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martes, 10 de marzo de 2026

MURMURARÉ TU NOMBRE HASTA EL FIN DEL MUNDO

Cristian Mitelman

 

La historia comienza con un árbol. Hace muchos años fui a buscar manzanas al río. Tenía doce años: ya había comenzado a ayudar a mi padre en la herrería. El taller estaba detrás de la casa. Era profundo y caluroso como las fosas infernales.

Al poco tiempo me acostumbré al hierro fundido; me acostumbré a que los metales se convirtieran en un líquido cuya escoria siempre quedaba adherida en la intimidad de la fragua. No conozco nada de teología. Soy analfabeto. Sin embargo, sé que el infierno tiene que ser algo parecido al viejo taller de mi padre. La inmundicia es más pesada y se deposita abajo, en medio del tormento de las almas para siempre fundidas en la perdición. Digo esto para que vean que los sermones del dominico Ulphias han sabido horadar mi alma. Sus palabras tenían un efecto oscuro cada vez que lo escuchaba en el oficio del domingo, antes de que saliera el sol. Iba con mi madre, mi única hermana y mi padre.

El fraile daba el oficio en latín, pero en el momento de la homilía usaba nuestra lengua. Por eso aprendí qué es la salvación y qué espera a los réprobos. Si todo hubiera sido en latín, es probable que mi vida hubiese ido por otros cursos. Lo que no se entiende no puede provocarnos nada, al igual que lo que no es tocado por el fuego no se funde nunca. Aprendí, pues, que la eterna lejanía de lo divino es lo que nos espera después del juicio y que el alma, en ese trance, desea ver a Dios, pero le es imposible y entonces surgen los dolores en que se va hundiendo hasta la eternidad. Ulphias dijo que así como cuando tenemos hambre lo único que nos consuela es el pan y el cuerpo no descansa hasta obtenerlo, así sucede con el espíritu de un condenado: siente hambre de Dios, pero ese alimento le es negado. Y digo esto del hambre para que no crean que mi discurso es el de un lunático aquejado por la bilis negra. Hablé de un árbol y hablé del hambre. Sucede que aquella mañana de mayo sentí deseos de comer manzanas y fui a la vera del río a buscarlas. Los primeros calores del año se sumaban a los rigores del taller. Atravesé el poblado y el mundo me pareció igual que siempre. A lo lejos se veía la muralla vieja; cerca del mercado me extasié frente a las tinajas con aceitunas; evité la calle de la judería… El mundo esa noche había conservado sus formas merced a la gracia divina.

Llegué al río: ya a lo lejos se percibía su frescura. Hubiera querido darme un chapuzón, pero había prometido regresar cuanto antes. Los campos de labranza se extendían siempre un poco más allá. Sabía que todo eso no me estaba concedido: están los que nacen para la guerra; están los que nacen para la oración como el fraile Ulphias; están los que nacen para trazar junto a los bueyes líneas rectas en los sembradíos. Y luego están los que pasan su tiempo en la fragua, como fue la vida de mi abuelo y la de mi padre. Pero el Señor (ya ven cuán lejos me hallo de la blasfemia) ha urdido ese plan para que todo funcione eterna y circularmente. Nosotros hacemos las armas y los arados; los caballeros de la sagrada orden nos defienden de la herejía que viene del Este, el campesinado alimenta al burgo y los dominicos se encargan de orar para que cuando sea el momento del juicio todos vayamos a la Jerusalén celeste. Así fue y así será.

Trepé al pomar porque las manzanas más sabrosas siempre están en lo alto. Entonces la vi, tal como Adán tuvo que haber visto a la serpiente o a Lilith. ¿Cómo sé quién es Lilith? Me lo ha contado hace años un viajero. Me dijo que antes de Eva hubo otra mujer, pero que el Señor la ocultó porque era más bella y peligrosa que cualquiera de sus creaciones. Si esto es un error, me rectifico ya mismo: soy hombre de fe y quiero permanecer en la fe sin ninguna mancha. ¿A quién vi entonces? A Marget, la campesina. La hija de los Nachtat. Sí, era ella. Cien veces podrá preguntármelo y cien veces diré que era ella quien nadaba en la corriente y reía en el agua desnuda. No recuerdo haber visto a nadie, pero ella hablaba o cantaba. A veces cantaba y después su voz se convertía en un susurro. No, ella no se dio cuenta de que yo la observaba. Yo era muy buen trepador, casi una ardilla, y más en esos días, cuando todavía me acompañaba la plenitud de las fuerzas. Desde entonces ella se me presenta: cada tanto la veo venir en mis sueños. Ella vuelve, tal como la encontré aquella mañana, en su primera desnudez. Quise cortar una manzana pero mi mano temblorosa la dejó caer. Así fue como ella me vio. Pensé que iba a escapar como el ciervo que oye una pisada sospechosa. Sus ojos me encontraron y sonrió como cuando su familia y la mía se cruzaban los domingos frente a la puerta de la Iglesia: una sonrisa ligera, pero sus ojos dieron de lleno en mi cara y entonces me sonrojé y el mundo se diluyó en una especie de agua y barro primitivos. Salió del agua para tomar la manzana que mi torpeza (o mi ignorancia) había dejado caer.  Su cuerpo desnudo estaba sobre el pasto, aunque a primera vista no llegaba a tocar la tierra. No puedo decir que estuviera flotando plenamente; lo cierto es que sus pies parecían hechos de otra sustancia. Tomó el fruto y luego lo comió en la orilla. Sus ojos miraban a un punto indefinido del río, donde hay contracorriente y el agua traza dibujos caprichosos, espirales concéntricas que nunca se resuelven y que estarán así, yendo y viniendo hasta el fin de los tiempos.

Yo volví al taller del padre con la cesta vacía. Me dio un bofetón por perder inútilmente el tiempo. Sin embargo, apenas lo sentí: ese día las sensaciones del mundo permanecieron lejanas. En mi mente tenía el paisaje del río. Era el dueño de un secreto que excedía mis capacidades de comprensión. Ni cien golpes de mi padre me habrían acomodado la cabeza aquel día. Y eso que tenía la mano pesada. Mano de herrero, como aún le dicen. 

Sé que ustedes tienen que limpiar la aldea de herejías y maleficios. Es una grave responsabilidad la que el Señor les ha encomendado. Yo sólo soy un espíritu ignorante que no ve más allá del fuego y el hierro. Por eso, cuando hablo, le temo al error. En los libros está la verdad y ya dije que no sé la forma de las letras; no entiendo de qué modo ustedes ven una serie de trazos y aseguran que allí hay tal o cual palabra. Grande es vuestra ciencia, que tan profundamente llega a intuir las cosas del cielo y el infierno.

Marget volvió a mis ojos muchas veces. De noche, como siempre, la encontraba en ese mundo que habita del otro lado de los ojos. He pecado: admito que yo deseaba que ella volviera. Porque ese primer día yo escapé y sentí que la imagen había quedado trunca. No alcancé a ver qué sucedió cuando ella terminó de morder el fruto. Desde entonces sentí la necesidad de dibujar la imagen que perdí. Por eso, cuando ustedes entraron en el taller que heredé de mi familia, encontraron en las paredes una y otra vez las mismas líneas. Soy yo el que las dibuja a veces plenamente despierto, pero también me ha sucedido que al despertar he encontrado dibujos que no recuerdo haber trazado, como si el carbón hubiera cobrado vida propia e hiciera un matrimonio de líneas escandalosas con la pared. Así es, señor, debo confesar que es por eso que ustedes veían que cada tanto yo blanqueaba las paredes. Por un lado, quería tapar aquellas vergüenzas, aunque también admito que la blancura me permitía otra vez reiniciar el mundo de aquel día, cuando tenía doce años. Y no sé si es mi mano o la de un íncubo o la de Marget la que ha trazado tantas veces lo mismo; no sé quién dibuja ni por qué han aparecido esos trazos finales que ustedes han visto, los que me escandalizan también a mí, porque lo que Dios ha cubierto desde el Génesis debe permanecer cubierto y obra impúdica es mostrarlo, de modo que sé que lo que hay en el taller no debe ser visto por ojo alguno que no esté preparado, tal como lo están vuestros ojos, forjados en la gracia para que nada los pueda torcer del recto juicio.

Sí, señor; el árbol en el que habéis colgado a Marget tiempo atrás por su matrimonio con el príncipe de lo oscuro es el mismo manzano que inició mi derrumbe. Habéis elegido correctamente, lo que demuestra vuestro poder infinito al estar revestido de la única fe.

