miércoles, 10 de junio de 2026

HIJOS DEL POLVO ROJO

Daniel Antokoletz

 

En la base arqueológica Ares 7, en el valle Marineris de Marte, se levantaba una serie de domos interconectados que sus habitantes llaman base. Se acercaba el atardecer del sol 214 de la primera expedición de investigación de anomalías en Marte, a mediados del año 2187 tiempo de la Tierra.

El detector de partículas emitió tres pitidos cortos. La doctora María Ricco dejó la taza a medio terminar, un mejunje de proteínas con un sabor que intentaba, sin éxito, de imitar al café. Esos tres pitidos era la alarma para algo que nadie en la base quería escuchar: problemas en los filtros de recirculación de aire. Y lo peor, esa no era la primera vez que sucedía.

Se asomó al panel de control y leyó los números dos veces. Luego una tercera.

—Ingeniero Gorialoff —dijo con una calma que no sentía—, necesito que vengas a la sala de monitoreo.

Martín Gorialoff llegó en cuarenta segundos, aun secándose las manos con un trapo de taller. Miró la pantalla. No dijo nada durante un momento.

—El pulso gamma —murmuró al fin sin mostrar ninguna reacción.

—Parece.

Veintiséis horas antes, los sensores automáticos de la base habían registrado una explosión de rayos gamma en los bordes del sistema solar. Una detonación de energía tan salvaje que los modelos de impacto la clasificaron como "evento de extinción regional". En ese momento los seis miembros de la expedición la observaron fascinados, tomando notas, sin entender todavía que el frente de onda que viajaba hacia el interior del sistema no discriminaba entre asteroides y planetas pequeños con atmósferas delgadas y débiles escudos magnéticos.

La Tierra recibió el impacto de lleno, estaba en el centro del haz, Marte apenas de manera marginal.

Los últimos mensajes llegaron de manera fragmentada desde una estación de Australia, mezclados con interferencia: ciudades del hemisferio norte incendiadas, sistemas de comunicación caídos, atmósfera consumiéndose, luego algo sobre la base lunar Asimov fuera de línea o destruida. Y al fin, nada. Sólo estática en todas las frecuencias en las que, ahora, nadie respondía.

Diez personas. Dieciocho meses de suministros, si eran cuidadosos. Filtros de aire que no durarían ni la mitad. Mostraban microfracturas en tres de los cinco módulos principales, causadas por la misma tormenta de partículas que había barrido el sistema solar.

Sin repuestos. Sin refuerzos. Sin hogar adonde volver, ni manera de hacerlo. Nadie los vendría a buscar.

 

La arqueóloga Jésica Pareslak llevaba dos semanas obsesionada con la anomalía detectada en el sector C-9. Es una formación geológica que los drones de exploración habían marcado como "posiblemente artificial, origen no determinado". A poca distancia, dos kilómetros al norte del campamento principal y enterrada bajo cuatro metros de regolito, había algo que no debería existir.

Con la crisis del aire, el comandante Rémi Beaumont había prohibido las salidas de campo. Pero Jésica era la clase de persona que interpretaba las prohibiciones como sugerencias, y no siempre aceptaba sugerencias. La tarde de Sol 217 tomó un traje de presión, su escáner de mano y sin decirle nada a nadie salió por la exclusa hacia su rover.

Se mantuvo supervisando a los robots mientras terminaban de excavar con rapidez, despejando el regolito con suavidad y precisión. De pronto, la excavación se detuvo. Los robots, al unísono, se agruparon en formación a metros de la excavación. Habían terminado. Lo que encontró la dejó inmóvil durante más tres minutos.

Era un umbral. Perfectamente rectangular. Tallado en algo parecido al basalto marciano con precisión milimétrica. Ningún proceso natural podría explicar algo como eso y menos en Marte. Los bordes mostraban patrones geométricos que alternaban con lo que podría interpretarse como escritura o como circuitos. O como ambas cosas a la vez.

El escáner detectó una cavidad de aproximadamente ochocientos metros cuadrados del otro lado, bajando lo que podía ser escalera. Temperatura interior: cuatro grados centígrados. Atmósfera interior: dióxido de carbono, nitrógeno, argón, algo de oxígeno y trazas de algo que el equipo no supo clasificar, pero no muy diferente a la atmósfera marciana.

Jésica entró.

El laboratorio –porque era eso, un laboratorio, no un templo, aunque la distinción podía volverse irrelevante– estaba intacto. Los estantes translúcidos brillaban débilmente bajo la luz de su casco, como costillas de cristal. La sorprendió el silencio, apenas roto por el ulular del viento en la superficie. En el centro, la plataforma baja esperaba con unos brazos robóticos plegados, cubiertos de un polvo que parecía respirar.

Jésica dio un paso hacia la plataforma. Sus botas produjeron un crujido suave sobre el polvo acumulado. Dió un paso más, entonces el polvo se despertó. Emitió un susurro seco, de arena deslizándose como una lluvia fina.

No flotó. No fue arrastrado. Se deslizó por el suelo con intención, como un enjambre de diminutas hormigas rojas, convergiendo hacia sus botas. Algunos granos saltaron y se adhirieron al traje, trepando por el tejido con una determinación inquietante. Sintió un cosquilleo cálido en la muñeca izquierda, justo donde el guante se unía al antebrazo. Pensó en la electricidad estática y se lo sacudió apenas, sin ganas. Su excitación fue captada por los sensores del traje y transmitida al campamento base por los sistemas de telemetría.

La voz de Beaumont llegó tensa, notablemente quebrada.

—¿Qué carajos haces afuera? Estamos racionando hasta el último mililitro de oxígenos y te vas de paseo. ¡Regresa ya mismo!

—Rémi, tarde o temprano el oxígeno se acabará. Si voy a morir acá, quiero hacerlo sabiendo qué mierda encontramos. Dame unos minutos.

—¡Regresa de inmediato!

Jésica se tomó unos minutos más y luego emprendió el regreso.

 

Los síntomas comenzaron al sol siguiente.

