Tanya Tynjälä
La costa de la Isla siempre ha sido famosa por sus
pejerreyes. Algunos prefieren una caña de acción 5 o 6, eso permite sentir
mejor la pelea que los peces te ofrecen, otros prefieren unas cañas más
delgadas con una línea más larga. Yo prefiero la línea española, ¿recuerdas
cómo te enseñé a hacerla?, ¿cómo me dejaste usar las perlitas de tu collar para
poder separar el esmerillón de los nudos corredizos? Esos que se hacen con hilo
de seda y que sirven para regular el largo de la brazolada, ¿recuerdas?… ¡Huy!
El viejo calló
pues algo tiraba del hilo que tenía en sus manos. Una sonrisa iluminó su rostro
surcado por las arrugas que el sol implacable le dejara de recuerdo de sus años
de pescador. Tiró una vez más y una botella plástica siguió su movimiento.
Suspiró descorazonado. Había estado en ese espigón desde muy temprano y todo lo
que había conseguido era una botella enganchada en el anzuelo.
Cerró los ojos
para evitar que una lágrima corriera por su mejilla. La niña le tomó la mano,
él la miró y volvió a sonreír. Ella le devolvió una sonrisa luminosa como sus
ojos grises que resaltaban aún más por su piel bronceada.
—Es culpa del hilo, como no había de seda usé
uno de nylon que encontré en los desechos. Así no se pueden hacer buenos nudos
corredizos y sin ellos…
—Sí Tata, mañana tendremos más suerte, seguro
que regresan los pejerreyes.
El camino a casa
era largo y pesado bajo el sol, ni siquiera los grandes sombreros de cartón los
protegían por completo y los gastados zapatos no los defendían lo suficiente
del árido camino. Constantemente debían detenerse para quitar alguna piedra que
fácilmente se metiera por los huecos de los zapatos. El viejo sufría por la
niña; él ya tenía tantos callos en los pies que el dolor causado por las
piedrillas no le causaban mayor molestia… pero ella, tan tierna, sus
piececitos… Si por lo menos no hiciera tanto calor…
Sin embargo ella
no se quejaba y caminaba cantando y solo se detenía para hacer dibujos en la
tierra… y quitarse disimuladamente las piedras del zapato; lo que menos quería
era que el Tata se preocupara. Cruzaron el “centro” del pueblo, si así se podía
llamar a ese montón de casuchas agrupadas frente al pozo. No había ni un solo
árbol en donde protegerse del calor, no había ni un solo perro jugando con la
basura. Todo había desaparecido hace tanto que ya nadie recordaba y por lo
tanto no extrañaban. Todos menos el Tata.
Antes de la
hecatombe, él había sido pescador, uno de los mejores. En ese entonces la isla
ere un popular punto turístico, lleno de hoteles de todas las categorías,
restaurantes que servían los cangrejos más grandes del mundo (o eso decían) y
otras delicias que ofrecía el mar, calles con palmeras, pájaros exóticos y
jóvenes ligeros de ropas buscando algún turista solitario para ofrecerles su
compañía. Ahora los pocos hoteles que seguían de pié eran refugios en donde
vivían los pocos que no pudieron irse y que no deseaban vivir en sus “casas”.
Los hoteles de lujo habían sido construidos con materiales más sólidos y por
eso se conservaban en mejor estado que los baratos o las casas particulares.
Éstas se habían convertido en casuchas derruidas que apenas si protegían del
calor.
Era verdad que
con los años la pesca se iba haciendo cada vez más escasa, pero cuando pescó
esos pejerreyes espantosamente deformes, él supo que algo malo estaba pasando. Poco
a poco las cosas fueron cambiando. Los turistas se hacían raros, algunos
hoteles y restaurantes de lujo cerraron y cuando llegaban extranjeros a la
isla, ellos hablaban de guerras y otras cosas que el Tata no entendía por más
que su hija tratase de explicarle. ¿Cómo podía haber una guerra en el mundo?
¿Acaso ellos no eran parte del mundo? ¡Y era claro que a parte de menos
turistas, todo estaba en paz! Ella trataba de explicarle que se encontraban muy
lejos de los países en conflicto, que no eran un punto militarmente estratégico
y cuando perdía la paciencia, lo ponía frente a la televisión. Eso no daba
resultado pues escuchaba tantas palabras incomprensibles para él, que las
noticias no tenían sentido. Pronto ella perdió su trabajo pues el hotel en
donde laboraba también se vio forzado a cerrar. Las palmeras empezaron a
secarse, los pájaros a morirse y él seguía pescando más animales deformes que
no se atrevía a comer. De guerras no sabía, pero de que algo malo le pasaba al
mundo, de eso no le quedaba la más mínima duda y poco importaba si eso era
culpa de la guerra o no. Lo que le preocupaba es que llegaría el momento que no
tendrían nada que llevarse a la boca.
