jueves, 23 de julio de 2026

EL GANSO BROMISTA

Fernando Sorrentino

 

“El ganso bromista” es el título de un cuento de Constancio C. Vigil cuya lectura disfruté en mi infancia, hace muchísimos años… Unas dos décadas más tarde, ciertos sucesos personales me obligaron a recordarlo y, por ese motivo, asigné el mismo título a este episodio autobiográfico que estás leyendo.

Mi interés por la literatura era, y sigue siendo, bastante mayor que mi interés por la educación. En consecuencia, y a modo de simbiosis práctica, decidí estudiar lo suficiente y necesario, y logré recibirme de profesor de Lengua y Literatura.

Por aquella época inaugural, con el fin de ayudar a mis flacos bolsillos de docente me convertí, free-lance, en corrector de pruebas de imprenta de la Editorial Zahorí, especializada en las llamadas “ciencias del hombre” y cuya sede se hallaba en el barrio de San Telmo.

Ningún escrúpulo resulta óbice para autoelogiarme: mi contracción al trabajo, mi conocimiento de la lengua española y mi gusto por incursionar en cuestiones gramaticales o estilísticas, condiciones aunadas a cierto espíritu obsesivamente detallista, me llevaron pronto a ascender a la categoría de editor externo de obras aceptadas para su publicación.

En aquellos años, anteriores a la proliferación de las computadoras, esa labor consistía en leer con sumo cuidado los originales dactilografiados en Underwoods, Remingtons u Olivettis y, mediante lápiz o bolígrafo, ir extirpando los disparates, desatinos o despropósitos semánticos, conceptuales, ortográficos, sintácticos en que suelen incurrir médicos, sociólogos, historiadores, psicoanalistas… (sin excluir profesores de lengua y literatura), y reemplazarlos por los respectivos términos ortodoxos o, al menos, sensatos. Esa tarea me resultaba muy placentera.

No obstante, mi trabajo carecía de la deseada continuidad, pues solían producirse extensas pausas hasta de meses enteros, en que mi pericia no era necesaria en absoluto. Sea como fuere, mis visitas a la editorial, aunque esporádicas, fueron gradualmente familiarizándome con los distintos miembros de la empresa, gente, dicho sea de paso, en general muy simpática y amable.

Por la índole de las tareas, yo trataba casi exclusivamente con una muchacha un poco mayor que yo, la editora en jefe, conocida como la “profe Tita” (modo familiar y afectuoso de referirse a quien, según su DNI, se llamaba Josefina Titorelli); en menor medida, también charlaba de vez en cuando con tres o cuatro chicas a las que espero no ofender si las califico como “editoras de menor cuantía”.

Mis diálogos con Tita se prolongaban, en ocasiones, más de una hora, pues, como no ignoran quienes se desempeñan en el mundo del libro, la edición es tarea en extremo delicada: obliga a obrar con pies de plomo y a no dejar ningún pormenor librado al azar.

Hacia el fondo del amplio salón principal donde Tita y yo afinábamos detalles textuales, y separada por una mampara de madera y vidrio, se hallaba la oficina contable, cuyo jefe era el señor Jeremiasz Schmar. Su rostro anguloso, sus pómulos salientes, su entrecano pelo rubio y totalmente lacio, su piel blanquísima y sus ojos celestes lo declaraban, a simple vista, oriundo de algún país de Europa oriental. Por las razones que fueren, adolecía de un fuerte acento extranjero que, unido a su voz de registro acutísimo, lo singularizaba fácilmente cuando hablaba en español. Tendría unos cuarenta y cinco años.

A veces, don Jeremías (así, con respeto, lo llamaban en la editorial) interrumpía, muy educada y ceremoniosamente, el diálogo entre Tita y yo para tratar alguna cuestión breve relacionada con la disciplina financiera de la empresa. En varios de esos coloquios pude escucharlo con nitidez y en detalle.

Cierta vez manifestó un tímido malhumor hacia el deficiente servicio de transporte público que debía utilizar para trasladarse hasta la editorial.

—Pero ¿cómo? –se extrañó Tita–. Yo tenía entendido que usted venía a pie…

—Eso era antes, cuando yo vivia en Tacuari y avénida Bélgrano. Ahora mudé lejos, pásaje Calíngasta, Villa Santa Rita…

Fui interesándome en la manera que tenía don Jeremías de expresarse en nuestro idioma. Un buen día, no estando él donde pudiera oírme, se me ocurrió decirle a Tita, en voz baja, unas frases en que imitaba la elocución de dicho caballero.

Y hétenos aquí que la profe Tita, contra todo pronóstico y abandonando por un instante su recato y su seriedad habituales (que no le impedían ser sarcástica a menudo), prorrumpió en una estentórea carcajada, tan sonora como discordante en aquel sitio consagrado a producir libros y a difundir cultura.

Desde entonces, y con entusiasta regocijo de Tita, yo solía remedar la extravagante habla de don Jeremías, reproduciendo las eses muy violentas, la confusión entre erres y eres, las vocales más abiertas o más cerradas, los cambios de acentuación o los errores de conjugación.

Me aqueja cierta tendencia a caer en la hipérbole humorística: no tardé demasiado en extender mis imitaciones más allá de Tita. Con la complicidad de Brunelda, la jovencita, bastante excedida de peso, que oficiaba de recepcionista, adopté la costumbre, al llamar por teléfono, de presentarme como si fuera el señor Jeremías.

Nuestros diálogos se desarrollaban en formato y contenido invariables:

Yo (con el habla, muy sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenas tardes, ¿me hiciera ústet el fávor de comunícarme con la ámable señórita profésora Tita?

Brunelda (desternillándose de risa): —Sí, cómo no. ¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

Brunelda (compungida): —Ay, sí, tiene razón, don Jeremías, discúlpeme. Ya le paso la comunicación a la profe Tita.

La rutina semiteatral entre Brunelda, Tita y yo continuó sin modificación alguna. No constituía la diversión más apasionante del mundo, pero tampoco era desagradable y, por añadidura, introducía algún matiz ligeramente insólito en nuestras relaciones laborales.

Esta situación habrá durado no menos de seis u ocho meses.

En algún momento no pude no notar que el señor Jeremías ya no formaba parte de la constelación de la Editorial Zahorí. Y llegué a temer que ya no se encontrase sobre la faz de la tierra.

Mi inquietud resultó injustificada: Tita me informó que don Jeremías había renunciado a su empleo en la empresa para ahora integrarse al personal de otra compañía comercial, al parecer con el fin de gozar de mejores condiciones salariales.

