sábado, 16 de mayo de 2026

TE EXTRAÑARÉ

Azam Abidov

 

Lamento ver que ni tu vida como ser humano ni tu cadáver valen algo en este país. ¿A qué clase de mundo viniste, pobre hombre? Y aun ahora, ¿no merecías al menos un poco de dignidad?

Mi corazón se encogió cuando me pusieron boca abajo y me arrojaron de una patada entre la basura. El hedor de los harapos en los que estoy envuelto enferma a cualquiera. ¿O soy yo el que ha comenzado a oler mal después de dos días? Oh, qué extraño: el baúl de un autobús se ha convertido en mi refugio, llevándome de regreso a casa después de la muerte.

Mi amigo apenas logró convencer a un conductor. Nadie quería transportar un cadáver. Tal vez este tenía buen corazón, o quizá simplemente cedió al ver los ojos hinchados y llenos de lágrimas de mi amigo.

—Está bien, pero pagarás como por un pasajero, no como si fuera equipaje —dijo.

De otro modo, además de la humillación, mi cuerpo habría quedado pudriéndose en una tierra extranjera.

Recuerdo mi vida. Qué juventud tan feliz tuve. Los primeros años de nuestro matrimonio… esperar a mi esposa por las noches, apretando su pañuelo contra mi rostro mientras ella regresaba tarde de los campos de algodón. Los ardientes días de verano en aquella aldea remota donde nos quedamos para cuidar a sus padres ancianos: nadar en el pequeño río con su sobrino…

El autobús atraviesa la noche a toda velocidad. De vez en cuando, la puerta del baúl se abre y alcanzo a ver las linternas de los guardias fronterizos. Mi rostro se mueve con las sacudidas.

Entonces siento algo agitarse a mi lado.

Una caja de bananas tiembla. Encima de ella hay un bulto pesado. Cuando la caja se desplaza, el bulto resbala hacia abajo. Veo algo levantar la cabeza.

En el estrecho baúl apenas hay espacio para respirar, y sin embargo ahora veo, bajo el parpadeo de una linterna, que el bulto es un muchacho. Doce años, quizá trece.

Cuando el baúl se abre, se envuelve rápidamente en una tela, intentando no ser visto. Pero creo que me vio cuando la luz cayó sobre mi rostro.

Debe de haber venido aquí a trabajar. Fracasó. Sin dinero, aceptó convertirse en “equipaje” solo para regresar a casa. Lo siento temblar, de frío o de miedo.

Al principio parece aliviado de no estar solo.

Luego se acerca más. Me toca la cara. La frota. Tira de mi bigote. Mi bigote rígido, congelado.

Mi cuerpo muerto.

De pronto comprende.

—¡Voy-dod! —grita.

Nadie lo oye. O quizá alguien sí, entre los pasajeros soñolientos y ebrios, pero a nadie le importa.

Viajamos así durante tres días.

A veces lo escucho masticar en silencio. Debe de haber traído un trozo de pan escondido en el bolsillo.

Y mis pensamientos regresan una vez más…

Mis hijas. Mis niñas. Mis princesas. Trabajando hasta altas horas de la noche por casi nada, solo para ayudar a la familia. Me fui para ganar dinero para ustedes… y ahora, ¿cómo van a recibirme?

Si hubiera tenido un hijo varón… ¿sería distinto? Ahora serán extraños quienes me lleven a la tumba.

El autobús se detiene. Una voz uzbeka familiar surge de la radio:

—¡Noticias del paraíso! ¡Se han creado miles de empleos! ¡Millones están satisfechos con la justa política de nuestro líder!

Después vienen canciones. Melodías alegres. Alegría forzada. Mis familiares afligidos me llevan a través del paso, hacia nuestra remota aldea, a trescientos kilómetros de distancia. Mi Samira… mi pobre Samira. Te extrañé tanto. Ojalá pudiera secar tus lágrimas. Tocar tu rostro. Besar tus manos gastadas y endurecidas. ¿Puedes sentirme? Mis labios no pueden moverse. Mi cuerpo ya ha comenzado a descomponerse. Por suerte, hoy nevó. El aire está frío. Todavía no hay gas, así que me lavan con agua calentada sobre el fuego. Incluso eso se siente suave… casi dulce. Envuélvanme ahora en una tela blanca. La nieve cae suavemente sobre mi mortaja. Llora mientras se posa. Ya no tengo frío. Mis labios ya no tiemblan. Solo te extraño, Samira. Nos encontraremos de nuevo en el Día del Juicio. Hasta entonces… mantente a salvo. Te extraño.

Azam Abidov (A’zam Obid) es poeta, cuentista, traductor y organizador cultural residente en Tashkent, donde escribe tanto en uzbeko como en inglés. Su obra tiende puentes entre lenguas y culturas, promoviendo la poesía internacional en Uzbekistán y dando a conocer la literatura uzbeka a un público global. Es autor de varios libros de poesía y traducción. Entre sus colecciones de poesía más destacadas se encuentran «Milagro en camino» y «Mi nombre es Uzbekistán». Sus poemas y traducciones, incluyendo obras de Alisher Navoi, padre de la literatura uzbeka, han aparecido en diversas publicaciones internacionales. Abidov es el fundador y director de un programa independiente de residencias para escritores y artistas en Uzbekistán, que desde 2018 ha acogido a cerca de 100 poetas, escritores y artistas de los cinco continentes. Ha participado en residencias y programas literarios internacionales en Iowa, Berlín y Hong Kong.

¡CÓMO ME CUESTA LEVANTARME!

Fernando Andrés Puga

 

¡Ufa! Llego temprano, medio dormida, me mata el calor acá sentada sudando la gota gorda en esta vereda que no tiene ni un miserable arbustito, no vendo casi nada en todo el día, y ahora esta mujer que no se termina de ir.

¡Por fin! Ya no aguantaba más. ¡Qué mala onda! ¡Qué se cree esa vieja forra! Me revuelve todo, me hace buscar una caja en el fondo de la bolsa y cuando la encuentro ya no le interesa y se va. ¡De no creer! ¿Qué les pasa a estas viejas fruncidas? Apenas te miran a la cara y ni se te acercan. Como si una tuviera algo contagioso, el sarampión… ¡qué sé yo!, cualquier cosa. Decí que no hay otro remedio, que hay que bancársela, que si no, ¡no sabés cómo la embocaba a esa bruja! Pero claro, llama a la cana y yo voy presa. A estas turras siempre les dan la razón, y una que reviente, una como es negrita se tiene que callar, aguantar y aguantar… Nos quieren lejos, que no andemos por acá, pero bien que compran. Claro, les conviene. A nosotras nos arreglan con monedas y ellas se ahorran un fangote. Pero eso sí, la trucha siempre arrugada, ¡mamita! ¡qué caripelas!, como oliendo mierda todo el tiempo… ¿Que no olemos bien? ¡Y qué querés!, todo el día acá, al rayo del sol… Si a veces ni agua hay para refrescarse un poco.

