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lunes, 19 de enero de 2026

LENTA REGIÓN DE LLOVIZNA

Cristian Mitelman

 

Cuando llegó a la aldea de Okugi, Wright seguía pensado en su hija. Habían sido para él dos semanas en las que había alternado una mezcla de infierno y limbo. Los médicos le dijeron que seguirían haciendo todo lo que podían, pero esas palabras (en las que latía cierta impotencia) aumentaron su angustia. Y su esposa, tal vez porque sabía cuán inútil podía ser su presencia en esos momentos, le pidió que fuera, que esos tres días no iban a cambiar nada del asunto, que ella iba a estar al lado de Sofía en todo momento. Y ahora, a un paso de la aldea, escuchando las palabras de su intérprete, el veterano profesor Himura, alternaba entre momentos de atención y otros en que la mente recorría las galerías del hospital, otra vez la misma sala y el diagnóstico de la fractura craneal y ese coágulo como una especie de invisible dedo de la muerte.

Al Este se veían las suaves colinas bajo una capa de nieve que refractaba los primeros colores del día.

Wright había estado ahí por primera vez hacía más de veinte años. Okugi se había convertido en uno de sus temas de etnología. Había regresado dos veces. Luego la universidad le confirió otras responsabilidades y el pequeño villorrio quedó en uno de los suburbios de su carrera académica. Varias veces había solicitado presupuesto para volver, pero habían venido años de recortes y peleas políticas más o menos degradantes. A medida que pasaron los años, sucesivas generaciones de alumnos le preguntaron por qué no profundizaba sus estudios sobre aquella aldea perdida del Japón, una especie de páramo en medio de la velocidad tecnológica de una isla pequeña e infinita. A Wright le costaba responder que la etnología, como cualquier otra ciencia, vive del dinero. Si quería escribir algo digno, debía regresar a aquella comarca para dar término a uno de esos trabajos que se convierten en clásicos sin llegar a salir del ámbito de la universidad: “La vivencia del tiempo y de la muerte en una comunidad oriental”.

Por fin el proyecto prosperó luego de vencer un tenaz combate de burocracias y rencillas académicas y ya no pudo volver. Y cuando estaba por partir, el accidente de su hija venía a demostrarle lo atrozmente absurdo que pueden llegar a ser los desvelos cotidianos. Iban a ser solamente siete días.

Estar en el aeropuerto fue un pequeño infierno de culpa y zozobra. Y luego pensaba, como si fuera una oración protectiva, que en una semana iba a estar junto a Sofía, que tarde o temprano todo iba a estar bien. El viaje alternó entre el sueño inducido por un tranquilizante y viejas fichas en las que había consignado sus experiencias. Las leyó en medio de pensamientos desordenados. En ellas consignaba la pulcritud de los movimientos; el eterno hervor del agua en las cocinas, como si el té fuera una ceremonia permanente; el aroma suave de las flores del cerezo, casi una presencia evanescente; las tranquilas abluciones al atardecer.

La aldea de Okugi, a diferencia del resto, había sobrevivido milagrosamente a la segunda bomba atómica. Aunque se encontraba a pocos kilómetros de Nagasaki, los especialistas habían concluido en que la existencia del monte Akaishi-dake y la cambiante dirección del viento habían evitado los efectos atroces de la radiación. La aldea había quedado rodeada por un escudo de piedra y un vacío atmosférico, o al menos eso era lo que había convertido a la comarca en la única excepción al fuego devastador que había descendido de los cielos.

Veinticinco años después del bombardeo, los habitantes de Okugi gozaban de una salud que contrariaba las inexorables leyes oncológicas. Una década después, seguían bebiendo de las porcelanas blancas que habían heredado de los antepasados.

“Ya no voy a encontrar nada de eso”, pensó Wright, “ya habrán muerto todos o una autopista habrá hecho lo que no pudo la fuerza del átomo”.

Llegó tarde al hotel y allí pudo descansar un poco mejor. Tal como había solicitado, el despertador sonó a las siete de la mañana. El profesor Himura lo conduciría otra vez a la aldea suavemente escarlata, tal como la conocían por las hayas silvestres que la rodeaban.

Años atrás le había prometido a Sofía que la llevaría. Esas palabras ahora le parecían singularmente absurdas. Dolorosas. Sintió un poco de miedo. Las cosas que uno dice pueden volver al cabo de los años de un modo oscuro.

Descendieron por el camino de los ciruelos. Las hojas secas se dejaban rozar por el aire frío y provocaban un leve tintineo en el aire.

Wright miró las casas. Se mantenían impertérritas, ajenas a la modernización que había convertido al país en un arquetipo de la sociedad moderna. Himura le dijo en un perfecto inglés si quería que lo acompañara en su diálogo con los lugareños. Wright le respondió con su mediocre japonés que sí, que iba a precisarlo. Aunque era un hombre que podía leer en varios idiomas, no había logrado el dominio suelto de ninguna lengua. Como etnólogo lamentaba esta carencia; sentía que era una valla que se alzaba entre los hombres y él, como si la única forma que pudiera existir para conocerlos pasara por las estructuras y las gramáticas.

Una pequeña casa blanca y un anciano que los miraba detrás del alféizar le hizo recordar que había hablado con ese mismo hombre en las dos visitas anteriores. Detrás del vidrio, la mirada sonriente no dejaba de escrutarlo. Wright inclinó la cabeza para saludarlo. Supo que el anciano lo había reconocido y que iba a abrirle la puerta.

Se saludaron con un susurro. El etnólogo recuperó el diálogo que habían tenido en aquellas dos ocasiones. El hombre comenzó a hablarle lentamente; Himura traducía con los ojos semicerrados, como quien escucha una música que viene de lejos. Parecía que el anciano proseguía con lo que veinte años atrás le había insinuado: la idea del tiempo como un efluvio de la mente, una creación que discurre según el cauce que sabemos (o podemos) darle.

Wright recordó sus conocimientos del Zen; la idea de una mente que al encontrarse a sí misma se repliega y lograr hallar el vacío. En sus primeros trabajos monográficos había trazado una distinción crucial entre el tiempo kantiano y las ideas del zen. Para Kant (o para Occidente) la mente poseía una temporalidad intuitiva en sí que convergía con ese mundo que estaba más allá de la conciencia. El tiempo del mundo en sí mismo es inabordable y sólo es captado por una mente que posee una estructura temporal en sí. Si a un hombre le quitaran la intuición del tiempo y viera las trasformaciones de un árbol, no entendería que todo es parte de un mismo continuum. Cada momento viviría desgajado del resto, en una especie de eternidad del presente.

Pero lo que este hombre decía, dentro de su simpleza, iba por otro sendero. La mente es la misma temporalidad. Como etnólogo, a Wright este concepto le parecía una pequeña joya que permitía explicar una de las tantas formas de encarar la existencia. Como hombre occidental, veía en esta idea un solipsismo casi animista. Cada hombre pasaba a ser un espíritu con la capacidad de vivir un tiempo diferente. Le parecía que esta idea rompía los simples moldes de la lógica. Dos décadas atrás no se había animado a preguntarle qué temporalidad había en un subte donde todos viajan al unísono. Cortar el discurso del anciano no era un gesto de cortesía, pero tal vez ya no tuviera la oportunidad de regresar. Le formuló a Himura la cuestión. Inmediatamente, el profesor se la tradujo al anciano.

Había una sonrisa tranquila en los ojos del anciano, como si la pregunta fuera hecha por un alumno poco aventajado al que hay que comprender en su torpeza.

Dijo que una sola vez en la vida lo habían llevado a Tokio. Efectivamente, había conocido el subte. Luego esbozó una de esas frases que a Wright le parecían folklorismos intraducibles: cien hombres en una sola pieza rasgan las telas del tiempo.

De la cocina provino el sonido de una tetera. El anciano les pidió que compartieran con él un té de ciruelo. Cumplieron la ceremonia y salieron nuevamente al sendero. Más al sur, donde comenzaba las estribaciones graníticas, fueron a la casa de la señora Akiko. Era una de las últimas casas del poblado y la encontraron barriendo la entrada con una escobilla de mimbre. Una estela de polvo se adormeció lentamente a sus pies. Era un polvillo blanco, que contrastaba con el color ceniciento que tenía el otro pedregullo del monte. La mujer se quedó mirando un sol parecido a una barca estancada en el cielo y les preguntó si querían pasar.

