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sábado, 24 de octubre de 2026

EL RETORNADO

Franco Ricciardiello

 

El cielo sobre el puerto tenía el color enfermizo del lomo de un pez muerto. Antes de salir de la estación del metro conté con los dedos. Era el noveno día consecutivo de lluvia y la estación apenas había comenzado. Abrí el paraguas, me metí bajo el brazo el viejo maletín, todo descascarado, apretándolo con fuerza y rogando una vez más que la humedad no atravesara las capas de plástico con las que había envuelto el volumen del siglo XVI.

El maletín me hizo pensar en mi exmarido, Iván, quien, además de renunciar a nuestro matrimonio, había dejado la universidad y partido en una misión arqueológica a las Orcadas. En el norte de Escocia, la temperatura media era más o menos la que teníamos aquí, en la Riviera, cuando mis padres eran jóvenes. Seguí por la acera, procurando mantenerme bajo los balcones de los edificios, y se me escapó una carcajada tan fuerte que un transeúnte se detuvo a mirarme. No había podido contenerme. Me había bastado pensar que mi vida con Iván era más gris que el cielo de aquel momento.

Abrí la puerta exterior del edificio; todavía no habían instalado una cerradura de huella digital. Entré jadeando en el vestíbulo y el maletín estuvo a punto de resbalárseme de la mano mientras cerraba el paraguas. Me recompuse y me dirigí hacia la escalera de la izquierda. En el patio, la lluvia repiqueteaba como uñas sobre un plato de metal, al otro lado de la vidriera art nouveau que era el orgullo del edificio, o al menos el primer detalle que los agentes inmobiliarios mostraban a los posibles inquilinos.

A través de un árbol de vidrio teñido de verde y rosa, distinguí una figura en el patio. Llamé al ascensor, que se deslizaba por una jaula de hierro forjado que quizá tuviera cien años. En la cabina había incluso un asiento plegable.

Miré el patio al otro lado de la vidriera. La persona parecía inmóvil. Me acerqué a la ventana de la escalera. Un hombre de cabello blanco estaba de pie junto a la estatua de mármol de Venus, toda rayada y salpicada de musgo, bajo el agua torrencial, con la única protección de un impermeable azul que brillaba por la lluvia. Tenía el rostro alzado y los ojos cerrados. No me pareció uno de los inquilinos, aunque tampoco los conocía a todos de vista. Había unos veinte departamentos en las dos alas del edificio y, al fondo, más allá de la estatua y de la vieja fuente de piedra, estaba la puerta de un segundo edificio cuya fachada daba a otra calle. El patio era compartido.

La cabina del ascensor llegó con un sonoro clac que evocaba hierro y aceite mineral. Seguí mirando al hombre. ¿Se sentiría mal? Debía de estar empapado hasta los huesos. Probablemente me oyó abrir la puerta vidriada, porque se volvió hacia mí, con hilos de agua que le bajaban por los mechones mojados. Fui a su encuentro, abriendo de nuevo el paraguas, con el maletín apretado bajo el brazo.

—¿Quiere contraer una neumonía? —dije—. Venga conmigo.

Me siguió hasta el resguardo de la escalera, donde el agua que le escurría de los hombros formó un charco frente a la puerta del ascensor. Observé, perpleja, el impermeable, que parecía de goma, y apoyé una mano sobre él: estaba seco, como si el hombre hubiera paseado al aire libre en un día despejado.

—¿Dónde vive? ¿En qué piso?

Me tomé la libertad de apartarle de los ojos los mechones empapados. Parpadeó y me sonrió. Tenía un aire vagamente exótico, como una mezcla de orígenes muy distantes entre sí. ¿Un inmigrante?

Por supuesto, no tenía nada en contra. Cada vez más propiedades de nuestras manzanas pasaban a manos de extranjeros que por fin habían logrado una buena posición, después de años y años de residencia. Muchos se sentían en casa en aquellos edificios algo deteriorados, con balcones que desde la ladera de la colina daban directamente al mar, más allá del cual podían imaginar sus países de origen.

—¿Es usted el inquilino del octavo? —pregunté—. ¿El piso de la buhardilla?

Se me había ocurrido que podía ser él. El cartel de Se alquila, que llevaba meses junto a la entrada, había desaparecido de un día para otro, quizá dos semanas antes.

—Suba, lo acompaño.

Lo empujé hacia el ascensor, entorpecida por el paraguas y el maletín. Habría querido tener tres brazos. Lo hice sentarse en el asiento plegable. Parecía desorientado. Debía de tener más de sesenta años. Medía casi un metro noventa, estaba cuidadosamente afeitado y llevaba el cabello hasta los hombros. Subimos al octavo, pero se quedó inmóvil en el descansillo. Me permití meterle las manos en los bolsillos del impermeable para buscar las llaves y saqué una especie de linterna de un palmo de largo, de aspecto muy tecnológico y costoso. Debía de pesar al menos un par de kilos, como si fuera de metal macizo. La devolví a su sitio porque había visto el sensor de huellas en la puerta del departamento.

—Vamos, deme la mano…

Le presioné el índice, luego el pulgar y después los otros tres dedos contra el disco irisado. Nada. No era su casa. Advertí que, bajo el impermeable, la ropa estaba completamente empapada, desde el cuello de la elegante camisa hasta el bajo de los pantalones. Tenía helada la piel de las manos y su rostro parecía ahora desprovisto de color.

—Jesús mío…

Bajamos al séptimo piso, abrí la puerta de mi casa y lo hice entrar. Lo llevé hasta el baño y le mostré cómo se usaba el grifo monomando.

—Ahora se dará una ducha caliente, mejor dicho, hirviendo, mientras yo preparo un té hirviendo. Disculpe la repetición, pero no encuentro otra palabra.

Lo dejé en el baño, cerré la puerta y me apresuré a sacar el volumen antiguo del maletín y desenvolver el plástico. No parecía húmedo. Lo dejé sobre la mesa del salón que usaba como taller, junto al escáner. ¿Me quedaría alguna prenda de Iván, de las que había dejado cuando presentó su renuncia a mi vida? Claro, había veinte centímetros de diferencia de estatura, pero quizá un suéter pudiera servirme.

Llamé a la puerta de vidrio del baño.

—¿Puedo entrar?

Me quedé con la boca abierta. Ya se había lavado y vestido, con prendas que yo no le había dado y que no me parecía que llevara consigo, porque la camisa y los pantalones estaban tirados en el suelo, formando un montículo húmedo y poco atractivo. Todavía tenía el cabello mojado, pero empezaba a levantársele en una masa rizada, entre blanca y gris. Confundida, guardé el suéter de Iván.

Me siguió a la cocina, mirando a su alrededor con interés. Me pregunté si sería peligroso. A pesar de su edad, parecía robusto y musculoso. Por si acaso, me metí rápidamente el aerosol de pimienta en el bolsillo y le llené de té la taza hasta el borde.

—¿Wūlóng? —dijo, aspirando el aroma. Tenía la voz apenas ronca y un acento indefinible.

—¿Cómo? Ah, sí, es té oolong. ¿Se siente mejor? ¿Podemos llamar a alguien?

