miércoles, 4 de noviembre de 2026

OBSOLESCENCIA

Jesús Sacramento Ramírez Tapia

 

Jules salió del restaurante.

La cena había sido algo insípida, pero no había más de dónde escoger. Echaba tanto de menos esos sabores intensos que había saboreado con anterioridad. Verdaderos manjares que opacaban, por mucho, lo que había probado en los últimos años.

Se unió a la multitud que saturaba la avenida principal. Todos inmersos en sus visores holográficos de realidad virtual. Cada uno en un mundo distinto a este. Al mismo tiempo ilusión y realidad.

Volteó al cielo, trató de ver una estrella, pero la pequeña franja que quedaba entre los gigantescos edificios estaba cubierta por los escandalosos anuncios publicitarios. Eran tan de mal gusto, una asquerosa aberración. Abotonó su chamarra de cuero negro. Se metió aún más entre la gente. Le gustaba sentir el calor de los cuerpos envolviéndole.

Entre la multitud buscó a la gente más atractiva. No importaba que fueran mujeres, hombres o una mezcla indefinible. Lo único que le importaba era la belleza. Era una de sus motivaciones principales. Pocas cosas le eran más prioritarias que contemplar la belleza humana. Los cuerpos perfectos de pieles suaves y delicadas. Cabellos tan sedosos como las mejores telas. Miradas cautivadoras. Labios carnosos y radiantes.

Su poderosa vista encontró a una joven de extraordinaria belleza al otro lado de la calle. Espero a que el holograma de control de tráfico se levantará frente a los vehículos autónomos, para indicar que estos se detuvieran. Cruzó sin dudar. Mientras lo hacía, un recuerdo llegó a su mente. Últimamente le pasaba mucho eso. El recuerdo de velas iluminando la noche. Se preguntó si todos esos recuerdos serían un síntoma de vejez. Rio al pensar en ello.

Al estar del otro lado de la acera, una imagen en un aparador le hizo desviar su camino. Se detuvo frente a una pantalla de 16K. Esta mostraba un amanecer con colores tan saturados que por un momento se sintió ofendido. Ninguno de estos estúpidos seres había visto un amanecer real. La atmósfera estaba tan contaminada que una nata gris cubría el cielo. Escupió al aparador y buscó nuevamente a la mujer.

Pensó en la vela, en el foco que la reemplazó y el LED que vendría después, también a reemplazar al anterior. Pensó en las noches reales y en la verdadera oscuridad. Tan opresiva y asfixiante. Ahora había luz por doquier. Luz a todas horas. Cada persona llevaba su luz portátil. Luz festiva, luz alegre. Luz más intensa que la luz.

Pensó en las máquinas que había visto a lo largo del tiempo. Al principio escasas y ruidosas. Ahora, elegantes y omnipresentes. Más inteligentes que sus propios creadores.

Pensó en el reemplazo y en la obsolescencia. Se daba una y otra vez. Nuevas formas y nuevos métodos que volvían obsoleto a todo lo anterior. Y ahora ese ciclo era más rápido que nunca.

Alcanzó a la mujer. En un rápido movimiento se colocó frente a ella. Le sonrío. La mujer le devolvió la sonrisa, imposible no hacerlo. Nunca había visto a alguien tan apuesto, tan varonil y atrayente. Se acercó a ella y murmuró algo en su oído. Ella suspiró. Una excitación sexual coloreó sus mejillas. Él tomó su mano y la llevó a un edificio en construcción que estaba a unas pocas cuadras de distancia. Empujó la puerta de seguridad y esta se abrió sin oponer resistencia alguna. Buscó el lugar más oscuro que pudo encontrar. Ella lo siguió. No podía controlar sus pasos.

Llegaron a la meta. Sin demora, él comenzó a acariciarla. Le encantaba hacerlo. Sintió como la temperatura de la mujer aumentaba. Gemidos de placer cada vez más fuertes. Puso su mano entre las piernas de ella. Sus largos y blancos dedos encontraron el tesoro dentro de la húmeda y roja caverna de la mujer. Ella abrió los ojos y gritó. Nunca había sentido tanto placer. Y no lo volvería a sentir. Jules clavó sus colmillos en la garganta de la mujer. Nada como un orgasmo para aderezar la comida. Y mejor si provenía de un ser tan excepcionalmente bello. Bebió hasta que no hubo quedado gota alguna.

Con delicadeza, después de todo había sido un platillo delicioso, dejó el cuerpo entre los montones de polímetros de construcción.

Sacó un dispositivo portátil de su chamarra. Extendió la pantalla flexible del mismo e ingresó algunos comandos. De inmediato entró a las redes de seguridad de la ciudad y del edificio. Encontró las imágenes donde él aparecía y las sobrescribió. Lo mismo hizo con todos los demás dispositivos que lo habían visto. Aprovechó para volver a revisar la manipulación que había hecho anteriormente, cuando salió del restaurante. Así llamaba a las clínicas de cuidado de pacientes adictos a la realidad virtual. Odiaba probar la insípida sangre de alguien que se la pasaba 24 horas al día conectado a un visor de VR, pero eran fáciles de consumir. Ni siquiera se daban cuenta cuando pasaba junto a ellos, estaban completamente desvinculados de la realidad física. Comprobó que había borrado correctamente su huella digital.

El mundo había cambiado y Jules con él. Se había reinventado para seguir vigente. Había aceptado los cambios. Él no sería como los otros, inútiles cobardes que se habían suicidado con la luz del Sol al no ser capaces de enfrentar todo lo nuevo que surgía en el mundo. Él nunca sería obsoleto.

Salió de la construcción. Aún quedaban varias horas antes del amanecer.

La noche y él seguían siendo jóvenes. 

Jesús Sacramento Ramírez Tapia nació en la Ciudad de México y es ingeniero en Comunicación Multimedia por la Universidad de Guadalajara. Es autor de la Saga MX-Z®, que narra una epidemia zombie en México y consta de cuatro libros: MX-Z®, SáncheZ®, México Zombie® y YolimikiZtli®. La saga es una de las obras pioneras del género en su país y ha despertado interés en ser adaptada a otros medios digitales. También es autor de Mexadecimal®, una novela de estilo cyberpunk. Ha publicado cuentos cortos de ciencia ficción en Teoría Ómicron, fue articulista independiente de videojuegos en Industria Animación y ha escrito guiones para juegos digitales basados en audio.

LA NIÑA CAMBIADA

Laura Scheepers

 

Bernilde se inclinó desesperada sobre la cuna. La niña no dejaba de chillar y, cuanto más la miraba, más se convencía de que no era su hija.

