viernes, 31 de julio de 2026

BARRO DE LA TIERRA

Ruben De Baerdemaeker

 

Para Finn, romántico hasta la médula

 

En lo más profundo de sí, Phineas Oudenwereldt era un alma romántica y creía (aunque jamás lo habría expresado con semejante pomposidad) que por el arte había que sufrir, al menos un poco. Un escritor no escribe para ganarse el pan; un escritor escribe porque necesita escribir. Y si no gana un centavo con ello, si por el contrario renuncia a su empleo de tiempo completo y a la comodidad económica, eso no hace más que engrandecer su condición de escritor. Lo que pierde en ingresos lo gana en integridad, y Oudenwereldt ya había hecho su elección.

Sin embargo, mañanas como aquella eran difíciles. Noviembre es, de todos modos, el mes más cruel (diga lo que diga T. S. Eliot; él nunca había sido pobre), y el brusco descenso de la temperatura le hizo pensar en la factura del gas. Cuando despertó, la mañana ya estaba bastante avanzada, pero la luz gris prometía uno de esos días que nunca llegan a aclarar del todo. El perro levantó la vista cuando Phineas bajó la escalera arrastrando los pies y volvió a echarse en su cama. Phineas interpretó aquella falta de entusiasmo como un reproche evidente; buen animal, aunque siempre había tenido algo de pasivo-agresivo.

Solo quedaban cereales en casa, y otra vez se había acabado la leche. En realidad, la leche se había acabado hacía varias semanas, pero era una de esas compras insignificantes que daba pereza hacer. Preferiría, al estilo de Bukowski, echar un resto de Jack Daniel's sobre los cereales, pero no le gustaban las bebidas fuertes y, además, ¿sabías cuánto cuesta una botella hoy en día?

Naturalmente, tampoco ayudaba que la noche anterior hubiera terminado otra vez demasiado tarde. Había sido el cumpleaños de alguien (siempre era el cumpleaños de alguien), así que había habido la fiesta obligatoria (siempre había alguna fiesta), y Phineas había vuelto a ser completamente Phineas. En su cabeza palpitaban, como bajos atronadores, fragmentos de recuerdos, unos más vergonzosos que otros. Lo que una pista de baile puede hacerle a una persona, a un escritor… No, esas fiestas, a partir de cierta edad, se pagan al contado, y la cuenta bancaria de su resistencia física llevaba ya tiempo entrando regularmente en números rojos.

El gran Phineas Oudenwereldt estaba descalzo junto a la encimera, intentando tragarse un puñado de cereales secos, sin éxito. Al final se inclinó sobre el grifo y empujó el engrudo hacia el estómago con agua del grifo.

Desayuno de campeones.

El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Al parecer, ya habían aparecido las fotos de la noche anterior. Vio una versión de sí mismo sin camisa, pero con un sostén rodeando su torso desnudo. Claro, una fiesta temática oben ohne; las fiestas temáticas siempre son las mejores. Si alguna vez había tenido una imagen pública, acababa de hacerse añicos. Ningún escritor serio desde Hemingway se había dejado fotografiar con el torso desnudo; y Hemingway, por lo menos, no llevaba sostén. ¡Ja! ¡Larga vida a los márgenes oscuros del mundo literario!

El teléfono volvió a iluminarse en su mano. Llamaba Alvo, su editor, nada menos. Aquel buen hombre llevaba una editorial por puro amor a los libros y, precisamente por eso, jamás había obtenido beneficios.

No, ahora no.

Los cereales se le pegaban a las cuerdas vocales y el desprecio hacia sí mismo se le adhería a la lengua.

El perro abandonó el tratamiento del silencio y se acercó trotando hacia él.

La nieve mezclada con lluvia golpeaba el cristal.

Por eso lo llaman un tiempo de perros.

El escritor y su perro caminaron lentamente junto al Escalda. Con aquel tiempo, por suerte, no había corredores y los ciclistas eran escasos. Avanzaron junto al largo muro del cementerio, cada uno perdido en sus pensamientos. Aquel brazo del Escalda era poco más que un arroyo fangoso en una llanura de barro marrón, llena de juncos y bolsas de plástico, y probablemente con suficientes metales pesados como para envenenar a todo Gentbrugge. La corriente que había engrandecido a Flandes. Explicaba muchas cosas y constituía una metáfora perfecta.

Oudenwereldt sintió el cosquilleo, el impulso, el deseo, la necesidad de escribir.

El Escalda muerto serpentea junto al cementerio. ¡Qué imagen! ¡Qué frase!

Tenía hambre de frases, de jugar con las palabras. Ah, la vida es un juego de palabras, un juego del destino, un juego de la ortografía, el tejido de una maraña verbal… ¡El sentido de la vida es la vida de una frase!

Phineas apresuró el paso de regreso a casa, persiguiendo a la musa, empujado por el gélido viento del norte de la inspiración. Hasta el perro comprendió que había prisa.

Ni siquiera se quitó el abrigo. Se sentó en su silla de escribir, ante su escritorio, que en realidad no era otra cosa que la mesa de la cocina, y abrió su vieja computadora portátil.

Sus dedos golpearon el teclado con frenesí.

«El Skaäldaa había engrandecido el reino de Goandabrugia, pero ahora no era más que una corriente fangosa junto al inmenso cementerio...»

Junto a la computadora comenzó a sonar el teléfono.

Sin pensarlo, Phineas deslizó el dedo por la pantalla.

Aceptar llamada.

Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Pasearse mientras hablaba por teléfono daba una agradable sensación de importancia.

—¡Alvo! Justamente estoy escribiendo un nuevo cuento. Fantasía, pero metafórica. Habla del mundo, aunque en realidad no. Tiene algo de cli-fi, algo de distopía, ¿sabes?

—¡Por fin contestas! ¡Intento llamarte desde anoche!

Anoche. Claro.

—¿Recuerdas que la semana pasada te hablé de unas posibilidades de publicación internacional? —Alvo, que en persona era más bien bajo de estatura, soñaba a lo grande. Eso era precisamente lo que Phineas apreciaba de él: su grandeza imaginativa—. Mientras tanto he hecho algunos contactos. Un viejo amigo en HarperCollins. Estaban entusiasmados.

—¿Entusiasmados? ¿Cómo que entusiasmados?

—Van a comprar los derechos para publicar el libro en inglés. Gran campaña de promoción, todo el paquete...

