viernes, 29 de mayo de 2026

LA NOVIA DE CHOCOLATE

Goran Ćurčić

 

Era una de las más hermosas de su generación, pero demasiado seria y estricta. Sí, era arrogante y pagada de sí misma. ¡Furiosa! Con los muchachos fingía ser intocable y miraba a todos sus amigos desde arriba. En realidad, ni siquiera tenía verdaderos amigos. Se llamaba Marija, pero odiaba que la llamaran así. Exigía que la llamaran Mari. Era atractiva; hacía ya tres años que practicaba vóley. Sin embargo, aquello por lo que más llamaba la atención era su rostro. Tenía el mentón apenas prominente, labios proporcionados detrás de los cuales se escondían dientes perfectamente blancos. Ojos marrones inquietos y una frente apenas unos milímetros más alta de lo habitual, que casi siempre cubría con un flequillo castaño. Era la mejor alumna del segundo año de secundaria, cuando recién comenzó a salir seriamente por las noches. Entonces Zoran reparó en ella. Era amigo de Milica, la hermana mayor de Mari.

No tenía la mejor relación con su hermana. Milica era su opuesto total: morena, de cabello largo y lacio, a menudo con mechones rojos. No ocultaba su frente alta y, a diferencia de Mari, se vestía de manera sencilla, con jeans y camisetas con nombres de bandas musicales. Zoran asistía como invitado al cumpleaños número diecinueve de Milica cuando advirtió la presencia de Marija. La hermana mayor comprendió enseguida que su amigo había quedado prendado de su aburrida y perfecta hermanita. Los presentó.

Desde entonces, Zoran comenzó a aparecer de distintos modos cerca de Marija. Se hicieron amigos, aunque él esperaba mucho más de aquella amistad. Ella se relacionaba con él por conveniencia. La ayudaba con las tareas de matemática y química, materias que ella odiaba a pesar de sus buenas notas. No podía permitir que alguien de su curso fuera mejor que ella. Zoran le explicaba fórmulas tediosas, la ayudaba con ejercicios y exámenes, le enseñaba trigonometría y programación. También lo llamaba para ir a la ciudad cuando sus amigas no podían salir. A veces incluso le pedía que la acompañara a casa después de salir de noche. Él le hacía cumplidos, ante los cuales ella soltaba risitas. Le regalaba pequeñas cosas, la invitaba con helados y bebidas. Ella aceptaba todo, pero cuando él intentaba besarla o abrazarla, siempre lo apartaba con brusquedad.

Poco después, cuando Zoran ingresó en la universidad de una gran ciudad, regresaba regularmente los fines de semana para verla.

Al comenzar el segundo año de facultad tuvo cada vez más obligaciones, así que pudo volver menos a su ciudad natal. Pasaron tres fines de semana sin que regresara. Se acercaba el veintiuno de noviembre, su vigésimo cumpleaños. Lo esperaba con ansiedad. Confiaba en que ella asistiría. Siguiendo el consejo de su compañero de habitación, se preparó para hablar seriamente con ella durante la fiesta, pasara lo que pasara.

Organizó una celebración en un café local. Invitó a mucha gente. Tres días antes habló con ella y Mari le dijo que iría. La esperó impaciente. Sin embargo, la fiesta avanzaba y ella no aparecía. Poco antes de medianoche llegó Milica. Él le preguntó dónde estaba su hermana. Milica le explicó que Mari había comenzado a salir con Boris, el capitán del equipo local de básquetbol, y que esa noche había ido a ver uno de sus partidos en una ciudad vecina.

Aquella noche consiguió contenerse para no llorar ni emborracharse.

Después de eso casi dejó de volver a casa. Muy pronto desapareció por completo de la vida de Marija. Ya ni siquiera hablaba con Milica.

Pasaron los años.

Mari olvidó a Zoran, y todavía más rápido a Boris. Ingresó en la universidad, donde siguió siendo la mejor. Estudiaba y trabajaba con empeño. Debido a las obligaciones académicas ya no podía practicar vóley, pero utilizaba su tiempo libre para ejercitarse, correr y mantener su cuerpo saludable. Acumulaba éxitos, diplomas, becas y premios. Con todas las recomendaciones que obtuvo en la universidad consiguió fácilmente empleo en el departamento de recursos humanos de una gran corporación.

Su carrera progresaba: reuniones, seminarios, consejos directivos. Defendía los intereses de la empresa, y esos intereses a menudo perjudicaban a los trabajadores. No tenía piedad cuando repartía despidos. Era capaz de echar a toda una línea de producción si durante algunos días no cumplían la cuota prevista. Cada vez la convocaban más a reuniones de la cúpula de la corporación.

También conoció al propietario, un viejo zorro astuto que había amasado una enorme fortuna en tiempos de crisis y que ahora dirigía, como un respetable empresario, una de las compañías más grandes del país y, podría decirse, de toda la región. Con sus posturas frías y muchas veces crueles, Mari llamó rápidamente la atención de aquel antiguo contrabandista de combustible convertido en el hombre con más capital líquido del país. Se convirtió en la máxima responsable de todo el departamento de recursos humanos de la compañía.

Tan exitosa era en su carrera profesional como en rechazar pretendientes. Incluido el propio dueño de la empresa. Sabía defenderse. Probablemente resultara decisivo el hecho de que el viejo embaucador obtenía más beneficios de ella como empleada que los placeres que podría haber obtenido de su joven cuerpo; por eso, después de algunos cumplidos ambiguos, él mismo se retiraba de aquel juego.

Por otro lado, Mari casi no tenía vida social. Unas pocas conocidas con las que se veía apenas lo suficiente como para tener ante quién presumir de sus éxitos. Hombres sí hubo algunos: empresarios exitosos, deportistas, actores, un político, pero ninguno logró permanecer mucho tiempo en su vida.

Un día, mientras revisaba documentación recién llegada, su asistente le entregó un sobre recargadamente decorado con el logo de la corporación. Dentro había una invitación escrita con letras barrocas para una cena de gala por el aniversario de la compañía. En el folleto adjunto figuraba también la distribución de las mesas. Su lugar estaba en la mesa central, reservada para el propietario, su familia y algunas personas de máxima confianza.

Como no tenía a quién más recurrir, llamó a su hermana para que la ayudara a prepararse para la velada. Eligieron un vestido rojo carmín, bastante discreto por delante, pero profundamente escotado en la espalda. Los zapatos abiertos color piel casi se confundían con sus pies, y las joyas plateadas eran extremadamente discretas y elegantes. La peluquera le arregló el cabello el día de la celebración, y las uñas de manos y pies las pintó con un esmalte rojo intenso del mismo color que el vestido, con apenas un borde negro casi imperceptible. Se puso un perfume seductor y carísimo de orquídeas nocturnas con una leve nota de lavanda.

Llegó sin acompañante.

La esperaba un asiento en la mesa principal, en el centro de la parte elevada del salón. Frente a ella se sentaba el dueño de la compañía junto a su nueva esposa, veinte años más joven. En la mesa también estaban tres directores de los sectores más importantes de la corporación con sus esposas, el contador familiar y empresarial, el abogado de la firma y el director financiero con sus acompañantes.

