martes, 10 de marzo de 2026

MURMURARÉ TU NOMBRE HASTA EL FIN DEL MUNDO

Cristian Mitelman

 

La historia comienza con un árbol. Hace muchos años fui a buscar manzanas al río. Tenía doce años: ya había comenzado a ayudar a mi padre en la herrería. El taller estaba detrás de la casa. Era profundo y caluroso como las fosas infernales.

Al poco tiempo me acostumbré al hierro fundido; me acostumbré a que los metales se convirtieran en un líquido cuya escoria siempre quedaba adherida en la intimidad de la fragua. No conozco nada de teología. Soy analfabeto. Sin embargo, sé que el infierno tiene que ser algo parecido al viejo taller de mi padre. La inmundicia es más pesada y se deposita abajo, en medio del tormento de las almas para siempre fundidas en la perdición. Digo esto para que vean que los sermones del dominico Ulphias han sabido horadar mi alma. Sus palabras tenían un efecto oscuro cada vez que lo escuchaba en el oficio del domingo, antes de que saliera el sol. Iba con mi madre, mi única hermana y mi padre.

El fraile daba el oficio en latín, pero en el momento de la homilía usaba nuestra lengua. Por eso aprendí qué es la salvación y qué espera a los réprobos. Si todo hubiera sido en latín, es probable que mi vida hubiese ido por otros cursos. Lo que no se entiende no puede provocarnos nada, al igual que lo que no es tocado por el fuego no se funde nunca. Aprendí, pues, que la eterna lejanía de lo divino es lo que nos espera después del juicio y que el alma, en ese trance, desea ver a Dios, pero le es imposible y entonces surgen los dolores en que se va hundiendo hasta la eternidad. Ulphias dijo que así como cuando tenemos hambre lo único que nos consuela es el pan y el cuerpo no descansa hasta obtenerlo, así sucede con el espíritu de un condenado: siente hambre de Dios, pero ese alimento le es negado. Y digo esto del hambre para que no crean que mi discurso es el de un lunático aquejado por la bilis negra. Hablé de un árbol y hablé del hambre. Sucede que aquella mañana de mayo sentí deseos de comer manzanas y fui a la vera del río a buscarlas. Los primeros calores del año se sumaban a los rigores del taller. Atravesé el poblado y el mundo me pareció igual que siempre. A lo lejos se veía la muralla vieja; cerca del mercado me extasié frente a las tinajas con aceitunas; evité la calle de la judería… El mundo esa noche había conservado sus formas merced a la gracia divina.

Llegué al río: ya a lo lejos se percibía su frescura. Hubiera querido darme un chapuzón, pero había prometido regresar cuanto antes. Los campos de labranza se extendían siempre un poco más allá. Sabía que todo eso no me estaba concedido: están los que nacen para la guerra; están los que nacen para la oración como el fraile Ulphias; están los que nacen para trazar junto a los bueyes líneas rectas en los sembradíos. Y luego están los que pasan su tiempo en la fragua, como fue la vida de mi abuelo y la de mi padre. Pero el Señor (ya ven cuán lejos me hallo de la blasfemia) ha urdido ese plan para que todo funcione eterna y circularmente. Nosotros hacemos las armas y los arados; los caballeros de la sagrada orden nos defienden de la herejía que viene del Este, el campesinado alimenta al burgo y los dominicos se encargan de orar para que cuando sea el momento del juicio todos vayamos a la Jerusalén celeste. Así fue y así será.

Trepé al pomar porque las manzanas más sabrosas siempre están en lo alto. Entonces la vi, tal como Adán tuvo que haber visto a la serpiente o a Lilith. ¿Cómo sé quién es Lilith? Me lo ha contado hace años un viajero. Me dijo que antes de Eva hubo otra mujer, pero que el Señor la ocultó porque era más bella y peligrosa que cualquiera de sus creaciones. Si esto es un error, me rectifico ya mismo: soy hombre de fe y quiero permanecer en la fe sin ninguna mancha. ¿A quién vi entonces? A Marget, la campesina. La hija de los Nachtat. Sí, era ella. Cien veces podrá preguntármelo y cien veces diré que era ella quien nadaba en la corriente y reía en el agua desnuda. No recuerdo haber visto a nadie, pero ella hablaba o cantaba. A veces cantaba y después su voz se convertía en un susurro. No, ella no se dio cuenta de que yo la observaba. Yo era muy buen trepador, casi una ardilla, y más en esos días, cuando todavía me acompañaba la plenitud de las fuerzas. Desde entonces ella se me presenta: cada tanto la veo venir en mis sueños. Ella vuelve, tal como la encontré aquella mañana, en su primera desnudez. Quise cortar una manzana pero mi mano temblorosa la dejó caer. Así fue como ella me vio. Pensé que iba a escapar como el ciervo que oye una pisada sospechosa. Sus ojos me encontraron y sonrió como cuando su familia y la mía se cruzaban los domingos frente a la puerta de la Iglesia: una sonrisa ligera, pero sus ojos dieron de lleno en mi cara y entonces me sonrojé y el mundo se diluyó en una especie de agua y barro primitivos. Salió del agua para tomar la manzana que mi torpeza (o mi ignorancia) había dejado caer.  Su cuerpo desnudo estaba sobre el pasto, aunque a primera vista no llegaba a tocar la tierra. No puedo decir que estuviera flotando plenamente; lo cierto es que sus pies parecían hechos de otra sustancia. Tomó el fruto y luego lo comió en la orilla. Sus ojos miraban a un punto indefinido del río, donde hay contracorriente y el agua traza dibujos caprichosos, espirales concéntricas que nunca se resuelven y que estarán así, yendo y viniendo hasta el fin de los tiempos.

Yo volví al taller del padre con la cesta vacía. Me dio un bofetón por perder inútilmente el tiempo. Sin embargo, apenas lo sentí: ese día las sensaciones del mundo permanecieron lejanas. En mi mente tenía el paisaje del río. Era el dueño de un secreto que excedía mis capacidades de comprensión. Ni cien golpes de mi padre me habrían acomodado la cabeza aquel día. Y eso que tenía la mano pesada. Mano de herrero, como aún le dicen. 

Sé que ustedes tienen que limpiar la aldea de herejías y maleficios. Es una grave responsabilidad la que el Señor les ha encomendado. Yo sólo soy un espíritu ignorante que no ve más allá del fuego y el hierro. Por eso, cuando hablo, le temo al error. En los libros está la verdad y ya dije que no sé la forma de las letras; no entiendo de qué modo ustedes ven una serie de trazos y aseguran que allí hay tal o cual palabra. Grande es vuestra ciencia, que tan profundamente llega a intuir las cosas del cielo y el infierno.

Marget volvió a mis ojos muchas veces. De noche, como siempre, la encontraba en ese mundo que habita del otro lado de los ojos. He pecado: admito que yo deseaba que ella volviera. Porque ese primer día yo escapé y sentí que la imagen había quedado trunca. No alcancé a ver qué sucedió cuando ella terminó de morder el fruto. Desde entonces sentí la necesidad de dibujar la imagen que perdí. Por eso, cuando ustedes entraron en el taller que heredé de mi familia, encontraron en las paredes una y otra vez las mismas líneas. Soy yo el que las dibuja a veces plenamente despierto, pero también me ha sucedido que al despertar he encontrado dibujos que no recuerdo haber trazado, como si el carbón hubiera cobrado vida propia e hiciera un matrimonio de líneas escandalosas con la pared. Así es, señor, debo confesar que es por eso que ustedes veían que cada tanto yo blanqueaba las paredes. Por un lado, quería tapar aquellas vergüenzas, aunque también admito que la blancura me permitía otra vez reiniciar el mundo de aquel día, cuando tenía doce años. Y no sé si es mi mano o la de un íncubo o la de Marget la que ha trazado tantas veces lo mismo; no sé quién dibuja ni por qué han aparecido esos trazos finales que ustedes han visto, los que me escandalizan también a mí, porque lo que Dios ha cubierto desde el Génesis debe permanecer cubierto y obra impúdica es mostrarlo, de modo que sé que lo que hay en el taller no debe ser visto por ojo alguno que no esté preparado, tal como lo están vuestros ojos, forjados en la gracia para que nada los pueda torcer del recto juicio.

