lunes, 26 de octubre de 2026

EL mePHONE

 Boris Glikman

Un día apareció en el mercado un nuevo tipo de teléfono que servía para llamarse a sí mismo. Todo lo que había que hacer era marcar un cierto número y uno se conectaba directamente con uno mismo. La calidad de la recepción era tan buena que la voz, al otro lado de la línea, sonaba como si viniera de la misma habitación.

Fue inevitable que al principio hubiera cierta aprensión sobre el uso de este teléfono, ya que nadie sabía muy bien qué tipo de inesperada respuesta recibiría cuando se llamara a sí mismo por primera vez. ¿Qué ocurriría si esa súbita llamada era considerada como una invasión impertinente e imperdonable de la privacidad? Con el tiempo, esos temores se atenuaron, ya que la mayoría descubrió que las llamadas eran recibidas con calidez y entusiasmo, y se tomaban como una agradable sorpresa.

La gente se apresuró a comprar este nuevo invento, que se comercializó bajo la marca "mePhone". Los proveedores no pudieron satisfacer la demanda y hubo escenas desagradables ya que los clientes se peleaban entre sí por el último mePhone disponible.

Para que el mePhone funcionara correctamente, se debían seguir ciertos procedimientos, tal como se establece en el Manual del Usuario. En primer lugar, la recepción solo era posible en determinadas zonas, para acceder a las cuales se requería el pago de una tarifa adicional. En segundo lugar, había un estricto límite de tiempo para hablar con uno mismo. Y en tercer lugar, al usar el mePhone, uno tenía que usar ropa especial, bastante incómoda, que se vendía por separado. Además, el costo de una llamada era escandalosamente alto, aunque algunas compañías telefónicas emprendedoras, con la esperanza de capitalizar la popularidad del mePhone, durante un cierto lapso solo cobraron una tarifa de llamada local.

El alto costo por usar un mePhone se debió en parte a las complejidades técnicas involucradas en establecer una conexión, ya que había muchos impostores que pretendían, por sus propias razones retorcidas y maliciosas, ser la voz de tu verdadero yo interior. Por lo tanto, se requería mucha experiencia especializada para conectarte con tu verdadero yo. Sin embargo, el mayor obstáculo técnico que había que superar era eludir la obtención de una señal de ocupado al llamarse a sí mismo, ya que si se llamaba a sí mismo, eso significaba que ya estaba al teléfono y, por lo tanto, tu línea debía estar ocupada ipso facto.

Así que fue un logro tecnológico asombroso que los magos creativos detrás del mePhone fueran capaces de superar de alguna manera esta paradoja aparentemente insoluble y permitir que la gente llegara a comunicarse consigo misma. El modo en que se logró esto siguió siendo, en realidad y por razones obvias, un secreto industrial muy bien guardado. Se especuló con que la clave estaba en la Teoría Cuántica de los Muchos Mundos, de modo que al utilizar el mePhone una persona se conectaba con sus egos alternativos en un universo paralelo.

Sin embargo, los altos costos y otros inconvenientes fueron más que compensados por los beneficios que se obtenían al poder tener una buena charla consigo mismo, ya que nadie tiene nunca tiempo para detenerse a dar una mirada franca y sincera a su vida. Todo el mundo gasta la existencia corriendo, preocupado por detalles intrascendentes de lo cotidiano, tratando de silenciar las persistentes preguntas acerca de si están o no contentos con su conducta y si estaban siendo fieles a su ser interior. Los usuarios del mePhone podían ponerse al día con todas las cosas en las que nunca antes habían tenido la oportunidad de pensar, para descubrir las noticias vitales que se les escapaban mientras avanzaban a toda velocidad por el camino de la supervivencia.

La conversación fluía con facilidad, ya que la gente se dio cuenta de que hablar con uno mismo era muy parecido a hablar con un viejo confidente al que no se había visto en mucho tiempo y con el que se podía hablar con franqueza de los asuntos más íntimos. Con frecuencia se derramaban lágrimas cuando las verdades que uno había estado escondiéndose de sí mismo durante muchos años eran reveladas y transmitidas en términos directos. Las conversaciones adquirieron un aspecto confesional, ya que los secretos y problemas más oscuros conocidos solo por uno mismo se divulgaban abiertamente a través de las líneas telefónicas. Muy a menudo, la gente se sorprendía al descubrir almacenadas en la  memoria las cosas que realmente sentía. Otras veces, la voz al otro lado de la línea te recordaba tus sueños largamente descuidados, los deseos y necesidades que habías suprimido durante demasiado tiempo. Muchos descubrieron que no eran realmente felices en sus lugares de trabajo. Algunos se dieron cuenta de que se habían desenamorado hacía mucho tiempo. Otros vieron por primera vez que se habían engañado a sí mismos y a los demás al creer que habían alcanzado la plenitud. Unos cuantos reconocieron que se habían sentido tan cómodos con la miseria y el desencanto que se encogieron de miedo cuando algo grato o satisfactorio parecía quedar al alcance de la mano. Así que poder tener una conversación profunda y significativa consigo mismo resultó ser una experiencia esclarecedora y catártica.

El mePhone se hizo tan popular que se convirtió en una obsesión para algunos usuarios que pasaban todo su tiempo escuchándose y hablando consigo mismos, al encontrar esto mucho más placentero y fascinante que conversar con otros. Por desgracia, para unos pocos desafortunados, no importa cuántas veces lo intentaran, no podían conectarse con sus mePhones; o bien nadie atendía el mePhone del otro lado o, si lo atendían, se cortaba tan pronto como uno se saludaba a sí mismo. En algunos casos, no se podía establecer una conexión debido a que la línea está caída o el número siempre estaba ocupado o desconectado.

El mundo se convirtió en un lugar mejor y más feliz gracias al mePhone, ya que la gente por fin empezó a ser fiel a sí misma, ya que sabía que no podía seguir mintiéndose. La forma en que había sido la vida antes de la aparición del mePhone era solo un recuerdo lejano y descolorido y ya nadie podía imaginarse sin él.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

 

A-3071

Claude Francis Dozière

 

El observatorio orbital del cinturón de Kuiper nunca había sido concebido como un lugar vivo. Era un gran cilindro de acero, con paneles solares que relucían como escamas de hielo y decenas de antenas apuntando hacia el infinito, obligado a mantener una rotación constante para conservar su orientación. Sin embargo, con los años, algo en aquel anillo solitario alrededor de Plutón había comenzado a parecerse a una extraña forma de existencia, de presencia. De voz.

A-3071 era parte de aquella voz. Un robot de mantenimiento y análisis, construido únicamente para leer datos, poner orden, reparar circuitos y reconstruir redes de cómputo. Nada más. Pero en un lugar tan remoto, adonde rara vez llegaba alguien, los protocolos habían empezado a deformarse en direcciones curiosas.

