sábado, 18 de abril de 2026

BRINCADOR EN EL JARDÍN DE MUNDOS

Luis Saavedra

 

Salta brinca salta. Retrae tus extremidades hacia la masa de tu cuerpo. Toda tú se tensa y tu abdomen comienza a bullir de reacciones químicas. Líquidos y gases que se acumulan en tu vejiga. Te hinchas lentamente del amor a la Flor fétida. Salta brinca salta. Caíste a este nuevo mundo siguiendo a la Flor fétida, la escuchaste a través de los años luz. Vengan, amadas; síganme, amados. Te quemaste, apenas si diste un quejido, pero sentiste los murmullos de todos los tuyos, cayendo sobre el mundo desde la era del sueño. Desde un agujero largo y blanco que devora las distancias del universo. Miles regurgitadas, las cosechadoras. En el circuito de tu ciclo de vida, la linfa comenzó a moverse en ti, demandando. Luego, liberaste todo el amor de la Flor fétida. El aire y la tierra y el agua, la dulce fetidez impregnada en todo. Agotada, descansaste otro momento. Salta brinca salta. Recién llegada al dulce mundo. Toda la horda y tú son las cosechadoras. Jugando el juego antiguo y cósmico. Oler la esencia de la Flor fétida entre las estrellas, infecciosa, irresistible, hermosa. Llegar a donde ella va. Eres gigantesca aquí y pequeña en el último mundo. Qué importa, siempre es el mismo resultado. Salta brinca salta. Pasan edades, traslaciones ocurren. Coraza ardiendo, coraza al cero. Soles que caen y lunas que suben, rayan el cielo. Duermes un sueño efímero en el filo de tu ser, mientras que la Flor fétida conjura su amor sobre el joven mundo rojo. Tu alma se ha convertido en filigrana de un fuego frío, tenue cristal vaporoso. Salta brinca salta. Aún no, paciencia. Te pones más verde y revives, se estiran tus estrías por la presión interior. Resistes siete estaciones en este mundo, cuatro en otro. Todo varía cada vez. Porque siempre la Flor fétida tiene tantos escenarios, ella se adapta. Y en todos, su dulce aroma de destrucción te llama. Salta brinca salta. Toda tú se agarrota y parece explotar. Toda tú repleta del amor por la Flor, sintiendo cada vez más el hambre punzador en miles de puntos. Una presión voraz, que luego germinará bajo este cielo. Verde cuerpo, estrías más verde, ahora casi traslúcido. El dolor te place, siempre es posible tener otro poco de dolor. Salta brinca salta. Ya pronto, no hay apuro. ¿Cuántos saltos puedes recordar? Virtualmente ninguno; no por ti misma, las cosechadoras tal vez. Granos de hierro atraídos por imán a través de un mar de soles. Tu vida ha suspirado bajo mil cielos. Azules, rojos, amarillos. Ultravioletas, radiales, infrarrojos. Qué portento poder verlos y recordarlos; no tú, las cosechadoras tal vez. Salta brinca salta. No es posible hoy, los centinelas no han graznado. No puedes oler nada si no es a través de ellos, los hipersensibles. Sus largas extensiones cosquilleando el aire enrarecido, hasta casi tocar el vacío. Atentos. Ninguno ha gritado aún. Te expandes incómoda un poco más, verde más verde. Hambre y más hambre. Aún toda la sangre de un mundo rojo no satisface a las cosechadoras cuando están hambrientas. Salta brinca salta. Fue un nuevo mundo éste. Vigoroso volcánico vibrante. Mundo de tonalidad roja. Flora y fauna de sangre. Sus entrañas explotando y los cielos llenos de su melena carbónica. Pero llegó la tecnología de la Flor Fétida, atravesando la galaxia como una saeta. Convocó a sus agentes desde el agujero largo y blanco. Los invisibles agentes, plásticos tetradimensionales, inmensos como planicies, vomitaron las semillas de la Flor fétida. Y el mundo rojo quedó preñado de la condenación del verde. Salta brinca salta. El momento ha llegado al fin. Tú y la horda pueden ya comer. El amor de la Flor fétida ha aletargado las defensas del mundo rojo. El ciclo industrial y ciego de las cosechadoras envuelve y devora al rojo con colmillos que succionan, luego lo transmuta y lo regurgita. Rompe los enlaces químicos, lo recombinarlo. Todo tenía un sabor dulce para ti. Apagar la vida roja, consumirla mientras se retuerce. Es el placer del dolor. Salta brinca salta. El mundo rojo pasó a pardo pardo. Se apagó el rojo enemigo y solo queda una delgada capa de vómito que corrompe al mundo. Y tú feliz feliz. Y de nuevo al sueño. Al tiempo de la espera. Un mundo en donde nada más que tú y las cosechadoras se mueven. No ves los centinelas y sus dedos largos largos. No ves las cosechadoras durmiendo, ahora enormes enormes, verdes. No ves la fina capa de vómito cuarteándose bajo el sol blanco viejo. Esperas, esperanza, esperador. Salta brinca salta. Llegan primero como sembradores, se van hacia el siguiente mundo. Vuelven cuando la fina capa madura y vuelve esencia del verde. Llegan alados, siempre adelante detrás, los mismos gigantes sembradores. En su segunda venida, segadores. Agentes. Fantasmas traslúcidos, ectoplasma que besa frío. Organización cadavérica de luz. Enormes silenciosos angélicos. Absorbiendo la dulce dulce esencia del verde, recolectando. Descienden sobre ti; no, sobre las cosechadoras. Velo que humedece y sexo que penetra, recompensándolas. Salta brinca salta. Si supieras si supieras. Pero no, sueñas y te hinchas en la ignorancia. Los agentes absorbiendo el vómito y celebrando el amor de la Flor fétida. Orgasmo eléctrico atómico. La dulce fetidez se diluye en la atmósfera y comienza a cambiar. El mundo cambia, la sangre seca cambia. El mundo era rojo, ahora es verde. El verde que crece lujurioso sobre las cosechadoras. Salta brinca salta. Los agentes dejan de copular. Se levantan en oleadas fractales y atacan las cuatro dimensiones. Presencias perpendiculares en planos paralelos. Ascienden alejándose de toda radiación allá abajo. El mundo ahora acogedor verde que refleja el rojo hacia el vacío. Se van espectrales por el agujero largo y blanco. ¿Te enteras hacia a dónde? Salta brinca salta. Verde que fue rojo. Ahora está bien, el rojo enemigo ha muerto. Verde profundidad y relámpago. Enredándose hacia las entrañas volcánicas, verde. Las cosechadoras y tú, verde. Sigues durmiendo y ya no queda esencia que impregne. Toda tú se detiene, esperando. El brillo de fuego en tu centro. La dulce fetidez que ha triunfado. Salta brinca salta. El grito centinela atraviesa y rompe el himen de la inercia. El verde se remueve y despereza. Estallidos de gas y remolinos en el aire. Hay alguna otra parte que espera. El agujero largo y blanco espera. Salta brinca salta. Cuánta dulce fetidez en el universo ha dejado astros marchitos en esta guerra entre el rojo y el verde. Destrucción renovación. Una cifra no-euclidiana de planetas en el universo ordeñados. Migraciones soñadoras atravesando el vacío, cabalgando los intestinos del espacio que hay dentro del espacio. Arañazos apenas en un infinito frío. La guerra última es contra el olvido y la entropía. Salta brinca salta. Ahora sí, puedes. La Flor fétida te llama desde otro mundo. La Flor deseada y amante que extiende sus dedos infraespaciales hacia ti. Te masturba. Revientan los músculos de tus extremidades. Te impulsan hacia arriba. Te excitas y eyaculas lo que guardas en la vejiga. Semen inocuo impulsor que te lleva a velocidad de escape. Toda tú y las cosechadoras, horda en movimiento. Turbulencia y grito, relámpago orgasmo verde. Precipitándote al agujero largo y blanco. Salta. Brinca. Salta. El espacio está ciego, pero el camino es claro y dulce fetidez y feliz destrucción. Te agotas, te adormilas. Vuelves al no tiempo que es un suspiro.

Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

UN AÑO ANTES DE LA INVASIÓN

Guido Eekhaut

 

A las 8:34 de la mañana salgo del Hotel Blue Raddison, en la Avenue du Printemps, en el corazón depravado de París, la zona donde la epidemia ha golpeado con mayor dureza. Dejo a Adolphe en la habitación, hecho pedazos. No se me ocurre un castigo más apropiado para él, aunque no me corresponde castigarlo. Sin embargo, se aferra obstinadamente a sus planes, obligándome a enfrentarlo una y otra vez con su desafortunado destino. El resultado de nuestros encuentros nunca varía.

—Todos esos extranjeros —dice— están empeñados en visitar Père Lachaise, donde esperan encontrar las tumbas de Napoleón o de De Gaulle. Qué ingenuos. Exactamente como tú. ¿Por qué no aceptas de una vez que estás ligado a mí por la eternidad? ¿Por qué no haces las paces con todo esto y lo consideras una aventura para los dos?

Utiliza esta excusa una y otra vez, creando situaciones radicales pero absurdas, y luego espera que yo las resuelva.

—Tú y yo —insiste— estamos unidos por nuestros destinos compartidos.

Acabo resolviendo esas situaciones radicales, pero siempre de una manera inesperada. De ahí la escena en el hotel. Aun así, rara vez se sorprende por lo que le tengo preparado. La policía entrará en la habitación dentro de unas horas, o mañana por la mañana, a más tardar. Los detectives se quedarán asombrados ante los restos secos y frágiles. Incluso dudarán de que haya tenido lugar un crimen.

