domingo, 9 de agosto de 2026

PABLO

Erica Echilley

 

“Para Iuri Lotman, la memoria es un mecanismo activo. La memoria no solo es concebida como un almacenador de información, esta reestructura, traduce y logra producir nuevos significados y sentidos dentro de la semiosfera”. La voz del profesor de Semiótica se oía como un susurro lejano: “Es decir, en este caso, los textos o discursos del pasado se reactivan y transforman para dialogar con los debates del presente. En esta dinámica de recuerdo y olvido, todos aquellos elementos pertenecientes a la periferia pueden volver a instalarse en el centro”. Mis pupilas estaban absortas en la ventana que daba al río, mientras yo rogaba que la sinfónica de mis entrañas no se escuchara, las engañaba dándoles otro mate y me perdía una vez más de todos esos conceptos complejos que nunca lograba aprender a tiempo.

Cuando salí de la facultad, caminé por la costanera, pensando cómo iba a costear la carrera y cuánto me quedaba en el banco después de pagar los medicamentos de mi padre. La vida era eso: la matemática pura de la precariedad. Pero yo seguía estudiando. “Vos no vas a dejar de estudiar”, me repetía mi mamá antes de que una neumonía se la llevara para siempre. Qué loco, el plan del progreso: no tendríamos muchos lujos, pero teníamos libros. Hoy lo entiendo, ese era el lujo y lo demás vulgaridad. Contaba las chirolas que me quedaban en el bolsillo sabiendo que ese ansiado sándwich nunca iba a llegar a mis manos, porque o viajaba o comía. Cuando levanté la vista y me dejé atrapar por el vaivén del río, dejaron de existir Saussure, Pierce, Verón, la clínica, mi papá delgado en una cama maltrecha, mi impotencia, la desidia, su jubilación paupérrima y mi sueldo irrisorio. Sentí una calma profunda de esas que no sentimos los prisioneros de la caverna. Me quedé absorta y me pregunté si se sentiría lo mismo ver el mar, porque yo nunca había ido. Hice unos metros más y fui directo a un banco de cemento que me regalaba tranquilidad, lejos de las aulas atestadas de gente. Ahí me senté, sin ganas de escuchar ni una voz que me despertara de este trance. Ahí me quedé tranquila, sin el peso de no llegar a fin de mes. Esa sensación de calma se mudo a mi pecho, también a mi nariz y a mis piernas. Parecía felicidad. De pronto, mis ojos se detuvieron en el brillo de un objeto que no lograba distinguir. Me puse los lentes y vi algo que flotaba en el agua. Era alguien parado sobre el río y brillaba mientras las olas parecían acariciarle los pies. Estoy alucinando, pensé y miré de nuevo. Me froté los ojos como cliché de película y distinguí una figura: tenía los brazos cruzados en la espalda y los pantalones grandes. Estaba parado en medio del agua. Por momentos, el sol hacía que dejara de verlo y después volvía a aparecer. ¿Qué era? ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Quién era? ¿Qué misterio se escondía detrás?

Así estuve un rato, haciendo conjeturas desopilantes. Ya había abandonado la idea de la locura y ahora abrazaba la idea de la arquitectura.

De golpe, un ruido. Tac tac tac tac tac tac. Los pasos lejanos fueron adentrándose en mi rincón seguro a cielo abierto. Sus canas recorrían cada rincón de su cabeza. El suéter gris cubría su inmensidad. Con pasos plomizos, se acercó lentamente en silencio como quien entra a la sala de descanso eterno de algún difunto. Rompió mi idílico silencio con el ruido de un “Hola, buenas tardes”. Siguió de largo y se quedó inerte observando lo mismo. Yo estiraba el cuello en señal de que su presencia estaba interfiriendo mi contemplación. La mujer se dio cuenta y me pidió disculpas.

—¿Vos también estás mirándolo?, vení. —Tenía la apariencia de esas abuelas que te hablan en las paradas de colectivos, con la celeridad de aquellos que no tienen a nadie. Al principio la miré con el recelo que siente alguien que quiere cinco minutos a solas y se ve invadida. Pero mi poca capacidad de socializar se vio empañada por su tono cálido. Me acerqué desconfiada, apoyé mis manos en la baranda y juntas contemplamos ese cuerpo inerte que era arropado por Poseidón. Mi mamá decía que yo transmitía confianza, que por eso la gente se sentía cómoda hablando conmigo. Cuando crecí, me volví tan apática que el solo hecho de que alguien desconocido me hablara era señal de alerta. Pero no importaba cuán alta fuese la muralla que yo construía con mi apatía, la gente siempre me hablaba igual. Quizás mamá tenía razón: se puede ser refugio de otro, aun siendo nuestra propia jaula.

—Pablo tenía catorce años, ¿sabías? Siempre sonreía sin importar el horror que lo rodeara. La oscuridad se desintegraba con solo verlo, brillaba. Así como ahora. Tenía una luz, una sencillez, una valentía. Ojalá hubiera podido hacer algo más.

—¿Quién? —pregunté sospechando que era una de esas abuelas y que me estaba contando la historia de su nieto. Ya me veía escuchando hasta cuando perdió su primer diente.

—Pablo —dijo mirándome y señalando con el dedo hacia el infinito—. Nos contábamos historias, sabés. Tratábamos de escapar del Averno inventando cuentos, hablando sobre lo que más deseábamos. Él amaba mucho a su mamá y estaba ilusionado con volver a ver a su papá. Era demasiado amable, soportaba mucho para su corta edad. Creo que todos deseábamos nuestra propia libertad, pero también deseábamos la libertad de él. Creíamos que sería libre. Entre tanta podredumbre, aún creíamos en la esperanza. Qué ingenuos fuimos esperando piedad de los asesinos. Un día Pablo desapareció y nunca más lo vimos. Aún lo recuerdo con sus ropas enormes y su cuerpo flaquito.

Ahora entendía mucho menos, pero por ese afán de buena educación que me inculcaron mis padres, no podía interrumpir la catarata de palabras que salían de los labios de esa señora. No me dejaba margen para meter un bocado. Ahora había asesinos en su historia poética y filosófica. No sabía quién era ese Pablo, pero para mí ni siquiera existía. A decir verdad, deseaba que no existiese. La señora estaba senil, no había dudas.

—No puedo imaginármelo a la deriva. No puedo imaginarme la crueldad que hay que tener para matar la inocencia. Sabes, por las noches gritaba y pedía por su mamá, era un niño. Intenté protegerlo siempre, pero los mal nacidos se llevaron a la tumba todos los secretos.

Mi desconexión se esfumó y un escalofrío me recorrió cada parte de este saco de huesos. Yo también había pedido por mi mamá. Yo también había deseado volver a verla. Yo también, así como ella con Pablo, mantenía intacta en mi mente la imagen de mamá. Sus gritos se hicieron eco en mis oídos. Su rostro desencajado apareció ante mí como una epifanía. Su desesperación. Su delgadez. Su ropa grande. Quería saber más, pero no me animaba a preguntar, porque temía confirmar que ella estuviera fuera de sus cabales o estuviera viendo algo que no estaba ahí como hacía mi papá. O, peor aún, temía descubrir que la locura en realidad era virtud y que estaba diciendo una verdad intolerable. Pero la curiosidad se apoderó de mis cuerdas vocales y, con la arrogancia de la juventud y siguiéndole el juego, le pregunté:

—¿Y ese Pablo está acá con nosotros? —dije en un tono burlón que ella no entendió.

—Ese es Pablo. —Estiró su dedo y señaló la figura inerte que flotaba sobre el río.

De súbito, los estruendo de los aviones que salían de Aeroparque amenizaron el mediodía, sobrevolando nuestras cabezas mientras los ojos de la señora se cargaron de nubarrones a punto de estallar. 

