miércoles, 16 de septiembre de 2026

REAL COMO LA VIDA

Petra Coret

 

El arroyo centelleaba plateado. En sus orillas, arañas negras tejían sus telas entre las ramas de los arbustos. Las hojas de allí todavía estaban verdes, a diferencia de las de los árboles que se alzaban por encima. Lentamente, el amarillo revoloteaba hacia abajo para fundirse con la alfombra marrón. No había rojo. Ni rojo de bayas, ni rojo de petirrojos, ni el suave rojo amarillo anaranjado del atardecer.

Quizá más tarde. Todavía no lo había decidido.

Enjuagó el pincel, lo dejó cuidadosamente a un lado y se quitó el delantal. El rojo tendría que esperar. Primero debía preparar la comida.

Isobel arrastró los pies hasta su modesta cocina. Vaciló un instante.

—Hoy bastará con la cacerola más pequeña —dijo, sin dirigirse a nadie en particular.

Apenas consiguió contenerse para no mirar el rincón vacío donde antes había estado la cesta.

«Eres demasiado vieja para volver a tener un perro.»

Eso decía su sobrina. Pero ¿qué significaba ser vieja? Cerró los ojos y evocó la imagen de Bobbie, el perrito blanco y negro que la había acompañado durante los largos años transcurridos desde la muerte de Thierry. Casi podía oír el golpeteo de sus patas sobre las baldosas.

No. Tenía que ser fuerte.

Después de cenar se dejó caer, cansada, en su sillón favorito. Y, como siempre, se quedó dormida a mitad de las noticias. Un par de horas más tarde, un anuncio publicitario la despertó bruscamente. ¿Por qué esas cosas tenían siempre un volumen tan alto? En cualquier caso, era hora de irse a la cama.

Un día como cualquier otro.

 

En Escocia, en octubre, había squalls. Eran aguaceros helados que caían casi horizontalmente. Su chaqueta era demasiado fina y había olvidado llevar una bufanda abrigada. Sin embargo, las miradas amorosas del hombre que estaba a su lado compensaban cualquier incomodidad. La naturaleza era de una belleza cautivadora. Salvaje e intacta, como las cascadas que rugían bajo el pequeño puente.

 

Isobel despertó con una sonrisa en el rostro.

Algún día regresarían a aquel lugar, pero con mejor tiempo. Nunca habían podido hacerlo.

De camino al baño pasó junto al pequeño cuadro en el que estaba trabajando. Seguramente no era perfecto, pero, en fin... Una pequeña pelota roja descansaba en la orilla, junto al arroyo.

Solo después de desayunar y recogerse su largo cabello gris se dio cuenta de que había algo extraño. Arrastró los pies hasta el caballete y volvió a mirar los tubos de pintura.

El tubo rojo seguía cerrado, sin usar. Y, sin embargo, allí estaba aquella pelota roja. Volvió a limpiar sus gafas. Allí estaba. Una pelota roja. Extraño. Ella no la había pintado, ¿verdad? Se encogió de hombros. Seguramente estaba equivocada.

Más tarde ese mismo día llegó Margje, la asistenta doméstica. Como de costumbre, traía toda clase de comentarios y críticas sobre la forma en que Isobel organizaba su vida y su pequeño apartamento. Isobel solía ignorarla. Seguramente lo hacía con buena intención. Pero esta vez empezó a quejarse del caballete, que estuvo a punto de derribar con la aspiradora. Después de que Isobel gritara un brusco «¡Cuidado!», Margje respondió que entonces no debería dejar aquel trasto allí. ¿Y por qué no tenía una afición normal, como tejer, hacer ganchillo o bordar? Algo que ocupara menos espacio.

Isobel se guardó el comentario de que, al parecer, Margje también quería que ella, por ser anciana, ocupara menos espacio. En cambio, respondió que, según su médico de cabecera, probar algo nuevo era precisamente bueno para mantener el cerebro en forma, y que ya había tejido y hecho suficiente ganchillo en su juventud. Y en cuanto al bordado, las pruebas colgaban de las paredes en forma de diversos trabajos enmarcados.

No mencionó que sus manos ya no servían demasiado para realizar labores tan delicadas.

Margje comprendió que había ido demasiado lejos e intentó compensarlo con un elogio.

—Esos cisnes te han quedado muy bien. Parecen reales. No sabía que también había cisnes negros ni que tuvieran el pico rojo.

Isobel volvió a limpiar cuidadosamente sus gafas.

En el cuadro había dos majestuosos cisnes negros de picos rojos navegando por el arroyo.

¡Ella no había pintado ningún cisne!

No lo dijo. No quería que Margje pensara que se estaba volviendo loca. Otra cosa que no recordaba. Igual que aquella pelota roja.

¡Que ahora ya no estaba!

Después de que Margje se marchara, la anciana se acercó mucho al cuadro. Dos cisnes negros sobre el arroyo y ninguna pelota roja. Tocó el lienzo en el lugar donde estaban los cisnes.

La pintura estaba seca.

Durante el resto de aquella tarde de martes, Isobel volvió a estar sola. Se sentó frente al caballete y pensó qué más podría pintar en la escena del lienzo. Cerró los ojos e intentó recordar qué otras cosas habían sucedido durante aquellas vacaciones.

Habían pasado la mayor parte del tiempo en Edimburgo. En el castillo y recorriendo las calles antiguas. Había decidido deliberadamente no elegir eso para su primer cuadro. Tendría que haber pintado personas, y no se le daba demasiado bien. Por eso había plasmado en el lienzo el recuerdo de aquella excursión.

El viaje en autobús había sido largo y agotador. Sobre todo para su marido, cuyas largas piernas apenas cabían en el asiento. Pero allí había visto montañas de cerca por primera vez, y aquellas cascadas también eran inolvidables. Durante un rato habían estado solos. Sin los demás pasajeros.

Y aquel día cumplían exactamente quince años de casados.

Él había sacado un anillo de un bolsillo oculto de su chaqueta. Un anillo que ella todavía llevaba. Un anillo de oro con una piedra roja. Él sabía que le gustaba el rojo.

Oh, cuánto lo echaba de menos. Su sonrisa torcida cuando la miraba. La calidez que irradiaban sus ojos marrones. El hoyuelo de su barbilla.

Isobel suspiró. Thierry...

Cuando volvió a abrir los ojos, los cisnes habían desaparecido. Claro. De no ser porque Margje también los había visto, habría pensado que realmente se estaba volviendo loca. Se levantó y arrastró los pies hasta la ventana. La intensa lluvia de las últimas semanas cubría con un velo el mundo exterior. No faltaba mucho para que los árboles perdieran también las últimas hojas y quedaran pocos colores aparte de un gris desvaído, azul y negro. En su juventud había vivido en una calle con cerezos japoneses. En primavera se cubrían de una exuberancia de flores de color rosa oscuro y, en otoño, de cálidas hojas rojas. Siempre conseguían alegrarla. El ayuntamiento los había talado porque no querían árboles exóticos en los Países Bajos. Más tarde los sustituyeron por unos troncos delgados, con unas pocas hojas dispersas que no alegraban a nadie.

Regresó al cuadro. Esta vez no había cambiado nada. Se concentró en la pequeña cascada. Salpicaduras blancas sobre el azul. Pequeñas piedras desgastadas por el agua. Ramas y hojas arrastradas por la corriente. Se preguntó adónde iría aquella agua. ¿Al mar?

La casa estaba silenciosa. Ni siquiera la radio ayudaba. Había gente hablando, sí, pero no hablaban con ella. Quizá debería tener otra mascota después de todo. Un perro no, porque había que sacarlo a pasear. Y con sus piernas maltrechas no podía hacerlo demasiado bien. ¿Un pájaro, entonces? O dos. Juntos y felices en una jaula. Una tía suya había tenido agapornis. Lovebirds, los llamaban en inglés. Los dejaba volar regularmente por la casa y se posaban junto a ella para picotear la fruta que estaba comiendo. Unas criaturitas encantadoras.

Su sobrina le había recomendado asistir a los encuentros matutinos que organizaban en el edificio. Había ido una vez. No se había sentido a gusto. La gente, en su mayoría mujeres mayores, hablaba de cosas que no le interesaban y jugaba a juegos aburridísimos de tiempos inmemoriales. No era para ella. Podía mantener conversaciones más profundas con la cajera del supermercado. Eso le recordó que tenía que pedir la compra. A diferencia de otras personas de su edad con las que a veces hablaba en el ascensor, Isobel poseía suficientes conocimientos digitales para realizar operaciones bancarias por su cuenta y encargar por internet las cosas que necesitaba. No podía ser de otra manera habiendo tenido un marido que trabajaba en informática.

