Armando Azeglio
Lo que sigue me lo
contó Fabio Germani, más italiano que un plato de spaghettis, más romano que el
Coliseo, valga el pleonasmo. Yo le daba frenéticas clases de castellano, que él
llamaba lezioni di aryentino. Por cábala, por nostalgia, por necesidad, o una
mezcla de todas estas cosas, nos reuníamos en el café Argentina, del Largo di
Torre Argentina (valga la redundancia) en pleno centro histórico de Roma.
Fabio era un carabiniere y
necesitaba aprender castellano con urgencia porque debía viajar con urgencia a
Ciudad Juárez, en México, para completar una tesis. Yo lo hacía hablar
ininterrumpidamente porque era la forma más rápida de obligarlo a tomar confianza
con el castellano, y lo que le salía más natural era hablar de su trabajo.
Fabio había estudiado en el mítico FBI y era especialista en asesinos seriales.
Una no tan secreta parte de su alma –intuyo– se complacía en contar con lujo de
detalles las atrocidades cometidas por estos seres humanos; porque a una
secreta parte de su alma de ragazzo per bene –intuyo– le hubiera gustado a
realizarlas. Empecé a conjeturar que había mucha violencia sublimada en Fabio.
En el fondo (y a veces en la superficie) creo que admiraba a sus perseguidos.
Una vez –confirmando mis presunciones– dijo:
—Para atrapar a un asesino serial,
tenés que adelantarte a él. Y para adelantártele tenés que descubrir los
mecanismos de su mente. Para descubrir los mecanismos de su mente tenés que
llegar a pensar como él. Para llegar a pensar como él, tenés que ser él. —Y
pasó a contarme el único caso que en su carrera no había resuelto.
—Los diarios y la policía lo
definieron como un serial killer —empezó Fabio—, él en cambio, se consideraba
casi un santo. Era un asesino místico. Un ungido del Padre, un protegido de
Nuestra Señora de Las Moscas. La heroína había terminado con la vida de su
hermano mayor. La tristeza, con la de su madre, poco después. Con el
fallecimiento de ambos terminó su vida de familia, y por treinta días con sus
noches, el único sonido que escuchó fue el de los canarios de su negocio.
Quería vengarse y no sabía de quién, o contra quién. La revelación, el fiat
lux, lo recibió en la trigésima noche cuando se le apareció un ángel del Señor
de dudosa proveniencia. El ser alado le dijo que era imposible hacerle daño a
toda la maquinaria de producción, distribución y venta de heroína. Y que, de
hacerlo, era probable que dejara sin personal a los más insospechados niveles
de los poderes constituidos, actuando contra los cuales –dicho sea de paso– sus
probabilidades de salir vivo eran cercanas a cero. Además, el que lo enviaba (no
aclaró nunca quién era) en tal caso no lo protegería, ya que –le dijo– no tenía
el más mínimo interés de quedarse sin trabajo. Y agregó que si quería hacer
algo tenía que golpear la parte de la organización que para él –pobre, gris e
insignificante vendedor de canarios, jaulas y alpiste– era tangible.
El Canario pensó que la parte más
tangible de la organización de venta y distribución de drogas era Paolo, el
dealer que le vendía las dosis diarias de heroína a su hermano, el que lo
inició en las drogas, el que le regaló los primeras dosis en la puerta de la
escuela secundaria.
Paolo fue el que probablemente
golpeó a Danilo hasta matarlo cuando su hermano ya no tenía más dinero que
robar, pedir o mendigar. Por eso Paolo fue el elegido, la primera víctima a
sacrificar, la primera sangre a derramar para expiar tanta mugre.
Entonces, el ángel del Señor lo
mandó construir una jaula especial en el sótano de su negocio. El Canario
escuchó la minucia de esas órdenes con la misma atención con que Noé –supongo–
escuchó las instrucciones para la construcción del arca por parte de Yahvé...
El Canario obedeció el comando del ser alado detalle por detalle. Mientras
tanto, y para ganarse la confianza del dealer empezó a fingir que consumía
heroína. Y, en una calculada progresión, empezó a comprarle al entusiasmado
Paolo dosis de heroína cada vez más suculentas, las que eran guardadas intactas
en el sótano, allí donde había construido la jaula.
