miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA NOCHE DE WALPURGIS

Rubén Faustino Cabrera


Miguel terminó con ese mutismo que parecían haberse autoimpuesto los tres desde que habían salido del cine.

—A mí me gustó mucho. En mi opinión, Christopher Lee es el mejor Drácula que he visto.

—Se pasa este tipo —agregó Oscar.

—Impresionante —acotó Emilio, porque en realidad seguía impresionado por las imágenes de Drácula vuelve de la tumba que acababan de ver en el cine del pueblo.

Ya estaban a más de cinco cuadras de la sala. Habían dejado atrás la esta­ción de ferrocarril y caminaban por la ruta, desierta a la medianoche, dirigién­dose sin mucho apuro hacia la casa de Miguel. Como tantos otros sábados, se habían encontrado ese treinta de abril a las ocho de la noche en la pizzería de Nicolás, habían cenado dos pizzas con una cerveza y gaseosas y luego, dis­puestos a sobresaltarse, habían visto un doble programa de terror compuesto por “Museo de cera”, con Vincent Price y “Drácula vuelve de la tumba”, dos aceptables productos del género que tanto les atraía.

Esa noche no había baile en el club. Tampoco ningún amigo de la barra había organizado un asalto en su casa, ya que todos habían quedado compro­metidos para el domingo primero de mayo a reunirse en un recodo del arroyo que corría en las afueras del pueblo, lugar que habían bautizado, con cierta pomposidad, “El balneario”.

Ellos tres, como otros sábados, dormirían en “el castillo” tal como llamaban al antiguo caserón que cuidaban los Peralta, la familia de Miguel, una construc­ción otrora de magnífico porte, cuando había constituido el casco de una es­tancia en plena actividad antes del nacimiento del pueblo. Miguel, su hermano mayor y sus padres vivían en un chalecito alejado unos cien metros del castillo dentro del mismo terreno. El caserón, salvo contadísimas ocasiones, estaba deshabitado. Sus actuales propietarios, herederos de los antiguos dueños del lugar, jamás pasaban más de un día allí, y eso una vez por año, quizás. Con puntualidad, en la primera semana de cada mes, un apoderado llegaba hasta el lugar y pagaba el sueldo que los Peralta ganaban como caseros manteniendo parque y casa en buenas condiciones.

La edificación principal era un inmenso caserón que en un extremo osten­taba una torre de tres pisos con sendas habitaciones unidas por una escalera en caracol. La torre remataba en una atalaya con almenas que le daban al con­junto la apariencia de un castillo. Pegada a la torre y conectada a ésta por el interior, había una inmensa cocina y una escalera que descendía hasta la puerta de un sótano que jamás, según recordaba Miguel, se había abierto. Te­nía una cerradura antigua reforzada por dos candados, uno arriba y uno abajo, cuyas llaves nunca se habían encontrado. Los dueños, en alguna oportunidad, habían comentado que el sótano estaba inundado desde hacía más de veinte años por una napa poco profunda de agua y que las dimensiones del mismo eran desconocidas. Hasta se decía que bajo tierra se reproducía toda la edifi­cación que estaba sobre tierra, incluyendo la torre, sólo que invertida. “Habla­durías”, “Comentarios”, decía el padre de Miguel. “Inventos de la gente”.

Del otro lado de la cocina había un salón con un gran hogar a leña en el centro. En el extremo opuesto del salón a la cocina se abría un largo pasillo que comunicaba con ocho dormitorios con sus respectivos baños, cuatro a cada lado de este.

En una de esas habitaciones dormían los sábados por la noche Miguel, Os­car y Emilio o algún otro integrante de la barra cuando regresaban del cine o de bailar en el club o en alguna casa. Pero, un detalle amenazaba la continuidad de esa costumbre de Miguel y sus amigos. Sus padres aceptaban de mala gana que durmieran allí algunos sábados ya que temían que los propietarios o su apoderado visitaran el lugar un domingo y les hicieran una reconvención por ese hecho.

Salieron de la ruta tomando una calle de tierra perpendicular a ésta por la que debían transitar cerca de un kilómetro para llegar al castillo.

—Esta noche es la Noche de Walpurgis —dijo Miguel—. Walpurgis nacht.

—¿La noche de quién? —preguntó Oscar.

—La Noche de Walpurgis. W—a—l—p—u—r—g—i—s —deletreó Miguel—. La Noche de Walpurgis se menciona en Drácula.

—¿En qué película? —quiso saber Emilio.

—En Drácula, el libro de Bram Stoker. La Noche de Walpurgis transcurre du­rante la noche que va desde el treinta de abril al primero de mayo. El primero de mayo se celebra la fiesta de Santa Walpurgis o Walburga, una religiosa in­glesa que murió en Alemania. Y la noche que va del treinta de abril al primero de mayo, según creencias paganas, en el Brocken, el pico culminante del ma­cizo de Harz, también en Alemania, se celebra una gran bacanal en la que par­ticipan brujos, hechiceros y demonios. Esta noche, cuenta Bram Stoker en Drá­cula, los muertos se levantan de sus tumbas y se reúnen con todos los genios maléficos de la tierra, del aire y del agua.

—¿Y esta noche, justo esta noche, es la Noche de Walpurgis? —preguntó Emi­lio.

—¿Justo esta noche, cuando vamos a dormir al castillo? —agregó Oscar.

—Sí, justo esta noche. Pero no se aflijan que no está probado que alguna vez, algún habitante del castillo haya sido un vampiro. O algunos hayan sido vampi­ros.

—¿Cómo que no está probado que hayan sido vampiros? Es una joda tuya.

—Mi viejo dice “son comentarios, inventos de la gente”.

—¡Pará! ¿Vos decís en serio que se comenta eso?

—Sí, tarado. Lo digo en serio. Pero ¿qué problema te hacés? ¿Va a ser la primera vez que dormimos en el castillo?

—No —dijo Oscar—. Pero sí la primera vez que durmamos en una Noche de Walpurgis, como vos decís.

—Dejate de joder. Vos estás viendo muchas películas de terror. Si tienen miedo, vuélvanse a sus casas y yo me voy a dormir a la mía —terminó la charla Miguel, un poco molesto por el temor irracional de sus amigos.

Caminaron en silencio las últimas cuadras que los separaban del castillo. Atravesaron el portón y pasaron, también en silencio, a pocos metros del chalet donde vivía la familia Peralta. Entraron al castillo con una copia de la llave de la puerta principal que Miguel solía llevar en esas ocasiones y sin más comenta­rios sobre la charla anterior, un poco intimidados por sus propios pasos retum­bando en el piso de madera del dormitorio, cerraron la puerta con llave y con una pesada tranca de hierro y se dispusieron a dormir en las tres camas que la madre de Miguel había dispuesto durante el día, aun refunfuñando.

—Apagaron la luz. Ya se acostaron —dijo el padre de Miguel.

—Vamos —dijeron al unísono la madre y el hermano.

Cubiertos el padre por un sobretodo negro, la madre con un viejo impermea­ble azul marino y el hermano por una capa que alguna vez fuera disfraz de Zo­rro, sin la “Z” blanca, con los rostros embozados por bufandas y pañuelos ne­gros, marcharon por el parque rumbo al castillo. La madre abrió la puerta del salón dirigiéndose a ocupar el lugar que le habían asignado frente a la puerta del dormitorio y el padre y el hermano se plantaron frente a la ventana enrejada que daba al parque. El terror, en esa Noche de Walpurgis, tomó entonces otra dimensión, hasta entonces desconocida, para los tres adolescentes adictos al género.

Aún permanecían despiertos, hablando en voz baja, cuando sintieron el ruido del picaporte de la puerta de su habitación. Gritaron, incorporándose en sus camas, preguntando quién intentaba abrir. Cuando escucharon los gritos, el padre y el hermano de Miguel se sumaron al acoso golpeando la ventana y empujando los vidrios. Las dos hojas se abrieron corriendo las cortinas, y Mi­guel, Oscar y Emilio vieron las dos figuras espectrales que pugnaban por en­trar, a pesar de la reja, mientras en el otro extremo de la habitación sobreve­nían golpes y empujones contra la puerta. El miedo les había atenazado las gargantas. Con un hilo de voz trataban de pedir auxilio mientras corrían aterra­dos por toda la habitación. Miguel intentó entonces colocar una pesada cómoda contra la puerta y sus amigos lo ayudaron hasta que ésta, con llave, tranca y mueble asegurándola, pareció ofrecer la resistencia necesaria. Luego arrima­ron un ropero a la ventana y sobre el ropero las camas, luchando con todas sus fuerzas para que la barricada no fuera derribada a medida que la construían por las tenebrosas entidades del exterior. Después el silencio; y más silencio; y más terror imaginando un contraataque.

Sentado en el suelo al lado de sus amigos, contra una de las paredes, vigi­lando ambas aberturas, con la única tonalidad de voz que le permitían sus cuerdas vocales, Miguel dijo:

—De acá no nos movemos hasta que sea pleno día.

Los padres y el hermano de Miguel volvieron a su casa. “Creo que esta no­che se acabó la costumbre de venir al castillo a dormir con sus amigos”, fue todo el comentario que se permitieron, en la voz del padre. Guardaron los ro­pajes en el fondo de un baúl repleto de otras prendas y juraron no revelar a nadie, jamás, la verdad sobre lo acontecido esa noche.

El alba redentora, milagrosa, llegó, por fin. Llegó el pleno día que esperaba Miguel. A las nueve su padre dijo:

—Estos se habrán dormido a las seis de la mañana, cuando salió el sol. Voy a despertarlos. Hoy se tienen que ir de picnic al balneario.

Antes de entrar al castillo miró desde lejos la ventana que seguía tapiada con el ropero y las camas. Abrió la puerta del salón, caminó por el pasillo que llevaba a los dormitorios y vio que la puerta estaba abierta. En realidad, el hueco donde antes estaba la puerta. Porque la puerta estaba en el suelo, des­trozada, hecha pedazos, derribada junto a la cómoda. En el centro de la habi­tación estaban los cuerpos sin vida, exangües, de Miguel, Oscar y Emilio.

