jueves, 20 de agosto de 2026

INTELIGENCIA ANIMAL

João Ventura

 

La primera vez que Jason sintió el brazo de la ley fue en su primer empleo. Recién salido del secundario, consiguió trabajo en el Centro de Investigación de la Inteligencia Animal, donde se estudiaba el incremento de la inteligencia en perros y monos. Lo contrataron como cuidador de los animales utilizados en los experimentos: alimentarlos, limpiar los habitáculos, llevarlos al laboratorio para las pruebas y devolverlos a sus jaulas.

Empezó a falsificar las fichas de identificación de los animales, introduciendo en ellas resultados ficticios de pruebas de un Cociente de Inteligencia Animal inventado. Después vendía esas fichas en la Deep Web, donde comerciantes inescrupulosos las usaban para inflar el valor de los animales que vendían a clientes crédulos.

Al cabo de unos meses el asunto se vino abajo, porque un hombre que había comprado un perro creyendo en las características de inteligencia superior que figuraban en la ficha no las comprobó en el comportamiento del animal. Fue a quejarse al Centro de Investigación –el supuesto emisor de la ficha–, que hizo la denuncia ante la policía, y la investigación posterior llevó a las autoridades hasta Jason.

El juez fue generoso y, teniendo en cuenta que no tenía antecedentes penales, lo condenó a tres años de prisión en suspenso y a unos meses de trabajo comunitario. Trabajo que nunca llegó a cumplir, porque dos días después del juicio desapareció del lugar donde vivía.

Al final del juicio, el director del Centro de Investigación se acercó a Jason, que estaba siendo conducido fuera de la sala del tribunal, y le dijo:

—Tuviste suerte, Jason. Si los animales pudieran declarar, no te salvabas de la cárcel.

Fue recién unas semanas después cuando una comprobación del inventario detectó que faltaban varias ampollas del nuevo suero que el Centro había desarrollado y que se utilizaba en los experimentos con los animales.

Durante varios años, Jason fue viviendo siempre por debajo del radar de la vigilancia policial, aunque dedicándose a actividades que merecían justamente esa vigilancia. Vendedor de inmuebles inexistentes –algunos vendidos a más de un comprador–, agente de seguros para una compañía ficticia, consultor informático que desaparecía después de extraer información confidencial de la computadora del cliente... Y así fue viviendo de artimañas hasta que su trayectoria, siempre con la justicia pisándole los talones, lo llevó a la Isla: un destino turístico conocido tanto por sus playas de arena fina como por su omnipresente población de monos.

Alquiló un pequeño departamento y durante unos días recorrió la Isla, tratando de identificar alguna actividad rentable.

Comprobó que los monos, en grupos, aparecían con frecuencia en las zonas donde se concentraban los turistas, robándoles a los menos precavidos tanto comida como objetos que les llamaran la atención. Al recordar su paso por el Centro de Investigación de la Inteligencia Animal, en su cabeza fue tomando forma, lentamente, un plan de acción.

Empezó colocando sobre la mesa que tenía en el balcón del departamento una banana, fruta importada –las plantas de banana no se daban bien con el clima de la Isla– y muy apreciada por los monos.

Al poco tiempo, un mono trepó hasta el balcón, agarró la banana y escapó. Al día siguiente Jason dejó otra, y volvió a pasar lo mismo. Se dio cuenta de que era el mismo animal: tenía una mancha característica en el lado derecho de la cara. Mantuvo la rutina durante una semana, después de lo cual preparó una trampa, una red que inmovilizó al mono, impidiéndole moverse. Le inyectó un tranquilizante y lo llevó adentro, donde ya había preparado una jaula para recibirlo.

Entonces comenzó el laborioso proceso de incremento de la inteligencia. Pruebas que consistían en seleccionar objetos en la pantalla de la computadora e inyecciones con el suero que había robado del laboratorio del Instituto, usando siempre bananas como incentivo para la conducta.

El tratamiento empezó a dar resultados. En pocas semanas, Morgan –le puso ese nombre en recuerdo del capitán Morgan, uno de los héroes de los libros de su infancia– aprendió a seguir órdenes simples y a comunicarse mediante un lenguaje de señas, básico pero eficaz.

Cuando terminó la primera fase del proceso, Jason liberó a Morgan. El mono rápidamente se convirtió en el líder de una de las bandas que vivían en la ciudad, pero regresaba regularmente al departamento de Jason, donde recibía como recompensa su habitual ración de bananas.

Hasta que una mañana la tranquilidad de la vida en la Isla se vio interrumpida por un hecho insólito. Había llegado un crucero y los turistas habían subido a los autobuses para recorrer la Isla. Al pasar por una zona menos céntrica de la ciudad –very typical, exclamaban los turistas–, el autobús fue invadido por una banda de monos que entraron por las ventanillas abiertas y, mostrando los dientes de manera amenazante, obligaron a los pasajeros a entregar todos los objetos de valor –billeteras, relojes, documentos, joyas, celulares, cámaras de fotos–, después de lo cual escaparon.

El diario local publicó una noticia resumida, incluyendo la palabra «presuntamente», porque temía que se burlaran de él por informar sobre un asalto cometido por una banda organizada de monos.

Una hora después del robo, Morgan trepó al balcón del departamento de Jason con una bolsa que contenía el producto de la operación. Jason vació la bolsa sobre la mesita del balcón y separó los objetos: las joyas en un montón, los celulares y las cámaras en otro, los relojes en un tercero. Abría rápidamente las billeteras, sacaba el dinero y se lo guardaba en el bolsillo, y colocaba los documentos y pasaportes en otra pila. Los documentos alcanzaban precios elevados en la dark net, y para todo lo demás ya había conseguido receptadores. Jason le entregó a Morgan dos enormes racimos de bananas.

A la semana siguiente ocurrió un nuevo asalto de características similares. Morgan apareció una hora después con los objetos robados, que Jason recibió, entregándole al mono dos racimos de bananas, como la primera vez. Pero este, utilizando el lenguaje de señas que había aprendido, le hizo saber a Jason que pretendía una parte mayor de las ganancias de la operación. El hombre se enfureció ante la exigencia, amenazó a Morgan y volvió a entregarle los dos racimos de bananas, que el mono recibió y se fue, visiblemente contrariado.

Dos días después, Jason fue despertado a las ocho de la mañana por unos golpes en la puerta. Fue a abrir y eran dos agentes de policía. La Isla había sido una colonia inglesa, y la policía actuó de una manera muy británica. Lo confrontaron con un video en un celular donde, sin ninguna duda, se veía a Jason recibiendo la bolsa de manos de Morgan y separando los objetos robados.

«Yo no le enseñé a usar un celular, pero esto solo pudo haber sido filmado por uno de ellos desde el techo del edificio de enfrente. ¡Los muy desgraciados!», pensó Jason, mientras uno de los agentes le leía sus derechos y el otro le colocaba las esposas en las muñecas.

El turismo era la actividad más lucrativa de la Isla, y las autoridades tenían mano dura contra todo aquello que pudiera perjudicarlo. Mientras era conducido hasta el patrullero, en el cerebro de Jason resonaron unas palabras que había escuchado algunos años atrás:

—Si los animales pudieran declarar, no te salvabas de la cárcel.