La velada avanzaba en un ambiente agradable. Las bebidas eran las más caras y la comida excelente y abundante. El dueño llevaba la voz cantante y los demás intervenían cortésmente en el diálogo con él.

Mientras hablaba, Mari observaba su mano, adornada con un enorme reloj de oro, junto al cual comenzaban a aparecer manchas de vejez. Con aquella mano tocaba demasiado a menudo y demasiado abiertamente a su joven esposa.

Rara vez bebía alcohol, pero esa noche el propietario insistió en que todos brindaran. El champán era realmente excelente. Después sirvieron la torta. Deliciosa, con abundantes nueces y chocolate, seducía ya con su apariencia, y más aún con su sabor.

Cuando tomó el tercer bocado, algo crujió con fuerza en su boca.

Al principio solo oyó el sonido y luego sintió algo duro, como un grano de arroz, rodando entre sus dientes. Pasó la lengua por ellos. Tocó una superficie afilada como un cuchillo allí donde antes había habido un diente blanco e intacto. Se había roto. Las nueces de la torta no habían sido limpiadas correctamente. Al pastelero se le había escapado un trozo de cáscara.

Se asustó, no tanto por tener que ir al dentista como por cómo iba a sonreír ahora. Esperó el momento adecuado para ir al baño. Sonrió ante el espejo y vio el desastre: en el incisivo superior derecho faltaba un pedazo considerable. El resto del diente sobresalía como una estalactita rota.

Tendría que arreglar aquello cuanto antes. No sonreiría en el resto de la cena.

Apenas salió del restaurante llamó a su asistente para que le consiguiera cita con un dentista a la mañana siguiente. No le importó que se acercara la medianoche y que quizás su secretaria ya estuviera en la cama… Nunca sabía ahorrarles exigencias a los demás.

Furiosa, cometió un error en el departamento. En vez de no tocar nada, tomó el cepillo de dientes, le puso pasta y comenzó a cepillarse los dientes con energía. Como si así fuera a volver a crecer la parte rota. Pasó varias veces la punta del cepillo sobre el diente quebrado y entonces sintió de pronto un dolor intensísimo, casi insoportable. Como si alguien le hubiera clavado una aguja de acero a través del diente y la mandíbula hasta el cerebro. Una cerda del cepillo había encontrado camino hasta el nervio. Retiró la mano de golpe, pero el dolor no disminuyó. Sintió en la boca el sabor metálico de su propia sangre. Escupió y sobre el lavabo se extendió una mezcla roja de sangre y saliva. Tomó un sorbo de agua tibia, pero eso solo empeoró las cosas. Cuando el calor tocó el diente abierto, el dolor se volvió todavía más intenso. Le parecía que se extendía por toda la mandíbula e incluso el paladar. Abrió el grifo del agua fría y eso ayudó un poco. Mientras mantuviera agua fría en la boca, el dolor disminuía.

En su botiquín encontró analgésicos. Tomó una dosis doble. Aun así, pasaron más de cuarenta minutos antes de que el medicamento comenzara a hacer efecto; hasta entonces sostuvo agua fría en la boca. Sacó un cubo de hielo del refrigerador y se hizo una compresa fría. Ya comenzaba a amanecer cuando logró dormirse.

El dolor la despertó antes de que sonara la alarma. Volvió a llamar de inmediato a su secretaria. Tenía turno en una nueva clínica odontológica llamada “Zora”.

El taxi la llevó hasta un edificio de tres pisos recién construido, cerca de la sede de su empresa. Sobre las grandes puertas de vidrio podía leerse: CENTRO DE MEDICINA DENTAL ZO RA, y debajo del logotipo solar aparecía un letrero más pequeño: propietario, Prof. Dr. Especialista… Zoran Radić.

El nombre le resultó conocido, pero no recordó a su amigo y pretendiente de los tiempos de secundaria.

Él, sin embargo, jamás la había olvidado.

La esperaba en la recepción de la clínica.

—¡Mari! —extendió la mano con alegría y sinceridad.

—¿Zoran…? —dijo ella sorprendida al reconocerlo—. ¿Qué haces aquí?

—Regresé de Estados Unidos y abrí esta clínica —respondió sonriendo.

—¿Una clínica? ¡Pero esto es prácticamente un hospital! —dijo mientras su mirada recorría el amplio vestíbulo y la escalera de mármol.

—No es nada —sonrió Zoran y la condujo al consultorio—. Yo mismo voy a revisarte…

Mientras le mostraba dónde sentarse, ella le contó cómo se había roto el diente la noche anterior.

Abrió la boca y sintió el leve contacto de los dedos de él sobre sus labios. Con la punta del índice recorrió suavemente su labio inferior. Sería deshonesta si dijera que aquel contacto no le provocó un agradable escalofrío en la espalda, aunque también estaba segura de que semejante gesto no formaba parte de un procedimiento odontológico habitual.

Ya estaba preparándose para protestar, incluso para marcharse, cuando su mirada cayó sobre la mano de Zoran. Sobre ella brillaba un enorme reloj de oro. Recordó que había visto uno idéntico la noche anterior en la muñeca del dueño de su empresa. Recorrió con la vista el consultorio, impecablemente limpio y nuevo. El mobiliario era perfecto, las pinturas y la decoración de gran refinamiento artístico, y el equipamiento de última generación.

Decidió no protestar. Es más: quiso sonreír, aunque no era fácil con los dedos de Zoran y varios instrumentos dentales dentro de su boca.

Zoran sabía que podía reparar aquel diente en unos pocos minutos. Pero ahora que la tenía frente a él, decidió que no iba a perderla otra vez tan fácilmente.

Tomó la sonda y comenzó a limpiar el borde quebrado. Le advirtió que dolería un poco y aumentó deliberadamente la velocidad de la fresa. Con una presión más intensa le provocó un dolor adicional, y aunque ella mostraba incomodidad, él le pidió que resistiera un momento más, tras lo cual apartó el instrumento.

—¿Ves? No fue tan terrible —sonrió—. Ahora pondremos una medicación en el diente, lo cerraremos y dentro de dos días limpiaremos y modelaremos todo. Nadie notará que estuvo roto.

Podía haber terminado el trabajo de inmediato, pero quería verla otra vez.

Le tocó suavemente el mentón y le dijo que se relajara, porque la próxima vez no dolería nada.

Pasó dos días inmersa en sus obligaciones laborales, pero cada vez que recorría el diente con la lengua pensaba en Zoran. Encargó a su secretaria averiguar todo sobre él, sobre todo de dónde había sacado el dinero para abrir por sí solo semejante clínica.

Descubrió que Zoran había partido a Estados Unidos inmediatamente después de graduarse y que allí se había convertido rápidamente en uno de los principales cirujanos dentales. Trabajó en el equipo del célebre cirujano plástico Martin Key y casi se transformó en su mano derecha. Sin embargo, algo lo arrastraba de regreso a su tierra natal, por lo que abandonó de improviso el sueño americano y regresó.

Tenía turno a las siete de la tarde y pasó todo el día pensando qué ponerse. Finalmente eligió un vestido ligero y colorido, con un pronunciado escote sobre el que roció aquel costoso perfume floral.

