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sábado, 5 de septiembre de 2026

MAMUSCHKA POLICIAL

Armando Azeglio

 

Escribo un cuento de un hombre que está escribiendo un cuento, sobre un hombre que –escribiendo un cuento– sabe que va a ser asesinado. El hombre escribe rápido y nervioso, más que un cuento son en realidad sus memorias. Más que sus memorias, son en realidad una serie de claves para develar el enigma de su futura muerte que, en la trama de la historia (un hombre que está escribiendo un cuento sobre un hombre que –escribiendo un cuento– sabe que va a ser asesinado) están esparcidas aquí y allá. Mi personaje se levanta, suspira, mira por la ventana, tiene la sensación de ser observado, se sirve un whisky para calmarse. Siento un ruido... ¡Un corte de luz! ¡Un disparo! Tiro sin querer mi vaso de whisky que se hace añicos en el piso, no sin antes mojar el manuscrito de mi cuento.

Releo. El manuscrito ha sido misteriosamente alterado durante el corte de luz. Dos de las pistas que había dejado a los futuros lectores (los nombres “Cristina y Eric”, personajes de una de las historias dentro de la historia) han sido cuidadosamente borrados por una mancha de whisky. La caligrafía del manuscrito es la mía, pero tengo la fuerte sospecha de que no es el original. La confirmación la tengo cuando en esta parte del cuento, todos los personajes de los cuentos enfrascados, releen con sospecha sus respectivos manuscritos:

¡Esto en el original no sucedía!

Sigo leyendo con ansias mi manuscrito original: el escritor personaje del tercer nivel de escritores personajes (es decir, el escritor escrito por el escritor que a su vez es escrito por mí) está muerto de bruces sobre el escritorio, con sangre que cae desde su cabeza y gotea rítmicamente mezclándose con el whisky y los vidrios de su vaso bañando toda la escena.

—¡AH NO! —escribo con letras mayúsculas—: YO NO PENSABA ESCRIBIR UNA COSA ASÍ, NINGUNO DEBÍA MORIR HASTA QUE YO NO LO ESCRIBIERA, ¿ME HAS ENTENDIDO? También lo digo en voz alta; seguro que el asesino podría estar escuchándome en alguna parte de la estructura de mi cuento. La hoja tiene un pequeño pero humeante agujero en el sitio donde está escrito calibre 22. Toco el orificio, “calibre 22’’, pienso en voz alta, pero... ¿Cómo es posible?, escribo; ninguno de los personajes debía llevar consigo un arma de ese calibre... siento un escalofrío... palpo la cartuchera debajo de mi axila… nada… tampoco en la cintura... ni en la bota; la pistola calibre 22 que siempre llevo conmigo no está. Por primera vez pienso que quieren implicarme en un crimen endilgándome un cadáver fabricado con mi pistola. Borro mis huellas con un pañuelo, miro por la ventana para constatar si alguien me ha visto entrar. Pienso en deshacerme del cadáver escribiendo algo así como: y lo cortó en pedacitos para luego disolverlo en un tambor de ácido que encontró en el sótano. Pero me suena demasiado kitsch y descontado, además. ¡Yo no he matado a nadie, carajo!

Me dispongo a describirme saliendo de la escena, decido –con una mezcla de interés y morbosidad– controlar lo que el finado estaba escribiendo... ¡¿Qué?! –escribo–. ¡Había hecho enamorar a su escritor personaje de una lectora, “Cristina” porque, escribía, “esa lectora lo hacía acordar a su primer amor...” Eso es rosa empalagoso…

¡De locos! ¡No hay lógica! ¡No hay coherencia! ¡Yo no hubiera escrito nada por el estilo! Las sirenas anuncian que está llegando la policía. Para asegurar mi huida escribo: y salió de la habitación pisando vidrios rotos mientras a lo lejos se sentía un ulular de…

—¿Por qué escribió esta estupidez? —Se lo pregunto a Cristina, mi examante, ex mujer de un examigo. Inexplicablemente está delante de mí con el manuscrito agujereado en la mano.

—No sé —me responde con una inocencia que, estoy seguro, es fingida—. Yo apenas lo conocía, era amigo de Carlos mi exmarido.

—Pero, ¿te das cuenta, tarada, que estás hablando de un personaje? —Pierdo el control y la zamarreo al mejor estilo de quienes, se sabe, han tenido un cierto grado de conflictiva intimidad sexual—. ¡Decime la verdad! ¡La verdad! —le grito mientras veo a sus espaldas otro cadáver: el de otro de los escritores de la compleja trama. La sangre que cae goteando rítmicamente, mezclándose con los vidrios rotos y el whisky que baña toda la escena. Me golpean en la nuca...

Oscuridad.

Oscuridad.

Oscuridad.

Eric: con un jarro de agua en la mano. Me lo acaba de vaciar en la cara: amarillo violáceo. Sabor metálico. Boca seca. Acre. Vértigo. Mucho vértigo

Cristina: Con una veintidós (mi pistola calibre veintidós) apuntándome.

Yo: atado a una silla, solo con el brazo derecho libre, al que le han puesto una lapicera en la mano.

Hay un manuscrito delante de mí. Es mi caligrafía. ¡Es mi cuento!, mi inconcluso cuento: “Un hombre escribiendo un cuento sobre un hombre que –escribiendo un cuento– sabe que va a ser asesinado”. Eric me da una cachetada al mejor estilo de los interrogadores de la Gestapo nazi.

—Escribinos un final feliz —me dice con voz impersonal y acerada.

Anaranjado con chispas bermellón. Tos, mi tos. Más tos.

—¡¿Qué !? —le contesto, atónito.

—¡Escribinos un final feliz! —repite imperativo—. Queremos fugarnos... el famoso final feliz: “vivieron felices, colorín colorado y todo eso.

El universo descrito por cualquier escritor en un cuento, pienso, es uno de entre todos los posibles e imaginables. “Es solo un juego obligado entre las innumerables combinaciones que las permutaciones permiten”, escribo. Un juego que ya ha sido elegido de antemano y el que el lector deberá descubrir. Eric sabe todo eso, todo eso y “más”. Sabe que “el círculo del cuento se cierra cuando el que desea insaciablemente narrar se ve insaciablemente narrado por el deseo de narrar”: ese es mi caso (pienso).

—¡Eric! (declamo para distraerlo mientras trato de liberar mi brazo atado a la silla), yo debería haberme casado en vez de escribir cuentos. Ahora estaría en mi casa, con mi mujer y mis hijos, sentado en el comedor mirando algún programa de televisión. Ellos también estarían mirando televisión. Dentro de un rato comeríamos y después nos iríamos a...

No sé cuándo ni por qué nos empezamos a pegar. Y, de repente, no sé cómo, Eric está sentado sobre mi estómago, llenándome la cara de dedos. Ahora me ahorca.

