Khancho Kojouharov
Karl Marx cruzaba
la Plaza Roja y se tiraba alegres pedos. Si hubiera sabido lo que ocurriría
después de exponer la tesis de que los hombres debían vivir en comunidad,
habría escrito el Manifiesto Comunista treinta años antes. Es cierto que tuvo
que renunciar a la idea inicial, pero el dinero valía la pena.
La vida era maravillosa. La nieve
crujía bajo los pies en el cálido día de invierno. Frente al burdel imperial
“Vasili el Bendito” se agolpaban boyardos borrachos y empresarios
estadounidenses. Sus luces de neón y sus cúpulas multicolores atraían turistas
sexuales de todo el mundo, pero el filósofo barbudo los miró con desprecio. Ya
estaba anocheciendo, y Grishka Rasputin le había prometido una orgía nunca
vista después de la cena. Los dos encajaban a la perfección: tanto por sus
barbas malolientes como porque ninguno sabía mantener los pantalones
abrochados.
El móvil sonó. La emperatriz.
—Estoy a su servicio, Majestad.
—Eso espero —respondió la primera
dama de honor—, pero hoy madame E. te quiere solo para ella. Inmediatamente.
Furioso por perder la sesión con
Grishka, Marx gruñó.
—Pero si quieres, antes podemos
vernos.
—¿Dónde?
Cuando el filósofo
no apareció, Catalina la Grande ordenó que lo arrestaran junto con Rasputin.
Solo encontraron al monje, lo cual constituía una insolente desobediencia por
parte de Marx. La nueva orden fue ejecutarlo en el acto. Entonces le informaron
de que alguien la había adelantado a medias: habían encontrado al buscado, pero
con la cabeza parcialmente cercenada. No había rastro ni del asesino ni del
móvil de la víctima. Rasputin estaba destrozado. La emperatriz preguntó con
severidad:
—¿Con quién habló por última vez
ese canalla?
Toropigin, el comisario jefe del
FSB, rompió a llorar.
—No lo sabemos, Majestad —su voz
temblaba—. Alguien borró todos los registros.
—Emelia, córtale la cabeza.
El verdugo desenvainó la espada.
—¡No aquí, idiota! Frente al
Mausoleo.
Consideraban el Mausoleo un refugio
de fuerzas malignas. Nadie sabía cuándo había sido construido ni para qué
servía. Solo la emperatriz sospechaba que su aparición tenía algo que ver con
aquel ahorcado Vladímir Cómo-se-llamara. Una noche ordenó colgar al agitador en
la Plaza Roja, y a la mañana siguiente, en el lugar de la horca, se alzaba el
Mausoleo.
Se llevaron a Toropigin. Rasputin
intervino preventivamente:
—Señora, ¿llamamos al Gran
Detective?
Aquello arrancó a la emperatriz de
la idea de otra ejecución.
—¿El inglés?
—Exactamente. Holmes.
—Pónganme con mi prima de
Inglaterra. La reina.
—Watson, creo que
mi teléfono va a sonar.
—¡Increíble! ¿Cómo ha llegado a esa
conclusión, Holmes?
—Lo he puesto para que primero
vibre.
El teléfono sonó.
—Señor Holmes, habla el secretario
personal de Su Majestad la Reina. Espere, por favor, mientras lo comunico.
—Esperaré.
—Señor Holmes, ¿podría hacerme un
favor personal? Quisiera que viajara a Rusia.
El avión
gubernamental despegó de Heathrow.
—¿Puede compartir algo sobre la
misión, Holmes?
Holmes levantó los ojos y miró el
techo. Aunque viajaban solos, Watson bajó la voz hasta convertirla en un
susurro.
—¿El gobierno?
Holmes volvió a mirar hacia arriba.
—¡Dios mío!
—¿Ha oído hablar de las realidades
paralelas, Watson?
—¿La hipótesis de Flammarion?
—No, Flammarion se refiere a la
multiplicidad de los mundos. Según la teoría de las realidades paralelas hay al
menos cinco Tierras. En ellas viven las mismas personas con los mismos
caracteres, pero con destinos distintos, porque las circunstancias y los
acontecimientos de esas Tierras son diferentes. La razón es que la probabilidad
de fenómenos mágicos no es la misma. Me han pedido que investigue si el portal
de paso hacia otra Tierra se encuentra en Rusia. Nuestro embajador informó de
que allí ocurren cosas extrañas. Y, de paso, investigaremos un asesinato.