Tal como él había prometido, esta intervención resultó indolora. Volvió a tocarle los labios con la punta del dedo, de aquella manera suave. Esta vez ella se abandonó a ese contacto; incluso deseó que se repitiera. Lo observó todo el tiempo mientras trabajaba dentro de su boca. Sentía su mirada como si la acariciara. Sabía cada vez que él miraba hacia sus pechos o hacia sus ojos.

Al final, cuando retiró los instrumentos, le dijo que abriera un poco más la boca y entonces apoyó delicadamente el dedo medio sobre su lengua, muy adentro, deslizando lentamente la yema hasta la punta. Dijo que había encontrado un pequeño resto de empaste, aunque ambos sabían que mentía.

Ella sintió aquel contacto con todo su ser. Por extraño y retorcido que fuera, aquel gesto despertó en ella otros instintos.

Se levantó de la silla ligeramente conmocionada, mientras él se quitaba la bata blanca.

—Puedes comer enseguida. De hecho, para asegurarme de que todo quedó bien ajustado, voy a llevarte a cenar.

Ella no tuvo ninguna objeción.

La sorpresa llegó después: la llevó exactamente al mismo restaurante donde su empresa había celebrado el aniversario. Cenaron en un reservado discreto y, de postre, él pidió la misma torta con la que se había roto el diente. Le aseguró que, aunque ahora encontrara un trozo de cáscara, eso no supondría ningún problema para el nuevo empaste.

Así comenzaron a verse.

Tres meses después, ella trasladó su cepillo de dientes al departamento de Zoran.

Poco a poco, primero en broma y luego cada vez más en serio, comenzaron a hablar de boda. Marija quería una celebración de la que hablara toda la ciudad. Todo tenía que ser perfecto. Un restaurante fuera de la ciudad, con vistas al lago. Comida de todo el mundo, tres tipos de música para todos los invitados, vinos de las bodegas francesas más exclusivas, whisky irlandés, café de Brasil. Había decidido no ahorrar en nada.

Zoran estaba satisfecho. Tenía a la mujer con la que había soñado desde los días de escuela, y sus exigencias, a menudo irracionales, no le molestaban en absoluto.

Unos días antes de la boda programada, tuvo que viajar a Londres para dar una serie de conferencias. Regresaría la noche anterior al casamiento. Quedaron en que ella se ocuparía de todo. Después de todo, siempre tenía la última palabra en los preparativos.

Era el primer fin de semana desde que estaban juntos que pasaría sin él. Y por mucho que siempre hubiera corrido detrás del trabajo, por primera vez sintió aburrimiento.

Deambuló por el gran departamento y, sin saber bien cómo, terminó sentándose ante el escritorio donde estaba la computadora de Zoran. Abrió un cajón y encontró varias memorias USB cuidadosamente ordenadas dentro de una caja. Por aburrimiento y curiosidad comenzó a revisarlas, para ver qué guardaba allí su futuro marido.

Además de algunas carpetas con congresos y conferencias, todos los demás archivos estaban llenos de imágenes de dientes y grabaciones de diversas intervenciones quirúrgicas.

Entonces conectó una memoria USB roja.

La carpeta principal llevaba el nombre: NIKOL.

En aquel instante sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

Zoran le había dicho una vez que en Estados Unidos había tenido una novia con ese nombre, pero que ella había muerto y que, después de eso, él regresó a casa. Eso era todo lo que Mari sabía sobre su pasado amoroso.

Abrió la carpeta.

Dentro había una serie de carpetas menores, organizadas meticulosamente por fechas y lugares. Eran carpetas de viajes, salidas, algunas cenas. Encontró también cuatro carpetas de contenido muy explícito, con su futuro esposo y su exnovia como protagonistas. Incluso le resultó gracioso observarlo en aquellos videos.

Finalmente apareció una carpeta con fotografías del funeral de la muchacha.

Nikol se parecía de manera irreal a Marija: misma altura, misma frente alta, el mismo mentón apenas prominente. Era su copia exacta. Aquello despertó en Mari orgullo y vanidad, porque comprendió que Zoran, en realidad, había estado buscándola a ella todo el tiempo en aquella Nikol.

Sin embargo…

Había una diferencia esencial entre ella y su doble estadounidense.

Nikol era negra. Y Mari tenía una piel extremadamente blanca.

Pasó la noche en vela.

Revolvía en su cabeza todas las imágenes y grabaciones de Zoran con su novia fallecida. Y comenzó a idear una nueva sorpresa para su futuro esposo.

Llamó a su cosmetóloga y le pidió que encontrara el mejor salón de belleza de la ciudad, uno con las cabinas de bronceado más potentes.

Las empleadas del salón no quisieron aceptar su pedido, así que llamaron al gerente para que hablara con ella. Mari quería obtener, en apenas cinco días, un tono de piel intensamente chocolate. El gerente se opuso, diciendo que era una locura y que lo que ella pretendía era imposible.

Pero Mari insistió y le explicó que el dinero no era problema.

El hombre cedió, con la condición de que firmara un documento asumiendo toda responsabilidad por posibles consecuencias indeseadas.

Aceptó.

Ya al día siguiente pasó una hora y media dentro de la cabina. Al día siguiente repitió la sesión, esta vez permaneciendo dos horas expuesta a las lámparas.

Dormía desnuda. Desde la cama fue directamente al baño y admiró su nueva piel. Observó sus brazos, piernas, espalda e incluso el pubis. Verdaderamente se había vuelto color chocolate. Pensó si Zoran reconocería que era ella o si creería estar viendo a la difunta Nikol.

Zoran debía llegar esa misma noche. Pero Mari le explicó que no se verían, que dormiría en casa de su hermana porque todavía quedaban cientos de cosas por preparar para la boda.

Amaneció el día de su casamiento.

Zoran, el juez y todos los invitados ya estaban en el restaurante. Una multitud de periodistas y fotógrafos había acudido para cubrir la boda más costosa del año.

Finalmente, una limusina blanca se detuvo frente al restaurante.

La puerta se abrió y de ella salió, doblada sobre sí misma, Milica, la hermana de Marija. Ante el asombro de todos, comenzó a vomitar de inmediato. Uno de los presentes corrió a ayudarla.

Mari aguardó a que su hermana se apartara de la puerta del vehículo y luego descendió orgullosamente, vestida con un traje de novia blanco.

Los flashes comenzaron a estallar.

Todos se sorprendieron por el color de su piel.

Zoran quedó rígido.

Susurró algo.

Una sola palabra, tan bajo que apenas se oyó la primera letra:

—N…

Los niños comenzaron a correr hacia ella, pero se detuvieron de pronto. Empezaron a alejarse.

Los invitados se apartaban, aunque no para abrirle paso, sino debido al insoportable olor que se expandía a su alrededor.

Era perfectamente hermosa, una reina de chocolate con vestido de novia blanco, pero…

Confundido por la reacción de los demás, Zoran avanzó hacia su futura esposa. De pronto él mismo se detuvo. No pudo dar un paso más.

Un hedor a carne podrida mezclado con notas de excremento humano emanaba de ella… desde dentro de ella.