“Los señores iban a volver y la casa, al igual que siempre, tiene sus imperfecciones”, les dijo.

Wright había mantenido correspondencia con ella tiempo atrás y recordaba que alguna vez le había escrito que deseaba regresar a Okugi, aunque nunca le había dado una fecha certera. Eran mensajes de buenas intenciones en los que la señora había esbozado algunas ideas que el etnólogo utilizó luego en una de sus monografías.

En la casa todo se había conservado igual. La foto del hijo, que había muerto en el Pacífico, se hallaba junto a los ancestros. El pequeño panteón familiar…

Wright extrajo un papel y se lo acercó a la anciana. Le preguntó si recordaba. La mujer tocó el papel con alguna indiferencia. Jugueteó con él y se lo devolvió. Era una esquela que ella le había enviado poco después de su primer viaje. Con hermosos caracteres había escrito que las piedras negras del otro del pueblo eran las que no habían vencido al tiempo. Aquella frase (en la que el profesor intuía una metáfora) podía existir alguna clave de la subsistencia de la aldea luego del bombardeo. Aunque Himura tradujo la palabra “metáfora” e intentó una explicación, la mujer se sintió extrañada. Era un concepto que no pertenecía a su mundo. Wright pensó que para Occidente la metáfora es una forma retórica; en el Oriente se acercaba más a un razonamiento cotidiano que formaba parte de la misma realidad del mundo. Una piedra era real y a la vez la metáfora de otro tipo de existencia.

La mujer se hallaba sumida en un presente que escapaba a lo que el etnólogo podía explicar. Le mostró una losa rota. Le dijo que era la misma que había usado el día de la bomba. Allí servía el arroz y las berenjenas hervidas. Pasó el dedo por la hendidura y le dijo a Wright que hiciera lo mismo. “Lo importante es que no se ensanche la rajadura”, le susurró a Himura, “lo importante es que siga tal como estaba; entonces la muerte seguirá junto a las piedras oscuras”, y señaló al monte con un leve movimiento de manos.

El profesor pensó en su hija. De pronto sintió una especie de vértigo angustioso. La mujer lo observaba como si estuviera detrás de un velo transparente. Los dos hombres agradecieron y decidieron marcharse. Caminaron una hora más por Okugi y luego regresaron a la ciudad.

En el hotel, apenas almorzó. Necesitaba descansar, dormir un poco. A través del ventanal vio el centelleo de la gran urbe. Al acostarse se sintió levemente mareado. Empezaba a adormecerse cuando sonó el teléfono. El conserje le dijo que había una llamada de su país. Sintió un ruido de interferencia y luego oyó una voz distante. Era su esposa. La reconoció por ese ligero temblor cuando necesitaba hablarle. Llamaba desde el hospital. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  


jueves, 25 de diciembre de 2025

LETEO

Cristian Mitelman

 

Es un nombre correcto: sólo estando en las planicies de Leteo uno comprende que lo que hace un siglo quisieron decir los primeros hombres que pusieran los pies en este terreno estéril, blanquecino, cuya desértica soledad al principio causaba una especie de adormecimiento en los sentidos aquellos que se dispusieron a explorarlo. Los dos primeros días uno siente una especie de adormecimiento incómodo, tal como se experimenta cuando nos sube la temperatura y uno queda postrado en una cama con la conciencia demasiado aletargada para pensar y el cuerpo demasiado consciente de los dolores, de la sed, de la finitud. Uno sabe que está tirado en una cama y de pronto el mundo se reduce a ese estado de postración. Lo mismo sucede cuando pasas las primeras jornadas en Leteo. Entiendes que formas parte de una misión; vagamente recuerdas todas las indicaciones técnicas en el manejo de las naves; miras el cielo nocturno y de un vistazo entiendes la geometría de estrellas que penden sobre el planeta. Sin embargo, todo te es ajeno y las ganas de dormir te van carcomiendo los ojos. La presión de oxígeno, aunque adecuada y dosificada, no logra substraerte de ese hundimiento. Entonces debes luchar. La conciencia (las últimas fronteras de la conciencia) te lo gritan: “no cierres los ojos; no caigas en la trampa: aquí el sueño se filtra hasta los huesos y ya no vuelves. No importan los materiales protectores: el planeta tiene su propio magnetismo y logra entrar por el resquicio menos pensado”. Eso es lo que está en tu mente cuando vas caminando por esa llanura solamente interrumpida por leves ondulaciones y por las columnas de un sistema arquitectónico que aún no hemos descifrado.

Entonces recuerdas las dos teorías. Te acercas al primer basamento y pasas los dedos por las estrías, hasta que unas capas blancas se van adosando sobre el guante y piensas en la tesis de Kohlheim: son templos abiertos: las columnas son un recorte que une a un grupo de astros. Quienes estuvieron en estos templos habrán entendido que en los cielos se libraba una especie de combate permanente, una obra teatral inmensa representada y vivida por los planetas, que eran los dioses de esta civilización.

Menos romántico, menos filosófico, menos erudito, Markus Johnson supuso que las columnas no enseñaban ningún aspecto religioso, ya que no se encontraron inscripciones que permitiera suponer algún rito. Para Brown, aquellos era restos de edificios comunitarios: bastaba cruzar la primera línea de columnas para notar que en el interior había un cierto criterio de funcionalidad. La ausencia de techos era parte de la funcionalidad: en aquellos terrenos no existe la lluvia; aquella civilización despertaría con los primeros rayos de Hadar y luego de doce horas de luz volverían a la noche oscura. La rotación del planeta hace que la noche sea mucho más extensa que el día, pero el brillo la gigante blanca permite que la oscuridad no sea tan intensa, como si algo brillara en la penumbra.

Al igual que los primeros viajeros, yo también caí en esa lenta modorra que nos hacía estar siempre cerca de la nave: no se sabía si aquellas soledades eran engañosas. Lo cierto es que, después de un siglo, Leteo fue olvidado por las cartas náuticas. Otros mundos se abrieron con sus posibilidades de riqueza y conquista, por lo que un pequeño planeta rocoso y calcinado dejó de presentar interés.

Yo había escrito años atrás una pequeña monografía sobre las posibilidades de que el planeta pudiera ser una fuente de cromita: elaboré la hipótesis comparando el sustrato terroso que había llevado la expedición de Johnson y luego, tomando como referencias otros viajes realizados a sistemas planetarios que orbitaban alrededor de gigantes blancas, pensé que ese mineral podría oculto tras la capa de piedra muerta y tristemente salina que se extendía de un modo isócrono en la superficie. Quien me convocó fue Julio Kohlheim, el bisnieto de quien había pensado a las columnas dentro de una religiosidad perdida.

Yo estaba por terminar el ciclo lectivo y en unos pocos años más me jubilaría. Varias veces me había presentado para cualquier tipo de investigación de campo, pero el sistema universitario había visto en mí a un buen teórico de la química y a un profesor efectivo para enseñar en los últimos años de la Universidad de Ciencias Exactas. Llega un momento en que un hombre, más que pensar en una derrota, acepta el destino que los otros le confirieron y piensa que ese destino tal vez haya sido oscuramente anhelado por uno mismo.

Por el contrario, los Kohlheim eran una familia de vieja raigambre académica, una especie de pequeño país independiente dentro del Estado, por lo que me llamó la atención que Julio, quien dos años atrás había accedido al Rectorado, se decidiera a convocarme por un antiguo trabajo monográfico que ni siquiera caía en su campo de interés.

Extrajo revistas académicas que fueron pasando ante sus ojos para darme a entender que estaba al tanto de mis publicaciones. Y luego exhibió una especie de viejo cuaderno de notas. Enseguida supe que la clave del encuentro no versaba en la química soterrada de los mundos pedregosos.

Me fue mostrando los dibujos que su abuelo había hecho en la primera excursión a Leteo; lo hacía con ese afán moroso de quien conoce a la perfección lo que quiere trasmitir y tiene que hablar con alguien que no es experto.

