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miércoles, 3 de junio de 2026

EL OJO DEL SEÑOR

Cristian Mitelman

 

Lo llamaban Juan de Cárdenas, aunque es un falso apellido originado por el accidente que padeció en el sitio de Arras, una tarde de junio de 1640, cuando el bichero de un soldado francés le arrancó el ojo izquierdo y tanta era la sangre en su rostro que el médico de la guardia española reseñó en su libro: “un soldado con el rostro cárdeno y un vacío perfecto en la cuenca, vacío del que manaba aquel torrente que olía a hierro y que al llegar a tierra ya comenzaba a coagular”: así anotó en el libro y “el cárdeno” se convirtió en el modo en que empezaron a llamarlo, aunque también existía el apodo meno poético de el “Tuerto de Arras”.

Durante catorce días la fiebre lo consumió y periódicamente lo visitaba un sacerdote para administrar la Extremaunción. Llegaba un poco antes de la medianoche: el resto del día la pasaba en los entierros de los militares españoles que, perseguidos por la desgracia o por la mejor estrategia de los franceses aliados a los blasfemos protestantes, desfilaban al otro mundo para engrosar las tropas celestes del verdadero Dios de los Ejércitos. Juan el Cárdeno, más tarde Juan de Cárdenas, parecía aferrado a la vida desde esa única cuenca sobre la que se derramaba la luz de un velón que apenas iluminaba el camastro, el poyo junto a la ventana y el cuenco de agua con un gusto levemente salobre. Había también sobre el lecho del moribundo una pintura de la Virgen, pero la imagen se fundía en la penumbra y el herido apenas entreveía los pies de una señora cuyo calcañar aplastaba a una serpiente y, ya fuera por la locura, por el dolor de la herida (escaseaba el láudano en aquellas tierras donde las fuerzas del infierno parecían dar la victoria a los sublevados) o por la ausencia de mujer, lo cierto es que antes de adormecerse y caer en algún tipo de pesadilla aquellos pies femeninos eran el único recuerdo de Venus que pasaba por el ojo de Juan de Cárdenas. Eran sueños confusos: aquellos pequeños dedos descendían del cuadro y tocaban los labios del enfermo, que al principio los besaba devotamente y luego se iba enardeciendo hasta pasar a los amores imperfectos de la materia, pero una voz lo detenía, y no era un reproche ni la profética lengua de los que están en el Cielo o el Infierno; no era nada de eso, sino la voz de una muchacha que reía y le decía: debes levantarte, Juan, y llegar a tu aldea: te están esperando.

Por la mañana, cuando el mundo reestablecía su orden, sentía miedo de aquellos sueños. Sentía culpa. Aquel secreto no podía salir de sus labios cuando el cura intentaba confesarlo. Sabía de los Tribunales y los juicios eclesiásticos. Como buen soldado, intuía que la mejor forma de sobrevivir, ya fuera en los tercios borbónicos o en la vida fuera de la milicia, consistía en el silencio.

El sueño no se repetía siempre. Con los días empezó a ver un paisaje que lentamente se iba oscureciendo. También miraba los árboles desde abajo y el modo en que las nubes y las estrellas pasaban entre las ramas llevados por el viento. Podía ver las patas de los galgos de caza y a veces sentía la leve inclinación de las briznas que seguía la ruta solar cuando el cielo parecía un largo escudo de gules y luego sobrevenía, en la heráldica del mundo, la noche atezada. No obstante, las tinieblas fueron cubriendo aquellos colores que venían de un lugar que Cárdenas sentía conocido y extraño a la vez. Una mañana en que la fiebre comenzó a desvanecerse y sintió que podría pararse, entendió lo que le había ocurrido: lo que había soñado eran las últimas proyecciones que el ojo arrancado de su cara había visto. Aquellas tinieblas finales correspondían a la fusión de la cuenca con la tierra que la iba devorando.

Volvió a su pueblo en la Isla de los Faisanes y con algún resquemor aceptó el Tratado de los Pirineos, por lo que durante seis meses era súbdito francés y los otros seis meses súbdito español. Con un ojo vacío y el otro pleno, con dos nacionalidades a cuestas y con una guerra perdida, Juan de Cárdenas trabajó en el viejo molino familiar viendo en las cambiantes nubes del norte una imagen bastante certera de su propia existencia. Para no generar tanta impresión en los niños y en los ancianos, debió tapar su rostro con un parche que él mismo hizo con el cuero discado de un cerdo.

Una mañana de mayo, un viajero que venía del reino de Holanda le habló de cierto joven hebreo que había aprendido a pulir cristales para que la gente viera mejor y que esta ciencia la había aprendido de un trabajo hecho en Francia por un señor llamado Descartes, quien se dedicaba al estudio de lo que hay debajo del cráneo, sabio que no dudaba en abrir animales para comparar lo que el Señor había hecho en ellos con nuestra humana naturaleza. Y le había dicho también que de aquellas abominaciones parecía surgir un nuevo conocimiento del mundo que no cuadraba con el saber antiguo, ya que la patrología prohibía claramente eso de andar hurgando en los vivos y en los muertos.

Juan de Cárdenas emprendió entonces el viaje a las tierras del norte. Sentía que volver a tener algo que simulara un ojo en la cara podría devolverle no la vista (ni las imágenes de aquella pupila que se había ido oscureciendo) sino la sensación de ser un hombre como todos los demás. Hacía tiempo que deseaba hablar con la hija de un molinero con el que su familia mantenía trato por tres generaciones, pero aquella oquedad en su rostro le había hundido una lenta tristeza en el espíritu que le impedía relacionarse con el mundo. Se había convertido en un hombre taciturno y algunos creían que en la batalla, además de perder el ojo, le habían cercenado parte de la lengua.

El viajero le aseguró que el hebreo, cuya familia era de origen hispánico, hablaba perfectamente el castellano, además del latín, el holandés, el francés y la lengua de Adán, ya que el hebreo sólo podía ser la lengua que se había hablada dentro del Edén y luego fuera del jardín, una vez que los primeros padres fueron expulsados por aquel asunto de una serpiente y un pomar.

Durante tres años juntó los maravedíes que lo separaban de la nave que lo llevaría a las brumosas tierras del norte. Cuando partió de la aldea, casi nadie notó su ausencia. Cuando llegó al puerto de Llanes, era menos que una sombra fugitiva en las paredes.

Pernoctó en las afueras de la Iglesia de Santa María Magdalena y por primera vez en mucho tiempo se descubrió a sí mismo rezando. Volvieron a su mente aquellas difusas noches de agonía en que los pies de la mujer rozaban su frente. (Con dolor habrá pensado en la hija del molinero.) Hay momentos en los que todos deseamos alguna revelación. Nada de eso ocurrió en la vida de Juan de Cárdenas: se adormeció reclinado en el muro meridional del templo para protegerse de la cellisca y un perro orinó en su pierna. Fuera de eso, no hubo ningún otro hecho significativo.

Las jornadas en el mar tuvieron mucho de aquellos antiguos combates en las tierras flamencas: la nave de pronto empezaba a mecerse y el maderamen se convertía en un crujido permanente bajo ese cielo que oscilaba entre la oscuridad y unos rojos momentáneos. Y el mar era algo extraño, casi invisible. Cárdenas pensó que debajo de ese extraño revoltijo de salmuera y espuma estaba el mar verdadero, pero la nave nunca llegaba a alcanzarlo tal como en la guerra la tierra que debe conquistarse siempre está un poco más allá. Pero a pesar de todo, extrañamente un día la guerra termina. Lo mismo sucedió con aquel viaje: aun con la borrasca que no dejó de perseguirlos, una mañana vieron las torres de Veerhaven y supieron que la providencia los había llevado a destino.

El camino a Ámsterdam fue todavía más difícil, porque el aspecto mal entrazado del tuerto de Arras y las memorias de la vieja contienda no hacían más que dificultar el acercamiento a la ciudad. Algunas veces le dieron mal las indicaciones, por lo que Cárdenas debió retroceder y perderse en campos amarillos cuyos cuervos eran pequeños puntos negros en el cielo. Pero en casi todos los casos la gente no le respondía con la excusa de no entender su jerga, hasta que tuvo la suerte de dar con un judío que, más acostumbrado a la tolerancia, logró explicarle en un ladino desdibujado cómo llegar no sólo a la ciudad, sino al barrio donde podría dar con el tallador de cristales. Le aseguró que el joven, además, parecía dedicarse a raras sofisticaciones teológicas.

Durmió en los aleros de las casas; pernoctó en los graneros; varias iglesias y alguna sinagoga fueron el improvisado dormitorio. Se descubrió haciendo la vida de un vagabundo. Pasados varios días supo que era un vagabundo. En la pequeña talega conservaba los maravedíes que serían suficientes como para pagar el nuevo ojo que lo reintegrara al mundo de los hombres que son semejantes a los otros hombres.

