miércoles, 18 de marzo de 2026

TIERRA 3.8

Khancho Kojouharov

 

Karl Marx cruzaba la Plaza Roja y se tiraba alegres pedos. Si hubiera sabido lo que ocurriría después de exponer la tesis de que los hombres debían vivir en comunidad, habría escrito el Manifiesto Comunista treinta años antes. Es cierto que tuvo que renunciar a la idea inicial, pero el dinero valía la pena.

La vida era maravillosa. La nieve crujía bajo los pies en el cálido día de invierno. Frente al burdel imperial “Vasili el Bendito” se agolpaban boyardos borrachos y empresarios estadounidenses. Sus luces de neón y sus cúpulas multicolores atraían turistas sexuales de todo el mundo, pero el filósofo barbudo los miró con desprecio. Ya estaba anocheciendo, y Grishka Rasputin le había prometido una orgía nunca vista después de la cena. Los dos encajaban a la perfección: tanto por sus barbas malolientes como porque ninguno sabía mantener los pantalones abrochados.

El móvil sonó. La emperatriz.

—Estoy a su servicio, Majestad.

—Eso espero —respondió la primera dama de honor—, pero hoy madame E. te quiere solo para ella. Inmediatamente.

Furioso por perder la sesión con Grishka, Marx gruñó.

—Pero si quieres, antes podemos vernos.

—¿Dónde?

 

Cuando el filósofo no apareció, Catalina la Grande ordenó que lo arrestaran junto con Rasputin. Solo encontraron al monje, lo cual constituía una insolente desobediencia por parte de Marx. La nueva orden fue ejecutarlo en el acto. Entonces le informaron de que alguien la había adelantado a medias: habían encontrado al buscado, pero con la cabeza parcialmente cercenada. No había rastro ni del asesino ni del móvil de la víctima. Rasputin estaba destrozado. La emperatriz preguntó con severidad:

—¿Con quién habló por última vez ese canalla?

Toropigin, el comisario jefe del FSB, rompió a llorar.

—No lo sabemos, Majestad —su voz temblaba—. Alguien borró todos los registros.

—Emelia, córtale la cabeza.

El verdugo desenvainó la espada.

—¡No aquí, idiota! Frente al Mausoleo.

Consideraban el Mausoleo un refugio de fuerzas malignas. Nadie sabía cuándo había sido construido ni para qué servía. Solo la emperatriz sospechaba que su aparición tenía algo que ver con aquel ahorcado Vladímir Cómo-se-llamara. Una noche ordenó colgar al agitador en la Plaza Roja, y a la mañana siguiente, en el lugar de la horca, se alzaba el Mausoleo.

Se llevaron a Toropigin. Rasputin intervino preventivamente:

—Señora, ¿llamamos al Gran Detective?

Aquello arrancó a la emperatriz de la idea de otra ejecución.

—¿El inglés?

—Exactamente. Holmes.

—Pónganme con mi prima de Inglaterra. La reina.

 

—Watson, creo que mi teléfono va a sonar.

—¡Increíble! ¿Cómo ha llegado a esa conclusión, Holmes?

—Lo he puesto para que primero vibre.

El teléfono sonó.

—Señor Holmes, habla el secretario personal de Su Majestad la Reina. Espere, por favor, mientras lo comunico.

—Esperaré.

—Señor Holmes, ¿podría hacerme un favor personal? Quisiera que viajara a Rusia.

 

El avión gubernamental despegó de Heathrow.

—¿Puede compartir algo sobre la misión, Holmes?

Holmes levantó los ojos y miró el techo. Aunque viajaban solos, Watson bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—¿El gobierno?

Holmes volvió a mirar hacia arriba.

—¡Dios mío!

—¿Ha oído hablar de las realidades paralelas, Watson?

—¿La hipótesis de Flammarion?

—No, Flammarion se refiere a la multiplicidad de los mundos. Según la teoría de las realidades paralelas hay al menos cinco Tierras. En ellas viven las mismas personas con los mismos caracteres, pero con destinos distintos, porque las circunstancias y los acontecimientos de esas Tierras son diferentes. La razón es que la probabilidad de fenómenos mágicos no es la misma. Me han pedido que investigue si el portal de paso hacia otra Tierra se encuentra en Rusia. Nuestro embajador informó de que allí ocurren cosas extrañas. Y, de paso, investigaremos un asesinato.

 

Las fotografías de la escena del crimen no servían para nada. Los policías habían pisoteado la nieve como una manada de mamuts siberianos.

Se dirigieron al depósito de cadáveres. La barba de Marx era una bola de sangre coagulada con pelos. A la izquierda yacía la parte cercenada del cráneo. Sherlock Holmes pasó un dedo por el borde deformado.

—El hacha se deslizó —dijo Nalivaiko, sucesor de Toropigin—. El asesino resbaló.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó el detective.

—Hicimos un experimento forense —anunció orgulloso el comisario—. Verdugos de plantilla y veintiocho mujiks.

Holmes parecía disgustado.

—¿El asesinado tenía enemigos? ¿Ideas particulares?

—Esto es Rusia, señor Holmes. Todos son enemigos, nadie tiene ideas.

—¿Amantes?

—Las que quiera.

—Entonces ¿podría ser un crimen por celos?

—¿En la Meca del turismo sexual? Tendría que haber visto qué Sodoma y Gomorra fue esto durante el mundial de fútbol. ¡Celos! —Nalivaiko soltó una carcajada.

—¿Ha desaparecido alguien de la corte?

—La primera dama de honor, pero qué tiene que ver...

—¿Aquella a la que la emperatriz le ordenó que llamara a Marx?

—¿Cómo lo sabe?

Holmes sonrió.

 

En el Gran Salón del Palacio del Kremlin había once personas. Solo Holmes no apartaba los ojos del escenario. Los demás ya tenían un dolor de cabeza insoportable y no se atrevían a mirar. Desde hacía cuatro horas, en las cien pantallas corrían las grabaciones sincronizadas de todas las cámaras a ambos lados del muro del Kremlin.

—¿Quiénes son los dos interlocutores en la pantalla B8? —preguntó Holmes, deteniendo las grabaciones.

Nalivaiko dejó la botella y miró.

—Imbéciles. El senador K…klóuz y el príncipe M…mishkin, un idiota famoso. Si supiera cómo se entusiasma por cierta N…nastasia F…filípovna... —el comisario se echó a reír idiotamente.

—Quiero interrogar al príncipe.

Nalivaiko hizo un gesto a los opríchniki que lo custodiaban. Dos de ellos salieron corriendo. Holmes reanudó la imagen, pero enseguida la detuvo.

—¿Dónde desapareció Marx? Estaba en I4 y ahora no está en ninguna parte.

Nalivaiko no estaba completamente borracho. Miró para comprobar que la emperatriz no estaba detrás de él.

