jueves, 27 de agosto de 2026

EL ASUNTO DEL SOMBRERO

Matthew Hughes

 

—¿Viste eso? —dijo Medgar—. ¿Viste cómo manejó el asunto del sombrero?

—¿Qué asunto del sombrero? —dije.

Rebobinó la cinta y dijo:

—Mirá.

Miré. Gene Wilder, con un impecable traje gris y un sombrero de fieltro de ala ancha, llamó a la puerta principal de una gran casa de piedra. Una mujer con uniforme de servicio abrió la puerta. Hubo un breve diálogo y la mujer intentó cerrarla, pero el actor puso el pie para impedírselo y dijo algo.

—Ahora mirá —dijo Medgar.

El video pasó a una escena filmada desde el vestíbulo de la casa. Wilder entró y se quitó el sombrero.

—Ahí —dijo Medgar—. Así era como se hacía.

—¿Cómo se hacía qué? —dije.

—Todo el asunto de las normas para usar sombrero.

—¿Qué normas?

—Por eso no se quita el sombrero primero y después sí.

Mi expresión debió de dejarle claro que no tenía idea de qué estaba hablando.

—Mirá —dijo—, esta película transcurre en la década de 1930, ¿no? Y Wilder interpreta a un personaje distinguido, un director de teatro con buenos modales.

—Está bien. ¿Y?

—Cuando ella abre la puerta, él no se quita el sombrero, aunque se supone que un hombre debe descubrirse cuando se encuentra con una mujer. Pero él no lo hace.

—¿Por qué?

—Porque ella es solo la criada. Si hubiera sido la señora de la casa, se habría quitado el sombrero.

—Pero se lo quita cuando entra —dije.

—Porque eso era lo que se hacía cuando entrabas en casa de alguien. Es la antigua etiqueta del sombrero. Por ejemplo, entrabas en un restaurante y te quitabas el sombrero. Entrabas en un bar y te lo dejabas puesto.

—Veo gente con gorras de béisbol en los restaurantes todo el tiempo.

—Sí, ahora —dijo—. Retrocede cincuenta o sesenta años y no era así.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con algo? —dije.

—Con los viajes en el tiempo. Más precisamente, con los viajeros temporales.

—¿Viajeros temporales?

—Sí —dijo—. Supongamos que algún día alguien inventa el viaje en el tiempo.

—Sí, claro.

—Eh, dales a los seres humanos un millón de años para investigarlo. ¿Quién sabe?

Me encogí de hombros y no dije nada.

—La cuestión —continuó— es que el viaje en el tiempo solo necesita inventarse una vez y, a partir de entonces, tendremos viajeros temporales apareciendo a lo largo de toda la historia. Por no hablar de las visitas para ver dinosaurios y tigres dientes de sable.

—¿De verdad alguien querría viajar en el tiempo? —dije.

—Claro. Investigadores. Turistas. Criminales que quieran modificar su presente manipulando el pasado. Peregrinos religiosos. Coleccionistas. ¿Quién sabe qué puede motivar a la gente dentro de un millón de años?

Volví a encogerme de hombros.

—La cuestión —dijo Medgar— es que cuanto más atrás viajen, menos probable será que acierten en todos los detalles. Las pequeñas cosas, como las normas sobre el sombrero, que nadie en el futuro conocerá porque nadie en el pasado se molestó en escribirlas.

—¿Por qué no las escribieron?

—Porque todo el mundo ya sabía qué hacer con el sombrero.

Intenté cambiar de tema.

—¿A quién votaste en ese programa de televisión?

Pero no me dejó.

—No, escucha, acá está la cuestión. ¿Conocés a esa gente que ves por el centro y te preguntás si acaba de bajar de la nave nodriza?

—Esa gente tiene problemas mentales —dije.

—Claro, la mayoría. Pero quizá uno o dos sean los primeros exploradores llegados desde el año un millón. Los que hicieron el reconocimiento inicial para que los viajeros temporales posteriores pudieran pasar más inadvertidos.

—No hablas de estas cosas con la gente del trabajo, ¿verdad? —pregunté—. ¿Ni con los demás vecinos?

—No, se me acaba de ocurrir. En fin, los que lleguen después estarán bastante bien camuflados, pero siempre habrá cosas fuera de época... como el asunto del sombrero. Si buscamos esas cosas, podemos encontrar a los viajeros temporales.

Saqué un cigarrillo, golpeé un extremo contra el dorso de la mano y me lo puse en la boca.

—Eh, sí —dijo—. Esa es buena. La gente dejó de darles ese golpecito a los cigarrillos cuando todo el mundo empezó a fumar con filtro.

Se echó a reír. Entonces vio mi expresión.

—Lo siento —dije, aunque un momento después él lo lamentó mucho más.

Metí sus cenizas en una bolsa de plástico y las arrojé por el conducto de basura. Después volví a buscar la cinta de Wilder.

Alguien de más adelante en el tiempo querría estudiarla.

Matthew (Matt) Hughes escribe fantasía, ópera espacial y narrativa policial. Ha publicado 24 novelas en editoriales grandes y pequeñas del Reino Unido, Estados Unidos y Canadá, además de más de 100 obras de ficción breve en publicaciones profesionales, entre ellas 43 relatos en la venerable Magazine of Fantasy & Science Fiction. En los últimos años ha publicado por su cuenta novelas y colecciones de cuentos. Sus novelas más recientes son Yalum, una ópera espacial que se transforma en una aventura ambientada en la recreación que Hughes viene desarrollando de la Tierra Moribunda de Jack Vance, y One More Kill, una novela de suspenso cuya acción transcurre principalmente en la Nueva York contemporánea. Su novela de 2023 ambientada en la Tierra Moribunda, The Ghost-Wrangler, obtuvo recientemente el Global Book Award en la categoría de fantasía oscura. También ha ganado los premios Endeavour y Arthur Ellis, y ha sido finalista de los premios Aurora, Nebula, Philip K. Dick, Endeavour —en dos ocasiones—, A. E. Van Vogt, Neffy, Derringer y High Plains Book Awards. En 2020 fue incorporado al Salón de la Fama de la Asociación Canadiense de Ciencia Ficción y Fantasía.

Matthew Hughes en Wikipedia

 

LA ARBOLEDA MÁGICA

Nenad Pavlović

 

—Disculpe... Disculpe... —La muchacha bajó rápidamente la mirada del cielo. Los pequeños adornos que llevaba, ya fuera como joyas o cosidos a la ropa, acompañaron su movimiento con un exótico crescendo. Sus ojos del color del cielo ocultaban la mirada de una cierva sorprendida por los faros de un automóvil, confusa y asustada.

El niño al que la señora mayor llevaba de la mano dejó de lamer su helado y se quedó mirando a la muchacha, viendo en ella algo que solo sus ojos podían percibir.

