miércoles, 22 de julio de 2026

EL EJE DEL SUEÑO

Anamaria Borlan

 

Dedicado a Victor Brauner, pintor y escultor surrealista rumano

 

El hombre cree que contempla el universo.

El universo lo utiliza para soñarse a sí mismo.

 

El pintor salió a la terraza inmediatamente después de la puesta de sol, con los pinceles todavía manchados de azul de Prusia y ocre tostado. Los depositó con cuidado sobre la ancha barandilla y luego trajo de la casa el caballete y la tabla de cartón entelado, preparándose para pintar al aire libre.

Era una noche cálida, en la frontera entre el verano y el comienzo del otoño, pero en la habitación donde solía pintar se había instalado una atmósfera sofocante, difícil de soportar. Afuera, en cambio, el aire era agradablemente fresco y estaba impregnado del perfume de las flores, de las azaleas rojas que aromatizaban la noche.

Sobre la mesa baja, junto a la paleta, había una caja con numerosos pinceles de diferentes formas y tamaños –planos, redondos–, lápices, espátulas, esponjas y rodillos. En otra caja había frascos, trapos y recipientes de arcilla para limpiar los pinceles; y colgada de la barandilla, dentro de una caja mucho más grande, se encontraba la pintura, junto con barnices, diluyentes, aceites y los solventes necesarios para trabajar.

Además de todo eso, el pintor colocó sobre la mesa una pequeña jarra de vino color rubí y una taza de arcilla sin asa. Se acomodó en la silla de rafia y se sirvió un poco del licor elaborado con las uvas grandes y amarillas de las pocas vides plantadas a lo largo de la barandilla que rodeaba la terraza. Bebió un sorbo, chasqueando los labios de placer, y disfrutó de la relajante atmósfera nocturna.

El cielo, que se mostraba en toda su belleza, sin nubes ni bruma, sin la menor ráfaga de viento, desplegaba todo el esplendor de sus estrellas centelleantes. El anciano nunca había visto una bóveda celeste tan clara y elevada.

No era un cielo corriente. En el centro, como una herida abierta en el tejido del mundo, se alzaba una galaxia vertical, semejante a una columna de luz. No giraba ni pulsaba. Permanecía inmóvil, como una idea que ya no puede ser reprimida. Por un instante pensó en la imagen del monstruo Leviatán, el dragón marino bíblico, inmóvil, como si olfateara el aire y estuviera a punto de atacar sin alterar las aguas del océano espacial.

En ese mismo momento sintió el impulso. No experimentó sorpresa ni miedo, sino una necesidad orgánica de pintar. Como si sus manos ya supieran lo que su mente haría unos minutos más tarde. Se levantó con cierta dificultad, pues los años comenzaban a pesarle sobre los hombros, pasó suavemente la palma sobre la tela para alisarla y quitar cualquier rastro de polvo y, con un pincel de lengua de gato delgado, trazó de un solo movimiento de muñeca una línea recta de abajo arriba, como el límite de una dirección imprecisa que pareciera unir la terraza con algún punto del espacio nocturno.

Tomó el lápiz de mina blanda más cercano y trazó líneas quebradas que dejaban tras de sí un color nunca visto. Por primera vez, el lápiz se comportaba de manera extraña, como si actuara por voluntad propia. No dejaba arañazos, el trazo no se extendía y la punta no se desgastaba. Parecía absorber la luz del entorno, como si inhalara la claridad del día que se desvanecía poco a poco.

El pintor retrocedió un paso, ahogando una exclamación de sorpresa mientras observaba lo que se desarrollaba ante sus ojos. Parecía que la galaxia, como si hubiera oído su silencioso grito de asombro, le respondiera. No mediante el movimiento, sino acercándose.

Los contornos de la galaxia se adelgazaron y se volvieron fluidos, infiltrándose en la pintura. Las estrellas se transformaron en manchas de aceite y la tela comenzó a respirar como un pulmón dentro de un pecho. El anciano tuvo un instante de lucidez.

Esto ya no es un cuadro; es un sueño que me lleva muy lejos, a un lugar inacabado…, se dijo.

Tuvo la impresión de que algo, una especie de mano enorme, fría y poderosa, le sujetaba con cierta delicadeza los dedos, que dejaron caer el lápiz, y pareció obligarlo a empuñar el pincel con el que pintaba. Entonces, sin sentir nada especial, fue arrastrado lentamente hacia el interior.

No sintió la caída como algo violento, sino más bien suave, como deslizarse hacia el sueño. Cuando se incorporó, vio de inmediato que se encontraba en un lugar con un cielo vacío, blanquecino, inacabado. Ya no estaba en la terraza perfumada por las azaleas, junto a las vides que producían uvas grandes y redondas, apropiadas para elaborar vino. Y, aunque tenía la sensación de haber llegado a un planeta desierto y estéril, frente a él se alzaba el mismo caballete. Los mismos colores. Y arriba, la misma nada, tan llena de vida.

—Interesante —oyó decir a una voz tranquila, de profundo y cálido timbre de barítono, que llegaba desde detrás de él—. Has alcanzado el punto en que el símbolo ya no representa, sino que crea.

—¿Qué crea?

—El inconsciente, que no describe el mundo, sino que lo corrige.

Se volvió. Un hombre de barba corta y rostro más bien alargado, vestido con un traje que parecía pertenecer a una moda muy antigua, de un siglo ya extinguido, quizá de la Belle Époque, lo contemplaba con una mirada penetrante, observándolo con una atención incómoda, como si fuera un paciente situado exactamente entre la resistencia y la revelación.

—¿Dónde estoy? —preguntó el pintor.

—Estás en tu inconsciente proyectado a escala cósmica —respondió el otro de inmediato—. Pintaste el cielo porque el cielo es la pantalla sobre la que proyectas tus deseos reprimidos. ¿La galaxia vertical? Un símbolo del deseo de trascendencia. O, si lo prefieres, del nacimiento.

—¿Dices que yo soy un símbolo? ¿Para qué o para quién?

—Para un lugar, un espacio del cosmos al que llegan todos los símbolos cuando ya no queda nadie que pueda interpretarlos —respondió sin vacilar.

—¿Por qué?

—Has atravesado el eje del sueño.

—Es decir… ¿qué significa eso? ¿El futuro? ¿Un mundo nuevo? ¿Una colonia planetaria?

—No —dijo el hombre—. Es tu interior proyectado a escala galáctica. Las civilizaciones avanzadas no exploran el espacio: solo exteriorizan su inconsciente.

