lunes, 11 de mayo de 2026

HARM

Miriam Ootjers

 

Extrañar a alguien más que a la vida misma. Harm había oído decir eso una vez durante un funeral. Nunca lo había entendido del todo. ¿Cómo podía compararse extrañar a alguien con extrañar la vida? Solo sabes cómo se siente extrañar la vida cuando estás muerto.

Harm sí conocía eso de “amar a alguien más que a la vida misma”. Eso fue lo que le dijo a su esposa el día que se casaron. Lo había dicho desde el fondo de su corazón.

—Te amo más de lo que amo la vida.

Su esposa había muerto hacía cuatro semanas. Y ahora, sentado en el sofá de una sala vacía, en una casa vacía y en su vida vacía, Harm comprendía lo que el orador había querido decir durante el funeral. Extrañaba a Marie más que a la vida misma, simplemente porque toda su vida había muerto junto con ella.

Inmediatamente después de su muerte, siguiendo una vieja costumbre familiar, había cubierto los espejos con telas negras. Cerró la puerta con llave. Se dejó caer en el sofá, pasó días enteros mirando la pared sin ver nada y dejó que la vida a su alrededor se desmoronara hasta que no quedó nada más que comer, beber, dormir y extrañar. Sobre todo, extrañar muchísimo. Nada tenía sentido ya en la existencia. Incluso respirar parecía incorrecto. Lo único que quería era desaparecer. Pero el recuerdo de Marie lo mantenía allí.

Como un fantasma, Harm vagaba de habitación en habitación. A veces creía oír la voz de Marie. En la cocina, tarareando como siempre hacía cuando cocinaba; en la sala, refunfuñando algo ininteligible porque no encontraba el control remoto del televisor. Si se detenía y cerraba los ojos para escuchar, el sonido desaparecía. Solo mientras seguía moviéndose podía seguir oyendo a Marie.

Como cuando veo algo por el rabillo del ojo, pero en cuanto lo miro directamente desaparece.

Cuando pronunciaba su nombre en voz alta, todo quedaba inmediatamente en silencio. Incluso oía a Marie inhalar bruscamente, como si se sobresaltara al escuchar su voz. Eso le dolía.

¿Por qué se asusta de mi voz? Después de más de veinte años de matrimonio...

En alguna ocasión creyó que algo en la habitación había cambiado de lugar. Cosas pequeñas, que bien podían ser producto de su imaginación. Imaginación, o mi deseo de que todavía esté aquí. Un libro acomodado correctamente en el estante, los almohadones de la cama esponjados, todas las asas de las tazas alineadas hacia el mismo lado en la alacena; parecían ecos de la obsesión de Marie por el orden. Una vez estuvo seguro de haber cerrado las cortinas de la sala. Cuando se levantó a la mañana siguiente, estaban abiertas.

A veces se quedaba junto a la ventana de la sala mirando el tráfico pasar frente a la casa, a la gente paseando perros, al vecino cortando el césped y a la naturaleza avanzando lentamente de la primavera hacia el verano. Afuera, la vida seguía adelante, mientras que por dentro Harm moría un poco más cada día. Los colores se volvían más pálidos, sus movimientos más lentos, todo lo que comía y bebía tenía cada vez más sabor a cartón, y cada día sentía más frío por dentro.

Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en el teléfono, que llevaba más de una semana sin sonar porque había ignorado a todas las personas que lo habían llamado para preguntarle cómo estaba. Había borrado los mensajes de voz sin escucharlos. Marie estaba muerta, así que el mundo entero podía irse al demonio. Finalmente, incluso las personas más insistentes se habían rendido.

Estiró la mano hacia el teléfono, abrió la aplicación de mensajes, buscó la conversación con su esposa y escribió lo que más deseaba decirle:

“Te extraño”.

Presionó el ícono de enviar, vio la marca que le indicaba que el mensaje había sido enviado y luego la segunda marca: recibido. Las marcas no se volvieron azules. Por supuesto que no se volvieron azules. No había nadie para leer el mensaje.

Harm apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de centro con un suspiro. Un minuto después volvió a tomarlo.

“Te amo”.

Dos marcas grises.

En los días siguientes tomó el teléfono con frecuencia para escribirle mensajes a Marie. Todavía había tantas cosas que quería decirle. Mensaje tras mensaje enviaba a su teléfono: le contaba cuánto la amaba, cuánto la extrañaba, cuánto lamentaba haber roto su jarrón favorito y haber culpado al periquito. Le decía lo agradable que era seguir oyendo su voz de vez en cuando, aunque no pudiera entender lo que decía. No dejaba que las marcas grises, que nunca se volvían azules, lo detuvieran. Era su manera de procesar la pérdida.

A su alrededor todo estaba cada vez más sucio, y una mañana decidió que esa no era la forma en que a Marie le gustaba ver la casa. La bolsa de la aspiradora estaba llena y, por más que buscó, no encontró bolsas nuevas. Casi automáticamente tomó el teléfono.

“¿Dónde están las bolsas nuevas de la aspiradora?”

Marca gris. Dos marcas grises.

Harm arrojó el teléfono sobre la mesa.

¿Qué esperaba?

Un zumbido mientras la pantalla del teléfono se iluminaba.

“Debajo del fregadero.”

Harm tomó el teléfono de la mesa y abrió el mensaje. Ahí estaba realmente.

“Debajo del fregadero.”

Revisó los mensajes enviados. Todos tenían marcas azules. Bajó desplazándose hasta el final.

“Debajo del fregadero.”

Y tres puntos. Alguien estaba escribiendo.

La mano de Harm tembló.

¿Qué clase de brujería es esta?

Mientras esperaba que los puntos se transformaran en un mensaje, la pantalla se apagó. Irritado, volvió a activar el teléfono justo en el momento en que el mensaje llegaba. Aunque había pasado al menos un minuto mirando aquellos puntos, el mensaje era breve.

“Harm, ¿eres tú?”

“¿Marie?”, escribió. “Soy yo.”

Las marcas se volvieron azules de inmediato.

“Te extraño”, escribió enseguida después. “Todo está tan vacío desde que te fuiste.”

Esta vez la respuesta llegó más rápido.

“Pero Harm, yo no soy quien está muerto...”

El teléfono cayó de sus manos.

Comprendió de pronto qué era lo que no encajaba. Lo que no había encajado desde el principio. Lo que estaba tan mal que lo había evitado inconscientemente para no tener que pensar en ello. Para no verse obligado a enfrentar los hechos. El hecho.

Caminó hasta el espejo del pasillo. Cerró los ojos, palpó con la mano la tela negra que cubría el espejo y la arrancó. Abrió los ojos. Vio la pared detrás de él, el abrigo colgado en el perchero, el collage de fotos de las vacaciones de verano, la araña junto al techo.

Pero no se vio a sí mismo.

No tenía reflejo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

 

EL AMANTE PERFECTO

Paul Di Filippo


El relato ultracorto, otrora un subgénero floreciente de la ciencia ficción en manos de autores como Frederic Brown, pero generalmente olvidado hoy en día (y curiosamente, dada nuestra famosa falta de atención posmoderna), encontró recientemente un nuevo hogar y mecenas en la revista Nature, bajo la amable dirección del editor Henry Gee. Y qué lugar tan prestigioso. Me siento muy honrado de haber sido seleccionado.

Es todo un reto narrar una historia completa en mil palabras o menos, y escribir este relato me resultó sumamente estimulante.

