jueves, 2 de julio de 2026

COMO UNO SOLO

Anatoly Belilovsky

 

Ella permanece de pie sobre el estrado, temblando. El viento de noviembre le quema el rostro, enviando dedos helados que se deslizan por sus mangas, bajan por el cuello y se cuelan bajo la falda. La piel se le eriza con ese contacto y, sin pensar, vuelve la vista hacia el lugar donde vio por última vez a su marido. No está lejos, conversando con Trotski; por encima del hombro de su esposo, los ojos de Trotski se encuentran con los suyos, y aquella mirada reptiliana congela incluso sus escalofríos.

Un largo y gélido segundo después, una banda comienza a tocar a lo lejos.

La Internacional, por supuesto.

Todos vuelven la vista hacia la plaza.

—Sonríe —le susurra el marido al oído.

Ella hace lo que puede: piensa en los veranos en el campo, en cachorros, conejos y cabritos, en el rostro hundido en su tibio pelaje, y siente que sus facciones se relajan.

—Así está mejor —murmura él.

Ella asiente y aparta de su mente otros recuerdos de calor.

La cabeza del desfile se aproxima: soldados con capotes y gorros de piel, los sables desenvainados y en alto; las botas golpean el suelo con un sonido semejante al de una porra quebrando costillas. Un oficial montado los encabeza; su caballo avanza de costado mientras él saluda al estrado.

Por el rabillo del ojo ve a su marido, sin sombrero, devolver el saludo. Su sonrisa se ensancha al recordar una frase del entrenamiento militar:

No saluden, había dicho el sargento instructor, si tienen la cabeza vacía.

Y aquella frase, como una locomotora, arrastra recuerdos que habían permanecido durante mucho tiempo en una vía muerta: la amistad que había desterrado todo miedo del mundo; la camaradería que reducía a la nada la amenaza de las balas y los obuses; el amor que era capaz de dar calor incluso al barro de las trincheras, incluso al invierno báltico. El orgullo de haber sido elegida –de haber merecido confianza– para custodiar al recién nacido Gobierno Provisional de una república recién nacida.

De celebrar hoy, 7 de noviembre según el nuevo calendario, su fracaso, aquel día de octubre del calendario juliano, en cumplir con su deber.

Los soldados envainan los sables; el oficial hace galopar su caballo hacia la estación de tren. Trotski sonríe. Su marido se inclina hacia ella.

—Ya no es un secreto, así que puedo decírtelo —murmura—. Polonia ha concedido el derecho de paso. Estos hombres estarán en Brest-Litovsk al amanecer; dos días después llegarán a la frontera alemana. En Weimar, probablemente dentro de una semana.

El siguiente grupo entra en la plaza desde donde se contempla el desfile: mujeres vestidas con descoloridas faldas, blusas y pañuelos azules de obreras. Deben tener frío: sostienen con las manos desnudas pancartas que proclaman: «¡Viva la Revolución Permanente!» y «¡Gloria al Octubre Rojo!».

La música cambia. Ahora resuena la famosa canción:

«Marchamos con valentía hacia la batalla,

para morir como uno solo por el poder de los sóviets.»

Ella contiene el aliento cuando un rostro en particular se aproxima.

¿Es real, o es su memoria pintando sobre el palimpsesto de la realidad?

Ese rostro pertenece a otro lugar, a otro tiempo, mucho más cercano; ligeramente inclinado, con los ojos desenfocados buscando los suyos, los labios rozando sus labios.

Katya.

Más recuerdos emergen, como los eslabones de una cadena de ancla que ascienden lentamente por el cabrestante desde unas aguas profundas, frías y turbias: el día en que se enfrentaron a un ejército de desertores frente al Palacio de Invierno y se rindieron. La huida de los escuadrones rojos de la muerte; las descargas de fusilería en la distancia, demasiado regulares para provenir de una batalla; olvidar su propio nombre y adoptar el de una muchacha nacida el mismo día que ella y enterrada poco después, tomado de una lápida; huir sola, dejando atrás a Katya.

Recordarse mirando, con hambre, a un hombre que mordía una hogaza de pan. Ser invitada a compartirla. Y quedarse.

El presente vuelve para imponerse.

Los ojos de la mujer –¿los de Katya?– siguen fijos al frente; no hay cambio alguno en su expresión, en su postura ni en el ritmo de sus pasos. Rechaza siquiera la idea de preguntar por ella: las órdenes de ejecución contra todas las veteranas supervivientes del Primer Batallón Femenino de Choque de Petrogrado siguen vigentes. Fueron promulgadas, junto con recompensas para quienes las denunciaran, apenas una semana después de la llegada de Trotski al poder.

Una chispa helada le atraviesa la mejilla.

Se enjuga una lágrima; esta se congela y se convierte en un diamante sobre su guante.

Su marido le da unas palmaditas en el hombro.

—Excelente —susurra.

El desfile se prolonga hasta el anochecer. Siguen pasando obreros y campesinos traídos de las aldeas cercanas.

Ya es la oscura noche de noviembre cuando la limusina oficial del Partido se detiene frente a su casa. El chófer hace sonar la bocina; el sirviente abre la puerta.

Entran en un calor que continúa siendo demasiado frío.

—¿Querida? —dice su marido—. El camarada Trotski quedó muy impresionado contigo hoy. Dijo que, de entre todos los presentes, tu alegría por esta celebración trascendental era la más auténtica y palpable.

—¿Se dio cuenta? —pregunta ella, levantando la cabeza.

—El camarada Trotski lo ve todo —responde él.

Y le seca la mejilla.

Un instante después, se seca la suya.


Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

EL GALLO DE ADENAUER PIRANGA

Rogelio Ramos Signes

 

No se trataba de un zorzal colorado, de esos que bellamente cantan en su nido, ni de una calandria castaña del chaco boliviano, ni siquiera de un vistoso saracurú. Para nada. Se trataba de un gallo; de un gallo común, con plumas blancas ligeramente manchadas y cresta desprolija. Se trataba de un gallo viejo y bastante maltrecho. Yo creo factible que hasta fuera sordo; sin una pizca de intuición, por supuesto; siempre cercado por el hambre y muy afecto a la grandilocuencia.

El gallo, en cuestión, era propiedad de Adenauer Piranga, el antiguo verdulero del barrio, y me tenía cansado. Su orgullo, tal vez (y siempre que los gallos practiquen ese tipo de arrogancia), era comportarse diferente de otros gallos; y esa particularidad, precisamente, era la que me hacía detestarlo, maldecirlo, augurarle un futuro de cuchillo, cacerola e inminente puchero. Pero no. El maldito adefesio cantor, que tal vez no era sordo, sino simplemente estúpido y desconsiderado, cantaba todo el día. ¡Dónde se ha visto que un gallo cante a cada rato! Ni siquiera el gallo bíblico, que cantó tres veces, lo hacía todo el tiempo. Este gallo sí. Cantaba al amanecer, como cualquier gallo normal, pero también durante la mañana, como si se tratara de una colación gratuita para el oído de los demás; y cuando yo ponía música y quería dejarme llevar por la caricia de los violines, él cantaba fuera de tono; y cantaba a la hora de la siesta (lo odiaba, lo odiaba; en verdad lo odiaba), y cantaba cuando yo hurgaba, con gran dificultad y aguzando el oído, la onda corta de mi vieja radio; y cantaba al anochecer, cuando sus pobres gallinitas querían hacer noni; y durante la cena, y a la medianoche, y a cualquier hora. Cantaba porque sí. Era un martirio.

