domingo, 26 de julio de 2026

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

Lídia Fedina

 

Llovía a cántaros sobre el pueblo. La niebla avanzaba lenta pero imparable desde el cauce del arroyo cercano. Háfiz apresuró el paso. El viento le traía desde la iglesia el sonido del canto. El oficio del Viernes Santo estaba a punto de terminar y, después, la oscuridad tomaría el dominio del mundo.

Háfiz empujó la puerta. Su hijo, Chris, apenas logró apartarse de un salto. Estaba espiando hacia afuera y gritó aterrorizado cuando su padre apareció de repente.

—¿Qué pasa? —Háfiz alzó al niño en brazos—. ¿De qué tienes miedo?

—¡Está ahí, afuera, en la niebla! —gimió el pequeño, aferrándose al ancho pecho de su padre—. ¡Va a atrapar a mamá!

Hilda, la abuela, se acercó apresuradamente.

—¡Quiere salir a toda costa! —se quejó ante Háfiz.

—El oficio ya termina —le explicó el hombre al niño—, entonces mamá volverá a casa. Todo estará bien.

Chris negó con la cabeza y casi se enterró en el pecho de su padre.

—Ven, acuéstate.

Háfiz llevó al niño hasta su cama.

—Somos musulmanes, esta no es nuestra festividad… —explicó.

—Es la de los cristianos —intervino Hilda, entrando tras ellos en la habitación—. Tu madre es cristiana. Recuerdan a Jesús, el gran profeta.

—Al que mataron… —murmuró el niño.

—Sí —rio Hilda con una risa falsa—. Esta noche recordamos su muerte. Eres listo, te acuerdas bien.

—¿Por qué hay que contarle estas cosas? —gruñó Háfiz.

—Porque todo el mundo debe saberlo —respondió Hilda, con el rostro ensombrecido—. Incluso está en el credo cristiano: “fue crucificado, murió y fue sepultado. Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos…”. Pero mientras estuvo en el infierno, la frontera entre la tierra y el infierno se borró. ¡Los espíritus malignos subieron a la tierra!

Chris se subió la manta hasta cubrirse la cara.

—¡Están ahí afuera! —gimió.

—¡No digas tonterías! —gruñó el padre, lanzando una mirada airada a su madre. Como buen musulmán, ¡no debería creer en semejantes supersticiones! Su esposa, Anna, se limitaba a practicar su religión, iba a la iglesia como correspondía, pero no decía esas cosas, y menos aún delante de un niño de seis años.

—Tranquilo, hijo mío —le acarició la frente sudorosa—. No pasa nada. Son historias antiguas. Hoy ya nadie anda por ahí fuera. Al profeta lo mataron hace dos mil años, eso fue hace muchísimo tiempo. Lo recordamos con respeto todos los años, pero lo que ocurrió una vez no vuelve a repetirse. ¡Nunca más!

—¿Nunca más? —preguntó el niño con esperanza.

—Trae un poco de leche caliente —le indicó Háfiz a su madre con un gesto de la cabeza; ella salió en silencio.

—Canta, papá… —suplicó el pequeño, y el hombre empezó a cantar suavemente con su hermosa y plena voz de barítono. La canción hablaba de las estrellas, del canto del ruiseñor, de todo lo bello y bueno que hay en el mundo. El niño se quedó dormido cuando la abuela regresó con la leche tibia y tranquilizadora.

—Déjalo… —dijo Háfiz, y se acercó a la ventana. Corrió la cortina para que la visión de la niebla arremolinada afuera no perturbara la calma tan difícilmente conseguida del niño.

Salieron de la habitación y, ya en la cocina, Háfiz miró con severidad a su madre.

—¡Es demasiado pequeño para estas cosas!

—¡Precisamente por eso hay que prepararlo! ¡Los inocentes son los que corren mayor peligro! —se justificó Hilda, y enseguida cambió de tema—. ¿No vas a salir a buscar a Anna?

—¡Vamos! —gruñó molesto el hombre—. Sabrá volver a casa.

Para no ofender a su madre en su enfado, se retiró al dormitorio.

Hilda lo miró irse con un suspiro y luego, ¿qué otra cosa podía hacer?, se sentó y bebió despacio la leche que había preparado para Chris. Tal vez Háfiz tenga razón. Tal vez sea solo la niebla…

Chris dormía inquieto, con un sueño ligero. Se despertó de inmediato cuando lo alcanzó la ráfaga fría. La cortina opaca bailaba una danza loca en la corriente de aire, mientras la ventana se abría cada vez más…

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

HACIA EL PAÍS DEL OLVIDO

María Jiménez

 

La mente de Florián ya no recordaba muchas cosas y cambiaba el orden de las que aún tenía memoria.

—Lo siento, tiene usted alzheimer —le había dicho aquella doctora tan linda y simpática ya hacía dos años. Quizás por eso no se había tomado tan mal la noticia, por lo guapísima que era. Ya puestos a que te fastidien la vida y que te digan que te vas a ir deteriorando poco a poco sin remedio, que al menos el mensaje llegue envuelto en un bonito papel de regalo.

—Bueno ¡Qué le vamos a hacer! Así también me olvidaré de todo lo malo.

Y así fue.

Se olvidó de que Carmen había muerto y empezó a llamarla por la casa. Sobre todo la echaba de menos por las noches, cuando se despertaba de madrugada, con frío y tocaba al lado de la cama que ella solía ocupar, y no la encontraba. Aquel lado de la cama ahora estaba muy frío y vacío. Durante el día vagaba por las habitaciones de la casa gritando su nombre, pidiéndole que le trajera alguna cosa.

¡Carmen tráeme la maquinilla de afeitar que no la encuentro! —Sólo un silencio sepulcral le contestaba—. Pero Carmen ¿Dónde estás? ¿Te has ido a comprar y no me has dicho nada?

Carmen no contestaba. Ni Carmen ni nadie, y el pobre Florián se quedaba muy confundido. A veces se limitaba a sentarse en el salón, leía un libro y esperaba durante horas a que regresara su mujer. Cuando ya se hacía de noche y no volvía, llamaba a alguna de sus hijas para preguntarle dónde estaba su madre.

¿Está vuestra madre con alguna de vosotras? Es que lleva todo el día fuera y no la encuentro.

Entonces ellas, con gran tristeza, siempre tenían que contestarle lo mismo.