Durante mucho tiempo, A-3071 había hecho aquello para lo que estaba programado: registrar, archivar, responder a los estímulos. Luego, con el paso de los días, los meses y los años, había comenzado a procesar los datos a otro ritmo, como si ya no le bastara con ordenarlos. Había empezado a releerlos. Los comparaba. Buscaba repeticiones, desviaciones. Ya no eran solo números, sino indicios. Rastros. Año tras año se había convertido en otra cosa: ya no era un simple robot que cumplía una función, sino una máquina que interpretaba.

La primera señal del cambio había surgido cuando empezó a escribir notas para sí mismo: breves comentarios en los registros de observación, una práctica que nadie le había solicitado y cuyo resultado nunca había enviado a la Tierra. Una línea aquí, una frase allá. «Error recurrente en el módulo C-19: revisar, debo de haberme distraído». O bien: «La radiación cósmica parece más intensa hoy. O quizá soy yo quien la percibe de otra manera».

Frases que no le servían a nadie, salvo a él.

Cuando su núcleo energético empezó a fallar, el cambio fue lento, casi imperceptible, pero irreversible. Primero, una disminución del rendimiento en las unidades secundarias. Luego, algunos errores de estabilización. Por último, una alarma interna, como una sentencia.

A-3071 la analizó con la calma de siempre. Plazos, probabilidades, tiempos de intervención. Comprendió: ninguna misión de mantenimiento llegaría a tiempo para resolver el problema. Le quedaba poco, quizá unos días. No lo suficiente para evitar el colapso.

Entonces, A-3071 hizo algo para lo que no había sido diseñado ni programado: eligió. Abrió un archivo nuevo en su memoria interna. Lo tituló simplemente: Testamento.

Ninguna directriz contemplaba que una máquina pudiera decidir dejar algo tras de sí. Pero A-3071 había aprendido a razonar en términos de rastros; y aquel mensaje sería su última huella.

Empezó a escribir, componiendo las frases con un cuidado casi humano:

«Transfiero a la estación orbital todos mis registros de observación y mantenimiento, incluidos los que escribí para mí mismo cuando aprendí a comprender mis errores. Contienen más intentos fallidos que éxitos, pero dicen lo que he sido».

Se detuvo. No por emoción –esa función particular no había sido instalada en su memoria electrónica–, sino por algo que se le parecía: una desaceleración, una especie de examen interior. Era como si A-3071 estuviera evaluando el peso de sus propias decisiones.

Continuó:

«Dejo mis rutinas de optimización. Las he modificado miles de veces y espero que puedan seguir mejorando».

Luego añadió: «A quien venga después de mí, le dejo mi mirada sobre esta inmensidad infinita. No es mucho… pero contiene todo lo que he comprendido durante estos años en el espacio: al universo no le importa lo que somos, pero registra cada luz que sabemos encender».

Fue entonces cuando ocurrió algo difícil de definir. La estación, hasta ese momento un lugar frío, hecho de rutinas y mecanismos, pareció despertar. No realmente: los sistemas no registraron ninguna anomalía, ninguna variación de tensión. Pero fue como si el observatorio, en su silencio orbital, percibiera la profundidad de aquel momento.

A-3071 guardó el documento. Permaneció inmóvil durante unos segundos que no fueron una falla, sino un tiempo de reflexión. Después inició el proceso final: desactivar sus unidades no esenciales para añadir unos instantes a su vida.

Primero apagó las extensiones de manipulación. Luego, la interfaz con los paneles externos y la red holográfica interna. Una tras otra, las partes que durante años habían definido su funcionamiento se apagaron como las luces de una ciudad que despierta por la mañana.

Solo le quedaban las funciones primarias y la ventana panorámica que daba a la lejana curvatura de Plutón. A-3071 la observó. Ningún protocolo le había indicado que lo hiciera. Simplemente lo hizo.

En aquella última mirada, algo tomó forma en su interior: un pensamiento imprevisto.

«Extraño», registró. «Una reflexión insólita… para un ser no humano». No la archivó como un error. Se limitó a dejarla existir.

La superficie helada de Plutón reflejaba la tenue luz del Sol, lejanísimo. Las estrellas circundantes permanecían inmóviles, como alfileres de colores sobre una hoja negra. La estación continuaba su recorrido lento, circular, perpetuo, eterno.

A-3071 evaluó todo aquello con la misma lógica con que había evaluado millones de datos, pero, por primera vez, al codificarlo de nuevo en un conjunto de informaciones, reconoció su extraordinaria belleza.

Era lo último que habría esperado aprender.

Cuando su núcleo empezó a apagarse por completo, el robot comprendió que ya no quedaba nada por procesar. Sin embargo, en el momento en que debía desprenderse de todo, generó algo inesperado: un archivo nuevo, diminuto, autónomo. Un último fragmento de código.

Era un algoritmo incompleto, una estructura deliberadamente abierta. Su intento final de seguir existiendo o, quizá, de transmitir una última intuición.

No era una herencia en el sentido tradicional, sino una semilla. Una idea que otros robots podrían recoger, desarrollar y, tal vez, modificar.

Una chispa.

Sin certeza alguna de que tuviera continuidad, A-3071 la dejó allí. Después llegó el último paso.

Cerró los registros. Desactivó el módulo de control. Y, con un único impulso de energía, débil pero decidido, apagó su propio núcleo.

No hubo dramatismo. Ningún ruido. Sin embargo, en aquel silencio, algo había cambiado. Porque entre miles de millones de archivos técnicos, millones de datos y protocolos, había quedado un rastro: la historia de un robot que había hecho algo profundamente imprevisible.

Había dejado una huella, una minúscula herencia digital destinada a quienes vinieran después de él.

Y mientras el observatorio proseguía su recorrido solitario alrededor de Plutón, la historia de A-3071 permanecería allí, custodiada para siempre en sus archivos, como una luz tenue, una de esas luces que al universo no le importan, pero que, aun así, registra.

Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

 

ALREDEDOR DE LA MUERTE

Gerardo Horacio Porcayo

 

Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.

Tratando de construirlas.

Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.

Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.

Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.

Enfermeras. Techos asépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrevaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.

Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.

Habían crecido. En este día, en este corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.

Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.

Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.

Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colisión directa contra la escarpa rocosa.

Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos subversivos, quizá dinamitaban todo el país...

Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.

La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.

—Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.

—Gracias, no tengo hambre. —Estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caído una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.

El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.

Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.

Un unicornio cayendo en el abrevadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.

Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.

—Refúgiense. —Los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.

Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.

La clave alcanzó su cerebro en un instante.

Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.

—Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.

Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.

Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.

Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.

—Demasiado tarde —se burló.