Una noche tocó la aldaba de una puerta que estaba en el medio de tres. El muro sombrío se extendía hasta un sitio al que su única pupila no lograba acceder. Lo recibió un hombre que, pese a la juventud, tenía en la mirada un antiguo cansancio. Era un español extraño el que manejaba: estaba formado en los libros y en la memoria de los suyos. No era la lengua viva, la lengua de la calle, la que está viva en los intercambios cotidianos: en el precio de vino, en el chiste sobre los cuernos de un marido, en la canción de rima fácil y el insulto; no era la lengua maliciosa de las mujeres ni la germanía de los pícaros. No. Era ese idioma que se condensa como la arena que pasada por el fuego y las sales se transforma en las cuentas de vidrio de un collar.

El judío lo escuchó. ¿Qué habrá comprendido de las razones del tuerto de Arras? Lo cierto es que lo llevó a una pequeña habitación en la que, dentro de especieros con un líquido ambarino, había unas pequeñas bolitas de cristal que parecían contemplar el mundo desde la dimensión de los objetos. Juan de Cárdenas sintió que aquellas falsa cuencas lo escudriñaban desde un lugar extraño al que hasta entonces no había accedido.

El hebreo lo llevó hasta otra pequeña habitación. Aunque no había ninguna pequeña oquedad por donde pudiera filtrarse la luz, no podía decirse que no estuviera iluminada. Unos espejos convexos duplicaban la iluminación que brotaba de los pabilos y cuando el dueño de casa le pidió a Cárdenas que le alcanzara una vela determinada, este se asombró al tocar una cera incorpórea, como si fuera el alma de una vela o la imagen que cada cual acuñaba en su mente acerca de lo que es una vela cuando arde y sobre ella fermentan las pequeñas polillas que giran en derredor de la claridad. El tuerto pensó en una especie de magia oscura. La mirada triste del hombre lo hizo desistir.

—Es sólo un reflejo —le dijo su anfitrión.

Luego se acercó al viejo soldado y se quedó observando su ojo sano. Se excusó al salir de la habitación y regresó unos minutos después. Le mostró la pieza que había seleccionado para que reemplazara al ojo perdido. Antes de pedirle que se quitara el parche de cuero, tomó un escoplo y del lado oculto del vidrio talló tres caracteres. Los espejos invirtieron la imagen y el soldado vio ע.[1]

—En la espalda de tu ojo coloco una respuesta; es todo lo que puedo ofrecerte.

Cuando Juan de Cárdenas extrajo las quince monedas que llevaba, sólo le aceptó tres; una por cada letra que le había dibujado. Y luego le alcanzó un pañuelo embebido de una solución alcanforada. El muchacho cambió ciertos hábitos tímidos por una mayor firmeza.

—Respire —le dijo.

Acostumbrado a las órdenes en sus días de milicia, el tuerto cumplió sin cuestionarse demasiado. Lo cierto es que se dejó llevar por un sueño que hasta entonces no había conocido. El cuerpo se le desvaneció sin conciencia ni ensoñaciones. Y entonces no hubo nada: fue como volver a una especie de vacío primario que estaba en el límite de la misma existencia.

Al despertar sintió algunas náuseas, pero el pulidor de cristales le acercó un cántaro para que pudiera beber. Le dijo que la cara iba a estar inflamada un par de días, que hasta entonces no se moviese de la casa. Luego le acercó un espejo y Juan de Cárdenas pudo ver su rostro completo. Su ojo de carne y nervios lloró; su ojo de vidrio quedó quieto. Pero había algo en ese ojo que, más allá de su dureza, tenía vida y de alguna manera parecía imitar al otro. No en los movimientos, no en la secreta lubricidad y mucho menos en el llanto; aunque Cárdenas supo que había algo más que hasta entonces le iba a resultar indescifrable.

Tres días estuvo en aquella habitación atestada de libros y de inescrutables caracteres que parecían cuñas en las hojas.

El joven de mirada triste entraba en el cuarto con té o alguna pequeña vianda de pan y queso. El dolor fue intenso la primera jornada. No pudo dormir: sentía que el falso ojo iba a saltarle de la cara. Pensó que mejor le hubiera sido quedarse en la pequeña isla, seis meses súbdito del rey de España, al que aborrecía; seis meses súbdito del rey de Francia, al que aborrecía aún más; eternamente súbdito de la hija del molinero, a la que amaba y, para su amargura, le provocaba un claro temor cada vez que lo veía con el parche de cuero que se había ido cuarteando, tal como su rostro también había envejecido.

Al segundo día se sintió mejor y antes de que fuera la primera estrella del viernes se puso de nuevo en camino.

Fue entonces que las visiones empezaron. No aparecían en el momento del sueño, única circunstancia en que a los hombres les es permitido adentrarse en los designios de la divinidad. La mitad derecha de su rostro seguía percibiendo el mundo común de los hombres: las ferias, los caminos de barro, las antorchas en medio de la noche. Podía oír los regateos en los mercados y esa mezcla de lenguaje que vive en los puertos. En cambio, el otro lado de su cara se adentraba en imágenes sin sentido. La primera vez vio una especie de ínfima criatura unida con un cordón a un lugar invisible. La criatura, al igual que los ojos del judío, flotaba en un líquido sin tiempo.

En la embarcación de regreso oyó a una joven canturrear una vieja nana de infancia. El ojo de vidrio veía la mano de la joven sobre el regazo.

Cuando aparecían aquellas visiones, Juan de Cárdenas, conocedor de la perfidia humana, prefería quedarse en silencio atendiendo (o haciendo que atendía) al ocasional mundo de los otros hombres. Sabía que si hablaba de aquello que miraba desde el cristal lo llevaría al banquillo de la Inquisición. Lo mejor era estarse así, quieto o caminando; atento a los ruidos del universo cotidiano, pero observando de refilón aquella otra realidad que se le abría de un modo fragmentario.

Una mañana vio una flor blanca que empezaba a deshacerse en las manos de un viajero, aunque no sabía quién era aquel hombre y de dónde podía provenir aquella flor. Otra vez dio con una puerta en un muro y un hombre que pasaba frente a ella sin animarse a entrar. Otra noche sintió el arrastrarse de un animal espantoso que se movía sobre dos patas que eran círculos unidos por cadenas. La bestia hablaba el idioma de las lombardas que había oído en sus viejos días de combate.

Las visiones eran inconexas: podían ir desde el vuelo de una abeja hasta los pasos furtivos de un hombre a través de una calle estrecha cuyas casas de un lado y otro de la acera estaban separadas por un brazo de distancia

Se acostumbró a aquellas iluminaciones sin sentido como los hombres que viven en una aldea un día aceptan que hay guerra o peste y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Juan de Cárdenas llegó a su aldea. Esa semana se enteró de que la hija del molinero se había casado con un joven negociante de telas. Sabemos que dio a luz a los ocho meses y que murió en el parto. El niño sobrevivió.

El viejo soldado lloró secretamente a lo largo de los ocho meses de embarazo y también lloró en secreto la muerte de aquella mujer que había amado. Con su mano rozó el ojo de cristal. Le llamó la atención que también se hubiera humedecido levemente.


Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 



[1] La “Ayin” en hebreo representa al Ojo.

viernes, 24 de abril de 2026

LA MUJER DE LÁZARO

Cristian Mitelman

 