Sí, señor; el árbol en el que habéis colgado a Marget tiempo atrás por su matrimonio con el príncipe de lo oscuro es el mismo manzano que inició mi derrumbe. Habéis elegido correctamente, lo que demuestra vuestro poder infinito al estar revestido de la única fe.

De nuevo estamos haciendo el mismo camino que hace años, cuando casi era un niño y vi lo que no debía. Ahí está el árbol, por fin, el árbol que he dibujado miles de veces. Sólo espero que la rama que elijáis para mi cuello sea la misma que recibió a la joven, para que al fin pueda fusionarme en mi propio dibujo y mi alma conozca un atisbo del paraíso antes de hundirme irremediablemente en las tinieblas y en la fragua de los condenados.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

DE CENIZA Y HUESO

Mike Jansen

 

Mis nietos me consideran demente. Mis hijos creen que merezco mis recuerdos. Mis bisnietos –tengo unos pocos– probablemente ni siquiera sepan que existo. Es curioso cómo pienso en mi progenie, ahora que estoy de pie en la atmósfera venenosa de la Tierra, caminando por las calles en ruinas de mi viejo Ámsterdam.

El disco de radiación en mi antebrazo derecho muestra algunas manchas grises, aunque ni de lejos son suficientes para indicar una ruptura de mi exoesqueleto. Puede que sea viejo, pero no he terminado de vivir. Además, hoy llovió más temprano, y eso arrastra la mayoría de las partículas radiactivas en suspensión hacia el suelo.

El casco es nuevo y permite visión de trescientos sesenta grados. Muy distinto a las nueve veces anteriores en que regresé a la Tierra. Aquellos cascos eran funcionales, nada agradables a la vista y, desde luego, incómodos de llevar.

Las visitas anteriores estuvieron mucho más concurridas: la memoria de la Tierra seguía fresca en la mente de la mayoría, y la gente –los exiliados– era mucho más joven. Tecnológicamente hemos avanzado de manera significativa, pero no todo puede resolverse y los accidentes ocurren, especialmente en el espacio exterior. Cada vez que un módulo de descenso me llevaba abajo, menos de mis compañeros se unían a mí. Cada vez, la Tierra bajo nosotros parecía más lúgubre, más muerta.

Como siempre, visito la plaza Dam. Cuando aún era posible vivir en la Tierra, los supervivientes de plagas, contaminación y guerra se reunían allí. La ciudad se había librado del fuego nuclear, aunque la mayor parte de Europa occidental no era más que un montón de escombros radiactivos humeantes. Después, los vapores nocivos de gases tóxicos y los ataques biológicos asfixiaron los últimos restos de vida.

Oh, sí, por entonces teníamos una plataforma espacial, suficiente para unos cientos de miles de personas. Fue su, nuestra, salvación. Helicópteros nos llevaban a una plataforma de lanzamiento; nos hacían pasar por túneles de descontaminación y nos amarraban en los muchos asientos de la nave como si fuéramos ganado. La gente todavía sufría claustrofobia en esa época. Hoy es lo contrario. Estamos acostumbrados a cuartos pequeños y viciados. Los corredores amplios y los espacios abiertos asustan a las generaciones jóvenes.

Hay huesos blanqueados por todas partes, esparcidos por la plaza: víctimas de bestias carroñeras que heredaron de nosotros este planeta muerto; las ratas, los insectos, las bacterias y los virus. Hasta que ellos también sucumbieron a la atmósfera envenenada y corrompida.

La valla publicitaria en el último tramo recto del muro del palacio mostraba, en otro tiempo, un destino vacacional popular: una mujer hermosa, riendo, y un texto que proclamaba: Marte, el lugar donde hay que estar. La realidad era diferente, y las primeras plantas capaces de sobrevivir a la tenue atmósfera marciana solo se desarrollaron durante la última década. A medida que el planeta se volvió más habitable, la valla se deterioró con cada una de mis visitas, como un Dorian Gray moderno.

El monumento está roto en varios pedazos, víctima de sucesivas oleadas de invasores que destruyeron todo a su paso. Nueve rosas blancas de plástico, con tallos verdes, descansan ante el pedestal: fragmentos de belleza eterna en esta tierra de los muertos. De mi mochila saco la rosa número diez, un recuerdo de Julia, que murió en los días previos a la evacuación, durante el parto –demasiado prematuro– de nuestro hijo.

Mirándolo hacia atrás, con frialdad, Julia fue un callejón evolutivo sin salida. Sus caderas eran demasiado estrechas después de cuatro generaciones de cesáreas. Uso eso como racionalización para aceptar mejor que no estábamos destinados a ser, como un escudo para mantener el dolor a raya o, al menos, disminuirlo. Mi segunda esposa, Hera, me dio media docena de hijos, pero el recuerdo de Julia permaneció.

Mientras coloco la rosa número diez junto a las otras nueve, noto una muñeca pequeña hecha con pedazos de basura. Si hubiera llevado mi otro casco, mi ángulo de visión habría sido demasiado estrecho; ahora puedo verla con claridad. ¿No la vi en visitas anteriores, o es nueva? La muñeca no tiene forma humana, pero es evidente que alguien la creó. Mi exoesqueleto levanta mi cuerpo atrofiado por la baja gravedad, y observo mi entorno con ojos cambiados.

A primera vista, una pila de huesos parece caótica, hasta que determino que está hecha con fémures de más de cien humanos. Eso ya no es coincidencia. La pregunta que exige respuesta es: ¿desde cuándo está esto aquí? No existen archivos fotográficos de este lugar, a diferencia de los archivos que creamos hoy. Aparentemente nadie cree que nuestro mundo madre sea lo bastante interesante como para observarlo, sabiendo que la superficie del planeta es completamente inhabitable, incluso hostil.

Deambulo por la plaza; miro debajo y dentro de un viejo tranvía acribillado a balazos, del cual las partes metálicas se han oxidado hace tiempo, dejando solo el interior de plástico. Una vez viajé en un tranvía como este, quizá en este mismo, la primera vez que llevé a Julia al cine, justo antes de las guerras. Los estados se volvieron unos contra otros a medida que los recursos menguaban y el crecimiento de la población se hacía exponencial. Esas fronteras ya no existen; la humanidad tiene el espacio exterior solo para sí. Un poco solitario, tal vez, sin todas las criaturas con las que compartíamos el planeta, pero al parecer ese fue el precio que tuvimos que pagar.

De tranvías antiguos a horarios de vuelos interplanetarios. Mi vejez me da perspectiva, pero también trae consigo una inclinación a la melancolía y a los recuerdos, y un deseo –o incluso un impulso, aunque esté fuera de lugar– de glorificar los viejos tiempos. Sé perfectamente que se nos ha dado una segunda oportunidad, una posibilidad de escapar de las ataduras de nuestra prisión terrenal.

Mi mente correlaciona cada vez más señales. Un agujero en el suelo que parece haber sido cavado recientemente. Detrás de un muro viejo, los restos de una fogata: trozos de madera chamuscada, plástico y más huesos; no antiguos, recientes. Sobre el grafiti desvaído de un pedazo de pared, se han dibujado marcas color óxido, formas regulares. Sospecho que significan algo, pero para mí es demasiado ajeno.

Los cazanoticias darían buen crédito por una historia tan sensacional. Puedo imaginar perfectamente unas lindas vacaciones largas bajo las cúpulas de Marte, quizá con una mujer hermosa a mi lado, como la de la valla publicitaria, aunque su cabeza y su cuerpo cuelgan vencidos por el viento y el clima. En mi memoria, ella es como siempre fue, y noto que hace que afloren recuerdos de mi Julia. Las dos mujeres parecen haberse enlazado en mi mente.

La tentación se desvanece tan rápido como llegó. Julia ya no está. Mi segunda esposa aún vive, físicamente, pero mentalmente ya no está con nosotros y ya no me reconoce a mí ni a los niños. Todavía queda tanto por aprender sobre la mente humana... Hay personas que la cuidan y la sostienen. Lo único que puedo esperar es que nuestra población humana, en constante expansión, produzca algún día el talento que descubra una cura que le devuelva la mente.