Quise saber el motivo, en el caso de que la tesis de su ancestro hubiera sido reconsiderada, de que no se pusiera al frente de aquella eventual misión a alguien que en verdad conociera del tema. Aprendí entonces uno de los pequeños secretos de la vida universitaria: todo es una apariencia: cuando usted toma un camino, en realidad está yendo por otro (estoy citando a Julio Kohlheim de manera casi textual).

Pensé entonces en mis años de estancamiento y en el modo en que fui envejeciendo dentro de una rutina insobornable.

“La cromita es la clave de que aprueben el proyecto”, me dijo entonces. “Usted sabe que se prevé escasez de este material y que todos los sistemas de comunicación necesitan filamentos de cromita. Alguien me habló de su antigua tesis: supe entonces que era la oportunidad.”

Le pregunté cuál era aquella oportunidad a la que aludía.

“Si bien la familia logró recomponerse, siempre quedó flotando la idea de que mi ancestro era un demente. Con los años el escarnio pasó a considerarse el error de un fanático y luego el desacierto de una época romántica o de una generación que soñó una especie de fascismo entre las estrellas.”

Y hacía bien en decirlo: yo también consideraba al viejo Kohlheim una especie de erudito cuyas razones ditirámbicas buscaban justificar entre los astros una de esas teorías alucinadas que surgen en los momentos de crisis.

Me dio entonces aquellos apuntes y me dijo que, en caso de que me interesara el proyecto, los leyera. Nos dimos un mes para volver a encontrarnos.

Debo admitir que fueron días inusuales: estoy acostumbrado a otra clase de lecturas. De pronto me vi absorbido por una deshilvanada serie de párrafos que intentaban relacionar ciertas ideas de la reminiscencia platónica con los viajes que empezaban a hacerse a los distintos sistemas solares.

Para el viejo Kohlheim, algunos planetas atesoraban, más que formas de vida ocultas, una especie de continuo energético. Esto implicaba que un hombre podía transcurrir su vida en un momento histórico dentro de nuestro planeta, pero a la vez estar proyectando su propia existencia en otro lugar del universo. Y lo mismo sucedía en esos otros sitios. Si nos ateníamos a la tesis de Kohlheim, otras vidas también se proyectarían hacia otros lugares del tiempo. La sabiduría consistía en encontrar aquellas líneas energéticas que formaban la totalidad de una conciencia.  Sólo aquellos que entendían (o encontraban) aquellas fuentes diversas que formaban una sola conciencia alcanzaban esa unidad absoluta de la propia conciencia. Para el resto, sólo se trataba de vivir una existencia escindida, olvidada de la unión con otras manifestaciones que sucedían en los distintos planos del espacio.

Pensé que aquello era un delirio místico y que la fama de excéntrico que se había ganado el viejo Kohlheim era más que justificada.

Mis objetivos, en cambio, eran más simples: si realmente encontraba una fuente de cromita en Leteo, tendría una jubilación infinitamente mejor que la que me esperaba. Nunca me gustaron los heroísmos: en la naturaleza no existen y en el mundo de los minerales todo misticismo queda reducido al silencio elemental de la materia.

Por fortuna mi estado físico era lo suficientemente avezado como para soportar los rigores de un viaje solitario. Por obvias precauciones, el Rector no me apartó de ningún examen de rutina. Mis alumnos se habrán asombrado de no contar conmigo para el primer semestre. Dejé a mi reemplazante un mínimo programa de estudios: confié en su criterio y en su propia individualidad para que la materia siguiera dictándose.

Leteo, como ya esbocé al comienzo de mi informe, es una tierra de silencios. Cada tanto una tímida ventisca remueve el polvo blanco, pero se diría que aun esa imagen tiene menos cuerpo que los sueños.

Seguí la cartografía estudiada medio siglo atrás y los planos que luego se hicieron con métodos proyectivos. Me asombró que las proyecciones holográficas fueran más reales que lo que las dos misiones presenciales habían logrado. Pasé por las columnas que están ubicadas antes de la línea del trópico. Fue entonces cuando percibí aquello que al principio sentí como una simple imagen nocturna. En el Templo del Sur, una especie de sombra se posó en los estereóbatos. Levanté los ojos para ver la totalidad de la imagen, pero el contorno se deshizo en medio de un remolino de cal.

Lo raro es que pensé con naturalidad: “Es una sombra humana; llegué a ver la forma de un pie y el final de una túnica que se ondeaba”.

Tendría que haber prestado atención al asunto, pero decidí no demorar más la ruta hacia una caverna que, según estimaba, podía ser la clave para hallar alguna piedra de cromita. Fue un día de marcha a través de espacios entrecortados por formas escalonadas que para los estudiosos se habían formado por erosión natural. Y yo también era partidario de aquella idea hasta que un principio de regularidad entre aquellos larguísimos peldaños hizo tambalear mis seguridades. Cada siete descensos empecé a notar una leve muesca que parecía tallada con gubia. Cuando me acercaba a uno de esos cortes perfectos, la luz de Hadar parecía concentrarse en ese punto, por lo que quedaba momentáneamente ciego a pesar de las lentes de protección.

Pensé lo más analíticamente que pude: aquí hay una regularidad excesiva. La naturaleza manifiesta regularidades, es cierto, pero se diría que en este caso hay un manejo delibrado de la luz y del número siete.

Esa noche llegué al que habían llamado el Templo Austral. Entonces pude comprobar que, entre las columnas, había una sombra que recorría los intersticios con la misma morosidad que un visitante se adentra en un museo o en alguna ruina a la vera del camino. Hubiera querido hallar algún un cuerpo que pudiera proyectar aquella imagen que tenía algo de humano y a la vez algo distinto, una delicada delgadez que hacía pensar en una naturaleza refinada como la de los sacerdotes orientales, pero el paisaje sólo enseñaba un templo recortado en la planicie y encima el cúmulo de estrellas del Centauro.

A lo largo de tres noches la misma sombra se me apareció en las sucesivas columnas que atravesé hasta llegar a lo que bien podía ser la cantera que buscaba.

Tuve la sensación de que la imagen parecía estar sumida en una especie de rezo, ya que la vi hacer un movimiento de brazo que parecía ser una señal religiosa. ¿A qué dios invocaría? ¿Por qué estaba sola en aquel mundo desolado? Y en medio de aquellas planicies calcinadas, ¿qué buscaba apareciendo frente a mis ojos de un modo deliberado? Bien podía esperar mi sueño para concretarse entre el basamento y las aristas; bien podía diluirse fácilmente del otro lado de las columnas para pasar inadvertida. Lo cierto es que más allá de todas mis soledades estaba acompañándome y acaso anhelara en mi cuerpo la confirmación de que ella tampoco se encontraba tan sola en aquel mundo que iba de la blancura calcinante del mediodía a esa penumbra iridiscente que emanaba de las constelaciones.

El día anterior a mi llegada a la probable cantera algo cambió la rutina: de pronto vi varias sombras congregadas en uno de los santuarios (porque yo empezaba a considerar la tesis de Kohlheim como la única posible), y aunque todas aquellas sombras a veces se fusionaban en una especie de pozo oscuro, la primera de todas manifestaba su individualidad: era como si me estuviera llamando desde su mundo de dos dimensiones.

Me acerqué a ella: sus movimientos me resultaron llamativamente conocidos no sólo por lo que había estado viendo en esos días, sino por algo que luego comprendí: aquella penumbra tenía algo de mi propia cadencia; algo de mis propios pasos, de mi propia lentitud monacal en el momento de dar mis clases; había algo en ella que sentí como la intimidad de quien se reconoce a sí mismo en un reflejo.

La cantera apareció después de aquella breve epifanía. La cromita tardó dos días en aparecer. Cuando tuve la primera piedra en mis manos supe que mi método científico era el adecuado. Mis cálculos no habían fallado: ahora se abría un nuevo modo de conquista de los infinitos planetas. El sistema proyectivo quedaba ahora demostrado y los mundos se irían acoplando a la gran maquinaria terrestre. Pensé en la gloria académica, algo que se me había escamoteado y que ahora parecía estar ahí, condensada en esa piedra que llevaba de muestra.

