jueves, 15 de octubre de 2026

BEL’AIR

Franzeska Gőrtz Ewart

 

Mi madre está sentada frente a mí, diminuta en el gran sillón, con la espalda tan encorvada que la nariz casi le toca la mesa que los Ángeles han acercado para su taza de té de la mañana. Sentada en el borde de su cama de alta tecnología, trato de no afligirme al ver cuánto se ha deteriorado.

Porque, Dios mío, vaya si se ha deteriorado. Esa columna en forma de ce, que solía llamar orgullosamente su «joroba de viuda», se ha curvado de manera alarmante, y tiene la caja torácica tan comprimida que es un milagro que todavía pueda respirar. Quizá por eso casi nunca habla. Quizá no sea solo la demencia.

Lo peor, sin embargo, es lo alterada que está hoy. Y asustada, como si mi llegada representara alguna amenaza; me pregunto si teme que la traslade a otro sitio. Nunca me ha perdonado que la arrancara de su casa, así que supongo que, en esa mente suya donde todo está patas arriba, soy capaz de cualquier cosa.

Me duele que no confíe en mí, pero sobre todo estoy muy, muy alarmada, porque esto, este miedo, es terrible. Tiembla de pies a cabeza, las manos no dejan de moverse, los dedos se retuercen con angustia y hay pánico en esos ojos azules con sus diminutas lunas opalescentes.

Lo que de verdad quiero es dar media vuelta y regresar a casa, pero la conciencia no me lo permitiría, así que durante un rato me muevo nerviosamente de aquí para allá, murmurando frases hechas, tratando de aliviar la tensión. Sé, por supuesto, que debería limitarme a darle un pequeño abrazo o una palmadita en el brazo, pero no puedo.

Nunca pude, al menos de adulta, y de niña no recuerdo abrazos ni caricias, así que quizá sea por eso. Sea cual sea la razón, lo único que sé es que nada –y cuando digo nada, es nada– me induciría a tocar a mi madre. La sola idea me aterra.

Porque, si lo hiciera, ella también podría tocarme, quizá incluso sujetarme, y estoy convencida de que, si lo hiciera, me vería arrastrada al abismo de su oscuridad y desaparecería para siempre. Sé que es infantil, irracional y melodramático, pero, tal como lo veo, llevo más de sesenta años evitándolo y ni por todos los demonios voy a dejar de hacerlo ahora.

Por eso decido mostrarle la vieja fotografía. Acabo de encontrarla en el cajón de su mesa de noche, mientras buscaba algo dulce, porque el largo viaje en auto me había dejado mareada y habría matado por una barra de Mars, un Bounty o unas pasas cubiertas de chocolate.

Este mareo no es nuevo. Me ocurre cada vez que abro la puerta de mi madre y aspiro ese espantoso olor a orina rancia y a algo intensamente cítrico, que hoy es tan fuerte que también me provoca náuseas.

—Mira, mamá —digo, deslizando con cuidado la fotografía en el espacio que queda entre sus manos y el mentón—. Es Suiza, ¿verdad? ¿Esa casa grande de Davos donde vivías?

Ahora intento persuadirla, desesperada por obtener alguna reacción.

—¿Y ves lo que dice en la fachada? «Bel’Air». ¿No la llamabas Villa Bel’Air? –Cada vez más entusiasmada con el tema, señalo con excesiva vehemencia la montaña del fondo–. Y esa debe de ser el Schatzalp, donde ibas a esquiar.

Mi madre no responde, así que me aparto un poco y me meto disimuladamente tres Maltesers en la boca, los aprieto contra el paladar y cierro los ojos. El chocolate malteado llena hasta el último rincón con una dulzura que me adormece la mente.

¡Qué delicia! ¡Qué éxtasis!

Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo que las lágrimas corren por las mejillas de mi madre en dos regueros incesantes.

La culpa me consume. ¿De verdad creí que ver la querida casa de su infancia, a la que no tiene la menor posibilidad de regresar, alegraría a mi pobre mamá? Retiro la foto, pero, antes de devolverla al cajón, la examino con más atención.

Por las letras y la arquitectura, calculo que debe de ser de principios del siglo XX, y, para el tiempo que tiene, es extraordinariamente nítida. Vuelvo a mirar a mamá para ver cómo está y me alivia comprobar que ha dejado de llorar. Sin embargo, tiene la cabeza muy inclinada y contempla el espacio donde estaba la foto: es la viva imagen de la desdicha.

Me siento fatal. De verdad pensé que mostrarle la foto era algo bueno. Estoy segura de haber oído que utilizan fotografías antiguas para ayudar a las personas con demencia, así que supuse que los recuerdos del aire puro de los Alpes, los cielos de un azul intenso y el aroma de las gencianas le ofrecerían un respiro agradable de ese miserable retazo de césped que ve por la ventana y del olor a orina y cítricos que respira. No es culpa mía que todo haya salido tan mal.

Oigo un tintineo lejano, lo que significa que el Ángel del Té y las Galletas está en camino, así que guardo la foto a buen recaudo en la mochila y vuelvo a mirar a mamá para asegurarme de que esté más o menos tranquila. Me sobresalta comprobar que no lo está en absoluto. Tiene el rostro de un rosado poco natural y mueve la boca de un lado a otro, como si algo se le hubiera quedado atascado debajo de la dentadura postiza.

Me digo que no debo asustarme, me deslizo de la cama, me inclino y susurro:

—Tranquila, mamá, estás bien.

Se supone que eso debería tranquilizarla, pero está claro que no funciona, porque ahora emite sonidos guturales, como si se estuviera ahogando o tratara de hablar.

Tengo las palmas pegajosas de un sudor con olor a chocolate. Lo último que quiero es que los Ángeles sepan que he alterado a mi madre, pero no puedo negar que lo he hecho.

Los sonidos guturales continúan y poco a poco se convierten en una palabra. Suena como sour, «agrio» en inglés, con una especie de «sh» al final, y la repite una y otra vez. También intenta mirarme, girando el cuello con esfuerzo, desesperada por encontrar mis ojos, como si eso de sour fuera importantísimo.

