jueves, 5 de noviembre de 2026

ESCAPE

Dora Gómez Q.



 

Se conocieron en la página cuarenta y dos.

Julián, que sostenía una pequeña maleta, le preguntó a la joven que esperaba el tren junto a él.

—¿Viajas hasta próximo capítulo?

Ella asintió, mirando como se aproximaba el tren, devorando líneas de paisaje.

—Dicen que este tren cruza todas las ficciones —le contestó Elena, con una media sonrisa.

El silbato del tren sonó como una advertencia.

El suelo, áspero y cubierto de texto borroso, vibró con una fuerza inusual.

—No es un tren cualquiera —susurró Julián, apretando la mano de ella—. Y miró hacia las vías, que se iban borrando a medida que el tren avanzaba.

Elena miró como los renglones de hierro que sostenían la pesada maquinaria se desvanecían en una neblina de tinta negra. A su alrededor, los edificios-libro que formaban la ciudad parecían cerrarse de golpe, uno a uno, como trampas de papel.

—El autor está terminando la historia —dijo Elena, con la voz rota por el miedo—. Si ese tren llega antes de que encontremos el final del capítulo, nos quedaremos atrapados

Un viento pasó entre las páginas del libro gigante sobre el que estaban parados, levantando las hojas con un crujido.

El separador de tela roja, que antes colgaba inofensivo, comenzó a deslizarse hacia el abismo inferior como una cuerda hacia la nada.

La locomotora encendió un faro cegador que proyectó sus sombras distorsionadas, sobre la portada de "Strangers on a Train".

Imposible abordarlo.

El tren parecía un monstruo de hierro y tinta dispuesto a aplastarlos contra el final del párrafo.

Solo quedaba una opción: saltar al margen de la página y rezar para que el vacío fuera el mundo real.

—¡Por aquí! —gritó Julián, tirando del brazo de Elena justo cuando el suelo empezaba a agrietarse.

A pocos metros, en el margen inferior de la página, la tipografía perfecta del relato se rompía. Alguien, o algo, había derramado un fluido espeso y oscuro sobre el papel. Era un borrón de tinta que devoraba las palabras impresas y abría un agujero en la estructura del libro.

Sin pensarlo, se arrojaron de cabeza al centro de la mancha.

 Al cruzar la superficie, el ruido ensordecedor del tren se apagó de golpe, sustituido por un silencio total.

El borrón no era un simple charco; era un refugio tridimensional, una caverna de sombras líquidas y viscosas que flotaban alrededor. Desde el interior de la mancha, vieron pasar las ruedas gigantescas de la locomotora, rozando el escondite que los mantenía ocultos de los ojos del Autor.

Estaban a salvo del tren, pero atrapados en un error del texto.

La viscosidad de la tinta comenzó a girar con una fuerza centrífuga, tragándoselos hacia el fondo de la mancha.

El aire se volvió denso y el olor a papel viejo fue reemplazado por una brisa marina, gélida y salada.

De repente, el vacío negro se rompió. Ambos cayeron de golpe sobre una superficie de madera.

 El cielo ya no era una noche estrellada de estantes y libros, sino un firmamento gris y tormentoso repleto de nubes bajas.

Al levantarse, se dieron cuenta de que el suelo se movía.

Ya no estaban en la estación, sino en la cubierta de un antiguo barco de vela que luchaba contra olas gigantescas. A su alrededor, hombres con rostros curtidos por el sol y ropas desgastadas tiraban de las cuerdas, gritando órdenes en un idioma que apenas comprendían.

Elena, miró hacia el mástil principal.

Atada a la madera, una enorme lona ondeaba con el viento, pero las vetas de la tela formaban letras. Con horror y asombro, logró leer el nuevo título que los rodeaba: "Moby Dick".

El borrón de tinta los había arrojado a una historia peligrosa.

Un trueno ensordecedor partió el cielo gris y, antes de que pudieran sujetarse a la barandilla, una ola gigantesca del tamaño de un edificio se desplomó sobre la cubierta.

El impacto los arrancó de la madera húmeda y los arrojó sin piedad hacia el abismo oscuro del océano.

Julián, se hundió con los ojos abiertos, esperando la asfixia del agua helada. Sin embargo, al abrir la boca para buscar aire, no tragó líquido. Sus pulmones se llenaron de una sustancia ligera, casi gaseosa, que sabía a ceniza y carbón.

La masa líquida no era uniforme. El mar no estaba compuesto por gotas de agua, sino por millones de letras tipográficas flotantes. Caracteres en negrita, cursivas y mayúsculas de todos los tamaños chocaban entre sí, moviéndose con la marea. Las corrientes eran frases enteras que fluían con violencia: fragmentos de descripciones sobre arpones, ballenas y vientos huracanados.

Intentaron nadar, pero cada brazada revolvía el alfabeto.

Sus cuerpos empezaron a hundirse en la densa sopa de texto, y sintieron cómo las letras físicas comenzaban a incrustarse en su piel, como miles de pequeños alfileres de metal, cuando otra ola los devolvió al barco.

Fue cuando Julián intentó gritar el nombre de Elena, pero fue la palabra «ballena» la que se pegó en su garganta, transformando su voz en un bramido ronco y áspero, propio de un hombre que había pasado años gritando bajo las tormentas del Pacífico.

Miró sus manos: la piel suave de sus dedos se estaba volviendo gruesa, agrietada y llena de cicatrices de soga.

Las letras le empezaron a escribir la piel, primero apareció una palabra en el brazo: Sal, después: Timón, después: Arponero. Y supo perfectamente como lanzar un arpón… aunque jamás había visto uno.

Sus recuerdos de la estación de tren empezaron a desvanecerse, sustituidos por la obsesión de perseguir a un monstruo blanco en el mar.

A unos metros, Elena luchaba desesperadamente por quitarse los caracteres que se adherían a su cuello. Sin embargo, la tipografía gótica de la novela era implacable. Su chaqueta moderna comenzó a deshilacharse, convirtiéndose en el chaleco de lona burda de un marinero del siglo XIX.

—¡Julián... no recuerdo mi...! —trató de decir ella, pero la frase se interrumpió cuando las letras «A» y la «C» se fundieron en su frente.

El océano de palabras los estaba digiriendo para que formaran parte de la tripulación.

El capitán los observaba.

—No pertenecen a este barco —dijo, y con enigmática sonrisa agregó—: todavía.