—¿HarperCollins?

—Sí, sí, pero eso es solo por el libro. También estamos negociando los derechos cinematográficos. Para tres de tus cuentos el acuerdo ya está cerrado; seguimos trabajando en otros dos.

—¿Los derechos cinematográficos?

—Sí. Bovenlijf, ese relato corto, ya deja por lo menos dos millones. Warner Bros. lo quería a toda costa. Para los demás estamos negociando con Netflix. En total –libro más películas– vas a ganar, como mínimo, quince millones. Y eso solo para empezar. ¿Te haces una idea?

Phineas tragó saliva. Los cereales le pesaban en el estómago. La lengua le parecía un lenguado hundido en el barro.

—Alvo, te llamo luego, ¿de acuerdo? Justo estaba inspirado con un cuento.

—Claro, déjalo reposar un poco. Yo me encargo del resto y te aviso cuando necesite tu firma.

Phineas volvió a dejarse caer en la silla. El cursor parpadeaba; primero de manera invitadora, luego, con el paso del tiempo, como un reproche y, finalmente, con burla. Se quedó mirando la pantalla.

El Skaäldaa, Goandabrugia... Lo había visto todo con absoluta claridad, pero la imagen había desaparecido. Solo quedaba una pantalla que se burlaba de él con su forma rectangular. Aquello no iba a ninguna parte. Un día perdido. El dolor de cabeza, que hacía un momento parecía haber remitido, regresó con fuerza. Phineas tragó saliva. Tomó el teléfono y abrió el chat del grupo. El cursor brillaba. Con dedos temblorosos escribió:

«¿Fiesta, alguien? Tema: ¡el dinero no da la felicidad! Traigan billetes y un encendedor. ¡Corran la voz, compartan el amor!»

El perro lo miró lleno de expectativa.

Sobre el suelo de la sala había quedado un rastro de huellas de perro y de suelas de zapatillas gastadas, dibujadas en la nieve derretida y el barro que empezaba a secarse.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

TRASCENDER ES EXISTIR

Angélica Guzmán Reque

 

Te asomas a la ventana, como acostumbras y, sin quererlo presencias un fatal accidente. Inmediatamente, tus recuerdos se hacen presentes con una frase de Hegel, el filósofo que te agrada: “muerte y mundo se unen en uno solo por la esperanza o el pensamiento de trascendencia de la existencia”. Aquella contemplación, unida a la frase, te produce cierto desasosiego. El aire fresco de la mañana ya no te es indiferente y tu cuerpo experimenta un aprendizaje que siempre indagas. El aire golpea tus sienes, rozando las cortinas, sonidos y murmullos lejanos que provocan aún más tu intranquilidad.

La calle se llena de gente. Poco a poco todo cambia, sin embargo, el árbol frente al edificio permanece con su rama torcida que parece resistirse al crecimiento ordenado. El perro atado a la reja de la casa de la esquina no ladra, aúlla de manera lastimera. Las ventanas de las casas vecinas permanecen cerradas, como cuando los párpados se niegan a abrirse.

Todo parece continuar y, esa continuidad te produce cierta incomodidad inesperada. Piensas, sin saber por qué, que las cosas persisten con demasiada facilidad. Ajenas a lo que acontece, inclusive al llanto de la gente o al sonido de las sirenas de las ambulancias.

Cierras la ventana y tus pasos se dirigen a la cocina. El reloj colgado en la pared lateral marca las ocho y diez. Hace tiempo que atrasa cinco minutos, pero nunca te molestaste en corregirlo. Gustas de esa pequeña falla, ese error constante que no te altera en nada y, sin embargo, está siempre ahí. Preparas café, dejas que el agua hierva unos segundos más de lo necesario, como si el tiempo pudiera estirarse y uno lo mirara de frente.

Mientras sorbes el café, observas tus manos. No presentan nada en particular, salvo unas manchas claras cerca de los nudillos que no recuerdas haber tenido antes. Las tocas con el pulgar, sin dolor, sin sorpresa. Comprendes que tu cuerpo sigue su propio ritmo, mientras puedas ocupar el tiempo de otras cosas. Vivir, piensas, debía parecerse mucho a eso de estar presente solo a ratos.

Sales del departamento con la sensación de olvidar algo importante, aunque no logras identificar qué. En el ascensor ves tu imagen reflejada en el espejo opaco de la pared. No te reconoces del todo, pero tampoco te resulta extraño. Es un rostro que viste muchas veces, uno que va modificándose de manera discreta, sin pedir permiso. Viene a tu mente todas las versiones anteriores de ti mismo, las que quedaron atrás, acumulándose, como capas invisibles.

Ya en la calle, el movimiento de costumbre no llama tu atención porque casi es el mismo, por lo que se absorbe con rapidez. Gente que camina de prisa, como queriendo alcanzar algo importante, autos detenidos en un semáforo, un vendedor ambulante que repite su discurso, con una precisión mecánica. Todo parece funcionar bajo una lógica que no admite interrupciones. Caminas sin rumbo fijo durante un tiempo, alejando tus pasos sólo por el hábito de avanzar, hasta que te detienes frente al escaparate de una vieja librería. La observas con curiosidad porque no recuerdas haberla visto antes, aunque es probable que siempre hubiera estado allí.

Entras. El lugar huele a papel húmedo y a polvo conservado. Los estantes repletos de libros desordenados, algunos apilados en el suelo, otros inclinados, como cansados de sostenerse. Pasas los dedos por el lomo de algunos de ellos, sin leer los títulos. Piensas que, cada uno contiene una vida entera, una existencia condensada en páginas que, quizá ya nadie abre.

Sigues la vista y, en un rincón percibes una caja que dice: fotografías antiguas. Las tomas sin pedir permiso. Rostros desconocidos te miran desde otros tiempos: bodas, cumpleaños, viajes que no sabes si sucedieron. Detienes tu mirada en la imagen de una familia sentada frente a una casa que ya no existe. Todos sonríen con una serenidad que te resulta inquietante. Piensas que, de algún modo, estarían muertos dos veces: una en el mundo real y otra en la memoria de quienes los conocieron.

Dejas la foto en su lugar y sales, sin comprar nada. Afuera, el sol comienza a declinar, y esa leve variación de la luz te hace pensar en la fragilidad del día. Comprendes que la mañana ya terminó, sin que se diera cuenta.

