domingo, 28 de junio de 2026

EL DIARIO DE LOS SORIA

Oscar De Los Ríos

Esa noche nos encontrábamos en el bar Central festejando con una cena que al fin, luego de varias tentativas fallidas, había logrado que el bibliotecario, José Zgarbick, diera una simultánea de quince tableros a ciegas: catorce ganadas y una tablas. En la sobremesa, luego de que José se retirara, los comentarios recayeron sobre las partidas jugadas.

—Realmente una demostración de memoria e inteligencia colosal —dijo Mariscal.

—Cuando me dijo “jaque mate”, hasta me puse contento. ¡Un genio! —se emocionaba el Osito.

—Acaso hablan de esa demostración de trucos de feria que vimos hace un rato. —La voz llegó desde un rincón en sombras, que ocultaban al interlocutor, aunque a pesar de eso lo reconocí.

—Mire, Maestro —le retruqué, molesto por su intento de sabotear mi éxito como organizador—; usted abandonó en veinte jugadas.

—Tenía una jaqueca terrible, por eso dejé una partida ganada, no lo dije antes porque no quise ofender a nuestro invitado, pero no creo que sea un prodigio comparable a las partidas literalmente a ciegas disputadas por un antepasado mío —agregó mirando a la concurrencia a los ojos—. Tal vez haya en esta reunión alguno que quizás aún no lo sepa, pero hace unos años heredé por parte de mi tío paterno, Antonio Márquez Heredia Ponce de Soria, un diario redactado durante varias generaciones de los Soria, donde se puede ver como la historia familiar está atravesada por el ajedrez desde el 1500 Anno Domini, hasta la fecha. En el mismo se puede leer…

—¡Vamos, Soria!, ¿acaso pretende que creamos que ese diario existe? —La voz de Sam interrumpió el relato.

Sin decir palabra, el Maestro, esbozando una sonrisa cómplice, como diciendo “gracias, Sam”, salió del bar y regresó cinco minutos después trayendo un libro muy viejo, con cubierta de cuero y hojas apergaminadas, encuadernado artesanalmente.

—Esta reliquia familiar —continuó Soria—, fue comenzada a escribir por el clérigo Héctor Soria, quien recibió la tonsura de manos del abad del monasterio de San Pedro de Montes, refundado por San Genadio, que terminó sus días viviendo en penitencia en las cuevas de Santiago Peñalba, donde se encontraron cinco piezas del juego de ajedrez más antiguo de Europa, al cual se le atribuyen cualidades milagrosas. La historia a la que me refiero está escrita en este diario y, para que después ninguno me trate de mentiroso, lo ofrezco al que quiera leerla.

Se hizo un largo silencio y nadie se atrevió a agarrar el diario de los Soria, hasta que, dando un paso adelante, Manuel De Pauli casi lo arrancó de manos del Maestro, lo hojeó y se lo devolvió.

—Ya me parecía que viniendo de Soria algo raro surgiría de ese diario.

—¿Acaso duda usted que este libro lo escribió un Soria? —protestó el Maestro con aire indignado.

—Allí se lee el nombre de un tal Héctor Joao Soria, pero… el resto del libro está escrito en latín —le respondió Manuel.

—Lógico —dijo Soria— fue escrito por un monje de la regla de San Benito en la edad media. Bueno viendo que nadie lee latín lo haré yo.

‹‹Hodie Anno Domini 1550, venit ad monasterium, tertio puer non Joao de Soria, est specialis filius, qui fuerit natus, cum gratia Dei, et baptizatus in Spiritu sancto.

Los muchachos de la barra ni siquiera se molestaron en protestar y dándole la espalda empezaron a charlar de otros temas. Con una sonrisa en los labios miraba al Maestro que estaba a punto de estallar en insultos

—Estás leyendo en latín, Héctor —le dije, colocándole una mano en el hombro.

—¡Ah, perdón! Es que me embarga la emoción; no todos los días se lee a un antepasado de varios siglos —y continuó en castellano.

«Hoy, 1501 Anno Domini, ha llegado al monasterio el tercer hijo de don Felipe de Soria. Es un niño especial que ha nacido con la gracia de Dios y fue bautizado en el Espíritu Santo. Cuenta a la sazón con cinco años y es ciego de nacimiento. Su educación me ha sido confiada por ser primo directo por parte de padre. Haremos lo posible por dar a esta alma una vida en el seno de la Santa Iglesia. —Saltando varias páginas, Soria continuó con la lectura—. A Máximo Soria, tal era el nombre de esta desgraciada criatura, se lo asignó a la cocina del convento, lugar que prefería a cualquier otro, convirtiéndose en un ayudante eficaz. De su vida espiritual e intelectual me ocupé personalmente y demostró ser un niño despierto e inteligente en grado sumo. Aprendió a contar, sumar y restar; a pesar de ser ciego quiso conocer el abecedario y las palabras. Para ello le tallé las letras en corteza de abedul y, combinándolas, aprendió a leer y a escribir. Hubiera pasado toda la vida en la cocina del convento de no ser que Dios –algunos dicen que fue el ajedrez de San Genadio–, tenía otros planes para él. Contaba con la edad de quince años cuando aconteció la muerte del hermano Benito, que redujo a trece la cantidad de comensales en las cenas del convento; situación que llevó a sentar a Máximo a la mesa del abad, quien además de ser un sibarita, era un amante del ajedrez. Por eso, una vez concluida la cena, con otros dos de los hermanos nos poníamos a jugar olvidados de la presencia de Máximo, quietito en su silla, escuchando nuestras blasfemias al perder una partida; quedándonos hasta altas horas de la madrugada. No pasó demasiado tiempo hasta que, cierto día, Máximo me preguntó que hacíamos en la sala después de la cena que era tan divertido. Le conté del ajedrez: de sus torres, caballeros, obispos, reyes, reinas y vasallos; de su tablero y casillas... de la magia de las partidas. Quedó fascinado y su espíritu inquieto quiso aprender a jugar. Cada vez que nos encontrábamos me obligaba a contarle sobre el movimiento de una pieza, la captura de un herrero, un paje, o el jaque mate. Aprendió todas las reglas de juego. Más de una vez lo sorprendí en la sala recorriendo con dedos trémulos los relieves de las piezas, o dibujando el contorno del tablero emocionado hasta las lágrimas. Por todo esto, cuando me pidió de jugar una partida no me sentí sorprendido sino conmovido. ¡Era apenas un niño! ¡¿Cómo explicarle que siendo ciego nunca podría mover las piezas?! Antes de que llegara a comunicarle mis pensamientos, Máximo, tomó la caja, volcó las piezas sobre la mesa y las acomodó en el orden correcto sobre el tablero, luego me dijo “el herrero avanza una casilla”.

«Lo mire con una sonrisa condescendiente en los labios, sin darme cuenta de lo banal de mi reacción. Y no atiné a hacer nada. El esperó unos minutos y repitió la misma frase.

«“El herrero avanza una casilla” —y agregó a guisa de explicación—. “El herrero avanza una casilla por delante del caballero, en el flanco del rey”.»

—Pero… ¿ese no es el sistema descriptivo de ajedrez, Maestro? —lo interrumpió otra vez Sam.

—Sí, muy parecido —le contestó muy serio el Maestro —. Si se lo estudia con atención tiene algunas variantes con respecto a este. Les muestro las anotaciones que están en el diario y ustedes mismos verán las diferencias.

De más está decir que ni siquiera Manuel tomó la posta esta vez, solo el Chacho Rasuf hizo una acotada observación.

—Ese sistema, si no me equivoco, fue inventado varios siglos después, por lo tanto, ¿cómo es posible que su antepasado usara una versión primitiva del mismo, sin que quedara ningún registro histórico, Soria?

—¡Claro! ¿Y ahora también me van a decir que el primero que llegó a América fue Colón! Máximo Soria, hubiera revolucionado la historia del ajedrez de no haber caído en desgracia, y yo hoy no tendría que dar tantas explicaciones. Si me dejan llegar al final de mi lectura todas las dudas quedaran satisfechas.

Se hizo un profundo silencio y el Maestro continuó con su relato.

