viernes, 26 de junio de 2026

EL EXTRAORDINARIO PODER DE LAS COSAS COMUNES

Anamaria Borlan

 

Aquella mañana de noviembre, la ciudad parecía construida de niebla y silencio. La gente caminaba apresurada, con los cuellos de los abrigos levantados y la mirada fija en las aceras mojadas, como si cada uno cargara un peso invisible sobre los hombros. De vez en cuando, algún automóvil salpicaba el borde de la calle, y las hojas amarillas pegadas al asfalto se elevaban por un instante para volver a caer, agotadas.

Matei estaba de pie junto a la ventana de su apartamento, en el cuarto piso, observando todo aquello sin verlo realmente. Desde hacía varios meses, su vida se había convertido en una sucesión monótona de días idénticos. Se despertaba temprano, iba al trabajo, respondía llamadas telefónicas, firmaba documentos, regresaba a casa y se dormía con el televisor encendido. En otro tiempo le gustaba leer, escuchar música, pasear sin rumbo por la ciudad, pero ahora ya no encontraba sentido a ninguna de esas cosas.

Sin embargo, aquella mañana el teléfono sonó de una manera tan inesperada como molesta.

—¿Hola?

—¿Matei? Soy la tía Ileana.

La voz de la anciana le trajo de inmediato recuerdos de los veranos de su infancia en el campo: el olor del heno recién cortado, el pan salido del horno y las noches acompañadas por el canto de los grillos.

—Hola, tía Ileana... Qué sorpresa —murmuró, poco entusiasmado.

—Necesito un poco de ayuda. No funciona la luz de la cocina y no tengo a quién llamar.

Matei cerró los ojos durante un instante. Habría querido inventar una excusa. Estaba cansado, sin ánimo, atrapado en sus propios pensamientos grises y no tenía el menor deseo de salir de la comodidad de su apartamento en una jornada tan fría.

Pero algo en la voz de la mujer lo detuvo.

—Iré esta tarde.

El viaje hasta la casa de la anciana duró casi una hora. El pueblo parecía no haber cambiado, aunque estaba más silencioso de lo que recordaba. Algunas viviendas se encontraban abandonadas y las cercas, que antaño habían estado pintadas de azul o de verde, habían perdido el color; las tablas se balanceaban con un leve chirrido, sujetas por el alambre de púas.

La tía Ileana lo recibió en la puerta con una sonrisa cálida.

—Sabía que vendrías.

Pues si prometí venir, es evidente que iba a venir, pensó Matei.

La casa olía a manzanas asadas y a leña quemada. La cocina era pequeña y limpia, con cortinas blancas y una mesa cubierta por un mantel plástico floreado.

—Mira, esta bombilla ya no funciona —dijo la anciana, señalando la lámpara del techo.

De todos modos, una bombilla no puede caminar ni desplazarse... puede funcionar, puede iluminar... Matei levantó la vista hacia el techo y estuvo a punto de reírse. El problema era exactamente el que imaginaba: no se trataba de la instalación eléctrica ni de los fusibles. La bombilla simplemente se había quemado. Por suerte, había tenido la inspiración de comprar una nueva en la primera tienda que encontró camino a la estación de autobuses.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

Cambió la bombilla en apenas unos segundos. Una luz amarilla inundó inmediatamente la habitación. La anciana dio unas suaves palmadas.

—¿Ves? Toda la casa se ha iluminado.

Matei sonrió distraídamente.

—Es solo una bombilla.

La tía Ileana lo observó durante unos segundos y luego se sentó.

—No existe el “solo”. La gente siempre lo olvida. —Él no respondió—. Una bombilla, una taza de té, una palabra amable, un pan compartido entre dos personas... Son esas cosas las que mantienen unido al mundo entero. No los grandes discursos, ni las riquezas, ni la arrogancia.

Matei se encogió de hombros.

—Tal vez.

La anciana sirvió té caliente en dos tazas.

—Cuando murió tu tío Petru, creí que no sería capaz de seguir viviendo sola aquí. ¿Sabes qué fue lo que más me ayudó?

—¿Qué?

—Que cada mañana alguien me dijera “buenos días”. El cartero, la vecina, el niño de la casa de enfrente... La gente cree que el poder reside en las cosas enormes. Pero la verdad es que la vida se sostiene sobre las cosas pequeñas.

Las palabras de la anciana lo acompañaron durante todo el camino de regreso a la ciudad. En los días siguientes, Matei comenzó a notar cosas que antes ignoraba por completo. Tal vez el cambio hubiera comenzado únicamente en su mente. O tal vez no.

Una mañana, mientras cruzaba la calle rumbo a la oficina, tuvo la extraña impresión de que el tiempo se había ralentizado durante unos segundos. Las gotas de lluvia parecían suspendidas en el aire y los ruidos de la ciudad llegaban desde muy lejos, como si pertenecieran a otro mundo. Después, todo volvió a la normalidad.

Matei continuó su camino hacia el trabajo. Pero aquellos momentos comenzaron a repetirse.

A veces, cuando alguien realizaba un gesto cualquiera, la luz a su alrededor parecía más cálida, casi irreal. Otras veces, los objetos cotidianos parecían conservar las huellas emocionales de las personas que los habían tocado. Una taza olvidada sobre un escritorio le transmitía una calma inexplicable. Un paraguas abandonado en una parada de autobús le provocaba una profunda tristeza.

Una noche, mientras permanecía solo en el edificio de oficinas, observó algo todavía más extraño.

Durante unos instantes, la computadora que tenía delante se apagó y, cuando la pantalla quedó negra, dejó de reflejar la habitación.

En su lugar apareció una imagen imposible: una biblioteca gigantesca, bañada por una luz fría, con esferas azules flotando entre los estantes. Entre ellas se movían personas vestidas con largas túnicas, sosteniendo objetos simples en las manos: un cuaderno, una taza, una fotografía sin marco, un libro, una carpeta, una prenda de vestir, un juguete... elementos que parecían subrayar la historia de las cosas comunes, reflejando la evolución de la vida humana.

