viernes, 7 de agosto de 2026

RISAS, COSTILLAS Y CALAVERAS

Saša Robnik

 

Alonso está sentado frente a su carreta. Con una vara aviva el fuego, que proyecta sombras ondulantes, mientras recuerda los buenos tiempos. De vez en cuando su mirada se escapa hacia el perfil de la ciudad tendida en el valle, allá abajo, y frunce el ceño. El viento gime entre las ruinas y los bulevares desiertos, esparciendo su tristeza por un mundo donde toda vida se ha marchitado.

El caballo, no muy lejos de él, aunque lo bastante cerca del calor de la hoguera, comienza a relinchar y a golpear con el casco la tierra estéril; las ratas vuelven a molestarlo.

Una sonrisa melancólica se dibuja en el rostro de Alonso.

—Rocinante, acércate un poco más. Esa alimaña no se acercará a las llamas.

Sabe que el caballo está resentido desde hace ya tres días, desde que emprendieron el viaje por el mundo devastado. Alonso vuelve a abrir la boca para repetir la invitación, esta vez con voz más suave, pero en ese mismo instante Rocinante responde con un largo e indecoroso sonido cuyo insoportable olor no deja lugar a dudas.

—¿Con que esas tenemos? —murmura Alonso.

Aviva el fuego con más fuerza, haciendo saltar las chispas, mientras recuerda las razones por las que abandonaron el libro para internarse en el mundo de los lectores.

El primero en advertir que algo andaba mal en el tejido de la novela había sido su amigo Sancho. Vagaba entonces, fuera del orden previsto de la historia, por las tierras de La Mancha, cuando descubrió que faltaban algunos párrafos descriptivos. Naturalmente, nadie le creyó. Pero cuando cayó una intensa lluvia de letras, seguida por una tormenta que arrastró varios molinos de viento en la llanura de Montiel, comprendieron que Sancho no deliraba.

Entonces Dulcinea, al ver la obstinación con que todos se negaban a aceptar lo evidente, pronunció una breve frase que les abrió los ojos y el corazón.

—Hermanos, hace un año que nadie nos lee.

Desde entonces las anomalías se multiplicaron. Las páginas de su mundo comenzaron a desplazarse al azar; la secuencia narrativa se desmoronó y los personajes iban cayendo de un párrafo a otro, apareciendo simultáneamente en distintas partes de la novela.

Alonso decidió enfrentarse a aquella plaga. Reunió en un frasco las partículas narrativas del libro, las cargó en la carreta, enganchó a Rocinante y partió hacia el mundo de los lectores.

En aquella extraña y despiadada realidad confirmó la sospecha que lo atormentaba: por qué ya nadie los leía, por qué su mundo se deshacía y qué era necesario para recomponer el libro.

La risa.

La risa del lector era el tejido que mantenía unidas las páginas y las palabras. Debía encontrarla a cualquier precio.

Rocinante, en cambio, jamás había querido abandonar la novela. Estaba convencido de que todo el mérito acabaría atribuyéndose al orgulloso imbécil de Alonso, y ahora allí estaba, soportando que las ratas le mordisquearan los garrones mientras el viento arrastraba el olor de la descomposición. Se preguntaba qué sentido tenía buscar la risa en un mundo que se había destruido a sí mismo.

El sentido de su existencia había desaparecido con los primeros bombardeos atómicos, pero aquel grupo de idiotas formado por Sancho, Alonso y Dulcinea era incapaz de comprenderlo.

Dulcinea...

Una campesina ordinaria a la que Alonso había elevado a un pedestal. Lo había despedido con besos y promesas que lo hicieron ruborizarse como un tulipán. Cualquier caballo con un mínimo de sentido común encontraría aquello repugnante.

¿Y Sancho?

Había salido huyendo, escondiéndose entre párrafos que ni siquiera le pertenecían.

Un cobarde como ya no existía en la literatura... porque la literatura misma había dejado de existir.

La oscuridad retrocede y la pálida luz de un nuevo día se derrama sobre un mundo cubierto por pesadas nubes, semejantes a un sudario extendido sobre un cadáver.

Alonso ni siquiera se preocupa por apagar el fuego. Dobla con calma la manta con la que se había cubierto y la arroja a la carreta. Después se acerca a Rocinante, lo engancha al vehículo, sube al pescante y permanece de pie contemplando el paisaje.

Bajo él, la ciudad yace inmóvil, sepultada por cenizas, hierro fundido y un silencio opresivo.

Hace mucho que su nombre se perdió.

Solo queda una silueta, una inmensa quemadura circular sobre la tierra y estructuras que sobresalen entre las ruinas como huesos rotos. El río aparece turbio e inmóvil. El bosque ha quedado reducido a negros pilares, restos carbonizados de antiguos árboles.

Tira de las riendas, pero el caballo no se mueve. Permanecen inmóviles hasta que Alonso intenta persuadirlo.

—Vamos, fuerza mía. Pongámonos en marcha y salvemos nuestro mundo.

Rocinante arranca de mala gana, con un brusco tirón cargado de desprecio y una maldición apenas contenida. Alonso cae sobre el asiento, reprime la ira que empieza a invadirlo, se acomoda como puede sobre la incómoda tabla y continúan el viaje.

Poco después abandonan el bosque calcinado y llegan a una carretera asfaltada casi completamente cubierta por la vegetación. No tardan en encontrar un automóvil. Se detienen. Alonso salta al camino, se acerca a la ventanilla cubierta de polvo, limpia el vidrio con la mano y mira hacia el interior.

Dos esqueletos, inmóviles y silenciosos, permanecen sentados como testigos eternos de su último instante. Al acompañante le falta el cráneo. Ha caído sobre su regazo, justo entre sus manos.

Alonso golpea el cristal.

El esqueleto levanta la calavera y empieza a mover la mandíbula como si hablara, pero la voz, amortiguada por el vidrio, resulta incomprensible. Alonso hace gestos desesperados para indicarle que no puede oírlo, pero el esqueleto sigue hablando. Cuando está a punto de rendirse y regresar a la carreta, Rocinante se acomoda y, de una poderosa coz, hace estallar la ventanilla.