—E…en al…algunos lu…lugares no hay cá…cámaras —balbuceó.

—¿Dónde está ese lugar?

—Ce…cerca. De…detrás del campanario de Iván el Terrible.

—Llévenos.

 

La emperatriz señaló a Nalivaiko en el monitor.

—Emelia, la cabeza. Pero primero trae al príncipe Menshikov… —y cuando Emelia salió añadió, como para sí misma—: ¡No hay cámaras!

 

En la entrada del palacio se encontraron con los opríchniki que conducían a un hombre de rostro inteligente.

—Príncipe M…mishkin —lo presentó Nalivaiko—. Príncipe, los caballeros quieren hacerle algunas preguntas.

—Señor Holmes, supongo —dijo el príncipe en inglés—. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Diciéndome quién es el hombre más inteligente de la corte.

—El príncipe Menshikov —respondió Mishkin sin vacilar.

—¿Y el más influyente?

Mishkin sonrió levemente.

—El mismo.

—Gracias, príncipe, me ha ayudado mucho. Si no es indiscreción, ¿podría transmitir mis respetos a madame Filipovna?

—Será un honor para mí, señor Holmes —dijo Mishkin, inclinándose.

Luego miró a Nalivaiko. Este hizo una señal a los opríchniki para que escoltaran al príncipe fuera del muro del Kremlin.

—¿A la escena del crimen, señor Holmes?

—Sí, gracias.

 

A la luz del sol, las manchas de sangre en la nieve destacaban más que en las fotos. El filósofo había sido asesinado entre el muro del campanario y la Campana del Zar, un monstruo de bronce que evidentemente se había agrietado de rabia al darse cuenta de su propia inutilidad. Holmes miró fijamente el fragmento. Luego miró significativamente a Watson y golpeó con el dedo el indistinto monograma más a la izquierda.

El gemido de Nalivaiko hizo que ambos se volvieran. Hacia ellos se acercaba, sin prisa, un hombre alto de ojos inteligentes y barba de dos días. La bata roja estaba abierta y debajo se veían un caftán azul y botas rojas. Emelia lo seguía respetuosamente.

—Nalivaiko, ¿podría presentarnos? —preguntó el desconocido.

El comisario se inclinó torpemente.

—Estos dos caballeros son detectives de Inglaterra: Holmes y Watson. El príncipe Menshikov.

—Y el nuevo comisario jefe del FSB y de la policía. No se preocupe, Nalivaiko. No tenía cómo saberlo —dijo Menshikov—. Encantado de conocerlos, caballeros.

Hizo un gesto a Emelia.

Emelia miró a Nalivaiko y ladeó la cabeza: «Camina delante de mí, miserable». Ambos se alejaron. Antes de doblar detrás de la iglesia, Nalivaiko gritó:

—¡Viva Su Majestad! ¡Viva la misericordiosa emperatriz Catalina Segunda!

—¿Por qué grita así? —preguntó Watson.

—Es la costumbre —explicó amablemente Menshikov—. Antes de ejecutar a alguien, debe agradecer a la soberana.

—¿Pero por qué lo ejecutarán?

—Digamos que podría haber desviado a su propio bolsillo parte del dinero destinado a comprar cámaras de seguridad. O incluso haber vendido algunas ya instaladas.

—Tal como manda la costumbre —dijo Holmes—. Viejo amigo, por favor, no haga preguntas innecesarias.

—Exactamente —confirmó Menshikov.

No estaba claro si se refería a la explicación de Holmes o a su petición a Watson.

—Hermosa bufanda, príncipe —dijo Holmes—. ¿Acaso en Rusia alguien puede hacer un bordado tan exquisito?

—Es de Bruselas, señor Holmes —respondió el príncipe con cierto orgullo—. Observe qué fina es la hebra de seda.

Holmes entrecerró los ojos y se inclinó para mirarla de cerca.

—En efecto. Nunca había visto nada parecido. Mis felicitaciones, príncipe.

—Gracias. Entonces ¿investiga usted el asesinato de Marx?

—Ahora empiezo. Pero antes necesito algunos productos químicos. ¿Podría ordenar a sus hombres que lleven la receta a nuestro embajador?

—Será un placer ayudarle.

Holmes sacó su libreta y empezó a escribir una larga serie de letras y números. Luego entregó el mensaje cifrado a Menshikov.

—Príncipe, aquí está la receta. Por favor, ordene que la entreguen al embajador. Nosotros lo esperaremos aquí.

El príncipe se inclinó cortésmente y se marchó. En cuanto dobló la esquina, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Emelia! ¡Aquí inmediatamente!

Sacó su teléfono móvil para fotografiar el mensaje.

«Ingleses estúpidos —pensó—. Se imaginan que no podemos descifrarlo».

En cuanto oyó su grito, Holmes se agachó y apartó con la mano la nieve ensangrentada.

—Justo como pensaba.

En la estrella de cinco puntas que apareció parcialmente estaba incrustado un rostro alargado con cuernos, orejas puntiagudas y barbilla de cabra.

—¿Qué es eso, Holmes?

—Eso, querido amigo, es Bafomet. La deidad oculta a la que se acusó a los caballeros templarios de adorar —dijo el detective mientras apartaba más nieve—. ¿Me ayuda?

Presionó con los pulgares y los índices las hendiduras en cuatro de las intersecciones de los rayos.

—Presione la quinta hendidura.

Watson extendió el dedo.

A dos pasos de ellos, una losa se desplazó. Apareció una estrecha escalera de caracol. Holmes descendió unos escalones y examinó la pared.

—Venga, amigo.

Watson bajó hasta él.

—Aquí está el segundo Bafomet. Presione.

La losa sobre sus cabezas volvió a deslizarse a su lugar.

Oscuridad.

Holmes encendió la linterna de su teléfono.

 

Al final del pasillo había un corredor. Sus dos extremos se perdían en la oscuridad.

—Holmes, hay huellas de sangre que suben.

—Probablemente llevaron por allí a la dama de honor asesinada. El asesino la utilizó para atraer a Marx a la trampa y luego la eliminó.

—¿Hacia dónde iremos?

—Hacia abajo. Lo que buscamos debe estar cerca del río. Hacia arriba seguramente está el palacio.

Holmes se equivocaba. Más adelante estaban los sótanos del Mausoleo, donde la instalación frigorífica conservaba a un pequeño cuerpo escarchado con el cuello grotescamente torcido.

—¿Quién es Bafomet? —preguntó Watson cuando empezaron a caminar.

—Un símbolo de dualidad, fertilidad y libre albedrío. Y también de magia negra. Los cristianos lo consideran satánico. Además es la clave de la muerte de nuestra víctima.

—¿Por qué?

—Piénselo. Marx tiene barba de satanista y su doctrina es dual: aparentemente defiende a los obreros, pero ellos solo son un medio para legalizar el amor libre. Ha hecho una fuerte declaración de voluntad de dominar a los demás, lo que irritó a una persona que lo sacrificó ante su propio ídolo.

