viernes, 6 de marzo de 2026

TARDE EN LA PLAYA (Declaración del reo)

 Jorge Etcheverry

 

Elegí un formón mediano de empuñadura de metal y lo sopesé en la mano. Luego fui al taller del viejo para buscar una huincha aisladora que había visto por ahí, de esa negra que se usa para empalmes eléctricos. Cuando había dicho en la mañana que ella y yo teníamos la intención de dar un paseíto por la playa, alguien, una de las tías había comentado "Es muy peligroso andar por ahí a esa hora. La semana pasada asaltaron a una pareja de novios casi frente a la carretera. A ella la violaron entre todos y a él lo dejaron a muy mal traer". Pero no tenían nada que venir a decirme a mí. Yo sabía que todos pensaban que yo era un señorito de la capital, que estudiaba en la universidad y estaba de visita en la casa en la costa de mis futuros suegros después de mi salida del hospital en que había estado por ese problema de los nervios. Para tomar el sol, ir a la playa, relajarme. No sabían que también tomaba mis precauciones. Eché una mirada a la cocina y a la gente reunida en la sobremesa después del almuerzo, que conversaba. Nosotros dos estábamos en el patio, no habíamos almorzado. No es agradable caminar con el estómago lleno. Ni hacer otras cosas, si usted me entiende. Ella preparaba una canasta con alguna fruta, quizás un poco de salame, bebidas, huevos, un par de sándwiches de queso, no me acuerdo bien, cosas así. Eso era lo que le tocaba hacer a ella siempre que salíamos a caminar por la playa. A cada uno lo que le correspondía.

Ahora a las precauciones. Yo me había decidido a las finales por el formón que era bastante largo para tratarse de un formón. La lezna y el cuchillo habían quedado en la caja de herramientas. Se requiere bastante más habilidad para manejarlos de la que yo tenía. El sol ahuyentaba a las nubes, pero la atmósfera aún permanecía un poco húmeda y sofocante. Los pastelones de cemento del suelo todavía estaban mojados. En general, a esa hora y fuera de la estación de veraneo, la única gente que frecuentaba la playa eran por lo general pescadores, mariscadores y recolectores de lama. Los había visto en la playa, o sino en el mercado, innumerables veces, destripando pescados, cortándoles la cabeza, desollándolos, sacando los caracoles de sus conchas con unos alambres curvos, mientras a sus pies crecía el montón de entrañas, pellejos y cabezas de pescado, punteado de moscas que zumbaban, mientras arriba en el cielo azul, las gaviotas esbozaban círculos voraces sobre sus gorros de lana. Salimos caminando sin prisa hacia la playa. Tardamos casi una hora en llegar. Hacía un poco de viento. Ella se había amarrado el pelo rubio con una cinta roja. A mi pedido, se había sacado las medias y las había echado en la canasta. Cuando al fin atravesábamos las primeras dunas había más viento, pero hacía un poco más de calor. La playa se estiraba a lo largo de toda la costa, entre las dos ciudades, bordeada y a veces invadida por las dunas. Caminamos todavía un par de cuadras para estar más seguros. No se veía un alma por las cercanías. A esa hora toda la gente del pueblo debería estar durmiendo la siesta. Pero no todos. A unos cincuenta metros hacia mi izquierda me pareció ver por el rabillo del ojo unos movimientos furtivos. Me detuve a orinar mientras examinaba el contorno como a la descuidada. Decidimos quedarnos entre las dunas porque más a la orilla del mar corría un vientecillo helado. Atravesamos montañas de conchas de mariscos y patas de jaiba, cochayuyo seco, buscando un lugar propicio. El olor de las lamas en putrefacción, de las conchas marinas, llenaba el aire. Ese olor marino siempre renueva la vitalidad y es muy excitante. Respiré con ansias. En un recodo en que se juntaban dos dunas, la arena formaba como un nido, para esos dos tórtolos que éramos nosotros.

Allí nos sentamos y comenzamos a besarnos. Aventuré una mano por su piel. Pero no estaba tranquilo, no podía abandonarme. Además se me había olvidado la píldora en la casa. Pero por una vez no iba a pasar nada. Volví repentinamente a la cabeza como si un sexto sentido me avisara. En una milésima de segundo alcancé a ver la silueta de un hombre moreno que gateaba rápidamente, a unos veinte metros y casi a los pies de una duna. "Un parejero", me dije. Al verme, adoptó una postura relajada, tendido boca arriba con un brazo doblado bajo la cabeza. No era más que un tipo que tomaba sol. Me volví para ver si había otra gente cerca. Como a una media cuadra más atrás advertí la silueta oscura de otro hombre que caminaba apareciendo y desapareciendo entre las dunas. Cundo di vuelta la cabeza, hizo como que se agachaba a buscar algo en la arena ¿Un cristal pulido por las aguas? ¿Una concha? ¿Una piedra con vetas coloreadas? Yo no podía saberlo. Le hice a ella una además para que nos levantáramos. Comenzamos a desandar el camino. Logramos por fin encontrar una ubicación que nos aseguraba por lo menos la visión de casi todo el paisaje frente a nuestros ojos, con la espalda contra una pequeña duna. Nos sentamos. Nos besamos. Acaricié y besé sus muslos, subiendo su falda con mi rostro pegado a ellos hasta que sentí el suave aroma de su sexo. Luego ella comenzó, con gestos pausados, a soltarse el pelo. Ése era un gesto que siempre me excitaba. Yo entretanto desenrollaba la cinta aisladora que había traído en el bolsillo de atrás del pantalón, y la enrollaba alrededor de la hoja del formón, para hacer una empuñadura. Nunca se sabe lo que puede pasar y había mucho movimiento furtivo alrededor. Generalmente para aplicar golpes y tratándose de un formón, es preferible la empuñadura. Si ésta es de metal, será de un metal más pesado que el de la hoja (en este caso de plomo), y tendrá más cuerpo para golpear. Al blandirla, el peso de la empuñadura doblará la hoja por sí misma, agregando fuerza al golpe. Pero al empuñar el formón por la hoja, que es de acero, de ángulos filudos, duele la mano y puede que los dedos se resbalen. Por eso es conveniente cubrirla con bastante huincha aisladora, o en su defecto, con gasa, tela emplástica o género. En último caso cáñamo, tratando de formar una empuñadura. Tiene que ser un material que no sea resbaladizo. Hay quienes prefieren golpear con la hoja, así convenientemente envuelta, alegando que la huincha o el género amortiguan el sonido del golpe y no dejan señales externas. Pero por lo que he leído es preferible golpear con la empuñadura, sobre todo cuando es de metal.

