martes, 25 de agosto de 2026

SOILE GRIM

Tanya Tynjälä

 

La costa de la Isla siempre ha sido famosa por sus pejerreyes. Algunos prefieren una caña de acción 5 o 6, eso permite sentir mejor la pelea que los peces te ofrecen, otros prefieren unas cañas más delgadas con una línea más larga. Yo prefiero la línea española, ¿recuerdas cómo te enseñé a hacerla?, ¿cómo me dejaste usar las perlitas de tu collar para poder separar el esmerillón de los nudos corredizos? Esos que se hacen con hilo de seda y que sirven para regular el largo de la brazolada, ¿recuerdas?… ¡Huy!

El viejo calló pues algo tiraba del hilo que tenía en sus manos. Una sonrisa iluminó su rostro surcado por las arrugas que el sol implacable le dejara de recuerdo de sus años de pescador. Tiró una vez más y una botella plástica siguió su movimiento. Suspiró descorazonado. Había estado en ese espigón desde muy temprano y todo lo que había conseguido era una botella enganchada en el anzuelo.

Cerró los ojos para evitar que una lágrima corriera por su mejilla. La niña le tomó la mano, él la miró y volvió a sonreír. Ella le devolvió una sonrisa luminosa como sus ojos grises que resaltaban aún más por su piel bronceada.

 —Es culpa del hilo, como no había de seda usé uno de nylon que encontré en los desechos. Así no se pueden hacer buenos nudos corredizos y sin ellos…

 —Sí Tata, mañana tendremos más suerte, seguro que regresan los pejerreyes.

El camino a casa era largo y pesado bajo el sol, ni siquiera los grandes sombreros de cartón los protegían por completo y los gastados zapatos no los defendían lo suficiente del árido camino. Constantemente debían detenerse para quitar alguna piedra que fácilmente se metiera por los huecos de los zapatos. El viejo sufría por la niña; él ya tenía tantos callos en los pies que el dolor causado por las piedrillas no le causaban mayor molestia… pero ella, tan tierna, sus piececitos… Si por lo menos no hiciera tanto calor…

Sin embargo ella no se quejaba y caminaba cantando y solo se detenía para hacer dibujos en la tierra… y quitarse disimuladamente las piedras del zapato; lo que menos quería era que el Tata se preocupara. Cruzaron el “centro” del pueblo, si así se podía llamar a ese montón de casuchas agrupadas frente al pozo. No había ni un solo árbol en donde protegerse del calor, no había ni un solo perro jugando con la basura. Todo había desaparecido hace tanto que ya nadie recordaba y por lo tanto no extrañaban. Todos menos el Tata. 

Antes de la hecatombe, él había sido pescador, uno de los mejores. En ese entonces la isla ere un popular punto turístico, lleno de hoteles de todas las categorías, restaurantes que servían los cangrejos más grandes del mundo (o eso decían) y otras delicias que ofrecía el mar, calles con palmeras, pájaros exóticos y jóvenes ligeros de ropas buscando algún turista solitario para ofrecerles su compañía. Ahora los pocos hoteles que seguían de pié eran refugios en donde vivían los pocos que no pudieron irse y que no deseaban vivir en sus “casas”. Los hoteles de lujo habían sido construidos con materiales más sólidos y por eso se conservaban en mejor estado que los baratos o las casas particulares. Éstas se habían convertido en casuchas derruidas que apenas si protegían del calor.

Era verdad que con los años la pesca se iba haciendo cada vez más escasa, pero cuando pescó esos pejerreyes espantosamente deformes, él supo que algo malo estaba pasando. Poco a poco las cosas fueron cambiando. Los turistas se hacían raros, algunos hoteles y restaurantes de lujo cerraron y cuando llegaban extranjeros a la isla, ellos hablaban de guerras y otras cosas que el Tata no entendía por más que su hija tratase de explicarle. ¿Cómo podía haber una guerra en el mundo? ¿Acaso ellos no eran parte del mundo? ¡Y era claro que a parte de menos turistas, todo estaba en paz! Ella trataba de explicarle que se encontraban muy lejos de los países en conflicto, que no eran un punto militarmente estratégico y cuando perdía la paciencia, lo ponía frente a la televisión. Eso no daba resultado pues escuchaba tantas palabras incomprensibles para él, que las noticias no tenían sentido. Pronto ella perdió su trabajo pues el hotel en donde laboraba también se vio forzado a cerrar. Las palmeras empezaron a secarse, los pájaros a morirse y él seguía pescando más animales deformes que no se atrevía a comer. De guerras no sabía, pero de que algo malo le pasaba al mundo, de eso no le quedaba la más mínima duda y poco importaba si eso era culpa de la guerra o no. Lo que le preocupaba es que llegaría el momento que no tendrían nada que llevarse a la boca.

Cuando se fueron los últimos turistas, llegaron los soldados, nunca dijeron de qué país venían y el tata nunca se preocupó por preguntar qué idioma hablaban entre ellos; seguro su hija sabía pero, ¿qué más daba? Mucho menos explicaron qué había pasado, quién había ganado la guerra o porqué habían desaparecido todas las plantas y animales. Solo se limitaron a explicarles cortantemente las nuevas reglas del juego: debían recoger esa arcilla roja con la que los loros –cuando había loros en la isla– se alimentaban, y a cambio recibirían una ración suficiente de comida. Así es como todos se dedicaron a recoger la arcilla, adultos y niños mayores de diez años. Al principio algunos quisieron exigir explicaciones, pero pronto se acostumbraron al nuevo régimen, un poco obligados por las cortantes miradas que les lanzaban los soldados a modo de explicación, un poco por temor a no recibir la ración que les correspondía. Era evidente que las cosas estaban muy mal en todas partes, que no solo era allí que faltaba la comida y que aceptar la propuesta de esos soldados evitaba los conflictos que aparecieron los meses antes de que ellos llegaran: la gente defendiendo frenéticamente lo poco de víveres que habían guardado, llegando a la más grande violencia por robar una lata de sardinas. Por lo menos así se asegurarían una ración de comida sin tener que pelear.  El Tata no necesitaba trabajar recolectando, debido a su edad. Él, junto con los otros ancianos, se encargaba de recibir las raciones de comida y bebida que mensualmente traían los soldados y de distribuirla equitativamente. La niña el próximo año formaría parte del equipo de trabajo, mientras tanto él la cuidaba y le enseñaba a pescar. Él confiaba en el mar, pensaba que mientras hubiera mar los peces volverían algún día, que quizá se habían asustado con la guerra, que se habían escondido en las profundidades, que cuando se dieran cuenta que todo había terminado, ellos regresarían.

Ese día llegaba el helicóptero con los víveres. Cuando escuchó el familiar sonido, el Tata tomó a la niña en sus brazos y apresuró el paso. Llegó jadeando hacia lo que había sido el hotel más caro de la región. Ahora era el lugar de almacenamiento, solo algunos cuartos eran utilizados por los soldados. Ellos pasaban una noche en la isla, revisaban la cantidad y calidad de la arcilla y luego partían con su cargamento. Casi no se comunicaban con los aledaños, ni siquiera con los que hablaban su idioma.