Al volver sobre mis pasos, los templos se mostraron absolutamente vacíos. No había ningún tipo de proyección: solamente las gradas que recibían el polvo del desierto.

Pero la sombra volvió a aparecer en un lugar que no esperaba. Allí, frente al dispositivo de transporte, la vi en esa actitud de recogimiento que yo tan bien conocía: la espalda encorvada levemente, la cabeza mirando un punto que se encontraba siempre debajo (un informe, un examen que debía corregir… o mis propias cavilaciones cuando llegaba a casa y me sentaba frente al escritorio, acaso el lugar que mejor conocía mi soledad). Cuando extendí mi mano, aquella penumbra se desvaneció.

Me di vuelta. Miré por última vez las columnas de Templo Austral. Y arrojé la piedra de cromita. Su negrura contrastaba con el blanco salino de la llanura.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  


viernes, 28 de noviembre de 2025

EL PASO DEL CANGREJO

Cristian Mitelman

Cuando llegué a El Ciprés, ya tenía algunas referencias de lo que encontraría. La señora Bellanguer me había traído algunos informes sueltos que no pasaban de ser declaraciones de las maestras que trabajaban en la Escuela Normal 518. La escuela estaba dentro de una propiedad que pertenecía a la familia Igarzábal, hecho este que motivaba una serie de inconvenientes permanentes, puesto que los títulos de propiedad presentados por aquella familia daban cuenta de que, efectivamente, el pequeño edificio escolar (cuatro aulas, un pequeño patio donde el mástil de la bandera congregaba a los niños todas las mañanas) había sido levantado en una de sus parcelas, aunque otros títulos indicaban que aquellas tierras, situadas a menos de quinientos metros de las vías del tren, habían pertenecido a los ferrocarriles británicos y que luego, con la nacionalización de los trenes, habían pasado a formar parte del patrimonio del Estado. No es motivo de mi informe entrar en un laberinto jurídico del que no formo parte y sobre el que no tengo herramientas legales para dilucidar.

Lo cierto es que las tres docentes de la Escuela 518 alertaban sobre algunos cambios de conductas en los niños más pequeños. Para ser más precisos, hay que decir que las tres mujeres constituyen todo el equipo educativo del pueblo, ya que el establecimiento es solo para educación primaria. Técnicamente dictan clases de primer grado a séptimo, pero la mayoría de los educandos llegan hasta el tercer o cuarto grado y luego se incorporan en los trabajos de campo que hacen de El Ciprés un típico pueblo rural de esas vastas estepas que se extienden desde Buenos Aires hasta el Río Negro.

Trabajo en el Ministerio de Educación desde hace más de veinticinco años; espero jubilarme en breve y que este trabajo no me reporte mayores inconvenientes.

La señora Bellanguer exigió mi presencia en su despacho. Detrás de su escritorio de caoba, bendecida por el cuadro donde un Sarmiento ya anciano toca con la mano diestra las páginas de un silabario, determinó que mi presencia en la zona era impostergable. Luego me entregó los papeles para que leyera en mi despacho y acordó mi viaje para un plazo no superior a los dos días.

En los informes, las maestras explicaban una serie de anormalidades en las conductas de los niños que puedo resumir del siguiente modo:

       -Falta de atención permanente, pero no por agentes distractores (ya que prácticamente no los hay). Los alumnos caen en una especie de ensimismamiento del cual es muy difícil sacarlos.

       -Leve cuadro alucinatorio en los más pequeños. La sensación es que hablan como si estuvieran en sueños o como si la frontera entre la vigilia y lo onírico se hubiese desdibujado.

       -Vuelta al trabajo con displacer o apatía. Olvido de las formas de las letras y de las operaciones matemáticas básicas.

       -Dibujos extraños por parte de los más pequeños. (Luego del informe, las educadoras habían consignado unas quince carillas de los cuadernos de los alumnos. En los más pequeños se veía que los trazos irregulares intentaban dar con la compleja forma de patas y pinzas; sólo un niño de cuarto grado había trazado algo que oscilaba entre una metamorfosis de araña con un coleóptero que bien podía ser o un escarabajo o un gorgojo.)      

       -En algunos casos, no en todos, se manifiestan leves manchas rojizas en las manos y en los brazos. Solamente en una niña las manchas llegaron a la frente. Momentos de intensa picazón que sólo cede con alguna crema humectante que las maestras encargaron al boticario del pueblo.

       -Extraña manera de caminar en los más chicos, como si quisieran ir simultáneamente a dos lugares y esto les generara una oscilación permanente.

 

El viaje a El Ciprés fue tranquilo, aunque no exento de incomodidades. El micro salía de Retiro, pero la compañía era pequeña y tenía unos armatostes viejos cuya última limpieza pertenecía a épocas pretéritas. Y además, no llegaba exactamente al pueblo, sino que dejaba al viajero a un costado de la ruta. Cuando me bajé de aquella catramina que dejaba filtrar el olor del caño de escape, sentí alivio. El aire fresco del campo tuvo un efecto reparador. A lo lejos se veían los silos y un enorme tanque australiano. Los pájaros oscuros volaban cerca de las plantaciones y al internarme en el camino de tierra que me habían señalado vi dos gaviotas agonizantes. Aunque en tierra, movían tímidamente las alas en un vano intento de levantar vuelo. Había algo feroz y triste en los ojos. No sé por qué, pero en los pájaros la muerte es más obscena. Los ojos de los mamíferos tienden a ensombrecerse, a perder el brillo de la existencia. Los pájaros, en cambio, manifiestan una especie de pelea alucinada contra la muerte.

El camino resultó más largo de lo esperado. Según lo que me había manifestado el chofer, desembocaría en la plaza central. Tenía razón, pero no imaginé que iba a estar casi una hora yendo con mi única maleta a través de esa maldita soledad pampeana en la que no dejamos de preguntarnos si no nos habremos perdido. En mi fuero íntimo no dejé de putear a la señorita Bellanguer. A esa hora yo solía cruzarme al bar de la calle Viamonte para tomar un cortado con tres medialunas y leer La Nación. En medio de la nada, acosado por los malos presagios de las gaviotas en agonía y bajo un cielo tan azul que tenía algo de falso, me sentía demasiado vulnerable. “Si me pasa algo acá nadie se enteraría: es el lugar perfecto para un crimen. Es el lugar perfecto para morir sin ayuda. Es el lugar perfecto para que lo que es deje de ser.”

Por fin me crucé con dos peones de estancia. Uno de ellos le marcó al otro una franja de tierra cruzada por unos pequeños orificios.

–Anoche llegaron hasta La Zoila; hoy ya pasaron el umbral.

Levanté la mano en señal de saludo; aproveché para preguntarles si iba bien encaminado al pueblo. Me dijeron que sí, que siguiera nomás la senda. Y luego volvieron a concentrarse en las escoriaciones del terreno.

Por fin desemboqué en una calle y más allá, como en casi todos los pueblos del país, la estatua del General San Martín. Las paredes blancas de la iglesia, que recibían de pleno el sol de la mañana, contrastaban con la oscuridad que emanaba del atrio. Aunque no soy creyente, tengo la costumbre de entrar en las iglesias de los pueblos cuando estoy de visita. Es una forma de entrar en la historia del lugar: las placas de bronces aportan esos mínimos datos que nos permiten reconstruir, aunque sea de modo fragmentario, las esquirlas del pasado. Aunque el pueblo se había fundado en 1872 según el modelo trazado por Sarmiento, los primeros colonos italianos habías llegado después de 1880. Rápidamente la economía del trigo había llevado el ferrocarril hasta la entrada de El Ciprés. Pero esos eran otros tiempos: ahora la estación estaba abandonada y los yuyos crecían entre los durmientes.

Me hospedé en el hotel Dante, una vieja casona de estilo académico con zaguán y antepatio. Me tocó una habitación cuya ventana principal estaba enmarcada por una de esas glicinias azules que en la capital ya han desaparecido.

El conserje, que en realidad era el dueño de la casa, me recibió como quien estuviera aguardándome. Seguramente desde Capital le habrían anunciado de mi llegada porque me preguntó si era por el asunto de la escuela. Cuando le dije que efectivamente esa era el motivo, su expresión se ensombreció. 