Pero papá, mamá hace tiempo que nos dejó. ¿No te acuerdas?

Entonces Florián se quedaba aún más confundido porque la verdad era que no se acordaba. En esos momentos se sentía solo en el universo, y muy pequeño. Entonces pensaba que le hubiera gustado tener un perro que acariciar, o incluso un gato, aunque no fueran unos animales que le agradaran. Lo que fuera por evitar esa doble soledad, la soledad de estar solo, y la soledad de no saber que lo estás hasta que alguien te lo dice.

Otras veces lo que sucedía era que confundía a su hija Lucía, la más pequeña de las tres, con su mujer. Ella, muy amable, solía seguirle la corriente la mayor parte de las veces, sólo sacándole de su error cuando le daba una palmada en el trasero o intentaba alguna otra confianza marital similar.

—Papá, ten las manos quietas. Que soy yo, Lucía. Mamá hace tiempo que murió. ¿Te acuerdas?

Entonces él se ponía a llorar su pena como si fuera nueva, y en verdad para él lo era, porque en ese preciso momento era cuando se daba cuenta de que era verdad que su mujer no estaba, y que llevaba mucho tiempo sin verla ni abrazarla. Recordaba de repente un entierro, mucha gente de negro, un féretro y que la dejaron allí enterrada y sola, como ahora lo estaba él. Y lloraba con desesperación por la soledad de ambos. Entonces su hija Lucía le acariciaba la cabeza como si fuera un niño pequeño, hasta que se quedaba dormido.

También se olvidó de que su padre había fallecido hacía ya mucho tiempo y quería llamarlo por teléfono todos los domingos por la tarde, como hizo durante años, para hablar de fútbol y de las anécdotas familiares de la semana. Pero cuando le llamaba, nadie cogía el teléfono al otro lado.

—Papá, el abuelo duerme —le contestaba alguna de sus hijas, quitándole el teléfono de las manos.

—Es verdad —solía contestar él—. Desde que se jubiló, este hombre duerme mucho.

Y así fue olvidando a los vivos, mientras pretendía resucitar a los muertos. No reconociendo a sus hijas y confundiéndolas en cambio con la madre o la abuela.

A la vez fue olvidando las acciones básicas de la vida, como cocinar, limpiar, lavarse los dientes, ducharse, apagar las luz... Sus neuronas fueron muriendo y su mente se fue vaciando, hasta quedar completamente en blanco.

Lo que nunca olvidó fue ser feliz, a pesar de no recordar los motivos. Por eso cuando le llegó la hora final, dejó este mundo con una dulce sonrisa infantil dibujada en la cara. 

Isabel María Lobato Jiménez, es española, nacida en Salamanca, pero desde hace diez años vive en Tenerife porque le gustan el buen tiempo y el mar. Psicopedagoga, reflexoterapeuta y practicante de reiki. La escritura es su tabla de salvación para solventar las tormentas, tornados o tsunamis de su vida. Ha publicado sus trabajos en espacios digitales como la revista Crisopeya (Colombia), ladoberlin.com (Berlín), Quimera (Costa Rica), Alborismos (Venezuela), Cuerpescritura (Argentina), Nefelismos (Venezuela), Ensentidofigurado (México). También en revistas tradicionales como YALE, Papeles del Caracol y La Oca Loca. Gael Certamen Regional De Cuentos Infantiles de la Asociación Cultural Viejo Castillo 2020, obtuvo el Tercer premio del VIII certamen relato breve Día de la mujer Psoe Alcantarilla 2022, del Concurso microrrelatos Fundae Enero 2023, Tercer premio XXXI concurso literatura Epistolar Calamocha 2025, Segundo Premio Concurso microrrelatos Doctor Mena 2026.


EN BUSCA DE INSPIRACIÓN

Majda Arhnauer Subašič

 

¿Quién demonios se atreve a afirmar que los escritores rebosamos de inspiración y que las palabras brotan solas sobre el papel, organizándose por sí mismas en conjuntos llenos de sentido? Una afirmación tan absurda solo puede salir de la boca de alguien que jamás haya estado en la piel de un escritor. Pero, en fin, ¿por qué dedicarse a escribir? Hay que hacer algo para no embrutecerse por completo resumiendo noticias triviales para la prensa amarillista o editando periódicos locales, donde basta con procurar mencionar con suficiente frecuencia al alcalde y a las demás autoridades, ensalzando sus méritos. Y todavía puedes sentirte afortunado de que publiquen tus artículos. En lugar de escribir comentarios sobre la política mundial o cuestiones existenciales, redactas textos sobre el aumento de pecho de una actriz insignificante o la decimoquinta variante del tema «Cómo convertirse en la mujer perfecta». Añades alguna receta de cocina y asunto concluido. Y pensar que alguna vez tuviste que profundizar en Heidegger y abrirte paso a través de la antropología social. ¡Ah, aquellos tiempos! Llenos de entusiasmo, siempre dispuestos a debatir apasionadamente y ansiosos por aprender y descubrir cosas nuevas, jamás imaginábamos que algún día nuestro principal lema sería el dinero y nuestro objetivo, simplemente sobrevivir.

Pero para alimentar el alma –y también para ganar algún dinero extra– hay que escribir algo más. Antes, sin embargo, tiene que llegar una idea. La inspiración. Y ahí todo es sequía. Bloqueo. Absoluto. Como si estuviera embrujado. Quizá unas bocanadas de cannabis ayudaran. Lo tengo al alcance de la mano. Lo enrollo despacio y con cuidado. Me dejo caer en el sillón y cierro los ojos. Aspiro con placer. Retengo el humo. Resulta agradable el calor cuando llena los pulmones. A la primera calada sigue una segunda, luego una tercera. Siento cómo se expande poco a poco por el cuerpo hasta alcanzar cada célula. Me vuelvo cada vez más ligero. Más libre. Bailoteo por la habitación, me elevo juguetonamente hasta el techo y, como si nada, atravieso la pared nadando hacia la habitación contigua.

¡Vaya, esto es una locura! Simplemente vuelas. Sin obstáculos ni límites atraviesas las barreras físicas. Obtienes la confirmación de que todo cuanto existe no es más que un inmenso vacío entre partículas en perpetuo movimiento.

Salgo a la calle y observo su pulso desde la perspectiva de un pájaro. Los pequeños seres humanos en movimiento me parecen ridículos. Se detienen obedientemente ante la luz roja del semáforo y esperan, en lugar de utilizar el poder de desplazarse libremente y echar a volar. Y pensar que todo es tan sencillo.

