viernes, 15 de mayo de 2026

AMANECER ROJO

Domen Mohorič

 

—Mira, mira, estrellas fugaces —dijo el pequeño Senji, señalando hacia el norte con su pequeño dedo huesudo.

Las estrellas fugaces no desaparecieron más allá del horizonte, sino que cayeron mucho más allá de las colinas del norte de Japón. Poco después, destellos rojo oscuro pintaron el cielo nocturno, seguidos por un fuerte estruendo unos minutos más tarde. Los vientos pronto trajeron el sofocante olor de la madera quemada mezclado con el aroma agrio y amargo de la carne chamuscada.

—No te preocupes, Senji. Solo encendieron una hoguera.

—¿Están asando cerdos?

—…sí.

—¡Yo también quiero un poco!

—No, Senji, ese es el festival Jingu en Hokkaido. Solo están invitados los amigos del Emperador.

—¿Crees que habrá algún festival en Tokio al que podamos ir?

—Por supuesto, hijo mío.

A cincuenta kilómetros al norte, un festival rugía; un festival de destrucción y terror. Era el vigésimo quinto año de la era Shōwa, el final de un invierno históricamente cruel y, con él, el oso ruso volvía a agitarse en el norte de Japón. El ejército soviético, apoyado por unidades partisanas de la República Popular Democrática de Japón bajo el mando de Satomi Hakamada, continuaba el asedio de la ciudad de Akita. Allí, las unidades leales al emperador Hirohito defendían el acceso a las llanuras del Japón central. Eran el único obstáculo en el camino del Ejército Rojo hacia Tokio.

—¡Hermanos, manténganse firmes! ¡Que el viento divino los empuje hacia el enemigo, que Buda afirme sus mentes y que Amaterasu los llene con el poder del cielo, para que aquí, en Honshu, sobre la tierra de sus antepasados, puedan quebrar la espalda de los enemigos del Emperador! —rugió el príncipe Takamatsu, mientras una lluvia de bombas lanzadas desde un avión soviético ahogaba su voz atronadora.

Sin embargo, los soldados imaginaron haberlo oído pese al estruendo y cargaron contra la infantería avanzada del Ejército Rojo que avanzaba por los suburbios de Oiwake.

Al mismo tiempo, en medio de los rugidos de la guerra, Hashimoto Ren se abría paso por los bosques de la región de Semboku, al este de la ciudad, llevando un mensaje importante. Corrió por valles, escaló colinas escarpadas y atravesó profundas quebradas.

Encontró las primeras señales de civilización: árboles talados que servían para alimentar los hornos y fábricas del Ejército Imperial Japonés. Cuando estaba a punto de pisar un camino forestal, oyó voces. Eran japoneses, pero no podía distinguir si eran sus hermanos imperiales o aquellos que ahora marchaban bajo la bandera comunista. Siguió al grupo y pronto reconoció su emblema: una rueda dentada de la que emergía una espiga de trigo sobre un fondo rojo. No podía arriesgarse a ser visto o capturado por el enemigo; eso pondría en peligro su misión y decepcionaría a todos los que habían depositado sus esperanzas en él.

Los partisanos avanzaban en silencio y con cautela por el sendero embarrado. Después de varios kilómetros, alcanzaron su objetivo: un puesto de control militar bajo dominio imperial. Los partisanos se ocultaron entre la maleza y se dividieron en dos grupos, cada uno preparándose para una maniobra envolvente destinada a eliminar una defensa numéricamente superior.

Ren no podía permitir que eso ocurriera. Sabía que perder aunque fuera una sección de la línea defensiva podía provocar el colapso lineal de todo el frente. Igual que en el shōgi, un solo peón detrás de las líneas enemigas podía volverse invaluable. El caos en el ejército del Emperador le impediría completar su misión. Tenía que llegar hasta el príncipe. Disparó al aire con su pistola Nambu 94 para alertar a los soldados imperiales.

Los soldados imperiales formaron rápidamente un círculo defensivo y abrieron fuego. Tras una breve batalla, no quedó ninguno de los saboteadores partisanos.

Ren siguió adelante, invisible e inaudible. Su misión no dejaba tiempo para palabras, y un solo malentendido podía resultar fatal.

Después de varias horas de caminata y de esquivar patrullas, finalmente alcanzó el acceso a la ciudad, en el puente sobre el río Taihei. Allí se reveló ante los soldados recelosos, anunciando que, por orden del divino Emperador, llevaba un mensaje urgente para su venerado hijo, el príncipe Takamatsu.

Lo registraron, pero no encontraron ninguna carta. Él la había quemado y se había tragado las cenizas; ahora aquellas palabras sagradas vivían únicamente en su estómago y en su mente. Sin embargo, llevaba consigo el sello del Emperador, que abría todas las puertas de la ciudad y lo condujo directamente al mando general.

Entre explosiones lejanas, el estruendo de las baterías antiaéreas y los gritos agudos de los soldados heridos transportados en camillas, Ren entró en el búnker donde el príncipe lo esperaba.

—Transmita su mensaje, y hágalo rápido, porque el destino del imperio se decide ante nuestras puertas —dijo el general Takushiro Hattori.

Ren observó las manos temblorosas del general Hattori y la prótesis de hierro que reemplazaba su pierna por debajo de la rodilla. Aparte del príncipe, nadie parecía ileso. Sin embargo, el príncipe miraba al frente con una vitalidad concedida solo por fuerzas más allá de toda comprensión.

Esta, pensó Ren, debe de ser la sangre del Emperador.

Pero algunos miembros de la familia imperial ya habían caído en la guerra.

«No son inmortales, como creía cuando era niño», pensó en silencio.

Se inclinó ante el príncipe y transmitió su mensaje.

—¡No! —gritó el príncipe.

Todos en la sala de mando palidecieron de inmediato y uno de los coroneles se desplomó. El general Hattori sacó su pistola, murmuró una disculpa en voz baja, entró en la habitación contigua y se oyó un disparo.

El príncipe no reaccionó. Luego, en silencio, enterró el rostro entre las manos y comenzó a sollozar.

—No lo creo… no puede ser verdad —dijo, con la voz quebrándose en cada palabra.

—Es verdad, honorable señor. No ha escuchado el discurso del Emperador porque aquí han quedado aislados del mundo. La Nación Divina se ha rendido. El Emperador se ha rendido.

Incluso la voz de Ren comenzó a vacilar.

—Se rindió ante los estadounidenses que avanzaban sobre Kioto. No vio ningún futuro victorioso y consideró que los occidentales eran preferibles a los rojos por el bien del pueblo japonés. Por eso aceptó sus condiciones: la rendición y su cabeza. Anteayer, siguiendo la tradición, cometió seppuku.