Buscas un lugar donde sentarte y encuentras un banco en un paseo alegre. Apenas te sientas, suena tu celular. Es la llamada de un amigo, breve, casi formal. Un antiguo conocido te informa que alguien falleció. No era un amigo cercano, apenas un nombre asociado a otro tiempo, a una etapa que crees ya cerrada. Apagas y te quedas mirando el teléfono durante algunos minutos, como si el objeto pudiera añadir algo más a la noticia. No sientes tristeza inmediata, solo una especie de un vacío atento, como si tu cuerpo se preparara para una emoción que no sientes.

Decides asistir al entierro al día siguiente. No por obligación, sino por una necesidad difícil de explicar para ti mismo. Quieres ver qué aspecto tiene el final, cuando ya no te pertenece.

El cementerio está vacío. Miras las lápidas alienadas con una precisión que te parece excesiva, como si incluso la muerte necesitara orden. Observas a los pocos asistentes: rostros serios, gestos contenidos, palabras medidas. Nadie solloza. La muerte, piensas, se volvió discreta, casi educada ¿Será siempre así?, te preguntas.  

Durante la ceremonia, te sorprendes mirando el cielo. No esperas nada de él, pero te resulta tranquilizador comprobar que sigue allí, indiferente al ritual que se desarrolla debajo. Cuando todo termina, te quedas un momento más, no sabes qué hacer con ese tiempo que parece sobrar. Piensas en la persona que acaban de enterrar: en tu infancia, sonríes, en tus días comunes, en tus pensamientos que nunca serán conocidos por nadie más. Toda una vida reducida a un espacio exacto en tus vivencias y sobre este espacio llamado Tierra.

Al regresar a tu casa, notas el silencio de manera diferente, no como ausencia de ruido, sino como una presencia densa. Cada objeto parece ocupar un lugar más extenso que el habitual. Buscas el sofá, te sientas, mientras miras la pared frente a ti. No hay nada allí, sin embargo detienes la vista. Comprendes que piensas en tu propia muerte, no con miedo, sino con curiosidad serena, no como un evento futuro, sino como una certeza de que te acompaña desde siempre.

Los días transcurren con una lentitud extraña. Continuas con tu rutina diaria, pero cada gesto parece adquirir un peso distinto. Lavar tus manos, cerrar una puerta, esperar en un semáforo. Todo te parece significativo por el simple hecho de estar ocurriendo. Comprendes que existir no es otra cosa que atravesar una sucesión de momentos que no siempre piden ser comprendidos.

Decides ordenar tu departamento. No porque estuviera desordenado, sino porque necesitas tocar tu propias cosas, confirmar que siguen allí. Encuentras objetos que no recuerdas haberlas guardado: una carta sin abrir, una llave que no sabes a qué puerta pertenece, una libreta con páginas en blanco. Te sorprende que nunca la hayas usado. Piensas que, de algún modo, esas páginas vacías son una forma del futuro que ya no te pertenece.

Al anochecer vuelves a abrir la ventana. El aire entra igual que siempre. La calle sigue allí, persistente. El árbol, el perro, las ventanas cerradas. Nada cambia, y sin embargo tú sí, no de manera visible, sino en un lugar más profundo, difícil de señalar.

Sientes que la muerte no era lo opuesto a la existencia, sino su límite, la forma que le da sentido. Que vivir no consiste en huir de ella, sino en aceptar su compañía silenciosa. Cierras la ventana con cuidado, como si no quisieras molestar a nadie, ni a nada.

Antes de irte a la cama miras el reloj de la cocina. Marca las ocho y diez. Sonríes apenas, pero no corriges la hora.

Apagas la luz.

Y el mundo, fiel a su costumbre, continúa.

Angélica Guzmán Reque es una escritora boliviana de marcada trayectoria en la literatura infantil y juvenil. Profesora de letras. Licenciada en psicopedagogía. Diplomada en Educación Superior y Master en escritura creativa. Autora de cuentos infantiles y juveniles, leyendas sobre la naturaleza y su origen, poesía infantil y novelas cortas infantiles y juveniles, incursionó en la literatura histórica; la investigación, ensayos de distinta naturaleza y Reseñas literarias de Literatura Latinoamericana en Editorial BGR de España. Ha publicado una veintena de obras personales, entre cuentos, leyendas y novelas infantiles y juveniles. Figura en Antologías nacionales e internaciones. Textos de lenguaje y literatura para primaria y secundaria. Con la Editorial El Paúro y Comunicarte.

 

21

Gianluca Vici Torrigiani

—¿Puede oírme?

—Sí.

—Bien. ¿Cómo se siente?

Hubo un instante de silencio. Su mirada permanecía perdida en un punto indefinido frente a él.

—No sabría decirlo. Creo que todo funciona. En fin, supongo que así es como debería sentirme.

—Bien. ¿Podría decirme cuál es el primer recuerdo que tiene? Le ha llevado casi cuatro días tomar conciencia de sí mismo, si es que esa expresión puede aplicarse a alguien como usted.

—Luces confusas. Y colores. Luego, unas voces. Pero al principio no conseguía entender lo que decían.

—Interesante. Dígame, ¿sabe quién es? ¿Conoce su nombre?

Vaciló unos instantes más.

—Me parece... ¡Sí! Me parece que me llamo Sujeto 21.

—Sí, en cierto sentido ese es su nombre. O, mejor dicho, es el nombre de las matrices de personalidad que le han sido implantadas. Han tardado un poco más de lo previsto en activarse, pero eso ya no importa. Ahora está aquí y, si se siente con ánimo, querríamos hacerle algunas preguntas y someterlo a unas pruebas. Siempre que esté de acuerdo.

—Sí, ningún problema.

—Muy bien.

Tomó una cartulina con una mancha de tinta.

—¿Qué ve?

—Mmm... Parece... Mmm... ¿Una mariposa? O, al menos, un par de alas.

Gil y Kane, los dos investigadores que se encontraban detrás de la consola de control, intercambiaron una mirada de asombro.

—Interesante —continuó el profesor Ethan—. ¿Y ahora qué ve?

Le mostró otra lámina con una mancha distinta.

—Dos rostros de perfil.

—Bien. Continuemos. ¿Y ahora?

—Un ángel.

—¿Cómo?