—¡Eh, gente! ¿Me ven? —les grito.

No hay respuesta.

Así que, además, soy invisible. ¡Excelente! Todo empieza a gustarme cada vez más. La emoción y la idea de las aventuras que podré permitirme en este estado me impulsan todavía más.

Ahora sí que me vendría bien una cerveza.

Flotando sobre los tejados me dirijo al bar, desciendo frente a él y entro atravesando el cristal. Como no hay camarera, me sirvo yo mismo. Instintivamente busco la billetera, pero recuerdo que no necesito pagar, ya que nadie puede verme. Echo un vistazo alrededor y me entran ganas de sentarme con un grupo de conocidos. La discusión sobre la política actual parece haber exaltado a los muchachos, y la cantidad de jarras de cerveza no hace más que avivar el ambiente. Abandono la escena y sigo explorando los alrededores desde mi nueva perspectiva. Tal vez podría pasar también por la tienda y llevarme algunas cosas para la cena, pero el cansancio comienza a apoderarse de mí. La sensación de peso regresa a mi cuerpo, que hasta hace un momento era ingrávido. Instintivamente sé que debo volver a casa cuanto antes. Me vuelvo cada vez más torpe y parece como si mi cuerpo estuviera atrapándose a sí mismo. Con las últimas fuerzas logro aterrizar en mi sillón.

—Uf, eso sí que fue un buen viaje —pienso al abrir los ojos.

¿Me habré excedido? ¿Era demasiado fuerte? Pero valió la pena. Solo buscaba inspiración para escribir, y terminé volando. Literalmente. Es increíble lo real que parecía todo. Oía, olía, tocaba y, si no fuera una persona tan racional, no creería que todo hubiera sido simple fantasía. Evidentemente pasó bastante tiempo, porque la aguja del reloj ya se acercaba a la medianoche.

De pronto suena el timbre.

¿Quién puede llamar a estas horas?

Al abrir la puerta veo a mi amigo Miran con mi billetera en la mano.

—¡Hola, amigo! —dice entre risas—. Creo que te olvidaste esto en el pub. Estuvimos allí toda la noche, pero nadie te vio. Incluso Tanja, la nueva camarera, dijo que juraría que no te había visto; solo tu billetera apareció, como por arte de magia, sobre la barra.

Me palpo el bolsillo de los vaqueros, donde siempre la llevo, y compruebo que realmente no está allí.

Empiezo a oír un zumbido en la cabeza y un sudor frío me empapa.

¿Me estoy volviendo loco? ¿Qué está pasando? ¿Sigo bajo los efectos y todo esto no es más que una ficción?

Los pensamientos se atropellan en mi mente, el corazón me golpea el pecho y siento que estoy a punto de desmayarme.

Miran sigue de pie frente a mí, tendiéndome mi billetera.

—¿Qué te pasa? Estás muy pálido. ¿Te sientes mal? —lo oigo como a través de un velo.

Ni siquiera sé qué fue lo que balbuceé. Probablemente le di las gracias. Confundido, regresé al apartamento y me dejé caer en la primera silla que encontré.

Ya no entendía absolutamente nada.

Y todavía hoy –después de varios años– no estoy ni un poco más cerca de descubrir qué fue lo que realmente me ocurrió aquella noche.

Majda Arhnauer Subasic es una autora eslovena residente en Liubliana que escribe principalmente relatos. Su obra combina fantasía, misticismo, historia, espiritualidad y temas existenciales. Sus relatos y poemas han aparecido en numerosas revistas literarias, fanzines y antologías eslovenas, incluyendo colecciones de fantasía eslovena contemporánea (Supernova, Jasubeg en Jered, Ventilator besed, Locutio). Ha recibido varios reconocimientos literarios, entre ellos premios en el concurso Koroska v besedi, una nominación a Cuento Esloveno del Año por Sodobnost (2016) y el primer puesto en el concurso de ciencia ficción de Časopis za kritiko znanosti (2019). Su relato "La Ira de la Diosa Ekvorna" apareció en la antología de ciencia ficción y fantasía de Europa del Este The Viral Curtain (2021).

 

 

sábado, 25 de julio de 2026

EL ÚLTIMO SUSURRO DEL VIENTO

Aziz Mountassir

 

En un pequeño pueblo rodeado de montañas, vivía una joven llamada Isabella. Desde que era niña, había soñado con un amor verdadero, un amor que la llevaría a los rincones más profundos de su corazón. Un día, mientras recogía flores en un prado, conoció a Alejandro, un pintor errante que había llegado al pueblo en busca de inspiración.

Isabella se sintió atraída por su sonrisa cálida y su mirada profunda. Los dos comenzaron a pasar tiempo juntos, compartiendo risas y secretos bajo el cielo estrellado. Mientras Alejandro pintaba el paisaje que los rodeaba, Isabella se dio cuenta de que había encontrado el amor de su vida. Sin embargo, el tiempo no estaba de su lado. Alejandro tenía un secreto: estaba enfermo, una enfermedad incurable que lo debilitaba poco a poco.

A pesar de su estado, Alejandro nunca dejó de sonreír y hacer reír a Isabella. Él creía que el tiempo que pasaban juntos era más valioso que la tristeza que lo rodeaba. Así, cada día se convirtió en un regalo. Pasaron semanas llenas de amor, risas y momentos inolvidables, mientras Alejandro pintaba un último cuadro, una representación de su amor.

Un día, mientras el sol se ponía en el horizonte, Alejandro tomó la mano de Isabella y le dijo: "Te prometo que mi amor por ti vivirá incluso después de que yo ya no esté". Con lágrimas en los ojos, Isabella le respondió: "Siempre llevaré tu amor en mi corazón".

Después de un tiempo, la salud de Alejandro se deterioró. Isabella lo cuidó con todo su amor, pero un día, mientras las flores del prado comenzaban a florecer, Alejandro se despidió. En sus últimos momentos, susurró al viento: "Siempre estaré contigo".

Isabella, desgarrada por la pérdida, visitaba el prado cada día, esperando escuchar el susurro de Alejandro entre las flores. Lo que ella no sabía era que su amor había dejado una huella inquebrantable en su corazón. Con el tiempo, comenzó a pintar también, inspirada por sus recuerdos juntos.