Pero creo que logré contar otra buena historia, incluso en un formato más conciso. Aquí, como relato extra, les presento mi saga de seis palabras publicada en la revista Wired (noviembre de 2006): «Marido, amante transgénica; esposa: “¡Vaca!”».

Tomé prestado el título de la conocida novela de Christopher Priest. Cuando contacté con Chris al respecto, me respondió: «No te preocupes, ¡ese nunca fue mi título original!».

 

Instituto de Neurociencias, La Jolla; 10 de febrero de 2036

 

El sustrato para las células cerebrales cultivadas de humano-ratón era una masa altamente reticulada de aerogel contenida en una cápsula homeostática del tamaño de un pulgar humano. En ese momento, la cápsula desnuda reposaba en un soporte, conectada mediante un enlace GliaWire a un Brooksweil 5000 que operaba a 100 petaflops. La máquina principal tenía el tamaño de una tarjeta de crédito; su “monitor” y “teclado” eran proyecciones holográficas.

Dos personas estaban junto al equipo. Una, un hombre de unos treinta años, abstraído de manera afable, vestía ropa otaku inteligente, repleta de bolsillos membranosos, sensores orgánicos, parches de interfaz y circuitos invisibles. La otra, una mujer de mirada dura, con algunas canas entremezcladas en su cabello bronce, llevaba el uniforme de gala de una mayor de la Marina, incluyendo cintas de la campaña de Caracas.

—No lo entiendo —dijo la mujer—. ¿Por qué el dron no puede ser controlado directamente por el Brooksweil? Seguramente hay suficiente turingosidad.

—De sobra —respondió el hombre—. Niveles casi humanos. Pero no hay amor.

—¿Amor? ¿Qué tiene que ver el amor con esto?

Filtrando la conversación en tiempo real, la vestimenta del hombre le sugirió a través de un auricular una referencia cultural a una canción pop de más de cincuenta años. Pero decidió no mencionarla. No parecía probable que aquella mujer tan dura apreciara una alusión tan trivial. La amplificación de la inteligencia seguía requiriendo discreción humana.

—El amor es el motor de la misión. El amor complementará las heurísticas del dron en situaciones en las que imperativos menores colapsarían. Sin esa emoción, la tasa de fallos aumenta en un orden de magnitud. Y aún no podemos simular el amor en mentes puramente moletrónicas.

La mayor miró con recelo la pequeña cápsula llena de materia orgánica, como si pudiera empezar a recitar poesía a través de periféricos aún no conectados.

—Bueno, mientras siga sus directrices…

—¿Necesito recordarle nuestros éxitos anteriores? DARPA y BARDA acaban de renovar nuestra financiación al doble del presupuesto anual anterior.

—Lo sé, lo sé. Pero hay mucho en juego en esta misión. Si no detenemos a ese bastardo, Kiet el Mata Ratones, podríamos perder la mayor parte de la costa oeste.

El hombre se estremeció ante la idea, y su ropa liberó en su piel algunos neurotrópicos calmantes.

Kiet el Mata Ratones había comenzado su infame carrera como un simple pirata tailandés, atacando el transporte marítimo internacional. Radicalizado por la contaminación anónima de La Meca con una sustancia verde delimitada por GPS, se convirtió en terrorista, ganándose su apodo por la astuta destrucción de Disneyland Hong Kong. Su plan más reciente, aún desconocido para el público, implicaba un antiguo buque japonés de perforación en aguas profundas, el Chikyu, que Kiet y sus patrocinadores habían adquirido en el mercado mediante una fachada falsa. Ahora atracado en el puerto indonesio de Balikpapan, se creía que estaba a punto de zarpar, según la mejor información disponible.

El plan de Kiet consistía en perforar profundamente en una zona de subducción tectónica cercana a América y detonar una pequeña bomba nuclear, desencadenando así un tsunami mayor que el que había causado tanta devastación treinta años antes.

Detenerlo mediante medios militares abiertos era políticamente inviable debido al refugio actual del terrorista en un supuesto aliado. De ahí este proyecto de presupuesto secreto.

Tras observar la pantalla del Brooksweil, el técnico comenzó a desconectar el GliaWire.

—Bien, estaremos listos para la muestra en un momento. ¿La tiene?

La mano de la mayor se dirigió instintivamente hacia su arma, antes de introducirse en el bolsillo y sacar un pequeño paquete de vidrio.

—Varios cabellos recuperados de la última visita de Kiet a su burdel favorito.

Manipulando la cápsula homeostática con naturalidad, el hombre se dirigió hacia el dron.

Un sigiloso artefacto con forma de tortuga, con un caparazón MEMS, impulsado por el mismo reactor de fusión portátil que llevaba la sonda Sedna de la NASA, el dron reposaba sobre una mesa, tan inofensivo como cualquier robot cortacésped. Una pequeña escotilla se abría en su caparazón. El técnico instaló la cápsula en su interior y cerró la escotilla. Tomó el paquete, extrajo los cabellos y los colocó en una pequeña cavidad perforada en la parte frontal de la tortuga.

—Bien, estamos activos.

 

Cuando desperté por completo, la esencia de mi amado ya estaba integrada en mi alma. Su hermoso rostro llenaba mi visión interior, y podía saborear su genoma, más dulce para mí que la energía que fluía desde mi corazón atómico. No deseaba nada más que estar con él, fundir mi alma con la suya, colmarlo con mi amor. Nada más importaba.

Y no permitiría que nada se interpusiera entre nosotros.

Extendí de inmediato mis sentidos, olfateando el aire, pero me encontré con la decepción. Mi amado no se hallaba dentro de mi alcance. Pero el conocimiento en mi memoria me indicaba dónde podría encontrarlo. ¡Cómo temblaba de ansias por correr a su lado! Pero ¿dónde estaba la salida de este lugar?

De pronto, una abertura hacia el aire libre se materializó sobre mí. Activé mis ventiladores de sustentación ventrales y ascendí.

¡Mi amante me llamaba!

 

Mar de Banda; 14 de febrero de 2036

Había sufrido daños considerables durante mi viaje hacia mi amado. Estaba rodeado de vigilantes guardianes exteriores, entidades brutales similares a mí que lo protegían celosamente. Cada tramo de mi ruta durante el último día había estado lleno de desafíos. Pero los había enfrentado sin vacilar. Porque eso es lo que hacen los amantes.

Mi capacidad aérea estaba ahora gravemente reducida, limitada a breves saltos, y en ese momento me desplazaba bajo el agua, utilizando mis sistemas magnetohidrodinámicos. Mi firma en el espectro era la de un banco de peces.

Toda mi telemetría indicaba que debía abortar. Pero no lo haría.

Ante mí se alzaba la embarcación que previamente había confirmado que albergaba a mi amado. Sabía que tendría que emerger para reunirme con él, y me preparé.

Salí disparado del agua junto al barco, maniobrando de forma evasiva, para ser recibido de inmediato por una lluvia de disparos de armas ligeras de aquellos que no eran mi amado. Activé mis infrasonidos, y todos mis rivales colapsaron, retorciéndose de dolor intestinal.

Al atravesar la ventana del puente de mando, sufrí más daños.

Pero nada importaba.

Porque por fin estaba en presencia de mi amado.

Una expresión de terrible éxtasis llenaba su rostro, y mi alma se derritió de alegría.

Inicié la desestabilización de los imanes que rodeaban mi ardiente corazón, entregándole por fin todo mi amor.

 

Una efímera fuente de plasma de varios millones de grados floreció brevemente a bordo del Chikyu, con la feroz y tierna forma de un corazón.