Mi madre murió en los trabajos de parto, según me dijo un día su hermana mayor, la señora Matilde, que me crio hasta los trece años en los campos de Castilla la Vieja, y dado que yo fui la causa de la muerte de la madre, mi destino estuvo marcado por los trabajos y las privaciones, tal como quien es deudor y todas las noches siente que su acreedor está por caerle y deberá dormir a la intemperie, puesto que ya no habrá de quedarle ni el heno del establo para descansar junto a los bueyes. Y digo que mis primeros años fueron una preparación para la laceria de los posteriores, y es que la señora Matilde, casada con Tomé Jaramillo, no era mujer habituada a los hábitos mundanos como el yantar y el beber, al punto que su imagen, consubstanciada sólo con las cosas del espíritu, parecía uno de esos chapiteles de las iglesias toledanas que vi en uno de mis primeros viajes, aunque de eso hablaré más tarde, porque todas exposición debe tener un orden y no conviene que el después anteceda al antes, como me explicó el Arcipreste de San Salvador, mi actual dueño, hombre que, aunque formado en las letras de Aristóteles, es también un gran catador de vinos, que una cosa no va en menoscabo de la otra, siendo que así sucedía con la señora Matilde, que de tanto atender la salud del alma, descuidaba los bienes del cuerpo y era su desnudez un anticipo de la muerte venidera, porque yo que la miré sin paños puedo atestiguar que las costillas le bailaban al igual que un esqueleto en tumba movida, y esto no debía de ser de agrado de Tomé Jaramillo, a quien le gustaba la longaniza y todo lo que tuviera abundancia de materia, mas cuando yo quería comer, impedíalo la señora Matilde, alegando que esas eran cosas de hombre que trabajaban en el campo y que no cuadraba a las mujeres la gula ni los otros seis pecados hermanos. Y digo que a don Tomé Jaramillo debía angustiar la imagen de la muerte que habitaba en su señora esposa, porque más de una vez se santiguó a espaldas de ella, como quien está en presencia de una mala imagen a la que conviene alejar. Y además, siendo yo moza, tenía el trabajo de limpiar los establos de cuadra y más de una vez encontré al señor con otras mujeres que yo conocía del pueblo y allí sucedía la inversión del mundo, porque todo el mundo dejaba de mostrar la cara y era el culo la parte más saliente del cuerpo, y al ser establo y haber caballos pensé yo que todos imitaran a las bestias y el señor montara campesinas rollizas y las campesinas rollizas también quisieran ser jinetas y se colocaran sobre don Tomé Jaramillo para una carrera que duraba sus buenos momentos. Y este lugar era bueno para mí, porque a escondidas de doña Matilde, el señor ejerció la primera caridad conmigo, y siempre me tenía reservadas algunas papas cocidas, pequeños trozos de pernil (esos eran días de fiesta) y restos de bodigos que en las casa quedaban y que él sacaba antes de que endurecieran y fueran comida de los muchos ratones que por allí corrían. Habiendo cumplido ya los doce años, fui una noche, tal como cuadraba, a limpiar la bosta de los caballos, cuando don hallé a mi amo en la más estricta de las soledades, y viéndole así me acerqué y él me convidó con un pan nuevo, recién horneado que me pareció recién salido de los hornos del cielo, aunque tengo entendido que es en el infierno donde se genera el calor que surge bajo la tierra, y si esas cosas nacen del abismo, pensé que era mejor condenarse para siempre que salvarse a costa de las miserias a las que se sometía mi señora Matilde, y algo de mis pensamientos habrá visto el tío, que puso discretamente su mano en mi rodilla y luego comenzó a subir y hasta llegarme adonde nacen las bragas y luego sentí su aliento contra el mío y mucho me hizo doler ese día, y aunque las lágrimas se empeñaban en salir de los ojos, él mismo la enjuagaba con sus labios y, en medio de amorosas promesas que se mezclaban con los insultos que solía murmurar en compañía las otras campesinas que por allí pasaban, me enseñó el arte de las acciones que deben ocultarse, único arte que permite a las mujeres pobres sobrevivir en una sociedad como esta, que por fuera muestra una cara y por dentro es algo tan distinto. Pero por más que se oculten ciertos actos, las cosas terminan por saberse y es que mi dueña no conoció las acciones del marido y la sobrina, por lo que una tarde de otoño me dijo:

—Puta al igual que tu madre, que Dios la tenga en su gloria, aunque cosa difícil es. Mejor vete, que ya no hay lugar para ti en esta casa y además ya sabes cómo puedes tener tu alimento.

Y así me vi desamparada de todos, por lo que me encaminé a Toledo, adonde habían dicho que tenía familia, y aunque fuera improbable, no tenía otra posibilidad que ir a una ciudad que desconocía por caminos que también me eran extraños, a la espera de conseguir alguna casa en que pudiera emplearme, porque ya estaba crecida y formada y podía lavar platos y zurcir camisas o limpiar caballerizas, llevar el heno y todo cuanto una joven puede hacer. Lo cierto es que siempre hay poca moneda en estos parajes del mundo y los maravedíes que se ganan en las Indias se pierden en los mares o en la corte, por lo que nadie se dignaba a tomarme como criada, por lo que acabé en una venta solicitada por los muchos viajeros que venían allende el océano, pero no eran estos hombres de alcurnia ni que hubieran ganado su lugar bajo el sol, sino una soldadesca ruin como la madre que la había parido y mis días pasaban en un bodegón donde todo olía a rancio y perdido de día y todo olía a regüeldo por las noche, y es bajo esas mantas donde gané durante años el sustento con el que pude mantenerme a mí y a los tres hijos que me llegaron a su debido turno, de padre distinto pero idéntico gesto, porque los hombres no difieren en su forma de ser y se diría que todos participan de una especie de hombre general cuya idea se le habrá ocurrido a algún demiurgo borracho, pero mejor es que calle, porque los tribunales funcionan plenamente en estos días y no quiero que me acusen de herejía o de andar judaizando, carta corriente en las cárceles del Santo Oficio, que todo lo mira y a quien bastante debo, porque es parte de mi historia lo que a continuación viene y es que pude abandonar la soldadesca porque una noche se allegó un Arcipreste del Salvador que había sido llamado como teólogo auxiliar para un juicio que se haría en Toledo contra un cabalista o algo así, y es que viéndome el dicho monje mujer todavía apetecible, decidió nombrarme criada personal y llevarme consigo a aquella ciudad, donde finqué un tiempo y conocí que ya no tenía familiares ni conocidos, por lo que estaba absolutamente sola en este mundo, ya que mis tres hijos también se habían dispersado por las rutas de Dios y en ellos pienso cada noche y es mi deseo mayor que no terminen en las galeras de su majestad o haciendo sombra de un árbol con los cuervos picoteándoles los ojos desmesuradamente abiertos, tal como tantas veces hallé en las distintas rutas por las que el cura me condujo. Que se arrimen a los buenos es mi deseo, por más difícil que sea este empeño. Aunque no soy experta en números, si mal no hago las cuentas fueron dieciséis los años que anduve trotando de venta en venta hasta que conocí al nombrado Arcipreste, hombre celoso de su cargo y astuto como una araña, porque sabía manejar al mundo a su antojo tejiendo redes que sólo él sabía pulsar. Supe servir a buen amo como creo que ninguna mujer lo haya complacido, pero para evitar malevolencia, que es cosa frecuente en estos páramos de España, dispuso que me casara con un mozo de origen desconocido que por entonces hacía el trabajo de pregonero de vinos y en eso él y yo vinimos a coincidir en lo mucho de nuestras fatigas y en lo poco de los premios que la vida prodiga a los que bien se esfuerzan, pero el cura que nos unió en matrimonio nos aseguró la vejez siempre y cuando estuviéramos bajo su órbita, tal como los herejes dicen que los planetas lo están alrededor del sol, cosa absurda si la hay, siendo que es claro que la tierra es el centro de todo el universo y es Roma el centro de la Tierra y es el papa el centro de Roma. Me avine así esposa de hombre humilde y así sirvo buenamente a dos hombres y ya no estoy bajo los caprichos y las violencias de los viajeros que pernoctaban en las ventas. Soy buena esposa por las noches y ninguna queja se oirá de mi amo, pero también soy buena esposa de la santa madre iglesia, porque el Arcipreste reclama su parte del trato y no hay nadie que conozca los gustos de ese hombre, por lo que las lenguas de serpiente me llaman la doble maridada y cada vez que mi esposo pasa en su corretaje de vinos los niños le juegan al toro y más de una chanza tuvo que sufrir, mas yo le digo que no haga caso, que la envidia es la única que habla en esos casos y los ojos de los que calumnian están rojos de mal mirar, porque si espiaran puertas adentro, grandes cosas descubrirían en sus propios portales y más de un hijo debiera de cambiar de apellido y más de un burlador pasaría de torero a toro y de toro a ciervo mayor, si es que tales cambios pueden existir tal como en los tiempo de Ovidio se dice que hubo, porque aunque mujer sin cultura soy, muchas cosas oí del Arcipreste que maravillaron mi entendimiento. Y hasta aquí no tengo mucho más que contar: intento mantener mi hacienda en paz y espero que si alguna vez nuestro Emperador vuelve a Cortes en Toledo, no haya menguado la prosperidad de los últimos años y mis tres hijos puedan conocer esta casa que los aguarda, casa rústica, es cierto, pero en la que no faltan los bollos de pan y la bota de vino.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

martes, 10 de marzo de 2026

MURMURARÉ TU NOMBRE HASTA EL FIN DEL MUNDO

Cristian Mitelman

 

La historia comienza con un árbol. Hace muchos años fui a buscar manzanas al río. Tenía doce años: ya había comenzado a ayudar a mi padre en la herrería. El taller estaba detrás de la casa. Era profundo y caluroso como las fosas infernales.

Al poco tiempo me acostumbré al hierro fundido; me acostumbré a que los metales se convirtieran en un líquido cuya escoria siempre quedaba adherida en la intimidad de la fragua. No conozco nada de teología. Soy analfabeto. Sin embargo, sé que el infierno tiene que ser algo parecido al viejo taller de mi padre. La inmundicia es más pesada y se deposita abajo, en medio del tormento de las almas para siempre fundidas en la perdición. Digo esto para que vean que los sermones del dominico Ulphias han sabido horadar mi alma. Sus palabras tenían un efecto oscuro cada vez que lo escuchaba en el oficio del domingo, antes de que saliera el sol. Iba con mi madre, mi única hermana y mi padre.