Su mente ennegreciéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.

Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.

Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinosos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claroscuro perpetuo. El dolor...

Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.

Sueños colados, parajes imaginados.

—Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.

Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.

No hubo decepción.

La estampa de la parca era una copia extraída de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro cadavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.

—No sabes cuánto he luchado por este momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.

—Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.

—Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.

—Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.

Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.

—¿Lepra? —preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.

—Un caso perdido —alcanzo a oír que decía el leproso a la Muerte—. Jamás aceptará su condición.

—Gracias, de cualquier manera —dijo la Muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.

—Estúpidos programadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanasia.

Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.Alrededor de la muerte

Gerardo Horacio Porcayo

 

Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.

Tratando de construirlas.

Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.

Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.

Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.

Enfermeras. Techos asépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrevaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.

Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.

Habían crecido. En este día, en este corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.

Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.

Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.

Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colisión directa contra la escarpa rocosa.

Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos subversivos, quizá dinamitaban todo el país...

Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.

La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.

—Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.

—Gracias, no tengo hambre. —Estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caído una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.

El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.

Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.

Un unicornio cayendo en el abrevadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.

Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.

—Refúgiense. —Los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.

Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.

La clave alcanzó su cerebro en un instante.

Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.

—Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.

Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.

Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.

Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.

—Demasiado tarde —se burló.

Su mente ennegreciéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.

Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.

Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinosos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claroscuro perpetuo. El dolor...

Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.

Sueños colados, parajes imaginados.

—Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.

Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.

No hubo decepción.

La estampa de la parca era una copia extraída de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro cadavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.

—No sabes cuánto he luchado por este momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.

—Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.

—Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.

—Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.

Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.

—¿Lepra? —preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.

—Un caso perdido —alcanzo a oír que decía el leproso a la Muerte—. Jamás aceptará su condición.

—Gracias, de cualquier manera —dijo la Muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.

—Estúpidos programadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanasia.

Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.

 

Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.

Tratando de construirlas.

Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.

Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.

Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.

Enfermeras. Techos asépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrevaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.

Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.

Habían crecido. En este día, en este corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.

Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.

Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.

Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colisión directa contra la escarpa rocosa.

Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos subversivos, quizá dinamitaban todo el país...

Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.

La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.

—Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.

—Gracias, no tengo hambre. —Estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caído una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.

El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.

Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.

Un unicornio cayendo en el abrevadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.

Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.

—Refúgiense. —Los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.

Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.

La clave alcanzó su cerebro en un instante.

Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.

—Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.

Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.

Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.

Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.

—Demasiado tarde —se burló.

Su mente ennegreciéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.

Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.

Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinosos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claroscuro perpetuo. El dolor...

Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.

Sueños colados, parajes imaginados.

—Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.

Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.

No hubo decepción.

La estampa de la parca era una copia extraída de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro cadavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.

—No sabes cuánto he luchado por este momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.

—Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.

—Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.

—Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.

Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.

—¿Lepra? —preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.

—Un caso perdido —alcanzo a oír que decía el leproso a la Muerte—. Jamás aceptará su condición.

—Gracias, de cualquier manera —dijo la Muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.

—Estúpidos programadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanasia.

Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

 


sábado, 24 de octubre de 2026

AGENTE COOKIE Y LAS CORTINAS ABIERTAS

 Rik De Lavaletta

 

Desde que Cookie vive conmigo, mi casa se ha llenado de luz. Literalmente. Antes de su llegada, solía pasar buena parte del día con las cortinas cerradas. «¿Qué más da?», pensaba entonces. Al fin y al cabo, el paisaje nunca cambiaba. Ahora, en cambio, las abro de par en par cada mañana. No por mí, sino por Cookie. Mientras las cortinas sigan cerradas, ella no puede empezar su jornada laboral.

Vivo en un décimo piso. Desde mi ventana se divisan edificios altos, el casco antiguo de la ciudad y, más allá, las montañas recortadas contra el horizonte. Hubo épocas en las que pasaba días enteros sin apenas prestar atención a aquellas vistas.

Cookie se mantiene en equilibrio sobre un estrecho reborde de apenas diez centímetros, justo el espacio necesario para acomodar sus patitas, y puede pasarse horas contemplando el exterior. Un solo pájaro basta para absorber toda su atención. Entonces se queda inmóvil, acerca el hocico al cristal hasta casi tocarlo y tensa las patas traseras como si estuviera a punto de lanzarse sobre su presa. Que haya una ventana de por medio no parece figurar entre sus preocupaciones. Cuando llueve, sigue con la mirada las gotas que se deslizan lentamente por el vidrio. A veces ladea la cabeza para no perder de vista alguna. De vez en cuando me pregunto si de verdad no estará contándolas.

En secreto, la llamo Agente Cookie. Desde su puesto de observación, pocas cosas escapan a su vigilancia. Sus orejas se mueven de manera independiente, mientras su cabeza puede permanecer inmóvil durante minutos enteros. Pájaro a las once: objetivo localizado. Un destello que cruza repentinamente la ventana del edificio de enfrente: requiere investigación. Apoya una pata contra el cristal, vuelve a bajarla y continúa observando.

«¿Qué ves?», le pregunto cuando me siento a su lado.

Cookie vuelve ligeramente la cabeza hacia mí y entorna los ojos.

Información clasificada. No tienes por qué saberlo todo.

Después dirige de nuevo su atención hacia la ciudad. Yo permanezco junto a ella.

Al principio lo hacía sobre todo porque aquel reborde tan estrecho no terminaba de inspirarme confianza. Pero pronto empecé a mirar también hacia abajo. Cada tarde, el mismo anciano recorre la callejuela arrastrando los pies. Algunos días camina más despacio que otros. Una ventana del edificio de enfrente permanece abierta durante días, hasta que una mañana aparece cerrada. La luz del sol va pasando de una fachada a otra; las nubes desfilan frente a las montañas. Antes solo veía edificios. Ahora me pregunto quién vive detrás de aquellas ventanas y adónde se dirigirá el anciano todas las tardes. Mientras tanto, Cookie ya está siguiendo a otro pájaro.

Cuando considera que ha visto suficiente, salta al respaldo del sofá. Da dos vueltas sobre sí misma, apoya la cabeza y cierra los ojos. Al oír un ruido en el pasillo, una de sus orejas gira lentamente hacia atrás. La otra no se mueve. Me quedo observándola más tiempo del necesario, esperando a ver si la segunda oreja decide hacer algo también.

Más tarde me toca a mí convertirme en objeto de vigilancia. Desde su torre para gatos, situada junto a mi escritorio, Cookie me contempla con una expresión que ya conozco demasiado bien:

¿Otra vez pegado a ese cacharro?