Su marido había vuelto a hacerse a la mar el día anterior. Antes de que partiera, ella había planteado el asunto con cautela: ¿no lloraba demasiado la niña? ¿No tenía la piel más clara que su propia hija? Y el cabello… ¿era tan negro? Cuando la ponía al pecho, aquella niña gritaba como si la envenenaran, mientras que la suya, al principio, mamaba con avidez. Ludger la había observado con la cabeza ladeada.

—No lo sé… —había dicho, vacilante—. No parece distinta. Pero es verdad que de pronto llora mucho. ¿Qué estás pensando?

—¿Has oído hablar de los niños cambiados?

—Sí, como todo el mundo. Pero eso es un mito.

—¿Y si fuera cierto…?

Aquella noche no llegaron a ninguna conclusión y se acostaron para empezar a despedirse. Pasarían tres lunas antes de que volvieran a verse.

Alzó a la niña y la puso al pecho. Seguía con sus chillidos y soltaba el pezón una y otra vez.

—Tienes que comer, pequeña. Seas humana o no. —Con la bebé apoyada contra el hombro, calentó un poco de agua y le añadió miel. Mojó la punta de un paño en la mezcla y dejó caer unas gotas en la boquita. Dos grandes ojos azul violáceo se abrieron de par en par y la niña se quedó callada.

Bernilde le dio unas gotas más y la pequeña bebió con avidez.

—Me parece que no puedes ser otra cosa que una niña cambiada.

Por la mañana se sujetó a la bebé contra el pecho con un paño y subió la colina hasta la casa de Alda, la mujer sabia. Alda estaba sentada en un banco frente a su casita.

—Parece que duermes todavía menos que las demás madres. Ven, siéntate conmigo y cuéntame qué pasa.

Bernilde se sentó y le contó toda la historia.

—Si no quiere beber leche, pero acepta el agua con miel, es muy probable que sea una niña cambiada. Los Fae detestan la leche. ¿Te parece que primero compruebe si está sana?

Bernilde sacó a la niña del paño y la acostó en el banco, entre las dos. En cuanto empezó a quitarle las fajas, la pequeña volvió a chillar. Bernilde se tapó los oídos.

—Te comprendo —dijo Alda—. Ese sonido cala hasta los huesos y parece más agudo que el de una niña humana. ¿Tu hija también lloraba así?

—No lo sé, ya no estoy segura de nada. A veces creo que no, pero cuando lloraba también lo hacía con fuerza.

—Ve a buscarme un poco de agua al manantial, mientras la examino.

Bernilde tomó los cubos de Alda, agradecida por la oportunidad de alejarse. Al mismo tiempo se sintió culpable, como si abandonara a la niña, aunque sabía muy bien que con Alda estaba en buenas manos. Pero un poco de silencio le daba sosiego. Cuando regresó, la pequeña chupaba la punta de una de sus fajas, untada con un poco de miel.

—La niña no tiene ningún problema físico. No está enferma y no hay motivo alguno para que rechace la leche. Tienes razón, Bernilde: es una niña cambiada.

Bernilde palideció. Aunque ya lo sospechaba, oírlo fue un golpe. Se dobló hacia delante y ocultó la cara entre las manos.

—¿Y ahora? —preguntó con voz ahogada.

—Tienes tres posibilidades. Puedes quedártela, olvidar a tu propia hija y criar a esta como si fuera tuya. Será difícil, porque los niños cambiados no son fáciles, pero con mucha paciencia y amor se puede. O puedes llevarla a un lugar inhóspito durante la luna llena y esperar que los Fae la recojan antes de que la encuentren los animales salvajes.

—¡No! —Bernilde se enderezó de golpe y tomó a la niña en brazos—. ¡Eso es inhumano! ¡También es una bebé! —La estrechó contra su cuerpo para protegerla.

—Ya imaginaba que eso no era para ti. Pero no todo el mundo puede hacerse cargo de una niña cambiada…

—No quiero ni pensarlo.

La pequeña empezó a llorar, aunque esta vez lo hizo en voz baja. Quizá Bernilde la apretaba demasiado en su afán de protegerla. Mojó el meñique en la miel y dejó que lo chupara.

—Dijiste que había una tercera posibilidad…

—Sí, pero no está libre de peligro. Puedes cruzar al Otro Mundo e intentar recuperar a tu hija.

Bernilde aspiró una bocanada de aire.

—¿Eso es posible?

—Hay relatos… pero son tan antiguos que nadie sabe si son ciertos. Y el Otro Mundo está lleno de peligros para los mortales. Puede que nunca regreses. O que regreses cuando todos aquí hayan envejecido o muerto.

—Lo haré. Dime qué necesito.

—Me gustaría que lo pensaras un poco más, pero pasado mañana es luna nueva, y ese es el momento ideal para cruzar.

—¿Me ayudarás?

—Sí. Quédate aquí hasta pasado mañana. Te enseñaré todo lo que necesitas saber para regresar sana y salva.

 

Con un morral a la espalda y la bebé sujeta al pecho, Bernilde se puso en camino antes del amanecer. Aquella noche habría luna nueva, pero no era necesario cruzar a la luz de la luna. Los mejores momentos para pasar al Otro Mundo eran el alba y el crepúsculo. Del manantial de Alda nacía un arroyo, y siguió su curso. Era posible encontrar un paso donde confluyeran tres elementos y hubiera algún fenómeno natural llamativo. Alda le había dicho que, un trecho aguas abajo, crecía un espino blanco muy antiguo y que aquel podía ser un buen lugar para cruzar.

Encontró el espino sin dificultad. En efecto, el lugar tenía algo indefiniblemente distinto. Así como no podía explicar por qué la niña era diferente, tampoco podía precisar qué distinguía aquel sitio, pero sospechaba que estaba en el lugar adecuado. Tal vez Alda tuviera razón y los Fae dejaran a los niños cambiados al cuidado de personas con ciertos dones.

Se detuvo en la orilla del arroyo y respiró como Alda le había enseñado. Inspirar durante cuatro tiempos, contener el aire durante siete, espirar durante ocho. Cuando se sintió lo bastante serena, adelantó un pie. Para entrar en el Otro Mundo había que empezar siempre con el izquierdo. Murmuró las palabras que Alda le había enseñado.

Por la fuerza de los Fae,

por el poder de los Fae,

por los dioses que venero,

permiso para entrar requiero.

