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miércoles, 31 de diciembre de 2025

LA MEJOR NOVELA DEL MUNDO

Petra Rapaić

 

La presentación fue tan exitosa que algunos invitados aplaudieron con las cuatro manos. El sonido fue ensordecedor. Ikava sonreía con amplitud, deslumbrada por los flashes de los drones mediáticos, y con sabiduría se guardó la respuesta a la pregunta acerca de qué venía después.

—Qué ingenioso es el concepto de que la gente no cree en ángeles porque no hay pájaros en Tuđinske —dijo Kvanon, periodista de Kserks—. ¿Nos espera otra aventura en este planeta alienígena? Quizás quieras centrarte en los detalles de su religión, porque Dios tiene que existir, ¿no?

Ikava, entrenada para hablar a través de la sonrisa, se vio obligada a explicar que todo era posible, pero que por el momento no podía hablar de proyectos futuros.

Yasukava, agente de una editorial rival, quería saber hasta cuándo durarían los derechos de autor incondicionales de la serie Planetas Foráneos. De todas sus novelas, esas eran las que atraían más atención, y estaba segura de que algunos escritores podrían ampliarla y añadirle nuevas aventuras en las que Ikava quizá no hubiera pensado en su ajetreado trabajo de autora. La pregunta estaba diseñada como un insulto, e Ikava la entendió como tal, sobre todo cuando Yasukava mencionó el “beneficio de los lectores”.

Ikava apenas logró contenerse para no fruncir la boca en una línea fina de rabia. ¿Cómo se atrevía esa vieja verde a acusarla de falta de inspiración? ¿Acaso no acababa de publicar un mega hit por el que todos se habían vuelto locos, incluso más que por la serie?

Su agente, un propultano gordo y rechoncho, parecía tener un sexto sentido para detenerla cuando estaba a punto de reaccionar impulsivamente. Le dijo a Yasukava que hiciera que sus abogados IA se pusieran en contacto con los suyos. Al fin y al cabo, un escritor debe conservar su dignidad a cualquier precio. En un planeta donde no había linaje real desde la era musical, los escritores eran lo más parecido a aquello en lo que el pueblo llano buscaba modales elevados. Además, la gente siempre espera más de la iniciadora del género espacial en una escena literaria hasta entonces adormecida. Ikava volvió a sonreír de veras: en el diccionario de Kadro eso significaba que Yasukava y su editorial podían irse al demonio. Luego Kadro, con habilidad, llevó a los invitados a hablar de Roa el Alto, de Liksip.

Roa era un constructor naval pobre y de buen corazón, enamorado de la hija del jefe del astillero. El mismo día de la boda, la policía lo arresta por espionaje industrial. Roa, inocente y acusado injustamente, queda pudriéndose en prisión durante años. Por suerte para él, allí tenía acceso a una biblioteca y a sitios universitarios. En veinte años consiguió al menos seis títulos en negocios y se enriqueció con algunas inversiones. Sale de la cárcel convertido en un hombre rico. Hasta allí, los lectores, indignados por la injusticia cometida contra el joven, aún podían detenerse. Sin embargo, se volvieron completamente locos por el libro cuando llegaron a la parte en la que Roa regresa a casa. Nadie lo reconoce, la mujer que no llegó a ser su esposa se casó con otro, y su familia ha muerto. Roa decide vengarse.

Ikava, junto con la mayor base de fans que jamás haya tenido nadie en la nube, también cree que es la mejor novela jamás escrita. Se pregunta si alcanzará esas alturas en sus próximas novelas. Si es que las hay. Es un poco difícil mantener el propio nivel.

A los presentes les explicó que la inspiración le llegó a través de sueños sumamente perturbadores después de que, una noche, se sumergiera en un libro de psicología. Recitó con soltura el título del libro, aunque nunca lo había leído.

Para la revista de moda Qué se usa cuando no se usa estuvo hablando maliciosamente de las elecciones de vestuario de sus personajes. No era como si ella decidiera qué se pondrían: simplemente los coloca en el papel con todas sus virtudes y defectos, y ellos se despliegan solos. Ningún personaje recibió jamás adversidades mayores de las que podía soportar; esa era su regla principal. Sí, a veces incluso a ella los finales la sorprenden. No, de verdad no se puede decirles a los personajes qué hacer. Todo sucede de acuerdo con su naturaleza, y se podría decir más bien que ellos le dictan a la pluma. Sí, los rumores son ciertos: escribe con pluma de carbono sobre papel común. Le gusta, y la ayuda a concentrarse. Por supuesto, después alguien lo transcribe a la base de datos de la editorial, y es un alivio maravilloso no tener que hacerlo ella misma. (Aprovecha esa respuesta como remate para agradecer a su agente y a todo el equipo, a todos los que la apoyan, a los organizadores de la estupenda presentación, etcétera. Se sabe ese pequeño discurso de memoria.)

