martes, 9 de junio de 2026

LA VIDA INVISIBLE

Joyce Barker Bucat

 

Había llegado tarde a su casa, estaba agotada, se dejó caer en la cama y lentamente se fue quedando dormida… hasta que súbitamente escuchó pasos en su habitación, unos pasos lentos, pesados, como de alguien que entraba tratando de pasar inadvertido, un desconocido, un ladrón.

María se quedó quieta, pensando que eso haría que el intruso no notara su presencia,

Es el sonido de un blue jean, pensó aterrorizada María, que seguía en su cama casi sin respirar y tapada completamente con las sábanas. Tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí, gritaban los pensamientos en su cabeza. Apretó el cuerpo y se sumergió, primero dentro de la cama y luego en el hormigón del muro. Sentía frío y veía todo negro, propio de estar inmersa en un material con características pétreas. Aquí estaré a salvo, al menos hasta que este tipo se vaya, razonó luego de unos segundos, ya más calmada.

Los ruidos persistían; el intruso no dejaba de caminar dentro del dormitorio y María, pacientemente, esperaba dentro del piso de hormigón.

Comenzó a desplazarse desde el piso hasta el muro, siempre por dentro, siempre tratando de no llamar la atención. Hasta que los pasos cesaron, la tela de los pantalones dejó de sonar con el roce y todo quedó en un silencio absoluto.

 

Tiempo atrás, María había despertado en su pieza, y al asomarse por la ventana, vio a un hombre joven vestido con ropa deportiva que miraba fijamente la casa de sus padres, pero a ella no la veía, era como si María hubiese sido invisible. Asustada, comenzó a golpear la ventana y a gritar, pero ningún sonido lograba salir de ella, estaba muda y apenas era capaz de golpear el vidrio, no tenía fuerzas. El hombre de la ropa deportiva tenía buena apariencia, pero María notaba algo siniestro en su mirada, la que nunca pudo olvidar.

 

María seguía desmaterializada dentro del muro, esperando que el hombre se fuera.

Como estaba dentro del muro, no era capaz de ver nada, excepto la oscuridad que un material tiene en su interior.

 

Cuidadosamente sacó la mano y luego la cara fuera del muro. Quería ver si el hombre que estaba ese día era el mismo que había visto en el patio hacía un par de meses. Provocó un ruido con los dedos y el hombre se volteó. Quedaron de frente, pero él no la veía. Era el hombre de la ropa deportiva.

María aprovechó su invisibilidad para salir del muro. Ya no tenía miedo, sabía que él no le podía hacer nada. Aprovechándose de eso y de su inmaterialidad, que aun persistía, dio dos pasos hacia él y se sumergió en su cuerpo. El hombre lanzó un sonido agudo de dolor. María estaba dentro de él. María ahora era él.

Sintió los latidos ajenos como si fuesen salidos de su propio cuerpo, miró a través de sus ojos, que estaban fijos mirando el muro del que María había salido proyectándose violentamente hasta su cuerpo. Sintió la respiración agitada y el temblor de sus músculos; el intruso estaba aterrorizado y comenzó a golpearse la cabeza y a estrujarse los ojos, no podía creer lo que había pasado. María comenzó a susurrarle por dentro que se fuera, que era un intruso y que ella era su peor enemiga por haber sido el primer invasor.

 

Martín era un hombre joven, de unos veinte años, un poco menor que ella, y había vivido toda su vida en el mismo barrio que María. Años antes la vio por primera vez en la calle y desde ese momento nunca dejó de pensar en ella. Tenía cuadernos completos con su cara dibujada y con cuentos que la ponían como protagonista de sus aventuras, las que siempre terminaban con ellos dos juntos.

A pesar de la corta distancia que los separaba, él nunca le habló, ni siquiera la vez en que se toparon en una fiesta, nunca le dijo una sola palabra; se limitaba a mirarlo camuflado entre la gente, intentando pasar desapercibido por ella, intentando ser invisible. El sólo hecho de que ella lo mirara por casualidad, para él era un golpe de miedo, miedo a que ella lo despreciara, a que ella encontrara que él no era más que una persona simple, sin nada sorprendente, sólo un pedazo de humanidad a medio terminar.

Tenía pocos pero buenos amigos, de los que suelen consolar siempre que hay estados de euforia o tristeza. A pesar del apoyo y cariño de sus pares, Martín casi nunca contaba lo que le pasaba, a veces por vergüenza, a veces por miedo a revivir sus experiencias.

Esta era la segunda vez que visitaba, a escondidas, la casa de María. No se sentía orgulloso de lo que había hecho, pero encontraba necesario conocer su espacio, saber sus secretos. Era su obsesión, estaba atrapado en sus emociones y ya no podía parar; había cruzado el límite de la intimidad de María.

 

María había soñado, hacía mucho tiempo, que iba caminando con un hombre al que amaba profundamente, un desconocido que iba abrazado junto a ella en el parque, ella no miró su cara, pero sí sus zapatillas azules y ese recuerdo había quedado grabado en su cabeza desde ese entonces.

 

La primera vez que Martín entró a la casa de María fue el acto más arriesgado que había hecho en toda su vida, pero estaba tan intrigado con ella, que planificó entrar en la casa sin que nadie lo notara. Esa vez, sólo entró al patio y desde ahí se quedó mirando las ventanas de la casa, tratando de descifrar la pieza de María. Lo que nunca supo, es que María sí lo había visto, pero ella estaba fuera de su cuerpo. Estaba físicamente durmiendo y etéreamente despierta; y al percatarse de la presencia de Martín, intentó golpear la ventana, a la vez que intentaba gritar, pero nada de eso fue posible.

 

Estando dentro del cuerpo de Martín, María fue capaz de ver sus pies, sus zapatillas azules, y por un momento pensó que quizás él era el hombre de sus sueños. Martín aún estaba en shock, no sabía lo que estaba pasando dentro de él, pero sabía que tenía que salir de ahí, que había fantasmas en la habitación de María, que si no se iba ella podía despertar y esa era la peor de las posibilidades. Se imaginó preso, pensó en el escándalo que podía ocurrir si alguien se percataba de su presencia. Pero María seguía dentro de él y todo lo que pensaba, lo escuchaba ella y no estaba dispuesta a salir de ahí hasta saber más. Martín estaba asustado y sutilmente se sentó en una silla, mirando cómo María dormía. Ella pudo verse durmiendo a través de los ojos de Martín y poco a poco empezó a sentir lo mismo que él sentía por ella. Volvió a mirar los pies de Martín y supo que era el hombre del sueño en el parque, supo que era el hombre que había estado amando hace años.