—¿No es este el camino a la Cueva de las Hadas? —La muchacha respondió con una mirada silenciosa, como si no comprendiera el idioma de la señora—. Ya estuve aquí, aunque hace mucho tiempo, cuando tenía más o menos la edad de este jovencito. —La señora acarició el cabello del niño, que, avergonzado, se escondió detrás de ella sin apartar los ojos de la muchacha—. Recuerdo que todo era diferente.

La señora giró lentamente sobre sí misma, con los brazos medio extendidos hacia la pradera abrasada por el sol. Otros visitantes iban y venían; eran numerosos, aunque no tantos como para formar una multitud. Había puestos por todas partes que ofrecían mercancías diversas, desde bebidas frías y carnes asadas hasta camisetas y recuerdos. También llegaba música de algún sitio.

La señora se quitó el sombrero y comenzó a abanicarse con él.

—Ya a nadie le importa la cueva, todos vienen a ver la «Arboleda Mágica». ¡Arboleda Mágica, sí, claro! ¡Como si un bosque pudiera brotar de la noche a la mañana! ¿No hay límite para lo que son capaces de hacer con tal de sacarles dinero a estos pobres crédulos?

El niño reparó en un pequeño objeto redondo y marrón que la muchacha hacía girar entre los dedos. Al advertir que él lo observaba, ella lo guardó rápidamente en una bolsa de piel que llevaba sujeta al cinturón.

—¡Pagar una buena cantidad de dinero para ver un bosque! Recuerdo que, cuando yo era niña, ¡todo esto era bosque! ¡Y muy espeso, además! ¡Y lo talaron entero, todo! Y ahora pagan una fortuna por ver un bosquecillo de cinco robles. ¡Que Dios nos libre de semejante estupidez!

Como para confirmar su diatriba, de pronto resonó la voz de un vendedor ambulante.

—¡Vengan a buscarlas! ¡Figuritas talladas en auténtico roble de la Arboleda Mágica! ¡Garantizadas contra la magia negra, el cáncer, el mal de ojo y las enfermedades!

La señora escuchó el pregón, se persignó y sacudió la cabeza antes de volver a levantar la mirada hacia la muchacha.

—¡Qué vestido tan bonito! ¿Lo hiciste tú misma? Me encantan los detalles, todas esas hojas y campanillas. Y esas cintas amarillas resaltan mucho tu cabello. Además, el corte te favorece. Ay, hace mucho tiempo yo también habría podido meterme en algo así... ¡Mucho tiempo! Y tú, ¿trabajas aquí? ¿Eres una especie de mascota disfrazada?

Un rumor grave recorrió el aire por encima de ellos. El niño se sacó el helado de la boca con un sonoro chasquido, miró hacia arriba durante un segundo y, al no ver nada digno de atención, devolvió tanto la mirada como el helado a sus posiciones anteriores.

La atención de la belleza rubia volvió a quedar cautivada por el movimiento en las alturas. Parecía que una bandada de palomas blancas descendía sobre la pradera.

Hojas de papel revolotearon a su alrededor, todas cubiertas de letras pequeñas.

Todavía en silencio, pero con un significado perfectamente claro, la muchacha dirigió a su interlocutora una mirada interrogativa.

—¡Ah, eso! Un avión. Antes los utilizaban para apagar incendios forestales. Ahora, como ya no tenemos bosques ni incendios, los usan para hacer publicidad. Aunque, para ser sincera, ni siquiera alcanzo a leer lo que dice. Déjame buscar los anteojos... «Arboleda Mágica – Cañada de las Hadas – Taller Mecánico Mićković – Reparación de escapes» —leyó la señora con dificultad, contemplando a través de los gruesos cristales el mensaje caído del cielo. Después de quitarse los anteojos, recogió otro volante del suelo—. ¡Son todos iguales! ¡Eso sí que es publicidad hecha sin el menor esfuerzo! ¡Ni siquiera se molestan! Esto es peor que esos pesados que los reparten por la calle. Al menos ellos te miran a los ojos. Pero no, repartirlos uno por uno lleva demasiado tiempo. Mejor meterlos todos en un tambor, subirlos a un avión y bombardear a los clientes...

Las campanillas cosidas al vestido de la muchacha, que hasta entonces no se habían oído, tintinearon una vez más, esta vez con mayor alegría. Parecía que permanecían en silencio a menos que ella dispusiera lo contrario.

—¡Pero discúlpame! No paro de hablar y tú debes de estar muy ocupada. No somos los únicos que estamos aquí. ¿Qué dijiste, por dónde queda el sendero que lleva a la Cueva de las Hadas?

La muchacha volvió la cabeza y señaló con su barbilla puntiaguda el camino por el que había llegado.

—Sí, parece que es por ahí. Ven, querido, nos vamos. ¡Muchísimas gracias! ¡Adiós!

La señora condujo a su nieto por el sendero que atravesaba la pradera. Antes de bajar por los escalones de piedra hacia un barranco cubierto de arbustos de acacia, el niño se volvió un instante y dirigió una última y triste mirada de despedida a la misteriosa desconocida.

Después de ver alejarse a sus acompañantes, la muchacha volvió los ojos hacia el cielo y siguió la trayectoria descendente del zumbante biplano. Luego tocó la bolsa para asegurarse de que su contenido estuviera a salvo y se encaminó hacia el lugar donde anidaba aquella extraña ave de metal.

A primera hora del día siguiente, Nikola Kovačević detuvo su furgoneta de helados en la rotonda junto a la gasolinera. Había llegado temprano, con la esperanza de conseguir un buen lugar antes que los demás vendedores ambulantes, aunque para ello hubiera tenido que privarse de un par de horas de sueño que necesitaba desesperadamente. El agotado heladero se frotó los ojos con las palmas de las manos, desconcertado. Ya era la tercera vez que, de algún modo, se pasaba el desvío hacia la Cueva de las Hadas. Bostezando ruidosamente, Nikola hizo retroceder la furgoneta a una velocidad peligrosamente baja, con los ojos clavados en el lado izquierdo de la carretera, decidido a encontrar de una vez por todas el maldito desvío.

Pero por mucho que miró, no pudo encontrar el viejo camino de tierra.

Lo que hasta el día anterior había sido una pradera despejada estaba ahora cubierto por un espeso bosque de robles.


Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

FICHA

Rafael Blanco Vázquez

 

            Nombre: Néstor.

            Apellido: Barba.

            Edad: 37.

            Nacionalidad: española.

            Descripción física: cabello moreno y rizado, ojos pardos, nariz respingona, boca grande con todos sus dientes, aún no le ha salido la muela del juicio. Ancho de hombros, algo de panza, piernas y manos de mujer, gusta de llevar complementos: pulseras, collares, anillos, pendientes. Ningún tatuaje. Está circuncidado y tiene el culo huidizo. Espalda y brazos sin vello, al contrario que piernas y torso, provistos en abundancia.

