viernes, 4 de septiembre de 2026

QUÉ SE DIJERON EDIPO Y LA ESFINGE

Daniel Frini

 

Con el rostro pálido, los ojos como tizones y las alas manchadas de sangre, la Esfinge que mora en las afueras de Tebas esparce el terror en los campos que rodean a la ciudad y mata, estrangulando con sus garras, a los que no son capaces de resolver su enigma.

Así murió el príncipe Hemón. Entonces, el rey Creonte, su padre, lanzó una proclama en la que promete la regencia del reino y el matrimonio con su hermana Yocasta a quien dé con la respuesta y se deshaga del monstruo.

Edipo se acerca a Tebas por la vía que lleva a la puerta Homoloida. A quince estadios de la ciudadela, el camino atraviesa una cornisa estrecha; montaña a un lado, despeñadero al otro. Allí la Esfinge lo acecha. Cuando Edipo llega, el monstruo salta desde una piedra y le cierra el paso. Su boca destila veneno. Se mueve de un costado al otro del camino, sin quitar la vista de Edipo. El hombre se paraliza. El corazón se le acelera y comienza a sudar entre temblores de frío. Le hablaron de esta aberración, que juzgó inexistente; y su cerebro busca una salida que lo libre de los zarpazos asesinos. No la hay.

—Salud, caminante —dice la Esfinge, con voz empalagosa—. Yo soy la cruel cantora, la hija de Tifón y Quimera, enviada por Hades para ser la ruina de los tebanos. Si quieres llegar a la polis, antes deberás resolver mi enigma —y muestra sus dientes, mientras gruñe.

—¿Se-seguro? —pregunta el hombre.

—Así fue pactado con el rey Creonte: si alguien es capaz de resolver mi acertijo, me iré para siempre. Pero como nadie lo hará, mataré y comeré a quien falle, y seguiré destruyendo hasta que de Tebas no quede piedra sobre piedra.

A Edipo le tiemblas las piernas y un hilo de orina resbala por su muslo, llega a sus sandalias y humedece la tierra. Traga saliva. Pregunta:

—¿Y-y de q-qué vendría tratando la a-adivinanza?

La Esfinge infla el pecho y dice, con sorna:

—Existe sobre la tierra alguien bípedo y cuadrúpedo, cuya voz es una sola, y a su vez, trípode. Él es el único que cambia la naturaleza de cuantos seres vivos se mueven en la tierra, por el éter y bajo el mar. Pero cuando camina apoyándose en más pies, entonces el vigor de sus miembros es mucho más débil.  Ese es el enigma. ¡Responde!

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—No entiendo…

El Monstruo muestra sus garras y se prepara a atacar. Justó antes de su salto, Edipo grita:

—¡Pare, pare! ¡Dije que no entiendo, no que no lo sabía! Dígalo, otra vez, más despacio. Y no use palabras difíciles.

La Esfinge resopla, y repite:

—Existe sobre la tierra un ser de dos pies y de cuatro pies, que tiene sólo una voz, y es, también, de tres pies. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ápalala. Ta difícil. ¿Cuántos pies tiene?

—Dos. Y cuatro. Y tres.

—¿Al mismo tiempo?

—No. No al mismo tiempo.

—Ah. Ahí cambia la cosa. ¿Y tiene una sola voz?

—Efectivamente.

—¿Y cuántas voces, por un suponer, podría tener?

—¡Tiene una sola!

—Pero, ¿qué quiere decir con eso?

—¡Que habla!

—¿Y por qué no dice que habla? ¿La hace difícil a propósito? ¿Y dijo que cambia su aspecto?

—Es el único ser vivo capaz de cambiar su aspecto.

—¿Cómo es eso de que cambia su aspecto?

—¡Que anda en dos, en tres y en cuatro patas! ¡Cambia su aspecto!

—Pero eso ya lo dijo al principio

—¡Si! ¡Ya lo dije!

—Entonces, ¿qué? ¿Es para despistar?

—¡No! ¡Así es el enunciado del enigma!

—¿Lo qué?

—¡El planteo!

—Ah. Y dice que cuando más pies usa, es más débil.

—Si —dice la Esfinge con sequedad—. ¡No! ¡Sus pies son más débiles!

—¿Si o no?

—Bueno. Si. Él también es más débil.

—Póngase de acuerdo con usted mismo ¿o es usted misma? ¿De qué sexo es usted?

—Femenino. Soy una —dice el monstruo, enfatizando la palabra «una»— esfinge.

—Me parecía. Mire que son jodidas las mujeres ¿eh? Yo supe tener una novia en…

—¡Conteste!

—¿Dónde estábamos?

—En determinar si la respuesta al enigma tiene sus pies más débiles o si todo él es más débil.

—Ajá. Tiene sus pies más débiles.

—No. Todo él es más débil.

—¿Ve? Cómo no va a andar usted matando gente, si los confunde. ¿Usted quiere o no que le resuelvan la adivinanza?

—¡Quiero!

—Entonces, sea más clara. Dígame, de nuevo, la adivinanza esa.

—Uf —bufa la Esfinge; y repite, sin tomar aire—. Existe sobre la tierra un ser que tiene dos cuatro y tres pies que tiene sólo una voz y que es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra aire o mar pero cuando anda apoyado en más pies entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil.