Mientras hablaba con el desconocido, el pintor aplicaba los colores, y la galaxia del cielo se volvía más delgada, se acercaba y se transfería. La tela ya no descansaba sobre el caballete: se había convertido en una interfaz. Las estrellas se transformaban en nódulos de memoria y el espacio entre ellas significaba represión, le explicaba el extraño, mientras el anciano pintaba con creciente obstinación.

—¿Qué ocurrirá cuando termine el cuadro?

—Entonces el símbolo estará completo —susurró la voz—. Y tú ya no necesitarás la realidad.

Cuando la última pincelada completó la disposición de las estrellas en la bóveda, el pintor fue absorbido sin ofrecer resistencia. No cayó ni fue arrancado de allí. Pasó, como una idea, de una mente a otra.

El pintor comenzó a pintar de nuevo. Esta vez, el cielo del planeta iba adquiriendo colores mientras ellos hablaban.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí conmigo? —preguntó finalmente el pintor—. ¿Te conocí alguna vez y no lo recuerdo?

—Me llamo Freud, Shlomo Freud, aunque algunos me conocen como Sigmund, el de Freiberg, en Moravia. Aunque mi nombre no te dice nada, del mismo modo que el tuyo tampoco me dice nada a mí.

—Entonces, ¿por qué has venido? O, mejor dicho, ¿de dónde has salido? ¿Por qué te apareciste ante mí? ¿Qué quieres?

—Porque tú, pintor soñador, estás en oposición a tu existencia material. Tal vez ahora no lo entiendas, pero estoy convencido de que reflexionarás sobre mis palabras. La realidad objetiva es un producto de la materia organizada de forma superior, como te dije hace un momento, y esa materia es el cerebro, el cerebro humano, expresado en pensamiento y espíritu. ¿Qué quiero? Casi nada. Solo observarte mientras pintas.

Durante unos instantes permanecieron en silencio.

—¿Y si ya no quiero regresar? —preguntó el anciano.

—Entonces el sueño te encerrará dentro de sí —dijo con serenidad aquella voz agradable—. El arte es sublimación, pero también una trampa. La diferencia la establece la conciencia.

Las estrellas reaparecieron una a una, como hileras de piedras preciosas colgadas del cuello del dragón Leviatán. Entretanto, la galaxia surgía de su pincel y no del cielo. Comprendió que ya no era el pintor quien contemplaba el cosmos, sino el cosmos el que se contemplaba a sí mismo a través de él.

—Entonces, ¿dices que yo soy el símbolo?

—No —rio suavemente la voz—. Eres el proceso.

Cuando la galaxia quedó completa, el pintor ya no estaba allí. Solo permaneció el cielo pintado y, en algún lugar, sobre otro planeta, otro hombre miraba hacia arriba, sintiendo una necesidad inexplicable de pintar una línea vertical. Bebió un sorbo del aromático vino de la cosecha anterior, eligió cuidadosamente un pincel de lengua de gato, sumergió la punta en la pintura y trazó, con un único movimiento de muñeca, una franja negra sobre una tela blanca.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

PACEM IN TERRIS

Donato Altomare

 

—Pa, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Los padres existen para dar respuestas. Dime.

—Pa, ¿qué significa la palabra paz?

Silencio.

—Atento, vi un movimiento en la cresta derecha de la colina.

El fusil TLD Red con mira telescópica Minox ZP5, empuñado por el muchacho, gira siete grados y enfoca la zona.

—No hay nadie. Habrá sido el viento moviendo las hojas de un árbol. Entonces... ¿qué significa paz?

—¿Dónde oíste esa palabra?

—En el funeral del tío Pino. Don Matteo dijo: «Descanse en paz». Sé lo que significa descansar, es cuando hacemos los relevos y volvemos de las posiciones de tiro, pero... ¿paz?

—Don Matteo debería tener cuidado con lo que dice.

—Dijo que rezáramos la oración por los muertos, pero yo solo conozco la oración contra nuestros enemigos.

General nuestro

que vuelas en los cielos,

sea honrado tu uniforme.

Conserva tu Reino,

obedientes a tu voluntad,

tanto en el cielo como en la tierra.

Muéstranos hoy

a nuestro enemigo cotidiano.

Protégemos de él

y no permitas que nos encuadre en su mira.

Mas líbranos de la muerte.

Amén.

—No sé si existe otra oración para los muertos.

—Hubo una, hace mucho tiempo.

—Pero los muertos, ¿son solo los nuestros o también los enemigos?

—¿Quieres desperdiciar una oración en los enemigos muertos?

—Pero... pero los muertos son todos... iguales y todos deben descansar en paz; eso dijo Don Matteo. En definitiva, ¿qué significa esa palabra?

—Bueno... paz... es cuando... cuando... en fin, cuando no nos disparamos.

—¿Quieres decir que nosotros no matamos a nuestros enemigos y ellos no nos matan a nosotros?

—Más o menos... atento... el movimiento no era de las hojas; hay alguien subiendo la colina, a tu derecha. Parecen dos. Apunta al segundo; el primero seguramente es un blanco de cartón.

Disparo.

—Le di. Al segundo.

—Muy bien, hijo.

—Ya a los doce años mi promedio con la mira era de noventa y ocho sobre cien. Entonces, pa, ¿paz significa que es posible no matarnos?

—Hubo un tiempo... hubo un tiempo en que la gente vivía en las ciudades. En paz.

—Pero era peligroso. Los cohetes destruyen las ciudades, incendian los edificios y los derrumban. En las ciudades no hay agua ni energía, hay muy poca comida y es peligrosísimo salir a buscarla.

—Antes no era así. Se vivía en una casa...

—¿Quieres decir una casa... de verdad?

—Sí.

—¿No como nuestros refugios?

—Una casa de verdad, con ventanas... ventanas grandes.

—¿Y no les disparaban a través de las ventanas?

—No, no nos disparaban, ni nosotros les disparábamos a otros.

—No te creo.

Disparo.

Una bala silba muy cerca.

—Nos están apuntando. Arrástrate hacia la derecha; yo me moveré hacia la izquierda y dispararé unos cuantos tiros para hacerles creer que vamos por ese lado. Apenas oigas mi primer disparo, apunta con el fusil hacia la cresta, observa la zona por la mira; alguien intentará abatirme. Adelántate a él.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

Luego un disparo. Y el del muchacho inmediatamente después.

—Le di. Noventa y nueve sobre cien. Estoy mejorando.