            Familia: padre y madre, dos hermanas casadas y con hijos.

            Estado civil: soltero.

            Ocupación: profesor de universidad, escritor, traductor.

            Países en los que ha vivido: España, Francia, Bélgica, Canadá, Perú, Japón.

            Inclinación sexual: le gustan las mujeres, a las que odia.

            Filias: cine (debilidad por el buen cine de género), literatura (predilección por la narrativa breve), música (pasión por las canciones). El lenguaje le fascina, en particular los juegos de palabras, los tacos y la frase “estoy en crisis”.

            Fobias: las mujeres independientes, las mujeres dependientes, las monógamas, las mujeres con estudios, las obreras laboriosas, las mujeres cultas, las incultas, las actrices, las maestras, las madres, las preñadas, las religiosas, las ateas, las cuarentonas con hijos, las cuarentonas sin hijos, las camareras, las enfermeras.

            Más fobias: los médicos.

            Miedos: la primera vez con una mujer: miedo a que no se le levante, a eyacular antes de tiempo, a que todo vaya a las mil maravillas y la relación dure. Miedo a que le quieran, a que no le quieran, a que se lo digan, a que no se lo digan. Pánico a las responsabilidades: no quiere hijos y limita al máximo sus relaciones con la burocracia. Ir a Correos a recoger un paquete puede ser fuente de mucho estrés.

            Problemas de salud: padece bruxismo, esto es, le rechinan los dientes al dormir. Es así desde que era pequeño, pero puede que lo incremente el estrés de su vida sentimental. Problemas de espalda y de rodilla ligados a la escritura y la traducción.

            Sueños recurrentes: son tres:

1. Desde un ático apunta con una escopeta a la calle. Ve a un tipo que fue su amigo y que un día, en su juventud, lo apartó de su vida con algún pretexto espurio. Observa cómo ahora pasea con su flamante esposa y su hijo recién nacido. Dispara a la cabeza del hijo, y luego a la de la esposa. El ex amigo no le da ninguna lástima. Lo deja ir.

2. Si algún otro amigo tampoco ha resultado ser más que un supuesto amigo y, en lugar de reconocer su fechoría, también se ha escudado en hediondos subterfugios, lo secuestra, lo mete en el maletero del coche, conduce hasta un lugar desolado, saca al traidor, le pone una pistola en la frente y le dice: “Ahora quiero que reconozcas tu infamia. Quiero que me digas la verdad.” El traidor no reconoce nada, se limita a llorar y a pedir misericordia. Lo mata sin pestañear. Luego viene lo peor, la burocracia del crimen, digamos: deshacerse del cadáver, no dejar huella, esperar que la policía no descubra nada. Pánico, estrés, angustia. El sueño se acaba acá.

3. Se apresta a eyacular. Se agarra el miembro. Se pone en cuclillas. Está delante de su cama. Eyacula en línea recta, como si se tratase de un láser de esperma que cruza la cama por debajo.

Novias conocidas: Amalia, Elena, Charline, Itziar, María, Midori, Christelle, Valeria, Naoko, Zélie. Ha salido con dos Noras (una italiana, otra holandesa), dos Nadias (una española, otra marroquí), dos Marjolain (una belga, otra antillana) y dos Gabrielas (una francesa, otra chilena). No ha salido con ninguna española llamada Susana o Montse o Mamen.

Algo más que reseñar: metódico, lleva diecinueve años consignando en sendos documentos cada película que ve y cada libro que lee. Los puntúa y a veces los comenta. No sabe qué pensar cuando comprueba que hay películas que, según las épocas, han provocado en él reacciones muy diversas: ha calificado de impresionante, de aburrida y de trivial Delitos y faltas, de Woody Allen;  El fuera de la ley, de Clint Eastwood, le ha parecido horrible e increíble, sutil y enfática. ¿Acaso lo contrario es menos turbador?: siempre llora cuando los pájaros atacan a los niños en la película de Hitchcock. En otro orden de cosas, le encanta decir “Hola, chochos” y no le gusta nada masturbarse. Detesta la provincia pero tampoco le encuentra interés alguno a la gran ciudad. No podría vivir en el campo. Tener un bonito reloj le resulta fundamental. Su mejor amigo, Lucas Rodríguez, ha convertido la masturbación en todo un arte, y la primera vez con una mujer sus miedos son: que no se le levante, tirarse horas y horas y no eyacular, que todo vaya a las mil maravillas y la relación dure. El tal Lucas ha salido con tres Susanas, cuatro Montses y dos Mamen (y con dos Penélopes –una neoyorquina, otra argentina–, dos Jacquelines –una marsellesa, otra irlandesa– y dos Zulemas –ambas sevillanas).

            Observaciones: se sitúa en el extremo opuesto a Taxi Driver, que sostenía: “No creo que uno deba dedicar su vida a autoanalizarse morbosamente. Creo que uno debe convertirse en una persona como las demás.” Se parece a Taxi Driver: también tiende a imaginarse que la salvación pasa por una mujer, y entonces le inventa virtudes a la primera que encuentra.  

Rafael Blanco Vázquez nació en Huelva (España) en 1972. Vivió algún tiempo en San Isidro, provincia de Buenos Aires, Argentina, pero ya está de regreso en su tierra. Es escritor y traductor de francés. Ha traducido a Alexandre Dumas, François Weyergans, Santiago Auserón, Catherine François, Henri Bergson. Como escritor, cultiva la literatura breve. Algunos de sus cuentos aparecen en los blogs “Breves no tan breves” y “Químicamente impuro”. De vez en cuando escribe poesía. Su cuento “Banda sonora” ha sido seleccionado para la antología “Boxing Day” de la editorial LCK15. También ha actuado en varios cortometrajes cuyos guiones ha escrito solo o en colaboración con el cómico Fernando Villena. Su cuento “Caspa” ha sido adaptado a cortometraje por Carolina Borrero Arias, con él como protagonista. Su blog es: www.elhamsteryotroscuentos.blogspot.com

 

miércoles, 26 de agosto de 2026

LA CASA MÁS ALLÁ DEL CEMENTERIO

Fabio Monteduro

 

El verdadero centro del pueblo era casi elegante.

Unas pocas casas, algún que otro edificio de aspecto señorial y el almacén, como la gente del lugar solía llamar al supermercado del señor Alberto Banti. Luego estaba el jardín público, exactamente frente al ayuntamiento, verdadero orgullo de todos los habitantes de Barbarograsso, el pequeño burgo medieval que, según se decía, había nacido incluso antes que Roma.