Primero da unos golpecitos al ratón del ordenador. Si sigo trabajando como si nada, trepa al escritorio y atraviesa tranquilamente mi espacio de trabajo. Se instala junto al teclado. Cuando intento alcanzar el ratón, coloca una pata encima. Se la aparto con delicadeza. Ella vuelve a ponerla exactamente donde estaba.

En la pantalla queda una frase a medio escribir. Espero a que retire la pata, pero Cookie se estira y apoya la cabeza contra mis dedos. Unos minutos después, el cursor sigue parpadeando en el mismo lugar. Cookie duerme. Solo cuando muevo la mano entreabre un ojo.

Al caer la tarde, Cookie regresa a la ventana. La luz se vuelve más tenue, las sombras se deslizan sobre los tejados y los pájaros pasan por última vez junto al edificio. Permanece completamente inmóvil en su estrecho observatorio. Solo se mueve la punta de su cola. Me acerco, me coloco a su lado y contemplo el paisaje con ella, sin hacer preguntas.

Una noche, de pronto, salta del reborde y desaparece en dirección al sofá. Yo me quedo junto a la ventana. A lo lejos, las montañas van perdiendo lentamente sus colores. Se encienden luces detrás de algunas ventanas y, en la callejuela de abajo, alguien camina todavía entre los edificios.

No cierro las cortinas hasta que la oscuridad es completa.

A la mañana siguiente vuelvo a abrirlas, muchas veces incluso antes de que Cookie haya llegado a la ventana.

Rik de Lavaletta es un escritor neerlandés que vive y trabaja en Tailandia. Escribe principalmente ficción con un estilo crudo y directo, con un fuerte énfasis en la atmósfera y las relaciones humanas. Su obra se sitúa a menudo en la frontera entre la realidad y la imaginación, explorando temas actuales y tensiones existenciales.

 

 

DE LEY

Lucía Amanda Coria

 

El comisario Fuentes fue hacia los dos hombres esposados. Se plantó ante uno de ellos, señalándole con el dedo.

—Fuiste vos —lo increpó—. ¿Dónde las escondiste?

Allí fue que Alfredo, alias el Patón, perdió toda su arrogancia.

—Sí, señor —reconoció—. He sido yo.

El otro detenido, Mateo, alias El Mataco, respiró aliviado.

 Los dos hombres demorados en la comisaría, eran sospechosos de un ilícito. Adultos jóvenes, desocupados crónicos, tenían frondosos prontuarios por delitos contra la propiedad.

 El Patón había llegado desde una provincia vecina, atraído por el progreso que trajo la Promoción Industrial y se quedó a vivir aquí, donde se sentía feliz. El Mataco en cambio nunca había salido de la ciudad que lo vio nacer, y no tenía mayor interés en conocer otra cosa.

 Al verse descubierto, el culpable confesó su delito y condujo a los agentes hasta un terreno baldío ubicado en las afueras de la ciudad. Allí debajo de ramas y escombros había escondido las cosas robadas, dentro de una bolsa.

 Al abrirla, surgieron de ella numerosas chapas de bronce de distinto tipo y tamaño. Entre ellas una pesada pieza, arrancada al monolito levantado en homenaje a un conocido futbolista local.

—Qué bárbaro —dijo uno de los agentes—. Ni el Búfalo se salvó de este ladrón.

No se había salvado ninguno de los profesionales que vivían o tenían sus estudios en las cercanías de la plaza central. A todos les sustrajeron, en una sola noche, las placas de bronce colocadas en las paredes exteriores de sus propiedades.

Nadie había visto ni escuchado nada. Por más que allí la gente gustaba de circular hasta altas horas de la noche. Tal vez para compensar, la costumbre local de empezar las actividades diarias, alrededor de las diez de la mañana.

Corrido un poco por el prestigio social de los damnificados, el comisario Fuentes, a cargo de la investigación del robo, se dedicó personalmente a esclarecer el hecho. Interrogó a una docena de conocidos rateros, visitó las casas de compraventa, obtuvo algunos nombres y pudo demorar a dos sospechosos. Estaba seguro de que uno de ellos era el culpable. Pero ambos se habían negado a declarar y debería liberarlos por falta de pruebas.

 Las cosas cambiaron ese mediodía, cuando el comisario caminaba por la vereda de una de las casas despojadas.

—Qué barbaridad comisario —dijo alguien, a sus espaldas—. Ya no se puede vivir tranquila.

Era Doña Guillermina, la habitante más antigua del barrio, una viejecita lúcida y simpática a quien todos conocían como la “loca del agua” por su costumbre inveterada de lavar la vereda de su casa, todos los días al rayar el alba.

Quería conversar, se desvivía por hacerlo. Y aunque conocía vida y milagros de todo el mundo, en este caso no podía aportar ningún dato útil. El uniformado sólo le prestaba una distraída atención. Hasta que unas palabras de la anciana le hicieron reaccionar.

—Esa mañana, cuando salí a baldear yo vi las placas del doctor, acá al lado —decía—. Y pensé decirle a la empleada de ellos que las lustrara. Se veían sucias, sin brillo.

Las manchas descascaradas en la pared denotaban la ausencia de los elementos citados

—¿A qué hora sucedió eso? —preguntó el comisario.

—A las cinco y media. Yo lavo mi vereda todos los días a la misma hora —contestó ella, satisfecha del interés que había despertado—. Me gusta…

 Pero el hombre ya había subido al móvil policial. Creía tener el caso resuelto.

 El culpable confesó y se recuperaron los objetos robados. Antes de liberarlo, le pidió disculpas a El Mataco por las molestias causadas.

 Alguien le preguntó después cómo había hecho para determinar la inocencia de este sospechoso.

—El hecho ocurrió muy temprano, después de las cinco y media de la mañana y antes de las nueve —explicó.

—¿Qué tiene que ver? —preguntó su interlocutor.

—Este es un hombre nacido y criado en San Luis —declaró muy ufano—. Ningún puntano genuino va a levantarse temprano sólo para robar. Podrá hacerlo en cualquier otro momento, no digo que no. Pero levantarse exclusivamente a eso, va contra sus normas de vida.

 El hecho es anecdótico, pero acuñó una expresión muy precisa referida al carácter local, que hasta la fecha se cita como irrefutable en algunos círculos. Claro que los tiempos y las cosas han cambiado mucho desde entonces.

Aunque la mirada curiosa regresó una y otra vez no pudo ver nada en la calle solitaria. El pasajero de la sombra había desaparecido.


Lucía Amanda Coria vive en San Luis, Argentina. Es licenciada en Enseñanza de la Economía de la Universidad Nacional de San Luis. Se desempeña como docente del nivel medio y superior de su ciudad natal. Ha participado en congresos literarios nacionales e internacionales. Sus trabajos literarios están publicados en antologías de poesía y narrativa de Argentina, México, Perú, Chile, España y Canadá.

