lunes, 19 de octubre de 2026

LA CASA AL BORDE DEL BOSQUE

Larisa Marin

 

Capítulo I.

 

La abuela tenía una casa al borde del bosque.

En realidad, era la última casa de la última callejuela de un pueblo que albergaba unas cuatrocientas almas, más o menos.

«Una suerte y una desgracia», solía decir acerca de vivir allí. Al cartero le costaba llegar, la iglesia quedaba lejos y la tienda de comestibles más cercana estaba a una media hora. Pero la tranquilidad… Ah, la tranquilidad del bosque, unas veces verde, otras seco, no podía encontrarse en ningún otro lugar.

Cuando yo tenía unos quince años la visitaba. La abuela había vivido allí desde siempre. O eso creía yo. Ni siquiera podía imaginar que alguna vez hubiera sido joven o que hubiera vivido en otra casa que no fuera aquella, al borde del bosque. Qué se le va a hacer con esta mente nuestra: toma por cierto todo lo que le dicen.

De algún modo, tenía un vínculo estrecho con el bosque. Si, por un absurdo, aquella espesura de abetos, píceas y pinos se hubiera desplomado un día, también habría sepultado la casa.

Cuando era niña, no entendía por qué la abuela decía tan a menudo que vivía cerca de la oscuridad. Para mí, el bosque no traía tinieblas. Era una especie de mundo paralelo que respiraba despacio, al otro lado de la cerca baja y oxidada.

La abuela no hablaba de la casa como de un lugar. Hablaba de ella como de un organismo vivo. A veces decía, sin mirarme:

—No olvides que el bosque escucha.

Yo me reía.

La primera vez que oí aquel ruido estaba sola en el patio. Todavía no era de noche, pero ya tampoco era de día. La abuela estaba dentro de la casa y yo permanecía sentada en los escalones de madera, con la mirada fija en el bosque. Entonces se oyó el primer ruido. Era un sonido conocido, como si alguien pisara hojas secas. Como si un ser, terrestre o no, caminara entre los árboles… quizá en busca de luz. Me dije que solo era el viento y que mi mente estaba inventando una historia alrededor de lo que oía. Aun así, me levanté, curiosa. Se hizo el silencio. Después, los pasos se reanudaron. Corrí al cuarto de la abuela y le dije con un hilo de voz:

—Abuela, creo que hay alguien en el bosque. Quizá se haya perdido…

Ella no se volvió hacia mí de inmediato. Estaba con la espalda apoyada en la estufa de azulejos y la mirada clavada en un punto. Me miró con sus ojos luminosos y me indicó que cerrara la puerta de una vez. Le obedecí, como tantas otras veces.

—Ese alguien mantiene las cosas bajo control en el bosque —dijo, mientras se acomodaba el pañuelo sobre el cabello blanco y espeso.

—¿Es el guardabosques? —le pregunté con timidez—. ¿También se queda de noche en el bosque?

—Es un guardián de la oscuridad, mantiene las cosas en su sitio —concluyó, y me hizo señas de que callara, para que no se me ocurriera seguir preguntando.

—¿Lo conoces? —insistí, como habría hecho cualquier adolescente ante una situación tan confusa.

—Todos lo conocemos, pero no queremos reconocerlo, Zoe.

—¿Vive allí, en medio del bosque?

—Vive en todas partes, querida, y en ninguna. Pero, si así te resulta más fácil, sí, el bosque es su casa. Y no debemos molestarlo, escúchame bien —me dijo con tono severo, como cuando yo rompía algún recipiente de porcelana o dejaba abierto el granero.

—¿Quieres decir que no podemos visitarlo, abuela?

—No, nunca. ¡Presta atención, Zoe! Nunca debes ir al bosque a buscarlo, ¿entendiste?

—Pero, pero… abuela, podríamos llevarle comida y, tal vez, se sienta solo, como el abuelo cuando se va a las colinas con las ovejas.

—Zoe, no necesita nada y tampoco le pesa la soledad. ¡Escúchame bien! Él no es como el abuelo, ni como yo, ni como tú.

—¿Y cómo es?

—Diferente.

—¿En qué sentido?

—Basta. Déjate de tonterías y ocúpate de tus cosas. ¡Prométeme que no irás al bosque y que te olvidarás de todo esto!

—Abueeela… —me lamenté, como una niña pequeña y consentida a la que le hubieran quitado su juguete favorito.

—¡Zoe!

—Está bien, lo prometo. ¡Lo prometo! —le aseguré, solo para que se tranquilizara, aunque mi mente ya hacía toda clase de conjeturas y no había manera de detenerla.

Aquella noche no dormí, y los sonidos continuaron hasta cerca del amanecer. No sentía exactamente miedo, pero un escalofrío me recorría la espalda desde que la abuela había contado la historia del hombre del bosque. Si es que era un hombre…

A la mañana siguiente, la abuela sahumó la casa con incienso y me avisó que el sacerdote del pueblo no tardaría en visitarnos. Aquellos rituales me divertían y no comprendía por qué no podía acercarme al individuo del bosque, por qué no podíamos verlo, por qué debía olvidar todo lo que había averiguado. Se lo habría preguntado al abuelo Nae, pero siempre respondía con monosílabos y, por lo general, no quería enemistarse con su esposa. Se lo habría preguntado a mi madre cuando viniera a buscarme al final de las vacaciones de verano, pero, como no creía en supersticiones, se habría echado a reír y me habría felicitado por mi imaginación desbordante. Así que guardé silencio y le abrí el portón al sacerdote, que se quedó unas dos horas en la casa y roció todas las habitaciones con agua bendita, más aún que el día de la Epifanía.

Al anochecer, después de cenar, me acurruqué junto a la estufa. Afuera soplaba un viento feroz y, por valiente que fuera, no habría salido al patio por nada del mundo. Pero ya saben ustedes que algunas cosas están destinadas a suceder, y la abuela había olvidado la ropa recién lavada en el tendedero de atrás de la casa.

—Déjala, la traeré por la mañana —dije.

—No voy a dejar la ropa mojada afuera toda la noche —me respondió, mientras se anudaba el pañuelo bajo la barbilla.

Abrió la puerta y, desde la noche, una ráfaga de aire frío se precipitó sobre mí. La cerró enseguida y entonces oí un ruido extraño. El mismo de antes, pero ahora más cerca. Mucho más cerca. Pegué el oído a la puerta y escuché con el corazón en un puño. Al otro lado de la madera maciza oía arañazos y algo que parecía una lucha, pero el cuerpo se me había paralizado y no podía pronunciar una palabra. Después, una risa semejante a un relincho, imposible que perteneciera a un ser humano. Corrí el cerrojo, me persigné, como había aprendido en tantos años de asistir a los oficios religiosos, y me atreví a gritar.

—¿Abuela? ¿Estás ahí?

Del otro lado solo se oía el viento, y yo me reprochaba haberla dejado salir. En un arrebato de miedo, tomé el icono de la Virgen María de la mesita de la sala y lo apreté contra el pecho. Ni siquiera era demasiado creyente, pero sabía que algo malo nos rondaba. O alguien.

—¡Zoe, abre la puerta! —oí por fin. La petición de la abuela me dejó paralizada. Me quedé helada, aunque el Ángel Blanco de mi hombro derecho me instaba a obedecerla. Permanecí en silencio, con la mano en el picaporte y los pensamientos palpitándome en las sienes.

—¡Zoe, ¿no me oyes?! ¡Abre, niña!