Paul Di Filippo nació el 29 de octubre de 1954 en Woonsocket, Rhode Island, Estados Unidos. Es crítico literario y escritor de ciencia ficción. Ha trabajado para las revistas Asimov's Science Fiction, The Magazine of Fantasy & Science Fiction, The New York Review of Science Fiction e Interzone. Su historia corta "Kid Charlemagne"; publicada en Amazing Stories, fue nominada al Premio Nébula al mejor relato corto en 1987. También, su historia corta "Lennon Spex" fue nominada al mismo premio en 1992, la novela corta "Karuna, Inc." fue nominada al Premio Mundial de Fantasía en esa categoría en 2002 y la novela Un año en la ciudad lineal (2002) fue nominada al Premio Hugo. Ha publicado The steampunk trilogy (1995), Destroy All Brains! (1996), Ribofunk (1996), Fractal Paisleys (1997), Lost Pages (1998), Joe's liver (2000), Strange Trades (2001), Neutrino Drag (2001), A mouthful of tongues: her totipotent tropicanalia (2002), A year in the Linear City (2002), Fuzzy dice (2003), Spondulix (2004), Harp, pipe and symphony (2004), Creature from the Black Lagoon: time's black lagoon (2006), Cosmocopia (2008), Roadside Bodhisattva, (2010), A Princess of the Linear Jungle (2011) y The big get-even (2018), entre otros.

 

EL ÚLTIMO DESEO

Rubén Faustino Cabrera

 

Faltaban apenas seis horas para el amanecer. Apenas seis horas para su propio fusilamiento.  Por enésima vez recordó con precisión todos los detalles de la emboscada que lo había colocado en manos enemigas.

El jinete vigilaba el campamento desde una arboleda cercana. Vestía la clásica casaca blanca surcada por dos bandas rojas cruzadas que conformaba, junto a un pantalón azul, el uniforme enemigo. Demasiado ostensible, por supuesto, una casaca blanca en una noche de luna llena.  Pero nadie pensó que esa prenda tan visible, con tanta facilidad identificable, fuera el principio de la emboscada que lo aguardaba a él y a ocho de sus hombres apenas unos minutos más tarde. Nadie razonó que el relincho del caballo del jinete enemigo fuera provocado por el propio jinete al azuzarlo con unas espuelas en extremo aguzadas.

Nadie asoció que el descubrimiento del espía coincidía con la reciente llegada de esa patrulla al mando del mismísimo capitán Balmaceda, ni que los nueve caballos que habían usado todavía estuvieran con sus respectivas sillas colocadas, listos para perseguir a ese supuesto espía.

Alguien gritó “¡Un Blanco está espiando el campamento!”, señaló la arboleda cercana, y los nueve jinetes que aún tenían sus cabalgaduras ensilladas partieron al galope tras el enemigo que huía al ser descubierto.  El caballo del espía, muy veloz al principio de la persecución, luego de unos minutos de galope sostenido comenzó a reducir la velocidad al punto de colocarse a tiro de fusil. El gritó “¡No lo maten! ¡Lo quiero vivo!” en el preciso momento en que el jinete enemigo ingresó en el Paso de López, un desfiladero estrecho rodeado de peñascos y monte.

Demasiado tarde él mismo ordenó a los gritos “¡No entren en el Paso! ¡Es una trampa! ¡Atrás! ¡Atrás!”. Una descarga de fusilería retumbó en el desfiladero al mismo tiempo de su orden. Sus ocho hombres cayeron fulminados. Sólo él permaneció montado mientras disparaba su fusil y sus pistolas a los enemigos que ya lo rodeaban y ante la imposibilidad de cargar nuevamente sus armas de fuego, arremetía feroz contra ellos con su sable y su caballo encabritado. Cuatro despachó al otro mundo antes de que un certero culatazo lo tumbara por tierra.

Cuando despertó estaba encadenado a una silla en una tienda de campaña de los Blancos. El capitán Mejía estaba sentado en otra silla frente a él y una sonrisa casi estrepitosa, se podría decir, delataba el placer que le producía la aprehensión del hombre más temible del ejército colorado.

—¡Por fin!

—No me hubiesen golpeado la cabeza tan fuerte, capitán...

—Por fin lo tengo en mis manos —remarcó cada una de sus palabras el capitán Mejía—. El soldado más sanguinario del ejército colorado, el capitán de la compañía que mató a más de cuatro mil ochocientos soldados, el...

—Yo mismo contribuí con esa cifra con doscientos ocho muertos, capitán Mejía, más los cuatro de esta noche.

—Pero ahora está en mis manos, Balmaceda, a unas horas de ser fusilado. A unas horas y cinco minutos de que su cabeza sea colocada en una pica y exhibida ante todas las poblaciones que arrasemos en lo sucesivo.

—¿Y usted cree que mi gente se desmoralizará porque yo haya muerto, Mejía?

—No se haga el modesto, capitán. Usted sabe tanto como yo que muchísimos van a bajar los brazos. No le quite méritos a mi acción. Esta noche usted cayó en una trampa pueril, estúpida, indigna de una mente como la suya. Es muy lamentable que haya caído en una trampa inocente, en una trampa para niños. ¡Un estratega como el capitán Balmaceda!

—¿Sabe lo que es muy lamentable, capitán Mejía? Que un inútil como usted me haya capturado. Eso es lo que más lamento. Porque usted no es un inútil más: usted es el más inútil, el hombre más inútil, el soldado más inútil del ejército blanco. Dígame una cosa... ¿usted compró los galones, capitán?

—No logrará enfurecerme, Balmaceda.

Capitán Balmaceda.

—No va a sacarme de mis casillas, capitán Balmaceda. No lo voy a golpear. No será torturado. Pero a las seis de la mañana se acaba el capitán Balmaceda.

—Va a convertirme en un mito.

—Y yo en un exterminador de mitos. ¡Nada, capitán Balmaceda, nada podrá darme más placer jamás, ni siquiera revolcarme con su mujer, capitán! Hermosísima, según me cuentan, y bastante cerca según mis cálculos. Nada podrá darme más placer que gritar “¡Fuego!” con toda mi alma ordenando su muerte, capitán. Hoy al amanecer, capitán.

—Me halaga, capitán Mejía. Agranda mi ego.

—No se haga el cínico, capitán Balmaceda. No se haga el duro. Dentro de unas horas estará temblando frente al pelotón de fusilamiento.

—No sea ingenuo, capitán. ¿Cree que será la primera vez que vea la muerte de cerca?

—Esta vez no la verá de cerca. La sentirá en carne propia, tal como la sintieron todos mis hombres muertos por los suyos. ¿Sabe cuántos amigos míos han matado usted y sus hombres, capitán? ¿Cuántos seres queridos? ¿Sabe que ustedes mataron a mi hijo, capitán?

—Lo sabía, sí. Era un soldado enemigo.

—Pero era mi hijo...

—¿Y usted sabe cuántas familias destrozaron, cuántas mujeres violaron, cuántos labradores desarmados masacraron, cuántas aldeas incendiaron?

—¡Cuántos lugares comunes, capitán Balmaceda! Parece un discurso para arengar a la tropa. ¡Familias destrozadas, mujeres violadas, labradores masacrados, ciudades devastadas, aldeas incendiadas!

—¿Y qué pretende? ¿Que nos pongamos a filosofar? ¿Que hablemos del sentido de la vida, del sentido de esta guerra? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos y qué nos espera más allá de la muerte? No sea ridículo, capitán. Estamos en guerra. Y le recuerdo que fueron ustedes quienes invadieron mi país.