Al ver entrar al Tata, los otros ancianos empezaron a murmurar y sonreír, para él era obvio que se burlaban. Algunas frases entrecortadas llegaban a sus oídos: perdiendo el tiempo, enseñándole fantasías a la niña… Él estaba acostumbrado a ello, sin embargo eso no lo desanimaba de repetir incansablemente: “mientras haya mar, la vida tiene una segunda oportunidad sobre la tierra, en algún momento los peces volverían a aparecer y luego las aves y luego”… Por supuesto nadie lo respetaba y se burlaban de él sin siquiera tomarse la molestia de hacerlo a sus espaldas. Eso solo le molestaba por la niña. Se sentía obligado a preservar sus esperanzas e ilusiones, eso que antes era algo que hasta los niños más pobres poseyeran. No importaba no tener juguetes, ellos siempre se las ingeniaban para agenciarse uno de la basura. Y es que ante la imaginación de un niño, no hay lata que se resista y que se convierta automáticamente en el más hermoso auto de carrera. ¿Por qué quitarle a una niña la ilusión de un futuro mejor? ¿Acaso no era en momentos como el que vivían que mantener la ilusión era lo único que los seguía haciendo humanos? Veía a esos niños sin brillo en los ojos, pegados a una silla, esperando su ración de comida, ya ni siquiera jugaban. Y al llegar a los diez años, se dedicaban a cumplir con su parte del trabajo con una mecánica apatía. Eso le causaba mucha tristeza. Su nieta seguiría esperando los peces y las aves, por lo menos eso nadie se lo quitaría.

Los soldados lo sacaron de sus pensamientos. Bajaron las pesadas cajas y se dirigieron hacia sus aposentos, al día siguiente se dedicarían a revisar la arcilla recolectada.

Las cajas se abrieron y se sacaron las latas. Siguiendo una estricta lista separaron las latas en montones según familias o personas viviendo solas. Pasaron unas horas antes que llegara la gente. La cola se formó sin problemas, nadie parecía tener prisa, todos sabían que había suficiente comida. A nadie parecía importarle lo que en realidad había en las latas.

El Tata recuerda bien el día en que el antiguo profesor de la escuela dijo que las latas venían de Soile Grin. Alguien dijo:

—¿Soile? ¿Qué Soile? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿No será más bien Zoila?

—Soile es un nombre finlandés. —Y al ver la cara de extrañeza de su interlocutor, explicó —Es uno de esos países que existían antes. Pero yo no dije Soile, dije Soylent Green. Es una película en donde la comida se hacía… —el profesor miró a todos y suspiro. —No tiene importancia. De todas maneras está claro que la comida se hace de la arcilla. Si era bueno para los loros ¿por qué no para nosotros?

El nombre quedó dando vueltas por la cabeza del anciano, así pues cuando su hija dio a luz a la niña, luego de un embarazo del que nadie supo el nombre del causante, el Tata insistió para que la niña se llamase Soile. Su hija no protestó, le importaba poco el nombre de la niña cuya concepción se debió a la promesa de recibir uno de esos antiguos detergentes con los que antes de la hecatombe la gente se lavaba el pelo. Ya no recordaba cómo se llamaba, pero sabía que el pelo quedaba suave y perfumado.  Y es así como hizo lo que nunca antes había hecho a pesar de las promesas de ricos turistas. Eran pobres, pero no morían de hambre gracias a que a ella no le faltaba trabajo en el hotel. No necesitaba acostarse con algún asqueroso gringo viejo y gordo para comprarse linda ropa y cosméticos y aunque no eran de la mejor calidad ella podía lucir su bella cabellera negra con el orgullo de saberse honrada… ahora, si no fuera por las latas. En realidad más que la ilusión por el producto de limpieza, fue su temor a que el soldado dejara de darles víveres en represalia por su negativa. Eso nunca había pasado, pero ella prefirió no correr el riesgo.

Por suerte la gente estaba tan preocupada en sobrevivir que nadie la criticó cuando quedó embarazada. Todos tenían sus propios problemas, sus propias angustias, sus propias maneras de seguir viviendo. Por otro lado la pequeña Soile siempre fue una niña tranquila y feliz. Solo con mirarla jugar, a ella se le olvidaban los problemas. Le molestaba un poco que su padre metiera ilusiones tontas en la cabeza de su hija. El mundo era un desierto, todos se alimentaban de arcilla y no había nada que hacer, ¿para qué obsesionarse con que todo volvería a ser como antes? Sin embargo ella, como todos en edad, debía trabajar y su padre era la única opción de cuidado para Soile. Es así como debía soportar las historias de cómo casi pescan pejerreyes o que les pareció ver una gaviota a lo lejos (que seguro no se acerca a la costa, de miedo que la atrapen para comérsela).

Así transcurría la vida en la isla, monótona y opaca como la arcilla que recogían y gracias a la cual no habían sido exterminados: los necesitaban para recoger esa arcilla de vital importancia para el mundo. Solo quedaba rogar que no se acabara eso también. En cuanto a la vida en el resto del mundo… pues preferían no enterarse. Al parecer todavía existían los países, por lo menos algunos de ellos. Los soldados evidentemente se llevaban la arcilla a algún lado, porque luego regresaba en las latas, transformada en una suerte de puré ligeramente salado. En algún rincón del mundo había una fábrica que se encargaba de la producción, con obreros que se alimentaban del mismo puré. ¿Cuántos? Eso no lo sabían y poco les importaba. Seguro que “allá” tampoco se preocupaban por los que recogían la arcilla.

A Soile le faltaban unos meses para formar parte del cuerpo de trabajo cuando el abuelo se enfermó. La niña, sin perder su sonrisa, le aseguró a la madre que se ocuparía bien de todo hasta que ella regresase. ¡Total! no era tan difícil mantener el orden en el cuarto que les servía de vivienda. Ella recordaba bien que cuando trabajaba en ese mismo hotel, el cuarto llevaba el pomposo nombre de “junior suite”. Ahora casi no tenía muebles y en los pocos que había, apenas si se guardaba la escasa ropa y los contados utensilios que les quedaban.

Tres días duró la enfermedad del viejo o mejor dicho su agonía. No tenía nada, dijo el doctor, era solo la edad que ya le pesaba. Y es que sin medicinas o por lo menos vitaminas, ¿cómo no esperar que un anciano dure poco? Soile lo cuidó durante tres días, descansando solo para ir un par de horas al espigón, para regresar con las manos vacías, pero la mente llena de historias que contar: que le pareció ver un extraño movimiento en el agua, que seguro era un cardumen… El viejo la miraba y sonreía.

Esa tarde el viejo se sintió muy débil, con ganas solo de dormir y olvidarlo todo. Su cuerpo estaba dejando de funcionar, los ojos se le cerraban y a penas si podía mover la cabeza para evitar ese impertinente rayo de sol que insistía en lamerle las mejillas. Supo que estaba muriendo y lamentó tener que dejar a la pequeña Soile en ese mundo tan viejo y agonizante como él. Sintió una lágrima que se resistía a salir. Una suave mano le hizo abrir los ojos. Soile le acariciaba tiernamente el cabello.

—¿Estás despierto Tatita? —murmuró—. No quería molestarte pero mira —dijo levantando un pejerrey fresco a la altura de los ojos del anciano. Él se estremeció y le pareció que era el pescado más hermoso que había visto en su vida—. Tenías razón Tata, los pejerreyes volvieron y pronto volverán también las aves.

La lágrima salió. Lo que no logró la tristeza lo había logrado la felicidad. Volvió a cerrar los ojos y decidió que era tiempo de morir, pero que ya no temía dejar a Soile, ella sabía muy bien qué hacer.

 

Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

 

EL ÚLTIMO HOMBRE EN PIE

Anatoly Belilovsky

 

Mamá murió hoy, o tal vez fue ayer; yo no estaba allí para darme cuenta. Le llevé un frasco de aguardiente casero para el desayuno, como siempre, y su cama estaba vacía. Era imposible que se hubiera marchado caminando si todavía era mamá, después de cómo la habían destrozado en el ataque de los zombis, así que debía de haber muerto y haberse ido a reunir con ellos.