Primero fue el apetito. Jésica consumió la mitad de su ración sin sentir hambre. Luego el sueño: dormía cuatro horas y despertaba completamente restaurada, con una energía que, ella misma, describió como "eléctrica". Sabrina Adler, la médica de la expedición, le tomó muestras de sangre y pasó varias horas mirando los resultados con la expresión de alguien que está calculando cuánto tiempo le queda de cordura.

—Hay estructuras extrañas en tu torrente sanguíneo —le dijo a Jésica—. Son nanométricas. Se replican.

—¿Nanobots?

—Sí. No, no exactamente. Algo más orgánico que mecánico. Algo... intermedio. —Sabrina no levantaba la vista del microscopio.

Para el sol 220, Jésica podía ver en la oscuridad total. Para el sol 223, su necesidad de consumo de oxígeno había caído un treinta y ocho por ciento. Para el sol 225, el geólogo Marcus Ito, que había entrado al laboratorio con ella un par de soles después a buscar muestras del polvo, comenzó a mostrar los mismos síntomas.

 

El comandante Beaumont convocó la reunión que nadie quería tener.

—Los filtros —dijo Gorialoff, y no necesitó terminar la frase. Todos sabían los números: a la tasa de degradación actual, tendrían aire respirable para otros cuatro meses. Quizás cinco si reducían la actividad física al mínimo.

—Jésica consume menos oxígeno cada sol —dijo Marcus, con una voz que intentaba sonar neutral y no lo lograba del todo—. Yo también. Y si el proceso continúa...

—No sabemos adónde lleva este proceso —interrumpió Sabrina—, ni si podrán sobrevivir a él. Y yo no tengo la cura.

—No, no sabemos —admitió Jésica—. Pero, sé cómo me siento. No me siento enferma. Me siento más...

Hubo un silencio largo.

—¿Más qué? —la apuró Beaumont.

Jésica buscó las palabras durante un momento. Miró por la escotilla triangular. Afuera, el viento marciano arrastraba polvo rojo contra las paredes del módulo con un sonido que a veces parecía respiración.

—Más... adecuada —dijo al fin mirando cómo el polvo rojo se arremolinaba frente a la escotilla—. Como si mi cuerpo se hubiera abandonado y dejado de pelear contra esta planeta, como si comenzara a entenderlo. Anoche soñé con océanos, Rémi. Océanos que nunca vi, olores que nunca sentí.

 

Los soles siguientes fueron los más difíciles.

Rémi y la técnica Amara Diallo se resistieron. Era comprensible: la humanidad acababa de sufrir su mayor catástrofe en la historia registrada, y rendirse a una transformación de origen alienígena se sentía como otra derrota, como la última. Sabrina oscilaba entre la fascinación científica y el terror. Gorialoff simplemente preguntó si la transformación dolía, y cuando Jésica respondió que no, asintió despacio y no dijo más. Se quedó mirando por la escotilla.

El dilema se volvió concreto cuando los filtros del módulo tres fallaron completamente. Cuatro meses de aire se convirtieron en tres. Luego, cuando un micrometeorito abrió una grieta en el módulo dos, dejándolo partido al medio.

Marcus llegó a la reunión de crisis con datos.

—He estado analizando lo que están haciendo los nanobots —dijo—. No solo alteran nuestro metabolismo, alteran el ADN. Están rediseñando la relación entre nuestros organismos y el entorno marciano. El CO2, las temperaturas, la presión, la radiación de fondo. Estamos siendo... adaptados.

—Para vivir aquí —dijo Beaumont.

—Para vivir aquí —confirmó Marcus.

—¿Sin trajes?

—Eventualmente. Sí.

Otro silencio.

—Lo que queda de la humanidad —dijo Amara con una voz tensa—, está en esta habitación. Si hacemos esto, ¿seguiremos siendo humanos?

—Si morimos, tampoco seremos humanos. Lo que quedaba de la humanidad también estaba en la Tierra —dijo Jésica, y no fue un argumento cruel sino simplemente una verdad que dolía—. Y la radiación los mató a todos, y si alguien sobrevivió…

El zumbido agonizante de los filtros de aire llenaba la sala, un sonido grave y entrecortado que recordaba a un animal moribundo. El aire olía a sudor viejo, miedo y metal caliente.

Amara tenía los ojos rojos, pero la voz firme.

—Si hago esto… si me convierto en lo que sea que esa cosa quiere… ¿qué queda de mis padres? ¿De mi hermana? ¿De todo lo que fuimos? —Su respiración entrecortada era perfectamente audible en el silencio pesado.

Jésica no tuvo una respuesta fácil.

—Lo que quedó de la humanidad en la Tierra fue ceniza y silencio —se limitó as decir—. Aquí todavía respiramos.

 

Lo que ninguno de ellos supo hasta el sol 241 fue lo que Sabrina encontró en la plataforma central, después de semanas de análisis paciente de los símbolos grabados en sus paredes.

No era el laboratorio de una civilización marciana. No era marciano en absoluto.

Era un laboratorio de una civilización que había llegado a Marte desde algún otro lugar, hacía aproximadamente ochocientos millones de años, cuando la Tierra todavía era un mundo joven de océanos y microorganismos.

Los nanobots no habían sido diseñados para adaptar a los huéspedes a Marte.

Habían sido diseñados para adaptar a los marcianos, a sus habitantes originales, a un nuevo planeta que acababan de descubrir: uno azul, templado, con una química de carbono prometedora.

La plataforma era un punto de partida. El polvo que había absorbido a Jésica era el archivo genético de una especie que había sobrevivido a su propia catástrofe viajando a otro mundo y convirtiéndose en algo nuevo. En algo nuevo que en el estado actual, no podía sobrevivir.

Sabrina leyó la secuencia completa dos veces antes de entender lo que significaba.

Los nanobots no estaban martizando a Jésica, a Marcus y a los demás.

Estaban restaurándolos.

Afuera, el polvo rojo barría el valle bajo un cielo color óxido, y en algún punto profundo de su nueva biología, Jésica Pareslak sintió algo que no supo nombrar pero que, si hubiera tenido que hacerlo, habría llamado memoria.

 

En el sol 300, Amara Diallo se puso el traje sin decir una palabra.

Caminó sola hacia el laboratorio bajo un amanecer color óxido. Cuando abrió la compuerta exterior, el viento marciano levantó un remolino de polvo rojo que, por un instante, pareció darle la bienvenida. Ese viento marciano produjo un gemido bajo y prolongado.