Cada pincelada era un homenaje a su amor eterno. Y aunque Alejandro ya no estaba físicamente a su lado, su espíritu vivía en cada cuadro que ella creaba. Años después, el pueblo celebró una exhibición de sus pinturas, donde Isabella mostró el último cuadro que Alejandro había comenzado: un paisaje lleno de flores y un sol radiante, simbolizando el amor que nunca moriría.

Al mirar sus obras, Isabella sonrió entre lágrimas. Aunque el viento ya no susurraba su nombre, ella sabía que siempre estaría con él, porque el verdadero amor nunca desaparece; vive en los recuerdos y en el corazón de aquellos que aman.

 

Pasaron los años y las pinturas de Isabella se hicieron famosas. Quienes visitaban sus exposiciones admiraban la belleza de sus paisajes, pero pocos comprendían que cada pincelada era una lágrima convertida en color. Ella no pintaba flores ni montañas; pintaba los recuerdos de Alejandro, el hombre que jamás abandonó su corazón.

Una tarde de otoño, durante una nueva exposición, un hombre permaneció inmóvil frente al último cuadro que Alejandro había comenzado y que Isabella había terminado. Lo contempló durante largo rato, incluso cuando la sala ya estaba casi vacía.

Se llamaba Gabriel. Era profesor de literatura, viudo desde hacía algunos años y poseía una mirada serena, aunque profundamente melancólica.

Se acercó a Isabella y le dijo con voz suave:

—Este cuadro no fue pintado con colores... fue pintado con el alma.

Ella sonrió con delicadeza, pero sus ojos seguían perdidos en un tiempo que solo ella conocía.

Desde aquel día, Gabriel comenzó a asistir a todas sus exposiciones. Poco a poco nació una sincera amistad. Paseaban por los jardines, hablaban de poesía, de música y del sentido de la vida. Él nunca intentó borrar el recuerdo de Alejandro; comprendía que había amores que ni la muerte conseguía destruir.

Sin darse cuenta, Gabriel terminó enamorándose de Isabella.

Una tarde, mientras caminaban entre los árboles, tomó valor y le confesó:

—No quiero ocupar el lugar de Alejandro. Solo deseo caminar a tu lado el tiempo que la vida nos regale.

Isabella bajó la mirada y respondió con un hilo de voz:

—Hay corazones que solo aman una vez. El mío murió el día que él cerró los ojos.

Gabriel sintió que aquellas palabras atravesaban su pecho como un puñal. Sin embargo, sonrió con ternura.

—Entonces déjame ser solamente el amigo que permanezca cuando todos los demás se marchen.

Y así fue.

Durante meses estuvo junto a ella. Cargaba sus cuadros, la acompañaba a las galerías, le llevaba libros y flores silvestres. Pero cada noche regresaba a casa con el mismo dolor: amaba a una mujer cuyo corazón pertenecía para siempre a un hombre ausente.

Un amanecer encontró, frente a la puerta de su casa, una pequeña caja de madera.

Dentro estaba el primer retrato que Alejandro había pintado de Isabella y una carta escrita por ella.

"Gabriel, si el destino nos hubiera permitido conocernos antes, quizás hoy estaríamos escribiendo nuestra propia historia. Pero llegaste cuando mi corazón ya era un santuario lleno de recuerdos. Perdóname por no poder ofrecerte lo único que me pedías: mi amor."

Gabriel leyó aquellas líneas una y otra vez.

Después desapareció.

Nadie volvió a verlo.

Un año más tarde, Isabella recibió una carta enviada por el notario de una ciudad lejana.

Gabriel había fallecido en un accidente de automóvil.

Entre sus últimas voluntades había dejado una carta dirigida a ella.

Con las manos temblorosas, Isabella comenzó a leer.

 

"Querida Isabella:

Nunca lamenté haberte amado. El verdadero amor no exige ser correspondido; le basta con existir.

Solo me entristece haber llegado demasiado tarde. Tu corazón ya tenía un dueño, y ni siquiera la muerte pudo arrebatárselo.

Si alguna vez piensas en mí, no llores. Sonríe. Porque conocerte fue el regalo más hermoso de mi vida.

Ahora me marcho con la esperanza de que, donde terminan los caminos de los hombres, comiencen los caminos de las almas.

Tal vez allí, por primera vez, el tiempo llegue antes que el amor.

Siempre tuyo,

Gabriel."*

 

Por primera vez desde la muerte de Alejandro, Isabella sintió que el peso de la culpa era más grande que el de la tristeza.

Había perdido a dos hombres.

Uno porque la muerte se lo arrebató.

El otro porque ella nunca pudo abrirle la puerta de su corazón.

Nunca volvió a pintar.

Su estudio permaneció cerrado y cubierto de silencio.

Una noche de invierno regresó al prado donde había conocido a Alejandro.

Llevaba consigo el último cuadro y las dos cartas.

Se sentó bajo el viejo árbol, abrazó aquellos recuerdos y susurró entre lágrimas:

—Alejandro... te esperé toda la vida.

Gabriel... perdóname por haberte amado demasiado tarde.

Al amanecer, unos pastores encontraron el cuadro apoyado contra el árbol.

Isabella descansaba inmóvil, con una leve sonrisa dibujada en los labios y las dos cartas apretadas contra su pecho.

El médico dijo que su corazón simplemente dejó de latir.

Pero los ancianos del pueblo contaban otra historia.

Decían que aquella madrugada el viento sopló de una forma diferente.

Y que, entre las flores, pudieron escucharse tres susurros:

El de un hombre que murió demasiado pronto.

El de otro que llegó demasiado tarde.

Y el de una mujer que jamás consiguió dividir un corazón que había prometido amar una sola vez.

El Dr. Embajador Aziz Mountassir, nacido el 30 de marzo de 1961 en Casablanca, Marruecos, es un distinguido poeta y periodista internacional, además de un firme defensor de la paz y la humanidad. Su dedicación de toda la vida a la diplomacia cultural, la literatura y las labores humanitarias lo han consolidado como una voz global en favor de la armonía y la buena voluntad. A través de su obra poética, sus colaboraciones internacionales y su liderazgo, continúa inspirando el cambio y promoviendo la paz en todo el mundo. Es autor de diez libros y su poesía ha sido traducida a más de dieciséis idiomas. Colaboró en numerosas antologías internacionales de poesía y sus poemas han sido interpretados por artistas internacionales tras su traducción. Por otra parte, es participante activo en seminarios sobre paz y cultura en todo el mundo, incluyendo países como México, Argentina, España, Egipto, Estados Unidos, Canadá, Marruecos, India, Jordania, Ecuador, Costa Rica, Venezuela y Túnez.

