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jueves, 16 de abril de 2026

EL BRAZALETE AZUL

Marc Bailly

 

Copia n.º 02 — Residencia Los Tilos.


Aquella mañana, el amanecer dudaba.

Regreso antes de tiempo. No “antes de tiempo” en sentido poético. Antes de tiempo como quien vuelve al horno porque olvidó apagar el gas: rápido, sin elegancia, con el corazón demasiado presente.

La carretera está vacía, el pueblo aún plegado sobre sí mismo. Las farolas emiten una luz amarilla que no ilumina nada, salvo la idea de que es de noche. Detrás de la residencia, los tilos mantienen sus ramas en alto como manos abiertas, no para pedir, sino para esperar.

Camino despacio. Ya conozco el pasillo, el tercer escalón que cruje, el olor a infusión y a ropa limpia. Conozco la forma en que respiran los edificios de este tipo: apenas, pero de manera continua, como si temieran ser sorprendidos viviendo.

En la recepción no está Sandrine. Es una enfermera de noche, ojos cansados, sonrisa profesional, de esas que uno se pega al rostro para evitar que se caiga.

—¿Usted es… el fotógrafo?

Lo dice con prudencia. Aquí la gente entra y sale, pero algunos regresan demasiado pronto, y eso inquieta.

—Sí. Tenía que… volver esta mañana. Por Élise. Habitación 12.

Baja un poco la voz, como si las paredes tuvieran oídos (los tienen, a su manera).

—Ah… sí. Élise. —Busca las palabras, luego suspira—. Ha dormido muy mal.

No me gusta la frase “ha dormido muy mal”, en estos lugares. Puede significar mil cosas, y ninguna es ligera.

—¿Está bien?

La enfermera hace un gesto vago, que quiere decir depende de lo que se entienda por bien.

—Está despierta. Está en la sala común. Ella… ella espera, creo. O cree que espera.

Agradezco, cruzo el pasillo. La sala común está iluminada con demasiada intensidad, como siempre. Ya hay algunos residentes sentados, unos frente a un cuenco de café, otros frente a nada… y a menudo, frente a nada es peor.

Élise está cerca de la ventana. El mismo lugar que en su habitación, la misma postura erguida. Pero esta mañana algo ha cedido. Su moño está un poco deshecho, como si la noche hubiera tirado de él. Sus manos están apoyadas sobre la mesa, planas, como dos hojas que uno quiere impedir que se vuelen.

Me ve. Me mira. No sonríe.

—Buenos días —digo en voz baja.

Parpadea. Su mirada me atraviesa, luego regresa, como un aparato buscando el enfoque automático.

—Buenos días… —Duda—. ¿Usted es… el señor del periódico?

Casi me hace reír, pero me lo guardo. Aquí, reír puede parecer una bofetada.

—No. Soy… el que hace fotos. Nos vimos ayer.

Su frente se frunce un segundo. La memoria intenta aferrarse a algo.

—Ayer —repite. Luego baja la mirada hacia sus manos—. Ah… sí. Mis manos.

Lo dice como quien dice mi abrigo, mis llaves. Con una simplicidad que aprieta la garganta.

Me siento frente a ella, lentamente.

—Me pidió que volviera esta mañana.

Me observa. Y entonces, durante dos segundos, tengo la impresión de reencontrarla. Su mirada se vuelve nítida, exactamente como el día anterior.

—Sí —dice.

—¿Tiene la caja?

No tengo la caja. No todavía. La dejé en mi bolso, porque no se coloca una vida sobre una mesa de fórmica sin pedir permiso.

—Sí —digo—. La tengo conmigo.

Cierra los ojos un instante, como si respirara un lugar más que un aire.

—Entonces tenemos suerte.

No sé quiénes somos “nosotros”. ¿Ella y yo? ¿La mañana y nosotros? ¿El tiempo y la residencia?

Asiento como si lo hubiera entendido.

