Marc Bailly
Copia n.º 01 —
Residencia Los Tilos.
El pueblo es de esos que se
atraviesan sin detenerse… salvo cuando la niebla te cierra el camino como una
mano apoyada en el hombro, suavemente. Una iglesia con el campanario un poco
inclinado, dos cafés –uno que ya “no abre realmente”–, una panadería que huele
a mantequilla incluso cuando está cerrada, y al final de una calle en
pendiente, la residencia.
La llaman “Los Tilos”.
Evidentemente. Siempre hay tilos en alguna parte, aunque no se los vea. Aquí
están detrás del edificio, y en invierno parecen viejos paraguas dados vuelta
por el viento.
Vengo una vez al mes. Hago
retratos. Escucho. Tomo notas. Formulo preguntas sencillas, de esas que hacen
emerger lo esencial: las manos, los olores, las voces, las cosas que no se
dijeron a tiempo. Trabajo en blanco y negro, porque el color, a veces, distrae.
Y también porque el blanco y negro no miente… solo elige dónde decir la verdad.
En la recepción me hacen una seña.
—Llega en buen momento —me dice
Sandrine, la animadora, mientras me tiende una ficha—. Hoy es Élise. Habitación
12. Lo está esperando. Y… cómo decirlo… tiene ideas.
Aquí todos tienen ideas. Sonrío
mientras ajusto la correa de mi bolso.
—Mientras no quiera que la
fotografíe en paracaídas…
—No, no —responde Sandrine—. Lo
suyo es más bien… lo contrario. —Lo dice riendo en voz baja, y luego baja el
tono—. Es adorable. Pero… tiene lagunas, ¿sabe? Y fulguraciones. Cosas muy
precisas, en medio de lo borroso. Sorprende.
Sorprende, sí. Es un poco el
principio del tiempo: borra a lo grande y deja intacto un detalle, como una
piedrecita en el zapato.
Subo la escalera que siempre cruje
en el tercer peldaño –como si quisiera que lo notaran– y llamo a la puerta de
la habitación 12.
—Adelante.
La voz es nítida. Demasiado nítida
para una habitación donde el aire huele a infusión y ropa limpia.
Élise está sentada junto a la
ventana. Silueta pequeña y erguida, moño sencillo, cárdigan gris. Tiene un
rostro que pudo haber sido dulce, pero cuya dulzura se fortaleció con los años.
Una dulzura que aprendió a apretar los dientes.
En la mesa de noche: un vaso de
agua, un libro cerrado y una caja de pañuelos ya utilizada.
Me mira, y su mirada me produce el
efecto de un destello: ilumina sin avisar.
—Usted es el fotógrafo.
No es una pregunta.
—Sí. Bueno… un fotógrafo. Vengo a
hacer retratos y una pequeña entrevista, si está de acuerdo.
—Estoy de acuerdo —dice—. Pero no
quiero mi rostro.
Parpadeo.
—¿Perdón?
Señala sus manos, apoyadas sobre
las rodillas.
—Mi rostro lo conozco. Miente.
Finge que todo está bien. Mis manos, en cambio, no saben mentir.
Me siento frente a ella con
cuidado, como si el instante pudiera arrugarse.
—Podemos hacer un retrato de sus
manos, por supuesto. Y… también uno donde su rostro esté presente, pero sean
sus manos las que cuenten.
Suspira. No con tristeza. Con
lucidez.
—Lo vi en el pasillo la última vez.
Con el señor Georges. Le preguntó “qué es lo que más extraña”. Él respondió
“mis zapatos”. Y todos rieron. —Hace una pausa—. Pero después, cuando dejó de
grabar… dijo: “mis zapatos son para caminar afuera”. —Me mira fijamente—. Usted
también lo escuchó. —Asiento. Lo escuché. Todavía lo escucho—. Entonces —dice—
usted entiende.
Saco mi pequeña grabadora. No la
coloco todavía. Le dejo la elección.
—¿Qué le gustaría que conserváramos
de usted, Élise?
Se inclina levemente, y su mirada
se vuelve lejana.
—Las mañanas. Las mañanas en que
todavía creemos que podemos empezar de nuevo.
Anoto mentalmente: las mañanas. El
hilo está ahí.
Coloco la grabadora.
—¿Empezamos?
Asiente.
Fotografío primero sus manos, como
ella desea. Son finas, pero no frágiles. Las venas dibujan un mapa de ríos. Los
dedos se mantienen juntos con una especie de disciplina silenciosa. En el
anular izquierdo, un anillo sencillo, algo gastado.
—Lo lleva desde hace mucho tiempo,
ese anillo.
—Cincuenta y dos años —dice. Luego
añade, como si hablara con alguien ausente—. Y un día, dejó de tener que
pedírmelo.
No comento nada. Dejo que el
silencio se llene solo.
—¿Estaba casada con alguien… muy
discreto? —intento.
Ríe. Una chispa auténtica.
—¿Discreto? No. Era… silencioso. Es
diferente. El discreto elige. El silencioso… a menudo es porque no sabe cómo
decir.
Veo la película desplegarse en sus
ojos, aunque aún no la cuente.