Pedía las compras pesadas y aquellas cosas que necesitaba pero por las que no tenía ganas de ir hasta una tienda. Así, cuando salía, podía limitarse a visitar los establecimientos agradables. Como las librerías.

Decidió pedir también un poco de vino. Estando sola no bebía demasiado, pero de vez en cuando resultaba agradable. Y especialmente durante aquellos días sombríos, una copa de chianti acompañada por un bombón de chocolate podía ser muy reconfortante.

Volvió a la pintura. El pequeño puente aún requería algunos retoques; la madera parecía demasiado nueva. Con cuidado, pintó unas cuantas vetas tenues en la barandilla. Sus dedos envejecidos temblaban ligeramente, pero eso no importaba. Logró no emborronar el pajarillo rojo. Contempló su obra con satisfacción. El pajarillo rojo le devolvió la mirada.

¿Qué?

Retrocedió con el taburete y todo. ¿De dónde había salido aquello?

Tomó el tubo rojo y lo abrió. No faltaba pintura. Hundió el índice en ella y tocó con él una esquina del cuadro. Era casi del mismo color que el pájaro. Pero, aparte del hecho de que ella no había pintado aquel pájaro –al menos hasta donde podía recordar–, parecía tener un ligero matiz verdoso.

Estaba ocurriendo algo extraño. Eso estaba claro. Miró el retrato de su difunto esposo que estaba sobre el escritorio. Era la última fotografía que conservaba de él. Las pinturas y el caballete –junto con todos los accesorios– habían sido el último regalo de cumpleaños que él le había hecho.

Poco después, él enfermó y, tras su última estancia en el hospital, falleció en su cama, en casa. El caballete, las pinturas y todo lo demás se habían empaquetado y trasladado a aquel apartamento de residencia asistida cuando la casa resultó demasiado grande para una mujer mayor. Apenas la semana anterior había terminado de desembalar la caja.

—Thierry, ¿qué has hecho?

El hombre de la fotografía la miraba con su habitual sonrisa pícara y no decía nada. Isobel estaba convencida de que, de algún modo, él era el responsable de los extraños sucesos, después de todo. Algo totalmente irracional, por supuesto. Pero a lo largo de su vida juntos, él siempre había sido quien la hacía reír, de una forma u otra. ¿Era aquello su idea de una última broma?

Después de cenar, Isobel se sentó ante el escritorio macizo que había pertenecido a su marido. Había insistido en llevárselo a su nueva casa, a pesar de que ocupaba bastante espacio. Abrió el portátil y esperó el enlace que la conectaría con su hija en Estados Unidos. A su parecer, aquello era lo único bueno que había surgido de la época del coronavirus. Un viaje a Estados Unidos resultaba caro y agotador a su edad; ahora, sin embargo, podía ver y hablar con su única hija todas las semanas.

Y con su nieta, por supuesto. Aquel pequeño milagro. Ambas lo eran, en realidad. Había sucedido durante el viaje a Escocia. Tras un largo periodo de incertidumbre y un diagnóstico que simplemente no llegaba a ser positivo, por fin había concebido pasados ​​los cuarenta años. Valerie, su hija, había pasado más o menos por la misma experiencia; ella también había tenido a su hija a una edad avanzada.

Valerie y Steve, su marido, se turnaban para hablar. Comentaron detalles sobre su nueva casa y el jardín que planeaban acondicionar, sobre las elecciones y, por supuesto, sobre los tornados que azotaban el país. Isobel, a su vez, habló de la lluvia que llevaba semanas cayendo y del cuadro en el que estaba trabajando; incluso apartó el portátil un momento para mostrarlo.

—Es precioso, abuela —dijo una vocecita. En la pantalla apareció la coronilla de una cabeza con pequeñas trenzas castañas. La niña se subió al regazo de su madre y enseguida empezó a parlotear en su habitual mezcla de inglés y neerlandés.

Ella también había estado pintando: un dibujo de un conejo. Mostró su peluche –el mismo que Isobel le había regalado, con el pequeño chaleco y los calcetines que ella misma había tejido–; Joyce y aquel peluche eran inseparables.

La niña no paraba de hablar y saltaba rápidamente de un tema a otro: el colegio, la visita al zoo, los loros y la próxima fiesta de Halloween. ¿Y seguro que la abuela vendría por Navidad este año? La echaba mucho de menos.

La conversación llegó a su fin cuando Steve tomó a la niña en brazos y dijo que la abuela ya tenía que irse a dormir.

Justo antes de colgar, Valerie miró a Isobel con preocupación.

—Mamá, ¿te llamo mañana?

—No, cariño, estaré bien.

 

Más tarde, cuando estaba acostada, comprendió por qué Valerie le había hecho aquella pregunta. Al día siguiente, ella y Thierry habrían cumplido cincuenta y cinco años de casados. Isobel volvió a darse la vuelta. Por lo que a ella respectaba, seguían casados. Su marido simplemente estaba... un poco más lejos. A veces, demasiado lejos... Tomó la almohada que descansaba en el lado de la cama que había pertenecido a él y la abrazó con fuerza.

 

Durmió y soñó. Cada vez más atrás en el tiempo.

Los últimos días en el hospital, sentada junto a su marido, que yacía conectado a una inquietante cantidad de tubos y cables.

—Prométeme que después no estarás demasiado triste. Quiero que seas feliz.

Después, las numerosas cenas en aquel pequeño restaurante del barrio. Sin importar lo que apareciera en el menú, ella siempre elegía lo mismo. Por mucho que Thierry se burlara. Luego, la boda de su hija con aquel hombre al que ellos también habían aprendido rápidamente a querer, pese a que se la llevaría muy lejos, al país situado al otro lado del océano. Y antes de eso, las numerosas vacaciones en la playa o en los bosques, en aquel viejo automóvil que Thierry reparaba constantemente porque siempre se averiaba. La niña jugando al borde de la carretera mientras esperaban el servicio de asistencia.

Otra escena en el hospital: Thierry sosteniendo en brazos a su hija recién nacida como si fuera el mayor tesoro de la Tierra. Que, naturalmente, lo era. Y, por último, aquellas vacaciones en Escocia que lo habían cambiado todo.

 

Despertó en una casa fría.

Isobel dudó si encender la calefacción. El gas estaba muy caro últimamente. Y todos aquellos expertos medioambientales de los medios de comunicación no paraban de hablar de bombas de calor, paneles solares y demás. Ella vivía en el séptimo piso; allí una bomba de calor no serviría para nada. Y por ella podían llenar todo el tejado de paneles solares, pero como simple inquilina no tenía ninguna autoridad sobre eso. Buscó automáticamente aquella bonita bufanda roja que había comprado en Escocia.

Ah, sí. Se había perdido durante la mudanza. Su hija le había dicho que simplemente encargara otra. Como si fuera tan sencillo.

Decidió desayunar panqueques. Después de todo, era una especie de celebración. Aunque fueran del microondas. La cafetería quedaba demasiado lejos y, además, estaba lloviendo. Y prepararlos ella misma... ¿Para una sola persona? Eso no tenía nada de festivo. A pesar de todo, los panqueques estaban bastante buenos. Recién hechos habrían sido mejores, por supuesto, pero, en fin. El año siguiente, cuando hiciera mejor tiempo.

Terminó el último bocado justo a tiempo. Sonó el timbre. Un joven pecoso le entregó la caja de vino que había encargado. Le dio una generosa propina porque era un día de celebración. Colocó todas las botellas menos una en el botellero. La última era para aquella noche. Y para la noche siguiente. Y la siguiente. Porque, estando sola, no iba a terminarla tan rápido.

Mientras tanto, volvió a sentarse frente al cuadro. En conjunto, estaba bastante satisfecha con su trabajo. Pensó que, en realidad, no había ninguna razón para no tomarse ya una copa. Isobel se levantó y, al darse la vuelta, alcanzó a ver una bufanda roja a cuadros colgada sobre el pequeño puente. Decidió dejar de preocuparse por aquella clase de alucinaciones. Necesitaba unas gafas nuevas.

Eso era todo.

Y, efectivamente, cuando regresó, la bufanda había desaparecido.

Esta vez trabajó en las copas de los árboles y en los retazos del cielo de octubre que se veían entre ellas. Había hecho buen tiempo aquel día. No volvió a llover hasta la mañana siguiente. El castillo había sido hermoso, al igual que las callejuelas antiguas. La vieja iglesia era impresionante, los museos abrumadores y la comida deliciosa.

Sin embargo, en sus recuerdos, aquel había sido el día más hermoso de todos.

Continuó trabajando con esmero. Nadie la molestó. El día transcurrió más rápido de lo previsto y la oscuridad comenzó a caer lentamente. Se dio cuenta de que, en realidad, tenía hambre.