Kadro sonrió mostrando ambas hileras de dientes hasta el final de la velada. Aún no había mirado su reloj de moda, pero sabe que, cuando Ikava empieza a agradecer, ya está harta y hay que dejarla ir. Se mete entre los invitados y les llama la atención recordándoles éxitos previos de la editorial y anunciando los futuros, mientras ella se escabulle hacia el exterior. Por lo general a ella le gusta quedarse mientras Kadro aconseja que todas las preguntas no respondidas pueden enviarse al correo virtual de la editorial; Kadro le confesó que, en realidad, nadie lee nada de lo que llega allí, porque la gente suele enviar sus manuscritos. Una vez contrataron a un pasante recomendado por alguien y le dieron la tarea de revisar y clasificar el correo, y el chico se escapó a los tres días. Lo último que se supo de él fue que estaba en una terapia antitrauma intensiva.

Ikava subió a su aerodeslizador sin encender las luces de seguridad hasta que alcanzó la aerovía, y se dirigió a casa.

Vivía en una casa heredada de una sola planta, con un amplio sótano, en el borde de un pueblo cercano. En otro tiempo se quejaba de la soledad alrededor, de los parásitos del bosque, del lúgubre espacio subterráneo por el que pagaba impuestos. Incluso llegó a poner la casa en venta por un tiempo. Su cambio repentino de opinión y la transformación del sótano en una guarida secreta acompañaron sus vertiginosos éxitos literarios. Ya no se quejaba de nada. En público.

Se quedó helada al ver las franjas de luz que se filtraban por detrás de las cortinas opacas. Por lo general se cuidaba de estacionar detrás de la casa para que ningún visitante potencial supiera que estaba allí, pero ahora dejó el vehículo en la misma entrada y casi echó a correr, revolviendo el bolso en busca de las llaves.

Desde la casa se oía música.

—¿Qué estás haciendo? —fue lo primero que dijo al entrar.

Una criatura delgada, una cabeza más baja que ella, con un solo par de brazos y un color de pelo completamente equivocado, bailaba al ritmo de una canción que Ikava despreciaba, sobre todo por sus arreglos grandilocuentes de éxitos ajenos. Algunos cantantes, en verdad, no tienen ni talento ni innovación.

Chocó una palma contra la otra y la música se apagó.

—Yana, ¿qué estás haciendo? —repitió.

La criatura se reía, encantada. En una mano sostenía una botella de tombsok oscuro. Ikava habría jurado que la había dejado en la cocina para usos culinarios.

—Maldita sea, qué alegría que hayas vuelto. No lograba acordarme cómo se apaga la música, solo conseguí subirla. Pero no está mal, ¿no?

—¿Estás borracha?

—Bueno, no del todo. Tal vez un poquito —la criatura soltó una risita—. Dios mío, no bromeabas cuando dijiste que guardabas las mejores cosas en el sótano. Solo que el sótano se secó y esto… ¿quieres? es asqueroso, pero cumple su función. No recuerdo la última vez que tuve tantas ganas de bailar.

Ikava cruzó un par de brazos. Con el otro se masajeó las sienes, intentando espantar el dolor de cabeza.

—Oye —dijo de pronto la criatura, con humildad—. Perdona por no haberme levantado esta mañana para despedirte. Tu peinado es fantástico. Ese tono de violeta te combina perfecto con los ojos. ¿Cómo fue la presentación?

—¿Y si alguien te hubiera visto? —preguntó Ikava. No gritaba. La primera y última vez que le gritó fue cuando la encontró en el bosque, junto a un montón de metal chamuscado. La criatura lloró inconsolable durante horas, y Ikava prometió no hacerlo más. Cuando la criatura aprendió su idioma, Ikava supo que solo estaba asustada, sola y desesperada. Según decía, no había manera de reparar su nave espacial y volver a casa. La criatura era hembra, como ella, pero Ikava solo pensaba en ella como “mujer” cuando, con luces tenues, se sentaban a hablar de sus futuras novelas. Entonces no había forma ni diferencias entre especies: solo un intelecto frente a otro. Pero al verla así, entre sus cosas cotidianas, aunque ya estaba acostumbrada –había tenido dos años para acostumbrarse–, la criatura se veía tan extraña. Ajena.

—Relájate, no hay nadie —Yana agitó la mano—. No hay ni un alma viva, ni siquiera en el bosque.

