martes, 17 de febrero de 2026

SONATA PARA UN MUNDO NUEVO

Daniel Frini

 

La nave se deshizo al cruzar un campo de asteroides mientras viajaba a un treinta y tres por ciento de la velocidad de la luz. Antes, cuando la AI tuvo la certeza de que la desintegración era inevitable, ordenó a los automatismos que activaran las cápsulas de seguridad. Algunas se atomizaron, como la nave. Otras, pusieron dirección al planeta.

Cruzaron el límite de Kármán a una velocidad muy superior a la de seguridad, y no resistieron la fricción ni el calor consecuente. Se desguazaron en la atmósfera, en millones de pedazos. La mayoría de ellos no llegó a la superficie. Todas las cápsulas, menos una.

Sin embargo, su aterrizaje fue violento e incontrolado. El reactor se partió y, en milisegundos, un pulso en forma de radiaciones ionizantes y neutrónicas mató a quienes la ocupaban. A todos, menos a él.

Los gases neuronales lo sacaron del sueño de la animación suspendida. El caos, el ruido de las alarmas –infinitas–, el humo y el olor penetrante y ácido lo aturdieron. Necesitó varios minutos para sobreponerse y entender qué había pasado. El gusto metálico en su boca le indicó la rotura del reactor. Una mirada a su alrededor, le mostró que todos estaban muertos, y que ni siquiera habían dejado sus nichos. Una lectura rápida de los escáneres le mostró que no había nadie –ni nada– de su mundo, con vida, en una esfera de cuatro años luz de radio, centrada en su posición. Es decir, la nave había muerto. Y estaba solo.

Su situación le resultó clara, y esa comprensión lo golpeó, dejándolo sin aire. Los años de preparación, su entereza y su sangre fría le impidieron gritar. Gimió. Un nudo inconcebible le impedía tragar. Intentó llorar, pero las lágrimas se negaron: era el último habitante de su mundo.

No lo habían logrado.

 

Todos vieron aproximarse el apocalipsis, las señales fueron claras durante mucho tiempo, los cambios no podían presagiar nada distinto. Pero, por alguna razón inexplicable, quienes estaban en posición de encontrar e implementar una solución, no solo fueron incapaces de hacer algo por detener la debacle, mientras esto fue posible: tampoco lo intentaron. Peor aún, negaron el problema. Así pasaron años, décadas, siglos.

Mucho tiempo después, cuando todo estaba perdido, algunos gobernantes aventuraron explicaciones que, en realidad, no convencieron a nadie y, por supuesto, no aportaron nada que mostrase un mínimo resquicio para avistar un remedio. No quedaba otra cosa que salvar las sobras. Y la memoria. Pero tampoco aquí fueron capaces de consensuar una solución, y se perdieron los últimos e invaluables momentos de la civilización.

Al menos, ellos, su grupo, lo intentaron.

La idea no era, para nada, original. Construir diez naves a las que subirían todo lo que pudieran salvar de su mundo. Diez arcas. Diez backups.

Pero, ¿qué salvar? Esto implicó un cúmulo interminable de selecciones al azar, sin planificación ni proyecto; apenas con una vaga idea, un propósito indefinido, más centrado en las ganas de ganarle a la muerte que a un propósito concreto. Para ellos estaba claro que ya no había tiempo para otra cosa. ¿Qué dejar? ¿Qué llevar? ¿Qué condenar, no a la muerte, sino al olvido?

Tanta riqueza, vida, especies, historia, recuerdos. Tanta cultura. Un millón de años de cultura.

Además, ¿adónde ir? Decidieron que cada una de las diez naves viajaría a un planeta distante de los millones que, en miles de años, habían encontrado girando alrededor de estrellas lejanas; aquellos más cercanos al Planeta Madre ya habían sido visitados y resultaron ser inhabitables. Allí aparecía otra de las tantas y tan importantes cuestiones imposibles de contestar ahora: ¿por qué no se había preparado alguno de estos mundos para una eventualidad aún mucho menor que la de la extinción de la vida en el Planeta Madre? Tenían tecnología para hacer habitable otro mundo. ¿Entonces?

No había otra opción más que buscar en las estrellas alejadas; y apostar, porque no había forma de saber si lo que había ocurrido antes –la imposibilidad de encontrar un planeta capaz de ser habitado–, podía, con solo mirar desde los observatorios en órbita, revertirse. Era una apuesta de muerte.

Se comenzó por seleccionar mundos de entre los más estudiados en el pasado, y se descartaron aquellos que presentaron alguna duda. Se estudió otros que reemplazaran a los rechazados, en un proceso recurrente que arrojó, al fin, diez posibles objetivos; el más cercano, a unos mil doscientos años luz, y se los repartieron. A su nave se le asignó un pequeño mundo azul, a mitad de camino entre el centro y el borde de la galaxia, sujeto gravitacionalmente a una estrella pequeña –una enana blanca de tipo G–, a unos dos mil quinientos años luz de distancia. Para cuando llegasen, si llegaban, haría muchísimo tiempo que su mundo se habría transformado en inhabitable y, probablemente, habría desaparecido.

Preguntarse si podrían llegar no era vano. No sabían tan solo si podían alejarse del Planeta Madre. La única manera de llevar tamaña carga, era en naves con motores de  radiosótopos de positrones, pero de un tamaño tal que resultaban cinco veces más grandes que las más grandes jamás construidas. De esta manera, sería posible viajar a no más de  un cuarenta por ciento de la velocidad de la luz. Eso era lo máximo a lo que aspirar. Era necesario fabricarlas en el espacio, fuera del sistema, y cargarlas en un gran número de viajes, con naves convencionales de motores helicoidales.

Así se hizo.

Cuando las diez naves estuvieron cargadas y dispuestas, los tripulantes entraron en animación suspendida y la IA se hizo cargo de la ignición.

Él fue el designado para demorar su sueño y supervisar el comienzo del viaje. Aunque no podía ver las otras naves, sí detectó en los sensores, con horror, la inusual carga de antimateria que no podía significar más que la destrucción de, al menos, seis de las otras naves. También pudo ver, en las pantallas, cómo las tres restantes, giraron alocadas y comenzaron a caer hacia el centro del sistema, hacia la estrella. Su nave fue la única en sobrevivir y comenzó su viaje hacia el planeta asignado, lejano en espacio y en tiempo.

No quedaba otra cosa por hacer. Allá fueron.

 

Él era ingeniero y doctor en física nuclear, contaba con Grado III en experiencia de manejo de reactores de la clase W –uno de los únicos tres técnicos capaces de esto en su mundo– y era experto en armas de hidrógeno. Es más: él, como toda la tripulación, había sido mutado genéticamente para resistir 6500 rads de radiación ionizante. Sobreviviría a la exposición a los protones y partículas alfa de alta energía del espacio durante el larguísimo viaje; y a cualquier accidente. Y eso había ocurrido.

«¡Revisión!». Una voz proveniente de alguna parte de su cerebro lo devolvió a la realidad. Su templanza y su madurez mental lograron que se sobrepusiese al miedo. Reaccionó como su entrenamiento dictaba. De manera automática, verificó su estado y la existencia o no de heridas. Estaba en condiciones físicas aceptables. Controló su equipo, su exoesqueleto y sus armas. Todo bien. Verificó su comunicación con la cápsula de seguridad. Bien. Encendió los comandos de supervivencia. Funcionaban. Al menos, las baterías no habían perdido la carga. ¿Estado del reactor? Fugas de radioisótopos. Él resistiría.

¿Dónde estaba? Tecleó los comandos en la computadora. La pantalla se ilumino. Era el planeta correcto. ¿Y la estrella? No hacía mucho se había ocultado tras el horizonte. Estaba en el lado oscuro. Tocó, en la pantalla, el botón virtual «Comprobación y exploración». Era un mundo habitado. Y con un grado de civilización Tipo 0, pero a cien o doscientos años de alcanzar el Tipo 1. Hizo una mueca de disgusto; que, muy pronto, cambió por un gesto de esperanza. Quizá los nativos pudiesen ayudarlo.

