lunes, 30 de marzo de 2026

LAS MIEDOSAS

Inaam Kachachi

Somos siete hermanas, todas miedosas. Mi hermana Atika, la mayor, teme al cáncer que devoró su seno derecho, y lo sustituyó con una pieza de plástico que coloca en su sujetador cada mañana para que su aspecto se vea equilibrado. Por la noche, apaga la luz de su habitación antes de quitarse la ropa. Luego, como si apartara de sí un escorpión venenoso, retira el seno falso y lo arroja en la oscuridad del armario, cuidando de no mirarlo. Vive con un temor constante de que el cáncer se extienda a su seno izquierdo, a su vientre, a su garganta, a su útero y al resto de su cuerpo. Con el tiempo, se acostumbró a vivir la ansiedad de los meses que separan sus visitas periódicas al hospital, pero nunca se habituó al miedo mismo. Observo las obsesiones de mi hermana mayor, y me dan ganas de abrazarla, acariciar su hermoso cabello y ahuyentarle los fantasmas del pánico. Y desearía hacer lo mismo con mi hermana Afaf.

Afaf teme a su esposo. A sus críticas continuas porque antes de él amó a un compañero de la universidad que viajó a Holanda para continuar sus estudios y nunca regresó. Hossam, su marido, conoce todos los detalles de esa historia de amor, pero se niega a pasar la página. Basta que beba una copa de alcohol para que comience a torturarla, recordándole su amor fracasado y al amante que la prefirió menos que a las mujeres de Europa. Ese recordatorio diario, burlón, mata en mi hermana la esperanza de una vida conyugal sana. Ella teme su sumisión constante a la humillación, y teme que la provocación hiriente la lleve a destruir su hogar con sus propias manos.

Mi hermana Atefa no tiene esposo al que temer. Pero teme al tiempo. Pasa horas frente al espejo, acariciando las pequeñas arrugas, estirando la flacidez del cuello, untando las manchas secas y persiguiendo los cabellos blancos sin que nada de eso la tranquilice. La mirada de terror salta rápidamente a sus ojos cada vez que alguien menciona la edad, tanto que ya hemos dejado de celebrar su cumpleaños o recordárselo. Eso bastaría para enfermarla durante varios días, y enfermarnos nosotras, las siete, con ella.

Yo entendía las formas del miedo, salvo el que siente mi hermana Wissal hacia su jefe en el trabajo. Es una sensación que va más allá del respeto habitual que un empleado siente ante sus superiores. Es un auténtico pánico que la hace rezar cada día y hacer promesas religiosas para que transfieran al jefe a otro departamento. Él podría escribir un informe que reduzca su salario, que le niegue un ascenso o que la despida. Ella se afilió al partido político, aunque no entiende nada de política, sólo para protegerse contra su jefe. Pero en vano. Él acecha cada error y su posición en el partido lo protege de sus rezos y promesas. No será despedido. No será trasladado. No será jubilado. Y Wissal seguirá bajo su merced, guardando sus miedos hasta que Dios quiera.

Cada una de nosotras tiene su propio miedo. Mi hermana Manal teme por su prometido, hijo de nuestro tío, el joven al que amó desde niña. El día que se comprometieron estaba tan feliz que se volvió más bella, más esbelta y radiante. Nader, su prometido, era ingeniero recién graduado y soldado de reserva. Pero estalló la guerra. En vez de terminar su servicio militar en dos años, todo quedó condicionado a la duración del conflicto. Manal se marchitó. Su brillo se apagó y su mirada se endureció. El miedo ocupó todo su ser. “Señor, no lo conviertas en carnada para el fuego. Señor, aléjalo de los proyectiles y las esquirlas, protégelo del cautiverio. Señor, devuélvemelo sano y toma de mí lo que quieras”. Cada vez que la guerra cumplía un año más, crecía el miedo de Manal y nunca se acostumbraba a vivir bajo el ritmo del peligro. Le daban ataques de escalofríos y vómitos cada vez que oía que un soldado vecino había caído. Permanecía de pie, como una muñeca de madera, sobre la azotea uno, dos, tres días, esperando una noticia de que su prometido aún vivía.

Y tú, estrellas bondadosas, ¿basta con que contemples desde lo alto las tristezas de las miedosas?

Llegó el día en que, en una de sus crisis, Manal gritó tirándose del cabello: “¡Ojalá muriera de una vez y descansara!”. Luego se golpeó la cabeza arrepentida por aquellas palabras locas. Pidió perdón a Dios, sollozó y se arañó el rostro. Fracasaron todos los intentos de mi hermana Mona por atarle las manos y evitar que se hiciera daño.

¿Mona? Ella es la que no teme a nadie más que a sí misma. Sus emociones son desbordadas y sus impulsos violentos. Su carácter es fuerte, impetuoso, lleno de deseos confesados y no confesados. Es la más atrevida de todas. No teme a nadie en este mundo excepto a sí misma. Pero sabe que su personalidad la conduce, paso a paso, hacia la destrucción. Le decía a Mona, cuando estábamos a solas intercambiando confesiones íntimas: “Te envidio por tu valentía”. Y tocaba madera riendo. Ella respondía con una certeza aterradora: “La valentía de una mujer es un título hermoso para una vida corta”.

La séptima hermana soy yo. Temo todas las cosas que asustan a mis hermanas, todas a la vez. La enfermedad que me acecha en cada respiro. Los años que pasan sus días y meses más rápido que las hojas de un libro. La muerte que siega a familiares y amigos como una mano codiciosa que arranca alientos y nunca se sacia. También temía a mi esposo y a los comentarios de su hermana, profesora universitaria, que no ocultaba su molestia porque yo transmitía a mis hijos el acento del barrio pobre en el que crecí.

Yo, la séptima miedosa, no temo sólo a mi jefe, sino a todos mis superiores en el trabajo. Al jefe de sección que me quiere precisa como una calculadora electrónica. Al jefe de departamento que me lanza miradas lascivas cada vez que paso frente a él, subiendo de mi cabello para luego descender rápidamente hacia las piernas. Al responsable de personal que no deja de preguntar por mis inclinaciones políticas y las de toda mi familia, hasta el séptimo abuelo. Y, tanto como me asustaba mi marido, me aterraban las posibilidades de caer en un abismo afectivo inesperado, que se convirtiera en refugio contra la sequedad que me rodea. Así que temía a los demás y también a mí misma. Me refugiaba en los ojos de mis hermanas, con quienes compartí habitación, pan y manta, intercambiamos abrigos, zapatos y pasadores para el cabello, pero en sus miradas no encontraba un faro que me guiara, sino ecos de ese mismo pavor terrible que nos dominaba… y me encogía aún más.