Sea como fuere, no había ninguna razón para abandonar mi remedo del habla de don Jeremías. Puede pensarse que todo lo excesivo termina por cansar y por aburrir. Pero, en fin, los tres (Tita, Brunelda y yo) nos divertíamos con esas tonterías que no causaban daño a nadie.

Rutina que se interrumpió cuando advino un largo silencio en que dejé de ser convocado: tal vez tres o cuatro meses.

Nos hallábamos a finales de agosto, y un aire gélñido y grisáceo se esparcía sobre Buenos Aires. Atribulado por la idea de que la Editorial Zahorí no estuviera satisfecha con mi desempeño profesional, una tarde cobré valor y llamé por teléfono.

Yo (con el habla del señor Jeremías): —Buenos días, ¿me hiciera ústet el fávor de comunicarme con la ámable señórita profésora Tita?

¿Brunelda?: —¿De parte de quién, señor?

Yo (cortés aunque perentorio): —De parte de séñor Jeremías. ¿Cómo ústet, tras tantos años, no reconocería mi voz?

¿Brunelda?: —No lo entiendo, señor. Discúlpeme, no sé qué quiere decir…

Yo (tomando conciencia de un hecho nuevo): —Pero ¡cómo! ¿No habla yo con señórita Brúnelda?

Recepcionista: —No, señor, lo siento. Brunelda no pertenece más a la empresa. La nueva recepcionista soy yo.

Yo: —¡Carambo! ¡Qué noticia sorprendédora! Y entonces prégunto: ¿cómo llama ústet misma, amable nueva telefonisto?

Recepcionista: —Mi nombre es Amalia.

Yo: —Nombre Amelia, pero ¿cuál apellida?

Recepcionista: —Amelia no: Amalia. Amalia Sortini.

Yo: —¡Oh, Sordini! ¿Quiere decir que ústet es sorda hipoacústica, que no oye palabras o música o ladridos de gatos?

Recepcionista: —Oigo perfectamente, señor. El que no oye es usted: no dije Sordini sino Sortini.

Yo: —¡Ah, Sortini! Lindo apéllido itálico de la buena suerte sortinisca. En visita a Italia yo conoció sábrosas cómidas. En Argéntina acostumbré comer nutrítivas pastas. Yo siempre almuerza sorrentinos noche de lunes, miércoles y jueves. En cambio, martes y dómingo toma sopa y come rabánitos hervidos.

Recepcionista (con tono glacial): —Ya mismo le paso la comunicación con la señora Tita.

Yo: —¡Muchos gracias, yo habla con señórita Tita en séguida!

Resultó, oh fortuna, que Tita estaba justamente a punto de convocarme por un nuevo original para procesar. Y me citó a fin de que lo retirara el día siguiente.

Así, en la recepción, pude conocer a Amalia. El pelo erizado, el rostro triangular muy anguloso y la nariz corva me hicieron pensar en un carancho o, al menos, en un gallo de riña. Contaría unos cuarenta años, era muy delgada, usaba anteojos y mostraba una expresión avinagrada. Resumí estos rasgos como una combinación de antigua empleada del correo y de archivista municipal.

Sin fingirme don Jeremías, le dije que venía a ver a la señora Tita. Amalia anunció mi presencia por el intercomunicador y me invitó a pasar al salón principal.

Tita me informó que Brunelda había concluido su carrera de derecho y que ahora trabajaba en un estudio jurídico. Ufano de mi actuación, le describí el diálogo mantenido el día anterior con la nueva recepcionista, en la seguridad de que aprobaría mi creatividad. Pero no fue así:

—Me parece que no te conviene hacer participar a Amalia en el histrionismo que usabas con Brunelda. El sentido del humor de Amalia es aún inferior al que posee la momia de Tutankamón, y esta chica hasta podría enojarse con vos.

—Muy bien, de acuerdo, acepto tu consejo. Pero quizá alguna vez, cuando yo llame por teléfono, retome la personalidad de don Jeremías.

Gesto dubitativo de Tita:

—No sé, no sé…

Desplegó sobre el escritorio el original al que yo debía conferir una forma legible, y pasó a explicarme las pautas que debería tener en cuenta. Menos erudito que mediático, el autor (cuya identidad no revelaré) era asaz conocido por participar con harta frecuencia en programas televisivos de “divulgación científica”. El libro abarcaba unas ochocientas páginas, y –me previno Tita– abundaba en cuadros sinópticos, tablas estadísticas, interpolaciones de citas en inglés, en francés y en alemán, apellidos y nombres de pila con grafía errónea… Todos los obstáculos y todas las dificultades confluían en la obra, amén de que versaba sobre temas que no revestían para mí el menor interés: una maraña tenebrosa de psicoanálisis, sociología, epistemología, lingüística…

Ejecutar ese trabajo equivalía a cobrar una razonable suma de dinero, de modo que retorné a casa con el libraco en mi cartapacio y con alegría en mi corazón. En quehaceres del intelecto mi límite para interrumpirlos es el primer atisbo de cansancio mental: en cuanto lo percibo, abandono la tarea y la reanudo el día siguiente. Mediante este método suelo avanzar con lentitud, pero lo que pierdo en velocidad lo gano en eficacia y en precisión.

De manera que, sin prisa y con pausas, fui internándome por esa especie de selva oscura redactada en dialecto tan hiperculto como antipático.

Por otra parte –ya lo anticipé–, la parte genuinamente deleitosa de mi existencia discurría por otros senderos. Me encantaba leer narrativa y dejarme llevar, en especial, por las historias con peripecias extrañas o insólitas: como todo lector, tengo mis amores literarios…

Declararé por enésima vez mi ilimitada admiración hacia las fabulaciones de Marco Denevi. Me seducen sus juegos, sus sorpresas, la fluidez de su prosa, su sentido del humor, su imprevisible imaginación. Resulta fácil verificar que con alguna frecuencia recurre al tema de la impostura: personas que terminan siendo otras. Tal ocurre en Rosaura a las diez, en Ceremonia secreta, en Los asesinos de los días de fiesta…

¡Ah, esos cómicos hermanos despiadados que vivían en la calle San Blas…! ¡Qué hermosa novela!

Una mañana septembrina de domingo decidí conocer la calle San Blas. En esa época yo vivía casi en el confín norte de Palermo, Paraguay al 5400. Consulté un plano de Buenos Aires y averigüé cómo alcanzar en bicicleta la calle San Blas: esfuerzo fácilmente accesible para las energías de mis treinta años de aquellos días.