 

Lo inundó un optimismo que era impensado hacía, apenas, segundos. Si lograba comunicarse con ellos, podría hablarles de su mundo.

No había nada orgánico para salvar, salvo su propio cuerpo. Pero, aun cuando esto era mejor que nada, él era sólo una minúscula muestra de la diversidad que alguna vez había conocido, aunque los discos rígidos que estaban en la cápsula contenían un back up de toda la información de la nave; de manera básica, una bitácora con todo el conocimiento de su civilización. Y, quizá, el grado de desarrollo de la ingeniería genética de los nativos podría reproducir el genoma de, aunque sea, una parte de las especies de su mundo; y, por supuesto, guardar y conocer toda su cultura.

Ahora, fue su esperanza la que lo golpeó. Su idioma no se perdería. Los idiomas de su mundo no se perderían. La música, el arte, la literatura, la geografía, los paisajes –los hermosos y queridos atardeceres de su sol–, las selvas, los desiertos, los hielos, la nieve, el mar, las arenas de las playas, las ciudades, la tecnología, las plantas, los animales. La historia, su historia, la historia de su civilización; los excelentes logros de culturas antiguas, los poemas grabados en tablillas de barro y las inmensas bibliotecas de pergaminos. Y, por supuesto, las guerras, las muertes, las plagas, la destrucción, la sobreexplotación, los asesinatos y genocidios, la esclavitud y la maldad. Y el ocaso –estúpido, idiota, y enajenado– de su mundo.

—Ellos podrían usar nuestra experiencia y evitar lo que nos destruyó a nosotros —se sorprendió hablando en voz alta, entusiasmado—. No solo podré conservar la memoria de mi civilización. ¡Lo que tengo para ofrecerles puede salvar su propio mundo!

Por supuesto –lo sabía–, los nativos tergiversarían la información, la utilizarían con parcialidad, se ocultarían material sensible unos a otros. Conocerían sus armas y su increíble poder. Se sorprenderían con la posibilidad de dominar el espaciotiempo, de viajar a las estrellas vecinas; de curar todas las enfermedades, y se disputarían el conocimiento; pero allí estaría él para prevenirlos y evitar estas desagradables situaciones.

Se convenció, por fin, de lo que era evidente. Los nativos iban a reconstruir el mundo perdido, su cultura y su gente. Pero, mucho más importante que eso, él iba a salvarlos de su propia aniquilación,

 

¿Era posible comunicarse con ellos, con los nativos?

En la pantalla, pulsó el botón virtual que indicaba «Información. Comunicación y lenguaje». La computadora indicó que escaneaba señales. La barra de estado avanzaba con lentitud exasperante. Luego, leyó en la pantalla: Información insuficiente para determinar el número de especies existentes. Estimación: 9x106 especies distintas. Arqueó los ojos en un gesto de sorpresa. Una especie dominante identificada. Cantidad estimada de individuos de esta especie en el planeta: 7x109. Proximidad de individuos de esta especie: Cuatro individuos, a dos mil metros. Características de los individuos: detectan radiación electromagnética por ojos, 380 a 750 nanómetros, muy reducida en el lado oscuro del planeta; detectan ondas de presión por oídos, 20 hertz a 20 kilohertz; detectan productos químicos por lengua y nariz; detectan temperatura y presión a través de cubierta externa. No detectan campos magnéticos. No detectan radioactividad. Identificación de conceptos matemáticos: sistemas predominantes, base diez, base dos y base sesenta; conocimiento de cero e infinito, conocimiento de números primos, conocimiento de números irracionales e imaginarios; conocimiento de números e, pi y phi. Identificación de conceptos físicos: conocimiento de la constante de Planck; conocimiento de la constante de gravitación; Conocimiento de la permitividad eléctrica en el vacío; conocimiento de la permeabilidad magnética en el vacío. Identificación de conceptos químicos: conocimiento de capa de valencia. Identificación de concepto de lenguaje en individuos: repetición de sonidos, identificada; ratio de entropía, calculado. Nivel de posibilidad de comunicación: bueno. Información de cod/decod descargada a dispositivo móvil. Información topográfica descargada a dispositivo móvil. Información de entorno descargada a dispositivo móvil.

«Cuánto por enseñarles», se dijo. Ubicó la vivienda de los nativos. No se detectaban problemas en el camino. Revisó, otra vez, su equipo. Emprendió la marcha. La más grande marcha. La que le daría sentido a su epopeya. La que salvaría la memoria de su mundo. La que salvaría a este nuevo mundo de sí mismo.

 

Se sorprendió con el tamaño de la vivienda. Los nativos debían ser enormes. Consultó con su dispositivo móvil. Presionó «Fisonomía» en la pantalla. Allí estaba la información. Si. Había dos que tenían unas cincuenta y cinco veces su tamaño. Los otros dos, eran unas treinta y siete veces más grandes.

La adrenalina lo inundaba. Ese era el momento. Entró a la vivienda.

 

La mujer se levantó para llevar los platos a la pileta de la cocina. La cena había estado bien. Su marido estaba satisfecho y le guiñó un ojo. A los niños les encantaba el pollo al horno.

Dio dos pasos y miró al piso.

—¡Puta madre! —dijo, y dio un fuerte pisotón que resonó en el comedor.

—¿Qué pasó? —la interrogó su esposo.

—Nada. Una cucaracha —contestó ella.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

 

PLASTER CASTER

Domenico Gallo

 

Conozco a Rachel Plastercaster en su elegante loft, en el último piso de un viejo edificio industrial de Nueva York.

—Esta era la sede de una empresa que fue asaltada durante las grandes huelgas del 19. Los obreros derrotaron a la milicia privada, los Pinkerton, creo, y entraron aquí durante una reunión del consejo de administración. Fue una auténtica carnicería. —Rachel me invita a sentarme en el archipiélago de sofás que ocupa el enorme espacio en el que nos encontramos—. Tengo cuarenta y siete años —continúa, riendo, mientras se sirve un vaso de vodka—. ¿No tenías curiosidad por saberlo?

—No sé si habría tenido el valor de preguntarlo —respondo, un poco intimidado por encontrarme frente a una de las groupies más famosas de la historia del rock. Mientras tanto, trago un sorbo demasiado generoso del licor que tengo en la mano.

—¿Dónde escribes? —me pregunta Rachel con alegría. Evidentemente el nombre de la revista que le repetí por teléfono no se le quedó grabado.

Le paso un ejemplar. A pesar de los años sigue siendo una mujer atractiva, rubia, alta, con dos ojos azules cansados y acuosos.

Pulp. Un bonito nombre —me dice amablemente mientras hojea la revista con rapidez—. ¿Tiene algo que ver con Tarantino? Yo lo conocí en una fiesta horrible allá por Orlando.

—Digamos que nos gustaba su recuperación de la cultura popular. —Rachel me observa con aburrimiento y sonríe—. ¿Cómo empezaste tu carrera de groupie? —pregunto de pronto, dando comienzo a la entrevista.

—Por casualidad —ríe y lanza Pulp sobre el cojín de un sofá—. Estaba en Chicago, en un concierto de Alice Cooper, y me puse a esperar al grupo fuera de los camerinos. Había un gentío gritando y empujando. Recuerdo que un gordo sudado se me pegó y no dejaba de meterme las manos entre los muslos. Entonces se abrió la puerta y un gorila nos preguntó, a mí y a un par de chicas que estábamos allí delante, si queríamos entrar. Naturalmente dije que sí. —Rachel vuelve a reír, mostrando una fila de dientes excepcionalmente blancos—. En diez minutos me encontré en una orgía.

—Háblame de Alice Cooper…

—Y quién lo vio… Aquellos eran solo los técnicos del grupo, pero me quedé con ellos, moviéndome de concierto en concierto, hasta que conocí a Cynthia. Fue en Buffalo, estaba detrás de Eric Clapton…

—¿Ya había empezado con los moldes?

