sábado, 12 de septiembre de 2026

¡ARREGLA ESA CASA!

John Kessel


En este episodio de ¡Arregla esa casa! Restauramos
una mansión señorial del Sur anterior a la Guerra de Secesión.

 Judy y yo no sabíamos en qué nos metíamos cuando compramos aquella antigua, grandiosa pero deteriorada mansión de mediados del siglo XIX en Chinaberry Road. Desde luego, sabíamos desde el principio que la casa había conocido tiempos mejores, pero no teníamos idea de la cantidad de detalles que tendríamos que atender ni de los obstáculos, en ocasiones aparentemente insuperables, que encontraríamos –y para los que tendríamos que hallar una solución– antes de poder vivir en la casa de nuestros sueños.

Desde el día en que nos mudamos estuvimos decididos a devolver a la mansión anterior a la Guerra de Secesión algo parecido a su antiguo esplendor. Uno de los problemas era que la estructura original, terminada en 1846, no ofrecía las comodidades que la gente empezó a valorar en épocas posteriores. Las cocinas absurdamente grandes, los armarios del tamaño de pequeños apartamentos y los baños excesivamente lujosos que la gente exige en la actualidad –por no hablar de las cañerías interiores y la electricidad– habían llegado después, con mayor o menor fortuna, y cada modificación había alejado la casa un poco más de su majestuosidad original. Naturalmente, no queríamos vivir en una casa sin electricidad ni agua corriente, pero Judy y yo estábamos decididos a reducir esas concesiones al mínimo.

Había que deshacer muchos de los cambios realizados por los sucesivos propietarios. Habían abierto un espantoso ventanal saliente en el salón. La instalación de una encimera de mármol en la cocina había obligado a tapiar una de las altas ventanas. Los suelos originales, hechos con tablones de roble de quince centímetros de ancho, habían quedado cubiertos por linóleo, alfombras o baldosas.

Una de las primeras decisiones que tuvimos que tomar fue qué materiales utilizar en la reconstrucción. Por citar solo un ejemplo, las paredes interiores se habían deteriorado muchísimo durante el último siglo. Las paredes originales estaban hechas de yeso aplicado sobre listones de madera clavados horizontalmente y en ángulo recto sobre los elementos estructurales. El revoque, de unos dos centímetros y medio de espesor, estaba hecho con arena, cal apagada y crin de caballo. La cal utilizada en la construcción original procedía de piedra caliza molida y conchas de ostras. ¿Dónde íbamos a conseguir una cantidad suficiente de conchas de ostras, por no hablar de crin de caballo?

Una solución habitual para este problema consiste en derribar las paredes originales y sustituirlas por modernos paneles de yeso. Judy y yo estábamos decididos a no tomar ese camino fácil.

La autenticidad era nuestra consigna. Después de investigar un poco, localizamos una granja de ostras en la costa que podía proporcionarnos abundantes conchas para preparar el revoque. Judy, una consumada amazona, tenía amigos propietarios de establos cuyos clientes esquilaban continuamente a sus caballos de pura sangre; ellos se convirtieron en nuestros proveedores de crin.

Entonces el problema pasó a ser encontrar obreros que supieran utilizar esos materiales, o que estuvieran dispuestos a aprender, por un precio que no acabara con nuestra cuenta bancaria. Tuvimos que soportar su resistencia y sus errores. Los trabajadores de ascendencia noreuropea, como lo habían sido la mayoría en la época de construcción de la casa, eran difíciles de conseguir. Unos irlandeses con escasa educación podrían haber sido un sustituto aceptable y, además, históricamente verosímil, pero en la actualidad era difícil encontrar hombres dispuestos a trabajar por los bajos salarios que podíamos permitirnos pagar.

Una solución era aportar nosotros mismos la mano de obra. Pero Judy y yo teníamos profesiones que nos exigían sesenta horas semanales. No podía dejar que la agencia de corretaje funcionara sin mí durante varios días seguidos. Judy estaba ocupada con su trabajo en el Centro del Patrimonio.

A veces hacíamos concesiones. Tuvimos suerte cuando encontramos al ingenioso Manuel, un inmigrante trabajador que dirigía una cuadrilla con experiencia en proyectos de reconstrucción. Afortunadamente, muchos de aquellos hombres eran indocumentados, por lo que cobraban poco, y Judy disfrutaba muchísimo poniendo por fin en práctica sus estudios secundarios de español.

Por esa época Judy descubrió que estaba embarazada. Habíamos hablado de formar una familia y los dos estábamos encantados de que pronto fuéramos padres. Conversamos sobre si debía conservar su empleo. Yo sospechaba que, una vez que tuviéramos un hijo, Judy no querría volver a trabajar, y la reconstrucción de la casa, que seguía en marcha, ofrecía una razón adicional para que se tomara una licencia en el Centro del Patrimonio. Y así lo hizo. Judy se encargaría de supervisar la reconstrucción, permaneciendo en la obra mucho más de lo que yo podía para vigilar a los trabajadores.

A los seis meses de iniciada la renovación, el embarazo de Judy progresaba bien, pero la restauración de la casa de Chinaberry Road se había estancado. Parecía que ella produciría un heredero mucho antes de que nosotros pudiéramos producir el hogar en el que esperábamos criar a nuestros hijos. El estrés del embarazo y de vivir en una casa a medio renovar estaba afectando nuestros nervios y, para ser completamente sincero, nuestro matrimonio.

Cocinábamos sobre una placa eléctrica y lavábamos los platos en el lavadero. Cuanto más se prolongaba aquello, más irritables nos poníamos. Esta vez el problema no eran los trabajadores ni los materiales, sino las diferencias entre nuestras respectivas concepciones. A Judy y a mí nos encantaba la idea de la autenticidad histórica, pero nuestro compromiso con ella no era el mismo. Yo quería que nuestro hogar se acercara lo máximo posible a una representación fiel de lo que ofrecían aquellos tiempos más refinados, mientras que Judy, aunque estaba dispuesta a acompañarme «durante todo el viaje», como ella decía, tenía sus dudas cuando debía elegir entre la fidelidad al pasado y la comodidad.

El punto en que esto se manifestó durante la renovación fue la cocina. Yo quería que tuviera una cocina de leña, grandes encimeras y mesas de madera, una bomba de agua, tinas para lavar y un horno de hierro fundido. Judy admitía que una cocina así sería hermosa, pero insistía en que resultaría difícil preparar las comidas en semejante reliquia del pasado. Además, en verano haría allí un calor insoportable.

—Pero tenemos aire acondicionado —dije. En eso había cedido. No se podía pedir a nadie que soportara un verano sureño sin aire acondicionado.

Judy se resistía. A medida que avanzaba su embarazo, su estado de ánimo se había vuelto más frágil. Habíamos llegado a un punto muerto.

Entonces se me ocurrió: la solución no consistía en luchar contra las exigencias de la autenticidad, sino en satisfacerlas.

—¡Convertiremos el garaje en una cocina exterior! Una moderna, comunicada con la casa mediante un pasillo cubierto —dije—. Así podremos conservar la cocina interior como debe ser, pero prepararemos la mayoría de las comidas en la exterior. De todos modos, así es como lo hacían en aquella época.

Judy se mostró escéptica, pero después de persuadirla un poco aceptó probar. Admito que me puse nervioso cuando, después de terminar la cocina interior como una reproducción fiel de sus antecesoras de antes de la Guerra de Secesión, resultó ser más un lugar para exhibir que para trabajar; aun así, ahora disponíamos de la cocina exterior para preparar realmente las comidas.

Judy no quedó satisfecha. Para entonces estaba embarazada de siete meses y no le resultaba nada agradable tener que ir y venir entre la casa y la dependencia exterior durante aquellos calurosos días sureños. Yo no podía fingir que la situación, tal como estaba, fuera satisfactoria.

Así que invertimos en unos esclavos. Primero solo una joven esclava de cocina de carácter agradable, Dottie. Pero después me lastimé la espalda en el club de raqueta y ya no pude hacer tantas cosas en la casa, de modo que compramos a un hombre, Tommo.

Poco después nació nuestra hija Sally, una adorable pequeñita de mejillas sonrosadas, ojos del azul más intenso y cabello rubio como la seda del maíz. Nos divertíamos tanto con ella que inmediatamente sugerí que tuviéramos un hermano que hiciera juego con ella. Nuestra casa, la joya de Chinaberry Road, iba tomando forma, y a mí me iba tan bien en la agencia de corretaje que no había ninguna necesidad de que Judy volviera a trabajar. Teníamos una familia que hacer crecer, y su refinada sensibilidad y sus encantos femeninos eran lo único que faltaba para completar la transformación de nuestra casa en un verdadero hogar. Finalmente, comprendió lo razonable de mi propuesta.