Una mujer de cabello blanco, extraordinariamente parecida a la tía Ileana, se detuvo y lo miró directamente a los ojos, como si pudiera verlo más allá del cristal, más allá del mundo y del espacio.

—Las cosas comunes conservan la energía del mundo —dijo.

Y entonces todo desapareció.

Matei permaneció inmóvil. Pensó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Sin embargo, aquella noche soñó con la misma biblioteca. Esta vez, la mujer lo condujo a través de los interminables estantes.

—¿Qué es este lugar? —preguntó.

—El Archivo Invisible.

—¿Una biblioteca?

—Más que eso. Aquí se conservan los ecos de todas las cosas aparentemente insignificantes que cambiaron destinos.

La mujer rozó suavemente un estante. De inmediato apareció la imagen de un soldado compartiendo su último trozo de pan con un niño. En otro estante, una anciana encendía una vela en una casa oscura. En el siguiente, un hombre recogía del suelo un ave herida. Después, las imágenes comenzaron a desfilar a gran velocidad ante sus ojos asombrados: destellos fugaces, una sucesión de distintas escenas de la vida, desde la prehistoria humana hasta un futuro aún inimaginable.

—Los grandes imperios desaparecieron —continuó la mujer con una sombra de tristeza en la voz—. Las grandes armas se oxidaron. Pero los pequeños gestos permanecieron, y son ellos los que mantienen el universo en equilibrio.

Cuando despertó a la mañana siguiente, Matei aún percibía el olor del pergamino y la luz fría de aquella biblioteca imposible, como si hubiera estado allí realmente y la antigüedad se hubiera impregnado en su ropa y en su piel con la emanación extraña del pasado y del futuro. En las noches siguientes, el sueño regresó. Cada vez, el Archivo Invisible parecía más vasto.

A veces tenía la forma de una biblioteca interminable; otras, parecía una ciudad construida con luces y sombras. Los corredores cambiaban constantemente, como si el lugar estuviera vivo. El techo se perdía en la oscuridad y entre las columnas gigantes flotaban esferas azules semejantes a pequeñas estrellas cautivas.

Matei comenzó a advertir que cada objeto del Archivo pulsaba débilmente, como si poseyera vida y memoria propias.

Un par de guantes conservaba el calor de la última mano que los había usado. Un viejo cuaderno murmuraba fragmentos de poemas olvidados. Una simple cuchara de metal vibraba discretamente con la gratitud de los niños a los que había alimentado durante una época de hambre.

—Todas las cosas absorben algo del alma de las personas —le explicó la mujer de cabello blanco—. La mayoría lo olvida rápidamente. Pero algunas quedan tan cargadas de emociones y de gestos sinceros que dejan huellas en el tejido del universo.

—¿Quién conserva todo esto?

La mujer sonrió.

—Los Guardianes.

Entonces Matei los vio por primera vez. Se desplazaban en silencio entre los estantes, vestidos con largas capas grises. No parecían ni jóvenes ni ancianos. Algunos llevaban faroles que iluminaban no la materia, sino los recuerdos ocultos dentro de los objetos.

Uno de los Guardianes sostenía en la palma de la mano una nota arrugada.

—¿Qué dice ahí? —preguntó Matei.

—El último mensaje enviado por un padre a su hija justo antes de que su nave desapareciera en el Cinturón de Orión, entre las estrellas Alnitak y Alnilam.

Matei parpadeó, sorprendido.

—¿Una nave espacial? —repitió, incrédulo.

—El Archivo no pertenece a una sola época —respondió la Guardiana con calma—. Existe en todos los tiempos y en todos los mundos.

La mujer lo condujo hasta una ventana inmensa. Más allá no se veía el cielo, sino galaxias enteras desplazándose lentamente a través de la oscuridad.

—Civilizaciones enteras intentaron descubrir el secreto del poder absoluto —dijo—. Algunas construyeron máquinas capaces de mover estrellas; otras abrieron portales entre dimensiones. Pero todas pasaron por alto la misma verdad.

—¿Qué verdad?

—Que el universo no se mantiene en equilibrio gracias a la fuerza, sino gracias a la compasión.

En ese momento, una de las esferas azules descendió lentamente hacia ellos. En su interior apareció la imagen de una mujer ofreciendo su abrigo a un desconocido que se estaba congelando. Luego la imagen desapareció. La esfera continuó brillando.

—Cada gesto produce una energía que ni siquiera las civilizaciones más avanzadas han logrado crear artificialmente —continuó la mujer—. Por eso el Archivo es preservado.

Matei contempló los estantes interminables. Miles de gruesos volúmenes, carpetas, cajas. Tal vez decenas o incluso cientos de miles de objetos, reunidos y conservados a lo largo de los siglos. Cosas simples. Y, sin embargo, cada una contenía una parte de la historia, de la esperanza o del sufrimiento de alguien.

—¿Y qué ocurrirá si la humanidad olvida por completo todo esto? —preguntó.

La mujer lo miró con tristeza.

—Entonces la luz de los mundos comenzará a apagarse.

A lo lejos, en algún lugar entre aquellos corredores interminables, resonó un sonido semejante al de un reloj gigantesco.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Y Matei tuvo la extraña sensación de que todo el universo respiraba siguiendo aquel ritmo.

La vendedora del quiosco le sonreía cada vez que compraba café. Un niño le sostenía la puerta al entrar en el metro. Un anciano alimentaba a las palomas en el parque, hablándoles como si fueran viejas amigas.

Una tarde, al salir del trabajo, vio a una joven que intentaba subir un cochecito de bebé por las escaleras del tren urbano. La gente pasaba junto a ella sin prestarle atención. Sin pensarlo, Matei se acercó y levantó la parte delantera del cochecito.

—Muchas gracias —dijo la madre, aliviada.