Y nadie le preguntó por qué.

Ya sabían la respuesta.



Daniel Antokoletz Huerta (Buenos Aires, 1964), es un ingeniero y escritor argentino, dedicado a la investigación científica y tecnológica, ámbitos que conviven con su pasión por la narrativa. Su formación rigurosa en ingeniería se refleja en la precisión de su estilo, mientras que su mirada literaria explora los límites entre lo real y lo imaginario. Ha sido distinguido con premios literarios nacionales e internacionales, reconocimientos a una obra que combina reflexión con atmósferas intensas. En el terreno editorial, publicó dos libros de cuentos con la editorial Bookaholic: 14 cuentos de terror, vida y muerte y Momentos de terror. Su escritura se caracteriza por un lenguaje claro y evocador, capaz de transformar la experiencia cotidiana en materia narrativa. Ha sido traducido a varios idiomas.Publicó en antologías como Grageas 2 y 3, Espacio austral, Latinoamérica en breve, Minimalismos, Extremos y en Metagalaktika, antología de cuentos argentinos en húngaro.

HUÍDA AL EDÉN

Dinko Osmančević

 

Los pequeños y rápidos pasos de Eva dibujaban trayectorias sobre la acera. De su boca salía vaho en aquella fría mañana de primavera. En los bordes de la vereda, vendedores ambulantes exhibían sus mercancías, bien arropados en sus voluminosas chaquetas. Un río de personas fluía por el Bulevar del Zar Lázaro, en Bania Luka. De vez en cuando Eva se detenía, se volvía y buscaba a alguien con la mirada. Su rostro, hermoso aunque ya no joven, estaba tenso; sus grandes ojos reflejaban miedo.

Hasta unas semanas antes, en sus incisivos artículos periodísticos, ella era quien perseguía y daba caza. Al principio ni siquiera sospechó que su persistente trabajo de investigación terminaría sacando a la luz al jefe de una mafia del narcotráfico al que llamaban el Conde, un pez gordo cuyos tentáculos llegaban hasta las más altas esferas del poder.

Que el Conde ansiaba venganza quedó claro el día en que una bala impactó en la flor de la ducha mientras ella se estaba bañando. En lugar de sangre brotando de la cabeza de Eva, fue agua la que salió disparada de la tubería dañada. La mano de alguien había temblado. Ella no confiaba en que la policía pudiera protegerla adecuadamente, así que abandonó su apartamento, apagó el teléfono y fue alojándose en distintos lugares, en casas de amigos y familiares. Se sentía como una tímida gacela perseguida por una manada de hienas.

Eva volvió a detenerse y miró hacia atrás. A unos treinta pasos de distancia, dos hombres con chaquetas de cuero y gafas de sol oscuras se acercaban a ella con rapidez.

—Madre mía —murmuró.

Corrió al otro lado de la calle. Chirriaron los frenos, los neumáticos gemían sobre el asfalto. Las bocinas aumentaron aún más el ruido ya existente, mientras conductores nerviosos gritaban desde sus automóviles. Eva subió de un salto a un autobús urbano que ya estaba cerrando las puertas y saliendo de la parada en dirección al barrio de Starčevica.

Había logrado escaparse de ellos otra vez, si es que eran los sicarios. ¿Hasta cuándo podría seguir huyendo?

Por un instante cerró los ojos y apretó los puños. Por fin había decidido lo que debía hacer.

En la primera parada abandonó el autobús y, poco después, ocultándose junto al escaparate de una boutique, subió a otro que circulaba en dirección contraria. Seguramente entre los taxistas también habría hombres del Conde, por lo que utilizaba únicamente los autobuses urbanos. Cambió varias veces de vehículo hasta convencerse de que nadie la seguía.

Finalmente llegó a la Estación Central de Autobuses. Entró apresuradamente al edificio; le quedaban apenas quince minutos. Se acercó a una ventanilla libre y extendió un billete.

—Un pasaje para Rijeka, en Croacia.

—¿Ida y vuelta? —respondió una voz femenina y chillona desde el otro lado.

—Solo ida.

 

—¡Doctor Josipović... señor! —dijo en voz alta una mujer mayor y corpulenta, envuelta en un chaleco tejido.

Estaba de pie junto a la puerta e intentaba llamar la atención de un atractivo hombre canoso de unos cuarenta años. Él permanecía junto a la ventana de su despacho en el castillo, contemplando el cañón del río Pazinčica.

—Sí, Ana —reaccionó al fin ante los insistentes llamados.

—No oyó los golpes en la puerta, como de costumbre, así que entré —la mujer cerró la puerta tras de sí y se acercó—. Lo busca una señora. Diría que tiene su misma edad. Dice que es periodista y menciona que lo conoce.

—Ah, claro... ¿Cómo se llama?

—Eva, Eva Petrović —leyó en la credencial.

—Oh, por supuesto, fuimos juntos a la escuela, en Bania Luka. Hágala pasar, Ana, por favor.

La mujer sonrió con picardía, se acomodó el chaleco y salió del despacho.

El doctor Josipović se alegró sinceramente cuando, en lugar de su secretaria, apareció en la puerta una atractiva mujer de cabello negro y grandes ojos. La abrazó con firmeza, aunque con suavidad.

—Bienvenida, Eva. Tendrías que haberme avisado. Habría ido a recibirte a Rijeka, igual que la última vez, cuando hicimos aquella entrevista... Uf, han pasado más de cinco años desde entonces.

Los recuerdos de Adam cobraron vida.

Aquella había sido una reunión profesional, una entrevista periodística con una antigua compañera de escuela y amor juvenil. Pero la cena en un restaurante exclusivo, el paseo por las calles de Rijeka y junto al mar fueron convirtiéndose poco a poco en algo mucho más profundo.

Primero, su pequeña mano terminó entre las suyas. Sus miradas chispeaban en la oscuridad y sus labios se encontraron. Fueron al hotel, a la habitación de ella.

Adam estaba completamente dedicado a la ciencia y no creía que aún quedara tanta pasión dentro de él; pensaba que se había extinguido hacía mucho tiempo.