Podría haber sido peor. Yo podría haber sido su desayuno. O sus provisiones de medianoche. Dependiendo de cuándo hubiera muerto.

Qué expresión tan graciosa, provisiones de medianoche. Papá me contó una vez que en la jerga de la Marina se refería a las raciones de la guardia nocturna, refrescos y sándwiches en mitad de la noche, pero yo siempre imaginaba a los marineros royendo ratas ensartadas en pinchos. Servía para echarse unas risas cuando no había muchas otras cosas de las que reírse. No con mamá convirtiendo la pensión de papá en activos líquidos: un aguardiente tan fuerte que bastaba olerlo para dejarte sentado de culo.

Ni con los de Protección de Menores intentando llevarme. Yo no habría podido impedir que se llevaran a mamá si hubieran querido; pero a mí no iba a llevarme nadie. No de mi casa. Si me hubieran sacado de mi dormitorio, de la cocina de mamá, del garaje de papá, de los frijoles y las papas que crecían casi silvestres y las gallinas que correteaban por ahí, de los troncos de liquidámbar de la pila de leña y del bosque de atrás, de los hongos de sombrero viscoso que asomaban entre las hojas muertas y las bolitas que pican en otoño, y de Blackjack y Bear, dos perros amarillos demasiado viejos para cazar y demasiado inteligentes para ladrar... ¿quién sería yo sin todo eso?

Y entonces llegaron los zombis.

No sé de dónde vinieron; mucha gente dice saberlo, y todos cuentan cosas diferentes. Solo sé que prometían la inmortalidad, y yo le dije a mamá que sería estupendo, que papá todavía estaría vivo y que ella nunca moriría, y ella apartó la mirada, se bebió de un trago lo que quedaba de aguardiente en el frasco y se fue tambaleándose a dormir. Yo me quedé despierto, mirando la luna y escuchando a las zarigüeyas revolver el montón de chatarra, y poco después volví a ver a papá. Me había quedado dormido sobre un montón de heno y, en el sueño, corrí hacia él para decirle que pronto regresaría a casa, pero él se limitó a negar con la cabeza, suspiró y dijo:

—Hijo, no creo que la inmortalidad sea retroactiva.

Y desperté con el canto del gallo y el cielo del otro lado del camino empezando apenas a teñirse de rosa, aunque encima de mí seguía negro y lleno de estrellas.

Nunca volví a hablar de la inmortalidad hasta que empezaron a aparecer los zombis.

Son inmortales, esos zombis, y transmiten la infección que te vuelve inmortal... o casi, salvo que recibas un disparo de escopeta en la cabeza o te quemen hasta reducirte a cenizas. Todos parecen jóvenes y hermosos; eso, y que no sienten dolor ni frío, ha hecho que dejen que la ropa se les caiga a pedazos. Los que todavía llevan jirones pegados al cuerpo parecen más desnudos que los que no llevan nada, lo cual, pensándolo bien, supone una tentación mayor que la inmortalidad, y probablemente yo nunca les habría dicho que «no» si ellos aceptaran un «no» como respuesta.

Pero no lo hacen.

Se acercan con una enorme sonrisa y hacen todo lo posible por morderte.

Igual que la gente de Protección de Menores, salvo por lo de morder y por lo de andar sin ropa, pero la sonrisa es la misma, y también eso de no preguntarte si quieres hacer lo que ellos han venido a obligarte a hacer, y la parte en que te dicen que es por tu propio bien.

Llegaron anoche, y mamá me miró a mí, luego los miró a ellos, dio un trago de aguardiente y dijo:

—¡Corre, muchacho!

Y se lanzó contra ellos con una azada que recogió del suelo, donde estaba desde la vez que la había blandido contra la gente de Protección de Menores, y yo corrí hacia el bosque, que todavía conocía mejor que nadie, mientras Blackjack y Bear salían disparados, ladrando, casi en la dirección contraria. Esos sí que son dos perros amarillos muy listos. Volví y encontré a mamá toda mordida y magullada, con fiebre, y la acosté. Guardé un frasco de licor casero por si seguía aquí por la mañana, como mamá, quiero decir, y no como una criatura que camina cuando mamá no está. Vertí el resto del licor en el suelo para cubrir los charcos de la sangre de los zombis, porque eso también es contagioso, supongo, y no quiero pisarlo, levantándome a la medianoche, y convertirme en zombi por accidente.

No hay tumbas que visitar: papá, perdido en el mar; mamá, encontró la vida eterna. Los predicadores hacían que eso sonara muy bien, cuando todavía había iglesias. Mamá nunca regresó; ninguno regresa. Ninguno intenta morder a los suyos. Supongo que no necesitas alcanzar la inmortalidad a través de tus descendientes cuando puedes conseguirla simplemente no muriendo. ¿Por qué se pasan la eternidad vagando sin rumbo? Supongo que deberían haberles preguntado eso a los extraterrestres antes de subirse al Expreso de la No Muerte.

Los perros regresaron, tal como yo sabía que harían. No me molestaría que ellos vivieran para siempre, pero la infección no funciona así. Yo seguiré aquí mientras pueda, y cuando llegue el momento, me iré. Me pregunto si podré ir al cielo.

El cielo es donde mamá recoge los huevos de debajo de las gallinas y los fríe con cebollas, tocino y tomates, y los pies de papá sobresalen de debajo del viejo Chevy oxidado cuando está de permiso, y Blackjack y Bear pasan volando junto a ti como dos rayas amarillas, entre ladridos y jadeos. El cielo es donde está mi familia. No quiero ir al infierno. El infierno son los otros.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

UNOS GRAMOS DE CARNE (Los cuentos de la mil segunda noche)

Patrick Eris

 



A la memoria de Anne Duguël —más conocida como Gudule—,
quien publicó mi primer Cuento de la mil segunda noche…

 

Se dice que, en pleno reino de Hujride, entre Himyar y Bizancio, se alza la ciudad de al-Kiddat. Construida enteramente en altura al borde de un acantilado que domina el mar, se parece más a una fortaleza que a una ciudad. También se dice que, en su punto más elevado, sobre una pequeña terraza a la que se accede por una escalera polvorienta que nadie recorre jamás, hay un gran gong. Nadie recuerda quién lo fabricó ni por qué; su historia se pierde entre las brumas del tiempo. Aunque no se ha oxidado, el bronce está apagado por los siglos, y solo las arañas y los insectos frecuentan aquel lugar. El sol intenta en vano arrancar algún reflejo de su superficie adormecida en su inmovilidad metálica, y el mazo permanece arrinconado desde hace siglos, quizá milenios.

También se dice que, si alguien hiciera sonar ese gong, despertaría a un ifrit que duerme en las profundidades del océano y que, a cambio de un tributo insignificante, aquella criatura concedería el deseo de quien la hubiera llamado.

Ahora bien, se advierte con toda claridad que no debe hacérselo sonar. Nunca, en ninguna circunstancia.

Y, sin embargo, siempre hay alguien más insensato o más desesperado que los demás para desoír esas advertencias. Sube hasta lo más alto de la ciudad, donde, según dicen, la vista del océano es deslumbrante, toma el mazo y lo descarga sobre la superficie de bronce.

Lo que sucede luego con el imprudente también se ha perdido en las brumas del tiempo. Solo se sabe que, en todas las ocasiones, las consecuencias fueron de lo más funestas.

Siempre.

Y, sin embargo…

 

Los habían aplastado. Habían aplastado a su ejército.

