Jeffrey Thomas
Alan usó su paleta
de albañil para hurgar en la cosa que había en el canalón. Parecía un pajarillo
muerto; carne translúcida de color rosa violáceo, desprovista de plumas,
extremidades torcidas como alas y patas rudimentarias. Pero era tan grande como
una paloma adulta, o incluso más. Un grupo de palomas solía posarse en el techo
de la vieja y alta casa de su madre, durmiendo en las cornisas y en los
agujeros abiertos de los aleros. Supuso que se trataba de una de esas aves,
muerta y en descomposición. Sin embargo, no parecía llevar mucho tiempo muerta.
Y la boca...
Volvió a tocar el pequeño cadáver
flácido con la paleta. La boca parecía tener labios más que pico.
Asqueado, Alan utilizó la
herramienta para voltear al animal por encima del borde del canalón y dejarlo
caer dentro del gran contenedor de basura que había debajo.
Había decidido limpiar él mismo los
canalones de su madre, ya que ninguno de los dos podía permitirse contratar a
alguien en ese momento. Durante los últimos años, desde la muerte de su padre,
los canalones se habían convertido más en macetas que en desagües; exuberantes
plantas verdes llenaban aquel tramo, sembradas sin duda por el alto árbol que
crecía junto al costado de la melancólica mansión victoriana. Alan había pedido
prestada una escalera a un amigo y había subido con varias bolsas pequeñas de basura
para llenarlas con las plantas y la capa de residuos en la que crecían. Cuando
cada bolsa estuviera llena pensaba dejarla caer dentro del contenedor.
Pero el descubrimiento del pájaro,
o de la ardilla despellejada, o de lo que fuese aquella cosa, lo había
distraído de su tarea. Y también la ventana rota del ático. La ventana era
visible desde el suelo; se extendía en diagonal ocupando el espacio entre una
parte más alta y otra más baja del tejado, donde el ático sobresalía por encima
del segundo piso. Estaba compuesta por tres cristales cuadrados, ninguno de los
cuales parecía poder abrirse. Sin embargo, uno de ellos estaba roto en una
esquina. Desde abajo Alan no había podido verlo; las plantas que crecían en el
canalón contribuían a ocultar el daño.
Otro trabajo más.
Alan suspiró. Bueno, ¿quién más
podía ayudar a su madre a ocuparse de esas cosas? Por el momento simplemente
subiría al ático y pegaría un trozo de cartón sobre el agujero para que ninguna
paloma ni ardilla entrara allí a instalarse. Haría eso primero. Le aterraban
las alturas y ahora descubría que agradecía la oportunidad de bajar de aquella
escalera. Sin embargo, antes de descender se atrevió a inclinarse un poco más
hacia la ventana, lo bastante cerca como para tocarla con los dedos si hubiera
querido estirarse, cosa que no quería hacer. Intentó mirar dentro del ático
desde allí. Había jugado en él cuando era niño, a pesar de que su padre le
prohibía subir. Hacía años que no observaba realmente aquel lugar. Intentaba
imaginar aquella ventana diagonal desde el otro lado, relacionándola con sus
recuerdos de las habitaciones del ático. Descubrió que no podía visualizarla
desde el interior. Tampoco podía ver dentro a través de ella. Los cristales
podrían haber estado pintados de negro por dentro, por lo que él podía
distinguir. Lo único que alcanzaba a ver era el reflejo de su propio rostro
curioso en el vidrio sucio, observándolo desde el otro lado.
Cuando Alan subió
al ático, una pequeña criatura saltó detrás de una caja de libros agitando
frenéticamente sus extremidades superiores. Jadeó y quedó inmóvil en el umbral.
Entonces oyó el arrullo y vio los excrementos blancos sobre las tablas del
suelo. Malditas palomas. ¿Cómo habían entrado allí? ¿Y por qué su madre tenía
que tirarles pan y alentarlas a reunirse alrededor de la casa? Cuando avanzó un
poco más por el ático vio que una ventana situada en aquel extremo había
quedado abierta mediante una tabla que la mantenía trabada.