—¿Eres tú? —susurró María.

—Sí —respondió Martín.

María sintió como si estuviera cayendo de un precipicio y volvió a la cama, a su cuerpo que parecía no percatarse de nada. Martín salió de la pieza de María y corrió hasta la reja, la que saltó sin mayores problemas y sin ruido alguno. Estaba a salvo, estaba feliz.

 

Al día siguiente, María, como todos los días, salió de su casa hacia el paradero, al igual que Martín y se sentaron juntos. Martín fingiendo no conocerla, al igual que María.

Pasaron largos minutos sentados en el paradero y el aire empezó a sentirse más denso y caluroso. Ambos estaban temblando. María pensaba en lo que había pasado la noche anterior, esa invasión mutua que la dejó exhausta; no estaba segura de si eso había sido un sueño o realmente había estado alguien en su pieza, pero se acordaba de todo, incluso de haberse visto durmiendo a través de los ojos de él; pero a pesar de estar acostumbrada a estos sucesos, no era ajena a la lógica tradicional de los hechos. Para ella, estas aventuras en sueños, eran sólo eso, aventuras extrañas y lúcidas. Martín latía fuerte, como siempre, cada vez que la veía y creía que la voz que escuchó en su cabeza estando en la pieza de María, había sido puramente imaginaria. Martín no se sentía culpable de haber estado en la casa de María, había estado pensando en ella durante tanto tiempo, que sentía que lo que había hecho era lo más cercano a la felicidad y cualquier acto que lo acercara a eso era la expresión de su valentía, aunque fuera ilícito.

María tenía puesto un perfume empalagoso, dulce y floral, que una amiga le había regalado en su cumpleaños hacía un par de meses y justo ese día había decidido ponérselo. Martín estornudó; los olores muy dulces le recordaban un invierno que tuvo que estar en cama enfermo y los olores dulzones salían de la cocina, en forma de queques, que él no tenía permitido comer y con el correr de los días, ese olor pasó de ser objeto de su deseo al objeto de su rechazo por no poder comerlo.

Luego de varios estornudos, su ánimo cambió de la ansiedad por estar con la mujer que lo obsesionaba, al desagrado por sentir ese olor insoportable.

María, por otro lado, no paraba de mirarle las zapatillas, imaginando un futuro de romance y éxtasis a su lado. Martín paró un taxi y se fue.

 

Pasaron los meses y Martín no aparecía en la calle, ni en el paradero, ni siquiera en el dormitorio de María. Hasta que lo vio pasar en auto, acompañado de una mujer. Sorprendida y angustiada, María regresó a su casa y le escribió un mail, contándole lo que sentía por él, desde el minuto en que soñó con las zapatillas hasta el día del paradero, porque había investigado todo acerca de Martín, sabía en qué lugar estudiaba y quiénes eran sus amigos. Pero no hubo respuesta. Martín había perdido el interés por María; ya la había olvidado, y cuando recibió el mail, más que alegrarse, se incomodó y se sintió invadido. Para Martín, María era ahora una acosadora, una mujer obsesiva y demente, era un queque que le provocaba rechazo, era un olor insoportable.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

HISTORIAS

Lídia Fedina

 

A la clara luz del amanecer, la gota de rocío rodó hacia el borde de la hoja con diminutas vibraciones... Cuando llegó, se detuvo un instante, pero la gravedad no la dejó quedarse allí. Su centro de gravedad se desplazó lentamente hasta que cayó sobre la flor. Se deslizó por uno de los pétalos, dejando una pequeña parte de sí misma en cada uno de sus finos vellos, y para cuando llegó al tallo ya había desaparecido...

Tras su paso, el pétalo blanco brilló con una fresca humedad, y la flor ya había abierto su cáliz hacia la luz. Los estambres amarillos, como brazos extendidos en señal de bienvenida, se alzaban hacia el sol... En la base del pistilo, dulces gotas de néctar enviaban mensajes a los insectos a través de sus nubes de fragancia.

Pero la sombra que se interpuso entre la flor y la luz era más grande y profunda de lo que el pistilo había esperado. La sombra, a medida que avanzaba, se volvía cada vez más oscura, hasta que llegó muy cerca y el pequeño milagro dejó de existir: yacía aplastado bajo la suela de un zapato.

Y el hombre ni siquiera lo notó, y siguió caminando...

John cerró el libro con gesto de insatisfacción. Algunos de los cuentos lo habían entretenido, pero este...

En realidad trataba sobre la vida. La muerte y la destrucción forman parte de la vida, cuando algo más pequeño cae víctima de algo más grande y fuerte... ¡pero nadie puede vigilar cada brizna de hierba! Después de todo, ¡no puede volar!

No había nadie en la playa; las olas rodaban suavemente sobre la arena, el sol estaba a punto de hundirse en el horizonte y pequeñas franjas de nubes azul tinta, bordeadas de violeta, atravesaban su luz.

Nadará una vez más y después... ¡Esta noche le pedirá matrimonio a Lilian! Lleva dos semanas posponiéndolo, aunque ella prácticamente ya ha dicho que sí. Solo tiene que entregarle el anillo de la manera habitual.

—¿Quieres casarte conmigo?

Y Lilian responderá:

—¡Oh, sí!

Sin embargo, el estómago se le encoge cada vez que piensa en ese momento. Tal vez no debería darle tantas vueltas.

Dejó el libro sobre la arena, se puso de pie, se estiró y corrió hacia el agua. El ejercicio le sentó bien; era agradable sentir los músculos en movimiento. Las olas acariciaban sus tobillos con una tibieza agradable y, tras unos pocos pasos, el suelo desapareció bajo sus pies.

Allí la profundidad aumentaba bruscamente, razón por la cual los surfistas y las familias no solían frecuentar ese tramo de playa. Más arriba, hacia la ciudad, la pendiente era mucho más suave y había que caminar unos veinte metros para que el agua llegara al pecho.

Precisamente por eso John iba allí. Había menos gente y casi podía considerarla su playa privada.

¡Hoy le pedirá matrimonio a Lilian!