Aquellos malditos nassríes habían maniobrado con habilidad: los defensores de al-Kiddat habían lanzado el ataque… para quedar atrapados entre dos fuegos por un segundo flanco que permanecía bien oculto.

Desde lo alto de su balcón, el sultán Akil al-Murar había seguido toda la maniobra con su catalejo. Y, pese al calor, un frío glacial se había ido apoderando poco a poco de sus entrañas. El sultán no tenía un corazón de piedra, y aquel espectáculo brutal y sangriento lo había dejado aturdido.

Maldijo en sabeo y se secó el sudor de la frente. Según los informes, aquellos diablos nassríes habían arrasado el país de Ma'at y nada parecía capaz de detenerlos. Además, los mensajeros le habían advertido que, si continuaban en la misma dirección, terminarían llegando inevitablemente a al-Kiddat.

Entonces el sultán había convocado a todos sus hombres de armas. Con cada mensaje alarmante se hacía más evidente que el enemigo pretendía apoderarse de la ciudad. Solo había dos posibilidades: soportar un asedio interminable, con su inevitable secuela de privaciones y quizá de hambrunas, o presentar batalla en campo abierto.

Había optado por la segunda, respaldado por sus generales.

Generales que, en ese mismo instante, debían de haber sucumbido bajo los golpes del enemigo.

El sultán apartó la vista de aquel lamentable espectáculo y comenzó a recorrer nerviosamente sus aposentos. ¿Qué hacer? Nunca había conocido la guerra y, sin embargo, ahora se encontraba solo. ¿Debían resignarse al asedio? Y si el enemigo lograba entrar… Prefería no pensarlo. La crueldad de los nassríes era bien conocida. Imaginó la ciudad, su ciudad, entregada al fuego y a la sangre… Para Akil al-Murar, a quien todos alababan por su sentido de la justicia, su equidad y su dedicación al bienestar de sus súbditos, aquella idea resultaba aún más espantosa que el suplicio que lo aguardaba a él mismo.

¿Qué hacer, Dios mío?

Lo invocó, pero Su luz no acudió a iluminarlo.

Fue entonces cuando un pensamiento nació en su mente, como si un djinn travieso se lo hubiera susurrado al oído. Y se negó a abandonarlo.

¿Qué tenía que perder?

Así fue como el sultán Akil al-Murar emprendió un camino que nadie había recorrido desde tiempos inmemoriales. Tras una breve ascensión, subió la estrecha escalera y llegó a la terraza.

El espectáculo era magnífico: el sol descendía lentamente hacia el horizonte e incendiaba de reflejos el océano, que se extendía apacible hasta perderse bajo un cielo de un azul impecable. Pero el sultán estaba demasiado preocupado para prestarle atención.

El gong seguía allí.

Durante el trayecto se había preguntado si todo aquello no sería más que un cuento, como los que, según se decía, inventaba Sherezade para escapar de la muerte. Examinó el círculo de bronce. Lo había imaginado más grande: apenas alcanzaba la altura de un hombre. Una vez más dudó de que realmente poseyera algún poder. La simple existencia del gong no demostraba que la leyenda fuera cierta de principio a fin.

Pero solo había una manera de averiguarlo.

Tomó el mazo, estremeciéndose de repugnancia ante la capa de suciedad y telarañas que lo cubría. Respiró hondo para serenarse y lo dejó caer.

El sonido fue más débil de lo que había imaginado. ¿O acaso solo resonó dentro de su cabeza? Y, sin embargo, cumplió su cometido.

En las profundidades del océano, allí donde jamás llegan los rayos del sol, algo despertó de un letargo de varios milenios. Una columna de burbujas ascendió hacia la superficie. El mar se agitó con violencia cuando una masa descomunal comenzó a moverse, remontando desde los abismos que le servían de morada.

Entonces, en medio de un enorme estruendo de agua desplazada, el ifrit emergió de las olas y se alzó ante el sultán, que lo contemplaba estupefacto.

Sería inútil intentar describirlo, porque en la lengua de los hombres no existen palabras adecuadas para hacerlo. Era menos una criatura física que una fuerza de la naturaleza, indómita y destructora; era la tormenta que sepulta a los beduinos del desierto, la ola nacida en alta mar que hace astillas un barco como si fuera una brizna de paja, el rayo y la avalancha, surgidos de la combinación de los cuatro elementos en su forma más terrible.

Y no cabía duda de que aquel ser adoptaba tantas apariencias como ojos lo contemplaban, si es que era realmente un ser vivo y no, más bien, un principio de la naturaleza.

El inmenso ser permaneció inmóvil, mientras el agua caía en cascadas a lo largo de su cuerpo y el sultán, boquiabierto, intentaba recuperar la compostura. Sus miradas se encontraron y Akil vio brillar en los ojos del ifrit una inteligencia que lo desconcertó aún más; pero era una inteligencia extraña, distinta de la de los hombres, cuyos razonamientos seguían caminos imposibles de comprender para cualquier ser humano.

—¿Me has llamado? —preguntó la criatura en la tosca lengua de los sabeos, con una voz que solo resonó dentro de la mente del sultán.

Al comprobar que el ser no lo había reducido a una masa informe, Akil al-Murar intentó recuperar la voz. Pero el ifrit leyó en su pensamiento aquello que él no conseguía expresar con palabras.

—Ya veo. ¿Quieres que libre a tu pueblo de esos invasores?

Abrumado, paralizado por lo absurdo de la situación e intimidado por aquella criatura que, sin embargo, no mostraba la menor hostilidad, el sultán solo pudo asentir.

—Muy bien. Pero sabes que, a cambio, tengo el derecho y el deber de exigir un tributo.

El sultán casi había olvidado esa parte de la historia…

—No temas. No te pediré gran cosa. Tan solo unos gramos de tu carne.

Casi sin darse cuenta, el sultán se golpeó el pecho con el puño, sellando así el pacto.

—Así será.

Dicho esto, el ifrit se transformó en un torbellino que se precipitó de inmediato hacia el ejército nassrí, acompañado por una inmensa explosión de agua.

El torbellino barrió a los soldados como si fueran briznas de paja.

Hombre de paz más que de guerra, Akil al-Murar ya había contemplado suficiente matanza por aquel día. Prefirió no presenciar el espectáculo y descendió de nuevo hacia la ciudad, dejando atrás el impasible gong.

 

Durante el descenso por las numerosas escaleras que conducían desde la cima de al-Kiddat, el sultán tuvo tiempo de convencerse de que todo había sido un sueño particularmente extraño. Aquel encuentro con el ifrit comenzaba ya a desdibujarse en su memoria, adquiriendo el carácter fantasmagórico de esos sueños que el amanecer se lleva consigo.

Y, sin embargo, cuando llegó al balcón de sus aposentos y contempló el campo de batalla, solo vio cadáveres retorcidos. En apenas unos minutos, el ifrit había aniquilado al ejército enemigo antes de regresar, sin duda, a su palacio en las profundidades marinas. Un puñado de supervivientes vagaba con el andar incierto de los enajenados; era evidente que aquel espectáculo los había vuelto locos. Los habitantes de la ciudad acudían ya a socorrerlos y les ofrecerían un lugar entre ellos, pues se dice que hay que tratar con respeto al loco, que no es sino otra faceta del sabio.