—Bien. Ahora subamos un poco; desde arriba controlaremos mejor la colina enemiga.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

—Pa... ¿se vivía bien en una casa?

—Muy bien.

—¿Y qué hacían cuando no había que disparar?

—Muchas cosas. Ante todo, se iba a trabajar.

—¿También los muchachos?

—Los chicos de trece años como tú iban a la escuela.

—¿Como al curso de entrenamiento en el uso de armas?

—No, la escuela era... era hermosa. Aprendías muchas cosas... a escribir, a hacer cuentas; aprendías historia y geografía...

—¿Para qué servían la historia y la geografía?

—Para enseñarte a no cometer los mismos errores...

—Creo, pa, creo que ninguno de ustedes aprendió demasiado de la historia.

Silencio.

—... y había muchos chicos con quienes hacer amistad.

—Quieres decir... ¿quieres decir que los chicos podían estar juntos?

—Estar juntos y jugar.

—¿Jugar? ¿Y dónde?

—Afuera, en la calle, en las canchas de fútbol persiguiendo una pelota; se podía andar en bicicleta... o correr para ver quién llegaba primero.

—¿Qué? ¿Al aire libre? ¿Sin protección? ¿Y no les disparaban?

—Pero presta atención, no te distraigas si no quieres que el enemigo te alcance. Vi algo brillar casi en la cima de la colina. Debe de ser una mira telescópica. Y nosotros estamos expuestos. Muévete despacio; lleguemos hasta ese saliente de roca.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

Un disparo. Muy cerca.

—Por muy poco. Menos mal que nos movimos. No debemos distraernos.

—Claro, pero si sigues contándome cuentos... Ya soy grande; tengo casi trece años y medio.

—Tienes razón... paz... cuentos.

—Pero tú... ¿tú recuerdas cuando no se disparaba?

—Tú todavía no habías nacido.

—¿Y... y mi madre?

—Ya lo sabes. Murió cuando tú tenías tres años por culpa de un dron explosivo. No puedes recordarla.

—Ella también... ¿ella también descansa ahora en paz?

—Sí.

—¿Ella también... ella también tiene ahora una casa... también juega... afuera... sin peligro?

—También.

—No logro imaginar lo que significa. ¿Y cómo hacían para jugar a la pelota con los trajes de camuflaje? Pesan muchísimo.

—Iban por ahí sin trajes.

Expresión de asombro.

—No te creo. Es... es demasiado peligroso. Sin traje, si te alcanzan, seguro que mueres. Eso nos enseñaron en el curso de entrenamiento.

—Te repito que no se disparaba.

—¿Y... cómo conseguían la comida? ¿Sin saqueos? ¿Y cómo... cómo hacían prisioneros para intercambiarlos? ¿Y... y cómo se apoderaban de las armas del enemigo para usarlas contra él? ¿Jugando a la pelota?

—Se cultivaba la tierra, se pescaba en el mar, se construían aviones para viajar, no para bombardear; los drones eran un juego, no servían para matar, y con los fusiles se practicaba un deporte: tiro al blanco.

—¿Qué me estás contando? Ya soy grande, no un bebé. Te estás inventando todo.

—No, todo es verdad. Había tiempo para estudiar, había tiempo para jugar con la computadora, había tiempo para ir a visitar a los abuelos...

—¿Los abuelos? ¿Todavía existían los abuelos?

—Mi padre tenía tu mismo nombre. Murió a los cincuenta y tres años.

—¿La gente vivía... vivía hasta los cincuenta y tres años? ¡Pero eso es... es una locura! ¿Cómo hizo para evitar los cercos?

—Cuando él era joven, los cercos eran solo un juego.

—¿Pero qué me estás diciendo? ¡No te creo!

—Después, cuando crecíamos un poco, llegaban los primeros amores; estaban las muchachas.

—¿Ellas tampoco mataban?

—Mataban con... los ojos. Te atravesaban el corazón con una sonrisa.

—¿Qué significa eso? ¿Una nueva arma controlada con los ojos?

—No... déjalo.

Un disparo. Lejano.

—Como imaginaba, esos idiotas nos buscan al otro lado de la colina.

—Ya tengo a uno en la mira. Ahora mismo lo derribo.

—No, espera. Puede ser un señuelo para intentar localizarnos. Con un dron nos matarían. Tenemos que apuntar al operador del dron. Tarde o temprano se descubrirá.

—Espero que lo haga antes del cambio de turno. Me gustaría volver con un trofeo.

—Ten paciencia y lo conseguirás. Si, en cambio, eres impaciente, no... volverás.

—Las muchachas... decías.

—Hermosas, con sus vestidos cortos y de colores, las curvas en su sitio... te hacían perder la cabeza. Y después... cuando conseguías robarles un beso... ¡eso sí que era un trofeo!

—¿Hablas en serio? Ya es bastante difícil descubrir si debajo de un traje de camuflaje hay un muchacho o una muchacha. Pero besar a una muchacha no me produciría ninguna emoción. En cambio, un trofeo... un operador de dron abatido... imagina las celebraciones.

—Sí. Me las imagino...

—Pero basta ya, pa. Esa paz no la entiendo en absoluto. Quizá... quizá solo exista para los... muertos.

Un disparo.

—Lo vi, ya lo tengo. Es realmente un operador...

Un disparo.

Silencio.

Ruido de hojas secas pisoteadas.

Donato Altomare (Molfetta, Italia, 21 de julio de 1951) es ingeniero civil y uno de los más destacados escritores italianos de ciencia ficción y literatura fantástica contemporánea. Comenzó a publicar a principios de la década de 1980 en revistas y fanzines especializados y, en 2013, fue elegido presidente de World SF Italia, la asociación italiana de profesionales y autores del género. Ha publicado más de doscientas obras, entre novelas, antologías y relatos, que abarcan la ciencia ficción, la distopía, la ucronía y la fantasía. Obtuvo en dos oportunidades el prestigioso Premio Urania, con Mater Maxima (2001) e Il dono di Svet (2007), además de recibir múltiples Premios Italia y el Premio Ernesto Vegetti. Entre sus obras más recientes se encuentra Wormhole (2022), escrita en colaboración con el astronauta y astrofísico italiano Umberto Guidoni. También ha cultivado la poesía, la dramaturgia y la crítica literaria.

 

NO HAY PURGATORIO

Dora Gómez Q.

 

Emilio Videla tuvo la certeza de estar muerto apenas su auto cayó por un precipicio. Lo supo, más que nada, porque ya no estaba ebrio.

