Mostrando entradas con la etiqueta Franco Ricciardiello. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Franco Ricciardiello. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de marzo de 2026

LA ROSA BLANCA DE BONAPARTE

Franco Ricciardiello

 

El general Bonaparte se asomó a la torreta incandescente del carro armado, observando el tibio mar de la Liguria a través del vapor acuoso que se filtraba por debajo de él a través de los intersticios de la caldera Fulton.

El cielo sobre los Apeninos, en aquel abril del 1796, era sereno como el futuro en la imaginación de un general de veintisiete años. Bonaparte tendió una mano enguantada hacia el sargento, que se retorció diligente en la compuerta de la torreta, encogiéndose para evitar el contacto con el general mientras le entregaba la regla binocular.

Bonaparte se quitó el sombrero emplumado, única concesión a la elegancia mundana de los oficiales republicanos, que por otra parte se distinguían de los soldados tan sólo por una hoja de oro bordada en la solapa de la chaqueta. Apuntó la regla hacia las ruinas del castillo de Cosseria, donde menos de mil granaderos austro-piamonteses del general Provera habían rechazado durante todo el día los ataques de la infantería del coronel Joubert. Bonaparte pudo divisar también el lejano resoplar de los carros de vapor armados que salían de Carcare.

Más lejos todavía, eran visibles los distantes movimientos de una batalla, al fondo del Valle Bormida. El general ajustó la guía milimetrada de la regla binocular.

—Once kilómetros, tal vez doce —dijo al sargento—. Diez mil infantes aproximadamente.

La precisión del general al estimar las fuerzas enemigas con la regla le confería un aura legendaria a ojos de sus hombres. En Dego, en Millesimo, en Montenotte, después de haber observado algunos minutos las maniobras del enemigo a través del sextante mecánico, estaba en condiciones de cuantificar casi exactamente las fuerzas del austriaco Beaulieau.

Bonaparte no ocultó un gesto de intranquilidad.

—Augereau se ha movido prematuramente —dijo, señalando la batalla al sargento—. Está atacando a los piamonteses, pero nosotros no podemos movernos hasta que destruyamos a Provera en ese castillo.

—Los carros están llegando, general —respondió el sargento, afligido—. Pero en menos de media hora será de noche.

Bonaparte se alzó sobre la culata del cañón, después se dejó resbalar a tierra, manchándose de polvo las botas. El sargento fue torpemente tras él.

—Una pérdida de presión, mi general —dijo el maquinista, acariciando complacientemente la enorme esfera de cobre de la caldera. Bonaparte no le hizo caso, bajando hacia la chapucera columna de caballería que precedía los carros armados.

—¡Gracias al italiano Volta, nosotros iluminaremos la noche de los Apeninos, como aquél anochecer de París en el que rechazamos la armada del tirano de Prusia en Longwy! —clamó Bonaparte. Un fuego de fusilería al fondo del valle no le distrajo— ¡Teniente! —llamó, con un gesto imperioso—. ¿Por qué os habéis detenido?

Un oficial acudió al galope, precediendo a duras penas a los carros armados, sobre la tierra fresca de los Apeninos.

—¡Una carroza, mi general! —exclamó, sin tomar aliento—. Los cazadores han arrestado un fiacre en la carretera de Ceva. Transporta una princesa turinesa.

Bonaparte se rascó la nuca, observando los hombres más próximos. No parecían cansados, ni de la campaña primaveral ni de la jornada. Sin embargo en dos días habían visto tres batallas, forzando a los enemigos a la retirada cuando ya tenían la victoria, destruyendo diez batallones del Emperador de Austria y separando sus hombres de los piamonteses.

Bastante atrás en la fila, un carro exhaló vapor.

—¿Habéis requisado los apartamentos para la noche? —preguntó Bonaparte.

El teniente se retorció sobre la silla, mostrándole la dirección de Carcare.

—Una oferta espontánea —respondió—. Un noble del lugar quiere acoger al estado mayor por esta noche.

El general hizo una seña de regresar al carro armado.

—Haz traer aquí el fiacre de esa princesa —dijo—, estamos todos cansados, nos hace falta reposar esta noche. El reflector eléctrico está al llegar: apuntadlo hacia el castillo y bombardeadlo durante algunas horas, hasta que veáis huir a los granaderos.

El sargento se dispuso a tomar el caballo de manos del asistente. El general Bonaparte montó con elegancia, volviendo al trote hacia Carcare seguido de su estado mayor.

Con un estruendo que desbocó los caballos, el carro armado del general inició el bombardeo del castillo de Cosseria.

 

El día en el que el ejército republicano había atravesado la frontera ligur, nadie habría apostado por la victoria de un general de veintisiete años. Era la primavera del ‘96; el pequeño corso del apellido impronunciable permaneció sentado sobre la torreta del carro armado a vapor todo el camino hasta Oneglia, precedido de las divisiones de Augereau y de Massena y seguido por veintinueve cañones Gribeauval calibre 24, de tres disparos por minuto, montados sobre carros Fulton. El resto del ejército revolucionario, destacado en Liguria por el Directorio más para alejar la posibilidad de un coup d’état que para realizar una maniobra de distracción que favoreciera la respetable armada del general Moreau en Reno, maniobraba a la izquierda de la formación sobre los primeros contrafuertes de los Apeninos.