El príncipe golpeó la pared con el puño. Ren se estremeció al oír el inconfundible sonido del hueso quebrándose.

—No, el Emperador jamás se rendiría. O fue traicionado o renunció a sí mismo. Lo segundo es imposible. Por lo tanto, lucharemos hasta el final, por ley divina y en obediencia a la voluntad de la nación…

—Señor… —comenzó Ren, tragándose el resto de las palabras.

—No moriré por mandato de ningún enemigo. Moriré de acuerdo con el Bushido. Con una katana en mis manos.

Tomó su espada y salió a la calle entre sus soldados. Había olvidado por completo a Ren, quien, tras cumplir su misión, volvió a deslizarse entre las sombras.

El príncipe encabezó una salida desesperada desde la ciudad. Junto a sus hombres, abandonó las barricadas y las trincheras para enfrentarse cara a cara con el enemigo.

Mientras cargaban, cantaban:

 

«Hasta que nuestro enemigo sea destruido,

avancen, avancen,

todos juntos como uno solo—»

 

El príncipe murió bajo la bayoneta de un soldado desconocido. No quedó nada del ejército defensor de Akita. Los comunistas inundaron la ciudad y, como una marea roja, comenzaron su avance hacia Tokio.

El Emperador, supervisando la defensa contra el asalto estadounidense sobre Kioto, quedó conmocionado por el súbito colapso del frente norte. El final de la guerra ahora parecía peligrosamente cercano.

El comisario político Ren fue ascendido poco después al Politburó y honrado como Héroe del Pueblo Obrero Japonés.

Domen Mohorič, nació en 1992 en Eslovenia. Es sociólogo, historiador y filósofo de formación. Escribe y publica relatos cortos de ficción especulativa, que abarcan desde el terror, la historia alternativa, la ciencia ficción y la fantasía, hasta una mezcla de todos ellos. Publica relatos en revistas literarias eslovenas como Novi zvon, Literatura, Monstrum Obscurum, Supernova y en los portales Znanstvena fantastika y Vrabec anarhist. Fue incluido en la antología eslovena Ficción Especulativa, publicada en esloveno e inglés.

 

ESTACIÓN DE ENLACE

 Sergio Gaut vel Hartman

 

Por un perturbador instante creyó que estaba perdido, como en el cincuenta y dos, en la terraza de Ezeiza, cuando el tío Miguel regresó de Brooklyn en un avión de Panagra. Se golpeó la cabeza con la palma de la mano. Tenía noventa y tres, no cinco. Ezeiza ya no existe, se dijo. Esto es una estación de enlace; nuestra familia en pleno emigra a la colonia Bradbury, en Marte.

Contempló la anodina efervescencia, similar a la de todas las estaciones de enlace del planeta y se sobresaltó cuando Bodylan se puso a llorar.

—¿Qué le pasa al niño? —dijo el abuelo.

Samila hizo una mueca de disgusto y se limitó a señalar el holo de noticias que flotaba sobre sus cabezas. “El Vaticano condena enérgicamente la clonación humana”.

—Otra vez —dijo García, el padre Uno del niño—. No paran.

—Pobre criatura —dijo, Igor, el padre Dos.

—Se precipitaron —dijo el abuelo—. ¿Qué necesidad había de decirle? Sólo tiene tres años. ¿No podían esperar?

Nadie hacía caso a las ideas prehistóricas del abuelo. Pero Samila no pudo evitar la queja habitual. —Maldita sea la hora en que se inventó el Gerozac —murmuró.

—¡Si fuera sólo el Gerozac! —dijo Lila-lo, diecisiete recién cumplidos. Usaba una corona Telepac que además de permitirle captar los pensamientos ajenos emitía un flujo aleatorio de partículas que se derramaban por su cuerpo y la hacían parecer vestida—. ¡Miren eso!

Eso era un Modificado, listo para viajar a Titán y respirar su atmósfera de metano.  

—Es feo —dijo el abuelo. Era feo, sin lugar a duda; parecía una cruza de mandril y cortadora de césped. Pero eso era lo que se necesitaba en el satélite de Saturno y así lo habían fabricado.

Mientras el abuelo se preguntaba si era lícito llamar tipo a eso, Bodylan se puso a llorar de nuevo.

—¿Ahora qué le pasa? —dijo el abuelo.

—Tiene miedo —dijo Igor— de que lo modifiquen para vivir en Titán.

Al abuelo le caía mal el padre Dos, pero no podía decir nada porque la Ley de Universal de Matrimonios Temporales autorizaba a las personas a formar tantas parejas legales como su apetito sexual les reclamara y su hija era una máquina insaciable.

De pronto, con urgencia fatal, sonaron las alarmas. Había un tono para cada amenaza y esa, tampoco se podía dudar, era la que correspondía a un ataque químico.

—Sikhs —dijo el abuelo.

—Zapotecas —dijo Samila.

—Hutu —dijo Igor.

—Vascos —dijo García.

Nunca se sabía qué grupo terrorista estaba perpetrando el ataque. Pero de todos modos se pusieron las máscaras, activaron las exodermas y se calzaron los cascos antizyklónicos. Algunas cosas nunca pasan de moda...

—Una noticia buena y una mala —dijo Lila-lo que se había dejado la corona Telepac debajo del casco—. La buena es que BBC, Goosoft, y Al-Jazeera dicen que fue un ataque menor; sólo tres muertos y una docena de intoxicados. La mala —agregó la muchacha antes de que nadie se lo preguntara— es que se trata de un grupo nuevo, los blang azules, que se quieren separar de China para unirse a Myalandia.

—Espero que en Marte no haya terrorismo —dijo Samila.

—Las agencias exageran —dijo García.

Bodylan reanudó su sesión de llanto desconsolado.

—¿Y ahora qué? —dijo el abuelo.

—Se le atascó el casco —dijo Samila—. No había de su medida.

La estación de enlace reanudó las rutinas habituales. Los empleados de Transolar y Ultra Órbita trataban de recuperar el tiempo perdido, aunque las discusiones con los pasajeros estaban a la orden del día. El abuelo se distrajo mirando a una Modificada que seguramente iría a vivir a la Franja, en Mercurio. La chica o chico o lo que fuera usaba una corona como la de Lili-lo, pero no la había activado.

—¿Será posible?

Samila estuvo a punto de hacer otro comentario relacionado con el Gerozac, pero se contuvo. En Marte todo sería peor.

—No te quejes, ma —dijo Lili-lo que había pasado la sintonía de su Telepac a la Red de Iglesias—: el gran Pastor Adámico Universal acaba de anunciar que unos científicos en Kazán resucitaron a un muerto. Está que trina. Dice que eso no se hace. Que eso es peor que el Gerozac y que Dios está muy enojado.

