miércoles, 22 de abril de 2026

HORMIGAS

Cecilia Eudave

 

para Margarita Baez

 

Simón ve a todos pequeños porque él nació excesivamente grande. Así, con ese odio a lo minúsculo, se encargaba de exterminar aquello que no era digno de su tamaño. Y con esa insana manifestación de ser magno, desarrolló un profundo desprecio, sádico y cruel, hacia las hormigas, a tal grado que olvidó sus odios nocturnos sobre otros seres o cosas y se concentró sólo sobre estos insectos. Todos los días las esperaba sentado cerca del refrigerador, regaba un poco de azúcar aquí y allá. Luego, con paciencia, armado de un insecticida en aerosol, las esperaba. Cuando las ingenuas aparecían, atraídas por la comida, él les rociaba el veneno hasta empaparlas y las veía morir lentamente mientras bebía su cerveza. Si le apetecía un cigarro lo prendía con saña, por el gusto infinito de tirar el cerillo y mirar cómo se encendían por los efectos del insecticida. A veces las ahogaba con una manguerita que mandó hacer exprofeso para cazarlas. En otras ocasiones las aplastaba con un matamoscas de tela de alambre muy fina, que a su madre pidió confeccionar. Era un disfrute enorme verlas ahí cuadriculadas sobre el suelo. Si no tenía ganas de ponerse sofisticado, sólo vertía veneno cruz negra por la casa. Y ya de noche cuando llegaba de alguna reunión de viejos marinos, sus ojos se deleitaban con los cadáveres rojizos, negros y hasta verdes de las invasoras.  

Ellas lo odiaban. Tanto lo aborrecían que debían planear una venganza. No podían dejar tanta atrocidad sin castigo: el rencor mueve hasta a las hormigas. Y decidieron atacar lo que él más amaba: su dragón. Simón adoraba ese tatuaje, ese dragón marino de color verde tifón que se tatúo en Manzanillo cuando trabajó en el puerto en sus años de juventud, cuando iba por el mundo sin anclar bien sus odios. Ese tatuaje le recordaba el mar, la aventura, los momentos más entrañables y felices, ese tatuaje era su pasado. Todos los días se miraba al espejo orgulloso de esa bestia que conocía todos sus secretos. Luego le aplicaba un poco de aceite o crema para protegerlo, para hacerlo brillar cuando la luz del sol le tocaba la espalda. Así se iba a la playa a recoger ostras y cangrejos para abastecer a la población donde él vivía, porque ahora era pescador. Así que si ellas querían venganza debían invadirlo por la espalda.

Esperaron con paciencia, guerreras y malditas –detrás de los botes de cerveza que él bebía a diario después de la pesca–, hasta que Simón cayó dormido por el alcohol. Subieron cautelosas por sus piernas y acordonaron al dragón, que las miraba colérico. La bestia alada quiso defenderse lanzándoles fuego rojo que el primer grupo comenzó a devorar con rapidez. Después batió sus alas intentando alejar al segundo bando, que atacaba los flancos y comía intrépidamente sus plumas pálidas. Otras tantas, con astucia, se enfrentaron a la cabeza –que él movía inútilmente–, para en avanzada ayudar al resto de ese ejército a hacer suyas las garras. Sin patas se desplomó el cuerpo, mientras la cola agitada no logró desprender los dientes filosos de las enemigas. Dos horas más tarde, sobre la espalda del asesino no quedó ninguna señal de aquel monstruo marino, y bajaron contentas, satisfechas. Simón se despertó adormecido y las vio amodorrado alejarse. Como entre sueños pudo distinguir cómo algunas cargaban a sus espaldas plumas color verde tifón o garras azules. Mientras otras llevaban a cuestas un ojo, un diente o un trozo de fuego. Pero a Simón esa visión le pareció imposible y, negándola con la cabeza, se volvió a dormir...

Cecilia Eudave nació en Guadalajara, México, en 1968. Es narradora, ensayista e investigadora. Su narrativa ha sido objeto de estudios sobre lo fantástico contemporáneo en Latinoamérica, la narrativa breve, la literatura fantástica y lo insólito. Es doctora en lenguas romances por la Universidad Paul Valéry de Montpellier y profesora-investigadora en la Universidad de Guadalajara desde 1991. Entre sus muchas obras publicadas pueden citarse las colecciones de cuentos Técnicamente humanos (1996), Invenciones enfermas (1996), Registro de imposibles (2000), Países inexistentes (2004), Sirenas de Mercurio (2007), Para viajeros improbables (2011), En primera persona (2014), Microcolapsos (2017, reeditada 2019), Con la boca en la mano (2019), Al final del miedo (Páginas de Espuma, 2021), y las novelas La criatura del espejo (2007), Bestiaria vida (2008), El enigma de la esfera (2008), Pesadillas al mediodía (2010), Aislados (2015) y El verano de la serpiente (2022).

LA CITA CON EL MAGNÍFICO

Juan Pablo Goñi Capurro



Tres eran los ángeles que giraban, cada uno con un ramo de rosas rojas en la mano. Los gatos eran dos, pero poseían un tercer ojo, tan azul como los otros. Tan interesantes apariciones no me consolaron, el maestro había dicho que aparecería ante mí el diablo en persona. El número tres, única relación que encontré entre los seres que poblaban mi garaje, de singular importancia en la masonería, no destacaba en nuestra doctrina. ¿Qué debía hacer, atrapar los pequeños ángeles de un salto y acogotarlos? Acaso así demostraría mi sumisión al Poderoso y Behemot consentiría mi presencia ante él.

Los gatos se mantenían quietos, en un rincón, juntos. Gatos grises, con collares dorados, ordinarios de no ser por los ojos insertos en vertical en sus entrecejos. Los gatos no eran emisarios del dios de judíos y cristianos; deduje que estaban como testigos, ellos certificarían que había eliminado a los ángeles. ¿Por qué el maestro no me había anticipado la existencia de esta prueba? El candelabro parpadeaba, los ángeles eran pequeños, pasaban de la sombra a la luz en un instante. Quise escoger uno de ellos; eran idénticos, hasta los ramos de rosas coincidían. ¿Rosas?, ¿para quién eran esas rosas?

Los gatos se miraban entre sí con el par de ojos normales; el tercero, los terceros, me vigilaban. Imaginé que irían ante Behemot con el relato de un pusilánime que no quiso ejecutar a los ángeles porque temía pincharse con las rosas; ausente la convicción, el temor a ser condenado como cobarde por el maestro me impulsó a dar el salto con las manos abiertas.

Caí sobre mis pies con las manos vacías, el ángel esquivó mi manotazo con facilidad. Lo intenté por segunda vez, repetí el fallo. Necesitaba ingeniar un sistema más eficaz; las redes de pesca habían quedado en casa de mis padres, hubieran venido perfectas para la ocasión. Probé con el disimulo. Avancé hacia los gatos, extendí una mano; de súbito, me impulsé hacia lo alto. Mis manos chocaron entre sí, el vacío entre las palmas. Reboté para tomarlos de sorpresa; caí mal, mi rodilla pegó en el estante de las pinturas, algunas latas cayeron al piso. Ese ruido no me permitió oír la puerta; cuando logré ponerme de pie, no era el único humano en la habitación.