Sonrió con condescendencia, como si yo hubiera dicho algo gracioso. Miró a su alrededor.

—¿Dónde está mi ***?

Utilizó una palabra que nunca había oído, pero comprendí que se refería al impermeable. Lo acompañé al salón, que también usaba como taller. Pareció aliviado al ver que lo había dejado sobre el sofá. Tenía el blanco de los ojos inyectado en sangre.

—¿Se siente bien? ¿Tiene el número de algún familiar o amigo al que podamos llamar?

Cerró los ojos e inspiró profundamente.

—¿Le molesta si me recuesto a descansar unos minutos?

Se durmió casi al instante, con la cabeza sobre un apoyabrazos y los pies sobre el otro, de tan alto que era, pero antes dobló cuidadosamente el impermeable y lo dejó junto a él. Lo miré, perpleja. Seguía lloviendo.

Tenía que trabajar. Abrí con precaución el libro antiguo y lo acomodé en el soporte del escáner. Lo abrí sin forzarlo: el programa corregiría la curvatura de las páginas. Iba retrasada con respecto al cronograma del día, de modo que me puse a trabajar con empeño, de dos páginas en dos, usando guantes. Hasta me olvidé de la presencia del hombre en mi sofá, hasta que vi en la pantalla del escáner que era hora de almorzar.

En ese momento, el hombre dejó escapar un gemido mientras dormía, como si estuviera soñando, y la comprensión me atravesó como una descarga.

No era un vecino, no era un inmigrante. ¿Cómo no lo había comprendido de inmediato? Allí, delante de mí, en el salón-taller de mi casa, había un Retornado.

 

Casi había terminado de pasar, una tras otra, las páginas del gran volumen bajo la lente del escáner cuando oí sonar el timbre de la entrada.

Me puse de pie de un salto. El Retornado abrió los ojos, pero no dijo nada. Fui a responder al intercomunicador.

—Séptimo piso.

Cuando oí el clac del ascensor, abrí la puerta. Ya había pagado por internet con la tarjeta de crédito, pero le puse en la mano al repartidor una moneda de un euro y regresé al salón con la bolsa de papel del restaurante.

—Hypnerotomachia Poliphili —dijo el hombre.

—¿Qué ha dicho? —Miré incrédula el grueso volumen bajo el objetivo del escáner, la xilografía de página entera que mostraba a un grupo de mujeres con aquellos vestidos que, durante el Renacimiento, imaginaban que se usaban en la Roma clásica.

—¿Ha reconocido el libro? ¿Entiende del tema?

Y entonces sentí un escalofrío en la nuca. Mientras yo estaba en la puerta, él no se había levantado. ¿Cómo podía saber que el libro de la mesa era la Hypnerotomachia?

Casi como si me hubiera leído el pensamiento, el hombre mostró por un instante el objeto que yo había encontrado en su impermeable y luego volvió a guardárselo en el bolsillo. ¿Se suponía que eso lo explicaba todo? No. No explicaba cómo había podido reconocer la edición del siglo XVI de Bembo que yo debía reproducir. Recordé que ya había sucedido antes con el té, cuando había mencionado el nombre exacto de la variedad.

—¿Cómo se siente? —pregunté con cautela, dejando la bolsa sobre la mesa de trabajo.

Por supuesto, ya no tenía sentido preguntarle si quería hacer una llamada. Era un Retornado. Se incorporó hasta quedar sentado y miró por la ventana. Seguía lloviendo.

—Supongo que debo darle las gracias —dijo con aquel acento singular. Luego recogió el impermeable del sofá—. Lamento la molestia. Me voy enseguida.

—¡Espere! He pedido algo de comer al bistró de la esquina. Imagino que tendrá hambre.

Levanté la bolsa: estaba llena de cajas rectangulares de cartón para alimentos, cerradas con un pequeño adhesivo en forma de hoja verde y dorada.

—Es vegetariano, ¿verdad?

Parpadeó rápidamente, como si no reconociera la palabra.

—Ah, sí, por supuesto —respondió luego.

—He oído que todos ustedes, los Retornados, son vegetarianos. —Y apenas lo dije, me mordí la lengua.

—¿Así nos llaman? ¿Retornados?

Me aclaré la garganta. La reina de las Meteduras de Pata, me llamaba mamá cuando yo era adolescente.

—¿Cómo debería llamarlo?

—Soy Diocleciano.

—Serena.

Le tendí la mano. Me la estrechó con una sonrisa, como quien se somete a una ceremonia olvidada, a un rito de la infancia.

Me abracé a mí misma. No quería que se fuera. ¿Cuándo volvería a encontrar a otro Retornado desorientado en el patio? Señalé la mesa del escáner.

—Ese es mi trabajo. Reproducción del patrimonio literario. En realidad, ya se ha hecho antes, también con la Hypnerotomachia, pero esta editorial apuesta por la calidad, etcétera, etcétera.

Escuchaba cada palabra como si la bebiera, sin apartar los ojos de mis labios, hasta el punto de que habría imaginado que me leía los labios. Estaba de pie y sostenía el impermeable, indeciso sobre si despedirse.

—Pero ¿cómo supo en qué estoy trabajando?

—El poliviteum —respondió.

¿Poliviteum? Sin embargo, era fácil comprender que hablaba de aquel objeto de alta tecnología que llevaba en el bolsillo. ¿Cómo podía aquella cosa permitirle ver, saber?

En la cocina, saqué el contenido de la bolsa y llené dos o tres platos. Había verduras con sésamo, tofu picante y galletas secas endulzadas con caramelo. Diocleciano sonrió y se sentó frente a mí. Para beber solo quiso agua; es más, antes de llevársela a los labios sacó del bolsillo el objeto de siempre, su poliviteum, lo pasó brevemente junto al vaso y luego bebió con deleite, a sorbos, como si degustara un vino.

No es que se supiera mucho de los Retornados. Las primeras apariciones habían sido noticia, sí: hombres y mujeres que parecían surgir de la nada en el escenario de un teatro, en medio del parterre que separaba los carriles de una vía rápida, en la sala de lectura de una biblioteca; evidentemente, también en un patio bajo la lluvia. Había habido un atisbo de debate público, intervenciones de los habituales profetas a quienes nadie escucha, y la cuestión había llegado hasta el Parlamento.

Diocleciano ya había terminado su plato y yo todavía no había tomado el tenedor. Se echó hacia atrás, contra el respaldo, y me miró.

—¿Qué hará ahora? —pregunté—. Usted no es… no era de aquí, ¿verdad?

—¿De aquí? —Por un momento temí que se echara a reír—. No, no, el Retorno es aleatorio e imprevisible.

—¿Tienen alguna organización que los ayude? ¿Ya sabe adónde ir?

Negó con la cabeza.

—Es un viaje de ida. Un salto a ciegas. No se puede volver allá a contar cómo están las cosas. Solo lo descubrimos al llegar.

Me mostró el poliviteum. Claro, debería haberlo imaginado.

—Eso… puede comunicarse directamente con su pensamiento, ¿verdad?

