Jasmina Blažić
Darija estuvo a
punto de morir de miedo.
Detrás de un muro semiderruido,
como si hubiera permanecido emparedada y siguiera viva, apareció una mujer
apartando piedras con las manos cubiertas de polvo blanco, con una expresión a
la vez furiosa y desesperada. Pero enseguida, Darija comprendió que aquello que
tanto la había sobresaltado no era otra cosa que su propio reflejo en un espejo
colocado detrás del hueco abierto en el muro que se desmoronaba.
Le sorprendió encontrar un espejo
en un lugar donde, con toda probabilidad, antes había habido una puerta, y eso
la impulsó a ensanchar todavía más la abertura.
Mientras golpeaba con cuidado los
restos del revoque para no romper el espejo, que se balanceaba suavemente de un
alambre sujeto al viejo dintel de madera, su reflejo aparecía cada vez más
cubierto de polvo, con el cabello enredado y lleno de telarañas que brotaban de
las grietas y una mirada hambrienta. Parecía desesperada. De un modo u otro, no
era extraño: solo había desayunado y ya eran las seis de la tarde.
Y todo por culpa de una mochila
demasiado pesada para su espalda cansada. Apenas había logrado subirla por la
escalera. Estaba llena de delicadas herramientas arqueológicas que pensaba
lavar. De forma inesperada, la mochila la desequilibró y fue a estrellarse
contra la pared del pasillo con un estrépito metálico. Inmediatamente después
del golpe se oyó el crujido seco del fino revoque.
Además, la primera piedra que se
desprendió le cayó sobre el empeine. Por suerte seguía usando botas de montaña,
porque desde hacía varios días limpiaba el piso de piedra de una antigua villa
romana. Las ruinas habían sido descubiertas entre zarzamoras llenas de espinas
secas, en el lugar donde debía continuar el muro de piedra seca más largo de
Istria.
La segunda piedra rodó hasta la
puerta de su habitación. Enseguida las grietas comenzaron a extenderse en todas
direcciones, los pequeños guijarros saltaban de las juntas y, frente a ella,
apareció aquel rostro: ¡el rostro de una mujer emparedada!
—¡Y resulta que era yo, la malvada
reina del espejo! —le cuenta Darija a Tomislav hacia el final de esta historia,
mientras ambos beben vino en la terraza de un café—. Después de ensanchar
cuidadosamente el hueco con el martillo, apareció una habitación oscura. Un
pedazo podrido del marco de la puerta estuvo a punto de matarme al caer.
—Te dije que dejaras las
herramientas en mi coche. Ya ves: casi derribas media casa.
Darija se había quedado sin
transporte cuando Jopa regresó a Zagreb para hacerse cargo del período de
exámenes de primavera. Con él también se marcharon los tres estudiantes de
tercer año de arqueología, mientras ella permanecía trabajando entre las ruinas
de una casa que probablemente había pertenecido al antiguo propietario de
aquellas tierras. Tomislav la ayudaba con los suministros: todas las mañanas la
recogía en coche y la llevaba de regreso al terminar la jornada, casi siempre
haciendo una pausa para tomar una copa de vino en El Vampiro, el café
del pueblo.
—Les pagaré los daños a los
propietarios —dijo Darija—. Cuando los conozca. Me alquilaron la casa y ni
siquiera los he visto. Dejaron la llave en la taberna, al cuidado de la
camarera.
La casa era una antigua
construcción de dos plantas. Ramilletes marchitos de siempreviva y salvia, ya
descoloridos, se amontonaban en los rincones del suelo. En la planta baja
todavía se adivinaba el olor del estiércol seco, por lo que supuso que antiguamente
había funcionado allí un establo. Dormía en una habitación del piso superior,
con la ventana abierta por las noches, tranquila, porque nadie podría asomarse
hasta allí.
La primera vez que vio la casa
quedó fascinada por el amplio arco que se elevaba sobre el pasaje hacia el
patio. Encima del arco había advertido un sector donde las piedras estaban
colocadas de una manera diferente. Entonces pensó que se trataba de una abertura
tapiada, pero solo ahora comprendía que en otro tiempo había sido la ventana de
aquella habitación oculta.
—¿Sabes? —dijo Tomislav—. Voy a
contarte algo, pero tienes que prometerme que no te asustarás. Después de todo,
siempre puedes mudarte a mi casa.
—Después de la mujer emparedada, ya
no creo que haya nada que pueda asustarme. Gracias por la invitación; nunca se
sabe.