El fraile daba el oficio en latín, pero en el momento de la homilía usaba nuestra lengua. Por eso aprendí qué es la salvación y qué espera a los réprobos. Si todo hubiera sido en latín, es probable que mi vida hubiese ido por otros cursos. Lo que no se entiende no puede provocarnos nada, al igual que lo que no es tocado por el fuego no se funde nunca. Aprendí, pues, que la eterna lejanía de lo divino es lo que nos espera después del juicio y que el alma, en ese trance, desea ver a Dios, pero le es imposible y entonces surgen los dolores en que se va hundiendo hasta la eternidad. Ulphias dijo que así como cuando tenemos hambre lo único que nos consuela es el pan y el cuerpo no descansa hasta obtenerlo, así sucede con el espíritu de un condenado: siente hambre de Dios, pero ese alimento le es negado. Y digo esto del hambre para que no crean que mi discurso es el de un lunático aquejado por la bilis negra. Hablé de un árbol y hablé del hambre. Sucede que aquella mañana de mayo sentí deseos de comer manzanas y fui a la vera del río a buscarlas. Los primeros calores del año se sumaban a los rigores del taller. Atravesé el poblado y el mundo me pareció igual que siempre. A lo lejos se veía la muralla vieja; cerca del mercado me extasié frente a las tinajas con aceitunas; evité la calle de la judería… El mundo esa noche había conservado sus formas merced a la gracia divina.

Llegué al río: ya a lo lejos se percibía su frescura. Hubiera querido darme un chapuzón, pero había prometido regresar cuanto antes. Los campos de labranza se extendían siempre un poco más allá. Sabía que todo eso no me estaba concedido: están los que nacen para la guerra; están los que nacen para la oración como el fraile Ulphias; están los que nacen para trazar junto a los bueyes líneas rectas en los sembradíos. Y luego están los que pasan su tiempo en la fragua, como fue la vida de mi abuelo y la de mi padre. Pero el Señor (ya ven cuán lejos me hallo de la blasfemia) ha urdido ese plan para que todo funcione eterna y circularmente. Nosotros hacemos las armas y los arados; los caballeros de la sagrada orden nos defienden de la herejía que viene del Este, el campesinado alimenta al burgo y los dominicos se encargan de orar para que cuando sea el momento del juicio todos vayamos a la Jerusalén celeste. Así fue y así será.

Trepé al pomar porque las manzanas más sabrosas siempre están en lo alto. Entonces la vi, tal como Adán tuvo que haber visto a la serpiente o a Lilith. ¿Cómo sé quién es Lilith? Me lo ha contado hace años un viajero. Me dijo que antes de Eva hubo otra mujer, pero que el Señor la ocultó porque era más bella y peligrosa que cualquiera de sus creaciones. Si esto es un error, me rectifico ya mismo: soy hombre de fe y quiero permanecer en la fe sin ninguna mancha. ¿A quién vi entonces? A Marget, la campesina. La hija de los Nachtat. Sí, era ella. Cien veces podrá preguntármelo y cien veces diré que era ella quien nadaba en la corriente y reía en el agua desnuda. No recuerdo haber visto a nadie, pero ella hablaba o cantaba. A veces cantaba y después su voz se convertía en un susurro. No, ella no se dio cuenta de que yo la observaba. Yo era muy buen trepador, casi una ardilla, y más en esos días, cuando todavía me acompañaba la plenitud de las fuerzas. Desde entonces ella se me presenta: cada tanto la veo venir en mis sueños. Ella vuelve, tal como la encontré aquella mañana, en su primera desnudez. Quise cortar una manzana pero mi mano temblorosa la dejó caer. Así fue como ella me vio. Pensé que iba a escapar como el ciervo que oye una pisada sospechosa. Sus ojos me encontraron y sonrió como cuando su familia y la mía se cruzaban los domingos frente a la puerta de la Iglesia: una sonrisa ligera, pero sus ojos dieron de lleno en mi cara y entonces me sonrojé y el mundo se diluyó en una especie de agua y barro primitivos. Salió del agua para tomar la manzana que mi torpeza (o mi ignorancia) había dejado caer.  Su cuerpo desnudo estaba sobre el pasto, aunque a primera vista no llegaba a tocar la tierra. No puedo decir que estuviera flotando plenamente; lo cierto es que sus pies parecían hechos de otra sustancia. Tomó el fruto y luego lo comió en la orilla. Sus ojos miraban a un punto indefinido del río, donde hay contracorriente y el agua traza dibujos caprichosos, espirales concéntricas que nunca se resuelven y que estarán así, yendo y viniendo hasta el fin de los tiempos.

Yo volví al taller del padre con la cesta vacía. Me dio un bofetón por perder inútilmente el tiempo. Sin embargo, apenas lo sentí: ese día las sensaciones del mundo permanecieron lejanas. En mi mente tenía el paisaje del río. Era el dueño de un secreto que excedía mis capacidades de comprensión. Ni cien golpes de mi padre me habrían acomodado la cabeza aquel día. Y eso que tenía la mano pesada. Mano de herrero, como aún le dicen. 

Sé que ustedes tienen que limpiar la aldea de herejías y maleficios. Es una grave responsabilidad la que el Señor les ha encomendado. Yo sólo soy un espíritu ignorante que no ve más allá del fuego y el hierro. Por eso, cuando hablo, le temo al error. En los libros está la verdad y ya dije que no sé la forma de las letras; no entiendo de qué modo ustedes ven una serie de trazos y aseguran que allí hay tal o cual palabra. Grande es vuestra ciencia, que tan profundamente llega a intuir las cosas del cielo y el infierno.

Marget volvió a mis ojos muchas veces. De noche, como siempre, la encontraba en ese mundo que habita del otro lado de los ojos. He pecado: admito que yo deseaba que ella volviera. Porque ese primer día yo escapé y sentí que la imagen había quedado trunca. No alcancé a ver qué sucedió cuando ella terminó de morder el fruto. Desde entonces sentí la necesidad de dibujar la imagen que perdí. Por eso, cuando ustedes entraron en el taller que heredé de mi familia, encontraron en las paredes una y otra vez las mismas líneas. Soy yo el que las dibuja a veces plenamente despierto, pero también me ha sucedido que al despertar he encontrado dibujos que no recuerdo haber trazado, como si el carbón hubiera cobrado vida propia e hiciera un matrimonio de líneas escandalosas con la pared. Así es, señor, debo confesar que es por eso que ustedes veían que cada tanto yo blanqueaba las paredes. Por un lado, quería tapar aquellas vergüenzas, aunque también admito que la blancura me permitía otra vez reiniciar el mundo de aquel día, cuando tenía doce años. Y no sé si es mi mano o la de un íncubo o la de Marget la que ha trazado tantas veces lo mismo; no sé quién dibuja ni por qué han aparecido esos trazos finales que ustedes han visto, los que me escandalizan también a mí, porque lo que Dios ha cubierto desde el Génesis debe permanecer cubierto y obra impúdica es mostrarlo, de modo que sé que lo que hay en el taller no debe ser visto por ojo alguno que no esté preparado, tal como lo están vuestros ojos, forjados en la gracia para que nada los pueda torcer del recto juicio.

Sí, señor; el árbol en el que habéis colgado a Marget tiempo atrás por su matrimonio con el príncipe de lo oscuro es el mismo manzano que inició mi derrumbe. Habéis elegido correctamente, lo que demuestra vuestro poder infinito al estar revestido de la única fe.

De nuevo estamos haciendo el mismo camino que hace años, cuando casi era un niño y vi lo que no debía. Ahí está el árbol, por fin, el árbol que he dibujado miles de veces. Sólo espero que la rama que elijáis para mi cuello sea la misma que recibió a la joven, para que al fin pueda fusionarme en mi propio dibujo y mi alma conozca un atisbo del paraíso antes de hundirme irremediablemente en las tinieblas y en la fragua de los condenados.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

jueves, 5 de febrero de 2026

GRAN DIOS PERRO

Cristian Mitelman

 

Súbitamente los ladridos empezaron a eso de las ocho, cuando el cielo de verano ya empieza a enrojecer y la luz se recorta sobre los árboles que se han ennegrecido y parecen sombras errantes que han caído sobre un sitio desconocido. Todos los ladridos del mundo, pensó el viejo Irfan mientras miraba el modo en que los colores de las botellas de licor se resolvían en un tono ocre. Desde hacía cuarenta años, Irfan atendía el boliche de la familia. Los otros hermanos se habían ido: solo él había persistido en el pueblo y ya no sabía si en aquello había un acto de lealtad a los mayores o una solapada forma de fracaso.

Irfan miró hacia la ruta y supo que los perros estaban entre el monte y los campos de los Arasary, aunque nunca habían bajado al pueblo como decían algunos. Él los hubiera visto llegar. Desde hacía dos meses que los perros empezaban a aullar de un modo feroz y luego venían ráfagas de ladridos que terminaban pasada la medianoche y a veces podían seguir unas horas más. La vez anterior el incordio había llegado hasta el alba.

