martes, 14 de julio de 2026

LA LUZ DE LA CASA OSCURA

Ainur Kumarjánova


"El bien que haces a tu madre es un jardín que plantas para ti mismo.

El daño que le haces es una mancha que dejas en tu propio corazón."

 

En el extremo más alejado del pueblo había una vieja casa.

El revoque de las paredes se desprendía y los vidrios de las ventanas estaban opacos. Al caer la tarde, aquella casa quedaba sumida en la oscuridad. Pero había una tristeza más profunda que esa oscuridad. En aquella casa vivía sola una anciana ciega.

Tenía dos hijos. Los dos habían caído en el alcohol.

Comprendieron demasiado tarde que el alcohol no solo roba la razón, sino también la dignidad. Y cuando lo comprendieron, ya era demasiado tarde.

—Oye, ¿qué queda todavía en la casa? —preguntó el hijo mayor.

—Vendamos ese baúl. Hasta el hierro vale dinero —respondió el menor.

—¿Y qué dirá mamá?

—¿Qué más da? Total, no puede ver.

Después de esas palabras, la casa comenzó a vaciarse poco a poco. Se llevaron el baúl. Se llevaron la alfombra. Se llevaron la vajilla. Hasta desapareció la vieja silla que estaba junto a la estufa.

La anciana no veía nada, pero lo percibía todo.

—Hijo... la casa está demasiado silenciosa...

—¿Qué importa? Usted no puede verla —dijo uno de sus hijos antes de cerrar la puerta de un portazo.

La anciana guardó silencio.

No es la ceguera de los ojos la verdadera desgracia. La verdadera desgracia es la ceguera del corazón, murmuró para sí.

También tenía dos hijas. Ellas la llamaban por teléfono de vez en cuando.

—Mamá, ¿cómo estás?

—Estoy bien, hija.

—Ahora estoy muy ocupada. Iré más adelante.

—Está bien, querida...

Ese "más adelante" terminó convirtiéndose en años. La anciana nunca reprochaba nada.

Por las noches permanecía sentada en la habitación oscura, levantaba las manos en oración.

—Señor, protege a mis hijos —decía—. Ojalá nunca olviden el bien que recibieron de mí...

Un día su cuerpo comenzó a fallarle. Ya no pudo levantarse.

—Hijo... agua...

Su voz apenas era un susurro. No había nadie que la oyera. La casa quedó envuelta en un silencio absoluto. La noche era larga. La oscuridad era más densa que nunca.

Y en medio de aquella oscuridad, el corazón de la anciana madre latió por última vez.

 

Al día siguiente llegaron sus hijos. Pero no para acariciar el rostro de su madre.

—¿Dónde están sus pendientes de oro?

—Quítale ese anillo.

—Puede servirnos más adelante.

Durante un instante reinó el silencio. La anciana permanecía inmóvil. Aquel corazón que había vivido pronunciando la palabra "hijo" ya no pedía nada. La anciana vecina se secó las lágrimas.

—Ay, hijos míos... —dijo—: Una madre solo se recibe una vez en la vida. Su bendición no puede comprarse con dinero.

Pero aquellas palabras tampoco lograron atravesar sus corazones de piedra. Tomaron las joyas y se marcharon.

Y la madre, sola en aquella casa oscura, emprendió en silencio su viaje hacia la eternidad.

 

La verdadera orfandad no consiste en perder a los padres.

La verdadera orfandad es perder su cariño mientras aún viven.

 

La peor enfermedad de la vejez no es el dolor ni la enfermedad. Es la soledad. Las lágrimas derramadas sobre la tumba por un hijo que nunca llamó a la puerta mientras sus padres vivían no tienen ningún valor.

Esta no es una historia inventada. Es una amarga verdad tomada de la vida. Porque hay casas cuya luz no la mantiene encendida la electricidad, sino el amor de una madre. Y el día en que esa luz se apaga, no solo la casa queda sumida en la oscuridad: también la humanidad.

Ainur Serikkyzy Kumarjánova es poeta y traductora literaria. Nació el 10 de marzo de 1983 en la aldea de Semiyar, distrito de Beskaragái, región de Abai. Es autora de los libros de poesía Sueño precioso, Mis golondrinas, Pirámide, La caravana del alma y La brisa de Beskaragái. Es miembro de la Unión de Escritores de América del Norte, vicepresidenta para Kazajistán de la Asociación Literaria Internacional CESART y miembro de la Academia de Literatura y Comunicación LiK de Alemania. Ha sido galardonada en numerosas ocasiones en concursos literarios internacionales. Sus poemas han aparecido en revistas literarias y antologías internacionales de numerosos países. Actualmente dirige un taller literario en la Casa de la Creatividad Infantil y Juvenil de la ciudad de Kurchátov, en la región de Abai.

DEPORTE DE ÉLITE, O MARIUS Y LOS HOMBRECITOS

Finn Audenaert

 

Marius alterna la mirada entre la taza sobre la mesa y la gran pantalla colgada de la pared. Le irrita que su adversario lo imite. Bart también está ahora mirando fijamente la pantalla.

El aroma del café le revuelve el estómago. Tiene las manos sudorosas. En las imágenes ve cómo la superficie del líquido oscuro comienza a agitarse. La diminuta cámara instalada dentro de la taza muestra una figura apenas distinguible. En cambio, sobre la mesa, Marius todavía no percibe movimiento alguno en la superficie.

Vamos, Anton, nada hacia arriba. El café ya no debe de estar tan caliente.

Una música dramática estalla por los altavoces del bar. La imagen de la pantalla se amplía varias veces. Un nuevo filtro acentúa el contraste entre los distintos tonos. Los intentos de Anton por alcanzar el borde de la taza aparecen ahora con absoluta nitidez. A Marius le parece que el hombrecito está exhausto. El borde resulta demasiado empinado. Anton vuelve a resbalar.

¡Ahí está la cucharita! Agárrate de ella, como practicamos.

Pero el hombrecito no encuentra la cuchara. Intenta impulsarse en vano sobre el terrón de azúcar que se desmorona en el fondo de la taza. Marius no soporta más la escena. Se pone de pie. Enseguida siente la mano fría de Bart sobre su hombro.

Las palabras de su rival suenan tajantes:

—Si abandonas la mesa antes de tiempo, tendré que denunciarte ante la federación por infringir el reglamento.

Marius vuelve a sentarse, abatido.

Reglamento o no, apartar la vista sería una traición. Anton merece que vea cómo termina.

Cuando su hombrecito emerge flotando, sin vida, Marius reprime un sollozo.