El rey de Cerdeña no había visto nunca un carro armado, si bien había oído hablar de la nueva potencia de la República regicida. El ejército del rey de Prusia había sido detenido en Longwy por un cuerpo de armada de proscritos alsacianos, respaldados por la artillería automotriz. El italiano Volta había iluminado con una llamarada de fuego impalpable la noche parisina para festejar la victoria, y los hombres de ciencia franceses habían montado máquinas capaces de hacer prodigiosas operaciones matemáticas con un simple movimiento de la mano.

El rey de Cerdeña se disponía a defender la puerta de Italia. Mientras el general Bonaparte entraba en Imperia, ya conquistada por su predecesor Schérer, el soberano acordó un pacto de hierro con los austríacos, que tampoco se fiaban demasiado de los Saboya ni de su ejército de apariencia imponente. Los aliados comenzaron las maniobras de defensa sobre un amplio frente tras Turín, los Apeninos y Alejandría.

Un ultimátum fue enviado por el ejército austro-piamontés a los franceses. La amenaza de atravesar las fronteras y evacuar también Niza, en manos de la República hasta los años de Robespierre, fue acogida con un gesto de ira por Bonaparte. Pero sus oficiales tenían miedo, porque comandaban treinta y siete mil soldados sin zapatos contra el ejército más temible de Italia. El rey de Cerdeña había movilizado un ejército de veinticinco mil hombres sobre el frente apenínico, a los cuales se unían veintisiete mil súbditos del Emperador de Austria.

Después de noches insomnes de cálculos en la pascalina sentado en la mesilla de campo, inclinado sobre una gran carta del campo de batalla que revelaba con banderines la posición de los cuerpos de la armada austríaca y piamontesa, Bonaparte aceptó la batalla de Voltri en el paso de Cadibona pese al escepticismo de sus oficiales.

El comandante en jefe del ejército austro-piamontés inició la guerra atacando la brigada del general Cervoni en Voltri, a través del paso del Turchino, buscando separarla de la armada francesa y destruirla. Era la mañana del 11 de abril. La noche del 23 de abril, el ejército del rey de Cerdeña dejó de existir.

 

La noche de aquel 13 de abril, Josefina Teresa de Lorena, princesa de Carignano, bajó un pie al estribo del fiacre.

—Oh, ¿qué es aquello? —preguntó en un perfecto francés señalando al horizonte nocturno de los Apeninos, iluminado por una luz encarnada.

—El fuego eléctrico —respondió el sargento, embriagado por el perfume de prímulas de la princesa, manteniéndose a distancia para no tener que ayudarla a descender con la mano—. Es el invento de un italiano, como usted. Gracias a él el general será elegido en el Instituto Nacional de Ciencias y Artes, en París.

—Italia no existe —replicó la princesa, precediendo a algún paso a su doncella—. Es una invención de vuestros regicidas. ¿Dónde se encuentra ese general Buonaparte?

—Eh, también el Congreso Aulico allá en Viena querría saberlo —bromeó el sargento—. Venga por aquí, en la casa.

La princesa de Carignano precedió al granadero sobre la gravilla marina del patio. Bajo una pérgola de glicina encontraron a un soldado de leva.

—¿Dónde está el general Buonaparte? —preguntó la princesa.

Bonaparte —respondió el muchacho—. Soy yo.

Josefina Teresa de Lorena, princesa de Carignano, observó perpleja el soldado, mientras su doncella se santiguaba. El sargento se quitó el sombrero y el general Bonaparte la miró de pies a cabeza.

—¿Que hacía en la carretera a aquella hora de la noche? —preguntó bruscamente.

—Venía a conocerle a usted —respondió, dándose cuenta de que el discurso que tenía preparado se había borrado de su memoria.

El general se metió en la casa. La doncella observaba perpleja el carro armado, adormilado a la sombra del patio, parecido a uno de los elefantes de Aníbal que descendieron de los Alpes para destruir la legiones romanas junto al Tesino.

La princesa siguió a Bonaparte.

—¡General! —exclamó—. He venido para advertirle que el rey de Cerdeña y los austríacos tienen setenta mil hombres y doscientos cañones entre Mondoví y Alejandría. Apenas saque usted la nariz fuera del paso, le saltarán encima.

El francés atravesó a grandes pasos la estancia casi vacía. La doncella se había quedado apretada en una esquina, inmóvil por el miedo, mientras el sargento controlaba el umbral.

—Quiero que vea una cosa —dijo Bonaparte haciendo una señal con el índice a la princesa.

Ella le siguió a la ventana, y se quedó sin aliento. Todo el flanco del castillo de Cosseria estaba iluminado por una luz como de incendio, mas no era fuego. Desde un semicírculo los carros armados franceses disparaban ininterrumpidamente sobre los arruinados muros.

