miércoles, 12 de agosto de 2026

EL FINAL DEL UNIVERSO

Judith Shapiro

 

“It’s a tickle of joy in the blue belly of the universe… it must be scratched, right Max?”.

Película Yellow Submarine,

The Beatles, 1968.

 

Justo ahí donde el infinito se encuentra con el infinito, donde infinitas posibilidades encuentran infinitos caminos y bifurcaciones, justo ahí pueden encontrarme. Dentro del caos de la nada y el todo, en los confines del universo, mi presencia es vastedad.

No tiene caso que se pregunten o me pregunten dónde exactamente estoy, si nunca van a llegar. Las pequeñas, ínfimas existencias de los seres humanos, los animales, las plantas terrestres no son relevantes ni en mayor ni en menor medida que ninguna otra forma de vida en la inmensidad de la existencia. No hay nada que los haga especiales, tal vez acaso sólo su exasperante curiosidad, que les trajo hasta aquí, que trajo al despojo humano de Ulises ante mi presencia. Un ser irrelevante, tan débil que su biología no soporta el viaje a través de la creación, tan pequeño que pierde la escala entre los gigantes que lo rodean. Sin embargo, la curiosidad lo acompaña siempre, le hace borrar límites, pasar por alto peligros como un necio. A los seres pequeños con conciencia de finitud, las experiencias extremas suelen asustarlos y detenerlos en un paradójico eterno y pequeñísimo presente, excepto a algunos en particular a quienes la curiosidad rebalsa. Hay una rica vida interior en esos especímenes, una prodigiosidad onírica que les abre las puertas a los misterios profundos del universo aunque no llegan a comprenderlos. Ese atisbo, ese asomo a lo grande e inalcanzable les prende una chispa que difícilmente se apague antes de que se apaguen sus fuerzas vitales. Las ventanas oníricas son para un pozo en donde inevitablemente me deslizo, donde se vuelcan mensajes universales que de otro modo quedan codificados por fuera de la limitada mente humana; son un sencillo juego que me permito para adentrar a los seres en la conciencia de la totalidad que somos y no somos.

Ulises, el humano, emprendió este viaje glacial hacia el vacío del espacio y el límite de la creación como un loco desesperado, desafiando las reglas de su planeta que no estaba de acuerdo en desperdiciar recursos en un viaje sin sentido ni fin. Reclutó a un grupo de visionarios como él y robó todos los recursos que necesitó para partir. Veinte de las mejores mentes de la Tierra, mentes inadaptadas pero abiertas, que podían recibir fragmentos de la existencia universal, sin entenderlas pero abarcándolas como incógnitas, como infinitas preguntas cuyas posibles respuestas necesitaban salir a buscar. La misión se trazó con sentido de ida, sin saber si iban a volver.

El viaje fue degradando lentamente la integridad del grupo. El vacío fue ciñendo su zarpa sobre la nave y las mentes de los viajantes. Adentrarse en la inmensidad tuvo su costo. Se les fue metiendo en el interior de la nave, en el interior de sus biologías, en el interior de cada resquicio de humanidad que tenían en mismos, lamiendo los dolores, las inseguridades, abrazando y cuidando los núcleos individualistas de vida, temores e inseguridades. Creció la soledad y la desconfianza. Ulises pudo sostenerse íntegro a través de las dudas porque a la vez que el vacío se le metía adentro, también le daba lugar a la inmensidad, dejaba que el universo lo inundara en su grandeza, su totalidad, su anonimato. La fuerza indómita de la expansión del universo caló hondo en sus huesos y a medida que perdía su individualidad se fundía en la noción de todo y nada. Se fue transformando; cuanto más se alejaba de su humanidad, más la encontraba frente a lo radicalmente opuesto y diferente que era lo que se iba cruzando en su travesía. Perdía el contacto y el vínculo con sus co-tripulantes, pero más se encontraba con la experiencia básica de la curiosidad que define a la humanidad y la imprimación primaria del descubrimiento en lo profundo de su ser. Y entre fragmentos y rupturas aquí había llegado; Ulises, el humano, había llegado a mí.

Es difícil encontrar las palabras para describir la experiencia del encuentro conmigo; hasta aquí han sido pocas las ocasiones en que seres biológicos han llegado hasta este límite del espacio y el tiempo y, en cada caso, el modo de comunicación que cada ser trajo consigo para entender el encuentro propuso unos términos en los cuales me vi forzada a transmutar. Yo no tengo una forma, soy todas las formas y ninguna. No preciso de definiciones porque todo el tiempo estoy iniciando y terminando. Muriendo y naciendo. Las visiones sesgadas de cada ser que llegó me ha constreñido en unos términos de comportamiento y aspecto que no son más míos que cualquier otra opción, pero que seguramente producirían sorpresa ante el relato de la experiencia codificada según los sistemas de sentidos de los otros seres que pudieran llegar antes o después. Puedo ser la materialización de una sinfonía disonante ejecutada con el instrumento más único de todos, con armonías infinitas y explosiones de color sinestésico que sacuden a quien percibe en todo su ser; puedo ser una serpiente alada con pelos como púas pero suave, diestra y escurridiza, mas inmensa, y que llena todo. Puedo ser la personificación de los dioses humanos del Olimpo, en cauce continuo entre creación y destrucción mientras columnas se erigen sosteniendo el universo y el río de la decadencia corroe las bases que sostienen lo nuevo, lo viejo y la existencia misma. Sus visiones me definen, sus palabras me abocan a sentidos que me ponen formas, colores, tramas, texturas, duración, presencia, sonido, temperatura, vibración. Cada encuentro es una recreación in situ de mi presencia y forma.

