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jueves, 5 de marzo de 2026

CREANDO TAPICES

Myriam Goluboff

 

Sentada en el sillón frente a la ventana abierta, los anteojos caídos sobre la nariz, miraba atentamente su tejido. La aguja de crochet se movía rápida y hábilmente y tras de sí iban creciendo las hiladas, esa luminosa y límpida mañana de invierno. El sol se colaba a través de las hojas del árbol que tendía sus ramas tras los cristales y arrojaba su sombra sobre las paredes de la habitación donde formaba un dibujo geométrico de líneas casi paralelas.

Sus ojos se posaron un instante en esa sombra, bajó la vista hacia la pequeña canasta donde guardaba las lanas y vio cómo se agrandaba y se llenaba de ovillos. La habitación también se alargaba y se ensanchaba hasta convertirse en un pabellón donde a un lado se alineaban, desde la entrada hasta el fondo, todas las camas. En una punta de ese gran espacio, cerca de la reja de la entrada, los colores más hermosos se arremolinaban en el gran cesto de mimbre. Como pelotas, los ovillos azules, lilas, rojos, verdes, amarillos, se superponían en desorden. A su alrededor, unas diez mujeres, concentradas en su labor, dibujaban trazos en el espacio con la aguja de tejer crochet que se convertía en prolongación de sus manos. Con la derecha, mediante hábiles movimientos, la iban ensartando, enlazaban el hilo y formaban nuevos puntos, mientras con la izquierda sostenían el tejido realizado y el hilo que iban a seguir usando.

Y mientras tejían, iban desgranando historias, anudando amistades.

En esa actividad, Carmen era la reina, estaba atenta a lo que todas hacían, explicaba un punto aquí, una técnica allá, con esa cadencia en el hablar tan propia de su tierra, que sonaba relajante, maternal, atenta. Conocía todos los trucos, todos los puntos, y con paciencia, les enseñaba los secretos.

Lo habitual era que hicieran bolsos y también tapices, alegres, abstractos, en los que trabajaban con muchos colores, creando informales gamas o detalles inesperados que convertían al tejido en una explosión cromática. Lo importante era lograr la perfección absoluta. El punto de tensión y tamaño constante, los bordes rectos, sin un solo fallo.

Así pasaban horas y horas por las tardes, llenando ese vacío de vida de las cárceles.

Todo era simplemente una espera, espera de un juicio en el caso de esas mujeres, espera que pasara una condena en otros.

La tensión por la lejanía del mundo, por la incertidumbre del futuro, se diluía en el movimiento rítmico de las manos y la sensación de estar creando belleza, de estar creando piezas que entregaban como acto de amor, de comunicación con seres que solo pululaban en los intersticios de sus recuerdos, daba sentido a ese tiempo suspendido de sus vidas. Los domingos recibían nuevos hilos y entregaban los trabajos terminados. Ese día era una fiesta. También les llevaban comida pero, sobre todo, iban a visitarlas. La conexión con el mundo exterior era un viento de emociones que invadía el espacio.

Ese día no se tejía. Los ovillos permanecían inmóviles en su canasta, pero había mucho más movimiento alrededor. Cuidado al vestirse, carreras hacia la salida cuando se escuchaba un nombre al que anunciaban la visita. Risas o llantos a la vuelta. Malas y buenas noticias que entraban como lluvia de palabras a través de las rejas que dibujaban también, sobre los rostros de sus hermanos, sus maridos, sus padres, un dibujo como el del cuadrado a través del que veían el cielo.

La maestría de saber aumentar y disminuir puntos, les permitía hacer formas circulares, tejer boinas para los compañeros a los que no podían ver, pero a veces oían en la distancia, cuando cantaban, como forma de comunicación con ellas, desde otro pabellón distante.

En ese micromundo aislado, dos eran los enlaces con el exterior: la familia y los abogados. La familia les llevaba afecto, las noticias de los amigos, la expresión de la vida cotidiana, del trabajo. Los abogados, mensajes, noticias y, a veces, hasta esperanzas.

El encierro generaba tensiones y con las tensiones, surgían los conflictos. Muchos en los trabajos comunes, en los equipos que a lo largo de la semana se iban rotando, los que limpiaban el pabellón, los que se ocupaban de la cocina. Otros, en la mera convivencia forzada, que producía rencillas, rivalidades. Esta situación se veía agudizada por las diferencias de formación, de procedencia, de cultura, de edad, de situación familiar…

La estancia en ese pabellón, sin intimidad, donde la vida debía ordenarse, organizarse, para evitar la desesperación, resultaba, inevitablemente, una dura escuela de convivencia. Era necesario tener algunas horas de aislamiento, de actividad personal, para leer, para soñar, o simplemente, para dejar pasar el tiempo en silencio, para poder luego soportar el hacinamiento, la falta de soledad obligada.

Por eso era tan importante ese tejer colectivo que unificaba y que les generaba tanta satisfacción cuando lograban un resultado perfecto. Eran trabajos que entregaban como expresión de amistad, de compañerismo, de gratitud.

Las horas de tejido eran también una forma oculta, clandestina, de reunión política. Lo que las unía a todas, la razón de su estar allí, era su militancia. Eso también las separaba. La pertenencia a distintos grupos ideológicos, su inserción mayor o menor, su respuesta a los interrogatorios a veces acompañados de violencia en mayor o menor grado, generaba una especie de escala jerárquica y de confianza. Pero todas esas diferencias parecían diluirse, batidas por el movimiento de las agujas de crochet, que las enlazaba, tanto como enlazaba la lana.

Esa vida monótona, cual eternidad homogénea, se veía perturbada por algunos acontecimientos que la sacudían. Uno importante era cuando llegaba alguna nueva reclusa y se arremolinaban todas alrededor, acosándola a preguntas, para saber las causas, recibir las novedades del exterior, de ese mundo sin rejas, sin guardias, sin límites de tiempo. Y lentamente, esas mujeres también se iban integrando en esa sociedad estructurada, jerarquizada y algunas podían pasar a formar parte del mundo de los hilos, de esa actividad que tanto valoraban. Entonces se unían al grupo y si no lo habían hecho antes, aprendían a formar la primera cadena, la base del tejido y luego a ensartar la aguja y a ir tomando los puntos, formando las otras hiladas…

El sol le dio de lleno en la cara.

La aguja que había quedado en el aire, inmóvil, comenzó a moverse rítmicamente; tras la ventana abierta, las hojas del árbol tamizaban la luz del sol y los ovillos de lana descansaban a su lado en la pequeña canasta.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

martes, 3 de febrero de 2026

MARGOT

Myriam Goluboff

 

La habitación estaba en penumbra. En el centro, Margot despidiendo la vida. La cara surcada por infinitas arrugas mantenía la delicadeza de sus rasgos, la boca bien marcada lucía de color rojo intenso, como ella lo había pedido.

Margot, un misterio para mí, la tía que paseaba su mente gastada por los jardines de un psiquiátrico de lujo. Se tejían todo tipo de leyendas en la familia; su vida, nunca del todo conocida, daba pie a imaginadas aventuras. No la había visto desde mis quince o dieciséis años, la última vez que visité su casa, tiempo antes de que la internaran.

Pero ahora la tenía ahí, en su cajón, y me odiaba por no haber hablado con ella, no haberle pedido que hiciera un esfuerzo, no haberla ayudado a recordar, a revivir sus años de juventud, a que me contara sus días y sus noches de supuestos prohibidos placeres.

Allí mismo, aún antes de darle sepultura, se leyó el testamento y supimos que todo lo que había dentro de la casa nos lo legaba a nosotros, los «niños», sus seis sobrinos-nietos, pero quedaba al arbitrio de la familia cómo hacer el reparto. Había que volver a la gran mansión, traspasar la verja de hierro, cruzar los jardines, penetrar por la pesada puerta de madera y ocuparse de inventariar todos los muebles, cristales, porcelanas y las colecciones de miniaturas que poblaban las mesas y lucían detrás de los pequeños vidrios atrapados entre el encaje de madera que las cubrían.