Tomislav señaló una puerta situada
a poca distancia del café.
El Museo de Jure Grando, el
legendario vampiro.
Después de morir, golpeaba las
puertas de las casas de sus vecinos para anunciarles la muerte y no dejaba en
paz a su viuda. Hasta que ella se cansó y lo denunció ante las autoridades del
pueblo. Tras pasarse todo un día dándose ánimo con vino, los hombres fueron a
abrir ceremoniosamente la tumba. Intentaron varias veces inutilizar al vampiro,
huyendo y regresando una y otra vez entre rezos. Al final, todo terminó con la
decapitación del vampiro, para alegría de los vecinos, del dueño del café y de
los turistas, que durante las noches de verano se quedaban allí hasta muy tarde
bebiendo cócteles vampíricos.
—Ese ser maligno anduvo por aquí
hace unos trescientos cincuenta años.
—Lo sé —respondió Darija.
Ya habían visitado el museo varias
veces. La primera estuvo a punto de darle una bofetada a Jopa cuando, oculto
detrás de una cortina de tela, la agarró de la pierna en plena oscuridad.
Porque sabía que era él o alguno de los estudiantes. Y porque no existía ningún
Jure Grando, o al menos ella estaba convencida de que nunca había existido tal
como lo presentaba el museo.
—Y allí está su tumba —continuó
Tomislav, señalando hacia el cementerio del pueblo, donde la lápida desaparecía
discretamente bajo líquenes, musgo y hierba, sin permitir que un visitante
desprevenido sospechara todo el misterio que la rodeaba.
—Entonces en algún lugar también
tuvo que nacer.
—Exactamente. Y la casa donde ahora
vives... según cuentan, allí nació Jure Grando. Dicen que la habitación donde
vino al mundo fue tapiada para borrar cualquier recuerdo suyo. O por miedo a
que allí volviera a engendrarse algún mal.
Darija recordó cómo había entrado
en la habitación atravesando un montón de listones de madera rotos, iluminando
con su linterna los rincones llenos de telarañas. Con gran esfuerzo había
descolgado el espejo, temiendo que se desplomara sobre ella y la decapitara.
En el centro de la habitación había
una mesa cubierta por una extraña capa de polvo y una botella de cerámica
rechoncha, tan cubierta de suciedad que, apenas Darija se acercó, el polvo
comenzó a desprenderse en gruesas escamas.
—Todo eso estaba dispuesto para
impedir que el mal pudiera entrar —explicó Tomislav—. Sobre la mesa seguramente
hubo alguna vez un crucifijo y una hostia. Y dentro de aquella botella debía de
haber vino bendito. Ya sabes: la sangre y el cuerpo de Cristo. Ningún vampiro
querría permanecer allí. Ni mucho menos volver a nacer en ese lugar.
—Uf... —exhaló Darija, a medio
camino entre la risa y el llanto.
Bebió un sorbo del vino. A la luz
del crepúsculo era casi negro, espeso y áspero, y de pronto creyó percibir en
él un sabor salado y metálico, como a sangre.
—Me parece que he cometido un grave
error. —Tomislav la miró, sorprendido—. Esta mañana limpié toda la habitación.
Barrí el polvo, quité las telarañas, tiré toda aquella basura... incluida la
botella de vino. Y el espejo...
—¡No me digas! —exclamó él. A
Darija le pareció que, pese al grito, estaba conteniendo una sonrisa.
—No lo rompí ni lo tiré. Es bonito,
antiguo. Pero ¿qué hacía allí, justo donde antes había estado la puerta,
mirando hacia la entrada?
—Antes los espejos llevaban una
fina capa de plata, y a los vampiros eso no les gusta demasiado. Así que
cualquier recién llegado podía desistir de entrar en la habitación con solo
verse reflejado.
—Pues ahora el espejo está
cuidadosamente embalado en una caja de cartón... y las demás... bueno... las
demás protecciones ya no existen.
—En ese caso —dijo Tomislav—, creo
que lo mejor será que te mudes a mi casa.
—No lo sé —respondió Darija.
Lo cierto era que ella ya tenía
unos cuantos años, pero Tomislav también. Y nunca se había casado; eso era lo
que le habían contado en el pueblo. Había terminado la universidad y regresado
a Tinjan. Se dedicaba al turismo y llevaba una vida tranquila, sin estrés. Tal
vez valiera la pena conocerlo mejor...