—Desde el primer instante de mi llegada.

Por eso lo sabía todo sin ver, sin preguntar. Me pregunté si los Retornados todavía se comunicarían entre sí en voz alta.

—Si lo hubiera sabido antes, ¿habría venido de todos modos?

—¿Qué alternativa tenemos? Cualquiera que disponga de los medios decide Retornar.

Escuchamos la lluvia durante unos minutos. Aparté mi plato; ya no tenía hambre. Puse la tetera al fuego.

—¿Un té antes de irse?

Aceptó.

—¿Cuándo será? —pregunté.

Pareció no comprender, de modo que tuve que añadir:

—¿Cuándo debo esperarlo? ¿Durante mi vida? ¿Durante la de mis hijos, si es que alguna vez los tengo? ¿Veré crecer a mis nietos?

Hizo un gesto vago y dijo:

—No será un apocalipsis repentino. Más bien como una vela que se apaga. Cuando elegí Retornar, todavía quedaban más de mil millones de seres humanos, aunque muy pocos eran lo bastante ricos como para permitirse escapar.

Los primeros Retornados habían causado sensación, sí: había habido entrevistas y giras de conferencias, incluso cierto movimiento de opinión. Pero pronto había prevalecido una especie de negación colectiva. Algo demasiado grande para afrontarlo; los mecanismos de decisión, demasiado engorrosos. Como siempre, habían aparecido negacionistas, nihilistas, adictos a las teorías conspirativas. Sobrevino una especie de minimización. Era demasiado tarde, habíamos ido demasiado lejos; la masa inercial lanzada hacia el futuro no podía detenerse, salvo mediante un largo conflicto de resultado incierto.

—Es mejor no saber demasiado, créame. Por eso volvemos aquí. Sin ninguna ambición de traerles una advertencia, un aviso; solo queremos vivir hasta el final de nuestros días.

Se puso de pie, guardó el poliviteum en el bolsillo del impermeable de material hidrófugo, al que dio la vuelta y extendió sobre la mesa. En la parte interior de la espalda había una especie de bolsillo ancho y horizontal. Lo abrió rozando el cierre con un dedo, lo que provocó una tenue luminiscencia azulada.

—Quiero hacerle un regalo antes de irme —dijo—. Ha sido amable conmigo. Si hubiera más gente como usted, nunca habríamos llegado a ese punto.

Tenía ganas de llorar.

—Pero ¿adónde irá? ¿Cómo se mantendrá?

Hundió todo el antebrazo en el bolsillo del impermeable, como si el espacio interior fuera mucho, muchísimo mayor de lo que parecía desde fuera. De ahí había sacado la ropa de recambio. De niña leía historietas: Eega Beeva tenía en los pantalones cortos unos bolsillos de capacidad prácticamente infinita. El Retornado sacó, uno tras otro, cuatro lingotitos de oro del largo de un dedo; llevaban grabado el peso: 500 g.

—Ahí dentro tengo toda una reserva. La acumulé durante veinte años en previsión de esto.

Luego sacó otro objeto que parecía la esfera de un reloj o un podómetro; en la parte superior tenía un pequeño cristal donde apoyar un dedo para registrar la huella.

—He comprendido que me servirá de muy poco, como imagino que tampoco les habrá servido a mis predecesores. Es suyo; le aconsejo que no abuse de él. Ya sabe que no puede hacer nada al respecto. Lo que ha ocurrido tiene que ocurrir.

Y así se fue. Se fue y nunca volví a verlo. En cambio, he visto lo que contiene su regalo. He visto y veo. Basta con apoyar el dedo durante unos segundos para que empiece a transmitir imágenes a mi mente.

Veo ciudades desiertas y corroídas por el sol, rascacielos altísimos con todas las ventanas destrozadas y una vegetación raquítica y venenosa que invade las calles de asfalto agrietado. Veo poblaciones desplazarse de una tierra a otra a medida que se agotan las reservas de agua. Veo ciudades costeras sumergidas por las mareas y el nivel de los océanos que sigue subiendo. Veo a la gente observar el horizonte con la esperanza de que las nubes lleguen hasta ella. Veo ciudades construidas bajo tierra, campos cultivados bajo la vigilancia de una milicia, cementerios de automóviles devorados por el óxido, cementerios de camiones devorados por el óxido, cementerios de huesos roídos por perros macilentos. Veo una nave espacial de la esperanza, con mil hombres y mil mujeres, partir hacia otros sistemas estelares sin volver a dar noticias. Veo barcos que regresan del mar con las redes llenas de peces muertos. Veo niños morir de hambre, muros de alambre de púas, migraciones hacia el norte, pueblos que llaman a dios con nombres distintos y que se exterminan por eso. Veo cohetes disparados para disolver las nubes, intentos de reforestación que acaban en arena, agricultores suicidas colgados de árboles frutales muertos. Guerras, abusos, epidemias.

Y veo, por último, la máquina del tiempo, cuánta energía consume y cuánto cuesta escapar hacia atrás, cuánto cuesta Retornar.

He visto y todavía veo, de vez en cuando. Cuando vuelvo a casa después de un día de lluvia, cuando no quiero escuchar las noticias de la cadena, apoyo el dedo en el regalo del Retornado y miro.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

 

martes, 8 de septiembre de 2026

TU SUDARIO, ALEMANIA

Franco Ricciardiello

 

Agazapados como animales enjaulados, para aprovechar al máximo el espacio, apretujados dentro de un montacargas que desciende hacia las galerías excavadas en las vetas de carbón: brazos, hombros, espaldas, no hombres. Quizá italianos, quizá no; quizá en Bélgica, quizá en Alemania. Durante un siglo, los mineros se parecieron de generación en generación, de modo que la imagen solo puede fecharse por la presencia de las dos mujeres vestidas con ropas de principios del siglo XX.

 ¿Qué vida vivieron nuestros abuelos?, cantaba Jacques Brel en 1977:

 

No puede decirse que fueran esclavos,

pero de ahí a decir que vivieron...

cuando se parte ya vencido

es difícil salir del encierro.

Y, sin embargo, florecía la esperanza

en los sueños que subían al cielo

de aquellos pocos que se negaban

a arrastrarse hasta la vejez.

Sí, buen Amo, sí, nuestro Señor.

 

Durante un siglo Italia fue tierra de emigración: brazos, espaldas, hombros para exportar a Argentina, Norteamérica, Francia, Bélgica y, más tarde, Alemania; y después también desde las regiones del sur de Italia hacia el noroeste. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, 150.000 desempleados emigraron a Bélgica para trabajar en las minas: fueron prácticamente «vendidos» por el gobierno italiano a cambio de suministros de carbón, dos quintales diarios por cada par de brazos. Bélgica tenía hambre de mano de obra para reactivar la producción industrial; Italia necesitaba carbón para la reconstrucción.

