Remi Lootens
Incluso en Wonderland,
un viaje en tren siempre es un largo viaje. Alicia no tenía ni idea de adónde
se dirigía la formación. El billete se lo había encajado la Reina Roja, que
prefería perderla de vista antes que tenerla cerca. El destino en el ticket
estaba tachado, pero aun así Alicia pudo subir al tren.
—Hasta nunca más —la oyó gritar.
Qué mujer tan desagradable.
¿Estaría ahora rumbo a casa? Esa
idea entristeció un poco a Alicia. ¡Estaba completamente preparada para una
nueva aventura! Seguro que aquí aún había mucho por vivir. Eso sí, era una pena
estar sola en el compartimento. Miró con anhelo por la ventana. Un bandersnatch
corría a la par del tren. De vez en cuando le gruñía a Alicia, pero a la niña eso
no le importaba en absoluto.
Llamaron a la puerta. Alicia se
alisó el delantal y el vestido.
—Adelante —dijo.
Tres pasajeros entraron en el
compartimento, uno tras otro: una Cabra, un Escarabajo y un Hombre de Blanco.
Nada fuera de lo común en Wonderland; Alicia ya estaba bastante acostumbrada.
La Cabra arrastraba una enorme
maleta cubierta de pegatinas. Alicia leyó uno a uno los largos nombres:
Lewisville, Port Lutwidge, Liddell Town. Al parecer, el animal tenía
predilección por los topónimos que empezaban con L. La Cabra baló y se sentó a
su lado. Olía un poco mal.
—El placer es enteramente mío,
Fräulein. A su servicio, conde Backstedt.
¡Un conde que la serviría! Vaya.
Sí, podía permitirse oler un poco mal. Que fuera un alto servidor compensaba
muchas cosas. En casa, Alicia ni siquiera tenía mayordomo.
El Escarabajo se sentó frente a
ella, abrió su propio maletín y fue directo al grano.
—Despertadores, señora, finos
despertadores, grandes y pequeños. Todo el mundo necesita un despertador,
realmente todo el mundo. El tiempo es de la mayor importancia. ¿Qué somos sin
el tiempo?
A eso Alicia no supo qué responder.
El Escarabajo colocó cuatro
despertadores sobre la tapa de su maleta.
—Hora inglesa, hora francesa, hora
primigenia y hora tardía.
El Hombre de Blanco seguía de pie.
Aun así, quedaba un asiento libre en el compartimento. Extraño. Alicia no dijo
nada. Ya había aprendido a fuerza de golpes que las cosas debían dejarse pasar.
Sobre todo, no hacer demasiadas preguntas; eso no servía de nada.
Así que preguntó de inmediato.
—¿Y la hora tardía, cuánto de
tardía es exactamente?
Los tres nuevos pasajeros silbaron
al mismo tiempo. Por primera vez habló el Hombre de Blanco.
—Me temo que ha tocado usted un
tabú. Definitivamente no querrá llegar tarde, y mucho menos demasiado
tarde.
—¿Quiere decir que es mejor que no
compre ese despertador?
—¿Comprar? —preguntó el
Escarabajo—. ¡Son regalos! ¡Uno para cada pasajero del compartimento! —Parecía
bastante ofendido.
—Los despertadores son muy bonitos
—Alicia intentó arreglar su error.
La Cabra volvió a balar.
—Elija rápido, Fräulein, luego me
toca a mí.
Así que el conde no era tan
servicial. Y tampoco se molestaba ya en hablar con elegancia. A Alicia no le
gustaba que la apuraran. Hizo tin marín, pero incluso eso le pareció
demasiado lento a la Cabra.
—Yo tomo el reloj inglés, tiene una
L. O incluso dos, si lo piensas bien —dijo apresuradamente, justo cuando estaba
a punto de terminar la rima.
—No pienses tanto —gruñó el Hombre
de Blanco; era obvio que no estaba de buen humor.
La verdad es que Alicia no
encontraba muy agradable aquella compañía, aunque el Escarabajo parecía el más
simpático del grupo.
—¿Puedo elegir ahora? —le preguntó.
—Por supuesto. ¿Qué quieres:
francés, primigenio o tardío?
Alicia pensó un momento.
—Me gustaría saber hablar francés.
—Très bien, c’est décidé
—dijo el Hombre de Blanco, cosa que Alicia no entendió.