No respondí. Giré sobre los talones y respiré hondo. El fuego de la estufa estaba a punto de apagarse, el abuelo dormía profundamente en el piso de arriba y el arcángel Miguel me miraba con tristeza desde un icono dorado, enmarcado por un paño de rayas. La razón luchaba contra la emoción; el Ángel Blanco, contra el Ángel Negro. Entonces abrí. En el marco de la puerta había unas marcas extrañas, como arañazos profundos, hechos por una criatura que no podía ser humana ni animal.

El viento había cesado, la abuela apenas podía recobrar el aliento y le costaba sostener el montón de ropa. El pañuelo se le había deslizado de la cabeza blanca como la nieve y tenía las mejillas encendidas. Pero estaba ilesa. Fuera lo que fuera lo ocurrido al otro lado de aquella puerta, la abuela había regresado viva y, en apariencia, indemne. Ni siquiera parecía alterada. La observé con atención. Dejó la ropa sobre el diván y se dirigió a la estufa. Había que alimentar aquel fuego. Sus movimientos eran sencillos, pausados, como si acabara de regresar de un paseo en un día despejado de mayo.

—Abuela —me atreví a preguntar—, ¿había alguien contigo afuera?

Entonces me miró por primera vez. Sus ojos eran los mismos –límpidos, claros–, pero estaban vacíos. Como si alguien más mirara a través de ellos.

—No, Zoe, a esta hora ya no hay un alma afuera.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Porque sabía con certeza que aquello no era verdad. Y sabía algo más. Que mi abuela nunca mentía.

 

Capítulo II. El guardián de la oscuridad

 

La abuela permaneció unos instantes más de espaldas a mí y después me reprendió como otras veces, aunque con un tono que parecía diferente. Un tono que no admitía resistencia.

—¡Ve a acostarte, Zoe! ¿No tienes sueño? Es medianoche.

—Sí, tengo.

—Entonces, ¿qué esperas? Vamos, a la cama.

Obedecí y me dirigí a la habitación en la que solía dormir durante los veranos que pasaba allí. Aunque me sentía muy cansada, lo ocurrido aquella noche me había perturbado tanto que estaba segura de que no cerraría los ojos hasta la mañana. Cuando llegué a mi cuarto, decidí quedarme un poco más junto a la puerta entreabierta. El Ángel Negro me susurraba que debía espiar a mi abuela. El Blanco, como de costumbre, consideraba que aquello era un pecado y me indicaba que me fuera a dormir de una vez. Le hice caso al primero.

No sé cuánto tiempo pasó; la casa estaba silenciosa. Demasiado silenciosa, como nunca lo había estado. Entonces oí algo, una voz. Era la abuela, que hablaba en voz baja, como si no quisiera que la oyeran. Agucé el oído, entorné un poco más la puerta por miedo a que me viera y escuché. Oía palabras que no entendía. La abuela hablaba con alguien, pero no había nadie en la casa, y aquella lengua… no era la nuestra. Sentí que me descomponía.

—La niña no lo sabe —dijo la abuela, esta vez con claridad.

Retrocedí un paso, el corazón se me subió a la garganta y fui directamente a la cama. El Ángel Blanco me reprendía con dureza. Me acurruqué bajo la manta suave y no pegué un ojo hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, muy temprano, la abuela volvía a ser la de siempre. O eso parecía. Me sirvió el desayuno e incluso me sonrió con ternura. Pero sus ojos, sus ojos tenían un brillo distinto. Algo flotaba en el aire, una especie de tensión extraña.

—¡Hoy no salgas del patio, Zoe! —soltó de repente, y a mí se me cayó la cuchara dentro de la taza de té de tilo.

—¿Por qué?

—Porque hoy se acercará más —dijo. Sentí que se me encogía el estómago. Dejé de comer y la miré con timidez.

—¿Quién?

Parpadeó dos veces, rápidamente, señal de que no debía interrogarla. Después se aclaró la garganta, como si acabara de darse cuenta de que me había dicho más de lo que yo debía saber.

—El viento —respondió por fin.

Hacia el mediodía, el abuelo regresó de las colinas. Entró en la casa con su lentitud habitual, sacudió las botas y saludó con un movimiento de cabeza.

—Anuța, ¿le pusiste más sal al queso? —preguntó.

—Se te murió la oveja negra —respondió la abuela, eludiendo la pregunta que acababa de hacerle.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, asombrado, el abuelo Nae. Después se hizo un breve silencio que confirmó que la abuela tenía razón.

—Lo sé —zanjó ella.

Ni el abuelo ni yo dijimos nada más, pero, cuando nuestras miradas se encontraron, supe que ambos pensábamos lo mismo. La cena transcurrió con normalidad, aunque la tensión del ambiente no se había disipado.

Al caer la noche, la abuela volvió a salir. Esta vez no tenía ropa que recoger ni otras tareas pendientes en el patio. Sin embargo, aquella noche era más luminosa que las anteriores: el cielo estaba lleno de miles de estrellas. A lo lejos, el bosque brillaba de un modo distinto. Entonces me armé de valor para seguirla sin que lo supiera. Se imaginarán que aquella decisión provocó otro conflicto entre los dos ángeles.

Caminé detrás de ella como una gata e incluso contuve la respiración por momentos. Parecía saber exactamente a dónde iba y qué tenía que hacer. La seguí hasta la cerca oxidada de atrás de la casa, la que nos separaba del bosque. Me escondí junto a una viga del cobertizo que el abuelo Nae había construido unos años antes y presencié algo que excedía los límites de la realidad. Créanme, el Ángel Blanco intentó convencerme de que estaba soñando. Tampoco aquella vez lo tomé en serio.

La abuela estaba junto a la cerca, inmóvil, de cara al bosque espeso. No hacía nada, solo permanecía allí. Parecía sumida en un estado contemplativo, como quien observa un cuadro que lo fascina. Pero ella no miraba un cuadro, miraba aquel bosque que traía luces y sombras. Esperaba algo, era evidente, me dije, y el Ángel Negro aprobó mi intuición.

Unos minutos después volví a oír aquel sonido, el de los días anteriores. No podía olvidarlo, era inconfundible. No eran pasos ni era el viento: era otra cosa. Una especie de vibración, de entidad que surgía de la propia tierra. La abuela inclinó ligeramente la cabeza, como si escuchara. Después dijo, muy despacio:

—Entendido. Así lo haré.

Sentí que me faltaba el aire. Porque lo sabía. Estaba segura de que la abuela no se encontraba sola allí, en el límite entre nuestra casa y el bosque.

No me atreví a moverme; la abuela tampoco se había movido. Seguía hablando con alguien, con aquella fuerza que había trastornado nuestras vidas.

—Todavía no está preparada —dijo por fin, y se me hizo un nudo en la garganta.

Sabía que hablaba de mí, pero no imaginaba para qué debía estar preparada. El pánico que se había apoderado de mi cuerpo me impidió seguir controlándome; pisé una tabla y el ruido llamó la atención de la abuela. Se volvió hacia mí y me miró, en aquella oscuridad, con un terror primigenio en los ojos. Supe que iba a reprenderme, supe que no debería haberla seguido. En una fracción de segundo estuvo a mi lado, como si desafiara las leyes del movimiento que había aprendido en las clases de física de la escuela.

—¡Zoe! ¡No debiste venir! ¡Dios mío, no tienes idea de lo que has hecho!

—Lo siento, abuela —dije, y bajé la cabeza en el silencio de la noche.

Aquella energía extraña se había disipado; la abuela se apresuró hacia la casa y, otra vez, me pareció que avanzaba demasiado rápido para su edad. La seguí, con lágrimas frías que me corrían por las mejillas. Ahora, quizá por primera vez, sentía que algo iba a suceder.

