Nino Martino
No, esta no era la
Cerdeña que recordaba y que tanto había amado.
Las encinas seguían allí, en la
llanura de Golgo, junto con los lentiscos y el su murdegu, el jara
sarda. Todo parecía salvaje, natural, adecuadamente primitivo. Pero ya era pura
ficción. Una gigantesca maquinaria mediática destinada a los turistas
adinerados, y solo a ellos. Las playas blanquísimas, el mar azul, los escollos
y los farallones. Y luego el interior de la isla. Todo estaba cuidado hasta el
más mínimo detalle.
Había desaparecido cualquier forma
de industria o de actividad productiva que no estuviera estrictamente vinculada
con la agricultura biológica o con una ganadería controlada. Toda la costa, y
también el Supramonte del interior, estaba preparada para un turismo de lujo,
ese que ama la ficción de una naturaleza salvaje e incontaminada. Una
naturaleza más auténtica que la antigua naturaleza. Quien tiene dinero debe
poder relajarse en armonía, sincronizarse con la energía positiva y respirar
las fragancias silvestres.
En algún lugar estaba la sima de
Golgo, la gran atracción del Supramonte de Baunei. Había estado allí una vez,
cuando era niño. Yo también había arrojado una piedrita y durante mucho tiempo
no la oí rebotar.
—No la oyes porque es muy profunda
—me dijeron.
—¿Qué tan profunda?
—Cientos de metros. Tan profunda
que la piedra tarda bastante en golpear una roca.
—¿Y si alguien se cae?
—A veces sucede.
—¿Y cómo hace para salir?
—No. Nadie que haya caído allí ha
vuelto a ser rescatado.
La puerta de la lanzadera oruga se
abrió con un leve silbido.
—Adiós, señor Parodi, y felices
vacaciones. Ya verá, será una estancia maravillosa. Es uno de los mejores
lugares. Incluso tiene un toque de misterio. Ya sabe... la sima de Golgo...
Bajé y me volví para mirar al
piloto.
—¿Misterio? ¿Qué tiene de
misteriosa?
—Oh, se cuentan cosas muy extrañas
sobre la sima de Golgo.
Con otro suave resoplido la puerta
se cerró. La lanzadera eléctrica giró, retomó el camino de tierra y
desapareció, rápida y silenciosa, detrás de una curva.
Un hombre vestido con el traje
tradicional sardo salió del hotel y vino a mi encuentro.
—Buenos días. Usted debe de ser el
señor Antonio Parodi.
—Así es.
—Lo estábamos esperando. Permítame
llevar su equipaje.
Tomó la gran valija que contenía
todo mi equipo científico y nos encaminamos hacia la entrada.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
—El necesario.
Hice un gesto impreciso con la mano.
Subimos un par de escalones de
falsa madera y atravesamos un pórtico antes de entrar en la pequeña recepción.
La mujer que estaba detrás del
mostrador era alta, morena, de ojos negros. También llevaba una versión moderna
del traje tradicional sardo. Conservaba el estilo, aunque el corte era más
sobrio, elegante y ligero.
—Buenos días. Apoye la mano, por
favor. —Adelantó una pequeña caja negra con el lector de identificación—. Discúlpeme,
es por razones de seguridad. Ya comprende.
—Lo comprendo.
Apoyé la mano sobre el lector, que
emitió un débil pitido. Se encendió una pantalla holográfica con una serie de
datos y cifras.
—Perfecto. Su habitación ya ha sido
asignada. Le transfiero la acreditación. —Oí el leve sonido de mi dispositivo
portátil dentro del bolsillo—. Todavía llega a tiempo para el almuerzo. Falta
menos de media hora. Desde su habitación podrá elegir el menú. Chiara
Settembrini, quien lo convocó, almorzará con usted.
—Muy bien.
—Le recomiendo el cochinillo
asado...
—¿Cochinillo?
—Reconstruido y sintetizado a
partir de algas, naturalmente. Nosotros respetamos la naturaleza. En cambio,
podrá ver a nuestros verdaderos cochinillos correteando libremente por el
bosque. —Sonrió con una extraña curvatura en los labios. En la muñeca llevaba
la pulsera identificativa: género femenino, libre y disponible—. La dirección y
todo el personal esperamos mucho de usted. No comprendemos qué ha sucedido.