Si no encontraban una forma de arrancarse el texto de la piel de inmediato, desaparecerían para siempre, convertidos en dos marineros anónimos.

La transformación estaba casi completa. El dolor en la mente de Elena era insoportable.  Los recuerdos de su vida real parpadeaban como velas a punto de apagarse bajo la presión de la tinta, y comenzaba a olvidar palabras

 Quiso decir:

—Tenemos que volver al tren...

Pero la palabra tren desapareció. Solo logró decir:

—Tenemos que volver al...

En medio de la negrura tipográfica, se aferró a lo último que le quedaba: el momento exacto en que se encontró con Julián en la página cuarenta y dos.

Cerró los ojos y se concentró con todas sus fuerzas en ese instante. Recordó el frío real de sus dedos, el crujido del papel bajo sus pies y la calidez de la mano de Julián antes de que el tren los acorralara.

Una pulsación de luz dorada brotó del pecho de Elena.

Al instante, las letras góticas incrustadas en su cuello y frente comenzaron a retorcerse, perdiendo su forma y consistencia. Las palabras escritas en su piel se rompieron en fragmentos sin sentido y cayeron como escamas muertas, disolviéndose en la sopa de texto del océano.

Al recuperar la voz, Elena tomó el rostro de Julián, cuyas pupilas ya casi se volvían del color de la tinta, y pegó su frente a la de él.

—¡Julián, mírame! —le gritó, transmitiéndole la fuerza de esa misma memoria—. No eres parte de este barco. ¡Acuérdate de la estación! ¡Acuérdate de mí!

El recuerdo real abrió una grieta en la ficción. El flujo de letra gótica que intentaba devorar la mente de Julián se detuvo. Los ojos del joven recuperaron su brillo original y las letras que cubrían sus brazos se desprendieron en masa, hundiéndose inofensivas hacia las profundidades del relato.

El choque entre la verdad de sus memorias y la mentira de la ficción provocó un cortocircuito en el texto, en el punto exacto donde sus manos se entrelazaban.

En ese momento la negrura del océano comenzó a agrietarse. Un destello de pureza absoluta rasgó la sopa tipográfica, abriendo un agujero blanco, un vacío sin renglones, sin palabras y sin la intervención de ningún Autor.

Era el color del papel limpio antes de ser manchado por la historia.

El agujero comenzó a succionar el mar de letras a su alrededor, creando un remolino de luz que los envolvió por completo. Agarrados con una fuerza nacida del pánico y del afecto, Julián y Elena se dejaron arrastrar hacia el centro de la grieta luminosa.

El barco, las olas y las ballenas de tinta desaparecieron en un pestañeo. Un silencio absoluto y pacífico los cubrió mientras caían a través de la nada.

Cuando abrieron los ojos, el dolor había desaparecido. Ya no había vías de tren, ni cubiertas azotadas por la tormenta.  Tomados de la mano y agotados llegaron a una cafetería. Respiraron.  Se sintieron libres.

Envueltos en un aroma de café fresco Julián, miró a Elena, que sostenía una taza de café caliente entre las manos, disfrutando de la simple y maravillosa sensación del calor verdadero sobre su piel, y luego abrió una revista que estaba sobre la mesita.

Encontró una reseña, decía:

ESCAPE. Dora Gómez Q.


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

 

 

 

 

 

 

 

NO DEBÍAS RECORDAR

Cristian Carstoiu

 

Sé que esto suena estúpido. Sé lo que Halloween les hace a las personas, cómo el cerebro completa las formas en la oscuridad y las convierte en monstruos. Pero necesito poner esto por escrito antes de esta noche, mientras todavía confío en mi memoria. Si no ocurre nada, mañana lo borraré y me sentiré como un idiota. Si algo ocurre, quiero que quede constancia. En alguna parte. Aunque nadie más recuerde buscarla.

Supongo que primero debería explicar quién soy, porque ahora eso parece importar de una manera que no importaba hace un año.

Crecí a dos calles de donde vivo ahora. Mis padres se mudaron a este barrio cuando yo tenía seis años, en una época en que la mitad de los terrenos aún estaban vacíos y las aceras todavía no habían terminado de agrietarse. He vivido toda mi vida a menos de un kilómetro de la misma calle, salvo por los cuatro años que pasé en la universidad, durante los cuales casi siempre extrañé mi casa. Conozco este barrio como la palma de mi mano. Sé en qué casas regalan barras de chocolate de tamaño normal y en cuáles apagan las luces a las ocho. Sé qué baldosas de la acera se levantan por las raíces de los robles que crecen debajo. Sé que el perro de los Henderson ladra exactamente a las seis y cuarto todas las tardes, pase alguien por allí o no.

Se supone que conocer tan bien un lugar significa algo. Se supone que uno notaría si algo cambiara.

El Halloween pasado caminaba hacia mi casa alrededor de las diez y media de la noche, y el barrio hacía lo que siempre hace en esa época del año. Cada porche tenía su calabaza; unas cuantas familias de la misma cuadra competían entre sí, como todos los octubres, y una de ellas había instalado dentro de su calabaza una luz LED parpadeante que parecía la llama de una vela. Las telarañas falsas se combaban bajo el rocío. Los esqueletos inflables se tambaleaban sujetos a sus estacas, en un aire que olía a humo de leña y a cajas de dulces mojadas. En algún lugar a mis espaldas, unos adolescentes hacían estallar petardos baratos, y más adelante un niño pequeño chillaba ante una máquina de niebla como si fuera lo más divertido que había visto en su vida.

Unas guirnaldas de luces naranjas recorrían los canalones. Un altavoz repetía una y otra vez los mismos treinta segundos de «Monster Mash». Los niños disfrazados arrastraban por el césped sus fundas de almohada, ya cargadas de dulces. Era, en todos los sentidos, un Halloween completamente normal en una calle completamente normal. Quiero dejar eso claro, porque nada de aquella noche me advirtió de antemano. Era apenas un martes con calabazas.

Así que, cuando llegué al final de la cuadra –después del Corral O.K., como llamábamos de niños a la última casa antes de la curva de la calle– y vi una casa que no reconocí, mi primer pensamiento no fue es nueva. Fue debo de haber pasado por delante cien veces.