Unas pocas gotas de sangre que alguien no había aprovechado salpicaban el piso de madera.

Rubén Faustino Cabrera nació el 16 de noviembre de 1949 en La Cumbre, Córdoba, y reside en Del Viso, Partido de Pilar. Es un prolífico escritor, guionista, humorista y difusor cultural con una trayectoria destacada desde la década de 1980. Su labor como redactor e historietista abarca emblemáticas publicaciones gráficas argentinas como Humor, Sex Humor y Fierro, además de haber sido uno de los guionistas de la revista chilena Condorito. En televisión y radio, colaboró en el recordado programa El show de VideoMatch, escribió para Johnny Allon Presenta y condujo diversos ciclos radiales. Como narrador, ha obtenido múltiples galardones, destacándose como finalista en el Concurso de Cuentos Clarín y Revista Ñ (2008), y ha publicado una extensa obra que incluye novelas de fantasía heroica, libros de humor, antologías, versiones condensadas de clásicos y microrrelatos difundidos internacionalmente y traducidos a proyectos educativos oficiales. Además, ejerce activamente como tallerista, jurado literario y corrector de textos.

LA SUERTE CAMBIA

István Nemes

 

Jim Bimm caminaba nerviosamente de un lado a otro frente al mostrador de mármol blanco como la nieve. Después de una hora y media de hacer fila, le costaba soportar que rechazaran una vez más su solicitud. Aunque la funcionaria alienígena era un ángel adorable, de sonrisa encantadora, detrás de ella, junto a la salida, montaban guardia dos colosos musculosos con los que no parecía aconsejable discutir. Entre los angélicos, las hembras parecían frágiles y sensuales muñequitas de apenas un metro cincuenta de altura, mientras que los machos eran guerreros intrépidos de dos metros y medio. Querubines alados.

—Nuestra capacidad de almacenamiento es limitada, señor —gorjeó la mujercita—. Lamentablemente, no podemos llevarnos con nosotros a todos los que desean marcharse. La cantidad de solicitantes supera en varios miles de veces las plazas disponibles y los criterios de selección son estrictos.

La alienígena de rostro angelical hablaba con voz cristalina, ceceando ligeramente y con acento francés; sonreía con tanta amabilidad que era imposible enfadarse con ella.

—Pero... pero ni siquiera me han explicado por qué me rechazaron.

—No es necesario dar explicaciones. Nuestra nave, nuestro mundo, nuestras condiciones. Su gobierno ha establecido que la selección de los viajeros entre los voluntarios es prerrogativa nuestra.

—Soy la elección ideal —se lamentó Jim—. Joven, sano, emprendedor, ingenioso, creativo, imaginativo... Tengo dos títulos universitarios, pero tampoco le hago ascos al trabajo manual. Trabajo obsesivamente de la mañana a la noche, o de la noche a la mañana.

—Seguro que tienen una lista de espera —intervino Julia, la pareja de Jim—. ¡Por lo menos anótenos en ella! ¡Lo exijo!

El ángel observó con interés a la decidida pareja; en sus ojos irisados destellaron luces como si tratara de examinarlos con alguna clase de radiación, desde los dedos pequeños de los pies hasta la coronilla.

—¿Por qué desean tanto abandonar la Tierra?

—Desde que tengo uso de razón siento que no pertenezco aquí. Y mi esposa tampoco. Siempre hemos querido marcharnos. Conocer otra cultura, adoptar sus costumbres, vivir como ellos... integrarnos entre ellos... encontrar cosas nuevas que puedan apasionarme, que den un propósito a mi vida... Siempre soñé con que algún día apareciera en la Tierra una especie mucho más avanzada y sofisticada que nosotros... y nos llevara consigo a su propio mundo.

—Y yo soñé hace años con la llegada de los angélicos —prosiguió Julia—, con el traslado de las personas valiosas. Nos encantan las historias de ciencia ficción, nos encantan la ciencia, la astronomía y también la astrología. Por mi nacimiento soy Sagitario... ¡mi lugar está en la constelación de Sagitario!

—No puedo creer que no nos consideren lo bastante valiosos —gruñó Jim—. ¡Lo somos! ¡Tenemos que irnos con ustedes! ¡Tenemos que hacerlo! ¡No tenemos nada que hacer en la Tierra! Un mundo nuevo, una aventura nueva, ¡eso es lo nuestro! Un mundo donde no haya corrupción, donde no haya malditos políticos, donde no hagan falta abogados, donde...

—Si viviéramos en el siglo XIX —explicó Julia—, habríamos sido de los primeros en partir hacia el oeste en caravanas de carretas para conquistar territorios inexplorados...

—¡Y para participar en la construcción de un mundo nuevo!

—Lo siento.

El ángel levantó la mano izquierda y agitó sus alas blancas como la nieve, pero conservó su sonrisa seductora.

—Sin duda son personas valiosas, pero les ruego que no retrasen la fila. ¡Márchense!

Los dos guardaespaldas querubines dieron un paso al frente. No desenvainaron las enormes espadas que colgaban de sus cinturas, pero hicieron un movimiento que indicaba que hacerlo era solo cuestión de segundos.

—¡Les convendría llevarnos! —gimió Jim desesperadamente—. ¿Cuáles son esas condiciones que, según ustedes, no cumplimos? ¿Creen que no estamos lo bastante locos como para aceptar cualquier cosa? Nos encantan los deportes. Mi esposa corre habitualmente, juega al tenis y practica kung-fu. Yo escalo laderas y glaciares; mis deportes favoritos son el salto BASE y el ala delta. ¡Estamos dispuestos a cualquier locura, queremos probarlo todo!

—¡Exactamente! —lo secundó Julia—. Y si el problema es que no tenemos hijos, eso puede cambiar fácilmente.

—Los dos somos fértiles, tenemos certificados médicos. Y, como he dicho, estamos dispuestos a cualquier cosa.

El ángel contempló con interés a los exaltados jóvenes.

—En ese caso, ¿probarían algo para complacerme?

—¡Cualquier cosa!

—¿Probarían qué se siente al apartarse de la fila y cederles el lugar a los siguientes solicitantes?

 

Ya era la séptima vez que Jim y Julia eran expulsados de entre los aspirantes. De nada había servido presentarse con identidades falsas diferentes en las representaciones angélicas, rellenar de distinta manera los formularios o mentir acerca de las cosas más diversas: siempre los rechazaban.

Cuatro años atrás había aterrizado la primera nave espacial de los angélicos en el estado de Nueva York, cerca de la ciudad de Nueva York, y después del prolongado proceso de establecimiento de contacto y del secretismo internacional, llegaron varias decenas de naves más a las proximidades de distintas ciudades de todos los continentes. Los alienígenas compartieron con la humanidad numerosos avances médicos y tecnológicos, y lo hicieron de manera que ningún país pudiera apropiárselos en beneficio exclusivo. Revelaron que llevaban cien años observando los acontecimientos de la Tierra –a ellos se debía la multitud de avistamientos de ovnis–, pero que solo entonces habían considerado llegado el momento de mostrarse. Caminaban sobre dos piernas, tenían grandes alas de ángel en la espalda, dos brazos terminados en manos de cuatro dedos y cabezas de apariencia casi humana. Su boca era algo más ancha y su dentadura más poderosa que las de un ser humano corriente, y sus dos ojos estaban tan juntos que los lagrimales casi se tocaban por encima del afilado puente nasal, semejante a un pico, pero aquello no molestaba a nadie.

Se llamaban a sí mismos angélicos y, debido a sus alas blancas y emplumadas, la asociación popular fue inmediata y todo el mundo comenzó a referirse a ellos como «los ángeles del Cielo». Y la denominación resultaba apropiada, aunque solo fuera porque llamaban «Hevn» a su planeta natal en su propia lengua. La palabra inglesa heaven significa «cielo» o «paraíso», y eso resultó decisivo. Los alienígenas de rostro angelical, mirada inocente, amables y amistosos quedaron identificados en el imaginario colectivo con los ángeles. Cuando se descubrió que una nave estelar angélica ya había visitado la Tierra en tiempos prehistóricos, surgieron numerosas hipótesis según las cuales probablemente ellos habían dado origen a los mitos relacionados con los ángeles.

¿Y por qué habían venido los angélicos a la Tierra? Consideraban que la humanidad había alcanzado ya un nivel que le permitía incorporarse a la Comunidad Cósmica y se ofrecieron a ejercer de protectores de nuestra especie, que hasta entonces había vivido aislada. Pero para ello –afirmaban– la especie humana debía demostrar ante los seres inteligentes de la Galaxia su inteligencia y su viabilidad. Es decir, seleccionarían una muestra –un grupo de cien mil personas– entre los voluntarios y los llevarían a una isla deshabitada pero paradisíaca de Hevn, donde aquellos colonos tendrían la oportunidad de construir su propio mundo y demostrar así que la especie humana era digna de formar parte de la Comunidad Galáctica.

Se presentaron varios millones de candidatos; muchos, muchísimos millones de seres humanos inteligentes que habrían estado dispuestos incluso a ir al infierno con tal de librarse de aquel mundo devastado por las guerras, corrupto hasta la médula y podrido, donde tenían que trabajar aterrorizados para conseguir el sustento cotidiano bajo una forma de gobierno terrorista a la que llamaban democracia. Pero los angélicos se reservaron el derecho de elegir entre los solicitantes a los ejemplares adecuados. A quienes finalmente podrían viajar a Hevn, al Paraíso. Y como los angélicos habían demostrado sus buenas intenciones proporcionando una valiosa ayuda científica, los Estados miembros de las Naciones Unidas colaboraron gustosamente con ellos.