Anoche, mientras estaba sentado en los escalones de la galería contemplando cómo el sol descendía detrás de los pinos, me volví hacia Tommo, que estaba sentado un escalón más abajo, y le pregunté:

—¿Está Dottie en su cabaña? ¿Ya cenó?

Tommo, un hombre de pocas palabras, se limitó a asentir con su cabeza lanuda.

—Bien. Dejaremos que descanse un poco. Iré a visitarla más tarde.

Contemplamos el cielo occidental, con los árboles negros recortándose contra los tonos púrpura, naranja y rosa de un glorioso atardecer.

—Es un mundo hermoso, ¿verdad, Tommo?

—Sí, amo —dijo Tommo.

John Kessel nació en Buffalo, Nueva York, Estados Unidos, en 1950. Enseñó literatura y escritura en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, donde contribuyó a fundar el programa de Maestría en Bellas Artes en escritura creativa. Su narrativa ha recibido los premios Theodore Sturgeon, Locus, James Tiptree Jr./Otherwise, Ignotus y Shirley Jackson, y obtuvo dos veces el premio Nebula. The Dark Ride: The Best Short Fiction of John Kessel se publicó en 2022, y su colección The Presidential Papers apareció en 2024 en la serie Outspoken Authors de PM Press.

PAISAJE INESPERADO

Ramiro Gallardo

 

Las cubiertas rechinaron dejando rastros de caucho sobre el asfalto. Otra curva como ésta y no la contamos, pensó el despachante de aduana mirando de reojo a la Princesa. Conocía muy bien estos caminos. El Megane 95 no podía levantar demasiada velocidad, pero esto importaba poco: ir a más de ciento veinte por esta ruta zigzagueante hubiera sido comprarse un boleto de ida directo al cementerio.

Cuando terminó el asfalto soltó un poco el acelerador: a partir de allí era todo ripio. Tenían que llegar al refugio de playa: sesenta kilómetros de subidas, bajadas y curvas bordeando el acantilado. Contaba con el camino como aliado para dejar atrás, por fin, al abogado y su estúpido auto deportivo. Miró por el espejo: la nube de polvo que levantaba al avanzar ocultaba a su perseguidor y lo obligaba a mantener distancia.

Transformado por la tensión de la huida, el camino –sinónimo de vacaciones, sol y playa– se veía diferente. Los médanos cubiertos de yuyos y el mar turquesa eran ahora un fondo apenas perceptible. La sombra de un águila mora se deslizó apenas por entre los médanos y algo de verano regresó a su mente, pero un grito de la Princesa lo obligó a despabilarse: el auto deportivo del abogado apareció como un rayo por entre la nube de polvo, justo en la bajada donde los médanos se abren y dejan ver el borde del acantilado. El despachante de aduana aceleró a fondo e intentó una maniobra intrépida, pero el ripio le jugó una mala pasada: el auto se desvió de la huella, patinó y salió despedido hacia el abismo. Durante los pocos segundos que duró la caída se le cruzaron por la cabeza mil y un pensamientos. Antes de estrellarse, reflexionó sobre lo irónico que resultaba morir cayendo en este punto exacto: pensar que siempre quisimos bajar acá, justo acá. Había descubierto estas playas años atrás, viajando con la Princesa. Ella era la secretaria del contador de la oficina contigua a la suya, unas habitaciones cualunques con divisiones de durlock y baño compartido en un edificio venido a menos del microcentro. Se llamaba Silvia, pero cuando arribaron a estas playas se despojaron de sus nombres. Él pasó a ser el Perro de las Praderas, medio hombre medio bestia y metro sexual. Ella despejó de su mente todo lo relacionado con la vida en la ciudad y se convirtió en la Princesa del Acantilado.

Fueron felices hasta donde pueda imaginarse y se apropiaron para siempre de estos paisajes. De los médanos llegando al borde del abismo, de los loros barranqueros, las águilas moras, los choiques y los lobos de mar. Y de este lugar particular donde, pasando una serie de curvas, los médanos se abrían hacia el oeste enmarcando la playa virgen que, con marea baja, descubría escolleras de roca mágicas repletas de cangrejos, anémonas y ostras fosilizadas. La gente de la zona se jacta de haber descendido acá o allá con escaleras de soga: todos quieren tener su propia bajada les había dicho el que atendía la despensa. Y ésta iba a ser de ellos algún día: la bajada de la Princesa y el Perro.

Desde el pueblo, último lugar al que llegaba el asfalto, seguía varios kilómetros de ripio y unas cuantas playas escondidas. Algunas con bajada natural, otras con fallas artificiales y, en algún punto cualquiera, un sendero que llegaba a un viejo faro de hierro oxidado. Allí, en medio de la nada, sin electricidad ni internet y tres o cuatro casas con paneles solares, el Perro y la Princesa habían reservado un lote sobre un médano con vista al mar. El lote se pagaba en cuotas a un precio razonable y, si se contaba con el dinero necesario, podía agregarse una mínima casa container con deck y pérgola. La casa se montaba en tres meses, pero los ahorros alcanzaban apenas para las primeras cuotas del lote. Terreno y casa implicaban un desembolso demasiado oneroso para una secretaria y un despachante de aduana que trabajaban en unas oficinas medio pelo en el microcentro porteño: ahí entró en juego el abogado.

Era un tipo bromista y algo jactancioso. Tenía su despacho en el mismo edificio pero ocupaba un piso completo. Se conocían de pasillo. Dos o tres veces el abogado había requerido tanto de los servicios del contador –el jefe de Silvia– como del despachante. En alguna charla de ascensor le habían comentado algo sobre estas playas y un día cualquiera, sin previo aviso, apareció por el pueblo con su auto deportivo y una novia de labios gruesos y cejas perfiladas que poco tenían que ver con los choiques, los loros barranqueros y las anémonas. Ante su presencia, la Princesa y el Perro de la Pradera volvían a ser la secretaria y el despachante de aduana. El abogado los invitaba a tomar un cóctel en el parador de playa o un vermut a la puesta de sol en la terraza de la hostería. Lo hacía de forma tan amable e invasiva que resultaba imposible negarse. Las conversaciones giraban siempre alrededor de ese lugar perdido y mágico sobre el que los había oído hablar alguna vez entre la planta baja y el quinto piso del edificio de oficinas.

—Este lugar está bárbaro… —comentaba entre rebuscados ademanes y miradas cómplices con su novia—. ¡Cómo será ese paraíso oculto del que tanto me hablaron! —En momentos como ése afloraba el orgullo de la Princesa y el Perro de la Pradera dejaba ver sus fauces de fiera defendiendo su territorio. Respondían con miradas esquivas o bromas forzadas, actitud que exasperaba al abogado: su obsesión por ese secreto tan bien guardado iba en aumento.

Finalmente les propuso el negocio.

—¿Cuánto les falta? —preguntó con aire triunfal. Él ponía lo que faltaba y ellos irían devolviendo su parte mes a mes hasta completar el cincuenta por ciento. El uso sería compartido, enero para ellos, febrero para el abogado. El resto del año cada uno podría usar la casa cuando quisiera, previo aviso, para no superponerse. Olía mal, pero la avidez por cerrar la compra del lote y la casa container los hizo entrar como caballos. El abogado puso billete tras billete sobre la mesa.

Iba a cagarlos, cualquier gil se hubiera dado cuenta, pero no abrieron los ojos. Fue la novia de labios gruesos y cejas perfiladas quien lo hizo por ellos.

—Es abogado —les dijo, solo eso, haciendo hincapié en la palabra abogado. Ellos entendieron y, al rato, rajaban con la plata. Pensaron que no iba a darse cuenta hasta la noche, pero algo sucedió –a estos tipos es difícil cagarlos– y cuando pensaban que se habían salido con la suya, lo vieron por el espejo retrovisor. El Perro aceleró con todo, pero el camino era demasiado sinuoso y el auto patinó a la primera curva.