Sacó cuidadosamente todos los ingredientes de su plato favorito y empezó a prepararlo. Durante un momento se preguntó por qué añadía aquellos champiñones. Era algo que a Thierry le gustaba comer. A ella no le desagradaban, pero tampoco los necesitaba. Costumbre, probablemente. Había preparado tantas veces aquel plato con champiñones que sin ellos ya no parecía completo. Además, así Thierry estaba un poco con ella.

El vino combinaba muy bien con la comida y quizá bebió más de lo que había pensado. De cualquier modo, después del postre volvió a sentarse un rato frente al cuadro con la copa de vino a medio terminar. Una rosa roja descansaba sobre el puente.

Y un poco más allá había otra. Y más lejos, una tercera. Y así, una tras otra.

Eran las mismas rosas que Thierry le había regalado todos los años. Una por cada año de matrimonio. Al final había necesitado dos jarrones para colocarlas.

Extendió hacia ellas la mano izquierda.

—Oh, amor mío. Mi queridísimo amor...

 

Una voz masculina resonó en el vestíbulo cuando se abrieron las puertas del ascensor.

—¿Estás segura de que fue buena idea traer a la pequeña?

—¿Habrías preferido dejarla sola en la habitación del hotel? —respondió una voz femenina.

Las cintas policiales que rodeaban la puerta ya habían sido retiradas. La cerradura nueva relucía ante los visitantes. Los daños en el marco de la puerta eran prácticamente invisibles. El encargado del edificio había hecho un buen trabajo.

Con cierta vacilación, la mujer introdujo la nueva llave en la cerradura y abrió la puerta.

Había polvo. Naturalmente. Hacía meses que nadie entraba para limpiar. Por lo demás, todo estaba más o menos como lo había descrito el policía. Los cubiertos y los platos estaban lavados sobre la encimera, aunque todavía no habían sido guardados. Los investigadores se habían llevado la copa de vino rota para examinarla, y la gran mancha roja bajo el caballete y el taburete seguía allí. Los investigadores habían determinado que era pintura. No sangre.

—¿La abuela viene ahora? —preguntó la niña, llevando, como siempre, su conejo de peluche entre los brazos.

Antes de que su madre pudiera detenerla, echó a correr alegremente por el pequeño apartamento. Se quedó un momento junto a la ventana, mirando hacia afuera. Las flores de los árboles estaban casi marchitas.

La policía había tardado bastante tiempo en llegar a la conclusión de que, en realidad, no sabía qué había sucedido. Ni exactamente cuándo había sucedido. El mensajero había entregado el vino el miércoles, pero al día siguiente el repartidor del supermercado se había encontrado con la puerta cerrada. El martes siguiente había pasado la asistenta doméstica, pero no encontró a la señora Gravestein en casa. Tampoco había ninguna nota indicando adónde había ido, como solía dejar algunas veces. Al día siguiente, Valerie había llamado en vano. Y llamado. Y llamado de nuevo. Y después... Aquella era una época en la que prefería no pensar. Se sentía inmensamente culpable por no haberla visitado con mayor frecuencia. Sobre todo durante aquellos últimos meses. Pero tenía muchísimo trabajo y el vuelo era muy caro.

Y así había muchas razones para no ir.

Steve la abrazó para consolarla. Sostenía un tubo de pintura en la mano.

—¿Qué es eso?

—Estaba en el suelo. Pintura roja. Alguien debe de haberlo pisado porque está completamente vacío.

Señaló la mancha roja sobre el suelo laminado.

—Pero no hay huellas...

—Ya...

También era una marca extraña. Valerie nunca había oído hablar de ella.

Conte de fées.

—¡Mamá, mira! ¡La abuela! —gritó la pequeña Joyce, señalando el cuadro.

Valerie abrazó a su hija.

—Sí, cariño. Nosotros también echamos de menos a la abuela.

—¡No! ¡Mira! Allí, allí está la abuela.

Valerie miró el cuadro detrás de su hija. Sintió un frío helado.

Era el paisaje boscoso que su madre le había mostrado la última vez que hablaron. Un perrito blanco y negro, con una pelota roja en la boca, estaba sentado sobre el pequeño puente. Estaba completamente segura de que un momento antes no estaba allí.

Pero no fue eso lo que hizo que la sangre pareciera congelársele en todo el cuerpo. Al final del sendero que partía del puente se distinguían las siluetas de un hombre y una mujer estrechamente abrazados. Tampoco habían estado allí un momento antes. La mujer llevaba un ramo de rosas rojas entre los brazos.

Petra Coret es una escritora neerlandesa que nació en Rijswijk (Zuid Holland) y reside en Zoetermeer. La autora dice de sí misma: Siempre me han interesado los idiomas, la historia y las historias que la gente cuenta sobre el mundo que les rodea. Esto me llevó a obtener una maestría en lengua y cultura griega y latina antiguas, y a escribir mis propias historias. Estas historias sobre mundos extraordinarios y gente común, o viceversa, se publican desde hace unos dos años.

AUTOCOMBUSTIÓN

Massimo Citi

 

Hay quien dice que se ha sumergido en un libro. Que ha sido transportado a otro lugar o arrebatado de la realidad. Incluso que se ha quemado el cerebro para comprenderlo. Por un lado estamos nosotros: activos, vivaces, atentos. Por el otro, el libro: pasivo, silencioso, disponible. Pues bien, el libro de este relato es solo un poco menos pasivo que sus hermanos. Muchísimo menos disponible. Probablemente arrastre un pasado largo, larguísimo, y un futuro oscuro y terrible. Se puede intentar leerlo, desde luego, pero las consecuencias pueden ser realmente imprevisibles… Aunque, en cualquier caso, no podrán decir que su lectura no los hizo sudar…

 

Escribir… bah, inútil.

Tiempo perdido, esfuerzo inútil.

Quizá peligroso.

 

Se lo llevan en silencio, envuelto en un sudario de plástico, como si no quisieran despertarlo.

El riesgo ya no existe. Está carbonizado, quemado como una cerilla.

A través de la rendija de la puerta entreabierta puedo ver a enfermeros y policías recorrer su apartamento, «el apartamento del escritor», buscando indicios, rastros, señales o quién sabe qué otra cosa. Probablemente ni siquiera busquen lo mismo. Pasan en silencio por el pasillo y, supongo, por las otras tres habitaciones. Mi vecino se quedó dormido fumando. La colilla encendida resbaló al suelo y cayó sobre la moqueta. En vez de apagarse, dejando una bonita mancha ennegrecida, prendió fuego al sillón. Imagino que se despertó por el calor y el dolor de las quemaduras… suponiendo que llegara a despertarse. Pero no se movió de su viejo sillón. El portero lo encontró perfectamente calcinado. Seguía sentado, con un bloque de hojas chamuscadas sobre el regazo. Probablemente uno de esos manuscritos que leía para la editorial. O quizá el manuscrito de aquel demente.

Es posible que estuviera borracho. O algo peor. Para encontrar concentración, inspiración o vaya uno a saber qué, consumía cualquier cosa a cualquier hora del día. Tragaba, fumaba o aspiraba lo que se le pusiera por delante: alcohol, porros, cocaína. Todo lo que cayera en sus manos. No creo que lo que fumaba en el sillón fuera un cigarrillo. Pero ahora ya no es fácil averiguarlo.

Me encojo de hombros.

Bueno, ya se darán cuenta solos, pienso. Con los peritos o quien corresponda encontrarán rastros de la droga. O de las drogas.

 

—¿Señora?

Me observa a través de la rendija que deja la puerta, todavía retenida por la cadena. Un ojo castaño, con unas pestañas curiosamente demasiado largas para un hombre, asoma entre las hojas de la puerta. Quito la cadena.

—¿Sí?

Empuja apenas la puerta con la punta del zapato.

—Buenos días. Antonio Calabrese, carabineros. ¿Puedo hacerle unas preguntas?

Me encojo de hombros.

—Ya que está aquí…

Inclina la cabeza en un silencioso gesto de cortesía y entra. Acerca la puerta a su espalda sin llegar a cerrarla.

—Solo un par de preguntas…

No termina la frase, pero ya ha resuelto el caso como «estúpido accidente doméstico» y todo lo que viene después es pura rutina.

—¿Sabe si el señor Piatti recibió visitas anoche?

No quiero verme involucrada en esta historia. Todavía ni siquiera he decidido si debo sentir pena por él. En cualquier caso, la pregunta es absurda si ignora por completo cuál era mi relación con «el señor Piatti». Lo miro abriendo mucho los ojos. Un recurso un poco ridículo para una mujer que se acerca a los cuarenta, pero que sigue –o debería decir todavía– dando resultado.

—No, no lo sé —admito, procurando parecer algo alterada.

El carabinero sonríe con mayor convicción. Ahora se siente un protector de la ley, mientras que yo soy solo una muchacha –o una exmuchacha– necesitada de ayuda, consuelo y apoyo. Y, si se presenta la ocasión, quizá de algo más.