—Ajá. Vamos por partes. Uno —dice Edipo, y muestra el dedo índice de la mano derecha, sostenido entre pulgar e índice de la mano izquierda—. Tiene dos, tres y cuatro pies.

—Sí.

—Dos —muestra el dedo mayor de la mano derecha, indicando «dos»—. Tiene una sola voz.

—Sí —vuelve a responder el monstruo, impaciente.

—Tres —Edipo suma el dedo anular—. Cambia su aspecto.

—¡Si!

—Pero esto es lo mismo que decir que tiene dos, tres y cuatro pies ¿no?

—Si.

—Entonces el tres no va —baja un dedo y vuelve a mostrar dos.

—Póngale que no va —contestó la Esfinge, con resignación.

—Tres, entonces. Cuando más pies tiene, es más débil —otra vez tres dedos.

—Si.

—¿Y qué más?

—Nada más. Ya está.

—Uno, dos, tres —Edipo cuenta sus dedos levantados.

—Si.

—Uno —repasa el hombre—, que tiene dos, tres y cuatro patas. Dos, que tiene una voz. Tres…

—¡Basta! —interrumpe la esfinge—¡Conteste de una buena vez!

—Espere. Estoy pensando.

—¡Apure!

—¿No hay tiempo? Algo así como «¡Corre reloj!», o «Tiene cinco minutos a partir de ¡ahora!», o «¡Minuto en el aire!», o un redoble de týmpana…

—No. No hay tiempo.

—Es difícil.

La Esfinge amaga con saltar sobre el hombre.

—¡Epa! —dice Edipo— ¡Tenga mano! ¡Usted dijo que me mataba si respondía mal! ¡Y aún no respondí! ¡Ni bien, ni mal!

El monstruo se detiene, furioso.

—Veamos —dice Edipo—. Que tiene varias patas podría ser un… —piensa, mirando hacia arriba—. No. No creo. Tiene más patas. Y no son débiles. ¿Hay alguna ayudita?

—¡No!

—¿Una pista?

—¡No!

—¿Con qué letra empieza?

—¡No!

—¿«No» es una letra? Mire que no sé leer ni escribir. Oí hablar de la letra Pi, de Gama; pero a No, no la oí nunca. Qué despelote este de los maestros ¿no?

—¿Qué dice? —grita la Esfinge.

—El tema del paro de maestros en Mileto…

—¡No quiera distraerme!

—Yo quería estudiar filosofía con Anaximandro; pero, usted sabe, me crie en Corinto. Y, aunque no lo crea, soy hijo del rey Pólibo y la reina Mérope. Y esto de ser príncipe implica una serie de compromisos, y no tuve tiempo…

—¡Basta!

—Qué problema el de los maestros de Mileto…

—¡Escuche! ¡Concéntrese en el enigma! ¡Su vida está en juego! ¡Responda!

—Otra vez.

—¿Otra vez, qué?

—Que me repita la adivinanza.

—¡No!

—Dele. Sea buena.

—¡No!

—De una manera más simple, porque no le entiendo…

La Esfinge bufa. Parece que va a hablar, y se contiene. Bufa otra vez. Al final, dice:

—¿Cuál es el ser vivo que cuando es pequeño anda a cuatro patas, cuando es adulto anda a dos y cuando es mayor anda a tres?

—¿Y por qué no lo dijo así de entrada?

—¡Responda! ¡Más fácil no se lo puedo hacer!

—¿Con qué nota se aprueba?

—¿Qué?

—¿Qué nota tengo que sacarme para pasar?

—¡Ninguna nota! ¡Acierta y vive, no acierta y muere!

—Deme opciones.

—¡No!

—Dele.

—¡No!

—Qué le cuesta.

—¡No!

—No la va a querer nadie a usted, ¿eh?

—¡Responda!

—¡Multiple choice!

—¡No!

—¿Por qué no? ¿Tres posibilidades? ¿Cuatro?

La Esfinge se contiene. Su ceño se pone rojo de furia. Escarba la tierra con sus garras y pliega sus alas para acelerar un posible ataque. Sopesa la situación. Finalmente, cede.

—Está bien —dice, con cierto desgano—. Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—¡Ah, pero espere un cachito! —contesta Edipo— ¡Usted me habla de seres en general! ¡Yo pensé que la adivinanza tenía que ver con un ser único! Qué sé yo: Menipo de Gadara, un suponer. O el perro de Panecio de Abdera. Lindo animal, no sé si oyó hablar de él. Se murió de viejo. Era un ovejero tracio de pelaje largo, marrón oscuro. ¿Sabe que Panecio le silbaba y el perro le entraba las ovejas al corral? De no creer. Una vez…

—¡Basta! ¡Conteste ya!

—O sea, es un genérico ¿no?

—Si.

—No es un animal, o una persona; así, él sólo nomás ¿no?

—No.

—Ahí cambia la cosa. ¿Me repite la adivinanza?

—¡No!

—Al menos, repítame las opciones.

—Alfa los dioses beta los titanes gamma los semidioses delta los hombres.

—¡Eh! ¡Más despacio!

—Alfa, los dioses. Beta, los titanes. Gamma, los semidioses. Delta, los hombres.

—Ajá.

—Ajá ¿qué?

—¿Me pregunta usted a mí? —dice Edipo.

—Sí.