Un día –meses después de la muerte
de su hermano–, el Canario, fingiendo estar mal le pidió al dealer que lo
ayudara a bajar una bolsa de alpiste al sótano del negocio. Le dijo que la
pusiera en la extraña jaula. El dealer no sospechó y una vez dentro fue
encerrado bajo llave.
El Canario se convirtió en el goce
de la araña que atrapa la mosca en la tela pegajosa. Cuando Paolo, desde la
jaula vio la foto del finado hermano a la siniestra de la Madona de Las Moscas
y la foto de la madre del Canario a diestra, entendió todo. Le dio un
escalofrío, se le heló el sudor como el cebo en las improvisadas velas del
pequeño altar. Gritó. Le advirtieron con calma que era inútil, el sótano estaba
insonorizado. En pocas horas la abstinencia de heroína se hizo sentir en el
cuerpo del dealer: sudor frío, temblor, lágrimas, dolor, dolor infinito. El
Canario se le acercó con modos de reptil y le dijo: “Te cambio medio dedo por
una dosis”, Paolo aceptó. Él repitió el juego con la puntual recurrencia de las
pesadillas cada vez que el dealer entraba en crisis de abstinencia. La jaula
(así se lo había dictado el ángel del Señor) tenía una parte especial que
inmovilizaba el antebrazo de la víctima, desde el codo hasta el antebrazo. El
Canario trabajó con precisión de veterinario. Cuando le hubo amputado todos los
dedos, y siempre a cambio de dosis de heroína, se le empezaron a ocurrir formas
más sutiles de torturas, por ejemplo: sabiendo que su hermano había debido
prostituirse para conseguir la droga, obligó al dealer a autosodomizarse con un
falo de goma que ató a un costado de la jaula. O, con un fierro candente lo
marcó como se marcan a las reses con las iniciales “M.M”, que en la cosmogonía
del Canario significaba doblemente: María Madosca, el nombre de su madre y
Madona de las Moscas, el de su genitora sobrenatural.
El dealer no murió por infecciones
o quemaduras sino por sofocación, seis meses después, cuando el Canario, con la
víctima inmovilizada, le cortó los testículos y se los puso en la boca. Al no
tener dedos, no se los pudo sacar para seguir respirando.
Paolo fue el primero de una larga
serie. La metodología fue siempre la misma. El Canario se creía un benefactor
de la sociedad, un justiciero. Alternaba las terribles sesiones de tortura en
su silenciosa mazmorra, con consejos a indefensas abuelitas sobre el arte de
criar canarios. Se entregó a la justicia de los hombres cuando el ángel del
Señor se lo ordenó. Lo llamó a Fabio, mi alumno, que trataba de darle caza
desde hacía al menos dos años, preguntándole si quería tener el honor de
capturarlo. Lo esperó en el sótano, rezando delante de su altar con un
“rosario” que había construido con las cabezas enhebradas y descongeladas de
sus víctimas.
—Estas cuentas constituyen por sí
solas un misterio —afirmó el Canario— pero el ángel del Señor ha detenido mi
mano... no me juzgue usted. Mire, Germani, hay dos clases de mal, el de los
delincuentes comunes que aprovechan la violencia para oprimir a los débiles, y
el de la divinidad que utiliza su fuerza para castigar. Yo soy la mano
izquierda del Señor, la que destruye, la que cercena, la que pune.
—Entonces extendió las manos y le puse las esposas —me dijo Germani sin entusiasmo— y me llevé toda la gloria de su captura, pero algo en mí había cambiado para siempre. En realidad ya no supe a quién perseguía cuando perseguía asesinos seriales. —Germani apuró su café de un sorbo. Meses más tarde supe por los titulares de los diarios que “asuntos internos de la policía” había allanado su casa. Fabio había montado en la misma una suerte de estrado donde —juez y parte— sometía a sus víctimas (jueces, políticos, empresarios, periodistas) a procesos sumariales severísimos antes de ejecutarlas atrozmente y sin piedad.