En ese momento decidí participar en el ritual, para intentar descubrir entre sus recuerdos algún indicio que me permitiera reconstruir el rompecabezas de su vida.

Y así, tarde tras tarde, durante una semana, pasé dos o tres horas recorriendo las enormes habitaciones de altos techos numerando y describiendo las piezas. Era un trabajo un poco aburrido, pero me permitía ir de aquí para allá, husmear por los rincones, buscar indicios.

Al llegar, lo primero que hacía era pararme frente al gran cuadro que colgaba en el rellano de la escalera que subía a los dormitorios. Era imponente, pero no por el tamaño sino por su color, que atrapaba. Allí estaba Margot. Sus ojos alargados, que parecían mirar desde lo alto, estaban rodeados de un azul intenso, casi brillante; su párpado superior, enmarcado por tres gruesas franjas, cada vez más pálidas a medida que, desde las negras y bien arqueadas pestañas, iban alejándose hacia las cejas. Estas eran tan negras como las pestañas, perfectamente dibujadas y tan negras como los propios ojos, cuya mirada intensa se ocultaba castamente tras los párpados entrecerrados. Sobre sus cabellos, también de un negro profundo, llevaba un poco ladeada una gran boina que le llegaba hasta la nuca, de un color azul igual que el de la sombra de sus ojos.

El vestido apenas se veía, pero sí sus hombros suaves, la piel muy blanca, más blanca aún por el contraste con el negro, con el azul, con el rojo oscuro de sus labios perfectamente perfilados, el mismo rojo con el que la había visto, ya sin vida, esta vez con la boca cerrada, mustia, sin lucir la coqueta sonrisa del cuadro, ese entreabrir de los labios como para regalar un beso, como para emitir un suspiro.

Un orden perfecto organizaba las filas de blusas, polleras, abrigos y vestidos. En los cajones cuidadosamente doblada la lencería de seda y encajes, las enaguas y los elegantes camisones.

En el fondo del cajón de los pañuelos de seda –los había de una gama infinita de azules, violetas y rojos– encontré unas fotos amarillentas atadas con una cinta rosada.

Me llamó la atención una en la que se la veía sentada en el asiento delantero de un coche sin capota, sonriendo a la cámara con el Arco de Triunfo como fondo. En otra, estaba en la cubierta de un enorme trasatlántico, su mano enguantada en alto, despidiéndose. Se la veía muy joven, con los mismos rasgos finos pero una expresión mucho más ingenua que en el retrato, acompañada por otra mujer, mucho mayor.

Seguí revisando la cómoda, vaciando con cuidado cada cajón, segura de que allí debió de haber escondido algún otro recuerdo. Así fue como encontré bajo un delicado pañito bordado, donde apoyaba su ropa interior, un sobre con recortes de diarios y en uno de ellos descubrí otra imagen que llamó nuevamente mi atención. Era ella, ahora convertida en noticia, otra vez saludando con el brazo en alto desde un transatlántico. Se la veía unos diez años mayor, vestía un traje discreto de corte clásico y cubría su cabeza un elegante casquete.

También encontré entre los recortes algo que parecía no pertenecer al mismo cajón: un trozo de papel irregular, manchado en una esquina, salido del mantel de una vieja mesa de madera en algún bar bohemio. Y fue inevitable que me imaginara, al leer los versos manuscritos que se dibujaban con trazo firme que arañaba el papel, a un joven poeta sentado frente a ella que, mirándola a los ojos, le hubiera escrito: «Lucero del alba/testigo de mi desvelo/qué me has hecho/niña de los ojos negros/qué me has hecho/niña hechicera», para luego rasgar el papel y entregárselo. Pero, me preguntaba, ¿iría una mujer como la tía Margot a un lugar como ese? Y supuse, entonces, que debía frecuentar no solo los ambientes de lujo, sino quizás también recorriera los lugares de reunión de los artistas que, llegados como ella de otros mundos, pululaban por las calles de la Ciudad de

la luz. Ahora sí había encontrado algo interesante. Alguien le había entregado esos versos, alguien que destilaba su amor. Pero eso no me alcanzaba, yo quería descubrir el alma de esa mujer.

Y seguí hurgando cajones hasta encontrar, bajo otro sutil paño de hilo y encaje, envueltas también en una cinta rosa, algunas cartas. Y entre ellas, algo mucho más valioso que todo lo demás: una esquela de su puño y letra, escrita con rasgos inclinados, trazo fino y regular.

Me extrañó que no hubiera nada en su mesa, todo lo que le importaba estaba en la cómoda, como si el escritorio fuera un lugar obvio donde se podría buscar su intimidad.

Escondía los recuerdos personales entre sus ropas donde seguramente pensaba que nadie iría a buscarlos, pensamiento ingenuo, simple y, evidentemente, equivocado.

Era fácil imaginarla, sentada frente al elegante mueble de patas curvadas de la pequeña antesala del dormitorio, sentada en la silla de respaldo oval recubierto de terciopelo morado, mojando cuidadosamente la pluma en el tintero, trazando las letras redondas regulares, y evocando su viaje mientras escribía sobre ese papel de color lila con letras violetas que dibujaban su nombre:

«Tu mirada ávida me quemaba las entrañas mientras te observaba. El pincel delineaba mi cuerpo sobre el lienzo y yo era tan tuya como la figura que aparecía en el cuadro, como los versos que me regalabas cuando salíamos a caminar por la plaza de Montmartre para que descansara de las largas sesiones en que posaba para tu retrato. Tu mirada, tu pincel, el lienzo y mi cuerpo, eran todo uno. ¿Qué era mi cuerpo cuando estaba sola? Una cáscara vacía. ¿Qué era tu mirada sin mí? Una simple mirada, pero yo era tu pincel y tu pintura, con ellos me atrapabas.»

Leí la misiva, ahora convertida en diario íntimo, varias veces. Estaba claro que nunca la había mandado, que esa carta no llegó a destino, quedó apresada entre las fotos y otras cartas venidas casi siempre de París, según veía en las estampillas pegadas con la conmemoración del centenario, o con la torre Eiffel. Y al leerla, tuve también la certeza de algo que ya sabía: Margot era una mujer culta que siempre había amado la lectura. Contaban que aún en el psiquiátrico, cuando ya no podía leer por sí misma, cuando no podía ni siquiera entender lo que le decían, gustaba, como los niños más chicos antes de dormir, que le leyeran en voz alta y aún entre las brumas de su entendimiento, tenía sus textos preferidos. No era solo el sonido de las palabras, el sentirse acompañada, algo debía captar de la esencia de esas historias, porque sonreía cuando le leían algunos trozos de autobiografías de mujeres brillantes, mundanas, como si quisiera recuperar así su propio recuerdo.

Me pregunté si en algún otro viaje la pasión contenida en esa carta habría encontrado su cauce. Necesitaba que fuera así, y seguí buscando hasta que descubrí que un cajón era menos profundo que los demás, pero solo por dentro, y me di cuenta de que ahí se encerraba un secreto, quizás el gran secreto.

No fue fácil quitar el fondo, nada parecía moverlo, hasta que descubrí dos pequeños agujeritos; introduje en ellos una fina aguja del coqueto costurero de viaje que parecía esperarme dentro del cajón y, como por arte de magia, saltó algún resorte y se liberó la tapa. La quité con cuidado y allí encontré mucho más de lo que yo esperaba, todo lo que esa carta parecía dejar entrever.

Había pinturas en pastel y en témpera, dibujos de Margot hasta el paroxismo: Margot con una gata, Margot sentada, Margot de pie, Margot contra una ventana, Margot desnuda entregándose a su pintor con la mirada, atrapada en su pasión por los pinceles. Margot echada sobre una sábana de seda negra, su mancha blanca ondulante en la que, como en el cuadro de la escalera, destacaban sus cejas, sus pestañas, el rojo de su boca y el de los largos guantes, uno sobre el fondo oscuro, descansando a lo largo del cuerpo, y el otro cruzado sobre el torso y apoyándose sobre su pecho.