—¡Ya te lo había dicho! —vuelve a oír la voz estridente de Bart.

El vencedor le sonríe con suficiencia.

—El tuyo ni siquiera aguantó dos minutos ahí abajo. Vamos, paga.

Suspirando, Marius abre la aplicación de transferencias. Mientras envía el dinero, intenta apartar de su mente la muerte de Anton. Ya ni siquiera se atreve a mirar al hombrecito de Bart, que hace un momento se secó tranquilamente en el borde de la mesa.

Hoy no es mi día. Perdí tres apuestas. ¡Tres! En el bolsillo solo me quedan dos hombrecitos. ¿Cómo voy a llegar alguna vez a la liga profesional? Allí ni siquiera hace falta apostar para ganarse la vida. Las casas de apuestas te patrocinan. Parece un sueño muy lejano...

Marius asiente con frialdad hacia su adversario, se acerca a la barra y pide la cuenta. Para colmo, el perdedor paga todas las tazas de café. Sale del bar con el ceño profundamente fruncido. Mientras se dirige a la puerta oye decir a Bart:

—¿Alguien quiere enfrentarse conmigo? Me sobran hombrecitos y pienso quedarme aquí hasta el mediodía.

 

En una gran ciudad, Marius y Bart vuelven a enfrentarse. El marcador indica 1 a 1.

Qué distinto es el escenario al del campeonato provincial.

Marius pasea la mirada por el amplio recinto. Unas gruesas cuerdas rojas rodean la plataforma. Detrás de ellas, una multitud de espectadores contempla fascinada la competición. Marius da un golpecito al logotipo del patrocinador estampado en su camiseta y luego se vuelve hacia la cámara. En el teléfono comprueba que la mayoría de los espectadores apuesta por su rival.

Esperen un poco. Estoy completamente preparado.

Comienza la segunda ronda.

El público ruge:

—¡Microondas! ¡Microondas! ¡Microondas!

Marius observa la figura encerrada dentro del electrodoméstico. Espera con ansiedad cuál de los hombrecitos explotará primero bajo el calor insoportable.

El hombrecito de Bart es muy musculoso. Permanece erguido con admirable firmeza.

Esa debe de ser su mayor fortaleza.

El hombrecito de Marius, Alexander, corre peor suerte. Estalla en mil pedazos de forma espectacular. Salpicaduras de sangre cubren la parte delantera del horno de microondas.

El marcador señala 2 a 1.

Bart saluda al público enardecido. Marius permanece imperturbable. Mete la mano en un bolsillo y saca a su último hombrecito.

Resuena el gong. Comienza la final.

Un oficial sopla un puñado de arena directamente a los ojos del nuevo hombrecito de Marius. El pequeño Frederik agita desesperadamente los brazos para protegerse de la tormenta de arena. Marius asiente con satisfacción.

Así es como te enseñé. Resiste. Si lo haces, cumpliré mi promesa. Esta noche podrás pasear fuera del terrario, Frederik.

El hombrecito de Bart no corre la misma suerte. Cae de rodillas entre toses. Poco después queda completamente sepultado bajo la arena.

Satisfecho, Marius dirige una mirada a Bart. El rival recoge apresuradamente a su hombrecito exhausto. Algunos granos de arena caen sobre el escenario. Bart pone cara de pocos amigos.

Ja... Ya se imagina lo que viene.

Mientras tanto, Frederik resiste admirablemente. Se inclina apenas hacia atrás bajo el cálido soplido del oficial, pero no cae. La arena le golpea el rostro sin descanso. A Marius le gusta verlo luchar. Entonces oye la voz del comentarista.

—Cuarenta y ocho... Cuarenta y nueve... ¡Tiempo! Cuarenta y nueve segundos. Marius, del equipo BetAllUWant, establece con su hombrecito... veamos... con Frederik, el nuevo récord provincial. ¡Una sorpresa extraordinaria! A veces un patrocinador sabe asumir riesgos calculados.

Los aplausos llenan el recinto. Marius sonríe ampliamente a la cámara y levanta el pulgar.

¡Lo conseguí! Menos mal que durante las últimas semanas sometí a mi pequeño ejército a un campamento de entrenamiento tras otro. También fue inteligente entrenarme yo mismo. Me faltaban paciencia y sangre fría. Me alegro de haber repasado cada noche todos los escenarios posibles de competición. Todo el esfuerzo valió la pena.

Marius extiende la mano por encima de la mesa hacia Bart. El derrotado se encoge de hombros antes de estrechársela.

—Nunca pongas en juego a tu mejor hombrecito demasiado pronto, Bart. La prueba del microondas es la favorita del público, pero la final vale el doble de puntos.

 

Esa noche, Marius limpia con esmero su trofeo. Lo contempla desde todos los ángulos.

Sea nuevo o no, voy a hacerlo brillar.

Ha colocado junto a la mesa un pequeño recinto de recreo, al lado del reluciente trofeo. A través de la rejilla observa al diminuto Frederik caminar de un lado a otro sobre la gruesa alfombra. Marius se levanta y abre una ventana. Aspira profundamente el aire de la noche.

—Lo prometido es deuda, Frederik. Tendrás un par de horas fuera de tu terrario. ¡Disfruta del aire fresco!

Se vuelve y saluda con la mano al hombrecito. Frederik da pequeños saltos de alegría y le devuelve el saludo.

Los ganadores descansan poco. Las rondas clasificatorias para el campeonato nacional comienzan dentro de dos meses. Mañana compraré nuevos hombrecitos en la tienda de la calle principal. Frederik podrá recuperar fuerzas mientras entreno a mis nuevos reclutas. La vida sonríe a mi equipo y a mí. El deporte de élite es maravilloso.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

RECETA PARA SUEÑOS ASTRALES

Jorge Etcheverry

 