LÍNEA DE MONTAJE

Ana Lúcia Merege

 

Blixi trabaja en la posición central de la cinta transportadora. Por las ventanas de la Fábrica es casi imposible que entre un rayo de sol, salvo en verano, cuando brilla pálido en el cielo durante largas horas. A la mayor parte del personal eso no le gusta y prefiere que cierren las ventanas, dejando la iluminación a cargo de los globos de cristal de nieve; es como si el invierno durara todo el año. O quizá el otoño, la época de mayor demanda, cuando el Patrón exige un esfuerzo adicional para aumentar la producción. En la práctica, eso significa trabajar el doble. Y como la pausa entre los turnos, cuando pueden salir un poco, nunca coincide con el mediodía, pasan varios meses sin ver la luz del sol.

Blixi es un buen operario, pero el Jefe del Taller lo vigila de cerca y, a veces, lo reprende por distraerse. Eso viene ocurriendo con mayor frecuencia en los últimos años, sin que exista una razón: el ambiente no ofrece novedades, y mucho menos el trabajo, ejecutado con movimientos medidos y perfectos. Unir dos piezas, clavar, encajar o pegar, pasar al siguiente en la cinta; unir otras dos piezas, clavar, y así sucesivamente. No es un mal trabajo –esa idea ni siquiera se les ocurriría–, pero Blixi lleva allí tanto tiempo, sus manos están tan acostumbradas a repetir aquellos movimientos que, aun sin proponérselo, su mirada se desprende de la cinta y recorre el taller como si buscara algo.

—¿Qué? —pregunta el Jefe, cada vez más áspero e irritado.

Pero la respuesta de Blixi consiste en bajar la cabeza y volver al trabajo.

O al menos así había sido hasta hoy.

Es el día que suelen llamar la Víspera, una jornada frenética y agitada en la Fábrica, porque precede a aquella en la que se distribuye la producción de todo un año. Blixi está en su puesto y maneja un pincel, que sumerge en el pegamento para unir dos partes de una casita de juguete. Como de costumbre, todos trabajan sin levantar la vista, salvo el Jefe del Taller, que va de un lado a otro inspeccionando productos y operarios. Sus botas producen un ruido constante, con un ritmo tan acompasado como el de un reloj; está allí desde el comienzo del turno, incorporado a los demás sonidos de la Fábrica y, precisamente por eso, llama la atención de Blixi cuando se detiene de improviso.

Intenta resistirse, concentrándose en la secuencia de movimientos frente a la cinta, pero el impulso crece dentro de él, aumenta hasta hacerse más fuerte que su voluntad.

Entonces, Blixi mira.

El Jefe del Taller está de pie, leyendo un papel que acaba de bajar por el tubo de hielo. Eso no le habría robado más que un instante de atención a Blixi de no ser por un detalle: el Jefe necesitó luz para leer el memorando y, en lugar de usar un globo de nieve, abrió una ventana.

Y, por casualidad –solo puede haber sido casualidad–, lo hizo durante la única hora de sol de ese día de invierno.

Una estrecha franja de claridad se desliza por el taller, invade los ojos de Blixi y lo ciega para cualquier otra cosa que no sea esa luz.

La cinta continúa avanzando, las piezas de las casitas pasan frente a él sin que siquiera las vea. El operario que sigue en la línea de montaje intenta cubrir la falla, enseguida ayudado por el compañero siguiente, pero, al tener también su propia secuencia de movimientos que cumplir, no tardan en verse entorpecidos. Sin saber qué hacer, uno de ellos llama a Blixi en voz alta y logra devolverlo a su puesto; pero el grito atrae la atención del Jefe del Taller, cuyos ojos centellean al ver las piezas acumuladas sobre la cinta.

Se vuelve hacia Blixi con la pregunta de siempre, más furioso que nunca, en la punta de la lengua; una pregunta que, sin embargo, muere en su boca al darse cuenta de que es inútil.

Porque, por primera vez, aunque como siempre haya vuelto al trabajo, la expresión de Blixi deja claro que tiene una respuesta.

El procedimiento estándar para esos casos es uno solo, y el Jefe no habría llegado donde llegó si no cumpliera las normas. Sin decir una palabra, pasa las hojas de su portapapeles hasta encontrar el nombre de Blixi y anota el código correspondiente, información que, al final del turno, será enviada al personal de la oficina. Ellos se encargarán del caso, quizá dentro de uno o dos días; no es probable que lo hagan en medio del caos de la Víspera, aunque, quién sabe. Entre todas las noches del año, precisamente esta es aquella en la que cualquier cosa puede suceder.

Y, en efecto, sucede.

Y mucho antes de lo que el Jefe esperaba: a mitad del turno siguiente, cuando una orden enviada por el tubo de hielo conduce a Blixi al sector de empaquetado.

Es una sala gigantesca, situada en el último piso de la Fábrica. Para sorpresa de Blixi, se parece mucho al Taller, con las mismas cintas transportadoras en las que trabajan centenares de operarios. La diferencia es que, en lugar de montar juguetes, aquí la serie de movimientos sirve para envolverlos, algunos en cajas, otros en bolsas de tela o de papel de colores. El operario situado al final de cada cinta adorna el paquete con un lazo y el bulto cae por un tubo hacia algún lugar de los pisos inferiores. Todas las cintas, por cierto –y son muchas–, terminan en ese mismo tubo, de modo que los paquetes deben de estar acumulándose muy deprisa allá abajo.

Blixi está pensando en el tamaño de aquella pila cuando el Supervisor se acerca a él.

A diferencia del Jefe del Taller, su expresión no refleja impaciencia; su voz es monótona, pero suave, y su cadencia hace que Blixi se relaje y asienta a todo lo que escucha.

Sí, sabe que la Fábrica tiene reglas y admite que las ha infringido varias veces durante los últimos años, cuando dejó de prestar atención a la cinta. También es consciente de que la infracción de hoy fue más grave, no solo porque provocó una falla en la producción, sino porque –y en ese punto la voz del Supervisor adquiere un tono más íntimo– con su actitud Blixi demostró estar descontento, y eso contradice las directrices del Patrón respecto de los operarios.