Nadie sabía con qué criterios realizaban la selección. Pero Jim Bimm y su pareja se habían metido en la cabeza que estarían entre los colonos cuando las gigantescas naves espaciales despegaran de la Tierra, y hasta entonces Jim siempre había conseguido llevar a buen término todo aquello que se proponía. Era realmente ingenioso; si lo echaban por la puerta, volvía a entrar por la ventana.

Había conocido a Julia varios años antes de la llegada de los angélicos. Pensaban de la misma manera acerca del mundo y compartían también sus sueños. La muchacha delgada, de cabello muy corto, trabajaba en una oficina de inmigración y sabía de la presencia de los angélicos mucho antes de que la mayor parte del mundo se enterara. Deseaba con el mismo fanatismo que Jim subir a bordo de una de las naves, pero también había sido rechazada. Después de deducir que los matrimonios gozaban de cierta ventaja en las solicitudes, se casaron apresuradamente, pero para entonces ya era demasiado tarde: las plazas estaban casi cubiertas. Solo les quedaba una posibilidad: ganar el sorteo en el que se decidiría el destino de las últimas doscientas tarjetas de viaje.

Los trucos, chantajes, actos de corrupción y amenazas a los que Julia, gracias a su buena posición dentro de la administración, había recurrido para conseguir que ella y su marido participaran en el sorteo final merecerían una novela aparte. Pero, naturalmente, también fracasaron allí y no estuvieron entre los elegidos. Sin embargo, Jim Bimm y su esposa no se dieron por vencidos. Violando la ley, Julia obtuvo de un expediente confidencial el nombre y los datos de una de las parejas afortunadas: el matrimonio Halloran. Dos seres monstruosamente obesos que, entre ambos, pesaban más de trescientos kilos; como Jim los llamaba para sus adentros: el señor y la señora Cerdito...

—¡Es increíble que hayan elegido a esos y no a nosotros! —se lamentó Jim unos días después, mientras bebía con su esposa en un tugurio miserable—. ¡Esos malditos Halloran irán al Cielo en nuestro lugar! ¡Ese par de cerdos gordos!

—¡Esto aún no ha terminado, amigo mío! —siseó Julia con feroz determinación—. Yo no me doy por vencida tan fácilmente.

Jim hizo una mueca amarga.

—¿Qué esperanza te queda?

La mujer lo miró sombríamente. Por delgada y frágil que pareciera, podía llegar a ser feroz y obsesiva.

—Sé dónde viven por el expediente...

—¿Y qué?

—Habrá diez mil pasajeros en la nave de Nueva York. Durante los últimos días ya han embarcado nueve mil ochocientos. Mañana recibirán al último grupo, los afortunados del sorteo... ¡Doscientas personas! ¿Crees que los alienígenas van a comprobar personalmente la identidad de cada una?

Jim comenzó a comprender lo que estaba pensando su esposa.

—¿Podría funcionar? —preguntó sombríamente.

—No necesariamente tenemos que matarlos —murmuró la mujer—. Atamos a los Cerditos, les quitamos sus tarjetas de viaje, nos presentamos con sus nombres... puedo fabricar documentos falsos en la oficina... y para cuando mañana a esta hora descubran el ataque, nosotros ya estaremos a muchos miles de kilómetros de la Tierra...

La entrada en la enorme casa se produjo sin contratiempos. Parecía que Julia tenía experiencia en esa clase de cosas. Pocos minutos después, el señor y la señora Halloran, vestidos con sus pijamas, yacían atados en un rincón, mientras los intrusos abrían cajones febrilmente y arrojaban su contenido por todas partes.

—¿Dónde diablos pueden haberlas escondido? —siseó Julia.

Arrancó la cinta adhesiva que cubría la boca del señor Halloran. El rostro adiposo del hombre temblaba mientras jadeaba en busca de aire.

—¡No las encontrarán! —gimoteó—. ¡Las quemamos!

—¿Qué? —Jim lo miró atónito—. ¿Quemaron las tarjetas?

—No las tarjetas —balbuceó Halloran—, sino los códigos.

—¿Qué? ¡¿Qué códigos?!

—¡Los del sorteo!

El hombre obeso calló y apretó los labios con fuerza, como si no estuviera dispuesto a decir nada más, pero Julia le dio dos patadas en la cara y el individuo empezó a gemir de inmediato.

—¡Lo confieso! ¡Amañamos el sorteo! ¡Sobornamos a los supervisores!

—¿Qué?

—Ya estaba decidido —sollozó el hombre—. Los angélicos nos habían elegido; el sorteo no fue más que una representación, parte de algún juego político... ¡Nosotros teníamos que ganar!

Jim Bimm estuvo a punto de estallar de furia; le dio dos patadas al hombre obeso. Julia, sin embargo, se mostró más práctica.

—¿Dónde están las tarjetas de viaje?

—En la caja fuerte de la pared... —gimió el señor Halloran—. El código es uno... dos... tres... cuatro...

—¡Vaya, qué original!

 

Julia conducía con tranquilidad y avanzaban hacia el aeropuerto a un ritmo lento y despreocupado. No tenían necesidad de apresurarse y tampoco querían llamar la atención. La gigantesca nave espacial alienígena se alzaba muy por encima de los edificios de diez pisos, y la vibración y los destellos constantes de su resplandeciente red de energía dibujaban colores fantásticos en el cielo sonriente del amanecer.

—¿Qué crees, Jul? ¿Funcionará?

—¡No me llames así! ¡Me llamo Faye Halloran! ¡Y tú acostúmbrate al nombre George!

El aeropuerto, abandonado y fuera de uso desde hacía años, estaba ahora rodeado por un fuerte cordón de seguridad. Junto a la valla se agolpaba una enorme multitud: periodistas, fotógrafos, reporteros, curiosos, y en la barrera de entrada montaban guardia soldados armados hasta los dientes y querubines provistos de espadas. Llegaban coches, autobuses y taxis uno tras otro. Aquel día embarcaban los últimos doscientos pasajeros; casi todos iban acompañados por familiares y amigos que habían acudido a despedirse allí mismo de quienes se preparaban para el gran viaje.

—¡Esto es una estupidez! —siseó Jim, nervioso—. Nos descubrirán. Ni siquiera nos parecemos a esos dos montones de grasa.

—¡Sé optimista! No tenemos otra oportunidad... y nuestros documentos falsos llevan nuestras propias fotografías.

Julia redujo apenas la velocidad y se abrió paso entre la multitud que avanzaba hacia ellos. No atropelló a nadie, pero siguió adelante con firmeza e implacablemente. A su alrededor destellaban los flashes, acercaban micrófonos y le gritaban que bajara la ventanilla. La mujer se cubrió parcialmente el rostro y, medio minuto después, entraron en la zona de seguridad, dejando atrás a la muchedumbre vociferante.

Había catorce coches delante de ellos y poco después llegaron otros cinco o seis detrás. Cuando el oficial de guardia se acercó, Julia bajó la ventanilla y le sonrió amablemente. Le entregó las dos tarjetas de viaje y también sus documentos de identidad. El oficial introdujo las pequeñas tarjetas de plástico en una ranura del ordenador de control que llevaba sujeto a la muñeca y luego se las devolvió.

Tampoco hubo problemas con los documentos: Julia había realizado un trabajo preciso en la oficina.

—¡Buen viaje, señor y señora Halloran! —les deseó el oficial mientras levantaba la barrera—. ¡Buena suerte en el nuevo mundo!

Dejaron el coche junto a la siguiente barrera y se sometieron a un control más minucioso; los registraron de manera exhaustiva en todos los sentidos, incluidas las cavidades corporales. Examinaron todos sus objetos personales: anillos, collares, pendientes, todo.

Después les permitieron acceder a la zona más interior. Vista desde tan cerca, la gigantesca nave espacial resultaba verdaderamente opresiva. Ambos tenían la sensación de que el enorme monstruo metálico estaba a punto de caer sobre ellos.

Se acercaron con pasos soñolientos y prácticamente no prestaron atención a sus compañeros de viaje, que avanzaban con idéntica mezcla de asombro y emoción. Su sueño se había hecho realidad. Pronto subirían a bordo y entonces ya nadie podría obligarlos a regresar.

—¡Tómame de la mano! —murmuró Julia, emocionada, y Jim obedeció.

Avanzaron tomados de la mano hacia la nave alienígena, y no solo para representar ante los curiosos el papel de un matrimonio enamorado.

En aquella zona más interior ya no había soldados de las Naciones Unidas con cascos azules, sino únicamente angélicos machos de dos metros y medio de altura. Junto a la rampa de acceso a la nave esperaban a los recién llegados dos alienígenas femeninas de rostro angelical. Además de Jim y Julia, llegaron al mismo tiempo otras ocho personas. Todos eran matrimonios corpulentos y obesos, de entre veinte y cincuenta años. Los angélicos no comprobaron nada.

—¡Vengan! —dijo amablemente la alienígena más alta, con su ligero ceceo, y condujo al pequeño grupo hacia el interior de la nave.

Después de diez minutos subiendo y bajando en ascensores, desplazándose por pasillos móviles y flotando sobre una extraña sustancia gelatinosa, llegaron ante una puerta de cerámica.

Jim miró a su alrededor frunciendo el ceño y se asomó por algunas ventanas. Quiso seguir adelante, pero la angélica se interpuso en su camino.

—¡Por aquí! —indicó con amabilidad—. ¡Quítense la ropa y entren en la ducha de descontaminación! Después, cuando hayan terminado, ocupen las cápsulas de hibernación que estén libres.

A lo largo de toda la pared se alineaban cápsulas del tamaño de una persona, semejantes a ataúdes transparentes de cristal. En aquellos compartimentos realizarían, en estado de congelación profunda, el viaje de más de diez años. Una pequeña parte de las celdas todavía estaba vacía, pero en la mayoría podían verse cuerpos humanos desnudos en posición semirreclinada. Una sustancia gelatinosa cubría gran parte de sus cuerpos y un tubo fino penetraba en sus fosas nasales, pero aparte de eso todos estaban completamente desnudos. Y eran terriblemente gordos, barrigones, adiposos. El más pequeño debía de pesar por lo menos ciento veinte kilos.