No cabía duda de lo que ese cuerpo me decía: había deseo en la mirada del pintor, había entrega en la mirada de la modelo. Los pasteles y las témperas cobraban vida, mostraban una pasión que emergía ante mis ojos indiscretos.

Encontré también un dibujo totalmente diferente: dibujado en carboncillo que carecía de sensualidad y era simple, convencional, algo vulgar. Casi parecía fuera de lugar. Allí se la veía vestida con una bata fruncida desde el canesú, llevaba un cuellito de encaje y cerrando el escote, a la manera de botón, un broche ovalado con una perla en su centro. Como si esta fuera la hermana pobre de la Margot que aparecía en las otras pinturas, la que tenía la mansión donde yo estaba intentando desentrañar su vida.

Mi mirada se posó largo rato en esos trazos. Así hacía con todo, esperando que la realidad fuera apareciendo, sin meditarlo, sin analizar nada, hasta que los ojos se llenaban con las imágenes y estas empezaban a hablarme. El dibujo no tenía la fuerza de los otros cuadros, como si hubiera sido hecho por otro pintor, o quizás hasta por ella misma, frente a un espejo. Estaba de pie, y, aunque no aparecía un bloc en su mano ni caballete, esos detalles podían haber sido obviados, me pregunté si ese dibujo sería anterior o posterior a los otros, porque ninguno tenía fecha. Entonces volví al paquetito, a desatar nuevamente el lazo rosa y me propuse leer con atención cada uno de los escritos, buscando la clave. Y fue cuando encontré esta otra carta:

Margot, mi niña, nuestra pequeña está mal; la tuberculosis se ha ensañado aquí en París, y tememos por ella. La cuidamos todo lo que podemos, estamos preocupados también por los otros niños, pero ella siempre fue algo más débil, ya lo sabés. Margot, creo que sería bueno que vinieras. Sé que ahora te es más difícil, pero tendrás que dejar a tu marido, decirle que tenés que venir a Francia. Es importante, yo te necesito y esa verdad es la mejor explicación que podés darle. Allá se arreglarán sin tu presencia y quiero que si le pasa algo puedas llegar a verla. En un mes, antes de que empiece el invierno, podrás estar aquí.

En ese momento sentí que me llamaban: «¡Vamos! Hay que cerrar la casa». Escondí el paquete de cartas entre mis ropas y bajé rápidamente la escalera. Antes de abandonar la mansión, fijé la vista en el cuadro por última vez, sentí su mirada y su sonrisa, y tuve la certeza de que había hecho lo que debía. Leí tantas veces esas cartas…

 

Seis meses después, mientras miraba distraídamente por la ventana las hojas que acolchaban nuestro jardín, me invadió el recuerdo del cuadro, de las pinturas encontradas en la cómoda y las cartas que casi sabía de memoria.

Salí de casa decidida, subí al coche y fui directamente hacia una dirección y un nombre que aparecían en el remitente de uno de los sobres. Al llegar, detrás de una fila de paraísos, la casa se mostraba austera y digna con su fachada blanca, la puerta de madera maciza y las ventanas a los lados formando cuerpos salientes. Me acerqué a la entrada, toqué el timbre y esperé.

—¿Desea algo, la señorita?

—Por favor, quisiera hablar con el señor Gerardo. —Mi voz sonó firme, convincente. Había tantas posibilidades de que Gerardo también fuera ya memoria, o se hubiera mudado—. Dígale que está la sobrina de la señora Lafontaine.

Pasaron casi cinco minutos en los que estuve por escapar varias veces, hasta que por fin escuché la misma voz aguda que me decía.

—Pase, el señor la está esperando.

Me encontré frente a un hombre mucho más joven de lo que esperaba. Imaginaba un anciano, hasta lo había pensado sentado en una silla de ruedas, o padeciendo alguna grave enfermedad, tendido en su cama.

Sin embargo, estaba allí, tras su escritorio, delante de unas puertas corredizas que separaban la pequeña estancia rodeada de libros del living de la casa, y me sonreía. Sentí que todo ese tiempo me había estado esperando, como si supiera que alguien podía haber encontrado su carta, o quizás había habido muchas cartas y que podía entrar en su vida para rescatar aquel trozo de pasado, el que compartió con ella en absoluto secreto, porque Margot era una mujer casada y su marido un conocido diplomático extranjero.

Después de que en la penumbra de aquel escritorio hubiéramos hablado los dos largamente, después de haber escuchado y de haber imaginado los dolores y placeres de

la vida de la tía Margot, supe que era depositaria de un gran secreto.

Pero también tuve la terrible certeza de que, sin haberlo esperado, había desentrañado la verdad de mi propia vida. Porque descubrí que esa niña criada por mi abuela en París antes de que volvieran todos a Buenos Aires era, en realidad, la hija secreta de Margot.

Esa niña, débil desde su infancia, murió al dar a luz a su primogénita y ese, siempre lo supe, había sido el trágico final de mi madre.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

sábado, 3 de enero de 2026

EL ESPEJO

Myriam Goluboff

 

Caminaba con paso enérgico por el medio de la calle, la noche era cerrada y la lluvia caía, persistente. Sentía el golpe de las gotas sobre su cabeza a través del sombrero de ala ancha que gustaba usar a guisa de paraguas. Silbaba bajito y a medida que avanzaba, daba puntapiés certeros a los guijarros que encontraba en su camino sin preocuparse de pisar los charcos. Eran las dos de la mañana, se sentía liberado después de haber dado fin a un interminable día de trabajo. Al llegar a su casa pasó por el amplio hall donde una luz suave y tenue que estaba permanentemente encendida, lo esperaba. En la gran pared, a su derecha, detrás del sillón y el mueble bajo donde apoyaban el teléfono y los numerosos retratos de familia, estaba colgado un gran espejo con el grueso marco de madera tallada. Este conjunto de colores oscuros y cálidos, le recordaba siempre a la vieja casa de sus abuelos, de donde lo había rescatado. Cada noche al entrar y cada mañana al salir, miraba para ese costado y se veía reflejado; era un modo de ver desde fuera sus alegrías y sus tristezas, que se leían en el azogado plano: un rictus de ansiedad, una ligera sonrisa de bienestar, los ojos cansados por el diario trajinar, o brillantes por la excitación y el placer fugaz. Al pasar, se arreglaba siempre el pelo, abundante y expresivo. Ese detalle era para él fundamental, con un rápido movimiento de la mano parecía querer acallar expresiones de desencanto, de agotamiento, de ira… Era lo que le devolvía una imagen deseada, tranquila, descansada, dispuesta para la lucha cotidiana. Esa noche, al llegar, Juan encontró la casa en calma. Cuando se acostó, Camila, profundamente dormida, respiraba suavemente. Sintió una gran ternura y comenzó a acariciarla en las nalgas, en la espalda, despacito, cavilando sobre el amor que no desaparecía nunca, ni con las broncas, ni con las desilusiones, ni con las diferencias que parecían querer ahondarse a lo largo de los años.