Cuando se fueron
los últimos turistas, llegaron los soldados, nunca dijeron de qué país venían y
el tata nunca se preocupó por preguntar qué idioma hablaban entre ellos; seguro
su hija sabía pero, ¿qué más daba? Mucho menos explicaron qué había pasado,
quién había ganado la guerra o porqué habían desaparecido todas las plantas y
animales. Solo se limitaron a explicarles cortantemente las nuevas reglas del
juego: debían recoger esa arcilla roja con la que los loros –cuando había loros
en la isla– se alimentaban, y a cambio recibirían una ración suficiente de
comida. Así es como todos se dedicaron a recoger la arcilla, adultos y niños
mayores de diez años. Al principio algunos quisieron exigir explicaciones, pero
pronto se acostumbraron al nuevo régimen, un poco obligados por las cortantes
miradas que les lanzaban los soldados a modo de explicación, un poco por temor
a no recibir la ración que les correspondía. Era evidente que las cosas estaban
muy mal en todas partes, que no solo era allí que faltaba la comida y que
aceptar la propuesta de esos soldados evitaba los conflictos que aparecieron
los meses antes de que ellos llegaran: la gente defendiendo frenéticamente lo
poco de víveres que habían guardado, llegando a la más grande violencia por
robar una lata de sardinas. Por lo menos así se asegurarían una ración de
comida sin tener que pelear. El Tata no
necesitaba trabajar recolectando, debido a su edad. Él, junto con los otros
ancianos, se encargaba de recibir las raciones de comida y bebida que
mensualmente traían los soldados y de distribuirla equitativamente. La niña el
próximo año formaría parte del equipo de trabajo, mientras tanto él la cuidaba
y le enseñaba a pescar. Él confiaba en el mar, pensaba que mientras hubiera mar
los peces volverían algún día, que quizá se habían asustado con la guerra, que
se habían escondido en las profundidades, que cuando se dieran cuenta que todo había
terminado, ellos regresarían.
Ese día llegaba
el helicóptero con los víveres. Cuando escuchó el familiar sonido, el Tata tomó
a la niña en sus brazos y apresuró el paso. Llegó jadeando hacia lo que había
sido el hotel más caro de la región. Ahora era el lugar de almacenamiento, solo
algunos cuartos eran utilizados por los soldados. Ellos pasaban una noche en la
isla, revisaban la cantidad y calidad de la arcilla y luego partían con su
cargamento. Casi no se comunicaban con los aledaños, ni siquiera con los que
hablaban su idioma.
Al ver entrar al
Tata, los otros ancianos empezaron a murmurar y sonreír, para él era obvio que
se burlaban. Algunas frases entrecortadas llegaban a sus oídos: perdiendo el
tiempo, enseñándole fantasías a la niña… Él estaba acostumbrado a ello, sin
embargo eso no lo desanimaba de repetir incansablemente: “mientras haya mar, la
vida tiene una segunda oportunidad sobre la tierra, en algún momento los peces
volverían a aparecer y luego las aves y luego”… Por supuesto nadie lo respetaba
y se burlaban de él sin siquiera tomarse la molestia de hacerlo a sus espaldas.
Eso solo le molestaba por la niña. Se sentía obligado a preservar sus
esperanzas e ilusiones, eso que antes era algo que hasta los niños más pobres
poseyeran. No importaba no tener juguetes, ellos siempre se las ingeniaban para
agenciarse uno de la basura. Y es que ante la imaginación de un niño, no hay
lata que se resista y que se convierta automáticamente en el más hermoso auto
de carrera. ¿Por qué quitarle a una niña la ilusión de un futuro mejor? ¿Acaso
no era en momentos como el que vivían que mantener la ilusión era lo único que
los seguía haciendo humanos? Veía a esos niños sin brillo en los ojos, pegados
a una silla, esperando su ración de comida, ya ni siquiera jugaban. Y al llegar
a los diez años, se dedicaban a cumplir con su parte del trabajo con una
mecánica apatía. Eso le causaba mucha tristeza. Su nieta seguiría esperando los
peces y las aves, por lo menos eso nadie se lo quitaría.
Los soldados lo
sacaron de sus pensamientos. Bajaron las pesadas cajas y se dirigieron hacia
sus aposentos, al día siguiente se dedicarían a revisar la arcilla recolectada.
Las cajas se
abrieron y se sacaron las latas. Siguiendo una estricta lista separaron las
latas en montones según familias o personas viviendo solas. Pasaron unas horas
antes que llegara la gente. La cola se formó sin problemas, nadie parecía tener
prisa, todos sabían que había suficiente comida. A nadie parecía importarle lo
que en realidad había en las latas.
El Tata recuerda
bien el día en que el antiguo profesor de la escuela dijo que las latas venían
de Soile Grin. Alguien dijo:
—¿Soile? ¿Qué
Soile? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿No será más bien Zoila?
—Soile es un
nombre finlandés. —Y al ver la cara de extrañeza de su interlocutor, explicó
—Es uno de esos países que existían antes. Pero yo no dije Soile, dije Soylent
Green. Es una película en donde la comida se hacía… —el profesor miró a todos y
suspiro. —No tiene importancia. De todas maneras está claro que la comida se
hace de la arcilla. Si era bueno para los loros ¿por qué no para nosotros?