El Escarabajo le puso el
despertador francés en la mano. Al instante, el reloj empezó a ir hacia atrás.
¿Cómo era posible?
—Ay, ay —se lamentó el Escarabajo—,
el ejemplar francés ha estado demasiado tiempo junto al reloj primigenio.
¡Desastre, desastre!
Justo en ese dramático momento se
abrió de nuevo la puerta. Apareció el Revisor. Vestía un traje rojo chillón y
llevaba un fez azul en la cabeza. Alicia sospechó que tenía poco sentido de la
moda, pero tal vez no podía elegir su uniforme.
—¡En nombre de la Reina Roja,
muestren sus billetes de inmediato!
Recorrió el compartimento con una
mirada sombría.
El Hombre de Blanco se sentó por
fin y empezó a rebuscar en sus bombachos.
—Eh… estoy seguro de que aún tengo
el billete. Un momento.
Sus manos pasaron de un bolsillo a
otro, del chaleco al pantalón, pero nada… no había billete.
—Siempre hay uno en cada tren
—suspiró el Revisor—. Para su clase de… persona… tendremos una parada
intermedia.
Agarró su cinturón y desenganchó
unas esposas.
—¿Se las pone usted mismo y se
ahorra la humillación, o tengo que ponerle los grilletes personalmente?
Nunca se respondió a esa pregunta,
porque los despertadores empezaron a sonar todos a la vez. El de la hora
primigenia era el más ruidoso: más que un timbre, parecía el rugido de un
dinosaurio.
—¡Que pare esto!
El Revisor se quitó el fez y lo
arrojó sobre el despertador más ruidoso. El sonido cesó de inmediato.
—Esto es inadmisible. Ahora todos
tendrán que pagar las consecuencias.
Alicia ya se veía tras las rejas.
Una lágrima asomó. Tal vez… tal vez…
Dejó su asiento y entregó el
despertador francés al Revisor.
—Pour vous —dijo, porque el
reloj ya había ejercido su benéfica influencia sobre ella.
—No sé quién será ese poervú
—respondió él con aspereza—, pero confiscaré esta prueba.
Ahora Alicia empezó a llorar de
verdad. A la cárcel, a su corta edad…
—Puede que la niña sí tenga billete
—dijo el Hombre de Blanco con voz ronca—. Ya estaba aquí antes de que
subiéramos.
—Bon —respondió el Revisor,
apretando el despertador contra su pecho—. Ya veremos. ¿Su billete, por favor?
Alicia sacó el suyo a toda
velocidad. El Revisor lo examinó con recelo.
—El destino está tachado. ¿Cómo se
explica eso?
—¿No lo sabe? —se aventuró el
Escarabajo—. Los destinos tachados son un favor de la Reina Roja. Usted trabaja
para ella, ¿no?
El Revisor lo fulminó con la
mirada, así que el Escarabajo calló.
—Destino libre, Herr Schaffner
—explicó la Cabra—. Puede ir a donde quiera. ¡Incluso a su propia casa!
Alicia no tenía ni idea de eso.
Ahora lo más importante era no ir a la cárcel. Aventura o casa, quería poder
elegir por sí misma.
—Haré cualquier cosa, de verdad
cualquier cosa, con tal de no ser encerrada.
Eso dejó a todos en silencio.
—¿Vraiment tout? —preguntó
el Revisor con respeto en la voz.
—¡Sí, sí, sí! —respondió Alicia sin
vacilar.
—Bien, entonces mire por la
ventana.
Alicia miró por encima del hombro
del Revisor y vio que el bandersnatch seguía corriendo junto al tren.
—Mi esposa —explicó él—. Es muy
celosa. Siempre que tengo que subir al tren, me sigue. Creo que no le agrada
nada que ahora esté hablando con usted.
Alicia se acercó a la ventana. El bandersnatch
escupió fuego. ¿Acaso había salido de la sartén para meterse en el fuego? Por
suerte, la criatura estaba bastante lejos y no podría causarle daños.
—¿Qué propone usted? —preguntó el
Hombre de Blanco con tono profesional.
—Una separación —fue la seca respuesta.
—Si ayudamos a Alicia a hacer esto
por usted, ¿nos deja libres a todos, Herr Schaffner? Creo que tengo eine
Lösung.