Ya sea por mi cerebro de mono o por un efecto de este traje moderno que llevo, que ofrece una experiencia exterior más realista, en cierto momento siento que me observan. En las estaciones espaciales del siglo pasado, justo después de la evacuación, no había un solo instante en que uno pudiera estar a solas, y todo lo que hacías era observado por alguien. Desarrollabas sentidos extra, y es ese sentido el que me dice que ahí afuera hay algo, mirándome.

Miro alrededor. Deliberadamente apago la cámara y borro las grabaciones desde el momento en que coloqué mi rosa en el monumento. Sea lo que sea que esté por ver, no hace falta interferencia externa. Tengo un motivo, otra de mis racionalizaciones, aunque todavía no tengo una prueba definitiva de que nuestro hogar muerto albergue algo vivo. Porque ya no es “nuestro” mundo hogar. “Nosotros” lo abandonamos y lo dimos por muerto.

Mi mente se agita con las implicaciones. Si la vida persiste aquí abajo, es el tipo de vida que supera cualquier revés y cualquier circunstancia. Acelero el paso y reviso detrás de muros, pilas de escombros y dentro de agujeros oscuros, incluso bajo losas de hormigón que se ven peligrosamente inestables. La sensación se intensifica, y veo una sombra moverse en la débil luz del sol de la tarde. Levanto la vista. Encima de mí hay una antigua habitación de hotel, expuesta a la intemperie; el sol detrás de ella es apenas visible a través de una niebla densa y de la capa de nubes.

Busco y trepo hasta quedar dentro de la habitación, pero no hay nadie. La sensación de que me observan ha desaparecido. Me siento decepcionado, hasta que noto unas pequeñas huellas en el polvo espeso del suelo. Huellas diminutas, parecidas a las humanas. Sigo el rastro hasta llegar a los restos de un colchón de algodón de un siglo de antigüedad y veo algo verde allí.

Cuatro hojas se han desplegado y la planta, distinta a cualquier cosa que haya visto, tiene más brotes. Me arrodillo y toco las hojas con mi mano enguantada. Han apisonado tierra negra alrededor de las raíces, casi como si la persona que estuvo aquí hace un momento intentara estimular su crecimiento con amor y atención. Otra vez me tienta, otra vez reprimo la euforia, y otra vez prevalece mi lado racional.

Mi décima caminata de regreso hacia el módulo de descenso, atravesando el Ámsterdam en ruinas, es diferente de todas las otras veces. Antes, yo dejaba el osario en el que se había convertido Ámsterdam; ahora dejo un vivero. Necesita descanso. Y así comprendo, con total claridad, que esta es la última vez que he estado cerca de Julia, o del recuerdo de mi amor. Por un lado me entristece, pero también hay felicidad: hoy he visto que la vida continúa, sin importar la forma que adopte.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

EL CURIOSO CASO DE TIM CRANSHAW Y DE TODAS LAS PERSONAS QUE RESULTARON HERIDAS, MUTILADAS O LEVEMENTE INCOMODADAS POR ELLO

Nenad Pavlović

 

Cuando Elpizo Napaneolasosta, alquimista siracusano del siglo V, místico, mago y pionero en el arte de susurrar a los hongos, en su lecho de muerte (bueno, en su taburete de muerte, con una pata coja), trazó los glifos protectores sobre su Libro Definitivo de Todos los Hechizos y Magias (en adelante, simplemente El Libro), se aseguró de que un objeto de tan inmenso poder y peligro jamás, en ninguna circunstancia, pudiera caer en las manos equivocadas (o en patas prensiles).

Y casi lo logró.

El problema con sus salvaguardas, que con el tiempo desembocarían en una serie de acontecimientos extraños y/o catastróficos en el Londres del siglo XXI, residía en la lógica de sus intenciones. Lo que Elpizo tenía en mente, mientras inscribía las runas de poder, era que ningún ser (humano o de otra índole) con deseos malignos, inclinado a la dominación mundial y cosas semejantes, pudiera jamás hacerse con el tomo: El Libro sería completamente indetectable y carente de interés para cualquiera que no fuera un auténtico santurrón de sandalias dobles. Y ningún escrutinio en bolas de cristal, estanques místicos, vísceras de cabra ni frijoles con salchicha podía otorgarle la precognición necesaria para prever y advertir sobre cierto Tim Cranshaw, una persona que todos describirían como apacible y amable. Y aburrida. Y un poco simple. Y “el primo más raro del señor Bean”.

Y esa fue su perdición.

Tim Cranshaw era exactamente como la gente lo describía. Era contable, solitario y una persona agradable, aunque algo insulsa, pero al mismo tiempo curiosa. Tim llevaba una vida beige y gris, hecha de rutinas y repeticiones placenteras, en la que cada objeto y cada acción tenían su tiempo y su lugar. Dicho esto, Tim no estaba completamente satisfecho con su vida. No era que quisiera más; en realidad, quería lo mismo, solo que más rápido y eficiente. Cuando abrió el curioso tomo encuadernado en cuero en la librería que visitaba de vez en cuando, al principio no creyó lo que le decían las letras mágicas que se traducían solas, pero estuvo dispuesto a intentarlo.

—Bueno, más vale que esto sea mejor que esas tonterías de yoga —dijo, frotando las palmas sobre el pergamino envejecido en su diminuto apartamento—. Veamos, debería empezar por lo básico. ¡Despertarme! ¡Eso es! La alarma de mi teléfono es una basura. Tiene que haber algo mejor que eso aquí dentro…

Al día siguiente, exactamente a las seis de la mañana, un alarido sobrenatural resonó desde el pequeño apartamento del número 9 de la calle Acacia. Los inquilinos del edificio, así como los de las manzanas circundantes, salieron corriendo desnudos, balbuceando y echando espuma por la boca, rechinando los dientes y proclamando los evangelios de los dioses ancianos del vacío pan-dimensional. Todos excepto Tim, que durmió plácidamente, para despertarse a las diez de la mañana, muy tarde para el trabajo y bastante irritado.

—Vaya desastre. En fin, ya que voy tan tarde, mejor llamo diciendo que estoy enfermo y veo si hay algo realmente útil en este libro. Ah, ¡té! A ver… Tiene que haber alguna forma de ahorrar gas…

Fueron necesarios tres cuerpos de bomberos y exactamente siete días para extinguir el incendio del número 9 de Acacia. El jefe del operativo declaró en las noticias de la noche que jamás había visto algo semejante, como si el fuego mismo tuviera mente y voluntad propias. Ni él, ni Tim, ni nadie en la Tierra llegó a saber que, ese mismo día, en el Plano Elemental del Fuego se organizó un funeral para el Gran Duque Frr’fshhh’whoosh, quien murió heroicamente a manos de “una hidra de agua” tras ser invocado a los Planos Primordiales para luchar en favor de cierto “Conde Grey”.

A pesar de todo, a Tim le fue bastante bien. La compañía de seguros no logró determinar ninguna causa clara del incendio, y recibió la indemnización completa. Para su sorpresa y alegría, su libro de magia también sobrevivió intacto.

—El fuego es un buen sirviente, pero un tipo desagradable. Me prepararé el té por mi cuenta a partir de ahora. Veamos si encuentro algo más práctico y menos peligroso. —Y luego—. El tráfico siempre es una molestia —exclamó Tim—. ¡De esto sí que puedo prescindir! ¡Teletransporte! Eso es lo que necesito. Pero debo ser prudente, no puedo aparecer de la nada frente a mi jefe y mis compañeros… No, necesito un lugar seguro —concluyó sabiamente.

Ese día Tim aprendió tres cosas:

  1. Que algunos empleados utilizaban los servicios incluso fuera del horario de descanso.
  2. Que su compañero Jabeer era homosexual.
  3. Que en secreto sentía atracción por Tim.

Aunque algo halagado por el tercer descubrimiento, Tim se sintió sobre todo aliviado porque eso le evitó tener que explicar por qué o cómo había aparecido dentro de un cubículo del baño de hombres, aunque sí requirió bastante explicación dejar claro que el sentimiento no era recíproco.