Por eso, aquella noche creyó enloquecer y pensó que los dos hermanos Asdrúbal tenían algo de razón en eso: daban ganas de liquidar a los cimarrones. Aunque para los Asdrúbal se trataba de otra cosa. Según ellos, los perros eran una estrategia que usaba el viejo Arasary para quedarse con esas tierras de mierda que a él no le servían para nada, tal como decía el mayor de los Asdrúbal, y lo decía mientras tomaba la caña y miraba con odio las baldosas del boliche, ese viejo de mierda, repetía para ganar la condescendencia de quien estuviera escuchándolo, porque cuando bebía, a Nicanor Asdrúbal se le daba por mirar fijo a cualquier contertulio y lo hacía con ese rencor que le venía de antes, de cuando encontraron a la hermana muerta en una de las parcelas del viejo Arasary, y desde entonces había decretado que ese viejo roñoso, dueño de vaya a saber qué brujería, había hechizado a los perros para que mataran a la hermana, y en eso su juicio era inapelable. Pero estaba equivocado, tan equivocado que hasta el juez de instrucción de Mercedes se lo había dicho, le había dicho que se dejara de joder, que lo de su hermana no eran mordidas de perro, sino que el cuerpo muerto había sido encontrado cerca del cañaveral y que las ratas lo habían devorado a lo largo de dos o tres días. Así le había dicho el juez, y hasta le explicó con ese tono de hombre amparado en la ciencia y el poder que los pasos de la joven no habían apuntado al campo de Arasary, sino que lo habían bordeado porque quería ir a otra parte, que para eso estaban la ciencia y los peritos. Claro que el señor juez podía permitirse aquel lujo porque no vivía en el pueblo, sino en la ciudad. Y además era sobrino del intendente y el intendente era íntimo del gobernador. El gobernador estaba harto de esos pueblitos de mierda que sólo le reportaban tres o cuatro votos que se podía comprar con facilidad y que sólo eran una absurda marejada de problemas que no se terminaba de resolver, aunque pasara el tiempo y pasaran las generaciones.

Los dos hermanos Asdrúbal querían liquidar a todos esos perros porque eran un peligro. Lo cierto es que hasta entonces nadie había sido atacado por aquella jauría sufriente que empezaba su coro al atardecer. Además, ni siquiera tenían la juvenil prepotencia de las jaurías. Por el contrario, había algo de extraña timidez en aquellas bestias más parecidas a fantasmas que a animales.

Pero poco antes del amanecer los aullidos fueron convirtiéndose en gruñidos que el viento fue desparramando hasta llegar a ese momento de silencio que le permitió al viejo Irfan dormitar un momento. Luego se levantó y el sueño extrañamente se le fue: el cuerpo responde a las noches en vela con una precisión que no esperamos.

Ese mismo día supo que el perro de los Anselmi había estado todo el día mirando un muro viejo que lindaba con la vieja propiedad de unos ingleses que se habían ido del pueblo. Había algo en la mirada de aquella bestia que parecía estar escudriñando una especie de texto sagrado cuyo lenguaje secreto sólo él lograba entender.

Ellos saben, le dijo el viejo Irfan a Anselmi: hay algo que los ha alertado. Estos perros nos miran a nosotros y lanzan sus lamentos. Y enseguida le dijo que esa noche había sentido deseos de matarlos a todos, pero que apenas el día empezaba su engranaje aquel deseo se le iba.

Nadie en el pueblo se explicaba aquel cambio. Las actitudes iban desde el silencio hostil, las miradas fijas en un punto, los sonidos plañideros o esa violencia fantasmal que venía de los cimarrones invisibles. Ya nadie sabía qué carajo hacer.

Y entonces pasó lo del ovejero de Arasary. Entró rengueando en el bar y se quedó allí, debajo de una de las mesas. Irfan tendió la mano a la cabeza del animal y entonces supo que algo había pasado. Lo entendió de un modo natural, una especie de tristeza que un rato después logró traducir en palabras: “el viejo Arasary se está muriendo ahí, en ese casco medio destartalado en el que vive; está solo, tiene fiebre, una cuchara se la ha caído de la mano. Las hormigas recorren esa cuchara y se van quedando pegadas: un hervidero de hormigas late debajo de los tablones. El viejo tiene sed”.

Cerró el café y llevó varias botellas de agua mineral a la camioneta roja. Las cargó lentamente y cuando apareció Gómez le dijo que debía ausentarse por unas horas, que era una urgencia. Subió al perro, al que tuvo que levantar porque ya era viejo y arrastraba un problema en la cadera.

Pensó que Gómez debería tomarse la caña en el otro café y una absurda culpa lo arremetió. Se consoló pensando que no podía estar en todas partes.

La camioneta pegó un rodeo y entró en el camino de tierra. La polvareda caliente tejió un pequeño remolino en el aire y luego se desvaneció. No iba a tardar demasiado: a lo sumo en una hora iba a estar de vuelta si no pasaba nada raro. Enseguida pensó que si el viejo estaba muerto iba a tener que dar parte a la policía y ahí sí el asunto se complicaría. ¿Cómo explicar eso que era una corazonada, pero que tenía algo más que un mero pálpito, algo que a él le pareció brotado del mismo cerebro del viejo animal que estaba a su lado y que miraba el camino con la cansada tristeza de algo que parecía inevitable?

Al entrar en la cañada la camioneta empezó a patinar, hasta sentía el viboreo de las chapas y esa forma indócil en que el volante parece responder a una lógica distinta de la propia mano. Se sintió aliviado al salir y al retomar la senda apisonada vio a lo lejos la enorme antena que habían instalado meses atrás. Allá arriba, sobre el ensamble de los metales, el radar (o lo que fuera) parecía un enorme ojo que buscaba una verdad que estaba más allá de la tierra.

Lo sorprendió el ladrido del perro. Había algo metálico en el sonido que salía de su garganta. Irfan al principio lo miró con temor. Es cierto, era un animal viejo, pero conservaba todavía esa fiereza de los viejos mastines que habían sido domesticados con esa mezcla de astucia y palos que el viejo Arasary dominaba mejor que nadie. Los ojos apuntaban fijos hacia la gran antena y entonces Irfan miró también y vio el movimiento de varios cuerpos lejanos. Detuvo el motor como si estuviera haciéndole caso al perro que iba con él. Supo que de allí provenían los aullidos que durante la noche le habían impedido el sueño. No eran muchos: cinco o seis. Y en el centro había uno que no era ni más grande ni más pequeño. No tenía nada en especial, pero los otros lo rondaban como custodios que hacían guardia en la entrada de un templo. Se acercó despacio hasta ellos. La jauría lo miró al principio con indiferencia y apenas escuchó un gruñido una vez que estuvo demasiado cerca. Si bien era una advertencia no agresiva, supo con claridad que ese primer colmillo que asomaba le estaba diciendo que él no podía franquear el umbral. A su compañero lo dejaron llegar sin ninguna muestra de hostilidad. La renguera lo hacía avanzar de un modo desprolijo entre los pozos, pero aquel cuerpo se incorporó entre los otros cuerpos y entonces el viejo Irfan sintió que esta vez debía ir solo a la casa del viejo. Antes de volver a la pick up el sonido de un llanto lo sacudió. Echado en la tierra, el animal de Arasary lanzó una mezcla de ladrido y lamento. Era para él y era para su dueño.

“Me voy antes de que el viejo se muera de sed”, se dijo. Y enseguida pensó que aquellas palabras que se habían formado en su mente no provenían de él. Tuvo la sensación de alguien se las había dictado al oído.

Cuando llegó, lo encontró tirado en el camastro. Los ojos enrojecidos cruzados por leves estrías amarillas; la piel que ya empezaba a apergaminarse en la comisura de los labios.

Irfan tomó una de las botellas que había llevado y buscó que Arasary bebiese. El agua resbalaba; le costó desentumecerle la lengua.

Le preguntó tres veces qué le había pasado, pero el viejo ya estaba en la fase final de la agonía, cuando todo está mezclado y la mente empieza a disolverse en un fárrago de imágenes sin tiempo antes de fundirse en el vacío absoluto.

“La alberca”, fue lo último que llegó a decir Arasary. El cuerpo se le tensó por última vez, acaso como si hubiese estado esperando aquel momento para irse, como si no pudiera morir sin decir algo que era la clave de su vida y de su muerte.

A Irfan le llegó a la piel la sensación de algo mustio. Fue entonces hasta la pequeña plantación del viejo. Tenía razón; la alberca languidecía en un agua pantanosa. No podía ser: él conocía la escorrentía que bañaba a la plantación. Fue remontando hacia el norte y vio las piedras que habían echado para menguar los cursos de agua. Era un trabajo hecho con tiempo y planificación.

“Lo llevaron a la muerte”, pensó Irfan, “fue un combate desigual que habrá durado mucho más de lo que sé. Lástima que el viejo era de pocas palabras”.