João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

 

FRONTERAS

Fiorenzo Dioni

 

Es difícil conservar la lucidez cuando uno está tendido de espaldas sobre una mesa, con la cabeza colgando fuera del borde, sobre todo si ha terminado en esa posición después de recibir un golpe violento en la cabeza. Ves el mundo al revés y debes girar rápidamente ciento ochenta grados todo lo que sucede a tu alrededor para estar preparado y evitar que vuelvan a golpearte, confiando en que la adrenalina del momento te ayude a reaccionar. Sin embargo, razonar y actuar no es tan sencillo. Cuando ves cierta violencia en las películas, nunca piensas que pueda sucederte; siempre crees que conseguirás sobrevivir o, al menos, resistir y derrotar al enemigo, que permanecerás alerta y preparado para esquivar los golpes y contraatacar. Uno siempre se identifica con el héroe que sale vencedor de todas las batallas, pero, cuando vive realmente esa violencia, comprende lo arrogantes que somos, convencidos de ser inmortales e invulnerables y de que los derrotados siempre son los otros, mientras el dolor y el miedo se vuelven tan sólidos que parecen las armas de nuestros enemigos.

Me equivoqué. Nos equivocamos. Eso pensaba el hombre mientras intentaba expulsar la sangre que, en aquella posición, le obstruía la nariz y le impedía respirar. La que le manaba de la cabeza salía por sí sola, libre de gotear sobre el suelo y mezclarse con la de los demás. Trató de volver la cabeza hacia un lado para expulsar parte del líquido de la nariz y liberar la respiración, pero el resto de su cuerpo no estaba mucho mejor: su espalda parecía haber sido el blanco predilecto de alguien armado con un martillo que, cada vez que él intentaba moverse, descargaba golpes sobre sus músculos dorsales y le provocaba dolores insoportables. No, era mejor descansar y esperar a que el dolor pasara.

Quizá, aunque solo fuera para no darse por vencido, podía liberar al menos una fosa nasal girando ligeramente el cuello. Podía soportar un poco de sufrimiento; después de todo, estaba en medio de una guerra inesperada.

Por el rabillo del ojo distinguió un cuerpo tendido al pie de la mesa: la cara contra el suelo y un brazo extendido hacia delante. Probablemente la mano estuviera sumergida en el charco de sangre que le manaba de la cabeza. El cuerpo se estremecía y temblaba. No alcanzaba a ver la figura completa, pero sospechaba que los espasmos eran provocados por alguien sentado sobre su espalda, golpeándola con violencia. Como solo podía verle la nuca, no era capaz de reconocerlo, pero probablemente pertenecía al bando enemigo. Se lo merecía.

Vamos, amigo mío, sigue. Golpéalo con fuerza, haz que pague.

Los ruidos le llegaban amplificados y cada uno le producía una punzada en la cabeza; mejor dicho, en todo el cuerpo. Tan indefenso como estaba, constituía un blanco fácil para todo lo que veía volar de un lado a otro del lugar donde se habían enfrentado las dos facciones. Intentaba no perder el conocimiento, y los gritos que oía lo ayudaban a mantenerse despierto. De vez en cuando lo alcanzaba alguna salpicadura de sangre, precedida por un golpe certero cerca de él, como cuando el relámpago sigue al trueno. ¿Amigo o enemigo? Ya importaba poco: estaba demasiado cansado y solo deseaba que aquella lucha terminara pronto.

Reunió fuerzas, se volvió resistiendo las punzadas, se dejó resbalar hacia abajo y, ayudándose con una silla, llegó al suelo. Apoyó la espalda contra la pared y permaneció oculto detrás de la mesa que acababa de abandonar.

Se relajó un instante, pero un cuerpo se desplomó sobre él. Sintió que su espalda estallaba como una vidriera que se hace añicos al recibir el impacto de una piedra. No supo durante cuánto tiempo resonó su grito en la habitación. Una mujer, con la cara cubierta de sangre, había caído sobre él. Sintió el lento movimiento de un brazo que ascendía, buscando apoyarse en su cuerpo o quizá abrazarlo.

Estás bromeando, ¿verdad? Las palabras salieron lentamente de su boca mientras la mano de ella ya había alcanzado su hombro. ¿De verdad quieres abrazarme? Quítate de encima.

Ahora tenía la nariz más despejada y respiraba un poco mejor. Miró a la mujer a la cara: no la recordaba, de modo que sin duda pertenecía al bando enemigo. La apartó y la hizo rodar por el suelo. Oyó el golpe de su cabeza contra el piso.

¡Maldita!

El caos al otro lado de la mesa no parecía dispuesto a terminar. La batalla continuaba; se gritaban nuevas amenazas y se asestaban nuevos golpes. Desde abajo veía cuerpos que caían y volvían a levantarse. Salpicaduras de sangre de los cuerpos y salpicaduras de saliva de las palabras. Todos estaban ciegos. La rabia los guiaba, llegaba desde todas partes y saturaba el aire; era palpable. Él la percibía en su respiración, todavía un poco dificultosa. Aquello terminaría pronto, estaba convencido, y dentro de él, además del dolor, algo estaba cambiando. Algo que no quería aceptar, pero que se imponía cada vez más. Es normal cuando comienza a ponerse en duda la presunción de que somos inmortales, cuando comprendemos que estamos viviendo algo inesperado.

Tenía miedo. Le bastaron unas pocas reflexiones para comprenderlo. Tenía miedo y se sentía perdido: se sentía el hombre que en realidad era. No tenía sentido escapar de aquellas sensaciones. Miedo al dolor, al ruido, a los gritos, a la sangre; a ser juzgado por lo que había hecho. Miedo a admitir que se había equivocado.

Las guerras son hermosas en las películas, indiferentes en los noticieros e inexistentes cuando las víctimas piden ayuda. Solo son reales cuando están lejos de nosotros y, si insisten demasiado, basta con cambiar de canal. Clic: terminadas.

El miedo es lo que debería permitirnos sobrevivir, pensó mientras terminaba de quitarse a la mujer de encima; debería protegernos cuando perdemos la razón y nos dejamos guiar por la rabia. Sí, pero ya era demasiado tarde: había una guerra en curso.

Lo distrajeron dos hombres que luchaban junto a la mesa, golpeándola y empujándola inexorablemente hacia él. El borde estaba alineado con su frente: se agachó un poco y se desplazó hacia un lado, justo a tiempo para ver desde abajo cómo uno de los dos hombres caía derrotado. El otro se abalanzó sobre él, le inmovilizó los brazos con las rodillas y comenzó a golpearlo repetidamente con sus manos veloces.

La risa del vencedor tenía algo de gótico, como si procediera de una película de terror.

¡Deténganse, por favor! Esto no debía terminar así, nos equivocamos. Por favor, no puedo soportarlo más.

Habría querido gritar esas palabras, pero no consiguió pronunciarlas. De todos modos, habrían rebotado contra el muro levantado por aquella rabia que ya se había apoderado de todo y de todos.

Desistió y esperó a que cesaran los gritos y los ruidos. Contempló su traje. Era hermoso, su mejor uniforme, como siempre se decía frente al espejo. Se perdió en los recuerdos, en la época en que su padre le explicaba que la ropa no servía únicamente para evitar que fuéramos desnudos o para protegernos del frío: también debía ser una manera de demostrar respeto por los demás, una imagen que se transmitía para conseguir que los otros nos consideraran personas decentes incluso sin conocernos.