A ver… ¡Uy, uy, uy! ¡Cómo me cuesta levantarme! Por suerte ya se va haciendo la hora de ir a casa. Me duele el culo de estar tantas horas acá sentada, si te descuidás ni ir al baño puedo. Que me quede acá, que no se me ocurra ir a ninguna parte, que no me distraiga, si llega a faltar algo lo pagás vos, y así. El Beto no jode con eso, es lo único que le importa, yo sé que lo dice por bien, para que no perdamos mercadería, que no nos afanen… y yo tengo que cumplirle al Beto, él nos cuida y si lo pierdo… ¿qué voy a hacer yo si lo pierdo, eh? Con la mamá que ni se puede mover y el Tito… ¡Ay, el Tito!

Pero una no es un robot, una tiene sus necesidades y para evacuar hay que ir hasta la estación, no hay otra, dan ganas de vomitar de lo mugriento y casi nunca hay agua, pero no hay otra. Gracias a Dios Yanina es gamba y me aguanta mientras voy y vengo rapidito, no sea cosa que justo pase el Beto y vea la manta sola. ¡La que se armaría! Es bueno el Beto, pero cuando engrana ¡se pone de una manera! ¡Como loco! Parece otro, y nos asustamos, claro. La mamá dice que le hace acordar al papá cuando la fajaba por cualquier cosa, pero yo sé que el Beto no, el Beto no va a hacer eso nunca…

 Con la Yanina nos pusimos de acuerdo y yo hago lo mismo, cuando ella necesita le cuido sus cosas. Pero que vuelva rápido, que no se entretenga con los pibes, eso sí que no. Parece buena mina la Yanina, pero me parece que va a durar poco por acá. ¡Tiene un cuerpito! ¡Qué envidia! Cada vez se viene más arregladita. Parece que sabe bien lo que tiene que hacer para salir de la venta callejera. Todavía es medio chica, pero dentro de un tiempito seguro que alguno de estos guachos la convence y se la lleva a trabajar a la noche. Y ella va a agarrar viaje seguro, ninguna dice que no, si ganan mucho más que en esta vereda de mala muerte. Claro que tienen otros problemas, pero con guita en el bolsillo nada es tan grave. ¡Si yo pudiera! No lo dudaría para nada. Me importa un carajo que a la mamá no le guste, ella nunca quiso y así le fue… Pero no va a pasar, ¡con esta facha quién me va a dar bola a mí!, si no dejo de comer porquería no va a pasar…

No sé, por ahora a seguir acá. Yo con mis bombachas y la Yanina con sus películas… Parece que es un buen curro lo de los dividis piratas, y vemos todo lo que se nos da la gana, nos presta la Yanina sin que se entere su trompa, ése sí que es bravo, otra que el Beto, aunque yo creo que con la Yanina no se enoja, ¡es tan linda la guacha!

Antes a veces la corría la cana y les sacaban todo, pero hace bastante que no pasa. Yo creo que se cansaron, aunque siempre hay que estar atenta. Una nunca sabe cuándo puede aparecer la yuta y sacarnos a patadas. A cualquiera, a mí también, aunque no venda películas. Por ahora no me pasó y espero que no me pase. Te maltratan de lo lindo en la comisaría y a las minas peor, claro. Aunque las que terminan hechas mierda que ni las reconocés son las travas, las zarandean y vuelven todas magulladas. Alguna hay que no volvió a aparecer por acá… Si no salís rajando, sonaste, y yo seguro que caigo, a mí me agarran enseguida. ¿Por qué no dejarán laburar en paz? ¿A quién le jode? Si no, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿Laburar por horas? ¿En casas de familia? ¡Ni loca, che! Muchas lo hacen y no se quejan, pero yo ni loca. Ya bastante limpio en casa y en lo de Beto, para encima tener que andar juntando la mierda ajena. ¿Y con cama? ¡Peor! Todo el día de acá para allá… Aunque se coma bien y te toque una patrona pasable, tenés que estar atenta todo el tiempo, ¡y hasta uniforme te encajan! No, ni loca. Acá en la calle se está bien, me duermo mi siesta apoyada en el poste, lo veo al Beto todos los días…, nadie me jode.

Ahí vuelve la Yanina. Mejor. Ya se hace tarde. Solamente falta el Tito y a esperar la camioneta. A veces me deja de muestra mucho rato la Yanina, pero ¡qué va´hacer!, la tengo que aguantar, si no, no voy a poder ni ir al baño, ¡lo único que falta! El Beto dice que usemos el baño del bar, pero acá en el bar ni que te mueras, reventá nomás en la vereda, ellos ni mú. “El baño es para uso exclusivo de los señores clientes”. Eso dice el cartel en la puerta. Y claro, yo clienta no soy, qué voy a ser, si logro entrar es para pedir alguna moneda o buscarlo al Tito que se me escapa a cada rato. No sé qué voy a hacer con él. Ya está grande y yo no puedo. Todavía no pasó, pero yo sé que un día de estos va a llegar la hora de irnos y él no va a estar. Y no me van a esperar. ¿Qué voy a hacer cuando eso pase? Si me voy en la camioneta y lo dejo, andá a saber dónde pasa la noche. No sé, a mí me parece que todavía es chico; él a mí no me hace caso, se hace el malo, es de tanto juntarse con esa barrita de las vías que andan por ahí molestando a la gente. No hace falta que me vengan con el cuento, yo ya sé que chorean celulares, carteras, billeteras, lo que sea. Manotean a cualquiera que ande distraído y el Tito va con ellos, si hasta a veces me parece que no quiere volver conmigo, que le da vergüenza tener esta hermana, ni quiere que me vean sus amigotes. Así que no sé. Yo no quiero dejarlo solo, seguro que al día siguiente no lo veo más y termina en cualquiera. Y la mamá se la va a agarrar conmigo. Si para mí todavía es chico, para ella es su bebé, y que nadie se meta con su bebé, si me parece que todavía está viva por él, que es muy inteligente dice, que nos va a sacar de pobre. Yo no sé, a lo mejor… En fin, espero que venga pronto. Yo no pienso quedarme acá toda la noche. ¿Dónde me voy a meter después de estar todo el día acá sentada, morfando pan y dale con el cigarrillo? Me voy a quedar dormida en la calle y él ni bolilla, seguirá dando vueltas por ahí. Es que no tengo nada para entretenerme. Las otras cotorrean todo el día, pero a mí ni la hora. Me hablan poco, solamente si necesitan algo. No sé por qué, si soy como ellas, todas venimos juntas y vivimos en casas parecidas, todas nos buscamos la vida de la misma manera. ¿Por qué será que no hablan conmigo? Así que si me quedo a pasar la noche por acá, seguro que no encuentro nadie que me ayude, voy a tener que andar yirando y a lo mejor algún cana me confunde y me levanta, y no sé, no me gustaría terminar en un calabozo sola y sucia. Además, si no vuelvo en la camioneta seguro que pierdo el laburo; el Beto no me va a tener más confianza y voy a tener que salir otra vez a buscar. ¿Y adónde me van a tomar? Si ni para puta sirvo, aunque me vista apretado y muestre nadie me da bola. Y claro, todo el día acá sentada comiendo porquería y fumando uno tras otro, eché un cuerpito que pa’ qué; gorda, pero en serio, no gordita o rellenita. Gorda. Y no paran de recordármelo toda esa manga de vagos que viene desde San Miguel conmigo todas las mañanas. Que ocupo el lugar de tres, que pierden plata conmigo, que voy a reventar como un globo, que esto y que lo otro, a veces me agarra una tristeza… Será por eso que me cuesta tanto levantarme.