—Entiendo. ¿Oyó voces, movimiento? ¿Gente entrando o saliendo?

Me sonríe, aunque noto cierta desconfianza. Tal vez a mi edad debería abandonar de una vez estos gestos de adolescente. Adopto una expresión seria y reflexiva.

—Bueno… diría que hubo algo de movimiento hacia las once de anoche. No puedo jurar que se tratara del profesor; no tengo la costumbre de espiar detrás de la puerta. Pero creo que, a esa hora, alguien salió de uno de los apartamentos. Escuché los saludos de siempre: «hasta luego», «adiós», «chau», «chau»… Después el ruido de una puerta al cerrarse y, enseguida, silencio.

—¿Colegas? ¿Amigos?

—Era una mujer —aclaro—, pero no puedo asegurar que saliera precisamente del apartamento de Piatti.

—Sí, tiene razón. Además… en este rellano hay alguien más que…

Niego con decisión.

—Creo que no. Nadie con una vida social especialmente intensa.

—Ya veo.

Toma una nota rápida. Después relee en voz baja lo que acaba de escribir.

—Visitas… una mujer… se fue alrededor de las once… antes… —Levanta la cabeza de golpe—. ¿Tiene idea de qué estaba leyendo?

Lo miro fingiendo sorpresa.

—No. No tengo la menor idea.

Asiente.

—Claro. Lo estamos preguntando por ahí, pero nadie sabe responder. Piatti estaba leyendo un borrador, algo que había recibido de otro escritor; un principiante, supongo. Un novato o quizá un colega.

—Piatti leía a menudo textos de otros. Daba consejos… al menos eso tengo entendido… —¡Cuidado! No dejes ver que sabes demasiado de su vida. No despiertes sospechas…

—Ah, imagino que fue Piatti quien se lo comentó, quien se lo confió.

Asiento con rigidez.

—Charlas de ascensor.

—Claro, claro…

Sonríe.

—Después de que esa muchacha se marchó, pasadas las once, ¿oyó algo más?

—No. Un silencio absoluto. Era… bueno, era un hombre silencioso, tranquilo.

—Sí, es verdad. Incluso la forma en que se fue resulta muy acorde con su carácter…

Me mira fijamente, ya sin sonreír.

—¿Está completamente segura de no haber visto nunca el libro que estaba leyendo?

Insiste demasiado. Me temo que sabe algo. Lo niego, aunque con un leve titubeo.

Claro que sé perfectamente de qué libro se trataba. Piatti me había hablado de él.

«El libro que me trajo ese tipo. El de los anteojos gruesos, ese medio loco. Mejor dicho: loco de remate.»

Ya se lo había rechazado otras veces con distintas excusas, pero aquella vez el hombre lo había tomado por sorpresa.

«Creo que es el delirio de un asesino místico. Aunque no lo escribió él. Es una interminable serie de asesinatos narrados hasta el menor detalle, interrumpidos por disparates o estupideces pseudomísticas y por frases sin sentido, ni siquiera escritas en italiano. O en alfabeto latino. Tal vez hebreo. Es un libro obsesivo… casi enfermizo. No sabría describírtelo mejor…»

—Usted lo sabe, ¿verdad?

Aprieto los labios.

—Me comentó algo… una novela policial o algo por el estilo.

—Sí.

Me observa con seriedad.

—Nos hemos hecho una idea aproximada de la relación que existía entre ustedes dos, señora. Nada demasiado serio ni comprometido, desde luego… —Se acaricia una aleta de la nariz con un gesto que, no sé por qué, me resulta bastante vulgar— …pero había algo real entre ustedes. Su exvecino de enfrente tenía cierta afición por la fotografía, ¿lo sabía? Y usted sale muy bien en las fotografías. —Me mira satisfecho, casi desafiándome— ¿Alguna vez le mostró las obras de su genio?

Sonrío también, procurando seguirle el juego.

—Solo alguna que otra vez. Últimamente nuestra relación se había enfriado un poco. Nos veíamos menos. La muchacha de anoche vino por él. Debía de ser una demostración… en fin, no importa… Pero ese libro, ese libro, ¿por qué es tan importante?

—¿Quiere cambiar de tema? No es que el libro haya dejado de interesarme, pero acabamos de establecer que ustedes dos eran íntimos y…

—¿Íntimos? No, no, no. Alguna vez comimos juntos. O nos acostamos juntos. Nada más. Ni siquiera me gustaba tanto el señor Piatti. O quizá, simplemente, a veces se notaba demasiado que, en el fondo, era gay. «Me enamoré de ti porque no tenía nada mejor que hacer…», nada más.

—Bueno, anoche estaba aquí con una muchacha…

—Para herirme. Para decirme: «¿Ves? El que no funciona no soy yo; eres tú».

Me observa con una curiosa expresión a medio camino entre la conmiseración y la compasión. Está convencido de que Piatti me engañó y de que yo ni siquiera tengo el valor de admitir cuánto me dolió.

—Supongo que usted no tiene coartada para anoche.

Lo miro, sinceramente sorprendida.

—No sabía que se tratara de un homicidio. No, no tengo coartada. Pero, por si sirve de algo, yo no lo maté.

Hace un breve gesto de negación.

—No fue un homicidio. Quizá un suicidio asistido.

—Bueno, pues yo no lo asistí.

—Estoy convencido. Pero me temo que el asunto es más complicado. Me gustaría conseguir otra copia del texto que estaba leyendo… ¿Cómo se llamaba el autor?

—No sé si era el autor. En cualquier caso se apellidaba Frigoni o Brigoni, algo parecido. Creo que Piatti guardaba la dirección… o quizá era una tarjeta… En fin, la tenía en su secretaire… Dios, qué nombre tan ridículo.

—Es posible. Echaremos un vistazo a su escritorio –llamémoslo así– y buscaremos al señor Frigoni o Brigoni. Tal vez tenga otra copia del mismo libro. Por el momento, muchas gracias.

Inclino apenas la cabeza, como diciendo «no hay de qué», pero en realidad estoy pensando en otra cosa.

¿Por qué le interesa tanto leer el libro que trajo aquel cuatro ojos desdichado? Da la casualidad de que Piatti estaba leyendo precisamente ese manuscrito la noche de su muerte. Mala suerte, pensándolo bien. Aunque no creo que el libro tenga relación alguna con lo ocurrido.

 

El funeral fue una decepción.

Supongo que esperaba algo más animado o, simplemente, una concurrencia mayor. O que la editorial enviara a alguien más importante que un simple empleado administrativo.

Había un par de escritores: un joven desaliñado, con aspecto de haberse levantado hacía cinco minutos y dispuesto a volver corriendo a la cama, y una mujer de mediana edad, excesivamente arreglada y maquillada como una prostituta de carretera en el ocaso de su carrera.

Los familiares eran pocos: un hombre corriente que habría jurado que era su hermano, acompañado por dos gemelos pálidos y silenciosos como si fueran prometidos de la muerte. Y dos ancianos abatidos, que imaginé serían sus padres.

También estaba Calabrese, prácticamente indistinguible de los empleados del crematorio vestidos de gris.

Al terminar la ceremonia –una breve espera frente al horno crematorio mientras el cuerpo mortal de Piatti terminaba de reducirse a cenizas– Calabrese me aguardaba junto a mi coche, estacionado a unos doscientos metros de la entrada del cementerio.

No hace buen día.

Es el comienzo de la primavera: luminoso, pero frío, azotado por un viento caprichoso del que resulta imposible protegerse.

Lamento no haberme puesto un jersey de cuello alto mientras levanto el cuello del abrigo.

—Todavía hace frío, ¿verdad?

Lo miro sin sonreír. Solo le faltan unos bigotitos finos para parecer la mano derecha del jefe de una familia mafiosa.

—Desde luego —le concedo—. ¿Necesita preguntarme algo más o…?

Levanta una mano con una media sonrisa.

—Por favor, por favor. No es eso. Lo que ocurre es que después no conseguí hablar con Brighenti; así se llamaba. —Saco las llaves del coche del bolso, solo para darle a entender que noticias como esa no me interesan. Más aún: que tengo prisa por volver a casa—. No, espere. Lo interesante no es eso. Lo interesante es que Brighenti murió. La misma noche, de la misma manera y, creo, a la misma hora que… ¿Entiende?

Normalmente me habría encogido de hombros. Ese tipo de noticias, dignas de un programa sensacionalista, nunca me impresionaron demasiado.

Pero no puedo. Tengo que admitir que esto sí me ha impresionado. Calabrese debió advertirlo, porque insiste.

—Quemado. Brighenti estaba en la cama a esa hora. Creo que leía sentado, porque padecía una enfermedad en la garganta que le impedía acostarse. Cualquiera podría pensar que estaba fumando y que se quedó dormido con el cigarrillo encendido entre los dedos.