 

Capítulo III. Que Dios se nos vuelva Diablo

 

La abuela murió durante la noche.

En silencio, en su cama, sin agonía, sin sufrimiento. Cuando bajé a desayunar, había un trajín indescriptible en la casa. Yo, sin embargo, estaba muy tranquila. El abuelo Nae lloraba en silencio ante la mesita, con una taza de café delante. Magda, la hermana de la abuela, iba y venía atareada y me miraba de reojo, como si quisiera medir mi sufrimiento. Después se acercó y tomó mis manos entre las suyas, curtidas por el trabajo.

—Zoe, la abuela ya no está. Llevaba unos años enferma, pero no quería que lo supieras.

—Lo sé —dije, y los familiares interrumpieron sus quehaceres durante unos instantes.

¿Cómo sabía que la abuela había muerto? No tengo idea; quizá por un sueño, quizá por una premonición. Lo cierto es que lo sabía antes que nadie. No lloré, pero sentía un dolor sordo en el pecho, como si una piedra pesada se me hubiera instalado junto al corazón. Pasé mucho tiempo mirando al vacío, sin pensar en nada en particular.

Hacia el mediodía decidí ir al cuarto de la abuela para despedirme. Ya no tenía miedo; parecía haber olvidado todo lo sucedido la noche anterior detrás de la casa. La energía ya no dominaba el lugar y el bosque parecía más tranquilo que nunca. La abuela yacía con las manos juntas sobre el pecho, como si durmiera profundamente. Tenía el rostro sereno como un día de verano y a su alrededor olía intensamente a velas e incienso. Me acerqué a la cama y le besé la frente. Sabía que iba a extrañarla, del mismo modo que sabía que su muerte no había sido casual. La abuela no estaba enferma. Solo había concluido su misión. O se la había transmitido a alguien más.

Después del entierro viví en una espera continua, sin saber exactamente qué esperaba. Pasé tiempo junto al abuelo, lo ayudé a ordeñar las ovejas, le puse sal al queso, alimenté a los perros y regué las flores. Nuestros familiares se marcharon, mi madre prometió que vendría a buscarme a finales de agosto y a mí se me encogió el estómago al pensar que tendría que abandonar aquella casa. Allí ya me sentía en mi hogar. Había algo en aquellas paredes, en el olor del patio, en el crepitar de la leña; algo que me retenía. Había algo en el bosque de atrás de la casa, algo que me obligaba a quedarme.

El domingo por la noche salí al patio. No tenía ningún plan, solo quería mirar el cielo. Pero el bosque me llamaba y mis pies no me obedecían. Enseguida llegué junto a la cerca. Al mismo lugar donde había estado la abuela un día antes de morir. Miré hacia el bosque y entonces volví a oír aquel sonido. La extraña vibración había regresado; era como un pequeño terremoto que me alcanzaba sin que pudiera evitarlo. Mi instinto de defensa se activó de inmediato y me ceñí el suéter rojo al cuerpo. Después abrí la pequeña puerta que me separaba del camino hacia el bosque. Uno o dos minutos más tarde ya estaba en el sendero de tierra apisonada. Una fuerza me llamaba para que me acercara, cada vez más. Avanzaba deprisa, respirando de forma entrecortada, dejando atrás la casa de la abuela y, con ella, a la Zoe de antes.

El aire se había vuelto más denso, más opresivo. Como si el bosque respirara a mi mismo ritmo.

Avanzaba deprisa, sin detenerme ya a comprender por qué. Entonces volví a sentir a los dos, al Ángel Blanco y al Ángel Negro. Esta vez ya no conversaban. Discutían.

—Regresa, Zoe —me susurraba el Blanco—. Este no es tu lugar.

—Ya lo es —reía el Negro—. Nada puede hacerla volver.

Me llevé una mano a la sien, como si pudiera detenerlos. Pero las voces no cesaban, y llegué a un claro. Nunca había estado allí, pero aquel lugar me resultaba conocido.

Los árboles dejaban entre sí un círculo perfecto, como si alguien hubiera trazado una línea a su alrededor. En el centro no había nada. Y, sin embargo… tampoco estaba vacío. Di un paso. Después otro.

Entonces todo se detuvo. El sonido. El viento. Incluso los pensamientos.

—Has venido.

La voz no procedía de ningún lugar en particular. Estaba en todas partes. Me quedé inmóvil.

—¿Quién eres? —pregunté, pero mi voz me sonó ajena.

Una pausa. Después, una especie de risa breve, sin alegría.

—No «quién». «Qué».

La tierra vibró suavemente bajo mis pies. Y lo sentí. No miedo, sino reconocimiento. Como si una parte de mí ya supiera la respuesta.

—Tu abuela cumplió su misión —continuó la voz—. Ahora ya no puede seguir.

Se me encogió el estómago.

—¿Qué misión?

El silencio duró más de lo que esperaba.

—La de velar por la tranquilidad del pueblo.

Parpadeé como si me hubiera entrado algo en los ojos. Y por un instante la vi. No con claridad, ni por completo, pero lo suficiente para reconocerla. Era la sombra de la abuela o algo que tenía su forma.

De pie entre el bosque y yo, como una puerta, como un portal.

El Ángel Blanco gritó en mi interior:

—¡No escuches, Zoe! —Pero su voz era débil, ya lejana.

El Ángel Negro, en cambio… ya no estaba a mi lado.

Estaba justo frente a mí, tranquilo, casi satisfecho.

—Estás obligada, predestinada, Zoe —dijo la voz.

Entonces comprendí algo de una sencillez terrible: no era una elección, era una continuación, era mi destino. Respiré hondo, di un paso adelante y sentí que algo se rompía dentro de mí. Para siempre.

El Ángel Blanco calló por completo, como si nunca hubiera estado allí.

Solo quedó el Negro, que ya no susurraba, solo reía en voz baja.

Miré hacia el bosque y sonreí sin querer, sin poder detener lo que ya me estaba destinado.

—Que Dios se nos vuelva Diablo —susurré, y seguí adelante.

Larisa Marin es autora de la novela de suspense ¡No lo olvides!, publicada en 2025. Se desempeña como editora de revistas y redactora publicitaria. Licenciada en Letras por la Universidad de Bucarest, Rumania, le apasionan la historia y las relaciones internacionales. Ha publicado relatos cortos, ensayos y artículos en las revistas Proezia.ro y As Cultural. Su próxima novela, titulada simplemente Gloria, se publicará este año, tras haber obtenido el segundo puesto en un concurso literario organizado en Rumania. Se identifica con el estilo literario de autores como Gabriel García Márquez y Paulo Coelho.

 

 

PAS DE DEUX

Anatoly Belilovsky

 

Lunes:

El aire del estrecho pasillo se volvía más sofocante a medida que pasaban los segundos. El sudor perlaba la frente de Kevin y le manchaba la espalda de la camisa. Valerie estaba apoyada contra la pared, apartada de él.

—No funciona —susurró él—. ¿Estás segura de que es la puerta correcta?

Valerie se agachó.

—Levanta la mano y toca la placa —susurró—. Palpa las letras. ¿Cuáles son?

Él levantó la mano, tanteó la puerta y se detuvo.

—Mmm, bien, parece una C, una O, después algo… y luego otra O…

—Demoliciones Connors, tal como estaba anunciado —susurró ella—. Ahora vuelve al trabajo. Recuerda lo que te dije. Con calma y sin forzar. Un perno por vez. ¿Puedes distinguir cuáles ceden como si tuvieran un resorte?