Nos pilla el alba sin haber podido dormir. A la noche siguiente uno se toma una pastilla, se duermen unas tres horas y la pastilla comienza a hacer efecto cuando uno ya está despierto, con los tamaños ojos. Uno atraviesa el día como sonámbulo con una percepción más o menos negativa del yo y sus circunstancias, como habría dicho el filósofo humano Ortega. La noche subsiguiente –ésta, estoy escribiendo pasaditas las dos y media– uno no se puede dormir y son más de las doce y uno se levanta a comprar cigarrillos y se fuma tres (el otro ingrediente para quedarme dormido me lo callo pudorosamente). Luego comienza el sueño, se establece el contacto. Inmediatamente ya somos un ojo –por así decir– que se desplaza allá arriba, desde lo que pudiera clasificarse como un satélite, o una nave. Vemos cómo el aura se desprende de la curva del globo terráqueo, eléctrica, azulada, cubriendo tenue el hemisferio nocturno. Se establece el contacto, ahora a la inversa; ahora la perspectiva se confina al mundo, al país, al tiempo preciso. La Tierra se viste y desviste según climas y estaciones. Pero ahora en este momento, en esta situación, la vemos fija. Por así decir, bajamos, o aterrizamos. Los ojos casi en forma refleja se detienen cada vez que la vemos en esa cara nuestra que nos sale al encuentro desde los escaparates, los espejos, las puertas giratorias, toda superficie cristalina. Interrumpimos por el momento el contacto hacia arriba porque queremos olvidarnos de todo lo que no se relacione con este aquí y ahora, no queremos permitir ninguna intrusión en este mundo en que estamos otra vez, con nuestro doble metabolismo, mecánico y mamífero, este último vital para el cumplimiento de nuestra tarea, pero no siempre agradable o fácil de sobrellevar. Pero en una hora se cumple otro plazo, debemos restablecer el contacto, ese es el mandato. Entonces debemos efectuar el proceso de la Ponición de pilas, término que no parece adecuado. No se escucha, al menos yo no lo he escuchado. Postura de las pilas, sí, ponerse las pilas es incluso una expresión que significa alistarse, prepararse para hacer algo, pero postura es además adoptar una posición, una idea, y es la manera en que se dispone el cuerpo, posición firme, por ejemplo. Para un F14 con conexión satelital como uno, no está nada de mal plantearse este tipo de preguntas lexicográficas referentes a usos y costumbres de este mundo que habitamos/estudiamos, inmersos en sus vastas multitudes, siempre en contacto real o virtual con esa nave que circula allá arriba y que es la que realmente interpreta, da perspectiva desde ese espacio tiempo coincidente pero más abarcador, cuando surgen problemas y preguntas importantes, aunque en general, un F14 se supone que es básicamente funcional, que solo establece contacto hacia arriba en contadas situaciones, por supuesto con más frecuencia que los F15, claro. El F15 tiene un implante procesador superior, con más conexiones, tiene una necesidad mucho menor de contactarse, tiene un físico casi idéntico al de nosotros, pero más corriente, menos llamativo, casi ningún humano los miraría dos veces. El F15 tiene además tareas de supervisión, sería quizás mejor decir supervigilancia, y, precisamente, esa falta de distinción le permite desempeñar mejor sus tareas. Tiene programado un manejo superior al nuestro del lenguaje coloquial, del léxico y los modos de expresión, para mimetizarse mejor con la gente cuando habla. En cambio, nosotros preferimos mantenernos callados. Cuando abrimos la boca se nos nota inmediatamente algo raro, afortunadamente, en este mundo multiétnico y multirracial, se nos toma por extranjeros o inmigrantes. He oído decir que el F15 puede incluso hacer el amor, puede experimentar placer. Nosotros en cambio tenemos que saber por ejemplo qué comer a la hora del desayuno, para no causar inquietud si nos toca compartir una mesa con trabajadores humanos, por ejemplo. Pero en caso de duda siempre podemos ponernos en contacto con la nave.

Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).


lunes, 13 de julio de 2026

KRONÓKRATAS

José Muchnik

De agua o de arena, de sol o de cuarzo, relojes... ¿Qué miden? El tiempo no fluye, somos nosotros fluído, palabras, sangres, sueños, navegando hacia la única desembocadura, el mismo misterio, delta irreversible. ¡Progreso! ¡Certidumbres! ¡Velocidades crecientes! Más más, más... más rápido, ríspido, rabioso, más miasmas hasta descifrar la sentencia que hechiceros de la séptima noche formularon en los albores del ombligo: “a mayor velocidad menor será el tiempo disponible” formulación conocida en la era del jade como “paradoja de khronos invertido”.

Así fué, quisimos medir el tiempo, dividirlo en ínfimas láminas para vislumbrar la transparencia del espacio y aquí llegamos, fuimos nosotros los medidos, descuartizados, repartidos en jornadas rayuela, saltados entre cronometradas sartenes y cuadradas casillas ¡hay de quien transpase los límites! volverá castigado al punto de partida sin percibir el sentido de saltos ... ni casillas.

“Kronókrata: persona que pertenece a la élite que gobierna el tiempo”, asi fue definida esta palabra en la Gran Eciclopedia de Boedo hacia los comienzos del tercer milenio. Difícil imaginarse que hasta ese momento estuviera ausente de charlas y diccionarios, lo cual refleja la inteligencia de estos individuos, al no ser designados imposible identificarlos, a menudo ellos mismos no se identifican, es más quedan oscilando entre sus péndulos, no perciben el vaivén de su vanidad hasta que el yoyó se estrella contra un espejo inesperado.

Pará, Josecito, ya te zafaste como de costumbre ¿a dónde querés llegar? Esa es una característica típica de boedónicos, no hablan para decir cosas sino para encontrar lo que quieren decir. ¿Cómo querés que sepa dónde quiero llegar antes de largarme al camino?, ya lo dijo Machado ¿querés que te lo repita?, se hace camino al... Pensándolo bien kronókratas somos todos, en mayor o menor grado, todos somos cómplices del corsé que fuimos armando. ¿Ahora nos aprieta mucho? ¿No nos deja respirar amaneceres? ¿Se forman ilusiones edema bajo la piel o se ampollan deseos reventados como burbujas antes de llegar a labios? ¿Cómo deshacerse de miriñaques y elásticos zoquetes? ¿Cómo lograr que los pies recuperen su voz y nos hagan escuchar la frescura del arroyo?

El problema no son las barajas –bastos y espadas mienten a sabiendas–, la clave es encontrar el mecanismo del juego, el orígen de la humana frustración, las cuerdas y zanahorias que los kronókratas mayores utilizan con maestría para ajustarnos el corsé. Cada vez entiendo menos, Josecito. Te lo voy a explicar como un cuento para niños a ver si... Había una vez un mundo sin tractores ni motores ni wifi ni google, reinaba el tiempo de siembras y cosechas, de solsticios y equinoccios, luego poco a poco fuimos acelerando, rebanando segundos, perforando instantes, armando el tiempo comprimido que todos disfrutamos, pero acordate lo que dijimos, él no pasa, él no cambia, somos nosotros los que pasamos, nosotros los comprimidos. No, no digas tonterías, no estoy contra el progreso técnico, me parece genial, fibras ópticas, naves espaciales, internet, facebook, twitter ... ¡progreso técnico! Pero... ¿qué progreso?, lo aprovechamos mal, no sabemos montarlo con liviandad, al final es él quien nos monta, quien reparte fustazos sin piedad a jinetes y caballos, nos conduce trotando al bebedero de aguas secas, y así estamos, arremetiendo contra los palos en una carrera arreglada, perdiendo las apuestas pues ya no sabemos ni qué clásico estamos corriendo ni dónde está la línea de llegada.

