martes, 21 de abril de 2026

HELICÓPTERO

Ramiro Gallardo

 



—Lo mejor es que nos vayamos. Espérenme afuera de mi despacho: voy a redactar la renuncia.

Plaza de Mayo era una hoguera, una batalla, una bomba que había explotado y estaba a punto de volver a explotar. Siendo las seis de la tarde ya se contaban varios muertos.

El presidente pidió papel membretado y una lapicera. Los pocos que lo acompañaban –sus hombres de confianza y uno de sus hijos– salieron. Una vez solo, observó el cuadro del general San Martín: la postura erguida, el sable corvo, la expresión enérgica del rostro. Este hombre murió en el exilio pensó. Intentaba auto convencerse de que su accionar tenía algo de incomprendido, o de heroico. Se sentó en el sillón de Rivadavia y cerró los ojos. Tenía el estómago vacío: así y todo, sintió ganas de vomitar. Ese mediodía apenas había almorzado un yogurt con gelatina. Lloró. Con la renuncia redactada a mano y ya firmada abrió la puerta de su despacho y fue al baño. Al regresar, el fotógrafo oficial lo retrató ordenando una vez más sus papeles.

—Gracias por todo, Víctor —dijo su voz conmovida. Abrazó al fotógrafo, firmó su último decreto y se dirigió al ascensor junto al canciller y al edecán.

Lo habitual era caminar hasta el helipuerto de la avenida Huergo, al otro lado de Alem, pero el jefe de la Casa Militar se había opuesto enérgicamente: no podía garantizar la seguridad siquiera para cruzar la avenida. Por eso, en lugar de hacer el trayecto como cada día, el presidente se dirigió hacia la terraza de la Casa Rosada. Isabel Perón había hecho lo mismo, veinticinco años atrás.

El mayor Zarza y el vicecomodoro Zarlongo, los dos pilotos, esperaban impacientes. Ya desde la mañana se venía anunciando que la rutina no sería la habitual. Desde la terraza observaban como espectadores de lujo todo lo que sucedía en la Plaza. Columnas de humo negro, manifestantes con piedras, policías a caballo, gritos, disparos. Cuando por fin aparecieron el presidente y su comitiva, el mayor les advirtió que debían bajar la cabeza porque las aspas estaban en movimiento. No habían apagado el motor en ningún momento: tenían prohibido posarse del todo sobre la superficie de la terraza: las tres toneladas y media del Sikorsky S76B podían hacer colapsar la losa endeble de la Casa Rosada, reparada tantas veces, repleta de fisuras y de goteras. El aire olía a caucho quemado, a nafta, a transpiración. El ruido del motor incrementaba la confusión reinante.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente, aturdido por el ruido de las aspas. El edecán lo tomó de la nuca y lo empujó hacia abajo. Ya adentro, a punto de despegar, el helicóptero comenzó a emitir un sonido poco común. Zarza y Zarlongo se miraron, confundidos.

—¿Qué pasa? —protestó el vicecomodoro.

—No sé, no sé… —respondió el mayor a los gritos—. Debe ser lo de siempre, la transmisión.

—La puta que lo parió. Iba a fallar, lo sabía, ¡pero justo ahora! —Zarlongo estaba que reventaba de bronca. Llevaba tiempo solicitando que revisaran el rotor de cola, pero los repuestos eran importados y del área de Logística argumentaban que no contaban con el presupuesto necesario. La crisis llegaba a todos lados. Se dio la vuelta y miró a los tres pasajeros.

—Señores, van a tener que descender —dijo sin titubear, y agregó—: sin ánimo de ofender, les pido que no se demoren. —Empezaba a salir humo, tenían el tiempo justo para volar hasta el helipuerto de Huergo.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente a su edecán, aturdido por el ruido de las aspas.



Minutos más tarde estaban otra vez como al principio, en el despacho presidencial. Ahora, los tres solos: en la Rosada no quedaba más personal que el de limpieza, gente de seguridad y un ordenanza: el resto había partido apenas ellos habían subido al ascensor.

—A esperar otro helicóptero —sugirió el presidente, profundamente desganado.

—Imposible —respondió el canciller. A pesar de todo, era el único que conservaba algo de juicio—. No podemos permanecer acá un minuto más. La multitud está que arde, podrían tomar la Casa Rosada.

Un estremecimiento gélido recorrió vibrando los cuerpos del edecán y del presidente.

—¿Pero qué hacemos? —preguntó el edecán—. No podemos salir en auto, mucho menos caminando.

Entonces intervino el ordenanza, que hasta el momento se había limitado a observar la escena.

—Con todo respeto, si los señores me permiten, creo que valdría la pena que escuchen esto... —Hablaba mirando de frente, con una seguridad que ninguno de los otros tenía—. En la despensa de la cocina hay disfraces.

—¿Disfraces? Ja ja ja —rio con desgano el edecán—. Siga con sus cosas, por favor. Estamos resolviendo un asunto de extrema importancia.

Pero el canciller se interpuso.

—Momento —objetó—. No es mala idea. A ver —dijo ahora dirigiéndose al ordenanza— Traiga esos disfraces. ¿Hay caretas?

—Sobre todo caretas —respondió con entusiasmo el empleado devenido en protagonista del histórico momento. Una vez solos, el presidente hizo notar su desconcierto.

—Afuera está lleno de manifestantes —explicó el canciller— con pañuelos que les cubren la cara, máscaras, pancartas. Vestidos estrafalarios y de traje, ahorristas y militantes, hombres, mujeres, jóvenes, viejos: nada conserva el aspecto habitual—. Se detuvo, reflexionó. Intentaba ordenar las ideas—. Si logramos mimetizarnos, mezclarnos con la gente que protesta, podríamos salir caminando.

—Es posible… Habría que pedir que nos espere un auto, del otro lado de Alem— agregó el edecán.

—No —objetó el Presidente—. Cruzaremos la Plaza —La voz enérgica, ausente durante todo este tiempo, sorprendió a sus acompañantes.

—La plaza, ¿qué plaza, señor Presidente?

—La única Plaza— respondió sin que le temblase la voz—. Si la idea es pasar desapercibidos, debemos ir hacia donde haya más gente. No tiene ningún sentido salir por Alem: tres fantoches disfrazados llevando carteles de protesta. —Puso los ojos sobre el canciller, interponiéndose con la mirada a las objeciones que estaban por salir de su boca. El ordenanza apareció cargando algunas bolsas de consorcio.

Despejaron el escritorio –que quedó cubierto con ropa, antifaces, pelucas y caretas– y empezaron a cambiarse. Había indumentaria de trabajo, ropa deportiva, uniformes de granadero, policía y militares, blusas, guardapolvos y una campera de jean. El presidente apartó la campera. La colocó con ceremonia junto a un pantalón de jogging negro y zapatillas para hacer footing. El canciller y el edecán conservaron sus pantalones, pero cambiaron las camisas por remeras. La del edecán tenía un diseño batik multicolor: no necesitaba disfrazarse, llevaba apenas dos días en el cargo, pero si iba a acompañarlos no podía hacerlo de uniforme.

Faltaba lo más importante: las caretas. Había unas cuantas, la mayoría de personajes de Disney, monstruos, Yoda.

—Me quedo con esta— dijo el canciller agarrando la de Chewbacca. Una sonrisa infantil invadió por un momento su rostro. Continuaron: había caretas del Che Guevara, Gandhi, Perón, Menem, Felipe González. Envuelta con un repasador, una muy lograda máscara de caucho de De la Rúa. El presidente la tomó sin decir palabra. El ordenanza dio un indisimulable paso atrás.

—Alguno la habrá comprado para tener de recuerdo —murmuró.



El presidente y su máscara de caucho, el canciller Chewbacca, el edecán batik multicolor y el ordenanza –único integrante de esa comitiva estrafalaria que mantenía su aspecto original– caminaban en dirección a la Pirámide. Llevaban carteles con consignas políticas propias para la ocasión y jugo de limón para los gases lacrimógenos.