Erica Echilley es una escritora oriunda de Ezeiza, profesora en Lengua y Literatura y diplomada en escritura creativa. En su trayectoria, ha obtenido varios galardones literarios nacionales e internacionales: 2do premio en el concurso Binacional Osvaldo Bayer, 2do premio en el Concurso Literario De la Universidad de Ezeiza, finalista en el concurso Internacional Don Benito Diverso en España, entre otros. En sus obras, desde un enfoque realista y alegórico asume la escritura como denuncia, crítica y expresión. Su narrativa, desde una perspectiva intimista, nostálgica y de ruptura, explora la pobreza, la diversidad, el amor, la desigualdad social, entre otros temas, concibiendo el texto literario como una representación situada de la realidad social. Por su parte, sus obras han sido publicadas en diversas antologías de cuento a nivel nacional e internacional. Actualmente se desempeña como docente en escuelas secundarias de la Prov. de Buenos Aires donde promueve la producción literaria en el aula, llevando a cabo hace cuatro años un proyecto literario que impulsa la participación de estudiantes en certámenes literarios como los Torneos Bonaerenses de Cultura del municipio de Ezeiza. 

 

 

OJOS CERRADOS

Ambra Stancampiano

Donde nací se encuentran dos mares y dos cielos. Mi isla y sus hermanas bailan vestidas de roca y de fuego. Vivimos entre el fuego y el viento. Fue precisamente aquí donde un antiguo dios estableció su fragua.

Playas de arena fina y de piedra sostuvieron mis piernas desde mis primeros pasos, y el canto de los grillos y el romper de las olas educaron mis oídos. Solo recuerdo luces verdes y amarillas, paisajes azules. Mi nariz creció explorando el olor de la sal, el mirto y la retama.

Vivo en la casa más cercana al volcán negro, lejos de las casitas blancas del pueblo, amontonadas como un grupo de comadres que cuchichean alrededor de la plaza.

Mi madre trabaja en la cantera de piedra pómez de la isla más grande junto con otros confinados. Sale cuando el aire aún está negro por la noche y cruza la isla en silencio mientras los primeros rayos violáceos del amanecer juegan al escondite con la boca del volcán. De vez en cuando suspira y mira hacia el horizonte; lo sé porque un par de veces la acompañé hasta el barco que la lleva, junto con los demás, al trabajo, mientras el hombre vestido de negro los insulta.

Regresa cada tarde completamente blanca, como una estatua, cuando el sol ya se ha sumergido en el agua, roja y violeta como si sintiera quién sabe qué vergüenza.

Mi padre no está. En el pueblo dicen que fue a la guerra y que eso es un gran honor, pero mamá no parece contenta. De él solo conozco el rostro de una fotografía amarillenta sobre la mesita junto a la cama grande donde ella me arropa cada noche: el cabello engominado, la mirada orgullosa, un sombrero de carabinero con el penacho erguido.

Mamá pasa noches enteras escribiendo frente a esa fotografía y consume vela tras vela, que terminan convertidas en gruesas lágrimas de cera. Por la mañana, mi abuela las funde en una gran olla para darles una nueva vida.

Es la única fotografía que tenemos en casa, y una vez le pregunté por qué no había ninguna de su boda. Mamá se puso roja como el mar al atardecer y balbuceó que hay cosas más importantes que los matrimonios, que la guerra es un monstruo hecho de plomo que devora el tiempo y que, a veces, es mejor limitarse a ser feliz.

La abuela le dirigió una mirada cargada de reproche y ella dejó de hablar de inmediato.

Mi abuela nunca ha empuñado una pluma en toda su vida y sacude la cabeza cada vez que posa la mirada sobre su única hija, consumiéndose como el cabo de una vela detrás de aquellas serpientes de tinta que ella es incapaz de descifrar.

Todas las noches refunfuña como la cafetera que prepara para la mañana siguiente y se queja de estos jóvenes modernos que anteponen las ideas a los sagrados deberes del hogar. Sin embargo, cuando mi madre termina desplomándose con la cabeza sobre la dura mesa de madera, le acomoda con ternura un almohadón relleno con ropa vieja.

En el pueblo dicen que la abuela Santuzza es una mavàra, y las comadres escupen sobre el camino polvoriento después de verla pasar. Sin embargo, de vez en cuando vienen a visitarnos con el rostro gris y la mirada derrotada; traen regalos y la tratan con el mismo respeto con que tratan al padre Fazio.

La abuela las recibe con alguna pulla, pero no les guarda rencor. Siempre escucha todo lo que tienen que decirle delante de una taza de café y unas pastas de almendra, para luego encerrarse con ellas en su habitación y susurrar cosas que tengo terminantemente prohibido escuchar.

 

Aquel día el volcán se había despertado de mal humor y gruñía sordamente. Parecía haber contagiado su estado de ánimo al cielo plomizo y al mar que hervía junto a él.

Llegó una carta, pero no fue el cartero de siempre quien la trajo. Un carabinero con uniforme oscuro llegó hasta nuestra puerta y la arrojó de mala manera en manos de la abuela.

—Me parece justo que ustedes también lo sepan.

Lo dijo con desprecio, clavando en mí unos ojos pequeños y violentos. El sobre ya estaba rasgado y la hoja, arrugada. Malas noticias. Nos quedamos mirándonos, impotentes, frente a aquel pedazo de papel que escondía algo de nosotros. Esperamos a mamá hasta el atardecer, lanzando miradas inquietas hacia las hojas arrugadas sobre la mesa.

Mamá regresó cuando ya casi había oscurecido, con el rostro cubierto de polvo de piedra pómez. Se quedó inmóvil en la puerta, contemplando la mancha blanca y arrugada sobre la mesa. Lloraba incluso antes de abrirla: el ejército nunca escribe para dar buenas noticias. Luego cayó de rodillas y susurró una sola palabra:

—Desaparecido.

La abuela le apoyó una mano en el hombro.

—Lo que está escrito no sabe nada. Le preguntaremos la verdad a San Jorge.

Mamá levantó la cabeza y la miró sin comprender. La abuela la condujo hasta su habitación y cerró la puerta. Yo intenté escuchar, pero no entendía nada.

Durante ocho días la abuela dejó de prestarme atención, y a todas las cosas de este mundo también. Murmuraba sin cesar una cantilena con los ojos cerrados mientras realizaba sus tareas habituales, avanzando a tientas como una ciega.

Cada vez que mamá volvía de la cantera, la arrastraba consigo a su habitación, y yo tenía que acostarme solo, sin el beso en la frente y privado de aquella taza de leche caliente que me obligaban a beber para crecer fuerte y sano.

La novena noche me enfadé. Lloriqueé diciendo que no podía dormir bien sin esas atenciones.

Mamá me lanzó una mirada húmeda. La abuela le dirigió otra, severa, y la apartó de mí como si yo fuera un mosquito molesto. Una vez más se encerraron en la habitación que me estaba prohibida. Molesto, me apoyé contra la puerta, que cedió bajo mi peso de niño y se abrió de golpe. No me lo esperaba. Tropecé con mis propios pies.

Mamá se enfadó.

—¿Qué haces aquí? ¡Vete ahora mismo!

La abuela la miró y dijo, con una voz fina como una aguja:

—Bueno, es su padre. Tú renegaste de los sacramentos por él, pero no es tu marido. Si hay alguien que realmente merece saber en esta casa, no eres tú.

Yo ya había vuelto a cerrar la puerta detrás de mí. La abuela la abrió apenas un poco y murmuró:

—Puedes entrar, pero prométeme que permanecerás con los ojos cerrados. Pase lo que pase. Oigas lo que oigas.

Le respondió el volcán, con un temblor sordo que ascendía desde las entrañas del mar a nuestros pies. El aire olía a azufre.

En el centro de la habitación ardía una vela gruesa y blanca, como las que se llevan al cementerio. Mamá, sentada en el suelo, sollozaba. Se interrumpió al verme y dirigió a la abuela una mirada de reproche.