—¿En el bosque? —a Ikava se le escapó un susurro. Se cubrió la boca con la mano para no gritar.

—Fue al anochecer —se apresuró a tranquilizarla la criatura—. Oscuro. En el bosque es más oscuro todavía.

—¿Por qué? ¿Disfrutas del riesgo sin sentido? ¿Quieres comprometerme?

—No te preocupes: si hubiera pasado lo peor, no te habría mencionado. Lo prometí —la criatura se dejó caer, ofendida, en un sillón—. Solo quería caminar un poco. No puedes esperar que pase el resto de mi vida en el sótano. Y encima sin alcohol.

—Tengo algo de alcohol en el vehículo —dijo Ikava—. De la presentación. Lo traeré. Espérame en el sótano.

Yana obedeció.

—Toma —dijo Ikava al bajar al sótano, con bolsas de sampier y badi en las manos.

Yana se acercó a ayudar. Sacó las botellas sobre la mesa y las examinó con el ojo experto de una bebedora refinada.

—No deberías beber tanto.

—Es lo único que me queda —gruñó la criatura—. Eso y los libros.

Por lo general el sótano está iluminado cuando Ikava escribe, pero esa noche no escribiría. Se dice a sí misma que es porque es tarde y puede permitirse unos días de celebración. Se lo merece. En realidad, tiene miedo de empezar.

En la penumbra rodea la mesa y se sienta en el sofá junto a la estantería. Cierra los ojos. Deja que Yana elija la bebida. Ella se ha acostumbrado rápido a los nuevos sabores y sabe lo que está bueno.

—No intento fastidiarte —empezó Ikava cuando Yana se acomodó a su lado—. Pero sabes que ya hablamos de esto. Si te ven… si te atrapan… acabarás en una institución del gobierno, será como una prisión y seguramente experimentarán contigo. ¿Es tan difícil de entender?

—No —suspiró Yana—. Mi especie haría lo mismo si alguno de ustedes se estrellara en nuestro planeta.

—Nosotros no tenemos esas naves espaciales —Ikava aceptó la copa.

Yana le sirvió badi rosado. Por un instante pareció considerar beber de la botella, pero optó por la cortesía y buscó una copa para sí.

—No podía quedarme más tiempo sentada. Necesito moverme. Además… tenía que ver cuánto queda. Si hay algo que se pueda reparar.

Ikava no dijo nada. Pasaban por ese ritual con regularidad, al menos cada tres o cuatro meses. La criatura se aferraba a una esperanza inútil, y durante un tiempo Ikava también creyó que quizá se podría hacer algo. Sin embargo, su planeta aún no estaba a ese nivel tecnológico. También dudaba de que tuvieran todos los materiales con los que estaba construida la nave. Pero a Yana le costaba aceptar que tendría que pasar el resto de su vida en un planeta ajeno. Al menos los foráneos de su serie podían, a veces, volver a casa, aunque siempre regresaban. Los atraían las distancias desconocidas. Quizá también llamaban a Yana. Quizá aún oía una voz que le decía que debía seguir, más incluso que volver a casa.

Quizá esas voces se ahogaban en el alcohol. Eso explicaría muchas cosas.

—Podemos salir a caminar a veces —dijo Ikava—. Juntas. De noche. Te daré ropa mía. También debería conseguirte una peluca. Y tinte para la piel. Desde lejos podrías pasar por una cría de kvaibo.

—¿Tu hija? —se rió Yana.

—No exageres —dijo Ikava, seca—. Sobrina. En realidad, mejor prima. Prima lejana.

—Venga. Dame lo que puedas.

Yana aprendió el idioma con ayuda de una aplicación de Ikava –antes de convertirse en la célebre iniciadora de la ciencia ficción había sido ingeniera de software–, y lo perfeccionó leyendo los libros que un antepasado de Ikava había coleccionado. Algunos de ellos, los románticos, los compró ella misma. Estaban de oferta y las portadas se veían bien. Modernos y llenos de palabras y expresiones sencillas, perfectos para que Yana aprendiera.

Yana los devoró –doce libros en tres días durante los cuales no bebió ni una gota de alcohol– y declaró que los escritores de su planeta eran mejores. Una cosa llevó a la otra y, de contar libros, nació una idea. ¿Por qué no empezar a escribir, Ikava?

Una vez que empezó, no fue difícil. Fue aún más fácil cuando llegaron las alabanzas de los lectores, las presentaciones y los premios. Sin embargo, ahora que había alcanzado la cima, desde donde solo podía rodar al fondo, era imposible escribir algo nuevo.