Permítame darle la bienvenida en nombre de todos.
—Gracias.
La habitación era amplia. Las
paredes estaban revestidas de corcho. Un enorme ventanal daba al bosque. En
cuanto entré, la habitación me reconoció y apareció una pantalla holográfica
con el menú.
Elegí el cochinillo asado y una
selección de verduras crudas, garantizadas como biológicas y cultivadas en el
lugar.
Me quedé contemplando el bosque más
allá del doble vidrio.
Era un auténtico encinar. A algunos
árboles les habían retirado hacía poco la corteza y mostraban el tronco rojo
como la sangre. El sotobosque crecía aparentemente libre y salvaje, en una
ficción impecable. Una inmensa maquinaria mediática. Naturaleza
Incontaminada. Esa era la auténtica vocación de Cerdeña, proclamaban los
folletos. Una vocación que, liberada de las ataduras del falso progreso, había
emprendido por fin el vuelo, igual que sus centenares de halcones peregrinos.
Un sonido suave, casi de flauta, me
anunció que el almuerzo sería servido en pocos minutos en el comedor común. Me
cambié rápidamente, me puse un traje ajustado de color gris acero y salí.
El comedor era pequeño y estaba
elevado sobre el terreno. Uno de sus lados era una inmensa pared de doble
vidrio desde la que se podía contemplar el bosque. Guiándome por las
indicaciones de mi dispositivo portátil, fui hasta la mesa que me habían asignado,
una de las mejor ubicadas. Volví a mirar hacia el exterior. En algún sitio
debía de estar el sendero apenas insinuado que conducía a la sima de Golgo.
Entró un grupo de tres personas y
ocupó una mesa cercana.
La mujer era alta, esbelta y muy
rubia. Llevaba descubierto el pecho izquierdo, donde se veía el tatuaje
identificativo de género. Los dos hombres vestían elegantes monos de color gris
antracita y tenían esa expresión desdeñosa de quienes poseen mucho poder... o
fingen poseerlo.
Miraban alrededor, contemplaban el
paisaje y reían. Parecían inmensamente felices y seguros de sí mismos.
—Me perderé en el bosque —dijo la
mujer echando la cabeza hacia atrás, radiante—. Quien me encuentre me tendrá.
—¿Y si te encontramos los dos?
—preguntó el más bronceado de los hombres. Su piel tenía un tono dorado.
—Oh... —rio ella—. Entonces... —Acarició
al más bronceado y le lanzó un beso al otro—. Adoro esta naturaleza. Tiene una
vibración tan positiva... Fue una idea excelente venir.
—Entonces, perdámonos.
La mujer volvió a reír, mostrando
una lengua vivaz.
—Me perderé... Nos perderemos en el
bosque...
Aparté la mirada. La Cerdeña de mi
infancia se había perdido para siempre en el gran vacío del tiempo.
Entonces la vi entrar.
Era menuda, de piel clara, sin
maquillaje, con un vestido elegantemente escotado que se ceñía a su cuerpo. Le
preguntó algo al camarero, quien le señaló mi mesa.
Se acercó con paso rápido y se
sentó frente a mí de un movimiento ágil.
—Soy Chiara Settembrini y tú eres
Antonio Parodi.
—Hola, Chiara.
Notó que miraba la pulsera que
llevaba en la muñeca.
—No te hagas ideas raras. La llevo
solo por protocolo. Estamos aquí para trabajar, no para otra cosa. Soy la
responsable del sector informático y del hardware.
Sonreí.
—La sima de Golgo y los problemas
que han surgido. Traje todo mi equipo.
—Después iremos. ¿Qué elegiste del
menú?
—Cochinillo asado y verduras.
—Yo también.
—No eres sarda.
—No. Pero tú tampoco.
—Hace mucho tiempo mis padres
trabajaron una temporada en Cerdeña.
—Bueno... desde entonces han
cambiado unas cuantas cosas.
—Sí.