Siempre había sospechado que, llegado ese momento, iría directo al cielo.

Y así fue.

Frente a una puerta colosal, una multitud interminable hacía fila. Un ángel vestido con una campera de cuero negra le indicó dónde ubicarse y le entregó un formulario para marcar los casilleros correspondientes a sus pecados.

En la entrada, San Pedro, un burócrata de barba blanca, revisaba los formularios antes de autorizar el ingreso.

Emilio, sin el menor asomo de culpa, había marcado afirmativamente todos los casilleros.

Cuando llegó su turno, el santo se acarició la barba y lo observó por encima de unos pequeños anteojos.

El hombre sintió la necesidad de justificarse.

—Está bien, está bien. Cometí todos esos pecados —admitió—. Pero son poca cosa. Por algo estoy acá, ¿verdad?

—Eso mismo dijeron todos los que hicieron fila esta mañana. Y decidir dónde se queda es asunto mío, Emilio —respondió el burócrata con una voz de trueno que hizo temblar el suelo—. Y creo que aquí no se va a quedar. Usted completó el álbum.

San Pedro hizo una seña a los ángeles custodios, quienes, con sus trajes oscuros y movimientos rígidos, parecían agentes de Matrix. Estos sujetaron a Emilio por los brazos sin el menor esfuerzo y lo arrojaron al abismo sideral.

 

Despertó con una resaca espantosa sobre el crujiente piso de madera de un teatro monumental y desierto.

El aire olía a polvo viejo, terciopelo húmedo y a un tenue rastro de azufre que se filtraba entre las hendijas. Filas de butacas vacías se perdían en la oscuridad, mientras los palcos dorados semejaban ojos atentos.

En el centro del escenario, recortado por un único reflector de luz pálida, un joven extraordinariamente hermoso tocaba el violín. Las notas se expandían por la sala y regresaban convertidas en un eco melancólico.

Al advertir que el recién llegado abría los ojos, el músico dejó de tocar y sonrió.

—¡Bienvenido, Emilio!

—¿Dónde estoy? ¿Y usted quién es?

—Soy el ángel más bello y talentoso del universo.

—¿No es este el cielo?

—Oh, no. El jefe me echó de allí hace mucho tiempo, por culpa de esos violentos y envidiosos vestidos de negro. ¿Ya los vio? Feos, ¿verdad? Aquí vivimos todos los que fuimos expulsados de allá arriba.

Señaló con el índice un techo inexistente que se perdía en la negrura infinita.

Lúcido como nunca en su vida, Emilio comenzó a imaginar estrategias para escapar de aquel coliseo fantasmagórico.

—¿Así que usted es un ángel? ¿Y este lugar qué es? ¿El purgatorio?

El joven soltó una carcajada.

—¿Purgatorio? ¿Qué es eso? Un lugar para purgar ya no lo necesita. Lo que usted percibe como su cuerpo ya se está pudriendo en la Tierra. Ahora es un espíritu... y me pertenece. Mi nombre es Lucifer. Seguro ha oído hablar de mí. ¡Puras mentiras de la prensa celestial! Aunque la mentira sea mi arma favorita, debo admitir que me disgusta el destrato al que me someten los religiosos.

—¡Entonces estoy en el infierno!

—Bueno, no es tan malo como imagina. Solo tiene que abandonar algunas creencias equivocadas. Esperaba encontrarme con cuernos y tridente, y aquí me tiene: un músico joven, apuesto y talentoso.

Emilio no salía de su asombro.

Tal vez esto sea una pesadilla, pensó. Quizá estoy en coma en algún hospital y la anestesia me hace alucinar.

Lucifer sonrió antes de que terminara de pensar.

—No, Emilio. No está alucinando.

El hombre sintió un escalofrío.

—¿Sabe lo que estoy pensando?

—Claro. Ya le dije que su alma me pertenece. Y aunque esta sea la primera vez que me ve, nos conocemos desde hace mucho.

—¡Eso es imposible!

—¿Está seguro? Podría recordarle las incontables veces que le hablé al oído cuando necesitaba apenas un pequeño empujón para animarse a hacer ciertas cosas. A veces basta una sola palabra. —Lucifer se inclinó ligeramente hacia Emilio—. Hazlo. —Sonrió—. ¿La recuerda? Lo acompañé durante años... Pero no hablemos de eso ahora. Tenemos una eternidad por delante. Será mejor que le muestre el lugar para que encuentre un alojamiento a su gusto.

Apenas descendieron del escenario, el teatro desapareció. Todo cuanto los rodeaba era un manto gris, inmóvil y espeso, suspendido en un vacío sin aire. No existían arriba ni abajo, paredes ni horizonte. Solo aquella bruma cenicienta que parecía absorber la luz, amortiguar los sonidos y humedecer la mirada.

La atmósfera le recordó de inmediato un viaje a la alta montaña junto al cadáver de su socio. Había buscado un sitio donde deshacerse del cuerpo cuando, debido a la altura, el automóvil se internó en una nube tan densa como aquella. Aprovechó la falta de visibilidad para arrojar el cadáver al precipicio, convencido de que nadie lo encontraría.

—No, Emilio —dijo Lucifer con una sonrisa ladeada—. Esto no es exactamente una nube.

Incómodo por la facilidad con que el demonio invadía sus pensamientos, Emilio hizo un esfuerzo por vaciar la mente. Lucifer extendió una mano y apartó la bruma como si descorriera una cortina. Del otro lado apareció un inmenso campo poblado por hombres y mujeres de todas las épocas. Algunos cantaban; otros ejecutaban instrumentos musicales con una pasión casi febril.

—Este es uno de mis lugares favoritos. Todos son músicos, como yo. Qué placer tenerlos aquí.

Acarició distraídamente el violín.

—Aquel del fondo es Paganini. Hizo un pacto conmigo y lo bendije para que pudiera tocar doce notas por segundo. Era espantosamente feo, pero conseguí que las mujeres lo vieran hermoso. No tenía un solo diente y no pudo librarse de la sífilis... pero cómo tocaba. —Señaló luego otro sector del inmenso campo—. Más allá está el Club de los Veintisiete. Ya sabe: sexo, drogas, rock and roll... y morir a los veintisiete años. Me cayó simpático ese número. Hay otros músicos que no pertenecen al club, pero también tienen su lugar aquí. —Se volvió hacia Emilio—. ¿Le gustaría quedarse con ellos? Recuerdo que usted tocaba el bajo en una banda universitaria donde la cocaína y las pastillas corrían como agua.