Nuevo en su planeta. Viejo en la Tierra.

—¿Cómo fue la presentación? —preguntó Yana.

—Bien —Ikava no quiso explicar más. Yana no la presionó. Parecía que “bien” significaba lo mismo en ambos planetas—. Me dieron otro premio.

—Ajá. Terrible.

—No lo entiendes —dijo Ikava con aspereza—. Ahora esperan de mí un libro aún mejor.

—Que se fastidien.

—Yo espero de mí un libro mejor. O al menos uno al mismo nivel. —Yana asintió—. Tienes que darme otra idea —dijo Ikava, suplicante.

—Mhm. Claro. Tengo un montón de ideas —respondió Yana.

El silencio se estiró. Yana bebía a sorbos. Ikava esperaba.

—Bien. ¿Qué tal un piloto estelar que quiere entrar en una escuadrilla espacial, pero no puede porque perdió la recomendación de su padre? Para entrar tiene que desafiar a los tres mejores pilotos en una carrera.

—No. Demasiado lineal.

—¿Y qué tal un chico que regresa de una guerra interplanetaria y encuentra la empresa en quiebra? El enemigo de su padre le tendió una trampa, la empresa fue vendida y los trabajadores quedaron en la calle.

—Demasiado sociológico.

—Espera a que termine. El chico se instala en un cinturón de asteroides cercano y asalta naves de ricos para ayudar a sus antiguos trabajadores pobres. Y la hija de su enemigo se enamora de él.

—Mhm —dijo Ikava, sin comprometerse.

—Público difícil —Yana se rio. En la risa había un matiz de herida.

—No, mira, es que… son ideas buenas. Excelentes. Pero después de Roa el Alto… necesito algo mejor. ¿Entiendes? Algo mucho mejor. Algo de verdad, de verdad bueno. Inusual.

—¿Qué puede ser mejor que los clásicos eternos? Atemporales. ¡Incluso extraplanetarios! —dijo Yana con alegría etílica.

—Veo por qué lo son. Quizá volvamos a eso más adelante. Pero ahora necesito…

—Ya sé, ya sé. Déjame pensar.

Ikava la dejó. Bebía y pensaba que tendría que comprar el tinte de piel y la peluca en lugares distintos. En un momento fue a la mesa por otra ronda y volvió con una botella de sampier.

—Cuidado, esto pega fuerte —le advirtió a Yana.

Yana se la bebió de un trago y sonrió como diciendo que era indestructible. Ikava se estremeció.

—¿Por qué no vuelves a la serie de Foráneos? Veo en los portales que se quejan de que quieren más.

—¿No agotamos ya ese tema? ¿Los hermafroditas, el hombre de otro planeta que se casó con la princesa y ella puso un huevo y padre e hijo saltaban desafiando la gravedad, esos monstruos… cómo los llamas…

—Dragones.

—Sí, esos. Y sus jinetes.

—Podrías escribir sobre… no sé… Zortan, el señor de las bestias.

—¿Y qué haría él en un planeta foráneo lleno de tecnología?

—Hablar con los animales. Digamos que sus padres eran Altos, pero murieron durante una expedición por la zona salvaje del planeta, y lo criaron los dragones. Ahora es adulto, heredero de un imperio tecnológico, y no tiene idea. Pero su primo descubre que existe y se interna en la selva para matarlo, para no tener que renunciar al imperio que gobierna desde hace veinte años.

Ikava suspiró.

—Eso es muy infantil. Y no se parece a la serie. Los lectores se decepcionarían. Peor aún —recordó a Yasukava—, pensarían que lo escribió otra persona.

Yana miró su copa vacía.

—¿Hay algo más fuerte aquí?

—¿Cómo que más fuerte?

—Drogas. ¿Cómo explicarte…?

—Sé lo que son las drogas —cortó Ikava—. Y no hay. Eso lo usan solo los criminales.

—Hm. Eso me recuerda: ¿qué tal si escribes una serie sobre una estación espacial donde ocurren crímenes y los resuelve un detective que, en secreto, consume drogas? Un caso, un libro. Conozco millones. Podrías escribir infinitamente libros sobre un detective espacial.

—Eso suena… polémico e imposible.

—¿Por qué? ¿Por la droga? La necesita para embotar las emociones después de casos horribles, para colocarse mejor en el papel del criminal al que persigue. Y así inventas tu mundo, cambias los parámetros.

—La droga aquí es tabú. Un no rotundo. Parecerá que la estoy popularizando.

—Entonces que sea alcohólico.

Ikava negó con la cabeza.

—Ese vicio es difícil de ocultar. Lo despedirían rápido.