No estoy para andar corriendo atrás del Tito, y él se aprovecha. Yo lo quiero al Tito, a mí me preocupa, cómo no lo voy a querer si lo cuido desde que nació. La mamá no podía, ella tenía que ir a esa casa del centro a laburar y a veces no llegaba para la hora de comer. ¡Y tan cansada! Pobre la mamá, lo que le costó. Tener que irse del pueblo tan chica y con cuatro a cuestas, sola… Encima después el turro ese le hizo dos hijos más. Pobrecita la mamá. Ahora lo está pagando. Si el papá no se hubiera ido por ahí… ¿Por qué se van los hombres? Siempre me lo pregunto. ¿Por qué nos dejan solas? No entiendo, si nosotras los cuidamos, les hacemos la comida, nos dejamos cuando a ellos se les antoja… y ellos que se van por ahí y vuelven tan borrachos que ni su cara en el espejo reconocen. Lo único que espero es que el Beto me aguante; aunque diga que soy una gorda inútil yo sé que me quiere. ¿Quién le va a hacer las tortas fritas como yo? A mí no me importa que tenga esas chicas que andan buscando puntos todo el día en la calle Bacacay, ahí, al otro lado de la estación, o ésas otras que ya no son tan chicas paradas en la esquina de Nazca y Yerbal que meten medio cuerpo por la ventanilla de los autos que paran en el semáforo. A mí no me importa. Me alcanza con hacerle la cama, lavarle la ropa, cuidar esta manta todos los días y que él se siga ocupando de la mamá y de mí, y del Tito claro, aunque el Tito no le haga caso, aunque se haga el gallito y lo enfrente cuando el Beto lo manda a hacer algo que no le gusta. ¡Ay, Tito!, espero que aparezcas. Ya se hace de noche y en cualquier momento pasa la camioneta y te voy a tener que abandonar… ¡Ah, no! Ahí estás, ¡uf! ¡qué salvada!

—¡Ey Tito!, metele que ya viene la camioneta. —Pero no te apurás, venís arrastrando esas zapatillas relucientes que hoy a la mañana no tenías y qué vaya a saber una de dónde las sacastes—. ¿Pero no me oís? ¡Dale Tito! —Y no te apurás, ¡qué cosa che! Ya estoy viendo la camioneta en el semáforo—. ¡Dale! Si sabés que no espera, que tenemos que tener todo listo para subir enseguida en la caja. Te vas a quedar abajo y yo también, ¡dale!, ayudame a levantar la manta, no puedo sola… Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué no te apurás en vez de hacerte el canchero con tus Adidas? No me hagás gritar, sabés que me agito y me viene el asma… ¡Dale de una vez, carajo! Pero… ¿qué te pasa? ¿Es sangre eso que mancha el blanco de tus zapatillas nuevas? ¡No! ¡No diosito! ¡Que no sea! ¡Que no sea!

Y cierro los ojos para no ver, para no verte caer sobre el asfalto antes de que pueda levantarme, antes de que junte los corpiños y bombachas que hoy no se vendieron, antes de que el Beto me tironeé y no me deje ni tocarte y me aturda con sus gritos al empujarme al interior de la camioneta y el ruido de ese motor que no me deja oír cómo se va apagando tu voz mientras me alejo y te pierdo entre el tránsito y la gente y la noche que ya cae sobre Buenos Aires.


Fernando Andrés Puga nació en Buenos Aires el 11 de diciembre de 1957. Es antropólogo recibido en la UBA, pero se ha dedicado a los más variados emprendimientos comerciales. Últimamente tomó la firme decisión de ser escritor y, asevera, hasta el Cervantes no para. Esa iniciativa lo llevó a publicar un libro de cuentos breves, Habito entre los pliegues del día.

MI REINO POR UN CABALLO

Susana Camps Perarnau

 

La pija señala con un dedo ensortijado el sofá de la recepción.

—Álvaro, siéntate con ese señor y no te muevas. Bajo enseguida.

Me lanza una mirada rápida, como de complicidad adulta en la supervisión del niño, y se va dando un golpe de melena.

Álvaro se sienta, obediente. No me mira, solo ocupa el otro extremo del sofá. Lleva un polo azul cielo conjuntado con pantaloncitos a cuadros pastel. Su corte de pelo es digno de un catálogo de moda infantil. Difícilmente puede haber un niño más guapo, pienso. Un querubín acostumbrado a pasar de mano en mano.

Hasta este momento, los únicos que poblábamos la recepción éramos la hilera de maletas bajo el mostrador y yo. He mandado a la recepcionista a por un recado. Las butacas están vacías. El silencio puede cortarse con un cuchillo: Álvaro ni respira. En la infancia, la quietud suele tomarse por sinónimo de bondad, como la belleza, y Álvaro se excede en ambas cosas.

De pronto mueve un poco la cabeza. Ha descubierto el último caramelo que queda en el platillo de la mesa de centro. Inicia un movimiento discreto e insonoro para bajar del sofá (es lo que tienen los niños buenos), y yo, sin prisas, como adulto aventajado que soy, me adelanto y lo agarro primero. Lo desenvuelvo lenta y ostentosamente ante sus narices, y lo hundo en mi boca mirándole fijamente. El niño se congela. Paladeo el caramelo, lo paso de un carrillo a otro, hago ruiditos entrechocándolo con los dientes, y los ojos azules de Alvarito me miran atónitos durante una eternidad. Luego, azorado, devuelve la vista al frente.

Llega la recepcionista. Trae consigo una gran bolsa de plástico repleta de caramelos y la vuelca en cascada sobre el platillo, como yo tenia previsto. Nuestro objeto del deseo es ahora abundante. Álvaro debería sentirse feliz, pero no reacciona. Ha mutilado cualquier conato de tentativa. Entonces agarro un generoso puñado de caramelos, lo dispongo en el centro de una servilleta con el anagrama del hotel y enrosco un petate que deposito en sus rodillas. Él me lanza una mirada de reojo, quizá cargada de alivio; la cuestión es que el detalle lo desarma, y al cabo de un segundo ya está masticando.

Cuando se levanta (discreto, por supuesto) para tirar el celofán a la papelera, yo aprovecho para pasear como un padre primerizo ante la hilera de maletas que aguardan la recogida de sus dueños. Todas son de excelente calidad. La recepcionista ha desaparecido a por otro encargo, y el pequeño me confiesa:

—Me voy esta noche.