Repitió las palabras hasta que pisó la otra orilla, de nuevo con el pie izquierdo. ¿Y ahora? ¿Estaba en el Otro Mundo? ¿Adónde debía ir? Sacudió la cabeza como si quisiera quitarse unas gotas de agua y sus pensamientos se aclararon. «Presta atención a las cosas inusuales», le había dicho Alda. Allí, a unos diez pies de distancia, había un montoncito de piedras de un blanco resplandeciente. Se acercó y, antes de llegar, descubrió otro. Decidió no usar todavía el amuleto que Alda le había preparado y seguir los montoncitos. Tras una larga caminata, cuando el sol estaba en lo más alto, los árboles se hicieron cada vez más numerosos hasta que se encontró en un bosque. Allí terminaron las piedras. Avanzó un poco con cautela, porque no quería perderse, y soltó una carcajada. Lo más probable era que estuviera en un mundo extraño, apenas parecido al de los humanos: ya estaba perdida. Lo mejor que podía hacer era seguir adelante sin rumbo. Vio un hongo adherido a un árbol: ¡un asiento de elfo! Podía ser una señal. Más allá crecía otro. Asombrada de que resultara tan fácil, empezó a seguir los hongos. Se internó cada vez más en el bosque, hasta que se preguntó si no habría visto antes aquel árbol caído junto al que pasaba. Seguramente era otro… pero, un rato después, volvió a encontrarlo. Le ató una tira de tela. Si pasaba de nuevo por allí, sabría con certeza que caminaba en círculos. Por desgracia, cuando volvió a ver el árbol, la tira seguía en su sitio y ya empezaba a oscurecer. Se sentó sobre el tronco, desalentada. Había pasado toda la tarde en el bosque y no tenía idea de cuánto tiempo llevaba en círculos. Los hongos no habían sido una señal… o eran una de las trampas del Otro Mundo contra las que Alda le había advertido. Junto al árbol había una oquedad; al menos podría pasar allí la noche. Dormir a la intemperie sin fuego le parecía espantoso, pero no tenía alternativa. Cambió los paños de la niña y le dio agua con miel.

—Tú tampoco tienes la culpa de que estemos aquí, pequeña. Espero que pronto podamos llevarte a casa.

La niña balbuceó y sopló una burbuja de saliva.

—Eso es. ¿Sabes qué? Te llamaré Duda, que significa «bebé». No puedo pasarme la vida llamándote «pequeña».

Por consejo de Alda, trazó a su alrededor un círculo de sal. A pesar de eso, apenas durmió aquella noche. Oía tantos sonidos extraños que, cada vez que empezaba a adormecerse, algún chillido u otro ruido la sobresaltaba.

Hacia la mañana, cuando el cielo empezaba a aclarar, vio una liebre blanca. Se incorporó de inmediato. Los animales de un blanco puro eran muy poco comunes. Tomó el morral y a la niña y corrió tras la liebre tan deprisa como pudo. La bebé lloraba: la habían despertado de golpe. Pero, si Bernilde seguía a la liebre, quizá consiguiera salir de aquel maldito bosque. No se atrevía a detenerse para acomodarse el morral o sujetar bien a la niña; la liebre era veloz. Aunque no tanto como para impedirle seguirla. Cuando el sol asomó entre un mar de nubes rosadas, llegó al borde de un campo de flores. Allí no había más señales: todas las flores eran distintas y la liebre había desaparecido. Tomó el amuleto de Alda y lo sostuvo frente a ella con el brazo extendido.

Por el amor a mi hija,

por la sangre que nos une,

no conozco senda ni camino:

muéstrame mi destino.

El amuleto casi se le escapó de la mano y apuntó hacia el centro del campo de flores. Bernilde enderezó la espalda y echó a andar. Duda estaba despierta y no perdía detalle de cuanto veía, pero a Bernilde la vencía cada vez más el sueño. Al principio lo atribuyó a la noche en vela, aunque el deseo de acostarse se volvió tan intenso que necesitó toda su voluntad para seguir adelante. Se pellizcó para mantenerse despierta y probó a cantar. Eso ayudó. Repasó todo su repertorio, salvo las canciones de cuna. Y así, de pronto, se encontró en un claro, entre los Fae. No tuvo la menor duda de que no eran personas corrientes. Todos eran un poco demasiado hermosos y todos, a todas luces, diferentes.

—Vaya, una humana. ¿Qué vienes a hacer aquí? —Un hombre con un adorno en la cabeza la miró por encima de la nariz.

Bernilde respiró varias veces como Alda le había enseñado y respondió con calma:

—Ustedes tienen a mi hija. Esta bebé es de ustedes. Vengo a cambiarla: quiero recuperar a mi niña.

El hermoso hombre soltó una carcajada.

—¿Y quién dice que la queremos de vuelta? No es más que una huérfana. Una niña humana nos resulta mucho más útil.

Bernilde estrechó a Duda contra su cuerpo para protegerla.

—¿De verdad creías que íbamos a entregar a una niña que valiera algo?

Como surgida de la nada, una mujer Fae apareció junto a él con la hija de Bernilde en brazos. El amuleto dio un pequeño salto en su mano.

—¿Qué tienes ahí?

—Este amuleto me une a mi hija. Está hecho con nuestra sangre y mi amor.

—Bah, tonterías humanas. Pues dale esa cosa a la mocosa.

Bernilde se acercó resuelta a su hija y le pasó el cordón por el cuello. Apenas alcanzó a sujetarla a tiempo, porque la mujer Fae la soltó con un grito.

—¡Hierro! ¡Y magia humana! ¡Puaj! Puede quedarse con esta sabandija.

Bernilde besó la cabecita de Duda. Con una niña en cada brazo, tendió torpemente la bebé Fae hacia la mujer.

—Lo… lo justo es justo —dijo con la voz empañada por las lágrimas—. Esta niña es de ustedes.

—Eso difícilmente sea un intercambio justo. Te apropias de tu hija y nos entregas una bebé que no vale nada.

—Entonces también me la llevaré.

—¡No puedes hacer eso así como así! —La indignación había restado bastante belleza al hombre.

—¿Por qué no? Ustedes creen que no vale nada. Yo la alimenté, la cuidé y llegué a quererla.

—¡Eso no importa, nos pertenece! No puedes llevártela sin más.

«Eso ya lo veremos», pensó Bernilde, e hizo precisamente eso. Se alejó hacia el bosque.

—¡Nunca regresarás a tu mundo! —le gritó él a sus espaldas.

Lloró durante todo el trayecto de regreso por el campo de flores. Había recuperado a su hija y salvado a Duda de una vida sin amor, pero ¿y si de verdad nunca conseguía volver? Era muy fuerte la tentación de acostarse y morir allí, entre las flores. Sin embargo, resistió, y cuando entró en el bosque se le despejó la cabeza.

Recogió ramitas de roble, fresno y avellano y las entrelazó. Tomó un mechoncito del cabello de Duda y lo entretejió con ellas. Se arrancó unos cabellos y los enredó alrededor.

—Perdóname, pequeña —dijo, y le pinchó un dedito. Untó el amuleto con la gota de sangre que brotó. Añadió también un poco de su propia sangre y de la de su hija.

El amor es la mayor fuerza,

la protección, el mayor poder.

Por todo lo que nos une,

ahora eres mi hija.

