jueves, 14 de mayo de 2026

LOBITO

Horacio Enrique Poggi

 

Chango Aragona lo bautizó Lobito, por el centroforward misionero, Rodolfo José Fischer, goleador de los Matadores, el equipo imbatible de San Lorenzo de Almagro, campeón invicto del torneo Metropolitano de 1968. Él se sentía orgulloso. Hinchaba el pecho cada vez que oía el sobrenombre que ensalzaba su condición de niño futbolero.

Cursaba el jardín de infantes en el colegio parroquial y el Club Rodolfo Dirube había organizado la fiesta del 9 de Julio. Anunciaban la presencia del equipo titular de Boca Juniors. El presidente de la institución, don Rafael Núñez, era un xeneize fanático y, por intermedio de un socio que conocía a Mané Ponce, habían comprometido la presencia de los jugadores. Todas las instituciones y colegios de Barrio Dirube estaban invitados.

Lobito no podía faltar porque había sido elegido escolta de la bandera de ceremonias. Vivía a dos cuadras del Club. La madre, embarazada de ocho meses, guardaba reposo. Por tanto fue solo. Escarapela grande, peinado a la gomina, moño azul, guardapolvo almidonado, guantes blancos. Una pinturita.

El acto contaba con la asistencia del obispo, el cura párroco Sal Fina, el delegado municipal Vernengo, dirigentes de las fuerzas vivas y público en general. Políticos escaseaban porque eran tiempos de la llamada “revolución argentina”. Barrio Dirube parecía una olla a presión. Solo los radicales asomaban la cabeza. La mayoría peronista permanecía agazapada y los únicos que, por el momento, iban presos, eran el relojero Guerchi y el cooperativista Gutiérrez, acusados de “comunistas”. Si les hubieran colgado el sambenito de “marcianos” habría significado prácticamente lo mismo, en aquel vecindario de casas bajas y entresijos altos. 

Vernengo solía vender influencias con los militares. Decía que era amigo de un general que pisaba fuerte. Serio, aseguraba que en cualquier momento el Presidente de la Nación iba a visitar el pueblo porque sentía predilección “por nuestra comunidad laboriosa y digna de figurar con letras de oro en el libro de historia de la Patria”. Nadie le creía un comino, lo escuchaban aguantando la risa. “Este viejo le da al copete”, apostrofaba el Pulga Rodríguez.  

Aquel 9 de Julio amaneció con una helada de órdago. Los alambrados lloraban lágrimas de escarcha. Sin embargo, el acto comenzó puntual, a las 10, con la entonación del Himno Nacional, luego fue el turno de cantar Aurora, seguidamente habló López e hicieron subir al escenario a integrantes del plantel de Boca. La concurrencia respetuosa aplaudió con el mayor de los respetos a Ángel Clemente Rojas (grande, Rojitas); Rubén Suñé (un crack, el Chapa querido);  Alfredo Rojas (gracias, Tanque, por venir); Ramón “Mané” Ponce (fuerte ese aplauso, por favor); Norberto Madurga (la elegancia en persona, señores); Antonio Roma (muchísimas gracias, Tarzán); Oscar Pianetti (cómo le pega este hombre, por Dios); Silvio Marzzolini (chicas, pídanle un autógrafo)…

Como broche de oro, los alumnos del jardín de infantes debían saludar a los jugadores. De a uno fueron subiendo al escenario los impecables angelitos del pueblo, envueltos en cálidos aplausos de la concurrencia “que demostraba, una vez más, que Barrio Dirube es el más patriota de la Argentina”, exageraba Vernengo. Pero Lobito se abstuvo. La maestra le preguntó el motivo y él le respondió en voz alta:

—¡Porque soy hincha de San Lorenzo!

Una ruidosa carcajada estalló en el salón. El obispo también soltó una risotada. “Este chico debe ser tremendo, Virgen santa”, comentó por lo bajo. El párroco Sal Fina decía insistentemente sí con su cabeza calva.

El Negro Olmos, que cargaba en la bodega varias ginebras para calentar la carrocería corporal, felicitó a Lobito y le dio la mano.

—Muy bien, qué tanto joder, después de todo no somos todos hinchas de Boca. Yo soy de Racing y a mucha honra.

El presidente de la institución abandonó bruscamente el escenario y se dirigió a Lobito, que había quedado solo en medio del salón, de brazos cruzados. Lo agarró de una oreja y trató de subirlo a la fuerza. Lobito le pegó una certera patada de puntín en las canillas. Pero el capanga del club decano de las instituciones populares intentó arrastrar a Lobito.

Fue el llamado a intervenir que necesitaba el Negro Olmos, quien le dijo a Núñez:

—¡Viejo cabrón, largá al pibe!

 Núñez ya estaba por subir a Lobito al escenario. El Negro elevó su vozarrón: “¡Vigilante!”. Y el presidente, confiado, giró suavemente su cabeza en dirección al grito. Recién se despertó en el hospital de Merlo pasado el mediodía.

Mientras el cuerpo de Núñez se desparramaba como una bolsa de papas, Lobito aprovechó y sigilosamente abandonó el acto patrio. Ovacionado. Una lluvia de serpentinas y de papel picado acariciaba su cara feliz. La hinchada de los Matadores coreaba su nombre en el Gasómetro. Chango Aragona lo sacaba en andas.

Bastante agitado llegó a su casa. Su madre le preguntó:

 —¿Cómo estuvo el acto, Lobito?

Y Lobito respondió, eufórico:

—Mamá, fue un golazo, como el del Lobo Fischer a Estudiantes de La Plata, en la final que ganamos en la cancha de River Plate.

Y dando un salto de cangurito creyó que repetía el formidable golpe de cabeza del goleador misionero. Será por eso que salió gritando ¡gooooool!, con los brazos hacia el cielo y la oreja izquierda aún un poco colorada. Iba revoleando el guardapolvo como un poncho y en un acto de desprendimiento tiró el moño azul al patio de tierra, pero no interrumpió el festín de gorriones y palomas que comían el maíz de las gallinas.

Horacio Enrique Poggi (Merlo, Buenos Aires, 1961) reside en Mariano Acosta. Es Técnico Universitario en Periodismo, Licenciado en Comunicación Periodística y Doctor en Ciencia Política. Ha cursado diversas diplomaturas en cultura, historia y antropología. Autor de cinco libros, entre ellos el poemario Territorio de los Justos (2007) e Historia del Pueblo de Mariano Acosta (2020). Su obra ha sido reconocida en certámenes nacionales de poesía y narrativa, obteniendo premios en San Antonio de Padua, Tres de Febrero, Revista GUKA, SADE Zona Norte, SADE Ituzaingó, SADE La Plata, SADE José C. Paz, Campana, Henderson, Mendoza, Universidad de Lomas de Zamora, Beruti y San Ignacio (Misiones).

LA CHICA DEL CABELLO RUBIO Y RIZADO

Domenic Marinelli

 

El bosque quedó en silencio después de que sonó el disparo.

El hombre del abrigo verde caminó rápidamente hacia su coche; no soltó la pistola con la que le había disparado a la joven.

Ella tenía el cabello rubio; era rizado y se agitaba salvajemente bajo el fuerte viento que atravesaba los espesos árboles del bosque que rodeaban el claro.

Incluso ahora que estaba muerta, sobre aquella tierra sucia, el cabello seguía moviéndose. Se deslizaba sobre su rostro, sobre sus ojos aún abiertos, mirando pero sin ver el cielo azul oscuro que se extendía arriba ni las nubes que seguían avanzando, esas que normalmente solo pasan de largo, aunque de vez en cuando miran hacia abajo para observar las cosas que hacemos los humanos, incluso esta mierda.

Nunca sabré qué motivo tenía el hombre del Oldsmobile que se alejaba a toda velocidad para matar a aquella cosita diminuta. Las luces de freno se hicieron cada vez más pequeñas. Las observé mientras se evaporaban en la oscuridad.

Él no tenía idea de que yo estaba allí; ella tampoco.

Había salido a caminar por el bosque, apoyándome en mi bastón, y cuando salí de casa esa noche no sabía que terminaría presenciando lo que los hombres y la Biblia llaman asesinato, pero eso fue exactamente con lo que me encontré.