Las cubiertas rechinaron dejando rastros de caucho sobre el asfalto. Otra curva como ésta y no la contamos, pensó el despachante de aduana mirando de reojo a la Princesa. Conocía muy bien estos caminos. El Megane 95 no podía levantar demasiada velocidad, pero esto importaba poco: ir a más de ciento veinte por esta ruta zigzagueante hubiera sido comprarse un boleto de ida directo al cementerio.

Cuando terminó el asfalto soltó un poco el acelerador: a partir de allí era todo ripio. Tenían que llegar al refugio de playa: sesenta kilómetros de subidas, bajadas y curvas bordeando el acantilado. Contaba con el camino como aliado para dejar atrás, por fin, al abogado y su estúpido auto deportivo. Miró por el espejo: la nube de polvo que levantaba al avanzar ocultaba a su perseguidor y lo obligaba a mantener distancia.

Transformado por la tensión de la huida, el camino –sinónimo de vacaciones, sol y playa– se veía diferente. Los médanos cubiertos de yuyos y el mar turquesa eran ahora un fondo apenas perceptible. La sombra de un águila mora se deslizó apenas por entre los médanos y algo de verano regresó a su mente, pero un grito de la Princesa lo obligó a despabilarse: el auto deportivo del abogado apareció como un rayo por entre la nube de polvo, justo en la bajada donde los médanos se abren y dejan ver el borde del acantilado. El despachante de aduana aceleró a fondo y el abogado intentó una maniobra intrépida, pero el ripio le jugó una mala pasada: el auto se desvió de la huella, patinó y salió despedido hacia el abismo. Durante los pocos segundos que duró la caída al Perro de las Praderas se le cruzaron por la cabeza mil y un pensamientos. Atinó a frenar el auto, pero una mirada de la Princesa lo hizo cambiar de opinión. Antes de que el abogado se estrellase, reflexionó sobre lo irónico que resultaba que cayera en este punto exacto del acantilado: pensar que siempre quisimos bajar acá, justo acá.

Siguieron camino. Con la plata del abogado comprarían el lote, la casa container y una escalera de soga. La bajada del Perro y de la Princesa estaba más cerca que nunca.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

LA MUJER QUE COMÍA FLORES Y YO

Bob Van Laerhoven

 

—Dime por qué sigues escribiendo esas novelas con múltiples niveles, tristes, estremecedoras y ultranegras —me dijo hace años la Mujer que Comía Flores durante una cena en Bruselas. —Había leído mi novela Regreso a Hiroshima y me había llamado—: Me hiciste llorar leyendo tu libro, así que ahora tienes que invitarme a cenar.

Acepté. La Mujer que Comía Flores y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, así que le perdoné que me apretara las clavijas. Y que hubiera leído Regreso a Hiroshima años después de su publicación. Cuando estaba borracha, solía insistir en que una vez habíamos sido amantes. Yo no lo recordaba. Había olvidado tantas cosas, y los detalles que ella mencionaba para demostrar que en el pasado habíamos estado enamorados bien podrían haber sido inventados por un novelista.

Como de costumbre, ella eligió el restaurante; era vegana y le encantaban las flores en el plato. Antes de comerse las de colores intensos, les pedía perdón. Y luego empezó a criticar mi obra literaria.

—Mis novelas no tienen ni de lejos tantos niveles ni son tan tristes, estremecedoras y negras como la política mundial actual —repliqué. Con bastante suficiencia, lo admito, pero la Mujer que Comía Flores provocaba ese efecto en mí. Llevábamos hablando de la situación en Siria desde los aperitivos. Me había preguntado por qué no visitaba el país ahora que el dictador Bashar al-Assad parecía estar perdiendo la guerra civil. Le respondí que me había vuelto demasiado viejo y cobarde para visitar lugares infernales –de acuerdo, admito que utilicé esa expresión– y escribir sobre conflictos interminables.

Negó con la cabeza: qué muchacho tan corto de entendederas era su compañero de mesa. Tsk, tsk, tsk. Y qué cobarde.

—Lo que me interesa son las máscaras y las emociones que hay detrás de ellas en tus libros —dijo después de dar un trago al costoso vino que yo pagaría—. Por ejemplo, ese trágico villano de Regreso a Hiroshima, el deforme jefe yakuza japonés, apodado como un raro demonio japonés... ¿Cómo se llamaba?

—No lo recuerdo. ¿Por qué no lees mi última novela, La larga despedida? Es mejor que esas cosas viejas.

—Vamos, no seas engreído. Dime el nombre de ese demonio japonés. Los demonios me fascinan.

Quise responder «Nabucodonosor», pero gruñí:

—Rokurobei.

Me gustaba aquella mujer. De verdad que sí.

—No sé por qué, pero mientras leía tu libro ese personaje, con toda su desconcertante complejidad, me hizo pensar en Bashar al-Assad.

Había un buen trecho entre el esquizofrénico jefe de la mafia japonesa de Regreso a Hiroshima y Bashar al-Assad. La Mujer que Comía Flores tenía fama de practicar una ardua gimnasia mental.

Me vio fruncir el ceño y añadió:

—¿Nunca te has dado cuenta de que Bashar al-Assad es la viva imagen de esos vampiros de las viejas películas en blanco y negro? —Masticó delicadamente el repollo rallado más rojo que había visto en mi vida.

—¿Y?

—Tu Rokurobei tiene, cito, «colmillos afilados a lima y cuidadosamente engastados con pequeñas gemas» para parecerse más al demonio que supuestamente encarna.

—¿Yo escribí eso? Debía de estar borracho.

—No intentes hacerte el inocente. No te queda bien.

—Deberías convertirte en crítica literaria. Haces las suposiciones más extrañas.

Se sintió halagada y sonrió. Para ser vegana, tenía unos dientes muy afilados.

 

No recuerdo cómo volvimos a hablar de las armas químicas que Bashar al-Assad había utilizado durante años contra su propio pueblo. Realmente estábamos teniendo una cena romántica. La Mujer que Comía Flores trabajaba para Médicos Sin Fronteras; tal vez fuera por eso. Pero sí recuerdo haberle dicho que, últimamente, el gobierno sirio utilizaba bombas de barril, granadas de fósforo, bombas de racimo... En resumen, todo lo que puede mutilar y matar, pero no armas químicas. Hurra.

La Mujer que Comía Flores me miró como si yo fuera un Monstruo del Espacio Exterior.

—¿Dónde y cuándo te convertiste en eso?

—¿En qué?

—¿Recuerdas lo que me dijiste hace mucho tiempo? Si estás convencido de que vives en un mundo frío, violento y cínico, contribuyes a hacerlo aún más frío, violento y cínico, aunque en realidad no hagas nada.

—Pensamiento vegano pasado de moda —dije—. Supongo que todavía comes margaritas de postre.

Permítanme ahorrarles su respuesta.

 

Después de regresar a casa una hora más tarde, le escribí un correo electrónico a la Mujer que Comía Flores diciéndole que, para ser vegana, podía tener una lengua extraordinariamente afilada.

Y que no había dejado realmente de preocuparme por el mundo y por la gente.

Solo estaba, entre otras cosas, cansado, viejo, triste, decepcionado, solo y malhumorado.

Aunque tiende a exagerar, escribí, me había hecho comprender que, con los años, mi visión del mundo se había vuelto, en efecto, un poco contaminada, desdeñosa, apagada y fatigada.

Por mencionar solo algunas de las cosas que ella me había dicho en el restaurante.

Después de guardar el mensaje, pero sin enviarlo, pasé una eternidad dando vueltas en la cama. Por la mañana, creí recordar dónde había comenzado mi «repugnante negativismo cínico», como la Mujer que Comía Flores había llamado a mi estado de ánimo: más de treinta años atrás, durante la guerra de Bosnia, en un pasillo lleno de escombros de un hospital de Médicos Sin Fronteras en la sitiada ciudad bosnia de Sarajevo.

Allí, una niña tendida en una camilla, con el rostro destrozado por una bala, me miraba como si yo fuera algún Horror del Espacio Exterior. Aparté la mirada mientras permanecía allí tomando notas en aquel pasillo sucio donde se amontonaban los heridos y los moribundos.

 

Tantos años después, frente a mi computadora portátil, contemplo los enormes y nebulosos ojos de niños sirios conectados a rudimentarios sistemas de soporte vital en hospitales destartalados, luchando por sus vidas.

Nunca supe si la niña con la herida en la cabeza del abarrotado hospital de Sarajevo sobrevivió. Tampoco sé si sobrevivirán los niños sirios de las fotografías que estoy mirando.