—Ahora Cerdeña es, por fin, una
tierra libre, controlada y natural.
Me dedicó una sonrisa torcida, como
si esperara mi complicidad.
En ese momento llegó un camarero
vestido con traje tradicional sardo. Llevaba una gran corteza de corcho con
forma de cuenco natural. Sobre el mirto fresco descansaban las tajadas de
cochinillo asado.
El aroma me envolvió.
—Parece auténtico cochinillo asado.
—¿Lo conocías?
—Claro.
—Yo no, hasta que empecé a trabajar
aquí. Pero está muy bueno. Ya lo he probado.
—Buen provecho —dijo el camarero
antes de alejarse.
—Lo importante —dijo Chiara
mientras empezaba a comer con verdadero apetito— es ofrecerles a los visitantes
exactamente aquello que creen necesitar. —Hablaba sin parar. De vez en cuando
blandía el tenedor para dar énfasis a alguna frase—. La sima de Golgo está
rodeada de muchas leyendas antiguas. ¿Las conoces?
—¿A cuáles te refieres?
—Por ejemplo, antiguamente se decía
que de la sima salía un dragón que exigía el sacrificio de siete muchachas, a
las que luego raptaba y se llevaba al fondo.
—Vírgenes, supongo.
Chiara volvió a sonreír con aquella
característica sonrisa torcida.
—Supongo que sí, aunque la leyenda
no lo aclara. Después construyeron una pequeña iglesia dedicada a San Pedro,
justo en el lugar donde el dragón se llevaba a las muchachas, y desde entonces
cesaron los sacrificios.
—Interesante. Y, si no recuerdo
mal, la iglesia sigue allí, construida con piedra volcánica.
—Claro. Hay otra leyenda que cuenta
que, cierta vez, un pastor decidió no asistir a la fiesta de Baunei para
conmemorar la construcción de la iglesia, y como castigo la sima se lo tragó
junto con todos sus bueyes.
—Nunca conviene enfrentarse a la
Iglesia.
—¿No eres católico?
—No me planteo el problema.
—Ah, yo tampoco.
Tomó una falsa costilla con las
manos.
—Es increíble cómo lograron
reproducir el sabor de la grasa alrededor de la costilla y hasta del falso
hueso.
—Sí, no está nada mal.
—La sima siempre ha estado rodeada
de misterio. Los primeros doscientos metros son un pozo vertical abierto en el
basalto volcánico, pero durante mucho tiempo nadie consiguió descender hasta el
fondo. Después descubrieron una plataforma donde se acumulaban los restos de
quienes caían allí. Huesos, piedras, arena...
—Pero también se hablaba de un
acceso al mar, ¿no?
—Sí. Según la tradición popular
existía un conducto que descendía varios cientos de metros más, atravesando la
roca caliza, pero nunca fue encontrado.
—Se formularon muchas teorías sobre
el origen de la sima, ¿verdad?
—La más aceptada sostiene que el
agua erosionó la roca caliza bajo el basalto y este terminó desplomándose. —Notó
mi expresión de duda—. Bueno... al menos es la teoría más difundida.
—¿Y los primeros doscientos metros
tienen una forma elíptica, con dimensiones constantes hasta llegar a la base
calcárea? No sé...
—La naturaleza es extraña, ¿no te
parece?
—¿Puedes contarme cuál es el
problema?
—Después del almuerzo te llevaré a
la sala de control. En apariencia todo funcionaba perfectamente y, de pronto...
—Sacudió la cabeza—. Es un verdadero desastre. Tenemos muchísimas reservas.
Gente muy rica e importante. Vienen de todo el mundo.
—Sí, me lo imagino.
—Es el misterio de esta sima lo que
atrae y fascina al turista... quiero decir, al visitante.
—Naturaleza salvaje y un toque de
misterio.
Me miró desconcertada. Tal vez el
tono de mi voz no había sido el adecuado.
—¿No estás de acuerdo?
—Oh, sí, por supuesto. Les han dado
exactamente lo que esperaban.
Me observó unos segundos.
—La armonía con la naturaleza que
encuentran aquí necesita un pequeño toque de misterio. La armonía de la
creación siempre tiene algo de misterioso, ¿no creés?
