lunes, 6 de julio de 2026

LA PECERA DEL GIGANTE

Ricardo Bernal

 

Entonces el gigante me puso en una pecera; por suerte no tenía agua pues nunca aprendí a nadar. ¡Por favor señor gigante, déjeme salir! Nada de eso chiquilín, ¡ya verás como vamos a divertirnos! En la mano derecha el gigante tenía una caja de choco krispis del tamaño de un edificio: se echó un puñado a la boca y arrojó otros pocos a la pecera; toma, para que no te mueras de hambre. El gigante me miró con curiosidad, luego sonrió y me cerró un ojo. Al rato regreso, dijo antes de alejarse; voy a buscarte compañía. Me quedé solo con mis miedos. ¿Compañía?, ese gigante estaba demasiado loco, lo mismo podía traer una tarántula, grande como su mano, que una muchacha de mi especie. Recorrí la pecera: medía veinte pasos de largo por doce de ancho y el piso estaba cubierto de piedras de colores. En una esquina encontré el enorme esqueleto de un pez, en otra había un castillo de plástico lleno de moho. Entré al castillo, tuve que agacharme para poder cruzar la puerta. ¿Estaré soñando? ¿Qué demonios hago yo en una pecera? Salí; a un lado del castillo había una tapa de gerber llena de agua. Bebí un poco, aparentemente el agua estaba limpia. Me senté en una piedra y saqué todo lo que traía en las bolsas de mi abrigo: un libro de poesía, un ajedrez electrónico, mi pequeño amuleto contra el mal de ojo. Ninguna cuerda, ninguna cantimplora llena de poción mágica para volar y escaparme así de mi triste destino. Lloré un buen rato. Luego recogí un choco krispis, en mis manos era del tamaño de una baguette. Lo mordí: ¡auch!, demasiado duro. En fin, era preferible eso a morirme de hambre. Llegó la noche y entré al castillo. El frío me calaba hasta los huesos, pero era mayor mi cansancio así que me quedé dormido.

 

¡Yuju yuuuju!, canturreó el gigante. Abrí los ojos y me puse de pie como impulsado por un resorte: ya era de día. Mira a quién tenemos aquí; el enorme guante de cuero se abrió despacio, en la palma estaba un hombre melenudo y harapiento... ¿Fagus? No podía creerlo: era mi hermano mayor al que creíamos muerto desde hace cuatro años en la guerra de Constantinopla. Fagus fue arrojado al interior de la pecera. Al reconocerme corrió hacia mí y nos abrazamos entre lágrimas y gritos de felicidad. ¡Déjense de cursilerías!, rugió el gigante desde arriba, la fetidez de su aliento casi nos hace vomitar. La situación es la siguiente, dijo el gigante; hoy es lunes, me voy a ir de viaje pero regresaré el próximo domingo. Para entonces, uno de ustedes debe estar muerto. Si los encuentro vivos a los dos, no sólo me los tragaré de un solo bocado, sino que iré a pisotear su ciudad hasta que no quede piedra sobre piedra. El gigante emitió una diabólica carcajada que hizo temblar su barriga como si fuera una gelatina. Luego metió la mano al bolsillo de su chaleco y sacó un dedal, arrojando su contenido a la pecera. Aquí tienen armas para que peleen a muerte. Fagus y yo vimos incrédulos las viejas pistolas del pirata Francis Drake, el martillo de Thor, la espada de Isildur que durante tantas generaciones había estado en el museo de nuestra ciudad. ¡Ejem!, exclamó el gigante; ahora que si lo que quieren es una muerte romántica... Del otro bolsillo sacó un frasco verde, le dio vueltas a la tapa que resultó ser un gotero, y vertió tres gotas de un líquido ambarino en el dedal, colocándolo luego en la pecera. Un solo trago de este veneno provocará una muerte instantánea en cualquiera de ustedes, dijo el gigante. Otra cosa: si se les ocurre la ridícula idea de hacer un pacto suicida y los encuentro muertos a ambos, inundaré de alcohol su ciudad y le prenderé un cerillo. ¡Cómo me voy a divertir viendo a sus congéneres correr chamuscados en todas direcciones! Bueno mis pequeños amigos, espero que la pasen bien en mi ausencia; y el gigante emitió otra terrible carcajada. ¡Ah!, olvidaba darles su comida: tomó la caja de choco krispis y nos arrojó un puñado. ¡Hasta el domingo! Los pasos del gigante se alejaron, haciendo retumbar las paredes transparentes de nuestra cárcel.

 

El gusto de volver a vernos era mayor que la amenaza del gigante. El resto del día, Fagus y yo nos la pasamos hablando. Me contó cómo lo habían hecho esclavo de guerra en Constantinopla; estuve tres años trabajando de sol a sol en un molino, me daban de comer basura y latigazos, hasta hoy en la mañana cuando el gigante me liberó, aplastando con sus tenis a mis verdugos. Me preguntó por sus hijas. Están bien, aunque al ver que no regresabas te dieron por muerto y pusieron otra lápida junto a la tumba de tu esposa. ¿No se han casado? No, pero dudo que sigan solteras mucho tiempo. ¿Y tú qué has hecho?, preguntó Fagus. Me casé hace medio año con Lia, la hija del herrero. ¡Pero si es una niña! No, reí; te aseguro que ha crecido bastante desde tu ausencia. Hablamos de los amigos, de cómo había sido reconstruida la ciudad después de la guerra. Luego nos callamos un buen rato. Contemplé a Fagus: estaba esquelético, ceniciento, ¿dónde había quedado aquel guerrero impresionante que hacía correr al enemigo con sólo llevar la mano al pomo de su espada y decir ¡bu!? Su triste mirada me recordó al primer jabalí que maté con mis propias manos, una de esas miradas donde no hay esperanza ni razón alguna para seguir de pie sobre la tierra. Llegó la noche. Tratábamos de no pensar. Conocíamos de sobra a los gigantes, no en balde nuestro padre había encontrado el fin de sus días en el estómago de uno de ellos. ¡Maldición!, grité golpeando con mis puños las gruesas paredes de la pecera; ¡maldito gigante hijo de puta! Lágrimas de rabia surcaron mis mejillas hasta que los brazos enflaquecidos de Fagus me abrazaron. ¡Cálmate, hermano!, no tiene caso perder la cordura. Vamos a dormir, mañana pensaremos qué hacer. Debe de haber una salida.

 

El martes y el miércoles pasaron volando, las horas eran granos de arena en el reloj del destino. Fagus y yo nos rompimos la cabeza buscando la forma de escapar. No tiene caso hermano, supón que logramos fugarnos: el gigante no nos lo perdonaría y su venganza sería incendiar nuestra ciudad. Era cierto. Además ni siquiera podríamos bajar de la mesa, la enorme mesa sobre la que descansaba nuestra cárcel. Después de una amarga noche de insomnio llegó el jueves. En la penumbra del amanecer, las armas tiradas entre las piedras de la pecera brillaban como burlándose de nosotros. Quedaban muy pocos choco krispis. El silencio era cada vez más denso. Evitábamos mirarnos. Evitábamos estar cerca. Si Fagus entraba al castillo de plástico, yo salía, y viceversa. Ni siquiera los duros años de la guerra nos habían preparado para una situación como ésa.