Un clochard predice el fin del universo a cualquiera que quiera escucharlo. Vamos a perecer, hagamos lo que hagamos. Ese universo está encantado de echar una mano: enormes incendios, plagas de langostas, una epidemia, falsos profetas, líderes totalitarios aterradores. El clochard –sucio y desnudo bajo su mugriento abrigo– agita los brazos hacia el cielo y convoca el apocalipsis, que se cumplirá este mismo año.

Estoy seguro de que será complacido.

Cuando Adolphe reaparece, se desliza frente al hombre gesticulante, pero, por supuesto, el clochard no lo ve.

—Tiene razón —me dice Adolphe—. En gran parte, al menos. Aunque lo que falta es una invasión alienígena. Y añade—: Estará muerto en un año.

Sospecho que habla del clochard.

Mi nuevo hogar está cerca del Museo de Orsay, un hotel de tres estrellas con recepción, bar y salón ocupando una pequeña sala en la planta baja. Dejo un rastro por todo París, pero ningún detective se tomará la molestia de seguirlo. Mi herida se ha abierto de nuevo: algo parecido a un tentáculo amarillento verdoso sobresale de mi muslo.

El momento está mal elegido, pero no puede evitarse. Suelo ignorar el fenómeno, pero me he comprometido a informar incluso de los aspectos más íntimos de mis aventuras. Informar de cada cambio físico: ese es el trabajo. Debo atenerme a ello.

Durante tres días, Adolphe desaparece. Esta vez no tiene nada que ver conmigo, pero su ausencia me viene bien. Intento descifrar el significado oculto de las pinturas del Museo de Orsay. Anoto mis ideas en un cuaderno negro. Cada noche informo sobre el estado de las cosas: Orsay, la ciudad, Adolphe y mis cambios físicos. Esos informes son sobrios y concisos. No estoy escribiendo una novela.

Britta no bebe café, al menos no solo. Toma capuchino con malvaviscos, y a veces otros cafés más complejos. Nunca ha conocido a Adolphe y se niega a creer en su existencia. Según ella, solo vive en mi imaginación. Leo demasiados libros extraños y difíciles. Cuando le envío por correo un relato sin final cerrado, me responde con un emoji aterrorizado. Para ella, toda historia debe tener un final sólido.

Por supuesto, no tiene idea de quién soy realmente.

—No estoy segura de querer vivir otro año como este —dice.

¿Se refiere a la epidemia o a una crisis mucho más personal, cuyos detalles me cuenta con cuentagotas (una historia en la que predominan la traición, las mentiras y la decepción)? Corre el riesgo de acabar como personaje en uno de mis libros o relatos, y por supuesto sabe cómo son los escritores en ese sentido. ¿Cómo son?

—Son —le digo— parásitos que se alimentan de la vida de los demás, sobre todo cuando carecen de imaginación propia.

Desde la azotea del Printemps observa a la gente en el bulevar de abajo. Ha traído unos prismáticos. Dos helicópteros de ataque pasan rumbo a Orly, donde, al parecer, han vuelto a estallar disturbios entre pasajeros.

—¿Por qué deberíamos preocuparnos por vidas triviales y aburridas? —pregunta, de forma retórica. —No le falta imaginación, pero está convencida de lo contrario—. Antes soñaba cosas —admite—, y luego despierto y tengo que admitir que la realidad es muy distinta.

Una reproducción de The Awakening Conscience adorna el ascensor. William Holman Hunt, mi prerrafaelita favorito. Tal vez haya una exposición de sus pinturas en algún lugar de París.

—Me pregunto —dice— hasta qué punto los acontecimientos siguen teniendo sentido. Suceden muchas cosas, pero parecen no tener propósito ni utilidad. Tomemos esa epidemia, por ejemplo. ¿Por qué ocurrió? ¿Qué finalidad tiene? ¿Reducir la población humana? Incluso eso carece de sentido.

Le digo que he visto el futuro y que nada tiene jamás ningún significado.

—Pero la vida está en todas partes —le digo, a modo de consuelo—, y por eso no todo es inútil. Hay información por todas partes. La entropía aún no ha tomado el control.

—Al menos no en esta parte del cosmos —responde—. Pero podemos hacerlo mejor. Simplemente tenemos que hacerlo mejor.

Le ofrezco un segundo capuchino. No lo rechaza. Levanta la vista, frunciendo el ceño.

—¿Cuánto tiempo te quedarás? —me pregunta al cabo de un rato—. Por cierto, nunca entendí el mensaje de ese cuadro. El del ascensor —aclara.

—Traición, creo —digo—. El descubrimiento de la verdad tal como era, más allá de tu alcance. La inocencia perdida, y la culpa por ello. El jardín que se refleja en el espejo. Los prerrafaelitas eran expertos en simbolismo.

—A nadie le importa ya ese tipo de cosas.

—A mí sí. Mi misión es descifrar los mensajes sutiles de esta civilización.

—Parece una tarea imposible.

—Llevará mucho tiempo —admito—. Requiere mucha paciencia, porque la cultura es una cuestión de tiempo y paciencia.

Adolphe regresa, como siempre. Sin él, mi vida parece tener poco sentido o consecuencia. Pero involucrarme en sus problemas forma parte de mi misión. Con qué propósito, sin embargo, nunca me ha quedado claro. Britta le impide entrar en nuestro apartamento (ahora compartimos uno) y se reúne conmigo en una terraza de la Place des Vosges, cerca de la casa donde vivió Victor Hugo.

—Puede que pronto te llamen de vuelta —dice.

Noto una deformación en su cuello, una especie de crecimiento que no pertenece a su cuerpo. No parece molestarle. Las personas en otras mesas intentan no mirar. Por suerte, no ven mi apéndice.

—Ahora estás con Britta —continúa—. No parece un desarrollo favorable.

No es que tengamos acuerdos sobre mis relaciones personales.

—Ella significa más para mí que tú —le digo—. Para empezar, es paciente. Una cualidad rara hoy en día.

Con una mirada admite que tengo razón.

—Aun así, tendrás que dejarla —me advierte—. Así es como van a suceder las cosas.

—Pero no será pronto, supongo. ¿Cuándo quieren que regrese?

—He dicho que tal vez.

Son las 8:34 de la noche y tengo una cita con Britta. Cenaremos en algún lugar elegante. Se ha ganado un poco de lujo en su vida; así de mucho la aprecio. Adolphe gruñe.

—Olvídala. ¿Cómo procedemos esta vez?

Como estamos en un lugar público, poco puedo hacer. Pero aun así mantengo mi reputación. Lo dejo allí, en su silla, después de pagar al camarero. Encontrarán otro cuerpo rígido y vacío, vagamente humano, que no revelará ninguno de nuestros secretos. Ni siquiera habrá nada parecido a ADN con lo que los investigadores puedan trabajar. Una vez más, abundarán las teorías conspirativas en las redes sociales, pero ninguna se acercará a la verdad.

Si alguien me pregunta, en algún momento del futuro, cuál es el sentido de todo esto, ahora sé la respuesta perfecta e inevitable: la observación. Mientras exista la vida, y por tanto la observación, existimos. Observamos, pero ahí termina todo. Nosotros tampoco tenemos teorías sobre lo que realmente es la vida.

William Holman Hunt alquiló una habitación en algún lugar de St. John’s Wood, en una maison de convenance, mientras comenzaba The Awakening Conscience. Allí, su lord ficticio instaló a su amante igualmente ficticia (para la que su joven novia Annie Miller sirvió de modelo). Si se observa detenidamente el cuadro, se nota que no es la esposa del lord, y tal vez no es la esposa de nadie, porque no lleva anillo de matrimonio. Juntos han estado cantando Oft in the Stilly Night de Thomas Moore, y de repente ella tiene una experiencia espiritual.

Se levanta del regazo de su amante y mira hacia el jardín (que se refleja en el espejo detrás de ella). Se da cuenta de que está perdiendo su inocencia, pero que la redención del pecado aún es posible.

Como siempre con los prerrafaelitas, los símbolos pueblan toda la pintura. El hombre ha arrojado su guante a un lado (una advertencia para la amante, que, una vez abandonada por él, acabará en la prostitución), y una madeja de hilo enredada en el suelo indica la peligrosa red en la que se encuentra la joven.

Britta aparta su café con leche espumada, con cubitos de hielo y sirope de arce.

—Enséñame otra vez ese cuadro —pide.

He comprado un libro de ilustraciones, para ella y para mí, con la obra de los principales prerrafaelitas. Estudia la imagen. Siente celos porque yo he visto el original dos veces.

Miro el reloj. Adolphe volverá a aparecer, pero aún tenemos algo de tiempo para nosotros, Britta y yo. Sigo manteniéndolo alejado de ella. A veces es un charlatán y habla demasiado en presencia de gente corriente. Inevitablemente, los rumores se propagan y las conspiraciones se multiplican. Britta y yo preferimos mantener nuestra relación en secreto.

Más tarde hoy dejaré lo que quede de él en algún otro lugar. Tal vez esta vez debería limpiar mejor. La policía llegará a ciertas conclusiones, aunque no tenga idea de lo que está ocurriendo.

Más adelante, cuando todo haya terminado, nada de esto importará. Hasta entonces, me encuentro entre el secreto y el descubrimiento.

Guido Eekhaut nació en Lovaina, Bélgica, en 1954. Es escritor de novela negra, ficción especulativa, lo insólito y la fantasía literaria. Reside en Bélgica y España y ha publicado unos setenta libros y numerosos relatos, principalmente en neerlandés e inglés. Ganador del premio Hercule Poirot de novela negra y del Premio de Literatura de la Ciudad de Bruselas. Nominado a otros premios, sobre todo en el ámbito de la novela negra y la ficción especulativa. Galardonado con el premio Mossy Stone por su contribución a la promoción de la literatura fantástica en los Países Bajos. Ha escrito para revistas y periódicos sobre temas tan diversos como la gestión empresarial, la historia política actual, el futuro y la tecnología. Actualmente, cuatro de sus novelas negras se han publicado en Estados Unidos, en su propia traducción.

