adelante.

David sonríe. Será su víctima número cuarenta y nueve. Luego una más, y será libre de hacer lo que quiera. No le necesitará más nada. Se podrá jubilar.

Acelera y se pone detrás de la camioneta. Una luz roja los detiene. El camión de combustible para a su lado. David decide hacer un gran espectáculo. Acelera e impacta a la camioneta. Inmediatamente la inteligencia artificial muestra la imagen que transmite una cámara de seguridad ubicada en alguna de las esquinas. Se ve el impacto del deportivo contra una camioneta y una bola de fuego que los abrasa. Inmediatamente la explosión se amplifica cuando el camión de combustible se une a la hecatombe.

David se quita el casco satisfecho de haber cumplido con su misión. No mira los noticieros ni lee los diarios. No le interesa saber nada de sus víctimas.

Suena el teléfono. David atiende pero no dice nada. Sólo escucha.

—David, muy buen trabajo. Un poco aparatoso, pero efectivo.

—Gracias señor.

—Posiblemente mañana reciba una nueva asignación —dice su interlocutor antes de colgar.

David mira su reloj y decide irse a descansar.

 

David se levanta tarde y abre las ventanas para ventilar el apartamento. Suena su teléfono y, la misma voz que la del día anterior, le dice:

—¡Felicidades, David! Hoy tendrá su última asignación.

—¿Misma paga de siempre?

—Ésta vez irá con sorpresa.

—Gracias señor. Por favor, envíe los datos a mi cuenta —dice antes de cortar.

A los pocos minutos, un beep de su computadora le indica la recepción del correo. Activa la inteligencia artificial y va a la cocina a prepararse un buen desayuno.

Como sucedió en los últimos cuarenta y nueve casos, su sistema comenzó a recopilar datos de la víctima. Analiza datos bancarios, impositivos, gastos con tarjeta, todas las bases de datos que se encuentran en internet. Establece patrones de movimientos y trata de anticipar.

La inteligencia artificial se da cuenta que el objetivo es muy fácil de predecir. Hace meses que no sale de su casa. Verificando las compras que realiza por internet se da cuenta que es paranoico: alarmas, sensores, sensores y más sensores; equipo electrónico, partes de computadora… y municiones para arma corta.

—David, necesito hacerte una consulta —dice la computadora y espera la respuesta del humano.

—Escucho. —El asesino camina cansino hacia su sillón frente a la consola.

—¿Deseas una operación elaborada o una operación sencilla? El objetivo es levemente paranoico y está recluido.

—¿En una fortaleza?

—No, en un departamento.

—Es mi última operación. No quiero perder el tiempo. Quiero algo rápido y seguro. Cuanto más elaborado, más posibilidades de que falle. Ya estoy saboreando mi retiro.

En poco tiempo, la computadora prepara el juego.

—David, tienes trabajo que hacer. Ya está preparado el juego.

David se pone el casco. Se encuentra dentro de un avión. En la realidad, un dron Reaper MQ-9 enciende su motor. La inteligencia artificial es efectiva. En el panel de instrumentos, puede observar que tiene un misil Hellfire activo en la panza.

El humano da potencia al motor y el Reaper despega de una base militar. Hace caso omiso a las alarmas que intentan detener al dron.

Nuevamente su cuadradito rojo en la pantalla lo guía hacia su objetivo. Sobrevuela lo que parecen ser unos campos y en el horizonte puede ver el perfil de una ciudad en el atardecer. Eleva su vehículo para no chocar contra una construcción y evitar, en lo posible, llamar la atención.

La ciudad es enorme y en las cámaras inferiores puede ver las señales infrarrojas de infinidad de personas que pululan.

El cuadradito empieza a acercarse al borde inferior de la pantalla. Es tiempo de descender. Activa la mira del misil y el cuadradito rojo cambia por un rombito verde y una cruz que se encuentra bastante debajo del rombo.

David empuja sus controles virtuales y el Reaper, en la realidad, baja su proa. La crucecita se acerca al rombo. Esquiva un par de edificios y, aparentemente, su blanco se encuentra a la vista. La cruz se encuentra perfectamente centrada al rombo. El color es verde. Aún están fuera de alcance. Esquiva otro edificio y el rombo oscila entre verde y rojo.

David, sabe que, apenas quede en rojo debe lanzar el misil. Luego abandonar el Reaper para que su programación lo devuelva a la base o que se estrelle contra algún edificio, no le importa.