Mientras los pasajeros recién llegados se desvestían con cierta vergüenza, dándose la espalda unos a otros, y entraban en la ducha desinfectante, la diferencia entre Jim y Julia y sus compañeros de viaje se hizo todavía más evidente. Jim tampoco era particularmente corpulento, pero las extremidades huesudas de su esposa, sus piernas delgadas como palillos y sus brazos escuálidos parecían casi traquetear.

Mientras el aerosol desinfectante caía sobre ellos, un grupo de angélicos trabajaba alrededor de las cápsulas de hibernación vacías.

—Esto no me gusta —susurró Jim a su esposa.

—¡Alégrate! —respondió Julia sonriendo—. Esto era lo que queríamos, ¿no? Estamos a bordo. ¡Dentro de unas horas estaremos camino al Cielo!

—Esos... ¡todos son gordos! Mira, ¡los alienígenas solo han elegido a gente obesa!

—¿Y qué?

—Mientras veníamos por el pasillo miré dentro de un par de habitaciones. Tuve la impresión de que pasábamos junto a cocinas, enormes almacenes de alimentos...

—¿Qué estás insinuando?

Jim se mordisqueó los labios.

—¿Por qué crees que la sala de hibernación está precisamente al lado de las cocinas y los comedores? ¿Para que si nos entra hambre durante la hibernación en el largo viaje podamos salir de nuestros ataúdes y comer algo?

De pronto Julia también se puso seria.

—¡¿De qué demonios estás hablando?!

—De que esto no es una sala de hibernación, sino un congelador... ¡donde guardan la carne!

La mujer miró horrorizada hacia una de las alienígenas de rostro angelical, que palpaba solícitamente a una señora obesa mientras la ayudaba a entrar en un ataúd de cristal vacío. Había algo extraño en los gestos del ser alienígena; era como si condujera a un cerdo al matadero.

—¡Es imposible! —susurró Julia, aunque se estremeció.

—Pero... es lógico —musitó Jim—. Los angélicos no vinieron por nosotros. Solo aterrizaron en la Tierra para reabastecer sus provisiones. ¡Mira sus dientes! ¡Son carnívoros!... ¡Y durante el resto del viaje nosotros seremos su comida!... Engañamos, robamos, mentimos, incluso recurrimos a la violencia para poder llegar al Cielo.

Suspiró.

—Pronto recibiremos nuestra recompensa por todo eso... No iremos al paraíso de los ángeles... sino a sus estómagos.



El autor dice de sí mismo: Me llamo István Nemes. Nací en 1961 en el este de Hungría, en una ciudad llamada Debrecen. Empecé a escribir a los diez años y mi primera obra se publicó cuando tenía dieciocho: un fanzine de ciencia ficción titulado *Spirál*. Mi primera novela, *A Káosz Szava* (La palabra del caos), se publicó en 1990 bajo el seudónimo de John Caldwell y alcanzó un éxito considerable. Desde entonces, he publicado entre 200 y 210 novelas, principalmente del género fantástico, utilizando seudónimos como John Caldwell, Jeffrey Stone, entre otros. He traducido al húngaro obras de autores de renombre, como Robert Silverberg, Alfred Bester, Jack Vance, Robert E. Howard, Robert Sheckley, Harlan Ellison, entre otros. En total, mi nombre figura —ya sea como autor, traductor o editor— en aproximadamente 550 novelas publicadas en húngaro. Actualmente trabajo como editor para la editorial húngara Delta Vision.

MI PEQUEÑA Y MODESTA BODA NO JUDÍA

Marleen S. Barr

 

Llamé por teléfono a mi madre para darle la noticia que llevaba veinticinco años esperando oír.

—Hola.

—Cásate.

—Voy a casarme. Precisamente para eso te llamo.

—Cásate.

—No me estás escuchando. Estás tan acostumbrada a decirme que me case que sigues diciéndomelo aunque voy a casarme. Déjame ser clara: me caso mañana por la mañana. Din, don, las campanas van a repicar.

—¿Qué? ¿Qué campanas? Oy, mi hija se casa en una iglesia. Tu padre y yo no vamos a entrar en una iglesia. Podemos hacer la vista gorda acerca de que el novio sea shaygetz porque ya eres tan mayor que nuestra única exigencia es que te cases con un ser humano; pero una boda en una iglesia está fuera de toda discusión. Los judíos de Forest Hills no van a la iglesia. Tu padre y yo no somos una excepción.

—No. Nada de iglesia. Me caso mañana por la mañana en el Ayuntamiento de Queens, en Queens Boulevard. Pepe y yo pasaremos a recogerlos a ti y a Egor –a mi padre lo llamo Egor y a mi madre, Herbert– a las diez y media.

Después de terminar la llamada en la que anuncié mi boda a mi madre y de dedicar exactamente tres minutos a los preparativos –prestar atención a los detalles ceremoniales no es mi estilo–, volví al trabajo que tenía entre manos aquella noche.

La familia nuclear Lear –que estaba a punto de incorporar al lascivo historiador de arte francocanadiense Pepe Le Pew– entró en el edificio municipal de Queens y tomó asiento en la zona de espera reservada para las parejas a punto de casarse y sus acompañantes. Herbert examinó el terreno con esa mirada de «cásate con un hombre heterosexual» que había utilizado durante toda mi vida adulta.

—Mira a todas estas mujeres que están a punto de casarse. ¿Por qué tú no puedes casarte? ¿Por qué no puedes ser como todas estas mujeres? ¿Por qué no puedes ser normal, Sondra?

Como Pepe no estaba acostumbrado a las madres judías –y mucho menos a Herbert, que superaba todos los límites de lo intolerable–, intenté mantener la calma.

—Querida madre, por favor, reconoce que estoy aquí precisamente para casarme.

—Todos estos hombres ya están comprometidos. Pero fíjate en el funcionario que celebra las bodas. Tal vez esté soltero. Pregúntale si está soltero. Si lo está, yo les preguntaré a esos futuros novios si tienen amigos o hermanos solteros.

Y ahí terminó mi decisión de mantener la calma.

—Esto supera todo lo imaginable. Aquí estoy, esperando para casarme, y tú estás tan acostumbrada a decirme que me case que, aun cuando la boda es inminente, sigues sin poder dejar de insistir y hacerme la vida imposible. ¿Vas a seguir diciéndome que me case cuando termine la ceremonia? Y si decides desistir ante la evidencia indiscutible de que tus sermones ya no son necesarios, ¿con qué cosa nueva te obsesionarás? Estoy segura de que habrá algo nuevo. No puedes empezar con lo de los nietos porque soy demasiado mayor para tener un bebé. Egor, por favor, haz algo. Dile a Herbert que deje de decirme que me case y que encuentre marido cuando voy a casarme dentro de quince minutos y el marido que he encontrado está aquí mismo.

—Haz lo que dice tu madre. Escucha a tu madre —dijo Egor tranquilamente.

—¡Aaaaaargh! —dije.

—Discúlpenme. Voy al baño —dijo Pepe.

Pasaron cinco minutos y Pepe seguía sin regresar. Entré en pánico. Imaginé que Pepe, después de pensarlo mejor tras haber visto a Herbert en acción, había decidido no seguir adelante con la boda. Pensé que Pepe había puesto pies en polvorosa rumbo a las colinas de Forest Hills. Aunque las colinas de Forest Hills están pavimentadas, no dejan de ser colinas. Después de haber estado expuesto a Herbert, era perfectamente posible que Pepe hubiera decidido huir hacia ellas. Resolví guardarme mis temores. No alcanzaba a imaginar hasta qué punto Herbert podía hacerme sentir miserable si se enteraba de que yo sospechaba que Pepe había levantado vuelo.

—Siguientes. Boda Lear-Le Pew —dijo un empleado municipal.

—Mi prometido no está aquí.

—¿Dónde está?

—No tengo la menor idea. Salió de la sala y no ha vuelto.

Todas las parejas que esperaban y sus séquitos guardaron silencio y me miraron con compasión. Herbert rompió el silencio.

—Sondra, encuentra a tu marido. Encuéntralo inmediatamente, o antes si es posible.

Herbert me estaba diciendo que encontrara marido en mi propia boda... y ahora lo que decía tenía sentido.

Me interné en las entrañas del laberíntico edificio municipal de Queens, dudando de que alguna vez consiguiera regresar al punto de partida. Acababa de escapar de la monstruosa Herbert y ahora estaba perdida en un laberinto. La suerte estaba de mi lado. Como profesora de mitología, sabía exactamente qué hacer. Lo que había funcionado para Teseo funcionaría para Sondra. Simplemente ataría un hilo al picaporte de una puerta y lo seguiría para regresar. Vuelta al principio. No tenía ningún hilo. En cambio, llevaba una galleta en el bolsillo. Adiós, Teseo. Hola, Hansel y Gretel. Dejaría un rastro de migas de galleta y lo utilizaría para orientarme. Mientras buscaba frenéticamente a Pepe y dejaba caer migas de galleta, sabía que, si regresaba sin él, Herbert me metería en un horno y me convertiría en pan de jengibre. Pensándolo mejor, Herbert no sabría preparar pan de jengibre ni aunque le fuera la vida en ello. A diferencia de las brujas malvadas de los cuentos de hadas, las madres judías no convierten a sus hijas en pan de jengibre. Simplemente las atosigan hasta la muerte.

Llegué a la balaustrada de una terraza del segundo piso que daba al vestíbulo.

—¡Pepe! ¡Pepe! —grité frenéticamente mientras mi voz reverberaba contra las paredes del vestíbulo.

Mi repetición no era menos desesperada que los reiterados gritos de «Elaine» de Dustin Hoffman durante la boda. Resonó por todas las zonas públicas del primer y segundo piso... sin obtener respuesta alguna de Pepe.

