martes, 30 de junio de 2026

(URO)BORIS Y YO

Boris Glikman

 

Tengo un uroboros domesticado como mascota. Lo he llamado UroBoris, un juego de palabras con su nombre común, para indicar que me pertenece y que forma parte de mí, Boris, y también debido a las numerosas afinidades, conexiones y semejanzas que compartimos.

Los uroboros guardan una semejanza superficial con las serpientes aro, pero existen algunas diferencias evidentes entre ambos, tanto en apariencia como en comportamiento. Para empezar, una serpiente aro termina soltando su cola, mientras que UroBoris mantiene siempre la cola dentro de la boca. Además, las serpientes aro son frías al tacto y tienen una textura gomosa, mientras que el cuerpo de mi uroboros es cálido y firme.

La distinción más notable entre ellos reside en los ojos. Las serpientes aro poseen ojos muertos, reptilianos, con una expresión vacía; pero UroBoris tiene ojos profundos, casi humanos, que contienen la sabiduría de eones, una sabiduría que ninguna serpiente aro podría poseer jamás.

Como ya he mencionado, UroBoris nunca suelta su cola, lo que debe significar que su boca está fusionada permanentemente con el otro extremo de su aparato digestivo. Por lo tanto, recicla y redigiere constantemente el mismo trozo de alimento; la comida recorre un circuito perpetuo desde su boca hasta el final de su tracto digestivo y de allí regresa directamente a la boca.

En consecuencia, no necesito alimentarlo en absoluto, y ahorro mucho dinero en comida para mascotas.

Obviamente, con la cola permanentemente atrapada en la boca, UroBoris no puede emitir sonido alguno, aun suponiendo que fuera capaz de hacerlo. Tal vez, si de algún modo pudiera extraerse la cola de su boca, tendría la facultad del habla y me diría las cosas más sabias y hermosas imaginables.

Sin embargo, no necesitamos palabras, pues nuestra comunicación se desarrolla en un plano más elevado y profundo que esos torpes, engorrosos y groseros bloques de palabras.

UroBoris y yo hablamos océanos enteros únicamente a través de la mirada.

Siempre estoy aprendiendo nuevos secretos y misterios cosmológicos y existenciales a través de sus ojos, incluso cuando los observo tan solo un instante.

Sus ojos me transmiten verdades inefables, trascendentes, eternas e infinitas que jamás podrían expresarse mediante palabras.

Pasamos largos períodos con las cabezas muy juntas, contemplándonos profundamente a los ojos, igual que dos amantes, olvidándonos de todo lo demás.

Si pudiera, contemplaría sus ojos para siempre y sería feliz dedicando toda mi vida a ello. Nadie podría apartarme jamás de ellos.

Mi uroboros y yo pasamos mucho tiempo juntos.

Con frecuencia saco a UroBoris a pasear; o, mejor dicho, lo hago rodar por la acera como si fuera una rueda.

Disfruta especialmente cuando lo empujo por pendientes pronunciadas y adquiere enormes velocidades en el descenso.

Al tragarse una porción mayor de su propio cuerpo, puede reducir su diámetro, y entonces puedo usarlo como un anillo exótico, una pulsera o un collar.

A veces incluso me permite hacerlo girar alrededor de la cintura como si fuera un hula-hula.

UroBoris siempre gana cuando jugamos a las escondidas, porque es capaz de tragarse por completo a sí mismo y volverse invisible.

En ocasiones envuelve todo su cuerpo alrededor del mío, y entonces ya no sé dónde termino yo y dónde comienza él.

Personas bienintencionadas y solícitas me dicen constantemente –siempre pensando en mi bienestar, por supuesto– que los uroboros no son animales auténticos, que solo son criaturas mitológicas imaginarias.

Pero no me importa en absoluto.

De hecho, me parecería perfectamente adecuado, apropiado y nada extraño que mi mascota fuera realmente una criatura mítica inexistente en el mundo real, porque yo mismo nunca me he sentido demasiado real.

A veces me pregunto quién es más real y quién está escribiendo esta historia: ¿yo o UroBoris?

A juzgar por cuánto disfruta de la vida y con qué intensidad abraza la realidad, me parece que él es el ser real, perfectamente adaptado al mundo, mientras que yo soy el imaginario, incapaz de encajar jamás.

En cualquier caso, como ya he dicho, UroBoris y yo tenemos mucho en común.

Los uroboros siempre han estado asociados al renacimiento constante, a darse vida a uno mismo y a la unión entre los mundos consciente e inconsciente, y esos son precisamente los ideales a los que aspiro en mi vida y, muy especialmente, en mi escritura.

Por ejemplo, muchos de mis relatos proceden de sueños, y al transformarlos en historias convierto lo inconsciente en consciente.

Además, cuando escribo siempre intento transmutar en palabras aquellas verdades no expresadas e inefables, aquellas que las personas no pueden o no quieren afrontar ni articular, verdades que yacen enterradas en las profundidades del inconsciente.

Y experimento un renacimiento constante, desprendiéndome siempre del antiguo yo y engendrando uno nuevo, transformando sin cesar mi carácter, mi mundo interior y mi creatividad.

Nada permanece estable o constante en mi vida.

Además, así como UroBoris está siempre tragándose la cola, yo también me trago constantemente mis sentimientos, mi orgullo, mi dolor, mi alegría y mi tristeza, sin mostrárselos a nadie, ni siquiera a mí mismo.

A veces me pregunto si le dedico demasiado tiempo a UroBoris y si está apoderándose de mi vida. ¿Y si me estoy identificando demasiado con él? ¿Podría estar apropiándose también de mi identidad, además de mi vida? Pero enseguida aparto esos pensamientos, avergonzado siquiera de pensar cosas tan horribles acerca de mi querida mascota.

Debo admitir, sin embargo, que en última instancia UroBoris escapa a toda comprensión y a todo control. Puede revelarme todos los misterios de la existencia y del universo, pero hay un misterio que jamás me revelará: el misterio de quién es realmente.

Casi no tengo control sobre los comportamientos que podría manifestar a continuación y muy rara vez consigo comprender cuál podría ser la motivación, el significado o la función de alguna de sus conductas particulares.

Tampoco sé jamás qué secretos o verdades me transmitirán sus ojos la próxima vez.

La situación resulta frustrante, pero también gratificante, porque no deja de sorprenderme y de desafiar mi mente con sus acciones y sus revelaciones.

Intentar controlar a UroBoris e intentar comprenderlo a él y a su comportamiento es como intentar controlar y comprender los sueños.

Claro que existen períodos en los que hay una comunicación y una armonía perfectas entre nosotros, pero esos períodos desaparecen en un instante, igual que un sueño.

En cierto sentido, la comparación con un sueño es muy apropiada, porque un uroboros es, después de todo –o al menos eso afirman algunos–, un ser mitológico.

Si UroBoris es realmente una criatura onírica que existe únicamente dentro del inconsciente colectivo de la humanidad, entonces es perfectamente lógico que sus costumbres y comportamientos escapen casi por completo a mi comprensión y a mi control.

Debo conformarme con la pequeña cuota de autoridad y entendimiento que poseo.

O quizá, en lugar de ser una criatura onírica, UroBoris sea simplemente un símbolo o una entidad metafórica que representa algo de mis mundos interior o exterior.

¿Y si UroBoris y yo no fuéramos más que personajes ficticios de una parábola alegórica que intenta transmitir algunas verdades esenciales y profundas acerca de la existencia y la realidad, verdades que yo mismo, por desgracia, soy incapaz de comprender?

Pero probablemente esas no sean más que especulaciones inútiles e irrelevantes que no vienen al caso.

Recuerdo haber oído en alguna parte que los uroboros son criaturas eternas que poseen un diámetro infinito, el cual solo parece finito cuando se encuentran plegados en su forma circular.