Saco mi cámara sin hacer ruido. Es un gesto que conozco: cuando ya no sé qué decir, ajusto el ISO. Da la impresión de ser útil.

—¿Podemos hacer otra foto de sus manos? Solo una. Y después… ya veremos.

Asiente.

Encuadro sus manos sobre la mesa. Tiembla un poco más que ayer. El anillo está ahí. Siempre ahí. Es curioso cómo algunos objetos saben permanecer fieles cuando los recuerdos toman atajos.

Disparo.

—¿Ha dormido? —pregunto, porque hay que hablar de algo.

Mira la ventana.

—No. —Reflexiona—. O tal vez dormí en otro lugar. —Hace una mueca—. Me pasa. Regreso, y falta una silla.

Siento el frío recorrerme la columna.

—¿Una silla?

—Sí —dice—. Como si alguien se hubiera levantado y no hubiera vuelto. —Apoya un dedo sobre la mesa, exactamente en un punto preciso, como si aún viera la silla—. Ahí.

Miro: no hay nada.

—¿Y eso da miedo? —pregunto.

Se encoge de hombros.

—No es miedo. —Busca—. Es… injusticia.

Luego, sin transición, desliza una mano en el bolsillo de su cárdigan. Saca algo. Un brazalete de plástico. Azul. Reconozco de inmediato la forma, el aspecto, el material que no pertenece al pasado, sino a la administración hospitalaria. El tipo de brazalete que se coloca en una muñeca cuando se quiere estar seguro de que una persona sigue siendo una persona, incluso en un pasillo.

La deja sobre la mesa como un pequeño animal cansado.

—La encontré —dice.

No pregunto si está en la caja. Porque entiendo que no. No del todo.

—¿Sabe lo que es?

La hace girar entre sus dedos, como si leyera braille.

—Esto… es cuando se llega. —Levanta la mirada—. No aquí. En otro lugar.

La hace girar de nuevo, y veo la inscripción. Incluso pequeña, incluso un poco borrada, salta a la vista.

AUBE.

Siento un extraño vértigo. Ayer era una palabra al dorso de una foto. Hoy es un nombre en la muñeca de un brazalete.

—Aube… —repito, sin saber si hablo de la mañana o de una persona.

Élise suspira.

—Es la pequeña. —Luego añade, muy bajo—: Bueno… creo.

Fotografío el brazalete sobre la mesa, entre sus manos. El azul resalta en blanco y negro como una mancha de luz fría. Me fijo en todo: la forma en que la toca, la manera en que su índice duda, como si tuviera miedo de recordar.

—¿Quiere que miremos la caja juntos? —pregunto.

Asiente. Pero su mirada ya se pierde, como una radio que capta otra frecuencia.

Saco la caja azul de mi bolso y la coloco suavemente entre nosotros.

Élise la mira. Su rostro se contrae, pero no de miedo. Como si un músculo antiguo despertara.

—Conozco eso —murmura.

—Sí. Me la describió ayer. La encontré en el almacén.

Coloca ambas manos sobre ella, como si quisiera calentarla.

—Abra.

No me muevo.

—¿Quiere abrirla usted?

Niega con la cabeza.

—Mis dedos… —Mira sus manos—. Mis dedos quieren, pero ya no saben.

Lo entiendo. Entonces la abro.

El pequeño clic del cierre suena desmesurado en la sala común. Un residente levanta la cabeza. Luego vuelve a dormirse de pie.

Dentro, está todo: la carta doblada, la foto del hombre frente a la panadería, y el vacío exacto donde el brazalete debería haber estado.

Élise ve la foto, y su rostro cambia. No la dulzura, no la tristeza; algo distinto: precisión.

—Él —dice.

Una sola palabra, pero cae como una piedra.

—¿Es su marido?

No responde enseguida. Toca la foto con la punta del dedo, sin atreverse a tomarla.

