Daniel Frini
La nave se deshizo al cruzar un campo de
asteroides mientras viajaba a un treinta y tres por ciento de la velocidad de
la luz. Antes, cuando la AI tuvo la certeza de que la desintegración era
inevitable, ordenó a los automatismos que activaran las cápsulas de seguridad.
Algunas se atomizaron, como la nave. Otras, pusieron dirección al planeta.
Cruzaron el límite de Kármán a una velocidad
muy superior a la de seguridad, y no resistieron la fricción ni el calor
consecuente. Se desguazaron en la atmósfera, en millones de pedazos. La mayoría
de ellos no llegó a la superficie. Todas las cápsulas, menos una.
Sin embargo, su aterrizaje fue violento e
incontrolado. El reactor se partió y, en milisegundos, un pulso en forma de
radiaciones ionizantes y neutrónicas mató a quienes la ocupaban. A todos, menos
a él.
Los gases neuronales lo sacaron del sueño de la
animación suspendida. El caos, el ruido de las alarmas –infinitas–, el humo y
el olor penetrante y ácido lo aturdieron. Necesitó varios minutos para
sobreponerse y entender qué había pasado. El gusto metálico en su boca le
indicó la rotura del reactor. Una mirada a su alrededor, le mostró que todos
estaban muertos, y que ni siquiera habían dejado sus nichos. Una lectura rápida
de los escáneres le mostró que no había nadie –ni nada– de su mundo, con vida,
en una esfera de cuatro años luz de radio, centrada en su posición. Es decir,
la nave había muerto. Y estaba solo.
Su situación le resultó clara, y esa
comprensión lo golpeó, dejándolo sin aire. Los años de preparación, su entereza
y su sangre fría le impidieron gritar. Gimió. Un nudo inconcebible le impedía
tragar. Intentó llorar, pero las lágrimas se negaron: era el último habitante
de su mundo.
No lo habían logrado.
Todos vieron aproximarse el apocalipsis, las
señales fueron claras durante mucho tiempo, los cambios no podían presagiar
nada distinto. Pero, por alguna razón inexplicable, quienes estaban en posición
de encontrar e implementar una solución, no solo fueron incapaces de hacer algo
por detener la debacle, mientras esto fue posible: tampoco lo intentaron. Peor
aún, negaron el problema. Así pasaron años, décadas, siglos.
Mucho tiempo después, cuando todo estaba
perdido, algunos gobernantes aventuraron explicaciones que, en realidad, no
convencieron a nadie y, por supuesto, no aportaron nada que mostrase un mínimo
resquicio para avistar un remedio. No quedaba otra cosa que salvar las sobras.
Y la memoria. Pero tampoco aquí fueron capaces de consensuar una solución, y se
perdieron los últimos e invaluables momentos de la civilización.
Al menos, ellos, su grupo, lo intentaron.
La idea no era, para nada, original. Construir
diez naves a las que subirían todo lo que pudieran salvar de su mundo. Diez
arcas. Diez backups.
Pero, ¿qué salvar? Esto implicó un cúmulo
interminable de selecciones al azar, sin planificación ni proyecto; apenas con
una vaga idea, un propósito indefinido, más centrado en las ganas de ganarle a
la muerte que a un propósito concreto. Para ellos estaba claro que ya no había
tiempo para otra cosa. ¿Qué dejar? ¿Qué llevar? ¿Qué condenar, no a la muerte,
sino al olvido?
Tanta riqueza, vida, especies, historia,
recuerdos. Tanta cultura. Un millón de años de cultura.
Además, ¿adónde ir? Decidieron que cada una de
las diez naves viajaría a un planeta distante de los millones que, en miles de
años, habían encontrado girando alrededor de estrellas lejanas; aquellos más
cercanos al Planeta Madre ya habían sido visitados y resultaron ser
inhabitables. Allí aparecía otra de las tantas y tan importantes cuestiones
imposibles de contestar ahora: ¿por qué no se había preparado alguno de estos
mundos para una eventualidad aún mucho menor que la de la extinción de la vida
en el Planeta Madre? Tenían tecnología para hacer habitable otro mundo.
¿Entonces?
No había otra opción más que buscar en las
estrellas alejadas; y apostar, porque no había forma de saber si lo que había
ocurrido antes –la imposibilidad de encontrar un planeta capaz de ser habitado–,
podía, con solo mirar desde los observatorios en órbita, revertirse. Era una
apuesta de muerte.