Mamá.
Debía haberlo hecho para dejar
entrar aire cuando estuvo allí arriba alguna vez y luego olvidó cerrarla. Alan
suspiró. Tendría que cerrarla y atrapar cada paloma por separado para sacarla
al exterior. Otro trabajo más. Quizá debería marcharse a casa, pensó. Por ahora
dejó la ventana como estaba y se internó en la parte más oscura del ático,
donde las paredes se inclinaban acercándose una a otra...
No era extraño que no hubiera
podido ver a través de la ventana desde el exterior. Por dentro estaba
completamente tapiada. Eso también explicaba por qué no lograba recordarla
desde el interior en sus recuerdos de infancia; aparentemente llevaba muchos
años cubierta de aquella manera. Al bajar del ático para pedir prestada la
vieja caja de herramientas de su padre, primero reprendió a su madre por las
palomas.
—¿Por qué papá tapiaba aquella
ventana inclinada del ático? —preguntó—. La de este lado de la casa, encima de
la puerta trasera.
—Oh, fue mi padre quien hizo eso.
Tu padre intentó quitar las tablas una vez para que entrara más luz en el
ático, pero luego cambió de idea y volvió a cubrirla.
—Bueno, ¿y por qué el abuelo la
tapió en primer lugar?
—Cuando tus abuelos eran dueños de
la casa hubo una tormenta muy fuerte, y creo que un rayo cayó sobre esa
ventana. Recuerdo aquella noche... Yo tendría unos ocho años, creo. Fue
terrible. Toda la casa se sacudió. No sé qué le hizo el rayo a la ventana. Tal
vez ennegreció los cristales o los agrietó.
Se encogió de hombros.
—No está agrietada. Solo le falta
un pedazo. Y se rompió hace poco; vi los fragmentos en el canalón.
—No lo sé.
Alan volvió a encogerse de hombros.
—Bueno, voy a quitar las tablas.
Esa parte del ático es muy oscura y no tiene luz eléctrica. Le vendrá bien un
poco de sol.
Con la caja de herramientas de su
difunto padre en la mano, Alan regresó al pasillo trasero, subió más allá del
segundo piso y volvió al ático.
Primero quitó la tabla superior
utilizando la parte trasera de un martillo de uña. Lo siguiente que pensó, al
mirar a través del cristal, fue lo rápido que había oscurecido. Apenas eran las
cinco y media de la tarde y, además, era verano. Quizá se estaba formando una
tormenta. Miró por encima del hombro hacia el extremo opuesto y más espacioso
del ático. Aquella parte estaba inundada por una luz solar dorada. Partículas
de polvo flotaban perezosamente en los oblicuos y suaves rayos.
Alan se volvió bruscamente para
mirar la ventana diagonal. Después de un momento de vacilación y desconcierto,
comenzó a arrancar la siguiente tabla. Estaba clavada con firmeza y tuvo que
hacer palanca, esforzándose hasta astillar la madera, pero finalmente la tabla
cayó con estrépito a sus pies.
El cielo del otro lado era casi
completamente negro, aunque cerca del horizonte aparecía atravesado por
sorprendentes franjas rojas y púrpuras. Vio a lo lejos un grupo de aves, o
quizá murciélagos, cruzando aquellas bandas de rojo intenso. ¿Podía ser una
tormenta aproximándose o simplemente la tierra estaba más sumida en la sombra
en esa dirección mientras el sol descendía? Parecía un contraste demasiado
extremo para cualquiera de esas explicaciones.
Extrañamente alarmado, arrancó la
siguiente tabla con varios tirones violentos.
—Dios mío...
Retrocedió alejándose de la
ventana.
Apretó el martillo contra el pecho
como si fuera un arma o simplemente una garantía de que la realidad no lo había
abandonado sin dejarle algún punto de apoyo.
Allá afuera deberían verse los
tejados de las casas vecinas. Árboles frondosos entre ellas. Los familiares
campanarios de las iglesias elevándose sobre un fondo de suaves colinas. Deberían.