Veinte años, el cabello teñido con grises, parte de él atado sobre la cabeza; ojos claros de una profundidad aterradora. Vestía de negro y de negro pintaba sus uñas; calzas, borcegos y una remera donde se leía «de noche todos los gatos son negros», en inglés. Anael, mi preciosa hija menor, la gótica de la familia, estaba delante de la puerta abierta, los brazos al costado del delgado cuerpo, los ojos interrogándome. Me hubiera gustado decir que había heredado mi pasión por las artes ocultas; no era así, su forma de vestir no era más que una moda sin basamentos. Al menos, no lo había sido hasta esa noche.

Comprendí que tenía ante mí una oportunidad única, introducir a mi descendiente en los arcanos de nuestra escuela. Fui hacia ella; no reaccionó. Pasé de largo y cerré la puerta. Posé una mano en su espalda y la acerqué a la mesa donde estaba el candelabro y el libro negro. Me coloqué del otro lado. Dudé, ¿qué había pensado Anael, casi adolescente, al encontrar a su padre en el piso, vestido con una capucha negra, quitándose latas de encima, junto a dos gatos con tres ojos y tres angelitos que sobrevolaban un candelabro con siete velas?

Alcé la vista, los ángeles continuaban sus circunvoluciones, los gatos proseguían estáticos en su rincón, controlando la escena con sus malditos ojos centrales. Miré a mi hija, su vista continuaba concentrada en mí. ¿Acaso no la maravillaban esos fenómenos, o no podía verlos? Efectué un par de gestos poco claros, precisaba ordenarme. Revelar los secretos de la orden a un neófito sin atravesar los ritos de iniciación era una cuestión sensible, pasaría a responder por ella ante el maestro y los discípulos superiores. ¿Por qué no decía nada mi consentida niña? Unas palabras me hubieran orientado hacia la necesidad de mentirle o de explicarle qué estaba haciendo en ese garaje.

Sentí un nuevo apremio; el maestro no me había hablado de tiempo, ignoraba por cuánto más tendría la oportunidad de acabar con los ángeles para que los siniestros gatos enviaran su mensaje a Behemot… si es que ese era finalmente el procedimiento correcto y no había fallado yo en el conjuro. Se tornó urgente resolver la situación de mi hija; jamás pisaba el garaje, decía que no soportaba el olor a humedad, ¿por qué había venido justo la noche de mi encuentro con el Magnífico?

Escogí ser cauteloso, Anael no había echado siquiera una mirada al libro grueso de páginas amarillas; las nuevas generaciones no tienen curiosidad, dicen, ¿por qué entonces no se despedía y se marchaba?

—Anael, ¿los ves?

Erguí el índice; apunté al techo, luego al rincón de los gatos. Las pupilas de Anael no reaccionaron. Reconocí que no conocía a mi hija como debería, la había postergado en razón de ascender en la orden y obtener la posibilidad única de reunirme con Él. Entre tantos secretos que ignoraba de su vida, no sabía si consumía drogas prohibidas; su comportamiento era similar al de una persona en trance hipnótico, una víctima de algún producto químico ilegal… o una sonámbula, pero hasta aquí, Anael nunca había sufrido episodios de sonambulismo.

—Anael, hija querida, ¿puedes verlos?

Miré de inmediato a los gatos, ese «querida» no correspondía al vocabulario de un iniciado. Los felinos no se inmutaron; aunque no era una garantía su inmovilidad, me dio cierto alivio y pude volver a concentrarme en el problema que tenía delante. Las velas se habían consumido en la tercera parte, Anael continuaba en silencio. Concluí que sí había visto los ángeles y que también había visto los gatos; o se hallaba en silencio esperando una explicación de todo eso, o mi hija estaba tan habituada a los alucinógenos que los consideraba parte de su viaje.

—¿Estás drogada?

Fue una pregunta estúpida que ella no se molestó en responder. ¿Y si le lanzaba el candelabro a un ángel, para derribarlo? La idea me surgió sin relación con el dialogo que intentaba establecer con Anael. Buen plan, primero necesitaba definir la situación de mi niña.

—Anael, por favor, papá está haciendo algo importante. ¿Qué querés, hija?

—Vos me llamaste, papá.

—Yo no te llamé, te habrás confundido.

Me estudió por tres segundos, luego giró hacia la puerta. Abrió, se apartó para dejar paso.

—Vamos, entonces.

Los gatos arrancaron y dejaron del garaje a velocidad supersónica; los ángeles dejaron de girar y trazaron un vuelo recto hasta perderse por el hueco dejado libre por mi hija; al pasar junto a ella, dejaron los ramos de rosas en sus manos pálidas. Sin volverse hacia mí, Anael salió y cerró la puerta.

Estupefacto, demoré unos minutos razonando sobre lo que acababa de suceder. No hallé una sola explicación que no me empujara a la locura. Oí un camión que se detenía cerca; mi vecino, era hora entonces de prepararme para la reunión de la noche.

Me quité la capucha, la guardé con el libro y con el candelabro –luego de quitar las velas casi consumidas– en el baúl que devolvería en un par de horas al maestro. Con las piernas débiles, entré a la casa, a mi casa.

Anael no estaba en la cocina ni en el baño, ni en su habitación. Llegué a la sala, estaba tendida de costado en el sillón, un chupetín paleta en la boca y la atención puesta en el televisor, donde pasaban una telenovela turca.

—Anael... ¿fuiste al garaje?

—No, pa, ¿me llamaste? No te escuché, perdón, en la pausa voy, ¿qué querés que haga?

La dulce Anael de todos los días; lo que pensaba, lo gótico en ella era una pose, una moda pasajera, no tenía interés en las ciencias oscuras.

—Nada hija, ya está.

Nada podía hacer ella por mí. Si no me expulsaban de la orden por mi fracaso, quizá algún día el maestro me explicara en qué había fallado. Me obligué a pensar en un fallo, era lo conveniente; las venganzas del Magnífico son muy crueles para quienes lo invocan en vano.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

ASTRONAUTA

Frank Hebben

 

Tantas tiendas como estrellas en el cielo, iluminadas por encendedores y por dentro por velas, por los hornillos de gas sobre los que descansan sartenes o latas abiertas sin cuidado: ravioles, chili con carne o directamente la olla de fiesta; todo son envolturas protectoras de formas ligeras y geométricas: triángulos, cuadrados contra el frío nocturno; aquí un poliedro o un sistema de tubos como una oruga voraz, allá el frágil águila de papel dorado con ligeras varillas y un ordenador con la potencia de una calculadora de bolsillo, y que aun así ha aterrizado en el polvo lunar.

Todo el calor se irradia al espacio.

Ahora, pasada la medianoche, todo se ha vuelto más silencioso, menos reproductores de CD y radiocasetes que siguen escupiendo metal o grunge; por fin ya no es ese paisaje de cráteres deslumbrante sobre el que se ha levantado la colonia de hormigas para dos interminables días de festival en un aeródromo muerto que no es más que hierba y tierra gris.

No quiero estar aquí.

Thorsten me convenció de sacar la nariz de los libros, pero no me gustan las multitudes, y tampoco me gusta la música; prefiero a los Beatles: Yellow Submarine en la silenciosa profundidad del mar.

Sin embargo, acepto el desafío, como comandante, y abro la escotilla azul para entrar en el baño portátil: otra cápsula de escape, aquí se está calentito, pero… ¡ese olor! ¡Maldita sea, necesito un casco con espejo y oxígeno propio! O una cerveza, que no soporto; tengo que beber para armarme de valor: un pequeño paso para la humanidad, pero un gran paso.