Mientras ella besaba su pecho, él peinaba suavemente su cabello con los dedos. Estaba sentado completamente desnudo en el borde de la cama y ella se encontraba sobre él, en su regazo. Unidos en el juego amoroso. Eva se balanceaba lenta y rítmicamente, arañándole apenas la espalda con las uñas mientras suspiraba de vez en cuando. Él sentía todo el calor del cuerpo esculpido de Eva y de su sexo; ella sentía la fuerza de su miembro, pero también aquel cuerpo que se contraía por el deseo...

—Sí, Adam, el tiempo vuela y deja huellas en nuestro cabello —sonrió la periodista, sacándolo de sus pensamientos—. Entonces apenas estaban construyendo los cimientos de tu instituto y ahora eres un científico reconocido en todo el mundo.

—No sufro por eso, Evita; al menos tú me conoces. Si hubiera buscado fama mundial, habría creado el instituto en cualquier lugar de Occidente y no en Croacia.

—Lo sé, Adam, lo sé. Por eso he venido. Necesito tu ayuda. La necesito de verdad.

Eva bajó la mirada.

—Escucha, Evita. Salgamos a tomar algo. También podríamos comer. Has viajado mucho y seguramente tienes hambre... Además, las viejas paredes del castillo a veces también tienen oídos.

 

La terraza del restaurante, situada al borde del cañón, daba a la sima de Pazin, aquel abismo al mismo tiempo magnífico y aterrador.

—Así es también mi vida: un abismo sin fondo. Creía que era fuerte, que nada podía detenerme ni limitarme. Ahora solo siento miedo. Espero que me entiendas después de todo lo que te he contado.

—Por supuesto que te entiendo, Eva. Yo mismo sentí un miedo semejante durante la guerra, en Bania Luka, especialmente en 1995. Al final, sabes muy bien que tuvimos que marcharnos. Y aun así, igual que un río subterráneo, la vida vuelve a emerger de la oscuridad. Yo tenía aquí un tío, el hermano de mi madre. Fue aquí donde nos establecimos y por eso construí aquí el instituto. Invertí todos mis conocimientos y también el dinero que gané por el mundo.

—Tú triunfaste en la vida, Adam. Has creado algo fantástico.

—Pero quedó la nostalgia por la infancia, por mi ciudad y por mi primer amor —dijo él con melancolía.

—Éramos niños, pero todo era sincero. Por eso, y también por lo que ocurrió hace cinco años, me permití buscarte. Buscarte a ti y a tu ayuda.

Los ojos de Eva brillaban.

—Siempre podrás contar conmigo. La verdad es que Pazin es un lugar pequeño. Todos sabrían muy pronto que estás aquí y eso te pondría en peligro. Pero tengo un apartamento en Zagreb; iremos allí. Quédate el tiempo que necesites. Personalmente, me alegraría que te quedaras... para siempre.

Adam tomó su mano con ternura.

—La mafia, Adam. Están conectados como las tripas de un mismo cuerpo. Me temo que también en Zagreb me encontrarían fácilmente. Pero... cuéntame algo sobre tu instituto, por favor.

—Sí, claro... bueno —el hombre pareció confundirse un poco—. El instituto está en Cerovlje, a unos seis kilómetros de Pazin. Allí estudiamos mundos virtuales y la influencia de la realidad virtual sobre especies animales amenazadas. Además, contamos con un pequeño zoológico. Comparamos a los animales que vivían en los mundos virtuales del instituto con los que permanecían en el zoológico. Y puedo afirmar con total responsabilidad que los animales del instituto, es decir, los que viven en cápsulas de realidad virtual, prosperan mejor que los del zoológico.

—¿Quieres decir que los que están en esas cápsulas tienen la sensación de ser libres, de estar en la naturaleza?

—Absolutamente. Corren por las sabanas, vagan por las selvas tropicales y disfrutan de su hábitat natural. Hoy, cuando su mundo natural ha sido prácticamente destruido, este instituto y otros similares pueden desempeñar un papel importante para salvar a esas especies amenazadas.

—¿Se han realizado pruebas con seres humanos? ¿Alguien podría viajar dentro de ese mundo virtual, por ejemplo, a...

—¿Kinshasa? —completó Adam.

—Sí —sonrió Eva.

—Pues mira qué coincidencia, Evita. Hace mucho tiempo, Julio Verne situó una buena parte de la acción de una de sus novelas en Pazin, en el castillo, el Pazinčica, la sima... Y entonces se me ocurrió probar la cápsula de realidad virtual conmigo mismo. Configuré el programa para emprender un viaje virtual al centro de la Tierra, y la sima de Pazin fue mi entrada al mundo subterráneo. Al final de ese viaje fantástico, sobre el que podría escribir una novela, emergí en la cueva de Đalović. Está en Montenegro. En realidad, pasé siete días enteros dentro de la cápsula. Pero, sinceramente, después de apenas unas horas ya estaba completamente inmerso en los mundos virtuales.

Eva lo escuchaba con atención.

—De verdad es maravilloso. Tus investigaciones, tu trabajo... todo eso merece un Premio Nobel. Podría escucharte todo el día. Pero mi trabajo y mis investigaciones solo me han valido una condena de muerte. En realidad, no tengo muchas opciones. O quizá sí, por muy loca que parezca.

 

Un mes después, Eva Petrović fue declarada desaparecida.

Al principio se armó un gran revuelo. Durante días, periodistas de toda Bosnia y Herzegovina protestaron por su desaparición. Con el tiempo, todo se calmó.

Para la mayoría de la población, Eva había sido alcanzada por la ira y la venganza del Conde, y algún día, en algún lugar, aparecería su cadáver.

El Conde echaba espuma por la boca en su maloliente celda de Foča. Sabía que la periodista se le había escapado por muy poco y que ahora permanecía oculta.

¿Y Adam Josipović?

Cada vez pasaba más tiempo en sus mundos virtuales.

Especialmente en uno. 

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

 

LA CURA

Nilesh Malvankar

 

Una gran multitud se había reunido en la conferencia de prensa organizada por el reconocido investigador Allen Mhaske. A pesar de la cantidad de gente, todos mantenían la distancia social. Estaban presentes los periodistas más destacados de los principales periódicos, canales de televisión y portales de noticias, todos con mascarillas y desinfectándose las manos con frecuencia.

