sábado, 14 de febrero de 2026

NOMBRES, APODOS Y FECHAS

Rogelio Ramos Signes

a mi hermana Lucía 

 

 La tía Karen se llamaba Juana Limosnera; Juana Limosnera Charinou, exactamente; pero sus amigas del Loteo Arco Iris le decían Karen, porque era una moda de entonces ponerse un seudónimo al estilo de las actrices del cine. Con el tiempo el “Karen” de la tía Karen se convirtió en Karen Chari, simplemente porque abundaban las Karen en Barrio Tejedor y en Villa Llíber y en el Loteo también.

Juana Limosnera Charinou había nacido el 12 de noviembre del año 42 al fondo de una carpintería que su familia alquilaba en las afueras de la ciudad. Sus padres eran chipriotas; y ella, al igual que sus tres hermanas mayores, argentina. Asistió a una escuela pública, como todos los niños de su barrio, y paralelamente trabajó como mandadera en la fábrica de dulce de leche de su tío Doro Claridepirgos. El dulce de leche Tío Doro era el dulce del barrio, por excelencia; así como las papas fritas Don Abel eran las papas fritas de la zona, sin otras que las igualaran.

Perpetua Charinou, hermana mayor de Juana Limosnera (o de Karen, o de Karen Chari, como se prefiera) había nacido el 6 de marzo, pero siempre festejaba su cumpleaños dos días antes del comienzo de las clases, cayera cuando cayera, ya fuese el mismo día, o a fines del mes anterior, o bastante entrado marzo.

Bartolomea Charinou, su otra hermana, era la artista plástica de la familia. Desde muy pequeña dibujaba con gran soltura y poseía el don natural de resolver con pocos trazos caricaturas verdaderamente imaginativas.

Exuperancia, la menor de las tres mayores, que por algún motivo desconocido (sugerencia de vecinos, discusión de último momento, o la casualidad que en ese punto viniese al caso) fue la única en ser anotada también con el apellido de la madre (Claridepirgos) pero a la española; es decir, al final; y fue también la primera en dejar la familia. Exuperancia Charinou Claridepirgos huyó con un gitano revendedor de colchones usados de pueblo en pueblo; y fue, también, la primera en regresar al seno familiar, a hacer un silencio total sobre esa etapa de su vida y, con el correr de los años, a hacerse cargo de los ancianos padres, sin vocación para ello pero también sin renuncias.

En la misma escuela a la que asistieron todas las hermanas, o en el mismo barrio (conocido como El Loteo) donde ellas crecieron, se gestaron los apodos que luego las cuatro mujeres usaron el resto de sus vidas. Perpetua sería Jani; Bartolomea, Gala; Exuperancia, Perla; y Juana Limosnera, Karen, ya se dijo, o Karen Chari, que también se dijo. Los apodos elegidos por sus compañeritas cada vez que una de las niñas fue ingresando a la escuela, o fue incorporándose a la vida social del barrio, desagradó a sus padres; pero ¿para qué negarlo? los nombres elegidos por ellos para bautizar a sus hijas nunca fueron del agrado de las niñas. Ellas hubiesen preferido llamarse Rosa, o Cecilia, o Stella Maris (muy en boga por entonces), o Graciela. ¡Pero no!

El paso bautismal de Bartolomea a Gala fue casi una necesidad para la segunda de las niñas Charinou; por un lado, porque en la escuela las maestras habían comenzado a decirle Segunda, sólo porque su hermana Perpetua ya tenía dos años de antigüedad en el establecimiento educativo, lo que la convertía en la primera; y por otro lado, porque el nombre Bartolomea había pasado a ser una broma despiadada, típica de la edad. Las otras alumnas (digamos las apodadas Dorothy o Greta o Marilyn) se encargaban de hacer circular la insidiosa pregunta: “¿Qué hace Segunda mientras Bartolo mea?”.

El 6 de marzo, con un almuerzo solemne y muy medido, la familia recordaba a santa Perpetua de Cartago, muerta involuntariamente a manos de un joven gladiador; inspiradora del nombre de la mayor de las hijas. A la noche otra era la historia. Perpetua Charinou (convertida en Jani) salía con sus amigos a dar vueltas en motocicleta por el parque, a beber cerveza negra y a escuchar discos de Elvis en la fonola del bar Babilonia.

El 24 de agosto (día de san Bartolomé), Bartolomea, sus hermanas, sus padres y su tío, repetían el sobrio rito del almuerzo en familia, en honor al apóstol despellejado en el siglo I por un salvaje rey pagano. A la noche, Bartolomea (es decir, Gala) posaba desnuda para su amigo Juan Carlos Sánchez que poco y nada sabía de pintura, pero que ponía mucho empeño en el uso del pincel y alentaba a su manera a la futura artista, retratándola año tras año. Si eso la convertía en Gala es una referencia que escapa a los datos que maneja este escriba.

El 12 de noviembre el almuerzo familiar era consagrado al patriarca de Alejandría san Juan Limosnero, prematuramente huérfano. Con una bendición a las apuradas y siempre con un libro bajo el brazo (que era parte del atuendo de los años 60) Karen Chari se despedía de cada uno de los comensales con un beso a la argentina (es decir, en la mejilla derecha) y desaparecía por quince horas. Por entonces, nadie sabía adónde iba; y hoy tampoco lo sabemos. Tal vez ese sea (aunque no lo creo) el motivo de este relato. Pero veamos por qué camino nos lleva la descomedida prosa.

Finalmente, el 30 de diciembre, cuando la cocina ya rebosaba  de comidas exquisitas a la espera de la gran fiesta del día siguiente, la familia Charinou, en sentido recogimiento, rezaba por el alma de san Exuperancio de Asís. Qué cosas hacía Exuperancia (alias Perla) llegada la noche, era otra de las tantas incógnitas de esta ligera biografía de familia. Mientras ella vivió con el gitano, todas son suposiciones al respecto; pero cuando volvió del exilio, su destino, por lo general, fue el dormitorio cerrado con llave y por voluntad propia.

Enemiga acérrima, por entonces, del santoral que había inspirado a sus padres en la elección de nombres decididamente a contramano con los gustos de la época (¿o de las épocas? ¿o de todas las épocas, sería la correcta manera de expresar?), Karen (ex Juana Limosnera Charinou) incendió, al descuido, la biblioteca parroquial y se inscribió como alumna en una academia de danzas modernas. Por sus condiciones naturales, por su imaginación, pero sobre todo por su empeño, en apenas seis meses se convirtió en la primera bailarina del grupo, en la cara visible de los afiches que empapelaban la ciudad promocionando actos culturales, y en “firme promesa” para el nuevo cine nacional. Protagonizó dos películas en quince días, dirigida por un cineasta belga enrolado en el cine de bajo presupuesto.

Un productor norteamericano (un irreverente de esos que a todo lo miden con el diámetro de un dólar), que abominaba de esas “películas baratas”, pretendió lanzarla al estrellato en el Gran País del Chicle e inventarle un seudónimo a partir del apodo que ya tenía Juana Limosnera. En pocas palabras: quiso que Karen Chari se convirtiera en Karen Milk. Y, casi al pasar, pretendió que le hicieran cirugía estética en la nariz, en el mentón y en el rasgado de los ojos, además de hacerse implantar grandes prótesis plásticas en los senos, para que estos concordaran con su nuevo apellido. Salvo por algunos detalles, aquel hombre tenía todo más o menos claro y se lo dijo, café de por medio: la primera película que haría con Karen Charik se titularía “Bébeme (pero no te indigestes)”, la segunda “Eso les pasa por golosos”; pero, antes de que lograra proponerle el título de la tercera película, debió salir corriendo en busca de un odontólogo con parte de sus dientes en la mano.

Famosa desde entonces, también, por su carácter enérgico y por su feminidad de bien, Juana Limosnera Charinou, alias Karen Chari la Pocas Pulgas, dio la vuelta al mundo con su nuevo espectáculo musical. “Stupid, go home” (tal cual el título) la llenó de aplausos, críticas favorables y dinero.

Así pasaron los años. Así el señor Charinou dejó la vieja carpintería y se asoció con su cuñado Doro Claridepirgos en la fábrica de dulce de leche por mucho tiempo. Así ambos transfirieron la fábrica a parientes más jóvenes y se jubilaron. Así cada uno puso en el país su cuota de esfuerzo, de alegría y de desazón; su cuota de vida. Así. Así. Así. Hasta que el 12 de noviembre de 1992, el mismo día que cumplía 50 años, Karen Chari (la consagrada y talentosa y envidiada y admirada Karen Chari) regresó al país, a la provincia, a la ciudad y al barrio que la habían visto nacer.