Intento reaccionar, cubrir mi rostro con un brazo, tirarle un rotundo cross de derecha a la cara, pero mi brazo resulta penosamente corto. Lo que sucede después es confuso... veo algo que resplandece en las manos de Eric, algo brillante y metálico, quizá. Quizá una navaja. Tres o cuatro veces trato de zafar, y creo que es lo último que percibo. Después todo empieza a nublarse, me invade un sopor seguido de una luz blanquísima. Oigo sonidos, siento voces extrañas, veo imágenes discurrir tangencialmente a mi ser, pero no tengo idea de dónde estoy. Hasta que todo se apaga...

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

 

domingo, 12 de julio de 2026

MAESTRO KAWABATA

Armando Azeglio

 

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

Sí, soy yo. El que camina soy yo, y lo que recuerdo es el comienzo de Un cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata. No… no tiene nada de particular o de poético el fragmento. ¡Un momento! Perddón quizá no lo recuerdo: Lo leo, sí, lo leo transcripto en un papel arrugado que he llevado en un bolsillo. ¡Lo leo, sí! Lo leo perfectamente.

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

Lo que sigue es algo muy vago e impreciso. Me esfuerzo por que se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro leer: Utsukusbisa to kanasbimi to…

Cazzo! —digo impaciente, en italiano. Lo arrugo, lo tiro y empiezo a caminar decididamente, alejándome del papel tirado y hecho un bollo. Algo me frena. ¡Ahora me acuerdo! Había transcripto ese fragmento, me gustaba, reflejaba una situación que me sucedía cuando me cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba. Me sentí muy identificado con Kawabata expresado a su vez en Oki. Quería escribir algo que empezara exactamente así, con esas mismas palabras… Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

Sí, soy yo. El que se agacha para recoger el papel y ahora lo extiende desarrugándolo soy yo. También el que vuelve a leer el fragmento pensativamente. Ahora con otro aire, más indagador, quizá…

Sí, Oki se cansaba de escribir. A Oki, llegado un punto, las novelas, o lo que fuera que escribiese, no le progresaban. Oki se tendía en un sofá cercano a su estudio, Oki se dormía… ¡Plagio!, escribir algo que empiece de la misma forma que Un cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata sería un sucio y vil plagio…

¡Tengo que transformar las frases (me desespero), recombinar las palabras, darles un toque personal. Nadie tiene que llegar a darse cuenta de que lo que escriba está inspirado en las dos primeras frases de Un cielo cargado de lluvia. Nadie.

Si, el que está en medio de una vereda transpirado, pensando en voz alta y con un misérrimo pedazo de papel que contiene dos frases del maestro Kawabata soy yo. También soy yo aquel que los peatones miran compasivos. Uno se acerca tímidamente y me da una moneda. Yo la acepto sin entender. Continúo pensando en voz alta.

Eh, cuando el estrés de la escritura lo bloqueaba mentalmente, o cuando una novela no progresaba… Nany se tendía en su sofá… ¡No!, en un sofá no, eh… en un sillón ubicado en el zaguán cercano al estudio.

¡No! ¡No! ¡No! (grito).

“Cuando el difícil oficio de las palabras eh… hacía (me desabrocho el cuello de la camisa) que eh… Nany no progresara o progresase. (Una viejita entre tierna y atemorizada me deja una limosna sobre el pedazo de papel que ahora está en el suelo y me distrae) la novela se recostaba en una galería cercana a su estudio. ¡Señora, me distrae, no quiero dinero!

(La viejita se aleja como si hubiera visto al demonio).

Cuando se cansaba de escribir, o cuando el demonio no progresaba

—¡A ver! —digo inspirando profundamente en busca de calma—. “Cuando la mente se le quedaba en blanco, coma, o cuando una novela no proseguía su normal… eh, “desenvolvimiento”, sí, desenvolvimiento, Nany ser recostaba en una hamaca situada en el corredor cercano a su estudio… ¡No! ¡No! ¡No! (grito, ensimismado).

—¿Muy occidental qué? —me pregunta un señor de uniforme azul, que tiene en la mano derecha un bastón de caucho (de esos que no dejan marcas) con el que se da suavísimos pero intimidantes golpecitos en la mano izquierda mientras dos enfermeros vestidos de blanco níveo se bajan de una ambulancia sonriéndome, con un chaleco de fuerza en las manos, movimientos letárgicos y una amistosa sonrisa a flor de labios.

—¡La viejita muy occidental! —le respondo—. ¡No!, quiero decir Kawabata, no, no estee… el plagio, el plagio de Kawabata….

El policía ensayando si mejor mirada detectivesca me dice:

—¿Estás seguro de que no tenés nada encima? ¿No estás drogado, no?

—¡No! Lo único que tengo encima es Kawabata… digo, la viejita. ¡No, que digo! El papel de Kawabata y el plagio de la viejita… ¡No! ¡No! ¡La moneda, la moneda de la viejita!

El policía se da vuelta y les pregunta a los enfermeros:

—¿No es “Caguabata” el nombre de esa droga nueva?

—¡No! —le digo visiblemente nervioso y casi llorando—. Yo no quería plagiar a nadie señor, esto es una gran equivocación, le juro que no quería plagiar nada señor, yo no quería plagiar nada.

—¡En nombre de la ley —grita autoritariamente levantando el bastón— me das todos los gramos de Caguabata que estés traficando y te declaro bajo arresto!

Sí, el que está desmayado en el piso en medio de la calle, o mejor dicho, en estado de semiinconsciencia asistido por dos enfermeros vestidos de blanco níveo (rodeado por una muchedumbre de curiosos) es el policía. Y ese que corre con un misérrimo pedazo de papel en la mano soy yo.

Las que les da a oler un jirón de mi camisa a los perros –un sabueso que ha traído el resto de la policía para rastrearme–, es la viejita. Y la que mira expectante la reacción de los mastines, es la muchedumbre de curiosos.

Ahora bien (yo sigo corriendo) y –no menos despavorido que antes– sigo pensando en el comienzo de Un cielo cargado de lluvia de Yasunari Kawabata.

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí…

¿Por qué Oki se cansaba de escribir? ¿Porqué llegado a un determinado punto, las novelas, o lo que fuere que escribiera no le progresaban? ¿Qué interrelación oculta existía entre el sofá, la galería, el estudio, las siestas, el cansancio, y las novelas? Los elementos: sofá, galería, estudio, siestas, cansancio y novelas, ¿eran funcionales a un todo armónico y desconocido, cuyo valor conceptual no era la simple suma de los valores enunciados sino otro, distinto, aumentado, superior, más complejo, más sublime?

Los ladridos son de los policías… de los perros de la policía; el rumor, de la muchedumbre de curiosos, el jadeo, mío. El ruido a agua es del río que me acabo de encontrar y al cual no sé cómo cruzar… la cercanía de la muchedumbre me pone nervioso –histérico– y el rumor a perros es cada vez más fuerte, más y más cercano.

