jueves, 13 de agosto de 2026

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO (DOCE)

 

LA VISITA

Claudia Isabel Lonfat

Rosa Lía Cuello & Luciano Lara

 

El viaje desde Flores hasta El Talar de Pacheco, en el viejo coche familiar, era una olla a presión con ruedas. Mi madre, al volante, repasaba su discurso de conciliación como si fuera a recibir un Nobel de la Paz.

—No hay que forzarlos, ¿eh? La naturalidad es la clave. Si los ven nerviosos, se pondrán más nerviosos.

—Claro, tan natural como un flamenco en el Riachuelo —soltó mi padre, desde el asiento del copiloto, lo que le valió una mirada que podría haber derretido el acero.

Yo, desde el asiento trasero, miraba cómo la ciudad se desdibujaba en la autopista. Los negocios de Flores dieron paso a las luces anónimas de la Panamericana, una línea de asfalto que nos llevaba directo al campo de batalla emocional de mi familia. El aire acondicionado no podía con el calor de la expectativa.

La casa en El Talar de Pacheco era exactamente como la recordaba de mi infancia: un chalet de los ‘80 que se resistía a envejecer con dignidad. El jardín del frente estaba decorado con un enano de yeso, orejón, con una expresión de perpetuo susto, al que mi tío-abuelo Roberto llamaba "El Vigía". Mi madre siempre decía que era el ser más feo creado por el hombre, pero ahí seguía, desafiando el buen gusto y saludando a los visitantes con su sonrisa despintada.

Al entrar, el aroma a pasto recién cortado y a las empanadas que tía Rosa siempre quemaba un poco –¡así tienen más carácter!– nos envolvió. Y ahí, en la sala, sentados en extremos opuestos como dos reyes rivales, estaban ellos: mi abuelo Antonio, con su jersey de lana aunque hiciera treinta grados, y su hermano, Roberto.

La noche transcurría y los intentos de mi madre de iniciar un diálogo chocaban contra monosílabos y sorbos de sidra demasiado intensos. Hasta que ocurrió un Hecho… que nos hizo estremecer del susto. Un gran estruendo sacudió las paredes, los objetos de vidrio que la tía atesoraba sobre los muebles y los hizo moverse del lugar que ella pulcramente había elegido para lucirlos.

Nadie se movió de su lugar, los ojos abiertos bien grandes, la respiración acelerada sobre todo la del abuelo y su hermano. No gritamos, no lloramos, para que los tíos no dijeran que éramos miedosos, fue un segundo, que a mí me pareció tan largo, tan extraño, que me permitió pensar como si a mi edad supiera que después de un susto grande siempre sigue una gran calma.

Lentamente, como si fuéramos maniquíes que cobran vida, así comenzamos todos a movernos, músculo a músculo, primero papá movió un brazo, alcanzó el vaso y lo llevó a su boca, después mamá, torpemente agarró una empanada, ni se fijó que era la más quemada. Y le dio un mordisco pequeño, tal vez creyó que si abría más la boca la empanada explotaría.

El calor ambiente nos hacía transpirar y gruesas gotas nos caían por el rostro, mezcladas con alguna lágrima producto del susto. Nadie hablaba. Comimos en silencio, ninguno preguntó qué había pasado. Los grillos no cantarían este día; seguro se habían escondido por el ruido.

Un leve aleteo de pájaros que aterrizaban en las ramas de los árboles del jardín empezó a escucharse sobre el silencio reinante. Yo, mientras mordía la tercera empanada, dije, que estaban ricas. Todos los ojos se clavaron en mí, y me atraganté con la aceituna, mamá me dio un golpe en la espalda y despedí lo que tenía en la garganta.

En ese mismo momento, un ruido más intenso que el anterior, nos sorprendió. Y otra vez nos paralizó, pero nos repusimos enseguida.

—¿Será posible? —gritó el abuelo.

—Calma, hermano —trató de tranquilarlo Roberto—, no te pongas nervioso. —La tía Rosa se apuró y puso la fuente con los fideos en la mesa.

En ese mismo momento algo o alguien abrió la puerta del frente de una patada y lo vimos. El tiempo se detuvo de repente, yo quedé paralizada; apenas pude darme cuenta como parte del relleno de empanada que acababa de llevarme a la boca se deslizaba por sobre el labio inferior para caer desordenado encima del mantel. Alcancé a cerrar la boca y tragar los pocos restos que aún no habían caído. Levanté la vista: todos inmóviles y en silencio; como si fuese una foto familiar de mesa navideña. No había rostros festivos ¡No!, pero seguía siendo una foto.

Me quedé anclada en el tiempo y enseguida recordé cuáles eran los miedos que venían atormentándome desde que supe que mi mamá había aceptado la invitación del abuelo para pasar en “familia” aquel 25 de Diciembre: sería un desastre; yo no tenía dudas, hacía por lo menos cinco años que habíamos dejado de ir porque mamá no soportaba los gritos que se propinaban el abuelo y Roberto.

 —No estoy dispuesta que la comida me siga cayendo mal en Navidad —solía decir todos los años a principios de diciembre cuando el abuelo la invitaba.

—Me parece una sabia decisión. —Mi viejo no se quedaba atrás…

Respiré profundo, levanté la vista: todos seguían ahí, en la misma foto familiar. La voz de mamá se me apareció de repente.

—Me parece que tenemos que ir, Juan —le dijo a mi papá con tono reflexivo —, mi viejo ya está grande; quién sabe si esta no es la última vez…

Mi papá hizo un gesto que denotaba cierta desconfianza: frunció los labios e inclinó la cabeza. Luego asintió…

Y ahí estábamos todos. Inmóviles y en silencio; no había alcanzado el tiempo para las disputas y quizás sí, esta sería la última vez.

—¡Que sabia es la vida —pensé, y entonces recordé, que en semejante barullo, había olvidado que las declaraciones públicas de un presidente argentino, psiquiátrico y temerario, nos habían traído hasta acá.

—Todos al suelo —gritó en inglés el soldado que segundos antes había pateado la puerta —, si obedecen no les va a pasar nada…



SALA DE GUARDIA

Myriam Goluboff

Víctor Lowenstein & Sergio Gaut vel Hartman

 

Ismael Alcántara, obrero de la construcción, treinta y nueve años bien curtidos en andamios y silletas, llegó a la guardia del hospital Santa Eduviges a las ocho y diez de la mañana con un dolor persistente en el costado izquierdo. No era un dolor insoportable, pero sí lo bastante molesto como para convencerlo de que no debía postergar la visita a un médico. Tomó un número, respondió las preguntas rutinarias de la administrativa y se sentó en una silla de plástico verde junto a otras treinta personas resignadas a esperar.

Las primeras dos horas transcurrieron dentro de lo normal; no esperaba tener que esperar menos que eso.

Una mujer sostenía el brazo de un niño que lloraba porque se había fracturado una muñeca. Un anciano tosía con la obstinación de una locomotora averiada. Entró un hombre con la cara ensangrentada después de una pelea callejera. Dos ambulancieros empujaron una camilla sobre la que yacía un motociclista inmovilizado por correas y collar cervical. Los médicos aparecían y desaparecían detrás de puertas batientes mientras los nombres eran pronunciados por un altavoz distorsionado.

A las once, Ismael empezó a impacientarse. A las doce ya conocía de memoria las grietas del techo. A la una de la tarde observó algo extraño.

Un hombre muy alto y fornido, vestido con un traje azul ajustado y una capa roja, entró por la puerta principal. Caminaba encorvado y se apretaba el abdomen con ambas manos. Nadie pareció sorprenderse. Tomó un número. Se sentó dos filas más allá de donde él estaba.

Ismael parpadeó varias veces.

—Debe ser una publicidad —se dijo.

Sin embargo, el recién llegado mostraba una expresión de auténtico sufrimiento. Y se lo veía muy nervioso, al punto de que al cabo de un par de minutos sacó una barra de acero de entre los pliegues de la capa y empezó a masticarla como si fuera un chicle.

Media hora después apareció un anciano pálido, vestido de negro, con el rostro afilado y unos dientes demasiado largos para resultar tranquilizadores. Usaba unas inexplicables gafas oscuras dentro de la sala de guardia, algo a todas luces absurdo, y se cubría con un paraguas semi cerrado, aunque afuera brillaba el sol y no había pronóstico de lluvia. Cada treinta segundos sacaba una botella de un bolso de lona; la botella contenía un líquido rojo, que él sorbía a través de una bombilla de metal. También tomó un número. También se resignó a esperar.

A las tres de la tarde llegaron tres zombis. Uno perdía fragmentos de su torso y extremidades sobre el piso encerado. Otro llevaba un brazo bajo el brazo restante. La recepcionista les entregó formularios sin levantar la vista.

A las cuatro en punto aparecieron dos extraterrestres grises de enormes ojos negros. Cinco minutos después una momia completamente vendada.

Los números avanzaban lentamente. Aún faltaban por lo menos quince o dieciocho personas hasta que le tocara el turno a Ismael. Pero la situación en la sala, con esos seres extraños que la invadían no permitía una espera tranquila, más bien era como una espera salida de una terrible pesadilla que invadía el mundo real. ¿O realmente estaba viviendo una pesadilla? Debía quedarse, pasara lo que pasara porque, si lo secuestraban, y eso era fácil de imaginar, ya no sería su problema… Pero si seguía libre y vivo no quedaba más remedio que volver al día siguiente a la obra. Trató de olvidar todo lo que estaba ocurriendo, abstraerse y esperar con calma pero era muy difícil lograr esa paz. No podía dejar de mirar a los extraños seres que habían invadido el hospital, sobre todo esos últimos monstruos que se deshacían y se volvían a armar como si fueran muñecos con una velocidad aterradora. Lo más insólito, quizás, era que ellos estaban tranquilos, no buscaban comunicarse ni generar miedo. Parecían comportarse con naturalidad, como cualquier otro ser en esa sala de espera. No podía dejar de pensar, “estoy soñando, esto no puede estar ocurriendo”. Pero no era un sueño. Ahí estaban, se movían. Todos tenían grandes ojos oscuros y parecían comunicarse, como si esa exhibición de sus acciones, fuera una forma de ponerse en contacto entre sí. Parecían coordinados, como en una obra de teatro o un ballet que se desarrollaba ante un público que los miraba mudo por la impresión, con los ojos muy abiertos y una sensación inevitable de terror. Desde sus sillas, a las que se intentaban adherir, los simples seres humanos que estaban en esa sala de espera miraban con ojos desorbitados, con un miedo más intenso que cualquier otro miedo que hubieran sentido alguna vez en su vida, porque era inevitable que cada uno pensara que aquello no podía ser otra cosa que una invasión de seres de otra dimensión o quizá de otro planeta. También seguían en la sala de espera los otros personajes que habían irrumpido justo antes que estos monstruos, el anciano vestido de negro, el musculoso de la capa roja y todos los otros personajes totalmente fuera de lugar que habían ocupado y dominado el espacio de la sala de espera.

Ismael ya estaba desesperado. Parecía evidente que no lo iban a atender. El hospital estaba empeñado en concentrarse en aquellos raros seres.

Una vez acalladas algunas de las más insoportables voces y quejidos que irritaban a todos consultantes por igual; el lloriqueo del niño, la tos convulsiva del anciano y el repiqueteo de dientes del hombre fornido de capa roja, la dinámica de atención al paciente pareció entrar en un devenir más fluido, si se quiere. Después de todo ya eran las cinco de la tarde pasadas y la atención duraba hasta las seis, excepto aquellas emergencias impostergables como la del adolescente que sangraba por la nariz un interminable líquido grisáceo que inundaba el piso de la sala de espera y anegaba el ambiente de un olor indescriptible.

El dolor en el costado de Ismael aminoraba con el paso de las horas, pero estaba obstinado a obtener su atención así fuera el último en ser recibido por un médico. No quería irse sin la firma de un profesional de la salud que acreditara su paso por una sala de guardias; ¡el capataz de la obra era bien capaz de descontarle el día por no presentar el comprobante médico correspondiente! Y él, Ismael Alcántara, no permitiría que un simple supervisor se diera el gusto de hacerle perder una jornada entera de trabajo…

Una nueva demora se produjo con la entrada de los zombies a la sala principal de atención; todos parecían entender el percance. Después de todo habían hecho un desastre sobre el piso de linóleo del pasillo, cubriéndolo con restos sanguinolentos de carne medio putrefacta y una sangre a medio coagular que olía peor que las secreciones nasales del adolescente, que luego de ser atendido pudo retirarse por sus propios medios, con un vendaje que le cubría casi toda la cara…

Fue un alivio instantáneo escuchar su apellido por los altoparlantes del pasillo. Ismael procuraba mantener el buen ánimo pero atravesar el trayecto a la puerta de la sala donde lo esperaban fue una tan breve como intensa tortura. El olor que venía del suelo llevaba a la náusea; no sólo a él sino al grupo de pacientes –algunos humanos, otros inclasificables– que se agolpaban por igual apretando pañuelos sobre sus narices y otros apéndices olfativos de la más variada catadura. Sentada en un extremo y amamantando a un ser indescriptible, aunque con cierto parecido con un lagarto overo, había una rarísima hembra, en el caso de que lo fuera, que ostentaba cuatro glándulas mamarias al desnudo en lugar de dos, y bramaba en una voz y acentos que sólo parecían entender algo aquellos que se le asemejaban en particularidades antropomórficas.

Ismael cerró la puerta por dentro y suspiró. Un médico de bata blanca y cráneo alargado en el que sobresalían unos enormes ojos oscuros lo invitó a recostarse sobre una camilla, tras lo cual empezó a palparlo en el vientre.

—Soy el doctor Rumplestikersen; mucho gusto —dijo el médico extendiendo una mano de siete dedos—. ¿Qué le anda pasando?

—Duele mucho aquí —murmuró Ismael señalando la zona lateral del tórax.

—No me extraña —comentó el extraño doctor yendo en busca de su maletín y otros instrumentos.

Ismael sintió un pinchazo en la zona afectada.

—¿Calmante? —preguntó tímidamente.

—Anestésico —llegó a escuchar mientras se dormía profundamente. A continuación, el galeno levantó un poco más la camisa del ya anestesiado paciente e hizo una incisión profunda bajo las costillas. Metió la mano enguantada y empezó a extraer objetos metálicos de todo tipo… algo de lo que Ismael jamás se enteró, a diferencia de ustedes, sufridos lectores de este cuento.

—Mire esto, Brunilda —afirmó el doctor Rumplestikersen, mostrándole a su asistente cada cosa que sacaba de las entrañas de Alcántara—. Una aguja de coser pelotas de fútbol, ganchillos de abrochadora, tres lapiceras Parker y un caliper de freno para Maxus T60.  Las conozco bien, fui mecánico antes de estudiar medicina…

—Es increíble lo que acumulan en las tripas estos tragadores compulsivos de objetos varios… —afirmó la enfermera.

—T.C.O, querida Bruni; exprésese correctamente.