En cambio, las colinas lejanas eran
picos rocosos y dentados, amenazadores bajo el resplandor escarlata del
crepúsculo. Una luz roja y púrpura relucía sobre un lago o una gran laguna
distante, donde él sabía perfectamente que no debía existir nada semejante. En
primer plano crecían árboles extrañamente retorcidos y enmarañados; los más
cercanos le permitían ver que sus ramas estaban cubiertas de espinas y carecían
de hojas.
Alan quiso gritar allí arriba,
atrapado en aquel espacio claustrofóbico, con el techo casi tocándole la
cabeza, las paredes inclinándose hacia él y el polvo cubriéndole los pulmones. Quiso
darse vuelta y huir. Y sin embargo permanecía inmóvil. Hipnotizado. Demasiado
asustado para moverse. La realidad no era lo que parecía. Si se movía, ¿qué
terrible revelación podría abrirse a continuación para devorar su cordura? Sin
acercarse más a la ventana ni arrancar la última tabla, observó con mayor
atención el paisaje visible.
Sus ojos se adaptaron a la
oscuridad y decidió que, después de todo, podía distinguir algunos tejados
dispersos entre los árboles espinosos y al otro lado del lago oscuro. Ninguna
de aquellas casas o edificios tenía ventanas iluminadas, pese a la profunda
penumbra. Una brisa agitó los árboles retorcidos. Alan la sintió a través de la
esquina rota del cristal y, aunque era apenas fresca, se estremeció como si
fuera una ráfaga ártica.
Entonces comprendió que también
podía oír aquella alucinación. No solo verla y sentirla. Escuchaba el roce de
aquellas ramas semejantes a alambre de púas cuando el viento las movía. Y
también percibía los gritos lejanos de aves, tal vez. Muy débiles... Pero,
debido a la extraña cualidad infantil de aquellos sonidos, deseó no poder
oírlos en absoluto. ¿Qué había hecho aquel rayo con la ventana? Debía estar
contemplando una dimensión correspondiente a ese universo paralelo. Una
interpretación alternativa del mismo espacio. En algún lugar lejano, pero
ocupando exactamente la misma posición, existía otra casa antigua con un ático,
y era como si él estuviera ahora de pie en el ático de aquel edificio extraño
observando hacia afuera.
La idea lo sacudió tanto que tuvo
que mirar frenéticamente a su alrededor para convencerse de que seguía estando
en el ático de su madre. Pero el sol continuaba brillando cálidamente en el
extremo opuesto. Nada más había cambiado.
Un ave pasó volando afuera, más
cerca que las anteriores. Sus movimientos eran inexplicablemente aterradores. Antinaturales.
Torpes o simplemente demasiado diferentes. ¿Cómo podía volar una criatura sin
alas verdaderas? Estaba oscuro, pero la había visto lo bastante bien para saber
que era idéntica a la que había encontrado en el canalón de su madre. Alan
intentó comprender cómo aquella criatura había llegado a su realidad. El
arrullo de una paloma a sus espaldas le hizo darse cuenta de algo. En la casa
doble, la casa paralela, también debía de haber quedado una ventana abierta.
La criatura-pájaro había entrado
por allí. Luego había salido a través de la ventana diagonal. La ventana del
ático de aquella otra casa no debía estar tapiada y, por tanto, permitía el
paso. Pero cuando la criatura rompió el cristal para volver al cielo, había
entrado en la dimensión de Alan y había muerto, ya fuera por las heridas o por
las diferentes condiciones existentes en su mundo. Eso significaba que la
ventana de la casa paralela también había sido alterada. Las vistas se habían
intercambiado. Se habían cruzado. La ventana intrusa debía mostrar ahora los
abundantes tejados de su pequeña ciudad de Nueva Inglaterra. Los campanarios
distantes. Las suaves colinas cubiertas de neblina... Tenía que volver a tapar
la ventana. Tal como había hecho su padre cuando descubrió su secreto.