Thorsten, con voz somnolienta por el alcohol, exige que me quite mis sucios borceguíes antes de poder tumbarme en la litera, porque si no meteré demasiada arena o hormigas o virus para un apocalipsis zombi o un parásito alienígena que más tarde me estallará del pecho.

Pero no quiero.

Estos zapatos son magnéticos, mis botas lunares; si no, pierdo el equilibrio. Así que duermo delante, en la silla de camping… y en mi vida he pasado tanto frío, a pesar del suéter, dos camisetas y la capa de lluvia de plástico transparente bajo la cual mi sudor se acumula como rocío bajo la cúpula geodésica de un hábitat. Leo demasiado sobre aventuras en mundos lejanos, ¡en el confín de la galaxia!

—¿No hace demasiado frío? —grita Marie desde la tienda vecina. Ella y su amiga nos ayudaron a clavar las piquetas con piedras en el suelo. Ambas, hermosos seres desconocidos.

—Se puede aguantar, gracias.

Por la mañana, otra vez la extraña convención de oficiales de a bordo y alienígenas que se emborrachan alegremente y celebran con colores, mientras yo bebo un café gratis en el puesto publicitario. Sigo temblando de frío.

¿Soy diferente?

La primera banda arrasa, desnuda bajo la luz del sol: se ven los poros detrás del maquillaje. Cerca del escenario, el polvo huele a cacao, como el de aquella lata amarilla en la cocina de mi madre con las flores de Pril… Mi hermana vendió nuestra casa familiar en marzo.

Luego el disco del cielo gira, se hace tarde y luego noche, y los focos lanzan sus colores en el crepúsculo. Pronto tocará la banda principal.

Dios, vuelvo a tener frío, mi cubierta exterior tiene una fuga; quizá haya una manta térmica dorada en el botiquín del maletero del Audi… ¿o podría…?

—Hola.

De pronto Marie está frente a mí, como teletransportada: una chica, Dios, esa especie extraña y hermosa.

—¿Vienes mucho por aquí? —respondo; me siento idiota. Pero ella se ríe.

No hay agua en la Luna, no hay vida en Marte, que buscamos con tanta desesperación en las vastedades del cosmos… microbios fosilizados en una roca ridícula. Nada más. Solo frío y entropía.

Pero su mano está caliente mientras me guía; esta vez no estoy solo, no soy Michael Collins en órbita…

Me besa. ¿Por qué?

—¿Quién eres? —pregunto.

—Ven.

Nos tumbamos en la arena… Detrás de nosotros, el siguiente puesto de cerveza con su letrero luminoso verde mar, y los gritos de tantos borrachos. Ya no importa. Ha deslizado el puño bajo mi camiseta, la siento. Mi corazón late con fuerza.

—¿Quieres? —me pregunta.

—Sí.

A mi lado en la cabina: Marie toma la palanca de mando y nos guía a través de tres dimensiones: arriba y abajo, rodar, guiñar, antes de que lentamente nos dejemos llevar. Su lengua se desliza sobre la mía: un pez extrañamente frío; ahora una playa donde las olas succionan; un grano o dos, cuatro, ocho, esparcidos sobre el tablero de ajedrez y duplicados de nuevo… Todo estrellas. Infinito.

Nemo da la orden, y el Nautilus emerge. Nos hemos quedado dormidos un momento, abrazados; me libero de los tentáculos.

—¿Hm? —pregunta ella, sonriendo.

—Nada.

Más tarde desmontamos las tiendas, desayunamos tostadas con queso, salami, e intercambiamos números de teléfono a los que nunca llamaremos… Tiramos los sacos de dormir y las esterillas plateadas de nuevo al maletero, subimos al coche y conducimos primero por carretera secundaria, luego por la autopista a una velocidad orgullosa.

El Apolo 11 tuvo tres fases de aceleración; la última etapa del cohete catapultó a tres hombres hacia la Luna a 39.400 km/h.

Estoy enamorado.

Estuve enamorado y la amaré siempre.

Tiempo: la cuarta dimensión, pero quizá solo un punto focal, un agujero negro en el que el universo se condensa como en 2001 después de ese viaje psicodélico surrealista; detrás: una habitación como sala de hospital, una cama con una sábana verde clínica y un busto de mármol. Al menos hay oxígeno, tanto como quiera.

Mi temperatura corporal es de 39,7 grados.

El peso de su puño sobre mi pecho lo he echado de menos toda mi vida: la gravedad de un gato que duerme sobre mí desafiando el frío del espacio.

Respiro, exhalo…

Luces en la noche.

Frank Hebben nació en 1975 en Neuss, Renania del Norte-Westfalia, Alemania. Es básicamente un autor de ciencia ficción que estudió Filología Germánica y Filosofía en la Universidad Heinrich-Heine de Düsseldorf. Conformado por una trayectoria que combina literatura especulativa y una sólida formación académica, su obra se destaca por su profundidad temática y estilo innovador. Sus últimos tres libros de ficción publicados fueron: Im Nebel kein Wort (2016), Die Fugen einer Stadt (2017) y Vampirnovelle (2019).

 

martes, 21 de abril de 2026

HELICÓPTERO

Ramiro Gallardo

 



—Lo mejor es que nos vayamos. Espérenme afuera de mi despacho: voy a redactar la renuncia.

Plaza de Mayo era una hoguera, una batalla, una bomba que había explotado y estaba a punto de volver a explotar. Siendo las seis de la tarde ya se contaban varios muertos.

El presidente pidió papel membretado y una lapicera. Los pocos que lo acompañaban –sus hombres de confianza y uno de sus hijos– salieron. Una vez solo, observó el cuadro del general San Martín: la postura erguida, el sable corvo, la expresión enérgica del rostro. Este hombre murió en el exilio pensó. Intentaba auto convencerse de que su accionar tenía algo de incomprendido, o de heroico. Se sentó en el sillón de Rivadavia y cerró los ojos. Tenía el estómago vacío: así y todo, sintió ganas de vomitar. Ese mediodía apenas había almorzado un yogurt con gelatina. Lloró. Con la renuncia redactada a mano y ya firmada abrió la puerta de su despacho y fue al baño. Al regresar, el fotógrafo oficial lo retrató ordenando una vez más sus papeles.

—Gracias por todo, Víctor —dijo su voz conmovida. Abrazó al fotógrafo, firmó su último decreto y se dirigió al ascensor junto al canciller y al edecán.

Lo habitual era caminar hasta el helipuerto de la avenida Huergo, al otro lado de Alem, pero el jefe de la Casa Militar se había opuesto enérgicamente: no podía garantizar la seguridad siquiera para cruzar la avenida. Por eso, en lugar de hacer el trayecto como cada día, el presidente se dirigió hacia la terraza de la Casa Rosada. Isabel Perón había hecho lo mismo, veinticinco años atrás.