—Pero ahora ese concepto se ha llevado al extremo, se ha convertido en un símbolo, en una obsesión, como tantas otras cosas que hacen de nuestra vida una mezcolanza de reglas impuestas e inventadas por nosotros mismos.

Esta vez las palabras, casi susurradas, salieron de su boca acompañadas por algunas gotas de sangre.

Recordó una frase de un libro que se le había quedado grabada, una frase que explicaba bien lo que estaba sucediendo, aquello a lo que conducía la convicción de los seres humanos de ser invencibles. Lo que provoca las guerras: ¿Qué hemos permitido que nos hicieran?

Lloró.

Las lágrimas descendieron en abundancia y se mezclaron con la sangre que aún le salía de la nariz y la boca. El miedo y los recuerdos lo habían derrotado. Probablemente ahora los hubieran derrotado a todos.

Pensó que los lemas destinados a promover las buenas intenciones, tan de moda en aquellos tiempos, no eran más que consignas falsas: todos se declaraban partidarios de la paz mundial, pero ¿quién había definido alguna vez los límites de esas proclamas? ¿Quién había trazado realmente las fronteras de la paz? Recordó la época en que todos decían que saldríamos mejores, más fuertes y unidos, pero la verdad, que ahora ya no podía seguir negando, era que cada cual traza sus fronteras para contenerse únicamente a sí mismo, y que todo lo que queda fuera debe arreglárselas por su cuenta. Solo salimos de esas fronteras cuando queremos reafirmar nuestra rabia. Y nuestra presunta invencibilidad.

¿Por qué sucedió todo esto? Desde debajo de la mesa seguían llegando algunos movimientos, algún golpe sordo y algunas injurias intercambiadas de un lado a otro, pero los tonos se debilitaban poco a poco, como si todo aquel ruido hubiera sido grabado en un disco de vinilo y la música se desvaneciera al aproximarse el final. Un disco horrible.

Un último cuerpo cayó al suelo y después todo se detuvo. De pronto, el silencio invadió la habitación. Detrás de la mesa más grande aparecieron dos manos, seguidas poco después por un rostro menudo, con dos pequeños cristales redondos apoyados sobre la nariz. El hombrecillo se incorporó lentamente, temblando, y se sentó en la silla desde la que poco antes había intentado dirigir la reunión. Estaba limpio; se había salvado de la violencia desatada por una discusión acerca de algo que ya ni siquiera recordaba.

El administrador del edificio había vuelto a ocupar su lugar.

—S... señores, creo que sería conveniente recuperar el control. Estas cosas no están bien.

Algunos hombres estaban sentados y otros ya comenzaban a levantarse. Solo las mujeres seguían tendidas en el suelo, y era lógico: en aquellos casos se imponía la fuerza bruta y ellas partían en desventaja. Combativas, pero en desventaja.

Lentamente, todo regresó a la normalidad. El hombre intentó levantarse de detrás de la mesa que lo había protegido durante un rato. Su espalda había dejado de protestar y la sangre pasó definitivamente de su rostro al pañuelo. Miró el suelo: para limpiar todo aquel rojo haría falta una intervención mucho más amplia que la de un pañuelo. No consiguió levantarse; incluso intentarlo resultaba demasiado doloroso.

En silencio, todos se ocuparon de volver a colocar las mesas y las sillas en su sitio y de arrinconar lo que había quedado inutilizable después de la batalla.

—Creo... creo que será mejor aplazar la asamblea hasta nuevo aviso. Pronto les enviaré la comunicación.

El hombrecillo todavía temblaba al hablar y, apenas terminó, recogió los documentos y encontró la energía necesaria para salir corriendo.

El cesto del rincón de la habitación se había llenado de pañuelos rojos.

Uno tras otro, los demás también se dirigieron hacia la salida. La estrecha escalera que conducía a la planta baja los obligaba a avanzar muy juntos. Nadie habló.

El hombre sentado detrás de la mesa sonrió con amargura. Todo había terminado, pero el dolor de cabeza se había vuelto insoportable y él estaba cansado, muy cansado.

Cerró los ojos. Aunque ahora tenía la nariz despejada, respirar o no respirar había dejado de ser un problema.

Nadie lo advirtió.

Fiorenzo Dioni nació en Brescia en 1963. Diseñador de profesión y escritor por vocación, siempre ha escrito, pero comenzó a publicar hace pocos años. Le encanta escribir historias inspiradas en situaciones cotidianas, a las que luego les da un toque surrealista e imaginativo. Ha publicado tres libros: «Puertas», compuesto por tres relatos cortos; «Reflexiones», un proyecto colaborativo con un fotógrafo en el que imágenes y palabras se encontraron y compararon; y «El hombre en la caja», publicado por Calibano Editore, compuesto por 19 relatos surrealistas. Uno de ellos fue adaptado al cómic «Mi padre, el tango» (Calibano, 2023). Ha participado en varias antologías de relatos temáticos, entre ellas «Yo también. Historias de mujeres al límite», «Nos sentamos al lado equivocado», «Nada por lo que matar» (Prospero Editore) y «Los cuentos de la leona» (Calibano Editore). Otros relatos suyos se han publicado en la revista Inkroci, donde también colabora con reseñas de libros y discos en las columnas "¡Atención al libro!" y "¡Formidabili, quelle dischi!". Anteriormente, escribió reseñas para las revistas NB y Dentro Brescia.

 

TÓMALO O DÉJALO

Svetislav Hadnadjev

 

Permaneció largo rato en la acera del bulevar, contemplando el edificio ruinoso del otro lado, que parecía haber recibido alguna pequeña ampliación en cada siglo. Tenía adornos victorianos, ventanas modernistas y un toque de art déco en el techo y los canalones.

Sobre la puerta de entrada y las ventanas se alzaba un letrero desproporcionadamente grande: «Pasiones y deseos».

Vaciló un poco más, pero finalmente se decidió y comenzó a cruzar el bulevar con cautela. El paso de peatones quedaba tan lejos que no quería caminar hasta allí; además, quizá habría terminado por arrepentirse. Después de esquivar hábilmente varios vehículos y acelerar el paso, consiguió llegar hasta el centro y, del mismo modo, atravesó los otros dos carriles.

El fuerte sonido de la campanilla sujeta a la puerta sobresaltó a Milan. Después observó el establecimiento, cuyas paredes estaban cubiertas de estantes. Sobre ellos había vasijas –o quizás urnas– de las formas más diversas: rectas, curvas, onduladas, algunas cúbicas. Todas llevaban inscripciones, muchas de ellas escritas en alfabetos o idiomas que ni siquiera podía identificar. Frente a la puerta de entrada había un amplio mostrador.

Detrás estaba sentado un hombrecillo arrugado. Tenía tantas arrugas que podría ser las de haber vivido más de cien años, o quizá varios centenares; como cuando la temperatura es de diez o treinta grados bajo cero: la sensación de frío es la misma. Llevaba sobre la nariz unos anteojos sin patillas, uno de cuyos cristales estaba empañado, y una pluma de ganso detrás de la oreja derecha. Junto a un gran libro descansaba un tintero. Unos manguitos negros que le llegaban hasta los codos protegían su camisa, aunque esta parecía haber dejado de necesitar semejante protección a comienzos de aquel siglo.