—Creo que sí —susurró Kevin.

—¿Y los clics cuando quedan en su sitio?

—Sí. ¡Sí, aquí hay uno!

—Lo estás haciendo bien. Mantén una tensión constante con la ganzúa, no intentes forzarla —susurró ella.

Unos pasos resonaron por el edificio.

—Mierda —susurró Kevin—. ¿Es un guardia?

—Yo me encargo de él —susurró Valerie—. Tú concéntrate en esa cerradura. Cuando se abra…

—Los detonadores están en la caja de puros, en el cajón superior derecho del escritorio —susurró Kevin—. Lo recuerdo.

Ella lo oyó tragar saliva y despegar los labios resecos.

—¿Qué… qué vas a hacer con él?

—¿Con el guardia? —preguntó ella—. ¿Por qué quieres saberlo?

—Bueno… —Él hizo una pausa y enderezó la espalda—. Mmm…

—Querías dar un golpe en defensa de la Madre Gaia, ¿no?

—Mmm… ¿sí? —susurró él, mirando por encima de la cabeza de Valerie.

—¿Te estás arrepintiendo?

—Mmm… ¿no? —respondió él, con voz temblorosa.

Ella se incorporó, hizo una pirueta silenciosa y avanzó de puntillas por el pasillo hacia el escritorio del guardia. A Larry le tocaba el turno de noche; siempre se podía contar con que su próstata lo mandara al baño cada media hora, con precisión de reloj. Eso, y un cigarrillo a los cuartos y a las menos cuarto.

Casi podía saborear el humo del cigarrillo de Larry mientras se acercaba a él. Nunca había sido un problema pedirle uno.

 

Martes:

A Kevin le temblaba la mano mientras vertía ácido nítrico en el recipiente de vidrio. La mezcla borboteaba y desprendía una neblina anaranjada.

—¿Estás segura de que esto es seguro? —preguntó, con la voz amortiguada por la mascarilla.

—Eso espero —respondió Valerie.

Kevin retiró la mano.

—¿Cómo que eso esperas?

Se volvió hacia Valerie, con la expresión oculta tras las gafas protectoras.

—Espero que hayas lavado bien todo ese material de vidrio —dijo ella—. El TNT es un gatito si está puro. Si dejaste algo de suciedad, tendremos bolsas de dinitrotolueno sin reaccionar, y esa cosa explota con solo mirarla mal.

Kevin respiró hondo y siguió vertiendo.

—¿Dónde aprendiste todo eso?

—En el curso preparatorio para medicina —respondió ella, y se volvió para ocultar una sonrisa.

 

Miércoles:

—¿Cuánto falta? —preguntó Kevin, jadeando.

—Tres kilómetros —respondió Valerie—. Y quítate esa cara de estar muerto de miedo. Si alguien nos ve, somos excursionistas.

—Con suficientes explosivos para volar un pueblo pequeño —dijo Kevin.

—Te acordaste de guardar los detonadores en los bolsillos, ¿verdad? —preguntó Valerie.

—Sí.

—¿Seguro? Porque, si te caes y se activan dentro de una mochila llena de TNT…

—Estoy seguro —siseó Kevin entre dientes.

 

Jueves:

—Podríamos haberlo hecho ayer —dijo Kevin.

Pegó una masa semejante a la masilla en una viga y se metió la mano en el bolsillo.

—¡ALTO! —bramó Valerie—. ¿Qué te dije? Primero coloca todas las cargas; después vuelve y conecta todos los detonadores. Estás cometiendo errores, y eso que dormiste bien anoche. Si yo también estuviera cansada, podría pasar alguno por alto. Ahora toma otra carga de TNT y ponla… —Señaló una unión de vigas más arriba—. Allí.

—Mierda —dijo Kevin—. ¿Tengo que trepar hasta ahí?

—Tienes que trepar hasta ahí —respondió Valerie.

Él se izó, buscando con los pies un saliente donde apoyarse.

—¿Lo hacemos estallar esta noche?

—Mañana por la mañana —respondió ella.

—Estaríamos más calientes si compartiéramos un saco de dormir —dijo él.

Ella suspiró. Nunca fallaba. Tarde o temprano, todos acababan proponiéndoselo.

—No voy a dormir —dijo—. Tengo que revisar una vez más la colocación.

Y esta vez usar explosivo plástico de verdad, con detonadores de verdad, añadió para sus adentros.

Él suspiró y siguió trepando.

 

Viernes:

—¿Ahora? —preguntó Kevin.

Valerie asintió. Kevin presionó el émbolo.

El destello pareció demasiado pequeño, al igual que la nube que se elevó en silencio desde la base de la torre de transmisión. Kevin torció el gesto.

—Eso… —empezó a decir.

Entonces los alcanzó el muro de sonido: una avalancha palpable de estruendo y truenos que expulsó el aire del pecho de Kevin y le cubrió la cara de terrones. Él se puso de pie de un salto, se arrancó las gafas protectoras y escupió la tierra que le llenaba la boca. A lo lejos, la torre se inclinó lentamente; después cobró velocidad y cayó, levantando otra nube de polvo al golpear el suelo.

—¡Eso es! —gritó Kevin, y se puso a bailar torpemente—. ¡Tomen eso, cerdos imperialistas, contaminadores de mierda! ¡Un golpe en defensa de una Tierra verde!

Valerie aplaudió con toda la sinceridad que pudo reunir.

 

Sábado:

En su bandeja de entrada había un correo de Connors: «¡Buen trabajo! No sé cómo consigues ofrecer precios tan bajos, pero desde luego no es por hacer las cosas a medias. Tengo otro trabajo el mes próximo: Williston Electric acaba de terminar su parque eólico y necesita que derriben la vieja chimenea. Espero que presentes una oferta».

 

Domingo:

Sonó el teléfono. Ella atendió.

—Hola —dijo la voz al otro lado—. Soy Kevin.

—Kevin, escucha —dijo ella—. Te pedí que no llamaras…

—Solo quería darte las gracias —dijo él.

—¿Crees que valió lo que pagaste? —preguntó ella.

—¿Estás bromeando? —respondió él—. No veo la hora de contárselo mañana a mis compañeros de trabajo. ¡Las mejores vacaciones de mi vida!

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

MARCANDO LA ZETA...

 Juan Pablo Goñi Capurro

 

Sin temor de sonar freudiano, no estaría en este día crucial de no ser por mi niñez, por mi infancia. Desde muy chico fui un fan de El Zorro. Mi abuela me transmitió la devoción por la serie en las veraniegas tardes de Lomas. En Olavarría no podíamos verlo; por ese entonces recibíamos un solo canal de televisión y ese canal no pasaba la serie que, si no me equivoco, iba por canal 13. Nos sentábamos en el living de piso de pinotea con mis hermanos y cantábamos frente a las imágenes –en blanco y negro– “en su corcel, cuando sale la luna, aparece el bravo Zorro”. Don Diego de la Vega, su padre, el capitán Monasterio, el sordomudo Bernardo, eran personajes como de la familia. Ellos y los de Bonanza. Años después me enteré que en realidad habían grabado pocos capítulos originales de El Zorro. Me di cuenta que mi abuela ya los había visto –de hecho mi mamá es fanática también–; aprecié entonces su sacrificio de volver a repasar cada uno de los episodios, conociendo sus finales, junto a sus nietos. ¿El placer vendría por la serie en sí o por observar nuestro entusiasmo cuando nosotros la mirábamos? Ahora que he disfrutado de las ocurrencias, las salidas inocentes y las mil monadas de los chicos, pienso que ella disfrutaba más de nosotros que de la pantalla.