Tomé por la avenida Juan B. Justo hasta llegar a la coordenada necesaria. Tras algunos giros, pude hallarme en la calle de Meneranda, Iluminada, Honorato, Patricio de la Escosura, Anacarsis y Lucrezia… No puedo no confesar que sentía cierta emoción.

Hete aquí que, al llegar al 3300 de San Blas, apareció, perpendicular, el pasaje Calingasta, o sea, ¡recordé de repente!, donde se encuentra el domicilio de don Jeremías. Se me ocurrió, entonces, recorrer el pasaje y comprobé que consta únicamente de una cuadra donde, según me pareció, no hay nada notable.

Una pregunta acudió a mi caletre: ¿en cuál de estas casas se hallará el hogar del antiguo jefe contable de la Editorial Zahorí? Sin embargo (me dije), ¿qué diablos podía importarme esa información? Y entonces una especie de molesto moscardón de incertidumbre empezó a aletearme…

En casa acudí a la letra S de la guía telefónica, donde, ¡aleluya!, figuraban en el pasaje Calingasta el domicilio y el número telefónico del señor Schmar. Ignoro por qué este hallazgo me infundió alegría.

El lunes por la mañana, a primera hora, y sin motivo racional alguno, llamé por teléfono a la Editorial Zahorí:

Yo (con el habla, cada vez más sobreactuada, del señor Jeremías): —Buenos días, señórita Ámalia. Éspero y déseo que se ácuerde de mi persona.

Amalia (con cierto dejo de disgusto): —No sé, señor, ¿quién es usted?

Yo: —Mi nombre es séñor Jeremías Schmar. Aunque ústet no recuerde mi pérsona, yo conozco perfectamente bélleza y simpatia de señórita Ámalia ya que muchas veces he visitado edítorial y pasado frente a recepción.

Amalia (silencio sepulcral).

Yo: —¿Cortó ústet comunicación? ¿No oye ústet mis palabras? ¿No hace favor de respónderme?

Amalia: —Sí, lo oigo, pero no entiendo qué me quiere decir. No sé quién es usted, nunca lo vi, no lo conozco…

Yo: —Pero yo sí conozco a ústet y debo confésarle que estoy enamórado de ústet y quisiera proponerle matrímonio a la brévedad posible.

Amalia (colérica al máximo): —Dígame, ¿usted está loco o qué demonios le pasa? Deje de hacerse el gracioso, señor imbécil, y no me haga perder tiempo con sus bromas de payaso estúpido.

Yo: —Pero, señórito, escúch…

En este punto Amalia cortó la comunicación, descortesía que por cierto me dolió.

Volví a mi tarea.

El hecho fue que, trabajando metódicamente unas tres horas diarias, concluir la tarea de adecentar el mamotreto me insumió casi noventa días. Al cabo de ese tiempo, ya en los calores de noviembre, pude desembarazarme del gravoso incordio y me presenté en la Editorial Zahorí.

En la recepción me sorprendió la presencia de una nueva empleada: una chica muy joven, tal vez de unos dieciocho años, con pelo rubio y pecas anaranjadas.

Ya ante Tita, comenté:

—Veo que hay nueva recepcionista… Parece que Amalia no duró demasiado…

Tita sonrió:

—Es que, mientras vos desapareciste del mapa, hubo notables novedades en nuestro modesto jet set

Pensé: “Profe Tita, la de Afilada Lengua”. Repliqué, ligeramente irritado:

—No me calumnies: yo no desaparecí de ningún mapa. Me dediqué a luchar contra el libraco perpetrado por don Dificilongo Galimatías…

Nueva sonrisa de Tita, como aprobando mi explicación. Extrajo una cartulina blancuzca de un cajón de su escritorio y me la extendió. Leí:

 

Ha llegado nuestro momento. Nos casamos y nos encantaría compartir con ustedes este día tan especial. La ceremonia tendrá lugar en la Iglesia Santa Rita de Casia, calle Camarones 3443, Buenos Aires, el sábado 23 de octubre a las 21:00.

Los novios saludaremos en el atrio.

Afectuosos saludos,

Jeremiasz Schmar y Amalia Sortini

 

—Qué lástima —dije—. Me habría gustado presenciar la ceremonia. Pero el sábado 23 ya pasó. Veo que me enteré tarde.

—Bueno –se disculpó Tita–, pensé en avisarte por teléfono pero, con tanto ajetreo laboral, me olvidé. Además, no creo que te importara demasiado. 


Este cuento ha sido publicado en el volumen Contra el mar helado de nuestro corazón. Franz Kafka a cien años de su muerte, textos compilados por Gerardo Piña-Rosales y Daniel R. Fernández para la Academia Norteamericana de la Lengua Española.


Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

¿CUÁNTOS DÍAS CABEN EN UNA VIDA?

Andrea Tillmanns

 

La primera entrevista programada para ese día prometía ser la menos interesante. ¿Qué podría tener para decir un hombre de cien años? Todavía me preguntaba por qué el editor en jefe me había asignado esa tarea cuando llamamos al timbre del centenario.

Para mi sorpresa, fue el propio anciano quien abrió la puerta. Estaba sentado en una silla de ruedas eléctrica y sus delgados brazos temblaban ligeramente mientras nos guiaba hasta la sala de estar, pero su voz sonaba sorprendentemente firme cuando nos saludó con unas breves palabras. Durante un instante absurdo tuve la impresión de que aquel hombre era mucho más joven que su cuerpo. Pero ¿cómo iba a saber yo cuál era el estado físico normal de un centenario? Habitualmente, ese tipo de entrevistas de cumpleaños las hacían voluntarios.

El fotógrafo se marchó enseguida, apenas felicitamos al anciano, le entregamos el ramo de flores y terminó la breve sesión de fotos. Yo me quedé a solas con aquel hombre, del que ahora debía arrancar unas cuantas frases con cierto sentido. ¿Por qué alguien de su edad no tenía familiares que lo cuidaran de forma permanente, o una enfermera? Sin duda, eso habría facilitado mucho las cosas.

—¿Podemos empezar de una vez? —interrumpió el anciano mis pensamientos.

Una vez más me sorprendió la firmeza de su voz. Arrastraba un poco las palabras, como si la dentadura postiza no le ajustara del todo bien y, aun así, hablaba con mucha más claridad de la que yo esperaba. En ambos sentidos de la palabra, añadí para mis adentros. Quizá no estuviera tan senil como había imaginado. Tenía que ser cuidadoso; no quería que luego llamara a mi jefe para quejarse de mí.