El encuentro con Ulises se tradujo del conjunto de símbolos que podía darle una forma inteligible para su humanidad. Los efluvios de su presencia, desde su traje de astronauta flotando dentro de una nave que ya casi no podía contenerlo hasta los intentos de
 hablar con una voz apenas audible en el vacío, evocaron matices heroicos y mitológicos, esquemas flotantes que traía consigo de su vida en la Tierra. Casi muerto, la grandeza de lo que estaba sucediendo a duras penas podía entrar en la cabeza de Ulises, pero las imágenes y símbolos que manaban de su inconsciente infundían al tiempo y espacio unos sentidos que funcionaban de ancla para su debilitada capacidad de interpretación. Me había otorgado un rostro humano, distinguible en los rasgos de ojos, nariz, boca y cabeza, que se fundía en los extremos en una fuerza arremolinada, que representaba el inicio y el fin en su continuo fluir. Y un destello dorado que iluminaba la escena con sacralidad.

No hablábamos con sonidos, pero podíamos comunicarnos. Me era posible empujar fragmentos de sentido hacia su consciencia para que la vastedad del infinito del universo le llegara, para que le permitiera sentir que había logrado su cometido, aunque más no fuera una parte, ya que no iba a poder continuar con lo que él llamaba vida, con su individualidad intacta. Necesitó de un tiempo para reaccionar a lo que estaba pasando; de su psique me llegaban imágenes intensas del viaje por el vacío en su nave espacial, de otros humanos que habían desafiado su misión o que extrañaba y con quienes ilusamente deseaba compartir la experiencia a la que había llegado. A la deriva e impulsado por el afán de conocer, había llegado al final del universo, al comienzo, soltando capas de sí mismo y ganando la totalidad en su lugar.

Su presencia biológica frente a era un punto ínfimo, un sesgo del paisaje que casi no llegaba a divisar. La manguera que lo conectaba con su nave golpeada parecía un cordón umbilical manteniéndolo con vida, cualquiera fuera el sentido que vida tenía para él en ese momento. Ulises parecía querer decir algo, transmitirme algo, pero no lograba articularlo en un mensaje. Haciendo uso de la forma semihumana que sus proyecciones psíquicas me habían dado, estiré lo que se suponía que era mi mano y lo envolví en una burbuja de calma y sosiego que frenara el bombardeo de imágenes a su cerebro y le permitiera concentrarse.

Una oleada de energía me llegó con fuerza. Símbolos rojos, segmentos de colores y flores componían las olas de sentidos que me alcanzaban. Una unidad de sentido se alzó con más insistencia; era un nombre, un nombre imbuido de logro, de éxtasis por la misión cumplida, de compañerismo por la ambición que pertenecía a ese conjunto. Me pregunté qué significaba ese conjunto, esa persistencia incluso cuando el conjunto estaba roto porque la unidad de sentidos no estaba biológicamente presente, sino que fluía desde la psiquis de Ulises, el humano.

La ausencia y la presencia son estados relativos, pues el tiempo y la materia mantienen relaciones tan complejas como todo lo magno. Todo es mutable y comprende la existencia y la inexistencia al mismo tiempo. Sin embargo, en la construcción continua de infinitas posibilidades las tramas se entrelazan y las numerosas formas de vida que pueblan el universo toman sus propias decisiones, labran sus caminos, cruzan sus experiencias vitales de modos que no alcanzo a comprender. Lo vasto y lo ínfimo se multiplican de igual modo en sus expresiones opuestas: infinitas posibilidades de la creación en lo infinito e infinitas posibilidades combinatorias de las acciones nimias de las existencias biológicas de los mundos dentro del universo. Las expresiones ínfimas de Ulises iban dirigidas casi siempre a otra existencia biológica de su planeta o eran recibidas por esa otra existencia.

¿Por qué aparecía esta energía y esta otra existencia justo ahora, en el momento del encuentro? Mi existencia no tiene par en el universo, soy su principio y su fin. Mis experiencias quedan conmigo, sin que ninguna otra presencia universal pueda sentirla o contenerla, sin que los seres que existen a menor escala sepan siquiera que estoy aquí. No hay lazo que pueda definir con las demás existencias, al menos no mayor que el lazo de creación y destrucción que soy. Quería entender la energía de Ulises, quería saber qué era, así que envié ondas sucesivas hacia la burbuja que lo contenía, ondas inquisitorias, que devolvían algunos de los símbolos de Ulises junto con sensaciones de distintos elementos del universo. Llamaradas rugientes y volátiles de una estrella naciente, un meteorito quemándose hasta desintegrarse, la quietud en la superficie sombría de tantos planetas, ondas fluctuantes en el vacío.

Ulises, el humano, al borde del fin de su existencia física, respondió con asombro y confusión. Su sistema simbólico parecía al borde del colapso, pues se producían intermitencias en las ondas de energía que emanaba. Una armonía menor y descendente vibraba en la superficie de la burbuja que lo contenía. Como una supernova, se estaba apagando, y las sensaciones del universo le resultaban tan enigmáticas que sus sentidos y explicaciones mentales no le alcanzaban para descifrarlas. Igual que sus experiencias para mí, en espejo; ambos éramos mutuamente ininteligibles.

Empujé otros estímulos hacia él, algunos que le fueran más conocidos, de sus sistema solar y planetario, y recobré los fragmentos para mí más enigmáticos de los que él me había enviado.

Ulises respondió con una onda de energía suave, más apagada, pero que me conmovió sin saber cómo. La humanidad en la Tierra tenía lazos entre sus miembros que impulsaban y guiaban los modos de vida de los grupos. Lazos que acercaban o alejaban, entre grupos más numerosos o en conjuntos de dos, tres o cuatro personas, que anclaban en un punto el sentido de la existencia. Eso era lo que Ulises me estaba mostrando, que él hubiera querido mostrarles este encuentro, este lugar y a mi mismísima presencia a su conjunto pequeño de pares, porque era el logro de su vida, el propósito cumplido.

La onda suave terminó y el espacio de su burbuja quedó abierto esperando que yo respondiera algo, que le devolviera esa energía, que le contara que el motor del mundo era el que él suponía. Pero yo no tenía nada que contestar, su sistema de sentidos era de él y a mí no me generaba nada más que ánimo de sondeo. La unicidad de mi existencia equivale a todo y equipara todo, todos los sentidos me pertenecen y ninguno es mío. Las existencias humanas en conjuntos de pares hacen sentido en la lógica de su existencia, que no es la mía.