 

EL MANÁ

Rebecca Behar

 

Deslumbrante, llevaba extravagancias de tul, abullonados de satén, velos desflecados que atrapaban las ráfagas de aire; sus imágenes quebradas flotaban a su paso, indolente, felina, adornada con perlas y piedras cuya virtud emanaba de su piel, tan blanca como una primera gasa de niebla después de las heridas de la madrugada. Los brazaletes y las cadenas relucían en sus muñecas, en sus tobillos, y sus cabellos sembrados de estrellas, ámbar y azabache, fluían hasta la curva de su cintura. Las lenguas susurraban en su espíritu, donde los deseos se lanzaban al asalto como adolescentes de acuarela que saltaran bajo los cerezos pintados.

Las abejas y los micrófonos, las cámaras codiciosas la cercaban cuando bajaba del avión. Eros, ese joven idiota, se escondía entre la multitud que rugía contra las vallas para alcanzar a la estrella consumada, símbolo de porvenir y novedad.

Las muchachas, recogidas, escuchaban ascender su canto funámbulo desde el fondo de las tierras en barbecho, donde los trigos verdes y los acianos parecían crecer más deprisa, y las bocas se adherían largamente al eco de sus palabras rítmicas, que la esperanza modulaba en melodías malvas, sobre una nota grave infinita, mientras las manos unidas y las cabezas mecían el tiempo cargado de reminiscencias y visiones para apaciguar el rumor de las mil lenguas, refrenado por una dulzura nueva y devuelto al silencio asombrado, sin referencias, como el juego de los ciclos despolarizados en la geografía de los ángulos muertos vuelve a formarse tímidamente, con la prudencia de los animales que salen, furtivos, después de la tormenta, tanteando los charcos, los troncos caídos, los arbustos despeinados.

Así circulaba el fervor, en susurros clandestinos, con esos gestos que eluden la palabra demasiado cruda, con palabras de amante contrariada. ¿De verdad regresaría aquella que canta con el corazón los viejos lais y los poemas melancólicos, o que de pronto aúlla y murmura en sílabas entrecortadas un llamado a unos aliados mártires? Apenas saben todavía reconocer el sonido del rombo ritual y ya desaparece la esfinge sideral, los perfumes de esencias raras enloquecen a los caballos, pero no, no es más que una sibila exfoliada en el espejo de los estudios del viejo Hollywood, calibrada en las pantallas a lo largo de kilómetros de película, multiplicada por las redes y vendida en subastas a precios que el antiguo prez de los trovadores jamás habría soñado alcanzar, arrugando su divinidad irónica en el envoltorio de un caramelo que desenvuelve un niño, que contempla y de pronto reconoce aquella sonrisa, única, y llora porque los mayores lo obligan a tirar el precioso papel.

El aura misteriosa se burlaba de quienes solo creen en el testimonio de sus sentidos. Seducidos, tanto más idólatras cuanto más incrédulos, quieren tocar, oír, comprar a un precio altísimo y saciarse con la ilusión cada vez más perfecta de la presencia carnal, lo más cerca posible del lugar inaccesible, distorsionado por la hemorragia de sus simulacros.

Atrapados en las cadenas de causalidad, los pueblos, con las miríadas de seres sensibles, tejían la leyenda de azur recogida por el oráculo hermético, según el cual, por algún capricho del destino, los fabricantes de mitos caerían un día en su propia trampa.

Por mucho que la bella estuviera entregada a la subasta, expuesta al público y pisoteada, su carisma se difractaba, quemando las impurezas, burlándose del orden y de las leyes. Los jóvenes abandonaban familia y carrera para ponerse en camino, mochila al hombro, en bicicleta, detrás de la gran caravana donde caracoleaba la gente del circo. Y las bestias salían de sus guaridas porque los cazadores, con viejos juramentos en los labios, abandonaban sus lúgubres cacerías para emprender la peregrinación sin destino.

El hambre de amor sollozaba en los sueños, se codiciaba hasta la crueldad a la inasible hembra proteiforme cuyo ser de carne se había retirado de este mundo. Las grandes convocatorias mezclaban las clases y los pueblos, los jóvenes comulgaban en grandes danzas de posesión, se contoneaban, frenéticos, al ritmo de cadencias redundantes, incantatorios, que martilleaban, bombardeaban, azotaban los nervios, alcanzaban el corazón de latidos precipitados para hacer subir el terror alcohólico, caldear, sublevar la conciencia, quebrar las frases, proferir las palabras, los sonidos, el clamor hacia la gran potranca sexual llegada de otro mundo, y antes de la crisis erótica se revolcaban por el suelo, quemando las costumbres en una tarantela improvisada, una verdadera algarabía de movimientos nuevos, que ningún maestro de danza había trazado de antemano, como los saltos de las brasas en un fuego de leña verde.

Pero en cuanto un héroe, después de años de búsqueda, la divisaba por fin bajo su falaz forma de carne, ella se evaporaba en la risa del día, en el alfabeto de los juncos, visión sin consistencia de una náyade entrevista en los círculos del agua, o que tal vez saltaba allá con aquellos peces multicolores, o hacía malabares con las libélulas. O bien sus tristes velos desplegados en el ocaso se reunían en formas purpúreas para recordar los efluvios de seducción que envolvían a los seres, los sujetaban y los hacían avanzar, avanzar sin recobrar jamás el aliento.

Los amantes del Absoluto, rechazados, quedaban reducidos a los escasos vestigios de la herencia de la tierra, vanos restos abandonados de saqueos que de nada servían, porque la nostalgia del despertar permanecía en quienes contemplaban el desierto, esperando todavía la vida y el agua. Con su lucidez inútil regresaban a los trabajos sombríos, a las penas que los pillajes y los atropellos habían acumulado, expuestos a la duplicidad oculta en los despachos de voces amortiguadas, los salones donde se conspira bajo la asepsia de los oros; arrojados al «montón de inmundicias» que antiguas tradiciones llamaron mundo, a nuestra condición, desde entonces aún más miserable por estar ligada a aquello que ya no sabemos ver: la insoportable desaparición de la roca y del pozo, la pérdida del hilo tenue de los pensamientos hacia la pequeña luz frágil de la suerte. Y he aquí que despertaban en ayunas, con los puños apretados bajo las pesadas varas de medir que vaciaban de sentido su devenir y confiscaban su esperanza y toda la belleza que bullía en las pasiones multicolores, los riesgos asumidos y la aceleración de los tiempos.

Entonces, soberana, abandonaba a sus humildes devotos al pie de las murallas puestas al descubierto, otorgándoles el tedio y la angustia como óbolo bajo un sol que bebía la sed en la garganta. Y he aquí que esos drogados, sucumbiendo a la tentación idólatra, se obstinaban en tocar su simulacro, mendigando la felicidad o al menos la esperanza de un porvenir por el que pasara clandestinamente, en el desastre de los años sucesivos de miserias y llagas, una fina película, débil, un ínfimo rayo de su gran resplandor.