Por fin les llegó el turno. La empleada de Martian Air estaba con un humor de perros porque no había llegado el relevo y los trató como basura. Para empezar hizo llorar de nuevo a Bodylan cuando rechazó el pasaporte del niño.

—En Marte están prohibidos los clonados.

García sacó un flamante disco de mil créditos respaldado por el Banco de Shanghai y la empleada se convirtió en una vehemente defensora de la ingeniería genética.

Pero casi de inmediato el carácter se le volvió a agriar.

—El anciano —dijo señalando al abuelo y haciendo una mueca de asco— debe demostrar que posee conocimientos que serán útiles en la colonia. Marte es para los jóvenes.

—¿No dije que el Gerozac nos daría un disgusto?

García miró consternado a su esposa temporal.

—Pero no quisiste pagarle a ese señor tan gentil de camisa negra y corbata caribeña que se ofreció a... solucionar el problema.

Lili-lo captó los pensamientos pecaminosos de Igor en la banda lateral del Telepac. No sería mala idea, reflexionaba su padrastro Dos, que hubiera una boca menos que alimentar, allá en Burroughs. O dos bocas, y se veía arrojando a Bodylan al espacio por el eyector de materia superflua.

—Soy una persona apta —dijo el abuelo— y mucho más lúcida, a mis noventa y tres, que la mayoría de estos inútiles. Si me lo propusiera podría llegar a ser presidente de Marte.

—¡Maldito Gerozac! —exclamó Samila—. La civilización se hunde por el peso de los viejos. —Tomó la caja de doce pastillas, que mantenía vivo a alguien como el abuelo durante un año y era más cara que un tanque israelí en el mercado negro, y la arrojó al paso de una carreta de equipajes. El abuelo dio un chillido y se sintió succionado por una tromba gigante que lo arrojó a la terraza del aeropuerto de Ezeiza, una fría tarde de 1952, el día en que el tío Miguel regresaba de Brooklyn en un avión de Panagra.

Se sintió perdido y se puso a llorar.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

EL ARQUITECTO

Ruben De Baerdemaeker

 

La casa era, en realidad, exactamente lo que buscábamos. Un poco deteriorada, pero perfectamente habitable por el momento, en un barrio tranquilo no demasiado lejos del centro de la ciudad y, sobre todo, apenas dentro del presupuesto que teníamos en mente. Merel se entusiasmó de inmediato, y con eso la decisión quedó tomada: con las mujeres embarazadas no se discute, eso lo sabe cualquier hombre, y si todavía no lo sabe, es una lección que solo necesita aprender una vez.

—El jardín es realmente muy pequeño —observé.

—Mejor eso que nada, cariño. Además, ¿para qué querrías un jardín grande? Ni siquiera te gusta la jardinería. No, un jardincito pequeño es perfecto para nosotros. Hay espacio justo para un arenero y una pileta inflable en verano.

—La señora tiene razón, sin duda. Una pileta inflable, en un día como hoy… ideal, ¿verdad? —Por supuesto que el agente inmobiliario pensaba que la señora tenía razón: para él, el instinto maternal de Merel era la garantía de una buena comisión, y notaba que el clima veraniego jugaba a su favor—. Y, además, mire, yo también lo veo en mi casa: cuando crecen, ya no juegan en el jardín. Se van a pasar el tiempo a cualquier otro lado. Y después todavía hay que pagarles para que corten el césped. Por suerte, ahora existen los robots para eso. Son más baratos que los hijos, ¡se lo aseguro!

Se rio a carcajadas y hasta me puso una mano en el hombro; hombres entre hombres. Merel sonrió con incomodidad, pero su mirada no prometía nada bueno.

—En fin, lo que quiero decir —intentó recuperar su simpatía— es que es un jardín pequeño, pero para este barrio tiene un tamaño bastante aceptable, y sin duda entra una mesa. Y una pileta, por supuesto.

Su sonrisa, blanca como pasta dental, resultaba inquietante, pero Merel asintió conforme y comprendí que ya no había nada que objetar.

 

Llevábamos viviendo allí más o menos un mes. Yo ya había vuelto al trabajo, pero Merel seguía con licencia por maternidad y estaba casi siempre en casa con el bebé. Nuestro Raphaël dormía mal, y ambos sentíamos el agotamiento sobre el que todo el mundo nos había advertido. Supusimos que era parte de la experiencia y nos arrastrábamos a través de los días, viviendo en un caos doméstico permanente.

Acababa de acostar a Raphaël en su cuna y me había desplomado en el sofá sin siquiera quitarme los zapatos, esperando echarme una siesta, cuando sonó el timbre. Raphaël ni se movió. Uf. Si otra vez eran niños scouts vendiendo golosinas horribles, ya iba a enseñarles lo que es la disciplina scout. El timbre sonó por segunda vez. Raphaël arrugó apenas la nariz y siguió durmiendo.

El hombre que estaba en la puerta parecía un oficinista perdido, pero salido de una comedia flemish de los años ochenta. Pantalones grises, camisa a cuadros, saco azul; todo ligeramente arrugado y gastado. Su cabello fino estaba prolijamente peinado con raya al costado y llevaba unos anteojos con montura solo en la parte superior.

Parpadeé. Él no parpadeó.

—Buenas tardes, señor. Soy el arquitecto.

En algún momento tendríamos que reformar la casa, eso sí lo habíamos hablado, pero habíamos pospuesto todo ese asunto para mucho más adelante. Me parecía difícil que Merel hubiera contactado a un arquitecto sin decirme nada. Aunque… últimamente hablábamos poco; sobre todo intentábamos recuperar sueño.

—El arquitecto paisajista, para ser exactos.

Entonces me eché a reír.

—Se ha equivocado de dirección, señor. Si viera nuestro jardincito, comprendería enseguida que ahí no hay mucho que diseñar. Con un par de matas de césped ya está lleno.

—Sí, precisamente, señor, por eso estoy aquí.

Levanté una ceja.

—Durante la compra de la casa usted manifestó que el jardín le parecía demasiado pequeño, ¿verdad, señor? Desde hace dos años, la inmobiliaria está obligada a informar a los servicios municipales, y nosotros seguimos el expediente dentro del marco de prevención y salud mental. En su caso demoró un poco más, porque el jardín, estrictamente hablando, no es inexistente y por lo tanto usted no pertenece a la categoría de máxima prioridad, pero aun así tiene pleno derecho a los servicios de… ejem… nuestros servicios. ¿Puedo echar un vistazo?