La abuela se sentó, cerró los ojos y comenzó a recitar, balanceando lentamente la cabeza hacia delante y hacia atrás:

San Giorgio Cavaleri, vui siti a cavaddru e io sugnu a pedi, pi la vostra santità puttatimi insonnu a virità. Caballero San Jorge, tú que vas a caballo mientras yo estoy a pie, por tu santidad, tráeme en sueños la verdad.

Cerré los ojos.

La vela olía a iglesia. Mamá dejó de sollozar y sorbió por la nariz procurando no hacer ruido. La abuela repitió la letanía otras seis veces y luego guardó silencio.

Llegó la noche. La sentía descender sobre mis hombros como una manta húmeda. Todo a nuestro alrededor quedó sumido en un extraño silencio; hasta los grillos habían dejado de cantar. El volcán seguía murmurando a lo lejos, como un león que ronronea. La abuela volvió a recitar la letanía. Entonces oí acercarse los cascos de un caballo.

San Giorgiu cavaleri...

El sonido se hacía cada vez más cercano. La abuela terminó la invocación y, en ese mismo instante, el volcán lanzó un rugido. El suelo vibró. La puerta de la habitación se abrió de golpe y volvió a cerrarse impulsada por una ráfaga de viento abrasador. Un relincho hizo temblar la puerta de entrada. Dos pares de cascos avanzaron por la casa.

Clop... clop... clop... clop...

Como si en el recibidor de nuestra humilde vivienda no hubiera muebles que obstaculizaran el paso. El caballo cruzó toda la casa.

Clop... clop... clop... clop...

Hasta detenerse detrás de la puerta de nuestra habitación. Resopló suavemente. Alguien llamó. Tres golpes sordos que parecían venir al mismo tiempo de la puerta, del techo, de las persianas atrancadas y del suelo de tierra apisonada donde permanecíamos sentados, aferrados al humo de la vela como tres náufragos en un mar de oscuridad. Nadie preguntó quién era. Una voz que parecía brotar de las propias paredes dijo:

Spe gaudentes in tribulatione patientes, orationi instantes. Alégrate en la esperanza, sé paciente en la tribulación y persevera en la oración.

Algo comenzó a temblarme dentro del estómago. Tenía ganas de llorar.

La abuela respondió en voz muy baja, como si siguiera rezando, desde un rincón de la habitación que me parecía lejísimo:

Necessitatibus sanctorum communicantes, hospitalitatem sectantes. Comparte las necesidades de los santos y practica la hospitalidad.

La puerta se abrió sola, sin que soplara el menor viento. El caballo entró. Clop... clop... Giró sobre sí mismo. Clop... clop... clop... clop... Y se detuvo justo a mi lado. Volvió a resoplar. El suelo y las paredes vibraban al ritmo de sus cascos.

Sentía su presencia a un paso de mi nuca, como si dos ojos ardientes me estuvieran observando. Una respiración rítmica y abrasadora marcaba el compás de mi corazón aterrado. Olía igual que cualquier otro caballo. ¿Era realmente el caballo de San Jorge? ¿Era posible que un ser tan ruidoso y con un olor tan intenso hubiera descendido del cielo? Y si venía del cielo, como decía el padre Fazio de los santos, ¿cómo había podido caminar sobre las nubes hasta llegar a nuestra casa?

Todas esas preguntas, gritadas dentro de mi cabeza, se perdieron en el silencio de la noche.

La abuela carraspeó. El caballo se estremeció. Oí un golpe seco junto a mi rostro. Un relincho nervioso. Un aliento desagradable rozó mi oído. El chasquido de una lengua. El golpe de unos dientes.

 

Abrí los ojos sobresaltado. Frente a mí había un caballo de un blanco deslumbrante, como si estuviera hecho de luz. Sus músculos eran sólidos, reales, terrestres. Temblaban de rabia, preparados para lanzarse contra un enemigo invisible que tal vez se encontraba a mi espalda. El jinete que lo montaba iba cubierto por una armadura dorada en la que habría podido reflejarse el mundo entero. Sujetaba las riendas con una sola mano, sin mostrar el menor esfuerzo. En la otra empuñaba una lanza ensangrentada que devolvía destellos como mil relámpagos. Me miró con unos ojos de fuego y dijo, con una voz cavernosa que hacía retumbar las paredes:

—¡Quien se atreva a mirar a un santo pierde para siempre el derecho a la vista!

Me golpeó el rostro con la lanza. Caí al suelo. Mi madre gritaba.

 

Me desprendí de mi cuerpo. Flotaba cerca del techo y ya nada parecía importante. Lo veía todo, pero no oía ningún sonido. Mi madre avanzaba a tientas hacia mí con los ojos todavía cerrados. Derribó la vela, que se apagó sobre el suelo. Me tomó entre sus brazos y me estrechó con desesperación. El caballero dorado volvió a lanzar su caballo al galope y atravesó la pared. Un viento furioso sacudió la casa, haciendo golpear las puertas y agitando el cabello de mamá, las hierbas que la abuela tenía colgadas para secar y las cortinas bordadas de las ventanas.

La abuela abrió los ojos de golpe, como si hubiera sentido pasar al jinete, y corrió hasta mí. Sacó dos grandes monedas de plata de un bolsillo y las colocó sobre mis ojos mientras murmuraba unas palabras que no alcancé a oír. Sentí que el rostro comenzaba a arder. Entonces regresé.

En medio de todo aquel caos, antes de desaparecer, San Jorge dijo algo que sentí vibrar dentro de mí. Pero mamá gritaba y la abuela nunca quiso hablar de ello, de modo que jamás conocimos la respuesta del oráculo.

 

Ha pasado mucho tiempo y ya no veo. La gente me evita. Dicen que quien es tocado por un santo pierde la razón. Los pocos amigos con los que antes corría entre las playas de piedra y la fragante vegetación de las laderas del volcán ahora se burlan del bastón con el que me veo obligado a orientarme.

Pero yo no estoy triste. La abuela me dijo que quienes son como yo poseen el don de percibir las cosas que existen entre el cielo y el infierno, porque no se distraen con los colores ni con las formas, y que me enseñará a escuchar, si tengo paciencia.

Quizá así encuentre a mi padre.

Ambra Stancampiano nació en Mesina, Sicilia, Italia, en 1987. Estudió edición y periodismo, cursó la Escuela Holden y recorrió parte de Italia y Europa. Trabaja como editora independiente y dirige las colecciones Cani, gatti&c. y Heroic Fantasy Italia para Delos Digital. Ha publicado las colecciones de cuentos Storie Bestiali, Mostri di Sicilia e I Siciliani.

UN PLATILLO VOLADOR PERTENECIENTE A UN CLON DE JOAN RIVERS ATERRIZA SOBRE EL TECHO DEL TEMPLE EMANU-EL DE NUEVA YORK (SIN VIOLINISTA)

Marleen S. Barr

 

«Fuera del templo [Emanu-El], admiradores y fotógrafos colmaban las aceras detrás de las vallas policiales... Las cámaras disparaban sin descanso mientras los invitados entraban, entre ellos Joy Behar, Mario Buatta, Kathie Lee Gifford, Whoopi Goldberg, Hoda Kotb, Rosie O'Donnell, el doctor Mehmet Oz, Sarah Jessica Parker y su esposo Matthew Broderick, Charlie Rose, Diane Sawyer, Chuck Scarborough, Paul Shaffer, Donald J. Trump y Barbara Walters... Howard Stern describió a Joan Rivers como "una alborotadora, una pionera, una precursora para todos los comediantes, alguien que jamás pidió disculpas ni se preocupó por lo que los demás pensaran". "Ella hizo todo a su manera", dijo Stern. "Luchó contra el estereotipo de que las mujeres no pueden ser graciosas, de que deben quedarse en su lugar, quedarse en casa." —James Barron, "At Joan Rivers's Memorial, Celebrities, Cameras and Crowd", The New York Times, 7 de septiembre de 2014.

