Dora Gómez Q.
Se
conocieron en la página cuarenta y dos.
Julián, que sostenía una pequeña
maleta, le preguntó a la joven que esperaba el tren junto a él.
—¿Viajas hasta próximo capítulo?
Ella asintió, mirando como se
aproximaba el tren, devorando líneas de paisaje.
—Dicen que este tren cruza todas las
ficciones —le contestó Elena, con una media sonrisa.
El silbato del tren sonó como una
advertencia.
El suelo, áspero y cubierto de texto borroso,
vibró con una fuerza inusual.
—No es un tren cualquiera —susurró
Julián, apretando la mano de ella—. Y miró hacia las vías, que se iban borrando
a medida que el tren avanzaba.
Elena miró como los renglones de
hierro que sostenían la pesada maquinaria se desvanecían en una neblina de
tinta negra. A su alrededor, los edificios-libro que formaban la ciudad
parecían cerrarse de golpe, uno a uno, como trampas de papel.
—El autor está terminando la historia
—dijo Elena, con la voz rota por el miedo—. Si ese tren llega antes de que
encontremos el final del capítulo, nos quedaremos atrapados
Un viento pasó entre las páginas del
libro gigante sobre el que estaban parados, levantando las hojas con un
crujido.
El separador de tela roja, que antes
colgaba inofensivo, comenzó a deslizarse hacia el abismo inferior como una
cuerda hacia la nada.
La locomotora encendió un faro
cegador que proyectó sus sombras distorsionadas, sobre la portada de "Strangers
on a Train".
Imposible abordarlo.
El tren parecía un monstruo de hierro
y tinta dispuesto a aplastarlos contra el final del párrafo.
Solo quedaba una opción: saltar al
margen de la página y rezar para que el vacío fuera el mundo real.
—¡Por aquí! —gritó Julián, tirando
del brazo de Elena justo cuando el suelo empezaba a agrietarse.
A pocos metros, en el margen inferior
de la página, la tipografía perfecta del relato se rompía. Alguien, o algo,
había derramado un fluido espeso y oscuro sobre el papel. Era un borrón de
tinta que devoraba las palabras impresas y abría un agujero en la estructura
del libro.
Sin pensarlo, se arrojaron de cabeza
al centro de la mancha.
Al cruzar la superficie, el ruido ensordecedor
del tren se apagó de golpe, sustituido por un silencio total.
El borrón no era un simple charco;
era un refugio tridimensional, una caverna de sombras líquidas y viscosas que
flotaban alrededor. Desde el interior de la mancha, vieron pasar las ruedas
gigantescas de la locomotora, rozando el escondite que los mantenía ocultos de
los ojos del Autor.
Estaban a salvo del tren, pero
atrapados en un error del texto.
La viscosidad de la tinta comenzó a
girar con una fuerza centrífuga, tragándoselos hacia el fondo de la mancha.
El aire se volvió denso y el olor a
papel viejo fue reemplazado por una brisa marina, gélida y salada.
De repente, el vacío negro se rompió.
Ambos cayeron de golpe sobre una superficie de madera.
El cielo ya no era una noche estrellada de
estantes y libros, sino un firmamento gris y tormentoso repleto de nubes bajas.
Al levantarse, se dieron cuenta de
que el suelo se movía.
Ya no estaban en la estación, sino en
la cubierta de un antiguo barco de vela que luchaba contra olas gigantescas. A
su alrededor, hombres con rostros curtidos por el sol y ropas desgastadas
tiraban de las cuerdas, gritando órdenes en un idioma que apenas comprendían.
Elena, miró hacia el mástil
principal.
Atada a la madera, una enorme lona
ondeaba con el viento, pero las vetas de la tela formaban letras. Con horror y
asombro, logró leer el nuevo título que los rodeaba: "Moby Dick".
El borrón de tinta los había arrojado
a una historia peligrosa.
Un trueno ensordecedor partió el
cielo gris y, antes de que pudieran sujetarse a la barandilla, una ola
gigantesca del tamaño de un edificio se desplomó sobre la cubierta.
El impacto los arrancó de la madera
húmeda y los arrojó sin piedad hacia el abismo oscuro del océano.
Julián, se hundió con los ojos
abiertos, esperando la asfixia del agua helada. Sin embargo, al abrir la boca
para buscar aire, no tragó líquido. Sus pulmones se llenaron de una sustancia
ligera, casi gaseosa, que sabía a ceniza y carbón.
La masa líquida no era uniforme. El
mar no estaba compuesto por gotas de agua, sino por millones de letras
tipográficas flotantes. Caracteres en negrita, cursivas y mayúsculas de todos
los tamaños chocaban entre sí, moviéndose con la marea. Las corrientes eran
frases enteras que fluían con violencia: fragmentos de descripciones sobre
arpones, ballenas y vientos huracanados.
Intentaron nadar, pero cada brazada
revolvía el alfabeto.