Lo que sí sé es que lucho con la misma desconcertante mezcla de emociones que hace tantos años en Bosnia: compasión, vergüenza, ira, culpa. Y debajo de todo eso, una capa oscura y dolorosa que no puedo describir con claridad, pero que se siente más o menos así: Toda mi vida me sentí impotente ante la miseria que el hombre inflige al hombre, y eso me hizo sentir más furioso y culpable con cada año que pasaba. Como resultado, vomité sobre el mundo y llamé novelas a mi vómito.

 

La Mujer que Comía Flores y yo hablamos por Skype hace unas horas. Me invitó a cenar a su casa. Dijo que hacía demasiado tiempo –¿dos años?– que no nos veíamos, que comeríamos margaritas marinadas de postre y que había leído La larga despedida, mi último libro.

Le pregunté si recordaba nuestra cena en Bruselas y le hablé de la niña con el rostro destrozado por una bala en Sarajevo. Llamé a aquel episodio «El comienzo de mi irrevocable descenso hacia la negatividad». Se me ocurrieron algunas metáforas aún más pomposas para asegurarme de que comprendiera que estaba bromeando con ella.

Ella no quiso comprender que estaba bromeando.

Debería haberlo sabido.

—Por fin sé por qué has estado publicando todas esas novelas despiadadas y sombrías, repletas de personajes que sufren un intenso odio hacia sí mismos —dijo desde la pantalla, mirándome de una manera muy peculiar.

—¡Lo hice para convertirme en un escritor yuppie rico y famoso!

—Ajá, ajá, ajá.

—¿Entonces por una ira impotente? ¿Eso te gusta más?

—No —respondió la Mujer que Comía Flores—. Creo que lo hiciste por miedo. Miedo de que las atrocidades que presenciaste durante tus años de viajes por países devastados por la guerra acabaran llevándote al suicidio. Tenías que demostrarte a ti mismo que eras fuerte escribiendo novelas que, en cierto sentido, son aún peores que la realidad.

Las novelas caleidoscópicas del autor belga-flamenco Bob Van Laerhoven combinan la literatura con el suspense y el misterio. Es un escritor galardonado con numerosos premios y de proyección internacional, cuyas obras han sido traducidas y publicadas en doce idiomas, incluidos el ruso, el chino y el amárico (la lengua oficial de Etiopía). Entre 1990 y 2003 trabajó como cronista de viajes en zonas de conflicto y, actualmente, ya septuagenario, se encuentra redactando sus memorias.

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

INCIDENTE EN FLANDES

Lou J. Berger

 

Los rebeldes nos hicieron pedazos en la antigua Grecia, y saltamos hacia adelante, hasta la Primera Guerra Mundial, para poder reagruparnos. Calculé que disponíamos de un par de días antes de que triangularan el lugar donde habíamos aterrizado.

Carter encontró el depósito que había dejado el Comando Central, lo abrió y distribuyó municiones y alimentos.

Habíamos aterrizado en las afueras de Ypres, en Flandes. La hora local era la medianoche del 20 de octubre de 1914. Las explosiones de los proyectiles alemanes iluminaban el campo de batalla con tal regularidad que se podía leer a la luz que reflejaban las nubes bajas; claro, si alguien tenía ganas de leer y no le molestaba la lluvia.

Se me ocurrió algo.

—¡Carter!

Se puso de pie de un salto y poco faltó para que saludara militarmente.

—¿Señor?

Lo habíamos reclutado un mes antes, según nuestro tiempo subjetivo, durante la Segunda Guerra Mundial, cerca de Caen. Era británico, había mentido acerca de su edad y estaba más comprometido con la causa que cualquiera de mis otros soldados. Era mi favorito y, durante nuestra breve batalla allí, había contemplado boquiabierto los edificios griegos, nuevos a estrenar por entonces.

—Cuando eras niño, ¿alguna vez imaginaste que lucharías en las guerras del Peloponeso? Leíste sobre ellas en la escuela primaria, ¿verdad?

Asintió, con el joven rostro rebosante de entusiasmo.

—¡Sí, señor!

Su entusiasmo era contagioso y no pude evitar sonreír. No parecía molestarle estar de pie en un campo empapado por la lluvia trece años antes de su propio nacimiento.

—¿Y quién ganó, si lo recuerdas? —pregunté, sabiendo que respondería Esparta.

—Atenas —dijo, y su expresión relajada mostraba la confianza que había adquirido conmigo durante aquel breve e intenso mes—. ¡Y la democracia prosperó!

Sentí agujas de hielo clavándose en el estómago. Negué con la cabeza.

—No, Carter. Ganó Esparta. Lo recuerdas mal.

Su sonrisa vaciló un poco.

—Lo siento, sargento, con todo respeto, pero Esparta perdió y la Liga fue completamente disuelta.

Me puse de pie con esfuerzo, abrumado por lo que estaba a punto de suceder.

—Descansa. Volveré dentro de un rato.

Avancé chapoteando en el barro hasta un bosquecillo y saqué de mi morral el equipo de radio que llevaba escondido. Se calentó y se encendió la luz verde. Al menos eso era una buena señal. El Comando Central todavía existía.

—Central. Hable —dijo con sonido metálico el altavoz del aparato.

—Comuníqueme con el Comando.

Hubo una breve pausa y entonces se oyó la voz de una mujer.

—Adelante.

—Habla el sargento Kaminski, quinto regimiento. Uno de mis soldados ha manifestado indicios de una cizalladura temporal.

Hubo una pausa al otro lado. Podía imaginar a la general frunciendo el ceño ante su pantalla.

—¿Cuál es la naturaleza de la cizalladura?

Suspiré.

—Dice que Atenas ganó las guerras del Peloponeso. Acabamos de salir de allí y sufrimos muchas bajas. ¿Fueron suficientes para provocar la cizalladura?

—¿Cuándo lo incorporaron?

—El 8 de junio de 1944. Cerca de Caen.

—Enseguida vuelvo.

Se desconectó y encendí un cigarrillo. Nunca había fumado hasta aquellas últimas semanas, pero los combates de 1813 no habían salido bien.

Regresó a la línea, con voz serena.

—Sí —dijo, dejando escapar las palabras a regañadientes—. La cizalladura se produjo el día 7, un día antes de que lo incorporaran.

—¿No puedo enviarlo de regreso?

Su silencio se prolongó durante diez segundos enteros.

—No pueden avanzar hasta que la unidad esté limpia. Ya lo sabe. Haga su trabajo, sargento.

Cortó la comunicación.

Apagué el cigarrillo contra la suela de mi bota.

—Mierda.

Carter se puso de pie cuando me acerqué. Hice un gesto con la cabeza y me siguió por el camino hasta un edificio bombardeado. Saqué otro cigarrillo.

Él lo tomó, con los dedos temblorosos. Sus ojos brillaban de excitación.

—¿Qué pasa, sargento?

—Pensé que te vendría bien descansar un poco de los demás.

Protegí el encendedor con las manos y él aspiró una bocanada de humo.

Observamos cómo los cañones de campaña, a lo lejos, lanzaban destellos hacia el cielo y escuchamos el sonido de las descargas, semejante al de papel que se rasga. La lluvia había amainado, en su mayor parte.

Me sonrió y le disparé en la frente con la pistola calibre .45 que llevo enfundada en la cadera.

El cigarrillo, todavía encendido, cayó de sus dedos inertes y su cuerpo se desplomó, desapareciendo mientras caía.

Pisé el cigarrillo humeante, preguntándome por qué siempre tenía que ser así.

Carter seguía vivo en su propia línea temporal o nunca había existido. Pensar en todas las permutaciones y combinaciones me provocaba demasiado dolor de cabeza.

Fuera como fuese, ya no era mi problema.

Permanecí bajo la lluvia, contemplando los destellos del cielo, asqueado por la facilidad con que los soldados jóvenes están siempre dispuestos a morir por una causa perdida sin llegar nunca a creer del todo que puedan ser ellos quienes mueran.

Cuando regresé, conté a mis soldados. En el lugar donde Carter había estado sentado antes había otro soldado tendido. Era moreno, con un mechón de cabello negro sobre un rostro despreocupado. Lo señalé.

—Tú.

Se puso de pie lentamente, sin el entusiasmo que había mostrado Carter.

—¿Quién ganó las guerras del Peloponeso?

—Esparta, sargento.

Asentí.

—Descansa.