—Entonces no fue por celos.

—¿En un burdel donde todos consideran idiota al hombre enamorado? Por favor. Los únicos motivos aquí son el dinero y el poder. Pero la víctima lo gastaba todo en bebida y mujeres. ¿Qué queda?

—¿Eso escribió al embajador?

—Le escribí que evaluara si debía informar a Catalina de que su juguete sexual fue asesinado por su favorito, por el hombre que en la práctica gobierna el Estado.

—¿Menshikov?

—Sí.

—¿Cómo lo supo?

—Debajo de su bufanda había una mancha de sangre.

—¿Y la entrada secreta?

—En cuanto vi el monograma en el que está entrelazada la imagen de Bafomet comprendí que por aquí debía de estar la entrada a su santuario.

Watson se detuvo.

—Perdone, Holmes, pero yo no vi nada de eso.

—Porque no sabía dónde mirar, amigo mío. La mente no ve aquello para lo que no está preparada. Así que no se trata de un asesinato ordinario, sino de un sacrificio. Y el sacerdote sacrificador es, naturalmente, Menshikov.

—¿Por qué lo haría?

—Algo ha ocurrido y ha comenzado a eliminar a todos los que pueden limitar su influencia sobre la emperatriz. Así que si no salimos pronto de aquí, seremos los siguientes cuyos cuerpos no encontrarán —Holmes volvió a caminar por el corredor ligeramente inclinado, iluminando las paredes como si buscara algo—. Si tiene más preguntas, por favor, no deje de hacerlas.

Mientras lo seguía, Watson recordó que el mensaje cifrado tenía dos párrafos.

—Holmes, ¿qué más escribió?

—Bravo, amigo, cada vez es más observador. Pedí al embajador que transmitiera a Su Majestad que hemos encontrado el portal… Aquí está, ya llegamos.

—¿Dónde?

Holmes señaló una tercera estrella de cinco puntas casi imperceptible en la pared izquierda.

—Presione.

Esta vez, por la grieta que se abrió apareció una luz intensa que los cegó.

—¿Qué es esto, Holmes?

—Un portal hacia la Tierra alternativa. Propongo que entremos. Creo que ambos saldremos ganando.

—¿Cómo lo sabe?

—¿Cuándo me he equivocado?

—Nunca, pero en sus palabras no veo ninguna deducción.

—¿Me haría el favor de admitir que, además de lógica, también tengo intuición? No olvide que Bafomet es símbolo de fertilidad. Quizá en esa otra Tierra la bala que lo hirió en Afganistán no haya afectado a un órgano tan importante. Quizá encuentre el amor que merece.

Watson tragó saliva.

—¿Y usted qué ganará?

—Siento que por fin encontraré un adversario digno. Un nombre especial. Mordor, Morgana, Moriarty… algo así.

Watson dudó.

—Pero Holmes, ¿qué nos ocurrirá si allí realmente tenemos dobles perfectos?

—No hay “si”. La teoría lo garantiza. Y precisamente eso es lo mejor. En el instante en que aparezcamos allí, tendrá lugar una transición cuántica y su conciencia se fusionará con la conciencia del Watson de ese lugar, mientras que el cuerpo de uno de los dobles desaparecerá. Imagínelo: tendrá recuerdos de dos vidas.

—¡Pero eso significa cambiar! Nunca volveremos a ser las mismas personas.

Holmes sonrió.

—Querido amigo, ¿no es el cambio el sentido de todo viaje? ¿Para qué partir si vas a volver siendo el mismo?

Muy lejos detrás de ellos se oyeron voces. Los dos se miraron y cruzaron el umbral.

 

Así fue como Holmes provocó la Revolución de Octubre en la Tierra 3.8.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

EL SECRETO DE JÚPITER

Radovan Petrović

 

Soy el rey de Júpiter. Y su verdadero rostro. Esto me ocurrió ayer, cuando me fue entregado el poder. Fue durante las negociaciones con la Tierra.

Tuvimos que esperar. Hemos estado en Júpiter desde el principio de los tiempos, y algunos de mis compañeros lo recuerdan mejor que otros, retrocediendo a las primeras fracciones de segundo del gran cambio producido en el espacio, mientras que algunos de nuestros genes están entrelazados con elementos provenientes de otra parte del inicio de la creación. Pero como un comienzo significa empezar desde cero, nos quedaremos con eso, porque la ciencia del otro cosmos –el anterior a la gran explosión– (confirmo su exactitud porque la he visto un millón de veces en mi mesa de trabajo) aún no funciona muy bien.

Y en realidad no la necesitamos para mostrar a Júpiter en toda su luz, bajo todos sus vientos, mientras la mancha crece y se convierte en un verdadero vórtice cósmico –no planetario, como se creyó alguna vez cuando no había nadie que pudiera sentirlo de cerca, sino un remolino de diversas sustancias– todavía desconocidas para nosotros, los jupiterianos.

Cultivamos la tierra. Lo hacemos durante exactamente dos horas de nuestro tiempo; después esperamos el cambio de viento –la máquina que lo hará en lugar de nosotros aún no ha sido terminada– y pasamos las primeras horas de descanso sentados en bancos; los hicimos nosotros mismos, sobre un prado que aún permanece inmóvil, sin una sola brizna de hierba. El centro científico está cerca de la casa. Y la casa es grande; podría recibir incluso a un millón de jupiterianos. Pero no somos tantos. Todavía no llegamos ni a mil.

Aparecemos y desaparecemos. Pero no morimos. Regresamos a nuestro comienzo y esperamos uno nuevo. ¿Cómo logramos avanzar? Fue una obra humana, y les damos las gracias desde lo más profundo de nuestros corazones. La idea finalmente se extendió por el mundo –este, el mayor de todos los mundos– y ahora espera a los demás individuos. Pero nuestro tiempo es tal que no funciona para nosotros. En Júpiter siempre hay –tal como ocurre ahora– una lluvia pesada; las gotas son grandes y están llenas de mala materia, pero estamos trabajando para mejorarla lo más rápido posible. Crecimos rápidamente hasta convertirnos en seres inteligentes. Cada uno de nosotros está naturalmente dotado, pero esa no es nuestra gran falla, la que nos hace desaparecer tan pronto. En pocas palabras, la suerte no está de nuestro lado. ¡Todavía no! Exhorto a mi pueblo a darse prisa. Hasta entonces, me entrego al descanso, y mis pensamientos traen nuevas propuestas. Tuvimos éxito con el suelo. Nuestras ciudades tampoco están tan mal. Algunas se elevan hasta los cielos amarillentos. Me encanta observar todos esos maravillosos cuerpos voladores cuando nuestro gigante los deja pasar entre sus manos y simplemente los aplasta o los empuja muy lejos, de regreso al lugar de donde vinieron. Desde el balcón la vista siempre es buena, y revela grandes verdades cósmicas; sin ellas es difícil vivir, y al seguirlas las ideas pasan al papel por sí mismas, y luego las matemáticas hacen su trabajo. De ahí proviene toda nuestra fuerza, y no es un secreto. Hablo de ello abiertamente, porque nuestra impotencia es grande y es difícil mantener todo esto.