—Bien, señor Jackson —comencé mientras seguía buscando mi libreta en el bolsillo interior de la chaqueta—. Empecemos... Cuénteme un poco sobre usted. ¿Vive completamente solo?

En ese momento caí en la cuenta de que la pregunta podía interpretarse como algo más que un simple interés cortés.

Y, efectivamente, el anciano resopló con enojo.

—¡Por supuesto! —respondió con brusquedad—. ¿Acaso cree que no puedo arreglármelas solo?

Luego volvió a recostarse en su silla de ruedas.

—Un vecino hace las compras por mí —explicó con mucha más calma—, y todos los mediodías viene un joven a traerme la comida. Ya no me queda ningún familiar.

Lo dijo como quien repite algo aprendido de memoria. ¿Le resultaba esta entrevista tan desagradable como a mí? Pero entonces, ¿por qué no se había negado cuando concertaron la cita? Quizá el hombre estuviera realmente senil, pensé. De todos modos, para tener cien años me parecía demasiado ágil.

—¿Ya terminamos con esto? —continuó después de una breve pausa.

En realidad, ya tenía suficientes notas para escribir un pequeño artículo sobre un vivaz centenario que no se había dejado vencer por la edad ni por las desgracias y que incluso seguía siendo capaz de vivir solo. Una historia conmovedora que haría sonreír con ternura a cualquier lector y quizá lo llevaría a reflexionar un instante antes de volver a doblar el periódico.

No sé por qué no me fui en ese mismo momento. Tal vez fuera esa chispa de curiosidad que a veces aparece en el instante justo; quizá fueran mis muchos años de experiencia como periodista. Algo me hizo negar con la cabeza.

—Necesito algunas impresiones más —expliqué vagamente.

Miré a mi alrededor, me levanté por fin y me acerqué a la chimenea. Sobre la repisa había numerosas fotografías que daban testimonio de una larga vida. Creí reconocer a sus hijos y nietos y, en otras imágenes, quizá a su esposa. Todos llevaban ropas tan anticuadas que volví a tomar conciencia de la edad de aquel hombre, que ahora maniobraba su silla de ruedas hasta colocarse a mi lado.

—No hay nada que ver ahí —dijo con una voz tan cansada que despertó mi atención.

¿Estaría esperando simplemente la pregunta adecuada? ¿Acaso sí tenía algo interesante que contarme?

Aparté de mi mente los pensamientos sobre el escritorio donde el trabajo se iba acumulando y observé las fotografías con mayor detenimiento.

—¿Sus abuelos? —pregunté finalmente, señalando dos fotografías antiquísimas situadas en el extremo izquierdo de aquella galería familiar.

—Mis padres —me corrigió mecánicamente.

Me quedé inmóvil y empecé a hacer cálculos. El papel grueso y los bordes descoloridos de aquellas fotografías me recordaban los retratos de mis propios bisabuelos que mi madre guardaba en una pequeña caja de madera. Si ese hombre había nacido a principios del siglo pasado...

Algo no cuadraba.

—¿Y estos niños? —pregunté tras un instante de vacilación, señalando la fotografía siguiente antes de que advirtiera mi desconcierto.

—Mi hermana y yo —explicó.

Con un suave zumbido, la silla de ruedas regresó hasta la mesa baja de la sala, junto a la silla donde yo había estado sentado. Aparentemente, el anciano había perdido el interés, pero yo seguía sin poder apartar la vista de las fotografías.

En la siguiente aparecía un joven de aspecto pálido y enfermizo, aunque eso también podía deberse a la mala calidad de la imagen. Evidentemente era otra fotografía de estudio; sin embargo, estaba borrosa y presentaba defectos en varios lugares. Traté de recordar una fotografía de mi abuelo con uniforme, tomada al comienzo de la Primera Guerra Mundial. ¿Existían diferencias tan marcadas en la calidad de las fotografías de aquella época o solo me lo parecía?

Observé las demás imágenes sin darme cuenta de qué era exactamente lo que me inquietaba tanto. Evidentemente, el hombre se había recuperado poco después y se había casado; fotografías más recientes mostraban a sus hijos, nietos y, presumiblemente, bisnietos.

La última fotografía mostraba una antigua lápida de gran tamaño, evidentemente perteneciente al panteón familiar.

Me incliné para descifrar la inscripción.

Debajo del apellido familiar aparecía una cita inusualmente larga:

"Poder quedarse dormido cuando uno está cansado y poder soltar una carga que se ha llevado durante mucho tiempo es algo delicioso, maravilloso."

Algunas letras resultaban ilegibles, pero el sentido del texto estaba claro.

Me volví hacia el anciano.

—¿Es de Goethe? —pregunté, señalando la fotografía.

Él resopló con desdén.

—De Hermann Hesse, ignorante. ¿No aprendió nada?

—Creo —respondí lentamente, procurando respirar con calma— que ya debería irme. Sé todo lo que necesito saber.

—Olvidó la pregunta de rigor —objetó el anciano con brusquedad—. Su colega, que vino a verme hace cinco años, me la hizo enseguida: «¿Cómo logró vivir tantos años?».

Imitó el tono excesivamente amable que muchos jóvenes periodistas consideran educado.

Me sentí descubierto, aunque aquella crítica ni siquiera iba dirigida a mí.

—¿Y qué le respondió? —pregunté con cautela.

—Lo de siempre —contestó con mal humor—. Mucho ejercicio, alimentación sana y una copa de vino todas las noches. —Sonreí por compromiso, aunque, evidentemente, no de manera demasiado convincente—. Pero quizá —continuó, mirándome fijamente con sus ojos apagados— le habría contado la verdad.

—¿Y cuál es esa verdad? —pregunté con creciente tensión.

Mientras conversábamos, me había ido alejando lentamente de la chimenea hasta regresar a la mesa del salón y, cuando volví a sentarme, el anciano me observó con desconfianza. Apenas podía imaginar que aún distinguiera algo y, sin embargo, aquellos ojos lechosos seguían clavados en mi rostro.

—Quién sabe... —murmuró mientras negaba lentamente con la cabeza.

Tomé aire.

¿Aquel viejo solo estaba burlándose de mí?

Cuando empujé mi silla hacia atrás con decisión, levantó una mano temblorosa.