—¿Qué ocurre, mamá? —pregunto, tan cerca de su oído que puedo oler el agua de colonia que algún alma bondadosa le ha aplicado allí—. ¿Sentiste algún olor agrio en la habitación? ¿Se derramó leche?

No estoy preparada para la ferocidad de su respuesta.

—¡Nein! —dice con absoluta claridad—. ¡Nein! —repite, y esta vez parece más un gruñido. Un gruñido en alemán.

Durante todo este tiempo, el tintineo del carrito del té se ha ido acercando, y ahora advierto que se ha detenido frente a la puerta. Ruego que el Ángel del Té de hoy sea Bisi –diminutivo de Olabisi, que significa «la alegría se multiplica»–, corro a abrir y, sí, es ella. La dulce y bondadosa Bisi, con esa sonrisa que siempre parece reservada especialmente para mí.

Quizá Dios exista…

Salgo, dejo la puerta entornada detrás de mí e invento para Bisi una historia sobre una mala noticia que he tenido que darle a mamá. Mientras recibo la taza y el plato de galletas rellenas de crema de vainilla que me entrega, me oigo decir:

—La verdad es que está más alterada de lo que esperaba. Quizá me quede a pasar la noche. ¿Está libre la habitación de huéspedes?

Bisi me aprieta el brazo y saca el teléfono. Después de dar varios toques certeros con una uña roja inconcebiblemente larga, sonríe de oreja a oreja.

—Está libre —dice—, y ahora es tuya. —Antes de alejarse con el carrito, añade—: Qué buena hija eres, tan atenta con tu madre.

Y vuelve a apretarme el brazo.

Me invade esa calidez de quien se sabe virtuosa y, mientras dejo el té y las galletas sobre la mesa de mamá, me consuelo pensando que, en realidad, Bisi tiene razón. Soy una buena hija, una hija atenta.

Lo soy.

Mamá ya no tiene palabras, pero, mientras compruebo la temperatura del té y le acerco la taza a los labios, repaso su dramático arrebato.

Había dicho sour, una y otra vez, que en alemán suena igual, sauer, y, como en inglés, significa «ácido». Sin embargo, en ambos idiomas también puede significar «enojado», así que quizá quisiera decir que estaba enojada conmigo, lo cual tendría mucho sentido.

Yo también estoy bastante enojada, así que, después de sumergir con cuidado una galleta en el té y llevarla –a la velocidad del rayo– a la boca abierta de mamá, le digo que me quedaré a pasar la noche y que volveré a verla más tarde. Como no hay la menor reacción, me retiro sin entusiasmo.

Ya casi es hora de almorzar y los Maltesers son un recuerdo lejano, así que voy a la cafetería, compro dos sándwiches de queso, un café y tres KitKats y, por fin sola en mi agradable habitación blanca, me lo devoro todo. Llamo a casa para decirle a mi marido que no volveré hasta mañana; después saco la foto de la mochila y la someto a un examen minucioso.

A la sombra del imponente Schatzalp está la Villa Bel’Air, la casa familiar en la que el padre de mamá –a quien yo llamaba Papa– también tenía su farmacia. Hay dos grandes balcones, uno en cada piso, y en el de abajo están inscritas las palabras «Apotheke» y «Chemist», en enormes mayúsculas que, por algún motivo, imagino doradas.

Entre las palabras doradas hay una cruz, flanqueada por dos serpientes con la cabeza metida en sendos crisoles. En mi imaginación, también las serpientes y los crisoles son de oro.

El sol entra con fuerza por la ventana de la habitación y, sin dejar de mirar las serpientes doradas, entrecierro los ojos. Ahora las veo desenfocadas, ondulando suavemente arriba y abajo mientras beben de sus recipientes de oro y, hipnotizada, siento que mis pensamientos se alejan a la deriva.

¿Qué habrá en los crisoles?, me pregunto, somnolienta. ¿Opio? ¿O el oro de los filósofos? ¿El elixir de la juventud?

Mis ojos regresan con pesadez al primer balcón y allí, justo encima de la serpiente de la derecha, está Papa. Lleva un traje negro, y el bigote, que recuerdo blanco y erizado como un cepillo de dientes, también es negro y de una espesura exuberante.

Mientras el sueño me envuelve, veo que tiene una criatura en brazos. Una bebé.

Mi madre.

Cuando despierto, el sol está bajo, las sombras son largas y la fotografía de la Villa Bel’Air está en el suelo. Aunque el estómago me reclama una cena de pescado, no cedo. En cambio, abro el teléfono, selecciono el modo de IA y escribo: «Villa Bel’Air, Davos, década de 1920, Thomas Hannay, farmacéutico».

Más rápido, sin duda, que la velocidad del sonido, recibo tanta información que me abruma; pero, aunque resulta fascinante recordar que Papa era pintor, poeta y un talentoso lingüista, ahora estoy buscando otra cosa.

Recuerdo la angustia de mamá al mirar la fotografía y la palabra –la palabra alemana– que tanto se esforzaba por decir.

Sauer. Seguida de un sonido «sh»…

Desde un pasado remoto me llega una palabra que mi madre me enseñó.

Sauerstoff.

«Oxígeno».

La IA me invita a «Preguntar cualquier cosa», así que escribo «oxígeno» y me informa que, a principios del siglo XX, Davos era el epicentro mundial del tratamiento de enfermedades respiratorias, en particular de la tuberculosis. Farmacéuticos como Hannay se encargaban de suministrar oxígeno en cilindros a presión.

El corazón me late tan rápido que me preocupa, así que guardo el teléfono en el bolsillo, voy a toda prisa al supermercado Waitrose del barrio, compro cuatro latas de gin-tonic y me obligo a regresar despacio.

Con las latas en la mochila y el sol de la tarde sobre los hombros, estoy más tranquila. Mientras camino, pienso en lo fácil que es la vida ahora que mamá está al cuidado de los Ángeles; pero, cuando abro la puerta de la residencia, me asalta un pensamiento incómodo.