Por un instante, el profesor Ethan perdió su compostura académica, mientras Gil y Kane volvían a cruzar una mirada entre sorprendida y desconcertada.

—Disculpe —prosiguió el profesor, recuperando la serenidad—. ¿Qué ha dicho que ve?

—Un ángel.

—¿Sabe usted qué es un ángel?

—Supongo que sí. O, mejor dicho, creo saberlo. También ellos son hijos de Dios.

—¿Dios? —exclamó Gil desde la consola.

—¡Silencio! —lo cortó secamente el profesor.

—Interesante. Dígame, ¿qué o quién es Dios?

—Supongo que es el creador de todas las cosas.

—¿Y qué habría creado exactamente?

—Imagino que todo. A nosotros, por ejemplo. A usted y a mí.

—¿Así que cree que fue Dios quien lo creó? Y si yo le dijera que usted es una creación nuestra, ¿eso me convertiría en Dios?

—No, no lo creo.

—¿Y por qué no?

El Sujeto 21 permaneció en silencio.

Gil y Kane estaban visiblemente alterados, mientras el profesor aguardaba sin apartar la vista del ser sujeto al sillón frente a él.

—Creo —respondió al fin el Sujeto 21— que los complejos procesos naturales que condujeron a nuestra evolución están más allá del alcance de los individuos.

—Entonces, ¿es consciente de que es el producto de un proceso, digamos, natural? Aunque haya sido reproducido en un laboratorio.

—Por supuesto.

—Disculpe, si sabe eso, ¿en qué sentido Dios sería entonces el creador?

De nuevo guardó silencio, como si determinadas preguntas lo obligaran a elaborar los conceptos adquiridos antes de responder.

—No lo sé. Imagino que es una cuestión de fe.

—¡¿QUÉ?! —estalló Gil, atónito.

—¡Les he dicho que se callen o los echo de aquí!

—Perdón, profesor.

—¡Y tú cállate de una vez! —susurró Kane.

—¿Cómo puede saber qué es la fe? —preguntó Gil en voz baja.

—No lo sé. No lo entiendo. Pero ahora guarda silencio.

—La fe... —prosiguió el profesor—. ¿Qué sabe acerca de la fe?

—Es la capacidad de las mentes conscientes para creer en conceptos que trascienden la comprensión obtenida mediante la observación directa de los procesos naturales.

—Claro... —murmuró el profesor Ethan, serio y pensativo.

Permaneció unos segundos reflexionando antes de hacer la siguiente pregunta.

—Y puesto que usted tiene fe, ¿se ha preguntado alguna vez por qué está aquí?

—Sí.

—¿Y?

—No lo sé. Imagino que existe un propósito. O, al menos, eso creo.

—Interesante...

 

Un par de horas más tarde, Kane contemplaba la ciudad a través de los ventanales del ascensor exterior. Su mente estaba llena de preguntas. Confusa, como nunca antes lo había estado.

El silbido de las puertas al cerrarse se interrumpió de pronto.

Era Gil, que había conseguido entrar justo antes de que se cerraran.

—Gil.

—Aquí estoy. Se fue.

—¿También este?

—Sí. Un desastre repugnante. La estructura molecular volvió a colapsar. Había fluidos y material gelatinoso por todas partes. El profesor estaba especialmente contrariado. Aunque, la verdad, es la primera vez que lo veo... ¿cómo decirlo?... desconcertado.

—Me pregunto si esto es correcto.

—¿Lo dices por una cuestión ética?

—¿No deberíamos hacerlo? Lo has visto. Era un ser consciente. Poco importa que la matriz de personalidad fuera artificial. Pensaba. Era consciente de sí mismo. ¿Y viste lo de las manchas de tinta? Dios, Gil... ¡Manifestó fe en Dios! ¿Cómo es posible? ¿Cómo pudo concebir un concepto abstracto como Dios?

—Sí. Solo eran manchas de tinta, y mira todo lo que fue capaz de proyectar sobre ellas.

—No son como nos habían contado. Todos creen que eran criaturas despiadadas y frías, calculadoras, dedicadas únicamente a la guerra y la destrucción. Y, sin embargo... Sin embargo...

Kane guardó silencio.

—Tal vez tengas razón. Quizá hemos ido demasiado lejos. Lo cierto es que ahora tenemos más dudas que antes.

Permanecieron unos segundos en silencio mientras el ascensor descendía lentamente.

—Escucha, hagamos una cosa. Acompáñame al South Mart. Quiero actualizar el firmware.

—¿La versión 387.46b?

—No. Ya vamos por la 387.48. He leído que incorpora funciones muy interesantes.

—De acuerdo, te acompaño con gusto. De paso aprovecharé para iniciar un ciclo de mantenimiento ordinario.

—¿Por qué?

—Con la llegada del invierno empiezo a notar unos ligeros chirridos en las articulaciones de los pistones de las piernas y del brazo derecho.

—Sí... Todos envejecemos.

—Sí...

Permanecieron un instante contemplando la ciudad que se extendía bajo ellos.

—Aunque... qué idea tan extraña la de querer recrear a un ser humano.

Gianluca Vici Torrigiani nació en Roma, Italia, el 19 de abril de 1979. Escritor, guionista y divulgador, desarrolla una obra centrada principalmente en la ciencia ficción, el weird y la exploración de mundos posibles. Es autor de la novela de ciencia ficción Las sombras de Titán y creador del personaje de Nibani, protagonista del relato homónimo que obtuvo el XXVI Trofeo RiLL en 2020. Publicado inicialmente en la antología Oggetti smarriti y posteriormente reeditado en Oltre il reale (Delos Digital), Nibani está siendo adaptado actualmente a una miniserie de historietas por la editorial Garage11. Ha colaborado con numerosas editoriales y publicaciones especializadas, entre ellas Menhir Edizioni, Tabula Fati, Bertoni Editore, Delos Digital, Acheron Books y Comicus.it, donde también ejerce como redactor y crítico. Como guionista ha escrito diversas series y adaptaciones para el mundo del cómic, entre ellas Darwin Awards, Colui che sta nell’ombra, La lettera U, La leggenda dei sette cadaveri y La storia del Golem di Benevento. También participa en proyectos de divulgación científica y cultural. Es creador y conductor, junto con Toni Viceconti, de la sección Fanta History, realizada en colaboración con la Asociación Cultural de Estudios sobre Egipto y Sudán (ACSES), y conduce el programa radial La tisana spaziale con Sam Vega en Radio RedOnAir. Apasionado por la ciencia ficción y la literatura fantástica, concibe la escritura como una forma de explorar los territorios aún desconocidos de la imaginación humana.

