sábado, 1 de agosto de 2026

PASE EN PROFUNDIDAD

Daniel Frini

 

Mirá, me acuerdo como si fuera ayer. El Defe venía bien ese año. Estábamos para pelear el campeonato. Era, ya te digo… el año once, ¡no!, el doce del imperio de Tiberio César. El procurador de Judea era Poncio Pilato y Herodes era tetrarca de Galilea.

Lindo torneo, el de ese año.

Te puedo, aún hoy, decir de memoria la formación del Defe: con el uno Tomás Dídimo; en la línea de cuatro: Andrés Barioná, Mateo, Santiago el Menor y Simón de Caná; en el mediocampo, los hermanos Santiago y Juan Zebedeo y Bartolomé; y adelante Judas Tadeo, el flaco Jesús y Judas Iscariote. En el banco, estaba Felipe de Betsaida; y el DT era Simón “el Piedra” Barioná ¡Mirá los nombres que te digo!

Aquella tarde no me la olvido más. En ese entonces, la Copa de Judea se disputaba por zonas, y clasificaba a ocho equipos para la segunda ronda. Era un partido por cuartos. El Defe nunca había llegado tan lejos. Si había empate, alargue y penales. Nos tocó jugar contra los filisteos, que también estaban bastante afilados. Todos sospechamos que la mano venía pesada, cuando vimos quién nos tocó como referí: el Colegio de Árbitros del Sanedrín había designado a Caifás, que desde siempre nos tuvo entre ojos.

Nosotros éramos locales, pero como no teníamos cancha propia, el partido se jugó en el campito que está detrás del huerto de Getsemaní; y estaba claro que para los dos era como una final: Defensores de Galilea versus el Olímpico de Filistea.

El partido se jugó el primer día de la semana, después del sabbath; y lo empezamos, más o menos, a la hora nona.

El Piedra había propuesto un esquema bastante defensivo, con línea de cuatro, hasta ver cómo se plantaban los otros, que se nos vinieron encima de entrada. Fue un partido duro, trabado. Me acuerdo que ellos lo tenían a Ilubidi, que jugaba de siete y a un nueve de área, gigante, que se llamaba Goliat, que cabeceaba bárbaro; pero que Mateo, el zaguero derecho nuestro, dominó bastante bien todo el partido, sin mezquinarle pierna. El flaco Jesús le decía a cada rato «Pará un poco, che, que lo vas a lastimar», pero si no hacía así, el grandote se le iba siempre. Una sola vez lo perdió, y fue para que ellos abrieran el marcador.

Decí que nosotros lo teníamos al Flaco. ¡Qué jugador, mamita! Era un diez clásico, un volante ofensivo de aquellos, pero que bien podía jugar de enganche; e, inclusive, bajaba seguido a dar una mano, como un cinco, de tapón ¿viste? Un capo. Te ponía la pelota en el lugar y a la altura que vos le pidieras ¿A la entrada del área chica, en el otro palo del arquero y en el pecho? Ahí te dejaba el balón, aunque él estuviese en el lateral cambiado y al medio de la cancha. Le pegaba bien con las dos, y no era para nada comilón. Hacía muy buena yunta con Judas Iscariote, que era chiquito y rápido, y jugaba de insider.

Además –y esto hay que destacarlo– era un señor con mayúsculas. Nunca un pie de más, nunca un insulto. Él fue el que hizo anular el gol que le marcó a los moabitas ¿te acordás?, porque vio que el rengo Bartolomé estaba adelantado. Un caballero. Respetuoso del juego y de los rivales. Y mirá que le pegaban ¿eh?; pero él nunca, siquiera, un gruñido, nunca teatro, nunca quedarse tirado. En toda su vida le mostraron una sola amarilla, y fue por sacarse la camiseta para festejar un gol. Un abanderado del juego limpio.

Y aunque en ese partido le dieron para que tenga y guarde, se las ingenió para dibujar jugadas por todos lados. A Judas le debe haber puesto no menos de cinco pelotas de gol, claritas, claritas; de esas que solo tenés que empujar. Yo creo que ahí empecé a sospechar. Porque vos podés perder una, dos pelotas; pero ¡cinco! Le pifiaba, le pegaba a la tierra. Un tipo que era capaz de gambetear a diez y al arquero o hacer una emboquillad desde la media luna, no podía hacer esas cosas. Creo que varios olfateamos algo raro. A mí no me lo saca nadie de la cabeza.

Menos mal que a quince del final lo bajaron al Flaco en la entrada del área. Tiro libre y Simón de Caná que le pegó como nunca en su vida, ni antes, ni después. Uno a uno y al alargue, que fue durísimo, pero sin goles.

En los penales, el arquero nuestro, Judas Tadeo, estuvo enorme y tapó el primero y el tercero, pero el portero de ellos detuvo el segundo y el cuarto. El ocho de los filisteos, Abimelec, pateó el último de la serie de cinco y convirtió. Estaban arriba los otros por tres a dos. Le quedó la pelota a Judas Iscariote. Si lo hacía, forzaba a continuar los tiros; si no, perdíamos. Y ese fue el colmo: pateó una pelota mansita, a las manos del arquero. Nadie lo podía creer. ¡El muy turro regaló el partido! Hay quien dijo que le pagaron con unas cuantas monedas de plata. La cosa fue que el Defe nunca más volvió a llegar tan lejos

El campeonato lo ganaron los romanos, en una final contra los saduceos. Ni siquiera el Flaco pudo aspirar al el premio fair-play. Ese año se lo dieron a un tal Barrabás, que jugaba para los zelotes.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

DEVOLUCIÓN

Massimo Citi

 

No era, desde luego, la primera vez; al contrario. Era un verdadero rito, o algo semejante. Ocurría los jueves por la noche, hacia las veinte horas.

Se sabe cómo funcionan estas cosas: las compras del hogar tienden a concentrarse en un día específico de la semana y, salvo alguna necesidad particular o algún artículo que rompe la rutina al agotarse el martes o el miércoles, el noventa por ciento de lo que llega a faltar en un refrigerador promedio puede reponerse en una sola excursión. Era uno de los secretos de la vida doméstica que, casado desde hacía poco menos de un lustro, había aprendido con la práctica.

No me molestaba y me había acostumbrado a encargarme de todo yo solo: estacionar, hacer las compras a toda prisa con una lista preconcebida e infringir ligeramente la rigidez del mandato adquiriendo un par de productos fuera de la lista. Ambos trabajábamos y la vivienda era un regalo de mis acaudalados suegros; por lo tanto, no teníamos inconvenientes en permitirnos ciertos desvíos del presupuesto destinado a la gestión del hogar. En realidad, casi nunca representaba un gasto gravoso. Al no tener hijos y haber pospuesto bastante el momento «adecuado» para tenerlos, bastaba con reunir lo necesario –por lo general productos precocinados y listos en cinco minutos– para una pareja que, de todos modos, salía a cenar fuera al menos una o dos veces por semana.

Justo esa noche debía haber algo especial. Quizá la presentación de un comediante de moda o, más probablemente, el estreno de alguna película muy esperada. O tal vez la coincidencia de dos eventos imperdibles. El resultado era que incluso el estacionamiento subterráneo reservado para el supermercado estaba completamente lleno. Tras un breve recorrido, bajé al segundo nivel subterráneo. No me agradaba conducir en aquel laberinto de columnas, flechas, letreros y rampas demasiado estrechas. Tenía temor de rozar algún escalón o murete que se escapara del campo del espejo retrovisor, sin contar la posibilidad de que el pie resbalara del embrague justo durante una curva en bajada. No me gustaban las luces de sodio del estacionamiento subterráneo, que creaban sombras anaranjadas cruzadas, superpuestas y huidizas que confundían el perfil de las aceras y alteraban la percepción de la profundidad.

