domingo, 30 de agosto de 2026

CONFITEOR

Mario Gazzola


Mea Culpa, can you put it better?
I'm saying I'm sorry, I made a mistake,
I Made, I committed a sin,
I made a mistake.
And I'm never gonna do it again,
I never did it before
And I'm never gonna do it again.

(Mea Culpa, David Byrne/Brian Eno,
de My Life in the Bush of Ghosts, Sire 1981)

 

«¡Solo el amor de Jesús quita la suciedad de nuestras miserables vidas!», trona el Papa altísimo e inmenso desde los holocasts sobre mi cabeza: «Mea culpa, mea maxima culpa, recordémoslo siempre».

Son al menos una docena, ocupan el lugar de los frescos en las naves de una catedral antigua y oscura, aparte de las pantallas. Es mucho más grande que la vieja iglesia de piedra de mi parroquia. Miro el confesionario.

Oscuro, inmóvil, silencioso, cerrado por su cortinilla morada. Me da un poco de miedo, aunque no sé bien por qué. Parece vacío, pero sé que no lo está. Él está adentro. Está adentro con mi amiga Federica y pronto me tocará a mí. No quiero. Tengo miedo, ¡no quiero! No quiero decirle lo que hice. No quiero decirle que lo hago... que por la noche me toco... en la cama, antes de dormir. Que me meto los dedos y pienso... en el novio de Fede. Sé que es pecado y no hay que hacerlo, y aquí hay muchos pecados en uno solo. Pero no puedo evitarlo, me gusta demasiado. Lo hago todas las noches y no me apetece contárselo.

¡Mea culpa, mea culpa, mea culpa! ¿Está bien así? Mea maxima culpa.

Me adentro en la catedral oscura y fría. Ayer también lo hicimos juntas. Fede y yo, pero jamás se lo diré. Todavía lo siento, el calor... su rodilla contra la mía... en la ducha de la piscina. Me senté sobre sus piernas mientras me hablaba de ellos... me tocó por casualidad, creo... pero después no podía parar de frotarme... Y después de que me vine... yo también se lo hice a ella... Dios mío...

Busco con la mirada la salida, pero la iglesia no tiene puertas. Oigo música de órgano. Voy detrás del altar para no seguir mirando el confesionario y lo veo. El organista es un diácono joven, pero lleva gafas de sol redondas, una boina en la cabeza y un tubo alrededor del cuello como una bufanda. Se gira y me mira por encima de las lentes negras con una sonrisa de reptil.

Escapo corriendo, aterrorizada.

Paso cerca de la pila bautismal, una pileta de mármol incrustada en el suelo. El sacristán está allí de pie, inmóvil; él también se da vuelta para mirarme: sus brazos se prolongan en largos tubos carnosos que revuelven el agua santa. Un tubo corrugado también le sale de debajo de la sotana y se sumerge en la pileta.

Hace un movimiento hacia mí. Corro cada vez más fuerte, pero no logro ver una salida. Quisiera gritar y pedir ayuda, pero tengo la boca sellada.

Me encuentro de nuevo frente al confesionario. Veo a Fede allí: está desnuda, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos bajos.

El padre Leandro, de pie ante la cortinilla, me mira con severidad. Como si viera lo que pienso. Señala con el dedo hacia mí y dice con voz cavernosa:

—Con Federica hemos terminado. Ahora te toca a ti.

Retrocedo.

—No —digo—, no, hoy no es mi día de confesión... es que tendría que irme...

—Ven.

Mea culpa.

Él también está conectado al agua santa por un tubo que le sale de la sotana.

En la mano derecha sostiene una hostia. Retrocedo aún más. Siento que me agarran. Dos monjas con la cara negra como el hábito me arrastran hacia el confesionario. Dedos fríos de metal.

Apoyo los pies descalzos sobre el mármol gélido, pero no sirve de nada.

Me doy cuenta de que yo también estoy completamente desnuda, me muero de la vergüenza.

Nohicenadanoloicenooo... noquieroque mepreguntedelpecado...

Finalmente mi boca se abre y logro gritar:

—Mea culpa, mea culpa. Meaaa... ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo...!

Y me despierto.

 

Mamá me llama. Hoy es día de confesiones y quiere que vaya sola a la iglesia. Yo no quiero ir para nada, pero ella me dice que no haga tonterías, que una niña de once años no necesita que su madre la lleve a la unidad espiritual, y que además allá me encontraré con Federica y volveremos juntas.

Le digo que tengo miedo de cruzarme con uno de esos pedófilos, o con un homosexual, un incesto u otro enemigo de la Nova Familia, como dice el padre.

Ella no cede:

—¡Vamos! ¡Con la nueva ley ya casi no hay ninguno suelto, ni siquiera en los barrios islámicos de Milanofuori!

—¡No tengo ganas!

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que no tengo...

—¿Pasó algo malo?

—No, nada, mamá.

Luego no sé cómo me sale, pero sale:

—El padre Leandro me cae mal.

Espero la tormenta. Increíblemente, no llega. Mamá me habla con dulzura, aunque haya criticado al sacerdote.

—No debes odiarlo, aunque a veces haga algo que no te guste. Él sigue siendo tu párroco, Susi. —No puedo creer lo que oigo—. Sé lo que piensas: sabes, de joven el padre Leandro también fue mi confesor. Yo también lo detesté en ocasiones, pero luego aprendí a entenderlo... Nosotros no somos sacerdotes, querida, no... no vivimos su vida... ¿entiendes? —No, pero al final me manda afuera de todos modos—. Con el tiempo verás que tú también lograrás entender su mundo...

Afuera está gris. La gente camina mirando fijamente hacia adelante, como si nadie viera nada a su alrededor. Parece que no piensan en nada, que todos tomaron la Hostia Médica o que miran holovisiones místicas por todas partes.

En todos los altavoces de la calle resuena esa versión para órgano de Mea Culpa, una canción antiquísima que me hizo escuchar papá. Era de un... de dos de esos «musiqueros del pecado» que estaban de moda en la Era Promiscua: un tal Brain One, o tal vez Eon, o qué sé yo, uno con una boina en la cabeza, y otro llamado David Noséqué, que habían hecho un disco –así los llamaban antes– que hablaba de la «vida en el matorral», lo cual era sin duda una clara invitación a pecar. Papá dice que en aquel entonces se podía, que incluso había tiendas especiales para vender esa música y eran perfectamente legales antes de la Nova Reforma Nacional.

A veces me pregunto cómo se sabe si uno se cruza con un pedófilo de verdad, si solo los has visto en holovisión. Si no puedes oír qué música lleva en los auriculares, si de verdad escucha el holypod o si guarda una reserva de «música promiscua» antigua que lo estimula.

Papá dice que a veces esos discos profanos tenían incluso mujeres totalmente desnudas, sin velo, en las portadas. Para venderlos mejor.