Al regresar pasó junto a la antena. Quiso llevarse al perro, pero ya no estaba ahí. Los otros animales iban y venían alrededor del cuerpo del que seguía allí, en el centro, acurrucado en una especie de visión extática.

Esa noche comenzaron otra vez los ladridos y a pesar de todo se fue adormeciendo en los aullidos, en las corridas, y a medida que se hundía en el sueño iba oliendo la escena cerca de la gran antena, porque era algo que tenía un olor salvaje, a miedo, y vio las armas y oyó como detonaciones los primeros disparos; eran varios hombres los que disparaban, los que iban deshaciéndose de aquella jauría, y aunque todos tenían ese olor a hierro y a sangre coagulada los que más apestaban eran los Asdrúbal, que no se cansaban de disparar a las cabezas de los animales enloquecidos. Cuando el último disparo perforó el cráneo del que estaba en el centro todo acabó abruptamente. Se despertó en medio del silencio que ahora empezaba a reinar de un modo insidioso.

Tres o cuatro días después supo que habían encontrado al viejo muerto. El cuerpo ya estaba a medio descomponer, carcomido por las hormigas.

Después de los exhortos de rigor se confirmó que aquellas tierras no tenían herederos. Pasaron a manos del Estado y luego las remataron a un precio lamentable.

Los Asdrúbal no tardaron en recuperar la alberca.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

 

lunes, 19 de enero de 2026

LENTA REGIÓN DE LLOVIZNA

Cristian Mitelman

 

Cuando llegó a la aldea de Okugi, Wright seguía pensado en su hija. Habían sido para él dos semanas en las que había alternado una mezcla de infierno y limbo. Los médicos le dijeron que seguirían haciendo todo lo que podían, pero esas palabras (en las que latía cierta impotencia) aumentaron su angustia. Y su esposa, tal vez porque sabía cuán inútil podía ser su presencia en esos momentos, le pidió que fuera, que esos tres días no iban a cambiar nada del asunto, que ella iba a estar al lado de Sofía en todo momento. Y ahora, a un paso de la aldea, escuchando las palabras de su intérprete, el veterano profesor Himura, alternaba entre momentos de atención y otros en que la mente recorría las galerías del hospital, otra vez la misma sala y el diagnóstico de la fractura craneal y ese coágulo como una especie de invisible dedo de la muerte.

Al Este se veían las suaves colinas bajo una capa de nieve que refractaba los primeros colores del día.

Wright había estado ahí por primera vez hacía más de veinte años. Okugi se había convertido en uno de sus temas de etnología. Había regresado dos veces. Luego la universidad le confirió otras responsabilidades y el pequeño villorrio quedó en uno de los suburbios de su carrera académica. Varias veces había solicitado presupuesto para volver, pero habían venido años de recortes y peleas políticas más o menos degradantes. A medida que pasaron los años, sucesivas generaciones de alumnos le preguntaron por qué no profundizaba sus estudios sobre aquella aldea perdida del Japón, una especie de páramo en medio de la velocidad tecnológica de una isla pequeña e infinita. A Wright le costaba responder que la etnología, como cualquier otra ciencia, vive del dinero. Si quería escribir algo digno, debía regresar a aquella comarca para dar término a uno de esos trabajos que se convierten en clásicos sin llegar a salir del ámbito de la universidad: “La vivencia del tiempo y de la muerte en una comunidad oriental”.

Por fin el proyecto prosperó luego de vencer un tenaz combate de burocracias y rencillas académicas y ya no pudo volver. Y cuando estaba por partir, el accidente de su hija venía a demostrarle lo atrozmente absurdo que pueden llegar a ser los desvelos cotidianos. Iban a ser solamente siete días.

Estar en el aeropuerto fue un pequeño infierno de culpa y zozobra. Y luego pensaba, como si fuera una oración protectiva, que en una semana iba a estar junto a Sofía, que tarde o temprano todo iba a estar bien. El viaje alternó entre el sueño inducido por un tranquilizante y viejas fichas en las que había consignado sus experiencias. Las leyó en medio de pensamientos desordenados. En ellas consignaba la pulcritud de los movimientos; el eterno hervor del agua en las cocinas, como si el té fuera una ceremonia permanente; el aroma suave de las flores del cerezo, casi una presencia evanescente; las tranquilas abluciones al atardecer.

La aldea de Okugi, a diferencia del resto, había sobrevivido milagrosamente a la segunda bomba atómica. Aunque se encontraba a pocos kilómetros de Nagasaki, los especialistas habían concluido en que la existencia del monte Akaishi-dake y la cambiante dirección del viento habían evitado los efectos atroces de la radiación. La aldea había quedado rodeada por un escudo de piedra y un vacío atmosférico, o al menos eso era lo que había convertido a la comarca en la única excepción al fuego devastador que había descendido de los cielos.

Veinticinco años después del bombardeo, los habitantes de Okugi gozaban de una salud que contrariaba las inexorables leyes oncológicas. Una década después, seguían bebiendo de las porcelanas blancas que habían heredado de los antepasados.

“Ya no voy a encontrar nada de eso”, pensó Wright, “ya habrán muerto todos o una autopista habrá hecho lo que no pudo la fuerza del átomo”.

Llegó tarde al hotel y allí pudo descansar un poco mejor. Tal como había solicitado, el despertador sonó a las siete de la mañana. El profesor Himura lo conduciría otra vez a la aldea suavemente escarlata, tal como la conocían por las hayas silvestres que la rodeaban.

Años atrás le había prometido a Sofía que la llevaría. Esas palabras ahora le parecían singularmente absurdas. Dolorosas. Sintió un poco de miedo. Las cosas que uno dice pueden volver al cabo de los años de un modo oscuro.

Descendieron por el camino de los ciruelos. Las hojas secas se dejaban rozar por el aire frío y provocaban un leve tintineo en el aire.

Wright miró las casas. Se mantenían impertérritas, ajenas a la modernización que había convertido al país en un arquetipo de la sociedad moderna. Himura le dijo en un perfecto inglés si quería que lo acompañara en su diálogo con los lugareños. Wright le respondió con su mediocre japonés que sí, que iba a precisarlo. Aunque era un hombre que podía leer en varios idiomas, no había logrado el dominio suelto de ninguna lengua. Como etnólogo lamentaba esta carencia; sentía que era una valla que se alzaba entre los hombres y él, como si la única forma que pudiera existir para conocerlos pasara por las estructuras y las gramáticas.

Una pequeña casa blanca y un anciano que los miraba detrás del alféizar le hizo recordar que había hablado con ese mismo hombre en las dos visitas anteriores. Detrás del vidrio, la mirada sonriente no dejaba de escrutarlo. Wright inclinó la cabeza para saludarlo. Supo que el anciano lo había reconocido y que iba a abrirle la puerta.

Se saludaron con un susurro. El etnólogo recuperó el diálogo que habían tenido en aquellas dos ocasiones. El hombre comenzó a hablarle lentamente; Himura traducía con los ojos semicerrados, como quien escucha una música que viene de lejos. Parecía que el anciano proseguía con lo que veinte años atrás le había insinuado: la idea del tiempo como un efluvio de la mente, una creación que discurre según el cauce que sabemos (o podemos) darle.

Wright recordó sus conocimientos del Zen; la idea de una mente que al encontrarse a sí misma se repliega y lograr hallar el vacío. En sus primeros trabajos monográficos había trazado una distinción crucial entre el tiempo kantiano y las ideas del zen. Para Kant (o para Occidente) la mente poseía una temporalidad intuitiva en sí que convergía con ese mundo que estaba más allá de la conciencia. El tiempo del mundo en sí mismo es inabordable y sólo es captado por una mente que posee una estructura temporal en sí. Si a un hombre le quitaran la intuición del tiempo y viera las trasformaciones de un árbol, no entendería que todo es parte de un mismo continuum. Cada momento viviría desgajado del resto, en una especie de eternidad del presente.

Pero lo que este hombre decía, dentro de su simpleza, iba por otro sendero. La mente es la misma temporalidad. Como etnólogo, a Wright este concepto le parecía una pequeña joya que permitía explicar una de las tantas formas de encarar la existencia. Como hombre occidental, veía en esta idea un solipsismo casi animista. Cada hombre pasaba a ser un espíritu con la capacidad de vivir un tiempo diferente. Le parecía que esta idea rompía los simples moldes de la lógica. Dos décadas atrás no se había animado a preguntarle qué temporalidad había en un subte donde todos viajan al unísono. Cortar el discurso del anciano no era un gesto de cortesía, pero tal vez ya no tuviera la oportunidad de regresar. Le formuló a Himura la cuestión. Inmediatamente, el profesor se la tradujo al anciano.

Había una sonrisa tranquila en los ojos del anciano, como si la pregunta fuera hecha por un alumno poco aventajado al que hay que comprender en su torpeza.