Se comenzó por seleccionar mundos de entre los
más estudiados en el pasado, y se descartaron aquellos que presentaron alguna
duda. Se estudió otros que reemplazaran a los rechazados, en un proceso
recurrente que arrojó, al fin, diez posibles objetivos; el más cercano, a unos
mil doscientos años luz, y se los repartieron. A su nave se le asignó un
pequeño mundo azul, a mitad de camino entre el centro y el borde de la galaxia,
sujeto gravitacionalmente a una estrella pequeña –una enana blanca de tipo G–,
a unos dos mil quinientos años luz de distancia. Para cuando llegasen, si
llegaban, haría muchísimo tiempo que su mundo se habría transformado en
inhabitable y, probablemente, habría desaparecido.
Preguntarse si podrían llegar no era vano. No
sabían tan solo si podían alejarse del Planeta Madre. La única manera de llevar
tamaña carga, era en naves con motores de
radiosótopos de positrones, pero de un tamaño tal que resultaban cinco
veces más grandes que las más grandes jamás construidas. De esta manera, sería
posible viajar a no más de un cuarenta
por ciento de la velocidad de la luz. Eso era lo máximo a lo que aspirar. Era
necesario fabricarlas en el espacio, fuera del sistema, y cargarlas en un gran
número de viajes, con naves convencionales de motores helicoidales.
Así se hizo.
Cuando las diez naves estuvieron cargadas y
dispuestas, los tripulantes entraron en animación suspendida y la IA se hizo
cargo de la ignición.
Él fue el designado para demorar su sueño y
supervisar el comienzo del viaje. Aunque no podía ver las otras naves, sí
detectó en los sensores, con horror, la inusual carga de antimateria que no
podía significar más que la destrucción de, al menos, seis de las otras naves.
También pudo ver, en las pantallas, cómo las tres restantes, giraron alocadas y
comenzaron a caer hacia el centro del sistema, hacia la estrella. Su nave fue
la única en sobrevivir y comenzó su viaje hacia el planeta asignado, lejano en
espacio y en tiempo.
No quedaba otra cosa por hacer. Allá fueron.
Él era ingeniero y doctor en física nuclear,
contaba con Grado III en experiencia de manejo de reactores de la clase W –uno
de los únicos tres técnicos capaces de esto en su mundo– y era experto en armas de hidrógeno. Es más: él, como
toda la tripulación, había sido mutado genéticamente para resistir 6500 rads de
radiación ionizante. Sobreviviría a la exposición a los protones y partículas
alfa de alta energía del espacio durante el larguísimo viaje; y a cualquier
accidente. Y eso había ocurrido.
«¡Revisión!». Una voz proveniente de alguna
parte de su cerebro lo devolvió a la realidad. Su templanza y su madurez mental
lograron que se sobrepusiese al miedo. Reaccionó como su entrenamiento dictaba.
De manera automática, verificó su estado y la existencia o no de heridas.
Estaba en condiciones físicas aceptables. Controló su equipo, su exoesqueleto y
sus armas. Todo bien. Verificó su comunicación con la cápsula de seguridad.
Bien. Encendió los comandos de supervivencia. Funcionaban. Al menos, las baterías
no habían perdido la carga. ¿Estado del reactor? Fugas de radioisótopos. Él
resistiría.
¿Dónde estaba? Tecleó los comandos en la
computadora. La pantalla se ilumino. Era el planeta correcto. ¿Y la estrella?
No hacía mucho se había ocultado tras el horizonte. Estaba en el lado oscuro.
Tocó, en la pantalla, el botón virtual «Comprobación y exploración». Era un
mundo habitado. Y con un grado de civilización Tipo 0, pero a cien o doscientos
años de alcanzar el Tipo 1. Hizo una mueca de disgusto; que, muy pronto, cambió
por un gesto de esperanza. Quizá los nativos pudiesen ayudarlo.
Lo inundó un optimismo que era impensado hacía,
apenas, segundos. Si lograba comunicarse con ellos, podría hablarles de su
mundo.
No había nada orgánico para salvar, salvo su
propio cuerpo. Pero, aun cuando esto era mejor que nada, él era sólo una
minúscula muestra de la diversidad que alguna vez había conocido, aunque los
discos rígidos que estaban en la cápsula contenían un back up de toda la
información de la nave; de manera básica, una bitácora con todo el conocimiento
de su civilización. Y, quizá, el grado de desarrollo de la ingeniería genética
de los nativos podría reproducir el genoma de, aunque sea, una parte de las
especies de su mundo; y, por supuesto, guardar y conocer toda su cultura.