Ahora esa canción, Mea Culpa, fue salvada por la versión para Órgano Sagrado de Lady Sagra & Madonnae, pero el resto seguro hablaba de matorrales de pecado.

Y si resulta que él, es decir, el pedófilo, te toca, después ya no podrás tener una Nova Familia bendecida...

Fede se encontró con uno, dice. Y hasta la tocó, me lo dijo ella ayer. Pero ella ya tiene catorce años, se confesó y el padre le da la Hostia Médica, así que podrá olvidar su pecado y tal vez algún día tener una Nova Familia.

Fede es mi mejor amiga. Me gusta muchísimo, y también me gusta su novio Andre, aunque él tiene al menos veinte, tal vez veintidós años, y a una niña como yo ni la miraría. Dice que en las confesiones el sacerdote siempre le pregunta qué hace con su novio, que debe tener cuidado con lo que hace o se arriesga a perder la bendición y quedar fuera de la Iglesia... después ella se ríe entre dientes y no me dice nada más, y yo me quedo imaginándomela junto a su Andre, encerrados en su self-car...

Que al final son las mismas cosas que quiere hacer el pedófilo, solo que él es más grande y no te pregunta si quieres, pero te sientes obligada, me dijo ella.

Fede me contó estas cosas solo a mí porque, de todos modos, después el padre me daría la Hostia Médica y yo olvidaría todo, tal como lo olvidaría ella, y no se lo podría decir a nadie más.

A la Hostia Médica la llaman así porque no está hecha de agua y harina como las hostias de antes, me explicó papá. Ahora las hace una industria farmacéutica con un producto químico que –si el sacerdote te absuelve– te hace olvidar todos los pecados.

Siento pasos detrás de mí.

Papá dice que el cerebro tiene dos tipos de memoria: la de los hechos recientes, que te hace recordar qué calcetines te pusiste por la mañana, y la de las cosas lejanas, los recuerdos que ya no se borran: la primera nalgada, el primer beso... o el encuentro con un pedófilo. La Hostia Médica impide que los malos recuerdos recientes se vuelvan eternos. Y el Ogro se esfuma.

Los pasos van al mismo ritmo que los míos.

Papá dice que antes la Hostia ni siquiera era sagrada: era solo un medicamento inventado para quitarles a los adultos ciertos dolores insoportables, como cuando muere un ser querido, o para las mujeres que habían sido violadas por pedófilos u homosexuales. Luego un político de los NeoCristianos Moderados (o del Nuevo Centro Nacional, no me acuerdo) se dejó ver en holo mientras la tomaba, después de que el Papa lo perdonara por un escándalo de bailarinas en el que él no tenía nada que ver, y desde entonces la Hostia Médica se convirtió en la verdadera Eucaristía Absoluta.

Ahora todos la toman en holovisión, quieren la bendición hasta los políticos Federados, que son los menos cristianos de todos pero no quieren que Milano Centro también se vuelva islámica. Papá dice que si quieren la bendición para sus decretos, más les vale no andar con juegos.

Giro y lo veo. Es un hombre.

El domingo, durante el Ángelus, hablando en defensa de la Nova Familia, el Papa dijo que la Hostia es un Sacramento y debe tomarse solo tras la absolución, no como una droga para borrar todo mal recuerdo, como hacen los ateos para no ver su desesperación, o esos Fanáticos Ambientalistas y los terroristas suicidas, lo cual es un sacrilegio mortal.

No consigo perder a ese hombre, lo tengo siempre detrás.

Solo que yo nunca he tomado la Hostia Médica. El padre dice que para nosotros, los niños menores de trece años, no es necesaria salvo en casos gravísimos, como... si te toca un pedófilo. Por eso recuerdo perfectamente cada palabra de Fede.

Doy vueltas sin rumbo un rato, llego hasta el límite de la green-zona-de-residuos. Pero sigue pegado a mí. Es alto, vestido de negro. Tiene una mirada ajena que da miedo.

Intento despistarlo haciendo ziszás entre las montañas de basura apestosa.

Cuando salgo, lo vuelvo a ver. Levanto una nube de micropolvo con los pies. Al darme vuelta, un rato después, todavía viene detrás.

Empiezo a correr, pero él siempre logra mantenerse a la misma distancia.

Por fin llego a mi iglesia jadeando. Me detengo en la entrada, me armo de valor y lo miro fijamente:

—¡Váyase! ¡Deje de seguirme o lo denuncio a la Escuadra Pedoporno!

Él también se detiene y me mira sorprendido:

—Oye, señorita, ¿segura tú estás bien? Yo no sigo a ti, ¿sabes? —dice con acento extranjero mientras saca el teléfono móvil—. ¿Quieres... nosotros llamamos a tus padres?

Dos monjas oyen los gritos y se acercan. Recobro el valor.

—¡Si no se va, lo hago mandar a la cárcel! —grito fuera de mí, señalándolo con el índice—. ¡Terminará viviendo en la zona de residuos como todos los demás cuando los atrapemos!

Me mira aterrorizado. Ve a las monjas con el ceño fruncido.

—Pero tú eres... yo solo soy alguien que va-trabaja... —balbucea. Luego se da la vuelta y sale corriendo.

—¿Qué pasó con el técnico, Susi? —pregunta sor Inés.

—¿Cuál técnico?

—El hombre con el que gritabas recién. Los hombres de traje negro son los técnicos del holocast, ¿sabes? Están instalando uno nuevo ahora, también aquí en la parroquia...

Entro a la iglesia sintiéndome incómoda.

A mis espaldas están sor Teresa y sor Inés:

—¿No vas a confesarte, Susi?

—Sí, enseguida...

Fede sale del confesionario, con los ojos bajos y las manos juntas en el regazo. Pasa a mi lado y me dice:

—Te está esperando. Se guardó un momento a propósito para confesarte a ti, que eres de las más pequeñas.

Siento que me hielo por dentro. ¡No puede saber ya lo de mi pecado y el de Fede! Dios, qué vergüenza. Y si... No, no puede habérselo dicho ella, cómo va a...

De pronto me doy cuenta de que Fede no estaba arrodillada en el confesionario. Estaba adentro. ¡Adentro con él!

Ahora sé lo que le hizo a Fede. Y después le dio la Hostia que limpiaba todos los pecados. Ella ya no sabe nada, pero yo sí sé.

Vuelvo a oír la frase de mi madre: «Con el tiempo tú también lograrás entender su mundo...».

Fede camina hacia un banco como si subiera al Calvario.

No quiero verlo.

«...Luego aprendí a entenderlo...».

Lo veo. Está de pie ante la cortinilla morada descorrida.

—Ven, Susi, ahora hagamos tu confesión, ¿sí?

Me mira con dulzura, a la espera.

—Te he observado con atención estos días y te noto muy madura.

El terror me atenaza. Como en el sueño.

Doy un paso atrás, pero me tropiezo con sor Inés a mis espaldas.

—Yo digo que esta Pascua de 2027 es el momento de recibir tu primera Eucaristía Absoluta. ¿Estás contenta?