La chica ni siquiera dijo nada cuando el coche se detuvo. Allí estaba, simplemente parada en el claro, con los brazos cruzados para combatir el frío, y se volvió cuando el coche se acercó, y aun cuando lo vio, había en su rostro esa certeza que yo alcancé a percibir… una certeza de lo que seguramente estaba por ocurrir. Y cuando el hombre salió del coche, ella vio quién era y aquella certeza de algún modo se hizo más profunda.

El resto sucedió rápidamente. El hombre levantó la pistola, que temblaba en sus manos jóvenes e inexpertas, y enseguida sonó el disparo.

Ella tardó una eternidad en caer. Yo me quedé paralizado, deseando de todo corazón haber llevado mi rifle y sí, habría matado a ese hombre, aunque no conocía a la muchacha; simplemente parecía tan incorrecto lo que había hecho… tan terrible y contrario al orden natural de las cosas.

Resultaba antinatural la manera en que permaneció allí de pie antes de caer; como el último pétalo de una hermosa flor, dejando solo el tallo.

Finalmente salí de entre los árboles y me acerqué a ella. Sus ojos seguían abiertos y, de no ser por el capullo rojo que se expandía sobre su pecho, habría parecido completamente viva.

Aquellos ojos.

Entonces comprendí que todavía no estaba del todo muerta, aunque estaba seguro de que pronto lo estaría.

Me arrodillé junto a ella y le tomé la mano. Sabía que no debía hacerlo, pero quería que los últimos momentos de su vida fueran buenos, que fueran aquello que parecía merecer.

Y entonces me miró, con aquellos ojos azules, y parpadeó, mientras una lágrima descendía por su mejilla.

—Todavía puedo respirar —logró decir; prácticamente exhaló esas palabras.

No podía creerlo.

Me incliné aún más y escuché… su corazón seguía latiendo. La bala no lo había alcanzado. Era imposible que siguiera latiendo si lo hubiera atravesado un disparo.

No tenía teléfono. No tenía nada. Sabía que aquella chica podía salvarse, pero también sabía que no se debe mover a alguien que acaba de recibir un disparo. Pero tenía que hacerlo.

—Por favor —dijo.

Asentí.

La levanté en mis brazos. Pesaba lo mismo que mi pequeña cuando tenía apenas nueve años, lo juro.

Trisha había muerto hacía mucho tiempo, y mi esposa Anna me había dejado poco después. Pero sostener a aquella joven entre mis brazos era como volver a sostener a mi Trisha, y juro que, cuando empecé a correr, lo hice con la idea fija de que era mi pequeña a quien llevaba conmigo, era mi Trisha.

Puede incluso que haya pronunciado su nombre en voz alta algunas veces, aunque ahora no lo recuerdo.

Sin embargo, más tarde sí recordé que, mientras corría, la chica se aferraba a mi cuello con muchísima fuerza. Su abrazo era firme, y me hacía sentir bien saber que la estaba ayudando.

No podía creer que ese hijo de puta hubiera fallado el disparo al corazón, pero le di gracias al Señor por aquel regalo… un alma dulce como esa.

La llevé a mi casa y llamé a la ambulancia.

Llegaron tan rápido como pudieron… la mujer del teléfono me decía lo que debía hacer mientras esperaba. Honestamente, no recuerdo qué hice. Solo recuerdo un torbellino de toallas rojas brillantes que antes habían sido blancas. Cubrían el suelo cuando regresé a la casa después de ver cómo el helicóptero desaparecía en las profundidades de aquel cielo que se oscurecía.

Sí… vivo así de lejos; efectivamente, fue un helicóptero el que llegó para llevarla al hospital.

También recuerdo que, cuando la sacaron de mi casa en una camilla, ella me miró con aquellos ojos. No sé qué decían ni qué pensaba, pero estaban vivos, aquellos ojos. Estaban vivos, y ese hijo de puta no había conseguido matarla después de todo, y yo me sentía agradecido por eso, y ella también. También vi eso en sus ojos.

Recuerdo haber contemplado el helicóptero mientras se elevaba cada vez más sobre mi casa perdida entre los bosques, y pronuncié una pequeña oración, pidiéndole a Dios que velara por ella y la protegiera de quienes fueran aquellas personas que deseaban verla muerta.

Y también le hice una promesa al Dios de las alturas. Si alguna vez volvía a ver al hombre de la chaqueta verde, lo mataría. Acabaría con él por lo que le había hecho a una criatura como ella.

 

No volví a saber nada durante meses. Intenté llamar al hospital y nadie me dijo nada. Ni siquiera conocía su nombre, aunque de todos modos tampoco sabía a qué hospital la habían llevado.

Fue un año después. Estaba en el pueblo haciendo algunas compras cuando vi una limusina entrar en un callejón junto al supermercado y la tienda deportiva de Al.

Recuerdo que estaba cargando las bolsas en mi camioneta cuando, de pronto, la ventanilla trasera empezó a bajar muy lentamente…

Recuerdo que ocurrió como en una película… despacio, muy despacio, y supe que estaba a punto de ver algo que me afectaría profundamente; simplemente lo supe.

Un rostro, el rostro más hermoso que había visto jamás, emergió desde la oscuridad del interior y me sonrió. La chica cuyo nombre no conozco y jamás conoceré me sonrió y asintió…

Quizá era lo único que podía hacer por el hombre que la había sacado de aquel bosque oscuro.

No dijo una sola palabra, pero con aquellos ojos, que nunca habían perdido la plenitud de vida que contenían, dijo todo lo que necesitaba decir.

Estaba viva y no había nada que aquellos hijos de puta pudieran hacer al respecto.

Entonces la ventanilla volvió a subir y la limusina arrancó y salió lentamente del callejón. Después el coche siguió avanzando por la carretera y yo lo observé durante muchísimo tiempo.

Durante muchísimo tiempo. Lo vi alejarse por aquella larga carretera que seguía y seguía y seguía casi hasta el horizonte lejano que, siendo sinceros, fácilmente podría haber sido el cielo. Lo observé hasta que ya no pude verlo más.

Lo vi alejarse.

Domenic Marinelli es autor de varios libros, entre ellos: Across a dark river in Palermo, Generic V, Beneath the white darkness, 13 years of lamentation, Miles in the dark, The Mannaro Motel, Ancient credos in sanskrit moderna, Scratches like whispers y muchos más... Ha escrito novelas policiacas, de suspense psicológico, de terror, de ciencia ficción, transgresoras, neobeat y de géneros alternativos. También escribe obras de teatro, poesía y, por supuesto, no ficción. Algunos de sus trabajos se han publicado en Pro Wrestling News Hub, USFL News Hub, Thirsty For News, Lombardi Ave, The Gamer, The Sportster, HotCars, XFL News Hub, The Travel, The Recipe, Ringside News, The Things, The Talko, Steel Notes Magazine, Show Snob Magazine, West Island Community News Blog, Dog O' Day Magazine, Park Extension News, MTL Times, Daily DDT, E-Wrestling News, CFL News Hub, Slam Wrestling, Guilty Eats, Last Word On Sports (LWOS), y también ha escrito artículos y guiones de vídeo para babbletop.com. Vive en Montreal, Quebec, Canadá, con su esposa, Sarah, donde trabaja arduamente en sus próximos proyectos.

 

CENIZAS DEL MAÑANA

Shahid Abbas

 

La tormenta había llegado sin previo aviso. La lluvia azotaba las calles, el viento arrancaba los techos y la tierra temblaba como si el mundo mismo estuviera llorando. El niño se aferró al brazo de su padre, temblando.

—Abba ji… —susurró—, ¿me traerás helado esta noche?

El padre sonrió débilmente, pero por dentro se ahogaba en el miedo. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán había enviado ondas de choque a todo el mundo. Los precios se dispararon. La gasolina, la electricidad y los alimentos duplicaron su valor de la noche a la mañana. La gente común ya jadeaba bajo el peso del caos.

Ahmed salió de la casa a la mañana siguiente. La ciudad parecía ajena: calles vacías, tiendas cerradas y el miedo grabado en cada rostro. Se encontró con su amigo Nazir.