—Luego de esta primera partida, que por supuesto perdí, Máximo se convirtió en un jugador único, de un talento excepcional y muy pronto, no tuvo rival en el convento. Su fama traspuso los muros de esta insigne institución y comenzaron a llegar jugadores de todas partes para medirse con el cieguito que jugaba al ajedrez. A pesar de esto, la vida continuó su ritmo normal y así pasaron cinco años, hasta que el Papa Julio II oyó hablar de él. Sabida es la afición del Santo Padre por este juego, en cuya lid se cree imbatible, por lo cual no pudo evitar el deseo de medirse con Máximo en un encuentro, tablero de por medio. A medida que aumentaba la nombradía del jugador ciego, el deseo de Julio II se transformó en obsesión; trasladándose finalmente al convento con el fin de jugar una partida. De la llegada del Santo Padre, nos enteramos cuando el aposentador golpeó a nuestras puertas con el objeto de que hiciéramos los preparativos para recibirlo con su séquito. Conocedores del sorpresivo e inminente arribo, advertimos a Máximo de las ventajas que supondría para nuestra orden que se dejase ganar. Estábamos escasos de dinero y cada vez costaba más conseguir las provisiones. Sabíamos que, si se iba contento, el papa sería generoso. En un principio logramos convencerlo pero… luego de la primera partida, Julio II, pecó de soberbia y dijo: “realmente lo único que tiene de maravilloso es que siendo ciego juegue al ajedrez. Por lo demás es un jugador mediocre”. ¡Imposible contener a Máximo, herido mortalmente en su orgullo! Armando de nuevo el juego retó al Santo Padre a un match a cuatro partidas. El resultado fue funesto. Aplastó sobre el tablero a Julio II y al terminar le dijo: “Tal vez sea un buen papa, pero lo que sí es seguro es que es un mediocre jugador”.

«Al escuchar semejante blasfemia caímos todos de rodillas frente a su Santidad y fue el hermano Pedro quien sugirió que Máximo debía estar poseído para obrar de esa manera. Esto fue suficiente para el Santo Padre: mandó a detener a Máximo y lo hizo trasladar a Roma para juzgarlo por hereje, excomulgando latae sententiae, a todo aquel que volviese a pronunciar su nombre. En cuanto al juego utilizado se le debía arrojar a la hoguera. Estábamos aun tratando de asimilar las desgracias que lloverían sobre nuestras cabezas, cuando de repente las puertas del salón principal del convento se abrieron de par en par sin que nadie las tocara y, el propio San Genadio, traspuso el umbral. Sus pies no tocaban el suelo, sus ojos echaban chispas y su voz sonó profunda y cavernosa, como si estuviera en una cueva. “¡Qué posesión ni mil demonios! El muchacho viene conmigo a las cuevas de Santiago Peñalba”. Dicho esto, lo tomó de la mano y Máximo se dejó guiar por el Santo Varón, más allá de los muros del convento. Esa fue la última vez que lo vi.

 «Tardamos dos días en recobrarnos de este milagroso suceso, en los que el Santo Padre se quedó con nosotros, para dedicarse a un asunto menor: a poner sitio a Florencia, con el fin de que Miguel Ángel regresara a terminar su tumba. Antes de irse dejo dos órdenes a seguir bajo pena, ya no de excomunión, sino de muerte.

«Primero: Que no se volviese a jugar ajedrez en el convento.

«Segundo: Que no se volviese a mencionar el nombre de Máximo y que se lo quitara de los libros de registro.

«De más está decir que nunca volvimos a nombrar a Máximo. Es por eso por lo que comencé a escribir este cuaderno, para que algún día la verdad salga a luz».

Llegado a este punto del relato la voz de Soria murió. Todos en el bar estábamos bajo los efectos del místico relato y fue el propio Manuel de Pauli, quien, tras persignarse, comenzó a rezar un padrenuestro, oración a la que nos unimos todos.

 A la semana de este suceso pasé por la biblioteca Homero a agradecerle a José por haber dado la simultánea en la academia; jugamos unas partidas, charlamos y cuando me iba me dijo.

—Un rato antes de que llegaras estuvo Soria, casi te lo cruzás; vino a devolverme un misal con tapas de cuero escrito en latín; se lo presté el día que di la simultánea en el bar. Dude mucho en hacerlo, es un ejemplar único, un verdadero incunable, que data de la edad media; pero el esgrimió como argumento que quería leer el libro porque su nombre era el mismo que el del autor. Al final, cedí. Solo tengo una duda ¿vos sabés si Soria lee en latín medieval?

—No solo lo lee, mi querido bibliotecario, sino que lo traduce como el mejor de los latinistas.

 Tras decir esto lo miré a los ojos, esboce una sonrisa, le di la mano y me fui.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

EL DEDO DE DIOS

Erica Tabacco


 



Juan se preguntaba por qué aquello le estaba pasando a él, a su familia, a su campo.

Se dio cuenta de algo extraño unos minutos después de que el granizo dejó de caer. Corrió afuera, en medio del ruido de los golpes contra las tejas y las coberturas metálicas aún en los oídos, y vio la destrucción de los cultivos. Habría gritado, si su mujer no hubiera estado a su lado.

Era la tercera vez en la misma estación que se destruía el cultivo, ¡la tercera vez! ¿Qué tenía que hacer un hombre para ganarse la vida de manera respetable?

El efecto fatal del granizo no era el único problema que se presentaba ante sus ojos: había una columna que giraba justo en el centro del campo, una sutil centrifugadora que iba del suelo hasta las nubes, en el interior de la cual reinaba un viento glacial, capaz de atrapar granos helados del tamaño de manzanas.

Juan desenfocó los ojos. Pero Helena no le dio el tiempo de pensar. Las mujeres lo saben todo, por supuesto.

—Te dije de no plantaras esa mierdosa soja.

—¿Me puedes decir qué relación tiene la soja con la columna? Pronto pasará, es solo un efecto del granizo. Una cola del mal tiempo, si se puede decir así.

—¿Eres climatólogo ahora?

A Juan no le gustaba discutir y se sintió aliviado cuando ella despareció en el interior de la casa.

La columna no daba señales de detenerse.

El olor del granizo que se fundía sobre los vegetales triturados le golpeó la nariz. Todo perdido. No quería pensar en la tontería que había dicho su mujer. ¡Ella y todas sus supersticiones!

El agricultor se dio cuenta que algunas personas se estaban reuniendo en los límites de su propiedad. Eran sus vecinos, atraídos por el fenómeno atmosférico imposible que estaba martirizando su tierra, pero no lo bastante valientes como para acercarse. Después de media hora, los policías se presentaron por preguntarle que estaba pasando.

—¡Ojalá lo supiera!

El fenómeno era tan violento que estaba excavando un gran hueco en el suelo, como si quisiera alcanzar el acuífero. Juan nunca había visto algo parecido en toda su vida. El miedo no se alejó con la llegada de la policía. ¿Y si la columna se desplazaba hacia la casa? Por suerte, sus hijos estaban en la escuela y no regresarían antes de las cuatro.

Uno de los policías ordenó que la zona fuese precintada y prohibida. Juan tuvo que irse adentro de la casa. A partir de aquel momento no supo nada preciso sobre el asunto; lo único que pudo hacer fue mirar desde las ventanas los numerosos personajes que pisaban los cultivos con sus calzados elegantes; mejor, lo que quedaba de ellos.

—No te preocupes —le dijo su mujer—, esta vez vamos a obtener un buen resarcimiento.

A él no le importaba un pepino del resarcimiento. Solo podía pensar en todos los días pasados en el campo sudando e imprecando por el esfuerzo.

Al atardecer, la columna seguía en el mismo sitio, bloqueada por una voluntad sobrenatural.

—¡Qué suerte! —le dijo su madre por teléfono. Juan le había preguntado de alojar los niños en su casa—. Tienes un milagro bajo el trasero.

Pero Juan no se sentía tan afortunado.

Los días siguieron con su procesión de autoridades, científicos y periodistas.

El domingo, en la iglesia, todos miraban a Juan y a su familia con curiosidad y suspicacia. Tenían alguna culpa, estaba claro, por justificar un fenómeno tan raro en su campo. Alguien empezó a llamarlo “el dedo de Dios” y el nombre pasó a las noticias. Todo el mundo, ahora, conocía su pueblo y donde se encontraba en el planisferio.

La columna seguía girando y silbando y produciendo hielo, con inagotable energía.

Todos los drones fueron rechazados y hechos pedazos, pero una oveja que se acercó demasiado fue tragada.

El gobernador de Veneto proclamó que se trataba de una calamidad natural.

Juan no pudo trabajar más su tierra y tuvo que buscar empleo en una fábrica de embalajes de alimentos. Helena lo dejó, llevándose a los hijos con ella. La economía de la zona estalló y muchas familias se trasladaron a otros lugares. Juan empezó a emborracharse en la cocina de su casa, puesto que no era el bienvenido en el bar adonde iba habitualmente.

Todos los esfuerzos de los científicos para comprender el origen del dedo de Dios no llevaron a nada y no fue posible detener su furia destructiva. El abismo que se formó en su base desaguó el acuífero, convirtiendo el Valle del Po en un desierto. Los padanos debieron mudarse a otras regiones.

El gobierno central cayó y empezó una temporada de desórdenes y atentados.

Juan decidió irse a Melbourne, donde tenía unos primos, sin ver a sus hjos una última vez. Helena se lo prohibió, estaba convencida de que toda aquella catástrofe era culpa del él.

La aviación despegó de Aviano e intentó bombardear el dedo con una pequeña atómica pero no sirvió. Italia fue la primera víctima oficial del “cambio climático permanente”.