Solo que no era así. Estaba seguro. Lo extraño no era que la casa pareciera fuera de lugar: daba la impresión de haber estado allí desde siempre, con ese gris blanquecino y desgastado que tarda una década de estaciones en formarse, asentada en el césped como un diente en la encía. Nada en ella parecía nuevo. Simplemente parecía algo que mi mente nunca se había molestado en registrar, como una boca de incendios ante la que puedes pasar todos los días durante años sin reparar en ella hasta que alguien te la señala.

No había número en la fachada. No había autos. La luz del porche estaba apagada. Todas las ventanas estaban a oscuras, salvo una en el piso superior, que brillaba débilmente con una luz anaranjada, como la de una vela detrás de unas cortinas viejas.

El jardín estaba decorado para Halloween, pero no con las cosas habituales. Una ambulancia en miniatura, volcada sobre el césped, cuyas luces de plástico todavía giraban lentamente formando círculos rojos, aunque no oí ningún zumbido de pilas. Una bicicleta destrozada, cuya rueda delantera giraba con un leve traqueteo, pese a que no soplaba viento que la moviera. Un abrigo rojo de niño colgado de un árbol muerto, con las mangas agitándose en un aire que no se movía en ninguna otra parte. Un osito de peluche chamuscado en los escalones del porche. Un buzón atiborrado de periódicos amarillentos.

Reconocí la bicicleta. El mismo modelo, el mismo color, las mismas cintas descoloridas en el manubrio que la de Tyler Voss, un niño que vivía a dos calles de allí y que había desaparecido tres años antes, un sábado por la tarde, sin que jamás lo encontraran. Recuerdo las partidas de búsqueda. Recuerdo a su madre al final de la entrada de nuestra casa, preguntando si alguien lo había visto, y recuerdo que no pude mirarla.

También reconocí el abrigo. La señora Halloran usaba uno igual todos los inviernos, hasta que murió mientras dormía, en enero de ese mismo año.

Me quedé allí mucho tiempo haciéndome la pregunta obvia, imposible: ¿cómo sabe esta casa esas cosas?

Encontré a Dave, mi vecino de al lado, en su porche, repartiendo dulces. Le pregunté, con toda la naturalidad que pude, por la casa nueva del final de la cuadra.

—¿Qué casa?

Se la señalé. Se la describí.

La expresión de Dave cambió mientras yo hablaba. No era desconcierto: había reconocido algo y, debajo de ese reconocimiento, apareció algo que se parecía mucho al miedo.

—No vayas allí —dijo, cuando el niño que estaba frente a él se hubo alejado corriendo.

—¿Por qué?

Dave miró por encima de mi hombro, calle abajo, hacia algo cuya ubicación exacta yo no le había indicado.

—Porque fuiste el año pasado.

Me reí. Era el tipo de cosa que alguien dice en una fiesta de Halloween para provocar una reacción.

Dave no se rio.

—¿De qué hablas? —pregunté—. El año pasado no fui a ninguna parte.

—No sé —dijo Dave, y su voz se había vuelto extraña y monótona, como si estuviera leyendo las palabras en algún sitio en vez de pensarlas—. No sé por qué dije eso.

Entró en su casa y cerró la puerta, dejando encendida la luz del porche para unos niños a los que claramente ya no quería atender.

Debí haber vuelto a casa. Quiero que eso conste. Siempre he sido de los que necesitan abrir la caja. Mi madre solía decirlo de mí cuando era pequeño: que metería la mano en un agujero de la tierra solo para ver qué había dentro, y que un día algo me mordería. Ahora pienso mucho en eso.

Así que, como era de esperar, fui de todos modos.

La puerta de entrada no estaba cerrada con llave. Estaba apenas entreabierta, como si hubiera estado esperando exactamente a un visitante más. Por dentro, la casa estaba vacía de un modo que parecía deliberado, no abandonado: no había muebles ni polvo, ni ninguna de las señales de deterioro que debería presentar una casa desocupada. Olía a hojas mojadas y a cera vieja de vela. En algún lugar del piso superior sonaba, débil y metálica, música de Halloween que se repetía en lo que parecía un altavoz a punto de dejar de funcionar.

El vestíbulo estaba cubierto de fotografías, una tras otra, todas enmarcadas. Al principio pensé que eran instantáneas del barrio. Entonces leí las fechas que figuraban debajo y comprendí que ninguna tenía sentido.

3 de noviembre. Funeral de la señora Halloran.

Reconocí el cementerio. Reconocí los paraguas negros, el césped mojado. Pero la señora Halloran había muerto en enero. Recordaba los platos de comida que la gente había llevado aquella semana, recordaba el obituario en el periódico local. No había manera de que noviembre encajara en lo que yo recordaba.

Más adelante, en el pasillo: 14 de enero. Una fotografía de la señora Halloran de pie ante la ventana del piso superior de aquella casa, la misma que brillaba con una luz anaranjada vista desde la calle. Fechada después de su muerte. O antes. No conseguía fijar las fechas el tiempo suficiente para saberlo.

Al mirar aquella pared comprendí que no eran predicciones. Nada allí me advertía sobre el futuro. Eran registros de cosas que ya les habían ocurrido a personas que el barrio simplemente había dejado de recordar.

Cerca del final del pasillo, en un marco más pequeño, encontré la bicicleta de Tyler. No era una foto de la decoración del jardín, sino del propio Tyler, más pequeño, de pie junto a la misma bicicleta con las mismas cintas en el manubrio. Detrás de él, borrosa en el borde de la imagen, había una figura alta que la cámara no había logrado captar del todo.

Oí pasos en el piso superior. Lentos. Deliberados.

Los seguí, porque al parecer soy así. Al final del pasillo había un dormitorio infantil: una cama pequeña, papel de pared manchado por la humedad y una ventana oscura que daba a la calle. Cientos de máscaras de Halloween cubrían el suelo y colgaban de clavos en las paredes. Cada una tenía un nombre escrito con marcador en el interior, donde iría el rostro.

Encontré el nombre de Dave en una de ellas. Encontré el nombre de un maestro en quien no había pensado en diez años. Encontré el de Tyler.

Busqué el nombre de mi madre y no lo encontré y, durante un segundo de alivio, me permití creer que eso significaba algo bueno. Entonces reparé en una máscara que estaba casi al fondo de la pila y mostraba el leve contorno de un rostro que había estado apoyado en ella hacía poco; los bordes aún estaban calientes. No le di la vuelta para comprobarlo. No quería saber qué nombre había dentro. La dejé exactamente donde estaba.