El sector de la Plaza más próximo a la Rosada se encontraba vacío de manifestantes. Aun así, la marcha resultaba difícil: el suelo estaba repleto de cascotes, botellas, vidrios rotos, trozos de madera y de hierro, vallados de protección y objetos de todo tipo. Montículos formados por restos de neumáticos y ruedas de bicicleta ardían más acá o más allá. Al aproximarse a la Pirámide –que apenas se distinguía a causa del humo– un jinete, cachiporra en mano, los amenazó tirándoles el caballo encima. Corrieron. Tenían que cruzar la Plaza, doblar por Bolívar y llegar hasta avenida Belgrano. Allí los esperaba un coche.

Divisaron el Cabildo. Esta parte de la Plaza era, literalmente, una batalla campal. Los manifestantes arrojaban piedras y todo lo que tenían a mano; la policía montada, sumida en un cóctel de violencia y miedo, no lograba contener a los caballos. Menos aún sus propios nervios. Motoqueros con la cara cubierta iban y venían haciendo rugir sus motores. Uno pasó rozando al canciller, llevaba una molotov que estalló cerca de un policía. La montada arremetió con todo.

El presidente observaba atónito detrás de su máscara de goma.

—Ohhh, qué se vayan todos… —clamaba un grupo de manifestantes desde el Cabildo, al albergue de los muros anchos de la galería.

—Vamos hacia allá —señaló el edecán. El presidente se dejaba llevar, aturdido. Uno de los manifestantes lo abrazó antes de que alcanzaran la galería.

—Aguante compañero. ¡Hay que tener huevos para llevar esa careta!

El ordenanza apareció por detrás y se sumó al abrazo. Temía que el presidente se deschavara.

—¡Hijos de puta, hijos de puta! —gritaba y saltaba como si estuvieran en la cancha. El presidente apenas se movía.

Un grupo de la brigada anti-disturbios comenzó a acercárseles. Unían sus escudos formando una especie de muro portátil. Llevaban cascos, máscaras anti-gas, chaleco antibalas y polainas de plástico. Amenazaban agitando los bastones. Parecían recién salidos de una película de terror.

Lejos de amedrentarse, los manifestantes no sólo se mantuvieron en su sitio, sino que se les sumaron otros, aguerridos, a hacerles el aguante. El presidente era el más firme de todos. Mantenía su posición duro como un poste.

—Así se hace, ¡a ponerles la jeta a estos hijos de la concha de su recalcada madre! —mascullaba su flamante compañero, apretándole el hombro. Los policías arremetieron con los escudos primero, con las cachiporras después. El presidente recibió un golpe en la frente de caucho y cayó hacia atrás. Antes de que tocara el suelo, el canciller alcanzó a retenerlo por los hombros.

Sangró, a pesar de que el espesor de la máscara amortiguó el impacto.

—Vamos, vamos —atinó a decirle el canciller—. Estamos a unos pasos de Bolívar.

Las puertas del Cabildo estaban abiertas, alguien había forzado la cerradura. Adentro, varios manifestantes –unos cuantos heridos de gravedad– se protegían de la represión. Otros juntaban fuerzas para salir a la calle. Atravesaron el hall sin detenerse. El canciller Chewbacca a la cabeza, el Presidente y el edecán detrás. Alcanzaron el patio trasero y salieron por Hipólito Yrigoyen. Cuando cruzaban Diagonal Sur, hacia Bolívar, se detuvieron: faltaba el ordenanza.

—¿Dónde está? —preguntó el canciller.

El edecán señaló hacia la Plaza. Tres policías lo llevaban a rastras mientras otro lo golpeaba y dos manifestantes pujaban por soltarlo. Lo lograron. Una lluvia de cachiporras cayó sobre los tres. El ordenanza sostenía en alto el cartel, único elemento de su disfraz: Que no quede ni uno solo.

Golpeados como estaban corrieron en dirección al presidente, que observaba todo haciendo caso omiso a los gritos del canciller.

—¡Vamos, vaaamos! —le gritaba desesperado. Uno de los heridos llegó jadeando hasta el desconcertado mandatario y se le colgó del cuello, colocándolo de barrera entre él y dos de los policías que venían detrás.

—Ayudame viejo. —La sangre que le chorreaba de la nariz manchaba la campera de jean del presidente, que empezaba a mimetizarse verdaderamente con el entorno. Uno de los policías levantó bien alto su escudo, como para tirárseles encima.

—¡Epa, culiau! —observó el hombre detrás de la máscara de De la Rúa. A continuación, con un movimiento torpe pero enérgico, se hizo un lado y le atestó a su agresor un tremendo puntapié en la ingle. El policía se dobló sobre sí mismo y, gritando de dolor, cayó al suelo.

—Buen golpe —festejó su protegido. El ordenanza los alcanzó junto con un nuevo grupo de apoyo, esta vez formado por chicas y chicos con pinta de universitarios que con ímpetu renovado se dirigían hacia el centro de la Plaza. Llevaban gomeras y mochilas repletas de cascotes.

—¡Vamos todos juntos, compañeros! —gritaba una piba de no más de veinte años.

—Aúpa carajo, ¡no podrán con nosotros! —gritó encolerizado el Presidente. Sus puños apretados sujetaban con fuerza el mango de la pancarta que llevaba en alto. Una chica giró la cabeza, sorprendida al escuchar el canto cordobés detrás de la máscara de caucho.

—¡Lo imitás muy bien!

—Aguante “Chupete” —agregó un pibe mientras lo tomaba de los hombros y lo empujaba hacia adelante. Se abrazaron los tres y, a los gritos, arrojando piedras, se perdieron en el humo de la protesta.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

UN VIAJE EN TREN

Boris Glikman

  

Vivo en un tren. Tengo comida, calor, un lugar para dormir.

Estoy seguro de que soy su único ocupante, porque si hubiera alguien más en él, ya lo sabría, ya que he vivido en este tren toda mi vida.

El tren me lleva, no sé a dónde. No sólo desconozco su destino, sino que también desconozco qué ruta está tomando para llegar a la terminal o si, de hecho, hay un punto final en su viaje. En ocasiones, se detiene por completo o incluso comienza a retroceder, pero nunca puedo bajar porque todas las salidas están bien selladas.

Sólo puedo percibir el mundo exterior tal como aparece a través de las ventanas del tren. No sé cuán veraces son mis percepciones, pues puede ser que las ventanas estén hechas de vidrio que distorsiona. A menudo me pregunto cómo sería experimentar la vida directamente.

En épocas anteriores me preguntaba si es posible sobrevivir fuera del tren, al menos temporalmente, o si es posible vivir la propia vida completamente separada de él, y si es así, si la vida en el mundo exterior sería realmente mejor. Apreciaba la esperanza de que el tren contuviera algo que me ayudara a escapar de este pesado casco de metal y a separar mi existencia de su curso. Busqué exhaustivamente un botón que abriera todas las puertas simultáneamente o una palanca que me permitiera abrir una ventana. Sin embargo, no me atrevía a pasar por todos los vagones y compartimentos, en parte por miedo a no encontrar nada útil y a que todas mis esperanzas se desvanezcan.

A veces me parece que me he fusionado con el tren, que mi cuerpo se ha convertido en una pequeña parte de la estructura metálica del tren y que ya no es posible decir dónde termina y dónde comienza el tren. Otras veces, una sensación completamente opuesta se apodera de mí y siento que el tren está vacío y se mueve por sí solo, mientras que yo no estoy ni dentro ni fuera de él, porque simplemente ya no existo. Ocasionalmente, ambas ideas contradictorias de alguna manera ocupan mi mente simultáneamente.

De vez en cuando veo pasar otros trenes cerca y veo a sus habitantes solitarios. Mi tren podría correr paralelo al de ellos por una corta distancia, pero luego las vías se separan. Intento desesperadamente establecer contacto, presionando mis manos con fuerza contra la ventana para proveerme al menos de una apariencia de conexión humana. Pero nunca hay ninguna respuesta de los ocupantes de los otros trenes: o no me ven, o bien me ven, pero eligen ignorarme.

