Judith Shapiro
“It’s a tickle of joy in the blue belly of the
universe… it must be scratched, right Max?”.
Película
Yellow Submarine,
The
Beatles, 1968.
Justo
ahí donde el infinito se encuentra con el infinito, donde infinitas
posibilidades encuentran infinitos caminos
y bifurcaciones, justo
ahí pueden encontrarme. Dentro del caos de la nada y el todo, en los
confines del universo, mi presencia es vastedad.
No
tiene caso que se pregunten o me pregunten
dónde exactamente estoy, si nunca van a llegar. Las pequeñas, ínfimas
existencias de los seres humanos, los animales, las plantas terrestres no son
relevantes ni en mayor ni en menor medida que ninguna otra forma de vida en la inmensidad de la
existencia. No hay nada que los haga especiales, tal vez acaso sólo su
exasperante curiosidad, que les trajo hasta aquí, que trajo al despojo humano de Ulises ante mi presencia. Un ser irrelevante, tan débil que su biología
no soporta el viaje a través
de la creación, tan pequeño que pierde la escala entre los gigantes que lo
rodean. Sin embargo, la curiosidad lo acompaña siempre, le hace borrar límites,
pasar por alto peligros como un necio. A los seres pequeños con conciencia de
finitud, las experiencias extremas suelen asustarlos y detenerlos en un
paradójico eterno y pequeñísimo presente, excepto a algunos en particular a quienes la curiosidad rebalsa.
Hay una rica vida interior en esos especímenes, una prodigiosidad
onírica que les abre las puertas a los misterios profundos del universo aunque
no llegan a comprenderlos. Ese atisbo, ese asomo a lo grande e inalcanzable les
prende una chispa que difícilmente se apague antes de que se apaguen sus fuerzas
vitales. Las ventanas
oníricas son para mí un pozo en donde inevitablemente me
deslizo, donde se vuelcan
mensajes universales que de
otro modo quedan codificados por fuera de la limitada mente
humana; son un sencillo juego que me permito para adentrar a los
seres en la conciencia de la totalidad que somos y no somos.
Ulises,
el humano, emprendió este viaje glacial hacia el vacío del espacio y el límite de la creación como un loco
desesperado, desafiando las reglas de su planeta que no estaba de acuerdo en
desperdiciar recursos en un viaje sin sentido ni fin. Reclutó a un grupo de visionarios como él y robó todos
los recursos que necesitó para partir. Veinte de las mejores mentes de la
Tierra, mentes inadaptadas pero abiertas, que podían recibir fragmentos de la
existencia universal, sin entenderlas pero abarcándolas como incógnitas, como
infinitas preguntas cuyas posibles
respuestas necesitaban salir a buscar.
La misión se trazó con sentido de ida, sin saber si
iban a volver.
El
viaje fue degradando lentamente la integridad del grupo. El vacío fue ciñendo
su zarpa sobre la nave y las mentes de los viajantes. Adentrarse en la
inmensidad tuvo su costo. Se les fue metiendo en el interior de la nave, en el
interior de sus biologías, en el interior de cada resquicio de humanidad que
tenían en sí mismos, lamiendo
los dolores, las inseguridades, abrazando y cuidando
los núcleos individualistas de vida, temores e inseguridades. Creció la soledad
y la desconfianza. Ulises pudo sostenerse íntegro a través de las dudas porque a la vez que el
vacío se le metía adentro, también le daba lugar a la inmensidad, dejaba que el
universo lo inundara en su grandeza, su totalidad, su anonimato.
La fuerza indómita de la expansión del universo caló hondo en sus huesos y a medida que
perdía su individualidad se fundía en la noción de todo y nada. Se fue
transformando; cuanto más se alejaba
de su humanidad, más la encontraba frente a lo radicalmente opuesto y diferente
que era lo que se iba cruzando en su travesía. Perdía el contacto y el vínculo
con sus co-tripulantes, pero más se encontraba con la experiencia básica de la
curiosidad que define a la humanidad y la imprimación primaria del
descubrimiento en lo profundo de su ser. Y entre fragmentos y rupturas aquí
había llegado; Ulises, el humano, había llegado a mí.
Es
difícil encontrar las palabras para describir la experiencia del encuentro
conmigo; hasta aquí han sido pocas las ocasiones en que seres biológicos
han llegado hasta este límite del espacio y el tiempo y,
en cada caso, el modo de comunicación que cada ser trajo
consigo para entender el encuentro propuso unos términos en los cuales me vi
forzada a transmutar. Yo no tengo una forma, soy todas las formas y ninguna. No
preciso de definiciones porque todo el tiempo estoy iniciando y terminando.