—...

—Vamos, ven... No tendrás nada que ocultarme, ¿verdad, Susi?

—Mmm...

—Mea culpa, mea culpa. Mea...

 

Por la noche, durante la cena, mamá me pregunta:

—Y bien, ¿cómo te fue? ¿Encontraste a Fede en la iglesia?

—Sí.

—¿Y volviste con ella?

—No. La... perdí justo después. Volví más tarde tomando el camino que pasa cerca de la zona de residuos.

—¡Uf! Sabes que no quiero que vayan por esos barrios marginales. ¿Oíste que ayer violaron y luego lapidaron a otra chica allí?

—Lo sé, mamá, pero... era tarde.

—Pero... ¿qué pasa? ¿Sucedió algo? ¿Discutieron?

—No, mamá.

—Bueno, ¡no me cuentas absolutamente nada!

—Si hubiera algo que contar... me acordaría, ¿no?

Mario Gazzola (Milán, 1964) es escritor, ensayista y periodista cultural. Es autor de las novelas Rave di morte (2009), Buio in scena (2022), Hyde in Time (2023) y la distopía Situation Tragedy (2024), varias de ellas ilustradas por Roberta Guardascione. Junto con Andrea Carlo Cappi editó la antología Fantasmi di oggi e leggende nere dell’età moderna (2025). Recibió el Premio Vegetti (2019) por el ensayo FantaRock y el Premio Torre Crawford (2022) por el cuento La bambola di scena. Ha publicado relatos en diversas antologías y revistas especializadas, y ha desarrollado una extensa labor como crítico de música rock, cine y teatro. Cofundador y director del sitio Posthuman.it, también colaboró con el programa televisivo Wonderland (Rai 4) y con la Enciclopedia Treccani della Musica del XX Secolo. Además, ha trabajado como guionista, realizador audiovisual y fotógrafo.

 

RUBNIK, EL NECIO

Luciano Lara

 

Rupert Rubnik era un tipo desconfiado. Recuerdo que apenas empecé a trabajar para él me di cuenta de que sería muy difícil ganarme su confianza. Nunca supe con certeza cuáles eran las causas de su actitud, pero era evidente que había sido víctima de algún tipo de estafa: se rumoreaba que Rupert había formado a su mejor alumno para luego convertirlo en su asistente; que confiaba plenamente en él y que éste le había plagiado sus mejores textos. La decepción que sufrió el viejo filósofo fue tal, que jamás pudo volver a confiar en ningún otro colaborador; tanto que con el paso del tiempo, la publicación de sus trabajos (que también se rumoreaba, eran brillantes) se dilataba y se hacía cada vez más dificultosa.

Cuando yo lo conocí, Rupert Rubnik nunca había publicado, sin embargo, era uno de los filósofos más prestigiosos del momento; prestigio que solo se basaba en un conjunto de rumores. El día que me contrató no hablamos demasiado, solo se limitó a decirme que era un viejo desordenado y necesitaba ayuda.

Hubiese sido más sano dejar de lado a Rubnik y buscar un trabajo más estable y tranquilo; por aquellos años yo anhelaba “alcanzar el equilibrio” para mi vida. Pero la oferta de Rupert Rubnik era demasiado tentadora como para dejarla pasar; y si bien era esencial lograr la confianza del viejo para alcanzar el objetivo de publicar, parecía una empresa por demás difícil. Yo contaba con una vasta experiencia en letras y me creía experto en manejo de las “relaciones interpersonales”; confiaba plenamente en mis virtudes y sentí que sería capaz de hacerlo.

Fueron años duros; mucho trabajo, pero sobre todo, soportar los cambios repentinos en el estado de ánimo de Rupert y defenderme de sus constantes acusaciones; tuve que hacer tremendos esfuerzos en diferenciarme de otros colegas: todas las profesiones tienen vicios y generalidades; la mía no es ninguna excepción. Fue por ello que me pasaba la mayoría del tiempo intentando remarcarle a Rubnik, con hechos y palabras, que yo era diferente al resto, pero el viejo me miraba incrédulo; torcía la boca y negaba con la cabeza; a veces, ante mi insistencia y mis constantes comparaciones, montaba en cólera, me levantaba la voz y me ordenaba retirarme de su casa.

Durante el tiempo en el que trabajé para él, Rupert solo se limitaba a entregarme pequeños fragmentos de su trabajo y de manera desordenada para que no pudiera completar las ideas, pero yo estaba fascinado con el pensamiento de Rubnik; tanto que me las ingenié para compaginar una obra uniendo todos sus fragmentos. Al enterarse, preso de un ataque de ira, rompió las hojas y me insultó como nunca. De regreso, caminé por la ciudad oscura sin emitir ningún sonido, excepto por el golpeteo de cada uno de mis pasos; masticando la peor de las decisiones: se acercaba la hora de asumir el fracaso.

Al otro día volví para disculparme, pero me devolvió una mirada fría; tan fría como el mismísimo invierno. No tuve opción: me alejé para siempre; la única forma de convencer a Rubnik de que yo no iba a estafarlo, era dejar pasar el tiempo.

Volví a verlo en su lecho de muerte; el respeto y la admiración que sentía por él eran tales, que al enterarme de su enfermedad terminal y su soledad, decidí acercarme para acompañarlo. Habían pasado veinte años desde nuestro último encuentro y Rubnik no había podido publicar un solo escrito. Quizás ha llegado la hora, pensé; ya no tiene opción y puede que ahora sí me entregue el material para que por fin pueda ver la luz.

—Rupert —le dije con voz suave mientras le tomaba la mano. Él alzó la mirada, torció la boca y sacudió la cabeza. No llegué a emitir palabra…

—No te gastes —anunció y se aclaró la garganta—, ya quemé todo; no vas a poder robarme.


Luciano Lara es un músico que nació en Quilmes en mayo de 1975, que desde hace unos años decidió lanzarse a la literatura con una propuesta provocadora. El contacto con la literatura le llegó casi por casualidad; agobiado por el trabajo en una corporación multinacional y al borde del colapso, en enero de 2013 durante un viaje a la Patagonia, inspirado por la lectura de los libros Crítica del Oficinismo y Cinco cuentos cobardes, del filósofo H.G. Johannes (amigo y maestro de Luciano), escribió su primera ficción "Tránsito hacia la libertad", enseguida la segunda, "Absurdo" y durante los meses siguientes, las cinco historias que integran su primer libro, Apasionadas, editado por Sinergia en 2015 bajo el seudónimo Köller. Desde aquel inicio literario, en 2013, ha participado de varios proyectos. Uno de sus textos apareció en Grageas 3, otro en la antología mexicana Fútbol en breve, otros tres en Cien páginas de amor, uno en la antología mexicana Nocauts, otros tres en Minimalismos y uno en Extremos. Su primera novela, Resistencia, se encuentra en proceso de corrección.

