John Kessel
Desde el día en que nos mudamos
estuvimos decididos a devolver a la mansión anterior a la Guerra de Secesión
algo parecido a su antiguo esplendor. Uno de los problemas era que la
estructura original, terminada en 1846, no ofrecía las comodidades que la gente
empezó a valorar en épocas posteriores. Las cocinas absurdamente grandes, los
armarios del tamaño de pequeños apartamentos y los baños excesivamente lujosos
que la gente exige en la actualidad –por no hablar de las cañerías interiores y
la electricidad– habían llegado después, con mayor o menor fortuna, y cada
modificación había alejado la casa un poco más de su majestuosidad original.
Naturalmente, no queríamos vivir en una casa sin electricidad ni agua
corriente, pero Judy y yo estábamos decididos a reducir esas concesiones al
mínimo.
Había que deshacer muchos de los
cambios realizados por los sucesivos propietarios. Habían abierto un espantoso
ventanal saliente en el salón. La instalación de una encimera de mármol en la
cocina había obligado a tapiar una de las altas ventanas. Los suelos
originales, hechos con tablones de roble de quince centímetros de ancho, habían
quedado cubiertos por linóleo, alfombras o baldosas.
Una de las primeras decisiones que
tuvimos que tomar fue qué materiales utilizar en la reconstrucción. Por citar
solo un ejemplo, las paredes interiores se habían deteriorado muchísimo durante
el último siglo. Las paredes originales estaban hechas de yeso aplicado sobre
listones de madera clavados horizontalmente y en ángulo recto sobre los
elementos estructurales. El revoque, de unos dos centímetros y medio de
espesor, estaba hecho con arena, cal apagada y crin de caballo. La cal
utilizada en la construcción original procedía de piedra caliza molida y
conchas de ostras. ¿Dónde íbamos a conseguir una cantidad suficiente de conchas
de ostras, por no hablar de crin de caballo?
Una solución habitual para este
problema consiste en derribar las paredes originales y sustituirlas por
modernos paneles de yeso. Judy y yo estábamos decididos a no tomar ese camino
fácil.
La autenticidad era nuestra
consigna. Después de investigar un poco, localizamos una granja de ostras en la
costa que podía proporcionarnos abundantes conchas para preparar el revoque.
Judy, una consumada amazona, tenía amigos propietarios de establos cuyos
clientes esquilaban continuamente a sus caballos de pura sangre; ellos se
convirtieron en nuestros proveedores de crin.
Entonces el problema pasó a ser
encontrar obreros que supieran utilizar esos materiales, o que estuvieran
dispuestos a aprender, por un precio que no acabara con nuestra cuenta
bancaria. Tuvimos que soportar su resistencia y sus errores. Los trabajadores
de ascendencia noreuropea, como lo habían sido la mayoría en la época de
construcción de la casa, eran difíciles de conseguir. Unos irlandeses con
escasa educación podrían haber sido un sustituto aceptable y, además,
históricamente verosímil, pero en la actualidad era difícil encontrar hombres
dispuestos a trabajar por los bajos salarios que podíamos permitirnos pagar.
Una solución era aportar nosotros
mismos la mano de obra. Pero Judy y yo teníamos profesiones que nos exigían
sesenta horas semanales. No podía dejar que la agencia de corretaje funcionara
sin mí durante varios días seguidos. Judy estaba ocupada con su trabajo en el
Centro del Patrimonio.
A veces hacíamos concesiones.
Tuvimos suerte cuando encontramos al ingenioso Manuel, un inmigrante trabajador
que dirigía una cuadrilla con experiencia en proyectos de reconstrucción.
Afortunadamente, muchos de aquellos hombres eran indocumentados, por lo que
cobraban poco, y Judy disfrutaba muchísimo poniendo por fin en práctica sus
estudios secundarios de español.
Por esa época Judy descubrió que
estaba embarazada. Habíamos hablado de formar una familia y los dos estábamos
encantados de que pronto fuéramos padres. Conversamos sobre si debía conservar
su empleo. Yo sospechaba que, una vez que tuviéramos un hijo, Judy no querría
volver a trabajar, y la reconstrucción de la casa, que seguía en marcha,
ofrecía una razón adicional para que se tomara una licencia en el Centro del
Patrimonio. Y así lo hizo. Judy se encargaría de supervisar la reconstrucción,
permaneciendo en la obra mucho más de lo que yo podía para vigilar a los
trabajadores.
A los seis meses de iniciada la
renovación, el embarazo de Judy progresaba bien, pero la restauración de la
casa de Chinaberry Road se había estancado. Parecía que ella produciría un
heredero mucho antes de que nosotros pudiéramos producir el hogar en el que
esperábamos criar a nuestros hijos. El estrés del embarazo y de vivir en una
casa a medio renovar estaba afectando nuestros nervios y, para ser
completamente sincero, nuestro matrimonio.