El mayor Zarza y el vicecomodoro Zarlongo, los dos pilotos, esperaban impacientes. Ya desde la mañana se venía anunciando que la rutina no sería la habitual. Desde la terraza observaban como espectadores de lujo todo lo que sucedía en la Plaza. Columnas de humo negro, manifestantes con piedras, policías a caballo, gritos, disparos. Cuando por fin aparecieron el presidente y su comitiva, el mayor les advirtió que debían bajar la cabeza porque las aspas estaban en movimiento. No habían apagado el motor en ningún momento: tenían prohibido posarse del todo sobre la superficie de la terraza: las tres toneladas y media del Sikorsky S76B podían hacer colapsar la losa endeble de la Casa Rosada, reparada tantas veces, repleta de fisuras y de goteras. El aire olía a caucho quemado, a nafta, a transpiración. El ruido del motor incrementaba la confusión reinante.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente, aturdido por el ruido de las aspas. El edecán lo tomó de la nuca y lo empujó hacia abajo. Ya adentro, a punto de despegar, el helicóptero comenzó a emitir un sonido poco común. Zarza y Zarlongo se miraron, confundidos.

—¿Qué pasa? —protestó el vicecomodoro.

—No sé, no sé… —respondió el mayor a los gritos—. Debe ser lo de siempre, la transmisión.

—La puta que lo parió. Iba a fallar, lo sabía, ¡pero justo ahora! —Zarlongo estaba que reventaba de bronca. Llevaba tiempo solicitando que revisaran el rotor de cola, pero los repuestos eran importados y del área de Logística argumentaban que no contaban con el presupuesto necesario. La crisis llegaba a todos lados. Se dio la vuelta y miró a los tres pasajeros.

—Señores, van a tener que descender —dijo sin titubear, y agregó—: sin ánimo de ofender, les pido que no se demoren. —Empezaba a salir humo, tenían el tiempo justo para volar hasta el helipuerto de Huergo.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente a su edecán, aturdido por el ruido de las aspas.



Minutos más tarde estaban otra vez como al principio, en el despacho presidencial. Ahora, los tres solos: en la Rosada no quedaba más personal que el de limpieza, gente de seguridad y un ordenanza: el resto había partido apenas ellos habían subido al ascensor.

—A esperar otro helicóptero —sugirió el presidente, profundamente desganado.

—Imposible —respondió el canciller. A pesar de todo, era el único que conservaba algo de juicio—. No podemos permanecer acá un minuto más. La multitud está que arde, podrían tomar la Casa Rosada.

Un estremecimiento gélido recorrió vibrando los cuerpos del edecán y del presidente.

—¿Pero qué hacemos? —preguntó el edecán—. No podemos salir en auto, mucho menos caminando.

Entonces intervino el ordenanza, que hasta el momento se había limitado a observar la escena.

—Con todo respeto, si los señores me permiten, creo que valdría la pena que escuchen esto... —Hablaba mirando de frente, con una seguridad que ninguno de los otros tenía—. En la despensa de la cocina hay disfraces.

—¿Disfraces? Ja ja ja —rio con desgano el edecán—. Siga con sus cosas, por favor. Estamos resolviendo un asunto de extrema importancia.

Pero el canciller se interpuso.

—Momento —objetó—. No es mala idea. A ver —dijo ahora dirigiéndose al ordenanza— Traiga esos disfraces. ¿Hay caretas?

—Sobre todo caretas —respondió con entusiasmo el empleado devenido en protagonista del histórico momento. Una vez solos, el presidente hizo notar su desconcierto.

—Afuera está lleno de manifestantes —explicó el canciller— con pañuelos que les cubren la cara, máscaras, pancartas. Vestidos estrafalarios y de traje, ahorristas y militantes, hombres, mujeres, jóvenes, viejos: nada conserva el aspecto habitual—. Se detuvo, reflexionó. Intentaba ordenar las ideas—. Si logramos mimetizarnos, mezclarnos con la gente que protesta, podríamos salir caminando.

—Es posible… Habría que pedir que nos espere un auto, del otro lado de Alem— agregó el edecán.

—No —objetó el Presidente—. Cruzaremos la Plaza —La voz enérgica, ausente durante todo este tiempo, sorprendió a sus acompañantes.

—La plaza, ¿qué plaza, señor Presidente?

—La única Plaza— respondió sin que le temblase la voz—. Si la idea es pasar desapercibidos, debemos ir hacia donde haya más gente. No tiene ningún sentido salir por Alem: tres fantoches disfrazados llevando carteles de protesta. —Puso los ojos sobre el canciller, interponiéndose con la mirada a las objeciones que estaban por salir de su boca. El ordenanza apareció cargando algunas bolsas de consorcio.

Despejaron el escritorio –que quedó cubierto con ropa, antifaces, pelucas y caretas– y empezaron a cambiarse. Había indumentaria de trabajo, ropa deportiva, uniformes de granadero, policía y militares, blusas, guardapolvos y una campera de jean. El presidente apartó la campera. La colocó con ceremonia junto a un pantalón de jogging negro y zapatillas para hacer footing. El canciller y el edecán conservaron sus pantalones, pero cambiaron las camisas por remeras. La del edecán tenía un diseño batik multicolor: no necesitaba disfrazarse, llevaba apenas dos días en el cargo, pero si iba a acompañarlos no podía hacerlo de uniforme.

Faltaba lo más importante: las caretas. Había unas cuantas, la mayoría de personajes de Disney, monstruos, Yoda.

—Me quedo con esta— dijo el canciller agarrando la de Chewbacca. Una sonrisa infantil invadió por un momento su rostro. Continuaron: había caretas del Che Guevara, Gandhi, Perón, Menem, Felipe González. Envuelta con un repasador, una muy lograda máscara de caucho de De la Rúa. El presidente la tomó sin decir palabra. El ordenanza dio un indisimulable paso atrás.

—Alguno la habrá comprado para tener de recuerdo —murmuró.



El presidente y su máscara de caucho, el canciller Chewbacca, el edecán batik multicolor y el ordenanza –único integrante de esa comitiva estrafalaria que mantenía su aspecto original– caminaban en dirección a la Pirámide. Llevaban carteles con consignas políticas propias para la ocasión y jugo de limón para los gases lacrimógenos.

El sector de la Plaza más próximo a la Rosada se encontraba vacío de manifestantes. Aun así, la marcha resultaba difícil: el suelo estaba repleto de cascotes, botellas, vidrios rotos, trozos de madera y de hierro, vallados de protección y objetos de todo tipo. Montículos formados por restos de neumáticos y ruedas de bicicleta ardían más acá o más allá. Al aproximarse a la Pirámide –que apenas se distinguía a causa del humo– un jinete, cachiporra en mano, los amenazó tirándoles el caballo encima. Corrieron. Tenían que cruzar la Plaza, doblar por Bolívar y llegar hasta avenida Belgrano. Allí los esperaba un coche.

Divisaron el Cabildo. Esta parte de la Plaza era, literalmente, una batalla campal. Los manifestantes arrojaban piedras y todo lo que tenían a mano; la policía montada, sumida en un cóctel de violencia y miedo, no lograba contener a los caballos. Menos aún sus propios nervios. Motoqueros con la cara cubierta iban y venían haciendo rugir sus motores. Uno pasó rozando al canciller, llevaba una molotov que estalló cerca de un policía. La montada arremetió con todo.

El presidente observaba atónito detrás de su máscara de goma.

—Ohhh, qué se vayan todos… —clamaba un grupo de manifestantes desde el Cabildo, al albergue de los muros anchos de la galería.

