Nino Martino
1
La cafetera burbujea mientras
prepara el café. En mi cocina desnuda cuelga una jaula, y dentro de la jaula
hay un canario malinois. Es extraordinario que, en una sociedad que parece
destinada al desastre total, todavía haya gente que críe canarios.
Fui a buscarlo a Alpe Devero.
Antiguamente era una localidad turística; se dejaba el automóvil antes de la
meseta y se continuaba a pie, entre senderos y pistas de esquí.
El criador era un joven barbudo
llamado Ernesto.
—¿Cómo haces para vivir aquí
arriba? —le había preguntado.
—¿Y tú cómo haces para vivir allá
abajo?
—Estoy obligado a vivir en la
ciudad.
—No me interesa por qué. Yo vivo
aquí e intento sobrevivir aquí. Cuando todo se vaya al desastre, espero
arreglármelas.
—Crías canarios.
—Los canarios cantan. Y yo soy
feliz con su canto.
—Están enjaulados.
—Todos estamos enjaulados.
—Pero queremos salir.
—El canario no quiere salir. Afuera
no sobreviviría.
—Estás perpetuando una especie que
quiere permanecer en una jaula.
—Entonces, ¿por qué quieres comprar
uno?
—Porque su canto me tranquiliza.
—¿Ves?
—¿Cuánto quieres por él?
—Te lo regalo.
—¿Por qué?
—No vivo de vender canarios.
Cultivo lo que necesito. Ya casi no queda nadie por aquí. La especie humana
también es una especie que quiere permanecer en una jaula.
—¿Qué jaula?
—Hay muchas maneras de estar en una
jaula. Cada cual tiene la suya. —Guardó silencio un instante y luego añadió—: Siempre
se está solo al amanecer.
Así fue como me lo regaló.
En realidad, había subido hasta
allí porque la noticia de aquel criadero me proporcionaba una cobertura
perfecta. Mientras descendía había instalado un nodo de la red negra, camuflado
entre los árboles. Desde ese punto podían mantenerse conexiones seguras con
buena parte de la llanura y con la base lunar.
Ahora la habitación empieza a
iluminarse. El sol aún no ha salido, pero el primer resplandor invade el cielo
y el canario comienza su largo trino modulador.
La olovisión está frente a mí y
permanece apagada. Si fuera un buen ciudadano debería encenderla, pero instalé
un dispositivo que simula su funcionamiento y nadie puede saber que he
renunciado al derecho-deber de estar informado.
Me sirvo el café.
El canario picotea las semillas. Le
introduzco entre los barrotes una hoja de achicoria silvestre. Adora las
hierbas amargas; todos los canarios adoran las hierbas amargas.
La taza tiene un motivo azul: dos
avefrías asomadas. Es una taza hecha en Cerdeña. Aparto los recuerdos. No es el
momento. Me acerco a la ventana.
Desde el último piso veo los
tejados de la ciudad, los dos rascacielos, la torre de telecomunicaciones y la
catedral sobre el islote en medio del río.
El amanecer es rojo, de un rojo
violento. Hermoso de contemplar, aunque provocado por el polvo atmosférico que
regala atardeceres y amaneceres magníficos.
Comienza otro día y no sé qué
traerá.
—Bach, Suite n.º 4, Sarabanda, Casals.
La habitación se llena con el
sonido del violonchelo. Observo cómo despierta la ciudad. Las luces se apagan
una tras otra. Empieza el tráfico.
Pablo Casals hace mucho que es
menos que polvo, pero su música sigue existiendo. El canario intenta imponerse
sobre ella. Junto a la jaula, una luz azul comienza a palpitar.
—Conexión.
El holograma aparece en el centro
de la habitación.
Rafaela está sentada ante su
escritorio. Los cabellos rizados le cubren parte del rostro. Sus ojos son
negros y directos.
—Que la fuerza del amanecer te
acompañe —susurra con ironía.
—Donde tú estás todavía debe de ser
de noche.
—Noche avanzada.
Sonríe.
—¿Qué te impulsa a buscarme en
mitad de la noche? —pregunto.
—Desde luego, no el deseo de verte.
—Se ríe echando la cabeza hacia atrás—. Quién sabe. En cualquier caso, ya estás
despierto, escuchando a Bach y probablemente mirando el amanecer.
—Como siempre.
—Y, como siempre, tu canario está
cantando.
—Nunca fuiste una defensora de los
canarios.
—Un canario. En estos tiempos. —Suspira—.
Pero no, no estás loco.
Me observa un instante.
—Hay noticias importantes desde la
base lunar y desde la expedición a Marte.