—Pero sin alcohol ni droga, sería un detective muy aburrido —protestó Yana.

—Estoy de acuerdo.

—Oh. No sé, entonces tengo una idea de una pareja que muere, pero el chico vuelve con ayuda de un gran pájaro negro para vengarse…

—De eso ya escribí.

—Cierto. Qué exigente —gruñó Yana—. Mira, en mi mundo también es difícil superar a Roa el Alto. Aunque podrías escribir sobre un extraterrestre que se estrelló en un planeta ajeno y vive de día en un sótano y de noche gana dinero para su anfitrión.

—Ja, ja. Con ese dinero tú también comes y bebes —dijo Ikava, distraída—. Roa el Alto es, de verdad, difícil de superar.

Hasta el amanecer bebieron y discutieron, con pullas mutuas nacidas de una cercanía inevitable, si era posible escribir un libro mejor que el mejor libro del mundo.

Al mediodía Ikava encargó una peluca y tinte. Tres días después llegó una peluca del color equivocado y pintura para fachada.

—Lo intentaremos de nuevo dentro de tres meses —pensó Ikava. Abrió el armario y empujó la peluca entre las demás. Ninguna era del color correcto.

Petra Rapaić vive y trabaja en Novi Sad. Con Neša Popović publicó el libro “El universo en apuros”, y junto a él edita las antologías de relatos Nijanse. Sus cuentos han sido acogidos en diversas revistas regionales (BiberRefestikonMarsonicSlavic SupernaturalMorina kutijaPoruke iz prošlostiRegia Fantastica).

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

REPUTACIÓN

Petra Rapaić

 

Marko Oblovski nació como un hombre muy desgraciado, si uno atendía a las matrices de reputación. Su madre trabajaba como enfermera en el turno de noche, lamentablemente antes de la era en la que los trabajos nocturnos fueran considerados medianamente buenos; y como dormía de día, las matrices pasaban por alto por completo su aporte a la sociedad, si no es que toda su existencia. De no ser por su nombre en el certificado de nacimiento de Marko, él mismo habría dudado sinceramente de que alguna vez estuviera vivo. Su padre pasaba los días en similar invisibilidad, trabajando como contable. En cuanto consiguió empleo en la empresa de su padrino, ahí se quedó, batallando literalmente de la mañana a la noche. Se levantaba antes de la primera luz y regresaba al anochecer. Las matrices tampoco lo registraban, excepto en los raros momentos en que salía a la luz del sol a fumarse un cigarrillo y charlar con la señora del quiosco, exponiéndose así al curioso ojo eidético de los drones que alimentaban las matrices.

Ambos murieron de noche, también antes de la época en la que algo que ocurriera tras la puesta del sol se considerara digno de una reputación decente. El padre sufría de cáncer de pulmón, y a la madre la arrolló una ambulancia en la entrada del hospital, donde había salido a tomar aire fresco y llorar en paz.

Podría decirse que no tuvieron suerte, y que Marko tampoco la tuvo con ellos.

 

—¿Cuántos años tenía cuando lo golpeó la supuesta tragedia? —preguntó Konstantin Mirić, experto licenciado en construcción de reputaciones top en la agencia “Todo Según el Protocolo”. No es que no le creyera, pero por la grabación (tenía que grabar cada sesión: nuevas normas), se cuidó de expresarse de manera neutral respecto a algo que las matrices no reconocían. En su momento. Hoy la situación quizá sería distinta, pero solo si sus padres hubieran trabajado en empresas que potencialmente fueran propiedad del padrino de alguna figura importante.

—Veintidós —respondió Marko.

Konstantin garabateó algo en su bloc virtual; Marko, que observaba cada uno de sus movimientos, estaba casi seguro de que no había anotado la cifra, a menos que estuviera usando caracteres chinos. A veces se preguntaba si estos especialistas escuchaban realmente a sus clientes, y esa había sido la razón principal por la que hasta entonces no había pedido ayuda. Pero cuando llegó la hora de la verdad, eligió al que tenía más reacciones positivas. En internet la gente también decía que la agencia “Asunto Limpio” era buena, especialmente para quienes ya habían sufrido un derrumbe reputacional, pero Marko los ignoró. Su reputación no había colapsado de la noche a la mañana: simplemente nunca había existido.

—Ahora, si puedo observar, tiene casi treinta y cuatro años —Konstantin giró la pluma virtual, anotó algo más—. Hmm.

Marko guardó silencio, dejando que la magia del pensamiento ocurriera sin sus aportes. Casi no creía en la ayuda de la agencia, pero a esas alturas no tenía nada que perder. Además, decía que devolvían el dinero si el tratamiento fallaba, lo cual le ofrecía un pequeño consuelo.