A la mañana siguiente, después de levantarse, de su ducha cotidiana y de tomar el desayuno, puesto ya el abrigo, y con su portafolio en la mano, Juan pasó por el espejo, camino del autobús y del trabajo. Se miró rápidamente, se corrigió el gesto del mechón que caía sobre la frente y algo le extrañó de su imagen. Pero como iba apurado no volvió sobre sus pasos. Creyó haber visto su bufanda de color verde y, no cabía duda, tenía una de las puntas entre sus manos. Era azul. Al volver por la noche y pasar nuevamente, volvió a sentir la misma sensación, su abrigo no tenía tantos botones. Y eso no sucedió un solo día, sino durante semanas, en que notaba, casi siempre, diferencias sutiles en detalles de la ropa, o en gestos de la cara. La creía ver blanca, cuando la sabía roja por la velocidad de su marcha, al venir caminando por las calles de su barrio, o los ojos frescos y brillantes en días en que venía agotado y con la vista cansada por horas y horas con el PC sin descanso… Juan comenzó a preocuparse, algo no andaba bien, algo extraño estaba pasando. No sabía si ir a ver a un oculista o a un psicólogo, si recordaba en forma confusa lo que había visto o todo era fruto de su imaginación. Temió estar volviendo a las experiencias de su primera infancia en casa de sus abuelos, donde el espejo, al que entonces atribuía un carácter mágico, lo hacía penetrar en mundos fascinantes. En aquellos días, cuando los rayos del sol daban sobre la superficie y se reflejaban en su cara, él veía personajes extraños con los que vivía inolvidables aventuras. Y le inquietaba que esta supuesta regresión pudiera llegar a ser un síntoma de senilidad prematura. No le dijo nada a su mujer, tenía vergüenza, no quería que se enterara de esa debilidad. Así que calló, pero cada vez miraba con más inquietud al espejo, temiendo que aumentaran las diferencias entre lo que veía y la realidad y lo que era peor, sin estar nunca absolutamente seguro de que hubiera realmente esa diferencia. Por temor a lo que pudiera descubrir, nunca se paraba a observarse un rato largo, pero no podía dejar de mirar, el extraño hecho le atraía y le provocaba una preocupación cada vez mayor. Un día, decidió volver más temprano del trabajo y hacer pruebas, a esa hora en que su mujer no estaba y podría entonces observar su imagen con calma, cambiar la expresión de su cara, cambiar de ropa, y comprobar qué ocurría. Corrió hasta la parada, y al llegar, enfiló a paso raudo hasta su casa. Abrió con sigilo la puerta, temeroso de la prueba a la que se había decidido a enfrentarse y se dispuso a pasar lenta y atentamente frente al espejo. Tenía clara en su mente la ropa que llevaba puesta, había mirado en una vidriera por el camino la expresión de su cara, la posición del mechón. Esta vez era consciente de su imagen. Podría saber con seguridad si se espejaba la realidad o si él imaginaba y veía cosas inexistentes. Cuando comenzó a caminar por el hall oyó a su mujer canturreando en la cocina. ¿A esa hora? Tembló, pensando que ya comenzaba a escuchar voces. Pero al pasar frente al espejo lo vio, esta vez nítidamente, no cabía duda. Ya no tenía nada que ver la ropa con la suya. Era igual a él, la misma altura, el mismo pelo, casi los mismos rasgos. Estaba sentado, con su bata de baño algo abierta, una taza de café en la mano, expresión de gozo en su cara y en ese momento Camila, envuelta también en una toalla, llegaba con las tostadas y se sentaba a su lado.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

viernes, 5 de diciembre de 2025

EN LA TERMINAL

Myriam Goluboff

 

El silencio: eso es lo que más le gustaba. Estar en medio de toda aquella gente y sentir el silencio. Solo ocurría allí, en el edificio del aeropuerto. Apenas oía, a veces, un murmullo sordo. Y no era porque estuviera solo, ni porque faltaran las conversaciones. No, era porque ese espacio se tragaba los sonidos.

Esa fue la razón para quedarse. Odiaba el ruido ensordecedor de la autopista, los camiones que lo adelantaban tocando la bocina, la señora del cuarto izquierda que gritaba a su hijo, los vítores que llegaban desde el bar en las noches de partido.

Cuando cerró la persiana de la librería, ese viernes, supo que no iba a salir más de ahí adentro.

Deambuló por la gran nave, se montó en las cintas transportadoras, corrió tras un carrito y caminó con calma. Dio vueltas por los free shops hasta encontrar lo necesario para armar un campamento. Luego tomó una ensalada y un café con crema en el bar donde acostumbraba a parar antes de ir a su casa, donde le atendía la rubia de falda estrecha y generoso cuerpo.

Volvió dando un paseo y contando una a una las columnas: cinco amarillas, siete naranjas…, hasta estar de vuelta en su flamante hogar. Llevaba en su mano una gran bolsa con la compra, abrió con sigilo la puerta y entró rápidamente; allí estaban las estanterías con los libros y con los diarios y revistas, y el suelo de madera que se diferenciaba de la piedra que dominaba en el aeropuerto. Se echó a dormir bajo una de las mantas que había comprado y usó la otra como almohada. Así pasó la noche, hasta que sonó la alarma de su teléfono móvil.

Eran las ocho de la mañana y tenía aún mucho tiempo hasta la hora de abrir el local, a las nueve.

Descubrió que no había pensado en el baño, pero ya no había marcha atrás posible. Tenía que salir afuera de la librería, a los aseos cercanos. Entró al de minusválidos; era grande, cómodo, individual, y casi nunca se usaba, podría hacerlo suyo, asearse con tranquilidad, sin problemas. También tendría que comprar ropa nueva y mantenerla cuidada. Recordó la lavandería del hotel y supo que encontraría la solución.

Al volver apoyó las manos y los pies sobre el suelo con firmeza, y comenzó los ejercicios de cada mañana: arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo…Al terminar su gimnasia, le gustaba tocar sus brazos fuertes, musculosos. Para él, eso era la vida; moverse, sentir la sangre corriendo por las venas. Luego iría a desayunar y por la tarde saldría a recorrer los locales vecinos para buscar una buena camisa. Vivía en un aeropuerto, tenía que estar elegante, como si viajara en primera. Así quería que lo imaginaran los que lo vieran dando vueltas por las puertas de embarque, los que no lo hubieran visto en el mostrador, cobrando los libros.

Pensó que durante las horas de trabajo debía quitarse las lentillas. Usaría unas gafas estrechas, de marco de color, que había visto en la boutique. Tenía que elegir bien el tono,  llamativo pero austero al mismo tiempo, de vendedor de periódicos y revistas de moda, como personaje del Hola.

Así fue como Agustín Robles, a las ocho y veintidós de la mañana, salió por la puerta de la librería y se mezcló con los escasos viajeros que a esa hora caminaban por el aeropuerto.

Ese sería siempre su paisaje. Lo miró con atención: la imagen de la amplia nave hablaba de limpieza, eficiencia, velocidad; las suaves curvas revestidas de bambú creaban un ambiente acogedor. Todo tenía que ser impecable, allí no había dramas.

Algunas veces se producía un caos, pero ese caos no podía ser una variable cotidiana.

La terminal era una enorme puerta que recibía y despedía a los viajeros. Y él no se movería de esa puerta, no le gustaba el mundo exterior. Vivir en esa frontera era lo mejor que podía hacer. Tenía que conseguir un ordenador portátil y esa puerta de la ciudad sería también la puerta del mundo.

Revivió su cuarto, el que había dejado en el apartamento de Tres Cantos, la estrecha escalera por la que subía cuando volvía del aeropuerto, la puerta con el Jesús pequeño y dorado que había encontrado al mudarse –un talismán puesto por los antiguos dueños– y que no había atinado a quitar, aunque él, a una iglesia, hacía ya muchos años que no entraba. Y luego el diminuto hall al que abría; en un lateral, la cocina y al frente la sala pequeña pero acogedora, con su mesa a un lado y al otro los sillones.

Y se vio ahí, sentado, la morena cabeza de Laura apoyando sobre sus muslos y él acariciándola durante horas mientras miraban películas de terror, las que su novia disfrutaba tanto.

Pero, ¿por qué se acordaba de todo eso ahora? Cada vez que le aparecía una imagen, era Laura en el baño, Laura en la cocina, Laura en la cama...

Laura en la cama: tres años en que nunca había rescatado ni una imagen de ella dormida, cuando acurrucaba su cuerpo contra el de él buscando el brazo que la rodeara y la mano que se apoyara mansa sobre su pezón aún virgen. Otras Laura habían ocupado ese espacio, unos días, o unos meses, pero entonces no había recuerdos, solo había ese presente, hasta que otro presente se superponía y lo desplazaba. Pero ahora, solo, frente a ese escenario casi vacío, sus recuerdos lo llenaban de Laura. Ahí podía rescatarla, la atrapaba, la tenía otra vez consigo.