—Me dijiste que hace dos semanas el
sistema dejó de funcionar por completo y que me llamaron como supervisor.
—Parece que eres el mejor en este
campo.
Seguía observándome con cierta
desconfianza.
—Eso dicen. Me informaron que
habían creado una especie de lamento acompañado por la proyección holográfica
de un dragón fantasmal que surgía de la sima, flotaba unos instantes sobre ella
y luego desaparecía.
—Es una obra muy delicada. La
diseñaron nuestros artistas. Solo la activamos los días de maestral.
—El viento seco y limpio del
noroeste.
—Exactamente. Pero hace dos
semanas...
—¿Qué ocurrió?
—El dragón apareció flotando sobre
la sima y, de pronto, explotó en miles de chispas azules.
—¿Cómo puede explotar un holograma?
—No puede. Debe de haber sido algún
problema interno del software o del hardware. Desde entonces no funciona
absolutamente nada. Hay un fallo en el sistema instalado dentro de la sima, en
el tramo inicial, perfectamente oculto entre el basalto.
—Quiero ver la sala de control.
—¿Ahora?
—¿Y cuándo, si no?
Naturalmente no comprendió la cita.
Era demasiado ajena a este maldito sistema.
Me condujo hasta la sala de
control. Había innumerables pantallas desde las que podía supervisarse cada
rincón de toda la zona de Golgo. Me mostró el funcionamiento del truco
holográfico. Ahora estaba fuera de servicio, pero conservaban las grabaciones. El
resultado era realmente impresionante por su realismo. También aparecían las
multitudes de turistas contemplándolo, extasiadas. Un campo eléctrico hacía que
se erizaran los vellos de los brazos y el cabello de los espectadores. Se oían
pequeños gritos, falsos desmayos, abrazos tiernos.
Algunos iban elegantemente
vestidos; otros lucían una estudiada desnudez cubierta de tatuajes, según la
moda más reciente entre los muy ricos.
El espectáculo había funcionado
durante algunos días. Después todo el sistema colapsó y el holograma del dragón
explotó.
—Un poco kitsch, ¿no te parece?
—A la gente le encantaba.
—Entonces el problema está en la
sima de Golgo. ¿Puedo bajar?
—¿Bajar? —preguntó, sinceramente
sorprendida—. Está "el Huevo". Algunas personas lo utilizan para
experimentar la emoción de descender al subsuelo. Cobramos muy caro esa
experiencia. Pero solo puede bajar una persona por vez.
—¿Quieren resolver el problema?
—Claro, pero...
—Según los datos que nos enviaron,
se produjo una tormenta electromagnética originada en las profundidades. Quizá
tenga que llegar hasta la plataforma inferior. Sustituiré los componentes
quemados, pero necesito averiguar el origen de esa enorme perturbación. La
electrónica del dragón debe de haber interferido con algo... —Chiara me
observaba como si yo estuviera un poco loco—. Ya sabes... muchas veces los que
parecen un poco locos son precisamente los que terminan resolviendo los
problemas.
—Si tú lo dices...
—Lo digo yo. ¿Por qué crees que soy
tan bueno en lo mío?
Organizó el descenso a toda prisa. Se
había vuelto fría como el hielo.
En cuanto descendí
unos metros por debajo de la boca irregular de la sima apareció el sistema
electrónico. Algunos componentes estaban literalmente calcinados. Los sustituí.
Después continué bajando, mientras
mis sofisticados instrumentos analizaban las paredes de la sima sin detectar
ninguna anomalía.
El descenso me pareció
interminable. Las paredes eran, por tramos, lisas y negras, de basalto
volcánico. El Huevo se detuvo por fin en el fondo. La plataforma estaba
cubierta de piedras, arena, escombros y huesos. Huesos de animales. Y también
huesos humanos. La cálida luz de los LED de mi casco iluminó la cavidad. Monté
el equipo mientras seguía observando los alrededores. En un punto se había
producido una especie de derrumbe y se había abierto otro hueco. Consulté
rápidamente la base de datos. No. Aquel conducto no figuraba en ninguna
exploración anterior. Era reciente. Acerqué los sensores de campo. El hueco
conducía a una segunda cámara situada bajo la plataforma. La exploración
subterránea terminó y una pantalla holográfica se iluminó automáticamente. Entonces
apareció.