De nuevo estamos haciendo el mismo camino que hace años, cuando casi era un niño y vi lo que no debía. Ahí está el árbol, por fin, el árbol que he dibujado miles de veces. Sólo espero que la rama que elijáis para mi cuello sea la misma que recibió a la joven, para que al fin pueda fusionarme en mi propio dibujo y mi alma conozca un atisbo del paraíso antes de hundirme irremediablemente en las tinieblas y en la fragua de los condenados.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

jueves, 5 de febrero de 2026

GRAN DIOS PERRO

Cristian Mitelman

 

Súbitamente los ladridos empezaron a eso de las ocho, cuando el cielo de verano ya empieza a enrojecer y la luz se recorta sobre los árboles que se han ennegrecido y parecen sombras errantes que han caído sobre un sitio desconocido. Todos los ladridos del mundo, pensó el viejo Irfan mientras miraba el modo en que los colores de las botellas de licor se resolvían en un tono ocre. Desde hacía cuarenta años, Irfan atendía el boliche de la familia. Los otros hermanos se habían ido: solo él había persistido en el pueblo y ya no sabía si en aquello había un acto de lealtad a los mayores o una solapada forma de fracaso.

Irfan miró hacia la ruta y supo que los perros estaban entre el monte y los campos de los Arasary, aunque nunca habían bajado al pueblo como decían algunos. Él los hubiera visto llegar. Desde hacía dos meses que los perros empezaban a aullar de un modo feroz y luego venían ráfagas de ladridos que terminaban pasada la medianoche y a veces podían seguir unas horas más. La vez anterior el incordio había llegado hasta el alba.

Por eso, aquella noche creyó enloquecer y pensó que los dos hermanos Asdrúbal tenían algo de razón en eso: daban ganas de liquidar a los cimarrones. Aunque para los Asdrúbal se trataba de otra cosa. Según ellos, los perros eran una estrategia que usaba el viejo Arasary para quedarse con esas tierras de mierda que a él no le servían para nada, tal como decía el mayor de los Asdrúbal, y lo decía mientras tomaba la caña y miraba con odio las baldosas del boliche, ese viejo de mierda, repetía para ganar la condescendencia de quien estuviera escuchándolo, porque cuando bebía, a Nicanor Asdrúbal se le daba por mirar fijo a cualquier contertulio y lo hacía con ese rencor que le venía de antes, de cuando encontraron a la hermana muerta en una de las parcelas del viejo Arasary, y desde entonces había decretado que ese viejo roñoso, dueño de vaya a saber qué brujería, había hechizado a los perros para que mataran a la hermana, y en eso su juicio era inapelable. Pero estaba equivocado, tan equivocado que hasta el juez de instrucción de Mercedes se lo había dicho, le había dicho que se dejara de joder, que lo de su hermana no eran mordidas de perro, sino que el cuerpo muerto había sido encontrado cerca del cañaveral y que las ratas lo habían devorado a lo largo de dos o tres días. Así le había dicho el juez, y hasta le explicó con ese tono de hombre amparado en la ciencia y el poder que los pasos de la joven no habían apuntado al campo de Arasary, sino que lo habían bordeado porque quería ir a otra parte, que para eso estaban la ciencia y los peritos. Claro que el señor juez podía permitirse aquel lujo porque no vivía en el pueblo, sino en la ciudad. Y además era sobrino del intendente y el intendente era íntimo del gobernador. El gobernador estaba harto de esos pueblitos de mierda que sólo le reportaban tres o cuatro votos que se podía comprar con facilidad y que sólo eran una absurda marejada de problemas que no se terminaba de resolver, aunque pasara el tiempo y pasaran las generaciones.

Los dos hermanos Asdrúbal querían liquidar a todos esos perros porque eran un peligro. Lo cierto es que hasta entonces nadie había sido atacado por aquella jauría sufriente que empezaba su coro al atardecer. Además, ni siquiera tenían la juvenil prepotencia de las jaurías. Por el contrario, había algo de extraña timidez en aquellas bestias más parecidas a fantasmas que a animales.

Pero poco antes del amanecer los aullidos fueron convirtiéndose en gruñidos que el viento fue desparramando hasta llegar a ese momento de silencio que le permitió al viejo Irfan dormitar un momento. Luego se levantó y el sueño extrañamente se le fue: el cuerpo responde a las noches en vela con una precisión que no esperamos.

Ese mismo día supo que el perro de los Anselmi había estado todo el día mirando un muro viejo que lindaba con la vieja propiedad de unos ingleses que se habían ido del pueblo. Había algo en la mirada de aquella bestia que parecía estar escudriñando una especie de texto sagrado cuyo lenguaje secreto sólo él lograba entender.

Ellos saben, le dijo el viejo Irfan a Anselmi: hay algo que los ha alertado. Estos perros nos miran a nosotros y lanzan sus lamentos. Y enseguida le dijo que esa noche había sentido deseos de matarlos a todos, pero que apenas el día empezaba su engranaje aquel deseo se le iba.

Nadie en el pueblo se explicaba aquel cambio. Las actitudes iban desde el silencio hostil, las miradas fijas en un punto, los sonidos plañideros o esa violencia fantasmal que venía de los cimarrones invisibles. Ya nadie sabía qué carajo hacer.

Y entonces pasó lo del ovejero de Arasary. Entró rengueando en el bar y se quedó allí, debajo de una de las mesas. Irfan tendió la mano a la cabeza del animal y entonces supo que algo había pasado. Lo entendió de un modo natural, una especie de tristeza que un rato después logró traducir en palabras: “el viejo Arasary se está muriendo ahí, en ese casco medio destartalado en el que vive; está solo, tiene fiebre, una cuchara se la ha caído de la mano. Las hormigas recorren esa cuchara y se van quedando pegadas: un hervidero de hormigas late debajo de los tablones. El viejo tiene sed”.

Cerró el café y llevó varias botellas de agua mineral a la camioneta roja. Las cargó lentamente y cuando apareció Gómez le dijo que debía ausentarse por unas horas, que era una urgencia. Subió al perro, al que tuvo que levantar porque ya era viejo y arrastraba un problema en la cadera.

Pensó que Gómez debería tomarse la caña en el otro café y una absurda culpa lo arremetió. Se consoló pensando que no podía estar en todas partes.

La camioneta pegó un rodeo y entró en el camino de tierra. La polvareda caliente tejió un pequeño remolino en el aire y luego se desvaneció. No iba a tardar demasiado: a lo sumo en una hora iba a estar de vuelta si no pasaba nada raro. Enseguida pensó que si el viejo estaba muerto iba a tener que dar parte a la policía y ahí sí el asunto se complicaría. ¿Cómo explicar eso que era una corazonada, pero que tenía algo más que un mero pálpito, algo que a él le pareció brotado del mismo cerebro del viejo animal que estaba a su lado y que miraba el camino con la cansada tristeza de algo que parecía inevitable?

Al entrar en la cañada la camioneta empezó a patinar, hasta sentía el viboreo de las chapas y esa forma indócil en que el volante parece responder a una lógica distinta de la propia mano. Se sintió aliviado al salir y al retomar la senda apisonada vio a lo lejos la enorme antena que habían instalado meses atrás. Allá arriba, sobre el ensamble de los metales, el radar (o lo que fuera) parecía un enorme ojo que buscaba una verdad que estaba más allá de la tierra.

Lo sorprendió el ladrido del perro. Había algo metálico en el sonido que salía de su garganta. Irfan al principio lo miró con temor. Es cierto, era un animal viejo, pero conservaba todavía esa fiereza de los viejos mastines que habían sido domesticados con esa mezcla de astucia y palos que el viejo Arasary dominaba mejor que nadie. Los ojos apuntaban fijos hacia la gran antena y entonces Irfan miró también y vio el movimiento de varios cuerpos lejanos. Detuvo el motor como si estuviera haciéndole caso al perro que iba con él. Supo que de allí provenían los aullidos que durante la noche le habían impedido el sueño. No eran muchos: cinco o seis. Y en el centro había uno que no era ni más grande ni más pequeño. No tenía nada en especial, pero los otros lo rondaban como custodios que hacían guardia en la entrada de un templo. Se acercó despacio hasta ellos. La jauría lo miró al principio con indiferencia y apenas escuchó un gruñido una vez que estuvo demasiado cerca. Si bien era una advertencia no agresiva, supo con claridad que ese primer colmillo que asomaba le estaba diciendo que él no podía franquear el umbral. A su compañero lo dejaron llegar sin ninguna muestra de hostilidad. La renguera lo hacía avanzar de un modo desprolijo entre los pozos, pero aquel cuerpo se incorporó entre los otros cuerpos y entonces el viejo Irfan sintió que esta vez debía ir solo a la casa del viejo. Antes de volver a la pick up el sonido de un llanto lo sacudió. Echado en la tierra, el animal de Arasary lanzó una mezcla de ladrido y lamento. Era para él y era para su dueño.

