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domingo, 3 de mayo de 2026

MENSAJE CIFRADO DE LOS DINOSAURIOS A LA HUMANIDAD

José Luis Ramírez

 

Jesucristo montando un tiranosaurio, ese debe ser el mejor meme del mundo; sé que Flavio Josefo y Tácito hacen alguna mención al Jesús histórico –y a su hermano Santiago, ejem, ejem–, el Cristo ejecutado por Poncio Pilato; pero vean la ironía de que el famoso celurosaurio está más cerca de nuestra era que del último estegosaurio; por dibujarlo en una línea del tiempo, siglo  a.C., siglo  a.C, siglo I (antes o después, da igual porque los romanos no tenían un número para el cero). Sí, ya sé que divago, sólo escuchen con atención porque tengo un punto, y es que, en sus santos y últimos días, guiño, guiño, los dinosaurios dejaron un mensaje para esa molesta musaraña que algún día heredaría el dominio del planeta, lo registraron ahí, donde sería obvio buscarlo, en lo que 66 millones –y 1970– años más tarde se llamaría el cráter de Chicxulub.

Era una misión suicida. La caída del astro había desplazado el agua sobre la tierra y arrojado la tierra a los cielos. No era una metáfora, sucedió textual, un evento catastrófico que sería todavía peor para quienes sobrevivieran a la terrible explosión de 100 Teratones (aunque los dinosaurios no lo medían propiamente en términos de 1014 toneladas de trinitrotolueno), porque al impacto seguirían un invierno nuclear y un evento de extinción masiva al que no sobreviviría ninguno de los grandes saurios dominantes…

Julio César –decidí ponerles nombres romanos, porque si hemos de antropomorfizarlos, los imaginamos de toga como a los griegos, o en uniforme militar completo como a los centuriones romanos– fue quien se puso a sí mismo al frente de la expedición, no que los tiranosaurios Rex fueran muy dados a trabajar en equipo, pero esto era algo que no podía hacer por sí mismo, así que con fines prácticos decidió ponerse en marcha hacia Chicxulub junto con un par de pollos del infierno, un anquilosaurio y un paquicefalosaurio, a quienes llamaremos –con el único propósito de distinguirlos de otros que no echaron a andar con ellos–: Marco Junio Bruto, Cayo Casio Longino, Décimo Junio Bruto Albino y Cayo; vale, dejémoslo mejor en: César, Bruto, Longino, Albino y Cayo. Como ya se imaginarán, ellos eran los únicos que caminaban contra corriente, mientras todos emigraban hacia los polos de la América del Norte y la del Sur (no, en el cretácico ya se había separado Pangea más o menos en los mismos seis o siete continentes conocidos; de hecho los T-Rex son más bien de Montana, Wyoming y las Dakotas; aunque César, de hecho, había nacido en San Juan Basin, Nuevo México); pero bueno, les decía que estos eran los únicos que caminaban hacia el sur del Río Grande, lo que es un eufemismo porque el Río Bravo se formó 62 millones de años después. Así que van vestidos como centuriones con su gálea de plumas, su lorica squamata, segum rojo de algodón grueso y ocrae de cuero en ambas piernas, no llevaban gladius al cinto por sus brazos cortos y porque aún no llegaba la Era de Hierro, obvio. Si bien César sí llevaba una vara de vid para dirigir a su medio contubernio por El Paso hacia Chihuahua, Torreón y San Luis Potosí rumbo al sureste del Golfo de México.

¿Por qué esa ruta en vez de atravesar las grandes praderas, yendo de las Montañas Rocallosas hasta el bayou del Misisipi? (que por cierto este río sí existía entonces). El problema era que los valles se habían convertido en pantanos, por lo que, si no querían ser recuperados por las petroleras de Texaco, lo mejor era andar por las tierras que la Sierra Madre Oriental había protegido del Tsunami. Evidentemente, nadie tiene idea hoy de cómo se llamaban entonces las Rocallosas o las dos Sierra Madre, así que de momento digamos que era a través del Collis Aventinus, el Capitolinus, el Caelius y el Esquilinus que César guiaba a sus hombres, otro eufemismo, porque él mismo era hembra (más grande y robusta que los machos), al igual que nuestra pareja lésbica de pollos del infierno, Bruto y Longino; pero el lenguaje es misógino y falocentrista, así que la cloaca de los otros dos nos fuerza a referirnos al grupo como «ellos», los valientes, los Primi Ordines, si bien su Primus Pilus y las otras dos eran capaces de aovar.