Cada vez que veo esta imagen me vienen a la mente aquellos versos de Giosuè Carducci que traducen en rima un poema de los Zeitgedichte de Heinrich Heine, Die schlesischen Weber, los tejedores de Silesia cuya huelga en demanda de mejores condiciones de vida, a mediados del siglo XIX, fue ahogada en sangre por el ejército:

 

—Tejemos, Alemania, tu sudario,

y tres maldiciones forman la trama.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

¡Maldito sea el buen Dios! Le suplicamos

en nuestras miserables hambres, en los fríos inviernos:

Él, el buen Dios,

nos sació de escarnios.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

¡Y maldito sea el rey!

Nos ha exprimido

hasta la última moneda,

y ahora hace que nos ametrallen como perros.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

¡Maldita sea la patria, donde solo

crecen la infamia y la abominación!

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

Tejemos, vieja Alemania, tu sudario.

¡Tejemos, tejemos,

tejemos!

 

Al mundo no le importaban ellos, los trabajadores, el proletariado; no contaban las vidas, los hijos, la salud: solo los brazos, las espaldas, los hombros. A los quince años ya estaban agotados, cantaba también Brel, eran viejos antes de llegar a serlo; quince horas diarias con la correa al cuello les dejaban en el rostro el color de la ceniza. Hizo falta un siglo de revoluciones, huelgas, luchas y dos guerras mundiales para romper ese collar de hierro.

Cuanto más observo la imagen, más se parece a las trágicas fotografías de los internados en los campos de exterminio nazis, liberados al final de la guerra por el Ejército Rojo: tendidos en las literas de los barracones, los ojos desmesuradamente abiertos ante el destello de las cámaras, los rostros ennegrecidos por el trabajo esclavo, muertos ya antes de morir. Si esto es un hombre, escribía Primo Levi: cabellos para pelucas, huesos para jabón, carne para la parrilla de este lado; brazos, hombros, espaldas para la industria del otro.

Jacques Brel, que era un flamenco de Bélgica, cantaba: Si por desgracia sobrevivían, era para ir a la guerra, a las órdenes de algún oficial espadachín, que exigía apenas moviendo los labios que ofrecieran en el campo del horror sus veinte años, una edad que nunca llegarían a alcanzar. Y miserables morían atenazados por el miedo, sí, señor Amo, sí, nuestro Señor.

Qué vida vivieron nuestros abuelos.

También mi abuelo Francesco, el padre de mi padre, estuvo en Bélgica, pero no en las minas. Llegó allí en noviembre de 1918, al final de la guerra, persiguiendo a los alemanes en retirada. Era italiano y, sin embargo, combatía en Francia: todo un cuerpo de ejército del Regio Esercito participó en la segunda batalla del Marne, en julio de 1918, más conocida en Italia como batalla de Bligny o del Ardre. Mi abuelo era campesino, tenía 31 años y tres hijos, y ya llevaba tres años de guerra en la Marmolada. El cuerpo expedicionario estaba compuesto por dos divisiones, unos 25.000 hombres; el abuelo Francesco pertenecía al 51.º Regimiento de Infantería, Brigada Alpi, 8.ª División de Infantería; llevaban al cuello un pañuelo rojo porque durante la guerra de 1859 contra Austria el regimiento había estado al mando de Giuseppe Garibaldi.

Se temía, con razón, una ofensiva alemana decisiva destinada a llegar a París y provocar el derrumbe de Francia: un intento análogo había fracasado en el caso de los austrohúngaros, que en junio, durante la colosal batalla del Solsticio, prolongada durante diez días y en la que participaron dos millones de soldados de ambos bandos, no habían conseguido obligar a Italia a rendirse.

En el verano de 1918, el Reich alemán concentró entonces en el Marne 52 divisiones, con un total de 1.300.000 soldados. El bombardeo preparatorio de la artillería comenzó diez minutos después de la medianoche del 15 de julio, apenas terminada la fiesta nacional francesa; uno de los ejes del ataque apuntaba hacia el bosque de Bligny, en los seis kilómetros de frente defendidos por los italianos. Después de cuatro horas de bombardeos con proyectiles incendiarios y gases asfixiantes, los alemanes atacaron protegidos por la niebla y los tanques. Los italianos combatieron en un escenario infernal, dentro del bosque que ardía en la noche, sin trincheras donde protegerse, armados con el mosquete modelo 91 y la bayoneta.

A las 6:30 de la mañana, el 51.º Regimiento había sido aniquilado: de los 1454 caídos totales durante tres años de guerra, 1298 murieron en aquellas dos horas. Del batallón del abuelo Francesco, que se encontraba en el Bois des Éclisses, hubo dos supervivientes: él y otro hombre. Escribió Malaparte:

Parece imposible que bajo semejante diluvio de fuego, de gases asfixiantes, de estruendos, de explosiones, en aquel delirio de humo, aniquilación y muerte, alguien pueda sobrevivir.

Sin embargo, Francesco Ricciardiello seguía vivo; no murió hasta 1970, a los 83 años.

La ofensiva del Reich naufragó en un mar de sangre. Los aliados avanzaron haciendo retroceder a los alemanes: eran franceses, ingleses, estadounidenses, brasileños, australianos, canadienses, neozelandeses e italianos. En Italia la guerra terminó el 4 de noviembre; Alemania se rindió siete días después, el 11 de noviembre de 1918, a las once de la mañana, tras la insurrección de Berlín, el derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la República; aquel día y a aquella hora, el 51.º Regimiento, reconstruido después de su destrucción, se encontraba en el Mosa, en la frontera; Bélgica fue finalmente liberada de la ocupación. En el momento de la desmovilización y del regreso de los combatientes a Italia, el II Batallón del abuelo Francesco estaba acuartelado en Bastogne.

Mi abuelo no poseía el lenguaje necesario para contar el horror que había vivido, pero otros que atravesaron la misma tragedia llegaron a relatarla. El escritor Curzio Malaparte combatía en el regimiento hermano, el 52.º, dentro de la misma brigada; el poeta Giuseppe Ungaretti, en el 19.º Regimiento, es decir, en la otra brigada de la misma 8.ª División. Malaparte escribió más tarde en su Arcitaliano:

Fue una masacre. Sentados sobre la hierba, con la espalda apoyada contra los troncos de los árboles, en un terreno sin trincheras, sin caminos protegidos, sin refugios, nos dejamos matar al descubierto, fumando un cigarrillo tras otro. Al amanecer, cuando las tropas de asalto alemanas, las famosas Sturmtruppen, «tropas de la tormenta», atacaron con los tanques la loma del Bois des Éclisses, nuestros efectivos se habían reducido a la mitad. Todos los comandantes de batallón habían muerto.

La tierra de Bélgica está impregnada con la sangre de millones de muertos. La mitad de las carnicerías más sangrientas de la Historia se libraron aquí, desde Julio César hasta las Ardenas, pasando por la guerra de los Treinta Años, la Revolución francesa, Fleurus, Waterloo, Ypres y Passchendaele. Bajo el suelo empapado de sangre se encuentran los yacimientos de carbón, donde generaciones de mineros dejaron el aliento, los pulmones, la vida. Brazos, hombros, espaldas para la civilización industrial.