Cortaba las olas con facilidad. El tiempo era magnífico y el mar estaba maravillosamente tranquilo. Pequeñas ondulaciones se formaban a su alrededor y él se sentía el rey del océano.

El ataque lo tomó completamente por sorpresa.

Al principio ni siquiera comprendió qué estaba ocurriendo. Su atacante era tan grande y fuerte que no pudo hacer nada.

El gran tiburón blanco, el verdadero rey del océano, lo atrapó a la altura de la cintura y le arrancó una pierna.

John no sintió dolor. Tampoco sintió miedo, porque no comprendía lo que estaba sucediendo.

Intentó seguir nadando. El agua a su alrededor se volvió roja, adquirió un sabor dulzón y el dolor llegó finalmente a su conciencia con una pulsación enloquecedora.

El estridente sonido del teléfono hizo que Martha se sobresaltara y gritara.

¡Justo cuando estaba llegando a la parte más emocionante sonó aquella maldita cosa!

Martha empujó rápidamente el cajón donde guardaba el libro. Al hacerlo vio que Juliane, en el puesto de trabajo vecino, le lanzaba una mirada de reproche. Estaba hablando con un cliente, que esperaba no hubiera oído el grito.

Martha se sacudió para liberarse del efecto de la lectura y contestó la llamada.

—MGX Aritmax. Habla Martha Hay. ¿En qué puedo ayudarle?

—¡Hola, Martha! Soy Nora.

—¿Tú...? —se sorprendió Martha.

En un centro de atención al cliente donde trabajaban veinte personas al mismo tiempo, las probabilidades de que el sistema conectara la llamada precisamente con ella eran de apenas un cinco por ciento.

—No pude localizarte en el móvil. Le pedí a uno de tus compañeros que transfiriera la llamada a tu puesto.

—No puedo usar el móvil durante el horario de trabajo. Lo dejo en mi taquilla —respondió Martha con un leve tono de reproche, pues Nora debería saberlo, aunque al mismo tiempo admiraba la astucia de su hermana.

—Me dijiste que te llamara si ocurría algo...

Martha sintió un mareo. Si hubiera estado de pie, tal vez se habría caído. Tuvo que sujetarse al escritorio.

A Nora le costaba claramente decir aquello por lo que llamaba.

—Vi a Paul con esa mujer —comenzó.

Y una vez que logró arrancar, las palabras salieron sin freno.

—Los encontré justo delante del cine de Queens Gate. Estaban sentados tomados de la mano. O esperaban una función o simplemente se habían sentado un rato... Aunque creo que era lo primero, porque Paul no es tan tacaño como para no llevar a una mujer a una cafetería...

Siguió hablando y hablando, explicando con todo detalle cómo se había ocultado entre la multitud para que no la vieran.

Martha escuchaba con el corazón helado, pero estaba tan inundada de amargura que ni siquiera prestaba atención a los detalles.

Dos semanas antes, Paul había confesado la aventura después de que ella encontrara en uno de sus bolsillos el recibo de un perfume.

Había jurado por todo lo sagrado que aquello ya había terminado, que solo había sido una aventura pasajera.

Pero si uno está sentado en el vestíbulo de un cine, tomado de la mano con alguien, eso no es una aventura pasajera.

Eso es amor.

Martha sintió que su mundo se derrumbaba y no sabía qué hacer.

Es tan fácil construir teorías.

Y tan fácil creer lo que dice otra persona cuando uno desea creerlo...

Lilian dejó el libro a un lado y se quedó pensativa.

La historia resultaba muy convincente.

La gente realmente es así.

Cree con facilidad cualquier cosa que provenga de alguien a quien considera irreprochable.

En la novela, Martha confía en Nora, aunque ya hubo una escena en la que ambas discutieron.

¿Y si todo el episodio del cine fuera una invención para separar al matrimonio?

Lilian avanzó unas páginas y, mientras buscaba una respuesta a su hipótesis, se dio cuenta con una sonrisa de que una vez más estaba leyendo el final antes de tiempo.

John se reiría de ella y le diría que se limitara a leer libros de cuentos, y mejor aún si eran cuentos cortos.

Pero ¿qué tiene de malo conocer el final?

También es agradable seguir el desarrollo de la historia o de las historias mientras el autor avanza hacia el desenlace.

Sabemos cómo terminan los libros que releemos y aun así disfrutamos de ellos.

Tal vez incluso más que la primera vez, porque advertimos muchas cosas que antes nos habían pasado inadvertidas...

Miró el reloj. El tiempo había pasado volando. Esa noche cenarían en la Terraza Luz de Luna del hotel. John había reservado una mesa allí.

—Solo para picar algo —había dicho entre risas.

Seguramente quería entregarle el anillo que llevaba semanas ocultándole, aunque siempre lo tenía consigo, esperando el momento adecuado. Le quedaba media hora para vestirse, y debía hacerlo como corresponde a una futura prometida.

Pero ¿dónde estaba John? ¡Ya debería haber regresado al hotel! No podía haberse quedado tan absorto leyendo que olvidara volver de la playa. Era la última noche de las vacaciones y, si esa noche también dejaba pasar la oportunidad, entonces sería Lilian quien le pediría matrimonio a él.

¡Sería una propuesta al revés!

Riendo, colocó el marcador en cualquier parte del libro porque ya no recordaba por qué página iba. Pero eso no importaba. Acababa de descubrir la verdad. ¡Nora era la intrigante! Iba a vestirse.

John podía aparecer en cualquier momento...

Qué bien se sentía Ricsi al poder respirar libremente otra vez. Aquel maldito coronavirus no solo lo había debilitado con la fiebre, sino que además le había dado la sensación de llevar un saco pesadísimo sobre el pecho... ¡Maldita neumonía! Ni siquiera tenía ganas de leer. Cuando uno lucha por respirar, no le interesan ni las historias más emocionantes de amor, tiburones, infidelidades, árboles, flores o cualquier otra cosa.

Ahora, sin embargo, que se sentía mejor, devoraba las páginas y comenzaba a disfrutar de la estructura tan poco convencional de aquella novela. Estaba tan absorto que se olvidó del café. Se había enfriado por completo. Dejó el libro sobre la mesa y fue a la cocina para prepararse una taza nueva. Mientras sacaba una taza del armario, un pensamiento extraño se encendió en su mente: ¿Y si él tampoco existiera realmente?

¿Y si alguien simplemente estuviera leyendo acerca de él?