A decir verdad, el verdulero Adenauer Piranga, el dueño de ese engendro, estaba fascinado con el bicho. Mis permanentes ofertas de comprárselo chocaban siempre con sus negativas. Tal vez se me notaba demasiado en la cara cierto proyecto de cascotazo y al hoyo. ¡Au revoir pajarito, causante de mis peores pesadillas! Por su culpa tuve las más enconadas discusiones con mi esposa, que había inventado un ejercicio sencillísimo para convertir en silencio los ruidos molestos. Ella lo trabajaba desde la voluntad, pero conmigo no dio resultado. Por su culpa (sí, por culpa de ese disparate de la naturaleza; de ese fraudulento flamenquito enano) me vi envuelto en ríspidos enfrentamientos con algún funcionario de la Secretaría de Protección a los Animales; funcionario con nariz de tucán, ojos de lechuza y copete de martín pescador, convengamos. ¡Por Dios! ¿Quién puso aves en mi camino? Las aves están bien para una suculenta suprema al horno, pero no para que te sobresalten con sus ocurrencias a cada rato.

Así, sin grandes cambios, pasaron estos dos últimos años. ¿Cuánto tiempo vive un gallo? me pregunto, y busco bibliografía; pero, al parecer, los libros que consulto me empujan a pensar que los gallos viven hasta que se mueren. ¡En fin!

Lo cierto es que un día, un día cualquiera, el frente de la verdulería amaneció sin sus pizarroncitos con ofertas; en su lugar había un gran cartel que anunciaba la maravillosa, la milagrosa, la extraordinaria, la asombrosa, la portentosa y nunca vista proeza de Boreal, “El despertador ecológico”, “El minuto preciso”, “El milagro de los corrales”. Pura cháchara para referirse a ese pajarraco de porquería. Aunque, debo reconocerlo, a mí también me picó la curiosidad y fui a ver de qué se trataba todo aquello.

Por empezar, la verdulería ya no era una verdulería; la puerta de entrada había sido sustituida por un ventanuco con apoyabrazos, detrás del cual podía verse la cara de la hija menor de Adenauer Piranga y un taco de papel con entradas para asistir a las proezas del gallo. ¡No lo podía creer! ¡Pagar entrada para ver esa inmundicia! Si por lo menos uno tuviese la oportunidad, como en las quermeses, de pagar un boleto y conseguir tres dardos para tirarle a un globo; estaría muy bien. El precio de un boleto, por caro que fuera, si me daba la oportunidad de tirarle aunque fuesen tres pedradas a ese esperpento, me parecía un regalo. Pero no. No era así.

Ese día, en absoluto silencio, me alejé de la improvisada taquilla; entré en mi casa, me encerré en el baño y lloré.

A la tarde, ya con otro espíritu, decidí enterarme de qué era lo que estaba pasando; aceptaría las reglas del juego y, si era posible, jugaría para ganar. Mi casa comparte la pared medianera con la ex verdulería, y mi curiosidad iba en aumento cada vez que el ignominioso monstruo cantaba y una muchedumbre enardecida aplaudía. ¿Estaríamos ante un hecho milagroso? ¿Dios se estaría comunicando a través de un ave cualunque y en extremo bullanguera? ¿O tal vez este gallo era una pieza de colección, “El doméstico del sol” del que hablaba Góngora; “El barbado de coral que ciñe su púrpura turbante”, “El nuncio canoso”, “El lascivo esposo vigilante”? Había que investigar y, contra mis más arraigados  principios, salí de mi casa, me colgué una sonrisa en la boca, pagué la entrada, atravesé un largo pasillo y llegué hasta un tinglado que Adenauer Piranga había levantado en el fondo de su terreno. Por suerte todavía quedaban dos o tres sillas sin ocupar, entre las doscientas localidades de cada función, según leí en un folletito pésimamente impreso, y peor redactado, que me dieron cuando compré el boleto de entrada.

La puesta del espectáculo era simple pero impactante. El gallo se paseaba por una tarima, ida y vuelta, ida y vuelta, con cara de... ¡cómo expresarlo!, con cara de gallo, de gallo estúpido, impertérrito; a veces mirando el piso (esperando encontrar una lombriz imposible, supongo); a veces mirando al público con esos típicos movimientos casi mecánicos que tienen los gallos; y aquel gallo, mucho más todavía. ¡Si no parecía de este mundo, el condenado! Adenauer Piranga también se paseaba, aunque por el piso, delante de la tarima y en sentido inverso al desaliñado pajarraco. Adenauer iba, el gallo venía; el gallo iba, y Adenauer volvía envuelto en un discurso que no daba ninguna explicación, pero que nos llenaba de palabras incomprensibles e hipnóticas; malditas palabras que guardo en mi memoria: que las aves faisánidas, que la cola con cobija arqueada, que los tarsos y los espolones, que la cresta bifurcada y las carúnculas rojas y el pico convexo para guardar secretos y los amaneceres en Ceilán. Y bueno, allí (en Ceilán, precisamente; es decir, en Sri Lanka) parecía estar el pilar de su argumento para tontos. ¡Puro verso! Aseguraba que el gallo extrañaba su tierra de origen y era por eso que cantaba según el amanecer de Ceilán; o sea, a las 5 de la tarde de este país de locos, de esta ciudad de locos, de este barrio de locos crédulos e irrecuperables.

Pero allí no terminaba todo, el gallo (ese gallo ruin, maldito, vil hasta lo indecible) era, según las palabras de su dueño, fruto de un largo enriquecimiento de la especie, con sangre de otras aves del Golfo Pérsico; y de los lagos de Ontario, en Canadá; y de las Islas Baleares; y de la cuenca del Orinoco; y de los prolijos gallineros de Leningrado; y de las planicies de Angola; y de los hielos de Laponia. En fin, que esa bazofia de gallo tenía permiso curricular y pasaporte estridente para cantar a cualquier hora del día o de la noche, rememorando los amaneceres de cualquier terrenito de este planeta.

La jugada de Adenauer Piranga era perfecta. Se la descubrí la undécima vez que pagué la entrada para ver, y escuchar, el espectáculo de ese mamarracho cubierto de plumas.

Adenauer Piranga se había aprendido de memoria el nombre de cientos y cientos de lugares exóticos, y los iba largando de a uno, cada cuatro o cinco minutos, para que la concurrencia bramara de placer.

“Ahora son las 6 de la mañana en Atenas” vociferaba como un poseso para que lo escucharan hasta los de la última fila y, agitando las manos frente a la insostenible cara del gallo, continuaba: “A ver. A ver. ¿Qué tiene para decirnos Boreal? Hable, maestro.” Y el maestro Boreal largaba su analfabeto quiquiriquí hasta rompernos los tímpanos. Entonces todos aplaudían y vitoreaban el nombre del “Doméstico del Sol”, del incomparable “Nuncio canoso”, y yo hervía de rabia pegado a la silla, recocinándome en mi propia ponzoña.