Dio un paso. Luego otro. Se obligó a acercarse. El olor se volvía cada vez más intenso. Quería abrazarla. Besar al amor de su vida. Era su Mari… Se esforzaba por ignorar aquel hedor repugnante. Extendió los brazos para abrazarla y acercó los labios para besarla. Pero cuando sintió el olor de su aliento cálido frente a su rostro, no resistió más. Un instante antes de que sus labios se tocaran, se dobló y comenzó a vomitar. Salpicó el vestido de novia.

Ella murió aquella misma noche.

Como médico, a Zoran le permitieron asistir a la autopsia. Aquel era el día en que debían comenzar su luna de miel.

Delante de él abrieron el cuerpo de la mujer que amaba…

Mari, con aquel bronceado ilegal e insensato, había cocinado sus músculos y órganos, que ya habían comenzado a descomponerse dentro de ella mientras aún seguía viva.


Goran Ćurčić nació en Zrenjanin, Serbia, en 1984. Es miembro de la asociación de aficionados a la ciencia ficción SCI&FI de Belgrado. Autor de las novelas Potomstvo (2012), Ratnik i Kudrava (2020), por la que recibió el premio "Raskrsća" 2020, y Gozba (2025). Sus relatos se han publicado en numerosas colecciones regionales de fantasía.

  

LA LENGUA

Graciela Falbo

 

Finge haber entendido mal. Pero él le confirma en inglés lo que antes dijo en español: la Teoría de la Evolución está equivocada. Lo dice luego de haberle explicado que asiste a la universidad porque quiere escribir para enseñar a la gente a pensar. Ella finge no haber entendido bien.

—¿La Teoría de la Evolución está equivocada?

I don’t believe in it —responde él.

Se conocieron hace dos semanas cuando él se le acercó en un pasillo de la universidad americana donde ella realizaba un trabajo temporario como instructora de español. Él era amable y tenía una sonrisa abierta. Le dijo que veinte años atrás había vivido dos meses en México y que allí había aprendido todo el español que sabía. Poco. A ella su trabajo con alumnos avanzados de español, no le exigía hablar inglés. Los instructores españoles que hablaban inglés tendían a usar esa lengua con los alumnos y éstos se esforzaban menos Por eso a ella ese intercambio con un hablante nativo se presentó como una ventaja y a la vez un desafío.

Él tendría más o menos su edad, unos cuarenta y tantos. Había retomado sus estudios universitarios en su momento abandonados por causas que no detalló. Ahora estaba tomando un curso de filosofía y quería dedicarse a escribir. Por eso ella supuso que había entendido mal.

Le pareció poco razonable haber sacado ese tema. Pero el asunto estaba ahí y ella no pudo evitar que un discurso aclaratorio se armara en su cabeza.

—En ciencia nada es cuestión de creer o no creer —quiso argumentar, pero tropezó enseguida con los alambres de la lengua ajena. Palabras o giros ignorados minaban su discurso. Era imposible que una inteligencia pudiera avanzar por ese camino tortuoso sin perder la elegancia.

Él, ajeno a la dificultad, sonreía, se lo veía cómodo, estabilizado en su opinión. Relató que en su clase de filosofía era el único que se oponía a esa idea de la evolución. No lo dijo pero descontaba que ella, como latina, también era creyente. O en su convicción no tenía en cuenta si ella creía o no.

Ella probó cambiar de tema apoyada en ese deseo que él había expresado de convertirse en escritor.

—Podríamos hablar sobre la obra de Poe —propuso.

—¿Qué es eso? —dijo él.

Seguro que lo había pronunciado mal. No insistió.

Era viernes. Esa tarde, al salir de dar clase, ella había visto el sol brillando sobre los arroyitos de nieve derretida que corrían por los senderos de piedras del campus, el cielo estaba azul y la temperatura, se había elevado a cinco grados.

Ese primer encuentro entre ellos se venía frustrando. Primero por la nevada, luego la gripe.

Esa mañana, por mail, él le había propuesto ir a la montaña para visitar la pista de esquí. Aceptó encantada, la práctica del esquí ocupaba un capítulo entero en su libro de inglés.

Al salir de la biblioteca donde se habían citado él le había dicho:

—Si no te molesta caminar un poco vamos hasta donde tengo estacionado el auto.

Ella ni siquiera lo pensó, un auto era una necesidad natural en la zona. Excepto los que hacían aerobismo, nadie caminaba. Sin auto, sus salidas estaban confinadas al rondín del bus de la Universidad. Tampoco tenía una vida social, salvo la charla ocasional entre clases con los compañeros hispanohablantes. Charlas cortas, los tiempos de todos estaban pautados.

El sol todavía estaba alto, aunque eran las cinco de la tarde. Caminando sin apremios disfrutaba de sentir en el cuerpo esa sensación preprimaveral. La había visto esa mañana despuntando en las ramas del ciruelo bajo su ventana. Sintió una mezcla de alegría y asombro al ver cómo las ramas extendían sus yemas rojas a punto de estallar, mientras las raíces del árbol permanecían enterradas bajo la nieve. Había escuchado cantar a los pájaros y ahora sentía un revoloteo en el pecho mientras caminaba escoltada. Respiró. Todo conspiraba para que se dejara conducir por los senderitos bordeados de pequeños montículos de nieve.

 

Al llegar a una zona de casas recién tomó en cuenta que habían dejado atrás los siete edificios del campus. ¿Dónde había dejado el auto? Pensó que si hubiera vuelto a su casa a pie y ya habría llegado. Pero al salir de la biblioteca él había tenido ese gesto gentil de tomar su bolso repleto de libros. Caminar sin ningún peso en un día de sol. Sunny Day dijo para sí. Siguió disfrutando. Pasaron la cancha de fútbol americano, las canchas de tenis, y luego los edificios con sus estacionamientos desaparecieron. El cambio de escenario le produjo cierto desconcierto.

—¿Dónde dejaste tu auto? —le pregunto en español.

—En mi casa —dijo él en inglés señalando delante de ellos una casa típica de estructura de madera de color gris.

La situación la tomó por sorpresa. No habían hablado de ir a su casa. Recién entonces se preguntó, ¿por qué no la había recogido con el auto en la biblioteca? Y luego, cómo debía reaccionar cuando un hombre que apenas conocía la ponía en esa situación. En su memoria fílmica se produjo un vacío, una grieta. Con cierta alarma recordó que no solo eran las comedias sino las películas o las series policiales lo que mejor reflejaba las costumbres de la América profunda.

—En realidad no es mi casa, es la casa de mis padres —comentó él. Y adelantándose encaró en dirección a la entrada atravesando el pequeño porche. En ese país nadie que fuera a la universidad vivía con sus padres, se debatió ella. A favor de él recordó que se lo había dicho cuando se conocieron, que era divorciado, que había retomado sus estudios queriendo recuperar el tiempo que perdió en su juventud cuando pasó por la droga, que vivía en un departamento debajo de la casa de sus padres, en el sótano. Todo advertido. Lo siguió con la mirada mientras caminaba en dirección a la puerta como dando por hecho que ella lo seguía. A ella se le presentaba la imagen de los Simpson. Muda, cómo explicarles el equívoco que la situaba ahí. El padre y el hijo tomaban cerveza y comían de una misma bolsa papas fritas mientras miraban su programa de tv favorito. Una escena perturbada y festiva a la vez. Se dio cuenta que, desde que había llegado a ese país, muchas cosas le parecían perturbadoras y festivas a la vez. Por precaución, se sentó en un escalón de la entrada, sin pisar el porche. A punto de decir te espero acá, escuchó que él decía:

—¡Ah, no! Acá la tengo. —Y sacó del bolsillo las llaves del auto—. Ya es tarde para ir a la Montaña —agregó él y le preguntó si tenía tiempo de ir a tomar un café. También le dijo que quería llevarla a ver algo que en ese momento ella no entendió.