—Veo en el expediente que no ha sido condenado, lo cual nos ayuda automáticamente porque no tiene puntos negativos. Nadie lo ha registrado por haber fallado a alguien, roto una promesa o sido especialmente grosero en el ámbito profesional o privado. ¿Puedo suponer que el expediente es correcto cuando dice que no tiene pareja sentimental?

—Puede suponerlo —admitió Marko.

—Sí, ya me parecía haber notado algo —Konstantin movió la pluma para desplegar una nueva página del documento—. Sí, sí, no, ay Dios. Parece que los puntos positivos de sus relaciones anteriores quedaron anulados por los negativos. Sigue siendo cero, pero cero es bueno; como decimos aquí, no existe algo que pueda ser considerado un cero negativo. —Konstantin esbozó la sonrisa del experto que cree saber de qué habla, aunque Marko no entendía cómo cero podía ser algo distinto de cero—. Bien, tengo su expediente y mañana haremos un análisis y le enviaremos por correo todas las formas en las que puede impulsar su reputación hacia el espectro visible. Será muy detallado, no se preocupe. Nuestros programas de IA son muy meticulosos y yo los superviso regularmente. En caso de alguna duda, tiene derecho a una consulta adicional; lo demás excede el paquete que pagó. Y debo añadir que la agencia no es responsable del fracaso si los moduladores descubren que no siguió nuestras instrucciones. ¿Le queda claro?

Marko dijo que sí.

 

Antea Delić pertenecía al grupo de personas que ni muertas serían vistas cerca de una agencia de reputación. Surfeaba la ola del no-hipocresía y, cuando las agencias apenas habían brotado en un mercado saturado, fue de las que proclamaron en los amplios campos del internet que nada bueno podía salir de eso. No sería conveniente echarse atrás ahora. Sus puntos caerían, ¿y entonces qué?

Sin embargo, los puntos, si no caían, tampoco subían. Llevaban estancados mucho tiempo, y sus amistades virtuales empezaron a asustarla con la teoría de que la falta de ingreso de puntos conducía a la disminución de puntos. Matemática reputacional simple.

Por eso compró libros de expertos extranjeros sobre reputación, el algoritmo de matrices, el campo virtual y los elementos no virtuales que también la componían. Procuraba no mencionar ninguno en su videoblog @simplementeYo. Su reputación era, como había hecho creer a miles de seguidores, un producto de su naturaleza, sin esfuerzo ni afectación.

Un capítulo de un libro especialmente aburrido trataba sobre cómo elevar la reputación a través de una relación amorosa. La autora no decía abiertamente que hubiera que embarcarse en una relación solo por reputación, pero… si tantas cosas podían subir los puntos…

Bueno, podría intentarlo, pensó. Cada cosa nueva en el videoblog atraería atención y reacciones, y ya no le quedaban muchas cosas nuevas por hacer.

Marko creía haber conocido a Antea por pura casualidad, y que era la criatura más encantadora que había visto nunca. Apenas oficializaron la relación, la suerte entró en su vida con botas pesadas y se instaló de manera descarada. Aplastaba todo lo que no tuviera que ver con Antea.

Así, algunos clientes lo denunciaron un par de veces por estar despistado y no entregar lo que habían pedido. Los puntos cayeron.

Llevó a Antea a la naturaleza, donde ella sacó fotos sin parar, hizo transmisiones en vivo, lo etiquetó en todas partes, y los puntos subieron.

No se presentó al trabajo porque Antea tuvo la idea genial de visitar el circo de androides (era el último día de su gira y ellos se enteraron tarde). Algunos puntos se desplomaron, otros aparecieron como invocados por una varita mágica.

Marko le creyó cuando le dijo que si uno no estaba presente en los eventos sociales, era como si no existiera. Y si ella no lo publicaba en el videoblog, era como si no hubiera ocurrido. Eran caminos extraños los del noviazgo.

Mientras tanto, su reputación, como sus emociones, atravesaba una peligrosa montaña rusa. Y él nunca se había preocupado menos por eso. Era feliz.

—Hoy brillas especialmente —le dijo cuando se encontraron frente al restaurante.

“Aliento Natural” acababa de abrir; ni siquiera Antea había oído hablar de él. Marko sonreía misterioso, prometiendo explicarle todo durante la cena. Creía que la sorprendería de varias maneras. Y que esa sería la noche.

Aún no había decidido con el personal si poner el anillo en la copa de champán o sobre un pastelito, en lugar de una fresa, pero dependería de si Antea pedía postre.