 

 

jueves, 30 de julio de 2026

LA MUERTE DE MI MADRE

Branka Ćubrilo

ilustración de la autora

 

Cuando murió olvidé todo: todo lo que alguna vez le había reprochado, todo lo que alguna vez me había enfurecido de ella. Solo quedó un pesado remordimiento: ¿por qué no le permití verme con frecuencia durante todos aquellos años? Y, al final, ¿por qué me enfadé tanto aquella última vez que la vi, hasta el punto de marcharme de su casa decidido a no volver nunca más?

Hubo períodos en los que no la llamé ni la vi durante varios años, ni siquiera cuando ella me telefoneaba o me enviaba alguna de sus patéticas cartas.

La muerte.

¿Qué puede decirse de la muerte? Nunca estamos preparados para ella. Yo tampoco lo estaba aquella mañana en que sonó el teléfono.

Era Pierina.

Debo decir que hacía exactamente diez años que no hablábamos.

—Otto, habla Pierina.

—¿Qué quieres? ¿Por qué me llamas? ¿Quién demonios te dio mi número...? —Quise añadir: ¿y quién te dio permiso para llamarme?, pero las palabras quedaron en la punta de mi lengua.

—Valeria ha muerto —dijo Pierina.

Esas mismas palabras aparecieron en la pantalla donde, años atrás, había suprimido con un enorme borrador todos los recuerdos de mi madre durante aquel viaje en tren de Bolonia a Milán.

Ahora era real. Valeria había muerto. Colgué sin decir una palabra y rompí a llorar por la madre a la que había dado la espalda y de cuya casa me había marchado, ofendido, para siempre.

Fui a la oficina y le dije al gran jefe que mi madre había fallecido.

Me miró sin ofrecer una sola palabra de consuelo.

—¿Cuántos días va a faltar esta vez? —preguntó únicamente.

—Solo porque estoy destrozado por el dolor no alcanzo a percibir todo el cinismo de su pregunta —respondí—. Estaré ausente una semana. Y, ya que estamos, permítame preguntarle una cosa por simple curiosidad: si hubiera muerto su madre, ¿cuántos días faltaría usted? ¿Ninguno, quizá?

Eso fue exactamente lo que dije. Y, en medio de toda aquella desesperación, me sentí orgulloso de mi rapidez y de mi valentía. Debo admitir que incluso yo mismo me sorprendí. Nunca habría esperado una respuesta tan audaz.

En realidad, el remordimiento me había acompañado durante toda la vida. Pero cuando mi madre murió, ese sentimiento ocupó el centro del escenario de mi ya de por sí frágil mundo emocional y terminó por coronarse como soberano en el invisible trono de mi quebradiza autoestima.

La voz del remordimiento me susurraba sin descanso: Eres culpable, Otto. Había demasiados motivos para sentirme culpable. Demasiadas decisiones equivocadas. Demasiadas acciones de las que arrepentirme. Y con cada minuto que pasaba era más consciente de la magnitud de mi culpa: haber traicionado a mi madre, haber traicionado sus expectativas, no visitarla nunca, enfurecerme cada vez que me decía la verdad –porque, al fin y al cabo, era la verdad–: que yo era un inútil, que jamás tendría éxito, que nunca llegaría a ser alguien digno de consideración... Y así sucesivamente. En vista de expuesto, quizá tenía razón. Tal vez ella siempre lo supo. Y me atreví incluso a pensar que acaso había muerto por culpa de todos mis errores. Al fin enfrentaba la verdad. Pero ya no había vuelta atrás. No existía manera de negociar con la muerte. Devuélveme a mi madre y admitiré que soy un imbécil, que jamás llegaré a ser nadie importante, que soy un excéntrico, un loco... Devuélvemela. ¡Me arrepiento!

No. La realidad no funciona así. La muerte posee una lógica propia, imposible de comprender para nosotros.

A los mortales solo nos queda el remordimiento.

Aunque hacía mucho tiempo que había dado la espalda a la Iglesia, a los sacerdotes y a toda aquella fauna, me prometí que, cuando el dolor disminuyera un poco, hablaría con un sacerdote. Quizá él pudiera encontrar la manera de transmitirle todo aquello a mi madre.

Había demasiadas razones para sentir remordimiento. Todo comenzaba en mi infancia. Ellos querían un Otto distinto. Yo era un niño rebelde. Todo lo que deseaba era ser diferente, ser único. Incluso de pequeño sabía que quería ser poeta. Pero, en la realidad de mis padres, en el libro donde estaban escritos todos sus deseos, figuraba otra cosa: Otto será abogado. Igual que su santo padre. Heredará el estudio jurídico.

¡No! Nada de códigos. Nada de uniformes, escribientes, policías, decretos, enormes libros llenos de frases idénticas, trajes grises, corbatas ni voces autoritarias de hombres omnipotentes. ¡No! ¡Otto no quería nada de eso!

¡Pero no hubo misericordia! ¿Quién iba a preguntarle a un niño qué quería ser? ¿Quién le preguntó alguna vez a Otto qué soñaba para su vida? Nadie. Mi padre repetía ante cualquiera, se lo preguntaran o no: Mi hijo será abogado. Y aquella voz interior –que entonces todavía no sabía que acabaría convirtiéndose en la voz del remordimiento– gritaba desesperada: ¡No! ¡No! ¡No! ¡Es un error! ¡Otto será poeta! Pero solo yo podía escucharla. Mi rostro contaba otra historia. Sonreía. Y bajaba los ojos para ocultar el secreto. Siempre ocurría igual. Cada vez que mi padre anunciaba: Mi hijo será abogado. Yo estiraba los labios en una sonrisa forzada y contemplaba las puntas de mis zapatos. Tanto mi madre como yo obedecíamos los deseos de mi padre sin pronunciar una sola palabra, porque en aquella casa no había lugar para nuestros propios sueños, esperanzas o deseos. Todo eso quedaba aplazado para algún futuro impreciso.