Ulises envió otra onda de energía, más fuerte, más insistente. Quería una respuesta. Usando su sistema simbólico, transformé el escenario en algo que él pudiera comprender. Despojado de su traje de astronauta y dotado de otra vestimenta, se encontró parado en el medio de una tarima y con la personificación de mi presencia que su inconsciente había proyectado.

—¿Dónde estoy? —alcanzó a articular.

—En el comienzo y el fin de todo.

—¿Quién sos? ¿Qué me estabas haciendo?

—No soy nadie. En tu mundo podrían llamarme Dios o Caos o Ñamandú. Soy todo y nada. Estoy aquí y en un segundo no estaré. Estas palabras, estas imágenes que estás viendo no son yo, son proyecciones que tu propia experiencia hace sobre este momento para intentar asir algunos de los difíciles y complejos sentidos que estás viviendo.

—¿Cómo es realmente este lugar?

—Tus palabras no me sirven para decírtelo. —Y sin esperar a que su mente procesara lo que acababa de decir, disolví la representación que nos rodeaba. Se vio a sí mismo flotando en el vacío dentro de su traje de astronauta, rodeado de un calor y un frío calcinantes, con la negrura profunda del infinito frente a él, los destellos de las estrellas a sus espaldas y un tumulto de ruido blanco que le llegaba a través de su radio en el traje, modulaciones y ritmos enloquecidos. Luego la escenografía volvió a su lugar.

—Tu existencia física está a punto de terminar.

—No quiero morir. Llegué hasta acá, quiero saber más, vivir más. Formar parte de este lugar.

—La existencia es siempre la misma. La vida y la muerte son iguales.

—¡No quiero morir! ¡Quiero saber qué hay más allá! La curiosidad siempre impulsando a los humanos.

Sus deseos no significaban nada para y tampoco era ni es mi potestad decidir quién vive y quién muere.

—Tu voluntad es tuya.

—¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Qué va a pasar ahora?

—¿Qué significa la vida en conjunto? Ulises, el humano, pensó la respuesta.

—Unámonos. No estar solo. Ayudarse unos a otros, vivir en comunidad. Por favor, integrame a tu comunidad.

Mientras lo decía, trozos de información manaban de él, olores, vibraciones, recuerdos. Cosas que yo no podía interpretar más que como acciones nimias de la multiplicidad de vidas humanas. Una multiplicidad que no me interesaba.

Entre los trozos de información, en un momento fluyó un núcleo de sentidos a los que Ulises parecía temerle. Cronos, Saturno, interpretaciones superpuestas al presente, a la escenografía que su mente había construido. Quise ahondar en eso y le devolví los nombres de Cronos y Saturno a Ulises. Hubo pausas e intermitencias en sus transmisiones; su corazón fue acelerándose.

Fui abriendo la proyección de mi cara, separando los labios. La fuerza de la escenografía iba cediendo a medida que Ulises cedía también. Un gigantesco círculo negro borraba el lugar en el que había estado mi cara y dejaba ver a través de mí. Su cuerpo flotaba y lo atraje al centro, para atravesar la duración infinita, el continuo presente, el inicio y el fin.

Judith Shapiro nació en Rosario, Santa Fe, Argentina, el 16 de enero de 1989. Es Profesora en Antropología por la Universidad Nacional de Rosario y, en otras facetas, bailarina, acróbata aérea, profesora de la disciplina en varios talleres en Rosario y mamá, lo que desde hace algún tiempo la tiene alejada de la escritura. Ha publicado cuentos en Axxón y varias antologías, entre las que se cuentan Desde el taller y Grageas 3, editadas por Desde la Gente. Sus autores favoritos son J. G. Ballard, Mario Levrero, Phillip K. Dick y Cordwainer Smith, entre otros.

BOSQUE

Miriam Ootjers

 

—Padre, por favor. Me duele.

Sabía que suplicarle era inútil. Que solo lo alentaba aún más. Pero seguía intentándolo cada vez que la enorme figura del hombre que se hacía llamar su padre se inclinaba sobre ella, con los pantalones a la altura de los tobillos y una expresión en los ojos que, de haber sido mayor, habría reconocido como una mezcla de lujuria, obsesión y locura.

Pero tenía diez años.

Amaba el bosque. Amaba el olor terroso que ascendía del suelo, el susurro de las hojas cuando el viento se abría paso entre los árboles, los animales que se movían entre los arbustos con un leve crujido. No amaba las cornamentas colgadas en la pared de la cabaña de caza, ni la piel de oso apolillada que cubría el suelo de la sala, ni los rifles guardados en el armario sin llave del pasillo. Tampoco amaba los juegos que su padre quería jugar cuando la llevaba a la cabaña de madera durante aquel fin de semana mensual en el bosque.

Tenía que ir. Así lo establecía el régimen de visitas, le decía su madre cuando preguntaba si podía quedarse en casa ese fin de semana. Su padre tenía derecho a pasar con ella un fin de semana al mes. Un beso fugaz que nunca llegaba a rozarle la mejilla, el portazo de la puerta de entrada y se quedaba sola con su padre y con la espantosa sonrisa que aparecía en su rostro apenas su madre les daba la espalda.

Ahora estaba sola con él en la cabaña y permanecía tendida, preparada para recibirlo. Para distraerse del dolor pensaba en el viento, en los árboles, en los animales que se deslizaban entre la maleza.

Y en correr.

Piensa en correr.

Lo oía en sus oídos, en su cabeza, en todo su cuerpo. Una voz que crujía como las ramas cargadas de nieve en invierno, que sonaba como una bota al desprenderse del musgo empapado, afilada como las espinas de las zarzas que rodeaban el lago del bosque. Una voz que ahogaba sin dificultad los gemidos del hombre que tenía encima, aunque era suave como una brisa de verano.

Ya basta. Es muy sencillo. Levanta la pierna derecha. Con fuerza. Ya sabes dónde debes golpearlo.