“Me voy antes de que el viejo se muera de sed”, se dijo. Y enseguida pensó que aquellas palabras que se habían formado en su mente no provenían de él. Tuvo la sensación de alguien se las había dictado al oído.

Cuando llegó, lo encontró tirado en el camastro. Los ojos enrojecidos cruzados por leves estrías amarillas; la piel que ya empezaba a apergaminarse en la comisura de los labios.

Irfan tomó una de las botellas que había llevado y buscó que Arasary bebiese. El agua resbalaba; le costó desentumecerle la lengua.

Le preguntó tres veces qué le había pasado, pero el viejo ya estaba en la fase final de la agonía, cuando todo está mezclado y la mente empieza a disolverse en un fárrago de imágenes sin tiempo antes de fundirse en el vacío absoluto.

“La alberca”, fue lo último que llegó a decir Arasary. El cuerpo se le tensó por última vez, acaso como si hubiese estado esperando aquel momento para irse, como si no pudiera morir sin decir algo que era la clave de su vida y de su muerte.

A Irfan le llegó a la piel la sensación de algo mustio. Fue entonces hasta la pequeña plantación del viejo. Tenía razón; la alberca languidecía en un agua pantanosa. No podía ser: él conocía la escorrentía que bañaba a la plantación. Fue remontando hacia el norte y vio las piedras que habían echado para menguar los cursos de agua. Era un trabajo hecho con tiempo y planificación.

“Lo llevaron a la muerte”, pensó Irfan, “fue un combate desigual que habrá durado mucho más de lo que sé. Lástima que el viejo era de pocas palabras”.

Al regresar pasó junto a la antena. Quiso llevarse al perro, pero ya no estaba ahí. Los otros animales iban y venían alrededor del cuerpo del que seguía allí, en el centro, acurrucado en una especie de visión extática.

Esa noche comenzaron otra vez los ladridos y a pesar de todo se fue adormeciendo en los aullidos, en las corridas, y a medida que se hundía en el sueño iba oliendo la escena cerca de la gran antena, porque era algo que tenía un olor salvaje, a miedo, y vio las armas y oyó como detonaciones los primeros disparos; eran varios hombres los que disparaban, los que iban deshaciéndose de aquella jauría, y aunque todos tenían ese olor a hierro y a sangre coagulada los que más apestaban eran los Asdrúbal, que no se cansaban de disparar a las cabezas de los animales enloquecidos. Cuando el último disparo perforó el cráneo del que estaba en el centro todo acabó abruptamente. Se despertó en medio del silencio que ahora empezaba a reinar de un modo insidioso.

Tres o cuatro días después supo que habían encontrado al viejo muerto. El cuerpo ya estaba a medio descomponer, carcomido por las hormigas.

Después de los exhortos de rigor se confirmó que aquellas tierras no tenían herederos. Pasaron a manos del Estado y luego las remataron a un precio lamentable.

Los Asdrúbal no tardaron en recuperar la alberca.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

 

lunes, 19 de enero de 2026

LENTA REGIÓN DE LLOVIZNA

Cristian Mitelman

 

Cuando llegó a la aldea de Okugi, Wright seguía pensado en su hija. Habían sido para él dos semanas en las que había alternado una mezcla de infierno y limbo. Los médicos le dijeron que seguirían haciendo todo lo que podían, pero esas palabras (en las que latía cierta impotencia) aumentaron su angustia. Y su esposa, tal vez porque sabía cuán inútil podía ser su presencia en esos momentos, le pidió que fuera, que esos tres días no iban a cambiar nada del asunto, que ella iba a estar al lado de Sofía en todo momento. Y ahora, a un paso de la aldea, escuchando las palabras de su intérprete, el veterano profesor Himura, alternaba entre momentos de atención y otros en que la mente recorría las galerías del hospital, otra vez la misma sala y el diagnóstico de la fractura craneal y ese coágulo como una especie de invisible dedo de la muerte.

Al Este se veían las suaves colinas bajo una capa de nieve que refractaba los primeros colores del día.

Wright había estado ahí por primera vez hacía más de veinte años. Okugi se había convertido en uno de sus temas de etnología. Había regresado dos veces. Luego la universidad le confirió otras responsabilidades y el pequeño villorrio quedó en uno de los suburbios de su carrera académica. Varias veces había solicitado presupuesto para volver, pero habían venido años de recortes y peleas políticas más o menos degradantes. A medida que pasaron los años, sucesivas generaciones de alumnos le preguntaron por qué no profundizaba sus estudios sobre aquella aldea perdida del Japón, una especie de páramo en medio de la velocidad tecnológica de una isla pequeña e infinita. A Wright le costaba responder que la etnología, como cualquier otra ciencia, vive del dinero. Si quería escribir algo digno, debía regresar a aquella comarca para dar término a uno de esos trabajos que se convierten en clásicos sin llegar a salir del ámbito de la universidad: “La vivencia del tiempo y de la muerte en una comunidad oriental”.

Por fin el proyecto prosperó luego de vencer un tenaz combate de burocracias y rencillas académicas y ya no pudo volver. Y cuando estaba por partir, el accidente de su hija venía a demostrarle lo atrozmente absurdo que pueden llegar a ser los desvelos cotidianos. Iban a ser solamente siete días.

Estar en el aeropuerto fue un pequeño infierno de culpa y zozobra. Y luego pensaba, como si fuera una oración protectiva, que en una semana iba a estar junto a Sofía, que tarde o temprano todo iba a estar bien. El viaje alternó entre el sueño inducido por un tranquilizante y viejas fichas en las que había consignado sus experiencias. Las leyó en medio de pensamientos desordenados. En ellas consignaba la pulcritud de los movimientos; el eterno hervor del agua en las cocinas, como si el té fuera una ceremonia permanente; el aroma suave de las flores del cerezo, casi una presencia evanescente; las tranquilas abluciones al atardecer.

La aldea de Okugi, a diferencia del resto, había sobrevivido milagrosamente a la segunda bomba atómica. Aunque se encontraba a pocos kilómetros de Nagasaki, los especialistas habían concluido en que la existencia del monte Akaishi-dake y la cambiante dirección del viento habían evitado los efectos atroces de la radiación. La aldea había quedado rodeada por un escudo de piedra y un vacío atmosférico, o al menos eso era lo que había convertido a la comarca en la única excepción al fuego devastador que había descendido de los cielos.

Veinticinco años después del bombardeo, los habitantes de Okugi gozaban de una salud que contrariaba las inexorables leyes oncológicas. Una década después, seguían bebiendo de las porcelanas blancas que habían heredado de los antepasados.

“Ya no voy a encontrar nada de eso”, pensó Wright, “ya habrán muerto todos o una autopista habrá hecho lo que no pudo la fuerza del átomo”.

Llegó tarde al hotel y allí pudo descansar un poco mejor. Tal como había solicitado, el despertador sonó a las siete de la mañana. El profesor Himura lo conduciría otra vez a la aldea suavemente escarlata, tal como la conocían por las hayas silvestres que la rodeaban.

Años atrás le había prometido a Sofía que la llevaría. Esas palabras ahora le parecían singularmente absurdas. Dolorosas. Sintió un poco de miedo. Las cosas que uno dice pueden volver al cabo de los años de un modo oscuro.

Descendieron por el camino de los ciruelos. Las hojas secas se dejaban rozar por el aire frío y provocaban un leve tintineo en el aire.

Wright miró las casas. Se mantenían impertérritas, ajenas a la modernización que había convertido al país en un arquetipo de la sociedad moderna. Himura le dijo en un perfecto inglés si quería que lo acompañara en su diálogo con los lugareños. Wright le respondió con su mediocre japonés que sí, que iba a precisarlo. Aunque era un hombre que podía leer en varios idiomas, no había logrado el dominio suelto de ninguna lengua. Como etnólogo lamentaba esta carencia; sentía que era una valla que se alzaba entre los hombres y él, como si la única forma que pudiera existir para conocerlos pasara por las estructuras y las gramáticas.

Una pequeña casa blanca y un anciano que los miraba detrás del alféizar le hizo recordar que había hablado con ese mismo hombre en las dos visitas anteriores. Detrás del vidrio, la mirada sonriente no dejaba de escrutarlo. Wright inclinó la cabeza para saludarlo. Supo que el anciano lo había reconocido y que iba a abrirle la puerta.