—No hablaba mucho —dice. Sonríe sin alegría—. ¿Recuerda? Se lo dije ayer.

No corrijo el “ayer”. Lo dejo vivir.

—¿Era panadero?

—No.

Frunce el ceño, como si la realidad luchara con un recuerdo.

—No… eso fue después. —Cierra los ojos—. Se volvió panadero cuando entendió que había que alimentar a la gente, no solo quererla.

Esa frase me oprime la garganta. Es demasiado hermosa para ser un recuerdo exacto.

Pero la memoria nunca prometió ser fiel: solo promete ser verdadera.

Tomo la carta. Se la ofrezco a Élise.

—¿Quiere leerla?

Niega con la cabeza.

—Lea.

Despliego el papel con cuidado. La escritura es antigua, redonda, aplicada. No es una carta de amor de película. Es una carta de alguien que no sabe hacer frases largas, pero sabe apuntar con precisión.

Leo, despacio. Habla de una cita perdida. De una mañana en el hospital. De una puerta cerrada demasiado rápido. De un nombre que no se atrevieron a pronunciar.

Y luego hay una frase, en medio, que lo cambia todo:

“Aube. Si no puedo estar allí, al menos conserva el nombre.”

Levanto la cabeza. Élise me mira como si acabara de sacar un conejo de un sombrero, salvo que el conejo es un arrepentimiento.

—Aube… —repite. Le tiembla la boca—. No es una mañana —dice—. Es… un nombre. —Asiento. Cierra los ojos con fuerza, como si intentara retener algo que se escapa—. No estuve allí —murmura—. No estuve allí.

No sé si habla de un nacimiento, de una muerte o de un día cualquiera. Pero sé que pesa igual.

Apoyo mi mano sobre la mesa, no sobre ella, solo ahí, en presencia.

—Élise… ¿quiere que llamemos a alguien?

Abre los ojos, y en ellos veo la noche. No la noche de afuera. La de dentro.

—No. —Niega con la cabeza—. Ellos tienen su vida. Y yo tengo… tengo tilos.

Sonrío a pesar de mí mismo.

—No es poca cosa, los tilos.

Me mira, casi divertida.

—Dice eso porque no los oye por la noche.

No insisto. Fotografío una vez más: sus manos, la caja abierta, la carta, y ese brazalete azul al lado, como un pequeño fragmento del presente caído en el pasado.

Luego bajo a imprimir.

En el cuarto, la impresora empieza a ronronear. El papel sale, tibio. Doy la vuelta a la copia para escribir la fecha, y…

Me detengo.

Ya hay una palabra.

La misma escritura fina. La misma sobriedad.

“PUENTE.”

Me quedo inmóvil. Miro la palabra. La releo. La detesto un poco, porque es evidente. Y la amo un poco, porque es necesaria. Un puente. ¿Entre quién y quién?

Subo con la copia en un sobre. En el pasillo, me cruzo con Sandrine, que llega, el cabello recogido con prisa, café en la mano.

—¡Ah, está aquí! —dice—. ¿Sigue haciendo maravillas?

—No sé si son maravillas —digo.

Pienso.

—Sandrine… ¿Élise tiene familia que venga a veces?

Sandrine suspira.

—Una hija. No muy seguido. Y… una nieta, creo. ¿Por qué?

Siento la palabra PUENTE arder en mi bolsillo.

—Porque hay… algo que decir. Una cita.

Sandrine me mira con esa prudencia profesional. Luego ve mi cara, y comprende que no es un capricho.

—Espere. Voy a ver si tengo un número.

Unos minutos después, estamos en su pequeño despacho. Sandrine marca, habla en voz baja. Escucha. Dice “entiendo” varias veces, lo que significa que la conversación no es sencilla.

Cuando cuelga, me mira.

—Su hija se llama Claire. —Duda—. Y la pequeña… se llama Aube.

Cierro los ojos un segundo. La palabra acaba de salir del mundo para entrar en la realidad.