Rostros extraños, desconocidos, están en estos trenes, rostros que nunca he visto antes y nunca volveré a ver; mi existencia aparece como sin sentido, insignificante y desconocida para ellos como la de ellos lo es para mí. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo son? ¿Para qué viven? ¿Adónde se dirigen? ¿Cuáles son sus aspiraciones, sueños, esperanzas, miedos, ansiedades? No tengo forma de averiguarlo. Me doy cuenta de que estoy destinado a estar solo para siempre, porque todos nos cruzamos momentáneamente y luego continuamos por nuestros caminos divergentes. A todo lo que podría aspirar es a un contacto fugaz y sin sentido con otro ser.

 

¿Quién conduce mi tren? ¿Tiene un conductor? ¿Tiene algún propósito su viaje? ¿Se está moviendo por su propia voluntad y eligiendo su propio camino a través de la tierra o su viaje ha sido planeado previamente por alguna mano desconocida? ¿Tengo algún control o influencia sobre su ruta, sobre su punto de destino? ¿Existe un Maestro Planificador que organiza los horarios y las rutas de cada tren? ¿Me estará esperando este Maestro Planificador cuando mi tren llegue a la Estación Terminal y me explicará entonces el propósito de mi viaje y por qué mi viaje tomó esta ruta en particular?

Estas son las preguntas que me hago, las respuestas que todavía estoy buscando.

Con el tiempo, llego a aceptar que mi existencia esté atada al tren. Anhelo cada vez menos experimentar el mundo exterior; saber a qué sabe el aire, a qué se parecen los colores de ahí fuera. El deseo de abandonar el tren no parece ser menos absurdo y antinatural que la idea de un feto que intenta abrirse paso por el mundo, un aborto espontáneo andante. La vida en el exterior sería tan precaria y desordenada, sin protección de los elementos y otros caprichos del destino... El tren me proporciona una sólida protección, me lleva hacia adelante, le da un itinerario a mi existencia.

Puede que haya cosas en los compartimentos inexplorados que hagan mi viaje más significativo y gratificante, cosas que me permitan crecer como persona. Quién sabe, quizás herramientas y tesoros, colocados allí especialmente para mí, me estén esperando.

Pero arrullado por el ritmo del tren sobre las vías, permanezco en mi asiento durante horas, días, semanas, años y años. Miro por la ventana y veo pasar el mundo, sin moverme, de hecho tengo miedo de moverme, así que me he acostumbrado a ver las cosas desde este punto de vista. A veces me imagino que puedo influir en el rumbo y destino del tren con sólo desearlo.

Una vez, de repente, las puertas de mi vagón se abrieron de par en par por sí solas. Me quedé parado frente a las puertas sin sellar, asustado e inseguro de qué hacer. Con gran temor extendí la mano hacia el aire fresco, pero la retiré justo antes de que cruzara el umbral entre el tren y el mundo exterior, como quien instintivamente retira la mano de una llama. Rápidamente cerré las puertas con todas mis fuerzas, pues probablemente se habían abierto debido a una avería en la maquinaria del tren, y luego volví a mi asiento.

A medida que envejezco, el tren viaja cada vez más rápido, de modo que cada vez es más difícil ver el paisaje desde la ventana y cada vez más difícil registrar lo que está sucediendo en el exterior.

Hace algún tiempo, mi tren descarriló, probablemente por exceso de velocidad, y ahora está atascado en un surco que él mismo provocó, junto a las vías. Miro con nostalgia por la ventana los otros trenes que pasan a toda velocidad, dejándome muy atrás. Quizás algún día alguien me vea varado y sienta la suficiente compasión como para detenerse y ayudar a que mi tren vuelva a la vía. Hasta entonces, no puedo hacer más que sentarme, esperar y tener esperanza. Por muy abatido, derrotado y desencantado que me sienta, me niego a abandonar mi sueño de que un salvador vendrá a rescatarme de este callejón sin salida.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

OTRA VEZ DESDE EL PRINCIPIO

Dominik Lenarčič

 

Estamos sentados en la cafetería. Lucijan está frente a mí, mirando el poso de su café. Me recuerda a un gitano que lee la fortuna en los restos de la taza. Si se lo menciono, se enfadará. Todavía está enojado conmigo. Yo, inquieta, estrujo el menú entre las manos. Ya no sé qué más intentar. Es viernes y atardece. No muy lejos, la camarera le cuenta a su compañera lo de “la mujer grosera del abrigo azul”. Junto a nosotros se sienta un estudiante, que pronto se marchará.

—¿Sabes qué me gustó de este lugar? —lo miro—. La otra vez tomé una mimosa. ¿Sabes lo que es? Es vino espumante con jugo de naranja. La camarera me dijo que las sirven en las bodas.

Mi futuro exnovio no se inmuta, ni gruñe. Desde que ocurrió aquello, ya no me habla. En cierto modo, me parece bien. Ese silencio significa que aún estamos juntos. Mientras no pronuncie esas fatídicas cinco palabras, puedo seguir esperando que algo se arregle.

—Mira, esto no va a funcionar.

La puta madre.

—No sé qué esperas de mí, Jasna. ¿Que corra detrás de ti como un borracho enamorado? Eres terriblemente ingenua si crees eso.

El estudiante se levanta y se dirige a la puerta. La campanilla anuncia su salida. Yo esperaba que se quedara más tiempo. Lucijan por fin levanta la mirada.

—Dime: ¿por qué?

¿Por qué? Intenté explicártelo, pero me mirabas como si estuviera loca. No, no puedo responderte. No puedo contarte aquel encuentro si no quieres escucharme. Solo puedo decirte:

—No lo sé. De verdad no lo sé.

Lucijan suspira y baja la cabeza. Veo que contiene las lágrimas.

—No quise hacerte daño, L…

Lučko. A veces le gustaba que lo llamara así, aunque nunca lo admitió. Pero si lo llamo así ahora, se enfurecerá y me insultará, llamándome zorra sin corazón. Lo sé, porque ya pasó.

—Por favor, olvidemos esto —le digo—. Sigamos adelante.

Suenan de nuevo las campanillas. El estudiante ha regresado: olvidó su billetera. No se quedará.

—¿Adelante adónde? —dice amargamente Lucijan—. Yo lo único que quisiera es volver atrás.

Yo también quisiera volver atrás, estoy a punto de decirle, pero nuestro camino es lineal. El pasado ya está escrito, solo podemos seguir adelante. O girar en círculos… El estudiante vuelve a irse. Pronto vendrá la camarera y le preguntará a Lucijan si puede llevarse su taza. A mí ni siquiera me mirará. Palpo el bolsillo del abrigo azul que he colocado sobre la silla. Tendré que empezar otra vez desde cero. ¿Qué debería hacer diferente esta vez? Debo inventarme algo. Lucijan sigue mirando su taza. Me pregunto qué futuro habrá leído en ella…

—¿Puedo llevarme esto?

Lucijan sonríe a la camarera.

—Sí, claro.

—¿Desea algo más, señor?

—Solo la cuenta, por favor.

—Muy bien. Venga conmigo a la barra.

Y se alejan. Desde lejos los observo sonreírse mutuamente. Tal vez, en su futuro, se vea con ella. Saco del bolsillo del abrigo un cuadernito y la pluma mágica. Lucijan ya ha terminado. Regresa; su mirada solo apunta a la salida. Cuando pasa junto a mí, intento tomarle la mano. Él la retira y se apresura a salir. Campanilla. Se acabó.

Abro el cuaderno en una página en blanco. Por centésima vez escribo la primera frase: Estamos sentados en la cafetería.


Dominik Lenarčič nació un día antes del 13.º aniversario del desastre de Chernóbil. Esta es probablemente la razón más creíble de su fascinación por lo aterrador y lo mórbido. Hasta el instituto, no mostró un gran talento para la poesía y la escritura. Sin embargo, al convertirse en editor del periódico inglés de la escuela, su talento se reveló. Al ingresar a la universidad, eligió un programa de estudios con mayor orientación literaria y se sumergió en las turbulentas aguas literarias eslovenas. Recientemente completó su tesis de maestría en bibliotecología. Sus obras concisas y a menudo conmovedoras pueden leerse en los portales Pesem.si, LUD Literatura y Koridor – križišča umetnosti, así como en las revistas Novi zvon/Nebulae, Mentor, Liter jezika, Sejalec y Supernova. Trabaja como editor jefe adjunto en esta última desde 2023. También ejerce como crítico literario ocasional, y sus reseñas se han publicado en el periódico Delo, entre otros. Entre los autores de ciencia ficción y fantasía, le gustan Stephen King y los autores de distopías clásicas (Zamyatin, Huxley, Orwell). 