—Espere —dijo apresuradamente—. Déjeme contarle una historia... Empezó con mi niñera, María. Nadie conocía su verdadero nombre. Venía de Togo. Cuando estaba enfermo —continuó—, y de niño enfermaba con frecuencia, María iba a buscar un pequeño frasco de vidrio a su habitación y echaba exactamente una gota en mi plato de sopa. Lo llamaba «la medicina de la vida».

Pensé fugazmente en el efecto placebo, que probablemente fuera aún más intenso en los niños que en los adultos. ¿O acaso aquella niñera había traído consigo algún brebaje de su tierra? Dibujé un signo de interrogación junto a la palabra «medicina» en mi libreta.

—«Una gota por un día», decía siempre. —Había dejado caer aún más la cabeza sobre su pecho hundido—. Se suponía que cada gota de esa medicina daba a un enfermo un día de salud y a una persona sana un día de vida.

Parecía esperar que comprendiera lo que intentaba decirme, pero mis pensamientos eran demasiado irreales para convertirlos en palabras.

—¿María le dio muchas gotas de esa medicina? —pregunté lentamente.

Negó con la cabeza.

—Nunca me habría dejado beber demasiado —respondió el anciano—. Lo habría impedido... si hubiera podido. —Sus ojos brillaban ahora, quizá por las lágrimas que empezaban a asomar. Aquella idea me resultó casi más desagradable que lo que pudiera decir a continuación—. Fue muy fácil —prosiguió. Su voz sonaba tan serena que tuve la certeza de que estaba haciendo un enorme esfuerzo por contenerse—. Lo único que tuve que hacer fue esconder el broche favorito de mi madre en la habitación de María. Yo había descubierto el compartimento secreto bajo una tabla suelta del suelo mucho tiempo antes, poco después de cumplir diecinueve años. Allí había doce frascos, todos llenos de la medicina de la vida.

Por primera vez suspiró suavemente.

—Después de que mis padres echaran a María de la casa, empecé a beberla todos los días: primero una gota, luego una cucharada y, finalmente, grandes tragos... hasta vaciar los doce frascos. En aquel entonces todavía tenía miedo de la muerte.

—No hablará en serio, ¿verdad? —me oí decir con voz ronca después de un momento, cuando tomé conciencia del silencio—. Es absurdo creer en pociones mágicas y cosas por el estilo a su edad. Hoy en día no es tan raro vivir tanto como usted; no necesita buscar explicaciones tan extravagantes.

Advertí que mi voz iba elevándose cada vez más. Sin embargo, en aquel instante ya no me preocupaba que pudiera quejarse a mi jefe.

—¿Quiere una prueba? —replicó el anciano con irritación.

Luego señaló con dedos temblorosos el aparador.

—Saque la carpeta negra que está a la derecha. —Sin decir palabra, me levanté, abrí la puerta derecha del aparador, saqué la delgada carpeta de cuero y la coloqué entre los dos sobre la mesa del salón—. Ábrala.

Sin pensar, obedecí.

En la primera hoja, amarillenta por el tiempo, figuraban el nombre del anciano, su fecha de nacimiento exactamente cien años atrás y unas líneas donde se certificaba que su partida de nacimiento había sido destruida durante la guerra. Era, sin duda, un documento oficial, firmado y sellado.

—Siga.

Con cuidado pasé la página. Detrás de aquel certificado había otra partida de nacimiento con el mismo nombre. Tardé unos segundos en advertir la diferencia. El año era anterior. Muy anterior.

Las fotografías, que parecían muchísimo más antiguas de lo que debían ser, su historia... Todo cobraba sentido, aunque me resultara imposible creerlo.

—¿Cuánto tiempo...? —empecé a preguntar, pero me interrumpí al darme cuenta de lo absurda que sonaba la pregunta.

Él me había entendido de todos modos.

—¿Cuántas gotas caben en un frasco? ¿Y cuántos días caben en una vida?

Su mirada empañada volvió a fijarse en mi rostro.

—Nunca las conté. Y creo que no quiero saberlo. Quizá, en algún momento, ya me haya arrepentido durante suficiente tiempo.

—Pero ahora parece muy anciano —dije con suavidad—. Tal vez ya no tenga que esperar mucho más...

—Usted solo ve una parte —replicó el anciano, moviendo lentamente la cabeza—. ¿Quién sabe cómo ha recorrido la medicina mi cuerpo, cuánto de ella llegó a cada lugar? Mi corazón sigue siendo fuerte y continuará latiendo, gota tras gota, día tras día...

Me estremecí al ver una lágrima resbalar por su mejilla.

En ese momento hizo retroceder la silla de ruedas, giró hacia un lado y avanzó hasta la habitación contigua.

—Ahora váyase —lo oí decir con aquella voz que sonaba demasiado joven, justo antes de bajar la manija de la puerta—. Ya conoce el camino.

Abandoné el apartamento sin pronunciar una sola palabra. ¿Qué habría podido decir?

Mientras caminaba hacia la parada de autobús más cercana, grabé un breve texto en mi teléfono móvil: una conmovedora historia sobre un vivaz centenario que, pese a todos los golpes que le había dado la vida y a su avanzada edad, seguía arreglándoselas para vivir por sí solo.

Mientras esperaba el siguiente autobús, pensé en la fotografía del panteón familiar.

Y en el antiquísimo corazón de aquel hombre, que seguía impulsando la sangre con un pulso firme y constante a través de un cuerpo que estaba muy lejos de estar preparado para quedarse dormido para siempre.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

Y LAS PALMERAS SUSURRABAN

Vladislava Vojnović

 

Mi padre no era realmente un buen hombre.

No era un descubrimiento que hubiera querido hacer, aunque tampoco me sorprendió demasiado, porque conocía la clase de hombre que había sido su propio padre. Aquel abuelo mío no era precisamente un santo. No podía haberlo sido; de lo contrario, mi abuela jamás habría hecho lo que hizo.

—¿Qué hizo la abuela? —pregunté.

No sabía prácticamente nada de los padres de mi padre, porque ambos habían muerto mucho antes de que yo naciera. Solo los conocía por una fotografía. Estaba encerrada entre dos vidrios, en un marco de caoba, en una habitación inmensa y sin calefacción. La mitad de aquel cuarto se conservaba impecable y nunca se utilizaba; la otra mitad, pese a los mismos cuidados obsesivos, se había convertido en depósito de los muebles que mi rica abuela había llevado como dote al casarse, junto con un montón de objetos pertenecientes a las vidas pasadas de diversos parientes, vivos y muertos, cosas que ya no servían o que habían dejado de estar de moda en los modernos comienzos de los años setenta.