Tomo algunas fotos: sus manos
apoyadas en el brazo del sillón, sosteniendo una taza, rozando el tejido del
cárdigan. Luego encuadro un retrato de perfil, la luz de la ventana delineando
su frente, sus manos en primer plano.
—¿Quiere que le lea algo? —pregunta
de pronto.
—Si quiere.
Toma el libro de la mesa de noche.
Apenas le tiemblan los dedos. Es un viejo volumen de tapas gastadas.
—Lo releí esta noche —dice—. Es una
frase… no me dejó dormir. —Abre, busca, y lee sin vacilar—: “No envejecemos,
nos alejamos.” —Cierra el libro como quien cierra una caja—. ¿Le dice algo? —me
pregunta.
Respondo con cautela.
—Sí. Pero… a veces uno se aleja
solo para ver mejor.
Me mira con escepticismo.
—Es usted amable. Pero hace
imágenes. Sabe muy bien que hay cosas que salen del encuadre y no regresan.
Eso es cierto.
Seguimos con la entrevista. Me
habla de la panadería del pueblo, de un perro que tuvo de niña, del ruido de
las ollas cuando su madre lavaba los platos “como si expulsara la rabia a
golpes de plato”. —Y de pronto, sin transición, se detiene. Su mirada se fija—.
Puede apagar eso? —dice, señalando la grabadora.
La apago.
Se inclina hacia mí, como para
confiar un secreto a alguien que quizá no lo merece… pero está allí.
—Tengo una caja azul.
El tono es extraño. No nostálgico.
No divertido. Preciso.
—¿Una caja azul?
—Sí. Está en alguna parte de esta
casa. Me dijeron que lo habían “reunido todo” cuando llegué. Mis cosas, mis
papeles… Pero esa caja… ya no la veo. —Aprieta ligeramente las manos, como si
intentara impedir que algo se deslizara—. Es una tontería —dice—. Pero dentro
de la caja… está mi mañana.
Pronuncia “mi mañana” como si fuera
un nombre propio.
Siento un leve estremecimiento en
el estómago. No miedo. Más bien… responsabilidad.
—¿Recuerda qué hay dentro?
Cierra los ojos.
—Una carta. Y una fotografía. Y…
algo que no debería estar ahí. —Los abre. Su mirada ya no bromea—. No me queda
mucho tiempo, ¿sabe?
Pienso: si lo dice así, es porque
lo siente. Y detesto ese momento en que hay que fingir que no se oye.
—Élise… ¿quiere que la busque?
Su rostro se relaja. Apenas.
—Usted vino para conservar.
Entonces conserve también eso.
Vuelvo a encender la grabadora,
pero no registro lo que acaba de decir. No pertenece a la cinta. Pertenece a la
habitación.
Termino la sesión con suavidad.
Antes de irme, le muestro dos imágenes en la pantalla de la cámara.
Mira largo rato aquella en que sus
manos están en primer plano, iluminadas por la ventana.
—Ahí está —dice—. Esa soy yo.
Bajo al pequeño
cuarto donde puedo imprimir. Una habitación al fondo del pasillo, con una mesa,
una impresora fotográfica y olor a papel caliente. Me gusta ese momento: el
paso de lo digital a lo real. La foto se convierte en objeto. Adquiere peso. Se
transforma en algo que puede guardarse en un cajón, reencontrarse diez años
después… o perderse para siempre.
Lanzo la impresión: copia 13x18,
blanco y negro, contraste suave.
Mientras sale, pienso en la caja
azul. Seguramente sea un recuerdo banal. Una carta de amor, una foto de boda,
una entrada de cine.
Nada “fantástico”. Nada
espectacular. Solo esas cosas que se vuelven inmensas cuando todo lo demás se
ha encogido.
La copia se desliza, aún tibia. La
coloco sobre la mesa, con la imagen hacia arriba. Magnífica. Sus manos parecen
casi vivas.
La dejo secar unos minutos. Luego
la doy vuelta para escribir su nombre, la fecha y una pequeña nota… siempre lo
hago, para que la copia no se convierta en algo anónimo, en un fantasma de
papel.
Tomo mi marcador negro.
Y me detengo.
Ya hay algo escrito al dorso.
No es mi letra. Tampoco la de
Sandrine.
Son letras finas, como trazadas por
una mano que esperó mucho antes de atreverse.
“Busca la caja azul. AURORA.”
Me quedo inmóvil, con el marcador
en alto, como un idiota congelado en una foto fallida.
El corazón da un pequeño traspié.
Solo uno.
Doy vuelta la copia. La imagen es
normal. Sin señal alguna. La vuelvo a girar: el mensaje está allí,
perfectamente seco, como si siempre hubiera existido.
Podría contarme una historia
racional: un error, una broma, una mancha de tinta.
Pero conozco la tinta. Conozco el
papel. Y conozco, sobre todo, esa sensación… la de un detalle que no debería
estar ahí.
Miro alrededor. Nadie.
En el pasillo, una silla cruje. Una
voz llama: “¿Señora?”.
El mundo continúa. Como si nada.
Subo con la foto dentro de un
sobre. Llamo a la habitación 12.