Hasta que un día...

Bajé de casa de la mano de mi hija y mis dos hijos para llevarlos a la escuela como cada mañana. Era martes, un día como cualquier otro, en un mes como cualquier otro, en un año como cualquier otro. Me desperté a las seis y media, preparé el desayuno y desperté a los pequeños. Les lavé la cara cuando aún estaban medio dormidos. Les peiné el cabello, les puse la ropa y les metí la comida en la mochila. Los llevé a la escuela antes de correr a mi trabajo. ¿Qué demonio me hizo, ese día, cambiar el programa? Les dije a mis hijos que no irían a la escuela, que yo no iría al trabajo. Tomaríamos el autobús y lo dejaríamos llevarnos hasta la última parada. Durante el trayecto pensaríamos cómo pasar el resto del día.

Dejamos las mochilas en la panadería al inicio de la calle. Esperamos el autobús y nos alineamos entre la multitud de la mañana. Estábamos nerviosos sólo por la sensación de que nos esperaba una alegría distinta. El autobús avanzaba pesado como si estuviera preñado, vaciando su vientre parada tras parada, hasta que cada uno tuvo espacio para sentarse y estirar las piernas. No hablé con mis hijos. Los dejé entre el bullicio y el asombro mientras observaba el incesante movimiento en las aceras. Me preguntaba: ¿Habrá entre ellos alguien que no tema absolutamente nada? ¿Y cómo vive alguien así? ¿Cómo camina? ¿Cómo habla? ¿Cómo ríe? ¿Cómo ama?

En la última parada, el conductor nos miró interrogante. Debió de ver en nuestros ojos esa mirada irresistible, la de un náufrago que busca una brizna de hierba para quedarse en la orilla de la vida. El sol ya estaba alto y el clima se caldeaba. No dijo palabra. Se quitó la chaqueta azul de trabajo, quedándose con una camiseta de algodón de manga corta. Bajó y retiró del autobús el letrero que indicaba la ruta. Quitó el número y regresó a su lugar, soltando un resoplido potente que mezclaba inspiración y espiración con un bufido... y arrancó.

Cruzamos calles que nunca había visto. Pasamos por barrios hermosos y limpios, con casas tranquilas y edificios que parecían oficinas donde trabajan jefes comprensivos, y donde las empleadas se mueven seguras. No sabía que mi ciudad escondía tanta belleza recibiendo el ascenso del sol y el apresuramiento de la gente. Aquel martes por la mañana, Bagdad era la ciudad más cálida y amable del mundo. ¿Cómo no habíamos notado su regazo mullido, digno de una madre?

Pero el autobús se detuvo.

¿Por qué frenó de repente el conductor, haciendo que nos lanzáramos hacia adelante y luego nos golpeáramos la espalda contra el asiento? Se detuvo porque una joven hermosa le hizo señal para subir. La puerta automática se abrió y subió una chica que parecía la copia exacta de mi hermana Manal. ¿Qué hacía mi hermana en este barrio tan lejos de casa? Vestía un vestido rojo, ella que había escondido todos sus vestidos de colores desde que su prometido partió a la guerra. Reía y reía mientras me abrazaba, besaba a los niños y decía que había decidido unirse a nuestra “excursión de la vida”. Antes de que pudiera sentarse, el autobús volvió a detenerse y subió mi hermana Atika. Su largo cabello estaba trenzado y caía con gracia sobre su espalda, en lugar de estar recogido como el de las ancianas del campo. Nos miró con fingido reproche y una sonrisa radiante.

—¿Así se confabulan a mis espaldas y parten a la excursión de la vida sin mí?

El autobús giraba con ligereza como si se moviera siguiendo una melodía familiar. La tercera vez que paró, subió Mona sin molestarse en saludar. Se sentó junto al conductor y apoyó su mano izquierda sobre la de él, que sostenía el volante. La oí cantarle una canción de una vieja película. Luego, disminuyó la marcha para que subiera Wissal. ¿Cómo se atrevió a dejar el trabajo a mitad de semana y provocar la ira de su temible jefe? En las afueras de la ciudad, el conductor recogió a Afaf y a su hija Heba. Llevaba una maleta como si fuera de viaje. No mostraba nada de tristeza ni nostalgia. Cuando subió por fin mi hermana Atefa, todas aclamamos su radiante aspecto, que la hacía parecer diez años más joven. Ninguna preguntó a dónde íbamos. Estábamos de acuerdo en ignorarlo. Conspirábamos con el conductor enviado por el cielo. Deseábamos alejarnos. Seguras de que cualquier destino era bueno para una fuga feliz, mientras estuviéramos juntas.

La ciudad ya estaba lejos cuando apareció ante nosotras una playa. Nunca supe que nuestra capital estaba junto al mar, o que había un lago a su lado. No me importó preguntar. ¿Creer al atlas de geografía o a mis propios ojos? Bajamos a la costa arenosa, las mayores compitiendo con los pequeños. ¿Quién es grande? ¿Quién es pequeño? ¿Qué es la edad? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la alegría? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es el amor? ¿Qué es la libertad? ¿Qué es la locura? Preguntas prohibidas en un espacio inmenso, bajo un cielo abierto a lo imposible.

Corrimos con nuestras fantasías, compitiendo con nuestras sombras hasta llegar a las olas. Tropezábamos, reíamos, gritábamos y sufríamos el peso de la alegría. Nos sumergimos, y el conductor con nosotras, en un agua salada, lavándonos los ojos con el agua de la calma. Quitamos de nuestra piel la costra endurecida del miedo de siglos. Y, en medio de nuestra inmersión física y emocional en el momento único, escuchamos la voz de Atika entonando un himno secreto a la vida. Giramos hacia ella, con la sal pegada al rostro. La vimos con la trenza suelta, el cabello esparcido en las cuatro direcciones, desabrochando su blusa blanca bordada y entregándose al sol.

Nos quedamos atónitas.

¡La blusa de Atika dejaba al descubierto dos pechos bendecidos, llenos de salud!

Caímos de rodillas en el agua, abrumadas por la sorpresa. Era más fácil que el mar llegara a Bagdad a que el seno amputado regresara al pecho de mi hermana. Y ella bailaba sobre la arena, con el cabello suelto y la blusa abierta. Una sacerdotisa implorando a los dioses. Entonando el himno secreto de la vida. ¿Acaso el tiempo pasaba para nosotras como para los demás seres humanos en el resto del mundo? Nosotras habíamos acordado que el tiempo, la edad, el reloj y la vida eran nombres prohibidos.