Apenas traspuso el umbral y abrió la puerta encontró a sus padres y a su tío Doro en torno a la mesa familiar, rezando una oración en honor al patriarca chipriota que hacía medio siglo le había dado su nombre a aquella deliciosa chiquilla. “Acá toy” dicen que dijo, haciéndose la gachona. Se dicen tantas cosas. Se habla de regresiones. Se complica lo simple. Lo cierto es que ninguno podía creerlo. Les costó reconocerse, pero se abrazaron y llenaron todo de una extraña algarabía, resuelta sin palabras en honor a la hija que, tras tantos y tantos años, volvía al hogar paterno para quedarse, para serenar su ánimo, para reubicarse en los viejos espacios abandonados, para gozar de los logros alcanzados en la distancia y también para “hacerse cargo de los viejos” como dicta la tradición. Hasta la propia Exuperancia, que vivía encerrada en su habitación desde el fracaso de su huída con aquel gitano, salió a ver qué pasaba. Envejecida y huraña dentro de sus casi 53 años se encontró con todo el éxito y con toda la seguridad de su hermanita menor abalanzándose sobre ella para abrazarla, para decirle “Perla. Perla. Perlita querida”, un apodo que pertenecía a viejos mundos: es decir, al pasado. Y lloraron y se besaron y la vida les recordó que todavía quedaba mucho camino por delante y que un gitano de mierda era sólo eso; un pobre ser humano que deshonraba a la comunidad húngara, y a la comunidad chipriota, y a la comunidad argentina, y (ya que estaban) a cada uno de los vecinos de aquel barrio de trabajadores llamado Loteo Arco Iris, aunque ya no fuera un loteo; pero, ya se sabe, que los nombres no siempre tienen relación con las cosas. Y ése, aunque no lo parezca, podría ser el motivo de este informe.

Hacia la noche, cuando los padres ya descansaban, Juana Limosnera y Exuperancia (es decir: la recién retornada Karen y la recuperada Perla) visitaron a su hermana Bartolomea, alias Gala, que se reponía de un largo festejo hispano-chipriota que había durado un mes y que había sido el corolario del casamiento de Gregoria, su única hija, con Celso Fernández, último contador de la fábrica de dulce de leche Tío Doro y actual gerente del establecimiento.

Una hora más tarde, Karen, Perla y Gala se dirigieron hacia un country privado, en las afueras, para encontrarse con Perpetua, la mayor de las cuatro hermanas, a la que (salvo una que otra amiga de la infancia) ya nadie le decía Jani. Perpetua había enviudado dos veces en el mismo día. Su primer marido había muerto en un accidente de aviación en el cual, por esas casualidades que le agregan encanto a las desgracias, también viajaba su segundo marido. Perpetua tenía cuatro hijas (dos de cada matrimonio) que vivían todas en diferentes países, había olvidado definitivamente su amor por las motocicletas y por la música de rock, y había logrado hacerse de una fortuna considerable produciendo papelería comercial: hojas membretadas, tarjetas en relieve, anotadores y otros artículos de oficina. ¿Quién no tuvo alguna vez una Agenda Perpetua? Fruto de la oportunidad, también, y del mandato inconsciente que imponen ciertos nombres, las agendas imaginadas por Perpetua Charinou crearon un estilo y un producto genérico, totalmente ajeno al transcurrir de los años. Porque, a decir verdad, con el apodo Jani (escrito Honey, o como fuera) ¿qué se podría haber hecho más allá de un cuadernito de 16 páginas?

A partir de aquel inolvidable 12 de noviembre la vida se convirtió en un acogedor remanso para el viejo matrimonio Charinou Claridepirgos, que pudo asistir a la plácida madurez de sus hijas (mujeres sin hombres, pero felices; aunque tal vez, felices por eso).

El 9 de julio, cuando el país se llenaba de escarapelas y de escenarios folclóricos desbordados de zambas y chacareras para festejar otro aniversario del histórico congreso, nació la primera bisnieta de los bisabuelos inmigrantes. Gregoria había dado a luz, mediante cesárea (como lo imponía la medicina comercial de entonces), una hermosísima niña de ojos absortos y cráneo soberbio. Los bisabuelos, como era de esperar, apelaron al santoral para averiguar qué nombre le había caído en suerte a la angelita, y también para saber a la protección de qué mártir habría que encomendarla.

Si todo seguía su curso normal (si los deshielos continuaban sucediendo en las altas cumbres y si los peces todavía nadaban bajo el agua) la niña tendría que llamarse Verónica, que era un nombre puesto a rodar nuevamente con bastante aceptación, alguien le bordaría una “ve corta” en cada ropita, la harían hincha del club Vélez Sársfield y le enseñarían a saludar elevando los dedos índice y mayor bien abiertos. En fin. “Y luego le diremos Pocha, o Cuqui, o Carucha, nunca Verónica, ironizó la tía Karen, Karen Chari, nunca Milk, nunca capricho del prepotente Norte. Pero esta vez no, queridos míos. Su santa no sufrió por ella, así que ella no sufrirá por Verónica. Se llamará como su madrina y su madrina será la tía Exuperancia, y nadie la llamará Perla y será muy feliz a pesar del nombre.”

Y como se produjo un silencio que nadie se atrevió a cortar con un rezongo, o con un argumento de esos con los pies sobre la tierra, quedó decidido que la pequeña se llamaría Exuperancia, como su tía-abuela, y que no le dirían Perla (ni Pinky, ni Chiche, ni Lala), y que no permitirían que alguien se riera de nombre tan antojadizo para una pequeña nacida en el día de santa Verónica (la monja del corazón herido), y que no tendría por qué aparecer un gitano en su vida a envolverla con palabras falsas, ni alguna de esas lacras. Y aunque en las altas montañas siguieron produciéndose los deshielos y los peces continuaron nadando bajo el agua, ni siquiera Celso Fernández (padre de la criatura y propietario de Dulces Tío Doro) se animó a decir “¡Me cacho en estos chipriotas!”. Esa vez la palabra no escrita fue la palabra escrita.

La niña de los ojos absortos creció, heredó Dulces Tío Doro (que con el tiempo pasaría a ser Exuperancia Lácteos) y comprendió que la enérgica tía Karen, la autora de “Stupid, go home”, tenía razón una vez más: “Los nombres no convierten una cerca en una fortaleza. Las fortalezas, si cumplen su cometido, terminarán mereciendo su propio nombre”. ¿A quién se le hubiese ocurrido ponerle un apodo al bondadoso pero enérgico tío Doro? ¿Quién hubiese comprado una amariconada Agenda Jani?

El tío Doro no llegaría a ver los carteles que en la ruta anunciaban los encantos de Exuperancia Lácteos; los bisabuelos Marto Tecuso Charinou y Fredesvinda Claridepirgos, sí los vieron, pero ya estaban tan viejos que tal vez no lograron interpretar esa prepotencia de los nuevos tiempos.

Dios no le dio hijos a la tía Karen. Le dio, sí, un nombre inmisericorde que no pudo defender (Juana Limosnera; justo a la enemiga natural de la limosna), le dio la valentía de valerse por sí misma, la suerte de hacerse respetar, el reconocimiento de lograr que la quisieran, el elogio de que algunos buscaran sus consejos. Lo demás es mera anécdota. Las fórmulas fijas no se repiten, si no el mundo ya habría volado en pedazos de puro aburrido. Fue el apodo Karen, también, lo que convirtió a la tía Juana Limosnera en un ser contradictorio y único. En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto. Repito “En el error de fábrica empezó a tomar forma su encanto.”

Desgraciadamente esta frase no entró en su lápida por más que lo intentamos.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016). 

ÁNGEL EN LLAMAS

Csaba Béla Varga

 

Planeta Marte, ciudad de Tharsis.

Henrik Tomsky salió de la penumbra y dejó que la costosa bata de seda china cayera sobre el frío suelo de mármol. Se detuvo junto a la mesita de vidrio dorado y se sirvió del frasco el líquido transparente y carísimo.

—¡Salud! —brindó con su reflejo.

A diferencia de la mayoría de sus compatriotas rusos, no se avergonzaba de la desnudez. Estaba orgulloso de su cuerpo. Hueso, carne, músculo, piel tensa y resistente. La naturaleza había sido generosa con él. Y lo más importante: ni un solo gramo de metal implantado. No necesitaba ciborguización ni implantes.

Inspiró hondo y luego se dejó caer de espaldas. Miró el techo, los ventiladores que giraban lentamente, y tomó la barra. Como siempre, entrenaba con el peso máximo.