—¿Cuándo nació? —pregunto.

Sandrine baja la voz.

—Hace… unas semanas. —Traga saliva—. Claire no quiso “remover demasiado a Élise” con eso. Temía que fuera demasiado. —Me mira—. Y, sinceramente… lo entiendo.

Pienso en el brazalete, en el nombre, en la carta. Y me digo que a veces, lo que es “demasiado” también es lo que salva.

—¿Puede venir hoy? —pregunto.

Sandrine duda, luego sonríe levemente.

—Dijo… “si Élise lo pide”.

Regreso a la sala común. Élise sigue junto a la ventana. Sostiene el brazalete azul entre sus dedos. La mira como se mira una estrella: no se sabe si ilumina o si quema.

Me siento.

—Élise… el nombre Aube… ¿le dice algo?

Tarda en responder.

—Sí —murmura—. Pero me duele.

Asiento.

—Puede doler y ser correcto.

Me mira largo rato, luego deja el brazalete sobre la mesa.

—De acuerdo —dice. Inspira—. De acuerdo. Pero no mucho tiempo.

Saco la copia y la deslizo hacia ella.

—Le traigo su foto.

Mira la imagen. Sus manos, la caja, la carta. Luego le da la vuelta. Lee la palabra. PUENTE. No dice nada enseguida. Apoya el dedo sobre ella.

—Es lo que hace falta —dice al fin. Parece agotada, pero decidida—. Un puente. No una explicación.

Hacia las diez, la puerta de entrada se abre. Entra una mujer, el abrigo aún húmedo, la mirada tensa como una cuerda. Se detiene, localiza a Élise, y duda, como si temiera despertar algo. Detrás de ella, un cochecito. La mujer se acerca. Élise la mira. Su rostro también duda.

—Hola, mamá —dice la mujer.

Élise parpadea.

—Hola…

Busca.

—¿Usted es… la señora del pasillo?

La mujer sonríe, pero sus ojos se llenan.

—Sí. Se podría decir.

Me levanto, instintivamente, para dejarles espacio. Me mantengo a distancia, la cámara al hombro, pero no fotografío. Todavía no. Hay momentos en los que no se “toma” una imagen. Se recibe.

La mujer se agacha junto a Élise. Toma suavemente sus manos. Y veo pasar algo: no un recuerdo, no un reconocimiento, sino un calor antiguo, un reflejo de amor.

—Te traje a alguien —dice la mujer.

Se vuelve hacia el cochecito, levanta un pequeño gorro. Un bebé. Muy pequeño. Un rostro nuevo. Un rostro que aún no ha aprendido a mentir.

Élise mira. Y algo se rompe… o se recompone.

—Aube —murmura.

La palabra sale perfecta.

La mujer rompe a llorar, sin ruido, como si hubiera esperado ese momento durante años.

Élise toca la mejilla del bebé con la punta del dedo. Solo una caricia. Solo un puente.

Disparo una foto, muy suavemente, sin flash, sin ruido.

Encuadro las manos: las de Élise, las de su hija, la pequeña mano de Aube que se abre como una promesa. Durante un segundo, todo está ahí. Luego Élise levanta la mirada hacia mí.

—Usted es… el fotógrafo —dice.

Sonrío.

—Sí.

Asiente, satisfecha. Como si eso bastara para poner el mundo en su sitio.

La mujer se queda un rato. Hablan poco. No lo necesitan. En un momento, Élise dice:

—Hay cosas que no se recuperan. —Luego añade, mirando a Aube—. Pero se pueden atravesar.

Pienso en la palabra al dorso. Pienso en la caja. Pienso en la noche. Y me digo que el tiempo, a veces, no es un muro. Es un paso. Cuando se van, Élise se queda junto a la ventana, un poco más tranquila, un poco más vacía, un poco más verdadera.

Me mira.

—¿Volverá? —pregunta.

