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lunes, 26 de enero de 2026

MOFT

Daniel Timariu


Hace cuatro semanas que me hice con un Moft. Si usara el lenguaje de los jóvenes, diría que me conseguí un Moft, porque en realidad no me gusta decir “me compré”. Una clonación es idéntica al original, salvo por el chip implantado en la tercera semana, que crece y se desarrolla modelando en el nuevo cerebro las características que lo diferenciarán de los humanos. Así que encargué una clonación y hace cuatro semanas fui a retirarla al Centro de Clones de la avenida Șagului, el único autorizado para el nuevo modelo; un monopolio que, debo admitir, debería haberme hecho sospechar.

Mi clon es genéticamente idéntico a mí, sin ser jamás del todo igual. A mí me gusta el blues, a ella el rock; yo soy perezoso, ella es trabajadora y activa. En fin, no se trata de mi primera clonación, ni de la segunda –cuyas prestaciones me trajeron problemas–, sino de esta tercera. Un modelo Moft: “la clonación más avanzada, solo para usted”.

Pero antes debo contar lo ocurrido con la segunda clonación, el modelo Spirit, fabricado en Suecia con mi material genético, aunque, como siempre, la tecnología también importa. Desde los primeros días tuve la sospecha de que algo no estaba bien. Muchas veces la encontraba de pie frente a la puerta corrediza de vidrio de la terraza, mirando alternativamente las nubes o los pajaritos que habían hecho nido en uno de los arbustos detrás de la casa. Siempre había algo que observar o escuchar. Por la noche se oían con claridad las sirenas de Timișoara, el rumor de la ciudad que llegaba hasta las afueras de Moșnița Veche, atenuado pero nítido, distinto de los pequeños susurros de la fauna local.

—¿Qué hacés?

Se daba vuelta de inmediato y me preguntaba instintivamente si necesitaba algo; solo después, ante mi insistencia, me decía que estaba siguiendo las nubes o escuchando a los pájaros. O ambas cosas, como supe más tarde: intentaba encontrar una correlación entre la forma de las nubes y los trinos.

—Todo es tan fascinante…

Claro, pensaba yo, es fascinante, pero no tanto como para creer que existe una relación entre la forma y la velocidad de una nube y la tonalidad de un gorjeo en el arbusto. Ese fue el primer indicio de que algo no estaba bien, pero por más que lo intenté no encontré nada relacionado con el modelo o la serie. El fabricante no había registrado fallas, y con el Centro solo se podía hablar durante los controles médicos anuales. A propósito: ¿no han notado que los mejores especialistas de la ciudad trabajan en las clínicas del Centro y no en los hospitales públicos? En fin, quizá sea solo una impresión mía. A veces las teorías conspirativas se filtran incluso a través de mis propios sistemas de seguridad.

Otra manía que me dio dolores de cabeza fue la de adivinar mis pensamientos. Ni siquiera sé cómo empezó todo ese asunto de la intuición, aunque tengo una sospecha. Creo que fue hace tres años. Yo tenía la clonación Spirit desde hacía no más de dos años, y la más vieja, el modelo Savage –que me reemplazaba en el trabajo– desde hacía siete, cuando conocí a Mona. Bueno, “conocer” es mucho decir: nuestras vidas se cruzaron durante unos meses y luego se separaron. Ella tenía pequeños placeres, como todos, entre ellos leer la palma de la mano, el poso del café, las nubes, lo que fuera. Y como Spirit había heredado mi curiosidad y también el gusto por escuchar las historias más disparatadas, nos sentábamos los cinco –porque ella siempre iba acompañada de una clonación– y la escuchábamos leerme el futuro.

Parece que lo que para nosotros, los de la casa (incluyéndome), no era más que un entretenimiento, para Spirit significó algo mucho más profundo. Así que, cuando Mona desapareció de nuestras vidas, Spirit ocupó su lugar, intentando decirme qué me depararía el futuro cercano mediante pequeñas observaciones empíricas. El destino le parecía una noción demasiado abstracta, aunque ahora creo que simplemente se ocultaba de mí.

Y si a mí me llamó la atención –aunque nunca lograra vincular sus intereses con una falla concreta–, también llamó la atención de otros. En especial, del Centro, que me hizo la siguiente oferta:

—Un Moft, serie limitada, servicio de por vida.

En otras palabras, una especie de bolsa mágica de la que nunca desaparecen las monedas de oro. Solo debía asegurarme de que no le pasara nada.

Las clonaciones tienen la misma edad que el clonado. No reciben días extra, como creen algunos conspiranoicos; no envejecen ni más rápido ni más lento; no son más deportivas ni más fuertes, y tampoco son indestructibles. O al menos eso creía yo hasta hace poco.