 

El funeral en memoria de Joan Rivers celebrado en el Temple Emanu-El fue un acto privado.

La profesora Mimi Barrmiztvahwitz, especialista en ciencia ficción feminista, se mezcló con el público congregado a lo largo de la Quinta Avenida y de la calle Sesenta y Cinco Este. Contempló con lágrimas en los ojos la multitud de camiones de televisión, a los paparazzi disputándose el mejor lugar y al desfile de celebridades que llegaban con tiempo suficiente para ocupar sus asientos antes del comienzo de la ceremonia, previsto para las once de la mañana.

Exactamente a las diez y cincuenta, un platillo volador aterrizó sobre el techo del Temple Emanu-El.

Todos los asistentes judíos –incluidos Barbara Walters, Howard Stern y Mimi (Whoopi Goldberg, pese a su apellido, no pertenecía a esta categoría)– levantaron la vista y dijeron al unísono, casi en un susurro:

—Oyoyoy.

Barbara Walters ya estaba preparada para abandonar su retiro y conseguir la entrevista más importante de toda su carrera.

La nave descendió desde el techo y aterrizó frente a la entrada principal del templo.

La escotilla se abrió.

Cuando los presentes miraron hacia el interior, descubrieron una estancia opulenta, adornada con pan de oro, muebles de estilo provenzal francés y arañas dignas de la Galería de los Espejos de Versalles.

Mientras aguardaban la aparición del extraterrestre, esperaban ver a alguien con el aspecto de Luis XIV.

Aquella expectativa, aunque perfectamente lógica, resultó equivocada.

Del interior emergió una mujer menuda, de cierta edad, impecablemente peinada y maquillada. Vestía un blazer dorado de lamé cubierto de lentejuelas, una boa a juego, pantalones negros y un enorme collar resplandeciente.

¿De quién era su atuendo?

Nadie podía decirlo con certeza.

—¡Es Joan! —gritó Margie Stern, íntima amiga de Joan Rivers.

Charlie Rose se acercó a Margie, le tomó suavemente la mano y, con su habitual serenidad, dijo:

—No puede ser Joan. Joan está muerta. La incineraron ayer.

Donald Trump intentó tomar el control de la situación.

Le arrebató un micrófono a un reportero y gritó:

—¡Exijo ver el certificado de nacimiento de esa mujer! ¡Y quiero el original! Si no puede presentarlo, entonces no es estadounidense. Es una alienígena.

—Donald —dijo Charlie Rose—, definitivamente no es estadounidense. De hecho, es una alienígena. Barbara y yo intentaremos entrevistarla.

—¿Qué carajo...? —intervino Howard Stern—. Aunque tenga la vagina más seca del universo, aunque parezca Joan y camine como Joan... no es Joan. Esta imitadora representa una posible amenaza para la seguridad nacional. Necesitamos que venga inmediatamente la máxima autoridad municipal de Nueva York. ¡Llamen al maldito de Blasio! —les gritó a los policías.

Cuando llegó, el alcalde examinó detenidamente el platillo volador, estacionado sobre uno de los terrenos más caros del planeta.

—Calculo que el espacio interior de este vehículo extraterrestre, ubicado en este barrio, vale por lo menos cuarenta millones de dólares. Quizá pueda expropiarlo mediante dominio eminente, venderlo y utilizar las ganancias para cumplir mi promesa de construir viviendas asequibles.

A Mimi la idea del alcalde no le pareció descabellada, al menos tratándose del mercado inmobiliario neoyorquino.

Mientras esperaba el comienzo de la ceremonia había estado leyendo un artículo de Curbed titulado "Sustainable Earthship Tries to Take Off on the Lower East Side".

Quizá el alcalde conociera el siguiente pasaje de Zoe Rosenberg:

La extravagante idea de levantar una "earthship" en un terreno baldío de Pitt Street, en el Lower East Side, sigue muy viva... Pero con su nueva estructura, tan pesada en la parte superior, el proyecto quizá esté condenado a permanecer en el reino de la imaginación. "Earthship in the Sky" es una creación del arquitecto Michael Reynolds, radicado en Taos, Nuevo México. Se trata de una vivienda completamente autosuficiente, capaz de calentarse y refrigerarse sin combustibles fósiles... Como ocurre con la mayoría de las cosas relacionadas con el espacio, todavía está por verse si esta idea despegará o nunca llegará a hacerlo.

Solo en Nueva York un platillo volador estacionado sobre la Quinta Avenida podía convertirse, "como la mayoría de las cosas relacionadas con el espacio", en una prometedora oportunidad inmobiliaria.

Whoopi Goldberg, Joy Behar y Barbara Walters intercambiaron opiniones sobre la extraterrestre desde la perspectiva de The View.

Las tres expresaron el sentir general de la multitud aterrorizada: En el funeral de Joan Rivers nadie debía hacerle daño a un clon de Joan Rivers... aunque fuera extraterrestre.

Fue entonces cuando Mimi comprendió que le correspondía intervenir para salvar la situación.

—Disculpe —le dijo al policía más cercano—. Soy profesora de ciencia ficción feminista. La extraterrestre podría ser una alienígena feminista. Este es un trabajo para la profesora Mimi Barrmiztvahwitz.

El agente le explicó al alcalde cuál era la especialidad académica de Mimi mientras la presentaba.

De Blasio le concedió autorización para intentar comunicarse con la Joan venida de las estrellas. Mimi se dirigió primero al rabino Joshua Davidson, encargado de la ceremonia.

—Rabino, ¿hay una alfombra roja guardada en algún depósito del templo?

—Sí, de hecho la hay.

—¿Sería tan amable de pedir que la desplieguen delante de la escotilla? Me gustaría que esta Joan descendiera por ella. Quizá, después de un viaje tan largo, la haga sentirse bienvenida.

Mientras buscaban la alfombra y la extendían frente al platillo, Mimi aprovechó para dirigirse a la visitante.

—¿Podemos hablar? —preguntó en voz alta a la Joan extraterrestre, que permanecía espléndida en la entrada de la nave.

—Io —respondió alegremente la alienígena, agitando su boa dorada.

Creyendo que hablaba español, el alcalde hizo llamar inmediatamente a los concejales de Manhattan Rosie Méndez e Ydanis Rodríguez.

—¿Dónde vive usted? ¿Cómo te llamas? —preguntaron ambos.

No obtuvieron respuesta.

La extraterrestre los miró desconcertada.

Para entonces, el personal del templo ya había extendido la alfombra roja frente a la nave.

La alienígena pareció animarse. Bajó por la rampa del platillo, saludó efusivamente al público y recorrió la alfombra roja.

—¿Quién la viste? —preguntó Mimi.

Satamhcs —respondió la visitante con toda naturalidad.

Nadie entre la enorme multitud tenía la menor idea de qué significaba satamhcs.

Al comprender que no conseguía hacerse entender, la extraterrestre agitó una mano y chasqueó los dedos. Al instante apareció un gigantesco collar compuesto por enormes rubíes rojos intermitentes, de un lujo absolutamente extraterrestre. Se acercó a Mimi y le colocó el collar alrededor del cuello. Al comprender que aquella joya valía una fortuna, Mimi pensó que podría venderla para reunir el dinero suficiente y fundar una universidad enteramente dedicada a los estudios sobre ciencia ficción. Sopló un beso de agradecimiento a la alienígena y se volvió hacia el alcalde.

—No podemos comunicarnos con ella. Pero al menos sabemos que es amistosa. Me regaló este collar de valor incalculable. Puedo ponérmelo sin que me haya volado la cabeza con una pistola de rayos.