—¡La superioridad técnica de la Libertad! —exclamó el general con los cabellos despeinados—. Aplastaremos el ejército de su rey de opereta después de haberlo separado de los austríacos. ¡Pondremos de rodillas el emperador no con nuestra armada, si no con la superioridad ideológica de la nación revolucionaria!

—¿Qué es eso? —preguntó la princesa, señalando perpleja la máquina a manivela que el sargento había puesto poco antes en la mesa.

—¿Esto? —dijo el general como despertándose—. Es una pascalina, una máquina para operaciones matemáticas. Gracias a Laplace y a Monge, mis ingenieros están en disposición de calcular en pocos minutos la capacidad de un puente de mantenerse sobre un río. Con eso.

La princesa oprimió con la punta de un dedo uno de los botoncitos color crema en el piano de la pascalina, sintiendo el sutil chasquido del metal. Esperó no quedar contagiada del ateísmo del general francés, simplemente tocando su máquina.

—Lo siento, pero no podemos dejarla regresar esta noche —dijo Bonaparte devolviéndola a la realidad—. Ha visto las posiciones de mi ejército. Deberá compartir la hospitalidad de mi anfitrión por esta noche. Ya he dado orden a mi asistente de preparar dos estancias para usted y su doncella.

Llamaron a la puerta. Entró un soldado, que la princesa Teresa de Lorena supuso un oficial pese a la falta de apariencia.

—Mensaje del general Massena, de Dego —dijo sin aliento, tendiendo un sobre sellado y un salvoconducto al general.

—Cinco mil prisioneros y diecinueve cañones capturados —exclamó radiante Bonaparte apenas rompió la cera—. ¡Maravilloso André Massena! ¡Y sólo ayer Augereau arrebató mil mosquetes a los austríacos, repartiéndolos entre aquellos de sus soldados que no tenían armas de fuego! ¡Dentro de la próxima semana estaremos en Turín!

La doncella intentaba permanecer invisible. Josefina Teresa de Lorena observó al general palmear la espalda del mensajero, mandándolo a descansar y divertirse al campo.

—Muestra la estancia a la princesa —ordenó Bonaparte al sargento.

Josefina Teresa tomó la doncella por la mano y siguió al soldado por la escalera al piso superior. Algunos camareros piamonteses observaban con temor católico el paso marcial de los franceses, pesado de botas y municiones. La princesa intentó sonreír a los criados, pero ellos se mantuvieron aparte.

En el vestíbulo del piso superior la doncella emitió un breve grito. Sentado sobre un sillón estilo Luis XIV había un soldado muerto, con los ojos abiertos hacia el cielo.

—¡Pero...! —dijo perpleja la princesa— ¿Está herido?

El sargento se encogió de hombros.

—Es uno de los juguetes del general Bonaparte —dijo—. Un soldado mecánico.

Josefina Teresa se detuvo frente al soldado. Parecía real: el uniforme era auténtico, la postura levemente rígida. Tocó el rostro, no era frío.

—¿Metal? —preguntó casi admirada.

—Caucho —respondió el sargento, dividido entre el orgullo de la superioridad técnica de la Grand Nation y el escondido deseo de ser encargado de supervisar a las dos mujeres.

—¡Un autómata! —dijo la princesa, golpeando con la uña sobre los pómulos del maniquí—. ¿Y como se mueve?

—El asistente del general lo activa con un rollo de papel —dijo el sargento—. Una tira llena de agujeros perforados. Si quiere seguirme, civil...

Un grito lejano, como de masas que aclamaran, distrajo al sargento. Se asomó abriendo de par en par la ventana en la noche fría; Josefina Teresa pudo ver, por encima de su espalda, la luz innatural sobre el castillo de Cosseria.

—Los piamonteses han sido vencidos —dijo el soldado, los ojos bañados de emoción—. ¡La carretera por Ceva es libre! Ahora el general embestirá el ejército del rey de Cerdeña.

—Estoy realmente cansada —dijo la princesa echando un vistazo a su estancia—. Viajar en fiacre sobre aquella carretera de montaña es una odisea. ¿Puede dejarme a solas?

El soldado se retorció los bigotes, afligido por el embarazo, después retrocedió cerrando la puerta de la cámara. La doncella ayudó rápidamente a la princesa a descordar el vestido y aflojar el corsé.

—Qué animales estos franceses —dijo la muchacha—. No los soporto. Apestan.

—También los nuestros apestarían después tres días de batalla — respondió la princesa llenando los pulmones de aire. Le daba siempre la impresión de estar desnuda cuando aflojaba los lazos.

La doncella puso las varillas de la falda sobre la cama. Josefina Teresa se quitó los zapatos, refrescándose las muñecas y el cuello en un cuenco de agua que esperó estuviera limpia.

—Puedes retirarte a tu estancia —dijo sin volverse—. Pero déjame la lámpara para después.

Apenas salió la muchacha, Josefina Teresa sacó la pequeña pistola plana de la doble cinta con la que la había asegurado a la parte alta del muslo, comprobando por enésima vez que estuviera cargada.