Si eso es cierto, entonces mi UroBoris debe de ser apenas un diminuto segmento de un uroboros ilimitado, y otras partes de él probablemente estén siendo cuidadas por otras personas en otros hogares, mientras que algunas porciones de su cuerpo tal vez vivan en libertad por todo el mundo.

Eso significaría también que mi UroBoris debió de tener muchos dueños antes que yo y tendrá muchos más después de mí, pasando tan solo una minúscula porción de su vida conmigo.

Si es así, quiero estar seguro de dejar una huella especial en su memoria y de que recordará toda la bondad y el amor incondicional que le he brindado.

Aunque no posea un uroboros completo durante toda su existencia, seguiría sintiéndome inmensamente agradecido y orgulloso de ser dueño de una parte infinitesimal de él durante apenas un período infinitesimal de su vida, porque me ha enseñado muchísimo.

La lección más importante que UroBoris me ha enseñado –pues ha tenido consecuencias cruciales en mi vida– consiste en cómo doblar mi cuerpo exactamente del mismo modo que él dobla el suyo, de forma que mi boca se conecte con el otro extremo de mi canal alimentario.

Al contorsionar mi cuerpo de esa manera, mi existencia ha cambiado de forma fundamental y para mejor, porque, igual que UroBoris, ya no necesito ingerir alimentos nuevos jamás.

 

¡Qué historia tan ridícula he escrito!, pensó el uroboros con frustración mientras dejaba caer la pluma de su boca sobre el escritorio.

Luego volvió a adoptar su habitual posición circular, con la cola entre los dientes, y llenó su hambriento estómago con una tibia papilla reciclada.

Debo de estar perdiendo la cabeza. Estoy escribiendo auténtica basura, creando mundos y criaturas absurdos y sin sentido. Ningún editor creerá ni aceptará una fantasía tan desmesurada sobre un supuesto animal bípedo ficticio que tiene un uroboros como mascota. De eso estoy completamente seguro.

La idea disparatada de que nosotros, los uroboros, seres infinitos, inmortales, omniscientes y depositarios de todas las verdades y misterios, podamos ser los juguetes de unas criaturas finitas que ocupan apenas un punto en el espacio y existen solo durante un instante en el tiempo...

¿Cómo podrían semejantes criaturas primitivas poseer la inteligencia y el poder suficientes para mantener a uno de nosotros como mascota?

¿Cómo podrían seres tan efímeros poseer algún conocimiento o comprensión de la existencia, del mundo y de la realidad?

Concederles cognición, intelecto e incluso existencia está más allá de toda probabilidad.

Esos seres jamás podrían existir en el mundo real.

Incluso dentro del contexto de una obra de ficción resulta demasiado inverosímil y descabellado –rozando incluso lo sacrílego– otorgarles realidad.

Para empezar, ¿qué probabilidad hay de que puedan existir animales tan extraños, dotados de apéndices torpes y aparatosos adheridos a sus torsos y sobresaliendo de ellos, destruyendo la suavidad y las líneas armoniosas de sus cuerpos?

¿Criaturas incapaces de plegarse formando el círculo perfecto y que, en cambio, pasan toda su vida adoptando una postura perpendicular, torcida e inestable?

¿Seres que, debido a su mortalidad, viven acosados incesantemente por la muerte y, por ello, son incapaces de entregarse plenamente a la vida?

¿Seres que se niegan o son incapaces de volver a comer y digerir eternamente el mismo trozo de alimento, y que por ello están condenados a dedicar toda su existencia a buscar y luchar por nuevas fuentes de sustento?

¿Cómo podría existir un mundo en el que la preocupación principal y dominante de todas las criaturas vivas consistiera en buscar comida, luchar por ella e ingerirla día tras día?

No, no puedo escribir esta historia.

Incluso podría considerarse y condenarse como políticamente incorrecta y ofensiva para los uroboros, especialmente porque pongo en duda la propia realidad de nuestra existencia, aunque solo sea dentro de un marco ficticio.

Y eso podría traerme toda clase de problemas.

Además, ni siquiera soy capaz de encontrar un buen final para esta historia.

Voy a descartarla por completo y escribir, en cambio, una historia convencional sobre una mascota.

 

BORIS Y YO

Tengo una criatura simple y finita como mascota.

La he llamado Boris, tanto porque rima con mi nombre como para indicar que me pertenece y que forma parte de mí...


Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

 

CONTRICIÓN DIARIA

Lee Bailes

 

Nadie está a salvo.

Podría estar de pie justo a tu lado en el metro y no tendrías idea de lo cerca que estuviste. Ya sea porque sobreviviste, ignorante de todo, para seguir con tu vida, o porque acabé contigo.

Y luego me convertí en ti.

Ni siquiera yo sé a quién elegí hasta después. Tampoco sé nunca por qué. Pero, por los rostros que me persiguen, resulta evidente que no tengo un tipo definido. He sido de todas las edades, razas y géneros. Simplemente espero a ver sus rasgos reflejados en mí. Siempre con la misma expresión en los ojos.

Cada mañana temo descubrir lo que me mostrará el maldito reflejo del espejo. En secreto, anhelo el día en que permanezca igual. Espero que algún día me devuelva mi verdadero rostro. Espero que algún día esto termine.

Hasta entonces, debo enfrentar solo al monstruo de mi cuarto de baño. Soy yo. Siempre soy yo.

Todos los días comienzan de la misma manera. Renazco desnudo. De pie, aferrado al frío lavabo, con la mirada baja, evitándome a mí mismo. Cubierto de sangre y restos de violencia de la cabeza a los pies. Preguntándome eternamente: ¿qué he hecho ahora? ¿En quién me he convertido? ¿De quién es la carne que retiro de entre mis dientes con hilo dental?

Hasta que finalmente miro.

He intentado variar la rutina, sin éxito. Nunca evita que ocurra lo peor ni que aparezca ante mí; solo retrasa lo inevitable. Aun así, lo temo cada día, temiendo lo que mostrará... o a quién mostrará.

Llevé registros detallados. Anoté lo que veía y cuándo lo veía. Esperaba aprender lo suficiente para detenerlo; confiaba en que, entre todos esos datos, encontraría una pista decisiva.

He intentado impedirlo. He hecho casi de todo. Cuando llamé a las autoridades para denunciarlo, me tomaron por loco.

A nadie le importó. Me he suicidado muchas veces. Siempre me he curado. Siempre he renacido.

Cuando ocurre, cuando me convierto, el dolor me desgarra. El tiempo que tarda depende de la complejidad de la transformación. He intentado provocarla mediante la voluntad, pero nunca lo he conseguido. Sigue siendo un misterio qué rostro me devolverá el espejo.

El único nombre que conozco para esto no logra describirme del todo: «cambiaformas», «cambiado»... Pero no soy como las criaturas de los mitos que adoptan a voluntad cualquier forma, viva o inanimada.

No tengo ningún control.

Soy simplemente la suma de todas mis víctimas.

Soy lo que me he comido.

Es la manifestación diaria de mi culpa. Cada mañana me convierto en una copia viviente de la última persona que consumí. Nunca recuerdo haberlo hecho. Solo lo sé porque he visto sus rostros en las noticias y he lavado su sangre de mi piel.

He intentado detenerlo. Me he encerrado. He pagado a hombres para que me secuestren y me mantengan prisionero. Para que me maten.

Todo para mantenerte a salvo de mí.

Pero siempre despierto de la misma forma: cubierto con la sangre de mi presa. Con el aliento fétido y nauseabundo. Obligado a enfrentar la confesión reflejada del día. Sin saber cómo escapé, dónde me alimenté ni cómo regresé a casa.