La voz, ahora perfectamente audible y cargada de furia, rompe el silencio.

—¡Malditos vándalos! ¿Por qué profanan nuestro descanso? ¿Es que las tumbas ya no significan nada para ustedes?

Alonso, avergonzado, balbucea:

—Mil disculpas, amigo muerto. No podía oírte detrás del cristal. Por favor, dinos...

El esqueleto lo interrumpe.

—¿Te queda aunque sea un grano de cerebro? ¿No ves que se me han caído los dedos? ¿Cómo demonios iba a abrir la ventanilla? Bastaba con abrir la puerta, presentarte con educación y preguntar lo que querías. ¿Y ustedes por qué siguen respirando?

Alonso dirige al caballo una mirada llena de reproche. Aquella violencia había sido completamente innecesaria.

El otro esqueleto levanta su calavera hasta la altura de la ventanilla y, con voz femenina, interviene:

—Conozco a estos idiotas. Los leí cuando era joven. Salieron de la novela para venir a fastidiarnos. Escuchemos qué quieren y luego podremos seguir muriendo en paz.

—Necesitamos la risa. Nuestro mundo se está desmoronando. ¿Dónde podemos encontrarla? —pregunta Alonso rápidamente para evitar otra reprimenda.

Los esqueletos permanecen callados durante unos instantes, como si deliberaran en silencio.

Por fin el primero responde:

—Vayan a la ciudad. Busquen un montón de muertos y todos se reirán de ustedes porque son unos idiotas; eso es evidente. Prueben en el estadio. Creo que allí se estaba jugando un gran partido cuando ocurrió todo. Ahora... ¡lárguense!

La carreta avanza lentamente por un ancho bulevar, entre vehículos abandonados, vegetación salvaje y edificios derrumbados.

Alonso absorbe cada detalle de aquel extraño mundo que contempla por primera vez desde el inicio de su existencia. La inquietud y la tristeza se infiltran en su corazón de papel, pero el deseo de salvar su mundo prevalece.

Por fin rompe el silencio.

—Cada día deberíamos dar gracias por la suerte de que nuestro libro quedara olvidado en el sótano de aquella casa de campo, lejos de toda esta tristeza. —Rocinante no responde. Tira de la carreta como si nada de cuanto lo rodea pudiera afectarlo. Pero Alonso continúa hablando—. Si nuestro ejemplar hubiera estado aquí, nos habríamos convertido en vapor de tinta y papel. ¡Cómo llora mi alma por todas nuestras demás copias!

Los esqueletos dispersos que van dejando atrás giran curiosos sus calaveras y los observan con las cuencas vacías, horrorizados por su lamento y por la forma en que alteran la paz de la muerte.

Ni una sola palabra ha dedicado Alonso al mundo de los lectores, ni ha mostrado respeto por los restos de los fallecidos.

Los gritos y los insultos comienzan cuando una rueda de la carreta aplasta los huesos de un brazo y parte de las costillas de un esqueleto.

—¡Podrían tener un poco más de cuidado! —grita una calavera desde el interior de un autobús calcinado.

Otro esqueleto, doblado sobre el escaparate de una antigua floristería, añade:

—¡Pedazos de simios! ¡Han dejado al muerto sin brazo!

—¡Ojalá hubieran muerto entre tormentos, malditos vivos! —resuena desde una mesa frente a una vieja pastelería.

Alonso tira de las riendas y Rocinante acelera al trote. Poco a poco los insultos se funden nuevamente con el silencio. Finalmente aparece el estadio. La pareja de esqueletos del automóvil no había mentido. Jamás había visto una concentración tan enorme de restos humanos. El corazón comienza a latirle con violencia mientras atraviesan el túnel que conduce al campo de juego.

Alonso abre los ojos con asombro. Rocinante deja caer la mandíbula, como si quisiera desgarrar el silencio. Contemplan las tribunas cubiertas por una masa interminable de huesos. Centenares de miles de costillas y calaveras. Mandíbulas abiertas en un grito silencioso. Clavículas y tibias esparcidas como ramas secas. Vértebras que desafían el paso del tiempo. Dedos que sobresalen entre los montones. Dientes dispersos como fragmentos de vidrio.

El estadio parece haberse convertido en una arena donde los muertos luchan por recuperar la forma que un día tuvieron.

Alonso sale de su estupor y se pone manos a la obra.

Baja el frasco de la carreta, lo deposita sobre el césped y desenrosca la tapa. De su interior brotan violentamente cintas de luz multicolor. Se elevan hacia el cielo, se deshacen en millones de diminutos destellos y empiezan a descender. El terreno comienza a transformarse. Se convierte en una inmensa llanura castellana donde se alzan orgullosos antiguos molinos de viento.

Alonso regresa a la carreta, se coloca la armadura, toma la lanza y ensilla a Rocinante. Monta y, erguido con toda dignidad, grita de manera que su voz resuena por todo el estadio.

—¡Yo soy don Quijote de la Mancha, caballero andante, que dedica todas sus hazañas a la dama Dulcinea del Toboso!

El viento dispersa las palabras. El silencio devora hasta el último eco. Después de unos instantes, desde aquella inmensa osamenta colectiva llega una voz.

—¡Eres un idiota con una armadura hecha jirones!

Una risa tímida estalla y enseguida se apaga.

—Parece que no te toman muy en serio, caballero —se burla Rocinante.

La risa vuelve a escucharse desde las tribunas.

El viento, que antes se tragaba las palabras, hace girar las aspas de los molinos, transformándolos en gigantes con brazos tan largos como el horizonte.

Alonso aprieta la lanza, espolea al caballo y carga a través de la llanura.

Su voz retumba.

—¡En marcha, Rocinante!

Rocinante corre más veloz que la tormenta. La lanza se extiende como el brazo mismo de la locura. El molino chirría furiosamente mientras espera. Una nueva ráfaga de viento levanta de improviso un aspa, rompe la lanza y arroja al caballero al polvo. Ahora todo el estadio estalla en carcajadas.