—¿Has oído? —preguntó Nazir con la voz temblorosa.

Ahmed tragó saliva.

—¿Qué ocurrió?

—La guerra… los precios… la gasolina está a ciento cuarenta y seis rupias por litro. Todo está subiendo, Ahmed… la electricidad, el gas, incluso la comida. El ánimo de la gente está colapsando.

Ahmed se dejó caer sobre la calle empapada por la lluvia. Sus irrisorios ahorros –doscientas cincuenta rupias destinadas a comprar combustible para viajar a la aldea para visitar a su familia– parecían no tener valor alguno. El pánico lo invadió y empezó a temblar. A su alrededor, la ciudad ya comenzaba a desmoronarse.

Ahmed vagó por las calles. Las madres abrazaban a sus hijos mientras murmuraban plegarias. Los padres discutían en voz baja frente a alacenas vacías. Los jóvenes murmuraban:

—¿Esto es vida?

Los rostros que alguna vez habían brillado de esperanza se habían endurecido como piedra. La gente se agrupaba en callejones, intercambiando susurros desesperados:

—Nos lo han quitado todo… desde nuestros hogares hasta nuestra comida, incluso nuestra dignidad —dijo un anciano.

—La boda de mi hija… no tenemos dote… no tenemos felicidad… ya no queda nada —susurró una madre.

Ahmed vio vecinos suplicando ayuda a sus amigos, solo para ser rechazados. Incluso Gulmashir, alguien en quien Ahmed había confiado toda su vida, le negó ayuda. Las familias vagaban sin rumbo. Los mercados estaban vacíos. Las carreteras inundadas. Cada hora traía un nuevo desastre.

Pasó junto a jóvenes parejas cuyos sueños de matrimonio habían sido destruidos por la pobreza. Vio niños mirando platos vacíos, preguntándose si el mañana traería comida. Observó ancianos derrumbarse en las calles, murmurando oraciones por un mundo que los había olvidado.

Y aun en medio de aquella desesperación, persistían pequeños hilos de resistencia. Los vecinos compartían lo poco que tenían. Las madres susurraban esperanza a sus hijos y algunas almas valientes intentaban organizar la distribución de alimentos. Pequeños actos de bondad titilaban como velas en la oscuridad.

Ahmed habló en voz baja con Nazir:

—Sobrevivimos… pero ¿qué queda de nuestras vidas?

—Nada… quizá no quede nada en absoluto —respondió Nazir.

Y aun así, la vida persistía. Incluso entre la destrucción, seguían existiendo el amor, el coraje y la obstinada negativa a rendirse por completo.

Ahmed regresó a su casa. Su familia permanecía acurrucada en un rincón, temblando de frío, hambre y miedo. La luz de la vela vacilaba, reflejándose en sus rostros pálidos. Abrazó a su hijo y susurró:

—No somos ladrones, y aun así el mundo nos ha robado todo lo demás… pero debemos aferrarnos a los fragmentos de esperanza.

Arriba, un relámpago rasgó el cielo, haciendo eco del caos que reinaba abajo. La lluvia golpeaba sin descanso. El mundo se había quebrado, pero la humanidad resistía en silencio.

Ahmed comprendió que incluso cuando la vida parecía insoportable, incluso cuando la guerra, la pobreza y la desesperación lo despojaban a uno de todo, los pequeños hilos del coraje, el amor y la conexión humana eran lo único capaz de resistir el abismo.

—Estamos vivos… seguimos vivos —susurró—. Y quizá eso sea suficiente para luchar por el mañana.

Shahid Abbas es un autor y poeta pakistaní galardonado internacionalmente. Es originario de Tandlianwala, Faisalabad, Pakistán. Es autor de «Words from Nature» y coautor de «We Speak in Syllables» y «Verses of Meraki». Su obra literaria ha aparecido en numerosas antologías internacionales y en una amplia gama de prestigiosas plataformas literarias, tanto impresas como digitales. La poesía de Shahid Abbas ha sido traducida a trece idiomas.

 

miércoles, 13 de mayo de 2026

EN ALGÚN LUGAR

Joan Antoni Fernández

 

En Algún Lugar, 3er. día de la 1ª decena del mes Brumario en el Año Ocho de la Revolución

 

                                                         A la atención del insigne escritor Stanislaw Lem.

Apreciado Sr. Lem:

 

Tal vez le sorprenda la recepción de esta carta, ya que será un escrito muy antiguo para cuando llegue por fin a su poder. Si mis cálculos del calendario republicano francés no me fallan, será (o fue) enviada el 3 de Octubre del año 1800, cuando la Revolución Francesa todavía tiene visos de triunfar y la Humanidad entera sueña con un mundo mejor. Libertad, igualdad y todas esas paparruchas, como sin duda usted habrá estudiado… El caso es que, si todo va bien y el Correo Temporal no sufre demora alguna, la misiva llegará a sus manos a mediados del mes de Octubre del año 1956.

Si le maravilla a usted lo portentoso de este envío, un rápido análisis le hará comprender que no lo es tanto. Después de todo, en cierta manera es usted mismo quien me la ha dictado, obligándome incluso a pagar los sellos del envío por correo certificado. No me quejo, señor mío, aunque el dispendio ha sido elevado. Pero por el deber a cumplir la rigurosidad de la Historia, prefiero dejar constancia del hecho, ya que ello pudiera representar una gran importancia en el futuro… o en el pasado. Nunca se sabe.

Por cierto, caigo en la cuenta de que a estas alturas todavía no me he presentado. Aunque no dudo de su natural agudeza mental, prefiero no caer en confusión alguna al respecto. Señor Lem, permítame decirle que yo me llamo Ijon Tichy y soy, por así decirlo, el más afamado hijo de su pluma.  

No me malinterprete, no escribo esta carta para pedirle asignación alguna, tan sólo afirmo ser su personaje ficticio por excelencia. Al ser una criatura literaria, creada en su fecunda imaginación, actúo como el deus ex machina que sirve de excusa para contar sus historias de trasfondo social. Y ya que ostento de forma honrosa semejante condición, me atrevo a sugerir que tal vez pudiera usted no referirse a esa pequeña verruga que tengo en la mejilla, o cuanto menos señalar que se parece a una fresa silvestre. Resulta un detalle poco armonioso hacia mi persona. Todo sea por crear buena impresión en un posible lector, ya me entiende.

Sin duda, en estos momentos estará usted escribiendo o, cuando menos rumiando, un libro de viajes en el espacio y el tiempo donde, de forma un tanto sarcástica, filosofará usted sobre la condición humana, la sociedad en general, e incluso sobre el sistema comunista de su país. No hace falta que le advierta sobre los peligros que encierra la censura oficial, así como lo importante que resulta para la salud de uno decir (escribir) lo que se piensa, pero a la vez sin dejar pistas que indiquen que aquello que se dice (escribe) es lo que se está pensando en realidad. Ya me entiende usted, no hace falta que profundicemos en tan espinoso tema.

Pero no divaguemos más, pues el tiempo apremia, Resulta curioso decir esto, siendo como soy un viajero temporal, aunque resulta bien cierto. Una hora siempre es una hora, en este siglo y en otro cualquiera. Tempus fugit, como suele decir mi querido amigo el profesor Tarantoga.  Lo cierto es que lo que ahora me acontece es consecuencia directa de uno de mis viajes, si no me he descontado creo que se trata del vigésimo séptimo. Un viaje que, a tenor de su vital importancia, habrá de permanecer en secreto. Y ése es el motivo de la presente misiva: advertirle a usted que, bajo ningún concepto, deberá escribir palabra alguna sobre dicho viaje. Será un lapso en blanco dentro de la futura ciencia de la Tichología.

Permítame que le ponga a usted en antecedentes del suceso en cuestión. Me parece recordar que la historia empezó (no estoy seguro de todo, pues usted todavía no ha escrito mis Viajes y menos todavía mis Memorias, por lo que podría invertir o trastocar el orden de mis recuerdos), me parece pues, que tras mi viaje vigésimo quinto… o tal vez fuera el vigésimo sexto… me encontraba yo pilotando una nave en la ruta de la constelación de la Osa Mayor. Y entonces aconteció el suceso.