 

Durante todo el jueves lo único que hicimos fue recorrer la pecera a grandes pasos. Parecíamos autómatas. Varias veces sorprendí a Fagus murmurando incoherencias, quizá sin darme cuenta yo hacía lo mismo. Poco antes del anochecer Fagus se detuvo frente a mí, sus ojos eran dos obsidianas encendidas. Hermano, dijo poniendo sus manos en mis hombros; he decidido tomarme el veneno y acabar de una vez por todas con esta angustia. El horror aceleró los latidos de mi corazón: ¡No Fagus, eso no! ¡En tal caso echémoslo a la suerte! Una sonrisa de ultratumba arrugó el rostro de mi hermano, es mejor que yo muera, soy el más viejo; tú tienes una esposa, una vida por delante. Yo en cambio soy hombre muerto desde el día en que me atraparon mis verdugos. No, Fagus, yo no podría vivir con tu sacrificio a cuestas, ¡echémoslo a la suerte, y que Dios se apiade de nosotros! Entonces recordé mi ajedrez electrónico, ¡una partida de ajedrez, claro! De la bolsa de mi abrigo saqué el estuche; al mirarlo pensé en un sarcófago diminuto. Un honorable duelo entre hermanos, esa era la única, la espantosa solución. Fagus, juguemos una partida de ajedrez, el perdedor tendrá que tomarse el veneno. Fagus estuvo de acuerdo, había sombras alrededor de sus ojos decrépitos. Decidimos comenzar la partida al día siguiente.

 

Esa noche no pude dormir ni un segundo. De niños, nuestra instrucción bélica incluía al ajedrez. Para nosotros era más que un simple juego: en el tablero aprendimos las tácticas, los misteriosos caminos para llegar a la victoria. Quien en la vida de la guerra aplica las leyes del ajedrez, sabe que el factor suerte puede reducirse a cero. Al amanecer Fagus y yo bebimos agua y comimos nuestra diaria ración de alimento, medio choco krispis cada uno. Luego desdoblé el tablero encima de una piedra y colocamos las piezas en silencio. Yo jugaría con blancas, Fagus con negras. Aunque anteriormente muy pocas veces había logrado ganarle a Fagus en el ajedrez, eso se compensaba con los cuatro años que él había dejado de practicar, cuatro años en los que yo derroté a varios campeones. Así comenzó la partida: peón cuatro rey, peón cuatro rey. Caballo tres alfil rey, caballo tres alfil dama. Alfil cuatro alfil, peón tres dama... Para uno de nosotros, este era el último juego.

 

Había que cuidarse de los caballos de Fagus: se metían en todas partes entorpeciendo mis tácticas de ataque. Las jugadas se llevaban cada vez más tiempo conforme avanzaba la partida, habíamos puesto un límite de una hora por tirada. Para el atardecer, Fagus se había apoderado de mi torre, y aunque yo le había comido un alfil y tres peones, su posición era muy ventajosa; seguramente ya había planeado una estrategia indestructible. Cerré los ojos, vi a dos niños pequeños jugando al ajedrez bajo la supervisión de un viejo maestro; estaban en un salón cuya terraza daba a los jardines, los hermosos jardines que eran el orgullo de nuestro padre. La cadena de pensamientos me llevó hasta los ojos de mi mujer: estaba triste, muy triste. Hasta antes de ser atrapado por el gigante, mi futuro había sido una promesa de feliz vejez al lado de mi esposa. Jaque, dijo Fagus moviendo su dama y haciéndome regresar a la realidad. Cubrí el ataque con mi torre y miré a mi hermano, de alguna extraña manera su presencia me incomodaba: el gigante había logrado que ahora lo viera como un enemigo. Si Fagus gana, pensé, voy a tener que asesinarlo. Un escalofrío recorrió mi espalda; no, no puedo matar a mi propio hermano, tengo que concentrarme en la partida. Al anochecer, la falta de luz nos obligó a suspender el juego, así que nos fuimos a dormir. Me di cuenta de que en todo el día sólo habíamos hablado para anunciar los jaques. Me quedé dormido de inmediato.

 

Y llegó el sábado, y llegó la tarde del sábado. Jaque mate. Fagus miró el tablero con incredulidad: era cierto, pese a su gran ventaja material, al mover mi caballo había dejado al descubierto el ataque de una torre, aplicando así el inevitable jaque mate. Yo tampoco podía creerlo; durante las larguísimas horas de juego, Fagus había ido recortando mi ejército hasta dejarme tan solo un caballo, una torre, mi rey y dos peones. Las piezas amontonadas en el flanco de su rey, en vez de protegerlo, le cerraron las posibles salidas. Vi a Fagus, su sorpresa y disgusto me convencieron de que no se había dejado ganar. Excelente... excelente mate, dijo Fagus; luego se levantó muy despacio, como si hubiera estado sentado trescientos años detrás del tablero. Yo no pude mirarlo a los ojos. Mi corazón era jalado por dos fuerzas contrarias: el pesar por la próxima muerte de mi hermano, y la dulce esperanza de volver a los brazos de mi esposa en cuanto el gigante me liberara. Faltaba poco para el anochecer. Ahora lo sabía: esa iba a ser la última noche en la vida de Fagus. Quise hablar pero las palabras se negaron a salir de mi boca. No podía llorar, ni siquiera sabía cómo definir las sensaciones que me invadieron. Con mucho cuidado guardé las piezas en su estuche, doblé el tablero y me dirigí al interior del castillo. No me atreví a enfrentar a Fagus en su dolor, ojalá me mate mientras duermo, pensé; ojalá esto sólo fuera una pesadilla.

 

El domingo en la mañana, después de compartir el último choco krispis, Fagus se bebió el veneno. Yo había imaginado ese día como una fecha memorable en la que uno de los dos hablaría de cosas trascendentes antes de morir. La verdad es que no estuve con Fagus en los últimos momentos. No sé qué pensó, ni fui testigo de sus últimas palabras, si es que las dijo. Yo estaba en el castillo pensando en una última, desesperada salida para evitar el sacrificio de mi hermano; tal vez si finge que está muerto, tal vez si nos escondemos... Entonces oí un grito y al salir corriendo del castillo vi a Fagus en el suelo, retorciéndose como un jabalí malherido. ¡Hermano!, grité tomándolo en mis brazos. Por lo menos el gigante no había mentido: la muerte de Fagus fue instantánea.

 

Han pasado dos semanas desde entonces. El gigante nunca regresó. El cadáver de mi hermano está cada vez más putrefacto. Cada vez es más difícil masticar su carne.

Ricardo Bernal nació en la Ciudad de México, en 1962. Es narrador y poeta egresado de la SOGEM e investigador de cine y literaturas anómalas. Se ha especializado en literatura fantástica, horror y ciencia ficción. Ha sido director del consejo editorial de La Mandrágora; coordinador del Diplomado de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción en la Universidad del Claustro de Sor Juana desde 1996. Becario del FONCA en cuento de 1994 a 1995 y del Instituto Quintanarroense de Cultura. Premio Nacional de Cuento Salvador Gallardo Dávalos 1991 por La palabra de los niños y 1992 por Leyendas de la muerte azucarada. Premio Nacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 1995 por el libro Ciudad de Telarañas. Desde 1992 imparte cursos, talleres y diplomados de literatura fantástica, horror, ciencia ficción, historia de las animaciones, cine negro, astrología simbólica y tarot.

 

LA COMISIÓN SUPERIOR DE LO DESCONOCIDO

Yaseen Ghaleb

 

Mucho se había dicho acerca de aquella casa herméticamente cerrada, hasta el punto de que parecía que la gente había agotado todo cuanto podía decirse sobre ella. Sin embargo, lo que permanecía oculto era mucho más oscuro, demasiado pesado para poder contarse con facilidad.