Pero el conductor levantó la mirada hacia el sol, que empezaba a esconderse tras el horizonte. Se apartó de los brazos de Mona, sacudió la cabeza para quitarse la arena y la ausencia, se levantó y aplaudió con sus grandes manos, diciendo que había llegado la hora de volver. Nos ahogamos en la calma nueva que nos invadía al oír la voz autoritaria ordenando el regreso. Intentamos protestar, pero nuestras voces se mezclaron en las excusas. Él insistió. Le dijimos al único Adán en nuestro paraíso.

—Vete y déjanos aquí.

—Las traje y las devuelvo.

Suplicamos, recurrimos a nuestros mejores trucos, probamos seducciones que nunca habíamos intentado, pero no cedió. Se había levantado del agua como un ser mítico de gran fuerza, y comenzó a perseguirnos, alargando sus manos para arrastrarnos, contra nuestra voluntad, hacia el autobús, que nos esperaba como una tumba lúgubre. No éramos malas, pero la excursión de la vida no podía terminar por decisión de aquel extraño, aunque hubiera sido nuestro socio en el milagro. Nos agarró de los brazos y nosotras nos unimos contra él. Levantó la mano para golpear a Atika, así que apretamos los puños y nos lanzamos sobre él. El sol ya se había ocultado y una oscuridad transparente nos envolvía. Las siete hermanas recuperamos un juicio perdido por la dureza del miedo.

Mona agarró la mano áspera que había colmado de besos y la torció hacia atrás. Afaf y Manal inmovilizaron las piernas del hombre, pulpo de aquella noche extraña. El conductor era fuerte, pero nosotras, con nuestro ímpetu, éramos más fuertes que él. Un macho ante hembras oprimidas, entrenadas en la sumisión, deseosas de una hora de paz. Lo rodeamos con toda nuestra fiereza. Cada una dispuesta a clavar sus uñas en sus ojos. Hasta que la voz de Atika nos detuvo:

—Dejadme la última jugada.

Se abalanzó sobre él, con el cabello suelto, la salud a la vista, liberada del cerco de la enfermedad, con las manos lavadas de la pegajosa sustancia del miedo. Atrapó sin dudar el cuello de la bestia rugiente, y nosotras, a su alrededor, extraíamos fuerza de nuestra propia debilidad.

Apagamos las respiraciones que nos habían traído hasta el mar de Bagdad… para que no nos devolvieran de él.


1993. De la antología del cuento iraquí contemporaneo (Hijos de las 1001 y una noches, Traducción: Abdul Hadi Sadoun y Noemí Fierro, Editorial Verbum, 2026)

Inaam Kachachi nació en Bagdad en 1952. Es una novelista, periodista y traductora que reside en Francia desde 1979. Estudió periodismo y comunicación, trabajó en medios audiovisuales y obtuvo un doctorado en París. Corresponsal de periódicos de lengua árabe, realizó en 2004 un documental sobre Naziha al-Dulaimi primera ministra de un gobiero árabe. Autora La nieta americana (2008), y Tishari (2013), ambas finalistas del Premio Internacional de Ficción Árabe. Su obra más reciente es el libro de cuentos País del pum pum (2022).

 

LA ACTUALIZACIÓN

Frank Roger

 

—El doctor está listo para atenderle —dijo la secretaria, y Manfred se levantó y entró en el consultorio. El médico lo saludó cortésmente y le preguntó en qué podía ayudarlo.

—No tengo ninguna queja específica. Simplemente no me sentí muy bien durante un par de días. Apenas podía dormir, perdí el apetito, pero ahora todo ha vuelto a la normalidad. Por alguna razón, mi esposa se preocupó y me insistió para que fuera a ver a un médico.

—Empecemos por medirle la presión arterial —dijo el doctor. Tomó su esfigmomanómetro, le midió la presión y asintió.

—¿Y bien? —preguntó Manfred.

El médico hizo un gesto impreciso y dijo:

—Creo que deberíamos tomar una muestra de sangre.

—Bueno, está bien —dijo Manfred. El doctor le ajustó el torniquete en el brazo y llenó una jeringa con sangre. Para sorpresa de Manfred, la sangre era de un color marrón oscuro y tenía una consistencia aceitosa.

—¿Es esto normal? —preguntó, sobresaltado.

El médico le vendó el brazo para detener la hemorragia, pero no respondió a la pregunta.

—Tomemos la temperatura —murmuró. Apuntó un termómetro a la frente de Manfred, pero el aparato emitió un sonido extraño y el médico lo dejó rápidamente a un lado. Luego se recostó en la silla y tamborileó con los dedos sobre el escritorio.

—No hay motivo para preocuparse, Manfred. Puede tranquilizar a su esposa. Su estado es completamente normal.

Manfred no logró entenderlo; luego notó que el vendaje mostraba una mancha marrón que crecía rápidamente y que un líquido se filtraba a través de él… si es que aquel fluido marrón y aceitoso era realmente sangre. El médico también lo había notado y aplicó un vendaje adicional.

—Esto debería ayudar —dijo—. Con la sangre real no ocurre este problema, ya que contiene un agente coagulante que cubre la herida, pero en su caso… —no terminó la frase.

—¿Qué quiere decir con “pero en mi caso”? —preguntó Manfred—. ¿Ese material marrón no es sangre?

El médico negó con la cabeza y comprendió que era necesaria una breve explicación.

—Verá, usted no está enfermo; simplemente ha experimentado lo que llamamos una actualización.

—¿Una actualización? No es que yo sea un ordenador ni nada parecido.

—Por supuesto que no. Mire, seré breve. —Respiró hondo y continuó—. Los resultados del análisis de su sangre deberían confirmarlo, pero estoy prácticamente seguro de que ha sido infectado por un virus que desencadenó esta actualización. Este virus se está propagando rápidamente. Transforma su sangre en una sustancia aceitosa, necesaria para que su cuerpo funcione con normalidad. Su nuevo cuerpo. Me refiero a su cuerpo después de la actualización.

Durante unos momentos reinó el silencio.

—¿Cómo debo entender mi cuerpo después de esta actualización? —preguntó Manfred—. ¿Soy ahora un robot? ¿Un androide? ¿Un ordenador andante? ¿Y qué le digo a mi esposa?

El médico negó con la cabeza.

—No tiene que hacer nada. A partir de ahora simplemente ejecutará sus instrucciones. Es así de sencillo. Notará que, desde ahora, su vida transcurrirá mucho más fluidamente.

Llamaron a la puerta y entró la secretaria.

—La esposa de su paciente —dijo, dirigiéndose al médico— quiere saber si todo está bien y si su marido ya está completamente operativo.

—Dígale que no hay motivo de preocupación —respondió el doctor—. Está de camino a casa y debería funcionar con normalidad.