—Pase —murmuré, cuando él ya estaba entrando a la casa junto a mí.

Seguí al hombre por el pasillo hasta la sala de estar.

—No preste atención al desorden, señor… eh…

Miró rápidamente a su alrededor y registró a Raphaël, que precisamente ahora dormía plácidamente, con ambos brazos levantados como si se hubiera entregado con absoluta confianza a su siesta.

—El desorden es el estado natural de las cosas, señor. Los niños generan caos; es una ley de la naturaleza.

Sonaba demasiado serio como para estar bromeando, pero yo me reí torpemente.

—El jardín está allí, por supuesto.

El arquitecto lanzó una mirada a través de la puerta corrediza.

—Dos arbustos, unos pocos metros cuadrados de césped en mal estado, una terracita apenas lo bastante grande para una mesa pequeña. Sí. No es mucho, señor.

De pronto sentí el impulso de defender nuestro jardincito. Sí, no era gran cosa, pero era mío. Nuestro. Yo tenía derecho a considerarlo pequeño y triste; me había ganado ese derecho con la escritura de propiedad. Pero que un extraño, un burócrata, emitiera un juicio sobre mi jardín me parecía inadmisible.

—Eso mismo dije yo, ¿no? ¿No era por eso que está aquí?

—Y le doy la razón, señor. ¿Puedo sentarme?

Tomó asiento a la mesa del comedor, apartó algunas migas y abrió un cuaderno sobre la mesa. Sacó una lapicera estilográfica del bolsillo interior de su saco.

—No es sencillo, ¿verdad, señor?… El bebé no duerme bien, en el trabajo esperan cada vez más de usted, la relación ya no es lo que era. No es como usted lo había imaginado.

—Escuche una cosa —empecé, pero él me hizo callar con un gesto de la mano.

—No estoy aquí para juzgarlo, señor, estoy aquí para ayudar. Ustedes necesitan un jardín.

—Tenemos un jardín. Está ahí.

—No termina de comprender; permítame aclarárselo. Lo que usted necesita, a falta de un jardín verdadero, es un jardín imaginario. Un poco de verde, un poco de belleza y, sobre todo, un poco de paz. Y antes de que proteste: no es solo para usted. Ese jardín también es para…

Hojeó hacia atrás en su cuaderno.

—…Merel y el pequeño Raphaël. Los niños necesitan espacio, señor.

—¿Un jardín imaginario? ¿Y usted piensa vendérmelo?

—No, señor, voy a diseñárselo. Después de todo, soy el arquitecto. Los gastos corren por cuenta del municipio.

Se puso de pie y guardó nuevamente el cuaderno y la lapicera.

—Me pondré a trabajar; en unas semanas tendrá noticias mías. Ya me retiro solo. Saludos a la señora.

Me dejó allí, desconcertado. Cuando Merel bajó después de su siesta de la tarde, me dio un beso.

—¡Has ordenado! Qué héroe eres. ¿Escuché el timbre o lo soñé?

No me gusta mentirle a Merel, pero no veía cómo explicarle lo del arquitecto paisajista sin provocar una serie de preguntas que jamás podría responder.

—Debió de haber sido un sueño, cariño.

Ella se apoyó contra mí y juntos contemplamos a Raphaël, que chasqueaba suavemente los labios mientras despertaba poco a poco.

Estaba sentado en el sofá con el bebé en brazos y una botella de whisky en la mano. Eran las tres y media de la madrugada y parecía que siempre serían las tres y media de la madrugada. Raphaël había llorado hasta quedarse dormido, pero estaba seguro de que, si ahora dejaba al mocoso en su cama, el alarido volvería a empezar. No es su culpa, me repetía como un mantra, no es su culpa. No es tu culpa. Bebí un trago del Chivas Regal que me habían regalado en Navidad. No era un gran whisky, pero ¿qué importaba?

Sobre la mesa ratona estaba la carpeta que había sacado del buzón ese mismo día y que todavía ni siquiera había abierto. El arquitecto había necesitado apenas unos diez días: eficiente sí que era. “Proyecto de jardín, calle Voorn 34. V-2495056”, decía la portada. Me incliné con cuidado hacia adelante en el sofá, dejé la botella y abrí la carpeta.

El jardín comenzaba en nuestra terracita, pero un sendero serpenteaba invitador entre los canteros. Reconocí malvas y espuelas de caballero, blancas y rosadas, aunque la mayoría de las flores no podía identificarlas. Crecían mezcladas en un equilibrio perfecto entre naturaleza y estructura, una despreocupación estudiada como en los más bellos jardines ingleses. Más Sissinghurst que Versalles, gracias a Dios.

Hacía un calor agradable y el jardín olía a verde, a sol y a verano. Había una pequeña huerta de hierbas aromáticas y la lavanda estaba florecida, pero también percibía el tomillo, el orégano, la melisa… Un muro de ladrillo rodeaba el conjunto, igual que en nuestro jardín real, pero este era muchas veces más grande. Era perfecto, era mágico, pero lo único que realmente me asombraba era que nada del jardín me asombraba. Todo en él era lógico, pensado, y cualquier pequeña modificación solo habría arruinado la impresión armónica del conjunto.

Seguí el sendero hasta el muro del fondo, donde una gran madreselva trepaba por la pared. Entre un pequeño huerto de árboles frutales y un arenero con una combinación de columpio y tobogán había un césped impecable. Ah, qué bien, pensé, también Raphaël tiene aquí su lugar. En el huerto, un mirlo se posó sobre un manzano donde diminutas manzanas verdes se escondían entre las hojas.

¡Raphaël! ¡Merel!

La carpeta cayó al suelo. Raphaël dormía profundamente sobre mi pecho y mi hombro. Ya eran las cuatro y media. Me maldije a mí mismo. Era peligrosísimo quedarse dormido con un bebé encima en el sofá. Si ya tienes falta de sueño, todavía échate whisky en la cabeza y seguro ocurrirá un accidente. Sentía el corazón martilleándome y me asombraba que Raphaël no pareciera notar nada.

Guardé la botella en el armario y subí tambaleándome. Acosté a mi hijo con suavidad, muchísima suavidad, en su cunita y volví a acostarme junto a Merel. Ambos respiraban muy tranquilos. Los tres dormimos hasta las ocho de la mañana, por primera vez en meses.

Merel ya había vuelto al trabajo y todavía no había regresado cuando el arquitecto volvió a presentarse en la puerta. Lo hice pasar de inmediato.

—Ya ha podido echar un vistazo al jardín.