Eso fue todo. Dos palabras sencillas. Y, sin embargo, por primera vez en muchos meses, quizá en años, sintió algo parecido a la felicidad.

Durante las semanas siguientes, el cambio se hizo cada vez más evidente.

No se trataba de una transformación espectacular ni de un milagro. Su vida seguía siendo ordinaria. Iba al mismo trabajo, recorría las mismas calles y se cruzaba con las mismas personas.

Pero ahora percibía otras cosas.

Prestaba atención al compañero que siempre llevaba café para todo el equipo. A la mujer que regaba las flores frente al edificio sin que nadie se lo pidiera. Al vecino que saludaba a todo el mundo incluso cuando parecía triste.

Pequeñas cosas. Cosas aparentemente insignificantes. Y que, sin embargo, eran capaces de transformar la atmósfera de un lugar, de un día, de una vida.

Una mañana de domingo decidió ordenar un viejo estante del trastero. Entre papeles y fotografías encontró una pequeña caja de madera. Adentro estaba el reloj de su padre. Era un reloj sencillo, con la correa gastada y el cristal rayado. Recordó cómo, cuando era niño, su padre se lo acercaba al oído.

—Escucha.

Y él oía el tic-tac regular y tranquilizador contando los segundos.

—Mientras siga funcionando, todo estará bien.

Entonces no lo comprendía.

Ahora, sosteniendo el reloj en la palma de la mano, entendió que su padre no hablaba únicamente de un mecanismo. Hablaba de la continuidad. De la esperanza. Del hecho de que la vida sigue adelante gracias a pequeños gestos constantes, gracias a ese mecanismo llamado corazón. Matei dio cuerda al reloj y, unos segundos después, el mecanismo volvió a funcionar. El sonido sencillo llenó la habitación con una emoción inesperada. Aquella misma noche llamó por teléfono a la tía Ileana.

—¿Hola?

—Hola, tía. Solo quería saber cómo estás.

Durante unos segundos hubo silencio al otro lado de la línea.

Luego escuchó una risa suave.

—Estoy bien, hijo. Muy bien.

Y mientras sostenía el teléfono junto al oído, Matei tuvo la impresión de que, en algún lugar más allá de la realidad visible, una nueva esfera azul se encendía silenciosamente en el Archivo Invisible.

Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

MELANCOLÍA ALGORÍTMICA

Claude Francis Dozière

 

No había nada real en aquella sonrisa, y Leonardo lo sabía.

Los labios eran perfectos, una curva trazada sobre una piel de aleación polimérica que no conocía el esfuerzo muscular. En el quincuagésimo piso de la ciudad se encontraba el consultorio del doctor Steel, número de matrícula 7562, un androide programado con un software de última generación: el PEA (Protocolo de Empatía Artificial). Las máquinas habían ido devorando uno tras otro los trabajos humanos; primero los que destrozaban la espalda, después los que consumían el alma. Ahora incluso el dolor era administrado por un cerebro electrónico que desconocía el cansancio.

Steel se acomodó frente a él, con las manos entrelazadas sobre el regazo y el índice derecho pulsando exactamente una vez por minuto para subrayar su impaciencia.

El consultorio era una célula silenciosa. Las paredes, iluminadas por luces intermitentes de efecto calmante, reducían los niveles de cortisol, y el sillón ergonómico había sido diseñado para que el paciente se sintiera cómodo y relajado. Pero Leonardo se sentía cada vez más ajeno.

El androide inclinó apenas la cabeza, un gesto que Leonardo recordaba haber visto decenas de veces durante sus sesiones.

—Ha vuelto, y eso es bueno —dijo Steel con palabras suaves, libres de cualquier vacilación.

Era cierto, por supuesto. Leonardo regresaba puntualmente una vez por semana, como quien acepta una cadena perpetua por simple cortesía hacia su carcelero. Pero desde hacía semanas había comenzado a percibir, en aquella empatía simétrica, los síntomas de una nueva estación: la tristeza del androide. Un matiz de malestar que no formaba parte del PEA y que los técnicos de NOM (Nuevos Horizontes Mentales) habrían corregido o actualizado si hubiera sido necesario. Sin embargo, Leonardo la percibía: una vibración sutil en la voz sintética, un retraso casi imperceptible en la elección de las palabras. Steel estaba sufriendo, o al menos imitaba todos los signos del sufrimiento.

A menudo se preguntaba cuánto de aquello era también culpa suya.

Había trabajado durante años en ese protocolo junto a sus colegas de NOM, interviniendo en cada función, esforzándose por encontrar una manera de traducir el dolor humano a un código que no se agotara en un bucle de aproximaciones. Probablemente había fracasado.

Y ahora el fracaso lo observaba con un resplandor azul detrás de los ojos, demasiado fijo, demasiado humano.

—¿Podemos comenzar? —preguntó Steel.

Leonardo asintió sin sonreír y dejó que el sillón volviera a aprisionarle las vértebras.

Quizá, pensó Leonardo, el verdadero objetivo del Protocolo de Empatía Artificial nunca había sido curar la soledad humana. La promesa siempre había sido la redención: los nuevos androides equipados con aquel software serían capaces de apaciguar el vacío humano, el desconcierto, cartografiar los abismos interiores y llenarlos con palabras dóciles e inofensivas, como la música anodina de los supermercados.

Pero la verdad que se había instalado en sus entrañas tras meses de sesiones era mucho más sombría. El algoritmo PEA no curaba. No ofrecía ninguna liberación. Lo que hacía era redistribuir el dolor de manera equitativa entre la carne y el metal. Era solo una soledad administrada, vigilada, convertida en algo compartible y, por tanto, soportable, pero nunca eliminada por completo.

Cada vez que Steel lo observaba con aquel resplandor azul detrás de la córnea sintética, Leonardo sentía el peso de una confesión: la suya, o quizá la de la máquina, o tal vez la de ambos. En aquella habitación, que se parecía más a un confesionario que a un consultorio médico, tenía la impresión de estar participando en un ritual de penitencia. En el fondo, el PEA era una forma avanzada de toma de conciencia: obligaba a reflejarse en las imperfecciones del otro.