—Pero, ¿no es que las preguntas las hace usted?

—¡Termínela! ¡Y conteste ahora!

—Y, digamos, «la respuesta», ¿podría andar en carro?

—Y… sí…

—¿Y en barco?

—También… —dice la Esfinge, intrigada

—O sea, que puede andar en cuatro, dos y tres patas; en carro y en barco.

—Sí.

—Pero eso no está en el enigma.

—No, no está.

—Debería ponerlo.

—¡Conteste!

—Porque, si no, está incompleto…

—¡Conteste!

—Así, no es una adivinanza. Es sólo un juego de palabras…

—¡Conteste ya!

—¡Bueno! ¡No se sulfure!

—¡Apure!

—A ver. Los dioses, no creo. Son más de volar. Déjeme pensar.

—¡Responda!

—Los titanes son casi como los dioses —Edipo cruza su brazo izquierdo sobre su vientre, apoya en él su codo derecho y se toma el mentón, mientras mira, de reojo, hacia arriba.

—¡Responda ya, o lo mato!

—Estoy entre los semidioses y los hombres…

—¡Decida!

—¿Sabía que el semidiós Cadmo, fundó Tebas?

—¡No me importa!

—Él trajo a Grecia la agricultura, la fundición de metales, ¡el alfabeto!...

—¡No se vaya por las ramas! ¡Conteste!

—Qué gran tipo, Cadmo…

—¡Me saca de las casillas! ¡Responda ya!

—Dicen que cierta vez…

—¡Ah! —gritó la Esfinge.

—Podrían ser los semidioses. Pero también podrían ser los hombres….

—¡Los hombres! ¡Son los hombres!

—¿Cómo?

—¡No lo soporto más! ¡La respuesta es «los hombres»!

—¿Los hombres? ¿Y por qué?

—¡Por que al principio, cuando nacen del vientre de la madre caminan en cuatro patas; en la edad adulta en dos, y cuando son viejos, apoyan su bastón como un tercer pie!

—Ah, mire. ¿Y el carro? ¿Y el barco?

—¡Basta! ¡Usted me vuelve loca! —gritó, otra vez, la Esfinge y, en un movimiento rápido, se arrojó al barranco. Rodó hasta el fondo y quedó sobre las piedras, las alas quebradas, los ojos abiertos y la mirada perdida; el cuello roto.

Edipo se acercó al borde, miró hacia abajo y escupió hacia un costado.

—«Los hombres» era la respuesta. Mirá vos —dijo, y siguió su camino rumbo a la ciudadela de Tebas.

 

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

EL MÁS ALLÁ AL ALCANCE DE LA MANO

Frank Roger

 

Alex se apresuró hacia la parada de taxis de la estación. Se había retrasado y no quería llegar tarde a su cita. Estaba ansioso por volver a ver a su difunta esposa, aunque solo fuera para conversar unos minutos con ella. Aquello se había convertido en una tradición semanal a la que no estaba dispuesto a renunciar. Era muy importante mantenerse en contacto con la mujer a la que tanto había amado y que le había sido arrebatada demasiado pronto.

El taxi tardó unos quince minutos en llegar al Instituto, situado en las afueras de la ciudad. Como siempre, Alex contempló el paisaje por la ventanilla mientras el automóvil avanzaba entre edificios, la mayoría en mal estado o incluso abandonados, que se recortaban amenazadores en el crepúsculo. Algunos estaban cubiertos de vegetación y, en ciertos rincones oscuros, crecían hongos luminiscentes que difundían un resplandor inquietante. No le gustaba aquella parte de la ciudad, que parecía desmoronarse hasta convertirse en ruinas, y no entendía por qué no trasladaban el Instituto al centro, a un entorno mucho menos insalubre.

Pagó al taxista, entró en el edificio y se dirigió directamente al mostrador de recepción.

—Tengo una cita —le dijo a la mujer pelirroja que estaba detrás del mostrador.

Ella sonrió. Sabía perfectamente quién era y a qué había venido. Era un visitante habitual. No hacía falta ninguna explicación.

Consultó la pantalla de su ordenador y dijo:

—La cabina número siete está preparada para usted, señor. Disfrute de estos momentos con su ser querido. Supongo que no necesita indicaciones. Ya ha venido muchas veces.

Él sonrió, asintió y se encaminó rápidamente hacia el pasillo de las cabinas. La puerta de la número siete estaba entreabierta. Entró y la cerró detrás de sí. Ahora solo tenía que encender la pantalla, ponerse los auriculares y esperar a que se estableciera la conexión. Podía tardar unos minutos. Mientras tanto, la pantalla se llenaría de formas grises y negras que giraban sin cesar.

Mientras esperaba, pensó en los maravillosos servicios que ofrecía el Instituto. Nunca había llegado a comprender cómo conseguían establecer contacto con el más allá, a pesar de todos los detalles técnicos que le habían proporcionado. Aquella tecnología estaba muy por encima de sus conocimientos. Lo único que realmente importaba, por supuesto, era que podía ver y hablar con su esposa, fallecida un año atrás. De alguna manera era posible establecer un vínculo entre este mundo y el otro y, una vez por semana, se le ofrecía la oportunidad de disfrutar durante unos minutos de la compañía de Miranda.