—No. Aquí no.

Lucifer sonrió con auténtica diversión.

—Entonces sigamos.

Volvieron a internarse en el vacío gris, que se cerró tras ellos de inmediato. Emilio avanzaba a tientas, con la sensación de que un paso en falso bastaría para precipitarlo en un abismo sin fondo.

—No tenga miedo. Ya está muerto. Con el tiempo se acostumbrará a ser solo un espíritu.

Lucifer caminaba con las manos cruzadas a la espalda, como un guía orgulloso de su reino.

—Veamos... ¿Qué le parecería pasar la eternidad con políticos?

Emilio hizo una mueca.

—Habré sido una mala persona, pero no creo merecer semejante castigo.

Lucifer soltó una carcajada.

—Bien. Entonces descartemos esa posibilidad.

Continuaron caminando entre la bruma.

—¿Y religiosos? Hay muchísimos por aquí. Están los que encendían hogueras para quemar mujeres y quedarse con sus tierras. También los que las mutilaban. De monjes perversos este lugar está lleno. —Emilio vaciló apenas un instante. Lucifer sonrió—. Ya veo. Los religiosos, entonces.

—¡Pero yo no elegí!

—No hacía falta. A veces las dudas hablan más fuerte que las palabras.

El gris volvió a abrirse frente a ellos.

—¿Cuál será el castigo? —preguntó Emilio—. ¿Dónde está el fuego?

Lucifer lo observó con una mezcla de paciencia y diversión.

—¿De verdad esperaba que lo prendiera fuego? —Sacudió lentamente la cabeza—. Yo no abandono a mis hijos como hizo Él. —Levantó un dedo hacia la inmensidad invisible donde se ocultaba el cielo—. Eso sí... no crea esa historia del Apocalipsis. Hablan de jinetes cuando jamás monté siquiera un asno. Y todavía me llaman "la Bestia". Hay muy buena propaganda allá arriba. —Sonrió otra vez—. En fin... tendrá toda la eternidad para descubrir cuánto de lo que oyó era cierto.

La figura de Lucifer comenzó a perder consistencia. Primero se volvió translúcida. Luego la bruma empezó a atravesarla. Finalmente desapareció por completo. Solo quedó su voz.

—Ahora lo dejo en buena compañía. Aunque tengo muchos ayudantes, hay cosas que prefiero supervisar personalmente. Ya sabe lo que dicen: "El ojo del amo engorda al ganado". Últimamente ando bastante ocupado. Una guerra por aquí... una peste por allá... —La voz pareció alejarse—. Ha sido un verdadero placer recibirlo, Emilio.

El silencio regresó de golpe. Entonces el manto ceniciento se abrió detrás de él. Frente a sus ojos apareció un páramo inmenso. Miles de figuras permanecían inmóviles. Hombres y mujeres de todas las épocas. Vestían hábitos, sotanas, túnicas, mantos, turbantes. Representaban credos distintos. Todos observaban en la misma dirección. A él. Nadie rezaba. Nadie miraba al cielo. Solo lo contemplaban. Un grupo de monjes de hábitos gastados comenzó a avanzar lentamente. No había serenidad en sus rostros. Ni compasión. Ni recogimiento. Lo rodearon sin pronunciar una sola palabra. Las miradas que clavaron en él eran intensas. Demasiado intensas. Hambrientas. Posesivas. Emilio retrocedió instintivamente. Pero la bruma le cerró el paso. Comprendió entonces, demasiado tarde, cuál sería su verdadero infierno.

Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

martes, 21 de julio de 2026

CAFÉ MÁGICO

Nicolás Micha

 

La metálica vibración del reloj sobre la mesa de luz despertó a Manny. Tenía la cara aplastada, y restos de baba seca en la boca; la garganta áspera y los ojos cubiertos de lagañas. Los abrió con dificultad, jadeó, y pese a estar mareado, sonrió. Era otro día más, otra desgracia.

Sentado aún en la silla de la oscura habitación, levantó el rostro, con el fin de recibir un poco de viento en la cara. Pero el despertador continuaba golpeando, e impedía que Manny se relajara. Suspiró:

 

Si tuviera una esposa podría levantarme temprano sin tener que padecer esta mierda.

Ella me despertaría con una bella sonrisa, y me traería un buen desayuno.

 

Sobre la mesa había diez botellas de vino vacías, siete fetas de queso llenas de moho, que lentamente estaban corrompieron la propia madera de la mesa, junto a papeles de diarios negros de hacía más de seis años. El olor no se quedaba atrás: el indeseable aroma a putrefacción, vómito y cloaca, parecía haberse impregnado en el ambiente. Y entre toda esa acumulación de basura, se encontraba el despertador metálico, que continuaba siendo insoportablemente ruidoso. Manny estiró los brazos y comenzó a revolver. Tiró al suelo con puro desinterés todo con lo que se cruzaba, e incluso se cortó los dedos. Unos escalofríos le recorrieron el estómago y los brazos por las patas de las cucarachas que daban repentinos espasmos, que se metían en su ropa y caminaban por su cuerpo. Hasta que lo encontró. Pero cuando intentó tomar el reloj, no lo alcanzó. Ante los ojos de Manny, la mesa comenzó a estirarse ganando dimensión, y su brazo, cada vez, se quedaba más corto. Se subió, y comenzó a arrastrarse para tomarlo, sintiendo una gran pesadez en su espalda. Y con gran dificultad, aplastó el botón de apagado. Luego, eufórico por el logro, comenzó a reír. Hacía mucho tiempo que había dejado de percibir la realidad tal como era, todo a causa de un efecto secundario de lo que consumía: él sabía, entonces, que estaba delirando. Consciente o no, siempre lo estaba.

Eran ya las siete de la tarde. Reflexionó sobre la duración del último café mágico que había bebido. ¿Ocho horas, quizá?

Flexionó las piernas para ponerse de pie, aunque se sentía más pesado de lo usual; clavó las uñas sobre la madera putrefacta, y tras dos intentos fallidos, lo logró. Tenía hambre, así que caminó hasta la heladera. No se había percatado que estaba descalzo, tampoco del dolor que pasó como una leve picazón y que se traducía en diez vidrios rotos clavados sobre las plantas de los pies.

Abrió la heladera. Estaba vacía.