Ocurrió por sí solo. Como si el martillo del pediatra hubiera golpeado su rodilla, la pierna derecha salió disparada hacia arriba. La rodilla impactó exactamente donde más le dolería. Un alarido animal le desgarró los tímpanos. Hubo un instante de dolor insoportable cuando él se retiró y, después, un bendito vacío allí donde la había invadido. Ella se incorporó como pudo, sintió una mano aferrándole el tobillo y lanzó una fuerte patada hacia atrás. Siguió un segundo grito, que ya no llegó a oír.

La voz llenaba sus oídos.

Con los pantalones en los tobillos no puede correr rápido. Corre.

Mientras salía disparada por la puerta, se limpió con el borde de la falda la viscosidad que sentía entre los muslos.

Corrió.

Los pies descalzos sobre las hojas en descomposición, la respiración silbándole en los pulmones, un dolor punzante en el bajo vientre. Cruzó el sendero, pasó junto al automóvil, se internó entre los arbustos, tropezó con raíces, quedó atrapada entre las ramas.

Corre.

Detrás de ella sonó un disparo y luego un segundo, seguido de inmediato por un dolor ardiente en la parte superior del brazo derecho. Soltó un gemido y cayó de rodillas. La manga de la camiseta empezó a calentarse con la sangre. Gotas rojas atravesaron la tela y cayeron sobre el suelo del bosque, donde la tierra las absorbió con avidez.

Por primera vez en muchos años, el bosque saboreó sangre. Sangre deliciosa, viva, caliente. Ansiaba más. Pero no su sangre. No sangre pura. La sangre impura era la que codiciaba.

Más.

Sabía que no tenía tiempo para quedarse allí sentada. Torpemente volvió a ponerse en pie. Las hojas se le pegaban a la ropa y al cabello, el sabor de la tierra llenaba su boca, las espinas se clavaban en las palmas de las manos y en las pantorrillas. No había tiempo para arrancarlas.

Sigue. Tienes que seguir.

Se limpió las manos en la falda. Las espinas cayeron entre las hojas, pero dejaron tras de sí un calor venenoso que se extendió por las manos hasta los brazos.

No hay tiempo. Sigue.

Abriéndose paso entre las ramas y tropezando con las raíces, avanzó a través de la maleza. Su respiración entrecortada quedó ahogada por un zumbido que ascendía del suelo y vibraba a través de todo su cuerpo. Salió de los arbustos y llegó a un claro.

Ya es suficiente.

El pie se le enganchó en una raíz. Algo crujió en su tobillo y la gravedad hizo el resto. Cayó de bruces sobre las hojas podridas. La raíz atrapó sus tobillos y la mantuvo inmóvil. A unos metros detrás de ella, su padre avanzaba pesadamente entre los arbustos. Lo más aterrador era su silencio. No decía «no estoy enfadado», ni «sal, no te haré daño», ni «ven aquí». La ausencia de palabras gritaba: «Te encontraré y te mataré.»

Una nueva oleada de dolor recorrió su cuerpo. No provenía del tobillo roto, sino del vacío que su padre había dejado dentro de ella. De nuevo empezó a llenarse. Pero esta vez de algo frío, afilado y sinuoso. Quiso gritar. Clavó las manos en la tierra. Las hojas que llenaban su boca y su garganta devolvieron el grito a sus pulmones.

Silencio. Solo durará un instante.

Las raíces encontraron sus dedos y se deslizaron bajo las uñas. Las uñas se endurecieron hasta convertirse en corteza. El musgo invadió la piel. El cabello se transformó en hierba afilada como cuchillas. Los iris adquirieron el color verde parduzco de un pantano. Las venas se llenaron de savia. En su interior se reunieron miles de insectos que solo aparecían durante las noches sin luna. Raíces brotaron de su vientre y se hundieron en la tierra. La cabeza se le llenó de avispas. Sobre la lengua crecieron hongos. La voz que antes había escuchado dentro de su cuerpo era ahora la suya. No dolía. Se sentía natural. Como si siempre hubiera sido así. Como si fuera a seguir siéndolo para siempre. Era el Bosque. Y el Bosque era eterno. Se irguió, sostenida por raíces y tierra. Se extendió a lo largo de kilómetros. Luego volvió a contraerse. Encontró al hombre que se hacía llamar Padre, avanzando pesadamente sobre su tierra, empujando sus ramas, apartando sus arbustos. Olía a locura, a pólvora y a lujuria. Pero, sobre todo, olía a sangre. El Bosque había probado la sangre. Y ansiaba más. Siempre ansiaba más. Con avidez extendió sus raíces hacia él para recibirlo. Para llenar con ellas cada cavidad de su cuerpo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

 

 


 

EN CASA DE MI MADRE

Fiona Sampson

 

Permítanme compartir con ustedes el encanto de esa vida. Cómo sus platos se apilan haciendo juego en el aparador, donde los vasos sin usar se alinean, listos para servir. Cómo las puertas francesas se abren a un césped recién cortado, más allá de un rosal donde pequeños arbustos espinosos esperan su propia explosión de color. Ah, y quiero mostrarles la suntuosidad de las cortinas, no reutilizadas, sino confeccionadas con tela estampada nueva que compró especialmente para esta casa.

Permítanme llevarlos a través de la cocina con sus relucientes encimeras de formica amarilla y al callejón lateral donde hay un columpio con estructura metálica para la hija que espera tener. También es nuevo, pintado de azul y plata. ¡Miren! Desde aquí incluso se puede ver el cactus en el alféizar de la ventana de la cocina.

Y arriba, en la planta superior de la casa, donde reina la tranquilidad diurna, está el dormitorio con sus muebles a juego, todos de madera de nogal. La habitación de invitados con su máquina de coser Singer, en su característico color negro y dorado. Incluso tiene una tapa de madera, como un arco invertido. Todo, modestamente hablando, es de la mejor calidad y está hecho para durar toda la vida. Y ella sabe lo afortunada que es.

Así que esta joven con el vestido de corte A que se puso en la máquina Singer, con su abundante cabello negro recogido en un moño sobre la nuca, bate los huevos en el bol de Pyrex que ha sacado de su propia pila en el armario de la cocina, mira por la ventana a las gaviotas y se preocupa por si tendrá tiempo de limpiar los cubiertos después del almuerzo.