Desaparecemos y regresamos. La gente de la Tierra nos ayuda algunas veces. Nos crearon con el descubrimiento del hidrógeno metálico (existe solo aquí, en nuestro mundo, donde la presión de los cielos es inmensa, y es excelente como superconductor), aunque nosotros tenemos poco que ver con ello; nuestro elemento químico estaba junto a ese gran e importante elemento para la gente de la Tierra, que lo persiguió en teoría y finalmente lo encontró aquí entre nosotros, y desde entonces surgimos constantemente de la espuma de la vida, convirtiéndonos en lo que somos, en aquello que fuimos puestos aquí para ser. Solo que dura poco; nadie logra terminar un pensamiento antes del primer anochecer. Partimos por selección aleatoria, cada uno de nosotros. Ellos –los humanos– lo saben, así que reaccionan rápidamente y, al reactivar máquinas biológicas, restauran nuestro orden una vez más.

Somos descubiertos otra vez. Nos ponemos de pie rápidamente, aunque eso dura siglos, que ya nadie percibe. Habiéndonos descubierto una vez, nos despertaron para siempre. Pero la composición de nuestra materia es tal que deben traernos de vuelta a la vida una y otra vez, mediante nuevos descubrimientos. Nuestra vida es interesante, pero el ciclo de levantarse de la misma cama es interminable. Así fue el primer día, cuando sus robots descendieron aquí y rasparon el suelo. Entonces se llevaron una parte importante de la riqueza mineral, pero además del hidrógeno metálico había aquí otra materia extraña. La trataron como un secreto y marcaron el paquete como estrictamente confidencial, aunque nunca la estudiaron. Para nosotros es suficiente que se hayan topado con ella y hayan puesto en marcha muchas transformaciones. Pertenecían a una especie científica y eran grandes exploradores, así que nosotros no éramos más que alguien que podía ser descubierto y resultar muy inteligente. Pero también fácilmente perdido, porque eso era lo que habíamos sido hasta entonces. Y el círculo comenzó a girar.

Aun así, es bueno que no hayamos golpeado la suela del zapato de alguien, porque nos habríamos convertido en eso –pequeñas criaturas de goma– o nos habríamos encontrado bajo una fogata de viajeros de paso que deseaban descansar un rato; entonces nos habríamos convertido en verdaderos holgazanes, inclinados a dormitar. Los humanos llegaron y transfirieron sus pensamientos importantes sobre nosotros.

Nuestra materia es tal que absorbió solo lo que ellos querían y lo que hacían entonces: encontrar algo importante. Y nosotros nos elevamos, con la alegría de la vida, pero la desgracia de desaparecer y ser redescubiertos en el barro nos acompaña.

Intenté esto una vez: encontrar a alguien e insuflarle fuerza de la misma manera, pero el éxito siempre me da la espalda, y aun cuando ordeno a alguien que me devuelva a la vida, ocurre lo mismo, y permanezco en la plataforma de la infinitud, que se repite.

Escribí a los científicos de la Tierra, diciendo que el tiempo pasa sin cesar y se detiene cuando no debe permitirse que se detenga. No recibí respuesta.

A medida que pasan nuevos siglos –con nosotros y sin nosotros– mi mente crece lo suficiente para comprender lo que debe hacerse. Hice una máscara. Era un rostro humano. Con ella logré hechizar fácilmente a mi pueblo. Desde hace tres generaciones –y el número de recuperaciones exitosas seguramente crecerá– permanecemos en este mundo durante mucho tiempo.

Me salvo transfiriendo mi intención y mi comportamiento a otros, y juntos sobrevivimos. Nuestra masa corporal crece sobre la materia blanquecina, y nuestra energía con forma de cubo adquiere una forma que no es tan común ni simple. Una vez me asusté de mi nueva forma, al mirarme en un espejo.

Les revelaré el secreto de la vida.

Se llama: «¡Júpiter!»

Radovan Petrović nació en Niš, Serbia, en 1980. Tiene una maestría en ingeniería eléctrica y también escribe ficciones que se han publicado en colecciones regionales de relatos cortos: Regia Fantastica, Ubiq, Pazin, Priče iz izolacije, Supernova y Besan.

 

PEZ

Anna Taborska

 

¿Alguna vez te has encontrado cara a cara con un pez escorpión asustado? Harry Tomlinson sí. Una fila de púas venenosas y un par de ojos de pez sobresaltados a solo centímetros de los suyos, acercándose cada vez más. Una ráfaga de burbujas cuando Harry dejó escapar el aliento, y luego se precipitaba hacia atrás y hacia arriba mientras su cabeza era sacada de la pecera una vez más.

—¿Dónde está? —gritó el hombre corpulento como un muro de ladrillos que sujetaba a Harry por el cabello, y cuyo nombre parecía ser Tiny.

Harry jadeó en busca de aire, tosiendo agua del acuario y pequeñas piedrecillas. Tiny lo sostuvo mientras su compañero –un hombre cuyo nombre Harry había averiguado que era Frank– golpeaba al cartero en el estómago, produciéndole repetidas arcadas.

—No sé de qué estás hablando —jadeó Harry—. Te lo dije, te has equivocado de hombre.

Frank le hizo una señal a Tiny para que continuara.

—¡No! —protestó Harry, temiendo más por su querida y espinosa mascota que por su propia vida.

Se debatió violentamente, pero un golpe en el riñón derecho debilitó su determinación y luego su rostro volvió a estar dentro del acuario. Harry empujó hacia arriba contra la mano fornida de Tiny con todas sus fuerzas, y luego cerró los ojos al sentir que las púas de su preciado pez le perforaban la piel.

Esta vez, cuando Tiny levantó a Harry, el pez escorpión salió con el cartero, con sus espinas incrustadas en la mejilla de Harry. Harry resopló, gorgoteó, y luego gritó de agonía cuando el veneno bombeado desde las espinas del pez penetró en su rostro. Tiny lo soltó con sorpresa, y Harry se desplomó en el suelo, arañándose la cara y gritando aún más, pues solo logró pincharse los dedos y hundir al pez y sus púas más profundamente en su carne. La toxina recorrió el torrente sanguíneo de Harry y comenzó a paralizar sus músculos. Sus gritos se transformaron en un silbido ronco mientras luchaba por hacer entrar oxígeno en sus convulsionados pulmones.

—¿Qué le pasa? —Tiny se volvió hacia Frank con una expresión perpleja en su rostro de toro.

En ese momento sonó el teléfono móvil de Frank.