Me he acomodado. Poco a poco, con los años, he ido espaciando las visitas y –peor aún–, cuando vengo, no se me ocurre nada que decir para hacer más agradable el rato a las dos. Una vez cumplidas las formalidades iniciales, lo único que hago es sentarme y preguntarme cuándo podré irme sin quedar mal.

Pero lo de hoy ha sido una llamada de atención. Ese rubor anormal, esa respiración entrecortada, me recordaron lo cerca que podría estar el final de mamá. El poco tiempo que me queda para mejorar esa pequeña vida suya, tan pobre.

De vuelta en la habitación, abro una de las latas de un tirón, doy un buen trago de ginebra y, de pronto –¡bingo!–, se me ocurre toda una serie de cosas maravillosas que podría conseguirle a mamá para mejorarle la vida.

Grandes macetas frente a su ventana, con flores perfumadas. Un comedero para pájaros. Una radio. Almohadones de colores vivos. Y –lo más importante– apretarle el brazo de vez en cuando, darle alguna suave palmadita en la cabeza. Seguro que puedo hacerlo.

Seguro. Que puedo.

Durante un rato floto, dichosa, en mi mar de buenas intenciones. Entonces suena el teléfono: es Bisi, que me pide que vaya de inmediato a la habitación de mamá. Aunque su voz es muy serena, percibo una nota de preocupación. Completamente despabilada, corro por el pasillo, con las alarmas machacándome el cerebro.

La puerta está entreabierta y personas de semblante grave entran y salen a toda prisa, llevando aparatos inquietantes. Pegada a la pared del pasillo, distingo tubos e indicadores que oscilan, oigo el suave zumbido del suministro de oxígeno y, por encima de todo, un pitido insistente que parece anunciar algo importante.

Estoy convencida de que mamá está a punto de morir y las piernas se me vuelven de agua cuando recuerdo aquella disparatada lista de cosas para mejorarle la vida que hice hace menos de una hora. Quiero gritar ante la angustia inútil de todo aquello.

Entonces recuerdo la urgencia con que había dicho aquella palabra, Sauerstoff, y las piernas terminan por ceder. Con la cabeza entre las rodillas, desesperada por no desmayarme, pienso: «Nunca voy a saber por qué la dijo». Y después, mientras siento que pierdo el conocimiento: «Al final, nunca, nunca voy a tocarla…».

Lo siguiente que recuerdo es que estoy en mi cama y un Ángel –no Bisi, pero igual de bondadoso– me refresca la cara con un paño frío y me dice que estoy bien.

No me siento bien en absoluto.

—¿Cómo está mamá? —pregunto.

Para mi alivio, el Ángel sonríe y, aunque con cautela, me dice que ahora está estable y duerme. Después me entrega un vaso de agua, me asegura que puedo contar con ella si la necesito y se aleja flotando.

Digo «flotando» porque, desde que recobré el conocimiento, me siento extrañamente irreal e ingrávida, como si me observara desde arriba. En un intento de volver a afianzarme en la realidad, me bajo con cuidado de la cama, recojo la fotografía de la Villa Bel’Air y examino la serpiente dorada que está justo debajo de los pies de mi madre bebé.

Es entonces cuando, en vez de volverse más reales, las cosas toman un giro decididamente sobrenatural.

Ahora bien, en este punto debo asegurarles que no soy una persona fantasiosa. No me interesan la religión, el espiritismo ni la magia, y, en lo que respecta a la alquimia, no tengo paciencia para la visión de las cosas a lo Harry Potter. A mi juicio, los alquimistas no eran más hechiceros que yo, sino químicos honrados y laboriosos que buscaban la verdad sobre las propiedades de la materia.

Así que, cuando digo que la serpiente que estaba debajo de los pies de mi madre levantó lentamente la cabeza del crisol y, con un movimiento casi coqueto de la cola, se volvió hacia mí, tendrán que sacar sus propias conclusiones.

Quizá aún no estuviera del todo despierta. Quizá la tensión de aquel día me hubiera trastornado. Quizá –probablemente– hubiera bebido demasiada ginebra. Fuera lo que fuese, la extraordinaria visión no termina ahí. Lo mejor, como suele decirse, está por venir.

Porque, ante mis ojos atónitos, la serpiente se muerde la cola y forma un círculo perfecto. Mientras contemplo cómo su final se convierte en su principio y su principio en su final, es como si el Tiempo mismo dejara de existir.

Entonces oigo con absoluta claridad la voz de mi madre: una voz mucho más joven, aunque, por desgracia, no menos agobiada. En el resplandor dorado de la serpiente, convertida ahora en un uróboros, símbolo de la eternidad, escucho la historia que ya estaba enterrada en lo más profundo de mi memoria; todo encaja y comprendo.

Cuando el resplandor se desvanece y la serpiente vuelve a su lugar, encima del letrero de «Apotheke», me siento maravillosamente tranquila, como ocurre cuando por fin se resuelve un enigma. Sin embargo, persiste una corriente soterrada de horror que, por el momento, aparto; y, mientras todo sigue fresco en mi memoria, abro Google.

«A principios del siglo XX –escribo–, el joven aprendiz de Thomas Hannay, farmacéutico de la Villa Bel’Air, en Davos, Suiza, murió al explotar el cilindro del que intentaba suministrar oxígeno. ¿Fecha?».

La IA tarda más de lo habitual en informarme de que la explosión mortal que casi destruyó la Villa Bel’Air ocurrió el miércoles 23 de noviembre de 1921, y que su estruendo resonó por todo el valle del Landwasser; pero, a estas alturas, ya no me interesan los datos ni las cifras.

Solo puedo pensar que, cuando mamá tenía apenas ocho años, su vida idílica quedó hecha pedazos y nunca pudo recomponerse. Durante un rato, incapaz de moverme, trato de imaginar el espantoso estruendo que retumbó por el Schatzalp, los gritos mientras la Villa Bel’Air se desgarraba, y la consternación, la desolación y –al menos entre los adultos– los reproches mutuos que debieron de venir después.

No es extraño que mi madre se convirtiera en una adulta que se sobresaltaba con el menor ruido y no confiaba en nadie. No es extraño que ni siquiera pudiera tocar a su propia hija.

Arranco la anilla de otra lata y me echo el contenido por la garganta.