 No sé si a la recepción de la presente usted habrá concebido ya en su mente el complejo personaje del doctor Diágoras, insigne cibernético aunque algo desequilibrado. Un hombre dominado por el deseo de construir un organismo cibernético perfecto. Según su teoría, los robots tan sólo son una burda imitación de nosotros mismos. Es gracias a ello que este científico, tras arduos intentos, ha creado un ser perfecto y sin rasgos humaniformes. Posee la forma de un polímero fungoide y goza de gran intelecto, estando libre de obedecer a la primera ley impuesta a otras creaciones cibernéticas: la obediencia.

Para Diágoras, que un ser cibernético esté obligado a obedecer las directrices de un programa es un error fatal. A fin de obtener un resultado inmediato en su utilización, unos cálculos exactos por ejemplo, los constructores cierran el camino a la espontaneidad de la obra que han construido. En realidad crean simples herramientas, incapaces de evolucionar por sí mismas, de saltarse sus propios condicionantes. En resumen, no son seres autoconscientes. Sin gozar de espontaneidad no hay comportamiento imprevisible. Y sin lo imprevisible, no existe la auténtica cibernética.

Cuan imprevisible puede ser una creación libre, carente por completo de cortapisas, sin duda el pobre Diágoras lo experimentó cuando la forma del polímero fungoide desapareció de su laboratorio de Creta, capturando a la vez al propio científico. Usted nunca ha llegado a explicarlo, pero sin duda sabe cómo acaba semejante relato: dejando las puertas abiertas al misterio. Un misterio que, para nuestra desgracia, yo he tenido que resolver en la actualidad. ¿O debería decir en el futuro, ya que le estoy escribiendo desde el pasado?

Lo único cierto es que, como le he contado antes a usted, yo me encontraba a bordo de mi nave en ruta por la Osa Mayor. Mi intención original era doblar el espacio para acercarme hacia la Gran Nube de Magallanes, donde se hablaba de la existencia de ciertos gatos inteligentes. Precisamente estaba yo calculando las coordenadas del salto cuando apareció en medio de la cabina una extraña figura. Acostumbrado como estoy a estos fenómenos, debido a lo acontecido en anteriores viajes, me lo tomé con bastante calma. Descubrí que se trataba del profesor Diágoras, quien pareció muy complacido al verme.

—¡Tichy, gracias al cielo que le encuentro! —gritó pletórico—. ¡Debe usted ayudarme o el Universo estará condenado!

—¿Eh? —le contesté sin implicarme demasiado, algo que también he aprendido a hacer tras las consecuencias de otros viajes.

—¡El polímero fungoide que yo construí ha evolucionado! ¡Ahora desea dar el paso definitivo y convertirse a su vez en un Constructor!

—¿Eh?

—¡Tichy, cretino integral, escúcheme usted bien! Nosotros los humanos somos los constructores y los mecanismos cibernéticos son nuestras obras. Por mucho que evolucionen y cambien, siempre tendrán un origen de obra, de construcción. Eso es lo que este Nuevo Ser desea modificar. Pretende ser el Constructor Supremo y que nosotros, los humanos, seamos una de sus obras. ¿Lo comprende usted?

—¿Eh?

—¡Escuche bien, no tengo mucho tiempo! Mi captor se percatará pronto que he logrado huir del Éxtasis Preventivo, donde me tenía prisionero.

—¿Eh?

—Siendo el Nuevo Ser casi divino, ya no le basta la infinitud inabarcable de su poder actual, intenta cambiar la formación del propio Universo. Por fin ha descubierto que tanto él, como usted y yo mismo, que todos somos la obra de un Constructor externo. Pude engañarle durante un tiempo, haciéndole creer que nuestro Creador Supremo era un conglomerado robótico denominado LEM, Lenticular Engineers Minds (Mentes Ingenieras Lenticulares), pero su omnisciencia no tardó en descubrir el engaño. Así supo que “Lem” era en realidad el apellido de un ser humano y que somos obra de su fértil imaginación. Ahora desea eliminarlo, ocupando su puesto como Creador, y ahí es donde interviene usted, Tichy.

—¿Eh?

—Deberá viajar al pasado y prevenir a nuestro Constructor, el señor Lem, de la amenaza que se cierne sobre él. Si logra escribir un relato donde el polímero fungoide no sea tan poderoso y carezca de la capacidad suficiente para cambiar el pasado, todos estaremos a salvo. ¿Lo ha comprendido bien, Tichy?

—¡Ah! —dijo tras una pequeña pausa.

Y es por eso, mi apreciado señor Lem, que le escribo la presente. No le aburriré con los detalles de mi travesía por el espacio y el tiempo, atravesando bucles y agujeros negros hasta llegar a la época de la Revolución Francesa. Tanto el doctor Diágoras como mi buen amigo el profesor Tarantoga, a quien pedí consejo, estuvieron de acuerdo en señalar dicho momento histórico como el más apropiado. La confusión es total, ya es la segunda vez en el día que alguien ha vaciado un orinal desde una ventana y ha caído sobre mi pobre cabeza, así que el Nuevo Ser no podrá localizar mi intento de contactar con usted. Al menos, eso esperamos.

Es por todo ello, señor Lem, que le ruego encarecidamente se avenga a escribir con mucha atención su relato sobre mi futura, o tal vez pasada, visita a casa del doctor Diágoras, así como de la descripción que realiza usted del portentoso polímero fungoide. Incluso no estaría de más que lo suprimiera por completo. Nunca se sabe.

Sé que usted será escéptico a mi relato, tomándome por un chiflado. Otros seres ya me han considerado así con anterioridad, no me ofendo por ello. Pero también sé que usted posee un intelecto culto, capaz de cuestiona esa lógica que el hombre, a través de sus científicos, trata de implementar en la Naturaleza. Piense usted que tal vez por ello sería mejor no jugar a ser Constructores. Dejemos que sea el propio Universo quien cree a su manera y limitémonos a contemplar sus maravillas. Jamás entenderemos lo Ajeno, esa idea la comparto con usted. Pero, a pesar de todo, no dejaré de maravillarme con lo que contemplo.

 Y eso se lo aseguro siendo como soy una persona muy viajada, usted más que nadie sabe que es verdad. El espacio y el tiempo atesoran maravillas insondables que nos dejarán boquiabiertos, si antes alguna de ellas no nos mata. Espero de veras que podamos disfrutar de todo el Universo sin problemas, y también que llevemos la muda adecuada.

 Sin otro particular, deseándole lo mejor, se despide de usted su más entusiasta creación, como siempre a punto de partir hacia un nuevo viaje.

Su seguro servidor,

                                        Ijon Tichy

                                       Personaje Viajero.


Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

ENGLEBERT

Gareth D Jones

 

No fue culpa suya, y nadie lo culpó por lo ocurrido, pero Englebert sintió profundamente la pérdida de su amigo y la culpa le pesaba mucho. Intentó volver a algún tipo de normalidad, trabajando con los otros analistas, pero todo le parecía vacío, sin sentido. Las nanomáquinas seguían confundiendo su cerebro. Le dijo a Bakkar que se iría por un tiempo, que no intentaran contactarlo. Luego salió al desierto, solo, sin provisiones ni equipo. Esa fue la última vez que lo vieron.

Espera. Ese es el final. Vuelve al principio.

 

—No entiendo —dijo Englebert—. ¿Por qué no pueden dejarme en paz? —Masticaba rítmicamente, pensativo, mientras miraba alrededor del patio, como si la respuesta estuviera en algún lugar de su bocado.

—No te dejarán en paz —dijo Yusef—. Porque eres demasiado interesante. —Era bajo y fornido, con un cabello negro azabache que hacía juego con un bigote abundante.

—Supongo que eso es un cumplido.

Englebert paseó por el árido patio, con Yusef a su lado. Había cercas de alambre en dos lados y edificios blancos y bajos en los otros dos. Hacía calor y había polvo; más allá de la cerca, el paisaje desolado se extendía hasta la distante bruma de calor.