Ahora, fue su esperanza la que lo golpeó. Su
idioma no se perdería. Los idiomas de su mundo no se perderían. La música, el
arte, la literatura, la geografía, los paisajes –los hermosos y queridos
atardeceres de su sol–, las selvas, los desiertos, los hielos, la nieve, el
mar, las arenas de las playas, las ciudades, la tecnología, las plantas, los
animales. La historia, su historia, la historia de su civilización; los
excelentes logros de culturas antiguas, los poemas grabados en tablillas de
barro y las inmensas bibliotecas de pergaminos. Y, por supuesto, las guerras,
las muertes, las plagas, la destrucción, la sobreexplotación, los asesinatos y
genocidios, la esclavitud y la maldad. Y el ocaso –estúpido, idiota, y
enajenado– de su mundo.
—Ellos podrían usar nuestra experiencia y
evitar lo que nos destruyó a nosotros —se sorprendió hablando en voz alta,
entusiasmado—. No solo podré conservar la memoria de mi civilización. ¡Lo que
tengo para ofrecerles puede salvar su propio mundo!
Por supuesto –lo sabía–, los nativos
tergiversarían la información, la utilizarían con parcialidad, se ocultarían
material sensible unos a otros. Conocerían sus armas y su increíble poder. Se
sorprenderían con la posibilidad de dominar el espaciotiempo, de viajar a las
estrellas vecinas; de curar todas las enfermedades, y se disputarían el
conocimiento; pero allí estaría él para prevenirlos y evitar estas
desagradables situaciones.
Se convenció, por fin, de lo que era evidente.
Los nativos iban a reconstruir el mundo perdido, su cultura y su gente. Pero,
mucho más importante que eso, él iba a salvarlos de su propia aniquilación,
¿Era posible comunicarse con ellos, con los
nativos?
En la pantalla, pulsó el botón virtual que
indicaba «Información. Comunicación y lenguaje». La computadora indicó que
escaneaba señales. La barra de estado avanzaba con lentitud exasperante. Luego,
leyó en la pantalla: Información insuficiente para determinar el número de
especies existentes. Estimación: 9x106 especies distintas. Arqueó
los ojos en un gesto de sorpresa. Una especie dominante identificada.
Cantidad estimada de individuos de esta especie en el planeta: 7x109.
Proximidad de individuos de esta especie: Cuatro individuos, a dos mil metros.
Características de los individuos: detectan radiación electromagnética por
ojos, 380 a 750 nanómetros, muy reducida en el lado oscuro del planeta; detectan
ondas de presión por oídos, 20 hertz a 20 kilohertz; detectan productos
químicos por lengua y nariz; detectan temperatura y presión a través de
cubierta externa. No detectan campos magnéticos. No detectan radioactividad.
Identificación de conceptos matemáticos: sistemas predominantes, base diez,
base dos y base sesenta; conocimiento de cero e infinito, conocimiento de
números primos, conocimiento de números irracionales e imaginarios;
conocimiento de números e, pi y phi. Identificación de conceptos físicos:
conocimiento de la constante de Planck; conocimiento de la constante de
gravitación; Conocimiento de la permitividad eléctrica en el vacío;
conocimiento de la permeabilidad magnética en el vacío. Identificación de
conceptos químicos: conocimiento de capa de valencia. Identificación de
concepto de lenguaje en individuos: repetición de sonidos, identificada; ratio
de entropía, calculado. Nivel de posibilidad de comunicación: bueno.
Información de cod/decod descargada a dispositivo móvil. Información
topográfica descargada a dispositivo móvil. Información de entorno descargada a
dispositivo móvil.
«Cuánto por
enseñarles», se dijo. Ubicó la vivienda de los nativos. No se detectaban
problemas en el camino. Revisó, otra vez, su equipo. Emprendió la marcha. La
más grande marcha. La que le daría sentido a su epopeya. La que salvaría la
memoria de su mundo. La que salvaría a este nuevo mundo de sí mismo.
Se sorprendió con el tamaño de la vivienda. Los
nativos debían ser enormes. Consultó con su dispositivo móvil. Presionó
«Fisonomía» en la pantalla. Allí estaba la información. Si. Había dos que
tenían unas cincuenta y cinco veces su tamaño. Los otros dos, eran unas treinta
y siete veces más grandes.
La adrenalina lo inundaba. Ese era el momento.
Entró a la vivienda.
La mujer se levantó para llevar los platos a la
pileta de la cocina. La cena había estado bien. Su marido estaba satisfecho y
le guiñó un ojo. A los niños les encantaba el pollo al horno.
Dio dos pasos y miró al piso.
—¡Puta madre! —dijo, y dio un fuerte pisotón
que resonó en el comedor.
—¿Qué pasó? —la interrogó su esposo.
—Nada. Una cucaracha —contestó ella.
Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.