 

 

 

LA DICTADURA DE LA BELLA PALABRA

Bojan Ekselenski

 

El cazador y la presa

Clavé la vista en la pantalla del cronovisor. Debido a la enorme distancia temporal del objetivo, tenía que concentrarme al máximo, porque la aparición de la presa no sería más que una mancha gris sobre un fondo blanco. Pero la práctica me había entrenado. Si lograba activar la trampa en el momento preciso...

Me iría a vivir entre los ricos. Adiós a este planeta.

Con los dedos ajusté la amplitud del rayo crónico. Lo amplié a tres horas. Es un margen enorme, pero no podía reducirlo más. Estaba apuntando diez mil años hacia el pasado y debía aceptar un compromiso. Más de tres horas volvía el sistema demasiado poco fiable; menos reducía las posibilidades de interceptar un instante durante la noche. Ya conocen las leyes de la física: la precisión disminuye con el cuadrado de la amplitud en segundos, pero, en sentido inverso, también disminuye la probabilidad de alcanzar el momento cronológico buscado. Con toda esta tecnología seguimos siendo, o quizá más que nunca, esclavos de la física y de sus caprichos.

La espera era insoportable. Esperaba un movimiento antes de los primeros indicios del amanecer. No debía faltar mucho. Sería un completo idiota si pasara la noche en vela para nada. Se burlarían de mí:

—¿Por qué apuntaste a un objetivo fuera de alcance cuando podrías haber disparado apenas mil años hacia el pasado y capturado un elefante con total seguridad? Antes se decía: más vale pájaro en mano que ciento volando.

Ya había tomado una decisión. Estaba harto de sobrevivir en este rincón hostil del universo. Diez años llevaba dedicado a la cronocaza. Había capturado casi todos los grandes animales que habían pisado este planeta durante el último milenio y aun antes. El ejemplar más antiguo había sido un león cazado casi cuatro mil años atrás. Era una presa común, sin verdadero valor en el mercado. Para reunir el dinero de un pasaje tendría que capturar dos mil elefantes, ballenas azules, leones y tigres siberianos.

El frío me atravesaba los huesos. Los inviernos en esta región eran crueles, pero cazar en esas condiciones obligaba a entrar en un estado mental especial que agudizaba los instintos del cazador. El frío te daba concentración. Además, el aire invernal aumentaba la resolución del cronoscáner.

A simple vista, la pantalla no mostraba nada extraordinario. Solo una inmensa blancura. A una distancia de diez mil años, el cronoscáner era muy impreciso. El fabricante garantizaba un alcance de apenas tres milenios. Yo lo había modificado, jugueteando con complejos fáseres, con la polaridad del flujo de antimateria y con los delicados ajustes del selector.

Quizá aquella jornada de caza terminara siendo una pérdida de tiempo. Estadísticamente, el escáner ya debería haber detectado al menos el rastro de algún animal.

Empecé a dudar de mi decisión. El amanecer estaba cerca y no aparecía ninguna señal. ¿Estaría apuntando demasiado lejos en el pasado? Los párpados se me cerraban y luchaba contra el sueño cuando un pitido y el parpadeo de unas manchas grises me sacudieron de golpe. En un instante recuperé toda la lucidez. Mi dedo comenzó a presionar con más fuerza el interruptor de la trampa.

Ahora.

Solo un poco más.

La tenue mancha gris ya casi cubría todo el retículo de puntería.

¡Ahora!

Presioné el botón hasta el fondo. Por reflejo desvié la mirada para evitar el resplandor.

Marfil de mamut...

La idea cruzó mi mente como un relámpago.

¡Cuántos créditos!

¡Sí!

Había llegado la hora de abandonar aquel agujero miserable. Mi pasaje ya me esperaba.

¡Adiós a todos!

La burbuja de la cronotrampa se disipó y entonces vi...

Que Dios me ayude.

 

La guardia cruzó una mirada con el médico de la prisión, que simplemente negó con la cabeza. Habría apostado a que sintió cierto alivio, porque yo era una molestia constante para ella. Al menos desde lo de la captura...

La enfermera se puso de pie y, a mi manera, sentí que devolvía su mirada indiferente. Para ella no era más que un episodio rutinario de trabajo. Para mí, en cambio, era algo único.

Después de todo, normalmente uno solo muere una vez.

Comencé a elevarme y mi cuerpo inmóvil fue haciéndose cada vez más pequeño, junto con la celda de la prisión. Miré hacia arriba y vi un túnel luminoso. Luego dirigí la vista una última vez hacia abajo y alcancé a leer el cartel:

«El tiempo es el único viajero que no tiene destino.»


Bojan Ekselenski, nacido en 1964, es el presidente de la Sociedad Literaria de Celje. Su obra se publica en diversas revistas literarias eslovenas y en varias antologías extranjeras. Hasta octubre de 2019, había publicado 14 libros impresos y otros tantos libros electrónicos. También fue coeditor de las dos únicas antologías de literatura fantástica eslovena publicadas recientemente. Desde 2016, es editor de Supernova, la única revista impresa de literatura fantástica eslovena. Promueve activamente la literatura fantástica de calidad, uno de los géneros literarios más olvidados en Eslovenia. Desde 2017, en nombre de la Sociedad Literaria de Celje, organiza Fanfest, el Festival de Literatura Fantástica Eslovena, el único evento de este tipo, dedicado principalmente a un pequeño grupo de autores eslovenos de fantasía.

 

sábado, 29 de agosto de 2026

SIN FRENO

Finn Audenaert

 

Incluso el detector de humo se había dado por vencido. Marc se despertó sobresaltado por el repentino silencio. Desde hacía cuatro días, un pitido persistente resonaba por toda la casa, señal de que había que cambiarle la batería a aquel maldito aparato. El detector estaba instalado a una altura imposible en el hueco de la escalera, junto a la puerta de su dormitorio, que daba directamente a los peldaños, pero justo fuera de su alcance. Eso era lo que pasaba cuando contratabas profesionales para instalar algo: siempre elegían el lugar más lógico… lógico mientras el aparato funcionara. Marc tenía una escalera de mano, por supuesto, pero no tenía ganas de usarla. Además, sufría un poco de vértigo, aunque solo en sus mejores días se atrevía a admitirlo. En cualquier caso, ¿para qué seguir invirtiendo tiempo y energía en una casa que ya no sentía como su hogar?

Era un sonido maligno y estridente. Cada minuto desgarraba el silencio como un chacal. Sin embargo, se había acostumbrado. Ahora reinaba un silencio absoluto. Inquieto, Marc se incorporó en la cama. Las cosas terminaban tan inesperadamente como empezaban. Eso no le gustaba. Marc era más bien un hombre de planes.