 

En la noche sólo iluminada por el castillo que ardía y el fuego eléctrico de los franceses, la princesa tendió el oído en busca de una campana para saber la hora. Al cabo de bastante tiempo, descendió del lecho a la oscuridad, envolviéndose con un chal.

El corredor estaba oscuro y desierto. Se sobresaltó ante el perfil inmóvil del autómata de Bonaparte, aunque lo superó haciéndose el signo de la cruz. Escuchó con atención a la puerta del general pero no había ningún sonido. La abrió con precaución, apretando el arma de fuego en la mano derecha, y avanzó de puntillas más allá del lecho vacío.

Reunió todo su coraje y descendió la escalera de puntillas, temblando por el frío de la piedra. Había una luz en el estudio del padrino de la casa. La princesa de Carignano abrió con dos dedos la puerta de nogal, reconociendo al general de espaldas. Sentado al escritorio, un hombre de media edad estaba ocupado en teclear con el dedo en una máquina similar a la pascalina. Una larga cinta de papel blanco todo perforado se enrollaba como una serpiente bíblica sobre el pavimento, a la luz cálida de dos lámparas de petróleo.

El asistente dejó de golpear las teclas, alzando la vista hacia la princesa. El general se volvió bruscamente, advirtiendo su presencia. Bajó los ojos hacia su décolleté y sus pies desnudos, apretando los labios y alzando las cejas.

Josefina Teresa retrocedió fuera del halo de luz. Saltó sobre los escalones, ayudándose con el pasamanos para marchar más deprisa. En el piso de arriba, se detuvo ante la puerta de la alcoba tendiendo la oreja. Oyó un paso de botas sobre la penumbrosa escalera.

Entró y cerró silenciosamente de nuevo la puerta. Dejó caer el chal, apartó el velo del baldaquín y saltó bajo la sábana. Rápidamente había escondido de nuevo la pequeña pistola en la funda de seda cosida por ella misma, asegurada con la apretada cinta, que le recordaba su deber oprimiendo la carne.

La oscuridad era absoluta. El silencio era absoluto. Incluso las campanas de las aldeas sobre los Apeninos parecían enmudecidas por el violento avance del ateísmo francés.

La manilla se movió. La princesa pudo ver inclinarse el tibio brillo del latón, después una silueta de una oscuridad más oscura.

El general tenía un andar pesado. Su traje desabotonado era una mancha clara en la estancia.

—¿Quién es? —susurró la princesa, por salvar las apariencias.

Bonaparte se aproximó, indiferente a la cortina del lecho. Era tan oscuro que no se podía ver nada, pero el camisón de noche de la princesa era claramente visible.

Josefina Teresa no alzó la sábana de lino. Se deslizó en cambio más en ella, extendiendo el brazo desnudo de costado al cuerpo. El general montó sobre el lecho comprimiendo el colchón de lana y estopa, sin sacarse las botas.

Se puso sobre ella, pesado como sólo un hombre lo puede ser. "Derecho de conquista, derecho del más fuerte" pensó Josefina Teresa de Lorena. "Hete aquí que venían a traer la libertad y a llevarse la virginidad."

Sintió la protesta desgarrada de las enaguas. El general, que ni siquiera se había sacado el cinturón, estaba dentro de sus piernas. Josefina Teresa alzó el brazo con voluntad, introduciéndolo bajo el almohadón. Después de un momento de pánico encontró la pistola.

Bonaparte se mantenía sobre ella, rebuscando desesperadamente por encontrar sus costados con los dedos ateridos. Dándose cuenta de que cuando había entrado en su alcoba se habían dicho sólo dos palabras, su mismo "¿Quien es?" casi inaudible, la princesa apoyó la boca de la pistola al cuello del general, apenas bajo la nuez de Adán, y haciéndose un rápido gesto de la cruz hizo fuego.

En un increíble estampido que despertó todos los soldados de Savona a Mondoví, Bonaparte se alzó sobre el lecho y fue arrojado hacia atrás en un rasgarse del tejido del baldaquín.

Josefina Teresa quedó ensordecida, más del heroísmo del propio gesto que del disparo. Notó de golpe el olor de cordita y oyó pasos de carrera sobre los escalones. La doncella abrió de par en par la puerta, y después entró el sargento con el mosquete y la lámpara. Vio el general inmóvil, envuelto en el velo rasgado del baldaquino con un pie todavía sobre el lecho.

Acudieron otros guardias, furiosos, que cercaron el lecho.

—¡Yo lo he hecho! —exclamó Josefina Teresa triunfante—. ¡Muerte al anticristo! ¡Dios ha guiado mi mano!

La arrastraron del brazo llevándola a una esquina. Todos daban órdenes, la doncella se escapó aprovechando la escasa luz.

—¡Dios ha guiado mi mano! —volvió a repetir la princesa.

La pistola descansaba sobre la sábana. Todo era confuso.

Y entonces los soldados entorno a ella saludaron al general, vivo. Ella lo contempló con los ojos de par en par y la boca abierta. Se hizo el signo de la cruz.

—¡El demonio! —susurró.