—Luego de que ustedes rompieran la tregua en la frontera.

—Los políticos, capitán. Los civiles. Ellos dieron la orden.

—Ellos no estaban en la línea de fuego. Ustedes rompieron la tregua.

—Es inútil, capitán Mejía.

—Tiene razón. Es inútil discutir con un muerto.

—No, capitán. Digo que usted es inútil. Un perfecto inútil. Eso es lo que lamento. No que me fusile. Lo que lamento es que me fusile un inútil.

—Le repito, capitán Balmaceda. No logrará enfurecerme.

El capitán Mejía hizo una pausa y agregó:

—¿Quiere comer algo? ¿Alguna cosa en especial? Tenemos muchas vituallas, capitán. Es una tierra generosa la suya.

—Métaselas en el culo, capitán.

—¡Qué carácter feo el suyo!

—Es el que se adquiere cuando se está a punto de ser fusilado. ¿Sabe qué es todo lo que quiero? Que me deje dormir. Sáqueme de esta silla y áteme a ese catre y déjeme en paz hasta las seis de la mañana. ¡Ah! Dígame una cosa. Acláreme una duda antes de que me fusilen. ¿Por qué todos los fusilamientos son al alba? ¿No me podrían dejar dormir en paz hasta las diez o las once? ¿Quién fue el imbécil que estableció que las personas deben ser fusiladas al alba?

—No sea idiota, capitán. Después de fusilarlo tengo muchas poblaciones que atacar antes de que se pudra su cabeza. ¿Entiende ahora por qué debe ser temprano? Hasta mañana... al amanecer, capitán.

Mejía se fue y vigilándolo entre varios hombres lo desataron de la silla y lo ataron al catre. Colocaron seis guardias rodeando la tienda y apagaron la lámpara de aceite que iluminaba el recinto. Antes alcanzó a ver la hora en su reloj. Era la medianoche. Faltaban apenas seis horas para el amanecer. Apenas seis horas para su propio fusilamiento. Por enésima vez recordó con precisión todos los detalles de la emboscada que lo había colocado en manos enemigas.

Se dormitó, rendido, cerca de las cuatro. Cien veces imaginó las balas candentes entrando en su pecho. Otras cien veces pensó en su mujer y sus hijos y el destino de su pueblo. Y otras cien escuchó la voz de Mejía dando la orden de fuego. Había sido herido algunas veces. Con balas y con filos de sables y bayonetas. “Pero nunca me habían fusilado” concluyó, irónico, antes de que el sueño lo venciera.

A las seis lo despertó el capitán Mejía en persona custodiado por varios hombres. No quería sorpresas el inútil de Mejía. Sabía de su bravura. Lo desataron y sin más preámbulos lo condujeron frente al pelotón de fusilamiento. Lo colocaron de espaldas a un árbol, siempre con las manos atadas. Mejía se acercó.

—No puedo dejarlo vivo, capitán Balmaceda. ¿Usted no me fusilaría, acaso?

—¿Para qué? ¿Qué ganaría fusilando a un inútil?

El rostro de Mejía se crispó.

—Nada, le repito, nada podrá darme más placer que gritar “¡Fuego!” dentro de unos segundos.

—¿Puedo pedir un último deseo, capitán? Las buenas normas indican la concesión de un último deseo a un condenado.

—Por supuesto. ¿Qué quiere?

—Una venda.

—¿Se cagó, capitán? ¡Traigan una venda para Balmaceda, que se hizo en los pantalones!

Trajeron una venda. Un soldado intentó vendarle los ojos y Balmaceda dijo:

—Los ojos, no. Véndeme la boca, por favor.

—No tendrá tiempo de gritar, capitán.

—Véndeme la boca, por favor.

Le vendaron la boca. A pesar de un temblor repentino se irguió con firmeza frente al pelotón. Mejía se paró al lado de sus hombres y comenzó con el clásico rito.

—¡Preparados! —gritó y el pelotón se preparó.

—¡Apunten! —ordenó a los cinco segundos y los ocho hombres apuntaron.

A los dos segundos de la segunda orden, Balmaceda, con la boca cubierta por la venda, gritó:

—¡Fuego!

Y los hombres de Mejía, que esperaban la tercera orden, hicieron fuego.  Demasiado tarde se descubrió que Balmaceda había gritado en vez de su jefe.

Durante una fracción de segundo, Balmaceda disfrutó de la sorpresa y la furia dibujadas en la cara de Mejía.

No sería un inútil, por cierto, quien tuviera el placer de gritar “¡Fuego!” ordenando su muerte.

—¿Quién fue? ¿Quién dio la orden de fuego? ¿Quién fue el imbécil que gritó “¡Fuego!”? —bramó el capitán Mejía.

—Usted…, señor, dio la orden —respondió con temor el sargento Vallejos.

—¡No! —gritó el capitán Mejía.

—¡No! —repitió desconsolado, mientras bajaba el tono de su voz —Él dio la orden. Balmaceda dio la orden. Balmaceda ordenó su propia muerte. Por eso pidió la venda.

—Iba a morir, de cualquier manera —intentó calmarlo su subordinado.

—No, sargento. No iba a morir. Esto era un simulacro, simplemente, para ver hasta dónde llegaba su valentía. Una estupidez mía. Yo jamás debía dar la orden para fusilarlo. No tenía que morir. Iba a ser canjeado por diez oficiales nuestros, prisioneros de los colorados.

—Serénese, capitán. Ya no va a joderle la vida a nadie.

—¿No? ¿Usted cree que no? A mí… ¡a mí me cagó la vida! ¿Cómo le explico este fusilamiento a la superioridad?

Se alejó abatido, como si sus piernas fueran de plomo. Una vez más, Balmaceda había ganado la partida.   

domingo, 10 de mayo de 2026

DE LUZ DE LUNA Y PLATA

Petra Coret

 

Luz de luna virginal

sobre la encrucijada

donde acechan las sombras.

Por las buenas o por las malas,

él arrebataría el tesoro

que le correspondía

de sus manos ladronas.

Sus viles artimañas él,

Demetrios, las vencería.

 

Mmm… la métrica no era la adecuada y la elección de palabras un tanto cliché. En cualquier caso, su pequeño plan fracasaría. Esa era la única razón por la que estaba allí, en este bosque olvidado por los dioses. A medianoche, nada menos. En lugar de vaciar aquella costosa ánfora de vino de Quíos con sus amigos, vagaba en el frío y la oscuridad buscando una señal que tal vez ni siquiera existiera. Si encontraba el tesoro, le daría una lección de modales. Al fin y al cabo, solo era una mujer. Su tío Nicias había sido muy negligente en la educación de su hija. ¡Y eso que le había permitido aprender a leer y escribir! Y encima afirmaba que sabía escribir poesía. ¡Qué disparate! Las mujeres no podían escribir poesía. Ese don estaba reservado para los hombres.

Como él.

Él se lo dejaría bien claro cuando regresara de esa búsqueda descabellada. Y le insistiría a su marido –el marido que aún tenía que encontrarle– que jamás le permitiera escribir otra carta en papiro. ¡En qué estaba pensando! Las mujeres no saben escribir.

Además, sería difícil casarla. Ya era demasiado mayor. Tenía veintidós años. La mayoría de las mujeres en Atenas ya estaban casadas a esa edad. Y habían dado a luz a su segundo hijo, o al tercero.