Del vaso de Tomislav ascendía el
aroma del moscatel de Momjan, el mejor vino para las damas. Eso era lo que ella
debería haber pedido. Siempre le habían enseñado que una mujer debía beber lo
mismo que el hombre: así ambos se dejaban llevar al mismo ritmo y a la mañana
siguiente despertaban con la misma clase de resaca.
—Quizá mañana. Esta noche dormiré
en mi habitación.
—Ya sabes mi número. Y no tardes
mucho en cambiar de idea.
Darija se acostó
sin leer, con la ventana abierta porque ya habían aparecido los mosquitos
sedientos de sangre. No quería pasarse la noche persiguiéndolos por la
habitación.
Abajo cerró con llave la puerta de
entrada y, casi sin darse cuenta, también la puerta de su cuarto.
Acostada, escuchó el paso de un
automóvil; luego el zumbido de un ciclomotor que siguió oyéndose durante mucho
tiempo desde el valle; después, un rebaño de cabras que regresaba tarde a casa.
Desde algún lugar llegaba un sonido como surgido del centro de la tierra: el
roer impaciente y furioso de un ratón o de algún otro roedor de campo.
Parecía haber silencio, pero en
realidad el ruido de la naturaleza y de las criaturas nocturnas que abandonaban
sus escondites llenaba el aire. En cualquier momento podría oír el golpeteo de
las pezuñas de los ciervos, el deslizarse de un zorro por los túneles del
matorral o los empujones de los jabalíes sobre las hojas podridas del otoño
anterior.
Se levantó y miró por la ventana.
Entre las frondosas ramas del almez
se filtraba una débil luz de luna. Desde aquella altura, la hierba nueva bajo
la ventana parecía, bajo el escaso resplandor lunar, un campo de briznas de
cristal rotas.
—Como si alguien hubiera caminado
por aquí —pensó—. Quizá Jure Grando. De visita en la casa donde nació.
Se miró a sí misma, con su pijama
de franela. No era precisamente el prototipo de una doncella victoriana. Además,
Dios era testigo de que, desde la primera hora de sus prácticas universitarias,
en algún lugar de Zagorje, había excavado esqueletos, hueso por hueso, falange
por falange. Nada relacionado con lo humano, ni siquiera con los muertos, le
resultaba extraño. Tenía edad suficiente para no temer ni a la muerte, ni a los
ladrones, ni a los secuestradores, ni siquiera a sí misma. Y, por si acaso,
junto a la cama tenía un rosario de madera de abedul.
A la mañana siguiente, cuando se
encontró con Tomislav para tomar un café en El Vampiro, un vecino se
acercó a la barra y, con gesto preocupado, pidió una copa de biska.
Alguien había avisado de que en el
cementerio había aparecido un charco poco profundo, justo al lado de la tumba
de Jure, y que se estaba extendiendo por los alrededores. Ya revoloteaban
mosquitas sobre él y, antes del mediodía, aquello podría empezar a despedir un
olor insoportable.
Porque, al parecer, se trataba de
sangre.
Aquella tarde, en
el yacimiento, quitó cuidadosamente el polvo de un mosaico que representaba
algo parecido a un macho cabrío negro.
Mientras hacía un boceto en su
cuaderno, una creciente inquietud le impedía concentrarse. Decidió interrumpir
el trabajo, cubrió el mosaico con ramas secas, se echó al hombro la mochila,
ahora medio vacía, y dejó las herramientas escondidas en un hueco al pie del
gran muro de piedra seca. Entre aquellas piedras había una que ella misma había
colocado años atrás. Luego emprendió a pie el camino hacia Kringa.
El pueblo estaba extrañamente
animado.
Algunos turistas madrugadores
recorrían las calles dando vueltas en círculo y reaparecían una y otra vez
frente al café. Allí había varios grupos de jugadores de cartas, aunque nadie
estaba jugando. Todos cuchicheaban, exagerando los gestos con bruscos movimientos
de las manos, como si discutieran en silencio.
—Pronto anochecerá —dijo Darija,
sentándose junto a Tomislav.
Aquel día había trabajado bastante
más de lo habitual. Al mediodía solo había pasado por la taberna para comer šurle
con espárragos y había regresado enseguida al yacimiento, intrigada por el
mosaico.
—Creo que esta noche te mudarás a
mi casa —dijo Tomislav—. Lo que apareció en el cementerio, ese desagradable
charco... es sangre.
—Vamos, no digas tonterías —lo
reprendió Darija—. ¿Sangre de quién? ¿De dónde iba a salir tanta sangre? ¿Y
cómo saben que es sangre?