—Dígame —lo interrumpió el hombrecillo antes de que pudiera terminar de saludar.

—Bueno… —dijo Milan, desconcertado—. He oído que usted puede cumplir cualquier deseo. Me lo contó un amigo, pero no fue precisamente muy elocuente, así que decidí venir a ver cómo funciona esto. —Hizo una breve pausa y continuó—: Ah, no me he presentado. Me llamo Milan.

—Hoy soy Teodor —declaró el hombrecillo con una amplia sonrisa que dejó al descubierto unos extraños dientes azulados—. No todos los días, claro. Últimamente estoy de ese humor, como bendecido por Dios. Teodor significa «regalo de Dios», es decir, Bogdan. Y como estoy de tan buen humor, intentaré explicarte cómo funciona esta pequeña tienda. Después decidirás por tu cuenta qué quieres hacer.

Milan se rascó la cabeza, reflexionó un momento y se apoyó en el mostrador.

—Lo escucho.

—Como puedes ver, comercio con dos cosas; aunque, en realidad, hacemos intercambios. Tú me entregas una de tus pasiones y yo cumplo uno de tus deseos. O al revés.

—Pero… —dijo Milan, confundido—, ¿no son lo mismo una pasión y un deseo?

—Ah, no. En eso se equivoca la mayoría. La pasión es mucho más poderosa que el deseo; en realidad, es una dependencia, en mayor o menor grado. La pasión por el alcohol, los narcóticos, los placeres carnales de toda clase o el juego son solo algunos ejemplos de las pasiones mayores. Entre las menores están la filatelia, el fútbol o el ejercicio físico. Estas desaparecen con mayor facilidad a medida que pasa el tiempo o son sustituidas por otras: fumar o quién sabe qué más. La pasión es mucho más peligrosa: se prolonga durante toda la vida. Y recuerda que, cuando desaparece, la vida también pierde su sentido.

—Espere —lo interrumpió Milan—. ¿Y dónde queda el amor?

—El amor está varios peldaños más abajo. Existen distintas formas de amor: hacia los padres, los hijos, las mujeres o los hombres. Pero son mucho más débiles, pasan con mayor rapidez y se olvidan más fácilmente. Finalmente llegamos al deseo, que suele ser algo momentáneo: lo cumples y se acabó, mientras que la pasión permanece. Puedes desear curarte, conseguir que una mujer te ame o recibir mucho dinero, pero todo tiene su precio. No olvides que, a cambio de lo que deseas, recibirás algo de lo que ya tengo en estos estantes. Y yo elijo qué. Entonces, ¿te has decidido?

—¿Y si mi deseo es librarme de alguna pasión? —preguntó Milan.

—Recibirás otra pasión. Quizá mejor, quizá peor. —Teodor sonrió con picardía y volvió a mostrar sus dientes azulados—. Aquí tengo de todo: la pasión de Alejandro por conquistar el mundo entero –de esas tengo muchísimas–, el deseo de Agatha Christie de desaparecer durante unos días y muchas otras pasiones y deseos más o menos conocidos.

—Pero ¿por qué no puedo elegir?

—¿Dónde estaría entonces la gracia? Verás, esa es mi pasión: controlar a la gente. Tómalo o déjalo. —Teodor le dirigió una mirada penetrante—. Si te decides, te inscribiremos en este gran libro. También anotaremos lo que me entregues, lo meteremos en una vasija nueva y la sellaremos con cera. Tú recibirás de mí otra vasija y la abrirás cuando llegues a casa. Y recuerda: no hay garantía ni se aceptan devoluciones. De todos modos, ya no volverás a encontrarme aquí.

Durante un rato, Milan contempló los estantes, tratando de imaginar qué pasiones o deseos contendrían las vasijas. Después se volvió hacia Teodor.

—Adiós —dijo, y abandonó lentamente la tienda, acompañado por el sonido de la campanilla de la puerta.

Detrás del mostrador, Teodor abrió el gran libro, mojó la pluma de ganso en la tinta, escribió «Milan» y miró hacia la puerta mientras volvía a sumergir la pluma en el tintero.

Milan seguía de pie frente a la entrada, sumido en sus pensamientos. Al cabo de un rato, suspiró profundamente, dio media vuelta y regresó a la tienda.

Svetislav Hadnadjev nació el 26 de junio de 1959 en Bečej, Serbia. En esa ciudad trabajaba como oficinista hasta que se jubiló. Publicó una novela infantil, Maksimilijan Zombi y sus relatos se publicaron en Nijansama časti, Nijansama bogova, en las antologías Nova Rukovet, Fantastičnom vodiču, y el relato "Morska Idila" obtuvo el tercer premio en el concurso IK "Alma" al mejor relato publicado en la antología Komešanje ožiljak.

 

miércoles, 19 de agosto de 2026

EL SOFÁ

Joyce Barker Bucat

 

Caminaron en silencio. Haber ido al doctor la había dejado pensativa, pero Ana no quería comentárselo a su acompañante, María. La verdad es que no quería ni siquiera tenerla cerca, pero algo siempre le impedía decirle que la deje en paz, que no quiere su compañía, que la agota, que no la soporta, pero no era capaz. Caminaron hasta llegar a la casa. Ana se sacó los zapatos, María también, dejándolos tirados en el piso de la entrada, Ana se paró en medio del living, suspirando por el desastre en el que se encontraba su casa. Luego despejó el sofá de envases de chocolate y ropa de ella y su marido. Para luego echarse con su enorme cuerpo, hundiéndose en los ajados cojines de un sofá recogido en la calle.

—¿Te acuerdas, María, de cómo nos conocimos? —preguntó Ana, mirándola de reojo.

—No. ¿O sí?

—Estabas sentada en este sofá, al borde de la calle.

—Mmm, no. No me acuerdo —mintió.

—¿Tampoco te acuerdas de lo que me dijiste?

—No. Y no sé a qué vienen tantas preguntas, Ana. ¿Por qué no salimos a comer algo?

—¿A comer? Pero si acabamos de hacerlo.

—Eso fue antes de ir al doctor. Hace mucho rato. Comamos algo.

—No, después —dijo Ana con voz golpeada—. Quiero, primero, saber algo: Es verdad que vivías en este sofá cuando lo encontré en la calle, ¿cierto?

—Sí —respondió Ana.

— Y, ¿es verdad que no te acuerdas de tu vida antes de vivir ahí, en la calle?

—Es verdad.

—Y ¿por qué me pediste llevar el sofá a mi casa?

—Para poder estar más cerca de ti.

—¿Para qué?

—Para vivir.

—No te entiendo —respondió Ana, mirando a María con desprecio.

 

Pasaron la tarde en el sofá. El marido de Ana seguía en el escritorio.

—Tu marido no ha salido de la casa —comentó María.

—Supongo.

—¿No vas a ir a ver si está?

—¿Para qué?

—No sé para qué, en realidad; pero, ¿nunca se ha quejado porque me haya venido a vivir con ustedes?

—No. Ni siquiera me ha tocado el tema. Supongo que no le molesta. No sé… ¿Quieres que venga para que tú le preguntes?