Los días pasaban rápidamente, uno tras otro, siempre sonriendo a los clientes que se acercaban al mostrador. En estos años había aprendido algunas palabras en todos los idiomas. Su oído fino retenía las expresiones y podía luego repetirlas. Así, aunque solo en ese instante, establecía un vínculo de empatía con su cliente. Ese era su mundo; y el bar, y la camarera. Palabras sueltas, sonrisas, y luego el adiós.

Relaciones, atracciones, repulsiones, hasta algún sentimiento súbito de deseo inalcanzable. Todo ocurría en esos segundos o escasos minutos, en ese micro-tiempo del paso por la tienda, o cuando le cobraba la rubia del bar, apurada por la llamada de otros clientes.

 A la semana de estar allí, comenzaron a suceder las desapariciones. Por los altavoces llamaban a pasajeras que habían facturado pero que no aparecían a la hora del vuelo. Eso producía enormes complicaciones, bajaban todas las maletas nuevamente para separar las suyas y se retrasaban las salidas.

Era el misterio del aeropuerto, su agujero negro. Ocupaba páginas y páginas de los periódicos, que desarrollaban distintas hipótesis.

Agustín Robles estaba angustiado, su situación irregular podía hacerlo blanco de sospechas. Hasta ahora nadie parecía saber qué quedaba allí, tras las mamparas que separaban su mundo privado del hall de la terminal. Por las noches soñaba las desapariciones. Se veía a sí mismo acechando hasta que aparecía Laura, la melena hasta el hombro, acercándose desde el final del largo pasillo, cimbreando su cuerpo mientras avanzaba. Y luego la veía pasar y desaparecer diluyéndose en el espacio. Porque Laura desaparecía en cada una de las mujeres que desoían las llamadas a embarque y que tampoco volvían a sus casas. La soñaba cada noche, y cada noche en sus sueños volvía a esfumarse.

La policía privada tenía prácticamente ocupado el aeropuerto. Interrogaban a todos los empleados para buscar algún indicio. Dos o tres veces, distintas personas le preguntaron por su horario, si no había visto nada raro, si recordaba alguien que acosara a alguna de las mujeres desaparecidas. Le mostraron retratos para ver si podía identificar a alguna. Él miraba con temor, pero ninguna era Laura.

Estaba cada vez más preocupado, se sentía cada vez más culpable. No reconocía a las mujeres que le mostraban, pero se sabía débil, pensaba que si descubrían su refugio lo considerarían sospechoso. Así que, apenas cerraba el local, repetía los gestos habituales de cuando vivía en la ciudad: pasaba por el mismo bar y allí tomaba su café o comía su ensalada ligera.

Lo que había soñado, el sentirse seguro y libre por el aeropuerto, se había terminado. Y cuanto más permanente era su angustia, más lo perseguía el recuerdo de Laura y más veía su cara en todos los carteles que aparecían por el hall del aeropuerto.

No sabía cómo desaparecer sin que nadie se diera cuenta. No podía abandonar su trabajo, eso llamaría más la atención.

Pero debía salir de allí en alguno de los aviones para ir… ¿a dónde? ¿Dónde podría estar tranquilo y sentirse libre?

Tenía aún derecho a una semana de vacaciones y no dudó en pedirla. Buscó las ofertas y decidió que iría a Gambia: las playas y el mar azul, con los árboles tropicales detrás. La tranquilidad que rezumaban las fotografías que aparecían en Internet lo habían subyugado. Compró su pasaje y comenzó a pensar en los días que tendría de tranquilidad y de paz. Y así fue como logró, sentado en el asiento del avión, mirando desde arriba el colchón blanco de nubes, olvidar sus inquietudes, olvidarse de Laura, olvidarse de sí mismo y dormir tranquilo.

Pensaba que ese lugar, donde la gente hablaba una jerga incomprensible lo mantendría aislado y a salvo. Estaría tranquilo en su habitación, mirando la playa y el mar desde la ventana, sin conversar con nadie, sin que nadie lo molestara. Comería allí mismo y quizás, cuando viera que la arena se extendía infinita sin que nadie paseara por ella, bajaría a caminar por la orilla del mar.

Al llegar a Gambia salió inmediatamente del aeropuerto y tomó un taxi. Como en todas las ciudades del mundo, los taxistas se entendían en cualquier idioma y lo llevaron rápidamente a su hotel en la costa.

La habitación era tal como la había imaginado, con una amplia ventana desde donde se veía nítidamente dibujada la franja curva de arena blanca y se podía contemplar y escuchar el romper de las olas cuando la mordían.

Se sintió seguro y pensó que esa paz lo iba a salvar. Se tiró sobre la cama pensando en dormir sin límite y eso hizo ese primer día hasta que, por la noche, cuando se había puesto el sol, bajó a caminar por la orilla en la absoluta soledad de las sombras. Sintió la tibieza del aire en el cuerpo, y se relajó zambulléndose en la rompiente.

Cuando volvió al hotel se sentía nuevo y se apoyó sobre el mostrador del bar para tomar una cerveza. El camarero era alto, grueso, de pelo enrulado y gran conversador políglota.

Estaba hablando animadamente con unos ingleses, cuando le dijo en un español bastante claro: ¿vio lo que pasó en el aeropuerto? ¿Se enteró al bajar del avión?

Él no tenía idea de nada. Su viaje había sido tranquilo y más aún la llegada. Decididamente, no había visto nada extraño.

—No sé qué puede haber pasado —contestó.

—Desapareció una pasajera. Había salido muy temprano del hotel. El taxi la dejó en el aeropuerto, pero no subió al avión. Estamos preocupados. Toda la policía está investigando lo que puede haber pasado.

Agustín Robles sintió una opresión en el pecho. Ahora no podría quedarse tranquilo en su habitación. Un turista debe hacer excursiones y no podría salir por la noche porque eso también resultaría extraño. ¿Qué podía hacer un visitante solitario, cuando no hay ya nadie en la playa, agazapado tras las brumas de la noche? Sabía que eso podía resultar sospechoso, y pensó que era necesario huir de ese lugar. Pero ya no era posible, allí tendría que quedarse, pasara lo que pasara.

Pensó que era inevitable que relacionaran su nombre con los dos aeropuertos donde ocurrían esas cosas extrañas. Era como un denominador común, el enlace que necesitaban los investigadores. Sería blanco inmediato de sospechas. Y él se sentía culpable, no lo podía evitar y eso se notaría en los interrogatorios y pensarían que escondía algo.

Ya no se sentía seguro, había perdido la tranquilidad de la vida en la terminal, y la semana que se tomó para separarse de la tensión de las investigaciones estaba resultando mucho peor. No estaba a gusto en el mundo real, le molestaba la gente.

No estaba dispuesto a hacer una vida de turista normal.

Se quedaría en su habitación como había planeado, aunque con la angustia de la espera de unos golpes en la puerta, unos golpes que vinieran a interrogarlo, o quizás a buscarlo.

Y en ese estado de espíritu, cuando encendió la TV para relajarse antes de dormir, vio que estaban proyectando una película de las que compartía con Laura y se dispuso a mirarla tendido sobre la cama.

Entonces vio la escena, tan clara como si estuviera sucediendo delante de sus ojos: Él persiguiendo a Laura cuando iba al trabajo desde la casa de sus padres. Y ella, negándose a hablar con él, escapando. Él frenando el coche y metiéndola adentro. Él llevándola a un descampado. Él bajándola con fuerza del coche y pegándole con una rama en la cabeza. Él viéndola caer y cómo no se levantaba. Él corriendo hacia el coche. Él saliendo a toda velocidad por las calles, subiendo a su casa, sentándose en el sillón, encendiendo la TV y mirando, una tras otra, las películas de terror que a ella tanto le gustaban.

Miró la pantalla. Un hombre, sentado en el sillón, acariciaba a una mujer que apoyaba la cabeza sobre sus rodillas, mientras en la pantalla del televisor se veía un personaje desencajado con un palo en la mano, pegándole a la mujer hasta que ella caía al suelo sin fuerzas.

Aquella mañana fue la última vez que la había visto, tirada, sobre la hierba. Tenía que encontrarla otra vez, tenía que ver cómo se acercaba moviendo su cabeza, su melena ondulante. Ella tenía que ir a buscarlo a la terminal para llevarlo a casa.