¿Será posible armar de otra manera las cosas?, borrar esquemáticas casillas, desabrochar la imaginación, poner el placer en el centro de las ecuaciones y domar el progreso por más que relinche, clavarle espuelas en ijares hasta aflojar soberbias, liberar poco a poco el tiempo de sus chalecos de fuerza. El problema no era transformar el plomo en oro. ¿Para qué buscar oro? Alquimistas y piedras filosofales erraron de senda, la gran icógnita era cómo transformar el plomo en tiempo libre ¿cómo cortar las cuerdas?, rallar las zanahorias, desajustar el corsé, destornillar los Kronókratas del puente de mando y respirar aire de otros vientos. Tal vez una invasión de Kronoklastas abra otros futuros, pero esa es otra palabra y merece otro ideograma, pueden pasar a la página siguiente.

Tiempo libre, utopía de vuelo, repito: el tiempo no fluye somos nosotros los fluidos, inútil aclarar entonces que tiempo libre no existe, él está, libres podríamos ser nosotros... ya sería tiempo.

José Muchnik, poeta y antropólogo, nació en 1945 en la ciudad de Buenos Aires. Ingeniero Químico de la UBA (1973). Reside en Francia desde 1976. Graduado Doctor en Antropología de l’ Ecole d’Hautes Etudes en Sciences Sociales de París. Especialista en el estudio de culturas alimentarias locales, recorrió diversos países de África y América Latina. Realizó numerosas obras de poesía, novelas, ensayos y muestras fotográficas. Publicaciones recientes. Crítica poética de la razón matemática, 2015, poemas (bilingüe, español-francés). Ed. L’Harmattan. Geriatrikón, 2017, novela, Ed CICCUS Buenos Aires. Desgarros: exilios, duelos, muros, 2018, poemas y relatos. Ed CICCUS Buenos Aires. Chant pour Paris, 2019, Ed. Unicité, Francia. Di-Amantes: 2019, poemas, Ed CICCUS Buenos Aires. « Poemas de la cuarentena », 2020, Ed CICCUS Buenos Aires. Dechirures, poemas, 2020, Ed. Unicité, Francia. “Tamukiz”, poemas, en colaboración con Philippe Tancelin, 2021, Ed. L’Harmattan, Francia, “Fracaso”, relato épico, 2023, Ed CICCUS Buenos Aires. Es cofundador del grupo franco-argentino “Travesías Poéticas” (2009); del grupo de poetas franceses “Collectif effraction” (http://effraction-collectif.strikingly.com/) (2016) y del grupo internacional de poetas “Crue Poétique” (Creciente Poética, 2018, movimiento internacional de artistas y poetas por un mundo sin muros ni barbaries.).

LA CAMPANA

Ana Cristina Rodrigues

De pie en medio de la plaza principal del pueblo donde siempre viví, contemplo la campana de bronce de la iglesia. Recuerdo aquella tarde de verano en que la trajeron para reemplazar la vieja campana, ya agrietada, cuyo sonido era tan lúgubre que alejaba a la gente de la iglesia y, por lo tanto, de Dios.

Mi padre ayudó a colocarla allí. Era un hombre respetuoso de los mandamientos, serio, siempre dispuesto a colaborar con la iglesia. Su muerte dejó un vacío inmenso en aquel pequeño lugar.

El zumbido de las voces me rodea, pero lo ignoro. Prefiero perderme en mis pensamientos, contemplando la campana, símbolo de un pasado que se aleja cada vez más, antes que participar en la mezquindad de la vida cotidiana del pueblo, llena de pequeñas intrigas y rencores. Todos eran iguales, capaces de acudir llorando a pedir un favor y, al día siguiente, susurrar mentiras al oído de los vecinos, envenenando sus almas.

Yo nunca hice eso, entre otras cosas porque la vida de los habitantes me interesaba muy poco. Jamás me negué a ayudar a quien lo necesitara, desde luego. Pero nunca buscaba a nadie; dejaba que fueran ellos quienes acudieran a mí. Mi compañía eran los libros que mi padre, con enorme esfuerzo, me había enseñado a leer; los bordados que aprendí de mi madre, fallecida unos meses antes que él, y la gata, ya muy anciana, que venía con la casa que heredé. Las horas de mi vida transcurrían al compás del tañido de la campana.

El sol calienta. Se acerca el mediodía, la hora en que la campana resonará con toda su fuerza. El murmullo de la multitud que me rodea cesa para dejar paso a una única voz. Una voz conocida desde hacía muchos años. La había oído innumerables veces conversando con mi padre, discutiendo los problemas de aquella pequeña parroquia. Jamás habría imaginado que aquella voz tan grave y serena acabaría volviéndose con tanta fuerza contra mí.

—Por todos los delitos de brujería denunciados por los habitantes de esta aldea, la condeno a morir en la hoguera cuando la campana termine de dar las doce. ¿Tiene algo que decir?

No respondo. Ya he intentado defenderme, negando las acusaciones. Cansada de discutir, alegué que debía ser juzgada por un tribunal. Pero nadie me escuchó. Están convencidos de que utilicé artes de brujería para matar a mis padres, ayudada por un demonio que, según ellos, habita en la vieja gata...

La campana comienza a sonar. Su tañido es tan limpio como la primera vez que resonó en esta plaza. Un sonido que me devuelve a la infancia y a tiempos más felices.

La multitud se acerca con antorchas en las manos. Ni siquiera intento liberarme de la estaca a la que llevo dos días atada.

En lo más profundo de mi corazón, ruego que, si la magia existe de verdad, acuda en mi ayuda y me permita escapar. Si se me concede seguir viviendo, en este mismo instante juro convertirme en aquello de lo que me acusan: una bruja.

Pero cuando escucho el último tañido de la campana de bronce, siento las primeras llamas rozar mis pies descalzos.

Ana Cristina Rodrígues nació en São Sebastião do Rio de Janeiro, Brasil, en 1978. Es historiadora, una perfecta coartada para pasarse la vida leyendo y escribiendo. Profesionalmente ha publicado dos artículos: "Visões da morte na História dos Francos de Gregório de Tours" (2004) y "Os Votos do Faisão: ideais de cavalaria na corte borgonhesa do século XV" (2004). En materia de narrativa publicó en Sci Pulp, Scriptonauta, Blocos Online, Scarium e Inpempol. En materia de ficción literaria, publicó en Sci Pulp, Scriptonauta y Blocos Online. Dos de sus cuentos se tradujeron al castellano y se publicaron en Axxón.