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

 

SOBRE SU ROSTRO

Tonya Liburd

 

Había programado una alarma interna para que mi lengua me despertara cuando compusiera palabras para un poema escrito mientras dormía. Los mejores versos se escriben medio en sueños y medio despierta. Mágicamente mejorada más allá de su naturaleza básica... con las mejores mejoras que el dinero puede comprar... era una parte crucial de mi Don natural para influir en los demás.

Quizá hoy... ¿palabras de escape?

No.

No hay escape.

Primero necesito algo más fuerte...

Han pasado días desde que me pusieron bajo arresto domiciliario, con policías ocupando mi casa; ansiosa, no estaba durmiendo en mi cama. Desperté en el gran salón formal de mi vivienda, todo en tonos durazno y blanco, con relucientes detalles rosados y dorados. Me enorgullecía el hecho de que pareciera un reportaje de dos páginas de una revista de decoración de interiores, no el lugar donde viviría una mujer como yo... o al menos eso decía una ex mía, Eliza...

Me detuve y respiré con dificultad, ahogada por el conocimiento.

El conocimiento de lo que me esperaba ahora, por culpa de ella: un encarcelamiento mágico, el aislamiento de los demás; mi libertad desaparecida; el dolor de no poder ejercer mi Don, de no poder infiltrarme en otros desde dentro hacia afuera; de no poder controlarlos, provocarles dolor, hacer que se infligieran ese delicioso dolor unos a otros.

Una vigilancia constante se alzaba sobre mi futuro, empequeñeciendo incluso la vigilancia a la que ya estaba sometida.

Pero aún no habían descubierto todos los trucos que guardaba en mis libros, en mi casa, ¿verdad?

Escaparé...

Tomé una caja dorada y brillante de la repisa de la chimenea. Con la llave que llevaba al cuello, colgada de una cadena de oro, la abrí y, en su interior, inmóvil y roja como si estuviera pintada con el lápiz labial húmedo más exclusivo, descansaba mi recuerdo, mi última oportunidad de libertad: la sonrisa.

Ah, sí...

...Tomé la sonrisa y la introduje en mi boca.

La sonrisa se disolvió en otra cosa, algo inquisitivo, algo con paredes. Ecos del lugar donde había dejado a su último dueño, macerándose en soledad, ignorante de mis verdaderas intenciones.

Yo sabía lo que era permanecer en el dolor, encerrada en una habitación junto a ese dolor, tal como había dejado al dueño de aquella sonrisa. Y podía verlo encerrado en esa misma habitación, una habitación sin puertas.

La sonrisa comenzó a hacer efecto.

El dolor se grabó en mi rostro como ácido sobre una placa metálica.

Escuché dentro de mí misma; sentí el miedo humedeciendo mis palmas y mis axilas. La vacilación que percibía era insignificante...

Pero pronto todo fue silencio.

Y entonces.

Así, sin más... crac. Una pequeña grieta en las ataduras mágicas que me mantenían prisionera allí.

Pero no ahora. Todavía no. No daría aún el salto hacia la libertad. Hacia el caos.

El momento debía ser el adecuado; la ruptura debía ser gloriosa. Salí al pasillo.

—Estoy lista.

Los recuerdos de mí misma alimentaban la sonrisa implantada.

Yo, una furia salvaje y sensual actuando sobre el escenario, entre canciones estridentes, caderas ondulantes y movimientos sinuosos.

Conduciendo a mi público ansioso, bajo luces palpitantes y centelleantes, hacia la locura, el caos y el asesinato.

Porque sí.

Mi Don único.

La razón por la que estaba bajo arresto domiciliario mágico.

La gente quiere una razón, una apariencia de orden.

No la obtendrán de mí.

Los Dones de aquellos dos policías consistían en una destreza física absoluta reforzada por capacidades anuladoras de magia: Dones únicos que se habían manifestado, como ocurre con todos, durante la pubertad.

Se suponía que su presencia me impediría escapar y garantizaría que llegara sin problemas a mi futuro.

En el pasillo, luminoso y lleno de color, frente a una pintura de tonos intensos, uno de los policías, un hombre corpulento, se volvió para mirarme con un dedo apoyado en el auricular de su oído.

Sus ojos desenfocados lo delataban: no había dormido bien durante días.

Ese tipo de cosas inspiro yo.

Se aclaró la garganta, enderezó la postura y los hombros; ahora parecía más él mismo: tranquilo, seguro y conciso.

Su voz, a la vez áspera y suave como una ondulación en el agua, llamó a otro guardia que estaba fuera de mi vista.

—Aquí viene.

El otro apareció con un aire de gravedad agotada.

Una insinuación descansaba sobre mis labios, un destello de aquella sonrisa malvada. Palabras de magia temblaban, ansiosas por salir. Traviesas, traviesas... ahora no. Tenía que dejar marchar la sonrisa, dejar que las palabras se disiparan. Podía tener una sonrisa nueva, pero todavía no podía hablar por mí. Aún no. Debía actuar como si la magia del arresto domiciliario siguiera sujetándome a mí y a todo cuanto había dentro de la casa. Tendría que esperar.

—Por aquí, señora.

Cada uno tomó uno de mis brazos, primero con cautela, luego con una firmeza pétrea, como si se hubieran recompuesto demasiado deprisa. Demasiado deprisa para mi gusto. Abrieron la puerta principal. Afuera, el cielo estaba despejado, de un azul duro e implacable. Y la calle estaba llena de periodistas y curiosos. No podía ocultar mi rostro. Ni quería hacerlo. Pero la sonrisa dolorida que mostré al mundo no provocó reacción en nadie, salvo en una persona. Una detective negra. La única que había logrado resolver el caso. Eliza.

Había aprendido por las malas que mi corazón no obedecía a rimas ni razones. Ni a lealtades. Ni a misericordia. Ni a bondad. Ella vio mis patrones en la locura de las pruebas que sus superiores le habían entregado, con la plena intención de atribuirle cualquier fracaso y cargarle toda la culpa. Ah, pero la suerte sí quiso sonreírle aquella noche en que le asignaron el caso supuestamente imposible.

Así que permanecía de pie entre la multitud reunida, con el cabello alisado químicamente casi rozando la blusa de organdí color turquesa que cubría sus hombros.

—¿De dónde sacó esa sonrisa? No es suya. Puedo percibir la magia. ¿Cómo consiguió introducirla en la casa...? ¿Pertenece a otra de sus víctimas? Vigílenla. Vigílenla...