 

lunes, 20 de abril de 2026

ARABESCO INMÓVIL

Mauricio-José Schwarz

 

Almudena doliente en la cama. Almudena doliente bailando.

Repiqueteo de tacones que convierten a la madera en instrumento, feria de percusiones, sorda marimba bombardeada. Silencio mientras una pierna se asoma entre los vuelos de la falda, coqueta, perfecta, muscular, apoderándose del primer plano, del escenario todo, bebiéndose la luz que marca un círculo sobre la mujer y su color.

Almudena sobre la camilla, debatiéndose entre el dolor y el horror, mirando sin querer mirar la mancha roja que se extendía por la sábana, goteando vida abandonada por el suelo.

No hay engaño que no pueda convertirse en realidad si pasa por la mano del artesano. La mentira anunciada, promovida, conocida, puede alzar el vuelo. Mentira son los personajes de la tragedia griega, que en acabando el llanto y la muerte bajan del escenario y se convierten en simples actores aficionados al vino y a la música de las flautas. Mentira son los músicos de cuadritos pintados por el catalán. Mentira las penurias del diminuto vagabundo que se mueve espásticamente en los filmes de Chaplin. Mentira el vuelo fingido de las bailarinas sobre las puntas, imaginándose cisnes envueltos en tul.

Mentira era Almudena. Mentira nueva inventada a dueto por el Charro, que según ella se parecía a Jorge Negrete hasta en las pestañas, y el Tiburón, que hubiera dado una pierna por la gloria de parecerse a Gardel, pero que tenía aspecto entre de matón de la mafia y de dueño de una pizzería.

Mentira que bailaba de cuando en cuando en las dimensiones igualmente falsas del espacio virtual, en las imágenes y sonidos que corrían por las líneas telefónicas y saltaban ágiles de satélite en satélite para reconstruirse en las pantallas y las bocinas de las computadoras que tapizaban al planeta.

Una Almudena tan real que invitaba a tocarla, que parecía despedir su propio aroma feral aunque esas cosas aún eran imposibles. Almudena en una ilusión de cuerpo entero, tres dimensiones, sonido perfecto, que pasaba del flamenco a Gershwin con elegancia, gitana en un momento, mulata esencial al siguiente, y que había dejado huella con sus bailes en fingida gravedad cero, como si ella y su público estuviesen suspendidos entre la Tierra y la Luna, y a nadie importaba que fuera una ilusión.

Había dejado huella cuando ya no tenía piernas. La paradoja le divertía enormemente aunque jamás lograba arrancarle una sonrisa con ella al Charro o al Tiburón. Cierto, dejaba huella a veces en la tierra con las prótesis casi alquímicas de plástico y complicados intestinos electrónicos que le permitían caminar casi sin tambalearse, subir escaleras, trotar en las mañanas e incluso inclinarse a recoger algún objeto del suelo, pero que eran incapaces de bailar y dejar huella en los corazones.

Había dejado huella en otros, en cambio, con corrientes eléctricas diminutas que salían de las terminaciones vivas de sus muñones, esos nervios truncos con los que a veces sentía que le dolían las piernas ausentes. Así como las prótesis físicas sentían las órdenes de esos nervios, las traducían a velocidades asombrosas y reaccionaban, los electrones enviaban mensajes a través de los cables diseñados por el Charro y el Tiburón entre oscuros chistes tecnológicos y jarras de café. Y los mensajes de los cables llegaban a las computadoras que los dos hombres habían acumulado para hacer los complejos trabajos de programación que les permitían vivir como vagos y cobrar grandes sumas.

Las señales nerviosas iban a las computadoras y entonces bailaba una Almudena replicante en la pantalla tridimensional.

Al principio se sintió una grotesca marioneta estática en la silla, con cables que salían de toda parte móvil de su cuerpo y se convertían en la imagen en la pantalla. Miró el entorno virtual en las gafas diseñadas por el charro. Era un teatro y ella estaba al centro del escenario. Siguió instrucciones, imaginó que daba un paso al frente y pudo ver que bajo ella se extendía su pie y se posaba sobre el piso falso con un reconfortante sonido. Era como estar dentro de otra Almudena entera.

Asombrada, no volvió a temer las horas de ajustes a los aparatos, las pruebas prolongadas que poco a poco la reinventaban bailarina.

Fue como aprender a caminar de nuevo.

El Tiburón agregó más cables y explicó que, en cuanto resolvieran algunos puntos sobre cómo conseguir que las computadoras la "vieran", quizá desaparecerían muchos de ellos.

—Pero para que salga bien, tiene que doler —dijo el Tiburón y el Charro hizo un mohín que acentuó su parecido con el ídolo de la pantalla.

Los nuevos cables llevaban sensaciones de presión y de dolor al cuerpo de Almudena, en respuesta a sus evoluciones imaginarias en el escenario inexistente.

Al cabo de unos pasos se sintió confiada, quiso girar y perdió el equilibrio tan eficazmente como lo hubiera hecho en la realidad. El mundo que veía se inclinó de súbito en las gafas mientras ella lanzaba un grito de dolor al chocar la cadera imaginaria con el escenario inexistente.

—Acaso habría que disminuir la potencia —dijo el Charro con toda seriedad.

—Los artistas deben sufrir —sugirió el Tiburón.

—También pueden rompernos la cara a patadas —reflexionó el Charro mirando cómo Almudena se quitaba las gafas y los miraba con odio no por cordial menos sincero.

—Acaso habría que disminuir la potencia —concluyó el Tiburón.

Almudena fue sujeto experimental, Terpsícore de laboratorio, bailarina de indias, campo de pruebas y fuente de interminables cantidades de números que resultaban de las acciones de cada cable y daban pie a que el Charro y el Tiburón prepararan más y más jarras de café y hablaran en su idioma técnico y hermético. Almudena aprendió a dar un paso y otro, a hacer un glissade sin piernas y un pas de chat sobre un entarimado que sólo existía en sus gafas televisoras, haciendo sonidos que le llegaban mediante bocinas. El Charro aprendió a graduar los sonidos y las sensaciones. El Tiburón aprendió a disminuir la potencia del dolor y hacer más eficientes las sensaciones que recibían los muñones. Almudena aprendió a pespuntear un taconeo terso y retador desde su silla, las manos abriéndose en el aire como flores urgentes. Descubrió cómo manipular sus extensiones para convertir la cibernética en una herramienta más, otro órgano que le permitía explorar las posibilidades del movimiento en que había vivido su cuerpo desde los cuatro años de edad hasta el día en que un automóvil se plegó sobre sus piernas convirtiéndolas en un recuerdo.

Llegó el día en que se anunció por los gusanos telefónicos que se podía ver a Almudena bailar en las computadoras. Y la vieron aunque no supieran quién era esa maestra de baile y coreógrafa que cuatro años atrás había estado a punto de hacerse famosa y en cambio se había hecho tullida.

Y Almudena bailó, primero directamente, transmitiendo su ilusión a una hora exacta para un público incuantificable e invisible de hombres y mujeres absortos ante sus computadoras, y que encontraron la manera de hacer saber su entusiasmo por la danza virtual de la mujer de negros cabellos. Luego, Almudena bailó en discos que podían adquirirse junto a los programas de contabilidad y los juegos donde se puede destruir al enemigo con armas malévolas y brutales.

Y mientras Almudena bailaba, el Charro y el Tiburón soñaban con otros artificios para que Almudena bailara soft shoe en las arenas de la Luna, simulando esa quinta parte de gravedad que convertía a los astronautas en saltarines a cámara lenta, para que ensayara mudras acompañada de bailarines que estuvieran en otros países y se unieran a ella en coreografías fantásticas sin tener que salir de sus domicilios.

El Charro y el Tiburón soñaban escenarios y retos para llenar de danza la vida de Almudena, de saltos watusi y de zapateados gauchos, de ballet y de pavanas, valses y minuets, coreografías sin precedente y largas improvisaciones de tap posibles, acaso, en compañía de Gene Kelly o Donald O'Connor.