No era una pregunta ni una afirmación; era apenas una formalidad. Asentí con entusiasmo. La carpeta estaba guardada en un cajón de mi escritorio y de vez en cuando la sacaba. Entonces paseaba por el jardín imaginario, a veces con Raphaël en brazos, a veces solo. A Merel todavía no le había mostrado el jardín. Ya habría ocasión más adelante, cuando encontrara el momento adecuado.

—Sí, el jardín es precioso. Exactamente lo que necesitábamos. También para Raphaël, por cierto. Ya le gusta mirar las flores; creo que son los colores los que le fascinan. Y en ese arenero se divertirá muchísimo cuando sea un poco más grande.

Raphaël estaba sentado erguido, como podía hacer desde hacía unas semanas, golpeando el suelo con un bloque de colores. Lanzó un chillido triunfal. El arquitecto apenas lo miró.

—Los niños necesitan espacio, también en su imaginación. Así es.

—Solo me preguntaba…

—Diga, señor.

El arquitecto tenía la lapicera lista.

—¿Podría ser un poco más grande? ¿El jardín? Quiero decir, es un jardín imaginario, así que en principio podría ser… ilimitado, ¿no?

El arquitecto volvió a colocarle la tapa a la lapicera.

—En principio sí. —Suspiró—. Mire, señor, cuanto más grande es el jardín, más trabajo requiere y más mantenimiento necesita, eso lo comprende, ¿verdad?

Se me escapó una breve risa seca.

—¿Mantenimiento? ¿Cortar el césped con una cortadora imaginaria o algo así?

—¿Cortar el césped? No, ese tipo de tonterías no son necesarias. Por supuesto que no. Pero un jardín imaginario que no se visita intensamente se desvanece. Déjelo unas semanas abandonado y todas las flores empiezan a parecer iguales. Después de un año, lo mismo da empezar desde cero. Además…

Tamborileó con los dedos sobre la mesa y miró un momento nuestro jardín real, que lucía desnudo y triste, como si la primavera todavía no hubiera llegado hasta él.

—Además, señor —y no me lo tome a mal—, su imaginación es, efectivamente, limitada. No me refiero tanto a usted en particular: así ocurre con todo el mundo. En unos más que en otros, claro. Es una curva de Gauss, como tantas cosas.

—Ah, sí, ¿y yo dónde estoy en esa curva…?

—Usted está bastante en el medio, según nuestros datos. Un poquito hacia la izquierda, pero dentro de la zona normal, como aproximadamente el ochenta por ciento de la gente. No tiene de qué preocuparse. Pero un jardín más grande… en fin… no se lo recomendaría, señor. La ambición no es mala, pero la satisfacción es mejor. Esa, al menos, es mi experiencia.

Sentí que empezaba a enfurecerme con ese funcionario, ese burócrata mediocre, que pretendía medir mi imaginación. Por el rabillo del ojo vi acercarse a Raphaël. Avanzaba sentado sobre el trasero, deslizándose poco a poco mientras chupaba un bloque de madera. Mi hijo, mi hoja en blanco, mi tabula rasa que tendría todo mi potencial y ninguno de mis defectos.

—¿Y él?

—¿El bebé, señor?

—El bebé, sí. ¿Qué hay de su imaginación?

El arquitecto carraspeó.

—Demasiado pronto para decirlo, señor. Puede desarrollarse de cualquier manera. En cualquier caso, un jardín imaginario solo puede hacerle bien.

Pensé un instante.

—¿Y el nuestro? Bueno, el de su propuesta. ¿Es lo bastante grande?

Me miró con gravedad desde debajo de aquella única línea de montura de sus gafas.

—Es lo bastante grande, señor. Para usted, para su esposa, Merel…

Ese tipo lo sabía, estaba seguro de ello: sabía que Merel aún no había visto el jardín.

—…y para Raphaël. Para eso fue diseñado. La satisfacción es importante, como ya le dije. Nosotros no trabajamos por menos que eso.

Raphaël dormía cada vez mejor y, hacia el verano, eran más las noches en que no teníamos que levantarnos para calmarlo con un biberón que aquellas en que sí debíamos hacerlo. Se despertaba temprano, eso sí, pero ni siquiera nos molestaba. Para quien ha tenido que levantarse cuatro o cinco veces por noche durante meses, dormir de corrido hasta las seis es puro lujo.

Era mi turno de levantarme. Raphaël se había incorporado sujetándose de los barrotes de la cuna y brincaba de alegría cuando me vio. ¿Feliz de ver a papá o simplemente hambriento? Bah, ¿qué importa? Merel murmuró algo y se dio vuelta.

Prometía ser un día caluroso. Abrí de par en par la puerta corrediza y le di a Raphaël su papilla. Mientras preparaba café para mí, él exploraba gateando. Cruzó con cuidado el borde de la puerta corrediza, perdió el equilibrio y rodó hacia la terraza.

Corrí hacia él, pero ya se había puesto nuevamente en posición de gateo y parecía orgullosísimo de sí mismo. Lo levanté en brazos y bajé dos escalones hasta el césped. La hierba estaba verde y espesa, y nuestros dos arbustos habían crecido bastante. Las primeras flores rosadas comenzaban a abrirse en la hortensia y en dos grandes macetas había tomillo y orégano listos para cosechar.

—Buenos días, chicos —dijo Merel detrás de mí—. ¿Café para el grandote?

Sostenía dos tazas, el cabello todavía desordenado y una vieja camiseta de la que apenas sobresalían las piernas de su pantalón corto de pijama. Me dio un beso y una taza de café, en ese orden. Raphaël estiró los brazos hacia ella. Hijo de mamá.

—Ah, el sol sale sobre los campos… Mucho trabajo en la granja, padre?

—Bastante, madre, bastante.

—¿Sigues pensando que el jardín es demasiado pequeño? —preguntó de pronto, seria.

—¿Demasiado pequeño? Ah, sabes, en realidad ya no me importa demasiado.

—¿Entonces ya lo superaste?

—Mucho mejor que eso. Simplemente estoy satisfecho.

Una abeja zumbaba entre las ramas del tomillo, un pájaro se posó sobre el muro del jardín, Raphaël brincaba excitado y el sol resplandecía en los ojos de Merel. Todo olía a hierbas, a césped y a verano.

—Sí, claro que sí. Completamente satisfecho. Y, por cierto, quería mostrarte algo.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

LOBITO

Horacio Enrique Poggi

 

Chango Aragona lo bautizó Lobito, por el centroforward misionero, Rodolfo José Fischer, goleador de los Matadores, el equipo imbatible de San Lorenzo de Almagro, campeón invicto del torneo Metropolitano de 1968. Él se sentía orgulloso. Hinchaba el pecho cada vez que oía el sobrenombre que ensalzaba su condición de niño futbolero.