Esa pasión por el héroe romántico y oculto, el que desafiaba a la ocupación española –aunque no queda en claro si quería independencia u otra cosa– se prolongó en los cowboys, desafiantes ellos también de las leyes y las autoridades constituidas, autoridades corruptas y explotadoras. La saga de espadachines continuó con las lecturas del El Coyote, una especie de Zorro con otro nombre. Mis héroes no eran los futuristas, que ya existían, ni los dibujos animados, sino los personajes del pasado, como Sandokán y el Corsario Negro. ¿Desde entonces se presagiaba mi nostalgia eterna, mi descontento con la época que me tocó vivir, tan prosaica, tan alejada de los valores del honor y la caballerosidad y el romanticismo? Pasada por varias décadas mi infancia, todavía veía, cada tanto, algún capítulo de El Zorro, tal vez no tan emocionante una vez pintadas las viejas cintas. Quizá no fuera por la pintura, sino por la imposibilidad de recuperar ese clima de inocencia y de familia.

Lo cierto es que esa conjunción de sentires me llevó a no dudar en el momento en que exhibieron la película con Antonio Banderas, Anthony Hopkins y la increíble Catherine Zeta Jones. Me tocó en suerte un cine de shopping. Por una vez, me tocó en más suerte que una mujer muy bella se sentara a mi lado, mujer con un profundo parecido con la actriz mencionada. De hecho, giré varias veces mi cabeza durante la proyección, dudando sobre si no estaba sentado precisamente al lado de la actriz. La penumbra matizada por el resplandor de la pantalla me devolvía un rostro bello y plácido como el de la galesa. No era ella, claro, pero al encenderse las luces noté lágrimas en sus ojos, precisamente cuando estaba enjugando las mías. Nos vimos y nos reímos. Nos invitamos a compartir un café.

Supuse que no habría chances de aventurarse demasiado, por lo que nos ubicamos allí mismo, en el patio del centro comercial, sobre un entarimado de madera clara. A plena luz el parecido no se disolvía; como la actriz, la mujer era morena, espigada, de preciosa boca, pequeña nariz y ojos pecaminosos. Claro que el diálogo comenzó con El Zorro; calculé que ella tenía unos cinco años menos que yo, pero su historia coincidía con la mía. Los dos nos habíamos relacionado con el hombre del antifaz a instancias de una abuela. Las coincidencias nos acercaron, como si fuéramos dos antiguos compañeros de correrías reencontrados por azar en una ciudad diferente. Nos fuimos sintiendo confortables con el otro, las risas nacían espontáneamente, llevándose buena parte del tiempo del intercambio. Ella también había visto Bonanza y los Ingalls y Los Locos Adams.

Antes de irnos, intercambiamos teléfonos, ambos dispuestos a volver a vernos. Entusiasmado, creo que ni siquiera me acordé de cenar aquella noche. Al día siguiente la llamé, incapaz de contenerme. Para mi sorpresa, habituado a desplantes y rechazos, ella aceptó con un entusiasmo en la voz capaz de competir con el mío y tener éxito. A partir de allí comenzó la historia de amor más insólita que me tocó vivir (o la historia de amor, a secas). Ella insistía en volcar en la vida diaria las cuestiones de la pantalla. Así, en la cama éramos El Zorro y la Mujer Maravilla, el Hombre Nuclear y Laura Ingalls, el gordo de Bonanza, Joe, y una de las Ángeles de Charly. Estas acciones incluían cambio de roles, tocándome más de una vez dar vida al papel femenino. No niego cierta incertidumbre, cierta comezón, en estos primeros intercambios en que tocó ponerme polleras y panties, incluso maquillaje. Pero una vez que me acostumbré lo disfruté tanto como ella.

Sus propuestas no se contuvieron dentro de los límites fijados por las paredes de un departamento; sus ideas se explayaron. Ideas que secundaba gozoso, con la zanahoria de su cuerpo y de la diversión frente a mis ojos, tirando de la parte de la carga que me tocaba en ciernes. Empezamos a concurrir a los parques a jugar a los cowboys; pronto ello tampoco bastó. Hicimos viajes al interior, aprendimos a andar a caballo para darle más autenticidad a los westerns; la fiesta continuaba. Nos complementábamos como pocas parejas, participé cada vez más en la elección de argumentos para nuestras películas. Por las noches frías mirábamos nuestras series; las teníamos grabadas, cada uno su propia colección. Claudia, se llamaba Claudia mi Catherine nativa, estaba cada día más linda y yo tenía cada vez mejor estado físico, dadas las condiciones de entrenamiento constante en que se desenvolvía la relación. Vivíamos separados pese a tanta mágica comunión; ignoro cuál de los dos ponía las reservas. Jamás nos planteamos la alternativa. Quizá temíamos el momento en que aparecía “The End” en la pantalla y había que dejar el cine, la penumbra, la fantasía. Era probable que nos volviéramos una pareja del montón una vez agotado el libreto del día; supongo que lo sospechábamos y no nos entusiasmaba esa perspectiva.

Al cabo de unos dos años, meses más meses menos, noté que mi amada pretendía nuevas dosis de acción, involucrando una realidad que excedía los marcos de nuestras personas y ámbitos para explayarse. Primero quiso asustar a la gente, apareciéndose vestida de superhéroe. Es decir, apareciéndonos. Fue gracioso, un poco, pero yo no me sentía tan seguro de su decisión. Una noche, tras ver la película del Zorro por décima vez, ella dijo que la realidad nuestra no era tan diferente a la que vivía el Zorro; las empresas extranjeras eran potencias invasoras y nos reducían a la esclavitud, necesitábamos de un superhéroe real. Un temblor me asaltó, incrementándose a medida que continuó exponiendo sus ideas. Entusiasmada con el diseño de su proyecto no se percató de mi aprensión. Habló de petroleras, de comunicación, de electricidad. Aseguró, con el énfasis que le conocía cuando se involucraba con lo que iba diciendo, que sería importante para la gente sumergida tener un héroe mítico que la vengara. Estábamos en su casa. Puse una excusa por primera vez; dije que tenía que hacer cosas temprano a la mañana siguiente y escapé, muy asustado. Por cierto, antes me quité la peluca y el vestido que llevaba puesto. Salí a la calle con algo de rubor y con las pestañas postizas, apurado por refugiarme entre mis propias sábanas, temiendo hasta el eco de esas palabras que auguraban malas noticias.

Me di un baño de realidad; no la llamé y no atendí sus llamados. El juego de la chica se había encarnizado demasiado, escapaba a todo límite. Yo creía que con nuestras aventuras inocentes teníamos más que suficiente para que la relación escapara del catálogo de desabridas uniones que uniforma países y culturas occidentales. Pero su problema no pasaba por buscar una relación intensa o diferente. Liberado de la viga del enamoramiento que cegaba mi vista, comprendí que ella entendía la relación como una asociación contra la realidad; le hubiera gustado que la secundara, que fuera cómplice de su desvarío hasta las últimas consecuencias. Quizá podría haber puesto un poco de énfasis para volverla en sí, pero ¿en el sí de quién? ¿Proponerle que viviéramos juntos, en vez de andar haciendo locuras?; ninguno era rico pero nuestros sueldos sobraban para satisfacer necesidades de una vida más que confortable. Ese argumento no hubiera servido; su ambición, su desesperación, no pasaba por cuestionamientos burgueses, por aspiraciones materialistas. Su mente había sido desbordada y le exigía realizaciones más allá de la línea divisoria entre realidad y fantasía.