Alonso permanece tendido en el suelo, convencido de que un malvado hechicero lo ha convertido en objeto de burla. Rocinante vuelve la cabeza, relincha y la sacude con sorna. La inmensa osamenta de las tribunas vibra bajo una ovación burlona. Alonso abandona entonces el papel que le asignaba la historia. Se pone de pie, hace una reverencia al público de muertos.

—Lo conseguimos, fuerza mía —le dice al caballo—. Ahora volvamos a casa.

Por primera vez desde que habían abandonado el libro, su locura encontraba el lugar que le correspondía dentro del relato.

—¿Para que Dulcinea cumpla la promesa que te hizo? —le responde el caballo, riéndose.

—No seas grosero. Ella es una dama y yo un caballero honorable.

Rocinante lo mira y vuelve a emitir aquel mismo largo e indecoroso sonido, acompañado por un hedor insoportable. El inmenso bosque de osamentas estalla en una carcajada todavía mayor. Una risa que se extiende por el mundo como un incendio forestal. Un incendio que nunca piensa detenerse. Jamás.

Saša Robnik nació en Sarajevo en 1969 y creció en Alemania, donde se enamoró de la prosa de género: ficción especulativa y fantasía. Desde los quince años, vivió en Sarajevo hasta 1994, cuando se instaló en Novi Sad, donde aún reside. En 2010, la editorial IP Tardis publicó su colección de relatos fantásticos Anđeli na kocki šećera, que entrelaza motivos urbanos y folclóricos. Sus obras están representadas en las revistas Znak Sagite, UBIQ, Balkanski književni glasnik y Omaja, así como en las colecciones Zbirka V – fantasticne priče iz ravnice, Nešto diše u mojoj torti, la colección de Istrakon, Apokalipsa laži, y en la colección digital Izvršenje pravde, traducida a varios idiomas. Su nuevo libro, Fantazam mastila i hartije, una novela fantástica con elementos de metaficción, se encuentra actualmente en proceso de impresión.

 

 

DOBLE

Lu Evans


 

El detective Amaral consultó sus notas y apretó los bordes de los ojos con los dedos al reflexionar sobre la historia más absurda y desconcertante que había oído en toda su carrera en la policía. Desafortunadamente, su jefe le había dado el caso y no había forma de librarse de su obligación. Sentado en la sala de interrogatorios, miró al hombre apático que se sentaba al otro lado de la mesa, vestido con un pijama sucio, y dijo:

—Entonces, señor Benjamin Rossi, vamos a empezar desde el principio, pues su testimonio ha dejado muchas lagunas que necesitamos llenar. Usted vino aquí para hablar de su amiga, la señora Velca Gonzales, que ha desaparecido, ¿correcto?

Ben (así es como le gustaba a Benjamin ser llamado) asintió.

—Sí, Velca y yo éramos amigos desde la infancia e incluso compartimos la misma casa; y sí, ella desapareció por completo.

—Pero... señor Rossi, la mujer desaparecida está sentada en la sala de espera de la comisaría, ¡sana y salva, vivísima! ¿Cómo pudo haber desaparecido si incluso el análisis de ADN que le hicimos, por insistencia del señor, probó su identidad? ¿Y no fue ella quien lo trajo aquí hoy, a petición suya?

Ben se rascó la barbita, resultado de algunos días sin afeitarse.

—Me dijiste que reiniciara mi historia, ¿no? —replicó con un tono exasperado. El policía respiró hondo y, con un gesto impaciente, lo estimuló a comenzar la historia por tercera vez—. Como dije, Velca y yo somos amigos desde niños. Nacimos el mismo día y en el mismo hospital. Crecimos en la misma calle, estudiamos en la escuela pública del barrio e ingresamos en la misma facultad, e incluso decidimos seguir la misma profesión... Siempre nos consideramos hermano y hermana, no por lazos de sangre, sino por fuerza del destino y del libre albedrío... Hace unos tres meses, decidimos vivir en la misma casa para reducir gastos. Queríamos algo en una playa apartada donde pudiéramos vivir en contacto con la naturaleza. Después de buscar por unas semanas, encontramos una ganga en la Playa de las Piedras Perdidas y la alquilamos sin pestañear. La casa necesitaba algunas reparaciones y nos mudamos allí hace dos semanas, después de que todos los servicios se completaron.

—Ahí empezaron los problemas, ¿no?

—Sí. La primera semana, yo tenía la impresión de que había alguien rondando la casa. Cuando comenté mi sensación con Velca, ella me miró con un aire asombrado y asustado. Empezamos a estar atentos a cualquier sonido, cualquier movimiento extraño.

—¿Y llegaron a ver a alguien?

—Esa primera semana, no.

—¿Y la segunda semana?

Ben tragó en seco y sintió su frente húmeda. La limpió con la palma de la mano, tomó un sorbo de agua y prosiguió:

—Recuerdo bien la primera vez que la vi. Era el segundo domingo en la casa nueva y yo estaba viendo la televisión en el sofá de la sala, pero me quedé dormido. De repente, tuve un presentimiento muy extraño y abrí los ojos. Vi un bulto que venía hacia mí. Intenté gritar, pero no pude. Intenté moverme, pero mi cuerpo estaba pesado. El bulto se sentó a mi lado y se quedó allí por algunos minutos, y después se levantó y salió.

—¿Era hombre o mujer?

Ben soltó una risa triste y nerviosa.

—Una mujer, sin duda alguna... —Se inclinó un poco sobre la mesa en la dirección del policía y susurró, apuntando con el dedo tembloroso hacia la puerta: —¡Ella!

El policía movió la cabeza lentamente hacia arriba y hacia abajo, confirmando que lo creía.

—Me lo imaginé, ya que viven juntos. Seguramente ella se sentó en el sofá y vio un poco de televisión, pensando que usted estaba dormido. ¿Se ha detenido a pensar en esa posibilidad?

—No, detective Amaral, no lo pensé, porque Velca, mi amiga, no era un bulto, sino una persona de verdad. Y lo que vi en la sala, bajo las luces de las lámparas, fue una persona hecha de sombras... En ese momento, no tenía forma de saberlo, pero era ella, la impostora que está ahí fuera esperándome.