Las fotografías de
la escena del crimen no servían para nada. Los policías habían pisoteado la
nieve como una manada de mamuts siberianos.
Se dirigieron al depósito de
cadáveres. La barba de Marx era una bola de sangre coagulada con pelos. A la
izquierda yacía la parte cercenada del cráneo. Sherlock Holmes pasó un dedo por
el borde deformado.
—El hacha se deslizó —dijo
Nalivaiko, sucesor de Toropigin—. El asesino resbaló.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el
detective.
—Hicimos un experimento forense
—anunció orgulloso el comisario—. Verdugos de plantilla y veintiocho mujiks.
Holmes parecía disgustado.
—¿El asesinado tenía enemigos?
¿Ideas particulares?
—Esto es Rusia, señor Holmes. Todos
son enemigos, nadie tiene ideas.
—¿Amantes?
—Las que quiera.
—Entonces ¿podría ser un crimen por
celos?
—¿En la Meca del turismo sexual?
Tendría que haber visto qué Sodoma y Gomorra fue esto durante el mundial de
fútbol. ¡Celos! —Nalivaiko soltó una carcajada.
—¿Ha desaparecido alguien de la
corte?
—La primera dama de honor, pero qué
tiene que ver...
—¿Aquella a la que la emperatriz le
ordenó que llamara a Marx?
—¿Cómo lo sabe?
Holmes sonrió.
En el Gran Salón
del Palacio del Kremlin había once personas. Solo Holmes no apartaba los ojos
del escenario. Los demás ya tenían un dolor de cabeza insoportable y no se
atrevían a mirar. Desde hacía cuatro horas, en las cien pantallas corrían las
grabaciones sincronizadas de todas las cámaras a ambos lados del muro del
Kremlin.
—¿Quiénes son los dos
interlocutores en la pantalla B8? —preguntó Holmes, deteniendo las grabaciones.
Nalivaiko dejó la botella y miró.
—Imbéciles. El senador K…klóuz y el
príncipe M…mishkin, un idiota famoso. Si supiera cómo se entusiasma por cierta
N…nastasia F…filípovna... —el comisario se echó a reír idiotamente.
—Quiero interrogar al príncipe.
Nalivaiko hizo un gesto a los
opríchniki que lo custodiaban. Dos de ellos salieron corriendo. Holmes reanudó
la imagen, pero enseguida la detuvo.
—¿Dónde desapareció Marx? Estaba en
I4 y ahora no está en ninguna parte.
Nalivaiko no estaba completamente
borracho. Miró para comprobar que la emperatriz no estaba detrás de él.
—E…en al…algunos lu…lugares no hay
cá…cámaras —balbuceó.
—¿Dónde está ese lugar?
—Ce…cerca. De…detrás del campanario
de Iván el Terrible.
—Llévenos.
La emperatriz
señaló a Nalivaiko en el monitor.
—Emelia, la cabeza. Pero primero
trae al príncipe Menshikov… —y cuando Emelia salió añadió, como para sí misma—:
¡No hay cámaras!
En la entrada del
palacio se encontraron con los opríchniki que conducían a un hombre de rostro
inteligente.
—Príncipe M…mishkin —lo presentó
Nalivaiko—. Príncipe, los caballeros quieren hacerle algunas preguntas.
—Señor Holmes, supongo —dijo el
príncipe en inglés—. ¿Cómo puedo ayudarle?
—Diciéndome quién es el hombre más
inteligente de la corte.
—El príncipe Menshikov —respondió
Mishkin sin vacilar.
—¿Y el más influyente?
Mishkin sonrió levemente.
—El mismo.
—Gracias, príncipe, me ha ayudado
mucho. Si no es indiscreción, ¿podría transmitir mis respetos a madame
Filipovna?
—Será un honor para mí, señor
Holmes —dijo Mishkin, inclinándose.
Luego miró a Nalivaiko. Este hizo
una señal a los opríchniki para que escoltaran al príncipe fuera del muro del
Kremlin.
—¿A la escena del crimen, señor
Holmes?
—Sí, gracias.
A la luz del sol,
las manchas de sangre en la nieve destacaban más que en las fotos. El filósofo
había sido asesinado entre el muro del campanario y la Campana del Zar, un
monstruo de bronce que evidentemente se había agrietado de rabia al darse
cuenta de su propia inutilidad. Holmes miró fijamente el fragmento. Luego miró
significativamente a Watson y golpeó con el dedo el indistinto monograma más a
la izquierda.