Ya comenzaban a llegar hasta él los gritos de júbilo de sus súbditos. Más tarde, cuando se uniera a las celebraciones, comprobaría que nadie sabía con certeza qué había destruido al enemigo. Quienes habían presenciado el prodigio aseguraban haber visto una tempestad que Dios –ya fuera el de los judíos, el de los cristianos, el de los zoroastrianos o el de cualquiera de las muchas religiones que convivían pacíficamente en la ciudad, pues no era momento para disputas teológicas– había enviado en respuesta a sus plegarias. Pero nadie insistió demasiado en la cuestión. Todos prefirieron rendir homenaje a los soldados que habían muerto heroicamente frente a un enemigo más astuto.

Sin embargo, por grande que fuera el alivio de Akil al-Murar y por feliz que se sintiera de haber salvado su ciudad y a sus habitantes, las palabras del ifrit seguían resonando en sus oídos.

Unos gramos de tu carne...

¿Qué había querido decir con aquello? Era bien sabido que los ifrits eran seres retorcidos, cuyas mentes seguían caminos inaccesibles para los hombres. ¿Qué destino le preparaba, peor incluso que el que le habría aguardado de caer en manos de los nassríes? Sintió un leve estremecimiento en el estómago. ¿Y si se refería precisamente a ese pedazo de carne? Pero ¿qué importaba? Prefería renunciar para siempre a tener descendencia y a los placeres de los sentidos si ese era el sacrificio exigido.

No, el ifrit no podía infligirle un destino peor que aquel del que acababa de escapar, se dijo para tranquilizarse.

Se equivocaba.

 

Se llamaba Imru al-Qays, a quien todos conocían como «el rey errante», y era poeta, una ocupación que por entonces gozaba del mayor respeto entre los pueblos de aquella región. Se decía incluso que el profeta de aquella nueva religión monoteísta que comenzaba a extenderse cantaba sus alabanzas. Su inagotable deseo de viajar lo había conducido nuevamente hasta las puertas de al-Kiddat. Era hijo del rey Hujr, predecesor de Akil al-Murar. El sultán había ofrecido un banquete en su honor, durante el cual el hombre de letras había cautivado a los presentes con sus qasidas cuidadosamente elaboradas. Como muestra de gratitud, se le había concedido una habitación en los aposentos reales, de la que podía disponer cuanto tiempo quisiera. Llevaba ya varios meses residiendo allí, disfrutando de la mesa y de los sirvientes del sultán a cambio de sus poemas y de sus sensatos consejos. Y todos fingían no advertir su conocida pasión por las mujeres y el vino. Pero el poeta volvía a sentir el llamado del camino y pronto retomaría sus viajes, pues ese era su destino.

Aquella noche, como todos los demás, había celebrado generosamente la derrota de los invasores, brindando tanto con desconocidos como con amigos de una noche o de varios meses, y regresó a su habitación con la mente agradablemente nublada por el vino.

Pero el grito, capaz de helar la sangre, que desgarró la calma nocturna bastó para devolverle toda la lucidez.

Miró a su alrededor. Un segundo alarido resonó. Ya los sirvientes, familiares y consejeros corrían apresuradamente por los pasillos. Un nuevo grito espantoso los condujo hasta la habitación de Akil al-Murar.

El sultán se debatía sobre el lecho como si estuviera atrapado en una pesadilla.

Pero cuando acercaron las lámparas de aceite a su cama, todos contuvieron el aliento y retrocedieron instintivamente.

Sobre el noble rostro de su soberano habían aparecido tres espantosas heridas que desgarraban su carne.

¿Tres? No... ¡Cuatro!

Los presentes se miraron unos a otros, desconcertados.

Y, ante sus propios ojos, una nueva herida abrió un surco sangriento en la mejilla del sultán, arrancándole otro desgarrador alarido.

Volvieron a mirarse. ¿Qué clase de hechicería era aquella? Uno de los consejeros, hombre prudente, pasó la mano por encima del rostro del sultán y luego recorrió el aire sobre todo su cuerpo.

No encontró nada. No había enemigo invisible alguno capaz de producir semejantes desgarrones. Y, mientras aún se incorporaba, otro profundo tajo se abrió sobre el pómulo del soberano.

Todos permanecieron inmóviles, estupefactos. ¿Qué podían hacer? ¿Cómo detener aquel maleficio, si realmente se trataba de un maleficio?

Comenzaron a recorrer la estancia de un lado a otro con pasos nerviosos. ¿Qué hacer? ¿Cómo aliviar semejante tormento? ¿Continuaría indefinidamente?

Las heridas seguían apareciendo a intervalos más o menos regulares. Y nadie podía impedirlo. Nadie era siquiera capaz de comprender qué estaba ocurriendo. Algunos comenzaron a rezar.

Mandaron llamar a hombres santos, sin importar a qué dios sirvieran, pero todos resultaron igualmente impotentes. Aquel suplicio atroz se prolongó durante toda la cálida noche.

Lo que ninguno de ellos sabía era que, con cada una de aquellas heridas, algo le era arrebatado al sultán.

Unos ínfimos miligramos de su carne...

El suplicio se prolongó durante toda la noche, y los desgarradores alaridos del desdichado resonaron sin cesar, crispando los nervios de todos los que se iban relevando en el palacio. Pero nadie, ya fuera herbolario, médico o sacerdote, supo cómo poner fin a aquel tormento. Ni las oraciones, ni las súplicas, ni siquiera un desesperado intento de exorcismo surtieron el menor efecto.

Las cuerdas vocales del sultán fueron las primeras en ceder.

Llegado ese momento, ya nadie tenía valor para mirar su rostro, convertido en una única y espantosa llaga. Todos, profundamente conmovidos por el afecto que profesaban a su soberano, apenas se atrevían a imaginar el tormento digno de los condenados que debía de estar soportando.

Finalmente, también su razón sucumbió, vencida por un dolor que el cerebro humano ya no podía soportar.

Algunos sintieron incluso un extraño alivio al advertirlo: quizá, refugiado en lo más profundo de sí mismo, hubiera encontrado un lugar donde el sufrimiento ya no pudiera alcanzarlo.

Cuando el alba tiñó de rosa la ciudad intacta, el sultán, cubierto de sangre, yacía inmóvil en medio de sus allegados, abatidos por la impotencia. Las diminutas heridas seguían apareciendo, dejando en ocasiones el hueso al descubierto. Era un espectáculo tan espantoso que perseguiría hasta el fin de sus días a cuantos lo habían presenciado.

Entonces, de pronto, en esa hora mágica en la que la noche cede el paso al día, el sultán sufrió una violenta sacudida.

Con la boca –o lo que quedaba de ella– abierta en un grito silencioso, saltó de la cama como si estuviera poseído por un djinn y corrió hacia el balcón.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, ya se había arrojado desde varios centenares de metros de altura para estrellarse contra el mar que rugía al pie del acantilado.

Así murió Akil al-Murar.

Y nadie llegó a saber jamás cuál había sido el terrible sacrificio que aceptó para salvar a sus ciudadanos.

Nunca se recuperó su cuerpo, perdido en las profundidades del océano, lo que llevó a algunos a afirmar que quizá siguiera con vida, vagando por el desierto y los uadis bajo el aspecto desfigurado de un loco o de un mendigo.

Imru al-Qays pronunció la elegía fúnebre de aquel hombre al que, en apenas unos meses, había terminado considerando un amigo, antes de reanudar su interminable errancia con el corazón oprimido por la tristeza.

Tras un tiempo de duelo, se inició la búsqueda de algún descendiente capaz de ocupar el trono.

Pero los habitantes de al-Kiddat pronto serían expulsados de su ciudad y de su país por una de las numerosas rebeliones que sacudían la región, viéndose obligados a partir al exilio.