Es como si caminara dormido. Como si cazara en mis pesadillas y llevara otra vida cuando cae la oscuridad.

¿Debe el día seguir siempre a la noche? ¿Puede romperse el ciclo?

Ha llegado el momento de contemplar el rostro del muerto en mi espejo. La última víctima del monstruo de mi cuarto de baño.

Cuando me veas, si me conoces, ¿podrás decirme quién era?

Lee Bailes es un autor británico de terror y fantasía oscura, reconocido por la precisión de su escritura, su atmósfera envolvente y su intensidad emocional. Excrítico de cine, guionista y realizador de cortometrajes premiados en sus horas libres, y diseñador instruccional durante el día, se siente especialmente atraído por los géneros del terror, la fantasía, la ciencia ficción y la acción. Actualmente trabaja en su primera novela y prepara la publicación de una colección de relatos. Sus textos han aparecido en numerosas antologías de Nocturnicorn Press, desde White on White: A Literary Tribute to Bauhaus y The Hand of Doom: A Literary Tribute to Black Sabbath. También ha sido publicado en la antología de relatos de terror They Whispered, de Comma Press, así como en las antologías Twisted 50 Vol. III y Twisted 50 Vol. IV. Próximamente aparecerá un nuevo relato suyo en Flash of the Dead: Space, publicado por Wicked Shadow Press.

 

CIELO COLOR ÓPALO

Veronika Santo

 

—Buenos días a todos, comencemos con los preparativos —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada. Su cabello era azul y rígido y en determinadas situaciones parecía erizarse.

Tal vez era de mañana, o tal vez no. Porque ¿mañana con respecto a qué? ¿Al planeta Tierra que acabábamos de abandonar o al planeta rojo parduzco que flotaba frente a nosotros y que había sido designado como destino de nuestro viaje? Pero Konstantin parecía estar de buen humor; le gustaba estar en acción y no permitía que detalles como esos lo distrajeran.

Un instante antes habíamos sido expulsados del túnel espaciotemporal y el capitán ya nos había convocado a la sala de reuniones.

Cuando una nave sale de un túnel espaciotemporal, el universo se abre de pronto a su alrededor como si, en una antigua película japonesa, una geisha desplegara de repente su abanico. Las estrellas aparecen como cintas centelleantes, todavía deformadas por la distorsión del tránsito, y luego se transforman en puntos fríos y brillantes, inmóviles en la inmensidad del espacio. Aquí y allá, finas nebulosas se extienden como hebras de humo, difundiendo a su alrededor un resplandor rojizo que pulsa lentamente, como un corazón metafísico.

Todo esto para decir que no es habitual convocar reuniones inmediatamente después de atravesar un túnel espaciotemporal, que es una experiencia extremadamente delicada. Mi sensación personal siempre había sido la de estar sumergido cabeza abajo en un mar negro e infinitamente profundo, algo que ciertamente no ayuda a la concentración. Normalmente se establece un período para recuperar el equilibrio psicofísico, pero esta vez no era posible.

—Delante de nosotros hay una estrella de tipo M, una enana roja cálida —dijo Ema, nuestra científica principal—. La radiación predominante es roja e infrarroja. El período orbital del planeta en el que debemos aterrizar es de sesenta días. La rotación dura veintiocho horas. La flora y la fauna del planeta son compatibles con estas condiciones.

Habíamos dejado atrás un mundo que acababa de salir de una guerra planetaria con una población más que diezmada. Apenas nos quedaban unos pocos cruceros operativos como el nuestro, naves capaces de activar puentes de Einstein-Rosen que abrían atajos a través del espacio.

El gobierno mundial restablecido había llegado a la conclusión de que nos vendría bien la ayuda de alguna otra especie: lo bastante parecida para que pudiéramos entendernos y lo bastante diferente para evitar mezclarnos genéticamente con ella. Debía encontrarse en un nivel de desarrollo inferior, de modo que nos obedeciera y nos ayudara a realizar aquello para lo que ya no quedábamos suficientes personas; sobre todo, reconstruir lo que acabábamos de destruir.

Podíamos trasladarlos a la Tierra mediante un puente espaciotemporal, y nuestra misión consistía precisamente en eso: encontrarlos y llevarlos.

—Todos han recibido los datos completos en sus Ecos digitales —dijo Ema.

Todavía conservábamos nuestras inteligencias artificiales personales, los llamados Ecos digitales, aunque con capacidades reducidas. Ya no confiábamos demasiado en las inteligencias artificiales; no después de los acontecimientos de las últimas guerras. Habían mostrado demasiada independencia y demasiada inclinación a ayudarnos incluso cuando no se lo pedíamos. Seguían allí, pero las habíamos devuelto a un nivel anterior de desarrollo y, de algún modo, las manteníamos bajo vigilancia.

—Como ya saben, las condiciones para la vida de tipo terrestre son favorables. Todos los datos, como ya dijo Ema, están en sus Ecos —añadió el capitán.

Normalmente, todos evitábamos a nuestra querida Ema, algo que en una nave espacial nunca es posible. No era una persona sociable; parecía tener siempre la capacidad de arruinar el ambiente. Sin embargo, era excelente en su trabajo.

La tripulación era reducida y por eso era importante que todos supieran exactamente qué hacer. Que solo fuéramos treinta y siete personas en una misión tan importante decía mucho sobre la situación de nuestro planeta natal.

Ema tenía apenas dos ayudantes científicos, y lo mismo ocurría en las demás especialidades. En otros tiempos habrían enviado varios miles de soldados y algunas unidades de élite a bordo de varios cruceros de combate. Y no habría habido demasiadas discusiones sobre lo que los habitantes de un planeta quisieran o no quisieran. Nunca habíamos sido de pedir permiso. Éramos quienes decidían. Pero la historia no es lineal. Nuestra antigua gloria ya no existía y no debía cegarnos.

—Solo queda decidir quién descenderá —continuó Konstantin.

Todos sabíamos que la decisión ya estaba tomada, pero era necesario mantener al menos una apariencia democrática. Nuestro capitán tenía una larga carrera militar detrás y sabía cómo dirigir una tripulación.

—Veamos, necesitamos tres personas. La Santísima Trinidad ha aparecido en más de una religión a lo largo de la historia humana. Vamos a tratar con humanoides que, por lo que sabemos, se parecen bastante a nosotros en muchos aspectos, aunque, si nada ha cambiado entretanto, se encuentran aproximadamente al nivel de nuestra Edad del Bronce.

—¿Dos diosas y un dios o al revés? —preguntó Maja, la ingeniera principal de la nave. Maja era alta, musculosa; el traje espacial se ajustaba a su cuerpo exactamente donde debía, y por supuesto yo tenía debilidad por ella. A veces, cuando todavía estábamos en la base, compartíamos la cama por las noches, pero desde que habíamos partido se mostraba distante y yo no estaba seguro de cómo me trataría a partir de entonces.

—Lo someteremos a votación —dijo Konstantin—. La propuesta es que vaya yo, como capitán de la nave; Andreas, como médico de a bordo; y Maja, como ingeniera principal. Ema vendrá con nosotros, pero permanecerá en el transbordador. ¿Alguien se opone?

Yo no compartía del todo la idea de llevar una nueva colonia de humanoides a la Tierra, pero no era más que un médico y no tenía influencia alguna sobre las decisiones globales. Todo aquello me olía a importación de mano de obra, a la instauración de algo parecido a una casta o, peor aún, a la esclavitud, y no precisamente al enriquecimiento cultural de una civilización menos desarrollada.

Habíamos revisado antiguos informes y encontrado varios planetas habitados, aunque las razas humanoides eran escasas y solo una cumplía con los parámetros establecidos. Los datos más recientes que teníamos sobre ellos tenían unos doscientos años de antigüedad, pero eso no era un problema: la evolución de los humanoides suele caminar más que correr. Por lo tanto, no podían haber avanzado demasiado.