Luego encontré la máscara que tenía mi nombre.

También estaba caliente.

La solté, y entonces vi la nota doblada debajo de la estructura de la cama.

Reglas:

1. Nunca mires desde afuera hacia la ventana del piso superior.

2. Nunca respondas si alguien golpea tres veces.

3. Nunca te pongas una máscara que lleve tu nombre en el interior.

4. A medianoche, alguien entra. Alguien sale.

Leí la última regla y, al principio, supuse que se refería a una de las personas que estaban afuera.

Entonces algo golpeó tres veces desde el interior del armario.

Miré mi teléfono. Las once y cincuenta y nueve. No sé cómo había pasado una hora tan deprisa.

Afuera oía risas; demasiadas, y ninguna sonaba ya como las de los niños que pedían dulces. Luego, pasos. Cientos de pasos que avanzaban juntos.

Fui hasta la ventana –conocía la regla, pero para entonces ya no pensaba en reglas– y miré hacia abajo.

La calle estaba llena de personas con máscaras, todas frente a la casa, completamente inmóviles.

Y cerca de la primera fila, más próximo que los demás, había un niño con un disfraz que reconocí de inmediato porque había sido mío: un disfraz de esqueleto hecho en casa, al que mi madre le había cosido cinta luminosa cuando yo tenía nueve años. La única foto en la que aparecía con él todavía estaba pegada dentro de un cajón en la casa de mis padres. El niño que lo llevaba tenía exactamente la postura de Tyler, exactamente su estatura, congelada durante tres años en la edad que había tenido el día que desapareció.

Entonces comprendí lo que significaba en realidad la cuarta regla. Alguien entra. Alguien sale. A Tyler no se lo habían llevado del barrio. Lo habían retenido allí todo ese tiempo, esperando su turno para volver a salir, con lo que le dejaran ponerse.

No intenté comprender el resto. No creo que hubiera podido, y tampoco creo que la casa quisiera que lo hiciera. Solo sabía que necesitaba salir de aquella habitación.

Llegó la medianoche. La puerta de entrada, abajo, se abrió sola. Oí que la multitud empezaba a avanzar hacia la casa y corrí hacia la escalera.

Cuando llegué abajo, la puerta de entrada ya había desaparecido: no estaba cerrada con llave ni bloqueada; simplemente había una pared donde antes había estado la puerta. Las ventanas no se abrían. No sé cuánto tiempo permanecí allí. No sé del todo qué ocurrió después, solo que en algún momento dejé de estar dentro de la casa, la máscara con mi nombre ya no estaba en mi mano y yo no me la había puesto.

Desperté en la acera al amanecer. La casa había desaparecido. Solo había un terreno vacío, hierba seca y un cartel de venta tan viejo que la pintura se había desprendido en tiras enrolladas.

Me dije que todo había terminado. Caminé hasta mi casa. Nadie recordaba una casa extraña al final de la cuadra. Cuando le pregunté con cuidado a mi madre durante el desayuno, me miró como si le hubiera hablado de algo que nunca había existido. Nadie recordaba nada fuera de lo normal de aquella noche.

Y, como resultó, yo tampoco. No hasta esta mañana.

Quiero ser sincero con respecto a eso, porque es lo que más miedo me da. No pasé el último año pensando en aquella casa. No tuve pesadillas con ella. No se lo conté a nadie. Por lo que yo sabía hasta hace unas seis horas, el Halloween pasado no había tenido nada de particular. No recuerdo haber escrito nada antes de ahora, aunque evidentemente, de algún modo, lo hice, porque esta mañana todos los detalles regresaron de golpe, completos e intactos, en el momento en que salí al porche.

Allí había una calabaza. Recién tallada. Yo no la había puesto.

Grabadas en ella, con una letra que reconocí de una habitación en la que no había pensado en un año, estaban estas palabras:

DEBÍAS OLVIDAR.

Me reí, con esa risa desagradable y nerviosa, a solas en mi cocina.

Entonces vi la fotografía que alguien había deslizado bajo la puerta de entrada en algún momento de la noche.

Muestra a alguien dormido en mi cama. Es mi habitación, sin duda: la misma grieta en el yeso del techo, las mismas cortinas que tengo desde la universidad. Me dije que era yo. Todavía me lo digo.

En una esquina hay un sello: 31 de octubre, 12:03 a. m.

Miré el reloj de la pared de la cocina. Las once y cuarenta y siete.

Le di la vuelta a la fotografía. En el reverso, con la misma letra cuidadosa:

YA RESPONDISTE.

No sé a dónde fue a parar el año pasado. No sé quién vivió en mi casa mientras yo creía que era quien vivía en ella.

Volví a dar vuelta la fotografía.

En la esquina inferior, medio oculta en la sombra, había algo que no había notado la primera vez.

Una mano, apoyada en el borde del colchón.

No era la mía.

Alguien está golpeando la puerta de entrada.

Toc.

Toc.

Toc.

Ahora arriba. En la habitación que está sobre mí, en esta casa donde no hay nadie más.

Toc.

Toc.

Toc.

Y ahora, detrás de mí, desde el interior del armario de mi propia habitación.

Toc.

Toc.

Toc.

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso.

 

 

COINCIDENCIAS INVISIBLES

Stefano Valente

 

Se sentaron alrededor de la mesita. Una maravillosa tarde de agosto, no demasiado cálida. Las letras latinas sobre la fachada del Panteón no significaban nada para ninguno de ellos, pensó Luigia. Ninguno de ellos, de los cuatro, recordaba algo en aquel momento, aunque fuera una breve noción tomada de los tantos años pasados sobre los libros escolares, sobre las traducciones que robaban el tiempo dedicado a los amigos, a los afectos. Que les robaba el tiempo.

El misterio de la consecutio temporum –sobre eso meditaba Ettore en ese preciso instante–; coincidencia que también los pensamientos incurren en juegos de ese género, sólo que no se sabe ni cómo ni cuándo suceden estas coincidencias, estas identidades fortuitas entre mente y mente, porque las cabezas de las personas están cerradas, herméticas.