—No. Déjalo tranquilo —respondió María—. No quiero molestarlo.

Esa respuesta cambió el semblante de Ana, y María lo notó al instante.

—Con respecto a eso —continuó Ana—. Llevas varios meses viviendo aquí.

—Sí, y te lo agradezco, Anita. Eres una gran mujer por haberme recibido.

Lo de grande era preciso. Desde que Ana conoció a María, comenzó a engordar rápidamente, llevándola a bajar su ya escasa autoestima, y a experimentar otras dolencias.

—Desde que estás acá, no he parado de comer —alegó Ana.

—Y ¿qué tengo yo que ver con eso?

—Tú me incitas a comer. ¿No te das cuenta?

—Nadie te obliga.

—No dije eso.

Ana, a pesar de no tener ganas de comer, fue a la cocina a traer unos chocolates y los dejó sobre la mesa de centro.

María sacó un pedazo sin que Ana le ofreciera, pero de eso ya estaba acostumbrada. María usaba hasta su ropa, sin siquiera avisarle. Al principio eso le parecía extraño, pero se fue acostumbrando rápidamente, hasta el punto de tener que pedirle prestado a María sus propias cosas, como si la otra fuera la dueña.

—Ana, no me has contado lo que te dijo ese doctor —continuó María—, ni por qué fuiste.

—Es más que un doctor —respondió Ana sin mirarla—, tiene otros conocimientos también.

—Pero ¿por qué fuiste? —insistió María—. ¿Te sientes mal?

—Algo así —respondió Ana abriendo un pequeño frasco que le había entregado el doctor, y sacó una pastilla, la única que contenía el frasco, tratando que María no la viera—. Quiero que te vayas —continuó Ana, tragando rápidamente la pequeña pastilla.

—¿Qué? —reclamó María, con la boca llena de chocolate.

—Eso que escuchaste.

—Pero ¡por qué! —insistió María, limpiándose las manos embetunadas de chocolate, en el sofá,

—No estoy segura de por qué quiero que te vayas, pero te tienes que ir. Tú y ese sofá.

—Ese sofá es todo lo que tengo —respondió María, tratando de parecer triste.

—Por eso mismo, llévatelo. Llévate la ropa que tienes puesta también. Llévate lo que quieras. No me importa.

—Qué amargada estás. Tú no eres así.

—¡Qué sabes tú de cómo soy! Apareces un día, como si nada y te instalas como si ésta siempre hubiera sido tu casa. Y no sé… Creo que me traes mala suerte. Mira lo gorda que estoy.

—No tengo la culpa. Tú quisiste traer este… mi sofá, y…

—El sofá, no a ti, María. Bueno, ¿te vas o no?

—No.

—Entonces te voy a tener que sacar a la fuerza. —dijo Ana con una inusitada determinación. Aunque sabía que ya no era necesario hacer eso.

—Trata —respondió María con violencia sumergiéndose en el sofá, literalmente. Y desapareció dentro de los cojines manchados y rotos.

Ana sabía que María iba a reaccionar de maneras extrañas en cuanto la pastilla comenzara a hacer efecto; el doctor se lo había advertido, pero aun así se sorprendió de verla haciendo eso.

La pastilla funcionó, pensó Ana, levantando el roñoso mueble, que estaba evidentemente más liviano.

—Qué feo es esto. —Ahora lo miraba objetivamente—. Todo fue parte de su estrategia. Qué especie más nefasta, y yo dejándome hipnotizar, jajaja. —Arrastró el sofá hasta dejarlo en la vereda—. Qué se lleven luego esto —dijo aliviada, y entró a la casa a contarle a su marido todo lo que había pasado, sin que él se diera cuenta, pero se detuvo a mitad de camino, y suspiró con la certeza de una mente desparasitada—. Quizá tenga que sacar el escritorio también.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

VER JÚPITER

Oleh Silin

 

Tus ojos son únicos.

Ocurrió a las 23:27, hora de la nave, durante el turno de A-Liel. La Flamin se encontraba ya a doscientos cincuenta millones de kilómetros de la Tierra y atravesaba el cinturón de asteroides.

En realidad, el espacio es un lugar bastante vacío. Solo en las películas las naves deben maniobrar frenéticamente entre enormes bloques de piedra, con el riesgo de estrellarse contra alguno de ellos y poner fin a la misión antes de tiempo. Por eso A-Liel se dedicaba tranquilamente a sus investigaciones: estudiaba la influencia de la información estructurada sobre la corteza cerebral. En otras palabras, leía. Cómodamente instalado en su asiento, seguía las nuevas aventuras de Jessica, que no lograba decidirse entre un dragón y un caballero encantado, y no advirtió ni el ligero balanceo ni la señal situada sobre los indicadores de oxígeno. Dos de las cinco columnas habían pasado del verde brillante a un color pantanoso y avanzaban poco a poco hacia el ámbar.

A-Liel solo reaccionó cuando miró el monitor que transmitía las imágenes de la cámara de proa y no encontró en él el habitual dibujo de las estrellas.

—¡Mierda!

El lector electrónico voló lentamente hacia un rincón, mientras el oficial de guardia, aprovechando el vector del impulso, se deslizó hasta el monitor y le dio unos golpecitos.

—¿Será solo un fallo de la cámara? ¿Se habrá desviado? —se preguntó A-Liel en voz alta, aunque en lo más profundo de sí sabía que no era un fallo. Había ocurrido precisamente aquello cuya probabilidad de verificarse era cercana a cero. La nave había chocado con una piedra lo bastante grande como para abrirle un agujero. La Flamin perdía oxígeno, que se disipaba en el vacío, y el chorro producido por la fuga había hecho girar la nave. El rumbo hacia Júpiter cambiaba a cada segundo.

A-Liel pidió ayuda.

—¿Qué demonios te pasa? ¿Otra vez leíste alguna estupidez y quieres discutirla?

Por la escotilla asomó la cabeza de la navegante principal, cuyo cabello pelirrojo se alzaba sobre su coronilla como una diadema. A-Erin se impulsó hacia arriba y se proyectó con facilidad hasta el asiento principal. A continuación entró flotando en el puente el ingeniero A-Dan.

—Tenemos una emergencia —murmuró A-Liel, pero A-Erin ya había visto los indicadores y soltó una breve maldición.

—Ingeniero, diagnóstico.

—Perforación en los concentradores tres y cuatro. El núcleo energético no ha sufrido daños y funciona con normalidad. La bodega de carga está intacta. Los motores no presentan daños.

—Tenemos que corregir el rumbo —añadió A-Liel en voz baja.

—Eso ya lo veo. A-Dan, ¿conclusiones preliminares?

—Mientras siga escapándose el oxígeno, no tiene sentido utilizar los motores para corregir el rumbo. El margen de error continuará aumentando.

—Entendido. Alerta amarilla. Reunión dentro de diez minutos.

Como siempre, el paso a la zona de gravedad estuvo acompañado por una leve sensación de náusea. A-Liel intentó encontrar una manera de resolver rápidamente el problema. Todo indicaba que no la había. Sus conocimientos sobre las tormentas del gigante gaseoso no servían de nada para solucionar la situación.

Casi toda la tripulación se había reunido ya en la sala común. Doce, trece… Al final llegaron A-Ilza, responsable de la seguridad, y el ingeniero principal A-Yevhen.