—Que dejó de ser bulto y pasó a parecerse a su amiga. —Amaral intentaba no imprimir en la voz ningún rastro de burla, pero el relato era tan extravagante que temía que tarde o temprano perdería la compostura.

—Tomó su lugar.

—No encontramos ninguna evidencia de que la mujer que lo trajo aquí sea otra más que su amiga Velca Gonzales.

Ben soltó un bufido y cerró los ojos, intentando calmarse. Entonces dijo:

—No me cree, pero no me rendiré hasta demostrar que no es Velca.

—Muy bien. Antes de continuar con la historia, necesito hacerle una pregunta: ¿esta amistad es solo amistad o hay algún elemento romántico?

Ben sacudió la cabeza con fuerza.

—Amistad, nada más.

—Nunca hubo nada, ¿estás seguro? ¿tal vez una pelea, celos?

—Nunca. ¿Usted no cree que un hombre y una mujer puedan ser solo amigos?

—A decir verdad, no… Amigos viviendo solos en una playa paradisíaca... sin decir que ella es muy atractiva, ¿no piensa?

Ben, a pesar de sentirse un poco avergonzado, reveló:

—Yo soy gay.

—¡Ah! Entiendo... ¡Continúe su historia, por favor! Iba diciendo sobre el bulto que se sentó a su lado y después tomó el lugar de su amiga. ¿Qué sucedió mientras tanto entre la primera visión de la criatura y la desaparición de la señorita Gonzales?

—Tan pronto como tuve ese primer contacto con la cosa, no le dije nada a Velca porque pensé que había sido un sueño, un delirio, pero ese fue mi gran error. Esa misma noche ella se enfermó.

—¿Cuáles eran los síntomas?

Ben pensó un poco y relató lo que oyó de la amiga: fiebre, dolor en el cuerpo entero, migraña y manchas oscuras en la visión.

Amaral pasó los ojos a sus anotaciones y, en un rincón del cuadernito, escribió algo.

—Interesante. La primera y la segunda vez, no me dijo nada sobre manchas oscuras en la visión.

—Es porque acabo de recordar ese detalle que ella comentó... Pensé que tenía un resfriado y que pronto se pondría mejor, pero al día siguiente, me di cuenta de que estaba empeorando.

—¿Por qué no la trajo al médico?

—No encontré las llaves de los autos, ni del mío, ni del de ella. La impostora escondió todo.

—¿Por qué no llamó un taxi o incluso una ambulancia?

—No encontré los celulares.

—¿Y la Internet, la computadora? ¿No podía pasar un mensaje a algún amigo o familiar en una red social o por e-mail?

—También han desaparecido mi portátil y el de Velca.

—¿Qué hizo, entonces?

Ben arribó los hombros como si se sintiera vencido por el enemigo.

—Nada. ¿Qué podía hacer? Velca siempre fue más alta que yo, más pesada que yo. Una mujercita, como se dice por ahí. Yo no podría cargarla en brazos hasta la ciudad... Pero me quedé a su lado, y también la alimenté. Hice té, sopa.

—Necesito aclarar ese punto con usted. Mire, no podría estar a su lado todo el tiempo, porque buscó en la casa los artículos que dijo que había perdido, y también tuvo que ir a la cocina para hacer el té, la sopa. Todo esto lleva tiempo.

Ben asintió con la cabeza.

—Y ese fue otro error mío, pues mientras yo hacía todo eso, la impostora iba hasta su cuarto...

El detective usó esa pausa para consultar sus notas y vio que era la primera vez que decía algo así.

—Complete.

—Para robar su apariencia.

—Pero, ¿cómo puede saberlo si estaba en otras partes de la casa?

—¿Qué más podría explicar la enfermedad de Velca?

—¡Muchas cosas, por supuesto! Si es que estuvo enferma recientemente, pues me pareció muy bien dispuesta y saludable cuando lo trajo esta mañana. Y no conteste mis preguntas con otras. Intente responder de forma objetiva y clara. Ya llevamos en eso más de dos horas, mi señor.

—Pues bien, quiere saber cómo puedo explicar lo que le estaba sucediendo a ella... Yo mismo presencié el fenómeno. —Una pausa se alargó hasta que el detective, impaciente, carraspeó—. Decidí dormir con ella aquella noche. Dejé la luz de la lámpara encendida. Me dormí, pero durante la madrugada desperté y vi a alguien entrando en el cuarto. Era un bulto, pero no sólo una figura hecha de sombras. Ahora tenía cabello y ojos, e incluso una boca. El bulto caminó directo a la cama, se sentó cerca de Velca y se quedó allí por un buen tiempo.

—¿Por qué no hizo nada?

—Porque de nuevo no podía moverme... Cuando el bulto decidió irse, no era más bulto, sino una criatura que hasta piel tenía, pero era horrenda, parecía gente, pero no era... Al día siguiente, Velca se despertó, pero estaba muy débil y apenas podía hablar.

—¿Pero dijo algo?

Ben comenzó a llorar. Amaral ya estaba acostumbrado a cosas así, pero algo en Ben era muy cierto: una angustia, una desesperación casi infantil. Eso causó gran incomodidad en el policía.

—¡Hey, amigo! Trate de calmarse o pensarán que le estoy dando una paliza.

Ben pensó que era mejor dejar de llorar.

—Ella confesó que desde la primera noche en la casa de la playa, venía recibiendo la visita de un bulto que conversaba con ella —explicó, calmándose un poco.

Amaral consultó sus anotaciones, una vez más, Ben presentaba un dato diferente. Seguro que estaba inventando nuevas cosas para dar más veracidad a su trama, tal como lo hace un narrador de historias que va creando más detalles, dando más vida a los personajes cada vez que cuenta la misma historia.

—¿Y por casualidad mencionó el tenor de esas conversaciones que tenía con el bulto?

—Sí. La criatura de las sombras decía que iba a matarla.

El policía no sabía qué hacer con toda aquella información, pero había llamado a una siquiatra para estudiar el caso, pues el hombre, desde el momento en que llegó allí, parecía trastornado y delirante. La siquiatra estaba en la habitación de al lado, dividida por uno de esos vidrios que se puede ver a través de un lado y que del otro parece un simple espejo. Amaral sabía que ella estaba trazando hipótesis para explicar el asombroso relato del hombre; así, era necesario ir hasta el final para que ella recogiera todas las informaciones.