Aquello que se dice –con palabras– es apenas el soplo del viento que infla la vela. Y esto es lo que veía Américo, desde sus anteojos oscuros, mientras enfocaba la mirada en una carabela distante, lejos de toda la tierra imaginable, de todas las islas que se pudieran nombrar en una tarde de verano. El océano, todo aquello que está bajo el casco de la palabra. Esto es importante, se dijo Américo. Las sílabas son un fragmento de la viga, desechos del puente después de un naufragio silencioso. (Probablemente no lo pensó en estos términos, no pronunció exactamente estas frases en su fuero interno. Américo era una persona racional, poco inclinada a las visiones y a las imágenes. Era un tipo pedestre, de aquellos que recuerdan la cara de cada moneda que tienen en el bolsillo. Nada qué ver, a pesar del nombre, con las carabelas y los océanos.)

Eran cuatro personas, se dijo. Lo recuerdo muy bien porque yo era la cuarta, el personaje que todavía no ha hablado, pensado, más bien. Recuerdo perfectamente todo, de cómo percibí la razón de todo aquello que estaba sucediendo, de por qué fuimos ignorados y de repente nos volvimos transparentes.

O sea que no fue algo repentino; me explico mejor: tal vez nos habíamos vuelto invisibles varios minutos antes, ya desde el mismo momento en que habíamos pisado la plaza de la Rotonda. Probablemente todo se inició cuando cada uno de nosotros, a su vez o en conjunto –no puedo saberlo–, leyó la inscripción latina. M•AGRIPPA•L•F•COS•TERTIUM•FECIT.

Pero no creo, son sólo deducciones. Es como engañarse con los encantamientos que esperan, emboscados, dentro de las plazas, los callejones y las calles, lugares en los cuales pasamos cien veces y después una vez más –sólo esa vez– los encantamientos nos saltan a la espalda, nos lanzan trampas, porque de ese modo es como funciona, son éstas las reglas incomprensibles.

No, no pasó así. Lo que creo es que los mozos del bar, los transeúntes, los mismos pichones, no nos vieron más; que desaparecimos, sentados en aquella mesa, por otros motivos. Fueron las coincidencias de los pensamientos, en resumen. Creo haber descubierto en este momento otra regla, aunque ignoro si puede servir –o a alguien le interese– un descubrimiento semejante.

Ettore me pregunta qué estaba pensando. En el instante de la coincidencia, si ya había transcurrido ese instante en el cual todas nuestras mentes estaban evocando la misma idéntica cosa, o sea la posibilidad de que las ideas de las personas se entrelazaran entre sí, más allá de las palabras, en el mismo momento. Dije en voz baja:

—No nos ven. Ahora no nos pueden ver.

Luigia asintió en silencio. Quizá esto fue una nueva “coincidencia” –mis ideas y las suyas–; quizás no, no lo había comprendido.

Ettore me cogió de la mano para hacerme levantar.

—Vamos —dijo—. Aquí moriremos de sed.

Cuatro seres invisibles, transparentes, dejaron una mesa desierta en un bar repleto de turistas. Se levantaron y, así como llegaron, se marcharon en medio de la indiferencia general de esos rostros y de los pensamientos detrás de esos rostros.

Sentí que éramos cuatro crisálidas traslúcidas, una amalgama de imágenes y palabras no dichas que se alojaban en los callejones, que se perdían en el reino crepuscular de las sombras y las luces. 

Traducido del italiano por Alejandro Ramírez Giraldo

Stefano Valente vive y trabaja en Roma, donde nació en 1963. Una licenciatura en Glotología y varias especializaciones en el ámbito lingüístico no agotan sus intereses: desde el periodismo hasta el diseño gráfico, desde la ilustración hasta la escritura de guiones, pasando por la traducción editorial (sobre todo del portugués y del inglés). Ha ganado premios literarios por obras inéditas y publicadas y siempre está buscando «otras» estructuras narrativas; persigue la descripción de «ese rasgo, ese instante, en cualquier caso decisivo, en el que el ser humano actúa —o se aleja— y se niega a sí mismo descubriendo su contrario». Su última novela es Lo specchio di Orfeo, un «thriller esotérico» a través del espacio y el tiempo: desde la Tierra Santa de los Templarios hasta el Portugal de los misteriosos Caballeros de Cristo; desde la Praga del siglo XVI de los alquimistas y Rodolfo II hasta nuestros días. 


miércoles, 4 de noviembre de 2026

OBSOLESCENCIA

Jesús Sacramento Ramírez Tapia

 

Jules salió del restaurante.

La cena había sido algo insípida, pero no había más de dónde escoger. Echaba tanto de menos esos sabores intensos que había saboreado con anterioridad. Verdaderos manjares que opacaban, por mucho, lo que había probado en los últimos años.

Se unió a la multitud que saturaba la avenida principal. Todos inmersos en sus visores holográficos de realidad virtual. Cada uno en un mundo distinto a este. Al mismo tiempo ilusión y realidad.

Volteó al cielo, trató de ver una estrella, pero la pequeña franja que quedaba entre los gigantescos edificios estaba cubierta por los escandalosos anuncios publicitarios. Eran tan de mal gusto, una asquerosa aberración. Abotonó su chamarra de cuero negro. Se metió aún más entre la gente. Le gustaba sentir el calor de los cuerpos envolviéndole.

Entre la multitud buscó a la gente más atractiva. No importaba que fueran mujeres, hombres o una mezcla indefinible. Lo único que le importaba era la belleza. Era una de sus motivaciones principales. Pocas cosas le eran más prioritarias que contemplar la belleza humana. Los cuerpos perfectos de pieles suaves y delicadas. Cabellos tan sedosos como las mejores telas. Miradas cautivadoras. Labios carnosos y radiantes.

Su poderosa vista encontró a una joven de extraordinaria belleza al otro lado de la calle. Espero a que el holograma de control de tráfico se levantará frente a los vehículos autónomos, para indicar que estos se detuvieran. Cruzó sin dudar. Mientras lo hacía, un recuerdo llegó a su mente. Últimamente le pasaba mucho eso. El recuerdo de velas iluminando la noche. Se preguntó si todos esos recuerdos serían un síntoma de vejez. Rio al pensar en ello.

Al estar del otro lado de la acera, una imagen en un aparador le hizo desviar su camino. Se detuvo frente a una pantalla de 16K. Esta mostraba un amanecer con colores tan saturados que por un momento se sintió ofendido. Ninguno de estos estúpidos seres había visto un amanecer real. La atmósfera estaba tan contaminada que una nata gris cubría el cielo. Escupió al aparador y buscó nuevamente a la mujer.