 

Se dice que, en pleno reino de Hujride, entre Himyar y Bizancio, se encuentra la ciudad de al-Kiddat, hoy abandonada.

También se dice que, en su punto más elevado, sobre una pequeña terraza a la que se llega por una escalera polvorienta, hay un gran gong. Nadie recuerda quién lo fabricó ni por qué; su historia se pierde entre las brumas del tiempo.

También se dice que, si alguien hiciera sonar ese gong, despertaría a un ifrit que duerme en el fondo de los océanos y que, a cambio de un tributo insignificante, aquella criatura concedería el deseo de quien la hubiera invocado.

Ahora bien, se dice que jamás debe hacerse sonar el gong.

Jamás.

Y, sin embargo, siempre hay alguien más insensato o desesperado que los demás para desoír esas advertencias.

Siempre.

Pero esa, dicen, es otra historia.


Patrick Eris, uno de los nombres que utiliza Thomas Bauduret para publicar sus obras, nació en París el 22 de octubre de 1963. Trabaja como traductor profesional. En 2007, tradujo y publicó en Francia la novela Stone Baby de su amigo Joolz Denby, y se convirtió en coeditor de Éditions Malpertuis. Ha publicado una docena de novelas, entre las que se destacan Born killer, 1996; Une balle dans l'esthète, 1997; Rush, 1997; La Première Mort, 2003; L'Autobus de minuit, 2001; Fils de la haine, 2005; Ceux qui grattent la terre, 2016; Les Arbres, en hiver, 2016; Quelques grammes de brutes dans un monde de finesse, 2019 y Dans la nuit du monde, 2024, así como tres colecciones de cuentos: Docteur Jeep, 2011 Histoires vraies sur les rails, 2012 y Le Seigneur des mouches, 2020.

 

 

lunes, 24 de agosto de 2026

NUESTROS QUERIDOS REPATRIADOS

 Lee Bailes

 

—Bienvenido, compañero buscador —dijo la mujer pálida y remilgada apostada en la puerta del ayuntamiento cuando asentí cortésmente.

Detrás de mí, las farolas recuperaban lentamente de la oscuridad recién nacida la plaza adoquinada. Las casas y las tiendas aparecían bajo la colina, dentro de charcos de luz brumosa. Los reflejos inertes de sus cristales no ofrecían ninguna calidez.

El moño sujeto con horquillas de la mujer se balanceaba como si estuviera a punto de picotear cada una de las invitaciones numeradas mientras las examinaba. Frunció el ceño con desaprobación al advertir que me divertía su crucial tarea y me sujetó del brazo cuando intenté pasar.

—¿Realizó el ritual de purificación? Somos receptores deficientes cuando estamos contaminados por los apetitos terrenales.

Le confirmé que lo había hecho. Intenté ocultar mi irritación ante aquella invasión de mi espacio personal.

—¿Y realizó también todas las purgas descritas en el ritual?

Volví a responder que sí. Pero no fui sincero respecto del alcance de las purgas. Después de todo, a diferencia de los demás, yo no estaba allí para «recibir» ni para «ascender»; tampoco sabía qué significaban esas palabras.

Se apartó y me permitió entrar. Después me dirigió una mirada recelosa mientras yo me internaba en el edificio.

Estaba entre ellos, pero no era uno de ellos. Los que acudían en busca de consuelo. Los que luchaban contra una juventud menguante, una salud deteriorada y una mortalidad que se aproximaba. Desesperados por comunicarse con los recientemente fallecidos. Todos con los ojos llorosos, doloridos y ansiosos por encontrar pruebas de una vida después de la muerte. Yo no tenía a nadie con quien quisiera comunicarme, pues era huérfano y había sido criado por las Hermanas. Estaba sano y fuerte antes de intentar la primera de las purgas, que me dejó sangrando por ambos extremos. Como no profesaba ningún sistema de creencias dogmático, permanecía firmemente instalado en el bando de los incrédulos y los desenmascaradores. Estaba allí como periodista, dispuesto a denunciar a aquellos farsantes. Haría cualquier cosa para evitar otra tragedia, como la ocurrida cuando mi querida abuela murió durante una sesión espiritista excesivamente teatral y escenificada.

Solo circulaban rumores vagos acerca de la naturaleza de aquellas reuniones espiritistas. Como surgidos del mismísimo éter, sus organizadores habían celebrado encuentros similares en Estados Unidos. Pero aquel era el primero en territorio británico. Lo único que sabía era que mi colega de Nueva York, Blumler, había intentado desenmascarar a la secta, pero desde entonces se encontraba desaparecido. Otros lo habían intentado y habían fracasado. Algunos incluso se retractaron de sus acusaciones de fraude y se convirtieron. Por lo tanto, me correspondía actuar solo.

Unos ujieres de rostros adustos y aspecto fúnebre nos guiaron por el pasillo central del salón hasta los asientos. Nadie habló mientras cada uno ocupaba su lugar. A pocas filas del frente, quedé atrapado entre un anciano matrimonio molesto por haber sido separado. No me había fijado en ellos cuando me escabullí hacia la fila de delante, hasta que un ujier me condujo entre ambos y me obligó a avanzar por ella. Me ofrecí a permitir que se sentaran juntos, pero el ujier nos hizo callar y nos sentamos.

La ceremonia tardó en comenzar, pero nadie se inquietó ni habló. Más que temer a los ujieres, parecían ensimismados. Así que tomé notas mentales. El menor sonido resonaba sobre el suelo de roble. La iluminación de las cornisas parpadeaba y zumbaba. Una corriente de aire invisible proyectaba halos oscuros y danzantes sobre el papel tapiz afelpado de color tostado, y el olor a naftalina y polvo lo impregnaba todo. En el escenario había una única silla vacía, bajo las pesadas cortinas negras que colgaban detrás de ella.

Cuando el salón estuvo lleno, alguien se aclaró la garganta. Cerraron las puertas con llave y atenuaron las luces.

—Bienvenido de nuevo —dijo una voz, y pareció dirigirse directamente a mí.

Era extraño, porque nunca había asistido a una de aquellas reuniones.

No había oído que presentaran a la oradora. Tampoco sus pasos cuando subió al escenario. Pero allí estaba, sentada, envuelta en un vestido blanco virginal que le llegaba hasta los pies y una capa. Una aparición de ondulante cabello negro se había adueñado del foco de luz y mantenía a todos cautivados. Sus ojos estaban fijos en mí.

—Bien —dijo—. Ahora podemos comenzar.

Mi naturaleza me impulsaba a resistir. Sentí la necesidad de moverme, pero me costó obedecerla. Como si estuviera entrenada en el mesmerismo, el poder de su voz y su mirada me mantenían clavado al asiento. Me pregunté cómo una antigua empleada doméstica y niñera podía ejercer semejante dominio sobre mí. Mientras exigía que todos la miraran, sus ojos nos examinaban.

—Todos los aquí reunidos esperan establecer una conexión más allá del velo —entonó una voz femenina.

Sin embargo, no vimos que sus labios se movieran.

La multitud inclinó la cabeza con reverencia. Yo no.

Envalentonado únicamente por la penumbra del salón, seguí observando.

—Permítanme examinarlos.

Cada uno de los presentes sostuvo la mirada de la oradora. Ella sopesaba su intensa desesperación y sus anhelos secretos, comparándolos con el espíritu de cada individuo. Solo en unas pocas ocasiones se agrietó el barniz de su sonrisa o apareció un gesto de desagrado. La última fue cuando sus ojos penetrantes se encontraron con los míos. ¿Podía saber que yo no me había purificado? ¿Que era un impostor, como ella? ¿Acaso podía leer realmente las almas o los deseos íntimos de aquellos a quienes examinaba? ¿O me habían descubierto?