Teniendo en cuenta que el maestro Kawabata era Budista Zen ¿Sería descabellado pensar que las dos primeras frases de Un cielo cargado de lluvia, no son las dos primeras frases de Un cielo cargado de lluvia sino una serie koans que el viejo premio Nobel dejó a las generaciones futuras como un legado a aquellos que supieran interpretar el sentido secreto, o mejor dicho, su no sentido? Ejemplo:

Pregunta (discípulo): ¿Quién es el Buda?

Respuesta (maestro): “Oki se tendía en un sofá”

Pregunta (discípulo): ¿Quién es el Buda?

Respuesta (maestro): “Oki se tendía en un sofá

Pregunta (discípulo): ¿Quién es el Buda?

Respuesta (maestro): “Cuando se cansaba de escribir o una novela no progresaba”

Pregunta (discípulo): ¿Qué es el Buda?

Respuesta (maestro): “Los perros te persiguen”

Sí, me persiguen y sigo sin saber qué hacer. Camino para un lado y para otro, saco el misérrimo papel del bolsillo (si voy a tenérmelas que ver con el agua al menos quiero que no se moje) lo miro una vez más antes de lanzarme al río. La frase del maestro sigue intacta: Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí… Lo que sigue es vago e impreciso. Me esfuerzo porque se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro leer Utsukusbisa to kanasbimi to…

—Porca puttana! —insulto impaciente en italiano. Con una mano me tapo la nariz, con la otra mantengo lo más alto posible el manuscrito… lleno los pulmones de aire… me flexiono… tomo impulso (pienso con terror en el vacío del salto y la fuerte corriente que me espera) me arrojo…

El agua solo me da a las rodillas. ¿Y ahora?, ¿Qué hago? Ya sé: camino entre las dos márgenes del río para confundir a los sabuesos, vuelvo sobre mis pasos, desando lo andado haciendo un pertinente enmarañe de rastros. Empiezo a correr rio arriba por el centro del lecho (para algo tiene que servir la instrucción militar).

Creer que no puedes hacer lo que han hecho los maestros constituye una debilidad espiritual. Los maestros son hombres; tú también. Si piensas que eres inferior, estarás en camino de serlo muy pronto.

¿Y esa frase?, me pregunto en medio de los excrementos (para burlar a la muchedumbre y para que los mastines no me huelan, me he metido por la boca de un desagote cloacal. Llevo caminando más de media hora y pienso salir en algún momento… en algún lugar).

—¡No! —grito mirando al vacío en medio de la fetidez más oscura—; ¡frases hechas no, eh! Yo solo quiero escribir algo que empiece como Un cielo cargado de lluvia del maestro Kawabata pero sin que nadie lo note—. ¡El papel! —vocifero metiéndome ansiosamente la mano al bolsillo—. ¿No estará modificada la frase del papel?

Atino a leerla, pero me doy cuenta de que no hay luz, salvo un pequeño haz divisado como a unos veinte metros de mí …avanzo… ¡Una alcantarilla!

Cuando se cansaba de escribir o cuando una novela no progresaba, Oki se tendía en un sofá situado en la galería vecina a su estudio. Por la tarde solía dormir allí… Todo sigue igual; lo que sigue es vago e impreciso. Me esfuerzo porque se vuelva inteligible a mis ojos y solo logro leer Utsukusbisa to kanasbimi to… Me esfuerzo un poco más y leo: Título original en japonés. Esta vez no digo palabrotas en italiano.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

lunes, 6 de abril de 2026

ANGULO, EL PROSTÍBULO DE SAN ANDRÉS

Armando Azeglio

 

Angulo era un quilombo, imitación de un lupanar de Buenos Aires, imitación, a su vez, de la idea que los porteños tenían de los prostíbulos en Europa. Quiero decir, aquellos burdeles con características propias de la Belle Époque, de irradiación francesa, reflejada en algunos elementos como las vajillas, la decoración y los muebles. Al principio del siglo pasado se elegían las casonas antiguas, no siempre lujosas pero sí amplias y cómodas. Solían ser las favoritas de las regentas que buscaban subirle el perfil a sus establecimientos cuando estos se ubicaban en la urbe. Como todos los burdeles, Angulo tenía un salón principal, donde estaban el piano, la pista de baile y una ponchera incompleta. En su momento de gloria, una de sus madamas había hecho instalar un carrusel en la pista de baile. Allí giraban las chicas, livianas de ropa, y eran elegidas por los clientes (sentados en estratégicos sillones tapizados en capitoné púrpura) mientras fumaban, bebían y se emborrachaban escuchando música de piano.

Para cuando yo lo conocí, Angulo era algo así como la fotocopia de la fotocopia de la idea de un quilombo en su momento de gloria. Pero todavía exultaba cierto aire de oscura majestuosidad. El gran recibidor de la entrada tenía un antiguo espejo de cristal con oscuras manchas de humedad, viejas reproducciones de naturalezas bien muertas y majas desnudas que volverían a la tumba al más pintado de los artistas de la historia. Las paredes estaban empapeladas con un material rugoso con luminiscencias doradas. Recuerdo una pesada lámpara de madera con la pantalla empolvada e hilos de telaraña que surcaban el espacio.

Yo sabía que ese mundo de hombres en búsqueda de alucinaciones con forma de mujer le había sido familiar a mi padre; como le había sido, a su vez, a mi abuelo. Sabía que en su juventud había amado esos quilombos de cuartos amplios y reproducciones de pinturas eróticas japonesas. Le fascinaban esas habitaciones de paredes empapeladas, las pesadas lámparas de madera y las camas enfundadas en sábanas limpias y almidonadas, cubiertas por colchas de cretona. Mi viejo amaba la calidez de la madera y odiaba el frío y la impersonalidad del metal. A mi viejo le encantaba ir al encuentro de orgasmos abrazado a mujeres cual espejismos, aunque supiera de antemano lo que suele pasar con los espejismos: si uno se acerca más de lo permitido, desaparecen.

Cuando ingresé al antiguo salón de baile, Loretta una de las chicas italianas que giraba en el mítico carrusel se abrió de piernas, y entre los repliegues de su loto vaginal, brillaba con insolencia una esfera de acero quirúrgico estratégicamente dispuesta. En el reflejo de la libido de mis ojos debe haber visto el del pearcing de su entrepierna que le devolvían mis pupilas. Tenía treinta y dos años y mientras me miraba con las dos monedas de oro de su rostro sonreía instigándome libidinosamente. Su particular belleza no impedía la carroña de sus gestos. Cuando sus labios estallaban en una mueca perversa, las monedas de sus ojos le traspasaban el cuerpo con signos que solo yo podía leer. Inmediatamente saltó de la calesita, me atrapó del brazo y escaló con sus labios hasta mi oreja para proponerme sordideces. Debo haber visto en ella a un hada fatídica enviada por el destino, la imagen hackeada de mi propia costilla de Adán venida a darme lecciones de libertinaje y acercarme a un destino que me esperaba desde hacía eones. No lo dudé y me fui con Loretta a una de las habitaciones. Ella movía su culo soberbio a derecha e izquierda atravesando la pista, como siguiendo el compás de un ritmo imaginario. Ya dentro, me subí a esa especie de montaña rusa que era la italiana. Ingenuamente quise besarla y giró bruscamente la cara para un costado (años más tarde sabría que ese era solo un privilegio reservado al cafishio). El movimiento de la cabeza, hizo que su pelo reseco me latigueara la mejilla. Ese fue el único inconveniente de la noche.