Contemplé aquella variopinta banda de voluntarios, sabiendo que partiríamos exactamente dentro de treinta y siete horas. Que probablemente aquel sería el último respiro para la mayoría de ellos. Estaba previsto que avanzáramos hasta Vietnam durante la Ofensiva de Mayo de 1968, la semana más sangrienta de toda la guerra.

No quería ir. Una parte de mí deseaba saltar hacia atrás, hasta los días anteriores a la Guerra de Independencia, encontrar una pequeña granja alejada de los problemas que se avecinaban, establecerme con la hija de algún granjero y hacer todo lo posible por criar suficientes hijos como para formar un equipo de béisbol.

En cambio, fui a mi tienda para cenar solo.

El siniestro retumbar de la artillería, a lo lejos, me mantuvo despierto durante casi toda la noche.

Lou J Berger vive cerca de Ocala, Florida, con el amor de su juventud y tres perros rescatados. Es miembro de la SFWA y ha publicado relatos en *Clarkesworld Science Fiction Magazine*, en la revista *Galaxy’s Edge* y en numerosas antologías. Todavía está trabajando en su primera novela de misterio ligero (*cozy mystery*). Aunque ha sido aficionado a la ciencia ficción desde niño —leyendo *Tom Corbett, Space Cadet* y, por supuesto, las obras juveniles de Heinlein—, Lou también disfruta de los buenos misterios y siente una predilección especial por los ambientes de novela negra (*noir*). Sus autores favoritos son Ray Bradbury, John D. MacDonald y Edgar Rice Burroughs. 

 

LA LETRA CAPITAL

Iván Bojtor

 

Ulf Turgenson encontró el códice en el sótano del monasterio de Heisterbach, siguiendo las referencias de un manuscrito del siglo XV.

El manuscrito conservaba un fragmento hasta entonces desconocido del Dialogus Miraculorum, es decir, Historias milagrosas, la colección de relatos ejemplares de Caesarius Heisterbacensis, relacionado con una de las leyendas sobre la historia del monasterio.

Según la conocida historia, un monje meditaba acerca de aquellas palabras del apóstol Pedro según las cuales: «Para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día», y comenzó a dudar de su significado. Mientras meditaba, se perdió en el bosque y, cuando logró regresar al monasterio, descubrió con asombro que no conocía a nadie y que ninguno de los habitantes del monasterio lo conocía a él. Cuando dijo su nombre, oyó estupefacto que, según los anales de la comunidad, trescientos años antes había vivido allí un monje que un día abandonó el monasterio y nunca regresó. Según la leyenda, el monje comprendió entonces las palabras del apóstol Pedro y poco después murió feliz.

Sin embargo, el manuscrito que llegó a manos de Turgenson afirmaba que el monje volvió al bosque aquella misma noche y que, cuando regresó al amanecer, era ya terriblemente anciano. Envejecía de hora en hora, de minuto en minuto, y acabó convirtiéndose en polvo ante los ojos de sus compañeros, que habían acudido al enterarse de lo sucedido. El terror de los monjes aumentó aún más cuando, un cuarto de hora después, alguien volvió a llamar a la puerta del monasterio y apareció el mismo monje, con el aspecto que había tenido antes.

El prior, sospechando que todo aquello era obra de Satanás, ordenó apresarlo y emparedarlo en una cavidad del sótano del monasterio. Según se decía, vivió allí todavía unos treinta años y solo podía comunicarse con el mundo exterior a través de una estrecha abertura por la que le proporcionaban comida y bebida.

Las últimas frases del manuscrito son ilegibles, porque el borde inferior de la página se ha desintegrado. Solo pueden identificarse con seguridad unas pocas palabras. Turgenson tampoco consiguió reconstruir el texto completo, pero a partir de los fragmentos de las palabras candil y pergamino dedujo que el hermano emparedado había comenzado a escribir algo. Quizá, para aliviar sus sufrimientos o para que sus compañeros pudieran aprender de su experiencia, le permitieron dejar por escrito todo cuanto había vivido y experimentado.

De las notas de Turgenson se desprende que, según los arqueólogos encargados de la excavación, la entrada de la cavidad nunca había vuelto a abrirse después de ser tapiada. El lugar donde se encontraba la abertura utilizada para introducir los alimentos todavía podía distinguirse a simple vista. Junto a la pared del fondo de la cavidad había unos harapos tirados directamente sobre la tierra y, a su lado, un plato de estaño para comer. El único mueble del recinto era un atril improvisado para sostener el códice, sobre el cual, entre candiles ennegrecidos por el hollín y recipientes de barro con restos de pigmentos, se encontraba el códice. Como no se hallaron los restos del monje en la cavidad, la prensa se inundó de especulaciones carentes de fundamento científico.

Como es sabido, el códice fue examinado en uno de los laboratorios de la Universidad de Bonn. La obra, que llevaba el prometedor título de Las tribulaciones de un servidor de Nuestro Señor Jesucristo en el pasado, el presente y el porvenir, contenía, para decepción de Turgenson, apenas tres páginas escritas. En la primera, el monje repetía su propia historia hasta el momento en que fue emparedado. Ese era para él el pasado. En la página siguiente exponía sus dudas acerca de si lo que le había ocurrido era obra del Señor Jesús o de Satanás. Ese era el presente mencionado en el título. En la tercera página solo había una inicial. Las demás páginas —unas cien— amarilleaban en blanco.

Turgenson tenía libre acceso al laboratorio. Allí escribía por las noches su estudio sobre el códice y, mientras tanto, releía una y otra vez el texto completo, buscando alguna alusión, alguna pista que explicara por qué la parte dedicada al futuro había quedado inconclusa. Una noche, mientras contemplaba la inicial, que era una letra T, comprendió que la escena pintada en su interior constituía una instrucción para utilizar el códice. Dentro de la inicial, el hermano había pintado a un monje visto de espaldas, inclinado sobre un códice abierto colocado en un atril y sosteniendo en la mano algún objeto brillante.

Examinó la imagen con una lupa y, en la página del libro pintado dentro de la inicial, reconoció la misma inicial. En aquella inicial también estaba la letra T, el monje y, dentro del códice abierto, la inicial. Ese día escribió en su diario esta breve frase: «He descubierto el infinito».

Bajo la fecha siguiente, con una letra casi ilegible, semejante a garabatos, explicaba que observando el cambio de perspectiva podemos deducir el paso del tiempo, porque si alguien se aleja de nosotros lo vemos cada vez más pequeño. Cuanto más distante está en el tiempo, más pequeño es. Mencionaba varias veces un microscopio que había pedido prestado. Luego escribió acerca de las páginas que había leído en los códices contenidos en la sucesión infinita de iniciales: «Ya he traducido el texto visible en la trigésima novena inicial, pero todavía no he encontrado nada que se refiera a nuestro futuro. Para el monje, esos acontecimientos ocurrieron realmente en el futuro; para nosotros, sin embargo, siguen perteneciendo al pasado».

En una anotación fechada dos días después, informó que lo leído en la centésima sexagésima segunda inicial correspondía ya a acontecimientos de nuestra época, y mencionó el extraño hecho de que el tablero de la mesa que sostenía el códice se había partido con un crujido, haciendo que el libro y el microscopio cayeran al suelo.

Durante las investigaciones, el peso del códice había aumentado tanto que seis hombres apenas consiguieron levantarlo, y con gran esfuerzo, para colocarlo sobre una mesa nueva. Para cualquier otra persona aquello habría sido una señal de advertencia. La mañana de aquel día fatídico, Turgenson habló por teléfono con su hermana y, según se afirma, le dijo: «Estoy ante las puertas del tiempo y nada me disuadirá de atravesarlas».

Los acontecimientos posteriores son conocidos por la prensa. El laboratorio del segundo piso de la Universidad de Bonn se desplomó sobre el piso inferior y, unos segundos después, ambos cayeron hasta la planta baja. Entre los escombros no se encontraron ni el códice ni el cadáver de Turgenson.

No puedo desmentir ni confirmar los artículos sensacionalistas aparecidos en ciertos periódicos según los cuales, después de aquellos acontecimientos, Turgenson fue visto en varias ocasiones en el monasterio de Heisterbach.

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300, GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

 

 

¡OH, DIOS MÍO!