Se saludaron con un susurro. El etnólogo recuperó el diálogo que habían tenido en aquellas dos ocasiones. El hombre comenzó a hablarle lentamente; Himura traducía con los ojos semicerrados, como quien escucha una música que viene de lejos. Parecía que el anciano proseguía con lo que veinte años atrás le había insinuado: la idea del tiempo como un efluvio de la mente, una creación que discurre según el cauce que sabemos (o podemos) darle.

Wright recordó sus conocimientos del Zen; la idea de una mente que al encontrarse a sí misma se repliega y lograr hallar el vacío. En sus primeros trabajos monográficos había trazado una distinción crucial entre el tiempo kantiano y las ideas del zen. Para Kant (o para Occidente) la mente poseía una temporalidad intuitiva en sí que convergía con ese mundo que estaba más allá de la conciencia. El tiempo del mundo en sí mismo es inabordable y sólo es captado por una mente que posee una estructura temporal en sí. Si a un hombre le quitaran la intuición del tiempo y viera las trasformaciones de un árbol, no entendería que todo es parte de un mismo continuum. Cada momento viviría desgajado del resto, en una especie de eternidad del presente.

Pero lo que este hombre decía, dentro de su simpleza, iba por otro sendero. La mente es la misma temporalidad. Como etnólogo, a Wright este concepto le parecía una pequeña joya que permitía explicar una de las tantas formas de encarar la existencia. Como hombre occidental, veía en esta idea un solipsismo casi animista. Cada hombre pasaba a ser un espíritu con la capacidad de vivir un tiempo diferente. Le parecía que esta idea rompía los simples moldes de la lógica. Dos décadas atrás no se había animado a preguntarle qué temporalidad había en un subte donde todos viajan al unísono. Cortar el discurso del anciano no era un gesto de cortesía, pero tal vez ya no tuviera la oportunidad de regresar. Le formuló a Himura la cuestión. Inmediatamente, el profesor se la tradujo al anciano.

Había una sonrisa tranquila en los ojos del anciano, como si la pregunta fuera hecha por un alumno poco aventajado al que hay que comprender en su torpeza.

Dijo que una sola vez en la vida lo habían llevado a Tokio. Efectivamente, había conocido el subte. Luego esbozó una de esas frases que a Wright le parecían folklorismos intraducibles: cien hombres en una sola pieza rasgan las telas del tiempo.

De la cocina provino el sonido de una tetera. El anciano les pidió que compartieran con él un té de ciruelo. Cumplieron la ceremonia y salieron nuevamente al sendero. Más al sur, donde comenzaba las estribaciones graníticas, fueron a la casa de la señora Akiko. Era una de las últimas casas del poblado y la encontraron barriendo la entrada con una escobilla de mimbre. Una estela de polvo se adormeció lentamente a sus pies. Era un polvillo blanco, que contrastaba con el color ceniciento que tenía el otro pedregullo del monte. La mujer se quedó mirando un sol parecido a una barca estancada en el cielo y les preguntó si querían pasar.

“Los señores iban a volver y la casa, al igual que siempre, tiene sus imperfecciones”, les dijo.

Wright había mantenido correspondencia con ella tiempo atrás y recordaba que alguna vez le había escrito que deseaba regresar a Okugi, aunque nunca le había dado una fecha certera. Eran mensajes de buenas intenciones en los que la señora había esbozado algunas ideas que el etnólogo utilizó luego en una de sus monografías.

En la casa todo se había conservado igual. La foto del hijo, que había muerto en el Pacífico, se hallaba junto a los ancestros. El pequeño panteón familiar…

Wright extrajo un papel y se lo acercó a la anciana. Le preguntó si recordaba. La mujer tocó el papel con alguna indiferencia. Jugueteó con él y se lo devolvió. Era una esquela que ella le había enviado poco después de su primer viaje. Con hermosos caracteres había escrito que las piedras negras del otro del pueblo eran las que no habían vencido al tiempo. Aquella frase (en la que el profesor intuía una metáfora) podía existir alguna clave de la subsistencia de la aldea luego del bombardeo. Aunque Himura tradujo la palabra “metáfora” e intentó una explicación, la mujer se sintió extrañada. Era un concepto que no pertenecía a su mundo. Wright pensó que para Occidente la metáfora es una forma retórica; en el Oriente se acercaba más a un razonamiento cotidiano que formaba parte de la misma realidad del mundo. Una piedra era real y a la vez la metáfora de otro tipo de existencia.

La mujer se hallaba sumida en un presente que escapaba a lo que el etnólogo podía explicar. Le mostró una losa rota. Le dijo que era la misma que había usado el día de la bomba. Allí servía el arroz y las berenjenas hervidas. Pasó el dedo por la hendidura y le dijo a Wright que hiciera lo mismo. “Lo importante es que no se ensanche la rajadura”, le susurró a Himura, “lo importante es que siga tal como estaba; entonces la muerte seguirá junto a las piedras oscuras”, y señaló al monte con un leve movimiento de manos.

El profesor pensó en su hija. De pronto sintió una especie de vértigo angustioso. La mujer lo observaba como si estuviera detrás de un velo transparente. Los dos hombres agradecieron y decidieron marcharse. Caminaron una hora más por Okugi y luego regresaron a la ciudad.

En el hotel, apenas almorzó. Necesitaba descansar, dormir un poco. A través del ventanal vio el centelleo de la gran urbe. Al acostarse se sintió levemente mareado. Empezaba a adormecerse cuando sonó el teléfono. El conserje le dijo que había una llamada de su país. Sintió un ruido de interferencia y luego oyó una voz distante. Era su esposa. La reconoció por ese ligero temblor cuando necesitaba hablarle. Llamaba desde el hospital. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  


jueves, 25 de diciembre de 2025

LETEO

Cristian Mitelman

 

Es un nombre correcto: sólo estando en las planicies de Leteo uno comprende que lo que hace un siglo quisieron decir los primeros hombres que pusieran los pies en este terreno estéril, blanquecino, cuya desértica soledad al principio causaba una especie de adormecimiento en los sentidos aquellos que se dispusieron a explorarlo. Los dos primeros días uno siente una especie de adormecimiento incómodo, tal como se experimenta cuando nos sube la temperatura y uno queda postrado en una cama con la conciencia demasiado aletargada para pensar y el cuerpo demasiado consciente de los dolores, de la sed, de la finitud. Uno sabe que está tirado en una cama y de pronto el mundo se reduce a ese estado de postración. Lo mismo sucede cuando pasas las primeras jornadas en Leteo. Entiendes que formas parte de una misión; vagamente recuerdas todas las indicaciones técnicas en el manejo de las naves; miras el cielo nocturno y de un vistazo entiendes la geometría de estrellas que penden sobre el planeta. Sin embargo, todo te es ajeno y las ganas de dormir te van carcomiendo los ojos. La presión de oxígeno, aunque adecuada y dosificada, no logra substraerte de ese hundimiento. Entonces debes luchar. La conciencia (las últimas fronteras de la conciencia) te lo gritan: “no cierres los ojos; no caigas en la trampa: aquí el sueño se filtra hasta los huesos y ya no vuelves. No importan los materiales protectores: el planeta tiene su propio magnetismo y logra entrar por el resquicio menos pensado”. Eso es lo que está en tu mente cuando vas caminando por esa llanura solamente interrumpida por leves ondulaciones y por las columnas de un sistema arquitectónico que aún no hemos descifrado.

Entonces recuerdas las dos teorías. Te acercas al primer basamento y pasas los dedos por las estrías, hasta que unas capas blancas se van adosando sobre el guante y piensas en la tesis de Kohlheim: son templos abiertos: las columnas son un recorte que une a un grupo de astros. Quienes estuvieron en estos templos habrán entendido que en los cielos se libraba una especie de combate permanente, una obra teatral inmensa representada y vivida por los planetas, que eran los dioses de esta civilización.

Menos romántico, menos filosófico, menos erudito, Markus Johnson supuso que las columnas no enseñaban ningún aspecto religioso, ya que no se encontraron inscripciones que permitiera suponer algún rito. Para Brown, aquellos era restos de edificios comunitarios: bastaba cruzar la primera línea de columnas para notar que en el interior había un cierto criterio de funcionalidad. La ausencia de techos era parte de la funcionalidad: en aquellos terrenos no existe la lluvia; aquella civilización despertaría con los primeros rayos de Hadar y luego de doce horas de luz volverían a la noche oscura. La rotación del planeta hace que la noche sea mucho más extensa que el día, pero el brillo la gigante blanca permite que la oscuridad no sea tan intensa, como si algo brillara en la penumbra.