—Bien, el teletransporte queda descartado—reflexionó, pasando las páginas de su libro mágico—. Pero ¿y el trabajo en sí mismo? Tiene que haber alguna forma de hacerlo más fácil ¡Números! Los números son simples. Las matemáticas son el principio universal de la realidad. Nada puede salir mal con eso.

Sin que lo supieran siquiera los principales economistas del mundo, las ecuaciones que Tim introdujo ese día en su ordenador fueron las responsables del gran colapso bursátil de 2025, que provocó el suicidio de al menos once corredores de bolsa de Wall Street y, paradójicamente, el mejor año económico del siglo para el Reino Unido.

—¡Almuerzo! —gruñó Tim, intentando mantener el optimismo—. No puedo estropear algo tan sencillo. ¿Qué podría salir mal al invocar un simple y agradable sándwich?

Mantuvo ese pensamiento mientras, sonriendo y evitando las miradas acusadoras y llenas de repugnancia de las personas en la sala de descanso, masticaba el cuerpo gimiente de un meew-bga recién eclosionado, entre dos rebanadas de pan, que, sin que nadie lo supiera, era un manjar sumamente popular en casi todos los Reinos Exteriores.

—Lo compré en ese local coreano de la calle —mintió, con los dientes manchados de sangre, procurando no vomitar.

Por suerte para Tim, no sufrió problemas estomacales y solo recibió una advertencia de sus superiores por comentarios racistas.

—¿Sabes qué? —se dijo, ya en la intimidad de su apartamento—. Tal vez este libro no sea tan buena idea después de todo. Hasta ahora no me ha traído más que problemas. Creo que voy a deshacerme de él. Pero ¿cómo? Ah, ya sé —una revelación le iluminó el rostro—. Se lo daré a la persona más agradable que conozco. ¡Alguien que realmente pueda aprovecharlo!

Ese día, Tim entregó El Libro a su único amigo verdadero, Milosh.

Al día siguiente, todos los ríos del mundo se convirtieron en slivovitz.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

  

lunes, 9 de marzo de 2026

ENVENENADOS

Carlos Eduardo Sánchez

 

Julio y Berta sobrellevaban un matrimonio como muchos; eran un par de viejos enemigos, curtidos en la amargura.

Vivían solos. Los hijos, adultos, enmarañados en sus propias historias, observaban con desgano y desde lo más lejos posible cómo sus progenitores sobrevivían prisioneros de viejos rencores.

Un odio taciturno y viscoso los adhería a una vida en común que toleraban con atávicos quehaceres. La mujer era una afanosa ama de casa que realizaba con esmero, siempre maldiciendo, las tareas hogareñas. Julio, un oscuro y metódico empleado de oficina pública a punto de jubilarse, que cada principio de mes, puntualmente y sin decir palabra, entregaba su sueldo a la esposa para que lo administrara. Berta no soportaba la rebelde dejadez de su marido y él detestaba la pulcritud masoquista que ella intentaba imponerle.

Ambos fantaseaban con la muerte del otro. Soñaban desligarse del martirio con el que la vida los había castigado; sacarse de encima esa muela infectada y dolorosa que les envenenaba el alma. No consideraban la posibilidad de separarse ni la de abandonar esa casa que los cobijaba, pero en la que ambos ya no cabían.

El plan se fue gestando de a poco; comenzó cuando el médico le recomendó a Julio, a causa de una hipertensión, que no usara en sus comidas la sal común sino una a base de hierbas. Berta, en un principio, se negó a condimentar la comida con ese “menjunje repugnante”, pero luego, tras fragorosas negociaciones que incluyeron gritos, insultos y viejos reproches mutuos, aceptó cocinar para ambos sin sal, para que así cada uno pudiera condimentar su plato a gusto. Desde ese día, la mujer, cada vez que servía la mesa con puntualidad y frugalidad franciscana, colocaba al lado de cada plato los respectivos saleros. Julio se acostumbró pronto al sabor del condimento terapéutico y casi no notó diferencia cuando a los pocos días empezó a consumirlo mezclado con veneno para ratas. La dosis del tóxico era muy baja; el plan era a largo plazo.

Soportó los dolores abdominales con estoicismo, a pesar de las burlas de Berta.

—Sos un viejo flojo y glotón —le decía con malicia. Gozaba viéndolo sufrir.

En una de sus esporádicas visitas, el hijo mayor de ambos, al ver tan mal a su padre, le propuso llevarlo a un hospital. Julio, que detestaba a los médicos casi tanto como a su mujer, no accedió.

—¡Seguramente la bruja de tu madre está intentando envenenarme con esa bazofia que me da de comer! —dijo gritando, para que pudiera oírlo Berta que estaba en otra habitación.

Por supuesto, ella respondió con insultos que derivaron en una gresca feroz y en la huida del joven.

El tiempo pasó. A Julio se le aflojaron algunos dientes y se le cayó algo de pelo. El desmejoramiento era importante pero lento; no despertaba sospechas entre los allegados y compañeros de trabajo, al que nunca faltaba a pesar de los fuertes dolores. Justamente fue en el trabajo donde colapsó. Vomitó sangre y fue llevado de urgencia al hospital.

Berta, al enterarse de que su marido estaba internado en grave estado, cayó en la cuenta de que al fin la vida la enfrentaba a la posibilidad con la que tanto había fantaseado. Sintió miedo, una profunda soledad y hasta compasión por su marido, por ese único hombre que alguna vez había amado. El desamparo se apoderó de ella; por primera vez en mucho tiempo extrañó a su esposo. Lloró; lloró como sólo se llora ante lo irremediable.

En el hospital, los médicos le informaron que la salud de Julio estaba complicada pero que, por el momento, no corría peligro de perder la vida. Le hicieron muchas preguntas que al principio le parecieron normales, pero después advirtió que estaba siendo interrogada de un modo incisivo sobre el tipo de alimentos que le suministraba al enfermo.

Cuando volvió a la casa encontró las puertas abiertas y la policía dentro. Un juez había ordenado la requisa. Los uniformados le consultaron por el salero con veneno que habían hallado, dijo desconocer todo y volvió a llorar; igual se la llevaron. No mucho tiempo después la justicia humana, que esta vez actuó con rapidez, la condenó a prisión por intento de homicidio.

Para esa época Julio ya había sido dado de alta, y regresado a la casa. Su sueño se había cumplido y también su arriesgado plan.

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

LA ENERGÍA

Iván Bojtor

 

Mr. Brown despertó. Encendió su sonido personal, el aparato de radio que todos los habitantes del satélite artificial Nagada estaban obligados a llevar. La escucha diurna obligatoria del sonido personal había sido ordenada por el nuevo gobierno.

Así que Mr. Brown encendió su sonido personal.

—¡Buenos días, oyentes! Están escuchando la emisión del sector 35 de la radio La Voz de Nagada. Saludamos a los ciudadanos del sector 35 que hoy cumplen 60 años y se jubilan:

Mr. Broughton

Mr. Hyde

Mr. Johnson…

Mr. Brown removía distraídamente su café. Sonrió. Mañana leerían también su nombre. Oh, si su hijo pudiera oírlo. Pero él vivía en otro sector. El nuevo gobierno había cerrado las fronteras sectoriales.

—… Mr. Cartwright

Mr. Woodhouse

Mr. Longfellow

Lo invitamos a usted y a su distinguida esposa a la tradicional ceremonia de despedida en el centro sectorial.

Indicadores económicos en el sector 35…

Mr. Brown estaba acostumbrado a oír solo lo que le interesaba. Había desarrollado esa habilidad hacía tiempo, durante las largas conversaciones con su esposa.

Se despidió de ella. Subió a la cinta transportadora.

—… Geografía de Nagada. Programa para estudiantes. Satélite artificial Nagada; población: 341 millones; promedio de habitantes por sector residencial: 1,9 millones…

Nada mal. La explosión demográfica había sido frenada. Gracias a las medidas del gobierno. Se susurraba que la edad promedio había disminuido considerablemente. Pero ¿qué importaba eso, si uno podía vivir tranquilo y cómodo, cumplir con su trabajo?