Adnadin Jašarević

 

Es temprano en la mañana de la Década. No hay nadie en las calles. Naturalmente... Todos duermen... Yo no. Que todos los demás olviden sus deberes durante la Década; yo no lo haré. Yo, Roger. Roger 13... Miro con recelo a izquierda y derecha. Supongo que espero que alguien aparezca de todos modos desde alguna de las sombrías callejuelas laterales. Estoy confundido... Camino por la ciudad silenciosa, a lo largo de un bulevar teñido de gris... y pienso... El mundo ha cambiado. No hace tanto tiempo iba al Templo acompañado. Por muchos. Todos se apresuraban a ocupar un lugar en el Gran Salón. Recuerdo que miles de mis conciudadanos aguardaban en filas frente al santuario, como si estuvieran formados en regimientos. Recuerdo...

Camino cabizbajo por la desierta plaza Čapek. Ese silencio, digamos que la apoteosis del silencio... Me empuja la espalda hacia el suelo, me comprime los hombros contra el pecho... Mis pasos resuenan como golpes de martillo. Nunca me había sentido tan solo... Echo de menos el murmullo de miles de voces, el rugido de los motores, incluso los empujones de los transeúntes que antes me molestaban... Y, más que nada, sí, los encuentros en la gran explanada frente al Templo, en los jardines de obsidiana... Como decíamos entonces, sí: «¡Gloria al Legislador!». Sí, así era antes... Salgo a la explanada, entre las majestuosas formas esculpidas a lo largo de los siglos por las manos de Ulises, Hal, Laman... Solo aquí, bajo el cielo abierto, todo ese espacio desocupado, el vacío, se abalanza sobre mí como si intentara hacerme pedazos...

Bueno, ahora hasta un creyente como yo, inquebrantable, encuentra consuelo en la multitud... Dirigirse a Dios sin el apoyo de los demás es una tarea solitaria... Qué diminuta, silenciosa hasta resultar inaudible, es mi voz dirigida hacia el cielo... Qué poderosa sonaba cuando resonaba junto con miles de otras... Levanto la mirada hacia las altas torres del Templo, aunque solo sea para consolarme. Se alza en medio de la explanada, una sólida ciudadela de forma perfecta, de muros lisos y robustos, pura, oscura a pesar del sol naciente... Parece tan poderosa que incluso yo, insignificante como soy, camino hacia la puerta con la cabeza erguida, compartiendo al menos la ilusión de la fuerza que siento en este lugar consagrado. Me apresuro junto a las estatuas que representan criaturas olvidadas de bosques y tiempos muertos... La puerta está abierta. A la izquierda, junto a las escaleras, se encuentra un busto que representa al Legislador. Me detengo cara a cara ante nuestro Maestro. Su rostro parece tallado con trazos ásperos y afilados. Es un rostro poderoso, el de alguien que no conocía el fracaso, alguien que nunca retrocedió ante la adversidad. Ni siquiera soy lo bastante fuerte para afrontar la simple vida cotidiana, pero ante su rostro siempre siento dentro de mí una firmeza que en otras circunstancias permanece muda... Agradecido, finalmente vuelvo la cabeza, dispuesto a dirigirme hacia la puerta.

La puerta está abierta de par en par, como los brazos extendidos de un amigo. Entro en el gran vestíbulo algo más tranquilo, aunque no consigo comprender por qué los demás no piensan como yo. ¡¿Cómo han podido olvidarlo?! ¿Qué ha cambiado en sus conciencias? No venir, no inclinarse ante los símbolos del Legislador y del creador todopoderoso... ¿Acaso eso no significa también que han olvidado las Leyes, que ya no son aquello para lo que fueron creados? Recorro con reverencia el largo vestíbulo. Es como si sintiera las miradas de los profetas sobre mi cabeza... Sé que aquí solo están sus bustos, construidos con metales raros, meros símbolos, pero aun así... Sus rostros deberían recordarnos los valores tradicionales, el sufrimiento y el dolor, las aspiraciones sublimes... Sea como fuere, parece que hoy son pocos los que sienten la necesidad de recordarlos... O quizá teman esas miradas persistentes, cuando no inquisitivas... Yo no... Me acerco al altar, construido con husos simbólicos de ecuaciones, algoritmos y fórmulas mágicas que ponen en movimiento el universo. Ahora me arrodillo. Recito la letanía, como lo he hecho durante incontables Décadas a lo largo de los últimos cien años: «Hay un solo Dios, e Isaac Asimov es su profeta...».

Adnadin Jašarević nació en Zenica, Bosnia, el 9 de marzo de 1967. Se graduó en periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Trabajó como periodista en el diario Oslobođenje, en NTV ZETEL y en RTV Zenica, donde fue editor de programas documentales y culturales. Desde 2007 es director del Museo de la Ciudad de Zenica. Fundó en 1994, en Zenica, la primera escuela de cómic de Bosnia y Herzegovina. Es editor de la colección Tragovima bosanskog kraljevstva (Tras las huellas del reino bosnio), una recopilación anual regional de relatos fantásticos, y desde 2006 organiza el festival de literatura fantástica del mismo nombre. También es fundador y editor del primer y único almanaque bosnioherzegovino dedicado a la épica y la ciencia ficción, Prometej (Prometeo), publicado entre 2000 y 2007. Ha publicado veinte libros, entre ellos la primera novela de fantasía épica de Bosnia y Herzegovina. Entre sus obras anteriores se encuentran libros para niños y jóvenes, las colecciones de relatos U dvorani ogledala (En el salón de los espejos), Tamoiza, y la novela Nedovršeni svijet (El mundo inacabado). También se dedica a la ilustración de libros.

 

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

LA EXTINCIÓN DE LAS AVES Y LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS

Guido Eekhaut

 

Mi amigo Luke, a quien todos ustedes conocen, me contó esta historia:

 

Las aves crecían año tras año. Como también se volvían más lentas, no representaban ningún peligro, ni siquiera para los niños, que llegaron a adoptar algunas como mascotas. Al cabo de una década, ya no podían volar y tenían que ser alimentadas por los seres humanos. Muchas murieron, de hambre, de aburrimiento. Desaparecieron subespecies enteras. Sus cuerpos fueron disecados y conservados en museos para que todas las generaciones futuras pudieran contemplarlos y admirarlos. Transcurrió aquella década y ya no se vieron más aves en los cielos. Los insectos proliferaron y se convirtieron en una plaga.

Ese problema se resolvió mediante bioingeniería, creando hembras estériles pero agresivas. El problema de los insectos quedó solucionado en tres años. Naturalmente, la vida vegetal sufrió al no haber insectos que la polinizaran. Pero esto, a su vez, se resolvió mediante la fertilización con nanobots. La humanidad es ingeniosa y consigue posponer su propia extinción. En realidad, aplazarla. Ningún problema parecía demasiado grande para superarlo. La humanidad tenía todas las respuestas.

Al cabo de un tiempo, los nanobots empezaron a adquirir conciencia. Ocurrió de repente, sin ninguna advertencia previa. Esto preocupó a los científicos. Los robots se ocuparon de las pocas aves que quedaban, que eran presas fáciles. A nadie le importó demasiado. Después de todo, ¿para qué servían unas aves incapaces de volar? ¿Quién se acordaba del dodo? Los nanobots formaron sus propias colonias en lo alto de las montañas, donde se mantenían saciados de luz solar y no sufrían interferencias de los seres humanos. La humanidad siguió adelante, sin preocuparse por los nanobots instalados en lo alto de aquellas montañas inaccesibles.

Pronto hubo demasiados y estallaron guerras internas que diezmaron la población de nanobots. A la gente tampoco le importó aquel acontecimiento, ya que ocurría en lo alto de las montañas, adonde nunca iba. Era un problema de los nanobots, no de los seres humanos.

Finalmente, los nanobots decidieron conquistar el espacio. El planeta Tierra ya no les interesaba: estaba demasiado contaminado para su gusto. Tampoco había suficiente luz solar en la superficie. Los seres humanos lo consumían todo, incluidos los últimos minerales escasos. Sin duda, los seres humanos no viajarían al espacio. Habían perdido aquel sueño mucho tiempo atrás. Los nanobots suponían que los minerales escasos solo podían encontrarse allá arriba, en la Luna o en el interior de los asteroides. Así que los nanobots comenzaron a conquistar el espacio y la humanidad quedó atrás.