Sin darse tiempo a dudar, siguió adelante con la esperanza de cruzar el arroyo a medianoche. Esperaba que los pequeños hongos violetas le indicaran el camino y que el amuleto funcionara. Mucho antes de lo previsto, llegó a un arroyo. Con una plegaria a cualquier dios o diosa que quisiera escucharla, volvió a respirar como le habían enseñado. Para regresar no hacían falta palabras, de modo que entró resuelta en el agua con el pie derecho.

Llegó a su casita al amanecer. Para su enorme sorpresa, vio a Ludger salir por la puerta.

—¡Bernilde!

Corrió el último trecho y se arrojó a sus brazos. Mientras él la abrazaba con fuerza, dos vocecitas empezaron a protestar a pleno pulmón. Ludger bajó la mirada.

—¿Dos bebés?

—Es una larga historia.

—Más vale que lo sea: has estado fuera casi cuatro lunas. Ven, prepararé una infusión y me lo contarás todo.

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.

 

 

CASI NADA SE PIERDE

Sergio Gaut vel Hartman

  

El tipo me abordó cuando regresaba del cementerio.

—No se resigne —dijo. Era delgado, muy alto y hablaba chistando las eses.

—¿Usted qué sabe? —repliqué amoscada—. Y salga del paso. —Además de inoportuno, el sujeto era desagradable y olía mal.

—Sé todo. La enfermedad de Aldo, lo mucho que luchó para no morir. Hubiera merecido seguir viviendo.

No pude reprimir el llanto. Odiaba llorar delante de un extraño, de un desconocido; y más aún frente a aquel engendro que parecía salido de una mala película de terror.

—¿Y a usted qué le importa? —argumenté cuando pude reponerme un poco—. No es asunto suyo.

—Me importa, porque puedo devolvérselo.

Tardé cinco segundos en asimilar el impacto y otros diez en elaborar una respuesta válida, aunque creo que no fue la que el tipo esperaba.

—¡Déjeme en paz!

El sujeto se irguió, alejándose de mí como un pájaro que levanta vuelo. Reparé en el tamaño de las orejas, cubiertas de pelo rojizo y en los ojos de un azul tan intenso como nunca había visto en un adulto. No era el mejor momento para reparar en esos detalles, lo sé, pero así ocurrió, aunque no fue nada si lo comparo con lo que dijo.

—No ando por ahí resucitando gente, señora. No pretendo ser un dios, ni tampoco un mago —señaló acercando de nuevo la cabeza a mi rostro; la fetidez del aliento era insoportable—. Trabajo para New Life, una empresa reconstructora. Usted puede dejar que el cuerpo de su marido se pudra en el cajón o puede autorizarnos a exhumarlo para que nosotros nos ocupemos.

—¿Qué se ocupen de qué? —Junté la aversión que sentía con el recelo que el tipo me despertaba, y ante mi propia sorpresa, le concedí cinco minutos—. Explíqueme qué quiso decir con eso de… ocuparse.

El sujeto movió la cabeza e hizo crujir las vértebras del cuello; las orejas parecieron disminuir de tamaño y parpadeó varias veces. Luego, sacando un folleto ilustrado de una ajada cartera marrón, apuntó el encabezado con un dedo largo, rematado por una uña sucia.

—A la gente que se muere —dijo hablando con exasperante lentitud— no le fallan todos los órganos al mismo tiempo.

—¿Qué quiere decir?

—Su marido tenía cáncer, pero murió por un paro cardíaco. —No estaba preguntando. Era como si hubiera tenido la historia clínica de Aldo delante de los ojos—. Eso significa que el cadáver es aprovechable.

—¿Aprovechar el cadáver? ¿De qué está hablando? —Sé que soné exasperada, casi al borde de la histeria, pero no me importó; ya no me importaba nada. Al tipo le quedaban dos minutos antes de que le arrancara los bellos ojos azules.

—Sintetizo —dijo el agente de New Life sin inmutarse, aunque estoy segura de que era consciente de que su tiempo se agotaba—. La Empresa acondiciona el cuerpo del difunto para que operen un centenar de nanobots inteligentes controlados por un procesador alojado en el bulbo raquídeo. Su marido recuperará la mayor parte de las funciones motoras, podrá hablar, reír y jugar a la lotería de cartones.

—¿Habla en serio? —estallé—. Ustedes no tienen sentimientos.

—Tenemos, señora, tenemos —replicó él, haciendo alarde de una paciencia infinita—. En el lugar de la sangre inyectamos silicoil, un fluido que facilita los desplazamientos de los nanos por todo el cuerpo.

—Es una locura —murmuré. Pero fue evidente que el tipo de New Life oyó lo que dije.

—No lo es. Le garantizamos el setenta y cinco por ciento de su marido original.

—¿Me garantizan qué? —exclamé volviendo a sacar las garras.  

—El setenta y cinco por ciento de lo que fue su marido, tal vez hasta el ochenta. Eso significa que volverá a ser tres cuartas partes de lo que era. —No quise preguntar cuál sería el cuarto que no iba a funcionar. Y el vendedor pareció captar mis pensamientos de inmediato—. Una parte se ha perdido para siempre, lo siento. Pero le sugiero ver la copa medio llena y no la copa medio vacía. —Y tras decir esto volvió a apartarse de mí. Lo vi como en un sueño, flotando hacia atrás, las orejas agitándose como alas y el aliento fétido perdiendo consistencia en el aire.

—Espere, no se vaya. ¿De cuánto dinero estamos hablando?

 

Aldo regresó una tarde de otoño. El viento parecía haberse ensañado con las persianas y la casa estaba impregnada de una humedad viscosa, quizá la respuesta del ambiente a mi ansiedad. Temblaba; todo mi cuerpo era un bloque de aserrín y podía desarmarse en cualquier momento. Me habían dicho que Aldo volvería en el curso de la semana, pero yo me preparé para que fuera el viernes, no el lunes. Tocaron el timbre como vulgares repartidores de pizza y se quedaron quietos, esperando a que yo abriera la puerta.

—¿Leticia Romani? —dijo el más bajo y calvo. Era una pregunta, pero sonó como la orden de un sargento a su tropa.

—Soy yo.

—Traemos —consultó el artefacto que llevaba colgado del cinturón— a ZA-34. Restitución grado A. Garantizado 80 por ciento. —Sacó una hoja de papel y me la tendió. Yo, hasta ese momento, no me había atrevido a mirar a Aldo a la cara, pero el gesto del otro repartidor —porque de algún modo debo llamarlo— empujando a mi marido muerto y resucitado hacia delante, como si quisiese sacárselo de encima, me obligó a fijar la vista en el abrigo de gabardina demasiado estrecho, en la camisa de cuello raído, en los puños gastados. Era Aldo y no era, como los muertos son y no son las personas que fueron cuando estaban vivas. En ese momento pensé que todo había sido un error. Pero también pensé que era maravilloso tenerlo de nuevo en casa. El repartidor calvo interrumpió esos devaneos al sacar un sobre de su mochila y mover la mandíbula hacia adelante, una inequívoca señal de que tenía que tomarlo.