Y soñaban que olvidaban cuál de los dos, si es que alguno lo había hecho, llevaba en las manos el volante del automóvil al momento en que serpenteó descontrolado y chocó contra la guarda de la autopista, anunciando su ruina con un cruel aullar de metal vencido al que le hizo coro el asombro sangrante de Almudena.

La Almudena que no iba a ser nunca de ninguno de los dos.

    Los dos que eran para ella. 

Mauricio-José Schwarz Huerta (Ciudad de México; 2 de febrero de 1955) es un novelista, periodista y fotógrafo mexicano, radicado en España desde 1999. Orientado principalmente a la literatura de géneros (ciencia ficción, terror, policial) ha publicado más de un centenar de relatos en revistas de México, Colombia, Francia, Argentina, Venezuela, Bélgica, Cuba, Estados Unidos y España; tres novelas policiales, dos colecciones de relatos individuales y numerosos artículos y ensayos, además de antologías y obras colectivas en Estados Unidos, España, Francia, Italia, Colombia, Venezuela, Argentina y Cuba.

FILOSOFÍA PARA GATOS

  

Rosa Lía Cuello

 

Mientras espero que Juan venga a buscarme, y como me arreglé temprano, cosa inusual en mí, me pongo a hojear un apunte que estoy leyendo para un curso. Dice que con el pensamiento se puede llegar a lo que es la verdad e ignorar los sentimientos, que a los humanos parecen regirnos. Siempre estamos pensando en hacer cosas por los otros, ya sea por lástima, por interés, por envidia, por creer nomás, por ese sentimiento absurdo que nos domina de estar en todo y de solucionarle la vida a los demás.

En realidad lo que dice es sobre ignorar los sentidos, en la medida que la razón no indique que son verdaderos. Y agrega que “Es necesario decir y pensar que el ser es y el no ser no es”.

Ahí es cuando uno comienza a preguntarse que es El Ser y tiene que correr aunque sea hasta un diccionario porque no entendimos nada de lo que dijo la profesora, que parecía más trabucada que nosotros. También este buen señor afirma que “el ser es uno, inmutable, inmóvil, indivisible e intemporal”. Más de uno podrá preguntarse que clase de loca soy. Eso no viene al caso…

En este momento, me quedo pensando en Parménides. No el filósofo sobre el cual estoy leyendo sino en mi gato que se llamaba igual. Era el vago más ronroneador del barrio. Atigrado y de color naranja. Dicen que de cada millón de gatos naranjas nace una sola hembra. ¿Y adivinen donde vivía? En la casa de al lado.

Está bien, mi Parménides no era un ser en el sentido que refiere el cuadernillo, era un gato, mi gato, pero se hacía entender.

Desde chiquito le gustó dormir cerca de la ventana, en el piso, sobre un almohadón verde. No hubo forma de cambiarlo de lugar, si lo poníamos en otro sitio se las ingeniaba para regresar. Hasta que mi madre un día dijo que era imposible hacerle entender y lo dejó. Sucedía que desde allí vigilaba a la vecina que se la pasaba subida al árbol, y cuando cruzaba algún otro felino por esos lugares ella sólo miraba para la ventana y allá salía mi Parménides como si lo llamaran de urgencia, dispuesto a luchar para defender a su amada.

Ella, “inmutable”, veía desarrollarse la contienda, cuando el intruso lograba escapar, bajaba y se reunía con él. Los ojos le brillaban y juro que muchas veces la vi sonreír seductoramente; si los sentidos se disfrazan, yo pido perdón. Fui engañada por ellos y por esa Gatúbela de jardín, que mordía a mi gato en el cuello y él se quedaba muy orondo, como si le gustara.

Mi hermoso y relleno mamífero, se ponía cada día más flaco. Perdió el hambre y juraría que estaba ojeroso, pero fiel. A veces me miraba queriendo contarme algo, o me lo contaba, pero yo no supe entenderlo.

Una tarde, lo vi salir despacito, no digo arrastrándose, pero casi, y cruzar el cerco con dificultad. Esa noche no volvió a dormir y la vecina tampoco.

A lo largo de tres días recorrimos casi todos los lugares del barrio. Los bomberos no me hicieron caso, la policía no tomó mi denuncia, ni la de la vecina, casi nos mandan a la guardia psiquiátrica.

Hasta que un viernes, en medio de la noche pude verlo al lado de la cama, hablaba, y me dijo que buscara entre los yuyos del patio de un caserón abandonado. Salí sin decir nada, con una linterna bien grande.

Me dirigí al fondo de la casa que conocía, por que cuando niños todos jugábamos ahí. Mi Parménides iba delante de mí, casi transparente de tan flaco. Alumbré cerca de un tronco que había y me paralizé, quedé “inmóvil”, lo que vi me lleno de miedo.

Ella, tan anaranjada y peluda, estaba inclinada sobre mi hermosa mascota, y al ver la luz levantó la cabeza. Su nariz, antes rosada ahora estaba roja como su boca con la sangre de mi félido que le caía por los colmillos pequeños y filosos, pero efectivos.

En ese momento, recordé aquella vieja leyenda japonesa que contaba el tintorero, sobre una gata vampiro que mataba a sus enamorados. Y me di cuenta de que el gato que me acompañaba, se acercaba al lugar y se iba incrustando lentamente sobre el cadáver hasta fusionarse en él. Ahí supe que el objeto de mi cariño sería “indivisible” para siempre. Presa de un ataque de furia y desconsuelo agarré a la gata maldita y la revoleé por sobre el tapial.

Después tomé a mi Parménides que ya no respiraba y lo llevé a casa. Cuando amaneció lo enterré en el jardín, segura que nuestro cariño se había convertido en “intemporal”…

Nunca sacamos el almohadón verde de abajo de la ventana. Piensen lo que quieran, pero mientras recojo mi cartera, porque escuché la bocina del auto de Juan, lo veo pasar y ubicarse en su lugar favorito…

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

UN INDULTO POR EL JARRÓN DE LA DONCELLA GUERRERA

Jaap Boekestein

 

Cuando Sergio tenía mil ciento veinte años

—Afirmas saber dónde está el regalo para Su Imperialidad, Sergio —dijo la senadora Amilia Contraidpu.

La más alta representante imperial y administradora del sistema Fharman era una mujer excesivamente corpulenta, con el rostro pintado de verde y los párpados y labios de un rojo brillante. Vestía una reluciente armadura negra de la Orden de las Doncellas Guerreras Juramentadas. Había dejado fuera de la celda el hacha sierra eléctrica tradicional de tres cabezas.

Sergio llevaba un mono de prisión a cuadros azul ultramar y amarillo. Organizar loterías ilegales se castigaba con una severidad excesiva en el sistema Fharman. Sergio y Roage se enfrentaban cada uno a cincuenta años de servicio de conservación en el parque de reptiles de Wiogho-Wioy, un puesto en el que la esperanza de vida media superaba apenas los cinco años.

—Resolveré el enigma del jarrón desaparecido y, a cambio, mi amigo y yo recuperaremos nuestra libertad, todos los cargos serán retirados y nuestros antecedentes penales serán borrados.

La senadora Amilia Contraidpu resopló.

—Si consigues que recupere el regalo para Su Imperialidad, obtendrás todo eso, y además yo misma cocinaré una comida para ti, pero hay una condición: debo tener el antiguo jarrón Qgirub en mi poder dentro de catorce horas. Entonces partiré hacia Hellesion IV para el cumpleaños de Su Imperialidad. Si presentas el regalo aunque sea diez minutos tarde, me aseguraré de que tú y tu amigo contéis el número de machos de estegosaurio en celo de Wiogho-Wioy. Su número es un gran misterio cada vez, porque ninguno de los contadores regresa jamás.

Sergio asintió para indicar que aceptaba la oferta. La senadora era conocida como una persona de corazón duro pero honorable. Cumplía cada promesa, y cada amenaza, al pie de la letra y en espíritu.

—Para empezar, debo visitar la cámara acorazada donde el regalo para Su Imperialidad fue visto por última vez.