—¿Se dan cuenta de lo miserable que resulta presentarse ante alguien como un dios? Entrar en los sistemas religiosos ajenos siempre es arriesgado —dijo Ema con amargura.

—Hemos recibido una misión y la cumpliremos —respondió Konstantin con firmeza—. ¿Tienes una idea mejor? ¿La tiene alguien?

Recorrió nuevamente la sala con la mirada. Por supuesto, todos guardaron silencio, aunque quizá algunos sí la tenían.

—No. Nosotros cuatro descenderemos en el transbordador auxiliar dentro de una hora. Durante mi ausencia, Aldo quedará al mando, como establece el protocolo.

Aldo era el primer oficial, un hombre enérgico que siempre estaba dispuesto a ayudar o a cubrir cualquier necesidad.

Ema levantó la vista. Pareció que iba a decir algo, pero finalmente desistió.

Mientras tanto, Maja ya estaba concentrada en una serie de cálculos que su Eco proyectaba en una pantalla holográfica frente a ella. A pesar de su aspecto imponente, era una persona extraordinariamente práctica y eficiente. Y, a diferencia de Ema, rara vez cuestionaba las tareas que le asignaban.

Poco después los cuatro estábamos en el transbordador, descendiendo hacia una órbita baja alrededor del planeta.

Solo había un continente, extendido parcialmente por el hemisferio norte y parcialmente por el sur.

Los datos disponibles procedían de los tiempos anteriores a la guerra. En aquella época, la humanidad había comenzado a utilizar túneles espaciotemporales en busca de nuevas rutas comerciales y, de paso, de alguna posible colonia. Los resultados no habían sido especialmente impresionantes, al menos no los que esperábamos. O tal vez estábamos demasiado ocupados con otros asuntos.

Fuera como fuese, hacía mucho tiempo que habíamos dejado de buscar especies afines, y por eso esta misión representaba una novedad para nuestra época.

Lo que apareció bajo nosotros me impresionó profundamente.

Acabábamos de abandonar el lado nocturno del planeta y entrábamos en la luz rojiza del amanecer. El cielo estaba cubierto por todas las tonalidades imaginables de rosa, naranja y rojo, reflejadas en una danza salvaje sobre las olas del océano.

En la frontera entre la noche y la aurora, el agua era oscura, azul negruzca, casi violeta, semejante a metal fundido bajo un cielo color ópalo.

A medida que la luz aumentaba, el océano adquiría tonos de bronce y finalmente el naranja intenso del fuego. Incluso Konstantin quedó momentáneamente sin palabras ante aquel espectáculo. Para quienes proveníamos de un mundo predominantemente azul y verde, aquel paisaje resultaba casi irreal. A diferencia del océano, el continente parecía una enorme alfombra rojiza y parda, aunque aquí y allá emergían manchas de vegetación verde, como islas dispersas.

—Las plantas han desarrollado pigmentos capaces de absorber mejor las longitudes de onda rojas e infrarrojas —explicó Ema—. Las zonas verdes son lugares donde las condiciones se parecen más a las terrestres o donde la intensidad de la luz es mayor.

—Tenemos coordenadas para descender cerca de donde estuvo nuestra antigua base de investigación, en una de esas elevaciones verdes. Lo extraño es que la estrella es más antigua que nuestro Sol y, sin embargo, la civilización se encuentra en un nivel inferior de desarrollo.

Todavía orbitábamos el planeta a baja altura.

—¿Quién dijo que todas las civilizaciones deban desarrollarse del mismo modo y al mismo ritmo? —pregunté—. La historia de la Tierra está llena de debates semejantes. Y muchas veces terminaron mal cuando los supuestamente civilizados fueron a civilizar a otros.

Era una de mis cuestiones favoritas.

—Ahora no tenemos tiempo para esas discusiones —intervino Maja con impaciencia.

No era la primera vez que interrumpía una de mis reflexiones en voz alta. Aquel magnífico cuerpo albergaba una mente excesivamente racional.

—Muy bien, bajemos —ordenó Konstantin.

Maja comenzó a introducir los datos necesarios para mantener el transbordador en una órbita estable.

—¿Y qué harán una vez allí abajo? —preguntó Ema.

Konstantin se volvió hacia ella, luego nos miró a Maja y a mí.

—Actuaremos según las circunstancias. ¿Todos entienden en qué nos estamos metiendo? ¿O no?

Esta vez nadie respondió.

—Bien. De acuerdo con nuestro plan inicial de presentarnos como seres superiores, activaremos un puente Einstein-Rosen temporal. El efecto debería ser impresionante. Nuestro descenso puede tener espectadores o no, pero más vale estar preparados para el primer contacto.

Yo conocía el efecto al que se refería para nuestra presentación. No era una mala idea. Una columna vibrante de energía atravesaría la atmósfera como la espada Excalibur y nos conduciría hasta la superficie.

—Lleven sus mochilas con el equipo imprescindible. Sujétenlas bien a la espalda —añadió Konstantin.

Y así descendimos, deslizándonos por un arco de luz que unía nuestro crucero con una de las elevaciones verdes situadas bajo nosotros, atravesando el resplandeciente cielo color ópalo. Visto desde abajo, debía de ser un espectáculo extraordinario.

No sé qué esperaban Konstantin y Maja de aquel descenso digno de admiración, pero yo, lo admito, había imaginado rostros asombrados, exclamaciones, adoradores locales arrojándose al suelo y cosas por el estilo, mientras nosotros tres emergíamos de la luz como dioses de Valhalla o del Olimpo.

Por supuesto, nada de eso ocurrió.

Era aproximadamente el mediodía. Sobre nosotros brillaba un sol rojo en un cielo color durazno, atravesado por reflejos violetas y anaranjados que se transformaban en un púrpura apagado hacia el horizonte.

Abajo se extendía una inmensa selva primigenia de tonos rojizos y pardos que parecía estar ardiendo. La luz teñía todo de rojo, incluso la cima de la colina cubierta de vegetación verde donde nos encontrábamos.

Y también una decena de construcciones modulares situadas justo bajo las copas de los árboles.

Observé con estupor lo que tenía delante.

Por fin comprendí que aquellos módulos eran idénticos a los que se habían utilizado siglos atrás en nuestras estaciones de investigación. Había visto hologramas de las expediciones científicas enviadas por la humanidad a distintos rincones de la galaxia antes de la gran guerra. Había alguien dentro de aquellas estructuras. Hasta nosotros llegaban risas y brindis ruidosos. Se estaba celebrando algo. Nos miramos con incredulidad. Lo último que esperábamos encontrar en aquel planeta era una fiesta de estilo terrestre.

En ese momento, la puerta de uno de los módulos se abrió y un hombre alto y rubio salió tambaleándose al claro.

—¡Eh, eh! —gritó hacia alguien que estaba detrás de él. Llevaba una botella en la mano. Luego se volvió hacia nosotros. Nos observó boquiabierto—. ¡Eh! ¡Eh! —volvió a gritar. Añadió algo casi ininteligible y corrió de nuevo hacia el interior. Un instante después reapareció acompañado por otros dos hombres. Los tres sostenían algún tipo de pistola láser. Era un modelo antiguo, pero seguramente todavía eficaz.

—Algo no está bien —dijo Konstantin frunciendo el ceño mientras su mano descendía hacia el cinturón para sacar una pistola similar, aunque mucho más moderna.

—Espera —dijimos Maja y yo al mismo tiempo.

Entonces la realidad a nuestro alrededor titiló.