Italia era tierra de emigración. El auge económico posterior a la Segunda Guerra Mundial se construyó sobre las vidas de los trabajadores vendidos por el Gobierno a Estados extranjeros. ¿Cuántos murieron en las minas de Bélgica? 262 solo en el Bois du Cazier, en Marcinelle, el 8 de agosto de 1956: 35 eran belgas, 136 italianos.

Hoy Italia es la octava economía del planeta, también gracias a aquellos emigrantes (qué vida vivieron nuestros abuelos), pero no reconocemos las razones de otros inmigrantes que vienen en busca de una existencia digna huyendo de las guerras y de la pobreza.

Al día siguiente de la batalla de Bligny, en el campamento del 52.º Regimiento de Infantería, Giuseppe Ungaretti escribió en un cuaderno un poema que llegaría a ser famosísimo y que puede ser igualmente cierto para los soldados que regaron con su sangre la superficie de Bélgica y para los mineros que se asfixiaron y ardieron cientos de metros más abajo:

 

Se está

como en otoño

en los árboles

las hojas.

 

3-4 de septiembre de 2026

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

lunes, 22 de junio de 2026

UNA MUÑECA DE TRAPO ROBADA

Franco Ricciardiello

 

El viaje por mar hasta Túnez fue una experiencia brutal.

Un siciliano nos hizo descender a la cisterna vacía de un carguero que navegaba bajo bandera griega. El muchacho de Novara que había hecho el viaje conmigo se demoró en cubierta, con las manos hundidas en los bolsillos, tratando de retrasar el momento de bajar a aquella cisterna maloliente a productos químicos; pero el intermediario lo empujó por los hombros, insultándolo.

—Malditos polentones —exclamó mientras cerraba la escotilla, procurando que todos lo oyéramos—. Querrían viajar en primera clase, seguramente.

La travesía duró toda la noche, entre el olor nauseabundo a disolvente de la cisterna; la tripulación estaba al tanto de nuestra presencia clandestina, pero nadie se asomó para arrojarnos un pedazo de pan.

Todavía no había amanecido cuando un marinero se inclinó finalmente sobre el rectángulo de la escotilla. Lo seguimos hasta cubierta; junto al carguero había una lancha con dos hombres a bordo. Éramos cuatro los inmigrantes clandestinos; descendimos por la escalera impregnada de alquitrán para tumbarnos en el fondo de la embarcación.

Nos alejamos con el motor al mínimo y, por fin, el aroma mediterráneo del aire nocturno nos recibió y nos acompañó durante el trayecto hasta la costa.

Cuando desembarcamos en la playa pagamos mil piastras, la otra mitad de la suma acordada con el intermediario, y nos pusimos en marcha a través de la arena hacia las tentadoras luces matinales de una autopista de alta velocidad que parecía correr paralela a la costa tunecina.

La mañana seguía siendo oscura y ya abrasadora, pero yo llevaba una chaqueta de cuero curtido porque cuando salí de Turín hacía frío. Desde la ciudad de Túnez llegaban toda clase de sonidos: música electrónica para bailar, rugidos de automóviles, voces humanas, incluso el chapoteo del agua marina. También oímos el canto modulante de un muecín desde un minarete, o al menos eso creímos hasta que nos dimos cuenta de que se trataba de un potente altavoz digital.

En la autopista los automóviles pasaban a gran velocidad: coches grandes, cromados, elegantes, de fabricación saudí, no los vehículos argelinos de tercera mano que importábamos en Italia.

Nos detuvimos justo antes de la calzada para observar el cielo, un cielo extraño, diferente, que las innumerables luces artificiales de Túnez desteñían hasta convertirlo en un oscuro color amaranto.

Me sentía emocionalmente cargado, excitado, como si no fuera un emigrante por desesperación. Mis compañeros ocasionales de viaje, además del muchacho de Novara, eran dos brutos de las montañas vénetas, ignorantes y toscos, con quienes no buscaba intimidad porque yo había estudiado dos años en un instituto técnico agrario de Turín (aunque mi sueño de continuar los estudios en el extranjero, en alguna universidad de los países industrializados, Yemen o Etiopía, se había desvanecido por razones económicas).

El amigo de Novara persistía en su intención de continuar hacia la gran, cosmopolita y materialista Argel; yo, en cambio, tenía el viaje ya organizado por mi cuñado, que trabajaba en las obras de construcción de Asuán, en Egipto; me esperaba, por tanto, un recorrido de miles de kilómetros. Me despedí entonces de mis compañeros de viaje y seguí adelante con la chaqueta sobre los hombros y mi bolsa de tela con unas pocas pertenencias en la mano.

No sabía nada de Túnez, pero tenía la dirección de alguien que podría ayudarme, un conocido que trabajaba como lavaplatos en un renombrado restaurante iraní del paseo marítimo.

Mientras caminaba entre la multitud densa y multicolor del paseo de las palmeras, me sentía observado, aunque en realidad muy pocos árabes me dedicaban algo más que una mirada superficial.

Todos los hombres me parecían personas importantes, bien vestidos con largos caftanes de moda, adamascados, de una gama de colores que iba desde un elegante tono bígaro hasta un azul eléctrico; todas las mujeres me parecían hermosísimas, cargadas de joyas exóticas: perlas del mar Rojo, adornos de oro procedentes de las antiguas colonias siberianas, pendientes y diminutos diamantes en las aletas de la nariz; bellísimas, con la piel uniforme color café con leche, largos cabellos negros y vestidos abiertos por tajos que llegaban hasta la cadera; no como las mujeres europeas, enterradas bajo vestidos de lana negra, con el cabello cubierto por un velo, las faldas hasta los pies y la cruz de castidad colgando del cuello.

Pensé en hacer una videollamada a mi esposa desde el restaurante iraní para tranquilizarla respecto al buen resultado de la travesía, pero mi conocido, que trabajaba allí, me disuadió.

—Imposible —dijo sacudiendo la cabeza—. Si me descubren, me despedirán. El sindicato no puede hacer nada por nosotros, los inmigrantes.

Sin embargo, me permitió comer algunos platos sobrantes al final del servicio, después del desayuno, mientras sus compañeros árabes hacían la vista gorda ante el propietario.

A la mañana siguiente subí al tren con destino a Trípoli, la fantástica antigua capital imperial de una Italia colonizada hasta pocas décadas antes, que bombardeaba Sicilia con transmisiones televisivas sobre la opulencia de la nación árabe. El billete había sido pagado por adelantado por mi cuñado, una suma que jamás habría podido permitirme, equivalente a media temporada de salario como vigilante durante los trabajos agrícolas en los campos piamonteses. Permanecí absorto durante todo el viaje, no sin advertir que algunos pasajeros parecían tolerar mal mi presencia.

Sin embargo, una joven árabe me ofreció un caramelo de enebro y se mostró amable durante el resto del trayecto, quizá también por una mal entendida sensación de culpa porque, según me contó, su padre había sido oficial del ejército libio durante la cruenta guerra de independencia italiana; pero yo, poco acostumbrado a tanta iniciativa femenina por parte de alguien que no fuera mi esposa, continué mirando con vergüenza por la ventanilla.