En el segundo nivel subterráneo la situación no era mejor. Había vehículos por todas partes, ordenadamente alineados en una larga fila sin interrupción. No había lugares libres, ni siquiera lejos de los ascensores. Deambulé un rato y terminé recorriendo los pasillos en sentido contrario al indicado por las flechas –amarillas, por supuesto– pintadas en el suelo. El hecho de que hubiera muy poco movimiento y ningún carrito rondando confirmaba mi hipótesis de que quienes llenaban el estacionamiento del supermercado eran, en primer lugar, los rezagados de aquellos hipotéticos eventos, derivados allí desde otros estacionamientos completos.

Comencé a preguntarme si me había equivocado de estacionamiento. Me detuve en medio del pasillo principal para verificar. El símbolo del supermercado, un rombo verde que inscribía las siglas de la cadena en letras amablemente redondeadas, estaba fijado muy alto sobre mi cabeza, confirmando que me encontraba en el lugar correcto. Pronuncié una grosería en voz alta con la ventanilla abierta: a mi alrededor no se veía un alma. ¿Qué debía hacer?

Tuve la tentación de desistir. La noche siguiente habría menos multitud. Pero la noche siguiente sería viernes. Nos reuniríamos con Gilda y Miki, como sucedía a menudo los viernes, o de todos modos tendríamos algún compromiso previo al fin de semana. Imposible. Y el sábado… ni hablar. Las compras del sábado son para la gente común.

Podía abandonar el vehículo en algún rincón muerto. Ya lo había visto hacer. No era especialmente peligroso. Mi compra solía ser rápida; se trataría de una media hora, no más. Sí… claro… ¿pero y si un camión de reparto…?

Automáticamente miré a mi alrededor. Había un par de camiones. Seguramente elegirían marcharse en el instante preciso en que yo abandonara el vehículo para subir al ascensor. Y comenzarían a hacer sonar la bocina con la obstinación característica de los conductores de camiones, atrayendo la atención de los vigilantes. Tal vez me irían a buscar, o tal vez… La idea de tener que ir al depósito de vehículos incautados al otro extremo de la ciudad, con las bolsas a cuestas para recuperar el automóvil embargado, me pareció simplemente escalofriante.

Nunca me había percatado, pero el estacionamiento continuaba. Existía un tercer nivel subterráneo. Las flechas mostraban un claro «–3» verde. Volví a encender el motor y bajé aún más.

Si tuviera que jurar haber visto realmente aquel «–3», sobre todo en mis condiciones actuales, no podría hacerlo. Es posible que me haya equivocado o tal vez ilusionado. Desde luego, llegado a este punto debo pensar que se trató de una alucinación. No puedo creer verdaderamente que alguien… O tal vez el tercer nivel subterráneo existe en verdad, al igual que el cuarto y… solo que se trata de algo normal, ordinario. Luces de sodio, olor a gasolina y a gases de escape, humedad y silencio.

Nada, ni un rincón libre. Golpee el volante con enfado, repitiendo la misma maldición pronunciada no más de cinco minutos atrás. ¿Pero era posible? ¿Era razonable? Las luces en esta parte del estacionamiento eran distintas. Tubos de neón manchados por los gases de escape y encerrados en rejillas metálicas grises como telarañas. Tenían un aspecto viejo, casi decrépito. Ningún foco encendido bajo los letreros que repetían el logotipo del supermercado. En su lugar, manchas en el suelo y en las paredes, el lejano sonido de gotas y rincones profundamente sumergidos en la sombra. Un lugar nada agradable. «Limpieza y modernidad» debía ser o haber sido el lema de aquel supermercado o tal vez de otros, no lo recuerdo. «Fresh & Clean», como cantaba Tom Waits. Bueno, me hallaba en el extremo opuesto del espectro, sumergido en el olor tenue pero nauseabundo de neumático quemado y diésel.

Recorrí el primer pasillo. Pacientemente al principio; luego, cada vez más incrédulo. La fila de vehículos ordenadamente estacionados no parecía tener fin: una interminable extensión de carrocerías vueltas uniformemente grises por la luz incierta y débil. Aceleré. El suelo del subterráneo había cambiado. El hormigón había dado paso a un pavimento resquebrajado y deteriorado. Charcos, grietas, fragmentos de baldosas color sangre de buey: los sentía bajo las ruedas, pero no me atrevía a detenerme.

El tercer nivel estaba desierto, en apariencia. ¿A quién pertenecían todos esos automóviles grises abandonados a oxidarse bajo una luz blanquecina? No sacaba ninguna conclusión ni formulaba hipótesis. Había resbalado en lo absurdo y me desplazaba por aquel mundo mecánico y crepuscular aferrado al volante de mi vehículo, el único aún vivo en un amenazante y grotesco cementerio de automóviles olvidados, a la espera de una señal del retorno a la realidad.

Avanzaba ya a una velocidad bastante elevada, marcada por la frecuencia con la que el reflejo de los tubos de neón se encendía en mi parabrisas. Si alguien hubiese aparecido de pronto entre un vehículo y otro, no habría logrado frenar ni esquivarlo. Pero no ocurriría: ese nivel no formaba parte –aunque fuese solo provisionalmente– de nuestro mundo. Con el rabillo del ojo seguía el movimiento invariable de las columnas y de los automóviles a mi alrededor. Una hipótesis, aún más absurda que las que se habían formado en mi mente desde que me hallaba en aquel lugar, había comenzado a acompañarme y, aunque me aterrorizaba, también me sentía atraído y fascinado por ella. Quizá mi trayecto no era realmente rectilíneo como me parecía. Tal vez estaba recorriendo una curva tan amplia que resultaba imperceptible, un arco infinito que me conduciría a otro lugar y a otro tiempo.

Me invadió una excitación delirante, una sensación de poder y seguridad que me llevó a olvidar que me encontraba a bordo de un vehículo impulsado por una cantidad finita de energía y combustible, y que, aun si mi recorrido potencial hubiese sido infinito, no lo era yo ni lo era mi automóvil. Con la mente nublada, probablemente hipnotizada por el ritmo regular de las luces, los automóviles y las columnas, me erguí para sentarme mejor, lancé una mirada de desafío a la oscuridad inerte que se congregaba más allá de la última fila de tubos de neón encendidos y aceleré aún más. Por primera vez intenté comprender de verdad la naturaleza de aquel lugar y descifrar qué tipo de vehículos se hallaban reunidos en aquel absurdo e imposible santuario del automóvil.

Las columnas de sección cuadrada eran las mismas que formaban la estructura de la titánica fábrica de los años treinta donde se habían instalado un supermercado, una larga hilera de tiendas, varios cines, un fragmento de universidad, exposiciones, muestras, ferias y muchas otras cosas. Sin embargo, no eran pocas las áreas todavía cerradas e inaccesibles. Por ejemplo, aún no era posible acceder a la segunda rampa en espiral que conducía desde la planta baja hasta la pista situada en la azotea. La había visto de pasada una mañana mientras deambulaba aburrido a la espera de que Luisa terminara sus compras en compañía de una amiga. La segunda rampa estaba justo detrás de una puerta cortafuegos pintada de rojo, que alguien había dejado descuidadamente abierta.