—Ive recogió una muestra y se la
llevó a su hija. Ya sabes que trabaja en el laboratorio del consultorio. No le
dijo de dónde la había sacado; solo le pidió que la analizara. Y sí: es sangre.
De pronto, Darija sintió que no
podía pensar. Se pellizcó el muslo a través de los gruesos pantalones vaqueros.
«¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿De qué estamos hablando?» Los vellos de sus
antebrazos se erizaron. Aquello le ocurría siempre que la asaltaba un
presentimiento imposible de nombrar. «Pero esto no deja de ser una historia»,
pensó. «Quizá todo sea un invento para atraer turistas antes de que empiece la
temporada.»
—Puede que todo coincida con tu...
"limpieza" de aquella habitación —dijo Tomislav, inclinándose hacia
ella con aire conspirativo.
Era un hombre ya algo calvo, pero
conservaba unos ojos muy bien dibujados y una nariz fina, pese a los años. No
sabía muy bien por qué ese detalle acudía ahora a su mente. Y, sin embargo,
volvió a sentirse capaz de pensar con claridad.
—Esta tarde unas ancianas han
estado hablando junto a la verja. Dicen que Jure ha regresado. Y que ahora
todas las mujeres del pueblo están en peligro: las jóvenes, las viudas mayores,
las dependientas, las camareras... incluso las propias ancianas.
Darija soltó una carcajada.
En las demás mesas se hizo el
silencio. Todos se volvieron hacia ella con gesto de reproche, incluso un joven
que bebía solo un cóctel de un color extraño mientras examinaba con gran
atención una enorme cámara fotográfica. «Seguro que es periodista», pensó,
sintiendo lástima por él.
—Mañana abrirán la tumba —dijo
Tomislav—. Al amanecer. ¿Te interesa verlo?
—Claro que sí. —Los arqueólogos
tenían fama de profanar tumbas y, además, ella había estudiado etnología
durante tres años. Era una buena oportunidad para cerrar el círculo—. Iré, por
supuesto.
Aquella noche durmió muy poco. Y
podía decirse que tenía miedo. El viento golpeaba los postigos y silbaba de una
forma extraña al colarse entre las cortinas, de modo que decidió cerrar la
ventana. El silencio que siguió resultó todavía más inquietante. En algún
momento, medio dormida, le pareció oír pasos en el pasillo y volvió a
despertarse. Pensó en encender la luz, salir de la habitación e iluminar toda
la casa. En bajar a la cocina y encerrarse allí. En el peor de los casos,
siempre podría escapar por la ventana, aunque afuera quizá la situación fuera
aún peor. Tuvo que levantarse tres veces para ir al baño, pero fue aplazándolo
hasta el último instante. Abrió el neceser y se quedó mirando las pastillas
para los nervios. Al final decidió no tomarlas. Los vellos de sus antebrazos
permanecían constantemente erizados y la piel ya comenzaba a escocerle. En su
cabeza nacían ideas angustiosas, lentas pero muy precisas. No eran precisamente
inocentes; parecían pensamientos que pertenecían a otra persona. Al final cayó
rendida sobre la cama y se quedó dormida, agotada por el cansancio y los
nervios.
Poco antes del amanecer soñó con
Jure Grando.
Vestía una capa negra y lucía un
fino bigote de dandi. Bajo el brazo llevaba una botella de cerámica cubierta de
un brillante esmalte, y del bolsillo de la chaqueta asomaba una hostia.
Le sonreía, enseñándole los
colmillos, chasqueaba los labios rojizos.
—Ay, Darija... Darija... —la
reprendía—: Has limpiado muy bien la habitación. La botella estaba vacía; el
vino ya se lo habían bebido los albañiles antes de tapiarla. Y esa hostia tuya
tampoco vale gran cosa.
En ese instante la hostia comenzó a
deshacerse en polvo.
Darija abrió los ojos, cegada por
los remolinos de polvo que giraban dentro de los rayos del sol de la mañana,
mientras el teléfono móvil, sobre la mesilla, sonaba con insistencia. Era Jopa.
—Tomislav me pidió que te llamara.
Dice que intenta localizarte desde las seis de la mañana y no contestas. Está
preocupado.
Miró el reloj. ¡Ya era bastante
tarde! ¡Tendría que haber estado hacía rato en el cementerio!
—Darija, ¿qué hiciste anoche?
—preguntó Jopa al oír su voz ronca y entrecortada—. Suenas como si no hubieras
dormido. ¿No habrás encontrado algún novio?