Cursaba el jardín de infantes en el colegio parroquial y el Club Rodolfo Dirube había organizado la fiesta del 9 de Julio. Anunciaban la presencia del equipo titular de Boca Juniors. El presidente de la institución, don Rafael Núñez, era un xeneize fanático y, por intermedio de un socio que conocía a Mané Ponce, habían comprometido la presencia de los jugadores. Todas las instituciones y colegios de Barrio Dirube estaban invitados.

Lobito no podía faltar porque había sido elegido escolta de la bandera de ceremonias. Vivía a dos cuadras del Club. La madre, embarazada de ocho meses, guardaba reposo. Por tanto fue solo. Escarapela grande, peinado a la gomina, moño azul, guardapolvo almidonado, guantes blancos. Una pinturita.

El acto contaba con la asistencia del obispo, el cura párroco Sal Fina, el delegado municipal Vernengo, dirigentes de las fuerzas vivas y público en general. Políticos escaseaban porque eran tiempos de la llamada “revolución argentina”. Barrio Dirube parecía una olla a presión. Solo los radicales asomaban la cabeza. La mayoría peronista permanecía agazapada y los únicos que, por el momento, iban presos, eran el relojero Guerchi y el cooperativista Gutiérrez, acusados de “comunistas”. Si les hubieran colgado el sambenito de “marcianos” habría significado prácticamente lo mismo, en aquel vecindario de casas bajas y entresijos altos. 

Vernengo solía vender influencias con los militares. Decía que era amigo de un general que pisaba fuerte. Serio, aseguraba que en cualquier momento el Presidente de la Nación iba a visitar el pueblo porque sentía predilección “por nuestra comunidad laboriosa y digna de figurar con letras de oro en el libro de historia de la Patria”. Nadie le creía un comino, lo escuchaban aguantando la risa. “Este viejo le da al copete”, apostrofaba el Pulga Rodríguez.  

Aquel 9 de Julio amaneció con una helada de órdago. Los alambrados lloraban lágrimas de escarcha. Sin embargo, el acto comenzó puntual, a las 10, con la entonación del Himno Nacional, luego fue el turno de cantar Aurora, seguidamente habló López e hicieron subir al escenario a integrantes del plantel de Boca. La concurrencia respetuosa aplaudió con el mayor de los respetos a Ángel Clemente Rojas (grande, Rojitas); Rubén Suñé (un crack, el Chapa querido);  Alfredo Rojas (gracias, Tanque, por venir); Ramón “Mané” Ponce (fuerte ese aplauso, por favor); Norberto Madurga (la elegancia en persona, señores); Antonio Roma (muchísimas gracias, Tarzán); Oscar Pianetti (cómo le pega este hombre, por Dios); Silvio Marzzolini (chicas, pídanle un autógrafo)…

Como broche de oro, los alumnos del jardín de infantes debían saludar a los jugadores. De a uno fueron subiendo al escenario los impecables angelitos del pueblo, envueltos en cálidos aplausos de la concurrencia “que demostraba, una vez más, que Barrio Dirube es el más patriota de la Argentina”, exageraba Vernengo. Pero Lobito se abstuvo. La maestra le preguntó el motivo y él le respondió en voz alta:

—¡Porque soy hincha de San Lorenzo!

Una ruidosa carcajada estalló en el salón. El obispo también soltó una risotada. “Este chico debe ser tremendo, Virgen santa”, comentó por lo bajo. El párroco Sal Fina decía insistentemente sí con su cabeza calva.

El Negro Olmos, que cargaba en la bodega varias ginebras para calentar la carrocería corporal, felicitó a Lobito y le dio la mano.

—Muy bien, qué tanto joder, después de todo no somos todos hinchas de Boca. Yo soy de Racing y a mucha honra.

El presidente de la institución abandonó bruscamente el escenario y se dirigió a Lobito, que había quedado solo en medio del salón, de brazos cruzados. Lo agarró de una oreja y trató de subirlo a la fuerza. Lobito le pegó una certera patada de puntín en las canillas. Pero el capanga del club decano de las instituciones populares intentó arrastrar a Lobito.

Fue el llamado a intervenir que necesitaba el Negro Olmos, quien le dijo a Núñez:

—¡Viejo cabrón, largá al pibe!

 Núñez ya estaba por subir a Lobito al escenario. El Negro elevó su vozarrón: “¡Vigilante!”. Y el presidente, confiado, giró suavemente su cabeza en dirección al grito. Recién se despertó en el hospital de Merlo pasado el mediodía.

Mientras el cuerpo de Núñez se desparramaba como una bolsa de papas, Lobito aprovechó y sigilosamente abandonó el acto patrio. Ovacionado. Una lluvia de serpentinas y de papel picado acariciaba su cara feliz. La hinchada de los Matadores coreaba su nombre en el Gasómetro. Chango Aragona lo sacaba en andas.

Bastante agitado llegó a su casa. Su madre le preguntó:

 —¿Cómo estuvo el acto, Lobito?

Y Lobito respondió, eufórico:

—Mamá, fue un golazo, como el del Lobo Fischer a Estudiantes de La Plata, en la final que ganamos en la cancha de River Plate.

Y dando un salto de cangurito creyó que repetía el formidable golpe de cabeza del goleador misionero. Será por eso que salió gritando ¡gooooool!, con los brazos hacia el cielo y la oreja izquierda aún un poco colorada. Iba revoleando el guardapolvo como un poncho y en un acto de desprendimiento tiró el moño azul al patio de tierra, pero no interrumpió el festín de gorriones y palomas que comían el maíz de las gallinas.

Horacio Enrique Poggi (Merlo, Buenos Aires, 1961) reside en Mariano Acosta. Es Técnico Universitario en Periodismo, Licenciado en Comunicación Periodística y Doctor en Ciencia Política. Ha cursado diversas diplomaturas en cultura, historia y antropología. Autor de cinco libros, entre ellos el poemario Territorio de los Justos (2007) e Historia del Pueblo de Mariano Acosta (2020). Su obra ha sido reconocida en certámenes nacionales de poesía y narrativa, obteniendo premios en San Antonio de Padua, Tres de Febrero, Revista GUKA, SADE Zona Norte, SADE Ituzaingó, SADE La Plata, SADE José C. Paz, Campana, Henderson, Mendoza, Universidad de Lomas de Zamora, Beruti y San Ignacio (Misiones).

LA CHICA DEL CABELLO RUBIO Y RIZADO

Domenic Marinelli

 

El bosque quedó en silencio después de que sonó el disparo.

El hombre del abrigo verde caminó rápidamente hacia su coche; no soltó la pistola con la que le había disparado a la joven.