La llevaron fuera. Bonaparte tenía una expresión indiferente, casi aburrida.

—No perdamos tiempo, dentro poco llegará el alba —dijo, con un gesto de suficiencia—. La hora de atacar a los piamonteses. Llevad fuera a esta mujer.

El sargento había alzado de tierra el cuerpo derribado. "Es un sueño" pensó la princesa, mientras la llevaban afuera. Había visto salir de la herida en el cuello el rollo de papel de la cinta perforada durante la noche por el asistente de Bonaparte.

  Traducción: Fran Ontanaya.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

sábado, 7 de febrero de 2026

VIVIR CUESTA ARRIBA

Franco Ricciardiello

 

Te pego porque te amo. Porque te amo demasiado, y no tolero que hayas dejado de amarme. Te pego porque no soporto haber dejado yo de amarte. Te pego porque tú todavía me amas, mientras que yo amo a otra. Te pego porque todos te aman, y en cambio nadie puede soportarme a mí; porque tienes éxito en el trabajo, mientras a mí me han despedido. Porque en el trabajo todos la toman conmigo. Te pego porque antes eras tan hermosa y ahora estás gorda, ácida, envejecida. Te pego porque sigues siendo hermosa como el primer día, y porque sabes que los hombres lo saben.

Te pego porque nos conocimos en una noche de nieve y la luna se asomó entre las nubes, mientras que ahora llueve ácido todas las noches.

Te pego porque los niños te adoran, mientras que de mí tienen miedo. Te pego porque en la escuela todos me pegaban, y a ti, que estabas en mi misma clase, te cortejaban. Te pego porque llevo una vida de mierda, el trabajo me destroza la espalda y nuestros hijos me detestan y el dinero nunca alcanza. Te pego porque qué vida de mierda es la tuya, el trabajo precario y los hijos y la hernia de disco, mientras mira cómo se mantienen jóvenes las esposas de mis colegas.

Te pego porque tienes depresión, y dices que estás deprimida porque te pego. Te pego porque eres tan estúpidamente alegre que me dan ganas de borrarte esa sonrisa que tienes siempre para todos. Te pego porque si yo fuera tú jamás aceptaría ser golpeada por mi hombre, pero por suerte la mujer eres tú. Te pego porque eres estúpida, y la prueba es que me amas a pesar de todo esto, porque estás convencida de que yo te amo, porque te oí decirles a tus amigas que no te pegaría si no me importaras.

Te pego porque todos mis amigos del club golpean a sus esposas. Te pego y me avergüenzo, porque ninguno de mis colegas jamás soñaría con golpear a su mujer, pero ellos no se casaron contigo. Te pego porque después de una noche entera en la vereda, con lo que trajiste a casa no pago ni una ronda a mis amigos. Te pego y no deberías quejarte: si no me importaras, ¿por qué habría de pegarte? Te pego porque me acuesto con tu hermana y nunca te diste cuenta. Te pego porque te diste cuenta pero finges que no pasa nada. Te pego porque me acuesto con tu hermana y con todas tus amigas y a ti no te importa, e incluso vas diciendo por ahí que solo te amo a ti.

Te pego porque papá me pegaba a mí y a mis hermanos, le pegaba a mamá, que me pegaba a mí, que le pegaba a mi hermano. Te pego porque después, cuando te acompaño a la guardia, le dices al médico que te caíste por las escaleras, y te desprecio por eso. Te pego porque ante el juez no confirmaste que te había pegado, y entendí que jamás tendrás el coraje de denunciarme.

Te pego porque tu padre dijo que si lo hacía otra vez me mataba, pero desde ese día tú no le confesaste nunca más que sigo pegándote. Te pego porque tu padre lo sabe y finge que no pasa nada, y estoy convencido de que en el fondo piensa que te está bien, siempre fuiste una hija difícil. Te pego porque si tú fueras el marido y yo la esposa, serías tú quien me pegaría. Te pego porque cuando los vecinos llamaron a la policía, descubrí que también los agentes golpean a sus esposas.

Te pego porque la vida apesta. Porque ese colega tuyo querría acostarse contigo. Porque descubrí que no eras virgen. Porque ese hombre en el tren te miraba las piernas. Porque ya no se me para cuando me acuesto contigo. Porque tengo que demostrar que soy un hombre, ya que descubrí que me atraen los hombres. Porque te traje aquí desde el Tercer Mundo y deberías agradecérmelo. Porque mi jefe te mira dentro del escote. Porque ¿esta es la hora de volver de la cena con tu jefe de oficina? Porque ¡basta de salir con esa puta de tu prima! Porque con tu prima salí yo y tú lo descubriste y dijiste que es solo una puta. Porque tu prima dijo que la violé y tú querías denunciarme.