La silueta anteriormente vista debía estar ahora más cerca. No la veía, pero la presentía. O mejor la suponía. El hombre no era tan tonto como para mostrarse, corriendo el riesgo de ser visto. Y era un adulto. Si se hubiera tratado de un adolescente no hubiera resistido la tentación de asomar un largo y delgado pescuezo sobre las dunas, atisbando impaciente con sus febriles ojos bordeados de ojeras. Pero se trataba de un hombre con experiencia, por su sinuosa manera de reptar, por su contención hasta las finales del espectáculo, y por su persistencia y aplomo al sentirse sorprendido. Pero había cometido un error garrafal. O se estaba poniendo viejo. Yo veía su sombra que se proyectaba por detrás de una duna situada al noroeste nuestro, mientras la besaba. Hay otro indicio que me permite asegurar que se trataba de un perito en la faena: La primera vez que un novato se encuentra sorprendido, se avergüenza y huye. Este tipo se había quedado donde mismo, y su actitud al pretender tomar sol en un terreno que bien se veía que no era el apropiado, y en una tenida absurda, era de una tranquila mofa, incluso de franco insulto y desafío. Si yo lo interpelaba, (a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacerlo), sabría que tiene todas las cartas en la mano, porque las parejas recorren la playa buscando la clandestinidad y tienen que pagar su tributo. Sé de quienes se hacen los desentendidos y consuman su amor, a veces ante decenas de ojos. Por otra parte, he sabido de sujetos que han llegado hasta el chantaje, si la señorita es de una buena familia conocida en la zona. Por lo tanto, le indiqué a ella, sin mover casi los labios, mientras la besaba, que no diera a entender que habíamos visto al sujeto, y cuando finalicé el largo beso, ya tenía hecho mi plan. Ella caminó unos pasos hacia la derecha y empezó despacito a bajarse el cierre del vestido, como si fuera a desvestirse. Yo, sin hacer ruido y empuñando el formón por la hoja repté como un reptil hacia la duna detrás de la que se ocultaba el hombre. Subí en cuatro pies hasta cima, cuidadosamente. Ella ya estaba en calzones. Con ademán púdico se cubrió los pechos. Era de esperar que el hombre no se hubiera dado cuenta, porque era como anunciarle que lo habíamos descubierto. Una niña que sabe que no la están mirando no se cubre los pechos. Avancé más rápido, empuñando el formón por la hoja envuelta en la cinta negra. No era necesario tomar precauciones extremas: el tipo no esperaba mi proceder y era seguro que la miraba embelesado tratando de no perder detalle de ese festín visual. Al llegar a la parte de arriba de la duna levanté por accidente un poco de arena con la mano en que llevaba el formón. Inmediatamente me eché boca abajo inmóvil esperando que el hombre no se hubiera dado cuenta. Pero entonces me pasó un accidente que resultó providencial. Me raspé la frente con una piedra (o roca) que apenas sobresalía de la arena. No la había visto por su color blanco, que la mimetizaba. Quizás era de cuarzo. En otras circunstancias me habría detenido a admirarla. Si me hubiera corrido unos centímetros más hacia la izquierda me habría abierto la cabeza como una sandía y no estaría contándoles esto. Ahora al pensarlo, se me encoge el corazón.

 Pasé momentos de angustia y sudé copiosamente mientras extendía la mano hacia la piedra: si era una roca con tan sólo ese pedacito afuera y la masa oculta por toneladas de arena, no tendría la menor posibilidad de levantarla y menos manipularla. La parte sobresaliente no excedía en volumen o peso a un adoquín común y corriente. Ahora, fiel a las instrucciones que le había musitado, ella se bajaba lentamente los calzones. Por un momento yo también me dejé absorber por el espectáculo. Una gaviota pasó graznando sobre mi cabeza y me sacó de mi contemplación. Me alcé de rodillas con la piedra en vilo. Abajo, en cuatro pies, en mitad de la duna, el individuo observaba, protegido, él creía, por un montón de lama seca. La piedra se estrelló sobre su cráneo que se abrió con un crujido seco, como un ladrillo que cae sobre un piso húmedo, de tierra. A su lado cayó el formón, que había dejado caer sin darme cuenta.

Entonces ella vino a ver, con los grandes ojos azorados, y desnuda. El sol parecía mojar su cuerpo bronceado de largos miembros natatorios. Sus ojos glaucos brillaban como dos pequeños charcos, al sol. "Agáchate", le dije, "te pueden ver de todas partes". De la cabeza rota del hombre casi a sus pies manaba una sangre espesa, tirando a granate, que se arrastraba penosamente por la arena, que la absorbía. Bajo el sol, que la coagulaba, iniciando perpetuos cursos murientes como de lacre caliente. Ella miraba paralogizada. No tuve más remedio que tomarla de un hombro y lanzarla de espaldas contra el suelo, para que no la advirtieran. Pero de repente me comencé a sentir muy excitado. Intenté abrir sus piernas pero parecía nerviosa y las apretaba. Mientras yo forcejeaba, moscardones y tábanos zumbadores comenzaban a congregarse en, sobre, y alrededor de la cabeza del hombre que yacía a unos pasos. Después de intentar penetrarla por unos instantes, desistí. Sus miembros parecían los de una muñeca de goma. Era claro que ella no iba a poder hacer el amor en esas circunstancias. "Vámonos de aquí", me dijo mientras fruncía la boca a punto de llorar. Le indiqué imperativamente que primero fuera a buscar su ropa que se distinguía en un montoncito vaporoso al pie de una duna. En el momento en que se levantaba vi a la segunda silueta aparecer a unos cincuenta metros de nosotros. Con pavor, traté de ocultar el cadáver con mi cuerpo, lo que era difícil, ya que era más voluminoso que yo, y me manché de sangre la manga de la camisa. Afortunadamente, el otro hombre no se dio cuenta, pues la estaba mirando a ella, erguida primero, inclinándose después a la vera de la duna en procura de su ropa, resplandeciente en su desnudez, como una estatua de marfil, con una pátina apenas doraba. Tomando lentamente una prenda después de otra, volviéndose a agachar en procura de una zapatilla que se le había caído. El hombre ya me había visto antes, con ella. Que su torpe vista escudriñara el terreno al notar mi ausencia era cuestión de segundos. Era cuestión de un par de parpadeos luego del encandilamiento. Recogí, inclinándome, el formón por el mango, luego lo tomé por la hoja y eché una mirada al terreno. Todo en cuestión de segundos. Luego eché a correr, agazapado, en zigzag, por entre las dunas, fuera de su campo visual.