Ahora soy yo quien se queda de pie frente a los grandes ventanales que dan a la terraza trasera, observando cómo las nubes se persiguen en el cielo, escuchando a los pajaritos en los arbustos y buscando correlaciones donde no hay nada más que la manifestación visual y sonora de la entropía. Y todo porque un día me encontré con Mona en la puerta, o con lo que yo creí que era Mona. Me miró con atención y solo cuando apareció Moft abrió la boca.

—Nunca hubiera creído que llegaríamos a reencontrarnos.

Moft me indicó que me retirara y ayudó a Mona a quitarse la capa. Afuera llovía sin parar desde hacía dos días y todo el ambiente me resultó de pronto marcadamente bacoviano, melancólico y opresivo; lluvioso, gris, húmedo, con una poderosa sensación de decadencia, hastío y encierro. Veía las gotas caer sobre el capó del coche, sobre las hojas del sauce frente a la casa, las nubes pesadas cubriendo el cielo, los hilos de vapor elevándose, todo acompañado por el sonido de la lluvia, de las sirenas de la ciudad y de los pájaros ocultos. Volví en mí solo para verlos en la sala grande, sentados juntos en el sofá, charlando animadamente. Mona parecía la misma de siempre –al menos tuve esa impresión entonces– y le explicaba a mi clon una nueva técnica de adivinación, algo con palitos o con granos de arroz; no lo entendí bien. Lo que sí recuerdo de aquella noche extraña es la mirada de Savage, larga, reflejando sorpresa y miedo. O quizá era yo, reflejado en sus ojos. No lo sé.

Recién a la mañana siguiente tuve el valor de iniciar la conversación.

Desayunábamos: yo, Savage –que debía irse al trabajo– y Moft. Este último nos había preparado una tortilla simple con mozzarella, acompañada de una ensalada de tomates, pepino y cebolla verde.

—Entonces —dije—, ayer nos visitó Mona.

Savage dejó de masticar, mientras Moft me acercaba la taza de café.

—Era realmente Mona —respondió él, y sentí cómo Savage giraba los ojos hacia mí.

Pero esa respuesta, lejos de aclararme algo, aumentó mi desconfianza. Más bien fue una sospecha, algo indefinido, una sensación de irrealidad que empezó a enroscarse en mi mente.

—¿Quieres decir que ayer nos visitó el clon de Mona?

Moft soltó una breve ráfaga de sonidos graves, algo parecido a una risa. Luego se detuvo, se inclinó y cortó mi tortilla en pedazos más pequeños. Cuanto más inútiles eran sus gestos –acomodar el café, cortar la comida–, más crecía en mí la sensación de que se estaba burlando.

—Mona —me explicó finalmente— es el prototipo femenino de mi modelo.

Savage se levantó entonces, se despidió con un nos vemos esta noche y desapareció con una rapidez de la que yo mismo no me creía capaz. Habría hecho lo mismo, de haber tenido adónde ir o si con eso el problema recién aparecido hubiera desaparecido.

—Entonces —intenté concluir, con el tono más natural posible—, Mona es una clonación, lo mismo que tú. ¿Quién es la clonada?

Moft recogió con el tenedor los últimos pedazos de tortilla de mi plato.

—Nuestros modelos están construidos para sobrevivir en cualquier condición. Porque, a diferencia de los modelos anteriores, nosotros somos clonados por otras clonaciones. Yo soy la clonación de Spirit —me dijo entonces y, con un gesto de cortesía por cierto prohibido para las clonaciones, me tendió la mano—. Si te interesa, la clonada de Mona murió en un accidente doméstico, en la cocina.

—Suele pasar —le respondí, sin apartar la mirada.

Se encogió de hombros y volvió a soltar esa ráfaga de sonidos que recordaban a una risa.

—Suele pasar —repitió—. Exactamente así.

Daniel Timariu es programador de profesión y desde 2014 escritor de literatura fantástica y de ciencia ficción. Debutó online en la revista Ficțiuni.ro con el cuento "Bucla finală" e impreso en la revista Helion con el cuento "Din lift". Ha publicado en las revistas: Helion, Gazeta SF, Nautilus, Revista de Suspans, Ştiință & Tehnică, Colecția Povestiri Ştiințifico-Fantastice (CSF), ZIN, Literomania y la revista Iocan. Publicó el volumen de historias de ciencia ficción Amețeli postlumice dentro de la colección Insolit (una colección patrocinada por el club Helion. Está presente en varias antologías: Noir de Bucharest, Domino, Exit Plus, Stories with Dragons, Helion Anthology, 3.4., Sketches of Love, The most beautiful SF & fantasy stories of 2017, Noir de Timișoara, Antología de prosa de ciencia ficción rumana, Centennial Fictions – SF&F Anthology, Încotro, homo cosmicus?, CSF Anthology 2018, Under the Crooked Dragon y otras.

 

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