Pensó en la vela, en el foco que la reemplazó y el LED que vendría después, también a reemplazar al anterior. Pensó en las noches reales y en la verdadera oscuridad. Tan opresiva y asfixiante. Ahora había luz por doquier. Luz a todas horas. Cada persona llevaba su luz portátil. Luz festiva, luz alegre. Luz más intensa que la luz.

Pensó en las máquinas que había visto a lo largo del tiempo. Al principio escasas y ruidosas. Ahora, elegantes y omnipresentes. Más inteligentes que sus propios creadores.

Pensó en el reemplazo y en la obsolescencia. Se daba una y otra vez. Nuevas formas y nuevos métodos que volvían obsoleto a todo lo anterior. Y ahora ese ciclo era más rápido que nunca.

Alcanzó a la mujer. En un rápido movimiento se colocó frente a ella. Le sonrío. La mujer le devolvió la sonrisa, imposible no hacerlo. Nunca había visto a alguien tan apuesto, tan varonil y atrayente. Se acercó a ella y murmuró algo en su oído. Ella suspiró. Una excitación sexual coloreó sus mejillas. Él tomó su mano y la llevó a un edificio en construcción que estaba a unas pocas cuadras de distancia. Empujó la puerta de seguridad y esta se abrió sin oponer resistencia alguna. Buscó el lugar más oscuro que pudo encontrar. Ella lo siguió. No podía controlar sus pasos.

Llegaron a la meta. Sin demora, él comenzó a acariciarla. Le encantaba hacerlo. Sintió como la temperatura de la mujer aumentaba. Gemidos de placer cada vez más fuertes. Puso su mano entre las piernas de ella. Sus largos y blancos dedos encontraron el tesoro dentro de la húmeda y roja caverna de la mujer. Ella abrió los ojos y gritó. Nunca había sentido tanto placer. Y no lo volvería a sentir. Jules clavó sus colmillos en la garganta de la mujer. Nada como un orgasmo para aderezar la comida. Y mejor si provenía de un ser tan excepcionalmente bello. Bebió hasta que no hubo quedado gota alguna.

Con delicadeza, después de todo había sido un platillo delicioso, dejó el cuerpo entre los montones de polímetros de construcción.

Sacó un dispositivo portátil de su chamarra. Extendió la pantalla flexible del mismo e ingresó algunos comandos. De inmediato entró a las redes de seguridad de la ciudad y del edificio. Encontró las imágenes donde él aparecía y las sobrescribió. Lo mismo hizo con todos los demás dispositivos que lo habían visto. Aprovechó para volver a revisar la manipulación que había hecho anteriormente, cuando salió del restaurante. Así llamaba a las clínicas de cuidado de pacientes adictos a la realidad virtual. Odiaba probar la insípida sangre de alguien que se la pasaba 24 horas al día conectado a un visor de VR, pero eran fáciles de consumir. Ni siquiera se daban cuenta cuando pasaba junto a ellos, estaban completamente desvinculados de la realidad física. Comprobó que había borrado correctamente su huella digital.

El mundo había cambiado y Jules con él. Se había reinventado para seguir vigente. Había aceptado los cambios. Él no sería como los otros, inútiles cobardes que se habían suicidado con la luz del Sol al no ser capaces de enfrentar todo lo nuevo que surgía en el mundo. Él nunca sería obsoleto.

Salió de la construcción. Aún quedaban varias horas antes del amanecer.

La noche y él seguían siendo jóvenes. 

Jesús Sacramento Ramírez Tapia nació en la Ciudad de México y es ingeniero en Comunicación Multimedia por la Universidad de Guadalajara. Es autor de la Saga MX-Z®, que narra una epidemia zombie en México y consta de cuatro libros: MX-Z®, SáncheZ®, México Zombie® y YolimikiZtli®. La saga es una de las obras pioneras del género en su país y ha despertado interés en ser adaptada a otros medios digitales. También es autor de Mexadecimal®, una novela de estilo cyberpunk. Ha publicado cuentos cortos de ciencia ficción en Teoría Ómicron, fue articulista independiente de videojuegos en Industria Animación y ha escrito guiones para juegos digitales basados en audio.

LA NIÑA CAMBIADA

Laura Scheepers

 

Bernilde se inclinó desesperada sobre la cuna. La niña no dejaba de chillar y, cuanto más la miraba, más se convencía de que no era su hija.

Su marido había vuelto a hacerse a la mar el día anterior. Antes de que partiera, ella había planteado el asunto con cautela: ¿no lloraba demasiado la niña? ¿No tenía la piel más clara que su propia hija? Y el cabello… ¿era tan negro? Cuando la ponía al pecho, aquella niña gritaba como si la envenenaran, mientras que la suya, al principio, mamaba con avidez. Ludger la había observado con la cabeza ladeada.

—No lo sé… —había dicho, vacilante—. No parece distinta. Pero es verdad que de pronto llora mucho. ¿Qué estás pensando?

—¿Has oído hablar de los niños cambiados?

—Sí, como todo el mundo. Pero eso es un mito.

—¿Y si fuera cierto…?

Aquella noche no llegaron a ninguna conclusión y se acostaron para empezar a despedirse. Pasarían tres lunas antes de que volvieran a verse.

Alzó a la niña y la puso al pecho. Seguía con sus chillidos y soltaba el pezón una y otra vez.

—Tienes que comer, pequeña. Seas humana o no. —Con la bebé apoyada contra el hombro, calentó un poco de agua y le añadió miel. Mojó la punta de un paño en la mezcla y dejó caer unas gotas en la boquita. Dos grandes ojos azul violáceo se abrieron de par en par y la niña se quedó callada.

Bernilde le dio unas gotas más y la pequeña bebió con avidez.

—Me parece que no puedes ser otra cosa que una niña cambiada.

Por la mañana se sujetó a la bebé contra el pecho con un paño y subió la colina hasta la casa de Alda, la mujer sabia. Alda estaba sentada en un banco frente a su casita.

—Parece que duermes todavía menos que las demás madres. Ven, siéntate conmigo y cuéntame qué pasa.

Bernilde se sentó y le contó toda la historia.

—Si no quiere beber leche, pero acepta el agua con miel, es muy probable que sea una niña cambiada. Los Fae detestan la leche. ¿Te parece que primero compruebe si está sana?