Al igual que los primeros viajeros, yo también caí en esa lenta modorra que nos hacía estar siempre cerca de la nave: no se sabía si aquellas soledades eran engañosas. Lo cierto es que, después de un siglo, Leteo fue olvidado por las cartas náuticas. Otros mundos se abrieron con sus posibilidades de riqueza y conquista, por lo que un pequeño planeta rocoso y calcinado dejó de presentar interés.

Yo había escrito años atrás una pequeña monografía sobre las posibilidades de que el planeta pudiera ser una fuente de cromita: elaboré la hipótesis comparando el sustrato terroso que había llevado la expedición de Johnson y luego, tomando como referencias otros viajes realizados a sistemas planetarios que orbitaban alrededor de gigantes blancas, pensé que ese mineral podría oculto tras la capa de piedra muerta y tristemente salina que se extendía de un modo isócrono en la superficie. Quien me convocó fue Julio Kohlheim, el bisnieto de quien había pensado a las columnas dentro de una religiosidad perdida.

Yo estaba por terminar el ciclo lectivo y en unos pocos años más me jubilaría. Varias veces me había presentado para cualquier tipo de investigación de campo, pero el sistema universitario había visto en mí a un buen teórico de la química y a un profesor efectivo para enseñar en los últimos años de la Universidad de Ciencias Exactas. Llega un momento en que un hombre, más que pensar en una derrota, acepta el destino que los otros le confirieron y piensa que ese destino tal vez haya sido oscuramente anhelado por uno mismo.

Por el contrario, los Kohlheim eran una familia de vieja raigambre académica, una especie de pequeño país independiente dentro del Estado, por lo que me llamó la atención que Julio, quien dos años atrás había accedido al Rectorado, se decidiera a convocarme por un antiguo trabajo monográfico que ni siquiera caía en su campo de interés.

Extrajo revistas académicas que fueron pasando ante sus ojos para darme a entender que estaba al tanto de mis publicaciones. Y luego exhibió una especie de viejo cuaderno de notas. Enseguida supe que la clave del encuentro no versaba en la química soterrada de los mundos pedregosos.

Me fue mostrando los dibujos que su abuelo había hecho en la primera excursión a Leteo; lo hacía con ese afán moroso de quien conoce a la perfección lo que quiere trasmitir y tiene que hablar con alguien que no es experto.

Quise saber el motivo, en el caso de que la tesis de su ancestro hubiera sido reconsiderada, de que no se pusiera al frente de aquella eventual misión a alguien que en verdad conociera del tema. Aprendí entonces uno de los pequeños secretos de la vida universitaria: todo es una apariencia: cuando usted toma un camino, en realidad está yendo por otro (estoy citando a Julio Kohlheim de manera casi textual).

Pensé entonces en mis años de estancamiento y en el modo en que fui envejeciendo dentro de una rutina insobornable.

“La cromita es la clave de que aprueben el proyecto”, me dijo entonces. “Usted sabe que se prevé escasez de este material y que todos los sistemas de comunicación necesitan filamentos de cromita. Alguien me habló de su antigua tesis: supe entonces que era la oportunidad.”

Le pregunté cuál era aquella oportunidad a la que aludía.

“Si bien la familia logró recomponerse, siempre quedó flotando la idea de que mi ancestro era un demente. Con los años el escarnio pasó a considerarse el error de un fanático y luego el desacierto de una época romántica o de una generación que soñó una especie de fascismo entre las estrellas.”

Y hacía bien en decirlo: yo también consideraba al viejo Kohlheim una especie de erudito cuyas razones ditirámbicas buscaban justificar entre los astros una de esas teorías alucinadas que surgen en los momentos de crisis.

Me dio entonces aquellos apuntes y me dijo que, en caso de que me interesara el proyecto, los leyera. Nos dimos un mes para volver a encontrarnos.

Debo admitir que fueron días inusuales: estoy acostumbrado a otra clase de lecturas. De pronto me vi absorbido por una deshilvanada serie de párrafos que intentaban relacionar ciertas ideas de la reminiscencia platónica con los viajes que empezaban a hacerse a los distintos sistemas solares.

Para el viejo Kohlheim, algunos planetas atesoraban, más que formas de vida ocultas, una especie de continuo energético. Esto implicaba que un hombre podía transcurrir su vida en un momento histórico dentro de nuestro planeta, pero a la vez estar proyectando su propia existencia en otro lugar del universo. Y lo mismo sucedía en esos otros sitios. Si nos ateníamos a la tesis de Kohlheim, otras vidas también se proyectarían hacia otros lugares del tiempo. La sabiduría consistía en encontrar aquellas líneas energéticas que formaban la totalidad de una conciencia.  Sólo aquellos que entendían (o encontraban) aquellas fuentes diversas que formaban una sola conciencia alcanzaban esa unidad absoluta de la propia conciencia. Para el resto, sólo se trataba de vivir una existencia escindida, olvidada de la unión con otras manifestaciones que sucedían en los distintos planos del espacio.

Pensé que aquello era un delirio místico y que la fama de excéntrico que se había ganado el viejo Kohlheim era más que justificada.

Mis objetivos, en cambio, eran más simples: si realmente encontraba una fuente de cromita en Leteo, tendría una jubilación infinitamente mejor que la que me esperaba. Nunca me gustaron los heroísmos: en la naturaleza no existen y en el mundo de los minerales todo misticismo queda reducido al silencio elemental de la materia.

Por fortuna mi estado físico era lo suficientemente avezado como para soportar los rigores de un viaje solitario. Por obvias precauciones, el Rector no me apartó de ningún examen de rutina. Mis alumnos se habrán asombrado de no contar conmigo para el primer semestre. Dejé a mi reemplazante un mínimo programa de estudios: confié en su criterio y en su propia individualidad para que la materia siguiera dictándose.

Leteo, como ya esbocé al comienzo de mi informe, es una tierra de silencios. Cada tanto una tímida ventisca remueve el polvo blanco, pero se diría que aun esa imagen tiene menos cuerpo que los sueños.

Seguí la cartografía estudiada medio siglo atrás y los planos que luego se hicieron con métodos proyectivos. Me asombró que las proyecciones holográficas fueran más reales que lo que las dos misiones presenciales habían logrado. Pasé por las columnas que están ubicadas antes de la línea del trópico. Fue entonces cuando percibí aquello que al principio sentí como una simple imagen nocturna. En el Templo del Sur, una especie de sombra se posó en los estereóbatos. Levanté los ojos para ver la totalidad de la imagen, pero el contorno se deshizo en medio de un remolino de cal.

Lo raro es que pensé con naturalidad: “Es una sombra humana; llegué a ver la forma de un pie y el final de una túnica que se ondeaba”.

Tendría que haber prestado atención al asunto, pero decidí no demorar más la ruta hacia una caverna que, según estimaba, podía ser la clave para hallar alguna piedra de cromita. Fue un día de marcha a través de espacios entrecortados por formas escalonadas que para los estudiosos se habían formado por erosión natural. Y yo también era partidario de aquella idea hasta que un principio de regularidad entre aquellos larguísimos peldaños hizo tambalear mis seguridades. Cada siete descensos empecé a notar una leve muesca que parecía tallada con gubia. Cuando me acercaba a uno de esos cortes perfectos, la luz de Hadar parecía concentrarse en ese punto, por lo que quedaba momentáneamente ciego a pesar de las lentes de protección.

Pensé lo más analíticamente que pude: aquí hay una regularidad excesiva. La naturaleza manifiesta regularidades, es cierto, pero se diría que en este caso hay un manejo delibrado de la luz y del número siete.

Esa noche llegué al que habían llamado el Templo Austral. Entonces pude comprobar que, entre las columnas, había una sombra que recorría los intersticios con la misma morosidad que un visitante se adentra en un museo o en alguna ruina a la vera del camino. Hubiera querido hallar algún un cuerpo que pudiera proyectar aquella imagen que tenía algo de humano y a la vez algo distinto, una delicada delgadez que hacía pensar en una naturaleza refinada como la de los sacerdotes orientales, pero el paisaje sólo enseñaba un templo recortado en la planicie y encima el cúmulo de estrellas del Centauro.

A lo largo de tres noches la misma sombra se me apareció en las sucesivas columnas que atravesé hasta llegar a lo que bien podía ser la cantera que buscaba.