El gobierno también había resuelto el problema energético. En los viejos tiempos, durante días no había calefacción ni iluminación. Las fábricas se detenían; montañas de robots defectuosos eran devueltas a los hornos y producían nuevos desperdicios. Entonces instalaron los reactores de nuevo tipo.

En la oficina revisó el informe de la computadora. Las máquinas trabajaban según el plan. Veinte mil robots diarios. Sin defectos. Sin reclamaciones.

Después del trabajo siempre se apresuraba a volver a casa. Ese día no. Después de todo, era su último día laboral. Deambuló por el casco antiguo, entre muros desolados de hormigón y acero. Visitó la Biblioteca Computarizada. En el vestíbulo chocó con una mujer rubia.

—Señor, ¿sobre qué desea información?

Confundido, apenas balbuceó:

—Sobre… sobre el suministro de energía.

—¿De la ciudad espacial?

—Sí… sí, de la ciudad espacial.

—Pase a la cabina siete.

Se sintió desorientado. Las imágenes no le interesaban. Sabía lo que consideraba necesario acerca de los nuevos reactores. Esperó a que los planos desfilaran en la pantalla y emprendió el camino de regreso a casa.

 

—Les desea buenas noches La Voz de Nagada.

Pero Mr. Brown aún no se había acostado. Sacó su viejo aparato de radio. Escuchó la emisión del planeta Ryton. Varios miembros del gobierno derrocado habían huido allí.

—Kali, esposa del dios Shiva, diosa de la guerra…

A veces alcanzaban su conciencia los reproches de Mrs. Brown:

—Vamos a meternos en problemas por eso. De todos modos no lo entiendes. ¿Para qué lo escuchas?

—A la muerte del rajá, la diosa Kali llamó junto a sí a su esposa. La mujer fue quemada…

Mr. Brown realmente no entendía de qué hablaban. En Nagada no se enseñaban historia, filosofía ni lenguas terranas muertas, solo ciencias naturales. Le gustaban aquellas expresiones extranjeras y melodiosas. Tenían una atmósfera extraña, misteriosa. Más misteriosa que los planos de un nuevo robot organizador del trabajo.

Se quedó dormido sin apagar la radio.

—¿Cómo pudo surgir la peculiar mezcla de nazismo e hinduismo? De eso tratará nuestro próximo programa: La probabilidad estadística de la mutación robótica. El programa será conducido por Mr. Benath, experto en Nagada de nuestra emisora…

Y llegó la mañana del gran día.

—… Mr. Brown… —leían en la radio La Voz de Nagada.

Unas horas más tarde estaban de pie en el vestíbulo del centro sectorial. Los robots de control los dirigían hacia distintas puertas. Una puerta se abrió. Un robot le pidió su sonido personal y su invitación.

—¿Mr. Brown?

—Sí.

—Pase.

Entró. Cuatro robots lo sujetaron y lo ataron a una cinta transportadora.

Mr. Brown todavía alcanzó a leer el letrero:

HACIA LA CÁMARA DEL REACTOR.

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

AUTO DA FE

Ruben De Baerdemaeker

 

Cuanto mayor sea el desequilibrio, mayor sufrimiento debe causar el sacrificio. El oro es, al fin y al cabo, más pesado que el plomo y en la balanza del destino el peso sin significado no cuenta. Las generaciones más jóvenes nunca aprendieron esa lección. No han vivido ninguna guerra, no van a la iglesia, nunca han pasado hambre. No comprenden que nada pesa más que el sufrimiento, y es su incomprensión lo que las deja desconcertadas.

Ahora debo admitir que el primer invierno seco también me sorprendió a mí. Setenta inviernos había vivido en este pueblo y, en mi memoria, siempre había nieve. Lluvia también, claro: la vida no es una postal. Pero en lo más profundo del invierno las montañas se ponían su abrigo grueso, como decía mi madre. Las cumbres a lo lejos atraían las nubes hacia sí y retenían una capa blanca, y todos lo sabíamos: la nieve llega.

A mi edad, todos se vuelven nostálgicos. Ahí va el viejo otra vez, los veo pensar cuando cuento cómo de niños intentábamos fabricar trineos con tablas que encontrábamos en el granero, cómo jugábamos en la nieve para entrar en calor y secábamos la ropa junto al fuego. Solo Esperanza, mi ojito derecho, mi nieta, me mira con los ojos muy abiertos y nunca se cansa de mis historias.

—¡Cuenta, abuelo Ignacio! —grita mientras trepa a mis rodillas.

Nunca ha visto la nieve.

El primer invierno seco fue muy comentado en la taberna de Fulgencio. Era una novedad; un acontecimiento excepcional que duró meses pero que no tuvo consecuencias inmediatas. En invierno casi nunca venían turistas por aquí. Las pistas de esquí están demasiado lejos, y las casas de vacaciones y pensiones que habíamos construido en los últimos años porque con ovejas, ganado y agricultura ya casi no se ganaba nada, permanecían entre octubre y abril tan vacías como los prados y los campos que rodean el pueblo.

Pero cuando tampoco llegó la lluvia en primavera, las conversaciones se apagaron. Cuando los árboles frutales, recién cubiertos de hojas, amarillearon y murieron; cuando el río salvaje se convirtió en un arroyo parduzco y los muchachos ya no pescaban truchas, creció la desolación. Incluso los animales notaron que algo iba mal: ese año nacieron menos terneros y corderos. Los turistas no notaron nada. Aceptaban el paisaje seco y pardo tal como era, y los camiones cisterna con agua llegaban al amanecer, cuando ellos aún dormían.

En otoño llovería, sin duda, pero no llovió. Un segundo invierno seco, imposible, se volvió posible, se volvió real. Llegó la primavera; la lluvia no. Incluso las viejas coníferas, curtidas por el tiempo, crujían y caían abatidas; la caza desapareció lentamente de los bosques. Solo los lobos seguían allí, y aullaban de hambre o se reían de nuestra desgracia.

—Deberíamos hacer una ofrenda.

—Ah, sí, una ofrenda. Magnífica idea, Ignacio. La incluiré como punto “varios” al final de la reunión.

El ambiente en la taberna era amargo, cínico: la última máscara de la desesperación. Y aquí nadie me escucha. Sin dinero, sin influencia, y mucho menos en esa reunión, donde hombres que jamás habían estado en este pueblo venían a decirnos que no debíamos desperdiciar agua. Como si ya no lo supiéramos.

Al amanecer saqué la oveja del establo y la llevé al bosque. Me siguió como un perrito lanudo, confiando ciegamente en el viejo Ignacio que siempre daba comida y nunca golpes. Incluso cuando até al animal a un árbol, no protestó. Solo empezó a balar cuando yo ya había desaparecido de su vista. Haz que llueva, Dios, haz que llueva.

Aquella tarde se levantaron nubes. Nubes densas, grises, preñadas de lluvia. Pero la lluvia no cayó y el cielo solo amenazó. Cuando le conté a Fulgencio lo que había hecho, no se rio de mí. Guardó silencio, pensativo, y me llevó al establo. Al anochecer sacamos su vieja vaca hacia el bosque. Milagrosamente no nos cruzamos con nadie. Atamos al animal no muy lejos de donde los huesos roídos de la oveja blanqueaban en la penumbra. Un cuervo nos observaba desde arriba y graznó.

Al día siguiente llovió. Los habitantes del pueblo salieron como si nunca hubieran visto la lluvia. Festejaron bajo el aguacero, se empaparon hasta la piel, y cuando cayó la noche seguía lloviendo. Se pusieron ropa seca y continuaron la fiesta en la taberna.

Así fue aceptada mi ofrenda, así se cumplió mi deseo. Así comenzó de verdad nuestro tormento. La lluvia que tanto habíamos anhelado ya no se detuvo. En los primeros días agradecíamos cada gota, pero el barril de nuestra gratitud pronto se llenó y se desbordó junto con el río, que trepaba cada vez más por sus orillas y volvía intransitables los caminos fuera del pueblo.