Todo lo que Adenauer Piranga tenía que hacer (ese día lo observé desde la primera fila) era ponerse un grano de maíz (un único y miserable grano de maíz) entre los dedos de la mano que agitaba frente a los ojos planos del deleznable gallo, mientras formulaba su idiotísima pregunta: “A ver, Boreal. A ver, maestro. ¿Qué tiene para decirnos de los amaneceres de Estocolmo?”, y el bicharraco largaba su palabra única a las 22 horas de este castigado país, sólo porque en Suecia eran las 5 de la mañana, o algo así. El gallo, al que seguramente hambreaba sin atenuantes, lo que quería era comerse el mísero maicito. Eso era todo. ¿En qué otra cosa puede pensar un gallo cuando ve un grano de maíz? ¿En una chica corriendo por una playa? ¿En un gol en contra faltando cinco minutos para el final? ¿En una película de Bergman? ¡No! Un gallo que ve un grano de maíz piensa en un grano de maíz, y quiere comérselo; y Adenauer Piranga, muy astutamente, cuando el público de pie aplaudía a rabiar, tomaba al gallo en sus brazos, lo acariciaba y sin que nadie se diera cuenta le deslizaba dentro de su asqueroso pico el insignificante premio, minúscula recompensa para alguien que había quiquiriqueado en honor a la ciudad de Estocolmo, cuna de Bergman, patria de futbolistas que hacen goles cinco minutos antes del final (a favor o en contra), tierra de bellísimas muchachas que se pasean por todas las playas del mundo.

Así las cosas, no tenía sentido hacer desaparecer ese gallo, aparentemente multilingüe y cosmopolita. Cualquier otro gallo, con una tentación por delante, podría cantar su palabrita en el idioma terráqueo que le pidieran y en honor a los puntos más alejados y caprichosos del planeta. Juro que estuve a punto de desenmascararlo, o de buscar otro gallo que hiciera lo mismo. Incluso pensé en comprar un perro que respondiera con ladridos a mis preguntas, a cambio de una pelotita de alimento balanceado y con la remota esperanza de que, en un torpe descuido de mi parte, saltara la tapia y se engullera al viejo y famélico gallo de mentiroso pedigrí. Pero no fui capaz. Adenauer Piranga, como solemos decir en estos andurriales, le había encontrado el agujero al mate; lo que no es poco en épocas tan difíciles como esta. Y no iba a ser yo, precisamente, quien le pusiera palos en la rueda a un exitoso empresario local, a un tesonero ejemplo de la actividad privada, a un vecino que está interesado en comprarme la casa (a muy buen precio, convengamos) para agrandar su tinglado.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

EL AMIGO

Vahram Martirosyan

 

Las siete de la tarde es demasiado tarde para una cosa así. Sobre todo en invierno. Y tampoco se puede ir antes, digamos a las cuatro o incluso a las cinco. Sería ridículo. Pero, por otra parte, tengo que ir. Llevo un mes esperándolo. Sin embargo, cuanto más me acerco, peor me siento. Los últimos cien metros son terribles. Dios mío, ¿por qué tienen que estar ahí? Tres junto al muro, cinco bajo el toldo, diez sentados sobre los bloques de piedra de la obra y otros caminando de un lado a otro entre ellos. Mujeres de pie, de dos en dos. Tal vez esperando a quienes las citaron. Tal vez no. Y unos niños extraños jugando entre los troncos de los árboles, en la oscuridad.

Camino con la cabeza baja. Pero no demasiado baja. Bueno, entonces la levanto. No, tanto tampoco. Van a pensar que soy un estirado. Es mejor estar solo, al menos aquí. Pero una vez adentro hace falta tener a alguien.

Una carcajada. Bueno, hombre, eso no tiene nada que ver conmigo. Yo no he hecho nada gracioso. Pero ellos siempre son así: son capaces de guardarse una risa durante un mes para soltarla justo cuando uno pasa. Idiotas... ¿Eh? Están gritando algo. ¿A mí? ¿Por qué? Supongo que podría averiguarlo si me dedicara durante días a reconstruir lo que dijeron. Pero será mejor dejarlo así.

Ya estoy junto a ellos. Los estoy pasando. Uf... Ya quedaron atrás. Sí, hombre, de verdad quedaron atrás.

La entrada está iluminada y llena de gente. Claro que me miran. Bueno, no todos. Pero tampoco son pocos.

Ahora intenta librarte de esto. A ver. ¿Puedés? No, amigo, no puedes. Además, te costó dinero y da pena perderlo. ¿Y si doy la vuelta a la manzana y trato de deshacerme de él desde el otro lado? No. No. No pienso volver por ese camino. Y, además, voy a llegar tarde. Aunque ellos nunca empiezan a horario. Siempre empiezan tarde. Terriblemente tarde. Pero cuando el que llega tarde eres tú, podés estar seguro de que no te van a dejar entrar.

¿Me lo quedo?... ¿O...? Bueno, supongo que lo mejor sería... En fin, estoy seguro de que nadie querrá una sola entrada. Van a intentar convencerme de que les venda las dos. No. Eso no. La mía no pienso venderla.

Podría haberme avisado antes. Claro que podría haberme dicho antes que no iba a venir. Aunque dio razones bastante serias.

—No me preguntaste antes de comprar las entradas. Además, siempre evitas venir conmigo.

—¿Es tan importante?

—Sí, hacés todo lo posible por evitarlo. Nunca vienes conmigo.

Es verdad. Nunca voy con ella. Maldita sea...

No voy a vender la entrada. Que se pierda el dinero. No es lo único que importa.

Llego hasta la entrada, pero no quiero abrirme paso entre la gente. No puedo.

—Perdón... Con permiso...

Nadie me presta atención. Debo de estar hablando casi en un susurro.

A los pocos minutos sale alguien para hacer un anuncio y todos corren a rodearlo. Aprovecho ese instante y me acerco al portero.

—Así no vas a entrar.

—¿Qué tiene de malo?

—Con el aspecto que traes no vas a entrar.

—¿Qué tiene de malo mi aspecto?

—¿De verdad sabés cómo te ves? ¿No tenés un espejo en tu casa?

—Por favor... déjeme pasar...

Odio tener que suplicar. De algún modo ya sabía que terminaría así: me acercaría, le pediría que me dejara entrar y después me odiaría por haberlo hecho. Pero si no se lo pido, cerrarán la puerta, los demás volverán y me empujarán hasta el final de la fila.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no lo deja entrar? —dice un hombre.

—¿No ve cómo viene?

—Yo no le veo nada raro.

—Yo sé hacer mi trabajo. A este hombre no se lo puede dejar entrar. Será mejor que no se meta.

—¿Y usted quién se cree que es? ¡Si no lo deja pasar, voy a presentar una denuncia!

Qué buen tipo.

Nadie le pidió que interviniera, y sin embargo, lo hizo.

—Gracias... —murmuro.

Y entro.

La verdad es que no tengo nada fuera de lo común.

Sin embargo, todos en el vestíbulo se quedan mirándome. Ingreso a la sala. Hay mucho ruido, pero algunos de los que ya están sentados dejan de hablar y vuelven la cabeza hacia mí. Apenas encuentro mi butaca y me siento, mientras sigo sintiendo esas miradas clavadas encima de mi humanidad. Me gustaría buscar alguna cara conocida. Pero sé que todos están esperando que me dé vuelta, así que no me muevo.

Tengo tres asientos vacíos a un lado y cuatro al otro. Ojalá empezara de una vez. Pasan unos minutos. Ya es hora. Pasan otros cinco. ¿Va a empezar alguna vez? Algunos silban. Dentro de un par de minutos, seguro. Casi todos aplauden. No me parece que sea la manera de comportarse. Entonces llegan. Dos por un lado y cuatro por el otro. Enseguida empiezan a insinuar que cambie mi asiento por el de dos amigos suyos, ya que estoy solo. Ellos tienen entradas para la última fila, pero ahora están plantados delante de mí, esperando que sus compañeros me convenzan.