Sus cuerpos empezaron a hundirse en
la densa sopa de texto, y sintieron cómo las letras físicas comenzaban a incrustarse
en su piel, como miles de pequeños alfileres de metal, cuando otra ola los
devolvió al barco.
Fue cuando Julián intentó gritar el
nombre de Elena, pero fue la palabra «ballena» la que se pegó en su garganta,
transformando su voz en un bramido ronco y áspero, propio de un hombre que
había pasado años gritando bajo las tormentas del Pacífico.
Miró sus manos: la piel suave de sus
dedos se estaba volviendo gruesa, agrietada y llena de cicatrices de soga.
Las letras le empezaron a escribir la
piel, primero apareció una palabra en el brazo: Sal, después: Timón,
después: Arponero. Y supo perfectamente como lanzar un arpón… aunque
jamás había visto uno.
Sus recuerdos de la estación de tren
empezaron a desvanecerse, sustituidos por la obsesión de perseguir a un
monstruo blanco en el mar.
A unos metros, Elena luchaba
desesperadamente por quitarse los caracteres que se adherían a su cuello. Sin
embargo, la tipografía gótica de la novela era implacable. Su chaqueta moderna
comenzó a deshilacharse, convirtiéndose en el chaleco de lona burda de un
marinero del siglo XIX.
—¡Julián... no recuerdo mi...! —trató
de decir ella, pero la frase se interrumpió cuando las letras «A» y la «C»
se fundieron en su frente.
El océano de palabras los estaba
digiriendo para que formaran parte de la tripulación.
El capitán los observaba.
—No pertenecen a este barco —dijo, y
con enigmática sonrisa agregó—: todavía.
Si no encontraban una forma de
arrancarse el texto de la piel de inmediato, desaparecerían para siempre,
convertidos en dos marineros anónimos.
La transformación estaba casi
completa. El dolor en la mente de Elena era insoportable. Los recuerdos de su vida real parpadeaban como
velas a punto de apagarse bajo la presión de la tinta, y comenzaba a olvidar
palabras
Quiso decir:
—Tenemos que volver al tren...
Pero la palabra tren desapareció.
Solo logró decir:
—Tenemos que volver al...
En medio de la negrura tipográfica,
se aferró a lo último que le quedaba: el momento exacto en que se encontró con
Julián en la página cuarenta y dos.
Cerró los ojos y se concentró con
todas sus fuerzas en ese instante. Recordó el frío real de sus dedos, el
crujido del papel bajo sus pies y la calidez de la mano de Julián antes de que
el tren los acorralara.
Una pulsación de luz dorada brotó del
pecho de Elena.
Al instante, las letras góticas
incrustadas en su cuello y frente comenzaron a retorcerse, perdiendo su forma y
consistencia. Las palabras escritas en su piel se rompieron en fragmentos sin
sentido y cayeron como escamas muertas, disolviéndose en la sopa de texto del
océano.
Al recuperar la voz, Elena tomó el
rostro de Julián, cuyas pupilas ya casi se volvían del color de la tinta, y
pegó su frente a la de él.
—¡Julián, mírame! —le gritó,
transmitiéndole la fuerza de esa misma memoria—. No eres parte de este barco.
¡Acuérdate de la estación! ¡Acuérdate de mí!
El recuerdo real abrió una grieta en
la ficción. El flujo de letra gótica que intentaba devorar la mente de Julián
se detuvo. Los ojos del joven recuperaron su brillo original y las letras que
cubrían sus brazos se desprendieron en masa, hundiéndose inofensivas hacia las
profundidades del relato.
El choque entre la verdad de sus
memorias y la mentira de la ficción provocó un cortocircuito en el texto, en el
punto exacto donde sus manos se entrelazaban.
En ese momento la negrura del océano
comenzó a agrietarse. Un destello de pureza absoluta rasgó la sopa tipográfica,
abriendo un agujero blanco, un vacío sin renglones, sin palabras y sin la
intervención de ningún Autor.
Era el color del papel limpio antes
de ser manchado por la historia.
El agujero comenzó a succionar el mar
de letras a su alrededor, creando un remolino de luz que los envolvió por
completo. Agarrados con una fuerza nacida del pánico y del afecto, Julián y
Elena se dejaron arrastrar hacia el centro de la grieta luminosa.
El barco, las olas y las ballenas de
tinta desaparecieron en un pestañeo. Un silencio absoluto y pacífico los cubrió
mientras caían a través de la nada.
Cuando abrieron los ojos, el dolor
había desaparecido. Ya no había vías de tren, ni cubiertas azotadas por la
tormenta. Tomados de la mano y agotados
llegaron a una cafetería. Respiraron. Se
sintieron libres.
Envueltos en un aroma de café fresco
Julián, miró a Elena, que sostenía una taza de café caliente entre las manos,
disfrutando de la simple y maravillosa sensación del calor verdadero sobre su
piel, y luego abrió una revista que estaba sobre la mesita.
Encontró una reseña, decía:
ESCAPE. Dora Gómez Q.




