Gustavo Nielsen
Enrique
le dijo: “Me da culpa lo que hice, aunque adentro de la caja de cartón se viva
cómodamente. Hay hasta camitas...” También le dijo: “Cuando empecé el
experimento me sentía mal. Ahora estoy peor. Te llamé para que me ayudes. ¿Te
gusta la pieza?”
El ingeniero venía de viajar diez horas en
un asiento de ómnibus, sin dormir. Había estado en esa pieza en veranos
anteriores, durante las primeras experiencias con ratones blancos. Daniel, el
hijo de su amigo (que por entonces tendría once o doce años), había encontrado
uno que tenía patas de lagartija, y lo había corrido hasta cazarlo, para
mostrárselo. “Un error menor y paf, saltan estas rarezas”.
El ingeniero también se acordaba de las
paredes grises sin ventanas.
—Me gusta, es amplia —dijo.
—Tengo otras más chicas. Algunas vacías, a
las que es imposible entrar.
Al ingeniero también le sirvió que la cama
fuera doble, iba a poder estirarse a sus anchas. Trató de ser cortés cuando se
disculpó, explicando que el viaje lo había agotado. Notó en los ojos de Enrique
un destello de decepción. Parecía ansioso por agregar algo, como si en todo ese
tiempo hubieran ocurrido cosas notables y no supiera de qué manera empezar a
contarlas. El ingeniero intuyó que se trataba del hijo, al que no había visto
por ninguna parte. No quiso preguntar. A lo sumo, era un tema para hablar en el
desayuno. Encendió un cigarrillo y soltó un aro de humo blanco.
Su amigo volvió a hablar:
—¿Sabés que Daniel está de viaje? —El
ingeniero negó con la cabeza—. Me lo robó una china —agregó Enrique.
Cuando se quedó solo, el ingeniero revisó
los cajones de la cómoda y de la mesa de luz. Adentro del primer mueble había
una barra de desodorante, un jabón, una toalla, un tubo de dentífrico y una
carpeta gruesa. Sobre la etiqueta de la tapa alguien había escrito “MEMORIA DE
LOS DESCUBRIMIENTOS ACERCA DE LA ESCALA”. La letra era difícil de descifrar
bajo la luz tenue del velador. El documento estaba ilustrado con dibujos a
color sobre papel cuadriculado. En el cajón de la mesa de luz había solamente
una Biblia.
Se recostó en la cama. Los ojos se le
fueron cerrando despacio; lo último que vio fue la cómoda con un florero de
vidrio verde y una caja de cartón. Recordó que solía haber flores en esa
jarrita. Ahora había marcadores del tamaño de sus cigarrillos. Los relacionó en
su mente con las ilustraciones de la carpeta, pero en la modorra no alcanzó a
vincular la caja con las extrañas palabras de su amigo. Tuvo, sí, un sueño.
Hablaba con Enrique, que era enorme y se sentaba ocupando toda la cama. Con las
piernas volcadas a cada uno de los costados, como si la estuviera montando.
Por la mañana quiso ver el laboratorio.
“Todo estará igual, pensó, como en la pieza”. Los frascos, el instrumental
plateado sobre las mesadas de granito gris; el Erlenmeyer, las probetas.
Cruzaron el patio y Enrique abrió la
puerta con una llavecita azul. El ingeniero descubrió una mesa baja con una
máquina que parecía una ampliadora de fotografía. Sobre la platina había una
jaula tapada con un trapo. Su amigo la levantó para apoyarla al lado de la
ventana. Adentro había una mosca del tamaño de un guante de box. El lomo negro
le subía y bajaba con la respiración. Los pelos tenían filo, como navajas.
—Lo peor es cuando se sacude —dijo
Enrique.
Manipuló un alambre hasta formar una
herramienta coronada en un aro. Introdujo la punta a través del techo de la
jaula. La mosca percibió el alambre a un centímetro de ser tocada. Plegó las
alas en un ángulo extraño y se agachó.
El huracán sobrevino con la punción. La
jaula vibró en la mesada, acercándose al borde. La mosca peleaba contra los
barrotes de alambre. El ingeniero pensó que había que detenerla, pero estaba
paralizado por la impresión.
—¿Y ese chillido?
—Grita —dijo Enrique.
Buscó una varilla de madera. En el aire
había quedado flotando un olor a mezcla de transpiración y pus. Con la punta de
la varilla hurgueteó sobre el costado del insecto hasta hacerlo exhibir una
perforación roja.