Ella tenía el cabello rubio; era rizado y se agitaba salvajemente bajo el fuerte viento que atravesaba los espesos árboles del bosque que rodeaban el claro.

Incluso ahora que estaba muerta, sobre aquella tierra sucia, el cabello seguía moviéndose. Se deslizaba sobre su rostro, sobre sus ojos aún abiertos, mirando pero sin ver el cielo azul oscuro que se extendía arriba ni las nubes que seguían avanzando, esas que normalmente solo pasan de largo, aunque de vez en cuando miran hacia abajo para observar las cosas que hacemos los humanos, incluso esta mierda.

Nunca sabré qué motivo tenía el hombre del Oldsmobile que se alejaba a toda velocidad para matar a aquella cosita diminuta. Las luces de freno se hicieron cada vez más pequeñas. Las observé mientras se evaporaban en la oscuridad.

Él no tenía idea de que yo estaba allí; ella tampoco.

Había salido a caminar por el bosque, apoyándome en mi bastón, y cuando salí de casa esa noche no sabía que terminaría presenciando lo que los hombres y la Biblia llaman asesinato, pero eso fue exactamente con lo que me encontré.

La chica ni siquiera dijo nada cuando el coche se detuvo. Allí estaba, simplemente parada en el claro, con los brazos cruzados para combatir el frío, y se volvió cuando el coche se acercó, y aun cuando lo vio, había en su rostro esa certeza que yo alcancé a percibir… una certeza de lo que seguramente estaba por ocurrir. Y cuando el hombre salió del coche, ella vio quién era y aquella certeza de algún modo se hizo más profunda.

El resto sucedió rápidamente. El hombre levantó la pistola, que temblaba en sus manos jóvenes e inexpertas, y enseguida sonó el disparo.

Ella tardó una eternidad en caer. Yo me quedé paralizado, deseando de todo corazón haber llevado mi rifle y sí, habría matado a ese hombre, aunque no conocía a la muchacha; simplemente parecía tan incorrecto lo que había hecho… tan terrible y contrario al orden natural de las cosas.

Resultaba antinatural la manera en que permaneció allí de pie antes de caer; como el último pétalo de una hermosa flor, dejando solo el tallo.

Finalmente salí de entre los árboles y me acerqué a ella. Sus ojos seguían abiertos y, de no ser por el capullo rojo que se expandía sobre su pecho, habría parecido completamente viva.

Aquellos ojos.

Entonces comprendí que todavía no estaba del todo muerta, aunque estaba seguro de que pronto lo estaría.

Me arrodillé junto a ella y le tomé la mano. Sabía que no debía hacerlo, pero quería que los últimos momentos de su vida fueran buenos, que fueran aquello que parecía merecer.

Y entonces me miró, con aquellos ojos azules, y parpadeó, mientras una lágrima descendía por su mejilla.

—Todavía puedo respirar —logró decir; prácticamente exhaló esas palabras.

No podía creerlo.

Me incliné aún más y escuché… su corazón seguía latiendo. La bala no lo había alcanzado. Era imposible que siguiera latiendo si lo hubiera atravesado un disparo.

No tenía teléfono. No tenía nada. Sabía que aquella chica podía salvarse, pero también sabía que no se debe mover a alguien que acaba de recibir un disparo. Pero tenía que hacerlo.

—Por favor —dijo.

Asentí.

La levanté en mis brazos. Pesaba lo mismo que mi pequeña cuando tenía apenas nueve años, lo juro.

Trisha había muerto hacía mucho tiempo, y mi esposa Anna me había dejado poco después. Pero sostener a aquella joven entre mis brazos era como volver a sostener a mi Trisha, y juro que, cuando empecé a correr, lo hice con la idea fija de que era mi pequeña a quien llevaba conmigo, era mi Trisha.

Puede incluso que haya pronunciado su nombre en voz alta algunas veces, aunque ahora no lo recuerdo.

Sin embargo, más tarde sí recordé que, mientras corría, la chica se aferraba a mi cuello con muchísima fuerza. Su abrazo era firme, y me hacía sentir bien saber que la estaba ayudando.

No podía creer que ese hijo de puta hubiera fallado el disparo al corazón, pero le di gracias al Señor por aquel regalo… un alma dulce como esa.

La llevé a mi casa y llamé a la ambulancia.

Llegaron tan rápido como pudieron… la mujer del teléfono me decía lo que debía hacer mientras esperaba. Honestamente, no recuerdo qué hice. Solo recuerdo un torbellino de toallas rojas brillantes que antes habían sido blancas. Cubrían el suelo cuando regresé a la casa después de ver cómo el helicóptero desaparecía en las profundidades de aquel cielo que se oscurecía.

Sí… vivo así de lejos; efectivamente, fue un helicóptero el que llegó para llevarla al hospital.

También recuerdo que, cuando la sacaron de mi casa en una camilla, ella me miró con aquellos ojos. No sé qué decían ni qué pensaba, pero estaban vivos, aquellos ojos. Estaban vivos, y ese hijo de puta no había conseguido matarla después de todo, y yo me sentía agradecido por eso, y ella también. También vi eso en sus ojos.

Recuerdo haber contemplado el helicóptero mientras se elevaba cada vez más sobre mi casa perdida entre los bosques, y pronuncié una pequeña oración, pidiéndole a Dios que velara por ella y la protegiera de quienes fueran aquellas personas que deseaban verla muerta.

Y también le hice una promesa al Dios de las alturas. Si alguna vez volvía a ver al hombre de la chaqueta verde, lo mataría. Acabaría con él por lo que le había hecho a una criatura como ella.

 

No volví a saber nada durante meses. Intenté llamar al hospital y nadie me dijo nada. Ni siquiera conocía su nombre, aunque de todos modos tampoco sabía a qué hospital la habían llevado.

Fue un año después. Estaba en el pueblo haciendo algunas compras cuando vi una limusina entrar en un callejón junto al supermercado y la tienda deportiva de Al.

Recuerdo que estaba cargando las bolsas en mi camioneta cuando, de pronto, la ventanilla trasera empezó a bajar muy lentamente…

Recuerdo que ocurrió como en una película… despacio, muy despacio, y supe que estaba a punto de ver algo que me afectaría profundamente; simplemente lo supe.

Un rostro, el rostro más hermoso que había visto jamás, emergió desde la oscuridad del interior y me sonrió. La chica cuyo nombre no conozco y jamás conoceré me sonrió y asintió…

Quizá era lo único que podía hacer por el hombre que la había sacado de aquel bosque oscuro.

No dijo una sola palabra, pero con aquellos ojos, que nunca habían perdido la plenitud de vida que contenían, dijo todo lo que necesitaba decir.