La casa, que desconcertaba a todo el vecindario, permanecía encerrada sobre sí misma como un ser vivo que rechazara el aire. Jamás abrió su puerta a un extraño, como si quienes habitaban en su interior detestaran ser vistos o que alguien rozara siquiera los límites de su mundo.

Todo lo que necesitaban les llegaba por medio de una criada delgada que se movía como una sombra gris envuelta en misterio. Se deslizaba por la estrecha abertura de la puerta de madera que daba a la calle y desaparecía enseguida en el interior. Las ventanas, por su parte, parecían, para quien pasaba frente a ellas, ojos oscuros ocultos tras pesadas cortinas que sofocaban la luz.

Y la misma pregunta se repetía en labios de todos:

—¿Cuál es el secreto?

Entre los curiosos había un joven que cursaba el primer año de la universidad. Estudiaba periodismo y estaba convencido de que todo misterio solo esperaba a alguien con el suficiente valor para develarlo.

Una noche tranquila, mientras regresaba de la universidad, un grito desgarró el silencio de la calle. Fue un alarido agudo que pareció rasgar el tejido mismo del horizonte.

El muchacho quedó paralizado.

Aquel grito era distinto de cualquier otro que hubiera oído antes. Parecía surgir del fondo de un infierno desconocido para los hombres.

Y, de una manera extraña, sintió que era un grito dirigido a él, como si hubiera esperado precisamente su presencia para ser escuchado.

Al día siguiente intentó olvidarlo. Pero el barrio parecía distinto. Las demás casas daban la impresión de haberse retraído, alejándose de aquella vivienda y dejando a su alrededor un vacío invisible. Cuando volvió a pasar junto a ella, vio que la puerta estaba apenas entreabierta, revelando una línea oscura semejante a una figura inmóvil. Aquella línea se movió. No avanzó ni retrocedió. Simplemente vibró, como un ser incompleto incapaz de adquirir un cuerpo entero.

Dentro de él empezó a crecer un deseo irresistible: saber, comprender, acercarse.

Aquella misma noche se detuvo frente a la puerta y apoyó la mano sobre la madera. La encontró anormalmente cálida. Entonces oyó una respiración larga, como si la propia casa respirara. Y cuando estaba a punto de alejarse... la puerta se abrió sola. Solo una rendija. De ella salió un aire húmedo impregnado de un extraño olor: olor a papel viejo y nuevo, olor a noche. Entonces oyó una voz. No supo si provenía del interior de la casa o de lo más profundo de sí mismo.

—Por fin... Has tardado.

La puerta se cerró de golpe con tanta violencia que la calle entera pareció estremecerse.

Dos días después encontró, frente a su casa, un papel doblado y sellado con un sello circular que decía:

«Comisión Superior para los Asuntos del Interior».

Lo abrió.

La asistencia es obligatoria. Usted es parte interesada en el incidente ocurrido la noche pasada. Será interrogado acerca de lo que escuchó. La incomparecencia dará lugar a las medidas correspondientes.

No figuraban dirección, firma ni hora alguna. Solo una frase inquietante:

«Lo encontraremos».

Aquella misma tarde llamaron a su puerta. Era un hombre desconocido, vestido con un largo abrigo negro y portando un maletín igualmente negro.

—He venido a acompañarlo —dijo el hombre con una voz absolutamente desprovista de emoción—. Estamos retrasados.

Lo condujeron hasta un edificio gris, sin ventanas, repleto de oficinas interminables donde empleados silenciosos copiaban algo invisible sobre hojas completamente blancas.

Lo hicieron entrar en una sala cuya puerta llevaba un cartel:

«Departamento de Interrogatorios Relacionados con las Casas Silenciosas».

Frente a él se sentó un investigador cuyo rostro parecía incompleto, como si aún no hubiera terminado de formarse.

—Hemos sabido que usted oyó algo —le dijo.

—¿Qué fue lo que oí?

—Eso es precisamente lo que queremos averiguar. Nosotros no podemos oír. Escuchar es una facultad reservada a ustedes.

—¿Y quiénes somos «nosotros»?

—Aquellos que se encuentran presentes cuando suceden cosas que jamás deberían suceder.

El investigador abrió un expediente repleto de dibujos de sombras difusas.

—¿Reconoce esta entidad?

—Solo vi una sombra.

—Es suficiente. La sombra constituye la primera fase de la manifestación.

—A partir de este momento —declaró entonces imprimiendo un sello rojo sobre un documento— queda usted encargado de vigilar esa casa. La decisión es definitiva.

Cuando el joven salió al pasillo descubrió algo completamente irracional.

Al final del corredor estaba... la misma puerta de la casa. Allí. Dentro del edificio. Como si nunca hubiera salido realmente de ella. Entre sus dos hojas permanecía de pie la sombra, o aquello que más se le parecía, esperándolo.

El muchacho avanzó hacia la puerta. Con cada paso la luz iba debilitándose hasta que todo quedó reducido a la oscuridad concentrada alrededor del umbral.

Entonces oyó una voz que nacía desde su propio interior.

—Soy aquello que dejaste atrás.

—¿Qué fue lo que dejé?

—Tu memoria muerta, cuando decidiste abandonarla... Tus decisiones postergadas... Las voces que nunca escuchaste... Tu deformidad interior, la que reprimiste o mataste... Aquí está su depósito secreto.

Entonces comprendió que la Comisión Superior para los Asuntos del Interior no era una institución exterior a él. Era el organismo encargado de registrar todo aquello que el ser humano ignora, descuida o de lo que huye. La casa nunca había sido una vivienda. Era un depósito de sombras. Sombras de decisiones, de gritos, de posibilidades que jamás llegaron a vivirse. Extendió la mano y descubrió que la madera de la puerta era un tejido vivo. Cuando la abrió ya no encontró ni la casa ni el pasillo. Encontró una inmensa explanada sin horizonte. Miles de personas permanecían sentadas ante mesas interminables, escribiendo sobre hojas blancas que nunca terminaban.

Y vio su propia sombra frente a él. La sombra escribía su nombre. Luego le tendió la pluma.

—Firme aquí... para iniciar los trámites de su regreso.

La pluma no tenía tinta. La hoja no contenía una sola palabra. Y, sin embargo, sintió todo el peso del procedimiento.

—¿Qué ocurrirá después de que firme? —preguntó.

 

La sombra sonrió con una sonrisa imposible de interpretar.

—Después... esperaremos. Siempre esperamos. Siempre hay alguien que decide. ¿Estás dispuesto a soportar las decisiones del destino?

El muchacho levantó la vista. En el horizonte vio innumerables puertas multiplicándose como si formaran una inmensa matriz. Todas eran iguales a la primera. Todas se abrían y se cerraban lentamente, como si respiraran. Y dejó de saber cuál era la puerta de su propia casa. O incluso si alguna vez había tenido una.

Entonces... la sombra desapareció.

El joven permaneció inmóvil, con la pluma en la mano y la hoja blanca frente a él, preguntándose por qué había llegado hasta allí, qué era exactamente lo que debía firmar y si la puerta donde había comenzado toda aquella historia había existido realmente... o si no era más que otra puerta entre las innumerables puertas de la espera.