—Es el jefe —dijo Frank, y luego presionó el botón para aceptar la llamada.

Tiny dio una convincente impresión de estar viendo un partido de tenis en la pista central de Wimbledon mientras sus ojos iban de un lado a otro entre el cartero retorciéndose en el suelo y Frank, que empezaba a parecer claramente abatido.

—¿Qué pasa? —preguntó finalmente Tiny, cuando Frank se disculpó con su jefe por décima vez antes de colgar.

—Nos equivocamos de casa.

—¿Qué?

—Nos equivocamos de casa —siseó Frank con fuerza, molesto por tener que repetirse, algo que solo parecía subrayar la estupidez de su error.

—¿Qué?

—¡Elgin Avenue! —gritó Frank—. ¡66 de Elgin Avenue, no Elgin Road!... ¿Entendido?... ¡Ahora deshagámonos de él y larguémonos de aquí!

 

Harry no parecía estar escuchando. Sus ojos estaban desorbitados; su mano herida parecía estar en llamas, y ya no podía sentir la cara. Todo su mundo se había reducido a la abrumadora tarea de obligar a sus pulmones a expandirse y contraerse, una respiración a la vez.

—¿Y eso qué? —preguntó Tiny, señalando el pez escorpión que sobresalía del rostro de Harry.

Las branquias del pez se abrían y cerraban rápidamente; sus ojos estaban tan saltones como los de su dueño, y él también estaba perdiendo lentamente su batalla por la vida.

—No lo toques —advirtió Frank, mirando con disgusto la monstruosidad espinosa que sobresalía del rostro imposiblemente hinchado y sangrante del hombre a sus pies—. Creo que puede ser venenoso.

Unos minutos más tarde, Frank y Tiny arrastraban al postrado Harry hacia la puerta trasera. La oscuridad había caído por completo durante su visita a la casa equivocada, y se aprovecharon de ello –y de la evidente ausencia de posibles testigos– para arrojar a Harry al canal que corría al fondo del jardín del desdichado cartero.

Cuando el cuerpo de Harry golpeó el agua, su respiración laboriosa ya se había detenido. El impacto con el canal desprendió al pez escorpión, y el cuerpo muerto del cartero se hundió en las profundidades turbias, descendiendo lentamente, con el peso de su ropa tirando de él hacia abajo. Una grisura tranquila descendió sobre el cartero, pero su liberación no habría de durar mucho.

De repente, Harry sintió un dolor abrasador por todo el cuerpo cuando volvió bruscamente a la vida. Las heridas abiertas en su rostro, donde las púas del pez habían penetrado, latían con una extraña vida propia; transformándose y convirtiéndose en pliegues de piel que se abrían y cerraban. El agua entraba en Harry por las grietas de su mejilla, pero en lugar de ahogarse, su cuerpo extraía oxígeno del líquido. Harry Tomlinson había desarrollado branquias, branquias que ahora se abrían y cerraban, oxigenando su sangre y manteniéndolo con vida. Durante la siguiente media hora, le crecería otro par.

 

El joven de aspecto enfermizo parecía aún más enfermo cuando Tiny empujó su cara hacia el quemador de gas.

—¿Dónde está? —exigió Frank, haciendo un gesto a Tiny para que levantara al muchacho—. Dime dónde está o encendemos el gas.

—¡No lo sé!

Frank sacó un encendedor Zippo del bolsillo y procedió a encender el gas, mientras el joven se retorcía en el agarre de Tiny. Cuando Frank ajustó la llama a su gusto, Tiny volvió a empujar la cabeza del muchacho hacia abajo. Un mechón de su cabello se prendió fuego y él gritó con fuerza, liberándose de las manos de Tiny y corriendo a toda velocidad por la cocina.

—¡Por el amor de Dios, hazlo callar! —gruñó Frank—. Los vecinos lo oirán.

Tiny caminó hacia el joven –que había llegado al fregadero y trataba de meter la cabeza bajo el grifo– y lo dejó inconsciente de un puñetazo.

—Estupendo —se quejó Frank—. Ahora tendremos que sentarnos aquí y esperar a que vuelva en sí.

Tiny pareció desconcertado durante un rato, pero pronto se animó.

—Tengo una idea —dijo, radiante de orgullo.

—Estupendo —Frank apenas disimuló su sarcasmo, pero se sorprendió gratamente cuando Tiny llenó una cacerola con agua y se la arrojó a la cara demacrada del joven.

El muchacho volvió en sí y gritó. Tiny fue a golpearlo otra vez, pero se detuvo bruscamente al darse cuenta de que el joven estaba mirando algo detrás de él. El matón se volvió lentamente... y también gritó.

 

El dolor insoportable había disminuido y Harry se encontró flotando sin esfuerzo en el agua negra del canal. A pesar de la turbiedad, podía ver claramente a su alrededor: plantas de color barro, con sus escasas hojas meciéndose en la lenta corriente; pequeños peces que iban y venían en busca de comida; una bicicleta oxidada y ahogada; algunos huesos de animal; un zapato; los restos esqueléticos de un paraguas. Y más allá de todo eso, el maltrecho cadáver de su amado pez escorpión, enredado en una bolsa de plástico blanca.

La tristeza y la ira invadieron a Harry, reemplazando su confusión y su miedo. Se movió en dirección a su mascota muerta y descubrió que podía deslizarse fácilmente por el agua. Miró hacia abajo con sorpresa y vio que entre sus dedos había crecido una membrana rosada y translúcida. Miró detrás de sí y vio que sus pies también estaban palmeados.

En ese momento, un fuerte espasmo sacudió su cuerpo. Podía notar que algo no estaba bien en su espalda, y entonces un dolor breve pero agudo recorrió su columna vertebral cuando una fila de largas y brillantes púas de colores iridiscentes irrumpió a través de su piel en mutación.

Con un solo movimiento ágil de su columna flexible, Harry se deslizó por el agua oscura, desenredó el cuerpo del pez escorpión de la bolsa de plástico y lo levantó con cuidado. Esta vez sus púas no atravesaron la nueva piel dura cubierta de escamas de Harry. Harry contempló el pequeño cadáver durante un momento, luego abrió su mano desconocida y dejó que el cuerpo de su mascota flotara suavemente hacia la oscuridad.

Su ira se convirtió en furia y... hambre.

Se dio cuenta de que no había comido nada durante horas y, para su sorpresa, sabía exactamente qué era lo que deseaba comer.

66 de Elgin Avenue; no Elgin Road... ¿Entendido?

Las palabras habían logrado insinuarse en el subconsciente de Harry y ahora emergían, resonando en su cabeza mientras se desplazaba por los canales. En sus ocho años como cartero había aprendido todas las calles de la zona y las conocía –y también los canales que las cruzaban– como la palma de su mano... mejor que la palma de su mano, pues su mano ahora era algo nuevo y extraño.