El paisaje era una sucesión de plantaciones frutales y playas repletas de turistas llegados de todas partes de África; el aire tenía aroma de libertad y prosperidad. Sin embargo, al aproximarnos a Trípoli atravesamos grandes concentraciones de fábricas, refinerías y obras; finalmente cruzamos todo un barrio europeo, un gueto en los suburbios de la metrópoli; en los muros descascarados de una fábrica leí, en italiano y árabe: «Europeos y libios unidos contra la explotación laboral»; desde la ventanilla vi a muchas mujeres que también habían cruzado el Mediterráneo para seguir a maridos e hijos, para huir de la superpoblación, el desempleo, la miseria, la represión policial y el fanatismo integrista.

Los libios estaban tan acostumbrados a la presencia de europeos como nosotros que apenas me prestaron atención al llegar a la estación. Paseé cansado y hambriento por las calles del centro, observando en los escaparates regalos para mis hijos que jamás podría permitirme, mascando rabia ante la prosperidad de aquel país y la indigencia endémica del mío, donde parecía no llover nunca con suficiente fuerza como para lavar el dolor.

Mi contacto en Trípoli era un hombre de Asti que trabajaba como repartidor para una empresa de transportes: su camión partía aquella misma noche y se esforzó por convencer al conductor de que me llevara con ellos sin que el propietario se enterara.

Logré dormir tumbado en la parte trasera, entre los fardos de algodón ucraniano de la carga, hasta nuestra llegada a Bengasi.

La mujer se interesó mucho por mi historia: mientras el hombre roncaba con la cabeza apoyada sobre la mesa, adormecido por la botella de barbera que yo había sacado de mi bolsa de tela, ella me habló de su hermano menor, que había estudiado ingeniería en Bagdad y que, al regresar a Noruega, había sido secuestrado por los escuadrones de la muerte de los integristas cristianos: nunca más se supo nada de él.

Su hombre seguía durmiendo profundamente. La noche de Bengasi olía a rosas y mar; por la ventana abierta entraban voces alegres y el ruido de motores potentes y, más tarde, las notas de instrumentos de cuerda procedentes de una radio.

La noruega me llevó a su habitación, que tenía una cama cubierta por una colcha adamascada y paredes sin revocar. Seguimos conversando durante toda la noche; le pedí que viniera conmigo a Egipto, pero por fortuna no me respondió: permaneció mirando el techo de estuco bajo el calor sofocante de aquella noche impregnada de salitre y flores.

A la mañana siguiente me acompañaron a la delegación local de la Media Luna Roja, donde encontré a otros europeos esperando una oportunidad para desplazarse hacia el este gastando poco dinero. Un español de mediana edad y desagradable aspecto nos cobró veinte rupias egipcias a cada uno por llevarnos en automóvil hasta la frontera.

Me despedí de la noruega con un abrazo, pero parecía haberse olvidado de la intimidad verbal de la noche anterior. Viajamos incómodamente en un viejo automóvil argelino hasta el puesto fronterizo, donde nos dejaron sin demasiadas ceremonias. Las leyes de inmigración del rico y populoso Egipto son restrictivas y severas. Caminé por las calles de aquella miserable ciudad fronteriza, por las aceras que daban acceso a los enormes almacenes libres de impuestos, símbolos de la opulencia de la nación árabe. Me crucé con bastantes europeos que vendían pequeños objetos de contrabando: adornos de cobre o hierro moldeados en forma de oso o de soldado romano, capas de tartán escocés, zuecos holandeses tallados a mano, encajes de Flandes, reproducciones de la Alhambra o de la mezquita de Córdoba.

Uno de ellos me indicó la cooperativa local de inmigrantes, donde, a cambio de unas pocas piastras, recibí un plato de polenta y verduras escaldadas. Dormí en un catre después de escribir, a la luz de una vela, una carta para mi esposa.

Al día siguiente me uní a un grupo de daneses: un intermediario egipcio nos condujo en todoterreno hacia el interior, hasta las primeras extensiones del desierto vuelto fértil; tras una tarde de marcha alcanzamos el primer oasis más allá de la frontera, ocultándonos varias veces entre las interminables plantaciones de árboles frutales porque los helicópteros de la policía fronteriza pasaban bajos y amenazantes sobre los canales de irrigación.

Al llegar me quité los zapatos de los pies martirizados y sangrantes, cubiertos de ampollas. No entendía una sola palabra de lo que decían los daneses, y ni ellos ni yo hablábamos árabe. Aun así los seguí hasta la mezquita local, donde un religioso barbudo nos distribuyó gratuitamente té de menta muy dulce y galletas de sésamo.

Me sentía cansado y desmoralizado; hasta aquel momento no había ganado una sola piastra; por el contrario, había gastado casi todos los ahorros de dos años de trabajo y todavía me faltaban mil quinientos kilómetros para llegar a Asuán.

Hacía muchísimo calor, demasiado. Nos permitieron dormir en una tienda contigua a la mezquita, pero la temperatura era asfixiante y no tenía ganas ni de respirar para no inhalar fuego. Un ataque de disentería me acompañó durante toda aquella noche de insomnio.

Al día siguiente el religioso puso a nuestra disposición una afeitadora eléctrica y una videollamada para cada uno: me irrité la piel al afeitarme y llamé al párroco de mi pueblo para que avisara a mi esposa, ya que el videoteléfono en las viviendas particulares es un lujo en toda Europa.

Me sentía debilitado y desanimado; vino a visitarnos a la tienda un turbio milanés que, al descubrir que yo era italiano, me ofreció trabajo: tendría que pasar una temporada vendiendo pequeños objetos en una de las localidades turísticas del mar Rojo.

No acepté; en cambio, emprendí el camino hacia la costa, solo y febril, tratando de conseguir que algún automóvil me llevara. Tuve que esconderme cuando apareció una patrulla de guardias fronterizos, quizá alertados de mi presencia.

Esperé a que llegara la noche y luego seguí avanzando por la carretera, tambaleándome por la fiebre. Se detuvo un motociclista palestino que me llevó hasta la costa, donde llegué con el cabello pegado por el viento y los huesos doloridos por el frío.

Lloré de hambre y rabia en el paseo marítimo bordeado de palmeras datileras, esquivado por los árabes que paseaban. Dos policías nubios de piel color ciruela me detuvieron; permanecí en la comisaría consumido por la fiebre hasta la mañana siguiente, cuando recibí la visita de un médico que no hablaba ninguna lengua europea.

Inmediatamente después, los policías me llevaron ante un juez, en presencia de un traductor portugués; estamparon en mi pasaporte el sello «Indeseable» en siete idiomas y me subieron a un tren con destino a la frontera libia, acompañado de una orden de expulsión redactada en una lengua que apenas comprendía.

El médico me había administrado una inyección de antibiótico; al llegar a la primera estación, al sentirme mejor, bajé y subí sin billete a un tren que viajaba en dirección contraria, hacia el Nilo. Durante todo el trayecto esperé que la policía ferroviaria me descubriera; finalmente descendí en Alejandría, la espléndida metrópoli costera, el principal puerto del Mediterráneo. Me sentí renovado en los inmensos jardines de cedros, a lo largo de los interminables bulevares de palmeras datileras, junto a mujeres bellísimas, desinhibidas y cargadas de joyas, bronceadas y de ojos y cabellos oscuros, entre estudiantes universitarios llegados de todas partes del mundo que daban vida a la metrópoli.