Olvidó preguntar por qué solo la criada podía entrar en aquella casa. Olvidó también contar la sed de enigmas y secretos que había llevado consigo, como un pájaro tembloroso después de todo lo ocurrido. Pero lo perdido ya estaba perdido. Aceptó lo sucedido con cobardía, sin atreverse a correr el riesgo del conocimiento, ese que puede arrojar al hombre desde el fondo de un abismo hacia un territorio donde ninguna decisión es posible.

Y no encontró respuesta alguna. Ni siquiera al terminar de escribir estas líneas.


Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

EL SEGUNDO ASTRONAUTA

Csaba Béla Varga

 

¿Crees que el cosmonauta soviético Yuri Gagarin fue el primer astronauta de la humanidad? ¡Ojalá tuvieras razón!

 

Hum, el segundo astronauta de la humanidad, estaba de pie junto al mar contemplando las barcas que navegaban hacia el lugar donde nacía el sol. Él también era pescador, como casi todos los habitantes de la aldea situada al pie de las cumbres nevadas cubiertas de pinos.

En aquella época todavía brillaban dos lunas en el cielo. Corría el vigésimo milenio antes de Cristo, si alguno de nosotros hubiera sabido escribir.

Hum era alto, de anchos hombros, espalda recta, ojos oscuros y nariz aguileña. Para evitar malentendidos, conviene aclarar que ya era un auténtico Homo sapiens. Durante los siglos anteriores, la confederación tribal que, tras la gran separación y la larga migración, acabaría siendo antepasada tanto de los sioux americanos como de los celtas europeos, había exterminado sin piedad a las demás especies humanas de las Siete Islas. En aquellos tiempos avanzaban con paso firme hacia la dominación mutua y el descubrimiento de la esclavitud, aunque para esto último todavía tendrían que modificar un poco el menú de los banquetes de la victoria.

La bahía en cuya orilla se encontraba Hum se convertiría, veinte años después, en el puerto principal de Angra Manju, o, como hoy la conocéis, Atlántida.

Las barcas desaparecieron detrás de la gigantesca roca que recordaba la silueta de un hombre erguido, y Hum se volvió. Apretó con fuerza el hacha de obsidiana viva, afilada como una navaja, que la noche anterior había intercambiado con Vivanhan por nueve pieles de tiburón, y echó a correr con paso ligero y seguro. Su camino ascendía hacia los acantilados costeros. Ambos habían asumido un enorme riesgo, pues los dioses, apenas llegaron, prohibieron portar armas. A cualquiera que encontraran con obsidiana o con hueso pulido le esperaba la muerte.

Alcanzó la aldea, escondida bajo la sombra de los árboles siempre verdes, pero no redujo la velocidad. Los hombres estaban en el mar o cultivaban los campos bajo un calor ya sofocante. Solo Ferkah, el antiguo jefe guerrero, gravemente quemado, no había salido con ellos. Al oír el ritmo de las pisadas levantó la cabeza con esfuerzo y volvió el rostro hacia Hum. Alzó su puño ennegrecido por las quemaduras para desearle buena fortuna en la batalla.

Las mujeres, luciendo sus nuevas faldas de vivos colores y exhibiendo las joyas hechas con un metal brillante desconocido hasta hacía poco, observaron su carrera en silencio y con gesto sombrío. Los ancianos, que todavía recordaban los tiempos en que la Madre Luna aún no había arrebatado el poder a las jefas del clan, lo siguieron con la misma hostilidad que los jóvenes, las muchachas y las mujeres recién casadas.

Hum no pudo dejar de advertir que las mujeres casadas llevaban el cabello peinado exactamente igual que las solteras. Poco tiempo atrás aquello habría sido inconcebible. Poco tiempo atrás, cuando Hum, el joven héroe destinado a convertirse en jefe de guerra, era el favorito de todas.

Antes de la llegada de los dioses.

Zare, la hermana de Kháli, lo esperaba junto al primer pino, bloqueando el estrecho sendero donde tantas veces Hum se había encontrado con su amada.

—No deberías ir tras ella —dijo con voz fría y con aquella expresión inescrutable e inquietante que había hecho que, durante la Fiesta de la Primavera, Hum eligiera a la hermana mayor en lugar de a Zare.

¿Solo habían pasado cuatro años? ¿O aquello pertenecía a otra era del mundo?

—Apártate de mi camino —gruñó él, mirando por encima de su cabeza.

—Si sigues adelante, vas hacia la muerte.

—Tú debes saberlo. Eres la más sumisa de las servidoras de los dioses.

—Yo sirvo al Conejo de la Luna, a la Gran Madre, a la vida fecunda, al único dios. De los nuevos dioses solo aprendo. Nadie los conoce mejor que yo. —Lo miró fijamente a los ojos—. Y sé que morirás si intentas recuperar a Kháli.

—Kháli es mi prometida. No permitiré que nadie me la arrebate. La amo y ella también me ama. Estoy seguro de que el señor Taszter se la llevó por la fuerza.

—Si la amas, querrás que sea feliz. ¿No es así?

—Claro. Quiero hacerla feliz.

—¿Y qué puedes ofrecerle tú, pescador? ¿Guerrero? ¿Hijo de los hombres?

—Será mi esposa. Seremos felices. Tendremos hijos. Le construiré una casa hermosa. Nunca le faltará nada.

—¿Y en esa hermosa casa pasará el día pendiente de todos tus deseos? ¿Lavará tu ropa? ¿Morirá dando a luz, como tantas otras? ¿Envejecerá sin haber hecho otra cosa que repetir la vida de su madre y de su abuela? ¿Esperará el día en que le traigan la noticia de tu muerte durante una cacería de ballenas o en una batalla? ¿Se quedará ciega encorvada sobre el huso?

—No. Mi esposa no tendrá que trabajar. Ya no vivimos en el viejo mundo. Volveremos a vencer a las tribus malvadas. Tendremos esclavos.

—Los dioses no permitirán que hagáis la guerra. ¿Ya olvidaste lo que ocurrió con los guerreros de Ferkah? ¡Ardieron!

—Aun así quiero salvarla.

—¿Salvarla de qué? ¿De la felicidad? ¿Dónde podría ser más feliz que en la casa de los dioses? Allí comerá su comida, beberá sus bebidas y cantará sus canciones.

Hum levantó la vista hacia el cielo, atónito. La roja hoz de la Luna Menor aún era perfectamente visible, y el pescador sabía que, en algún lugar allá arriba, flotaba el palacio de los dioses. ¡Ni siquiera las águilas podían llegar tan alto!

—¿La llevarán al hogar de los dioses? ¿A los cielos? ¿El dios señor Taszter se la llevará con él?

—Sí. —Zare no pudo ocultar su decepción—. La eligieron a ella, aunque yo aprendí sus enseñanzas con mucho más empeño. Los dioses también la prefieren a ella. Será la primera que ascienda a los cielos.

—¿A los cielos? ¿Hasta los cielos?

Hum sabía que solo podría llegar allí cuando su cuerpo hubiera muerto y su alma emprendiera el camino hacia el reino del Conejo de la Luna.

Lanzó un rugido y apartó a la muchacha de un brusco empujón antes de echar a correr tan rápido como pudo. Zare gritó al chocar contra el áspero tronco oscuro del árbol, aunque no cayó al suelo. Contempló cómo el hombre se alejaba y ni siquiera ella estaba segura de si la lágrima que resbaló por su mejilla era fruto del dolor.

—Vas hacia la muerte, insensato —susurró.