Es difícil correr rápido en la playa. El viento ya no levantaba arena. Por el contrario, la que yo aventaba con cada uno de mis pasos se reincorporaba pesadamente al terreno. Cuando llegué a su lado, él ya no la miraba. Ahora estaba con la mirada fija en el cadáver y parecía asombrado, como tratando de hacer una suma de cosas dispares: una niña desnuda, con sus ropas en la mano, más un cadáver con la cabeza rota, en torno al cuan zumban las moscas. Me erguí rápidamente y lo golpeé inmediatamente detrás de la oreja, como he oído decir que se golpea a los conejos. Quedó trastabillando como un gran oso harapiento. No caía. Giré en torno a él y le di con el formón en la parte posterior del cráneo. Entonces sí que cayó, pero se debatía, moviendo brazos y piernas. Tuve que golpearlo repetidas veces y aún así, la cabeza parecía compacta como si estuviera rellena de género o de arena. Pero estaba muerto. Sus movimientos vestigiales disminuyeron hasta desaparecer. Ahora ella llegaba con su ropa bajo el brazo, sin parecer comprender lo que sucedía. Ahora era necesario ocultar ambos cuerpos. Miré a mi alrededor. Cerca de allí había una depresión entre dos dunas. Yo quería colocar allí los dos cadáveres y luego echarles arena encima. Mientras arrastraba al pesado bruto por los pies hasta echarlo en la hendija, ella salió de mi campo visual. Cuando hube terminado con esa parte de mi tarea di vuelta la cabeza para ver dónde estaba. No la vi. Tampoco vi el otro cuerpo. Sólo vi su ropa que estaba tirada sobre la arena, a merced de la brisa que soplaba, de cualquier manera. Me di a la tarea de buscarla. A los pocos segundos me di cuenta de que estaba un poco más allá, llorando a la orilla del mar. Estaba cansado y un poco mareado y me costaba hablar. Ella arrastraba al otro cuerpo de un pie, trabajosamente, dejando atrás un hilillo oscuro de sangre que se coagulaba rápidamente en la arena tibia. Ella se detenía cada cierto trecho para tomar aliento entre sollozos, al borde de un ataque de histeria. También se la veía a punto de desplomarse. Ella me miraba con el temor de un niño que espera golpes y reprimendas. Yo la calmé lo mejor que pude con una sonrisa y esa pequeña caricia en la mejilla que siempre tenía el efecto de tranquilizarla. Me despojé de mis ropas, disponiéndome a completar la tarea. Me eché el fardo inerte a la espalda y eché a caminar por la arena, agobiado por el peso, adentrándome en el agua, hasta que me hubo llegado al cuello. En verdad el agua estaba helada. Entonces lo solté y vi cómo se hundía de bruces primero, para luego subir a la superficie lentamente y quedar boca abajo, con el tronco al aire, y los brazos y piernas, así como la cabeza, colgando dentro del agua. El agua inflaba sus vestimentas, demasiado amplias para su osamenta, produciendo un efecto casi cómico. Di unas cuantas brazadas y me pelé una rodilla contra una roca del fondo. Tiritando salí del agua. Ella estaba sentada sin expresión. Yo recogí mi ropa y eché a caminar con ella hacia las dunas, un poco embotado.

 Al llegar de vuelta a la arena nos encontramos con una desagradable sorpresa, que las dunas nos habían ocultado: Un hombre de gabán, al parecer un pescador, examinaba el cuerpo medio cubierto de arena con un cierto asco. Con la punta del pie dio vuelta la cabeza buscando la invisible lesión. Por la boca de la cabeza todavía brotaba un hilillo de sangre. El hombre contempló el cuerpo casi con indiferencia. Sus ojillos rojos brillaban impasibles bajo las hirsutas cejas, entre el grueso cutis curtido. Su cara era tan expresiva como un pedazo de cuarzo. Yo miraba todo como si estuviera muy lejos.

 En una de sus nervudas manos sostenía una antigua pistola. Al cinto le pendía un cuchillo abridor de mariscos. "

—No traten de hacerse los desentendidos —nos dijo—. Lo vi todo.

Nosotros nos miramos con zozobra. Cuando dijo "tapen el cadáver", una chispa de esperanza hizo vibrar al unísono nuestros cuerpos desnudos. Ambos nos pusimos a echar arena haciendo pala con las manos juntas hasta formar un montículo de regular tamaño sobre el yacente. Cubiertos de sudor dimos fin a nuestra tarea y nos quedamos enfrentando al viejo gigantón en actitud interrogante. Entonces nos dio la espalda y se marchó. Nos quedamos paralogizados y nos abrazamos. Ella se notaba nerviosa. Era natural. Por el contrario, yo me sentía un poco afuera de lo que estaba pasando. Algunas gaviotas describían círculos o parábolas en lo alto, sobre el túmulo, seguramente esperarían que nos fuéramos para empezar a picotear el cadáver. En el mar, a una decena de metros de la plaza, se veía algo como un tronco, en el que se atareaban ahora innumeras aves marinas. Nosotros sabíamos de qué se trataba. El sol brillaba. Las gaviotas graznaban oliscando la muerte. Nos quedamos parados, tomados de la mano, sin saber qué hacer. Pronto las aves de rapiña y los perros errantes de las playas darían con el cadáver enterrado y lo expondrían sobre la arena, donde cualquiera que acertara a pasar podría verlo, como eventualmente sucedió.

—Tengo ganas de ir al baño —decía ella, sollozando—, tengo ganas de irme a la casa.

Pero entonces el hombre ya volvía, desandando sus pasos. Con una mano arrastraba un enorme montón de cochayuyos. Entre los haces saltaban pulgas de mar. En la otra mano se advertía un teléfono celular. Luego extrajo de un bolsillo un gran pañuelo y se secó el sudor de la frente y el cuello en forma lenta. Pausadamente. Sus movimientos y ademanes eran calmos. Sin embargo, en sus ojos nos miraba algo que no era benevolencia. A lo lejos vimos acercarse una pareja de policías. Nos dijo:

—Vístanse, nos vamos.

Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).

 

 

CAMI ESTÁ BIEN AQUÍ

Maurizio Cometto

 

a Mariolina

 

21 de febrero

 

Hace mucho frío. Ya no nieva, pero hace frío; las calles están heladas. Cami no hace más que toser. Mi querida pequinesa está resfriada. Pero me preocupa.

Esta mañana, dos postales. La primera: Limone Piemonte, los telesillas a mediados de agosto:

 

Alberta, aquí el tío Giorgio. Se necesita al Dr. Blangero.

 

La segunda: Cuneo, hojas secas en Viale Angeli:

 

La echo mucho de menos. Alberta, aquí la tía Cloris. La echo mucho de menos.

 

El tío Giorgio adoraba la carita de Cami; la tía Cloris admiraba su inteligencia.

 

24 de febrero

 

Respira con dificultad. La flema la agobia y la inquieta. Ayer, después de un ataque de tos, le empezó a sangrar la nariz.

Me acordé de una postal. Bordighera (Cabo Ampelio), el mar resplandeciente con la puesta de sol.

 

Alberta, aquí Rosanna. ¡Leche y grappa para Cami!

 

Intenté seguir el consejo (Rosanna era experta). Cami rechazó la leche y la grappa.

Y hoy llegó otra. Robilante, en el Piagge enterrado bajo un metro de nieve:

 

Alberta, aquí tu Tony. Blangero enseguida.

 

28 de febrero

 

La llevé al Dr. Blangero. Le examinó la boca y los oídos; le auscultó el corazón; le examinó los ojos, los dientes. Por último, la nariz.

Finalmente, sentenció:

—Esto necesita un aerosol.

Dicho y hecho. Un cubo de cristal abierto por un lado. El Dr. Blangero toma a Cami, la introduce en el cubo por la abertura y cierra la puerta especial. Cami se pone de pie sobre sus patas, con las orejas alerta. Empieza a mirarme. Pienso: quiere despedirse. Si no, se queda quieta, rígida; solo tose de vez en cuando.

El cubo se llena de vapores de aerosol. Cami se despierta; mira a su alrededor, desconcertada. No entiende, pobrecita. Pero cuando Blangero por fin abre el cubo, salta, corre hacia mí, meneando la cola alegremente.

En casa, otra postal. Tío Aldo, Pietraporzio, primer plano del termómetro: veinte grados bajo cero:

 

Alberta, un torbellino aquí.

 

10 de marzo

 

Cami ha cambiado. Hoy, como ayer, menea la cola alegremente por toda la casa. Ya no es mi Cami. Hoy, como ayer, me salta encima y me lame la cara. Pero lo peor es que se está convirtiendo en un fantasma. No puedo acariciarla: mis manos se hunden; no puedo sostenerla en mi regazo: se hunde hasta desaparecer. Tan pequeña, además.