Vaya. Por su tono adivino que no se ha divertido nada visitando museos y grandes firmas de ropa. Está deseando volver a su rutina de niñeras que, sin ser simpáticas, tampoco esperan de él que aprecie el valor de un Matisse o que tome una boullabaise con entusiasmo. Asiento, comprensivo, y por un momento crece cierta simpatía entre nosotros. Al fin y al cabo, Álvaro es un niño al que no le dejan ser niño.

Paso un dedo lascivo por encima de la hilera de valijas. En medio de nuestro solidario silencio, las acaricio una a una de tal modo que el rostro de Alvarito se alarma. Intuye algo. Cuando llego al equipaje que lleva las iniciales R.T. en metal, se diría que me ve acariciar el mismísimo cuerpo de su madre. (Incluso se diría que ya ha visto alguna vez a su mismísima madre en ese trance.)

Está asustado. Inquieto. Duda. Pondera el intrusismo emocional que le sacude por dentro cuando más tediosa y asfixiante ha sido su jornada. Yo soy un tipo interesante, y al fin y al cabo, él nunca decide. ¿Debería sentirse amenazado? No lo sabe.

Tiro de la manopla extensible de la maleta elegida, precisamente la que lleva las iniciales R.T. de metal, la aparto de la hilera y empiezo a rodar. Y lo hago lenta, ostentosamente, como si fuera la última maleta del mundo.

En este momento, cuando alcanzo la puerta giratoria del hotel, el ascensor del vestíbulo se abre y la rubia melena de la madre de Alvarito asoma. El pobre querubín abre un poco la boca pero de ella no sale ningún sonido. Su objeción se rompe como una pompa en el aire. Mira a su madre, me mira a mí, y lo veo elegir la inmovilidad y el silencio en medio del vestíbulo, guapo y obediente, mientras me interno en el lento remolino acristalado que me llevará a la calle.

 

viernes, 15 de mayo de 2026

AMANECER ROJO

Domen Mohorič

 

—Mira, mira, estrellas fugaces —dijo el pequeño Senji, señalando hacia el norte con su pequeño dedo huesudo.

Las estrellas fugaces no desaparecieron más allá del horizonte, sino que cayeron mucho más allá de las colinas del norte de Japón. Poco después, destellos rojo oscuro pintaron el cielo nocturno, seguidos por un fuerte estruendo unos minutos más tarde. Los vientos pronto trajeron el sofocante olor de la madera quemada mezclado con el aroma agrio y amargo de la carne chamuscada.

—No te preocupes, Senji. Solo encendieron una hoguera.

—¿Están asando cerdos?

—…sí.

—¡Yo también quiero un poco!

—No, Senji, ese es el festival Jingu en Hokkaido. Solo están invitados los amigos del Emperador.

—¿Crees que habrá algún festival en Tokio al que podamos ir?

—Por supuesto, hijo mío.

A cincuenta kilómetros al norte, un festival rugía; un festival de destrucción y terror. Era el vigésimo quinto año de la era Shōwa, el final de un invierno históricamente cruel y, con él, el oso ruso volvía a agitarse en el norte de Japón. El ejército soviético, apoyado por unidades partisanas de la República Popular Democrática de Japón bajo el mando de Satomi Hakamada, continuaba el asedio de la ciudad de Akita. Allí, las unidades leales al emperador Hirohito defendían el acceso a las llanuras del Japón central. Eran el único obstáculo en el camino del Ejército Rojo hacia Tokio.

—¡Hermanos, manténganse firmes! ¡Que el viento divino los empuje hacia el enemigo, que Buda afirme sus mentes y que Amaterasu los llene con el poder del cielo, para que aquí, en Honshu, sobre la tierra de sus antepasados, puedan quebrar la espalda de los enemigos del Emperador! —rugió el príncipe Takamatsu, mientras una lluvia de bombas lanzadas desde un avión soviético ahogaba su voz atronadora.

Sin embargo, los soldados imaginaron haberlo oído pese al estruendo y cargaron contra la infantería avanzada del Ejército Rojo que avanzaba por los suburbios de Oiwake.

Al mismo tiempo, en medio de los rugidos de la guerra, Hashimoto Ren se abría paso por los bosques de la región de Semboku, al este de la ciudad, llevando un mensaje importante. Corrió por valles, escaló colinas escarpadas y atravesó profundas quebradas.

Encontró las primeras señales de civilización: árboles talados que servían para alimentar los hornos y fábricas del Ejército Imperial Japonés. Cuando estaba a punto de pisar un camino forestal, oyó voces. Eran japoneses, pero no podía distinguir si eran sus hermanos imperiales o aquellos que ahora marchaban bajo la bandera comunista. Siguió al grupo y pronto reconoció su emblema: una rueda dentada de la que emergía una espiga de trigo sobre un fondo rojo. No podía arriesgarse a ser visto o capturado por el enemigo; eso pondría en peligro su misión y decepcionaría a todos los que habían depositado sus esperanzas en él.

Los partisanos avanzaban en silencio y con cautela por el sendero embarrado. Después de varios kilómetros, alcanzaron su objetivo: un puesto de control militar bajo dominio imperial. Los partisanos se ocultaron entre la maleza y se dividieron en dos grupos, cada uno preparándose para una maniobra envolvente destinada a eliminar una defensa numéricamente superior.

Ren no podía permitir que eso ocurriera. Sabía que perder aunque fuera una sección de la línea defensiva podía provocar el colapso lineal de todo el frente. Igual que en el shōgi, un solo peón detrás de las líneas enemigas podía volverse invaluable. El caos en el ejército del Emperador le impediría completar su misión. Tenía que llegar hasta el príncipe. Disparó al aire con su pistola Nambu 94 para alertar a los soldados imperiales.

Los soldados imperiales formaron rápidamente un círculo defensivo y abrieron fuego. Tras una breve batalla, no quedó ninguno de los saboteadores partisanos.

Ren siguió adelante, invisible e inaudible. Su misión no dejaba tiempo para palabras, y un solo malentendido podía resultar fatal.

Después de varias horas de caminata y de esquivar patrullas, finalmente alcanzó el acceso a la ciudad, en el puente sobre el río Taihei. Allí se reveló ante los soldados recelosos, anunciando que, por orden del divino Emperador, llevaba un mensaje urgente para su venerado hijo, el príncipe Takamatsu.

Lo registraron, pero no encontraron ninguna carta. Él la había quemado y se había tragado las cenizas; ahora aquellas palabras sagradas vivían únicamente en su estómago y en su mente. Sin embargo, llevaba consigo el sello del Emperador, que abría todas las puertas de la ciudad y lo condujo directamente al mando general.

Entre explosiones lejanas, el estruendo de las baterías antiaéreas y los gritos agudos de los soldados heridos transportados en camillas, Ren entró en el búnker donde el príncipe lo esperaba.