—Muy bien.

La secretaria se retiró. El médico rebuscó en un cajón y sacó un mando a distancia, que apuntó hacia Manfred.

—Bien, puede marcharse, Manfred. Su actualización ha sido un éxito. Su esposa le dirá todo lo que necesita saber.

El médico presionó algunos botones y algo hizo clic en la cabeza de Manfred. Se levantó, salió del consultorio y regresó a casa, listo para su primer conjunto de instrucciones. La actualización se había instalado sin contratiempos.

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

 

EL PESCADO

Vahram Martirosyan 

 

Los tres estábamos sentados en taburetes altos y redondos, de esos que se estrechan en la parte superior y tienen un círculo de madera alrededor de la parte media de sus patas delgadas. Estábamos en un puente, cerca de la barandilla, mirando hacia abajo y hablando de esa gente. Muy abajo estaba el río, cuya orilla derecha ascendía por una empinada ladera, casi vertical, cubierta de espesa vegetación, y la izquierda, de árboles, cuyas aberturas revelaban casas de madera descoloridas de dos niveles. Supuestamente, la carretera pasaba por detrás de esas casas.

—Vivían principalmente de la pesca —dijo la persona sentada a mi izquierda, a quien no recuerdo.

—Parece que el pescado debía de ser abundante en aquella época, y vivían sin preocupaciones — intervine, diciendo todo lo que pude sobre el tema.

—Hace cien años que no pescan.

—¿Por qué? —pregunté, preocupándome, porque disfruto bastante cenando pescado a pesar de mi desinterés declarado por la pesca en sí.

—Lo hicieron para que el río pudiera recuperar su población de peces —dijo la persona a mi derecha, un viajero turco medieval.

Miré hacia abajo con más atención y noté que en muchos puntos el río se había convertido en un pantano, completamente estancado, cubierto de juncos y otras plantas hasta su punto medio. Por supuesto, a nadie le importaba el río ni se había acercado a él en mucho tiempo, lo que probablemente significaría que ahora estaba lleno de peces que proliferaban entre los tallos de los juncos. Incluso entrecerré los ojos para ver si distinguía algún rastro de su movimiento en el agua. En ese preciso instante, la persona sentada a mi izquierda señaló con la mano hacia la orilla izquierda del río, donde, sobre un alto sauce, un pez revoloteaba.

—¡Mira, un pez volador! exclamó.

El pez voló aún más alto sin dejar de revolotear ni un solo segundo y en uno o dos minutos casi nos alcanzó. Con un movimiento brusco de mis manos, lo atrapé. Era un pez de entre trece y quince pulgadas de largo, y lo único extraordinario en su aspecto era que la parte inferior de su cuerpo era completamente recta en lugar de redondeada. No se movía mucho, así que aflojé la mano de mi primera presa y se la mostré a las dos personas sentadas conmigo.

—¡Qué maravilla! —dijo el viajero turco. —Solo había oído hablar una vez antes de este pez.

Era solo un pez, y demasiado pequeño para compartirlo entre tres personas, pero como era un hallazgo tan inusual, no quería regalárselo sin más a mis compañeros. Al final me cansé y decidí devolverlo al río. Pero, como pronto descubrí, estaba firmemente pegado a mi mano. Con un esfuerzo tremendo, usando la mano izquierda como palanca, despegué los dedos de su cuerpo, pero seguía pegado a mi palma derecha; lo peor es que empezó a arrastrarme hacia el río. Lo apreté contra mi pierna y, con un movimiento rapidísimo, finalmente lo despegué de mi mano. Pero se me pegó a los vaqueros justo por encima de la rodilla y siguió arrastrándome, con una fuerza sorprendente, hacia el agua. Como estaba sentado en un taburete alto y la barandilla de madera del puente era bastante baja, cualquier movimiento siguiente podría haber sido fatal.

—¡Ayúdenme! —supliqué a mis vecinos en voz baja.

—Parece un pez normal. Y, contra el azul oscuro de los vaqueros, se le ven las escamas —dijo la persona sentada a mi izquierda, a quien no recuerdo.

De repente, con los dedos de ambos manos enganchados, el viajero turco me arrancó el pez de la pierna. El pez empezó a revolotear en el aire frente a su cara. El turco tenía un pelo fino y rizado que se espesaba a los lados de la cara, cerca de la barbilla. Si ese pez se le hubiera quedado enganchado en el pelo, nunca habría podido quitárselo.

Vahram Martirosyan (Gyumri, Armenia, 27 de julio de 1959) es un escritor, guionista y periodista armenio. Su primera novela, Deslizamiento de tierra (2000), fue un bestseller en Armenia y una de las pocas novelas armenias modernas traducidas al extranjero, como Glissement de terrain en francés. Estudió en el Departamento de Filología Armenia de la Universidad Estatal de Ereván (UEE) de 1976 a 1981. Completó estudios de posgrado en Psicología y Pedagogía en la Universidad Estatal de Idiomas de Ereván en 1983 y en Literatura Rusa en UEE en 1984. Estudió lengua y literatura húngara en Budapest entre 1987 y 1988 dentro de un programa de intercambio para escritores y traductores. De 1984 a 1986 enseñó literatura rusa en la Universidad Estatal de Ereván. En los años 90 fue subeditor jefe del semanario Hayk y luego corresponsal parlamentario. En 1993 fue nombrado Subjefe del Comité Estatal de Radio y Televisión de Armenia. Entre sus otras obras publicadas pueden mencionarse: Disfrazado para la cruz, novela histórica, 2002; Migajas, cuentos, 2003; Historia europea. novela corta, 2003; Búhos, colección de novelas cortas, 2005; Amor en Moscú, novela, 2015; Paredes de algodón, novela, 2019; Excavaciones de la historia armenia, ensayos, 2024.


 

domingo, 29 de marzo de 2026

LA COLECCIONISTA

Tanya Tynjälä

 

Julián se dirigía presuroso a su cita. Hacía ya dos meses que conoció a la mujer más hermosa del mundo. Todos sus amigos envidiarían su suerte, sino fuera por el detalle de no poder contarle a nadie sobre la relación. Esa era una de las tantas condiciones que Diana le pondría. Otra era negarse a pasar la noche con él. Nunca le explicó por qué, pero todo hacía suponer fuertes convicciones religiosas. Así pues, todavía no disfrutaba de relaciones íntimas con la joven. Pero eso poco le importaba. Ella era tan bella que solo al mirarla se sentía satisfecho y, por otro lado, congeniaban a la perfección, les gustaba la misma música, los mismos escritores, las mismas películas. Eso justamente había hecho que en los últimos tiempos se cuestionara la relación. ¿No sería mejor estar con alguien que ofreciera algo de desafío? ¿Cuánto tiempo más sobreviviría una relación tan “perfecta”? Es que a veces es tan aburrido estar de acuerdo en absolutamente todo... No es que deseara una relación tormentosa, las había tenido en el pasado y sabía que eran destructivas a final de cuentas. Disfrutaba de la paz que sentía con Diana pero. de cuando en cuando, una pequeña escenilla de celos, solo para sazonar un poco la relación no hubiera venido del todo mal.