—Adelante.
Élise sigue junto a la ventana,
pero la luz ha cambiado: es más pálida, más inclinada. La tarde empieza a
cansarse.
Me acerco y le entrego el sobre.
—Aquí está su copia.
La toma con delicadeza infinita.
Saca la foto, la mira… y, naturalmente, la da vuelta.
Contengo el aliento.
Entrecierra los ojos.
—Ah —dice simplemente.
Como si no fuera la primera vez que
una fotografía le habla.
—¿Usted… ve lo que está escrito?
—pregunto, con la garganta algo seca.
Asiente.
—Sí. —Levanta la mirada hacia mí—.
Usted también lo ve, entonces.
No respondo de inmediato. Me siento
como un niño sorprendido creyendo en algo.
—Yo… sí.
Acaricia el mensaje con la yema del
dedo, sin frotarlo, como si temiera borrarlo.
—Aurora —murmura. Respira, y sonríe
—una sonrisa mínima, cansada, pero verdadera—. Es curioso. Él nunca escribe
mucho.
—¿Él?
No responde directamente.
—¿Va a buscarla? —pregunta.
Pienso en Sandrine, en el depósito,
en las cajas de mudanza, en las etiquetas “Élise – habitación 12 – varios”.
—Sí —digo—. Voy a buscarla.
Asiente, satisfecha, como si por
fin hubiera pronunciado la frase correcta.
—Entonces no vino aquí en vano.
Bajo. Encuentro a Sandrine en la
sala común.
—Sandrine… las pertenencias de los
residentes, cuando llegan, ¿dónde las guardan?
—En el pequeño depósito detrás de
la lavandería. ¿Por qué?
Miento a medias, que es la mejor
mentira.
—Élise busca una caja azul. Un
recuerdo.
Sandrine sonríe con ternura.
—Oh… sí. Habla mucho de eso. Ya
revisamos, pero…
La interrumpo con suavidad.
—¿Puedo intentar? Tengo algo de
tiempo.
Duda un segundo. Luego me da la
llave.
El depósito huele a detergente y
cartón húmedo. Estanterías, cajas, bolsas.
Rebusco sin método al principio,
luego me obligo a ser riguroso: etiquetas, nombres, números de habitación.
Encuentro “Élise, ropa de
invierno”, “Élise, libros”, “Élise, fotos”. Pienso: por supuesto.
Saco la caja “fotos”. Dentro:
álbumes, sobres, postales.
Y al fondo, encajada bajo un viejo
suéter, una caja de metal azul claro, con un pequeño cierre. El corazón repite
el mismo traspié. La abro.
Dentro: una carta doblada,
amarillenta, con letra antigua. Una fotografía: un hombre frente a una
panadería, joven, serio, las manos cubiertas de harina. Y… un tercer objeto.
Una pequeña pulsera de plástico,
también azul, con una fecha impresa.
Una fecha reciente. Demasiado
reciente para un recuerdo de juventud.
Y una nota, escrita con marcador
sobre una etiqueta pegada:
“AURORA — NO PERDER.”
Me quedo allí, en el depósito, con
la caja abierta, como si hubiera metido la mano en un cajón que no me
pertenece.
No sé qué sostengo. Solo sé que no
es “nada”.
Cierro la caja. La apoyo contra mi
vientre, como un objeto frágil.
Cuando subo hacia la habitación 12,
pienso algo muy simple, muy humano y absurdo:
Soy fotógrafo. Quería conservar
rostros. Y termino encontrando una mañana encerrada en una caja.
Llamo.
—Adelante.
Élise no me mira enseguida. Fija la
ventana, como si esperara algo afuera.
Coloco la caja azul sobre la mesa,
entre los dos.
La mira largo rato. Luego posa las
manos sobre ella. Esta vez, le tiemblan.
—La encontró —dice.
No es una pregunta. Es una
constatación. Como si hubiera sabido desde el principio que la encontraría. O
que la caja me encontraría a mí.
Levanta la vista.
—Ahora… tengo que decirle qué hay
dentro. —Inspira. Y entiendo, por la manera en que toma aire, que lo que va a
decir no es solo para ella—. ¿Tiene un bolígrafo? —pregunta.
Le entrego el mío.
Lo toma y escribe en un pequeño
papel, lentamente, con una concentración casi infantil. Luego me lo tiende. En
el papel, una sola palabra:
AURORA.
Y debajo, más pequeño:
“Mañana por la mañana. Antes de que
olvidemos.”
Me mira, y su rostro –ese que,
según ella, miente– no miente en absoluto.
—¿Volverá mañana? —dice.
No quiero decir que sí. Porque
decir que sí es aceptar que hay algo que hacer.
Y que importa.
Entonces hago lo que hago cuando
disparo una foto: me comprometo.
—Sí —digo—. Mañana por la mañana.
Y afuera, detrás de los tilos sin
hojas, la niebla empieza ya a preparar la noche, como si quisiera ocultar el
pueblo antes del amanecer.
Creía que fotografiaba rostros.
Fotografío umbrales.
Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y
escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque
ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina
un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de
*PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y
Masterton.