Te pego porque sé que en el fondo te gusta. Porque los golpes, al fin y al cabo, son una señal de atención, dado que la mayoría de las veces me limito a ignorarte. Te pego porque me gusta pegarte, me gusta el olor de tu miedo, el sonido de tu sollozo. Porque se lo confesaste a tu madre y ella no tiene el valor de decírselo a tu padre, y me gusta ver sufrir a tu madre y entender cuánto me odia. Porque la Biblia también lo admite. Porque no soy un maricón como tu ex. Porque este es un mundo difícil. Porque cuando bebo no respondo de mí. Porque fuera de estos muros nunca se sabrá nada. Porque te estafaron y ni siquiera eres capaz de conseguirme algo decente. Porque me da náuseas mi vida políticamente correcta. Porque en el fondo de todo hombre hay algo inconfesable, y por desgracia su mujer lo sabe. Porque evidentemente todavía necesito demostrarte quién manda en casa. Porque toda mujer sabe de qué es culpable. Porque quieres contarle a mi esposa que tú y yo llevamos años acostándonos. Porque la noche es negra y el mar es azul. Porque a ese gimnasio ya no tienes que ir más. Porque también lo escribe el Profeta. Porque ¡carajo!, te dije que no. Porque entre estas paredes de esta prisión el guardia soy yo. Porque los trapos sucios se lavan en casa, y a mí me gusta lavarlos con energía. Porque entre marido y mujer no es violencia sino dialéctica conyugal, y si dicen lo contrario son maricones, lesbianas y feministas.

Te pego y deberías estar contenta: cuando deje de hacerlo será solo porque estaré convencido de que ya no me queda más que matarte.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

RETRATO DE CHICA CON LEICA

Franco Ricciardiello

 

“Imposible cumplir veinte años sin haber visto París”. Esta frase que su padre repitió durante meses, acompañada de los recuerdos de un viaje similar a principios de los ochenta, convenció a Fabio para poner rumbo a la capital francesa, como mochilero. El tren Eurocity lo deja en la Gare de Lyon en pleno otoño, con todos los árboles de los parques y boulevards coronados de ocre y carmín. Tilos, arces, robles. Al cabo de cuatro días, se encuentra bajo los fresnos del paseo del Sena, al otro lado de los jardines de las Tullerías, donde a la sombra del museo de Orsay crece musgo en las grietas del pavimento: la visita al templo de los impresionistas es obligada, según papá.

Pero al entrar, la atención de Fabio se desvía hacia el cartel de una exposición temporal con el pegadizo título: L’Orient n'est pas rouge. L’Union Soviétique en noir-et-blanc. Debajo, una foto de época que siempre le ha provocado fuertes emociones: el blanco y negro de una chica con un traje claro sentada tal vez en la sala de espera de una estación, iluminada por la escasa luz a través de una reja de hierro que dibuja una filigrana de diminutos cuadrados. De niño, Fabio descubrió esta imagen en uno de los libros de su padre, una colección de los grandes fotógrafos de los años 30; con el paso del tiempo no se ha cansado de mirarla, es casi su secreto: cuando le apetece fantasear, se encierra en la biblioteca de su casa y abre el volumen. La chica de la foto mira a la derecha, fuera de cámara, y lleva un objeto sobre el hombro que sólo queda claro por el pie de foto: Aleksandr Rodčenko, Chica con Leica.

Fabio compra una entrada para la exposición fotográfica, entra de impulso y se queda helado. Su corazón empieza a latir deprisa. Frente a él está sentada la chica de la Leica en carne y hueso, la luz brumosa del quai exterior se filtra a través de una alta reja en la sala de espera del ferrocarril. Antes de convertirse en museo, el Orsay era una estación, así que ¿por qué no iba a haber una sala de espera para pasajeros? La chica le devuelve la mirada, como sorprendida de verle de pie frente a ella; levanta la Leica, apunta el objetivo hacia Fabio y hace la toma. Inmediatamente después entra otro espectador, levanta una cámara digital y capta la escena. En un instante se rompe el hechizo: Fabio se da cuenta de que el traje es ligeramente distinto al de la foto, el cuello está abotonado hasta la garganta y las mangas hasta las muñecas, pero el dobladillo de la falda es más corto. La chica no es una alucinación, sino una modelo de una instalación en vivo de Leica, patrocinador de la exposición. Fabio pasa junto a la chica, que le sonríe; podría tener la misma edad que él; tiene los ojos claros y el pelo negro con reflejos casi metálicos.

Fabio permanece unos minutos bajo el conjuro de la foto materializada y luego se deja cautivar por las estampas expuestas. Ya se ha dado cuenta de que el blanco y negro le atrae más que el color: le permite centrarse en la composición en lugar del tema, en la forma en lugar del significado. Hay mucho de Rodčenko: pirámides de atletas en la Plaza Roja, jóvenes pioneros con el pañuelo del Komsomol, un evocador Intervalo en el circo; luego las instantáneas de bajo contraste de Arkadij Šaikhet, su asombroso Joven comunista manejando el volante, macros de engranajes mecánicos de Boris Ignatovič, los temas étnicos de Max Alpert y Georgij Zelma. Y de nuevo, Anatolij Skurikhin, Arkadij Šiškin, Georgÿ Petrusov, Semion Fridland, Iakov Khalip, Ivan Šagin. Diez años en la vida del país más grande del mundo: los grandes almacenes Gum, las formaciones de tractores en las tierras colectivizadas, los stajanovistas con el entusiasmo en los brazos, la llegada de la electricidad a los koljoses, la colocación de traviesas de ferrocarril, las manifestaciones de las mujeres musulmanas el 8 de marzo, los marineros de guardia en los buques de guerra, las escuelas de pueblo, los matrimonios en el registro civil, Šostakhovič dirigiendo una orquesta. Toda la epopeya del socialismo en un solo país, todo excepto lo que realmente permitiría comprender: ni rastro de colas ante las tiendas, gulags o prisiones donde durante años se siguió fusilando a la gente sin parar. En primavera, Fabio se presentó a un examen sobre la Unión Soviética en los años treinta, convencido por su padre, profesor de Historia Contemporánea en la Facultad de Letras Modernas.