—Es que, doctor, son tantas las denominaciones de enfermedades y síndromes del nuevo siglo… trastorno de dualidad extraterrestre, o TDE; déficit de sentido humano, DSH, y podríamos seguir…

—Ah, ya está la sutura… bien. Es cierto, querida Bruni, y aparecerán más, en este loco mundo en perpetua mutación. Cuando este paciente despierte, hágame el favor de recomendarle un buen psiquiatra de nuestro plantel. Diremos… que su TCO puede tratarse con un conveniente cóctel de caramelos azucarados y barras de chocolate confitado. Eso lo calmará por un tiempo. Luego deberá enfrentar una seria diabetes, pero su compulsión desaparecerá gradualmente.

—Doctor, es difícil no amarlo. Es usted un genio y un adelantado... además de un alienígena muy buen mozo. 

 

Ismael despertó varias horas después. Le dolía el costado, pero mucho menos que antes.

Abrió los ojos.

La sala estaba vacía. No quedaban rastros de zombis, vampiros, extraterrestres ni superhéroes. Tampoco de la enfermera Brunilda ni del doctor Rumplestikersen.

Intentó incorporarse.

Sobre la mesa encontró una carpeta de cartón con su nombre escrito en letras negras.

ISMAEL ALCÁNTARA.

Debajo, una sola hoja. La tomó. No era una historia clínica. Era una ficha.

Estado narrativo: Inestable.

Nivel de desarrollo del personaje: Secundario.

Procedencia: Relato inconcluso.

Riesgo de desaparición: Alto.

Ismael frunció el ceño. Siguió leyendo.

Diagnóstico: El paciente presenta insuficiente cantidad de páginas para sostener su existencia autónoma. Se recomienda incorporación urgente a una obra de mayor extensión o continuación por parte de los autores responsables.

Sintió un frío repentino. Volvió la hoja. Al dorso había cientos de nombres. Reconoció algunos. Drácula. Superman. La Momia. Gregor Samsa. Sherlock Holmes. Don Quijote. Hamlet. Isamel Alcántara… Todos esos nombres estaban acompañados por anotaciones médicas, fechas y observaciones.

Comprendió entonces que aquellos seres no habían acudido a la guardia para curar enfermedades. Habían ido allí porque estaban muriendo. No físicamente, claro. Narrativamente. Personajes olvidados por los lectores, abandonados por sus autores, expulsados de los catálogos, relegados a bibliotecas polvorientas o a servidores que nadie consultaba. La guardia era un lugar de tránsito. Un sitio donde los personajes recibían reparaciones antes de regresar a sus historias... o desaparecer para siempre.

Oyó pasos detrás de él. Se volvió. El doctor Rumplestikersen permanecía en el umbral.

—¿Entonces era cierto? —preguntó Ismael.

—Todo lo es mientras alguien lo lea.

—¿Y ahora qué va a pasar conmigo?

El médico abrió una carpeta y la consultó.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De si los autores deciden terminar el cuento. —Hubo un silencio incómodo. Luego el médico sonrió—. Aunque debo reconocer que tiene suerte.

—¿Por qué?

—Porque todavía están discutiendo el final.

Y mientras el doctor cerraba la puerta, Ismael tuvo la extraña sensación de que las paredes del hospital comenzaban a borrarse, como líneas de tinta absorbidas lentamente por una hoja en blanco.




LA HERENCIA

Dora Gómez Q

Maritza Macías Mosquera & Sergio Gaut vel Hartman

 

El sótano de la vieja casona familiar no guardaba vino, sino un secreto atroz. El tatarabuelo Héctor había muerto encadenado allí abajo un siglo atrás, devorado por una rabia idéntica a la que hoy, cuatro generaciones después, hacía que el pequeño Julián mostrara los dientes y gruñera en la oscuridad de su dormitorio, custodiando una puerta que nadie se atrevía a abrir.

Al principio, Clara intentó convencerse de que eran caprichos de la infancia. Los niños pasan por etapas extrañas, se decía a sí misma mientras limpiaba el polvo de los retratos familiares en la sala.

Pero los síntomas eran imposibles de ignorar.

Comenzó con la comida: Julián, que siempre había sido un niño melindroso, rechazaba cualquier plato cocido. Exigía la carne cruda, sangrante, y la devoraba a tirones, de espaldas a sus padres, escondido en la esquina más oscura de la cocina.

A partir de entonces, se instaló en la casa un silencio que no era de paz, sino de un territorio dominado por la angustia de Esteban y Clara.

Esteban insistía en llevarlo a un neurólogo, aunque sentía un frío ancestral en la boca del estómago. Él conocía las historias que su abuelo le había murmurado al oído antes de morir, historias que la familia se había esmerado en borrar de los registros y de las fotos de los álbumes.

Pero la historia de Héctor, el tatarabuelo que terminó sus días encadenado a una viga de quebracho en el subsuelo porque ya no distinguía entre la carne de las ovejas y la de sus propios hijos, era imposible de borrar.

Una noche de martes, el crujido de las maderas despertó a Clara. Miró el reloj de la mesa de luz: las tres de la mañana. Al estirar la mano, notó que el lado de Esteban estaba vacío.

Se levantó, envolviéndose en una bata, y caminó por el pasillo iluminado apenas por la luna. La puerta del cuarto de Julián estaba abierta de par en par.

Adentro, Esteban permanecía inmóvil, de pie en el centro de la habitación, con la linterna del celular apuntando hacia el rincón más alejado.

—Esteban… —susurró Clara, con el corazón golpeándole las costillas.

Su esposo no respondió. Solo movió el haz de luz hacia el suelo.

Julián no estaba en la cama. Estaba de rodillas sobre las tablas de pino, rascando la madera con una velocidad inhumana. Sus uñas ya no existían; en su lugar, las puntas de los dedos sangraban, dejando marcas rojas y profundas en el piso, justo encima del sector donde, un piso más abajo, se extendía el techo del sótano. El niño no lloraba ni se quejaba del dolor. Solo emitía un jadeo rítmico, pesado, y cuando la luz de la linterna le dio de lleno en el rostro, Clara ahogó un grito. Los ojos de su hijo, usualmente marrones y brillantes reflejaban la luz con un destello verdoso y salvaje.

A la mañana siguiente, la casa amaneció sumida en una normalidad fingida y asfixiante.

Clara pasó dos horas fregando el suelo del dormitorio de Julián con lavandina pura. El olor químico, penetrante y agrio, apenas lograba camuflar el rastro metálico de la sangre que había quedado atrapada entre las vetas de la madera.

Mientras tanto, en la cocina, Esteban tomaba su tercer café en silencio. Tenía las ojeras hundidas y las manos le temblaban tanto que el azúcar se le volcaba fuera de la taza.

—No va a ir a la escuela hoy —dijo Clara, entrando a la cocina con los guantes de goma todavía puestos. Sus dedos estaban amarillentos por el cloro.

—Tenemos que pedir un turno médico, Clara. Esto superó cualquier límite —respondió Esteban, sin mirarla—. Lo de anoche... los ojos, las uñas... Eso no es psicológico. Es una crisis neurológica grave.

—¿Y qué le vas a decir al doctor? —Clara se apoyó contra la mesada, cruzando los brazos para ocultar su propio temblor—. ¿Que nuestro hijo intenta cavar un pozo hacia el sótano con los dedos rotos? Si lo ven así, las asistentes sociales se lo van a llevar.

A las diez de la mañana, sonó el timbre. El sonido rasgó el silencio como un navajazo.  Era la madre de Esteban, Alicia, que venía a traer un abrigo que se había olvidado la semana anterior. Clara la recibió en el porche, bloqueando sutilmente la entrada con el cuerpo, pero Alicia la hizo a un lado y entró.

—Qué olor a desinfectante hay, por Dios. ¿Pasó algo? —preguntó la mujer, intentando mirar por encima del hombro de su nuera—. ¿Y Julián? Pensé que a esta hora ya estaría en el colegio.

—Tiene unas líneas de fiebre, una gripe fuerte —mintió Clara, forzando una sonrisa que le dolió en las mejillas—. Está durmiendo. Es mejor no despertarlo.

—¿Llamaron al médico? —preguntó la suegra, cuando desde la habitación de Julián llegó un sonido sordo. Un pum, pum, pum rítmico, como si algo pesado golpeara contra el suelo. Alicia frunció el ceño—. ¿Segura que está durmiendo? Parece que estuviera arrastrando los muebles.

Clara sintió que el aire se volvía de plomo. Sabía perfectamente que en la habitación de Julián no había un niño con fiebre, sino un cautiverio forzoso, y también sabía que el niño estaba despierto, probablemente sentado en el centro de la cama deshecha, esperando que se hiciera la noche otra vez.

—Hola, hijo —dijo Alicia besando a Esteban—; vine a devolverte la campera que te olvidaste en casa, pensé que la ibas a necesitar en estos días de frío. Ahora voy a saludar a mi nieto.

Clara miró a Esteban como pidiendo auxilio.

—Mamá, es mejor dejarlo dormir. No pasó una buena noche.

—Pero si está despierto. ¿No escucharon el ruido?

—No, no he oído nada —dijo Esteban—. Estaba concentrado en asuntos de la siembra y otras cosas.

No mentía. No estaba pendiente de lo que pasaba. Su nivel de estrés lo llevó a ocuparse de algunos asuntos pendientes. O quizá no escuchaba por pura negación.

—Hijo, se escuchó allá afuera. Estábamos en el porche, ¿verdad, Clara? —Ella asintió. No podía negarlo. Esteban supo que no podía seguir ocultando lo que sucedía.

—Mamá —dijo angustiado, con la mirada triste y opaca que empezó a brillar con las lágrimas—, Julián está... está teniendo conductas muy extrañas, algunas autodestructivas. Y anoche fue la peor que hemos presenciado.

Alicia no mostró asombro alguno. Lo que, por cierto, desconcertó a ambos padres.

—Es el tatarabuelo. Lo sabes y sigues intentando ignorar la realidad. Él no descansará hasta que se aclare lo sucedido. No importa cuánto queramos ocultarlo. —Se dejó caer en una silla, completamente abrumada. Descansando u ocultando su cabeza entre ambas manos.

—Alicia, esas son creencias anticuadas —dijo Clara—. Esteban y yo sabemos que debe ser un problema neurológico. Debemos llevarlo a un médico especialista. Un psiquiatra o neurólogo. Tal vez empezar con psicólogo. No sabemos, pero iremos por ese lado.

—Clara, si sigues tapando el sol con un dedo, las consecuencias pueden ser impredecibles. Y Esteban, aunque ahora pretenda adjudicarlo a problemas neurológicos sabe, perfectamente, que no lo son.

—Yo... bueno, creo que... mamá, ya no estamos en tiempos de creer en espíritus y otras dimensiones inexistentes. La medicina puede darle una explicación científica y eso es lo que vamos a hacer: consultar a un especialista.

—Mira hijo, puedes hacer lo que creas mejor. Pero yo sé que Juliancito está expresando algo. Él carga con una herencia de tu tatarabuelo. Alguien tiene que tomar cartas en este asunto. Hemos pasado generaciones ocultando, tapando de la mejor manera posible, una historia que debe salir a la luz y esclarecerse. O de lo contrario… no sabemos a dónde nos puede llevar.

Esa historia pesaba sobre los hombros de la familia entera como un yugo. Héctor, por alguna razón que todos ignoraban y que nadie investigó, había asesinado a uno de sus hijos. Lo encontraron comiendo sus carnes entre ovejas muertas. Un espectáculo dantesco, imposible de describir sin caer en la más completa desolación y repugnancia. Y lo castigaron encadenándolo en el sótano hasta morir. No hubo piedad para él. Tampoco una investigación. Solo castigo.

Los gruñidos y los golpes consecutivos volvieron a alertar a la familia. Corrieron al cuarto. Allí estaba Julián, gruñendo frente al espejo y golpeando la mesita de estudio. Ya no había nada sobre ella. Todos los objetos tirados por el piso daban cuenta de la violencia de sus golpes.

Alicia lo miró con una piedad infinita. En realidad parecía afiebrado. La furia teñía de rojo oscuro su piel blanca. Un dolor ancestral la llevó a hablarle como nunca imaginó que podía hacerlo.

—Héctor, no te sigas martirizando. Ni a nosotros tampoco. Dinos de una vez lo que pasó. Haz que entendamos y podamos cerrar esta parte de la historia. Estamos sufriendo por una determinación que nosotros no tomamos. Pero si deseas justicia, haznos saber lo que pasó. Ya no hagas sufrir a mi nieto. Es solo un niño atormentado que no entiende lo que le sucede. Ni nosotros lo entendemos. Dinos cómo ayudarte.

La pieza adquirió un olor antiguo. Súbitamente, desaparecieron el olor a desinfectante y lo poco que quedaba de las manchas que Clara había limpiado. La humedad en el aire se sentía como si estuvieran a la intemperie en pleno invierno. Las cortinas se mecían al ritmo de las agitadas respiraciones. Y el cansancio, en cada uno de los presentes, los llevó a un suspiro casi al unísono.

Esta vez Julián miró a su abuela a los ojos. Sudaba y bufaba. Ella sostuvo esa mirada llena de furia. Fue en ese instante que lo vieron derrumbarse como vela derretida por el piso.

Los tres corrieron a asistirlo. Lo depositaron sobre su cama y, ante el asombro de todos, se acomodó para dormir.

Clara lo tapó con cuidado para no tocar sus dedos dañados. Se miraron entre el asombro y el estupor y salieron de la habitación. Debían esperar lo que fuese a suceder, mientras Esteban tecleaba en su teléfono buscando un neuropsiquiatra infantil.

Nadie habló durante varios minutos.

Desde el interior del cuarto llegaba únicamente la respiración pausada de Julián. Dormía como no lo había hecho en semanas. El contraste resultaba inquietante. Hacía apenas unos minutos golpeaba los muebles con una violencia irracional y ahora parecía un niño cualquiera, agotado después de una jornada de juegos.

—Esto no prueba nada —murmuró Esteban, sin demasiada convicción.

Alicia levantó la vista.

—No. Pero tampoco lo explica.

El silencio volvió a imponerse.

Clara observó el pasillo y sintió una necesidad repentina de alejarse de aquella habitación. Caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua. Tenía la sensación de que algo había cambiado en la casa. No era una impresión concreta, sino una certeza incómoda. Como si una tensión invisible hubiese dejado de empujar contra las paredes.

Entonces escuchó el ruido. Un golpe seco. Metálico. Provenía del subsuelo.

Clara se quedó inmóvil.

Un segundo golpe resonó desde abajo. Esta vez los otros también lo oyeron. Esteban dejó el teléfono sobre la mesa. Alicia cerró los ojos.

—No puede ser...

El tercer golpe fue más fuerte. La vibración recorrió el piso de madera. Durante un instante nadie se movió. Parecía que todos aguardaban que alguien más tomara la iniciativa. Finalmente Esteban respiró hondo.

—La puerta del sótano lleva cerrada más de treinta años.

—Cuarenta y dos —corrigió Alicia en voz baja.