Pulsa el disparador del misil y su pantalla abandona la vista proporcionada por el dron. La imagen que toma el misil ocupa toda la pantalla.

A David jamás le interesó la identidad de sus víctimas. Pero, de pronto, quiere saber quién es su última víctima. No sabe si es porque la imagen que mostraba el sensor del misil le parecía familiar o porque de pronto escuchaba el sonido agudo de un dispositivo. No necesitó verificarlo. Apenas tuvo tiempo de sentir pánico al ver acercarse el misil por la ventana. 

Daniel Antokoletz Huerta Daniel Antokoletz. (Buenos Aires, 1964), es un ingeniero y escritor argentino, dedicado a la investigación científica y tecnológica, ámbitos que conviven con su pasión por la narrativa. Su formación rigurosa en ingeniería se refleja en la precisión de su estilo, mientras que su mirada literaria explora los límites entre lo real y lo imaginario. Ha sido distinguido con premios literarios nacionales e internacionales, reconocimientos a una obra que combina reflexión con atmósferas intensas. En el terreno editorial, publicó dos libros de cuentos con la editorial Bookaholic: 14 cuentos de terror, vida y muerte y Momentos de terror. Su escritura se caracteriza por un lenguaje claro y evocador, capaz de transformar la experiencia cotidiana en materia narrativa. Ha sido traducido a varios idiomas.Publicó en antologías como Grageas 2 y 3, Espacio austral, Latinoamérica en breve, Minimalismos, Extremos y en Metagalaktika, antología de cuentos argentinos en húngaro.

lunes, 4 de mayo de 2026

PECADOS INFANTILES

Sándor Szélesi

 

También llegó el día en que ya no quedó lugar en el mundo para los pecados ni para los errores. Cuarenta mil millones de personas en esta pequeña bola de barro son demasiadas como para pasar por alto sus faltas.

Y había que empezar por los niños, porque a los adultos ya no se los podía corregir.

Dani fue uno de los primeros en quedar bajo el alcance de la nueva normativa legal. Hubo al menos cien testigos de su acto: los peatones, los conductores y los comerciantes detrás de los escaparates en el bulevar Szent István. Era una tarde de comienzos de junio, el sol brillaba, en el aire volaban drones móviles; al menos una docena registraba los acontecimientos y los subía automáticamente a la red. No había nada que negar: había ocurrido.

Dani acababa de cumplir tres años. Se hacía arrastrar por la acera; el pavimento estaba caliente, allí todavía no habían colocado los ladrillos solares, allí el viejo hormigón seguía irradiando su sequedad ardiente. El niño estaba fatigado, sin energía, como constaría después en los informes, y no le gustó que no le dieran helado. Szimi se lo negó. Pensaba que debía educar a su hijo, templar su carácter negándole lo que quería, porque tampoco de adulto obtendría todo; y si un padre ya ha dicho que no al helado, debe ser consecuente.

Dani, tras varios rechazos, empezó a hacer un berrinche. Gritaba, pateaba, giraba a un lado y a otro, hasta que, al caer de la acera, chocó contra un ciclista ecológico. El ciclista cayó y se hirió. Su madre ya sabía –para entonces ya había varios ejemplos en el mundo– lo que vendría después. A Dani lo mutilarían.

Un error o un pecado, y pierdes una parte del cuerpo. Dani pagó la lesión del ciclista con su dedo meñique. Pero su madre aprendió de aquel error… y aprendió mal, sacó una conclusión equivocada. A partir de ese día le permitió todo al niño, con tal de que no hubiera problemas.

Y de ahí surgieron problemas aún mayores.

Dani se volvió caprichoso, guiado solo por su propia voluntad.

En el jardín de infancia ya era agresivo con los demás. En el grupo de los más pequeños, eso le costó dos dedos.
—Pobre niño, yo no sé… —dudaba Szimi.

En el grupo intermedio le amputaron otros tres dedos.

—Esto no puede ser, es un error, mi hijo no es así…

Comenzó la escuela con solo dos pulgares. Aún eran suficientes para manejar la thinkpad.

Cuando en primer grado golpeó a un compañero con su propio teléfono inteligente, le cortaron el pulgar izquierdo. El derecho lo perdió por romper de una patada el vidrio de una puerta.

Y en segundo, ya en septiembre, tuvieron que amputarle el brazo izquierdo desde el codo.