Cuando llega al final de la exposición fotográfica, en final de la tarde, ya no hay tiempo para ver todo el Museo de Orsay. Más bien, en el último piso del edificio hay un café-restaurante, y se le antoja una crème brulée. Fabio pasa entre las mesas para ojear los platos, y cuando levanta la vista se encuentra bajo un monumental reloj de pared visto al revés, como en un espejo: era el de la antigua estación de ferrocarril, construido para ser mirado desde fuera. Las esferas de minutos y segundos tienen varios metros de altura, siluetas negras contra un marco de hierro y cristal; toda la luz natural de la sala del restaurante pasa a través del instrumento de cristal esmerilado, que la polariza en una radiación blanca y gris como en las fotografías de Šaikhet.

Conteniendo la respiración, la niña de Rodčenko está sentada bajo el reloj, frente a una porción de tarte tatin y una taza de café. Ella está de espaldas, hacia las inmensas manecillas que marcan las 16.40; Fabio se acerca como hipnotizado por la escena irreal, ella levanta la Leica que aún lleva al cuello y encuadra a un camarero que se mueve rápidamente entre las mesas. La foto muestra una silueta que apenas se mueve frente a la enorme esfera del reloj.

—¿Hay realmente película dentro de esa Leica? —pregunta Fabio de pie frente a su mesa, en un inglés tosco. No ha estudiado francés porque, según papá, es una lengua secundaria.

La chica responde en perfecto italiano.

—No es una Leica de verdad, es una copia rusa de telémetro de los años treinta. —Y le enseña la cámara, que parece muy desgastada: metal dorado en lugar de cromado, una estrella roja en la tapa del objetivo. De hecho, no hay ningún logotipo de Leica, sino una inscripción que Fabio sólo puede descifrar porque estudió el alfabeto griego en el instituto: Сталиней, Stalineij. —La mayoría de las fotos que se veían en la exposición eran obra de una Fed como ésta —explica—. Lo llamaban “el Fed de Stalin”.

—Pero, ¿por casualidad eres estalinista? —pregunta Fabio impulsivamente, dándose cuenta de que es lo más estúpido que podía decir.

—Tengo entendido que ni siquiera los nietos de Stalin son ya estalinistas —responde ella, molesta.

Termina la crème brulée y él también pide una tarte tatin. En los minutos siguientes se entera de que la chica es italiana como él, que está en París unas semanas con su hermana, que estudia en la Sorbona con el programa Erasmus. Se llama Nada y ha aceptado este trabajo de modelo porque un profesor de la universidad afirma que es idéntica a la chica de Rodčenko.

—Solo que más delgada —señala.

Las manecillas marcan ya las 17:30 cuando Nada le interrumpe

—¿Te has dado cuenta de que hablas más de tu padre que de ti mismo?

Se siente picado, se alegra de que la luz sea tan escasa porque no le verá sonrojarse. El café cierra, el museo también; Fabio transcribe el número de Nada en la agenda de su móvil, y unas horas más tarde, tumbado en la cama del hostal, se queda mirando al techo pensando en ella. ¿Llamar o no llamar? ¿Quizá un simple mensaje de texto menos exigente? Le duele el comentario sobre su padre.

Pasa la noche en vela, pero no llama, ni tampoco al día siguiente. Ni siquiera telefonea a sus padres hasta que vuelve a casa cuatro días después. Papá está furioso, Fabio mira en silencio al techo, donde proyecta mentalmente imágenes de su viaje a París. Se pone en contacto con Nada, que sigue en Francia, pero ella le envía por correo electrónico la foto que le hizo a la entrada de la exposición, cuando iba vestida de modelo de Rodčenko.

Al día siguiente, Fabio solicita el cambio de facultad. Ahora estudia Ciencias Físicas y Naturales, como siempre había querido.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

  

miércoles, 26 de junio de 2024

LA CIUDAD Y SUS ESTACIONES

Franco Ricciardiello


 

Por ejemplo, en invierno a las cinco de la tarde ya es de noche, la cálida luz de los escaparates guía el paseo por Corso Libertà. Festones de bombillas de colores cruzan la calle en diagonal, el cielo tras la puesta del sol tiene un color amaranto eléctrico. La Torre dell’Angelo es un faro para los navegantes vespertinos, nuestro punto de referencia bajo los arcos helados de los soportales: paseamos tomados del brazo entre los edificios antiguos, sus austeras fachadas color pastel, evitando pensar en la duración del invierno en la llanura.