—Claro, aunque no tenía muchos. No se le daba muy bien…

Rachel se levanta y me invita a seguirla.

—Ven, te muestro mi colección.

Me precede hasta un pequeño estudio. Detrás de dos puertas de cristal, los moldes están dispuestos con orden impecable, blancos o grises, como una colección de soldaditos o de relojes. Me acerco para leer las plaquitas colocadas con precisión delante de cada objeto.

—Eric Burdon, Ricky Fataar, Pete Townshend, Sterling Morrison, Mascara Snake, Noel Redding, Carl Palmer, Jimi Hendrix, Neil Young, Frank Zappa…

—También él —exclamo sorprendido al observar el molde del pene que reposa junto a decenas de otros—. Pensaba que Zappa…

—También Zappa, naturalmente.

Rachel abre la vitrina y empuña el trofeo con las manos. Produce una impresión particular ver a esta mujer sosteniendo una copia en yeso del pene de Frank Zappa.

—Cynthia no lo logró, pero yo fui más insistente.

Vuelve a reír, feliz por el regreso de aquellos recuerdos.

—¿Cómo lo hacían? —pregunto un poco incómodo.

—Al principio seguía a Cynthia Plastercaster, que fue quien tuvo la idea de los moldes. Abordábamos sin falsos pudores a las estrellas del rock; Cynthia preparaba el molde mientras otra del grupo, a menudo yo, nos encargábamos del pene de la víctima…

Rachel empuña el pene de Frank Zappa y se lo acerca a los labios.

—En fin, lo tomaba en la boca hasta que estaba lo suficientemente duro para el molde, luego Cynthia lo colocaba en una forma llena de alginato, un polvo usado para moldes dentales. Y listo.

Rachel me pone el molde de Zappa en la mano para sacar otro de la vitrina.

—Jimi Hendrix me volvía loca —dice poniéndome delante el pene de mi guitarrista favorito—. Estaba tan excitado que eyaculó dentro del molde…

—¿Y cuándo dejaron de hacerlo?

—Nunca.

Me sonríe mientras vuelve a guardar las reliquias.

—Me buscaron para hacer un molde de Kurt Cobain, pero la era del rock había terminado, al menos para mí.

Rachel abre una caja metálica.

—Sigo con otros sujetos que me interesan: performers, periodistas, algún recordista de atletismo, amigos, entrevistadores…

Se vuelve hacia mí y vuelve a reír.

Rachel cruza la habitación lentamente hasta el equipo de música. Comienzan los acordes de “New Age”, una vieja canción de los Velvet. La veo de espaldas mientras manipula una mesita, luego oigo el ruido de un grifo abierto. Rachel se desabrocha la camisa y la arroja sobre una silla de mimbre. Los pechos son pequeños, con las areolas oscuras. Un pequeño tatuaje azul, casi indistinguible, de forma indefinida.

—Siéntate aquí, Pulp.

Me hundo en un sofá mientras Rachel me quita los jeans.

—No eres como Zappa… ya estás casi listo.

Cerca de ella, en el suelo, hay un recipiente que contiene una pasta repugnante.

La música continúa mientras Rachel me lame el glande y me masturba con delicadeza.

—Bien, ahora te hago el molde.

—¿Y si se pone…?

Las palabras no me salen con facilidad.

—No te preocupes, soy una vieja plastercaster.

Rachel se quita los jeans y toma uno de sus penes de la vitrina. Se tumba a mi lado y me lo ofrece. Sin pensarlo, la penetro.

—¿De quién era este? —pregunto mientras voy y vengo y mi pene está prisionero del molde.

Rachel me besa.

—De uno de Afterhours —confiesa suspirando—. Pero no te diré de cuál.

Domenico Gallo (Génova, 10 de julio de 1959) es un escritor y traductor italiano. Ha ganado el Premio Italia en tres ocasiones. Dirige la colección Fantascienza e Società para Mimesis Edizioni y es uno de los aficionados más activos a la ciencia ficción italiana. En 1979, lanzó Crash, una publicación underground dedicada a la crítica de ciencia ficción (dos números). Posteriormente, junto con Bruno Valle, editó Intercom, el fanzine italiano de mayor trayectoria en la historia de la ciencia ficción (149 números), que posteriormente se convirtió en una revista digital. En la década de 1970, militó en Un'Ambigua Utopia, el colectivo marxista de estudios sobre lo imaginario.

 

LA ÚLTIMA ARENA SOBRE LA COLINA DEL VIENTO

Husein Kamel Sadoon

Viví dentro de un libro. Era una novela romántica escrita por un joven autor brasileño. Me sumergí tanto en la lectura que terminé entrando en uno de sus capítulos, donde dos amantes necesitaban inmortalizar sus encuentros en un parque público.

Sentí un mareo intenso; mis ojos parecieron volverse metálicos. El paso de la realidad al mundo de la novela fue denso, cargado de humo y vertiginoso. No me dio tiempo ni siquiera de arreglar mi cabello para el encuentro de los amantes, mientras ellos buscaban a alguien que documentara su sesión fotográfica conmemorativa.

Me deslicé entre los árboles como un conejo. No percibieron mi presencia. Me acerqué, hablé con ellos y acordamos realizar cuatro sesiones en distintos lugares del parque.

En la última sesión me volví audaz. Le indiqué al joven que la besara de una sola vez, con calma y en silencio. Ella se negó, temerosa de que algún conocido los viera en el parque y se arruinaran sus citas. Sin embargo, tras una breve conversación romántica, la joven cedió. Él se acercó y posó sus labios sobre los de ella, mientras yo permanecía cerca, observando desde detrás del lente, como si asistiera a una escena cinematográfica.

Cuando terminé, les di una fecha para recoger las fotografías y salí del libro rumbo a casa, hacia la mesa de lectura, con el deseo de conocer el destino de aquellos amantes que se perdieron de mi vista entre la multitud, como una hoja que cae de un árbol y el viento dispersa en el bosque.

Salí en busca de un autobús que me llevara a casa. Todos estaban repletos de pasajeros, lo que me obligó a dirigirme a la estación del tren. Cuando llegué, ya había partido. Quedé atrapado dentro de la novela sin haberlo previsto; todas las salidas estaban cerradas. Incluso el taxi me resultaba extraño y amenazante, hasta que terminé vendiendo mi cámara, después de revelar las fotos y entregarlas al guardia del parque.

La única solución que se me ocurrió fue avisar a mi familia. Llamé a mi hermano, quien me había advertido que no entrara a mi habitación durante la lectura y que cerrara la puerta detrás de mí. Pero había olvidado el título de la novela. Mi hermano Ahmed era un lector apasionado de libros religiosos; ¿cómo convencerlo de que estaba leyendo una novela romántica sobre dos amantes en Brasil? Pensé en extenderle la mano para que me sacara de allí, pero sabía que no sería fácil. Decidí arrastrarme hacia él cuando rompió la puerta de mi habitación y entró. Aun así, me sentía prisionero del mundo narrativo por haber olvidado el título del libro. No revisó mis cosas. Tal vez el título era “El amor en un parque público” o “La última arena sobre la colina del viento”. No me encontró ni el parque ni las arenas de Brasil. Y aquí sigo, esperando que los lectores me rescaten para regresar sano y salvo a casa.

 Traducción Abdul Hadi Sadoun

Husein Kamel Sadoon es un cuentista iraquí contemporáneo pertenece a la nueva generación de escritores de cuento en Irak posterior a 2003. Inició su trayectoria centrada en el relato corto, y su estilo se caracteriza por la experimentación artística y un lenguaje condensado de fuerte dimensión visual y simbólica. Ha publicado dos libros de relatos; Quien encontró la sandalia de Gandhi (2022) y El barrendero del Apocalipsis (2025). Es considerado una de las voces narrativas prometedoras que buscan renovar la forma y el contenido del cuento iraquí contemporáneo.