Por entonces, en la Unión se debatía si cortar los dedos de los pies podía formar parte de la educación pedagógica, si tenía suficiente efecto disuasorio, si el niño en crecimiento aprendería de ello que hacer el mal es un pecado y que el pecado conlleva castigo, es decir, que debe asumir las consecuencias. ¿No son acaso demasiado pocos diez dedos para compensar diez faltas? En el debate, el lobby de los duros fue el más fuerte: el pie cuenta como uno, no como cinco. En Hungría lo llamaban simplemente la ley Kunta Kinte, por la que el ya considerado casi incorregible Dani pasó en tercer grado.

En cuarto perdió ambos brazos desde el hombro y la pierna izquierda desde la rodilla. Aun así logró garabatear la pared de la escuela. Por sus comentarios obscenos pagó con la pantorrilla derecha. Según los médicos que realizaron la amputación, el chico reía sobre la mesa de operaciones.

Para entonces todos sabían cómo terminaría. Todo el país, todo el mundo. Dos hemisferios, seis continentes, casi doscientos países.

A Dani solo le quedaban tres oportunidades. Szimi lloraba, se arrodillaba ante él, intentando hacerlo entrar en razón.

—¡Sé por fin un buen chico! ¡Sé un miembro útil de la sociedad!

Pierna izquierda: patear en los genitales al psicólogo. Un punto especialmente sensible tocado con la dureza del hueso de la rodilla.

Pierna derecha: orinar desde el tercer piso del reformatorio. Directamente sobre la delegación de Washington.

…y el último pecado de Dániel, a los once años: en la visita dominical, le dio un cabezazo a su propia madre.

Según la psicóloga asignada, simplemente perdió el equilibrio, ya que en ese momento el niño ya no tenía ni manos ni pies. Pero Dániel desmintió eso al confesar que actuó intencionalmente.

El tribunal aplicó la cláusula jacobina. La cabeza de Dániel fue separada de su cuerpo.

El niño se extinguió por completo.

Fue de los primeros, pero para entonces, en innumerables países, innumerables niños rebeldes habían tomado ese mismo camino. Los malos desaparecieron: algunos antes, otros después, pero al final todos los malos, los indisciplinados, los incorregibles desaparecieron… Y cada vez era más fácil hacer cumplir la ley.

Ya no quedó lugar en el mundo para los pecados ni para los errores, y se empezó por los niños, porque a los adultos ya no se los podía corregir. Se necesitan dos décadas, una o dos generaciones, pero el plan funciona, decían los diseñadores.

Y funcionó: al final, en el mundo solo quedó lo bueno y lo honesto. Adultos buenos y honrados, con dedos faltantes, sin dedos, sin manos o sin extremidades, sin manos ni piernas… pero solo quedaron los buenos.

Así fue como la Tierra se convirtió en un lugar habitable para todos nosotros.

Sándor Szélesi es escritor, poeta, editor y guionista, y dirige la Sección de Ciencia Ficción de la Asociación de Escritores Húngaros. Es autor de treinta y cinco novelas y aproximadamente ciento cuarenta relatos. Ha editado varias antologías y fue redactor jefe de la revista literaria de ciencia ficción y fantasía SF&F Átjáró entre 2002 y 2004, publicación que este año se relanza en formato de antología trimestral. A lo largo de su carrera ha trabajado también como director artístico en diversas editoriales. Por sus novelas y relatos de género fantástico ha recibido en ocho ocasiones el Zsoldos Péter-díj, y en 2007 la European Science Fiction Society le concedió en Copenhague el premio al mejor escritor de ciencia ficción. Junto a su pareja, escribe novelas románticas bajo el nombre Pálmai-Lantos Éva. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Novela Histórica. Además de su labor literaria, escribe guiones para cine y televisión, incluyendo series como En la línea de fuego y Hacktion, telefilmes como Pilato y Fiscal de la muerte, y largometrajes como La noche de los solteros. Es miembro de la Academia de Cine Húngara.

 

LAS ALTURAS DE FÉLIX

Marta Markoska

 

Las amigas de Félix le contaban que, desde pequeñas, imaginaban que cuando crecieran y se casaran —aunque algunas de ellas se casaron con apenas diecisiete años— vivirían junto al mar. Más exactamente, no tanto en el mar, pero así solían reconstruir aquel vívido recuerdo de la infancia: vivir junto al agua. Sí, deseaban vivir en cualquier lugar donde hubiera agua. ¿Sabían acaso que crecerían hasta convertirse en seres humanos tan viciosos que, de manera subconsciente, asociaban el agua con el lavado de la conciencia?, pensaba Félix.