En el café se sentaron en unos sillones cerca de una mesita ratona donde había encendido un velador. Sobre la mesita estaban las ultimas Times. La cercanía de esas revistas la alivió.

En la tapa de una de ellas vio el siguiente tema de conversación: la inminencia de la guerra. Él señaló que estaba de acuerdo con la guerra. Admiraba a los republicanos. Ella pensó que cada intento de conversación terminaba en fracaso. Pero esta vez un pequeño incidente los sacó del pantano. Sucedió cuando él se dio cuenta de que, desde que la conversación sobre la guerra había empezado, cada vez que ella había dicho War (guerra) él había entendido World (mundo). La conversación había llegado a un punto muy confuso cuando él lo registró. El descubrimiento trajo distensión.

Con actitud didáctica él repitió el sonido de las dos palabras. Ella miró su cuello mientras él repetía la palabra war. Se inflaba mostrando en la hinchazón desmesurada de unas venas azules cómo el sonido de la doble ve llegaba al paladar desde un interior profundo. La letra cruzaba a la garganta montada en un tsunami, rebotaba en un punto del paladar y se transformaba en una O que progresaba en un nuevo crecimiento expansivo hacia la A obligando a mandar la mandíbula hacia atrás para liberar una explosión. Así pronunciada war no podía confundirse con word o world. Se le reveló un sentido de la fonética que no había terminado de apreciar.

—El nombre de la rosa —dijo ella. Lo dijo en español sin intentar explicar qué quería decir con eso.

Supo que no conseguiría imitar la pronunciación. Su aparato fonador no había sido habilitado para generar ese sonido, esa doble ve le quedaba grande a su garganta.

Terminado el sinsentido del debate convinieron en hablar de cosas comunes.

—Es una pena —dijo él— pero por ahora no podemos hablar sobre política o filosofía. Solo podríamos hablar de cosas simples como de los perros que pasan por las calles. —Aunque tampoco de eso iban a poder hablar porque no había perros sueltos por esas calles—. Me gustaría llevarte a un lugar —le dijo él sonriendo—, un lugar que quiero que conozcas.

Ella sintió una nueva hospitalidad en esa sonrisa, una leve delicadeza que le trajo a la memoria el encanto del paisaje que la había recibido en otoño cuando alguien le hizo ver a lo lejos los manchones rojos, ocres, dorados de las copas de los fresnos en las montañas que rodeaban el valle. Esos árboles tenían la forma de los paisajes imaginados de las ilustraciones de los libros de su infancia. Desde que llegó se había enamorado del paisaje, cada lugar se mostraba como un recorrido de cuentos con jardines encendidos de tulipanes.

—Si nos apuramos podemos ver la puesta de sol de sol —dijo él. Era de noche.

Al salir del bar él miró el cielo, dijo qué lástima ya es tarde. Siguió mirando el cielo un momento, decepcionado. —Bueno —dijo—, pero a esta hora comienza una ceremonia. Me gustaría llevarte a mi iglesia. —Lo miró sorprendida—. Quisiera que veas qué hacemos. Que conozcas la importancia de misionar —dijo—. Eso hice en México hace veinte años. Latinoamérica, tu país, necesita conocer mejor a Jesucristo —dijo.

—Latinoamérica no es un país —aclaró ella. Pero él no le dio trascendencia al dato. La miró condescendiente.

—Me gustaría saber —siguió diciendo— por qué ustedes no nos quieren a los yanquis cuando lo único que perseguimos es ayudarlos.

La miraba con los ojos encendidos, honestos. La mirada generosa, sin embargo, llegaba a los ojos cargando otra opaca, perturbada. A ella le pareció que esa otra surgía de la misma fuente donde se formaba la doble ve inicial de la palabra war.

—Ahora es tarde —dijo ella—; algún día, más adelante. —Y todo quedó más que ambiguo

Después de que él la dejó en su casa ella recordó la carta de presentación que había escrito en la solicitud de ingreso al College donde hablaba de su interés por conocer las formas de la cultura local en la vida cotidiana.

Como en un juego cósmico su pedido le estaba siendo otorgado. Entonces registró lo pretencioso de su proyecto y cómo éste desbordaba por completo el conocimiento de la lengua.

Abrió el cajón de su escritorio, sacó su libro de inglés y lo dejó abierto en la página 59. Lesson 5, exercise A. Tenía que repasar con paciencia los tiempos futuros.

Graciela Falbo nació y vive en la ciudad de La Plata, Argentina. Es antóloga y escritora. Su trabajo se ha diversificado en la escritura de poesías, ensayos y ficciones. Sus libros de narrativa pertenecen en su mayor parte a la literatura para niños y jóvenes. Entre sus obras publicadas pueden citarse: Cara y Ceca de la escritura, Tras las huellas de una escritura en tránsito, la crónica contemporánea en América Latina y en su último libro El poder de la narración. Escritores, periodistas, lectores y medios. En el campo de la literatura infantil y juvenil, publicó más de una docena de libros, entre otros: Cuentos de otros planetas, ¡Basta de brujas!, Plox. Participó junto con Angélica Gorosdicher, Graciela Cabal, Mempo Giardinelli y Graciela Bialet los cinco volúmenes de la colección Leer por Leer. editados por EUDEBA, Buenos Aires 2004. Su obra para adultos en el género cuento ha sido editada en distintas antologías en Argentina, México y Estados Unidos. Actualmente dirige la colección Abrepreguntas de ciencia y arte para preadolescentes que edita la Editorial de la Universidad de La Plata.

 

 

MARIE

Rhys Hughes

 

Cuando bajó del tren y pisó el andén de la estación, Marie decidió ponerse el suéter. Es un procedimiento normal cuando uno siente frío. Yo mismo lo hago, y quizá tú también. Su suéter era rosa y fino, pero permítanme explicar mejor la situación. El interior del tren había sido calentado por medios artificiales y también por el hecho de que iba lleno de pasajeros, pero ahora que habíamos llegado a destino el sol que brillaba sobre nuestras cabezas era débil, apenas nos entibiaba, y aunque el andén estaba lleno de los mismos pasajeros que habían sido expulsados junto con nosotros, nuestros brazos desnudos sentían el frío de un verano insuficiente.

Yo llevaba su cámara colgada al cuello. Me gusta cargar las cosas de ella, cualquier cosa, solo para demostrar mi devoción sin ser demasiado obvio ni melodramático. Habíamos viajado para visitar a unos amigos en una playa lejana con motivo de una fiesta, y ahora estábamos de regreso. Marie volvería pronto a Francia. El tiempo era escaso, pero así es siempre el tiempo en estas situaciones. Yo estaba feliz y triste a la vez, aunque solo mostraba la felicidad, o al menos lo intentaba. Ella era como siempre: amable pero melancólica, con una melancolía que me hacía sentir que ya la había perdido, aunque estuviera justo a mi lado.