Aunque no se formaron otras columnas, bastó aquella para desencadenar el pánico en todos los continentes. Las naciones se acusaron las unas a las otras por haber atraído la ira de Dios y empezaron varias guerras. Los soldados obedecieron las ordenes que les daban y se mataron entre sí.

Juan no había recibido ningún resarcimiento. Murió lejos de su tierra, solo. Los seres humanos se extinguieron. El dedo de Dios siguió existiendo sin ellos.

Un año después de la muerte del último humano, un animal alienígena salió de la columna, tembló para quitarse el frío de los huesos, y miró la inmensa llanura deshabitada, sonriendo.

Tenía un mechón de lana de oveja entre los dientes.



Nacida en Vicenza en 1973, Erica Tabacco hizo su carrera universitaria estudiando Lenguas y Literaturas Modernas, español y inglés, en Padua. Su trabajo de tesis fue “El lenguaje de la trangresión en La lozana andalusa de Francisco Delicado”. En 2009 publicó una corta novela humorística sin imaginar que escribiría algo más en el futuro. Diez años después, Delos Digital le publicó su primer cuento de ciencia ficción social sobre la memoria y la vejez, Fuga psicogena, a lo cual sigueron un cuento distópico y uno Solarpunk. En 2023 logró llegar entre los finalistas del Premio Urania con la novela Il sonno del futuro, que ha sido recién publicada por Delos Digital. Entretanto han salido otras tres novelas. Dos convencionales: Tre cappotti per un bassotto y Burnout Baby, L’angelo del Bellini, y una de historia alternativa: La Repubblica delle Lettere. En 2024 su cuento Il grande salto apareció en la antología veraniega Urania Especial “Macchine IA e robot” de Mondadori, curada por Franco Forte.











EL JUBILEO DE PLATA

Glynn Owen Barrass

 

Ocurrió en febrero de 1977, el año y el mes del Jubileo de Plata de la Reina. Lo recuerdo bien porque llevaba una moneda conmemorativa del jubileo guardada en el bolsillo trasero de mis vaqueros. La fecha exacta se ha perdido en mi memoria, pero fue cerca de finales de febrero, un domingo, y había nevado la noche anterior.

Yo tenía diez años, era un niño de rostro fresco y entusiasmo inagotable, disfrutando la vida al máximo. Además, hasta donde recuerdo, no tenía ninguna preocupación en el mundo. Eso cambiaría muy pronto, después de aquel día.

Estábamos jugando en un lugar llamado la Avenida de los Árboles, dos hileras de robles que conducían a Acklam Hall, un venerable edificio situado a aproximadamente una milla de distancia.

Mi amiga Evelyn estaba conmigo. Era una chica algo mayor que yo, a quien había conocido después de que su familia se mudara a la casa de enfrente, en la cercana Acklam. Apenas la conocía desde hacía un mes, pero parecía mucho más tiempo y, si miro atrás, aquellos fuertes sentimientos de amistad y ese revoloteo en el estómago eran casi con certeza los primeros indicios del amor.

Era ya avanzada la mañana, aproximadamente una hora antes del mediodía, y Evelyn y yo habíamos estado construyendo un fuerte de nieve. No era tarea fácil hacerlo solo con las manos, pero contábamos con la juventud y el entusiasmo de nuestro lado. Después de alrededor de una hora de trabajo, habíamos levantado un muro de varios pies de altura.

La Avenida de los Árboles tenía una zanja en el centro, donde años atrás había existido un camino que conducía a la mansión. Nuestro fuerte se encontraba en medio de aquella zanja y, mientras seguíamos construyéndolo, yo imaginaba que defendíamos Acklam Hall de enemigos invisibles, lanzándoles bolas de nieve.

Acabábamos de comenzar una pared lateral cuando Evelyn se detuvo.

—¿Oyes eso, Jon? —dijo.

Y sí, lo oía. Era el sonido de cascos de caballos al galope, parecido al que había escuchado semanas antes durante el desfile del Jubileo. El ruido provenía del extremo más lejano de la avenida. Recuerdo haberme puesto de pie esperando ver caballos. En lugar de eso, apareció un carruaje solitario, sin un solo animal tirando de él.

Me preocupó que algún señor o alguna dama de Acklam Hall estuviera regresando a casa y fuera a encontrarse con nuestra construcción. Quise correr, pero permanecí inmóvil mientras el carruaje, un gran vehículo negro y brillante, seguía acercándose acompañado por el sonido de caballos invisibles. Era un carruaje cerrado, una especie de coche de época, completamente negro, igual que sus ruedas y ventanas. El hombre sentado en el pescante también vestía de negro. Mientras permanecía paralizado observando, sentí la mano enguantada de Evelyn aferrarse a la mía. Parecía tan fascinada como yo. Aquella incapacidad para reaccionar nos costaría muy cara.

—¡Alto ahí, alto ahí! —dijo una voz.

El carruaje se detuvo. Por fin pudimos observar bien al cochero. Era del tamaño de un niño y vestía un traje negro confeccionado con algún material brillante, quizá PVC. Podría haber pasado por un niño, de no ser por el bigote fino como un lápiz y el cabello negro peinado cuidadosamente hacia un lado. Nos observó, sonrió y se puso de pie sobre el asiento. Lo que dijo después quedó grabado para siempre en mi memoria.

—¡Vaya, vaya, distinguidos pilluelos! —chilló—. La Reina ha estado buscando muchachos como vosotros, y mirad, aquí estáis ante nosotros. ¡Qué suerte! ¡Qué extraordinaria suerte!

Miré a Evelyn. Ella me devolvió una mirada de desconcierto. Deberíamos haber sentido miedo, pero la situación era tan absurda que apenas podíamos comprenderla.

—Veo que estáis algo inquietos —continuó el cochero—. No hay motivo para temer. La Reina tiene mucha experiencia con niños como vosotros. Venid, observad. ¿Eh?

Un instante después se abrieron las puertas del carruaje, una a cada lado. Lo que salió de allí al aire helado de la mañana me hizo creer que estaba atrapado en una pesadilla. Evelyn soltó un jadeo. Mi mandíbula quedó colgando. Eran siete en total: cuatro a la izquierda y tres a la derecha. Cada uno poseía el rostro de un niño, diminuto en comparación con la enorme masa rosada que lo rodeaba.

Sus cabezas eran gigantescas. Enormes globos de carne rosada. Bajo ellas colgaban pequeños cuerpos desnudos. Sonreían. No hablaban. El único sonido era un zumbido grave procedente del interior del carruaje. Evelyn apretó mi mano con más fuerza. Sentí cómo temblaba. Quise huir, pero el miedo me mantuvo inmóvil. Aquellas criaturas deformes nos observaban desde arriba y yo esperaba despertar en cualquier momento.

—La Reina hace un trabajo magnífico. ¿Eh? —dijo el cochero. Entonces el carruaje se sacudió violentamente. El hombrecito estuvo a punto de perder el equilibrio—. ¡Días felices! —continuó—. Ella viene a inspeccionaros. Permaneced quietos. ¿Eh?

El zumbido aumentó. Las sacudidas del carruaje se volvieron más violentas. El sonido se transformó en una cacofonía semejante a un enjambre gigantesco de avispas furiosas. Evelyn lanzó un grito y soltó mi mano. Giré la cabeza y la vi correr. El hechizo que me mantenía clavado al suelo se rompió de golpe. Corrí tras ella. Intentando alcanzarla, veía cómo su cabello negro saltaba mientras corría en dirección a Acklam Hall. Yo tropezaba más de lo que corría y me costaba seguirle el ritmo. Con un último esfuerzo conseguí acercarme lo suficiente para tomarle la mano. La extendí justo cuando una forma rosada y desnuda descendió entre nosotros y Evelyn se elevó en el aire. Evelyn gritó mi nombre mientras se elevaba. Yo también grité el suyo. Vi cómo trozos de nieve caían de sus zapatos y, al instante siguiente, mi propio impulso me hizo caer de bruces al suelo. La gruesa capa de nieve amortiguó la caída. Me incorporé de rodillas, presa del pánico, y alcé la vista. Entonces contemplé algo terrible, algo inconcebible. Una de aquellas horribles criaturas infantiles estaba levantando a mi amiga hacia el cielo. No pensé en mi propia seguridad. Ni siquiera se me ocurrió que otra de aquellas cosas pudiera venir por mí. Mientras la cacofonía de zumbidos crecía a mi alrededor, seguí gritando el nombre de Evelyn una y otra vez.

Evelyn y su captor se hicieron cada vez más pequeños. Luego desaparecieron en el cielo blanco. El zumbido cesó abruptamente. Me quedé solo con mi respiración jadeante y el estruendo de la sangre golpeando mis oídos. Evelyn había desaparecido. Me puse de pie llorando. Con los ojos llenos de lágrimas, giré y descubrí que el carruaje y sus espantosos ocupantes también se habían esfumado. Estaba tan alterado, tan aterrorizado... Era la experiencia más extraña y horrible de toda mi vida. Caí de rodillas, me cubrí la cara con las manos y lloré. Así fue como me encontró, algún tiempo después, una mujer que paseaba a su perro. Lo que vino después es una mezcla confusa de recuerdos: me llevaron a casa de aquella desconocida, mis padres fueron a buscarme y después apareció la policía. Terminé el día en una comisaría relatando la desaparición de Evelyn.