—Otro idiota, por lo visto.

—Sí, podría suponerse eso. Pero no es posible. El problema es que Brighenti no fumaba. Nadie ha logrado encontrar una explicación razonable para el incendio. Estaba leyendo, pero del libro apenas quedó nada. El caso es que el expediente de Brighenti sigue abierto, aunque tarde o temprano acabarán archivándolo, y el único elemento curioso, o quizá misterioso, es el otro caso semejante ocurrido la misma noche: el de Piatti.

—¿Estaban leyendo el mismo libro?

No sé cómo se me ocurrió la pregunta, pero enseguida comprendo que di en el blanco.

Calabrese asiente con un movimiento exagerado.

—Exactamente. La portada quedó completamente destruida por el fuego, pero algunas páginas sobrevivieron parcialmente y, al compararlas con los fragmentos encontrados sobre Piatti, resultó que, con toda probabilidad, pertenecían al mismo libro. En el texto aparecen unos caracteres muy extraños, quizá hebreos. Algo que no esperaba encontrar…

Se encoge de hombros.

—Naturalmente, esta no es una investigación oficial. La muerte de Piatti quedó archivada como accidente doméstico, pero no descarto conseguir que el caso se reabra.

Asiento.

No me entusiasma la idea de que reabran la investigación. No tengo ninguna gana de declarar: «Sí, mantenía una relación con el señor Piatti».

Pero hay algo en toda esta historia que empieza a asustarme.

—¿Qué clase de libro era? ¿Ha logrado averiguarlo?

—Un manuscrito, aunque no era obra de Brighenti, como quizá usted creyó…

—No, no era suyo. Brighenti nunca me cayó bien, y mucho menos al pobre Piatti, que no encontraba la manera de librarse ni de él ni de su libro. Según Brighenti, se trataba de un documento excepcional, único. Para Bruno, Bruno Piatti, no era más que una interminable sucesión de asesinatos perversos, interrumpidos por reflexiones absurdas. El producto de una mente enferma, escrito sin preocuparse lo más mínimo por el eventual lector. Según él, el autor era un loco. Y Piatti no era precisamente de los que repartían calificativos a la ligera.

—El libro, o lo que queda de él, no contiene nombres ni nada que permita averiguar quién es el autor. Por otra parte… —Calla, buscando las palabras, con la mirada fija en el suelo, en algún punto entre mi rueda y la delantera del coche estacionado delante—. Por otra parte —prosigue—, no es posible –o al menos todavía no lo es–, pensar que exista una relación entre el contenido del libro y la muerte de quienes lo leen. ¿No le parece?

Un escalofrío, inesperado. De pronto ya no tengo ningún deseo de volver sola a casa.

 

Pasaron varios días antes de que volviera a oír la voz de Calabrese. Días tranquilos. Demasiado tranquilos. Vinieron los de la inmobiliaria a mostrar el apartamento de Piatti, recién pintado y restaurado, a tres o cuatro interesados. Los espié por la mirilla de la puerta. Curiosamente, esperaba a cada instante que apareciera Piatti de un momento a otro. ¿Lo echo de menos? No lo sé; diría que no, aunque tampoco estoy demasiado segura. Lo cierto es que me alegra reconocer la voz del suboficial de los carabineros a través del portero eléctrico.

—¡Suba! —grito con inesperado entusiasmo.

—Buenos días.

La voz de Calabrese suena una octava más grave. Y desafinada. Permanece de pie ante la puerta, enfundado en un viejo impermeable demasiado grande para él.

—¿Pero qué…?

—Lo sé, lo sé, no tengo muy buen aspecto. Estoy de licencia en estos días. Mejor dicho, me han suspendido.

—Pero no se quede ahí. Entre.

Niega con la cabeza.

—No estoy aquí oficialmente. En mi situación actual no puedo hacer nada oficial, la verdad. Mucho menos andar molestando a amigos y familiares de personas fallecidas hace poco. Pero tengo mis razones, como imaginará.

Mira un instante a sus espaldas, con la rapidez inquietante de quien ha adquirido hace poco un nuevo hábito.

—Ha habido otras muertes como… como la de Piatti. ¿Ha recibido últimamente algún paquete o un aviso de entrega?

—Sí, claro. Espere un momento… —Me alejo de la puerta y voy hasta la cocina—. ¿De verdad no quiere entrar? —grito.

La respuesta que recibo es un sonido extraño, semejante a un profundo gorgoteo que nadie –yo menos que nadie– habría atribuido a un ser humano. Vacilo un instante. Después tomo el resguardo amarillo del correo y corro hacia la puerta, temiendo que se haya marchado. No. No se había marchado. Seguía allí.

Fuera lo que fuese aquello en lo que se había convertido.

 

Esta mañana me cepillé el cabello. Las canas son ya una clara mayoría. Se quiebran y caen sobre el lavabo. Si cierro los ojos vuelvo a verlo. La llama transparente que brota de su ropa y de su boca; los ojos blancos vueltos hacia arriba; la cabeza doblada hacia atrás como la de un búho o una lechuza. Y aquel sonido, ese profundo gorgoteo que parecía llegar desde algún otro lugar, inaccesible.

Los carabineros certificaron su muerte. ¿Qué otra cosa podían hacer?

Encontraron entre sus ropas fragmentos del libro; mejor dicho, de los libros. Calabrese los llevaba siempre consigo, por miedo a perderlos o quizá por alguna otra razón. Debió de leerlos una y otra vez, hasta aprendérselos de memoria. Después llegaron las visiones. La sensación de que alguien lo buscaba, lo llamaba, lo perseguía. Últimamente ha habido otros casos. Según Calabrese, más personas recibieron el libro –ese libro– y murieron quemadas vivas en sus propias casas. Que yo sepa, nadie se atreve a formular hipótesis, ni siquiera a hablar de un plan. Y, sin embargo, cuesta creer que no exista. Todo parece formar parte de un proyecto. De un proyecto antiquísimo que, lentamente, va convirtiéndose en realidad.

El aviso del paquete que me espera en la oficina de correos sigue ahí, sujeto al tablón de anuncios de la cocina. Por ahora es inofensivo. El lugar de procedencia parece decir «Savona», aunque, con esa letra tan descuidada, también podría leerse Sheol.

En teoría, yo no conozco a nadie ni de un lado ni –eso espero– del otro.

Pero podría estar equivocada.

Al fin y al cabo, también Piatti se equivocó.

Y otros antes que él.

Si el libro tiene que llegar a mis manos, de un modo u otro me será entregado. Y no podré evitar leerlo, apasionarme, horrorizarme, arder –literalmente– mientras lo leo.

Lentamente, el contagio crece y nos consume.

Algo antiguo ha despertado, y un libro espera a cada uno de nosotros. Para que lo leamos y perdamos para siempre las palabras, la imaginación y la vida.

Todos estamos siendo juzgados.

Juzgados.

Y condenados.

Massimo Citi es un reconocido escritor, editor y exlibrero italiano especializado en narrativa especulativa, ciencia ficción, fantasía y ucronías. Nacido en Brescia y radicado en Turín, ejerció durante más de cuatro décadas como librero. A la par de su labor editorial con el sello CS_libri, ha sido codirector de publicaciones literarias como la revista LN LibriNuovi y la antología anual Fata Morgana. Asimismo, destaca por la edición de la serie de antologías Alia, referente de la ciencia ficción tanto italiana como internacional. Como autor, ha publicado numerosas novelas y relatos breves. Su obra abarca subgéneros que van desde el steampunk hasta la ficción distópica y fantástica. En 2002 fue galardonado con el Premio Omelas por su relato «Il perdono a dio», una distinción otorgada en colaboración con Amnistía Internacional a obras de ciencia ficción enfocadas en la defensa de los derechos humanos. Además de sus publicaciones impresas, mantiene una presencia activa en el ámbito crítico y ensayístico a través del blog literario Fronte e retro.

 

 


EL CASO DEL HOMBRE DIVIDIDO

Patricio G. Bazán

 

Londres, otoño de 1885. El doctor Edison Maxwell se hallaba sólidamente plantado frente a la ventana de su moderno consultorio de la calle Baker 223. Afuera caía un fuerte aguacero, pero apenas si prestaba atención: en su cabeza rugía una feroz tormenta eléctrica de soluciones y alternativas para tratar la aflicción de su paciente.

—Querido Henry, hemos sido camaradas en la Facultad de Medicina y creo conocerte lo suficiente como para saber que no exageras. Sospecho que tu problema no es físico, sino mental.

El otro hombre, flaco y ojeroso, saltó del sillón como un resorte.