—¿Qué es? —balbuceé.

—La tarjeta, señora —dijo el empleado de New Life, como si mi pregunta hubiera hecho desbordar su malhumor—. Tiene que llevarla para pagar las cuotas, a menos que adhiera al sistema de débito automático.

Lo miré de arriba abajo, incrédula. Yo estaba recuperando a mi Aldo, lo estaba trayendo de regreso de la muerte y ellos me hablaban de cuotas y débito automático.

—¿No podemos dejar eso para otro momento?

—No, señora —dijo el segundo repartidor—. ¿Se creé que este es el único… el único que tenemos que entregar?

Había estado a punto de decir el único paquete, o el único muertito, pero se contuvo a tiempo. Yo, en cambio, no tenía muchas ganas de contenerme. Solo la presencia de Aldo, parado como un guardia de seguridad en la garita de un barrio privado, evitó que hiciera una escena.

—Firme acá —dijo el repartidor más alto. Firmé.

—¿Es todo? —pregunté.

—Es todo —dijeron a dúo. Pensé que se parecían a unos cómicos ridículos, que nunca me habían hecho reír. Abbott y Costello, creo que se llamaban. Hubiera querido burlarme, herirlos, pero no se me ocurría nada. Y Aldo seguía parado, inexpresivo, como esperando una orden que no llegaba.

—¿La zeta es por zombi? —dije de un modo inesperado, inclusive para mí. Los repartidores de New Life se quedaron duros como piedras.

—¿Cómo lo supo? —susurró el más bajo.

—No importa. ¿Hay que activar algún código? —Extendí la mano, esperando que me dieran otro sobre, esta vez con instrucciones, pero los tipos dieron media vuelta y se marcharon hacia la camioneta que habían dejado estacionada a unos cincuenta metros de la puerta de casa, por falta de lugar. Miré mi brazo estirado y lo adelanté algunos centímetros más hasta alcanzar el hombro de Aldo, que no se había movido—. Entremos, que está empezando a refrescar —dije.

 

La casa se fue transformando en una prisión sin rejas. Aldo permanecía sentado todo el día en el que fuera su sillón favorito, con la mirada perdida, en silencio. No necesitaba comer, dormir o ir al baño. Los nanobots hacían todo el trabajo nadando en el silicoil que circulaba por los tubos que le habían injertado. Es cierto que contestaba a mis preguntas y que a veces hacía comentarios y deslizaba sugerencias oportunas, pero era evidente que eso era obra de un ingenioso programa y que, en síntesis, lo que me habían devuelto era poco más que una marioneta, un muñecote pasivo y aburrido. A fin de cuentas, esta versión envilecida de Aldo solo era un poco más tenue que la que ostentaba hasta poco antes de enfermarse. Si el cáncer no hubiera activado mis circuitos compasivos habríamos desembocado en una irremediable separación. Se lo terminé diciendo de un modo que creí elíptico.

—Todo este dinero inútilmente gastado… para terminar así, como dos extraños.

—Nuestro dinero —respondió Aldo.

—¿Qué dijiste?

—Que es nuestro dinero —insistió él, imperturbable.

—Estás legalmente muerto…

Sonrió; no creí que semejante gesto estuviera entre sus talentos.

—Los de New Life se ocuparon de anular el certificado de defunción.

Me quedé petrificada. O sea que todo había sido una trampa, una celada cuidadosamente preparada para sacarme mucho más dinero del que costaba ese monstruo. Traté de argumentar y todo lo que brotó de mis labios fue un sollozo. Me levanté y fui hasta el bargueño, saqué un botellón de cristal en el que guardábamos coñac y me serví una copa.

—No te ofrezco porque imagino que el alcohol podría dañar tus tuberías.

—Sería cuestión de probar —replicó Aldo, enigmático. El nudo en mi garganta se estrechó aún más; no solo no sabía qué decir, sino que una terrible sospecha empezó a germinar en mi mente. Tragué el coñac y sentí que el ardor del líquido apenas podía compensar la furia y el odio y el desencanto que me habían tomado por asalto.

—No estás muerto —logré balbucear.

—De hecho, no —dijo Aldo—. Morí, en todo caso, pero no estoy muerto.

—¿Y el cáncer?

—Es difícil de explicar, pero en las actuales condiciones se ha vuelto inofensivo.

Lo enfrenté. Mostraba el mismo aspecto mustio de cuando llegó en la camioneta con los repartidores de pizzas; seguía sentado como un gran panda de peluche, inactivo, impasible. No era Aldo; era un simulacro de Aldo, una burda falsificación.

—¿Por qué volviste, para qué?

En el caso de que tal gesto estuviera en su repertorio, puedo decir que se sorprendió.

—Es una pregunta estúpida —dijo—. Acordaste mi resurrección con los de New Life. Pagaste un adelanto y te comprometiste a saldar el resto en veintitrés cuotas. Compraste un marido muerto y resucitado para que mitigue tu soledad.

—¡Que mitigue mi soledad! —estallé—. ¿Cuándo, dónde, en qué sentido? No dormimos juntos, no hacemos el amor, no salimos a pasear. Todo es no. Tengo un androide a cuerda sentado en el sillón de la sala; he comprado un adorno. ¿Eso es lo que mitiga mi soledad? Un jarrón de porcelana sería más divertido y cálido.

Aldo, o lo que fuera aquella aberración que me habían devuelto los de New Life, se levantó chirriando del sillón. ¿El ruido que ahora hacían los nanobots era un desperfecto, se había terminado el silicoil? Avanzó hacia mí exhibiendo un destello inusual en los ojos, extendió los brazos y las manos se convirtieron en garras. Un potente y agudo sonido de alarma señaló que algo estaba fallando en los sistemas, pero eso no fue un obstáculo para que Aldo pronunciara la frase más absurda de las últimas semanas.

—Vamos a la cama. Quiero que tengamos sexo.

No lo podía creer. ¿Eso? ¿Tener sexo? ¿De dónde había salido esa propuesta? ¿Acaso había un técnico de New Life manejando a ese… artefacto por control remoto y ahora se divertía a mi costa?  Aldo avanzó otro paso y yo retrocedí. De nuevo me veía sumergida en una pésima película de horror, como cuando el vendedor me había hecho la oferta de resurrección. Las zarpas del ser inverosímil buscando el cuello de la mujer para estrangularla. Y ningún héroe providencial a la vista.

Mi espalda chocó contra la pared mientras mi cerebro funcionaba a toda velocidad. ¿Era el cadáver de Aldo reciclado? ¿Un sustituto fraudulento, bien maquillado, que New Life había preparado para estafarme? ¿Qué era eso que se disponía a asesinarme?