Un amasijo metálico, parcialmente
destruido. Pero en la base de datos de las exploraciones anteriores no existía
nada semejante. Solo figuraba la plataforma de arena y piedras. Extraño. Si el
basalto hubiera colapsado por la erosión del agua sobre la roca caliza, habría
sido imposible que todos los materiales hubieran terminado únicamente sobre
aquella plataforma. Y, además... ¿Por qué aquella forma elíptica, tan regular? Tomé
parte de mi equipo y me introduje en el hueco. Descender resultó fácil. Demasiado
fácil. No había escalones. Solo una pared lisa en espiral, de suave pendiente. Bajé
varios metros hasta llegar a la cámara que había visto en la pantalla. La
estructura ocupaba prácticamente todo el espacio de la cavidad. Estaba
gravemente dañada. Había fragmentos esparcidos por todas partes. Consulté,
incrédulo, mi dispositivo portátil. La inteligencia artificial reconstruyó de
manera aproximada la forma original de aquello que estaba viendo. Integró
rápidamente los nuevos datos de los sensores con toda la información
disponible. Luego formuló varias hipótesis. Miré atónito la primera de ellas,
señalada como la más probable.
Era una nave. Una nave espacial. De
una forma extraña, elíptica. Desde un rincón llegaba un olor a quemado. Me
acerqué. Había algo completamente destruido por el fuego. Como todo lo demás,
resultaba imposible comprender de qué se trataba. Uno de los sensores, activado
automáticamente por la inteligencia artificial, realizó una datación
aproximada. Miles de años. Aunque me parecía imposible, quizá acababa de
descubrir el verdadero origen de la sima de Golgo. A mis espaldas sonó un ruido
breve y seco. Di un salto hacia un lado mientras me volvía. Entonces apareció la
Cosa. Parecía una especie de foca. Tenía pequeños miembros anteriores
rematados por finos tentáculos y, en lugar de patas, unas aletas. Poseía unos
discos que parecían ojos compuestos y una especie de párpado que se abría y
cerraba con rapidez. Parte de su cuerpo era, sin embargo, claramente metálica.
La Cosa avanzó arrastrándose hasta detenerse fren te a mí. De pronto me invadió
una inmensa ola de nostalgia. Una nostalgia ajena. La nostalgia de un mundo
absurdo, con tres lunas, un cielo violeta y un mar profundísimo.
No. Ya no regresaré. No estoy
vivo ni soy una máquina. Estoy atrapado. Todo está destruido. Nunca podré
volver. Continúo transmitiendo los datos que recojo, pero ya no sé adónde
llegan. Yo... yo he terminado. Todo terminó para siempre. Algo se quemó dentro
de mí.
La oleada me atravesó... y
desapareció. La Cosa se desplomó. De ella comenzó a brotar un líquido negro y
maloliente. Me arrodillé ante aquel ser mientras registraba todos los datos. La
datación también era increíble. Miles de años. Entonces todo empezó a
desintegrarse. Algo que había mantenido unida aquella materia dejó de existir. La
Cosa se convirtió en polvo. También la nave. Los fragmentos metálicos, las
estructuras retorcidas, las ramificaciones de lo que parecían tubos... Todo se
pulverizó.
Retrocedí apresuradamente hacia el
túnel mientras el polvo invadía toda la cámara. Poco después estaba otra vez
sobre la plataforma, entre las piedras arrojadas por los visitantes y los
huesos de animales y personas. Respiré hondo varias veces. El hueco desapareció
tras un nuevo derrumbe. Hubo un ligero temblor. Me pareció que la plataforma
descendía unos centímetros.
Luego todo quedó inmóvil.
Había terminado. Consulté la
inteligencia artificial. Todo había sido registrado. Sin embargo, la nueva
exploración holográfica ya no mostraba absolutamente nada. La nave había
desaparecido. También el extraño ser parecido a una foca. Más abajo todavía
aparecía una especie de profundo canal que probablemente conducía, en efecto,
hasta el mar.