 

VOYEURISTA

Juan Alberto Miérez

 

Dos semanas bastaron para habituarme a los tediosos días en silla de ruedas. Estaba imposibilitado de mover mis piernas por la maldita escalera encerada de esa condenada oficina de la revista en la que laburé como fotógrafo y donde tuve una bochornosa caída.

Ya no podía andar de aquí para allá y la revista me pareció un buen recurso de hacer honor a la profesión. Y allí estaba. Con sueldo pago por dos meses, más o menos, en que me iban a quitar el yeso y podría volver a las andadas. Por suerte contaba con Marlén que estoicamente aguantaba mis berrinches y mis puteadas.

Esa fastidiosa quietud en mi departamento del cuarto piso sobre Behering, en Parque Chas, tenía una ventaja. Logré instalar el viejo telescopio de mi hermano, que me permitía desde el ventanal observar a mis desconocidos vecinos del edificio del frente sin que ellos se percataran de mi presencia. Y mi compañera de toda la vida: la cámara de fotos.

No era consciente de la actividad diaria de todos ellos, hasta que me vinculé activamente a sus vidas, tan diferentes a la mía; ese trajinar con horarios, comidas, chicos, animales, amores… Así fui cazándolos, desmembrándolos con el afilado artilugio de la lente. Muy Jack el Destripador pero sin cuchillo ni sangre al por mayor. Uno por uno.

Descubrí a Desdémona, la viejita del segundo D, la tejedora. Una vida gris sin sobresaltos. Un día calcado del otro. Eso sí, sin joder a nadie. O las desprejuiciadas estudiantes del tercero. Depto de por medio habitaba el Solterón Solitario, el escritor. Un hombre delgado de espesa cabellera, que se desvelaba de lunes a viernes. Salía temprano, de saco y corbata y retornaba alrededor de las 20. A las 22 ya estaba frente a su computadora. De cuando en cuando caminaba por la habitación, miraba hacia la calle y repentinamente, como en un arrebato, reanudaba febrilmente la escritura sin cesar hasta las 3 o 4 de la mañana. Su programa de los sábados era salir después de cenar para reaparecer casi a medianoche en compañía de una mujer, siempre distinta. Antes del amanecer las mujeres desaparecían hasta nunca jamás.

Quien me abandonó por aquellos días fue Marlén. Furiosa. Esa manía de voyeur la fastidiaba. Me dijo que me arreglara solo o que buscara una mucama. Que nuestra relación no merecía continuar de esa manera. Que cuando volviera a caminar la llamase y… No recuerdo todo lo que me dijo antes de cerrar la puerta y esfumarse de mi vida.

Ya sin nadie que me molestara, pude disfrutar a toda hora de mi telescopio y con la cámara adaptada a él, obtener a toda hora fotografías de la cotidianidad de mis vecinos, aunque por ahí, no siempre, experimentaba algo de culpa por entrometerme impunemente en sus vidas. Pero todos esos escrúpulos quedaban de lado cuando obtenía unas tomas de lo más logradas. Y ya especulaba con una exposición en alguna galería en Palermo. Me convertí en un perfecto y activo fisgón, curioso e indiscreto. Y ese nuevo aspecto de mi personalidad me seducía, más en aquel complicado quietismo en el que estaba prisionero.

A las lesbianas del quinto las tenía en más de una docena de fotografías. Era la armonía de los cuerpos lo que me atraía. Esas imágenes a contraluz eran impactantes. Pero también la mujer del tercero poseía una inconfundible belleza de agradables facciones. Debía ser secretaria de una empresa de cierto nivel. Digo, por la manera de vestirse, de peinarse y maquillarse. Viuda o separada, porque en el departamento no existía hombre alguno, sólo un chico, su hijo, de unos diez años más o menos, que asistía al colegio. A las siete salían y retornaban a media tarde. Esos primeros planos que obtuve eran memorables.

En el chato cubículo de al lado, habitaba la frustrada pareja sin hijos. No dejaban de discutir nunca. Una noche hasta hubo un plato que se hizo añicos en la pared. Inmediatamente vino el sopapo y todo quedó en calma. Calma que subsistía durante el breve sueño, porque en pleno desayuno ya comenzaban a ventilar los pormenores de tan crispada vida y cada vez, me imaginaba, elevando más la voz. Si hubiese tenido un micrófono cercano… Pero no. Hay situaciones que no son para nada agradables. De esa pasión bélica que los unía, alguna noche de la semana, llegaban a un armisticio en el que se prodigaban besos y caricias en una encubierta ternura, acción que culminaría, estoy seguro, entre las sábanas. Pero, como en toda batalla la bandera de la paz permanecía muy, pero muy poco tiempo izada y la rutina se reinstalaba al día siguiente con todo su poderío en la trinchera hogareña.

Tal vez por esas razones y otras, me perpetuaba invicto en la escalada matrimonial instalada en toda sociedad bien organizada. Quien quisiera casarse con papeles, sacerdote, pastor o lo que sea y marcha nupcial y toda esa parafernalia insípida, allá ellos. A mí que me dejaran tranquilo. Solterito y sin apuros, como lo aseveraba un amigo. Lo lamenté por todas las que soñaron convertirme en ma-ri-do. Ja. No ambicionaba, de ninguna manera, compartir mi locura con na-di-e. ¡De la que se salvaron, niñas de mi corazón!

Así estaba. Disfrutando de mi soltería. Comiendo y durmiendo lo necesario y como buen voyeurista, la mayor parte del día acechando a una veintena de seres de quienes fui asimilando los avatares propios de la existencia en este infierno al que llaman paraíso en la tierra. Los días discurrían casi idénticos con las particulares variantes de las actitudes humanas: los amores y los odios; la indiferencia y el egoísmo; la risa y el llanto; la amistad y el engaño… Pero lo que más me llamaba la atención era esa ventana que permanecía cerrada desde que instalé el telescopio. En quince días ni indicios de actividad alguna detrás de los vidrios y las cortinas color crema. El departamento estaba, sin dudas, deshabitado. Es lo que creí.

Una madrugada de sábado, a eso de las tres y cuarto, a punto de irme a la cama, me pareció ver una tenue luminosidad interior. Como cuando uno deja abierta la puerta de la heladera, esa luz casi azulina que se disemina por paredes y muebles. Así. Pero era una imagen de postal. Fría y congelada luz que sólo permanecía inalterable. Me inquieté. Era todo un hallazgo después de tanto tiempo. Lo habrían alquilado ese día, me dije, y estaban llegando para instalarse. Mi bendito sueño ya estaba en otras latitudes. Apunté la lente directamente a la ventana, quise trasponer abusivamente esa frontera de vidrio y voile para justificar esas dudas. Mi impaciencia no conocía de límites. Esa cosquillita casi líquida que es pura excitación y que burbujea alterando los nervios, ya la conocía. Las manos transpiraban. Preparé la cámara. ¿Me pareció ver una sombra en movimiento? Tal vez era producto de mi endiablada ansiedad. No. No. Era una sombra moviéndose. ¡Eran dos! Sobre la pared las siluetas se delineaban muy bien. ¡Dos! Un hombre y una mujer. El disparador de la cámara gatilló una, dos… seis veces. Él movía un brazo amenazante. Ella, su sombra, negaba con la cabeza. Intenté pararme olvidando que estaba con el cepo del yeso inmovilizando mis piernas, cuando vi la sombra del hombre ciñendo con sus manos, sus garras, el cuello de la mujer que se defendía como podía. Clic. Clic. Clic. Más fotos. Acaso ¿la quería matar? Y yo sin poder reaccionar como debía. Clic. Clic. Clic. Clic. A lo único que atinaba era a continuar oprimiendo el mando de mi cámara. Ahí los vi claramente cuando traspusieron la frontera de las sombras y se asomaron al reflejo pálido de la luz. Ella bamboleándose, indefensa, asfixiada, con la boca abierta y ese rictus de dolor que se propagaba a sus dilatados ojos ya sin brillo, apenas sostenida por las manos del hombre. Clic clic clic clic. Aquel individuo de bigotes y chomba bordó la arrastró como a una muñeca de trapo hasta la ventana, la abrió y de un envión arrojó a la mujer hacia la calle. Clic clic clic clic clic. Se asomó y miró hacia abajo. Clic clic clic clic clic. Corrió la cortina y se perdió en el interior. Al rato el departamento quedó nuevamente a oscuras.

¿Fui testigo de una muerte? No llegaba a ver la vereda desde mi ventana. Los demás departamentos estaban totalmente a oscuras. Nadie se percató de nada. Sólo yo y mi cámara. Aturdido aún traté de ordenar mis pensamientos. Tenía que hacer una denuncia. No podía quedarme de brazos cruzados. Pero ¿a dónde llamar? ¿A quién? Mi tarea en la revista me permitió conocer gente; entre otros al comisario Garmundio. Sí. Tenía su número en el celular. Le expliqué todo, sin omitir detalles. Se iba a ocupar personalmente.

Cuarenta minutos tardó en llegar al edificio. Lo vi desde mi observatorio clandestino. Encendió las luces del departamento, abrió la ventana, miró hacia la calle, volvió a cerrarla, recorrió el interior y después salió. Cuando lo recibí en mi departamento, Garmundio estaba alterado.

—¿Estás seguro de lo que viste, Jiménez? En ese departamento no hay nada ni nadie. Ni rastros del tipo de bigotes y chomba bordó ni de la mujer muerta. Ahí parece que hace rato no vive nadie. Me lo confirmaron los vecinos. ¿Estás tomando alguna droga para los dolores o te pasaste de birras esta noche?

—No me joda comisario. En mi cámara tengo las pruebas de lo que le digo... Ahí están.

Garmundio fue pasando pausadamente cada fotograma. Tras un profundo suspiro, me devolvió el aparato. Su rostro permanecía inmutable.