—Flamin, tenemos un problema —comenzó A-Erin.

A-Dan sonrió con tristeza ante la frase un tanto trillada.

—La situación todavía no es crítica, pero lo será dentro de unas ocho horas. Estamos perdiendo oxígeno, vamos camino de visitar a la abuela del Voyager y toda la misión se irá al demonio. ¿Alguna propuesta? Les recuerdo que nuestra directiva principal es llevar una tripulación humana hasta la órbita de Júpiter.

Los tripulantes de la nave guardaron silencio. La mayoría seguía repasando el informe del puente.

—Calculamos la rotación y la compensamos con un breve impulso de los motores. Después aceleramos todo lo posible y llegamos a Júpiter —propuso el navegante A-Thomas, mientras dejaba su comunicador sobre la mesa—. Algo así.

—¿Y cómo piensas frenar?

—¡Contra Calisto! Nos engancharemos a su campo magnético… ¡No me miren de ese modo! Ya sé que es una estupidez.

—Tenemos que desprendernos de los concentradores averiados y recuperar el rumbo —dijo A-Ilza—. Pero también tenemos la orden de entregar la planta. Si conseguimos ponerla en funcionamiento, garantizaremos el éxito de las futuras misiones. Alguna de ellas cumplirá la directiva principal. Es una lástima que nuestra misión no pueda hacerlo, pero no hay otro camino.

—¡Esa no es una solución! —A-Yevhen miró con incredulidad a A-Ilza, que acababa de proponer el sacrificio de la misión, y exclamó acaloradamente—: ¡Tenemos que demostrar que los seres humanos son capaces de soportar este viaje!... Propongo que hagamos exactamente lo contrario: compensaremos el vector con los equipos de las bodegas de carga. Transferiremos el oxígeno de los concentradores dañados a los depósitos de la bodega. ¡Sé cómo hacerlo! ¡Yo diseñé los sistemas de oxígeno! Cumpliremos la misión y la directiva principal.

A-Erin reflexionó.

—Nos crearon para una única misión, pero A-Ilza tiene razón. La planta constituye una parte esencial del programa de futuras investigaciones de Júpiter. Debo consultar con Jupe Exploring.

La navegante principal tomó el comunicador y comenzó a redactar un mensaje. Los tripulantes se dispersaron por la sala. A-Liel tomó un termo de café y bebió un sorbo. Allí la señal tardaba unos veinte minutos. Veinte para llegar, veinte para regresar, y era poco probable que tomaran la decisión de inmediato. Les esperaba una hora difícil, quizá más de una.

La respuesta llegó cuarenta y cinco minutos después. Eso solo podía significar una cosa: la empresa contaba desde hacía tiempo con un «plan B» para aquella clase de emergencia. A-Erin levantó la mirada de la pantalla.

—Bien… Un momento, ¿dónde está A-Yevhen?

La Flamin no era una nave demasiado grande, de modo que nadie podía ocultarse en ella durante mucho tiempo. Encontraron a A-Yevhen en la sección tecnológica, donde había conseguido atrincherarse. A través de la ventana lo vieron caminar desesperadamente de una pared a otra, como un oso encerrado en una jaula de zoológico demasiado pequeña.

—¡A-Yevhen! ¡Sal de ahí! —gritó A-Erin, golpeando la puerta—. ¿Me oyes?

—Han decidido conservar la planta, ¿verdad? —se oyó desde el otro lado.

—Sí —reconoció A-Erin, intercambiando una mirada con A-Ilza.

A-Ilza se encogió de hombros, como diciendo: «Otra de sus escenas».

—¿Por qué no quieren hacer lo que propongo? ¿Por qué no quieren cumplir la directiva principal?

—Porque somos propiedad de Jupe Exploring y no podemos cuestionar sus órdenes.

—¡Al demonio con Jupe! ¡Al demonio con sus órdenes! ¿Cómo es posible que no lo entiendan?

A-Ilza se apartó de la puerta e indicó a A-Erin que hiciera lo mismo.

—Lo sacaré de ahí. Después de todo, A-Yevhen es el ingeniero principal y sería irracional perderlo. Además, podría llevar a cabo su plan desde ese compartimiento. Tardaría… No lo sé. Unas horas. Tenemos que apresurarnos.

—¿Crees que te hará caso?

—En la cama me lo hacía —los labios de A-Ilza esbozaron una sonrisa, aunque sus ojos seguían serios—. Entraré por uno de los conductos del cableado. Los diseñaron pensando en situaciones como esta. O quizá vieron demasiadas de esas viejas películas de Willis. En fin, intentaré convencerlo.

—De acuerdo.

—Ayúdame a subir.

A-Ilza retiró la rejilla del techo. Detrás había un conducto metálico de diámetro suficiente para que pasara un cuerpo delgado. A-Erin esperó hasta que las botas de A-Ilza desaparecieron en la oscuridad y luego volvió a mirar por la ventana, para que A-Yevhen no comenzara a sospechar.

Unos segundos después, la rejilla del compartimiento tecnológico cayó al suelo. A-Yevhen dio un salto hacia atrás y tanteó en busca de lo primero que encontró a su alcance: un destornillador. A-Ilza levantó las manos en un gesto tranquilizador.

—Cálmate, ¿me oyes? ¿Por qué estás tan alterado?

—¿Es que no lo entiendes? Sin oxígeno, la expedición está condenada. ¡Los seres humanos no llegarán!

—Sí. Precisamente por eso enviaron androides. A nosotros. Supongo que para Jupe Exploring es más importante construir una base que demostrar que un ser humano puede llegar hasta Júpiter.

—¡Mmm…! —A-Yevhen arrojó el destornillador y se revolvió el cabello—. Hay un pequeño problema, cariño. ¡Yo soy humano!

—Eso es imposible.

—¡Claro que es posible! Se puede hacer si uno es uno de los que diseñaron y construyeron la Flamin.

—Eso es absurdo, A-Yevhen.

—¡No me llames así! Me llamo Yevhen Malaniuk, soy ingeniero y siempre soñé con ver Júpiter con mis propios ojos. Por eso entré a trabajar en Jupe Exploring y por eso contraje cáncer. ¡Y también por eso conseguí autorización para un pasaje de ida! Tengo que ver Júpiter, ¿lo entiendes, cariño? ¡Tengo que verlo!

—Escucha —A-Ilza avanzó con cautela—. Voy a decirte algo. Sabes que soy responsable de la seguridad. Por lo tanto, debo conocerlo todo. He leído los expedientes personales de los quince integrantes de la tripulación. No hay ningún ser humano a bordo. Solo androides.

—Me dijeron que falsificarían el expediente —la voz de Yevhen tembló.

—Te lo demostraré. No hagas movimientos bruscos ni ninguna tontería. ¿De acuerdo?

A-Ilza tomó un cuchillo de la banda magnética, se subió la manga izquierda y pasó la hoja sobre la piel. En el corte apareció sangre de un intenso color ultramarino.

—Esto es lo que tenemos dentro. Sí, procesamos oxígeno, pero solo para que la empresa pueda calcular cuánto necesitará una tripulación viva. En realidad, nosotros no lo necesitamos. Verás tu Júpiter.