—Transmita su mensaje, y hágalo rápido, porque el destino del imperio se decide ante nuestras puertas —dijo el general Takushiro Hattori.

Ren observó las manos temblorosas del general Hattori y la prótesis de hierro que reemplazaba su pierna por debajo de la rodilla. Aparte del príncipe, nadie parecía ileso. Sin embargo, el príncipe miraba al frente con una vitalidad concedida solo por fuerzas más allá de toda comprensión.

Esta, pensó Ren, debe de ser la sangre del Emperador.

Pero algunos miembros de la familia imperial ya habían caído en la guerra.

«No son inmortales, como creía cuando era niño», pensó en silencio.

Se inclinó ante el príncipe y transmitió su mensaje.

—¡No! —gritó el príncipe.

Todos en la sala de mando palidecieron de inmediato y uno de los coroneles se desplomó. El general Hattori sacó su pistola, murmuró una disculpa en voz baja, entró en la habitación contigua y se oyó un disparo.

El príncipe no reaccionó. Luego, en silencio, enterró el rostro entre las manos y comenzó a sollozar.

—No lo creo… no puede ser verdad —dijo, con la voz quebrándose en cada palabra.

—Es verdad, honorable señor. No ha escuchado el discurso del Emperador porque aquí han quedado aislados del mundo. La Nación Divina se ha rendido. El Emperador se ha rendido.

Incluso la voz de Ren comenzó a vacilar.

—Se rindió ante los estadounidenses que avanzaban sobre Kioto. No vio ningún futuro victorioso y consideró que los occidentales eran preferibles a los rojos por el bien del pueblo japonés. Por eso aceptó sus condiciones: la rendición y su cabeza. Anteayer, siguiendo la tradición, cometió seppuku.

El príncipe golpeó la pared con el puño. Ren se estremeció al oír el inconfundible sonido del hueso quebrándose.

—No, el Emperador jamás se rendiría. O fue traicionado o renunció a sí mismo. Lo segundo es imposible. Por lo tanto, lucharemos hasta el final, por ley divina y en obediencia a la voluntad de la nación…

—Señor… —comenzó Ren, tragándose el resto de las palabras.

—No moriré por mandato de ningún enemigo. Moriré de acuerdo con el Bushido. Con una katana en mis manos.

Tomó su espada y salió a la calle entre sus soldados. Había olvidado por completo a Ren, quien, tras cumplir su misión, volvió a deslizarse entre las sombras.

El príncipe encabezó una salida desesperada desde la ciudad. Junto a sus hombres, abandonó las barricadas y las trincheras para enfrentarse cara a cara con el enemigo.

Mientras cargaban, cantaban:

 

«Hasta que nuestro enemigo sea destruido,

avancen, avancen,

todos juntos como uno solo—»

 

El príncipe murió bajo la bayoneta de un soldado desconocido. No quedó nada del ejército defensor de Akita. Los comunistas inundaron la ciudad y, como una marea roja, comenzaron su avance hacia Tokio.

El Emperador, supervisando la defensa contra el asalto estadounidense sobre Kioto, quedó conmocionado por el súbito colapso del frente norte. El final de la guerra ahora parecía peligrosamente cercano.

El comisario político Ren fue ascendido poco después al Politburó y honrado como Héroe del Pueblo Obrero Japonés.

Domen Mohorič, nació en 1992 en Eslovenia. Es sociólogo, historiador y filósofo de formación. Escribe y publica relatos cortos de ficción especulativa, que abarcan desde el terror, la historia alternativa, la ciencia ficción y la fantasía, hasta una mezcla de todos ellos. Publica relatos en revistas literarias eslovenas como Novi zvon, Literatura, Monstrum Obscurum, Supernova y en los portales Znanstvena fantastika y Vrabec anarhist. Fue incluido en la antología eslovena Ficción Especulativa, publicada en esloveno e inglés.

 

ESTACIÓN DE ENLACE

 Sergio Gaut vel Hartman

 

Por un perturbador instante creyó que estaba perdido, como en el cincuenta y dos, en la terraza de Ezeiza, cuando el tío Miguel regresó de Brooklyn en un avión de Panagra. Se golpeó la cabeza con la palma de la mano. Tenía noventa y tres, no cinco. Ezeiza ya no existe, se dijo. Esto es una estación de enlace; nuestra familia en pleno emigra a la colonia Bradbury, en Marte.

Contempló la anodina efervescencia, similar a la de todas las estaciones de enlace del planeta y se sobresaltó cuando Bodylan se puso a llorar.

—¿Qué le pasa al niño? —dijo el abuelo.

Samila hizo una mueca de disgusto y se limitó a señalar el holo de noticias que flotaba sobre sus cabezas. “El Vaticano condena enérgicamente la clonación humana”.

—Otra vez —dijo García, el padre Uno del niño—. No paran.

—Pobre criatura —dijo, Igor, el padre Dos.

—Se precipitaron —dijo el abuelo—. ¿Qué necesidad había de decirle? Sólo tiene tres años. ¿No podían esperar?

Nadie hacía caso a las ideas prehistóricas del abuelo. Pero Samila no pudo evitar la queja habitual. —Maldita sea la hora en que se inventó el Gerozac —murmuró.

—¡Si fuera sólo el Gerozac! —dijo Lila-lo, diecisiete recién cumplidos. Usaba una corona Telepac que además de permitirle captar los pensamientos ajenos emitía un flujo aleatorio de partículas que se derramaban por su cuerpo y la hacían parecer vestida—. ¡Miren eso!

Eso era un Modificado, listo para viajar a Titán y respirar su atmósfera de metano.  

—Es feo —dijo el abuelo. Era feo, sin lugar a duda; parecía una cruza de mandril y cortadora de césped. Pero eso era lo que se necesitaba en el satélite de Saturno y así lo habían fabricado.

Mientras el abuelo se preguntaba si era lícito llamar tipo a eso, Bodylan se puso a llorar de nuevo.

—¿Ahora qué le pasa? —dijo el abuelo.

—Tiene miedo —dijo Igor— de que lo modifiquen para vivir en Titán.

Al abuelo le caía mal el padre Dos, pero no podía decir nada porque la Ley de Universal de Matrimonios Temporales autorizaba a las personas a formar tantas parejas legales como su apetito sexual les reclamara y su hija era una máquina insaciable.

De pronto, con urgencia fatal, sonaron las alarmas. Había un tono para cada amenaza y esa, tampoco se podía dudar, era la que correspondía a un ataque químico.

—Sikhs —dijo el abuelo.

—Zapotecas —dijo Samila.

—Hutu —dijo Igor.

—Vascos —dijo García.

Nunca se sabía qué grupo terrorista estaba perpetrando el ataque. Pero de todos modos se pusieron las máscaras, activaron las exodermas y se calzaron los cascos antizyklónicos. Algunas cosas nunca pasan de moda...