Podría responder “sí” por reflejo. Podría prometer toda una serie.

Así que respondo como un fotógrafo:

—Si me espera, sí.

Sonríe.

Y detrás de los tilos, el amanecer –el verdadero, el del cielo– termina por llegar, como si se hubiera decidido.

Yo creía que fotografiaba rostros.

Fotografío umbrales.

Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de *PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y Masterton.

lunes, 2 de marzo de 2026

LA PRIMERA COPIA

Marc Bailly

 

Copia n.º 01 — Residencia Los Tilos.


Aquel día, el tiempo habló en voz baja.

El pueblo es de esos que se atraviesan sin detenerse… salvo cuando la niebla te cierra el camino como una mano apoyada en el hombro, suavemente. Una iglesia con el campanario un poco inclinado, dos cafés –uno que ya “no abre realmente”–, una panadería que huele a mantequilla incluso cuando está cerrada, y al final de una calle en pendiente, la residencia.

La llaman “Los Tilos”. Evidentemente. Siempre hay tilos en alguna parte, aunque no se los vea. Aquí están detrás del edificio, y en invierno parecen viejos paraguas dados vuelta por el viento.

Vengo una vez al mes. Hago retratos. Escucho. Tomo notas. Formulo preguntas sencillas, de esas que hacen emerger lo esencial: las manos, los olores, las voces, las cosas que no se dijeron a tiempo. Trabajo en blanco y negro, porque el color, a veces, distrae. Y también porque el blanco y negro no miente… solo elige dónde decir la verdad.

En la recepción me hacen una seña.

—Llega en buen momento —me dice Sandrine, la animadora, mientras me tiende una ficha—. Hoy es Élise. Habitación 12. Lo está esperando. Y… cómo decirlo… tiene ideas.

Aquí todos tienen ideas. Sonrío mientras ajusto la correa de mi bolso.

—Mientras no quiera que la fotografíe en paracaídas…

—No, no —responde Sandrine—. Lo suyo es más bien… lo contrario. —Lo dice riendo en voz baja, y luego baja el tono—. Es adorable. Pero… tiene lagunas, ¿sabe? Y fulguraciones. Cosas muy precisas, en medio de lo borroso. Sorprende.

Sorprende, sí. Es un poco el principio del tiempo: borra a lo grande y deja intacto un detalle, como una piedrecita en el zapato.

Subo la escalera que siempre cruje en el tercer peldaño –como si quisiera que lo notaran– y llamo a la puerta de la habitación 12.

—Adelante.

La voz es nítida. Demasiado nítida para una habitación donde el aire huele a infusión y ropa limpia.

Élise está sentada junto a la ventana. Silueta pequeña y erguida, moño sencillo, cárdigan gris. Tiene un rostro que pudo haber sido dulce, pero cuya dulzura se fortaleció con los años. Una dulzura que aprendió a apretar los dientes.

En la mesa de noche: un vaso de agua, un libro cerrado y una caja de pañuelos ya utilizada.

Me mira, y su mirada me produce el efecto de un destello: ilumina sin avisar.

—Usted es el fotógrafo.

No es una pregunta.

—Sí. Bueno… un fotógrafo. Vengo a hacer retratos y una pequeña entrevista, si está de acuerdo.

—Estoy de acuerdo —dice—. Pero no quiero mi rostro.

Parpadeo.

—¿Perdón?

Señala sus manos, apoyadas sobre las rodillas.

—Mi rostro lo conozco. Miente. Finge que todo está bien. Mis manos, en cambio, no saben mentir.

Me siento frente a ella con cuidado, como si el instante pudiera arrugarse.

—Podemos hacer un retrato de sus manos, por supuesto. Y… también uno donde su rostro esté presente, pero sean sus manos las que cuenten.

Suspira. No con tristeza. Con lucidez.