Me encantaba aquella habitación, aunque no me permitían explorarla.

—¡Vas a romper eso! ¡Lo vas a estropear! ¡No toques! ¡Dejá eso, no es para chicos! ¡A jugar al jardín, como los niños normales!

Aquel marco de vidrio debía de ser el último suspiro de alguna moda ya olvidada que, por alguna razón, había conseguido hacerse un pequeño lugar en medio del gran comunismo de posguerra.

En la fotografía, mis abuelos llevaban batas de playa, sombreros, trajes de baño y botas de goma. Delante de ellos estaban sus hijos.

Mi padre aparecía apenas un poco mayor de lo que yo era cuando empecé a observar aquella fotografía: tendría siete u ocho años.

Delante de mi abuela estaba la hermana menor de mi padre, de mi misma edad. Se parecía bastante a mí. Llevaba un flequillo como el mío y tenía una mirada limpia y curiosa. Parecía la más alegre de todos.

Yo me sentía sola en aquella enorme casa semiderruida y me habría encantado que esa niña me hiciera compañía.

Pero ella pertenecía al blanco y negro, a un tiempo remoto y lejano, y nunca venía a visitarnos.

Aquella niña y su familia parecían elegantes y refinados, un poco melancólicos, todos delgados y serenos, envueltos en el brillo de una felicidad compartida, capturada por la cámara bajo las palmeras, junto al mar.

Encima de la fotografía alguien había escrito a mano:

Recuerdo de Crikvenica, 1933.

Yo tenía siete u ocho años cuando fui a visitar a la más amable de mis tías o, según mi madre, la más tonta.

Era hermana de mi madre y no tenía ninguna relación con aquella tía-niña de la fotografía. No la había visitado muchas veces; quizá aquella fuera la primera.

Antes de salir de casa quise saber cómo era. Entonces sacaron otra fotografía de una vieja caja de galletitas. En ella aparecían mi madre y sus tres hermanas mayores, retratadas en un estudio fotográfico veinte años después de la fotografía de la familia de mi padre en la playa.

Para mí, mi madre era la más hermosa de las cuatro.

¿Significaba eso que también era la más tonta? No podía ser. En los cuentos de hadas, la menor siempre es la más inteligente. Además, los padres que tienen más de treinta años suelen engendrar hijos geniales. Una vez había oído a mis padres discutir sobre eso con mi padrino. Él era médico, así que seguramente sabía de qué hablaba. Y el padre de mi madre tenía treinta y cinco años cuando ella nació. Mejor todavía: cuando yo nací, mi padre tenía cuarenta y uno.

—Tu madre era muy joven. No estuvo bien que tu padre se casara con una muchacha tan joven. Tendría que haber estado estudiando, no casándose. Y mucho menos con ese tísico —dijo mi tía, mientras el rostro se le enrojecía.

Escuché atentamente, esperando la estupidez prometida. Pero lo que decía no me parecía especialmente estúpido. Aunque el rubor de su cara sí me desconcertaba.

—¿Qué significa «tísico»? —pregunté, ansiosa por descubrir cuál era el pecado de mi padre.

—Significa una persona que tiene tuberculosis. La gente se muere de eso.

—¡Pero mi papá no está enfermo!

—Ahora no. Pero lo estuvo. Muy enfermo. Tuvo tuberculosis.

Ya estaba. Ahora sí aparecía la estupidez. Yo era una niña, pero ella insistía en llamarme «cabrita».

—No soy una cabrita; soy una persona —le respondí con condescendencia, que era la única manera de hablar con la gente tonta.

—Claro que no eres una cabrita. Te llamo así porque te quiero. Es una forma cariñosa de llamar a quienes uno ama.

—Mamá y papá nunca me dicen «cabrita». Siempre me llaman por mi nombre. Pero ¿qué hizo la abuela?

—¿Cuál de las dos?

—La de la que estabas hablando. La mamá de papá.

—No me acuerdo, cabrita...

—Dijiste que, si el abuelo hubiera sido un santo, la abuela nunca habría hecho lo que hizo.

—Es verdad.

—Entonces, ¿qué hizo?

—Creí que ya lo sabías. Si no lo sabés, mejor dejémoslo así.

—¡Cuéntamelo!

—Tus padres se van a enojar muchísimo conmigo si te lo cuento.

—Entonces se lo pregunto a ellos.

—¡No! ¡No hagas eso! Está bien, te lo voy a decir. Pero no les cuentes que fui yo. ¿De acuerdo?

Asentí con la cabeza, fascinada por el enorme problema que aquello parecía representar para mi tía.

—Bueno, cabrita... tu abuela se mató. Se ahorcó. Agarró una soga y se colgó.

—¿¡Qué!?

Aquello era completamente extraño e inesperado. Agarró una soga y... ¡Plof! La abuela desapareció de inmediato de la fotografía del marco de caoba.

—¿Por qué hizo eso?

—Nadie lo sabe. Pero debía de haber algo en esa familia, porque su madre también se suicidó. Tu bisabuela. Y después su hija, la hermana de tu padre, también intentó suicidarse.

¡Plof! ¡Plof!

—¿La hermana de papá? ¿También se mató?

—Bueno..., no exactamente. La salvaron. Se cortó las venas.

¡Plof!

Mi tía reapareció en la fotografía. Sangraba un poco.

—Entonces... ¿está viva o está muerta?

—Está viva.

—¿Y por qué nunca la vi?

—Porque está loca, cabrita. Cuando eras un bebé tuvieron que protegerte de ella, porque quería matarte. Decía que no eras hija de su hermano, que tu mamá te había tenido con quién sabe quién.

¡Fffss!

La tía apenas ensangrentada de la fotografía en blanco y negro se volvió completamente negra.

—Ahora escúchame bien. No dejes que tu mamá ni tu papá sepan que hablamos de esto. Y no vuelvas a preguntarme nunca más. Ya te conté demasiado. Y cuando tus padres discutan, o cuando tu madre te grite, no te enojes con ella. Ahora ya entiendes por todo lo que ha tenido que pasar, ¿verdad?

—Está bien —respondí.

Aunque, en realidad, no entendía qué era exactamente lo que mi madre había tenido que pasar, ni mucho menos qué tenía que ver conmigo. Sabía que mi tía era tonta. Pero no imaginaba que fuera tan tonta.

