Jorge Candeias
Ha desaparecido de
su casa, en la isla española de Lanzarote, Canarias, el escritor portugués José
Saramago. El laureado con el premio Nobel habría sido visto por última vez por
un repartidor de una tienda local, que habría ido a entregarle provisiones a su
casa al comienzo de la tarde de anteayer, día 21. La esposa del escritor se
encuentra de viaje y no se la espera en Lanzarote hasta dentro de una semana.
Según informaciones de la editorial, Saramago se preparaba para publicar el
octavo volumen de los Cuadernos de Lanzarote. La policía no ofrece
ninguna explicación sobre el caso y la casa del escritor se encuentra
inaccesible para los medios de comunicación.
Sin embargo, hemos podido averiguar
que la desaparición, denunciada a la policía española por algunos amigos que
tenían una cita concertada con el escritor en Haría, pequeña localidad del
norte de la isla de Lanzarote, presenta aspectos misteriosos e incluso
insólitos. En efecto, aunque no hay señales de robo ni de violencia, han
desaparecido varios objetos personales, entre ellos ropa, la computadora que el
escritor utiliza para escribir y otros objetos predilectos de Saramago, como si
se hubiera preparado para un largo viaje. Para aumentar el misterio, se
encontró sobre la mesa de trabajo del escritor un breve manuscrito fantástico,
al que hemos tenido acceso y que transcribimos a continuación.
¿De qué vale una
vida sin misterios? Me descubro jugando insistentemente con ese pensamiento
mientras otra parte de mi cerebro revive mi salida de esta Tierra que me acoge
como un útero desde hace tantos años que ya se han vuelto difíciles de contar.
Tal vez, porque mi vida no tiene misterios para mí, la dediqué a inventárselos
a los demás y, si ese fuera el caso, ¿qué haré yo con los años que me quedan? O
mejor, ¿qué podré hacer con ellos, ahora que esta vieja vida que es la mía se
ha vestido con un manto de misterio que ni otra vida igual a esta me permitiría
desentrañar?
Los críticos de lo que escribo
dicen que soy demasiado intrincado, que pierdo la objetividad de lo que quiero
decir en las muchas palabras con que lo digo y en los rodeos, retrocesos y
giros con que llevo mis frases a su destino. Tal vez sea así, aunque a mí todo
me parece claro. Pero si es así, ¿será este texto incomprendido? ¿Tendré que
forzarme a un estilo periodístico para que no confundan lo que quiero decir con
lo que no quiero? Ya he perdido la costumbre del estilo periodístico, si es que
alguna vez la tuve, pero quizá tenga que intentarlo, al menos. Porque lo que
tengo que decir es demasiado importante como para que no me comprendan; será
incluso lo más importante que alguna vez haya dicho o diré, o quizá la única
cosa verdaderamente importante que dejaré a mis semejantes.
Pienso que todo habrá comenzado
cuando quise dirigir la mirada del mundo hacia sus desheredados, aprovechando
los cinco minutos de fama que el Nobel me dio. De algún modo que ni siquiera me
atrevo a intentar comprender, mis palabras habrán llegado más lejos de lo que
jamás podría haber supuesto. O al menos eso pienso, porque no se me dijo nada
directamente; solo me fueron mostradas maravillas y terrores y se me hizo una
petición silenciosa para que sacara de ellos mis propias conclusiones.
Sea como fuere, el hecho es que
hace unos seis meses, tiempo contado a través de los ciclos de sueño y vigilia
que atravesé, o ayer, si he de creer en la fecha que marca el calendario que
tengo delante, fui llevado por unos seres que me parece haber visto ya en
sueños, míos o de algún otro soñador, a un objeto casi abstracto, tan extraña
era su forma, o su falta de forma, que aquello no encajaba en nada que formara
parte de la experiencia de los hombres. No tenía forma, por tanto, pero tampoco
carecía de ella, porque parecía poseer alguna estructura lógica. Era algo
construido con un propósito, no una balsa de piedras unidas por azar para ir a
la deriva por las corrientes de aquello que le sirviera de soporte. En el
interior reinaba la misma ambigüedad, y además de la ausencia de una forma con
propósito evidente, aunque yo no pudiera saber cuál era ese propósito, había
cosas bidimensionales, no exactamente pintura, quizá tampoco caligrafía, y nada
que se pareciera a un manual que me ayudara a encuadrar todo aquello en un
conjunto único y real.
Será innecesario decir que en ese
punto empecé a dudar de mi cordura, y debo admitir que aún hoy, después de
tanto tiempo y de tantas cosas –y no logro convencerme de que lo que estoy
describiendo haya sucedido apenas ayer–, alguna duda sigue persistiendo en mi
espíritu sobre su verdadero estado. Extraña manía esta de la mente de
reflejarse sobre sí misma. Pero no puedo dejar que se disperse en filosofías
que en este momento son espurias, ni puedo partir del principio de que he
enloquecido. Ellos no me lo perdonarían, y quizá ni yo mismo me perdonaría.