Bernilde sacó a la niña del paño y la acostó en el banco, entre las dos. En cuanto empezó a quitarle las fajas, la pequeña volvió a chillar. Bernilde se tapó los oídos.

—Te comprendo —dijo Alda—. Ese sonido cala hasta los huesos y parece más agudo que el de una niña humana. ¿Tu hija también lloraba así?

—No lo sé, ya no estoy segura de nada. A veces creo que no, pero cuando lloraba también lo hacía con fuerza.

—Ve a buscarme un poco de agua al manantial, mientras la examino.

Bernilde tomó los cubos de Alda, agradecida por la oportunidad de alejarse. Al mismo tiempo se sintió culpable, como si abandonara a la niña, aunque sabía muy bien que con Alda estaba en buenas manos. Pero un poco de silencio le daba sosiego. Cuando regresó, la pequeña chupaba la punta de una de sus fajas, untada con un poco de miel.

—La niña no tiene ningún problema físico. No está enferma y no hay motivo alguno para que rechace la leche. Tienes razón, Bernilde: es una niña cambiada.

Bernilde palideció. Aunque ya lo sospechaba, oírlo fue un golpe. Se dobló hacia delante y ocultó la cara entre las manos.

—¿Y ahora? —preguntó con voz ahogada.

—Tienes tres posibilidades. Puedes quedártela, olvidar a tu propia hija y criar a esta como si fuera tuya. Será difícil, porque los niños cambiados no son fáciles, pero con mucha paciencia y amor se puede. O puedes llevarla a un lugar inhóspito durante la luna llena y esperar que los Fae la recojan antes de que la encuentren los animales salvajes.

—¡No! —Bernilde se enderezó de golpe y tomó a la niña en brazos—. ¡Eso es inhumano! ¡También es una bebé! —La estrechó contra su cuerpo para protegerla.

—Ya imaginaba que eso no era para ti. Pero no todo el mundo puede hacerse cargo de una niña cambiada…

—No quiero ni pensarlo.

La pequeña empezó a llorar, aunque esta vez lo hizo en voz baja. Quizá Bernilde la apretaba demasiado en su afán de protegerla. Mojó el meñique en la miel y dejó que lo chupara.

—Dijiste que había una tercera posibilidad…

—Sí, pero no está libre de peligro. Puedes cruzar al Otro Mundo e intentar recuperar a tu hija.

Bernilde aspiró una bocanada de aire.

—¿Eso es posible?

—Hay relatos… pero son tan antiguos que nadie sabe si son ciertos. Y el Otro Mundo está lleno de peligros para los mortales. Puede que nunca regreses. O que regreses cuando todos aquí hayan envejecido o muerto.

—Lo haré. Dime qué necesito.

—Me gustaría que lo pensaras un poco más, pero pasado mañana es luna nueva, y ese es el momento ideal para cruzar.

—¿Me ayudarás?

—Sí. Quédate aquí hasta pasado mañana. Te enseñaré todo lo que necesitas saber para regresar sana y salva.

 

Con un morral a la espalda y la bebé sujeta al pecho, Bernilde se puso en camino antes del amanecer. Aquella noche habría luna nueva, pero no era necesario cruzar a la luz de la luna. Los mejores momentos para pasar al Otro Mundo eran el alba y el crepúsculo. Del manantial de Alda nacía un arroyo, y siguió su curso. Era posible encontrar un paso donde confluyeran tres elementos y hubiera algún fenómeno natural llamativo. Alda le había dicho que, un trecho aguas abajo, crecía un espino blanco muy antiguo y que aquel podía ser un buen lugar para cruzar.

Encontró el espino sin dificultad. En efecto, el lugar tenía algo indefiniblemente distinto. Así como no podía explicar por qué la niña era diferente, tampoco podía precisar qué distinguía aquel sitio, pero sospechaba que estaba en el lugar adecuado. Tal vez Alda tuviera razón y los Fae dejaran a los niños cambiados al cuidado de personas con ciertos dones.

Se detuvo en la orilla del arroyo y respiró como Alda le había enseñado. Inspirar durante cuatro tiempos, contener el aire durante siete, espirar durante ocho. Cuando se sintió lo bastante serena, adelantó un pie. Para entrar en el Otro Mundo había que empezar siempre con el izquierdo. Murmuró las palabras que Alda le había enseñado.

Por la fuerza de los Fae,

por el poder de los Fae,

por los dioses que venero,

permiso para entrar requiero.

Repitió las palabras hasta que pisó la otra orilla, de nuevo con el pie izquierdo. ¿Y ahora? ¿Estaba en el Otro Mundo? ¿Adónde debía ir? Sacudió la cabeza como si quisiera quitarse unas gotas de agua y sus pensamientos se aclararon. «Presta atención a las cosas inusuales», le había dicho Alda. Allí, a unos diez pies de distancia, había un montoncito de piedras de un blanco resplandeciente. Se acercó y, antes de llegar, descubrió otro. Decidió no usar todavía el amuleto que Alda le había preparado y seguir los montoncitos. Tras una larga caminata, cuando el sol estaba en lo más alto, los árboles se hicieron cada vez más numerosos hasta que se encontró en un bosque. Allí terminaron las piedras. Avanzó un poco con cautela, porque no quería perderse, y soltó una carcajada. Lo más probable era que estuviera en un mundo extraño, apenas parecido al de los humanos: ya estaba perdida. Lo mejor que podía hacer era seguir adelante sin rumbo. Vio un hongo adherido a un árbol: ¡un asiento de elfo! Podía ser una señal. Más allá crecía otro. Asombrada de que resultara tan fácil, empezó a seguir los hongos. Se internó cada vez más en el bosque, hasta que se preguntó si no habría visto antes aquel árbol caído junto al que pasaba. Seguramente era otro… pero, un rato después, volvió a encontrarlo. Le ató una tira de tela. Si pasaba de nuevo por allí, sabría con certeza que caminaba en círculos. Por desgracia, cuando volvió a ver el árbol, la tira seguía en su sitio y ya empezaba a oscurecer. Se sentó sobre el tronco, desalentada. Había pasado toda la tarde en el bosque y no tenía idea de cuánto tiempo llevaba en círculos. Los hongos no habían sido una señal… o eran una de las trampas del Otro Mundo contra las que Alda le había advertido. Junto al árbol había una oquedad; al menos podría pasar allí la noche. Dormir a la intemperie sin fuego le parecía espantoso, pero no tenía alternativa. Cambió los paños de la niña y le dio agua con miel.