Su marido llegará a las doce y media, como todos los días laborables, y ella le servirá una tortilla de queso en un plato azul y blanco cuyo esmalte capta y refracta la luz que cae sobre la mesa del comedor, haciendo que campanillas se muevan por el techo. Él se lo agradecerá, o eso le dirá, y ella se alegrará de haberle hecho sentir agradecido, al menos de esta manera. Calma las exigencias que le impone la ansiedad. Calma la voz de su madre. Alivia la vergüenza de ser la última joven esposa en la carretera que aún no tiene un bebé. La idea de esto, de la niña que aún no ha llegado, hace que las lágrimas corran suavemente, una por cada mejilla, mientras añade una pizca de sal y pimienta y guarda el cuenco en la nevera.

No está acostumbrada a pensar con palabras, sino que se guía por las sensaciones a lo largo de los días, llenas de texturas. Ahora, sin embargo, cuando recuerda esta ausencia y cómo la avergüenza a ella y a su marido, piensa: «Haría cualquier cosa por tener un bebé». Pero inmediatamente le viene a la mente la idea –no puede imaginar lo que nunca ha hecho– de lo que tendría que hacer para tener un bebé. Esa intimidad inefable contra la que todo su cuerpo se resiste con fuerza. Frente a todo esto se alza esta encantadora y luminosa casa, donde todo está a la vista y nada se esconde, desagradablemente, ni siquiera en los rincones más recónditos de los armarios o bajo el fregadero con los productos de limpieza, y donde no hay rastro de presencia humana salvo cuando su marido está en casa.

Ella no reconoce el gesto con el que tiembla y se pone los guantes de fregar, ni la expresión fugaz en su rostro, la de una niña perdida. ¿Qué niña? ¿La que se balancea silenciosamente en el columpio de fuera de la ventana?

Fiona Sampson MBE es una destacada poeta y escritora británica. Miembro de la Royal Society of Literature y del Wordsworth Trust, entre sus premios nacionales se incluyen el de la Society of Authors Cholmondeley y el Newdigate de Oxford. Entre sus galardones internacionales —en EE. UU., Bosnia, Suecia, India, Francia, Albania y Macedonia del Norte— por más de 30 libros, su más reciente poemario, Come Down (2021), recibió el premio European Lyric Atlas, el laureado Naim Frasheri y el premio al Libro de Poesía del Año de Gales. Fideicomisaria del Royal Literary Fund, ha traducido a treinta y ocho idiomas y ha disfrutado de numerosas becas internacionales. Crítica, exeditora de Poetry Review, profesora emérita de la Universidad de Roehampton e investigadora principal de la Universidad de Oxford, Sampson completó este año su trilogía de biografías literarias aclamadas por la crítica, incluyendo Two-Way Mirror (2021), un éxito de ventas del New York Times, con Becoming George: The invention of George Sand.

martes, 11 de agosto de 2026

AL CANTO DEL GALLO

Rita Gustava Pulli

Dakar, Senegal

Los rayos del sol se colaban sin permiso por una ventana alta, frente a la cual las cortinas no estaban bien cerradas. Saqué la cabeza de abajo de la manta arrugada y sin forma. No necesitaba despertador cuando tenía los rayos del sol asomando por detrás de las ventanas por la mañana: la naturaleza hacía las veces de despertador.

Hice mi rutina matutina lo más rápido posible, busqué mis pantalones en el suelo y me aseguré de que el programa del seminario, los cuadernos y los papeles estuvieran en la bolsa. Nunca se puede estar demasiado atento: ya saben, los artistas, somos ese grupo de personas que olvidan las llaves cuando salen. Un artista que viaja al extranjero necesita el doble de vigilancia y cuidado. No se le puede dejar solo en la calle, porque vagará por el barrio, inspirado por nuevas ideas. El artista es, por naturaleza, soñador, y sus pasos están influenciados por olores y sabores. Cuando percibe un aroma demasiado seductor, se desvía fácilmente, si no por un camino equivocado, al menos por sus propios pensamientos. Las consecuencias pueden ser desastrosas también en este caso. Tras dar pasos de más, el artista se encuentra en una zona gris, donde ya no hay rastro de civilización, donde tiene que luchar contra sus prejuicios sobre los africanos. Y aunque es un profesional con experiencia y un crítico de todo aquello de lo que las masas se ríen, a veces él también cae en la misma trampa y mira a los hombres de piel oscura como si los observara a través de la tapa del inodoro, olvidando por completo que son personas completas, algunas incluso redondas.

Bajé las escaleras hacia el comedor y me crucé con el escritor suizo que regresaba de un paseo matutino por la playa. Continué en la misma dirección, tras echar un primer vistazo al comedor. No había nadie. La arena calentaba las plantas de mis pies descalzos. Corrí hacia el mar, no hacia el agua, sino a unos metros de la orilla, donde flotaban botellas de plástico vacías y aplastadas, envases de papel parafinado y otros objetos arrojados por la gente. Barcos de pesca esperaban a que sus dueños los empujaran al agua para realizar su trabajo diario. Sin embargo, todos los dueños seguían dormidos. Absorto en mis pensamientos, no me había dado cuenta de que un participante africano de nuestra reunión estaba de pie detrás de mí.

—Ya estás despierta, ¿por qué tan temprano? —preguntó Philo, un keniano, riendo, como era su costumbre.

—Los rayos del sol que se filtran por la cortina me despiertan. Suele ser a las ocho y es la hora del desayuno. Por las noches me siento en el baño y sufro de problemas estomacales porque la comida es demasiado fuerte para mí. Necesitaría una persona que me limpiara la habitación todas las mañanas, pero lamentablemente no tenemos.

—Eres muy africana, no usas despertador porque lo llevas dentro —dijo el activista y escritor que solía protestar valientemente contra el soborno y la cultura de la camaradería. Por su ropa, venía del otro lado de la playa.