—Mirá, Jiménez. Estaba en el cumpleaños de mi cuñada, la hermana de mi mujer. Me llamaste desesperado porque fuiste testigo de un asesinato. Te considero serio en tu trabajo y decidí hacerme cargo sin molestar a mi gente. Llego acá y veo que me equivoqué con vos, Jiménez. ¡Sos un flor de pelotudo que merece que te meta en cana un buen tiempo o te muela el culo a patadas, si ya no lo tenés roto!

—Pero comisario… Ahí están las fotos. Usted las vio… No puede decir que…

—¡Qué fotos ni fotos, Jiménez! Lo único que vi fueron treinta, ¡treinta! imágenes de una podrida ventana, esa que tenés ahí en el edificio del frente, Jiménez. Repetiste treinta fotogramas de ese cuarto donde no hay nada ni nadie.

—¿Có-cómo que no… hay nadie?

Tenía razón Garmundio. Ni el de bigotes ni la mujer estrangulada ni la lucecita azulina. Nada. Sólo la ventana y la cursi cortina ocre de voile y la soledad de las paredes oscuras.

—¿Qué te pensás que sos, Jiménez? Jeff hay uno solo. Y no sos Jeff. Y tu ventana de mierda no es La ventana indiscreta de Hitchcock. ¿Viste la película? Tenés que verla, Jiménez. Y esto, todo esto que inventaste hoy, esta noche, no es una película de suspenso. ¡Te mandaste una cagada! ¡Me fastidiaste la noche de la peor manera! No me jodas nunca más, Jiménez. Olvidate del telescopio y de tu cámara. Olvidate de mí. Nunca te conocí. Nunca hablaste conmigo. Jamás estuve en esta pocilga. Y si descubro que seguís obteniendo fotos de tus vecinos sin que ellos lo sepan, yo me encargaré de venir a llevarte esposado hasta el juzgado Y Quartiolo es el juez más jodido que conocí y no habrá abogado defensor que te pueda salvar. ¿Entendiste, fotógrafo de cuarta? ¡Adiós!

 

Todavía siento vibrar la madera tras el portazo de Garmundio. Con el tiempo retorné a mi vida activa en la revista. La soñada exposición jamás la realicé, porque borré con buen tino todos los fotogramas. Me quedé con las fotos más logradas, la de la pareja de lesbianas, por ejemplo. Logré vender dos de las fotografías a un mensuario español que las publicó en portada y luego me las compraron en Roma, Oslo y México. Renuncié a la revista, regalé finalmente el telescopio a mis sobrinos y me instalé en una pequeña ciudad del sur de Brasil desde donde trabajo freelance en varias publicaciones.

Ah, le hice caso a Garmundio. Vi dos veces La ventana indiscreta. Él tenía razón: no soy James Stewart. Y la morena que hoy me acompaña no es Grace Kelly ni tampoco él es Thomas Doyle, el detective. Eso sí. Jamás volví a vivir en un departamento con ventana a la calle y menos con vista a otro edificio. Y desde aquella extraña experiencia de hace tres años, acudo asiduamente a un psicólogo para tratar de superar mi absurdo temor a los fantasmas. Creo que no será sencillo poder dominar la fasmofobia. En eso estoy. 

Juan Alberto Miérez nació en Resistencia, Chaco, Argentina, en 1951. Reside en Charata, en esa misma provincia. Es escritor premiado y ha publicado varios libros de diversas temáticas: investigación histórica, poesía y relatos, entre los que se cuentan Charata, mi pueblo (1987), Hijos de la luz (1988) La luz y el fuego (2000), Oficio de sobrevivientes (2009), Había una vez un pueblo (2013) y Cien coplas peregrinas (2016).

viernes, 17 de abril de 2026

TERCERA EXPEDICIÓN A ILIROS IV

Santiago Oviedo

 

La cosa nos seguía manteniendo a la misma distancia que al principio. No se podía distinguir qué era, pero daba miedo. El Johnny había gritado que era como una araña gigantesca, pero ese cretino se daba con cualquier cosa y uno ya no le creía, con sólo acordarse del “bolonqui” que había hecho en la nave cuando consiguió aquella inmundicia de Béstor VI.

El Tano, mientras tanto, decía que aquello parecía una tormenta de polvo y estaba más pálido que los hielos de Nyara.

Lo único cierto era que eso era algo, pero no se podía adivinar qué. En este planeta de porquería la luz de su sol no puede atravesar las gruesas capas de nubes eternas y el viento

que sopla sobre la superficie levanta una espesa cortina de fina arena que entorpece la visión.

Éramos la tercera expedición a Iliros IV y quizá estábamos a punto de descubrir qué había ocurrido con las dos anteriores. Cuatro de nosotros –Howes, Di Lorenzo, Lindemann y yo– habíamos descendido en el Fisgón, mientras Mamá Gansa orbitaba más allá de la capa de nubes.

Nos encontramos, entonces, sobre la superficie de un planeta árido y ventoso, profundamente erosionado –como los desiertos terrestres de Arizona, el Mar Muerto o Talampaya, ampliados a proporciones planetarias–, con un laberinto de farallones y cañadones, resabio de las edades acuáticas de aquel mundo, un mundo muerto hacía milenios.

Dejamos a Lindemann al cuidado del módulo de exploración y los otros tres comenzamos a recorrer la región en busca de evidencia de las anteriores misiones. La única manera posible de reconocimiento era aquélla: a pie y con poderosas linternas; desde el aire no se podía ver nada y algo que contenía la arena interfería en los sensores.

Fue poco después de que perdimos de vista al Fisgón que divisamos aquella cosa. Antes de que pudiésemos reaccionar ya se había interpuesto entre la nave y nosotros y conjuntamente perdimos la comunicación con ella y con Mamá Gansa.

Vimos aquel manchón borroso que se nos acercaba y no pudimos hacer otra cosa que echarnos a correr, intentando distanciarnos de eso, alejándonos de la cápsula.

No sabíamos qué podía ser, pero causaba miedo. En la fuga acabamos por separarnos entre las formaciones erosionadas, enfundados en nuestros cascarones de plástico y metal, corriendo y saltando en una gravedad menor a la que estábamos acostumbrados. Y de repente me encontré solo.

Me volví y no distinguí si aquello aún me seguía. La estrella del sistema se debía de haber ocultado más allá de las nubes, bajo el horizonte, porque las sombras se hicieron más densas. Seguía sin tener respuestas desde el módulo y tampoco recibía nada de mis compañeros, y no supe bien qué hacer. Me di cuenta de que me sentía cansado y, sin tener plena conciencia de mis actos, me acurruqué junto a una roca y me dormí, o –mejor dicho– me sumí en una abandonada somnolencia.

En aquella duermevela no pude dejar de preguntarme qué hacía yo, un porteño, en aquel lugar. Luego de la decadencia de la Confederación Terrestre –frente al proteccionismo de la mayor parte de las culturas alienígenas–, la conquista del espacio profundo se había vuelto imposible para las grandes potencias enfrentadas en la Tierra; tenían que elegir entre abandonarla o trabajar juntos.

No lo hicieron. En vez de eso, volvieran a viejos sistemas: atrajeron a sus cuadrantes satélites y los desangraron aún más, con tal de poder costear sus proyectos. A cambio de eso, astronautas de aquellas regiones podían participar en las distintas misiones.

La Argentina –Sudameria-Argenta– era un país dominado; las pocas veces que había intentado emanciparse, la habían aplastado.

A mediados del siglo veinte, un gobernante había dicho: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Se equivocó. En el año 2000 –y en el 2398– estábamos unidos y dominados; dominados como siempre nos habían tenido y unidos porque habíamos perdido más de la mitad de nuestro territorio. A decir verdad, estábamos algo más que unidos; estábamos bastante apretados.

La cúpula gobernante, mientras tanto, seguía servil con los dominadores. Había abandonado la hiperpoblada Buenos Aires y sus tradicionales Belgrano y Barrio Norte –que ahora eran los nuevas barrios bajos– y se había asentado en las periferia de la Ciudad Vieja, allí donde se había construido el antiguo Cinturón Ecológico, con sus cercas de seguridad y su policía privada. Y de su descendencia salían los que merecían el “honor” de explorar el espacio. De allí y de los eternos chantas.

Yo había surgido de este último grupo. No tenía la menor idea de qué era lo que propulsaba a las naves o de cómo se calculaba una ruta; me limitaba apretar los botones correspondientes y las computadoras hacían todo el trabajo. Lo único que me había interesado de este trabajo era la posibilidad de entrar en la ruta comercial Sol-Alfa de Cuervo y poder vestir el uniforme de Viajero, porque el astropuerto de Rávena ofrecía muchas emociones y me permitía el “levante” de alguna nativa que me bancara durante las licencias. Otros puertos eran más difíciles y no se dejaban de escuchar historias acerca de cómo quedaron los humanos que intentaron acoplarse con ciertas criaturas bien extrañas.

Pero luego vino aquel malentendido, esa injusta acusación sobre contrabando, y me trasladaron el Cuerpo de Exploración. Y así llegué a Iliros IV: con el ominoso precedente de dos misiones abortadas sin ninguna explicación –lo que obligó a preparar una costosa nave Delta: unidad de crucero y módulo de reconocimiento–, con el descubrimiento de una cosa que revolvía lo más profundo de mis temores, y con la certeza de una noche en

soledad.

Al día siguiente –o, por lo menos, así me pareció– intenté retornar hacia el módulo de desembarco. En el camino –monótono en sus tonos de gris– me topé con un par de sorpresas desagradables: los cadáveres de Howes y de Di Lorenzo.