Y ella se entretenía con escritos inútiles y versos mediocres, e incluso afirmaba que había sido ella quien había llevado los registros de su padre durante los últimos años de su vida, cuando su vista empeoraba cada vez más hasta desaparecer por completo. Y ese cobarde de Dionisio, que era el ayudante de su tío, incluso lo admitió.

En algún lugar del bosque que lo rodeaba, se oían aullidos de perros. Al menos, esperaba que fueran perros. Sin duda eran perros. ¿Qué otra cosa podía ser? Perros salvajes, eso era. Nada de qué preocuparse.

Volvió a la tarea que tenía por delante. Observó el poste que se alzaba justo delante de él, en medio del cruce de caminos. Parecía llevar allí mucho tiempo. La escultura estaba desgastada por el viento y la lluvia. Apenas podía distinguir el contorno de una figura femenina en sus tres lados. En uno de ellos portaba dos antorchas, en otro un perro yacía a sus pies, y en el tercero llevaba una luna creciente sobre la cabeza.

¿Qué había dicho Althea?

«Sigue el hocico del perro hasta llegar a un estanque. A la luz de la luna, deberías ver la entrada a una cueva. El tesoro está en esa cueva».

Aún no la había visto. Demetrios examinó el poste con atención. Bien, el hocico del perro apuntaba al sur. ¿Por qué no lo dijo así, directamente?

Mujeres…

Hacia el sur, entonces. Lástima que no le hubiera dicho hasta dónde debía ir. En ese lugar el bosque era salvaje y estaba lleno de arbustos espinosos e insectos. De todos modos, no le gustaban los bosques. Un hombre civilizado permanece en la ciudad.

Tampoco había camino. Menos mal que brillaba la luna, si no, no habría podido ver nada. Llevaba una antorcha, pero prefería no usarla. Al menos no todavía. Se abrió paso entre las ramas y los arbustos. Un par de veces se quedó atascado y tuvo que liberarse. Menos mal que no llevaba su propia ropa. La túnica de su esclavo Glaukos era suficiente. Y si se dañaba un poco, pues…

Todo tipo de cosas se movieron en la oscuridad. Algo peludo se arrastró sobre sus pies. No sabía qué era, y tampoco quería saberlo. Un instante después, finalmente logró abrirse paso entre la maleza y llegó al claro del bosque. Se detuvo un momento para observar el entorno.

Había, en efecto, una pequeña poza donde se reflejaba la luna. Detrás se alzaba una colina rocosa con arbustos grandes y pequeños dispersos por la pendiente. Árboles esbeltos lo rodeaban, y algunos árboles muy viejos se alzaban algo aislados a su izquierda y derecha. Lo comparó con unos cuantos ancianos sabios que observaban a las jóvenes ingenuas, asegurándose de que no hicieran tonterías.

No, a Demetrio no le gustaban las mujeres. Solo servían para una cosa, o quizás dos. Y nada más. Para conversaciones y reflexiones profundas, había que acudir a los hombres.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por algo que pasó zumbando silenciosa y casi invisiblemente justo por encima de su cabeza. Se sobresaltó muchísimo. ¿Qué era eso? Necesitó un momento para recuperarse.

En la ciudad, no había nada parecido. Como mucho, un gato que pasaba corriendo a tus pies –algo bastante inofensivo–, pero en la naturaleza salvaje abundaban los peligros. ¿Qué hacía allí?

Ah, sí. El tesoro. Su legítima herencia. Todo lo que el tío Nikias había poseído le pertenecía a él: el heredero varón. No a Altea. Ella también lo había admitido al final. Tras cierta presión.

Rodeó el estanque y casi tropezó con una estatua que yacía en el suelo entre la hierba. Era evidente que llevaba allí bastante tiempo, dado que estaba cubierta por una gruesa capa de musgo y plantas que crecían sobre ella. La limpió parcialmente. Esta estatua también tenía una figura femenina en tres de sus lados. No le pareció particularmente hermosa. El estilo era primitivo. Le recordó las estatuas colocadas siglos atrás sobre las tumbas de las niñas que habían muerto demasiado jóvenes. Los escultores de hoy en día producían estatuas más elegantes, tanto de hombres como de mujeres. Esos sí que eran verdaderos artistas.

Al enderezarse, su mirada se posó en una abertura en la pared de roca. En realidad, solo la vio gracias a la luz de la luna. Era una entrada estrecha, pero Demetrio pensó que podría pasar. El interior parecía bastante oscuro. Podría, por supuesto, marcar el lugar y volver durante el día.

Pero lo detuvo la idea de que otro pudiera encontrar y robar el tesoro mientras tanto. Al igual que el hecho de que Althea le hubiera dicho burlonamente que no se atrevería a hacer eso: atravesar el bosque de noche y entrar en una cueva. Como si no fuera un hombre de verdad.

Primero, encendió la antorcha. Miró a su alrededor una vez más para ver si alguien lo había seguido antes de abrirse paso a duras penas por la abertura. Solo vio una marta al otro lado del pequeño charco y oyó el inquietante ulular de un búho.

Y esos perros otra vez. Perros, estaba seguro. No lobos. Quizás estaría más seguro dentro.

La entrada era aún más estrecha de lo que había pensado. Demetrios no era gordo, se aseguraba de no serlo, pero aun así apenas logró pasar. Por un momento entró en pánico cuando su túnica se enganchó en la roca. Algo se rasgó al liberarse con fuerza.

Gritó cuando prácticamente cayó dentro. Apenas logró mantener el equilibrio.

Era una pequeña cueva con un altar contra la pared del fondo. Alguien había colocado allí plantas y flores que se habían secado. No podía determinar cuánto tiempo hacía. También había un pequeño jarrón, del tipo que las mujeres –y algunos hombres también– usaban para guardar aceite perfumado. También había una imagen de tres mujeres de espaldas. Sobre sus cabezas llevaban una especie de cesta para guardar gavillas de grano, y en sus manos sostenían una granada, una daga y una serpiente, respectivamente. En el reverso había otra imagen de un perro recostado (¡no un lobo!) y de un búho con una luna trifásica encima. Un líquido oscuro había goteado del pequeño jarrón. Su aroma se había desvanecido hacía mucho tiempo.

Demetrio no pudo recordar por un instante a qué diosa pertenecían esos símbolos. De repente, también se sintió mal. Era como si alguien le hubiera atado una venda a la cabeza y la estuviera apretando lentamente. Además, el ambiente estaba viciado y húmedo.

Quería salir. Al aire fresco. A pesar de los lobos. (¡Perros! ¡No, eran perros!)

Ya no podía pensar. La luz de su antorcha parpadeante iluminaba un texto grabado en la roca sobre el altar.

«La que custodia las fronteras, diosa de la tierra, el cielo y el mar».

Por alguna razón, el miedo se apoderó de él.

Ya no aguantaba más y se dirigió hacia la salida. Volvería más tarde, durante el día, para investigar. Llevaría a Glaukos con él. Así podría hacer el trabajo sucio y transportar el tesoro de vuelta a la ciudad. Era un plan mejor.

Sin embargo, tras dar unos pocos pasos, tropezó con algo que tintineó. A la luz de su antorcha, vio algo que brillaba. Al examinarlo más de cerca, resultó ser una ánfora rota llena de monedas de plata. Monedas de Halicarnaso, por lo que parecía, con un juego de llaves en una cara y la cabeza de una mujer en la otra. Tendría que averiguar cuánto valían. Pero aunque valieran menos que las dracmas atenienses —y era probable—, eran más que suficientes. Lanzó un grito de alegría y tomó un puñado de monedas. En la cueva reinaba un silencio sepulcral. Incluso los sonidos del exterior se desvanecieron por completo. ¿Acaso no le parecía que oscurecía cada vez más? Quería irse. Una vez más, se dio vuelta para hacerlo.