VINO CONTRA SANGRE

Jasmina Blažić

 

Darija estuvo a punto de morir de miedo.

Detrás de un muro semiderruido, como si hubiera permanecido emparedada y siguiera viva, apareció una mujer apartando piedras con las manos cubiertas de polvo blanco, con una expresión a la vez furiosa y desesperada. Pero enseguida, Darija comprendió que aquello que tanto la había sobresaltado no era otra cosa que su propio reflejo en un espejo colocado detrás del hueco abierto en el muro que se desmoronaba.

Le sorprendió encontrar un espejo en un lugar donde, con toda probabilidad, antes había habido una puerta, y eso la impulsó a ensanchar todavía más la abertura.

Mientras golpeaba con cuidado los restos del revoque para no romper el espejo, que se balanceaba suavemente de un alambre sujeto al viejo dintel de madera, su reflejo aparecía cada vez más cubierto de polvo, con el cabello enredado y lleno de telarañas que brotaban de las grietas y una mirada hambrienta. Parecía desesperada. De un modo u otro, no era extraño: solo había desayunado y ya eran las seis de la tarde.

Y todo por culpa de una mochila demasiado pesada para su espalda cansada. Apenas había logrado subirla por la escalera. Estaba llena de delicadas herramientas arqueológicas que pensaba lavar. De forma inesperada, la mochila la desequilibró y fue a estrellarse contra la pared del pasillo con un estrépito metálico. Inmediatamente después del golpe se oyó el crujido seco del fino revoque.

Además, la primera piedra que se desprendió le cayó sobre el empeine. Por suerte seguía usando botas de montaña, porque desde hacía varios días limpiaba el piso de piedra de una antigua villa romana. Las ruinas habían sido descubiertas entre zarzamoras llenas de espinas secas, en el lugar donde debía continuar el muro de piedra seca más largo de Istria.

La segunda piedra rodó hasta la puerta de su habitación. Enseguida las grietas comenzaron a extenderse en todas direcciones, los pequeños guijarros saltaban de las juntas y, frente a ella, apareció aquel rostro: ¡el rostro de una mujer emparedada!

—¡Y resulta que era yo, la malvada reina del espejo! —le cuenta Darija a Tomislav hacia el final de esta historia, mientras ambos beben vino en la terraza de un café—. Después de ensanchar cuidadosamente el hueco con el martillo, apareció una habitación oscura. Un pedazo podrido del marco de la puerta estuvo a punto de matarme al caer.

—Te dije que dejaras las herramientas en mi coche. Ya ves: casi derribas media casa.

Darija se había quedado sin transporte cuando Jopa regresó a Zagreb para hacerse cargo del período de exámenes de primavera. Con él también se marcharon los tres estudiantes de tercer año de arqueología, mientras ella permanecía trabajando entre las ruinas de una casa que probablemente había pertenecido al antiguo propietario de aquellas tierras. Tomislav la ayudaba con los suministros: todas las mañanas la recogía en coche y la llevaba de regreso al terminar la jornada, casi siempre haciendo una pausa para tomar una copa de vino en El Vampiro, el café del pueblo.

—Les pagaré los daños a los propietarios —dijo Darija—. Cuando los conozca. Me alquilaron la casa y ni siquiera los he visto. Dejaron la llave en la taberna, al cuidado de la camarera.

La casa era una antigua construcción de dos plantas. Ramilletes marchitos de siempreviva y salvia, ya descoloridos, se amontonaban en los rincones del suelo. En la planta baja todavía se adivinaba el olor del estiércol seco, por lo que supuso que antiguamente había funcionado allí un establo. Dormía en una habitación del piso superior, con la ventana abierta por las noches, tranquila, porque nadie podría asomarse hasta allí.

La primera vez que vio la casa quedó fascinada por el amplio arco que se elevaba sobre el pasaje hacia el patio. Encima del arco había advertido un sector donde las piedras estaban colocadas de una manera diferente. Entonces pensó que se trataba de una abertura tapiada, pero solo ahora comprendía que en otro tiempo había sido la ventana de aquella habitación oculta.

—¿Sabes? —dijo Tomislav—. Voy a contarte algo, pero tienes que prometerme que no te asustarás. Después de todo, siempre puedes mudarte a mi casa.

—Después de la mujer emparedada, ya no creo que haya nada que pueda asustarme. Gracias por la invitación; nunca se sabe.

Tomislav señaló una puerta situada a poca distancia del café.

El Museo de Jure Grando, el legendario vampiro.

Después de morir, golpeaba las puertas de las casas de sus vecinos para anunciarles la muerte y no dejaba en paz a su viuda. Hasta que ella se cansó y lo denunció ante las autoridades del pueblo. Tras pasarse todo un día dándose ánimo con vino, los hombres fueron a abrir ceremoniosamente la tumba. Intentaron varias veces inutilizar al vampiro, huyendo y regresando una y otra vez entre rezos. Al final, todo terminó con la decapitación del vampiro, para alegría de los vecinos, del dueño del café y de los turistas, que durante las noches de verano se quedaban allí hasta muy tarde bebiendo cócteles vampíricos.

—Ese ser maligno anduvo por aquí hace unos trescientos cincuenta años.

—Lo sé —respondió Darija.

Ya habían visitado el museo varias veces. La primera estuvo a punto de darle una bofetada a Jopa cuando, oculto detrás de una cortina de tela, la agarró de la pierna en plena oscuridad. Porque sabía que era él o alguno de los estudiantes. Y porque no existía ningún Jure Grando, o al menos ella estaba convencida de que nunca había existido tal como lo presentaba el museo.

—Y allí está su tumba —continuó Tomislav, señalando hacia el cementerio del pueblo, donde la lápida desaparecía discretamente bajo líquenes, musgo y hierba, sin permitir que un visitante desprevenido sospechara todo el misterio que la rodeaba.

—Entonces en algún lugar también tuvo que nacer.

—Exactamente. Y la casa donde ahora vives... según cuentan, allí nació Jure Grando. Dicen que la habitación donde vino al mundo fue tapiada para borrar cualquier recuerdo suyo. O por miedo a que allí volviera a engendrarse algún mal.