Columnas, suelo y paredes no habían sido repintados, y la rampa, simétrica a la iluminada que descendía en medio del centro comercial, tenía un aspecto mugriento y descuidado, y se hallaba parcialmente sumergida en la oscuridad. Permanecí unos segundos observándola mientras por mi mente pasaban pensamientos extraños, probablemente tan absurdos como el lugar en el que me encontraba. En este momento no recuerdo ninguno, solo permanece la sensación de una vida mineral, paciente y olvidada, que resistía al paso del tiempo. Lo que sí recuerdo es que me alejé de la puerta roja con una sutil sensación de culpabilidad, como si me hubiese atrevido a espiar algo que ya no estaba hecho para ser visto por ojos humanos. Algo familiar, pero que con el correr de los años había desarrollado una naturaleza profunda e inasible. Algo que se había vuelto incognoscible a pesar de poder ser investigado sin dificultad.

Los vehículos. Modelos familiares, automóviles que hasta unos treinta años atrás habían circulado por nuestras calles. Automóviles con un nombre sencillo y concreto. Un número de tres cifras o de cuatro. Los reconocí, pero no experimenté la sensación de tenue nostalgia, un poco insulsa, asociada a los evocaciones demasiado fáciles. Esos vehículos –sombríos, rayados, incrustados de mugre– no eran los medios de transporte domesticados y bien conservados de algún coleccionista. De ellos emanaba una sensación de frío, de impasible y lívida soledad casi palpables. Me esforcé por mirar más allá de las primeras filas, por reconocer otros modelos. Tuve que forzar la vista, incluso reducir la velocidad mientras sentía que el corazón se me daba un vuelco. Si hasta ese momento habría podido creer que de algún modo había terminado en un depósito de automóviles viejos absurdamente olvidado en lo profundo del subsuelo de la ciudad, las formas y perfiles de los vehículos más lejanos a los pasillos del subterráneo me convencieron definitivamente de haber terminado en Otro Lugar, un otro lugar del cual probablemente no lograría regresar jamás.

El diseño de un automóvil responde a pocas normas, fácilmente definibles. Una lógica «interna» debida a la existencia de un motor, un árbol de transmisión, cuatro ruedas, un habitáculo y un maletero. Una lógica «externa» debida a la necesidad de atravesar el aire sin comprometer la estabilidad ni consumir demasiado combustible.

Aquellos automóviles, alineados detrás de los modelos más familiares, parecían escapar en parte o por completo a esas pocas normas. Habitáculos inexistentes o salientes de las formas más grotescas; motores absurdamente complicados que sobresalían de los capós como vísceras expulsadas del vientre, incrustados de grasa negra y polvo; automóviles sin ventanillas ni parabrisas, ciegos como larvas disecadas; vehículos asimétricos, torcidos y absurdos, con la variedad de ruedas más increíble que jamás hubiera visto. Monstruos, pesadillas, caprichos de una Madre Naturaleza mecánica que nadie podría haber montado, ensamblado o pintado. Un museo infinito de posibilidades mecánicas nunca imaginadas y tampoco nacidas, una galería de horrores que no habían logrado materializarse en la mesa de dibujo de ningún ingeniero, pero que estaban presentes en el juego: sombras sin cuya existencia posible, sumergida y oscura, nuestro mundo –el mundo «normal», cotidiano, hecho a nuestra imagen– nunca habría podido existir.

Volví a acelerar y finalmente comencé a buscar alguna señal del mundo del que provenía. Una posible salida, un pasaje. Si había sido posible alcanzar aquel inframundo de oportunidades perdidas, debía ser igualmente posible dar con el número que me devolvería al universo de las posibilidades ocurridas. Al menos, eso es lo que me ilusiona creer. Pero no. Otras rampas descendían hacia ulteriores grados de improbabilidad. Hacia un nivel 4, 5, tal vez hasta el infinito. De esos pasajes surgían de pronto luces que se deslizaban sobre las columnas y los techos; probablemente faros descontrolados de vehículos cada vez más alejados de las normas que sostienen nuestro universo. En el aire, frío y seco, el único ruido era el latido del motor de mi automóvil... que me era devuelto multiplicado y amplificado por las paredes y los vehículos inmóviles.

No sabría decir cuánta distancia he recorrido en busca de un pasaje hacia nuestro mundo. El cuentakilómetros inexplicablemente se ha detenido. Llevo horas y horas conduciendo sin parar, sin reducir jamás la marcha ni detenerme. Siento pavor de lo que podría ocurrir si el motor se apaga o si me viese obligado a salir del habitáculo de mi automóvil.

Apenas por encima de mí –a solo unos metros– el mundo de luces, plástico, olor a patatas fritas, palomitas de maíz y café que nos resulta familiar continúa su danza, ciegamente ignorante de los miles de millones de pasados posibles que ha dejado tras de sí.

Conduzco, continúo conduciendo mientras escudriño la penumbra en busca de un letrero con la leyenda «–2». Aún no estoy demasiado cansado; todavía puedo albergar esperanzas.

Si me veo obligado a detenerme…

Mientras sea un pasajero de este mundo, mientras me mantenga en movimiento, encerrado en mi burbuja de realidad, seré solo un incidente insignificante y perfectamente reversible, un caso entre miles de millones. Pero debo continuar; no puedo parar. Este mundo no debe percatarse de mi existencia. No podré detenerme. No puedo detenerme.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 

EL RONQUIDO

Armenuhi Sisyan

 

El ronquido comenzaba desde las profundidades, luego aumentaba constantemente y después estallaba de un modo terrible. Lo repetía con sorprendente exactitud, sin cambio de tono ni de ritmo. Parecía que algo afinaba su ritmo con un metrónomo. Era una imperfección perfecta, una cacofonía armónica. ¡Ay del oído que se despertaba! Y el oído lo estaba, aunque ansiaba dormirse. Ansiaba retractarse de su educación musical, de su tímpano, de sus importantísimos huesecillos que recibían las ondas sonoras y que estaban en el oído interno. Sí, ¡era como estar sordo! Porque el ronquido era más que una descarga de fusil, que el trueno de las nubes tempestuosas, que el golpeteo simultáneo de innumerables cascos.

El oído era mujer y sabía resistir. Y resistiría y resistiría heroicamente. Pero el ronquido ya no era soportable. Oh, Dios, era imposible soportar las subidas y bajadas de aquellos sonidos ignorantes. Primero se oía un silbido sordo, luego una cuerda mal tocada, después venía una caída desordenada e irregular de notas desconocidas. Y cuando el ronquido alcanzaba su agitación musical, parecía que el oído se volvía loco. Entonces el ronquido se repetiría una y otra vez, y arrastraría lo infinito de la noche a través de su elasticidad hinchada, y la noche se resolvería en lo infinito del ronquido, convirtiéndose en una pesadilla desordenada.