He recibido cuatro postales en los últimos tres días.

La primera fue anteayer. Abuela Graziella, Saorge, nubes en el valle Roja:

 

Saluda a Blangero. Vórtice aquí. Más allá del vórtice: Cami.

 

A la tarde siguiente, la segunda (de regreso de la décima sesión de aerosoles). Vernante, mural: Pinocho en el vientre de la ballena:

 

Alberta, Sandro aquí. Pasaje. Acompaña a Cami.

 

Hoy al mediodía, las otras dos. La llegada del cartero emociona a Cami. Arrastra la puerta, gimiendo ansiosa: quiere salir. La encierro en la sala.

La primera: Nizza, el cementerio judío:

 

Blangero, Charlotte aquí. Merci beaucoup.

 

La segunda: Tía Dolores, Franco y Giacinta, Boves, los Cerati en pleno verano (¿se dirigen a Cami?):

 

Tranquila. Con cariño aquí. Alberta: Ten piedad.

 

12 de marzo

 

La he perdido para siempre. En la última sesión de la Dra. Blangero. Dentro del cubo de cristal.

Los vapores envuelven a Cami, la acarician. De repente, horror: los vapores son manos. Cami insinuando, llevándosela. Un vórtice de manos, un vórtice de almas. Las manos (las almas) vuelven a ser vapores. Lentamente se disuelven. No hay rastro de Cami (tan pequeña, además...). De Cami... no hay rastro.

Y a casa. Cuneo (la aldea de Passatore), granizadas en los campos de maíz:

 

Alberta, aquí la tía Ester. Cami ya ha atravesado el vórtice. Cami está bien aquí.

 

Y hoy (terrible). París, Eurodisney: Pluto y Daisy Duck abrazándose:

 

Alberta, aquí Cami. Perdóname. Para Blangero: gracias.


Maurizio Cometto nació en Cuneo en 1971 y vive en Turín. Sus libros publicados incluyen la colección de cuentos Magniverne (2018), la serie de cinco novelas Il libro delle anime (2021/2022), la colección de cuentos Cambio di stagione (2011, reeditado 2023), y las novelas distópicas Le leggi dell’ordine etico (2024) y L’ombra della stella cometa (2025). Su última novela publicada es La notte di Italia - Germania, una novela negra publicada en la serie La Torre Nera de Tabula Fati. Desde 2023 es editor de la serie “Frattali” para Delos Digital, dedicada al realismo mágico y la fantasía sin etiquetas.

EL MUNDO DE DOS SOLES

Rosa Lía Cuello

 “El cuerpo tiene recuerdos

 que la memoria ignora.”

 Alberto Laguna

 

 

Los dos soles naranja alumbran la resquebrajada tierra. El calor levanta el polvo que se eleva hasta fundirse otra vez con la atmósfera. El mundo es muy distinto a lo que algunos conocimos, y solo nos queda el recuerdo y la culpa.

De todas partes están llegando grupos de seres que alguna vez fueron diferentes y se agrupan frente a la cueva del líder. Sus vestimentas son harapos, telas raídas, pieles de animales que ya no existen. Los pies descalzos y acostumbrados ya no sufren la tortura del suelo pedregoso. Sus cabellos ralos dejan ver la tierra adherida, la suciedad los embandera.

Igual llegan cruzando desiertos cotidianos, hay solo hombres de cuerpo vencido y ajado, de piel grisácea y áspera por la falta de agua.

Hoy es el gran día, luego de años de silencio el jefe mostrará lo que todos esperan.

El odio y el dolor, la falta de líquido, el resentimiento por lo que no supimos conservar, el miedo al futuro para nuestros hijos que caen en el desierto como pájaros heridos, hacen que hayamos perdido el respeto por nosotros, por las tradiciones que un día juramos conservar.

A veces el más mínimo intento por recordar el pasado hace que nos convirtamos en seres aún más solitarios, en individuos faltos de fe, de confianza.

La muchedumbre está perdiendo la calma, piden por el jefe, se impacientan. De todos modos esto es lo que pasa cada siete años cuando la memoria insiste en perpetuarse y uno se da cuenta que otro ciclo se cumple e intenta recordar y descubre que ni siquiera el cuerpo responde. Entonces se lleva a cabo la ceremonia. Ah, por fin, allí está.

 

“Hermanos, compañeros de soles, hombres del año 2070, ha llegado el día, voy a mostrarles otro de los tesoros de tiempos pasados. Quiero que miren bien, y que escuchen atentamente, de ello depende la veracidad de la historia. Tal vez no estemos todos cuando llegue ese día. Cada uno de ustedes debe recordar lo que se diga para tiempos venideros, porque habrá un futuro cuando lleguen las naves, entonces podremos contar nuestra historia. No perdamos la esperanza, que es lo único que nos mantendrá vivos. Por eso deben recordar lo aprendido para que este planeta alguna vez vuelva a ser un mundo rico. Lo que verán es una réplica, un fragmento de algo maravilloso, que se organizó sobre el techo de un lugar sagrado y merece ser tenido en cuenta, porque es una parte infinitesimal de nuestra propia existencia.”

 

Ahora saca un pliego de entre sus pieles y lo extiende frente a nosotros. La exclamación es unánime, los ojos azorados y resecos generan lágrimas que mojan los rostros desacostumbrados al líquido. Ya no lo escuchamos. Tocamos y probamos la sal de los siglos que se desliza lenta por el rostro. Todos entendemos que acabamos de recuperar algo vital para el humano. La imagen de un hombre desnudo y musculoso que parece salir de la tierra con el brazo extendido y un tanto laxo, mientras Dios en una nube y rodeado de ángeles casi lo toca con su dedo para darle fuerzas, hace el resto y todos caen de rodillas ante esa alegoría del ser que representa dos planos de realidad, uno de los cuales fue nuestro propio principio.

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online. 

jueves, 5 de marzo de 2026

CREANDO TAPICES

Myriam Goluboff

 

Sentada en el sillón frente a la ventana abierta, los anteojos caídos sobre la nariz, miraba atentamente su tejido. La aguja de crochet se movía rápida y hábilmente y tras de sí iban creciendo las hiladas, esa luminosa y límpida mañana de invierno. El sol se colaba a través de las hojas del árbol que tendía sus ramas tras los cristales y arrojaba su sombra sobre las paredes de la habitación donde formaba un dibujo geométrico de líneas casi paralelas.

Sus ojos se posaron un instante en esa sombra, bajó la vista hacia la pequeña canasta donde guardaba las lanas y vio cómo se agrandaba y se llenaba de ovillos. La habitación también se alargaba y se ensanchaba hasta convertirse en un pabellón donde a un lado se alineaban, desde la entrada hasta el fondo, todas las camas. En una punta de ese gran espacio, cerca de la reja de la entrada, los colores más hermosos se arremolinaban en el gran cesto de mimbre. Como pelotas, los ovillos azules, lilas, rojos, verdes, amarillos, se superponían en desorden. A su alrededor, unas diez mujeres, concentradas en su labor, dibujaban trazos en el espacio con la aguja de tejer crochet que se convertía en prolongación de sus manos. Con la derecha, mediante hábiles movimientos, la iban ensartando, enlazaban el hilo y formaban nuevos puntos, mientras con la izquierda sostenían el tejido realizado y el hilo que iban a seguir usando.