Dijo que una sola vez en la vida lo habían llevado a Tokio. Efectivamente, había conocido el subte. Luego esbozó una de esas frases que a Wright le parecían folklorismos intraducibles: cien hombres en una sola pieza rasgan las telas del tiempo.

De la cocina provino el sonido de una tetera. El anciano les pidió que compartieran con él un té de ciruelo. Cumplieron la ceremonia y salieron nuevamente al sendero. Más al sur, donde comenzaba las estribaciones graníticas, fueron a la casa de la señora Akiko. Era una de las últimas casas del poblado y la encontraron barriendo la entrada con una escobilla de mimbre. Una estela de polvo se adormeció lentamente a sus pies. Era un polvillo blanco, que contrastaba con el color ceniciento que tenía el otro pedregullo del monte. La mujer se quedó mirando un sol parecido a una barca estancada en el cielo y les preguntó si querían pasar.

“Los señores iban a volver y la casa, al igual que siempre, tiene sus imperfecciones”, les dijo.

Wright había mantenido correspondencia con ella tiempo atrás y recordaba que alguna vez le había escrito que deseaba regresar a Okugi, aunque nunca le había dado una fecha certera. Eran mensajes de buenas intenciones en los que la señora había esbozado algunas ideas que el etnólogo utilizó luego en una de sus monografías.

En la casa todo se había conservado igual. La foto del hijo, que había muerto en el Pacífico, se hallaba junto a los ancestros. El pequeño panteón familiar…

Wright extrajo un papel y se lo acercó a la anciana. Le preguntó si recordaba. La mujer tocó el papel con alguna indiferencia. Jugueteó con él y se lo devolvió. Era una esquela que ella le había enviado poco después de su primer viaje. Con hermosos caracteres había escrito que las piedras negras del otro del pueblo eran las que no habían vencido al tiempo. Aquella frase (en la que el profesor intuía una metáfora) podía existir alguna clave de la subsistencia de la aldea luego del bombardeo. Aunque Himura tradujo la palabra “metáfora” e intentó una explicación, la mujer se sintió extrañada. Era un concepto que no pertenecía a su mundo. Wright pensó que para Occidente la metáfora es una forma retórica; en el Oriente se acercaba más a un razonamiento cotidiano que formaba parte de la misma realidad del mundo. Una piedra era real y a la vez la metáfora de otro tipo de existencia.

La mujer se hallaba sumida en un presente que escapaba a lo que el etnólogo podía explicar. Le mostró una losa rota. Le dijo que era la misma que había usado el día de la bomba. Allí servía el arroz y las berenjenas hervidas. Pasó el dedo por la hendidura y le dijo a Wright que hiciera lo mismo. “Lo importante es que no se ensanche la rajadura”, le susurró a Himura, “lo importante es que siga tal como estaba; entonces la muerte seguirá junto a las piedras oscuras”, y señaló al monte con un leve movimiento de manos.

El profesor pensó en su hija. De pronto sintió una especie de vértigo angustioso. La mujer lo observaba como si estuviera detrás de un velo transparente. Los dos hombres agradecieron y decidieron marcharse. Caminaron una hora más por Okugi y luego regresaron a la ciudad.

En el hotel, apenas almorzó. Necesitaba descansar, dormir un poco. A través del ventanal vio el centelleo de la gran urbe. Al acostarse se sintió levemente mareado. Empezaba a adormecerse cuando sonó el teléfono. El conserje le dijo que había una llamada de su país. Sintió un ruido de interferencia y luego oyó una voz distante. Era su esposa. La reconoció por ese ligero temblor cuando necesitaba hablarle. Llamaba desde el hospital. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  


jueves, 25 de diciembre de 2025

LETEO

Cristian Mitelman

 

Es un nombre correcto: sólo estando en las planicies de Leteo uno comprende que lo que hace un siglo quisieron decir los primeros hombres que pusieran los pies en este terreno estéril, blanquecino, cuya desértica soledad al principio causaba una especie de adormecimiento en los sentidos aquellos que se dispusieron a explorarlo. Los dos primeros días uno siente una especie de adormecimiento incómodo, tal como se experimenta cuando nos sube la temperatura y uno queda postrado en una cama con la conciencia demasiado aletargada para pensar y el cuerpo demasiado consciente de los dolores, de la sed, de la finitud. Uno sabe que está tirado en una cama y de pronto el mundo se reduce a ese estado de postración. Lo mismo sucede cuando pasas las primeras jornadas en Leteo. Entiendes que formas parte de una misión; vagamente recuerdas todas las indicaciones técnicas en el manejo de las naves; miras el cielo nocturno y de un vistazo entiendes la geometría de estrellas que penden sobre el planeta. Sin embargo, todo te es ajeno y las ganas de dormir te van carcomiendo los ojos. La presión de oxígeno, aunque adecuada y dosificada, no logra substraerte de ese hundimiento. Entonces debes luchar. La conciencia (las últimas fronteras de la conciencia) te lo gritan: “no cierres los ojos; no caigas en la trampa: aquí el sueño se filtra hasta los huesos y ya no vuelves. No importan los materiales protectores: el planeta tiene su propio magnetismo y logra entrar por el resquicio menos pensado”. Eso es lo que está en tu mente cuando vas caminando por esa llanura solamente interrumpida por leves ondulaciones y por las columnas de un sistema arquitectónico que aún no hemos descifrado.

Entonces recuerdas las dos teorías. Te acercas al primer basamento y pasas los dedos por las estrías, hasta que unas capas blancas se van adosando sobre el guante y piensas en la tesis de Kohlheim: son templos abiertos: las columnas son un recorte que une a un grupo de astros. Quienes estuvieron en estos templos habrán entendido que en los cielos se libraba una especie de combate permanente, una obra teatral inmensa representada y vivida por los planetas, que eran los dioses de esta civilización.

Menos romántico, menos filosófico, menos erudito, Markus Johnson supuso que las columnas no enseñaban ningún aspecto religioso, ya que no se encontraron inscripciones que permitiera suponer algún rito. Para Brown, aquellos era restos de edificios comunitarios: bastaba cruzar la primera línea de columnas para notar que en el interior había un cierto criterio de funcionalidad. La ausencia de techos era parte de la funcionalidad: en aquellos terrenos no existe la lluvia; aquella civilización despertaría con los primeros rayos de Hadar y luego de doce horas de luz volverían a la noche oscura. La rotación del planeta hace que la noche sea mucho más extensa que el día, pero el brillo la gigante blanca permite que la oscuridad no sea tan intensa, como si algo brillara en la penumbra.

Al igual que los primeros viajeros, yo también caí en esa lenta modorra que nos hacía estar siempre cerca de la nave: no se sabía si aquellas soledades eran engañosas. Lo cierto es que, después de un siglo, Leteo fue olvidado por las cartas náuticas. Otros mundos se abrieron con sus posibilidades de riqueza y conquista, por lo que un pequeño planeta rocoso y calcinado dejó de presentar interés.

Yo había escrito años atrás una pequeña monografía sobre las posibilidades de que el planeta pudiera ser una fuente de cromita: elaboré la hipótesis comparando el sustrato terroso que había llevado la expedición de Johnson y luego, tomando como referencias otros viajes realizados a sistemas planetarios que orbitaban alrededor de gigantes blancas, pensé que ese mineral podría oculto tras la capa de piedra muerta y tristemente salina que se extendía de un modo isócrono en la superficie. Quien me convocó fue Julio Kohlheim, el bisnieto de quien había pensado a las columnas dentro de una religiosidad perdida.

Yo estaba por terminar el ciclo lectivo y en unos pocos años más me jubilaría. Varias veces me había presentado para cualquier tipo de investigación de campo, pero el sistema universitario había visto en mí a un buen teórico de la química y a un profesor efectivo para enseñar en los últimos años de la Universidad de Ciencias Exactas. Llega un momento en que un hombre, más que pensar en una derrota, acepta el destino que los otros le confirieron y piensa que ese destino tal vez haya sido oscuramente anhelado por uno mismo.

Por el contrario, los Kohlheim eran una familia de vieja raigambre académica, una especie de pequeño país independiente dentro del Estado, por lo que me llamó la atención que Julio, quien dos años atrás había accedido al Rectorado, se decidiera a convocarme por un antiguo trabajo monográfico que ni siquiera caía en su campo de interés.

Extrajo revistas académicas que fueron pasando ante sus ojos para darme a entender que estaba al tanto de mis publicaciones. Y luego exhibió una especie de viejo cuaderno de notas. Enseguida supe que la clave del encuentro no versaba en la química soterrada de los mundos pedregosos.

Me fue mostrando los dibujos que su abuelo había hecho en la primera excursión a Leteo; lo hacía con ese afán moroso de quien conoce a la perfección lo que quiere trasmitir y tiene que hablar con alguien que no es experto.