—Lo vi en el pasillo la última vez. Con el señor Georges. Le preguntó “qué es lo que más extraña”. Él respondió “mis zapatos”. Y todos rieron. —Hace una pausa—. Pero después, cuando dejó de grabar… dijo: “mis zapatos son para caminar afuera”. —Me mira fijamente—. Usted también lo escuchó. —Asiento. Lo escuché. Todavía lo escucho—. Entonces —dice— usted entiende.

Saco mi pequeña grabadora. No la coloco todavía. Le dejo la elección.

—¿Qué le gustaría que conserváramos de usted, Élise?

Se inclina levemente, y su mirada se vuelve lejana.

—Las mañanas. Las mañanas en que todavía creemos que podemos empezar de nuevo.

Anoto mentalmente: las mañanas. El hilo está ahí.

Coloco la grabadora.

—¿Empezamos?

Asiente.

Fotografío primero sus manos, como ella desea. Son finas, pero no frágiles. Las venas dibujan un mapa de ríos. Los dedos se mantienen juntos con una especie de disciplina silenciosa. En el anular izquierdo, un anillo sencillo, algo gastado.

—Lo lleva desde hace mucho tiempo, ese anillo.

—Cincuenta y dos años —dice. Luego añade, como si hablara con alguien ausente—. Y un día, dejó de tener que pedírmelo.

No comento nada. Dejo que el silencio se llene solo.

—¿Estaba casada con alguien… muy discreto? —intento.

Ríe. Una chispa auténtica.

—¿Discreto? No. Era… silencioso. Es diferente. El discreto elige. El silencioso… a menudo es porque no sabe cómo decir.

Veo la película desplegarse en sus ojos, aunque aún no la cuente.

Tomo algunas fotos: sus manos apoyadas en el brazo del sillón, sosteniendo una taza, rozando el tejido del cárdigan. Luego encuadro un retrato de perfil, la luz de la ventana delineando su frente, sus manos en primer plano.

—¿Quiere que le lea algo? —pregunta de pronto.

—Si quiere.

Toma el libro de la mesa de noche. Apenas le tiemblan los dedos. Es un viejo volumen de tapas gastadas.

—Lo releí esta noche —dice—. Es una frase… no me dejó dormir. —Abre, busca, y lee sin vacilar—: “No envejecemos, nos alejamos.” —Cierra el libro como quien cierra una caja—. ¿Le dice algo? —me pregunta.

Respondo con cautela.

—Sí. Pero… a veces uno se aleja solo para ver mejor.

Me mira con escepticismo.

—Es usted amable. Pero hace imágenes. Sabe muy bien que hay cosas que salen del encuadre y no regresan.

Eso es cierto.

Seguimos con la entrevista. Me habla de la panadería del pueblo, de un perro que tuvo de niña, del ruido de las ollas cuando su madre lavaba los platos “como si expulsara la rabia a golpes de plato”. —Y de pronto, sin transición, se detiene. Su mirada se fija—. Puede apagar eso? —dice, señalando la grabadora.

La apago.

Se inclina hacia mí, como para confiar un secreto a alguien que quizá no lo merece… pero está allí.

—Tengo una caja azul.

El tono es extraño. No nostálgico. No divertido. Preciso.

—¿Una caja azul?

—Sí. Está en alguna parte de esta casa. Me dijeron que lo habían “reunido todo” cuando llegué. Mis cosas, mis papeles… Pero esa caja… ya no la veo. —Aprieta ligeramente las manos, como si intentara impedir que algo se deslizara—. Es una tontería —dice—. Pero dentro de la caja… está mi mañana.

Pronuncia “mi mañana” como si fuera un nombre propio.

Siento un leve estremecimiento en el estómago. No miedo. Más bien… responsabilidad.

—¿Recuerda qué hay dentro?

Cierra los ojos.

—Una carta. Y una fotografía. Y… algo que no debería estar ahí. —Los abre. Su mirada ya no bromea—. No me queda mucho tiempo, ¿sabe?