—No sólo los chicos están alborotados en este pueblo —dijo, y luego me entregó la llave de la habitación—. Debería hablar usted con el viejo Giuliotti. Yo creo que el hombre va a enloquecer.

Le pregunté quién era ese tal Giuliotti. No me respondió de un modo directo, tal como suele suceder en los pueblos cuando se intenta ocultar algo. Simplemente me dio la referencia sobre dónde podría hallarlo.      

Al otro día, tal como habíamos convenido, me apersoné en la Escuela Normal 518. Para ellos debí internarme en una plantación con una pequeña senda que desembocaba en el edificio escolar.

Fui recibido entonces por la directora, la señorita Hortensia Gutiérrez, una robusta señora a la que le faltaban dos o tres años para jubilarse. Debo admitir que la mujer, al estar frente a un funcionario del Ministerio, sentía esas aprehensiones que dificultan la comunicación. En vano intenté decirle que estaba allí para ayudar (o al menos para no dañar, porque seguramente mi misión sería estéril). No lo logré: su respiración agitada traducía esa sensación de estar rindiendo una especie de examen. Dos o tres veces intentó manifestar que la situación no era tan grave y que la carta había llegado por la tenaz persistencia de una de las maestras, una muchacha joven investida con el santo fervor de la docencia. La cita, más allá de su barroquismo, es literal. Así lo dijo y así pretendo transmitirlo.

Por más que no había visto nada, estaba a punto de darle la razón. La situación cambió cuando me condujo al aula de tercer grado. Sólo siete niños ocupaban los bancos. Y había algo inusual en esos cuerpos, como si se encontraran habitando otro tipo de realidad que escapaba a nuestra percepción. La maestra intentaba explicar las sumas apelando a los palotes y traduciendo las rayas en numeración arábiga.

“No puede ser que estén tan atrasados”, pensé. “Ya deberían estar haciendo divisiones con comas o manejando las primeras fracciones.”

Le sugerí entonces a la señorita Gutiérrez que fuéramos a primer grado. Me di cuenta de que ella me había llevado al lugar que consideraba más adecuado.

Sentimos el ruido cercano de un avión: a esa hora fumigaban los campos. En el aire se veían las tenues gotas que caían sobre las plantaciones y el edificio escolar.

Puedo decir que los chicos del primer grado estaban divididos en dos categorías: un poco más de la mitad del curso se hallaba en un estado de adormecimiento febril. Por más que la señorita Carolina intentaba despertarlos, sus ojos volvían a cerrarse o cabeceaban pesadamente. Los otros parecían presos de un furor maniático: se sentían los ruidos de lápices y crayones rasgar las hojas una y otra vez. La maestra miraba aquellos delirios con la expresión resignada de quien sabe que va a encontrarse con lo mismo. Había algo de difusa fealdad en aquellas líneas que formaban algo así como patas, o vulvas o caparazones.

Me acerqué a uno de los chicos y al sentarme en uno de los pupitres le dije que ese dibujo era muy lindo. Se quedó observándome sin decir nada y luego retomó el movimiento frenético del lápiz. Estaba trabajando en una nueva hoja.

—¿Qué es? —le dije.             

Sentí su silencio enconado. Y quizá tuviera razón: yo no era más que un extraño que intentaba entrar en ciertas galerías que probablemente ellos quisieran conservar ocultas.

La maestra se acercó y le tocó el flequillo.

—Matías, no seas maleducado. El señor te está hablando: le gusta mucho tu dibujito. A mí también me gusta. Contale eso que me dijiste el otro día.

—Yo no dije nada —respondió el chico.

Me llamó la atención esa idea de silencio deliberado en una criatura.

—Pero cómo. ¿No te acordás? Me hablaste de los animalitos que vos y tus amigos ven.

—Yo no dije que mis amigos los vieran.

—Me pareció haberte oído eso —respondió la señorita Carolina—, pero no importa. Quiere decir que vos los estás viendo.

El chico levantó los hombros para mostrar indiferencia o que en verdad no quería hablar del asunto, y menos frente a un extraño.

Propuse llevarme algunas hojas. La Directora las juntó y me las alcanzó después de pasar por las tres filas. Ninguno de los chicos tuvo un gesto de mínimas resistencia cuando les quitaron sus papeles: daba la impresión de que al empezar un nuevo dibujo emprendían una especie de tarea desde un inicio absoluto, como si todo lo anterior nunca hubiera existido.   

Volví al hotel y me quedé frente a aquellos papeles que encerraban uno de esos mensajes forjados en un código que nos resulta por completo inabordable. Antes del atardecer decidí ir a la dirección que me había facilitado el conserje cuando me hospedé en el Dante.  

La casa estaba un poco lejos del hotel. Tuve que caminar hacia el sur y cruzar la Ruta 3. Había que estar atento porque los camiones de carga que iban al puerto de Bahía Blanca pasaban a una velocidad vertiginosa. Cuando vi que las luces de otro tráiler que se aproximaba estaba lo suficientemente lejos, me animé a cruzar casi corriendo. Una vez que estuve en la banquina, respiré aliviado y sentí no muy lejos el ruido furibundo del motor.

Luego me interné por un bosquecito cuya única senda, tal como me había advertido el conserje, daba a una alambrada inmensa con tres tranqueras. Yo debía tomar la de la izquierda, que era la que llevaba al casco de la vieja casona de los Giuliotti.

Al llegar al caserón, constaté que el timbre no andaba. Debí tocar tres veces la aldaba cuyo bronce oscurecido indicaba la falta de cuidado de los moradores.

Luego de unos pasos dubitativos, la puerta fue abierta por un anciano que estaba al tanto de que iba a ir a visitarlo. Me presenté; apreté su mano débil y me hizo pasar. La sala grande estaba iluminada por unos velones que no llegaban a alumbrar las paredes. Apenas pude distinguir los destellos de oscuras pinturas en las que advertí retratos de antepasados e imágenes pretéritas del pueblo.    

—Usted viene por lo de la escuela. Mi hija enseñó ahí hasta hace poco: ahora está de licencia. —Y luego, al acercarse a una puerta, bajó la voz—. Yo sé que ella no volverá a pisar un aula.

Le pregunté qué le había ocurrido. El anciano abrió la entrada de uno de los dormitorios. Un fuerte aroma alcanforado salió de aquella habitación.

—Usted es del Ministerio. Vea entonces. 

A pesar de la penumbra logré ver el rostro de la joven que dormía tapada con mantas de hilo. Estaba todo cruzado de unas líneas rojizas que, aunque no supuraban, daban la sensación de ser escoriaciones en la piel. Al desviar un segundo la vista noté el modo en que la glotis del anciano subía y bajaba como quien está en un brote de angustia.   

A pesar de las heridas (no sé cómo calificar aquellos estigmas en la piel) comprendí que la joven había sido hermosa. El brazo derecho pendía fuera de las sábanas. También estaba carcomido por la enfermedad.

El anciano tocó el picaporte. Ese gesto me alcanzó para ver que debía salir definitivamente de la intimidad que me había franqueado.

—Su hija está afectada por un problema en la dermis. Tal vez en la capital puedan tratarla.

—Ya hemos ido a la ciudad. No sirvió de nada. La señora Jacinta nos da unas hierbas de su terreno. Es lo único que la alivia un poco: al menos los dolores ceden un poco. Hay días que eso la carcome.

—Las otras maestras no me han manifestado problemas de ese tipo.

—Cada cuerpo es único. Cada mente es única. Se diría que se depositan en las vidas más sensibles. Acompáñeme: ya le he dado los calmantes a mi hija. Va a dormir unas cuantas horas: hoy le subí la dosis. Venimos de varios días difíciles.

Salimos hacia el patio de atrás y luego cruzamos un campo de labranza. Sobre nosotros, la luna había adquirido ese color cobrizo que la hace extrañamente cercana.

El viejo iba mirando el suelo, hasta que descubrió lo que buscaba.

—Mi hija comenzó a soñarlos antes de que yo viera al primero —dijo.

Señaló unos pequeños agujeros en la tierra; luego vi que la planicie se iba cubriendo de aquellas pequeñas cavidades que me hicieron recordar a los cangrejales de San Clemente. En algunos lugares el terreno se hundía y los huecos perforaban la tierra.