La cámara acorazada personal de la senadora Amilia Contraidpu estaba hecha de curlbon impenetrable. Era un enorme cubo cuadrado situado en el centro del grandioso despacho oficial de la Representante Imperial.

Ventanas arqueadas lo bastante grandes como para alojar un pequeño yate espacial ofrecían una vista panorámica de una docena de manantiales de lava activos que burbujeaban entre árboles cíclopes ignífugos. En el suelo yacía la piel de un leviatán espacial; su pelaje translúcido e hipersensible era un mar de placer supremo. Varios cientos de candelabros y dos enormes braseros de acero colgados del techo, tan alto como el de una catedral, proporcionaban un océano de iluminación.

—Albrax, abre —ordenó la senadora Amilia Contraidpu, y la puerta de la cámara acorazada se abrió en silencio.

—¿Albrax? —preguntó Sergio.

No llevaba ningún dron-esposador. La senadora habría podido partirlo en dos sin demasiada dificultad, y escapar de su palacio sin un traje de viaje significaba morir asfixiado por los vapores sulfúricos cáusticos y las temperaturas abrasadoras.

—Albrax es el mejor cerebro de seguridad dentro y fuera del Imperio Infinito. Anticipa roturas y robos y toma por sí mismo las medidas necesarias.

Un cierto orgullo resonaba en la voz de la senadora Amilia Contraidpu.

—Solo lo mejor es suficientemente bueno para custodiar un regalo destinado a Su Imperialidad.

—Y aun así el antiguo jarrón Qgirub ha desaparecido —observó Sergio.

La puerta de la cámara estaba ahora completamente abierta y no revelaba nada más que un vacío bien iluminado.

—¿Quién descubrió la desaparición?

—Yo misma —dijo la senadora con cierta acritud—. Esta mañana ordené a Albrax que abriera la cámara y entonces advertí que el regalo había desaparecido. Todos los sensores de esta sala indican que nadie se ha acercado a la cámara desde anoche, cuando inspeccioné el contenido y la irremplazable pieza antigua seguía presente.

Sergio observó el holograma de lapso temporal de los hechos descritos. La primera vez que la senadora estaba frente a la cámara, el jarrón estaba allí: un sencillo cuenco vidriado, azul por fuera y de un naranja ardiente por dentro.

La pieza antigua era más vieja que el propio Imperio Infinito y poseía una historia gloriosa. Que la senadora hubiera adquirido el jarrón como regalo para Su Imperialidad había sido una auténtica sensación informativa.

Lo mismo que su desaparición.

El holograma mostraba los acontecimientos posteriores: un largo período de absoluta nada, seguido de la segunda visita de la senadora a la cámara. La puerta se abría y el jarrón ya no era visible. La cámara vacía parecía una herida abierta, y hasta Sergio sintió un instante de tristeza.

—Albrax, ¿cuál es tu explicación para la desaparición? —preguntó.

—No tengo explicación para ello —respondió el cerebro artificial.

Era una voz neutra, sin género, que casi nunca se utilizaba para mentes artificiales. Para la mayoría de la gente, una voz tan impersonal evocaba una irritación inquietante y asociaciones con traición y conspiraciones. Al parecer, la senadora Amilia Contraidpu no se veía afectada por tales pensamientos.

Sergio dejó que su mirada vagara desde la cámara por toda la sala de trabajo. Decenas de miles de sensores invisibles, cada uno con todo tipo de propósitos y funciones, cubrían el espacio. Corromperlos a todos habría sido un juego de niños en cualquier holodrama, pero la realidad era más obstinada.

Un ladrón profesional habría prestado poca atención a los sensores y habría extraído toda la cámara de la habitación con una nave espacial y un rayo de enganche, para luego escapar rápidamente.

La mirada de Sergio regresó a la cámara como por instinto.

—Albrax, ¿cuál era tu misión respecto al antiguo jarrón Qgirub que la senadora Amilia Contraidpu pensaba presentar a Su Imperialidad?

—Debía salvaguardar el jarrón en cuestión hasta que la senadora partiera hacia Hellesion IV para celebrar el cumpleaños de Su Imperialidad.

—¿Y qué tipo de problemas anticipabas al cumplir tu tarea? ¿A quién has identificado como las mayores amenazas?

—El senador Weenisuus Palgram, el senador Heaving Dandelion y el senador Xee-334-Eewe. Son los principales competidores de mi cliente por el favor de Su Imperialidad. No presentar el jarrón fortalecería sin duda su posición.

—¿Y qué tipo de amenazas tácticas has identificado, Albrax?

—Ladrones contratados por uno o más de los senadores mencionados. El Gremio de los Cuatro Dedos Amarillos, los ninjas de sombra de Zaklaanaaso, los merodeadores Honau de Trea. Considero que todos ellos son capaces de burlar las defensas de mi cliente y robar la cámara y su contenido, o alterarla hasta tal punto que el contenido quede destruido.

—¿Uno de esos villanos ha robado mi regalo? ¿Eso es lo que dices, Sergio? —quiso saber la senadora Amilia Contraidpu.

Sus ojos brillaban y su armadura crepitó levemente en las junturas.

Sergio hizo apresuradamente un gesto conciliador.

—Aún es demasiado pronto para eso. Albrax, ¿estoy en lo cierto al pensar que, pese a todas las medidas de seguridad, las defensas planetarias, el palacio fortificado de la senadora y tu propia presencia, en realidad considerabas que la seguridad era insuficiente? ¿Que existía la posibilidad de que fracasaras en tu misión?

—Ciertamente.

—¿Y fuiste tú el que filtró a la esfera informativa la noticia de que el regalo para Su Imperialidad había desaparecido? —Solo siguió el silencio—. No voy a ir a ninguna parte hasta que la senadora parta hacia el planeta imperial Hellesion IV, y gracias a mi condición de detenido tampoco puedo comunicarme con el mundo exterior. Así que lo que digas permanecerá en secreto. Entonces, ¿filtraste tú la noticia del robo, Albrax?

—Sí.

La senadora sopló por su formidable nariz como un buey salvaje.

—¿Por qué? Se supone que eres el cerebro artificial más avanzado en el campo de la seguridad. En lugar de eso, fracasas en tu misión y, para colmo, ¡compartes mi vergüenza con el resto del Espacio Conocido!

Quedaba claro que la senadora estaba disgustada.

—Albrax, los enemigos de la senadora están bajo la ilusión de que el jarrón ha sido robado y probablemente se sospechan unos a otros del hecho. Tu ardid ha tenido éxito. Ahora muéstrale a la senadora que no has fracasado en tu misión —ordenó Sergio.

Durante otro breve latido del corazón, la cámara permaneció vacía.

Entonces la luz parpadeó —un holograma que se desactivaba— y de pronto quedó revelado el antiguo jarrón Qgirub. La antigüedad reposaba exactamente en el lugar donde había estado todo el tiempo.

A Sergio se le cortó la respiración. Ver aquel objeto en la vida real era una experiencia casi mística.

¡Qué perfección!

¡Qué simplicidad!

La senadora Amilia Contraidpu soltó una carcajada y dio a Sergio una palmada en el hombro.

—¡Por los tres soles de Acuario! Eso ha sido endiabladamente inteligente de tu parte, hombrecito. ¡Ja! Haré liberar a tu amigo de la prisión y borraré tus fechorías. Esa es la ventaja de ser senadora. Y después te cocinaré una comida. Espero que te guste la carne chamuscada con patatas asadas y ensalada de pimientos, porque eso es lo que habrá.

—Suena delicioso —respondió Sergio—. Y ¿podría pedir un viaje a Hellesion IV para mi compañero y para mí? Siempre he querido ver el planeta del Emperador, y quizá no consideres oportuno que permanezcamos en el sistema Fharman.

Esta vez escapó una risa atronadora de la boca de la mujer de maquillaje verde.

—Eres un pícaro, Sergio. Creo que este podría resultar un viaje interesante a Hellesion IV.