Quienes habían sembrado al caer las primeras gotas vieron cómo la semilla se iba arrastrada junto con la tierra fértil. El ganado que había lamido con avidez el agua fresca de sus abrevaderos resbalaba en el barro y regresaba al establo con los flancos embarrados. Las truchas no volvieron. Los lobos se refugiaron en el bosque.

Después de tanto tiempo de sequía, nuestras casas resultaron incapaces de mantener fuera el exceso de agua. Se abría paso entre tejas y rendijas, penetraba en los muros y el yeso, entraba adherida a las suelas de las botas y se instalaba húmeda en camas frías.

—Abuelo Ignacio, ¿qué hacían antes cuando llovía?

—Jugábamos dentro, o salíamos y jugábamos bajo la lluvia.

—Pero, abuelo, ya hemos jugado a todo. Y mamá no me deja salir porque hay barro por todas partes.

No pude hacer otra cosa que apartar la mirada de Esperanza. ¿Qué le dices a un niño que, sin saberlo, se ahoga en la miseria que tú mismo has causado?

Tras un mes, la lluvia resultó ser un azote aún mayor que la sequía. El río arrastraba árboles. Algunos días parecía llevarse la tierra misma, mezclarse con ella. El suelo se desplazaba, los muros se agrietaban, las casas se hundían. Algunas de las casas de vacaciones vacías fueron plegadas por el agua creciente, y los viejos graneros empezaron a pudrirse de manera inconfundible.

Cada noche la taberna estaba más vacía, al igual que el pueblo. La mayoría de los jóvenes ya se había marchado –temporalmente– durante la sequía para trabajar en la llanura o en la ciudad. Ahora no regresaban. Los mayores permanecían dentro, tratando de expulsar la humedad de sus casas y el frío de sus huesos quemando los últimos leños secos en la chimenea. Una noche de abril, encontré a Fulgencio solo en su taberna junto a la iglesia, vacío y destartalado, pero limpio.

—Tenemos que hacerlo, Fulgencio. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Quizá los demás tengan razón, Ignacio: estás loco.

—¿Loco? Loco sería seguir como si todo fuera a arreglarse solo. ¿Tú crees en eso?

—La vez anterior se arregló.

—¡Sabes cómo ocurrió!

—No, no lo sé, Ignacio. No sé nada. Y tú tampoco. Solo sé que llevo dos años ganando casi nada, que me duelen todas las articulaciones y que este maldito pueblo se está desmoronando.

—Este maldito pueblo es donde nací, Fulgencio. Tú también.

—Nací aquí, pero no sé si quiero morir aquí.

Frotó la barra impecable hasta dejarla aún más limpia.

—Mi hijo y su esposa tienen trabajo en la ciudad. Tienen una casa. También hay sitio para mí.

No me miró. Bebí mi vaso y lo dejé sobre la barra. Un círculo húmedo quedó marcado en la madera.

—Hacemos lo que debemos hacer, Fulgencio.

Cerré la puerta tras de mí.

Toda la noche escuché el murmullo de la lluvia y el golpeteo de las gotas. Cuando salió el sol y la oscuridad se volvió un poco más clara, me levanté. Me afeité lenta y cuidadosamente y me puse una camisa limpia y mi viejo impermeable. Esperanza se removió en su camita; pronto despertaría, hambrienta e infinitamente curiosa.

La puerta de la pequeña iglesia siempre está abierta. Encendí una vela ante la imagen de la Virgen. Ruega por nosotros, pobres pecadores. La iglesia olía a humedad e incienso. Al levantarme, mis rodillas crujieron.

La luz de la mañana es ahora gris trucha y los adoquines brillan como escamas. Mis botas pisan terreno firme hasta el borde del pueblo y luego resbalan por el sendero del bosque. Aquí nadie ha estado en semanas. Mis huellas no son más que manchas sucias que pronto serán borradas. No vacilo; los lobos esperan. Haz que deje de llover, por favor.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

domingo, 8 de marzo de 2026

UNA NOCHE, EN DICIEMBRE DE 1994

Veronika Santo

 

Zora está acurrucada en el asiento del autobús casi vacío que serpentea a lo largo de la costa adriática. A un lado se extiende el mar azul y profundo del canal de Velebit; al otro se alza la montaña, blanca como un hueso y afilada como los dientes de un dragón. Han salido de Trieste hace varias horas y las luces de Zara ya están cerca. Luces como las de un árbol de Navidad pobre, porque en el norte de Dalmacia hay guerra y la ciudad ha estado rodeada por los enemigos durante demasiado tiempo y nada es ya como antes.

El autobús con el letrero “Dubrovnik line” se hunde como un cuchillo en la niebla tenue que forma una cúpula gris clara, casi invisible, alrededor de la ciudad. Hay de todo en esa niebla: vapor de los bombardeos, partículas de arena de los sacos amontonados delante de las ventanas, la quintaesencia de los muertos y de los heridos en el alma y en el cuerpo, el odio y la esperanza por el pasado y por el futuro.

Zora baja del autobús un poco antes de medianoche. No habría querido tomar uno que llegara de noche, pero el tren desde Roma tuvo retraso y ese era el último que se aventuraba hacia el sur, a lo largo de la costa adriática.

Es demasiado tarde para los autobuses locales, y los taxis hace tiempo que han desaparecido de la ciudad, requisados por los soldados o huyendo de la guerra. La estación está casi desierta, los andenes vacíos, las aceras llenas de colillas de cigarrillos de los soldados. Del único bar iluminado llegan voces masculinas, alteradas por el vino y la cerveza. Una señora anciana baja junto con ella. Zora ve que la esperan con un coche blanco estacionado no lejos de la acera. Mientras intenta decidirse a pedir que la lleven, el coche arranca y ella solo ve el brillo de las gafas del conductor que huye en la oscuridad de la carretera.

Hace frío. Un viento salobre empuja las nubes altas en el cielo y se siente el olor del mar como siempre, como en los tiempos en que la cúpula aún no existía. Eso le da valor. Zora se abrocha la chaqueta, se cuelga la mochila en la espalda, toma la valijita con la mano derecha y comienza a caminar. La noche alrededor es densa y silenciosa. Tiene por delante cuarenta minutos de camino antes de llegar a casa.

—¡Detente! —le ordena alguien, y se da cuenta de que delante de ella hay un puesto de control—. ¿No sabes que hay toque de queda? —pregunta una voz masculina iluminándole el rostro con una linterna.

—He llegado con el autobús desde Trieste —responde Zora señalando el que pasa veloz junto a ellos para continuar su viaje a lo largo de la costa.

—Muéstreme los documentos —dice el hombre acercándose—. Es peligroso deambular así de noche.

Zora saca los documentos y el muchacho los examina atentamente. Al acercarse, ve que no puede tener más de unos veinte años.

—¿Vive en Melada? —continúa él.

Zora asiente, cambiando el peso de una pierna a la otra. De la boca del muchacho sale vapor a causa del frío. Ella piensa que debería haber llamado a alguien antes de salir de Trieste. Pero al final… ¿a quién? Los padres son demasiado viejos y los hijos demasiado pequeños.

El soldado se vuelve hacia sus compañeros, que proyectan sombras en el borde de la carretera, y regresa con ellos llevándose los documentos de Zora en la mano. Los oye susurrar. Son tres y cada uno lleva una ametralladora al hombro.

—Uno de nosotros la acompañará —le anuncia el muchacho.

Debería sentir alivio. En cambio, se esfuerza por verlos mejor, pero las nubes cubren cada vez más el cielo y la única luz es el cigarrillo encendido de uno de los soldados. De la oscuridad se acerca otro hombre. Tiene el cabello rubio, pero no se distingue su rostro.

—Vamos —dice. Primero se acomoda la ametralladora en el hombro y luego recoge la valijita que Zora había dejado en el suelo.

Se ponen en camino. Zora empieza a pensar si debería preguntarle al menos su nombre y si debería darle las gracias. Tal vez tenían la tarea de acompañar a todos los pasajeros perdidos que llegaban durante la noche a Zara. Pero no pregunta nada, porque le parece que el soldado es de los que no hablan mucho. Su fusil ametrallador pesa sobre sus hombros con el cañón apuntando hacia la acera resquebrajada.

