Dominik Lenarčič
Estamos sentados en
la cafetería. Lucijan está frente a mí, mirando el poso de su café. Me recuerda
a un gitano que lee la fortuna en los restos de la taza. Si se lo menciono, se
enfadará. Todavía está enojado conmigo. Yo, inquieta, estrujo el menú entre las
manos. Ya no sé qué más intentar. Es viernes y atardece. No muy lejos, la
camarera le cuenta a su compañera lo de “la mujer grosera del abrigo azul”.
Junto a nosotros se sienta un estudiante, que pronto se marchará.
—¿Sabes qué me gustó de este lugar?
—lo miro—. La otra vez tomé una mimosa. ¿Sabes lo que es? Es vino espumante con
jugo de naranja. La camarera me dijo que las sirven en las bodas.
Mi futuro exnovio no se inmuta, ni
gruñe. Desde que ocurrió aquello, ya no me habla. En cierto modo, me
parece bien. Ese silencio significa que aún estamos juntos. Mientras no
pronuncie esas fatídicas cinco palabras, puedo seguir esperando que algo se
arregle.
—Mira, esto no va a funcionar.
La puta madre.
—No sé qué esperas de mí, Jasna.
¿Que corra detrás de ti como un borracho enamorado? Eres terriblemente ingenua
si crees eso.
El estudiante se levanta y se
dirige a la puerta. La campanilla anuncia su salida. Yo esperaba que se quedara
más tiempo. Lucijan por fin levanta la mirada.
—Dime: ¿por qué?
¿Por qué? Intenté explicártelo,
pero me mirabas como si estuviera loca. No, no puedo responderte. No puedo
contarte aquel encuentro si no quieres escucharme. Solo puedo decirte:
—No lo sé. De verdad no lo sé.
Lucijan suspira y baja la cabeza.
Veo que contiene las lágrimas.
—No quise hacerte daño, L…
Lučko. A veces le gustaba que lo
llamara así, aunque nunca lo admitió. Pero si lo llamo así ahora, se enfurecerá
y me insultará, llamándome zorra sin corazón. Lo sé, porque ya pasó.
—Por favor, olvidemos esto —le
digo—. Sigamos adelante.
Suenan de nuevo las campanillas. El
estudiante ha regresado: olvidó su billetera. No se quedará.
—¿Adelante adónde? —dice
amargamente Lucijan—. Yo lo único que quisiera es volver atrás.
Yo también quisiera volver atrás,
estoy a punto de decirle, pero nuestro camino es lineal. El pasado ya está
escrito, solo podemos seguir adelante. O girar en círculos… El estudiante
vuelve a irse. Pronto vendrá la camarera y le preguntará a Lucijan si puede
llevarse su taza. A mí ni siquiera me mirará. Palpo el bolsillo del abrigo azul
que he colocado sobre la silla. Tendré que empezar otra vez desde cero. ¿Qué
debería hacer diferente esta vez? Debo inventarme algo. Lucijan sigue mirando
su taza. Me pregunto qué futuro habrá leído en ella…
—¿Puedo llevarme esto?
Lucijan sonríe a la camarera.
—Sí, claro.
—¿Desea algo más, señor?
—Solo la cuenta, por favor.
—Muy bien. Venga conmigo a la
barra.
Y se alejan. Desde lejos los
observo sonreírse mutuamente. Tal vez, en su futuro, se vea con ella. Saco del
bolsillo del abrigo un cuadernito y la pluma mágica. Lucijan ya ha terminado.
Regresa; su mirada solo apunta a la salida. Cuando pasa junto a mí, intento
tomarle la mano. Él la retira y se apresura a salir. Campanilla. Se acabó.
Abro el cuaderno en una página en
blanco. Por centésima vez escribo la primera frase: Estamos sentados en la
cafetería.
Dominik Lenarčič nació un día antes
del 13.º aniversario del desastre de Chernóbil. Esta es probablemente la razón
más creíble de su fascinación por lo aterrador y lo mórbido. Hasta el
instituto, no mostró un gran talento para la poesía y la escritura. Sin
embargo, al convertirse en editor del periódico inglés de la escuela, su
talento se reveló. Al ingresar a la universidad, eligió un programa de estudios
con mayor orientación literaria y se sumergió en las turbulentas aguas
literarias eslovenas. Recientemente completó su tesis de maestría en
bibliotecología. Sus obras concisas y a menudo conmovedoras pueden leerse en
los portales Pesem.si, LUD Literatura y Koridor – križišča umetnosti, así como
en las revistas Novi zvon/Nebulae, Mentor, Liter jezika, Sejalec y Supernova.
Trabaja como editor jefe adjunto en esta última desde 2023. También ejerce como
crítico literario ocasional, y sus reseñas se han publicado en el periódico
Delo, entre otros. Entre los autores de ciencia ficción y fantasía, le gustan
Stephen King y los autores de distopías clásicas (Zamyatin, Huxley, Orwell).