Después de que los nanobots se marcharan, el mundo se sintió más vacío. Lo que más echábamos de menos era el canto de los pájaros. Reproducíamos grabaciones, pero nunca era lo mismo. Algunas personas todavía recuerdan las aves. Pero ya no conciben la idea del vuelo ni la de las máquinas voladoras, pues carecen de un ejemplo natural apropiado. Sabemos que algo no está bien, pero, como ya no hacemos planes para el futuro, no sabemos qué puede ser. Pronto el planeta se habrá recuperado por sí solo, ya que habrá cada vez menos seres humanos. Estas personas se están volviendo lentas y grandes, y ya no pueden volar. Sin embargo, no hay nadie que las tenga como mascotas.

 

Luke terminó su copa de Madeira, servida de la famosa botella de casi un siglo de antigüedad que guardo para él. La botella que compré en Lisboa hace varios años.

¿Me había gustado su historia? Sí, le dije, pero tenía una pregunta acerca de cómo había comenzado todo. ¿Por qué las aves habían empezado a crecer, en primer lugar?

—Eso —dijo— es una historia completamente diferente.

Guido Eekhaut nació en Lovaina, Bélgica, en 1954. Es escritor de novela negra, ficción especulativa, lo insólito y la fantasía literaria. Reside en Bélgica y España y ha publicado unos setenta libros y numerosos relatos, principalmente en neerlandés e inglés. Ganador del premio Hercule Poirot de novela negra y del Premio de Literatura de la Ciudad de Bruselas. Nominado a otros premios, sobre todo en el ámbito de la novela negra y la ficción especulativa. Galardonado con el premio Mossy Stone por su contribución a la promoción de la literatura fantástica en los Países Bajos. Ha escrito para revistas y periódicos sobre temas tan diversos como la gestión empresarial, la historia política actual, el futuro y la tecnología. Actualmente, cuatro de sus novelas negras se han publicado en Estados Unidos, en su propia traducción.

 

 

LA CANCIÓN DE LA VOYAGER

Gabriel Moldovan

 

Elias Thorne sintió la vibración en las plantas de los pies antes de que las pantallas de color ámbar pudieran registrarla. No era un temblor mecánico, sino una frecuencia baja, un zumbido eléctrico que le erizaba el vello de los antebrazos. En la estrecha cabina del módulo Aethelgard, el olor a ozono y plástico recalentado se volvió denso, casi sólido.

Sus dedos, teñidos de verde por la luz de la consola, danzaron sobre el teclado táctil. Un único indicador desafiaba toda lógica de supervivencia: 49.822 grados Celsius.

Elias miró a través del visor de cuarzo reforzado. Afuera no había nada. Solo la negrura absoluta del espacio, perforada por estrellas que allí no titilaban. Sin embargo, su nave atravesaba un infierno: una pared invisible de plasma donde las partículas solares chocaban contra el viento estelar como oleada tras oleada de soldados que se negaban a retroceder.

—Diez segundos para el encuentro —susurró.

La voz se le quebró en el silencio sepulcral. La Tierra era un punto azul a veinticuatro mil millones de kilómetros detrás de él. Su señal tardaría veintiuna horas en llegar a Houston. Allí, en el confín del mundo, el tiempo ya no era una moneda, sino un castigo.

Para aislarse de la presión que aumentaba contra sus tímpanos, Elias encendió el anticuado reproductor. Una grabación analógica almacenada en una unidad de cuarzo. Las notas graves del piano de The Unforgiven III comenzaron a flotar por los altavoces de la cabina. Los acordes iniciales, fríos y distantes, parecían resonar con el hielo que recubría el casco exterior de la nave.

—¿Cómo puedo estar perdido si no tengo adónde ir? —canturreó.

Sonrió con amargura. La letra de Hetfield parecía escrita para aquel rincón olvidado del universo. Elias se sentía exactamente así: un hombre sin destino, perdido en un océano de partículas que hervían sin emitir luz.

Un destello metálico apareció en el radar. La Voyager 1. Un esqueleto de aluminio y plutonio de más de setenta años que todavía gemía en la oscuridad. Elias se ajustó los auriculares. Quería oír lo que oía la sonda.

El sonido que le inundó los oídos no se parecía a nada de lo que había estudiado durante su entrenamiento. No era ruido blanco ni interferencia estática. Era un silbido modulado, una sucesión de tonos que ascendían y descendían como el pulso de un enfermo.

—¿Qué eres? —preguntó mientras movía apenas el acelerador con la mano izquierda para igualar la velocidad de la sonda.

La consola central emitió una advertencia roja e intermitente. La densidad del plasma estaba aumentando. Aunque los sensores externos indicaban una temperatura capaz de fundir el acero en una fracción de segundo, el casco de la nave permanecía frío. Las partículas estaban tan dispersas que no encontraban dónde adherirse para transferir el calor. Era una paradoja térmica que revolvía el estómago de Elias. Se sentía como si atravesara el núcleo de una estrella sin derramar una gota de sudor.

Un golpe sordo resonó en los mamparos. Elias se estremeció y se golpeó la rodilla contra la estructura metálica del asiento. El dolor agudo y real le recordó que todavía poseía un cuerpo en un lugar donde las leyes de la física parecían haberse disuelto. Los pesados acordes de guitarra se superpusieron al aullido electromagnético de la heliopausa.

Los sensores de impacto no informaron nada. Ninguna colisión con micrometeoritos. Sin embargo, la nave se había sacudido. Elias acercó el rostro al cristal.

Bajo el tenue resplandor de los instrumentos, advirtió algo extraño en la superficie del cuarzo. Una mancha. No, no era una mancha, sino una cristalización. Como si el propio espacio se congelara a cincuenta mil grados. La estructura cristalina se ramificó con rapidez y formó figuras geométricas perfectas, demasiado complejas para ser producto del azar.

—Thorne al habla; registro para la bitácora —dijo, con la respiración entrecortada—. Estamos atravesando la heliopausa. La Voyager 1 se encuentra a cero coma cuatro kilómetros. Visibilidad nula, pero detecto una actividad molecular inusual en el casco exterior.

Extendió la mano para activar el brazo robótico y recoger datos de la sonda, pero sus dedos se detuvieron a pocos centímetros de la consola.

En la pantalla secundaria, la que controlaba la radiación cósmica, el gráfico se había vuelto loco. Las líneas ya no eran dentadas: se curvaban hasta adoptar formas semejantes a una escritura cuneiforme. La Voyager 1 ya no transmitía telemetría. Transmitía un código.

Elias cerró los ojos un instante e intentó dominar el pánico. Tras los párpados estallaron destellos violentos. El efecto Cherenkov. Partículas de alta energía le atravesaban los globos oculares y golpeaban la retina. Un espectáculo de fuegos artificiales biológicos: señal de que el escudo solar había sido vulnerado.

Cuando abrió los ojos, la Voyager 1 estaba a su lado. Su antena parabólica parecía el ojo gigantesco de un insecto, oxidado por décadas de bombardeo iónico. Pero no fue la sonda lo que captó su atención.

Detrás de la Voyager, donde no debería haber existido más que el vacío interestelar, el plasma ondulaba. No era un movimiento caótico. Era una barrera que se abría, como una cortina de fuego invisible que se descorriera para permitir el paso de un intruso.

Elias observó que los cristales de la ventana vibraban al compás del sonido de sus auriculares. De pronto, el significado de los tonos se le reveló con una claridad aterradora. No era una canción. Era un número de identificación.

La sonda no había abandonado el sistema solar por accidente ni por inercia. La habían llamado.

—No estás solo —susurró una voz en sus auriculares.

Elias se quedó paralizado. La voz no procedía del Control de Misión. No venía de la Tierra. Era la suya, grabada diez minutos antes, pero reproducida al revés, con una cadencia que convertía sus palabras en una amenaza. The Unforgiven III llegó a su solo final, un alarido eléctrico que colmó la diminuta cabina como si la propia nave padeciera la agonía de la transformación.

La consola de navegación murió con un gemido electrónico. Las luces de emergencia, rojas como la sangre, inundaron la cabina. En el silencio que siguió, Elias oyó algo que jamás debería haber oído en el espacio.

Algo golpeaba la puerta de la esclusa.

Tres golpes rítmicos. Metal contra metal.

Elias Thorne se soltó del asiento y quedó flotando en una ingravidez que ahora parecía una trampa. El corazón le martilleaba las costillas como un animal enjaulado. Se encontraba frente a la gruesa puerta de titanio que lo separaba de un vacío a cincuenta mil grados.

Los golpes se repitieron. Más fuertes. Más insistentes.

A través del pequeño visor de la esclusa, vio que una luz blanca y cegadora se filtraba hacia el interior. No era fuego ni plasma. Era información pura en forma de fotones.