Nos despedimos alegremente. El comentario de Philo había reavivado de un modo extraño mi nostalgia. Un poco más adelante, en una playa de arena, había un pequeño pueblo de pescadores. Mientras seguía avanzando por la izquierda, y tras pasar bajo algo parecido a una tienda de campaña, se me acercó un joven con rastas. Me sobresalté automáticamente e intenté cambiar de dirección para evitarlo. El hombre parecía muy relajado, quizás como si hubiera fumado un par de caladas de marihuana, o quizás era un surfista que quería evitar la civilización a toda costa, eligiendo un estilo de vida opuesto al de la mayoría. Me asusté, pero me recompuse y sonreí.

—Oye, señora, ¿qué hace en mi playa? ¿Quiere que le enseñe los alrededores?

—Me alojo en el hotel de al lado y fui a ver qué había más allá. Descubrí que existe todo un pueblito aquí. Seguiré explorando hasta que no vea más casas y no pueda sacar más fotos.

Me di cuenta de que mi temor era infundado. El hombre era bastante sincero, aunque, por supuesto, no siempre se puede garantizar la sinceridad de todas las personas. Me saludó con indiferencia moviendo la mano y regresó a su destartalada choza hecha de retazos de tela. Colgué la cámara con más firmeza al cuello y seguí caminando junto a los barcos de pesca decorados con colores brillantes y motivos africanos, hasta que una escena extraña me detuvo. El hombre, delgado y con el torso desnudo, tiraba obstinadamente del recalcitrante ciervo hacia la orilla. El gran ciervo se resistía, pero en vano, porque a pesar de su fragilidad, el hombre estaba en buena forma. Finalmente, el ciervo, cubierto de arena y polvo, se mantuvo firme hasta el cuello en el agua mientras el hombre comenzaba a lavarlo, cepillando su grupa y cuello con movimientos rápidos, y finalmente sumergió la cabeza del animal por completo bajo el agua por un instante.

Logré tomar las fotos que quería y regresé rápidamente al hotel. La reunión comenzaría pronto, y no era correcto quedarme sin café y desayuno: el largo día pasaría factura. Pero la noche sería aún más dura, lo cual casi siempre era lo mejor del día en estos viajes. Las reuniones pasaban volando, de modo que solo recordaba las jarras de cerveza junto a la piscina, los discursos por compromiso y, a veces, por razones un poco más profundas, que no llevaban a ninguna acción, sino que quedaban trituradas en la memoria, hechas pedazos y finalmente olvidadas. Esa supuesta característica genuinamente finlandesa, la de tomarse a la gente en serio, no servía para nada. Todo lo contrario. Los comentarios que se consideraban importantes en el alegre frenesí del momento, me pesaban demasiado. Las palabras duras como el hierro, como bien sabemos, no reconfortan a nadie, y menos a una persona desesperada y enamorada.

Los vendedores de joyas se acercaban a los escritores visitantes en el puerto de la antigua isla prisión de Goré, ofreciéndoles vender sus objetos a cualquier precio. Los asistentes a la conferencia, con la conciencia conmovida, eran presa fácil. Por unos pocos euros, la mentalidad calvinista compraba alivio de las atrocidades de las que la antigua prisión era un recuerdo tangible. La compasiva escritora, que había contemplado el horizonte por un instante a través de las antiguas ventanas, contribuyó a aliviar el dolor del mundo entregando unos euros a una joyera, o quien fuera que le puso las perlas en el regazo con el mensaje: «Tienes la oportunidad de contribuir con una pequeña aportación a aligerar la carga del hombre blanco. Puedes hacerlo fácilmente comprando una o dos joyas como regalo para ti, tus amigos o seres queridos. Soy el único responsable de la crianza y educación de mis hijos. Puedes darnos esperanza para el futuro». Y tras decir estas palabras, extendió la mano para recibir el pago. No puedo imaginar la resistencia que habría provocado no aceptar la oferta.

Estaba mirando las artesanías locales en un pequeño mercado, acompañado por un escritor azerbaiyano. Empezó a halagar mis collares. Sonreí levemente, porque esos comentarios eran suficientes en esos encuentros. El secretario internacional noruego echó un vistazo al puesto y me vio probándome un colgante. Hizo hincapié en que deseaba comprar fantasías como esa para su novia turca. Años de convivencia nos habían ayudado a conocer nuestros gustos en la materia, declaró; eso es lo que significa el verdadero amor entre dos personas. ¿El comentario iba dirigido al azerbaiyano que me acompañaba? Si fue así, no funcionó. Quizás la capacidad de leer entre líneas ni siquiera existía en su cultura. Entramos en un puesto de ropa, donde todo el espectro de colores que habíamos perdido hacía tiempo, encontrado a la vuelta de la esquina, se desplegaba ante nuestros ojos. La esencia más profunda de viajar era que, durante los viajes, perdía y encontraba mis ojos de una manera a la vez placentera y desagradable. Habían estado ocultos bajo mi ropa, sin usar, solo para ser descubiertos y elegidos de nuevo un día. De pronto me descubrí vistiendo una túnica senegalesa que brillaba en diferentes tonos de marrón y rojo, que luego colgaría en mi armario junto a un largo vestido tradicional nigeriano azul oscuro y usaría siempre que necesitara más energía positiva. Después de cada viaje, me sentía un poco más completa. Cuanto más completa me sentía, más me desprendía de toda la escoria que se me había pegado por el camino, que había caído a un lado de la carretera por ser innecesaria.

Rita Gustava Pulli es una escritora y traductora finlandesa que publicó hasta ahora veinticuatro libros del ficción y no-ficción. Tradujo la poesía de Alperto Pimenta y José Luís Peixoto y organizó antologías de poesía portuguesa y gallega al finlandés. Además de ser escritora, es maestra de finlandés. Sus poemas han sido traducidos a diecinueve idiomas. Entre sus libros se cuentan un estudio sobre las amenazas de la globalización (Globalisaation haasteet Kovasana kustannus 2020), política minera de Finlandia (Suuri kaivospeli, TA-Tieto 2015) y política de inmigración (Rajat auki, 2025). Fue editora jefe da revista de poesía Tuli & Savu en 2001-2002. Entre 2005 y 2009 fue vicepresidenta del Centro PEN finlandés y presidenta del comité de escritoras. 