Ni siquiera advertí que aquello se
levantara del suelo, pero cuando mis captores –y los llamo captores a falta de
un término mejor, pues no había violencia alguna y, en cambio, esos seres
estaban envueltos en un aura de benignidad que no se mostraba, pero sí se veía–
me llevaron a una sala –y me encuentro aquí una vez más con dificultades de
lenguaje, porque aquello no era una sala de las que todos conocemos de nuestra
vida cotidiana. Pero he decidido que debía sacrificar la realidad a la claridad
siempre que la verdad no sufra con ello, y si nada se aparta de la verdad más
profunda al llamar sala a lo que no lo es en la realidad objetiva de las cosas,
sea entonces una sala– con vistas al exterior, pude ver una cosa redonda y azul
frente a mí, una joya a la que los hombres de todos los pueblos llaman Tierra.
Pero la vi como la había visto antes tantas veces en fotografías y pinturas, no
como la vi toda mi vida, en fragmentos minúsculos, a ras del suelo. Me creerán
sin duda si les digo que no puedo imaginar que hasta el año de mi muerte vuelva
a ver algo que me impresione tanto…
Discúlpenme. Vinieron a llamarme,
quieren partir. Me siento como un niño en una tienda de dulces, con sus padres
ya en la puerta llamándolo. Quiero dejar este relato terminado, pero temo
haberme perdido en divagaciones no fundamentales. Concluyamos brevemente,
entonces, pues todo indica que más tarde tendré mucho tiempo para describir con
mayor detalle todo aquello por lo que he pasado.
Después de salir de la Tierra, nos
dirigimos a Marte. Lo sé porque aterrizamos –no aterrizamos exactamente, pero
en fin… no hay tiempo para explicarlo mejor ni para buscar palabras más fieles–
junto al lugar donde quedó abandonada aquella pequeña maravilla tecnológica que
yo tanto critiqué por desviar recursos fundamentales en un mundo lleno de seres
humanos muriendo de hambre. La reconocí, y reconocí el lugar, aquella llanura
llena de piedras bajo un cielo color de rosa. Me mostraron ese planeta tal como
es hoy, en el presente, y luego vi cómo será en el futuro y cómo fue en el
pasado. Vi Marte repleto de hombres y de actividad, ciudades, primero dentro de
cúpulas de vidrio y más tarde bajo un cielo azul tan semejante al de la Tierra
que se me llenaron los ojos de lágrimas. Durante muchos días me mostraron el
planeta, lugar por lugar, casi piedra por piedra, desde el presente hasta un
futuro que se me presenta lejano y hacia atrás en el tiempo hasta el diluvio
primigenio que comenzó a esculpir su rostro. Comprendí, o creí comprender, que
todo se sumaba para llegar a ese punto del tiempo en que pies humanos surcaran
por primera vez aquellas extrañas arenas, y cuando, después de haber visitado el
pasado de Marte, hicimos una breve excursión por los planetas gigantes, creí
entender Marte como un ejemplo, una muestra, una parábola parcial de un todo
mucho mayor, porque el futuro de los planetas hijos del Sol se me presentaba
repleto de hombres, hombres por todas partes, de Mercurio a Plutón, pasando por
una miríada de cuerpos cuyos nombres propios o apellidos jamás conocí. Supuse
que los hombres no se habrían quedado en el patio del Sol y que, en cambio,
habrían partido hacia otras estrellas, para llamar suyos a otros lugares, bajo
otros cielos pintados con constelaciones extrañas para ojos terrestres, aunque
nada de eso me fue mostrado por mis cicerones.
Vi todo aquello con la mirada
maravillada de un hombre que contempla desplegarse ante sí la historia del
asedio al Universo entero, y en ese asedio están sus propios hijos en la
primera línea de combate, y comprende que la insatisfacción que siente dentro
de sí es la misma que los lleva a luchar, a luchar siempre, contra todas las
dificultades, contra todos los imposibles, con la Voluntad como único
combustible de una máquina voladora que jamás dejará de volar.
Después me trajeron de vuelta a
Marte y me dieron a ver la evolución del planeta desde que por primera vez se
reveló en su individualidad de planeta, único y diferente de todos los demás,
hasta mi tiempo presente anterior, y digo anterior porque para entonces ya me
sentía fuera del tiempo, un observador exterior, sin interferencia ni
influencia sobre la realidad. Me dieron a ver en paralelo la evolución de mi
propio mundo, ambos lado a lado, la Tierra como un hermano mayor de Marte, pero
al mismo tiempo más joven, porque vivo. Vi en ella el nacimiento de la Vida, vi
en ella el surgimiento del Hombre, sus primeras alegrías y tristezas y Marte
vacío, las primeras injusticias, las primeras desigualdades y Marte vacío, el
nacimiento, apogeo y muerte de los grandes imperios de la Antigüedad y Marte
vacío, las edades de las Tinieblas y de las Luces, y Marte vacío, las primeras
máquinas y Marte vacío, las grandes guerras y Marte vacío, finalmente el
presente y Marte vacío. Y Marte vacío. En el lugar donde la nave estadounidense
debería haberse quedado oxidándose no había nada, y en mi Tierra las cosas
tampoco eran ya exactamente como yo las conocía.