Otro golpe. Lento. Paciente. Como si algo, o alguien, estuviera llamando desde el otro lado. Y por primera vez desde que comenzaron los problemas de Julián, Esteban comprendió que tal vez estaba buscando respuestas en el lugar equivocado.

—No es… posible —balbuceó.

—¿Qué pasa, Esteban? —dijo Clara—. Me estás asustando.

—Hijo… —Alicia aferró el brazo de su hijo, como tratando de sacarlo del camino cuando estaba a punto de ser arrollado por un vehículo invisible. Esteban se sacudió eléctricamente y encaró a las mujeres. En sus ojos crecía un destello verdoso y salvaje, como si una ira sorda, bestial, estuviera hirviendo en sus entrañas.

—Julián… va a estar bien —gruñó—. Mi hijo… va… a estar… bien. —Las palabras se arrastraban penosamente fuera de la boca, amortiguadas por una espesa espuma roja—. ¡No entienden! —exclamó extendiendo las manos engarfiadas hacia adelante en un torpe intento por alcanzar la garganta de una de las dos mujeres. Clara corrió hacia la puerta del sótano, pero cuando su mano trató de asir el picaporte, la puerta le estalló en el rostro, cientos de astillas se clavaron en su cuerpo y algo indefinible emergió de las sombras.  



STATUS QUO

Claudia Leslie Aguilar Rojas

Luis Saavedra & Sergio Gaut vel Hartman

 

Llevábamos dos días así. La habitación olía al humo de cientos de cigarrillos consumidos y el cielo abierto empezaba a ser una fantasía sin sustento mientras el sueño amenazaba tumbarnos definitivamente.

El profesor Campana, que había sido nombrado jefe del módulo local con una sorprendente celeridad, apoyó las manos sobre la mesa oval y nos abarcó a todos con la mirada; se había arremangado la camisa y aflojado el nudo de la corbata, aunque seguía presentando un aspecto deplorable, seguramente similar al que presentaba yo. Celebré que la habitación careciera de espejos.

Recapitulemos —dijo. No era una forma muy original de empezar; ya lo había hecho así una docena de veces. Esta pintaba como la recapitulación de las recapitulaciones—. Desde el principio. Haremos de cuenta que no los conozco, que acaban de llegar, que tengo que ponerlos al tanto de algo inusual, sobre lo que nada saben, Y además voy a tratarlos como si fueran imbéciles.

Esto último no me gustó, pero debía aceptar que era la única forma de encararlo.

—Usted me aburre, profesor —protestó Diana Sampedro, una de las dos mujeres del módulo, pero la única serpiente. La otra, Xena Garrote, era una alondra.

—¿Tiene una idea mejor? —respondió Campana imperturbable.

—No. O sí, pero impracticable con usted.

—Entonces... —dijo Campana pasando por alto la impertinencia y haciendo una pausa efectista—. Tenemos los siguientes hechos. Hace exactamente (miró el reloj) setenta y ocho horas y treinta y siete minutos, una nave de indiscutible procedencia extraterrestre descendió en el parque de una casa de la calle Campana al tres mil doscientos, oh coincidencia...

—Ya apuntó la coincidencia varias veces —señaló Diana—. ¿Es necesario que lo haga de nuevo?

—Tranquila, fiera. —Osvaldo Paz apoyó la mano en el brazo de la bióloga. El nerviosismo se condensaba formando glóbulos morados que flotaban en el aire y se resistían a disolverse.

—No me interrumpan —prosiguió el profesor Campana—. La dueña de la casa, señora Libe Kupiechnikoff... ¿no puede la gente llamarse como Dios manda? Perdón. Continúo. La señora Kupiechnikoff, una viuda septuagenaria, puso el suceso en conocimiento de cuanto organismo gubernamental y privado tuvo a su alcance, demostrando, salta a la vista, una gran entereza. Y todo eso es admirable si no conociéramos la fama que precede a su hija, la médium Sama Dan Kupiechnikoff. Entre paréntesis: ¿podría alguien ponerle un nombre común a algún miembro de esa familia?

—Pidió que no lo interrumpamos, profesor, pero usted mismo se complica con comentarios intrascendentes. —Diana esperó una reacción airada de Campana, pero este tomó otro camino.

—Oh perdón, vamos al punto. Resulta que toda la investigación preliminar apoyada en los más respetados conceptos científicos e incluso la investigación policial del área, ha sido echada por la borda con las declaraciones y el resultado de las imágenes de la cámara Kirlian que la médium Sama Dan ha presentado. Como saben, esas cámaras consiguen capturar el halo luminoso que rodea los cuerpos con vida y con alma. Y estos resultados han sido ampliamente corroborados desde el año 1936 hasta la actualidad, de modo tal que la cámara Kirlian es actualmente aceptada como prueba de que existe el mundo incorpóreo.

—No hace falta que abunde en detalles —interrumpí hablando por primera vez en mucho tiempo—. Aquí todos sabemos qué es una cámara Kirlian… lo que no significa que aceptemos los resultados de las fotografías que se realizan con ella.

Xena reflexionó acerca del rumbo que tomaba el discurso de Campana, pero a diferencia de Diana prefirió guardar silencio. Osvaldo, en cambio, se atrevió a injertar un comentario.

—¿Le parece serio, profesor —dijo, pasando por alto mi intervención; nuestra rivalidad era un hecho conocido por todos los presentes— que basemos nuestras investigaciones en la palabra de una magufa?

—Hay que ser abierto, Osvaldo. La señora Sama Dan se ha enfrentado públicamente a todos los científicos arguyendo que la nave es sólo una representación de todos nuestros miedos, manipulados por seres de bajo astral que pretenden infiltrarse en nuestro mundo. Vamos, en síntesis: según ella los extraterrestres que tanto hemos esperado y que, según ella, nosotros mismos hemos creado, no son más que espíritus malignos con toda la intención de querer engañarnos. Pretenden seducirnos y hasta reproducirse con nosotros. Asegura que con ayuda de su tercer ojo ha podido descubrir el engaño y que las entidades oscuras, como los grises, por ejemplo, no poseen aura y por consiguiente constituyen simplemente la representación de un ser sin alma y sin vida. Y por último nos ha presentado un espejo cóncavo que ha llamado como el “espejo del aura” y asegura que ninguno de ellos se puede reflejar en el bendito espejo.

—¡Qué disparate! —susurró Xena; pero el profesor Campana no se detuvo.

—Y por las barbas de mi abuelo Cacho y por la vida larga de mi burro muerto, simplemente no se reflejan… los seres grises no existen en el espejo, pero nuestros ojos pueden verlos.

—Ya se sabe que una nave de indiscutible procedencia extraterrestre descendió en el parque de la casa de la señora Kupiechnikoff —dije tratando de sacar a Campana de la ciénaga. Pero él no aprovechó la oportunidad.

—¡Exacto! —exclamó—. La noticia ha provocado un gran revuelo a nivel mundial gracias a la velocidad con que se propagan los materiales por las redes. Por eso no me sorprende: los evangélicos estaban reventándole los tímpanos a todo el mundo con sus megáfonos, anunciando el descenso del mal, y los católicos han comenzado a bañarnos con su agua bendita como si fuera agüita de la vida. Ni cerveza artesanal es, y pido perdón por salirme de contexto. Un cura dispara agua bendita con una vieja pistola de agua a diestra y siniestra en los programas de información, misas, conciertos, etcétera. Esto ya no es la noticia del mundo, es el tema de hazmerreír del mundo, y por supuesto también existen los que han hecho de los grises un motivo de burla cibernética y virtual; esto ya parece un mundo de locos. Yo espero que, gracias a la experiencia científica de Osvaldo y a la mediumidad confirmada de la señora Sama Dan podamos tener algo de coherencia en esto. Vaya Osvaldo —agregó señalando al físico cuántico que habíamos tenido la fortuna (es una ironía) de reclutar de apuro—, usted tiene las armas para calmar este enredo, dé su opinión sobre el tema y resuelva el dilema, ya que en breve deberemos de dar nuestra opinión científica al respecto, pero con las pruebas de la cámara Kirlian, estamos tomados del cuello.

La crispación del profesor Campana mirando de frente a Osvaldo, que se tomaba de la barbilla y afinaba la vista sobre sus espejuelos negros, era notoria.

—No es por faltarle el respeto a usted, profesor, pero me es llamativa la firmeza que pone en enviarme al muere —se defendió Osvasldo.

—No es firmeza, mi querido, es solo un reconocimiento. Le tengo un gran respeto y le ofrezco una oportunidad de oro.

—Es que no se siente así, una misión tal puede ser potencialmente peligrosa. En vez de enviar un destacamento militar, decide que Diana y yo arriesguemos el cuello.

Diana saltó.

—¡Ni soñando voy, vaya usted solo!

—A menos que usted quiera que pase algo, profesor —dije mirándolo con una intensidad que hubiera derretido a cualquiera.

Los demás soltaron una exclamación, contradecir al Campana tenía un costo elevado. El profesor esbozó una sonrisa de medio lado que Osvaldo no supo interpretar.

—No, yo tampoco —dijo Osvaldo—. ¿Ir adónde? ¿Hacer qué? Usted está dando palazos en la oscuridad.

—Ay, mi querido Osvaldo, hubiera sido más fácil reconocer su cobardía. No me queda otra que ir yo mismo. —Y el profesor sacó un objeto del tamaño de una caja de zapatos—. Sí —afirmó—, esta es mi cámara Kirlian, por si desean saberlo, y ahora me voy con ella a arriesgar, ja, sí, voy a arriesgar mi vida.

Entonces, saltando leoninamente Osvaldo le arrebató la caja a Campana, sacó la cámara y disparó una instantánea hacia el profesor. Nadie alcanzó siquiera a respirar. La lámina sin revelar cayó al piso. El profesor se abalanzó sobre ella, pero ya estaba luchando con Osvaldo antes de alcanzar la fotografía. Sobrevino el caos y los gritos y los golpes, aunque nadie en el módulo sabía muy bien cuáles eran los bandos. ¿Qué significaba que Osvaldo hubiera tenido la osadía de fotografiar al profesor? Diana lanzó un golpe al aire intentando proteger a Osvaldo, pero con la intención también de alcanzar a Xena. Osvaldo intentó retener al profesor para no complicar la delicada posición de todos después de más de tres días de tensión con el viejo. Xena no recibió el golpe de Diana, pero captó la indirecta. El profesor babeaba y gritaba que la insolencia de Osvaldo iba a ser terminal, mientras el peluquín se le estremecía libremente sobre el cráneo. Al cabo de unos segundos, todo el cuerpo de Campana comenzó a sacudirse y sus ojos se volvieron negros.

En un movimiento automático, todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo y pusieron distancia con Campana. Osvaldo ya tenía en sus manos la fotografía que lentamente se iba revelando, mientras el profesor yacía sobre el piso respirando pesadamente.

—¿Qué ha hecho, Osvaldo? —El tono de voz de Campana sin embargo parecía tranquilo.

—Lo sospeché desde un principio, profesor. Desde que llegó al módulo usted ha intentado desunirnos, ponernos unos contra otros. Me pregunto por qué y aquí tengo la prueba —blandió la fotografía frente a sus compañeros y la miró—. ¡Usted es humano!

Con un rápido movimiento le arrebaté a Osvaldo la fotografía del profesor: tenía aura.

—Un momento—dije abarcándolos a todos con la mirada—, esto quiere decir que el profesor es humano, ¿verdad? —Osvaldo parecía muy confundido—. ¡El único humano de esta fiesta!

Ese fue el momento elegido por la señora Kupiechnikoff para irrumpir en lo que en otros tiempos, antes de la caída en su parque de la nave alienígena, era el comedor de la sala, con una enorme bandeja con tazas –presumiblemente de té– y dos bandejas con bizcochos, unos de chocolate, los otros –presumiblemente– de vainilla o limón.

—Deben estar hambrientos —dijo la viuda dejando la bandeja sobre la mesa. Nadie le prestó la menor atención. Al cabo de unos segundos de estasis, la señora Libe Kupiechnikoff se retiró, quizá ofendida por nuestra actitud, pero no puedo asegurarlo.

Diana se acercó y miró la lámina

—Aquí no veo el aura —y luego de un momento—, ¿a qué se refiere al decir con que el profesor es humano, Osvaldo?

—Hmmm, am, me refería… bueno, ¿es que no somos todos espías intraterrestres?

Diana y Osvaldo gritaron. En cambio Xena, por el contrario, se expresó muy tranquilamente.

—¿Intraterrestres? ¡No! Somos espías, sí, en cierto modo, pero solo él es intraterrestre —concluyó, señalándome.

—¡Xena, silencio! —exclamó Diana.

—Bah, ya basta de charadas —insistió Xena, y luego dirigiéndose al resto—: Somos una dupla pleyadiana, y Diana está celosa porque cree que la engaño con el profesor.

Osvaldo aún estaba confundido

—¿Ustedes son lesbianas?

—Pleyadianas, no lesbianas. ¿Cómo supo que éramos espías? —contestó Diana.

—Bueno, ¿no salta a la vista?

—¿Entonces el profesor es humano o no?

—No, Osvaldo, no lo soy. Soy un Gris. —dijo Campana, incorporándose y arreglando su peluquín—. Estoy en misión de espionaje para Zeta Reticuli, pero al parecer ya no quedan humanos en la Tierra. Monté el incidente de la nave precisamente para poner en evidencia quién es cada uno de nosotros, pero ningún humano, salvo usted, ha concurrido a la casa de la señora Kupiechnikoff, una vieja amiga rigeliana.

—Es cierto, con Xena llegamos a la misma conclusión hace casi un año. Los humanos prácticamente se extinguieron y fueron reemplazados por alienígenas de muchas especies diferentes.

—Qué raro, yo nunca lo noté —interrumpió Osvaldo—. De no haber sido por esta circunstancia inesperada, hubiera seguido en ayunas. Habría que reportarlo a las jerarquías más altas.

—¡Jerarquías más altas! —solté lanzando una carcajada—. El iluso cree que todavía existe algo como eso. ¡Hace siglos que la Tierra es un campo de batalla!

Un desorden generalizado se produjo en la habitación. Una taza de café voló muy cerca de la cabeza de Osvaldo.

—No se atreva, Osvaldo —dijo Xena apuntándolo con el dedo—. Esto lo vamos a mantener muy calladito.

—La verdad es que nunca hemos vivido mejor que ahora —apoyó Diana—. Es un lugar tranquilo, sin las constantes guerras interestelares abiertas del centro de la galaxia.

—Bien, mi querido Osvaldo —El profesor Campana volvía a recomponer su personalidad—, estamos llegando a un entendimiento, a pesar de usted mismo. Convengamos que la Tierra es segura, pero que potencialmente es un foco de problemas que necesitan ser contenidos. Y esta es la imagen que vamos a transmitir a nuestras jefaturas, ¿eh?

—Nada de ir diseminando información indebida —dije señalando al físico cuántico—. En Perelán, por ejemplo, te ejecutan por mentir o inventar noticias falsas.