Félix, en cambio, nunca aspiró demasiado alto. Solo deseaba casarse por amor. Y si luego le tocaba vivir en una cabaña, aunque fuera como la del Tío Tom, o alquilar un departamento en algún suburbio de Nueva Jersey, no quería ni pensarlo. Sin embargo, de forma inconsciente sí apuntaba alto, porque no podía imaginar nada más elevado que el piso 45 del único rascacielos de su barrio. Sí, nunca se le ocurrió que tal vez, en realidad, sí estaba apuntando alto, aunque no lo supiera.

Gordon era su esposo. Un hombre de treinta y ocho años, de cabello castaño… al menos lo que quedaba de este. Delgado, de unos 185 centímetros, aunque no encajaba en el mundo del modelaje, porque esas proporciones aparentemente ideales no estaban distribuidas de la manera más armónica en su cuerpo. Como solía decir en broma la abuela de Félix:

—Tiene rasgos muy bonitos, solo que no están en los lugares correctos.

Un poco encorvado y con nariz aguileña –aunque eso solo se notaba de perfil–, Gordon era el tipo de hombre que una de cada tres mujeres podría tolerar. Era de esos que resultan soportables para cualquiera; bueno, si no para una de cada tres, entonces para una de cada cuatro mujeres, fuera cual fuera su carácter como compañera. Era soportable. No hacía demasiado ruido y la vida cotidiana podía transcurrir sin grandes obstáculos. Félix había enfrentado su eterno deseo de un hombre guapo, alto y castaño con su necesidad de que, al mismo tiempo, fuera soportable. Se dijo que, si lograba encontrar esos dos atributos –los más importantes para ella– en un hombre, se casaría; si no, compraría un perro y volcaría en él todo su amor y atención.

Así fue como el destino –o las cartas, o la suerte, o la física cuántica– jugó con Félix: encontró a Gordon, que era todo menos el hombre de sus sueños. A veces, para consolarse, pensaba en la vida de sus amigas. Y, en realidad, casi ninguna de ellas vivía la vida que había deseado. Jessie se casó con un carnicero, cuando toda su vida había predicado la importancia del vegetarianismo. Linda se casó con Paul, que trabajaba en una licorería, y ella no probaba alcohol ni en las fiestas más desenfrenadas. Mercy fue pedida en matrimonio por un hombre ocho años menor que ella, recién salido de la adolescencia, cuando toda su vida había sentido la necesidad de una figura paterna.

—Bueno, no estoy tan mal —pensaba Félix al comparar los pros y contras de las vidas de quienes conocía.

Félix trabajaba como vendedora en un supermercado. En cada descanso salía a fumar sus minutos de libertad, inhalando la nicotina con la mayor intensidad posible, como si quisiera demostrar, cada vez, que podía hacerlo mejor y más profundo que la anterior. Su padre estaría orgulloso. Con él competía constantemente cuando era niña: quién lanzaba la piedra más lejos en el agua, quién hacía volar más lejos el avión de papel, cuál permanecía más tiempo en el aire, quién sacaba más la lengua frente al espejo, quién podía caminar más con ambos pies dentro de un solo calcetín.

Su madre se había ido de casa cuando ella aún dormía, soñando cómo sería la vida que quería para sí misma al crecer.

Félix conoció a Gordon en una competencia similar a aquellas que tenía con su padre. Una noche, en el bar del barrio, mientras jugaba al billar con su amiga Kate, un provocador de poca monta se le acercó y le propuso darle cien dólares si se atrevía a besar a Gordon sin previo aviso. Félix, sin pensarlo ni un segundo, tomó los cien dólares y se lanzó sobre Gordon mientras él hacía fila frente al baño.

—¿Qué daño puede hacer un beso? —pensó.

Ganó los cien dólares y, de paso, haría feliz a alguien. Hasta el día de hoy no supo si quien le dio el dinero era amigo de Gordon o simplemente un conocido al que Gordon le había entregado esos cien dólares para sobornar a alguna mujer que se le acercara.

Como fuera, el objetivo se cumplió. Ocho años después, seguían juntos. Cuando discutían, Félix solía reprocharle a Gordon que, de no haber sido por esos cien dólares, nunca habría estado con él. Él simplemente se encogía de hombros, gesto que Félix no sabía si interpretar como indiferencia —como si le diera igual estar o no con ella— o como falta de vocabulario, una limitación mental o verbal que le impedía responder a ese tipo de ataques.