Los colores comenzaron a fundirse unos con otros, como si la selva rojiza hubiera crecido de repente y se hubiera derramado sobre el verde de la colina, mezclándose luego con el cielo color ópalo que se extendía sobre nuestras cabezas.

Era como si un pintor invisible hubiera mezclado todos los colores y nos hubiera arrastrado hacia un océano creado exclusivamente para él.

Por un instante tuve la sensación de que aquel mar de colores penetraba en mis ojos y en mis pulmones, como si intentara ahogarme. El miedo apareció y desapareció de inmediato. Un relámpago del familiar arco luminoso dividió aquel océano en dos. Y al instante siguiente estábamos de nuevo en la nave.

—Los traje de regreso porque me pareció urgente —dijo Ema.

Estaba sentada frente a las consolas, completamente concentrada junto a su Eco. En uno de los hologramas podía verse el rostro preocupado de Aldo.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Konstantin.

Todavía tenía la mano sobre la empuñadura de su pistola láser. La retiró lentamente, abrió y cerró los dedos enguantados y finalmente se quitó los guantes.

—Una fluctuación cuántica —dijo Maja antes de que nadie más pudiera hablar.

—Exactamente —asintió Aldo—. Sabemos que puede ocurrir con este tipo de puente espaciotemporal, pero es extremadamente raro. El cuello del canal colapsa y puede provocar desviaciones imprevisibles. Creo que hemos tenido suerte. Han conseguido regresar.

—El error es nuestro. Deberíamos haber tenido en cuenta esa posibilidad. O al menos haber comprendido de inmediato lo que estaba ocurriendo —dijo Ema.

Todos sabíamos que estaba inmersa en uno de sus habituales procesos de feroz autocrítica.

Había sido Maja, y no ella, quien había identificado la fluctuación cuántica.

—Creo que terminamos en el pasado —dije, decidido a cambiar el tema.

Yo también seguía estremecido por lo que podría haber sucedido, pero Konstantin tenía razón: ninguno de nosotros podía haber previsto aquello. Todos me miraron.

—Por favor, no empieces otra vez con tus teorías —dijo Maja levantando la vista.

Hasta entonces había estado realizando cálculos junto a su Eco sin prestarnos atención.

—Mi formación es más amplia que la tuya. Sé algo de historia —respondí con ironía.

Me arrepentí en el acto. Todos estábamos nerviosos.

—Paz —intervino Konstantin de pronto.

Volvía a ser el de siempre. Nos observó uno por uno.

—Estamos en una misión peligrosa y no sabemos si lograremos completarla con éxito. Tendremos que improvisar. Y colaborar.

Se quedó pensativo unos instantes.

—Aquel hombre de abajo dijo algo en intra-lengua, pero no lo entendí. —Se dirigía a mí.

—Así es. Una de las antiguas variantes de la intra-lengua, la que se utilizaba cuando las tripulaciones estaban formadas por personas de distintas nacionalidades y era necesario comunicarse de alguna manera.

Aquello ocurrió antes del establecimiento del gobierno mundial y de la lengua universal, que vino acompañada de la ilusión de que la humanidad había dejado atrás las guerras, la sed de poder y los conflictos.

—Me pareció que dijo algo como: “¿Quién demonioses son estos?”

—¿Cómo es posible? —preguntó Maja, desconcertada—. ¿Quiénes eran esas personas? ¿No se suponía que debíamos presentarnos como dioses ante una civilización de la Edad del Bronce?

—La intra-lengua dejó de utilizarse hace unos doscientos años —respondí—. ¿La misión de investigación?

—Pensé exactamente lo mismo —asintió Konstantin—. Nuestra expedición científica estuvo aquí hace unos doscientos años y la fluctuación cuántica nos arrojó al momento en que todavía permanecían en el planeta.

—Y, afortunadamente, no podemos repetir el fenómeno aunque quisiéramos —intervino Maja—. Ya calculé las probabilidades y les envié los datos a sus Ecos.

Durante unos momentos todos examinamos sus cálculos. Tenía razón. La posibilidad de que algo semejante volviera a ocurrir era tan pequeña que podía ignorarse.

—Entonces... —pregunté.

—Entonces —respondió Konstantin— volveremos a descender. Esta vez, con total seguridad, en nuestro propio tiempo. Y continuaremos exactamente donde nos quedamos.

—¿Otra vez en el papel de dioses? ¿Con efectos luminosos y todo lo demás? —pregunté.

Konstantin guardó silencio unos segundos.

—No. Esta vez sin ningún circo.

Y pocos minutos después nos encontrábamos nuevamente sobre la misma elevación que habíamos abandonado menos de una hora antes. Y otra vez nos quedamos sin palabras. Pero por motivos completamente distintos. Ahora todo era diferente. Nubes multicolores ocultaban parcialmente el sol. Llovía. Las gotas reflejaban la luz y todo parecía teñido de rojo y oro. Pequeños arroyos dorados descendían por una colina casi desnuda, ahora rodeada en parte por gruesos troncos verticales clavados en el suelo. Formaban una especie de empalizada, una pequeña fortaleza, detrás de la cual se alzaban una decena de viviendas dispersas, algunas grandes y otras pequeñas. La lluvia rojo-dorada caía alegremente sobre casas, techos y cercas. O mejor dicho, sobre lo que quedaba de ellas. Las casas estaban dañadas. La empalizada había sido derribada en un sector. Y en varios puntos, pese a la lluvia, todavía se elevaban columnas de humo. Olía a ceniza, a bosque y a carne quemada. La selva roja, bañada por la lluvia, resplandecía bajo la colina verde como si reflejara el propio sol. Todo resultaba hermoso, insensato y peligroso al mismo tiempo.

—Esto no me gusta nada —dijo lentamente Konstantin.

—Hay alguien aquí —advirtió Maja señalando los sensores termocinéticos de su traje.

Se oyó un ruido. De una de las casas salió un hombre bajo y ya entrado en años. Llevaba una especie de arma primitiva que mi Eco identificó como arco y flechas. La dejó lentamente en el suelo y levantó las manos mostrando las palmas para indicar que estaba desarmado. La lluvia le pegaba el cabello a la cabeza y una de sus mangas estaba empapada de sangre. Vestía una túnica de tejido basto, pantalones y botas de cuero. Parecía haber estado revolcándose en el barro hasta hacía apenas unos minutos.

Los tres dimos un paso atrás al mismo tiempo. Konstantin levantó una mano indicándole que permaneciera donde estaba. En la otra sostenía una pistola láser. Maja tenía otra igual. Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo las habían sacado. La mía seguía en el cinturón.

La situación era extraña, pero no me parecía que estuviéramos en peligro inmediato. El hombre comenzó a hablar. Parpadeaba bajo la lluvia. Levantaba los brazos, gesticulaba, explicaba algo.

Maja recurrió a su Eco, pero tanto Konstantin como yo ya habíamos reconocido aquella lengua. Era la misma variante de la intra-lengua que habíamos escuchado durante nuestro primer descenso. Mientras tanto, otras cabezas comenzaron a asomarse desde la casa de la que había salido el hombre. Poco a poco aparecieron más personas. Figuras desaliñadas y cubiertas de suciedad emergían de refugios improvisados. Se oían susurros, murmullos, exclamaciones contenidas. Hombres y mujeres abandonaban las viviendas de madera o espiaban desde puertas y ventanas medio destruidas. Detrás de los adultos aparecieron varios niños. Los adultos portaban armas. Mi Eco identificó algunos largos bastones como atlatls, antiguos lanzadardos compuestos por una empuñadura, un gancho y una lanza ligera. También había arcos, flechas, cuchillos y espadas. Intra-lengua y armas primitivas. No sabía qué pensar.

Poco a poco cesó el murmullo.