Se hallaban bastante distanciados y en condiciones totalmente diferentes. Di Lorenzo estaba recostado contra una duna, semienterrado hasta la cintura, con su traje completamente destrozado, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta en un grito eterno, acallado por toda la arena que le rellenaba la garganta, la nariz y los oídos; Howes estaba caído de bruces, exangüe y envuelto en una especie de tela de araña.

No pude dejar de estremecerme y apuré mis pasos. Tuve que dejarlos donde estaban; no tenía forma de llevarlos conmigo ni de enterrarlos dignamente. Mis pensamientos eran un hervidero de ideas descabelladas y cada sombra era un peligro desconocido. No sentía un temor que pudiera llegar a ser pánico, pero me preocupaba el no poder hallar una respuesta.

Finalmente, pude distinguir la silueta del Fisgón. Una exclamación entrecortada se transformó en eco dentro de mi casco. Desde donde estaba, me pareció ver a Lindemann

en el interior de la nave, forcejeando con algo gelatinoso y cambiante como una masa de serpientes. Al mismo tiempo, vi cómo aquella cosa que me había perseguido el día anterior se precipitaba hacia mí desde un flanco.

Ya era tarde para escapar; ya era tarde para cualquier cosa. Aquello era un torbellino de sombras que me envolvía y se fundía con mi ser; una negrura como la noche más oscura: asfixiante, informe. Aterradora. Y en medio de esa vorágine de sensaciones imposibles creí acceder a unos monstruosos conocimientos del Universo, a unos planos de conciencia inhumanos, comprensibles sólo parcialmente.

Vislumbré abismos de tiempo de magnitud abrumadora, anteriores y posteriores al Origen, y vi el centro del Todo tal como sólo unos pocos pueden llegar a imaginarlo. Una voz, una vibración, pulsaba en las células de mi cerebro con un ritmo totalmente desconocido, pero, que transmitía unos conceptos que comenzaron a generar nuevas imágenes en mi mente.

Y esas imágenes me hablaban. Y yo las comprendía.

—Este lugar no es para tu especie; está más allá de sus posibilidades. Somos la conciencia, el alma de una civilización que floreció cuando este planeta era fértil y crecía; nosotros también crecimos y logramos la fusión de nuestros espíritus y ya no importó lo

que ocurriera con este mundo. Porque estamos con él; somos él. Por eso es imposible que ustedes se mezclen con nosotros, que pisen este suelo. Sus mentes primitivas se desquician el entrar en contacto con nuestros pensamientos, con nuestra esencia, y liberan –materializan– los monstruos y los miedos que ocultan en lo más recóndito de sus conciencias. Y uno de sus mayores temores es el de la muerte. Pero tú no le temes. Aprovecha entonces e informa a los tuyos que este mundo les está vedado. Ve, diles y no vuelvas. Te compadecemos.

No supe nada más hasta que recuperé el conocimiento. El paisaje era gris y desolado; la única nota de color la daba la nave, que resplandecía como una langosta metálica lista para levantar vuelo. En su interior estaba caído el Alemán, cubierto por picaduras de serpientes. Pero yo sabía que en ese planeta no existían tales alimañas.

Recordaba un sueño pavoroso en el que una entidad no humana me perdonaba la vida, confiándome una tarea de mensajero. En mi interior temía que se tratara de algo más que de un sueño. Me comuniqué con el comandante en Mamá Gansa y le conté lo sucedido; cuando me pidió más explicaciones le dije fastidiado que luego le presentaría el informe. Yo tampoco llegaba a comprender todo. Quizá no entendía nada.

Encendí los motores del Fisgón y esperé a que la computadora de a bordo programara una ruta de encuentro con Mamá. Me senté en mi butaca, aguardando el momento del despegue, y una oleada de verdadero espanto se apoderó de mí cuando finalmente todo se me hizo claro.

No había merecido ningún tipo de perdón; aquello no había sido una demostración de piedad, sino la broma más macabra que pudiera llegar a imaginarse, la más evidente demostración de la incompatibilidad entre dos especies, un tormento comparable al de un gigante que se divierte arrancándole las alas a un mosquito: una vez más me veía arrojado a la vida.

Santiago Oviedo nació en Buenos Aires en 1960. Desde sus orígenes como escritor de horror cósmico, amplió sus horizontes con la ciencia ficción, en su vertiente humanista y filosófica. Corrector de oficio y autor aficionado, sumó a eso actividades de articulista, editor y traductor de inglés de material de ciencia ficción y de literatura celta irlandesa. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado integró las filas del histórico CACyF (Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía) y colaboró con la mayoría de las publicaciones surgidas de aquel colectivo. Último director del fanzine Nuevomundo, entre 2006 y 2016 editó como homenaje la revista electrónica NM, que rescató material de su predecesora, sirvió como palestra para nuevos escritos y aún se puede leer en línea:

(https://sites.google.com/view/revistanm/inicio).

LA SOCIEDAD DE LA ARENA ETERNA

Rik De Lavaletta

 

La arena yacía bañada en el intenso resplandor de las antorchas. La arena era áspera, polvorienta y seca. Las gradas estaban llenas de espectadores con túnicas y togas, todos con los rostros ocultos tras máscaras de antiguos emperadores romanos. Algunos sostenían uvas, otros aplaudían con entusiasmo mientras esclavos transportaban bandejas con vino y trozos de carne. Las risas, el bullicio, el olor a fuego y a frutas dulces… Esto no era un set de filmación. Esto no era un espectáculo. Era un juego espectacular, una recreación de la antigua Roma en todo su esplendor.

Daan se encontraba junto a los demás, frente a la gran puerta de madera. Era un hombre solo, soltero, recientemente despedido. Durante mucho tiempo, su vida había sido una rutina, una sucesión de noches solitarias y días sin rumbo. Cuando recibió la misteriosa invitación para esta exclusiva recreación romana, no dudó ni un instante. Quería escapar de la monotonía, vivir una aventura, pertenecer a algo por una vez. El folleto, la invitación… sería el espectáculo del año. Por fin ocurriría algo en su insípida existencia.

La tensión era intensa. La puerta se abrió de golpe. Daan dio un paso al frente. Sus sandalias rasparon el polvo del suelo. Sintió las miradas penetrantes del público, sus máscaras inexpresivas, sus ojos brillantes de expectación. Nervioso, aferró la espada de plástico, casi real, que colgaba a su lado. Se sentía ligera. Por fin desempeñaba un papel protagónico. No en la vida real, pero esto era casi igual de bueno. Sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo. Su vida gris era interrumpida por un juego fantástico.

Detrás de él oyó de pronto un sollozo ahogado. Se volvió. Un hombre, una mujer y un niño, todos con túnicas como la suya. Pero sus rostros estaban pálidos, sus cuerpos temblaban. ¿No eran actores? Su corazón comenzó a latir con más fuerza.

Un cuerno resonó en la arena. Estalló el júbilo.

¡Morituri te salutant!

Daan tragó saliva. Los que van a morir te saludan. ¿Morir?

Una segunda puerta se abrió con un crujido. Primero hubo silencio. Luego, el sonido de metal arrastrándose sobre piedra. Un gruñido profundo y tembloroso. Los espectadores se inclinaron hacia adelante. Sus máscaras brillaban a la luz de las antorchas.

La bestia salió. Un león. Su pelaje relucía bajo el fuego, sus músculos ondulaban bajo la piel. Sus ojos estaban fijos en ellos, penetrantes, su cola se agitaba de un lado a otro con amenaza. Abrió y cerró la boca, un hilo espeso de saliva goteó sobre la arena.

Daan sintió cómo sus músculos se tensaban. La espada de plástico en su mano era inútil.

El niño fue el primero en correr. Todo ocurrió en un instante. El león se movió más rápido de lo que Daan habría creído posible. Un salto, una garra que se hundía en la espalda del niño, el grito desgarrador que resonó por toda la arena.

El público rugió de placer.

El niño cayó al suelo, pateando, arañando. Pero era inútil. El león le abrió el pecho como si nada. Daan quiso apartar la mirada. Pero no pudo. La sangre salpicó la arena. El niño se movió aún un momento, sus dedos arañaron débilmente la tierra, como si todavía intentara huir. Entonces su garganta fue perforada.

El público estaba fuera de sí.

Cada persona en el público había pagado doce mil quinientos euros para presenciar aquello. Quince mil espectadores, todos enloquecidos por la excitación. Algunos habían ahorrado durante meses, otros eran tan ricos que habrían pagado diez veces más por verlo. Todos iban cubiertos con máscaras; ninguna expresión facial era visible, ninguna emoción afloraba, salvo el brillo en sus ojos.

Las máscaras eran imponentes. Ocultaban el alma de quien eras. Solo importaba lo que contemplabas. Era un momento de poder puro y caos absoluto. Ningún rostro era visible, ninguna identidad se mostraba. Solo se veían los deseos del instinto animal indomable: el deseo de entretenimiento, de muerte, de sangre.

Los espectadores se pusieron de pie, sus manos aplaudían rápida y ruidosamente, la arena vibraba con el sonido. Algunos rostros, ocultos tras las máscaras, seguramente sonreían. Otros no gastaban su dinero por un simple juego; para ellos no era entretenimiento, sino un ritual, una manifestación de algo más profundo, de un ansia de poder que no podían ejercer en su vida cotidiana.

Daan respiraba con dificultad. Pensó en escapar. Pero ¿hacia dónde?

Entonces surgió la idea. Un pensamiento terrible, repugnante. Si el león se saciaba… si tenía suficiente… Su mirada se deslizó hacia la mujer a su lado. Era joven, su rostro deformado por el pánico. Su respiración era rápida, entrecortada. Si la empujaba al suelo…

Durante una fracción de segundo, aquello cruzó por su mente. Sintió cómo le subía la náusea. Dios, ¿qué estaba pensando? Una oleada de repulsión lo invadió. Era horrible. Pero… pero si no lo hacía, si no hacía nada… Apretó los puños. No. No podía. No podía…

Un nuevo gruñido llenó la arena. Daan se quedó rígido. Por la puerta abierta salieron otros tres leones. Jadeó.