Al caer la tarde, Hum llegó al Bosque de los Rostros de Piedra. En otro tiempo él mismo había ayudado a colocar el grueso disco de piedra roja sobre la cabeza de la estatua más reciente para impedir que el alma del gran jefe regresara entre los vivos. El corazón le golpeaba el pecho cuando alcanzó el extremo de las largas hileras de gigantescas cabezas erigidas en la empinada ladera. Se detuvo junto a la primera de ellas, levantada sin duda por un pueblo de frente huidiza y mandíbulas anchas en honor de su caudillo, y, ocultándose tras la piedra cubierta de musgo, entrecerró los ojos para observar el inmenso disco plateado, de casi mil pasos de diámetro, que dominaba la meseta.

Los monstruos avanzaban hacia las aberturas del disco como si fueran hormigas. Ya no les tenía miedo. Sabía que eran estúpidas criaturas de metal que solo hacían lo que los dioses les ordenaban. Y ni siquiera demasiado bien. Probablemente aquel día ya habían terminado de cosechar piedra.

Hum no vaciló. Corrió hacia ellos y se dejó caer dentro del cesto del último monstruo. Los fragmentos de roca triturada le desgarraron el vientre y los muslos hasta hacerlos sangrar, pero no prestó atención al dolor. Permaneció inmóvil hasta que el vientre del disco los engulló.

Los relatos de las muchachas y, más recientemente, de las mujeres casadas que habían entrado en el disco le permitieron encontrar sin dificultad el sendero por donde los dioses acostumbraban caminar. Hum se acuclilló sobre el suelo liso y blanco como la nieve y comenzó a olfatear. Percibió, muy débilmente, el olor de Kháli. De pronto, la tierra tembló bajo sus pies, de un modo semejante a cuando Angra Manju sacudía las montañas y las islas. Pero la sensación que siguió era distinta de cualquier cosa que Hum hubiera experimentado jamás en su vida como Homo sapiens. Era como si su cuerpo se hubiera convertido en roca. Al mismo tiempo sintió que caía, mientras una fuerza implacable lo aplastaba contra la lisa losa blanca. La sangre comenzó a brotar de su nariz y de sus oídos.

Con enorme esfuerzo logró darse la vuelta y quedar boca arriba. No percibía el paso del tiempo; ignoraba cuánto había durado aquel tormento. Se pasó un dedo bajo la nariz y contempló con estupor la sangre que la manchaba.

Entonces, de pronto, lo comprendió todo.

—Ya debemos de estar en los cielos —pensó.

Y si era así, entonces estaba muerto. Con la mano ensangrentada se frotó la frente hasta teñirla de rojo, tal como era costumbre despedir a los muertos. Así su alma tampoco regresaría para atormentar a los vivos.

El disco dio un sacudón y Hum comenzó a flotar. Si hasta entonces había albergado alguna duda, ya no le quedaba ninguna: había muerto. Solo los muertos podían volar. Sin embargo, antes de que su alma pidiera entrar en la morada de la Madre Luna, aún debía cumplir aquello para lo que había venido.

Apenas formuló ese pensamiento, recuperó el peso y su cuerpo descendió nuevamente hasta el suelo. Se puso de pie. De algún modo se sentía más liviano que en su tierra. En la pared blanca descubrió una ventana circular cubierta por una materia transparente. Y allí fuera, increíblemente cerca, brillando con una intensidad que jamás había visto, ni siquiera cuando había escalado la montaña más alta para demostrar su valor, contempló la Luna.

Comprendió al instante que era una señal.

La Madre Luna le había devuelto el cuerpo durante el tiempo suficiente para cumplir su misión.

Hum dejó de temer por completo a los nuevos dioses. La Madre Luna estaba con él.

Como el cazador nato que era, avanzó sin hacer el menor ruido, guiado únicamente por sus instintos.

—Hay un solo dios —susurró—. La Madre Luna, y nadie más—. ¡Hay un solo dios! —gritó cuando el hacha de obsidiana cayó sobre el cráneo del sorprendido dios—. ¡Hay un solo dios! —jadeó cuando hubo acabado también con el séptimo.

Las paredes comenzaron a lanzar gritos, mientras gemas rojas destellaban allí por donde pasaba. Hum jamás había sido tan feliz. Nunca habría imaginado que estar muerto pudiera resultar tan maravilloso.

Entonces algo comenzó a gritar dentro de su mente. Algo quería advertirle que existía una señal, que nada marchaba como debía, que algo terrible estaba ocurriendo. Miró los dos cadáveres tendidos frente a él. De repente advirtió, con una claridad insoportable, que las ropas de aquellos dos dioses estaban empapadas de sangre roja. Roja. ¡La sangre de los dioses no era roja!

Percibió el olor de la carne quemada al mismo tiempo que el delicado perfume de Kháli. Entró por la puerta por la que había escapado corriendo su última víctima. Lo que vio lo obligó a lanzar un alarido. Deseó haber muerto de verdad unos instantes antes.

Kháli yacía extendida sobre una amplia mesa cubierta de sangre. Su hermoso cabello negro como la noche había sido arrancado junto con el cuero cabelludo. Brazos y piernas estaban sujetos a la mesa mediante relucientes abrazaderas. Desde la entrepierna hasta el pecho le habían abierto el cuerpo, y en su interior penetraban tentáculos semejantes a medusas, por cuyo interior circulaba un fluido palpitante. Otro tentáculo sostenía el corazón todavía latiendo de la muchacha dentro de un recipiente lleno de un líquido transparente.

Hum se lanzó junto a la mesa. Aulló de dolor. Aunque todavía percibía el aliento de Kháli, aunque aún veía la luz en sus ojos, se pasó los dedos por sus propias heridas y con su sangre le untó la frente. Allá arriba, el cuerpo tardaba mucho en aceptar que su dueño ya estaba muerto.

El dios señor Taszter lo esperaba en el salón más grande.

El gigante de piel metálica contempló en silencio al hombre que acababa de entrar. En su rostro dorado, semejante al de un ángel, no se reflejaba emoción alguna. Solo los cuatro animales tendidos delante de su trono comenzaron a gruñir con ferocidad. Ellos ya habían aprendido a disfrutar del sabor de la carne humana.

Hum no sintió miedo. Sabía que nadie llegaría tan deprisa como él junto a la Madre Luna. Kháli seguramente ya habría llegado y pronunciaría una buena palabra en su favor para facilitarle la entrada en el reino de la felicidad.

El dios hizo un gesto. Los animales se lanzaron enloquecidos sobre Hum. Antes de que el león pudiera hincarle los dientes en el hombro, antes de que la serpiente lograra morderlo, Hum hizo girar el hacha de piedra.

Los dioses debieron de ser grandes guerreros, temibles señores en el mundo del que procedían. Sin duda habían concebido estrategias crueles y tácticas ingeniosas para derrotar a sus enemigos. Tal vez habían mandado ejércitos conquistadores de estrellas. Seguramente estaban por encima de todos los demás y despreciaban incluso a quienes apenas eran un poco inferiores a ellos en inteligencia o fuerza. Eran más poderosos que el oso y más sabios que la serpiente.

Pero, si alguna vez habían conocido el uso del hacha, hacía mucho que lo habían olvidado. Sus ojos mágicos podían detectar el metal desde muy lejos. Sus redes tejidas con fuego eran capaces incluso de impedir el paso de la luz del sol. Sin embargo, aquel hacha había sido fabricada con madera y piedra por las manos seguras de un artesano. El movimiento, practicado miles de veces, la lanzó describiendo un arco perfecto. Voló más deprisa que en el mundo de abajo. No le dio tiempo al gran señor. El negro hueso de la Tierra alcanzó su objetivo. El metal crujió.