Entonces, uno tras otro, comenzaron a acercarse y a depositar sus armas delante de nosotros. Hablaron todos a la vez. Se interrumpían mutuamente. Intentaban explicarnos algo. En cierto momento, uno de los ancianos rompió a llorar. Una mujer cayó de rodillas.

Ahí estaba, pensé. Por fin alguien se arrodillaba. Era evidente que se encontraban en una situación desesperada.

—He comparado sus rasgos faciales —informó Ema desde la nave—. No pueden ser habitantes autóctonos. Pertenecen a nuestro propio linaje genético. Son, con toda seguridad, descendientes del primer grupo de exploradores con el que se encontraron durante el descenso anterior.

—Y así termina la historia de los humanoides de la Edad del Bronce ante los que debíamos presentarnos como dioses —comenté.

El hombre que nos había hablado primero volvió a tomar la palabra. La lluvia rojo-dorada seguía cayendo. El agua corría por su manga mezclándose con la sangre. Mi Eco traducía fragmentos. Comprendía algunas cosas y otras no. Mi atención estaba dispersa entre los rostros que nos observaban, el color de la lluvia, de las nubes y del cielo. Las gotas parecían por momentos pequeñas chispas de fuego deslizándose por cabellos y rostros.

—Cuando logremos comprender toda la historia, sospecho que no nos gustará demasiado —dijo finalmente Konstantin—. Según lo que han contado hasta ahora, llegaron a ser unas quinientas personas. Ahora quedan apenas cincuenta.

Guardó silencio unos instantes.

—La pregunta es: ¿qué ocurrió con los nativos? ¿Dónde están? ¿Qué hacen? Parece que fueron ellos quienes los atacaron.

Luego se volvió hacia Maja y hacia mí.

—Y creo que ya es hora de que nosotros también digamos algo.

Solo entonces advertí que hasta ese momento nos habíamos limitado a escuchar y observar.

—Primero pongámonos a cubierto de la lluvia. Veo allí una estructura que puede servirnos de refugio. Después intentaremos averiguar qué está ocurriendo.

De repente, el hombre que había estado hablando lanzó un grito. Todo se transformó en caos. Cada uno recuperó su arma y corrió hacia las casas. Varios venablos se clavaron en el suelo a nuestro alrededor. No hubo tiempo para pensar. Corrimos tras el hombre, que se había refugiado en una vivienda. Se colocó junto a una ventana, tomó su arco y tensó una flecha. Un grupo de personas acababa de atravesar la sección destruida de la empalizada. Eran altos, de piel oscura, y sus intenciones resultaban evidentes. Una lluvia de flechas y lanzas comenzó a caer por todas partes.

—¿Los traigo de vuelta a la nave? —escuchamos la voz de Ema.

Jamás estaré completamente seguro de lo que ocurrió después. Pero tampoco olvidaré nunca la magnífica criatura que apareció entonces en la puerta de la casa donde nos refugiábamos. Bajo una sencilla túnica de tela, su piel brillaba como el cobre. Alto, de movimientos fluidos, con largos músculos que parecían danzar bajo la piel a cada paso, realmente daba la impresión de ser una antigua divinidad. Llevaba brazaletes de un metal reluciente en brazos y piernas. Su cabello estaba recogido en lo alto de la cabeza. Sus ojos, grandes y muy separados, eran oscuros, casi violetas. Serenos. Inteligentes. Nos observó con detenimiento y luego dirigió la mirada hacia el capitán. Empuñaba una hoja ancha, más parecida a un sable que a una espada. Konstantin avanzó un par de pasos hacia él y se detuvo. Pensé que sacaría su pistola. Pensé que el hombre cobrizo blandiría su arma. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Simplemente permanecieron allí, frente a frente, observándose. ¿Cuántos segundos? ¿Cuántos minutos? No lo sé. Finalmente, el hombre cobrizo se volvió, salió al exterior y levantó una mano. La batalla terminó de inmediato. Las flechas dejaron de caer. Las lanzas dejaron de volar. Todo quedó en silencio. Como si atacantes y defensores obedecieran una voluntad invisible y tranquila.

La magnífica figura se alejó con paso rápido a través del poblado. Y los atacantes desaparecieron con la misma repentina rapidez con la que habían aparecido. La lluvia también cesó.

Konstantin se volvió hacia nosotros. Parpadeó varias veces, como si no pudiera vernos. Luego miró a su alrededor, desconcertado, como si intentara recordar dónde estaba. En la casa donde nos habíamos refugiado encontré una cocina con una mesa y varias sillas. Ahora estaba sentado en una de ellas, examinando, suturando y tratando las heridas que podía. Mientras tanto, Konstantin se había sentado con el hombre que nos había recibido primero y, ayudado por el Eco y por la antigua intra-lengua, intentaba desenredar su historia. El hombre se llamaba Mart'in, una evidente evolución de algún antiguo nombre terrestre. Ahora nos encontrábamos nuevamente a bordo, en órbita alrededor del planeta. Esta vez, los cinco estábamos reunidos: el capitán, Maja, Ema, Aldo y yo. Aldo había sido convocado físicamente a aquella reunión extraordinaria.

—Increíble —dijo, rascándose la cabeza, un gesto habitual cuando estaba confundido—. Los descendientes de una misión científica han sobrevivido durante doscientos años rodeados por una población local menos desarrollada.

—Nosotros aparecimos durante los primeros tiempos de su estancia en el planeta y les dimos una idea de cómo relacionarse con los habitantes locales. Efectos luminosos, pequeños milagros y demás. Lo suficiente para que los nativos los consideraran dioses y les proporcionaran lo que necesitaban. Les gustó. Después de todo, no está nada mal ser un dios, y el planeta parecía prometedor...

—Les gustó, ¿eh? —no pude evitar interrumpir.

—Prolongaron su estancia —continuó Konstantin sin prestar atención a mi comentario—. Luego la situación se les fue de las manos. Sus instrumentos comenzaron a averiarse. Ya no pudieron utilizar el puente espaciotemporal y se convirtieron en una isla perdida en medio del océano. Mientras tanto, en la Tierra, las cosas empezaron a empeorar y la misión fue olvidada. Y ahora me temo que no fue la única. Para sobrevivir comenzaron a retroceder tecnológicamente, mientras la población local avanzaba. Ellos iban hacia atrás; los nativos, hacia adelante. Su relación atravesó distintas etapas. Después de un período inicial de adoración, los habitantes locales empezaron a evitarlos. Digamos que ambas comunidades permanecieron separadas durante mucho tiempo.

—Y luego comenzaron los ataques —añadí—. Probablemente terminaron percibiéndolos como un organismo percibe un virus y trataron de erradicarlos.

—Mart'in dice que los ataques se intensificaron en los últimos años porque su grupo se volvió cada vez más débil. Además, los habitantes locales parecen haber desarrollado técnicas psíquicas que desconocemos. Si no hubiéramos llegado, probablemente los supervivientes habrían desaparecido muy pronto.

En un momento conseguí hablar a solas con el capitán.

—¿Qué ocurrió mientras estaban allí mirándose? —pregunté rápidamente.

—Me dijo que los recogiera y los llevara a casa —respondió Konstantin.

—¿Eso fue todo?

—No. Se comunican telepáticamente.

—Ah.

De inmediato comprendí por qué había preferido no mencionarlo delante de los demás.

—También dijo que los miembros de la misión nunca llegaron a vincularse con los colores. Sea lo que sea que eso signifique. No estoy seguro de incluirlo en el informe.

Me observó con atención.

—Creo que deberías hacerlo —respondí—. Tal vez nos ayude a ver las cosas de otra manera.

—¿Volvemos a bajar para recoger a los nativos? —preguntó Ema algún tiempo después.

—No —respondió Konstantin con calma.