Jaap Boekestein (1968) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía, terror, suspense y todo lo que le apasiona. Su primera publicación fue en 1989 y ha escrito más de 500 relatos y alrededor de una docena de novelas cortas. Ha sido editor de varias revistas como Holland SF, Waensinne y Wonderwaan. Escribe principalmente en neerlandés, pero algunos de sus trabajos en inglés se pueden encontrar en Amazon.com. Su gran proyecto es una serie de relatos y viñetas ambientadas en un futuro lejano sobre el estafador y misterioro Sergio Wilhem Wang-von Luhfthoven.

 

domingo, 19 de abril de 2026

LA NOCHE DE LA ÚLTIMA CAMPANADA

Alexandra Medaru

para Andrei Iorga

 La vislumbro entre las ruinas castigadas por el sol opresivo: una diosa llegada de tiempos antiguos, una Afrodita que lleva en silencio su belleza, de algún modo ignorante de todo lo que se oculta en ella. Sus rizos rubios caen hacia las caderas, y su rostro, como la nieve sobre la que descansan un par de grandes ojos castaños, invita a tomarla entre los brazos y besarla. No sabe que, más allá de los ladrillos rojos, se encuentra quien daría cualquier cosa por un instante de su atención.

Avanza suavemente entre los restos del castillo en ruinas. El largo vestido blanco se ajusta a su joven cuerpo sin imperfecciones, y casi siento el impulso de saltar al otro lado del muro que nos separa para decirle todo lo que quisiera. Pero no me atrevo por miedo, pensando que no está hecha para mí: un pobre a merced de los turistas.

Mira hacia la vieja capilla, de la que solo quedan el altar y algunas estatuas cubiertas de pintura descascarada por el paso implacable del tiempo. Quisiera dirigirse hacia allí, pero una voz grave de mujer la hace detenerse.

—Anita, ¡es hora de regresar!

Suspira molesta, lanzando una última mirada hacia el lugar al que querría llegar, pero que le está prohibido, y vuelve junto a la mujer que la había llamado.

Cuando se alejan, paso al otro lado del muro y las sigo como una sombra que no quiere delatar su presencia, pero que se adivina entre las cortinas. Mientras avanzo tras ellas, la veo volver la cabeza hacia los restos de la pequeña iglesia, y entonces nuestras miradas se cruzan por un instante. Mi aspecto la perturba, y pienso que la culpa la tienen mis ropas malolientes, el cabello negro grasiento, la suciedad bajo las uñas, las piernas temblorosas, el cuerpo débil apenas resistiendo el calor sofocante.

Retira la mirada, paralizada, y se aferra del brazo de su acompañante como una niña asustada por el monstruo bajo la cama. Quisiera ir tras ella, pero, tambaleándome, me quedo en el mismo sitio, sabiendo que el destino me es adverso: el mundo no es como en las películas de Hollywood; lo aprendí en carne propia cuando perdí el negocio, luego a mi esposa y, finalmente, todo. Como un péndulo, vacila entre acercarse y alejarse. Yo también vacilo, aunque quisiera preguntarle qué provocó su inquietud, pero cuando doy un paso más, la vista se me nubla y su silueta se disuelve como los recuerdos enviados al olvido.

 

Las puertas del castillo se habían cerrado una vez concluido el horario de visitas. El guardia de la ronda nocturna me había echado del recinto, así que me senté al borde del foso, masticando un trozo de pan seco dejado en la salida trasera por la cocinera del restaurante del museo, cuyo nombre nunca llegué a saber. Nunca me hablaba, pero sabía dónde solía pasar el tiempo y se ocupaba de dejarme algo para comer. En una ocasión le dejé, a mi vez, una nota de agradecimiento escrita en una servilleta robada de una mesa y una pulsera barata comprada en el mercado con las pocas monedas reunidas aquel día mendigando. Encontró mis presentes y se los llevó sin decir palabra.

Estaba tragando otro bocado cuando, entre los coches estacionados al otro lado de la carretera, vi una silueta femenina, y en ese paso reconocí un andar que parecía haber visto muchas veces antes. La mujer se acercó como si me estuviera buscando, pero continué devorando el panecillo, aunque me inquietaba como nadie lo había hecho antes.

Se sentó a mi lado y me habló como a un conocido.

—Raul… ¿Eres tú?

Sus palabras me hicieron atragantarme con el pan que estaba mordiendo con avidez.

—¿Cómo sabes cómo me llamo? —balbuceé.

—¿No te acuerdas?

Me esforcé por recordar, pero estaba seguro de no haberla visto nunca antes de ese día.

—Ven conmigo —me dijo, tomándome de la mano.

Su contacto me quemó, despertando en mí sensaciones olvidadas desde hacía milenios. Me arrastró como si acabara de descubrir una nueva América y quisiera mostrármela, y yo la seguí con paso apresurado. Llegamos ante las puertas, donde el guardia permanecía rígido como un cadáver. Ella se acercó y le susurró unas palabras al oído. Una sonrisa bobalicona apareció en el rostro del hombre, que le entregó sin resistencia las llaves escondidas en el bolsillo de sus pantalones grises. Toda la escena me pareció extraña, pero no más que nuestro encuentro, así que la seguí y penetré en los lugares que ya había recorrido tantas veces, aunque ahora parecían distintos; me dije que debía de ser la oscuridad, que lo envuelve todo en sombra y olvido a lo largo de la noche.

Avanzamos por la senda empedrada. Me tomó de nuevo de la mano, como si no quisiera que me escapara, sin saber que lo único que yo deseaba era ser su prisionero para siempre.

El viento soplaba suavemente y los árboles se inclinaban ante nosotros como sirvientes frente a su señor, mientras el aire frío aliviaba mi rostro cansado. Debía de ser ya muy tarde, y aun así mis pasos avanzaban como en un sueño hermoso que no habría querido que terminara jamás.

Entre las copas arqueadas vi el castillo: con muros gruesos, torres altas y vitrales fantasmales. Bajo la pálida luz de la luna ya no era la ruina del día. Quizá sea una visión nacida de las tinieblas de una noche extraña, me dije, y mi corazón empezó a latir con fuerza, sintiendo que más allá de aquellos muros se ocultaba un terrible secreto. Y aun así no me detuve.

Me decía que, si estaba con ella, nada podía ser tan malo, que nadie podía vencerme, que la inmortalidad era nuestra. Luego me preguntaba si no serían solo ilusiones de un loco que ha perdido la cabeza ante una desconocida.

El sendero nos llevó hasta un estanque coronado por arbustos. El silencio opresivo me estremecía como las aguas embravecidas de un mar en tormenta.

Subió al puente y la seguí sin preguntas. Ya habría tiempo para ellas después de que me revelara el secreto que guardaba, me dije. Eso era lo que quería saber. Hacia eso me apresuraba como los soldados hacia la muerte.

La puerta había quedado abierta. Aunque el pecho me ardía como un volcán, crucé las pesadas puertas del castillo. De pronto estaba del otro lado de los muros, donde nada era como antes.

Las salas habían vuelto a la vida; el bullicio y la agitación las dominaban como en una feria familiar. Acróbatas, bailarinas, enanos se movían de un lado a otro, preparando el espectáculo. De una estancia contigua llegaban risas y el choque de copas, y varios sirvientes pasaron apresurados frente a nosotros cargando bandejas de plata rebosantes.

Me dispuse a dirigirme hacia el festín, pero ella me detuvo.

—Vamos a otro lugar —me dijo con firmeza.

—Pero…

—Todo a su debido tiempo.

La obedecí y la seguí como si hubiera sido su esclavo. Al caminar sobre el suelo de mármol era más hermosa que cualquier reina de Tebas, y si me hubiera pedido la vida…

Las puertas de la capilla abrieron sus brazos acogedores. A través de la amplia abertura se veía una luz intensa, deslumbrante. Si hubiera creído en los dogmas cristianos, habría dicho que el Espíritu Santo había descendido en aquella pequeña iglesia y aguardaba a sus fieles.

Avanzamos hacia el velo resplandeciente y pronto llegamos junto al altar, donde un Jesús de piedra nos sonreía a pesar de los clavos que lo sujetaban a la cruz blanca. Miré hacia los bancos, que comenzaban a llenarse de gente, y la visión me aterrorizó. Sus rostros me parecían conocidos, aunque no recordaba haberlos visto nunca. Como el Cristo de la cruz, llevaban sonrisas luminosas y acogedoras, pero sus miradas estaban vacías y sus cuerpos manchados de sangre que brotaba de heridas en el cuello o el pecho.