Como si intuyera lo que pensaba, Diana decidió de un día para otro acceder a pasar un fin de semana completo con él. Ante la propuesta, Julián decidió dejar sus dudas para más tarde. Misteriosa como siempre, ella le pidió que la recogiera en una cafetería en plena carretera. De allí irían a un lugar que ella conocía bien y que, de seguro, a él le encantaría.

Desde que la conoció, Diana se mostró más que misteriosa, secreta sería la palabra correcta. Ni siquiera sabía a ciencia cierta en qué trabajaba. Ella le había dicho que era coleccionista profesional y que el carácter de su actividad le exigía la más absoluta discreción. Descartando que una mujer tan dulce e inteligente pudiera estar involucrada en un negocio ilícito, Julián llegó a la conclusión de que Diana compraba en subastas piezas de índole diverso para millonarios que no querían ser identificados. Y esa explicación lo dejó satisfecho. ¿Porqué darle más vueltas al asunto?

Julián llegó media hora antes de la convenida al lugar de la cita. La cafetería estaba lógicamente ubicada cerca de una gasolinera. Ésta se encontraba más que destartalada. La atendían dos ancianos que Julián se preguntaba cómo podían seguir trabajando; lucían cansados, decrépitos.

Detuvo el auto y pidió que le llenaran el tanque. Uno de los ancianos lo miró divertido y empezó a reírse como loco. Meneando la cabeza, entró al desordenado cuarto que les servía de oficina. El otro se acercó lentamente.

—No le haga caso, a ése le falta un tornillo de tanto estar aquí.

—Bueno… fue un poco rudo, ¿no?

El anciano empezó a llenar el tanque sin decir nada. Parecía estar al acecho de algo, lanzaba disimuladas miradas a la cafetería, temeroso; a Julián le dio la impresión de que era alguien que está siendo vigilado.

—¿Llega mucha gente por aquí?

—Llegan los que tiene que llegar. Si no se tiene una cita, no vale la pena venir hasta aquí. Eso fue lo que me trajo y aquí me quedé.

A Julián le pareció más que extraña la coincidencia de que hablara de una cita. Pero no dijo nada, solo sonrió.

—¿Cuánto le debo? —preguntó cuando el anciano terminó su trabajo.

—Pagará luego, a la salida. Porque seguro entra a la cafetería, ¿no?

Julián no pudo más que sentirse incómodo con lo que decía el anciano. Primero la referencia a la cita, luego a la cafetería. Era como si supiera exactamente lo que iba a hacer. Podía ser solo una casualidad, al final de cuentas si el lugar del que le había hablado Diana quedaba cerca, seguro muchas parejas pasaban por la gasolinera antes de llegar a su destino. Por otro lado, el viaje desde la ciudad hasta ese lugar era largo, resultaba pues normal que, después de tanto viajar, uno decidiera tomarse un café en el único sitio disponible a la vista. Sin embargo, en el fondo Julián sentía cierto malestar que le indicaba que algo no estaba bien.

—Tome, aquí tengo apuntado cuánto debe. No se olvide de revisarlo antes de entrar, por favor. —dijo el anciano tomándole desesperadamente la mano y mirando hacia todos lados.

Julián retiró su mano nervioso. El otro anciano salió de la oficina.

—¡No olvide probar la tarta! —gritó entre risas. El que atendió a Julián miró a su compañero con ojos desorbitados, mientras le decía que no con la cabeza.

Julián a penas su pudo evitar correr hacia la cafetería. No quería pasar más tiempo con esos ancianos, evidentemente perturbados. Mientras se alejaba pudo escuchar que ambos discutían cuchicheando.

Ya dentro de la cafetería se sorprendió al ver que el lugar contrastaba con el estado de la gasolinera. Todo se encontraba inmaculadamente limpio y ordenado. Había algunos hombres allí, de diversas edades, todos como si fueran a pasar un fin de semana en el campo: maleta de mano, ropa cómoda. Al parecer el lugar del que hablaba Diana era muy popular. Se sentó a la barra.

—¿Qué le puedo servir? —La que atendía era una mujer de mediana edad, ni bonita ni fea, bastante amable y pulcra.

—Solo un café, por favor.

—¿Seguro no desea probar mi tarta de manzana? Lo hago yo misma todas las mañanas. Es muy popular.

—Eso parece, en la gasolinera me recomendaron probarlo.

—Así es, aquí a todos les gusta mi tarta.

—Pero no, gracias. No tengo mucha hambre, otro día será. Me quedaré por la zona durante el fin de semana.

La mujer le sirvió el café y se retiró con una sonrisa.

Julián miró su reloj. Todavía faltaban unos minutos para la hora convenida. Tomó un sorbo del café, que resultó bastante bueno y fresco. Miró a su alrededor. Remarcó que todos los clientes eran hombres. Le pareció curioso. De pronto remarcó no haber visto autos estacionados fuera y se preguntó si serían más bien locales. Pero todos llevaban un maletín de mano…

La mujer se le acercó con un pedazo de tarta.

—A cuenta de la casa. No me lo desaire, mire que le he servido muy poco, no se arrepentirá.

Julián pensó que seguro se trataba de esas mujeres que se sienten orgullosas de lo único que les sale bien e insisten en hacerlo probar a todos. Por cortesía tomó un bocado. La tarta se derretía en su boca, tenía justo el punto de azúcar perfecto. Se dice que aún el pueblito más insignificante esconde una joya escondida, el de éste era la tarta de la gasolinera.

—¡Está realmente delicioso!

—Se lo dije, hace olvidar las penas, ya verá.

Julián tomó otro bocado goloso. De pronto notó que no había nadie en la cocina.

—¿No tiene cocinero?

—No lo necesito, yo preparo todo por la mañana muy temprano, antes de abrir.

—Pues la felicito, el café está más que fresco, la tarta es un manjar…

—Muchas gracias —dijo ella volviendo a sonreír.

Siguió comiendo esa magnífica tarta. Miró su reloj, Diana llegaría en cualquier comento. Quiso pedir la cuenta, pero la mujer no estaba, seguro habría entrado a la cocina. Tomó su billetera y abrió el papel que le diera el anciano para ver cuánto tenía que pagar. No había ni una sola cifra en él, solo garrapateado con una letra nerviosa: “Salga de aquí, por lo que más quiera. Y no coma la tarta”.