Harry llegó al canal que corría paralelo a Elgin Avenue y salió del agua. Se sentía algo inestable, y pasaron un par de minutos antes de que respirar por la boca volviera a resultarle natural. Miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie cerca y se dirigió hacia el número 66; la ira y el hambre apresuraban sus pasos.

Ya era tarde y hacía frío, y las calles estaban desiertas, salvo por un gato negro que siseó a Harry desde la valla de un jardín antes de huir hacia las sombras.

Harry llegó a su destino y, al encontrar la puerta sin llave, entró silenciosamente. Los dos asesinos de mascotas ya estaban allí: Tiny torturando a algún drogadicto junto a la cocina, y Frank observando, de espaldas al recién llegado e ignorante de lo que estaba a punto de ocurrir.

La cosa escamosa y espinosa que antes había sido el cartero del barrio se deslizó sin hacer ruido detrás de Frank y, con un movimiento rápido, le arrancó la cabeza. La sangre salpicó hasta el techo y la criatura se abalanzó sobre el cadáver decapitado, succionando y desgarrando; su nuevo y fino juego de dientes afilados como navajas era la herramienta perfecta para saciar su voraz apetito.

Tiny estaba demasiado ocupado llenando la cacerola con agua y arrojándosela al joven para notar algo extraño. Pero en cuanto el muchacho recuperó el conocimiento, sus ojos se posaron en la escena grotesca que se desarrollaba detrás del matón que acababa de empaparlo. Cuando su cerebro comprendió lo que estaba viendo, el joven empezó a gritar. Tiny finalmente siguió su mirada y dejó caer la cacerola horrorizado.

El sonido metálico de la cacerola al golpear el suelo distrajo a Harry momentáneamente de su frenesí alimenticio. Vio a Tiny empezar a retroceder y sintió cómo se erizaba cuando las púas que crecían en su espalda y sus extremidades se levantaban, con el veneno bombeando por ellas hasta sus puntas.

Tiny corrió hacia la puerta trasera, pero la encontró cerrada, sin ninguna llave a la vista. Se volvió de golpe, vio un espacio entre la criatura y la puerta principal, y se lanzó hacia allí.

La cosa fue más rápida: Harry interceptó a Tiny y extendió el brazo, púas por delante. Tiny se estremeció cuando una enorme púa atravesó su hombro. La criatura sostuvo al matón a distancia, observándolo agitar los brazos como un insecto atravesado por un alfiler. Al cabo de un rato, Tiny empezó a jadear cuando su garganta comenzó a cerrarse por efecto del veneno.

Al cabo de un rato, Tiny empezó a jadear al sentir un nudo en la garganta debido al veneno. Mientras Harry retrasaba el inminente placer gastronómico y observaba a su presa retorcerse ante él, el yonqui aprovechó la oportunidad para escabullirse de la escena espeluznante y salir por la puerta principal. Harry lo soltó. Entonces, hambriento de nuevo, extrajo su segundo plato de la púa y reanudó el festín. Harry descubrió, con gran interés, que si se tomaba su tiempo era capaz de comer casi el doble de su propio peso corporal. Cuando finalmente terminó –y todo lo que quedaba de Frank y Tiny era un montón de ropa ensangrentada, un par de esqueletos, una pistola, una navaja automática y dos teléfonos móviles– y aproximadamente en el mismo momento en que el drogadicto del barrio era encerrado en una celda tras irrumpir en la comisaría despotricando sobre monstruos peces devoradores de hombres, el teléfono móvil de Frank sonó.

Harry lo recogió con cuidado y examinó la pantalla parpadeante.

“Jefe”, decía.

Harry aceptó la llamada.

—¿Ya terminaste? —preguntó la sorprendentemente chillona voz al otro lado.

Harry gruñó algo parecido a una afirmación.

—¿Tienes la mercancía?

Harry volvió a gruñir.

—Entonces ¿por qué demonios no me llamaste? —la voz chillona al otro lado subió uno o dos tonos con evidente molestia.

Harry se arriesgó a emitir un tercer gruñido.

—Escucha, solo lleven sus traseros al estacionamiento detrás de Sainsbury’s. ¡Y quiero decir ahora mismo!

Harry sonrió para sí mismo y regresó al canal. Si nadaba, llegaría a Sainsbury’s en cinco minutos. Tal vez más tarde tomaría los canales hasta el río y luego bajaría por él durante un kilómetro más o menos. Río abajo había una prisión para delincuentes violentos.

Harry odiaba a los asesinos y violadores.

Además, calculó que tal vez volvería a tener hambre antes del amanecer.

Anna Taborska es una autora británica que escribe relatos y guiones de terror. Sus ficciones han sido publicadas en más de cincuenta antologías y tres colecciones individuales. Ha sido nominada tres veces al Premio Británico de Fantasía y siete veces al Premio Bram Stoker. Coeditó la antología ganadora del Premio Stoker "Discontinue if Death Ensues: Tales from the Tipping Point". Anna también ha dirigido cinco películas y ha programado el Festival de Cine Raindance de Londres, donde presentó una sección dedicada al terror.


 

martes, 17 de marzo de 2026

LA ESFERA CAÍDA DEL ESPACIO

Nino Martino

 

Nos sentamos a la mesa y comimos pasta con crema de brócoli.

—Buena —dijo Carlo.

—Pásame el guttiau —le pedí.

—¿Bueno, verdad?

—Mejor que ciertos guttiau que encuentro en los supermercados en Cerdeña.

Nuestra conversación era amable y de lo más cotidiana.

Afuera, amortiguado, se oía el trasiego de una pequeña multitud.

Ya sin pudor se apiñaban en nuestro sendero, delante de la esfera.

—Intolerable —dijo Carlo.

—Escucha —prorrumpió al fin—, pero esto del test y del verificador no lo he entendido bien. ¿Qué clase de prueba representa poner una esfera de dos metros de diámetro en nuestro sendero? NUESTRO, ¿entiendes?

—Yo me habría hecho una idea.

—A ver.

—Es una pura suposición, claro; si eso es alienígena, razona como un alienígena y, por definición, se nos escapa una comprensión verdadera.

—Venga, dispara.

—No sé, una hipótesis como otra cualquiera. Una civilización alienígena quiere entender cómo somos y nos hace caer una esfera reluciente en el sendero, aprovechando una tecnología espaciotemporal completamente desconocida para nosotros, y se queda observando y registrando cómo reacciona la gente, cómo reaccionamos.

—¿Los simios ante el monolito negro de 2001: Odisea del espacio?

—Algo así.

—¿Y luego qué hacen con el test?

—Bueno, si estuviéramos en un relato de ciencia ficción y lo superáramos, nos admitirían en la federación intergaláctica.

—¿Y si no lo superamos?

—Bah, en general nos ignorarían para siempre o quizá durante un tiempo, o bien…

—O bien nos destruirían como se hace con una peste del cosmos —concluyó Carlo.