Dicen que siempre hay una salida. Y en este caso la salida tenía la forma de un atizador de bronce. Aldo, o lo que fuera, no esperaba mi reacción. Descargué la vara de metal sobra la cabeza y golpeé, golpeé, golpeé, golpeé…

 

Hubo un lapso en blanco. Una niebla azulada que cubrió el universo, la ignorancia feliz de perder el sentido. Cuando abrí los ojos, el rostro grotesco del vendedor de New Life ocupaba todo el campo de visión. Las orejas velludas se agitaban como banderas. El aliento fétido me agredía como la primera vez, pero ahora su expresión era tierna, la que un padre brinda a su hija en falta.

—¿Qué hizo señora?

—¿Qué hice?

—Mire.

El sujeto movió el brazo en abanico, como un ilusionista que está a punto de revelar el resultado del truco y cuando terminó de hacerlo, vi al peluche tirado boca abajo sobre la alfombra, el cráneo partido y una sustancia negra manando de la raja.

—¿Es silicoil? —pregunté como una estúpida.

—Eso no importa. A propósito, mi nombre es Olegario Franchini.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Vamos a tener que empezar de nuevo. Y eso es muy caro, muy caro.

—¿Eso muerto es Aldo o qué?

—Eso tampoco importa, señora. Lo malo es que la reparación va a costar el doble de lo que costó preparar el original. Y su marido ya no será un ochenta por ciento de lo que era sino solo el cincuenta, o tal vez el cuarenta. Mire cómo le destrozó el cráneo.

—¿De qué está hablando? —El discurso del tipo de New Life no contribuía a que yo me sintiera menos aturdida, obnubilada.

—Hablo de lo que tengo que hablar, señora. ¿O quiere pasar el resto de su vida en la cárcel?

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe. Es el creador y conductor del blog internacional MICROFICCIONES Y CUENTOS.

 

martes, 3 de noviembre de 2026

DON RAMON EN LA ISLA

Rolando José Di Lorenzo

 

Un recuerdo que siempre reaparece en mi mente, es el encuentro que tuve con un soñador, en un viaje al Caribe que por cierto me hizo mucho bien.

Don Ramón era un hombre flaco y alto con un andar descuidado y siempre vestido con total informalidad, raro para un tipo mayor. Recuerdo que alguien había comentado que ya había superado los ochenta años y además, según decían, estaba solo allí; esto lo pude corroborar después.

Desentonaba un poco, siempre vestido, deambulando por todo el hotel, porque solo se lo veía en los lugares internos del mismo: los bares, el restaurante, el lobby, pero nunca en la playa o en la pileta. Parecía que durante las horas de sol, el hombre se la pasaba en su habitación, muchas veces me lo imagine leyendo pesados libros, tendido sobre la gran cama de su cuarto, protegido por el aire acondicionado del intenso calor de la isla.

Al volver de la playa, al mediodía, agobiado por el calor, cansado de entrar y salir del mar y me dirigía al comedor principal, allí ya estaba él, fresco, recién bañado y cambiado, siempre conversando con las camareras, haciendo alguna que otra broma, tratando de mostrar unas ganas de vivir que solo él sabía si eran o no ciertas, pues a mi parecer, era un hombre triste.

En una oportunidad me detuve a preguntarle a una de las camareras que mejor lo conocía, quién era ese hombre y que hacía allí, tan solo. Ella me contó la historia de don Ramón Villalba —ese era su nombre completo—, cliente del hotel desde hacía más de quince años. Don Ramón viajaba desde España a la isla todos los veranos y permanecía en ella quince o veinte. Pero al principio no lo hacía solo, no, lo hacía acompañado por su esposa, una bella mujer, casi tan alta como él, muy elegante y agradable, que disfrutaba de la vida. Sobre todo les gustaba bailar; siempre se ponían cerca de los músicos y allí bailaban y lo hacían muy bien. Él no dejaba de mirarla mientras lo hacían, con unos ojos azules que en esa época estaban vivos y brillantes, unos ojos que se deleitaban y gozaban con el cruce de las miradas, y cuando la salsa terminaba, permanecían contemplando a los músicos, como sorprendidos, como si recién bajaran a la tierra luego de un largo vuelo por secretos lugares del espacio. Esto siguió así, año tras año y en esos tiempos gozaban de la pileta, la playa, excursiones y todo lo que se podía hacer, hasta que un año, él llegó solo. Su mujer había muerto, según contó, de golpe, se fue casi sin darse cuenta, ella y él; entonces, creyendo que el único recurso que le quedaba para sentirse más cerca de su amada eran los viajes, siguió yendo cada año a la isla, a ese lugar que los acogió amablemente e hizo de marco a su historia de amor.

Escuchar esta historia e imaginarme el dolor de ese hombre, buscando cada año los lugares que fueron de ellos, tratando de reconstruir lo imposible, deseando verla y sentirla a su lado, me hizo mal y cuando me cruzaba con él sentía una gran pena.

Un mediodía, cuando me iba a sentar a almorzar, vi a Don Ramón en la barra del bar. Me dirigí hacia allí y tras pedirle permiso, me senté en la butaca de al lado. Luego de los saludos y pedirme un trago, el viejo me miró sonriente.

—Lo he estado observando —me dijo—, y noto que me observa con mucho interés; seguramente le han contado mi historia, ¿O me equivoco?

—No, no se equivoca, yo pregunté por usted porque me llamó la atención verlo tan solo aquí. En efecto: una de las mucamas me contó si historia —le conteste como para comenzar una charla.

—Usted también despertó mi interés, porque en todo caso yo soy un viejo solitario, pero usted es joven y está solo —me dijo intrigado.

—Es cierto, yo todavía estoy buscando, me he pasado la vida buscando.

—Perdón —dijo Don Ramón—. ¿Y qué es lo que busca, que es tan difícil de encontrar?

—Mi camino, mi lugar y quizá mi mujer —le respondí, un poco triste.

—Visto así parece difícil, pero me imagino que está buscando en lugares equivocados o quizá con demasiado esfuerzo. ¿No sería más fácil dejarse encontrar, en lugar de buscar todo el tiempo?

—¿Quedarme quieto y que encuentren, quiere decir usted? —pregunte asombrado.

—Sí, así me paso a mí, le di tiempo a la vida, ella sabe lo que hace y en qué momento, claro que luego, uno tiene que tomar la decisión, a mí me ocurrió eso y le puedo asegurar que fui feliz —concluyó calmadamente.

—Quisiera poder hacerlo, pero vivo apurado y muchas veces pienso que no conoceré la felicidad, como dice usted —respondí cada vez más apenado por mi suerte, y mientras seguía hablando, el viejo me miraba con dulzura.