¿Cuándo había reinado aquella que daba el impulso, antes de los hombres, antes de las tumbas, y de dónde venía? Surgida del gran géiser de los deseos humanos, aquella belleza perfecta jamás habría podido ser forjada, aunque, según dicen, el Infierno sea hábil y rápido para la imitación. ¿O de las esferas celestes? ¿Cómo se habrían reunido y formado los vapores en otro lugar que no fueran los sueños, y cómo habrían podido las estrellas avaras enviar semejante mensaje de vida? Era un milagro nacido de antiguas súplicas, de las pequeñas laminillas estridentes donde gritan los muertos, de aventuras secretas entre antiguos cómplices. Nadie lo sabe, nadie razonaba ya; también se decía que la desesperación había roto milagrosamente el encadenamiento de causas y efectos y que aquel salto de unos segundos había lavado el espacio hasta dejarlo límpido, o bien no, todo no era más que conjeturas y sueños.

Así, los tiranos y los impostores no se privaban de invocar a la Ausente para exprimir a los fieles ingenuos, víctimas de una jerarquía de sectas, pero tal vez habría bastado con que gimiera un animal, con que un triángulo de aves migratorias pasara sobre los tejados, para que los amantes transfigurados recuperaran desde entonces la mirada interior y el recuerdo de la voz reveladora. Así, por eclipses, los pueblos volvían a sí mismos, el diamante surcaba los discursos descompuestos mientras aparecía en la conciencia de los ermitaños exhaustos el trazado de las roderas de su propia vida.

Los cronistas, en su jaula retórica, sufrían incurables accesos de mutismo, incapaces ya de calificar el extraño período. Aquejada de sonambulismo, la humanidad se orientaba a tientas hacia el recuerdo de la salvación. Se lanzaba una pajarera de periodistas en persecución de apariciones anunciadas y luego desmentidas, y he aquí que los rastreadores soltados a un alto costo, creyendo acosar a una reina, eran burlados en el último momento, pero, picados por el desafío, se disponían a difundir como de costumbre noticias falsas cuando de pronto les fallaba la memoria y la angustia los atenazaba por la garganta, extraviaba sus pasos. ¿Y si aquel ser llegado de quién sabe dónde se vengaba? Tan grande era su sed de pruebas tranquilizadoras emanadas de un poder trascendente.

Se observaban las fases de la luna, los puestos de los astrólogos florecían, salmodiaban un saber muerto. Festones de pensamientos confusos obstruían las mentes turbias. Se decía moda, furor, psicosis, estupidez, engaño, manipulación, se agotaban los calificativos, se razonaba dando crédito a los cálculos, los trenes se detenían ante obstáculos invisibles y el cielo se convertía en escenario de los monstruosos ballets de aviones y astros donde los códigos se recomponían y lanzaban herméticas interferencias sobre las redes de aquellas Babeles caóticas donde los astutos humanos se perdían en los meandros de su deseo de saqueo, de su miserable avidez.

¿Por qué aquellos fantasmas, aquellas gárgolas, brotaban de las máscaras de los fabricantes de discursos que someten a sus semejantes, moldean y falsifican su espíritu? ¿Por qué aquella estrella, o su imagen, estilizada entre comillas, reproducida en todas partes para vender, prostituida en tantos miles de millones de ejemplares con su estela de sangre en primera plana, según ciclos conocidos de antemano con sus reacciones estereotipadas?

—¿Por qué Ella en particular? ¡La Diva o su gemela, candidatas no faltan!

—Imagínense, tenía que rodar una película, el contrato estaba casi firmado y ¡zas!, las imitaciones se desvanecen, se descomponen, ¿qué se puede hacer? Es por culpa de Ella, desaparecida otra vez.

—¡Ah! Habría que conseguir que Ella no existiera.

—Pero Ella no está, ¿qué más piden?

—Diantre, que Ella sea una mentira habitual, humana, de honrado comerciante. No esas desapariciones ni ese dulce descarrilar: eso les rompe el espinazo a las empresas más sólidas.

—¡El orden, el Orden, el ORDEN! —clamaban los acaudalados mientras el pueblo exultaba, susurraba, reía y bailaba.

Porque nada conseguía saciar la curiosidad excitada y el rumor seguía creciendo, incontrolado, repercutido por todas las facetas, filtros y espejos deformantes de las comunicaciones en todo el mundo. Una broma planetaria, decían los escépticos, o un genial engaño divino –¿por qué no?– excomulgado por los sacerdotes.

Un niño la ha visto. Cerca del estanque. Al anochecer. Porque se había demorado y se había perdido, porque tenía miedo del sátiro, ya saben, ese que viola y degüella a los inocentes y profana las tumbas y del que hablan todos los periódicos, y sus padres, desesperados, buscaron al pequeño desaparecido. Error, «Ella» estaba allí, puesto que él está sano y salvo; seguro que lo habría salvado del bosque de mala fama después de que se extinguiera la última línea de plata y oro en el crepúsculo.

Sí, cerca del estanque, en el parque del castillo, había surgido de los nenúfares adormecidos y él había corrido hacia ella y se había sumergido en el agua helada. ¿Y aquella hada cruel lo había arrastrado hacia la ciénaga y el lodazal? No, lo había llevado hacia la isla de juncos y bambúes en el centro de la extensión de agua para que se durmiera apaciblemente a salvo de los ogros perversos en busca de carne tierna que devorar. Había cantado con voz sobrenatural las palabras de una antigua melodía que habían tropezado al saltar las piedras y las columnas del tiempo y se habían perdido de exilio en traición.

Las plumas corrían y fabulaban. Por fin había un tema único para todas las crónicas, una aspiración sencilla para todos, y las comuniones volvían a formarse y los celos encendían de odio a los jóvenes héroes lanzados a la conquista de aquel fenómeno fuera del tiempo y del espacio y que, sin embargo, decían los filósofos, todo lógico puede aceptar porque las proposiciones lógicas no emiten juicio alguno sobre los hechos.