Habría querido quedarme en Alejandría en lugar de remontar el Nilo para reunirme con mi cuñado en las obras del Alto Egipto.

Encontré a algunos compatriotas que me orientaron hacia uno de los centros de acogida para inmigrantes situados en la periferia; abordé sin billete un aerodeslizador de línea regular, observado con desconfianza por los pasajeros, pero al bajar me di cuenta de que algo no marchaba bien: me crucé con grupos de escandinavos y eslavos que no hablaban lenguas romances y que tampoco lograban hacerse entender en árabe.

Había una agitación extraña; los árabes caminaban con paso apresurado, las ventanas se cerraban herméticamente y los automóviles desaparecían de las calles. Mientras avanzaba con mi bolsa de tela, oí el aullido furioso de vehículos de emergencia.

No pude siquiera llegar al centro de acogida: logré detener a un compatriota que huía y que me contó confusamente algo sobre disturbios, sobre un enfrentamiento entre inmigrantes franceses y alemanes entre las tiendas del campamento. Barras, cuchillos, cuerdas; había habido muertos y la policía había intervenido. Comprendí que la situación podía volverse peligrosa y seguí a aquel hombre, dejando que me guiara en la huida. Nos cruzamos con vagabundos y volvimos a oír las sirenas, después un ruido rítmico que se acercaba, cada vez más fuerte; no tenía valor para volverme mientras corría, la presión de aquel ruido en mi oído interno me obligaba a correr más deprisa. Casi choqué contra un grupo de rezagados y entonces comenzaron a caer los gases.

Empecé a llorar; entre los dedos apretados contra el rostro para protegerme los ojos, doblado por las contracciones espasmódicas en la boca del estómago, vi descender del cielo las aterradoras siluetas de los helicópteros antidisturbios, semejantes a los míticos elefantes desaparecidos de África a causa de la contaminación.

Ya no pude dar un paso más; sentía que los ojos se me derretían en lágrimas y sufría arcadas que no producían nada porque tenía el estómago vacío. Entre el dolor oí acercarse un vehículo y luego unas manos poco amables me levantaron.

No conseguía mantenerme en pie; recibí patadas en los riñones mientras porras electrificadas me golpeaban el cuello y los costados. Me cargaron por la fuerza en un vehículo junto con otros desesperados; intenté decir que había perdido mi bolsa de tela, o quizá me la habían arrancado, pero solo conseguí toser. Todavía no podía ver debido a los gases.

Nos llevaron esposados ante un tribunal; también había un traductor. Intenté explicarle que me había encontrado en aquella calle por pura casualidad, pero no me prestó atención.

Revisaron mis documentos: no tenía visado de entrada y constaba que ya había sido expulsado del país aquella misma mañana. Me embarcaron en el primer buque de pasajeros con destino a Génova.

Permanecí medio cegado, físicamente destrozado, en un rincón de la cubierta principal durante buena parte de la travesía, llorando de rabia y dolor, aunque casi aliviado por el hecho de regresar a casa. Había intentado huir de la miseria, del desempleo, del miedo y de la superstición; pero aquella noche de semiceguera tuve que admitir que cualquier intento de fuga era una solución provisional destinada al fracaso, porque no podía incluir a mi esposa ni a mis hijos.

Paseé bajo cubierta, sucio y despeinado, con los ojos inflamados, sin importarme que todos me evitaran; en la tienda libre de impuestos vi una hermosa muñeca de tela de fabricación palestina, que costaba la mitad del dinero que me quedaba. Sentí la intensa tentación de comprarla para mi hija como único recuerdo de mi desventura en los países industrializados. Era suave y hermosa, vestida con una tela que no tenía nada que ver con los tejidos ásperos e imperfectos de fabricación europea. Sabía que esconderla bajo la chaqueta podía costarme muy caro en una sociedad que parecía no distinguir entre la gravedad de los distintos delitos.

Más tarde, asomado al ojo de buey de la cubierta de pasajeros sobre la noche mediterránea, esperé despierto la llegada a Génova.

Saqué la muñeca que había robado.

Al verla, los ojos se me llenaron de lágrimas por el recuerdo urgente de mis hijos y al pensar que de mi intento de buscar fortuna en el extranjero no quedaba más que una muñeca de tela robada.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

HÉROES DE NUESTRO TIEMPO

Franco Ricciardiello

 

Bíceps femoral, tríceps sural. Los competidores de la final de los 200 metros flexionan los músculos de las extremidades inferiores y se arrodillan sobre los bloques de salida, bajo el sol otoñal de Ciudad de México.

Es el 16 de octubre. Las luces eléctricas del estadio olímpico se reflejan sobre la piel negra de Tommie Smith y John Carlos, un efecto casi metálico que, en el contraste de la transmisión mundial, hace que los atletas de color parezcan organismos seleccionados para ganar.

En los seis continentes, los tubos de rayos catódicos disparan haces de electrones en las pupilas de los telespectadores como baterías de artillería. El milagro simultáneo de la cuántica, un parpadeo azulado como un crepúsculo eléctrico sobre Occidente. El hemisferio derecho del cerebro absorbe en silencio, y en este 1968 aún no existen videograbadoras, videojuegos ni pantallas de computadoras personales. La guerra de la información eléctrica contra el hemisferio irracional, simultáneo, resonante, apenas está comenzando.

Un silencio absoluto cae sobre las pantallas, las miradas de los atletas están alineadas sobre las líneas blancas de las calles que parecen estrecharse a lo lejos. El disparo del juez de salida resuena amortiguado en el estadio.

Sartorio, cuádriceps. Dos segundos, tres segundos: Tommie ya está en cabeza. Cinco segundos. John Carlos y el australiano Peter Norman se distancian unos metros de los otros tres finalistas. Semitendinoso, semimembranoso. Smith y Carlos van al frente. Antes de salir de Estados Unidos habían propuesto boicotear los Juegos Olímpicos en protesta por la admisión de la Sudáfrica racista en los juegos de Ciudad de México.

Tibial anterior, peroneo anterior. Once segundos. Smith, Carlos y Norman superan en ese orden los cien metros. Al norte, más allá del Río Grande, los estadounidenses están pegados a los televisores; del Atlántico al Pacífico, el crepúsculo está iluminado por la luz artificial de los tubos catódicos. Nadie que se considere deportista perdería este momento; todos saben que nada es más real que lo que se ve en televisión. Hace dos semanas, esos mismos tubos catódicos transmitían las imágenes de Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas, donde los helicópteros del ejército mexicano dispararon con ametralladoras pesadas contra los estudiantes de la universidad que protestaban contra los Juegos Olímpicos. Fanáticos del deporte o no, todos vieron en televisión las imágenes de los jóvenes muertos: cientos de cuerpos alineados en las morgues, el duelo latinoamericano de los familiares.