—Es cierto. Bien. No llamaré a Barack para pedirle que envíe al ejército. Pero tenemos que hablar con ella. ¿Qué propone, profesora Barrmiztvahwitz?

—Creo que debería consultar con Whoopi —respondió Mimi—. Señora Goldberg, usted interpretó a Guinan en Star Trek. Tiene credenciales Star Trek. Yo tengo experiencia académica en ciencia ficción feminista. Quizá la combinación de ambas cosas resulte eficaz. Gritemos juntas: "Beam down immediately if not sooner!" y veamos qué ocurre.

Las dos gritaron al unísono. La teniente Uhura apareció.

—Hola, Guinan. ¿Qué puedo hacer por usted? —le preguntó a Whoopi.

—No soy Guinan. Solo la interpreté en televisión. Soy Whoopi Goldberg. Esto es la Nueva York del siglo XXI. Pero, sea como sea, quizá pueda ayudarnos. Usted es oficial de comunicaciones. Nosotros tenemos dificultades para comunicarnos con una extraterrestre. Este clon de Joan Rivers habla un idioma alienígena que los terrícolas no entendemos. ¿Podemos conversar con ella? No. ¿Qué deberíamos hacer?

—¿Quién es Joan Rivers? ¿De qué planeta procede? —preguntó Uhura.

—No procede de ningún planeta. Venía de Larchmont. Fue uno de los mayores talentos cómicos de nuestra época —respondió Mimi—. Murió repentinamente hace unos días. Jamás volveremos a ver a alguien como ella sobre la Tierra. Aunque este clon sea pacífico y generoso, no es nuestra Joan. Pero necesitamos hablar con ella. ¿Cómo podemos hacerlo?

—La Prime Directive me impide hacer sugerencias. Aunque pudiera ayudarlos, no conozco lo suficiente su cultura popular como para resultar útil. Lo único que puedo decir es que deben atenerse a la realidad. Consulten a un experto en lenguas extraterrestres que ya exista. El capitán Kirk me necesita para abrir una frecuencia de comunicación con unos klingon invasores. Señora Goldberg, para mí usted siempre será Guinan. Ha sido un placer conocerlos. Buena suerte.

Uhura desapareció transportándose de nuevo a la nave.

—Profesora Barrmiztvahwitz... ¿y ahora qué? No podemos dejar eternamente a este clon de Joan Rivers plantado delante de una sinagoga sobre una alfombra roja —dijo el alcalde.

—Deberíamos seguir el consejo de Uhura. Conozco a una lingüista llamada Suzette Haden Elgin. Escribió una novela feminista de ciencia ficción sobre la comunicación con extraterrestres titulada Native Tongue. Elgin es la persona indicada.

Un asistente del alcalde consiguió localizarla por teléfono celular y le pasó el aparato a Mimi.

—Hola, Mimi —dijo Elgin—. Recuerdo cuando nos conocimos en el congreso de la Science Fiction Research Association celebrado en Chicago. ¿En qué puedo ayudarte?

Mimi le explicó la situación.

—No puedo introducirte dentro de Native Tongue para que te comuniques con extraterrestres como hace mi protagonista, Nazareth Chornyak. Pero quizá mis conocimientos de lingüística resulten útiles. ¿Qué dijo exactamente el clon de Joan?

"Io" y "Satamhcs".

—¿"Io" y "Satamhcs"? La clave del código es absolutamente evidente. No necesitamos recurrir a mis novelas feministas de ciencia ficción para resolver esto. La alienígena habla una versión extraterrestre del yidis ligeramente distinta del yidis terrestre. Parece que leyó Through the Looking-Glass antes de viajar a la Tierra. Mimi, escribe esas palabras, sostenlas frente a un espejo... y mira el reflejo.

Mimi buscó un pequeño espejo en su bolso. Siguió las instrucciones de Elgin. En el reflejo aparecieron dos palabras: “oy” y “schmatas”.

El significado de las palabras de la extraterrestre dejó de estar perdido en la traducción. El yidis extraterrestre resultó ser simplemente el yidis europeo escrito al revés.

—Muchísimas gracias por tu ayuda, Suzette —dijo Mimi antes de cortar la comunicación. —Después se volvió hacia el alcalde—. Señor, ahora entiendo cómo hablar con el clon de Joan. Voy a comprobar mi hipótesis.

Subió por la alfombra roja hasta quedar frente a frente con la visitante.

¿Sirust? —preguntó.

¿Sirust? Hef. Hatacaf ehcsiyog shasmom iarezahc!

Mimi recurrió a su libreta y al espejo. Comprendió perfectamente la respuesta. Y tuvo la sensación de que, por el momento, era mejor no revelar a nadie lo que la extraterrestre acababa de decir.

—Alcalde de Blasio, haga venir inmediatamente a especialistas del YIVO, ya sabe, el centro dedicado a la lengua yidis de la calle Dieciséis. Dígales que traigan espejos.

Los expertos llegaron poco después y comenzaron a conversar con la alienígena mediante el sistema de reflexión en los espejos.

Pronto descubrieron que la visitante procedía del Planeta de los Clones de las Brillantes y Deslenguadas Mujeres Judías Neoyorquinas Terrícolas.

La extraterrestre explicó que, cada vez que moría una mujer judía neoyorquina especialmente brillante y deslenguada, su clon extraterrestre viajaba a la Tierra para documentar sus logros.

Los clones de Bella Abzug, Nora Ephron, Susan Sontag, Wendy Wasserstein y Betty Friedan vivían entre los seres humanos.

Como Uhura, todos ellos respetaban la Prime Directive y jamás revelaban su presencia a los terrícolas.

Sin embargo, el clon de Joan Rivers era sencillamente demasiado extravagante para obedecer ninguna regla del universo.

La Joan extraterrestre comprendió que, por fin, podían entenderla. Intuyó que la respuesta a «¿podemos hablar?» era ahora afirmativa. Sin vacilar un instante más, recorrió la alfombra roja y se dirigió al público.

De sus labios brotó un auténtico torrente de palabras.

Armados con libretas y espejos, los especialistas en yidis pronto advirtieron que estaba expresando sus opiniones sobre la vestimenta de las celebridades.

El clon de Joan dijo que los zapatos rosados de Sarah Jessica Parker eran inapropiados para un servicio conmemorativo. Calificó las zapatillas deportivas, una azul y otra roja, de Whoopi Goldberg como una atrocidad de la moda, apropiada para una bandera estadounidense del «don't tread on me».

Según la traducción literal de los expertos en yidis, la alienígena afirmó:

—El enorme sombrero beige de Barbara Walters parece un platillo volador posado sobre su cabeza... ¿Y quién sabe más de platillos voladores y de cómo son que yo? ¡Oy gevalt! Las mujeres de la Tierra parecen venir de otro planeta. Estoy deseando volver al mío.

Mimi pidió a los traductores que preguntaran a la extraterrestre si estaría dispuesta a regresar varias veces al año para presentar The Fashion Police.

La respuesta fue afirmativa.

De hecho, la alienígena estipuló con E! Network que también conduciría el programa especial de The Fashion Police dedicado a la ceremonia de los Premios de la Academia.

Y, por cierto, añadió que los Clones de las Deslenguadas Mujeres Judías Neoyorquinas Terrícolas viven para siempre.

Los asistentes hicieron cuanto pudieron por dejar atrás aquel tumulto y rendir homenaje a la única e irrepetible Joan Rivers de la Tierra.

Mientras las celebridades ingresaban al Temple Emanu-El, Mimi, que no había recibido invitación por no pertenecer a la categoría de los V.I.P., permaneció fuera junto al resto del público.

La reconfortaba saber que los admiradores de Joan Rivers –y también sus descendientes– podrían seguir escuchando, por el resto de la historia de la humanidad, a un clon extraterrestre de Joan expresar la brillante meshagas verbal que había caracterizado a la verdadera Joan Rivers.