—No se apure, tiene tiempo, es joven; mi tiempo se terminó, por eso es que vengo aquí, para volver a ser feliz, aunque sea por unos segundos.

—¿Tan importante fue ese tiempo que viene hasta aquí solo por unos segundos de felicidad?

—Yo conocí el Paraíso, joven —me dijo emocionado—. Con Isabel, mi mujer, viví allí y gracias a ella, sigo viniendo, solo a esperar sentirla conmigo, aunque más no sea unos instantes.

No seguí la charla, me retire lentamente del bar y me senté a una mesa del restaurante para cenar, luego de un rato me sentí mejor. Don Ramón había dejado algo muy adentro de mí y eso era bueno.

Una noche, antes de irme de del hotel, luego de la cena, sentado en el bar principal, muy cerca de los músicos, mientras saboreaba un scotch, vi venir a don Ramón muy lentamente, mirando todo y a todos, con esos ojos vacíos. Como de costumbre, se detuvo al lado del grupo salsero y luego de un rato, con las manos en los bolsillos de su viejo jean, comenzó a balancearse lentamente, apenas mostrando un movimiento de sus pies, con la cabeza levantada, mirando hacia el espacio, ese secreto espacio suyo. Estaba bailando, pero al mirar sus ojos, note claramente que ya no estaban vacíos, se avivaban segundo a segundo y una expresión de felicidad apareció en su rostro, ya no estaba solo:  Isabel estaba allí, con él.

Todavía, luego de mucho tiempo, cuando me siento triste y solo, recuerdo a Ramón bailando en la pista de baile del hotel, en la isla, en su espacio secreto, con ella, y algo cambia en mí, algo que me dice simplemente: “se puede”.

Rolando José Di Lorenzo nació en Necochea, ciudad en la que donde vive actualmente, el 10 de noviembre de l945. Está casado, tiene dos hijas y cinco nietos. Está jubilado. Intervino en varias antologías y editó un libro de cuentos: El martillo de José.

 

HENRY

Bernt-Olov Andersson

 

Desde el principio supe que Henry era un hombre muy anciano, de entre ochenta y cinco y noventa años, y que vivía solo en una cabaña en algún lugar entre Norberg y Sala. Por entonces yo conducía el bibliobús y siempre entraba a llevarle los libros. Eran por lo menos cinco: lo habitual, tres novelas y dos libros de no ficción. Tenía algunas dificultades para moverse. Caminaba con bastón. También se notaba que tenía cataratas, de modo que los libros debían ser de letra grande. Henry siempre me ofrecía café y galletas de jengibre. Nos separaba alrededor de medio siglo. Desde la primera visita sentí un interés y una fascinación especiales por él. Tenía una cantidad increíble de cosas que contar y los libros que pedía prestados eran siempre de lecturas exigentes. Tanto que había que solicitarlos a la biblioteca central.

Pero lo que me hizo volver a visitar a aquel anciano fue, en realidad, lo primero que me dijo en nuestro primer encuentro. Recuerdo que se inclinó sobre la mesa de la cocina y susurró:

—Tal vez no me creas, muchacho. Pero a los diecisiete años viajé completamente solo hasta Chicago, en Estados Unidos. En realidad, había que tener dieciocho.

—¿Cómo? ¿Y fuiste completamente solo?

Henry asintió.

—Sí, sí, claro que sí. Solito. Así eran las cosas en aquella época. Uno se marchaba solo. Llevar a toda la familia salía demasiado caro.

Permanecí un rato en silencio, con la escena ante los ojos. Henry en el tren hacia Gotemburgo y después en el barco hacia Chicago. No sabía muy bien qué decir, pero dije:

—Estados Unidos es grande. En todo caso, más que Hästbäck.

Henry me acercó el plato de galletas de jengibre.

—Ya lo creo. Solo Chicago es enorme.

Henry empezó a contarme el viaje y yo ya estaba preocupado por el bibliobús, que había quedado estacionado junto a la carretera, con el teléfono móvil en el asiento delantero.

—Fue a principios de mayo de 1932 cuando embarqué en Gotemburgo —dijo Henry, con la mirada puesta en mí—. La travesía duró unos nueve o diez días. En aquella época desembarcábamos en Nueva York. Los emigrantes teníamos que pasar por un lugar llamado Ellis Island y allí había que entregar diez dólares. Pero yo solo tenía ocho, así que un alma caritativa me prestó los otros dos. Por suerte, tenía un tío en Estados Unidos que después pudo ayudarme a llegar a Chicago. Llegué para el Día de los Caídos, el treinta de mayo. Llegué la noche anterior. Dos días después ya trabajaba de peón en una obra. ¡Sí, maldita sea! Empecé con una carretilla de ladrillos, de aquí para allá, hasta un montacargas. En aquella época se construían rascacielos. Nuestro edificio iba a tener cuarenta y siete pisos.

Empecé a temer que no llegaría a tiempo a la siguiente parada, porque él estaba muy metido en su relato. Aquella historia podía llevar su tiempo.

—Escucha, Henry. Creo que tendremos que dejarlo para otra ocasión. El bibliobús está ahí afuera, junto a la carretera. Tengo que pensar en los lectores.

—Todavía conservo el pasaje, por si no me crees —dijo Henry con vehemencia. Se levantó y fue con pasos vacilantes hasta el gran armario de estilo dalecarliano de la cocina.

Traté de explicarme.

—Claro que te creo, Henry, pero tengo un trabajo que atender, ya sabes. Hay que cumplir el horario.

Henry me tendió el pasaje.

—Ahí puedes verlo. De Gotemburgo a Chicago me costó casi seiscientos dólares. Era un dineral de mil demonios en aquella época. Se lo pedí prestado a mi viejo. Quería que al menos yo visitara a su hermano, ya que él nunca había podido ir. Mi padre solo tenía cuatro años cuando su hermano se marchó a Estados Unidos y se quedó allí.

Yo estaba cada vez más impaciente y quería volver al autobús.

—De verdad, Henry: ahora tengo que irme a trabajar. Conducir el autobús y prestar libros. Ese es mi trabajo. Seguiremos la semana que viene. Volveré, ya lo sabes. Y sabes cómo pedir los libros a la central.

Vi que se decepcionaba un poco. Pero no había mucho que pudiera hacer. Ya llevaba retraso. Seguramente había gente en las paradas a la espera del bibliobús. Me despedirían si no llegaba dentro de un plazo razonable.

Ya estaba junto a la puerta cuando Henry alzó la vista hacia mí y dijo:

—Solo quería decirte una cosa más, muchacho. Algo que no le he contado a nadie más que a ti…

Yo tenía la mano en el picaporte cuando dijo:

—A mi edad, necesito desahogarme, muchacho… Resulta que en Chicago dejé embarazada a una mujer. No era precisamente mi intención. Concebimos a la criatura entre la borrachera y la locura. Fue una niña. Y, si vive, se llama Mary Elizabeth Jones. Bueno, ya está dicho. Mary Elizabeth Jones. Vete… Volverás la semana que viene.