Quise saber el motivo, en el caso de que la tesis de su ancestro hubiera sido reconsiderada, de que no se pusiera al frente de aquella eventual misión a alguien que en verdad conociera del tema. Aprendí entonces uno de los pequeños secretos de la vida universitaria: todo es una apariencia: cuando usted toma un camino, en realidad está yendo por otro (estoy citando a Julio Kohlheim de manera casi textual).

Pensé entonces en mis años de estancamiento y en el modo en que fui envejeciendo dentro de una rutina insobornable.

“La cromita es la clave de que aprueben el proyecto”, me dijo entonces. “Usted sabe que se prevé escasez de este material y que todos los sistemas de comunicación necesitan filamentos de cromita. Alguien me habló de su antigua tesis: supe entonces que era la oportunidad.”

Le pregunté cuál era aquella oportunidad a la que aludía.

“Si bien la familia logró recomponerse, siempre quedó flotando la idea de que mi ancestro era un demente. Con los años el escarnio pasó a considerarse el error de un fanático y luego el desacierto de una época romántica o de una generación que soñó una especie de fascismo entre las estrellas.”

Y hacía bien en decirlo: yo también consideraba al viejo Kohlheim una especie de erudito cuyas razones ditirámbicas buscaban justificar entre los astros una de esas teorías alucinadas que surgen en los momentos de crisis.

Me dio entonces aquellos apuntes y me dijo que, en caso de que me interesara el proyecto, los leyera. Nos dimos un mes para volver a encontrarnos.

Debo admitir que fueron días inusuales: estoy acostumbrado a otra clase de lecturas. De pronto me vi absorbido por una deshilvanada serie de párrafos que intentaban relacionar ciertas ideas de la reminiscencia platónica con los viajes que empezaban a hacerse a los distintos sistemas solares.

Para el viejo Kohlheim, algunos planetas atesoraban, más que formas de vida ocultas, una especie de continuo energético. Esto implicaba que un hombre podía transcurrir su vida en un momento histórico dentro de nuestro planeta, pero a la vez estar proyectando su propia existencia en otro lugar del universo. Y lo mismo sucedía en esos otros sitios. Si nos ateníamos a la tesis de Kohlheim, otras vidas también se proyectarían hacia otros lugares del tiempo. La sabiduría consistía en encontrar aquellas líneas energéticas que formaban la totalidad de una conciencia.  Sólo aquellos que entendían (o encontraban) aquellas fuentes diversas que formaban una sola conciencia alcanzaban esa unidad absoluta de la propia conciencia. Para el resto, sólo se trataba de vivir una existencia escindida, olvidada de la unión con otras manifestaciones que sucedían en los distintos planos del espacio.

Pensé que aquello era un delirio místico y que la fama de excéntrico que se había ganado el viejo Kohlheim era más que justificada.

Mis objetivos, en cambio, eran más simples: si realmente encontraba una fuente de cromita en Leteo, tendría una jubilación infinitamente mejor que la que me esperaba. Nunca me gustaron los heroísmos: en la naturaleza no existen y en el mundo de los minerales todo misticismo queda reducido al silencio elemental de la materia.

Por fortuna mi estado físico era lo suficientemente avezado como para soportar los rigores de un viaje solitario. Por obvias precauciones, el Rector no me apartó de ningún examen de rutina. Mis alumnos se habrán asombrado de no contar conmigo para el primer semestre. Dejé a mi reemplazante un mínimo programa de estudios: confié en su criterio y en su propia individualidad para que la materia siguiera dictándose.

Leteo, como ya esbocé al comienzo de mi informe, es una tierra de silencios. Cada tanto una tímida ventisca remueve el polvo blanco, pero se diría que aun esa imagen tiene menos cuerpo que los sueños.

Seguí la cartografía estudiada medio siglo atrás y los planos que luego se hicieron con métodos proyectivos. Me asombró que las proyecciones holográficas fueran más reales que lo que las dos misiones presenciales habían logrado. Pasé por las columnas que están ubicadas antes de la línea del trópico. Fue entonces cuando percibí aquello que al principio sentí como una simple imagen nocturna. En el Templo del Sur, una especie de sombra se posó en los estereóbatos. Levanté los ojos para ver la totalidad de la imagen, pero el contorno se deshizo en medio de un remolino de cal.

Lo raro es que pensé con naturalidad: “Es una sombra humana; llegué a ver la forma de un pie y el final de una túnica que se ondeaba”.

Tendría que haber prestado atención al asunto, pero decidí no demorar más la ruta hacia una caverna que, según estimaba, podía ser la clave para hallar alguna piedra de cromita. Fue un día de marcha a través de espacios entrecortados por formas escalonadas que para los estudiosos se habían formado por erosión natural. Y yo también era partidario de aquella idea hasta que un principio de regularidad entre aquellos larguísimos peldaños hizo tambalear mis seguridades. Cada siete descensos empecé a notar una leve muesca que parecía tallada con gubia. Cuando me acercaba a uno de esos cortes perfectos, la luz de Hadar parecía concentrarse en ese punto, por lo que quedaba momentáneamente ciego a pesar de las lentes de protección.

Pensé lo más analíticamente que pude: aquí hay una regularidad excesiva. La naturaleza manifiesta regularidades, es cierto, pero se diría que en este caso hay un manejo delibrado de la luz y del número siete.

Esa noche llegué al que habían llamado el Templo Austral. Entonces pude comprobar que, entre las columnas, había una sombra que recorría los intersticios con la misma morosidad que un visitante se adentra en un museo o en alguna ruina a la vera del camino. Hubiera querido hallar algún un cuerpo que pudiera proyectar aquella imagen que tenía algo de humano y a la vez algo distinto, una delicada delgadez que hacía pensar en una naturaleza refinada como la de los sacerdotes orientales, pero el paisaje sólo enseñaba un templo recortado en la planicie y encima el cúmulo de estrellas del Centauro.

A lo largo de tres noches la misma sombra se me apareció en las sucesivas columnas que atravesé hasta llegar a lo que bien podía ser la cantera que buscaba.

Tuve la sensación de que la imagen parecía estar sumida en una especie de rezo, ya que la vi hacer un movimiento de brazo que parecía ser una señal religiosa. ¿A qué dios invocaría? ¿Por qué estaba sola en aquel mundo desolado? Y en medio de aquellas planicies calcinadas, ¿qué buscaba apareciendo frente a mis ojos de un modo deliberado? Bien podía esperar mi sueño para concretarse entre el basamento y las aristas; bien podía diluirse fácilmente del otro lado de las columnas para pasar inadvertida. Lo cierto es que más allá de todas mis soledades estaba acompañándome y acaso anhelara en mi cuerpo la confirmación de que ella tampoco se encontraba tan sola en aquel mundo que iba de la blancura calcinante del mediodía a esa penumbra iridiscente que emanaba de las constelaciones.

El día anterior a mi llegada a la probable cantera algo cambió la rutina: de pronto vi varias sombras congregadas en uno de los santuarios (porque yo empezaba a considerar la tesis de Kohlheim como la única posible), y aunque todas aquellas sombras a veces se fusionaban en una especie de pozo oscuro, la primera de todas manifestaba su individualidad: era como si me estuviera llamando desde su mundo de dos dimensiones.

Me acerqué a ella: sus movimientos me resultaron llamativamente conocidos no sólo por lo que había estado viendo en esos días, sino por algo que luego comprendí: aquella penumbra tenía algo de mi propia cadencia; algo de mis propios pasos, de mi propia lentitud monacal en el momento de dar mis clases; había algo en ella que sentí como la intimidad de quien se reconoce a sí mismo en un reflejo.

La cantera apareció después de aquella breve epifanía. La cromita tardó dos días en aparecer. Cuando tuve la primera piedra en mis manos supe que mi método científico era el adecuado. Mis cálculos no habían fallado: ahora se abría un nuevo modo de conquista de los infinitos planetas. El sistema proyectivo quedaba ahora demostrado y los mundos se irían acoplando a la gran maquinaria terrestre. Pensé en la gloria académica, algo que se me había escamoteado y que ahora parecía estar ahí, condensada en esa piedra que llevaba de muestra.

Al volver sobre mis pasos, los templos se mostraron absolutamente vacíos. No había ningún tipo de proyección: solamente las gradas que recibían el polvo del desierto.

Pero la sombra volvió a aparecer en un lugar que no esperaba. Allí, frente al dispositivo de transporte, la vi en esa actitud de recogimiento que yo tan bien conocía: la espalda encorvada levemente, la cabeza mirando un punto que se encontraba siempre debajo (un informe, un examen que debía corregir… o mis propias cavilaciones cuando llegaba a casa y me sentaba frente al escritorio, acaso el lugar que mejor conocía mi soledad). Cuando extendí mi mano, aquella penumbra se desvaneció.

Me di vuelta. Miré por última vez las columnas de Templo Austral. Y arrojé la piedra de cromita. Su negrura contrastaba con el blanco salino de la llanura.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  


EL BESO DE LA DRÍADA