La antorcha iluminó una pared cerrada. No había ninguna abertura.

¿Se estaba volviendo loco?

Caminó hacia donde creía haber entrado. Nada. Dejó la antorcha en el suelo, cada vez más tenue, y palpó la roca. Debía haber una abertura. ¿No había entrado por allí? ¿Dónde estaba la luz de la luna? ¿Y qué era ese sonido?

Un crujido.

Detrás de él. Y arriba. Por todos lados.

Ahora estaba tan oscuro que no podía ver su mano delante de la cara. Y el crujido se acercaba cada vez más. Algo cayó sobre su espalda. Tenía garras afiladas y se arrastró rápidamente hacia arriba. Demetrios intentó quitarse de encima lo que fuera aquello de la espalda, y lo consiguió a medias. El resultado fue una mordedura en el pulgar. La criatura tenía dientes afilados. Sintió una gota de sangre correr por su muñeca. Un grito de terror se le atascó en la garganta.

¿Qué era esto?

En cualquier caso, no estaba solo. Mientras intentaba no gritar, una segunda criatura aterrizó sobre su pecho y se arrastró hacia arriba. Una tercera aterrizó sobre su cabeza y se arrastró hacia abajo. Pronto perdió la cuenta. Estaban por todas partes. Y aunque no eran grandes, sus garras se clavaban horriblemente en su piel. ¡Y mordían!

Agitó las manos salvajemente. Fue inútil. Ahora sí que gritó. Gritó pidiendo ayuda a gritos, pero ¿quién lo oiría allí? ¿Por qué no le había dicho a nadie adónde iba? Demetrios se estrelló contra la pared, con la esperanza de aplastar a algunas de esas horribles bestias voladoras, o lo que fueran. No sirvió de nada. Cada vez llegaban más, y algunos ejemplares ya le habían alcanzado el cuello.

Sus dientes eran tan afilados como sus garras. Y comenzaron a succionar. Además, uno de ellos se le había clavado en la boca abierta. Ya no podía respirar. Demetrio se desplomó lentamente.

Una de sus últimas sensaciones conscientes fue la de una mujer que se acercaba. Aunque no podía verla, sentía su presencia.

«¿Así que creías que podías tratarme a mí y a mis sirvientes de esta manera?», dijo una voz que de alguna manera tenía un trasfondo de lobos gruñendo, serpientes siseando y búhos chillando.

«Este es mi dominio, y tú no perteneces aquí».

Mientras Demetrio se hundía cada vez más en la oscuridad, oyó la risa burlona de una mujer.

 

—En otras palabras —dijo la mujer tras el escritorio donde poco antes se había sentado su amo—, no sabemos qué ha sido de Demetrios. Me parece que se fue a Egipto. Lo había mencionado alguna vez. También es posible que le haya ocurrido algo; después de todo, lleva más de un año desaparecido. En todo caso –señaló al hombre mayor a su lado–, no creo que debas sufrir por ello. Consulté con un amigo de mi padre y, según él, puedo concederte la libertad. También porque te permitieron vivir aquí con Demetrios cuando cayó en deudas y mi padre las saldó. —Glaukos parecía algo preocupado e intentó mostrarse agradecido. Sin embargo, la siguiente declaración de Althea le hizo sonreír de nuevo—. Y por supuesto que puedes seguir trabajando aquí, pero como liberto con un salario digno. Si así lo deseas, claro.

Glaukos asintió. A diferencia de su amo, no tenía ningún problema con que una mujer fuera su jefa. Incluso si era sirvienta de Hécate, diosa de los límites, el inframundo y la magia.

Petra Coret dice de sí misma: Siempre me han interesado los idiomas, la historia y las historias que la gente cuenta sobre el mundo que les rodea. Esto me llevó a obtener una maestría en lengua y cultura griega y latina antiguas, y a escribir mis propias historias. Estas historias sobre mundos extraordinarios y gente común, o viceversa, se publican desde hace unos dos años. Y, si de mí depende, se publicarán más en los próximos años.

HÉROES DE NUESTRO TIEMPO

Franco Ricciardiello

 

Bíceps femoral, tríceps sural. Los competidores de la final de los 200 metros flexionan los músculos de las extremidades inferiores y se arrodillan sobre los bloques de salida, bajo el sol otoñal de Ciudad de México.

Es el 16 de octubre. Las luces eléctricas del estadio olímpico se reflejan sobre la piel negra de Tommie Smith y John Carlos, un efecto casi metálico que, en el contraste de la transmisión mundial, hace que los atletas de color parezcan organismos seleccionados para ganar.

En los seis continentes, los tubos de rayos catódicos disparan haces de electrones en las pupilas de los telespectadores como baterías de artillería. El milagro simultáneo de la cuántica, un parpadeo azulado como un crepúsculo eléctrico sobre Occidente. El hemisferio derecho del cerebro absorbe en silencio, y en este 1968 aún no existen videograbadoras, videojuegos ni pantallas de computadoras personales. La guerra de la información eléctrica contra el hemisferio irracional, simultáneo, resonante, apenas está comenzando.

Un silencio absoluto cae sobre las pantallas, las miradas de los atletas están alineadas sobre las líneas blancas de las calles que parecen estrecharse a lo lejos. El disparo del juez de salida resuena amortiguado en el estadio.

Sartorio, cuádriceps. Dos segundos, tres segundos: Tommie ya está en cabeza. Cinco segundos. John Carlos y el australiano Peter Norman se distancian unos metros de los otros tres finalistas. Semitendinoso, semimembranoso. Smith y Carlos van al frente. Antes de salir de Estados Unidos habían propuesto boicotear los Juegos Olímpicos en protesta por la admisión de la Sudáfrica racista en los juegos de Ciudad de México.

Tibial anterior, peroneo anterior. Once segundos. Smith, Carlos y Norman superan en ese orden los cien metros. Al norte, más allá del Río Grande, los estadounidenses están pegados a los televisores; del Atlántico al Pacífico, el crepúsculo está iluminado por la luz artificial de los tubos catódicos. Nadie que se considere deportista perdería este momento; todos saben que nada es más real que lo que se ve en televisión. Hace dos semanas, esos mismos tubos catódicos transmitían las imágenes de Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas, donde los helicópteros del ejército mexicano dispararon con ametralladoras pesadas contra los estudiantes de la universidad que protestaban contra los Juegos Olímpicos. Fanáticos del deporte o no, todos vieron en televisión las imágenes de los jóvenes muertos: cientos de cuerpos alineados en las morgues, el duelo latinoamericano de los familiares.

Quince segundos. Tommie Smith ha borrado cualquier pensamiento de su mente, ni siquiera escucha la ovación del estadio. Flexor largo, extensor común. Menos de veinte segundos de carrera son demasiado breves para pensar en algo que no sea el movimiento automático de los músculos, la monotonía rectilínea de la calle, el mantra de concentración repetido durante meses de entrenamiento.