—Edison, no creo estar loco cuando afirmo que me transformo por las noches…

—No me refería a eso, amigo mío. ¿Recuerdas a nuestro compañero en Oxford, Talbot? También afirmaba lo mismo; solo que, en lugar de volverse un hombre salvaje e indecente como tú, se convertía en un lobo feroz.

—Suena a locura, Edison…

—No lo era. Creía honestamente en su metamorfosis, aunque en realidad se trataba de un mecanismo de su mente para liberar toda la lujuria reprimida. Durante el día actuaba como un científico ermitaño, tan brillante y digno de admiración como Gladstone; pero al amparo de las sombras brotaba su parte rebelde y salvaje, libre de toda presión social y profesional.

—Y supones que yo padezco algo similar, ¿verdad? —susurró Henry, abrumado por su funesto padecimiento.

—Algo así. Permíteme evaluar tus reflejos con mi célebre martillo de plata —bromeó el médico, tratando de calmar la excitación de su colega.

Henry suspiró mientras se dejaba examinar. Confiaba en el talento versátil de Maxwell, ya que no sabía a quién más acudir. Temía que su alter ego se desbocara y, en lugar del resonado y licencioso trovador del Soho, se tornara una bestia desenfrenada y peligrosa, destinada a morir por el garrote. Tragó saliva, recordando que en la casa contigua vivía un temible detective.

—¡Todo bien aquí abajo, muchacho! Insisto en que tu trastorno reside aquí arriba —concluyó Edison, remarcando con unos golpecitos sobre la cabeza del paciente—. Te daré las señas de un prestigioso médico de Viena, especialista en cuestiones mentales. Si alguien puede devolverte la unidad, es él.

Tras un breve pero emotivo abrazo, ambos amigos se despidieron. Edison esperó el inconfundible carrillón de la puerta de entrada confirmando la partida del paciente.

—¡Ya puede salir, John! —exclamó complacido, mientras se quitaba el disfraz.

El hombre aludido emergió de su escondite tras un biombo.

—Otro misterio resuelto, ¿verdad? —inquirió.

El otro bufó, despectivo.

—¡En absoluto! Desde el comienzo sospeché que el atormentado científico vespertino y el salvaje cocainómano trasnochador eran la misma persona. Creo que hemos intervenido a tiempo: mi pequeña representación teatral le ha evitado al inspector Lestrade algunos quebraderos de cabeza, y muchos ayes de dolor a nuestra ciudad.

—No parece que valga la pena consignar esta historia, ¿verdad?

—¡Elemental! No constituye un verdadero caso policial. Créame, nadie volverá a oír de Henry Jekyll. Volvamos a casa antes de que el auténtico Maxwell regrese, y la señora Hudson nos regañe, como de costumbre.

Patricio Guillermo Bazán es un escritor e ilustrador argentino nacido en 1965. Entre sus obras de ficción inéditas se incluyen Panoplia (cuentos), la novela El tapado y el león, y varias obras de teatro. Ha publicado ficciones breves en todos los blogs del colectivo Heliconia y algunas de sus microficciones aparecieron en las antologías Grageas 3 y Cien páginas de amor, mientras que cuentos más extensos han sido seleccionados para Espacio austral (antología de cuentos de ficción especulativa chileno argentina) y Extremos, una compilación análoga, pero en este caso formada por ficciones de escritores de México y Argentina. Actualmente está un poco alejado de la literatura, mientras desarrolla su faceta actoral.

 

 

 

martes, 15 de septiembre de 2026

UN MONTÍCULO DE PIEDRAS PLANAS

Sidney Williams

 

A veces, las noticias que uno ha esperado no producen el efecto que imaginaba.

Alyssa Keating no experimenta ninguna sensación de cierre cuando cuelga el teléfono después de que Bisley termina de hablar.

Ningún alivio.

Ninguna satisfacción.

La sorprende comprobar que el instante posterior a la llamada no parece diferente del instante anterior.

Tal vez se deba a que la noticia no acaba de parecerle real.

Bisley no le preguntó si quería ver el cadáver. No sabe si esas cosas se hacen, pero habría rechazado la propuesta. Si él se lo hubiera preguntado antes de colgar, le habría dicho que ya había visto bastante a Vern Shaver en las audiencias de libertad condicional.

El hecho de que haya muerto, saber que nunca saldrá libre, debería bastar.

Se acerca a la estantería situada a los pies de la cama. Desde hace varios años hay allí un pequeño montículo de piedras planas, intacto, sin que jamás se haya tambaleado. Simboliza la promesa que le hizo a su madre, Marie, cuando el cáncer estaba cobrando sus últimos tributos al cuerpo y al espíritu.

Shaver mató a su tío, Donald Corbin, el hermano mayor de su madre, que se había burlado de su hermanita cuando eran niños, pero también la había protegido.

Había seguido siendo un buen hermano mayor cuando ella comprendió que tendría que criar sola a una hija. La visitaba los fines de semana, aparecía los viernes por la noche con una Barbie Happenin’ Hair o muñecas Bratz y siempre se aseguraba de que no le faltara dinero.

La pérdida destruyó algo en Marie, pero también despertó otra cosa. Había asistido a todas las audiencias de libertad condicional y, mientras se consumía, le había pedido a Alyssa que continuara haciéndolo, que estuviera allí para mirar a los miembros de la junta a los ojos, aunque no se permitieran declaraciones de las víctimas. Que supieran del vacío que la ausencia de Donald había dejado en el mundo. Que lo supieran con solo mirarla.

Alyssa pulsa la opción de rellamada del teléfono solo después de varios minutos más de reflexión.

—Bisley —responde una voz.

—Soy Alyssa otra vez. Me preguntaba si podría ver el cadáver. ¿Es posible?

—No sé si existe un procedimiento formal para eso, pero puedo averiguarlo. Dame unos minutos.

Bisley, técnicamente el teniente detective Carl Bisley, fue el investigador de la oficina del sheriff y se ha mantenido en contacto a lo largo de los años, primero con Marie y luego con Alyssa, siempre con cierta preocupación protectora, profesional pero... ¿qué? ¿También paternal?

Es un hombre de alrededor de un metro setenta y tres, aficionado a las camisas abotonadas y los pantalones de vestir. Ha ganado unos kilos y algunas canas con los años, pero sigue teniendo casi el mismo aspecto que en los tiempos de la investigación. Alyssa siempre imagina su versión actual frente a la casa del lago del tío Donald, bañada por las luces de los vehículos de emergencia, ofreciéndole un hombro a su madre.

El detective vuelve a llamar poco después.

—Lo llevaron a la morgue del Hospital Beckett —dice—. Todos están convencidos de que murió por causas naturales, pero corresponde hacer una autopsia. Pedí un favor. Podemos entrar y ver el cadáver. Si estás segura de que quieres hacerlo.

Tal vez todo haya sido un poco más que paternal. No va a discutir sus motivos. Él nunca se ha comportado más que con cortesía.

—Creo que sí —dice.

No logra librarse de la sensación de que, de algún modo, su madre la está observando.

 

Bisley la hace entrar por el acceso de emergencias del hospital y toman un ascensor de acero hasta el nivel de la morgue. Recorren un amplio y austero pasillo de baldosas y atraviesan unas puertas batientes de acero inoxidable.

El empleado de turno es un muchacho alto y delgado, de cabello rubio, que no parece demasiado interesado en la placa ni en la identificación de Bisley, aunque el detective se las muestra de todos modos.

—Es por aquí —dice el muchacho después de consultar la pantalla de una computadora.

Sus pasos resuenan sobre más baldosas hasta llegar a una sala con hileras de puertas metálicas blancas que parecen más refrigeradores que las unidades que se ven en televisión.

¿Apilan cadáveres ahí dentro?

El empleado se dirige hacia una puerta situada al final de una hilera. Cuando la abre, por fortuna solo uno de los compartimientos está ocupado, aunque debajo hay espacio para otros dos cuerpos.

—¿Quieren que lo ponga en una camilla?

—No creo que sea necesario —dice Bisley, y mira a Alyssa alzando las cejas a modo de pregunta.

—No, no, por favor, no se moleste.

—Solo deja que vea su rostro —dice Bisley.

El muchacho abre la cremallera de la bolsa mortuoria y separa los bordes.

El cabello de Shaver está más plateado que en la última audiencia, un par de años atrás. Pero es él, sin duda. Su piel tiene una palidez amarillenta, quizá acentuada por la luz fluorescente, y los párpados parecen extrañamente hundidos.

Siempre había tenido una expresión peculiar, una mirada muy suya: en el tribunal durante el juicio, más tarde en las audiencias. Ella no consigue reconstruirla con precisión en la memoria, pero ahora ha desaparecido.

Había estado huyendo después de un atraco improvisado a una tienda, aunque él y un cómplice tenían antecedentes de robos bancarios cuidadosamente planeados. Había sospechado que las autoridades estaban tras su pista, había abandonado su casa y necesitaba dinero rápido y un lugar donde esconderse.