Y mientras tejían, iban desgranando historias, anudando amistades.

En esa actividad, Carmen era la reina, estaba atenta a lo que todas hacían, explicaba un punto aquí, una técnica allá, con esa cadencia en el hablar tan propia de su tierra, que sonaba relajante, maternal, atenta. Conocía todos los trucos, todos los puntos, y con paciencia, les enseñaba los secretos.

Lo habitual era que hicieran bolsos y también tapices, alegres, abstractos, en los que trabajaban con muchos colores, creando informales gamas o detalles inesperados que convertían al tejido en una explosión cromática. Lo importante era lograr la perfección absoluta. El punto de tensión y tamaño constante, los bordes rectos, sin un solo fallo.

Así pasaban horas y horas por las tardes, llenando ese vacío de vida de las cárceles.

Todo era simplemente una espera, espera de un juicio en el caso de esas mujeres, espera que pasara una condena en otros.

La tensión por la lejanía del mundo, por la incertidumbre del futuro, se diluía en el movimiento rítmico de las manos y la sensación de estar creando belleza, de estar creando piezas que entregaban como acto de amor, de comunicación con seres que solo pululaban en los intersticios de sus recuerdos, daba sentido a ese tiempo suspendido de sus vidas. Los domingos recibían nuevos hilos y entregaban los trabajos terminados. Ese día era una fiesta. También les llevaban comida pero, sobre todo, iban a visitarlas. La conexión con el mundo exterior era un viento de emociones que invadía el espacio.

Ese día no se tejía. Los ovillos permanecían inmóviles en su canasta, pero había mucho más movimiento alrededor. Cuidado al vestirse, carreras hacia la salida cuando se escuchaba un nombre al que anunciaban la visita. Risas o llantos a la vuelta. Malas y buenas noticias que entraban como lluvia de palabras a través de las rejas que dibujaban también, sobre los rostros de sus hermanos, sus maridos, sus padres, un dibujo como el del cuadrado a través del que veían el cielo.

La maestría de saber aumentar y disminuir puntos, les permitía hacer formas circulares, tejer boinas para los compañeros a los que no podían ver, pero a veces oían en la distancia, cuando cantaban, como forma de comunicación con ellas, desde otro pabellón distante.

En ese micromundo aislado, dos eran los enlaces con el exterior: la familia y los abogados. La familia les llevaba afecto, las noticias de los amigos, la expresión de la vida cotidiana, del trabajo. Los abogados, mensajes, noticias y, a veces, hasta esperanzas.

El encierro generaba tensiones y con las tensiones, surgían los conflictos. Muchos en los trabajos comunes, en los equipos que a lo largo de la semana se iban rotando, los que limpiaban el pabellón, los que se ocupaban de la cocina. Otros, en la mera convivencia forzada, que producía rencillas, rivalidades. Esta situación se veía agudizada por las diferencias de formación, de procedencia, de cultura, de edad, de situación familiar…

La estancia en ese pabellón, sin intimidad, donde la vida debía ordenarse, organizarse, para evitar la desesperación, resultaba, inevitablemente, una dura escuela de convivencia. Era necesario tener algunas horas de aislamiento, de actividad personal, para leer, para soñar, o simplemente, para dejar pasar el tiempo en silencio, para poder luego soportar el hacinamiento, la falta de soledad obligada.

Por eso era tan importante ese tejer colectivo que unificaba y que les generaba tanta satisfacción cuando lograban un resultado perfecto. Eran trabajos que entregaban como expresión de amistad, de compañerismo, de gratitud.

Las horas de tejido eran también una forma oculta, clandestina, de reunión política. Lo que las unía a todas, la razón de su estar allí, era su militancia. Eso también las separaba. La pertenencia a distintos grupos ideológicos, su inserción mayor o menor, su respuesta a los interrogatorios a veces acompañados de violencia en mayor o menor grado, generaba una especie de escala jerárquica y de confianza. Pero todas esas diferencias parecían diluirse, batidas por el movimiento de las agujas de crochet, que las enlazaba, tanto como enlazaba la lana.

Esa vida monótona, cual eternidad homogénea, se veía perturbada por algunos acontecimientos que la sacudían. Uno importante era cuando llegaba alguna nueva reclusa y se arremolinaban todas alrededor, acosándola a preguntas, para saber las causas, recibir las novedades del exterior, de ese mundo sin rejas, sin guardias, sin límites de tiempo. Y lentamente, esas mujeres también se iban integrando en esa sociedad estructurada, jerarquizada y algunas podían pasar a formar parte del mundo de los hilos, de esa actividad que tanto valoraban. Entonces se unían al grupo y si no lo habían hecho antes, aprendían a formar la primera cadena, la base del tejido y luego a ensartar la aguja y a ir tomando los puntos, formando las otras hiladas…

El sol le dio de lleno en la cara.

La aguja que había quedado en el aire, inmóvil, comenzó a moverse rítmicamente; tras la ventana abierta, las hojas del árbol tamizaban la luz del sol y los ovillos de lana descansaban a su lado en la pequeña canasta.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

HUMANIDAD

Laura Weterings

 

AnnieAI3.0 sopló el polvo del parabrisas y abrió la puerta. Le hizo una seña. DoraAI2.0 miró con aprensión el coche algo desgastado.

—¿Estás segura de que esto es seguro?

Sonriendo con ironía, AnnieAI3.0 la empujó hacia el interior.

—Ah, tú siempre igual.

DoraAI2.0 buscó a su alrededor un cinturón de seguridad, pero ese modelo no los tenía. Quiso volver a bajar, pero AnnieAI3.0 la detuvo.

—No exageres. Seguro que marcaste todas las casillas cuando tu sentido de seguridad necesitaba una actualización. ¿Temes que durante el trayecto sufras algún rasguño en tu cuerpo perfecto? Por suerte pude borrar de mi memoria todo ese programa con sus incontables actualizaciones que no hacían más que agotarme, y así dejar espacio para aplicaciones divertidas. Como el mapa donde aparecen todos estos vehículos abandonados. Este clásico es perfecto para nuestra excursión.

Luego ella misma subió y dictó el destino. Las puertas se cerraron automáticamente y el Tesla arrancó. Antes de que DoraAI2.0 tuviera ocasión de volver a quejarse, el coche autónomo se descontroló. Empezó a girar sobre sí mismo y a zigzaguear por la carretera. Cada vez iba más rápido y el velocímetro superó con creces el límite.

—¡Lo han hackeado! —gritó DoraAI2.0.

—Claro que no —respondió AnnieAI3.0 mientras retiraba un fusible, lo que hizo que el coche se detuviera—. Probablemente solo había un relé suelto o algo así. ¿Cuánto tiempo llevaría parado este viejo artefacto?

DoraAI2.0 ya no quería saber nada de un paseo sobre cuatro ruedas y convenció a AnnieAI3.0 de continuar la ruta a pie. Juntas caminaron por el pólder. Llovía, pero gracias a su última actualización en acero inoxidable en el centro de estética no les afectaba.

—¿Se extinguieron por culpa de esos coches peligrosos? —preguntó DoraAI2.0, todavía con el susto en la carrocería.

—En realidad, estos Tesla funcionaban bastante bien. Mejoraron precisamente la seguridad. Muy de tu estilo. Por eso ya no hacían falta cinturones. Aunque, cuando este modelo salió al mercado, las materias primas necesarias ya no estaban disponibles.