—En el modelo original no llega a la
décima de micrón. Acá podrías meter la punta de tu birome. —Explicó que se
trataba de una garganta primitiva—. Bajo un microscopio la veríamos, también,
en detalle. Pero nunca podríamos escuchar el grito. Con este método, la
ampliación es integral.
El ingeniero apoyó el cuerpo contra la
pared. El olor de la mosca le llenaba la cabeza.
—El sujeto es expuesto a un rayo que
inventé —siguió Enrique—. Si lo vuelvo a exponer dentro de las veinticuatro
horas, puedo hacerlo recuperar su tamaño original. O llevarlo a otros tamaños
diferentes. La luz es “biomutátil”; pasado el día, las mutaciones se vuelven
definitivas.
—No estoy familiarizado con ese término
—dijo el ingeniero.
—Lo vas a entender cuando leas el informe.
Volvió la jaula sobre la platina de la
ampliadora. Ató una etiqueta a una de las patas de la mosca, que zumbó. Apretó
la tecla de encendido. La mosca, bajo el rayo invisible, se achicó hasta
alcanzar su dimensión original. Salió volando entre los barrotes. La etiqueta
se había achicado con ella.
A la hora del almuerzo fueron hasta la
quinta y juntaron tomates. Se sentaron a comer debajo de una sombrilla,
rodeados por helechos y calas. Enrique dijo: “acá almorzábamos con Dani, en
primavera”. El color verde rabioso de las plantas hacía pensar que se sentían a
gusto ahí, que por alguna extraña razón estaban destinadas a crecer con más
fuerza que otras del jardín. Eso le pareció al ingeniero, mientras cubeteaba un
tomate más rojo que la más roja de sus corbatas. Lo saló, le puso aceite. En el
cielo, las nubes empezaron a animarse. El ingeniero pensó que no habían
pronosticado lluvia. Cuando se decidió a comer, su amigo cruzó los cubiertos en
su plato porque ya había terminado. Se reclinó en la silla.
—Puede que los resultados no sean muy
agradables, pero gracias a este experimento amplié varias moscas. Y reduje
ratones al tamaño de cucarachas.
Se levantó para traer la caja de cartón
del cuarto del ingeniero. La apoyó sobre el mantel. La tapa de la caja estaba
perforada. Los agujeros habían sido hechos con una tijera. ¿Pensaría abrirla ahí,
en plena sobremesa? Algo rascaba desde adentro. El ruido sobresaltó al
ingeniero.
—Necesito ponerte al tanto —siguió
diciendo Enrique—. Hay cierta urgencia. Quiero que te informes a fondo sobre el
experimento, porque yo no sé si voy a poder continuarlo.
—¿Entonces?
—Pensaba que a lo mejor podías hacerte
cargo.
Habló acerca de una enfermedad que tenía,
de dos operaciones que se había hecho y de un vecino militar que lo había
ayudado. El ingeniero no tenía ganas de escucharlo, ni de comer. ¿Quién le
habría dicho a su amigo que él tenía interés en participar del proyecto? Ya no
era su asesor en el laboratorio. Eso había terminado hacía mucho tiempo. Se
llevó a la boca un pedazo de tomate increíblemente grande. No era el cubito que
había cortado hacía un instante. El pedazo había crecido en el tenedor. Lo tuvo
que volver a trocear en cuatro partes.
Enrique también mencionó algo acerca de un
legado. El ingeniero supuso que se estaría refiriendo a la casa, o a alguna
otra propiedad. Pero su amigo estaba hablando nuevamente del manuscrito en la
carpeta y de la caja de cartón. Era obvio que aquel proyecto se le había vuelto
una idea fija. El ingeniero no iba a aceptar. Por alguna razón que no pudo
explicarse ya no alcanzaba a ver la cara de su amigo, que ahora aparecía tapada
por las botellas y los vasos. En su plato, los demás pedazos de tomate también
eran enormes. Los tanteó con la mano. La desproporción le quitó el apetito.
La lluvia llegó como una bendición.
Enrique juntó las cosas y se las llevó para dentro. El ingeniero no se movió.
Se sentía mareado, aunque no había tomado alcohol. Bostezó largamente. Tiró el
cigarrillo al piso, pero no llegó a aplastarlo con el pie, que quedó
balanceándose en el aire, lejos del suelo.