Hablar es manipular, mirar es manipular. Escribir es forzar las cosas para que quepan dentro de las palabras. Pero, ¿cómo expresar que la bulimia sexual de Loretta superaba lejos su presunta bulimia? ¿Cómo describir lo vicioso de sus poses, la sordidez de sus obscenidades, la avidez desesperante de su oralidad? Me acoplé con ella como poseído por una locura diabólica. A cada golpe de ariete, sus masas adiposas se desplazaban en ordenadas olas de carne siguiendo el ritmo de las embestidas, lo que multiplicaba el ritmo de mi locura y mi deseo… era poesía, era rítmica en acompasado movimiento. ¿Atavismo? Orgasmo. Inmediatamente le propuse que estuviéramos toda la noche juntos.

 

II

Entreabrí los ojos a la mañana siguiente, casi desnudo y en el suelo. Miré durante varios segundos el lugar en el que estaba, hasta que logré ordenar las piezas del rompecabezas que vagaban por mi memoria. Recordaba, entre otras cosas, una pelea con un ser despreciable que aseguraba ser el dueño, “il padrone di Loretta” y con el cual yo había pretendido negociar su libertad a golpes. Finalmente me vino a la mente la actitud iracunda de la mujer. Sus palabras, sus imprecaciones como dardos bañados en veneno.

Quise moverme pero tenía el cuerpo paralizado, como envuelto por una especie de boa imaginaria. Quise gritar, pero la voz se me apelotonó en la garganta de la cual emergió una tos sucia. Sentí miedo de mí mismo. Sentí que sobre mi epidermis se secaba lentamente la película de saliva con que Loretta la había cubierto la noche anterior. A medida que esta se iba enjugando, mi cuerpo cobraba una especie de escamosidad, de rigidez cadavérica; temía que si me movía, esa película se rompería fragmentos iridiscentes, llenando toda la habitación con mi propia vergüenza. Quise darle una forma razonable a ese atropello de sensaciones que se insinuaban de golpe, y se desvanecían con igual rapidez. Nada de lo conocido y familiar me ayudaba a imponer orden en el caos alojado en mi cabeza. Era como si me hubieran arrancado de ese mundo que fui construyendo con una tenacidad y paciencia infinitas a lo largo de los años. Y ahora, cuando ese cosmos estaba en el apogeo de su solidez y se había consolidado, la presencia de una puta me devolvía inesperadamente a la turbulencia de mis orígenes. Al caos primordial.

“Es solo una puta”, murmuraba a modo de mantra; “una puta a la que no conozco y con la que no recuerdo haber cruzado palabra”, me decía pretendiendo que mis palabras funcionaran como un exorcismo que eliminase las prodigiosas imágenes del sexo tenido con Loretta la noche anterior.

Quedé duro por esta escena, por estas líneas que en el relato original no había previsto. En medio de esta situación, para mi irreal, Loretta Corsini me pareció una creatura ilusoria, alguien creado por mi propia soledad: un sueño. Unos cuantos segundos bastaron para poner todo en foco: esa puta se había ido después de que escuchara mi propuesta de matrimonio, de la cual se había burlado histriónicamente, riéndose en mi propia cara.

 

III

Unos días más tarde acudí presuroso a una cita que me diera la mismísima Loretta Corsini en la sombría costanera de la ciudad. Parecía no importarle en absoluto el peligro de penetrar un territorio donde las faldas –y lo que hay dentro– eran pieza de caza por hombres en celo, que se paseaban por la zona como lobos hambrientos.

Cerraba los ojos y sacaba la lengua, y el viento del río le pegaba la blusa a esas tetas enormes y de pezones filosos. Con la mano derecha comenzó a acariciarse las nalgas, penetrándose con el dedo mayor mientras cantaba en algo que parecía una ópera en italiano. Se parecía a la Saraghina de Fellini.

¡Por Dios que me excitó!

Levantó la mano izquierda: tenía una Colt 38 y eso me arrugó el pito de inmediato. Disparó en línea recta, al agua. Continuó, pero bajando el arma: dio en la arena de la orilla, en el pasto amarillento, en el suelo, cerca de los pies. Y en sus propios pies.

Se disparó hasta no poder sostenerse.

Vació el tambor mientras seguía cantando esa canción de mierda y las extremidades le quedaron rotas como crisantemos desgajados. Hubiera sido inútil ayudarla; lo supe desde el principio. Solo lloré por su locura. No muy diferente a la mía por cierto.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

viernes, 27 de febrero de 2026

LA SANTA DEL DESIERTO, ADELA Y YO

Armando Azeglio

 

Quedé destrozado cuando Adela anunció que me dejaba.

—Estoy confundida, es mejor dejarnos un tiempo. Te lo juro, no hay otro.

Sentí un dolor desafinado en el pecho, y diez mil timbres disonantes marcando el precoz ritmo de lo irreversible. Ese episodio absurdo me llevó a abjurar de la fe con la que fui marcado en la cuna, lo peor que podía hacerle a mi madre. Ella, enrolada en los Testigos de Jehová, me vio desde entonces como un títere del lado oscuro, el albaceas de Satanás. Pero es comprensible: el fanático solo quiere la conversión o la aniquilación del otro.

Me fui de la casa de mis padres de madrugada. Todo había dejado de tener sentido. Mi futuro junto a Adela ya no existía. Tomé conciencia de que vivimos inmersos en una mentira. Entonces, buscando no sentir dolor, me até a una dura y precisa rutina de actos nimios y repetitivos que me permitían estar fuera de mí mismo.

Solo una cosa me hizo volver a sentir, pero no fue amor sino el más profundo y virulento de los odios. Cierto día, camino a la facultad, vi a Adela de la mano de otro hombre, el que ella había jurado que solo era un compañero de estudios. Cruzamos un instante nuestras miradas: la de ella exhalaba una repulsiva mofa. La de él ostentaba una mueca porcina.