—Seguro que la provocaste. Si no, ¿por qué iba a decir semejante cosa?

Cuando regresé a casa y pregunté por todos aquellos antepasados muertos y medio muertos, mi madre empezó a gritar.

Mi padre se quedó blanco como una sábana y salió al jardín. Yo fui detrás de él.

—Todavía eres demasiado chica. Cuando seas grande te lo contaré todo —me dijo.

Pero nunca me explicó nada.

Murió cuarenta años después, con el mismo gesto en el rostro que parecía decirme que yo todavía no era lo bastante grande para que pudiera contarme esas cosas. Ninguna de esas cosas.

Mi padre murió en primavera. Ese mismo otoño murió su hermana, mi tía negra y ensangrentada. No habían tenido hijos, así que su marido me invitó a llevarme algunas de sus pertenencias. Para recordarla. ¿Recordar qué? Pero fui de todos modos. Todo olía a lavanda. A lavanda de cementerio, no a la de la costa.

Mi tía había sido científica, química. Se suponía que iría a la Sorbona para hacer una maestría, un doctorado y quién sabe cuántas cosas más, pero abandonó todo. Más o menos cuando yo nací.

Supongo que fue entonces cuando quiso matarme; ya nadie hablaba de aquello.

Mientras tanto, distintas personas fueron perdiendo el rumbo, los nervios o la razón. Mi madre también.

Mi madre, que nunca me adoró demasiado, como tampoco adoró nunca a nadie, porque había querido dedicarse a la ciencia, pero se casó por equivocación. Ella también dijo una vez que realmente quería matarme.

Es cierto que yo ya era bastante mayor, tenía veintisiete años, cuando mi padre insistió en que cerrara con llave la puerta de mi habitación por las noches mientras me alojaba en su casa. Me explicó que mi madre no estaba bien y que quería matarme.

A diferencia de mi tía, que quería matarme porque pensaba que yo no era hija de su hermano, mi madre quería matarme precisamente porque sí lo era.

En mi familia, al parecer, cada vez que alguien pierde la razón, yo soy la primera persona a la que desea matar. Por suerte, los miembros de mi familia son mucho mejores haciendo amenazas que llevándolas a cabo. Muchos de nosotros, yo incluida, sufrimos enormemente por culpa de esas amenazas. Pero, gracias a que nunca llegaban a cumplirse, al menos sigo viva. Y allí estaba yo, viva, revolviendo el ropero de mi tía. Todas sus pertenencias personales, ahora extrañamente impersonales. Objetos corrientes. Objetos sin interés.

—Tío, ¿sabés algo de por qué la madre de mi tía se suicidó?

Tal vez fuera mi última oportunidad de averiguarlo. Sentía que debía aprovecharla. Mi tío era científico. Doctor en Física Nuclear.

Interrumpió una explicación de dos horas sobre la fisión, la fusión, el deuterio y la facilidad con que cualquiera puede fabricar una bomba atómica, únicamente para ofrecerme sombreros, bufandas o un abrigo de pelo de camello.

Mi pregunta cayó entre nosotros como agua pesada. Toda el agua empezó a volverse loca. Y no solo el agua. Las reacciones en cadena vuelven pesado todo lo que tocan.

—No sé gran cosa sobre eso —dijo al fin—. Solo sé que ella tenía dieciséis años y estaba pasando unos días en un pueblo con una amiga. Tu abuelo envió un carruaje para buscarla. Enseguida empezó a llorar, convencida de que algo terrible tenía que haber ocurrido para que la hicieran volver de ese modo. El cochero solo le dijo que su madre estaba muy mal. Cuando llegaron frente a la casa, por fin le confesó que su madre se había suicidado. Ella no quiso entrar. No quiso verla. Siempre decía:

—¿Cómo pudo hacernos algo así? ¡No nos quería! Si nos hubiera querido, jamás habría hecho una cosa semejante.

También sé que, antes de hacerlo, preparó el almuerzo y dejó todas las fuentes junto a la cocina para que la comida se mantuviera caliente. Después subió al desván y... Tu padre fue quien la encontró. Durante un mes entero no pronunció una sola palabra. Eso es todo lo que sé.

 

Ocurrió a mediados de junio.

Lo sé por la fecha grabada en la lápida.

Los tilos estaban en flor y su perfume entraba por la ventana. Un perfume de cementerio.

Sobre la cocina, la sopa se había cubierto con una película; debajo flotaban los fideos. Los guisantes, mezclados con eneldo, teñían la superficie del caldo. La grasa rezumaba de las milanesas de pollo y la ensalada empezaba a marchitarse.

Mi padre está descolgando a su madre del péndulo de una vida suspendida. Mi tía permanece junto al carruaje, delante de la casa, gritando y arrojándole palos y piedras a su madre, igual que cualquier adolescente. Madre viva o madre muerta, da lo mismo. Mi padre guarda silencio. Y seguirá guardándolo durante el resto de su vida. Al menos sobre las cosas importantes. Las más importantes para mí.

—¿Mi tía conservó alguna cosa de sus padres? ¿Algo de su juventud? ¿De su infancia? ¿Fotografías? —pregunté.

—No, no quedó nada —respondió mi tío—. Cuando enfermó... —subrayó la palabra «enfermó», dejando bien claro que se refería a su alma y no a su cuerpo— ...dijo que no quería conservar nada de eso. Y su psiquiatra estuvo de acuerdo, así que lo tiramos todo.

Mientras seguíamos revisando aquellas cosas impregnadas de olor a lavanda, encontramos zapatos. Mi tía calzaba exactamente el mismo número que yo: treinta y siete y medio. Pero todos eran de un gris desalmado. Había sandalias españolas, zapatos italianos de diario y unas botas de goma del treinta y nueve o cuarenta. Dentro de cada una había otra botita blanca, mucho más pequeña, del número treinta y cuatro. No teníamos idea de quién podían ser. Nadie en la familia usaba esos números. Las volvimos a guardar en la bolsa de lona para la playa y seguimos revolviendo. Me fui con tres bolsas llenas. No tuve valor para tirarlas enseguida. Permanecieron durante días en el recibidor. Recuerdos que apestaban a lavanda.  ¿Recuerdos de qué?

Pocos días después regresaba de un acto destinado a dar visibilidad a los niños con discapacidades del desarrollo. Me había invitado una amiga, especialista en pedagogía terapéutica. No era nada extraordinario, pero sí importante para aquellas personas.