Primero, la mujer intentó moverlo, pero ¡ay! El ronquido era más poderoso que su intento. Entonces volvió a intentarlo, un poco más fuerte. El ronquido se convirtió en un gruñido de disgusto y volvió a su lecho. Esta vez la mujer simplemente lo empujó. Por fin se hizo el silencio. ¡Oh, el silencio es el sonido más hermoso de todo el mundo! ¡Qué perfección! La mujer apoyó apasionadamente la cabeza en su hombro, lo abrazó agradecida y cerró los ojos. Unos segundos prolongados y allí estaba de nuevo. Entonces la pausa fue sólo una preparación para una nueva variación mejorada. Esta vez el ronquido se convirtió para ella en un hombre de verdad; un hombre duro, severo y rígido. Ahora el ronquido era jactancia y amenaza; ahora era indiferencia e incomprensión. Y la rebelión femenina se convirtió en una sincera autodefensa, y ella empezó a sacudirle el hombro, la espalda. Él retrocedió un momento, escuchó las quejas de la mujer, y luego, indiferente, se volvió hacia su otro lado, estallando de nuevo con su gruñido. Ahora la mujer se rebelaba abiertamente, sacudiéndole el hombro, tirando y empujando de su brazo. Se calmaba durante un rato, pero al momento siguiente todo volvía a empezar. El ronquido disfrutaba de su cómodo lecho, y ahora salían de su garganta algunos bufidos bestiales y otros sonidos inhumanos y autocomplacientes. El ronquido seguía y seguía, serruchándole el cerebro con su sorda reproducción. La mujer sensible se desesperó. Sus nervios se sobrecargaron; sus sentimientos se agudizaron aún más. Y toda su vida pasada se desplegaba en el escenario nocturno, se hacía clara a la luz de la noche. Todo había sido exactamente como era ahora. El hombre nunca la había comprendido, y no era capaz de meterse en la piel de otra persona, y siempre había estado dentro de los límites de su ronquido que era siempre auto-encantado e inmutable. Siempre confinado a su mundo, jamás había visto nada fuera de él, ni siquiera había intentado ir más allá. Sus esfuerzos siempre habían sido en vano, y ahora solo le quedaba la amargura de interponerse en su camino, una amargura que se intensificaría con el paso de los años.

El ronquido proclamaba la convencida rectitud del hombre. Ahora era una descarga constante, indiferente a todo, una victoria de la limitación. A la mujer le parecía que había claudicado ante la fuerza del hombre, que siempre había estado sola con su dolor, y que el hombre siempre había dormido en el reino de su descanso, apoderándose de la parte del descanso que le pertenecía. Y la mujer insomne ​​odiaba la noche; odiaba al hombre llenándole los oídos con su ronquido; odiaba su propia paciencia servil y se puso algodón en los oídos. Los oídos no continuarían soportando el ronquido, el oído era una mujer.

Armenuhi Sisyan nació en Armenia. Es escritora, poeta y profesora de Lengua Armenia en la Universidad Médica Estatal de Yerevan. Autora y coautora de varios manuales de capacitación para estudiantes. Ha publicado ocho libros. Sus obras están traducidas al inglés, japonés, francés, italiano, chino, polaco, ruso, alemán, persa y albanés. Es Miembro de la Unión de Escritores de Armenia desde 2007, de la Junta de la Asociación Internacional de Escritores Pjeter Bogdani en Bruselas (IWA), de la Japan Universal Poets Association, (JUNPA), en Kyoto. Narraciones y poemas suyos aparecen con frecuencia en las principales revistas literarias armenias y del extranjero. Entre sus libros publicados pueden mencionarse: Un puñado de luz (2006, novelas cortas y poemas en prosa; Harahos (2007, cuentos); ¡Oye, Noé! (2012, cuentos); De vuelta al cielo (2016, novela).

 

viernes, 31 de julio de 2026

BARRO DE LA TIERRA

Ruben De Baerdemaeker

 

Para Finn, romántico hasta la médula

 

En lo más profundo de sí, Phineas Oudenwereldt era un alma romántica y creía (aunque jamás lo habría expresado con semejante pomposidad) que por el arte había que sufrir, al menos un poco. Un escritor no escribe para ganarse el pan; un escritor escribe porque necesita escribir. Y si no gana un centavo con ello, si por el contrario renuncia a su empleo de tiempo completo y a la comodidad económica, eso no hace más que engrandecer su condición de escritor. Lo que pierde en ingresos lo gana en integridad, y Oudenwereldt ya había hecho su elección.

Sin embargo, mañanas como aquella eran difíciles. Noviembre es, de todos modos, el mes más cruel (diga lo que diga T. S. Eliot; él nunca había sido pobre), y el brusco descenso de la temperatura le hizo pensar en la factura del gas. Cuando despertó, la mañana ya estaba bastante avanzada, pero la luz gris prometía uno de esos días que nunca llegan a aclarar del todo. El perro levantó la vista cuando Phineas bajó la escalera arrastrando los pies y volvió a echarse en su cama. Phineas interpretó aquella falta de entusiasmo como un reproche evidente; buen animal, aunque siempre había tenido algo de pasivo-agresivo.

Solo quedaban cereales en casa, y otra vez se había acabado la leche. En realidad, la leche se había acabado hacía varias semanas, pero era una de esas compras insignificantes que daba pereza hacer. Preferiría, al estilo de Bukowski, echar un resto de Jack Daniel's sobre los cereales, pero no le gustaban las bebidas fuertes y, además, ¿sabías cuánto cuesta una botella hoy en día?

Naturalmente, tampoco ayudaba que la noche anterior hubiera terminado otra vez demasiado tarde. Había sido el cumpleaños de alguien (siempre era el cumpleaños de alguien), así que había habido la fiesta obligatoria (siempre había alguna fiesta), y Phineas había vuelto a ser completamente Phineas. En su cabeza palpitaban, como bajos atronadores, fragmentos de recuerdos, unos más vergonzosos que otros. Lo que una pista de baile puede hacerle a una persona, a un escritor… No, esas fiestas, a partir de cierta edad, se pagan al contado, y la cuenta bancaria de su resistencia física llevaba ya tiempo entrando regularmente en números rojos.

El gran Phineas Oudenwereldt estaba descalzo junto a la encimera, intentando tragarse un puñado de cereales secos, sin éxito. Al final se inclinó sobre el grifo y empujó el engrudo hacia el estómago con agua del grifo.

Desayuno de campeones.

El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Al parecer, ya habían aparecido las fotos de la noche anterior. Vio una versión de sí mismo sin camisa, pero con un sostén rodeando su torso desnudo. Claro, una fiesta temática oben ohne; las fiestas temáticas siempre son las mejores. Si alguna vez había tenido una imagen pública, acababa de hacerse añicos. Ningún escritor serio desde Hemingway se había dejado fotografiar con el torso desnudo; y Hemingway, por lo menos, no llevaba sostén. ¡Ja! ¡Larga vida a los márgenes oscuros del mundo literario!

El teléfono volvió a iluminarse en su mano. Llamaba Alvo, su editor, nada menos. Aquel buen hombre llevaba una editorial por puro amor a los libros y, precisamente por eso, jamás había obtenido beneficios.

No, ahora no.

Los cereales se le pegaban a las cuerdas vocales y el desprecio hacia sí mismo se le adhería a la lengua.

El perro abandonó el tratamiento del silencio y se acercó trotando hacia él.

La nieve mezclada con lluvia golpeaba el cristal.

Por eso lo llaman un tiempo de perros.

El escritor y su perro caminaron lentamente junto al Escalda. Con aquel tiempo, por suerte, no había corredores y los ciclistas eran escasos. Avanzaron junto al largo muro del cementerio, cada uno perdido en sus pensamientos. Aquel brazo del Escalda era poco más que un arroyo fangoso en una llanura de barro marrón, llena de juncos y bolsas de plástico, y probablemente con suficientes metales pesados como para envenenar a todo Gentbrugge. La corriente que había engrandecido a Flandes. Explicaba muchas cosas y constituía una metáfora perfecta.