Sentado en la cama, apenas hundía el
colchón con el peso de su cuerpo. El acolchado celeste parecía una laguna
quieta. Era de una extensión considerable, y el ingeniero ocupaba una pequeña
zona lateral. Su amigo había dejado la caja de cartón apoyada sobre la mesa de
luz. Los agujeros de la tapa querían ser círculos, pero de tan desprolijos
parecían amebas. Intentó ver por el agujero mayor; estaba oscuro. El cuarto
también, negrísimo. La lámpara no alcanzaba a alumbrar ni un tercio del
volumen. Por ejemplo: desde donde estaba sentado se distinguía muy mal el
contorno de la puerta.
Levantó un centímetro uno de los vértices
de la tapa, pero enseguida lo soltó. Los ratones no eran su fuerte. “Uno solo
que se escape y me tengo que cambiar de pieza”. Hasta se sintió mal por el olor
que salía de los agujeros. Le había prometido a su amigo que empezaría a leer
el informe a la hora de la siesta. Pero ahora que el momento había llegado, se
sentía con indigestión. ¡Y apenas había comido un cuarto de tomate! También le
estaba costando terminar los cigarrillos. El viaje de vuelta a la Capital iba a
ser una dificultad más.
Acercó nuevamente su oreja a la tapa
porque le pareció que habían dejado de rasguñar. Oyó unos chillidos lejanos,
casi imperceptibles, que le erizaron la piel. Después separó el acolchado y se
metió entre las cobijas. Con los pies, ni siquiera llegaba a la mitad del
colchón. “Qué cama enorme”, pensó. Desde ahí arriba vigiló la caja durante el
resto de la siesta con los dos ojos, con uno, con el interior de los párpados…
Soñó que se paseaba por una gran
plataforma de cartón con agujeros grandes, como cráteres negros. “El ingeniero
pisa la luna”, se dijo. Una luna como un gruyere de papel maché. Caminó por el
borde hasta llegar a un vértice (un hondo precipicio cortado a pique);
iluminándolo comprobó que formaba un ángulo perfecto, y corrigió la observación
inicial: “No es una luna, ni un queso, porque tiene esquinas adonde se
intersecan planos en las tres direcciones del espacio, en ángulos que aparentan
ser de noventa grados. Debo estar parado sobre un paralelepípedo de dimensiones
monumentales”.
Se asomó al precipicio, alumbrando la
profundidad con el círculo de luz. Le dio vértigo; la cabeza se le encendió en
el mareo. Fue dejándose caer despacio sobre la plataforma; la linterna rodó
hasta desaparecer por el borde.
Percibió el chillido de las ratas justo
cuando empezaba a desmayarse. Le saltaron al cuerpo desde la inmediatez de los
cráteres. Sintió las patas (¿de lagartija, de roedor?) que rasgaban sus ropas y
las dentelladas feroces devorándole la carne.
A medianoche tomó el ómnibus de vuelta a
la Capital, como lo había previsto. Se despidió de su amigo con un abrazo
formal, sin hablar una palabra acerca del informe o de la caja. Agradeció
secretamente que él tampoco insistiera. Pensó en pedirle la carpeta para leerla
“más detenidamente” en el camino, pero le pareció demasiado complicado.
A él le importaban las investigaciones de
Enrique, claro que sí, pero todo el tiempo había estado con sueño. “Fue el fin
de semana del sueño y de las cosas enormes”, pensó. Contra todo lo que había
vivido, los asientos del micro volvieron a parecerle ergonométricamente
normales.
Los correos empezaron a llegarle pasadas
dos semanas. Sabía que Enrique era incapaz de escribir en otro estado que no
fuera la desesperación; se alarmó con el último mail en el que le comunicaba
estar muy mal de salud y le rogaba que volviera. La improvisación de un viaje
le llevaría cuatro o cinco días de trabajo intenso. Le escribió una respuesta
llena de disculpas y recomendaciones, que quedó guardada como borrador.
Esperó durante otras dos semanas; no tuvo
noticias. Un día recibió un fax redactado por el vecino militar, que le contaba
acerca de la salud del enfermo. Leyó, con pavor, que gritaba de noche y los
nombraba, a su hijo y al ingeniero, pidiéndole que cuidara de Daniel cuando él
ya no estuviera. El militar hablaba de desvaríos, pérdida total del
conocimiento, fiebre. El ingeniero se preocupó. El fax estaba fechado un día
cinco. Sacó pasaje para el nueve.