Cocinábamos sobre una placa
eléctrica y lavábamos los platos en el lavadero. Cuanto más se prolongaba
aquello, más irritables nos poníamos. Esta vez el problema no eran los
trabajadores ni los materiales, sino las diferencias entre nuestras respectivas
concepciones. A Judy y a mí nos encantaba la idea de la autenticidad histórica,
pero nuestro compromiso con ella no era el mismo. Yo quería que nuestro hogar
se acercara lo máximo posible a una representación fiel de lo que ofrecían
aquellos tiempos más refinados, mientras que Judy, aunque estaba dispuesta a
acompañarme «durante todo el viaje», como ella decía, tenía sus dudas cuando
debía elegir entre la fidelidad al pasado y la comodidad.
El punto en que esto se manifestó
durante la renovación fue la cocina. Yo quería que tuviera una cocina de leña,
grandes encimeras y mesas de madera, una bomba de agua, tinas para lavar y un
horno de hierro fundido. Judy admitía que una cocina así sería hermosa, pero
insistía en que resultaría difícil preparar las comidas en semejante reliquia
del pasado. Además, en verano haría allí un calor insoportable.
—Pero tenemos aire acondicionado
—dije. En eso había cedido. No se podía pedir a nadie que soportara un verano
sureño sin aire acondicionado.
Judy se resistía. A medida que
avanzaba su embarazo, su estado de ánimo se había vuelto más frágil. Habíamos
llegado a un punto muerto.
Entonces se me ocurrió: la solución
no consistía en luchar contra las exigencias de la autenticidad, sino en
satisfacerlas.
—¡Convertiremos el garaje en una
cocina exterior! Una moderna, comunicada con la casa mediante un pasillo
cubierto —dije—. Así podremos conservar la cocina interior como debe ser, pero
prepararemos la mayoría de las comidas en la exterior. De todos modos, así es
como lo hacían en aquella época.
Judy se mostró escéptica, pero
después de persuadirla un poco aceptó probar. Admito que me puse nervioso
cuando, después de terminar la cocina interior como una reproducción fiel de
sus antecesoras de antes de la Guerra de Secesión, resultó ser más un lugar
para exhibir que para trabajar; aun así, ahora disponíamos de la cocina
exterior para preparar realmente las comidas.
Judy no quedó satisfecha. Para
entonces estaba embarazada de siete meses y no le resultaba nada agradable
tener que ir y venir entre la casa y la dependencia exterior durante aquellos
calurosos días sureños. Yo no podía fingir que la situación, tal como estaba,
fuera satisfactoria.
Así que invertimos en unos
esclavos. Primero solo una joven esclava de cocina de carácter agradable,
Dottie. Pero después me lastimé la espalda en el club de raqueta y ya no pude
hacer tantas cosas en la casa, de modo que compramos a un hombre, Tommo.
Poco después nació nuestra hija
Sally, una adorable pequeñita de mejillas sonrosadas, ojos del azul más intenso
y cabello rubio como la seda del maíz. Nos divertíamos tanto con ella que
inmediatamente sugerí que tuviéramos un hermano que hiciera juego con ella.
Nuestra casa, la joya de Chinaberry Road, iba tomando forma, y a mí me iba tan
bien en la agencia de corretaje que no había ninguna necesidad de que Judy
volviera a trabajar. Teníamos una familia que hacer crecer, y su refinada
sensibilidad y sus encantos femeninos eran lo único que faltaba para completar
la transformación de nuestra casa en un verdadero hogar. Finalmente, comprendió
lo razonable de mi propuesta.
Anoche, mientras estaba sentado en
los escalones de la galería contemplando cómo el sol descendía detrás de los
pinos, me volví hacia Tommo, que estaba sentado un escalón más abajo, y le
pregunté:
—¿Está Dottie en su cabaña? ¿Ya
cenó?
Tommo, un hombre de pocas palabras,
se limitó a asentir con su cabeza lanuda.
—Bien. Dejaremos que descanse un
poco. Iré a visitarla más tarde.
Contemplamos el cielo occidental,
con los árboles negros recortándose contra los tonos púrpura, naranja y rosa de
un glorioso atardecer.
—Es un mundo hermoso, ¿verdad,
Tommo?
—Sí, amo —dijo Tommo.
John Kessel nació en Buffalo, Nueva
York, Estados Unidos, en 1950. Enseñó literatura y escritura en la Universidad
Estatal de Carolina del Norte, donde contribuyó a fundar el programa de
Maestría en Bellas Artes en escritura creativa. Su narrativa ha recibido los premios
Theodore Sturgeon, Locus, James Tiptree Jr./Otherwise, Ignotus y Shirley
Jackson, y obtuvo dos veces el premio Nebula. The Dark Ride: The Best Short
Fiction of John Kessel se publicó en 2022, y su colección The
Presidential Papers apareció en 2024 en la serie Outspoken Authors de PM
Press.