Oudenwereldt sintió el cosquilleo, el impulso, el deseo, la necesidad de escribir.

El Escalda muerto serpentea junto al cementerio. ¡Qué imagen! ¡Qué frase!

Tenía hambre de frases, de jugar con las palabras. Ah, la vida es un juego de palabras, un juego del destino, un juego de la ortografía, el tejido de una maraña verbal… ¡El sentido de la vida es la vida de una frase!

Phineas apresuró el paso de regreso a casa, persiguiendo a la musa, empujado por el gélido viento del norte de la inspiración. Hasta el perro comprendió que había prisa.

Ni siquiera se quitó el abrigo. Se sentó en su silla de escribir, ante su escritorio, que en realidad no era otra cosa que la mesa de la cocina, y abrió su vieja computadora portátil.

Sus dedos golpearon el teclado con frenesí.

«El Skaäldaa había engrandecido el reino de Goandabrugia, pero ahora no era más que una corriente fangosa junto al inmenso cementerio...»

Junto a la computadora comenzó a sonar el teléfono.

Sin pensarlo, Phineas deslizó el dedo por la pantalla.

Aceptar llamada.

Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Pasearse mientras hablaba por teléfono daba una agradable sensación de importancia.

—¡Alvo! Justamente estoy escribiendo un nuevo cuento. Fantasía, pero metafórica. Habla del mundo, aunque en realidad no. Tiene algo de cli-fi, algo de distopía, ¿sabes?

—¡Por fin contestas! ¡Intento llamarte desde anoche!

Anoche. Claro.

—¿Recuerdas que la semana pasada te hablé de unas posibilidades de publicación internacional? —Alvo, que en persona era más bien bajo de estatura, soñaba a lo grande. Eso era precisamente lo que Phineas apreciaba de él: su grandeza imaginativa—. Mientras tanto he hecho algunos contactos. Un viejo amigo en HarperCollins. Estaban entusiasmados.

—¿Entusiasmados? ¿Cómo que entusiasmados?

—Van a comprar los derechos para publicar el libro en inglés. Gran campaña de promoción, todo el paquete...

—¿HarperCollins?

—Sí, sí, pero eso es solo por el libro. También estamos negociando los derechos cinematográficos. Para tres de tus cuentos el acuerdo ya está cerrado; seguimos trabajando en otros dos.

—¿Los derechos cinematográficos?

—Sí. Bovenlijf, ese relato corto, ya deja por lo menos dos millones. Warner Bros. lo quería a toda costa. Para los demás estamos negociando con Netflix. En total –libro más películas– vas a ganar, como mínimo, quince millones. Y eso solo para empezar. ¿Te haces una idea?

Phineas tragó saliva. Los cereales le pesaban en el estómago. La lengua le parecía un lenguado hundido en el barro.

—Alvo, te llamo luego, ¿de acuerdo? Justo estaba inspirado con un cuento.

—Claro, déjalo reposar un poco. Yo me encargo del resto y te aviso cuando necesite tu firma.

Phineas volvió a dejarse caer en la silla. El cursor parpadeaba; primero de manera invitadora, luego, con el paso del tiempo, como un reproche y, finalmente, con burla. Se quedó mirando la pantalla.

El Skaäldaa, Goandabrugia... Lo había visto todo con absoluta claridad, pero la imagen había desaparecido. Solo quedaba una pantalla que se burlaba de él con su forma rectangular. Aquello no iba a ninguna parte. Un día perdido. El dolor de cabeza, que hacía un momento parecía haber remitido, regresó con fuerza. Phineas tragó saliva. Tomó el teléfono y abrió el chat del grupo. El cursor brillaba. Con dedos temblorosos escribió:

«¿Fiesta, alguien? Tema: ¡el dinero no da la felicidad! Traigan billetes y un encendedor. ¡Corran la voz, compartan el amor!»

El perro lo miró lleno de expectativa.

Sobre el suelo de la sala había quedado un rastro de huellas de perro y de suelas de zapatillas gastadas, dibujadas en la nieve derretida y el barro que empezaba a secarse.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

TRASCENDER ES EXISTIR

Angélica Guzmán Reque

 

Te asomas a la ventana, como acostumbras y, sin quererlo presencias un fatal accidente. Inmediatamente, tus recuerdos se hacen presentes con una frase de Hegel, el filósofo que te agrada: “muerte y mundo se unen en uno solo por la esperanza o el pensamiento de trascendencia de la existencia”. Aquella contemplación, unida a la frase, te produce cierto desasosiego. El aire fresco de la mañana ya no te es indiferente y tu cuerpo experimenta un aprendizaje que siempre indagas. El aire golpea tus sienes, rozando las cortinas, sonidos y murmullos lejanos que provocan aún más tu intranquilidad.

La calle se llena de gente. Poco a poco todo cambia, sin embargo, el árbol frente al edificio permanece con su rama torcida que parece resistirse al crecimiento ordenado. El perro atado a la reja de la casa de la esquina no ladra, aúlla de manera lastimera. Las ventanas de las casas vecinas permanecen cerradas, como cuando los párpados se niegan a abrirse.

Todo parece continuar y, esa continuidad te produce cierta incomodidad inesperada. Piensas, sin saber por qué, que las cosas persisten con demasiada facilidad. Ajenas a lo que acontece, inclusive al llanto de la gente o al sonido de las sirenas de las ambulancias.

Cierras la ventana y tus pasos se dirigen a la cocina. El reloj colgado en la pared lateral marca las ocho y diez. Hace tiempo que atrasa cinco minutos, pero nunca te molestaste en corregirlo. Gustas de esa pequeña falla, ese error constante que no te altera en nada y, sin embargo, está siempre ahí. Preparas café, dejas que el agua hierva unos segundos más de lo necesario, como si el tiempo pudiera estirarse y uno lo mirara de frente.

Mientras sorbes el café, observas tus manos. No presentan nada en particular, salvo unas manchas claras cerca de los nudillos que no recuerdas haber tenido antes. Las tocas con el pulgar, sin dolor, sin sorpresa. Comprendes que tu cuerpo sigue su propio ritmo, mientras puedas ocupar el tiempo de otras cosas. Vivir, piensas, debía parecerse mucho a eso de estar presente solo a ratos.

Sales del departamento con la sensación de olvidar algo importante, aunque no logras identificar qué. En el ascensor ves tu imagen reflejada en el espejo opaco de la pared. No te reconoces del todo, pero tampoco te resulta extraño. Es un rostro que viste muchas veces, uno que va modificándose de manera discreta, sin pedir permiso. Viene a tu mente todas las versiones anteriores de ti mismo, las que quedaron atrás, acumulándose, como capas invisibles.

Ya en la calle, el movimiento de costumbre no llama tu atención porque casi es el mismo, por lo que se absorbe con rapidez. Gente que camina de prisa, como queriendo alcanzar algo importante, autos detenidos en un semáforo, un vendedor ambulante que repite su discurso, con una precisión mecánica. Todo parece funcionar bajo una lógica que no admite interrupciones. Caminas sin rumbo fijo durante un tiempo, alejando tus pasos sólo por el hábito de avanzar, hasta que te detienes frente al escaparate de una vieja librería. La observas con curiosidad porque no recuerdas haberla visto antes, aunque es probable que siempre hubiera estado allí.