 


EN BUSCA DE HUMANIDAD

Iván Molina Jiménez

 

A la una de la madrugada, el coyote regresó. Éramos nueve personas, seis varones y tres mujeres, todos adultos. Después de casi cinco horas de espera, en medio de la selva y bajo una pertinaz llovizna, estábamos cansados e impacientes. De lo profundo de la noche, venían diferentes ruidos: el viento que silbaba entre los árboles, aleteos de pájaros o murciélagos, graznidos esporádicos y, sobre todo, el incesante discurrir del río, fiel a su perpetuo mandato de derramarse, sin tregua, en el Caribe.

—Vamonós.

Recogimos los maletines y, tras una caminata de unos quince minutos, llegamos a la orilla. Nos esperaba una endeble piragua. La abordamos vacilantemente. Algunos se persignaron cuando el patrón, un joven al que le calculé poco más de veinte años, encendió el motor. Pese a varios bandazos inesperados, atravesamos el río San Juan sin accidentes. Bajamos de prisa y, ya en tierra, el coyote nos dividió, de acuerdo con los arreglos previos, en tres grupos. Sin que mediara despedida alguna, partimos en direcciones diferentes. El aire nocturno de Nicaragua parecía recibirnos con entusiasmo y alegría.

 

Entre aplausos y abucheos, el Primer Ministro nicaragüense, Manolo Cardenal, ingresó al Congreso. Sabía que tenía alrededor de un tercio de los votos de su propio partido (el Liberal Democrático), todos los de la Unificación Conservadora, pero muy pocos del Sandinismo Constitucional. Si el proyecto de ley migratoria no era aprobado esa tarde, al día siguiente debería convocar a nuevas elecciones generales y despedirse, para siempre, de su carrera política.

—Señoras y señores diputados. La situación es extremadamente grave. Según la investigación del Instituto de Estadística, dada a conocer la semana pasada, hay en Nicaragua unos 600.000 costarricenses en condición ilegal.

—¡Esa cifra está inflada!

—Puede ser, diputada Tijerino, pero incluso un cálculo moderado indica que el número no baja de unas 350.000 personas.

—Sinceramente, no sé qué es lo que le preocupa al Primer Ministro. El estudio que cita también demuestra que los ticos que inmigran a Nicaragua están jubilados, tienen títulos universitarios y gozan de altos niveles de ingreso en Costa Rica.

—El pensamiento del legislador Lacayo evidencia que tenía razón el sublime Darío cuando afirmaba —Cardenal sonrió irónicamente— que “el sol del Trópico calcina”…

De inmediato, varios parlamentarios debieron intervenir para evitar que, tras fuertes descargas de insultos, la confrontación entre esos dos formidables contendientes terminara a golpes. La presidenta del Congreso, entretanto, emplazaba a las damas y los caballeros presentes para que respetaran la dignidad de sus investiduras.

—No hay duda —expresó el venerable diputado Alejandro Cuadra— que la inquietud del Primer Ministro es tan legítima como el cuestionamiento de mi informado colega Lacayo. La inmigración ilegal de ticos es una bendición para Nicaragua porque aporta la mano de obra especializada que la economía del país necesita con urgencia; pero, a la vez, desplaza a miles de compatriotas, que se ven condenados al desempleo, ya que son incapaces de competir con trabajadores mucho mejor preparados y dispuestos a laborar casi de gratis.

—Don Alejandro —Hamlet Jerez, jefe de la fracción conservadora, se puso de pie—, con todo respeto me permito agregar a sus sabias palabras lo siguiente: hay una proporción cada vez más alta de inmigrantes ticos que, en vez de cobrar, pagan por que les den trabajo.

—¿Tan grave es la situación ya?

—El compañero Jerez, diputada Chamorro, no exagera —la representante Zelaya, una disidente sandinista, se levantó de su asiento—. En un recorrido que efectué por la laguna de Tiscapa, a lo largo de la autopista que une a León con Chinandega y en el tren entre Granada y Managua, constaté que todos los vendedores de aguas, comidas y frutas son ticos. Los patentados nicaragüenses les cobran elevados alquileres semanales por permitir que los sustituyan.

—Pero una los mira y los escucha y no parecen…

—Eso se explica, compañera Chamorro —el Primer Ministro, recuperada la compostura, volvió a intervenir en el debate—, por algo muy simple: antes de ingresar a territorio nacional, los ticos van a escuelas ubicadas en Guanacaste, donde adquieren bronceados permanentes, estudian los conceptos básicos del pasado y la cultura de Nicaragua, practican cómo llevar diversos tipos de carga sobre la cabeza y aprenden a imitar nuestro acento a la perfección. Hay compatriotas sin escrúpulos, sobre todo de Rivas y Masaya, que laboran en esos establecimientos, los cuales funcionan, además, como bases operativas de los coyotes y mercados de identificaciones falsas.

—Disculpe que lo interrumpa, señor Ministro…

—Con todo gusto, don Alejandro; sírvase, por favor.

—¿Ya el gobierno tico contestó la última protesta presentada por el canciller Urcuyo acerca de esos campos clandestinos de entrenamiento?

—Se lavaron las manos, como siempre. Según la vicepresidenta Facio, que tiene por recargo la cartera de Relaciones Exteriores, todo costarricense es libre de matricularse en la institución educativa que desee, puede desplazarse sin limitaciones por dondequiera y, si en el curso de sus andanzas, ingresa ilegalmente a un país vecino, eso no le concierne al gobierno de Costa Rica.

Palabras de indignación colmaron, de manera unánime, la sala de sesiones; de entre todas las voces, pronto se destacó la de la diputada Pastora:

—Coincido con don Alejandro en que el asunto es complejo, en especial porque, aparte de su dimensión económica, tiene un importantísimo trasfondo cultural que suele dejarse de lado. Desde hace unos diez años, a medida que se intensificó la inmigración, se han generalizado términos desagradables como “mae”, se ha popularizado el fútbol y, de acuerdo con lo que me informan, hay algunos lugares, especialmente en Estelí y Nueva Segovia, donde ya se celebra el 11 de abril y se rinde homenaje a Juan Santamaría, con total olvido de los próceres Emmanuel Mongalo, José Dolores Estrada y Andrés Castro.