Al quitarse el suéter, la etiqueta interior se le enganchó en la nariz, como si fuera un gancho en un guardarropa. El suéter entero le cubría la cabeza, tapándole los ojos y las mejillas, dejando solo la boca al descubierto, lo que la divertía muchísimo. Empezó a reír. La oportunidad era demasiado buena para desaprovecharla, así que levanté su cámara y apunté hacia ella. Marie me había enseñado que los franceses dicen la palabra "Ouistiti" cuando les toman una foto, y ahora yo le suplicaba que pronunciara esas sílabas mágicas, pero fue en vano.

Para mejorar las fotos que estaba tomando, me arrodillé. Marie se estremecía de risa. Los pasajeros que se movían de un lado a otro se detuvieron a mirar, y resultó que la escena tenía para ellos el aspecto de un ritual religioso: Marie de pie, con los brazos levantados, y un acólito arrodillado ante ella repitiendo “¡Ouistiti! ¡Ouistiti!”, mientras ella temblaba y se reía. Pronto otros comenzaron a pasarse camisas y suéteres por la cabeza y a reír, o a agacharse y cantar conmigo, y así fue como nació una religión en el andén de aquella estación de tren.

Ya no soy el único devoto de Marie. Tiene muchos seguidores, admiradores, adoradores. Pero la verdad es que siempre hubo personas que ansiaban y ardían por estar cerca de ella. Lo único que ha cambiado es el contexto del afecto: de lo físico a lo espiritual. Ella ha regresado en avión a Francia, pero existe una profecía según la cual algún día volverá. Nosotros seguimos siendo sus esperanzados servidores mientras avanzamos por las calles de la ciudad, con la cabeza cubierta por prendas de vestir, el mantra “Ouistiti” en nuestros labios risueños, con la fe anhelante en nuestros corazones ingenuos, recogiendo nuevos conversos mientras avanzamos a ciegas por la vida.

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

 

jueves, 28 de mayo de 2026

EL CAMARADA K Y LOS TRES CÓMICOS

Fuyan Zhung

 

Cuando el camarada K (seudónimo destinado a proteger su verdadera identidad) desembarcó en Shanghái en el otoño de 1931, llevaba consigo solo tres cosas: una barba gigantesca, un manuscrito ilegible hasta por el más erudito y una carta de recomendación sin destinatario escrita por un poeta ruso completamente ebrio.

La carta decía: “El portador de esta nota es un hombre peligroso. No le presten dinero.”

Eso bastó para que las autoridades culturales de la ciudad lo recibieran con todos los honores.

En aquellos años Shanghái era una ciudad extraordinaria. Los automóviles último modelo avanzaban entre carros tirados por mulas y huangbaoches; los mendigos discutían la filosofía europea (Schponhauer, Nietzsche, Bauman) y hasta los ladrones hablaban varios idiomas. En una misma calle podía encontrarse un templo budista, una fábrica de municiones y un club nocturno donde un francés tuerto tocaba el banjo vestido de almirante boliviano.

El camarada K descendió del barco convencido de que Oriente aguardaba ansiosamente sus enseñanzas. Sin embargo, apenas pisó el puerto, un niño le robó el reloj. El revolucionario lo persiguió durante cuatro cuadras.

—¡Devuélveme el esencial instrumento burgués con el que controlo el tiempo capitalista! —iba gritando mientras tropezaba con los tenderetes y los chinos en bicicleta.

El niño se llevó por delante a un vendedor de patos lacados. Los patos salieron despedidos y cayeron sobre la cabeza de una mujer a punto de parir. Un perro comenzó a perseguir al niño. Dos policías persiguieron al perro. Un violinista callejero creyó que aquello era un desfile y empezó a tocar una marcha militar austríaca, la Marcha Radetzky, si no me equivoco.

En medio del caos, el reloj desapareció. K quedó inmóvil, alelado, estupefacto, atónito.

—Es una metáfora o una profecía —murmuró. Nadie supo de qué.

Aquella misma noche fue invitado a dar una conferencia en la Asociación Internacional de Pensamiento Transformador, institución que ocupaba el segundo piso de un casino clandestino. Mientras abajo se apostaban fortunas, arriba varios intelectuales fumaban tabaco turco y opio y discutían si el materialismo histórico podía aplicarse a la crianza de gallinas Lohmann Brown alimentadas con sangre de vírgenes y así obtener huevos de cáscara roja.

K habló durante tres horas. Explicó la alienación del trabajador, la perversa acumulación del capital y la necesidad de destruir las viejas estructuras económicas. Cuando terminó, un anciano chino levantó la mano.

—Muy interesante —dijo—. Pero aquí abajo hay un problema más urgente.

—¿Cuál?

—Unos cómicos estadounidenses se han quedado con el escenario del teatro y no quieren irse. —El anciano suspiró antes de continuar—. El pueblo ya no escucha a los filósofos. Prefiere a los payasos.

K golpeó la mesa.

—¡Entonces debemos educar al pueblo!

—Lo intentamos —respondió otro—. Pero los payasos hacen más ruido.

Así fue como el camarada K terminó aquella noche en el Teatro Celestial de los Diez Dragones Felices, donde actuaban los célebres hermanos Marx.

 

El teatro estaba lleno. Había diplomáticos ingleses, comerciantes chinos, marineros noruegos, una bailarina rusa que afirmaba ser nieta de Rasputín y un japonés diminuto que dormía profundamente en primera fila desde mucho antes de que comenzara el espectáculo. En el escenario, un hombre con anteojos y bigote falso discutía con un camarero invisible. Otro tocaba el piano usando una banana. El tercero perseguía a una mujer disfrazado de inspector ferroviario.

K observó aquello horrorizado.

—Esto es pura decadencia pequeñoburguesa.

Pero no pudo apartar la mirada. El del puro lo vio desde el escenario.

—¡Eh! —gritó—. ¡Tenemos aquí a un profeta del Antiguo Testamento! ¡Pero si es mi primo K! Lo reconocí aunque solo lo vi dos días después de nacer y por aquel entonces no usaba barba, bueno, no una tan tupida, quiero decir.

El público rio. K se puso de pie.

—¡La historia no avanza mediante bromas y chascarrillos! ¡Yo no soy primo de nadie, además!

—Claro que sí —respondió el cómico—. Mira a la reina de Inglaterra. ¿O ahora tienen rey?

Más risas. Entonces K decidió subir al escenario para imponer algo de orden intelectual. Fue un error. Un graso error –no craso– porque desde la tertulia le arrojaron el contenido de un balde lleno de aceite… por fortuna frío.

El hermano silencioso le colocó inmediatamente un sombrero ridículo. El pianista de la banana le tomó la barba y comenzó a usarla como servilleta. El del puro le preguntó:

—¿Usted quién es? Es decir, ¿está seguro de que no es nuestro primo? Acaso su apellido…

—¡No se le ocurra pronunciar mi apellido delante de toda esta gente! ¿No sabe que estoy proscripto en más de diecinueve países? Soy un filósofo revolucionario y punto. Los parentescos no importan.

—Perfecto. Nosotros somos revolucionarios filosóficos. Destruimos ideas antes de que alguien las use.