Después de todo, una Joan Rivers llegada de otro planeta y hablante de yidis extraterrestre era mejor que no tener ninguna Joan Rivers.

Mimi aferró el resplandeciente collar de rubíes que la alienígena le había regalado. Aunque no tenía precio, sabía que jamás lo vendería. El collar era más valioso para ella que la posibilidad de fundar una universidad enteramente dedicada a la investigación académica sobre ciencia ficción feminista. Comprendió que debía respetar la Prime Directive. Todo cuanto había aprendido estudiando ciencia ficción feminista la llevaba a una única conclusión: era demasiado peligroso que una deslenguada mujer judía neoyorquina terrícola alterara la realidad.

Joan Rivers era la heroína de la profesora Mimi Barrmiztvahwitz.

Admiraba su brillantez, su valentía, su ingenio, su capacidad para seguir siendo una octogenaria admirada y vigente, y su deslumbrante elegancia al vestir. Pensó que, si Joan había sobrevivido al suicidio de su esposo, al rechazo de Johnny Carson y a tantas decepciones profesionales, ella también podía mandar los torpedos al diablo y seguir adelante a toda máquina como especialista en ciencia ficción feminista. Podía continuar sin la fortuna verdaderamente extraterrestre que habría obtenido vendiendo el collar. Conservaría para siempre aquel regalo del clon de Joan. Pero, puesto que Mimi era, en efecto, una experta en literatura de género, no pudo evitar preguntarse si aquel collar de rubíes no tendría algo en común con aquellos legendarios zapatitos de rubí. Quizá pudiera hacer algo con él que provocara un acontecimiento extraordinario. Pero esa es otra historia. La historia de cómo Mimi viaja al hogar del clon de Joan, el Planeta de las Deslenguadas Mujeres Judías Neoyorquinas Terrícolas.

Llega vestida con un traje espacial de lamé dorado, complementado con una boa plateada y su amado collar.

—¿Quién la viste? —le preguntan en yidis invertido los clones reunidos.

Barrmiztvahwitz —responde Mimi—. Para conseguir exactamente el aspecto que buscaba tuve que olvidarme de la NASA y diseñar yo misma mi traje espacial. —Entonces recorre una alfombra roja y dice—. Miahc'l.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

sábado, 8 de agosto de 2026

EL VIAJE DE VERMEER

Alejandro Aguilar R.

 

 

Nací en el año 2225, en la Nueva Delft, Países Bajos, una ciudad espejo de la Delft original, la cual por el cambio climático del planeta, quedó engullida bajo el mar. Me llamo Johannes Vermeer y pretendo, con esta nota autobiográfica, confesar sobre un secreto que guardé sobre mi más grande descubrimiento científico. Me dediqué a la investigación y la tecnología, obsesionado con la geometría del tiempo y del espacio y pasé la mayor parte de mi vida intentando, aunque solo lo logré al final, construir una máquina que me permitiera viajar a paralelos universos. No me casé, no tuve hijos y viví modestamente con lo suficiente. Hacia la recta final de mi vida pude completar la construcción de la máquina con la que no solo yo había soñado, sino también una cadena enorme de ilustres hombres previos en mi vida y que fueron clave para que yo tuviera éxito. La máquina la construí en secreto en mi casa, porque no quería que las universidades o los intereses privados manipularan mis experimentos o redireccionaran mis esfuerzos en cosas que a estos grupos les pudieran interesar. Una de las funciones más importantes que tenía mi máquina no solo era hacer posible el viaje en el tiempo a otras dimensiones, sino también, ubicar cuántos otros Johannes Vermeer habrían existido, existen o existirán en todo el multiverso, con el objetivo de irles a visitar. El resultado fue aterrador: solo un Vermeer nacido también en Delft pero en el año 1632. ¿Solo uno? ¿Solo un yo más en todas las posibilidades del universo? Esta ínfima probabilidad de mi existencia me acongojó el corazón, y me costó mucho trabajo reponerme, porque aparte de herir mi orgullo, implicó saberme una especie rara, lo cual siempre, evolutivamente, es sinónimo de defectuosa. Si viajaba hasta el pasado para encontrarme y alteraba en alguna forma mi otra vida, ¿qué podría provocar en mi yo del futuro universo? Estas incalculables variables no podían ser resueltas en mi máquina, tenían que ser un riesgo implícito de mi empresa. Y me aventé al barranco. Viajé al Delft  del pasado, encubierto, conocí a mi padre, a mi madre, presencié mi propio nacimiento, siempre al acecho, de lejos, siempre oculto, porque llevaba conmigo un traje de invisibilidad. El principio de simetría entrópica universal, principio que explico en la investigación que publiqué hace unos años, solo rescato, para contextualizar esta nota, permite que dos seres, en concreto dos yos, puedan existir en el mismo espacio-tiempo, porque aunque sean la misma persona, si existen, aunque sea divididos por universos diferentes, significa que cada uno tiene un lugar y por ende, es como decir de dos rocas son iguales, pero que están en el mismo río. Regresé a mi siglo un par de veces, porque era aburrido verme crecer, aunque me daba mucha tentación quedarme a ver el desarrollo de mi vida en un curso natural, y no tendría el tiempo, dado que yo ya era viejo, de verme pasar por las etapas de vida. Si viajas a otro universo tu tiempo corre de manera cronológica igual que si no hubieras viajado. Entonces elegí regresar al universo paralelo cuando el otro Vermeer tenía la edad de Jesús, a sus 33 años. Resulta que me había convertido en un pintor y precisamente en ese año, retrataba una idea: una joven hermosa, ¿acaso un amor de juventud o una hija mía? En mi yo del siglo XXIII me enamoré siendo joven, de Julia Voegl, una austríaca que conocí alguna vez en los bosques del Tirol. Nunca pasó nada entre nosotros, no tuve entonces el valor de hablarle, ni tampoco de viajar al pasado con mi máquina para conocerla, pero su imagen se quedó impregnada en mi alma como Beatriz en Dante. ¿Podría ser que esta joven que retrataba Vermeer-paralelo, pudiera venir de la fuente de mi amor por Julia, transferido en el tiempo y espacio hasta el siglo XVII? Nunca lo sabré. Por otro lado, yo me observaba cuando pintaba, escondido entre alguna persiana, invisible a los ojos de los demás, y me notaba contento, fluyendo en una zona de concentración envidiable. Ese Vermeer-paralelo era padre, esposo, pintaba, creaba, en mi yo del otro-pasado tenía un corazón enorme y hacía lo que me apasionaba, que era pintar. Nunca lo confesé pero yo quise ser pintor, o dedicarme a las artes por lo menos, pero vivía en tiempos en donde no se apreciaban los oficios plásticos; en un mundo dominado por lo digital mi anhelo se frustraba por vergüenza. Pero este Vermeer no pensaba en nada del mundo exterior, su mundo interior se iluminaba con la perla blanca y preciada que le colocó coquetamente a la joven en su oreja, regalándome una lección atemporal: sí, yo construí una máquina para viajar en el tiempo y a otros universos, ¿pero acaso alguna vez en mis años de ciencia sentí el imán de la belleza como este Vermeer del pasado? No. Nunca sentí real gozo. Nunca sentí… hasta ahora. Y estaba yo escondido, espiando, viendo mi otro yo ser quien siempre quise ser. Solté una lágrima y, descuidadamente, empujé una mesa que estaba cerca de la cortina y provoqué un ruido que atrajo la atención del Vermeer del XVII. Permaneció unos segundos mirándome a los ojos, aunque era imposible que pudiera verme; mi capa de invisibilidad era perfecta, pero me veía con certeza, veía más allá de lo aparente y, en su corazón, me sintió, porque también lloró, conmovido quizás por el encuentro de dos almas idénticas, un hecho insólito en el cosmos, sonrió, se enjugó los ojos y no se levantó a investigar detrás de la cortina. Lo dio por hecho. Y sentí como que me dio las gracias. Agradeció que le hubiera revelado, tal vez, de una manera muda, sin usar palabras, que él estaba en el camino correcto de su vida. Y yo también le agradecí, porque me aseguró, que por lo menos uno de los dos, lo había logrado: ser pintor. Estaba orgulloso por él, por ese yo de ese pasado y paralelo universo. Regresé a mi tiempo y destruí la máquina. Dejé solo algunas fórmulas inconclusas y reflexiones filosóficas sobre los viajes en el tiempo, para que otro, porque seguro vendría otro intentando lo mismo de construir una máquina como la mía, estuviese advertido de las implicaciones de un viaje de esta naturaleza. Agrego esta nota a mis cuadernos filosóficos, como capítulo final de mi vida, en confesión de un secreto que nunca había revelado y de un viaje, que me cambió la vida y ahora me paso las tardes entre lienzos y pinceles, sin acercarme ni un poco en lograr retratar la imagen de la hermosa joven de la perla que pintaba mi otro yo. Y finalmente me pregunto, tranquilo, ¿qué habrá sido de esa pintura?