—Una noticia buena y una mala —dijo Lila-lo que se había dejado la corona Telepac debajo del casco—. La buena es que BBC, Goosoft, y Al-Jazeera dicen que fue un ataque menor; sólo tres muertos y una docena de intoxicados. La mala —agregó la muchacha antes de que nadie se lo preguntara— es que se trata de un grupo nuevo, los blang azules, que se quieren separar de China para unirse a Myalandia.

—Espero que en Marte no haya terrorismo —dijo Samila.

—Las agencias exageran —dijo García.

Bodylan reanudó su sesión de llanto desconsolado.

—¿Y ahora qué? —dijo el abuelo.

—Se le atascó el casco —dijo Samila—. No había de su medida.

La estación de enlace reanudó las rutinas habituales. Los empleados de Transolar y Ultra Órbita trataban de recuperar el tiempo perdido, aunque las discusiones con los pasajeros estaban a la orden del día. El abuelo se distrajo mirando a una Modificada que seguramente iría a vivir a la Franja, en Mercurio. La chica o chico o lo que fuera usaba una corona como la de Lili-lo, pero no la había activado.

—¿Será posible?

Samila estuvo a punto de hacer otro comentario relacionado con el Gerozac, pero se contuvo. En Marte todo sería peor.

—No te quejes, ma —dijo Lili-lo que había pasado la sintonía de su Telepac a la Red de Iglesias—: el gran Pastor Adámico Universal acaba de anunciar que unos científicos en Kazán resucitaron a un muerto. Está que trina. Dice que eso no se hace. Que eso es peor que el Gerozac y que Dios está muy enojado.

Por fin les llegó el turno. La empleada de Martian Air estaba con un humor de perros porque no había llegado el relevo y los trató como basura. Para empezar hizo llorar de nuevo a Bodylan cuando rechazó el pasaporte del niño.

—En Marte están prohibidos los clonados.

García sacó un flamante disco de mil créditos respaldado por el Banco de Shanghai y la empleada se convirtió en una vehemente defensora de la ingeniería genética.

Pero casi de inmediato el carácter se le volvió a agriar.

—El anciano —dijo señalando al abuelo y haciendo una mueca de asco— debe demostrar que posee conocimientos que serán útiles en la colonia. Marte es para los jóvenes.

—¿No dije que el Gerozac nos daría un disgusto?

García miró consternado a su esposa temporal.

—Pero no quisiste pagarle a ese señor tan gentil de camisa negra y corbata caribeña que se ofreció a... solucionar el problema.

Lili-lo captó los pensamientos pecaminosos de Igor en la banda lateral del Telepac. No sería mala idea, reflexionaba su padrastro Dos, que hubiera una boca menos que alimentar, allá en Burroughs. O dos bocas, y se veía arrojando a Bodylan al espacio por el eyector de materia superflua.

—Soy una persona apta —dijo el abuelo— y mucho más lúcida, a mis noventa y tres, que la mayoría de estos inútiles. Si me lo propusiera podría llegar a ser presidente de Marte.

—¡Maldito Gerozac! —exclamó Samila—. La civilización se hunde por el peso de los viejos. —Tomó la caja de doce pastillas, que mantenía vivo a alguien como el abuelo durante un año y era más cara que un tanque israelí en el mercado negro, y la arrojó al paso de una carreta de equipajes. El abuelo dio un chillido y se sintió succionado por una tromba gigante que lo arrojó a la terraza del aeropuerto de Ezeiza, una fría tarde de 1952, el día en que el tío Miguel regresaba de Brooklyn en un avión de Panagra.

Se sintió perdido y se puso a llorar.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

EL ARQUITECTO

Ruben De Baerdemaeker

 

La casa era, en realidad, exactamente lo que buscábamos. Un poco deteriorada, pero perfectamente habitable por el momento, en un barrio tranquilo no demasiado lejos del centro de la ciudad y, sobre todo, apenas dentro del presupuesto que teníamos en mente. Merel se entusiasmó de inmediato, y con eso la decisión quedó tomada: con las mujeres embarazadas no se discute, eso lo sabe cualquier hombre, y si todavía no lo sabe, es una lección que solo necesita aprender una vez.

—El jardín es realmente muy pequeño —observé.

—Mejor eso que nada, cariño. Además, ¿para qué querrías un jardín grande? Ni siquiera te gusta la jardinería. No, un jardincito pequeño es perfecto para nosotros. Hay espacio justo para un arenero y una pileta inflable en verano.

—La señora tiene razón, sin duda. Una pileta inflable, en un día como hoy… ideal, ¿verdad? —Por supuesto que el agente inmobiliario pensaba que la señora tenía razón: para él, el instinto maternal de Merel era la garantía de una buena comisión, y notaba que el clima veraniego jugaba a su favor—. Y, además, mire, yo también lo veo en mi casa: cuando crecen, ya no juegan en el jardín. Se van a pasar el tiempo a cualquier otro lado. Y después todavía hay que pagarles para que corten el césped. Por suerte, ahora existen los robots para eso. Son más baratos que los hijos, ¡se lo aseguro!

Se rio a carcajadas y hasta me puso una mano en el hombro; hombres entre hombres. Merel sonrió con incomodidad, pero su mirada no prometía nada bueno.

—En fin, lo que quiero decir —intentó recuperar su simpatía— es que es un jardín pequeño, pero para este barrio tiene un tamaño bastante aceptable, y sin duda entra una mesa. Y una pileta, por supuesto.

Su sonrisa, blanca como pasta dental, resultaba inquietante, pero Merel asintió conforme y comprendí que ya no había nada que objetar.

 

Llevábamos viviendo allí más o menos un mes. Yo ya había vuelto al trabajo, pero Merel seguía con licencia por maternidad y estaba casi siempre en casa con el bebé. Nuestro Raphaël dormía mal, y ambos sentíamos el agotamiento sobre el que todo el mundo nos había advertido. Supusimos que era parte de la experiencia y nos arrastrábamos a través de los días, viviendo en un caos doméstico permanente.

Acababa de acostar a Raphaël en su cuna y me había desplomado en el sofá sin siquiera quitarme los zapatos, esperando echarme una siesta, cuando sonó el timbre. Raphaël ni se movió. Uf. Si otra vez eran niños scouts vendiendo golosinas horribles, ya iba a enseñarles lo que es la disciplina scout. El timbre sonó por segunda vez. Raphaël arrugó apenas la nariz y siguió durmiendo.

El hombre que estaba en la puerta parecía un oficinista perdido, pero salido de una comedia flemish de los años ochenta. Pantalones grises, camisa a cuadros, saco azul; todo ligeramente arrugado y gastado. Su cabello fino estaba prolijamente peinado con raya al costado y llevaba unos anteojos con montura solo en la parte superior.

Parpadeé. Él no parpadeó.

—Buenas tardes, señor. Soy el arquitecto.

En algún momento tendríamos que reformar la casa, eso sí lo habíamos hablado, pero habíamos pospuesto todo ese asunto para mucho más adelante. Me parecía difícil que Merel hubiera contactado a un arquitecto sin decirme nada. Aunque… últimamente hablábamos poco; sobre todo intentábamos recuperar sueño.