Gordon, por su parte, no consideraba importante contradecir a Félix, porque evidentemente él la deseaba más de lo que ella lo deseaba a él. Era de esos hombres que se conforman comprando baratijas en tiendas con carteles de: TODO A 9.99. Y cuando encontraba algo que, para él, era valioso, se sentía un héroe. Como si se hubiera graduado en Harvard. Entonces colmaba a Félix de besos y caricias… algo que no hacía todos los días, sino solo cuando se sentía así, heroico.

Félix rechazaba esa manera suya de “conquistar” su cuello, sus orejas, su cabeza y otras partes del cuerpo en esos días de triunfo sobre objetos insignificantes. Porque entonces ella también se sentía insignificante.

Un día, Gordon llegó a casa y anunció solemnemente:

—Compré el objeto que desde niño soñaba tener.

—¿Te compraste un dildo? —le lanzó Félix con sarcasmo.

—Dios, Félix. ¿De dónde sacaste esa idea tan absurda? ¿Te parezco alguien que compraría un dildo?

A Félix le gustaba provocarlo con comentarios obscenos porque siempre lo había considerado un poco torpe en la cama. Disfrutaba esos pequeños triunfos como una forma dulce de autosatisfacción.

—Félix, compré una cadena de plata firmada por el inventor de las cadenas para gafas.

Gordon creía haber descubierto América cada vez que encontraba algún objeto que, según él, merecía especial atención. Nadie más conocía la historia, el origen ni el sentido de ese objeto, y mucho menos el significado de la firma de su inventor.

—Gordon, con esa cadena podrías ahor… —no estaba segura de si entendería, así que no terminó la frase.

—Hubiera sido mejor que compraras un dildo. Y, desde luego, más útil.

Gordon no estaba dispuesto a discutir, así que ignoró sus bromas sobre su torpeza en la cama.

—Gordon, ¿por qué no vas en serio a esa tienda y cambias esa cadena por un dildo? ¿No crees que nos sería más útil?

Gordon fingió no oírla, hechizado por la firma de la cadena, y corrió a buscar imágenes en Google para saber más sobre su historia.

—Si te da vergüenza, entonces iré yo y cambiaré esa maldita cadena por un dildo decente —dijo ahora Félix, alzando un poco la voz—. Gordon, si no vas a cambiar esa cadena inútil, te arriesgas a discutir conmigo hasta que lo hagas. Gordon, ¿me estás escuchando? Si no la cambias ahora mismo, la tiraré por el balcón. Gordon, si no me prestas atención, te prometo que esa cadena y la firma de su inútil inventor acabarán estampadas contra el asfalto. Gordon, te aseguro que tú y tu cadena volarán por el balcón y serán un excelente material para algún investigador… ¡forense!

Le arrebató la cadena de la mano, la agitó amenazante en el aire y, justo cuando se disponía a lanzarla con todas sus fuerzas desde el balcón, tropezó con el viejo candelabro que Gordon había comprado por 9.99. Ella no había permitido que semejante “monstruosidad”, como la llamaba, estuviera en la mesa del comedor, así que Gordon lo había dejado en el balcón.

Félix nunca aspiró demasiado alto. Aunque, en el fondo, sí lo hacía, porque no podía imaginar nada más alto que el piso 45 del único rascacielos de su barrio. Sí, nunca se le ocurrió que tal vez, en realidad, sí estaba apuntando alto… aunque hasta ese momento no lo supiera.

Marta Markoska (1981, Skopje, Macedonia del Norte) se graduó en el Departamento de Literatura Comparada de la Facultad de Filología “Blaze Koneski” de Skopje y obtuvo su maestría en Estudios Culturales Interdisciplinarios en Literatura en el Instituto de Literatura Macedonia de Skopje. Es escritora, poeta y magister macedonia reconocida por su obra literaria, destacando la publicación de su colección de poemas Headfirst Toward the Heights en Skopje en 2013. Su trabajo refleja una profunda conexión con la identidad femenina, la belleza y la salud desde una perspectiva cultural y existencial. Miembro del Instituto de Literatura Macedonia, ha ganado atención académica y artística por su voz poética auténtica y contemplativa. Su influencia trasciende el ámbito literario, abarcando temas sociales y filosóficos en el contexto macedonio.