Lo único que me quedaba por hacer era investigar los baños. Asomé la cabeza en todos los baños de hombres que pude encontrar mientras gritaba «¡Pepe! ¡Pepe!» a pleno pulmón. Por suerte, «Pepe» suena en inglés como pee-pee. Tal vez pudiera evitar que me arrestaran si interpretaban mis gritos de «Pepe, Pepe» como los de una persona trastornada, con un extraño acento, que necesitaba orinar urgentemente. Ya podía imaginar la acusación: ensuciar un edificio municipal con migas de pan y hacer proposiciones en los baños de hombres. El veredicto: internamiento en el Hospital Psiquiátrico Bellevue. Bellevue era preferible al destino que me aguardaba a manos de Herbert si regresaba a mi boda sin haber encontrado a mi marido.

Intenté tranquilizarme y encontrar una salida racional a la situación. Recordé el episodio de Sex and the City en el que el novio de Carrie Bradshaw utiliza una nota adhesiva para comunicarle que quiere terminar con ella. Pepe, siempre tan correcto en cuestiones sociales, no se marcharía para siempre sin despedirse. Como mínimo, podía confiar en que utilizaría una nota adhesiva que dijera «adiós». Mi temor de que Pepe hubiera huido hacia las colinas de Forest Hills tenía que ser injustificado. Pepe debía de encontrarse en alguna parte del edificio municipal. Puesto que había pasado tantos años buscando marido, era lógico suponer que debía de poseer la capacidad de encontrar al mío dentro de un espacio específicamente delimitado.

Todos esos pensamientos lógicos se volvieron irrelevantes en cuanto vi a Pepe caminando despreocupadamente por el pasillo.

—¿Dónde estabas? Pensé que Herbert te había horrorizado hasta tal punto que habías decidido abandonarme para siempre. El funcionario pronunció nuestros nombres y nadie respondió. A pesar de mi habitual habilidad para eludir las reglas, no podía casarme sin ti. Herbert me ordenó que buscara marido en mi propia boda. Gracias a tu ausencia, por fin lo que decía tenía sentido.

—No conviertas esta situación en un drama. Me encontraste cuando nos conocimos y acabas de encontrarme otra vez. Todo está bien. Nunca te abandonaría, con Herbert o sin Herbert... aunque debo admitir que es un poco excesiva. Vamos a casarnos.

Cuando entré en la sala de ceremonias matrimoniales del edificio municipal llevando a Pepe conmigo, todas las personas presentes respiraron aliviadas.

Herbert y Egor nos contemplaron orgullosos mientras oía que por fin me dirigían las consabidas palabras de la ceremonia. Cuando el funcionario llegó a la parte en la que preguntaba si alguien tenía alguna objeción, Herbert, como siempre, no permaneció callada ni guardó silencio.

—El propósito de mi vida durante el último cuarto de siglo ha sido decirle a Sondra que se case. Ahora que finalmente, más vale tarde que nunca, va a casarse, aunque sea con un goy –y a estas alturas estoy dispuesta a hacer la vista gorda–, ¿cuál será ahora el propósito de mi vida? No puedo imaginarme sin decirle a Sondra que encuentre marido y se case. ¿Qué voy a hacer?

Por una vez en mi vida, me quedé sin palabras. Estaba tan avergonzada que deseé llevar puestos mis zuecos rojos mágicos en vez de los blancos. Los zuecos rojos me permitirían recurrir a mi amigo Ilya, el vampiro, para que me teletransportara y me sacara de aquella situación insostenible.

El siempre confiable Egor, que jamás dejaba de ayudar cuando realmente lo necesitaba, acudió al rescate.

—Rozie, esto no se trata de ti. No se trata de que tú preguntes: «¿Qué voy a hacer?». Se trata de que Sondra diga: «Sí, acepto». Por fin. No preguntes qué puede hacer por ti el «sí, acepto» de tu hija; pregúntate qué puedes hacer tú por el «sí, acepto» de tu hija.

El funcionario continuó sin pestañear. Probablemente ya lo había visto todo y Herbert no consiguió perturbarlo.

—Sí, acepto —dije.

—Sí, acepto —dijo Pepe.

El funcionario hizo lo suyo y nos declaró casados. Por fin estaba casada. Mientras besaba a Pepe y Herbert y Egor se besaban entre sí, el momento fue absolutamente mágico. O, expresado en términos de mi experiencia vital, fue mágico pero, aun así, real.

Los vulgares zuecos blancos, y no los sobrenaturales zuecos rojos, eran el atuendo más apropiado para mi particular pequeña y modesta boda no judía.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

martes, 29 de septiembre de 2026

LA ZAREVNA

Sergiy Paltsun

 

Hace calor. El amplificador mental se recalienta a cada momento y amenaza con hacerme hervir el cerebro. Tengo que sumergirlo en el agua. Y sumergirme yo también. Pero mientras nos refrescamos, el objetivo puede escaparse y salir de mi radio de alcance. Y entonces habrá sido inútil que durante tantos días les haya sugerido a todas las muchachas que venían a recoger bayas que en estos parajes se oculta algo muy valioso y nunca visto. Por supuesto, ya conseguí material para la transformación: una de las recolectoras, al verme, no se limitó a gritar y salir corriendo como las demás, sino que... En fin, podemos prescindir de los detalles fisiológicos. De todos modos, el material no sirve de mucho: en la sociedad local impera el patriarcado y...

¡Oh! ¡Ahí está el objetivo! ¡Por fin apareció el cazadorcito! Y está claro que no es un cualquiera: lleva anillos en los dedos, un caftán bordado, botas de tafilete y camisa de seda. Además, según los cánones locales, su fenotipo es sencillamente perfecto: alto, esbelto, de hombros anchos, rubio y de ojos azules. ¡Menuda pieza! Tú eres precisamente el que necesito, querido. Me acomodo el amplificador mental en la cabeza y, abrazada a la flecha, intensifico la llamada.

El rubito se vuelve, ve las plumas de la flecha y después a mí... Me quedo inmóvil. Solo faltaría que él también huyera. Pero no: el campo mental del objetivo adquiere los colores de la curiosidad y él, con cautela para no asustarme –¡asustarme a mí, ja, ja!–, se dirige hacia donde estoy, se inclina procurando no proyectar su sombra... ¡Y de repente me agarra por la espalda!

¡Ufff! ¡No se puede hacer algo así tan bruscamente! Por poco hago el mismo papelón que aquella muchacha. Por cierto, ¿dónde aprendió a ocultar así sus intenciones? ¿Será posible que los machos de aquí sean capaces de manipular emisiones mentales? En fin, ya pensaré en eso mañana, porque hoy me están envolviendo en un trapo y llevándome a alguna parte. Parece que la selección de material queda aplazada por tiempo indefinido...

 

Desenvuelven el trapo y descubro que estoy sobre una mesa. Después de recobrar el aliento –¡menos mal que al rubito se le ocurrió mojar el trapo!–, miro alrededor y descubro que alguien me observa atentamente; a juzgar por su campo mental, es un macho alfa. ¡Demonios, ¿qué lleva en la cabeza?! ¿Será un amplificador mental? ¡Vaya sorpresa! Miro con más atención: no, gracias a Dios, es un simple adorno metálico.

Mientras tanto, el rubito informa:

—Y fui, padre, como me ordenaste, a la fiesta. Y en la fiesta las muchachas decían que en nuestro pantano había aparecido una maravilla nunca vista. Entonces decidí, padre, ir en busca de esa maravilla. Llegué al pantano, preparé la flecha, cerré los ojos, giré tres veces sobre mí mismo y sentí como si alguien me llamara. Disparé en aquella dirección y fui a buscar la flecha. Y entonces vi que sobre un montículo había una rana de tamaño extraordinario, de estirpe real, con una corona de oro. Así que atrapé esta rareza y la traje a casa para divertirte, padre, y ganarme algo de gloria.

—¡Ya me has divertido, Iván! —responde el alfa con sarcasmo—. ¡Vaya si me has divertido! Te mandé a la fiesta para que buscaras muchachas bonitas, no para que anduvieras por los pantanos buscando sapos. Ahora bésate con tu sapo.

—¡Como ordenes, padre! —Y entonces el rubito vuelve a agarrarme y me acerca a su boca.

¡Puaj, me ha llenado de baba, el imbécil! Pero ahora tengo material de sobra. Y ya no hay nada que me retenga aquí. Salvo la mano del hijito. Me sacudo, intento liberarme, pero la mano solo me aprieta con más fuerza.

—Eres un tonto, Iván, aunque seas un zarévich —suspira el alfa con pesar—. Ahora te saldrán verrugas por toda la cara. ¡Tira ese sapo inmediatamente! O mejor llévalo a la cocina. El invitado galo se quejó ayer durante el banquete de que aquí no servimos ancas de rana. Que las preparen para esta noche y veremos cómo se las come. ¡Eso sí que será divertido!

No tengo el menor deseo de acabar en la cocina. Parece que tendré que iniciar la transformación aquí y ahora. Solo que, si adopto la forma de un macho, dadas las costumbres locales me buscaré un montón de problemas, incluido un posible desenlace fatal. Tendré que volver a la opción inicial. Lo cual quizá sea mejor, porque resulta más natural... Y en cuanto al patriarcado... Bueno, ya se me ocurrirá algo. Inicio el proceso de combinación del material genético de la muchacha asustadiza y el estúpido zarévich, pongo a máxima potencia el campo mental desorientador... ¡Allá vamos!

 

¡Ufff!... Por fin. Desconecto el campo y examino rápidamente mi nuevo cuerpo. Parece que ha funcionado. Y, a juzgar por las vetas de interés fisiológico que aparecen en los campos mentales del padre y del hijo incluso en medio de su absoluto estupor, ha funcionado bastante bien. Tan bien que el patriarcado parece haber dejado de ser un obstáculo insuperable.