Pero no relaté la verdad.

Era demasiado fantástica, demasiado increíble. Así que omití muchas cosas y cambié otras. Mi historia comenzó con la aparición de un hombre vestido de negro y terminó con él llevándose a Evelyn. La policía aceptó mi versión sin sospechar nada. Después de todo, habían inspeccionado el lugar y no encontraron indicios que apuntaran contra mí. Además, durante las horas transcurridas desde la desaparición de Evelyn, la nieve se había derretido parcialmente, de modo que no quedaban huellas capaces de confirmar o refutar mi relato. Fue un alivio que me creyeran. En realidad, una parte de mí tampoco quería aceptar lo que había ocurrido de verdad. Cuando por fin me acosté aquella noche, busqué la moneda del Jubileo en mi bolsillo. Había desaparecido.

Las consecuencias de aquel día fueron terribles. Tener que hablar con los padres destrozados de Evelyn. Soportar las miradas de sospecha de los adultos. Escuchar los rumores y cuchicheos en la escuela. Pero todo eso vino después. Yo estaba tan evidentemente conmocionado que mis padres me mantuvieron una semana entera lejos de las clases. Aquel aislamiento quizá empeoró las cosas. Cuanto más tiempo pasaba solo, más revivía la desaparición de Evelyn. El extraño cochero. El carruaje. Las criaturas. Todo aquello se convirtió en un torbellino febril de recuerdos que mi mente infantil era incapaz de procesar. También llegaron las pesadillas.

Comenzaron inmediatamente después de la desaparición de Evelyn y continuaron, de manera intermitente, durante años. En cada una de ellas me encontraba ascendiendo por el cielo, atrapado por una fuerza invisible que me sujetaba mientras yo luchaba y observaba cómo el mundo se hacía cada vez más pequeño bajo mis pies. Era aterrador. Provocaba vértigo. Y aún peor cuando mis esfuerzos conseguían liberarme. Entonces caía. Caía a través del cielo hacia una Tierra lejana.

Y despertaba sobresaltado justo antes de estrellarme.

El segundo incidente ocurrió la noche anterior a mi regreso a la escuela. Hasta entonces tenía la costumbre de dormir con las cortinas abiertas. Me gustaba la luz de las farolas que entraba desde la calle. Era una especie de lámpara nocturna y me ayudaba a dormir. Recuerdo haber despertado de un sueño intranquilo.  Sentía demasiado calor bajo las mantas. Las aparté y abrí los ojos. Inmediatamente comprendí que algo iba terriblemente mal. Sombras deformes se movían por las paredes y el techo. Supe de inmediato de dónde procedían. De la ventana. Giré la cabeza. Ya tenía el grito preparado. Y el horror que esperaba encontrar no me decepcionó. Justo detrás del cristal, recortadas contra la luz de las farolas, flotaban cuatro de aquellas criaturas deformes. Sus pequeños rostros arrugados observaban el interior de mi habitación. Dos permanecían cerca de la parte inferior de la ventana. Las otras dos flotaban boca abajo junto a la parte superior. Grité de terror al ver aquellas caras sonrientes y burlonas. Recuerdo que desaparecieron de inmediato cuando mis padres irrumpieron en la habitación.

Mentí.

Les dije que había tenido otra pesadilla. Pero sabía con absoluta certeza que era real. Después de aquella noche empecé a cerrar las cortinas antes de acostarme. Y si regresaron alguna vez, yo nunca llegué a verlos. Un mes después de volver a la escuela, mis padres me comunicaron que nos mudaríamos a otra ciudad. Mi padre había conseguido un nuevo empleo, dijeron, y viajar desde allí resultaría demasiado complicado. Si creían que la noticia me entristecería, se equivocaban. No veía la hora de escapar de las miradas desconfiadas de los adultos y de las burlas susurradas de los demás niños. Creo que esa fue la verdadera razón por la que mis padres quisieron marcharse. Si yo sufría tanto, seguramente ellos también.

Evelyn Wright nunca fue encontrada. Nunca se volvió a saber nada de ella. Salvo por mí. A medida que fui creciendo, las pesadillas se hicieron menos frecuentes hasta desaparecer por completo. Los recuerdos de aquel terrible día, sin embargo, permanecieron. Al principio regresaban a diario. Luego semanalmente. Más tarde podían pasar meses antes de que volvieran a mi mente. Crecí. Terminé la escuela. Conseguí trabajo. Me casé. Muy pocas personas conocieron la historia.

Mi esposa –ahora exesposa– la escuchó con bastante serenidad y me explicó que mi mente infantil, incapaz de aceptar la pérdida de una amiga, había distorsionado los recuerdos con el paso del tiempo.

Otra persona a quien se la conté, un hombre muy abierto de mente que conocí en la escuela, la aceptó al pie de la letra. Aunque también creía en muchas otras cosas extravagantes. Durante años investigué mis propias teorías. ¿Quién no lo haría después de una experiencia semejante? Abducciones extraterrestres. Seres feéricos. Demonios. Ángeles. Distintos nombres y distintas explicaciones para lo mismo. Y todas ellas resultaban, en el fondo, tan improbables como las demás. Finalmente comprendí que no importaba de dónde hubieran venido aquellas entidades. El resultado siempre era el mismo.

Y entonces ocurrió.

Veinticinco años después de mi primer encuentro llegó el siguiente paso hacia la comprensión.

Regresaba a casa una noche después de haber tomado unas copas con compañeros de trabajo. Podría haber tomado un taxi. Hacía frío. Pero preferí ahorrar dinero, y atravesar las calles secundarias solo suponía un trayecto de veinte minutos. Caminaba algo tambaleante, ligeramente ebrio después de una noche que probablemente lamentaría a la mañana siguiente. Era sábado por la noche y no tenía que trabajar al día siguiente. La calle por la que avanzaba estaba iluminada por altas farolas que proyectaban círculos amarillos sobre el pavimento.

Había recorrido aproximadamente la mitad del trayecto cuando tuve que detenerme para orinar. Por suerte, una de las casas tenía un garaje adosado y un rincón oscuro donde podía ocultarme. Miré alrededor. Nadie. Terminé, me acomodé la ropa y regresé a la acera. En cuanto pasé bajo una farola, ocurrió.

La luz parpadeó erráticamente. Luego comenzó a emitir un zumbido. Un zumbido que fue aumentando de intensidad. Era un sonido que reconocí. La comprensión de dónde lo había escuchado por última vez me arrancó un jadeo. Levanté la vista. No vi nada aparte de la farola, que seguía emitiendo aquel zumbido capaz de hacerme doler los dientes.

—Recuerdas aquel día, ¿verdad?

La voz procedía de algún lugar más allá de la luz. Era una voz femenina. Cálida. Curiosa. Supe instintivamente que era Evelyn. El impacto me hizo tambalear.

—¿Evelyn? —pregunté, casi incapaz de hablar.

La luz volvió a parpadear. El zumbido osciló. Sentí un nudo en el pecho.

—Hay muy poco tiempo —dijo Evelyn. Sus palabras comenzaron a adquirir una extraña resonancia vibrante—. El jubileo se acerca rápidamente y no te darán una segunda oportunidad como la vez anterior.

Cuando terminó la frase, su voz casi se había fusionado con el zumbido continuo.

—No puedo verte. Por favor, déjame verte.

—No comprenderías lo que me hicieron —respondió con una voz cada vez más parecida a un zumbido mecánico—. Solo... no luches cuando vengan a buscarte.

Aquellas palabras, aunque incomprensibles, me helaron la sangre. Intenté desesperadamente que se acercara.

—Te amo, Evelyn. Siempre te he amado... siempre te amaré. Por favor, vuelve.

—No queda nada de mí que pudieras reconocer, Jon —contestó—. Pero puedo dejarte esto.

La farola pulsó con una luz cegadora.

Algo pequeño y plateado cayó al pavimento y repiqueteó junto a mis pies. Al instante siguiente la luz se apagó. El zumbido desapareció. Me quedé contemplando el cielo negro y vacío mientras los destellos residuales flotaban en mi visión. Grité el nombre de Evelyn.

Una vez.

Dos veces.

Después bajé la vista, con lágrimas en los ojos. Una moneda de plata descansaba junto a mis zapatos. Me arrodillé para recogerla. Era más grande que una moneda corriente y estaba fría al tacto. En una de sus caras aparecía grabada la imagen de un ave coronada rodeada de hojas. Los recuerdos regresaron de golpe. Yo sosteniendo una moneda similar veinticinco años atrás. Con la otra mano la hice girar sobre la palma. En el reverso apareció la imagen de una mujer montando un caballo de lado. La inscripción del borde decía: ELIZABETH II DG REG FD 1977

—Por la gracia de Dios, Reina —traduje del latín.