Ellos no pueden trabajar en la Fábrica si no son felices.

La imagen del Patrón, hasta entonces adormecida en su marco sobre la pared, cobra súbitamente vida al oír la mención de su nombre. Crece ante los ojos de Blixi; es casi como si el Patrón estuviera allí en persona, con sus largas barbas blancas y las mejillas que parecen manzanas. Sonríe, sus ojos desbordan confianza y bondad, y Blixi se deja envolver por ellas como por una nube.

Ahora sí, siente que todo saldrá bien, inspirado por aquella visión.

Ahora estás listo para hacer tu última contribución a la Fábrica.

Sigue las instrucciones siguientes sin vacilar, caminando hasta el borde del círculo abierto en el suelo, donde a cada segundo las cintas transportadoras descargan regalos. El Supervisor pega un lazo en su delantal mientras el Patrón continúa sonriendo: ahí está el pequeño Blixi; fue un buen operario y ahora servirá a la Fábrica en su propósito más elevado.

Blixi apoya las manos en la cintura e hincha el pecho, lleno de orgullo.

Y es precisamente en ese instante cuando los inocentes ojos azulados del Patrón lo alcanzan con un rayo.

La caída es inmediata, y la rigidez que invade sus miembros es tan rápida que no llega siquiera a debatirse. También su grito se extingue en la garganta después de los primeros metros.

Se extingue para siempre, lo sabe, igual que sabe lo que ocurrirá a continuación.

Es uno de los efectos de la descarga: deshace las ilusiones y revela de una sola vez la verdad sobre quienes no logran adaptarse a la Fábrica.

Blixi no tiene dudas sobre lo que lo espera en las próximas horas. Rígido, reducido quizá a una cuarta parte de su tamaño, su cuerpo caerá sobre una cinta transportadora, kilómetros más abajo, entre los demás paquetes destinados a cargar el trineo. Su conciencia durará todavía algún tiempo, el suficiente para percibir la partida del vehículo y, tal vez –si la posición entre los juguetes se lo permite–, sentir el contacto del viento por última vez.

Y quizá haya estrellas.

Piensa en su brillo, en el centelleo semejante al de los cristales de hielo, y recuerda cuánto lo sorprendió descubrir que los mortales les hacen pedidos.

Entonces, de pronto, recuerda que para los humanos la Víspera es la noche en que todos los deseos se cumplen; y, aunque él no sea uno de ellos, aunque en realidad no llegue a creer en las estrellas, antes de que todo se apague todavía tiene tiempo de formular su primer y último deseo.

Quedar en el fondo del trineo, entre los juguetes destinados al otro lado del mundo.

Y, al llegar allí, ser entregado a un niño que juegue durante todo el año bajo la luz del sol.

Ana Lúcia Merege nació en 1969 en Río de Janeiro. Es licenciada en Bibliotecología y maestría en Ciencias de la Información. Es autora de varios libros de fantasía, como O Caçador, O Castelo das Águias y Os Pilares de Melkart, todos ellos publicados por la editorial Draco. Organiza y participa en eventos de literatura fantástica. Como investigadora, ha publicado varios artículos y los libros Histórias de Fada: orígenes, história e permanência no mundo moderno (Editorial Claridade) e História do Livro: molduras e transformações (Fundación Biblioteca Nacional). Vive en Niterói, Río de Janeiro, con su marido y sus hijos, trabaja con manuscritos de la Biblioteca Nacional y tiene pasión por los viajes, la mitología y los cuentos de hadas.

 

LA CASITA PROPIA

Oscar De Los Ríos

 

El sol de febrero de 2027 castigaba la ciudad. En un departamento alquilado en el centro de Rosario, Mateo y Sofía estaban frente a la pantalla de la notebook, el único objeto de la casa que parecía recibir toda la atención de la familia.

​Hacía apenas una hora que el gobierno nacional había anunciado por cadena nacional el nuevo Plan de Vivienda: "Cimientos de Libertad", un crédito del Banco Hipotecario Nacional diseñado para "gente de bien". Inmersos en una realidad de sueldos mínimos y horas extras, Mateo y Sofía sentían que la vida se les iba en un goteo incesante de contratos de alquiler y expensas extraordinarias.

​—Dale, Mateo, cargá de nuevo —rogó Sofía, con los ojos rojos de tanto tener la vista fija en la pantalla, como si apartarlos fuera renunciar a sus sueños.

​—El portal oficial colapsa cada vez que llego al campo del CUIL —respondió Mateo, con los dedos entumecidos.

​De repente, la pantalla cambió. Lograron ingresar al sitio web donde se realizaba la inscripción; el dato que les pasó un amigo por WhatsApp, de usar una VPN con sede en Israel, había hecho la magia. Pero el sistema no se rendía; parecía una carrera de obstáculos. En un arranque de eficiencia inesperada, les pidió un documento que no figuraba en ninguna guía previa: el “Certificado de Validación de Optimismo”. Mateo buscó frenéticamente en otras pestañas. Nadie sabía dónde se tramitaba, pero un hilo de una red social sugería que se obtenía tras responder un cuestionario psicotécnico donde el usuario debía marcar "Verdadero" a afirmaciones como "Los Cucas se robaron todo", “El León devoró la casta” o “En 40 años seremos potencia”.

​Por fin, luego del último clic, dio la confirmación y pudo avanzar a la siguiente pantalla, donde lo esperaba el captcha que determinaría que aún era un ser humano. No debieron clickear sobre semáforos en rojo ni bocas de incendio. El sistema les obligaba a identificar "tramos de rutas nacionales en condiciones de transitabilidad" sobre un mapa satelital. Mateo pasó cuarenta minutos haciendo clic sobre manchones grises y banquinas desmoronadas hasta que, finalmente, el círculo verde de aprobación apareció en pantalla.

​Cuando el correo electrónico de confirmación llegó a la bandeja de entrada, sintieron el alivio de la euforia. Habían calificado. Mateo y Sofía miraron a los chicos con esa chispa de esperanza contagiosa que solo tienen los que pagan alquiler en 2027. Se sintieron, por fin, parte de ese 1% que lograba ganarle al sistema, los elegidos para abandonar la precariedad del inquilino.

​Esa noche no se habló de deudas. Sofía, sentada en la cama, ya se imaginaba con una cinta metálica midiendo la pared al fondo del living.

​—Acá va a ir la biblioteca de madera maciza —decía, imaginando el olor del roble.