Había sido Karen. Al fin y al cabo, ¿qué no era culpa de ella? Aquella loca había encontrado la manera de acabar con el pitido. En realidad, debería estar contento. Pero no quería a su mujer cerca de su dormitorio. Oh, Dios. Ahora ya no conseguiría volver a dormirse. Uno aprendía a convivir con un pitido –también decían eso del tinnitus, pensó– y, al cabo de un tiempo, dormía a pesar del ruido. Era como los trenes que pasaban cerca –la casa donde se había criado– o las campanas que sonaban a horas imposibles de la madrugada, como la residencia estudiantil que había compartido con otros cuatro. Uno se acostumbra, filtra el sonido hasta dejar de oírlo. Con Karen no ocurría lo mismo: a ella no había manera de filtrarla. ¿Estaría en casa esa noche? Tenía que estar. De lo contrario, ¿cómo habría desactivado el detector de humo?

No eran horas para complicados ejercicios mentales. Marc echó un vistazo al radiodespertador. Las 4:44, sin duda la hora más estúpida de la noche. ¡Gracias, Jay-Z! Aquel rapero entrado en años tenía un álbum que se llamaba así. Las 4:44 era el momento exacto en que el tipo se despertaba entre sus costosas sábanas Gucci y se sentía culpable por haber engañado a su mujer. Menuda explicación de mierda; hoy en día cualquier excusa servía para colgarle un título a un álbum. Y su Beyoncé no era mucho mejor. Había exprimido toda aquella miseria hasta sacarle un montón de canciones lacrimógenas. Marc soltó una risita involuntaria y pulsó algunos botones del radiodespertador, simplemente para oír algún sonido. Sonaron unos compases de música clásica. Puaj, ¡confesiones! Al final, ese Jay-Z no era más que un pequeño burgués que quería llegar dignamente a la vejez. Hablaba de sus «sentimientos», de «hacer las paces» y cosas así. Marc jamás confesaría a Karen sus infidelidades. Él no participaba de esas modernidades de moda. A los cuarenta y siete años uno ya no cambia, qué va. Después de escucharlo dos veces, había tirado a la basura aquel ridículo disco de arrepentimiento. Desde entonces escuchaba música por streaming, solo por llevar la contraria.

Karen era como Beyoncé, pensó mientras intentaba en vano aliviarse la picazón del cuero cabelludo. Era menos hermosa, por supuesto –quién no–, pero tenía unos… talentos igual de grandes. Cuando se conocieron, Karen había sido la chica más bonita del pueblo. Claro que era un pueblo, ni siquiera llegaba a municipio. Marc, en cambio, era muy consciente de que había tenido que valerse de su labia y sus artimañas. Y las había perfeccionado a lo largo de los años. Bah, Beyoncé, la idiota benefactora. A ella la habían engañado, a Karen también. Nadie estaba a salvo; eso reconfortaba a Marc.

—¿Por qué engañarías a tu mujer teniendo al lado a una preciosidad como Karen? —le había preguntado muchos años atrás Jerry, su compañero de copas.

Estaba claro: por entonces Jerry todavía era virgen o, al menos, virgen en materia de relaciones, como decían entre sus amigos. ¿Por qué los hombres engañaban a las mujeres? ¿Y viceversa? Desde luego, no tenía nada que ver con que tu pareja fuera hermosa o fea. Ah, sí, Jerry. Ahora estaba de vacaciones en Tailandia. Marc prefería no conocer los detalles.

Bostezó, salió trabajosamente de la cama, arrastró los pies hasta la puerta y descorrió el pestillo. Comenzaba la larga expedición hacia la planta baja. La luz del hueco de la escalera no funcionaba. Tampoco era ninguna sorpresa. Bajó en la oscuridad la interminable sucesión de escalones.

Cuando Karen y Marc compraron la casa, él se había lanzado a reformarla con un entusiasmo ilimitado. No le había importado que la vivienda fuera demasiado grande para un hombre que solo disparaba balas de fogueo. En aquellos tiempos se habría reído a carcajadas ante un detector de humo rebelde o un par de lámparas estropeadas. ¡Ni siquiera eran verdaderas reparaciones! Eso había sido antes de que Karen destrozara su Mercedes AMG GT Black Series y el airbag le hiciera polvo la cabeza; solamente la cabeza, por desgracia.

—Imposible —habían afirmado en Mercedes—. En un accidente así, eso sencillamente no puede ocurrir. Precisamente el airbag está para protegerte.

La aseguradora de Marc no había tardado en ceder ante el fabricante del automóvil. Así que nada de indemnización por la cabeza destrozada de su mujer. No es que a Marc le importara. Tampoco se trataba de eso.

Entretanto había llegado a la planta baja. Tenía un poco dormido el pie izquierdo. Por lo menos algo de su miserable cuerpo conseguía dormir. Él todavía estaba bastante cansado por el tango horizontal que había bailado con Marieke anteayer, durante una agradable pausa para almorzar. Y aunque lograba dormir pese al pitido persistente, sin duda aquel ruido afectaba la calidad de su descanso nocturno. Entró renqueando en la cocina y abrió el refrigerador. La luz del interior parpadeó. Todo en aquella casa estaba dejando de funcionar. Suspiró resignado y sacó un frasco de mermelada de ciruela. No se atrevió a encender los focos de la cocina. Abrió a tientas un armario bajo y sacó una hogaza de pan. Ah, sí, un cuchillo. Volvió a bostezar. Sospechaba que Karen estaba en la sala, en el sofá. Podía olerla, a la loca de Karen con su estúpida cabeza. Cerró con cuidado la puerta entre la cocina y la sala, y solo entonces encendió los focos –¡eh, esos todavía funcionaban!– y sacó de un cajón un cuchillo procurando no hacer ruido. Mecánicamente untó una rebanada de pan y se la comió de pie junto a la encimera. El pantalón del pijama se le había deslizado hasta dejarle medio trasero al aire. Mientras Karen engordaba, él estaba a dieta para mantener intactas sus posibilidades con las mujeres.

Excepto esa noche. Marc no había llegado al cuarto bocado cuando se abrió la puerta. Mierda.

—¡Manipulaste los frenos, hijo de puta! —espetó ella sin preámbulos—. Admítelo, Marc.

La voz aguda de la loca de Karen era algo a lo que uno nunca se acostumbraba. Salió de la sala y avanzó hacia él con paso decidido. Mierda, debería haber sabido que no convenía encender los focos –la puerta de la cocina tenía un pequeño panel de vidrio–, pero el hambre lo había vuelto imprudente. Marc tragó con dificultad y la miró con los ojos muy abiertos. Durante los últimos meses Karen había llamado muchas veces a la policía. ¡Marc había manipulado los frenos del automóvil! ¡Marc había puesto sustancias venenosas en su sopa! ¡Marc había untado jabón en el umbral de la puerta de entrada! En resumen, Marc quería matarla. Innumerables veces los representantes de la ley habían llamado a su puerta. Hasta que también los policías comprendieron que aquella mujer estaba loca.

—¡Di algo, asesino! —chilló ella.