 

lunes, 16 de febrero de 2026

UN INTRUSO

Pragya Gautam

 

La acción de este relato se desarrolla en un pueblo enclavado entre las aisladas y brumosas colinas de Himachal Pradesh, en la India. Yo estaba sentada con la señora Liza en su cabaña, oculta entre antiguos cedros deodar. La anciana debía rondar los ochenta años, pero sus ojos agudos conservaban aún el brillo de una mente lúcida. Era una científica jubilada y vivía sola en ese lugar, a cientos de kilómetros de su tierra natal.

Mis ojos se posaron en su rostro sereno. Mientras la escuchaba, observaba con atención cada una de sus expresiones faciales.

—… Así que sí, como te relataba, solía hacer muchos viajes de ese tipo por mi trabajo en aquellos años… Tenía entonces treinta años, era una mujer joven y entusiasta, completamente entregada a mi labor… Estaba ganando reconocimiento internacional como astrobióloga… —dijo, y se detuvo un instante. Su rostro reflejaba la gloria de su pasado—. Lo que te voy a narrar ocurrió cuando fui invitada al sur de Arizona. Allí se encontraron restos en un desierto aislado, cerca de un pueblo. Aquellos desechos sospechosos fueron enviados al laboratorio. Tras inspeccionarlos y recoger muestras, fui por la tarde a reunirme con los aldeanos. Fue allí donde lo conocí por primera vez…

Mientras hablaba, comenzó a limpiar sus gruesas gafas, y luego se sumió en pensamientos profundos. Sus ojos, de un azul claro, parecían buscar algo muy lejos. Aquellos instantes intensos realzaban su brillo, ocultando su verdadera edad. Apartó suavemente uno o dos mechones dorados de su corto cabello cortado estilo bob. Mi mirada viajó de su rostro a la bandeja antigua y a las dos encantadoras tazas de café que estaban sobre la mesa. Cada taza tenía un nombre escrito: una decía Liza y la otra Royce.

—El café se está enfriando, señora Liza… —dije para sacarla de su ensimismamiento.

—Oh, lo siento… por favor, bébelo… —dijo, y tomó la taza que tenía escrito “Liza”.

Yo dudé en tomar la otra taza. La dejé de nuevo en la bandeja y luego bebí mi café de un solo trago; a esas alturas ya no podía decir que estuviera caliente. Ella seguía bebiendo despacio y, con cada sorbo, parecía hundirse más en sus pensamientos. No pude evitar observar la habitación.

Detrás de ella, en una pared marrón chocolate, colgaban varios cuadros grandes. A mi derecha había ventanas cubiertas con cortinas blancas y vaporosas. La brisa suave que entraba por una ventana abierta apartó ligeramente la tela. Era el inicio de la primavera. Los geranios de rojo intenso del jardín esparcían un aroma embriagador en la habitación con cada ráfaga, haciendo el aire más fresco.

Su rostro redondo adoptó, por un momento, la expresión versátil de una adolescente. Un rubor encantador le subía de las mejillas a las orejas, sus labios se curvaron en una sonrisa inocente y las finas arrugas de la edad alrededor de la boca parecieron borrarse de golpe. Al posar la mirada en mí, continuó hablando.

—¡Qué personalidad tan carismática tenía! Al principio no le presté atención. Era por la naturaleza de mi trabajo… no se me permitía compartir información con otras personas. Luego ocurrió como Dios quiso… llamémoslo coincidencia… se cruzó conmigo en distintos lugares… No sé qué me impulsó a revelarle todo sobre mi investigación… Tenía algo que atraía. Incluso le conté cosas que no debían haberse contado… Solíamos tener discusiones largas… insistía en que declarara errónea mi investigación… Sin duda discutíamos, era una guerra de palabras… pero me gustaba… Tengo muchas fotos de aquellos días… ¿te gustaría verlas? —preguntó, emocionada, sosteniendo la taza con ambas manos.

—Sí, claro… y después se casó con él, ¿verdad? —pregunté.

—Él no quería casarse, pero cuando insistí y lo presioné, aceptó. Pero apenas unos días después… —se detuvo, sin terminar.

—He oído que también tuvieron un hijo… —dije. Al oír eso, los ojos brillantes de la señora Liza se volvieron sombríos y se llenaron de lágrimas. Sentí de inmediato mi metida de pata. Me levanté, algo desanimada—. ¿Quería mostrarme algo, señora Liza? —intenté cambiar su ánimo.

Ella dejó la taza en la bandeja y se puso de pie.

—Ven conmigo, por favor… —dijo, avanzando.

La seguí: crucé el pasillo y entré en el estudio. Era una habitación espectacular, decorada con piezas artísticas. Me indicó que me sentara en una silla cercana y comenzó a sacar cosas de un armario. Tenía una colección de objetos raros que quería enseñarme. Colocó con cuidado un álbum pesado sobre la mesa y sacó algunas fotografías. Eran imágenes de cosas que se habían encontrado entre aquellos restos en el sur de Arizona. Empezó a hablar de ellas con entusiasmo. Ya no parecía melancólica.

Pero yo, sinceramente, no tenía interés en esas cosas: en aquellas fotos nada se veía entero ni sólido. Eran solo desechos; además, algunas imágenes se habían vuelto borrosas con el tiempo.

En una fotografía aparecía un fragmento cuadrado pequeño. A ella se le iluminaron los ojos al verlo.

—Esta pieza se encontró allí mismo. La envié para análisis de ADN… —dijo.

En otra fotografía aparecía un hombre apuesto.

—¿Es Royce? —pregunté, impulsada por la curiosidad.

—Oh, no, no… Este es el doctor Mike… un astrofísico. Esos restos se estaban examinando bajo su supervisión… Y este sí es Royce… —extendió el brazo para mostrarme otra imagen.

—Vaya… impresionante… —dije, cambiando de expresión.

Medía casi dos metros. Era un hombre llamativo, de presencia firme. Sus rasgos sugerían que provenía de Oriente Medio. La foto estaba tomada cuando miraba la puesta de sol, de pie junto a un lago. En otra imagen, los dos estaban sentados en una mesa de café, absortos el uno en el otro.

—Su rostro… quiero decir, él… —me interrumpí.

—¿Verdad que era apuesto? Como te decía: lo conocí cuando fui a visitar el lugar donde se hallaron esos restos.

—¿Qué hacía él allí? —mi curiosidad no tenía límites. Ahora la historia me interesaba de verdad.

—Parecía ansioso y caminaba de un lado a otro. Cuando me vio, se acercó por iniciativa propia. Me quedé atónita al verlo. Su rostro mostraba que no pertenecía a ese lugar… pensé que era un turista… —se detuvo un momento. Y luego me contó la historia—. Era un atardecer agradable. El clima en el sur de Arizona era como el de aquí ahora. La primavera acababa de estallar, cubriendo todo con mantos de flores intensamente coloridas. En el desierto florecían los cactus, los carrasquillos y el incienso. El entorno resultaba embriagador. —Hizo otra pausa y continuó—. Después de trabajar todo el día en un laboratorio cerrado, yo estaba agotada. Por la tarde fui sola a visitar el sitio. Quería hablar con la gente local para saber más sobre el incidente. Mientras conversaba con los aldeanos, él se acercó a paso rápido. Parecía un poco desaliñado. Me llamó la atención al instante. Se me olvidó todo: me quedé mirándolo unos segundos. Se detuvo a cierta distancia y escuchó nuestra conversación con mucha atención. Al rato se acercó a mí.

—Hola, soy Royce… Llevo aquí unos días… —se presentó.

—Ah… bueno… ¿podrías decirme qué fue lo que notaste allí? —pregunté de inmediato.

—Sí. Yo estaba caminando cerca de ese lugar… oí una explosión a cierta distancia y luego se incendió… pronto se reunió la gente del pueblo… y entonces… entonces me fui. ¿Tienes idea de qué pasó? —me preguntó, describiendo la escena.