—No sé nada.
—Lo imaginaba. Debes ir adonde
sabes. Quizá sea necesaria una intervención.
—¿Tan grave es?
—Requerirá toda la potencia de la
red. —Guarda silencio un instante—. Ya hemos enviado los datos a vuestra sede.
Tú tienes el segundo código.
—Entonces sí es una emergencia.
—Bastante.
Sonrío.
—Y me avisan desde Brasil.
—Un lugar vale tanto como cualquier
otro. Es la red. —Permanece callada unos segundos—. Tal vez algún día nos
veamos en persona.
—Me gustaría.
—Escucharemos juntos tu Bach. Y
contemplaremos esta ciudad desde tu ventana.
—Eso espero.
—No lo esperes. Haz que ocurra. —Vuelve
a sonreír—. Que la fuerza del día te acompañe.
El holograma desaparece y, mientras
el malinois retoma su canto, termino mi café, me visto y salgo.
La calle discurre entre edificios
que ocultan parte del cielo. El tráfico ya es intenso. Personas que van al
trabajo, transportan datos, producen datos, consumen datos. La vida continúa
bombardeada por noticias.
Busco las calles secundarias.
En las vías estrechas la publicidad
holográfica es menos invasiva. Cuando me veo obligado a pasar por una avenida
más amplia, los anuncios se agolpan a mi alrededor: perfumes, noticiarios,
promesas de felicidad, crisis internacionales.
Todo es información. Incluso la
publicidad es información. La hiperinformación que borra la realidad.
La multitud aumenta.
Algunos rechazan las tecnologías
avanzadas y se refugian en pequeñas comunidades de resistencia; otros
sobreviven como pueden en los márgenes de la ciudad. Estoy casi llegando cuando
un hombre con la capucha bajada sobre el rostro se acerca.
—Dame todo lo que llevas.
Empuña una navaja.
—No seas idiota —le siseo.
La hoja se despliega.
Abro el abrigo y le muestro la
señal luminosa de los blumen.
Vacila.
—¿Un bluman...?
—Exacto.
Otro hombre, a cierta distancia, le
grita:
—¿Te has vuelto loco?
La navaja desaparece.
—Tengo hambre, amigo.
—Consérvala.
Sigo caminando. Nadie me sigue.
Esta es la ribera izquierda. Una
ciudad que vive en estado de guerra permanente, incluso cuando no caen bombas.
La guerra por trabajar, la guerra por sobrevivir, la guerra por controlar el
relato del mundo. Y, de pronto, me sorprendo imaginando un paseo junto al mar
con Rafaela. Romanticismos de otra época. Me detengo frente a un portal que
parece de madera desgastada. En realidad es blindado. Un sensor invisible me
reconoce. Una pequeña abertura aparece en la superficie y vuelve a cerrarse
tras de mí. Atravieso otros niveles de seguridad y desciendo a las entrañas de
la ciudad, por lo que antaño fueron los canales de las viejas alcantarillas. Finalmente
entro en la sala. Hologramas, datos, pantallas suspendidas. Mi segundo mundo. Bach
y el canario han quedado lejos.
Y Ambra ya está allí esperándome.
2
Ambra está sentada en su sillón y
unas gafas de realidad aumentada enmarcan sus ojos azules. Hoy lleva el cabello
del color del cielo.
—Hola. Hay novedades —me dice.
—Lo sé. Aquí estoy. ¿Son buenas?
—No. —Se quita las gafas y se frota
los ojos—. ¿No viste la olovisión?
—No.
Me mira sorprendida.
—Es obligatoria.
—Precisamente.
Se ríe.
—Has hackeado la olovisión.
—Me pareció un uso razonable de
nuestros protocolos.
—Podrías perderte algo importante.
—Lo dudo. Estamos librando una gran
batalla por la civilización y la democracia. Nuestras tropas combaten la
barbarie. Mediante un ataque preventivo defensivo hemos aniquilado una posible
amenaza en XXX; dos corzos han sido rescatados y ahora reciben los amorosos
cuidados de YYY. ¿Olvido algo?
—No. El tono ha sido perfecto. —Se
pone seria—. Hay dos noticias. Una tiene que ver con Marte. La otra con una
posible guerra.
—Marte.
—Lo sabía.
—Marte.
—De acuerdo.
Se recuesta en el respaldo.
—La expedición vinculada a la base
lunar ha encontrado enormes depósitos de níquel-60.
—¿Y qué?
—El níquel-60 procede de la
desintegración del cobalto-60.
Permanezco inmóvil.
—El cobalto-60...
—Exactamente.