—Vamos hacia allá —señaló el edecán. El presidente se dejaba llevar, aturdido. Uno de los manifestantes lo abrazó antes de que alcanzaran la galería.

—Aguante compañero. ¡Hay que tener huevos para llevar esa careta!

El ordenanza apareció por detrás y se sumó al abrazo. Temía que el presidente se deschavara.

—¡Hijos de puta, hijos de puta! —gritaba y saltaba como si estuvieran en la cancha. El presidente apenas se movía.

Un grupo de la brigada anti-disturbios comenzó a acercárseles. Unían sus escudos formando una especie de muro portátil. Llevaban cascos, máscaras anti-gas, chaleco antibalas y polainas de plástico. Amenazaban agitando los bastones. Parecían recién salidos de una película de terror.

Lejos de amedrentarse, los manifestantes no sólo se mantuvieron en su sitio, sino que se les sumaron otros, aguerridos, a hacerles el aguante. El presidente era el más firme de todos. Mantenía su posición duro como un poste.

—Así se hace, ¡a ponerles la jeta a estos hijos de la concha de su recalcada madre! —mascullaba su flamante compañero, apretándole el hombro. Los policías arremetieron con los escudos primero, con las cachiporras después. El presidente recibió un golpe en la frente de caucho y cayó hacia atrás. Antes de que tocara el suelo, el canciller alcanzó a retenerlo por los hombros.

Sangró, a pesar de que el espesor de la máscara amortiguó el impacto.

—Vamos, vamos —atinó a decirle el canciller—. Estamos a unos pasos de Bolívar.

Las puertas del Cabildo estaban abiertas, alguien había forzado la cerradura. Adentro, varios manifestantes –unos cuantos heridos de gravedad– se protegían de la represión. Otros juntaban fuerzas para salir a la calle. Atravesaron el hall sin detenerse. El canciller Chewbacca a la cabeza, el Presidente y el edecán detrás. Alcanzaron el patio trasero y salieron por Hipólito Yrigoyen. Cuando cruzaban Diagonal Sur, hacia Bolívar, se detuvieron: faltaba el ordenanza.

—¿Dónde está? —preguntó el canciller.

El edecán señaló hacia la Plaza. Tres policías lo llevaban a rastras mientras otro lo golpeaba y dos manifestantes pujaban por soltarlo. Lo lograron. Una lluvia de cachiporras cayó sobre los tres. El ordenanza sostenía en alto el cartel, único elemento de su disfraz: Que no quede ni uno solo.

Golpeados como estaban corrieron en dirección al presidente, que observaba todo haciendo caso omiso a los gritos del canciller.

—¡Vamos, vaaamos! —le gritaba desesperado. Uno de los heridos llegó jadeando hasta el desconcertado mandatario y se le colgó del cuello, colocándolo de barrera entre él y dos de los policías que venían detrás.

—Ayudame viejo. —La sangre que le chorreaba de la nariz manchaba la campera de jean del presidente, que empezaba a mimetizarse verdaderamente con el entorno. Uno de los policías levantó bien alto su escudo, como para tirárseles encima.

—¡Epa, culiau! —observó el hombre detrás de la máscara de De la Rúa. A continuación, con un movimiento torpe pero enérgico, se hizo un lado y le atestó a su agresor un tremendo puntapié en la ingle. El policía se dobló sobre sí mismo y, gritando de dolor, cayó al suelo.

—Buen golpe —festejó su protegido. El ordenanza los alcanzó junto con un nuevo grupo de apoyo, esta vez formado por chicas y chicos con pinta de universitarios que con ímpetu renovado se dirigían hacia el centro de la Plaza. Llevaban gomeras y mochilas repletas de cascotes.

—¡Vamos todos juntos, compañeros! —gritaba una piba de no más de veinte años.

—Aúpa carajo, ¡no podrán con nosotros! —gritó encolerizado el Presidente. Sus puños apretados sujetaban con fuerza el mango de la pancarta que llevaba en alto. Una chica giró la cabeza, sorprendida al escuchar el canto cordobés detrás de la máscara de caucho.

—¡Lo imitás muy bien!

—Aguante “Chupete” —agregó un pibe mientras lo tomaba de los hombros y lo empujaba hacia adelante. Se abrazaron los tres y, a los gritos, arrojando piedras, se perdieron en el humo de la protesta.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

UN VIAJE EN TREN

Boris Glikman

  

Vivo en un tren. Tengo comida, calor, un lugar para dormir.

Estoy seguro de que soy su único ocupante, porque si hubiera alguien más en él, ya lo sabría, ya que he vivido en este tren toda mi vida.

El tren me lleva, no sé a dónde. No sólo desconozco su destino, sino que también desconozco qué ruta está tomando para llegar a la terminal o si, de hecho, hay un punto final en su viaje. En ocasiones, se detiene por completo o incluso comienza a retroceder, pero nunca puedo bajar porque todas las salidas están bien selladas.

Sólo puedo percibir el mundo exterior tal como aparece a través de las ventanas del tren. No sé cuán veraces son mis percepciones, pues puede ser que las ventanas estén hechas de vidrio que distorsiona. A menudo me pregunto cómo sería experimentar la vida directamente.

En épocas anteriores me preguntaba si es posible sobrevivir fuera del tren, al menos temporalmente, o si es posible vivir la propia vida completamente separada de él, y si es así, si la vida en el mundo exterior sería realmente mejor. Apreciaba la esperanza de que el tren contuviera algo que me ayudara a escapar de este pesado casco de metal y a separar mi existencia de su curso. Busqué exhaustivamente un botón que abriera todas las puertas simultáneamente o una palanca que me permitiera abrir una ventana. Sin embargo, no me atrevía a pasar por todos los vagones y compartimentos, en parte por miedo a no encontrar nada útil y a que todas mis esperanzas se desvanezcan.

A veces me parece que me he fusionado con el tren, que mi cuerpo se ha convertido en una pequeña parte de la estructura metálica del tren y que ya no es posible decir dónde termina y dónde comienza el tren. Otras veces, una sensación completamente opuesta se apodera de mí y siento que el tren está vacío y se mueve por sí solo, mientras que yo no estoy ni dentro ni fuera de él, porque simplemente ya no existo. Ocasionalmente, ambas ideas contradictorias de alguna manera ocupan mi mente simultáneamente.

De vez en cuando veo pasar otros trenes cerca y veo a sus habitantes solitarios. Mi tren podría correr paralelo al de ellos por una corta distancia, pero luego las vías se separan. Intento desesperadamente establecer contacto, presionando mis manos con fuerza contra la ventana para proveerme al menos de una apariencia de conexión humana. Pero nunca hay ninguna respuesta de los ocupantes de los otros trenes: o no me ven, o bien me ven, pero eligen ignorarme.

Rostros extraños, desconocidos, están en estos trenes, rostros que nunca he visto antes y nunca volveré a ver; mi existencia aparece como sin sentido, insignificante y desconocida para ellos como la de ellos lo es para mí. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo son? ¿Para qué viven? ¿Adónde se dirigen? ¿Cuáles son sus aspiraciones, sueños, esperanzas, miedos, ansiedades? No tengo forma de averiguarlo. Me doy cuenta de que estoy destinado a estar solo para siempre, porque todos nos cruzamos momentáneamente y luego continuamos por nuestros caminos divergentes. A todo lo que podría aspirar es a un contacto fugaz y sin sentido con otro ser.