Tuve la sensación de que la imagen parecía estar sumida en una especie de rezo, ya que la vi hacer un movimiento de brazo que parecía ser una señal religiosa. ¿A qué dios invocaría? ¿Por qué estaba sola en aquel mundo desolado? Y en medio de aquellas planicies calcinadas, ¿qué buscaba apareciendo frente a mis ojos de un modo deliberado? Bien podía esperar mi sueño para concretarse entre el basamento y las aristas; bien podía diluirse fácilmente del otro lado de las columnas para pasar inadvertida. Lo cierto es que más allá de todas mis soledades estaba acompañándome y acaso anhelara en mi cuerpo la confirmación de que ella tampoco se encontraba tan sola en aquel mundo que iba de la blancura calcinante del mediodía a esa penumbra iridiscente que emanaba de las constelaciones.

El día anterior a mi llegada a la probable cantera algo cambió la rutina: de pronto vi varias sombras congregadas en uno de los santuarios (porque yo empezaba a considerar la tesis de Kohlheim como la única posible), y aunque todas aquellas sombras a veces se fusionaban en una especie de pozo oscuro, la primera de todas manifestaba su individualidad: era como si me estuviera llamando desde su mundo de dos dimensiones.

Me acerqué a ella: sus movimientos me resultaron llamativamente conocidos no sólo por lo que había estado viendo en esos días, sino por algo que luego comprendí: aquella penumbra tenía algo de mi propia cadencia; algo de mis propios pasos, de mi propia lentitud monacal en el momento de dar mis clases; había algo en ella que sentí como la intimidad de quien se reconoce a sí mismo en un reflejo.

La cantera apareció después de aquella breve epifanía. La cromita tardó dos días en aparecer. Cuando tuve la primera piedra en mis manos supe que mi método científico era el adecuado. Mis cálculos no habían fallado: ahora se abría un nuevo modo de conquista de los infinitos planetas. El sistema proyectivo quedaba ahora demostrado y los mundos se irían acoplando a la gran maquinaria terrestre. Pensé en la gloria académica, algo que se me había escamoteado y que ahora parecía estar ahí, condensada en esa piedra que llevaba de muestra.

Al volver sobre mis pasos, los templos se mostraron absolutamente vacíos. No había ningún tipo de proyección: solamente las gradas que recibían el polvo del desierto.

Pero la sombra volvió a aparecer en un lugar que no esperaba. Allí, frente al dispositivo de transporte, la vi en esa actitud de recogimiento que yo tan bien conocía: la espalda encorvada levemente, la cabeza mirando un punto que se encontraba siempre debajo (un informe, un examen que debía corregir… o mis propias cavilaciones cuando llegaba a casa y me sentaba frente al escritorio, acaso el lugar que mejor conocía mi soledad). Cuando extendí mi mano, aquella penumbra se desvaneció.

Me di vuelta. Miré por última vez las columnas de Templo Austral. Y arrojé la piedra de cromita. Su negrura contrastaba con el blanco salino de la llanura.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  


viernes, 28 de noviembre de 2025

EL PASO DEL CANGREJO

Cristian Mitelman

Cuando llegué a El Ciprés, ya tenía algunas referencias de lo que encontraría. La señora Bellanguer me había traído algunos informes sueltos que no pasaban de ser declaraciones de las maestras que trabajaban en la Escuela Normal 518. La escuela estaba dentro de una propiedad que pertenecía a la familia Igarzábal, hecho este que motivaba una serie de inconvenientes permanentes, puesto que los títulos de propiedad presentados por aquella familia daban cuenta de que, efectivamente, el pequeño edificio escolar (cuatro aulas, un pequeño patio donde el mástil de la bandera congregaba a los niños todas las mañanas) había sido levantado en una de sus parcelas, aunque otros títulos indicaban que aquellas tierras, situadas a menos de quinientos metros de las vías del tren, habían pertenecido a los ferrocarriles británicos y que luego, con la nacionalización de los trenes, habían pasado a formar parte del patrimonio del Estado. No es motivo de mi informe entrar en un laberinto jurídico del que no formo parte y sobre el que no tengo herramientas legales para dilucidar.

Lo cierto es que las tres docentes de la Escuela 518 alertaban sobre algunos cambios de conductas en los niños más pequeños. Para ser más precisos, hay que decir que las tres mujeres constituyen todo el equipo educativo del pueblo, ya que el establecimiento es solo para educación primaria. Técnicamente dictan clases de primer grado a séptimo, pero la mayoría de los educandos llegan hasta el tercer o cuarto grado y luego se incorporan en los trabajos de campo que hacen de El Ciprés un típico pueblo rural de esas vastas estepas que se extienden desde Buenos Aires hasta el Río Negro.

Trabajo en el Ministerio de Educación desde hace más de veinticinco años; espero jubilarme en breve y que este trabajo no me reporte mayores inconvenientes.

La señora Bellanguer exigió mi presencia en su despacho. Detrás de su escritorio de caoba, bendecida por el cuadro donde un Sarmiento ya anciano toca con la mano diestra las páginas de un silabario, determinó que mi presencia en la zona era impostergable. Luego me entregó los papeles para que leyera en mi despacho y acordó mi viaje para un plazo no superior a los dos días.

En los informes, las maestras explicaban una serie de anormalidades en las conductas de los niños que puedo resumir del siguiente modo:

       -Falta de atención permanente, pero no por agentes distractores (ya que prácticamente no los hay). Los alumnos caen en una especie de ensimismamiento del cual es muy difícil sacarlos.

       -Leve cuadro alucinatorio en los más pequeños. La sensación es que hablan como si estuvieran en sueños o como si la frontera entre la vigilia y lo onírico se hubiese desdibujado.

       -Vuelta al trabajo con displacer o apatía. Olvido de las formas de las letras y de las operaciones matemáticas básicas.

       -Dibujos extraños por parte de los más pequeños. (Luego del informe, las educadoras habían consignado unas quince carillas de los cuadernos de los alumnos. En los más pequeños se veía que los trazos irregulares intentaban dar con la compleja forma de patas y pinzas; sólo un niño de cuarto grado había trazado algo que oscilaba entre una metamorfosis de araña con un coleóptero que bien podía ser o un escarabajo o un gorgojo.)      

       -En algunos casos, no en todos, se manifiestan leves manchas rojizas en las manos y en los brazos. Solamente en una niña las manchas llegaron a la frente. Momentos de intensa picazón que sólo cede con alguna crema humectante que las maestras encargaron al boticario del pueblo.

       -Extraña manera de caminar en los más chicos, como si quisieran ir simultáneamente a dos lugares y esto les generara una oscilación permanente.

 

El viaje a El Ciprés fue tranquilo, aunque no exento de incomodidades. El micro salía de Retiro, pero la compañía era pequeña y tenía unos armatostes viejos cuya última limpieza pertenecía a épocas pretéritas. Y además, no llegaba exactamente al pueblo, sino que dejaba al viajero a un costado de la ruta. Cuando me bajé de aquella catramina que dejaba filtrar el olor del caño de escape, sentí alivio. El aire fresco del campo tuvo un efecto reparador. A lo lejos se veían los silos y un enorme tanque australiano. Los pájaros oscuros volaban cerca de las plantaciones y al internarme en el camino de tierra que me habían señalado vi dos gaviotas agonizantes. Aunque en tierra, movían tímidamente las alas en un vano intento de levantar vuelo. Había algo feroz y triste en los ojos. No sé por qué, pero en los pájaros la muerte es más obscena. Los ojos de los mamíferos tienden a ensombrecerse, a perder el brillo de la existencia. Los pájaros, en cambio, manifiestan una especie de pelea alucinada contra la muerte.

El camino resultó más largo de lo esperado. Según lo que me había manifestado el chofer, desembocaría en la plaza central. Tenía razón, pero no imaginé que iba a estar casi una hora yendo con mi única maleta a través de esa maldita soledad pampeana en la que no dejamos de preguntarnos si no nos habremos perdido. En mi fuero íntimo no dejé de putear a la señorita Bellanguer. A esa hora yo solía cruzarme al bar de la calle Viamonte para tomar un cortado con tres medialunas y leer La Nación. En medio de la nada, acosado por los malos presagios de las gaviotas en agonía y bajo un cielo tan azul que tenía algo de falso, me sentía demasiado vulnerable. “Si me pasa algo acá nadie se enteraría: es el lugar perfecto para un crimen. Es el lugar perfecto para morir sin ayuda. Es el lugar perfecto para que lo que es deje de ser.”