Así que llegados a las tres cimas del Collis Palatinus, que no eran el Cermalus, el Palatium y el Velia, sino el Popocatépetl-Iztacíhuatl, el Matlalcueye y el Citlaltépetl. César puede sentir el frío en sus brazos pese a la capa, mira a las otras que se les erizan las plumas sin importar lo mucho que se froten entre ellas para darse calor. Albino y Cayo no lo pasan mejor, el anquilosaurio tiene el frío condensado en sus placas óseas y en el mazo de su cola, su pico tirita y él se recoge todo como un cachorrito, mientras que el paquicefalosaurio se mantiene sentado en cuclillas, con las piernas y los brazos recogidos alrededor del torso para mantener el calor del vientre, parece un pequeño carnero en la posición de indio sentado, un diablo con su mirada profunda clavada en la negrura del cielo sin Luna, Via Lactea, ni ninguna otra estrella.

Atraviesan la Sierra bordeando las cumbres de Acutzingo y Maltrata, de ese lado de las montañas el nivel del mar parece más alto de lo acostumbrado, pero pueden aprovechar los pinares para hacerse de una balsa con la cual bordear la costa de Coatzacoalcos, Ciudad del Carmen y Campeche. El anquilosaurio y el paquicefalosaurio son particularmente hábiles para echar abajo los pinos, y las dos Anzu wyliei hacen gala de las habilidades con que sus herederas genéticas construirán sus nidos. César anuda bien las cuerdas de ixtle con que amarran los troncos, Bruto y Longino se trepan en la proa de la balsa, de pronto las dos parecen un par de gaviotas posadas en las vergas de una barcaza, Cayo y César se reparten a babor y estribor con sus pértigas a manera de remo y comienzan a trajinar impulsando el navío, Albino se coloca en la popa, su cola serpentea para servir de impulso y timón.

Bordear el Golfo de México (de este lado, del otro se llama Golfo de América) es más seguro que atravesarlo andando, los pantanos de Tabasco son particularmente traicioneros; y aunque el clima veraniego es ligeramente más cálido entre el Trópico de Cáncer y el Ecuador, Sol apenas atraviesa la capa de polvo, azufre y hollín de la atmósfera, haciendo el aire casi irrespirable por los vapores sulfurosos. César no puede sino pensar que atraviesan el Lago Averno; es un mal presagio que no haya Quetzalcoatlus ni Hetzegopteryx sobrevolándolos en círculos.

Desembarcan en Puerto Progreso al atardecer, si bien en tierra alcanzan a distinguir la circunferencia del cráter, saben que su misión está a 50 millas náuticas de la playa de Chicxulub –no me vean así, son gringos, no piensan en el sistema métrico sino en el inglés (y los romanos también usaban la mille passum como unidad de medida)–; César hace literalmente una reverencia y se vuelve hacia el suelo liso de roca blanca que bordea el océano, sin arena, los dos demonios emplumados de Wylie J. Tuttle (no tengo idea de por qué tendrán ese sobrenombre) hacen igual y le siguen, también el anquilosaurio, que es el único cuadrúpedo de «ellos», sólo Cayo, el paquicefalosaurio, se queda ahí sentado en cuclillas para mirar de frente al abismo.