Pensé en la invitación, plenamente consciente de cuánto había arriesgado para estar allí. Había ocupado el lugar de otra persona. Lo había dejado atado en el suelo de la sala de su propia casa. Durante una entrevista, el hombre se había alterado cuando intenté comprarle la invitación. Amenazó con desenmascararme y advertirles. Consideré que arrebatarle su lugar era un mal menor en beneficio de un bien mayor. Todo para conseguir la primicia, advertir a los demás e impedir nuevas blasfemias.

La cortina del escenario se movió. La aparición pálida de la mujer que vigilaba la entrada surgió de detrás de ella y se arrodilló ante la silla de la oradora. Llevaba suelto el cabello, largo y lustroso, que se extendió como un abanico sobre el suelo. Sus movimientos habían sido austeros hasta que apoyó la cabeza sobre la rodilla de la otra mujer. Entonces su rostro se suavizó mientras se acurrucaba alrededor de las piernas de la oradora.

La oradora paseó la mirada por el salón, contemplando un reino situado más allá del nuestro. Al encontrar algo de su agrado, hizo una seña al aire y sonrió.

—Ha llegado el momento.

Mi corazón se aceleró. Había llegado el instante que tanto había esperado.

—Contemplen —dijo la oradora a la multitud antes de bajar la mirada hacia la suplicante arrodillada a sus pies.

Levantó una mano. La visión de su palma provocó un murmullo entre los presentes, porque parecía haber cambiado. Las uñas eran más largas.

—Comenzaremos el rito de ascensión.

La multitud suspiró. Pero yo estaba demasiado distraído para compartir su entusiasmo.

Unos dedos ansiosos, cubiertos de manchas hepáticas, dieron golpecitos sobre las rodillas, y numerosas sonrisas resplandecieron con expectación. Los ujieres nos indicaron que nos tomáramos de las manos. Sentí que la multitud concentraba sus energías mientras unas manos frías y arrugadas aferraban las mías. Después todos guardaron silencio cuando la palma alzada de la oradora descendió hacia su compañera.

La multitud volvió a cerrar los ojos. Se concentraba. Mi aliento formó una nube ante mí cuando un frío mortal invadió el lugar.

Al contacto de la oradora, el cuello de la mujer de la entrada crujió y chasqueó, y su cuerpo se sacudió. Después cayó al suelo como una muñeca de trapo. Su cráneo golpeó la madera y el sonido reverberó por todo el salón. El cuerpo dejó de moverse y exhaló un largo aliento borboteante.

Todos contemplaron entonces la figura inerte. Yo también estaba hipnotizado. No percibí ninguna respiración en su cuerpo inmóvil y tendido boca abajo.

El frío se había intensificado y sentí una presión idéntica sobre ambos hombros, como si alguien estuviera de pie detrás de mí. Pero no vi a nadie.

Con un alarido sacrílego, la mujer se convulsionó. Su cuerpo se dobló por la mitad, rodó sobre sí mismo y comenzó a aspirar rápidas bocanadas de aire.

—Contemplen —dijo la oradora mientras levantaba las palmas.

Ambas parecían diferentes. El vello de mi nuca se erizó al comprobar que sus uñas se habían alargado. Los dedos estaban retorcidos, como si poseyeran una articulación adicional.

La mujer de la entrada se incorporó como una marioneta suspendida por hilos, y el miedo me revolvió el estómago. Se volvió hacia nosotros e hizo una seña a la primera fila. Después abandonó el escenario con una sonrisa escalofriante.

Unas manos invisibles y heladas se hundieron en mis hombros hasta que el dolor frío me mareó. Entonces me soltaron.

La primera fila salió al pasillo mientras yo consideraba mis opciones.

Una columna silenciosa se acercó al escenario. Hipnotizados, los esperanzados asistentes subían uno tras otro los escalones y se arrodillaban ante la oradora. No llegaba hasta mí ningún sonido de conversación, aunque veía que ella susurraba algo a cada buscador.

Su contacto los electrizaba.

No vi ningún intercambio evidente ni cables. Tampoco señales reveladoras de electricidad, pero todos se convulsionaban cuando ella los tocaba y después permanecían inmóviles. Lo que fuera que los atravesaba solo duraba unos segundos. Cada uno dibujaba una sonrisa lasciva al respirar por fin, y luego regresaba a su asiento caminando con piernas de marioneta.

Había visto suficientes predicadores laicos babeando y hablando en lenguas como para que me durara toda una vida. Aquello era diferente. Los escalofríos que sacudían mi cuerpo demostraban lo espantoso que era. Nunca había visto a nadie elevarse desde las rodillas hasta quedar de pie, salvo en un video reproducido al revés. Pero allí desafiaban las leyes de la gravedad y la aparente fragilidad de sus cuerpos envejecidos. Tampoco había visto nunca tantos participantes voluntarios. Por lo general, se infiltraban entre la multitud unos cuantos cómplices que conocían el engaño. Sin embargo, todos los presentes parecían igualmente hechizados. Todos esperaban la misma transformación. Pero ¿qué beneficio podía obtenerse de un salón lleno de cómplices? ¿Seguía siendo tan extraordinario un milagro si todos lo recibían?

Un codo huesudo clavado en mis costillas me indicó que debía levantarme.

Todas las filas de delante habían vuelto a sentarse mientras la mía avanzaba hacia el escenario.

Ya había visto suficiente. Las miradas enloquecidas de quienes habían sido tocados me inquietaban. Era como si cada uno probara con la mandíbula unos dientes o una dentadura postiza desconocidos. Todos sonreían con una mueca de calavera.

Huí por el pasillo hacia la salida y llegué hasta la puerta principal.

Dos ujieres me cerraron el paso, interponiéndose entre mi persona y una posible fuga. Comprendí que el juego había terminado cuando unos pasos bruscos detrás de mí me advirtieron de la llegada de otros dos. Me sujetaron de los brazos, me condujeron de regreso y me colocaron al final de la fila.

Obedecí hasta que se disipó la conmoción de haber sido manipulado por la fuerza. Entonces me desprendí de sus manos y volví corriendo hacia las puertas. Estiré los dedos hacia los picaportes. Pero mis guardianes me aferraron con tanta fuerza que no pude liberarme y me llevaron otra vez hacia la fila. Esta vez continuaron avanzando con cierta urgencia, dejaron atrás a todos los que esperaban y me condujeron directamente al escenario. Obligaron a un anciano a hacerse a un lado y, pocos segundos después, me encontré arrodillado a la fuerza ante ella.

—Aquí no hay ningún engaño, señor —sentí el calor frío de su susurro divertido, aunque solo sus ojos sonreían—. Ya lo verá.

Vi que su mano descendía hacia mí. La palma estaba viva, recorrida por venas negras e irregulares. Cuando me tocó con ferocidad, se abrió el ojo de mi mente.

Había dos públicos en el salón. Vi abajo a quienes ansiaban encontrar la vida después de la muerte, observando ávidamente desde su ignorancia, haciendo fila para recibir su contacto; y sobre el escenario, las espantosas filas de los muertos. Una asamblea costrosa de putrefacción babeante. Una exhibición harapienta y deforme del infierno sobre la Tierra. Una fila voraz e infinita de condenados, ansiosos por recuperar la vida. Ansiosos por escapar de las garras del purgatorio. Por alimentarse. Por sentir.