—Podríamos irnos —dijo Yusef—, si de verdad estás tan harto.

—Tal vez. —El camello miró las cercas y la puerta vencida. No estaban diseñadas para ser especialmente seguras. El patio pertenecía a un centro de investigación, no a una prisión.

—O decirles que necesitas un descanso.

—¿Y hacer qué? —Englebert escupió ruidosamente sobre la tierra reseca y compacta—. Me seguirán periodistas, o excéntricos, o científicos renegados, o agentes del gobierno que me quieren para sus propios fines malvados.

—Eso es un poco melodramático. —Yusef negó lentamente con la cabeza y luego sonrió—. ¿De verdad crees que eres tan importante?

—Por supuesto que sí. Soy único.

Yusef cruzó hasta el único rincón sombreado del patio y se agachó, apoyándose contra la pared. Probablemente tendrían el resto de la tarde para ellos solos, mientras los analistas examinaban los últimos datos obtenidos de Englebert, intentando medir las capacidades de su mente mejorada con nanoprocesadores y de su fisiología perfeccionada por nanomáquinas. Englebert se alzó sobre él, todavía masticando.

—Nos iremos —dijo Yusef después de unos momentos de silencio. Se puso de pie de pronto, resuelto. Era un hombre pequeño, pero tenía una presencia considerable cuando tomaba una decisión.

—¿Ahora? —dijo Englebert.

—Ahora. —Yusef avanzó hacia la puerta. Abrió el candado codificado y tiró de una de las hojas, que cedió con rigidez, lo suficiente para que Englebert pudiera seguirlo.

—¿Adónde van? —La voz provenía de uno de los analistas, Bakkar, que se asomaba por una ventana oscurecida. La corbata, flojamente anudada, le colgaba sin fuerza sobre el marco.

—¡A tomar un poco de aire fresco! —gritó Yusef. Cerró la puerta con cuidado detrás de ellos y avanzaron por el camino lleno de baches.

Las sombrías profecías de Englebert no tardaron en hacerse realidad. Al acercarse al pequeño pueblo que cruzaba el camino a un kilómetro y medio de distancia, empezó a reunirse un grupo de curiosos. Pinchaban el flanco de Englebert y empujaban a Yusef; gritaban obscenidades que ponían en duda la ascendencia de ambos; exigían que Englebert actuara para ellos como un animal amaestrado; lo maldecían como una ofensa contra la naturaleza.

Al final se detuvieron, pues avanzar se volvía más difícil a cada paso. Apareció un policía, con el uniforme caqui desteñido por el sol, una pistola visible en la funda de la cadera y una sonrisa altanera en el rostro.

—¿Por qué están causando problemas? —exigió.

—Deberíamos volver —dijo Englebert, intentando girar en contra de la multitud cada vez más ruidosa.

—Nosotros no somos el problema —dijo Yusef—. Debería hacer algo con estos hombres. —Señaló con enojo a los beligerantes habitantes del pueblo. Ellos gruñeron de forma ominosa en respuesta. Estalló una pelea, aunque era difícil saber quiénes participaban.

—Vuelve a tu jaula —dijo el policía.

Alguien chocó contra la espalda del policía, empujado por la multitud. Él sacó la pistola y la agitó de forma amenazante.

La multitud se abrió lo suficiente para que Yusef y Englebert pudieran darse la vuelta y dar varios pasos por donde habían venido. Entonces estalló la violencia.

Englebert avanzó contra la multitud, apartando personas con su enorme cabeza. Yusef luchaba a su lado. La pistola del policía ladró, disparando al aire. La gente empujaba, corría, gritaba y maldecía. Alguien le dio a Yusef un fuerte puñetazo en la cara. Él trastabilló hacia atrás, rebotó contra Englebert y fue a parar contra otro par de lugareños furiosos. Uno de ellos lo empujó al suelo y cayó con fuerza. Su cabeza golpeó una roca y quedó inmóvil.

Englebert se colocó protectoramente sobre su amigo y la turba desapareció tan rápido como se había formado. El policía miró a Englebert con furia y guardó la pistola en la funda. Se agachó junto a Yusef y observó la herida en su cabeza, la sangre acumulándose sobre la tierra sedienta. Le tomó el pulso y comprobó si respiraba.

—Está muerto —dijo.

Espera. Ese todavía no era el principio. Había algo antes de eso, algo antes del patio.

 

Englebert estaba confundido gran parte del tiempo al principio. Bioingenierizado y dotado de una mayor capacidad cognitiva mediante la inyección de nanoprocesadores en su cerebro, su vida pasó de una existencia simple, dedicada a comer y disfrutar de largas caminatas, a la celebridad de ser único: el primer y único camello sintiente del mundo. El rico jeque que había financiado la transformación mantuvo varias conversaciones con Englebert, pero pronto perdió la paciencia cuando resultó evidente que su creación tenía dificultades para adaptarse a su nuevo estado de existencia.

Varios meses después de que el mundo cambiara bruscamente a su alrededor, Englebert se trasladó al centro de investigación. Allí el mundo era mucho más pequeño y menos confuso. Un patio, un laboratorio, un establo y Yusef. El hombre se convirtió en su primer y único amigo. Trataba a Englebert como una persona, no como una rareza. Lo ayudó a sobrellevar el mundo.

Eso es. Eso fue lo que ocurrió primero. Aunque hay algo más.

 

—No puede estar muerto —dijo Englebert.

—Mira, camello, sé reconocer a un muerto cuando lo veo. He visto muertos antes. Está muerto. —El policía se puso de pie despacio y miró al camello con furia; luego le dio la espalda y sacó una radio. Habló por ella rápida y silenciosamente.

—¿Qué pasó? —Bakkar corría por el camino desde el centro, con la corbata agitándose sobre el hombro. Se detuvo a varios pasos y miró fijamente el cuerpo en el suelo—. ¿Yusef? ¿Está…?

—Muerto. —El policía deslizó la radio en su funda—. Están enviando una camioneta por él. —Cruzó el camino y se sentó en un banco de piedra.

Los analistas se arrodillaron junto a Yusef.

—Puedo salvarlo —dijo Englebert—. Mis nanomáquinas pueden hacerlo.

Bakkar levantó la vista.

—Puede que tengas razón. Pero están programadas para la fisiología de un camello, no la humana.

—La fisiología humana es uno de los temas que he estudiado con mayor profundidad —dijo Englebert—. Mis nanoprocesadores ya empezaron la reprogramación.

—No puedes hacer eso in vivo —protestó Bakkar—. Necesitamos crear un lote aparte en el laboratorio.

—No hay tiempo para eso —dijo Englebert—. Solo tenemos un par de minutos antes de que el daño sea irreversible.

—Las nanomáquinas son ahora una parte integral de tus procesos corporales. No puedes sobrevivir sin ellas en su configuración correcta. Están sosteniendo tus funciones vitales.

—Lo sé. —Englebert escupió una enorme masa de saliva sobre el rostro de Yusef.

—¿Qué? —El analista se puso de pie de un salto.

—Método de administración más eficiente —dijo Englebert, y cayó de rodillas mientras sus procesos biológicos perdían el soporte del que se habían visto obligados a depender.

Yusef se sacudió, farfulló, y sus ojos se abrieron de golpe. Miró hacia arriba, desenfocado; luego volvió a cerrar los ojos y se relajó, inconsciente pero vivo.

Bakkar se arrodilló otra vez.

—Funcionó —dijo.

—Bien. —El cuello de Englebert cayó—. Tengo una petición para que la transmitas. No tengo posesiones. No tengo testamento. Lo único que tengo es mi nombre.

 

Los ojos de Yusef parpadearon y se abrieron. Estaba en su propia litera, en el centro de investigación. Bakkar estaba a su lado.

—Englebert te salvó —dijo en voz baja.

—¿Está bien? —preguntó Yusef.

Bakkar negó lentamente con la cabeza.

A pesar de las protestas de Bakkar, Yusef insistió en levantarse y caminar hasta el laboratorio, donde el cuerpo de Englebert yacía en reposo. Todo le parecía familiar, pero su memoria estaba confundida. El déjà vu llegaba en destellos.