Estaba sentada en la oscuridad del antiguo Salón de los Pioneros pensando que quienes no tenemos discapacidades tan evidentes jamás agradecemos al destino –o a Dios, si existe– haber resultado menos dañados. Intentaba meditar sobre eso. Cerré los ojos. Los niños cantaban:

«Un día verde, aquel verano verde...»

Y justo cuando empezaba a sentir gratitud, una mujer idiota sentada delante de mí comenzó a hablar por teléfono. ¡En ruso!

—¡Shhh! —le hice.

No sirvió de mucho.

Solo bajó un poco la voz y siguió cuchicheando con una tal Tatiana: que Tatiana esto, que Tatiana aquello.

La gente es increíble. Como si no pudiera salir y hablar tranquilamente afuera. No. Tenía que hacerlo allí mismo. Seguramente pensaba que aquellos chicos eran sordos y ciegos y que daba lo mismo. Salí de la función. Volví a pensar que no tenía ningún motivo para sentirme desgraciada. Estaba viva. Estaba sana. Y tarareaba la canción que acababa de escuchar.

De camino entré en una tienda de segunda mano donde me gusta husmear. A veces encuentro algún cacharro que me alegra el día. Pero esta vez me invadió un malestar repentino. Todo me recordaba el armario de mi tía. No tenía fuerzas para soportarlo. Salí. Recordé entonces que mi marido necesitaba unas sandalias de goma para pescar en la orilla y entré en una elegante tienda de artículos deportivos. Olía a goma, a plástico, a detergente para pisos, a música tecno, a cosas nuevas. Pensé que aquellos olores estériles me harían bien. Y, de pronto, comprendí qué eran aquellas botas de goma guardadas en el armario de mi tía.

Venían de Crikvenica. De 1933. Mis ojos se inundaron de rojo. Del rojo de aquellos zapatitos del número treinta y cuatro en los que yo había intentado meter mis pies de diez años, en aquella enorme habitación llena de objetos viejos que, sin embargo, había que conservar. Mi madre me retaba para que dejara aquellos zapatos antes de que mi padre me viera.

—Son los zapatos de la abuela. —¿Cómo podía mi abuela haber usado zapatos de niña?—. Antes la gente era mucho más pequeña —respondía mi madre mientras me echaba al jardín para que jugara como los niños normales.

¡Plof!

Aquellas personas inexistentes –la abuela, el abuelo, mi padre y la tía ensangrentada– se volvieron diminutas, igual que los pollitos y el gallo que yo observaba en el jardín del vecino a través de las rendijas de la cerca.

Sentí una inmensa alegría. La alegría de una niña que descubre que, al menos, algo en el mundo tiene su misma escala. Antepasados diminutos y ensangrentados con los que podía jugar. O quizá no. Porque incluso aquel gallito de colores brillantes era malvado y agresivo en lo más profundo de su alma. Así comprendí que, pese al consejo del psiquiatra, mi tía no había tirado todo. Había conservado una parte de su infancia. La mejor. Aquella en la que eran una familia elegante bajo las palmeras, en una playa de arena. Cuando sus padres la querían y ella los quería. Cuando también querían aquellos pequeños pies y los protegían de las piedras, de las algas, de los erizos de mar y de quién sabe qué peligros ocultos en aquel fondo marino nunca inspeccionado, del que jamás se alejaban porque, como se supo más tarde, ninguno de ellos sabía nadar. Cuando mi abuelo era un santo. Cuando quería a su hijo y lo educaba bien. Y mi padre crecía convertido en un buen hombre. Y no se casaba con una muchacha mucho más joven, que tendría que haber estado estudiando. Y esa muchacha, libre del pesado amor de un tísico, seguía estudiando y llegaba a ser alguien. Lejos de la áspera vida doméstica. Lejos del interminable planchado de Sísifo. Lejos del humillante y servil amasado del pan. Y nunca perdía la razón. Y, si tenía hijos, les compraba pasteles con relucientes monedas ganadas gracias a su profesión. Y quería a esos hijos, porque ella misma se sentía realizada. Y yo nunca nacía.

—Señora... ¿Señora... se encuentra bien?

Una empleada de aquella elegante tienda me sacudía suavemente. Yo estaba medio sentada, medio desparramada entre un montón de sandalias masculinas, sobre un suelo que olía a detergente con aroma de lavanda.

—Estoy bien.

No tenía idea de si estaba mintiendo o no. Mientras tanto, el idílico mar de la nada lamía mis pies y me arrastraba hacia él. Y las palmeras susurraban.

Vladislava Vojnović nació en 1965 en Bela Crkva, un pequeño pueblo de la provincia de Voivodina. Tras completar la escuela primaria en un lugar tan singular, Vladislava se mudó a Belgrado. Allí, se graduó del XII Gimnasio de Belgrado en 1984, suspendió el examen de ingreso a Dramaturgia en la Facultad de Artes Dramáticas, pasó un año estudiando Sociología en la Facultad de Filosofía y luego aprobó el examen de ingreso a Dramaturgia al año siguiente, graduándose finalmente en 1989. En 2001, también completó estudios de especialización en Cultura y Género en la Red Educativa Académica Alternativa (AAEN). Ha desempeñado diversos trabajos, tanto relacionados como ajenos a su formación académica, esforzándose siempre por que todo lo que hace sea una valiosa experiencia para un escritor, o al menos una historia entretenida para hacer reír a alguien. Ha observado atentamente el mundo que la rodea, ha hecho amigos, ha amado y ha experimentado emociones intensas y débiles, así como profundas y superficiales reflexiones; algunas la marcaron de por vida, mientras que otras le resbalaron como el agua sobre el lomo de un pato. Ha escrito y sigue escribiendo guiones y prosa para adultos y niños, además de poesía, diversos artículos periodísticos y ensayos. Por su trabajo, cuyos detalles se pueden encontrar fácilmente en internet, ha sido igualmente ignorada, elogiada e incluso premiada. Está casada con el director de fotografía Miloš Spasojević, con quien dirige una pequeña productora llamada "Luks Film", y tienen una hija, Milica Spasojević, que es directora de cine. Vladislava cree que las biografías serias carecen de la chispa que las caracteriza, tanto en el sentido amplio como en el estricto de la palabra, por lo que, si bien son necesarias, deben ser lo más breves posible. Quienes disfrutan leyendo biografías más extensas pueden encontrarlas en internet o contactar directamente con Vladislava, ya que no es una persona reservada en absoluto, sino todo lo contrario.

 

EL GANSO BROMISTA