Una semana más tarde, las buenas intenciones de la Navidad se condensan ya en los cristales, como una pátina translúcida en el interior de las ventanas heladas: las solapas de los abrigos de lana, apretadas por las bufandas, las narices apuntando al aire para oler la nieve, y luego, en enero, las aceras de piedra se convierten en láminas de cristal.

Una tarde, los cristales blancos descienden ligeramente, bailando en el halo de luz artificial del alumbrado público. A la salida del colegio, Parco Kennedy se cubre de un manto vivo que cruje bajo las suelas, los estudiantes que esperan el autobús lanzan bolas de nieve en los jardines insonoros. Todos los pájaros han abandonado ya las ramas negras. El hielo hace crujir la hierba a lo largo de las cunetas, los gases de escape de los motores parados en los semáforos se evaporan en nubes gris hierro. Copitos de nieve de papel recortado en las ventanas de los colegios. Los domingos, la ciudad está prácticamente insonorizada.

Parches de nieve sucia a lo largo de Corso Casale, goteando de las cornisas, jubilados sentados junto al radiador. El viento es tan raro como siempre, pero el cielo tiene el color de la ira.

La primavera llega reticente, más lenta que las carrozas de carnaval, cuando nadie la espera. A primera hora de la mañana, los coches siguen la circunvalación en sola fila, frente a los aparcamientos aún desiertos de los centros comerciales. El agua corre helada bajo los puentes que cruzan el río Sesia: baja de las montañas y pasa de un arrozal a otro, estrechando su cerco alrededor de la ciudad. Campanarios y sauces se reflejan en los remansos de agua. Chicos y chicas de la mano, los niños gritan de alegría en los columpios del parque Camana. La tricolor en la brisa de abril, las banderas el primero de mayo. Las campanas en la mañana de Pascua, las Máquinas en procesión, el hábito blanco de las cofradías a la luz roja de las antorchas. Las niñas con sus trajes blancos de comunión, los granos de arroz en el patio de la iglesia; los novios saludando con el ramillete en la mano, con prisa por posar para las fotos de recuerdo. La temporada de fiestas: hileras de puestos en la feria de mayo, las coloridas tiendas a lo largo de Viale Rimembranza. Las vacaciones escolares, las pelotas de plástico rebotan en los patios de los oratorios. El órgano eléctrico y la guitarra acústica en las iglesias.

Y las interminables tardes de junio, por fin, el paseo en bicicleta por los bulevares, el oído atento a la música en la lejanía. Los grillos ensordecedores en los plátanos, cuando la luz se niega a ponerse. El ritual vespertino de las heladerías a lo largo de Viale Garibaldi, el canto del agua de las fuentes de hierro fundido, el pavimento de Piazza Cavour es hecho de guijarros de río. El humo azulado de los antimosquitos se eleva entre las hojas oscuras de los castaños de indias, es la guerra de todos los veranos. Es la temporada del amor del ginkgo. La música en las plazas, las luces en los cafés a través de las ventanillas bajadas de los coches.

La noche cálida e interminable, y los domingos por la mañana el sonido de las cucharillas sobre la porcelana en las panaderías, con las sombrillas proyectando largas sombras en la plaza. La ciudad convertida en un manto de asfalto abrasador: es la insoportable soledad de Ferragosto. El clamor a lo largo de los muros de las piscinas al aire libre, una carrera contra el primer chaparrón. Cúmulos sobre la llanura, el profundo retumbar de los truenos. Los gatos huyen quién sabe adónde: es temporada de tormentas. Unas semanas más y los bulevares se transforman en alfombras de hojas: Corso Italia, Corso San Martino.

Vista desde arriba, Vercelli es una bola de calles de piedra. Los tejados de tejas, la luz del sol entre las hojas de los arces, los patios silenciosos de los cuarteles vacíos. Música desde las ventanas del teatro, un piano anhelante. El concurso musical Viotti, las escuelas de baile, la universidad popular. Los aviones en los hangares del Aeroclub. El humo de las chimeneas del campamento nómada. El grito vertical sobre el estadio. Correr con ropa deportiva y zapatillas de jogging por el terraplén, los colores cambiando del verde al ocre. Las ventanas cerradas del hospital, los perros con correa, la partida de las golondrinas.

Otoño gris, la bruma se espesa sobre el frente de los campos arados a primera hora incierta de la mañana y, sin que nos demos cuenta, invade los suburbios. Bancos de niebla entre los columbarios de mármol del cementerio, los ladrillos de San Andrés vistos como a través de un cristal esmerilado. Los trenes silban como fantasmas al acercarse a los pasos a nivel. El nuevo curso académico. Molinos de hojas en la Piazza Mazzini.

El solsticio de invierno, el día se acorta: a las cinco de la tarde ya es de noche, como cada año la luz de los escaparates guía el paseo por Corso Libertà.


Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

FATA MORGANA