El nombre quedó
dando vueltas por la cabeza del anciano, así pues cuando su hija dio a luz a la
niña, luego de un embarazo del que nadie supo el nombre del causante, el Tata
insistió para que la niña se llamase Soile. Su hija no protestó, le importaba
poco el nombre de la niña cuya concepción se debió a la promesa de recibir uno
de esos antiguos detergentes con los que antes de la hecatombe la gente se
lavaba el pelo. Ya no recordaba cómo se llamaba, pero sabía que el pelo quedaba
suave y perfumado. Y es así como hizo lo
que nunca antes había hecho a pesar de las promesas de ricos turistas. Eran
pobres, pero no morían de hambre gracias a que a ella no le faltaba trabajo en
el hotel. No necesitaba acostarse con algún asqueroso gringo viejo y gordo para
comprarse linda ropa y cosméticos y aunque no eran de la mejor calidad ella
podía lucir su bella cabellera negra con el orgullo de saberse honrada… ahora,
si no fuera por las latas. En realidad más que la ilusión por el producto de
limpieza, fue su temor a que el soldado dejara de darles víveres en represalia
por su negativa. Eso nunca había pasado, pero ella prefirió no correr el
riesgo.
Por suerte la
gente estaba tan preocupada en sobrevivir que nadie la criticó cuando quedó
embarazada. Todos tenían sus propios problemas, sus propias angustias, sus
propias maneras de seguir viviendo. Por otro lado la pequeña Soile siempre fue
una niña tranquila y feliz. Solo con mirarla jugar, a ella se le olvidaban los
problemas. Le molestaba un poco que su padre metiera ilusiones tontas en la
cabeza de su hija. El mundo era un desierto, todos se alimentaban de arcilla y
no había nada que hacer, ¿para qué obsesionarse con que todo volvería a ser
como antes? Sin embargo ella, como todos en edad, debía trabajar y su padre era
la única opción de cuidado para Soile. Es así como debía soportar las historias
de cómo casi pescan pejerreyes o que les pareció ver una gaviota a lo lejos
(que seguro no se acerca a la costa, de miedo que la atrapen para comérsela).
Así transcurría
la vida en la isla, monótona y opaca como la arcilla que recogían y gracias a
la cual no habían sido exterminados: los necesitaban para recoger esa arcilla
de vital importancia para el mundo. Solo quedaba rogar que no se acabara eso
también. En cuanto a la vida en el resto del mundo… pues preferían no
enterarse. Al parecer todavía existían los países, por lo menos algunos de
ellos. Los soldados evidentemente se llevaban la arcilla a algún lado, porque
luego regresaba en las latas, transformada en una suerte de puré ligeramente
salado. En algún rincón del mundo había una fábrica que se encargaba de la
producción, con obreros que se alimentaban del mismo puré. ¿Cuántos? Eso no lo
sabían y poco les importaba. Seguro que “allá” tampoco se preocupaban por los
que recogían la arcilla.
A Soile le
faltaban unos meses para formar parte del cuerpo de trabajo cuando el abuelo se
enfermó. La niña, sin perder su sonrisa, le aseguró a la madre que se ocuparía
bien de todo hasta que ella regresase. ¡Total! no era tan difícil mantener el
orden en el cuarto que les servía de vivienda. Ella recordaba bien que cuando
trabajaba en ese mismo hotel, el cuarto llevaba el pomposo nombre de “junior
suite”. Ahora casi no tenía muebles y en los pocos que había, apenas si se
guardaba la escasa ropa y los contados utensilios que les quedaban.
Tres días duró
la enfermedad del viejo o mejor dicho su agonía. No tenía nada, dijo el doctor,
era solo la edad que ya le pesaba. Y es que sin medicinas o por lo menos
vitaminas, ¿cómo no esperar que un anciano dure poco? Soile lo cuidó durante tres
días, descansando solo para ir un par de horas al espigón, para regresar con
las manos vacías, pero la mente llena de historias que contar: que le pareció
ver un extraño movimiento en el agua, que seguro era un cardumen… El viejo la
miraba y sonreía.
Esa tarde el
viejo se sintió muy débil, con ganas solo de dormir y olvidarlo todo. Su cuerpo
estaba dejando de funcionar, los ojos se le cerraban y a penas si podía mover
la cabeza para evitar ese impertinente rayo de sol que insistía en lamerle las
mejillas. Supo que estaba muriendo y lamentó tener que dejar a la pequeña Soile
en ese mundo tan viejo y agonizante como él. Sintió una lágrima que se resistía
a salir. Una suave mano le hizo abrir los ojos. Soile le acariciaba tiernamente
el cabello.
—¿Estás
despierto Tatita? —murmuró—. No quería molestarte pero mira —dijo levantando un
pejerrey fresco a la altura de los ojos del anciano. Él se estremeció y le
pareció que era el pescado más hermoso que había visto en su vida—. Tenías
razón Tata, los pejerreyes volvieron y pronto volverán también las aves.
La lágrima salió. Lo que no logró la tristeza lo había logrado la felicidad. Volvió a cerrar los ojos y decidió que era tiempo de morir, pero que ya no temía dejar a Soile, ella sabía muy bien qué hacer.