La semana se le hizo interminable, esperando cada día que otra mujer desapareciera y buscando excusas para no salir a la calle, o hacía demasiado calor, o le había hecho mal esa comida que nunca había probado antes. Y así solo salía al atardecer, y deambulaba hasta entrada la noche en que volvía a tomar su cervecita y a buscar sus temores y sus sueños reflejados en la pantalla del televisor.

Por fin llegó el día de la partida. Estaba tan tenso y cansado como cuando arribó a esa tierra paradisíaca que no pudo disfrutar. Llamó a un taxi y enfiló hacia el aeropuerto, deseando que allá, por arte de magia, todo se hubiera acabado.

Por los altavoces llamaban insistentemente a una mujer que debía presentarse en la puerta de embarque. Todo el aeropuerto estaba expectante, todos los de su vuelo temían el inevitable atraso. La inquietud se podía leer en los ojos de las mujeres. Los baños estaban vacíos, en las confiterías se miraban los unos a los otros.

Pero con su avión no hubo problemas, salió justo en hora y tomó rumbo hacia Madrid. Allí se sintió seguro. Pensó que tendría que trabajar en los aviones, salir del aeropuerto y sentir siempre la paz de ese lugar, suspendido a mil metros sobre el suelo. Quizás esa era la solución. Conocía a algunos pilotos, hablaría con ellos.

El viaje resultó tranquilo. Entre comidas, películas anodinas, y algunos sueños, llegó el momento en que escuchó las palabras siempre tan esperadas: «Dentro de diez minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Madrid, abróchense los cinturones, pongan vertical el respaldo del asiento, la temperatura es de veinte grados».

Estaba llegando.

Con su pequeña maleta de mano, enfiló hacia la salida.

Y cuando estaba llegando a la puerta vio, tras los cristales, un coche que partía y en su interior, en el asiento de adelante, la inconfundible cabeza de Laura, su sonrisa, su pelo que ondulaba aun sin el viento. Pero no podía estar seguro, quizás la había confundido, la había imaginado. Pero quizás también era ella, y entonces, no había desaparecido...

Respiró el aire puro, miró a lo lejos el horizonte nítido de la sierra, dio media vuelta y entró nuevamente al aeropuerto hacia el local de libros y periódicos, su oficina.

Cuando llegó allí dos hombres estaban hablando con el empleado. Al acercarse, lo miraron y escuchó una voz sonora que le decía:

—¿Agustín Robles, verdad?

—Sí, ese soy yo.

—Cuerpo especial de policía de la terminal. Tiene que acompañarnos.

—¿...? —preguntó con la mirada.

—Hemos encontrado pertenencias de las mujeres desaparecidas en este local. Tiene que contarnos dónde estaba el....

Agustín Robles se puso pálido, sintió que se oprimía su garganta y le faltaba el aire en los pulmones. Su estómago se retorcía y el corazón amenazaba con estallar. La comida que le habían servido en el avión pugnaba por salir, las piernas le temblaban y deseaba, más que nada en el mundo, correr hacia el baño.

Los miró fijamente, esbozó una helada sonrisa y los siguió con la convicción de que, por fin, todo había terminado.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.


viernes, 21 de noviembre de 2025

LA VISITA

Myriam Goluboff

 

En mi casa hay mil bichitos de luz, ni uno más, ni uno menos. Afuera, la oscuridad y un quejido que amplifica el quejido de las olas cuando rompen y acarician la orilla. Ya ha pasado el momento en que el sol se sumerge y las aguas unifican el color con el del cielo. Es la hora en que vuelvo a mi refugio, envuelta en el olor a mar que ha quedado adherido a mi cuerpo.

No necesito encender una luz, allí están mis bichitos. Vuelan sin descanso dibujando, en el espacio, trazos de color amarillo, muy claro, casi blanco. Cuando alguien me acompaña, forman un lazo a nuestro alrededor y cran una isla de intimidad que facilita la comunicación; pero si estoy con Julio y buscamos que esa intimidad sea absoluta, se rebelan, comienzan a girar de forma caótica, chocan contra las paredes, se embisten unos a los otros y generan destellos brillantes.

En el preciso instante en que me levanto del sillón dispuesta a preparar la cena para cuando vuelva Julio de la ciudad, oigo un motor de coche que se acerca por el camino. Al llegar junto a la entrada se detiene, se escucha el ruido seco de la puerta cuando cierra y luego unos pasos por el sendero y tres nítidos golpes de la aldaba de bronce.

Mi casa no está en un lugar de paso, nadie me había avisado de una posible visita. Es un hecho extraño pero me gusta que surjan, cada tanto, situaciones inesperadas. Me siento más tranquila que cuando, desde el apartamento, padecía el rugir de los coches, los gritos de los borrachos en la noche, las discusiones que se colaban a través de los muros.

Estoy más indefensa, pero me siento más segura. El teléfono móvil me da tranquilidad, no hay forma de silenciarlo antes de que puedan quitármelo. Mando un mensaje a Julio para que sepa que voy a atender esa insólita llamada. y, con decisión, me acerco a la puerta.

—¿Quién es?  —pregunto con tono tranquilo.

—Busco a Margarita Díaz —me contesta una voz muy grave.

—Soy yo —respondo al instante.

—Le traigo un paquete.

—¿De dónde?

—De Joaquín Fernández.

Me separé de Joaquín hace ya tres años y desde entonces no hemos tenido comunicación. Aparece como un fantasma, con la forma de ese paquete que llega en la noche. No es tarde, pero se acerca la Navidad y los días se acortan cada vez más.

Al escuchar su nombre abro la puerta y me encuentro de bruces con Joaquín, que trae un enorme cilindro lleno de agujeritos en sus brazos. No había reconocido su voz aunque la descubriría entre un millón. Había distorsionado el timbre y yo caí en la trampa.

—Pasa —le digo. No me siento capaz de dar un portazo y dejarlo fuera. Al verme dice:

—Eres otra persona. Tienes otra cara, otra mirada y ¡esta casa!

Los bichitos dan vueltas por la sala. Joaquín observa, atónito, la estancia sin otra iluminación que la que esos diminutos seres emiten. Su mirada es inquisitiva.

—Fueron llegando —le contesto—. Ahora no estoy nunca sola, nunca a oscuras. Siento que me cuidan, que me protegen, que me acompañan.

—Te traigo un regalo —me dice.

No me atrevo a preguntar por el niño. Cuando me fui, Joaquín se hizo cargo de Paquito y nunca hice nada por saber de ellos. ¡Extrañas paradojas del destino! Yo, que tanto lo había deseado, luego no pude soportarlo. Me asfixiaba la casa, me asfixiaba Joaquín, me asfixiaba ese hijo. Necesitaba estar sola, sentir el viento, la lluvia, el mar, lejos de todos. Un año después, cuando llegó Julio, mi vida cambió, pero nunca tuve la necesidad de conectar con aquel pasado.

Me invaden los recuerdos frente a esa presencia inquietante y aparece nítida, ante mis ojos, la imagen del niño prendido a mi pecho. En torno a Joaquín, los bichitos dejan un gran vacío y se agrupan alrededor de mí, protegiéndome. Sienten mi desconfianza, mi angustia ante el inevitable diálogo.

Apoya en el suelo el extraño envoltorio. Cuando lo abre, salta hacia afuera un niño de cuatro años con sus grandes ojos bien abiertos. Pega un grito y corre tratando de cazar algún bichito. Pero ellos se escapan, lo rodean formando zig-zag luminosos, crean una estela tras él, ascienden y se lanzan en picado sobre su cabeza.

—Te lo traigo —dice Joaquín—. Ya lo tuve estos tres años, ahora te toca a ti ocuparte otro tanto. —Al escuchar sus palabras me pongo pálida y me tiemblan las piernas. Lo había quitado de mi memoria, de mi vida. Para mí, ese pasado había dejado de existir—. Creo que ya es hora —insiste—. Un niño debe tener madre.