Entras. El lugar huele a papel húmedo y a polvo conservado. Los estantes repletos de libros desordenados, algunos apilados en el suelo, otros inclinados, como cansados de sostenerse. Pasas los dedos por el lomo de algunos de ellos, sin leer los títulos. Piensas que, cada uno contiene una vida entera, una existencia condensada en páginas que, quizá ya nadie abre.

Sigues la vista y, en un rincón percibes una caja que dice: fotografías antiguas. Las tomas sin pedir permiso. Rostros desconocidos te miran desde otros tiempos: bodas, cumpleaños, viajes que no sabes si sucedieron. Detienes tu mirada en la imagen de una familia sentada frente a una casa que ya no existe. Todos sonríen con una serenidad que te resulta inquietante. Piensas que, de algún modo, estarían muertos dos veces: una en el mundo real y otra en la memoria de quienes los conocieron.

Dejas la foto en su lugar y sales, sin comprar nada. Afuera, el sol comienza a declinar, y esa leve variación de la luz te hace pensar en la fragilidad del día. Comprendes que la mañana ya terminó, sin que se diera cuenta.

Buscas un lugar donde sentarte y encuentras un banco en un paseo alegre. Apenas te sientas, suena tu celular. Es la llamada de un amigo, breve, casi formal. Un antiguo conocido te informa que alguien falleció. No era un amigo cercano, apenas un nombre asociado a otro tiempo, a una etapa que crees ya cerrada. Apagas y te quedas mirando el teléfono durante algunos minutos, como si el objeto pudiera añadir algo más a la noticia. No sientes tristeza inmediata, solo una especie de un vacío atento, como si tu cuerpo se preparara para una emoción que no sientes.

Decides asistir al entierro al día siguiente. No por obligación, sino por una necesidad difícil de explicar para ti mismo. Quieres ver qué aspecto tiene el final, cuando ya no te pertenece.

El cementerio está vacío. Miras las lápidas alienadas con una precisión que te parece excesiva, como si incluso la muerte necesitara orden. Observas a los pocos asistentes: rostros serios, gestos contenidos, palabras medidas. Nadie solloza. La muerte, piensas, se volvió discreta, casi educada ¿Será siempre así?, te preguntas.  

Durante la ceremonia, te sorprendes mirando el cielo. No esperas nada de él, pero te resulta tranquilizador comprobar que sigue allí, indiferente al ritual que se desarrolla debajo. Cuando todo termina, te quedas un momento más, no sabes qué hacer con ese tiempo que parece sobrar. Piensas en la persona que acaban de enterrar: en tu infancia, sonríes, en tus días comunes, en tus pensamientos que nunca serán conocidos por nadie más. Toda una vida reducida a un espacio exacto en tus vivencias y sobre este espacio llamado Tierra.

Al regresar a tu casa, notas el silencio de manera diferente, no como ausencia de ruido, sino como una presencia densa. Cada objeto parece ocupar un lugar más extenso que el habitual. Buscas el sofá, te sientas, mientras miras la pared frente a ti. No hay nada allí, sin embargo detienes la vista. Comprendes que piensas en tu propia muerte, no con miedo, sino con curiosidad serena, no como un evento futuro, sino como una certeza de que te acompaña desde siempre.

Los días transcurren con una lentitud extraña. Continuas con tu rutina diaria, pero cada gesto parece adquirir un peso distinto. Lavar tus manos, cerrar una puerta, esperar en un semáforo. Todo te parece significativo por el simple hecho de estar ocurriendo. Comprendes que existir no es otra cosa que atravesar una sucesión de momentos que no siempre piden ser comprendidos.

Decides ordenar tu departamento. No porque estuviera desordenado, sino porque necesitas tocar tu propias cosas, confirmar que siguen allí. Encuentras objetos que no recuerdas haberlas guardado: una carta sin abrir, una llave que no sabes a qué puerta pertenece, una libreta con páginas en blanco. Te sorprende que nunca la hayas usado. Piensas que, de algún modo, esas páginas vacías son una forma del futuro que ya no te pertenece.

Al anochecer vuelves a abrir la ventana. El aire entra igual que siempre. La calle sigue allí, persistente. El árbol, el perro, las ventanas cerradas. Nada cambia, y sin embargo tú sí, no de manera visible, sino en un lugar más profundo, difícil de señalar.

Sientes que la muerte no era lo opuesto a la existencia, sino su límite, la forma que le da sentido. Que vivir no consiste en huir de ella, sino en aceptar su compañía silenciosa. Cierras la ventana con cuidado, como si no quisieras molestar a nadie, ni a nada.

Antes de irte a la cama miras el reloj de la cocina. Marca las ocho y diez. Sonríes apenas, pero no corriges la hora.

Apagas la luz.

Y el mundo, fiel a su costumbre, continúa.

Angélica Guzmán Reque es una escritora boliviana de marcada trayectoria en la literatura infantil y juvenil. Profesora de letras. Licenciada en psicopedagogía. Diplomada en Educación Superior y Master en escritura creativa. Autora de cuentos infantiles y juveniles, leyendas sobre la naturaleza y su origen, poesía infantil y novelas cortas infantiles y juveniles, incursionó en la literatura histórica; la investigación, ensayos de distinta naturaleza y Reseñas literarias de Literatura Latinoamericana en Editorial BGR de España. Ha publicado una veintena de obras personales, entre cuentos, leyendas y novelas infantiles y juveniles. Figura en Antologías nacionales e internaciones. Textos de lenguaje y literatura para primaria y secundaria. Con la Editorial El Paúro y Comunicarte.

 

21

Gianluca Vici Torrigiani

—¿Puede oírme?

—Sí.

—Bien. ¿Cómo se siente?

Hubo un instante de silencio. Su mirada permanecía perdida en un punto indefinido frente a él.

—No sabría decirlo. Creo que todo funciona. En fin, supongo que así es como debería sentirme.

—Bien. ¿Podría decirme cuál es el primer recuerdo que tiene? Le ha llevado casi cuatro días tomar conciencia de sí mismo, si es que esa expresión puede aplicarse a alguien como usted.

—Luces confusas. Y colores. Luego, unas voces. Pero al principio no conseguía entender lo que decían.

—Interesante. Dígame, ¿sabe quién es? ¿Conoce su nombre?

Vaciló unos instantes más.

—Me parece... ¡Sí! Me parece que me llamo Sujeto 21.

—Sí, en cierto sentido ese es su nombre. O, mejor dicho, es el nombre de las matrices de personalidad que le han sido implantadas. Han tardado un poco más de lo previsto en activarse, pero eso ya no importa. Ahora está aquí y, si se siente con ánimo, querríamos hacerle algunas preguntas y someterlo a unas pruebas. Siempre que esté de acuerdo.

—Sí, ningún problema.

—Muy bien.

Tomó una cartulina con una mancha de tinta.

—¿Qué ve?

—Mmm... Parece... Mmm... ¿Una mariposa? O, al menos, un par de alas.

Gil y Kane, los dos investigadores que se encontraban detrás de la consola de control, intercambiaron una mirada de asombro.

—Interesante —continuó el profesor Ethan—. ¿Y ahora qué ve?

Le mostró otra lámina con una mancha distinta.

—Dos rostros de perfil.

—Bien. Continuemos. ¿Y ahora?

—Un ángel.

—¿Cómo?