—Ah, bueno —Osvaldo se ajustó nerviosamente los espejuelos—. Sí, creo que tienen razón. No voy a decir nada. Punto en boca —concluyó poniendo un dedo cruzado sobre los labios. —Osvaldo estaba pálido, sudoroso, tembloroso, a pesar de los agradables veintidós grados de la habitación. No parecía pasarla bien—. U… ustedes… nunca tienen cinco… dedos en las manos. Se lo conté a este —me señaló a mí— aunque una vez me dijo que se los había cercenado en un accidente.

Todos se miraron las manos.

—Yo tengo cuatro en cada mano —afirmó Diana.

—Y yo seis… ¡Ah, estúpida IA! Desde que la usamos no deja de alucinar la muy maldita —cargó el profesor.

—Pero Osvaldo es el único que tiene cinco… Oh. —Osvaldo levantó las cejas.

—¡Y yo que lo creía rigeliano! —dijo Xena—. Los rigelianos siempre son tan callados...

Todos se fueron acercando hacia Osvaldo, que disminuía en su rincón hasta convertirse en un ovillo.

—¡El último ser humano! —replicó dramáticamente el profesor—. Aunque nada impresionante.

Yo sabía que no era el último. Tenemos a varios miles en algunas burbujas, a varios cientos de metros de profundidad, pero a los efectos prácticos, era como si fuese el último.

—Pero todavía podemos ser amigos, Osvaldo —Le tendí una mano de tres dedos—. En Perelán vivirás en el recinto de las especies extintas. Y las pleyadianas, que son unas pervertidas, vaya uno a saber lo que te harán.

—¡Ni se les ocurra! —dijo la señora Libe Kupiechnikoff ingresando al comedor junto a su hija Sama Dan. Ambas lucían su verdadera apariencia rigeliana, sin camuflaje—. La nave está lista para partir. A este nos lo llevamos nosotras.

—Todavía podemos ser amigos, Osvaldo —le dije. Los otros asintieron. Le tendieron varias manos. Ninguna tenía cinco dedos.




ALEJANDRO Y LOS ESCUDOS VOLADORES

Ana Lucía Merege

Lu Evans & Sergio Gaut vel Hartman 

 

En el año 332 a. C., Alejandro Magno, seguido de una procesión de guerreros a caballo e infantes, llegó a la ciudad de Tiro con el objetivo de arrebatársela a los persas. Contempló las imponentes murallas de la ciudad, pero no se desanimó. Al contrario, sabía que la conquista de Tiro afianzaría aún más su fama.

Animado por el ímpetu de su líder, el gran ejército rodeó la ciudad y atacó, pero las murallas no cedieron. Eran tan gruesas y altas que ni las flechas incendiarias ni ningún proyectil lanzado por catapultas podían penetrarlas y alcanzar la ciudad.

Desde allí arriba, los persas se reían de los macedonios, haciendo bromas e insultándolos con gestos groseros.

El rubio Alejandro, con su piel clara bronceada, aun así se puso rojo de ira y juró, blandiendo su espada en el aire, que cortaría la cabeza de cualquiera que se riera de él.

En respuesta, los persas llenaron grandes escudos de bronce con arena y los llevaron sobre el fuego, calentándolos hasta que la arena comenzó a burbujear; luego, desde lo alto de la gran muralla, lanzaron los escudos con catapultas contra sus enemigos.

La arena hirviente salpicó por a los macedonios, quemando todo a su paso. Caballos, jinetes e infantes resultaron heridos y comenzaron a correr, pisoteando a los otros guerreros y sembrando el caos. Los soldados gritaban de dolor, con quemaduras en brazos, piernas y rostros. Peor aún era cuando la arena se filtraba entre sus cuerpos y las armaduras, obligándolos a despojarse de todo, quedando desnudos y, por lo tanto, aún más expuestos a los ataques.

Bajo el eco de la risa de los persas, Alejandro se vio obligado a retirarse con sus guerreros y monturas hasta el Leontes, al que se lanzaron para refrescarse y aliviar el dolor de las heridas.

Acamparon allí. Cayó la noche. La mayor parte del ejército se fue a descansar mientras algunos soldados con heridas leves montaban guardia. Alejandro reunió a sus oficiales para reflexionar sobre las mejores tácticas militares y tomar la ciudad de una vez por todas.

Fue entonces cuando divisó en el cielo grandes escudos plateados que giraban lentamente y emitían luz en sus bordes y en el centro. Los escudos se acercaron en silencio, y cuando Alejandro, con los ojos muy abiertos, se dio cuenta de lo que sucedía, los objetos ya flotaban sobre el campamento.

Los soldados se arrodillaron. Algunos ocultaron el rostro convencidos de que contemplaban el descenso de Zeus. Otros huyeron hacia la oscuridad. ¿Acaso podían saber de qué lado estarían? En Troya el Olimpo pareció dividirse en dos bandos bien diferenciados.

Solo Alejandro permaneció inmóvil.

—Ares está de nuestro lado —dijo señalando el escudo que descendía y se posaba sobre el claro—. Y tal vez también Atenea y Apolo. Nosotros no somos aqueos o troyanos para ellos, sino griegos que luchan contra los persas.

Tres escudos plateados ya habían tocado tierra mientras que los otros permanecían apenas a unos codos por encima del suelo. No emitían humo ni llama alguna; poseían una serenidad antinatural que convenció a Alejandro de que aquella era la nueva forma en que los dioses elegían presentarse ante él. De un lateral del escudo que había descendido en primer lugar brotó una luz azulada que recorrió lentamente el campamento. Allí donde el resplandor tocaba la piel de los heridos, el dolor parecía disminuir. Los hombres dejaban de gemir y se incorporaban, confundidos, mientras las quemaduras adquirían un aspecto menos terrible.

Nadie habló. El silencio era tan profundo que Alejandro creyó oír el rumor del río detrás de él.

Entonces, uno de los discos proyectó un haz luminoso sobre el brazo de mar que separaba la costa de la isla de Tiro. Durante unos instantes, el suelo pareció transparentarse. Bajo las aguas apareció un relieve de roca continua que se extendía como la espina dorsal de un animal dormido.

El resplandor recorrió aquella línea una y otra vez, como si señalara un camino.

—Los dioses nos muestran el lugar donde debemos levantar un camino —murmuró Admeto.

Los ingenieros macedonios observaron largamente el mar. Y luego a las figuras que descendían del escudo. Los guerreros prepararon sus armas y los generales se dispusieron a organizar un ataque. Pero Alejandro los detuvo con un movimiento de la mano.

Las figuras eran altas y delgadas; sus cuerpos estaban cubiertos por una materia brillante que no parecía metal ni tejido. Los rostros, ocultos detrás de superficies oscuras, reflejaban las llamas del campamento.

Alejandro entregó la espada a Admeto y avanzó con las manos vacías. Crátero quiso acompañarlo, pero el rey negó con la cabeza.

La figura del centro levantó un brazo. Sobre su palma apareció una pequeña esfera luminosa que proyectó imágenes en el aire: las murallas de Tiro, el fondo del mar, árboles talados, piedras y hombres arrojando escombros al agua. Después surgieron torres más altas que las fortificaciones, máquinas de asedio y, finalmente, la ciudad envuelta en llamas.

—Atenea —susurró Ptolomeo—. Nos entrega el conocimiento de la victoria.

Una segunda figura emitió una sucesión de sonidos breves. Alejandro no comprendió las palabras, pero estas se transformaron dentro de su cabeza en una certeza: debía construir el camino y atacar desde él.

—¿Qué exigen a cambio? —preguntó Crátero.

Como si hubiera entendido, el ser señaló a Alejandro y luego al cielo. Sobre ellos apareció un mapa de estrellas atravesado por una línea roja que terminaba en una esfera azul.

Admeto cayó de rodillas.

—Apolo anuncia que tu imperio llegará hasta el firmamento.

Alejandro sonrió. Los visitantes no habían dicho tal cosa, pero ninguno de los presentes podía saberlo. Cuando extendió la mano, la figura central depositó en ella un objeto transparente, semejante a una punta de lanza, que latía con una luz interior.

La figura inclinó la cabeza, en un gesto que Alejandro interpretó como una aceptación. Después retrocedió y entró en el escudo. Las otras la siguieron. No hubo puertas que se cerraran: la abertura desapareció, como si el metal líquido hubiese recobrado su forma.

Los tres discos se elevaron sin levantar polvo ni agitar las tiendas. Los restantes ascendieron con ellos y permanecieron unos instantes suspendidos en el cielo, distribuidos en una formación que recordó a Ptolomeo las constelaciones observadas por los sacerdotes egipcios. Luego sus luces se apagaron una tras otra. Los escudos se convirtieron en estrellas móviles y finalmente desaparecieron.

—Era Atenea —insistió Ptolomeo—. Ningún otro dios habría revelado así una estrategia.

—Apolo curó a nuestros hombres —repuso Admeto—. Y ha anunciado que Alejandro alcanzará las estrellas.

Crátero, menos inclinado a maravillarse, contempló el objeto transparente que aún latía en la mano del rey.

—Si eran dioses, podrían haber derribado las murallas.

Alejandro cerró los dedos alrededor del presente.

—Los dioses nunca hacen por los hombres aquello que los hombres pueden hacer por sí mismos.

No podía saber que aquellos visitantes habían descendido muchas veces a lo largo de los siglos y que sus máquinas, sus armas luminosas y sus curaciones habían engendrado historias sobre rayos divinos, carros de fuego y heridas sanadas con un roce. Tampoco eran inmortales ni todopoderosos. Solo conocían caminos que los hombres aún no habían aprendido a ver.

—Fuera Atenea, Apolo o algún dios cuyo nombre ignoramos —concluyó Alejandro—, no ha venido a conquistar Tiro. Nos ha enseñado cómo hacerlo.

Al amanecer, los ingenieros pidieron sondas, cuerdas y embarcaciones. Midieron las profundidades y comprobaron, con asombro, que el fondo era mucho menos profundo de lo que habían supuesto. Aquella misma mañana comenzaron a arrojar piedras, troncos y escombros al agua.

Alejandro supervisó los trabajos sin apartarse del objeto transparente. Durante horas, la luz de su interior permaneció inmóvil. Sin embargo, poco antes del anochecer, comenzó a latir con creciente rapidez.

Ptolomeo fue el primero en alzar la vista.

Sobre las murallas de Tiro, un nuevo escudo había aparecido en el cielo. Era más pequeño que los anteriores y emitía en sus bordes un resplandor rojo.

—Parece que nuestros enemigos, los persas, como los troyanos, también tienen amigos que viajan por el aire —dijo Crátero.

Alejandro tragó saliva y no dijo nada. El escudo giró varias veces sobre sí mismo, cada vez más rápido, y con cada vuelta el brillo de sus bordes cambiaba de tono. Finalmente, se volvió púrpura –el color del costoso pigmento producido en Tiro– y se detuvo por unos instantes antes de volver a acelerar. Hacia adelante, esta vez. Hacia el campamento macedonio.

Un murmullo de asombro se alzó a espaldas de Alejandro. Miró el objeto que tenía en la mano y descubrió, no sin sobresalto, que la luz en su interior también había adquirido un tono púrpura. Entonces se volvió hacia Crátero, que se encontraba más cerca de él; y fue entonces cuando el escudo, ahora a mitad de camino entre ellos y las murallas, liberó de golpe no un chorro, sino una ola de energía púrpura e iridiscente que se derramó sobre todo y todos en un radio de muchos estadios.

Se necesitó mucha sangre fría para no gritar al ver cómo los rasgos de Crátero se volvían inmóviles, su cuerpo rígido como una estatua. Lo mismo había sucedido con Admeto, Ptolomeo y todos los demás. Solo Alejandro se había salvado. Se enderezó, con la dignidad que le permitían sus cinco pies de estatura, y esperó a que el escudo se posara, pero lo que llegó fue un haz de luz púrpura, proyectado desde el aire hasta alcanzar la altura de sus ojos. En su interior había una imagen incorpórea: la de un hombre de complexión hercúlea y barba larga, que lo miró fijamente durante un rato antes de dirigirse a él.

—Alejandro, hijo de Filipo. —Ni saludos, ni rodeos—. Esperé a que los demás se retiraran para agregar algo a lo que ya le habían hecho saber. Tómalo como una concesión; podría simplemente enviarte un mensaje, y tú lo entenderías, gracias a las letras que tu pueblo aprendió de los comerciantes de Tiro. ¡Ah! Recuerdo a los primeros que exploraron estos mares, su audacia, cómo cruzaron los Pilares que hoy llevan mi nombre...

—¿Su… su nombre? —Los ojos de Alejandro se abrieron de par en par.

—Sí, pequeño —confirmó el otro—. Soy Melkart, o así me llaman aquí. Acompañé a la ciudad en sus conquistas y fracasos y la protegí mientras pude. Vi con tristeza cómo los persas convertían al rey de Tiro en su vasallo, pero no los detuve, aunque me hubiera gustado hacerlo. También me gustaría echarte a ti y a tus hombres a patadas. Sin embargo, existen leyes en este universo, leyes que determinan la sucesión de las eras y de los pueblos, y en ellas los navegantes de las estrellas no pueden interferir.

—Pero entonces… ¿Podré entrar en Tiro? —preguntó, sin aliento, el macedonio—. ¿Mi imperio, mi nombre entre las estrellas, todo eso sucederá?

—¿Estrellas? Ja. —Melkart soltó una risa sin humor—. Invadirás Tiro, sí, y dentro de unos siglos la Nueva Ciudad que fundaron en África será arrasada; pero el mismo pueblo que la destruya conquistará Alejandría de Egipto y extenderá su imperio por muchas tierras hasta que este, a su vez, acabe por derrumbarse. Ah, sí, te recordarán. Permanecerás en la memoria de los mortales, al igual que otros grandes generales que aún no han nacido, los de Roma, Cartago, Germania y Mongolia. Pero, ante el universo y las estrellas… Tú, Alejandro, no eres más que un simple hombrecito. ¡Recuérdalo cuando bebas con tus amigos en Babilonia!

Su voz aún resonaba cuando un rayo brillante, disparado desde la nave, alcanzó el pecho de Alejandro. El impacto lo hizo doblarse sobre sí mismo, y al enderezarse vio que el escudo ya se alejaba volando por los aires. Entonces escuchó la voz de Crátero a su lado, luego las de otros hombres, el murmullo confuso de quienes despiertan sin saber dónde están. Él mismo no estaba seguro de si había estado soñando… aunque el dolor en el pecho le decía lo contrario.

—¿Estás bien? —preguntó Ptolomeo. Alejandro respiró hondo y asintió con la cabeza. A lo lejos, las murallas de Tiro seguían desafiándolo; ya no había ningún dios que las defendiera, y el puente se construiría, y él demostraría ser el más grande de todos los guerreros. Aunque solo fuera en la Tierra.

—Mañana volvemos a empezar —dijo, llevándose la mano al pecho. Carne y hueso bajo los cuales se escondía el inicio de lo que lo mataría, años más tarde, en el palacio de Nabucodonosor.