—Todavía no… algunos dicen que algo cayó del cielo…

—¿De verdad? No lo creo… ¿tú también estás de viaje?

—No, no… Soy investigadora… Me llamo Liza. Vine a visitar el instituto de investigación de aquí por mi trabajo… y pensé en pasar por aquí a mirar…

Mi presentación fue breve e insuficiente.

—Es un placer conocerla, señora Liza… Oí que la gente del instituto se llevó el objeto que causó el incendio… —dijo.

—Sí, es cierto. Los aldeanos dijeron que cuando vieron aquello, estaba en llamas. Ellos apagaron el fuego… En fin… por suerte se salvaron algunas cosas… Ah… ¿qué te pasó en la mano? —pregunté al ver la venda en su mano derecha.

—Nada grave… solo una herida leve… Me pasó al correr para alejarme del área de la explosión… me apuré y me choqué con un cactus —explicó.

—¡Dios mío! Espero que no sea un corte profundo… —se me escapó.

—No se preocupe… es poca cosa… ¿puedo saber algo de esos restos? —preguntó.

—Se está investigando… los resultados tardarán… pero es confidencial —dejé claro.

—Le agradecería mucho si me ayuda con eso… —sus ojos rezumaban esperanza.

—Lo siento, tengo restricciones… —repetí.

Royce se desanimó al oírme. Estuvo un rato con nosotros, con los aldeanos y conmigo. Luego llegó un coche del instituto para recogerme.

Durante la investigación de las cosas halladas entre los restos, vi un bloque cuadrado grande, liviano, hecho probablemente de algo como fibra. Era lo único que no se había quemado por completo. Una parte seguía sin chamuscarse. Esa zona estaba cubierta por una sustancia pegajosa. Al analizarla, descubrimos que eran partículas de sangre y de carne. Yo me entusiasmó muchísimo. Mi viaje iba a ser un éxito. Envié esa muestra al laboratorio para que la examinaran. Dos días después recibí el informe. El equipo del doctor Mike y yo estábamos emocionados. El reporte bastaba para volver el asunto sensacional en todas partes. Era momento de hacer un estudio exhaustivo…

Me lo encontré otra vez en un café el día antes de que yo me fuera. Estaba con el doctor Mike y otros compañeros. Royce se acercó con gesto amable. Le presenté a Mike. También le pidió a Mike que le mostrara esos restos. Mike, astutamente, desvió el tema y empezó a hablar de asuntos relacionados con otros países. El pobre Royce no entendía nada…

Yo le dije que salía a la mañana siguiente. Él se veía molesto y me contó que también se iría en uno o dos días.

A la mañana siguiente tomé el vuelo hacia Ginebra. Me quedé allí una semana, cargada de recuerdos: el césped verde del Departamento de Astrobiología en la Universidad del Sur de Arizona, mi trabajo en el instituto hasta medianoche, discusiones detalladas durante horas con café sobre “vida en el espacio”, paseos por senderos floridos con Mike y otros colegas, una visita al Observatorio Nacional de Kitt Peak, los resultados sensacionales de las muestras… Todo era estimulante y emocionante.

Y, además, había otra cosa: un recuerdo agradable, un rostro encantador que no se apartaba de mi vista, algo que me hacía doler el corazón de vez en cuando… sus ojos curiosos e inocentes, su deseo de saber sobre aquellos restos… y mi reticencia.

Volví a concentrarme en el trabajo en un instituto de Ginebra y casi lo olvidé. Continué con la investigación de las muestras. Se realizó el mapeo y la secuenciación del genoma completo. Los resultados indicaron que esos genomas pertenecían a un ser humano. Pero quedamos atónitos al descubrir que el cromosoma “Y” había desaparecido por completo de la célula.

 

—Tres meses después —continuó Liza—, yo estaba en la India, ese país famoso por su conocimiento, su antigua historia científica y su patrimonio arqueológico. Supe de una biblioteca y un museo en Himachal que podían aportar material esencial para mis intereses e investigación. Allí me lo encontré otra vez, en la biblioteca. Ese encuentro inesperado me llenó de alegría. Me alojé un mes en una cabaña cercana. Él vivía con un yogui del Himalaya en un ashram, un monasterio. Desde entonces, se volvió rutina vernos a diario en la biblioteca.

No entendía por qué estaba tan empeñado en probar que las antiguas escrituras eran imaginarias o fantasiosas. Y… no sé… en esas largas discusiones, terminé revelándole los resultados de las muestras…

—Liza, ¿por qué crees que otras civilizaciones evolucionadas están en contacto con la Tierra? —preguntó.

—Antes no lo creíamos, y nuestros proyectos se limitaban a buscar microorganismos en cuerpos celestes… Pero después de recibir los resultados de las muestras halladas entre los restos del sur de Arizona… cambiamos nuestra percepción… —Me arrepentí de haber hablado sin freno.

—¿Qué era exactamente lo que encontraron en esos restos? Te lo pregunté muchas veces… y nunca me lo dijiste —aprovechó.

—Está bien… hoy lo sabrás. Puedes refutar lo que dicen los libros… puedes negar las hipótesis… pero no puedes negar la evidencia: la muestra que encontramos allí. No puedes negar los resultados de las pruebas… Obtuvimos de esos restos partículas de sangre idénticas a las de un ser humano desarrollado. —Por fin lo satisfice.

—Ah… así que era eso… Pero ¿cómo puedes afirmar que todo lo que cae del cielo está relacionado con una civilización espacial lejana?

—Tienes razón… podría ser una nave de la Tierra, o algo distinto… Pero los científicos del sur de Arizona vieron algo sospechoso. Yo ya había trabajado antes con Mike como especialista… por eso me llamó de inmediato… y los resultados fueron realmente impactantes. Ese ADN era de criaturas humanoides, pero algunos genes eran extraños. Suponemos que están más avanzados en la evolución que nosotros. Mi investigación lo demostrará con el tiempo.

Por fin le revelé todo sobre mi trabajo. Me escuchó con paciencia, pero no respondió de manera concreta. Seguimos viéndonos cerca de un mes. Esta vez yo quería pedirle su número de contacto, pero se fue sin avisarme. Incluso fui al ashram donde se alojaba y le pregunté al yogui, pero tampoco supo decirme nada. Me sentí triste y deprimida. No podía olvidarlo ni un instante. Su presencia majestuosa y sus ojos profundos me hacían confiar en él más allá de las discusiones que sosteníamos.

Pasó aproximadamente un año. Terminé mi investigación: realicé un estudio amplio y detallado de las proteínas y enzimas codificadas por esos genes peculiares, mediante métodos in vitro y en algunos organismos pequeños.

Entonces volví al sur de Arizona por invitación de Mike.

El doctor Mike, que lideraba la investigación, el doctor Irwin, que era coautor, y yo nos reunimos después de unos dieciséis meses. El propósito principal era discutir en detalle los resultados.

Nos sentamos otra vez, al atardecer, en el césped del Departamento de Astrología. El resto del personal ya se había marchado. Podíamos hablar sin interrupciones.

—¿Sabes, Liza, de qué estaba hecho el segmento del cual obtuvimos las muestras de ADN? —preguntó Mike.

—¡Sin duda era una sustancia inusual! Tengo muchas ganas de saberlo —respondí.

—Es un material artificial hecho con materia orgánica. Es extremadamente liviano, resistente, tolera el calor y también es resistente al agua.

—Con razón se salvó del fuego… ¿podría compararse con nanomateriales?

—Desde luego. Pero todavía no hemos sido capaces de fabricar algo mejor.

—Pero… ¿por qué el resto se quemó?