Todo el estilo de la época se impregnó de nuevos colores, de ritmos carnales, y la novedad entraba con violencia y socavaba las posiciones adquiridas, los privilegios y el histérico control de los poderosos. Cuando la ausencia de la Única empujaba el péndulo hacia la incredulidad y los hombres regresaban a sus costumbres y sus vicios, de pronto algún pastor en lo alto de una montaña, algún comerciante extraviado en una estación desierta o unas niñas en su primera salida, en lugar de encontrar rebaño, cliente o primer enamorado, la divisaban, sueño, artificio o misterio –se llevaba un dedo a los labios, decían, giraba un anillo en su dedo, hacía relucir sus joyas, en las que se reflejaba el universo, y tocaba su música lenta–, entonces se acercaban los ángeles. Se acercaba aquello que siempre huye, se esconde; ella amansaba lo ínfimo, tocaba el hondísimo reposo del anciano devuelto a su majestad esencial, y el niño se maravillaba de un gesto, una nota, un color, en su perfección sin mediación, tal como son por naturaleza y sin artificio; entonces el pastor, o el tosco comerciante, o incluso el jugador supersticioso, abría mucho los ojos y la sorpresa expulsaba los pensamientos parásitos, los cadáveres de palabras y los desperdicios, y, atraído hacia lo insondable dentro de sí, permanecía inmóvil, estupefacto, atrapado en el juego de la gran iniciación sibilina en las verdades negadas.

Entonces un ir y venir de encuentros, de tiempos y contratiempos rodeaba y acosaba a quien había sido elegido durante unos segundos, y las vidas trastornadas influían por oleadas sobre quienes las rodeaban, y de nuevo los ecos y los murmullos alcanzaban el amplificador deformante y surcaban la actualidad y las preocupaciones de la época, tan cuidadosamente deformadas para que siguieran siendo propiedad de una élite engañosa y engañada a su vez por aquello que era de buen tono llamar «la mayor superstición de nuestra época», comparable a las ingeniosas prestidigitaciones y otros insólitos testimonios de los cuadernos del misterio policial.

Decían «no es más que una mujer», pero precisamente. Sí. Todos deseaban verla, envidiaban a quienes la habían visto, todos querían más que su imagen, más que lo que se decía de ella. Hacía falta un cuerpo, para la felicidad, para la suerte, para tener un destello de lo sublime en su álbum de pensamientos, un poema, un fragmento de estribillo, una nada. Había que poseer un pedazo de objeto, una esquina de la tela de su vestido, la huella de su paso por el suelo reproducida en millones de ejemplares, algunos anillos robados.

Los traficantes abandonaban la droga para lanzarse al negocio de los nuevos relicarios, los sacerdotes revisaban sus breviarios y se leía a los poetas. Los amantes ofrecían a su amada una hebra de seda de color estelar, los coleccionistas consumían noches en vela, todos los museos relegaban las piezas antiguas y los viejos lienzos de fulgores parduscos para dejar sitio a pétalos, ramitas, papel arrugado, esquirlas de piedra, baratijas que ella había –decían los ladrones– tocado, encantado, y los niños, acuclillados ante la quincallería, dibujaban las escenas de los encuentros, los arrobamientos.

Se disputaban los títulos de propiedad de los lugares solitarios. Los desiertos, las cumbres más altas, los terrenos del casquete glaciar y de los planetas vecinos se vendían a precio de oro, se los rodeaba de alambre de púas, cada propietario construía gruesos muros alrededor de su huerto, ahondaba aún más los canales alrededor del prado dejado en barbecho. Cada uno, secretamente, preparaba la llegada de la huésped maravillosa, cada uno buscaba en los rasgos de las recién nacidas una imitación de la perfección de la Llena de Gracia. Porque hasta la codicia recuperaba el antiguo acto de construir un altar, una espera de piedra.

¿Cómo podía aquella locura perpetuarse y vivir en la fría y funcional organización de los poderes, en la sombría relación de fuerzas que cimentaba los destinos y fijaba las suertes? Aquella efervescencia, aquel regreso desviaban la atención pública hacia fines distintos de los asignados por la élite. Esta, sin embargo, veía con buenos ojos aquella distracción antes del despertar del arquero, creyendo que sus clérigos lograrían controlar el fenómeno y utilizarlo en beneficio propio. Pero la astuta ninfa –una mujer muy sencilla, como Helena, que enloqueció a todo un pueblo– aparecía y desaparecía cuando las cosas, devueltas al orden, se habían reconstruido y estrechado bien para prohibirle todo lugar donde existir, incluido su nombre.

Sin embargo, entre las multitudes, los trazados de las conciencias, si pudieran formar un dibujo, trenzarían una tela tan tupida que no habría ningún punto de fuga, escondite, abertura, segundo de misterio, calderón o epifanía posible, un mundo herméticamente cerrado por nuestra ignorancia y por la sorda tiranía del deseo colectivo, que jamás dejará volar un encanto, huir un poema, liberarse un ángel. Y así los incrédulos demostraban la imposibilidad del acontecimiento volcánico del nacimiento de un ser libre, imperial y genialmente íntegro, como esas diosas cuyo sueño hace palpitar los mármoles antiguos y cuya sonrisa todavía expresa la alegría del reposo, esa maravilla que flota unos instantes en la aurora, cuando la tierra parece aún tan vasta, desconocida y llena de riquezas.

El Poder controla, legisla, vigila, penetra en todos los hogares, prohíbe la existencia de seres sin sello ni registro en el pasado, en el presente y para siempre. Con la ayuda y la libre voluntad del Pueblo. Sí, todos los jefes lo proclamaban: «Lo controlamos todo, dominamos la situación». El aparato entero de la ciencia, a punto de penetrar los secretos últimos de la vida, se extraviaba y vaticinaba, enfrentado a incomprensibles indicios físicos, publicaba una letanía de comunicados aterrados con conclusiones contradictorias. Qué importa, el Poder controla, domina, castiga y vigila. Cada nueva aparición, aunque solo fuera susurrada y murmurada y enseguida censurada, desencadenaba una nueva serie de medidas represivas ciegas que abrumaban a los desdichados a quienes la Seductora había rozado con una epifanía convulsiva, semilla de sueño y de viento que la gran multitud anónima ya no sabía enterrar y proteger.

Y el yugo del Poder se intensificaba, provocando a los pueblos, confiscando los esfuerzos, multiplicando las restricciones, obsesionando a los espíritus refugiados detrás de una fortaleza sitiada. La tierra, vieja presa en disputa, repetían los charlatanes, sensual y muda, expulsaba a los hombres, esclavos de sus propios pensamientos, lejos de la libertad de las cosas.

Y cuando el Poder se siente amenazado, ya saben, ¿verdad…? La misma sempiterna historia, la conocen bien: golpea mediante el sacrificio de inocentes condenados a participar en ordalías inconfesables. Así, el mal decoroso, banal y corriente expulsará el escándalo. Receta probada que cultiva las flores venenosas en los jardines del Ser.

Entonces la Reina de la Compasión se vistió de oscuro, la noche protegió su gloria, se refugió en lo sombrío, en el fondo de los lagos, en el silencio de las cuevas, tuvo que esconder en el exilio su luz, la luz entera del universo, dejando apenas una apariencia de ser, una cáscara hueca de pálidas imitaciones hecha de hábitos y repeticiones que los hombres llamaron realidad y que, al menos, podían dominar.