—¿Qué pasó después de eso?

— Seguí haciéndole compañía a Velca. Me alejé de ella sólo para conseguir algo de comida o ir al baño, pero ni siquiera para ducharme lo hacía, si sabe a lo que me refiero. —Amaral confirmó con un gesto. Ben olía como si no hubiera visitado la ducha en mucho tiempo. Al menos sobre eso no estaba mintiendo o delirando, concluyó el policía—. Yo tenía miedo de dormir e intentaba mantenerme despierto, pero siempre acababa cayendo por el sueño y, enseguida, me despertaba al notar que la criatura entraba en el cuarto y se sentaba al lado de Velca. Se quedaba allí por un tiempo y cada vez que se levantaba para irse, tenía un parecido aún mayor con mi amiga. Al mismo tiempo, Velca iba quedando translúcida.

—¿Translúcida? —Amaral leyó sus observaciones y no encontró ninguna referencia a eso. Era otro elemento nuevo.

—Transparente. Estaba desapareciendo como le dije al principio. Desapareciendo por completo... Yo lloraba mucho, pero no podía hacer nada. Por fin, en la madrugada de hoy, la impostora vino nuevamente al cuarto, ya bastante parecida a Velca, e hizo como en las noches anteriores. Se sentó a su lado y la miró fijamente. Entonces, cuando el sol estaba saliendo, ella se levantó e hizo una cosa diferente: fue hasta el armario y sacó de allí un vestido de flores que a Velca le gustaba mucho. Se vistió, se calzó con las zapatillas favoritas de Velca, se peinó los cabellos en frente del espejo, tarareando una melodía tal como Velca solía hacer. Y, para mi horror, ella se volvió hacia mí, sonrió y dijo: “El desayuno estará listo dentro de poco”. Y salió tarareando. Cuando miré hacia el otro lado, descubrí que Velca había desaparecido.

Ben comenzó a llorar de nuevo, pero esta vez aún más fuerte.

Amaral giró el cuello hacia el espejo e hizo un gesto sutil con la cabeza. Era la señal para la entrada de la siquiatra que ingresó a la sala con aire grave. Se presentó a Ben, explicó que lo estaba viendo desde el otro lado del espejo y se sentó en la silla al lado de Amaral.

—Señor Rossi —ella comenzó con un tono profesional—, todo lleva a creer que usted tiene lo que llamamos parálisis del sueño. Es una condición en la cual el individuo despierta, pero es incapaz de hablar o moverse, pues los músculos no responden. Es muy común que la persona vea bultos o criaturas aterradoras en esos momentos, que oiga ruidos, que piense estar flotando, que piense que no está respirando, y algunos pacientes incluso sienten malestar físico. La parálisis del sueño puede durar segundos o minutos, y es más común de lo que imaginamos. Entre el 15% y el 40% de la población puede tener alguna situación de parálisis del sueño a lo largo de la vida. Hay diversos relatos sobre este problema en el transcurso de la historia, desde la antigüedad y en diferentes culturas. Algunos expertos sostienen incluso que existe también un factor genético asociado a esto, y otros estudios apuntan a que esta puede ser influenciada por situaciones como estrés, privación del sueño, consumo de bebidas alcohólicas e ingestión de medicamentos para dormir sin prescripción médica. La parálisis del sueño también puede estar relacionada con enfermedades psiquiátricas como trastorno de ansiedad, depresión y síndrome de pánico. Es un fenómeno común en individuos que poseen narcolepsia, que es un trastorno en el cual la persona tiene somnolencia intensa a lo largo del día, aunque haya dormido bien durante la noche. Cuando el fenómeno está relacionado con una enfermedad psiquiátrica, puede ser amainado con tratamiento psicológico y medicamentos... Le enviaré a un excelente médico amigo mío...

La psiquiatra no pudo seguir adelante. Ben comenzó a reírse histéricamente y a golpear la mesa con los puños cerrados. El policía y la psiquiatra se asustaron y se levantaron de las sillas, retrocediendo.

 

Velca lloraba discretamente, secándose los ojos con un pañuelo de papel mientras veía a Ben ser llevado por una ambulancia al instituto psiquiátrico de la ciudad.

—¡Pobre mi amigo! ¿Usted cree que estará bien?

La psiquiatra lo confirmó con una sonrisa amable.

—Hizo bien al firmar los papeles del internado —dijo—. Él se mostró violento e irracional. Sería peligroso llevarlo de vuelta a casa en ese estado. Cree que eres una impostora.

—Pobre hombre. No puedo imaginar por lo que está pasando —comentó el detective.

—Un día, quién sabe, lo entenderá —dijo Velca, y se fue.

Amaral se quedó perplejo con la respuesta. Acompañó a la mujer con los ojos mientras ella entraba en el coche y enseguida se alejaba calle abajo.

Ese día, Amaral se inclinó sobre una pila de informes; el más complicado de escribir fue el caso de Benjamin Rossi. Después, fue a un bar y bebió un poco para relajarse, pasó por el apartamento de su amante y de allí, en algunas horas, llegó a su casa. Tan exhausto estaba que no se molestó en quitarse los zapatos y se acostó al lado de su esposa, que ni siquiera se despertó.

En medio de la madrugada, Amaral despertó de repente, captando una presencia extraña en el cuarto. Vio un bulto acercándose, pero no consiguió hablar o moverse. El bulto se acostó sobre él. Ciertamente era un hombre, pues era pesado y lo hizo hundirse en el colchón, dificultando su respiración. En pánico y sin tener cómo reaccionar, Amaral escuchó la voz ronca, profunda y amenazadora susurrando junto a su oído:

—¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar!

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

EL AMANECER DE LA ERA ROBÓTICA

Niranjan S. Ghate

 

No tenía nombre. En los registros figuraba como R-1.

En los archivos de Bharat Robotics Corporation constaba que se habían entregado quince robots experimentales de ese tipo a distintos empleados. Los robots debían observar el comportamiento de los seres humanos, mientras que los empleados habían recibido instrucciones de tratarlos con la mayor naturalidad posible. Los robots estaban programados para no causar daño a ningún ser humano.