—El arquitecto paisajista, para ser exactos.

Entonces me eché a reír.

—Se ha equivocado de dirección, señor. Si viera nuestro jardincito, comprendería enseguida que ahí no hay mucho que diseñar. Con un par de matas de césped ya está lleno.

—Sí, precisamente, señor, por eso estoy aquí.

Levanté una ceja.

—Durante la compra de la casa usted manifestó que el jardín le parecía demasiado pequeño, ¿verdad, señor? Desde hace dos años, la inmobiliaria está obligada a informar a los servicios municipales, y nosotros seguimos el expediente dentro del marco de prevención y salud mental. En su caso demoró un poco más, porque el jardín, estrictamente hablando, no es inexistente y por lo tanto usted no pertenece a la categoría de máxima prioridad, pero aun así tiene pleno derecho a los servicios de… ejem… nuestros servicios. ¿Puedo echar un vistazo?

—Pase —murmuré, cuando él ya estaba entrando a la casa junto a mí.

Seguí al hombre por el pasillo hasta la sala de estar.

—No preste atención al desorden, señor… eh…

Miró rápidamente a su alrededor y registró a Raphaël, que precisamente ahora dormía plácidamente, con ambos brazos levantados como si se hubiera entregado con absoluta confianza a su siesta.

—El desorden es el estado natural de las cosas, señor. Los niños generan caos; es una ley de la naturaleza.

Sonaba demasiado serio como para estar bromeando, pero yo me reí torpemente.

—El jardín está allí, por supuesto.

El arquitecto lanzó una mirada a través de la puerta corrediza.

—Dos arbustos, unos pocos metros cuadrados de césped en mal estado, una terracita apenas lo bastante grande para una mesa pequeña. Sí. No es mucho, señor.

De pronto sentí el impulso de defender nuestro jardincito. Sí, no era gran cosa, pero era mío. Nuestro. Yo tenía derecho a considerarlo pequeño y triste; me había ganado ese derecho con la escritura de propiedad. Pero que un extraño, un burócrata, emitiera un juicio sobre mi jardín me parecía inadmisible.

—Eso mismo dije yo, ¿no? ¿No era por eso que está aquí?

—Y le doy la razón, señor. ¿Puedo sentarme?

Tomó asiento a la mesa del comedor, apartó algunas migas y abrió un cuaderno sobre la mesa. Sacó una lapicera estilográfica del bolsillo interior de su saco.

—No es sencillo, ¿verdad, señor?… El bebé no duerme bien, en el trabajo esperan cada vez más de usted, la relación ya no es lo que era. No es como usted lo había imaginado.

—Escuche una cosa —empecé, pero él me hizo callar con un gesto de la mano.

—No estoy aquí para juzgarlo, señor, estoy aquí para ayudar. Ustedes necesitan un jardín.

—Tenemos un jardín. Está ahí.

—No termina de comprender; permítame aclarárselo. Lo que usted necesita, a falta de un jardín verdadero, es un jardín imaginario. Un poco de verde, un poco de belleza y, sobre todo, un poco de paz. Y antes de que proteste: no es solo para usted. Ese jardín también es para…

Hojeó hacia atrás en su cuaderno.

—…Merel y el pequeño Raphaël. Los niños necesitan espacio, señor.

—¿Un jardín imaginario? ¿Y usted piensa vendérmelo?

—No, señor, voy a diseñárselo. Después de todo, soy el arquitecto. Los gastos corren por cuenta del municipio.

Se puso de pie y guardó nuevamente el cuaderno y la lapicera.

—Me pondré a trabajar; en unas semanas tendrá noticias mías. Ya me retiro solo. Saludos a la señora.

Me dejó allí, desconcertado. Cuando Merel bajó después de su siesta de la tarde, me dio un beso.

—¡Has ordenado! Qué héroe eres. ¿Escuché el timbre o lo soñé?

No me gusta mentirle a Merel, pero no veía cómo explicarle lo del arquitecto paisajista sin provocar una serie de preguntas que jamás podría responder.

—Debió de haber sido un sueño, cariño.

Ella se apoyó contra mí y juntos contemplamos a Raphaël, que chasqueaba suavemente los labios mientras despertaba poco a poco.

Estaba sentado en el sofá con el bebé en brazos y una botella de whisky en la mano. Eran las tres y media de la madrugada y parecía que siempre serían las tres y media de la madrugada. Raphaël había llorado hasta quedarse dormido, pero estaba seguro de que, si ahora dejaba al mocoso en su cama, el alarido volvería a empezar. No es su culpa, me repetía como un mantra, no es su culpa. No es tu culpa. Bebí un trago del Chivas Regal que me habían regalado en Navidad. No era un gran whisky, pero ¿qué importaba?

Sobre la mesa ratona estaba la carpeta que había sacado del buzón ese mismo día y que todavía ni siquiera había abierto. El arquitecto había necesitado apenas unos diez días: eficiente sí que era. “Proyecto de jardín, calle Voorn 34. V-2495056”, decía la portada. Me incliné con cuidado hacia adelante en el sofá, dejé la botella y abrí la carpeta.

El jardín comenzaba en nuestra terracita, pero un sendero serpenteaba invitador entre los canteros. Reconocí malvas y espuelas de caballero, blancas y rosadas, aunque la mayoría de las flores no podía identificarlas. Crecían mezcladas en un equilibrio perfecto entre naturaleza y estructura, una despreocupación estudiada como en los más bellos jardines ingleses. Más Sissinghurst que Versalles, gracias a Dios.

Hacía un calor agradable y el jardín olía a verde, a sol y a verano. Había una pequeña huerta de hierbas aromáticas y la lavanda estaba florecida, pero también percibía el tomillo, el orégano, la melisa… Un muro de ladrillo rodeaba el conjunto, igual que en nuestro jardín real, pero este era muchas veces más grande. Era perfecto, era mágico, pero lo único que realmente me asombraba era que nada del jardín me asombraba. Todo en él era lógico, pensado, y cualquier pequeña modificación solo habría arruinado la impresión armónica del conjunto.

Seguí el sendero hasta el muro del fondo, donde una gran madreselva trepaba por la pared. Entre un pequeño huerto de árboles frutales y un arenero con una combinación de columpio y tobogán había un césped impecable. Ah, qué bien, pensé, también Raphaël tiene aquí su lugar. En el huerto, un mirlo se posó sobre un manzano donde diminutas manzanas verdes se escondían entre las hojas.

¡Raphaël! ¡Merel!

La carpeta cayó al suelo. Raphaël dormía profundamente sobre mi pecho y mi hombro. Ya eran las cuatro y media. Me maldije a mí mismo. Era peligrosísimo quedarse dormido con un bebé encima en el sofá. Si ya tienes falta de sueño, todavía échate whisky en la cabeza y seguro ocurrirá un accidente. Sentía el corazón martilleándome y me asombraba que Raphaël no pareciera notar nada.