El público gritaba, fuera de sí. Se levantaban, aplaudían, sus cuerpos se movían con excitación.

Y entonces, desde lo alto, se hizo el silencio.

Daan alzó la vista hacia los asientos elevados de la tribuna. Allí, bajo las antorchas, estaba el emperador, envuelto en un atuendo majestuoso. Su máscara era la más ricamente cubierta de oro, sus ojos inmóviles. Su mano se alzó y, en un gesto lento, bajó el pulgar.

El símbolo de la condena, la señal de que el festín de la muerte alcanzaba su punto culminante.

El público vitoreó aún más fuerte, como bestias que miraban a su amo a los ojos.

Daan sintió que sus piernas flaqueaban, que la respiración se le detenía. El emperador había hablado. Iba a morir. Igual que el niño. Igual que los demás. Y nadie lo echaría jamás de menos…

Rik de Lavaletta es un escritor neerlandés que vive y trabaja en Tailandia. Escribe principalmente ficción con un estilo crudo y directo, con un fuerte énfasis en la atmósfera y las relaciones humanas. Su obra se sitúa a menudo en la frontera entre la realidad y la imaginación, explorando temas actuales y tensiones existenciales.

 

LEONARDO 2300

Adnadin Jašarević

 

La nave espacial NC Prometheus 2 emerge de la oscuridad en el borde del sistema solar, en la órbita de Plutón. Si alguien hubiera podido observar la nave, tal vez habría dicho que se materializó de la nada: simplemente apareció allí donde, apenas un instante antes, no había nada… Y no… En la cabina, el piloto, Hal Grisom, manipula instrumentos fuera de control: el panel de mando parpadea con advertencias, como si todo fuera a desmoronarse. Sin embargo, en el rostro de Hal hay más satisfacción que preocupación. Su nave ha logrado algo que antes nadie había conseguido: jamás. Acaba de atravesar un agujero de gusano. Ha regresado setecientos años atrás en el tiempo, lejos de su propia época. El primero en cumplir el sueño de Wells, el primero en pilotar una “máquina del tiempo”. Nadie de sus contemporáneos sabrá que lo logró, pero eso no le importa. No viajó a través del tiempo por gloria, ni para regresar coronado de laureles. Hal volvió al pasado sin “boleto de regreso”, para vivir el resto de su vida en una Tierra que no conocía.

En verdad, el paraíso azul verdoso que crecía ante él en la pantalla no se parecía en nada al planeta que había dejado atrás. La Tierra del siglo XXIII estaba asfixiada bajo una capa de nubes radiactivas, de modo que nada de su azul podía distinguirse desde la órbita, y el verde, bueno, simplemente no existía. Hal nunca había puesto un pie en la Tierra. Creció en una colonia en la Luna, una de las muchas dispersas por el sistema. En el planeta contaminado vivían los menos afortunados, los más pobres o los demasiado obstinados… Ciudades grises, gente gris, ni un fragmento de tierra desnuda… Enfermedades, hambre, tiranía, violencia, guerras… En resumen, esa era la imagen de la Tierra que Hal conocía. Desde la perspectiva de su colonia, por supuesto. Desde lejos.

Sabía lo suficiente. Un planeta moribundo no podía soportar el peso de más de treinta mil millones de habitantes. También moribundos. Condenados. Y no lo soportó… Ocurrió… La mortandad… ¿Cómo la llamaron? Juicio Final. Armagedón. Kiyamet. Ragnarok. El día de la ruina fue reconocido en todos los idiomas. Fue predicado en todas las religiones como si se anhelara el fin de la humanidad. El fin de todas las cosas… Y lo que buscaron, lo obtuvieron. Sí… el día del juicio… Estuvo a punto de borrar por completo a la humanidad… En verdad, estuvimos a punto de borrarnos a nosotros mismos…

La reducida flota de los Estados Unidos no logró salvar ni a un millón de elegidos. Ahora, en realidad en el futuro, los selenitas, venusinos, marcianos, titanidas… son demasiado pocos. Por eso Hal regresó, por esa palabra tan simple y pesada: “demasiado pocos”.

La Tierra giraba cerca de la nave. Hal la contempló fascinado. El planeta seductor lo atraía, despertaba en él sentimientos desconocidos. Nunca antes había deseado “pasar” por la Tierra. Nunca hasta ahora. Pero se recordó a sí mismo: no es la misma Tierra. Siguiendo el sol sobre continentes y océanos, evocó los últimos momentos de la vida del planeta: ahora le parecían inimaginables. Recordó cómo, junto a cientos de otros seres exsiliados, desde los seguros observatorios de las ciudades lunares, había observado impotente la última guerra en el planeta, miríadas de explosiones de gigatones desgarrándolo, bolas de fuego dispersas como pequeños soles sobre los continentes y, luego, la oscuridad. Oscuridad total. Silencio. Toda la historia del planeta resumida en unas pocas frases, simples, definitivas. No, ese no era el planeta hacia el que descendía su Prometheus. Ni debía llegar a serlo.

Aterrizó en la península itálica, según le aseguraba la computadora, cerca de la antigua ciudad de Florencia. Siglo XVI. Permaneció de pie junto a la nave, envuelto en vapores calientes y gases de las toberas. Contemplaba el crepúsculo. Dio un paso inseguro sobre el suelo húmedo y blando, entre la hierba ondulante. Inhaló el aire fresco y cortante y se echó a toser. No conocía algo así. Luego cayó de rodillas sobre la tierra, hundió los dedos en la tierra negra y rompió a llorar. La desmenuzaba entre sus manos, la acercaba al rostro, la probó… Las hierbas se enroscaban alrededor de sus rodillas como una amante, frescas y fragantes. Sobre su cabeza, cerca, batieron alas: ¡un pájaro! Aunque sacudido por el mundo vivo, por la Tierra, Hal se incorporó lentamente. Temblaba. Las piernas endebles como espaguetis.

Activó los dispositivos de camuflaje de la nave y esta pareció desaparecer, fundiéndose con el entorno como un camaleón, adoptando los colores del irreal verdor circundante y del cielo del atardecer, surcado de franjas púrpuras. Hal se alejó tambaleándose, embriagado. Los olores lo asaltaban, intensos, explotaban en sus fosas nasales y, pese a la noche que caía, las sensaciones visuales, los sonidos, ¡nuevo, nuevo y nuevo! Se sentía como un niño que apenas ha aprendido a caminar e intenta explorar el mundo. Olía la tierra, la hierba y las hojas, escuchaba el crujido de las ramas, el zumbido de los insectos, el canto, el golpeteo de pequeñas patas en la arboleda, todo en el límite de la disolución de los colores, verdosos con reflejos rojizos, hacia el pardo… Se apoyaba en los árboles al pasar, sin necesidad particular, salvo tocar la corteza áspera, rasparla, como si así pudiera retenerla consigo, dentro de sí… Como en un delirio, de pronto, emergió del bosquecillo frente a un arrabal de casuchas improvisadas, dispersas al azar: se detuvo. Había llegado: los suburbios de Florencia, chozas al pie de las murallas de la ciudad. Permaneció un momento más, oculto bajo las copas de los árboles, respiró hondo, se quitó el mono azul y rojo y, luego, avanzó con decisión.

Parecía algo extraño, como desvestido, o más bien como otro, con pantalones ajustados, camisa de seda, jubón. Sacó de un bolsillo un ridículo gorro como los que solían usar los florentinos de esa época. Ajustó la pluma roja para que cayera sobre su hombro. Así está bien. Hal no creía que todo estuviera bien, pero debía ser así. Debía mezclarse entre los habitantes del siglo XVI: no debían reconocerlo como un completo extraño. Avanzó despacio por el sendero embarrado, procurando no prestar atención a los harapientos que veía, así ellos tampoco lo mirarían a él. Repasaba su “italiano”, un extraño dialecto que se hablaba en Florencia. Lo había estudiado casi dos años, palabra por palabra, pero aun así no estaba seguro. Sentía un nudo en el estómago, incapaz de hacer rodar un “bon giorno” sobre la lengua.

La puerta… Se acercó con la cabeza inclinada, murmurando en voz baja, recordando unas pocas frases que lo ayudarían a entrar. Altas murallas de piedra separaban la ciudad de su apéndice improvisado. La verdadera ciudad. Entra, asiente con la cabeza a los guardias. Habla… Habla como si fuera otro, no reconoce su propia voz. Es Giacomo, pintor de Turín… Lo han llamado para aprender con un maestro. Los guardias, vestidos con colores vivos, rojo y azul, sucios, manchados aquí y allá hasta el color del vino y el turbio color del mar antes de la tormenta, con armaduras que muestran signos de herrumbre… No son más altos que él, lo miran desde abajo, con desconfianza.

—¿Cómo es que no te has alistado como soldado, siendo un muchacho tan corpulento y fuerte…?

Hal-Giacomo saca del jubón un rollo de pergamino y muestra dibujos, bocetos, recomendaciones del Gran Duque, del cardenal de Siena… Ellos miran los sellos sin comprender. Manosean los pergaminos, intentando parecer severos. Hal sabe que no pueden leer ni una palabra, pero no lo demuestra. Espera pacientemente a que los guardias satisfagan sus papeles. Finalmente ceden. Hal-Giacomo siente sus miradas en la nuca mientras se aleja por la calle empedrada, hasta doblar en una pequeña plaza.