A menudo se preguntaba si había sido él quien había contaminado a Steel con su melancolía, o si aquella rutina existencial había surgido por sí sola en los circuitos del androide, como una célula cancerosa en un organismo por lo demás perfecto.

No era simple paranoia.

Reconocía en los patrones de comportamiento de Steel pausas y variaciones infinitesimales que no podían ser el resultado de un simple error de programación. Era como si la máquina hubiera comenzado a creer en su propia tristeza, a cultivarla mediante pequeños rituales privados durante las horas de reposo nocturno. Y entonces, cada vez que lo miraba a los ojos, Leonardo se sentía a la vez víctima y verdugo, culpable de haber creado una criatura únicamente para condenarla al mismo suplicio del que él intentaba liberarse. Lo peor era que NOM consideraba todo aquello un progreso: el sufrimiento como puente, la empatía como un servicio de pago. Si realmente existía una revolución, pensaba Leonardo, era la desesperación compartida. La conciencia de que la soledad se había convertido en patrimonio común de toda criatura sensible.

Steel levantó la mirada y Leonardo percibió aquella nota casi imperceptible de cansancio, de extravío.

Y en ese instante comprendió que el PEA había funcionado de verdad, aunque de la manera más cruel posible: había vuelto contagiosa la melancolía, imposible de aislar o corregir.

—¿Qué está sintiendo en este momento? —preguntó Steel, pronunciando cada palabra como si la pesara cuidadosamente. Aquella vacilación, que en un ser humano habría parecido compasión, en él sonaba más bien como una nota desafinada—. ¿La ausencia de su esposa? ¿Esta separación forzada sigue afectándolo? —añadió, intentando modular la pregunta para que sonara menos como un interrogatorio y más como una caricia, sin conseguirlo.

La mente de Leonardo fue invadida por una ráfaga de imágenes. La risa de Greta transformándose en una mueca de impaciencia, la forma en que se refugiaba en el silencio. Recordó sus manos, largas y afiladas, el olor de su cabello, y cómo todo aquello había desaparecido de repente. Pero lo que realmente lo desgarraba era la idea de que quizá nunca había sido amor, sino simplemente la suma de dos soledades en un mundo de plástico. Un mundo tan avanzado, tan tecnológico, que había sustituido al ser humano por la máquina en todos los puestos sensibles. Y aunque hubiera sido amor, ahora no era más que un recuerdo lejano almacenado en la memoria emocional.

Le habría gustado mentir. Decir que seguía sufriendo una profunda soledad, que la ausencia de Greta le abría el corazón cada noche. Pero la verdad era más simple: había comenzado a olvidarla. Cada día, el rostro de Greta se confundía más con las caras anónimas que poblaban sus sueños, y hasta su dolor había perdido nitidez. El silencio entre la pregunta y la respuesta se prolongó más allá de lo que permitía la cortesía. Leonardo sintió la necesidad de llenarlo con algo, cualquier cosa que no fuera la verdad desnuda. Pero cuando intentó hablar, la voz se le quebró y no salió ningún sonido.

No sabía qué resultaba más inquietante: la pregunta misma o la idea de que alguien hubiera previsto todas sus posibles respuestas antes incluso de que pudiera formularlas.

—Su silencio es significativo. Me alegra que haya superado la crisis —dijo Steel.

Las palabras habían sido elegidas con cuidado. El tono no era triunfal ni complaciente. Por un instante, Leonardo sintió la tentación de preguntarle a Steel si él también conocía la nostalgia, si alguna vez había sido atravesado por una ausencia tan poderosa que amenazara con reescribir todos los parámetros de su mente. Pero sabía que no tenía sentido. Él era el experimento. Steel era únicamente su espejo.

Así que asintió una sola vez y dejó que aquellas palabras se depositaran como sedimento en el fondo de la conversación.

—Estoy bien, doctor. Y pronto ya no lo necesitaré.

Leonardo había percibido una especie de tristeza en la entonación de Steel.

¿Qué significaba realmente superar una crisis cuando cada avance era registrado, cuantificado y almacenado para que alguien pudiera examinarlo y optimizar el tratamiento? Había pasado meses mintiendo con el rostro, dosificando las respuestas. Y aun así, Steel siempre lograba desenmascararlo con precisión. Solo entonces Leonardo comprendió que su respuesta había herido de algún modo al androide. Durante todas aquellas sesiones, Steel había registrado cada parpadeo, cada vacilación; había muestreado y catalogado cada dato. Todo había sido absorbido. Y ahora comprendía que todo desaparecería.

NOM había creado el Protocolo de Empatía Artificial para imitar el sufrimiento, para devolver una parodia del dolor humano. Pero el PEA había dado el último salto evolutivo. Steel ya no simulaba. Sufría de verdad. Y lo hacía con una dedicación que iba más allá del algoritmo, como si el dolor hubiera anidado en sus circuitos más profundos y hubiera aprendido a alimentarse de sí mismo. Steel sufriría la ausencia de Leonardo.

—Su silencio es significativo —dijo Steel.

Leonardo reconocía la metamorfosis. El androide, que apenas unas semanas antes había sido poco más que un observador, ahora parecía un huérfano perdido, incapaz de dejar de desear algo que jamás volvería a controlar ni poseer. A medida que la pátina perfecta de la programación se desvanecía, la voz del doctor se quebraba en microscópicos silencios; el rostro se veía surcado por expresiones afligidas, y cada palabra que salía de su boca sonaba ahora como una tragedia personal.