—Eres tonto, Vania, muy tonto, pero para estas cosas no tienes un pelo de tonto... —consigue decir por fin el padre.

Y el rubito, de pronto, cae de rodillas ante mí y me pide que me case con él.

Vaya... No esperaba que las cosas fueran tan deprisa. Pero no importa. Por lo que entendí de los pensamientos de las muchachas que encontré en el pantano, todavía faltan un par de meses para la temporada local de bodas. Durante ese tiempo pueden ocurrir muchas cosas. Y necesito tener la posibilidad de aprovecharlas al máximo. Así que, antes de que empiecen las preguntas, acepto.

 

Ser la prometida de un zarévich resulta muy ventajoso desde el punto de vista de la información. Llegan visitantes de los lugares más diversos para contemplar a la muchacha prodigiosa y todos se apresuran a compartir las últimas noticias. Al parecer, el paso y el accidente de nuestra nave no han pasado inadvertidos, pero nada se sabe de los demás tripulantes que sobrevivieron. Aunque difícilmente tendrán prisa por darse a conocer entre los aborígenes: por algún motivo, los sapos parlantes no gozan aquí de demasiada popularidad. Además, mis compañeros podrían haber transformado sus cuerpos igual que yo… aunque «igual que yo» es mucho decir: en el arte de la transformación, nadie de la tripulación se acercaba siquiera a mi nivel.

Entonces empiezan a llegarme rumores de que, al otro lado de un río lejano, precisamente donde debía haber caído la nave, ha aparecido un malvado hechicero llamado Koschéi. Por las descripciones, ese Koschéi se parece sobre todo a un esqueleto viviente, pero lo importante no es la forma del cuerpo, que puede cambiarse con facilidad, sino que haya aparecido recientemente y resulte completamente ajeno a este mundo.

Le insinúo a mi prometido que me gustaría ir a ver al extraño hechicero. El rubito echa mano inmediatamente de la espada y dice que no puede exponer a su adorada –y en eso tiene razón: la transformación no solo salió bien, sino extraordinariamente bien; la mayoría de los machos locales pierden los últimos vestigios de inteligencia cuando me ven–, en fin, que no puede exponer a su adorada a semejante peligro. Por lo tanto, irá él mismo a buscar a Koschéi y me lo traerá en una jaula de hierro. ¡Sí, claro que lo traerá! Si ese Koschéi es uno de los nuestros, no volveré a ver a mi prometido; y si es un nativo, ¿para qué demonios lo quiero, incluso con jaula y todo? Apenas consigo disuadirlo, diciéndole que no pienso dejarlo ir a ninguna parte porque sufriría una tristeza indescriptible. Me cree. Dice que, si tanto lo deseo, enviará embajadores a Koschéi con regalos y una invitación para la boda. En verdad, el patriarcado en manos expertas...

 

Y entonces, un día antes de la boda, recibo inesperadamente un mentograma. De Koschéi. Dice que ha recibido el mensaje y espera nuevas instrucciones. Atentamente, robot de reparaciones KSH-11. Resulta que consiguió salir de los restos de la nave, autorrepararse y establecer comunicación con el cerebro de a bordo. No se sabe dónde está el cerebro, pero responde a las comunicaciones y, si le doy la orden correspondiente, KSH-11 intentará localizarlo. Le ordeno que por el momento permanezca donde está y empiezo a pensar. ¿Escapar hoy mismo, encontrar el cerebro y comenzar, con ayuda de Koschéi –lo llamaré por el nombre local para no delatarme por accidente–, a reconstruir la nave o al menos la baliza de emergencia? ¿O esperar a la boda, convertirme oficialmente en zarevna y aprovechar entonces mis nuevas posibilidades?

Decido optar por la segunda alternativa. Además, mi cuerpo parece inclinarse también por ella. Por lo visto, tiene su propio interés particular en el rubito. Aunque yo tampoco tengo nada en contra del sexo exótico.

Sin embargo, nunca llegamos al sexo. Aguanto sentada todo el banquete nupcial, nos conducen a mi esposo y a mí a la alcoba, y entonces ese idiota agarra el cofrecillo donde guardo mi material genético original y el amplificador mental y lo arroja al fuego. «Ahora eres mi esposa —dice—, y que tu pasado de sapo arda entre las llamas». Me quedo petrificada, viendo cómo mis posibilidades de recuperar mi forma original y comunicarme con Koschéi se van literalmente por la chimenea, mientras el rubito sonríe como un bobo y me tiende las manos. Según él, hemos acabado con el pasado y ha llegado la hora de ocuparnos del futuro.

Siento que voy a perder el conocimiento y empiezo a desplomarme lentamente cuando, de pronto, se abre un portal en plena alcoba y Koschéi sale de él. Al desaparecer la señal del amplificador mental, el fiel robot comprendió que algo iba mal y acudió a rescatarme. Arroja a un lado a mi esposo, me recoge y vuelve conmigo a través del portal.

 

Me costó mucho acostumbrarme a no percibir los campos mentales. Una se siente como si estuviera desnuda en medio de una plaza. Koschéi se ofreció a ir en busca del cerebro de la nave; quizá este pudiera encontrar alguna solución, pero yo no tenía fuerzas para dejarlo marchar. Tampoco tenía fuerzas para ir con él. Esperaba algo. Y finalmente llegó...

Una mañana despierto y Koschéi está tendido, inmóvil. Lloro por él y por mi amargo destino, me entrego a un ataque de histeria y empiezo a preguntarme cómo voy a seguir viviendo. Pero resulta que mi destino no solo me preocupa a mí: un par de días después aparece mi prometido. Pone un pie sobre el pobre Koschéi.

—He acabado con el villano —dice—. Te he salvado, luz de mis ojos. Es hora de regresar a casa.

¿Qué podía hacer? Regresamos. Por el camino me cuenta cómo me buscó, cómo conoció a una vieja bruja llamada Yaga y cómo esta le reveló dónde colgaba de un roble el cofre de hierro que contenía la muerte de Koschéi. Entonces tengo una revelación.

—¿No se llamaría la bruja Dzhíagga? —pregunto.

¡Maldita advenediza! Siempre me tuvo envidia y me fastidió cada vez que pudo. Incluso ahora, cuando al parecer solo quedamos nosotras dos en todo el planeta...

—¡Exactamente! Así se llamaba. ¿Cómo lo sabes? —se sorprende mi prometido.

—Porque ella fue quien ayudó a Koschéi a secuestrarme —le informo con maliciosa satisfacción—. Y después debieron de pelearse por algo.

—¡Qué víbora traicionera! —se indigna mi esposo—. Primero lo ayudó a secuestrarte y después me dio de comer, de beber... en fin, me acostó a dormir, me indicó el camino y me dio consejos. ¡Le cortaré la cabeza!

—No le cortes la cabeza, querido. Su sangre está hechizada: donde caiga una sola gota, crecerá una bruja nueva —le pido con dulzura—. Mejor atúrdela de un garrotazo y échala al horno.

—¡Ni siquiera voy a aturdirla! ¡La arrojaré directamente al horno!

 

En resumen, para cuando llegamos a casa había enardecido de tal modo a mi héroe que ni siquiera se bajó del caballo. Dio media vuelta y partió al galope para arrojar a Dzhíagga al horno.

Mientras tanto, unos griegos viajeros se hospedaban en casa de su padre. ¡Qué gente aduladora! A mi esposo, que hasta ese momento no había conseguido otra cosa que provocar un cortocircuito en el cerebro de la nave, haciendo que este ordenara a Koschéi autodestruirse, lo llamaban Nicolás. El vencedor de pueblos, nada menos. A mí al principio me llamaban Vasilisa, es decir, esposa del soberano, y después, cuando me observaron mejor y tomaron confianza, Helena, en honor de mi extraordinaria y deslumbrante belleza.

Pero, además de palabras aduladoras, los huéspedes me hablaron de una manzana de oro caída del cielo que estaba en poder del hijo del gobernante de la ciudad de Troya. ¡Y resulta que la baliza de emergencia, por su forma, su color y su tamaño, se parece muchísimo a una manzana!

Convencer al jefe de los griegos para que me lleve con ellos no resulta nada difícil. Más complicado será llegar a un acuerdo con el dueño de la manzana: dicen que es un consentido y que tiene mucho éxito con las mujeres.

Pero creo que también podré resolver ese problema.

Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

 

 



EL BRAZALETE DE BLUEBERRY

Kshitij Desai

 

Deslizó la pantalla de la computadora que tenía encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La pantalla no se movía. Solo seguía visible el informe que había abierto poco antes. ¿Acaso el tiempo se había congelado? No tenía idea de qué hacer.

Y, de pronto, la pantalla de la computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo. Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry que llevaba también se estaba derritiendo...

¡Gritó!

 

Ira contemplaba desde la ventana de la oficina las extensas cordilleras rojizas que se prolongaban a lo lejos. Era una costumbre suya. Los días en que no tenía trabajo de campo y debía permanecer en la oficina frente a una pantalla, aplicaba la regla veinte-veinte-veinte. La regla consistía en que, después de veinte minutos de trabajo, había que mirar durante veinte segundos algo situado a veinte pies de distancia. De ese modo, los ojos no se fatigaban y la vista permanecía despejada. Para Ira era indispensable cuidar así su salud cuando trabajaba continuamente frente a una pantalla. Durante aquellos descansos de veinte segundos, solía viajar al pasado. Historias y recuerdos de todo tipo acudían a perseguirlo.

Ese día recordaba el examen de la MPSC. ¡Cuánto había trabajado para conseguir aquel puesto! Ya llevaba seis años allí, pero conservaba la imagen del examen tan fresca en la memoria como si acabara de rendirlo.

El examen de la Mars Public Service Commission, es decir, la Comisión del Servicio Público de Marte, había sido una verdadera prueba de resistencia. La comisión se encargaba de cubrir los puestos administrativos de la colonia marciana. Los candidatos presentaban sus solicitudes desde la Tierra y todas las pruebas se realizaban allí, en los países más próximos a sus lugares de residencia. Los seleccionados obtenían un nombramiento de once años en Marte. Aquel año se habían presentado unos veintiséis mil aspirantes.