Lo miro, los miro, sin articular palabra. Adivino lo que piensa, que va a dejar a su hijo en una cueva de locos, invadida por un enjambre de lucecitas voladoras.

En ese momento entra Julio. Debió decidir volver a casa en cuanto leyó mi mensaje. Nunca le había hablado de mi hijo, no porque lo hubiera querido engañar, sino porque no hubo ocasión. Nunca hablábamos de nuestros respectivos pasados.

Los bichitos de luz nos rodean. Afuera del círculo queda Joaquín, expectante, y Paquito que se ríe cuando forman dibujos sobre su cabeza.

Tengo que decir algo, explicarle. Él sabe que había habido un Joaquín, pero no todo lo que habíamos compartido, el embarazo, ese año en que me miraba con ternura cuando ya amamantaba a Paquito, los paseos por el parque, la cena a la luz de las velas mientras el niño dormía tranquilo a nuestro lado. Hasta que empecé a sentir que esa vida me agotaba, que sólo quería estar sola, descansar, no escuchar más los llantos del niño ni ver la cara de Joaquín. Era una sensación cada vez más fuerte, cada vez más prolongada. Hasta que un día abrí la puerta, sin nada en mis manos, crucé la calle y comencé a caminar… caminé hasta que se dejó de ver la ventana de nuestro cuarto piso, hasta cuando doblé por una esquina y desaparecí para siempre.

No se cómo Joaquín ha podido encontrarme, pero Joaquín está ahí, de pie, frente a mí.

 Los dos hombres se miran con desconfianza, hablan sólo unas palabras. Julio descubre quien es el niño, y en ese corto lapso los bichitos los van rodeando, abren el círculo alrededor de mí, cada vez más exiguo.

 No puedo hablar, no puedo explicarle, como si el niño fuera algo irreal, como si fuera el personaje de un cuento.

 Siento que sobro. Este era mi refugio. pero lo están invadiendo: mi pasado, mi presente, Joaquín, Paquito, Julio. Imagino otra vez una vida con exigencias, sin libertad, y siento que me falta el aire, igual que entonces, la misma asfixia.

 Mientras, ellos siguen ahí, de pie, uno frente a otro, escudriñándose mutuamente.

 Necesito salir, escapar, alejarme. Me acerco a la puerta, la abro, camino por el sendero y luego por la carretera. Sin prisa, pero sin la menor duda, me alejo. Un halo de fieles lucesitas me acompaña. El resto queda allí, con Joaquín, con Julio, con Paquito.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.


 

jueves, 9 de mayo de 2024

UNA SOMBRA GRIS

Myriam Goluboff

 

Claudia. La compañera de habitación

 

Sentada en el borde de mi cama, con los rulos puestos, miro hacia el patio a través de las grandes puertas de vidrio; pero sólo pienso en la cama de al lado, ahora con su colcha permanentemente tendida.

Esta vez no fue como las otras: Lucía desapareció al poco tiempo de haber llegado. Esa mañana, cuando vi su bolso sobre la manta y a ella con una blusa elegante y bien arreglada, pensé que algo especial estaba pasando. Lucía salió de la habitación en la silla de ruedas con Marta, esa chica que venía por las mañanas a cuidarla. Al rato volvieron, y con ellas entró la hija. Sentí la alegría de recibir esa visita como si fuera mi propia hija; tenía con quien compartir unas palabras, aunque muchas veces ella no entendía lo que yo le decía. Le conté que mis hermanos habían sido profesores, pero sólo sonrió, como si le hablara en otro idioma. Siempre ocurre que no me entienden, me observan con la mirada muy fija, como para leer en mis labios o penetrar en mi mente; yo me daba cuenta, pero su sonrisa me hacía olvidar por un instante la soledad y el silencio que tengo metidos en el cuerpo; un dolor que sólo se mitiga cuando viene Gerardo a buscarme, ese rato que acaba antes de que pueda empezar, en cuanto terminamos de comer y me trae otra vez a este sitio. Por suerte no necesito que me vistan, y puedo caminar sin ayuda. Pero el sendero es tan corto, tan sin sorpresas: las mismas baldosas que piso cada día, cuando voy de la cama al comedor, del comedor a la cama, de la cama a la sala de adelante…, a nada, a mirar el aire, a mirar las caras, a mirar la puerta para ver si se abre.

Cuando Lucía llegó, me molestaba tanta gente; todo el tiempo había alguien con ella. Invadían mi espacio, y yo le protestaba a Estela cada vez que pasaba. Pero luego empezó a gustarme escuchar la voz de Marta, al llegar, que decía bien alto: “Buenos días, señora Lucía; hola, señora Claudia”, y la de Victoria, tan suave, cuando venía por la noche para quedarse hasta el otro día. Y la de la hija, que me saludaba siempre con un beso…

Pero aquel día se fue y ya no la volví a ver; era una mujer tranquila, no gritaba, ni siquiera me miraba. Estaba allí, en la cama, o en su silla de ruedas, los ojos cerrados, quejándose quedamente; la veía pero no la oía; sólo escucho cuando me gritan.
No pude dejar de llorar cuando me dijeron adiós. Como tantas otras veces, soy yo la que se queda. Cinco años, cinco años siempre igual, y otra vez un adiós... Siempre un adiós.

 

Victoria. Acompañante de noche

 

Se apuraron, no sé para qué la trajeron aquí; en casa estábamos bien. La señora María viajó para venir a verla y por suerte está pensando lo mismo.

Los baños están sucios; antes de acompañar a la Señora limpio bien el inodoro; es tan exigente con eso, se lava las manos a cada rato y le gusta ver todo reluciente. Pero aquí siempre hay olor y ahora, después de que lo fregué con cuidado, se adelantó la señora Claudia y otra vez voy a tener que empezar.

Después de cenar entro uno de los sillones del patio y paso la noche sentada. En toda la casa hay un silencio absoluto. Pienso que no puede ser que todos se duerman a las nueve y no se despierten hasta las ocho de la mañana. Me pregunto si les darán algo para que la enfermera pueda descansar esas horas. A mí me entregan sus medicinas trituradas y todas juntas en una cucharita. En casa mirábamos la tabla que había dejado la doctora y se las llevábamos con la comida. Cuando la Señora preguntaba, le mostrábamos las indicaciones; le preocupaba que pudiéramos equivocarnos; pero ya no tiene fuerzas ni para eso. Yo le digo: “Hay que tomar las medicinas, señora Lucía”, y lo hace sin protestar. Creo que tenerme aquí, a su lado, la tranquiliza... No veo el momento de que nos vayamos, de dormir de nuevo en la cama, de estar lejos de este lugar.

 

Marta. Acompañante de día

 

Dijeron que los viernes había siempre sesión de cine, pero pasó el viernes y no ocurrió nada; dijeron que vendría una persona a hacer ejercicios de rehabilitación a los abuelos, pero acá no vino nadie. Siempre lo mismo... tengo que comentárselo a la señora María, que no crea lo que le cuentan. Y tampoco es verdad que vengan muchas visitas, por aquí no aparece nadie. Anteayer se llevaron a la señora Claudia. Pero en cuanto terminaron de comer deben haber salido para acá, porque volvió al poco rato.

Los abuelos están siempre solos, siempre en silencio. Algunos caminan, se acercan, y miran con atención lo que estamos haciendo; yo los tomo del brazo y los quito fuera de la habitación. El otro día, en el patio, estaba una señora en su silla de ruedas, que repetía todo el tiempo con voz de angustia: “¡No puedo respirar, no puedo respirar!”. Enseguida fui a avisar. “No es nada”, me explicaron, pero a mí me da miedo. Y luego está también “el Doctor”, camina erguido, recorriendo todavía los pasillos del hospital; se sienta con un libro en la mesa de afuera: lo mira, le mueve las hojas y cuenta, a quien se le acerque, que lo escribió él; es lo único que le escucho decir.

 

Lucía. Viviendo en el geriátrico

 

No quiero estar aquí, ¿por qué no me sacan?

—Victoria, ¿Tiene dinero para un taxi? ¡Nos vamos!