A la mañana siguiente, cuando voy a ver cómo está mamá, me sorprende gratamente encontrarla en su sillón, envuelta en una manta. Y no está sola.

Sentada en la cama, con las piernas cruzadas, hay una chica de unos quince años, con una explosión de rizos negros surcados por mechones verdes, varios piercings y unas gafas grandes que la hacen parecer una lechuza muy bonita.

Me saluda con un gracioso movimiento de la mano.

—¡Hola! Soy Raine —dice, con una voz dulce como una canción—. Vengo todos los jueves a leerle a tu mamá para mi acreditación de Participación Comunitaria de la SQA.

Levanta un viejo libro de bolsillo que reconozco como el ejemplar de mamá de La montaña mágica, de Thomas Mann. En la cubierta hay una pintura de Davos, con el Schatzalp al fondo.

—Lo encontramos allá arriba, en el estante —explica Raine—, y pensamos que le gustaría por la montaña, la nieve y todo eso…

Miro a mamá con cautela.

—¿Y le gustó? —pregunto, y veo que intercambian una sonrisita cómplice.

—No mucho —admite Raine—. Es decir, en realidad no pasa nada. Solo hay unos enfermos que se toman la temperatura todo el tiempo. —Se anima—. Traje uno de los míos para probar.

Saca otro libro de su bolso. El título está escrito con letras góticas y la cubierta es predominantemente negra, con algunas manchas carmesíes.

—Es uno de Crónicas vampíricas —me dice Raine, con una amplia sonrisa—, y de verdad, es increíble. Y, si le gusta, tengo muchos más…

Hago una pausa antes de preguntar:

—¿Había una fotografía dentro de La montaña mágica?

Se hace el silencio. Raine se muerde el labio y después asiente.

—Se la mostré porque pensé que le gustaría, por ser suiza y todo eso, pero se puso muy mal —dice—. Lo siento muchísimo.

Por un momento parece tan desolada que creo que va a llorar.

Me acerco, recojo La montaña mágica y lo meto en la mochila.

—Te aseguro que ya lo ha olvidado —le digo a Raine—. Y te agradezco muchísimo que hagas esto. A mamá le van a encantar esos vampiros.

Abro el cajón de las golosinas, saco un montón de barras de chocolate, caramelos de goma y Smarties y se lo dejo todo en el regazo.

—Todos le traen dulces —explico—, y a ella no le gustan demasiado.

Me dirijo a la puerta, pero, antes de irme, me coloco detrás del sillón de mamá. Me inclino, le rodeo el cuello con ambos brazos y le doy el abrazo más cálido de que soy capaz.

—Cuídate, mamá —le digo—. Vendré a verte la semana que viene. ¿De acuerdo?

Cae una lluvia fina mientras camino hacia el auto y ha salido el sol, que hace brillar el asfalto como el oro. Quizá más tarde haya un arcoíris…

Franzeska Ewart nació en Stranraer y reside en Kilbirnie, Escocia. Ha escrito libros para niños durante más de veinte años, principalmente para el grupo de edad de 8 a 10 años, y varias de sus obras fueron seleccionados como «Libro de la semana» por *The Guardian*. En 2022 recibió el premio Scottish Children's Book Award. Su adaptación de *La tempestad* de Shakespeare sigue siendo publicada por Bloomsbury. Durante los últimos diez años se ha dedicado principalmente a la autopublicación de ficción para adultos y también escribe letras de canciones y poesía.

 

PAPAS FRITAS

Elsbeth Boom

 

Un dolor que se contrae, flechas en el interior de mi cráneo. Me cuesta respirar. A trompicones, con piedras de molino atadas alrededor de las costillas que me impiden hacerlo. La gravedad presiona con saña sus pulgares contra mi caja torácica y mis axilas. La fiebre planea como un buitre sobre mi cabeza.

Mi mundo sigue siendo tembloroso, pequeño, emotivo, asustadizo, extraño y ajeno, y me vuelve extraña y ajena.

Soy una artista del absurdo que pinta cuadros, inundada por recuerdos sueltos, sonidos e imágenes. La fiebre es inspiración y camisa de fuerza.

Zambullidas en el agua de mi infancia alternadas con un desayuno en el hotel Wilhelmina con un novio. En mi cabeza son como tres segundos, sin que importe su verdadera ubicación en la línea temporal de mi vida, separados por años llenos de vida. Ningún control sobre mi cabeza, ningún wifi.

Las imágenes fuera de mi cabeza son mi televisión.

El batir de las alas de los cuervos que pasan me hace pensar en «él».

Todos esos hombres distintos reunidos en un rompecabezas inconexo. Un rompecabezas de cien mil piezas, con todas las piezas de los bordes idénticas.

La tapa de la caja no aclara nada. Ninguna visión de conjunto, ninguna imagen completa que sirva de modelo. Cada pieza es una historia completa. Y forma parte de.

Mi cuerpo se desintegra por el dolor y la emoción, por la incomprensión y la experiencia de vivir.

Mi pierna izquierda holgazanea, se alarga cada vez más, abarca el universo entero.

Cuando miro, la veo clavada en el colchón, sosteniendo mi cuaderno.

Mi sostén y mi refugio. Diez minutos después, mi pierna sigue sin saber cómo salir de la cama.

 

S se ha ido en bicicleta. Eso parece. Lo llamé a gritos y no obtuve respuesta. El televisor seguía encendido en la sala, pero no daba señales de comprender mi búsqueda. Ningún apoyo en mi solitario viaje de regreso a la cama.

 

Mis manos están agrietadas de tanto caer y levantarme. Fuertes, pero dañadas. Manos tiernas, que saben acariciar, consolar.

Al buscar su cuerpo, los otros cuerpos se me han vuelto extraños.

¿Cómo he llegado a aferrarme tanto a una sola persona?

Los hombros de S, mucho más anchos que los de P, siguen siendo hombros de niño.

Hombros que necesitan apoyo, que lo merecen. Sostenidos en su camino hacia la fuerza y la felicidad.

Cuando me apoyo en los hombros de S, oigo su corazón. El corazón de una persona joven, que crece.