Marc negó con la cabeza y retrocedió un paso. El cabello de Karen estaba grasiento y pegajoso, observó con desagrado. Su camisón tenía manchas amarillas. Por lo menos podía cuidarse un poco. Al fin y al cabo, seguía siendo su mujer. ¿Qué pensaría la gente del pueblo de él, que soportaba resignadamente convivir con semejante esperpento?

Desde el accidente de automóvil, Karen dormía en el sofá, lo más lejos posible de él. A Marc no le molestaba. Podía mantenerse bien alejada. El cuchillo de carnicero sobre la mesita de la sala le gustaba bastante menos.

—Es para protegerme de los ladrones y, sobre todo, de ti, hijo de puta —le había dicho ella más de una vez.

Que el detector de humo fallara y emitiera cada pocas semanas aquel desagradable pitido de advertencia no le preocupaba, le había espetado en cierta ocasión. Era mejor permanecer despierta por las noches que acabar con el cuello cortado por su propio cuchillo de carnicero. Estaba como una cabra. Con aquella mujer no se podía razonar.

Por otra parte, siguiendo esa lógica, Karen no podía tener nada que ver con la desaparición del pitido. Marc sintió que comenzaba a dolerle la cabeza. Se masajeó ostentosamente las sienes.

A la débil luz de la farola de la calle vio brillar el cuchillo de carnicero sobre la mesita de la sala. Tenía que elegir entre un hambre feroz y conservar el pellejo. Su estómago gruñendo ganó aquella batalla. Se arriesgó a dar otro bocado y masculló algo, con una miga de pan pegada a la comisura. Sonó más o menos como:

—Mañana temprano. Tengo que trabajar.

Era demasiado pedir siquiera imaginar que Karen pudiera responder a una observación tan práctica. Le clavó un dedo en el pecho.

—¡Mi marido, el aseeeesino!

En materia de variedad, su esposa no era precisamente una especialista. Marc le hizo una mueca. Pretendía ser una sonrisa. Alrededor de las 5:02 de la madrugada era mucho pedirles a sus músculos faciales.

Sería mejor volver a buscar la tranquilidad del dormitorio, decidió Marc. Aquella noche simplemente había tenido mala suerte. Su media naranja se había quedado en casa. Karen entraba y salía cuando se le antojaba. De día o de noche, le daba igual. A menudo vagaba por el barrio con un montón de fotocopias bajo el brazo. Llevaban una fotografía de Marc –naturalmente, había elegido una en la que parecía particularmente desaliñado– seguida de un montón de acusaciones. Marc conocía demasiado bien aquellas hojas. A veces Karen las deslizaba de noche por debajo de la puerta de su dormitorio. Brrr. Llevaba un tiempo pensando en colocar un segundo pestillo en la puerta de arriba. Pero nunca pasaba de pensarlo: carecía de energía para ese tipo de cosas.

Guardó el pan en el armario con cierta reticencia. Su estómago protestó.

—Mañana hablaremos, cariño.

—¡Voy a buscar mi cuchillo de carnicero! —gritó ella.

Por suerte, nunca lo había hecho. El cuchillo siempre había permanecido inmóvil sobre la mesita. Pero Marc sospechaba que algún día sería diferente.

Asintió.

—Intenta dormir un poco.

Mientras subía la escalera, intentó recordar qué había salido mal con los frenos del automóvil en aquella época. Efectivamente, no habían funcionado, pero en el momento equivocado. Había salido a hacer una prueba después de dedicar una de sus creativas sesiones en la intimidad del garaje a trabajar en el coche –nadie había acusado jamás a Marc de ser demasiado inteligente; los comentarios de sus boletines escolares repetían invariablemente «primero piensa y después actúa, pequeño Marc»– y en un cruce cercano a su casa había estado a punto de chocar contra un camión. Los frenos habían funcionado perfectamente en su propósito de no funcionar. El susto había sido tan grande que decidió reajustarlos un poco. Tampoco convenía que todo resultara demasiado evidente.

Dos horas más tarde Karen, aquella Karen de la que estaba tan harto, la Beyoncé venida a menos, la… bah, qué más daba, su Karen, había salido a hacer unas compras. Y se había estrellado de lleno contra un árbol. La investigación del accidente no había encontrado nada fuera de lo normal. El airbag había funcionado perfectamente –en eso Marc discrepaba de la opinión del experto– y los frenos también. Karen, sencillamente, no había pensado en frenar.

Sí, el airbag. Se había olvidado de hacer algo con él. Aunque tampoco habría sabido cómo manipularlo sin que nadie se diera cuenta, comprendió después. Y ahora estaba atrapado con una versión todavía más irritante de su esposa.

Quizá fuera por el somnífero que mezclaba diariamente con la leche chocolatada de Karen, pensó Marc a mitad de la escalera, justo cuando el detector de humo reanudó inesperadamente su estrépito, implacable pero extraordinariamente bienvenido, cuatro metros por encima de su cabeza.

PIIP.

Quizá Karen hubiera comenzado a adormecerse mientras conducía. Normalmente toleraba perfectamente aquella dosis. Se la daba para que sus quejas resultaran un poco más soportables. ¡Dios, cómo echaba de menos los tiempos casi despreocupados anteriores al accidente! Si hubiera sabido que iba a empeorarlo todo de aquella manera…

Marc cerró con llave la puerta del dormitorio y se tendió en la cama.

PIIP.

Las listas de espera de los hospitales psiquiátricos eran largas. Solo se podía internar a un paciente cuando representaba un peligro inmediato para sí mismo o para los demás. Hoy en día, un vulgar cuchillo de carnicero sobre una mesita ya no bastaba. ¿En qué clase de país vivimos?, se preguntó Marc mientras golpeaba impotente el colchón con el puño. ¿Cómo era posible que los enfermos no terminaran en el lugar que les correspondía?

¡Clang, clang, clang!

Abajo se desató un ruido infernal. Marc conocía demasiado bien aquel sonido. Karen revolvía frenéticamente con sus garras el cajón de los cubiertos. Sacaba todos los cuchillos, los ordenaba desde el menos peligroso hasta el más peligroso y luego hacía lo mismo con los tenedores e incluso con las cucharas. Después volvía a meterlo todo en el cajón haciendo el mayor ruido posible. A veces también lo dejaba todo sobre la encimera, como un gigantesco dedo medio levantado. Aquella mujer estaba completamente loca.

El PIIP del detector de humo sonó tranquilizador y por un instante ahogó el estrépito de abajo. Los pensamientos de Marc se desviaron hacia la nueva vecina de enfrente. Metió una mano en el pantalón del pijama. Tendría unos veinticinco años y estaba realmente buena. Se llamaba Bailey. No es que su nombre importara. En cualquier caso, él sentía un interés sincero por ella. Por desgracia, era difícil seducir mujeres teniendo a una loca pisándote constantemente los talones.

Ya no podía preparar sopa. Karen solo comía fuera de casa. Quizá debería volver a intentarlo con el umbral enjabonado. Hoy en día el jabón líquido era tan transparente que apenas se veía. Alguna vez tendría que funcionar. Aunque solo consiguiera mandarla cuatro meses al hospital. Sí, todavía podía reunir fuerzas para aquella pequeña tarea.