—Debemos ir todo recto hacia abajo y luego tomar la Vía de la XIX División —le informa el soldado después de unos minutos de caminata—. El camino por el centro es demasiado largo y creo que usted ya está cansada.

—De acuerdo. Es el camino más corto. Pasamos junto al cuartel —acepta Zora mirando de reojo el rostro del hombre. Parece un poco menos joven que el soldado que la detuvo en el puesto de control, pero no hay suficiente luz para verlo bien. Las nubes desgarradas y luego amontonadas de nuevo por el viento viajan veloces sobre ellos.

—Ahora ya no queda nadie en el cuartel —dice el soldado.

Caminan de nuevo en silencio. Ella sabe que la naturaleza del hombre es cambiante; mantiene los oídos atentos para percibir su respiración, que podría delatar intenciones puramente masculinas. Un soldado sigue siendo un soldado, decía su abuela; las guerras cambian, pero la naturaleza de los soldados permanece inmutable.

La calle se despliega silencios ante ellos, con las casas oscuras y las ventanas cubiertas para que no se filtre la luz. Ya es una costumbre cubrir las ventanas, aunque los ataques más fuertes contra la ciudad hayan cesado.

Zora conoce bien el camino. Deben seguir recto; después del tercer cruce girarán a la derecha para tomar la calle con los jardines y las casas de su barrio. En una de ellas seguramente la luz seguirá encendida. Ella abrirá el portón que chirría, cruzará el sendero de entrada con la pérgola y estará en casa.

Pero ahora sigue caminando con el soldado que empuña su fusil ametrallador. El aire es frío, enrarecido como si estuvieran en la luna. También la calle frente a ellos es lunar, desierta, con agujeros de granadas que aquí y allá se hunden y se alzan de repente como cráteres. Una o dos veces Zora tropieza, pero él ni siquiera roza su brazo para ayudarla, y eso la tranquiliza.

A la izquierda hay casas con ventanas muertas, un cruce, pero ellos siguen sin girar; pasan delante del edificio del antiguo matadero y luego un largo muro que oculta los edificios –con las máquinas detenidas desde el comienzo de la guerra– de una empresa textil. A la derecha, a la altura del matadero, está el cuartel del ejército nacional yugoslavo. Un ejército que ya no existe como tal. Edificios vacíos, parques abandonados, ventanas con los vidrios rotos que brillan a la luz de una luna esquiva: son los testigos mudos de la batalla que hasta poco antes había rugido entre la ciudad y el ejército que en el pasado tenía la tarea de protegerla.

El soldado ahora camina más despacio. De vez en cuando se detiene y mira con desconfianza hacia los edificios. Zora comprende que algo no va bien. El soldado se detiene de repente.

—Allí hay alguien —le susurra.

—Pero cómo —susurra Zora—, el cuartel está abandonado, se retiraron…

Pero él le hace una señal para que se calle.

Deja la valijita de ella sobre el asfalto y corre rápidamente, silenciosamente, en la oscuridad; ella se queda sola con el corazón y las manos heladas. Esconde las manos en los bolsillos del abrigo; el corazón está desnudo en la noche. Mira con los ojos muy abiertos hacia las ventanas negras para captar algún movimiento sospechoso; por momentos le parece distinguir sombras más claras que se deslizan detrás de los cristales rotos. No sabe si es real o si su inquietud abre la puerta a imágenes fantásticas.

Después de unos minutos que le parecen horas, él regresa, con pasos suaves de lobo.

—Aquel edificio de allí era la lavandería. Debo echar un vistazo alrededor. ¡Malditos! Parece que se han infiltrado otra vez en el cuartel. Es mejor que me espere dentro de la lavandería en lugar de aquí, en la calle —susurra, y le hace señas para que lo siga hacia el edificio bajo y blanco que se alarga siguiendo el muro del cuartel.

Zora se vuelve a mirar alrededor, desesperada. No quiere ir con él, pero no sabe qué hacer. Ahora empieza a tener miedo y ni siquiera sabe de qué: de la calle vacía, de las extrañas presencias en el cuartel o de la profunda oscuridad que se esconde detrás de las ventanas rotas.

Así, sin saber siquiera por qué, sigue al soldado que la precede con sus modos decididos y silenciosos. Al llegar a la entrada de la lavandería, él le hace señas para que se acomode allí dentro y desaparece de nuevo en la oscuridad.

Zora se aprieta en un rincón intentando ver algo, luego comienza a avanzar palpando la pared con la mano. El muro es frío, áspero. Bajo la mano siente la cabeza de un clavo: quizá aquí una vez estuvo colgado un cuadro. Se detiene, en parte porque comprende lo absurdo que es moverse en esa oscuridad desolada, en parte porque oye el ruido de botas sobre el asfalto. Alguien corre. ¿El soldado? ¿Hay alguien más? Alguien blasfema en voz baja. Oye el ruido de ramas que se quiebran y luego algo más… algo más. Disparos. Alguien ha disparado.

El instinto le sugiere esconderse, alejarse de la puerta, ir más hacia el interior, encontrar algún mueble y acurrucarse detrás. En cambio, sin saber siquiera cómo, se encuentra de nuevo sola en la puerta mirando hacia afuera con los ojos muy abiertos.

No se ve nada: solo las siluetas de los edificios abandonados y las copas negras de los árboles. Luego distingue a alguien tendido en el suelo. Zora alarga la mano como si quisiera arrancar el velo negro de la noche para poder ver mejor; luego comienza a caminar con incertidumbre: el miedo ha tejido a su alrededor una espesa telaraña que le impide moverse.

Tendido en el suelo hay un hombre con uniforme. Un soldado con el uniforme del ejército yugoslavo. El rostro no se distingue, pero Zora ve claramente una delgada línea de sangre que corre por el suelo. Su primer pensamiento es que quizá el hombre aún no está muerto y debería ser ayudado. Pero no logra acercarse. Las piernas no la sostienen.

Los suaves pasos de lobo atraviesan el patio y una voz le susurra al oído.

—No debes estar aquí. Están los otros. Ven. Debes esconderte. No te quedes aquí. ¡Muévete!

Y el soldado del nuevo ejército croata se mueve delante de ella hacia la lavandería como para darle el ejemplo. Zora lo sigue automáticamente.

Las nubes en el cielo se desplazan lentamente dejando una abertura sobre el rostro de la luna y sobre el rostro del soldado.

—No te muevas de aquí —repite él señalando otra vez un rincón de la lavandería.

—Pero creo que te he conocido —exclama Zora en voz baja—. ¡Tú eres Ivan! ¡Ivan Mandre!

El rostro de su compañero de escuela está arrugado, los ojos cansados y el cabello rubio ya ralo.

—He cambiado un poco —dice Ivan con amargura—. Pensé que no me reconocerías. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo —repite Zora—. Estaba oscuro, solo por eso no comprendí enseguida quién eras… —Es una mentira, se confiesa a sí misma. Ha envejecido, tan pronto, tanto. En voz alta solo dice—: ¿Y por qué no dijiste nada?

—Ahora entra —la ignora él—. Por favor. Han vuelto. Debo echarlos. Hablaremos después.

Zora entra otra vez en la lavandería abandonada y esta vez se sienta en el suelo frío. En la noche ha aparecido un rostro conocido y se siente menos inquieta. Claro que ese rostro tiene demasiadas arrugas y en los ojos se ven demasiadas heridas. ¿Habrá matado él a aquel hombre de afuera?, se pregunta. Entonces recuerda que hay un muerto a pocos pasos de ella. Pasos… otra vez. Silenciosos, furtivos. Dan vueltas alrededor.

Ella levanta la cabeza que tenía apoyada en las rodillas y escucha. Hay gente corriendo. Rápido. Feroz. Más de uno. Alguien grita. Se oyen disparos otra vez.