Y me quedé mirando la oscuridad.

 

Ahora han pasado casi cincuenta años desde la desaparición de Evelyn. Y cincuenta años desde el Jubileo de Plata. La historia se ha repetido muchas veces. Lo descubrí después. Cada veinticinco años. Cada jubileo. Siempre lo mismo. Niños desaparecidos. Personas que jamás regresan. Rumores. Susurros. Coincidencias que nadie relaciona entre sí. Pero yo sí. Porque yo los vi. Vi el carruaje. Vi al cochero. Vi a las criaturas. Y escuché a Evelyn.

Este año se acerca un nuevo jubileo.

Tengo sesenta años. La moneda sigue conmigo. La llevo ahora mismo en el bolsillo. A veces vibra. A veces zumba débilmente durante la noche. Y en ocasiones, cuando la sostengo durante demasiado tiempo, creo escuchar voces muy lejanas. Voces infantiles. Voces felices. Voces que cantan.

Anoche soñé nuevamente con la Avenida de los Árboles. El carruaje esperaba entre la nieve. El cochero estaba allí. Más pequeño que nunca. Más viejo que nunca. Sonreía.

—La Reina está muy complacida —me dijo—. Ha esperado mucho tiempo. ¿Eh?

Desperté sobresaltado.

La moneda estaba sobre mi almohada. No recuerdo haberla sacado del bolsillo. Tampoco recuerdo haberme levantado durante la noche. Dentro de tres días comienza el jubileo. Y creo que por fin entiendo lo que Evelyn intentó advertirme. No quieren niños. Nunca los quisieron. Lo que desean son testigos. Los testigos que sobreviven. Los que recuerdan. Los que esperan. Y esta vez, cuando vengan a buscarme, no estoy seguro de poder escapar.

Glynn Owen Barrass vive en el noreste de Inglaterra y escribe desde finales de 2006. Ha escrito más de ciento veinte cuentos, muchos de los cuales se han publicado en el Reino Unido, Estados Unidos, Francia y Japón. También edita antologías para la línea de ficción Call of Cthulhu de Chaosium y escribe material para su juego de rol insignia. Hasta la fecha, ha editado las colecciones: Eldritch Chrome, Steampunk Cthulhu y Atomic Age Cthulhu, para Chaosium, World War Cthulhu para Dark Regions Press, y In the Court of the Yellow King, para Celaeno Press.

 

sábado, 27 de junio de 2026

LA VENTANA TAPIADA

Jeffrey Thomas

 

Alan usó su paleta de albañil para hurgar en la cosa que había en el canalón. Parecía un pajarillo muerto; carne translúcida de color rosa violáceo, desprovista de plumas, extremidades torcidas como alas y patas rudimentarias. Pero era tan grande como una paloma adulta, o incluso más. Un grupo de palomas solía posarse en el techo de la vieja y alta casa de su madre, durmiendo en las cornisas y en los agujeros abiertos de los aleros. Supuso que se trataba de una de esas aves, muerta y en descomposición. Sin embargo, no parecía llevar mucho tiempo muerta. Y la boca...

Volvió a tocar el pequeño cadáver flácido con la paleta. La boca parecía tener labios más que pico.

Asqueado, Alan utilizó la herramienta para voltear al animal por encima del borde del canalón y dejarlo caer dentro del gran contenedor de basura que había debajo.

Había decidido limpiar él mismo los canalones de su madre, ya que ninguno de los dos podía permitirse contratar a alguien en ese momento. Durante los últimos años, desde la muerte de su padre, los canalones se habían convertido más en macetas que en desagües; exuberantes plantas verdes llenaban aquel tramo, sembradas sin duda por el alto árbol que crecía junto al costado de la melancólica mansión victoriana. Alan había pedido prestada una escalera a un amigo y había subido con varias bolsas pequeñas de basura para llenarlas con las plantas y la capa de residuos en la que crecían. Cuando cada bolsa estuviera llena pensaba dejarla caer dentro del contenedor.

Pero el descubrimiento del pájaro, o de la ardilla despellejada, o de lo que fuese aquella cosa, lo había distraído de su tarea. Y también la ventana rota del ático. La ventana era visible desde el suelo; se extendía en diagonal ocupando el espacio entre una parte más alta y otra más baja del tejado, donde el ático sobresalía por encima del segundo piso. Estaba compuesta por tres cristales cuadrados, ninguno de los cuales parecía poder abrirse. Sin embargo, uno de ellos estaba roto en una esquina. Desde abajo Alan no había podido verlo; las plantas que crecían en el canalón contribuían a ocultar el daño.

Otro trabajo más.

Alan suspiró. Bueno, ¿quién más podía ayudar a su madre a ocuparse de esas cosas? Por el momento simplemente subiría al ático y pegaría un trozo de cartón sobre el agujero para que ninguna paloma ni ardilla entrara allí a instalarse. Haría eso primero. Le aterraban las alturas y ahora descubría que agradecía la oportunidad de bajar de aquella escalera. Sin embargo, antes de descender se atrevió a inclinarse un poco más hacia la ventana, lo bastante cerca como para tocarla con los dedos si hubiera querido estirarse, cosa que no quería hacer. Intentó mirar dentro del ático desde allí. Había jugado en él cuando era niño, a pesar de que su padre le prohibía subir. Hacía años que no observaba realmente aquel lugar. Intentaba imaginar aquella ventana diagonal desde el otro lado, relacionándola con sus recuerdos de las habitaciones del ático. Descubrió que no podía visualizarla desde el interior. Tampoco podía ver dentro a través de ella. Los cristales podrían haber estado pintados de negro por dentro, por lo que él podía distinguir. Lo único que alcanzaba a ver era el reflejo de su propio rostro curioso en el vidrio sucio, observándolo desde el otro lado.

 

Cuando Alan subió al ático, una pequeña criatura saltó detrás de una caja de libros agitando frenéticamente sus extremidades superiores. Jadeó y quedó inmóvil en el umbral. Entonces oyó el arrullo y vio los excrementos blancos sobre las tablas del suelo. Malditas palomas. ¿Cómo habían entrado allí? ¿Y por qué su madre tenía que tirarles pan y alentarlas a reunirse alrededor de la casa? Cuando avanzó un poco más por el ático vio que una ventana situada en aquel extremo había quedado abierta mediante una tabla que la mantenía trabada.

Mamá.

Debía haberlo hecho para dejar entrar aire cuando estuvo allí arriba alguna vez y luego olvidó cerrarla. Alan suspiró. Tendría que cerrarla y atrapar cada paloma por separado para sacarla al exterior. Otro trabajo más. Quizá debería marcharse a casa, pensó. Por ahora dejó la ventana como estaba y se internó en la parte más oscura del ático, donde las paredes se inclinaban acercándose una a otra...

No era extraño que no hubiera podido ver a través de la ventana desde el exterior. Por dentro estaba completamente tapiada. Eso también explicaba por qué no lograba recordarla desde el interior en sus recuerdos de infancia; aparentemente llevaba muchos años cubierta de aquella manera. Al bajar del ático para pedir prestada la vieja caja de herramientas de su padre, primero reprendió a su madre por las palomas.

—¿Por qué papá tapiaba aquella ventana inclinada del ático? —preguntó—. La de este lado de la casa, encima de la puerta trasera.

—Oh, fue mi padre quien hizo eso. Tu padre intentó quitar las tablas una vez para que entrara más luz en el ático, pero luego cambió de idea y volvió a cubrirla.

—Bueno, ¿y por qué el abuelo la tapió en primer lugar?

—Cuando tus abuelos eran dueños de la casa hubo una tormenta muy fuerte, y creo que un rayo cayó sobre esa ventana. Recuerdo aquella noche... Yo tendría unos ocho años, creo. Fue terrible. Toda la casa se sacudió. No sé qué le hizo el rayo a la ventana. Tal vez ennegreció los cristales o los agrietó.

Se encogió de hombros.

—No está agrietada. Solo le falta un pedazo. Y se rompió hace poco; vi los fragmentos en el canalón.

—No lo sé.

Alan volvió a encogerse de hombros.

—Bueno, voy a quitar las tablas. Esa parte del ático es muy oscura y no tiene luz eléctrica. Le vendrá bien un poco de sol.

Con la caja de herramientas de su difunto padre en la mano, Alan regresó al pasillo trasero, subió más allá del segundo piso y volvió al ático.

Primero quitó la tabla superior utilizando la parte trasera de un martillo de uña. Lo siguiente que pensó, al mirar a través del cristal, fue lo rápido que había oscurecido. Apenas eran las cinco y media de la tarde y, además, era verano. Quizá se estaba formando una tormenta. Miró por encima del hombro hacia el extremo opuesto y más espacioso del ático. Aquella parte estaba inundada por una luz solar dorada. Partículas de polvo flotaban perezosamente en los oblicuos y suaves rayos.