Exhaló y con un solo movimiento levantó la barra del soporte. El acero brillante comenzó a descender lentamente hacia su pecho. Abajo se detuvo un instante, dejó que el metal frío se hundiera en la carne. Los discos aún parecían inusualmente grandes, pero eso se debía a la menor gravedad. Como de costumbre, entrenaba con una vez y media su peso terrestre. Cuando se pueda volver a bajar a ese planeta… no podía permitirse que algún patán de allá abajo lo humillara. Los ladrones legales, los grandes perros del hampa rusa, probablemente se ocultaban y entrenaban como animales en los búnkeres nucleares de Siberia. El encierro no era nada nuevo para ellos.

Se llevarían una sorpresa cuando se reencontraran. El aire liviano de Marte le había hecho bien al pequeño Henrik Tomsky. Hacía tiempo que ya no era “pequeño”. Todavía no era el Henrik, pero solo le faltaban unos pocos escalones para llegar a la cima.

Y hoy subiría uno más.

De pronto se cansó del entrenamiento. Volvió a colocar la barra y caminó hasta la ventana. Medido con estándares marcianos, el centro de Tharsis no era feo; comparado con Ekaterimburgo, resultaba francamente atractivo. Desde el piso 70 de la torre apodada La Niña, se veía hasta la cordillera de escoria amarillonegra. La primera vez que se descubrió soñando despierto mirando el desierto, se sorprendió bastante. Las colonizaciones avanzaban bien: en unos pocos años, desde los suburbios hasta las faldas de las montañas ondularía una estepa de pasto exuberante.

Cuando envejeciera, tendría allí una linda dacha. Si es que llegaba a envejecer. Los jefes de banda llegan jóvenes al paraíso. Aunque él era más cauteloso que todos. La dacha no estaría rodeada solo de abedules, sino también de un campo minado inteligente.

En pocos minutos saldría el sol. A esa hora todos dormían en la torre. Tal vez solo Pavel estuviera despierto, allá arriba en la azotea. No era de extrañar que el chico estuviera nervioso: hoy era el día más importante de su vida.

Tomsky sonrió con oscuridad.

—Cada minuto es un regalo para él —pensó.

Miró hacia los suburbios, donde tras el apagón nocturno comenzaban a encenderse las primeras luces del nuevo amanecer. Algún día todo eso sería suyo. Las casas, las calles y las personas. Sí, las personas. Volvió a sonreír, esta vez con amargura. Si los rusos fueran realmente tan fuertes como dice su fama, el mundo entero ya sería suyo. Convencer a los jefes de los famosos clanes de ladrones sin que murieran en el proceso había sido difícil. Demasiadas divisiones, demasiadas guerras internas, y la Compañía los había rechazado con arrogancia.

Ahora había orden. Y la Compañía debía saber que ese nuevo orden se debía únicamente a Henrik Tomsky.

La puerta del gimnasio se abrió sin hacer ruido. El olor a guiso de repollo quemado del pasillo se mezcló con el perfume caro que entraba. Su amante más reciente, la bella Yvette, apareció en la habitación.

Sus ojos grises evaluaron con frialdad profesional al hombre desnudo. Jugando con el tirante de su mono, se acercó lentamente.

—¿Entrenamos una serie juntos? —preguntó.

Puta, pensó Tomsky, pero no dijo nada. Estaba bastante apegado a la francesa. Yvette era la primera pareja estable no rusa que tenía. No se parecía en nada a las voluptuosas bellezas eslavas rubias; incluso llevaba el cabello corto.

Exótica, un manjar extranjero. No por nada la consideraban una francesa despiadada: a fuerza de trabajo se había abierto camino desde la nada hasta la cama de Henrik.

—Muy amable, pero ahora no. No puedo empezar un día tan importante cansado.

—¿Por qué sería importante hoy? Creí que solo llevabas al pequeño Pavel a la ciudad. Puedo ir yo también? Me prometiste llevarme a New Hessen.

—Te lo prometí, pero no ahora. Es un viaje estrictamente de negocios.

—¿Qué negocio hay en una exposición? ¿Te volviste marchante de arte?

—Eso no lo entenderías. La exposición es mucho más importante de lo que creés. La próxima vez te llevo para que compres lo que quieras. ¿Qué está haciendo Pavel?

—¿Y yo qué sé? —estalló ella—. ¡No vengo de verlo, hagas lo que hagas conmigo en tu cabeza!

De eso estoy seguro, pensó Tomsky. Era la primera vez que veía a su amante despierta antes del almuerzo. Yvette se había levantado solo para intentar una vez más colarse hasta New Hessen. Pavel ya no le interesaba en lo más mínimo. Tras aparecer Tomsky, seguramente también se había acostado con el pintor, pero pronto debió comprender quién era el que realmente subía a la cima.

 

Faltaban unos minutos para que el sol asomara sobre el desierto.

Pavel Surkin, pincel en mano, miraba por la ventana panorámica. Esperaba la llegada de los colores. Fobos y la noche le habían regalado la plata, el negro y el amarillo hueso; el sol tal vez le traería el rojo del fuego y el oro de la aureola. El cuadro estaba casi terminado. Un ícono, como los demás.

Desde la torre La Niña se abría una vista incomparable sobre la llanura de Tharsis. La pureza incandescente de la naturaleza no estaba contaminada por la suciedad de los habitantes de la ciudad que se agitaban como gusanos allá abajo. En Tharsis nunca había smog. Aunque las fábricas y las centrales térmicas improvisadas producían cantidades espantosas de humo, el viento matinal del desierto limpiaba el cielo rojo.

Henrik le había dado una habitación donde nada lo molestaba mientras pintaba. Ese cuadro era para Henrik. Se lo debía.

Sin Tomsky, Pavel ya estaría muerto. No conocía a sus padres; había sobrevivido con la pensión por invalidez de su abuela en la periferia de la ciudad industrial. No podía contar con sus maestros: para entonces, solo quedaban pedófilos y sádicos en la profesión docente, que ya no prometía nada bueno. Una vez, su profesor jefe le rompió dos dedos al descubrirlo dibujando bajo el pupitre en una clase de defensa nacional. Ni siquiera podía acercarse a la escuela privada de arte reservada para los hijos de funcionarios. La mayor parte del tiempo vagaba por las calles de Ekaterimburgo como un perro apaleado.

El jefe de la banda había notado su talento cuando aún estaba en la escuela. No permitió que lo maltrataran y se lo llevó con él a Marte. Aunque rara vez le hablaba, a veces se quedaba largos minutos observando sus cuadros en silencio. También había organizado la exposición de hoy.

El borde del disco solar apareció. Pavel tembló y comenzó a trabajar con los dientes apretados.

Con pinceladas rápidas y decididas emergió la mano blanca y luminosa del ángel. Entre las alas plateadas y negras que se elevaban, ya se insinuaban los rasgos inacabados del rostro, la boca abierta en un grito. El rojo de las llamas daba profundidad a la piel pálida, el reflejo de la aureola bañaba con un oro tenue los dedos que se aferraban a la nada.

El pintor se detuvo, bajó el pincel y dio un paso atrás. Con la cabeza ladeada, contempló la obra. Era exactamente como la había soñado. El ángel parecía a punto de salir del lienzo.

Porque entonces terminaría su sufrimiento.

 

Tomsky recibió al pope Gavrilo en su despacho.

El anciano sacerdote lanzó una mirada penetrante a los guardaespaldas, que abandonaron la sala en silencio a una seña de Tomsky.

—Padre Gavrilo, ¿a qué debo el honor de su visita tan temprano?

—Quiero hablar contigo de Pavel, hijo mío. Te lo llevás a New Hessen. Le organizas una exposición en la ciudad del pecado. ¡Lo arrojas al regazo de la ramera babilónica!

—Se trata solo de una exposición, nada más. Las obras de Pavel serán bien recibidas también en otras ciudades. Se hará famoso. Así los íconos llegarán incluso a los incrédulos. ¿Eso no es algo bueno?

—Pavel es un pintor ruso. La ciudad extranjera lo corromperá, matará su alma. Los mercaderes de Hessen solo lo destruirán. Es un muchacho sensible, delicado, cuyo lugar estaría en un monasterio.

El pope calló, y tras una breve pausa continuó casi en un susurro:

—Si hoy —Dios no lo permita— ocurriera algo, lo destrozaría por completo.

—¿Qué podría ocurrir? —el estómago de Tomsky se contrajo. Se inclinó hacia adelante con desconfianza, pero el rostro del sacerdote permaneció inescrutable.

—Henrik, hijo mío, has hecho mucho por Tharsis y también has apoyado generosamente a la Iglesia. Eres distinto de los demás jefes de bandas: tienes planes, buscas nuevos caminos. Pero sufres, porque la altiva señora de la pirámide también te considera solo un ladrón. ¿De qué no serías capaz para que se abran ante ti las puertas del directorio del gigante Dragunov?