Por primera vez desaparece por
completo su sonrisa.
—Hemos descubierto por qué Marte se
convirtió en lo que es.
—Un desierto.
—Una guerra nuclear.
Las palabras quedan suspendidas
entre nosotros.
—¿Están seguros?
—Casi. El níquel fue solo la
primera pista. Después llegaron otras. Demasiadas.
Observo los hologramas flotando en
la sala.
Códigos, coordenadas, señales. El
futuro y el pasado mezclados en la misma habitación.
—Así que este fue su final.
—Sí.
Marte. Un planeta muerto y
desertificado no por una catástrofe natural, no por el destino, sino por
decisión propia. Por una guerra. Durante un momento nadie habla. Veo las
imágenes, los datos, los gráficos, y me parece estar contemplando la Tierra
desde muy lejos, desde otro tiempo.
—¿Y la otra noticia?
Ambra suspira.
—Los medios están inundados de
noticias sobre un inminente ataque de la Federación Oriental. Vídeos,
testimonios, imágenes de atrocidades. La mayoría son falsas; otras han sido
modificadas y animadas mediante inteligencia artificial.
—Siempre dicen lo mismo.
—Sí. Y siempre funciona.
—Debemos defender la civilización.
—Exactamente.
—De la barbarie.
—Exactamente.
—Golpeando primero.
—Exactamente. —Me mira—. La nuestra
es una guerra santa.
—Ellos dicen lo mismo.
—Todos tienen siempre una guerra
santa que cumplir.
Permanecemos en silencio.
Observo su cabello azul.
—Hoy está azul.
—Me gusta recordar el color del
cielo.
—Hace mucho que el cielo dejó de
ser azul.
—Pero alguna vez lo fue.
—Y no volverá a serlo.
—Eres pesimista.
—No. Soy observador.
Ambra baja la mirada.
Cuando vuelve a alzarla ya no
sonríe.
—Todavía no conoces lo peor.
—Dispara.
—Han puesto en alerta la red de
misiles nucleares.
La frase cae en la habitación como
un peso. Por un instante solo oigo el zumbido de los equipos. Tenemos una gran
base lunar, puestos avanzados en Marte,
inteligencias artificiales, las tecnologías más avanzadas jamás construidas... Y
al mismo tiempo la vieja tentación de siempre. La guerra.
—Quizá haya llegado el momento de
activar la red.
—Con todos los riesgos que implica.
—Quizá ya no tengamos elección.
Aún estaba hablando cuando un
holograma rojo se encendió en el centro de la sala. La señal de emergencia. Aparece
Rafaela. Su rostro está pálido.
—Se ha lanzado un misil nuclear. La
Federación Occidental ha lanzado un misil nuclear.
El silencio se rompe.
—Que vuelen los estorninos. La
clave. La frase que esperábamos no tener que utilizar jamás.
—Que vuelen los estorninos.
Las luces de la sala se
multiplican. Nuestras inteligencias artificiales despiertan. Una tras otra. Como
una constelación que cobra vida. Rafaela sigue hablando. Su voz permanece
controlada, pero percibo la tensión.
—Desde la Luna confirman el
lanzamiento. —Traga saliva—. Todavía no consigo creerlo.
—¿Objetivo?
Por un instante vacila.
—No es la Federación Oriental.
—¿Entonces quién?
—París.
Nadie dice nada. París. No una base
militar. No una flota. París.
—Quieren atribuir la culpa a los
otros —dice Rafaela—. Provocar una reacción. Si lo consiguen, será el final.
La gran pantalla de la sala se
enciende y el mapa del mundo aparece ante nosotros. Puntos luminosos. Redes. Trayectorias.
Millones de datos en movimiento. Y nosotros ya estamos dentro de la tormenta.
—París. —La palabra queda
suspendida en el aire. Rafaela inspira lentamente.
—Quieren culpar a la Federación
Oriental. Los troles, una marea de troles, ya se han activado. Las noticias
falsas están inundando la red. Si la gente las cree, la guerra comenzará de
verdad.
En la pantalla aparece la
trayectoria del misil. Una línea luminosa que atraviesa el mar.
—¿Podemos detenerlo? —pregunta
Ambra.
Nadie responde de inmediato. Llevábamos
años preparándonos para aquel momento. Años construyendo la red. Años
desarrollando inteligencias artificiales independientes. Años imaginando lo
inimaginable. Pero prepararse para una posibilidad no significa estar listo
cuando llega.
—Lo intentaremos —dice finalmente
Rafaela.