Quién sabe cuántos ataúdes de madera y zinc han sido enterrados recientemente en los cementerios de Ciudad de México. Quién sabe cuántos estudiantes pensaban realmente en los Juegos Olímpicos contra los que iba dirigida la protesta, cuando escucharon el grito elíptico de las aspas de los helicópteros, cuando oyeron el terror gigantesco de la multitud que se dispersaba mientras las balas de 7,60 golpeaban sin distinguir a los jóvenes y a las estatuas de piedra de los dioses precolombinos de Tlatelolco.

Dieciocho segundos. John Carlos comete un error trágico que le cuesta la plata: gira por una fracción de segundo la cabeza para buscar a su perseguidor australiano. Un gesto automático, sin reflexionar, cuando la sombra de la meta ya está en sus ojos.

19”83, Tommie Smith cruza primero. El público en el estadio estalla. Con un sprint, Peter Norman llega segundo, John Carlos apenas tercero, 20”10.

 

La precoz noche del altiplano tropical ya ha caído sobre el estadio olímpico. Grupos de reflectores iluminan el podio de premiación en beneficio de la transmisión mundial. Tommie Smith y John Carlos tienen el cabello áspero, crespo y desordenado como lana africana. Se quitan las zapatillas apenas fuera de los vestuarios y suben al podio descalzos. En las pantallas de 18 pulgadas, la piel de los tobillos y de los pies tiene el mismo color que la sudadera de algodón. A su lado, el medallista de plata Peter Norman viste el uniforme azul oscuro de la selección australiana, pero el blanco y negro de 1968 devuelve en la mayoría de los televisores un negro uniforme. Los jueces del C.I.O. se acercan con solemnidad, los flashes de las cámaras disparan como interruptores de armas de fuego. Smith y Carlos inclinan la cabeza para recibir el oro y el bronce, luego se arremangan la sudadera y suben al podio descalzos, con las cintas de seda al cuello.

Las imágenes rebotan codificadas y decodificadas en la estratósfera. En los televisores de Londres, Toronto o Tokio, no es fácil ver que los dos atletas negros llevan guantes negros. En el estadio mexicano, los turistas yankees se ponen de pie conmovidos, afroamericanos y blancos protestantes anglosajones juntos, con la mano sobre el corazón.

Por un instante parece posible olvidar la segregación, el desempleo, las cruces ardientes del Ku Klux Klan. El deporte no tiene raza ni ideología; en el deporte, Estados Unidos compite contra todas las demás naciones del mundo, y una medalla olímpica no es blanca ni negra, sino de oro. El deporte llena los ojos de lágrimas de emoción.

El sistema de sonido del estadio difunde las primeras notas de The Star-Spangled Banner. Los medios estadounidenses testimonian el evento con la habitual solemnidad dedicada al himno nacional. Pero entonces, el primer y el tercer competidor en el podio levantan los brazos tensos hacia el cielo y cierran el puño dentro de un guante de cuero negro, Smith el derecho y Carlos el izquierdo.

El saludo de las Panteras Negras.

El estadio enmudece, no todos están seguros de lo que ven. Las cámaras disparan sin cesar, fijando para siempre en las instantáneas los puños cerrados, los pies descalzos que evocan la pobreza de los afroamericanos, los collares de cuentas al cuello como cadenas de la esclavitud.

En menos de un segundo, la imagen rebota desde los repetidores satelitales hasta los televisores de todo el mundo; diez millones de espectadores en directo parpadean incrédulos, creen que es una broma por la cerveza de más o por la hora tardía. ¿Pero qué le ocurre al deporte? Hace algunos días los corredores de 400 metros Lee Evans, Ronald Freeman y Larry James posaron para las fotos con boinas negras, puños desnudos y pies descalzos, y ahora les toca a estos dos negros ingratos.

El deporte no debería tener color; ¿es posible que los negros ingratos no sientan el orgullo de América? No es culpa de nadie si nuestros antepasados los trajeron aquí encadenados a través del Atlántico, si hoy hay poco trabajo y están obligados a vivir en lo que llaman guetos.

Un estremecimiento recorre Estados Unidos, otro capítulo de la guerra eléctrica de los medios. Quedará entre los momentos más controvertidos de la historia del deporte. Ante los puños cerrados de Tommie Smith y John Carlos, el orgullo del país se hace pedazos. La utopía de invencibilidad de la nación más joven del mundo, ya puesta a prueba por los vietcong, sufre un colapso por culpa de la única actividad que quedaba incontaminada en este mundo corrupto: el culto de la forma física, la lucha del hombre contra la naturaleza, el crisol de razas como selección democrática que mejora a la humanidad. La inocencia deportiva de América exige venganza: nuestros atletas han ido a Ciudad de México, ese altiplano de comedores de tortillas, para medir sus fuerzas con los atletas de todo el mundo; han ganado y han perdido en competencias leales. En todo esto, la política no tiene nada que ver. La expresión “derechos civiles” solo tiene sentido cuando se habla de la URSS, de Cuba o de China.

El Comité Olímpico de Estados Unidos retira a los dos atletas de las competiciones, confisca las medallas y los expulsa del equipo estadounidense. Tommie Smith y John Carlos deben abandonar la villa olímpica y Ciudad de México.

Pocos días más y los Juegos Olímpicos terminan también en el parpadeo electrostático de las pantallas de 18 pulgadas. El crepúsculo eléctrico de la transmisión mundial se apaga sobre la Ruta 66; de un océano al otro, 5068 atletas de 105 naciones regresan a casa con los medalleros bajo el brazo.

La fotografía de la premiación de los 200 metros dará la vuelta al mundo. Por efecto de la perspectiva fotográfica, Norman parece más bajo y adelantado que los otros; tiene la piel clara y los brazos extendidos a los lados mientras escucha el himno nacional de Estados Unidos. John Carlos lleva la chaqueta del uniforme abierta, la mirada fija en el suelo y el puño izquierdo levantado, cerrado en el guante de cuero brillante. En el centro, también Tommie Smith mantiene los ojos bajos, como si quisiera mantener dentro de su campo visual tanto la medalla de oro como sus propios pies descalzos. Tiene el brazo derecho levantado, tensado al máximo. Tal vez es consciente de que ese gesto lo hará mucho más famoso que la efímera victoria en los 200 metros.

Al comentar el evento, cualquiera invocará un regreso a la inocencia del deporte; cualquiera utilizará esa supuesta pureza para argumentos políticos. Tommie Smith y John Carlos serán cuestionados, boicoteados, marginados; recibirán amenazas de muerte de la John Birch Society, la logia fascista estadounidense.

Pero jamás, jamás nadie logrará borrar ese gesto esculpido para siempre en la memoria del deporte.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

URDIMBRE

Jorge Castagna

 

Observé repetir sus rutinas: rígidas, calculadas, sin distracciones. No eran una amenaza para nuestras vidas, solo que no pudimos entenderlos, ni trascender la perturbación que nos producía. Repulsiva, excitante.

Asumieron nuestra presencia como una alimaña más. Se descuidaron, y fue fatal.

Ningún civilizado se había sumergido tan profundo. Nosotros sí… agobiados de fiereza, plagados de anomalías. Enfermos. Siguiendo el bramido de un río que siempre estaba más allá. Nos arriesgamos por su bien, para inculcarles nuestra cultura, nuestro credo. En el fondo, enloquecidos por obtener riquezas luego supimos que eran imaginarias.

De la tribu es posible que ya no queden ni rastros. Solo perdurarán nuestras palabras. Nadie los volverá a encontrar. Son leyenda.

Carecían de identidad y de propiedad. Actuaban como si el único pronombre que los designaba fuera el “nosotros” y sus variedades. Un nosotros para los que circulaban en el mismo sendero y en la misma dirección. Otro más amplio para referirse a toda la comunidad. Y el universo entero… también era nosotros.