Durante mis primeros años nunca hablé de lo que realmente quería. Solo asentía con la cabeza mientras esperaba ese futuro. Y, cuando me encontraba completamente solo, iba al jardín y contemplaba la copa del viejo álamo, que me indicaba hacia dónde navegaban las nubes. Su copa parecía la enorme aguja del reloj del cielo, señalándome el camino hacia el paraíso.

Y para mí, Otto Visconti, solo existía un camino: alcanzar el cielo en alas de la poesía.

Solo sobre las alas de la poesía podía sobrevivir en aquella realidad. En la escuela era el hazmerreír de todos. Era el más pequeño, delgado como una rama y extremadamente tímido. Cuando tenía que hablar, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba la garganta e impedía que las palabras salieran. El calor me subía al rostro y me enrojecía las sienes. Todavía no se había inventado nada capaz de aliviar aquel fuego.

La única paz que encontraba era sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma. ¿Cómo iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en convertirme en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.

Por eso titulé así mi primera colección de poemas, que jamás llegó a publicarse: Solo para mi álamo.

Y para mí, Otto Visconti, el único camino hacia el cielo era recorrerlo sobre las alas de la poesía.

Solo sobre las alas de la poesía podía sobrevivir en aquella realidad.

En la escuela era el hazmerreír de todos: el más pequeño de la clase, delgado como una rama y terriblemente tímido. Cuando tenía que decir algo, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba la garganta e impedía que las palabras salieran. Ese calor me enrojecía el rostro y las sienes.

Todavía no se había inventado nada capaz de aliviar aquel fuego.

El único alivio consistía en sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma. ¿Cómo iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en convertirme en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.

Por eso titulé mi primera colección de poemas, que jamás llegaría a publicarse: Solo para mi álamo.

Branka Ćubrilo es una reconocida novelista, cuentista, poeta, lingüista y artista surrealista de renombre internacional que nació en Croacia y reside en Mosman, Sídney, Australia. Es autora de nueve novelas y dos colecciones de cuentos (publicadas en varios idiomas y países), centrándose principalmente en la ficción histórica y las complejidades de la condición humana. Recientemente, tras una importante pérdida, Branka ha redescubierto una antigua pasión que le ha servido de consuelo y sanación: la pintura, creando más de cien obras en tan solo unos meses. A principios del año 2000, Branka recibió premios literarios y una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.




CASTIGO

Anushtup Sett

 

Desde que dejó atrás Kharagpur, Sudip no había vuelto a cruzarse con un solo vehículo en la carretera. Lo consideró una excelente señal. Deseaba con todas sus fuerzas que el viaje continuara así de tranquilo hasta llegar a la frontera con Odisha.

El automóvil de Shantanu era muy bueno: viejo, pero sólido. Alcanzaba una velocidad considerable sin dar la menor muestra de problemas.

Sudip y Shantanu habían estudiado en la misma escuela. Ambos la abandonaron casi al mismo tiempo, cuando cursaban octavo grado. Después de eso prácticamente perdieron el contacto.

Volvieron a encontrarse años más tarde en unos grandes almacenes de Midnapore. Sudip, desesperado por conseguir trabajo, había aceptado allí un empleo temporal con un sueldo miserable.

Al ver a Shantanu, dos cosas llamaron inmediatamente su atención.

La primera era que a su viejo amigo no parecía faltarle ni la buena comida ni la buena vida. Siempre había sido corpulento, pero ahora era un hombre robusto, con los bíceps tensando la camiseta y una gruesa cadena colgándole del cuello.

La segunda era que su rostro, su peinado y, sobre todo, su mirada, dejaban claro que no era precisamente un ciudadano ejemplar.

Al día siguiente confirmó que sus sospechas eran correctas.

Durante su descanso, Shantanu apareció por la tienda. No aceptó negativas y prácticamente lo arrastró hasta un pequeño bar escondido en un callejón.

Aquel día, y también los tres siguientes, se reunieron allí para beber cerveza y recordar viejos tiempos. Entre charla y charla, Sud p fue descubriendo muchas cosas sobre la vida de su amigo. Pequeños golpes... Robar objetos olvidados por los viajeros en las estaciones. Sustraer billeteras entre la multitud. Hacer desaparecer mercancías delante de las narices de los comerciantes.

Después de abandonar la escuela, Shantanu había ido perfeccionando todas esas habilidades. Más tarde había dado un paso más: asaltar a viajeros solitarios en carreteras desiertas durante la noche.

—Claro que hice de eso —había dicho riéndose—. Bastantes veces.

Sudip no estaba seguro de que hubiera abandonado realmente ese tipo de actividades.

En cambio, Shantanu también conoció la situación de Sudip: años enteros buscando trabajo, sobreviviendo con medio estómago vacío y siempre corto de dinero. Sudip le contó todo aquello que podía contarle a un viejo amigo. Aunque, pensándolo bien, empezó a sospechar que Shantanu ya conocía su situación antes de aparecer en la tienda. Quizá había ido precisamente por eso. Parecía tener algún plan. Finalmente, el miércoles anterior decidió revelárselo.

—Mira, estos trabajitos ya no sirven. Apenas dejan dinero y nunca alcanza para vivir. Hace falta dar un golpe grande. —Sudip no respondió. Había demasiadas cosas rondándole por la cabeza—. Encontré una oportunidad —continuó Shantanu—. Pero solo no puedo.

—¿Qué oportunidad?

Cuando Shantanu terminó de explicársela, Sudip no pudo evitar cambiar de opinión. Se trataba de una gran tienda de artículos para aficionados. Iba a trasladarse a otro local y ya había vaciado completamente el depósito, acumulando toda la mercadería dentro del negocio. Sin embargo, habían surgido problemas legales con el nuevo edificio, de modo que la mudanza se retrasaría al menos quince días, quizá un mes.

Como el sistema de vigilancia electrónica siempre había estado instalado en el depósito, el local carecía de medidas de seguridad. Y el anciano propietario, que de todas formas pensaba marcharse pronto, no estaba dispuesto a gastar dinero instalando nuevas.

Por eso buscaba un vigilante nocturno temporal.

Shantanu tenía las recomendaciones necesarias e incluso certificados de experiencia. Había conseguido el puesto y ya había empezado a trabajar la noche anterior.

—¿Y después?

Shantanu se inclinó hacia él y bajó la voz. Durante la noche unos ladrones entrarían en la tienda y se llevarían todos los artículos de valor. Naturalmente, antes dejarían inconsciente al vigilante.