Amanece, no es que el día se distinga gran cosa, el cielo es un poco menos negro y la sensación térmica ligeramente más cálida. César, Bruto, Longino, Albino y Cayo han meditado y se encuentran en paz con sus acciones, todas, desde la eclosión y hasta este, el último día de sus vidas. César señala con su rama de vid al horizonte, o más bien al sitio donde debería distinguirse un horizonte y entonces abre sus fauces, pero no para emitir un rugido feroz, sino un canto estentóreo que reverbera en el cráneo y hace vibrar el pecho, el suelo, y levitar a cada molécula de agua. Las Anzu wyliei, el anquilosaurio y el paquicefalosaurio se suman a la tesitura de César. El tono del paquicefalosaurio es particularmente bajo, un subwoffer capaz de reproducir tonos infragraves menores a los 10Hz de frecuencia que, literalmente, abre las aguas frente a ellos hasta el epicentro mismo del impacto. Albino embiste entonces a Cayo y, con él encima, se echa a correr por el pasaje bordeado en los dos extremos por los mares, las rara avis y César corren detrás de ellos salpicadas por las crestas de las olas que se devuelven al lecho marino. El cuadrúpedo parece incansable, mientras que el canto del paquicefalosaurio se hace, si cabe, todavía más intenso. Las bípedas corren detrás, con la furia de las sirenas del Ulises de Joyce, sin pausas para respirar ni organizar las ideas o evitar malentendidos. Corriendo con sus patas de pollo, cantando aguerridas para hacer perder la razón a quienes las escuchamos. El mar cerrado detrás de ellas como una cremallera, sus bestias desorientadas de que la corriente cambiase de un instante a otro para asfixiarlas en el lecho seco un instante antes de que la marejada volviera para resucitarlas. Crestas y valles de roca caliza y granito fundidas por la colisión. La rama de vid apuntando al destino central, no del impacto sino de sus vidas. Cada ser vivo de la tierra, desde el fitoplacton, los hongos, las eucariotas simples y las bacterias procariotas hasta el Alamosaurus sanjuanensis (los pulpos no, porque son extraterrestres). Todas y cada una de las criaturas unidas en ese canto que no busca sino trascender a la existencia. Condensar en una sola pieza los fragmentos de condrito carbonáceo, rutenio e iridio para alzar la roca y catapultarla fuera del lecho marino, levantarla sobre las aguas a velocidad de escape, atravesar la atmósfera, devolverla más allá de Júpiter hasta la parte exterior del sistema solar donde orbitan los asteroides tipo-C, y modificar así la trayectoria del asesino de planetas. Y ahí, en el lecho marino del Golfo, cerrar los ojos y, tomados de las manos, cesar por fin el canto de los dinosaurios.

 

¡Jesús-freaking-cristo!, si creen que esta historia nunca-jamás sucedió, que me la inventé para hacerles pasar el rato, que no tiene pies ni cabeza, que tal vez algunas cosas pueden sonar plausibles, pero en general es bastante inverosímil, que fue too much lo de los romanos, o que todo parecía científicamente correcto hasta el momento de realismo mágico en que la caballería y los legionarios se adentran literalmente al mar a salvar el mundo. ¡Demonios! No están entendiendo el mensaje, los dinosaurios murieron, no por nuestros pecados, pero sí para salvar a la humanidad. El mensaje es simple: ¡miren al cielo, estúdienlo, aprendan! No dejen que un evento catastrófico acabe con el 75% de la vida. Agarren un martillo, usen su cabeza dura, construyan naves para ir a donde esos malparidos y desvíenlos de su trayectoria a la Tierra. O si no, les juro por el baby Yisus de las Vegas que esas malditas musarañas que hoy comen insectos habrán de dominar la Tierra. 

José Luis Ramírez (Puebla, México 1974). Es Ingeniero Industrial en Electrónica y estudió una maestría en Ciencias de la Computación. Ha sido antologados en distintas colecciones entre las que destacan: Mundos Posibles, Auroras y Horizontes, El crimen como una de las bellas artes Vol.III, Los Mejores Cuentos Mexicanos Ed.2003, Visiones Periféricas, El hombre en las Dos Puertas y Silicio en la Memoria; así como varias revistas y fanzines; sus ensayos se han publicado en: HArtes, Página Salmón y Mexafuturismo contemporáneo. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 1998, con el cuento “Hielo” y es responsable del sitio web de ciencia ficción mexicana https://cifi.mx

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