Todos lo miramos.

—¿Y nuestra misión? —insistió Ema, con un tono cercano a la histeria—. ¿Traer varios miles de nuevos humanoides a la Tierra?

La observé con interés profesional. ¿No había sido precisamente ella quien más había criticado aquella misión? ¿O quizá esperaba algún ascenso que ahora podía verse comprometido?

—No me parece una buena idea —dijo Konstantin recorriéndonos con la mirada—. No creo que la población local se sintiera cómoda entre nosotros. Ni nosotros entre ellos. Dejémoslos seguir su propio camino, sea cual sea. Todos tienen derecho a sus ascensos y a sus caídas. Tanto los individuos como las civilizaciones.

—Me lavo las manos respecto de lo que acabas de decir —declaró Ema, apretando los labios.

—No te preocupes, asumiré toda la responsabilidad —replicó Konstantin.

Luego se volvió hacia el primer oficial.

—Aldo, regresa al puente de mando. Prepara un puente Einstein-Rosen temporal y recoge a todos los supervivientes de la misión para traerlos a bordo.

—Podríamos buscar el registro de las misiones perdidas dispersas por la galaxia e intentar devolverlas a casa —dije en voz alta mientras reflexionaba—. Quizá al final sumen unos cuantos miles de personas. Justo lo que necesitamos.

—Por una vez has dicho algo inteligente —comentó Maja mirándome—. Aunque Ema también tiene razón: la misión ha fracasado.

Era la primera vez, al menos que yo recordara, que ambas coincidían en algo.

—En realidad no ha fracasado —dijo Konstantin—. Era una hipótesis que hemos comprobado sobre el terreno y descartado.

Se encogió de hombros.

—Seguimos adelante.

Lo observé con interés. Aquello suponía un cambio bienvenido en alguien a quien siempre había considerado un hombre capaz únicamente de recibir y dar órdenes. Maja me sonrió. Y empecé a esperar que aquella noche —dondequiera que pudiéramos considerar que estaba la noche— no durmiera solo.

Ema, por supuesto, lo advirtió todo y nos lanzó una mirada de absoluto desprecio.

En resumen, las cosas comenzaban a volver a la normalidad.

Regresamos en el transbordador a nuestro crucero principal, describiendo un arco bajo el cielo color ópalo y el resplandor de aquel sol rojo. Era tan hermoso como inquietante. ¿Quién sabía qué clase de civilización había surgido bajo aquella estrella? Konstantin tenía razón. Ni nosotros éramos adecuados para ellos, ni ellos para nosotros.

—Comencemos de inmediato los preparativos para el regreso —ordenó Konstantin una vez de vuelta en la nave principal.

La tripulación ocupó sus puestos y comenzaron las verificaciones habituales previas al salto. Fui a ver a nuestros invitados para prepararlos para el primer salto espaciotemporal de sus vidas. Ya habían sido bañados, desinfectados, alimentados y vestidos con sencillos monos blancos. Parecían animados. Supongo que algo parecido a los antiguos emigrantes cuando regresaban a la patria de sus antepasados. Todavía no les habíamos contado todo lo que había ocurrido en la Tierra desde que sus ancestros la abandonaron. Primero debían superar el tránsito. Cuando estuviéramos cerca de casa, habría tiempo para lo demás. La nave comenzó a alejarse de la estrella. El rojo se fue apagando hasta convertirse en naranja, como una brasa que muere lentamente en la noche. La geisha cerraba ahora su abanico con elegancia y lentitud. El planeta parecía una oscura semiesfera envuelta por un manto rosado y gris formado por el océano. Y poco a poco se fue hundiendo en el recuerdo. El espacio delante de nosotros vibró. Luego se tensó. Las estrellas se estiraron en largas cintas luminosas que el vacío parecía absorber. La enana roja desapareció primero. Cerré los ojos, pero seguía viendo destellos violetas y blancos lechosos. Tuve la sensación de que algo me transportaba, aunque permanecía inmóvil. Era el reflejo de un universo que se extendía más allá del horizonte de nuestra comprensión. Y por más que lo perforáramos, lo diseccionáramos y lo analizáramos, seguía siendo tan misterioso para nosotros como lo había sido para Adán y Eva. Pensé en nuestra superioridad tecnológica. Ante aquel hombre de la Edad del Bronce se había derretido y desvanecido. Nos había demostrado que, antes de volver a internarnos entre las galaxias, debíamos sacudirnos el peso de nuestros prejuicios heredados.

Y entonces, de pronto, llegó el regreso al espacio normal.

Una explosión de luz blanca y azul, demasiado intensa después del ardiente rojo del sol que habíamos dejado atrás. Las cintas de seda luminosa se enrollaron hasta convertirse nuevamente en pequeños y brillantes ovillos de estrellas. Todos buscamos con la mirada el Sol. Nuestro cálido faro amarillo. Estábamos en casa.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

lunes, 29 de junio de 2026

BOOKFIX

Aleksandar Obradović

 

Me llaman Bato-Žan. La primera parte proviene de Bratislav, que resulta ser mi verdadero nombre, y la segunda del fino bigote que la gente de por aquí asocia con ciertas figuras de la historia francesa.

Mi apodo callejero se distingue bastante de los nombres intimidantes que suelen llevar mis colegas: Hombre de Hojalata, Hombre de Hierro, Salvaje y una interminable lista más. Esos nombres que, cuando se pronuncian, provocan escalofríos o carcajadas.

Llevo algo más de una década en este negocio.

La gente dice que los traficantes somos la peor calaña posible, criaturas sin corazón que arruinan la vida de los demás. Debo admitir que no están muy lejos de la verdad. Lo que esos críticos no comprenden es que nosotros también somos esclavos del mismo vicio que ofrecemos a otros.

Si Bookfix no hubiera aparecido en el mercado hace dos años, dudo mucho que hubiera vivido para ver este día, y mucho menos para contar mi historia.

Estuvo a punto de ocurrir que esta nueva droga, reservada exclusivamente para los clientes más ricos, nunca llegara a las calles ni a manos de traficantes como nosotros. Por suerte, la gente que trabaja dentro de los sistemas de salud todavía no concede demasiado valor a la ética...

Pero me estoy adelantando y contando la historia fuera de orden.

Si entre ustedes hay alguien que todavía no ha oído hablar de las maravillas de Bookfix, aprovecharé la ocasión para presentar el producto más valioso de mi inventario. Es difícil llamarlo droga en el sentido tradicional. Se parece más a un virus de ADN. Se introduce en el organismo por vía intravenosa y su efecto queda revelado por su propio nombre. Book, como libro. Fix, la expresión callejera para referirse a una inyección de droga. Así pues, Bookfix significa recibir una dosis procedente de un libro.

¿Creen que estoy diciendo tonterías?

Hace cinco años, un médico holandés logró aislar en un laboratorio un virus cuyo ADN podía manipularse y utilizarse para almacenar información. Una vez introducido en el torrente sanguíneo, el virus modifica nuestro propio ADN y, con el tiempo, la información que transporta pasa a formar parte de nuestros recuerdos, experiencias y conocimientos.

Su descubrimiento desencadenó una avalancha de debates dentro de la comunidad científica. Si lo que afirmaba era cierto, significaría que los recuerdos y los conocimientos se transmiten genéticamente a los descendientes. Y si eso era así, ¿por qué nacíamos sin ningún recuerdo o conocimiento perteneciente a nuestros padres?

El médico respondió a esa pregunta afirmando que tales recuerdos permanecían latentes en nuestros genes y que simplemente necesitaban ser despertados. Según él, aprender no era más que el proceso de activar ese conocimiento dormido. Desarrollando aún más su teoría, llegó incluso a incluir los sueños en la discusión, sosteniendo que son el producto de recuerdos “olvidados” pertenecientes a generaciones anteriores. Como prueba señalaba a los niños prodigio capaces de escribir o componer música a los cuatro años.