Por fin me crucé con dos peones de estancia. Uno de ellos le marcó al otro una franja de tierra cruzada por unos pequeños orificios.

–Anoche llegaron hasta La Zoila; hoy ya pasaron el umbral.

Levanté la mano en señal de saludo; aproveché para preguntarles si iba bien encaminado al pueblo. Me dijeron que sí, que siguiera nomás la senda. Y luego volvieron a concentrarse en las escoriaciones del terreno.

Por fin desemboqué en una calle y más allá, como en casi todos los pueblos del país, la estatua del General San Martín. Las paredes blancas de la iglesia, que recibían de pleno el sol de la mañana, contrastaban con la oscuridad que emanaba del atrio. Aunque no soy creyente, tengo la costumbre de entrar en las iglesias de los pueblos cuando estoy de visita. Es una forma de entrar en la historia del lugar: las placas de bronces aportan esos mínimos datos que nos permiten reconstruir, aunque sea de modo fragmentario, las esquirlas del pasado. Aunque el pueblo se había fundado en 1872 según el modelo trazado por Sarmiento, los primeros colonos italianos habías llegado después de 1880. Rápidamente la economía del trigo había llevado el ferrocarril hasta la entrada de El Ciprés. Pero esos eran otros tiempos: ahora la estación estaba abandonada y los yuyos crecían entre los durmientes.

Me hospedé en el hotel Dante, una vieja casona de estilo académico con zaguán y antepatio. Me tocó una habitación cuya ventana principal estaba enmarcada por una de esas glicinias azules que en la capital ya han desaparecido.

El conserje, que en realidad era el dueño de la casa, me recibió como quien estuviera aguardándome. Seguramente desde Capital le habrían anunciado de mi llegada porque me preguntó si era por el asunto de la escuela. Cuando le dije que efectivamente esa era el motivo, su expresión se ensombreció. 

—No sólo los chicos están alborotados en este pueblo —dijo, y luego me entregó la llave de la habitación—. Debería hablar usted con el viejo Giuliotti. Yo creo que el hombre va a enloquecer.

Le pregunté quién era ese tal Giuliotti. No me respondió de un modo directo, tal como suele suceder en los pueblos cuando se intenta ocultar algo. Simplemente me dio la referencia sobre dónde podría hallarlo.      

Al otro día, tal como habíamos convenido, me apersoné en la Escuela Normal 518. Para ellos debí internarme en una plantación con una pequeña senda que desembocaba en el edificio escolar.

Fui recibido entonces por la directora, la señorita Hortensia Gutiérrez, una robusta señora a la que le faltaban dos o tres años para jubilarse. Debo admitir que la mujer, al estar frente a un funcionario del Ministerio, sentía esas aprehensiones que dificultan la comunicación. En vano intenté decirle que estaba allí para ayudar (o al menos para no dañar, porque seguramente mi misión sería estéril). No lo logré: su respiración agitada traducía esa sensación de estar rindiendo una especie de examen. Dos o tres veces intentó manifestar que la situación no era tan grave y que la carta había llegado por la tenaz persistencia de una de las maestras, una muchacha joven investida con el santo fervor de la docencia. La cita, más allá de su barroquismo, es literal. Así lo dijo y así pretendo transmitirlo.

Por más que no había visto nada, estaba a punto de darle la razón. La situación cambió cuando me condujo al aula de tercer grado. Sólo siete niños ocupaban los bancos. Y había algo inusual en esos cuerpos, como si se encontraran habitando otro tipo de realidad que escapaba a nuestra percepción. La maestra intentaba explicar las sumas apelando a los palotes y traduciendo las rayas en numeración arábiga.

“No puede ser que estén tan atrasados”, pensé. “Ya deberían estar haciendo divisiones con comas o manejando las primeras fracciones.”

Le sugerí entonces a la señorita Gutiérrez que fuéramos a primer grado. Me di cuenta de que ella me había llevado al lugar que consideraba más adecuado.

Sentimos el ruido cercano de un avión: a esa hora fumigaban los campos. En el aire se veían las tenues gotas que caían sobre las plantaciones y el edificio escolar.

Puedo decir que los chicos del primer grado estaban divididos en dos categorías: un poco más de la mitad del curso se hallaba en un estado de adormecimiento febril. Por más que la señorita Carolina intentaba despertarlos, sus ojos volvían a cerrarse o cabeceaban pesadamente. Los otros parecían presos de un furor maniático: se sentían los ruidos de lápices y crayones rasgar las hojas una y otra vez. La maestra miraba aquellos delirios con la expresión resignada de quien sabe que va a encontrarse con lo mismo. Había algo de difusa fealdad en aquellas líneas que formaban algo así como patas, o vulvas o caparazones.

Me acerqué a uno de los chicos y al sentarme en uno de los pupitres le dije que ese dibujo era muy lindo. Se quedó observándome sin decir nada y luego retomó el movimiento frenético del lápiz. Estaba trabajando en una nueva hoja.

—¿Qué es? —le dije.             

Sentí su silencio enconado. Y quizá tuviera razón: yo no era más que un extraño que intentaba entrar en ciertas galerías que probablemente ellos quisieran conservar ocultas.

La maestra se acercó y le tocó el flequillo.

—Matías, no seas maleducado. El señor te está hablando: le gusta mucho tu dibujito. A mí también me gusta. Contale eso que me dijiste el otro día.

—Yo no dije nada —respondió el chico.

Me llamó la atención esa idea de silencio deliberado en una criatura.

—Pero cómo. ¿No te acordás? Me hablaste de los animalitos que vos y tus amigos ven.

—Yo no dije que mis amigos los vieran.

—Me pareció haberte oído eso —respondió la señorita Carolina—, pero no importa. Quiere decir que vos los estás viendo.

El chico levantó los hombros para mostrar indiferencia o que en verdad no quería hablar del asunto, y menos frente a un extraño.

Propuse llevarme algunas hojas. La Directora las juntó y me las alcanzó después de pasar por las tres filas. Ninguno de los chicos tuvo un gesto de mínimas resistencia cuando les quitaron sus papeles: daba la impresión de que al empezar un nuevo dibujo emprendían una especie de tarea desde un inicio absoluto, como si todo lo anterior nunca hubiera existido.   

Volví al hotel y me quedé frente a aquellos papeles que encerraban uno de esos mensajes forjados en un código que nos resulta por completo inabordable. Antes del atardecer decidí ir a la dirección que me había facilitado el conserje cuando me hospedé en el Dante.  

La casa estaba un poco lejos del hotel. Tuve que caminar hacia el sur y cruzar la Ruta 3. Había que estar atento porque los camiones de carga que iban al puerto de Bahía Blanca pasaban a una velocidad vertiginosa. Cuando vi que las luces de otro tráiler que se aproximaba estaba lo suficientemente lejos, me animé a cruzar casi corriendo. Una vez que estuve en la banquina, respiré aliviado y sentí no muy lejos el ruido furibundo del motor.

Luego me interné por un bosquecito cuya única senda, tal como me había advertido el conserje, daba a una alambrada inmensa con tres tranqueras. Yo debía tomar la de la izquierda, que era la que llevaba al casco de la vieja casona de los Giuliotti.

Al llegar al caserón, constaté que el timbre no andaba. Debí tocar tres veces la aldaba cuyo bronce oscurecido indicaba la falta de cuidado de los moradores.

Luego de unos pasos dubitativos, la puerta fue abierta por un anciano que estaba al tanto de que iba a ir a visitarlo. Me presenté; apreté su mano débil y me hizo pasar. La sala grande estaba iluminada por unos velones que no llegaban a alumbrar las paredes. Apenas pude distinguir los destellos de oscuras pinturas en las que advertí retratos de antepasados e imágenes pretéritas del pueblo.    

—Usted viene por lo de la escuela. Mi hija enseñó ahí hasta hace poco: ahora está de licencia. —Y luego, al acercarse a una puerta, bajó la voz—. Yo sé que ella no volverá a pisar un aula.

Le pregunté qué le había ocurrido. El anciano abrió la entrada de uno de los dormitorios. Un fuerte aroma alcanforado salió de aquella habitación.

—Usted es del Ministerio. Vea entonces. 

A pesar de la penumbra logré ver el rostro de la joven que dormía tapada con mantas de hilo. Estaba todo cruzado de unas líneas rojizas que, aunque no supuraban, daban la sensación de ser escoriaciones en la piel. Al desviar un segundo la vista noté el modo en que la glotis del anciano subía y bajaba como quien está en un brote de angustia.   