Guardé la botella en el armario y subí tambaleándome. Acosté a mi hijo con suavidad, muchísima suavidad, en su cunita y volví a acostarme junto a Merel. Ambos respiraban muy tranquilos. Los tres dormimos hasta las ocho de la mañana, por primera vez en meses.

Merel ya había vuelto al trabajo y todavía no había regresado cuando el arquitecto volvió a presentarse en la puerta. Lo hice pasar de inmediato.

—Ya ha podido echar un vistazo al jardín.

No era una pregunta ni una afirmación; era apenas una formalidad. Asentí con entusiasmo. La carpeta estaba guardada en un cajón de mi escritorio y de vez en cuando la sacaba. Entonces paseaba por el jardín imaginario, a veces con Raphaël en brazos, a veces solo. A Merel todavía no le había mostrado el jardín. Ya habría ocasión más adelante, cuando encontrara el momento adecuado.

—Sí, el jardín es precioso. Exactamente lo que necesitábamos. También para Raphaël, por cierto. Ya le gusta mirar las flores; creo que son los colores los que le fascinan. Y en ese arenero se divertirá muchísimo cuando sea un poco más grande.

Raphaël estaba sentado erguido, como podía hacer desde hacía unas semanas, golpeando el suelo con un bloque de colores. Lanzó un chillido triunfal. El arquitecto apenas lo miró.

—Los niños necesitan espacio, también en su imaginación. Así es.

—Solo me preguntaba…

—Diga, señor.

El arquitecto tenía la lapicera lista.

—¿Podría ser un poco más grande? ¿El jardín? Quiero decir, es un jardín imaginario, así que en principio podría ser… ilimitado, ¿no?

El arquitecto volvió a colocarle la tapa a la lapicera.

—En principio sí. —Suspiró—. Mire, señor, cuanto más grande es el jardín, más trabajo requiere y más mantenimiento necesita, eso lo comprende, ¿verdad?

Se me escapó una breve risa seca.

—¿Mantenimiento? ¿Cortar el césped con una cortadora imaginaria o algo así?

—¿Cortar el césped? No, ese tipo de tonterías no son necesarias. Por supuesto que no. Pero un jardín imaginario que no se visita intensamente se desvanece. Déjelo unas semanas abandonado y todas las flores empiezan a parecer iguales. Después de un año, lo mismo da empezar desde cero. Además…

Tamborileó con los dedos sobre la mesa y miró un momento nuestro jardín real, que lucía desnudo y triste, como si la primavera todavía no hubiera llegado hasta él.

—Además, señor —y no me lo tome a mal—, su imaginación es, efectivamente, limitada. No me refiero tanto a usted en particular: así ocurre con todo el mundo. En unos más que en otros, claro. Es una curva de Gauss, como tantas cosas.

—Ah, sí, ¿y yo dónde estoy en esa curva…?

—Usted está bastante en el medio, según nuestros datos. Un poquito hacia la izquierda, pero dentro de la zona normal, como aproximadamente el ochenta por ciento de la gente. No tiene de qué preocuparse. Pero un jardín más grande… en fin… no se lo recomendaría, señor. La ambición no es mala, pero la satisfacción es mejor. Esa, al menos, es mi experiencia.

Sentí que empezaba a enfurecerme con ese funcionario, ese burócrata mediocre, que pretendía medir mi imaginación. Por el rabillo del ojo vi acercarse a Raphaël. Avanzaba sentado sobre el trasero, deslizándose poco a poco mientras chupaba un bloque de madera. Mi hijo, mi hoja en blanco, mi tabula rasa que tendría todo mi potencial y ninguno de mis defectos.

—¿Y él?

—¿El bebé, señor?

—El bebé, sí. ¿Qué hay de su imaginación?

El arquitecto carraspeó.

—Demasiado pronto para decirlo, señor. Puede desarrollarse de cualquier manera. En cualquier caso, un jardín imaginario solo puede hacerle bien.

Pensé un instante.

—¿Y el nuestro? Bueno, el de su propuesta. ¿Es lo bastante grande?

Me miró con gravedad desde debajo de aquella única línea de montura de sus gafas.

—Es lo bastante grande, señor. Para usted, para su esposa, Merel…

Ese tipo lo sabía, estaba seguro de ello: sabía que Merel aún no había visto el jardín.

—…y para Raphaël. Para eso fue diseñado. La satisfacción es importante, como ya le dije. Nosotros no trabajamos por menos que eso.

Raphaël dormía cada vez mejor y, hacia el verano, eran más las noches en que no teníamos que levantarnos para calmarlo con un biberón que aquellas en que sí debíamos hacerlo. Se despertaba temprano, eso sí, pero ni siquiera nos molestaba. Para quien ha tenido que levantarse cuatro o cinco veces por noche durante meses, dormir de corrido hasta las seis es puro lujo.

Era mi turno de levantarme. Raphaël se había incorporado sujetándose de los barrotes de la cuna y brincaba de alegría cuando me vio. ¿Feliz de ver a papá o simplemente hambriento? Bah, ¿qué importa? Merel murmuró algo y se dio vuelta.

Prometía ser un día caluroso. Abrí de par en par la puerta corrediza y le di a Raphaël su papilla. Mientras preparaba café para mí, él exploraba gateando. Cruzó con cuidado el borde de la puerta corrediza, perdió el equilibrio y rodó hacia la terraza.

Corrí hacia él, pero ya se había puesto nuevamente en posición de gateo y parecía orgullosísimo de sí mismo. Lo levanté en brazos y bajé dos escalones hasta el césped. La hierba estaba verde y espesa, y nuestros dos arbustos habían crecido bastante. Las primeras flores rosadas comenzaban a abrirse en la hortensia y en dos grandes macetas había tomillo y orégano listos para cosechar.

—Buenos días, chicos —dijo Merel detrás de mí—. ¿Café para el grandote?

Sostenía dos tazas, el cabello todavía desordenado y una vieja camiseta de la que apenas sobresalían las piernas de su pantalón corto de pijama. Me dio un beso y una taza de café, en ese orden. Raphaël estiró los brazos hacia ella. Hijo de mamá.

—Ah, el sol sale sobre los campos… Mucho trabajo en la granja, padre?

—Bastante, madre, bastante.

—¿Sigues pensando que el jardín es demasiado pequeño? —preguntó de pronto, seria.

—¿Demasiado pequeño? Ah, sabes, en realidad ya no me importa demasiado.

—¿Entonces ya lo superaste?

—Mucho mejor que eso. Simplemente estoy satisfecho.

Una abeja zumbaba entre las ramas del tomillo, un pájaro se posó sobre el muro del jardín, Raphaël brincaba excitado y el sol resplandecía en los ojos de Merel. Todo olía a hierbas, a césped y a verano.

—Sí, claro que sí. Completamente satisfecho. Y, por cierto, quería mostrarte algo.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

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