Las luces azules se multiplican una
tras otra. Son nuestras inteligencias artificiales entrando en acción. Nodos
que se conectan. Sistemas que despiertan. Una red invisible que emerge de las
sombras mientras, en la pantalla, el misil continúa su recorrido. París. Pienso
en las calles, los puentes, las casas. Pienso en las personas que están
comenzando su jornada sin saber nada. Pienso en Marte. Quizá toda civilización
llegue siempre al mismo punto. Quizá la diferencia resida únicamente en lo que
decide hacer cuando llega allí. Rafaela habla con rapidez. Órdenes. Confirmaciones.
Coordenadas. Ambra sigue el flujo de datos. Yo observo cómo las luces azules se
propagan por el mapa. La Gran Operación. Aquella que esperábamos no tener que
utilizar jamás. Si fracasamos, la guerra comenzará. Si triunfamos, nadie podrá
seguir ignorando nuestra existencia. En cualquiera de los dos casos, el mundo
cambiará. El tiempo parece ralentizarse. Entonces Ambra se pone de pie de
golpe.
—¡Lo tenemos!
En la pantalla la trayectoria se
quiebra. Un punto luminoso se desvía. Desciende. Desaparece. Durante un
instante nadie habla.
—Ha caído al mar —susurra.
Rafaela cierra los ojos. Cuando
vuelve a abrirlos, brillan.
—Lo hemos conseguido.
En algún lugar, en la Luna, ya lo
saben. En algún otro lugar, los gobiernos intentan comprender qué ha sucedido. Las
luces azules siguen creciendo. La red está despierta. Ya no podrá volver a
dormir. Un mensaje atraviesa los canales clandestinos e inunda la red: la
responsabilidad de la intervención es nuestra. Ninguna federación. Ningún
ataque enemigo. Ninguna represalia, por el momento. El holograma de Rafaela
sonríe, pero es una sonrisa cansada.
—Ahora llega la parte difícil.
—Nos toca a nosotros —digo.
Asiente.
—Nuestras inteligencias
artificiales han salido a la luz. Hemos impedido una guerra. Ahora debemos
impedir todo lo demás.
—La historia está llena de
fracasos.
—Lo sé.
—Y aun así seguimos adelante.
—Es lo único sensato que podemos
hacer.
Por primera vez la tensión parece
aflojarse.
Rafaela me mira.
—Será necesario que vaya a
visitarte.
Oigo a Ambra reír por lo bajo.
—Por fin.
—Te llevaré a Alpe Devero —digo.
—¿Con tu criador de canarios?
—Exactamente.
—Me gusta la idea.
—Tal vez te regale un canario.
—Y tal vez escuchemos a Bach.
—Por favor, continúen —interviene
Ambra—. Resulta muy edificante.
Sonrío.
—A veces buscar un momento de
serenidad parece casi un delito.
Rafaela niega con la cabeza.
—No. Es todo lo contrario.
Permanece callada unos segundos.
—Creo que es justo seguir soñando.
Sabiendo cuánto cuesta hacerlo.
Sus palabras quedan flotando en la
habitación. Sueños. Luchas. Derrotas. Amores. Tal vez la historia de la
humanidad nunca haya sido otra cosa.
—Entonces está decidido —digo—.
Vendrás.
—¿Estás seguro de que quieres
conocerme de verdad?
—Precisamente. Pongamos las cartas
sobre la mesa.
Se ríe.
—Siempre he querido ver París.
—¿Yo solo sería un pretexto?
—El pretexto es el caos que está a
punto de comenzar.
—¿Y Alpe Devero?
—Eso lo doy por descontado.
Durante un instante nadie habla. Fuera
de nuestra sala, los medios ya se han vuelto locos. ¿Quién lanzó el misil? ¿Por
qué cayó al mar? ¿Quién intervino? Las versiones se multiplican y las
acusaciones rebotan de un extremo al otro del mundo, intentando
desesperadamente desviar la atención, ocultar, minimizar. Pero bajo la
superficie circula también otra verdad. Alguien ha detenido la guerra. Alguien
que no pertenece a ninguno de los dos bandos.
Rafaela me mira.
—Quién sabe cómo terminará todo
esto.
—Siempre está en equilibrio.
—Basta una pequeñez.
Asiento.
—Pero, por ahora, no acabaremos
como Marte. —Sonríe.
En mi habitación hay un canario
malinois. Alpe Devero sigue existiendo, lejos de las grandes ciudades. Allí
arriba, Ernesto cría canarios, cultiva plantas y contempla cómo el sol se eleva
sobre las montañas. Y estoy casi seguro de que, en mi cocina ahora vacía, el
canario sigue cantando. Quizá realmente no terminemos como Marte.
Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.