La propiedad junto al lago de su tío, poco utilizada, le había parecido un buen refugio durante unos días, pero su tío había aparecido inesperadamente y lo había sorprendido, y la situación se había complicado. Shaver, tenso y desesperado, había actuado.

Ahora simplemente parece... nada. O un tipo que murió en prisión. Donde ella había contribuido a mantenerlo, canalizando la voluntad de las piedras.

Sigue sin sentir nada. Hasta que él se mueve.

Es solo un brazo y apenas un ligero movimiento dentro de la bolsa, pero ella da un respingo. Después, la cabeza gira levemente hacia ella. Bisley se acerca y le rodea los hombros con un brazo.

—¿Eso ocurre? —pregunta.

—El rigor mortis varía —dice el muchacho desde detrás de ellos—. En realidad, nunca se sabe qué puede pasar.

—Está bien —dice Bisley—. Está muerto, cariño.

Viniendo de él, considerando todo lo que han vivido, «cariño» resulta aceptable, igual que el brazo alrededor de sus hombros. Él la hace volverse. Ella se deja llevar.

—A un tipo de la India lo mandaron a la morgue —dice el muchacho—. En este trabajo uno se entera de esas cosas. Lo metieron en uno de los compartimientos mientras esperaban para hacerle la autopsia y despertó, empezó a golpear la puerta. Dijeron que había sido catalepsia.

—Ya basta —dice Bisley.

Mientras el muchacho vuelve a cerrar la bolsa mortuoria, el policía acompaña a Alyssa hacia la puerta.

—Aquí no ocurre eso —le asegura cuando están en el pasillo—. Lo comprobaron una y otra vez. Está muerto.

—Lo sé.

—Si el patólogo empieza a cortarlo y él grita, nos enteraremos. Pero está muerto.

—Se ha unido al coro invisible —dice Alyssa, pensando más en George Eliot que en Monty Python. Entonces se estremece al recordar un poco más del poema—. «...el coro invisible / de aquellos muertos inmortales que vuelven a vivir / en mentes mejoradas por su presencia...».

Desecha ese pensamiento mientras regresan por donde han venido, con el sonido de sus pasos resonando contra las baldosas. Shaver no mejora ninguna mente. No es inmortal.

Solo mira hacia atrás cuando llegan a un corredor transversal. ¿Un sonido distinto del de sus pasos? Una camilla vacía apoyada contra la pared se mueve un poco, desplazándose hacia afuera mientras una de sus ruedas giratorias describe una pequeña espiral.

Bisley advierte que aminora el paso.

—¿Ocurre algo?

—Esa camilla se movió.

—Debe de estar cerca de una rejilla de ventilación.

Él continúa hacia la salida.

 

—¿Todavía no sientes alivio? —pregunta Shawn.

Su cita habitual de los viernes por la noche.

Están en la mesa de siempre, junto a una ventana del pub. Ella alterna la mirada entre el canal deportivo de un televisor y los rostros de la gente, sin concentrarse realmente en nada, aunque toda la semana se ha sentido obligada a examinar caras.

Hace rato que no toca la hamburguesa. Ahora la levanta y le da un mordisco.

—No sé qué siento —dice.

—¿Qué esperabas sentir?

—Que se había acabado.

Pronuncia las palabras con esfuerzo, todavía con comida en la boca.

Él le da unas palmaditas en el brazo, deseoso de hacer algo. Esa inclinación compasiva que siempre le ha gustado en él puede llegar a resultar irritante.

—Mi madre siguió teniendo pesadillas hasta poco antes de morir —dice—. A veces creía que Shaver estaba dentro de su casa.

—¿No podía deberse en parte a los medicamentos?

—Dijeron que algunos podían causar problemas de concentración. ¿Quién sabe lo que hace el cerebro? Mamá quería a su hermano. Se obsesionó.

Desde que vio moverse el cadáver no ha podido librarse de aquella extraña sensación, no exactamente de estar siendo observada, sino de algo, una presencia.

Shawn es terapeuta y probablemente diría algo así como que ella está creando su propia realidad. Tal vez sea cierto, pero siente que debe permanecer alerta. No reemplaza del todo la vigilancia que mantuvo por su madre, pero ocupa un espacio en su paisaje emocional.

Un hombre sentado de espaldas a ella, en el extremo de una mesa bajo un televisor situado en una esquina, se vuelve justo entonces, apenas para mirar en su dirección.

Y ella ve que es Shaver, mirándola. Casi con esa maldita expresión.

Ahora tiene un destello, una imagen repentina de Shaver durante las audiencias de libertad condicional, cuando miraba por encima del hombro y la encontraba entre el público.

¿Cómo podría alguien reproducir aquella mirada?

Parpadea y, por supuesto, no es Shaver. Solo un hombre que empieza a quedarse calvo y tiene una barba parecida, que se ha vuelto para buscar al camarero y pedir otra jarra. Ella ha proyectado aquella expresión sobre él, ha interpretado mal su mirada.

Shawn advierte cómo respira y vuelve a tocarla, intentando consolarla. Ella se esfuerza por no apartar bruscamente el brazo. Él tiene buenas intenciones.

Y con el tiempo esa sensación desaparecerá. Eso espera. Tal vez cuando hayan enterrado o incinerado al bastardo.

 

El paseo hasta su apartamento es de unos cuatrocientos metros y los lleva por un pequeño puente ornamental sobre un arroyo bordeado de árboles y arbustos. Después continúan hasta el complejo de apartamentos situado al final de la calle. Delante se extiende un cañón de asfalto vacío, un mundo blanqueado por la luz de la luna. Apenas algunas sombras. Ella las examina en busca de movimiento. Shaver no aparece.

Otra vez: por supuesto que no.

Le sirve rápidamente a Shawn un poco del whisky escocés que él guarda en su casa y apenas un chorrito para ella, reforzando el entumecimiento interior iniciado por las cervezas de la cena. Él le hace algunas preguntas, preguntas de terapeuta. Ella las esquiva; no está de humor para convertirse en un caso clínico.

Tampoco está de humor para el romance. Se deciden por una comedia romántica de HBO, pero con las luces bajas y el alcohol en el organismo, los párpados empiezan a pesarle y pronto cabecea mientras Emilia Clarke afronta problemas profesionales y sentimentales.

Más tarde la despierta un sonido tenue, un roce más inmediato que la voz del narrador de un documental que comenzó después de la película.

Es el arbusto situado fuera de una ventana.

¿Hay alguien moviéndose allí?

Los músculos se le tensan, la obligan a incorporarse y después quedan petrificados mientras observa la silueta negra a través de las persianas de tablillas. ¿Ramas agitadas por el viento o algo más?

Obliga a sus pulmones a inspirar profundamente. Mira a Shawn, que dormita. ¿Debería despertarlo?

La silueta vuelve a moverse y después queda inmóvil. Ella se recuesta otra vez en el sofá y apoya la cabeza. Su respiración se hace más lenta. El mundo permanece silencioso, salvo por el zumbido habitual que persiste en un mundo electrificado.

Los párpados vuelven a caer. Piensa que quizá vuelva a dormitar.

Y así ocurre.

Duerme hasta que un estrépito resuena en la cocina. La habitación no es más que un pequeño espacio contiguo a la sala.

Shawn sigue dormitando a su lado, sin haberse despertado.

Probablemente sea una bandeja colocada de manera inestable para que se secara, pero será mejor comprobarlo. Es absurdo pensar que pueda haber alguien en el apartamento, pero la inquietud no la abandona.

Cruza la alfombra y vacila justo antes de la entrada de la cocina. Puede ver una parte de la encimera, pero no todo el espacio. No quiere avanzar, o sus piernas no quieren hacerlo. Está temblando. Se pregunta qué podría haber allí. No puede ser él.

No cree en fantasmas, espíritus ni almas que permanezcan entre los vivos.

Pero el cadáver se movió. La camilla. Shawn le diría que está siendo absurda.

Adelanta un pie, luego el otro. Rodea la pared. La cocina está vacía. Una bandeja para hornear yace en el suelo; se ha deslizado desde el escurridor. La recoge y la deja otra vez sobre la encimera.

En ese momento Shawn emite un gemido trémulo.

Ella corre hacia la sala. Él se agita, todavía atrapado en el sueño, quizá soñando. Ella lo sacude. Tal vez no se deba hacer eso. Él se mueve, se incorpora aturdido y mira alrededor.

—¿Qué pasa?

—No pasa nada —dice ella—. Una pesadilla.

—Creí...

Vacila. Está lo bastante despierto para contenerse al comprender que alimentará la inquietud de Alyssa.

—¿Qué?

—Creí que Shaver estaba aquí.