Darija recordó cómo había entrado en la habitación atravesando un montón de listones de madera rotos, iluminando con su linterna los rincones llenos de telarañas. Con gran esfuerzo había descolgado el espejo, temiendo que se desplomara sobre ella y la decapitara.

En el centro de la habitación había una mesa cubierta por una extraña capa de polvo y una botella de cerámica rechoncha, tan cubierta de suciedad que, apenas Darija se acercó, el polvo comenzó a desprenderse en gruesas escamas.

—Todo eso estaba dispuesto para impedir que el mal pudiera entrar —explicó Tomislav—. Sobre la mesa seguramente hubo alguna vez un crucifijo y una hostia. Y dentro de aquella botella debía de haber vino bendito. Ya sabes: la sangre y el cuerpo de Cristo. Ningún vampiro querría permanecer allí. Ni mucho menos volver a nacer en ese lugar.

—Uf... —exhaló Darija, a medio camino entre la risa y el llanto.

Bebió un sorbo del vino. A la luz del crepúsculo era casi negro, espeso y áspero, y de pronto creyó percibir en él un sabor salado y metálico, como a sangre.

—Me parece que he cometido un grave error. —Tomislav la miró, sorprendido—. Esta mañana limpié toda la habitación. Barrí el polvo, quité las telarañas, tiré toda aquella basura... incluida la botella de vino. Y el espejo...

—¡No me digas! —exclamó él. A Darija le pareció que, pese al grito, estaba conteniendo una sonrisa.

—No lo rompí ni lo tiré. Es bonito, antiguo. Pero ¿qué hacía allí, justo donde antes había estado la puerta, mirando hacia la entrada?

—Antes los espejos llevaban una fina capa de plata, y a los vampiros eso no les gusta demasiado. Así que cualquier recién llegado podía desistir de entrar en la habitación con solo verse reflejado.

—Pues ahora el espejo está cuidadosamente embalado en una caja de cartón... y las demás... bueno... las demás protecciones ya no existen.

—En ese caso —dijo Tomislav—, creo que lo mejor será que te mudes a mi casa.

—No lo sé —respondió Darija.

Lo cierto era que ella ya tenía unos cuantos años, pero Tomislav también. Y nunca se había casado; eso era lo que le habían contado en el pueblo. Había terminado la universidad y regresado a Tinjan. Se dedicaba al turismo y llevaba una vida tranquila, sin estrés. Tal vez valiera la pena conocerlo mejor...

Del vaso de Tomislav ascendía el aroma del moscatel de Momjan, el mejor vino para las damas. Eso era lo que ella debería haber pedido. Siempre le habían enseñado que una mujer debía beber lo mismo que el hombre: así ambos se dejaban llevar al mismo ritmo y a la mañana siguiente despertaban con la misma clase de resaca.

—Quizá mañana. Esta noche dormiré en mi habitación.

—Ya sabes mi número. Y no tardes mucho en cambiar de idea.

 

Darija se acostó sin leer, con la ventana abierta porque ya habían aparecido los mosquitos sedientos de sangre. No quería pasarse la noche persiguiéndolos por la habitación.

Abajo cerró con llave la puerta de entrada y, casi sin darse cuenta, también la puerta de su cuarto.

Acostada, escuchó el paso de un automóvil; luego el zumbido de un ciclomotor que siguió oyéndose durante mucho tiempo desde el valle; después, un rebaño de cabras que regresaba tarde a casa. Desde algún lugar llegaba un sonido como surgido del centro de la tierra: el roer impaciente y furioso de un ratón o de algún otro roedor de campo.

Parecía haber silencio, pero en realidad el ruido de la naturaleza y de las criaturas nocturnas que abandonaban sus escondites llenaba el aire. En cualquier momento podría oír el golpeteo de las pezuñas de los ciervos, el deslizarse de un zorro por los túneles del matorral o los empujones de los jabalíes sobre las hojas podridas del otoño anterior.

Se levantó y miró por la ventana.

Entre las frondosas ramas del almez se filtraba una débil luz de luna. Desde aquella altura, la hierba nueva bajo la ventana parecía, bajo el escaso resplandor lunar, un campo de briznas de cristal rotas.

—Como si alguien hubiera caminado por aquí —pensó—. Quizá Jure Grando. De visita en la casa donde nació.

Se miró a sí misma, con su pijama de franela. No era precisamente el prototipo de una doncella victoriana. Además, Dios era testigo de que, desde la primera hora de sus prácticas universitarias, en algún lugar de Zagorje, había excavado esqueletos, hueso por hueso, falange por falange. Nada relacionado con lo humano, ni siquiera con los muertos, le resultaba extraño. Tenía edad suficiente para no temer ni a la muerte, ni a los ladrones, ni a los secuestradores, ni siquiera a sí misma. Y, por si acaso, junto a la cama tenía un rosario de madera de abedul.

A la mañana siguiente, cuando se encontró con Tomislav para tomar un café en El Vampiro, un vecino se acercó a la barra y, con gesto preocupado, pidió una copa de biska.

Alguien había avisado de que en el cementerio había aparecido un charco poco profundo, justo al lado de la tumba de Jure, y que se estaba extendiendo por los alrededores. Ya revoloteaban mosquitas sobre él y, antes del mediodía, aquello podría empezar a despedir un olor insoportable.

Porque, al parecer, se trataba de sangre.

 

Aquella tarde, en el yacimiento, quitó cuidadosamente el polvo de un mosaico que representaba algo parecido a un macho cabrío negro.

Mientras hacía un boceto en su cuaderno, una creciente inquietud le impedía concentrarse. Decidió interrumpir el trabajo, cubrió el mosaico con ramas secas, se echó al hombro la mochila, ahora medio vacía, y dejó las herramientas escondidas en un hueco al pie del gran muro de piedra seca. Entre aquellas piedras había una que ella misma había colocado años atrás. Luego emprendió a pie el camino hacia Kringa.

El pueblo estaba extrañamente animado.

Algunos turistas madrugadores recorrían las calles dando vueltas en círculo y reaparecían una y otra vez frente al café. Allí había varios grupos de jugadores de cartas, aunque nadie estaba jugando. Todos cuchicheaban, exagerando los gestos con bruscos movimientos de las manos, como si discutieran en silencio.

—Pronto anochecerá —dijo Darija, sentándose junto a Tomislav.

Aquel día había trabajado bastante más de lo habitual. Al mediodía solo había pasado por la taberna para comer šurle con espárragos y había regresado enseguida al yacimiento, intrigada por el mosaico.

—Creo que esta noche te mudarás a mi casa —dijo Tomislav—. Lo que apareció en el cementerio, ese desagradable charco... es sangre.