​Mateo, por su parte, había entrado en YouTube y veía tutoriales sobre cómo cuidar un césped que todavía no había plantado. Aprendía sobre el pH del suelo y el riego por aspersión mientras miraba el balcón de dos metros por uno, donde en cuatro macetas plásticas tenía todo su patrimonio botánico.

 

La sede de calle Santa Fe era un hormiguero de personas con carpetas bajo el brazo y esperanzas por realizar. Tras tres horas de cola fueron derivados a una oficina en el último piso: el despacho del Escribano.

​El lugar era aséptico, con un ventanal que miraba hacia el río Paraná. La vista le pareció a Sofía de buen augurio. El Escribano, un hombre de gestos medidos y traje gris impecable, tenía sobre el escritorio el contrato del crédito hipotecario y unos anteojos de cartón prensado con lentes de realidad aumentada. Se los extendió como quien entrega la llave de la puerta de entrada.

​—Pruébenlo, por favor. Aquí pueden visualizar cómo la casita propia se va haciendo realidad.

​Mateo se colocó el visor. De repente, el despacho desapareció. En su lugar surgió un living inmenso, de techos altos y pisos de porcelanato. Era una vivienda de tres ambientes, impecable, con patio y asador.

​—Es escalable según el ancho de banda que contraten —explicó el Escribano desde algún lugar de la realidad física.

​—Pero... ¿cuándo nos mudamos? —preguntó Sofía, que ya le había arrebatado los anteojos a su marido y giraba sobre su propio eje maravillada por la cocina de mármol virtual.

​—La entrega física será por sorteo —respondió el funcionario con una sonrisa profesional—. El último sorteo está programado para hacerse en treinta años; son muchas las casas a entregar. Mientras tanto, ustedes ya son propietarios. Pueden entrar y recorrer su casa cuando quieran, desde cualquier lugar con conexión.

​Desde un rincón de la oficina, otro funcionario le susurró al Escribano, pero lo suficientemente fuerte para que Mateo y Sofía oyeran:

​—¿Y si se atrasan en alguna cuota? ¿Aún van a tener el beneficio de ingresar al sitio web o los van a bloquear?

​—Por supuesto que van a poder seguir soñando. Con el tiempo, el sueño va a ser tan importante como la casita propia. Y los mantendrá contentos. La tranquilidad es el verdadero bien de mercado aquí.

​Los meses siguientes fueron una lenta agonía financiera. La cuota del crédito, ajustada por el “Índice de Inflación” empezó a devorar los ingresos de la familia. Primero fueron las salidas a comer; luego, el ajuste llegó a las necesidades básicas; no se compraron zapatillas nuevas para Enzo, mientras Mateo remendaba las viejas con pegamento; Emma escondió la nota de la maestra pidiendo un libro de lectura nuevo; se cancelaron los festejos de cumpleaños.

​Pero cuando los invitaban a alguno y alguien les preguntaba: “¿Cuándo se mudan a la casa propia?”, ellos respondían con una fe dogmática:

​—Hay que darles tiempo.

​Una frase que funcionaba como un escudo contra la angustia. Se convencían de que el sacrificio físico de hoy era el cimiento de la casita propia de mañana.

​La crisis final llegó cuando el dueño del departamento que alquilaban les comunicó que no renovaría el contrato. Necesitaban mudarse. Desesperado, Mateo volvió al Banco Hipotecario. Buscó al funcionario que lo había atendido antes, el que hablaba con el Escribano.

​—Comprendo la urgencia, Mateo —le dijo el hombre con un tono paternal—. Pero deben darse tiempo. El sorteo mensual los puede hacer propietarios físicos en cualquier momento. Solo es cuestión de no perder la fe en el sistema.

​Mateo volvió a la casa con los hombros caídos. Las cajas de cartón ya estaban apiladas en el living, listas para un desalojo que tenía como destino la casa de sus padres. Después  de un rato de incertidumbre, se animó a contarle a Sofía la charla con el funcionario del banco, esperando que ella estallara en llanto o en furia. Pero Sofía, que sostenía los anteojos de cartón como si fueran un rosario, lo miró con una serenidad que le infundió ánimos.

​—Es cierto, Mateo —dijo ella con una voz suave, casi mística—. Debemos darnos tiempo.

 

La última noche en el departamento fue una comunión familiar con fe en el futuro. Solo quedaban muebles vacíos. Todo lo demás había sido embalado; sobre la mesa estaban los lentes de realidad aumentada.

​En medio de la penumbra, Mateo, Sofía y los dos chicos se sentaron en círculo en el sillón a mirar el televisor. En un programa de noticias la realidad trascendía la pantalla:

​—Pasando al ámbito gubernamental, el jefe de Gabinete deberá mañana comparecer en Comodoro Py por…

​—Pónganselos —ordenó Mateo.

​Cada uno se colocó sus anteojos de cartón. Al instante, las paredes del departamento vacío desaparecieron. Se encontraron de nuevo en su salón de techos altos, frente a la biblioteca de madera maciza cargada de clásicos y el ventanal que daba a un césped verde esmeralda.

​—Debemos darnos tiempo —susurró Mateo, mientras Sofía acariciaba la cabeza de sus hijos.

Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

viernes, 24 de julio de 2026

EL RELOJ QUE DEJÓ DE MEDIR EL TIEMPO

Nataša Radanović

En la parte antigua de la ciudad, en una calle por la que la gente caminaba con más silencio que por las demás, había un pequeño taller con una puerta de madera y una placa de bronce descolorida: Mateo Vargas - Reparación de relojes antiguos.

Ya casi nadie confiaba en los relojes antiguos. Hacía mucho tiempo que el tiempo se había mudado a las pantallas de los teléfonos, a esos números que brillaban y desaparecían más rápido de lo que las personas alcanzaban a recordarlos.

Pero Mateo seguía creyendo en ellos. Para él, un reloj nunca había sido un simple objeto.

—La gente cree que un reloj mide el tiempo —solía decir—. No. Un reloj solo muestra aquello que hemos perdido intentando medirlo.

Mateo tenía setenta y dos años y las manos de un hombre que había dedicado toda su vida a aprender la paciencia. En su taller había cientos de relojes. Cada uno guardaba una historia. Uno había pertenecido a un maestro que lo llevó durante cuarenta años. Otro, a un soldado que lo conservó a lo largo de la guerra. Un tercero, a una mujer que lo guardaba en un cajón porque le recordaba a un hombre que nunca regresó.