Comencé a preparar mi venganza. Me dirigiría al santuario de Deolinda Correa, “la santa del desierto”. Sé desde siempre que la Difunta es una de las muchas manifestaciones de “Maha Devi”, la “Magna Mater” de los romanos o la Gran Diosa Madre de todo el universo. Dicen los escritos sagrados hindúes que “Maha Devi”, o Parvati, se manifiesta como la diosa Durga, o como Kali, cuando las fuerzas malignas amenazan la existencia misma de dioses y hombres. Lo hace para proteger a los justos, destruir el mal y establecer todo aquello que es bueno y correcto. La Difunta Correa suele observar una conducta semejante, agrego yo.

El promontorio que contiene la tumba de Deolinda es como el de Durgatinashini, “la que elimina los sufrimientos” y se manifiesta como una fuerza destructiva por amor y compasión hacia sus hijos, cuando se propone salvarlos de sus propios demonios internos… como aquellos que me carcomían y de los que decidí librarme.

Cubrí a pie los setenta kilómetros que separan San Juan del santuario, en Vallecito. Lo hice en la soledad de la noche, inmerso en un silencio ensordecedor. Mientras avanzaba sentía una suerte de letanía en mi cabeza, una jaculatoria, una salmodia horrenda y repetitiva: “amor y odio son caras de una misma moneda”. Varias veces estuve a punto de flaquear. A punto de caer vencido por el cansancio, vi a lo lejos la loma del santuario iluminado tenuemente por el resplandor de las velas. Clareaba. Subí las escalinatas que llevan a la capilla, y cuando llegué a ella me sobrecogió una sensación de respeto, de potencia, de abrigo. La imagen de la mujer dormida, con un vestido rojo y amamantando a su bebé me dejó sin palabras. Era una diosa pagana, venerable, durmiente pero viva. Solo le faltaba un punto rojo en el entrecejo.

Abiertas las palmas de las manos, rompí a llorar. Me presenté como un adolescente despechado. Saqué de mi mochila un par de velas negras, una foto de Adela y una argamasa que incluía cenizas, especias, incienso, miel, harina, mirra y un trozo de oro. Improvisé una endeble base donde ubiqué la foto de Adela cabeza abajo. Me desconocía. Drenaba odio, deseos de venganza. Mi voz era áspera, hueca, esponjosa y distante. Pero no pude encender las velas negras. Una brisa fresca me acarició la cara y fue como si en el centro de mi pecho alguien hubiera musitado: “suficiente”. Supe que la Diosa había hablado. Agradecí aturdido.

Desanduve el camino como quien ovilla un hilo que señala la salida de un tortuoso laberinto. Al hacerlo tuve una suerte de revelación: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El equilibrio se logra cuando uno llega a ser indiferente a su propia indiferencia”.

Busque la exacta ubicación de mi morada entre unos pinos y dos cruces: una celta y la otra orlada. La placa que contenía mi nombre empezaba a borrarse. En cierto sentido yo era mucho más viejo.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

viernes, 26 de diciembre de 2025

EL ENCANTADOR DE SERPIENTES

Armando Azeglio

 

No quisiera no ser comprendido en un futuro, que se vea en mí el espectro de un hombre mal signado por su destino o, menos aún, que piensen que fui un cobarde. Déjenme relatar los hechos tal y como los recuerdo: “El Intimo” así enhebró las cuentas de mi vida.

Fueron más de diez mis hermanos, y los dedos de mis padres pudieron contar a varias hembras entre ellos. Yo no fui el menor, ni tampoco el mayor de su prole y, salvo la presencia de una cobra el día de mi nacimiento debajo de la cuna que nos contenía a mi hermano Samid y a mí, todo sucedió con la rutinaria espontaneidad a la que mi madre se había habituado después de dar a la luz tantos hijos.

Verán, mi padre fue el vigésimo encantador de serpientes en una familia que generación a generación fue traspasando el oficio al heredero elegido. Muy por el contrario a lo que puedan estar pensando, el nuevo encantador no era elegido por el que lo precedía sino por los reptiles. Por lo menos así lo aseguraba Omar Meghmed en su “Glosario para la fascinación de serpientes”, libro que llegó a transformarse en la biblia de los cultores del arte por siglos. Y si bien nunca nadie pudo probar, excepto por el glosario claro está, la existencia de Meghmed, el contenido de su libro fue devocionalmente observado por los clanes de encantadores a través del tiempo y sus secretos preservados.

En el capítulo donde trata el problema de “la transmisión del poder del encanto y la elección del heredero”, Meghmed afirma que “las serpientes manifiestan su predilección por el elegido a través de signos inequívocos” y enumera tres:

1) Que habiendo hallado el presunto heredero una serpiente muerta, siendo este aún niño y cualesquiera fuese la causa del deceso del animal, lo primero que tienda a hacer con el cuerpo inerte de la bestia sea juntar la boca con la cola misma hasta formar un círculo.

2) Que el encantador durante un tiempo, observe mudares de personalidad en la conducta de su hijo (o heredero) en la misma proporción que sus serpientes encantadas mudan de piel.

3) Que una serpiente se enrosque debajo de la cuna del heredero siendo este aún un bebé.

Mi padre comenzó a instruir en el arte a mi gemelo Samid, y esto se debió a un razonamiento asaz simple. Según Asha, la comadrona que asistió nuestro parto, Samid había sido el último en salir del vientre de mi madre, por lo tanto engendrado primero, por ende era el mayor, ergo, el elegido de padre ante la ambigüedad del sagrado códice.

Todos en un primer momento, creyeron ver en mi presencia un tácito signo de mal agüero: me temían y me despreciaban silenciosamente. Aquellos que me prodigaban los cuidados más inmediatos guardaban una supersticiosa distancia respecto de mi persona. Bastó no mucho tiempo para hacer de mí un niño solitario y retraído. En un segundo momento fui casi olvidado debido a que la familia había asegurado su continuidad temporal en Samid y a la urgencia de instruir a este en los complejos misterios del peligroso arte.

El tiempo pasó, ya adolescente la gente se referían a mí llamándome “Asash” o “la sombra de las muchas caras”. Y el hecho que mi padre o mi madre no interfirieran en mi defensa, fingiendo no saber como la gente nombraba a su hijo, me humillaba profundamente. Era la triste constatación que la superstición y la indiferencia encontraban cobija entre mis progenitores. Traté –fue inútil– de llamar su atención. Por aquellos días no fue inusual verme vestido a la manera de los recolectores de excrementos, usando su jerga, trabajando con ellos y compartiendo sus repugnantes comidas. O –la cabeza rapada– pidiendo limosna en el mercado de Rupic, envuelto en la toga verde de los Amasarenos, recitando sus jaculatorias y blandiendo el pesado rosario negro de la orden... Y así, precoz camaleón, hasta el infinitaje y la interminablería.

Mi último travestimento fue el más espectacular de todos. Disfrazado de guerrero, impostando la voz, y recitando empalagosos poemas de amor en la penumbra de de la noche, enamoré a la segunda concubina de un poderoso general de la corte… casi me cuesta la vida y hoy bien podría ser solo cenizas. Cien azotes señaron mi espalda y fue la mano de mi padre la que volcó sal primero y vinagre después sobre las heridas frescas. Esa noche, afebrilado y gimiendo, se me oyó abjurar de encantadores y encantamientos, maldecir al mismísimo Meghemd y a su sagrado glosario. No me lo perdonarían nunca.