A pesar de las heridas (no sé cómo calificar aquellos estigmas en la piel) comprendí que la joven había sido hermosa. El brazo derecho pendía fuera de las sábanas. También estaba carcomido por la enfermedad.

El anciano tocó el picaporte. Ese gesto me alcanzó para ver que debía salir definitivamente de la intimidad que me había franqueado.

—Su hija está afectada por un problema en la dermis. Tal vez en la capital puedan tratarla.

—Ya hemos ido a la ciudad. No sirvió de nada. La señora Jacinta nos da unas hierbas de su terreno. Es lo único que la alivia un poco: al menos los dolores ceden un poco. Hay días que eso la carcome.

—Las otras maestras no me han manifestado problemas de ese tipo.

—Cada cuerpo es único. Cada mente es única. Se diría que se depositan en las vidas más sensibles. Acompáñeme: ya le he dado los calmantes a mi hija. Va a dormir unas cuantas horas: hoy le subí la dosis. Venimos de varios días difíciles.

Salimos hacia el patio de atrás y luego cruzamos un campo de labranza. Sobre nosotros, la luna había adquirido ese color cobrizo que la hace extrañamente cercana.

El viejo iba mirando el suelo, hasta que descubrió lo que buscaba.

—Mi hija comenzó a soñarlos antes de que yo viera al primero —dijo.

Señaló unos pequeños agujeros en la tierra; luego vi que la planicie se iba cubriendo de aquellas pequeñas cavidades que me hicieron recordar a los cangrejales de San Clemente. En algunos lugares el terreno se hundía y los huecos perforaban la tierra.

—Ella comenzó a ver lo mismo que los chicos. Creo que fue un poco antes; sólo que su cuerpo desarrolló la enfermedad.      

El anciano tomó una rama caída, la hundió en la tierra lodosa y al extraerla estaba colmada de pequeños cangrejos. Eran ínfimos, aunque bien podían ser chinches o esas garrapatas que nunca terminan de extinguirse. Me llamó la atención el tinte rosáceo y las pinzas que, más allá de la pequeñez, dejaban insinuar formas aserradas.

—¿Atacan las plantaciones?

—Eso hubiera sido lo lógico —dijo el anciano—, pero no tocan los cultivos. Se van expandiendo a través de la tierra, a través de los sueños, a través del cuerpo de mi hija… Y de algunos otros vecinos que ya empiezan a tener las manchas, pero apenas en el inicio… Mañana a la mañana, muy temprano, usted sentirá las causas.

Le pregunté al anciano dónde deberíamos encontrarnos; me respondió que no hacía falta que me moviera del hotel, que me quedara junto a la ventana a las seis y media de la mañana, que la respuesta no tardaría en llegar. Lo acompañé nuevamente a la casa y me entregó unos papeles de su hija.

—Yo no soy hombre de lecturas —dijo—. Mi hija fue promedio de honor en el colegio y en el terciario. Usted tal vez comprenda esto y pueda hacer algo.

Cuando regresé al hotel, comencé a revisar aquellas páginas. Había un párrafo que ella había transcripto de otra fuente. Había subrayado algunas palabras que tal vez considerase esenciales:

 

“Quizá se deba considerar como narcisista a las células de las formaciones malignas que destruyen al organismo…

Los instintos del yo proceden de la vivificación de la materia inanimada y quieren de nuevo establecer el estado inanimado.”      

      

En la siguiente página la joven reseñaba, de un modo desprolijo, su parecer sobre el texto que había copiado:

 

Empiezan vagamente en los sueños. Se van repitiendo. Es una discordancia en el sueño que vuelve una y otra vez. David empezó a hablar de ese animalito que se le aparecía cada vez que soñaba. Le pedí que lo dibujara; lo hizo de un modo impreciso. Pero a lo largo de los días noté en su cuaderno el modo en que iba mejorando el trazo respecto de lo que me quería mostrar. Lo mismo sucedió con Daniela; lo mismo sucedió con Clarisa… El sueño se repite como una célula tumoral y ellos repiten el sueño en la vigilia. Poco a poco se cayendo en esa obsesión que ya no los deja en paz. Pero los cuerpos infantiles todavía no dan cuenta de ese proceso. Lo mismo sucede con lo más viejos. En cambio, los cuerpos juveniles empiezan a mostrar signos de que la repetición se va incorporando en el organismo. Yo misma empiezo a ser carcomida…  Y esas viejas inútiles no van a decir nada… No veo la hora de que se jubilen y que se vayan a los campos de los maridos…  

 

A las seis y media en punto sentí el ruido de los biplanos. Fueron trazando una línea blanca en el cielo y rumbearon hacia los campos de los Igarzábal dejando una estela blanca que desde lejos parecía nieve suspendida. Nada más. Ningún estallido, ninguna alarma; sólo ese trazo con el que los fumigadores parecían querer subrayar el horizonte. Pensé –lo pensé sinceramente– que aquella gente exageraba, que la mezcla de supersticiones rurales y un invierno particularmente duro había hecho estragos en la cordura de más de uno.

Me senté al borde de la cama con los papeles de la maestra Giuliotti sobre mis rodillas. Las palabras subrayadas –materia inanimada, instintos del yo, destrucción del organismo– parecían ahora notas de un examen ajeno, sin misterio posible. Me sentí casi avergonzado de haber permitido que algo de esa fantasía se filtrara en mis pensamientos.

Entonces lo escuché.

Primero fue un golpecito seco contra la madera del zócalo. Después otro, un poco más a la derecha. Me incliné, intentando descifrar de dónde provenía ese sonido, hasta que vi moverse la sombra. Era mínima, casi imperceptible, pero se desplazaba con esa indecisión oscilante que yo ya había visto en los chicos de primer grado.

Me arrodillé con cierta torpeza y alcancé a ver el agujerito: no mayor que la circunferencia de un lápiz. Junto a él, la pintura de la pared parecía hinchada, como si estuviera a punto de descascararse. Apoyé la mano en el piso para incorporarme… y sentí el pinchazo. No un dolor, sino un rasguño múltiple, diminuto, insistente. Retiré la palma: estaba sonrosada, cubierta por pequeñas líneas que parecían venas recién dibujadas bajo la piel. Me quedé mirándolas, incrédulo, mientras un escalofrío lento y helado me subía por el antebrazo.

Me levanté de golpe. Abrí la ventana para que entrara aire fresco. El olor de las glicinias me alcanzó, pero esta vez venía acompañado de otro aroma, un tufo lodoso, salobre, como de marisma.

Entonces escuché algo más.

El conserje maldiciendo, sí, pero no a las chinches del jardín. Gritaba mi nombre. Su voz sonaba extraña, entrecortada, como si hablara mientras intentaba sacudirse algo de encima.

Me asomé. Y lo vi.

El jardín estaba plagado. No de insectos, sino de esos minúsculos cangrejos rosados, avanzando todos en esa diagonal imposible que jamás termina de decidir hacia dónde va. Salían del suelo, de entre los ladrillos, de las junturas de la fuente seca. Un manto vivo, fluctuante, avanzaba hacia la casa como una marea silenciosa.

Cuando bajé la vista, observé mis manos. Ya no eran sólo las líneas rojizas: bajo la piel algo se movía, algo que no dolía pero que insistía, repetitivo, paciente, como un pensamiento que busca abrirse paso.

Entonces lo comprendí. No eran los niños. No eran los campos. No era la escuela.

Era el sueño.

El sueño que se replica, una célula más en un organismo que desconoce límites. Un sueño que busca un huésped más… o, mejor dicho, un transmisor.

Cerré la ventana con suavidad. Y los golpecitos empezaron a sonar desde debajo de la cama.

Me senté a escribir embargado por una extraña calma, casi agradecido de que la historia –por fin– se estuviera dejando contar.

Pensé en el informe que debía redactar y en el “santo fervor” que no siento, que nunca he sentido y que con seguridad nunca sentiré. Mañana voy a regresar al ministerio y le diré a la señora Bellanguer que no sucede nada extraño; a lo sumo pienso sugerir que la escuela sea removida de aquellos campos para que los niños, en un entorno más urbano, tengan mayores estímulos intelectuales. La señora Bellanguer, con su digna expresión de funcionaria, seguramente ha de aprobar mi idea, que será copiada en un expediente y transmitida a otra repartición ministerial.

Soy hombre de hábitos repetitivos, como los cangrejos. El martes, a más tardar, espero tomar mi café con leche con tres medialunas en el bar que está enfrente del Ministerio y hojear La Nación con la tranquila parsimonia que todos me reconocen. 

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

 

 

FATA MORGANA