 

¿Quién conduce mi tren? ¿Tiene un conductor? ¿Tiene algún propósito su viaje? ¿Se está moviendo por su propia voluntad y eligiendo su propio camino a través de la tierra o su viaje ha sido planeado previamente por alguna mano desconocida? ¿Tengo algún control o influencia sobre su ruta, sobre su punto de destino? ¿Existe un Maestro Planificador que organiza los horarios y las rutas de cada tren? ¿Me estará esperando este Maestro Planificador cuando mi tren llegue a la Estación Terminal y me explicará entonces el propósito de mi viaje y por qué mi viaje tomó esta ruta en particular?

Estas son las preguntas que me hago, las respuestas que todavía estoy buscando.

Con el tiempo, llego a aceptar que mi existencia esté atada al tren. Anhelo cada vez menos experimentar el mundo exterior; saber a qué sabe el aire, a qué se parecen los colores de ahí fuera. El deseo de abandonar el tren no parece ser menos absurdo y antinatural que la idea de un feto que intenta abrirse paso por el mundo, un aborto espontáneo andante. La vida en el exterior sería tan precaria y desordenada, sin protección de los elementos y otros caprichos del destino... El tren me proporciona una sólida protección, me lleva hacia adelante, le da un itinerario a mi existencia.

Puede que haya cosas en los compartimentos inexplorados que hagan mi viaje más significativo y gratificante, cosas que me permitan crecer como persona. Quién sabe, quizás herramientas y tesoros, colocados allí especialmente para mí, me estén esperando.

Pero arrullado por el ritmo del tren sobre las vías, permanezco en mi asiento durante horas, días, semanas, años y años. Miro por la ventana y veo pasar el mundo, sin moverme, de hecho tengo miedo de moverme, así que me he acostumbrado a ver las cosas desde este punto de vista. A veces me imagino que puedo influir en el rumbo y destino del tren con sólo desearlo.

Una vez, de repente, las puertas de mi vagón se abrieron de par en par por sí solas. Me quedé parado frente a las puertas sin sellar, asustado e inseguro de qué hacer. Con gran temor extendí la mano hacia el aire fresco, pero la retiré justo antes de que cruzara el umbral entre el tren y el mundo exterior, como quien instintivamente retira la mano de una llama. Rápidamente cerré las puertas con todas mis fuerzas, pues probablemente se habían abierto debido a una avería en la maquinaria del tren, y luego volví a mi asiento.

A medida que envejezco, el tren viaja cada vez más rápido, de modo que cada vez es más difícil ver el paisaje desde la ventana y cada vez más difícil registrar lo que está sucediendo en el exterior.

Hace algún tiempo, mi tren descarriló, probablemente por exceso de velocidad, y ahora está atascado en un surco que él mismo provocó, junto a las vías. Miro con nostalgia por la ventana los otros trenes que pasan a toda velocidad, dejándome muy atrás. Quizás algún día alguien me vea varado y sienta la suficiente compasión como para detenerse y ayudar a que mi tren vuelva a la vía. Hasta entonces, no puedo hacer más que sentarme, esperar y tener esperanza. Por muy abatido, derrotado y desencantado que me sienta, me niego a abandonar mi sueño de que un salvador vendrá a rescatarme de este callejón sin salida.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

OTRA VEZ DESDE EL PRINCIPIO

Dominik Lenarčič

 

Estamos sentados en la cafetería. Lucijan está frente a mí, mirando el poso de su café. Me recuerda a un gitano que lee la fortuna en los restos de la taza. Si se lo menciono, se enfadará. Todavía está enojado conmigo. Yo, inquieta, estrujo el menú entre las manos. Ya no sé qué más intentar. Es viernes y atardece. No muy lejos, la camarera le cuenta a su compañera lo de “la mujer grosera del abrigo azul”. Junto a nosotros se sienta un estudiante, que pronto se marchará.

—¿Sabes qué me gustó de este lugar? —lo miro—. La otra vez tomé una mimosa. ¿Sabes lo que es? Es vino espumante con jugo de naranja. La camarera me dijo que las sirven en las bodas.

Mi futuro exnovio no se inmuta, ni gruñe. Desde que ocurrió aquello, ya no me habla. En cierto modo, me parece bien. Ese silencio significa que aún estamos juntos. Mientras no pronuncie esas fatídicas cinco palabras, puedo seguir esperando que algo se arregle.

—Mira, esto no va a funcionar.

La puta madre.

—No sé qué esperas de mí, Jasna. ¿Que corra detrás de ti como un borracho enamorado? Eres terriblemente ingenua si crees eso.

El estudiante se levanta y se dirige a la puerta. La campanilla anuncia su salida. Yo esperaba que se quedara más tiempo. Lucijan por fin levanta la mirada.

—Dime: ¿por qué?

¿Por qué? Intenté explicártelo, pero me mirabas como si estuviera loca. No, no puedo responderte. No puedo contarte aquel encuentro si no quieres escucharme. Solo puedo decirte:

—No lo sé. De verdad no lo sé.

Lucijan suspira y baja la cabeza. Veo que contiene las lágrimas.

—No quise hacerte daño, L…

Lučko. A veces le gustaba que lo llamara así, aunque nunca lo admitió. Pero si lo llamo así ahora, se enfurecerá y me insultará, llamándome zorra sin corazón. Lo sé, porque ya pasó.

—Por favor, olvidemos esto —le digo—. Sigamos adelante.

Suenan de nuevo las campanillas. El estudiante ha regresado: olvidó su billetera. No se quedará.

—¿Adelante adónde? —dice amargamente Lucijan—. Yo lo único que quisiera es volver atrás.

Yo también quisiera volver atrás, estoy a punto de decirle, pero nuestro camino es lineal. El pasado ya está escrito, solo podemos seguir adelante. O girar en círculos… El estudiante vuelve a irse. Pronto vendrá la camarera y le preguntará a Lucijan si puede llevarse su taza. A mí ni siquiera me mirará. Palpo el bolsillo del abrigo azul que he colocado sobre la silla. Tendré que empezar otra vez desde cero. ¿Qué debería hacer diferente esta vez? Debo inventarme algo. Lucijan sigue mirando su taza. Me pregunto qué futuro habrá leído en ella…

—¿Puedo llevarme esto?

Lucijan sonríe a la camarera.

—Sí, claro.

—¿Desea algo más, señor?

—Solo la cuenta, por favor.

—Muy bien. Venga conmigo a la barra.

Y se alejan. Desde lejos los observo sonreírse mutuamente. Tal vez, en su futuro, se vea con ella. Saco del bolsillo del abrigo un cuadernito y la pluma mágica. Lucijan ya ha terminado. Regresa; su mirada solo apunta a la salida. Cuando pasa junto a mí, intento tomarle la mano. Él la retira y se apresura a salir. Campanilla. Se acabó.

Abro el cuaderno en una página en blanco. Por centésima vez escribo la primera frase: Estamos sentados en la cafetería.