Eché un vistazo al móvil mientras tomaba otra lámina de guttiau. Siempre lo he considerado una especie de droga, cuando es bueno. Me refiero al móvil, no al guttiau.

—Lo están poniendo todo en la red: Instagram, TikTok, Facebook, etcétera. Mira.

—Ya sabes que las redes sociales me repugnan.

—Anda, solo echa un vistazo, así ves cómo está reaccionando la gente; no puede hacerte demasiado daño, venga.

De mala gana tomó mi móvil y miró.

—Estamos acabados —dijo tras un rato de zapeo entre hilos de asombro, insultos, corazones, TikTok, influencers. Alguien incluso había subido fotos de gatos maravillosos, los verdaderos alienígenas, decían, consiguiendo un centenar de “me gusta”.

—No, Carlo. La fruta ya la hemos terminado.

—Tienes razón. Pero todavía no hay nada en las noticias de los periódicos, menos mal. No me gusta ocupar un lugar en la crónica.

—Piensa en los que harían lo que fuera por estar en nuestro lugar.

—¿Y por qué?

—Llegar, hacerse famosos a cualquier precio. No dejarían pasar una ocasión como esta. Piensa: entrevistas en televisión, mesas redondas de charlatanes profesionales, encuentros con…

—Basta así, espero que no pase nada de eso.

Y sin embargo, llegó una joven reportera, con camarógrafo incluido. ¿Atraída por el gentío? ¿Por las redes donde proliferaban reels, TikTok y selfis, incluso audaces y provocativos?

Lo cierto es que se abrió paso entre la selva de móviles.

El camarógrafo hizo un zoom sobre la esfera y luego giró la cámara para encuadrar los rostros excitados.

La reportera se acercó a una joven elegida al azar, o quizá con el olfato y el arte de una periodista ambiciosa.

—¿Qué está pasando? ¿Nos lo puedes decir? ¿Qué es esta gran esfera brillante?

La joven estaba emocionada.

—Es la esfera caída del espacio, es maravillosa, la vi y me dije: “esto no puede existir”, es demasiado hermosa.

—¿La esfera caída del espacio?

—Sí, es así, me lo han dicho muchos. El primer contacto con un alienígena y yo estoy aquí. Es emocionante, estoy conmocionada.

—¿Cómo vives esta experiencia?

—O sea, ¿entiendes?, es el otro, lo que no eres tú, es una esfera, inmóvil, y es una esfera, ¿entiendes?

—Entiendo.

La reportera deambuló de uno a otro, hizo filmar rostros, movimientos, la gente que se amontonaba, y luego se dirigió a nuestra puerta y llamó.

—Lo sabía —dijo Carlo—, no es nuestro día.

—Vamos, abramos y nos hacemos famosos también nosotros.

Abrí la puerta. La reportera estaba un poco despeinada de manera estudiada, según la moda reciente, con su túnica ligera.

—¿Es suya la esfera?

—No, no es nuestra.

—¿Es cierto que viene del espacio? —preguntó, acercando el micrófono casi a la boca de Carlo.

Carlo estaba cada vez más impaciente.

—¿Cómo voy a saberlo?

—Pero está en su jardín.

—No sé de dónde viene.

La entrevistadora se apartó y se dirigió a la cámara.

—Hay reticencia. No quieren hablar. ¿Qué hay detrás de la esfera caída del espacio?

Nos abandonó para correr hacia una anciana que observaba, atónita, toda la confusión.

—Señora, ¿cómo está viviendo la experiencia con la esfera caída del espacio?

—Yo estaba en el jardín de al lado, soy vecina de estos dos, y de repente temblaron las paredes y salí corriendo. Temía por mis palomas.

—¿Por sus palomas?

—Tengo una jaula con dos palomas. Los huevos de paloma son buenos.

—Claro, son excelentes. ¿Y conoce bien a sus vecinos?

—Son dos hombres simpáticos, muy corteses, cuando me ven me saludan. Personas muy correctas.

—¿No observó nada extraño antes de hoy?

—No, pero siempre me saludan y me preguntan cómo están mis palomas. Gente decente, educada. Pero me asusté, pensé que era un terremoto y salí corriendo.

La reportera volvió a dirigirse a la cámara.

—Creemos que las autoridades competentes deben intervenir. ¿Por qué no han intervenido todavía? Damos paso a la redacción, les mantendremos informados sobre el desarrollo de la situación.

Se alejó mezclándose con la gente.

Ya no oíamos lo que decía.

La señora de las palomas nos miró y nos guiñó un ojo. Luego hizo el gesto de boca cosida.

—Pero en realidad… —empezó Carlo.

La señora volvió a entrar en su casa tras otro gesto que podía interpretarse como un “¡eh, pilluelos!”.

Entramos en casa.

—Aquí hace falta una cerveza amarga —dijo Carlo.

—¿Amarga?

—Con todo el lío que hay en nuestro patio, hace falta amarga. Una Guinness.

—¿Tienes una Guinness?

—Siempre tengo una Guinness de reserva para los momentos difíciles.

—¿Para ustedes son momentos difíciles? —preguntó una voz armoniosa.

Nos volvimos de golpe. En medio de la habitación había un punto luminoso azul, tembloroso, transparente, que distorsionaba lo que había detrás.

—Eres tú, ¿pero no estás afuera? —dijo Carlo, llevándose una mano al cabello gris.

—Registrada una percepción del espacio-tiempo muy somera.

—¿Y qué más has registrado hasta ahora?

—Todo lo que sucede a mi alrededor en un radio de cien metros.

—¿Por qué? ¡Maldita sea, por qué!

—Soy un verificador.

—¿Y entonces?

—Un verificador debe verificar. Estoy ejecutando un test según protocolo. ¿Por qué son momentos difíciles para ustedes?

—Odiamos todo este caos que está ocurriendo a tu alrededor, seas lo que seas.

—No soy lo que sea, soy un verificador.

—No sabes lo que está pasando en las redes —intervine.

—Lo sé perfectamente, estoy registrando. Eso también forma parte del test.

Nos quedamos mirando, embobados, el punto azul tembloroso, que se expandía y contraía como un pequeño corazón.

—¿Pero cómo accedes a las redes?

—Registrada una nueva visión grosera de la realidad.

—No te creo —dije.

—En este momento, en la red social *** hay dos largos hilos de insultos hacia ustedes, acusándolos de exhibicionismo; en otro se defiende el orgullo de ser humanos… En algo que llaman TikTok hay varios videos de danzas que deberían inducir trance, luego…

—Está bien, está bien —corté.

—En otros hilos de discusión, especialmente en ***, se habla de una invasión en curso de alienígenas esféricos y de una posible connivencia con dos sucios seres humanos que…

—De acuerdo, de acuerdo…

Intervino Carlo:

—¿Y tú registras todo?