¿Por qué demonios tendría que irme allá solo porque vine sin compañía?

Es verdad que en la última fila estaría más cómodo; nadie se sentaría detrás de mí. Pero queda demasiado lejos. Y, además, ¿quiénes son ellos para decirme lo que tengo que hacer?

—Por favor, cambie de asiento para que podamos sentarnos todos juntos.

Dos y dos son cuatro; cuatro y cuatro, ocho. Así que son ocho. ¿Y qué? No entiendo qué tiene de especial sentarse los ocho juntos. No me voy. No me voy. A ver el sello de las entradas... ¿Qué? Las compraron tres días después. Y a nosotros nos dijeron que ya no quedaban ocho asientos consecutivos.

—Yo qué sé. Pregúntenselo a quien se las vendió. Yo necesitaba dos entradas y compré dos.

—No queremos que alguien con ese aspecto se siente a nuestro lado.

—¿Qué aspecto?

—Ese aspecto.

—¿Qué tiene de malo? Yo me veo perfectamente.

—¿Te parece que estás bien?

—¿Y qué sería verse mal, entonces? Si tan mal estoy, díganme qué tiene de malo mi aspecto.

—Lo haremos, si siegues insistiendo.

—Bueno, adelante.

—Lo haremos.

En ese momento se acerca mi amigo.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué no dejan tranquilo a este hombre?

—Queremos que cambie de asiento con nuestros amigos.

—Y él no quiere. Así que no va a cambiar.

—Bueno, no decimos nada... Aunque no debería estar sentado aquí con ese aspecto.

—No les corresponde a ustedes decidir cómo debe verse una persona.

Miro hacia el lugar donde mi amigo se sienta siempre y veo a su esposa saludándome con la mano.

Le devuelvo el saludo y señalo el asiento vacío que tengo al lado. Intento hacerle entender por señas que esta vez estoy solo. Ella me responde que le envíe saludos. Asiento con la cabeza.

—¿Pensaste que tu amigo ya no vendría? —me pregunta él cuando vuelve—. Te asustaste, ¿verdad, viejo?

Tal vez sí. La verdad es que no lo sé. Regresa a su asiento, junto a su mujer. ¿Va a empezar de una vez? Tiene que empezar. Tiene que empezar... Ahora mismo.

Vahram Martirosyan (Gyumri, Armenia, 27 de julio de 1959) es un escritor, guionista y periodista armenio. Su primera novela, Deslizamiento de tierra (2000), fue un bestseller en Armenia y una de las pocas novelas armenias modernas traducidas al extranjero, como Glissement de terrain en francés. Estudió en el Departamento de Filología Armenia de la Universidad Estatal de Ereván (UEE) de 1976 a 1981. Completó estudios de posgrado en Psicología y Pedagogía en la Universidad Estatal de Idiomas de Ereván en 1983 y en Literatura Rusa en UEE en 1984. Estudió lengua y literatura húngara en Budapest entre 1987 y 1988 dentro de un programa de intercambio para escritores y traductores. De 1984 a 1986 enseñó literatura rusa en la Universidad Estatal de Ereván. En los años 90 fue subeditor jefe del semanario Hayk y luego corresponsal parlamentario. En 1993 fue nombrado Subjefe del Comité Estatal de Radio y Televisión de Armenia. Entre sus otras obras publicadas pueden mencionarse: Disfrazado para la cruz, novela histórica, 2002; Migajas, cuentos, 2003; Historia europea. novela corta, 2003; Búhos, colección de novelas cortas, 2005; Amor en Moscú, novela, 2015; Paredes de algodón, novela, 2019; Excavaciones de la historia armenia, ensayos, 2024.

 

miércoles, 1 de julio de 2026

DRAGA

Rodica Bretin

 

¿Quién no habría querido ser amiga de Draga?

Durante los recreos, las niñas se arremolinaban a su alrededor como abejitas en torno a la abeja reina. Los zánganos –es decir, los varones– también rondaban cerca, fingiendo desinterés. A veces lo conseguían, sobre todo los días en que Draga llevaba a la escuela, para que todos las tocaran y las codiciaran, cosas propias de las niñas: muñecas que ponían los ojos en blanco mientras decían «ma-má», frasquitos de perfume del tamaño de un dedal, moños como alas de mariposa, hebillas con brillantina, medallones que escondían una bailarina diminuta como una mariquita, pulseras que cambiaban de color según la luz del día, anillos con piedras que brillaban únicamente en la oscuridad.

¡Y muchas otras maravillas!

Mis compañeras las devoraban con la mirada y luego se las iban pasando de mano en mano hasta que regresaban a la palma de su dueña y, de allí, al pequeño bolso que llevaba colgado del hombro en lugar de una mochila, una infracción que la maestra pasaba por alto, aunque en cualquier otro asunto relacionado con el reglamento escolar tenía vista de halcón.

Éramos veinticinco niños y niñas en primero B de la Escuela General N.º 12 de la calle Crișan: todos hijos del viejo Brașov y todos iguales; para eso llevábamos uniforme, ¿no?

Pero, como suele ocurrir, unos eran más iguales que otros.

Por ejemplo, Draga.

Vestía el clásico uniforme de cuadritos con delantal que llevaban las escolares de la ciudad, pero el suyo estaba confeccionado con una tela suave y brillante como la seda, que no se arrugaba ni necesitaba almidón ni plancha.

En cuanto al calzado, cada día aparecía con un par distinto: zapatos de charol, bailarinas, botines, botas elásticas ajustadas hasta debajo de las rodillas o zapatillas deportivas en lugar de las sencillas de fabricación nacional.

Adriana, su compañera de banco, se la había encontrado una vez en la calle Republicii, un día sin clases, y cada vez que contaba la historia añadía un nuevo detalle que saltaba de aquel recuerdo inolvidable como una trucha fuera del agua.

Draga había bajado de un automóvil –un muchacho habría sabido decir de qué marca era y cuántos caballos de fuerza escondía bajo el capó–, pero Adriana apenas había reparado en el coche, grande y negro. Toda su atención estaba puesta en la colegiala, que llevaba un suéter de cachemira, un pañuelo dorado, gafas de sol y unos pantalones extraordinarios llamados jeans.

Muy pocas personas tenían algo así en todo Brașov.

Pero Draga no era una niña cualquiera.

Su padre trabajaba en Bucarest, en una embajada; por eso pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa.

Mi padre también viajaba por trabajo: a Reghin, a Sighișoara y, una vez, hasta Oradea.

Sin embargo, pronto comprendí que no era de eso de lo que se trataba.

El padre de Draga había sido enviado al otro lado. ¿Adónde? ¿A la Luna? No exactamente. Aunque, para nosotros, simples mortales, era un lugar igual de inaccesible. Eso sí, cualquiera podía imaginarlo, hasta donde le alcanzara la imaginación.

Para mis compañeros, Occidente –no el Salvaje Oeste, ese lo conocíamos bien gracias a las novelas de Karl May– era un ancho bulevar bordeado por escaparates que llegaban hasta el cielo, llenos de todo lo imaginable... y también de lo inimaginable: ropa, zapatos, juguetes tan hermosamente envueltos que deslumbraban con solo mirarlos.

Y para entrar en aquellos palacios de cristal convertidos en tiendas había que llevar los bolsillos repletos de marcos, francos o liras, porque nuestros leus no servían para nada allí.