—¿Ladrones? ¿Yo? No me hagas reír. ¿Quién va a creer que alguien como yo pudo dejarte fuera de combate?

Shantanu soltó una carcajada.

—¿Quién va a verlo? Solo si te atrapan. Pero eso no ocurrirá. Todo está preparado. Te llevarás la mercancía directamente a Odisha. Después de cruzar la frontera estará esperándote Balaram, un hombre de Shibu Mahapatra. Lo conozco desde hace años. Le entregarás todo, cobrarás en efectivo y regresarás tranquilamente a casa. Después de eso, tú no me conoces y yo no te conozco a ti.

—¿Y el coche?

—También lo tengo resuelto. Llevará una matrícula falsa. No hay ninguna posibilidad de que nos descubran. Balaram y yo hemos hecho esto muchas veces.

Sudip frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué no lo haces tú?

Shantanu volvió a bajar la voz.

—Ahí está el problema. La última vez surgieron algunos inconvenientes. La policía registró el nombre de Balaram y el número de su licencia de conducir. Ya sabes que antes del puente Jangalkanya hay un puesto de control. Basta con que le pidan la documentación para que termine directamente en prisión. Balaram ya no sale del escondite donde lo protege Mahapatra. Podría hacerlo yo... Pero si desaparecen la mercancía y el vigilante al mismo tiempo, todas las sospechas recaerán sobre mí. En cambio, tú no tienes antecedentes. Podrás atravesar el control sin problemas.

Entonces Sudip comprendió perfectamente el plan. Conocía aquel puesto policial. Después venía una estación de servicio y, unos diez minutos más adelante, comenzaba el puente Jangalkanya, una hermosa estructura que cruzaba el ancho río Subarnarekha. Las vistas desde allí eran magníficas. Atravesarlo llevaba aproximadamente siete minutos.

Sudip se observó rápidamente en el espejo del bar. Tenía el rostro alargado, el cabello áspero cayéndole sobre la frente y llevaba dos días sin afeitarse. Pero seguía pareciendo un hombre completamente inofensivo. Si iba bien vestido, ningún policía sospecharía de él.

—De todos modos... imaginar que voy a dejarte inconsciente... No puedo evitar reírme.

Shantanu también rio.

—Con los golpes que das, ni siquiera me enteraría. Escucha. Tengo una especie de maza corta. Te la daré. Me golpeas con fuerza suficiente para dejar una marca en la cabeza. Así, cuando llegue el dueño, no sospechará de mí.

—Pero la policía te interrogará.

—Déjamelo a mí. ¿Crees que llevo todos estos años perdiendo el tiempo? Tú solo ocúpate de sacar la mercancía.

Sudip lo pensó varias veces. Finalmente aceptó. La parte que le correspondía del dinero era demasiado importante para rechazarla. El plan de Shantanu resultó impecable. Y Sudip también preparó cuidadosamente su parte. Todo salió con una facilidad sorprendente. Ahora solo quedaba recorrer aquel último tramo de carretera... Como era lógico, la policía rastrearía las llamadas del vigilante. Por eso todas las conversaciones con Balaram se habían realizado desde el teléfono de Sudip. Incluso habían hablado directamente entre ellos.

Después de cruzar el puente debía continuar unos diez minutos más, girar a la derecha y llegar hasta un pequeño restaurante. Allí lo estaría esperando Balaram. Subiría al automóvil y lo guiaría hasta el destino final. Una vez cruzada la frontera, Sudip quedaría libre. El resto sería responsabilidad de Balaram. Eso era lo acordado.

Aquella misma mañana Balaram había vuelto a llamarlo para confirmar que todo estaba listo y que ya tenía preparado el dinero.  

Sudip empezaba a sentir calor. El viejo coche apenas conseguía enfriar el interior. Quizá fuera culpa del aire acondicionado. O quizá de la excitación. La verdad era que todo había salido demasiado bien.

En cuanto levantó el arma, Shantanu cayó al suelo como un muñeco.

 

Frente a él ya aparecía el puesto de control.

Aunque circulaba dentro del límite de velocidad, Sudip aflojó un poco más el acelerador. Respiró hondo. Vació lentamente los pulmones. Después dibujó una ligera sonrisa en los labios. Lo único que deseaba era que nadie advirtiera los violentos latidos de su corazón.

El oficial de policía tenía el cabello muy ralo en la parte delantera de la cabeza. Tal vez por eso lucía un espeso bigote, como si quisiera compensarlo. Sus ojos eran penetrantes. ¿Qué estaba mirando con tanta atención? A Sudip. Al interior del automóvil. Otra vez a Sudip. La matrícula. Por un instante el corazón dejó de latir.

El policía volvió a mirarlo.

—¿La licencia?

Tenía una voz áspera y poderosa. Del nudillo del pulgar le sobresalían algunos pelos. Su expresión era tan amarga que Sudip pensó, sin motivo alguno, que seguramente su mujer no le hacía demasiado caso.

Entregó la documentación. El policía apenas la observó unos segundos.

—Puede seguir.

—¿Ya?

—Sí, siga. El tiempo no parece bueno. Conduzca con cuidado sobre el puente.

—¡Gracias, señor!

Sudip arrancó con un enorme suspiro de alivio. Tenía ganas de ponerse a cantar. Lo peor ya había quedado atrás. Dentro de apenas un par de horas tendría en las manos un grueso fajo de billetes.

Allí estaba la estación de servicio. ¿Debía cargar combustible? No. Del otro lado del puente había otra. Lo mejor era alejarse cuanto antes de la policía. Seguía sintiendo muchísimo calor. Tal vez por eso le sorprendió que tampoco hubiera nadie en la estación. Bajó un poco la ventanilla. ¿Se acercaba una tormenta? El aire estaba extrañamente pesado. Entonces apareció el cartel.

"Bienvenido al puente Kanchankanya."

Subió nuevamente el vidrio y comenzó a cruzarlo. Apenas avanzó un poco volvió a bajarlo. Necesitaba aire. A ambos lados solo había agua azul. Siempre que contemplaba una extensión de agua tan inmensa sentía que la mente se serenaba. Cuanto más avanzaba, más agua veía. Y, a lo lejos, las orillas cubiertas por una espesa vegetación. ¡Qué lugar tan hermoso!