Mientras me conducían hacia el coche policial, una prisión blanca, blanca como el exterior de mi casa, que no volveré a ver en sabe Dios cuánto tiempo, reforzada contra mí en todos los sentidos imaginables, disfrutaba... del miedo, de la tensión, del «¿y si...?».

Me alimentaba de su miedo como compensación por el dolor de seguir viva, y lo usaría para sobrevivir al destino que habían decidido imponerme.

Aquel poema, mi forma de defenderme, el que había planeado –planeo– interpretar ante una multitud, aquel poema que mi lengua había compuesto en el estado intermedio entre el sueño y la vigilia, destinado a provocar todavía más locura, más caos... más asesinatos... lo guardaré para cuando llegue mi oportunidad. Y sé que esa oportunidad llegará.

Con una voz semejante al tintinear de una campana, mientras me conducían y yo seguía esperando el momento adecuado, ofrecí mi mejor sonrisa dolorida y le dije a la detective, a mi ex, Eliza, saboreando su alarma y desconcierto:

—Más tarde, más tarde. —La sonrisa. La tortura—. Te lo contaré más tarde...

Tonya Liburd comparte cumpleaños con Ray Bradbury y Simeon Daniel, lo que quizás te diga algo sobre ella. Desde 2020, ha recibido varias becas, entre ellas de la Asociación de Escritores de Terror, el Gobierno de Ontario (Canadá) y el Sindicato de Escritores de Canadá. Es editora de la revista The Expanse (que no debe confundirse con la serie de televisión). Pueden encontrarla en su sitio web Tonya.ca, en Twitter como @somesillywowzer, en Bluesky como spiderlilly.bsky.social o en Patreon en www.Patreon.com/TonyaLiburd

 

lunes, 8 de junio de 2026

DE PASO

Nancy Jane Moore

 

Un movimiento en el panel de control, al borde del monitor, llamó la atención de Elyssa. El icono del repartidor de periódicos que había configurado para alertarla de las noticias agitaba sus diarios; habría estado gritando «¡Extra, extra, lea todo al respecto!» si el sonido no hubiera estado casi apagado.

Elyssa suspiró e hizo una mueca ante una pantalla llena de códigos. Llevaba dos horas buscando el error. Estaba allí, maldita sea. No la consolaba saber que nadie más había logrado encontrar el problema. Ella era la experta. Se suponía que debía ser capaz de encontrarlo.

—Guardar y pasar a vídeo —dijo Elyssa.

Los códigos desaparecieron y la pantalla mostró a un hombre impecablemente vestido, con un micrófono, de pie frente a un edificio cuyas escalinatas parecían ascender hasta el cielo. Sus labios se movían.

—Sonido —añadió.

—... el juez asociado leyó desde el estrado un voto disidente demoledor. Aquí tenemos a la abogada que defendió los derechos de los clones.

La pantalla se llenó con el rostro de una mujer de mediana edad, con mechones grises en el cabello y ojeras bajo los ojos.

Tenía lágrimas en ellos.

—No nos rendiremos —dijo con fiereza—. La decisión fue de cinco votos contra cuatro, y se equivocaron. Se equivocaron. Igual que se equivocaron en el caso Dred Scott, igual que se equivocaron en Plessy contra Ferguson. Seguiremos luchando en los pasillos del Congreso. Algún día esta decisión será revocada con vergüenza.

El hombre del micrófono reapareció.

—Para resumir: la Corte Suprema de los Estados Unidos acaba de dictaminar que los clones son propiedad y no personas, resolviendo finalmente una disputa que ha durado los últimos diez años.

Elyssa estuvo a punto de gritar.

En lugar de eso, se mordió el dorso del puño.

¿Cómo podían hacer algo así?

—Somos humanos —dijo—. Somos personas.

Gracias a los dioses, a todos los dioses, a cualquier dios en el que uno quisiera creer, sus padres habían sido previsores.

Su nacimiento había sido registrado correctamente en los archivos del Hospital de Maternidad Santa Ana; su madre era una hacker extraordinaria.

Sus padres jamás le dijeron a nadie que Elyssa era un clon.

Ni siquiera se lo habían contado a ella hasta que tuvo edad suficiente para comprender que algunos secretos nunca deben compartirse.

La pantalla mostraba ahora a un gran grupo de clones que trabajaban para HumanTechLtd, la empresa dominante en el negocio de las «personas artificiales».

HumanTech había ganado aquel día.

Sus clones seguirían siendo propiedad de la compañía, viviendo en dormitorios dentro de sus instalaciones o siendo vendidos a otras empresas.

Elyssa no soportó seguir mirándolos.

Apagó el vídeo con un gruñido.

Una rápida mirada al código le indicó que tampoco podía enfrentarse a él en aquel momento.

Cerró el programa y fue a buscar a su jefe.

—Ese código me está provocando una migraña terrible —dijo al encontrarlo en la sala del café—. Voy a salir a correr.

Él estaba acostumbrado a tratar con genios.

Hizo un gesto indiferente con la mano, aunque ella ni siquiera había esperado su permiso.

Le llevó apenas cinco minutos cambiarse de ropa y salir.

Sus largas piernas encontraron rápidamente el ritmo y corrió tan rápido como pudo, que era bastante rápido.

La «progenitora» de Elyssa había sido una matemática de fama mundial que murió joven a causa de uno de los virus que asolaron el mundo a comienzos del siglo XXI.

Junto con su cerebro, Elyssa había heredado sus rizos rubios y sus largas extremidades. Había practicado atletismo cuando iba a la escuela para compensar las horas pasadas encorvada frente a un ordenador.

Cuando se detuvo, cuarenta y cinco minutos después, había expulsado el miedo mediante el sudor.

Sus padres la habían puesto a salvo. Tenía treinta y siete años y pertenecía a la primera generación de clones.

La empresa que la había creado había sido una pequeña compañía emergente que, con el tiempo, había sido absorbida por uno de los gigantes del sector. Los registros de aquella época debían de estar llenos de errores. Todo el mundo asumía que era nacida de forma natural. Nada iba a ocurrirle.

Se duchó, encontró algo comestible en el comedor de la empresa y volvió a su programa. Esta vez el error casi hizo sonar una trompeta para anunciar su presencia. Lo corrigió a media tarde.