Sintieron una sacudida. A-Ilza miró el monitor. A-Thomas acababa de expulsar los concentradores de oxígeno averiados.

—Ahora te haré un pequeño corte en un dedo para que puedas comprobarlo. ¿De acuerdo?

—Dame el cuchillo —dijo el ingeniero con voz apagada—. Lo haré yo mismo.

A-Ilza giró el cuchillo y le ofreció el mango. A-Yevhen lo tomó y lo hizo girar entre sus dedos.

Después, con un único movimiento rápido, se cortó la garganta.

La sangre le cubrió el cuello.

Era de color ultramarino.

 

A-Liel y A-Erin contemplaban el monitor principal. Júpiter se desplazaba debajo de ellos. Las franjas blancas y ocres giraban, se mezclaban, se separaban y volvían a unirse. La danza de las poderosas tormentas y los ciclones gigantescos resultaba hipnótica.

—Comprendo por qué A-Yevhen quería verlo con sus propios ojos —susurró A-Liel.

—Y podría haberlo hecho. Pero era demasiado obstinado. Es una lástima.

—Sin embargo, tenía que saber que era un androide.

—Verás, A-Liel… —A-Erin se revolvió el cabello—. Al parecer, de verdad no lo sabía. La muerte del ingeniero principal fue motivo suficiente para que A-Ilza y yo recibiéramos cierta información. Yevhen Malaniuk estaba convencido de que lo enviarían a Júpiter y de que llegaría hasta allí. Los médicos se lo habían prometido.

—Según todas las leyes de la narrativa, ahora debería aparecer un «pero».

—Así es. Pero su cuerpo había quedado casi destruido por la enfermedad. Por eso trasplantaron el cerebro de Yevhen al cuerpo de un androide. Fue una operación única que, supongo, merecerá un Premio Nobel y provocará disturbios masivos cuando todos se enteren. Y cuando Yevhen comprendió que lo habían engañado, decidió hacer lo que hizo.

La navegante principal quedó pensativa. A-Liel no se atrevió a interrumpir sus reflexiones.

—Pero… Pero murió siendo humano. Y debemos honrarlo.

La Flamin se balanceó levemente. Desde la parte inferior de la nave salió una cápsula en dirección a Júpiter. Una de sus paredes había sido reemplazada por un panel transparente. A-Liel habría jurado que, incluso desde aquella distancia, podía ver los ojos de A-Yevhen contemplando la Gran Mancha Roja.

La cápsula fue reduciéndose hasta convertirse en un punto que poco después desapareció por completo entre las nubes del gigante gaseoso.

Oleh Silin es un escritor, editor y promotor de la literatura de ciencia ficción y fantasía ucraniano, además de cofundador de la Unión Literaria «Fortaleza Estelar». Nacido en Járkov, se graduó en la Universidad Politécnica de la misma ciudad y posteriormente vivió en Kiev y Chernivtsi. Actualmente trabaja como diseñador narrativo en la industria de los videojuegos. Debutó como escritor en 2005 y hasta la fecha ha publicado dos novelas y más de cincuenta relatos cortos. En 2013, recibió el Premio de Estímulo de Eurocon.

 

MEMORIAS DEL TIEMPO

Anthony Fucilla

 

Boris Muller permanecía de pie contemplando la esfera temporal con inmensa satisfacción.

Era un triunfo de la ingeniería, una máquina concebida con una precisión extrema: una estructura reticulada de aleaciones hiperdensas, bobinas superconductoras enfriadas hasta una temperatura cercana al cero absoluto y estabilizadores cuánticos de fase diseñados para manipular el tensor métrico del espacio-tiempo. En su núcleo se encontraba integrada una matriz de cúbits entrelazados, vinculados mediante correlaciones no locales, capaces de monitorear y controlar la curvatura temporal con resolución de escala de Planck. Aquello no era simplemente una máquina: desafiaba la causalidad convencional, explotando la interacción entre la relatividad general y la teoría cuántica de campos, operando en el límite mismo de la física conocida.

—Eso es —susurró con la voz temblorosa por la emoción contenida—. Exactamente dos años de trabajo, y por fin hemos alcanzado nuestro objetivo. Este dispositivo encarna un milenio entero de ciencia, matemáticas y física teórica acumuladas: la integración de variedades lorentzianas, tensores de curvatura de Ricci y autovectores temporales no lineales, cada uno gobernando el flujo del tiempo en la escala cuántica.

Se volvió con elegante autoridad y caminó hacia Claude, las manos enlazadas a la espalda. Su cabello era una maraña gris; una barba incipiente cubría su mandíbula; los ojos recorrían el laboratorio calculando, evaluando, cartografiando probabilidades como si ejecutaran una simulación dinámica en su mente.

—¿Te lo imaginas? Esta máquina puede transportar a un ser humano no solo al pasado, sino también al futuro. Sin embargo, es el pasado lo que más me fascina, donde la causalidad es lineal, observable y, aun así, susceptible de modificarse mediante perturbaciones temporales de extrema precisión.

Una leve sonrisa se dibujó en su rostro. De sus ojos emanaban confianza; la cordialidad se entrelazaba con un intelecto laberíntico que se manifestaba en cada uno de sus gestos.

—Haber encontrado la llave que abre la puerta del tiempo, esta singularidad de la causalidad, constituye quizá el mayor logro de la humanidad. Pasado, presente y futuro son coordenadas dentro de una variedad lorentziana de cuatro dimensiones. Con este dispositivo recorreremos el eje temporal como una geodésica a través del continuo espacio-tiempo, observando acontecimientos sin violar las condiciones de energía ni desestabilizar las curvas temporales cerradas.

—Sí, Boris —intervino Claude, con un matiz de inquietud en la voz—. Pero debemos considerar las posibles consecuencias. Incluso una interacción mínima podría generar bucles causales, paradojas temporales o divergencias en las funciones de densidad de probabilidad de líneas temporales paralelas. Un solo error podría propagarse por toda la historia, desencadenando una reacción en cadena de magnitud incalculable.

—No permitas que los impulsos del tálamo gobiernen la lógica —replicó Boris con sequedad—. La existencia misma implica riesgos. El riesgo es la condición indispensable del progreso. Modificar la historia exige valor, siempre acompañado de precisión. Mi intención es limitarme a una breve observación. El riesgo es insignificante. Visitaré la China antigua, el Egipto de Cleopatra, Constantinopla durante el Imperio bizantino y la Inglaterra anglosajona primitiva. Nada más.

Hizo una pausa mientras recorría con la mirada los tornillos dispersos, los circuitos superconductores y los moduladores de flujo que cubrían el taller.

—Piensa en todas las sustancias que ingerimos a diario: conservantes, edulcorantes sintéticos, xenobióticos... Alteran la homeostasis a nivel molecular, desestabilizan la dinámica de los neurotransmisores, inducen mutaciones mediante modificaciones epigenéticas. Y, sin embargo, aceptamos esos riesgos sin cuestionarlos. El miedo es un obstáculo para el descubrimiento. Si queremos hacer historia, no debemos temer.

Un solemne silencio cayó sobre el laboratorio.

—¿Claude?

La mirada de Boris se clavó en él.

Toda vacilación había desaparecido. En su lugar había una determinación fría e inflexible.

—Ha llegado el momento de poner a prueba este teorema del espacio-tiempo...