Los habitantes de la cercana ciudad de Viterbo lo consideraban un pueblo moribundo, uno de esos lugares buenos tan solo para pasar un domingo, quizá almorzando en la vieja taberna de Carmelo Erdi, donde, según él, podían comerse las mejores costillas de cordero de toda la región.

En cualquier caso, moribundo o no, lo cierto era que los habitantes de Barbarograsso hablaban de sí mismos como de gente afortunada y muchos de ellos, sin duda, lo eran.

Lo era Carmelo, con su restaurante, que todos los fines de semana colgaba el cartel de completo, y lo era el señor Alberto, cuya tienda le había permitido comprar una hermosa villa en la zona y que, para entonces, solo iba al pueblo por su trabajo. ¿Y acaso no había sido afortunada la familia más prominente del lugar? Por supuesto, al menos hasta cierto momento de su existencia: la familia Ferrano, que, partiendo de Barbarograsso, se había expandido hasta el norte de Italia gracias a la industria aceitera fundada por Filippo, el fundador de la dinastía. El patriarca, habría sido mejor llamarlo.

Habían transcurrido casi cien años, pero el Aceite de Oliva Extravirgen Ferrano ya era famoso en toda la nación.

Para salir de Barbarograsso solo había dos caminos: el primero ascendía hacia la Colina del Corzo, donde se encontraba la zona residencial, con sus chalés y sus casas modernas, para luego descender rápidamente hacia la autopista que conducía a Viterbo; el segundo era poco más que un camino de herradura; es más, de no haber sido por el asfalto arrojado casi al azar sobre la calzada, solo habría podido definirse de ese modo.

Aquel camino, lleno de baches y flanqueado por una hilera de álamos de aspecto afligido, se extendía a lo largo de unos cuatro kilómetros, pasaba frente al viejo cementerio y luego, dos kilómetros después de la antigua empresa de los Ferrano, se convertía en la carretera estatal número trece… Bueno, digamos la antigua y abandonada empresa de los Ferrano, el último de los cuales había «pasado a mejor vida» unos dieciocho años antes.

Allí, en aquella enorme construcción, había comenzado la saga de esa familia: de unos pocos olivos a un imperio de varios millones… aunque, para entonces, aquel aceite y aquella industria solo conservaban de los Ferrano el nombre.

Inversiones equivocadas, se decía por ahí; algún vecino que trabajaba en Viterbo, por lo general en el ayuntamiento, contaba que habían caído en manos de un usurero o de la Camorra, pero también había quien sostenía que Paolo Ferrano, el último miembro de la familia que aún vivía por entonces, había quedado atrapado en las redes de una extraña secta esotérica y que por eso lo había perdido todo.

¿Rumores? ¿Fantasías? ¿Cuentos para niños? Nadie sabía la verdad acerca del fin de aquella gente, pero lo que quedaba era esa construcción ruinosa que atraía a quienes se consideraban valientes: muchachos en busca de aventuras, quizá alguna que otra pareja… aunque había algo que desconcertaba al pequeño Federico Banti, hijo de Alberto, el dueño del supermercado: todos hablaban de aquel lugar, pero nadie había entrado jamás… a menos que se quisiera tomar en serio al viejo Antonino, el vagabundo borracho del pueblo, que le contaba a cualquiera dispuesto a ofrecerle una cerveza o un vaso de vino que allí dentro estaban las almas de los difuntos… Allí dentro, repetía poniendo los ojos en blanco, estaban los espíritus… Y todos se echaban a reír y se daban codazos en la taberna de Carmelo, probablemente sospechando que ni siquiera Antonino había entrado jamás.

Una vez, su amigo Mario, hijo de Carmelo, el dueño del restaurante, le había contado, sin duda para presumir y asustarlo, que Paolo Ferrano había muerto en aquella casa:

—Se tendió en una bañera llena de agua, se puso una bolsa de plástico en la cabeza y después se cortó las venas.

Eso había dicho.

Sí, claro, cómo no. ¿Y quizá era el fantasma de Paolo Ferrano el que vagaba por aquella casa? ¿Por eso nadie había encontrado nunca el valor de entrar? Tonterías de niños, pensaba Federico, quien apenas había dejado de serlo.

—Hace dos años —le dijo Mario aquel día—, Luca, Antonio y Marisa decidieron ir a echar un vistazo… Los tres son mayores de edad, ya lo sabes, y desde luego no son personas impresionables. Llegaron frente al terreno de aquella construcción al anochecer, armados con linternas e incluso con un bate de béisbol. Estaban decididos a descubrir qué había detrás de la leyenda. Pero cuando se acercaron a la puerta para abrirla y entrar por fin, oyeron algo… una especie de lamentos… como los de alguien que intenta gritar con la cabeza metida en una bolsa de plástico.

Naturalmente, salieron corriendo, según el relato de Mario, que, a pesar de ser inverosímil, había impedido que Federico pegara un ojo durante dos noches seguidas.

Eran las tres de una tarde demasiado calurosa para aquel comienzo de primavera cuando Federico se encontró dando vueltas en su bicicleta nueva, regalo de sus padres por su inminente paso al primer año de la escuela secundaria.

Sus amigos no tenían permiso para salir antes de las cinco, y él se puso a reconsiderar las palabras de Mario acerca de lo que podía haber en aquella casa abandonada.

Casi sin darse cuenta, se encontró frente al portón de hierro forjado del viejo cementerio y, poco después, ante el terreno cubierto de maleza de aquella casa de siniestra reputación.

Bajó de la bicicleta y avanzó a pie hasta el portón… o, mejor dicho, hasta el lugar donde alguna vez había habido uno. Después se quedó contemplando la casa que tenía delante, como si quisiera convencerse de que poseía el valor necesario para entrar.

Allí estaba, torcida y con las paredes descascaradas.

El cuerpo central era lo que quedaba de la empresa aceitera y, en la parte posterior, aún se alzaban los silos destinados al almacenamiento de la materia prima. Pero la casa propiamente dicha, aquella donde la familia Ferrano había vivido durante tanto tiempo… aquella donde Paolo Ferrano se había quitado la vida, si había que dar crédito a las habladurías de su amigo Mario, estaba justo allí, a pocos pasos de él.

Las ventanas rotas parecían cuencas vacías y, en algún lugar del interior, de vez en cuando se oía el golpeteo de una puerta.

Federico apoyó la bicicleta contra un árbol y se encaminó hacia la entrada ruinosa, cuya puerta estaba entreabierta.

Se detuvo unos metros más adelante, preguntándose adónde demonios iba… ¿De verdad tenía intención de entrar allí? No era que creyera todas aquellas historias que se contaban en el pueblo, pero ¿qué sentido tenía hacerlo? Además, nadie le creería… a menos que… a menos que se llevara algo que solo pudiera haber recogido en aquella casa.