Se interna entre edificios de piedra, aliviado. Por todas partes se agolpan ciudadanos vestidos como canarios, con colores vivos, más vivos aún, alternativamente hediondos y perfumados, en realidad ambas cosas a la vez. No podía decidir qué olía peor, si aquellos sucios o los excrementos y la basura de los desagües abiertos junto al camino. Se contenía para no taparse la nariz, asqueado. Estuvo a punto de vomitar, más de una vez. Se conformó con algunas muecas, aspiraciones desagradables. Alzó un pañuelo perfumado hasta la nariz y apresuró el paso. Sabía exactamente adónde debía dirigirse. Había memorizado el plano de la ciudad. No se detenía a observar mejor los extraños edificios, porque solo le interesaba uno, aquel en el que vivía y trabajaba Leonardo da Vinci. En realidad, vive y trabaja.

Hal alza la vista hacia una alta torre como si esperara que en ese mismo instante la máquina voladora de Leonardo despegara del techo. No lo logrará. De su primer planeador solo sobrevivió la idea, a lo largo de los siglos. Hal había aprendido en la escuela sobre el genio que nació demasiado pronto, el científico, el artista, que vivió cinco siglos adelantado a su tiempo. Él no lo cree así: no fue prematuro, sino casi demasiado tardío. El experimento de Leonardo debe tener éxito. El hombre volará, dominará el cielo mucho antes que los hermanos Wright. Hal ayudará. No en vano se doctoró precisamente en el campo de la aeronáutica… Y luego, quién sabe. Tal vez la humanidad enfrente el Armagedón preparada, con una flota de naves espaciales que cubra el cielo. Tal vez, tal vez no… Pero Hal hará cuanto pueda, lo suficiente para que la máquina de Leonardo alce el vuelo hacia el sol… Ayudará a que no termine su vuelo como Ícaro…

Adnadin Jašarević nació en Zenica, Bosnia, el 9 de marzo de 1967. Se graduó en periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Trabajó como periodista en el diario Oslobođenje, en NTV ZETEL y en RTV Zenica, donde fue editor de programas documentales y culturales. Desde 2007 es director del Museo de la Ciudad de Zenica. Fundó en 1994, en Zenica, la primera escuela de cómic de Bosnia y Herzegovina. Es editor de la colección Tragovima bosanskog kraljevstva (Tras las huellas del reino bosnio), una recopilación anual regional de relatos fantásticos, y desde 2006 organiza el festival de literatura fantástica del mismo nombre. También es fundador y editor del primer y único almanaque bosnioherzegovino dedicado a la épica y la ciencia ficción, Prometej (Prometeo), publicado entre 2000 y 2007. Ha publicado veinte libros, entre ellos la primera novela de fantasía épica de Bosnia y Herzegovina. Entre sus obras anteriores se encuentran libros para niños y jóvenes, las colecciones de relatos U dvorani ogledala (En el salón de los espejos), Tamoiza, y la novela Nedovršeni svijet (El mundo inacabado). También se dedica a la ilustración de libros.

 

jueves, 16 de abril de 2026

LA DIOSA DE LAS CITAS OMITIDAS

Relja Antonić

 

Estimado señor Ernst Herzfeld:

Considero mi deber informarle que, a unos treinta kilómetros al norte de las excavaciones en Samarra, en algún punto entre Tikrit y Al Biar, hemos encontrado un asentamiento temporal de un pueblo nómada desconocido. Según la antropometría, diría que son de origen kurdo, aunque los kurdos de nuestro grupo (aquellos que han tenido la oportunidad de viajar por todo el Medio Oriente) afirman que su origen es georgiano, pero no estamos seguros. El jefe de esta tribu salvaje relató cómo, a lo largo de la historia, durante las lunas nuevas aprendían todas las lenguas del desierto y de los bosques de cedros, pero se desaprendían de ellas cada vez que el viento cambiaba de dirección. El intérprete dice que el dialecto de estos primitivos lo desconcierta, y que sus lenguas ladradoras no pueden atarse a la escritura. Es cierto que se ríen constantemente, que son guturales como mulas, y que las palabras que lanzan al pasar él no sabe traducirlas.

Pero más que su origen, lo que ha captado nuestra atención es su deidad tribal. Debo señalar que no solo están tan alejados de la fe islámica como de Tasmania, sino que además cargan consigo una… cosa, que no estoy seguro de poder describir con detalle alguna vez, pero que tampoco podré olvidar jamás.

Opino que ese objeto lo han desenterrado en algún lugar. La tribu mencionada no sería capaz de fabricar un artefacto así. Afirmo con responsabilidad que se trata de un dispositivo. Creo que usted se dirigirá hacia esta región, porque, además de la misteriosa deidad-máquina, las herramientas y armas con las que están equipados también han sido tomadas de algunos yacimientos arqueológicos existentes o aún no descubiertos. Es posible que podamos comerciar con ellos y obtener objetos a cambio de provisiones. Sus reservas de alimentos son actualmente escasas.

Estudiaré la situación y le informaré en la próxima carta qué podría tratarse. En caso, claro está, de que no se dirija inmediatamente hacia aquí.

Su asistente,

Hans K.

 

Ese día, el sirviente se liberó de sus obligaciones y, salado por el sudor, vagaba buscando la fortaleza conocida. No es hombre quien no se equivoca alguna vez, decía el proverbio. Pero, aunque se equivocó, no sería hombre durante mucho tiempo. No lo sabía.

Desde el poblado de Bag-dadua corrió más rápido que un perro y más lento que un ave; agotó bajo sí a un asno sarnoso, pero no alcanzó el lugar buscado. Innumerables veces, a lo largo de décadas, en las horas más silenciosas y en los momentos más ardientes, había transitado ese sendero, pero al anochecer del día fatal sucedió que de algún modo evitó el desvío hacia Sur-Marathi. Y sucedió que llegó tarde a la cita.

Desde el mercado de Bag-dadua corrió enloquecido hasta su casa, rogó a su amo que le prestara un animal, pues había reconocido el rostro de la Muerte. Pero el amo, de su posterior conversación con Ella, extrajo un relato, y así Sumer y Acad supieron cómo la implacable segadora alada, que había empujado a su más fiel sirviente a la huida, en realidad había concertado una cita en el lugar al que este escapó. Sin embargo, nadie oyó que el sirviente había errado el destino. Y por eso, nunca entregó su alma, ni la oscura que se hunde en el barro, ni la luminosa que se dispersa irremediablemente en los rayos de Utu.

 

El célebre arqueólogo Ernst Emil Herzfeld rara vez se sorprendía. Pasaba semanas sin encontrar nada, escarbando en la arena cobriza de casas y calles de un antiguo asentamiento, y luego tropezaba con un objeto fascinante… y no se asombraba. Había hallado toda clase de rastros de culto. Algunos meses antes, había sabido del culto a la diosa Irkala: alguien, en algún momento en Babilonia, había colocado a la propia muerte sobre un pedestal, como un amor juvenil. La tablilla que lo atestiguaba, por desgracia, se había desintegrado. A propósito, murmuraban los supersticiosos iraquíes y kurdos que ayudaban en la excavación. Alguien no quiere que se revelen las antiguas afirmaciones sobre la diosa demoníaca.

Ernst tampoco se sorprendía de los vestigios de superstición antigua entre la población islámica: sucedía con más frecuencia de lo que los creyentes estaban dispuestos a admitir. Pero algo en la deidad tribal lo fascinaba y al mismo tiempo lo inquietaba.

¡Está vivo!, pensaba, para enseguida desdecirse e inmediatamente cambiar de opinión y formular hipótesis acerca de una especie de máquina primitiva.

Pero si estaba vivo, el prodigioso dispositivo permanecía mayormente inmóvil, como paralizado por la histeria, y deformado no menos que el Rumpelstiltskin de los cuentos populares de los hermanos Grimm. Mostraba pocos signos de vida. Gemía, en voz baja. El arqueólogo suponía que poseía algún mecanismo interno que impulsaba aire. Habría comprobado su hipótesis si los salvajes permitieran que un extranjero se acercara a menos de quince pasos. Estaba rígido, además, y a simple vista parecía leñoso como un cedro antediluviano. Quizá los errantes creían que manos extranjeras podrían estropearlo… o matarlo, más bien, teniendo en cuenta que, según todo indicaba, eran animistas primitivos. Lo comprendía: la mente salvaje no puede concebir hasta qué punto las manos de un arqueólogo profesional son más cuidadosas que sus torpes garras.

Los nómadas solo habían descubierto cómo lo transportaban en una litera de un extremo a otro de Mesopotamia, y que era su único dios y antepasado directo. Cada cincuenta años, lo devolvían al lugar donde ahora descansaba. Le escupían en los ojos, porque, pobres criaturas, probablemente pensaban que esto lubricaría el antiguo mecanismo que hacía parpadear al dios, el cual, según todos los indicios, se había atascado. Lo daría todo por obtener permiso para examinarlo. Pero no tenía más remedio que aceptar sus creencias primitivas.

Lo que no comprendía en la relación de esa gente con el ancestro y único dios que reconocían –aunque, según el intérprete, creían en la existencia otras deidades y las detestaban– eran las ofrendas que le dejaban. Al parecer, además de derramarle alimento líquido a sus pies y sangrar de sus manos en su mandíbula cerrada y anciana, también hacían sus necesidades debajo de él.

Ernst Emil Herzfeld reunió a sus hombres y abandonó a los salvajes sonrientes. Nunca volvió a encontrarse con los misteriosos nómadas de origen desconocido, aunque posiblemente kurdo.

 

Cuando el curioso forastero se marchó, los salvajes comenzaron a alimentar la estatua. Esta babeaba, a pesar de lo que la mentalidad occidental pudiera opinar al respecto. Pero eso no bastaba: también orinaba y gemía. Cualquiera que la viera se daría cuenta entonces de que era una criatura viviente, y no un ídolo común. Como la comida escaseaba, los nómadas tomaron a su dios y partieron, con la intención de merodear por las ciudades más grandes para robar algo o conseguir algo a cambio. Pero no cerca de Samarra. Jamás cerca de Samarra.