Las formas que giraban en la pantalla se transformaron poco a poco en los contornos de un rostro: un rostro que conocía muy bien.

—Miranda —dijo—. Qué bueno es volver a verte. Te extraño muchísimo.

Una sonrisa apareció en el rostro de ella, una sonrisa que le reconfortaba el corazón cada vez que la veía.

—Yo también te extraño, Alex —dijo—. ¿Cómo estás?

—Hago todo lo posible por sobrellevarlo —respondió—. Pero debo admitir que a veces la soledad me afecta. Me cuesta aceptar mi situación. Aunque, por supuesto, sé que no tengo motivos para quejarme. Al menos sigo aquí, viviendo mi vida, y agradezco tener la oportunidad de verte una vez por semana. Es lo que me permite seguir adelante.

La sonrisa desapareció del rostro de Miranda y Alex vio una lágrima en sus ojos. Probablemente se estaba poniendo demasiado sentimental. Quizá sería mejor limitarse a hablar de cosas triviales, aunque no pareciera lo más apropiado dadas las circunstancias. Tenía que evitar preguntarle cómo estaba: una pregunta inútil que solo conseguiría incomodarla.

Así que le habló del viaje en taxi hasta el Instituto, de la inquietante visión de la ciudad que se desmoronaba, con edificios vacíos invadidos por la vegetación y hongos que ganaban terreno.

—No tengo idea de lo que está pasando aquí —dijo—. La ciudad, al menos las afueras donde se encuentra el Instituto, parece estar al borde del colapso. Y da la impresión de que cada vez está peor. Al principio no era así en absoluto. Me preocupa, pero no puedo hacer gran cosa. Al menos puedo seguir viviendo mi vida aquí y tengo algo que esperar con ilusión: el privilegio de verte una vez por semana. Sin eso...

Negó con la cabeza y dejó la frase inconclusa.

—Me alegro mucho por ti —dijo Miranda, tratando evidentemente de contener las lágrimas—. Espero que podamos...

Su voz se desvaneció y su rostro se disolvió en remolinos grises y negros. La sesión había terminado. Alex salió de la cabina y regresó al mostrador de recepción.

—¿Ha terminado, señor? —preguntó la mujer—. ¿Ha disfrutado de la sesión?

—Ha sido perfecta —respondió—. Gracias.

—Hay un taxi esperándolo, señor. Espero volver a verlo la próxima semana.

—Hasta entonces —dijo él antes de abandonar el edificio.

 

Miranda se quitó los auriculares y se recostó en el asiento.

—¿Cómo fue la sesión? —preguntó la asistente de El Más Allá al Alcance de la Mano.

Miranda negó con la cabeza.

—Me temo que está empeorando, además de resultar cada vez más doloroso. Mi difunto marido sigue convencido de que está vivo y perfectamente bien, y de que yo soy su esposa fallecida. Incluso inventa detalles de su «vida»: un viaje a través de una ciudad en ruinas invadida por hongos.

La asistente, una joven rubia, le dio unas palmaditas en el brazo.

—Me temo que el cerebro de su difunto marido se está deteriorando. Su convicción de que está vivo, el viaje en taxi, la ciudad moribunda, los hongos luminiscentes... todo eso es una fantasía creada por su cerebro en proceso de deterioro, aislado de la realidad y que ya no recibe ningún estímulo sensorial.

Miranda asintió.

—Probablemente esto solo empeorará.

—Me temo que sí —dijo la joven rubia—. Aquí, en El Más Allá al Alcance de la Mano, podemos mantener vivo el cerebro de una persona fallecida en un entorno controlado y, gracias a nuestra tecnología de última generación, ofrecer un medio para mantenerse en contacto con un ser querido muerto, pero solo durante un tiempo limitado. El deterioro es inevitable y, por desgracia, llegará un momento en que, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, su marido la dejará por segunda vez.

—Y esta vez será para siempre —dijo Miranda—. Lo entiendo. Supongo que debería agradecer los momentos que pude compartir con él y disfrutar de los que todavía puedan quedarnos, por dolorosos que sean.

La asistente asintió.

—Me temo que esto es lo máximo que podemos prolongar nuestra conexión con el más allá.

 

El taxi avanzaba a gran velocidad por las calles. Alex estaba ansioso por conversar con su difunta esposa en el Instituto, aunque las sesiones eran cada vez más breves y Miranda parecía cada vez más distante. ¿Le ocurría algo? ¿Debía preocuparse?

Miró por la ventanilla y vio que los hongos luminiscentes aparecían por todas partes.

Se preguntó qué podría significar aquello.

Probablemente no era una buena señal.

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

 

AMERICALUGAR: EMBARAZADA

Lusine Kharatyan

 

Nuestro apartamento estadounidense está en un edificio de madera.

Un edificio estadounidense de cuatro plantas donde viven estudiantes de nuestra universidad procedentes de la antigua Unión Soviética y huérfanos somalíes del Medio Oeste, tan queridos en la Unión Soviética.

En la Unión Soviética de mi infancia ayudábamos a los somalíes hambrientos.

En la infancia estadounidense de mi abuela, ellos ayudaban a los armenios hambrientos.

Con las fotografías de niños armenios y somalíes famélicos aparecidas en los periódicos de nuestras respectivas infancias hice un collage en blanco y negro y lo clavé en algún rincón de mi cabeza donde solo pudiera verlo cuando yo quisiera.