Se acercó titubeando, apoyó una mano en el marco y sintió un escalofrío, a pesar del aire cálido que lo rodeaba.

No tenía miedo de los muertos, eso era indudable. Lo que en verdad lo aterrorizaba era la posibilidad de que realmente hubiera alguien en aquella casa… pero no espíritus ni estupideces por el estilo: un vagabundo, por ejemplo, quizá el propio Antonino, o un gitano. Alguien, en definitiva, que al pasar por allí hubiera decidido finalmente entrar y que le provocaría un susto descomunal por el solo hecho de encontrarse dentro.

Federico abrió la puerta y miró frente a él, preguntándose cómo podía estar tan oscuro allí dentro cuando afuera resplandecía un día soleado.

¿Tal vez se debía al deslumbramiento? Quizá solo tenía que esperar a que sus ojos se acostumbraran a la diferencia de luminosidad. Esperó, pero aquella oscuridad tan absoluta no pareció cambiar. A pesar de eso, cruzó el umbral y dejó la puerta entornada a sus espaldas.

Justo frente a él alcanzó a distinguir otra puerta, de donde provenía una débil luminiscencia rojiza: la puerta se abría lentamente y luego volvía a cerrarse, como empujada por un viento que Federico no lograba sentir. Se abrió una vez más y volvió a cerrarse con un ruido apagado, mientras el muchacho avanzaba un paso y luego se detenía.

Allí estaba, justo delante de aquella puerta que ahora permanecía entreabierta, como el emblema de todos los temores humanos.

El niño apoyó una mano sobre ella y la abrió. Bajo aquella extraña luminiscencia –¿de dónde provenía?– no vio más que un baño repugnantemente sucio.

Había una bañera y, dentro de ella, una bolsa de plástico… manchada de sangre, o al menos eso parecía.

¡Eso era lo que se llevaría! ¡Eso demostraría a todos que realmente había estado en aquella casa!

Entró, tomó la bolsa y se dispuso a darse vuelta. En ese mismo instante se formó una imagen en su mente: la de un hombre tendido en una bañera llena de agua, con aquella misma bolsa de plástico en la cabeza y una hoja de afeitar en la mano.

Inmediatamente después, la puerta del baño se cerró con un golpe y lo precipitó en la oscuridad más absoluta…

¿Tenía miedo de que hubiera alguien allí dentro? ¿Alguna persona que lo asustara por el solo hecho de encontrarse allí? Bueno, si era así, podía quedarse tranquilo, porque en aquella casa, sin duda, no había un alma viva.

Fabio Monteduro, nacido en Roma en 1963, es un escritor italiano especializado en novela de suspense, terror y misterio. Autor de numerosas novelas y colecciones de cuentos, destacó por un estilo reconocible, basado en la tensión psicológica, una atmósfera oscura y la atención a la dimensión espiritual y simbólica del horror. Su escritura evita lo explícito y favorece la inquietud que surge de lo no dicho, de la memoria, de la culpa y del silencio. A lo largo de los años, ha construido una sólida base de lectores gracias también a su activa presencia online y al canal de YouTube donde cuenta historias oscuras y hechos inexplicables. Ha publicado las novelas Anima nera (2008), Jodi (2010), Zona di frontiera (2011), Dove le strade non hanno nome (2012), Cacciatori di fantasmi (2014), Airam: La sindrome della bambola di legno (2018), Gli artigli dell'aquila (2019), Obliquo inferno (2021), y las colecciones de cuentos So chi sei... ed altre ossessioni (2004) y 8 minuti a mezzanotte (2011).   

 

ECUADOR: EL SECUESTRO DE LA INMORTALIDAD

Rocío Durán-Barba

 

¡Basta!

Un día me dije: «¡Basta!»

El mismo cuadro se repetía, en Europa, hasta el infinito. A través de semanas. A través de meses. De años. ¡De veinte años!

«¿De dónde es usted?»

«De Ecuador».

«¡Ah! de Ecuador…»

«¿Lo ha visitado usted?»

«No, pero es como si lo conociera. He leído Ecuador, el libro de Michaux».

               «es como si lo conociera. He leído Ecuador, el libro de Michaux»…

¡Qué eco!

Inagotable.

Pocos europeos han visitado mi país, pero muchos han leído ese escrito. Y un libro es todo un universo. Tiene a su haber el don de la palabra, de la idea, del concepto, del mensaje, de la comunicación. Y puede encarnar desde el divertimiento hasta la maña de la denigración, maldición, del pervertimiento.

Y Ecuador es un texto que, en círculos concéntricos y párrafos extraños, describe a mi país como una nube negra. Con ciudades-asfixia. Habitantes ridículos. Abismos, valles, volcanes irrisorios. Lagunas pantanosas. Selvas infernales. Enfermedades galopantes. Desiertos impotentes. Monstruos en vez de insectos. Tigres, boas, vampiros acechadores. ¡Tierra abyecta! Atiborrada de miserias. Incrustada de leprosos y nativos despreciables. Un exotismo repulsivo. Y, sobre todo, una visión ofensiva.

Desde que supe de su existencia trataba de silenciarlo.

Recorría las librerías y adquiría todos los ejemplares que caían en mis manos. Todos.

Ante las pilas que recogía mi aflicción decaía-disminuía, hasta escuchar otra vez: «He leído Ecuador». Entonces, se reanudaban: angustia y obsesión. Pero en vano. En cuanto se agotaba, reaparecía. Con diferente formato. Otra portada. Flamante color. Tinta distinta. E, inflexiblemente, con el mismo discurso. De este estilo:

«El Ecuador es pobre y pelado.

¡Con jorobas! y la tierra color de magulladura

O negra como la trufa.

Los caminos menguados, bordeados de plumeros.

Arriba el cielo es fangoso...»

Cada vez que adquiría nuevas copias las analizaba. Una a una. Guardaba la esperanza de que, un día u otro, cambiase el texto. Se deformase. Se recompusiese. No podía dejar de recorrerlo al derecho y al revés.

A fuerza de revisarlo me sometió. Me enfermó. Demolió mis tareas. Deshilvanó mis horas. Malogró mis ilusiones. Llegó un momento en que el universo se me descolorió. Se vació de interés. Y empecé a existir de otra manera, como cuando se deja de vivir: No comía ni dormía. No paseaba. No miraba ni escuchaba. Pisoteé mi buen humor. Abandoné a mis amigos. Dejé de rezar. Maldecía. Rondaba en torno al libro. Una sola idea me ganaba: Seguirlo-perseguirlo. ¡Destruirlo!

Con el tiempo, el fenómeno se acentuó. El libro adquirió resonancia. Su voz se alzaba-encumbraba, insistentemente. Golpeaba, cerca de mí y a mi alrededor:

 

«El suelo es negro e inhóspito.