—Vamos, no digas tonterías —lo reprendió Darija—. ¿Sangre de quién? ¿De dónde iba a salir tanta sangre? ¿Y cómo saben que es sangre?

—Ive recogió una muestra y se la llevó a su hija. Ya sabes que trabaja en el laboratorio del consultorio. No le dijo de dónde la había sacado; solo le pidió que la analizara. Y sí: es sangre.

De pronto, Darija sintió que no podía pensar. Se pellizcó el muslo a través de los gruesos pantalones vaqueros. «¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿De qué estamos hablando?» Los vellos de sus antebrazos se erizaron. Aquello le ocurría siempre que la asaltaba un presentimiento imposible de nombrar. «Pero esto no deja de ser una historia», pensó. «Quizá todo sea un invento para atraer turistas antes de que empiece la temporada.»

—Puede que todo coincida con tu... "limpieza" de aquella habitación —dijo Tomislav, inclinándose hacia ella con aire conspirativo.

Era un hombre ya algo calvo, pero conservaba unos ojos muy bien dibujados y una nariz fina, pese a los años. No sabía muy bien por qué ese detalle acudía ahora a su mente. Y, sin embargo, volvió a sentirse capaz de pensar con claridad.

—Esta tarde unas ancianas han estado hablando junto a la verja. Dicen que Jure ha regresado. Y que ahora todas las mujeres del pueblo están en peligro: las jóvenes, las viudas mayores, las dependientas, las camareras... incluso las propias ancianas.

Darija soltó una carcajada.

En las demás mesas se hizo el silencio. Todos se volvieron hacia ella con gesto de reproche, incluso un joven que bebía solo un cóctel de un color extraño mientras examinaba con gran atención una enorme cámara fotográfica. «Seguro que es periodista», pensó, sintiendo lástima por él.

—Mañana abrirán la tumba —dijo Tomislav—. Al amanecer. ¿Te interesa verlo?

—Claro que sí. —Los arqueólogos tenían fama de profanar tumbas y, además, ella había estudiado etnología durante tres años. Era una buena oportunidad para cerrar el círculo—. Iré, por supuesto.

Aquella noche durmió muy poco. Y podía decirse que tenía miedo. El viento golpeaba los postigos y silbaba de una forma extraña al colarse entre las cortinas, de modo que decidió cerrar la ventana. El silencio que siguió resultó todavía más inquietante. En algún momento, medio dormida, le pareció oír pasos en el pasillo y volvió a despertarse. Pensó en encender la luz, salir de la habitación e iluminar toda la casa. En bajar a la cocina y encerrarse allí. En el peor de los casos, siempre podría escapar por la ventana, aunque afuera quizá la situación fuera aún peor. Tuvo que levantarse tres veces para ir al baño, pero fue aplazándolo hasta el último instante. Abrió el neceser y se quedó mirando las pastillas para los nervios. Al final decidió no tomarlas. Los vellos de sus antebrazos permanecían constantemente erizados y la piel ya comenzaba a escocerle. En su cabeza nacían ideas angustiosas, lentas pero muy precisas. No eran precisamente inocentes; parecían pensamientos que pertenecían a otra persona. Al final cayó rendida sobre la cama y se quedó dormida, agotada por el cansancio y los nervios.

Poco antes del amanecer soñó con Jure Grando.

Vestía una capa negra y lucía un fino bigote de dandi. Bajo el brazo llevaba una botella de cerámica cubierta de un brillante esmalte, y del bolsillo de la chaqueta asomaba una hostia.

Le sonreía, enseñándole los colmillos, chasqueaba los labios rojizos.

—Ay, Darija... Darija... —la reprendía—: Has limpiado muy bien la habitación. La botella estaba vacía; el vino ya se lo habían bebido los albañiles antes de tapiarla. Y esa hostia tuya tampoco vale gran cosa.

En ese instante la hostia comenzó a deshacerse en polvo.

Darija abrió los ojos, cegada por los remolinos de polvo que giraban dentro de los rayos del sol de la mañana, mientras el teléfono móvil, sobre la mesilla, sonaba con insistencia. Era Jopa.

—Tomislav me pidió que te llamara. Dice que intenta localizarte desde las seis de la mañana y no contestas. Está preocupado.

Miró el reloj. ¡Ya era bastante tarde! ¡Tendría que haber estado hacía rato en el cementerio!

—Darija, ¿qué hiciste anoche? —preguntó Jopa al oír su voz ronca y entrecortada—. Suenas como si no hubieras dormido. ¿No habrás encontrado algún novio?

«A mi edad ya no se dice "novio"; se dice "novio abuelo"», pensó.

Y sí, Jopa, su amigo desde la juventud, compañero de trabajo durante tantos años, seguía siendo celoso y continuaba insinuándosele. Pero, por muchas historias pasadas y futuras que compartieran, sabía que entre ellos nunca ocurriría nada.

—Sí, tengo un nuevo novio —respondió—. Ya te hablaré de él cuando vuelvas.

 

En el cementerio, un pequeño grupo de personas permanecía sobre el terreno empapado observando a dos hombres que excavaban la tumba. Con cada palada brotaba más barro. No muy lejos, un perro bebía agua de un charco turbio. Por la carretera cercana pasaban automóviles rumbo al trabajo; de vez en cuando alguien tocaba la bocina al ver a los hombres cavando. Poco después pasó una furgoneta decorada con dibujos de panes y luego el reparto de periódicos camino del quiosco junto a la escuela.

Mientras tanto, el barro del fondo de la fosa adquiría un color cada vez más rojo. Dos hombres permanecían cerca sosteniendo largas estacas afiladas. A su lado, un muchacho grababa la escena con el teléfono móvil.

Los presentes se santiguaron cuando resonó un golpe de la pala contra la madera. Al menos, eso fue lo que pareció. Tomislav caminó delante de Darija, abriéndole paso. Pronto se levantó un murmullo de excitación. Era evidente que habían encontrado el ataúd. Ahora lo estaban abriendo.

—Ahí está... Es Jure...

Darija se acercó al borde. Abajo distinguió los restos bastante bien conservados de un esqueleto, empapados por aquella sustancia roja. Recordó que la leyenda decía que, cuando abrieron la tumba por primera vez siglos atrás, también había brotado sangre por todas partes, mientras el vampiro yacía con las mejillas sonrosadas y una sonrisa burlona.

En ese instante lamentó no tener una estaca en la mano.

Medio hundido en el barro, el esqueleto parecía reírse de ella e invitarla a comprobar cuál de los dos vencería esta vez.