Con aquellas teorías dividió al mundo entre escépticos y personas lo bastante abiertas de mente para aceptar los resultados de sus investigaciones y maravillarse ante la invención de Bookfix. Este segundo grupo deseaba disfrutar cuanto antes de los beneficios del llamado «virus bueno».

¿Pueden imaginar las posibilidades que ofrecía una tecnología semejante? ¿Por qué pasar años asistiendo a costosas escuelas y academias cuando unas pocas dosis de Bookfix podían convertir a cualquiera en una de las personas más instruidas del planeta?

El científico insistía en que los beneficios de su invento debían ponerse algún día al alcance de toda la población, pero únicamente después de completar todas las pruebas necesarias y demostrar que era seguro para el consumo humano. Naturalmente, los poderosos del mundo no tenían ningún interés en la aparición de una población superinteligente. Pronto estalló una auténtica guerra diplomática alrededor de una sola cuestión: ¿Quién obtendría los derechos sobre Bookfix?

El holandés supo aprovechar el caos y desapareció de la vista pública. Continuó trabajando en secreto. En busca de sujetos de prueba, comenzó a ofrecer su producto a través de traficantes de drogas. Así fue como Bookfix llegó a las calles.

Con el paso del tiempo, el buen doctor descubrió que las ventas ilegales podían financiar sus investigaciones y permitirle vivir como un rey.

Se retiró a alguna isla lejana más allá de Europa, lejos de las miradas indiscretas, y continuó produciendo la sustancia y distribuyéndola por todo el mundo mediante barcos y aviones. Antes de mucho tiempo incluso aceptaba pedidos especiales.

Mientras tanto, Bookfix se volvió tan caro que solo unos pocos privilegiados podían permitírselo.

Después de las primeras remesas, que contenían poco más que poesía y novelas ligeras y se regalaban prácticamente a precio de coste, el holandés comenzó a fabricar ediciones exclusivas con textos sagrados y enciclopedias completas.

Los precios de esas versiones eran astronómicos.

Alguien enfrentado a una muerte inminente o al dolor por la pérdida de un ser querido podía elegir la Biblia si era cristiano o el Corán si era musulmán.

Para los jóvenes ambiciosos, ansiosos por abrirse camino gracias al conocimiento, existían ediciones especiales que contenían la Encyclopaedia Britannica o incluso conocimientos altamente especializados de profesiones concretas.

Todavía no he explicado por qué Bookfix llegó a considerarse una droga. No porque produzca dependencia física como las sustancias que solemos vender. Sino porque despierta un hambre insaciable de conocimiento. Una vez que se cruza la línea que separa la ignorancia de la comprensión, ya no existe camino de regreso.

Imaginen que pasan toda la vida contemplando el mundo como un ciego. Y que, de repente, pueden ver. Una vez que eso sucede, todo lo que desean es ver más y más.

Como traficantes, se supone que debemos probar la mercancía antes de ponerla en circulación. Después de todo, ¿cómo podría uno vender algo a los clientes si no está seguro de su calidad? Así fue como me volví adicto a Bookfix. Desde hace algún tiempo, aparto una dosis de cada lote que llega a mis manos. Puedo sentir cómo cambia mi forma de ver el mundo. Poco a poco he caído en una crisis que solo podría describirse como un conflicto de intereses.

Por primera vez comprendo realmente cuántas vidas he arruinado y cómo, al distribuir Bookfix, continúo haciéndolo. Porque, en verdad, benditos sean los ignorantes. Observo el mundo cargado con hechos que ahora forman parte de mi conocimiento. Siento que el fin de todo es inevitable. Veo toda la miseria y todo el sufrimiento que la humanidad ha creado a su alrededor. Ha despertado en mí una conciencia moral que desea detener la propagación de esta plaga.

Pero mi hambre de conocimiento es más fuerte.

También hay otra fuerza dentro de mí. Una que quiere conservar todo el conocimiento para sí misma. Quizá ahí resida la solución. Si consigo apoderarme de todas las reservas restantes de Bookfix y detener su distribución, terminaré consumiéndolas yo mismo y me convertiré en el hombre más inteligente y, al mismo tiempo, más poderoso de la Tierra. Desde una posición semejante podría mejorar el mundo. Quizá incluso expiar parte del daño que he causado como traficante.

Por fin he tomado una decisión. Voy a encontrar al holandés y pondré mi plan en marcha. He logrado descubrir dónde se esconde. Cuando la gente trabaja para ti siempre existe un eslabón débil que tarde o temprano termina rompiéndose y revelando el secreto. Su eslabón débil era el distribuidor encargado de transportar la mercancía. Noté que desde hacía algún tiempo los envíos estaban a cargo del mismo hombre. Durante el último reparto lo capturé. Después de dos días de interrogatorio, finalmente habló. Esta noche voy a visitar al doctor. Después de todo, él no es más que un médico. La violencia, en cambio, no me resulta desconocida. Lo tomaré por sorpresa. Lo mataré antes de que comprenda lo que está ocurriendo y me apoderaré de todas las existencias de Bookfix.

Estoy escribiendo esto por si algo sale mal.

Y también porque mi cabeza se ha convertido en un torbellino constante de pensamientos e ideas desesperadas por salir al mundo y hacerse realidad. Ahora que he tomado conciencia de todas las maravillas de la vida, también he comprendido lo efímera que es. Sé que existe la posibilidad de no regresar de este viaje. Por eso quiero dejar mi historia atrás. Si fracaso en mi empresa, ten misericordia de mi alma pecadora, oh Dios, cualquiera que sea Tu verdadero nombre.

Quizá suene a excusa, pero hasta ahora estaba ciego y no sabía cuál era mi deber.

Bato-Žan

 

Bratislav Trifunović, de treinta y nueve años de edad, fue hallado muerto esta mañana en la sala de lectura de la biblioteca municipal.

Su cuerpo fue encontrado atrapado bajo una gran estantería, mientras numerosos libros yacían esparcidos por el suelo.

El fallecido era bien conocido por la policía tanto por sus actividades relacionadas con el tráfico de narcóticos como por su condición de consumidor habitual de drogas.

Los investigadores sospechan que durante la noche anterior pudo haber perdido toda noción del tiempo y del espacio debido a una sobredosis y haber entrado posteriormente en el edificio de la biblioteca.

Según las conclusiones preliminares, murió accidentalmente tras sufrir una lesión fatal en la cabeza cuando la estantería se desplomó sobre él.

No se encontraron documentos de identidad entre sus pertenencias.

El único objeto recuperado fue la carta adjunta, escrita de su puño y letra.

Parece que Bratislav Trifunović, conocido en la calle como Bato-Žan, llevaba algún tiempo obsesionado con los libros, lo que podría explicar por qué, en estado delirante, terminó dentro de una biblioteca.

En lugar de encontrar las respuestas a las preguntas de la vida y la sabiduría que creía que los libros podían ofrecerle, encontró la muerte.

No existen registros oficiales sobre el médico holandés ni sobre una sustancia llamada Bookfix.

Por consiguiente, se presume que ambos no fueron más que productos de la imaginación del fallecido.

Aleksandar Obradović es un médico, epidemiólogo y escritor montenegrino. Su obra de ficción ha sido reconocida en festivales internacionales de relato corto y publicada en antologías, revistas literarias y revistas digitales. Es autor de numerosos libros en serbio, incluyendo colecciones de cuentos, fábulas, novelas infantiles y novelas policíacas. Su novela gráfica «Stillborn» está disponible en inglés a través de Amazon.

(URO)BORIS Y YO