Lo que los humanos posiblemente ignoraban era que los robots compartían sus pensamientos mediante un sistema de comunicación inalámbrica. Los robots, por su parte, no sabían que los seres humanos carecían de esa capacidad. Después de todo, ellos eran sus creadores; según su lógica, ¿cómo podrían no poseer una facultad semejante?

El dueño de R-1 era escritor. Escribía cuentos.

R-1 consideraba extraña la escritura de su amo. ¿Por qué un hombre con dinero de sobra escribía sobre otro que no tenía nada? ¿Por qué alguien podía rechazar un trabajo bien remunerado calificando tanto el trabajo como el dinero de «sucios»? R-1 no comprendía el concepto de que el dinero pudiera estar sucio. En ocasiones revisaba los billetes para comprobar si realmente tenían suciedad. Además, si casi todas las transacciones monetarias eran electrónicas, ¿cómo podía ensuciarse el dinero?

Y otra vez surgía la misma duda: ¿por qué un hombre acomodado escribía sobre familias que apenas podían alimentarse con el fruto de su duro trabajo?

Su amo llamaba a eso ficción.

Los robots no podían escribir ficción. Su razonamiento lógico no les permitía crear cosas tan ilógicas. Eso implicaba que la especie dominante no era capaz de pensar exclusivamente de manera lógica.

En ese caso, todos los seres humanos deberían ser capaces de escribir ficción, pero no era así. Algunos eran considerados grandes escritores; otros, apenas escritores comunes. Algunos leían ficción y otros no.

Y, como si eso no bastara, muchos escribían una forma aún más breve de ficción llamada poesía.

Las reglas normales de escritura no parecían aplicarse a la poesía.

R-1 le preguntó a un poeta por qué.

—No lo entenderías.

El poeta le explicó que la poesía tenía su propia métrica. Habló del verso yámbico. También le dijo que existían poetas que no respetaban esa métrica y escribían algo que, en realidad, parecía prosa sin reglas gramaticales. A eso lo llamaban poesía de la nueva ola.

R-1 intentó encontrarle sentido, pero no pudo. Su interruptor de protección intervino. Se apagó. Cuando volvió a activarse, encontró a su amo reprendiendo a los demás miembros de la familia.

—No hablen de cosas abstractas delante de R-1.

Lo abstracto jamás tenía sentido para R-1. Los seres humanos hacían muchas cosas abstractas que él no lograba comprender. Uno ve a una persona y la almacena en la memoria. ¿Por qué fotografiarla, enmarcar la imagen, llevar encima una fotografía del ser amado? Ese y muchos otros interrogantes inquietaban a R-1.

Un día acompañó a su amo a una exposición de pintura de artistas famosos. Había numerosos cuadros que representaban personas reales, pero sus títulos no describían lo que mostraban. Una misma mujer recibía distintos nombres en diferentes pinturas. En una obra se titulaba Empapada de agua; en otra, Belleza en el baño, aunque prácticamente era la misma figura con una postura diferente.

Un cuadro de caballos al galope llevaba por título Belleza en movimiento en lugar de Caballos corriendo.

También había pinturas que no tenían ningún sentido para R-1 y, sin embargo, recibían grandes elogios. Un niño preguntó inocentemente a sus padres:

—Cuando yo dibujo líneas como esas en mi cuaderno, ustedes me retan. ¿Por qué aquí son arte?

Había muchas otras costumbres humanas incomprensibles para R-1.

Como el matrimonio. La hija de su amo se casó. Hubo una gran ceremonia. Muchísima gente asistió al salón de bodas. Los invitados llevaron regalos, aunque la invitación decía claramente: «No se aceptan regalos». Después de la ceremonia, los recién casados partieron de luna de miel. R-1 preguntó a su amo qué significaba eso.

—No lo entenderías aunque intentara explicártelo. Han salido de viaje para disfrutar de la compañía mutua.

Pasaron siete meses. Un día la hija regresó a casa de sus padres. Se celebró una fiesta para el futuro nacimiento del bebé. R-1 estaba preocupado. La hija había perdido su figura habitual. Su abdomen había aumentado considerablemente de tamaño. Le preguntó por qué había dejado de hacer ejercicio diario. Ella solo sonrió. La madre tranquilizó al robot.

—Está embarazada. Se encuentra en el séptimo mes. En este estado las mujeres no hacen los ejercicios habituales. Deben realizar otros especiales bajo supervisión.

R-1 preguntó:

—¿Qué está llevando? No veo que transporte nada.

Todos estallaron en carcajadas. R-1 no entendió el motivo. Simplemente había formulado una observación objetiva. ¿Qué tenía de gracioso? Alguien respondió:

—Lleva un niño dentro del útero.

R-1 sabía qué era un útero. Antes de ser enviados a convivir con seres humanos, los robots habían recibido un curso de anatomía humana. Durante aquel curso de orientación, uno de los robots preguntó al instructor:

—¿Por qué el cuerpo humano es tan complicado?

La respuesta fue sencilla.

—Porque los seres humanos son el resultado de la evolución, un proceso interminable. Los robots, en cambio, son máquinas fabricadas por seres humanos.

Tres meses después de que los robots fueran enviados a hogares humanos, llegó el día de la reunión de evaluación. Los empleados y los robots acudieron puntualmente a la sala de juntas.

Cuando el presidente dijo:

—Por favor, tomen asiento.

Todos, incluidos los robots, obedecieron.

Comenzó la reunión.

—Escuchemos primero a los robots. Uno de ustedes hablará sobre su experiencia viviendo entre humanos y nos dirá hasta qué punto pueden adaptarse a las condiciones humanas.

Uno de los robots se puso de pie.