Con ese plan en mente, Marc se quedó plácidamente dormido.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

LA NIÑA DEL REFUGIO

Aleksandra Filipović

 

Ayer mataron a Kennedy. Han transcurrido diecinueve años, pero aquel día de 1944 continúa persiguiéndome. A veces no logro conciliar el sueño hasta el amanecer. Entonces saco del armario junto a la cama un ejemplar amarillento de Politika y contemplo largamente la fotografía de la niña que me sonríe desde la portada.

Afuera aúlla la košava. Desde la ventana de la buhardilla que alquilo vigilo las oscuras aguas del Danubio. Ondulan como el tiempo. Esta noche me atreveré por primera vez a escribir algunas líneas sobre lo sucedido aquel día. Comenzaré anotando la fecha de hoy en la parte superior de la hoja. Después dejaré todo en manos del pulso tembloroso de la memoria.

Escrito el 23 de noviembre de 1963, en Belgrado.

Durante la Pascua de 1944, el mundo se derrumbó. En los rincones del refugio, situado en el centro de Belgrado, titilaban las llamas de las velas. Los rostros que aparecían bajo los rayos de luz rojiza parecían sus propios reflejos en un espejo espectralmente deformado. La gente respiraba con dificultad y contemplaba la nada con ojos vidriosos. Aferraban desesperadamente a sus hijos, como si pudieran ocultarlos de la muerte que se aproximaba con sus propios cuerpos. Los aviones, las Fortalezas Volantes, habían rugido durante todo el día y convertido en ruinas las calles y las plazas. El refugio temblaba, todo retumbaba a nuestro alrededor y fragmentos de piedra se desprendían del techo y caían sobre nosotros. Sin embargo, nuestro refugio aún resistía. No por mucho tiempo, lo sabía.

Pero en ese momento llevábamos un rato sin oír nada. Me había acurrucado en un rincón apartado del recinto. La llama de una vela crepitaba. No había muchas personas cerca de mí. La humedad reptaba por las paredes y el aire olía a tumba recién abierta. Desde algún lugar del techo, el agua goteaba sobre el suelo de piedra. Me envolví en el abrigo. Temblaba. Presentía que se acercaba el momento en que me convertiría en polvo. Polvo que los vientos enloquecidos dispersarían en el abismo.

De pronto, algo me tocó el hombro. Me volví y vi a una niña. No podía tener más de cuatro o cinco años. Llevaba un vestido claro con flores rojas que me parecieron manchas de sangre. Sus ojos castaños sonreían.

—¿Dónde están tus padres, pequeña? —le pregunté.

—No lo sé —susurró.

Le faltaban los dos incisivos superiores.

—Ven, vamos a encontrarlos.

Mientras me ponía de pie, la niña señaló la multitud de barriles de madera que había detrás de mí. La oscuridad se extendía sobre ellos.

—Allí —murmuró.

Acerqué la vela y empecé a apartar los barriles pequeños y vacíos. Estaba convencido de que detrás descubriría la mano aplastada de una mujer, con el índice extendido como si acusara a alguien. O que vería la rodilla desnuda de un hombre, asomada e inmóvil bajo unos pantalones desgarrados y ensangrentados.

Un murmullo se propagó por el refugio. Sentía que las miradas interrogantes de la gente me quemaban la espalda. La niña seguía atentamente cada uno de mis movimientos. Parecía dar saltitos de impaciencia. Poco después apareció una abertura detrás del montón de barriles. Como unas fauces abiertas, se reveló la entrada de un túnel, lo bastante amplia para que pasara una persona. Aparté todo y una oscuridad ancestral brotó de su interior.

Miré hacia la niña, pero ya no estaba. En el lugar donde había permanecido solo quedaba un periódico arrugado. Me lo guardé en el bolsillo. En tiempos de guerra, el papel era un verdadero tesoro. Me introduje en el túnel. Olía a podredumbre. Como garras nudosas, las raíces de los árboles atravesaban la piedra y la tierra del techo. Entonces, a través del aire condensado por la acumulación del tiempo, me acarició una brisa apenas perceptible.

—Gente... Gente... aquí hay un túnel —balbuceé—. Hay una salida cerca... ¡Rápido, podremos escapar!

Regresé trastabillando hasta el centro del refugio. Daba saltitos y agitaba los brazos.

Todavía hoy me llegan, intactas, las últimas miradas de las personas del refugio. Compasivas y, a la vez, llenas de repugnancia. Personas que después apartaron la vista de aquel loco, o cuando menos bufón, que les suplicaba que lo siguieran por un túnel que podía derrumbarse en cualquier momento. Se apartaron del insensato que pretendía conducirlos a través de oscuros laberintos, donde vagarían como topos hasta que los abandonaran las fuerzas y, uno tras otro, se convirtieran en alimento de ratas y espectros.

Nadie se movió. Busqué a la niña con la mirada. No la vi. Entonces los aviones volvieron a rugir. Una bomba cayó cerca. El techo empezó a derrumbarse. Enloquecido, me precipité dentro del túnel. Dejé a mis espaldas los alaridos y el llanto. Se volvieron cada vez más débiles. Las piedras sepultaron la entrada y ya no pude regresar. No pude salvar a nadie. Todas aquellas personas, todos aquellos niños, muertos, aplastados. Lancé un grito y caí de rodillas. Estalló otra bomba. Todo se estremeció. Me levanté y corrí hacia la oscuridad. No sé en qué dirección. No sé cuánto tiempo vagué por las tinieblas; tropezaba y la boca se me llenaba de barro. Los oídos me retumbaban. La tierra se desmoronaba cada vez que una bomba explotaba en las cercanías.

Mi única guía eran las paredes. Tocaba las piedras viscosas y continuaba avanzando. Estaba convencido de que moriría en aquella oscuridad eterna. Entonces el túnel dejó de descender y comenzó a ascender por una pendiente suave. Me pareció que habían transcurrido años cuando por fin se ensanchó y la luz del día me azotó las pupilas. En ese momento oí un pájaro. Un grito atrapado en la garganta. Nunca antes ni después escuché un canto semejante. Salí del pozo arrastrándome de rodillas.

Ante mí reverdecían los prados primaverales. El aire olía a jazmín. Siempre había sabido que la muerte huele a jazmín. El periódico que había recogido en el refugio se cayó del bolsillo de mi abrigo. Me desplomé y el agotamiento me sumió en el sueño.

Cuando desperté, tenía las hojas apretadas entre las manos. Politika, decía en la portada. Un titular extraño ocupaba toda la página en letras enormes: «Niña muere en su casa por una bomba de la OTAN». Debajo, desde una fotografía, me sonreía la niña que poco antes me había mostrado el túnel en el refugio.

En la parte superior de la página estaba impresa la fecha: abril de 1999.