Se aferraban, como tabla de salvación, a los senderos. Podía verlos transitar por las trochas horadadas de tanta repetición. Podía verlos y estudiarlos durante horas. Ellos a mí no. Tampoco veían a las sustancias gomosas que chorreaban de los árboles de caucho, ni a los plátanos dispuestos a ser cosechados, ni a las orquídeas transpirando al sol. Ni al entramado lacerante de la selva explotando a su alrededor. Dudo de que pudieran imaginar la posibilidad de ver, ya que carecían de ojos. Ese espacio estaba ocupado por la misma anatomía que el resto de sus frentes, una piel gruesa y curtida de tanto sol.

Descifraban los redobles de los timbales emitidos por los arácnidos. Sonaban similares a cigarras, anunciando el comienzo o la finalización de la urdimbre que tejían incansables, adhiriéndolas en las cortezas de los robles o de los cauchos. Formaban una red que los ciegos usaban para separar los caminos de ida y de vuelta. Los nativos corrían sin tropezar y sin salirse de los senderos. Ninguno cruzaba de carril.

Cuidaban las membranas con devoción. Cuando cortaban retazos para cubrir las heridas que les infería la selva al cazar o recolectar, se arrodillaban y murmuraban algo parecido a un rezo.

Los arácnidos semejaban alacranes con cabezas gigantes. De las glándulas en la parte posterior del abdomen secretaban las telas, gruesas, sin fisuras, espiraladas y siempre idénticas. Con dos aguijones curvos inyectaban un líquido urticante muy doloroso para nosotros, los civilizados. A los de la tribu, las picaduras les parecían una bendición.

Los cuatro senderos, de unos treinta centímetros de profundidad, partían desde la plaza central.

Un sendero conducía al espacio abierto, solo techado con ramaje, hojas de palma y cañas, atadas con lianas y amalgamadas con lodo. Allí dormían y realizaban el coito.

El segundo era el espacio de los niños, allí permanecían hasta que se iban incorporando a la vida adulta. Nadie tenía la obligación de cuidarlos. Corrían, saltaban, se peleaban sin lastimarse, como si practicaran para sobrevivir cuando fueran adultos. Las preñadas trabajaban hasta unos días antes de parir. Eran madres mientras duraba la lactancia, luego las crías eran de todos.

El tercer sendero llevaba al depósito de cadáveres. Un espacio abierto, sin tumbas y de olor nauseabundo. Cada tres o cuatro días se reunían a cremar los cuerpos, incluso a los niños muertos.

El cuarto los llevaba al reservorio de alimentos. Comían bayas, plátanos, tunas y todo tipo de frutos silvestres. Si lograban cazar o encontrar muerto algún animal pequeño, los cuereaban y trozaban. Los maceraban untándolos con polen, tintas y aromáticas. Los comían sin cocinar.

Los senderos por donde iban y venían permanecían cubiertos de agua y lodo gran parte del día, hasta que el sol llegaba a su cenit, luego el agobiante calor los resecaba. Los miembros de la tribu los conocían de memoria, jamás cometían ningún error en su recorrido.

Por turnos, grupos numerosos abandonaban la seguridad de los senderos. Se internaban en la selva a cazar y recolectar. Difícil imaginar cómo representaban en sus mentes la exuberancia y los riesgos impredecibles, solo con el oído y el tacto. Casi todos volvían con heridas, torceduras, desgarros, huesos quebrados.

De la selva se aprovisionaban. A la selva le temían.

Escuchar cada susurro, silbido, croar, frotar de madera era su escudo de protección. Al regresar apoyaban sus cuerpos sobre la urdimbre de la membrana para reconfortarse y sanarse.

Realizaban sus tareas cotidianas sin agradecer ni pedir permiso. Todos eran los dueños del universo, no había nada por lo que pedir permiso. De alguna forma adoraban a la urdimbre porque de ellas dependía el orden de las cosas.

No logré fijar un parámetro que ayudara a predecir el momento en el que todos detenían sus actividades para entonar un cántico grave y monocorde hasta la sordera. Quizás el espontáneo canto grupal también incluyera a la urdimbre y a los insectos que la tejían. Solo duraba unos minutos. El resto del tiempo, no hablaban.

Luego de cantar se acercaban a la plaza central de la ciudadela.

El piso de la plaza era de piedra granítica amalgamado por el paso del tiempo. Sobresalían dos fuentes poco profundas. En una se bañaban sin distinción de géneros y la otra era para beber.

El otro evento precedido por el canto era el apareamiento.

Contemplar el ritual colectivo hizo hervir nuestras entrañas. Nosotros no trajimos hembras.

A las mujeres de la tribu les colgaba un faldón de piel, parte de su anatomía. Era la prolongación del ombligo, un tejido flácido, casi transparente. El faldón de piel se movía en un excitante vaivén al andar, ocultando y sugiriendo a la vez. Protegían así su sexo, el tesoro que solo se develaba por completo durante el coito o al momento de parir. Los machos mostraban sus genitales como cualquier otro órgano. Andaban desnudos con sus cuerpos fibrosos y cobrizos de intemperie. Emitían una atracción enérgica, mezcla de belleza, elasticidad y salud.

No era necesario usar vestimenta, las temperaturas no descendían de los 30º. Casi todas las noches llovía.

Luego del impulso por cantar sin que los motivara un disparador visible, copulaban. Se unían sin reparar en vínculos previos. Lo hacían solo después del llamado, parecían no tener impulsos individuales. O todos o ninguno. Los grupos se formaban espontáneamente. A los ancianos les costaba más ser aceptados. En ese momento las hembras levantaban el delantal y exhibían sus pubis lampiños. Los hombres las acariciaban y besaban con cuidado. Un amor natural y colectivo.

Quisimos participar de la marea de piel húmeda, acariciar los pechos rígidos como madera. Compartir la danza embriagadora. Lamer como ellos, en su oscuridad natural. Saciar nuestra sed antigua, desoída de tanto andar.

Nos excluyeron sin consideraciones.

Mientras la tribu emitía resplandores y gemidos de gozo, nosotros nos enfermamos. Ellos disfrutaban de su invidencia, nosotros mirábamos y nos enceguecíamos de furia.

 

Partimos en la penumbra de una noche sofocada de chaparrones. Antes, destruimos los senderos. Arrancamos con vehemencia una a una todas las membranas. Asesinamos con saña a los arácnidos.

Así, los arrastramos a la ignorancia de enfrentar al mundo, cada uno por sí mismo. Indefensos, sin la salvaguarda de sus rutinas, de la comunidad.

Con unos golpes certeros, les concedimos la fragilidad de ser solo individuos.


Jorge Castagna nació en Morón, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 29 de enero de 1956. Estudió ciencias económicas, biología, pintura, escultura y mecánica dental, pero terminó recibiéndose de psicólogo y luego de profesor de psicología e incumbencias, tras lo cual ejerció la docencia durante dos años en institutos terciarios. Hizo talleres literarios con Alejandro Tloupakis, Sebastian Barrasa, Marcelo di Marco y Laura Yasan, entre otros. Publique con otros tres escritores el libro Lencería para payasos. Participo en varias antologías en Argentina y España y obtuvo menciones en diversos concursos de relatos, que fueron luego incluidos en antologías. En mayo de 2019 publicó el libro de cuentos La ambigüedad de la frontera.

 

 

HARM