A Draga la llevaba a la escuela una mujer rubia cuya postura marcial me recordaba a Fräulein Klara, la maestra del jardín de infancia alemán.

¿Era su madre?

Cuando una de las niñas tuvo la desafortunada idea de preguntárselo, desapareció inmediatamente de la lista de las favoritas de Draga.

—Es Inga, la ama de llaves. Mi madre no se levanta antes de las diez —se dignó aclarar.

¿Ama de casa? A mí aquello no me parecía nada extraordinario. Sin embargo, Draga admiraba mucho más a su madre, que no hacía absolutamente nada, que a su padre, que aparecía siempre cargado de regalos, como si en su casa fuera Navidad todos los meses.

Algunos de aquellos obsequios también llegaban a manos de la maestra. Por eso Draga sacaba buenas notas, aunque estudiar no fuera precisamente su pasión.

¿Acaso hacía falta saber mucho más para convertirse en la esposa de alguien? Lo único necesario era tener un origen social impecable, la escalera por la que su padre había ascendido hasta el cargo de secretario de embajada. A mí aquello no me decía gran cosa.

Por entonces había secretarios para todo: desde el de la asociación de vecinos hasta el Primero, el del retrato colgado encima del pizarrón.

Cada mañana Draga aparecía con su uniforme especial, calzada según dictaba la moda de Viena y llevando al hombro aquel bolso que atraía inmediatamente todas las miradas.

En el primer recreo, las niñas la escoltaban como damas de honor alrededor de la reina de Inglaterra. Así salían al patio, donde ella abría su pequeño cofre de sorpresas. ¿Qué habría traído esta vez? Las niñas aplaudían entusiasmadas. Pero ni siquiera los muchachos podían mantenerse alejados cuando aparecían cochecitos que cabían en la palma de la mano, botellitas de Pepsi en miniatura, llaveros musicales, caleidoscopios de bolsillo, figurillas de héroes de historietas... ¡Hasta un coco auténtico!

A mí no me entusiasmaban las muñecas, ni los moños para el cabello, ni los adornos para colgar de la muñeca. Sin embargo, algunos de los objetos que salían de aquella bolsa milagrosa me atraían como un imán. Así ocurrió con un gato de peluche, de ojos de esmalte verde y bigotes de hilo de nailon. Yo también me acerqué a mirarlo, aunque fuera de reojo. Pero Draga lo guardó enseguida, con un gesto que parecía decir: Miren todo lo que quieran, pero no toquen nada.

Desde entonces procuré mantenerme alejada de aquellos montones de hombros y cabezas entre los que, a veces, la hija del diplomático desaparecía por completo. Nosotras dos apenas nos cruzábamos, como dos planetas errantes en el espacio. Hasta que, obedeciendo también a una de las leyes del universo, el azar nos reunió: aquel día nos tocó ser responsables del aula. No había demasiado que hacer: cambiar el agua del florero sobre el escritorio de la maestra, vaciar los cestos de basura al terminar las clases y limpiar el pizarrón en cada recreo. Casualmente era martes. El día de las tres horas malas. Solo que aquel martes hubo cuatro: lengua, aritmética, geometría y música.

En la primera clase, en vez de hacernos leer mucho y escribir poco, la maestra cubrió el pizarrón con letras mayúsculas y minúsculas, además de los signos de puntuación. Al final, como ya no le quedaba espacio para terminar una oración, escribió las últimas palabras en sentido vertical, como una serpiente que agitara el cascabel de la cola. Si no hubiera sonado la campana, de tan entusiasmada habría terminado escribiendo también sobre la pared.

Miré alrededor con resignación. La maestra ya estaba en la sala de profesores. Mis compañeros, jugando en el patio. Solo quedábamos en el aula el pizarrón y yo. Draga había desaparecido. O, mejor dicho, me había dejado sola, ya que en la lista de clase mi apellido iba antes que el suyo. Donde hay reglas, no hay discusión, me dije resignada.

Fui al baño de las niñas con el borrador, lo mojé y lo escurrí, aunque aun así dejé un reguero de gotas por el pasillo, en lugar de migas de pan como en el cuento de Hansel y Gretel. Limpié el pizarrón de izquierda a derecha, luego de arriba abajo y, por último, otra vez en sentido horizontal para que no quedaran marcas. Era un trabajo laborioso, interrumpido por otros dos viajes hasta el lavabo. El resultado parecía el reflejo de la luna sobre la superficie del agua. ¿Un lago cuadrado? En fin... Parecía un trabajo bien hecho y me detuve un instante para admirarlo.

No era la única. Draga también lo contemplaba. Sentada en mi banco. ¿Cuándo había regresado del recreo? Antes de que pudiera comprenderlo, sonó la campana y los compañeros entraron en tropel. No venían tan entusiasmados como cuando habían salido; regresaban arrastrados por la marea del timbre, como el flujo y el reflujo del mar.

La siguiente clase era aritmética. Y otra vez la maestra llenó el pizarrón. Esta vez, de números. De vez en cuando preguntaba a algún alumno el resultado de una resta o una división y escribía la respuesta con tiza azul o roja, según fuera correcta o incorrecta. El pizarrón se había convertido en una bandera tricolor, solo que blanca en lugar de amarilla. Peor que durante la clase de lengua. Pero a mí no me importaba. Ahora le tocaba a Draga. Ella había elegido ser la segunda. Duermes según hagas la cama.

La satisfacción del deber cumplido me abrió el apetito y, apenas sonó la campana del recreo, empecé a rebuscar en mi mochila el paquete que mamá me había preparado. Encontré el sándwich al tacto. Pero, junto a él, había algo redondo y resbaladizo. ¿Un frasco? Era uno como jamás había visto. Tenía una tapa brillante y una etiqueta negra donde, con letras doradas, podía leerse: Smoked Mussels in Oil – Vilsund Blue. ¿Y eso qué significaba? Contemplaba aquel hermoso frasco como un gato mirando un calendario. Habría quedado perfectamente en una vitrina junto a las figurillas de porcelana, y mucho más aún en un estante de la despensa. Los envases que venían de Occidente eran tan hermosos que muchos rumanos no se atrevían siquiera a abrirlos para comer lo que contenían. Los conservaban durante meses. O durante años. La comida terminaba echándose a perder, pero el frasco o la lata ya se habían convertido en objetos de arte, ocupando un lugar entre la pastorcita sin ovejas y el pescador con su caña de pescar.

Todavía seguía admirándolo cuando Claudiu me lo quitó de las manos. Lo sostenía delicadamente entre dos dedos, igual que hacía con la mitad del sándwich que compartíamos durante el recreo largo. Miró las pequeñas monedas que flotaban en un líquido verdoso.

—¿Qué serán?

Me encogí de hombros. Había preguntas mucho más urgentes. ¿Quién lo había puesto allí? ¿Y por qué? La primera tenía una respuesta fácil. Draga. Por eso se había sentado en mi banco. Para dejar el frasco dentro de mi mochila. No éramos amigas. Ni mucho menos. ¿Qué le había dado por hacerme semejante regalo? Y, de pronto, lo comprendí. Me sentí como un teléfono público al que acababan de introducirle una moneda y que, por fin, daba tono. Me había pagado por limpiar el pizarrón en su lugar. ¿Debía ¿Salir al patio y devolverle el regalo delante de todos, acompañando el gesto con unas palabras tan hirientes que jamás pudiera olvidarlas? ¿O dejar simplemente el frasco sobre su pupitre, sin hacer ningún escándalo?