La Cabra mostró sus grandes dientes
amarillos; parecía segura de la victoria. A Alicia le pareció bonito que, al
fin y al cabo, el conde se mostrara servicial.
El Revisor se encogió de hombros.
—Adelante.
La Cabra actuó de inmediato. Tomó
el despertador primigenio de la maleta y se lo dio a Alicia.
—Abra la ventana y arroje el
despertador al bandersnatch.
¡Cómo no se les había ocurrido
antes! Cuando la gente te habla con tanta severidad, uno pierde toda inventiva.
El conde parecía ser el único al que eso no le afectaba. La nobleza no solo
tenía sangre azul, sino también sangre fría; Alicia estaba muy impresionada.
Abrió la ventanilla y gritó.
—¡Su marido lleva el traje más
bonito que he visto jamás!
Mentir no estaba bien, pero ahora
no había alternativa.
El bandersnatch cambió de dirección
y se lanzó directamente hacia el tren.
—¡Ahora, arroje el despertador!
—dijo el Escarabajo.
¡Hop! El reloj salió volando. El bandersnatch
debió oler peligro, porque intentó esquivarlo. Pero ya estaba demasiado cerca.
El despertador aterrizó de lleno en su hocico.
No ocurrió nada.
—¿Quoi?
—¿Was?
—¿Qué?
—¿Cómo?
—¿Eh?
Tras esta ronda de asombro, la
Cabra volvió a mostrar su mejor faceta.
—Den cuerda a los despertadores
durante quince segundos —ordenó mientras el bandersnatch destruía el
compartimento con sus garras—. Sonarán todos a la vez y, con un poco de suerte,
también el reloj primigenio. Es un conjunto de cuatro, se nota a simple vista.
El sonido del metal desgarrándose
hizo imposible seguir hablando. Alicia vio cómo el bandersnatch forzaba el
hocico hacia el interior. El despertador primigenio seguía balanceándose
precariamente entre las fosas nasales aplastadas del enorme animal. Todos
giraban las llaves y contaban, entre temblores y sacudidas. Una lengua
bifurcada, resbaladiza y de un rojo profundo, se deslizó hacia dentro y atrapó
al Revisor.
—¡Non, ma chère! —alcanzó a
decir antes de perder el conocimiento.
—¡Cuatro, tres, dos, uno, cero!
Los despertadores sonaron uno tras
otro. Como por arte de magia, el bandersnatch y su esposo desaparecieron en un
agujero negro que se abrió sobre el tren.
—Espero que les guste la sopa —dijo
el Hombre de Blanco recuperando la compostura antes que nadie—, porque van
directo a la sopa primordial.
La Cabra encontró que el chiste era
magnífico y se dio palmadas en los muslos.
—¡Qué día, qué día! ¿Y si ahora
todos juntos vamos a Inglaterra? Solo tenemos que seguir las agujas de mi
reloj. Además, en el nombre Inglaterra hay una L. ¿Ya se habían dado cuenta?
Alicia no sabía mucho de geografía,
pero el conde ya había tenido razón antes, así que podía confiar en él también
ahora. Le dio un high five, porque así sellaban los anglosajones sus
alianzas.
—Conde, he oído que hay una
alarmante escasez de despertadores en Inglaterra —dijo alegremente el
Escarabajo.
Todos miraron al Hombre de Blanco.
—Está bien, iré con ustedes,
siempre y cuando no tenga que sentarme demasiado. ¡Oh, aquí está mi billete!
Asomaba por encima del borde de su
calcetín.
En la siguiente estación, el grupo
bajó del tren. Miraron cómo el vagón, medio destrozado, se alejaba.
—Los habitantes de Wonderland no se
descomponen fácilmente —observó Alicia—. Tomaré ejemplo de ello.
—That’s the spirit!
—concluyó el Escarabajo, cerrando una vez más una increíble aventura de Alicia.
Remi Lootens vende coches y trabaja
muchas horas. Lleva solo un año y medio escribiendo ficción. Publica sus
relatos y poemas en Substack. Prefiere escribir poesía. Debutó "en
papel" en una antología llamada Alice. Nieuwe avonturen in Wonderland.
También ha publicado varias veces en la revista de terror GRIM.
Actualmente está considerando participar en concursos de escritura. A Remi le
gusta leer manga, novelas históricas y no ficción sobre política. Le encantan
los juegos de cartas.