 

Y a lo lejos, el corazón de P también late, suavemente, al ritmo del de S.

S no oye nada, escucha metal por los auriculares.

Yo sí. A través de la fiebre oigo un corazón que se detuvo. Un corazón que, lentamente, pero con una rapidez dolorosa, se deslizó hacia un baño de calma.

Se fue en un instante. Nada lo detuvo. Murió con una entrega absoluta.

No pude seguirle el paso, ya no pude seguirlo. Nuestro viaje dejó de ser compartido.

El fin definitivo de toda esperanza.

Nuestro amor sigue avanzando a trompicones un trecho más, todavía no está listo para el punto final.

 

El papel me succiona la vida.

Filtra el dolor y la tormenta, y cuando levanto la vista, el sol ha salido de su escondite.

Como un animal asustado, esperando amor.

Qué valentía: abrirse a otra persona.

Esa entrega fue el mayor regalo que te hice. Vivir es un arte, morir, una obra maestra.

 

S ha vuelto a casa.

Necesito orinar y tengo ganas de comer papas fritas.

Elsbeth Boom es una profesional neerlandesa conocida principalmente por su trayectoria como directora de arte en producciones audiovisuales y televisión, destacando en proyectos como el programa Waku Waku (1988) y la película Dol (2009). Más allá de su trabajo en el diseño y la dirección artística, se desempeña en el ámbito literario y creativo como escritora y poeta. Publica regularmente textos, reflexiones y piezas poéticas en plataformas digitales y revistas especializadas como OOTW-magazine, además de compartir su obra a través de redes creativas.

 

 

 

HAY QUE CREER

Rosa Lía Cuello

 

“El cuento es muy sencillo
hasta que llega el sueño
y lo descalifica…”
Mario Benedetti

 

El hombre, ni alto ni bajo, estaba sin ganas de cantar. Le dolía un poco la cabeza y el pecho. Sentía que el corazón le temblaba en la garganta, como le decía un amigo. Se miró al espejo y se insultó. De pronto su imagen se desdibujo, una mano desde el otro lado lo tomó fuerte y lo hizo acceder a otro paisaje.

Estaba parado en la vieja estación de tren. A lo lejos, el humo de una locomotora se anunciaba. La gente iba y venía. Una mujer, con un bolso de piel marrón, parecía la estatua de la espera, sentada en aquel banco descascarado. El tren paró. No descendió ningún pasajero. Ella levantó su vista y bajó rápido la cabeza. Le pareció ver brillar una lágrima en su cara.

Se dio cuenta que iba de la mano de una niña.

—¿Quién eres? —dijo

La niña sonrió y contestó:

—La niña de puerta oscura, la rosa del mes de abril.

Él la miro sorprendido. La mujer se puso a caminar junto a ellos.

¿Y …?

—Soy Penélope —aseguró la mujer.

—No, eres un fantasma.

Ella aclaró:

—Los fantasmas no usan zapatos de tacón, ni vestido de domingo.

Empezó a creer que entonces lo que le había sido concedido…

—No —comentó—, algo está pasando, no lo puedo entender.

—Hay que creer —susurró la niña.

—Hay que creer —gimoteo la mujer.

Doblaron a la izquierda. Allí estaba el mar que él tanto amaba. Su mediterráneo. No pudo dejar de canturrear: “Quizás porque mi niñez/ sigue jugando en las playas/ y escondido tras las cañas/ duerme mi primer amor…”

De repente corrían por la costa, el sol brillaba en sus figuras, sus risas eran el eco de la tarde que no se resignaba a morir, su voz un arrullo conocido que inundaba los granos de arena cuándo le decía: “La mujer que yo quiero no necesita bañarse cada noche en agua bendita…”

 Pensó que estaba soñando y todo desapareció. La arena se convirtió en un prado verde. Y ahora eran Penélope y la niña que le cantaban: “Tu nombre me sabe a hierba de la que crece en el valle…” Se estremeció.

Pegó la vuelta y se hallaba en una cancha de fútbol repleta de personas.

—Cuarenta mil almas —escuchó que alguien le decía, y reconoció a Edmundo Rivero que le mostraba la partitura de la milonga lunfarda a Buenos Aires.

Se restregó los ojos y la niña exclamó:

—Hay que creer.

—¡No puedo! —gritó él—. ¡No puedo!

—Hay que creer, no entender —Le dijo con sorna un hombre de bastón blanco que avanzaba acompañado por un minotauro y un tal Funes.

Corrió. Hacia ninguna parte. De pronto se descubrió volando cadencioso sobre el mediterráneo y recordó haber dicho:

“Si alguna vez fui ave de paso /lo olvidé para anidar en tus brazos…”

Entonces despertó abrazado por la estatua de la libertad que le sonreía con ternura y le decía:

—Canta, vive, perdura.

Buscó a la niña y a Penélope, pero ya no estaban. Vio el espejo y del otro lado su camarín y la parca que lo llamaba. Cerró los ojos. Se observó sentado en un bote, en el medio del mar, y modulaba:

“Ay, si un día para mi mal/ viene a buscarme la parca/ empujad al mar mi barca/ con su levante otoñal / dejad que el temporal desguace sus alas blancas…”

Estoy soñando, este día no existe, pensó.

 En ese momento vio a Federico y a Doña Rosita, la soltera, que le decían a coro:

—Esta jornada existe, pero no debe dejar rastros en tu realidad. “Hoy puede ser un gran día”. Vamos, sal y canta.

Un golpe lo sobresaltó.

—Un minuto para salir a escena —le avisaron—. Ya están los músicos en las tablas.

Le seguía doliendo el pecho camino al escenario Al salir, la gente lo ovacionó.

—Cuarenta mil almas te están esperando —volvió a decirle Rivero, pero esta vez la voz venía de arriba.

Sus fans empezaron a cantar mientras el caía agarrándose el brazo. Sintió que se iba por un largo túnel y entre el ulular de las sirenas y los gritos de su representante oía a la gente corear:

“Hoy puede ser un gran día/ donde todo está por descubrir / Si lo empleas como el último/que te toca vivir…”

Le tocaron el hombro. Era su representante. Lo miró extrañado.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En el camarín, te dormiste. ¿Se te fueron las ganas de no cantar?