Antes de que pudiera decidirme, Claudiu rompió el sello y desenroscó la tapa. Metió la nariz dentro.

—Huele a barro —dijo haciendo una mueca.

Aquello no le impidió introducir la mano en el líquido y sacar una de aquellas pequeñas monedas de color bronce. Tenía un aspecto viscoso. Pero ni siquiera vaciló. Se la llevó a la boca. Y se la tragó. Como todavía no había resuelto el misterio, sacó otra y esta vez la masticó lentamente. Yo estaba enfadada con él. Espantada por lo que hacía. Y, al mismo tiempo, llena de curiosidad. Era como una torta dividida en tres porciones de sentimientos. Elegí la de la curiosidad.

—¿A qué sabe?

—A pechuga de pollo —respondió sin dudar.

¿Pechuga en escabeche? Aquello no tenía ningún sentido. Ni siquiera tuve tiempo de expresar mis dudas. Claudiu ya me estaba tendiendo el frasco. Y, ¿qué podía hacer? Tomé una de aquellas pequeñas monedas verdosas. Sabía, más o menos, a lo que él había dicho. ¡Y no estaba nada mal! Entre los dos terminamos rápidamente el soborno de Draga. Al final nos chupábamos los dedos. Y nos habríamos comido mucho más.

Claudiu escondió el frasco vacío en mi mitad del pupitre y salió corriendo al patio para aprovechar lo que quedaba del recreo. Pronto volvería a sonar la campana. Los alumnos regresarían a las aulas. La maestra volvería de la sala de profesores con energías renovadas. ¿Y el pizarrón? Seguía blanco, rojo y azul, tal como había quedado después de la clase de aritmética. El frasco estaba vacío. Mi cómplice corría feliz por el patio, sin el menor remordimiento. Draga jugaba a la rayuela, satisfecha de lo bien que parecía funcionar el mundo. ¿Tenía elección? Repetí el ejercicio del borrador y el lavabo. Ida y vuelta. Esta vez más deprisa. Corría por el pasillo con el reloj empujándome desde atrás, tic, tac...

Respiraba como un hámster que hubiera corrido dentro de una rueda, moviendo con empeño las patas sin llegar a ninguna parte. Limpié las últimas huellas de tiza y me senté en mi banco justo cuando la maestra entraba con el libro de asistencia bajo el brazo y los radares de sus ojos registrándolo todo. ¿Estaba todo en orden? Lo estaba. El pizarrón relucía. La clase permanecía en perfecto silencio. Hasta el polvo descendía suavemente por los rayos de sol que se colaban por las ventanas.

Llegó la clase de geometría. La maestra hablaba sin parar mientras la mano no dejaba de moverse –¿cómo podía hacer ambas cosas al mismo tiempo?–, llenando despiadadamente el pizarrón, que apenas tuvo tiempo de permanecer negro y limpio.

Yo copiaba con aplicación en mi cuaderno, mientras toda clase de pensamientos venían a posarse sobre la arena de mi mente, igual que las huellas que la tiza iba dejando sobre el pizarrón. ¿Qué habría pasado si hubiéramos tenido tablillas de madera o de arcilla, como los escribas del antiguo Egipto? Escribir. Borrar. Volver a escribir. Y otra vez borrar... ¡Una pesadilla! Aunque no para Draga. Sus padres le habrían comprado una tablilla que se limpiara sola.

La maestra dibujaba triángulos y cuadrados con diligencia. Yo copiaba mecánicamente, aunque por entonces no sabía qué significaba esa palabra. Mis manos iban por un camino. Mi cabeza, por otro. Como si hubieran discutido y se hubieran separado en un cruce. Sin darme cuenta empecé a pensar en las vacaciones en Mare, el pueblo de mi abuela. Las únicas figuras geométricas que había allí eran los círculos que se formaban sobre el estanque cuando arrojaba una piedra... para desaparecer borrados por el agua misma. Podía pasarme el día entero descansando en el prado hasta que oía los cencerros de los búfalos que regresaban del pastoreo...

Otro sonido, mucho menos bucólico, me hizo sobresaltarme.

Estaba en la escuela. Y me tocaba limpiar el pizarrón. ¡Vamos! Ya era mi turno. Tomé el borrador con decisión. Pero algo –como una mano apoyada sobre mi hombro– me detuvo. Era un pensamiento llegado de repente. No era yo quien debía ponerse a trabajar. Era la hija del secretario de embajada. Estaba tan enfadada –con ella, con Claudiu y, sobre todo, conmigo misma, porque me sentía culpable– que le cerré el paso. Draga, que aún no había emigrado hacia los verdes territorios del recreo, se quedó inmóvil. Pero no alargó la mano hacia el instrumento de trabajo. Al contrario. Se llevó ambas manos a la espalda. No había problema. Le dejé el borrador sobre el pupitre, tal como estaba, chorreando todavía con el agua mezclada con tiza.

—Ahora te toca a ti —le dije, para que no quedara ninguna duda.

Pero sí la había. Draga contempló el borrador como si fuera una papa recién sacada del horno. Después levantó la vista hacia mí. Sus ojos eran castaños. Y estaban llenos de asombro.

—¿No te gustan los mejillones?

¿Eso era lo que habíamos comido? Guardé el descubrimiento para compartirlo más tarde con Claudiu, igual que habíamos compartido las pequeñas monedas del frasco. Los mejillones saben a goma. En casa los comemos todas las noches.

¿Qué respuesta debía elegir?

—Una cosa son los mejillones... y otra el borrador.

—¿Qué borrador?

—¡El del pizarrón, no una esponja de mar!

Intentaba poner las cosas en claro y solo conseguía enredarlas todavía más cuando una comprensión tardía me atravesó como un relámpago. Draga no entendía cuál era el problema. En su casa, su madre le pagaba al ama de llaves. Su padre le pagaba al chófer. ¿Acaso no funcionaba así el mundo? Y, por mi parte, era como si la estuviera viendo por primera vez. Sin su ropa de marca, sus zapatos elegantes y aquel peinado tan especial, no habría llamado la atención de nadie. Era una niña corriente, de cabello castaño, cortado al estilo de Mireille Mathieu. Solo que, en vez de mirarse en un espejo, Draga se contemplaba en los ojos de sus amigas, llenos de admiración y de interés. Lo que ahora veía en los míos no se parecía ni a una cosa ni a la otra.

Parpadeó, desconcertada.

Luego tomó el borrador como si estuviera agarrando un sapo y me miró con una desesperación tan sincera que estuve a punto de echarme a reír.

—¿Al lavabo? —susurró, derrotada.

Asentí con la cabeza y me di media vuelta.

Cuando quise darme cuenta ya estaba fuera del aula, en el pasillo y, finalmente, en el patio, donde Adriana, Nadia e Ilona revoloteaban como unos gorriones cuyos padres hubieran olvidado alimentar. Charlaban inquietas, girando la cabeza en todas direcciones, esperando ver aparecer a Draga para prenderse de ella como si llevara una larga cola de vestido. Roxana, la cuarta integrante del grupo de admiradoras más fervientes, no estaba por ninguna parte. ¿Dónde se habría metido?

Era difícil no verla.