—No entiendo de qué habla, padre. Pero si ya está aquí, no se vaya con las manos vacías. ¡Acepte este cheque para el monasterio!

El pope se levantó, guardó el cheque y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió una vez más.

—Pavel aún está trabajando en un cuadro para el monasterio. Me entristecería mucho que no pudiera terminarlo.

 

Tomsky estaba furioso.

—El viejo sabe algo, la competencia sospecha algo, ¡tal vez toda la ciudad ya sepa lo que planeamos! Si la contrainteligencia del consorcio Gauss recibe un soplo, estamos acabados.

—No va a pasar nada, jefe. Ha preparado todo a la perfección. Va a salir bien. Como siempre.

Tomsky logró calmarse un poco.

—Ahora ya sería tarde para bajarse. Muéstrame el marco. ¿No lo van a notar?

—Para nada. Es de plástico, igual que los demás. Solo que acá unas cuantas moléculas están unidas de otra manera. Cinco kilos del mejor explosivo.

El jefe de la banda tomó el marco vacío y lo sostuvo frente a la ventana. Miró al técnico con una sonrisa maligna.

—Solo falta un cuadro. ¡Traigan a Pavel! Se me ocurrió algo. Que traiga también el pincel y las pinturas. Voy a darles de comer a mis perros de pelea y después partimos hacia Hessen. Los espero en el vehículo.

 

Yvette cerró la puerta y corrió la pesada cortina. En una fortaleza corporativa habría necesitado al menos una docena de medidas de seguridad más, pero la banda de Henrik prácticamente no tenía contraespionaje. Se acercó a la mesa y sacó el conector. Pasó dos dedos por la sien y levantó la tapa plástica que cubría la interfaz. Estaba por tomar el cable cuando se detuvo.

En su último intento de conexión la habían expulsado de la Red primitiva de Marte. Ningún oficial debía conectarse hasta que se levantara la prohibición –decía la orden–, salvo que se tratara de algo vital. Se rumoreaba que algo había penetrado en el sistema. Algo que incluso el Centro temía.

¿Qué tan importante era el pequeño Pavel?

Ese era el problema: Tomsky estaba preparando algo y pensaba usar al pintor. Había negociado personalmente con el secretario del poderoso político-empresario Ahmed Omar, así que la empresa Dragunov también estaba involucrada. Fuera lo que fuera, el escenario sería Hessen. ¿Un ataque abierto contra el consorcio Fenrir? ¿O una purga dentro de Dragunov?

Los analistas del Centro habían vuelto a tener razón. Por esta información había valido la pena infiltrar a un oficial operativo en la aparentemente insignificante banda de Tharsis. Tomsky estaba creciendo. Ya había puesto los ojos en el mundo corporativo.

A partir de aquí, el asunto superaba la competencia de Yvette. Tenía que informar al Centro.

Dudó un instante, luego soltó el cable.

—Adiós, Pavel, querido muchacho estúpido. ¿De verdad pensaste que por ti iba a bajar al mundo virtual, entre los monstruos?

Se encogió de hombros y, negando con la cabeza, salió en busca de alguna computadora tradicional y segura.

 

—No te pongas nervioso —susurró Tomsky—. Toda esta gente vino a ver tus cuadros.

—Pero… ¿tantos? ¿Y este palacio…? Yo… yo creí que me darían una sala, tal vez dos.

—Eres un gran artista, Pavel, ¡el pintor más grande de Marte! Te lo mereces. Míralos bien: todos peces gordos. Vinieron por tus obras. Se mueren por estar acá.

—Yo… yo no quiero estar acá. Les tengo miedo… Son tantos, tan extraños. ¡Déjame estar con los cuadros!

—Claro, ve. Yo los recibo. ¿Encontraste tu cuadro del ángel, el que estaba a medio hacer? Los chicos ya llevaron tus cosas. Empieza a pintar, eso te va a tranquilizar. Vienen personas muy importantes; las voy a mandar a que vean cómo crea un verdadero artista. Puedes entretenerlos un rato.

 

Las personas importantes se acercaban cada vez más y Tomsky había desaparecido. Pavel, con la frente empapada de sudor, miró de reojo, pero no vio a ninguno de los muchachos conocidos de Tharsis.

No se atrevía a darse vuelta: habría quedado frente a la fila de extranjeros que parloteaban en un idioma incomprensible. Todos lo miraban.

El hombre importante llegó junto a ellos y la multitud se abrió con respeto.

El sudor le corría por la espalda; Pavel clavó la mirada en el pincel.

La novia del hombre importante –su vestido también llevaba el emblema de la poderosa GAUSS Technologies, y la envolvía una nube de perfume increíblemente fino, más delicado incluso que el que había olido en el cuerpo de Yvette durante aquella noche increíble– preguntó algo con ojos brillantes. Apareció una tarjeta de crédito. El hombre importante habló con tono condescendiente y apoyó la mano sobre el hombro del pintor.

Pavel ya no pudo soportarlo: gritando, retrocedió hasta la pared.

Al oír su alarido, el ángel descendió del cuadro y cubrió al muchacho con sus alas en llamas.

 

Ars longa, vita brevis —susurró Yvette.

—¿Cómo? —preguntó Tomsky sorprendido—. ¿Qué dijiste?

—Oh, es solo un dicho en la lengua de mi pequeño pueblo de montaña… Significa que la vida es breve, pero el arte es largo.

—¿Y eso de dónde te salió? ¿No estarás triste por Pavel?

—Vamos, querido, ¿cómo se te ocurre? ¡Yo estoy feliz de que a ti no te haya pasado nada!

Tomsky se movía nervioso dentro del traje elegante. Yvette se acercó y le acomodó la carísima corbata.

—No te preocupes, amor. Todo salió de la mejor manera posible.

—Lo sé, lo sé, pero aun así… Nunca antes hablé directamente con la gran señora Iko.

Caminaba inquieto de un lado a otro, sin apartar la vista del videoteléfono que había dejado en espera. Aunque había imaginado innumerables veces cómo sería el momento del ascenso, ahora sentía un poco de miedo. Incluso con un cargo alto, dentro de Dragunov seguiría siendo solo un empleado, no un jefe. El liderazgo y la independencia los había abandonado el día en que ofreció sus servicios a la empresa.

—¿Verdad que harías cualquier cosa con tal de entrar en Dragunov? —preguntó Yvette—. ¿Te gustaría ser un caballero de cuello blanco?

Lo abrazó y lo besó con una pasión que parecía auténtica. El Centro había respondido hacía poco.

Henrik Tomsky se había convertido en una persona indeseable.

Su eliminación ya estaba en marcha. Yvette pronto recibiría una nueva misión. En otra ciudad, en la cama de otro hombre. Cada uno hacía aquello para lo que mejor servía.

—Escuché en Novosty News lo grande que fue la explosión. Setenta y dos muertos, incontables heridos. El museo de New Hessen quedó en ruinas. Solo no entiendo para qué sirvió todo esto. ¿Qué ganaste con un museo en llamas?

—Del museo en sí, nada. Pero tengo dos motivos. Uno puede entenderlo incluso tú. ¿Pensaste que los cuadros de Pavel, los que quedaron intactos, de un día para otro valen diez veces más? No existe mejor publicidad que un suicidio romántico así.

—¿Suicidio? Yo creí…

—Sabes la verdad, pero la gente no. Y jamás la sabrá por la televisión. Los marchantes de arte se encargarán de que la leyenda se difunda. El público entendido espera que el artista tenga un final trágico. Eso le da un sabor picante a la compra. Como si no fuera solo una inversión financiera cuando adquieren un cuadro.

—¿Cuánto ganaste con la muerte de Pavel?

—¡Eh, detente! —estalló el hombre—. ¿Acaso crees que Pavel tenía que morir por el dinero sucio de los hessenianos?

—¿Y si no fue por eso, por qué?

—¿Viste quién estuvo conmigo esta mañana?

—Algún pez gordo de Dragunov. No me invitaste a almorzar. Se encerraron.

—Ese hombre era el secretario personal del gran señor Ahmed. ¿Sabes por qué vino? ¡Claro que no! —calló un instante y luego, con la boca pegada al oído de la mujer, continuó en voz baja—. Dragunov está satisfecho conmigo. Finalmente están dispuestos a hablar con el pequeño Henrik Tomsky. ¡Con el señor Tomsky, jefe de departamento!

—¿Pero por qué? —se sorprendió Yvette—. ¿Qué ganó la empresa con la explosión?