Todos esperaban con impaciencia la llegada de Allen. Allen Mhaske no solo era investigador, sino también multimillonario. Había amasado toda su fortuna gracias a sus investigaciones. Tenía el honor de haber creado el primer automóvil totalmente automático del mundo. Allen era una de las personas más inteligentes del planeta.

Se creía que el COVID-19, conocido en todo el mundo, tenía su origen en los murciélagos. Allen llevaba muchos años involucrado en investigaciones relacionadas con esos animales. Su tema favorito era el estudio de los murciélagos y su inmunidad frente al coronavirus.

Los experimentos secretos de Allen sobre el COVID-19 se desarrollaban en su laboratorio. Se rumoreaba que se encontraban en una fase muy avanzada. La gente suele tener la idea de que los científicos son personas excéntricas. Además, Allen era multimillonario. Por lo tanto, se asumía que era doblemente excéntrico. También circulaba el rumor de que estaba probando en sí mismo el medicamento que desarrollaba contra el COVID-19.

Todos habían acudido a la conferencia con la esperanza de que muchas de esas preguntas fueran respondidas ese día. El avance prometía cambiar el mundo. El éxito significaría contratos multimillonarios con los grandes gigantes farmacéuticos.

De pronto se escuchó un murmullo. Todos miraron en dirección al sonido. Allen avanzaba hacia el escenario. Cuando llegó, observó al público.

—Lo siento, amigos —dijo. Todos quedaron desconcertados—. La razón por la que convoqué esta conferencia hoy fue porque estaba convencido de que había encontrado una solución para erradicar el COVID-19, pero... —Su larga pausa comenzó a poner nerviosos a los presentes. La gente se sentía cada vez más desesperada con el paso de los días. Habían depositado grandes esperanzas en Allen—... pero he detectado algunos problemas importantes en esa solución. Por lo tanto, es necesario realizar más pruebas. Y si esos problemas desaparecen, sin duda volveré a reunirme con todos ustedes. De hecho, estuve a punto de cancelar esta conferencia. Sin embargo, quiero reiterar que, a pesar de ciertas dificultades, la investigación avanza en la dirección correcta. Espero que en los próximos meses pueda darles buenas noticias después de superar los inconvenientes que actualmente persisten.

—¿Pero cuáles son exactamente esos problemas?

—¿Cura el COVID aunque tenga esos defectos?

—Si puede curar la enfermedad, ¿por qué preocuparse por algunos efectos secundarios? Después de todo, todos los medicamentos tienen uno u otro efecto secundario.

—¿Es cierto que está probando este fármaco en usted mismo?

Los periodistas lanzaron toda clase de preguntas a Allen.

—Lo siento, amigos. Me encantaría responder a todas esas preguntas. Pero en esta etapa ni siquiera yo conozco algunas de esas respuestas. Además, existen obligaciones contractuales que me impiden revelar ciertos detalles en este momento. Debo mantener cierta confidencialidad. Lo siento mucho.

Allen dio por terminada la conferencia respondiendo algunas preguntas inofensivas de los reporteros.

La mayoría, decepcionados, comenzaron a dispersarse. Algunos periodistas estaban interesados en entrevistas personales o, al menos, en obtener una breve declaración. Pero Allen rechazó cortésmente todas las solicitudes alegando que no se sentía bien y que necesitaba privacidad.

Allen no estaba enfermo, pero se había dado cuenta de que sus manos temblaban ligeramente hacia el final de la conferencia. Normalmente habría conducido directamente hasta su laboratorio. Sin embargo, aquel día se sintió tentado a dar un paseo por el pequeño bosque cercano. Como sus manos seguían temblando un poco, activó el modo totalmente automático y partió hacia el laboratorio en su automóvil autónomo.

Entró en el laboratorio sumido en profundos pensamientos. Su investigación sobre el medicamento contra el COVID-19 estaba prácticamente concluida con éxito. Su intención había sido anunciarlo ese mismo día. Era cierto que estaba probando el fármaco en sí mismo. El medicamento mostraba resultados milagrosos. Sin embargo, durante los últimos días había comenzado a experimentar los efectos secundarios del tratamiento.

Al principio habían sido leves. Pero su intensidad aumentaba día tras día. Los hábitos de Allen empezaban a cambiar. Al comienzo logró controlarlos. Pero últimamente la situación se le había escapado de las manos.

Lo mismo estaba ocurriendo en ese momento. Hacía un gran esfuerzo por controlar su mente. Pero al final cedió al hábito provocado por los efectos secundarios del medicamento.

Allen tenía un gimnasio completamente equipado dentro de su laboratorio. Hacía unos días había instalado una barra debido al extraño hábito al que estaba sucumbiendo. Se colocó debajo de la barra. La sujetó con ambas manos. Luego levantó el cuerpo, dobló las rodillas y apoyó las piernas sobre ella. Al instante siguiente quedó colgado boca abajo, exactamente igual que un murciélago.

Nilesh Malvankar es un profesional de la informática y escritor de ficción de corazón y alma. Lleva catorce años escribiendo relatos cortos. Más de cien de sus historias se han publicado en diversas revistas y periódicos en marathi. Cuenta con una colección de relatos y relatos en cuatro antologías en marathi e inglés. Varios de sus relatos han sido premiados en diversos concursos de relatos cortos. Algunos de sus relatos han formado parte de un programa de radio. Su colección de relatos obtuvo un reconocimiento a nivel estatal. Le gusta leer y perfeccionar sus habilidades como escritor de relatos cortos, sketches y obras de teatro de un acto.

 

martes, 9 de junio de 2026

LA VIDA INVISIBLE

Joyce Barker Bucat

 

Había llegado tarde a su casa, estaba agotada, se dejó caer en la cama y lentamente se fue quedando dormida… hasta que súbitamente escuchó pasos en su habitación, unos pasos lentos, pesados, como de alguien que entraba tratando de pasar inadvertido, un desconocido, un ladrón.