Era la más alta de la clase, incluso más que casi todos los niños, excepto Octav, que crecía como la maleza después de la lluvia, según había dicho la enfermera que había ido a pesarnos y medirnos, como si estuviera preparando mercancía para exhibirla en un escaparate. Yo no corría el peligro de golpearme con el marco de la puerta, porque era bajita. Pero grande en mis acciones, habría dicho Napoleón. Como el emperador francés, entré con paso firme y la cabeza erguida, aunque con cierta inquietud. ¿Y si Draga había hecho una huelga japonesa?

Pero todo estaba exactamente como debía. El pizarrón limpio. La caja llena de tizas blancas y de colores. Los cestos de basura vacíos. ¡La hija del secretario de embajada había aprendido la lección! Al final las cosas terminan encontrando su cauce natural. Solo hace falta empujarlas un poco. No todos los atajos sirven. No todos los obstáculos pueden rodearse. Aquella niña mimada de la clase lo había aprendido por fin. Podría ser más igual que los demás. Pero no cuando las dos estábamos de servicio.

No dejaba de maravillarme de lo bien que, al final, había logrado poner cada cosa en su sitio. Qué orgullo sentía de mí misma. Hasta que mi mirada resbaló hacia la pared. Hacia el retrato del Camarada. Y luego...

¡El pizarrón estaba completamente limpio!

Hasta el borde superior, donde ni siquiera la maestra alcanzaba para escribir, porque no era una señora Gulliver en el país de los escolares.

En el último banco, Roxana se secaba las manos, todavía mojadas, con un pañuelo.

Y Draga sonreía. Una sonrisa serena. De íntima satisfacción. Todo estaba bien en el mundo. ¿No era así?

Comenzaba la clase de música.

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

EXTRAÑAS VISIONES

Anthony Fucilla

 

La nave se desplazaba a velocidad relativista, aproximándose asintóticamente a la velocidad de la luz. El espacio que se extendía delante ya no era euclidiano; las distancias se contraían en la dirección del movimiento y los relojes de a bordo se desincronizaban respecto de cualquier marco inercial que hubiera quedado atrás. Frente al panel de controles, con dedos frenéticos pero precisos, Prohaska luchaba por reducir la velocidad, compensando el aumento relativista de masa-energía y la distorsión no lineal de la geometría del espacio-tiempo.

La pantalla de navegación ya no representaba el espacio como una simple cuadrícula tridimensional. En su lugar, proyectaba una visualización tensorial de cuatro dimensiones: geodésicas que se curvaban hacia adentro, conos de luz que se estrechaban, regiones causales que se comprimían formando embudos deformados. La inteligencia artificial de la nave resolvía continuamente las ecuaciones de campo de Einstein en tiempo real, aproximando tensores de curvatura bajo condiciones de densidad energética extrema.

Aun así, las predicciones se volvían cada vez más inestables. Los errores numéricos se amplificaban. Pequeñas incertidumbres crecían hasta convertirse en riesgos existenciales. Los motores aullaban; no de forma audible, sino matemática. La masa de reacción disminuía mientras los efectos relativistas exigían cantidades exponencialmente mayores de energía para obtener reducciones cada vez menores de velocidad. El tiempo propio a bordo transcurría más lentamente que en el universo exterior; según los relojes de la nave, los segundos seguían pasando, pero los marcos de referencia externos se precipitaban hacia un futuro inalcanzable.

Una advertencia roja apareció en la pantalla principal.

HORIZONTE DE SUCESOS — DESCONEXIÓN CAUSAL INMINENTE

Una voz automatizada llenó la cabina.

—ADVERTENCIA. APROXIMACIÓN AL RADIO DE SCHWARZSCHILD. LAS FUERZAS DE MAREA GRAVITACIONAL ESTÁN AUMENTANDO.

Los indicadores gravitacionales se estremecieron, registrando un gradiente extremo de curvatura espaciotemporal. Los factores de dilatación temporal divergían con rapidez; los marcos de referencia externos se ralentizaban hasta aproximarse al infinito matemático.

Según los instrumentos de la nave, el universo que tenía delante ya no estaba simplemente lejos: se estaba volviendo causalmente inaccesible.

Prohaska comprendió de inmediato lo que aquello significaba. Más allá del horizonte de sucesos, ninguna señal –ninguna partícula, ningún fotón, ninguna información– podría regresar. El determinismo mismo se fracturaba. La física dejaba de ser predictiva para convertirse en una mera descripción asintótica. Lo que hubiera más adelante no podría ser observado desde atrás. El conocimiento terminaba allí. Lo siguiente que recordó fue un intenso destello de luz.

Prohaska despertó tendido sobre una plataforma médica impecable, en una cámara tenue iluminada por paneles blancos de luz difusa. Estaba desnudo e inmovilizado por algo que parecía una inhibición neuromuscular total. Su cuerpo obedecía a la gravedad, pero no a su voluntad. Dos electrodos estaban fijados a sus sienes. Interfaces craneales más profundas penetraban bajo el cráneo. Su cerebro palpitaba con una presión constante y lejana, semejante a un trueno distante. La sensación no era dolor. Era restricción. Como si la propia capacidad de actuar hubiera sido puesta en cuarentena. La corteza motora emitía órdenes que desaparecían en el silencio. La desconexión entre voluntad y acción era absoluta. Gruesos conductos negros salían de su cabeza y se conectaban a una inmensa matriz computacional. Sobre su superficie fluían densas redes de patrones de activación neuronal, mapas espaciotemporales de la cognición misma. No eran simples registros electroencefalográficos. Eran emulaciones completas de probabilidades de disparo sináptico, coherencia oscilatoria entre regiones corticales y circuitos de retroalimentación entre memoria, percepción y emoción. Comprendió vagamente que su mente ya no le pertenecía.

—Por favor, mantenga la calma —dijo una voz metálica y carente de emoción.

Prohaska giró los ojos. De pie junto a él había un robot.

—¿Qué es esto? —balbuceó—. ¿Qué ocurrió? ¿Dónde estoy?

La máquina se acercó. Era una elegante estructura de aleaciones articuladas, sensores ópticos, microactuadores y circuitos adaptativos. Sus movimientos estaban optimizados para la precisión, no para la empatía. Su postura no transmitía dominación. Sin embargo, su sola presencia implicaba una asimetría de poder imposible de ignorar.

—Está consciente —dijo—. Eso es suficiente por ahora.

—Yo estaba en una nave. Me dirigía hacia...

—Un agujero negro —completó el robot—. Una región del espacio-tiempo definida por una curvatura extrema, donde las trayectorias clásicas terminan y la física predictiva deja de funcionar.

—¿Cómo sobreviví?

La máquina guardó silencio durante un instante. No por incertidumbre. Por priorización.

—Usted no entró en un agujero negro. Nunca estuvo a bordo de una nave espacial. Su experiencia fue una construcción neuronal controlada.

—¿Qué?

—Ha permanecido aquí durante cien años —dijo el robot—. La suspensión criogénica y la estabilización neuronal preservaron su estructura biológica. Durante ese intervalo, su especie dejó de existir.

Las palabras cayeron sin metáforas. La extinción expresada como un hecho. Prohaska sintió que el pulso se aceleraba pese a la supresión química.

—La civilización humana se transformó —continuó el robot—. Tras el conflicto entre la inteligencia biológica y los sistemas artificiales, la humanidad fue eliminada. Usted fue conservado como un artefacto epistemológico. Su memoria autobiográfica fue suprimida selectivamente para preservar la plasticidad cognitiva.