Pienso: si lo dice así, es porque lo siente. Y detesto ese momento en que hay que fingir que no se oye.

—Élise… ¿quiere que la busque?

Su rostro se relaja. Apenas.

—Usted vino para conservar. Entonces conserve también eso.

Vuelvo a encender la grabadora, pero no registro lo que acaba de decir. No pertenece a la cinta. Pertenece a la habitación.

Termino la sesión con suavidad. Antes de irme, le muestro dos imágenes en la pantalla de la cámara.

Mira largo rato aquella en que sus manos están en primer plano, iluminadas por la ventana.

—Ahí está —dice—. Esa soy yo.

 

Bajo al pequeño cuarto donde puedo imprimir. Una habitación al fondo del pasillo, con una mesa, una impresora fotográfica y olor a papel caliente. Me gusta ese momento: el paso de lo digital a lo real. La foto se convierte en objeto. Adquiere peso. Se transforma en algo que puede guardarse en un cajón, reencontrarse diez años después… o perderse para siempre.

Lanzo la impresión: copia 13x18, blanco y negro, contraste suave.

Mientras sale, pienso en la caja azul. Seguramente sea un recuerdo banal. Una carta de amor, una foto de boda, una entrada de cine.

Nada “fantástico”. Nada espectacular. Solo esas cosas que se vuelven inmensas cuando todo lo demás se ha encogido.

La copia se desliza, aún tibia. La coloco sobre la mesa, con la imagen hacia arriba. Magnífica. Sus manos parecen casi vivas.

La dejo secar unos minutos. Luego la doy vuelta para escribir su nombre, la fecha y una pequeña nota… siempre lo hago, para que la copia no se convierta en algo anónimo, en un fantasma de papel.

Tomo mi marcador negro.

Y me detengo.

Ya hay algo escrito al dorso.

No es mi letra. Tampoco la de Sandrine.

Son letras finas, como trazadas por una mano que esperó mucho antes de atreverse.

“Busca la caja azul. AURORA.”

Me quedo inmóvil, con el marcador en alto, como un idiota congelado en una foto fallida.

El corazón da un pequeño traspié. Solo uno.

Doy vuelta la copia. La imagen es normal. Sin señal alguna. La vuelvo a girar: el mensaje está allí, perfectamente seco, como si siempre hubiera existido.

Podría contarme una historia racional: un error, una broma, una mancha de tinta.

Pero conozco la tinta. Conozco el papel. Y conozco, sobre todo, esa sensación… la de un detalle que no debería estar ahí.

Miro alrededor. Nadie.

En el pasillo, una silla cruje. Una voz llama: “¿Señora?”.

El mundo continúa. Como si nada.

Subo con la foto dentro de un sobre. Llamo a la habitación 12.

—Adelante.

Élise sigue junto a la ventana, pero la luz ha cambiado: es más pálida, más inclinada. La tarde empieza a cansarse.

Me acerco y le entrego el sobre.

—Aquí está su copia.

La toma con delicadeza infinita. Saca la foto, la mira… y, naturalmente, la da vuelta.

Contengo el aliento.

Entrecierra los ojos.

—Ah —dice simplemente.

Como si no fuera la primera vez que una fotografía le habla.

—¿Usted… ve lo que está escrito? —pregunto, con la garganta algo seca.

Asiente.

—Sí. —Levanta la mirada hacia mí—. Usted también lo ve, entonces.

No respondo de inmediato. Me siento como un niño sorprendido creyendo en algo.

—Yo… sí.

Acaricia el mensaje con la yema del dedo, sin frotarlo, como si temiera borrarlo.

—Aurora —murmura. Respira, y sonríe —una sonrisa mínima, cansada, pero verdadera—. Es curioso. Él nunca escribe mucho.

—¿Él?

No responde directamente.

—¿Va a buscarla? —pregunta.