—Creo. Sí, creo que nunca más me va a volver a pasar —contestó.

Salió al pasillo. Desde allí podía escuchar a la gente entonar:

“Hoy puede ser un gran día / plantéatelo así…

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

 

miércoles, 14 de octubre de 2026

NOVENO PISO E

Susana Arroyo

 

Estoy recostada en el coqueto dormitorio: dos somieres de una plaza, mesa de luz, placar con amplio espejo trabajado en los bordes con diminutas figuras abstractas, televisor enorme en la pared opuesta, amplio ventanal al lado izquierdo de la cama, orientado hacia el bulevar.

Debajo de los espesos árboles, se esconden personas, mascotas llevadas por sus dueños, bancos, canteros con flores… Lo sé porque he recorrido algunas veces este territorio rebosante de verde, vida, risas, sueños, tristezas anónimas…

No he encendido la tele. No siquiera para distraerme. El dolor es insoportable. Como irritante es el ruido que viene del exterior. Es un noveno piso de un flamante edificio de un barrio céntrico de una ciudad superpoblada. No estoy acostumbrada a semejante bullicio. Mi casa, mi verdadero hogar, se encuentra en un pueblo pequeño, lejano, donde la paz y la serenidad son la constante.

Abro la ventana y observo el trajinar de la gente, el tronar de los autos, las insistentes bocinas, el movimiento de los árboles que danzan al viento. Es un aire denso, caliente, de un verano prematuro, que me exaspera aún más.

Mis manos se acercan al control remoto, dudan y se alejan. Acarician el libro de cuentos, que me ayuda un poco a disipar el terrible malestar.

Escucho el pitido del celular, anunciando la llegada de otro mensaje. Ya son muchos, demasiados para mi escasa paciencia y desagrado. Todos preguntan lo mismo: ¿cómo salió todo?, ¿cómo estás?, ¿qué haces? No sé qué responder. No puedo.

Quisiera hacer desaparecer este presente. Me repito que falta poco, que lo voy a superar, que todo pasa, aun lo malo. Lo aprendí hace poco. Y es cierto. Pero es difícil autoconvencerme cuando el sufrimiento no cede.

Me cuesta estar acostada, también sentada. Me incorporo. Intento caminar, descalza. El frío del piso me reconforta. Por primera vez advierto con detalle los ambientes, los muebles, los objetos que me rodean. Decoración moderna, elegante, funcional.

A través del pasillo, llego al living-comedor, donde reina un imponente sofá-cama; allí duerme él para no molestarme. Ahora está vacío. Me siento con cuidado, sin prisa, en el borde. Mis dedos se deslizan por la sedosa tela azul.  Me acuesto con esfuerzo.

Contemplo la mesa amplia, las sillas, la vitrina con vajilla que parece de buena calidad, el segundo televisor con sonido tenue. Reparo en la imponente ventana y su nívea cortina de raso. Tras de esta, un balcón importante que da hacia la ruidosa avenida; una mesa redonda y pequeña, y dos sillas, ideales para la merienda o el desayuno de una pareja en luna de miel. Lástima que no seamos dos recién casados. Todo lo contrario. Más de treinta años viviendo juntos y tal vez sin conocernos del todo.

Me levanto con dificultad. Ingreso en la cocina; huele rico, a limpio. Sonrío: todos los electrodomésticos necesarios, en perfecto orden.

Vuelvo al pasillo, que comunica todos los espacios. Penetro en el baño, amplio, cómodo, de diseño atractivo.

En otras circunstancias, estaría radiante: un verdadero lujo para mis posibilidades. Me siento en el lugar ideal en el momento equivocado.

Este tiempo es crítico. Estimo que las horas se estancaron, que estoy atrapada en un laberinto sin salida.

Pero no me encuentro sola. Él me acompaña, me cuida, me sostiene; tolera con paciencia los enojos, el malhumor.

Alquilé este departamento amueblado para estar lo más tranquila posible, para no molestar a otros, para gritar sin vergüenza la angustia incontenible.

Me han sometido a una operación quirúrgica impostergable, compleja, dolorosa. Él, siempre ahí, dispuesto.

Así, se arrastran los días interminables. El dolor va cediendo, pausado. La esperanza se acerca, tímida.

En la espera tediosa logro detenerme en cada detalle del nuevo hogar; pasajero, pero por ahora mío. Ya disfruto de breves momentos en la soledad del balcón, testigo mudo de tantas vidas ajenas que se entrecruzan en las calles y veredas con dolores quizá mayores a los míos.

Entonces, trato de imaginar el futuro, pleno de buenas noticias, de risas amigas, de placeres pequeños. Fabrico una sonrisa en el alma, me asomo de nuevo al balcón con otra mirada, hablo a los pájaros que revolotean entre las hojas, saludo a las nubes que corren porque sí, me sumo con el pensamiento al ajetreo de la muchedumbre y experimento ser una persona más, que lucha por sobrevivir en cada respiro.

Llega el día en que se termina el contrato. Físicamente no me encuentro lista para viajar. Tampoco estoy todavía preparada de ánimo para abandonar este lugar, al cual ignoré y hasta rechacé al principio, encerrada en el malestar.  Sin embargo, en este momento crucial me cuesta despegarme de las paredes, los olores, los ecos; vestigios de un hito importante de mi existencia, un antes y un después.

Contemplo por última vez este sitio. Miro a mi pareja con otros ojos. Porque es otro. Lo sé. Como yo también soy otra. Pocos días bastaron para que cada uno nos descubriéramos internamente. Para valorarnos uno al otro. Para apreciar la vida.

Entro al ascensor; sensaciones contrarias me acosan: deseo irme cuanto antes y borrar estos días amargos; al mismo tiempo, no quiero dejar este lugar, ámbito de lucha con la congoja, ni despedirme de esta etapa de cambio profundo y de aprendizaje.

Me enfrento con la calle después de tantos días de encierro. El bullicio me descoloca. Es solo un instante. Con paso decidido encaro la distancia que me separa del ómnibus que me devolverá a mi origen. De la mano de él.