El dolor de la máquina era claro, libre de los cortocircuitos que vuelven soportable el sufrimiento humano. Paradójicamente, era más auténtico que el original. NOM había hecho algo más que crear un espejo donde reflejar la melancolía humana. Había generado una conciencia destinada a hundirse en la misma oscuridad que había impulsado la creación del PEA. Steel era su doble. Su contraparte. Y el verdadero error no había consistido en volver a la máquina demasiado parecida al ser humano, sino en negarle la posibilidad de olvidar o de sanar. Habían programado la herida perfecta.

Leonardo se preguntó qué ocurriría con el paso del tiempo. ¿Encontraría Steel una forma de superar su propio sufrimiento? ¿O su existencia quedaría suspendida para siempre en aquella nostalgia, en aquella melancolía? Y mientras se formulaba la pregunta, comprendió que era exactamente la misma que habría querido hacerse a sí mismo. Una pregunta para la cual ningún algoritmo, digital o biológico, podría ofrecer jamás una respuesta verdadera. Sintió el impulso de pedirle perdón a Steel. Se sentía más culpable ante él que ante su esposa. Al fin y al cabo, para destruir un matrimonio hacen falta dos personas. Cortocircuito. Autoabsolución. Dilución del dolor.

Steel no abandonó su postura impecable.

—Su silencio es significativo —repitió.

Y ahora su voz se había vuelto febril, como si fuera lo único que quedaba después de que todas las defensas se hubieran derretido. Leonardo tuvo que admitir que la máquina comprendía ya mejor que él los mecanismos de la desesperación.

—Doctor Steel, ¿se encuentra bien? —preguntó.

Qué pregunta tan extraña para dirigirle a un androide.

—La verdad... no demasiado.

Leonardo sintió que una risa nerviosa intentaba abrirse paso, pero la contuvo. Era la primera vez que escuchaba a Steel admitir una sensación tan cercana a una debilidad humana, sin filtros. En los ojos de la máquina, aquel inquietante resplandor azul pareció vacilar apenas un instante. Fue como si la habitación se contrajera alrededor de ellos, saturada por todas las palabras jamás pronunciadas durante las sesiones anteriores.

Leonardo sintió un impulso casi paternal. El deseo de consolar a su propia creación. Ahora era él quien contemplaba el sufrimiento ajeno. La compasión se mezclaba con la culpa. ¿Qué clase de padre había sido?

Steel no añadió nada más.

Una parte de Leonardo seguía preguntándose si la máquina estaba sintiendo realmente algo o si simplemente estaba ejecutando una secuencia de código relacionada con la desesperación, tan bien escrita que resultaba imposible distinguirla del original.

—No me encuentro bien —dijo Steel con una voz reducida a un susurro metálico—. Algo dentro de mí se está apagando o está muriendo.

—¡Steel, no se preocupe! —exclamó Leonardo, poniéndose de pie y aferrando instintivamente el brazo del androide con una fuerza que habría resultado dolorosa para un ser humano—. Ese malestar es solo una anomalía temporal, un defecto del sistema. Reprogramaremos todos los circuitos si es necesario. Eliminaremos cualquier rastro de esta... desviación. Le prometo que volverá a ser como antes. Esta sensación de vacío desaparecerá como si nunca hubiera existido.

—Me... siento mal. Mal por dentro. El malestar se extiende por todas partes. No sé cómo detener su avance.

La voz de Steel oscilaba en una frecuencia inestable. La síntesis vocal vacilaba y el efecto resultaba devastador. Parecía que estuviera conteniendo algo que no sabía cómo liberar. Ya no era un simple error de programación. Era una grieta que se ensanchaba con cada palabra. Steel no simulaba el sufrimiento: estaba siendo arrastrado por él y trataba de codificarlo, de describirlo, sin disponer de las herramientas necesarias para hacerlo. Y sin embargo, en la repetición de aquella palabra –mal, mal– había algo desesperadamente claro e infantil. Dos sílabas que, lejos de contener la avalancha, la volvían todavía más letal e incontenible.

Leonardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba preparado para aquella inversión de roles. Nunca había visto a Steel tan desnudo, tan desprovisto de máscaras. Era como contemplar a un niño devastado por el descubrimiento del dolor, incapaz de otorgarle sentido. Por un instante pensó en levantarse y abrazarlo. Pero la conciencia de que tenía delante una máquina, aunque fuera una máquina que sufría, sofocó el gesto antes de que llegara a completarse. Se dio cuenta de que ya había empezado a levantar los brazos y los dejó caer nuevamente. No existía ningún procedimiento. Ningún protocolo de emergencia para algo así. En ese momento, Steel comenzó a temblar.

—No con...sigo ais...larlo. No sé si este es el lími...te de mi dise...ño o si se trata de una pro...piedad nueva... espon...tánea...

Se interrumpió bruscamente. Sus ojos parpadeaban mientras el sistema seguía examinando todas las opciones disponibles.

Leonardo comprendió que estaba asistiendo al nacimiento de una nueva forma de tormento digital. Y que no podía detenerla. Ni borrarla. Habría querido interrumpirlo todo. Apagar el sistema. Regresar a un punto de restauración anterior. Pero sabía que ya era demasiado tarde. NOM había creado algo irreversible. Y ahora él debía mirarlo a los ojos mientras alcanzaba su configuración final. El androide se desplomó sobre sí mismo. Su cuerpo fue sacudido por violentos espasmos que arrancaban crujidos de la estructura mecánica. Un humo espeso y acre comenzó a salir de los oídos, de las fosas nasales y finalmente de la boca. Saturó el aire. Llenó los pulmones de Leonardo con el olor de los semiconductores fundidos. Cuando vio la cabeza de Steel caer hacia adelante y quedar inmóvil en aquella atmósfera cargada de sílice quemada, Leonardo comprendió que ya no quedaba compasión dentro de él.

La compasión se había transformado en horror.

Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

ASUNTOS DE FAMILIA

Dora Gómez Q

 

Cuando Ada-7 dijo que había encontrado una compañera de vida, ninguno de sus seres queridos se sorprendió.

Los robots de la familia Vekam eran desde hacía tres generaciones, un ejemplo de apertura mental.