«A mi edad ya no se dice
"novio"; se dice "novio abuelo"», pensó.
Y sí, Jopa, su amigo desde la
juventud, compañero de trabajo durante tantos años, seguía siendo celoso y
continuaba insinuándosele. Pero, por muchas historias pasadas y futuras que
compartieran, sabía que entre ellos nunca ocurriría nada.
—Sí, tengo un nuevo novio
—respondió—. Ya te hablaré de él cuando vuelvas.
En el cementerio,
un pequeño grupo de personas permanecía sobre el terreno empapado observando a
dos hombres que excavaban la tumba. Con cada palada brotaba más barro. No muy
lejos, un perro bebía agua de un charco turbio. Por la carretera cercana
pasaban automóviles rumbo al trabajo; de vez en cuando alguien tocaba la bocina
al ver a los hombres cavando. Poco después pasó una furgoneta decorada con
dibujos de panes y luego el reparto de periódicos camino del quiosco junto a la
escuela.
Mientras tanto, el barro del fondo
de la fosa adquiría un color cada vez más rojo. Dos hombres permanecían cerca
sosteniendo largas estacas afiladas. A su lado, un muchacho grababa la escena
con el teléfono móvil.
Los presentes se santiguaron cuando
resonó un golpe de la pala contra la madera. Al menos, eso fue lo que pareció. Tomislav
caminó delante de Darija, abriéndole paso. Pronto se levantó un murmullo de
excitación. Era evidente que habían encontrado el ataúd. Ahora lo estaban
abriendo.
—Ahí está... Es Jure...
Darija se acercó al borde. Abajo
distinguió los restos bastante bien conservados de un esqueleto, empapados por
aquella sustancia roja. Recordó que la leyenda decía que, cuando abrieron la
tumba por primera vez siglos atrás, también había brotado sangre por todas
partes, mientras el vampiro yacía con las mejillas sonrosadas y una sonrisa
burlona.
En ese instante lamentó no tener
una estaca en la mano.
Medio hundido en el barro, el
esqueleto parecía reírse de ella e invitarla a comprobar cuál de los dos
vencería esta vez.
De pronto, un potente chorro de
líquido surgió de la tierra justo bajo el cráneo y lo lanzó violentamente...
¡directamente a los brazos de Darija!
El mismo reflejo instintivo que
hace subir de un salto a una silla cuando entra un ratón en la habitación actuó
ahora con toda su fuerza.
Arrojó el cráneo de vuelta a la
fosa como si fuera una pelota, con una expresión de repugnancia impropia de
alguien acostumbrada a manipular restos humanos de siglos de antigüedad. Se
limpió desesperadamente las manos en el jersey. Ahora estaban teñidas de un
rosa intenso, igual que los ciclámenes que florecían tras el muro, aunque todo
su cuerpo ya estaba cubierto de barro. Aquella masa era más roja que la tierra
rojiza de Istria, como si una riada hubiera arrastrado polvo de ladrillo. Solo
que aquello era pegajoso, olía mal y...
Entonces recordó el análisis
realizado por la hija de Ive. Y gritó, aterrorizada:
—¡Tapen la tumba! ¡Rápido, tápenla!
Los hombres la obedecieron sin
discutir. Cubrieron la fosa apresuradamente, casi aliviados de que alguien
hubiera expresado en voz alta el miedo que todos compartían.
Más tarde,
naturalmente, estaban otra vez en El Vampiro, tomando el café de media
mañana.
—No hemos solucionado nada —dijo
Tomislav con preocupación—. Y el cráneo... ¿viste dónde cayó?
—Donde había estado siempre. Justo
donde debía ir la cabeza.
—Eso no está bien. Tendríamos que
haberlo colocado entre las piernas de Jure. Quién sabe... Tal vez todo esto
siga un orden perfectamente lógico. Primero tú irrumpes en la habitación de la
casa donde nació; después la dejas impecablemente limpia para que cualquiera
pueda entrar; al día siguiente este muerto viviente decide regresar porque,
digamos, su cabeza sigue en su sitio. ¿Por qué te ríes? El barro sigue brotando
en el cementerio, sea sangre o lo que sea.