LA PÉRDIDA

Myriam Goluboff 

Alejandro Aguilar & Sergio Gaut vel Hartman

 

Me desperté sobresaltado, aunque en realidad no creo haber usado la palabra correcta. ¿Angustiado? Tal vez ese término se aproxime más a lo que sentí al abrir los ojos y advertir que había perdido algo. Lo he perdido, me repetí, sumergido en una zozobra inédita. Pero lo más perturbador fue que la inquietud que me corroía no guardaba relación con nada concreto, ya que me resultaba imposible definir qué había perdido. ¿Había perdido un objeto amado? ¿El deseo de seguir viviendo? ¿El empleo? ¿El cariño de un familiar, de un amigo, de una pareja? De atrás hacia adelante. No tengo esposa, novia o amante, No tengo amigos; soy un sujeto áspero, huraño. Mis padres han muerto; no tengo hermanos, no tuve hijos, mis familiares se alejaron de mí hace muchos años. Perder el empleo estaba fuera de discusión. Soy el propietario de la empresa de instrumental médico que fundé. Tengo suficiente dinero para vivir siete vidas… Le temo a la muerte más que a cualquier otra cosa, por lo que el deseo de seguir viviendo está poco menos que impreso en mis células. ¿Y qué objeto podría ser tan valioso que su pérdida me mortificara hasta hacerme sentir un sujeto miserable?

Apoyé las plantas de los pies en el suelo y sentí que una corriente eléctrica me atravesaba. Me gusta eso. El golpe helado siempre me ha puesto en sintonía con las rutinas cotidianas. Pero en esta oportunidad era distinto: ningún hábito firmemente establecido podía neutralizar la agobiante sensación de la pérdida que me había tomado por asalto.

Me incorporé despacio. Permanecí unos segundos sentado al borde de la cama, con las manos apoyadas sobre las rodillas. El reloj de pared marcaba las seis y doce. Lo observé hasta que el segundero completó una vuelta entera. No encontré ninguna anomalía. El tiempo seguía avanzando con la misma indiferencia de siempre.

Fui al baño. Abrí el grifo y dejé correr el agua antes de lavarme la cara. El reflejo del espejo me devolvió la imagen habitual: el cabello cuidadosamente cortado, la piel tirante gracias a tratamientos costosos, las arrugas mínimas para alguien de mi edad. Pero esta vez examiné mi rostro como si fuera el de un desconocido al que debía evaluar antes de una compra importante.

Mientras me afeitaba repasé mentalmente los acontecimientos de los días anteriores. Había firmado contratos, asistido a reuniones, respondido correos electrónicos, supervisado proyectos. Nada fuera de lo común. Ninguna llamada inquietante. Ninguna noticia desagradable. Ningún recuerdo capaz de justificar aquella sensación inexplicable, de pérdida. ¿Qué era lo que había perdido?

En la cocina preparé café. Molí los granos con precisión casi mecánica. Esperé a que el agua alcanzara la temperatura exacta. El aroma llenó la estancia. No sentí placer. Y aquello sí resultó extraño. Durante años había construido mi existencia alrededor de pequeñas certezas. El café de la mañana. Los informes financieros. La caminata diaria por el parque que rodeaba la casa. La lectura de los portales de noticias en un orden invariable. Esas costumbres funcionaban como pilares invisibles. Sin embargo, esa mañana todas parecían huecas, simples movimientos ejecutados por una máquina correctamente programada. Tomé la taza y me dirigí al ventanal que daba al parque.

Lo primero que observé fue la niebla que cubría el césped. Las esculturas aparecían deformadas entre los bancos de vapor. Los árboles parecían más altos de lo normal. Permanecí contemplándolos durante varios minutos, inmóvil, tratando de identificar el origen de mi inquietud.

Solo entonces advertí algo. Al principio pensé que se trataba de una ilusión provocada por la bruma. Parpadeé. La figura seguía allí. Se encontraba junto al viejo roble, a unos cincuenta metros de la casa. No parecía un hombre ni una mujer. Tampoco un animal. Era apenas una silueta oscura, inmóvil, como si hubiese surgido de la niebla o hubiese estado aguardando allí desde hacía mucho tiempo.

Apoyé la taza sobre el alféizar. La figura levantó lentamente una mano. Y tuve la inexplicable certeza de que estaba a punto de saber qué era lo que había perdido. Sentía que una verdad se me revelaría en cualquier momento, pero no sucedió nada. Luego la figura desapareció en un parpadeo y un poco compungido, pero resignado, me alisté para ir al trabajo, como cualquier otro día habitual.

En el camino sintonicé la radio del automóvil en la estación de música clásica que normalmente escucho para acompañar mi día y comenzó a reproducirse una inconfundible obra maestra de Tchaikovsky envuelta en las imperiosas trompetas y airosos violines, dirigidos por el majestuoso piano desbordándose con una alegría siempre puntual. Aquella mañana, como no sucedía en un largo periodo, sentí mi pecho inflamado y conmovido por aquel precioso concierto. Y pensé, que George Steiner tenía razón cuando decía que hemos perdido seriedad en el arte de escuchar música, se consume música como comprar un dulce de cualquier tienda con los reproductores digitales conectados a Internet. No nos damos el tiempo ni el espacio para asistir y sentir y rendir un respeto al ingente trabajo que hacen los compositores para dar vida a esta música, como también al incalculable esfuerzo de los intérpretes modernos para ejecutar semejantes obras. Recordé que Steiner decía que en el pasado se montaba una ópera o se organizaba un concierto muy de vez en cuando, por lo que ese acontecimiento se convertía en el evento más importante de la ciudad. Pero ahora hay conciertos por doquier, todos los fines de semana y la música se redujo en un simple sonido ambiental, como la de las películas, y dejó de ser una escucha activa de un arte admirable.

Llegué a la oficina, atendí maquinalmente asuntos pendientes y reuniones programadas, pero sentí que algo me seguía faltando. El gozo que me produjo escuchar el concierto de Tchaikovsky no había logrado aligerar la pesada carga que me abrumaba. Así transcurrió el día.  

De regreso a casa, cansado del agobio rutinario, en uno de estos reproductores digitales puse de nuevo el concierto de la mañana, para reanimarme, para intimar de nuevo con aquella bellísima pieza musical, pero no pude. No sentí nada. Me sentí, frío, desconectado, extraviado en una tierra baldía como la de T. S. Elliot… Angustiado, recordé de improvisto la figura detrás del roble con su mano levantada y entendí una verdad terrible: la muerte también puede llegar sin morir y yo en esa tarde me sentí marchitarme como el ocaso del día que terminaba.

No fui al paseo vespertino de rutina por el parque porque me sentía seriamente desanimado. Me dejé caer en el sofá y permanecí largo rato inmóvil, con la vista clavada en el techo. La casa estaba en silencio. Un silencio impecable, construido a fuerza de años de vivir solo. Nunca antes me había parecido tan ofensivo.

Hasta ese día había creído que mi vida era el resultado natural de mis elecciones. Había renunciado a muchas cosas, sí, pero siempre convencido de que cada renuncia compraba una certeza. La empresa. La estabilidad. El reconocimiento. Una cuenta bancaria que me permitía no depender de nadie. Nunca me había sentido un hombre infeliz.

Sin embargo, aquella mañana algo había resquebrajado esa convicción.

Pensé en mi juventud. No con nostalgia, sino como quien revisa el inventario de una casa ajena. Recordé lecturas, conversaciones interminables, viajes postergados, personas cuyos nombres apenas podía reconstruir. Recordé entusiasmos que parecían inagotables y que, sin darme cuenta, habían desaparecido. Pero ninguno de esos recuerdos bastaba para explicar el peso que llevaba dentro. Era algo más antiguo. Más esencial. Como si hubiera olvidado una palabra imprescindible y toda mi vida hubiera sido construida alrededor de ese olvido.

Me incorporé de golpe. La figura.

No podía dejar de pensar en la mano que había levantado junto al roble. No me había llamado. O, al menos, no de la manera habitual. Había hecho un gesto que ahora me parecía ambiguo. ¿Un saludo? ¿Una advertencia? ¿Una invitación?

Salí casi sin decidirlo.

El parque estaba envuelto en esa penumbra incierta en la que las formas todavía conservan contornos, pero ya empiezan a confundirse unas con otras. El aire olía a tierra húmeda. Caminé despacio, dejando que el rumor del viento entre las ramas reemplazara el zumbido constante de mis pensamientos. Avancé sin prisa, oliendo el aroma intenso de los pinos, una presencia que perdía la imagen tan dibujada y precisa que disfrutaba durante el día y se convertía en algo mucho más informe, pero de aroma más intenso. Llegó a mis oídos el sonido casi musical de las ramas mecidas por el viento que nos acompaña un día tras otro a lo largo de todo el año, suave durante el verano y que va aumentando, como un crescendo musical a medida que nos acercamos al invierno y se convierte en fuertes acordes a la manera de final glorioso de su música. Había recorrido ese sendero cientos de veces. Conocía cada curva, cada banco, cada árbol. Y, sin embargo, esa tarde tenía la sensación de estar entrando por primera vez. No porque el parque hubiera cambiado. Porque el que había cambiado era yo. Llegué hasta el viejo roble.

No había nadie.

Esperé unos minutos. Después otros tantos. El tiempo perdió espesor. Entonces ocurrió algo insignificante. Una hoja seca cayó frente a mí. No era época de caída. El árbol conservaba intacto el follaje. Sin embargo, aquella única hoja descendió lentamente, describiendo un movimiento casi deliberado, hasta detenerse sobre la punta de mi zapato.

Me incliné para recogerla.

En el instante en que mis dedos la tocaron experimenté una sensación absurda: no era la textura de la hoja lo que reconocía, sino la del gesto. Como si hubiera pasado años enteros sin tocar realmente nada. Enderecé la espalda sobresaltado. La figura estaba allí. No junto al árbol. Entre los árboles. Era imposible calcular la distancia que nos separaba. Su contorno parecía desdibujarse apenas intentaba enfocarlo, como si la penumbra no consiguiera decidir si ocultarlo o revelarlo. Esta vez no levantó la mano. Simplemente permaneció inmóvil. Y tuve la certeza de que no esperaba que me acercara. Esperaba que recordara. Pero ¿recordar qué?

Esa fue la pregunta que me hizo comprender que llevaba toda la vida formulando la pregunta equivocada. Ya no se trataba de averiguar qué había perdido. La verdadera pregunta era cuándo había empezado a perderlo.

Traté de recuperar algún nexo, un vínculo seguro con lo cotidiano, en especial porque no lograba ver nada fuera de lo habitual, como si todo aquello hubiera sido un sueño. Pero no me quise dar por vencido. Me senté sobre un tronco en mi lugar favorito, como si ese tronco fuera una butaca de platea en un teatro en el propio centro del escenario y esperé.

Pasó el tiempo, el cielo que se vislumbraba desde entre las copas de los árboles iba girando lentamente, y no lograba desentrañar el misterio. Nada nuevo en mi mundo. Y por fin, convencido de que había imaginado aquella visión decidí volver a casa decepcionado pero también tranquilo. Aquello me había sumido en la inquietud. Mi mundo seguía siendo el mismo. Aquella imagen quizás solo había sido una alucinación, un mero producto creado por mi mente en un escenario imaginado. El mismo parque, pero al mismo tiempo otro.

Cuando llegué, volví la vista atrás de improviso, como si hubiera querido sorprender en falta a la realidad, pero no vi nada nuevo. Me acompañaba la misma imagen de siempre, los árboles tranquilos, el cielo que se vislumbraba entre las copas… Me sentía, al mismo tiempo, decepcionado y satisfecho.

Cerré la puerta con llave, como hacía siempre y me dispuse a disfrutar de mi sillón, de mi música y de la cena frugal que Rita, la asistente casi fantasmal que se ocupaba de los menesteres hogareños, me había dejado preparada. Pasé por la cocina, coloqué las vituallas sobre la bandeja y me dispuse a disfrutar del descanso, de la comida y del inevitable vaso de buen vino. Encendí la luz de la sala y corroboré, una vez más, que todo estaba en su lugar. Por un momento pensé que la inquietud de la mañana había sido vencida por las certezas e interpretaciones recogidas a lo largo del día. Pero esa confortable justificación se derrumbó cuando la figura que había vislumbrado en el parque pareció cobrar vida. Ya no era una sombra sino un ser humano cómodamente instalado en el lugar que yo ocupaba habitualmente. Por un instante tuve la impresión de que sus movimientos seguían el mismo ritual que el mío: bebía vino de una de mis copas y tomaba entre los dedos pequeños trozos de queso para llevarlos a la boca. Pero no. No era mi doble perfecto. Era… otro.

Hizo un leve gesto con la mano, no para llamarme sino como quien da por hecho que terminaría sentándome a su lado.

—¿Quién eres?

—No importa.

—¿Qué quiero recordar?

—Eso tampoco importa.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

—Porque por fin notaste mi ausencia —dijo la figura sonriendo apenas. No con ironía ni con compasión. Como si hubiera esperado esa conversación durante mucho tiempo.

Quise hacer otra pregunta. No pude. Ya no importaba cuál. Cualquier respuesta volvería a convertirse en una explicación.

Cuando levanté la vista seguía sentado frente a mí. O quizá ya no. No habría sabido decirlo.

 

A la mañana siguiente salí nuevamente al parque. El viejo roble seguía allí. Apoyé la mano sobre la corteza. No buscaba nada. Tampoco esperaba encontrar a nadie. Permanecí largo rato escuchando un pájaro que nunca antes había oído. Después el viento. Después mis propios pasos sobre la tierra húmeda. Y tuve la extraña impresión de que el parque llevaba muchos años esperándome.



REENCUENTRO

Maritza Macías Mosquera 

Margarita Pacheco & Sandro Centurión

 

El atardecer ya se había asomado por la ventana y a lo lejos se oía el nítido canto de unos pinzones. Ema prestó atención y escuchó la voz de un locutor en la radio que informaba sobre los conciertos gratuitos que se iban a dar en la ciudad, con el regreso de artistas de gran prestigio, como la Sonora Santanera. Le hizo gracia; los había visto años atrás, en la adolescencia, cuando sus amigos organizaban todo tipo de reuniones. Ahora se encontraba en la oficina firmando papeles, lo que la llevó a pensar en las ventajas de su oficio, que le daba la posibilidad de estar en contacto con la cultura que se exponía a lo largo de todos los meses del año, además de participar en algunos eventos y contribuir con los proyectos que se gestaban, sobre todo en el Palacio de Bellas Artes. Ese era su lugar favorito, sin duda; se contaban tantas leyendas acerca de ese sitio, en el que se habían filmado un buen número de documentales.

Volvió a asomarse a la ventana. Los árboles se pintaban de amarillo y naranja y los colores cambiaban cada cierto tiempo, según cómo incidía sobre ellos la luz del crepúsculo.

 

El sonido del chat con un "guap", lo sacó de ese trance. El mensaje entrante lo hizo sonreír. Sabía que si Alberto había escuchado la radio sin duda alguna lo contactaría; y no se había equivocado.

—Hola, flaco, ¿escuchaste quién se presenta en los conciertos de esta temporada?