Muriendo y naciendo. Las visiones sesgadas de cada ser que llegó me ha
constreñido en unos términos de comportamiento y aspecto que no son más míos
que cualquier otra opción, pero que seguramente producirían sorpresa ante el
relato de la experiencia codificada según los sistemas de sentidos de los otros
seres que pudieran llegar antes o después. Puedo ser la
materialización de una sinfonía disonante ejecutada con el instrumento más único de todos,
con armonías infinitas y explosiones de color sinestésico que sacuden a quien
percibe en todo su ser; puedo ser una serpiente alada con pelos como púas pero
suave, diestra y escurridiza, mas inmensa, y que llena todo. Puedo ser la
personificación de los dioses humanos del Olimpo, en cauce continuo entre creación
y destrucción mientras
columnas se erigen sosteniendo
el universo y el río de la decadencia corroe las bases que sostienen lo nuevo,
lo viejo y la existencia misma. Sus visiones me definen, sus palabras
me abocan a sentidos que me ponen formas, colores,
tramas, texturas, duración, presencia, sonido, temperatura, vibración. Cada
encuentro es una recreación in situ de mi presencia y forma.
No
hablábamos con sonidos, pero podíamos comunicarnos. Me era posible empujar fragmentos de sentido hacia su
consciencia para que la vastedad
del infinito del universo le llegara, para que le permitiera sentir
que había logrado su cometido, aunque más no fuera una parte, ya que no iba a
poder continuar con lo que él llamaba
vida, con su individualidad
intacta. Necesitó de un tiempo para reaccionar a lo que estaba pasando; de su
psique me llegaban imágenes intensas del viaje por el vacío en su nave
espacial, de otros humanos que habían desafiado su misión o que extrañaba y con
quienes ilusamente deseaba compartir la experiencia a la que había llegado. A
la deriva e impulsado por el afán de conocer, había llegado al final del
universo, al comienzo, soltando capas de sí mismo y ganando la totalidad en su
lugar.
Su
presencia biológica frente a mí era un punto
ínfimo, un sesgo
del paisaje que casi
no llegaba a divisar. La manguera que lo conectaba con su nave golpeada parecía
un cordón umbilical manteniéndolo con vida, cualquiera
fuera el sentido que vida tenía para él en ese momento. Ulises parecía querer
decir algo, transmitirme algo, pero no lograba articularlo en un mensaje.
Haciendo uso de la forma semihumana que sus proyecciones psíquicas me habían
dado, estiré lo que se suponía que era mi mano y lo envolví en una burbuja de
calma y sosiego que frenara el bombardeo de imágenes a su cerebro y le
permitiera concentrarse.
Una
oleada de energía me llegó con fuerza.
Símbolos rojos, segmentos de colores y flores componían las olas de sentidos
que me alcanzaban. Una unidad de sentido se alzó con más insistencia; era un
nombre, un nombre imbuido de logro, de éxtasis por la misión cumplida, de
compañerismo por la ambición que pertenecía a ese conjunto. Me pregunté qué
significaba ese conjunto, esa persistencia incluso cuando el conjunto estaba
roto porque la unidad de sentidos no
estaba biológicamente presente, sino que fluía desde la psiquis de Ulises, el
humano.
La
ausencia y la presencia son estados relativos, pues el tiempo y la materia
mantienen relaciones tan complejas como todo lo magno. Todo es mutable y comprende la existencia y la inexistencia al mismo tiempo. Sin embargo,
en la construcción continua de infinitas posibilidades las tramas se entrelazan y las numerosas formas de vida que pueblan el universo toman sus propias
decisiones, labran sus caminos, cruzan sus experiencias vitales de modos que no
alcanzo a comprender. Lo vasto y lo ínfimo se multiplican de igual
modo en sus expresiones opuestas: infinitas posibilidades de la creación en lo
infinito e infinitas posibilidades combinatorias de las acciones nimias de las existencias biológicas de los
mundos dentro del universo. Las expresiones ínfimas de Ulises iban dirigidas
casi siempre a otra existencia biológica de su planeta o eran
recibidas por esa otra existencia.
¿Por
qué aparecía esta energía y esta otra existencia justo ahora, en el momento del
encuentro? Mi existencia no tiene par en el universo, soy su principio y su
fin. Mis experiencias quedan conmigo, sin que ninguna otra presencia universal
pueda sentirla o contenerla, sin que los seres que existen a menor
escala sepan siquiera
que estoy aquí.
No hay lazo que pueda definir
con las demás
existencias, al menos no mayor que el lazo de creación y
destrucción que soy. Quería entender
la energía de Ulises, quería saber qué era,
así que envié ondas sucesivas hacia la burbuja que lo contenía, ondas
inquisitorias, que devolvían algunos de los símbolos de Ulises junto con
sensaciones de distintos elementos del universo. Llamaradas rugientes y
volátiles de una estrella naciente, un meteorito quemándose hasta
desintegrarse, la quietud en la superficie sombría de tantos planetas, ondas
fluctuantes en el vacío.