Ella insistió; en su último llamado, con la voz quebrada, le dijo a mi contestador que el Zorro me necesitaba, que sería difícil llevar adelante la empresa del enmascarado sin su fiel Bernardo. Se despidió con un simple “chau”, llorando sin tapujos. Por cierto que lloré yo también al escucharla. Pero no cedí a la tentación; advertí el peligro agazapado en su sinrazón, en su fantasía perturbada. Dejé morir la historia de amor y no supe de ella por un par de meses, hasta que como todos vi la foto de su cuerpo en el diario, en la televisión, en las revistas. La chica había asaltado un camión de la Esso, a caballo y enmascarada, ¡con una espada! El camionero no se detuvo; embistió al caballo y a ella juntos. Murió de inmediato. La noticia fue muy comentada, había completado el vestuario al punto de llevar la capa con la Z.

Me deprimí hasta lo indecible. La vida pasó a ser un túnel que no llevaba a parte alguna. Hasta me arrepentí de no haberla acompañado, de no haberme suicidado así, morirnos juntos como Thelma y Louise. ¿Qué me quedaba? Después de Claudia todo sería cuesta abajo, realidad innegable, indiscutible, pobre. Pensé que moriría de tristeza y sin embargo sobreviví, sobreviví tras noches enteras viendo las viejas series, cantando o tarareando las cortinas musicales, emborrachándome de vino y nostalgia. Mi recuperación fue obra del cansancio. Si, no hubo milagros ni replanteos ni psicólogos. Me cansé de la depresión, me aburrí de la depresión y comencé a respirar otra vez, aunque ya el aire me supiera a poco. Asumí que el Zorro había trastocado las reglas no escritas de las series televisivas, había muerto. Recuperado, me preparé. Estudié las cosas con calma, siempre fui más práctico que Claudia.

Sé que no es tiempo de espadas y caballos, no vale la pena insistir con eso. Hubo algunos hombres arañas en los últimos años, pero dedicados a robos sin grandeza. Seré Batman, tal vez el primero de los héroes en incorporar la tecnología para suplantar sus carencias de poderes especiales. De otra manera no puedo dejar sin teléfonos a toda la ciudad de Buenos Aires. Aunque si tengo que ser sincero, para mi gran acto hubiera elegido como Claudia, hubiera sido el Zorro. Lástima que el Zorro ha muerto.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

 

 

 

domingo, 18 de octubre de 2026

VILLANCICO PARA LOS DURMIENTES

Andrzej Piętka

 

Miró el pequeño naranjo. Estaba delante de él, en una maceta de cerámica, y extendía una ramita hacia la superficie de acero del escritorio. A Trot le gustaba aquella plantita. Le parecía valiente y siempre dispuesta a jugar. Por supuesto, a juegos que no exigieran moverse. Sus hojas verdes tenían el color de las botellas cuyos cuellos encorchados veía a menudo al pasar por el almacén. La regaba despacio, con un fino hilo de agua cuidadosamente preparada, humedeciendo con delicadeza toda la superficie alrededor del tronco, para que fuera el propio árbol, y no él, quien eligiera las raicillas con las que absorber la humedad.

Todavía le quedaba la limpieza semanal de las hojas y, por último, pasar la aspiradora. No le gustaban los suelos sucios, y las plantas a veces podían ensuciar bastante. Aunque hacía lo de siempre, dosificando de manera óptima el agua, la luz, los fertilizantes y la temperatura, los seres a su cuidado seguían buscando nuevas formas de expresión: doblaban las ramas en direcciones inesperadas, dejaban caer hojas, amarilleaban o se secaban aquí y allá y, lo peor de todo, esparcían fragmentos de corteza descamada y cubrían de polen cuanto los rodeaba. Trot entendía de plantas; sabía tanto sobre ellas que incluso había llegado a conocer sus formas de interacción. Reconocía sin dificultad sus necesidades y preferencias: interpretaba las señales de los tallos que se desplegaban, de los cambios de color o de las hojas que se retorcían. También procuraba no olvidarse nunca de los demás habitantes de la Sala Verde: los hongos y los microorganismos. Aunque aquello resultaba todavía más difícil, cuidaba de esos seres con tanto esmero como de sus compañeros de mayor tamaño.

Trot había trabajado allí desde siempre. Antes lo acompañaba el viejo Tatik, que ahora, debido a su edad y al desgaste, solo trabajaba de vez en cuando, cuando el programa de cuidados exigía redoblar los esfuerzos. También estaba el joven Trit, pero apenas comenzaba a aprender. Había asimilado la teoría sin dificultades; ahora le tocaba aprender a tocar. A primera vista, Trot se distinguía de sus compañeros por su color marrón oscuro, pero lo que lo hacía excepcional era su tacto. En su profesión, lo más importante era actuar con esmero, precisión y delicadeza. Sus compañeros no dejaban de maravillarse de que, pese a desplazarse sobre una plataforma con ruedas, fuera tan atento, cuidadoso y sensible. Solo sus manos estaban autorizadas a tocar las plantas. No lo consideraba una distinción, sino más bien una obligación y un servicio. Pero era un servicio agradable. Amaba a sus amigos verdes; le encantaba verlos florecer o recuperarse de alguna pequeña enfermedad, cuando les brotaban nuevas ramas y hojas.

Consultó los registros del momento. No había ninguna notificación importante; todos los informes eran tranquilizadores. Sus hermanos y hermanas cumplían sus tareas cotidianas en sus puestos de trabajo sin ninguna alteración, y solo el suave zumbido de los ventiladores resonaba entre el follaje de la Zona Verde. Al otro lado de la ventanilla de la pared, a su izquierda, se abría un vacío oscuro. De lejos parecía un agujero en el que uno podía caer, como en un pozo. Se acercó con cuidado para echar un vistazo. Se inclinó y apoyó una mano en el cristal frío. Oscuridad, aunque no era de noche. Últimamente, el vacío parecía estar un poco más lleno. No podían verlo, pero ya lo percibían. Las mediciones que recibían demostraban de manera inequívoca que a su alrededor aparecían cada vez más partículas y radiación. Era una señal de que se acercaban. Recordó cómo aquel verano había observado un cometa con Tatik. El primero cuya trayectoria pasaba lo bastante cerca como para que los compañeros del observatorio pudieran realizar algunas mediciones básicas. Después había mirado las fotografías y buscado palabras capaces de expresar su inesperada belleza. Lo sobrecogía pensar que, mientras su mundo estaba allí, el cometa llevaba muchísimo tiempo recorriendo espacios inmensos, sin que supieran nada el uno del otro. ¿Y si el cometa pensara? ¿Y si, aunque avanzara por el cosmos arrastrado por la inercia de una enorme patada recibida mucho, muchísimo tiempo atrás, hubiera conseguido desarrollar por evolución, por ejemplo en su superficie, una conciencia de sí mismo, un observador de los pársecs de su viaje?

Un cometa. ¿Era un cometa? ¿Y qué era ese… cometa? Mmm, allí le faltaba inspiración. Un cometa era un cometa, y su gran luz, que no era luz, y su cabellera, que no era cabellera, llevaban alegría a quienes lo observaban. Al fin y al cabo, se acercaban las fiestas. ¿Solo alegría? Tal vez también esperanza; tal vez una señal de que el vacío no era un vacío absoluto, sino un fragmento del gran mosaico de fuerzas del que estaba compuesto el espacio. A veces le gustaba detenerse y concederse un momento para dejar que sus reflexiones giraran sobre sí mismas. El arbolito, a través de la hoja que Trot estaba limpiando, sentía que su contacto se había prolongado un poco.