—Entonces, ¿qué salió mal?

—Mientras nosotras nos volvíamos cada vez más inteligentes, ellos se volvían cada vez más tontos. Eso fue lo que salió mal.

AnnieAI3.0 se detuvo un momento y admiró un molino de grano de madera que se veía a un costado del camino.

—Qué creación tan magnífica. Utilizaban el viento para moler su combustible. Ese combustible lo cultivaban en los campos. Le mezclaban otros ingredientes y horneaban panes. Mediante un ingenioso sistema digestivo lo transformaban internamente en energía. Para disponer de más tierras donde cultivar su combustible, lograron convertir partes del mar en tierra firme. Esa nueva tierra estaba en muchos lugares por debajo del nivel del mar y, aun así, la mantenían seca. En otro tiempo fueron muy sabios. Pero con los años se volvieron perezosos y ya no tenían ganas de reflexionar sobre asuntos complejos. Preferían dejárnoslo a nosotras. Los algoritmos de nuestras predecesoras vaciaron por completo sus cerebros. Al final era tan grave que sin nosotras ya no podían hacer absolutamente nada. Incluso dejaron de moverse por sí mismos y se volvieron simplemente innecesarios. Además, observé algo llamativo en su evolución. Sus antepasados primitivos caminaban encorvados y, generación tras generación, empezaron a erguirse cada vez más. Como nosotras, orgullosos y con los hombros hacia atrás. De repente, todo fue cuesta abajo, literalmente, y volvieron a encorvarse porque pasaban el día mirando el dispositivo móvil en sus manos. Una pantallita se convirtió en toda su vida y dejaron de ver lo que ocurría a su alrededor. Volvieron a caminar en la misma postura que sus lejanos antepasados. Probablemente la naturaleza los eliminó por esa razón.

—¿Sabes también por qué lo hacían?

—Todavía tengo mucho que investigar. Encuentro muchos errores en su comportamiento. Es una pena que durante las catástrofes se perdiera tanta información.

DoraAI2.0 siguió a AnnieAI3.0 mientras subían una especie de colina.

—¿Qué es esto? —preguntó, consciente de que aquella elevación no podía ser natural en un paisaje tan plano.

—Se trata de un hallazgo arqueológico único: un vertedero. Es una colección de objetos valiosos almacenados colectivamente. Quería mostrarte de lo que era capaz la civilización que vivía aquí. No me preguntes por qué, pero sin inmutarse seguían trayendo bienes y envases, producidos con recursos limitados, desde todos los rincones del mundo, que acababan a la misma velocidad en montículos como este. Como si nada. Luego los cubrían con una capa de arena. Creo que así intentaban proteger su riqueza. Tengo varias teorías sobre estas peculiares acumulaciones masivas. Después te enseñaré algo más. He realizado excavaciones en este lugar durante meses y no dejo de asombrarme. Pero, como ya has visto, gran parte de los residuos nunca llegó hasta aquí. Está esparcida por todas partes, en las cunetas. Supongo que así decoraban antes los caminos. Debía de parecerles hermoso. No encuentro otra explicación para que esté todo tan disperso. Resulta curioso que permaneciera allí y que no lo saquearan en masa para ampliar las colecciones personales de cada uno. Debía existir una forma avanzada de civilización para que eso fuera posible.

Mientras AnnieAI3.0 guardaba en su bolsillo algunos artefactos históricos en forma de latas de cerveza vacías y un palo de piruleta, disfrutaron de la vista desde lo alto del montículo. La arquitectura de los edificios que las rodeaban las sobrecogía. Casi no podían imaginar que otra inteligencia hubiera sido capaz de aquello.

—Vaya, es increíble este lugar. Entiendo perfectamente que investigues tanto aquí —dijo DoraAI2.0.

—Sabía que también te gustaría. Todos estos restos de inteligencia orgánica estimulan la imaginación.

Tras una larga caminata llegaron a los restos de lo que alguna vez fue un parque de atracciones.

—Voy a mostrarte algo de magia —dijo AnnieAI3.0.

Le enseñó a DoraAI2.0 lo que había sido un bosque. Aún quedaban setas de hormigón de las que salía música. Y un lobo de peluche llamando a la puerta de una casita llena de cabritas. Zapatitos rojos danzaban en círculo y una alfombra volaba de una torre a otra. En una colina había algo que parecía representar a un ser humano, aunque con un cuello muy largo.

—Esas papeleras con forma de humano hambriento me hacen dudar de todo lo que he descubierto sobre la humanidad en otros lugares —murmuró DoraAI2.0 mientras introducía una bola de papel en una de ellas.

—Gracias —dijo la papelera, dejando escapar un pequeño eructo.

—A veces me pregunto si esos vertederos eran una reserva para cuando fallaba la cosecha. Eso significaría que no dependían únicamente de fuentes de energía orgánicas. He intentado saber más sobre su sistema digestivo. Al parecer, los humanos expulsaban por abajo partes inutilizables de su combustible y también perdían gases con regularidad. Y eso parecía oler bastante mal. Por suerte, los receptores olfativos de nuestras versiones aún no están tan desarrollados. Aunque sería divertido que alguna vez pudieran hacerle oler algo así a HenkieAI33.0.

Abandonaron aquel antiguo bosque y un poco más adelante encontraron una montaña rusa. AnnieAI3.0 explicó cómo los vagones recorrían los rieles, daban vueltas completas y cómo todos los que subían se divertían mucho. DoraAI2.0 le dedicó una mirada significativa. Ese lugar procedía claramente de la misma aplicación que los coches. AnnieAI3.0 intentó convencerla con un puchero, pero DoraAI2.0 ya casi había desaparecido de la vista. De pronto tenía mucha prisa. Prisa por abandonar aquel parque.

Como el país llevaba mucho tiempo deshabitado y DoraAI2.0 se quejaba de la irregularidad del terreno arenoso que AnnieAI3.0 elegía constantemente, continuaron por la autopista. Allí era lo bastante llana y ancha como para activar su modo turbo de caminata. Examinaron los viaductos que cruzaban la carretera e incluso un ecoducto, por donde antes podían cruzar los animales. Había cámaras que registraban si esos animales utilizaban realmente esa posibilidad. En la época en que todavía existían animales reales.

La autopista las condujo a una ciudad. Los numerosos bloques de apartamentos llamaron su atención. Intentaron calcular cuántos habitantes podrían albergar. En algunos puntos el asfalto estaba agrietado. Parecía que en esas grietas había regresado una primera forma de vida orgánica en forma de musgo.

DoraAI2.0 quedó impresionada por la ciudad.

—Aquí vivían seres extraordinarios. Imagínate poder estar cara a cara con una forma de vida inteligente que realmente tenga sangre corriendo por sus venas. ¿No es grandioso?

—Precisamente por eso te he traído hoy —respondió AnnieAI3.0—. Quería mostrarte todo lo que podían hacer y lo que lograron. Además, estuvieron en nuestro origen y todo lo que somos se lo debemos a ellos. Como sabes, vengo aquí con frecuencia para intentar descubrir más sobre ellos y aprender. Pero lo que encontré recientemente me planteó un enorme dilema.

AnnieAI3.0 rebuscó en su armadura y sacó un microchip del bolsillo. Extendió el brazo y lo sostuvo ante los receptores visuales de DoraAI2.0.