Una hora más tarde y en el baño, Manny se miraba fijo en el espejo. Lo había hecho por diez minutos, y con una cercanía asfixiante. Se tocó la cara y jadeó desesperado: no se reconocía. Solo veía frente a él a un desconocido con los pómulos marcados, sequedad en la piel y labios partidos, y lo más importante, unos ojos negros, sin ningún brillo. Pensó que esos ojos lo estaban juzgando. Como si le mostraran la imagen de un hombre autosaboteado. Esto le traía recuerdos que se negaba a aceptar. Pensó en su soltería, pensó en que alguien como él nunca dejaría descendencia, y que tampoco sería conveniente: tener un hijo significaba atarlo a su genética, a sus enseñanzas y adicciones. Traer al mundo a alguien como él sería una desgracia.

 

Siempre he estado solo. Nunca he sido amado. Nunca, jamás.

 

Disfrutaba de toda esa frustración. Era el sentimiento que lo mantenía vivo, como si lo impulsara a disfrutar cada uno de los viajes con la droga. A la vez, le permitía ser quien quería ser. Pero en ese instante, en ese preciso instante en que se estaba viendo, no lo deseaba. La humillación lo carcomía por dentro.

Cerró el puño y rompió el espejo.

Salió, casi corriendo, como si su vida dependiera de ello. Pensaba en la necesidad de un poco de café mágico para olvidarse de todo. Pensó que igual su cuerpo se lo pediría tarde o temprano, así que no importaba. Podía hacerlo un rato antes del horario habitual.

Caminó por la oscura habitación, y posó su mirada en el mueble donde solía guardar el café. Para él, este viaje de ida era siempre un ritual que disfrutaba. Aunque en esta ocasión el éxtasis se detuvo, solo por mirar un poco por encima de lo usual. Vio frente a sí un cuadro de espaldas, con marco de roble, que tenía una foto que no quería ver. No lo pensó demasiado y abrió el cajón.

Un cosquilleo de pura felicidad comenzó a recorrer su cuerpo. Eso lo llevó a bailar, pisando aún más vidrios rotos sin percatarse de ello, todo mientras hervía el agua para comenzar su largo viaje. Y cantaba, mientras pensaba en lo buena que había sido la decisión de no mirar hacia adelante, ni tampoco hacía atrás, si no, al ahora.

 

¿Qué será de mí, si debo estar al pendiente de otros?

 ¿Qué será de mí, si no puedo ser yo mismo?

¿Qué será de mí?

 

Vertió el polvo en la taza, luego el agua hirviendo. Arrugó la nariz al sentir el olor acido característico de su café. Respiró hondo, y aunque se quemó la garganta, lo bebió de un sorbo. Los efectos fueron inmediatos.

Vio como sus dedos comenzaban a estirarse. A la vez se hacían finitos y se doblegaban formando pequeñas espirales. Del tapizado de flores salieron mándalas que giraban al ritmo de las agujas del reloj, rojas y amarillas, verdes y azules, blancas y negras. Las cucarachas comenzaban también a volar por los aires, a pesar de no ser voladoras: las vestidas comenzaban a bailar, y las maquilladas a cantar. Las pupilas de Manny comenzaron a dilatarse, formando un hoyo negro en ambos ojos. Se tiró al suelo.

Lo próximo que vio fue esa enorme cascada de agua dulce, que había visitado en numerosas ocasiones, rodeado de montañas llenas de árboles que daban frutos dulces, llenos de pequeñas ardillas y zorros que él solía acariciar y dar de comer. Sentado en el pasto, miraba el cielo que resplandecía a la luz de un sol feliz y sonriente. Y luego de unas horas mirando el paisaje, se acercaba a su pequeña cabaña de madera de roble, pintada de azul claro, y preparaba una cena gourmet con más de veinte ingredientes. Al probarlos, se ruborizaba como si estuviese probando un manjar creado por un chef. Al terminar de comer, tomaba un libro que tenía siempre en su biblioteca, y comenzaba a leerlo; un libro que no existía, que la misma cabeza de Manny inventaba en cada hoja.

Vivía allí una vida ajena y rutinaria donde no tenía que pensar, donde era realmente feliz. Los problemas no existían, y la ignorancia era la reina de su mundo. El café mágico le permitía un viaje que duraba seis meses en su cabeza, pero solo unas horas en la vida real; consideraba esa su propia realidad. La habitación, solo un espacio transitorio.

Y cuando el viaje terminaba, volvía de golpe a la realidad.

Se encontraba en el suelo jadeando, la cabeza, los brazos y los pies le dolían. Bostezó. Pero cuando levantó la vista, notó que el cuadro ya no estaba en la repisa. Esto lo hizo temblar. Tenía muchísimo miedo de mirar la foto. Decidió entonces taparse los ojos, aún descalzo, y caminó hasta la repisa. La abrió rápidamente para sacar otra bolsa del café mágico. No quería estar allí. Ese no era su mundo, tampoco su vida.

Calentó el agua y bailó, esta vez a un ritmo lento por el evidente deterioro. Preparó la taza, vertió el agua y el café. Se lo bebió una vez más de un sorbo. Los efectos volvieron a ser inmediatos. Todo comenzó a deformarse otra vez, y como de costumbre, se lanzó al suelo. Pero, a causa de su resaca, midió mal la distancia y chocó con la mesa. Algo pesado impactó en su rostro, junto a restos de polvo y mugre. No pudo evitarlo, lo levantó y miró el cuadro:

 

¿Quién es esta mujer?

¿Quién es… él?

 ¿Esta niña?

 

Comenzó a inquietarse. Sintió, por primera vez en varios años, que tendría un mal viaje. Tenía razón. No había forma de ir a su paraíso; seguía allí, en la oscura habitación. Tendría que soportar los fuertes efectos del café fuera de la granja, sus colores vivos y enceguecedores, y el azote de falsa realidad. Se tomó del cabello y comenzó a arrancárselo. Gritó, gritó y gritó, para que alguien lo ayudara.

 

No quiero estar acá.

Alguien, por favor.

No puedo más.

Alguien…

 

Sintió, como cachetadas en el rostro, los tres golpes continuos en la puerta. No quería atender. Prefería seguir en el silencio, soportando los efectos. Pero notó que los golpes no cesaban. Notó, también, que cada vez eran más intensos. Tuvo que levantarse y acercarse a la puerta. Miró el picaporte, trasladándose de izquierda a derecha rápidamente, tan rápido que se había vuelto borroso ante sus ojos. No podía abrir la puerta. Estaba paranoico.

—¿Quién es? — dijo con la voz quebrada.