Sí, lo había escuchado, pero no le había dado importancia; el paisaje ante sus ojos era sublime y ese mensaje lo hizo volver a la realidad.

Si Alberto quería juntarse para asistir a ese concierto de la otrora famosa Sonora, él no estaba dispuesto a secundarlo.

—Hola, Alberto, ¿cómo estás? —respondió.

Guap de nuevo.

—¡José, viejo nomás, como antes, como siempre! Quiero contactar a todo el grupo para que vayamos juntos a rememorar tiempos idos.

No contestó de inmediato. Pensó en silencio, todo el grupo. No, no estaba dispuesto.

Guap entrante.

—¿Te incómoda si le aviso a Henry? —fue la pregunta de Alberto.

¡Y cómo no! No sólo le incomodaba; la rabia y la decepción se asomaron a esa ventana que él había cerrado hacía años y, ahí estaba Alberto, preguntándole, cómo si no supiera cuál había sido el daño causado.

De pronto el paisaje cambió, oscuros nubarrones aparecieron en ese cielo límpido. Tan oscuros como sus pensamientos.

 

La fila para ingresar al recital bullía sobre la vereda, y la ansiedad se apoderaba de esos jóvenes que el tiempo había vestido con otros ropajes. Veinte años no eran nada y eran todo, pero en esa vereda de cemento la noche parecía robarle la música al destino, y al ritmo de cumbias, merengues y guarachas la vida se rebobinaba como un cassette de 90 minutos.

Acaso, al fin, esa noche, en la fila del concierto, José supo que todo volvería a ocurrir inevitablemente. El universo se alineaba y el azar rompía sus propias reglas. La banda, la noche fresca, las risas, los amigos, Alberto, Henry, Ema, la música, Ema, el engaño, Ema, el beso, Ema, la mentira, Ema, la traición, Ema, la burla, Ema, la bronca, Ema; siempre Ema.

La diferencia era el arma que ahora José cargaba en la cintura.

 




LOS TRES OBJETOS

Stefano Valente

Franco Ricciardiello & Sergio Gaut vel Hartman



Un cubo, un guante, una pluma. Antiquísimos, carcomidos por los siglos. Los envuelve una fosforescencia inquietante.

—Solo han servido a Dios —murmura el monje. El viento golpea las ramas sobre la larga y estrecha ventana con un ritmo obsesivo.

—¿Los conocías? —pregunta Lefebvre sonriendo, mientras la emoción le hace apretar el escudo de su uniforme.

—Exactamente —susurra el monje. Y añade—: No se ría, señor capitán: ha sido usted quien encontró los tres Elementos Eternos, para traerlos aquí, a la catedral

—No tienen ningún poder sobre mí, y tú lo sabes.

—Se equivoca. A partir del momento en que los vio ha quedado bajo su influjo. Es por eso que los ha traído, capitán, al lugar donde eran esperados.

—Tienes demasiada fe en las antiguas leyendas del mal, monje —responde Lefebvre, atento a los ruidos del exterior. De pronto la luz se torna gris, la llama de la lámpara oscila y se apaga—. Y ahora, por favor —susurra el soldado—, empecemos a pensar qué uso práctico le podemos dar a estos objetos.

El monje sonríe; sus dientes están rotos y manchados de nicotina.

—Veo que nos entendemos. Se me ocurrió que podríamos montar un espectáculo en el que un ángel desciende de las alturas y nos entrega los objetos de Dios. Conozco a uno que trabaja haciendo efectos especiales para las películas.

—¡Magnífico! Yo puedo ocuparme de hacer campaña en Facebook, manipulando a los incrédulos de siempre.


OTRA EXISTENCIA

Joyce Barker Bucat

Gonzalo Geller & Claudia Isabel Lonfat


La tormenta había llegado sin anuncios previos, y Juan se apresuró a cerrar las ventanas y puertas de su antigua casa, que crujía peligrosamente, intentando silenciar los agudos pitidos del viento colándose por las rendijas.

Debía reunirse con José, lo había invitado a su casa, pero consideró prudente y lógico llamarlo para posponer la cita y juntarse otro día. Sacó el teléfono de su chaqueta y buscó el número, pero no lo había guardado. Recordó que José se lo había anotado en un papel que guardó en su billetera donde, efectivamente, se encontraba. Se apresuró a llamarlo; pero los números que digitaba eran diferentes a los que aparecían en la pantalla, no había correspondencia alguna entre lo que tipeaba y lo que quedaba escrito. Intentó varias veces más, pero cada vez que apretaba uno, aparecía en la pantalla un número distinto, sin lógica aparente. 

—¡Qué le pasa a esta cosa! —alegó Juan, tirándolo lejos—. No importa, si llega, lo recibiré de todos modos, no es culpa de nadie esta tormenta extraña y fuera de temporada. —Pero a los pocos minutos, el maltrecho teléfono sonó; era José:

—¡Hola! —respondió Juan, feliz por la llamada—. Estuve tratando de marcar tu número muchas veces, pero no creerás lo que pasó. Además, quería proponerte que…

—No es necesario que me lo cuentes por teléfono. Llego en cinco minutos a tu casa —interrumpió José.

La tarde anterior, un tipo alto y serio se le había acercado en el bar, mientras tomaba una taza de café; lo saludó y le preguntó si era Juan, el amigo de José. Respondió que sí, y no tardaron en entablar una conversación que duró muchas copas, como si se conocieran de toda la vida, a pesar de que su amigo en común, llevaba muchos años muerto, el hombre le confesó que había hablado con él por teléfono. Y Juan, sin cuestionar lo ilógico de su comentario, intentó hacer lo mismo: hablar con él.

—Hola —habló José, atravesando la puerta, apurado. Dejó el paraguas, que se había dado vuelta por el viento, y se sacó el impermeable. Juan sacó los abrigos del perchero y los puso sobre la silla, para dejar solo el que estaba mojado.

—Cómo estás —sonrió Juan, entre lágrimas. Había recibido la noticia de la muerte de José a la distancia, durante un viaje. Ni siquiera pudo ver el cuerpo, despedirlo, terminar de entender que era real. Pero la respuesta estaba ante sus ojos: no había sido real. El tipo del bar tenía razón.

—Mojado, cómo querés que esté —se rieron los dos, se abrazaron—. Con frío. ¿Me hacés un café?

Atravesaron el living y el comedor. José encontró la casa sin cambios, como si se hubiera quedado detenida en el tiempo. Y así era, en realidad. “Todos volvemos a los lugares donde fuimos felices, o al menos donde fuimos nosotros mismos”, pensó. Ése era el lugar de Juan, y él podía entenderlo.

El café le otorgó lo que necesitaba: una sensación de profunda familiaridad. Todo lo contrario de haber caminado por la tormenta, desamparado. Hablaron, se rieron, recordaron viejos tiempos, anécdotas visitadas mil veces.

Una segunda taza de café, acompañada por un licor de chocolate y unas tostadas, le dio pie a Juan para hacer la pregunta que lo atormentaba:

—Dijeron que habías muerto…

—Qué querés que te diga… la gente dice cosas —se rieron, cómplices, hasta que José le dio un sorbo al café y agregó—: pero era verdad. Es verdad. Estoy muerto.

—Pero ¡cómo…! —palideció Juan—. ¿Volviste…?

—No. Sigo muerto.

Un miedo irracional se clavó en la espalda de Juan. Se levantó para salir corriendo, tumbando la taza, que cayó fuera del platito, sobre el mantel de hilo:

—Cómo pudiste…

—Yo no hice nada. Estaba muerto y sigo muerto. Pero vos… —no sabía cómo decirlo, y continuó como pudo—. La propia muerte siempre es difícil de aceptar, al principio —tomó otro sorbo de café—. Supongo que debería decirte bienvenido, ¿no?

—¿Vos querés decir qué estoy muerto, o qué estoy loco?  —preguntó atónito.

—Alguna vez traté de meterme en tus sueños y explicarte que yo ya no estaba en este plano, pero que seguía existiendo —dijo, tratando de buscar las palabras adecuadas para explicar lo inexplicable.

—No entiendo… sos un fantasma, como esas leyendas urbanas de la chica que murió muy joven y que aparece mágicamente para encontrar un amor, y después de hallarlo, él la quiere acompañar a su casa. Y ella se deja llevar con la promesa de volver a encontrarse, pero cuando él va a visitarla se entera de que ella está en el cementerio, y cuando va más allá para comprobarlo, encuentra algo que él le dio, un objeto o prenda, en su tumba. Esa es una leyenda urbana que se repite en cada pueblo, ciudad o país…

—No, Juan, no entendés. La muerte no es lo que imaginás. Tampoco es lo que venden las religiones: No te vas al cielo, no se compra en cuotas con buena conducta, rezo y caridad. La muerte es otra cosa, pero eso no importa ahora, porque vos lo vas a comprobar sin ninguna explicación.


Mientras lo escuchaba, Juan sentía la vida latir en cada célula de su cuerpo. No podía estar muerto, aunque el mismo Dios bajara del paraíso para informárselo; o el diablo desde el averno. Juan se sentía vivo, roto pero vivo, como cualquier persona.

—La verdad, ya no entiendo nada…

—Antes de irnos, tenemos que cerrar eso que no fue, que quedó sin terminar, por eso estoy acá —dijo José.

—No entiendo…

—Nunca existió esa tormenta que alteró los celulares. Son nuestras almas peleando en distintos planos. No somos seres materiales, lo siento, pero fui enviado para decírtelo. No siempre se acepta la muerte, sobre todo cuando quedan cosas pendientes…

—¿Qué cosas?

—Ese último día, que no recordás, te confesé mi amor…

De repente, todo empezó a girar. Recordó aquello que llevaba oprimido. Simplemente no lo había podido aceptar, y dijo: “No quiero verte más”. Resonó como un eco infinito, y José lo tomó de forma literal: Se dejó morir, como una flor sin riego, se secó… y ahora entendía todo.

 Siempre se paga. Nunca se pasa por la vida sin hacer un balance. Es como la agencia del gobierno que te cobra los impuestos, implacable.


BAJO TIERRA

Marcela Iglesias

Luz Moreno & Alejandro Aguilar R.

 

Eran las dos de la mañana cuando empezó a llover en el tramo más despoblado de la carretera. El limpiaparabrisas no funcionaba bien, así que reduje la velocidad; prefería llegar tarde antes que salirme del camino. Todavía me faltaban por lo menos cuatro horas de viaje.

Manejé cerca de una hora, esperando que la tormenta amainara, pero no hubo caso. Al diablo, pensé, y me detuve en un claro de tierra junto a la carretera. Apagué el motor y bajé un poco las ventanillas traseras para que circulara el aire. Casi de inmediato, mi cuerpo se rindió al rumor de la lluvia y me quedé dormido.

Tuve un sueño extraño. El viejo que había visto en la barra de la cantina donde cené y bebí una cerveza golpeaba la ventanilla y me pedía que lo acompañara al campo. Por alguna razón, acepté. Abrí la puerta del vehículo y, un instante después, estaba descalzo sobre la tierra mojada, en medio de la misma nada que había atravesado durante horas. Mis pies percibían la consistencia blanda del lodo, pero no su frío.

El viejo y yo contemplábamos un pozo. De pronto, él se arrojó de cabeza. Cerré los ojos, aterrado, y entonces oí voces de niños que jugaban alrededor. Reían y decían que seguirían cavando un pozo tan, pero tan profundo que llegarían al otro lado del mundo.

—¡Cuidado! —grité cuando uno de ellos estuvo a punto de caer.

Todos callaron al mismo tiempo y volvieron la cabeza hacia mí. Después sentí que muchas manitas me aferraban de los brazos y de la camisa y me arrastraban, lenta pero inexorablemente, hacia el pozo.

Desperté sin aire. Afuera había una mañana límpida, sin una sola nube. Todo estaba bien; solo había sido una pesadilla. Encendí un cigarrillo, abrí una bolsa de bocadillos y bebí lo que quedaba de mi refresco de cola. Luego me apoyé contra el capó para fumar y despabilarme.

Cuando terminé, rodeé el auto para estirar las piernas. Entonces las vi: decenas de huellas de manos pequeñas cubrían la carrocería. Me están siguiendo.

Arrojé el cigarrillo al suelo, puse el auto en marcha y me alejé a toda velocidad.

Agradecí que fuera un amanecer soleado y no una de esas mañanas oscuras y grises que habrían empeorado mi ánimo. Conduje durante tres horas, acelerando cada vez que el miedo se imponía y disminuyendo la velocidad cuando imaginaba que iba a estrellarme. Me sudaban las manos. El peso en el baúl parecía aumentar a cada kilómetro: una carga desmesurada que retrasaba el vehículo y tironeaba de él hacia atrás.

Intenté distraerme. Detestaba la música, de modo que encender la radio no era una opción. Tampoco quería pensar en el sueño. De pronto, oí unos dedos pequeños deslizándose por la parte trasera del auto. La sola idea de mirar por el espejo retrovisor me erizó el vello de la nuca. De todos modos, ya sabía que me seguían. No necesitaba verles las caras ni esos ojos enormes y risueños.

Seguí adelante durante un cuarto de hora, hasta que por fin llegué al basural. Tenía la remera empapada de transpiración. Bajé del auto con una pala en la mano. El olor a podredumbre me pareció un buen augurio: allí nadie repararía en otro cadáver.

Me mezclé con la gente que rebuscaba comida y ropa entre las bolsas, fingiendo ser uno de ellos, y avancé por entre la basura hasta encontrar un lugar apartado. A medida que me internaba en el basural, volvía a acometerme la sensación de que el peso de la bolsa negra crecía, como si lo que había dentro engordara, alimentado por mi paranoia.

Estaba bien: no había tomado la medicación y quizá eso intensificara mis terrores habituales. Pero aquel miedo tenía un anclaje real. El hombre de la bolsa había sido monstruoso en vida. También eran reales las voces de los niños, sus risas apagadas, sus dedos señalándome, sus manitas sucias de tierra. Creí que la muerte de él pondría fin al tormento, pero solo había conseguido despertar a los otros.

Deposité la bolsa en el suelo con cuidado de que ningún borde cortante la desgarrara. Oí un frufrú a mis espaldas, algo que se movía entre las latas y el plástico. Sabía que me habían seguido. Si no me ocupaba de ellos, irían a contar mi travesura, como hacían cuando yo también era niño: se lo contarían a las madres y a los padres que nunca tuvimos, a las maestras que nunca quisieron escucharnos.

—¡Fuera! —ordené.

Procuré que no me temblara la voz y, al mismo tiempo, no gritar demasiado. No quería atraer a nadie. La gente del basural no tenía tiempo para entrometerse: debía comer, trabajar y morir. Pero aquellas criaturas disponían de todo el tiempo del mundo para perseguirme. Sus manos eran las de todos los niños que yo había llevado bajo tierra.

No debía pensar en eso. Me pasé una mano por la frente, traté de acompasar la respiración y empecé a cavar.