Dominik Lenarčič nació un día antes del 13.º aniversario del desastre de Chernóbil. Esta es probablemente la razón más creíble de su fascinación por lo aterrador y lo mórbido. Hasta el instituto, no mostró un gran talento para la poesía y la escritura. Sin embargo, al convertirse en editor del periódico inglés de la escuela, su talento se reveló. Al ingresar a la universidad, eligió un programa de estudios con mayor orientación literaria y se sumergió en las turbulentas aguas literarias eslovenas. Recientemente completó su tesis de maestría en bibliotecología. Sus obras concisas y a menudo conmovedoras pueden leerse en los portales Pesem.si, LUD Literatura y Koridor – križišča umetnosti, así como en las revistas Novi zvon/Nebulae, Mentor, Liter jezika, Sejalec y Supernova. Trabaja como editor jefe adjunto en esta última desde 2023. También ejerce como crítico literario ocasional, y sus reseñas se han publicado en el periódico Delo, entre otros. Entre los autores de ciencia ficción y fantasía, le gustan Stephen King y los autores de distopías clásicas (Zamyatin, Huxley, Orwell). 

 

lunes, 20 de abril de 2026

ARABESCO INMÓVIL

Mauricio-José Schwarz

 

Almudena doliente en la cama. Almudena doliente bailando.

Repiqueteo de tacones que convierten a la madera en instrumento, feria de percusiones, sorda marimba bombardeada. Silencio mientras una pierna se asoma entre los vuelos de la falda, coqueta, perfecta, muscular, apoderándose del primer plano, del escenario todo, bebiéndose la luz que marca un círculo sobre la mujer y su color.

Almudena sobre la camilla, debatiéndose entre el dolor y el horror, mirando sin querer mirar la mancha roja que se extendía por la sábana, goteando vida abandonada por el suelo.

No hay engaño que no pueda convertirse en realidad si pasa por la mano del artesano. La mentira anunciada, promovida, conocida, puede alzar el vuelo. Mentira son los personajes de la tragedia griega, que en acabando el llanto y la muerte bajan del escenario y se convierten en simples actores aficionados al vino y a la música de las flautas. Mentira son los músicos de cuadritos pintados por el catalán. Mentira las penurias del diminuto vagabundo que se mueve espásticamente en los filmes de Chaplin. Mentira el vuelo fingido de las bailarinas sobre las puntas, imaginándose cisnes envueltos en tul.

Mentira era Almudena. Mentira nueva inventada a dueto por el Charro, que según ella se parecía a Jorge Negrete hasta en las pestañas, y el Tiburón, que hubiera dado una pierna por la gloria de parecerse a Gardel, pero que tenía aspecto entre de matón de la mafia y de dueño de una pizzería.

Mentira que bailaba de cuando en cuando en las dimensiones igualmente falsas del espacio virtual, en las imágenes y sonidos que corrían por las líneas telefónicas y saltaban ágiles de satélite en satélite para reconstruirse en las pantallas y las bocinas de las computadoras que tapizaban al planeta.

Una Almudena tan real que invitaba a tocarla, que parecía despedir su propio aroma feral aunque esas cosas aún eran imposibles. Almudena en una ilusión de cuerpo entero, tres dimensiones, sonido perfecto, que pasaba del flamenco a Gershwin con elegancia, gitana en un momento, mulata esencial al siguiente, y que había dejado huella con sus bailes en fingida gravedad cero, como si ella y su público estuviesen suspendidos entre la Tierra y la Luna, y a nadie importaba que fuera una ilusión.

Había dejado huella cuando ya no tenía piernas. La paradoja le divertía enormemente aunque jamás lograba arrancarle una sonrisa con ella al Charro o al Tiburón. Cierto, dejaba huella a veces en la tierra con las prótesis casi alquímicas de plástico y complicados intestinos electrónicos que le permitían caminar casi sin tambalearse, subir escaleras, trotar en las mañanas e incluso inclinarse a recoger algún objeto del suelo, pero que eran incapaces de bailar y dejar huella en los corazones.

Había dejado huella en otros, en cambio, con corrientes eléctricas diminutas que salían de las terminaciones vivas de sus muñones, esos nervios truncos con los que a veces sentía que le dolían las piernas ausentes. Así como las prótesis físicas sentían las órdenes de esos nervios, las traducían a velocidades asombrosas y reaccionaban, los electrones enviaban mensajes a través de los cables diseñados por el Charro y el Tiburón entre oscuros chistes tecnológicos y jarras de café. Y los mensajes de los cables llegaban a las computadoras que los dos hombres habían acumulado para hacer los complejos trabajos de programación que les permitían vivir como vagos y cobrar grandes sumas.

Las señales nerviosas iban a las computadoras y entonces bailaba una Almudena replicante en la pantalla tridimensional.

Al principio se sintió una grotesca marioneta estática en la silla, con cables que salían de toda parte móvil de su cuerpo y se convertían en la imagen en la pantalla. Miró el entorno virtual en las gafas diseñadas por el charro. Era un teatro y ella estaba al centro del escenario. Siguió instrucciones, imaginó que daba un paso al frente y pudo ver que bajo ella se extendía su pie y se posaba sobre el piso falso con un reconfortante sonido. Era como estar dentro de otra Almudena entera.

Asombrada, no volvió a temer las horas de ajustes a los aparatos, las pruebas prolongadas que poco a poco la reinventaban bailarina.

Fue como aprender a caminar de nuevo.

El Tiburón agregó más cables y explicó que, en cuanto resolvieran algunos puntos sobre cómo conseguir que las computadoras la "vieran", quizá desaparecerían muchos de ellos.

—Pero para que salga bien, tiene que doler —dijo el Tiburón y el Charro hizo un mohín que acentuó su parecido con el ídolo de la pantalla.

Los nuevos cables llevaban sensaciones de presión y de dolor al cuerpo de Almudena, en respuesta a sus evoluciones imaginarias en el escenario inexistente.

Al cabo de unos pasos se sintió confiada, quiso girar y perdió el equilibrio tan eficazmente como lo hubiera hecho en la realidad. El mundo que veía se inclinó de súbito en las gafas mientras ella lanzaba un grito de dolor al chocar la cadera imaginaria con el escenario inexistente.

—Acaso habría que disminuir la potencia —dijo el Charro con toda seriedad.

—Los artistas deben sufrir —sugirió el Tiburón.

—También pueden rompernos la cara a patadas —reflexionó el Charro mirando cómo Almudena se quitaba las gafas y los miraba con odio no por cordial menos sincero.

—Acaso habría que disminuir la potencia —concluyó el Tiburón.

Almudena fue sujeto experimental, Terpsícore de laboratorio, bailarina de indias, campo de pruebas y fuente de interminables cantidades de números que resultaban de las acciones de cada cable y daban pie a que el Charro y el Tiburón prepararan más y más jarras de café y hablaran en su idioma técnico y hermético. Almudena aprendió a dar un paso y otro, a hacer un glissade sin piernas y un pas de chat sobre un entarimado que sólo existía en sus gafas televisoras, haciendo sonidos que le llegaban mediante bocinas. El Charro aprendió a graduar los sonidos y las sensaciones. El Tiburón aprendió a disminuir la potencia del dolor y hacer más eficientes las sensaciones que recibían los muñones. Almudena aprendió a pespuntear un taconeo terso y retador desde su silla, las manos abriéndose en el aire como flores urgentes. Descubrió cómo manipular sus extensiones para convertir la cibernética en una herramienta más, otro órgano que le permitía explorar las posibilidades del movimiento en que había vivido su cuerpo desde los cuatro años de edad hasta el día en que un automóvil se plegó sobre sus piernas convirtiéndolas en un recuerdo.