María se quedó quieta, pensando que eso haría que el intruso no notara su presencia,

Es el sonido de un blue jean, pensó aterrorizada María, que seguía en su cama casi sin respirar y tapada completamente con las sábanas. Tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí, gritaban los pensamientos en su cabeza. Apretó el cuerpo y se sumergió, primero dentro de la cama y luego en el hormigón del muro. Sentía frío y veía todo negro, propio de estar inmersa en un material con características pétreas. Aquí estaré a salvo, al menos hasta que este tipo se vaya, razonó luego de unos segundos, ya más calmada.

Los ruidos persistían; el intruso no dejaba de caminar dentro del dormitorio y María, pacientemente, esperaba dentro del piso de hormigón.

Comenzó a desplazarse desde el piso hasta el muro, siempre por dentro, siempre tratando de no llamar la atención. Hasta que los pasos cesaron, la tela de los pantalones dejó de sonar con el roce y todo quedó en un silencio absoluto.

 

Tiempo atrás, María había despertado en su pieza, y al asomarse por la ventana, vio a un hombre joven vestido con ropa deportiva que miraba fijamente la casa de sus padres, pero a ella no la veía, era como si María hubiese sido invisible. Asustada, comenzó a golpear la ventana y a gritar, pero ningún sonido lograba salir de ella, estaba muda y apenas era capaz de golpear el vidrio, no tenía fuerzas. El hombre de la ropa deportiva tenía buena apariencia, pero María notaba algo siniestro en su mirada, la que nunca pudo olvidar.

 

María seguía desmaterializada dentro del muro, esperando que el hombre se fuera.

Como estaba dentro del muro, no era capaz de ver nada, excepto la oscuridad que un material tiene en su interior.

 

Cuidadosamente sacó la mano y luego la cara fuera del muro. Quería ver si el hombre que estaba ese día era el mismo que había visto en el patio hacía un par de meses. Provocó un ruido con los dedos y el hombre se volteó. Quedaron de frente, pero él no la veía. Era el hombre de la ropa deportiva.

María aprovechó su invisibilidad para salir del muro. Ya no tenía miedo, sabía que él no le podía hacer nada. Aprovechándose de eso y de su inmaterialidad, que aun persistía, dio dos pasos hacia él y se sumergió en su cuerpo. El hombre lanzó un sonido agudo de dolor. María estaba dentro de él. María ahora era él.

Sintió los latidos ajenos como si fuesen salidos de su propio cuerpo, miró a través de sus ojos, que estaban fijos mirando el muro del que María había salido proyectándose violentamente hasta su cuerpo. Sintió la respiración agitada y el temblor de sus músculos; el intruso estaba aterrorizado y comenzó a golpearse la cabeza y a estrujarse los ojos, no podía creer lo que había pasado. María comenzó a susurrarle por dentro que se fuera, que era un intruso y que ella era su peor enemiga por haber sido el primer invasor.

 

Martín era un hombre joven, de unos veinte años, un poco menor que ella, y había vivido toda su vida en el mismo barrio que María. Años antes la vio por primera vez en la calle y desde ese momento nunca dejó de pensar en ella. Tenía cuadernos completos con su cara dibujada y con cuentos que la ponían como protagonista de sus aventuras, las que siempre terminaban con ellos dos juntos.

A pesar de la corta distancia que los separaba, él nunca le habló, ni siquiera la vez en que se toparon en una fiesta, nunca le dijo una sola palabra; se limitaba a mirarlo camuflado entre la gente, intentando pasar desapercibido por ella, intentando ser invisible. El sólo hecho de que ella lo mirara por casualidad, para él era un golpe de miedo, miedo a que ella lo despreciara, a que ella encontrara que él no era más que una persona simple, sin nada sorprendente, sólo un pedazo de humanidad a medio terminar.

Tenía pocos pero buenos amigos, de los que suelen consolar siempre que hay estados de euforia o tristeza. A pesar del apoyo y cariño de sus pares, Martín casi nunca contaba lo que le pasaba, a veces por vergüenza, a veces por miedo a revivir sus experiencias.

Esta era la segunda vez que visitaba, a escondidas, la casa de María. No se sentía orgulloso de lo que había hecho, pero encontraba necesario conocer su espacio, saber sus secretos. Era su obsesión, estaba atrapado en sus emociones y ya no podía parar; había cruzado el límite de la intimidad de María.

 

María había soñado, hacía mucho tiempo, que iba caminando con un hombre al que amaba profundamente, un desconocido que iba abrazado junto a ella en el parque, ella no miró su cara, pero sí sus zapatillas azules y ese recuerdo había quedado grabado en su cabeza desde ese entonces.

 

La primera vez que Martín entró a la casa de María fue el acto más arriesgado que había hecho en toda su vida, pero estaba tan intrigado con ella, que planificó entrar en la casa sin que nadie lo notara. Esa vez, sólo entró al patio y desde ahí se quedó mirando las ventanas de la casa, tratando de descifrar la pieza de María. Lo que nunca supo, es que María sí lo había visto, pero ella estaba fuera de su cuerpo. Estaba físicamente durmiendo y etéreamente despierta; y al percatarse de la presencia de Martín, intentó golpear la ventana, a la vez que intentaba gritar, pero nada de eso fue posible.

 

Estando dentro del cuerpo de Martín, María fue capaz de ver sus pies, sus zapatillas azules, y por un momento pensó que quizás él era el hombre de sus sueños. Martín aún estaba en shock, no sabía lo que estaba pasando dentro de él, pero sabía que tenía que salir de ahí, que había fantasmas en la habitación de María, que si no se iba ella podía despertar y esa era la peor de las posibilidades. Se imaginó preso, pensó en el escándalo que podía ocurrir si alguien se percataba de su presencia. Pero María seguía dentro de él y todo lo que pensaba, lo escuchaba ella y no estaba dispuesta a salir de ahí hasta saber más. Martín estaba asustado y sutilmente se sentó en una silla, mirando cómo María dormía. Ella pudo verse durmiendo a través de los ojos de Martín y poco a poco empezó a sentir lo mismo que él sentía por ella. Volvió a mirar los pies de Martín y supo que era el hombre del sueño en el parque, supo que era el hombre que había estado amando hace años.

—¿Eres tú? —susurró María.

—Sí —respondió Martín.