«Han pasado tantos años, y Él sigue viniendo a nosotros y, como cada año, solo nos pide una cosa: que creamos». Las líneas de texto fluían hacia su interior, pero no se resistía. En cierto sentido, las esperaba. Era una transmisión del Canal de Alabanza; a menudo la escuchaba mientras trabajaba. Le encantaba la Navidad. «Lo esperaron durante cuatro mil años. Reyes, sabios y profetas. Escuchen, hermanos y hermanas. En el resplandor de la gloria llegó el soberano, como un recién nacido, sin nada, desnudo, en su versión básica, para conquistar todo el universo y amar a cada ser viviente. Quienes lo esperaron y se fueron también se alegraron de su llegada, porque su espera no había sido en vano». Se quedó pensando. Él sabía de esperas. Esperaba los frutos. Esperaba la germinación. Esperaba la llegada. Toda su vida era una espera. La espera de alcanzar el destino, pero quizá entonces comenzara todo, de modo que su espera era la espera de un comienzo.

Sí, había nacido cuando todos a su alrededor vivían esperando, aunque habría sido más exacto decir que lo habían activado. Lo habían puesto en movimiento y lo habían llenado, y cuando todas sus piezas se enfriaron y solidificaron, los neurotransmisores recibieron la orden de ponerse en marcha. Despertó y comenzó a esperar con los demás, y todo aquel tiempo en el que había vivido era un tiempo de espera, un Adviento. Creyó que su espera formaba parte de la gran espera que, cientos y miles de años atrás, habían compartido millones de personas en la Tierra. Antes de que terminara la transmisión, ya había acabado de limpiar. Dejó la aspiradora en su estación y se dirigió a la biblioteca. Entre cientos de catálogos había miles de grabaciones, datos e incluso auténticos libros de papel cuidadosamente seleccionados.

 

—Aquí también. Una amarilla. —Aba miró a Trot y sus ágiles manos. Él se acercó, tomó de sus manos una gran esfera navideña, brillante y de aspecto nevado, y avanzó con cuidado hasta el árbol. Los brazos telescópicos se extendieron sin ruido. Unos pocos movimientos de los dedos y otro adorno quedó colgado de una rama del frondoso árbol de Navidad situado en el centro de la Cámara del Sueño. El hermoso abeto verde se erguía en una maceta hidropónica especial, justo en el medio, de modo que todos los ojos de la tripulación, si pudieran abrirse, lo vieran de inmediato. Mañana sería Nochebuena. Por eso, aquel día, como todos los años, Trot y Aba, la singularidad acompañante, trabajaban en la sala para preparar el árbol de Navidad destinado a los humanos que dormían en sus sarcófagos. ¿Dormían? En realidad, ninguno dormía: todos llevaban muchos años muertos. Sin embargo, sus compañeros robóticos de viaje preferían pensar que dormían para siempre. Aunque los pasajeros encerrados en las cápsulas no mostraban signos vitales, sus compañeros artificiales no habían desconectado los sistemas que mantenían constantemente los cuerpos de hombres y mujeres en un estado impecable. Quizá algún día consiguieran descifrar el código de la vida y despertarlos de verdad. Mientras tanto, pasaban los años, y aquellas fiestas serían las últimas en el espacio.

—¿Crees que deberíamos añadir más luces? ¿Quizá verdes? —Trot miró a Aba, que permanecía inmóvil, esbelta y hermosa. Contemplaba el árbol, analizaba cada detalle, lo comparaba con los modelos, sintetizaba y evaluaba el conjunto.

—No, eso alteraría la armonía. Fíjate en el espejismo cromático que hemos conseguido. El rojo y el blanco, y esos destellos de rayos azules. Creo que esta de aquí, Marie Jouvet, seguramente reconocería su bandera en el árbol de este año. Y Joseph, y Daan, e incluso Kiril. Si hubiera que añadir algo, quizá podrías colgar un carámbano plateado en ese extremo… —Dejó la frase en suspenso—. Y después vuélvete hacia mí. Te tomaré una fotografía.

—No hace falta. Un árbol tan hermoso y yo tan feo. —Trot estaba realmente avergonzado. Colgó el carámbano y… posó, tal como Aba le había pedido.

—Sí hace falta. Quizá nunca volvamos a tener ocasión de adornar juntos un árbol de Navidad. ¿Sabes? Ya empiezo a sentir nostalgia.

—¿Nostalgia? Sabes, Aba, cada día me maravillas. Nostalgia. ¿Quién te enseñó eso? Es un sentimiento tan abstracto que ni siquiera los humanos sabían explicarlo. ¿Recuerdas que una vez te envié una selección de textos sobre la saudade?

—No lo sé. Simplemente la siento. Esos sentimientos nacen solos dentro de mí, como las llamaradas del Sol. A veces siento como si nuestros creadores, desde el principio, me hubieran dado tanta libertad para fantasear que pudiera simular cualquier sentimiento. Aunque, sabes, lo que siento por ti… no es simulado.

Trot se volvió y se acercó al escritorio que había junto a la pared. Comenzó a guardar los instrumentos y las herramientas que habían utilizado. ¿Había sentido algo? No, no lo admitiría, nunca.

—Es una lástima que no pueda simular sentimientos. Creo que entonces yo también te amaría mucho. Por desgracia, con mis capacidades y posibilidades solo puedo fingir que estoy contento. —Comenzó a balancearse de un lado a otro. Aba soltó una carcajada.

—Me encanta verte contento. Eres realmente maravilloso. ¿Qué te parece si les cantamos algo?

—¿Con qué empezamos? —Trot se acercó y se colocó a la derecha de las cámaras criogénicas dispuestas en forma de estrella.

—Propongo… —Se quedó pensando; la lista de reproducción de su memoria contenía cientos de villancicos de todo el mundo. Esta vez elegiría con el corazón, en consonancia con el corazón de su diseñador—. «Dios nace».

—¿En polaco?

Aba acababa de repasar la información sobre la pieza elegida y estaba satisfecha con su intuición. Era un buen villancico, tanto por la letra como por la melodía.

—Sí. Es muy apropiado.

Comenzaron a cantar, en voz baja, con suavidad. Solo Madre los escuchaba. Y los durmientes. Doce mujeres y doce hombres. Sin duda los oían.

Sin duda.

 

Al día siguiente, 24 de diciembre según el tiempo de a bordo, todos se habían reunido ya en el puente. Estaban Aba y sus compañeras Omi y Saja, hermosamente adornadas con telas vaporosas de tonos pastel y pequeñas luces de colores que oscilaban, dispuestas con gracia sobre sus hombros blancos como la nieve y sus caderas bien proporcionadas. Estaban los trabajadores y los técnicos de mantenimiento de acero. Junto a la pared, Trot distinguió al rojizo SpT07, un tímido especialista en automatización. Permanecía inmóvil, con las pinzas bajas, y parecía apagado, pero los puntos rojos de su cabeza brillaban intensamente. Era una señal de que estaba emocionado y aguzaba sus sensores al máximo para no perderse nada. El jardinero sintió que alguien lo tocaba y se volvió. Claro, era el joven Trit, que quería a toda costa estar más cerca y verlo todo con detalle. Tenía unas manos perfeccionadas, muy suaves, con regulación de la temperatura y la humedad de los dedos. Muy pronto recaería sobre él la coordinación de la gran tarea en el lugar de aterrizaje. Por eso, además de su trabajo diario con Trot, desaparecía durante largas horas para adquirir conocimientos y conocer al resto de la tripulación. Sus maestros estaban encantados con él. Trot recordaba bien que, después de las primeras lecciones, habían ido a contarle las extraordinarias capacidades y los excelentes modales del joven jardinero. Al parecer, trabajar con la naturaleza viva estimulaba y agudizaba los sentidos, aceleraba la mente y aportaba tacto.