La divina sangre verdosa y la divina médula amarillenta salpicaron la túnica plateada, borrando y embarrando la huella de la sangre de la muchacha humana, que empezaba lentamente a secarse.

La Luna brillaba en las ventanas circulares cuando el cuerpo del segundo astronauta terrestre cayó sobre el blanco suelo y los monstruosos híbridos de mundos extraños hundieron sus dientes en su carne.

Su cuerpo no sufrió durante mucho tiempo. Y su alma atravesó rápidamente la puerta del Conejo de la Luna. La lanzadera, ya sin tripulación, se aproximó siguiendo una trayectoria irregular a la base de los extraterrestres instalada sobre la luna menor de la Tierra. Como no respondió a las llamadas, la base activó de inmediato su sistema de defensa.

Abajo, junto al árbol que crecía al borde del sendero, Zare pudo contemplar con toda claridad el destello que iluminó el cielo nocturno.


Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

domingo, 5 de julio de 2026

COSAS QUE NO SE VEN

J. J. Haas

 

Angela Roberts odiaba trabajar en el mostrador de objetos perdidos del aeropuerto de Sugarville. Casi nunca ayudaba a la gente a encontrar algo, y como aspirante a actriz sentía que su tiempo sería mejor empleado presentándose a audiciones para papeles de “ingenua” en el centro de Atlanta. A los treinta y dos años, con un título en drama de Spelman, una belleza increíblemente destacada y una tez negra clara que debería haberla llevado ya a papeles protagónicos en Hollywood, su mayor triunfo hasta entonces había sido un papel secundario en un musical racista en un teatro local.

Aun así, tenía que pagar el alquiler, así que compró un latte flaco y un parfait de yogur en la cafetería del aeropuerto, y se instaló para otro día aburrido más en los aburridos suburbios.

Estaba a punto de dar otro mordisco de fresas cuando un hombre blanco de mediana edad, aturdido, con un impermeable arrugado, se encaminó hacia ella.

—¿Puedo ayudarte? —dijo, dejando la cucharita de plástico sobre el mostrador.

—Eh… no, no, gracias —respondió, con cara de sorpresa, como si no esperara que alguien le hablara.

Tenía el rostro ceniciento, sin afeitarse, y desaliñado, como si no hubiera dormido en días.

—¿Has perdido algo?

El hombre miró el letrero de “Objetos Perdidos” por primera vez.

—Perdí a mi esposa —susurró, más para sí mismo que para ella—.

—¿Tu esposa? Puedo avisarla por altavoz.

—No, no entiendes. Está muerta.

—¿Muerta?

—Sí —dijo, mirando hacia la distancia—. Murió en ese… accidente de avión.

—Oh, Dios mío —Angela dijo. Dos días antes ella había estado en el aeropuerto cuando un pequeño avión de pasajeros se estrelló en un campo de remolacha al aproximarse, y murieron todos los que iban a bordo. El NTSB aún tenía la zona acordonada.

—Lo siento mucho.

—Ella lo era todo para mí. No sé cómo voy a criar a esos niños yo solo. Están ahora en casa de su hermana. El funeral es mañana en la Iglesia Bautista de Sugarville, pero yo sigo volviendo aquí… esperando… —se detuvo, como si no encontrara palabras.

Angela nunca había visto a nadie con un nivel tan agudo de angustia psicológica, y se sintió impotente para ayudarlo.

—¿Has hablado con tu pastor?

—¿Mi pastor? ¿Qué bien haría eso? Él solo intentaría llenar mi cabeza con lugares comunes inútiles. Él no podría entender nada de esto mejor que yo, porque… porque simplemente no tiene sentido. —Golpeó el cartel—. Y otra cosa que estoy perdiendo… es mi fe.

Angela consideró llamar al psicólogo del aeropuerto, pero sabía que no entraba hasta las nueve. Decidió que, si alguien iba a ayudar a ese pobre hombre, tendría que ser ella.

—Mira, mi bisabuela, Ana, era la mujer cristiana más recta que he conocido —dijo Angela—. Llevó una vida muy difícil. Perdió a su hijo en Vietnam, y su esposo se suicidó. Pero se mantuvo optimista toda la vida. Decía que “todo sucede por una razón”. Puede que no entendamos la voluntad de Dios en ciertos momentos de nuestras vidas, pero Dios siempre sabe el motivo, y eventualmente lo entenderemos… si no en esta vida, entonces en la otra… siempre y cuando sigamos teniendo fe. Yo estaba muy cerca de ella, y cuando murió sentí como si en mi vida hubiera un hueco enorme. La echo muchísimo de menos y pienso en ella muy a menudo, así que creo que puedo entender por lo que estás pasando. —Angela levantó un bordado en punto de cruz enmarcado que estaba tirado en el mostrador, rodeó la oficina y se lo entregó al hombre—. Me lo dio ella en su lecho de muerte.

El hombre tomó el bordado, lo leyó en voz alta.

—“La fe es la evidencia de cosas que no se ven”.

—La bisabuela Ana nunca dejó de confiar en su fe, y tú tampoco deberías.

El hombre empezó a ahogarse, y luego rompió en llanto abiertamente. Angela lo atrajo hacia sí y lo abrazó mientras él sollozaba.

—Todo estará bien —le dijo.

Después de unos minutos, dejó de llorar y pareció recordar algo importante, como si despertara de un sueño.

—Tengo que volver con mis hijos —dijo, intentando devolverle el bordado a Angela.

—Guárdatelo —respondió—. Para que te lo recuerde.

—Pero es de tu bisabuela.

—Insisto. Ella querría que lo tuvieras tú.

—Gracias —dijo.

Colocó el marco dentro de su impermeable. Luego se limpió las lágrimas de los ojos y se dirigió a la salida con una nueva sensación de propósito.

Angela volvió a sentarse en su escritorio con una sensación de logro. Casi había creído la historia ella misma mientras estaba “en el momento”, y estaba segura de que sus profesores de teatro habrían aprobado su actuación. Registró el ridículo bordado que alguien le había dejado en el escritorio el día anterior como “encontrado” y regresó a su parfait de yogur.

Quizá ya era hora de empezar a presentarse a audiciones para papeles protagónicos.


J. J. Haas es un poeta y escritor de relatos cortos cuya obra de ficción está disponible en Amazon en una colección de libros electrónicos titulada Searching for Nada. Ha publicado ficción y poesía en una amplia variedad de revistas como Shenandoah, Rattle, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Asimov's Science Fiction, Baen's Universe y Writer's Digest. Es Senior Content Developer en ADP, miembro de la Society for Technical Communication, y ha sido instructor en el Creative Writing Certificate Program de Emory Continuing Education. Haas se licenció en Lengua y Literatura Inglesas en el College de la Universidad de Chicago y fue Past President of the Alumni Club of Atlanta. Vive en un suburbio de Atlanta.

UN RECUERDO DE UNA PELÍCULA EN 3D

Radovan Petrović

 

El personaje principal de la película, empujado hasta el mismísimo borde de la pantalla del cine, parecía disgustado por los gritos que llegaban desde las primeras filas de la sala.

Un hombre, sentado muy atrás, en una de las últimas filas, permanecía en silencio, aunque desde hacía rato estaba asustado por las despiadadas siluetas en movimiento que danzaban ante sus ojos. Se quitó las gafas y luego, con un pesado movimiento de la mano, volvió a ponérselas, apenas convenciéndose de hacerlo. La proyección en 3D era algo que no le agradaba a su atención y, además, su visita al cine había sido una elección casual, una forma sencilla de pasar una larga tarde de verano.