Alan se volvió bruscamente para mirar la ventana diagonal. Después de un momento de vacilación y desconcierto, comenzó a arrancar la siguiente tabla. Estaba clavada con firmeza y tuvo que hacer palanca, esforzándose hasta astillar la madera, pero finalmente la tabla cayó con estrépito a sus pies.

El cielo del otro lado era casi completamente negro, aunque cerca del horizonte aparecía atravesado por sorprendentes franjas rojas y púrpuras. Vio a lo lejos un grupo de aves, o quizá murciélagos, cruzando aquellas bandas de rojo intenso. ¿Podía ser una tormenta aproximándose o simplemente la tierra estaba más sumida en la sombra en esa dirección mientras el sol descendía? Parecía un contraste demasiado extremo para cualquiera de esas explicaciones.

Extrañamente alarmado, arrancó la siguiente tabla con varios tirones violentos.

—Dios mío...

Retrocedió alejándose de la ventana.

Apretó el martillo contra el pecho como si fuera un arma o simplemente una garantía de que la realidad no lo había abandonado sin dejarle algún punto de apoyo.

Allá afuera deberían verse los tejados de las casas vecinas. Árboles frondosos entre ellas. Los familiares campanarios de las iglesias elevándose sobre un fondo de suaves colinas. Deberían.

En cambio, las colinas lejanas eran picos rocosos y dentados, amenazadores bajo el resplandor escarlata del crepúsculo. Una luz roja y púrpura relucía sobre un lago o una gran laguna distante, donde él sabía perfectamente que no debía existir nada semejante. En primer plano crecían árboles extrañamente retorcidos y enmarañados; los más cercanos le permitían ver que sus ramas estaban cubiertas de espinas y carecían de hojas.

Alan quiso gritar allí arriba, atrapado en aquel espacio claustrofóbico, con el techo casi tocándole la cabeza, las paredes inclinándose hacia él y el polvo cubriéndole los pulmones. Quiso darse vuelta y huir. Y sin embargo permanecía inmóvil. Hipnotizado. Demasiado asustado para moverse. La realidad no era lo que parecía. Si se movía, ¿qué terrible revelación podría abrirse a continuación para devorar su cordura? Sin acercarse más a la ventana ni arrancar la última tabla, observó con mayor atención el paisaje visible.

Sus ojos se adaptaron a la oscuridad y decidió que, después de todo, podía distinguir algunos tejados dispersos entre los árboles espinosos y al otro lado del lago oscuro. Ninguna de aquellas casas o edificios tenía ventanas iluminadas, pese a la profunda penumbra. Una brisa agitó los árboles retorcidos. Alan la sintió a través de la esquina rota del cristal y, aunque era apenas fresca, se estremeció como si fuera una ráfaga ártica.

Entonces comprendió que también podía oír aquella alucinación. No solo verla y sentirla. Escuchaba el roce de aquellas ramas semejantes a alambre de púas cuando el viento las movía. Y también percibía los gritos lejanos de aves, tal vez. Muy débiles... Pero, debido a la extraña cualidad infantil de aquellos sonidos, deseó no poder oírlos en absoluto. ¿Qué había hecho aquel rayo con la ventana? Debía estar contemplando una dimensión correspondiente a ese universo paralelo. Una interpretación alternativa del mismo espacio. En algún lugar lejano, pero ocupando exactamente la misma posición, existía otra casa antigua con un ático, y era como si él estuviera ahora de pie en el ático de aquel edificio extraño observando hacia afuera.

La idea lo sacudió tanto que tuvo que mirar frenéticamente a su alrededor para convencerse de que seguía estando en el ático de su madre. Pero el sol continuaba brillando cálidamente en el extremo opuesto. Nada más había cambiado.

Un ave pasó volando afuera, más cerca que las anteriores. Sus movimientos eran inexplicablemente aterradores. Antinaturales. Torpes o simplemente demasiado diferentes. ¿Cómo podía volar una criatura sin alas verdaderas? Estaba oscuro, pero la había visto lo bastante bien para saber que era idéntica a la que había encontrado en el canalón de su madre. Alan intentó comprender cómo aquella criatura había llegado a su realidad. El arrullo de una paloma a sus espaldas le hizo darse cuenta de algo. En la casa doble, la casa paralela, también debía de haber quedado una ventana abierta.

La criatura-pájaro había entrado por allí. Luego había salido a través de la ventana diagonal. La ventana del ático de aquella otra casa no debía estar tapiada y, por tanto, permitía el paso. Pero cuando la criatura rompió el cristal para volver al cielo, había entrado en la dimensión de Alan y había muerto, ya fuera por las heridas o por las diferentes condiciones existentes en su mundo. Eso significaba que la ventana de la casa paralela también había sido alterada. Las vistas se habían intercambiado. Se habían cruzado. La ventana intrusa debía mostrar ahora los abundantes tejados de su pequeña ciudad de Nueva Inglaterra. Los campanarios distantes. Las suaves colinas cubiertas de neblina... Tenía que volver a tapar la ventana. Tal como había hecho su padre cuando descubrió su secreto.

Alan tomó clavos nuevos de la caja de herramientas y se llenó los bolsillos. No quería acercarse a aquella ventana, pero tampoco podía dejarla así para que su madre la encontrara. ¿Y si algo más atravesaba el agujero? ¿Y si ella metía la mano por la abertura para comprobar cómo era la realidad del otro lado? Tomó una de las tablas caídas y avanzó para colocarla de nuevo. Ahora estaba más cerca de la ventana. Y al mirar más abajo vio el rostro oscuro que estaba allí afuera, observándolo.

Lanzó un grito.

Dejó caer la tabla. Y huyó desesperadamente hacia la parte iluminada del ático. Pasaron varios minutos antes de que pudiera regresar. Encendió un cigarrillo y contempló la oscura ventana desde lejos. Por fin, reuniendo valor, volvió. Recogió la tabla y la colocó en su sitio. Esta vez no miró hacia afuera. Miró únicamente la veta de la madera. Luego la de la siguiente tabla. Y la siguiente. Y así continuó hasta sellar aquella ventana por tercera vez en su historia.

 

Ya fuera de la casa, volvió a subir por la escalera.

Ahora sí estaba oscureciendo en su propio mundo a medida que avanzaba la tarde.

Había encontrado una lata de pintura negra en el taller de su padre y había sujetado una brocha al extremo de un mango de escoba roto.

Pero cuando alcanzó el tejado no pudo evitar esforzarse por mirar una vez más al interior del ático a través de la ventana.

Entonces vio varias cosas. No sería capaz de reflexionar sobre todas ellas hasta más tarde... Pero esta vez podía ver el interior. El ático de aquel otro mundo, fingiendo existir dentro de la casa de su madre mediante el engaño bidireccional del cristal, resplandecía de rojo, no por el crepúsculo sino por el amanecer. Era el sol naciente, y no el poniente, el que había teñido de franjas aquel extraño cielo. Ahora entraba más luz en el ático paralelo, permitiéndole ver su interior. No habían sido las tablas las que oscurecían la vista antes. Había sido simplemente la penumbra previa al amanecer. La ventana del otro mundo jamás había estado tapiada. Pero esas fueron conclusiones a las que Alan llegó más tarde, después de haber pintado de negro los cristales. En aquel momento, mientras observaba a través del vidrio misteriosamente alterado, su mente registró una sola cosa. Y esa cosa era el rostro de la criatura –del ser– que estaba dentro de aquel ático observándolo. Era el mismo rostro oscuro que había visto antes afuera de la ventana.

Mientras él estuvo dentro del ático de su casa, aquella criatura había permanecido en lo alto de su propia escalera espiándolo. Y ahora que Alan estaba en lo alto de la suya, ambos habían intercambiado posiciones. La criatura estaba dentro de su propio ático. Mientras sus miradas se cruzaban, el ser levantó una tabla y la colocó en posición, dispuesto a clavarla. Quería ocultar la aterradora visión que había contemplado. Fue entonces cuando Alan comenzó a pintar... Intentando no ver aquel rostro mientras lo hacía. Porque el rostro no era humano. Ni remotamente humano. Pero más aterrador que ese hecho fue la comprensión que se abrió paso en la mente de Alan.

Porque, a pesar de sus terribles deformidades, aquel rostro era, en esencia, el suyo.

Jeffrey Thomas es autor de novelas de terror y ciencia ficción como The American, Deadstock (finalista del Premio John W. Campbell), Blue War, Monstrocity (finalista del Premio Bram Stoker), Letters from Hades, Subject 11 y Boneland. Su ficción breve incluye Punktown, The Unnamed Country, Gods of a Nameless Country, Unholy Dimensions, Carrion Men, Thirteen Specimens y The Endless Fall. Sus cuentos fueron seleccionados y publicados en The Year's Best Fantasy And Horror, The Year's Best Horror Stories, And Year's Best Weird Fiction. Aunque considera Vietnam como su segundo hogar, reside en Massachusetts.