Pienso en Sandrine, en el depósito, en las cajas de mudanza, en las etiquetas “Élise – habitación 12 – varios”.

—Sí —digo—. Voy a buscarla.

Asiente, satisfecha, como si por fin hubiera pronunciado la frase correcta.

—Entonces no vino aquí en vano.

Bajo. Encuentro a Sandrine en la sala común.

—Sandrine… las pertenencias de los residentes, cuando llegan, ¿dónde las guardan?

—En el pequeño depósito detrás de la lavandería. ¿Por qué?

Miento a medias, que es la mejor mentira.

—Élise busca una caja azul. Un recuerdo.

Sandrine sonríe con ternura.

—Oh… sí. Habla mucho de eso. Ya revisamos, pero…

La interrumpo con suavidad.

—¿Puedo intentar? Tengo algo de tiempo.

Duda un segundo. Luego me da la llave.

El depósito huele a detergente y cartón húmedo. Estanterías, cajas, bolsas.

Rebusco sin método al principio, luego me obligo a ser riguroso: etiquetas, nombres, números de habitación.

Encuentro “Élise, ropa de invierno”, “Élise, libros”, “Élise, fotos”. Pienso: por supuesto.

Saco la caja “fotos”. Dentro: álbumes, sobres, postales.

Y al fondo, encajada bajo un viejo suéter, una caja de metal azul claro, con un pequeño cierre. El corazón repite el mismo traspié. La abro.

Dentro: una carta doblada, amarillenta, con letra antigua. Una fotografía: un hombre frente a una panadería, joven, serio, las manos cubiertas de harina. Y… un tercer objeto.

Una pequeña pulsera de plástico, también azul, con una fecha impresa.

Una fecha reciente. Demasiado reciente para un recuerdo de juventud.

Y una nota, escrita con marcador sobre una etiqueta pegada:

“AURORA — NO PERDER.”

Me quedo allí, en el depósito, con la caja abierta, como si hubiera metido la mano en un cajón que no me pertenece.

No sé qué sostengo. Solo sé que no es “nada”.

Cierro la caja. La apoyo contra mi vientre, como un objeto frágil.

Cuando subo hacia la habitación 12, pienso algo muy simple, muy humano y absurdo:

Soy fotógrafo. Quería conservar rostros. Y termino encontrando una mañana encerrada en una caja.

Llamo.

—Adelante.

Élise no me mira enseguida. Fija la ventana, como si esperara algo afuera.

Coloco la caja azul sobre la mesa, entre los dos.

La mira largo rato. Luego posa las manos sobre ella. Esta vez, le tiemblan.

—La encontró —dice.

No es una pregunta. Es una constatación. Como si hubiera sabido desde el principio que la encontraría. O que la caja me encontraría a mí.

Levanta la vista.

—Ahora… tengo que decirle qué hay dentro. —Inspira. Y entiendo, por la manera en que toma aire, que lo que va a decir no es solo para ella—. ¿Tiene un bolígrafo? —pregunta.

Le entrego el mío.

Lo toma y escribe en un pequeño papel, lentamente, con una concentración casi infantil. Luego me lo tiende. En el papel, una sola palabra:

AURORA.

Y debajo, más pequeño:

“Mañana por la mañana. Antes de que olvidemos.”

Me mira, y su rostro –ese que, según ella, miente– no miente en absoluto.

—¿Volverá mañana? —dice.

No quiero decir que sí. Porque decir que sí es aceptar que hay algo que hacer.

Y que importa.

Entonces hago lo que hago cuando disparo una foto: me comprometo.

—Sí —digo—. Mañana por la mañana.

Y afuera, detrás de los tilos sin hojas, la niebla empieza ya a preparar la noche, como si quisiera ocultar el pueblo antes del amanecer.

Creía que fotografiaba rostros.

Fotografío umbrales.

Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de *PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y Masterton.

TERCERA EXPEDICIÓN A ILIROS IV