Con cada palada crecía el murmullo de las voces infantiles, como si brotaran de la tierra removida. Las ignoré mientras pude. Cuando el pozo alcanzó unos cincuenta centímetros de profundidad, una mano pequeña emergió del suelo. Era blanca y temblaba entre los terrones.

Retrocedí, parpadeando, pero la mano me aferró el tobillo. Sacudí la pierna; cuanto más forcejeaba, con mayor fuerza se aferraban los dedos. Intenté apartarme y terminé arrastrando fuera de la tierra un brazo, una cabeza y, por último, un cuerpo entero. El niño me miraba con los ojos muy abiertos.

Cuando estuvo completamente afuera, me soltó y permaneció tendido. Pasaron unos segundos que me parecieron interminables. Después alzó la cabeza. Conocía aquel rostro, aunque se confundía en mi memoria con el de todos los otros. Había un brillo sarcástico en su mirada.

—Creíste que te librarías de mí, de nosotros —dijo—. Jamás. Dondequiera que vayas, dondequiera que nos entierres, estaremos contigo.

Se levantó y avanzó hacia mí. Pensé en correr, pero las piernas no me obedecieron. El niño se acercó y me abrazó.

—¡Papá! —gritó—. ¡Vengan todos! Papá está aquí. No dejaremos que vuelva a irse.

—No me llames así.

Lentamente, decenas de cuerpos emergieron de la tierra y de las montañas de basura. Venían hacia mí: rengos, deformes, algunos tan destrozados que ya no se distinguían sus facciones.

El hedor era insoportable. Las arcadas me doblaron el cuerpo. Cuando pensé que nada podía ser peor, la bolsa que yo había llevado hasta allí, la que contenía al verdadero monstruo, se abrió.

—¡Al fin! Todos juntos —exclamó mientras se incorporaba.

Los pedazos que yo me había esforzado en separar volvieron a unirse. Los brazos buscaron los hombros; las piernas, el tronco; la cabeza se acomodó sobre el cuello marcado por mis manos. En pocos segundos estuvo completo. Era el mismo hombre del que yo había intentado librarnos y sonreía como si volviera a recibirnos en el orfanato.

Metió una mano en el bolsillo y sacó algo.

Los cuerpos nauseabundos me rodeaban. Sus dedos me tocaban la espalda, los brazos, la cara. Atrapado entre ellos, solo podía mirar al hombre.

—Abre la boca, bonito —dijo mientras destapaba el frasco de pastillas—. Te olvidaste de tomarlas.

Acercó el frasco a mis labios y vertió en mi boca todo el contenido. Mientras me atragantaba, escuché las risas. Lentamente, los rostros de los niños recobraron las facciones que habían tenido en vida. Ya no se burlaban: me miraban con el odio que los hermanaba.

Logré escupir las pastillas que todavía no había tragado.

—¡Yo no soy su padre! —grité—. Nosotros no teníamos padre. Éramos huérfanos. Yo era el mayor y quise protegerlos. No encontré otro modo. Los fui llevando, uno por uno, bajo tierra hasta que pude ocuparme de él.

—Nadie te pidió que nos salvaras —dijo el niño que aún me abrazaba.

El hombre me observaba con sorna. Las manos infantiles comenzaron a hundirse en mi carne. Quise apartarlas, pero ya no podía distinguir mis brazos de los suyos ni mis gritos de sus risas. Mientras todos nos precipitábamos en el pozo que se abría bajo nuestros pies, comprendí que esta vez no sería yo quien decidiría quién debía permanecer bajo tierra.

CERO PUNTO DOS

Heiko H. Caimi 

Fiorenzo Dioni & Sergio Gaut vel Hartman


La máquina se detuvo. El profesor Fabio Joskowicz contempló el paisaje desolado e hizo un inventario: arena, arbustos y edificios en ruinas. El problema estaba resuelto: los seres humanos habían alcanzado su objetivo, la autodestrucción. Se encontraba, por lo tanto, al final del camino. La civilización había muerto, se había acabado. La hipótesis de Sebastian von Hoerner, quien sostenía que las civilizaciones, a lo largo, a lo ancho y a lo alto del cosmos, se aniquilan unas a otras, se suicidan, y que lo hacen en una fase de desarrollo muy similar a la alcanzada por la humanidad en el siglo XXI, se había cumplido. Ninguna especie, en ningún planeta de ningún sistema estelar, alcanza un grado de desarrollo tecnológico suficiente para darse a conocer a otras especies, situadas a decenas o centenares de años luz, antes de provocar su propia extinción.

Para resolver aquel dilema tendría que entrar en su máquina y viajar hacia atrás en el tiempo hasta encontrar a alguien. No a cualquiera, por supuesto: a alguien que comprendiera la naturaleza del problema.

—Quien duda —observó Fabio— está perdido.

Enderezó los hombros y subió a su máquina. Sus sensibles dedos manipularon los cuadrantes. Se sentó y tomó una edición económica de Física teórica avanzada, de Gooshly, con la que esperaba entretenerse durante su recorrido a través del tiempo. Hizo un gesto de despedida con la mano. Pulsó el botón rojo. Bajó el libro, se puso de pie y bostezó. Miró el indicador temporal, preguntándose cuándo se encontraba, no dónde, por supuesto.

—He retrocedido dos millones de años —leyó.

No entró en pánico. Se sentó, llenó la pipa y la encendió. Fumó hasta que la calma invadió su cuerpo y su espíritu.

—Materiales de pésima calidad, anteriores a la guerra —dijo—. Deben de haber superado el período de garantía de la marca.

Activó el portal y salió al exterior. Lo recibieron un sol cálido y una brisa ligera. Estaba de pie en medio de un inmenso campo verde salpicado de flores. Respiró profundamente y sonrió.

—Un montón de años, realmente un montón —reflexionó.

Golpeó suavemente la pipa contra la bota izquierda.

—Ahora soy, sin lugar a duda, el Primer Hombre del Mundo; en cierto sentido, el Adán del mito, aunque estoy seguro de que las cosas no ocurrieron realmente así.

Se sentó sobre la hierba perfumada y se estiró. ¿Cómo se suponía que debía sobrellevar la condición de Primer Hombre del Mundo? No estaba seguro. El simbolismo del momento no se le escapaba. Sin embargo, aparte de descansar bajo los rayos del sol y sentirse importante, ¿qué tareas podía emprender?

Su ensoñación fue interrumpida por un sonido rasposo procedente del otro lado de su máquina del tiempo. Se levantó con una rapidez poco habitual.

—Santo cielo —dijo, juntando las manos en actitud suplicante frente al extraño artefacto que se movía mientras sus mecanismos chirriaban de manera espantosa.

Examinó el objeto con interés. De aspecto humanoide y decididamente imposible en aquellas circunstancias, solo podía tratarse de algo artificial construido por seres anteriores a los humanos.

—Entonces no soy el Primer Hombre del Mundo —gimió—. Hubo antes otra humanidad y alcanzó su objetivo: extinguirse.

La máquina, de contornos angulosos y metálicos, se detuvo bruscamente frente a Fabio. Él se acercó, vacilante al principio, atraído por una curiosidad que luchaba contra la lógica, que le aconsejaba huir de lo desconocido. El objeto antiguo y oxidado tenía un aspecto extraño, casi etéreo, como si perteneciera a otro tiempo y a otro espacio al que ni siquiera su máquina de viajes temporales hubiera podido acceder.

Mientras examinaba su superficie, advirtió unas inscripciones de extraños símbolos que serpenteaban alrededor de la estructura, como si narraran una historia olvidada.

—¿Qué se supone que debo hacer ahora? —murmuró entrecerrando los ojos.

Se sintió como un arqueólogo ante un hallazgo monumental, ansioso por desentrañar los secretos del pasado, con una extraña mezcla de emoción y temor galopándole en el pecho.

Mientras rodeaba lentamente la máquina, su perspectiva comenzó a cambiar. Cada vez que dejaba de mirar el artefacto, el paisaje parecía diferente y, por un instante, una especie de revelación cruzó por su mente: aquellas grietas del suelo, la lejanía de un horizonte abrasado por un sol que todavía no había dominado su destino, el perfume de las flores, eran apenas recordatorios de algo que quizá había existido, y él se sentía un intruso en un mundo que le era ajeno.

Fue entonces cuando lo oyó: un murmullo bajo y sordo que parecía proceder del interior de la máquina.

Se acercó un poco más, con la piel erizada, incapaz de resistirse al llamado de aquel sonido. Al abrir uno de los paneles, un destello de luz brillante lo cegó.

En el centro del resplandor vio formas flotantes que parecieron invadir su mente. No eran realmente hombres, sino figuras moldeadas por la imaginación. En un juego de luces se perfilaron rostros familiares, pero con ojos más profundos y sonrisas más amplias.

—¿Quiénes...? —preguntó en voz baja, como si temiera romper el hechizo que había caído sobre él.

Las figuras comenzaron a fluir; sus gestos y movimientos poseían una intimidad que le resultaba sorprendentemente familiar y, al mismo tiempo, extraña. Las siluetas susurraban pensamientos que parecían reproches y advertencias a la vez.

Fabio sintió que se encontraba en un intersticio entre realidades, sobre una tenue línea difusa en la que el eco de lo que había sido y el horizonte del futuro resultaban indistinguibles.

Retrocedió hacia la máquina del tiempo. Y mientras sus manos temblorosas accionaban los controles, recordó el propósito original de su viaje: descubrir cómo se había extinguido la segunda humanidad... porque ya no le cabía ninguna duda de que aquella había sido la segunda.

Debía volver a avanzar para situarse apenas un siglo antes de la fecha de construcción de su cronomóvil, como lo había bautizado sin demasiada imaginación.

Fabio ajustó cuidadosamente los cuadrantes, comprobando varias veces las cifras antes de pulsar el botón rojo. No quería repetir el error anterior y, aunque seguía convencido de que el salto de dos millones de años se había debido al deterioro de algún componente, prefirió no confiar en su memoria. En el margen de una página de Física teórica avanzada anotó el destino, cien años antes de la construcción del cronomóvil, y el margen máximo de desviación permitido por el sistema: 0,2. Una cantidad insignificante, al menos según sus cálculos.

—Procuremos no volver a transformar una fracción en una era geológica —dijo, y accionó el mando.

El viaje pareció durar menos que el anterior. Sin embargo, cuando Fabio levantó la vista, no encontró en el cuadrante la fecha prevista. Las cifras parpadearon durante unos segundos, se estabilizaron en una secuencia carente de sentido y finalmente desaparecieron. Al otro lado del cristal, el cielo se había vuelto de un blanco uniforme, sin sol ni nubes, pero el campo parecía el mismo que acababa de abandonar.

Abrió el portal y salió. La hierba le pareció menos verde, casi translúcida, como si hubiera sido reconstruida a partir de un recuerdo impreciso. La máquina metálica con la que se había encontrado había desaparecido y, en su lugar, a unos veinte metros, se alzaba una casa de dos pisos, con tejado inclinado y persianas verdes.

Fabio la observó durante un largo rato antes de comprender qué era lo que lo perturbaba: la casa no tenía puertas. Se acercó a una ventana. En el interior, cuatro personas estaban sentadas alrededor de una mesa: un hombre, una mujer y dos niños. Cenaban, o al menos realizaban gestos que Fabio interpretó de ese modo, porque los platos que tenían delante parecían vacíos y los cubiertos no producían ningún sonido.

Golpeó el cristal sin obtener respuesta. Volvió a hacerlo, con mayor fuerza, y entonces la mujer levantó bruscamente la cabeza. Fabio se sobresaltó, pero enseguida comprendió que ella no lo estaba mirando. Sus ojos estaban fijos en algo situado a sus espaldas. Se volvió y no vio nada. Cuando volvió a mirar la habitación, las cuatro personas habían desaparecido. Solo quedaban los platos.

Uno de los niños apareció a pocos centímetros del cristal. Fabio retrocedió y chocó contra el alféizar. El niño movió los labios, pronunciando algo que él no podía oír, y luego señaló la madera bajo la ventana. Fabio bajó la mirada. En el alféizar había dos cifras grabadas, separadas por una coma: 0,2.

Cuando levantó nuevamente la vista, el niño había desaparecido.

—Un fenómeno de refracción cronológica —dijo Fabio mientras regresaba al cronomóvil—. O una alucinación provocada por la transición. En cualquiera de los dos casos, no necesariamente grave.

La necesidad de formular una explicación en voz alta lo irritó, sobre todo porque se dio cuenta de que él mismo no la creía.

Entró en la máquina, cerró el portal y volvió a fijar el destino. Esta vez el indicador señaló menos noventa y ocho años. Afuera era de noche y, más allá del cristal, se veía una ciudad iluminada. Fabio rio aliviado. Los edificios eran altos, los automóviles circulaban por una amplia avenida y decenas de personas caminaban por las aceras.

—Humanidad —dijo—. Por fin.

Salió y se acercó al primer transeúnte.

—Disculpe, ¿podría decirme en qué año estamos?

El hombre siguió caminando. Fabio insistió y luego lo intentó con una mujer, con dos jóvenes y con un anciano acompañado por un perro. Nadie dio muestras de percibirlo.

Decidió realizar una comprobación más drástica y se plantó delante de un automóvil que avanzaba por la avenida. El vehículo lo atravesó. Fabio solo sintió un frío repentino.

Permaneció inmóvil durante unos segundos. Después intentó apoyar una mano en una farola y vio cómo los dedos penetraban en el metal. Corrió hacia un edificio, atravesó la puerta cerrada y se encontró en un local abarrotado. Allí las voces llegaban hasta él, pero de manera fragmentaria, como si las frases procedieran de conversaciones separadas por distancias enormes. Distinguió palabras aisladas: «mañana», «éxito», «nunca», «cero». Después oyó con toda claridad:

—Punto dos.

Se volvió.

—¿Quién ha dicho eso?

Nadie reaccionó.

En una pantalla colgada de la pared se emitía un noticiero. Fabio buscó la fecha y vio que los números cambiaban cada vez que intentaba enfocarlos: 14 de marzo, 27 de noviembre, 3 de agosto; después apareció una secuencia de cifras que no pertenecía a ningún calendario conocido. Finalmente solo quedó 0,2 y la pantalla se apagó.

A partir de ese momento perdió la cuenta exacta de los viajes. Hizo doce, quizá trece, y cada uno terminó por convencerlo de que el cronomóvil ya no obedecía las leyes según las cuales había sido calibrado.

En un hospital encontró todas las camas ocupadas por pacientes sin rostro, atendidos por enfermeros que entraban en las habitaciones y nunca volvían a salir: simplemente, en algún momento, se desvanecían. En una playa contempló durante horas cómo el mar avanzaba y retrocedía sin que la línea de la orilla se desplazara un solo centímetro. Visitó una biblioteca en la que cada libro contenía únicamente la página central, fuera cual fuese el número total de páginas indicado en el lomo.

En un metro leyó en los carteles de las estaciones nombres como Roma, París, Infancia, Tierra y Mañana, pero ninguno de los trenes reducía lo suficiente la velocidad como para poder subir a él.