Dejé de temblar. Yo seguía vivo. Y
volvería a subir. Arriba me esperaban el sol, la gente, la vida. Aquella
transmisión de imágenes había sido espantosa. Una melancolía. Una añoranza
inmensa. ¿Era ese el verdadero origen de Golgo? Imaginé una nave precipitándose
por alguna razón, excavando con su impacto aquella sima elíptica en el basalto.
Quedó detenida allí, irremediablemente destruida. Ninguna posibilidad de
regresar para quien parecía ser un explorador.
Había sobrevivido... miles de años.
Quizá era en parte un organismo mecánico. Tal vez él mismo había excavado el
conducto que llevaba hasta el mar. Quizá era la legendaria foca monje que, de
vez en cuando, algunos aseguraban haber visto antes de desaparecer
misteriosamente durante años.
Y luego la electrónica del falso
dragón había entrado en resonancia, en una tremenda realimentación positiva,
con alguno de los sistemas de aquella estructura. Ambos se habían destruido
mutuamente. Entré en el Huevo y programé el ascenso. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿A
quién iba a contárselo? Mi inteligencia artificial contenía todos los datos. ¿Crearían
una nueva atracción turística para aquel mundo demente? ¿Y los científicos...? Pero
¿qué científicos? A veces uno toma decisiones impulsivas.
—IA, elimina todos los datos.
—Solicito confirmación.
—Confirmo. Elimina todos los datos.
También la copia de seguridad.
—Copia de seguridad eliminada.
Regresé a la superficie.
—¿Y bien? —preguntó Chiara—.
Perdimos la comunicación y pensamos que te había ocurrido algo.
—Todo solucionado. Ahora volverá a
funcionar como ustedes quieren.
—Entonces...
—Sus equipos entraron en
interferencia y resonancia con una veta metálica existente dentro del basalto.
Esa resonancia quemó el sistema.
Mentí.
—¿Podría volver a ocurrir?
—No.
No volverá a suceder.
Regresamos a la sala de control. Chiara
activó rápidamente los mandos. El dragón, etéreo e ilusorio, apareció durante
unos instantes flotando sobre la sima de Golgo. Un grupo de turistas se
encontraba junto al borde.
—¡Oooh!...
Exclamaron maravillados mientras el
campo electrostático les erizaba el cabello. La gran maquinaria mediática había
vuelto a ponerse en marcha. La armonía. La naturaleza salvaje. El dragón de la
tradición popular. La pequeña iglesia de piedra vigilándolo todo. Todo había
vuelto a la normalidad.
Chiara se ofreció a acompañarme en
una excursión turística, pero rechacé la invitación.
El importe acordado fue acreditado
en mi cuenta.
—¿Por qué no te quedas unos días?
Estar aquí cuesta muchísimo dinero. Supongo que normalmente no podrías
permitírtelo...
—No, gracias. Ya me han pagado.
Sonrió con aquella sonrisa apenas
torcida.
—Si quieres... ahora que el trabajo
terminó... podríamos... —Su pulsera se iluminó un instante—. Me llaman a otro
sitio. De todos modos, gracias.
Entonces llegó la lanzadera oruga
eléctrica. La puerta se abrió con un suave silbido. Subí.
Mientras el vehículo se alejaba por
el camino de tierra, me volví para mirar. Chiara seguía de pie. Parecía
desconcertada. No se despidió. Yo tampoco. Pensé en la inmensa nostalgia de un
mundo que jamás volvería a existir. Pensé en aquella muerte, fuera lo que fuese
aquel ser, desaparecido para siempre después de miles de años cumpliendo una
misión cuyo sentido quizá ya ni siquiera existía para su propia lógica
alienígena.
Después vi grupos de turistas
guiados por senderos apenas marcados por expertos cicerones que los conducían a
experimentar las supuestas vibraciones positivas del bosque de Golgo.
Entonces el camino dobló en una
curva. La sima de Golgo y el hotel desaparecieron de mi vista.
Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.