Un suelo que viene de las entrañas.

No se interesa en las plantas.

Es una tierra volcánica.

¡Desnudo! Y las casas recubiertas de negror,

Le dejan toda su desnudez;

El desnudo negro de lo infernal.»

 

Fue así como un día de aquellos, que se levantan con ojos desorbitados y ánimo vertical, fui presa de un arrebato de venganza.

«La venganza es un plato que se come frío», dice un sabio proverbio francés. Sabio y, sobre todo, práctico.

«La venganza es un plato que se come frío», empecé a murmurar.

Luego, a repetir con fuerza.

Más tarde, se convirtió en exigencia.

¡Fue incontenible!

 

Me dediqué a idear la venganza.

Para ello debía, en primer lugar, encontrar al autor del libro: Henry Michaux, quien se había ganado, precisamente con Ecuador, un sitio en el “Museo de la Inmortalidad”. Un palacio en la ciudad de París.

Me procuré la dirección y fui a enfrentarlo.

El edificio contaba con múltiples pisos, salas, corredores. Su repertorio, con cientos de personajes. Pero no me fue difícil dar con su paradero. Se hospedaba en el ala del siglo XX.

El circuito que seguí fue singular. Un poco desordenado. Algo azaroso. En medio de la solemnidad del recinto descubrí muchos silencios. Unos, sentados, aquí. Otros, allá, derrumbados.

Al cruzar una de las puertas tropecé con Margarita Duras. Fue imposible pasar de largo. Exhibía una sonrisa mordaz, con marca de eternidad, estupenda. No pude dejar de saludarla, ya que se burlaba del tic francés de construir colosales estatuas post-mortem –su valor era sonoro en ese espacio, mientras hasta la víspera de su despedida se le había dedicado una colección de adjetivos calificativos más bien horrorosos–. Casi me quedo con ella. Hubiera sido interesante escuchar su discurso. Pero me despedí. Estaba de prisa. Sufría de una dolencia moderna e incurable: falta de tiempo total-radical. Y, luego, el motor de la venganza que me animaba era incesante-sonoro-inclemente. Mi tarea era buscar a Henry Michaux. Sin embargo, antes de continuar, tomé unos minutos para firmar el libro de visitas de la Duras. La felicité y le aseguré que su renombre era internacional, porque yo, que tanto la admiraba, venía de otro continente y de un país tan lejano: Ecuador.

 

En una sala contigua divisé a Michaux, deslumbrando soberbia desde un pedestal. Un pedestal realmente alto. Plantado. Con ropaje de mármol, bajo el cual disimulaba muy bien su flacura. Encorvado. Como si soportara algún peso fatal. Sin embargo, tenía la piel brillante. El semblante satisfecho. El ojo fijo en la fama. Despedía apariencia invencible. Sobre todo, el cinismo que lo caracterizó.

Me acerqué. Exhibía en la mano una página de su escrito:

 

«El Ecuador es recto y tieso.

«Solo a las cinco y a las seis de la mañana, cuando el sol está bajo en el horizonte, hay sombra, único momento en que el Ecuador pierde su dureza.

«La oscuridad cae en las hondonadas, como en nuestro país, la montaña suaviza la planicie, pero aquí los hombres que caminan arrastran tras de sí los pedazos más perezosos de ellos mismos, incluso los vagones toman apariencia de blandos, inclinados, distraídos: es la Sombra, La Sombra.

«Pero aquello concluye enseguida, el sol ha tomado altura, pronto cae a plomo, se encarniza sobre todas las sombras. Pronto no queda ninguna sombra sino bajo los pies. Se está de vuelta en la justicia implacable del Ecuador.»

 

Una ola de sangre me subió a la cabeza. ¡Sangre bullente! Estaba frente a él y podía ser la protagonista de una venganza histórico-necesaria. Tal vez el destino me había fijado la tarea… tal vez la tarea fijaría mi destino…

La situación era confusa.

Lo miré.

Desbordaba ironía.

Ante su gesto, me asaltó la escena de la muerte del general Alfaro, un político ecuatoriano de inicios del siglo XX, cuya ambición revolucionaria lo condujo a un fin espeluznante: lo arrastraron por las calles capitalinas junto a sus más cercanos colaboradores.

En este caso no se trataba de un lío político sino de la difamación de mi país urdida a nivel mundial.

Pero la imagen me pareció pertinente. Lo visualicé literalmente arrastrado. Solo necesitaba una cuerda y rehacer ese episodio. Dejar sus trozos desgarrados-esparcidos en los alrededores del museo, su alarido ensordecedor expandiéndose a lo largo del Sena hasta cobrar eco al otro lado del océano. E inclusive podría alumbrar una «hoguera bárbara» –como se hizo con los Alfaros– para quemar lo que quedase: su nada temblante.

La escena podía justificarse. Sin embargo, efectuar un arrastre era un poco complicado... un poco indecoroso.

Entonces recordé que, en mi terruño, se había dado curso a la justicia tribal en plenas luces del siglo XXI. De acuerdo con lo cual yo podía constituirme en tribunal no-convencional. Sentenciarlo y ajusticiarlo. Quemarlo en el acto, legalmente, en una plaza pública.

El único problema era que no me encontraba en un pueblo ecuatoriano sino en el centro de un país que había abolido la pena de muerte y no dejaba de discursear sobre la Carta de los Derechos Humanos... Esta vía se reveló aún más complicada; cuando podía optar por una acción violenta y destruirlo sin trámite alguno.

Me aseguré de que no hubiese otro visitante y me decidí:

Arremetí contra el busto con la intención de echarlo por tierra y pulverizarlo. Pero me di de bruces contra una mole recia. Reboté y me pegué un suelazo. Adolorida, me reincorporé y acerqué.

Extendí la mano con cautela.

En cuanto lo toqué se movió. Lo que es más, giró y me dio la espalda.

Me quedé estupefacta.

Tal vez contaba con una protección de defensa… O, quizás, no solo se le había ofrecido un pedestal sino, además, giratorio. Di vueltas a su alrededor con el objeto de visualizar el mecanismo. No había nada. Volví a acercar mi mano. El fenómeno se repitió.

«¡Parece vivo!», exclamé.

Una voz lúgubre ironizó a mi espalda:

«Todos estamos vivos».

De la estupefacción pasé a la petrificación.

Cuando me recuperé y, sobre todo, recuperé el raciocinio, entendí el punto.

Aquellos personajes habían conseguido hospedarse, justamente, en el edificio de la inmortalidad. Y aquello significa no-muerte. Lo perdurable. Lo eterno. Al menos, mientras permaneciesen entre los muros de la celebridad histórica.