Lo dice como si fuera una confesión.

—¿Dónde?

—En el apartamento. Mirándonos desde la cocina.

Ella se deja caer a su lado.

¿Por qué ha dicho «la cocina»?

—Aquí solo estamos nosotros —dice, casi creyéndolo.

¿Habrá incorporado el estrépito a su sueño o habrá percibido algo? Ya no sabe qué creer.

 

Bisley la llama al trabajo para informarle de que Shaver ha sido incinerado. Por petición de algún pariente lejano. Lleva una semana mirando por encima del hombro cuando camina por la calle, comprobando tres veces las cerraduras y evitando quedarse hasta tarde en la oficina. Saber que ahora es ceniza no pone fin a nada de eso.

Un día, mientras espera el autobús, lo ve entre la gente, a media manzana detrás de ella. Cuando vuelve a mirar ya no está, pero el episodio desencadena un recuerdo. Una audiencia de libertad condicional.

Su mirada. Otra vez aquella expresión.

Eso conduce a otra versión inevitable e imaginaria de Shaver.

Cuando llega el autobús, sube, se apresura a ocupar un asiento y baja la cabeza, sollozando. No puede detener la escena que se reproduce en su mente: Shaver rompiendo el cristal de la puerta de la casa del lago, empujando la puerta hacia adentro, entrando para...

...encontrarse con su tío, que ha llegado a la habitación medio dormido, alertado por el ruido.

Durante un segundo inmóvil, ambos quedan sorprendidos. Entonces Shaver busca la pistola que utilizaba en sus robos. Su tío extiende las manos, con las palmas hacia adelante, suplicando. Shaver dispara de todos modos. Tres veces. (Eso último es un dato del médico forense, aunque el resto sea una mezcla confusa en la que quizá algunas partes estén invertidas. Shaver ya estaba dentro de la casa cuando su tío lo descubrió. ¿No era así? Entonces, ¿qué significa el allanamiento...?)

Para su madre había sido real. Ahora vuelve a serlo. Es como si ella hubiera estado allí. Como si él estuviera aquí.

Las cenizas no ponen fin a nada.

 

Empieza a registrar periódicamente el apartamento, revisando cuidadosamente los armarios, explorando los rincones del fondo y apartando la ropa colgada. Él no puede estar allí físicamente, se dice, pero no consigue descansar hasta comprobarlo.

A veces termina una inspección y debe repetirla, y la ansiedad solo disminuye después del segundo registro. Shaver le está consumiendo más energía ahora que cuando estaba vivo.

Shawn calificaría aquello como un síntoma de trastorno obsesivo-compulsivo. Le ocupa suficiente tiempo como para justificarlo, así que no se lo menciona cuando cancela su encuentro del viernes. Se limita a decir que no se siente bien.

Después del trabajo va directamente a casa, realiza la inspección, comprueba cuidadosamente las cerraduras de puertas y ventanas, come unas sobras y después se instala en el sofá para ver una película. No se queda dormida, pero tampoco logra concentrarse en lo que aparece en la televisión.

Entonces oye un ruido en el piso de arriba. Ha estado despierta. Nadie ha entrado por las puertas ni por las ventanas. Se dice que no es nada.

Después las vigas crujen sobre su cabeza.

Busca unas tijeras –en realidad, unas gruesas tijeras de cocina– y las aferra con una mano antes de subir las escaleras. El pasillo del piso superior está vacío. Continúa hasta su dormitorio. También está vacío. Las ventanas siguen cerradas, las persianas intactas. Está pensando que otra vez debe de haberlo imaginado todo cuando oye un tintineo tenue.

Perchas que chocan entre sí.

Maldita sea, registró el armario. Dos veces. Él no está ahí. Su cerebro replica que allí no hay ninguna rejilla de ventilación, que ninguna corriente de aire podría entrar con facilidad. Cualquier movimiento provocado cuando apartó las cosas ya debería haberse detenido. ¿Existe algo en la física que permita explicar esto? ¿O tendrá que buscar una respuesta fuera de la realidad convencional?

Las notas iniciales que dan el tono al coro invisible.

...aquellos muertos inmortales que viven en las mentes...

NO mejoradas por su presencia, en este caso.

Shaver sobre la camilla aparece fugazmente en su mente. Aquel estremecimiento, el giro de la cabeza. Y eso desencadena otra vez el recuerdo de la mirada.

Shaver con aquella expresión; había un ligero movimiento ascendente en las comisuras de sus labios, una sonrisa sombría cuando la descubría entre el público.

De pronto comprende que era como si quisiera hacerle saber que, de algún modo, estaba satisfecho; que aunque permaneciera encerrado y la presencia de ella en las audiencias contribuyera a mantenerlo allí, el asesinato había bastado para que todo valiera la pena. Había sido algo incidental durante su huida, un impulso desesperado, pero le había proporcionado algo, lo había saciado a pesar de su situación. El daño causado compensaba la pérdida de las comodidades que le habían proporcionado sus robos, lo resarcía por las condiciones deshumanizadoras de la jaula.

Aquella mirada también transmitía que no se trataba únicamente de la satisfacción por lo que había hecho. Él, o algo, se alimentaba del sufrimiento persistente, del dolor que su madre había albergado y dejado supurar en la confluencia del amor, la memoria y la pérdida. Había extraído energía de su presencia, de aquello que ella intentaba transmitir a la junta.

El sufrimiento había pasado a Alyssa junto con la obligación.

Tenía que asistir a las audiencias. Tenía que continuar, tenía que hacer saber a los funcionarios y a la junta de libertad condicional lo que había ocurrido; lo había prometido. Pero al hacerlo le daba a Shaver algo a lo que él se había aferrado y que había aprendido a saborear, a esperar con impaciencia. Algo se había formado en su interior que se alimentaba de lo que él era, de lo que había hecho y de lo que había provocado.

En una ocasión ella lo había percibido y había intentado explicárselo a Shawn, quien al menos le había ofrecido algunas ideas. Ahora casi lo había olvidado.

Los golpecitos proceden del interior de la puerta del armario, débiles, constantes. Como uñas. Un golpeteo suave, provocador. El hijo de puta. Un poco más fuerte. Golpes sordos. Por si no los había oído.

¿Quiere él –o eso– que ella se acerque, abra de un tirón la puerta, apuñale el aire, aparte la ropa otra vez, lo busque? ¿Que grite? Ve esa maldita sonrisa satisfecha. Lo único que le quedaba, intentando transmitir aquella sombría satisfacción.

—¡Noooooooooo!

Él, o eso, no seguirá alimentándose, maldita sea.

—¡Vete! ¡Vete de una puta vez!

Golpea con los puños la parte exterior de la puerta.

—¡Vete! ¡Vete al puto infierno que te esté esperando!

Se aprieta contra la puerta, escucha y después se vuelve. Con la espalda apoyada contra la madera, se desliza hasta quedar sentada en el suelo. Para que la puerta se abra, algo tendrá que apartar su peso. Nada lo intenta. Ningún sonido. Permanece sentada y espera, y espera...

...finalmente... cuando ya no puede soportarlo más...

abre la puerta de golpe.

¿Puede sentir algo? Echa a correr hacia el montículo de piedras. Las piedras que han canalizado tanto.

Algo frío le roza la nuca.

Golpea el pequeño montículo y dispersa las piedras por toda la habitación.

¿Y el frío? Se toca la nuca.

Ha desaparecido.

Mira alrededor. Contempla la quietud. La habitación está verdaderamente vacía, salvo por su propia presencia.

 

Recoge las pequeñas piedras planas que fueron apiladas con tanto cuidado hace tantos años, las piedras que se han mantenido firmes e intactas, las piedras que nunca rompieron su formación. Las recoge una por una y las guarda en el bolsillo de su suéter. Es de mañana. Shawn la espera abajo.

Él camina con ella hasta el estrecho puente, donde Alyssa se apoya en la barandilla. Una vez más, de una en una, saca las piedras del bolsillo y las arroja al agua.

Caen con pequeños chapoteos y se hunden.

Por fin, con las piedras dispersas y las ondulaciones del agua moviéndose sobre ellas, empieza a sentir que todo ha terminado.

Sidney Williams es un autor cuya obra incluye novelas de terror publicadas de forma tradicional —pertenecientes a la época de los llamados «paperbacks from hell»—, como Gnelfs (de Kensington Books), y títulos más recientes de Crossroad Press, entre ellos A Disturbance of Shadows, Dark Hours y Disciples of the Serpent; asimismo, ha publicado una colección de relatos tempranos titulada Scars and Candy y dos libros de la serie de suspense detectivesco protagonizada por Si Reardon. Originario de Luisiana, ahora reside en Virginia tras haber pasado varios años en Orlando. Visítelo en SidIsAlive.com.

 

REAL COMO LA VIDA