Una vez más, una lluvia de escombros provocada por una enorme explosión al otro lado de la pantalla saltó hacia su rostro, obligándolo a agachar la cabeza y encorvarse, apoyándola sobre sus manos temblorosas. Sabía que nadie lo veía: todos estaban absortos en lo que ocurría en la pantalla y frente a ellos; e incluso si alguien advirtiera sus movimientos en el asiento, nadie diría nada. Aun así, ya no se atrevía a exponerse a las burlas en la oscuridad. Se incorporó de nuevo y miró las tenues siluetas de las cabezas que lo rodeaban, apenas visibles bajo la débil iluminación auxiliar de la sala. Las gafas de muchos espectadores brillaban discretamente, absorbiendo una multitud de ilusiones tridimensionales y manteniendo a sus fascinados usuarios firmemente atrapados en las garras del engaño visual.

Habría permanecido más tiempo, pero las escenas se estaban volviendo cada vez más difíciles de soportar. Las películas comunes, en las que las bestias no saltaban fuera de la pantalla como si fueran a lanzarse sobre la cabeza del espectador, jamás lo habían asustado tanto como para hacerlo huir. Ahora, hasta las simples hormigas de la película parecían reales y encontraban con habilidad el camino hacia el público que gemía de inquietud. No le quedaba otra opción que dejar de mirar. Se quitó nuevamente aquellos asistentes para los ojos y pensó que lo mejor sería arrojarlos al suelo y aplastarlos bajo el zapato hasta convertirlos en finos fragmentos, tan delgados como hojas de papel.

La gran pantalla exhibía orgullosamente toda su paleta cinematográfica, pero ahora aparecía insoportablemente borrosa. Se volvió hacia atrás, como suele hacerse en los cines, y observó el brillante haz del proyector, al fondo de la sala, vertiendo silenciosamente su doble corriente de luz hacia la superficie blanca y hacia las personas sentadas en las butacas. La cabeza le dio vueltas y regresó rápidamente a su asiento, continuando con la película a pesar del miedo. Desde el principio se habían sucedido escenas violentas: personajes que parecían ser los protagonistas caían por las enormes aberturas de edificios en ruinas, gritando desesperadamente por ayuda. Él se compadecía de ellos y, cuando una mano apareció justo delante de sus ojos, instintivamente extendió la suya.

Entonces se echó a reír.

Y alguien cercano hizo lo mismo.

—¡Señores, ya no puedo soportar esto! —dijo cuando el miedo terminó por dominarlo—. Necesito descansar la vista. Perdón por hacer tanto ruido.

Lo añadió en voz baja, dirigiéndose a quienes compartían su fila, aunque estaban demasiado absortos en aquella mezcla de terror y fantasía como para prestarle atención. Buscó su bolsa de aperitivos salados, uno de los placeres inseparables de una visita al cine, pero solo encontró el fondo aplastado del envase. Lo estrujó aún más y volvió a guardarlo en el bolsillo, imaginando que era un digno cubo de basura. Encontró un poco de jugo, bebió un sorbo dulce y, durante unos instantes, olvidó la desagradable experiencia.

A través de las gafas vio al hombre sentado delante de él quitarse las suyas y limpiarlas cuidadosamente. Nuevas escenas aparecieron en la pantalla y, enseguida, una figura desfigurada –una auténtica bailarina del escenario cinematográfico– agitó ambas manos. Poco después, una tropa de enemigos se lanzó contra aquel guerrero de dientes afilados y todos regresaron a la blanca extensión de la pantalla, continuando la persecución mientras disparaban rayos láser. Al comprobar que aquellos haces de luz ya no podían hacerle daño –aunque siguieran sembrando el caos en los ojos de los demás–, suspiró aliviado y soltó una sonora carcajada.

¿Qué lo impulsó a regresar al espectáculo después de haberse calmado?

Intentó mirar sin las gafas, aquellos dispositivos que embotaban la mente, aquella absurda máquina multidimensional, pero entonces solo podía ver las partes más lentas y menos interesantes de la película. Así que volvió a ponérselas, ajustándolas firmemente sobre las orejas, justo cuando la calma dio paso a algo jamás visto.

Una mandíbula afilada apareció suspendida sobre el público y provocó que muchos gritaran de miedo. Algunos, más sensibles, se levantaron y caminaron hacia las salidas.

Otros se echaron a reír.

Volvió a quitarse las gafas y las sostuvo con fuerza junto a sí; una vez sujetas de aquel modo, no volverían a cubrir sus ojos. No tenía por qué ver esa versión de la película. Existía una versión corriente, la bidimensional, sin todas aquellas amenazas ni proyecciones. Hay mentes que, sencillamente, se niegan a aceptar experiencias semejantes.

Mientras los demás seguían atentamente el espectáculo, él aguardó pacientemente a que terminara la película. Todavía faltaba una hora. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Se quedaría sentado y fingiría participar. Solo que sin las gafas.

Comenzó a golpear el suelo con el pie, distrayendo a quienes eran lo bastante sensibles como para notarlo. Entonces se le ocurrió que podía mantenerse ocupado de esa manera, quizá incluso salvar a la gente de todo aquello con que la película amenazaba.

Estaba oscuro. Nadie podía verlo.

Con una leve sonrisa, empezó a moverse inquieto, convirtiéndose en una pequeña molestia dentro de la silenciosa sala llena de aficionados al cine espacial. Nadie protestó; tal vez ellos también lo consideraban una forma de soportar las escenas más aterradoras.

Miró el reloj y recibió con agrado cada minuto que pasaba.

Aunque podía marcharse, algo lo mantenía atado al asiento por el que había pagado.

En realidad, todavía no había pagado. Había sido uno de los primeros en llegar y la cajera no tenía cambio suficiente, de modo que aún le debía el importe de la entrada. Lo arreglaría al salir. La incomodidad que le provocaba la película no desaparecía, pero tampoco le arruinó el día. De hecho, terminaría recordándolo como uno de los mejores, ahora que había encontrado una forma de soportar aquello con lo que no podía lidiar.

Los sonidos que estallaban desde los altavoces repartidos por toda la sala le parecían simples interferencias de radio. Pero que realmente lo perturbaba eran las imágenes. Pensó que quizá los demás también sintieran miedo, pero jamás lo admitirían después de haber pagado por aquella experiencia.

Se consideró un auténtico inventor.

Y en cierto momento, la escena volvió a la normalidad. No había movimientos exagerados ni objetos que saltaran fuera de la pantalla. Decidió disfrutarla.

Seguía siendo un poco inquietante, pero todo permanecía contenido dentro del encuadre, detrás de aquella pared invisible.

Nunca se había sentido mejor viendo a unas personas huir de un monstruo incapaz de hacerles daño de verdad. Solo era posible animar a los héroes en dos dimensiones, donde sus vidas resultaban claramente falsas. Las gafas permanecían a su lado. Esperando.

Entonces la imagen volvió a desenfocarse, anunciando una nueva secuencia que exigía toda la atención del espectador.

A regañadientes, recogió el dispositivo y siguió mirando, observando ahora con mayor cuidado todo lo que irrumpía desde la pantalla, aunque ya sin el temor de que pudiera hacerle daño de verdad.

Algunas personas comenzaron a abandonar la sala.