Ese instante se concretó, a mis ojos, la posibilidad de una verdadera venganza:

¡Secuestrarlo! Sacarlo de ahí. Entonces lo olvidarían. Y el afamado libro ¡desaparecería, en consecuencia!

París, agosto 2026.

Rocío Durán-Barba es una escritora y artista franco-ecuatoriana, poeta, novelista, ensayista, periodista y pintora. Su trayectoria literaria comenzó con la novela París sueño eterno (1997) y comprende más de setenta libros, además de su participación en numerosas obras colectivas. Parte de su producción ha sido traducida a diversas lenguas y ha sido distinguida internacionalmente. Ha colaborado con medios latinoamericanos y europeos y participado en encuentros y festivales internacionales. Su actividad artística incluye asimismo exposiciones en varios países y la realización de libros de artista. En 2022 concluyó la película Resistir, surgida de la antología poética latinoamericana del mismo nombre y de una serie de encuentros internacionales realizados durante la pandemia. Es presidenta de honor del Encuentro de Literatura Hispanoamericana de París, miembro de PEN Internacional y dirige la Fundación Cultural Rocío Durán-Barba, en Ecuador, y la asociación poética Lettres en vol, en París. Entre sus numerosas distinciones figuran reconocimientos de la Academia Bolivariana de América, el Senado francés y la Academia Arts-Sciences-Lettres de París.

 

 

ASCENSO POR CONTACTOS

Nešo Popović Shonery

 

Ya estaba podrido de esperar. Habría podido irme innumerables veces, pero durante todo ese tiempo seguí aguardando la oportunidad adecuada.

No soy el único que quiere ascender; la competencia es enorme y despiadada.

Si supieran cuánto me costó llegar a mi posición actual... Ni se me ocurre echarlo todo a perder así como así. Empecé desde el escalón más bajo; prácticamente era un insecto. Me callaba, aguantaba todo, soportaba cualquier cosa y avanzaba por la escala un paso lento tras otro. Aceptaba cada vuelo que me ofrecían. Las misiones solían ser peligrosas y nunca había garantía de que regresaríamos. Muchos vuelos terminaban en destrucción incluso antes de alcanzar el objetivo. Perdimos a muchísima gente valiosa de esa manera.

Gracias a una combinación de suerte y buenos reflejos, siempre conseguía volver con vida y, cada vez, me asignaban un vuelo un poco mejor. Bueno, también hubo algunas ocasiones en las que me destaqué de verdad y logré saltarme varios escalones de la jerarquía.

Ningún esfuerzo es inútil cuando uno sabe que lo espera una gran recompensa. Y la recompensa realmente vale la pena. Quien completa todos los vuelos asciende a las esferas superiores, y allí comienza el verdadero disfrute. Se acabaron los trabajos pesados, los grandes riesgos y la vida en espacios estrechos y abarrotados; solo queda un contrato gerencial, tranquilidad y preocupaciones ligeras. En todos estos años apenas conocí a unos pocos que lograron elevarse tanto. Todos, sin excepción, eran pilotos extraordinarios. Siempre pensé que yo también pertenecía a ese grupo.

Había progresado, no digo que no, pero el avance era demasiado lento. Comprendí que todavía me harían falta quién sabe cuántos años para llegar a la cima. Y ni siquiera estaba seguro de resistir hasta el final. Para ser sincero, creo que no tengo la dedicación suficiente. Además, no dejan de llegar muchachos y muchachas más jóvenes que desean exactamente lo mismo que yo. Dentro de poco ya no podré competir con ellos y me enviarán a la jubilación o, peor todavía, a misiones insignificantes donde acabaré mis días.

Cuando comprendí eso, los siguientes pasos fueron evidentes. Primero tenía que encontrar a alguien que me ayudara a conseguir el vuelo indicado. Era importante elegir con cuidado, porque ya no tenía tiempo que perder. Si me equivocaba, el castigo sería terrible. En el mejor de los casos me devolverían a los peores vuelos del principio y tendría que empezar otra vez desde cero. Y ese sería mi final.

Encontré a un tipo que no estaba ni demasiado alto ni demasiado bajo dentro de toda la jerarquía y que estaba dispuesto a ayudarme. Lo engrasé un poco... mejor dicho, mucho... donde correspondía, y esperaba que por fin todo saliera bien.

Esperé pacientemente su llamado para ese vuelo decisivo. Rechacé oportunidades para realizar vuelos normales, con alojamiento y condiciones estándar. Empezaba a preocuparme que mi contacto no diera señales de vida, y yo ya no era precisamente joven. A veces dudaba y pensaba en abandonar, resignarme a perder el soborno y seguir como antes. Por suerte, esa indecisión desaparecía enseguida cada vez que recordaba las miserables tareas, el lento ascenso, compartir el espacio vital con cualquier clase de individuos... en resumen, el tedio. No. Esta era mi oportunidad y pensaba aferrarme a ella con todas mis fuerzas.

Ya había perdido toda esperanza y estaba convencido de que mi inversión se había echado a perder cuando llegó la llamada. Mi contacto desde el control de vuelos me dijo que al día siguiente me presentara exactamente al mediodía en la plataforma de lanzamiento.

Temblé de emoción.

Solo tenía que completar correctamente ese vuelo. Lo único que me preocupaba era llegar a tiempo; a esa hora suele haber muchísimo tráfico.

Por las dudas, programé el despertador para que sonara más temprano, alrededor de las siete, y me acosté antes de lo habitual.

Sin embargo, la emoción no me dejó dormir durante mucho tiempo. Como si todo conspirara contra mí, mi vecino de al lado, a quien no veía desde hacía bastante, regresó de un vuelo exitoso y decidió celebrarlo con varios amigos ruidosos. Golpeé la pared que nos separaba, pero él interpretó aquello como una petición de que subiera el volumen de la música. Los graves hacían vibrar mi cama. Total, él ya no tenía nada de qué preocuparse: a partir de ahora viviría en un lugar mucho mejor.

Recién después de la medianoche se tranquilizaron y pensé que por fin podría descansar.

Pero, evidentemente, estaba pidiendo demasiado. Mi vecino, por haber bebido tanto, iba al baño una y otra vez. Cada vez que tiraba de la cadena era como si me arrojara un balde de agua directamente sobre el cerebro. El sonido de sus vómitos tampoco ayudaba demasiado.

Cuando finalmente se calmó, cerca de las cuatro de la madrugada, caí en un sueño profundo.

Me despertó una luz intensa. Miré el reloj presa del pánico. Marcaba las once. Por alguna razón desconocida, el despertador no había sonado a tiempo.

Salté de la cama, me lavé la cara a toda velocidad y me vestí todavía más rápido. Me pareció ver nuevos mensajes de la torre de control, pero no tuve tiempo de leerlos; seguramente serían alguna circular sin importancia.

Me lancé al coche como un desesperado.