—Quería que tomaras su nombre —dijo Bakkar.

—¿Quién? —Yusef miró fijamente el cuerpo de un camello. No recordaba haber estado nunca antes en ese edificio.

—Englebert.

—¿Lo conozco?

—Sí. Era tu amigo.

—Claro que lo era. —Yusef miró alrededor, al laboratorio familiar—. Recuerdo haber salido a caminar.

—Todo volverá a ti. Las nanomáquinas están recableando tu cerebro.

—Puedo recordar cosas —dijo Englebert—, pero no parecen estar en el orden correcto.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

EL HOMBRE MÁS TACITURNO DE LA TIERRA

Víctor Lowenstein

 

Hubo en este mundo un hombre que fue único y fue a la vez todos los hombres; lo más sorprendente es que en el hecho mismo no acontece contradicción. Este hombre fue juzgado por los demás –probablemente demasiado a prisa– como el hombre más taciturno de la tierra. El apresurado juicio de quienes lo conocieron encierra una cuota de verdad: tal vez lo fue. Nuestro hombre (me tomo la libertad de nombrarlo así) que hablaba lo preciso sin perder nunca la amabilidad, tenía poca costumbre de mirarse al espejo. No obstante, cada vez que lo hacía veía algo distinto. A menudo se trataba de algún rasgo circunstancial; podía ser una nueva arruga en el entrecejo o un inusual rictus demarcando una línea del mentón. Por su mirada, entre lánguida y aguda, se sospechaba que su propio reflejo le revelaba otras cosas inéditas, invisibles a los demás, pero significativas a sus ojos.

 De pronto se observaba en el hall de entrada del departamento en que vivía y todos advertían su leve pero cierta sorpresa: algo nuevo venía a descubrir nuestro hombre. No hubo quien no prefiguró gesto similar cuando enfrentaba el espejo del botiquín cada mañana. Debía de afeitarse con una expresión de extrañeza fijada en ese rostro serio. De ahí que se aceptara todo lo que de taciturno tenía aquel hombre; que no era raro, ni malo, ni peligroso. Quizá un poco distinto del resto. A veces decía cosas como “el alba será el principio del día, yo sin embargo lo siento como el fin de otra cosa, un ocaso de algo más trascendente que una noche o incluso el simple comienzo de otro día” dicen que dijo una vez. Frases como esa dejaron perplejo a más de uno.

 En una inusual excursión a las sierras cordobesas, fue invitado a visitar el laberinto de un parque de diversiones. Aceptó, movido por la curiosidad, que es una de las formas más certeras del cumplimiento del destino. Alguien dijo, y posiblemente fue un filósofo cuyo nombre ha sido olvidado por la memoria pública, que extraviarse es iniciar el encuentro con uno mismo. Nuestro hombre intuía esa verdad íntimamente, al punto de evadirse apenas ingresaba en el recorrido sinfín, de las encantadoras muchachas que, como sacerdotisas de Isis lo habían animado a entrar. Se internó por un pasillo que lo condujo hasta una encrucijada con recodos que llevaban a otros tantos angostos pasillos abiertos entre hileras de informes y masivos ligustros. Con desconocido alborozo apuró sus pasos riendo, cerrando los ojos en plena caminata y olvidando todo lo que no fuera la inmediata felicidad que le producía perderse en esos silenciosos corredores verde oscuros.

 El placer, sin embargo, fue mezquino en su cortedad; no pudieron transcurrir más que poquísimos minutos de felicidad antes que nuestro caminante se hallara otra vez ante las puertas de entrada al laberinto. Reconoció los portales del umbral, el colorido letrero de bienvenida y los tenderetes sobre el mullido césped; fue como si de repente lo decepcionara la realidad conocida.

 Retornó a la ciudad más cambiado o mejor dicho en los principios de un cambio o transformación que lo acompañó en lo que le restó de existencia en el plano conocido. Pronto encaneció, y aunque en hombres de cuarenta y pico como él, la vejez comienza por presentarse con la dignidad de unas primerizas canas más que prontamente él perdía ese cabello ya blanco hasta quedarse calvo. Su deterioro era evidente. No sólo el rostro perdía lozanía al punto que conocidos que lo cruzaban o no lo reconocían o apostaban por una enfermedad terminal que lo consumía, sino que su dificultad para desplazarse era motivo de asombro. Apenas si podía caminar sobre sus piernas enclenques que sostenían una osamenta desgastada, y débil. Con voz temblorosa trató de decirle al conserje del departamento que estaba sufriendo a causa de que ya no se reconocía en el espejo del hall de entrada. El hombre no lo escuchó, o no supo entenderlo, y llamó a una ambulancia que lo trasladó al hospital municipal, donde pasó sus últimos días de vida.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.



martes, 12 de mayo de 2026

DIOS AYUDA A QUIENES SE AYUDAN A SÍ MISMOS

J. J. Haas

 

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) predice una grave sequía en el norte de Georgia durante el resto de este año. Además, debido al cambio climático, la posibilidad de que ocurran “megasequías” en nuestra región dentro de la próxima década es altamente probable.

—The Gwinnett Gazette

 

El doctor Albert Cole se despertó con sed. Debía de haber estado roncando, porque le dolía la garganta y su esposa había abandonado el dormitorio, como tantas otras veces antes. Buscó el vaso de agua sobre la mesa de luz pero, al encontrarlo vacío, se resignó a levantarse e ir al baño. Sin embargo, cuando abrió el grifo del lavabo, no salió nada, y cuando orinó una orina amarillo oscuro en el inodoro y tiró de la cadena, la cisterna no volvió a llenarse.

Ahora completamente despierto y molesto, pasó de puntillas frente al cuarto de invitados donde dormía Emily y bajó descalzo a la cocina. Encendió la cafetera, pero el depósito plástico estaba vacío, igual que la jarra de agua filtrada en el refrigerador. Llevó el depósito de la cafetera hasta el fregadero, pero abrir el grifo produjo el mismo resultado de antes. Nada de agua. Buscó agua embotellada en la despensa y, al no encontrar nada, resolvió de mala gana ir al supermercado a comprar. Volvió arriba para avisarle a Emily.

—Cariño —susurró, entreabriendo la puerta del cuarto de invitados—. ¿Pagaste la factura del agua?

—¿Eh? —dijo ella.

—La factura del agua.

—Eh… sí, creo que sí.

—Bueno, el agua está cortada en toda la casa. Debes de haberte olvidado.

Ella se incorporó y se frotó los ojos.

—¿Qué? ¡Pagué la factura del agua!

—Está bien, está bien. Voy a ir a la tienda a comprar agua embotellada.

—¿Por qué?

—Porque. No. Tenemos. Agua.

—Ajá. Voy a volver a dormir.

—Hazlo.

Se puso un pulóver de manga corta y unos pantalones caqui, se calzó unos mocasines náuticos sin medias y subió a su Mercedes descapotable gris. El sol ya comenzaba a elevarse sobre Sugarville, y parecía que iba a ser otro abrasador día de verano. Pasó frente a las demás casas millonarias de su urbanización, salió por la entrada vigilada y llegó a la carretera principal. Al cruzar un puente sobre el Chattahoochee, miró hacia abajo y vio pinos cubiertos por un manto verde oscuro de kudzu marchito junto a un lecho de río completamente seco. Parecía no haber final para la sequía que Georgia venía padeciendo desde hacía tres años.

Entró en el estacionamiento del supermercado, con la garganta cada vez más reseca. Una enorme camioneta negra bloqueaba la entrada del local, y vio a tres adolescentes corpulentos cargando cajas de botellas de agua en la caja trasera. A un costado, el gerente de la tienda hablaba con un hombre de cabello rapado que llevaba un rifle de caza colgado del hombro; aparentemente supervisaban la operación. No había nadie más, lo cual resultaba extraño para esa hora de la mañana.

Desconcertado por aquella escena extraña, Albert estacionó el auto en el extremo más alejado del estacionamiento vacío y observó a los hombres desde lejos durante algunos minutos, sin saber qué hacer. Finalmente decidió acercarse, aunque no sin un medio para defenderse. Sacó su Glock 19 enfundada de la guantera y se la colocó en el cinturón; luego tomó una chaqueta liviana del asiento trasero, se la puso para ocultar el arma y salió del coche.