En uno de los lugares más inquietantes, un corredor iluminado por una hilera de lámparas amarillas, vio a una mujer que le recordó a su madre. El parecido era tan grande que durante unos instantes olvidó toda prudencia y la siguió, llamándola por su nombre. La mujer se detuvo y volvió lentamente la cabeza. Más tarde, Fabio no supo determinar si carecía de rostro o si aquel rostro era sencillamente imposible de recordar. Regresó corriendo a la máquina y solo después de sellar el portal advirtió que todavía tenía entre los dedos la pipa, partida en dos.

Continuó revisando los circuitos, convencido de que tarde o temprano encontraría la avería. El reactor temporal funcionaba correctamente, los sistemas de compensación no mostraban anomalías y los cálculos conducían invariablemente a las coordenadas solicitadas. Incluso el error de fase permanecía dentro del límite establecido de 0,2.

El número empezó a perseguirlo. Lo encontró en una esquina de un instrumento que no debería haber indicado decimales, en la distancia entre dos coordenadas, en el tiempo restante de encendido e incluso, durante uno de sus viajes, en la disposición de las estrellas sobre una llanura negra. En otra ocasión le pareció que algunas grietas del suelo componían un cero seguido de un dos. Decidió que era sugestión, pero la hipótesis no lo tranquilizó: si veía aquel número donde no debía existir, significaba que su mente estaba cediendo; si, en cambio, era real, la situación probablemente era peor.

Después de un número impreciso de intentos, permaneció sentado en el suelo del cronomóvil durante un lapso que no supo calcular. Había dejado de fumar, no porque quisiera hacerlo, sino porque la propia idea de encender la pipa le parecía pertenecer a una persona que ya no era él. Una persona serena, segura de sí misma, capaz de relajarse.

Miró a su alrededor.

—No estoy viajando en el tiempo —se dijo finalmente. Luego reflexionó y corrigió la afirmación—. O, al menos, no solamente.

Retomó sus apuntes e intentó reconstruir lo sucedido desde el momento de su encuentro con la máquina de dos millones de años atrás. Recordaba el panel, el resplandor, las figuras que no eran hombres y que, sin embargo, poseían algo íntimamente humano. Había supuesto que había presenciado una grabación o alguna forma de comunicación, pero no existía ninguna razón para creer que el fenómeno hubiera sido tan inocuo. La máquina podía haber interferido con el cronomóvil. O con él. Quizá no le había mostrado otra realidad, sino que había modificado la manera en que su vehículo se conectaba con la propia.

Volvió a las fórmulas originales del proyecto. Todo desplazamiento temporal contemplaba una fase intermedia, teóricamente carente de duración, durante la cual el cronomóvil no pertenecía ni al instante de partida ni al de llegada. En la práctica, aquella fase siempre había sido considerada irrelevante, una necesidad matemática que no correspondía a ningún lugar real. Pasó nerviosamente las páginas hasta encontrar el parámetro que buscaba.

0,2 φ.

Permaneció inmóvil.

Siempre había interpretado aquel valor como el margen instrumental de la transición y, con el tiempo, incluso había dejado de anotar la letra que lo seguía.

Pero φ no indicaba un error. Indicaba la fase.

Sintió que se le tensaban los músculos de los hombros.

—Cero punto dos no es la desviación —murmuró. Miró a través del cristal oscurecido del portal—. Es donde estoy.

La idea parecía absurda, pero explicaba más cosas de las que Fabio hubiera deseado. Quizá el cronomóvil ya no completaba el salto: entraba en la fase de transición y solo emergía parcialmente de ella, arrastrándolo hacia regiones que no eran propiamente tiempos ni mundos, sino intersecciones entre diferentes posibilidades de tiempos y mundos.

Las ciudades, las personas, el niño, la biblioteca, su madre: no eran necesariamente ilusiones, pero tampoco realidades en el sentido en que siempre había utilizado esa palabra. Podían ser fragmentos de vidas que habían ocurrido y lugares que habían existido, cosas que podrían haber sucedido o que sucedían en otra parte; o, sencillamente, interpretaciones que su cerebro construía ante algo que no era capaz de percibir por completo ni de comprender.

Esta última posibilidad le pareció la más angustiante.

Si solo veía interpretaciones, jamás podría saber qué tenía realmente delante.

Se acercó al portal, pero no lo abrió. Durante unos segundos le pareció oír una respiración al otro lado. Se volvió y regresó a los controles. Si el problema consistía en la imposibilidad de completar la transición, tendría que intentar precisamente aquello que hasta ese momento había evitado: intervenir mientras el cronomóvil se encontraba en la fase intermedia. El sistema había sido diseñado para que una operación semejante resultara imposible, por la sencilla razón de que nadie debía encontrarse conscientemente en un intervalo que, según la teoría, carecía de duración. Sin embargo, Fabio eliminó el destino temporal, desactivó los correctores automáticos y dejó únicamente el valor de fase.

La pantalla tembló.

Por un instante creyó haber destruido el sistema. Luego apareció en el panel una figura que nunca había programado. Parecía una curva vista en perspectiva, pero, mientras la observaba, Fabio tuvo la clara sensación de estar mirando dentro de algo.

La curva se alargó, se estrechó y adquirió profundidad. Se asemejaba a un túnel cuyas paredes se ramificaban en innumerables direcciones, la mayoría de las cuales desaparecían apenas intentaba seguirlas con la mirada. Solo una permanecía estable y, en su extremo, pulsaba un punto blanco.

Comprobó los parámetros. No había destino. No había coordenadas. El indicador temporal mostraba una línea vacía. Solo el valor de la fase seguía siendo legible: 0,2.

El punto blanco se encendió, se apagó y volvió a encenderse. Fabio apoyó un dedo sobre el botón rojo. Si su hipótesis era correcta, aquella estructura podía ser el recorrido por el que el cronomóvil entraba y salía de la región intermedia. Siguiéndola, quizá encontraría finalmente el modo de completar un viaje. Pero no sabía si el punto luminoso representaba una salida, otra zona de transición o algo que había aprendido a mostrarse bajo aquella forma para que él pudiera comprenderlo.

Retiró la mano. El punto continuó pulsando.

Tomó la pipa rota, la hizo girar distraídamente entre los dedos y volvió a observar la figura de la pantalla. Cuanto más la miraba, más tenía la impresión de que el túnel no había aparecido como consecuencia de sus modificaciones; más bien parecía haber estado siempre allí y que, al eliminar todos los demás parámetros, él simplemente había quitado aquello que le impedía verlo.

—Quizá —dijo.

No se le ocurrió nada más tranquilizador.

Fabio se dejó caer en el asiento de mando. Estaba atrapado en la transición, en una zona de tiempo infinito en la que ya no podía decidir dónde y, sobre todo, cuándo detenerse. Si no encontraba una solución, seguiría viajando en el tiempo sin un destino preciso, como si algo, o alguien, se divirtiera mostrándole distintas vidas distribuidas en tiempos y formas diferentes, pero sin concederle la respuesta a su pregunta: «¿Cómo consiguió el género humano extinguirse por segunda vez?».

Aquellas palabras estaban grabadas en su mente como un letrero de neón. Esa era su meta, y el cronomóvil enloquecido, o saboteado, no era más que una distracción.

Intentó calmar los latidos de su corazón, convertidos ya en un galope frenético: vivir en el tiempo, sin una vía de salida, lo aterrorizaba, teniendo en cuenta que cualquier elección redefiniría también el tiempo de su propia vida. ¿Dejaría de envejecer? ¿Viajaría eternamente por mundos y vidas etéreas, sin posibilidad de comunicarse ni comprender? Su pensamiento regresó a las formas volátiles que había encontrado dos millones de años atrás y durante sus viajes descontrolados y erráticos. ¿Qué eran? Tal vez intentaban decirle algo, quizá advertirle de lo que sería el futuro.

Decidió que, por el momento, la prioridad era el cronomóvil: debía comprender el significado de aquel punto blanco que parpadeaba. Volvió a mirar los parámetros: destino cero, coordenadas cero. Comprobó el funcionamiento de todos los sensores, que activarían un diagrama general de todos sus desplazamientos. La cabina se iluminó con mil luces y en el monitor apareció el gráfico: desde el eje de ordenadas partía una línea paralela al de abscisas, y desde este surgía una serie de líneas verticales que terminaban en la única perpendicular.

Eran trece, como sus paradas en el tiempo.

Lentamente comenzó a dibujarse otra línea, irregular, que intersectaba todas las verticales hasta alcanzar el punto blanco.

Aquella línea salía de la pantalla.

El punto luminoso recorrió todas las intersecciones, avanzando y retrocediendo, como en uno de aquellos antiguos juegos de las primeras computadoras. Tras una última carrera, el punto se detuvo al final del recorrido dibujado; el parpadeo aumentó de frecuencia y ahora estaba acompañado por una señal sonora que comenzó a resonar en su cerebro.

¿Qué debía hacer?

La luz y el sonido parecían una petición de auxilio, frenética, desesperada.

¿O una advertencia?

Apartó aquellas sensaciones y se concentró en interpretar el diagrama, pero no consiguió extraer ningún significado aparte del recorrido que el punto luminoso repetía una y otra vez: seguía pareciéndole un juego.

Sin embargo, el miedo a permanecer atrapado se estaba transformando en terror. Las manos comenzaron a temblarle mientras pulsaba botones y accionaba palancas al azar.

Cedió ante la frustración y el cansancio. Cerró los ojos y retrocedió mentalmente.

¿Por qué se había extinguido la humanidad? ¿Por qué su objetivo había sido la autodestrucción?

Pensó en todas las posibilidades, tratando de encontrar alguna pista: las guerras, las hambrunas, las catástrofes naturales, la nieve alienígena, el poder económico, desde siempre verdadero motor del desequilibrio humano, las distintas religiones y su manera de hablar de amor mientras vivían del odio.

Todo demasiado fácil: siempre existía alguna posibilidad de elegir y evitar la extinción.

Sí, demasiado fácil y, sin embargo, ya había ocurrido al menos dos veces: la histéresis humana había superado el umbral de supervivencia, ese estado del que uno solo toma conciencia cuando ya no existe solución. Durante años, la comunicación había sido el muro de goma contra el que nada podía oponerse, y la dependencia que había creado alimentaba la zona de confort: no tener problemas, vivir en el propio pequeño mundo respetando a todos, siempre y cuando esos todos no pensaran de manera diferente.

La comunicación, una vez entregada sin freno alguno a todos los seres vivos, se había convertido en el recipiente de todas las posibilidades que Fabio acababa de enumerar en su pensamiento, ya corrompido por el delirio de la soledad eterna.

El título de todo aquello le resultaba claro: el mundo funciona como yo digo que funciona, y nadie sabía quién era ese «yo».

Recobró la compostura y volvió a manipular los controles. Aisló la primera intersección del diagrama, ocultando todo lo demás. El punto blanco se situó allí y la luz estalló: en el monitor aparecieron las figuras que fluían del mecanismo que había encontrado en su primera parada, y nuevamente le parecieron conocidas.

Volvió a experimentar aquella sensación de intimidad que lo había invadido entonces, pero esta vez tuvo la impresión de que las figuras lo empujaban a continuar, a avanzar, como cuando alguien apremia a otra persona.

La sensación de familiaridad se convirtió en la conciencia de un reproche que él no comprendía.

Cambió de intersección.

Pasó a la segunda, luego a la tercera, hasta completar el recorrido que terminaba en el punto blanco del extremo. Revivió todos los momentos de sus paradas y en cada uno percibió la misma sensación de advertencia: el niño junto a la ventana, su madre, el hospital. Todo parecía impulsarlo a hacer algo, a dar un paso definitivo hacia adelante, como si quienes habían vivido antes que él le suplicaran que reparase algo equivocado, tanto en el tiempo como en el espacio.

Pero Fabio no podía hacer nada.

Cerró los ojos y se aferró a la última posibilidad: dejar que la imaginación comprendiera qué era todo aquello que estaba viviendo y que lo había atrapado.

0,2.

¿Qué significaba?

Miró el monitor y aquellos números seguían presentes en una esquina.

—¡Piensa, profesor Joskowicz, piensa! —se dijo, casi gritando.

El 0,2 de la pantalla comenzó a aparecer y desaparecer de manera intermitente, alternándose con el punto blanco. Pensó que parecía la introducción de una canción de rock.

Sonrió.

Pero aquella sonrisa fue como una ráfaga de viento que lo barrió todo.

¿Y si realmente no fuera más que un juego?

¿Y si la humanidad no fuera sino el resultado defectuoso del proyecto de alguna entidad insondable?

Su imaginación se desbocó.

0,2: el cero era el número del proyecto; el dos identificaba el segundo intento, catastrófico, de crear a la raza humana.

Abrió mucho los ojos y se convenció de que así era.

Sospechó que todas aquellas pseudovidas con las que se había encontrado lo invitaban a avanzar hacia el futuro, para impedir que ese dos aumentara.

Se convenció de que el cronomóvil volvería a funcionar.

Fijó una fecha mil años posterior al tiempo del que había partido. El cronomóvil se encendió. Partió.

Durante el viaje pensó que la imaginación seguía estando demasiado subestimada frente a las reglas y los pragmatismos que definían el orden social. Se sintió satisfecho consigo mismo.

Pero todo su entusiasmo desapareció cuando llegó a destino.

Bajó y se encontró en un mundo oscuro, calcinado, con unos pocos edificios todavía en pie, interrumpiendo aquí y allá un horizonte desolado. Había algunas máquinas de guerra destruidas y el inconfundible olor de la muerte impregnaba el aire.

Había llegado tarde.

La humanidad había sufrido una nueva autodestrucción.

Regresó a la máquina y no se sorprendió al leer lo que ocupaba la pantalla:

0,3.

En su primer viaje había creído ser el primer hombre sobre la Tierra, pero ahora, sin duda, era el último.

Y aquello era real.

Pero si todo era realmente un juego programado, ¿por qué seguía vivo y por qué lo habían conducido hasta allí?

¿Sería él quien iniciaría una nueva era de la humanidad?

Y, en aquel juego, ¿qué papel le correspondería?

¿Adán?

¿O quizá Dios?


Los autores: Alejandro Aguilar R. (México), Ana Lúcia Merege (Brasil), Claudia Isabel Lonfat (Argentina), Claudia Leslie Aguilar Rojas (Bolivia), Dora Gómez Q (Argentina), Fiorenzo Dioni (Italia), Franco Ricciardiello (Italia), Gonzalo Geller (Argentina), Heiko H. Caimi (Italia), Joyce Barker Bucat (Chile), Lu Evans (Brasil), Luciano Lara (Argentina), Luis Saavedra (Chile), Luz Moreno (Argentina), Marcela Iglesias (El Salvador/Ecuador), Margarita Pacheco (México), Maritza Macías Mosquera (Chile), Myriam Goluboff (Argentina/España), Rosa Lía Cuello (Argentina), Sandro Centurión (Argentina), Stefano Valente (Italia), Víctor Lowenstein (Argentina), Sergio Gaut vel Hartman (Argentina).

 

 

 

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO (DOCE)