Pero ahora estoy embarazada. Ya no miro ese collage. Lo arranqué y lo tiré.

Así puedo sonreír tranquilamente cuando saludo a mi hermosa vecina somalí y olvidar que nuestra patria común es el hambre.

 

Nuestro apartamento estadounidense tiene un dormitorio, cocina y sala de estar.

Paredes blancas. Moqueta beige. Muchísimos armarios empotrados con puertas blancas. La mesa redonda de madera y las sillas pintadas de azul fueron un regalo de mi familia estadounidense. Las construyó mi padre estadounidense con sus propias manos. También nos regalaron un lovers' seat. Así llaman a un pequeño sofá para dos personas. Es amarillo. Muy blando. Por las noches nos sentamos allí y vemos películas por internet.

Bergman.

Cuando supimos que estaba embarazada recogimos un enorme sofá cama que unos vecinos habían dejado en el estacionamiento al mudarse. Tenía un cartel: «Llévame.»

Y nos lo llevamos.

Es beige. Exactamente del color de la moqueta. Ahora me siento sobre la moqueta, apoyo la espalda en ese sofá, estiro las piernas y leo. Mis apuntes. Sobre Estados Unidos.

Un país donde existen lovers' seats, somalíes, dishwashers, veteranos de guerra, dryers, protestantes, sofás abandonados en los estacionamientos, trotskistas, ciervos que pasean libremente por la ciudad, mexicanos, doggy bags, judíos soviéticos, garage sales, el Medio Oeste, afroamericanos, kitchen sinks, WASP, yuppies y el nine-one-one.

También hay baño. En nuestro apartamento. Tenemos cocina de gas, dishwasher y un fregadero de cocina que se lo traga todo. Sí, absolutamente todo. Puedes dejar allí mismo los restos de comida: cáscaras de huevo, pieles de cebolla... Aprietas un botón, lo tritura todo y el agua se lo lleva por el desagüe. Una vez hasta hice desaparecer allí un vaso roto.

La lavadora y la secadora son de uso común para todos los vecinos del piso. Están en un cuarto especial del pasillo. Introduces unas monedas, echas el detergente, aprietas el botón y media hora después tienes la ropa lavada; otra media hora más tarde, seca.

Mientras tanto, mi hermosa vecina somalí y yo nos llamamos mutuamente «hermana», sonreímos y, durante un instante, disfrutamos de aquello que comparten nuestros destinos, en ese espacio estrecho sin puertas ni ventanas, junto a la ropa que gira dentro de la lavadora.

Echo de menos los tendederos donde la ropa, entregada al sol y al viento, confirma la continuidad de la vida. Un pequeño fragmento de eternidad pasajera. Cuando, en medio de una vida vivida con prisa, te encuentras con ropa tendida de todos los colores y de pronto comprendes que esa ropa es la tuya. En esta lavandería sin puertas ni ventanas, mi patria es la ropa tendida al sol. La que colgaba de la ventana de nuestro apartamento en un edificio prefabricado de Ereván. Y también la que existe en internet.

 

Estoy embarazada.

Muy embarazada. Afuera es invierno. Un invierno de verdad. Veinte grados bajo cero. Dentro de casa hay treinta sobre cero. Al parecer, la madera es el mejor aislante térmico del mundo. Y no solo calienta cuando arde. La madera. Mi compañera desde 1992. En la estufa. Yo, nacida en aquel oscuro y helado 1992, llevo dos suéteres uno encima del otro sobre mi vientre redondo. Sentada en el sofá con las piernas recogidas, leo a Remarque, impreso desde lib.ru.

El olor del guiso de lentejas llena mi nariz. El olor del guiso de lentejas llena la casa. Llena las paredes blancas. La moqueta beige. Cuelga del techo bajo. Se esconde bajo la ventana y sobre la mesa de la cocina.

Sin novedad en el frente.

Guiso de lentejas. La retaguardia del frente occidental. Guiso de lentejas. Hierve en la estufa mientras yo, en nuestro apartamento del edificio prefabricado de Ereván, arrojo al fuego otro volumen de Lenin. Del Lenin de nuestro vecino, doctor en Filosofía. Lo había dejado en el pasillo. No escribió «Llévame». Lo dijo. Supongo. Y yo me lo llevé.

En todos los frentes posibles, orientales y occidentales, mi patria es el guiso de lentejas. También cocinado con Lenin. Durante el embarazo. Y no solo entonces.

 

En nuestro estado mucha gente es de origen escandinavo. Quizá como los que describía Hamsun. Quizá ellos también pasaron hambre, igual que los armenios y los somalíes. Nunca los vi. No consigo imaginarlos.

Mi madre estadounidense es sueca. Mi padre, finlandés. Hasta el clima de nuestro estado es escandinavo. Los inviernos son fríos. Los veranos, breves. Aquí Bergman se disfruta especialmente. Sobre todo en invierno.

Cuando oscurece temprano y el viento atraviesa todo desde el norte hasta el sur de Estados Unidos y, si estás afuera, te atraviesa también a ti, haciéndoles cosquillas a tus huesos uno por uno.

Hoy vimos El séptimo sello. Muy tarde. Me desperté por la noche soñando con aquella interminable danza de la muerte. Entonces comprendí que la danza estaba en mi útero. Y el olor... Era olor a moras. Un olor luminoso. A bosque. A sol. A verano.

En invierno, mi patria es un claro lleno de moras. También el que cuenta Bergman. En blanco y negro. Y, al mismo tiempo, color mora.

 

Otra vez la alarma nocturna.

Y allí estoy yo, con el abrigo puesto apresuradamente sobre el pijama, sin poder abrochármelo sobre la panza, los pies descalzos dentro de las botas.

¿Quién estará cocinando a estas horas? Los bomberos van y vienen con rapidez. Esta vez parece que también hay humo. Estoy helada. Me abrazo el vientre con las manos para que no se enfríe.

Frente a mí está Akram, mi compañero de clase azerbaiyano. No deja de caminar de un lado a otro. Está tranquilo. Lleva la campera mal puesta y un portafolios en la mano.

Guarda todos sus documentos juntos para no tener que buscarlos si alguna vez debe escapar apresuradamente.

Se ríe. Dice que heredó esa costumbre de su madre. Cuando huyeron de Aghdam no pudieron llevarse nada. Después tuvieron problemas durante años. No podían salir del país. No tenían un solo documento. Y ahora, aquí, en esta América que parece el centro del mundo, donde nadie huye, sabe perfectamente qué es lo más importante. En la vida. Sobre todo cuando llega el momento de escapar. Quizá su patria sea ese portafolios lleno de documentos.

Fue Kariné.

Me dijo:

—Es muy buena. Vamos.

Salimos de casa. Yo y mi barriga.

El nine-one-one estaba otra vez frente al edificio. Los bomberos sonrientes iban y venían con paso decidido. Respetaron mi embarazo. Nos dejaron pasar. Kill Bill. ¿Quién iba a decirte que fueras a verla estando tan embarazada?

Kariné.

Desde aquel día ya no me habla. La sala está llena. Crujidos de pochoclo.

Uma Thurman abre los ojos dentro de mi cabeza. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Camina por mi mente. Disparos. Cristales. Muchísimos cristales. La novia de blanco. Embarazada. Y sangre. Mucha sangre. Todo es rojo. ¿Será que empezó el parto? ¿Cómo? ¡Pero si todavía estoy embarazada! La película se metió dentro de mi vientre. Lo revolvió todo. Escapé.

La novia venía detrás de mí. Kariné y Uma Thurman seguían dentro de mi cabeza. Desde aquel día Kariné desapareció. No volvió a saludarme. No volvió a hablarme.

Al parecer, mi patria es mi vientre.

En Navidad ponemos una mesa hermosa con los pesados cubiertos de plata que la abuela sueca de mi madre estadounidense trajo cruzando el océano, y con platos blancos y azules. Estoy dentro de un cuento de Andersen. El de Elisa y sus hermanos. Porque los platos tienen cisnes azules dibujados. No los de la vajilla delicada de mi familia estadounidense, sino el juego que mi madre estadounidense me regaló para recibir invitados en nuestro apartamento.

¿Será? ¿Y si mi patria fueran los cuentos de Andersen? No. Es el árbol de Navidad. Cuando era niña siempre dormía junto al árbol durante la Nochevieja. Antes de dormirme imaginaba que los adornos despertaban durante la noche y se visitaban unos a otros de rama en rama. Hasta inventaba sus diálogos. Y así seguía hasta abrir, por la mañana, el regalo escondido bajo la almohada.

Mi patria es la mañana de Año Nuevo. La mañana más silenciosa del mundo. En todos los frentes posibles.

 

Fue mi médica.

Dijo que era obligatorio. Que así se hacía. Las parejas embarazadas asisten a cursos de preparación para el parto. Aquí estamos desde la mañana. Con otras diez parejas que, como nosotros, esperan un hijo de siete u ocho meses. La instructora, una partera, coloca un cubo de hielo en mi mano. Dice:

—Deben sostenerlo durante un minuto entero.

Cierro los ojos. La mano arde. Parece que va a salir humo. Me palpita. Me muerdo los labios. Mi marido extiende la mano para que le pase el hielo. No se lo doy. Es mío. Me abraza por detrás. Los ojos siguen cerrados. La partera cuenta:

—Diez... nueve... ocho... siete... seis... Ya está. Pueden soltar el hielo.

Ya no duele. Abro los ojos. Ni siquiera quiero tirarlo. Se ha derretido. Con la mano mojada me acaricio la cara y el cuello. La partera dice:

—El parto es igual. Al principio parece insoportable, pero una lo atraviesa... y luego lo olvida.

La mujer negra sentada a mi lado dará a luz en cualquier momento. Es tan corpulenta que apenas se le nota el embarazo. Su marido es la mitad de ella. Bajo. Flaco. Con una enorme cruz de oro. Durante todo el ejercicio rapeó para que su mujer no soltara el hielo. Nuestra patria es el dolor vivido juntos.

 

Vamos más al norte. A un seminario. Sobre desarrollo comunitario. Tres horas de viaje en autobús. Afuera de la ventanilla todo resulta aburrido. Adentro tampoco hay mucho de qué hablar. Dos nativos americanos. Dos feministas. Un profesor jubilado de Economía.