¡E Ira era uno de ellos! Un Ira joven, de rostro radiante y ojos llenos de confianza.

Había estudiado muchísimo para el examen. No podía ser de otro modo. Un gran éxito exigía un gran esfuerzo. Para prepararse para la prueba escrita, obtuvo una visa de seis meses para Japón y se instaló en Kioto. La ciudad era famosa por sus cursos preparatorios para el examen de la MPSC. Muchos aspirantes acudían allí para estudiar.

Ira se entregó por completo a la preparación. El examen valía trescientos puntos y cada candidato podía escoger las materias del programa. Era obligatorio rendir un mínimo de seis pruebas. Ira se inscribió en cursos para ocho. Su rutina se redujo a desayuno, clases, almuerzo, estudio, cena y más estudio. Por las noches llamaba a su familia para saber cómo estaban. Ver sus rostros hacía desaparecer su cansancio. Los días libres se permitía disfrutar de la comida japonesa.

Rindió todas las pruebas con gran dedicación y, como esperaba, aprobó. Las calificaciones obtenidas en sus ocho materias le permitieron pasar a la siguiente etapa.

Dos meses más tarde llegó la prueba física. Quienes fueran a trabajar a Marte tenían que estar físicamente preparados. Los candidatos con discapacidad estaban exentos de aquella prueba y sus responsabilidades laborales se adaptaban en consecuencia.

Para prepararse, Ira viajó a Canyon Ranch, en Estados Unidos, donde los candidatos de la MPSC gozaban de condiciones especiales. Allí se sometió a ejercicios agotadores, aunque estimulantes. Lo que no pudo hacer fue disfrutar de la comida estadounidense: para mantener una salud óptima debía seguir una dieta estrictamente establecida.

Dos meses después llegó el día del examen. La prueba física duraba toda la jornada. Al principio, Ira quedó exhausto. Durante la pausa del mediodía, mientras comía, volvió a concentrarse en su objetivo: gran esfuerzo, gran éxito. La tensión disminuyó y recuperó el entusiasmo. Con renovadas energías completó el resto de la prueba.

También la aprobó.

Ahora tenía que prepararse para la entrevista. Regresó a su casa, en la India. ¿Qué mejor lugar para leer y reflexionar? Había elegido el centro de Delhi para la entrevista. Ese mismo día, después de esta, tendría lugar la última prueba: el «mapeo cerebral». Era el único examen para el cual no hacía falta prepararse. Ira sabía que consistía en anestesiar al candidato, como en una prueba con narcóticos, y hacerle algunas preguntas.

El centro de entrevistas era enorme. Habían acudido muchos candidatos y las entrevistas se realizaban simultáneamente en diferentes salas. Cuando llegó su turno, Ira entró procurando mostrar seguridad. Tres funcionarios formulaban las preguntas: uno era de Suiza, otro de la India y la tercera era una mujer de la administración colonial de Marte.

La entrevista salió incluso mejor de lo que esperaba. Después tuvo que esperar en una sala del enorme edificio para realizar el mapeo cerebral. Los candidatos eran examinados individualmente, uno tras otro, en distintos horarios.

Hasta que llegó su turno, Ira se mantuvo tranquilo. Pero cuando entró en la sala sintió cierto temor. El lugar le recordó de inmediato una clínica dental. Incluso había un sillón-cama como los de los dentistas. Tal vez por eso se asustó un poco; después de todo, ¡de niños todos tememos ir al dentista!

Sin embargo, la encargada del examen —la doctora Mitra— lo tranquilizó. Mientras conversaba con ella, le administró una inyección anestésica. Menos de una hora después, Ira salió de aquel lugar.

También había aprobado aquella prueba.

¡Qué alegría sintió cuando recibió en su tableta el nombramiento oficial! Pero todavía se alegró más al ver el regalo de su padre. Reconoció enseguida el atractivo brazalete de piedras azules que había dentro de la caja. Estaba hecho con piedras «Blueberry», que solo se encontraban en Marte.

—¿Un brazalete de Blueberry? ¿Cuándo lo compraste?

—¿No recuerdas que una vez me hablaste de estas piedras? Lo encargué entonces a Marte. Pensé que, si te gustaban tanto, podría regalártelo en una ocasión especial.

—¡Muchísimas gracias, papá!

 

Ira se colocó el brazalete en la muñeca y permaneció contemplándolo un largo rato... hasta que el sonido del teléfono lo arrancó de su ensoñación. Sonaba el aparato de la oficina que estaba sobre el escritorio. La llamada procedía del puesto de seguridad situado junto a la entrada. Deslizó la franja verde de la pantalla para responder.

—Buenos días, señor —lo saludó el guardia de seguridad.

—Buenos días, Kirill.

—Está aquí el señor Wadhawan, de la compañía Wadhawan.

—¿Ha venido personalmente?

—Sí.

—Está bien. Hazlo pasar.

—Buenos días, señor.

Wadhawan empujó la puerta y entró. Era un hombre de unos treinta y cinco años, corpulento y sonriente. Vestía una camisa blanca y llevaba en la muñeca un llamativo brazalete de piedras Blueberry.

—Buenos días. ¿Ha venido usted mismo? Pensé que enviaría al abogado de la compañía. Siéntese.

—¡Pero, señor! ¿Cómo vamos a mandar a un abogado a entrevistarse con un funcionario como usted? ¡Ja, ja, ja!

Wadhawan se sentó.

Ira abrió una notificación en la tableta que descansaba sobre el escritorio y se la mostró.

—Es un requerimiento para que presenten sus descargos. Normalmente enviamos estas notificaciones directamente a la empresa, pero ustedes son contratistas del gobierno desde hace muchos años, así que preferí convocarlo primero. Revísela. Tal vez haya alguna acusación originada por un malentendido.

Wadhawan leyó la notificación. Intentaba disimular la preocupación y el abatimiento que se dibujaban en su rostro.

—¿Qué es esto, señor?

—Un requerimiento para que presenten sus descargos. Acabo de decírselo.

—Pero, señor, nosotros hacemos todo de acuerdo con las normas. Claro que a veces hay que hacer algún pequeño... ajuste...

—¿Ajuste? ¿Pequeño?

Ira sintió que la ira le subía por dentro.

La compañía Wadhawan tenía el contrato para la eliminación de residuos. Según sus condiciones, debía recoger todos los desperdicios de la colonia marciana y clasificarlos en tres categorías: biodegradables, reciclables y no biodegradables.

Los primeros eran enviados a la planta de descomposición de residuos Lazi Jyesan, construida por China, donde eran procesados. Los materiales reciclables se distribuían, según su naturaleza, entre diferentes instalaciones: plantas de reciclaje de plástico, vidrio, papel y otras. Los residuos no biodegradables se eliminaban en el espacio mediante transbordadores estadounidenses. Una enorme bolsa de basura compactada se cargaba en un transbordador que era lanzado al espacio. Cuando alcanzaba la órbita gravitatoria apropiada, un acelerador expulsaba la bolsa a enorme velocidad en dirección al exterior del sistema solar.

Pero Ira había descubierto que la compañía Wadhawan estaba ahorrándose una gran cantidad de dinero. Casi la mitad de los residuos recogidos en la colonia eran arrojados directamente al cráter Lederberg sin tratamiento alguno. El cráter estaba lejos de la colonia. Ira había viajado personalmente hasta allí con un equipo de inspección y había visto la basura acumulada. Habían recogido fotografías y videos como pruebas.

Al evitar la clasificación y la eliminación espacial de los residuos, la compañía Wadhawan se ahorraba buena parte de los costos.

—Solo procesan la mitad de la basura. La otra mitad la arrojan al cráter Lederberg. Todos los meses... ¡al cráter!

—Eso no es cierto.

—No mienta. Fui personalmente al cráter y lo vi con mis propios ojos. Hay toneladas de basura allí.

—Hablaré con el personal, señor. Yo no sé nada de esto.

—¡Wadhawan! —dijo Ira con voz firme—. No le envié directamente la notificación. Organicé una reunión. Y ni siquiera una videoconferencia: le pedí que viniera personalmente. ¿Sabe por qué? —Wadhawan guardó silencio—. Porque quería ver la mentira en sus ojos. Estoy absolutamente seguro de que usted lo sabe. Es más: estoy seguro de que fue idea suya.

Wadhawan pareció incómodo.

—Señor, mire... llevamos años haciéndolo así. ¿A quién perjudicamos arrojando los residuos al cráter? Nuestra colonia no llegará hasta allí ni siquiera dentro de cien años. ¿Para qué gastar dinero en eliminación espacial?

—¿Y dentro de doscientos años? ¿Dentro de quinientos? En la Tierra acumulamos basura pensando exactamente como usted. Arrojamos desperdicios a los océanos y los contaminamos. Nos comportamos como quisimos hasta llevar el planeta al borde de la destrucción. ¿Cuánto dinero cuesta ahora solucionar esos problemas todos los años? ¿Cuánto trabajo humano se desperdicia allí únicamente para deshacerse de la basura? ¿Queremos hacer lo mismo aquí?

Ira hizo una pausa e intentó dominar su enojo. Wadhawan se apresuró a llenar un vaso con el agua de una botella que había sobre el escritorio y se lo ofreció. Él lo rechazó con la mirada.

—Lleva un brazalete de Blueberry, pero solo para lucirlo. Yo también llevo uno. Sé que la piedra Blueberry es un símbolo del orgullo de nuestra colonia marciana. A usted Marte solo le interesa para obtener beneficios. No piensa en el futuro de este planeta.