Alejandro Aguilar R., nacido en 1991, es ingeniero civil dedicado al desarrollo inmobiliario. Ávido lector desde su juventud, pasea y sube montañas como ejercicio espiritual desde 2021 y en 2024 concluye un diplomado virtual en escritura por Literaria: Centro Mexicano de Escritores (México). 

SISSI Y SU GATO

Luo Qianxuan


Sissi estaba sentada ante su escritorio cuando, por fin, no pudo contenerse más y rompió a llorar. Las lágrimas cayeron sobre su cuaderno de ejercicios mientras su pequeño cuerpo temblaba. Era el tercer día desde que su querido gato, Qiu Qiu, había desaparecido.

Acarició el respaldo de la silla que Qiu Qiu solía arañar, como si las tenues marcas de sus garras aún permanecieran allí.

—¡Qiu Qiu, pequeño travieso! ¡Otra vez arañando la silla de tu hermana! —solía decirle cada vez que ocurría.

Pero ahora la habitación estaba en silencio. Ya no podía ver a Qiu Qiu entrar con aire orgulloso, ni oír el toc, toc, toc de sus patas sobre el suelo, ni sus maullidos de saludo, ni verlo ponerse a arañar la silla cuando ella no estaba mirando...

Sissi sollozó desconsoladamente.

—El gato que he criado durante tantos años ha desaparecido. Mi Qiu Qiu, ¿dónde estás? Vuelve pronto... Tu hermana no puede vivir sin ti...

Delante de Qiu Qiu se llamaba a sí misma «hermana», y el gato era un miembro más de la familia. Cuatro años atrás, aquel pequeño la había seguido al salir de la tienda de mascotas e incluso la había perseguido hasta la academia donde trabajaba su madre. Su madre dijo que era cosa del destino, así que decidieron quedarse con él.

Así fue como el gato pasó a formar parte de la familia. Su padre solía bromear:

—¡En esta casa mi lugar está incluso por debajo del de Qiu Qiu!

Gracias a Qiu Qiu, aprendió a amar, a quererlo del mismo modo que sus padres la querían a ella. También gracias a él escribió la serie Si el gatito Qiu Qiu pudiera hablar, cuyos relatos obtuvieron medallas de oro.

Pero, tres noches atrás, aquella pequeña «celebridad» salió corriendo por la puerta. Ella creyó que, como siempre, volvería después de jugar un rato, pero cuando dio la una de la madrugada seguía sin aparecer...

Pasaron tres días y seguía sin haber noticias.

La comida para gatos que dejaban junto a la puerta desaparecía, y ella deseaba con todas sus fuerzas que hubiera sido Qiu Qiu quien hubiera regresado en silencio para comer. En aquel momento habría dado cualquier cosa por sentirlo saltar sobre ella y cubrirla con esos pelos que antes tanto le molestaban.

—¡Miau, miau, miau!

De repente oyó maullidos junto a la puerta.

Al volverse, vio un pequeño gato negro. Había entrado desde el jardín e incluso había subido las escaleras para buscarla. La observaba con sus ojos fijos, como si le estuviera diciendo:

—Hermana, ven conmigo. ¡Te ayudaré a encontrar a Qiu Qiu!

Sissi bajó corriendo las escaleras y siguió al gato negro fuera de la casa y del jardín. El pequeño se detuvo sobre el césped de enfrente y volvió la cabeza hacia ella, como si quisiera darle una pista.

En ese instante sintió más cariño que nunca por aquellos pequeños gatos callejeros. Antes ya los saludaba con dulzura; ahora le parecían iguales que su querido Qiu Qiu. Pensó que eran criaturas muy dignas de compasión y necesitadas de afecto. Si ellos querían, ella estaría encantada de darles de comer todos los días... de permitirles vivir en su hogar cálido.

—Qiu Qiu, vuelve pronto a casa. Mamá y tu hermana nunca te regañarán. Mientras regreses, te querremos todavía más. ¡Vuelve sano y salvo! —llamó con toda sinceridad desde la puerta.

Aquella noche tuvo un sueño maravilloso.

—Pequeño, por favor, llévame a encontrar a mi Qiu Qiu, ¿sí? —le pidió con dulzura al gato negro.

—Entonces sígueme —respondió orgullosamente el pequeño gato.

La condujo a través del césped que había frente a su casa hasta una vivienda vacía, todavía sin terminar. Allí vio muchos gatos y, acurrucado en un rincón, estaba Qiu Qiu, al que había echado de menos día y noche.

—¡Qiu Qiu! ¡Mi Qiu Qiu! ¡Por fin te encontré!

—Hermana, anoche te oí llorar muy fuerte...

—Mi Qiu Qiu... ¿por qué no volviste a casa...? —sollozó.

—Hermana, solo quería conocer un poco más la vida de los gatos. Volveré a casa...

Ella lo tomó en brazos y corrió hacia su hogar tan deprisa como pudo...

Pero solo había sido un sueño.

Saltó de la cama.

—Mamá, ¿Qiu Qiu ha vuelto?

—Todavía no, cariño, pero no te preocupes. El vínculo que tenemos con Qiu Qiu es muy profundo; seguro que volverá. Confía en Qiu Qiu y confía en mamá. Yo también sigo esperando que regrese corriendo y me llame «mamá».

Era cierto. Igual que Sissi, Qiu Qiu se pasaba todos los días pegado a «mamá», maullándole con cariño. La llamaba «mamá» con tanta claridad, incluso cambiando el tono y la entonación, que derretía el corazón de su madre. Ella era el pilar de la familia, su refugio, la persona que siempre la hacía sentirse segura y en paz.

—Miau, miau, miau...

Los maullidos volvieron a oírse desde el otro lado de la puerta.

—¿Qiu Qiu? ¿Qiu Qiu...? ¿Eres tú... Qiu Qiu?

Luo Qianxuan (nacida en 2014) es una joven poeta, escritora y pintora china que pertenece a la decimonovena generación de transmisores de la Cultura Dongba, declarada Patrimonio de la Memoria Mundial por la UNESCO. poemas y narraciones han sido publicados oficialmente y han recibido reconocimientos nacionales e internacionales.


Traducción del chino al inglés: Lan Xin

EL NIÑO PÁJARO

Diaa Jubaili

 

No deja de piar hasta que su madre, embarazada de su segundo hijo y con los senos cargados de leche, lo alimenta. Pero él no succiona ni una gota, y pese a ello, el niño de nombre Náder está tranquilo como un ángel. La mira con ojos puros color miel y de vez en cuando despliega ese bulto cónico de color marrón oscuro entre sus labios para piar en su cara de nuevo, sonreír, luego volver con lo que estaba, hasta dormirse o fingir que se duerme.