Ella le dio un beso en la mejilla, no sin antes fotografiarlo. Se dirigieron a las puertas iluminadas en dorado, ¡clic!, luego ¡clic! en la recepción, clic para registrar la atmósfera del salón y las mesas llenas de comensales. El camarero los llevó a la mesa reservada, se sentaron, ¡clic!, recibieron los menús, ¡clic!, y los dejó revisarlos. Antea volvió a fotografiarse un par de veces, incluyendo a Marko en el encuadre.

—Espero que la comida te guste especialmente —dijo Marko, insinuando la propuesta de matrimonio y lo divertido que sería recordarlo después.

—¿Por qué no me va a gustar? —sonrió Antea. Se estiró sobre la mesa para besarlo con pasión, con un clic tan hábil que Marko no habría notado que no lo oyó.

Cuando volvió el camarero, ordenaron la especialidad recomendada: champiñones asados en salsa de moras para ella, y ñoquis con flores de diente de león para él.

—¿Postre, cariño? —preguntó Marko, esperanzado.

—No, no, amorcito, no podría. Quiero ganar cuatro puntos para fin de semana; me falta perder solo dos kilos para alcanzar las medidas perfectas.

—Para mí ya eres perfecta tal como eres —dijo él, y se apartó un momento para dar instrucciones al camarero sobre el champán y la pequeña cajita.

—¿Sabes? —le dijo confidencialmente al sentarse—. Este es el único restaurante de la ciudad con un cocinero humano.

Esperaba que Antea se alegrara por la novedad y lo subiera de inmediato a las redes, pero ella palideció y lo miró con incredulidad.

—¿Estás bromeando?

—No, en realidad es un excelente restaurante.

—¿Y cómo lo sabes si nunca has estado, si recién abrieron…? —se cortó a sí misma, quizá dándose cuenta de que hablaba demasiado rápido, y comenzó a respirar hondo. Inhalar, exhalar.

—Cariño, todo estará bien —sonrió Marko, animándola—. Hice todo como dijiste: revisé la reputación del restaurante en la red, y especialmente la del dueño y el cocinero. Todo está en verde. Mira el menú, no tienen ningún plato con carne.

—Ajá. —Antea se calmó un poco y esbozó una sonrisa débil—. Supongo que, si tú confías y quieres comer algo preparado por un… humano, podría intentar probarlo.

—Nunca somos demasiado viejos para probar algo nuevo —dijo Marko. Desde que estaba en la relación, sonreía más que nunca.

Cuando los platos llegaron, Antea no sonreía. Revolvió los champiñones con el tenedor, miró la salsa de moras como si fuera sangre, y se obligó a comer un bocado.

Marko disfrutaba a conciencia de sus ñoquis y le guiñó al camarero para indicar que aún no era momento del champán. Se imaginaba que sería después del plato fuerte, cuando estuvieran relajados. Pasó por alto la desgana de Antea. Solo vio cómo escupía algo rojo en la servilleta y se levantaba de la mesa de manera demostrativa. No sonreía, no sacaba fotos.

—Lo siento, pero tengo que irme.

Él se levantó tras ella, casi logrando alcanzarla en la puerta, cuando el recepcionista y el guardia lo detuvieron por la cuenta sin pagar. Cuando salió a la acera, Antea ya no estaba.

Decidió buscarla en casa. Volvió por el anillo.

Parece que Antea no había vuelto a casa, ni lo haría en los días siguientes. Para entonces, las redes estaban llenas de su experiencia en “Aliento Natural”, así que él dejó de esforzarse.

 

Konstantin Mirić hojeaba su libreta virtual y revisaba las publicaciones de la red, chasqueando la lengua con una incredulidad muy marcada.

—Ay, Dios… su reputación se desplomó de la noche a la mañana. Literalmente de la noche a la mañana, si se me permite observar. Y todo por una cena. Pero ¿cómo permitió que usted apareciera en su cuenta, en vez de crear una propia? Si ahora tuviera la suya, esta historia sería distinta. Bueno, no tanto más distinta, oh, Dios, pero suficiente para evitar que cayera en rojo.

Esta vez Marko no tenía paciencia para sentarse: paseaba nervioso arriba y abajo por la oficina de la agencia de reputación. Ante los comentarios de Konstantin, agitaba la mano como diciendo “ya no hay remedio”.

—Cocinero humano… Foto de algo ensangrentado… Dios, ¿esto de aquí es que vomitó?

Marko pasó detrás de él para mirar.

—No, son champiñones asados en salsa de moras. Ella eligió el plato. Yo tomé…

—Ajá, sí, pero mire la impresión que da. Hizo que “Aliento Natural” se disculpara y le pagara una indemnización por daños emocionales.