—Ella comenzó a ver lo mismo que los chicos. Creo que fue un poco antes; sólo que su cuerpo desarrolló la enfermedad.      

El anciano tomó una rama caída, la hundió en la tierra lodosa y al extraerla estaba colmada de pequeños cangrejos. Eran ínfimos, aunque bien podían ser chinches o esas garrapatas que nunca terminan de extinguirse. Me llamó la atención el tinte rosáceo y las pinzas que, más allá de la pequeñez, dejaban insinuar formas aserradas.

—¿Atacan las plantaciones?

—Eso hubiera sido lo lógico —dijo el anciano—, pero no tocan los cultivos. Se van expandiendo a través de la tierra, a través de los sueños, a través del cuerpo de mi hija… Y de algunos otros vecinos que ya empiezan a tener las manchas, pero apenas en el inicio… Mañana a la mañana, muy temprano, usted sentirá las causas.

Le pregunté al anciano dónde deberíamos encontrarnos; me respondió que no hacía falta que me moviera del hotel, que me quedara junto a la ventana a las seis y media de la mañana, que la respuesta no tardaría en llegar. Lo acompañé nuevamente a la casa y me entregó unos papeles de su hija.

—Yo no soy hombre de lecturas —dijo—. Mi hija fue promedio de honor en el colegio y en el terciario. Usted tal vez comprenda esto y pueda hacer algo.

Cuando regresé al hotel, comencé a revisar aquellas páginas. Había un párrafo que ella había transcripto de otra fuente. Había subrayado algunas palabras que tal vez considerase esenciales:

 

“Quizá se deba considerar como narcisista a las células de las formaciones malignas que destruyen al organismo…

Los instintos del yo proceden de la vivificación de la materia inanimada y quieren de nuevo establecer el estado inanimado.”      

      

En la siguiente página la joven reseñaba, de un modo desprolijo, su parecer sobre el texto que había copiado:

 

Empiezan vagamente en los sueños. Se van repitiendo. Es una discordancia en el sueño que vuelve una y otra vez. David empezó a hablar de ese animalito que se le aparecía cada vez que soñaba. Le pedí que lo dibujara; lo hizo de un modo impreciso. Pero a lo largo de los días noté en su cuaderno el modo en que iba mejorando el trazo respecto de lo que me quería mostrar. Lo mismo sucedió con Daniela; lo mismo sucedió con Clarisa… El sueño se repite como una célula tumoral y ellos repiten el sueño en la vigilia. Poco a poco se cayendo en esa obsesión que ya no los deja en paz. Pero los cuerpos infantiles todavía no dan cuenta de ese proceso. Lo mismo sucede con lo más viejos. En cambio, los cuerpos juveniles empiezan a mostrar signos de que la repetición se va incorporando en el organismo. Yo misma empiezo a ser carcomida…  Y esas viejas inútiles no van a decir nada… No veo la hora de que se jubilen y que se vayan a los campos de los maridos…  

 

A las seis y media en punto sentí el ruido de los biplanos. Fueron trazando una línea blanca en el cielo y rumbearon hacia los campos de los Igarzábal dejando una estela blanca que desde lejos parecía nieve suspendida. Nada más. Ningún estallido, ninguna alarma; sólo ese trazo con el que los fumigadores parecían querer subrayar el horizonte. Pensé –lo pensé sinceramente– que aquella gente exageraba, que la mezcla de supersticiones rurales y un invierno particularmente duro había hecho estragos en la cordura de más de uno.

Me senté al borde de la cama con los papeles de la maestra Giuliotti sobre mis rodillas. Las palabras subrayadas –materia inanimada, instintos del yo, destrucción del organismo– parecían ahora notas de un examen ajeno, sin misterio posible. Me sentí casi avergonzado de haber permitido que algo de esa fantasía se filtrara en mis pensamientos.

Entonces lo escuché.

Primero fue un golpecito seco contra la madera del zócalo. Después otro, un poco más a la derecha. Me incliné, intentando descifrar de dónde provenía ese sonido, hasta que vi moverse la sombra. Era mínima, casi imperceptible, pero se desplazaba con esa indecisión oscilante que yo ya había visto en los chicos de primer grado.

Me arrodillé con cierta torpeza y alcancé a ver el agujerito: no mayor que la circunferencia de un lápiz. Junto a él, la pintura de la pared parecía hinchada, como si estuviera a punto de descascararse. Apoyé la mano en el piso para incorporarme… y sentí el pinchazo. No un dolor, sino un rasguño múltiple, diminuto, insistente. Retiré la palma: estaba sonrosada, cubierta por pequeñas líneas que parecían venas recién dibujadas bajo la piel. Me quedé mirándolas, incrédulo, mientras un escalofrío lento y helado me subía por el antebrazo.

Me levanté de golpe. Abrí la ventana para que entrara aire fresco. El olor de las glicinias me alcanzó, pero esta vez venía acompañado de otro aroma, un tufo lodoso, salobre, como de marisma.

Entonces escuché algo más.

El conserje maldiciendo, sí, pero no a las chinches del jardín. Gritaba mi nombre. Su voz sonaba extraña, entrecortada, como si hablara mientras intentaba sacudirse algo de encima.

Me asomé. Y lo vi.

El jardín estaba plagado. No de insectos, sino de esos minúsculos cangrejos rosados, avanzando todos en esa diagonal imposible que jamás termina de decidir hacia dónde va. Salían del suelo, de entre los ladrillos, de las junturas de la fuente seca. Un manto vivo, fluctuante, avanzaba hacia la casa como una marea silenciosa.

Cuando bajé la vista, observé mis manos. Ya no eran sólo las líneas rojizas: bajo la piel algo se movía, algo que no dolía pero que insistía, repetitivo, paciente, como un pensamiento que busca abrirse paso.

Entonces lo comprendí. No eran los niños. No eran los campos. No era la escuela.

Era el sueño.

El sueño que se replica, una célula más en un organismo que desconoce límites. Un sueño que busca un huésped más… o, mejor dicho, un transmisor.

Cerré la ventana con suavidad. Y los golpecitos empezaron a sonar desde debajo de la cama.

Me senté a escribir embargado por una extraña calma, casi agradecido de que la historia –por fin– se estuviera dejando contar.

Pensé en el informe que debía redactar y en el “santo fervor” que no siento, que nunca he sentido y que con seguridad nunca sentiré. Mañana voy a regresar al ministerio y le diré a la señora Bellanguer que no sucede nada extraño; a lo sumo pienso sugerir que la escuela sea removida de aquellos campos para que los niños, en un entorno más urbano, tengan mayores estímulos intelectuales. La señora Bellanguer, con su digna expresión de funcionaria, seguramente ha de aprobar mi idea, que será copiada en un expediente y transmitida a otra repartición ministerial.

Soy hombre de hábitos repetitivos, como los cangrejos. El martes, a más tardar, espero tomar mi café con leche con tres medialunas en el bar que está enfrente del Ministerio y hojear La Nación con la tranquila parsimonia que todos me reconocen. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

 

 

martes, 11 de noviembre de 2025

AD INFEROS

                            Cristian Mitelman


Los gritos lo sorprendieron por la tarde, mientras se abotonaba el último botón de la camisa y sentía que el calor en el cuello almidonado tenía algo de vejatorio y ridículo.

Se asomó a través del alféizar. Del otro lado, las casas pintadas en albayalde parecían reverberar bajo un sol inhóspito. ¿Gritos de alegría o de dolor? No podía saberlo. Había llegado a Río dos días atrás, luego de un viaje en barco que le había deparado la humillación de las náuseas, la vergüenza de no poder sostenerse en pie: la absurda corporalidad que nos acomete cuando nos sentimos solos y enfermos.

El profesor Delfino había sido invitado al simposio de estudios clásicos que organizaba una publicación semestral de helenistas cariocas, hecho que le pareció un inesperado contrasentido. Sus compañeros de cátedra lo urgieron para que aceptara. Hasta entonces, Delfino solo había publicado algunas pequeñas monografías sobre distintos pasajes de Horacio y algunas traducciones comentadas de la antigua poesía lírica griega. Sus clases eran prolijas, de escaso vuelo tal vez, pero lo suficientemente pautadas como para que el alumno no se perdiera en la selva de los aoristos y de los verbos atemáticos.