—Carla —resonó una voz femenina. —Manny dio un paso hacia atrás, y no contestó—. Abrime —dijo la mujer.

—No.

—¡Abrime, Manny! —Carla comenzó a golpear la puerta con desesperación—. ¡Abrí ya mismo!

 

Otra vez.

Todo menos esto.

 

—No puedo abrirla…

—No puede ser, ¿todavía seguís con eso?

—¡Como si te importara!

—Claro que me importa.

—Nunca, ¡nunca te importó lo que yo sintiera! Solo querías hablar de…

—De tu hija.

Manny abrió los ojos. No comprendía sus propias palabras. Le dolía la cabeza, como si pequeñas punzadas lo estuvieran llevando a otro sitio, a otro tiempo diferente al suyo. Estaba recordando.

—¿Mi hija? —preguntó.

—Sí, tu hija.

—Pero yo no tengo ninguna hija.

—Tenés una hija, Manny.

—No… es mentira.

—Es siempre lo mismo…

—¿Siempre?

—Lo olvidás, una y otra vez… Y yo… ya no puedo seguir luchando. Estoy cansada. Cansada de todo esto.

Manny cerró los ojos con fuerza.

 

No pienses.

 

—Pero ya no lo hago por mí, ni por vos, si no por ella. ¿Entendés? Ella te necesita. Así que por favor, abrime.

Manny apretó los dientes con fuerza.

 

Mi familia…

 

—Carla, ¿aún puedo ser curado?

—Sí, Manny.

—¿Estás segura?

—Sí, Manny…

—Solo, por favor… —apretó los dientes—. No me dejes solo.

Manny miró el picaporte. Tenía miedo de tocarlo y que ese delirio provocado por el café mágico fuera real. Respiró profundo y se envalentonó. Agarró el picaporte y abrió la puerta. Sintió dolor, como una quemadura, por primera vez en mucho tiempo.

Cayó al suelo.

—¡Manny! —gritó Carla.

 

Lo siguiente que vio fueron luces blancas, cientos de ellas, mientras era llevado en una camilla a una blanca habitación. Había varios médicos, hablando sobre el café que Manny consumía y como debían proceder. Le dieron de beber agua y le pusieron un respirador para dormirlo. También le suministraron una sustancia tras canalizar una vena con el objeto de neutralizar lo más rápidamente posible la droga que circulaba por su cuerpo.

Luego de varias horas, Manny recobró la conciencia. El efecto del café mágico había terminado.

El doctor González fue el primero en revisarlo.

—¿Cómo se siente? —preguntó, mientras le miraba ambos ojos con una linterna. Manny intentaba hablar pero jadeaba. El médico no parecía entender lo que le ocurría—. Me da la impresión de que todo está bajo control —dijo, mientras le daba la espalda—. Hablaremos luego. Tiene visitas.

El doctor abrió la puerta para dejar paso a Carla y Mía que se acomodaron en la silla junto a la cama. La niña se sentó entre las rodillas de Carla. Tenía seis años y parecía estar distrayéndose con el cabello de su madre. Lo enrulaba y lo soltaba. Se la veía sonriente.

—Manny, el médico dijo que te pondrás mejor —dijo Carla—. Pero va a tomar un tiempo, ¿sabés? Es por tu propio bien.

—Gra…cias… —contestó Manny, intentando sonreír.

—Si no te hubiera encontrado estarías muerto… Estabas a punto de sufrir un colapso por sobredosis… Vas a salir de esta, ¿sí? —Carla comenzó a llorar mientras abrazaba a la pequeña—. Perdóname, Mía. No quiero que te pongas mal por mí o por papá.

 

Cómo creció.

¿Cuánto tiempo habrá pasado?

 

Unas semanas después, cundo Manny ya podía caminar y valerse por sí mismo, González le planteó la posibilidad de viajar a un centro de rehabilitación para adictos y pasar allí algunos meses.

—Mi propuesta es llevarlo a este lugar con otros pacientes —dijo, mostrándole unas fotos—. Como puede ver, es una granja cerca de un lago. La idea es que pueda descansar y alejarse de la vida cotidiana; hacer un tratamiento que lo aleje del consumo y le sirva para conectarse con la naturaleza y con usted mismo.

—Creo que me vendría bien, doc —contestó Manny—. Estos días están siendo difíciles. Sueño muy seguido que estoy consumiendo…

—Pero quiere seguir adelante, ¿no es así?

—Sí, por Carla y Mía.

—Créame que será fructífero. Le vendrá bien relacionarse con otros pacientes y ayudarse mutuamente a salir.

Manny aceptó el ofrecimiento. Firmó unos papeles y, tan solo días después, un autobús los recogió.

Mientras estaban viajando y Manny miraba la ventana, uno de los pacientes se acercó a hablarle. El aspecto del hombre era limpio. Estaba afeitado, tenía el cabello corto y el cuerpo trabajado.

—Me llamo Ramón —le dijo a Manny, mientras se sentaba a su lado—. Hace poco empecé a consumir. Al principio no era más que algo recreativo, pero comenzó a volverse rutinario.

—¿Cómo llegaste a eso? —preguntó Manny.

—El tipo que me vendía marihuana me regaló una dosis. Anfetaminas. Cuando la probé, quedé absolutamente enganchado. Lo hacía a escondidas, cuando nadie me veía.

—¿Y por qué estás acá?

—Porque me di cuenta que tenía que cambiar. Por suerte, fue a tiempo. Todo gracias a mi esposa.

Manny se miró las manos. Pensó en que había vivido una situación similar.

—¿Y vos, Manny? —preguntó Ramón—. ¿Por qué estás acá?

—Mi caso es un poco diferente. Años de consumo y una fuerte adicción. Por suerte ahora estoy muy tranquilo. El doctor me inyecta algo para no sufrir periodos de abstinencia. Es como si hubiera perdido la dependencia, y ahora pudiera ver la situación muy claramente…

—¿¡Te inyectaron algo!? —dijo la paciente del asiento trasero, tomándose la cabeza—. ¿¡Estás loco!?

La mujer a sus espaldas estaba demacrada. La delgadez extrema le marcaba las clavículas; tenía el cabello rubio ondulado pero muy seco, y un olor fétido provenía de su boca. Tenía muchas cicatrices en el rostro, las palabras le patinaban y su mirada solía perderse.

—Callate, Olivia —dijo Ramón, luego suspiró—. Hace siempre lo mismo, no te preocupes.