De pronto, un potente chorro de líquido surgió de la tierra justo bajo el cráneo y lo lanzó violentamente... ¡directamente a los brazos de Darija!

El mismo reflejo instintivo que hace subir de un salto a una silla cuando entra un ratón en la habitación actuó ahora con toda su fuerza.

Arrojó el cráneo de vuelta a la fosa como si fuera una pelota, con una expresión de repugnancia impropia de alguien acostumbrada a manipular restos humanos de siglos de antigüedad. Se limpió desesperadamente las manos en el jersey. Ahora estaban teñidas de un rosa intenso, igual que los ciclámenes que florecían tras el muro, aunque todo su cuerpo ya estaba cubierto de barro. Aquella masa era más roja que la tierra rojiza de Istria, como si una riada hubiera arrastrado polvo de ladrillo. Solo que aquello era pegajoso, olía mal y...

Entonces recordó el análisis realizado por la hija de Ive. Y gritó, aterrorizada:

—¡Tapen la tumba! ¡Rápido, tápenla!

Los hombres la obedecieron sin discutir. Cubrieron la fosa apresuradamente, casi aliviados de que alguien hubiera expresado en voz alta el miedo que todos compartían.

 

Más tarde, naturalmente, estaban otra vez en El Vampiro, tomando el café de media mañana.

—No hemos solucionado nada —dijo Tomislav con preocupación—. Y el cráneo... ¿viste dónde cayó?

—Donde había estado siempre. Justo donde debía ir la cabeza.

—Eso no está bien. Tendríamos que haberlo colocado entre las piernas de Jure. Quién sabe... Tal vez todo esto siga un orden perfectamente lógico. Primero tú irrumpes en la habitación de la casa donde nació; después la dejas impecablemente limpia para que cualquiera pueda entrar; al día siguiente este muerto viviente decide regresar porque, digamos, su cabeza sigue en su sitio. ¿Por qué te ríes? El barro sigue brotando en el cementerio, sea sangre o lo que sea.

Darija comprendió que tenía razón. Hubiera sido Jure Grando o no el origen de todo aquello, el problema seguía allí. Los vecinos se preguntaban cómo iban a permitir que los turistas pasearan durante el verano junto a semejante hedor y aquellas nubes de insectos. Quizá incluso tuvieran que trasladar el cementerio. Y, en ese caso, también el museo y el café podrían verse obligados a abandonar Kringa. Ya no tendrían dónde jugar a las cartas cuando llegaran las lluvias otoñales y la niebla volviera a adueñarse de los valles. Solo les quedaría reunirse por las noches en sus casas para beber vino y pensar en aquel barro que se extendía por Kringa, por toda Istria y por el mundo entero como una mancha de maldad.

Darija recordó el sabor del espeso teran, de color rubí, que en otro tiempo había simbolizado la fuerza de la vida, hasta que poco a poco cedió su lugar al vino blanco como símbolo de la pureza de esa misma fuerza en el sacramento de la eucaristía.

De pronto se animó. «¿Por qué no? ¿Por qué no intentarlo?» Si todos estaban convencidos de que aquello era sangre y de que guardaba relación con el vampiro, ¿por qué no creerlo también ella?

Los vellos de sus antebrazos volvieron a erizarse al instante, como confirmándole que estaba en lo cierto.

—Tomislav... ¿Conoces a algún sacerdote en quien se pueda confiar?

—Bueno...

Ella le explicó su plan.

—La verdad —admitió Tomislav de mala gana— es que conozco a más personas que tienen una cisterna de cinco mil litros que curas discretos. Pero haré lo posible.

 

A la mañana siguiente una cisterna azul se detuvo junto al cementerio.

El conductor bajó, desenrolló una larga manguera y, con ayuda de Tomislav, la pasó por encima del muro.

Comenzó entonces el riego del cementerio.

El potente chorro de líquido rojo golpeaba con fuerza las lápidas y salpicaba la hierba, mezclándose con el barro de los senderos.

Desde cierta distancia observaban la escena varias ancianas y algunos vecinos, con evidente preocupación.

—¡Qué desperdicio... qué desperdicio! —repetía el conductor, resignado.

Cuando la cisterna quedó vacía, él y Tomislav subieron a la cabina y regresaron hacia Tinjan.

Detrás de ellos pasó Darija al volante del Fiat Punto de Tomislav. Tomó el camino de tierra que discurría junto al muro de piedra seca hacia el yacimiento arqueológico, dejando atrás, por aquella mañana, todos los sucesos y todas las conjeturas.

—Así que sobreviviste —dijo Jopa.

Había regresado de Zagreb el día anterior. También había ayudado a Darija a trasladarse a casa de Tomislav y, de paso, él mismo se instaló en la habitación contigua.

—Devolví la llave a la taberna. Me dijeron que los propietarios vuelven este fin de semana.

—¿Y cómo vas a explicarles que derribaste media pared del pasillo y limpiaste aquella habitación?

—No pienso explicarles nada. Ellos también podrían haberme contado por teléfono, cuando alquilé la casa, quién había nacido en esa habitación. ¡Podrían haber hecho un museo!

—Bueno, dos museos dedicados al mismo vampiro tan cerca uno del otro quizá habrían sido demasiados. Por cierto, dicen que poco después de vaciar la cisterna desaparecieron el charco y las moscas, y que ahora junto a la tumba crecen margaritas. Un paisaje idílico.

—Sí. Ya no queda ningún rastro.

—¿Y con qué llenaron la cisterna? ¿Algún desinfectante? ¿Algo contra las ratas? ¿Insecticida?

—Nada de eso. Pero, si te lo digo, prométeme que no te reirás.

—Me conoces. No puedo prometer semejante cosa —respondió Jopa muy serio.

—Al principio yo tampoco creía en toda aquella historia. Pero luego pensé: «Cree, y todo se resolverá».

—¿Qué había dentro de la cisterna?

Darija recordó al sacerdote que, al amanecer, antes del primer toque de campanas, había celebrado la misa detrás de la iglesia y bendecido una cisterna llena del mejor y más espeso vino teran.

Se vio a sí misma y a Tomislav repasando mentalmente la lista de patrocinadores que habían donado semejante cantidad de vino. Recordó también al conductor de la cisterna, escuchando la oración con las manos entrelazadas y expresión afligida.

—La sangre de Cristo. Vino transformado en la sangre de Cristo.

—Sangre contra sangre —dijo Jopa en voz baja—. Una infección contra otra, al menos en teoría.

—¿Sabes? Creo que durante mucho tiempo voy a beber solo cerveza.

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.

 

 

LA LUZ DE LA CASA OSCURA