Patricio Ramos Gatti
Fue en el año 1973,
después de una lluvia que duró nueve días, que empezaron a aparecer hongos en
la ladera del cerro, pasando Horco
Molle.
No eran hongos como los que conocía la gente de la zona.
Los
primeros aparecieron cerca de una acequia, detrás de una de las ultimas casas
de la zona. Tenían el tamaño de una moneda y un color grisáceo. Nadie les
prestó demasiada atención. En Tucumán, después de varios
días de lluvia, la tierra suele inventar cosas.
A los tres días habían crecido hasta alcanzar la altura de
una silla.
A
la semana, algunos pasaban los dos metros.
Y al mes ya había uno, enorme, detrás del viejo camino
que subía hacia las lomas, cuya copa podía cubrir a seis hombres parados
juntos.
La gente comenzó a llamarlos “los paraguas”. El nombre quedó.
No
porque se parecieran demasiado a los paraguas, sino porque nadie sabía cómo
llamarlos y porque, cuando llovía, debajo de ellos uno permanecía completamente
seco.
El
primero que se metió debajo de uno fue un hombre llamado Anselmo Ferreyra.
Tenía
cincuenta y nueve años, había trabajado durante casi toda su vida en los
talleres ferroviarios y vivía con su mujer, Eulalia, en una casa chica de dos
habitaciones, a pocas cuadras de la estación.
Anselmo
era un hombre de pocas palabras. No porque fuera hosco. Simplemente le parecía
que la mayoría de las cosas podían resolverse sin hablar.
Durante
treinta y cinco años había llegado a su trabajo a la misma hora, tomado el
mismo mate cocido, usado las mismas herramientas y regresado a su casa por el
mismo camino. Conocía el ruido de cada tren. Podía distinguir, por el sonido,
si una máquina venía cargada o vacía. Sabía cuándo iba a llover por el olor de
los durmientes.
Y
sabía que los perros de la estación ladraban antes de que apareciera un tren,
aunque todavía no se escuchara.
Eulalia
decía que Anselmo tenía oído para cosas que los demás no escuchaban. Él nunca
lo negó. Tampoco lo confirmó.
En
marzo de aquel año, una tarde en que la lluvia había empezado antes del
mediodía, Anselmo salió de la casa para buscar a su perro.
El
perro se llamaba Moro. Era negro, pequeño, de patas cortas y orejas desparejas.
No
era un perro particularmente inteligente, pero había acompañado a Anselmo
durante doce años y eso, para él, alcanzaba. Moro solía esperarlo frente a la
estación. Aquella tarde no estaba.
Anselmo
preguntó en el kiosco. Nadie lo había visto. Preguntó en el taller. Tampoco.
Entonces
subió por el camino de tierra que bordeaba las primeras lomas. La lluvia le
empapó el sombrero. A los diez minutos encontró al perro. Moro estaba sentado
debajo de uno de aquellos hongos gigantes.
Anselmo
se quedó mirándolo desde el camino. El perro parecía tranquilo.
—Moro.
El
animal levantó la cabeza. No salió. Anselmo se acercó. Debajo del hongo no
llovía. El suelo estaba seco. No había una gota. Anselmo se quitó el sombrero y
miró hacia arriba. La copa era enorme, gris, cubierta de pequeñas manchas
oscuras. Parecía una piedra viva. Tocó el tallo. Estaba tibio. Retiró la mano.
Moro
se levantó y se acercó a él.
—Vamos.
El
perro no se movió. Anselmo volvió a llamarlo. Entonces escuchó algo. Un ruido
muy leve. Como alguien respirando. Miró alrededor. No había nadie. El ruido
volvió. No era del monte. Venía del hongo.
Anselmo
tomó al perro del lomo y salió de debajo de la copa.
No
volvió a hablar del asunto.
Esa
noche, Eulalia le preguntó dónde había estado.
—Buscando
al Moro.
—¿Y?
—Lo
encontré.
—¿Dónde?
Anselmo
tardó unos segundos.
—Arriba.
Eulalia
lo miró.
—¿Arriba
dónde?
—En
el cerro.
No
dijo nada más.
Durante
los días siguientes, siguió lloviendo. Los hongos crecieron. Algunos alcanzaron
una altura de cinco o seis metros. Otros nacieron en lugares donde nunca había
crecido nada: al costado de los caminos, detrás de las casas, en patios, entre
las vías. Uno apareció en el patio de la escuela. Otro, detrás de la parroquia.
Uno más creció en el terreno baldío donde los chicos jugaban a la pelota.