 

EL MAGO DEL PINBALL

Michael Schmidt

 

La música retumbaba en los enormes y viejos altavoces. La basura y el polvo del suelo saltaban al ritmo de los riffs más duros. La luz parpadeaba de manera rítmica. Se oyó un siseo y la niebla comenzó a brotar de numerosas aberturas ocultas.

El Ave entró en la sala con unas enormes gafas de colores sobre la nariz. Vestía un traje violeta ceñido al cuerpo que solo se ensanchaba a la altura de los tobillos. Una amplia sonrisa iluminaba su rostro. Sus ojos brillaban divertidos detrás de los cristales rosados mientras avanzaba con paso enérgico por el Paseo de la Fama del Rocket Man.

Ee jay se deleitaba bajo la ovación creciente. En aquel momento se sentía como una estrella de rock. Sacó pecho, movió las caderas y recorrió la última distancia que lo separaba de la máquina.

Sin vacilar, inició la partida y lanzó la bola. La esfera plateada atravesó el mundo reluciente de los Warriors, pasó junto a bates de béisbol, fue engullida por una radio, giró por Central Park y, en su camino de descenso, fue atacada por las Lizzies. La bola saltaba de izquierda a derecha, cruzando Broadway mientras todo a su alrededor parpadeaba y emitía pitidos.

En el Rocket Man, Magic Bus avanzaba hacia su final. Bajo y guitarra se batían en duelo a una velocidad frenética y hacían arder los altavoces. La batería martilleaba como una locomotora primitiva, impulsando a Ee jay a rendir al máximo. Con una seguridad sonámbula devolvía la bola al juego con los flippers.

Comenzó la siguiente canción. Empezó suave y fue creciendo. El volumen, la velocidad y la intensidad aumentaban sin cesar. En el punto culminante del solo de guitarra, cuando el ritmo impulsor alcanzó un crescendo, Ee jay obtuvo el premio mayor.

La máquina vibró y la luz parpadeante brilló con intensidad en sus ojos azules. La piel blanca de Ee jay quedó iluminada y le dio, con aquella expresión que en los momentos de máxima concentración adquiría un matiz ligeramente demente, el aspecto de un demonio convertido en ser humano.

Jugó como poseído, sin que la bola se perdiera ni una sola vez.

Cuando se encendió la luz roja y comenzó a sonar la alarma ululante, salió de su trance. Miró hacia arriba, sobresaltado, y regresó de golpe al aquí y ahora.

Un nuevo récord de puntuación. Ee jay era el Mago del Pinball.

 

A la mañana siguiente, Ee jay volvió al Rocket Man. Ya nada recordaba a la fachada resplandeciente de la noche anterior. El local mostraba la realidad sin maquillaje.

Las paredes marrones estaban cubiertas por una gruesa capa de nicotina. El mobiliario era viejo y estaba desgastado; el suelo mostraba grietas y por todas partes seguían esparcidas las colillas del día anterior.

Se sentó junto a Ike, el hombre alto y corpulento que era su mentor y amigo.

—¿Quieres probar?

Ike le tendió un porro y Ee jay, que en realidad ni disfrutaba ni toleraba demasiado la marihuana, dio una breve calada. No quería ofender a su amigo.

—No está mal —mintió.

Ike era algo parecido al sustituto del padre que nunca tuvo. Ee jay había quedado huérfano muy joven y, en el orfanato, el mayor siempre lo había protegido de las agresiones de otros niños y adolescentes.

Ee jay siempre se había preguntado por qué gozaba de tanta estima por parte de Ike. Pero este se limitaba a filosofar:

—Muchacho, tú eres alguien especial. Algún día serás una gran estrella. ¡Harás vibrar al mundo! ¡Créeme!

La realidad era distinta.

Hasta entonces, aparte de Ike, nadie estaba convencido de que tuviera talento para llegar lejos. Había intentado abrirse camino como cantante; tocaba piano, guitarra y diversos instrumentos de viento, como saxofón, trompeta y corno.

Hasta ahora, nadie veía en él más que a uno de tantos músicos prometedores que, incluso años después, seguiría actuando en tugurios como el Rocket Man. Uno de esos que dentro de diez años seguirían lamentando oportunidades perdidas frente a una cerveza.

Solo cuando jugaba al pinball se sentía como una estrella de rock. Entonces superaba sus propios límites y nadie podía vencerlo.

Ee jay echó un vistazo a su alrededor.

Al fondo, apoyado en la barra, estaba David, un sujeto de aspecto andrógino. Delgado hasta los huesos, esbelto, con un trasero firme como una manzana recién arrancada del árbol. Atractivo, radiante, irresistible.

Sus miradas se encontraron.

Y alcanzaron un entendimiento silencioso.

Ike había visto aquellas miradas de su protegido, y no era la primera vez.

El muchacho se inclinaba hacia la otra orilla.

La orilla equivocada.

Algo peligroso. Algo capaz de arruinar su carrera incluso antes de que comenzara.

Hacía tiempo que Ike pensaba en cómo intervenir para ayudarlo. El chico estaba a punto de cometer un error enorme, de eso estaba seguro. Ee jay acababa de cumplir diecisiete años y todavía albergaba la esperanza de poder moldearlo. A esa edad, la sexualidad aún no era algo definitivo. Si el muchacho tenía la experiencia adecuada, terminaría orientándose por sí mismo en la dirección correcta. Ike ya sabía cómo lograrlo.

Había encontrado a la mujer perfecta para ello. Un auténtico volcán capaz de despertar en el muchacho los deseos apropiados.

—Escucha, Ee jay. Tenemos que celebrarlo. El Mago del Pinball debe echar a volar. ¿Conoces el Amazing Journey?

—No.

—Entonces ya es hora. Ese lugar es fantástico. Se bebe de maravilla y, para la conciencia, hay unos abridores de puertas geniales. Y las mujeres... no te imaginas. Te abrirán los ojos... y algo más también.

—Yo...

Ike comprendió al instante qué estaba pasando por la cabeza del muchacho. Debía tranquilizarlo.

—¿Todavía no has...? Bueno, está bien, no te preocupes. Sin presión. No pienses en eso. Ike se encargará de organizarlo todo y ya verás: será el cielo en la Tierra.

La mirada de los pálidos ojos de Ee jay no expresaba escepticismo. Expresaba puro pánico.

—Muchacho, créeme. Sé perfectamente por lo que estás pasando. Yo tampoco imaginaba que pudiera ser una experiencia tan intensa. Confía en mí. Soy mayor que tú. Ike tiene experiencia y conoce estas cosas. Que te tiemblen las rodillas es completamente normal. Lo resolveremos juntos. Déjame actuar. Ya he preparado algo para ti. Será increíble. Simplemente increíble. Después me besarás los pies y me estarás agradecido para siempre.

—¿Quieres decir que...?

—¡Lo sé! Esta misma noche. Mañana estarás sentado aquí preguntándote cómo pudiste dudar siquiera un segundo. Y ahora cambiemos de tema. Te he conseguido una actuación para la semana que viene. The Detours está buscando cantante y tengo el presentimiento de que encajarás con ellos como el hidrógeno y el oxígeno. El camino hacia el Olimpo del rock está a punto de abrirse ante ti. Mañana serás un hombre y la semana próxima una estrella de rock.

 

En el Amazing Journey predominaban los tonos rojos y negros. No se veía ninguna luz brillante, ningún azul, ningún verde, ningún amarillo.

Inquieto, Ee jay se removía una y otra vez en la silla. Lo que más deseaba era salir corriendo de aquel vestíbulo afelpado y escapar gimoteando. Las mujeres semidesnudas cuyas imágenes cubrían las paredes le producían rechazo.

Pero Ike, que lo observaba con una mirada implacable, lo mantenía firmemente en su sitio.

Las primeras mujeres entraron en aquella guarida del vicio. Caminaban sobre tacones altos entre él y los demás hombres. Llevaban amplios abrigos que al mismo tiempo ocultaban todo y prometían todo.

Ike se acercó a una de ellas, una pelirroja de piel extremadamente blanca, le dio una palmada en las nalgas y le dedicó una sonrisa que, según él mismo creía, debía resultar seductora.

La mujer sonrió mientras sus ojos azules permanecían tan fríos como el hielo. Le agarró la entrepierna.

—Veo que todavía queda algo de vida ahí abajo —susurró. Luego continuó su ronda.

Ike se inflamó de inmediato. Sin pensarlo dos veces se puso en pie y salió detrás de ella como un esclavo obediente. La baba casi le caía de la boca.

Poco después ambos subían una escalera al fondo del local y desaparecían de su vista.