Cuando apareció una nueva criatura, acompañada por gritos ahogados, el hombre permaneció en silencio, concentrado en la lucha de sus personajes favoritos y alentándolos mentalmente.

Entonces algo cambió ante sus ojos.

Lo que hasta un instante antes parecía un hombre comenzó a transformarse en una criatura grotesca, en un proceso semejante al de un ser humano convirtiéndose en un hombre lobo cubierto por una espesa capa de pelo.

Se sobresaltó cuando la cabeza de la criatura giró hacia el público.

Ahora sí tenía la firme intención de marcharse.

Pero no se quitó las gafas mientras se dirigía hacia la salida; seguía viéndola.

La bestia cinematográfica avanzaba hacia el público. Ya no atacaba a los personajes de ficción. Ahora se volvía hacia las personas indefensas que habían acudido al cine en busca de entretenimiento.

—¡Corran!

Echó a correr hacia adelante mientras, detrás de él, oía el sonido de una llave girando en una cerradura.

Las personas que huían de la sala se detuvieron frente a unas puertas que no conducían a la libertad, sino hacia las sombras amenazadoras del monstruo cinematográfico, cada vez más grande.

Todo el mundo le teme a los hombres lobo.

Llegó hasta la cajera, a quien todavía le debía el dinero de la entrada.

—Necesito pagar —dijo, dejando caer sobre el mostrador todas las monedas que llevaba.

—Señor, su cambio —respondió la mujer mientras contaba la cantidad exacta.

—Quédese con todo —contestó él, encaminándose hacia la salida decorada con carteles de películas—. Deprisa... Están atacando a la gente...

—Pero la película todavía no ha terminado —dijo ella con una sonrisa.

—Es verdad...

De pronto recordó algo importante y sacó del bolsillo las gafas de 3D.

—Tengo que devolver esto.

—Quédeselas. Son nuevas. Todavía están en fase de pruebas —respondió ella con un gesto de asentimiento.

Estaba decidido a destruirlas. Ya tenían una grieta producida por la fuerza con que las había apretado entre sus manos nerviosas. Observó cómo, bajo la luz, parecían repararse solas, recuperando su solidez. Intentó romperlas otra vez. Fue inútil. Los cristales volvían a soldarse. Tenía que arrojarlas muy lejos. Había un cesto de basura cerca. Pero falló el lanzamiento. Las gafas golpearon el pavimento.

La luna llena, suspendida sobre la ciudad, brilló reflejada en sus lentes perfectamente pulidas.

Radovan Petrović nació en Niš, Serbia, en 1980. Tiene una maestría en ingeniería eléctrica y también escribe ficciones que se han publicado en colecciones regionales de relatos cortos: Regia Fantastica, Ubiq, Pazin, Priče iz izolacije, Supernova y Besan.

 

 

TDAH

Francisco Pacheco

 

—¿Hola cómo estás, qué me cuentas?

—Hola, y aquí de nuevo viendo mi celular, eternamente escroleando información, cómo cambia la vida, antes de todo esto mis vicios eran salir, hacer deporte, leer, hacer cosas. Los excesos tenían todo que ver en mi vida. Me siento sola, quiero poder hacer lo que hacía antes, tengo ganas de salir pero no me da el cuerpo, la cabeza quiere estar metida en un torno sin fin de información dando vueltas, tratando de dar una forma, ¿que necesito para estar bien?, no lo sé, solo sé que mi vida se convirtió en algo difícil de manejar, trato de hacer cosas pequeñas y no puedo, me bloqueo, me quedo paralizada, quiero salir pero me quedo en blanco, pero dame un problema complejo, he ahí cuando salen mis súper poderes, resuelvo todo como si fuese un experta en el tema, muchas veces me saco las soluciones del culo, pero es por mi creatividad no por mi sabiduría, soy una polímata, algo que en la actualidad no es bien visto, en un mundo donde la expertise lo es todo. No tengo valor, ni valentía para aceptarlo, las pastillas son mi mejores compañeras, pero cuando las dejo me convierto en una baba para solucionar cosas difíciles, hasta lavar la ropa es algo que me cuesta cuando no tengo ganas de nada, me gustaría tener un trabajo de oficina de ocho a cinco que me permita regular mi bienestar, pero no existe esa posibilidad, no sé cómo hacerlo, creo que me estoy perdiendo, trato de seguir con todo pero estoy desesperanzada, ¿por qué la vida cuesta tanto?, ¿por qué la gente me dice genia?, y la vez que no hago nada, es tan confuso, me encantaría poder ser normal, hay veces que digo: si pudiera enfocar toda esa energía gastada en estos múltiples pensamientos sería hermoso, sé que lograría un montón de cosas increíbles, pero no pasa, quedo en hiatus esperando a que pase, mi cabeza es como un Ferrari pero sin volante, eso lo escuche por ahí y me hizo tanto sentido, muchas veces le he puesto corazón a algo y he tenido grandes logros, han sido momentos espectaculares que han llenado mi vida, pero después de un tiempo nada de eso sirve, sin constancia… es raro porque yo ya cumplí en mi cabeza con el ciclo de lo que quería lograr y después de eso mi motivación para seguir desaparece, ¿cómo algo que me genera tanto placer después del logro máximo que pudiese tener me deja de encantar?, no lo entiendo, me gustaría tener una pasión que no tenga techo, que pudiese seguir eternamente en esa cumbre de fanatismo y encanto que tuve alguna vez, ¿por qué no puedo ser experta y continuar?, ¿por qué mi cabeza funciona de esa forma?, me da rabia pensar en las millones de oportunidades que perdí por perder la pasión, ya estoy cansada me cuesta seguirle el ritmo a la vida, y no por irresponsable, sé que cuando algo me gusta o me entusiasma voy hacer todo lo posible para que salga perfecto y seguimos con los peros infinitos que no me dejan avanzar, que terrible situación, que terrible seguir así, ya no quiero, ni en el amor me va bien, porque dejo de pensar en las personas con mucha facilidad cuando se van, o se convierten en una obsesión estúpida que hace que me dejen de lado, ninguna de la dos opciones que tengo me facilitan la vida, o evito o me apego y cada cosa que hago gira en torno a eso, no sé qué más puedo hacer, quiero vivir pero mi cabeza no me deja, con decirte que cuando me meto a la ducha es un suplicio, me quedo pegada haciendo otras cosas antes de entrar, como si le tuviera fobia al agua, pero una vez adentro me pega el agua caliente en la espalda y me quedo de brazos cruzados filosofando de la vida por mucho rato, también cuando me acuerdo de una cosa que tenía que hacer termino haciendo diez y no hago lo que tenía que hacer, es terrible, pero lo más extraordinario es que si me das un deadline para hacer cualquier cosa, sale como si nada, no lo entiendo, para prepararme un café tengo que computar como si estuviese en la NASA pero para hacer el análisis de por qué no funciona un proyecto en un día lo tengo listo, jajajaja, ya he experimentado todo de todo y en todo, y aun así no quiero nada con nadie en nada, ya me aburrí. Ya, a seguir, una sonrisita y darle para adelante, me voy, cuídate, otro día seguimos hablando.

—Bueno, querida, que estés bien y ánimo en algún momento todo va a salir mejor.

Ese fue el último chat que tuve antes de que Lilia se fuera de este plano, creo que debí tener más paciencia. Y nada, cada uno pide ayuda como puede y no me di el tiempo para hacerlo, no me di el tiempo.

Francisco Pacheco, nacido en Chile, es el miembro más joven del taller de Poli Delano.

LA PECERA DEL GIGANTE