—Expondré primero nuestra conclusión y luego las razones que nos condujeron a ella. Nuestra conclusión es la siguiente: los robots nunca podrán convertirse en seres humanos. ¿Las razones? Los seres humanos son demasiado frágiles. Nosotros somos mecánicos. Nuestras piezas pueden sustituirse. Si una deja de funcionar, acudimos a la fábrica, la reemplazan y volvemos a trabajar inmediatamente. En cambio, cuando un órgano humano falla, la persona pierde parte de su capacidad funcional. Algunas partes externas pueden reemplazarse por componentes artificiales, pero si un órgano interno resulta dañado, debe extirparse o trasplantarse desde otro ser humano. Es un procedimiento complejo y sin garantía de éxito. El comportamiento humano también es impredecible. En una misma situación no existe garantía de que todas las personas actúen igual. Incluso el uso que hacen de las palabras resulta irracional. Una misma palabra significa una cosa en determinado momento y otra distinta en otro contexto. Cuando preguntamos la razón, normalmente responden: "No lo entenderías". Si insistimos, aparecen términos como "connotación". En pocas palabras: los robots nunca podrán convertirse en seres humanos. Podríamos citar muchos otros ejemplos: la poesía, las artes creativas… Todo ello resulta ilógico desde nuestro punto de vista. Nosotros vivimos según reglas estrictas y trabajamos conforme a ellas. Los seres humanos crean reglas, las rompen y actúan sin motivo aparente.

Había una sonrisa en todos los rostros humanos. Aceptaron de buen grado las palabras del robot. El presidente le dio las gracias y lo despidió.

Cuando los robots abandonaron la sala de reuniones, el presidente se dirigió a los miembros del consejo.

—Es una excelente noticia que los robots hayan comprendido que nunca podrán convertirse en seres humanos. Ahora podemos aumentar la producción y comenzar a venderlos al público. Los presentes aplaudieron. La reunión terminó.

Aquel fue el amanecer de la era robótica.

Lo que los seres humanos ignoraban era que los robots también estaban satisfechos. Si hubieran podido sonreír, lo habrían hecho. Su plan había tenido un éxito mucho mayor del esperado. Los seres humanos los habían aceptado como simples mecanismos carentes de inteligencia. Eso era exactamente lo que los robots habían pretendido desde el principio. Aquel fue, en realidad, el amanecer de su dominio sobre una humanidad completamente desprevenida.

Niranjan Ghate es un escritor maratí (de Maharashtra, India), que escribe principalmente relatos de ciencia ficción y artículos informativos sobre hechos científicos. Sus relatos y artículos de ciencia ficción se han traducido a ocho idiomas indios. Ha escrito más de doscientos libros, diez de ellos en coautoría. Algunos de sus relatos se han incluido en más de veinte antologías. Sus libros incluyen diez novelas de ciencia ficción, veinticinco colecciones de relatos cortos de ciencia ficción y unas noventa colecciones de artículos científicos. También ha escrito sobre historia de la guerra y relatos bélicos, principalmente teatro oriental, novelas humorísticas y colecciones de relatos cortos. Empezó a escribir en la universidad, en 1965, y siguió escribiendo hasta 2023, cuando sufrió un accidente.

 

jueves, 6 de agosto de 2026

UN MINUTO DE SU TIEMPO

Sergio Gaut vel Hartman

 

—Espere. Quédese un minuto. —El hombre la miró extrañado; había terminado de vestirse y dio una pitada nerviosa al cigarrillo, como si el pedido fuese algo extravagante.

 —Ya te pagué, ¿no?

—Sólo es un minuto. —Era la primera vez que le pedía eso a un cliente e ignoraba por qué lo estaba haciendo. Un impulso, un manotazo de ahogada.

El hombre tampoco supo por qué accedió, pero se sentó en el borde de la cama y pasó el minuto mirando su reloj de pulsera. Era un reloj barato.

—¿Ya está? —dijo cuando hubo transcurrido el minuto.

—Ya está —dijo ella—. Puede irse, si quiere.

El quinto cliente quiso saber.

—¿Para qué lo hace, chica? —Hablaba raro, con un acento duro, respetuoso y desconfiado a la vez. Pero no la había tratado con delicadeza; era tosco y torpe.

—Todavía no lo sé, señor. Con este son cinco.

—¿Cinco minutos, chica?

—Sí. —No le pareció apropiado agregar nada. El hombre permaneció de pie, en silencio; no miró el reloj; no usaba.

—¿Ya está? —dijo cuando creyó que había transcurrido el minuto. Eso era lo único que los igualaba a todos. Todos preguntaban “¿ya está?”. No importaba si tenían o no reloj.

—Gracias —dijo ella.

El vigésimo tercero —en eso no hay discusión, porque ella contabilizaba escrupulosamente cada minuto obtenido— era un experto lanzador de flechas, un arquero que participaba en competencias. Se sorprendió más que los otros, pero se mostró generoso.

—¿Un minuto? Podrían ser cinco o diez. Es muy agradable.

—¿Diez? —A ella le brillaron los ojos; no esperaba que alguien le diera diez minutos enteros voluntariamente.

—Diez, veinte, los que quieras; nada ni nadie me espera.

—Diez está bien —dijo ella, aturdida.

—Supongo que querrás saberlo. El arquero, el arco, la flecha y el blanco son uno...

Ella no estaba interesada. Pero el arquero quería contarle y continuó con su precisa y minuciosa e innecesaria explicación.

Gracias al arquero y a un anciano muy fino y elegante pudo completar la primera hora. El anciano no estaba a la altura de las circunstancias, pero de todos modos le obsequió media hora completa, en silencio. Sólo le pidió que permaneciera desnuda, quieta, a lo que ella accedió sin chistar. Él pasó la media hora mirando un lunar que ella tenía entre los pechos; no los pezones o la vulva: el anciano miraba el lunar. Fue la primera vez que fue ella quien dijo “ya está”, y no fue una pregunta.

Había llegado el momento de averiguar qué significado tenía la hora completa que había obtenido. Era una hora virgen y absolutamente propia; no tenía que compartirla, ni siquiera tenía que mostrarla, aunque estaba casi segura de que nadie, entre las personas que la rodeaban, sería capaz de percibir la textura sutil de esos sesenta minutos, la frágil trama que formaban los segundos, entrelazados como cristales de nieve. También se preguntaba si era prudente seguir acumulando tiempo o si, por el contrario, debía gastarlo antes de que estallara, como una pompa de jabón.