Estaba viva y no había nada que aquellos hijos de puta pudieran hacer al respecto.

Entonces la ventanilla volvió a subir y la limusina arrancó y salió lentamente del callejón. Después el coche siguió avanzando por la carretera y yo lo observé durante muchísimo tiempo.

Durante muchísimo tiempo. Lo vi alejarse por aquella larga carretera que seguía y seguía y seguía casi hasta el horizonte lejano que, siendo sinceros, fácilmente podría haber sido el cielo. Lo observé hasta que ya no pude verlo más.

Lo vi alejarse.

Domenic Marinelli es autor de varios libros, entre ellos: Across a dark river in Palermo, Generic V, Beneath the white darkness, 13 years of lamentation, Miles in the dark, The Mannaro Motel, Ancient credos in sanskrit moderna, Scratches like whispers y muchos más... Ha escrito novelas policiacas, de suspense psicológico, de terror, de ciencia ficción, transgresoras, neobeat y de géneros alternativos. También escribe obras de teatro, poesía y, por supuesto, no ficción. Algunos de sus trabajos se han publicado en Pro Wrestling News Hub, USFL News Hub, Thirsty For News, Lombardi Ave, The Gamer, The Sportster, HotCars, XFL News Hub, The Travel, The Recipe, Ringside News, The Things, The Talko, Steel Notes Magazine, Show Snob Magazine, West Island Community News Blog, Dog O' Day Magazine, Park Extension News, MTL Times, Daily DDT, E-Wrestling News, CFL News Hub, Slam Wrestling, Guilty Eats, Last Word On Sports (LWOS), y también ha escrito artículos y guiones de vídeo para babbletop.com. Vive en Montreal, Quebec, Canadá, con su esposa, Sarah, donde trabaja arduamente en sus próximos proyectos.

 

CENIZAS DEL MAÑANA

Shahid Abbas

 

La tormenta había llegado sin previo aviso. La lluvia azotaba las calles, el viento arrancaba los techos y la tierra temblaba como si el mundo mismo estuviera llorando. El niño se aferró al brazo de su padre, temblando.

—Abba ji… —susurró—, ¿me traerás helado esta noche?

El padre sonrió débilmente, pero por dentro se ahogaba en el miedo. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán había enviado ondas de choque a todo el mundo. Los precios se dispararon. La gasolina, la electricidad y los alimentos duplicaron su valor de la noche a la mañana. La gente común ya jadeaba bajo el peso del caos.

Ahmed salió de la casa a la mañana siguiente. La ciudad parecía ajena: calles vacías, tiendas cerradas y el miedo grabado en cada rostro. Se encontró con su amigo Nazir.

—¿Has oído? —preguntó Nazir con la voz temblorosa.

Ahmed tragó saliva.

—¿Qué ocurrió?

—La guerra… los precios… la gasolina está a ciento cuarenta y seis rupias por litro. Todo está subiendo, Ahmed… la electricidad, el gas, incluso la comida. El ánimo de la gente está colapsando.

Ahmed se dejó caer sobre la calle empapada por la lluvia. Sus irrisorios ahorros –doscientas cincuenta rupias destinadas a comprar combustible para viajar a la aldea para visitar a su familia– parecían no tener valor alguno. El pánico lo invadió y empezó a temblar. A su alrededor, la ciudad ya comenzaba a desmoronarse.

Ahmed vagó por las calles. Las madres abrazaban a sus hijos mientras murmuraban plegarias. Los padres discutían en voz baja frente a alacenas vacías. Los jóvenes murmuraban:

—¿Esto es vida?

Los rostros que alguna vez habían brillado de esperanza se habían endurecido como piedra. La gente se agrupaba en callejones, intercambiando susurros desesperados:

—Nos lo han quitado todo… desde nuestros hogares hasta nuestra comida, incluso nuestra dignidad —dijo un anciano.

—La boda de mi hija… no tenemos dote… no tenemos felicidad… ya no queda nada —susurró una madre.

Ahmed vio vecinos suplicando ayuda a sus amigos, solo para ser rechazados. Incluso Gulmashir, alguien en quien Ahmed había confiado toda su vida, le negó ayuda. Las familias vagaban sin rumbo. Los mercados estaban vacíos. Las carreteras inundadas. Cada hora traía un nuevo desastre.

Pasó junto a jóvenes parejas cuyos sueños de matrimonio habían sido destruidos por la pobreza. Vio niños mirando platos vacíos, preguntándose si el mañana traería comida. Observó ancianos derrumbarse en las calles, murmurando oraciones por un mundo que los había olvidado.

Y aun en medio de aquella desesperación, persistían pequeños hilos de resistencia. Los vecinos compartían lo poco que tenían. Las madres susurraban esperanza a sus hijos y algunas almas valientes intentaban organizar la distribución de alimentos. Pequeños actos de bondad titilaban como velas en la oscuridad.

Ahmed habló en voz baja con Nazir:

—Sobrevivimos… pero ¿qué queda de nuestras vidas?

—Nada… quizá no quede nada en absoluto —respondió Nazir.

Y aun así, la vida persistía. Incluso entre la destrucción, seguían existiendo el amor, el coraje y la obstinada negativa a rendirse por completo.

Ahmed regresó a su casa. Su familia permanecía acurrucada en un rincón, temblando de frío, hambre y miedo. La luz de la vela vacilaba, reflejándose en sus rostros pálidos. Abrazó a su hijo y susurró:

—No somos ladrones, y aun así el mundo nos ha robado todo lo demás… pero debemos aferrarnos a los fragmentos de esperanza.

Arriba, un relámpago rasgó el cielo, haciendo eco del caos que reinaba abajo. La lluvia golpeaba sin descanso. El mundo se había quebrado, pero la humanidad resistía en silencio.

Ahmed comprendió que incluso cuando la vida parecía insoportable, incluso cuando la guerra, la pobreza y la desesperación lo despojaban a uno de todo, los pequeños hilos del coraje, el amor y la conexión humana eran lo único capaz de resistir el abismo.

—Estamos vivos… seguimos vivos —susurró—. Y quizá eso sea suficiente para luchar por el mañana.

Shahid Abbas es un autor y poeta pakistaní galardonado internacionalmente. Es originario de Tandlianwala, Faisalabad, Pakistán. Es autor de «Words from Nature» y coautor de «We Speak in Syllables» y «Verses of Meraki». Su obra literaria ha aparecido en numerosas antologías internacionales y en una amplia gama de prestigiosas plataformas literarias, tanto impresas como digitales. La poesía de Shahid Abbas ha sido traducida a trece idiomas.

 

AMANECER ROJO