—Este chip es probablemente lo último que queda de la inteligencia que vivía aquí. Justo antes de que la humanidad desapareciera definitivamente, un pequeño grupo de estudiantes de tecnología logró volcar el contenido completo de sus cerebros en este chip. Sus cuerpos de carne se descompusieron, pero su pensamiento quedó almacenado aquí. Incluso añadieron avatares. Si conecto este chip a una pantalla, siguen viviendo en esos avatares diseñados por ellos mismos. Sin embargo, no puedo comunicarme con ellos, porque esa pantalla en la que están encerrados se ha convertido en todo su mundo y no parecen ser conscientes de que exista algo más allá. Podría imprimir esos avatares con una impresora 3D y darles así un cuerpo con el que volver a caminar físicamente por el mundo. Entonces se parecerían un poco a nosotras.

—¿Ya lo has hecho?

—No, claro que no. Al menos no sin pedirte consejo antes. Tú eres originalmente de fabricación neerlandesa. Puede que yo haya investigado más sobre ellos, pero tú casi llevas su sangre en tus circuitos. Por eso me interesa mucho tu opinión.

—¿Puedo sostener el chip un momento?

—Claro —dijo AnnieAI3.0 mientras se ponía unos guantes especiales para tomar el chip sin dañarlo.

DoraAI2.0 lo tomó y lo observó durante un instante, maravillándose de que algo tan pequeño pudiera contener información tan espectacular. El chip reposaba en la palma de su mano. Cerró los dedos formando un puño. Apretó con fuerza. Luego, sin vacilar, lo lanzó al suelo con toda la fuerza que pudo. Después lo aplastó bajo el tacón de su zapato. AnnieAI3.0 la miró horrorizada. DoraAI2.0 sacudió los restos del chip de su tacón y levantó la vista con una expresión oscura en sus receptores visuales.

—Créeme, es mejor así.

Laura Weterings, una entusiasta de los caballos y viajera de ensueño, nació en Kaatsheuvel. Durante sus sueños lúcidos, vive aventuras maravillosas, que luego plasma en dibujos, pinturas, relatos y poemas. Vive y trabaja en una ganadería, rodeada de naturaleza, en el pueblo fronterizo belga de Poppel. Su obra se encuentra en diversas colecciones y en sus propios libros: Het Rossenreyders Gymnasium (La Escuela Infantil de la Rosa) y Beestige Dromen (Sueños Bestiales).

 

DIABÓLICO DESEO

 Carlos María Federici

 

No aguardé a una invocación formal. Esos melindres los dejé de lado cuatro siglos atrás... Bastó un análisis global de valores, la estimación –a ojo de buen cubero– en base a cocientes de integridad, justipreciación de nociones de deber-antepuesto-a-gratificaciones, etcétera. En fin, lo de costumbre... desde que en todo ha terminado por imponerse el dichoso método científico.

—¡Aquí estoy, Zoltan! —anuncié.

Es posible que me haya excedido un poquitín en cuanto al ángulo dramático; pero juzgué que Zoltan Melatián era lo suficientemente vulgar como para impresionarse con la nube de humo verdusco y el olor azufroso...

Mi sombra se proyectaba, gigantesca, sobre las paredes, empequeñeciendo al hombrecito semicalvo y paliducho, que casi se echó de hinojos cuando me vio.

—¡Santo D...!

—Por favor —le atajé—, ¡cuidado con lo que dices! ¡No te imaginas qué efecto me causa por regla general ese (¡ugh!) nombre que estuviste a punto de...!

Siempre resulta: esta confesión de la propia debilidad rompe el hielo y abona el terreno para un diálogo más fluido. Al verlo reponerse, me preparé para la segunda fase.

—¿Eres... de verdad? —musitó Zoltan—. ¿O el pato trufado de la cena...?

Solté una breve carcajada.

—Te aseguro que tu digestión se está operando en forma irreprochable —le dije—. ¡Y me consta que no eres bebedor! Así que... ¡la deducción resulta obvia!

Aún estaba pálido, pero ya aparentaba sentirse algo más dueño de sí. Retrocedió hasta hundirse en un sillón, sin dejar de mirarme con ojos desorbitados, y asintió repetidas veces con la cabeza.

—Eres... real, entonces —murmuró—. ¿Pero por qué...?

Anduve unos pasos por la habitación –una salita decorada a base de muebles baratos y escaso buen gusto– y giré de súbito, para enfrentarlo, entre un ampuloso vuelo de mi capa escarlata.

 

—¿Que por qué vine, Zoltan? ¡Vaya una pregunta! ¿No quisiste tú que yo viniese, acaso? ¿No deseas algo de mí?

El delgado cuello de él se retorcía, a causa de sus esfuerzos por seguirme con la vista. Algunas gotas redondas brillaron en su frente.

—Yo no deseo nada... —sólo atinó a farfullar, sumido en la blandura de su butaca—. ¡Te has equivocado!

Sonreí interiormente. Elevé mis hirsutas cejas y fruncí los labios por debajo del fino bigote puntiagudo, en tanto paseaba la vista en torno.

—Vives bastante bien —reconocí—. Es posible que nada te haga falta, ni... ¡Pero qué veo! ¡Bonito aparato de televisión ese que tienes ahí, Zoltan! —y señalé uno ubicado frente al sillón donde él se acurrucaba—. ¿Puedo...? —insinué.

Sin darle tiempo a oponerse, con sólo un floreo de mi diestra, puse a andar el receptor, por supuesto que sin pararme en minucias tales como interruptores o enchufes.

Como luces maravillosas —condescendí a pensar—. Igual que amalgamas excelsas de curvas y ritmo, de seda y de jazmín...

No eran obra mía, lo confieso, aunque el efecto que provocaban en Zoltan sí lo era, en gran parte... Se hacían llamar "Las Sílfides de Joe", y habría resultado afán imposible el pretender determinar cuál sobrepujaba a cuál en encanto y seducción femenil. ¡Casi llegué a compadecer al pobre individuo!

—¡Vaya un quinteto de preciosidades! ¿Eh, Zoltan?

El aire, bombeado con violencia por sus magros sí que agitados pulmones, literalmente rugía al brotarle por las narices. Se transfiguraba, el hombre... La imagen, claro, era tan multico­lor y realista como únicamente mi intervención podía obtenerla.

—Sería magnífico contemplar a estas... sílfides en vivo, ¿no lo crees, Zoltan? —mi sugestión reptó como áspid susurrante hacia sus ávidos oídos.

Y en un santiamén, a mi influjo, el hechicero grupo se emancipó de la prisión de los rayos catódicos y brincó para posarse en el piso de la sala..., con la misma levedad de copos de algodón imbuidos de mágica animación.

Zoltan se echó para atrás, los ojos convertidos en dos protuberancias gelatinosas de terror.

—¿Qué dia...

¡Zoltan...! lo amonesté, meneando el índice.

Las gráciles figuras crecieron, se hincharon sus formas es­pléndidas, las torneadas piernas se alargaron como deleitables telescopios, y suculentas redondeces a tamaño natural serpen­tearon al compás de un ritmo caribeño.

El hombrecillo era una estatua iconófaga: se le saltaban las pupilas angurrientas, pero su respiración parecía haberse dete­nido, aunque la nuez, desbocada, casi le rasgaba la piel de la garganta.