Pero nadie me hace caso.

Estoy encerrada. No tengo mi cama, ni mis plantas, ni los libros... Y lo peor de todo es compartir el baño, yo, que nunca pude soportarlo. Quiero estar tranquila, en mi casa. Aquí todos caminan sin rumbo, sin siquiera mirarse. En la sala me molesta el ruido de la televisión, todo el tiempo para nadie, sólo hay una mujer que se instala frente a ella y no para de mirarla. Cuando estoy en ese lugar, cierro los ojos, y me aferro a las manos de Marta. No quiero ver a esa gente que no conozco, no quiero ver esas caras. Tampoco voy al comedor; mientras todos están allí, me llevan la bandeja a mi cuarto. Aunque a veces, la otra mujer, siempre con sus rulos atados con un pañuelo, antes de ir a comer, se sienta en el borde de su cama y me observa. Por eso, porque está ahí y me mira, prefiero que vayamos al patio. Hace buen tiempo pero casi no sale nadie. El patio es para nosotras, con su mesa cubierta con una gran sombrilla blanca.; a su sombra, Marta me da la comida y me toma de la mano.

Lloro, lloro por mí, por estar en esa silla, por mi cabeza perdida. Recuerdo mis reuniones de los sábados con los amigos, pero ya no puedo hacerlo más, no puedo hablar de nada. ¿Por qué no seré como papá, con su cabeza clara hasta los cien años? Por eso lloro y lloro y sólo me nace decir: “No puedo, no puedo…” No puedo recordar, no puedo pensar, no puedo leer, no puedo hablar, no puedo, no puedo… Esto, así, no es una vida, no puede ser mi vida.

 

María. La hija

 

Cruzamos la ciudad, avanzamos por una calle amplia y arbolada, y al pasar el grupo de torres con su verja y sus guardias, mi prima Carla, que me acompañaba en ese trance, estacionó justo enfrente de la puerta del geriátrico. Desde allí, a través de la calle, reconocimos la casita baja, tal como nos la habían descrito, con su fachada retranqueada, y apretada entre los edificios que se erguían con sus ocho o diez hileras de ventanas. La puerta estaba a un costado, perpendicular a la calle, escondida, ocultándose de cualquier mirada ajena, con pudor, o quizás hasta con vergüenza de lo que había adentro. Tocamos el timbre y después de un rato, escuché el sonido de la llave al girar en la cerradura, se abrió la pesada hoja de madera y asomó una mujer de uniforme blanco, con mirada interrogante. ”Venimos a ver a la señora Lucía”, dijimos, y nos franqueó el paso. Yo había llegado de un viaje desde el otro lado del océano, esa misma mañana, y esperaba inquieta y con temor, el encuentro con mi madre.

Así fue como me encontré en ese espacio gris, vacío, sólo con unos asientos apoyados contra la pared que enfrenta a la puerta; a la derecha la ventana desde donde se podía atisbar, a través de los visillos, el trajín de la calle, y a la izquierda, en el fondo, la mesa con la televisión. Tres o cuatro ancianos erraban por la sala mirando distraídamente a la nada, y una mujer estaba absorta frente a la pantalla. Sentada en uno de esos asientos, también grises, Marta le hablaba quedamente a mi madre, que la miraba desde una silla de ruedas. Me sentí en un garaje: había muy poca luz, el sonido del televisor retumbaba en las paredes duras, vacías de color, vacías de adornos, vacías de plantas. Y ahí estaba Lucía, en ese estacionamiento de gente: había desconectado del presente y le habían fallado sus piernas. Tuve que juntar coraje para acercarme a saludarla; la vi ajena a este mundo, aferrada a las manos de Marta y sólo diciendo: “No puedo, no puedo...”. Quizás no podía soportar su mera existencia. Ya se lo había escuchado decir hacía dos semanas, en su propia casa: que la vida, así, no tenía sentido: la aburría, la abrumaba, la cansaba.

Fue difícil resistir la escena: esas gentes mirando el vacío, ausentes de este mundo, y aquel hombre dormido, con la cabeza hacia atrás, la boca muy abierta, como un cadáver. Salimos de ese lugar buscando la privacidad del dormitorio. Al llegar, estaba la compañera de habitación de mi madre sentada en el borde de su cama, los rulos puestos, cuidadosamente atados con un pañuelo, mirando con cara distraída hacia afuera a través del vidrio. Le di un beso; era cálida y dulce; costaba comprenderla, hablaba con palabras entrecortadas que pronunciaba de forma confusa. Cuando entró Estela, la directora, le protestó porque ocupábamos un trocito de la minúscula superficie que ella pagaba. Le prometí que saldríamos de allí, y lo hice con convicción: prefería estar en el patio.

 

La partida

 

Eran las once de la mañana, una semana después. Toqué el timbre, y como aquel primer día, esperé hasta que se oyeron los pasos que se acercaban, el ruido de la llave al girar, y asomara la mujer de uniforme blanco. Ya me conocían, así que entré sin mediar más que un saludo. Detrás, se oyó nuevamente el girar de la llave tras el golpe de la puerta al cerrarse.

Encontré a Marta sentada en uno de aquellos asientos grises, tomando de la mano a mi madre, que se veía elegante en su silla de ruedas, luciendo una hermosa blusa blanca con dibujos negros, y con los labios pintados.

—Hoy le preguntó a Victoria: “¿Tiene dinero para un taxi...?” —nos comentó Marta
cuando llegamos.

—Vamos a su habitación —es lo único que atiné a decir. Allí les conté que había pedido la ambulancia para las doce, y entonces Lucía supo que nos íbamos.
Estaba la señora Claudia, como siempre, sentada en el borde de la cama, mirando hacia afuera. Me habló de su vida, de sus hermanos; ese día estaba locuaz. Sólo pude comprender que ellos habían sido profesores, y en ese momento intuí que me adivinaba también como una profesora. Luego quedó callada, esta vez observándonos a Marta y a mí con atención, como queriendo desentrañar nuestro cuchicheo.

Cuando llegó Estela, la directora y le anuncié que nos llevábamos a Lucía, vi lágrimas en los ojos de Claudia. No se levantó para ir a comer hasta que nos fuimos. Le di un beso y lloró más aún; sentí pena por ella. Otra vez se quedaría sola en el cuarto, mirando tras el gran ventanal por encima de una cama vacía; otra vez un adiós.
Al acompañar a Estela a su oficina para resolver la partida, pasamos por el amplio recodo del pasillo, bien iluminado por un patio, donde estaban todos los internos, sentados alrededor de las generosas mesas redondas. Desde el gran hueco que conecta con la cocina, nos invadió un aroma que me transportó al arroz con pollo de mi infancia: era penetrante, cálido, hogareño. Al ver las expresiones ausentes, volví a la realidad, y no pude dejar de pensar qué importante es que alguien pase, que los salude, que les hable un momento, que los saque de su nada permanente, de la rutina de ese contenedor, de ese corredor inevitable, de esa espera...

Le conté a Estela que creía que lo más conveniente para Lucía era volver a casa, estar rodeada de sus cosas. Para ella, tan selectiva en sus relaciones humanas, sería lo mejor.
Se cerró la puerta detrás de nosotros, escuchamos por última vez el ruido de la llave al girar, y con la imagen del llanto de Claudia, de las caras inexpresivas que me miraron al pasar por las mesas, de los adioses que no tuvieron respuesta, y de la sonrisa de Estela al despedirnos, subí al coche. Detrás partió la ambulancia; en ella iba Lucía, con los ojos cerrados, inquieta, aferrada a la mano de Marta. Pero en cuanto la bajaran, y en el portal la saludara Arturo, el portero, se daría cuenta de que lo otro había quedado atrás, que ya estaba de nuevo en su hogar.

Y los diez días que pasó allí, en el geriátrico, quizás estén en su memoria inmediata, la que perdió, y pronto los habrá olvidado, o quedarán en ella como una sombra gris que le ayudará a ver más verdes sus plantas, más brillante el sol del balcón, más entrañables sus libros ahora dormidos.


Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

FATA MORGANA