—Claro, forma parte del test.

—¿Pero qué clase de test de mierda es este?

—Ya se lo he explicado y ahora registro la necesidad de volvérselo a explicar.

—No, no, detente, no queremos que…

Llamaron a la puerta. Carlo me miró imperioso.

—Esta es tu casa, podrías abrir tú de vez en cuando, ¿no? —dije.

Fui a abrir, resignado.

Dos hombres vestidos de gris mostraron rápidamente una credencial incomprensible y entraron casi por la fuerza.

—Pero, digo, ¿quiénes son ustedes?

El más alto, con el pelo al cepillo, mandíbula cuadrada reglamentaria y ojos azules y glaciales, se plantó ante mí.

—¿De dónde han sacado esta esfera? Hemos intentado moverla pero parece inamovible.

—No es nuestra.

—¿Y cómo es que está aquí?

—Explíquennoslo ustedes —añadió el otro—. Una esfera caída del espacio, dicen en las redes.

—¿Pero quiénes son ustedes?

—No les interesa saberlo, seguridad nacional.

—Ayer hubo un pequeño terremoto —intenté explicar—, abrí la puerta y encontré la esfera ocupando el sendero de entrada.

—¿Esa es su versión? —preguntó Mandíbula Cuadrada.

—Es lo que ocurrió —intervino Carlo—, no es una versión.

Mandíbula Cuadrada intercambió una mirada con el otro, que se encogió de hombros.

—Es conocida su simpatía por China —dijo el otro.

—¿Simpatía por China?

—Hemos realizado una investigación de seguridad nacional. Hay un expediente sobre sus actividades políticas en el 68.

—Bueno… —empecé.

—Además, con frecuencia, demasiada frecuencia, reciben paquetes que aparentemente contienen té pu-erh, tanto shu como sheng, traídos directamente de China y no de uno de los muchos proveedores europeos o nacionales.

—Soy yo quien bebe mucho té pu-erh —confesé.

Se miraron de nuevo y sonrieron al unísono.

—¿Y esto les ha parecido un excelente truco? —dijeron.

—El que viene del proveedor chino es el mejor, un poco caro, pero es mejor.

—Ajá.

—¿Ajá?

—Tienen simpatías no acordes con los objetivos nacionales.

—¿Pero qué tiene que ver eso con la esfera?

—Eso deben explicárnoslo ustedes.

—No podemos.

—La esfera no ha sido detectada por la red de vigilancia satelital. No viene del espacio. La esfera caída del espacio es una patraña que han difundido ustedes —afirmó Mandíbula Cuadrada.

—¿Nosotros? —dije, incrédulo.

—O nos dicen qué es o tendremos que pedirles que nos acompañen.

—Es un verificador —intervino bruscamente Carlo.

—¿Qué es un verificador? —preguntó Mandíbula Cuadrada.

—Un objeto que verifica.

Nos miraron en silencio.

—Se lo preguntamos y nos habló y nos dijo eso, que él/ella es un verificador.

—Una esfera que habla… —se burlaron.

—Pregúntenle, y les responderá. Que uno de ustedes vaya a preguntarle.

No se movieron.

—Pregúntenle, vamos, verán que habla.

El compañero de Mandíbula Cuadrada bufó.

—¿Un viejo truco para separarnos? Ven demasiadas películas de espionaje.

—Odiamos las películas de espionaje —interrumpió Carlo.

—Pruébenlo ustedes. Nosotros observamos.

Carlo hizo un gesto de resignación.

—Verificador, habla y diles a qué has venido.

Esperaron en silencio. No había ningún punto azul tembloroso. Desde fuera crecía el murmullo.

—¿Una esfera que habla, eh? ¿O quizá un artefacto nuclear chino?

—¿Un artefacto nuclear chino? —repetimos atónitos.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo el compañero de Mandíbula Cuadrada.

Hablaron brevemente, de manera incomprensible, a un micrófono oculto en la solapa.

—Están bajo arresto domiciliario y actuará la seguridad nacional.

—¡No hemos hecho nada! —se alteró Carlo—. No pueden arrestarnos, además ustedes no son la policía.

—Exacto, somos de seguridad nacional y ustedes quedan bajo arresto domiciliario hasta nueva orden.

—Pero… —intenté decir algo.

Pero ya se habían dado la vuelta al unísono y salieron. Miraron brevemente la esfera, con cautela, tomaron fotografías con un reloj que llevaban en la muñeca –o eso creí– y se alejaron rápidamente, uno junto al otro, saltando ágilmente la valla para evitar la multitud.

—No puedo creerlo —susurró Carlo—, parece una serie de televisión basura.

—Me temo que, aparte de la esfera, vivimos realmente en una realidad que supera con creces la peor basura del mercado —dije.

—Registro sus afirmaciones —dijo el punto azul tembloroso, reaparecido de repente.

—¿Por qué antes no hablaste con los agentes de seguridad nacional?

—Formaba parte del test.

Desde fuera llegaba un coro de consignas. Entornamos de nuevo la puerta.

La esfera brillaba en el sendero. Algunos habían intentado moverla sin éxito.

—¡Esfera espacial libre! ¡Esfera espacial libre! ¡Liberen las esferas espaciales! —gritaba un grupito beligerante.

Otro grupo estaba de rodillas y parecía rezar. No oíamos sus palabras.

Cerramos rápidamente la puerta.

—Así estamos, así estamos… —dije desanimado.

—Test de admisión intergaláctico concluido —anunció el punto azul tembloroso.

—¿Concluido? —dijimos al unísono Carlo y yo.

—Todo ha sido registrado y se adjunta al veredicto del test.

—¿Veredicto? ¿Qué veredicto? —dije.

—¿Hemos superado el test? —preguntó Carlo, apenas ocultando un hilo de ansiedad.

—Pregunta típica de ansiedad de aprobación. También se adjunta como confirmación del veredicto.

—Pero… —empezó Carlo.

Hubo como una sacudida sísmica y el punto azul desapareció.

—Se fue —dije.

—¿Se fue?

—La esfera. Se fue.

Oímos gritos.

Abrimos un resquicio. La gente seguía huyendo por la sacudida.

Y la esfera ya no estaba.

Cerré la puerta. Nos miramos en silencio.

Carlo estaba desanimado.

—Me habría gustado saber el veredicto —dijo al fin.

—¿Por qué? ¿No lo sabes?

—Bueno, yo…

—Eh, no lo sabes, quizás, ¿eh? —lo apremié.

El cielo afuera estaba despejado, sin nubes. El seto de aligustres estaba en flor y perfumaba intensamente, y la gente había desaparecido.

Entonces abrimos otra cerveza y empezamos a beberla directamente de la botella, en silencio y sin mirarnos siquiera. Una Guinness cada uno.

Carlo no tenía una cerveza más amarga que la Guinness.

Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.

TIERRA 3.8