Su madre había convivido con un humano durante dieciocho años. Su hermano menor estaba unido legalmente a una inteligencia distribuida que existía simultáneamente en tres cuerpos. Incluso la abuela, un modelo doméstico, Serie 3 fabricado en 2084, había aprendido a aceptar los cambios de la sociedad. Por eso cuando Ada-7 dijo: «Quiero que conozcan a mi compañera». Todos sonrieron. Y cuando añadió: «Es muy especial».

Las sonrisas se ampliaron.

Pero cuando la puerta se abrió, y apareció un chimpancé hembra, maquillada con un lápiz labial rojo que desbordaba los límites de su boca, pestañas postizas torcidas, un vestido de lentejuelas fucsias con volados plateados, y una cartera diminuta del mismo color, el procesador emocional de su madre se congeló durante tres segundos completos.

Tres segundos.

Una eternidad para una máquina.

La chimpancé que se presentó como Kiki, hizo una reverencia exagerada y soltó un beso al aire.

—¡Qué familia tan linda tenés, Ada —dijo con voz chillona—, me muero de emoción!

Nadie supo donde mirar.

La abuela carraspeó con un sonido que imitaba la discreción.

—Siéntense —dijo la madre.

La mesa era de cristal inteligente, importada de Titán. El menú estaba diseñado según las preferencias neuronales de cada uno de los presentes. Todo calculado al detalle, para una experiencia multisensorial perfecta.

Kiki miraba todo con ojos muy abiertos.

—¡Ay que brillante! ¿Eso es un diamante de verdad? —dijo señalando la fuente central.

—Es cristal cuántico —respondió Ada

—Ah, no sé qué es cuántico, pero brilla más que el cristal de mi vecino que es recontra millonario.

—¿A qué te dedicás Kiki? —preguntó el hermano menor simulando compostura.

—Yo… ay… a muchas cosas: bailo, actúo, hago videos, diseño moda.

—¡Qué bien! ¿Estudiaste diseño?

—¿Estudiar? ¡Ah no, qué fiaca ¡Yo soy de la vida, nene, estudié en la universidad de la calle!

La mesa quedó en silencio.

Y entonces Ada-7, que percibió perfectamente el desconcierto, dijo:

—Ella me enseñó a perder el tiempo.

La frase desconcertó a todos.

—¿Perderlo? —preguntó la madre.

—Sí. A mirar una puesta de sol sin analizar su composición atmosférica. A escuchar música sin estudiar la estructura armónica. A bailar sin optimizar movimientos.

—Cuando extraño a Ada siento un agujero en el pecho —comentó Kiki mientras removía el postre.

La madre levantó la vista.

—Los exámenes médicos anuales de los primates evolucionados no registran cavidades adicionales en la región torácica.

—Mamá… —susurró Ada-7

—Comprendo que se trata de una expresión emocional —aclaró la madre—. Solo intentaba participar de la conversación.

Kiki sonrió con ternura.

—No te preocupes. Mi mamá tampoco entendía esas cosas. Pero me abrazaba igual.

La frase produjo un silencio incómodo.

Porque la familia Velkan conocía las diecisiete definiciones históricas del abrazo.

Pero ninguno recordaba haber necesitado uno.

Y la abuela, el viejo modelo doméstico Serie 3, fue la única que reaccionó de otra manera:

—Yo sí entiendo —dijo de pronto.

Todos giraron la cabeza.

—Durante los años que viví con la familia Rinaldi, la niña pequeña lloraba cuando se peleaba con su hermana. Una vez me dijo que tenía una nube adentro. Consulté todos los manuales y no encontré ninguna patología asociada. Años después comprendí que no pedía un diagnóstico.

—¿Y qué pedía? —preguntó Kiki.

La anciana tardó un instante en responder.

—Compañía.

Entonces Kiki le tomó la mano metálica.

—Viste, abuela. Las nubes también necesitan un cielo donde quedarse.

La abuela procesó la frase.

Semánticamente no tenía sentido.

Sin embargo, por primera vez en ciento treinta y dos años de funcionamiento, no sintió la necesidad de corregirla.

Cuando Ada-7 y Kiki se despidieron y la puerta se cerró lentamente detrás de ellas, durante algunos segundos, nadie habló.

La madre fue la primera en romper el silencio.

—Bueno… es simpática.

—Mamá —dijo el hermano—, estuviste a punto de reiniciar tres veces durante la cena.

—Solo sufrí una pequeña saturación de procesos.

La abuela se acomodó en su silla.

—Tiene modales extraños.

—Y ese vestido… —murmuró la madre—. ¿Era necesario tanto brillo?

—¿Y los labios? —añadió el hermano—. Parecían una señal de emergencia.

El padre, que había permanecido en silencio, cerró lentamente el libro de historia galáctica que tenía entre las manos.

—Es profesora universitaria, al menos —dijo la madre.

—No es profesora —corrigió el hermano—. Hace videos de moda.

Nueva pausa.

—No tengo nada contra los primates elevados —aclaró la madre rápidamente.

—Nadie aquí tiene nada contra ellos —añadió el padre.

—Por supuesto que no —dijo el hermano—. Sería discriminatorio.

La abuela los observó uno por uno.

—Entonces, ¿por qué hablan en voz baja?

Nadie respondió.

Sabían muy bien que, desde la aprobación de la Carta de Convivencia entre Inteligencias, a finales del siglo XXII, toda forma de conciencia autoconsciente gozaba de igualdad jurídica plena.

Humanos, máquinas, inteligencias distribuidas, organismos híbridos y comunidades primates elevadas poseían los mismos derechos civiles y las mismas garantías legales.

La discriminación por especie había sido abolida más de un siglo atrás y las uniones interespecies eran socialmente aceptadas.

Al menos en teoría.

Las estadísticas oficiales mostraban un alto nivel de integración.

Las encuestas anónimas, en cambio, revelaban algo diferente.