María sintió como si estuviera cayendo de un precipicio y volvió a la cama, a su cuerpo que parecía no percatarse de nada. Martín salió de la pieza de María y corrió hasta la reja, la que saltó sin mayores problemas y sin ruido alguno. Estaba a salvo, estaba feliz.

 

Al día siguiente, María, como todos los días, salió de su casa hacia el paradero, al igual que Martín y se sentaron juntos. Martín fingiendo no conocerla, al igual que María.

Pasaron largos minutos sentados en el paradero y el aire empezó a sentirse más denso y caluroso. Ambos estaban temblando. María pensaba en lo que había pasado la noche anterior, esa invasión mutua que la dejó exhausta; no estaba segura de si eso había sido un sueño o realmente había estado alguien en su pieza, pero se acordaba de todo, incluso de haberse visto durmiendo a través de los ojos de él; pero a pesar de estar acostumbrada a estos sucesos, no era ajena a la lógica tradicional de los hechos. Para ella, estas aventuras en sueños, eran sólo eso, aventuras extrañas y lúcidas. Martín latía fuerte, como siempre, cada vez que la veía y creía que la voz que escuchó en su cabeza estando en la pieza de María, había sido puramente imaginaria. Martín no se sentía culpable de haber estado en la casa de María, había estado pensando en ella durante tanto tiempo, que sentía que lo que había hecho era lo más cercano a la felicidad y cualquier acto que lo acercara a eso era la expresión de su valentía, aunque fuera ilícito.

María tenía puesto un perfume empalagoso, dulce y floral, que una amiga le había regalado en su cumpleaños hacía un par de meses y justo ese día había decidido ponérselo. Martín estornudó; los olores muy dulces le recordaban un invierno que tuvo que estar en cama enfermo y los olores dulzones salían de la cocina, en forma de queques, que él no tenía permitido comer y con el correr de los días, ese olor pasó de ser objeto de su deseo al objeto de su rechazo por no poder comerlo.

Luego de varios estornudos, su ánimo cambió de la ansiedad por estar con la mujer que lo obsesionaba, al desagrado por sentir ese olor insoportable.

María, por otro lado, no paraba de mirarle las zapatillas, imaginando un futuro de romance y éxtasis a su lado. Martín paró un taxi y se fue.

 

Pasaron los meses y Martín no aparecía en la calle, ni en el paradero, ni siquiera en el dormitorio de María. Hasta que lo vio pasar en auto, acompañado de una mujer. Sorprendida y angustiada, María regresó a su casa y le escribió un mail, contándole lo que sentía por él, desde el minuto en que soñó con las zapatillas hasta el día del paradero, porque había investigado todo acerca de Martín, sabía en qué lugar estudiaba y quiénes eran sus amigos. Pero no hubo respuesta. Martín había perdido el interés por María; ya la había olvidado, y cuando recibió el mail, más que alegrarse, se incomodó y se sintió invadido. Para Martín, María era ahora una acosadora, una mujer obsesiva y demente, era un queque que le provocaba rechazo, era un olor insoportable.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

HISTORIAS

Lídia Fedina

 

A la clara luz del amanecer, la gota de rocío rodó hacia el borde de la hoja con diminutas vibraciones... Cuando llegó, se detuvo un instante, pero la gravedad no la dejó quedarse allí. Su centro de gravedad se desplazó lentamente hasta que cayó sobre la flor. Se deslizó por uno de los pétalos, dejando una pequeña parte de sí misma en cada uno de sus finos vellos, y para cuando llegó al tallo ya había desaparecido...

Tras su paso, el pétalo blanco brilló con una fresca humedad, y la flor ya había abierto su cáliz hacia la luz. Los estambres amarillos, como brazos extendidos en señal de bienvenida, se alzaban hacia el sol... En la base del pistilo, dulces gotas de néctar enviaban mensajes a los insectos a través de sus nubes de fragancia.

Pero la sombra que se interpuso entre la flor y la luz era más grande y profunda de lo que el pistilo había esperado. La sombra, a medida que avanzaba, se volvía cada vez más oscura, hasta que llegó muy cerca y el pequeño milagro dejó de existir: yacía aplastado bajo la suela de un zapato.

Y el hombre ni siquiera lo notó, y siguió caminando...

John cerró el libro con gesto de insatisfacción. Algunos de los cuentos lo habían entretenido, pero este...

En realidad trataba sobre la vida. La muerte y la destrucción forman parte de la vida, cuando algo más pequeño cae víctima de algo más grande y fuerte... ¡pero nadie puede vigilar cada brizna de hierba! Después de todo, ¡no puede volar!

No había nadie en la playa; las olas rodaban suavemente sobre la arena, el sol estaba a punto de hundirse en el horizonte y pequeñas franjas de nubes azul tinta, bordeadas de violeta, atravesaban su luz.

Nadará una vez más y después... ¡Esta noche le pedirá matrimonio a Lilian! Lleva dos semanas posponiéndolo, aunque ella prácticamente ya ha dicho que sí. Solo tiene que entregarle el anillo de la manera habitual.

—¿Quieres casarte conmigo?

Y Lilian responderá:

—¡Oh, sí!

Sin embargo, el estómago se le encoge cada vez que piensa en ese momento. Tal vez no debería darle tantas vueltas.

Dejó el libro sobre la arena, se puso de pie, se estiró y corrió hacia el agua. El ejercicio le sentó bien; era agradable sentir los músculos en movimiento. Las olas acariciaban sus tobillos con una tibieza agradable y, tras unos pocos pasos, el suelo desapareció bajo sus pies.

Allí la profundidad aumentaba bruscamente, razón por la cual los surfistas y las familias no solían frecuentar ese tramo de playa. Más arriba, hacia la ciudad, la pendiente era mucho más suave y había que caminar unos veinte metros para que el agua llegara al pecho.

Precisamente por eso John iba allí. Había menos gente y casi podía considerarla su playa privada.

¡Hoy le pedirá matrimonio a Lilian!

Cortaba las olas con facilidad. El tiempo era magnífico y el mar estaba maravillosamente tranquilo. Pequeñas ondulaciones se formaban a su alrededor y él se sentía el rey del océano.

El ataque lo tomó completamente por sorpresa.