En medio de un paisaje semejante resultaba casi absurdo pensar en robos, asesinatos y huidas. Sonrió para sí mismo. Aunque el policía hubiera abierto el baúl, no habría encontrado nada. Todo estaba perfectamente preparado. Las dos valijas solo contenían ropa y zapatos. Debajo del falso fondo estaban ocultas las piezas de las costosas cámaras fotográficas y los teléfonos móviles completamente nuevos. Del mismo modo que nadie habría imaginado que, en la misma guantera de donde acababa de sacar la licencia, también escondía una pequeña pistola... junto con los guantes.

No había utilizado la maza de Shantanu. La había dejado en la tienda. Aquello sí era un arma auténtica. Pequeña. Pero letal a corta distancia. Recordó la expresión de Shantanu cuando le apoyó el cañón contra la cabeza. Los ojos parecían querer salírsele de las órbitas. Bastó una ligera presión sobre el gatillo... Y todo terminó.

Convencer a Balaram de pagarle toda la suma en efectivo tampoco le había resultado difícil.

Porque Sudip Samaddar... también conocido como Alok Saha... o Mainak Majumdar... o Prasenjit Niyogi... utilizaba distintas identidades según la ocasión. Precisamente la licencia que acababa de mostrar pertenecía a ese último nombre. Qué suerte que Shantanu jamás hubiera querido comprobar ninguno de sus documentos. Durante aquellos años, Sudip también había aprendido mucho sobre el mundo del crimen. Y, sobre todo, había aprendido a ocultar perfectamente quién era. Mucho mejor que Shantanu. Lo venía haciendo desde su primer asesinato.

Un fuerte viento frío y húmedo entraba por la ventanilla. No tenía ganas de cerrarla. Qué agradable era aquella sensación. Qué paz. Sin darse cuenta empezó a cerrar los ojos.

Entonces...

¡Golpe!

El automóvil dio un violento sacudón. Salió despedido unos metros. La cabeza de Sudip chocó contra el parabrisas. Quedó completamente aturdido. ¿Se había activado algún sistema de seguridad? ¿La alarma? ¿El airbag? ¿Contra qué había golpeado? La carretera estaba completamente vacía. No había absolutamente nada. Sacudió la cabeza. Seguramente había imaginado el impacto. Tal vez el problema fuera el viejo coche. No debería haber conducido tan rápido. Giró la llave. El motor arrancó sin dificultad.

Esta vez siguió avanzando con mucha más prudencia. No tenía sentido sufrir un accidente por culpa de la velocidad. Aunque... Parecía que una rueda rozaba el suelo. Volvió a disminuir la marcha. Naturalmente tardó mucho más en llegar al otro extremo del puente. Al bajar respiró aliviado. Ya no le importaba el paisaje. Solo quería terminar el trabajo. Con el estado en que estaba aquel coche, bastaría una avería para arruinarlo todo. Entonces vio la estación de servicio. ¿Estaba tan cerca? ¿O la habían construido hacía poco? No recordaba haberla visto. Se bajó para revisar el neumático.

Otra vez no había nadie. Seguramente todos estarían almorzando. Cambió él mismo la rueda. Pero ya no le quedaba neumático de repuesto. Y ahora que lo observaba con atención, los otros tampoco parecían encontrarse en muy buen estado. Si pinchaba uno más...

Sacudió la cabeza. Era inútil preocuparse. Subió otra vez al automóvil y siguió adelante. De pronto frunció el ceño. ¿Había otro puente por allí? Abajo volvía a extenderse aquella inmensa superficie de agua azul. Ahora recordaba vagamente que sí... Quizá siempre hubiera estado allí. Hacía tantos años que no pasaba por aquella carretera. Este puente también era bastante largo. Cuando llegó aproximadamente a la mitad sacó el teléfono para mirar la hora.

La batería estaba completamente descargada. Maldijo. Ni siquiera podía cargarlo. El enchufe del coche tampoco funcionaba. Tendría que esperar hasta la próxima estación de servicio. Qué puente tan largo. Mucho más largo que el Kanchankanya. Claro que entonces había ido mucho más deprisa. Por fin terminó. A lo lejos distinguió el cartel rojo de otra estación. Apenas descendió del coche volvió a sentir un calor insoportable. ¿Todas las estaciones de servicio de aquella región tenían puertas de vidrio con un marco blanco? ¿Todas permanecían cerradas? ¿En todas aparecía escrito, con pintura roja y letras torcidas, S0J 2K0? ¿Y en todas había, delante de la puerta, un trozo de tubería rota? No había un alma. Por alguna razón sintió un miedo irracional de entrar. Retrocedió lentamente. Volvió al automóvil. Cerró la puerta. Cuando giró la llave comprobó que tenía la espalda empapada en sudor. Ya faltaba muy poco. No necesitaba el teléfono. Recordaba perfectamente las indicaciones. Diez minutos más. Luego girar a la derecha. Seiscientos metros. La calle junto al edificio naranja de dos plantas...

Pasaron diez minutos. Miró desesperadamente hacia la derecha. No había ninguna carretera. Solo bosque. Ni siquiera un sendero. Pero delante de él sí había algo. Un enorme puente blanco. Debajo brillaba otra vez el agua azul. Pisó el freno. El coche no respondió. Ya no parecía obedecerle. Entró en el puente exactamente a la misma velocidad. Entonces alcanzó a leer el cartel del acceso. En grandes letras decía:

"Bienvenido al puente Kanchankanya."

La policía no tuvo ninguna dificultad para recuperar la mercancía robada del automóvil. Tampoco le costó relacionar la pistola encontrada en poder de Sudip con el asesinato cometido el día anterior en la gran tienda de Midnapore. Lo que jamás consiguió explicar fue otra cosa.

¿Por qué aquel hombre permaneció conduciendo una y otra vez sobre el mismo puente durante todo un día y una noche... hasta que, al amanecer, decidió quitarse la vida?


Anushtup Sett es una escritora, traductora y editora bengalí. Cultiva principalmente la ciencia ficción, la fantasía, el thriller y el terror, géneros en los que ha publicado novelas y relatos. También ha traducido al bengalí obras de destacados autores internacionales de literatura fantástica y de ciencia ficción y ha participado en la edición de antologías dedicadas a Arthur C. Clarke. Colabora regularmente con revistas literarias de su país y su obra abarca desde el policial hasta la ficción especulativa contemporánea.

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