—Para el futuro todavía falta mucho... ¡Ninguno de nosotros va a quedarse aquí para siempre! Usted mismo regresará a la Tierra dentro de cinco años. Y cuando llegue tendrá que buscar otro trabajo. Señor, podríamos arreglar las cosas para que no tenga que volver a trabajar jamás. Después de todo, el dinero que ahorramos con estos pequeños ajustes de la basura no tiene por qué quedarse únicamente en la compañía. También podríamos... ajustar ahí cualquier gasto que usted tenga.

Ira cerró los ojos durante un par de segundos. Una vez más, dominó la ira. Cuando acababa de ingresar en el servicio público y alguien le hacía una «oferta» semejante, se enfurecía y lo echaba de su oficina. Para entonces ya había aprendido una forma mejor de dar una lección a esa clase de personas.

—Wadhawan, en mis seis años de servicio muchas personas han intentado sobornarme. He iniciado los procedimientos legales correspondientes contra ellas. Tiene suerte de que todavía se lo diga con calma: tome esta notificación, presente una disculpa por escrito por haber intentado sobornarme y váyase.

—¡Soborno, señor! No lo vea así. Ha trabajado muchísimo durante todos estos años. Considérelo un paquete de jubilación. ¿Qué le parece?

Wadhawan volvió a sonreír con incomodidad.

—Muy bien. Ahora también presentaré cargos contra usted. Tanto el requerimiento como la citación judicial llegarán directamente al correo electrónico de la compañía. Puede retirarse.

Ira volvió la mirada hacia la pantalla y siguió leyendo el informe que tenía abierto. Sin embargo, observaba a Wadhawan por el rabillo del ojo. Él continuaba sentado, inmóvil como una estatua, sin decir una palabra. Esperó un momento. Después se volvió hacia él.

—Señor, ¿no me ha oído? Cuando digo que puede retirarse quiero decir que se vaya...

Wadhawan siguió sentado, con la mirada fija en el vacío.

—Oiga... ¿hola?

Ira chasqueó los dedos delante de los ojos del visitante. Nada. Era como si se hubiera convertido realmente en una estatua.

Presionó el botón de emergencia situado debajo del escritorio para llamar al guardia de seguridad, pero el botón no cedió. Parecía haberse quedado atascado. Ira empezó a sentir miedo. ¿Qué estaba pasando? Un hombre convertido en estatua... un botón inmóvil... Intentó encender la pantalla del teléfono. Tampoco funcionaba. Solo aparecía una superficie negra y vacía. Deslizó la pantalla de la computadora que tenía encendida delante. Ocurrió lo que esperaba. La pantalla no se movía. Solo seguía visible el informe que había abierto poco antes. ¿Acaso el tiempo se había congelado? No tenía idea de qué hacer.

Y, de pronto, la pantalla de la computadora comenzó a moverse. Pero no se desplazaba. Empezó a derretirse, como si hubiera pasado súbitamente del estado sólido al líquido. Sin embargo, la temperatura de la habitación no aumentaba. Su miedo creció. La computadora empezó a derramarse sobre la mesa... y la mesa comenzó a derramarse sobre el suelo. La pared que tenía enfrente parecía derretirse y escurrirse hacia abajo. Miró su muñeca. El brazalete de Blueberry también se estaba derritiendo...

¡Gritó!

—I... I...

Le llegó desde muy lejos una voz imprecisa. Miró a su alrededor. Una luz intensa comenzó a invadir su campo visual.

—Ira...

La voz resonaba. Entonces comprendió que estaban pronunciando su nombre.

La luz no desaparecía. Parecía brotar de las ventanas, de las lámparas de la habitación e incluso de las paredes. Deslumbrado, cerró los ojos.

—¡Ira!

La voz se oyó con claridad. Abrió los ojos y miró alrededor. Estaba en otra habitación. El lugar le resultaba familiar. Era como si ya lo hubiera visto en alguna parte. Se incorporó. Estaba acostado en uno de esos sillones-cama que utilizan los dentistas.

—¡Ira!

Se volvió rápidamente hacia la voz. Una mujer de mediana edad, con bata blanca y una tableta en la mano, estaba de pie a su lado. Oh. ¡Era la doctora Mitra! La misma doctora que había realizado el mapeo cerebral durante el examen de la MPSC.

—¿Cómo se siente ahora? —preguntó.

Y de pronto Ira lo recordó todo. Seguía en la misma habitación. La del examen de mapeo cerebral. Entonces, ¿había estado soñando todo aquel tiempo? Los acontecimientos del sueño regresaron vagamente a su memoria.

Marte... el trabajo... la oficina... Wadhawan... Miró de inmediato su muñeca. El brazalete de Blueberry no estaba allí.

—Me siento bien —respondió.

La doctora sacó del refrigerador un envase de batido de chocolate, le introdujo una pajita y se lo entregó.

—Tome. Para la serotonina y las endorfinas de su cerebro. Así no solo se sentirá bien, sino estupendamente.

Ira sonrió y bebió un largo trago. Sintió que su cabeza se despejaba un poco.

—Doctora, ¿ya terminó mi prueba de mapeo cerebral?

—¡Sí! Y muchísimas felicidades. Ha aprobado.

—¡Gracias!

Ira se alegró, aunque no se sorprendió. Después de todo, ya había experimentado en su sueño la sensación de aprobar aquella prueba.

—Ahora ya está seleccionado. En la recepción le entregarán su nombramiento. Vamos, lo acompaño. Yo también tengo que salir.

Ira se levantó del sillón y comenzó a caminar junto a la doctora.

—Doctora, durante el mapeo cerebral tuve un sueño muy extraño. Un sueño larguísimo. Me seleccionaban, conseguía el trabajo y ya llevaba seis años trabajando cuando...

—...durante esos años se le presentaron varias oportunidades de corrupción y las rechazó. También recibió presiones de sus superiores para hacer cosas indebidas y se negó. —La doctora sonreía.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Ira, entre sorprendido y fascinado.

—Porque no era un sueño. Era una simulación. Eso que llamamos prueba de mapeo cerebral es precisamente una simulación.

—¿Una simulación?

—Sí. Una simulación diseñada para evaluar la integridad moral. Muchos candidatos pueden superar una prueba de inteligencia o una prueba física. Pero ¿cómo se examina la ética? Para ser funcionario hay que tener principios. Y no podemos preparar un programa de estudios y hacer un examen sobre eso. Cualquiera podría memorizar las respuestas y aprobar. Por eso les presentamos a los candidatos casos prácticos. Casos reales, que pueden experimentarse, que pueden vivirse. Es decir, simulaciones.

»Después de anestesiarlo, le colocamos un casco con nodos. Esos nodos envían señales a su cerebro. ¿Qué significa ver el mundo, vivir experiencias? Nuestros órganos sensoriales envían señales eléctricas al cerebro. El programa de simulación le envía señales similares. Durante ese tiempo, las experiencias, los acontecimientos y el mundo que tiene ante usted le parecen completamente reales.

»A partir de sus experiencias y recuerdos anteriores, y de ciertos parámetros estándar que introducimos nosotros, el programa crea nuevas personas y situaciones. Usted empieza a vivir dentro de la simulación. Nuestro software observa las decisiones que toma allí, si actúa éticamente o no, y de eso surge el resultado del mapeo cerebral. Aunque a los candidatos les decimos simplemente que se trata de una especie de prueba con narcóticos. —Ira estaba atónito—. Muy pocos candidatos aprueban esta prueba, Ira. Combinamos el resultado de la entrevista con el de esta evaluación. Quienes no son seleccionados creen que quizá les fue mal en la entrevista o que dijeron alguna tontería bajo los efectos de la anestesia. Pero esta es la verdadera prueba.

—Pero, doctora, supongamos que salgo de aquí y les cuento a todos el secreto de la prueba de mapeo cerebral, que en realidad se trata de una simulación. Entonces los demás también podrían aprobarla, ¿no?

La doctora se echó a reír.

—Es inteligente, pero también un poco ingenuo. En primer lugar, nuestro software tiene la certeza de que usted no revelará el secreto. Al fin y al cabo, acabamos de comprobar precisamente la integridad de su carácter. Si hubiera reprobado, el programa habría borrado de sus células de memoria el recuerdo de la simulación.

»En segundo lugar, supongamos que se lo cuenta a los demás. ¿Cómo los ayudaría eso a aprobar? Usted les diría: “Pórtense bien en la simulación, no sean corruptos...”. Eso significaría que tendrían que comportarse bien todo el tiempo. Y si realmente fueran capaces de hacerlo, ¡magnífico!

—¿Por qué tendrían que comportarse bien todo el tiempo? Bastaría con comportarse bien mientras están en la simulación para aprobar.

—Porque nadie sabe nunca que está dentro de la simulación. ¿Cómo podrían distinguir si el mundo que están experimentando es real o simulado? Para asegurarse de aprobar, tendrían que comportarse bien siempre. ¿Usted sabía que estaba dentro de una simulación?

—¡No! —respondió Ira—. Todo parecía absolutamente real.

Ya habían llegado a la recepción. La doctora continuó lentamente, ahora con un tono misterioso.

—Y esta experiencia que está viviendo ahora, este mundo... ¿es real o es una simulación? ¿Puede saberlo?

Kshitij Desai es un escritor de ciencia ficción y otros géneros que reside en Thane, Maharastra, India. Publica relatos desde los 16 años. A los 17, ganó el segundo premio en un importante concurso de relatos cortos organizado por *Saptahik Sakal*, en el que participaron aproximadamente 1.000 escritores. Ha publicado las colecciones de relatos Sarvaat Jaast Surya Jaglela Maanus (El hombre que vivió más soles), 2019 y Sheetpetitun Jevha Jaag Yete (Despertar de una cápsula criogénica), 2025, que ha recibido cuatro premios a nivel estatal a la mejor colección de relatos, incluidos galardones de Apte Vachan Mandir (Ichalkaranji) y de la Marathwada Sahitya Parishad. También ha recibido el premio V. A. Rege a nivel de distrito, otorgado por la Marathi Granth Sangrahalaya de Thane.

 

 

LA NOCHE DE WALPURGIS