—Tienes razón… queda mucho por explorar. Si era una parte externa de una nave, entonces el resto también cayó en algún punto… que no logramos encontrar…

—Exacto, Mike. Hay muchos eslabones perdidos para cerrar esta investigación… Nosotros ya hicimos un estudio amplio de las proteínas codificadas por ese ADN; te envié los resultados por correo…

—Sí, los revisé… Ese genoma tenía solo un cromosoma, el X… no había cromosoma Y… pero todos los genes que normalmente están en el Y también estaban presentes en otros cromosomas… Es decir: era completamente masculino aun sin cromosoma Y. Sus genes indican una capacidad increíble para ver y distinguir colores… una memoria asombrosa… y una densidad ósea e inmunidad extraordinarias…

—Exacto… Según la teoría de la evolución, con el tiempo los seres humanos perderán el cromosoma Y. En realidad, el Y proviene del deterioro del X. Gradualmente desaparecerá por completo. Ese hombre no pertenece a otra especie: es un hombre del futuro… —planteé mi idea.

—Pero entonces… ¿de dónde vino ese Hombre del Futuro? Nosotros solo teníamos las muestras de ADN y el fragmento que las contenía. El resto de la evidencia se volvió cenizas…

—Mike, por favor reabra la investigación… quizá queden restos enterrados bajo la arena, en algún lugar del desierto…

—Mmm… Liza, estoy de acuerdo. Lo intentaremos —prometió.

Me quedé allí unos días más. Diseñamos un plan para nuevos experimentos. Tras terminar esa tarea, me fui a visitar zonas remotas del sur de Arizona.

Rodeada de colinas rojas y naranjas, Sedona me cautivó. Es un lugar espiritual. Allí se señalan ciertos puntos como sitios de alta energía. Quise quedarme unos días para experimentarlo. Y allí… volví a encontrarme con él. Parecía que su presencia me atraía.

Ahora quería saberlo todo sobre Royce. Una vez me dijo que originalmente era de “Ashia”, pero que ahora era ciudadano allí. Había estado involucrado en muchos negocios y ahora viajaba.

Me impresionaron su personalidad y su sabiduría. Yo veía en él a un compañero de vida.

En ese lugar espiritual, Sedona, le propuse casamiento. Él dudó un poco. Dijo que le gustaba vivir como un errante. Reveló que tenía propósitos importantes en la vida. Yo acepté todas sus condiciones.

Nos casamos en la India, según rituales védicos. Luego vivimos aquí. La India se convirtió en nuestro hogar definitivo. Yo empecé a trabajar en un instituto como profesora invitada. Royce abrió un Centro de Estudios y Yoga aquí, gastando todos sus ahorros. Los meses siguientes fueron los más hermosos de mi vida. Este fue nuestro pequeño hogar en este lugar tranquilo y bendito del valle del Himalaya. El centro de Royce quedaba algo lejos de aquí.

Yo estaba embarazada. Se lo conté a Royce… No sé… pero quizá no le alegró la noticia… tal vez no quería sentirse atado. Quería ser libre de responsabilidades. Un día se fue… y nunca regresó.

Caí en depresión. Sufrí hipertensión. Ningún medicamento lograba mejorarme. Aun así di a luz a un bebé precioso, pero los médicos no pudieron salvarlo… Poco después de nacer, empezó a enfermar…

Cuando le hicieron ciertas pruebas, descubrimos que él tampoco tenía cromosoma Y…

 

Liza terminó su historia. Vi cómo su rostro palidecía al decir la última frase. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, congelándome la sangre.

¿Quién era Royce? ¿Un hombre llegado de un futuro distante? Probablemente él mismo destruyó aquellos restos. Quizá no quería que nadie investigara y descubriera el secreto…

Tal vez por eso se lastimó la mano…

En realidad, no era el final de la historia de Liza. Ahora era nuestra misión explorar los eslabones perdidos de la investigación que Liza y el doctor Mike habían realizado años atrás.

Pragya Gautam es profesora de ciencias de la vida, comunicadora científica y autora de Kota, Rajastán, India. Ha participado activamente en la redacción y comunicación científica durante casi una década. Más de 50 de sus artículos científicos se han publicado en revistas de prestigio. También ha realizado importantes contribuciones a la literatura infantil. Sus relatos de ciencia ficción se han traducido al maratí, panyabí, bengalí y urdu. Dos de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en la revista alemana Inter Nova, y su obra también ha aparecido en la prestigiosa revista Zero Gravity, ganadora del Premio Hugo. Entre sus libros publicados pueden mencionarse las colecciones y novelas de ciencia ficción Aloukik aur Anya Kahaniyan, Dharti Chhodne ke Baad, Kuntala and Other Stories, Antariksh ki Sair, Bhavishya Purush y Titliyon ki Rochak Duniya.

PRESENTES DE LOS MAGOS

Anatoly Belilovsky

 

Gregor Samsa, una mañana, despertó de sueños inquietos para descubrirse transformado en una cucaracha gigante. La metamorfosis lo asustó de un modo casual y momentáneo, como podría serlo despertar en una habitación de hotel desconocida, como la oscuridad en la que había despertado. Flexionó sus miembros; su crisálida se fracturó con chasquidos, y la luz del sol matinal inundó sus ojos compuestos. Intentó parpadear, pero, aunque no lograba sentir los párpados cerrarse, sus ojos se ajustaron a la luz mucho más rápido de lo que los antiguos habrían podido; en un instante, toda la habitación quedó enfocada con nitidez.

No necesitó inclinar la cabeza para ver cada fragmento de quitina caer girando hasta el suelo, brillando bajo la luz del sol. Vio cada grano de polvo en los rayos inclinados, cada flor en el papel tapiz, cada arruga en su cama.

La puerta se abrió. La hija de Samsa asomó la cabeza en el cuarto.

—¡Hola, papá! —gritó, y desapareció.

Él oyó con claridad sus pasos, y nuevas armonías en su timbre. Intentó memorizar su rostro tal como lo veía ahora, y su voz.

Luego registró olores: el aroma familiar de su esposa antes que cualquier otro; después, el olor del café oscuro y fuerte, cargado de azúcar, que emanaba de la cocina. Hubo un tintineo, pasos más lentos y pesados; la puerta crujió y se abrió por completo.

La esposa de Samsa cruzó la puerta con el café, sosteniendo con ambas manos un cuenco medio lleno. Lo llevó lentamente y lo depositó frente a él, en el suelo; luego se sentó en la cama. Por un momento, Samsa orientó la parte más densa de sus ojos hacia ella. Vio nuevas arrugas, ojos enrojecidos, lágrimas secas. Giró y sumergió su probóscide en el café, sacándolo de foco, pero no de vista.

—Sé que no puedes hablar —dijo ella. Miró hacia abajo, se alisó el cabello hacia atrás y volvió a mirarlo—. Hablaré por los dos. Tú dirás: “Es solo por un mes, ya lo sabes”. —Ella aspiró por la nariz—. Y yo pensaré: un mes entero. Imaginaré los tubos, los túneles y los peligros, y tú me dirás que ahora eres un profesional altamente entrenado y… —Intentó acariciar su caparazón; sus manos temblaban, y por un momento sus dedos tamborilearon sobre el tórax inflexible. La mano retrocedió—. Es la idea de que estés bajo tierra —dijo ella—. Y, sinceramente, de que no estés aquí. Ojalá no tuvieras que hacer esto. Siempre te preocupaste por mí cuando volaba, y yo siempre decía que soy la mejor piloto en el cielo. Siempre estaba atenta a todo, siempre sabía lo que todos hacían. —Apretó los labios—. Excepto tú. —Sus manos vagaron como si buscaran algo familiar: instrumentos, controles de propulsión, empuñaduras; cualquier cosa—. ¿Por qué no…? Oh, demonios, sé por qué no me lo dijiste. Querías terminar de pagar la casa antes de diciembre, para que yo no tuviera que tomar el vuelo a Saturno. Yo tampoco te dije que renuncié. Quería que fuera una sorpresa, que nunca más volviéramos a estar separados tanto tiempo. Y tú hiciste lo mismo. A los dos nos encantan las sorpresas. ¿Recuerdas cómo te propuse matrimonio?