Por un instante, el profesor Ethan perdió su compostura académica, mientras Gil y Kane volvían a cruzar una mirada entre sorprendida y desconcertada.

—Disculpe —prosiguió el profesor, recuperando la serenidad—. ¿Qué ha dicho que ve?

—Un ángel.

—¿Sabe usted qué es un ángel?

—Supongo que sí. O, mejor dicho, creo saberlo. También ellos son hijos de Dios.

—¿Dios? —exclamó Gil desde la consola.

—¡Silencio! —lo cortó secamente el profesor.

—Interesante. Dígame, ¿qué o quién es Dios?

—Supongo que es el creador de todas las cosas.

—¿Y qué habría creado exactamente?

—Imagino que todo. A nosotros, por ejemplo. A usted y a mí.

—¿Así que cree que fue Dios quien lo creó? Y si yo le dijera que usted es una creación nuestra, ¿eso me convertiría en Dios?

—No, no lo creo.

—¿Y por qué no?

El Sujeto 21 permaneció en silencio.

Gil y Kane estaban visiblemente alterados, mientras el profesor aguardaba sin apartar la vista del ser sujeto al sillón frente a él.

—Creo —respondió al fin el Sujeto 21— que los complejos procesos naturales que condujeron a nuestra evolución están más allá del alcance de los individuos.

—Entonces, ¿es consciente de que es el producto de un proceso, digamos, natural? Aunque haya sido reproducido en un laboratorio.

—Por supuesto.

—Disculpe, si sabe eso, ¿en qué sentido Dios sería entonces el creador?

De nuevo guardó silencio, como si determinadas preguntas lo obligaran a elaborar los conceptos adquiridos antes de responder.

—No lo sé. Imagino que es una cuestión de fe.

—¡¿QUÉ?! —estalló Gil, atónito.

—¡Les he dicho que se callen o los echo de aquí!

—Perdón, profesor.

—¡Y tú cállate de una vez! —susurró Kane.

—¿Cómo puede saber qué es la fe? —preguntó Gil en voz baja.

—No lo sé. No lo entiendo. Pero ahora guarda silencio.

—La fe... —prosiguió el profesor—. ¿Qué sabe acerca de la fe?

—Es la capacidad de las mentes conscientes para creer en conceptos que trascienden la comprensión obtenida mediante la observación directa de los procesos naturales.

—Claro... —murmuró el profesor Ethan, serio y pensativo.

Permaneció unos segundos reflexionando antes de hacer la siguiente pregunta.

—Y puesto que usted tiene fe, ¿se ha preguntado alguna vez por qué está aquí?

—Sí.

—¿Y?

—No lo sé. Imagino que existe un propósito. O, al menos, eso creo.

—Interesante...

 

Un par de horas más tarde, Kane contemplaba la ciudad a través de los ventanales del ascensor exterior. Su mente estaba llena de preguntas. Confusa, como nunca antes lo había estado.

El silbido de las puertas al cerrarse se interrumpió de pronto.

Era Gil, que había conseguido entrar justo antes de que se cerraran.

—Gil.

—Aquí estoy. Se fue.

—¿También este?

—Sí. Un desastre repugnante. La estructura molecular volvió a colapsar. Había fluidos y material gelatinoso por todas partes. El profesor estaba especialmente contrariado. Aunque, la verdad, es la primera vez que lo veo... ¿cómo decirlo?... desconcertado.

—Me pregunto si esto es correcto.

—¿Lo dices por una cuestión ética?

—¿No deberíamos hacerlo? Lo has visto. Era un ser consciente. Poco importa que la matriz de personalidad fuera artificial. Pensaba. Era consciente de sí mismo. ¿Y viste lo de las manchas de tinta? Dios, Gil... ¡Manifestó fe en Dios! ¿Cómo es posible? ¿Cómo pudo concebir un concepto abstracto como Dios?

—Sí. Solo eran manchas de tinta, y mira todo lo que fue capaz de proyectar sobre ellas.

—No son como nos habían contado. Todos creen que eran criaturas despiadadas y frías, calculadoras, dedicadas únicamente a la guerra y la destrucción. Y, sin embargo... Sin embargo...

Kane guardó silencio.

—Tal vez tengas razón. Quizá hemos ido demasiado lejos. Lo cierto es que ahora tenemos más dudas que antes.

Permanecieron unos segundos en silencio mientras el ascensor descendía lentamente.

—Escucha, hagamos una cosa. Acompáñame al South Mart. Quiero actualizar el firmware.

—¿La versión 387.46b?

—No. Ya vamos por la 387.48. He leído que incorpora funciones muy interesantes.

—De acuerdo, te acompaño con gusto. De paso aprovecharé para iniciar un ciclo de mantenimiento ordinario.

—¿Por qué?

—Con la llegada del invierno empiezo a notar unos ligeros chirridos en las articulaciones de los pistones de las piernas y del brazo derecho.

—Sí... Todos envejecemos.

—Sí...

Permanecieron un instante contemplando la ciudad que se extendía bajo ellos.

—Aunque... qué idea tan extraña la de querer recrear a un ser humano.

Gianluca Vici Torrigiani nació en Roma, Italia, el 19 de abril de 1979. Escritor, guionista y divulgador, desarrolla una obra centrada principalmente en la ciencia ficción, el weird y la exploración de mundos posibles. Es autor de la novela de ciencia ficción Las sombras de Titán y creador del personaje de Nibani, protagonista del relato homónimo que obtuvo el XXVI Trofeo RiLL en 2020. Publicado inicialmente en la antología Oggetti smarriti y posteriormente reeditado en Oltre il reale (Delos Digital), Nibani está siendo adaptado actualmente a una miniserie de historietas por la editorial Garage11. Ha colaborado con numerosas editoriales y publicaciones especializadas, entre ellas Menhir Edizioni, Tabula Fati, Bertoni Editore, Delos Digital, Acheron Books y Comicus.it, donde también ejerce como redactor y crítico. Como guionista ha escrito diversas series y adaptaciones para el mundo del cómic, entre ellas Darwin Awards, Colui che sta nell’ombra, La lettera U, La leggenda dei sette cadaveri y La storia del Golem di Benevento. También participa en proyectos de divulgación científica y cultural. Es creador y conductor, junto con Toni Viceconti, de la sección Fanta History, realizada en colaboración con la Asociación Cultural de Estudios sobre Egipto y Sudán (ACSES), y conduce el programa radial La tisana spaziale con Sam Vega en Radio RedOnAir. Apasionado por la ciencia ficción y la literatura fantástica, concibe la escritura como una forma de explorar los territorios aún desconocidos de la imaginación humana.

 

 

jueves, 30 de julio de 2026

LA MUERTE DE MI MADRE

Branka Ćubrilo

ilustración de la autora

 

Cuando murió olvidé todo: todo lo que alguna vez le había reprochado, todo lo que alguna vez me había enfurecido de ella. Solo quedó un pesado remordimiento: ¿por qué no le permití verme con frecuencia durante todos aquellos años? Y, al final, ¿por qué me enfadé tanto aquella última vez que la vi, hasta el punto de marcharme de su casa decidido a no volver nunca más?

Hubo períodos en los que no la llamé ni la vi durante varios años, ni siquiera cuando ella me telefoneaba o me enviaba alguna de sus patéticas cartas.

La muerte.

¿Qué puede decirse de la muerte? Nunca estamos preparados para ella. Yo tampoco lo estaba aquella mañana en que sonó el teléfono.

Era Pierina.