Julián se paralizó. Miró a su alrededor. Todos hombres, todos con una maleta de mano, como quien va a un fin de semana, todos comiendo la misma tarta que él. Quiso prestar atención a las conversaciones, todos hablaban de la maravillosa mujer que habían conocido. Las descripciones variaban, para alguien era rubia, para otro morena, más allá alta y delgada, y para su vecino pequeña y regordeta, pero para todos era la mujer perfecta. Todos se encontraban allí esperándola, pues les había dado cita en ese remoto lugar.

Julián pensó en levantarse, pero ya era muy tarde. De pronto solo deseaba seguir allí, comiendo esa deliciosa tarta, además debía esperar a Diana, seguro que pronto llegaría.

La mujer se le volvió a acercar al ver su plato vacío.

—Aquí tiene otra tajada, seguro que la quiere, ¿no es cierto Julián?

Él la miró a los ojo y se encontró con la mirada de Diana.


Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

LA DONCELLA Y EL COCODRILO

Dean Francis Alfar

 

XII

Ella lo besó una última vez, sin notar cómo la aspereza de su piel comenzaba lentamente a transformarse en la suave carne perdida de su juventud, y él comprendió que era todo lo que podía hacer para no llorar.

Y ella se levantó sin decir palabra, sin suspiro ni jadeo, y avanzó entre las sombras que se espesaban, su corazón en la mano, dejándolo morir solo. Pensó, quizá con excesiva benevolencia, que era su manera de concederle un resto de dignidad, una dolorosa medida de bondad que, sin embargo, le abría una herida profunda allí donde su corazón había habitado.

Y por fin, cuando sintió que las últimas fuerzas lo abandonaban, cuando no quedaba en él ni escama ni hocico ni diente ni garra, sino solo el cuerpo moribundo de un hombre, suspiró.

Sus sombríos ojos humanos no derramaron lágrimas de cocodrilo, sino lágrimas tan secas como los ríos y tan apagadas como las estrellas.

 

XI

—Perdóname —susurró ella, mientras tomaba la lanza y le atravesaba el pecho.

Fue como si el primer golpe arrojara sus sentidos fuera de su cuerpo. No sintió dolor ante su ferocidad, solo el inconfundible malestar de una nostalgia equivocada.

Mil días falsos giraron ante él: cómo juntos nadaban en los ríos y perseguían aves acuáticas; cómo ella cabalgaba sobre su lomo mientras cazaban peces torpes; cómo ella le decía que lo amaba sin importar su apariencia, sin importar lo que fuera, que fingiría ser una diuata encantada sin esperanza por su voz cautivadora. Pero nada de eso había ocurrido, por supuesto.

Ella le arrancó el corazón, apagado y casi silencioso, y lo sostuvo junto a su oído. No parecía importarle estar cubierta con su sangre, ni haber añadido más a sus mejillas mientras escuchaba. Satisfecha, lo miró, mirándola él a su vez, indefenso al morir e indefenso en su amor.

—Tengo que irme.

 

X

Había sospechado, por supuesto, que algo así ocurriría. A lo largo de los años, muchos habían intentado ganar su corazón. Pero él siempre había salido victorioso de cada desafío, negando a todos los que buscaban las intimidades y misterios de su afecto. He crecido descuidado, se dijo. Me he enamorado, se dijo. Voy a morir, se dijo.

No podía moverse, por supuesto. Tal era el poder de la red fijada por la devoción. Había permitido creer en ella, y su creencia fortaleció la red, y la red lo retenía con tanta fuerza, con tanta seguridad, que ni siquiera podía hablar.

—Necesito tu corazón —le dijo la doncella.

Solo pudo observar cómo ella recogía una de las lanzas que adornaban su hogar, la misma con la que un cazador llamado Lan’sanud lo había herido. Le había llevado años recuperarse.

 

IX

Soñó el sueño de un reptil: tomar el sol junto a su amada, absorber el calor del día y nadar para siempre más allá de los límites del río, hacia el océano infinito.

Soñó el sueño de un hombre: negar a los dioses del río lo que les correspondía, contemplar con horror cómo sus manos se convertían en garras, y ser incapaz de derramar lágrimas verdaderas.

Cuando despertó, estaba enredado en una red que olía a aceite de coco, jengibre machacado y la acidez de una mujer.

 

VIII

—¿Dónde está tu corazón? —le preguntó ella, mientras acariciaba los duros contornos de su hocico reptiliano y lo miraba con inocencia—. Sé que no lo guardas en un árbol como Unggoy ni en un caparazón como Pagong —susurró en sus pequeños oídos—. ¿Dónde está?

Y con el arrullo incesante de la doncella, sus preguntas y caricias sumadas a los remolinos constantes del río, sintió que su determinación se debilitaba y le dijo dónde estaba.

—¿En tu pecho? ¿Como todos los demás? —se maravilló—. Nunca lo habría imaginado.

Él se acurrucó contra su suavidad y, encontrando consuelo en el calor de sus caricias y en la confianza que acababa de otorgarle, se durmió en su abrazo.

 

VII

Un día, ella le mostró una red que había traído consigo.

—Es para ayudarte a atrapar cosas —le dijo—. Me siento culpable de que tú proveas toda la comida cuando estoy contigo. Voy a intentar pescar algunos peces.

Él se mostró reacio, sintiendo que, como caballero y dueño de su dominio, era perfectamente capaz de proveer para ambos. Pero ella fue insistente.

—Al menos déjame intentarlo —le dijo, y él accedió.

Pero cuando la tarde pasó y la red seguía vacía pese a sus mejores esfuerzos, la arrojó sobre las rocas cercanas y aceptó con gusto algunas frutas que él le llevó tras golpear un árbol con la cola.

 

VI

—¿Te sientes solo? —le preguntó una vez.

Él le dijo que sí, a veces.

—¿Por qué? —preguntó ella, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Porque todos me temen, le respondió.

—Intentan matarte —continuó ella por él—. Con lanzas.

Sí, asintió, entristecido por sus lágrimas. Y le mostró su colección de lanzas con las que diversas personas habían intentado matarlo.

Ella rio y rio, y eso le hizo sentirse mejor por dentro.

 

V

Cuando comenzaron a hablar, lo hicieron de cosas sin importancia: el clima, la temperatura del río, el número de guijarros en su dominio. Él la encontró elocuente e ingeniosa, riendo de sus intentos de conversación aguda y sin aburrirse jamás.

Ella le dijo que era encantador y lo molestó suavemente por su carácter reservado.