Al acercarse al local sintió sorpresa y alivio al reconocer al hombre del rifle como Earl Eubanks, alguien que conocía de la Iglesia Bautista de Sugarville.

—Hola, Earl —lo llamó—. ¿Qué está pasando?

—No mucho, doctor C. Solo estoy comprándole un poco de agua a mi amigo.

El gerente del supermercado, un hombre de aspecto enfermizo y camisa demasiado fina, asintió hacia Albert y Albert le devolvió el gesto. Los muchachos siguieron cargando la camioneta mientras los hombres permanecían delante de la entrada, bloqueándola de hecho.

—¿Les importa si entro?

—La tienda está cerrada —dijo el gerente, interponiéndose en su camino.

—¿Cerrada? —Albert miró su reloj—. Creí que abrían a las siete.

—Hoy no. Estamos esperando un cargamento.

Las puertas corredizas se abrieron y los muchachos salieron cargando tres cajas de agua cada uno.

—No entiendo. Evidentemente están abiertos para Earl. Yo también quiero comprar agua embotellada.

—Lo siento, señor. Earl es familia.

—Somos primos segundos —dijo Earl, sonriendo.

—Vamos, muchachos. Véndanme una caja de agua. Les doy veinte dólares.

Sacó un billete nuevo de veinte de su billetera e intentó entregárselo al gerente.

—No se puede, señor —respondió el gerente.

—Entonces véndeme una tú, Earl. Toma, cuarenta dólares.

—Esto es para mí y mi familia —dijo Earl—. Será mejor que siga su camino, doctor C.

—¡Esto es ridículo! Mi familia también necesita agua.

—Ya dije que no.

Earl se quitó el rifle del hombro en menos de un segundo y lo sostuvo frente a él. Entonces Albert recordó que Earl había estado en el ejército, y retrocedió.

—Lo siento, doctor C., pero si le vendiera una tendría que venderle una a todo el mundo.

Albert miró alrededor del estacionamiento.

—No hay nadie más aquí, Earl.

—Es cuestión de principios.

—Eso no es muy cristiano de tu parte.

Earl sonrió.

—Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos. ¿No es así, primo?

—Claro que sí —dijo el gerente.

—Como dije, doctor C., será mejor que siga su camino.

Earl golpeó la culata del rifle para enfatizarlo.

—Está bien, está bien, ya me voy.

Se dio media vuelta y regresó a su coche echando humo de indignación.

Ahora sediento y desconcertado, Albert salió a toda velocidad del estacionamiento y condujo hacia el norte hasta su cafetería favorita, pero una voz masculina despersonalizada desde el autoservicio le dijo que no podían preparar café sin agua. Continuó más al norte; pasó de largo el altavoz de una tienda de donas y se dirigió directamente a la ventanilla. Una mujer india baja y de piel oscura, con delantal, le dijo que tenían muchas donas pero ninguna bebida. Murmuró “gracias por nada” entre dientes mientras se alejaba.

A medida que el sol ascendía y el calor aumentaba, Albert sintió un dolor agudo en la nuca que atribuyó a la deshidratación. Necesitaba encontrar agua pronto. Pensó en quitarse la chaqueta, sobre todo porque el descapotable lo exponía directamente al sol, pero después de lo ocurrido en el supermercado quería mantener el arma cerca, y la chaqueta la ocultaba perfectamente. Siguió conduciendo hacia el norte buscando algún lugar –cualquier lugar– que tuviera agua, pero la mayoría de las tiendas estaban cerradas, y cuanto más avanzaba más escasos se volvían los comercios, hasta que se encontró solo en el medio del campo.

Y entonces el descapotable comenzó a recalentarse. Del motor surgió vapor y también salió por debajo del capó, bloqueándole la vista del camino. Para empeorar las cosas, de pronto comprendió que, en el apuro por llegar a la tienda, había dejado el teléfono celular en casa. Miró alrededor buscando dónde detenerse, pero lo único que encontró fue la entrada de un parque, así que giró y halló un lugar sombreado en un estacionamiento vacío. Una vez detenido, abrió el capó y se apartó del coche para permitir que escapara el vapor.

Cuando el vapor comenzó a disiparse, se dio cuenta de que tal vez hubiera agua fresca en el depósito del limpiaparabrisas, aunque no podía saberlo sin quitarlo. Sacó la caja de herramientas del maletero y, cuidando de no tocar el bloque del motor, hizo palanca con un destornillador para sacar el opaco tanque blanco. Pero el depósito estaba vacío. Furioso, tiró de él con ambas manos hasta arrancar la manguera de goma y arrojó todo el mecanismo al bosque.

Intentando tranquilizarse, caminó hasta un pequeño edificio de ladrillo que contenía baños y, después de comprobar que ni los lavabos ni los inodoros tenían agua, descubrió una vieja máquina expendedora de refrescos encerrada detrás de una reja de acero. No había lugar para insertar una tarjeta de débito y no tenía monedas, así que comprar algo quedaba descartado. Consideró volver al coche para buscar la caja de herramientas e intentar forzar la entrada, pero el candado de bronce parecía bastante sólido, y tampoco había garantía de que la máquina estuviera abastecida. Sin embargo, mientras permanecía allí notó un cartel que señalaba una rampa para botes más adentro del parque y comprendió que debía haber regresado a la ribera del río Chattahoochee. Decidió seguir un camino de tierra para ver si podía encontrar agua corriente ahora que estaba más al norte.

Pero la respuesta, para su consternación, era no. El Chattahoochee estaba tan seco allí como cerca de su urbanización. No recordaba haber oído nada sobre el Cuerpo de Ingenieros del Ejército cortando el suministro de agua del río, pero dedicar sesenta horas semanales a su práctica de cirugía de cataratas no le dejaba mucho tiempo para ver las noticias, ni para ninguna otra cosa, en realidad. De todos modos, pensó que era mejor permanecer cerca del río, así que siguió un sendero de tierra hacia el norte para ver si encontraba algún pozo de agua del que pudiera beber.

Apenas estaba vestido para una caminata, y sus pies sin medias comenzaron a dolerle casi de inmediato mientras el sendero ascendía frente a él. Notó que no estaba sudando en absoluto y que el dolor de cabeza parecía empeorar. Como médico, sabía que aquellas eran malas señales, pero como hombre deshidratado solo podía pensar en conseguir su próximo trago de agua y llevar algo de regreso a su familia. Sabía que podía detenerse y descansar en cualquier momento si lo necesitaba, pero simplemente no tenía otra opción más que seguir adelante.

Media hora después llegó al pie de la presa de Buford, pero el aliviadero estaba tan seco como un desierto y parecía que llevaba así bastante tiempo. Un gran cartel rojo de "Restringido" estaba fijado a un lado de la presa y varios soldados estaban de pie en la parte superior. Sabía que el lago Lanier, un enorme embalse artificial con una gran reserva de agua dulce, estaba justo encima de la presa, pero tendría que subir una empinada colina para llegar allí. Por suerte, el camino se desviaba a la derecha, alejándose de la zona restringida, así que continuó subiendo laboriosamente, respirando con dificultad y maldiciendo a los que estaban en el muelle.

Cuando finalmente llegó a la cima, no podía creer lo que veían sus ojos: el lago Lanier estaba completamente vacío. El lecho del lago parecía un cráter en la superficie de Marte, con un patrón irregular de grietas de barro rojo oscuro que se extendían hasta el horizonte. Neumáticos viejos, latas de cerveza y peces muertos secados al sol salpicaban el paisaje desolado, mientras media docena de buitres se alimentaban tranquilamente del cadáver mutilado de un ciervo cerca de donde él estaba. Casi perdió la esperanza de encontrar agua y estuvo a punto de rezar, pero reprimió esa emoción y se resignó a resolver el problema por su cuenta. No le quedaba más remedio que seguir adelante en la dirección que había elegido, así que bajó por el terraplén y pisó el lecho del lago para ver si encontraba agua en algún lugar, en cualquier lugar.