Me volví hacia la mujer que me acompañaba. De pronto era sobrecogedora: vestida de novia, con una corona de sauce en la cabeza. Su vestido se había teñido de rojo por las oleadas que corrían desde su garganta, y en sus ojos vi el mismo vacío: el de la muerte. Aquello me sacudió profundamente y retrocedí un paso.

—¿Qué está pasando? —le pregunté.

—Hoy nos casamos como debimos hacerlo hace siglos —respondió—. ¿No lo recuerdas?

Por más que lo intentaba, por más que me esforzaba, no comprendía los misterios que se revelaban; mi mente giraba sin control.

—¿Nos casamos?

Fue todo lo que logré decir.

—Como habríamos hecho si no hubiera conocido mi final a manos de la Diablesa —dijo, clavando en mí su mirada fría y tomándome de la mano.

En ese instante, pasado y presente se precipitaron sobre mí, sumergiéndome en un torrente de visiones dolorosas acompañadas por el tañido de la campana. Por un momento la veía a ella, la mujer de ahora, llevándome hacia el altar, donde el presbítero nos esperaba para unirnos por la eternidad, mientras el coro entonaba su canto angélico. En otro instante me veía entrando por la puerta de aquella iglesia vestido con una túnica negra, con una espada ceremonial al cinto, deseando unirme a la mujer que amaba. Luego volvía a la ceremonia presente y a la mujer adorada que me pedía que la amara como en nuestra primera vida juntos. Y de nuevo regresaba a aquellos tiempos, avanzando por la capilla bañada en sangre mientras imploraba a un Dios sordo que no confirmara mis peores temores. Pero mis súplicas eran inútiles, porque ante el altar, rodeada por un charco rojo, había caído en un sueño helado. Corría hacia donde yacía, tomaba su cuerpo frío en brazos, y mi grito atravesaba los cielos.

Un segundo toque de campana, ensordecedor esta vez, me despertó de aquel viaje alucinante, y miré a todos los presentes, que me instaban a unirme a mi elegida, cumpliendo el destino que nos había sido negado. No había soñado nuestra vida de ese modo, pero su contacto ardiente me susurraba que tal vez el Paraíso era posible pese al Infierno que habíamos conocido. Estar juntos era todo lo que deseaba.

Cuando el sacerdote nos preguntó si queríamos tomarnos el uno al otro en el reino de Cristo, lo supe, con la desesperación de un mendigo que se aferra al manto de un transeúnte. En lo profundo de la noche, la última campanada sonó, uniéndonos en un beso y llevándonos hacia la eternidad…

 

Abro lentamente los ojos; la cabeza me da vueltas, la vista está borrosa. Sobre mí, un grupo de rostros desconocidos vela como padres junto a la cuna de un recién nacido. Entre ellos reconozco uno: el de Anita, que me mira con preocupación.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, exhausto.

—Te desmayaste —responde.

Y recuerdo que hace dos días que no pruebo bocado.

—La ambulancia está en camino.

Al oír hablar de médicos me invade el terror. Vendrán, me llevarán y no volveré a verla nunca más. Intento levantarme, pero no me dejan, sujetándome contra el suelo.

—No es seguro que te muevas. Podrías tener una conmoción —dice.

—No me importa —respondo, intentando liberarme del agarre, pero sus brazos son demasiado fuertes.

—Debe verte un médico —insiste Anita.

Le tomo la mano y los recuerdos de aquella vida lejana regresan, abrumadores.

—Anita… —digo.

Y no parece en absoluto sorprendida de que conozca su nombre; al contrario.

—Raul…

—No dejes que nos separen —le digo, temiendo que pueda desaparecer en cualquier momento.

—Lo has recordado…

Intenta abrazarme, pero aún estoy agitado y el abrazo me asfixia, así que la aparto suavemente.

—¿Qué hacemos ahora?

Una sombra de tristeza se posa en su rostro, retrasando su respuesta, y en ese instante de silencio todas mis temores se confirman y me ahogan incluso antes de escuchar sus terribles palabras:

—No puedo llevarte conmigo —dice.

—¿Por qué?

—Tengo una familia —responde, mirando a lo lejos.

Veo a la mujer con sombrero, acompañada de dos hombres, uno joven y otro con el cabello encanecido. Al cabo de unos instantes, un niño con pantalones cortos azules se une a ellos y, cuando lo llama “papá” y se lanza a los brazos del hombre joven, comprendo toda la magnitud de la tragedia.

—Nos casamos hace cuatro años. Lo quiero, y al pequeño lo amo más que a mí misma. No puedo abandonarlos —dice, y en sus ojos leo un dolor que también siento en mí.

—Pero yo soy… Nosotros somos… —murmuro, deseando que todo sea solo una pesadilla.

—Nos encontramos demasiado tarde, Raul.

Comprendo que, igual que yo, querría quedarse.

—Tú eres mía y yo soy tuyo. No puedes dejarme aquí —le suplico con palabras y con la mirada.

—Debo hacerlo.

—¿Has olvidado todo lo que nos prometimos? —pregunto.

—No he olvidado ni una palabra, pero Casper me necesita —dice, mirando una vez más al niño.

—¿Volveremos a vernos?

Aunque ya conozco la respuesta antes de que la diga, esas palabras abren la vieja herida que nunca ha sanado del todo en mi alma.

—No en esta vida —responde, y suelta mi mano.

Sus palabras me recuerdan a la mujer roja que quería mis tierras, y que, al no poder obtenerlas, había matado todo lo que yo tenía de más sagrado. Después de que Anita fuera depositada en el ataúd, enloquecido de dolor, irrumpí con los pocos hombres fieles que quedaban en las tierras de la Diablesa y la capturé. La até con cuerdas a mi caballo, arrastrándola de vuelta al castillo, donde la arrojé a los sótanos oscuros. Allí le desgarré las ropas, y los instrumentos de tortura danzaron sobre su cuerpo desnudo hasta que no quedó nada. En sus últimos momentos pronunció su maldición: que viviera vida tras vida, regresando siempre a estas tierras, que volviera a encontrar a mi amor perdido, que nos reconociéramos, pero que nunca volviera a ser mía, sino de otro, y que el anhelo me consumiera como los gusanos consumirían su cuerpo.

—Pero en cada una de las vidas que vendrán… —y sus ojos brillan con esperanza.

Sabiendo la maldición que pesa sobre nosotros, dudo que la felicidad nos pertenezca alguna vez, así que guardo silencio, sin querer destruir sus sueños. Quizá también porque yo tengo los míos.

—Intenta recordarme, Raul, y vuelve aquí. Yo haré lo mismo, y algún día estaremos juntos de nuevo. Ahora debo irme —dice.

Quisiera no soltarla jamás, pero la dejo marchar sin palabra, sin beso. Solo haría las cosas más difíciles. Y mientras la veo perderse en la distancia, maldigo al Dios en el que no creo por el destino desolado que me ha sido concedido…

Alexandra Medaru nació en 1988 en Bucarest, Rumania. Es escritora de literatura fantástica y realista (prosa, dramaturgia y poesía), crítica literaria y editora. Es redactora jefe de la revista P(RO)EZIA y colaboradora permanente de la revista digital EgoPHobia, donde dirige dos secciones: Arena cultural: el libro y el cine (como crítica literaria) y Lecturas adecuadas / recomendadas por Alexandra (como editora). Entre sus obras más significativas se encuentran: El pecado (2013), Encuentro con un hombre, un sátiro y un gato (2016), Gomes Leal – ¿poeta de Satanás o de Cristo? (2016), Ser o no ser escritor… (2017), Las últimas criaturas de la noche (2017), La gran unión y la cultura de la influencia eterna (2018), Henrik Ibsen – “Peer Gynt” (2019), Madona con lágrimas de sangre (fragmento, 2020), La sinfonía oculta (fragmento, 2021) o Un verso como una despedida (2022). Blog personal: http://www.taramuridenicaieri.ro.

 

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