Mateo no reparaba únicamente mecanismos. Reparaba recuerdos. Pero, entre todos los relojes del taller, había uno que jamás tocaba. Era un gran reloj de madera oscura, con una fina grieta en el vidrio, que colgaba detrás de su mesa de trabajo.

No funcionaba. No se atrasaba. No se adelantaba. Simplemente permanecía allí. Las agujas marcaban las siete y catorce. Nadie sabía por qué. Y Mateo nunca lo explicaba.

Una lluviosa mañana entró en el taller una joven. Llevaba entre las manos un pequeño objeto envuelto en una tela azul.

—¿Repara usted cosas que ya nadie sabe reparar? —preguntó.

Mateo levantó la vista.

—Lo intento.

—¿Y si no están rotas?

El anciano hizo una pausa.

—Esas son las más difíciles.

La joven dejó el objeto sobre la mesa y desenvolvió la tela. Era un reloj de bolsillo de plata. Antiguo, pero cuidadosamente conservado. En la tapa posterior había dos iniciales grabadas: A. V.

Los ojos de Mateo permanecieron fijos en ellas más tiempo del que habría querido.

—¿Conoce esas iniciales? —preguntó la joven.

Mateo miró por la ventana. La lluvia resbalaba por los cristales.

—No —respondió con serenidad. Pero mintió.

Aquella noche no apagó enseguida la luz del taller. Se quedó entre los relojes que marcaban el tiempo con ritmos distintos. Entonces, por primera vez en muchos años, se acercó al gran reloj de la pared. Apoyó la mano sobre la caja de madera.

—Lucía —murmuró.

Aquel nombre contenía toda una vida. Lucía era una mujer capaz de descubrir la belleza en las cosas más sencillas. En la luz de la mañana sobre la mesa. En el olor de los libros. En el silencio que comparten dos personas que se aman.

—La gente intenta medirlo todo —solía decir—. Incluso la felicidad. Pero hay cosas que existen únicamente porque las sentimos.

Mateo se reía de aquellas palabras. Ahora las comprendía. Abrió la parte trasera del gran reloj. No encontró ningún mecanismo averiado. No encontró óxido. Solo encontró un pequeño papel amarillento. Reconoció la letra antes de leer la primera palabra. Hay caligrafías que no reconocemos con los ojos. Las reconocemos con el corazón.

En el papel estaba escrito:

«Querido Mateo:

Si estás leyendo esto, significa que por fin estás preparado. Sé que pensaste que este reloj dejó de funcionar el día en que me fui. Sé que durante años intentaste reparar algo que nunca estuvo roto. Pero el reloj no se detuvo entonces. No conserves el último instante de nuestra vida juntos. Eso no es amor. Es miedo. Búscame en los días en que fui feliz. No en el día en que me fui.»

Mateo dejó la carta sobre la mesa. Por primera vez en treinta años no vio el pasillo del hospital. No vio el último instante. Vio la sonrisa de Lucía. La vio bailar en la cocina mientras preparaba la cena. Vio sus pequeños días, sus días corrientes. Y entonces comprendió la verdad. No había perdido a Lucía el día en que murió. La había perdido el día en que dejó de recordar cómo había vivido.

Al día siguiente, la joven volvió a buscar el reloj.

—¿Lo ha reparado? —preguntó.

Mateo sonrió.

—Sí.

—¿Cuánto le debo?

—Nada.

—Pero ha trabajado en él.

El anciano miró el gran reloj.

—No reparé el reloj.

—Entonces, ¿qué hizo?

—Lo ayudé a recordar —respondió Mateo en voz baja.

Desde ese día la gente volvió a acudir al taller. Ya no llevaban solamente relojes. Llevaban historias. Y Mateo dejó de preguntar qué tenía averiado el objeto. Empezó a preguntar otra cosa.

—¿Qué recuerdo guarda?

Porque había comprendido que algunas cosas no necesitan ser reparadas. Necesitan ser escuchadas. Muchos años después, un joven relojero le preguntó:

—¿Por qué nunca volvió a poner en marcha aquel gran reloj?

Mateo miró las agujas, que seguían marcando las siete y catorce. Sonrió.

—Porque comprendí que no toda detención es una pérdida.

—Entonces, ¿qué es?

Mateo guardó silencio durante un largo rato.

—A veces algo se detiene únicamente para que, por fin, podamos ver.

Aquella noche, cuando Mateo abandonó para siempre su taller, sobre la mesa, junto a sus manos, descansaba el pequeño reloj de plata con las iniciales A. V.

Junto a él había una última carta. No era de Lucía. Era de él. En el papel había escrito una sola frase:

«No conservamos el tiempo deteniéndolo. Lo conservamos viviéndolo.»

El gran reloj de la pared siguió marcando las siete y catorce. No porque hubiera olvidado cómo medir el tiempo. Sino porque le había mostrado a un hombre aquello que el tiempo, por sí solo, jamás puede mostrar: que algunos instantes nunca pasan. Solo esperan a que volvamos a encontrarlos. 

Nataša Radanović es una serbia de origen montenegrino, nacida en 1971 en Foča, Bosnia y Herzegovina. Creció en Goražde, donde cursó la primaria y la secundaria. Posteriormente, continuó sus estudios en Belgrado, en la Academia de Bellas Artes. Escribe poesía y prosa desde su más tierna infancia. Su obra literaria abarca poesía espiritual, patriótica, amorosa e infantil, así como relatos y prosa en los que explora al ser humano, las emociones, los valores, los recuerdos y el mundo interior. Además de la literatura, Nataša Radanović también se dedica a la pintura. Ha realizado 27 exposiciones, 11 de ellas individuales y el resto colectivas y de carácter humanitario. Sus poemas y relatos se han publicado tanto en su país como en el extranjero, y su poesía se lee en todo el mundo. Ha recibido importantes premios por su obra literaria, poética y pictórica. Es madre de dos hijos adultos. A través de su creatividad artística, aboga por la paz mundial, la humanidad, los derechos humanos, la ecología y los valores que unen a las personas. Cree que el arte puede acercar a las personas y preservar lo más valioso de cada uno. Actualmente vive y crea en Suecia, llevando consigo su origen, su herencia cultural y su inquebrantable conexión con Serbia y sus raíces montenegrinas.

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS