viernes, 9 de octubre de 2026

HIELO Y NIEBLA

Claudio Ratier

 

No sé cuál de los hijos del tío Tito, o cuál de sus hermanos, porque también pudo haber sido algún primo –no entendí bien–, le trajo de regalo de cumpleaños una corvina pescada el día anterior en San Clemente. Era enorme, como un tiburón. Nunca vi tiburones, por eso me dio bronca la vez que se nos quedó el Valiant en un médano por la playa de Ostende, con tanta suerte que alguien se tomó la molestia de ir al Automóvil Club para que mandasen el auxilio. Esperamos muchísimo, antes de hacerse de noche mi padre se puso a mirar el mar y apenas gritó “¡tiburón!”, me fijé en el sentido que me señaló y no pude ver nada. Tarde. Me dijo que asomó la aleta y pensé que en una de esas los tiburones no existen, como tantas cosas que nos gustaría que fuesen de verdad.

El tío Tito cumplía cincuenta y los festejaba en la quinta de Gonnet, con toda la parentela. Le regalamos una caña de pescar con un riel importado comprada en la Proveeduría Deportiva; al pagar nos dieron una calcomanía con el dibujito de un tipo sobrecargado de cosas para pesca y camping, que terminó pegada en el vidrio del Valiant. Éramos muchísimos y el quincho estaba preparado desde temprano. El cumpleañero se encargó de hacer la corvina a la parrilla, pero antes, con ayuda de dos parientes, la llevó a la cocina y la colocó sobre una mesa de las que no entran en ningún departamento normal, la misma donde en invierno comíamos la polenta, los ñoquis si era 29 o el locro del 25 de mayo. Tan larga era la corvina, que la cola le quedó suspendida en el aire. Con uno de esos cuchillos tan exagerados por lo enormes, el tío Tito le hizo un tajo en la panza de lado a lado, le sacó todo lo que no se comía, así la dejó y salió a buscar el carbón y los diarios para preparar el fuego. En cuanto a la bola de tripas y demás órganos –un asco–, se los alcanzó en un plato a la tía Lida, “Para los perros”.

Pasó que me quedé en la cocina, solo. Observar por dentro semejante pescado no era cosa de siempre, así que me le acerqué lo más que pude y me encontré con que de cerca no era como la corvina que vimos todos. No tenía escamas ni piel, estaba en carne viva, rojiza como media vaca muerta colgada de un gancho en la carnicería. De la cintura para abajo era un pez, pero hacia arriba parecía un ser humano, hombre o mujer daba igual, y su cabeza calva estaba unida al cuerpo por un cuello no mucho más grueso que un espárrago. Los ojos eran una gelatina podrida y blancuzca, movía la boca y con una voz débil y ronca me dijo “Está inundado de niebla… y de hielo… todo es gris o blanco, no quiero estar, no hay nadie, hielo y niebla… por favor…”. Cualquiera se hubiese desmayado, yo no. Me repitió “Por favor…” y entendí que me quería convencer de que le partiese el cuello con el cuchillo, para arrancarle la cabeza y hacerla morir por completo, no era difícil darse cuenta del sufrimiento causado por algo que no era ni vida ni muerte. Esto sí me provocó terror y al distanciarme un par de metros, me encontré con la corvina de hacía un instante, lista para la parrilla. Me acerqué de nuevo y otra vez la misma criatura, que no dejaba de pedirme “Por favor…”. Hui.

Anduve por el parque. La pileta estaba clausurada porque no había más cloro y el agua era una mugre espesa, turbia y verdosa, con ranas que iban de aquí para allá entre mosquitos y porquerías flotantes. Al otro lado de los árboles que daban sombra según la hora, me encontré con mis primos. Después de apedrear a las ranas se pusieron a jugar a la pelota y cuando me preguntaron por dónde anduve, que de repente desaparecí, no les dije. Me los imaginé en malón rumbo a la cocina con tijeras de podar, azadones, hachas y serruchos para despedazar a la criatura, aunque puede que le hubiesen hecho un favor al quitarle ese resto de vida antes de ser arrojada a las brasas. De solo pensarlo me resistí a ser parte de una animalada más que factible, aunque muchas veces me pregunté qué habría pasado de cortarle la cabeza como me suplicó. Pero no importa, la cosa es que desde el otro lado del parque nos llamaron a los gritos, era hora de almorzar.

Durante la comida hablaron de Frondizi, del asesinato a Kennedy, de Rusia y la bomba atómica, de Angelito Labruna, del Loco del Martillo, de Nixon en China, de Mercedes Negrete y Fabiana López, del “tirano prófugo”, que si regresaba en un avión negro o que no regresaba porque en Madrid estaba de lo más bien con Ava Gardner. Después de la picada la corvina fue retirada de la parrilla, llegó con ceremonia en una fuente enorme, la trozaron, la comieron con una voracidad de presidiarios y solo dejaron las espinas. Yo no quise, no tanto porque no me gusta el pescado, sino por la razón que no tengo que explicar, así que me conformé con unas papas fritas y restos de la picada. A lo último trajeron la torta, tan grande que parecía una cubierta de camión, entre aplausos y el “felizcumpleaños” que me aturdía, y más aplausos y griterío cuando el tío Tito sopló las cincuenta velitas. Alguien tiró petardos. Las mujeres saltaron sobre sus sillas. Me ofrecieron una porción, me negué con un movimiento de cabeza porque no tenía dulce de leche, y será por eso que me obligaron a saludar con un beso al tío Tito, que olía a fijador Lord Cheseline.

Jamás me acostumbré al tedio después del almuerzo, ese lapso eterno durante el cual las mujeres barrían, levantaban la mesa y amontonaban todo en la cocina para lavar y secar. Los hombres jugaban al chinchón, o se dispersaban tirados sobre una lona bajo los eucaliptos, con la Spika sintonizada en algún partido, y mis primos aprovechaban la distracción de los adultos para contar chistes de Jaimito que nunca me hicieron reír. Siempre era así. En un armario había un juego dentro de una caja rectangular, con varios martillos de madera con mango largo, una bola también de madera y unos cuantos arcos pequeños y de alambre, que había que enrollarles un papelito blanco en la parte de arriba para evitar que una vez clavados en el pasto se hiciesen invisibles. Perteneció a los hijos del tío Tito cuando eran chicos, nunca quise aprender cómo se jugaba, pero estuve a punto de llevarme un martillo a escondidas, porque fantaseaba con partirle la cabeza a más de uno.

Después de comer no me quedó otra que resignarme al aburrimiento de las tardes en la quinta de Gonnet, horas estancadas como las ruedas del Valiant en el médano de Ostende, hasta que a última hora se escuchaba la mejor palabra del día, tan simple como un “¡Vamos!” que te hacía saltar de golpe (y felicidad). Pero ese sábado –o domingo, no recuerdo– fue muy distinto a los anteriores. Sucedió después de comer la torta. Todo empezó con unos alaridos del infierno, eran los perros que aullaban como lobos. Enfurecidos empezaron de la nada a morderse entre sí, hasta que el tío Tito, mi padre y otros más intentaron separarlos a manguerazos y baldes de agua. No resultó. Eran como diez y a medida que los más fuertes se imponían, los más débiles quedaban a un costado, cubiertos de sangre y con sus órganos al aire, quejosos y moribundos. Los rugidos aterraban y se optó por la única solución posible. El tío Tito y mi padre aparecieron con escopetas y los sacrificaron uno por uno. Después de los tiros, que al menos a mí me dejaron sordo por un rato, se hizo silencio y no se escuchó una palabra, hasta que alguien sugirió ocuparse de los despojos, no iban a quedar así al costado de la casa, tampoco junto a la calle, mejor enterrarlos.

Nadie amagó con ir a buscar palas para cavar la fosa, tampoco con levantar la mesa, menos con jugar al chinchón o echarse bajo los eucaliptos. Todos se quedaron mudos con la vista en el mantel, hasta que la tía Lida decidió ponerse de pie y comenzar a juntar los platos, las otras mujeres hicieron lo mismo. Algunos hombres comieron palitos o aceitunas que sobraron de la picada, se sirvieron un resto de vermú y un hermano del tío Tito, del que nunca supe el nombre, miró hacia el parque y dijo: “¡La pucha qué neblina, bajó de golpe!”, “Tenés razón, capaz que se larga”, “Si hay niebla no llueve”, “¡Qué tiempo loco!”, “Cuando caiga la tarde va a ser peor”, “No sé ve nada, a la vuelta habrá que manejar con cuidado”. Pensé que era un chiste, no había ninguna niebla ni cosa parecida, el sol estaba a pleno y direccionaba su resplandor hacia la pila de pedazos de perros muertos, envuelta en una nube de moscas y con un vaho que comenzaba a soltar mal olor. La aparición de las mujeres salidas de la cocina rompió con la inmovilidad de los hombres, todos comenzaron a quejarse del frío y fueron a buscar con qué abrigarse, cosa bastante difícil en pleno febrero. Mis primos tiritaban, les castañeteaban los dientes y los padres intentaban darles calor. “¡A la flauta, se vino el invierno de golpe!”, “¡En este país no se puede ni festejar un cumpleaños en paz!”. Alguien se sorprendió al ver que el frío no me afectaba, además de que el termómetro con forma de pescadito “Recuerdo de Mar del Plata” marcaba 34°. “Este chico debe haberse insolado, por eso no tiene frío”, “Este termómetro de miércoles que no sirve para nada, lo voy a tirar a la basura”, “Dejalo, si no molesta y además es lindo”, “Si querés te lo regalo”, “¿En serio?”, “Vení, ayudame, aunque sea busco unas mantas”.

Como en la quinta del tío Tito no había ni mantas ni abrigos suficientes, se dio por finalizado el cumpleaños. Entre quejas sobre la caída de la temperatura y los peligros de una niebla que solo ellos eran capaces de sentir y ver, subimos a nuestros respectivos autos. Se encendieron los motores, sonaron algunos bocinazos innecesarios, armamos una especie de caravana y nos saludamos unos a otros con la mano a través de las ventanillas, bien cerradas porque según decían la temperatura bajaba sin parar. Marchamos con lentitud, cada auto con los faroles encendidos. Mi padre puso la calefacción, no sé cómo hice para no ahogarme.

En futuros encuentros nadie dijo una palabra sobre aquella tarde. Parecían haber olvidado todo y si yo les insinuaba algo a mis primos, con los que además era imposible hablar, cambiaban de tema o hacían como que no me escucharon. No sé si para bien o para mal, pero salvo mi caso no hubo excepciones. Porque desde aquella vez, ninguno de los que estuvo en el cumpleaños número 50 del tío Tito volvió a ser el mismo de antes.

Claudio Ratier es un autor de larga trayectoria en la ciudad de Buenos Aires que se especializa en la divulgación del género operístico. Ha publicado una importante cantidad de artículos y ensayos en diversos medios gráficos, incluidas publicaciones del ámbito oficial y privado. Escribió tres libros, el último, "Escenarios en la historia", trata del nacimiento y desarrollo de la ópera en la Buenos Aires del 800 (EDAMUS-UNA / Ciudad de las Artes, 2024). También es conferencista y ejerció el periodismo especializado en música clásica. Como autor de ficción ha publicado muy poco.

 

LA CASA DE APUESTAS

Ninus Nestorović

 

Domingo. Una mañana de principios de otoño envuelta en una espesa niebla. Silencio. De ese tipo de silencio previo a las elecciones. Los colegios electorales abrirían en media hora. Los miembros de las mesas, reunidos en torno a las urnas, se frotaban los ojos somnolientos mientras bebían su primer café de la mañana.

Tomé mi bolsa de la compra y me dirigí al mercado. Por el camino, compré un periódico y empecé a hojearlo. Miraba las fotos y leía los titulares. De repente, una voz masculina y profunda rompió el silencio que me rodeaba.

—¡Vecino, vecino! —gritó Jova, mi vecino, mientras corría hacia mí. Me detuve y lo esperé. Intercambiamos saludos y seguimos caminando juntos. Mi vecino Jova era un gran aficionado a las apuestas. Por lo general, se le podía encontrar en la casa de apuestas situada justo al lado del mercado. Conocía a todos los jugadores y a todos los clubes, desde la primera división hasta los de la liga promocional más baja. Y no solo eso: conocía la situación familiar de los jugadores, sus lesiones, el estado de las finanzas de los clubes, las condiciones meteorológicas, los árbitros, los delegados de los partidos y mucho más...

—¿Por quién apuestas hoy, vecino? ¿En qué liga juegas? —le pregunté.

—Por Jovanović y Pecelj —dijo—. Primera división... ¡una lucha por la supervivencia!

Le miré sorprendido. Aunque seguía los resultados deportivos –reconozco que no tan de cerca como mi vecino–, nunca había oído hablar de esos dos jugadores. Bajé la cabeza, confuso, y admití tímidamente que no apostaría ni un solo dinar por ellos, ya que ni siquiera sabía en qué club jugaban...

Mi vecino se rio y me explicó que, en realidad, no eran deportistas sino políticos; que aquel día se celebraban elecciones y que el partido al que pertenecían luchaba por mantenerse en la «primera división». Los dividendos que pagaban eran altos, así que valía la pena intentarlo... Aquello despertó también mi interés por las apuestas, así que le pregunté qué posición ocupaban los distintos políticos en la lista y por quién merecía la pena apostar... Jova me lo explicó todo con detalle y me aconsejó dónde y en quién poner mi dinero: ¡allí donde se esperaba una victoria segura! Al terminar la conversación, le pregunté cómo le iba al pueblo en las casas de apuestas... ¿Acaso alguien apostaba por él?

—No le va bien —dijo el vecino Jova—. Al pueblo no le va bien, y nadie apuesta por él. Además, ¿cómo iba alguien a apostar por el pueblo si ni siquiera está en el juego? —Dicho esto, dio media vuelta y se marchó.

Volví a abrir el periódico, concretamente la portada, que lucía un titular en letras grandes: «¡EL PUEBLO DECIDE!». Me quedé mirando aquel titular un buen rato, mientras las palabras de Jova resonaban en mi mente.

Sentí lástima por el periodista que había escrito aquel artículo de portada. Sin duda, hoy no ganaría nada en la casa de apuestas. ¿Qué se le va a hacer? El hombre simplemente no sabe apostar; ¡así de sencillo! Y, aunque supiera, ¿para qué lo necesitaría? Al fin y al cabo, ¡es periodista, no jugador!

Ninus Nestorović es escritor y satírico. Nació el 10 de septiembre de 1965 en Smederevska Palanka, Serbia. Vive y trabaja en Novi Sad, también en Serbia. Es inspector de aduanas y padre de tres hijos: Katarina Sara, Mihajlo y Tea. Ha publicado en serbio Pensamientos arrugados, Sísifo, serbio, Un vínculo indestructible, Secreto militar, Calla y nada, Dios, simplifícanos y 11:52. También ha publicado Aforismos escogidos en macedonio, El dictador y yo en polaco y Dios, simplifícanos en eslovaco. Preparó la antología del aforismo de Novi Sad El sello del tiempo. Ha recibido importantes premios literarios, entre ellos el Radoje Domanović, el Laza Kostić, el Vib, el Tipar y el Jovan Hadži Kostić. Ha ganado en varias ocasiones casi todos los festivales de humor y sátira celebrados en el territorio de la antigua Yugoslavia, como Čivijada, Zlatna kaciga, Danilovgrad, Strumica y Satira fest. Su obra ha sido traducida a veinte lenguas extranjeras y figura en numerosas antologías de aforismos de su país y del exterior.

UNA VIEJA GIGA

Massimo Citi

 

Fuera de la ventana, el prado está húmedo por la lluvia, reluciente hasta el corte nítido del horizonte.

Mientras toca, lo contempla. Levanta la cabeza para subrayar el movimiento del arco, aprieta los labios y entrecierra los ojos hasta transformar el mundo en un dibujo infantil de luces y sombras. No hay nadie que lo escuche. Toca siempre la misma melodía, una vieja balada oída quién sabe dónde y apenas recordada, sin partitura, sin otro ritmo que el de sus pies golpeando el suelo de cemento. Lleva unos zapatos gruesos, incrustados de barro seco, y un viejo suéter demasiado holgado.

No consigue librarse de aquella música; incluso cuando deja de tocarla, se descubre silbándola o tarareándola.

Se detiene por cansancio y vuelve a guardar el violín en su estuche, junto al arpa pequeña y la guitarra. Quería anotar algunas ideas para una música teatral, pero desde hace una semana solo consigue repetir una y otra vez aquel fragmento musical oído quién sabe dónde.

El equipo de música está siempre encendido cuando trabaja: pone las sonatas para violín de Bach a un volumen insoportable y, mientras se prepara algo para comer, intenta ahogar en su mente el ritmo saltarín y las notas prolongadas de la pequeña balada. Parecería música irlandesa o, en todo caso, celta, pero también podría ser asturiana, bretona o quién sabe qué otra cosa. Está harto de la música étnica; durante algunos meses casi no ha escuchado otra cosa: desde cantos javaneses hasta reelaboraciones electrónicas de música india. Pero algo ya no funciona dentro de él. Quién sabe qué. Al piano, con la guitarra, siempre tiene la sensación de estar imitando, copiando, repitiendo. De vez en cuando garabatea algo, lo graba y vuelve a escucharlo y, al oír aquellas pobres notas, crece en su interior una rabia absurda, un deseo ciego de destruirlo todo, hacer pedazos los instrumentos y marcharse a cualquier sitio.

Se ríe en voz baja: debería marcharse a un lugar donde ni él mismo pudiera encontrarse, un lugar donde olvidarlo todo. Sobre la mesa baja donde guarda el papel pautado hay unas bragas de mujer color verde agua, abiertas y cuidadosamente extendidas. ¿Es ella lo que le hace falta? Las conserva allí como un trofeo o quizá como el único resto de un naufragio, como si quisiera desafiarse a sí mismo. ¿Quieres sufrir? Pues mira, esto es lo que te queda de ella; las habrá olvidado quién sabe cuándo, una de esas veces que la trajiste hasta aquí arriba para follar, para follar y nada más. Total, con ella no había otra cosa que hacer ni que decir.

Injusto, cruel.

Pero, por favor: Liliana es una idiota. Idiota incluso cuando lo dejó –tan seria–, como si lo de ellos hubiera sido algo serio. Ella no distinguía un contrabajo de un saxofón y decía «bonito» de cualquier cosa, tanto de un caniche como de Terry Riley; mejor dicho, «boniiiito», con una i que parecía no terminar nunca.

La conoció después de un concierto: el polvo al final era inevitable y parecía que todo acabaría allí. Pero ella siguió apareciendo después, encontrándose por casualidad en los mismos lugares donde estaba él. Él no la buscaba; incluso le daba vergüenza llevarla consigo, inculta como era, siempre un poco sorprendida pero nunca realmente atenta, nunca realmente capaz de sentir algo en serio. Cuando cerraba los ojos para escuchar una hermosa melodía, ella era capaz de preguntarle si se estaba durmiendo. Y, sin embargo, era agradable oírla respirar a su lado, verla dormir, con un brazo abandonado fuera de las mantas y la mano ligeramente abierta, de dedos delgados y claros.

Pero él no es del tipo que sirve para vivir en pareja: verse envejecido en otro rostro, vivir trazando círculos cada vez más estrechos, como un avión que se precipita.

Y ahora ella le ha dejado además la duda de que la desprecia tanto para no sentir dolor. Pero le ha arrebatado la iniciativa, ¿cómo puede perdonárselo? Fue ella quien lo dejó cuando era él quien tenía todos los motivos para hacerlo. Y hasta los cultivaba con una especie de obstinación sutilmente excitante, con un placer rabioso semejante al de quemarle las alas a un insecto.

Deja a medias el plato, ya frío, y va a sentarse en el viejo sofá de tapizado a rayas blancas y rojas y estructura imponente.

Bebe, con una ligera vacilación, pero bebe. Si se convierte en alcohólico, les resultará facilísimo reconstruir su vida retrospectivamente. Bebe porque ella lo dejó; quién sabe qué veía en esa mujer. El bonito trasero, claro. Prefiere hablarse a sí mismo del trasero, por supuesto, porque en la vulgaridad hay más distancia, una rabia complacida pero impotente.

La puerta del dormitorio se cierra con un chirrido de bisagras. A lo mejor son fantasmas. Se ríe sin ganas. Bach ha terminado y no tiene deseos de poner otra cosa. Últimamente solo se lleva a Bach consigo; la fría pasión de su música es la única que soporta.

Desde el sofá contempla cómo el día retrocede y palidece.

Hace frío, tiene frío. Prefiere tiritar antes que levantarse a buscar una manta o mover el mando de la calefacción. De vez en cuando, unos grandes cuervos se posan en el prado, dan torpes saltos, graznan en voz baja, aparentemente satisfechos, y realizan breves vuelos a saltos, como si quisieran representar una parodia de verdaderos pájaros.

Lástima no tener una escopeta. Levanta el índice, apunta y dice «¡bum!». A cincuenta metros de distancia, el pájaro negro se eleva de golpe y vuelve a caer como un trapo mojado.

Se incorpora, todavía aturdido.

Los otros cuervos han levantado vuelo y huyen por el cielo, lentos y pesados.

Se siente más idiota de lo necesario, pero tiene que ir a comprobarlo. Se pone las botas de goma y atraviesa el prado corriendo. El pájaro está indiscutiblemente muerto; yace con las alas semicerradas y la cabeza caída. Lo levanta. Es mucho más ligero de lo que habría imaginado. ¿Podrán los pájaros sufrir un infarto o algo parecido? Deposita el cuerpo lentamente en el suelo, casi con cuidado.

Sopla un viento ligero pero gélido; es extraño que no lo haya notado antes. Levanta los ojos hacia el cielo blanco. Lo contempla durante tanto tiempo que se marea. Hace años que dejó de hacerlo: fijar la mirada en un punto sobre él, con la nuca casi rozando el suelo, mientras poco a poco se apodera de él una sensación de vértigo. De niño era su montaña rusa pobre y solitaria.

Por supuesto, no es culpa suya: ha sido casualidad, una coincidencia, todo lo absurda que se quiera, pero una coincidencia al fin. Vaga un rato más por el prado; el aire frío sobre el rostro le despeja la mente. Hace decididamente frío cuando por fin decide regresar. Empuja la puerta bajando la manija y no ocurre nada. Lo intenta otra vez. Naturalmente no lleva las llaves consigo, pero nunca cierra esa puerta con llave, salvo cuando regresa a la ciudad.

Hace algunos intentos más, cada vez más furioso, pero nada.

Y eso que es una puerta barata, una capa de madera no demasiado gruesa y una cerradura de juguete.

Le daría risa verse tomando impulso por el sendero para derribarla. Da unos pocos pasos acelerando y se lanza contra la puerta.

El dolor en el hombro es nítido y repentino como una cuchillada; le atraviesa el brazo y la espalda, fulminante y abrasador. Cae sobre el sendero cubierto de barro con la boca abierta, una mano sobre el hombro. Hasta el más leve movimiento de los dedos despierta en el brazo un ardor infernal. La luz se ha deslizado más allá de la línea del horizonte: se vuelve de espaldas, con los ojos dirigidos hacia las estrellas heladas de la noche invernal.

Ahora hace verdadero frío: no puede quedarse allí tendido en el sendero durante mucho tiempo. Se levanta con dificultad, sosteniendo con la mano el hombro roto.

Necesita una piedra, a ser posible grande. Dentro de la casa está su teléfono portátil; podrá pedir ayuda. Y qué importa si durante un par de meses no podrá volver a tocar nada. Camina encorvado, rebuscando entre la hierba con la mano que todavía puede usar, silbando sin voz aquella maldita melodía que se le ha pegado al cerebro como un chicle usado.

Nada, ni una piedra; la mano se hunde en el frío cortante de la hierba húmeda sin encontrar más que tierra mojada y barro. La escasa luz le juega malas pasadas y acaba apretando furiosamente una vieja boñiga de vaca.

Maldice y se limpia la mano en la hierba. Termina cerca de la sombra oscura del cuervo muerto. Se aparta con un movimiento nervioso que le hace apretar los dientes de dolor.

A sus espaldas está la casa. A pocos metros, el calor, la comida, la salvación. Se vuelve, decidido a golpear el cristal con el puño. Son vidrios dobles, pero incluso el riesgo de hacerse un corte grave en la mano se ha convertido ya en una tontería.

Las luces están apagadas. Apenas se distingue el perfil de la casa, una oscuridad ciega contra el abismo del cielo.

Está seguro de que había encendido las luces antes, cuando estaba en el sofá.

Seguro. Es fácil decir seguro. Ya no está seguro de nada salvo del dolor y de aquel frío infame. ¿Es posible un final tan ridículo, morir congelado frente a la puerta de su propia casa?

Instintivamente apoya la mejilla contra el cristal. Jadea hasta empañar el oscuro reflejo del cielo sobre el vidrio. Incluso se olvida del dolor: se concentra en respirar, se escucha hacerlo con un asombro nuevo, nunca experimentado.

Intenta empujar el cristal. Es grueso, malditamente grueso. Si no encuentra una piedra no... pero ¿dónde demonios va a encontrarla en aquella oscuridad?

En la ciudad nadie lo espera; dentro de un par de semanas, el director de la obra empezará a bombardear su contestador con insultos. «¿Qué demonios haces con ese trabajo? ¿Está listo? ¿Me vas a llamar o no? ¡Imbécil, decídete de una vez!».

Lo más probable es que lo encuentren hacia mayo quienes suban los animales a los pastos de montaña. Cuatro huesos y dos harapos, lo que le hayan dejado los cuervos. «Fractura de hombro», dirá el médico forense.

Un movimiento ligero, percibido por el rabillo del ojo. Clava la mirada en la oscuridad. Una sombra pálida atraviesa la habitación.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Ayuda! —grita con todas sus fuerzas, golpeando el cristal con el brazo sano.

Nada. Quién sabe qué ha visto. Solo un reflejo, un simple reflejo del cielo.

Solo tiene que resistir hasta la mañana, eso es todo. Unas horas. Pero no puede sentarse y mucho menos dormirse.

Cantará para mantenerse despierto. Empieza silbando y de sus labios entreabiertos, resecos por el frío y el miedo, vuelve a surgir la giga que ha repetido durante todos aquellos días.

De pronto recuerda dónde la oyó: la radio del automóvil a todo volumen, la gran avenida con los árboles desnudos y oscuros por la humedad.

—No eres nadie, Liliana, una pobre idiota, eso es lo que eres, una pobre infeliz sin futuro —gritaba, aunque trataba de conservar un tono frío, sarcástico—. Pero vete, vete. Ya encontrarás a un buen muchacho que te mantenga, no te preocupes, un agente de seguros o alguien que trabaje en bienes raíces. Claro que sí.

Ella no respondía; se miraba las rodillas: una niña humillada por la maestra delante de todos. Pero no lloraba; demonios, ni siquiera había conseguido hacerla llorar. Quizá unas lágrimas lo habrían salvado todo. Le habría dicho: «Perdón, perdón. Es que estoy demasiado enamorado de ti», o alguna otra estupidez por el estilo.

Había seguido un rato en aquel tono, dándose cuenta de que ya no tenía ninguna vía de escape. Ella se bajó en un semáforo sin añadir una sola palabra. Muérete, maldita. Debió de decírselo, si es que no se lo gritó.

Después no volvió a oír hablar de ella ni a verla: él se marchó casi inmediatamente.

Podría haberle ocurrido cualquier cosa, realmente cualquier cosa. Incluso podría haber cometido alguna estupidez; después de todo, sería comprensible.

Me gusta tu mundo, decía, me gusta de verdad.

¿Y por qué no consigue recordar cuál es la frase siguiente de aquella giga? Obstinadamente, pero sin esperanza, vuelve a silbarla.

Apagó la radio del automóvil mientras ella se bajaba. No se volvió para mirarla. Como siempre, ella habrá cruzado el diminuto sendero y abierto la pequeña puerta metálica pintada de azul, un poco descascarada. Después de sacar la llave, habrá echado hacia atrás con un movimiento brusco el cabello que le había caído sobre el rostro. Pero no consigue imaginarla llamándolo imbécil, rompiendo las pocas fotografías en las que aparecen juntos. Ella se habrá culpado de todo, incluso de no poder seguir amándolo.

Siente frío en la mente y la cabeza vacía, llena de estrellas de invierno. Ya no consigue recuperar su rabia; todo en su interior se confunde y oscila como la llama de una vela: el cielo de su infancia, la delicada nuca de ella descubierta por el cabello echado hacia atrás, la curva de sus hombros y un cuervo muerto, ligero como una cometa.

Golpea el cristal. Tiene que llegar hasta la mañana, contar y volver a contar las estrellas como un ermitaño, esperando que no falte ninguna. Silba, desafina y siente que las notas palidecen y desaparecen a pocos metros de él, encerradas en una burbuja de tiempo habitada únicamente por él.

En el cristal empieza a dibujarse una forma más clara. Aplasta la nariz contra él para mirar.

Deja de silbar, contiene la respiración y acaricia la ventana con un dedo. La imagen se forma deslizándose lenta, sinuosa, como si estuviera dibujada por una capa de arena y aceite entre dos cristales enfrentados.

Y la mirada de ella es serena, ausente, fija en las estrellas frías a sus espaldas.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 

 

jueves, 8 de octubre de 2026

EL AÑO DEL FIN DEL AÑO

Jorge Claudio Morhain

 

—¡Se acaba el año! —dijo Marita con un suspiro, mientras desenroscaba la cola del gato que él se empeñaba en reenroscar.

    —¿Y qué? —Fabián no era vueltero: iba a los bifes.

    —Se acaban tantas cosas...

    La hermana fea de Fabián era romántica, según ella, a fuerza de mirar novelones por televisión. Soñaba con que un día Ricardo Ruiz Romero Achával descubriese que ella era en realidad la hija perdida del conde Argibay Caballero y la descubría y se besaban y la llevaba a su yate dorado (ese que nunca mostraban de afuera, en la tele).

Pero a otra cosa: en aquellos últimos días de diciembre Fabián y Marita habían sido condenados a la soledad de la quinta, mientras Pa y Ma corrían canchas detrás de una pelotita de paddle.

— ¿Qué se acaban, zonza? Todo sigue igual. Es un número en el almanaque… ¿Sabés quien lo inventó? Un imprentero, para vender todos los años un almanaque nuevo. ¡Avivate, boluda!

Si había algo que le reventaba a Marita era que le dijeran "boluda". Así que le pegó una palmada al gato, apretó los dientes y dijo:

—El que no sabe nada sos vos, tarado. ¿No ves que sos un enano, todavía? ¿O no te diste cuenta de que te tienen de hijo?

—...

— El fabricante de almanaques se aprovecha de algo que pasa en el mundo, pero que viene de afuera. Los números de los meses fueron puestos para que coincidan con el gran acontecimiento de todos los fines de año. El mundo se acaba en el último segundo, en la última milésima de segundo del 31... pero renace igualito (o no…) en la primer milésima de segundo del primero de enero.

—¡Faaa! ¡Qué redondito te salió, Marita! ¡Mirá al hincha de tu hermano, más serio que ídem de Boca en tribuna de River!

Y ella, ya embalada, le dio para adelante.

—Resulta que en la India milenaria, en épocas de Visnú y de Gautama –y según antiquísimas versiones del Ramayana– los dioses vieron que el mundo tenía errores de imprenta. ¿Viste que a veces en los libros dice 'manana' en vez de 'mañana' o 'mejanse' en vez de 'mensaje'? Bueno, a Visnú el mundo le había salido así, con errores de imprenta. Y resulta que la gente se enviaba mejanses en vez de mensajes, y decía ‘hasta manana’ en lugar de ‘hasta mañana’, lo que creaba terribles confusiones...

(¿De dónde estás sacando todo eso, Marita? Está bien que estuviste estudiando la India para el cole. Pero semejante invento... Mirá, mirá la boca abierta de Fabián. ¡Qué éxito!).

—Así que cuando los errores de imprenta se hicieron muy pesados, y la gente se empeñaba en caminar con las manos porque en vez de 'guantes' llamaban a esos pulpos de cinco patas 'zapatos', hubo una gran Convención de Dioses donde no faltó ninguno: ni Zeus ni Odín ni... no sé, ninguno. Y decidieron que una vez por año iban a poner en limpio el mundo, sacando una nueva edición y corrigiendo los errores. Por eso, Fabián, la noche del 31 de diciembre se acaba el mundo y recomienza el amanecer del uno de enero...

De más está decir que el papá de Marita y Fabián es dueño de una imprenta, ¿no?

—¿Y... y cómo te das cuenta?

—¿De qué?

—De que... cambia el mundo...

—Bueno, es fácil —dijo Marita, totalmente zarpada—.  A las doce en punto del 31, mirá las estrellas. Si prestás mucha, pero muchísima atención, vas a ver cómo de repente se apagan y un pequeñísimo instante después se encienden... pero alguna estrella cambió de lugar... u otra falta...

La boca abierta de Fabián duró hasta el 31 de diciembre a la medianoche. Hay que ver cómo lo cargaron. Pero Fabián decía: el 31 a medianoche se me va a cerrar sola.

Chiflado.

Pero hubo otra cosa. Marita se quedó pensando y pensando si esa historia la había sacado de algún lado. Estuvo a punto de preguntarle a la profe de historia, pero el último día de clase, el del examen, no era momento, y más si a una le estaba saliendo bien.

Y, qué cosa, a Marita también se le fue abriendo la boca, según ella de tanto mirar el cielo de la quinta, buscando su estrella dorada, la que había descubierto de niña.

Hasta el 31 de diciembre. Hasta el momento de los cohetes y los fuegos artificiales y la sidra abriéndose y las copas volcándose entre las nueces y el brindis y el reloj...

Casi cayendo, chocándose uno a otro, Fabián y Marita corrieron al patio.

Alzaron la vista. Ya. Ya...

Las estrellas parpadearon...

—Y entonces, al unísono, mientras la Hora Oficial hacía "pip" en una radio prehistórica, y una sirena sonaba en el puerto, y el reloj de la pared empezaba a contar doce campanadas... ¡¡cerraron los ojos!! Después, despacito, para ver si el otro los tenía cerrados, los fueron abriendo.

—¡Ja!, dijo Fabián, para disimilar.

—¿Viste? —Ella no iba a declarar que también cerró los ojos.

Fabián suspiró, como si hubiese sido partícipe (acaso sí) de un supremo acontecimiento. Y se fue a brindar.

Ella también sentía esa extraña excitación, y no sabía si por tonta, por creída o por cobarde.

    Ya se iba para adentro, cuando quiso saludar a su estrella dorada.

    Y ya no estaba.


Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

 

CUANTO

Anamaria Borlan

Abcede estaba acurrucado en el alféizar interior de la nave, con la barbilla apoyada en las palmas de las manos. Miraba pensativo a través del ojo de buey, semejante a una celda de panal, sin distinguir casi nada en la oscuridad cósmica.

—¿Por qué hay esferas azules y rojas? —murmuró, señalando con un dedo el vacío del espacio que atravesaban rumbo a un destino que él desconocía.

Moxie, algunos años mayor que su hermano, se volvió hacia él con una especie de suspiro de exasperación. La muchacha parpadeó dos veces, deliberadamente, para activar el microchip nanofluídico integrado en las vías neuronales de su cerebro, que actuaba como amplificador de potencia sin alterar la plasticidad de las señales de la memoria y funcionaba como una red biológica.

—¡Otra vez preguntas lo mismo! ¡No eres capaz de asimilar una referencia tan trivial!

—Moxie, yo no sé hacer heterouniones —dijo él, volviendo el pequeño cuerpo hacia su hermana—. No sé realizar diferentes acoplamientos multiescala como tú. ¡No tengo un chip en el cerebro, como todos ustedes!

La muchacha lo miró con el ceño fruncido y luego sonrió.

—Está bien, Abcede. Aunque siempre me irritas con tus preguntas absurdas, te responderé. Sí tienes un chip en el cerebro, pero no eres capaz de activarlo. —El niño le devolvió la sonrisa y acarició el largo cabello que le caía sobre el hombro—. Entonces, ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué hay esferas azules y rojas?

—¡Uf! Lo mismo, siempre la misma pregunta. ¡Está bien! La esfera azul es una esfera azul. La esfera azul tiene energía cero. La esfera roja es una esfera roja.

Inspiró profundamente y comenzó su explicación.

—La esfera roja tiene energía; se ve un círculo semejante a un halo amarillo. Todas las esferas están compuestas de átomos. La esfera azul y la esfera roja se encuentran en el centro de tres círculos concéntricos que tienen radios y dimensiones diferentes, como si fueran varias órbitas. En esos círculos concéntricos hay tres neutrones. Tres protones y tres electrones. Los electrones tienen energía. El electrón del círculo exterior posee la mayor energía. El electrón de la órbita más pequeña posee la menor energía. La energía de las tres órbitas está cuantizada, es decir, se establecen valores discontinuos de una magnitud física que varía mediante saltos. Un electrón aparece en la órbita interior, la de menor radio, pero también puede existir en las otras dos órbitas. El electrón no puede existir en el espacio entre dos órbitas. No existen electrones con energía cero. Un electrón puede absorber energía y cargarse. Del mismo modo, un electrón puede liberar energía. En ese caso, puede caer desde la primera órbita, la más amplia, hasta la intermedia, dependiendo de la cantidad de energía liberada. La energía absorbida y la liberada forman una cantidad de energía libre. Esa cantidad de energía es un cuanto. El cuanto es el menor valor discreto de una determinada magnitud física. Un cuanto de energía es una cantidad determinada y finita de energía que puede ser emitida o absorbida por un sistema atómico. Además, la energía de un cuanto es directamente proporcional a su frecuencia. ¿Has entendido?

Abcede dejó de dibujar con su pequeño dedo sobre el ojo de buey semejante a una celda de panal.

Después se acurrucó en el estrecho sofá.

—¿Qué has escrito ahí?

—Lo que me contaste.

—¡Eres un genio! —exclamó Moxie—. Has escrito la ecuación que relaciona la energía de un cuanto con su frecuencia. El principio fundamental de la mecánica cuántica según el cual la energía es directamente proporcional a la frecuencia. ¿Cómo lo sabes? ¿Se te ha activado el microchip nanofluídico?

El niño se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Imaginé tus palabras —susurró, mirando con temor a los ojos de su hermana.

—Es correcto. ¿Puedes explicármelo?

—No —respondió de inmediato.

—¿En qué pensaste?

—En una longitud dividida por el tiempo.

—¿Y cuál es el resultado?

—Pensé en la velocidad de la luz en el vacío.

—Correcto otra vez. Es la mayor velocidad posible a la que cualquier forma de energía, materia o información puede propagarse por el Universo. En este nivel cuántico, los electrones, las esferas azules y rojas, se mueven como ondas, como las oscilaciones del agua.

—¿Hay agua en el espacio?

—En el espacio interestelar sí, en las gigantescas nubes de gas.

—Estoy cansado. Voy a dormir.

Moxie resopló, contrariada.

—Está bien. Duerme. Tal vez el chip de tu cerebro despierte contigo.

Abcede se tendió en el asiento situado bajo el ojo de buey y se quedó dormido de inmediato. Su hermana miró hacia la pequeña ventana hexagonal. Se acercó al ojo de buey, inclinándose sobre el pequeño cuerpo de su hermano, y lo iluminó con un haz de luz azul. Las marcas que el dedo de Abcede había dejado eran bastante claras.

E = hf.

Permaneció varios minutos contemplando la ecuación como si fuera una pintura extraordinaria.

—E representa la energía del cuanto —susurró para no despertar al niño—; h es la constante que relaciona la energía y la frecuencia, 6,626070040 × 10⁻³⁴ julios-segundo, llamada constante de Planck, y f es la frecuencia de la radiación. ¿Cómo puede saber algo así?

Se sentó junto a él y lo contempló mientras dormía y respiraba tranquilamente.

—La luz del Sol tardaba aproximadamente ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra —añadió al cabo de un rato, continuando su monólogo.

Alzó la mirada hacia el ojo de buey. No veía nada más que la densa oscuridad del espacio cósmico que su nave atravesaba a velocidad constante. Se dirigían hacia otra constelación, situada en los confines de la galaxia. ¡Quién sabía qué encontrarían allí! Quizá un planeta parecido al que habían abandonado, calentado por un sol acogedor. Un lugar donde la ecuación escrita en el ojo de buey por el pequeño pudiera aplicarse con mayor fortuna.

—El futuro no es solamente un lugar hacia el que nos dirigimos, sino un lugar que crearemos y construiremos —murmuró Moxie, mirando a su hermano, un niño demasiado pequeño para su edad, probablemente soñando con cuantos.

La información recibida desde la distancia, más de un siglo y medio atrás, había sido descifrada. Los habitantes de la Tierra habían tenido tiempo suficiente para prepararse para el largo viaje. El mayor logro, el que había hecho posible el viaje interestelar, había sido la revolución de la informática neuromórfica. Al crear el hardware de la inteligencia artificial siguiendo el modelo del funcionamiento del cerebro humano y reproduciendo el pensamiento humano, de pronto todo se había vuelto muy sencillo.

La fusión de la inteligencia externa con la humana solo había aportado beneficios. Allí donde el ser humano no podía resolver algo particularmente difícil, intervenía el cerebro artificial, capaz de procesar eficazmente cualquier abstracción, razonando para establecer vínculos entre conceptos demasiado complejos y confusos para la mente humana. Y la inteligencia ya no se limitaba a simular el pensamiento: hacía mucho que había superado aquellas etapas de aprendizaje y se comportaba exactamente como el cerebro humano, con una diferencia... la información fluía instantáneamente mediante teleportación cuántica.

Los microchips nanofluídicos, integrados directamente en las vías neuronales del cerebro humano, estaban conectados a sus más de cien mil millones de neuronas. Esta integración permitía al microchip captar y procesar las señales electroquímicas responsables de transmitir información por el sistema nervioso. Las señales que naturalmente circulaban entre las neuronas para garantizar el funcionamiento normal del cerebro eran ahora interceptadas, analizadas y, cuando era necesario, modificadas por el microchip nanofluídico.

De ese modo, el proceso de pensamiento y reacción ante los estímulos externos ya no dependía exclusivamente de la estructura biológica del cerebro, sino que era respaldado, modelado y optimizado mediante la intervención artificial del microchip. Esta simbiosis entre tecnología y biología había producido una eficiencia sin precedentes de los procesos cognitivos, permitiendo la transmisión instantánea de información y una rápida adaptación a situaciones complejas.

El ser humano había copiado esos circuitos y los había implementado en una máquina. Quedaron tan satisfechos con el resultado que, como consecuencia, las personas dejaron de esforzarse por pensar por sí mismas y fueron perdiendo, día tras día, una parte de su inteligencia natural: la capacidad de resolver problemas, de comprender determinadas actividades y conjuntos de actos físicos, intelectuales y morales encaminados a obtener determinados resultados. Con el tiempo ya no conseguían abstraer ni razonar lógicamente; habían perdido la capacidad de aprender y experimentar cosas nuevas, ya no eran capaces de resolver un problema, encontrar soluciones y adaptarse, ni de continuar siendo creativos.

Con el tiempo, y con bastante rapidez, también se fue desvaneciendo la capacidad verbal. Las personas apenas se comunicaban entre sí, salvo mediante mensajes transmitidos a distancia. Habían perdido la capacidad de analizar las situaciones. Visualizar objetos en el espacio cercano se había vuelto casi imposible; ya no escuchaban música, nadie cantaba, no se componían melodías ni versos, y la sensibilidad hacia el ritmo había desaparecido por completo. Lo mismo había ocurrido con la escritura y la lectura, que habían caído en desuso; toda la información, las preguntas y las respuestas pasaban por los circuitos nanofluídicos. La percepción de los detalles del entorno se debilitaba día tras día. Ya no existía curiosidad ante el mundo ni deseo de explorar o descubrir formas, colores o sonidos nuevos; todo parecía uniforme, sin vida. Los seres humanos se habían convertido en sombras, perdidos en su propia existencia, sin vínculos reales con cuanto los rodeaba.

Como permanecían constantemente en aquellos profundos sillones, conectados a las inteligencias, sus cuerpos se volvían inertes y sus mentes cada vez más aisladas. En lugar de comunicarse, compartir o crear, vivían mediante pensamientos automáticos y perdían lenta pero inexorablemente todo vestigio de espontaneidad. La inactividad se extendía como una densa niebla sobre sus almas, obligándolos a replegarse por completo del mundo, incapaces de conectarse con los demás o incluso de reconocerse a sí mismos. En ausencia de emociones, motivaciones o cualquier deseo de cambiar las cosas, la apatía se convirtió en una realidad adormecida.

A medida que avanzaba la tecnología, cada vez más personas dejaban de saber cómo utilizar su propio cuerpo. Pasaban días, meses e incluso años tendidas en aquellos sillones inteligentes, sin sentir ya necesidad de moverse ni de mantener ninguna interacción física. Esta inactividad prolongada no solo provocó una incapacidad física, sino también una drástica disminución de la capacidad para comprender el mundo circundante y comunicarse con los demás.

En esas condiciones, muchos habían desarrollado miedo a los espacios abiertos y al contacto social.

Las personas ya ni siquiera conseguían comprenderse a sí mismas y perdían gradualmente la capacidad de reconocerse o definirse mediante pensamientos y sentimientos auténticos. Los estados de apatía se habían vuelto habituales, y la ausencia de emociones y motivaciones hacía que parecieran apenas sombras de los seres humanos de otros tiempos. Todo debido a los implantes de microchips nanofluídicos.

Finalmente, la humanidad ya ni siquiera conseguía reconocer una montaña, un lago, un animal o un pájaro, el cielo o la tierra. Las preguntas profundas acerca de la existencia y el sentido de la vida habían quedado reducidas a disertaciones de la inteligencia, que entretenía durante algunos minutos al día a quienes ya no podían pensar, caminar ni ver, sino únicamente escuchar la voz monótona, aunque agradable, de la máquina que había reemplazado al ser humano mediante el cuanto.

La nave biointeligente, completamente automática, diseñada y construida por un conjunto de inteligencias activas, se dirigía a velocidad sublumínica hacia una constelación con dos sistemas solares, en la periferia de la galaxia. Administrada de manera autónoma, sabía qué debía hacer para salvar los últimos vestigios de una humanidad que alguna vez había florecido en todos los sentidos.

Además de Abcede y Moxie, en la nave viajaban otras seis parejas de hermanos, un varón y una mujer. Todos habían sido cuidadosamente seleccionados mediante un amplio proceso planetario que había durado varias décadas. ¿Por qué dos niños de una misma familia? Para perpetuar los genes seleccionados de la especie después de que eligieran a sus respectivas parejas, renovar el genoma y asegurar la continuidad de la especie humana en un planeta muy alejado del mundo abandonado. La nave también transportaba el ADN de organismos vivos: plantas, animales, aves y especies acuáticas.

El niño acababa de despertar y se frotó los ojos con sus pequeños puños.

—¿Moxie?

—¿Qué quieres, dormilón?

—Aaaah... —bostezó largamente—. He soñado...

—¿Tú, soñando? ¡No!

—¡Sí!

El niño se incorporó.

—¿Puedes contármelo?

El muchacho vaciló un instante antes de continuar.

—Oí a unos y a otros hablando.

—Vamos, ¿quién iba a hablar con quién? —replicó su hermana, incrédula.

—Otros. Incluso con la nave...

—Está bien, cuéntame qué soñaste —lo animó Moxie, ahora intrigada.

—Que somos siete veces dos en esta nave —murmuró.

La muchacha permaneció pensativa durante unos instantes. Tenía razón. Nadie le había hablado de los demás pasajeros como ellos que viajaban a bordo; ni siquiera los habían visto nunca. ¿Cómo sabía cuántos eran?

—Moxie... ¿qué va a ocurrir con nosotros?

—Cállate. No hablamos de esas cosas.

—¿Por qué?

—¡Porque no hablamos de eso!

—¿Por qué? ¿Los demás hablan?

—No lo sé. No me interesa.

Abcede la miró largamente y luego bajó los párpados.

—Debería interesarte —dijo finalmente.

—¿Qué? —exclamó la muchacha, sorprendida—. ¿Qué has dicho?

—Tenemos que hablar. De esto —insistió el niño.

—¿Por qué? Dime por qué.

—Voy a decirte... algo... pero no te enfades... Lo soñé... o quizá no... Tal vez simplemente lo sé... desde que nos marchamos...

—Está bien. Habla.

—El microchip nanofluídico que tienes en el cerebro... yo no lo tengo.

Moxie se puso de pie de un salto, estupefacta. Los latidos de su corazón se oían con fuerza.

—¿Cómo que no tienes microchip? ¡No puedes vivir sin un microchip! Lo que acabas de decir es una estupidez enorme.

—Moxie...

—¡Cállate!

—No, no me callaré. Esta vez no. Yo soy diferente. Tú eres diferente. ¿Alguna vez te has preguntado por qué partimos hacia otro mundo? ¿Alguna vez te has preguntado por qué nosotros y no otros? ¿Alguna vez te has preguntado dónde están nuestros padres?

Moxie contemplaba a su hermano con los labios entreabiertos, incapaz de creer lo que acababa de oír. Siempre lo había considerado algo retrasado con respecto a otros niños de su edad. Nunca había sido un niño alegre ni expresivo; permanecía encerrado en sí mismo, en un mundo completamente distinto del que habitaban todos los demás.

—¿Qué quieres decir?

—Que nosotros... quizá solamente yo, que tengo el microchip nanofluídico desactivado... tal vez no sea tan inteligente como los demás...

—¡Cállate, Abcede, deja de decir tonterías!

—...yo soy solo una entidad indivisible...

—¡Cállate! —gritó su hermana, alarmada, sujetándole las manos entre las suyas.

—...de energía; estoy compuesto por partículas elementales de materia...

—¡No, no, no puede ser!

—...sabes que...

—¡No digas nada más, te lo suplico!

—...me formé hace muchos ma...

—¡Abcede, cállate de una vez!

—...no, cuerpos celestes cayeron sobre los planetas...

—¡Detente!

—...las materias del exterior se combinaron con las del interior...

—¡Nada de lo que dices es verdad!

—¿Cómo lo sabes?

—...hace seis mil ga, yo nacía junto con una materia...

—¡No sigas!

—...funciono siguiendo instrucciones biológicas, como un organismo vivo...

—Pero, Abcede, ¡eres un organismo vivo, como todos nosotros!

—...no tengo el chip nanofluídico, no lo necesito...

—¡Siempre pensé que simplemente padecías algún trastorno, que tenías problemas cerebrales!

—...no me duele nada... no siento nada... no necesito nada...

—¡Estás enfermo!

Abcede bajó los párpados sobre sus ojos azul celeste. Aunque era un niño muy pequeño para su edad, su rostro y su diminuto cuerpo emanaban una especie de aura de sabiduría ancestral, como si llevara sobre los hombros el peso de secretos tan antiguos como el mundo. Moxie lo contemplaba desconcertada, incapaz de abarcar el misterio de la actitud de su hermano menor, como si detrás de sus ojos se ocultara una historia mucho más antigua de lo que su edad permitía suponer.

—...yo... pienso... sin chip... mediante un sistema de segundo orden. ¿Qué está ocurriendo? es pensamiento de primer orden; después, ¿qué ocurrirá a continuación? es mi pensamiento del nivel siguiente. Como sabes, o quizá no lo sabes, Moxie, existe una gran diferencia. El pensamiento de segundo orden proporciona respuestas mucho más inteligentes. Muchos se detuvieron en el primer paso. Pensar dos pasos por adelantado, o incluso uno, es una forma de autodefensa. La inteligencia es la que me impulsó hacia este pensamiento adicional. Ahora sé por qué abandonamos nuestro planeta...

—¡Estás muy enfermo de la cabeza, niño!

—...no soy yo quien está enfermo... la nave llegará a su destino... dentro de siete años luz... ya no habrá seres humanos tal como los conocemos hoy...

—Pero ¿cómo, Abcede? ¿Otra vez estás soñando tonterías?

—...no sueño... no es una tontería... pulso... cargado de energía...

—¿Otra vez empezaste a inventar historias de ciencia ficción?

—...de ningún modo... puedo convertir la señal débil...

—¿Qué señal? ¡Estás delirando!

—...¿sientes que la nave está acelerando?...

—Me pareció sentir algo. ¿Y qué?

—...Moxie... la aceleración uniforme a través de este espacio vacío que estamos atravesando...

Abcede dejó de hablar y comenzó a respirar con dificultad, de manera entrecortada, cada vez más agotado. La piel de su rostro empezaba a adquirir una ligera tonalidad verdosa y transparente.

—Déjalo ya. Será mejor que duermas. Hablaremos cuando despiertes.

—...llegaremos antes...

—Sí, sí, a dormir. ¡Eso está claro!

—...la inercia del movimiento de la nave...

—¿Qué pasa con ella?

—...yo la impulso... un baño térmico... doble aceleración...

—¿Qué tonterías estás diciendo, Abcede?

—...sinapsis neuronales... conectividad...

El niño comenzó a toser. Poco a poco se volvía más pálido, casi translúcido.

—...conexión... mi cerebro... con la red cósmica...

—¡Deja de decir tonterías!

—...yo... yo soy... ¡un cuanto... de luz!


Nota del original: en geología, ma es la abreviatura de mega-annum, unidad equivalente a un millón de años; ka equivale a mil años (kilo-annum) y ga, a mil millones de años (giga-annum).


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

 

HIELO Y NIEBLA