—En dinero, nada. En prestigio, muchísimo. Hace dos meses, Gauss capturó al jefe regional de Dragunov en Hessen. Lo torturaron y arrojaron el cadáver frente a la entrada de la oficina. La señora Iko estaba furiosa. Fue una bofetada pública para la empresa. Lo intentaron todo, pero no pudieron responder. Y eso daña mucho el prestigio de una corporación. El directorio ya pensaba en una guerra abierta, y entonces aparecí yo…

—¡El tipo muerto de Gauss y su puta! —exclamó la mujer—. En las noticias los mostraron un segundo, cuando los médicos de la empresa se los llevaban. ¿A él querías matar?

—Exacto. El objetivo era el señor Dickson.

—¿Pero por qué hacer explotar todo? ¿Por qué no lo mandaste a matar como siempre?

—Dickson era un pez gordo corporativo. No sé exactamente qué cargo tenía, pero estaba fuertemente custodiado. Inaccesible. Como una tortuga. Pero descubrí que su gallina snob se volvía loca por los íconos de nuestro pequeño Pavel. La ayudé a conseguir algunas piezas hermosas para abrirle el apetito. Luego contacté a Dragunov y les gustó la idea. Organicé la exposición, solo faltaba enviar las invitaciones. Y la mujer linda pero estúpida arrastró consigo a su pequeño amigo porque necesitaba la tarjeta de crédito de papá.

—Mis respetos, Henrik. Un plan diabólico. Digno de ti. Ahora solo dime qué va a pasar con este cuadro.

Ambos miraron la pintura que colgaba sobre la cama: San Jorge y el dragón. El caballero apenas estaba cubierto por la armadura; su espada rota yacía en la tierra devastada. Con la derecha aún apretaba con fuerza la garganta de la bestia, pero su brazo izquierdo colgaba inerte en el abrazo mortal del cuerpo escamoso de bronce. En su rostro se veía que, en su interior, ya había abandonado la lucha.

—Es hermoso, ¿no? —Tomsky se acercó al cuadro y acarició con ternura el cuerpo largo, brillante, musculoso y opresivo del reptil—. A veces creo que Pavel era un visionario.

—¿Visionario?

—Mirá bien este cuadro. Esto es el mañana. Mi mañana.

El teléfono emitió un tono discreto y se encendió. En la pantalla apareció el emblema de Dragunov.

—¿Señor Tomsky, jefe de departamento? —preguntó una secretaria invisible—. Le comunico con la directora.

Tomsky sonrió ampliamente, se irguió y se colocó frente a las lentes.

En el rostro de Yvette no se percibía ninguna emoción para las cámaras ocultas. Observaba en silencio a la figura demoníaca que temblaba de felicidad. Vivían en un mundo donde el secreto del éxito era la falta de escrúpulos y la crueldad.

Pero a los ángeles solitarios y débiles los esperaba el fuego del Infierno.

En ese momento decidió que, cuando llegara el día adecuado, se vengaría personalmente por Pavel.

¡A veces incluso el diablo debe temerles a las llamas!

Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

 

ZSUZSANNA

 Rhys Hughes

 

Nunca me he sentido tan deprimido por una mujer como para desear matarme. Ese me parece un curso de acción absurdo: por un lado, atrae demasiada atención sobre uno mismo –o sobre lo que queda de uno–, los ecos que se desvanecen de tu vida en la memoria de quienes te conocieron; es un gesto melodramático que un caballero verdaderamente refinado solo puede tratar con burla. Pero después de conocer a Zsuzsanna y de sumergirme profundamente en su melancolía, en la oscuridad tangible de su amor, decidí intentarlo. La curiosidad y la simetría fueron, sin duda, las dos principales motivaciones de la acción que emprendí.

Sí, Hungría sigue teniendo una de las tasas de suicidio más altas del mundo, pero ocupa solo el octavo lugar. He vivido en países con tasas más elevadas y con mujeres más entrópicas, y también en períodos de mi vida en los que me sentí incluso más fracasado de lo que me sentía entonces, en aquel viejo bloque de apartamentos de Budapest, en el distrito de Józsefváros. Pero quizá pensé que sería un regalo para Zsuzsanna, una forma de rendir homenaje a su morbosidad, algo más auténtico que simplemente llevarla de picnic a un cementerio. El edificio tenía doce pisos, y eso es más que suficiente.

Aun así, tenía dudas, y si me arrojaba desde lo alto, durante la caída ya sería demasiado tarde para cambiar de opinión. Golpearía el pavimento y eso sería todo. Nuestro apartamento estaba en el primer piso, el que está justo sobre la planta baja, y se me ocurrió que una caída desde esa altura no sería mortal, que serviría como una muestra del extremo mayor, que podría arrojarme por la ventana de mi propio dormitorio doce veces en lugar de hacerlo una sola vez desde la azotea del edificio, y que ambas cosas serían equivalentes. Así que abrí la ventana y salí por ella.

Volviste temprano del trabajo, Zsuzsanna, con una bolsa de compras, y me sorprendiste en el acto después de que me hubiera levantado del pavimento, me hubiera sacudido el polvo, subido las escaleras hasta nuestro apartamento, alcanzado la ventana y vuelto a arrojarme por ella por segunda vez. Literalmente me atrapaste. Dejaste caer la bolsa, y los pasteles y la botella de Tokaji que había dentro se agrietaron, pero no se destruyeron; luego me cargaste con ternura en tus brazos de regreso al edificio, subiste las escaleras y me arrojaste por la ventana una tercera vez. Para darme una lección de melodrama.

Esta vez la botella se hizo añicos cuando caí sobre ella, y los fragmentos de vidrio me cortaron las muñecas y me desangré hasta morir. No del todo hasta morir, pero la exageración forma parte del teatro de la melancolía, el más extravagante de todas las puestas teatrales. Mientras yacía en esa postura torpe y la sangre fluía de mí, recordé que el desperdicio es un pecado y metí la mano en la bolsa para sacar los pasteles aplastados y atiborrármelos en la boca. El flodni, rico y denso, hecho de manzanas, nueces y semillas de amapola, llenó el hueco que dejaste dentro de mí, Zsuzsanna, con tu hermosa y tangible oscuridad.

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

 

 

LA EXTRAÑA HISTORIA DE FRANK Y SU AMIGO EL HIDRÓFOBO SEÑOR STIMS

Boris Glikman

 

…así que, como estaba diciendo, yo estaba sentado cómodamente en una bonita silla cuando el señor Stims me contó lo que quería hacer con su invento. Pero por favor no me interrumpan otra vez, porque voy a olvidar lo que estaba diciendo y no podré contarles toda la historia de lo que ocurrió ese día.

Permítanme empezar de nuevo desde el principio, porque ahora no recuerdo qué es lo que ya les he contado. Mi nombre es Frank. Terminé la escuela hace dos años. Paso la mayor parte del tiempo en casa y miro la televisión. Vivo con mi mamá. Me gusta mucho. Es muy inteligente y sabe de todo. Así que no veo qué tiene de malo decir: “Eso me lo dijo mi mamá”, pero los otros chicos se reían cuando yo decía eso y me llamaban retrasado, lo cual me hacía enojar. Ahora ya no puedo juntarme con ellos; mi mamá dice que tengo mal carácter y que podría hacerles daño.

Mi único amigo es mi vecino de al lado, el señor Stims. Me gusta mucho estar con él. Me encantan los magníficos juegos mentales que inventa. El juego que más me gusta es aquel en el que me pide que adivine en qué está pensando en ese mismo momento. No es nada fácil de jugar.

Por lo general paso el tiempo en su sala de estar, donde tomamos té, comemos algunas galletas y hablamos de temas interesantes. Pero ese día el señor Stims me invitó a su estudio y me pidió que me sentara en una silla cómoda, junto a su escritorio. Él se sentó detrás del escritorio, sobre el cual había blocs de notas y carpetas, todo ordenado con mucho cuidado.

Después de mirarme en silencio durante cerca de un minuto, con una expresión extraña en los ojos, el señor Stims empezó a hablar:

—Durante los últimos cinco años he estado absorto en una tarea diabólicamente difícil, como probablemente habrás notado, Frank. Ya no necesito ser reservado respecto de lo que hago, pero sí quería disculparme por haber sido evasivo e impredecible en el pasado.

Tenía razón. Nunca me había dicho a qué se dedicaba, pero a mí me parecía que pasaba gran parte de su tiempo trabajando en algún problema científico. Todas sus habitaciones estaban llenas de libros cuyos títulos yo no entendía, y de papeles cubiertos de cálculos y fórmulas escritas con su letra desprolija. Y sus maneras extrañas a veces me confundían. Recuerdo que una vez le pregunté cómo le gustaría ser recordado, y eso provocó una reacción muy rara en él. Primero se puso rojo, luego blanco, y solo respondió que tenía grandes esperanzas para el futuro. En otra ocasión le dije que, aunque no vivimos lejos del océano, no sabemos mucho sobre él, y que podría haber grandes monstruos marinos y otros peces curiosos viviendo en sus profundidades. Por alguna razón, se alteró mucho y empezó a hablar sin parar sobre las propiedades químicas del agua. Luego, de repente, se detuvo a mitad de una frase y comenzó a hablar de algo completamente distinto. Aun así, sigo pensando que es una persona fascinante. Sabe muchísimas cosas y siempre puede responder a mis preguntas.