—¡Pero ese plato era perfecto! —protestó Marko.

—No me cabe duda, no me cabe duda —lo tranquilizó Konstantin—. A pesar de que casi todos los cocineros son androides, que nunca se estropean y jamás han envenenado a un cliente, también los cocineros humanos están bien valorados… en algún lugar, estoy seguro. Habría que reconocerle a “Aliento Natural” el mérito de intentar revivir viejos tiempos. Por desgracia, una de sus primeras clientas tuvo una reacción tan fuerte… quién sabe a dónde los llevará eso. Pero, si me permite la pregunta, ¿le preocupa la cena o la ruptura?

—¡La ruptura! —Marko se detuvo y lo miró. Luego se dejó caer en el asiento—. Sí, supongo que hemos roto, aunque no me dijo ni una sola palabra al respecto. Todo este tiempo intenté comunicarme con ella y ella fingía no estar en casa.

—Tiene el sistema antis-acosadores más reciente, que hace que la casa parezca vacía en cuanto el sistema recibe sus datos. Lo mencionó en una publicación; los fabricantes incluso le dieron comisión —aclaró Konstantin.

—¿Pero por qué? ¿Solo por una cena preparada por alguien que no es un androide? ¿Es posible que supiera que quería proponerle matrimonio y se asustara y se alejara de una forma… no sé, diría dramática, pero parece bastante aceptable para las redes?

—¿Quería proponerle matrimonio? Ay, Dios… —Konstantin negó con compasión—. Le dije que tenía que abrir una cuenta propia. ¿No leyó todo lo que le enviamos?

—Sí. Pero Antea… Éramos felices.

—Entiendo, entiendo. Ay… lo ha etiquetado como andrófobo.

—¿Lo ha hecho? —Marko preguntó con tristeza.

—Desde esta mañana. Después de eso se unió a –Konstantin tecleó un par de veces– un grupo por los derechos de los androides, y ahora exigen que su empresa lo despida.

Marko quedó tan atónito y horrorizado ante la idea de perder su trabajo que no pudo pronunciar palabra. Solo miró al agente de reputación, esperando ver un milagro o sentir que el cielo se desplomaba sobre él.

—El despido es algo horrible, especialmente por androfobia. Nadie querrá contratarlo y terminará en los campos de trabajo del norte. ¿Está seguro de que no la llevó a ese restaurante por androfobia?

—¡Por supuesto que no! —Marko dio un salto—. ¡Ella quería sensaciones, algo nuevo, lo que fuera para subir a su videoblog y publicar en la red! ¡Solo una semana antes estuvimos en el circo de androides y jamás nos habíamos divertido tanto!

Konstantin lo miró con intención. Con un clic, se desconectó de la red.

—Verá, ahí está el problema. Tiene que dejar de decir “nosotros” y empezar a decir “yo”. Y no conmigo, sino con esa gente en la red. Así que, lo primero que va a hacer es abrir una cuenta propia. Primero, suba algo sobre usted. ¿Tiene fotos de su relación? Publique esas fotos del circo, las del restaurante y el motivo por el que la llevó allí, la foto del anillo… supongo que tiene el anillo —Konstantin se detuvo al ver que Marko negaba con la cabeza.

—Tengo el anillo, no las fotos. Ella tomó todas.

—Ajá. Un momento. Ay, Dios, ¿qué voy a hacer con usted? Bueno, tengo una propuesta algo radical, y antes de que diga que no, primero escúcheme. Creo que resultará la solución perfecta para recuperar su reputación y mantenerlo en tendencia. Pero… con una cuenta propia, ¿de acuerdo?

Al día siguiente, la red explotó con una noticia inédita:

Marko Oblovski se había casado. Con una androide.

En su propia cuenta publicó la foto del anillo, la verificación del matrimonio y una hermosa mano con una piedra artificial brillando en el dedo. No fotografió a la novia completa por “motivos de privacidad”, según dijo. Incluso añadió algunos hashtags:

#no1androfil #loveisAll #androidLove, y la frase:

“¡Nunca fui más feliz!”

Cómo se sentía realmente, solo él lo sabía. Pero para la red, vivía la mejor vida posible.

Petra Rapaić vive y trabaja en Novi Sad. Con Neša Popović publicó el libro “El universo en apuros”, y junto a él edita las antologías de relatos Nijanse. Sus cuentos han sido acogidos en diversas revistas regionales (Biber, Refestikon, Marsonic, Slavic Supernatural, Morina kutija, Poruke iz prošlosti, Regia Fantastica).

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