Esta vez tomó un tranquilizante. Soñó con
Daniel sentado en el patio de damero, entre macetas, delante de la caja.
Trataba de agujerear el cartón con un destornillador. Pero casi no tenía
fuerzas, porque era apenas un niño. “Para que los ratones respiren”, repetía,
“¡para que respiren!”. Al mismo tiempo empezaba a crecer. Le salía barba, se
volvía alto, la espalda se le vencía sobre la caja como se le habría vencido
contra la mesada del laboratorio. Al ingeniero le pareció que Daniel miraba a
alguien pasar, tal vez una mujer. La siguió con el rabillo del ojo. Después
también miró hacia atrás, como estudiando el paisaje que iba a dejar. Y ahí fue
cuando el destornillador hizo su primer y único agujero. Con un ruido seco:
tac. De adentro de la caja salió una mosca gorda y verde, zumbona.
El ingeniero se despertó pensando que el
aspecto de Daniel en el sueño era un estereotipo. La palidez del investigador,
las mejillas chupadas, la espalda gibosa. El guardapolvo manchado. “De
película”, se dijo. Le pareció también, y por primera vez, que era imposible
que aquella persona que había invertido su adolescencia al lado de su padre y
del laboratorio, se fuera porque sí, detrás de una pollera.
Se bajó en el cruce. Eran las dos y veinte
de la madrugada; las calles de tierra se fundían oscuras contra los frentes
blancos.
La casa estaba iluminada, lo percibió una
cuadra antes de llegar. La luz brotaba temblando desde las ventanas del
comedor. El ingeniero supuso que habría velas encendidas. A diez pasos de la
puerta adivinó qué estaba ocurriendo. Cerró los ojos y entró como si no quedara
otro remedio. Algunas llamas y muy pocas caras velaban a su amigo muerto.
Se arrimó directamente al cajón, y de
inmediato se levantaron de sus asientos el médico (llevaba un guardapolvo) y
una persona que se dio a conocer como el vecino que le mandara el fax. Estaba
vestido con un buzo del Ejército; le apretó la mano con energía. Había una
mujer gordita y callada que alzó la mirada para observar al ingeniero. Él
supuso que sería la mujer del médico o del militar.
El médico le preguntó por qué no había
venido con Daniel. El ingeniero dijo que sabía poco y nada de su vida. Suponía
que estaba de viaje. El militar dijo que estaba seguro de que vendrían juntos,
a juzgar por los delirios de Enrique, que hasta último momento le pedía al
ingeniero que cuidara del muchacho.
El militar contó que tiempo atrás (“como
un año”), padre e hijo habían tenido serios problemas con una mujer extranjera.
“Asiática”, aclaró. El “finado” le echaba todas las culpas del distanciamiento
de Daniel a esa bruja, que lo tenía “hechizado”. Recordó que, para la ocasión,
él había salido en defensa del muchacho, diciéndole que hacía bien en
enamorarse; “un chico de veintipico no puede pasársela encerrado como un
viejo”. Pero no había caso: el padre seguía pensando que Daniel estaba
confundido.
—Usted debe saber cómo era de
sobreprotector —agregó el militar, acariciando el borde del ataúd. Para ellos
era nueva la noticia del viaje.
El ingeniero bostezó. El militar dijo: “El
entierro es mañana a mediodía. Puede dormir hasta esa hora, si quiere, en lugar
de quedarse velándolo”. Agregó que ellos se ocuparían.
El ingeniero asintió con la cabeza. Pidió
fósforos para encender sus cigarrillos y el vecino le dio la caja con la que
habían prendido las velas. Antes de retirarse (“puedo ir solo, gracias, sé
dónde quedan las habitaciones”) tomó un café con leche en una taza que tenía
casi el tamaño de una ensaladera.
No encontró luz en el pasillo; tampoco
interruptores. “Debería regresar a la sala por una vela”, pensó, pero siguió
adelante tanteando la pared. Caminó unos cuarenta metros. Ese pasillo se hacía
larguísimo; encendió un fósforo con el que no alcanzó a divisar el final. Las
puertas no aparecían. Cuando había recorrido el doble de distancia, encendió
otro fósforo. No era el lugar de la casa al que quería llegar. La luz no tocaba
el techo de la habitación, pero alumbró un vano abierto sobre una de las paredes
laterales. Se llevó un cigarrillo a la boca. Con el siguiente fósforo examinó
las mochetas irregulares, como recortadas por un mal serrucho. Traspasó el
umbral a oscuras.