Debo decir que hacía exactamente diez años que no hablábamos.

—Otto, habla Pierina.

—¿Qué quieres? ¿Por qué me llamas? ¿Quién demonios te dio mi número...? —Quise añadir: ¿y quién te dio permiso para llamarme?, pero las palabras quedaron en la punta de mi lengua.

—Valeria ha muerto —dijo Pierina.

Esas mismas palabras aparecieron en la pantalla donde, años atrás, había suprimido con un enorme borrador todos los recuerdos de mi madre durante aquel viaje en tren de Bolonia a Milán.

Ahora era real. Valeria había muerto. Colgué sin decir una palabra y rompí a llorar por la madre a la que había dado la espalda y de cuya casa me había marchado, ofendido, para siempre.

Fui a la oficina y le dije al gran jefe que mi madre había fallecido.

Me miró sin ofrecer una sola palabra de consuelo.

—¿Cuántos días va a faltar esta vez? —preguntó únicamente.

—Solo porque estoy destrozado por el dolor no alcanzo a percibir todo el cinismo de su pregunta —respondí—. Estaré ausente una semana. Y, ya que estamos, permítame preguntarle una cosa por simple curiosidad: si hubiera muerto su madre, ¿cuántos días faltaría usted? ¿Ninguno, quizá?

Eso fue exactamente lo que dije. Y, en medio de toda aquella desesperación, me sentí orgulloso de mi rapidez y de mi valentía. Debo admitir que incluso yo mismo me sorprendí. Nunca habría esperado una respuesta tan audaz.

En realidad, el remordimiento me había acompañado durante toda la vida. Pero cuando mi madre murió, ese sentimiento ocupó el centro del escenario de mi ya de por sí frágil mundo emocional y terminó por coronarse como soberano en el invisible trono de mi quebradiza autoestima.

La voz del remordimiento me susurraba sin descanso: Eres culpable, Otto. Había demasiados motivos para sentirme culpable. Demasiadas decisiones equivocadas. Demasiadas acciones de las que arrepentirme. Y con cada minuto que pasaba era más consciente de la magnitud de mi culpa: haber traicionado a mi madre, haber traicionado sus expectativas, no visitarla nunca, enfurecerme cada vez que me decía la verdad –porque, al fin y al cabo, era la verdad–: que yo era un inútil, que jamás tendría éxito, que nunca llegaría a ser alguien digno de consideración... Y así sucesivamente. En vista de expuesto, quizá tenía razón. Tal vez ella siempre lo supo. Y me atreví incluso a pensar que acaso había muerto por culpa de todos mis errores. Al fin enfrentaba la verdad. Pero ya no había vuelta atrás. No existía manera de negociar con la muerte. Devuélveme a mi madre y admitiré que soy un imbécil, que jamás llegaré a ser nadie importante, que soy un excéntrico, un loco... Devuélvemela. ¡Me arrepiento!

No. La realidad no funciona así. La muerte posee una lógica propia, imposible de comprender para nosotros.

A los mortales solo nos queda el remordimiento.

Aunque hacía mucho tiempo que había dado la espalda a la Iglesia, a los sacerdotes y a toda aquella fauna, me prometí que, cuando el dolor disminuyera un poco, hablaría con un sacerdote. Quizá él pudiera encontrar la manera de transmitirle todo aquello a mi madre.

Había demasiadas razones para sentir remordimiento. Todo comenzaba en mi infancia. Ellos querían un Otto distinto. Yo era un niño rebelde. Todo lo que deseaba era ser diferente, ser único. Incluso de pequeño sabía que quería ser poeta. Pero, en la realidad de mis padres, en el libro donde estaban escritos todos sus deseos, figuraba otra cosa: Otto será abogado. Igual que su santo padre. Heredará el estudio jurídico.

¡No! Nada de códigos. Nada de uniformes, escribientes, policías, decretos, enormes libros llenos de frases idénticas, trajes grises, corbatas ni voces autoritarias de hombres omnipotentes. ¡No! ¡Otto no quería nada de eso!

¡Pero no hubo misericordia! ¿Quién iba a preguntarle a un niño qué quería ser? ¿Quién le preguntó alguna vez a Otto qué soñaba para su vida? Nadie. Mi padre repetía ante cualquiera, se lo preguntaran o no: Mi hijo será abogado. Y aquella voz interior –que entonces todavía no sabía que acabaría convirtiéndose en la voz del remordimiento– gritaba desesperada: ¡No! ¡No! ¡No! ¡Es un error! ¡Otto será poeta! Pero solo yo podía escucharla. Mi rostro contaba otra historia. Sonreía. Y bajaba los ojos para ocultar el secreto. Siempre ocurría igual. Cada vez que mi padre anunciaba: Mi hijo será abogado. Yo estiraba los labios en una sonrisa forzada y contemplaba las puntas de mis zapatos. Tanto mi madre como yo obedecíamos los deseos de mi padre sin pronunciar una sola palabra, porque en aquella casa no había lugar para nuestros propios sueños, esperanzas o deseos. Todo eso quedaba aplazado para algún futuro impreciso.

Durante mis primeros años nunca hablé de lo que realmente quería. Solo asentía con la cabeza mientras esperaba ese futuro. Y, cuando me encontraba completamente solo, iba al jardín y contemplaba la copa del viejo álamo, que me indicaba hacia dónde navegaban las nubes. Su copa parecía la enorme aguja del reloj del cielo, señalándome el camino hacia el paraíso.

Y para mí, Otto Visconti, solo existía un camino: alcanzar el cielo en alas de la poesía.

Solo sobre las alas de la poesía podía sobrevivir en aquella realidad. En la escuela era el hazmerreír de todos. Era el más pequeño, delgado como una rama y extremadamente tímido. Cuando tenía que hablar, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba la garganta e impedía que las palabras salieran. El calor me subía al rostro y me enrojecía las sienes. Todavía no se había inventado nada capaz de aliviar aquel fuego.

La única paz que encontraba era sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma. ¿Cómo iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en convertirme en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.

Por eso titulé así mi primera colección de poemas, que jamás llegó a publicarse: Solo para mi álamo.

Y para mí, Otto Visconti, el único camino hacia el cielo era recorrerlo sobre las alas de la poesía.

Solo sobre las alas de la poesía podía sobrevivir en aquella realidad.

En la escuela era el hazmerreír de todos: el más pequeño de la clase, delgado como una rama y terriblemente tímido. Cuando tenía que decir algo, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba la garganta e impedía que las palabras salieran. Ese calor me enrojecía el rostro y las sienes.

Todavía no se había inventado nada capaz de aliviar aquel fuego.

El único alivio consistía en sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma. ¿Cómo iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en convertirme en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.

Por eso titulé mi primera colección de poemas, que jamás llegaría a publicarse: Solo para mi álamo.

Branka Ćubrilo es una reconocida novelista, cuentista, poeta, lingüista y artista surrealista de renombre internacional que nació en Croacia y reside en Mosman, Sídney, Australia. Es autora de nueve novelas y dos colecciones de cuentos (publicadas en varios idiomas y países), centrándose principalmente en la ficción histórica y las complejidades de la condición humana. Recientemente, tras una importante pérdida, Branka ha redescubierto una antigua pasión que le ha servido de consuelo y sanación: la pintura, creando más de cien obras en tan solo unos meses. A principios del año 2000, Branka recibió premios literarios y una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.




PASE EN PROFUNDIDAD