La
intendenta mandó gente para arrancarlos. No pudieron. Los cortaban y a la
mañana siguiente, aparecían otra vez. Un hombre llegó a quemar uno. Al día
siguiente encontró el hongo intacto y las cenizas de su propio galpón
alrededor.
La
gente empezó a tener miedo. No un miedo grande. Todavía no. Era ese miedo
pequeño que se mete en las conversaciones y hace que todos bajen la voz. Algunos
decían que venían del cerro. Otros aseguraban que habían aparecido después de
una explosión en una cantera. Un viejo del barrio dijo que eran señales. Nadie
le preguntó de qué.
Por
las noches comenzaron a verse luces entre los hongos. Pequeñas luces amarillas.
Como velas. Anselmo las vio una vez desde la ventana. Eulalia dormía. Moro
estaba acostado junto a la puerta. Anselmo permaneció mirando el cerro durante
mucho tiempo. Las luces aparecían y desaparecían. No parecían moverse. Simplemente
estaban allí.
Al
día siguiente, cuando volvió del trabajo, encontró a Eulalia llorando.
—¿Qué
pasó?
Ella
le mostró una fotografía. Era una fotografía vieja. En ella aparecían Eulalia y
su hermana menor, Mercedes. Habían sido tomadas frente a una casa de campo. Mercedes
tenía diecisiete años. Eulalia, veinte. Anselmo conocía aquella fotografía. Pero
había algo que no había visto nunca. Detrás de las dos mujeres, al fondo del
patio, había un hongo. Pequeño. Apenas visible.
—¿De
cuándo es? —Eulalia no respondió—. ¿De cuándo es, Eulalia?
—De
antes de que desapareciera Mercedes.
Anselmo
dejó la fotografía sobre la mesa. Mercedes había desaparecido en 1946. Nunca
encontraron el cuerpo. Durante años se había pensado que se había ido con un
hombre. Después se dijo que había cruzado la frontera. Finalmente nadie volvió
a hablar de ella. Pero Eulalia nunca había aceptado ninguna de aquellas
explicaciones.
—Mi
hermana decía que escuchaba voces en el monte —dijo.
Anselmo
la miró.
—Nunca
me contaste eso.
—Porque
no quería que pensaras que estaba loca.
—¿Qué
voces?
Eulalia
se secó la cara.
—Decía
que la llamaban por su nombre.
Esa
noche Anselmo no durmió. A las tres de la mañana se levantó. Moro estaba junto
a la puerta. El perro miraba hacia afuera. Anselmo abrió. El aire estaba
quieto. No llovía. En el cerro, las luces habían vuelto. Pero ahora estaban más
cerca. No eran muchas. Eran unas cuatro. Después cinco. Después seis.
Anselmo
tomó el farol. Moro salió primero.
—No.
El
perro siguió caminando.
—Moro.
El
animal se detuvo. Por un instante, Anselmo creyó escuchar algo detrás de él. Una
voz. Muy baja. Dijo su nombre. Anselmo se dio vuelta. No había nadie. Entonces
volvió a escucharla.
—Anselmo.
La
voz venía del cerro. No era una voz desconocida. Era la voz de Mercedes.
Anselmo
nunca había hablado con ella más de tres o cuatro veces. Pero Eulalia había
guardado durante años una grabación en la que Mercedes cantaba una canción
asturiana durante una fiesta familiar. Anselmo había escuchado esa grabación
una sola vez. La voz era la misma.
Entró
a la casa. Cerró la puerta. No le contó nada a Eulalia. A la mañana siguiente,
el perro había desaparecido. Durante tres días lo buscaron. Nada. El cuarto
día, Anselmo encontró sus huellas en el barro. Las huellas subían hacia el
cerro. No regresaban.
Eulalia
quiso acompañarlo. Anselmo se negó.
—¿Por
qué?
—Porque
voy a buscar un perro.
—Es
mi perro también.
—No
sabés qué hay ahí.
Eulalia
lo miró.
—Vos
tampoco.
Anselmo
no respondió. Salió. Llevaba un saco oscuro, un sombrero y un bastón que había
pertenecido a su padre. Subió solo. Los hongos eran cada vez más grandes. Algunos
tenían copas de diez metros. El paisaje había cambiado. Los árboles parecían
pequeños. El camino había desaparecido debajo de una vegetación extraña, húmeda
y silenciosa. No se escuchaban pájaros. Tampoco insectos. Solo el ruido de sus
propios pasos.