El señor Stims continuó.

—Quizá recuerdes de tus años escolares qué es una molécula polar, amigo mío. Pues bien, el agua está compuesta precisamente por moléculas polares. Ese hecho es la piedra angular de mi trabajo.

En realidad, yo no recordaba nada sobre esas moléculas. Para decir la verdad, no recuerdo gran cosa de mis años escolares. Siempre estuve rodeado de personas más inteligentes que yo, lo que me daba miedo de hablar y decir lo que pensaba, por temor a decir algo estúpido. Por eso me gusta tanto el señor Stims. Nunca me ha tratado como a un tonto y siempre está dispuesto a escucharme y a explicarme las cosas.

—El hecho de que sea una molécula polar, ¿te sugiere algo, Frank? —preguntó.

Sin esperar mi respuesta, como suele hacer, continuó:

—Iría directo al punto. Para tu beneficio, lo explicaré en términos simplificados. La molécula de agua es una partícula cargada. Las partículas cargadas responden a los campos magnéticos. Creando una fuerza magnética de la intensidad adecuada y alineándola en la dirección correcta, podemos separar la molécula de agua en sus partes constituyentes. Podemos convertir el agua líquida en los gases hidrógeno y oxígeno. La teoría que hay detrás es, por supuesto, mucho más complicada, pero lo que acabo de decir resume mi trabajo.

Dejó de hablar por un momento, para darme tiempo de entender lo que había dicho. Pero, siendo sincero, no le veía mucho sentido a todo aquello. Pensé que sería mucho mejor poder hacer lo contrario y crear agua a partir de esos gases invisibles, para que la gente de todas partes tuviera suficiente para beber, sobre todo quienes viven en los desiertos calurosos.

Continuó diciendo:

—La idea suena bastante simple. Pero ponerla en práctica fue otra historia; los años que pasé intentando crear un aparato funcional, tratando de descubrir la alineación correcta... Fracaso tras fracaso. Muchas veces estuve tentado de mandar todo al aire y marcharme. Solo una esperanza me mantuvo en marcha. No puedo decir que fuera una sensación bien definida, pero era algo así como… bueno, como que al alcanzar mi objetivo, todos mis actos pasados adquirirían el sentido que les faltaba.

Observé atentamente el rostro del señor Stims. Tenía la frente cubierta de sudor y una mirada distante en los ojos, pero enseguida esa expresión desapareció.

Luego dijo:

—Déjame contarte un poco de mi pasado, ya que explicará en cierta medida el presente. Fui un brillante estudiante universitario, especializado en química. Me encaminaba directamente hacia una carrera académica convencional. Pero mi personalidad no encajaba bien en el entorno académico. La atmósfera claustrofóbica y la rutina diaria sofocaban mi creatividad natural; la actitud autoritaria de los profesores, la competencia constante entre los estudiantes. Una vez que dejé la universidad, no hubo marcha atrás. Hasta el día de hoy sigo siendo un outsider dentro de la comunidad científica. Tú, Frank, eres la primera persona en el mundo que oye hablar de mi logro.

Aunque me sentí halagado, seguía pensando que sería mejor crear agua a partir de los gases invisibles, para que la gente de todas partes tuviera suficiente para beber, sobre todo quienes viven en los desiertos calurosos.

—¡Pero ¿qué estamos esperando?! —exclamó—. Las acciones valen más que las palabras. Dame solo un minuto y te mostraré cómo funciona.

Mientras él se ausentó, estiré las piernas; casi se me habían dormido. También me picaba la espalda, donde me había picado un mosquito, y me rasqué bien. No podía hacer eso cuando el señor Stims estaba en la habitación. Cuando estoy con él, trato de comportarme correctamente para que me respete. Recordé que pronto sería la hora de la cena y me pregunté qué habría preparado mi mamá. Esperaba que fueran palitos de pescado con puré de papas. Es mi comida favorita en todo el mundo.

Mi amigo no tardó mucho en volver. Cuando regresó, traía una pequeña caja brillante y un vaso lleno de agua. Pensé que era muy considerado de su parte traerme agua, porque tenía mucha sed. Estaba a punto de extender la mano y decir: “Gracias, señor Stims, es muy amable de su parte”, cuando colocó la caja brillante sobre el vaso. Se oyó un siseo y el agua desapareció ante mis ojos. Bueno, en realidad no desapareció de inmediato. Por un segundo, parecía como si el agua hubiera sido cortada en dos, como un panecillo fresco con un cuchillo afilado, y luego ambas mitades se desvanecieron. Me sentí un poco molesto, porque de verdad quería beber esa agua, pero la escena fue tan asombrosa que no pude evitar exclamar:

—¡GUAAU!

La habitación se llenó de un olor extraño, como una mezcla de huevos podridos y piña fresca. El señor Stims debió notar que yo olfateaba, porque dijo:

—Eso es óxido nitroso, o gas de la risa, como se lo conoce comúnmente. El oxígeno liberado por el proceso se ha combinado con el nitrógeno del aire. Hay que tener mucho cuidado con el óxido nitroso. Afecta la mente.

Sabía que esperaba que yo dijera lo impresionado que estaba, y así lo hice. Él no respondió durante un rato, y luego empezó un largo discurso. Solo recuerdo fragmentos:

—Tengo grandes planes, grandes planes —dijo el señor Stims—. ¡Imagina multiplicar la potencia de esta máquina por cien, por mil, por un millón! ¡Mira el mapa del mundo, Frank! ¡Mira cuánto espacio ocupan los océanos! Dos tercios de nuestro planeta son agua. ¡Dos tercios! ¡Cuánta tierra desperdiciada! Muchas regiones están superpobladas. Eso genera estrés, y el estrés conduce al crimen. Y además, la población mundial crece a un ritmo cada vez mayor. ¿De qué sirve el agua del océano? No podemos beberla. Y, en cualquier caso, muchas regiones que hoy son océano alguna vez fueron tierra firme. Necesitamos recuperar esa tierra. Y no tenemos por qué detenernos ahí. ¡Ha llegado el momento de que los océanos desaparezcan! Los haremos desaparecer, igual que el agua de este vaso. Es cierto que eso podría provocar algunos cambios climáticos, pero se resolverán fácilmente. ¡Y solo imagina… tierra, tierra por todas partes! ¡Un gran continente continuo! ¡Sin barreras entre países! ¡Todo el mundo finalmente unido como uno solo, viviendo en paz! Espacio para plantar cultivos, espacio para que el ganado vague libremente. Una amplitud que, en este momento, la humanidad ni siquiera se atreve a soñar. ¡Continentes enteros bajo los océanos están esperando que los poblemos! ¡Las posibilidades son sobrecogedoras! Sí, habrá un precio que pagar. Ese precio lo pagarán los habitantes del océano, pero no tenemos por qué preocuparnos por eso. La inteligencia surgió en la tierra, y serán los habitantes de la tierra quienes gobiernen este planeta. ¡Y yo pasaré a la historia como el hombre que hizo todo esto posible, el nuevo salvador de la humanidad!

El señor Stims estaba cada vez más exaltado. Siempre que se entusiasma, camina de un extremo a otro de la habitación y agita los brazos. Y eso era exactamente lo que hacía; sus brazos giraban como las aspas de un molino y gritaba:

—¡Liberación de la tiranía del agua! ¡Ha llegado el momento! ¡Las posibilidades son infinitas!

Todo era muy interesante, pero yo tenía bastante hambre y no podía dejar de pensar en los palitos de pescado con puré de papas. Fue entonces cuando un pensamiento aterrador me sobresaltó tanto que sentí como si alguien me hubiera golpeado el estómago. Me di cuenta de que, sin océanos, ya no habría peces, y sin peces, ya no habría palitos de pescado para comer. Los palitos de pescado son, de verdad, mi comida favorita en todo el mundo.

Dije:

—Oiga, espere un momento, señor Stims. A mí me gustan mucho los palitos de pescado. No puede matar a todos los peces. ¡Deme esa cosa brillante! No quiero que destruya los océanos.

—Peces, bah —respondió—. ¿Quién los necesita? No cantan, no se los puede acariciar y huelen horrible.