—Tú tampoco tienes la culpa de que estemos aquí, pequeña. Espero que pronto podamos llevarte a casa.

La niña balbuceó y sopló una burbuja de saliva.

—Eso es. ¿Sabes qué? Te llamaré Duda, que significa «bebé». No puedo pasarme la vida llamándote «pequeña».

Por consejo de Alda, trazó a su alrededor un círculo de sal. A pesar de eso, apenas durmió aquella noche. Oía tantos sonidos extraños que, cada vez que empezaba a adormecerse, algún chillido u otro ruido la sobresaltaba.

Hacia la mañana, cuando el cielo empezaba a aclarar, vio una liebre blanca. Se incorporó de inmediato. Los animales de un blanco puro eran muy poco comunes. Tomó el morral y a la niña y corrió tras la liebre tan deprisa como pudo. La bebé lloraba: la habían despertado de golpe. Pero, si Bernilde seguía a la liebre, quizá consiguiera salir de aquel maldito bosque. No se atrevía a detenerse para acomodarse el morral o sujetar bien a la niña; la liebre era veloz. Aunque no tanto como para impedirle seguirla. Cuando el sol asomó entre un mar de nubes rosadas, llegó al borde de un campo de flores. Allí no había más señales: todas las flores eran distintas y la liebre había desaparecido. Tomó el amuleto de Alda y lo sostuvo frente a ella con el brazo extendido.

Por el amor a mi hija,

por la sangre que nos une,

no conozco senda ni camino:

muéstrame mi destino.

El amuleto casi se le escapó de la mano y apuntó hacia el centro del campo de flores. Bernilde enderezó la espalda y echó a andar. Duda estaba despierta y no perdía detalle de cuanto veía, pero a Bernilde la vencía cada vez más el sueño. Al principio lo atribuyó a la noche en vela, aunque el deseo de acostarse se volvió tan intenso que necesitó toda su voluntad para seguir adelante. Se pellizcó para mantenerse despierta y probó a cantar. Eso ayudó. Repasó todo su repertorio, salvo las canciones de cuna. Y así, de pronto, se encontró en un claro, entre los Fae. No tuvo la menor duda de que no eran personas corrientes. Todos eran un poco demasiado hermosos y todos, a todas luces, diferentes.

—Vaya, una humana. ¿Qué vienes a hacer aquí? —Un hombre con un adorno en la cabeza la miró por encima de la nariz.

Bernilde respiró varias veces como Alda le había enseñado y respondió con calma:

—Ustedes tienen a mi hija. Esta bebé es de ustedes. Vengo a cambiarla: quiero recuperar a mi niña.

El hermoso hombre soltó una carcajada.

—¿Y quién dice que la queremos de vuelta? No es más que una huérfana. Una niña humana nos resulta mucho más útil.

Bernilde estrechó a Duda contra su cuerpo para protegerla.

—¿De verdad creías que íbamos a entregar a una niña que valiera algo?

Como surgida de la nada, una mujer Fae apareció junto a él con la hija de Bernilde en brazos. El amuleto dio un pequeño salto en su mano.

—¿Qué tienes ahí?

—Este amuleto me une a mi hija. Está hecho con nuestra sangre y mi amor.

—Bah, tonterías humanas. Pues dale esa cosa a la mocosa.

Bernilde se acercó resuelta a su hija y le pasó el cordón por el cuello. Apenas alcanzó a sujetarla a tiempo, porque la mujer Fae la soltó con un grito.

—¡Hierro! ¡Y magia humana! ¡Puaj! Puede quedarse con esta sabandija.

Bernilde besó la cabecita de Duda. Con una niña en cada brazo, tendió torpemente la bebé Fae hacia la mujer.

—Lo… lo justo es justo —dijo con la voz empañada por las lágrimas—. Esta niña es de ustedes.

—Eso difícilmente sea un intercambio justo. Te apropias de tu hija y nos entregas una bebé que no vale nada.

—Entonces también me la llevaré.

—¡No puedes hacer eso así como así! —La indignación había restado bastante belleza al hombre.

—¿Por qué no? Ustedes creen que no vale nada. Yo la alimenté, la cuidé y llegué a quererla.

—¡Eso no importa, nos pertenece! No puedes llevártela sin más.

«Eso ya lo veremos», pensó Bernilde, e hizo precisamente eso. Se alejó hacia el bosque.

—¡Nunca regresarás a tu mundo! —le gritó él a sus espaldas.

Lloró durante todo el trayecto de regreso por el campo de flores. Había recuperado a su hija y salvado a Duda de una vida sin amor, pero ¿y si de verdad nunca conseguía volver? Era muy fuerte la tentación de acostarse y morir allí, entre las flores. Sin embargo, resistió, y cuando entró en el bosque se le despejó la cabeza.

Recogió ramitas de roble, fresno y avellano y las entrelazó. Tomó un mechoncito del cabello de Duda y lo entretejió con ellas. Se arrancó unos cabellos y los enredó alrededor.

—Perdóname, pequeña —dijo, y le pinchó un dedito. Untó el amuleto con la gota de sangre que brotó. Añadió también un poco de su propia sangre y de la de su hija.

El amor es la mayor fuerza,

la protección, el mayor poder.

Por todo lo que nos une,

ahora eres mi hija.

Sin darse tiempo a dudar, siguió adelante con la esperanza de cruzar el arroyo a medianoche. Esperaba que los pequeños hongos violetas le indicaran el camino y que el amuleto funcionara. Mucho antes de lo previsto, llegó a un arroyo. Con una plegaria a cualquier dios o diosa que quisiera escucharla, volvió a respirar como le habían enseñado. Para regresar no hacían falta palabras, de modo que entró resuelta en el agua con el pie derecho.

Llegó a su casita al amanecer. Para su enorme sorpresa, vio a Ludger salir por la puerta.

—¡Bernilde!

Corrió el último trecho y se arrojó a sus brazos. Mientras él la abrazaba con fuerza, dos vocecitas empezaron a protestar a pleno pulmón. Ludger bajó la mirada.

—¿Dos bebés?

—Es una larga historia.

—Más vale que lo sea: has estado fuera casi cuatro lunas. Ven, prepararé una infusión y me lo contarás todo.

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.

 

 

ESCAPE