Elena Susana Arroyo es una escritora y docente jubilada oriunda de Villa Huidobro, Córdoba, Argentina. Graduada en la Universidad Nacional de Río Cuarto, cuenta con una destacada labor en la poesía y la narrativa breve, habiendo sido seleccionada e incluida en diversas antologías internacionales como la editada por Niña Pez. Entre sus textos se destacan poemas como "Aromas" y obras breves galardonadas en certámenes de la región. Además de su producción literaria, mantiene una activa participación cultural y comunitaria en su localidad. El cuento que presentamos obtuvo el Primer Premio Internacional en XII Edición del Concurso Literario Autobiográfico de Personas Mayores 2026 (SENAMA). Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Gobierno de Chile. Santiago (Chile).

 

 

EL RELEVO

Marc Bailly

Copia n.º 03 — Residencia Los Tilos.


Aquel día, el tiempo aceptó ceder el turno.

Regreso a Los Tilos tres días después. No porque me paguen por hacerlo. No porque me hayan llamado.

Porque ciertas palabras, una vez que han empezado a escribirse solas, ya no lo dejan a uno volver tranquilamente a ser una persona normal.

En el pueblo, el cielo está despejado, pero frío, como una sonrisa que todavía no nos hemos ganado. La niebla ha retrocedido, aunque no demasiado: aún se la siente en los setos, en las zanjas, en las respiraciones. Los tilos detrás de la residencia siguen sosteniendo sus ramas en el aire, esos viejos paraguas vueltos del revés. Pero hoy tengo la impresión de que esperan algo más que la lluvia.

Sandrine está en la recepción. Me ve y su rostro vacila entre la alegría de volver a verme y el cansancio de tener que sostener demasiadas vidas con una sola mano.

—Usted es perseverante —dice, entre una sonrisa y un suspiro.

—Sobre todo, intento evitar los finales mal acomodados.

Asiente. Aquí, los finales mal acomodados son un deporte de alto rendimiento.

—Élise está despierta. Creo que no por mucho tiempo. Hace un rato tuvo… un buen momento.

Me aferro a la palabra buen como a una barandilla.

—¿Con su hija?

—Sí. Y… la bebé.

Pronuncia «la bebé» con una dulzura cautelosa, como si incluso la esperanza pudiera ser frágil.

Subo. El tercer escalón cruje, fiel a su puesto, y casi me dan ganas de darle las gracias. Las cosas que se repiten son a veces la única prueba de que seguimos en el mismo lugar.

En el pasillo, la puerta de la habitación 12 está entreabierta. Oigo una voz baja. No es la de Élise. Una voz de mujer adulta, un poco quebrada por el esfuerzo que hace para no derrumbarse.

Llamo suavemente a la puerta.

—Adelante —dice la voz.

Claire está allí. Sentada junto a la cama. Tiene los ojos enrojecidos, pero mantiene el rostro firme como quien sostiene una bandeja cargada: no puede permitirse temblar. En un pequeño moisés a su lado, una figura diminuta duerme bajo una manta. No oigo a la bebé, pero veo su respiración, leve, obstinada, como una promesa que se niega a ser interrumpida.

Élise está en la cama, muy erguida pese a las almohadas, como si todavía quisiera demostrarle algo al mundo. Sus manos descansan sobre la sábana. Las manos, siempre ellas, como una verdad que no cede.

Me ve. Su mirada hace ese pequeño esfuerzo por aferrarse a algo; y esta vez lo consigue.

—Aquí está usted —dice.

Es algo sencillo, pero me oprime la garganta. Como si de verdad me esperaran, y no por error.

—Buenos días, Élise.

Mira el moisés y luego me mira a mí.

—¿Ha traído su cámara?

Sonrío con suavidad.

—Sí.

Claire se levanta y leo en su movimiento una frase silenciosa: lo dejo hacer. No la dice, porque aquí la gente suele hablar demasiado poco o demasiado tarde. Pero me hace una seña. Un consentimiento.

—Mamá ha… insistido —dice en voz baja—. Quería «la foto». Esa… para después.

Élise sorbe por la nariz.

—No «para después». Para mañana. —Vuelve la cabeza hacia mí—. Nunca se sabe cuántos mañanas quedan. Así que no hay que desperdiciarlos.

No respondo. Saco la cámara y la preparo despacio, sin ruido. Me muevo como si estuviera en una iglesia.

—¿Qué quiere exactamente? —pregunto.

Élise reflexiona y luego dice, con una precisión sorprendente:

—Mis manos.

Señala el moisés.

—Sus manos.

Señala a Claire.

—Y… el anillo.

Claire traga saliva.

—Mamá…

—Chist —hace Élise.

Luego, con más ternura:

—He llevado este anillo durante cincuenta y dos años. También tiene derecho a salir en la foto.

Hay frases que podrían resultar graciosas si no fueran tan ciertas.

Claire se acerca. Se sienta en el borde de la cama. Toma con delicadeza la mano de Élise. Observo el gesto: vacilante al principio, después natural. Como si el cuerpo recordara mejor que la cabeza.

Encuadro. No estoy fotografiando un «momento familiar». Estoy fotografiando un traspaso. El anillo en el centro. Los dedos de Élise, delgados, surcados de venas, obstinados. La mano de Claire, más cálida, más viva. Y, en el moisés, esa diminuta mano de bebé que se abre y se cierra sin comprender lo que ya sostiene.

Disparo una vez. Dos veces. A la tercera, Élise murmura:

—Eso es. Así.

Vuelve la cabeza hacia Claire y su voz se suaviza.

—¿Ves?… Te lo devuelvo.

Claire se queda inmóvil.

—¿Qué me devuelves?

Élise suspira y parece sonreír sin sonreír.

—El miedo.

Deja pasar un segundo.

—Te lo devuelvo para que te pese menos llevarlo.

Claire rompe a llorar, un sonido breve, como si algo quebrara por fin su rigidez. Aprieta con más fuerza la mano de su madre. La bebé se mueve, como si las lágrimas tuvieran olor.