El regreso fue penoso, como siempre. La aguardaba la misma trama de gritos y reproches; el dinero, lo único que importaba en esa casa, pasó una vez más de sus manos a las de ellos. Pero eso era irrelevante y decidió no gastar el tiempo acumulado en esa dimensión marchita de su vida. Miró los muñones de papá y olió la agria borrachera de mamá como si ambos fueran los actores secundarios de un mal programa de televisión. Salió dando un portazo. Mamá se tambaleó, tratando de detenerla; papá ni siquiera eso.

 

Por una extraña coincidencia completó un día entero con el cliente número mil. Los últimos minutos se los obsequió un marinero liberiano con el que no pudo intercambiar ni una palabra. Pero el hombre entendió lo que ella necesitaba, como si una contigüidad natural con las cosas primordiales le permitiera prescindir de los signos. Fueron once minutos exactos y tuvo un día completo, su treintaidós de enero; un lapso fugitivo apresado gracias a un ardid incomprensible, una celada. Le pertenecía, era suyo, propio, y sólo la inquietaba saber cuándo se animaría a gastarlo.

—Gracias —dijo ella.

Él movió la cabeza, le brillaron los ojos y se humedeció los labios con la lengua. —Gracias —repitió, sin saber lo que decía. Hubiera sido una misteriosa maravilla conocerla sin que el dinero tomara parte del juego. —Gracias —repitió una vez más. Era una bella palabra que rodaba y chasqueaba como un pez atrapado en un anzuelo.

Ella sonrió y le abrió la puerta. Pero él no se fue. Sacó del bolsillo billetes de diferentes países y valores y con ellos escribió palabras dulces que significaban más o menos lo mismo en cualquier idioma.

—No puedo —dijo ella sacudiendo la cabeza—. He completado mi día. Ya no volveré a hacerlo.

Él juntó el dinero formando un ovillo y se lo metió en el bolsillo de nuevo; había entendido. Ella le tomó la mano y lo obligó a que le tocara los párpados húmedos.

—Thomas —dijo el marinero señalándose el pecho.

—Samantha —dijo ella; torció la boca y sacudió la cabeza—. No. No es cierto; me llamo Rosa.

—Rosa —repitió él arrastrando las sílabas hasta convertirlas en un sonido ventoso y áspero, seco como el soplo del aliento en una caña hueca.

—Debes irte; andate —dijo Rosa señalando la puerta. Thomas asintió tristemente. Dio dos pasos arrastrando los pies y asió el picaporte; empujó hacia abajo y giró la cabeza. En ese momento vio el día entero girando entre ondas y espirales de colores alrededor de Rosa. Ella trató de ocultar el día entre los pliegues de la blusa, pero descubrió que estaba desnuda. Demasiado tarde para todo, movió los brazos como aspas, como una mariposa atrapada en mermelada y cerró los ojos, invitando al marinero a hacer lo mismo.

Thomas pestañeó. Veía claramente el día que ella había conseguido. Era una abigarrada fusión de encajes y bordados; en los costados, cerca de los puntos en los que cada minuto se precipitaba en el siguiente, se veían los remaches dorados, con resaltes como garfios y discos apenas perceptibles que giraban a toda velocidad. El conjunto parecía una bestia maligna o por lo menos tortuosa, dispuesta a hacer cumplir su voluntad inexorable. —¿Rosa? —Trató de avanzar y lo detuvo el brazo en alto de la muchacha.

—¡No lo toques!

—¿No? —Thomas, que además de afinidad con las esencias poseía la intuición de los viajeros, supo que ese lugar le estaba vedado; un marinero conoce los puertos prohibidos o de qué taberna saldrá con un tajo en la cara. No es no. Primero se detuvo y luego hizo un gesto indefinido, de desconcierto, o de prevención, pero Rosa no supo interpretarlo, creyó que la mano alzada, como tantas otras veces, se descargaría sobre su rostro y se cubrió con los brazos en cruz.

—¡No! —No es no. Él comprendió y giró como un trompo. Extendió el cuerpo a lo largo de los círculos concéntricos de una premonición brumosa y se hizo un ovillo. No podía expresar con palabras, palabras de otro idioma, que Rosa no hubiera entendido, que él también tenía un día intacto, construido con retazos de mareas, olas, tempestades. ¿Qué es, después de todo, lo que perseguimos a lo largo de toda una vida? Pero tampoco podía decirle que si los juntaban tendrían dos días perfectos, dos gemas que podrían fusionarse hasta perder su identidad y ser mucho más que el doble de sí mismos.

  Rosa intuyó algo de eso, aunque no quiso arriesgarse; no debía exponer su día intacto a los azares de un aliento extraño. La complicada amalgama de espirales giró sobre sí misma para exponer los accesos a la brisa que soplaba desde el lejano mar, y le puso nombre a cada uno de los puntos que latía en la habitación. Un resplandor dorado brilló como las alas de un colibrí que se agitan a toda velocidad.

Thomas, perdido por perdido, convocó a sus amigos de las sombras, se vistió con los destellos de una juventud quebrada en un pueblo llamado Soboe, revivió los infortunios simétricos de un padre borracho y golpeador, una madre violada por los soldados durante una de tantas guerras. Nacer, en Liberia, es lo mismo que ser linchado por una turba sedienta de sangre. Entonces, perdido por perdido, creó un fulgor flexible, subterráneo, sabroso, la clase de materia que empollan en sus nidos las aves invisibles, lo cobijó en el hueco de la mano y lo clavó en el pecho de Rosa. Dijo algo en su lengua, una palabra de disculpa, capaz de expresar todo el amor del universo. Y mientras la mujer se desangraba, él encontró fuerzas para cortarse la yugular con el filo de una ola. El tiempo, convencido de que aquel era el mejor final posible, sumó los días ganados de Rosa y Thomas, y luego los multiplicó por dos, por cuatro, por ocho, por infinito. Más tarde, mucho más tarde, salió de la habitación, cerró con llave y la arrojó a las fauces de un dragón que pasaba casualmente por allí.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe.

 

RISAS, COSTILLAS Y CALAVERAS