Se negó a darme la caja. Se produjo un forcejeo entre nosotros, porque yo estaba empezando a enfadarme bastante ante la idea de no poder volver a comer palitos de pescado, todo por culpa de su estúpido invento. Intenté agarrar el aparato y quitárselo; fue entonces cuando, sin querer, presioné el botón redondo y rojo que tenía en la parte superior. Lo que ocurrió después fue lo más extraño de todo. Saben que cuando inflan un globo y luego lo sueltan sin atarlo, este sale volando por toda la habitación mientras deja escapar el aire, ¿verdad? Pues algo parecido le ocurrió al señor Stims. Todo ese vapor empezó a salirle por los ojos, las fosas nasales y la boca, y él se fue volviendo cada vez más delgado y cambiando de forma ante mis propios ojos. Luego simplemente cayó al suelo, o lo que quedaba de él, porque para entonces parecía una enorme pasa aplastada.

—Lo siento mucho, señor Stims —le dije—, pero de verdad me gustan los palitos de pescado. Son mi comida favorita en todo el mundo.

Después tomé la caja que estaba tirada en el suelo y la rompí en pedazos pequeños. Ustedes dos ya saben lo que ocurrió después.

Los dos detectives intercambiaron una mirada, y uno de ellos dijo:

—Parece que va a ser una noche larga para todos nosotros, Frank.

 Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

BOZALES

Achim Stößer

 

El Día del Oso, Franco vio por primera vez a una mujer sin correa y sin bozal.

La empujaban y tiraban de ella mientras apenas podía ofrecer resistencia, ya exhausto. Luego le quitaron la venda de los ojos y la mordaza. La luz repentina le dolió en los ojos. En la habitación había, además de él, tres hombres y la mujer. Franco se quedó helado. Ya se había encontrado antes con mujeres sin correa, pero nunca una se había atrevido a quitarse el bozal en su presencia, como una mora descarada.

Por fin salió de su parálisis y se volvió hacia los hombres.

—¿Qué quieren de mí? —gritó—. ¿Por qué me han secuestrado?

La habitación no tenía ventanas; la iluminaban lámparas de techo y estaba abarrotada de todo tipo de aparatos técnicos, computadoras, pantallas. Las paredes, e incluso el suelo y el techo, estaban cubiertos por una malla metálica muy fina. Franco recordaba haber entrado en el edificio a nivel de la calle y luego haber bajado en un ascensor hacia un piso subterráneo. Había oído hablar de estas cámaras secretas bajo los edificios, llamadas sótanos o catacumbas. Pero nunca habría creído que existieran allí, en Roma, capital de la provincia de Gran Calabria. Entonces ocurrió lo increíble.

Ella habló.

La mujer habló sin que se le diera permiso.

A Franco le tomó varios segundos comprender lo que decía, tan conmocionado estaba por semejante monstruosidad.

—Perdonad, Don Felipe, este trato algo inusual —y debo admitir, tosco—. Pero necesitamos vuestros servicios.

—¿Qué significa todo esto? —dijo sin mirarla.

Ella continuó su blasfemia sin inmutarse:

—Vos sois un historiador de importancia, Don Felipe Franco. Pero aun dadas las circunstancias no queremos dejar de lado la cortesía y empezaremos por presentarnos. Estos son Alfonso García Hernández, Enrico Leoni y Mateo Dupont. Mi nombre es Teresa Montañéz.

¡Teresa Montañéz! De pronto todo cobró sentido. La legendaria líder de los Rojos –como irónicamente se llamaban a sí mismos– existía de verdad; no era sólo un mito. Él siempre la había imaginado vieja, canosa, pero en realidad no podía tener más de cuarenta años. Se atrevía incluso a vestir ropa masculina; lo que los cuatro llevaban parecía casi un uniforme: camisas rojas, faldas plisadas hasta la rodilla de cuadros grises, zapatos pesados. Teresa mostraba, como si fuera un hombre, sus piernas casi desnudas, cubiertas apenas por vendas.

—¡Asquerosos desviados! Dejarse mandar por una mujerzuela —escupió Franco con el rostro torcido de repugnancia.

—No creo que el género de las personas con las que mantenemos relaciones físicas tenga aquí relevancia alguna —replicó Enrico con sorna.

—¿Qué quieren entonces de mí? —preguntó Franco mirando a Alfonso García Hernández; el nombre le resultaba familiar.

Teresa lo cortó:

—Tendréis que acostumbraros a hablar conmigo, Don Felipe. Al menos si queréis una respuesta.

Él vaciló. Luego se obligó a decir:

—¿Por qué me han secuestrado, Esposa... Hija...?

—No soy solamente la hija de alguien ni la esposa de nadie. Llamadme Doña Teresa.

—¿Doña? Está bien… ¿qué hago aquí, Doña Teresa?

—Ya veis, no fue tan difícil, ¿verdad? Nuestro problema es el siguiente —quiero extenderme, ya que seguramente sólo conozcáis nuestros objetivos a través de las distorsionadas versiones oficiales—: cuando los primeros Teton-Dakota llegaron desde la Isla Tortuga y descubrieron la entonces incivilizada Europa, trajeron muchas cosas desconocidas para nosotros: tabaco, peyote, pero sobre todo la fe en el Cumplidor, que les había enseñado La Única Verdad. Colonizaron este continente, y sus armas y guerreros eran tan superiores a los nuestros que pronto casi toda la población se convirtió; las religiones emergentes de entonces –bahá’ís, cristianos, heranistas, lamaístas, laconistas, etc.– hoy no son más que pequeñas sectas minoritarias que casi nadie conoce.

—¿Y qué? —interrumpió Franco—. ¿Acaso no creemos todos en el mismo Dios? ¿Qué importancia tiene?

—Para quienes fueron masacrados por venerar a Donar, Baal o Hermes, mucha. Pero ese no es nuestro objetivo.

—Claro, hubo ciertos errores, interpretaciones equivocadas de la enseñanza del Cumplidor; pero hoy es algo completamente distinto.

—Llamar “errores” a la matanza de millones que murieron de forma atroz en el poste de tormento no parece apropiado. Pero como dije, por ahora enfoquémonos sólo en el presente.

Se sentó en una de las sillas giratorias; los demás la imitaron, excepto Franco, que permaneció de pie.

—La riqueza que los Oglala han acaparado mediante robo, asesinato, saqueo y explotación hasta hoy supera toda imaginación. Su poder es inigualable. A los niños se les inculca la supuesta Verdad en los círculos de enseñanza desde que son muy pequeños hasta que terminan creyendo en ella, sin posibilidad alguna de pensar por sí mismos. Gran parte de Europa está firmemente en manos del chamanado. En el Este Hispano hay una guerra religiosa entre los Oglala ortodoxos y los sofistas y los heranistas; la capital provincial, Atenas, está sitiada, y así desde hace dieciséis meses.

—¡Wakan Tanka! Es una guerra civil —explotó Franco—. Y se libra por razones étnicas, no religiosas.

—¿Ah, sí? ¿Y a qué grupo étnico pertenecen los heranistas? ¿Y en qué se diferencian realmente las dos sectas oglala, aparte de detalles de su superstición?

—Llamar superstición a la fe íntima de personas profundamente religiosas, que incluso están dispuestas a morir por ella, es…

—Dispuestas a matar por ella, querréis decir. ¡Responded a mi pregunta!

Franco guardó silencio.

—Lo mismo ocurre con las cacerías humanas medievales de los Oglala: si las realizaron sólo por la piel pálida de los nativos europeos, ¿por qué entonces iniciaban a la fuerza incluso a los niños antes de matarlos?

—Pero los Teton también hacen el bien, pensad en las Casas de Medicina.

—Que sólo costean en una fracción diminuta —lo que casi nadie sabe. Imaginad que una cadena de bocadillos —no mencionaré el nombre— recibiera Casas de Medicina pagadas por el Estado, y sólo tuviera que organizar un banquete de carne picada por el Día de la Cosecha; pero a cambio pudiera despedir a todo médico o cuidador vegetariano y nombrar las casas con sus platos cárnicos. ¿Se lo perderían? Lo dudo. Las Casas de Medicina son pura ilusión, exactamente igual que la participación de los Oglala —refutó Teresa—. Pagan casi nada, pero obtienen derechos enormes y propaganda. Pero no es sólo eso. Los Teton han traído tanto sufrimiento que ni pastel de maíz, ni papas, ni vasijas de barro pintadas lo compensan. Las mujeres están condenadas a llevar bozal —continuó—, tal como manda la doctrina. Nada extraño en un pueblo cuya lengua usa palabras distintas para las mismas cosas, unas asignadas a los hombres y otras a las mujeres.

—Naturalmente, ¿qué hay de malo en ello? La obligación de bozal y correa sólo sirve para proteger a la mujer y evitar que, por comentarios o acciones irreflexivas, pierda el honor.