Gregor lo recordó. Un suborbital fletado a París. Veinte minutos de trayecto balístico deberían haber sido tiempo suficiente, pensó ella: propondría, él aceptaría, y luego harían el amor en gravedad cero. Excepto por los diecinueve minutos y tres cuartos de náuseas espaciales de él. Finalmente lo lograron en la Suite Real del Hotel George V, pero él nunca se libró de la sensación de que ella se había decepcionado. Deberías verlos sin peso, había dicho ella con pesar, palpándose los pechos mientras se vestía a la mañana siguiente.

—Y tú me dirás que este cuerpo es prácticamente indestructible, que ni siquiera necesita respirar o comer —continuó ella, con la voz quebrada—, y que la remuneración por el mantenimiento del reactor es excelente. —Se detuvo para enjugar una lágrima—. Mejor que cualquier trabajo de oficina que yo pudiera conseguir. No es fácil encontrar trabajo para una exespacial con una familia que alimentar —concluyó en un susurro.

Debería haber dicho algo, pensó Samsa, anoche. Debería haberla besado.

Un golpe en la puerta. La esposa de Samsa sonrió.

—La criaste bien. Siempre llamar primero cuando tus padres están juntos en el dormitorio. —Se levantó—. Sé lo que dirías si pudieras —dijo ella—. Dirías que me amas y que haces esto por nosotros. Y yo diría que también te amo. Y que te extrañaré. Mucho. No pensaré en nada más todo el tiempo.

Sí que lo harás, pensó Samsa. Pensarás en volar de un modo en que nunca pensaste antes, del mismo modo que yo nunca pensé en el aire hasta que dejé de respirar.

Se dirigió a la cocina con la marcha insípida de una espacial, pero, aunque siempre había sido torpe bajo la gravedad, por primera vez Samsa pensó en un dicho largamente olvidado: “…como si caminara sobre hojas tan afiladas que la sangre inevitablemente acabaría brotando”.

Se detuvo en la entrada con una mano en el marco de la puerta y se volvió para mirarlo. Él podía verla perfectamente sin mover la cabeza, pero parecía correcto levantarla. Ella volvió a flotar hacia el foco total: piel porosa, mejillas flácidas; pero también podía verla entera. Era tan hermosa.

—Me alegra que hayamos tenido esta conversación —dijo ella, esbozando una sonrisa—. Que tengas un buen día de trabajo, querido.

Samsa asintió. Era lo mínimo que podía hacer. Y lo máximo.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

FUE DURA LA VIDA DEL SEÑOR VALDEZ

Carlos Eduardo Sánchez 


  
                           

 “Mis señores, yo no estoy hecho de piedra. 

Sólo soy un hombre y un hombre es el más frágil de los monumentos” 

                                                                                                (Gary Jennings, libro Azteca)

 

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, fue el 29 de abril de 2027. Hasta ese día por vergüenza me había negado a hacerlo, pero la cotidiana y machacadora perorata de María pudo más que mi bochorno: “no podemos seguir con esta situación”, “soy una mujer joven y no puedo vivir continuamente  insatisfecha”,  “lo que más deseo en el mundo es ser madre”, “si no es con vos será con el primero que se me cruce en la calle”, repetía estos y otros reclamos humillantes. Y así, como la gota horada la piedra, su obstinación hizo quebrar mi resistencia.

Con la esperanza de no ser visto por algún conocido, esa mañana fui muy temprano al hospital a inyectarme la nueva medicina rusa contra la disfunción sexual masculina: Putin Plus. Ya, de entrada, el nombre del producto me inquietaba; a esto se sumaba que no podía sacarme de la cabeza las distintas versiones que corrían de él: se rumoreaba que en la inyección se inoculaba un chip; que producía extrañísimos efectos secundarios, y muchas otras alarmantes sospechas.

En el lugar me atendió una enfermera mal gestada quien me hizo pasar a una pequeña sala. Por cómo me miraba, intuí su pensamiento: “es una vergüenza que un hombre tan joven necesite esta droga”. Pero, bueno, mientras tuve el problema, estas especulaciones persecutorias siempre me acosaron; no sé si eran sólo ideas mías. La cuestión es que cerró la puerta y sin muchas vueltas me hizo bajar los pantalones (el medicamento se inyecta en la ingle). Después me ordenó que me quedara acostado un momento en una camilla por si me causaba algún efecto no deseado. Se fue y como a la media hora volvió, en ese transcurso sentí un calor muy intenso en todo el cuerpo; estaba empapado de transpiración.

Apenas me vio, dijo sonriendo:

Veo que el pinchazo ya dio su primer fruto.

Avergonzado, me levanté como pude; la inyección ya había ocasionado en mí un efecto de endurecimiento y volumen; era muy visible.

De pie, me sorprendí de que la enfermera, que antes me había provocado rechazo, ahora me parecía muy atractiva y sexy. Incitado por un nuevo instinto le guiñé un ojo y la miré provocador; pero la mujer, que debía manejar a diario situaciones parecidas, me sacó de patitas a la calle.

Cuando volví a casa, mi esposa no estaba; la esperé impaciente. Llegó cerca del mediodía; apenas abrió la puerta, la arrastré hacia nuestro dormitorio para demostrarle lo que había desatado en mí el fármaco ruso. No salimos del cuarto hasta el día siguiente. Es difícil describir la alegría reflejada en el rostro de María.

En la madrugada del primero de mayo, como si tuviese un receptor de radio en mi cabeza, escuché en directo el discurso de Vladimir Putin a su pueblo en la Plaza Roja. Por alguna razón extraña no me sorprendió este síntoma insólito. Tampoco me pareció extravagante entender a la perfección el idioma ruso. Estaba tan entusiasmado con los resultados del remedio que no me importaron estas secuelas mínimas; supuse que era una estrategia propagandística que por cierto las consideré muy válidas.

Los alcances del medicamento en mi cuerpo eran extraordinarios; me sentía un toro. Cada vez que lo deseaba, mi miembro lograba una rigidez granítica; superaba cualquier prueba a la que lo sometía una María embelesada. Podía, por ejemplo, soportar cargas pesadísimas sin inmutarse. Ella lo hizo pasar por diferentes pruebas. Llegó, en una oportunidad, a subirse y pararse sobre él. Maravillados vimos como mi órgano pudo soportar su peso a la perfección.

A la distancia pienso que quizás esos días fueron los más felices de nuestro matrimonio. No podíamos imaginar lo que nos deparaba el futuro.

Como era de esperar, al poco tiempo ella quedó encinta, fue una gran alegría; lo anhelábamos desde siempre. Con la primera ecografía, felices nos enteramos de que esperábamos mellizos. Debo reconocer que el embarazo fue muy duro para mí porque mi nueva voracidad sexual no podía ser satisfecha por María. Aunque ella, pobre, se llevaba la peor parte; de forma extraña, sin haber engordado demasiado, duplicó su peso normal lo que la obligó a estar en cama casi todos los meses de gestación.

El día del parto los médicos no me permitieron entrar al quirófano porque, según se justificaron, “había algunas pequeñas complicaciones”. No tuve más remedio que aguardar en una sala de espera. Después de un tiempo interminable escuché el llanto de un bebé que me emocionó hasta las lágrimas. Al rato salió del quirófano una enfermera con mi niño en brazos, me dijo que acababa de ser padre de un varoncito sano y fuerte.

Era un bebote bello, rozagante, que parecía mirarme desde unos ojos enormes.

Cuando le pregunté por el otro bebé, mientras huía de la sala, me contestó:

Ya vendrá el doctor a darle más detalles del parto.