No puedo hacer nada, piensa Zora. No tiene armas y aunque las tuviera no sabría usarlas. No puedo hacer nada, se repite, solo escuchar. Y escucha. No tanto lo que ocurre afuera, sino lo que ocurre dentro de ella. Escucha el latido del corazón y su respiración. Existen dos mundos, piensa: uno con luces y camas suaves, con sopas perfumadas y café caliente. El otro con oscuridad, con jergones sobre cemento y tierra apisonada, con muertos que hacen guardia delante de una puerta. ¿Quién es el que divide a los habitantes entre esos dos mundos?

De pronto los pasos afuera se aquietan, los disparos cesan. Zora levanta la cabeza. Ahora solo están los crujidos del viejo edificio, de las ramas desnudas de un viejo castaño que se doblan con el viento y… los pasos ligeros que se acercan a la lavandería.

Una silueta negra se recorta con claridad en la puerta.

—Podemos ir —dice el hombre y avanza con seguridad hacia la valijita y la mochila, como si su mirada atravesara la oscuridad—. Te acompaño a casa.

Zora se levanta dolorida. Le parece que no siente las piernas. Mientras tanto intenta ver el rostro del hombre. No sabría decir por qué, pero de pronto ha tenido la fuerte sospecha de que ya no se trata de Ivan. Ese hombre se mueve con la ligereza de una sombra. Allí afuera han matado a Ivan y alguien está jugando con ella un juego misterioso y cruel.

El hombre la precede llevando la valijita; su paso es largo y ella se apresura detrás. En el patio intenta mantener la mirada fija en el portón inclinado que conduce afuera, hacia la calle. No quiere ver la silueta que yace cerca, porque le provoca no solo miedo sino también una alegría secreta; parece la primera señal en el camino que conduce hacia casa.

Vuelven a caminar, lado a lado, por la calle desierta. A la izquierda está el muro que bordea la empresa textil abandonada. A la derecha, poco después del último edificio del cuartel, hay un cruce y comienzan los edificios habitados.

Zora y el soldado caminan bajo la luna fría y ella no logra pensar en otra cosa que en el cuerpo muerto que yace detrás de ellos, en el patio del cuartel abandonado.

—¿Has matado a alguien? —pregunta Zora.

—He matado a muchos —responde el soldado después de un breve silencio.

—Quiero decir ahora. En el cuartel.

—Ahora no he matado a nadie —niega él después de un momento, y ella comprende que no quiere hablar de eso.

Entre las nubes, sobre sus cabezas, se abre una grieta y ella logra verle el rostro. Es Ivan, comprueba con alivio, porque por un momento había pensado que era otro. Luego lo observa mejor. Algo ha cambiado en su rostro: ahora está aún más pálido, más sufrido. Zora está segura de que no le ha dicho la verdad. Ha matado a ese hombre en el patio del cuartel, piensa; por eso le parece cambiado.

—Lo siento —dice Zora, levantando el cuello de la chaqueta al sentir que el viento nocturno se vuelve cada vez más frío.

—¿Por qué deberías sentirlo? Cada uno hace lo que puede. Tú tuviste que ir a Italia; trabajas allí, ¿verdad?

—Desde hace ya dos años —confirma Zora en voz baja.

—Y yo tuve que ir a la guerra. A veces parece que no hay elecciones.

—No lo sé —dice Zora, y se encuentra contándole los últimos dos años de su vida.

Él la escucha en silencio.

Ahora están cerca de las Vrulje, un parque de pinos marítimos que murmuran con el viento, y enseguida, una vez pasado el cruce, Zora puede entrar en la calle que la lleva a casa. Piensa que lo invitará a entrar y que su madre le preparará alguna bebida caliente.

—¿Crees que terminará pronto? —pregunta pensando en todo: la guerra, su trabajo en Italia, la cúpula que está a su alrededor, grandiosa e invisible.

—Dicen que antes del próximo verano debería haber una gran batalla —responde él, comprendiendo lo que ella pregunta—. Luego debería cambiar. Sí, cambiará.

Su paso se vuelve más pesado. Las botas de cuero negro manchadas de barro se detienen en el cruce. Las nubes vuelven a cubrir la luna y sus sombras caen sobre su rostro.

—Desde aquí puedes continuar sola —susurra él, y hay una nota de tristeza en su voz.

—¿Pero no quieres acompañarme hasta casa y tomar algo caliente? —pregunta Zora, mientras se siente, sin saber por qué, como aliviada.

—Debo volver —rechaza él mirando a su alrededor. Luego se vuelve hacia ella—. Han cortado el nogal de tu jardín, el que está detrás de la casa. No estés demasiado triste —dice mientras le entrega la valijita.

Zora recorre su calle bordeada de jardines y casas que conoce. Ve el portón verde que se abre bajo la pérgola ahora sin hojas, y ya se está abriendo la puerta de entrada hacia otro mundo. Un mundo de calor y, al menos parece, seguro. La madre y el padre la esperan, los niños ya duermen. Zora entra en el salón que conoce tan bien: el sofá amarillo, las pesadas cortinas en las ventanas y los estantes llenos de libros.

Sobre la mesita junto a la biblioteca hay, en un jarrón, una rama de abeto negro cortada en el bosque. El padre abre la portezuela de la caldera para añadir un trozo de leña y las bolas doradas, las que quedaron de los tiempos anteriores a la guerra, brillan a la luz del fuego.

—Mañana es Navidad —observa Zora—. Oh, Dios, es Navidad —repite como si lo hubiera descubierto ahora, mientras el padre añade leña al fuego.

Va a la habitación de los niños y acaricia con la mirada su sueño tranquilo.

Luego vuelve a la cocina. Los padres la miran y ella mira sus rostros buscando los cambios que se hayan producido desde el verano. El padre la abraza, la madre le pregunta por el viaje.

—Me acompañó hasta aquí desde la estación Ivan Mandre. ¿Recuerdas, mamá? El que iba conmigo al liceo.

—Imposible —la contradice la madre en voz baja—. Ivan murió hace algunas semanas en la batalla de Eslavonia del Norte. Me encontré con su padre el jueves pasado. Te has equivocado.

—¡Pero qué dices! ¡Estaba conmigo hace apenas diez minutos!

—El señor Mandre logró recuperar el cuerpo. Hicieron el funeral en Zara —precisa la madre, y su voz es dura. Luego se vuelve y va a la cocina.

Zora calla.

También el padre calla; tiene las manos detrás de la espalda, se da vuelta, quisiera poner más leña en el fuego, pero la caldera ya está llena. Zora mira bien la caja de la leña. Son ramas del nogal. La madre en la cocina vierte el té hirviendo en las tazas.

Zora siente cómo su sangre empieza poco a poco a calentarse. Piensa en lo que ocurrió esa noche, en el rostro blanco y sufrido de Ivan, en los disparos en el cuartel.

Luego pregunta:

—¿Todavía hay enfrentamientos con los rezagados aquí en la ciudad?

—Últimamente no —responde el padre—. Todavía hay combates en el norte. Desde el verano nos han dejado en paz. Solo que no hay agua. La traen con cisternas.

—Toma este té —dice la madre—. Caliéntate, caliéntate.

Y sus ojos dicen: sé que has visto algo, pero no nos lo cuentes ahora. Olvida, olvida. Zora comprende. Bebe lentamente la infusión y se calienta las manos alrededor de la taza. La ciudad está llena de muertos. Y ellos no quieren ser olvidados. Viven bajo la cúpula y cuentan sus historias a los vivos. Recuerda que Ivan había nacido el 20 de octubre de 1960. Tenía 34 años, un mes y veinte días de vivo y quince días de muerto. ¿Existe una suma que abarque todos los días, todas las noches de una persona, tanto viva como muerta?

Pasa una noche inquieta entre sueño y vigilia en su dormitorio frío.

Por la mañana se levanta temprano y se asoma al patio trasero. Sí. El gran nogal que había plantado su abuelo ha sido cortado. La tierra roja del jardín está cubierta de escarcha que brilla con la primera luz del día.

Zora mira el tronco gris del nogal recién cortado. Luego recuerda otras cosas que dijo Ivan. Dijo que habría una gran batalla antes del verano y que después todo cambiaría. Se pregunta: ¿cuántas batallas y cuántos cambios más?

Suspira. Esperará el verano y la gran batalla.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.