Entonces advertí que estaba extrañamente inclinado. Miré mejor y vi que tenía dos neumáticos desinflados. Seguro que era obra de aquel vecino que había estado de fiesta toda la noche.

No tenía tiempo para cambiarlos, así que detuve un taxi. El viaje hasta el centro de lanzamiento no me saldría precisamente barato, pero valdría cada moneda con tal de llegar a tiempo.

Me ilusioné demasiado pronto.

Delante de nosotros había un embotellamiento como nunca había visto. Parecía que el tránsito se extendía inmóvil hasta el infinito.

Me removía nervioso en el asiento. El sudor me corría por la espalda; estaba completamente empapado. Solo tenía que llegar a tiempo, completar bien el vuelo y ascender a los niveles superiores. Allí no existen los atascos, el caos ni la tecnología sucia; solo hay paz, nirvana y una temperatura agradable.

Avanzábamos centímetro a centímetro. El taxímetro seguía sumando y el tiempo pasaba inexorablemente. Aun así, todavía existía la posibilidad de llegar.

De pronto sentí un fuerte olor a quemado dentro del coche.

El taxista y yo salimos de inmediato y comprobamos que un espeso humo negro salía del capó. Mientras el conductor intentaba apagar el incendio con ayuda de otros colegas, comprendí que quizá todavía podría llegar corriendo. Después de todo, ya no estábamos tan lejos del centro de lanzamiento.

Corrí tan rápido como pude, pero unos diez minutos después me desplomé como un tronco. La falta de entrenamiento, el cansancio acumulado y el calor se combinaron para provocarme un colapso.

Lo más triste era que estaba a pocos pasos del centro de lanzamiento.

Cuando recuperé el conocimiento, vi varios rostros preocupados inclinados sobre mí.

—¿Qué hora es? —grité desesperado.

—Las doce y diez —respondió alguien.

La desesperación me invadió.

Había llegado tarde.

Ya no tenía salvación.

Quién sabe durante cuánto tiempo tendría que seguir realizando esos vuelos insignificantes. Y si además descubrían mi intento de hacer trampa, entonces sí que estaría perdido.

Después recordé que existía una pequeña posibilidad de que el vuelo hubiera sido pospuesto. A veces sucedía por cuestiones meteorológicas, retrasos o cualquier otra razón.

El tráfico ya se había despejado un poco, y uno de los presentes se ofreció a llevarme porque iba en esa misma dirección.

Llegamos al centro de lanzamiento a las doce y media.

Cuando terminé de pasar todos los controles ya eran las doce y cuarenta y cinco.

Miraba hacia todos lados intentando encontrar a mi contacto.

No lo veía por ninguna parte.

Sentí que alguien me empujaba.

—Quédate callado —susurró una voz.

Entramos en un pequeño depósito.

—¿Dónde demonios te metiste? —me preguntó nervioso—. Intenté comunicarme contigo, pero no respondías. Ese vuelo era extraordinariamente importante; incluso habían venido algunos peces gordos de arriba. Quien lo completara tenía asegurado el ascenso. Traté de retrasarlo, pero fue imposible.

Empecé a explicarle cómo parecía que el mundo entero se había conspirado contra mí y que simplemente no había logrado llegar.

Me dejé caer en el suelo, me cubrí la cabeza con las manos y rompí a llorar. Todo estaba perdido.

Una oportunidad como aquella jamás volvería a presentarse.

—Bueno —pregunté al fin—, ¿quién consiguió mi vuelo?

—Supongo que lo conoces —respondió—. Es la gran promesa. Ha cumplido casi todas las misiones con un éxito extraordinario. Ha saltado más niveles que nadie hasta ahora. Creo que pasó del escalón más bajo a la cima después de apenas seis o siete vuelos.

Enseguida comprendí de quién hablaba.

La joven estrella de los vuelos.

Uf... cuánto lo odio.

—Sin embargo, tengo una buena noticia para ti. Parece que acaba de aparecer otro vuelo de primer nivel. Debes estar listo en cinco minutos.

—¿Qué vuelo me toca? ¿Y cuál obtuvo ese afortunado?

Me tendió una carpeta con documentos.

—Aquí está todo. Tendrás tiempo de estudiarlo. Ahora no puedo explicártelo.

Me cambié de ropa y ocupé mi lugar dentro de la cápsula.

Comprobé rutinariamente todos los instrumentos.

Todo estaba en orden.

—Karma Central llama al vuelo 20041889. ¿Todo en condiciones?

—Todo en orden —respondí.

—Buena suerte. Regresa coronado por el éxito. Será una misión difícil.

—Gracias. Nos vemos.

Escuché la cuenta regresiva.

—Diez... nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡despegue!

La cápsula arrancó con una sacudida, impulsada por un líquido lechoso.

Por el momento todo iba bien. Los instrumentos funcionaban con normalidad.

Pronto llegamos a la barrera que había que atravesar para alcanzar el verdadero objetivo de la misión.

Por un instante me asusté cuando comenzaron a sonar las alarmas del panel de control. Ajusté el ángulo de penetración de la membrana. La cápsula crujió, pero conseguí atravesarla. Detuve cuidadosamente el vehículo junto a una estación circular. Activé los sistemas de mantenimiento vital y abrí la carpeta que me habían entregado en el centro de lanzamiento.

Veamos primero qué vuelo había perdido. Vuelo 16041889: Charles Chaplin, actor. ¡Bah...! Un actor. Hay actores a montones. Lo olvidarían enseguida. Con él jamás habría conseguido superar los nuevos ciclos kármicos. Veamos ahora quién me tocó.

Vuelo 200141889: Adolf Hitler, pintor...

Esto sí que promete.

Tengo nueve meses para pensar cómo mantenerlo en el camino correcto y apartarlo de los grandes pecados. Seguro que será recordado como el pintor más grande de todos los tiempos, quizá incluso superior a Leonardo.

Cuando complete con éxito esta misión y conduzca el alma de Adolf a los niveles kármicos más elevados, sin duda ascenderé a los círculos gerenciales del karma.

Nešo Popović Shonery (también conocido bajo el seudónimo N. P. Shonery) es un escritor, blogger y editor serbio. Se formó y desarrolló la mayor parte de su trayectoria cultural en su país de origen. Apasionado autodidacta y difusor de la cultura popular, combinó desde joven su faceta de lector devoto con la creación de contenidos, participando en proyectos colaborativos, relatos breves de corte humorístico y la gestión de blogs literarios. En 2020 decidió dar un giro a su vida personal y profesional al emigrar a Irlanda donde continúa con su actividad narrativa y editorial. Entre otros libros, ha publicado Drugo carstvo (2018), Univerzum u nevolji (2020) y Krvavi potpis (2021).

 

EL ASUNTO DEL SOMBRERO