Alan tomó clavos nuevos de la caja
de herramientas y se llenó los bolsillos. No quería acercarse a aquella
ventana, pero tampoco podía dejarla así para que su madre la encontrara. ¿Y si
algo más atravesaba el agujero? ¿Y si ella metía la mano por la abertura para
comprobar cómo era la realidad del otro lado? Tomó una de las tablas caídas y
avanzó para colocarla de nuevo. Ahora estaba más cerca de la ventana. Y al
mirar más abajo vio el rostro oscuro que estaba allí afuera, observándolo.
Lanzó un grito.
Dejó caer la tabla. Y huyó
desesperadamente hacia la parte iluminada del ático. Pasaron varios minutos
antes de que pudiera regresar. Encendió un cigarrillo y contempló la oscura
ventana desde lejos. Por fin, reuniendo valor, volvió. Recogió la tabla y la
colocó en su sitio. Esta vez no miró hacia afuera. Miró únicamente la veta de
la madera. Luego la de la siguiente tabla. Y la siguiente. Y así continuó hasta
sellar aquella ventana por tercera vez en su historia.
Ya fuera de la
casa, volvió a subir por la escalera.
Ahora sí estaba oscureciendo en su
propio mundo a medida que avanzaba la tarde.
Había encontrado una lata de
pintura negra en el taller de su padre y había sujetado una brocha al extremo
de un mango de escoba roto.
Pero cuando alcanzó el tejado no
pudo evitar esforzarse por mirar una vez más al interior del ático a través de
la ventana.
Entonces vio varias cosas. No sería
capaz de reflexionar sobre todas ellas hasta más tarde... Pero esta vez podía
ver el interior. El ático de aquel otro mundo, fingiendo existir dentro de la
casa de su madre mediante el engaño bidireccional del cristal, resplandecía de
rojo, no por el crepúsculo sino por el amanecer. Era el sol naciente, y no el
poniente, el que había teñido de franjas aquel extraño cielo. Ahora entraba más
luz en el ático paralelo, permitiéndole ver su interior. No habían sido las
tablas las que oscurecían la vista antes. Había sido simplemente la penumbra
previa al amanecer. La ventana del otro mundo jamás había estado tapiada. Pero
esas fueron conclusiones a las que Alan llegó más tarde, después de haber
pintado de negro los cristales. En aquel momento, mientras observaba a través
del vidrio misteriosamente alterado, su mente registró una sola cosa. Y esa
cosa era el rostro de la criatura –del ser– que estaba dentro de aquel ático
observándolo. Era el mismo rostro oscuro que había visto antes afuera de la
ventana.
Mientras él estuvo dentro del ático
de su casa, aquella criatura había permanecido en lo alto de su propia escalera
espiándolo. Y ahora que Alan estaba en lo alto de la suya, ambos habían
intercambiado posiciones. La criatura estaba dentro de su propio ático. Mientras
sus miradas se cruzaban, el ser levantó una tabla y la colocó en posición,
dispuesto a clavarla. Quería ocultar la aterradora visión que había
contemplado. Fue entonces cuando Alan comenzó a pintar... Intentando no ver
aquel rostro mientras lo hacía. Porque el rostro no era humano. Ni remotamente
humano. Pero más aterrador que ese hecho fue la comprensión que se abrió paso
en la mente de Alan.
Porque, a pesar de sus terribles
deformidades, aquel rostro era, en esencia, el suyo.
Jeffrey Thomas es autor de novelas de terror y ciencia ficción como The
American, Deadstock (finalista del Premio John W. Campbell), Blue War, Monstrocity
(finalista del Premio Bram Stoker), Letters from Hades, Subject 11 y Boneland.
Su ficción breve incluye Punktown, The Unnamed Country, Gods of a Nameless
Country, Unholy Dimensions, Carrion Men, Thirteen Specimens y The Endless Fall.
Sus cuentos fueron seleccionados y publicados en The Year's Best Fantasy And
Horror, The Year's Best Horror Stories, And Year's Best Weird Fiction. Aunque
considera Vietnam como su segundo hogar, reside en Massachusetts.