Ulises,
el humano, al borde del fin de su existencia física, respondió con asombro y confusión. Su sistema simbólico parecía
al borde del colapso, pues se producían intermitencias en las ondas de energía
que emanaba. Una armonía menor y descendente vibraba en la superficie de la
burbuja que lo contenía. Como una supernova, se estaba apagando, y las
sensaciones del universo le resultaban tan enigmáticas que sus sentidos y
explicaciones mentales no le alcanzaban para descifrarlas. Igual que sus experiencias para mí, en espejo; ambos éramos mutuamente ininteligibles.
Empujé
otros estímulos hacia él, algunos que le fueran más conocidos, de sus sistema
solar y planetario, y recobré los fragmentos para mí más enigmáticos de los que él
me había enviado.
Ulises
respondió con una onda de energía suave, más apagada, pero que me conmovió sin
saber cómo. La humanidad en la Tierra tenía lazos entre sus miembros que
impulsaban y guiaban los modos de vida de los grupos. Lazos que acercaban o
alejaban, entre grupos más numerosos o en conjuntos de dos, tres o cuatro
personas, que anclaban en un punto
el sentido de la existencia. Eso era lo que Ulises me estaba mostrando, que él hubiera querido
mostrarles este encuentro, este lugar y a mi mismísima presencia a su conjunto
pequeño de pares, porque era el logro de su vida, el propósito cumplido.
La
onda suave terminó y el espacio de su burbuja quedó abierto esperando que yo respondiera algo, que le devolviera esa energía, que le contara que el motor
del mundo era el que él suponía. Pero yo no tenía nada que contestar, su sistema de sentidos era de él y a mí no me generaba nada más que ánimo de
sondeo. La unicidad de mi existencia equivale a todo y
equipara todo, todos los sentidos me pertenecen y ninguno es mío. Las existencias
humanas en conjuntos de pares hacen sentido en la lógica de su existencia, que
no es la mía.
Ulises envió
otra onda de energía, más fuerte, más insistente. Quería
una respuesta. Usando su sistema simbólico, transformé el escenario
en algo que él pudiera comprender. Despojado de su traje
de astronauta y dotado de otra vestimenta, se encontró
parado en el medio de una tarima
y con la personificación de mi presencia
que su inconsciente había proyectado.
—¿Dónde estoy?
—alcanzó a articular.
—En el comienzo y el fin de todo.
—¿Quién sos? ¿Qué me estabas haciendo?
—No
soy nadie. En tu mundo
podrían llamarme Dios o Caos o Ñamandú.
Soy todo y nada. Estoy aquí y en un segundo no
estaré. Estas palabras, estas imágenes que estás viendo no son yo, son
proyecciones que tu propia experiencia hace sobre este momento para intentar
asir algunos de los difíciles y complejos sentidos que estás viviendo.
—¿Cómo es realmente este lugar?
—Tus
palabras no me sirven para decírtelo. —Y sin esperar a que su mente procesara
lo que acababa de decir, disolví la representación que nos rodeaba. Se vio a sí
mismo flotando en el vacío dentro de su traje de astronauta, rodeado de un
calor y un frío calcinantes, con la negrura profunda
del infinito frente a él, los destellos de las
estrellas a sus espaldas y un tumulto
de ruido blanco
que le llegaba a través de su
radio en el traje, modulaciones y ritmos enloquecidos. Luego la escenografía
volvió a su lugar.
—Tu existencia física está a punto de terminar.
—No
quiero morir. Llegué hasta acá, quiero saber más, vivir más. Formar parte de
este lugar.
—La existencia es siempre la misma. La vida y la muerte son iguales.
—¡No quiero morir! ¡Quiero
saber qué hay más allá! La curiosidad siempre impulsando a
los humanos.
Sus deseos no significaban nada para mí y tampoco
era ni es mi potestad decidir
quién vive y quién muere.
—Tu voluntad
es tuya.
—¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Qué va a pasar ahora?
—¿Qué
significa la vida en conjunto? Ulises, el humano,
pensó la respuesta.
—Unámonos.
No estar solo. Ayudarse unos a otros, vivir en comunidad. Por favor, integrame
a tu comunidad.
Mientras
lo decía, trozos de información manaban de él, olores, vibraciones, recuerdos.
Cosas que yo no podía interpretar más que como acciones nimias de la
multiplicidad de vidas humanas. Una multiplicidad que no me interesaba.
Entre
los trozos de información, en un momento
fluyó un núcleo
de sentidos a los que Ulises parecía temerle. Cronos,
Saturno, interpretaciones superpuestas al presente, a la escenografía que su
mente había construido. Quise ahondar en eso y le devolví los nombres de Cronos y Saturno a Ulises. Hubo pausas e intermitencias en sus transmisiones; su corazón fue
acelerándose.
Fui
abriendo la proyección de mi cara, separando los labios. La fuerza de la
escenografía iba cediendo a medida que Ulises
cedía también. Un gigantesco círculo
negro borraba el lugar en el que había estado mi cara y dejaba ver a
través de mí. Su cuerpo flotaba y lo atraje al centro, para atravesar la duración infinita, el continuo presente, el inicio y el fin.