El gemido de Nalivaiko hizo que
ambos se volvieran. Hacia ellos se acercaba, sin prisa, un hombre alto de ojos
inteligentes y barba de dos días. La bata roja estaba abierta y debajo se veían
un caftán azul y botas rojas. Emelia lo seguía respetuosamente.
—Nalivaiko, ¿podría presentarnos?
—preguntó el desconocido.
El comisario se inclinó torpemente.
—Estos dos caballeros son
detectives de Inglaterra: Holmes y Watson. El príncipe Menshikov.
—Y el nuevo comisario jefe del FSB
y de la policía. No se preocupe, Nalivaiko. No tenía cómo saberlo —dijo
Menshikov—. Encantado de conocerlos, caballeros.
Hizo un gesto a Emelia.
Emelia miró a Nalivaiko y ladeó la
cabeza: «Camina delante de mí, miserable». Ambos se alejaron. Antes de doblar
detrás de la iglesia, Nalivaiko gritó:
—¡Viva Su Majestad! ¡Viva la
misericordiosa emperatriz Catalina Segunda!
—¿Por qué grita así? —preguntó
Watson.
—Es la costumbre —explicó
amablemente Menshikov—. Antes de ejecutar a alguien, debe agradecer a la
soberana.
—¿Pero por qué lo ejecutarán?
—Digamos que podría haber desviado
a su propio bolsillo parte del dinero destinado a comprar cámaras de seguridad.
O incluso haber vendido algunas ya instaladas.
—Tal como manda la costumbre —dijo
Holmes—. Viejo amigo, por favor, no haga preguntas innecesarias.
—Exactamente —confirmó Menshikov.
No estaba claro si se refería a la
explicación de Holmes o a su petición a Watson.
—Hermosa bufanda, príncipe —dijo
Holmes—. ¿Acaso en Rusia alguien puede hacer un bordado tan exquisito?
—Es de Bruselas, señor Holmes
—respondió el príncipe con cierto orgullo—. Observe qué fina es la hebra de
seda.
Holmes entrecerró los ojos y se
inclinó para mirarla de cerca.
—En efecto. Nunca había visto nada
parecido. Mis felicitaciones, príncipe.
—Gracias. Entonces ¿investiga usted
el asesinato de Marx?
—Ahora empiezo. Pero antes necesito
algunos productos químicos. ¿Podría ordenar a sus hombres que lleven la receta
a nuestro embajador?
—Será un placer ayudarle.
Holmes sacó su libreta y empezó a
escribir una larga serie de letras y números. Luego entregó el mensaje cifrado
a Menshikov.
—Príncipe, aquí está la receta. Por
favor, ordene que la entreguen al embajador. Nosotros lo esperaremos aquí.
El príncipe se inclinó cortésmente
y se marchó. En cuanto dobló la esquina, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Emelia! ¡Aquí inmediatamente!
Sacó su teléfono móvil para
fotografiar el mensaje.
«Ingleses estúpidos —pensó—. Se
imaginan que no podemos descifrarlo».
En cuanto oyó su grito, Holmes se
agachó y apartó con la mano la nieve ensangrentada.
—Justo como pensaba.
En la estrella de cinco puntas que
apareció parcialmente estaba incrustado un rostro alargado con cuernos, orejas
puntiagudas y barbilla de cabra.
—¿Qué es eso, Holmes?
—Eso, querido amigo, es Bafomet. La
deidad oculta a la que se acusó a los caballeros templarios de adorar —dijo el
detective mientras apartaba más nieve—. ¿Me ayuda?
Presionó con los pulgares y los
índices las hendiduras en cuatro de las intersecciones de los rayos.
—Presione la quinta hendidura.
Watson extendió el dedo.
A dos pasos de ellos, una losa se
desplazó. Apareció una estrecha escalera de caracol. Holmes descendió unos
escalones y examinó la pared.
—Venga, amigo.
Watson bajó hasta él.
—Aquí está el segundo Bafomet.
Presione.
La losa sobre sus cabezas volvió a
deslizarse a su lugar.
Oscuridad.
Holmes encendió la linterna de su
teléfono.
Al final del pasillo
había un corredor. Sus dos extremos se perdían en la oscuridad.
—Holmes, hay huellas de sangre que
suben.
—Probablemente llevaron por allí a
la dama de honor asesinada. El asesino la utilizó para atraer a Marx a la
trampa y luego la eliminó.
—¿Hacia dónde iremos?
—Hacia abajo. Lo que buscamos debe
estar cerca del río. Hacia arriba seguramente está el palacio.