Su madre lo pone en la cuna de madera y sale de la habitación. Camina de puntillas para no despertarlo, aunque él no está dormido. Tan pronto escucha el ruido de la llave girando en la cerradura de la puerta, Náder abre los ojos y se pone de pie en la cuna. Bosteza. Vacía el excremento de ave que tiene dentro, bate sus pequeñas alas y levanta el vuelo hacia la ventana.

La ventana está cerrada. Náder se pone triste al observar a través del duro cristal como los niños jugaban felices en la calle. Desearía divertirse con ellos y pasarlo bien un rato, pero su madre no se lo permite. Ella dice que siente miedo por él, y que no hay que fiarse de la compañía de los niños de la calle. Es por esa razón que le cierra todas las ventanas, para que no salga y se meta en líos, a él y a su familia.

Náder empieza a pensar cómo puede ingeniárselas para salir. No es capaz de cargar cosas con las alas, de otro modo no habría empleado mucho tiempo en cavilaciones antes de proponerse romper el cristal de la ventana con un jarrón o cualquier otra cosa para salir al fin.

Se siente impotente, deprimido, aburrido de tener que pasarse todo el tiempo entre las paredes deprimentes de esa habitación de un segundo piso, con la única compañía de una muñeca que solo sabe gritar por el ombligo cada vez que la pisotea o le daba una patada y la estampa contra la pared. Con sus ojos claros y apenados se pone a recorrer toda la estancia. No encuentra nada fuera de lo normal. El mismo caos mudo de siempre. Las mismas paredes yermas y agrietadas, el suelo cubierto de excremento, el lecho del que emanan efluvios con olor a plumas, sueño y hastío, y el retrato vacío enmarcado que llevaba colgado en la pared una eternidad y al que mira con temor y desánimo. No hay nada que pudiera ocurrir en el mundo de esa habitación –esa jaula grande, el apático lugar frío y oscuro– que se transformara en motivo de alegría. Todo parece rutinario, insomne, causa de aburrimiento, al tiempo que la vida continua en el exterior con un movimiento permanente e incesante, en especial entre los niños pequeños que, incombustibles, colman el mundo con sus juegos y sus gritos (antes de marcharse a sus casas al final del día), haciendo carreras entre ellos con el eco de sus carcajadas retumbando al final del callejón.

Mientras Náder le da vueltas a la manera de poder colarse a través de la ventana, de repente, ocurre algo imprevisto: Escucha un ruido y con él una piedra que rompe el cristal de la ventana. Al parecer uno de los críos de la calle la lanzó con su tirachinas. Casi lo descalabra.

Aquello era un incidente feliz, un destino alegre que le condecía la oportunidad de llegar al mundo exterior por primera vez en su vida. Agita las alas entusiasmado y emite un largo trino con el que expresar su gratitud hacia el niño que envió una piedra imprudente para romper el cristal de la ventana y abrir frente a él un agujero por el que abandonar la penumbra del cuarto sombrío hacia la luz del mundo, al que vuela por fin, llenando el espacio con su aleteo y gorjeo.

Náder explora el cielo de la ciudad. Se posa sobre los edificios, las torres, los árboles altos y las antenas de televisión cada vez que se cansa de volar. Descubre el mundo terrestre desde arriba, e identifica las clases de aves con las que va coincidiendo por el camino: gorriones, palomas, cuervos, alondras, gaviotas… hasta que vislumbra a lo lejos, allí abajo, unos niños que juegan en la calle. Inicia entonces un vuelo en picado sobre sus cabezas, como un avión en busca de una pista de aterrizaje, y comienza a piar a grito pelado como si celebrara con ellos diciendo: ¡Mirad, amigos! Este soy yo, Náder, el niño volador, al fin he echado a volar y he venido a jugar con vosotros. Pero, en cuanto aquellos pequeños ven a Náder volar por encima de ellos y gorjear feliz, a punto de aterrizar ya, enloquecen.

Inmediatamente se ponen a chillar mientras dan botes y hacen gestos y señales con las manos y los ojos, que brillan del asombro, anonadados ante la escena del pájaro increíble que volando en su cielo, deja claro que se propone aterrizar.

Uno dice que es una cigüeña, otro, que es un cisne y el de más allá, que se trata de un dragón.

Tan pronto se aproxima, cuando casi toca ya el suelo con sus pies, es recibido con la peor de las bienvenidas: los mocosos desenfundan sus tirachinas, que sacan de debajo de sus pijamas a rayas de halcón, y le descargan un aguacero de piedras, que emanan hacia él sin tregua y que a punto están de alcanzarlo y deribarlo. Él comienza a maniobrar, mientras las plumas de sus alas y de su cola se esparcen, pero puede zafarse del ataque, no sin dificultad, y retomar el vuelo alejándose de ellos. Se posa en el borde de uno de los edificios altos y rompe a llorar mirando hacia abajo. Con los ojos llenos de lágrimas, contempla cómo los niños emprenden la retirada en dirección a sus casas. Está tremendamente furioso y desde su profunda irritación se cuestiona si realmente desea vivir en ese mundo que lo ha recibido a pedradas y que casi acaba con él, pensando que era una cigüeña, un cisne o un dragón.

Se siente muy confuso y le duelen las alas. Lo han cubierto de heridas, y posiblemente no esté en condiciones de alzar el vuelo de nuevo antes del atardecer, por eso, ha aterrizado en la azotea del edificio, para tomarse un descanso antes de volver a casa. Se queda amodorrado y sueña con el mismo escenario: los niños de la calle lo reciben con sus tirachinas solo que ahora lo atrapan, lo despluman, salan su cuerpo y rellenan su abdomen con arroz, verduras y especias. Están a un pelo de meterlo en el horno para asarlo, de no ser porque se despierta con las gotas de una lluvia que comienza en ese momento. Pese a ello, Náder emprende su camino de regreso.

Se posa en el alféizar de la ventana, cansado, jadeando, arrepentido de haberse metido en aquella aventura, y se ve sorprendido, nada más llegar, por quien le echaba el guante finalmente.

¿Dónde estabas, niño?, le grita la madre en su cara, reprobándolo y agitándolo violentamente, ¿A caso no te advertí sobre lo de salir a la calle?

El niño volador no dice una palabra. Todavía sigue jadeando, casi con la lengua fuera, momento en el que la madre, en su último mes de embarazo, pasa a la reprimenda:

Muy bien… Yo sé lo que hacer contigo, pájaro rebelde… Como que soy hija de mi padre que esas plumas te las quito ¡ven aquí!

Y efectivamente, comienza a arrancarle una pluma tras otra hasta dejarlo completamente desnudo. En medio de la bronca y el maltrato le pregunta por las heridas y las cicatrices que llenan su cuerpo. Luego lo conduce por su ala derecha hasta una de las paredes de la habitación. Lo aúpa hasta la altura del retrato enmarcado de un niño de un año de edad que llevaba colgado allí mucho tiempo y en cuya esquina derecha se había pegado una cinta de satén negro.

Los pájaros del paraíso al fin de los tiempos, dice la madre apretándolo contra el cristal de aquel retrato, la imagen melancólica a través de la que Náder seguiría observando el porvenir de aquella mujer, mientras ella confecciona con sus plumas arrancadas una almohada para su próximo hijo.

Diaa Jubaili es escritor de novelas y relatos. Nació en Basora, Irak, en 1977. Ha sido galardonado con el premio Dubái por su novela La maldición de Márquez (2007), diez años después, recibió el premio Táyeb Sáleh por un libro de cuentos: ¿Qué hacemos sin Calvino? Tiene publicadas hasta la fecha las siguientes obras: La maldición de Márquez (2007), La cara fea de Vincent (2009), Recuerdo del general Maude (2014), El león de Basora (2016), El jardín de las viudas (2017).

 

PABLO