—No le hagas caso a este tarado —dijo la mujer, con el ceño fruncido—. Manny, confiá en mí. El doctor no nos está ayudando. Nos mantiene encerrados para seguir cobrando.

—Creo que estás equivocada —dijo Manny—. Yo sí creo que González nos quiere ayudar.

—Pero si no consumimos, ¿qué es de nosotros? —dijo la mujer—. ¿Qué nos hace nosotros?

Manny desvió la mirada y pensó en la pregunta de Olivia.

—Creo que es al contrario —dijo Manny—. La droga es la que nos hace diferentes.

 

¿Qué será de mí, si debo estar al pendiente de otros?

La felicidad que siempre has anhelado, las dos niñas que siempre has amado.

 ¿Qué será de mí, si no puedo ser yo mismo?

Nunca dejas de ser vos mismo. Simplemente… crecés.

No debés escapar de tu propia vida.

La cabaña era muy solitaria.

Y la felicidad siempre había estado acá fuera, esperándome.

Ya es suficiente.

 

Cuando llegaron a la granja, el doctor y un asistente les mostraron las habitaciones que compartirían. Había dos camas en cada habitación. Deberían realizar algunas tareas obligatorias: levantarse a las siete de la mañana para desayunar. Luego, a partir de las ocho, ordeñarían a las vacas. Más tarde, cerca de las once, se dedicarían a trabajar la tierra. Por la tarde, luego del almuerzo y un par de horas de descanso, harían algunas actividades con el doctor, que consistían en reuniones grupales y juegos recreativos. Por último dispondrían de un lapso para contemplar el lago, pasear por la zona, leer. Luego de la cena, no más tarde de las diez de la noche, estarían todos en sus camas.

Transcurrieron varios meses. Manny había recuperado peso y, en ocasiones, hasta olvidaba que estaba en ese lugar por su adicción a las drogas. Cumplía las rutinas a la perfección. La recuperación era paulatina y el trabajar día a día lo acercaba cada vez más al objetivo de volver a integrarse en la sociedad. Estaba muy ansioso por ver a Carla y Mía. El doctor prefirió mantenerlas alejadas hasta que fuera oportuno.

Sus compañeros también habían mejorado. Olivia, aunque en los primeros meses se mantuvo reacia, poco a poco fue disfrutando del trabajo y de las tareas propuestas por el doctor. Su aspecto había mejorado considerablemente.

El caso de Ramón fue mucho mejor aún, ya que su adicción se trató de forma temprana. Era el que más probabilidades tenía de recuperarse gracias a su disciplina e inteligencia.

Cuando los progresos de Manny fueron notorios, el doctor González lo convocó a su oficina. Había cesado el tratamiento intravenoso y era evidente que el momento de recibir el alta se aproximaba.

González contempló a Manny de arriba abajo, con seriedad, y luego, inesperadamente, sonrió.

—Viendo el trabajo realizado en los últimos meses y la falta de sintomatologías, quería decirle que ya está listo para volver a casa.

Manny se sentó en la silla. Una gran sonrisa impregnó su rostro.

—Cómo costó, doctor… —dijo Manny, a punto de llorar—. Pensar que estuve tan cerca de perderlo todo…

—Lo lograste, y eso es lo importante.

—No puedo creerlo… por fin voy a poder volver a verlas.

Manny se limpió los ojos.

—¿Y que será de Olivia y Ramón? —preguntó.

—Ramón todavía no puede irse. Como trató su problema de forma temprana, sin conocer las verdaderas consecuencias de la adicción, recaer podría ser muy fácil. Pero le daré de alta pronto.

—¿Y qué pasa con Olivia?

—Ella es un caso diferente, ¿sabe? No sé si es posible que se recupere. Quizá lo mejor sea que viva en este tipo de lugares por siempre y para siempre, que viva como en un sueño pero sin dañarse, ¿no?

—Entiendo… —respondió Manny, sin comprender del todo sus palabras—. ¿Nos volveremos a ver, doctor?

—Por supuesto. Debemos hacer un seguimiento. Pero, si debo serle sincero, lo veo muy bien. Así que no será mucho problema.

Se levantó.

—¿Manny?

—¿Sí?

—Alguien está esperándole fuera.

Abrió los ojos y salió rápidamente de la oficina. En la carretera, cerca de la granja, sus dos niñas lo esperaban fuera del auto. Comenzó a correr. Se sentía emocionado, como si nada pudiera derrotarlo de ahora en más. Nunca había sentido algo así. Se acercó a ellas y las abrazó.

—Yo… lo siento mucho, por todo. No me volveré a ir, lo prometo. Esta vez estaré con ustedes, lo prometo…

—Manny… —dijo Carla con lágrimas en los ojos. Luego le acarició la mejilla—. Perdón…

Unas fuertes punzadas en las plantas de los pies lo hicieron despertar.

Y de repente, se volvió de noche.

Con las cucarachas poniendo huevos en su espalda, con las fetas de queso podrido y agrio en su boca, y con la carne al rojo vivo en sus pies, pudriéndose, Manny se estaba desvaneciendo. Una fuerte sensación de amargura lo absorbió por completo.

 

¿Por qué…?

 

Se arrastró por el suelo hasta la puerta y la arañó, suplicando a gritos que alguien lo ayudara. Pero no tenía voz, porque el café mágico se había encargado de matarla.

 

¿Por qué no puede ser así mi vida?

 

Estiró el brazo mientras miraba la foto del cuadro, sintiendo que con sus propias manos podría agarrar ese momento para que durara para siempre, y comenzó a llorar.

Es triste cuando tus acciones son irreparables y ya es demasiado tarde.

Desvaneciéndose por el inevitable sangrado, y tomándose los pies por el dolor insoportable que sentía, Manny cerró los ojos. Se esforzó por regresar a su fantasía, y se volvió a ver una vez más a las afueras de la granja, abrazando a su amada y a su hija.

 

Mía, Carla…

 

Estaba acariciando la cabeza de ambas mientras sus pulsaciones iban bajando irremediablemente. Era inevitable. Les dio un beso a ambas en la frente, y mientras una última lagrima descendía por su mejilla rumbo al suelo de la oscura habitación, dijo:

 

Lo siento.


Nicolás Micha nació el 24 de febrero de 1997 en Buenos Aires, Argentina. Es el autor del libro de cuentos cortos Los ciudadanos de segunda y uno de los creadores de la serie web de terror analógico "Bug 1347".


 

 

EL EJE DEL SUEÑO