Estaba tocando la pared, que era de una
rugosidad notable, cuando sintió un ruido de pisadas. Abrió la caja de fósforos
torpemente, dejando caer el contenido. Al agacharse notó que el piso presentaba
el mismo revocado de la pared, áspero e irregular. Los pasos se habían detenido
muy cerca; podía percibir la presencia de una persona respirando a menos de dos
metros. Se secó la transpiración de la frente con la manga.
Encendió un fósforo. El hombre estaba
vestido con andrajos. El temblor de la llama lo volvía siniestro. Una barba de
meses le cubría el rostro enjuto, de mejillas chupadas. El declive de su
espalda evidenciaba la temprana inclinación sobre la mesada del laboratorio.
Le oyó preguntar: “¿Cómo está mi padre?”,
y sintió esas palabras como un veneno adentro de su cabeza. Tuvo un ligero
estremecimiento que lo hizo pensar en un desmayo. Las piernas le temblaban.
Cerró los ojos y prendió su cigarrillo.
El fósforo le quemaba los dedos. Lo tiró
al suelo convertido en una brasa. “¿Por qué no hay luz?”, protestó, sin recibir
respuesta. Encendió el siguiente fósforo con la punta del cigarrillo. Con el
último instante de llama, dijo: “Murió”. Daniel se llevó las manos a la cara;
alguien que llegaba desde la oscuridad (una mujer de pelo negro, flaca, con la
ropa igualmente gastada) lo ayudó a sentarse en el piso y se acomodó a su lado.
El ingeniero no volvió a encender
fósforos. Oía el llanto, no había necesidad de verlos. Se sentó, como ellos, y
terminó de juntar los palitos que quedaban. Los fue poniendo adentro de la
caja. Estuvieron un rato así, hasta que el techo se iluminó. El ingeniero miró
hacia arriba. La luz, procedente del exterior, se difundía a través de unas
troneras irracionalmente distribuidas en el cielorraso. Le dio la misma
impresión que con el vano de entrada: los cortes eran desprolijos. Contó doce
agujeros. Los supuso un sistema de iluminación indirecta del tipo “garganta de
luz”. Después miró el cuarto. Había una cama deshecha, armada adentro de lo que
parecía ser un estuche plástico de marcadores fuera de escala, con las
dimensiones de una cama humana. Había también, en un rincón, una pila enorme de
semillas y varios toneles rojos. Uno estaba volcado. Antes de que la luz se
fuera, el ingeniero alcanzó a identificar el logotipo de Coca Cola y la leyenda
“VENC 10 JUN 1976”, sellada sobre el fondo.
Eran solamente tres las personas
contenidas por ese cuarto, contándose a sí mismo y a la desconocida amiga del
hijo. En un momento cruzó una mirada con ella: tenía ojos achinados. El
ingeniero pensó: “Todo es tan raro…” Entonces se interrumpió la luz, sin que
nadie hiciera movimiento alguno. El ingeniero dio una larga pitada a su
cigarrillo, antes de aplastarlo contra el suelo. Tosió, sonrió nerviosamente y
dijo:
—Qué fantasía, parece de cartón. Nunca
antes había estado en este lugar.
Gustavo
Nielsen nació en Buenos Aires en 1962. Es arquitecto y escritor. Como
arquitecto es socio fundador de Galpón Estudio, con una amplia obra construida
en territorio nacional y premios locales y en el extranjero. Como escritor
tiene varios libros publicados: Playa quemada, La flor azteca, La
fe ciega, El amor enfermo, Auschwitz, El corazón de Doli,
El contagio social, entre otros. Con “Marvin” obtuvo el Premio Municipal
de Literatura en cuento y con La otra playa el Premio Clarín de Novela.
Está traducido a siete idiomas. El texto que aquí se publica obtuvo una mención
en el primer concurso de cuentos del CACyF, y desde allí fue corregido unas
setenta veces hasta que le tocó aparecer en un misterioso libro de fantasmas
titulado “fff”. Después de un próspero año de ventas, “fff” decidió esfumarse
del mundo sin dejar otro rastro que “Cartón”.