El aprendizaje de Samid había durado quince años y su iniciación tuvo lugar a los dieciséis.

—Tu aprendizaje ha concluido —dijo mi padre cierto día, dirigiéndose a mi hermano con voz solemne—. Ve al desierto y encanta solo tu primera serpiente.

Mi hermano nunca regresó. Cuando mi padre fue a buscarlo lo encontró replegado sobre su propio vientre evidenciando en su rostro y cuerpo las señales de la terrible agonía que preceden a la muerte por la mordedura de una cobra. Padre enloqueció de dolor y lo que fue peor, comenzó a odiar a las serpientes: el primer gran error de su vida. Según Meghmed, un verdadero encantador debía estar más allá del apego o la repulsión, del amor o el odio por el objeto de su trabajo. Cuando encantaba, al conjurar las sagradas fuerzas, debía estar más allá de si mismo. Si esta condición no se cumplía dentro de sí, el delicado equilibrio cósmico que le permitía actuar, la mayoría de las veces en detrimento de las serpientes, se rompía.

Cierto día una cobra mordió al hijo de un mercader de marfil matándole pocos minutos. Mi padre lo tomó como una afrenta personal. Localizó la madriguera de la bestia y, sin invocar la protección de la divinidad, le ordenó al animal salir… ni siquiera nombró a los santos, los profetas y mayores. La serpiente se resistió. Mi padre se enfureció y metió su mano en el nido. Cuando la sacó miró con estupor los dos orificios sanguinolentos dibujados en su piel.

—La divinidad perdone me arrogancia —le oí decir antes de cerrar los ojos—, pero prefiero que así sea.

Fue el principio del fin. La tradición familiar, que se remontaba a tres siglos en el tiempo, empezaba a figurarse en mi persona. El cristalizado códice no contemplaba un caso como el mío. Mi instrucción, se podría decir, ni siquiera había comenzado cuando la muerte sobrevino a mi padre. Mi madre, desesperada, reparando en mi presencia por segunda vez en nuestras vidas, me mandó a hablar con un viejo encantador de un clan menor sin heredero: Shafick. El viejo, que entre nube y nube de opio se había ganado no solo la fama de profeta maldito, si no la de encantador de mujeres bellas, había vaticinado en más de una oportunidad el fin de los clanes y de nuestra cultura, desdeñando los esfuerzos de cualesquier iniciación.

—Los bárbaros se aprestan a conquistar a los que –según su parecer– son los bárbaros, o sea nosotros —me dijo blandiendo su larga pipa cuando supo el motivo de mi visita—. No hay tiempo para instrucciones, iniciación y repetición estéril de cosas que tarde o temprano serán hojas muertas. Me temo que has venido en vano jovencito… —Reverenciándolo tres veces y moviendo el brazo derecho a la manera de las cobras, me preparaba para volver cuando me dijo con tono arrepentido—: Espera, ¿Qué es lo primero que debe aprender a hacer un encantador?

—“Khalmit” —contesté entusiasmado—, la meditación sobre la serpiente a encantar para ponerse en la misma frecuencia de la bestia.

—¿Y el primer peligro a evitar, cuál es?

—Que practicando o ejerciendo el “Khalmit” el encantador resulte la víctima de su propio encanto.

—¡Suficiente! ¡Eso es todo lo que necesitas por ahora, pero no lo olvides nunca! ¿Me entiendes? ¡Nunca! Ignorar esto puede ser fatal… ¡Ahora deberás unirte a nosotros en la defensa de la ciudad! —dijo con la grandilocuencia digna de un encantador. Y saludándome para despedirse, enfundó su larga pipa en la cintura, como si se tratase de una espada.

Cuando salí de la casa de Shafick pensé que era cierto lo que de él se rumoreaba, que el opio comenzaba a devorarle el entendimiento pero… dos meses más tarde me encontré, entre vapores sulfurosos y vahos de sangre, defendiendo a Rupic del asedio de los bárbaros.

Fui dado por muerto al principio y, después de la rendición, entregado como esclavo al médico que curó mis heridas.

Me vi obligado a aprender la lengua bárbara y los extraños signos que la expresan, cosa que permitió el mi clandestino acceso a los no pocos libros de la vasta biblioteca del médico.

Cierto día su esposa, tan o más peligrosa que una cobra, quiso comerciar carnalmente conmigo. Negándome por respeto a aquel que le debía la vida, comprendí que –por la vida– sin falta debía escapar. Lo hice esa misma noche, sin dificultad, narcotizando la cena de todos. Tres largos años habían pasado.

En mi huida y en un lupanar de Kamitra conocí a uno de los rebeldes de Piastrock. En medio de una furiosa pelea había matado a dos soldados de la ocupación. No dudó de mí cuando no dudé en ocultarlo en mi oscura madriguera. Este simple acto de fe me valió la confianza de Latif, y el tácito ingreso a los núcleos subversivos de la resistencia. Al principio solo actué como contacto entre Piastrock y los traficantes de armas, y en unos pocos meses más –mi integridad probada– estuve en las montañas planeando estragos.

La guerra de los bárbaros no era como la nuestra, eran colosales ejercicios de producción y transporte hasta los puntos convenientes. En el abastecimiento el tren, o como lo llamaban mis nuevos hermanos “Kitnich”, “la serpiente”, jugaba un rol decisivo por lo que inmediatamente entró en nuestra mira.

El primer gran golpe a las ferrovías se decidió para la fiesta de “Shamit”, día en el cual ellos –aprovechando nuestra religiosa inmovilidad– transportarían una gran cantidad de municiones, tropas, abastecimientos y colonos casi sin riesgos.

“El similar responde al similar” versa un antiguo principio de los encantadores, y debido a mi condición de aprendiz de fascinador, fui elegido para materializar, casi solo, el primer “encantamiento de la serpiente de hierro”. Así se decidió llamar la primer gran operación.

La noche anterior a “Shamit” no dormí. Me limité a practicar los complejos ejercicios de visualización “Khalmit”, sobre la imagen de un tren y la poderosa bomba que lo destruiría. El día señalado el grupo escogido partió hacia las montañas, y en el desfiladero de los ermitaños solo seguimos Yamal, Hamed y yo. Este último, experto tirador, una vez detonada la bomba eliminaría cualquier sobreviviente incluyéndome, en caso de caer prisionero o mal herido. A tal efecto yo llevaba un cinturón de cuero repleto de explosivos alrededor de mi cintura, una bala de Hamed bastaría para hacerme saltar por el aire sin más. He aquí los hechos que siguieron tal y como los recuerdo, transcriptos en estas páginas sin otra intención que –como dije al principio– la de ser comprendido.