Su voz era nasal; sus modales mostraban una cierta timidez que intentaba disimular mirando un punto vacío del aula cuando iniciaba sus exposiciones. Se sabía imitado por más de un alumno. Aceptaba esas chanzas como algo más del oficio. Dado que sentía una especial aversión por los malos olores, se cuidaba siempre de llevar pastillas de menta o limón antes de iniciar la clase. “El aliento”, pensaba, “una persona es un muerto civil si le perciben mal aliento”. Delfino le tenía terror a esa cuestión. Por fortuna, un kiosco a una cuadra de la calle Viamonte parecía estar siempre abierto. Maquinalmente el hombre le tendía las Halls y Delfino pagaba con el importe exacto. Conservaba los billetes y las monedas en el bolsillo derecho para que la operación se efectuara de un modo simétrico.

En la sala de profesores manifestaba un silencio que para muchos era una forma de hostilidad, hecho que era una injusticia. Delfino era un hombre tímido que vivía junto a su anciana madre en un caserón de Glew. La parra en el patio, las baldosas rotas bajo la luz de abril, las pastillas que tomaba la anciana para dormir (“porque necesito dormir, hijo, sin las pastillas no pego un ojo, aunque después me llevan a una caverna de sueños que me dejan exhausta”); todo eso formaba la parte más íntima de su existencia.

Cuando presentó un trabajo sobre los rituales de Eleusis, sorprendió al consejo académico. A través de citas indirectas reconstruyó la idea de la ceremonia y la asoció con los viejos cultos órficos que ligan los procesos de la vida, la destrucción y la muerte como una realidad indivisible. Se animó a trabajar sobre la cuestión de las drogas que ingerían los participantes, hecho que suscitó un pequeño revuelo universitario. Hasta entonces, ese fue el único acontecimiento más o menos imprevisible de su adultez. No cuenta el territorio de la infancia, poblado de pequeñas crueldades que nunca fueron debidamente tratadas. A Delfino le apasionaba cazar pequeños pájaros y torturarlos con una certera frialdad. Una sola vez la madre lo pescó en semejante regodeo y el intento de castigo fue cancelado por el padre. “Dejalo que se haga hombre; lo vas a convertir en un mariquita llorón”. Su padre había sido un hombre fuerte, un policía de carrera sorprendido por la muerte antes de la jubilación. Respetado por los conservadores, había sabido poner orden en el laberinto de prostíbulos de Avellaneda. Los proxenetas de la zona, seres poco aferrados a la ley, sabían que con el viejo Delfino no se jodía: había que poner el dinero estipulado y la cifra iba religiosamente a las arcas del gobernador, hombre que amaba las delirantes esculturas de estilo fascista en medio de los pueblos espectrales de la pampa.

Más allá de esas truculencias de infancia, el joven Delfino tuvo un alto rendimiento escolar y cuando terminó la escuela secundaria estudió Contaduría, una profesión que tranquilizaba a los padres, aunque estaba lejos de cumplir su vocación. Con el título en la mano y empleado en el estudio de un conocido de la familia, inició sus estudios de Letras. Tenía algún talento para el estudio de las lenguas clásicas. Rápidamente fue nombrado ayudante de cátedra y luego hizo el lento cursus honorum de la vida universitaria.

Ese día, en medio de una calle desconocida del Brasil, sentía que estaba llegando al punto más alto de su laboriosa existencia entre los claustros. Y de pronto la calle parecía enfervorizada por algo que no acaba de entender: alaridos, corridas, lejanos ruidos de sirenas.

Tenía media hora para llegar al Instituto donde se celebrarían las ponencias. Un auto enorme y blanco lo esperaba en la puerta de Recepción. Lo manejaba un hombre que parecía brotado de algún bosque africano. Delfino pudo advertir que las córneas, profundamente blancas, contrastaban con derrames de una sangre amarronada muy cerca del iris. “Signos de alcoholismo”, pensó, “esperemos que este pobre diablo no esté borracho justo ahora”. Le preguntó si sabía qué estaba ocurriendo, pero el chofer le respondió en una jerga incomprensible. Había algo seco en esa voz, una mezcla de odio o de fastidio. Delfino había aprendido el portugués, pero no pudo reconocer un solo vocablo. Pensó entonces que en la conferencia le convenía hablar despacio: no fuera que a él tampoco le entendieran nada.

El negro manejó de un modo endemoniado, como ganado por una especie de fuego interior. Esquivó micros y autos con la pericia de quien se lanza a una ciudad en la que prácticamente no existen las leyes de tránsito. Para darse ánimo, Delfino pensó que en Argentina las cosas no eran mejores.

Llegaron al Instituto: allí lo esperaban los directores de la revista. Lucían serenos y felices.

Después de dos ponencias, Delfino acometió su tesis eleusina. Había leído dos páginas cuando alguien entró corriendo en la sala. Todos miraron al nuevo con más entusiasmo que estupor:

—Está confirmado —gritó—: el monstruo se ha matado. El cobarde se pegó un tiro. ¡Somos libres!

Y de pronto fueron las risas, los abrazos. Alguien estrechó la mano de Delfino, que no acaba de entender. Una señora mayor tuvo la amabilidad de explicarle:

—El inmundo de Getulio Vargas por fin se ha suicidado. Y pronto sucederá con ustedes: ya se librarán de ese coronel infame que oprime vuestra república.

Como hombre de cultura liberal, Delfino detestaba al Coronel. Pero se guardaba de expresar su odio al hombre. La vida universitaria era un laberinto de habladurías y cualquier comentario podía traer consecuencias no deseadas.

Las exposiciones se reanudaron y fue aplaudido de un modo fervoroso. Sabía que tanta efusión era casual: el entusiasmo venía por otras vertientes. Si hubieran puesto a un prestidigitador o a clown, el resultado habría sido el mismo: esa gente odiaba al muerto y de pronto sentían que sus vidas recobraban el sentido extraviado.

Luego hubo un brindis y una invitación para recorrer la ciudad. Se había hecho tarde y la posibilidad de esa pautada aventura le causó a Delfino una sensación placentera. Dos días después estaría de nuevo en Buenos Aires y seguramente recordaría por décadas esa isla de libertad que se le había concedido.

Iba con dos profesores que parecían exaltados, pero luego se sumaron otros hombres que no habían asistido al congreso. “Deben ser amigos”, pensó.

Bebieron largo rato frente a una de las playas y de pronto alguien lanzó una profusión de sonidos ebrios y todos estallaron en gritos y fueron entrando en autos lustrosos que parecían surgir de la sombra.

A Delfino la única caipiriña no le había sentado del todo bien. Se desabotonó la camisa y debió quitarse la corbata. Los demás, en cambio, habían bebido de un modo heroico y parecía que el asunto recién empezaba.

Con timidez le dijo a uno de los organizadores que prefería volver al hotel. Nadie parecía escucharlo. Nadie parecía escuchar nada. Los autos se adentraron en unas callecitas solitarias y después de un camino tortuoso llegaron a una antigua casona que brillaba de un modo siniestro bajo la luna.

Una mujer los recibió con una sonrisa feroz. Era grande, cavernosa y autoritaria… “Esto es un prostíbulo; me han traído a un prostíbulo…”

Delfino tuvo ganas de ir al baño, pero logró contenerse. Pensó que su padre muerto aprobaría semejante incursión.

Dos tipos con gafas oscuras aparecieron de la nada. Llevaban a una mulata que intentaba resistirse. La tenían sujeta por las muñecas y de pronto uno de ellos le dio un empellón que la hizo estrellar contra una pared. La joven dio un grito de dolor.

—Señores, por la libertad —dijo uno de los que la habían traído.

—En este país hasta las putas se creían con derechos. Ahora empieza la restauración —le dijo uno de los organizadores.

Desnudaron a la joven y allí mismo, en uno de los corredores, tres tipos comenzaron a vejarla de un modo brutal. Los demás tomaban whisky y aplaudían; luego se iban repartiendo los turnos frente a lo que parecía la víctima sacrificial.