Pero yo ya había cerrado la puerta y corría hacia el bibliobús.

Sin embargo, el nombre de la niña se me quedó en la cabeza, de modo que lo anoté en un papel: Mary Elizabeth Jones.

Tal como esperaba, me reprendieron al llegar a la siguiente parada. Expliqué que había tenido que cargar combustible en Norberg y que eso me había llevado un rato.

—Eso ya lo hemos notado, joder… señor bibliotecario —comentó con ironía un campesino de overol y sombrero de paja.

En la cuarta parada ya había recuperado el tiempo perdido. En buena medida, porque una de las paradas estaba vacía. O bien nadie quería sacar libros o bien los lectores se habían cansado de esperar y habían vuelto a sus casas. Lo segundo era lo más probable.

Cuando regresé a casa después del recorrido, la comida se había enfriado y tuve que calentarla en el microondas. Ellen estaba en el sillón, frente a una serie estadounidense.

—Hoy llegas tarde —gritó desde la sala.

—Fue ese anciano de Hästbäck, que no quería dejar de hablar —le respondí a los gritos.

Como las series románticas estadounidenses no me interesaban demasiado, fui al escritorio del dormitorio y encendí la computadora.

No importaba que hubiera olvidado en el bibliobús el papel con el nombre. Por alguna extraña razón, lo tenía grabado en la cabeza. Frente a mi vieja computadora, no pude evitar escribir: Mary Elizabeth Jones, Chicago. También busqué por distintas edades. Lo razonable era que la hija de Henry tuviera entre setenta y ochenta años.

Por fin apareció esto en la pantalla: Mary Elizabeth Jones, 77 años, W Medill Lincoln AveApt4 Park, Chicago IL.

Me quedé allí, como en trance. Tal vez había encontrado a la hija de Henry. No podía ser otra persona.

Ellen llamó con suavidad a la puerta.

—¿No vas a acostarte? Mañana también hay que levantarse —dijo.

—Enseguida —respondí, pero seguí frente a la computadora un par de horas más.

¡Tal vez había encontrado a la hija de Henry en Chicago! ¿Cómo era posible?

Ya era tan tarde que en Chicago era de día. Me senté y escribí a su dirección de Internet:

«Disculpe la molestia. Vivo en Suecia y un anciano me contó que tenía una hija en Chicago con su nombre. Él se llama Henry Svensson. ¿Podría ser su padre?».

Me quedé mucho rato con la mirada fija en la pantalla. Pero cuando me di por vencido, me levanté y me dispuse a acostarme, vi que alguien me respondía.

Pareció pasar una eternidad antes de que la respuesta apareciera en mi viejo monitor.

«Mi padre se llama Henry Svensson y probablemente viva en Suecia. Pero nunca lo he conocido».

¡Era ella! Me apresuré a escribir:

«¡Maravilloso! Creo que he encontrado a su padre. Me encantaría volver a ponerme en contacto con usted».

Estaba eufórico. Era como ganar el premio mayor. Me costó conciliar el sueño, pero comprendí que tenía que dormir. Me esperaban otros recorridos con el bibliobús.

Ya podía imaginar el momento en que, durante mi recorrido, le revelaría la gran noticia. «He encontrado a tu hija», le diría.

Había encontrado a la hija a la que nunca había conocido ni visto. Podría reunirlos, y quería hacerlo. Padre e hija. Mary Elizabeth Jones, en Chicago, la hija desconocida de Henry.

Apenas podía contenerme. A mi esposa le irritaba que dedicara tanto tiempo a una anciana desconocida. Pero una semana después fui a la biblioteca central y cargué las cajas con todos los libros que debía prestar. Era el recorrido en el que estaba incluido el paquete de Henry. Un Dostoievski, por supuesto, Un espejo lejano, sobre el turbulento siglo XIV, Mi historia de Suecia, de Vilhelm Moberg, y un par de libros de no ficción sobre política. Henry era comunista.

Cuando llegué al grupo de casas de Hästbäck, estacioné junto a la carretera y llevé los libros hasta su vieja cabaña de troncos. Como siempre, llamé a la puerta y esperé a que saliera a los escalones de la entrada y dijera, como de costumbre:

—Vaya, ya viene el hombre de los libros.

Y entonces le revelaría que había encontrado a su hija.

Pero nadie abrió la puerta.

Subí los escalones y volví a llamar, pero Henry no abrió. Entonces rodeé la esquina de la casa y me acerqué a la ventana de la cocina. Estaba vacía, aunque las tazas de café seguían sobre la mesa.

No sabía muy bien qué hacer. Llegaba con semejante sorpresa y Henry no estaba en casa. Se me desinfló el ánimo.

Al final dejé los libros en el banco de la entrada y regresé despacio hacia la carretera.

Junto al autobús me esperaba un vecino de overol. Pero no quería sacar libros.

—Vi que fue a ver al comunista, pero no está en casa —dijo el hombre cuando llegué al bibliobús.

—Siempre pide algunos libros. ¿Dónde está? —pregunté.

Permaneció un rato en silencio antes de aclararse la garganta y decir:

—Murió… Tuvo un derrame cerebral muy fuerte hace un par de días y murió antes de que la ambulancia llegara al hospital de Sala. El comunista llevaba un tiempo delicado de salud. La ambulancia estuvo aquí hace poco más de un mes, pero esta vez no llegaron a tiempo al hospital de Sala. Sí, esas cosas pasan.

—Pero yo… He encontrado a su hija…

—Ah. Así que tenía una.

No sabía muy bien qué decirle al vecino. Subí de inmediato al bibliobús y me senté al volante. Giré la llave de contacto y eché una mirada a la cabaña de Henry antes de soltar el embrague.

Esta vez llegué a tiempo a la siguiente parada.

Bernt-Olov Andersson nació en 1947, en un sofá de la casa de su abuela, en los bosques de Hälsingland, Suecia, y creció con un padre alcohólico. Su interés por la poesía surgió de su profunda pasión por la música. Trabajó como trovador y, al mismo tiempo, en la siderúrgica de Sandviken. Después de nueve años allí, se formó como carpintero. En 1978 debutó con el poemario Mellan hammarslag och bandbyte («Entre golpes de martillo y cambios de cinta») y pasó a dedicarse por completo a la escritura. Desde entonces ha publicado unos treinta libros, además de obras de teatro, canciones y otros trabajos. Durante varios años fue vicepresidente del Sindicato de Escritores de Suecia. Un par de meses antes de redactar esta nota biográfica, recibió un doctorado honoris causa.

 

 

 

OBSOLESCENCIA