Un pastor de alguna comunidad perdida. Dos estudiantes de Sociología. Y yo, sola con mis collages. ¿Y si me muero durante el parto? Por una infección. O por cualquier otra cosa. ¿Y si aborto durante el viaje? ¿Y si tenemos un accidente?

Nos alojaremos en un campamento. Cabañas de madera. En un bosque de coníferas. Me toca la cama superior de una litera. Lo decidió el sorteo. La cama es de madera. También la escalera. La mujer que duerme abajo es una feminista mayor. De Vermont. Dice que su cuerpo le pertenece. Por eso, cuando era muy joven, en la época en que era hippie, decidió no tener hijos. En su comunidad hippie todos tienen muchos hijos. Pero respetan su decisión. Y ella respeta la de ellos. Ya se ha dormido. Yo no puedo. Tengo miedo de caerme.

El collage sigue girando dentro de mi cabeza.

En los años de hambre que mostraban los titulares de los periódicos estadounidenses, las mujeres armenias daban a luz al borde del camino, cortaban el cordón umbilical con cualquier cosa que tuvieran a mano y seguían caminando con el bebé envuelto entre los brazos.

En las películas y los libros sobre la Segunda Guerra Mundial las mujeres daban a luz bajo los bombardeos. Ahora es el siglo XXI. El centro del mundo. Y este estado es el centro de ese centro, al menos en cuestiones de salud.

La última mujer que murió aquí durante un parto fue hace unos veinte años. Y además estaba gravemente enferma. Y era mayor. Y no tenía educación. En cambio tú eres joven. Estás sana. Estás en el lugar más poderoso del mundo. En la patria del happy ending.

Tu cuerpo. Tu derecho. A tener un hijo. La patria de la mujer que duerme debajo de mí es su propio cuerpo. En este momento, la mía también. En la patria del happy ending. En la litera de arriba.

 

En un suburbio de nuestra ciudad hay una tienda de judíos soviéticos. La abrieron en los años ochenta. Casi todos los clientes hablan ruso. Vienen de la Unión Soviética. Yo voy allí cada dos meses. Tengo que tomar tres autobuses. Pero mi corazón pide grechka, y en los supermercados no la venden. Siempre hay anuncios pegados en la puerta. En ruso. Me quedo un rato leyéndolos. Buscan departamentos. O los alquilan. Anuncian conciertos. Casi siempre de música clásica. Buscan perros y gatos. Y cosas así.

En la tienda venden pan negro, Borjomi, sémola, kéfir. Yo siempre compro trigo sarraceno. Y alguna otra cosa.

Durante mucho tiempo, en los días en que iba a esa tienda, mi patria era Espera, de Oleg Dal, de La tierra de Sannikov. Interpretada por mi padre. Después descubrí una tienda iraní. Vendían mermelada de nueces y dulce de damascos fabricados en Armenia, con la silueta del monte Ararat en la etiqueta. También hojas de parra hechas en Turquía.

Entonces comprendí que mi patria era el dulce de damascos.

No.

Pensándolo mejor... la mermelada de nueces.

 

Mi hijo come mantequilla de maní con pan. Hoy se peleó en la escuela. Les habían dado una tarea para memorizar un texto sobre la patria.

No la estudió. Y en clase declaró que su patria era Estados Unidos. Un compañero bloqueó la puerta del aula y le dijo:

—Hasta que no reconozcas el genocidio, no vas a entrar.

Lusine Kharatyan es una escritora y antropóloga armenia. Estudió en la Universidad Estatal de Ereván, el Centro Demográfico de El Cairo y la Universidad de Minnesota. Es conocida por sus obras de ficción, entre las que destacan: El libro oblicuo (novela, 2017), Nomeolvides, callejón sin salida (relatos, 2020), Un asunto sirio (novela, 2019). Esta novela fue galardonada con el Premio de Literatura de la Unión Europea. Kharatyan reside en Ereván.


 

jueves, 3 de septiembre de 2026

SIEMPRE

Mike Jansen

 

—Esta noche volví a ver al Dios Hiena en el horizonte —les dijo Stella a sus padres.

Jon y Mara se miraron, y su madre la estrechó en silencio entre sus brazos. Las lágrimas de Mara cayeron sobre el cabello de Stella, que se estremeció; el rostro de su padre reflejaba emociones contradictorias, y ella volvió a temblar.

—Entonces realmente te ha elegido —dijo Jon—. Casi adulta, mi única hija...

Extendió una mano hacia ella y luego la retiró.

—Por desgracia, ya no está en nuestras manos.

Se sentó en su litera y bebió de su botella de kami elemental.

Stella no comprendió lo que quería decir, pero conocía sus borracheras y sintió que los brazos de su madre la estrechaban con más fuerza.

—Mamá, ¿qué está diciendo?

Su madre se secó los ojos y condujo suavemente a Stella fuera de la choza. Apenas más allá de la aldea, pero todavía a la vista de las hogueras de vigilancia y de los guardias, comenzaba la estepa. Su madre encontró una roca apropiada, se sentó y acomodó a Stella a su lado.

—Mira arriba —dijo Mara.

Señaló las numerosas luces del cielo.

—Los antiguos nos dicen que son los ojos de los Dioses.

—He oído todas las historias sobre los antiguos, madre. Nabil me habló de ellos, y él es el anciano de la aldea.