Delfino comprendió que desde las otras puertas había más mujeres y que todas estarían aterradas.

—¡Tierra liberada! —gritó alguien, y comenzaron a patear las puertas para ganar el terror de las habitaciones. A él mismo lo llevaron a un segundo piso y de pronto se encontró frente a una chica que no tendría más que trece o catorce años. Dos desconocidos que estaban con él la accedieron de un modo brutal y enseguida uno lo invitó a que se les uniera.

—Después —atinó a decir Delfino. Los otros se rieron a carcajadas y comenzaron a sodomizar a la chica con el frenesí de salvajes inocentes. Una hora después los tipos dormían una especie de sueño absoluto. La chica parecía estar en una especie de trance: lloraba quedamente y se quejaba como un animal lastimado.

Delfino había llegado a vomitar en el bañito interno de la habitación. Un vómito espumoso, colmado de nervios y de un alcohol mal asentado. Sentía un gusto horrible en la boca. Se sintió débil, mareado. Miró a la chica por última vez; luego se encaminó hacia la planta baja. La efervescencia había mermado. Solo una mujer estaba siendo violada en ese momento por un tipo que había conseguido vaya a saber dónde un antiguo látigo de plantación.

En la puerta se encontró con uno de los organizadores.

—Tuvo suerte —le dijo con voz rasposa—: hotel, comida y bacanal. Una semana atrás esto hubiera sido impensable.

—Necesito volver al hotel.

—Claro, claro. No se preocupe.

El tipo lo llevó a uno de los autos y le dijo al chofer que inmediatamente condujera al profesor al lugar solicitado.

Al otro día se purificó con agua y café amargo. La inminencia del viaje lo incomodaba, pero la posibilidad de estar ahí un día más le parecía aterradora.

Por fortuna, en Buenos Aires los acontecimientos de aquella jornada memorable no tuvieron trascendencia. A su madre llegó a decirle que su conferencia había sido escuchada con sumo interés y la señora, entre un rosario y otro, pareció satisfecha.

Tres meses después la mujer tuvo un aneurisma y falleció. Por primera vez se sintió solo. Por primera vez Delfino se sintió feliz, como liberado de una responsabilidad que le venía desde el inicio de los tiempos.

Al principio se sentía extrañado en la casona silenciosa y pensaba que su madre iba a aparecer en cualquier momento para reanudar el ritmo isócrono de la anterior vida. El profesor se quedaba hasta el atardecer en el patio, tomando mate y corrigiendo exámenes. Luego, pasadas las ocho, se preparaba un bife a la plancha y un plato de arroz o puré. Era lo único que sabía hacer y no pensaba cambiar. Aunque la soledad comenzó a serle gravosa.    

Pasado un poco más de un año de aquel congreso en el que veía algo liberador y algo infernal, sintió una mañana los ruidos de poderosos motores que tajeaban el aire. Se levantó de la cama, pasó corriendo por el corredor que conducía a la azotea y allí vio dos rayas blancas en el cielo. Comprendió que lo que le habían profetizado en el Brasil ya comenzaba a cumplirse. La caída del régimen no podía demorarse. Se sintió purificado por el aire de septiembre. Se obligó a ir a la Facultad, aunque pasar por el centro fue casi demencial. Miró el fuego y los micros volcados; alguien señaló los agujeros que las ráfagas de metralla habían dejado en un Ministerio. “Hemos estado en guerra y por fin hemos vencido”, pensó mientras enfilaba hacia la facultad. Debía trabajar con sus alumnos de la primera comisión una de las Odas Cívicas de Horacio. Sintió que una mano providencial le había destinado ese texto para ese día.

Solo un profesor se mostró renuente al entusiasmo. Los otros coincidían en viriles gestos de satisfacción.

Esa noche Delfino no pudo dormirse. Estaba en Río y estaba en Buenos Aires. Estaba en el congreso y estaba en su casa. Estaba en el presente y en una cueva de las llanuras atenienses.

No; no podía permanecer en la cama. Por primera vez se animó a tomar el pastillero de su madre. Solo quedaban dos grageas blancas que ingirió rápidamente con agua de la canilla. No le provocaron el sueño que invocaba: apenas una sensación de irrealidad.

Se vistió entonces y salió a caminar por el barrio. Se fue hundiendo en las zonas que siempre había esquivado: un mundo de chapas y de casitas bajas; no todas las calles presentaban la decencia del asfalto. En medio de un silencio que parecía brotar de las entrañas de la tierra, solo algunos perros olisqueaban bolsas de basura. Llegó hasta una casa semiderruida. No sabía por qué, pero en esas paredes sentía la presencia de su padre. Entró. Una mujer que parecía ebria lo miró con displicencia. No era el día de ellas: estaban consternadas, estaban caídas.

—La Rita es la única que trabaja hoy. Las demás están de luto —le dijo.

Le señalaron la puerta; Delfino entró sintiendo que deseaba estar ahí. La Rita estaba desnuda frente a un espejo.

—Che, ¿no te enseñaron educación en casa? Se golpea antes de entrar. Mirá si estaba acompañada.

La mujer se rio y el profesor de pronto comprendió que no sabía exactamente lo que debía hacer. Sentía el impulso, sí, pero carecía de los conocimientos básicos de los rituales, la geometría despreocupada que ejercen los hombres que suelen ir a esos lugares.

—Dale, sacate los pantalones, ¿o me vas a decir que sos friolento?

Fue desvistiéndose como si estuviera en la antesala de la junta médica del servicio militar. Una especie de pudor lo hizo dar vuelta, pero un espejo le devolvió la imagen burlona de la mujer.

Entró en la cama y sintió que aquellas sábanas podían mancharlo. Pero ya era tarde: ahora no podía irse. Y por más que la mujer hiciera lo que estaba acordado, el profesor parecía una cera blanca que se iba derritiendo de un modo inexorable.

—Bueno, che, qué te anda pasando. Mirá que no hay devolución.

Volvió a reírse la chinota y le brotó un aliento a vino que exasperó a Delfino. Un aliento que lo llevó de pronto a la misma raíz de su furia. Solo odiar a esa taimada, pero no por aquella burla circunstancial. Eso tenía que existir de antes, un fermento largo, una acumulación que venía de tiempos pretéritos, incluso antes de su propia vida. De pronto estalló. Quiso darle una bofetada, pero el golpe le salió con el puño cerrado. La mujer no llegó a gritar: un nuevo puñetazo ahora en el estómago la hizo doblar. Definitivamente no. Esa puta no podía reírsele en la cara, porque él no era uno de esos pobres diablos que van a ahí simplemente por lo bestial del deseo. Y la mano llegó hasta la garganta y Delfino comenzó a apretar. Y entonces sintió que por fin encontraba su mano; por fin podía entender qué es lo que tan dignamente habían hecho sus pares cariocas; por fin se había convertido en el hombre con la voz de mando de un comisario, y supo que esta vez podía gozar, porque a medida que la puta jadeaba (o daba los últimos estertores) su miembro se ponía tieso y lanzaba un hondo torrente seminal que lo dejó exhausto. Luego fue el silencio.

Se asomó al pasillo. La que regenteaba estaba ahí abajo, adormecida. El lugar parecía solitario. El profesor se vistió, extrajo un pañuelo que pasó concienzudamente por donde creía haber puesto sus manos, especialmente el picaporte. Luego vio una ventana que daba a un baldío y saltó. La madame, borracha como estaba, apenas recordaría su rostro en caso de que la policía quisiera iniciar algún tipo de investigación. Él sabía que su propio rostro no decía nada: era casi un arquetipo de lo impersonal.

La caída no fue tan peligrosa como había creído. Enseguida se fue internado por la tierra desierta y encontró un camino lateral que bordeaba una zanja. Era mejor no tomar por la avenida. Se obligó a recorrer un laberinto de calles muertas antes de llegar a la casona.

Fue a su dormitorio y tomó ropa limpia. Una ducha tibia lo hizo sentir mejor. Después preparó un té de tilo para calmarse. Ya acostado, repasó la clase que daría al día siguiente.


Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

 



EN CASA AJENA (OCHO)