K intentó recuperar la dignidad.

—El proletariado necesita conciencia.

—Yo necesito cenar —hubiera dicho el rubio en el caso de que se atreviera a hablar por primera vez en su vida como cómico—. Y él necesita un psiquiatra.

Señaló al hermano pianista, que ahora trataba de alimentar al piano con flores.

El público estaba encantado. Esos cuatro eran verdaderamente divertidos. Y la inclusión del cuarto, el barbudo, solo había servido para potenciar el humor del sketch.

K quiso pronunciar un discurso, pero el hombre del puro le quitó el manuscrito y comenzó a leerlo en voz alta.

—“La contradicción interna de las fuerzas productivas…” —Se detuvo—. Esto requiere una persecución policial en regla, es decir, que a usted lo encierren y tiren la llave. —Arrancó varias páginas, las dobló y fabricó avioncitos de papel. El hermano silencioso los lanzó sobre el público. Una señora francesa atrapó uno y anunció emocionada que acababa de comprender el socialismo científico.

K empezó a enfurecerse.

—¡Ustedes convierten el pensamiento en puro circo! ¿Y dónde está el pan, eh?

—Y usted convierte el circo en pensamiento —replicó el del puro—. Cada uno tiene sus talentos. Aquí tiene un pan —agregó entregándole una baguette—. Es un auténtico pan francés, fabricado en un pequeño pueblo de las Ardenas llamado Saint-Loup-Terrier habitado por tan solo ciento cincuenta y cuatro panaderos.

Entonces ocurrió algo extraño. Un marinero borracho, sentado en el fondo de la sala, comenzó a aplaudir lentamente. Luego aplaudió un zapatero y luego otro. Después otro más. En pocos segundos todo el teatro aplaudía. K creyó que celebraban sus ideas. Hizo una reverencia solemne. El hombre del puro se inclinó hacia él y murmuró:

—No aplauden tu filosofía.

—¿Entonces qué?

—Tu barba se está prendiendo fuego.

Era cierto.

Una vela del escenario había incendiado discretamente el extremo inferior de la gigantesca barba revolucionaria. El pianista intentó apagarla con soda. El mudo utilizó un extintor destinado a emergencias navales. El del puro gritó.

—¡Compañeros! ¡La revolución está que arde! Es decir, eso mismo.

El público deliraba. La orquesta comenzó a tocar sin motivo aparente. Dos policías entraron creyendo que había un atentado. El japonés dormido despertó convencido de que había comenzado una nueva guerra. Y en medio de aquella catástrofe absurda, K sintió algo inesperado. Se estaba divirtiendo. La revelación lo golpeó con violencia. Durante cuarenta años había teorizado como combatir gobiernos, empresarios, censores, banqueros y profesores universitarios de extrema derecha. Había escrito libros ilegibles, discutido en sótanos húmedos y escapado de policías en siete países distintos. Pero jamás se había reído de verdad. Ni una sola vez. Desde el vientre. Casi meándose de la risa. O meándose, si nos atenemos al modo en que sus pantalones se estaban empapando.

El hombre del puro lo observó atentamente.

—Ahí está —dijo.

—¿Qué cosa?

—Tu primera sonrisa.

K se tocó el rostro como si le hubieran colocado una nariz nueva.

—Esto es… extraño.

—La alegría siempre lo es.

El pianista apareció cargando una bandeja robada del restaurante vecino.

—Traje fideos, pescado y una gallina que probablemente todavía tenga dueño pero que gracias al realismo socialista puede ser dividida en millones de porciones.

El hermano silencioso comenzó a repartir platos entre el público. Nadie protestó. El espectáculo derivó lentamente hasta convertirse en un banquete colectivo. Un banquero inglés terminó cantando canciones revolucionarias junto a dos obreros portuarios. La falsa nieta de Rasputín bailó sobre un piano. El japonés volvió a dormirse, esta vez abrazado a un pato lacado. K contempló aquella escena imposible. Todo mezclado. Ricos y pobres. Idiotas y filósofos. Policías y criminales. Artistas y comerciantes. Nadie obedecía a nadie. Nadie parecía tener un plan. Y, sin embargo, todos parecían felices. El hombre del puro encendió otro cigarro.

—¿Sabes cuál es tu problema, camarada?

—¿Cuál?

—Quieres organizar el mundo antes de conocerlo. —K guardó silencio—. El mundo es absurdo, caótico, patafísico, como diría mi buen amigo Jarry —continuó el cómico—. Nosotros solo le ponemos un poco de música.

Durante un largo rato nadie habló. La orquesta tocaba una melodía desafinada. Comenzaba a llover sobre Shanghái.

—¿Y ustedes qué quieren cambiar? —preguntó finalmente K.

El del puro respondió de inmediato.

—Las sábanas del hotel. Tienen olor a pescado. —Pero el pianista contestó algo distinto.

—Queremos que la gente salga del teatro menos triste de lo que entró. —Lo que no dejaba de tener cierta coherencia, en una situación que no la tenía en absoluto, en especial cuando el mudo empezó a hacer sonar una bocina de claxon de pera que rompió varias docenas de tímpanos debido a la impecable acústica del teatro.

K meditó aquellas palabras como si fueran un tratado filosófico.

 

Años después, cuando abandonó China, dejó escrito en sus memorias:

“He conocido generales, ministros y poetas. Ninguno entendía a la humanidad. Tres payasos estadounidenses estuvieron más cerca. Y aunque nunca se demostró que realmente fueran familiares míos, hubo en ellos algo que tintineó fuertemente en mi corazón”.

Sin embargo, también añadió: “No recomiendo confiarles dinero.”

El manuscrito desapareció durante la guerra. Algunos creen que fue destruido. Otros sostienen que aún existe en alguna biblioteca secreta, custodiado por un clon de Jorge Luis Borges. Pero en ciertos barrios antiguos de Shanghái todavía circula una vieja fotografía donde aparecen cuatro hombres sonriendo de manera sospechosa: un anciano barbudo y tres cómicos usando sombreros absurdos. Según dicen, esa noche intentaron fundar una nueva filosofía. Fracasaron por completo. Y precisamente eso fue lo que convirtió aquello en un éxito memorable.

Fuyan Zhung nació en Shanghái en 2003 y actualmente estudia Letras en la universidad. Interesado en las formas experimentales de la narrativa contemporánea, siente especial atracción por los cruces entre literatura, imagen y nuevas tecnologías. Este cuento surgió a partir de una experiencia de escritura basada en una ilustración propuesta como disparador creativo, ejercicio que considera particularmente estimulante y que espera continuar explorando en el futuro. El relato que aquí presentamos es uno de los primeros trabajos que logró terminar.

DIARIO DE KLEKOVAČA

Boris Mišić

 

14 de abril de 2012: Una larga columna de peregrinos ascendía por Klekovača. Llegaban desde toda Bosnia, Lika, Dalmacia y Serbia para admirar el extraño monolito de piedra junto al camino, un monolito en el que podían distinguirse claramente los contornos de dos figuras humanas. Odiaba a los peregrinos, su superstición, su estupidez y su incapacidad para comprender que lo que tenían delante era pura fuerza vital, y no el resultado de alguna clase de providencia religiosa.