 

Elyssa no olvidó el fallo sobre los clones.

Casi todos los días aparecía alguna noticia sobre un joven genio que resultaba ser un clon descubierto: las empresas jamás se molestaban en clonar a nadie con un coeficiente intelectual inferior a 150.

Las imágenes de clones arrancados de sus hogares se habían convertido en material de archivo habitual. También era una noticia económica. Los bienes acumulados por los clones eran confiscados por HumanTech. Los futuros sobre clones comenzaron a cotizar en la Bolsa de Chicago.

Y, por supuesto, estaba la inevitable noticia sobre terrorismo: el Cuadro de las Copias, un grupo de clones fugitivos, fue señalado como principal sospechoso del secuestro de un vicepresidente de HumanTech.

No lo olvidó.

Pero, salvo por una importante donación anónima a la abogada que había defendido los derechos de los clones ante la Corte Suprema, intentó no pensar demasiado en ello.

Sin embargo, el estrés dejó huellas.

Ojeras provocadas por demasiadas noches en vela. Cabello descuidado porque se lo mordisqueaba mientras trabajaba. Y una triplicación de sus kilómetros semanales de carrera; la gente pensaba que estaba entrenándose para una maratón.

Creyó haber conseguido apartarlo de su mente. Hasta que recibió el correo electrónico de Marc.

«Elyssa: Estoy en Estocolmo. Suecia me concederá asilo por ser clon. No podía decirte la verdad; temía que dejaras de amarme si sabías que no había nacido de manera natural. Si me equivoqué al pensar eso, ven conmigo. Marc.»

La noticia la dejó atónita. Los dos eran clones. Los dos habían tenido miedo de decírselo al otro.

Necesitaba hablar con alguien.

 

Guy Abrams había sido el abogado de su padre y después se había convertido también en el suyo. Pero era mucho más que eso.

Ella tenía apenas veintidós años cuando sus padres murieron en un accidente aéreo. Guy había gestionado la herencia y se había transformado en el mentor mayor que necesitaba mientras cursaba sus estudios de posgrado y aprendía a ser adulta. Ahora tenía sesenta años y aparentaba incluso más. Cultivaba deliberadamente la imagen de estadista veterano.

Elyssa le mostró el correo durante una cena. Él estaba tan sorprendido como ella.

—Dios mío. Nunca tuve la menor sospecha. Parecía tan humano.

—Es humano —respondió Elyssa—. Los clones son iguales que los nacidos de forma natural... iguales que el resto de nosotros.

—Sé cuánto te importa, pero no me digas que estás pensando en reunirte con él en Suecia.

—Bueno, quizá vaya a visitarlo. A ver cómo es aquello.

Guy pareció alarmarse.

—Elyssa, si vas, te marcarán como simpatizante de los clones. Terminarás en alguna lista, bajo investigación. Además, Suecia no será un lugar seguro durante mucho tiempo. Todas las potencias industriales están respaldando esta decisión. No podrán resistir la presión.

—La mayor parte del mundo apoyó la esclavitud en otras épocas. Siempre hubo algunos países que se negaron.

—Eso ocurría antes de la industrialización. Hoy el mundo es demasiado pequeño.

—Guy, lo amo.

Él negó con la cabeza.

—Lo sé, Elyssa. Pero no hagas una tontería como ir a Suecia. Te lo digo como abogado. Las compañías de clones no tolerarán ninguna oposición.

Elyssa siguió su consejo, aunque le molestó hacerlo.

No quería llamar la atención sobre sí misma. Le respondió a Marc diciendo que no era un buen momento para viajar y evitó comentar su confesión.

Sintiéndose culpable, se refugió en el trabajo y aumentó otros veinticinco kilómetros semanales a sus carreras.

Meses después, cuando su jefe la llamó a su despacho y le mostró una orden judicial de exhibición de pruebas, perdió completamente la compostura.

—¿Quieren hacer qué?

—Cálmate, Elyssa. No es idea mía. HumanTech nos ha demandado. Afirman que aquí tenemos «propiedad robada»; se refieren a clones por los que no les pagamos. Sé que es una estupidez, pero no podemos hacer nada. Nuestro abogado dice que tienen derecho a exigir pruebas genéticas a las personas que sospechan que son clones, para comprobar si sus genes coinciden con los registros que poseen.

—Eso no puede ser legal. No pueden obligar a la gente a hacerse pruebas genéticas. Es como imponer documentos de identidad o algo así. Soy estadounidense, maldita sea. No pienso tolerarlo.

—Tienen suficientes datos para solicitarlo. Citan varias cosas sobre ti: tu especialidad profesional, el hecho de que te pareces a Lara Jorgenson y algunas otras cuestiones.

—Claro que me parezco a Lara Jorgenson. Era mi tía. También me parezco a mi madre. Esto es absurdo. No pienso hacerlo.

—Es una orden judicial, Elyssa. No tienes elección.

—Ya veremos qué pasa después de hablar con mi abogado.

 

Una hora más tarde, sentada en el despacho de Guy, la conversación no le resultó más agradable.

—Elyssa, no vamos a conseguir que esto sea anulado.

Guy se levantó y comenzó a pasearse por la habitación.

—Mira, ellos tienen registros que demuestran que Jorgenson fue clonada. Varios de esos clones desaparecieron. Tú te pareces a ella y eres brillante en su mismo campo. Han hecho los deberes. El tribunal tiene que ordenar la prueba.

—Es una invasión de la privacidad. ¿No podemos detenerlo?

Él negó con la cabeza.

—Tal vez después de la prueba. Cuando podamos demostrar que no eres una de las copias de Jorgenson, podríamos demandarlos. Alegar que fue una expedición de pesca, obtener una indemnización. Pero no podemos conseguir una medida cautelar que lo impida. Esta demanda se basa en la recuperación de propiedad presuntamente robada. Existe una larga lista de precedentes legales sobre descubrimiento de bienes robados.

—No soy una propiedad.

—Hazte la prueba, Elyssa. Después veremos cómo demandarlos.

—Guy. No puedo hacerme esa prueba.

—¿Por qué no?

Elyssa se mordió el dorso de la mano.

—Esta conversación es confidencial, ¿verdad? Todo lo que te diga se queda aquí.

—Por supuesto.

Respiró profundamente.