Después
de una hora encontró a Moro. El perro estaba sentado frente a un hongo
gigantesco. Anselmo lo llamó. Moro se levantó. Pero no regresó. Se quedó
mirando hacia adelante. Anselmo siguió la dirección de sus ojos.
Entre
dos hongos había una mujer. Era joven. Vestía un vestido claro. Tenía el pelo
largo. Anselmo no podía verle bien la cara. La mujer levantó una mano.
—Anselmo.
Él
dejó caer el bastón.
—¿Mercedes?
La
mujer sonrió. Entonces Anselmo vio que no era Mercedes. Era Eulalia. Pero tenía
veinte años. La misma cara de la fotografía. El mismo vestido. La misma forma
de mirar.
—¿Dónde
está tu hermana? —preguntó Anselmo.
La
mujer no respondió. Detrás de ella había cientos de hongos. Y debajo de cada
uno había alguien. Al principio Anselmo creyó que eran personas. Después
entendió que no. Eran recuerdos. Un hombre joven sentado junto a una bicicleta.
Una mujer con un vestido de fiesta. Un chico jugando con una pelota. Un anciano
fumando. Una muchacha leyendo una carta. Todos estaban quietos. Todos parecían
estar esperando. Y todos tenían algo que Anselmo reconocía. Eran momentos. Pedazos
de vidas.
La
mujer que parecía Eulalia se acercó.
—Ella
está acá.
—¿Mercedes?
La
mujer señaló uno de los hongos. Anselmo caminó hasta allí. Debajo había una
muchacha. Tenía diecisiete años. Estaba sentada en el suelo. Era Mercedes, la
hermana de Eulalia. No había envejecido un solo día.
Anselmo
sintió que las piernas le temblaban. Mercedes levantó la cabeza.
—¿Eulalia
está bien? —Él no pudo responder—. ¿Está viva? —Anselmo asintió. Mercedes
sonrió—. Entonces todavía puedo volver. —Anselmo retrocedió.
—¿Qué
es este lugar?
Mercedes
miró alrededor.
—No
lo sé.
—¿Cuánto
tiempo llevás acá?
Ella
pensó.
—Una
tarde.
Anselmo
cerró los ojos.
—Hace
veintidós años.
Mercedes
frunció el ceño.
—No.
—Sí.
—No
puede ser.
—Eulalia
tiene cuarenta y dos.
Mercedes
comenzó a llorar. Por primera vez, el paisaje pareció moverse. Los hongos
respiraron. No fue una metáfora. Anselmo vio cómo las copas se levantaban
apenas, como si algo debajo de la tierra estuviera tomando aire. Entonces
escuchó muchas voces. Todas juntas. Algunas conocidas. Otras no. Una de ellas
dijo:
—Quédense.
Anselmo
tomó a Mercedes del brazo.
—Tenemos
que irnos.
—¿Por
qué?
—Porque
Eulalia te está esperando.
Mercedes
lo miró.
—¿Y
vos?
Anselmo
no entendió.
—¿Qué?
—¿Quién
te está esperando a vos?
No
supo qué responder. En ese momento vio algo debajo de otro hongo. Era él mismo.
Más joven. Tenía treinta años. Estaba sentado junto a Eulalia en una plaza. Los
dos reían. Anselmo se acercó. Su propia imagen levantó la cabeza. Lo miró. Y
sonrió.
Anselmo
sintió un frío que no venía del aire.
—No
mires —dijo Mercedes.
Pero
ya era tarde. Debajo de otros hongos aparecieron escenas. Anselmo con su padre.
Anselmo niño. Anselmo entrando por primera vez al taller. Anselmo y Eulalia
bailando. Anselmo junto a una mujer que no era Eulalia. Anselmo solo. Anselmo
viejo. Anselmo muerto. La última imagen era la de su propia casa. Eulalia
estaba sentada junto a una ventana. Esperaba. Siempre esperaba.
Anselmo
creyó entender entonces qué eran aquellos hongos. No guardaban muertos. Guardaban
lo que las personas habían dejado atrás. Cada miedo. Cada deseo. Cada tarde que
nadie recordaba. Cada persona que había desaparecido. Cada vida que pudo haber
sido. Y cuanto más tiempo permanecía uno allí, más cosas encontraba. Hasta que
ya no recordaba cuál era la verdadera.
—Vámonos
—dijo.
Mercedes
lo siguió. Caminaron. Los hongos parecían moverse alrededor de ellos. A veces
Anselmo escuchaba a su padre llamándolo. A veces a su madre. Una vez escuchó la
voz de Eulalia. No se dio vuelta. Siguieron caminando. Después de mucho tiempo
apareció la luz del camino. Anselmo salió primero. Mercedes detrás. Moro corrió
hacia ellos.