¿Será posible que haya estado tan
equivocado? ¿Será posible que el hambre y el sufrimiento sean condiciones
necesarias para la supervivencia de los hombres? No puedo aceptarlo de ninguna
manera. Pero lo que vi fue un mundo entero concentrando sus recursos y su
atención en acabar con el hambre, la miseria y la indignidad humana, y muriendo
por ello. Lo que vi fue una especie que olvidó el Espacio y que por eso no
aprendió una serie de técnicas ni descubrió un vasto conjunto de leyes
naturales necesarias para su viabilidad, una especie que solo advirtió la
contaminación cuando ya era demasiado tarde, una especie que nunca desarrolló
mecanismos eficaces de control ecológico porque no disponía de un punto de
observación exterior a la biosfera que la ayudara a calibrar el grado de
acierto de sus intentos de corregir los desequilibrios que iba produciendo. Y
después vi la derrota total, el regreso del hambre y de la miseria, el regreso
de la enfermedad, el regreso de la guerra y finalmente vi la muerte.
¡Qué contraste! ¡Y qué paradoja!
Así como con todo lo malo que existe en el mundo que somos el Hombre prospera,
con todo lo bueno que existe en el mundo que deberíamos ser, el Hombre muere.
No es posible que solo pueda ser
así, de una manera o de otra, en blanco o negro. Tiene que existir un camino
intermedio, un tercer camino, que pueda compatibilizar la supervivencia con la
dignidad humana, un camino que no deje un sabor amargo en la boca de los
hombres que lo sigan. Pero para poder tener esperanza de ser capaz de encontrar
ese camino necesito saber más, y por eso partiré de nuevo dentro de unos
minutos. Mis compañeros, que mientras tanto se han convertido verdaderamente en
compañeros, compañeros de descubrimiento y de exploración, me esperan,
aparentemente pacientes, mientras yo, sentado aquí en este ambiente familiar,
divago sobre el destino del Hombre. Tengan un poco más de paciencia, que ya
casi he terminado.
Y he llegado al punto en que tendré
que decir claramente lo que he dejado entrever en las líneas anteriores: estoy
profundamente arrepentido de las palabras que pronuncié condenando los
esfuerzos científicos. Si encuentran en sus sentimientos un lugar para el
perdón, se los agradezco, pero no podré censurarlos si en mi memorial quedo
descrito como un ciego propagador de la ceguera. Sin embargo, no reniego de una
vida de lucha por la dignidad humana. Pienso que se pueden y se deben resolver
todos los problemas al mismo tiempo. Es para saber cómo hacerlo que parto de
nuevo. Por eso, amigos míos, no lamenten ni lloren mi ausencia, porque estaré
luchando por ustedes y, en consecuencia, por mí mismo.
Pilar, un beso de quien te amó
siempre. Yo sé que comprendes. Espero estar de vuelta pronto, probablemente en
un tiempo mucho más breve para ustedes que para mí. Espero regresar más sabio y
con algunas respuestas en lugar de lo que hasta ahora son solo preguntas. Hasta
entonces, quédense todos con mis mejores deseos. Y no dejen de esforzarse, por
el futuro.
Este texto se
encuentra actualmente en manos de especialistas para determinar su
autenticidad. No obstante, una fuente de la Facultad de Letras de la
Universidad de Coímbra dijo a nuestra redacción que, según un análisis
preliminar, el texto parece ser una falsificación no demasiado perfecta, dado
que el estilo fraseológico no corresponde enteramente al del escritor. Queda la
pregunta: ¿quién podría intentar evitar sospechas de secuestro con un texto de
tales características?
Ninguna de las personalidades
consultadas hasta el cierre de esta edición mostró la menor apertura a la
hipótesis de que el texto relate hechos verídicos.
Jorge Candeias, nacido en el Algarve, al sur de Portugal, lleva demasiado tiempo traduciendo y solo escribe cuando le apetece y tiene una historia que contar, algo que últimamente casi nunca ha sucedido. A pesar de ello, de vez en cuando publica algunas cosas antiguas, incluso en inglés y, como pueden ver, en español. Su último libro, lleno de historias de ratas, se autopublicó en 2022 e incluye relatos de algunos amigos. Nadie lo ha leído, lo cual es perfectamente lógico.