Conecté la bomba a las vías sin ningún problema. Con el detonador en alto me aposté detrás de un peñasco después de haber estirado y ocultado los cables. Hamed, sombrío y distante, asintió a una señal mía. Cuando el tren era un punto en el líquido horizonte comencé a mirarlo con fijeza y a recitar con minucia fonética las salmodias para el encantamiento mencionadas por Meghmed en su famoso libro. Cuando la serpiente de acero hizo sonar su poderoso silbato sentí que partía la inmensidad viscosa del desierto… y el centro de mi pecho. Fue ese el instante de duda. Todo me pareció inusualmente armónico, insensatamente perfecto. Todo vibraba y pulsaba colmado de vida. Las cosas se ensamblaban cumpliendo diez mil fines impensados, exquisitamente precisos, preciosamente ínter conexos. El azar me pareció un espejismo, la bomba una negra alucinación. El tren, de pronto, fue algo sagrado avanzando y, al igual que las serpientes, adoptaba mil formas en sus movimientos y seguía siendo siempre uno. Así “El Intimo”, así el universo: adoptaba una serie innumerable de aspectos, pero su naturaleza esencial era única.

El tren disminuyó su velocidad a paso de hombre: como si supiera de mí. El pulso me temblaba visiblemente, mi frente sudaba de manera copiosa, la vista se me nubló. Entonces fue cuando vi la provocativa corte de bailarinas en el interior, con oscuros ojos sobre luminosas sonrisas invitándome a subir. Y banquetes servidos, y brocatos refinadísimos y narcotizantes aposentos. Y una biblioteca larga, kilómetros de manuscritos recónditos y libros inimaginados. Y sabios discutiendo sobre los saberes más diversos, y artistas trabajando en las artes mencionadas por los poetas. Y sacerdotes ataviados con extraños ornamentos, y ríos de rostros ignotos, y ciudades enteras fulgurando para luego dejar solo un halo de ensoñación y… los músculos de la mano ya endurecidos, me vi abandonar el detonador para después refugiarme de los sorprendidos pero furiosos disparos de Hamed.

Me vi desprenderme del cinturón suicida.

Me vi hacer señas y saltar al tren todavía en lento movimiento.

Vi una bala perforar mi despreocupada espalda. Nos movimos.

Entonces, en la lejanía, escuché una terrible explosión.

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

domingo, 16 de noviembre de 2025

EL VIAJE

Armando Azeglio

 

El tren arrancó con un gruñido de esfuerzo, con una trepidación férrea de ruedas que se ponen en lento movimiento, poco a poco. Y este fuerte sonido fue, seguramente, el primer elemento de esa secuencia temporal de sucesos que llevaron a Germán Sánchez a despertar y murmurarse: “Sí, estoy vivo”. El segundo fue el apoyabrazos de un asiento al que miró con un intensidad casi febril, como conjurando el “aquí” y el “ahora” para que se organizaran alrededor de su cuerpo y formaran el presente. Tomó conciencia de sí mismo por partes: piernas, brazos, manos, tórax sudado y frío, cabeza. Ensayó un movimiento que le produjo un calambre y se sintió empujado a esa zona de la existencia donde las cosas son simples y tangibles. Quiso quejarse, pero le salió una especie de graznido sucio e incomprensible que terminó en tos. Se incorporó tambaleante, pero trastabilló en el angosto pasillo: las butacas estaban vacías y el tren avanzaba irregular en la cerrazón de la noche. La impasibilidad de esas butacas, de esos apoyabrazos, de esos portaequipajes, lo llenó de un miedo infantil. Nunca había comprendido la capacidad que tienen los objetos de estar presentes y ausentes al mismo tiempo.

 Se abalanzó sobre una puerta y una onda de aire helado y el momentáneo aumento del rumor de la locomotora lo golpearon en la cara. Atravesó varios vagones en penumbras, sin encontrar señales de vida. Hubiera querido que todo se disolviera como en los sueños y reencontrar, idénticos, su cama, el cuarto que ocupaba, el ropero, el contexto en el que habitualmente se dormía. Pero no, oscilaba, por momentos sentía como si todas las cosas hubieran perdido la seguridad de la mera existencia. Incluso en otros sentía que todo aquello tenía una cualidad de permanencia y una continuidad temporal que a sus fragmentarios e inextricables sueños solían faltarles.

Intentó, una vez más, reclamar esa zona que mantiene al mundo al alcance de la mano, pero eso no fue posible, ya qye en el aire flotaba una sensación extraña y anodina. Un latente sentido, quizá, de lo que no es estrictamente claro.

Entonces vio a una pareja de ancianos sentados, durmiendo profundamente.

El rostro de la mujer no le era ajeno. Tenía un febril y borroso recuerdo de esa cara arrugada y cansina. Una parte de su memoria la relacionaba con una larga y penosa convalecencia. Sí, le pareció increíble, pero minutos o unas horas antes creía haber visto un rostro casi idéntico.

Una mujer así lo había asistido en un episodio confuso. Una mujer así le había secado el sudor, le había hablado con dulzura, le había dado sorbos de horribles brebajes. Había intentado acudir en su auxilio.

Él había tenido un accidente yendo a Misiones, viajando en un tren parecido a este. La locomotora había descarrilado... después... todo era confuso e inconexo... ahora que lo pensaba, sus recuerdos también contenían al anciano sentado junto a la mujer. Ese viejo era un curtido hachero del monte, con las manos tan leñosas como los troncos que cortaba. Era el marido de la vieja, sin duda. Parecía haber trabajado milenios, mecánicamente, brutalmente, sin piedad, sin vocación, sin magia, sin feriados, sin descansos, sin familia, sin ilusión. Daba la impresión de arrastrar consigo un cansancio atávico y ancestral. Cada tanto el hombre había entrado en la habitación donde él convalecía y deliraba, le preguntaba a la mujer por su estado y luego desaparecía por horas. Volvía a trabajar.

Hubiera querido zamarrearlos, despertarlos y preguntarles: “¿Dónde estoy?” “¿Hacia dónde va este tren?” “¿Por qué estoy acá?”. Pero ese sentimiento de rabia e impotencia de pronto se transmutó en otro, de profunda gratitud. Murmuró un “gracias” desde lo más profundo de sí. Pensó que solo a él se le ocurría dar las gracias por cosas de las que no estaba cabalmente seguro si habían sucedido. Dejó que la pareja de ancianos durmiera y continuara su viaje.

Siguió avanzando por el sombrío vagón. Vio un perfil femenino recortado en la penumbra... le resultó familiar. Se acercó. Quiso constatar. Era Adela, su primera novia, su primer amor. Recordaba que el enamoramiento por ella se había producido rápida e inesperadamente. Quizá porque el deseo intenso de amar la había precedido. Quizá porque su llegada no había sido sino la segunda fase de una profunda necesidad de amar a alguien, y su propia hambre de amor entonces se cristalizó en ella. Luego hubo momentos de su vida en los que se preguntó si Adela había existido tal y cómo se la había figurado. Si no había sido una simple alucinación que él había inventado para impedir un inevitable colapso adolescente por falta de amor.