—Nabil es viejo y olvidadizo. Hubo un tiempo, cuando yo lo ayudaba, en que lo sabía todo —dijo Mara—. Escucha, Stella, querida hija. Hubo un tiempo en que no pertenecíamos a este mundo. Hubo un tiempo en que llegamos aquí desde otro lugar.

Stella la miró.

—¿Qué quieres decir? Nunca había oído nada de eso.

Mara inclinó la cabeza.

—Ocurrió hace muchas generaciones. La humanidad se avergonzó de su comportamiento destructivo. Envenenaron su mundo hasta volverlo hostil incluso para ellos mismos.

Mara tomó la mano de Stella y le acarició los dedos.

—Un grupo de ellos, el Pueblo Verdadero, encontró el camino hasta aquí.

—¿Por qué? —preguntó Stella.

—Para comenzar una nueva vida, en armonía con su nuevo hogar —explicó Mara.

Orientó el dedo índice de Stella hacia un pequeño grupo de estrellas.

—Allí estuvo una vez nuestro hogar. Esos ojos son estrellas, mundos como el nuestro, solo que inconmensurablemente lejanos.

—Entonces, ¿cómo llegamos hasta aquí? —preguntó Stella.

—Seguimos el sendero de las Columnas Torcidas. Te lo mostraré —dijo Mara.

Se puso de pie, tomó una rama encendida de una de las hogueras de vigilancia y la sostuvo muy por encima de la cabeza mientras avanzaba por el suelo seco y duro de la estepa, en dirección al antiguo santuario del Pueblo Verdadero.

Miles de piedras torcidas, columnas que duplicaban la altura de un hombre, formaban una amplia espiral que apuntaba hacia el centro, aproximándose cada vez más hasta que los extremos de las piedras quedaban tan cerca unos de otros que formaban una especie de techo.

Mara caminaba delante y Stella la seguía de cerca. Oyó que su madre murmuraba palabras incomprensibles y, mientras avanzaban hacia el centro, sintió una extraña sensación de hormigueo que le recorría la espalda.

—Madre, aquí se siente algo extraño.

Bajo el techo de piedra, Mara colocó la rama en un soporte para antorchas.

—Lo sé, Stella. Este es el lugar por el que entramos en este Mundo. Es un nexo, una encrucijada entre muchos mundos.

—Pero ¿qué hacemos aquí? —preguntó Stella.

Mara suspiró.

—Si has sido marcada por el Dios Hiena, tu destino está sellado. Siempre ha sido así.

Negó con la cabeza y nuevamente se le llenaron los ojos de lágrimas, que cayeron al suelo como brillantes fragmentos de diamante. Se frotó los ojos y se llevó una mano a la frente.

—Pero prefiero enviarte lejos antes que enterrarte —dijo con determinación.

—¿Adónde voy a ir? —Stella miró incrédula a su madre—. No quiero dejarte.

—Tenemos que separarnos, mi querida hija —dijo Mara—. A través de ti, Él propagará su maldad y su veneno. El Pueblo Verdadero no lo tolerará. Sabes que es así.

—Podría irme con otra tribu —dijo Stella—. Si no digo nada, nunca lo sabrán.

Mara negó con la cabeza.

—Sus marcas serán cada vez más visibles en tu cuerpo. Tarde o temprano, tu nueva tribu se dará cuenta. Ellos también conocen las consecuencias y actuarán en consecuencia.

Entonces Stella comenzó a llorar. Conocía las historias aterradoras que se contaban acerca de los elegidos. Nunca terminaban bien. Jamás.

—¿Por qué yo? —sollozó Stella.

Mara apoyó una mano sobre la cabeza de su hija.

—Él nunca da explicaciones. Nadie conoce Su propósito. Pero no te tendrá.

Movió las manos y pronunció palabras que no se habían escuchado desde hacía miles de años. De pronto, el espacio se llenó de imágenes de verdes bosques y colinas salpicadas por la luz del sol.

—La Tierra. Nuestro origen.

Una suave brisa trajo el aroma de las plantas después de una lluvia ligera.

A través de sus lágrimas, Stella contempló aquel mundo y parpadeó.

—Parece hermoso. Acogedor.

Mara asintió.

—No es lo que esperaba —dijo—. Creía que la Tierra había muerto por nuestra culpa. Pero quizá no haya sido así. Tal vez algunos incluso hayan sobrevivido.

Stella se puso de pie y se secó las lágrimas.

—Entonces, ¿por qué tú y papá no vienen conmigo?

Mara vaciló, pero negó con la cabeza.

—Somos el Pueblo Verdadero. Nosotros hicimos nuestra elección. Del mismo modo que tu elección ya ha sido hecha.

Stella inclinó la cabeza, comprendiendo lo que significaba ser una elegida del Dios Hiena, el terrible final que sufría la mayoría. Ella no quería ese destino.

—Entonces esto es una despedida, madre.

—Que te vaya bien, Stella.

Mara besó a su hija en la frente y pronunció las palabras que la transportarían. Unos instantes después, la estancia estaba vacía. Tomó la rama y emprendió el regreso hacia la aldea.

Por encima del horizonte, visible únicamente para Sus elegidos, el Dios Hiena soltó una carcajada estridente. Siempre había alguien que le permitía acceder a un mundo nuevo e inexplorado.

Siempre.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

QUÉ SE DIJERON EDIPO Y LA ESFINGE