Ella lanzó un grito y giró violentamente en la silla.

—Déjalo, Teresa —intervino Mateo—. Con razonamientos no llegarás lejos; su fe no le permite desviarse del sendero trillado, donde ya no crece la hierba.

Teresa apretó los labios.

—Tienes razón. —Balanceó un poco la silla—. Bien, Don Felipe, esto es lo que haremos: Don Alfonso aquí ha desarrollado un método para cambiar el pasado.

—Vinculación de energías entre parejas cuánticas —murmuró Alfonso mientras se tocaba la cinta de la frente. Entonces Franco lo reconoció, aunque debía tener más de ochenta años y su aspecto había cambiado mucho desde que su fotografía había aparecido en los medios dos décadas atrás, cuando recibió el Premio Solar por sus logros en física. Ahora había caído al nivel de un ayudante de los Rojos, débil, frágil y cansado. —Si las partículas Z fluctúan en tríos, entonces…

—Basta, Don Alfonso —lo interrumpió Teresa—. Eso ahora no importa. Lo que haremos, Don Franco, es cambiar el pasado en un punto decisivo, y con ello también el presente. La aparición del Cumplidor determinó la historia de los últimos dos mil quinientos años, como un insecto que pasa sobre una piedrita y desencadena una avalancha. Vamos a impedirlo, y vos, Don Franco, nos indicaréis el momento adecuado para manipular los impulsos cerebrales del Cumplidor a nivel cuántico tal como una excavadora revuelve un montón de grava, ¿es correcto eso, Don Alfonso?

Franco jadeó.

—No lo haré —gritó—. ¡Están locos!

—No fue una petición. Lo haréis.

—Jamás los ayudaré a destruir al Cumplidor. Nunca, aunque me maten.

—Entonces escuchad. El próximo día de ciervo, el diecisiete del Mes del Fuego del año 2353 de la Era del Cumplidor —según las fórmulas de Don Alfonso— es adecuado para el tránsito. Lo haremos con o sin vuestra ayuda. De hecho, con la de muchos otros historiadores a quienes ya hemos consultado: debíamos asegurarnos de que no nos mintierais. No os mataremos. Os dejaremos libres y cambiaremos el pasado. El mundo como lo conocemos dejará de existir, y vos también, pues algún antepasado vuestro se verá afectado.

—Nunca haber existido —corrigió Alfonso.

—Nunca haber existido, exacto. Este es un espacio de protección, creado para preservar nuestra forma física. En Roma hay docenas de ellos, y en cada ciudad grande del Imperio, otros tantos.

—La probabilidad de éxito es baja —añadió Alfonso—. Quizá sólo unos pocos sobrevivamos al tránsito, quizá ninguno.

—Así es —confirmó Teresa—. Pero existe una posibilidad, y vale el riesgo. Decidid, Don Felipe Franco, pues no hay marcha atrás: corregiremos el pasado.

Franco por fin se sentó. Su mirada se perdió en el vacío; se humedeció los labios.

—¿Qué probabilidad hay? —preguntó al fin.

—No lo sabemos —respondió Alfonso—. Teóricamente uno entre veinte, quizá uno entre diez. En la práctica es imposible decirlo, ya que evidentemente sólo podemos realizar el tránsito una vez. Si fracasa, si, por ejemplo, mi existencia se extingue y en el nuevo mundo mi método no existe…

—No soy científico —dijo Franco—, pero sé que un experimento científico debe poder repetirse y tener resultados verificables.

—Esto no es un experimento científico —dijo Teresa con voz tensa, ojos entornados y aletas de la nariz dilatadas—. Es legítima defensa.

Franco cantó el tradicional canto de la Danza del Sol lakota, como hacía cada mañana del día de ciervo, pero esta vez con especial fervor:

Ate, Wakan Tanka unsimala ye yo.

Oyate, oyate zani cin pelo.

Heya hoye wa yelo he.

Padre, Gran Espíritu, ten compasión de mí. Tu pueblo, tu pueblo necesita sanación. Así te envío mi voz de esta manera.

 

Alfonso limpiaba un cuenco de pemmican con un pan de maíz mientras observaba una pantalla.

—Falta un minuto —dijo, seco. Parecía tranquilo, como si cambiar el mundo fuera algo cotidiano.

—No entiendo cómo podéis estar tan sereno, Don Alfonso, comiendo en un momento así —balbuceó Enrico. Tenía la lengua pesada por el peyote. Sostenía la mano de Teresa—. En cualquier momento podemos entrar en los prados eternos o disolvernos en el aire.

Alfonso negó con la cabeza.

—En menos aún. Pero ya no sentiremos nada cuando llegue el momento. Como si estuviéramos muertos.

—Entonces… rien ne va plus —dijo Mateo en dialecto nordhispano. Nervioso, hacía girar un bolígrafo entre los dedos—. Sigo creyendo que, en vez de manipular el pasado para mejorar el presente, deberíamos trabajar en el presente para un futuro mejor. Todo esto me parece cosa de un heyoka, que hace o dice todo al revés para confundir a la gente.

—Están todos locos. Dios no lo permitirá —silbó Franco—. Su sacrilegio fracasará.

—Diez segundos —dijo Alfonso, dejando el cuenco. En la pantalla, un enorme diez se fundió en un nueve. Ocho. Siete.

Teresa cerró los ojos y apretó los dedos de Enrico.

—Ya casi —dijo Alfonso, agarrando los reposabrazos de la silla—. Tres. Dos. Uno.

—¡Mitakuye oyasin! ¡Todos somos parientes!

El final de sus palabras lo gritó Franco en la oscuridad. Respiraba entrecortadamente, su corazón se desbocaba. Se incorporó de un salto, se mordió los nudillos de la mano cerrada.

—¿Qué ha pasado? ¿Un corte de energía? ¡Respondan! ¿Por qué hace tanto frío?

Avanzó un paso, tropezó, cayó al suelo, sintió suciedad en las manos. Se levantó de nuevo, avanzó hasta chocar con una pared, la palpó hasta encontrar la puerta. Halló el interruptor.

Una bombilla desnuda colgaba del techo, su luz era turbia.

La habitación estaba sucia, llena de trastos, cajas, muebles viejos. Sólo había una ventanita del sótano, tapiada. En una esquina se amontonaba carbón.

Habían desaparecido. Todos. Los Rojos. Las máquinas. Sólo quedaban la silla donde Franco había estado sentado, su ropa y él mismo.

En la pared colgaba un bajorrelieve a media escala: una escena de tortura repugnante, mostrando a un hombre desnudo y demacrado, con expresión de sufrimiento, clavado con manos y pies a dos vigas en cruz. Una corona de alambre de púas le destrozaba la cabeza. ¿Quién podía concebir algo tan abominable?

Franco embistió la puerta: una vez, dos, tres, hasta que la cerradura cedió y se abrió.

Subió corriendo por unas escaleras en penumbra y salió al exterior por una puerta sin llave.

La calle estaba llena de gente. Las mujeres caminaban sin correa ni bozal; muchas iban casi desnudas. Los hombres vestían extrañas prendas bifurcadas, salvo uno con un manto blanco y falda negra, acompañado por dos muchachos; tras ellos marchaba un grupo de gente de negro, siguiendo una caja de madera oscura.

Enfrente había un edificio enorme y fastuoso, blanco, rodeado de esculturas de piedra y con una torre puntiaguda. ¿Sería aquello una casa de oración? ¿O una mezquita pagana?

Algo tiró de su falda plisada. Un niño, vestido con harapos, le tendía la mano pidiendo limosna.

Franco huyó, dobló la esquina y chocó con una mujer, la primera bien vestida que veía allí.

—¡Kusura bakmay iniz! —balbuceó ella con los ojos bajos, lo único visible de su rostro; el resto estaba cubierto por velo y chador.

Achim Stößer nació en diciembre de 1963. Estudió informática en la Universidad de Karlsruhe, donde posteriormente trabajó durante varios años como asistente de investigación, centrándose en arte digital y animación, y también ejerció como profesor en la Universidad de Artes y Diseño de Karlsruhe.Desde 1988, ha publicado en antologías y revistas, incluyendo varios volúmenes de la serie antológica "International Science Fiction Stories" de Wolfgang Jeschke. Su colección de relatos, "Virulent Realities", fue publicada en 1997 por dot-Verlag. En 1998, fundó la iniciativa por los derechos de los animales Maqi. Por ello, el antiespecismo (y, por ende, el veganismo), el antiteísmo, el antirracismo, el antisexismo y el antifascismo, entre otros, son temas centrales en sus relatos y viñetas. Sitio web: https://achim-stoesser.de.

 

 

 

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