Claude contuvo el aliento cuando la esfera temporal se materializó. Su aparición fue tan súbita como deslumbrante. Arcos de plasma recorrían su superficie mientras los iones oscilaban a frecuencias impuestas por el principio de incertidumbre de Heisenberg; el flujo cuántico centelleaba en perfecta sincronía con los estabilizadores cronométricos.

Inspiró lentamente mientras se acomodaba el cabello, fascinado.

Las luces destellaban proyectando sombras danzantes sobre el rostro de Boris, que activó la matriz de control modulando cuidadosamente el hamiltoniano temporal, el operador encargado de regular el flujo preciso del tiempo propio.

—¡Has vuelto! ¡Funcionó! —exclamó Claude.

Boris accionó la palanca de apertura.

La compuerta se deslizó hacia un lado, liberando un tenue aroma efímero... un recuerdo del pasado.

Descendió de la fría esfera metálica.

Claude lo miró con ansiedad.

—¿Qué ocurrió?

—Estuve allí —comenzó Boris, con la voz impregnada de asombro—. En el pasado. En el instante en que activé el flujo temporal, todas las líneas del universo se contrajeron hasta convertirse en una única percepción: una suspensión momentánea del tiempo propio, un colapso de la métrica local hacia un intervalo espaciotemporal casi nulo. Luego, en una deslumbrante cascada de fotones y gravitones, el pasado cristalizó ante mí, formando trayectorias clásicas emergentes a partir de la decoherencia cuántica.

Guardó silencio un instante.

—Pero... lo sentí enseguida. Cada salto dejó una marca imperceptible en mi propio reloj biológico. Mi tiempo propio comenzó a desviarse lentamente del tiempo del universo. Segundos... minutos... horas... Al principio era imperceptible. Ahora ya puede medirse. Estoy ligeramente adelantado respecto de todo lo demás. Incluso mi mano vaciló un instante antes de tocar la consola, como si los objetos anticiparan mi contacto. Estoy... desplazado en el tiempo.

Su rostro parecía irradiar una claridad casi sobrenatural.

—Observé la China de la dinastía Shang, hacia 1677 a. C.: la arquitectura, los paisajes escalonados, la vestimenta. Luego el Egipto de Cleopatra, en el año 51 a. C., con las pirámides junto al Nilo y los mercados rebosantes de actividad. Después Constantinopla, en el año 395 d. C., en pleno Imperio bizantino, floreciente gracias a su geometría urbana y a su extraordinaria arquitectura. Finalmente, la Inglaterra anglosajona de comienzos del siglo VII. Permanecí invisible para todos, un fantasma dentro del entramado temporal, un observador incapaz de alterar aquello que contemplaba.

Con cada observación volvió a experimentar la misma sensación. Una disonancia respecto del presente. Su corazón latía apenas más deprisa que el tiempo del laboratorio.

Cuando regresó, los segundos parecían llegar antes de existir.

—Es extraordinario contemplar cómo evolucionan las civilizaciones —continuó—, cómo la tecnología y el conocimiento transforman la existencia. Sin embargo, a lo largo de toda la historia descubrí un hilo constante, una búsqueda común a toda la humanidad...

—¿Y cuál es? —preguntó Claude.

—La búsqueda.

—¿La búsqueda de...?

—¡Del sentido! De la esencia misma de nuestro ser. Desde los albores de la civilización, los seres humanos han intentado descifrar la naturaleza de la existencia. A lo largo de los milenios resuenan siempre las mismas preguntas: la topología de la conciencia, las condiciones de contorno de la realidad, la flecha termodinámica del tiempo. El enigma persiste. Sigue sin resolverse.

—El propósito y el sentido son cuestiones subjetivas, Boris —respondió Claude con cautela.

—Sí, la opinión personal es subjetiva —replicó Boris—. Pero el propio cosmos, como sistema determinista y, al mismo tiempo, probabilístico, gobernado por la dinámica de Schrödinger y la decoherencia cuántica, debe obedecer una verdad universal. En algún lugar, más allá de las distribuciones de probabilidad, de las integrales de trayectoria de Feynman y de las permutaciones multiversales, existe un absoluto.

Claude se frotó la mandíbula.

—¿Por qué estas reflexiones existenciales? ¿Qué las provocó?

—Mi fascinación por la metafísica, la cosmología, la ontología y las ecuaciones fundamentales que gobiernan el universo —explicó Boris—. Miles de millones de vidas transitan por el espacio y el tiempo como una interminable cinta transportadora de nacimientos, decadencia y muerte. La mortalidad es inseparable del transcurso temporal. Nuestra lucha contra el envejecimiento no es otra cosa que un enfrentamiento con la flecha del tiempo: la entropía aumenta de manera inexorable, restringida por la segunda ley de la termodinámica. Permanecer joven equivale a acariciar la ilusión de la inmortalidad, pero la entropía es inevitable. —Hizo una pausa antes de continuar—. Quizá la existencia sea cíclica, eterna, una estructura fractal anidada a través de todas las escalas del espacio-tiempo. —Claude permaneció en silencio, asimilando aquellas palabras—. No son simples preguntas retóricas, Claude. Exigen una respuesta si realmente queremos comprender la esencia de la existencia. Las palabras de mi abuelo siguen resonando en mi memoria: el hombre está confinado dentro del espaciotiempo, pero más allá de sus métricas existe otro reino, ilimitado, donde la causalidad puede disolverse y la verdadera topología de la realidad se vuelve perceptible... —Su mirada se perdió por un instante en algún punto invisible del laboratorio—. Ahora me pregunto si mi propia existencia ya ha comenzado a desviarse hacia ese reino, si mi tiempo propio se está apartando poco a poco del flujo temporal de la humanidad mientras sigo contemplándolo todo. —Sonrió apenas—. Tal vez comprender nunca signifique poseer, sino únicamente percibir. —Dirigió una mirada a la esfera temporal—. Viajar a través del tiempo no consiste en conquistarlo, sino en vislumbrar la trama oculta que enlaza todos los instantes. Quizá el sentido no resida en los acontecimientos, ni en las civilizaciones, ni siquiera en el conocimiento, sino en el acto incesante de buscar, en el paciente desentrañamiento de los hilos más sutiles del universo.

Guardó silencio. Luego habló con una serenidad que Claude nunca le había conocido.

—Soy un testigo. Un viajero. Un punto fugaz en el inmenso tejido de la realidad. Y aun así... A pesar del desplazamiento. A pesar de la leve disonancia de mi propio ritmo... Sigo adelante. Siempre sigo buscando.


Anthony Fucilla nació en Londres, Inglaterra, en 1975. Es filósofo, profesor y escritor de ciencia ficción, autor de Crónicas cuánticas en la undécima dimensión, Crónicas cuánticas 2, Planeta imperial, Tierra silenciosa, El proyecto del tiempo en Marte, Androides y los dioses, Más allá del horizonte terrestre, Las lunas doradas de Júpiter, Bajo un cielo marciano y Próxima Centauri: La mente alienígena. Sus libros tratan principalmente sobre filosofía (metafísica), ciencia, inteligencia artificial y teología. Sus obras forman parte de las colecciones de diversas universidades, como la Universidad de Oxford y el Imperial College de Londres.

 

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