—Porque soy un clon, maldita sea. —Guy reaccionó como si ella acabara de confesarle alguna perversión escandalosa—. Y me conoces desde que era una niña. Sabes que soy humana.

Intentó asentir con profesionalidad, pero seguía pareciendo aturdido.

—No hagamos nada precipitado, Elyssa. Déjame pensar en ello, probar algunas teorías. Te llamaré mañana.

A Elyssa le habría gustado una respuesta más concreta, pero regresó a casa. Se preguntó si todavía tendría tiempo de llegar a Suecia. Quizá Marc lo entendería. Sí, lo entendería perfectamente. Entendería que a ella le gustaban más su apartamento en el distrito artístico, su empleo bien remunerado y su casa junto a la playa que él. Entendería que había estado dispuesta a seguir haciéndose pasar por nacida de forma natural. Aun así, se prometió:

«Si Guy no encuentra pronto una solución, tomaré el primer avión a Estocolmo.»

Durmió muy poco.

A la mañana siguiente estaba mirando la pantalla del monitor sin ver realmente nada cuando un alboroto en el pasillo llamó su atención.

Al mismo tiempo vibró el teléfono de bolsillo de su línea privada.

Era su jefe.

—¡Elyssa! Hay policías aquí buscándote. Saben lo que eres. Sal de ahí.

Miró la ventana sellada que tenía detrás. No había tiempo para escapar. Pero tenía que pedir ayuda. Tenía que llamar a Guy. Tomó el teléfono y marcó la línea privada del abogado mientras corría hacia el baño de mujeres. Él respondió justo cuando lograba cerrar la puerta con llave.

—Guy, hay policías aquí.

—Lo sé.

—¿Qué quieres decir con que lo sabes?

—Tuve que hablarles de ti, Elyssa.

—¿Qué?

La conmoción le cortó la respiración. Lo miró fijamente.

—Te lo dije en confianza, Guy. ¿Y el secreto profesional?

—Eso solo se aplica a las personas, Elyssa.

La llamada se cortó.

Nancy Jane Moore creció en un entorno rural idílico en la costa del Golfo de Texas, a las afueras de un pequeño pueblo fundado por cuáqueros. A los 18 años se mudó a Austin para asistir a la Universidad de Texas y desde entonces ha vivido en ciudades. En la universidad, formó parte del programa Plan II, el programa de honores en artes liberales, lo que le permitió explorar los clásicos, la sociología, las ciencias políticas y la historia sin especializarse en ninguna materia. Sus relatos cortos han aparecido en numerosas antologías y revistas, desde el National Law Journal hasta Lady Churchill's Rosebud Wristlet. Su primer libro para Aqueduct fue la novela corta Changeling, y una colección de sus cuentos fue publicada por PS Publishing bajo el título Conscientious Inconsistencies. Tras crecer en la costa del Golfo y pasar muchos años en la costa este, Moore ahora vive al otro lado del océano, en Oakland, California, con el hombre que conoció después de que él leyera algunos de sus artículos en WisCon Chronicles. Es decir, tras una vida de feliz soltería, encontró el amor de un buen hombre gracias a su franqueza feminista y a su pasión por la ciencia ficción.

BIG BOOM

Víctor Lowenstein

 

El “Big boom” o gran explosión nuclear acaecida sobre el hemisferio sur, ocurrió a la 5.00 de la madrugada en algún lugar del conurbano norte bonaerense, el veintinueve de abril de 2031. Brian lo recordaba bien pues había despertado a causa de la explosión mirando instintivamente el reloj de pared de su dormitorio. Ya no pudo dormir. Su mente registró la hora y por ello no le asombró percibir las primeras tenues luces del día a través de las celosías de su ventana. Recordaba vagamente haberse dormido pasada la medianoche luego de los videojuegos de Playstation y cenar varias botellas de Coke y una bolsa de Doritos. Al principio no veía casi nada; la penumbra en su cuarto era tal que atribuyó el fenómeno a su habitual somnolencia diurna, que lo mantenía bajo las sábanas hasta mediodía, por lo común.

Este “día” se presentaba tan anómalo para Brian que no pudo estarse acostado mucho tiempo más; se sentía particularmente inquieto debido al silencio reinante. Habían transcurrido algunas horas, sin moverse de la cama, atento a cualquier cosa. Ni una voz, ladrido o freno de coche llegaba desde la calle. Era raro. Vivía solo en un barrio populoso que solía ser ruidoso a todas horas; algo estaba pasando. “No será nada importante” razonó con su despreocupación acostumbrada. Tanteó las zapatillas bajo la cama y comenzó a vestirse. Saldría como siempre con su skate a recorrer el barrio, comprar unas cuantas latas de gaseosas para el día y esperar el llamado de sus amigos con quienes encontrarse en el Skatepark al atardecer.

En plena calle, montó su tabla en la dudosa semioscuridad de un paisaje urbano aparentemente diurno. Anduvo dos calles hasta toparse con un desparramo de escombros en medio de la acera. Mas allá, en el cruce con la avenida un inmenso cráter manaba humo y un olor sulfuroso que despertaba náuseas. El boquete debía ser inmenso pues comenzaba en la bocacalle de la última vereda pero se extendía –a juzgar por las humaredas que se perdían hasta las afueras del barrio– lo bastante lejos para presumirlo gigantesco. Brian quedó boquiabierto ante la silenciosa catástrofe admirando los focos ígneos que aun perduraban por sobre el suelo estallado y las rocas, donde descansaban extrañas manchas brillosas, quizá restos de la explosión o lo que fuera que había impactado justo a pocas cuadras de su casa.

Dobló hacia la avenida y detuvo sus ruedas antes las puertas automáticas del supermarket local. Portando su tabla bajo un brazo ingresó hacia las iluminadas góndolas, sorprendido por la ausencia de gente en toda la instalación. “Al diablo; vayamos por unas latas de refresco” pensó, caminando directamente al despacho de bebidas. Hasta ese momento nada lo había inquietado, ni la explosión de la madrugada ni un cráter gigante en mitad de una avenida vacía. Brian pertenecía a una generación de jóvenes descreídos que, ante un mercado restringido por las IA y la falta de oportunidades, caían en una anomia que los autoexcluía de todo sentido de pertenencia. Era un fenómeno social preocupante pero demasiado arraigado ya en los jóvenes.