Pensó en aquella frase de Proust, “la esencia misma del amor radica en que el objeto amado no existe sino en la imaginación del amante”. La tocó. Tenía consistencia, una cierta materialidad física que su tacto verificaba. Parecía hecha de crespón, o muselina, aunque movida por un hálito vital... ¿Cómo era posible? ¿Adela así de joven? Un aroma delicadamente indescifrable a tierra, o a tierna y sana vegetación se filtró por las ventanillas. Inhaló.

Más atrás encontró a la que había sido su primera mujer, pero no tal y cual la había dejado, sino tal y cual la había conocido treinta años atrás.

Por mucho tiempo había creído que gozaba de la paz del olvido total, si es que tal cosa existe en alguna parte, pero constataba que ello no era cierto. Sus detalles eran lamentablemente definidos. Volvía a no saber si se trataba de una visión o un espejismo. Aunque hubiera deseado con fervor que se tratara solo de eso. Cuando quiso acariciarla con el dorso de la mano, lo invadió una sensación de pasado muy remoto, vencedor de cualquier recuerdo, más allá incluso del tiempo en que comenzó a poseer su actual cuerpo.

—Ni siquiera estoy seguro de estar aquí —murmuró a manera de pellizco— o de que el que está aquí sea yo. —Fantaseó que su figura (manejada por hilos superiores) había comenzado a deparar formas incomprensibles de conducta y de pasmo. Unos chillidos agudos y golpes fuertes en una dirección que no pudo determinar lo sobresaltaron. La simple curiosidad inicial se había transformado ahora en frenesí. Se movió hiperquinético de un vagón a otro con una fruición casi insana. Buscaba algo.

Lo que siguió en los demás vagones fue un discurrir frenético de personas y personajes que habían pasado por su azarosa vida. Varios rostros le resultaron conocidos, aunque el reconocimiento hubiera sido mejor si no lo hubiese dificultado el trabajo que en ellos había realizado la ensoñación y el vapor del tren. En medio de una muchedumbre increíblemente quieta, él resultaba el más increíble, el más solitario.

Ahí estaban: una italiana gorda y descomunal que –sonámbula– comía golosinas con monerías y gesticulaciones golosas. Su abuelo paterno, mutilado, brutal y morfinómano, la tía Vanna, maestros, profesores, jefes, compañeros de escuela, colegas de múltiples –y olvidables– trabajos. Personas que habían sido extras, utileros o estrellas fugaces en el arco de su existencia. Todos dormían... o al menos eso parecía.

Gritó, zamarreó a uno que otro, trató de interrogarlos. Inútil. Empezó a correr a través de los vagones tratando de ganar la locomotora. Llegó a lo que suponía era un coche comedor.

De pronto, ante sus ojos se presentó algo presentido desde el momento en que se encontró en el tren, aunque de manera no totalmente consciente. Lo saludó un camarero de guantes blancos, con una lustrosa sonrisa, peinado impecable, chaquetilla con doble hilera de botones dorados.

—¡Pase, señor, por favor! —le dijo con un gentil ademán, invitándolo a entrar—. Lo estábamos esperando.

—¿Qué pasa? ¿Por qué duermen todos? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hacia dónde vamos? —preguntó desesperado.

—Tranquilícese, señor, y pase —dijo el mozo— que enseguida le explico. ¡Lo estábamos esperando! —insistió con alegría.

El vagón era lujosísimo: terciopelo rojo, cristalería de la más fina, brocados, cuadros antiguos, detalles en oro y marfil. Por un momento se imaginó víctima de un programa de cámaras ocultas, pero ¿quién querría gastarle una broma así? ¿Y por qué? El camarero entró trayéndole un whisky con hielo; era su marca preferida.

—El director del tren le ofrece, en nombre de la compañía, sus más sentidas disculpas —dijo con una obsequiosidad entre servil y reverente—. Me ha dicho que le comunique que puede pedirme lo que quiera. En el transcurso de este viaje la compañía le ofrecerá cualquier cosa, cualquier comida, cualquier tipo de placer o entretenimiento por... ¡ejem! legal o ilegal que fuere. Lo que usted pida se lo ofreceremos en forma gratuita y con agrado.

En un primer momento Sánchez dudó. Pero luego del tercer Jack Daniel’s, la segunda prostituta y la primera línea de cocaína, la cosa empezó a gustarle. Durante días gozó de todo tipo de experiencias y placeres que, a lo largo de los años, y por distintas razones, no se había permitido. Cada vez que el camarero acudía él tenía una nueva petición, y esta no tardaba en ser satisfecha.

Varias veces y durante el tiempo que duró la travesía el convoy fue alcanzado por aviones especiales procedentes de París con cajas repletas de Bordeaux, de Burgundy y langostas vivas para preparar delicias para el nuevo y singular comensal, que se había convertido ahora en un refinado gourmet, un probado cinéfilo y un enmarañado libertino. Y cada vez que un deseo se veía realizado, aparecían en él cien caprichos más, algunos con nimias variaciones, pero que Germán insistía en experimentar como su fueran los únicos, o los últimos de su vida.

Fue sistemáticamente complacido.

El tiempo pasó. Los primeros vagones llegaron a ser un vago recuerdo. Hacía ya tiempo que Sánchez no abandonaba el coche comedor.

Cierta vez, rodeado de una masa informe de ilusoria, humana y voluptuosa compañía, se preguntó que cómo era posible que desde el episodio de los aviones procedentes de París jamás se hubieran detenido. Pero una lúbrica boca lo sacó inmediatamente de sus cavilaciones. El tren continuó impertérrito su marcha.

Un día se observó de frente a un espejo. Esa masa de carne flácida y rosácea en la que se había convertido lo nauseó. Todo le pareció contingente, aleatorio, como si él se encontrara allí por mera casualidad. Como si le hubieran sustraído el suelo bajo los pies y todo el mundo empezara a ondular.

Llamó súbitamente al camarero y le dijo desafiante que estaba aburrido de todo, que ningún tipo de experiencia lo saciaba ya. Quería algún trabajo para hacer, o que se le permitiera volver a los primeros vagones a buscar a su gente, o a despertar a su primera novia.

—Lo siento —dijo gélidamente el camarero con voz distante— eso es lo único que no puedo hacer por usted.

—¡Entonces prefiero irme al infierno! —vociferó el hombre con impulsividad.

El mozo comenzó a sonreír. Atónito, Germán Sánchez empezó a advertir que algo extraño y oscuro en el rostro de su interlocutor, se hacía cada vez más y más siniestro... 


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

INCIDENTE EN FLANDES