Aleksandra Filipović (1983) es una escritora serbia galardonada cuyas obras conectan generaciones. Su trabajo se caracteriza por historias intensas e imaginativas, con mundos originales y personajes memorables. Sus libros gozan de igual popularidad entre niños, jóvenes y adultos. Es autora de las novelas infantiles y juveniles. Entre los títulos publicados merecen citarse: O krilima i čudima, Serafina Krin i Srce sveta, Serafina Krin i poslednji grifon, Veštica Noćka u potrazi za zvezdama, Orion Zvezdić i Izvor snova. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas, adaptadas para la radio y publicadas en importantes revistas literarias y antologías. 

 

DE COMPRAS

Hernán Bortondello

 

Cecilia se asustó. No había escuchado ningún sonido, pero algo la instó a levantar la cabeza mientras analizaba las cuentas corrientes de sus clientas. Probablemente, y antes que otros motivos, fue el fuerte contraste lo que la intimidó. Del otro lado del angosto mostrador, plantado en el medio de la coqueta boutique, la observaba un muchacho demasiado fuera de contexto, con la mirada inexpresiva y poderosa de los que tienen un indio adentro. Su aspecto era tan arquetípico, tan consecuente, que no tuvo dudas. Era un ladrón. Para colmo es la hora de la siesta, se lamentó Cecilia, nerviosa. No hay un alma en la calle a quien pueda pedirle ayuda.

—Que tal, doña —saludó el muchacho con cierto respeto y un evidente tono de desafío.

—¿En qué te puedo servir? —contestó demasiado apurada, olvidando el necesario buenas tardes.

—Ahí, en la vidriera, vi esa ropa de mujer... ¿Me puede mostrar? —dijo con ansiedad.

—¿Qué tipo de ropa de mujer? —Las piernas de Cecilia temblaban y comenzaba a ponerse histérica.

—Esa ropa de mujer... —señaló Mencho con un huidizo gesto de la mano.

—¡Ah!, te referís a la lencería. ¡Dios mío, necesito orinar!, exclamó la voz interior; el temor siempre desencadenaba en ella esa necesidad fisiológica.

—Sí, a eso. ¿Puedo ver que tiene? —preguntó él, fingiendo seguridad.

—Bueno. ¿Qué querés que te muestre? Conjuntos de bombacha y corpiño, bodies, corsés con portaligas, medias, las bombachas pueden ser tipo tanguita, vedetina o colaless. —La invadió una sensación de triunfo pues adivinaba que nombrar en voz alta estas prendas íntimas avergonzaría a su joven adversario.

Sin embargo, se equivocó. Pasada la incomodidad inicial, su interlocutor, sin contestarle, dio unos pasos hacia el sector donde se exhibían camisones. Con un gesto inconsciente, como para ayudarse en la observación, tironeó hacia atrás una gorra de béisbol que parecía no quitarse a menudo. Al hacerlo, algunos mechones de cabello castaño cayeron desordenados sobre su frente. La visera hacia atrás y con el escudo de Boca, pensó Cecilia. ¡Son todos iguales!

Después de unos minutos de atención, durante los cuales la vendedora no dejó de vigilarlo, el joven se volvió hacia ella.

—¿Me puede mostrar ese rojo? —dijo indicando con la mirada un babydoll de raso que opacaba las ingenuas ropas de noche entre las que colgaba.

¡Mirá vos! Tiene buen gusto y todo, reconoció Cecilia al tiempo que con manos ágiles desplegaba el sensual atuendo ante los ojos del Mencho, quién descender la mágica tela, flotando, extendiéndose lánguidamente sobre la superficie de cristal del mostrador. Cecilia, con disimulo, levantó la vista de la prenda y examinó ahora más de cerca la expresión del aparente cliente. Parecía absorto, con la cabeza gacha, quizás imaginando como luciría su novia con el regalo. Apenas le podía ver los ojos, parpadeando perplejos bajo el despeinado flequillo. No dejó de prestar atención a sus manos, cerradas en puño a los costados del babydoll, como conteniéndose para no tocarlo.

La verdad es que no es feo el mocoso. Tiene pinta de peligroso, pero no es feo, apreció Cacilia, tratando de evadir la situación.

Él, sin mirarla siquiera, dijo con voz apagada:

—Lo llevo nomás. —Divertido, pensó que con apoyar el caño frío de su Colt en el cuello de aquella tía, ésta le daría lo que pidiera. Todo lo que él le pidiera.

Cecilia por su parte, apretó los dientes, diciéndose que ahora venía lo peor, y rogó rápidamente a Dios que al menos no le hiciera daño. Con un amén, aspiró profundamente y se animó a decir:

—El precio es… diecinueve mil quinientos... ¿Lo pagás al contado? —Y se sintió muy idiota haciendo la pregunta. ¡Cómo si este tipo de gente tuviera tarjeta de crédito! ¡Cómo si con esa facha le hubieran abierto una cuenta corriente!

Otra vez la implacable mirada de indio, algo adormilada, se clavó en los ojos de la mujer. Ella apenas si pudo mantenerse de pie cuando se le aflojaron las rodillas y sintió que sus ganas de orinar ya eran insoportables.

Varios billetes de mil, hechos un bollo, se apretaban en el bolsillo delantero derecho del jean del Mencho, y ninguno había sido ganado trabajando. Pagar... le sonaba raro. Pagar… Y mientras la palabra, casi desconocida, bailaba en su mente, hurgó en la gastada lona azul y extrajo unos billetes extremadamente arrugados. Luego, ceremonioso, extendió rígidamente el brazo ofreciendo el pago y una mano se movió automáticamente para recibirlo.

Encasquetándose nuevamente la gorra volvió a esconder el flequillo castaño. Guardó la compra en una bolsa plástica de supermercado, atándola luego a un pasa cinto del pantalón. Encaró a la vendedora con una sonrisa satisfecha y la saludó.

—¡Chau, doña! —dijo abandonando el local alegra y con paso rápido. ¡Ja! Le pagué un regalo a la Lucía, reflexionó, orgulloso, sintiéndose extraño.

Cecilia, sentada en el inodoro y temblándole todo el cuerpo, encendió un cigarrillo.

Hernán Ernesto Bortondello nació el 7 de setiembre de 1960 en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, donde actualmente vive. Ha desarrollado su vida laboral en la Informática desde 1975. Le gusta expresarse desde lo artístico: escribe, dibuja y pinta, tanto analógica como digitalmente, le gusta la fotografía de vida silvestre, crea artesanías con material de reciclaje y es fanático del cine y de la lectura desde niño. Ha publicado poesías y cuentos en grupos digitales de literatura como Escritores Independientes; Escritos, insomnio y café; Poetas y escritores del Mundo; etc., y sus relatos han sido publicados en revistas literarias como Sinergia y Cronopio. Trata de perfeccionar sus recursos y herramientas en distintos talleres literarios y, desde hace dos años, ancló en el TALLER 9, del que es un destacado animador.

CONFITEOR