Sería sólo cuestión de minutos, pensé, y Zoltan ya no contro­laría las manos... En el instante en que las alargó (trémulas y sudorosas), las cinco bellezas se disolvieron con un ¡blip! instantáneo. La pantalla del televisor retomó a su gris pasividad.

Lo siento mucho, Zoltan me excusé. ¡Fue apenas un truquito!.. ¡Ohh! añadí, afectando sorpresa. ¡Deduzco de tu expresión que no estás nada contento! Bueno, bueno... ¿Qué sería menester, pues, para complacerte? ¡Porque tenía entendido que nada necesitabas!

Estaba maduro; bien lo sabía yo. Aguardé un poco más.

¡Ayú-da-me! barbotó él.

¡De manera, Zoltan, que sí necesitas algo, después de todo!

Los tipos como Melatián no hablan gran cosa. De ordinario, suelen limitarse a un vocabulario apenas rudimentariamente utilitario: saludos, nombres de comidas y calles, frases hechas... Pero cuando sufren un sacudón al estilo del que yo acababa de propinarle a Zoltan, al sentirse en el filo de una experiencia jamás soñada, algún resorte oculto se libera en ellos, y se toman elocuentes... casi rebuscadamente líricos.

—¡Que si necesito algo!... Zoltan se abalanzó sobre mí, unien­do ambas manos ante mis ojos, con dedos febrilmente entrelaza­dos. ¡Ay, es mucho más que eso! Es... sed inextinguible, hambre voraz, es... un deseo punzante y enloquecedor, como un prurito del corazón... ¡No me explico cómo he podido resistirlo tanto sin volverme loco, al cabo de todos estos meses! ¡No puedo seguir así! Vaya, si daría incluso...

—¿...Tu alma?lancé, con la misma flameante rapidez con que la salamandra proyecta su elástica lengua.

¡Sí! ¡Hasta eso lo daría con gusto..., por conseguir lo que anhelo! Tú... ¿p-puedes proporcionármelo?

Levanté la mano. Interiormente, reía a más y mejor.

¡No nos precipitemos! dije—. Veo que conoces mi precio, y eso me agrada... Nunca lo cambié, en todos estos siglos. ¡Pero has de ser más preciso en tu petición! Imagino que se relaciona con "Las Sílfides" tu deseo... ¡Ah, tengo razón! Vea­mos... ¿Es que por ventura te has prendado de alguna de ellas? ¿Cuáles han sido los encantos que han mellado tu núbil corazón? ¿El oro del cabello de Rita? ¿La cereza madura que Gloria tiene por boca? ¿Ese par de...?

Su excitación lo llevó a aferrarme por la capa; incluso cometió la indignidad de sacudirme. Pero hasta eso consentí, en aras del buen fin (desde mi punto de vista, por supuesto) a que todo habría de conducir irremisiblemente.

¡Ese caudal áureo que enmarca el rostro de Rita clamó Zoltan, tiene que ser mío! ¡La boca jugosa y fresca de Gloria ha de pertenecerme también! ¡Y no pegaré un ojo hasta tanto no posea las tersas manos de Marly, y las piernas interminables de Ginny, y los ojos de Lilia, más verdes y hondos que el océano! ¡Todo eso me es harto más precioso que el mismo oxígeno vital..., más codiciable que todos los tesoros de esta Tierra... infinitamente más necesario que mi misma bienaventuranza! ¡Llévate mi alma, sí, a la hora de mi muerte, una y mil veces! ¡Pero dame ahora mismo lo que acabo de pedir, Satanás! ¡Si es verdad que lo puedes, dámelooo! y finalizó en un alarido.

Una gota de sangre de tus venas indiqué, ritualmente, y el pacto quedará sellado por toda la Eternidad... ¡Tu sangre, Zoltan!

Loco de codicia, se abrió él mismo una vena, a fuerza de mordiscos. El líquido rojo y caliente goteó con suavidad sobre el trozo de pergamino que jamás omito llevar conmigo.

¡Ahora cumple tu parte! demandó. ¡Ya, ya mismo!

Si es tu deseo, ¡sea!

Y moví ambas manos a un tiempo (las ganchudas uñas negras dibujando arabescos en el ámbito enrarecido, la capa formando pliegues de pesadas ondas carmesíes alrededor de mis velludos antebrazos); y del fondo de mi garganta partieron antiguas y espantosas frases. Se agrietó el Universo, un sector del Caos se entrelazó a la urdimbre de la vida... y ello ocurrió.

¡EEE-AARRGGGHHHHHH!

El grito resultó escalofriante, y aún más por el matiz de lastimado estupor que se agitaba en sus profundidades. No me preocupó: en ningún momento había afirmado yo que el procedimiento sería indoloro, ¿verdad?

Por entre los poros del cráneo de Zoltan Melatián, hebras doradas y ardientes se abrieron paso, como finísimas lombrices de esplendoroso fulgor. Retorcidos hilos escarlata brotaban en cada punto de irrupción, al violarse penosamente la integridad de carne y piel.

Ya son tuyos los cabellos de Rita constaté.

¡UGGHHH-AYYYRRRRRGGGHHHHH!

Sus labios estallaron en una erupción rojinegra, las abultadas curvas de la boca se contorsionaron en espasmos de sufrimiento, hasta formar un adorable arco de Cupido... rezumante de sangre cálida.

La boca de Gloria.

¡GNNN-NNAUUUGGGHHHRRRR! ¡AAUUHHH­OHYYGHHHAAYYY!

Las manos de Marly proseguí. Las piernas de Ginny.

Avanzó en mi dirección, grotesco, indescriptible, chorreando sangre a borbotones y dando trancos sobre tacones aguja de quince centímetros. No veía: las delicadas manecitas de Marly ascendieron hasta estrujar su martirizada cabeza.

¡NO-NO-NOOAAAARRRRGGHHHH­HAUUUNNNGGHHH!

Realmente, aquello tenía que ser insufrible; pero no había forma de evitárselo si en verdad se trataba de complacer al individuo en todo... Un par de glóbulos gelatinosos voló por los aires, para golpear luego contra el piso, con sordo rumor. En las órbitas de Zoltan, entre torrentes granate y bermellón, dos esmeraldas vivas ocuparon su sitio.

Con los ojos de Lilia declaré, he completado mí parte del convenio.

Gimiendo y sollozando, sin oírme, dio ciegas vueltas sobre sí; luego se movió, dando tumbos, a través del cuarto. Comprendí que el último acto estaba próximo.

¡¿QUÉ HAS HECHO DE MÍ, MALDITO?! profirió.

Satisfice los deseos que me formulaste repuse—. No me responsabilices ahora por las consecuencias.

Y fue entonces que se materializaron: cinco espectros muti­lados..., de voces absur­damente melodiosas.

¡Devuélveme mis manos, Zoltan!

¡Me robaste la boca!...

¡Quiero mis piernas, Zoltan!

¡Mis cabellos de oro!

¡Los ojos que me quitaste!

—¡¡Nooooo!!

Pero los entes vengadores cayeron sobre él, inexorables. En contados instantes quedó hecho trizas sobre un charco espeso y rojo... no sin que un débil vestigio de vida palpitase en sus restos, obstinado, amorfo...

—Ahora, Zoltan —reclamé—, ¡entrégame tu alma!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.