Ee jay vio llegar su oportunidad y estaba a punto de levantarse cuando una mano implacable lo obligó a volver al sillón acolchado. Tragó saliva con dificultad y levantó la vista. Ante él se encontraba una mujer que parecía salida de una pesadilla. De estatura media, atractiva, cautivadora, salvaje. Aquella mujer era una fiera; Ee jay lo percibió de inmediato. La rodeaba una presencia tan intensa que casi lo aplastaba contra el asiento. Su cabello se proyectaba en todas direcciones, como si una corriente eléctrica permanente lo atravesara. Mostró una dentadura deslumbrantemente blanca y una larga lengua recorrió sus labios pintados de rojo sangre.

—Tú eres Ee jay. Qué chico tan adorable eres —susurró con una voz áspera y ahumada—. Tenemos una cita. Ike me dijo que eres una gran promesa. El Mago del Pinball. La próxima estrella del firmamento del rock.

No era particularmente alta, pero poseía una presencia imponente. Pómulos anchos. Ojos negros en los que él se perdía, tan poderosa era la fascinación que ejercían sobre él. No se trataba de una figura exuberante. No tenía un pecho excesivo ni unas caderas extraordinariamente amplias. Sus piernas tampoco eran especialmente largas. Era algo distinto. Su personalidad. Su presencia. Aquella fuerza que irradiaba y que parecía eclipsarlo todo.

—No vale echarse atrás —se burló al advertir su temblor—. Soy Gipsy, la Reina del Ácido, y voy a mostrarte el cielo en la Tierra. Toma esto. —Le arrojó varias pastillas en la mano y le tendió una cerveza—. Vamos. Hazlo. —Su voz borró cualquier intento de resistencia.

Obedientemente, Ee jay tomó el colorido puñado de comprimidos, los tragó con el amargo sabor del lúpulo y siguió a Gipsy por una escalera estrecha y empinada.

Cuando, tras lo que le pareció una eternidad, llegaron a una pequeña habitación, vio una enorme cama que parecía elevarse hacia él. El propio cuarto se deformaba. Y la Reina del Ácido se deslizaba entre las paredes que se tocaban unas a otras como una serpiente. De repente estaban desnudos. Su olor animal. Su deseo completamente desenfrenado. El calor que irradiaba mientras se sentaba sobre él. Todo aquello abrió algo muy profundo en su conciencia. En el instante en que la realidad pareció desgarrarse, sintió una oleada de fuerza surgir en su interior. Creció por dentro. Sintió que su mente emprendía un viaje. Nuevas dimensiones se abrían ante él. Y cuando todo terminó, arrancó a Gipsy de encima de sí y huyó del Amazing Journey tal como había venido al mundo.

 

Una vez más, Ee jay estaba sentado junto a Ike en el Rocket Man.

Hablaban con cierta incomodidad de aquella noche ocurrida tres días atrás, aunque sin llegar realmente a compartir nada.

—¿Fue agradable? —preguntó Ike.

—Demasiado agradable. Creo que necesito descansar un tiempo de las mujeres.

—Pero no para siempre, ¿verdad?

—No. Después de la actuación veremos qué pasa. Tengo que conservar mis fuerzas. Por la banda. Quiero estar en plena forma.

—Entiendo. Tiene sentido. ¿Y qué tal los ensayos?

—La banda es fantástica. Extraordinaria. Encajamos de verdad como el hidrógeno y el oxígeno.

—Me alegra oír eso. Van a llegar muy lejos, estoy seguro.

—Eso espero.

—Bueno, tengo que irme. Nos vemos mañana en tu actuación.

—Me alegra saber que vendrás. Verte entre el público me da una fuerza increíble.

Ike se marchó. Y la mirada de Ee jay se dirigió hacia David, que volvía a apoyarse despreocupadamente en la barra.

Pero aquel día Ee jay no iba a dejarse detener.

Se acercó con tranquilidad, pidió una cerveza y le dio una palmada en el firme trasero.

—Te quiero. Hoy.

Sin esperar respuesta alguna, deslizó la lengua en la boca de David mientras su mano comenzaba a explorar.

Y la respuesta de David, a juzgar por ciertos indicios inequívocos más abajo, fue claramente positiva.

 

El Rocket Man estaba lleno hasta el último asiento.

Era la primera actuación de The Detours con Ee jay como cantante, pero algunas personas habían asistido a los cuatro ensayos de la banda y esperaban grandes cosas de ellos.

Entre el público, Ee jay distinguió a Ike, que había reunido a toda una tropa de seguidores encargados de animar el ambiente.

También vio a representantes de todas las grandes discográficas de Oststadt y a diversas figuras importantes de la industria de espectáculos de Weststadt.

Estos últimos ya habían dejado entrever que estaban interesados en organizar para The Detours una gira que eclipsaría todo lo conocido hasta entonces. Todo dependía de aquella actuación. Después de esa noche, todas las puertas de Silbermond podrían abrirse para ellos. Las luces se apagaron. Se extendió un silencio que poco después fue sustituido por un murmullo inquieto. La expectación creció. Cuando la iluminación se encendió brevemente, el público ya estaba completamente despierto y comenzó a corear.

—¡The Detours! ¡The Detours! ¡The Detours!

Y sin previo aviso comenzó el estallido. Un ritmo atronador, seguido de guitarras impulsoras bajo una iluminación tenue. El público, excitado por la prensa favorable de los días anteriores y por enormes cantidades de cerveza y drogas alucinógenas, perdió la cabeza desde el primer momento y emprendió un viaje hacia otros mundos.

La niebla brotó de máquinas ocultas y quedó teñida por una luz roja resplandeciente.

Entonces Ee jay apareció en el escenario.

Se movía de manera rígida sobre unas piernas interminables. Llevaba unas enormes gafas de colores cuyos cristales mostraban imágenes de hombres copulando entre sí. Sobre la cabeza lucía un gorro con los colores del arcoíris coronado por una esfera de cristal que mostraba a cada espectador su propio futuro si se atrevía a mirar. Y aquello no era más que el principio. De repente, el Rocket Man entero se transformó en un gigantesco pinball controlado por Ee jay. En lugar de una bola plateada, lanzaba a Ike a través del mundo de los Warriors. Lo hacía pasar junto a las Lizzies, que le mordían los genitales. Junto a las Furies, que lo golpeaban con sus bates de béisbol. Junto a los Orphans, que lo cubrían con su odio. Ike gritaba. Mientras perdía por completo el control de sí mismo y se orinaba encima, la sensación de poder crecía en el interior de Ee jay. Sintió cómo se expandía su pecho. Sus bíceps alcanzaron un diámetro de sesenta centímetros. Y junto a él apareció David, acariciándole las nalgas y animándolo a vengarse, a darle a Ike un final cruel. Ee jay sintió cómo se excitaba. Preparó el golpe definitivo. El impacto que enviaría a Ike contra los Rogues, cuyos dientes afilados despedazarían a su verdugo. Se sentía como un dios. El Mago del Pinball estaba vivo y poseía un poder divino. Pero entonces se detuvo. Su cuerpo se congeló. Ike siempre había sido bueno con él. Desde el día en que se conocieron, lo había protegido de todos los que eran más fuertes. Había impedido que le hicieran daño. Le había dado valor cuando le faltaba confianza. Lo había obligado a reaccionar cuando no encontraba fuerzas para hacerlo por sí mismo. Sin Ike, aquel maravilloso concierto tampoco habría existido. Ike, que nunca había creído que pudiera ser más feliz con hombres que con mujeres. Ike, que solo conocía las leyes de la calle y que estaba convencido de estar haciéndole un favor. De protegerlo de las dificultades que inevitablemente provocaría en la sociedad el amor entre hombres. Ike, que probablemente pensaba que el mundo aún no estaba preparado para ello. Ee jay dejó pasar el golpe decisivo. Ignoró a David, que se agitaba furiosamente, sediento de sangre y deseoso de ver a su víctima destruida. Ike cayó fuera del juego. El gigantesco pinball se desvaneció. Y Ee jay comenzó a cantar.

Cantó su dolor.

El dolor de desear una cosa y, al mismo tiempo, no estar seguro de cuál era el camino correcto. Lo hizo con una intensidad tan extraordinaria que primero dejó al público sin palabras y luego provocó una explosión de entusiasmo aún mayor. La multitud permaneció en pie como un muro. Después de cuatro bises, la banda puso fin al concierto, completamente agotada, pero embriagada de felicidad. La primera actuación de The Detours pasó a los anales de la historia de la música. Lástima que no quedara ninguna grabación de aquella noche.

 

Ike, que no había percibido nada de todo aquello, tuvo que esforzarse por aceptar que su protegido se hubiera unido a David y se hubiera perdido para el mundo femenino.

Sin embargo, no se detuvo demasiado tiempo en ello. Como en todo lo demás de su vida, adoptó una actitud pragmática. Y permaneció leal a su protegido hasta el final de sus días.

Michael Schmidt es un autor, editor y activista literario alemán que reside en Lahnstein. Sus historias son el equivalente, en la literatura, al rock pesado en la música. Explora principalmente los ámbitos del terror y la ciencia ficción, pero tampoco rehúye otros géneros literarios. Disfruta combinando literatura y música.

 

EL DIARIO DE LOS SORIA