 

13 de abril de 2011:

6:00-10:00 horas: Salimos temprano esta mañana desde Drinić. Ante nosotros se abría una vista majestuosa de Klekovača. Avanzábamos lentamente porque Ana y yo cargábamos un montón de equipo. El profesor Kukobat caminaba con las manos vacías, apresurándonos constantemente. No me gustaba demasiado, pero como pagaba bien decidí mantener la boca cerrada. Hablaba sin parar de las bellezas naturales de Klekovača, del edelweiss, de los enebros, de los abetos y de las maravillosas vistas. A mí no me interesaban mucho los paisajes de montaña: tenía las manos ocupadas con el equipo y mis ojos se distraían más con las piernas y el trasero de su atractiva hija que con los árboles de coníferas.

12:00 horas: Los bosques comienzan a dispersarse. Los prados se alternan con rocas de formaciones extrañas. Estoy cansado y ni siquiera los encantos de Ana logran ya animarme. El profesor Kukobat murmura constantemente algo entre dientes. Intento recordar sus teorías y conferencias. Quería demostrar algo, alguna hipótesis grandiosa en la que creía ciegamente. Sostenía que las montañas eran organismos vivos perfectos y gigantescos, especialmente los macizos calcáreos como los Dináricos, que eran “los más jóvenes” entre las montañas y los más avanzados en la “evolución”. Yo pensaba que estaba loco, pero pagaba bien y su hija era una belleza extraordinaria que me había gustado desde el primer día de facultad, así que acepté recorrer montañas con él.

14:00 horas: Llegamos a Mala Klekovača, a más de 1700 metros sobre el nivel del mar. Nunca había visto nada parecido. Era como estar en la Luna. Uno no puede evitar preguntarse qué pudo haber creado semejantes formas y formaciones rocosas. Reina un silencio extraño, sobrenatural. Por primera vez empiezo a pensar que tal vez haya algo de verdad en las delirantes ideas de Kukobat. Siento que no pertenecemos a este lugar, que no deberíamos estar aquí.

16:00 horas: Estoy muerto de cansancio. Llegamos a Velika Klekovača. Desde una altura de 1962 metros podemos ver media Bosnia. Es como si estuviéramos en una especie de pradera sobre las nubes. El paisaje está cubierto de vegetación baja, de enebros. Frente a nosotros se alzan los restos de instalaciones militares abandonadas, testimonio de todos los que pasaron por aquí.

21:00 horas: Kukobat apenas logró calmarse. Pasó cinco horas realizando mediciones, pero no ocurrió ningún milagro de los que esperaba. No entiendo mucho de ondas electromagnéticas, radiación, energía y cosas semejantes, pero era evidente lo decepcionado que estaba. Había depositado grandes esperanzas en Klekovača. Estaba convencido de que este lugar era el núcleo de la fuerza vital de los Dináricos, algo que, según él, habían buscado tanto el antiguo Ejército Popular Yugoslavo como el Ejército de la República Srpska, el ejército croata y la SFOR. De algún modo conseguimos convencerlo de que descansara; levantamos la tienda y nos dormimos agotados.

 

14 de abril de 2011:

7:00 horas: Me despertó el grito de Ana. Me incorporé rápidamente mientras ella me explicaba que el profesor había desaparecido. Sostenía una pequeña nota en las manos. Un escalofrío me recorrió la espalda. Le arrebaté la carta y empecé a leer.

“Esta noche finalmente comprendí la verdad. ¡Ese lugar no está en la cumbre más alta! Estábamos ciegos. No me sigan. Pídele a Ana que me perdone y dale un beso de mi parte. Adiós.”

Tomé a Ana de la mano con desesperación y comenzamos a bajar. Vi que faltaba la mochila más grande. El profesor se había llevado parte de sus aparatos electrónicos. Comprendí enseguida a qué lugar se refería. Normalmente no soy tan perspicaz, pero aquel silencio espantoso se había grabado en mi corazón y en mi mente.

9:00 horas: Lo encontramos frente a una roca en Mala Klekovača. Ese lugar me llenaba de una inquietud extraña. Sentía que no pertenecía allí, y el sitio parecía no pertenecer a este mundo. Caprichosos ejércitos de piedra, con formas aterradoras, me observaban con desprecio. Para ellos yo era un insignificante gusano humano, no más valioso de lo que para nosotros es una mosca de pantano. ¿Cómo podría tener algún valor para ellos? Toda mi vida no representaba ni una millonésima parte de uno de sus segundos.

El grito triunfal del profesor interrumpió mis pensamientos. Un extraño relámpago azul golpeó el centro del prado y el aparato del profesor simplemente se desintegró. A él no le importó. Sentía vibraciones aterradoramente intensas, el viento aullaba; yo permanecía clavado en el lugar, incapaz de moverme o hacer algo.

Fue allí donde perdí a Ana.

Se soltó de mi mano y corrió para sacar a su padre del círculo de luz y energía azul que lo envolvía. Lo admito: soy un cobarde. Ni siquiera me moví; solo observé en silencio.

Ante mis ojos se desarrolló un acelerado proceso de metamorfosis. El profesor y Ana desaparecían; pasaban del estado sólido al líquido, del líquido al gaseoso, y luego comenzaban a endurecerse… Vi desaparecer nervios, músculos y huesos; en su lugar surgía piedra caliza. Ante mis ojos se estaba formando un monolito de piedra, la forma más perfecta de existencia. Comprendí que se estaban convirtiendo en parte del ecosistema de los Dináricos, un organismo perfecto que no conoce alegría, felicidad ni esperanza, pero tampoco dolor, tristeza o sufrimiento. Habían encontrado la inmortalidad. Ya fuera por un error de la máquina o porque la naturaleza del proceso impedía que el organismo de los Dináricos borrara por completo la individualidad, en la piedra quedaron claramente marcados los contornos de Ana y del profesor. Los observé como en un sueño.

 

14 de abril de 2012: Ya les dije que desprecio a los peregrinos. ¿Por el dolor que me producen Ana y el profesor Kukobat? Mentiría si dijera que es por eso. En realidad, se trata de celos.

Ellos dos permanecieron juntos para siempre. Yo no tuve esa suerte. Jugué con cosas que no comprendía. Obtuve la inmortalidad, pero no la que deseaba.

Mi roca está lejos del camino, solitaria y oscura. En ella no hay rastros de mi existencia física.

Yo soy apenas un pensamiento, un recuerdo atrapado en el diario viviente de los siglos de piedra de Klekovača.

Boris Mišić nació el 6 de mayo de 1974. Vive y trabaja en Novi Sad, Serbia, donde se graduó de la Facultad de Derecho. Sus relatos de fantasía, ciencia ficción y terror se han publicado en varias colecciones y revistas de Serbia y la región: Iron Gate, Guardians of the Golden Fleece 2, Something Breathes in my Cake, Shades of Evil, Shades of Time, Besan, Maksim, Omaja, UBIQ, Regia fantastica. Varios de sus relatos fueron traducidos al esloveno y publicados en la revista eslovena de ciencia ficción Supernova. También publicó tres colecciones independientes de relatos de fantasía y terror: Šatorica Fairy, Bells of Heaven y Heart of Dinara.

 

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