—Felicito a la compañera Pastora por llamar la atención sobre este polémico y decisivo aspecto —el legislador Jerez se puso de pie nuevamente—. Los cientos de miles de ticos ilegales que hay en el suelo patrio constituyen una amenaza directa para la identidad nacional. Gracias a una fuente de mi entera confianza, sé que en Nindirí y poblaciones aledañas se conmemora, cada dos de agosto, el día de la Virgen de los Ángeles, y que en algunas escuelas y colegios, ubicados en barrios poblados por costarricenses, la Guerra Nacional se enseña en términos de que Nicaragua fue la responsable de la venida de Walker a Centroamérica y que Costa Rica fue la que salvó al istmo de ese filibustero.

Tras disminuir la intensidad de las protestas, el Primer Ministro participó una vez más en la discusión.

—Agradezco el aporte de los diputados Pastora y Jerez, cuyos testimonios dejan todavía más claro cuán grave es el peligro que corre Nicaragua. Si la ley migratoria, actualmente en trámite, no se aprueba, estamos perdidos.

Claudia Pellas, la influyente jefa de la fracción sandinista, se incorporó y, con la elocuencia que la caracterizaba, expuso la posición de su partido.

—Aunque ahora se recuerda poco, hubo una época en que la corriente migratoria fluía al revés, y eran decenas de miles de nicaragüenses los que cruzaban, de manera irregular, la frontera sur en busca de trabajo. En esa época, la respuesta de las autoridades de Costa Rica fue diseñar y poner en vigor una nueva ley que, al igual que la que hoy discutimos, penalizaba a los indocumentados y a quienes les ayudaban, y colocaba bajo estricto control policial la zona limítrofe. Basta revisar la prensa de entonces para darse cuenta de la fuerza y la unanimidad con que la opinión pública de Nicaragua condenó, por inhumana, la nueva legislación costarricense. Hoy, sin embargo, somos nosotros quienes imitamos las peores iniciativas de nuestros vecinos y, además, tratamos de superarlos, con el agravante de que muchas de las personas que podríamos rechazar, perseguir, encarcelar o deportar, podrían ser descendientes de quienes partieron tanto tiempo atrás y…

Sin esperar a que terminara, el Primer Ministro, cuyo rostro pasó en segundos de la palidez de un moribundo al rojo encendido de un gladiador en una arena colmada de criaturas feroces, manifestó:

—Era previsible que la líder de un partido identificado con las conveniencias de los grandes exportadores, que son los más beneficiados con la mano de obra inmigrante, saliera en defensa de los ticos.

—Descalificar mi intervención —contestó Pellas— con base en la denuncia de supuestos intereses ocultos es muy fácil, señor Ministro. Lo difícil es respaldar esas afirmaciones. Recuerde que su gobierno es el que más ha favorecido a las cámaras empresariales mediante la disminución sistemática de impuestos. Además, todos en el Congreso sabemos que la razón principal por la cual esta ley vergonzosa está en trámite es porque su partido se impuso en las últimas elecciones con base en la promesa de aplicar mano dura contra los inmigrantes y de iniciar deportaciones masivas.

Luego de varios minutos de violentos ataques, el legislador y novelista, Pablo Antonio Urtecho, que acababa de ser galardonado con el Premio Miguel de Cervantes, se puso de pie y esperó, pacientemente, a que sus colegas le dieran la oportunidad de expresar su opinión:

—Considero que lo que procede es, ante todo, que los gobiernos de Nicaragua y Costa Rica diseñen una estrategia eficaz para enfrentar el asunto de la inmigración de una manera inteligente y respetuosa. El punto fundamental para mí es el motivo que lleva a cientos de miles de ticos, preparados y con recursos, a ingresar ilegalmente a suelo nacional para ocuparse en labores no especializadas, muchas de carácter informal. Hay médicos convertidos en peones agrícolas, ingenieras que venden empanadas en los mercados, abogados que se desempeñan como taxistas. ¿Por qué abandonaron todas las comodidades que tenían en su país de origen y se vinieron para acá?

Captada la atención del Congreso, Urtecho hizo una breve pausa antes de responder a su propia pregunta:

—La mejor explicación que conozco es la proporcionada por un antropólogo, el connotado doctor Russell Edelman, de la Universidad de Yale. Desde su perspectiva, el extraordinario crecimiento económico que experimentó Costa Rica en los últimos tiempos produjo una sociedad cada vez más individualista e incomunicada. La prosperidad material fue la base que posibilitó que ticos y ticas se habituaran a vivir solos, en sus lujosos condominios unipersonales e insonorizados del Valle Central, prácticamente sin amistades y con escasos vínculos con familiares y vecinos. El éxito alcanzado tuvo un enorme costo: se deshumanizaron paulatinamente y, un día, al mirarse al espejo, descubrieron cuánto habían perdido. Por eso, empezaron a venir acá. Nicaragua les ofrece la oportunidad de recuperar una dimensión humana que ya no existe en su país. Dudo seriamente que la nueva ley migratoria, en caso de aprobarse y pese a su severidad, detenga un flujo de tal índole.

—Discrepo completamente de…

 

Comenzaba a anunciarse la aurora cuando divisé, a lo lejos, los techos de las casas de la villa de Pasandola. Una hora antes, me había separado de mis otros dos compañeros, cuyos contactos les esperaban en poblaciones vecinas. Con alguna suerte, podría encontrarme con el mío alrededor de las siete de la mañana. Tal vez tendría margen para desayunar algo y descansar un poco antes de iniciar el último tramo de mi viaje, previsto para finalizar en la siempre hermosa ciudad de Granada. Allí tenía asegurado un puesto de ayudante en una modesta barbería. Por lo pronto, debía acostumbrarme a mi nuevo nombre, Emiliano Uriza Lejarza, para servirles.

Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en Alajuela Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mudos.


EL FINAL DEL UNIVERSO