Un poco después apareció el médico obstetra. Con gestos muy teatrales me expresó que había sobrevivido sólo uno de los mellizos y que, por suerte, María estaba en perfectas condiciones de salud. Expuso que este parto había sido un caso muy especial y me pidió paciencia para conocer lo sucedido con el otro bebé, porque era preferible que los científicos estudien en profundidad el fenómeno (recuerdo que usó esa palabra), antes de darme mayor información. Me adelantó, misterioso, que en sus muchos años de carrera nunca había visto algo parecido y agregó, con evidentes intenciones de cambiar de tema:

Señor Valdez, ahora disfrute de su hijo, él es un pequeño roble, sano y muy vivaz.

Ese día llegó Tirso a nuestras vidas. El nombre lo eligió María porque así se llama el niño de un cuento de su escritora preferida, Silvina Ocampo.

La alegría de tener a Tirso nos permitió soportar la pérdida de su melliza (sí, era una nena).

Casi una semana después del parto nos citaron de la morgue del hospital para darnos el cuerpo de nuestra hija.

Cuando llegamos al lugar nos esperaba toda una comitiva de médicos.

Nos hicieron pasar a una sala enorme y muy fría. Allí, sobre una mesa de acero inoxidable y cubierta con una sábana blanca, estaba la hermanita de Tirso.

El director del hospital nos expresó que, según investigaron, a nivel internacional no tenían referencia científica de un hecho semejante.

No entendíamos nada hasta que nos llevaron a ver el cuerpo. Debajo de esa sábana había un bebé perfecto; parecía esculpido en mármol blanco.

Otro médico dijo que nunca antes se había observado un proceso de petrificación de tal magnitud en un organismo. Expresó que todas las ecografías indicaban que cada centímetro del pequeño cuerpo se había transformado, literalmente, en una roca.

Ignoramos el pedido de catedráticos de biología y de otras ciencias de diferentes partes del mundo para quedarse con el cuerpo y nos llevamos nuestra hija a su hogar. En el patio de atrás de casa improvisamos un pequeño altar donde colocamos a la niña de piedra; la llamamos Venus.

Por suerte Tirso iluminaba con alegría nuestra existencia. Era un niño muy despierto y sus mohines hacían la delicia de toda la familia.

Al mes siguiente del parto, María, para nuestra sorpresa, quedó embarazada de nuevo. Por desgracia, a los siete meses tuvo un aborto espontáneo. Como en el caso de la melliza de Tirso, esta criatura también vino al mundo como una pequeña estatua. En esta oportunidad fue un varoncito que llamamos David y fue a ocupar un lugar al lado de Venus.

Para esa época empecé a sospechar que esta extraña situación era causa de haberme inyectado Putin Plus. Intenté investigar sobre la droga pero en la web no pude encontrar algo al respecto. Poco tiempo después, orientado por un amigo conocedor de la cultura rusa, en el buscador Yandex de ese país encontré información.

Al contrario de mis presunciones, el nombre Putin de la medicina rusa no está referido al jefe de estado de esa nación, sino al escultor Nicolay Putin, un pariente lejano del mandatario, famoso por su obra escultórica, pero mucho más conocido por poseer un apetito carnal insaciable sustentado por una legendaria potencia sexual. Antes de su fallecimiento, científicos estudiaron con minuciosidad el cuerpo y el contexto social de Nicolay; éste se había prestado gustoso por el bien de la ciencia y de la felicidad de los hombres de su patria. Los estudiosos advirtieron que el artista a diario aspiraba, mientras trabajaba y sin saberlo, el polvillo de un mármol que hacía traer de Siberia. Descubrieron que la inhalación de estas ínfimas partículas daba al cuerpo y a la mente del artista capacidades únicas. Con este increíble hallazgo y tecnología de última generación, desarrollaron la sustancia contra la impotencia que tanto éxito tiene en el mundo. Aunque es un secreto muy bien guardado, parece ser que Putin Plus contiene nanopartículas del mármol que solamente se halla en lugares recónditos de la Siberia oriental.

Todo lo que averigüé en esa oportunidad, no hacía más que confirmar mi sospecha: era este producto el causante de la anormal circunstancia que estábamos viviendo.

Los embarazos incompletos de María se sucedían uno tras otro, más allá de los cuidados que teníamos en nuestras relaciones, incluso en una total abstinencia. A los siete meses teníamos un nuevo bebé estatua que pasaba a formar parte de nuestra prole petrificada.

Cuando Tirso, nuestro único hijo de carne y hueso, cumplió siete años recibimos la visita de tres personas de la embajada rusa. Nos dijeron que se habían anoticiado de nuestro caso y nos ofrecieron colaborar con la crianza y educación de Tirso y con el mantenimiento de nuestra descendencia de piedra. Propusieron otorgarle a toda la familia la nacionalidad rusa para facilitar los trámites burocráticos. Aceptamos encantados porque nos venía muy bien el aporte.

A partir de ese día nuestra vida cambió radicalmente. Lo primero que hicieron los rusos  fue inyectarle un antídoto a María para impedir embarazos no deseados. Nos compraron una nueva casa, enorme, en las afueras de la ciudad, donde tuvimos lugar para acomodar a los once niños-estatua nacidos hasta ese momento.

Tirso creció con muy buena educación; tiene gran facilidad para los idiomas y una sensibilidad especial para el arte. Desde adolescente tuvo un gran apetito y potencia sexual y, para colmo, mucho éxito con las chicas; a varias dejó embarazadas. Como le había sucedido a su madre, las gestaciones de estas muchachas nunca superaron los siete meses, produciéndose el alumbramiento de bebés estatuas de los que nadie quería hacerse cargo. Esos pequeños nietos de piedra pasaron a ser parte de nuestra multitudinaria familia.

Él, desde muy joven, se transformó en un reconocido escultor. A los quince años ya había expuesto en galerías de arte de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades importantes de Europa y América. Yo, que ya me había acostumbrado a escuchar las noticias rusas a través del receptor en mi cabeza, sentía mucho orgullo cuando lo nombraban.

Hoy es un joven exitoso en todos los aspectos de la vida y, en la actualidad, muy famoso. Gracias a sus dotes físicas, recibió una propuesta de productores de Bolywood para hacer cine porno en Bombay; obviamente, él aceptó con mucho entusiasmo.

En el único país donde están prohibidas sus películas es en Estados Unidos porque sospechan que es un agente encubierto de la nueva KGB que envía mensajes subliminales en sus filmes para propagar ideas comunistas. No me consta, pero como es un chico muy inquieto, no me sorprendería que sea cierto.

María y yo cobramos una renta que nos otorgó el gobierno ruso y, a pesar de que hace tiempo estamos separados, juntos hemos realizado exhibiciones de nuestra prole de piedra. Gracias a esta actividad pudimos viajar por distintos lugares del mundo.

Nuestro matrimonio se terminó no por falta de amor;  al menos de mi lado, fue todo lo contrario, pero hace ya algunos años ella me pidió que me fuera de casa porque no podía sostener mis exigencias amorosas. Sin darme opción me dijo que me daba libertad para que yo pudiera satisfacer mis necesidades y que, por favor, la dejara en paz.

Aunque ya soy un hombre bastante mayor, Putin Plus todavía tiene efectos notorios en mí, no tan sólo en el órgano para el que fue diseñado, sino también en el resto de mi cuerpo y mi mente.

Hoy  tomo conciencia de que mi existencia tendrá el inexorable porvenir que se determinó cuando me inyecté esta pócima bendita y perversa a la vez. Desde aquel lejano día vienen sucediendo en mí  ínfimas transformaciones que, ahora acumuladas, se manifiestan con una terca pesadez en todo el organismo. Esta creciente carga está haciendo que mi existencia sea cada día menos soportable.

Hasta llego a sentir cierto alivio cuando me doy cuenta de que el momento de mi aliento final está cada vez más cerca. Claro, aunque (vaya paradoja) también me desvela una chocante sensación: saber que, cuando llegue ese desenlace, parte de mis restos no se degradará como se degrada la carne muerta, sino que se mantendrá inmutable para la eternidad. Perdurará como una vulgar piedra y no como el órgano sensible que alguna vez fue.

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”.  Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

                                                    

SONATA PARA UN MUNDO NUEVO