Mientras escudriñaba el paisaje, creyó ver a un hombre de pie en medio del lecho del lago a lo lejos. Sin fiarse del todo de sus ojos ni siquiera de su razón en ese momento, continuó en la misma dirección y determinó que no era un espejismo, sino un hombre de verdad: un nativo americano de mediana edad con un sombrero de vaquero de paja y dos largas trenzas que le caían sobre la camisa. El hombre estaba de pie junto a un pequeño charco en medio del lecho seco del lago, llenando una jarra de leche vacía con agua a través de un filtro. Albert aceleró el paso para acercarse, pero cuando llegó, el hombre ya había terminado de llenar la jarra y se dirigía en dirección contraria hacia un terreno elevado. Lo llamó en un susurro ronco, pero el hombre o no lo oyó o lo ignoró a propósito. Sintió una fuerte tentación de arrodillarse y beber directamente del charco, pero el agua contenía excremento animal que probablemente le causaría giardiasis. Observó cómo el hombre desaparecía entre los pinos y decidió seguirlo. Corrió tan rápido como sus piernas cansadas se lo permitieron, trepó por un carrito de supermercado oxidado para llegar al terraplén y comenzó a bajar por el sendero sin marcar que el hombre había tomado.

Llegó a una pequeña cabaña de madera aislada en el corazón del bosque justo a tiempo para ver al hombre entrar y cerrar la puerta tras de sí. Se escondió entre un grupo de pinos cercanos durante unos minutos, respirando con dificultad e intentando decidir qué hacer. Podía llamar a la puerta y pedir agua, pero el hombre obviamente también tenía problemas para conseguirla y probablemente no se la daría, y simplemente no podía permitirse que se repitiera lo que había sucedido en el supermercado. No había margen de error ni razón para la cortesía: tenía que conseguir esa jarra. Tembloroso, sacó la Glock 19 de su funda, se acercó a la puerta y, al encontrarla sin llave, entró en la cabaña con el arma en alto.

El hombre estaba de pie junto a la chimenea.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Manos arriba.

El hombre levantó las manos ligeramente.

—¿Qué quieres? No tengo dinero.

—Agua —dijo Albert, tosiendo en su mano izquierda.

—Ahí, en la mesa. Sírvete.

Albert se tambaleó hasta la mesa, pero al poner un pie delante del otro, el tiempo pareció ralentizarse y la jarra se alejaba cada vez más a medida que se acercaba. Sintió que su visión periférica se estrechaba como un túnel y se desplomó al suelo.

Cuando recuperó el conocimiento, estaba sentado en una silla dura con respaldo de escalera y las manos atadas a la espalda. La jarra y la pistola yacían a su lado sobre la mesa. El hombre, sentado en la silla de enfrente, rebuscó en su cartera y sacó su licencia de conducir.

—Doctor Albert Cole de Sugarville, Georgia. Dígame, doctor Cole, ¿qué demonios hace en mi cabaña?

Albert estaba mareado y apenas podía mantenerse erguido en la silla.

—Agua. Necesito agua.

—Sí, lo mencionaste. ¿Alguna vez le has disparado a alguien, doctor Cole?

—Eh… no.

—¿Has recibido entrenamiento con armas de fuego?

—Un poco.

—Eso es obvio. Bueno, doctor Cole, aquí tienes tu primera lección: si apuntas con un arma a alguien, más te vale estar preparado para dispararle. De lo contrario, mejor no andes blandiendo pistolas. Acabarás disparándote a ti mismo o dándole un arma a tu enemigo.

—Mire, señor…

—Doctor. Doctor Robert Agaska, doctor en filosofía. Imparto clases de Estudios Nativos Americanos en la Universidad de Georgia.

—Ah, ya veo. Mire, lamento haberle apuntado con un arma, pero no sabía qué más hacer. Si me da un poco de agua, me iré y no le molestaré más.

Albert comprobó sus ataduras. La cuerda estaba tensa, pero notó un poco de holgura.

—¿Por qué debería darte algo? Entraste a mi casa sin pedir permiso y me apuntaste con una pistola. —Agaska se levantó y caminó hacia la cocina, pero se detuvo a mitad de camino y se dio la vuelta—. ¿Por lo menos sabes dónde estás, doctor Cole?

—¿Lago...?

—Te equivocas. Estás en territorio de los indios Muscogee.

—¿Muscogee? Creía que esto era un asentamiento de los indios Creek. —Mientras hablaba, seguía manipulando la cuerda con sus ágiles dedos y parecía estar avanzando.

—Ese es el nombre que nos dio el hombre blanco, pero prefiero el que nos dimos nosotros mismos. Soy descendiente de los indios muscogee originales. Nací en una reserva en Oklahoma, pero desde muy joven supe que esta era la tierra de mis ancestros. Así que, al crecer, vine a la Universidad de Georgia para estudiar a mi pueblo y estar más cerca de esta tierra. Mis ancestros fueron expulsados ​​a la fuerza de esta zona en 1834 durante el Sendero de las Lágrimas. ¿Seguro que ha oído hablar de eso?

—Ni siquiera había nacido...

—Mis ancestros no tenían sentido de la propiedad, doctor Cole, pero yo sí. Así que cuando entra en mi cabaña e intenta robarme algo, me lo tomo muy a pecho. No solo por mí, sino por mi pueblo. Para mí, es como un criminal que regresa al lugar del crimen.

Agaska entró en la cocina y descolgó el teléfono de pared.

—¿Qué está haciendo? Albert dijo, sintiendo que las cuerdas comenzaban a aflojarse.

—Llamar a la policía”.

—¡No hagas eso! Eh… ¿qué pasó con el lago Lanier? —preguntó, intentando distraer a Agaska para que no marcara. “El agua pareció desaparecer de repente”.

—Quizás para ti, pero no para mí. He estado viendo cómo el lago Lanier se seca progresivamente durante los últimos tres años. En resumen, el hombre vive en desequilibrio con la naturaleza, desafiando al Gran Espíritu. Él tampoco tolera a los ladrones. —Agaska comenzó a marcar.

Liberándose, Albert se puso de pie, agarró la pistola y apuntó a Agaska.

—Baja eso. —Agaska colgó el teléfono.

—No te muevas.

Con la pistola en su mano derecha temblorosa, Albert quitó la tapa de plástico de la jarra con la izquierda y se la llevó a los labios. Pero antes de que pudiera beber, se oyó un disparo y la jarra salió volando de su mano, cayendo al suelo. Se dio vuelta y vio a Agaska empuñando su propia pistola. Preso del pánico, Albert disparó a ciegas, vaciando su Glock 19 contra el hombre, y lo vio desplomarse en el suelo.

—¡Maldita sea! —gritó.

Corrió hacia Agaska y lo encontró tendido boca arriba sobre el linóleo con tres agujeros de bala en el pecho, sangrando profusamente y ya inconsciente. Supo de inmediato que, sin un hospital cerca, no podía hacer nada por él salvo verlo morir. Se quedó junto a Agaska llorando en silencio hasta que oyó el estertor de la muerte y supo que había fallecido.

Pero aún necesitaba beber.

Encontró la jarra cerca de la puerta principal, pero entre el pico abierto y los agujeros de las balas, toda el agua se había derramado al suelo y se había filtrado en la madera. Tras registrar el resto de la cabaña en vano, finalmente regresó junto a Agaska y se arrodilló a su lado.

—Lo siento —susurró, y comenzó a lamer la sangre del muerto del suelo.

J. J. Haas es un poeta y escritor de relatos cortos cuya obra de ficción está disponible en Amazon en una colección de libros electrónicos titulada Searching for Nada. Ha publicado ficción y poesía en una amplia variedad de revistas como Shenandoah, Rattle, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Asimov's Science Fiction, Baen's Universe y Writer's Digest. Es Senior Content Developer en ADP, miembro de la Society for Technical Communication, y ha sido instructor en el Creative Writing Certificate Program de Emory Continuing Education. Haas se licenció en Lengua y Literatura Inglesas en el College de la Universidad de Chicago y fue Past President of the Alumni Club of Atlanta. Vive en un suburbio de Atlanta.

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