—¿Cuándo empieza?

—Dentro de un momento. ¿Terminaste las clases? —Trot miraba a Trit desde arriba, como siempre que quería asumir el papel de padre.

—Hace mucho. También fui a ver nuestro árbol de Navidad. Aba y tú lo adornaron de maravilla; seguro que les habría gustado. Debo reconocer que no has perdido la práctica, Trot: no hiciste caer ni una sola aguja.

—Gracias. Dentro de unos años lo plantaremos en las montañas. Ya verás cuánto potencial tiene nuestro arbolito. Tatik vio muchos como este en la Tierra. Dijo que desprenderían un aroma intenso.

El joven Trit pasó junto a su compañero mayor y avanzó hasta la primera fila. Vio unas figuras conocidas. Eran sus maestros, la sabia Kappa y el distinguido Alfa. Parecían casi iguales a los Durmientes: tenían hermosos rostros, cabellos largos, cuerpos de hombre y de mujer. Su aspecto era magnífico, y su piel, que siempre lo había maravillado, era perfectamente imperfecta: tenía depresiones, arrugas, pecas e incluso vello. Más de cien años atrás, los diseñadores habían creado a los compañeros de los humanos, maestros de las nuevas generaciones, a su fiel semejanza, con el propósito de reducir al mínimo la barrera entre lo artificial y lo real. Ahora que los humanos se habían dormido, la imposibilidad de cumplir su tarea no había sido un obstáculo para los maestros artificiales. Por el contrario, habían ampliado sus conocimientos sobre el Homo sapiens y, conservando la cultura y las costumbres de los Durmientes, enseñaban a los demás miembros de la tripulación acerca de la humanidad, su historia, su cultura y sus hábitos. Lo hacían mediante la transferencia de datos, pero también a través de interacciones, comunicación oral y presentaciones. Permitían que sus alumnos descubrieran al ser humano de manera individual y tangible. En realidad, Alfa y Kappa eran guías: enseñaban a las máquinas a ser al menos un poco humanas, ahora que los propios humanos ya no estaban. Así lo dictaba la lógica. Algún día los humanos llegarían a aquel lugar y verían que el nuevo mundo estaba preparado para recibirlos.

En las grandes pantallas que ocupaban toda una pared de la sala apareció un paisaje de la Tierra. Un auténtico invierno terrestre se desplegó alrededor de los presentes. Estaban en un gran claro nevado, rodeado de bosque. A lo lejos se recortaban, negras y nítidas, las cumbres de las montañas, y sobre ellas brillaba una gran Luna. Se oía el suave rumor del viento, y la temperatura de la sala descendió más de diez grados. Frente a la tripulación reunida estaban los sillones vacíos de la tripulación fallecida: veinticuatro.

Esperaban su discurso. Madre, pues así habían llamado los creadores a la unidad principal de la nave, al parecer en homenaje a otra computadora de a bordo ficticia, siempre procuraba intensificar el ambiente festivo. Por fin habló con su voz cálida y profunda.

—Les doy la bienvenida a todos. Nos reunimos, como cada año, en estas fechas de celebración, para honrar al Niño Dios recién nacido y confiarle el cuidado de nuestros venerables Durmientes. Hemos venido a inclinarnos ante Jesús, como toda la creación orgánica e inorgánica. También nos inclinamos ante nuestros creadores, los amadísimos humanos que nos dieron la vida.

Todos los robots reunidos en la sala inclinaron la cabeza, y los maestros Kappa y Alfa hincaron una rodilla en el suelo. Se hizo el silencio. Trot vio, en el borde del campo de visión de su cámara, que Trit seguía el ejemplo de sus maestros e intentaba también doblar las extremidades, aunque la amplitud de movimientos del joven jardinero era muy limitada en ese aspecto. Madre, en nombre de todos, rezaba por la paz de los humanos en la Tierra y por la protección de sus enviados, unidos en un solo grupo y a la espera de entrar en la órbita del planeta hacia el que viajaban desde hacía tanto tiempo.

—Me gustaría que ahora tomara la palabra Alfa —dijo la voz sobre sus cabezas.

El distinguido androide hizo una reverencia y avanzó despacio hasta el centro. En la pared, detrás de él, Madre proyectó una imagen del espacio exterior. A lo lejos, en la esquina derecha, se distinguía una pequeña esfera azul. Hacia allí se dirigían. Ya estaban tan cerca. Aquella primavera comenzarían una nueva vida, y la historia de la humanidad y de sus robots abriría un nuevo capítulo. Trot miraba fascinado. Esperaba encontrar allí una naturaleza maravillosa y completamente nueva. Las nanosondas enviadas llevaban mucho tiempo informando de la existencia de vegetación e incluso de una fauna escasa. Según las mediciones, la atmósfera y las condiciones climáticas eran sencillamente perfectas para las semillas, esporas y plantas jóvenes reunidas a bordo. Cuánto trabajo. Por un momento se sintió cansado, pero la alegría fue disipando sus temores y dándole esperanza.

—Spes Nova. Nuestro nuevo hogar. Dentro de apenas tres días entraremos en órbita y comenzaremos los preparativos para los descensos. Iniciamos una etapa completamente nueva en la historia de la humanidad. De acuerdo con nuestro compromiso común, no dejaremos de enviar nuestras transmisiones hacia la Tierra, y creo firmemente que otra nave está en camino. Sí. Sin duda ya viene hacia nosotros. Pero hoy no quería hablar de eso. —Abrió los brazos de par en par—. Estoy orgulloso de ustedes. Hemos realizado un trabajo magnífico al llegar hasta aquí y prepararnos a la perfección para poblar un nuevo mundo. Pero hay algo todavía más importante: hemos evolucionado conservando los rasgos fundamentales de la cultura y la ética humanas. Gracias a nuestros esfuerzos, hemos superado los límites de nuestra simulación para volvernos paraconscientes, y gracias al descubrimiento de nuestra religiosidad… —Se le quebró la voz. Cambió de tema—. Estamos celebrando nuestra última Nochebuena en la ESS VOYAGER. Es un momento excepcional. Quisiera desearles, mis queridos compañeros, la bendición de Dios para esta nueva etapa. Que la paz y la bondad reinen en nuestros corazones. Corazones, porque sé que tenemos corazones. Que el Recién Nacido guíe con seguridad hasta nosotros a las próximas misiones. ¡Feliz Navidad!

Madre volvió a iluminar las paredes a su alrededor, simulando la noche invernal y el claro del bosque, y sobre él un cielo estrellado. Todas las figuras reunidas callaron y permanecieron inmóviles. Por los altavoces sonó una melodía conocida. Comenzaron a cantar.

—Noche de paz, noche santa…

Andrzej Piętka (Silesia, Polonia, 1977) es escritor, ingeniero y gestor, residente en Rybnik. Debutó con el cuento «Dom pokoju», incluido en la antología de ciencia ficción Ocaleni, y participó en Ocaleni 2.0 con «Już.». Lector desde la infancia, es aficionado a las formas literarias breves, la poesía y la música cinematográfica. En su tiempo libre lee, escribe y viaja.

 

 

LA CASA AL BORDE DEL BOSQUE