Abajo,
en la casa, Eulalia estaba esperando. Cuando vio a Mercedes, no gritó. No
lloró. Simplemente caminó hacia ella. Las dos hermanas se abrazaron. Anselmo se
quedó a unos metros. Por primera vez en muchos años sintió que no había nada
que decir.
La
historia de Mercedes se conoció en el pueblo. Durante un tiempo llegaron
periodistas. Después médicos. Después curiosos. Mercedes no quiso hablar. Decía
solamente que había estado una tarde en el monte. Los médicos dijeron que
estaba desorientada. Algunos vecinos dijeron que era imposible. La gente
terminó aceptándolo como acepta casi todo en Tucumán: primero con asombro,
después con comentarios y finalmente con silencio.
Los
hongos comenzaron a desaparecer. Uno por uno. A mediados del invierno ya no
quedaba ninguno. El último fue el más grande. Estaba detrás de la casa de
Anselmo. Una mañana desapareció. Sin ruido. Sin dejar raíces. Solo quedó un
círculo de tierra negra.
Anselmo
nunca volvió a subir al cerro. Mercedes regresó a vivir con Eulalia. Durante
algunos años fue una mujer silenciosa. Después empezó a trabajar en una
escuela. Aprendió a manejar. Se casó. Tuvo dos hijos. Y envejeció. A veces, sin
embargo, se quedaba mirando un punto fijo de la habitación. Eulalia le
preguntaba qué veía. Mercedes respondía:
—Nada.
Anselmo
murió en 1981.
Poco
antes de morir llamó a Eulalia.
—Hay
que tener cuidado.
—¿Con
qué?
—Con
los lugares donde uno recuerda demasiado.
Eulalia
sonrió.
—Estás
delirando.
—No.
—Miró hacia la ventana—. Los hongos vuelven cuando uno los llama.
Eulalia
no entendió. Tampoco preguntó. Anselmo murió esa misma noche.
Pasaron
los años. El barrio cambió. Desaparecieron algunas casas. La estación dejó de
tener la actividad de antes. La gente olvidó la historia.
En
2003, durante una temporada de lluvias particularmente intensa, un niño
encontró un pequeño hongo detrás de la vieja estación. Se lo mostró a su madre.
Ella le dijo que no lo tocara. Al día siguiente había crecido. A los tres días
tenía casi un metro. Una semana después ya cubría una parte del terreno.
El
niño volvió con sus amigos. Se metieron debajo. Encontraron el suelo seco. Y
encontraron algo más. Un hombre estaba sentado allí. Llevaba un saco oscuro. Un
sombrero. Y tenía un bastón apoyado entre las piernas. El hombre los miró. Parecía
cansado. Pero sonreía.
—¿Quién
sos? —preguntó uno de los chicos.
El
hombre no respondió. Miró hacia el camino. Esperó unos segundos. Después dijo:
—Estoy
esperando a mi mujer.
Los
chicos salieron corriendo. La noticia llegó hasta la casa de Mercedes. Ella
tenía entonces setenta y cuatro años.
Cuando
escuchó lo que había ocurrido, se quedó inmóvil.
—¿Cómo
era? —preguntó.
El
chico que había visto al hombre describió el saco, el sombrero, el bastón.
Mercedes
cerró los ojos.
—¿Tenía
barba?
—Un
poco.
—¿Y
el perro?
El
chico levantó la cabeza.
—Había
un perro.
Mercedes
no dijo nada más. Esa noche caminó hasta la vieja estación. Llovía. El hongo
había crecido en pocas horas hasta alcanzar una altura imposible. Mercedes se
detuvo frente a él. No entró. Desde adentro llegó una voz.
—Mercedes.
—Ella reconoció la voz. No era la de Anselmo. Era la de Eulalia. Su hermana
había muerto hacía once años. Mercedes permaneció bajo la lluvia. No se movió. La
voz volvió a llamarla—. Mercedes.
Ahí
entendió algo que Anselmo nunca había alcanzado a ver. Los hongos no guardaban
el pasado. Guardaban a quienes todavía
tenían ganas de volver.
Mercedes
se acercó un paso. Después otro. Y antes de entrar, miró hacia la ciudad. Las
luces de la ciudad temblaban a lo lejos. Por un instante le pareció que entre
las casas empezaban a aparecer otras luces. Pequeñas. Amarillas. Como velas. O
como ventanas abiertas. O como ojos esperando que alguien regresara.
Mercedes
levantó una mano.
Y entró.