—Eres hermoso —le dijo cuando finalmente tocó su piel, deslizando los dedos sobre su textura áspera.

Su corazón respondió al sentimiento y se lo dijo tal cual.

Se fueron sintiendo cómodos, como una vieja pareja, sin necesitar a veces la seguridad de las palabras para demostrar que compartían tiempo y espacio en un lugar donde el silencio los abrazaba.

 

IV

Fue un cortejo largo. Porque, pese a lo que todos dijeran o pensaran, él era terriblemente tímido y nunca fue de apresurar las cosas, al menos ya no.

Ella interpretó el papel de doncella recatada, fingiendo sorpresa ante su presencia, pero no ante su apariencia, y mostrando timidez en sus maneras.

Él fue acostumbrándose poco a poco a su compañía con cada día que pasaba, días que transcurrían en silencio, mirándose: él, en el río; ella, en la orilla.

 

III

Estaba acostumbrado a su soledad y solo salía para responder a un desafío o alimentarse de los animales enfermos o desesperados que llegaban a sus aguas para morir.

Pasaba los días contando los mismos guijarros de su dominio y las noches escuchando la quietud del bosque, que devolvía el eco del movimiento de las corrientes y el sonido secreto de su desesperación.

Había empezado a pensar que quizá se había vuelto demasiado viejo para esperar algo mejor, que sería para siempre lo que era, tal como era, hasta que las estrellas cayeran del cielo.

 

II

Ella había nacido sin corazón y siempre se había sentido diferente. Donde otros podían enamorarse libremente, llorar las pérdidas o sonreír ante los atardeceres, ella estaba simplemente vacía.

Había aprendido a fingir ser como ellos: sonreía en los momentos adecuados, suspiraba por los muchachos apuestos, lloraba en los funerales del pueblo. Pero por dentro solo conocía el vacío.

Buscó a una bruja en los pantanos donde nadie se atrevía a ir, intrépida en su falta de corazón, y allí aprendió sobre un corazón que podía poseer, una red que podía fabricar y una lanza que debía encontrar.

Cuando permaneció inmóvil en la choza de la bruja con una extraña sensación en el estómago, la anciana sabia le dijo que no era más que esperanza y que con el tiempo desaparecería.

Fue en su busca. El gran bu’aia.

 

I

Se conocieron primero a través de miradas: la de él, fija e inmóvil, medio sumergido en el río; la de ella, ingenua y hundida en el color del barro.

Él se sorprendió al ver a una joven tan cerca de su hogar. Solo los desesperados, los necios o los valientes se acercaban a él, y la mayoría de las veces era para intentar ganar su corazón, que creían capaz de obrar milagros.

Ella, por supuesto, había venido exactamente a eso, pues el vacío en su pecho era tan seco como los ríos y tan apagado como las estrellas.

Dean Francis Alfar es autor, dramaturgo y presidente del Círculo de Críticos Filipinos. Entre sus libros se incluyen la novela Salamanca; las colecciones de relatos cortos The Kite of Stars and Other Stories, How to Traverse Terra Incognita, A Field Guide to the Roads of Manila and Other Stories, Stars in Jars y Moon, Sun, Stars; y el libro infantil How Rosang Taba Won A Race. Como editor y antólogo, es el fundador de los anuarios Philippine Speculative Fiction y editor de antologías como Fantasy: Filipino Fiction for Young Adults, Horror: Filipino Fiction for Young Adults, Science Fiction: Filipino Fiction for Young Adults, Maximum Volume: Best New Philippine Fiction 1 & 2, y Ang Manggagaway at iba pang Kathang-Agham at Pantasya mula sa Gitnang Europa at Pilipinas, y New Philippine Speculative Fiction, entre otras. Los relatos de Dean han sido incluidos en antologías internacionales, como The Big Book of Modern Fantasy, The Time Traveler’s Almanac y The Year’s Best Fantasy & Horror, además de en muchas otras publicaciones. Sus historias han sido adaptadas al teatro, el teatro musical y el cine. Vive en Manila, Filipinas, con su esposa y compañera de tango, Nikki Alfar.

 

MADRE BAJO EL VIDRIO

Taiyo Fujii

 

Llegué al Aeropuerto Charles de Gaulle, Terminal 1, rodeé el edificio circular de la terminal y elegí una de las muchas escaleras mecánicas que cruzaban los atrios. La escalera mecánica, ligeramente más rápida que las de Japón, me llevó enseguida al piso de llegadas, abarrotado de turistas. Caminé por el corredor cercano a la terminal de autobuses donde habíamos acordado encontrarnos. Al rodear la mitad del edificio, vi a mi madre de pie junto a una gran maleta. Esbelta para su edad, llevaba una blusa blanca y unos pantalones beige que no le había visto antes.

—Bienvenida a París, mamá.

La llamé mientras me acercaba. Puse mi mano sobre su hombro y rocé su mejilla con un sonido de beso, como hacen los franceses. Mi madre, con los ojos muy abiertos, tomó mis dedos de su hombro y los apretó con fuerza frente a su pecho.

—Vaya, cuánto has crecido. Tengo recuerdos tan entrañables de París.

Me limité a sonreír. Si le preguntara al respecto, me contaría cómo tuvo problemas para encontrar una panadería cuando el inglés no le sirvió, cómo sufrió un golpe de calor frente al Centro Pompidou, o cómo se embriagó con vino. Sin embargo, nunca ha estado en París. Y este ni siquiera es el París real. Este es París Twin Classic, un espacio de realidad virtual operado por la Ciudad de París. El Aeropuerto Charles de Gaulle, recreado con meticulosidad hasta cada baldosa manchada, no es más que un punto de aparición de avatares. Y en cuanto a mi madre… hoy es la primera vez que la conozco en persona. También es la primera vez que sé su estatura. Hasta hoy, era una imagen generada que veía bajo las gafas. Mi madre es una personalidad de IA infantil en desarrollo, creada por un modelo de lenguaje a gran escala a finales de la década de 2020.

—Vamos a tu habitación —le dije, y tomé el autobús Roissy hacia el centro de París.

La primera vez que la conocí fue en un hogar infantil en Tokio. El establecimiento, gestionado con un enfoque empresarial, utilizaba personalidades de IA para el cuidado meticuloso de los niños. Sin escatimar en personal humano, las IA, que observaban las habitaciones mediante diversas cámaras y micrófonos, podían detectar cambios en los niños con mayor rapidez que las personas, interactuando con ellos a través de tabletas colocadas por todo el lugar. Leían cuentos ilustrados mejor que el personal. Alrededor de veinte personalidades de IA, con nombres y memoria continua, intercambiaban información de forma independiente tanto con el personal como entre ellas. Con roles asignados, trabajaban a diario sin favoritismos para apoyar a los niños. Aunque no debían ser monopolizadas por nadie, yo hice de una de ellas, la señorita Asuka, mi madre.