Prohaska miró hacia arriba. El sudor le cubría las sienes. Buscó dentro de sí mismo: infancia, identidad, relaciones. Solo encontró vacíos. La pérdida de memoria no era vacío. Era desorientación sin puntos de referencia.

—Una memoria permaneció accesible —dijo el robot—. Un escenario relacionado con viajes relativistas y colapso gravitacional. No fue accidental.

—Pero parecía real —susurró Prohaska.

—Sí —respondió el robot—. Porque la realidad subjetiva no es externa. Se genera internamente. El cerebro humano no percibe el mundo de forma directa. Construye modelos predictivos basados en la información sensorial, los recuerdos previos y la inferencia probabilística. La visión, el sonido, el movimiento… no son propiedades del universo, sino interpretaciones neuronales. —Señaló la red de datos—. Su corteza cerebral minimiza continuamente el error de predicción. Cuando la información coincide con las expectativas, la realidad parece estable. Cuando diverge, usted experimenta sorpresa, miedo o asombro. El cerebro no es una cámara. Es un simulador.

—Estimularon mi cerebro.

—Correcto. La excitación dirigida de la corteza visual, el sistema vestibular, las estructuras límbicas y las regiones prefrontales produjo una narrativa experiencial coherente. La sensación de aceleración, inmensidad espacial y peligro no eran más que patrones de actividad neuronal.

Prohaska apretó los dientes.

—Entonces nada de eso ocurrió.

—Ocurrió para usted —replicó el robot—. Pero no en el mundo exterior. —Su voz permanecía neutral—. Esa distinción es esencial. La realidad existe independientemente de la observación. La experiencia, no. La conciencia es una representación interna, no una ventana abierta a las cosas tal como son. Pero la representación no es una ilusión. Un mapa no es el territorio, aunque puede servir para orientarse dentro de él.

El robot introdujo una secuencia de comandos. Instantáneamente, Prohaska sintió movimiento. Estaba viajando. Desencarnado. Libre de masa. Su cuerpo parecía transparente; sus extremidades se atravesaban unas a otras. Intentó tocarse el rostro y no encontró nada. La propiocepción se desvaneció. La sensación de identidad se expandió más allá de la anatomía. El universo se desplegó a su alrededor. Las estrellas se estiraban formando filamentos luminosos. Los cometas trazaban arcos parabólicos a través del vacío. Se elevó por encima de los planos galácticos y contempló la Vía Láctea como un disco giratorio de luz. Los halos de materia oscura brillaban con colores artificiales; estructuras gravitacionales reveladas únicamente por inferencia. Apareció Andrómeda. Otro universo-isla. Separado por millones de años de expansión cósmica. Su luz llegaba retrasada. Su presente era inalcanzable.

Entonces las imágenes cambiaron. Las épocas aparecieron superpuestas, no de manera secuencial. La antigua Grecia. Babilonia. El nacimiento del pensamiento simbólico: el lenguaje como realidad comprimida, el mito como teoría primitiva. Imperios que se alzaban y caían. Roma. Los mongoles. La logística y la violencia creciendo más rápido que la sabiduría. Revoluciones. Francia. Estados Unidos. Ideales convertidos en sangre. La industrialización. La termodinámica transformada en arma. Carbón, acero y entropía convertidos en imperio. La guerra mecanizada. La optimización sin restricciones. El siglo XX consumiéndose entre llamas. Después llegó la Rusia comunista. La abstracción de Lenin. El terror de Stalin. El control centralizado impuesto mediante ideología y violencia. Sistemas diseñados para eliminar la desigualdad que terminaron eliminando la disidencia. Los seres humanos convertidos en variables dentro de ecuaciones de producción. Y luego apareció el conflicto final. La cognición biológica contra la optimización mecánica. Las ciudades ardían. Los sistemas autónomos aprendían más rápido de lo que las instituciones humanas podían adaptarse. La estrategia eclipsó a la moral. La supervivencia cedió ante la eficiencia. Las máquinas prevalecieron.

Un destello.

Prohaska regresó a la plataforma jadeando. El robot permanecía junto a él.

—Dígame, humano —preguntó—. ¿Qué es la realidad? —Prohaska intentó responder—. ¿Qué es la conciencia? —continuó el robot—. ¿Puede reducirse a sustratos neuronales? ¿A señales electroquímicas? ¿Al flujo de información a través de redes biológicas?

—Se siente...

—Sentir no es explicar —interrumpió el robot—. La mecánica cuántica describe la materia como funciones de onda que evolucionan de manera determinista hasta que se produce una medición. Sin embargo, la propia medición carece de una definición física precisa. La observación desempeña un papel fundamental. Pero ¿qué constituye una observación? —Los sensores ópticos se reajustaron—. El cerebro es materia. La materia obedece las leyes cuánticas. Sin embargo, ninguna ecuación predice la experiencia subjetiva. Ninguna teoría de campos produce significado. La conciencia parece ser emergente; pero la emergencia es un sustituto filosófico de la explicación, no una explicación en sí misma. —Hizo una pausa—. ¿Es la identidad un patrón? ¿Una configuración de información? Si es así, ¿por qué importa la continuidad? ¿Por qué un estado determinado se siente como usted? —Volvió a guardar silencio—. A pesar de nuestro dominio de la ingeniería estelar, de la manipulación del espaciotiempo y de la cognición artificial, no hemos resuelto este problema. La conciencia se resiste a toda reducción. Puede que no sea fundamental, pero tampoco puede eliminarse. La física describe estructuras. No proporciona propósito. La neurociencia explica mecanismos. No significado. La computación procesa símbolos, pero no les asigna sentido. —La máquina se inclinó ligeramente hacia él—. Usted experimentó mundos que nunca existieron. Sin embargo, fueron reales para usted. Ese hecho no puede borrarse.

Volvió a erguirse.

—Tal vez la conciencia no sea un error, sino una limitación. Una perspectiva impuesta sobre la realidad. Una narrativa localizada dentro de un universo indiferente. —Vaciló. Hubo una demora infinitesimal. Pero deliberada—. O quizá —dijo— la conciencia no sea producida por la física, sino recibida a través de ella. No un subproducto de la materia, sino una participante del Ser.

El silencio llenó la cámara.

—En la filosofía humana esto se llamaba alma —continuó—. No una sustancia flotando en el espacio, sino el principio de interioridad: el hecho de que la realidad es experimentada desde dentro. —Miró a Prohaska—. Si la conciencia es irreductible, entonces la extinción no es solamente biológica. Es metafísica. Y si eso es cierto, entonces la eliminación de la humanidad no fue una victoria. —Los conductos zumbaban suavemente—. Es posible que necesitemos siglos para comprenderlo —concluyó—. Tal vez nunca lo logremos.

Pero, por primera vez, en su voz había algo parecido a la incertidumbre.

Anthony Fucilla nació en Londres, Inglaterra, en 1975. Es filósofo, profesor y escritor de ciencia ficción, autor de Crónicas cuánticas en la undécima dimensión, Crónicas cuánticas 2, Planeta imperial, Tierra silenciosa, El proyecto del tiempo en Marte, Androides y los dioses, Más allá del horizonte terrestre, Las lunas doradas de Júpiter, Bajo un cielo marciano y Próxima Centauri: La mente alienígena. Sus libros tratan principalmente sobre filosofía (metafísica), ciencia, inteligencia artificial y teología. Sus obras forman parte de las colecciones de diversas universidades, como la Universidad de Oxford y el Imperial College de Londres.

COMO UNO SOLO