Holmes se equivocaba. Más adelante
estaban los sótanos del Mausoleo, donde la instalación frigorífica conservaba a
un pequeño cuerpo escarchado con el cuello grotescamente torcido.
—¿Quién es Bafomet? —preguntó Watson
cuando empezaron a caminar.
—Un símbolo de dualidad, fertilidad
y libre albedrío. Y también de magia negra. Los cristianos lo consideran
satánico. Además es la clave de la muerte de nuestra víctima.
—¿Por qué?
—Piénselo. Marx tiene barba de
satanista y su doctrina es dual: aparentemente defiende a los obreros, pero
ellos solo son un medio para legalizar el amor libre. Ha hecho una fuerte
declaración de voluntad de dominar a los demás, lo que irritó a una persona que
lo sacrificó ante su propio ídolo.
—Entonces no fue por celos.
—¿En un burdel donde todos
consideran idiota al hombre enamorado? Por favor. Los únicos motivos aquí son
el dinero y el poder. Pero la víctima lo gastaba todo en bebida y mujeres. ¿Qué
queda?
—¿Eso escribió al embajador?
—Le escribí que evaluara si debía
informar a Catalina de que su juguete sexual fue asesinado por su favorito, por
el hombre que en la práctica gobierna el Estado.
—¿Menshikov?
—Sí.
—¿Cómo lo supo?
—Debajo de su bufanda había una
mancha de sangre.
—¿Y la entrada secreta?
—En cuanto vi el monograma en el
que está entrelazada la imagen de Bafomet comprendí que por aquí debía de estar
la entrada a su santuario.
Watson se detuvo.
—Perdone, Holmes, pero yo no vi
nada de eso.
—Porque no sabía dónde mirar, amigo
mío. La mente no ve aquello para lo que no está preparada. Así que no se trata
de un asesinato ordinario, sino de un sacrificio. Y el sacerdote sacrificador
es, naturalmente, Menshikov.
—¿Por qué lo haría?
—Algo ha ocurrido y ha comenzado a
eliminar a todos los que pueden limitar su influencia sobre la emperatriz. Así
que si no salimos pronto de aquí, seremos los siguientes cuyos cuerpos no
encontrarán —Holmes volvió a caminar por el corredor ligeramente inclinado,
iluminando las paredes como si buscara algo—. Si tiene más preguntas, por
favor, no deje de hacerlas.
Mientras lo seguía, Watson recordó
que el mensaje cifrado tenía dos párrafos.
—Holmes, ¿qué más escribió?
—Bravo, amigo, cada vez es más
observador. Pedí al embajador que transmitiera a Su Majestad que hemos
encontrado el portal… Aquí está, ya llegamos.
—¿Dónde?
Holmes señaló una tercera estrella
de cinco puntas casi imperceptible en la pared izquierda.
—Presione.
Esta vez, por la grieta que se
abrió apareció una luz intensa que los cegó.
—¿Qué es esto, Holmes?
—Un portal hacia la Tierra
alternativa. Propongo que entremos. Creo que ambos saldremos ganando.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Cuándo me he equivocado?
—Nunca, pero en sus palabras no veo
ninguna deducción.
—¿Me haría el favor de admitir que,
además de lógica, también tengo intuición? No olvide que Bafomet es símbolo de
fertilidad. Quizá en esa otra Tierra la bala que lo hirió en Afganistán no haya
afectado a un órgano tan importante. Quizá encuentre el amor que merece.
Watson tragó saliva.
—¿Y usted qué ganará?
—Siento que por fin encontraré un
adversario digno. Un nombre especial. Mordor, Morgana, Moriarty… algo así.
Watson dudó.
—Pero Holmes, ¿qué nos ocurrirá si
allí realmente tenemos dobles perfectos?
—No hay “si”. La teoría lo
garantiza. Y precisamente eso es lo mejor. En el instante en que aparezcamos
allí, tendrá lugar una transición cuántica y su conciencia se fusionará con la
conciencia del Watson de ese lugar, mientras que el cuerpo de uno de los dobles
desaparecerá. Imagínelo: tendrá recuerdos de dos vidas.
—¡Pero eso significa cambiar! Nunca
volveremos a ser las mismas personas.
Holmes sonrió.
—Querido amigo, ¿no es el cambio el
sentido de todo viaje? ¿Para qué partir si vas a volver siendo el mismo?
Muy lejos detrás de ellos se oyeron
voces. Los dos se miraron y cruzaron el umbral.
Así fue como Holmes
provocó la Revolución de Octubre en la Tierra 3.8.