Al principio ni siquiera comprendió qué estaba ocurriendo. Su atacante era tan grande y fuerte que no pudo hacer nada.

El gran tiburón blanco, el verdadero rey del océano, lo atrapó a la altura de la cintura y le arrancó una pierna.

John no sintió dolor. Tampoco sintió miedo, porque no comprendía lo que estaba sucediendo.

Intentó seguir nadando. El agua a su alrededor se volvió roja, adquirió un sabor dulzón y el dolor llegó finalmente a su conciencia con una pulsación enloquecedora.

El estridente sonido del teléfono hizo que Martha se sobresaltara y gritara.

¡Justo cuando estaba llegando a la parte más emocionante sonó aquella maldita cosa!

Martha empujó rápidamente el cajón donde guardaba el libro. Al hacerlo vio que Juliane, en el puesto de trabajo vecino, le lanzaba una mirada de reproche. Estaba hablando con un cliente, que esperaba no hubiera oído el grito.

Martha se sacudió para liberarse del efecto de la lectura y contestó la llamada.

—MGX Aritmax. Habla Martha Hay. ¿En qué puedo ayudarle?

—¡Hola, Martha! Soy Nora.

—¿Tú...? —se sorprendió Martha.

En un centro de atención al cliente donde trabajaban veinte personas al mismo tiempo, las probabilidades de que el sistema conectara la llamada precisamente con ella eran de apenas un cinco por ciento.

—No pude localizarte en el móvil. Le pedí a uno de tus compañeros que transfiriera la llamada a tu puesto.

—No puedo usar el móvil durante el horario de trabajo. Lo dejo en mi taquilla —respondió Martha con un leve tono de reproche, pues Nora debería saberlo, aunque al mismo tiempo admiraba la astucia de su hermana.

—Me dijiste que te llamara si ocurría algo...

Martha sintió un mareo. Si hubiera estado de pie, tal vez se habría caído. Tuvo que sujetarse al escritorio.

A Nora le costaba claramente decir aquello por lo que llamaba.

—Vi a Paul con esa mujer —comenzó.

Y una vez que logró arrancar, las palabras salieron sin freno.

—Los encontré justo delante del cine de Queens Gate. Estaban sentados tomados de la mano. O esperaban una función o simplemente se habían sentado un rato... Aunque creo que era lo primero, porque Paul no es tan tacaño como para no llevar a una mujer a una cafetería...

Siguió hablando y hablando, explicando con todo detalle cómo se había ocultado entre la multitud para que no la vieran.

Martha escuchaba con el corazón helado, pero estaba tan inundada de amargura que ni siquiera prestaba atención a los detalles.

Dos semanas antes, Paul había confesado la aventura después de que ella encontrara en uno de sus bolsillos el recibo de un perfume.

Había jurado por todo lo sagrado que aquello ya había terminado, que solo había sido una aventura pasajera.

Pero si uno está sentado en el vestíbulo de un cine, tomado de la mano con alguien, eso no es una aventura pasajera.

Eso es amor.

Martha sintió que su mundo se derrumbaba y no sabía qué hacer.

Es tan fácil construir teorías.

Y tan fácil creer lo que dice otra persona cuando uno desea creerlo...

Lilian dejó el libro a un lado y se quedó pensativa.

La historia resultaba muy convincente.

La gente realmente es así.

Cree con facilidad cualquier cosa que provenga de alguien a quien considera irreprochable.

En la novela, Martha confía en Nora, aunque ya hubo una escena en la que ambas discutieron.

¿Y si todo el episodio del cine fuera una invención para separar al matrimonio?

Lilian avanzó unas páginas y, mientras buscaba una respuesta a su hipótesis, se dio cuenta con una sonrisa de que una vez más estaba leyendo el final antes de tiempo.

John se reiría de ella y le diría que se limitara a leer libros de cuentos, y mejor aún si eran cuentos cortos.

Pero ¿qué tiene de malo conocer el final?

También es agradable seguir el desarrollo de la historia o de las historias mientras el autor avanza hacia el desenlace.

Sabemos cómo terminan los libros que releemos y aun así disfrutamos de ellos.

Tal vez incluso más que la primera vez, porque advertimos muchas cosas que antes nos habían pasado inadvertidas...

Miró el reloj. El tiempo había pasado volando. Esa noche cenarían en la Terraza Luz de Luna del hotel. John había reservado una mesa allí.

—Solo para picar algo —había dicho entre risas.

Seguramente quería entregarle el anillo que llevaba semanas ocultándole, aunque siempre lo tenía consigo, esperando el momento adecuado. Le quedaba media hora para vestirse, y debía hacerlo como corresponde a una futura prometida.

Pero ¿dónde estaba John? ¡Ya debería haber regresado al hotel! No podía haberse quedado tan absorto leyendo que olvidara volver de la playa. Era la última noche de las vacaciones y, si esa noche también dejaba pasar la oportunidad, entonces sería Lilian quien le pediría matrimonio a él.

¡Sería una propuesta al revés!

Riendo, colocó el marcador en cualquier parte del libro porque ya no recordaba por qué página iba. Pero eso no importaba. Acababa de descubrir la verdad. ¡Nora era la intrigante! Iba a vestirse.

John podía aparecer en cualquier momento...

Qué bien se sentía Ricsi al poder respirar libremente otra vez. Aquel maldito coronavirus no solo lo había debilitado con la fiebre, sino que además le había dado la sensación de llevar un saco pesadísimo sobre el pecho... ¡Maldita neumonía! Ni siquiera tenía ganas de leer. Cuando uno lucha por respirar, no le interesan ni las historias más emocionantes de amor, tiburones, infidelidades, árboles, flores o cualquier otra cosa.

Ahora, sin embargo, que se sentía mejor, devoraba las páginas y comenzaba a disfrutar de la estructura tan poco convencional de aquella novela. Estaba tan absorto que se olvidó del café. Se había enfriado por completo. Dejó el libro sobre la mesa y fue a la cocina para prepararse una taza nueva. Mientras sacaba una taza del armario, un pensamiento extraño se encendió en su mente: ¿Y si él tampoco existiera realmente?

¿Y si alguien simplemente estuviera leyendo acerca de él?

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

 

HIJOS DEL POLVO ROJO