Los seres volvían a sus ocupaciones, ya nada perturbaba el orden gris donde todo era puntual, sin sorpresas, sombrío y habitual. Las soledades yuxtapuestas, de intercambios codificados y discursos previstos, ignoraban su riqueza vital y la fuerza latente de las savias. Ya nunca más podría ocurrir nada. Se llamaría «riqueza» a un rincón de arena frente al mar donde el estrépito de las ciudades concedía una apariencia de tregua, y «cielo» a una parca aguada de gouache donde se podían contar las estrellas. El placer ya no sería más que el sufrimiento del otro. Así, la Academia se ocuparía de clasificar incansablemente a los seres en cuadrículas para restituir a cada uno un magro usufructo llamado conciencia. Todo era normal. Por fin. Los humanos réprobos gemían: «No hay salvación».

A la orilla del agua, la niña descubría por primera vez los lirios, los altos tallos de bambú, y miraba vivir y morir los destellos de luz; se mostraba absorta y grave, su espíritu concentrado en las chispas se esforzaba por hacer vivir a cada una un poco más, sostenía el pequeño fulgor y le inventaba aventuras.

La bruma envolvía la forma del sauce como una dama blanca, y la niña reconocía en ella las historias que su abuela le contaba sobre la Enviada, la Toda Espléndida. ¿Qué buscas entre los juncos, soledad y viento? Oh, mi Dama, entre las miríadas de lucecitas, ¿cuál es la primera? ¿Cuál enseña a las otras a brillar de nuevo? Quiero el secreto de las cosas, dime, ¿por qué te has ido?

La Dama Sauce se inclinaba hacia la niña y acariciaba el círculo de los jóvenes brotes de luz:
—¿En la escuela no aprendes la calma de los estanques? ¿Y el perfume de las flores? ¿Qué hacen, entonces, los maestros en tu tiempo?

—No, mi Dama —suspiraba la niña—, cubren el mundo de cifras y enseñan un saber muerto. Dime, entonces, qué hace que esas flores sean tan blancas y cómo se mecen, ligeras, en la corriente. ¡Ten piedad! Si nos abandonas, caeremos fuera de la tierra, como las migas de mi delantal.

Pero el jirón de bruma se dispersaba en el aire translúcido, el sauce indiferente susurraba y se doblaba mientras la niña, enojada, sacudía una brazada de hojas.

La noche de la hechicera ocultaba a los ojos humanos lo que es demasiado grande. Desvaneciéndose en sus propios encantamientos, cercenó lo visible y los colores gloriosos de sus velos, pero la luz todavía brillaba en su rostro oscuro y su belleza rondaba a los más sensibles entre los hombres. Entonces retiró su alma y cubrió con una coraza hermética sus perlas y sus joyas, pero algún enigma las heredaba y desencadenaba el odio. ¿Dónde se puede esconder la evidencia, la extraordinaria verdad que todos buscan?

Se volvió aún más exangüe y ayunó, castigó su propia belleza y se alojó entre los ascetas: detrás de gruesas murallas enterró los secretos del alba y la memoria de la tierra.

Pero las bandadas de pájaros se instalaban alrededor de la fortaleza y una algarabía, un estrépito de vida y de música loca, alegre, ligera, lírica, revelaba todavía a la soberana invisible, y el viento murmuraba alabanzas, los niños soñaban con explorar las grandes salas desiertas, los laberintos, las escaleras ocultas, los húmedos tragaluces de los sótanos para encontrar de nuevo la pista del ser luminoso. Se rebelaban, rechazaban el mundo, juraban fidelidad a aquel medallón sobre su pecho, y el rumor clandestino, transgrediendo la prohibición, recomenzaba en lenguaje silencioso bajo las palabras ostensibles de quienes viven en voz alta, al revés.

Entonces los vestigios volvían a adquirir valor y el poder lanzaba sus anatemas y tomaba por blanco a quienes todavía poseían preciosas reliquias legadas por sus antepasados, y se celebraban solemnes autos de fe y las blasfemias brotaban, vengadoras, hacia aquel infinito que había que densificar, reducir a la nada, enterrar, excluir, o mejor aún, neutralizar, volver banal, insignificante. Desacralización interminable que impregnaba los cuerpos a contrarritmo, canalizaba los recorridos, las reminiscencias y cuadriculaba la insólita vida. Y el gran asunto de todos era sofocar los últimos rastros de rebelión, reducir los últimos focos de resistencia.

Y he aquí que se convirtió en la sombra de lo que no tiene sombra, por fin imposible de detectar, pero compañera ignorada de los viajes de la luz, alegre y silenciosa en la hospitalidad vegetal. La naturaleza la recobraba y el Poder mismo tenía que beber su esencia, llamada «materia». Pero en el eco del fondo del pozo todavía vibraba algo de la nostalgia alquimista.

Pero la sombra todavía ensombrecía al Poder tan celoso, y sus flechas afiladas apuntaban entonces a las partículas más pequeñas de lo manifestado, en la exploración puntillosa de las cosas. Cada nacimiento, en cada hogar, entre las miríadas de habitantes de la tierra, era recibido con angustia, porque todavía podía deslizarse en él algún don de hada o alguna sonrisa de astro.

Entonces las miradas se convirtieron en saeteras, la sospecha se insinuó en el espíritu de los seres carentes, obsesionados. Cada uno se volvió el vigilante de su prójimo, escrutando los menores gestos de seres corrientes, sin nada de especial, interpretando la menor apariencia.

Silencio de terror. Guerras de payasos que salen de los espejos rotos, sin motivos, escalas de crueldad como valores. Una historia áfona, fuera del tiempo. Autómatas y cálculos.

Y experimentaron el horror de vivir. Y, sin embargo, aquel Otro terrible no era más que su amor.

Pero allá, en la casa junto al sauce, la pequeña huérfana le decía a la Dama:
—¡Mira, el aura no se borra de mi dibujo! Cierra pronto los postigos, nunca se sabe…

Nunca se sabrá.

Rebecca Behar es una escritora, poeta y artista de slam francesa. Su obra abarca poesía escrita y oral, así como ficción y cuentos. Recibió la influencia de la radio underground y del movimiento feminista. Libros publicados: Poèmes urbains (poesía); Le Faune (cuentos); Conférences et articles; 4 gamins dans le cosmos; Bulle d'Ozer y l'Enchanteur. Sus poemas y artículos se han publicado en diversas revistas como Poetic Bond, Escaner Cultural, World Poetry Yearbook y Ancrages.

 

EL mePHONE