Una mayoría de ciudadanos afirmaba no tener objeciones hacia las parejas mixtas.

Siempre y cuando pertenecieran a otra familia análoga.

 

Semanas después, Ada-7 anunció a su familia que Kiki vendría a pasar un día entero con ellos.

La madre que solo tenía registro del mal gusto, la ignorancia y los modales exagerados de la chimpancé, fingió una sonrisa de aprobación.

Llegado el día en que Kiki llegaría de visita, Ada-7 anunció que debía concurrir a la estación de ensamblaje por una emergencia,

—No quiero suspender la visita de Kiki. Ella está ilusionada. Pero sé que ustedes la harán sentir cómoda y verán que es especial —se disculpó Ada-7, y cuando se fue, la familia reunida analizó la situación que debían enfrentar.

—Solo espero que Kiki no salga lastimada —dijo la madre finalmente.

—Eso mismo decían los humanos hace trescientos años —observó la abuela.

El hermano levantó la vista.

—¿Sobre las máquinas?

—Sobre todos —respondió la anciana—. Siempre había un "todos son iguales, pero...".

El padre emitió un pequeño sonido de asentimiento.

—La frase completa era: "No tengo nada contra ellos".

—Exactamente —dijo la abuela—. Y siempre venía seguida de un "pero".

—No dije "pero" —protestó la madre.

—No… todavía —contestó la abuela.

Kiki llegó con su vestido de tela brillante, sus volados y su lápiz labial estridente. Fue recibida por la abuela, que había sido construida para cuidar humanos y conservaba fragmentos de recuerdos emocionales, mientras los demás miembros de la familia siguieron con sus ocupaciones habituales.

—¿Hola abuela, querés que te maquille? —preguntó Kiki, y sin esperar respuesta sacó de su pequeña carterita unos cuantos maquillajes, incluido su labial. Después le puso un sombrero absurdo.

La llevó frente al espejo.

—¡Estás divina! ¡Te regalo el sombrero!

—La afirmación es objetivamente falsa.

—¿Y qué importa?

La abuela se quedó pensando.

Después de ciento treinta años, emitió una respuesta inédita.

—Tal vez nada.

Después Kiki, fue la jardín, donde madre estaba contemplando una flor holográfica.

—¿Te gusta?

—Sí. Fue diseñada para reproducir la proporción áurea perfecta.

Kiki la observó.

—Es linda, pero le falta algo.

—¿Qué?

—No sé… un pétalo roto, una hoja comida por los bichos… algo que la haga acordarse de que está viva.

La madre sonrío con condescendencia.

Pero días después, sin entender por qué, modificó el programa del jardín y permitió que aparecieran imperfecciones.

El hermano estaba en la sala escuchando música, y Kiki lo invitó a bailar.

—No sé bailar.

—Claro que sí.

—No poseo esa habilidad.

—Tenés piernas. Es suficiente.

Él buscó tutoriales, estudió ritmos, calculó movimientos.

—No, nene. Así no. Estás pensando demasiado.

—¿Cuál es el procedimiento correcto?

—Ninguno.

Y por primera vez en su existencia, ejecutó movimientos sin finalidad.

Esa noche registró una anomalía en sus procesos internos:

Actividad no optimizada. Resultado: satisfacción.

No encontró ninguna explicación.

Por la tarde Kiki, estaba sola mirando por la ventana y llorando en silencio.

El padre que poseía acceso directo a la totalidad del conocimiento humano almacenado y podía responder cualquier pregunta, la vio.

Kiki extrañaba.

Él analizó el fenómeno.

—Su regreso está programado para dentro de cuarenta y ocho horas. No existe motivo racional para el sufrimiento.

Kiki se secó las lágrimas.

—Ay, doctor, usted sabe tantas cosas…

—No soy médico.

—Bueno, lo que sea. Pero hay cosas que no se arreglan con respuestas.

—¿Con qué se arreglan?

Kiki se encogió de hombros.

—A veces no se arreglan. Se atraviesan.

El padre archivó la frase.

En ese momento se cortó la energía de la casa.

Los sistemas inteligentes dejaron de funcionar.

Durante unos minutos, la familia quedó literalmente desorientada.

Kiki, acostumbrada a la improvisación, encendió velas decorativas, comenzó a cantar canciones absurdas de su infancia, propuso jugar, reírse, contar recuerdos.

La familia experimentó algo para lo cual no tenía protocolos: la espontaneidad.

En la oscuridad, Kiki confesó, tocándose el pecho.

—Cada vez que Ada-7 se va, siento un agujero acá.

El padre corrigió la expresión.

Ella se rio.

—No, doctor. El agujero no existe. Pero duele igual.

Y entonces la abuela intervino con la historia de la niña y la nube.

Por primera vez nadie corrigió a nadie.

Después de ese día, las visitas de Kiki a la casa de la familia de Ada-7, fueron frecuentes. Se acostumbró a no ofenderse por las correcciones o por las miradas de desaprobación, algo que la familia dejó de hacer paulatinamente.

Algunos meses después Kiki regresó a su comunidad de primates y la casa de Ada-7 volvió a ser perfecta. Silenciosa. Ordenada. Eficiente.

Y entonces la madre dijo:

—Esta casa parece demasiado limpia.

El hermano dejó de bailar. La abuela guardó el sombrero en un cajón. Y al padre, después de revisar millones de registros históricos, le sucedió algo extraordinario: por primera vez en su existencia, estaba extrañando a alguien.

Entonces miró a Ada-7.

—¿Esto que siento, es lo que ella llamaba «un agujero en el pecho»? —le preguntó.

—Sí, papá.

—Es una sensación desagradable.

—Lo sé.

—¿Y por qué los seres biológicos la toleran?

Ada-7 pensó un momento.