Hubo un ruido detrás suyo. Quitándose las gafas de sol, Brian giró el torso hacia una estantería donde un anciano de mal aspecto rapiñaba todas las latas de conserva posibles y las dejaba caer en una bolsa plástica. Cuando sus ojos se encontraron, el joven pudo visualizar las ropas sucias del hombre, sus cabellos blancos revueltos y el rostro lleno de hollín. El viejo le habló entonces.

—Muchacho, apuúrate. Toma todo lo que puedas; aún no saquean este mercado. Pronto vendrán por todo…

—What? ¿Me estoy perdiendo algún open friday, abuelito?

—¡Que no escuchaste la explosión de la madrugada, pendejo! ¿No viste el cráter?

—¿Y qué?

—¡¿Y qué?! Sufrimos un ataque, cayó una bomba en este barrio, estamos en peligro…

—¿Quién tiraría una bomba en un barrio tan tranquilo, abuelito, y por qué?

El anciano dejó caer las últimas latas en la bolsa y lo miró, casi con lástima.

—El único tranquilo sos vos, nene. Desde temprano la radio anunció este desastre. Le llaman el “Big boom”. No se sabe quién, cada cual tiene una teoría… lo cierto es que estamos en estado de emergencia; tenés que recolectar todo lo que puedas. El mercado aún está lleno, aprovechá. —Brian sacó un celular del bolsillo de sus bermudas—. No te molestes, criatura —continuó el viejo—. No hay señal de internet.

—Ay, no. Eso sí que es un drama. No podré comunicarme con mis amigos.

—¡Olvidate de tus amigos! Deberías estar recolectando alimentos; ¿querés unas latas de atún?

—El pescado no me gusta. ¿Vos quien creés que tiró la bomba?

—Lo único lógico de pensar es que algún militar de una facción poderosa se le escapó un dedo apretando el botón rojo…

—¿Qué mierda es una facción?

El anciano, que ya había pasado los ochenta años, demostró una lucidez imbatible al reflexionar frente a ese anómico ejemplo de generación perdida.

—Escuchame: los poderosos, quienes dirigen este mundo, no son personas sanas. Estoy seguro de que se pasean nerviosos en privadísimas reuniones militares inhalando cocaína y tomando decisiones apuradas que involucran la seguridad de naciones enteras. No me extrañaría que un comandante norcoreano borracho o un marine yanqui hayan equivocado una orden y lanzado una bomba al diminuto pueblo de una nación neutral como la nuestra. Es la única explicación plausible. No me preguntes qué es “plausible” …ya me voy.

—¡Bah! Pudo ser un loco suelto, también.

—Lo dudo —dijo el anciano recogiendo su bolsa—; una bomba de ese tamaño requiere mucha tecnología… y recursos. Habrás notado la huella brillosa que dejó en las rocas…

—Ah, sí, ese flúo.

—No, qué flúo, es radiactividad. Mantenete lejos de esas huellas. Ahora llená tus bolsillos y andate. Adiós y suerte. Cuidate pibe…

Brian lo miró alejarse y abandonar las instalaciones. No pensaba; se lamentaba de la falta de señal. Ya no podría comunicarse con sus amigos para ir al Skatepark. Se sentía desolado. Sólo se sentiría mejor si tomaba un poco de Coke, por lo que llenó sus bolsillos de latas y salió del local, algo contento de no tener que haber pagado por las bebidas. Casi no tenía crédito.

Al volver se reencontró con el cráter humeante y sintió curiosidad por ver adentro. Trepó por los derribos de tierra y asfalto pero no llegó a alcanzar el borde; fragmentos de hierros y rocas agudas le impidieron subir más. Al descender, notó sus zapatillas cubiertas de fosforescencias verdeazuladas que el anciano había denominado “huellas”. Eran sus mejores Nike y se maldijo por el descuido quitando con los dedos aquella sustancia pegajosa. Llegó a su casa y se encerró esperando que quizá más tarde volviera la señal de Internet. Temía morir de aburrimiento durante esa misma jornada…

Despertó alterado. Un estruendo de gritos y disparos llenaba el aire de su cuarto. Le costó una eternidad levantarse de la cama. Le pesaban las piernas y tuvo que arrastrarse hasta la ventana que daba a la calle. Con manos temblorosas alcanzó el alféizar y asomó los ojos a través de las persianas.

El paisaje era alucinante. El cráter estaba sólo a unos metros de distancia y el supermarket justo frente a su vivienda. Desde allí salía multitud de gente cargando mercancías, atropellándose entre sí, pasando unas por encima de otras, gritando como enloquecidas. Las voces llegaban a sus oídos nítidamente… “Corré, Brian, corré, salvate…”. “Mantenete lejos de esas huellas, pibe”. “Sólo Dios redime los pecados…”. “¿Querés estas latas de atún?”. A cada voz le correspondía un rostro. El del anciano estaba igual: cubierto de hollín, el pelo revuelto y la misma expresión de amarga preocupación.

—¡Perdoná, abuelito, debí escucharte! —clamó Brian antes de caer al suelo, exánime. Le dolían los brazos, las piernas estaban inmóviles y le costaba mucho respirar.

La sed empezaba a atormentarlo de nuevo. Había bebido ocho latas; sólo le quedaban dos. Al caer al piso seguía viendo el cráter abierto; todo estaba en silencio y… ¡allí estaban sus amigos! Kevin, Loan, Jonathan y los otros… no recordaba sus nombres, pero estaban todos, alrededor del cráter que no humeaba y en medio de un silencio incomprensible y atroz; podía verlos con sus skates haciendo parkour por sobre los escombros que a él le habían impedido el paso… veía sus rostros, sonrientes, pero no llegaba a escuchar sus risas, el silencio era atroz…y de pronto… de pronto… una sed horrorosa, la garganta completamente seca… Brian intentó palpar las latas de Coke pero empezaba a quedarse ciego… las latas, ¡las latas…!

Lo último que alcanzó a ver antes de quedarse ciego fueron sus manos intentando llegar a las latas de Coke. Manos ennegrecidas y burbujeantes, derramando ese pegote fosforescente que quemaba la piel…

—¡Ya voy! —gritó en la oscuridad sin saber dónde estaba. Gritó sonriendo, feliz de poder reencontrarse con sus amigos allá abajo, en las calles… ¡Voy, espérenme, chicos! Murmuró con sus últimas fuerzas, tomando entre sus manos quemadas una invisible tabla de skate.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

LA VIDA INVISIBLE