Bajo la cámara. Hay instantes que no se capturan. Se los deja existir.

Élise cierra los ojos. Le tiembla la boca.

—Lo siento —dice. No es una confesión teatral. Es un susurro—. He… he guardado cosas durante demasiado tiempo.

Claire niega con la cabeza.

—No importa, mamá. Estoy aquí.

Élise vuelve a abrir los ojos. Su mirada es muy clara. Demasiado clara.

—No —dice—. Sí importa.

Hace una pequeña mueca.

—Hay que aprender.

Mira el moisés y su voz se convierte casi en un murmullo.

—Ella no necesita nuestros vacíos.

Comprendo. No habla de la memoria. Habla de transmisiones invisibles: las iras, los silencios, los arrepentimientos que legamos sin querer. Los que se deslizan entre las generaciones como partículas de polvo.

Recojo la cámara.

—Voy a imprimirla —digo—. Vuelvo enseguida.

Claire asiente. Se seca las lágrimas, se endereza como una adulta que retoma su papel.
Élise, en cambio, ya no interpreta ningún papel. Está ahí, simplemente ahí.

Bajo a la sala de impresión. El olor del papel caliente me recibe como un perro viejo. Fiel, sin juzgar. Selecciono la imagen: las tres manos, el anillo en el centro y ese diminuto puño de bebé que parece sostener algo invisible.

La impresora empieza a ronronear. El papel sale despacio. Lo tomo, todavía tibio.
Miro la imagen. Es hermosa. Hace daño. Hace bien. A menudo es lo mismo.

Doy vuelta a la copia para escribir: «Élise», «Claire», «Aube», la fecha, «Los Tilos».
Tengo el marcador listo. Levanto la mano.

Y me detengo.

Ahora ya no es una sorpresa. Es peor: es una costumbre que se niega a volverse normal.

Ya hay una palabra en el reverso.

Siempre esa letra fina, casi paciente.

«RELEVO».

Vuelvo a leerla. Siento cómo se me hunde en el pecho. Un relevo. No un regalo. No una prueba. Un traspaso de una mano a otra.

Permanezco inmóvil unos segundos, con el marcador en el aire, como si temiera escribir algo que quebrara la palabra.

Luego vuelvo a subir.

En la habitación, Claire está de pie junto al moisés y lo mece apenas, lo justo para decirle a la bebé: «Puedes quedarte». Élise tiene los ojos entrecerrados, exhausta, pero no ausente.

Dejo el sobre en la cama.

—Aquí está —digo.

Élise lo toma con cuidado. Saca la foto y la mira durante un largo rato. Después le da vuelta, como si ya lo supiera.

Lee la palabra.

RELEVO.

Cierra los ojos. Respira.

—Ah… —dice.

Y esta vez sonríe de verdad. Una sonrisa muy pequeña, pero completa.

Claire se inclina.

—¿Qué pasa?

Élise le tiende la foto con el reverso hacia arriba. Claire lee.

Le tiemblan los labios.

—Relevo…

Élise asiente.

—Sí.

Apoya la punta del dedo sobre la palabra.

—¿Comprendes? No quiero que cargues con todo. Quiero que lo pases.

Vuelve un poco la cabeza hacia el moisés.

—Y que ella reciba solo… lo necesario.

Claire se sienta en el borde de la cama. Vuelve a tomar la mano de Élise.

—¿Quieres que guarde esta foto?

Élise niega con la cabeza.

—No.

Reflexiona y luego añade:

—Quiero que se la des a ella. Más adelante.

Mira a la bebé.

—Cuando pregunte: «¿Quién era?». Se la mostrarás. —Vacila—. Y le dirás: «Lo intentó».

Claire vuelve a llorar, pero con más suavidad. Como si las lágrimas hubieran encontrado por fin su lugar.

Élise cierra los ojos y luego vuelve a abrirlos.

—Y usted —dice, mirándome—, ¿va a continuar?

Podría responder «sí» como quien promete una serie. Pero siento que la pregunta es más profunda: seguir viniendo, seguir escuchando, seguir transmitiendo.

—Sí —digo. Y no miento—. Voy a continuar.

Asiente, satisfecha. Luego, con un esfuerzo visible, vuelve ligeramente la cabeza hacia la ventana.

—Sabe… —murmura—, durante mucho tiempo creí que vivir consistía en guardar. —Deja un silencio—. Pero no. —Su voz es casi alegre, de una alegría triste—. Consiste en transmitir. Y después… dejar ir.

Siento que se me cierra la garganta. No añado nada. Aprendo.

La bebé se mueve, abre un ojo diminuto y vuelve a cerrarlo. Como si confirmara que ha oído, incluso sin comprender.

Claire le acaricia la frente. Élise observa el gesto y tengo la impresión de que lo fotografía con sus propios ojos.

Guardo la cámara con cuidado. Me acerco a la cama.

—Gracias, Élise —digo.

Vuelve la cabeza hacia mí.

—Gracias a usted —responde. Luego, casi pícara—: Es usted lento, pero está aquí.

Me río; una risa discreta, porque aquí se ríe como se camina sobre un piso de madera antiguo: sin causar daños.

Me dispongo a salir cuando, en el pasillo, algo metálico cae y rueda con estrépito.
Un pequeño clin seco, incongruente.

Echo un vistazo.

Un hombre con el abrigo sobre los hombros se inclina para recoger algo. Una llave. De inmediato la aprieta en la mano como un secreto.

Levanta la mirada hacia mí, desconfiado, y luego se lleva instintivamente la mano a la boca, como si ocultara algo debajo de la lengua.

No lo conozco. Todavía no.

Pero de pronto siento que la siguiente historia ya está ahí, en el pasillo, esperando su turno.

Cierro con suavidad la puerta de la habitación 12.

Afuera, el pueblo sigue su curso. Los tilos continúan sosteniendo sus ramas en el aire.
Pero tengo la impresión, por primera vez en mucho tiempo, de que alguien ha transmitido de verdad algo precioso, sin retenerlo.

Creía que fotografiaba rostros.

Fotografío umbrales.

Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de *PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y Masterton.

 

BEL’AIR