Darija comprendió que tenía razón. Hubiera
sido Jure Grando o no el origen de todo aquello, el problema seguía allí. Los
vecinos se preguntaban cómo iban a permitir que los turistas pasearan durante
el verano junto a semejante hedor y aquellas nubes de insectos. Quizá incluso tuvieran
que trasladar el cementerio. Y, en ese caso, también el museo y el café podrían
verse obligados a abandonar Kringa. Ya no tendrían dónde jugar a las cartas
cuando llegaran las lluvias otoñales y la niebla volviera a adueñarse de los
valles. Solo les quedaría reunirse por las noches en sus casas para beber vino
y pensar en aquel barro que se extendía por Kringa, por toda Istria y por el
mundo entero como una mancha de maldad.
Darija recordó el sabor del espeso teran,
de color rubí, que en otro tiempo había simbolizado la fuerza de la vida, hasta
que poco a poco cedió su lugar al vino blanco como símbolo de la pureza de esa
misma fuerza en el sacramento de la eucaristía.
De pronto se animó. «¿Por qué no?
¿Por qué no intentarlo?» Si todos estaban convencidos de que aquello era sangre
y de que guardaba relación con el vampiro, ¿por qué no creerlo también ella?
Los vellos de sus antebrazos
volvieron a erizarse al instante, como confirmándole que estaba en lo cierto.
—Tomislav... ¿Conoces a algún
sacerdote en quien se pueda confiar?
—Bueno...
Ella le explicó su plan.
—La verdad —admitió Tomislav de
mala gana— es que conozco a más personas que tienen una cisterna de cinco mil
litros que curas discretos. Pero haré lo posible.
A la mañana
siguiente una cisterna azul se detuvo junto al cementerio.
El conductor bajó, desenrolló una
larga manguera y, con ayuda de Tomislav, la pasó por encima del muro.
Comenzó entonces el riego del
cementerio.
El potente chorro de líquido rojo
golpeaba con fuerza las lápidas y salpicaba la hierba, mezclándose con el barro
de los senderos.
Desde cierta distancia observaban
la escena varias ancianas y algunos vecinos, con evidente preocupación.
—¡Qué desperdicio... qué
desperdicio! —repetía el conductor, resignado.
Cuando la cisterna quedó vacía, él
y Tomislav subieron a la cabina y regresaron hacia Tinjan.
Detrás de ellos pasó Darija al
volante del Fiat Punto de Tomislav. Tomó el camino de tierra que
discurría junto al muro de piedra seca hacia el yacimiento arqueológico,
dejando atrás, por aquella mañana, todos los sucesos y todas las conjeturas.
—Así que sobreviviste —dijo Jopa.
Había regresado de Zagreb el día
anterior. También había ayudado a Darija a trasladarse a casa de Tomislav y, de
paso, él mismo se instaló en la habitación contigua.
—Devolví la llave a la taberna. Me
dijeron que los propietarios vuelven este fin de semana.
—¿Y cómo vas a explicarles que
derribaste media pared del pasillo y limpiaste aquella habitación?
—No pienso explicarles nada. Ellos
también podrían haberme contado por teléfono, cuando alquilé la casa, quién
había nacido en esa habitación. ¡Podrían haber hecho un museo!
—Bueno, dos museos dedicados al
mismo vampiro tan cerca uno del otro quizá habrían sido demasiados. Por cierto,
dicen que poco después de vaciar la cisterna desaparecieron el charco y las
moscas, y que ahora junto a la tumba crecen margaritas. Un paisaje idílico.
—Sí. Ya no queda ningún rastro.
—¿Y con qué llenaron la cisterna?
¿Algún desinfectante? ¿Algo contra las ratas? ¿Insecticida?
—Nada de eso. Pero, si te lo digo,
prométeme que no te reirás.
—Me conoces. No puedo prometer
semejante cosa —respondió Jopa muy serio.
—Al principio yo tampoco creía en
toda aquella historia. Pero luego pensé: «Cree, y todo se resolverá».
—¿Qué había dentro de la cisterna?
Darija recordó al sacerdote que, al
amanecer, antes del primer toque de campanas, había celebrado la misa detrás de
la iglesia y bendecido una cisterna llena del mejor y más espeso vino teran.
Se vio a sí misma y a Tomislav
repasando mentalmente la lista de patrocinadores que habían donado semejante
cantidad de vino. Recordó también al conductor de la cisterna, escuchando la
oración con las manos entrelazadas y expresión afligida.
—La sangre de Cristo. Vino
transformado en la sangre de Cristo.
—Sangre contra sangre —dijo Jopa en
voz baja—. Una infección contra otra, al menos en teoría.
—¿Sabes? Creo que durante mucho
tiempo voy a beber solo cerveza.
Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.