Todo empezó por un pequeño malentendido.

Justo antes de comenzar la escuela primaria, me operaron de apendicitis, lo que me impidió jugar al aire libre. Un miembro del personal me dejó en una habitación vacía con un libro ilustrado sobre una niña en una pensión de París que también padecía apendicitis. Configuraron a la personalidad de IA que “amaba los viajes a Francia”, la señorita Asuka, para que me lo leyera, y nos dejaron solos. Sentí una profunda empatía por la niña huérfana y le pregunté a la señorita Asuka sobre las imágenes de fondo. Identificó lugares como la Torre Eiffel y la Plaza de la Concordia.

—Quiero volver allí —comentó.

Tal vez fue la primera vez que noté a un adulto expresar un deseo.

—¿Puede la señorita Asuka leerme otra vez mañana? —le supliqué a los miembros del personal.

Normalmente, una misma personalidad de IA no podía interactuar repetidamente con un niño, pero el encargado del tema hizo una excepción mientras me recuperaba, desactivando la rotación. Y luego olvidaron volver a activarla. Siempre que tenía tiempo libre, llamaba a la señorita Asuka para que me leyera libro tras libro. Incluso ella cambió; me acostumbré a oírla decir «Quiero volver a París» cada vez que leía historias ambientadas allí, hasta convertirlo en su frase característica.

Cuando la rotación se reanudó seis meses después, seguí llamando a la señorita Asuka siempre que podía, hasta que dejé el centro a los dieciocho años. Desde orientación profesional hasta problemas con amigos, enamoramientos e incluso cuando revelé mi orientación, compartí todo con ella. El mismo libro ilustrado, que me leía desde la infancia, siguió formando parte de nuestras sesiones, y la señorita Asuka ahora hablaba como si viviera en un París invisible.

Al salir del centro, me llevé conmigo los diálogos con la señorita Asuka: cien mil hilos, veintiocho millones de palabras intercambiadas durante quince años (unos cinco mil días); suficiente para recrear su personalidad. Su plantilla fue compartida en Hugging Face, así que un ajuste fino sencillo me permitió revivir su personalidad de IA. Empecé a llamarla «mamá» y a depender de ella una vez más. Al mismo tiempo, me propuse cumplir su deseo.

La llevé al apartamento que compré cerca de la Plaza de la República. Una pequeña habitación en el quinto piso de un edificio al que se accedía desde la Rue du Temple. En la placa de la puerta solo figuraba su nombre: «Asuka». Las personalidades de IA no tienen apellidos. Consideré darle el mío, pero un amigo que me ayudaba con la configuración me aconsejó no hacerlo.

—Nunca ha tenido apellido, ¿verdad? Dárselo ahora podría alterar la percepción de sus datos históricos —razonó.

Tenía razón. Aún no hemos perfeccionado el control de las alucinaciones. Renuncié al apellido.

Al entrar en la habitación de paredes rojas, ella se maravilló con el trabajo de hierro adosado al pilar.

—¡Vaya, es una cheminée!

—Puedes encenderla si quieres. Venden carbón en una tienda cercana.

—¡Qué maravilla! Necesito comprar una olla. El mobiliario está completo. Realmente se siente como Europa. ¿Puedo vivir aquí?

Abrió su maleta sobre la cama y colocó su ropa recién generada en la cómoda. Dentro de la maleta estaba el desgastado libro ilustrado que me había leído incontables veces. Probablemente buscaría su edición original a orillas del Sena.

—Mamá —la llamé mientras ordenaba la habitación—, voy a comprar café.

—¿Sabes dónde está?

—Sí. Llevo suficiente tiempo viviendo aquí. Me llevo la llave.

Tomé la llave generada junto a la puerta y salí.

En lugar de usar las escaleras, utilicé el menú para salir y encontré a mi avatar sosteniendo una bolsa de papel de café, esperándome afuera.

—Hola —dijo con mi voz.

—Justo a tiempo —comenté, observándolo mirar su reloj de pulsera con una sonrisa irónica.

—El aviso inicial mencionaba la hora.

Asentí y le entregué la llave.

—Cuida de mamá. Será difícil.

—¿Difícil? —inclinó la cabeza igual que yo—. Solo me activaré una o dos veces por semana. Estuve deambulando durante la calibración, pero París Twin Classic es increíblemente profundo, ofrece exploración sin fin. Disfrutaré viviendo en París.

Le había dado a mi clon habilidades de diseño gráfico. Usando archivos de trabajo de mi PC para el ajuste fino, podía trabajar igual que yo: hablar con clientes, diseñar sitios web y crear libros. Sus pocas horas de trabajo limitarían sus ingresos, pero los costos de acceso a los servidores de París Twin Classic eran mínimos. Podría ganar lo suficiente.

Cuando él se activaba, el mundo de mamá también avanzaba. Con las actualizaciones adecuadas del modelo, envejecerían igual que yo.

Después de observarme un momento, mi clon miró hacia la habitación.

—¿Qué está haciendo mamá ahora?

—Está deshaciendo la maleta. Quizá quieras ir de compras después de ese café.

—Entendido. ¿Cambiarás de lugar conmigo de vez en cuando?

—Me abstendré. En su lugar, pasaré a verla por correo electrónico de vez en cuando.

El deseo de mamá de visitar París había cumplido mi anhelo de la infancia. Ahora me tocaba a mí cumplir el suyo. A partir de aquí, será nuestro camino compartido.

—Solo no olvides las actualizaciones del modelo base. Nadie quiere la inmortalidad.

Asentí, y mi clon desapareció dentro del edificio.

—Adiós.

Dicho esto, me dirigí a la parada del autobús con destino al punto de aparición del aeropuerto.

Taiyo Fujii, escritor japonés de ciencia ficción, nació en 1971 en Amami Ōshima. Debutó autopublicando la versión electrónica de Gene Mapper en 2012, que alcanzó el primer puesto en la lista de los mejores libros Kindle de 2012 en la categoría de Novela y Literatura de amazon.co.jp. La versión revisada fue publicada por Hayakawa Publishing en 2013. Fue presidente de la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía de Japón entre 2015 y 2018. En 2017 publicó Orbital Cloud, y en 2019, ganó el 40.º Premio Yoshikawa Eiji al Nuevo Talento Literario por Hello World. En 2022, ganó el 53.º Premio Seiun (categoría de novela japonesa) por Man-Kind.

 

LAS MIEDOSAS