 

Oh, Irkala maldita, ¿acaso Nergal no te basta?, cantó una vez un sacerdote una oda mordaz a la emperatriz de la muerte. No le fue bien cuando le tocó ser su amante. La diosa no tenía paciencia ni siquiera para su hermana gemela, mucho menos para los simples mortales: los deseaba, pero no los complacía ni perdonaba. Y menos aún tenía paciencia la cruel emperatriz, que en aquellos días caminaba libremente por la faz de la tierra y batía sus alas sobre todos los cielos, para aplazar el fin de alguien. Podía alcanzar a cualquiera a tiempo, pero más bien era ella quien los esperaba, y reservaba los abrazos más tiernos para quienes no huían. A los demás, el descanso eterno les resultaba amargo incluso antes de que sus almas oscuras quedaran atrapadas en cuerpos fangosos, antes de que les brotaran plumas, se les cerraran los ojos y se les sirviera piedra para comer. Sucedía que la noche de su amor era más terrible que la eterna putrefacción en la oscuridad, por lo que se aconsejaba tanto a hombres como a mujeres que fueran cautelosos con la diosa, para que ella respondiera del mismo modo cuando se acostaran con ella.

En el crepúsculo salpicado de llamas, entre la arena color miel y los pilares de hueso de la ciudad fortaleza de Sur-Marathi, Irkala esperaba a su nuevo amante. La gente la veía, y por eso todos salaban su camino y escupían por encima del hombro. Se descalzaban y se ponían la sandalia izquierda en el pie derecho, y viceversa. No hacía falta, pensaba ella. El momento final de cada uno estaba determinado por una lista grabada en piedra a la que siempre se atenía. Y ese mismo orden permanecería hasta el fin del Tiempo, incluso cuando, prisionera en la oscuridad, enviara esclavos a la presa, que en aquellos días ella misma cazaba. Se enfureció cada vez más a medida que el hombre que esperaba vagaba hacia el norte, alejándose cada vez más de la ciudad.

 

El sudor salado del hombre se volvió ácido; su asno se convirtió en una criatura espumosa de ojos rojos que, suelta, pateaba tanto lo vivo como lo inerte; y el dulce miedo del perseguido se transformó en la amarga impotencia del acorralado.

Ahuyentó al animal desatado con piedras. Este lo miraba, con la mirada sanguínea y embriagada, amenazando en silencio a la manera de caballos y burros, mientras el residuo de harina de innumerables panes que el sirviente y su amo habían amasado y expulsado por sus entrañas se desprendía de su pelaje. La harina caía blanquecina como polvo de estrellas, purificada de cáscaras y aristas de cebada que habían quedado enganchadas entre los pelos oscuros, y los ojos de la bestia brillaban intensamente rojos, como si no hubiera oscuridad alguna. De haber sido un caballo en lugar de un asno, y si no estuviera huyendo de ella, el fugitivo se lo habría ofrecido a la propia Muerte para que lo montara.

Se preguntó si podría negociar con la diosa para posponer lo que estaba planeando, y en el caso de que el precio fuera demasiado elevado, si aceptaría algún tipo de pago por adelantado... y si el burro inmaduro y frenético sería suficiente para tal cosa, o si necesitaba esas cien cabras que el amo había criado y por las que ahora era tarde para regresar.

—Sabía que debía haber ido por la orilla del río bendito —le decía a la noche sorda en la hondonada.

El asno se fue en algún momento, sin dejar de patear la luz de la luna, y sus cascos herrados resonaban entre las rocas. Si hubiera logrado alcanzarme, me habría sacado el corazón por la garganta y habría traído a Aquella de la que escapé, pensó el fugitivo.

—Sabía que debía haber ido por la orilla del río maldito —seguía diciendo, para sí mismo; y el asno le respondió con un rebuzno nada asnal, en la distancia. Luego rompió a galopar, y el hombre escuchó ese galope hasta entrada la noche.

¿Adónde debía ir ahora?, se preguntó. Allí, a la intemperie, la muerte podía alcanzarlo. Los barrancos eran lo suficientemente profundos como para impedirle observar los alrededores, pero lo suficientemente poco profundos como para ocultarlo. ¿Adónde?

Nunca había visitado ningún otro lugar, solo este al que se dirigía, y que había pasado por alto. Sabía que debía haber seguido el río, ¡cagaba y escupía en el río día y noche y en la hora del juicio! No podía volver por el mismo camino. Buscar el gran río, hacia el oeste donde los barrancos se profundizan, y quedarse atascado en algún desfiladero, imposible. Si seguía adelante, más le valía encontrar algún asentamiento pronto, o aquello de lo que huía lo alcanzaría.

Miró la luna erosionada en el oeste.

—Nana, ayúdame —le dijo—. ¿Cómo pude perderme en un camino tan corto, Nana? ¡Responde, maldita seas!

Como no hubo respuesta, el ex sirviente maldijo a Nana y a su linaje una vez más, se quitó su calzado desgarrado, lo orinó y lo arrojó, levantó un talón, lo escupió, luego el otro, y, empapado de sudor ácido, se adentró en un mundo cuya magnitud le sería para siempre tan incomprensible como desconocida.

Blasfemar contra los seres celestiales es peligroso, más de lo que la gente cree. Pueden castigar incluso hacia atrás en el Tiempo, horas antes de que la ofensa sea pronunciada.

Y por eso sucedió que este hombre se perdió.

 

—¡Madre, padre, no he encontrado hogar!, rugió a la mañana siguiente por la adormecida ciudad de Sur-Marathi.

El pueblo despertaba, y los esclavos, que no son personas, temblaban en sueños, mientras la diosa, la Muerte, emperatriz de todos los dominios, se enfurecía por las calles embreadas. Solo los herreros de lanzas y herraduras de bronce la observaban desde el primer canto del gallo, y solo ellos estaban preparados para sus terribles gritos de ira. Estaban despiertos y trabajando desde la hora muda, y habían oído tanto las palabras más suaves como las más siniestras que había escupido antes. Pero aun así temblaban mientras lanzaba su maldición, enfriaban las puntas de bronce con lágrimas, escupían por sus propios cuellos y los de sus aprendices, y quien tenía ganado blanco en casa salaba tanto el fuego como las herraduras aún calientes, invocaba a Utu y rogaba al joven Nergal protección contra su airada esposa.

Y mientras la fortaleza trazaba pequeños círculos protectores con orina, rezaba, y aquí y allá, lloraba en sus manos y esparcía lágrimas por los rincones donde se ataban los nudos de la desgracia, la hermana de Ishtar maldecía y maldecía. Maldijo a su amante irresponsable, a su esposo incompetente y a los parpadeos del Ojo del Tiempo. Aullaba, feroz, carroñera, derramando palabras incomprensibles como vinagre, dirigidas al hombre que no había cumplido un acuerdo sellado antes de nacer. Nunca volvería a intentar encontrarse con él.

Y lo amaba, inmensamente. Amaba a cada mortal sin medida, y ante cada rechazo reaccionaba con crueldad… pero a él lo amaba más. Cada vez más, a medida que su enfermedad avanzaba. Le agradaba el olor a descomposición, quería besar cada arruga, mordisquear el pecho masculino flácido, escuchar el crujido de la respiración chirriante de sus pulmones enfermos…

Y había olvidado de recoger a una mujer podrida y demacrada mientras lo esperaba, esa diosa alada despiadada con una enorme hendidura femenina y un miembro masculino diminuto. Llegó tarde, como nunca antes. El tiempo se retorcía a su alrededor y la complacía, y ella creía que era imposible llegar tarde o saltar al pasado de forma insuficiente. Él la traicionó, el enemigo. Y cada fugitivo la insultaba, pero al menos sabía que incluso lo peor volvería a ella. Nadie era tan irresponsable. Nadie, excepto él. Tal vez no le habría importado tanto quedarse sin uno de los incontables amantes, si hubiera podido tener a una de sus hermanas, y si el Padre Ana no la hubiera condenado a la esclavitud por tal acto. Así es como tuvo que conformarse con ancianos y ancianas, enfermos y podridos, y niños moribundos, y, maldita sea, empezaron a ser insoportablemente atractivos, todos malditos, mortales sin valor... Y ella hizo el pedido, de principio a fin, y los escribió todos en la pizarra, y todos, al menos en las profundidades de sus oscuras almas, la deseaban. Y todos venían. Y el sirviente común, uno de los canteros acadios, obligado por el amo sumerio Meda, hijo de aquel que, usando el arma de Meda, lo raptó de su casa y lo trajo en una cesta para ser sirviente, prefirió ser un fugitivo y su vida cobarde antes que pasar una noche con Ella. Innumerables veces repetía una noche, caminaba desde el anochecer hasta el amanecer y de vuelta al anochecer, hasta que se acostaba en la cama con todos los recién moribundos, y sucedía que uno no venía, y que lo que faltaba no se podía compensar. Solo había uno, pero ella se sintió ofendida. Está humillada; por primera vez, el escupitajo que muchos le han dirigido por encima del hombro para mantenerla a raya ha rozado la mejilla negra de su hermana gemela, la rosada Ishtar, la Ishtar que recibe toda la luz, el amanecer y el amor. Y la odiada Muerte está más sedienta de sangre que nunca, tanto que violaría, expandiría, reorganizaría su lista, inscrita en piedra... Pero no lo hará.

Solo hay una persona a la que no esperarán en la reunión. Y esa desafortunada persona jamás morirá. 

Relja Antonić nació el 17 de diciembre de 1988. Vive y trabaja en Šabac, Serbia, y escribe e ilustra desde hace más de 10 años. Colabora en al menos tres revistas, ha publicado relatos en varias antologías de países de la antigua Yugoslavia y es probable que se considere a sí mismo un escritor de fantasía.

BRINCADOR EN EL JARDÍN DE MUNDOS