Entre ellos, muy parecido a la fotografía de mi colega Blumler, estaba el espíritu de un hombre encorvado, con una mirada codiciosa y babeando de hambre ante la perspectiva de ocupar mi forma terrenal. Aunque no podía ser él...

Y detrás de la oradora se encontraba la visión más aterradora de todas. Una forma sombría y transustancial acariciaba su cuerpo y le susurraba instrucciones cabalísticas. La atravesaba y se entrelazaba con ella. Su voz era enloquecedora. Sus dedos eran imposiblemente largos y terminaban en garras.

Mientras sentía que aquella energía terrible desgarraba mi sistema nervioso, solo percibí el empuje del desalojo. Me obligaron a ascender mientras otro ser secuestraba mi templo.

Lee Bailes es un autor británico de terror y fantasía oscura, reconocido por la precisión de su escritura, su atmósfera envolvente y su intensidad emocional. Excrítico de cine, guionista y realizador de cortometrajes premiados en sus horas libres, y diseñador instruccional durante el día, se siente especialmente atraído por los géneros del terror, la fantasía, la ciencia ficción y la acción. Actualmente trabaja en su primera novela y prepara la publicación de una colección de relatos. Sus textos han aparecido en numerosas antologías de Nocturnicorn Press, desde White on White: A Literary Tribute to Bauhaus y The Hand of Doom: A Literary Tribute to Black Sabbath. También ha sido publicado en la antología de relatos de terror They Whispered, de Comma Press, así como en las antologías Twisted 50 Vol. III y Twisted 50 Vol. IV. Próximamente aparecerá un nuevo relato suyo en Flash of the Dead: Space, publicado por Wicked Shadow Press.

 

CAPUCHINO EN MONTMARTRE

Milica Lilić

 

El día era espléndido. Aunque el verano ya había comenzado, todavía no hacía demasiado calor. Dos escritoras salieron a caminar con la intención de tomar un capuchino en Montmartre.

Charlaban de esto y de aquello, de acuerdo en que la vida es mucho más compleja de lo que parece a simple vista. El ser humano tiene la facultad de percibir esos hilos invisibles que lo unen con algo eterno e imperecedero, pero el modo de vida contemporáneo reprime esa facultad y lo reduce a la mera funcionalidad. Aunque todo en su interior se resista, a menudo se ve obligado a comportarse como un mecanismo carente de emociones.

Una de ellas vivía en París, aunque había conservado en su interior los rasgos de su pueblo y creía en sus leyendas. También tenía su propia leyenda. Creía haberla hecho realidad. La otra sentía que estaba viviendo la suya en ese preciso momento, que se le había concedido compartir el amor con personas semejantes a ella y vincular, mediante su trabajo, a seres de distintas naciones y culturas.

La mayor provenía de una familia pobre y numerosa. De algún modo había logrado salir adelante, educarse y construir una vida en la Ciudad Luz junto a un marido francés. Comenzó a escribir a una edad avanzada; en realidad, como persona introvertida, había llevado un diario durante toda su vida y escrito acerca de su intensísimo mundo interior.

Deseaba fervientemente ser poeta. Escribía poesía, pero no tuvo una buena acogida. Además, era muy atractiva y llamaba la atención dondequiera que apareciese. Sin embargo, nadie mostró un interés serio por sus creaciones.

Al adquirir experiencia y confianza en sí misma, se volcó a la prosa, y su sensibilidad lírica dio frutos. Sus novelas, colmadas de pasajes líricos y reflexivos, por fin le proporcionaron aquella alegría tardía, auténtica y tan anhelada, además de cierto renombre.

La más joven también había atravesado duros combates en la vida, pero había alcanzado un gran reconocimiento social. Era celebrada y respetada. Sin embargo, en el fondo era una persona muy sencilla, llena de amor y empatía. Sabía que los seres humanos se comunican en el plano de los sentimientos y así salía a su encuentro. Llena de dulzura, llevaba ese amor en el rostro, en los ojos, aunque la vida le había advertido seriamente muchas veces que muchos no merecían su confianza ni su franqueza, ni que invirtiera tanto en ellos. Pero a ella no le importaba.

Observó que las personas que se cruzaban con ellas le sonreían: hombres, mujeres y niños. Aquello la sorprendió mucho en ese mundo occidental del que se decía que era frío. En el metro había ocurrido lo mismo. La gente sencillamente la miraba con simpatía.

Salieron del metro y se acercaron a una calle bulliciosa, colmada de un abigarrado tumulto.

La mayor hablaba de los grandes artistas franceses que habían pintado allí y disfrutado de la exuberancia de la vida. Un hombre joven venía hacia ellas y, de pronto, fijó la mirada en los ojos de la más joven. Ellas siguieron de largo, pero luego oyeron pasos apresurados a sus espaldas. Él corría tras ellas y repetía:

—¿Quién es ella? ¿Quién es ella?

Tenía una mano apoyada sobre el corazón, que le latía con rapidez.

Las alcanzó y se arrodilló ante ella.

—Por favor, dígame quién es usted. La conozco de algún lugar. ¡El corazón se me quiere salir del pecho! Por alguna razón, me ha conmovido profundamente.

La escena era bastante melodramática, como en las telenovelas actuales.

Ella sonrió y, sin comprender lo que él decía, le indicó que se pusiera de pie.

La dama mayor reaccionó con rapidez y dijo:

—Tiene el honor de conocer a una poeta extranjera muy importante y famosa en todo el mundo.

El hombre tomó en silencio la mano de la poeta y se la llevó al corazón, que latía con fuerza.

A todos los que contemplan la vida de manera racional, aquella escena les habría resultado lacrimógena y ridícula. Sin embargo, ella siempre concedía importancia a lo que sentimos al encontrarnos con los demás, y a menudo esa sensación la informaba de manera infalible. A veces la desoía y más tarde se lo reprochaba seriamente, porque la experiencia posterior confirmaba el indiscutible valor diagnóstico de la primera impresión.

También ella lo miró fijamente a los ojos durante un instante y preguntó:

—¿Y usted quién es?

—Por desgracia, todavía soy un poeta libanés desconocido y sin reconocimiento. Trabajo aquí para reunir el dinero necesario para imprimir mi primer libro...

Después, el capuchino les sentó de maravilla en el soleado Montmartre.

Las conversaciones acerca de vidas pasadas y de la transmigración de las almas conferían a aquel París eterno esa dosis de misticismo que escapa a los ojos de los transeúntes apresurados y que los artistas llevan consigo unas veces como una maldición y otras como un don de la vida.

Apenas unos meses más tarde, la poeta recibió la noticia de que había obtenido el primer premio de creatividad en un concurso celebrado en el Líbano. Aquel capuchino había sido, en verdad, inolvidable. 

Milica Jeftimijević Lilić nació el 28 de agosto de 1953 en Lovac, cerca de Banjska, en la región de Kosovo y Metohija. Se graduó en 1977 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Pristina, en el Departamento de Lengua y Literatura Yugoslava. Posteriormente, en 1995, obtuvo su maestría en Ciencias Filológicas en la Universidad de Belgrado bajo la mentoría del profesor Slobodan Ž. Marković. Milica ha tenido una activa carrera tanto en la docencia como en los medios de comunicación y la gestión cultural. Pero además es una autora prolífica que abarca la poesía, la prosa, la crítica literaria y la literatura infantil. Sus poemas y críticas han sido traducidos a más de treinta idiomas (incluyendo italiano, francés, inglés, ruso y árabe). Entre sus libros más destacados se encuentran: Siže slučaja (2002), Oči u oči sa sudbinom (2015) y Skriveno u sjaju očiju (2019).

 

SOILE GRIM