Quince segundos. Tommie Smith ha borrado cualquier pensamiento de su mente, ni siquiera escucha la ovación del estadio. Flexor largo, extensor común. Menos de veinte segundos de carrera son demasiado breves para pensar en algo que no sea el movimiento automático de los músculos, la monotonía rectilínea de la calle, el mantra de concentración repetido durante meses de entrenamiento.

Quién sabe cuántos ataúdes de madera y zinc han sido enterrados recientemente en los cementerios de Ciudad de México. Quién sabe cuántos estudiantes pensaban realmente en los Juegos Olímpicos contra los que iba dirigida la protesta, cuando escucharon el grito elíptico de las aspas de los helicópteros, cuando oyeron el terror gigantesco de la multitud que se dispersaba mientras las balas de 7,60 golpeaban sin distinguir a los jóvenes y a las estatuas de piedra de los dioses precolombinos de Tlatelolco.

Dieciocho segundos. John Carlos comete un error trágico que le cuesta la plata: gira por una fracción de segundo la cabeza para buscar a su perseguidor australiano. Un gesto automático, sin reflexionar, cuando la sombra de la meta ya está en sus ojos.

19”83, Tommie Smith cruza primero. El público en el estadio estalla. Con un sprint, Peter Norman llega segundo, John Carlos apenas tercero, 20”10.

 

La precoz noche del altiplano tropical ya ha caído sobre el estadio olímpico. Grupos de reflectores iluminan el podio de premiación en beneficio de la transmisión mundial. Tommie Smith y John Carlos tienen el cabello áspero, crespo y desordenado como lana africana. Se quitan las zapatillas apenas fuera de los vestuarios y suben al podio descalzos. En las pantallas de 18 pulgadas, la piel de los tobillos y de los pies tiene el mismo color que la sudadera de algodón. A su lado, el medallista de plata Peter Norman viste el uniforme azul oscuro de la selección australiana, pero el blanco y negro de 1968 devuelve en la mayoría de los televisores un negro uniforme. Los jueces del C.I.O. se acercan con solemnidad, los flashes de las cámaras disparan como interruptores de armas de fuego. Smith y Carlos inclinan la cabeza para recibir el oro y el bronce, luego se arremangan la sudadera y suben al podio descalzos, con las cintas de seda al cuello.

Las imágenes rebotan codificadas y decodificadas en la estratósfera. En los televisores de Londres, Toronto o Tokio, no es fácil ver que los dos atletas negros llevan guantes negros. En el estadio mexicano, los turistas yankees se ponen de pie conmovidos, afroamericanos y blancos protestantes anglosajones juntos, con la mano sobre el corazón.

Por un instante parece posible olvidar la segregación, el desempleo, las cruces ardientes del Ku Klux Klan. El deporte no tiene raza ni ideología; en el deporte, Estados Unidos compite contra todas las demás naciones del mundo, y una medalla olímpica no es blanca ni negra, sino de oro. El deporte llena los ojos de lágrimas de emoción.

El sistema de sonido del estadio difunde las primeras notas de The Star-Spangled Banner. Los medios estadounidenses testimonian el evento con la habitual solemnidad dedicada al himno nacional. Pero entonces, el primer y el tercer competidor en el podio levantan los brazos tensos hacia el cielo y cierran el puño dentro de un guante de cuero negro, Smith el derecho y Carlos el izquierdo.

El saludo de las Panteras Negras.

El estadio enmudece, no todos están seguros de lo que ven. Las cámaras disparan sin cesar, fijando para siempre en las instantáneas los puños cerrados, los pies descalzos que evocan la pobreza de los afroamericanos, los collares de cuentas al cuello como cadenas de la esclavitud.

En menos de un segundo, la imagen rebota desde los repetidores satelitales hasta los televisores de todo el mundo; diez millones de espectadores en directo parpadean incrédulos, creen que es una broma por la cerveza de más o por la hora tardía. ¿Pero qué le ocurre al deporte? Hace algunos días los corredores de 400 metros Lee Evans, Ronald Freeman y Larry James posaron para las fotos con boinas negras, puños desnudos y pies descalzos, y ahora les toca a estos dos negros ingratos.

El deporte no debería tener color; ¿es posible que los negros ingratos no sientan el orgullo de América? No es culpa de nadie si nuestros antepasados los trajeron aquí encadenados a través del Atlántico, si hoy hay poco trabajo y están obligados a vivir en lo que llaman guetos.

Un estremecimiento recorre Estados Unidos, otro capítulo de la guerra eléctrica de los medios. Quedará entre los momentos más controvertidos de la historia del deporte. Ante los puños cerrados de Tommie Smith y John Carlos, el orgullo del país se hace pedazos. La utopía de invencibilidad de la nación más joven del mundo, ya puesta a prueba por los vietcong, sufre un colapso por culpa de la única actividad que quedaba incontaminada en este mundo corrupto: el culto de la forma física, la lucha del hombre contra la naturaleza, el crisol de razas como selección democrática que mejora a la humanidad. La inocencia deportiva de América exige venganza: nuestros atletas han ido a Ciudad de México, ese altiplano de comedores de tortillas, para medir sus fuerzas con los atletas de todo el mundo; han ganado y han perdido en competencias leales. En todo esto, la política no tiene nada que ver. La expresión “derechos civiles” solo tiene sentido cuando se habla de la URSS, de Cuba o de China.

El Comité Olímpico de Estados Unidos retira a los dos atletas de las competiciones, confisca las medallas y los expulsa del equipo estadounidense. Tommie Smith y John Carlos deben abandonar la villa olímpica y Ciudad de México.

Pocos días más y los Juegos Olímpicos terminan también en el parpadeo electrostático de las pantallas de 18 pulgadas. El crepúsculo eléctrico de la transmisión mundial se apaga sobre la Ruta 66; de un océano al otro, 5068 atletas de 105 naciones regresan a casa con los medalleros bajo el brazo.

La fotografía de la premiación de los 200 metros dará la vuelta al mundo. Por efecto de la perspectiva fotográfica, Norman parece más bajo y adelantado que los otros; tiene la piel clara y los brazos extendidos a los lados mientras escucha el himno nacional de Estados Unidos. John Carlos lleva la chaqueta del uniforme abierta, la mirada fija en el suelo y el puño izquierdo levantado, cerrado en el guante de cuero brillante. En el centro, también Tommie Smith mantiene los ojos bajos, como si quisiera mantener dentro de su campo visual tanto la medalla de oro como sus propios pies descalzos. Tiene el brazo derecho levantado, tensado al máximo. Tal vez es consciente de que ese gesto lo hará mucho más famoso que la efímera victoria en los 200 metros.

Al comentar el evento, cualquiera invocará un regreso a la inocencia del deporte; cualquiera utilizará esa supuesta pureza para argumentos políticos. Tommie Smith y John Carlos serán cuestionados, boicoteados, marginados; recibirán amenazas de muerte de la John Birch Society, la logia fascista estadounidense.

Pero jamás, jamás nadie logrará borrar ese gesto esculpido para siempre en la memoria del deporte.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

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