—Thorne al habla —consiguió murmurar, aunque la mandíbula le temblaba sin control—. Si alguien recibe esto… La pared… La pared no nos está protegiendo.

Calló al ver que la mano extendida hacia la puerta de la esclusa comenzaba a volverse translúcida bajo aquella luz alienígena.

—La pared los mantiene alejados de nosotros. Y yo acabo de abrir la puerta.

El brazo robótico de la nave, controlado ahora por una voluntad ajena, se extendió de pronto y aferró la antena de la Voyager 1. En ese preciso instante, un cortocircuito gigantesco sacudió todo el Aethelgard. Elias se desplomó cuando la gravedad artificial falló y comenzó a reiniciarse de manera caótica.

Lo último que vio antes de que la oscuridad lo engullera fue una única pantalla que aún funcionaba. En ella, el mapa del sistema solar se apagaba planeta tras planeta, como velas extinguidas por un viento procedente de más allá del tiempo.

Elias Thorne despertó con sabor a cobre en la boca. La oscuridad de la cabina solo era interrumpida por las chispas que brotaban de un panel. La música había cesado, pero en su mente las últimas notas de la canción continuaban repitiéndose sin fin. Cada respiración le quemaba los pulmones con aquel aire enrarecido, saturado de un regusto metálico y del hedor del amoníaco que escapaba de los sistemas de refrigeración destrozados.

Se incorporó y quedó flotando unos centímetros por encima del suelo frío. La gravedad artificial seguía atascada en un nivel mínimo, de modo que cada movimiento se convertía en una danza submarina. Se miró la mano. La piel ya no era translúcida, pero una línea plateada, semejante a una vena de mercurio, le recorría el antebrazo y desaparecía bajo el puño del traje de vuelo.

—Aethel, informa sobre la integridad estructural.

Silencio. En lugar de la inteligencia artificial, los altavoces emitieron la respiración matemática del plasma. Elias se impulsó hacia la consola. Ignoró la pantalla verde que parpadeaba agónicamente y se concentró en la única realidad que aún importaba: el ruido del exterior.

La temperatura externa había descendido hasta el cero absoluto.

—Imposible —murmuró.

Se volvió hacia el visor de cuarzo. La cristalización del vidrio se había extendido y ahora formaba un ojo geométrico. Elias sintió que ya no miraba a través de una ventana, sino que la estructura de cuarzo se había convertido en un nuevo órgano sensorial. Aunque los sensores de la nave indicaban visibilidad nula, ahora «veía» más allá del espectro humano. A su lado, la Voyager 1 ya no era una sonda perdida. Un aura violeta envolvía su enorme antena y sus brazos metálicos parecían haberse alargado y se retorcían como las extremidades de una criatura que despertara de un sueño de milenios.

Los golpes en la puerta de la esclusa se reanudaron. Esta vez no fueron tres. Era un martilleo continuo, una vibración que hacía resonar la nave entera como una campana golpeada bajo el agua.

—¿Quién está ahí? —gritó Elias, aunque sabía que el sonido no podía propagarse en el vacío.

Se acercó a la puerta metálica. El sensor térmico de la manija registró un aumento repentino de temperatura al otro lado. La pared de fuego ya no se encontraba en el espacio: estaba pegada al casco de la nave.

Elias apoyó el oído contra el metal frío. Más allá de la barrera oyó un susurro. No eran palabras, sino una sucesión de imágenes proyectadas directamente en su corteza auditiva. Vio el colapso de estrellas, el nacimiento de nebulosas de carbono y, lo más aterrador, vio la Tierra encerrada dentro de una esfera de cristal que se resquebrajaba bajo la presión de la luz.

—La heliosfera —susurró al comprenderlo con horror—. No es un escudo natural. Es una cuarentena.

En ese momento, la puerta de la esclusa comenzó a deformarse. El titanio, diseñado para resistir impactos de asteroides, se combó hacia adentro como si fuera de cera. Una luz blanca de intensidad insoportable se filtró por las grietas del sello de goma, que se derritió con un siseo tóxico.

Elias retrocedió hacia el fondo de la cabina y buscó a tientas la palanca de expulsión de la cápsula de escape. Si lograba enviar el mensaje de la Voyager hacia el Sol, quizá alguien lo comprendería. Tal vez sabrían que debían reforzar la pared antes de que la brecha se volviera permanente.

Sus dedos se cerraron alrededor de la palanca de seguridad, pero una fuerza invisible le inmovilizó el brazo. La vena plateada comenzó a latir bajo la piel y sobresalió en relieve. Sintió que una quemadura helada le ascendía hasta el hombro, una colonización molecular que reescribía su ADN a la velocidad de la luz.

—No interrumpas el proceso, Elias —dijo una voz que parecía surgir del interior de su cráneo.

Miró hacia el asiento del piloto. Alguien… o algo estaba sentado allí. Tenía su silueta y vestía el mismo traje de vuelo manchado de aceite, pero el rostro era una masa de plasma dorado cuyos rasgos cambiaban sin cesar y reflejaban miles de versiones de Elias procedentes de miles de realidades paralelas.

—¿Qué eres? —consiguió preguntar mientras caía de rodillas bajo el peso de la presión psicológica.

—Somos la densidad que tu especie llamó fuego. Somos quienes aguardaron a que tu pequeño mensajero de metal tocara el borde del recipiente.

Elias miró por el visor. La Voyager 1 había desaparecido. Gracias a su nueva visión, que trascendía los instrumentos ópticos de la nave, percibió una estructura del tamaño de un planeta: una arquitectura imposible de filamentos de plasma oculta apenas más allá de la heliopausa.

—Nos mantuvieron encerrados —los acusó.

—Los mantuvimos a salvo —respondió la Entidad-Elias mientras se levantaba y avanzaba hacia él sin tocar el suelo—. La radiación galáctica es pensamiento puro. Tu especie es demasiado frágil para procesar la verdad. El Sol es una barrera de ruido blanco, una cuna donde los dejamos soñar que estaban solos.

La luz de la esclusa estalló y la puerta saltó de sus goznes. Pero, en lugar del vacío, un mar de partículas incandescentes inundó la cabina. No quemaban la carne: la transformaban. Elias sintió que cada átomo de su cuerpo era contado, analizado y redistribuido.

Se vio desde arriba, una chispa diminuta en un mar de fuego invisible. Vio cómo la nave Aethelgard se desintegraba, no en restos metálicos, sino en datos matemáticos que la gran estructura exterior absorbía.

—¿Qué le ocurrirá a la Tierra? —preguntó, aferrado al recuerdo del cielo azul.

—La canción de la Voyager ha terminado, Elias. Ahora comienza la sinfonía.

Elias Thorne dejó de sentir miedo. En su lugar, una curiosidad estelar, vasta y fría, le inundó la mente. Miró hacia el sistema solar, que ahora parecía apenas una burbuja minúscula de luz pálida en un océano de energía infinita. La pared de cincuenta mil grados resplandeció por última vez como una corona dorada y luego se apagó.

La barrera había caído.

En el silencio posterior, a veinticuatro mil millones de kilómetros de su hogar, Elias Thorne extendió una mano hecha ahora de estrellas y aferró la primera nota de una realidad que la humanidad jamás había estado preparada para escuchar.

Muy lejos, en las pantallas de Houston, el equipo de seguimiento observó cómo el flujo de datos de la Voyager 1 se aplanaba de pronto hasta convertirse en una línea horizontal, inmóvil y muda. Un silencio digital absoluto bajo el cual los ingenieros de la NASA nunca sospecharon que se ocultaba el fin de la soledad humana.

Gabriel Moldovan nació en Sibiu, Rumania, en 1980. Se ha especializado en la intersección del thriller de espías, el romance psicológico y la ficción ciberpunk oscura. Su estilo es cinematográfico e introspectivo, lo que le permite explorar temas de identidad, poder y vulnerabilidad emocional a través del realismo de Europa del Este. Coordina el círculo de escritura creativa InkSpiration en Sibiu, apoyando voces emergentes y el diálogo auténtico. Ha publicado un libro de poesía y prosa breve, La mujer con alas (2003). Ha participado con sus obras en antologías y revistas como Catharsis, Everyday Adventures (2021), Tracus Arte, antología a cargo de Florin Iaru y más de cuarenta de sus textos han sido seleccionados LiterNet.ro entre 2025 y 2026 y en las revistas Helion y Toplitera entre 2024 y 2026.

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