Llegó el día en que se anunció por los gusanos telefónicos que se podía ver a Almudena bailar en las computadoras. Y la vieron aunque no supieran quién era esa maestra de baile y coreógrafa que cuatro años atrás había estado a punto de hacerse famosa y en cambio se había hecho tullida.

Y Almudena bailó, primero directamente, transmitiendo su ilusión a una hora exacta para un público incuantificable e invisible de hombres y mujeres absortos ante sus computadoras, y que encontraron la manera de hacer saber su entusiasmo por la danza virtual de la mujer de negros cabellos. Luego, Almudena bailó en discos que podían adquirirse junto a los programas de contabilidad y los juegos donde se puede destruir al enemigo con armas malévolas y brutales.

Y mientras Almudena bailaba, el Charro y el Tiburón soñaban con otros artificios para que Almudena bailara soft shoe en las arenas de la Luna, simulando esa quinta parte de gravedad que convertía a los astronautas en saltarines a cámara lenta, para que ensayara mudras acompañada de bailarines que estuvieran en otros países y se unieran a ella en coreografías fantásticas sin tener que salir de sus domicilios.

El Charro y el Tiburón soñaban escenarios y retos para llenar de danza la vida de Almudena, de saltos watusi y de zapateados gauchos, de ballet y de pavanas, valses y minuets, coreografías sin precedente y largas improvisaciones de tap posibles, acaso, en compañía de Gene Kelly o Donald O'Connor.

Y soñaban que olvidaban cuál de los dos, si es que alguno lo había hecho, llevaba en las manos el volante del automóvil al momento en que serpenteó descontrolado y chocó contra la guarda de la autopista, anunciando su ruina con un cruel aullar de metal vencido al que le hizo coro el asombro sangrante de Almudena.

La Almudena que no iba a ser nunca de ninguno de los dos.

    Los dos que eran para ella. 

Mauricio-José Schwarz Huerta (Ciudad de México; 2 de febrero de 1955) es un novelista, periodista y fotógrafo mexicano, radicado en España desde 1999. Orientado principalmente a la literatura de géneros (ciencia ficción, terror, policial) ha publicado más de un centenar de relatos en revistas de México, Colombia, Francia, Argentina, Venezuela, Bélgica, Cuba, Estados Unidos y España; tres novelas policiales, dos colecciones de relatos individuales y numerosos artículos y ensayos, además de antologías y obras colectivas en Estados Unidos, España, Francia, Italia, Colombia, Venezuela, Argentina y Cuba.

FILOSOFÍA PARA GATOS

  

Rosa Lía Cuello

 

Mientras espero que Juan venga a buscarme, y como me arreglé temprano, cosa inusual en mí, me pongo a hojear un apunte que estoy leyendo para un curso. Dice que con el pensamiento se puede llegar a lo que es la verdad e ignorar los sentimientos, que a los humanos parecen regirnos. Siempre estamos pensando en hacer cosas por los otros, ya sea por lástima, por interés, por envidia, por creer nomás, por ese sentimiento absurdo que nos domina de estar en todo y de solucionarle la vida a los demás.

En realidad lo que dice es sobre ignorar los sentidos, en la medida que la razón no indique que son verdaderos. Y agrega que “Es necesario decir y pensar que el ser es y el no ser no es”.

Ahí es cuando uno comienza a preguntarse que es El Ser y tiene que correr aunque sea hasta un diccionario porque no entendimos nada de lo que dijo la profesora, que parecía más trabucada que nosotros. También este buen señor afirma que “el ser es uno, inmutable, inmóvil, indivisible e intemporal”. Más de uno podrá preguntarse que clase de loca soy. Eso no viene al caso…

En este momento, me quedo pensando en Parménides. No el filósofo sobre el cual estoy leyendo sino en mi gato que se llamaba igual. Era el vago más ronroneador del barrio. Atigrado y de color naranja. Dicen que de cada millón de gatos naranjas nace una sola hembra. ¿Y adivinen donde vivía? En la casa de al lado.

Está bien, mi Parménides no era un ser en el sentido que refiere el cuadernillo, era un gato, mi gato, pero se hacía entender.

Desde chiquito le gustó dormir cerca de la ventana, en el piso, sobre un almohadón verde. No hubo forma de cambiarlo de lugar, si lo poníamos en otro sitio se las ingeniaba para regresar. Hasta que mi madre un día dijo que era imposible hacerle entender y lo dejó. Sucedía que desde allí vigilaba a la vecina que se la pasaba subida al árbol, y cuando cruzaba algún otro felino por esos lugares ella sólo miraba para la ventana y allá salía mi Parménides como si lo llamaran de urgencia, dispuesto a luchar para defender a su amada.

Ella, “inmutable”, veía desarrollarse la contienda, cuando el intruso lograba escapar, bajaba y se reunía con él. Los ojos le brillaban y juro que muchas veces la vi sonreír seductoramente; si los sentidos se disfrazan, yo pido perdón. Fui engañada por ellos y por esa Gatúbela de jardín, que mordía a mi gato en el cuello y él se quedaba muy orondo, como si le gustara.

Mi hermoso y relleno mamífero, se ponía cada día más flaco. Perdió el hambre y juraría que estaba ojeroso, pero fiel. A veces me miraba queriendo contarme algo, o me lo contaba, pero yo no supe entenderlo.

Una tarde, lo vi salir despacito, no digo arrastrándose, pero casi, y cruzar el cerco con dificultad. Esa noche no volvió a dormir y la vecina tampoco.

A lo largo de tres días recorrimos casi todos los lugares del barrio. Los bomberos no me hicieron caso, la policía no tomó mi denuncia, ni la de la vecina, casi nos mandan a la guardia psiquiátrica.

Hasta que un viernes, en medio de la noche pude verlo al lado de la cama, hablaba, y me dijo que buscara entre los yuyos del patio de un caserón abandonado. Salí sin decir nada, con una linterna bien grande.

Me dirigí al fondo de la casa que conocía, por que cuando niños todos jugábamos ahí. Mi Parménides iba delante de mí, casi transparente de tan flaco. Alumbré cerca de un tronco que había y me paralizé, quedé “inmóvil”, lo que vi me lleno de miedo.

Ella, tan anaranjada y peluda, estaba inclinada sobre mi hermosa mascota, y al ver la luz levantó la cabeza. Su nariz, antes rosada ahora estaba roja como su boca con la sangre de mi félido que le caía por los colmillos pequeños y filosos, pero efectivos.

En ese momento, recordé aquella vieja leyenda japonesa que contaba el tintorero, sobre una gata vampiro que mataba a sus enamorados. Y me di cuenta de que el gato que me acompañaba, se acercaba al lugar y se iba incrustando lentamente sobre el cadáver hasta fusionarse en él. Ahí supe que el objeto de mi cariño sería “indivisible” para siempre. Presa de un ataque de furia y desconsuelo agarré a la gata maldita y la revoleé por sobre el tapial.

Después tomé a mi Parménides que ya no respiraba y lo llevé a casa. Cuando amaneció lo enterré en el jardín, segura que nuestro cariño se había convertido en “intemporal”…

Nunca sacamos el almohadón verde de abajo de la ventana. Piensen lo que quieran, pero mientras recojo mi cartera, porque escuché la bocina del auto de Juan, lo veo pasar y ubicarse en su lugar favorito…

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

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