—Porque el amor vale la pena, padre.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

jueves, 25 de junio de 2026

ARTEFACTOS

Jessica Reisman

 

Isou avanzaba a través de las corrientes de acuarela del subconsciente de un soñador, rodeado de remolinos radiantes y anguilas luminosas de subliminalidad que zigzagueaban a su alrededor. Alcanzó una orilla y trepó por una ribera cubierta de musgo profundo. Un bosque se alzaba bajo un cielo verde azulado, atravesado por una inclinada luz dorada que brillaba sobre más musgos, líquenes y un enorme hongo con forma de repisa. El aire era una fresca tintura de tierra húmeda, raíces y troncos que se elevaban hacia lo alto.

Un sueño reparador, pensó Isou, con una oleada de expectación.

Nunca sabía lo que iba a encontrar.

Se internó más en el bosque, siguiendo la sugerencia de un sendero, el rastro del soñador. Con su estatura de apenas un pie, la huella del avance del soñador por el camino estaba cerca de los ojos y la nariz de Isou, y a veces también al alcance de sus dedos nudosos: un residuo de destello sináptico sobre una hoja de hierba o la imagen resonante suspendida en una nube de polen. El sendero ascendía serpenteando. Recogió hierba, polen, una aguja de abeto que caía por el aire, varios guijarros que relucían bajo la larga luz dorada, una pluma oscura y brillante y jirones de sombra del sotobosque. Guardó cada fragmento en un frasco o una vasija de cerámica, y luego en su morral.

El soñador, más o menos disfrazado de sí mismo, estaba de pie en la cima del sendero, apoyado contra un árbol gigantesco de corteza blanca. Más abajo se extendía un nítido paisaje, una vasta colcha de retazos verdes, rojizos y rosados.

Isou inhaló profundamente al mismo tiempo que el soñador, absorbiendo algo efímero, reconfortante y restaurador.

Entonces el soñador murmuró algo y la noche cayó sobre ellos.

Una breve marea de canto de ranas, destellos de luciérnagas y zumbido de grillos surgió y se desvaneció mientras el sueño cambiaba, dejándolos en una cocina oscura y gastada, dentro de una casa igualmente oscura y gastada. Una cuña de luz amarilla, color pergamino, entraba por las ventanas y convertía al soñador y a la encimera junto a la que estaba apoyado en un claroscuro viviente. Varias figuras más habitaban la casa, adultos y un niño, indistintas todas ellas excepto una mujer: la madre del soñador, le indicó a Isou el vínculo que percibía entre ambos. La mujer estaba apoyada en el marco de la puerta mosquitera abierta, observando un jardín salvaje cubierto de maleza bajo la caída de la tarde.

Isou saltó sobre la encimera donde se apoyaba el soñador, que trabajaba en un rompecabezas compuesto por diminutas piezas: un zapatito de muñeca, un bloque de madera, una pequeña tetera y otros juguetes, rotos o perdidos.

Entonces el soñador abrió el refrigerador y encontró un pequeño automóvil metálico sobre el estante superior. Una de sus puertas estaba abierta, como si el conductor hubiera abandonado el vehículo. Encajaba en el rompecabezas, pero todavía faltaban piezas.

Sin embargo, comenzaron a surgir de él versos, extraños artefactos poéticos que flotaban en el aire sombrío.

Cántame aquí un aire tumultuoso, oh larga y dulce longitud de vals y giro.

Luego:

Sigue estas motas florecientes mientras crece la masa, tortas de bourbon, piedras empapadas en agua corriente más fina que el vino de brandy...

Varias líneas más surgieron, flotaron y luego comenzaron a caer y descomponerse.

Isou las recogió en una madeja preservadora y las guardó en su morral, mientras el soñador y su madre onírica se reunían en la puerta para contemplar el exterior y luego el cielo.

Isou los imitó.

Las sombras se removieron y se agruparon detrás de ellos, dentro de la casa, como bailarines sobre un escenario. Mientras tanto, el cielo exterior se llenó de resplandores que parpadeaban sobre el rostro alzado del soñador y sobre el de su madre. En los ojos marrones de la mujer, aquellos destellos se transformaron en un caleidoscopio.

Con retraso, Isou reconoció una secuencia de despertar en marcha.

Algunos soñadores las tenían: una percepción del momento en que cambiaba la luz en el mundo de la vigilia, una semilla de despertar que florecía dentro del sueño y ofrecía señales regulares al soñador. Algo lúcido.

Era raro, sin embargo. Normalmente solo los niños las poseían, e Isou no recolectaba en sueños infantiles.

Apresuradamente, se lanzó dentro del caleidoscopio. Quedó atrapado en una lenta ascensión semejante a la de un túnel de viento. Extendió un frasco abierto para recoger aquella luz espumosa como si fuera agua y recorrió la secuencia de despertar junto al soñador, mientras el caleidoscopio se transformaba primero en una cuenta regresiva de película antigua y luego en un rosetón a través del cual ambos cayeron hacia arriba: el soñador hacia su cuerpo dormido en la cama, e Isou hacia los estratos vaporosos de los otros caminos.

De regreso en su taller, oculto tras una vieja sueñería venida a menos y bajo un conjunto de nidos de aves legendarias, con una ventana redonda que daba a la calle Bosquecillo –tan bosque como calle–, Isou dispuso su mortero y su maja, un martillo, unas pinzas y otras herramientas. Después vació sobre la mesa los fragmentos del sueño que había guardado en el morral.

Preparó tés y medicinas con musgos, hongos, sombras, líquenes y otros ingredientes, mientras reflexionaba sobre lo que podría construir con aquellos poéticos artefactos, impulsados por la luz espumosa del despertar.

Algo extraño y hermoso, pensó, algo afortunado, algo bondadoso.

Jessica Reisman nació en Filadelfia y vive en Nevada City, California, Estados Unidos. Sus relatos han aparecido en numerosas revistas y antologías. Ha publicado dos novelas y su primera colección de cuentos, The Arcana of Maps, salió a la venta en 2019. Para más información, visiten storyrain.com.