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miércoles, 30 de septiembre de 2026

MI PEQUEÑA Y MODESTA BODA NO JUDÍA

Marleen S. Barr

 

Llamé por teléfono a mi madre para darle la noticia que llevaba veinticinco años esperando oír.

—Hola.

—Cásate.

—Voy a casarme. Precisamente para eso te llamo.

—Cásate.

—No me estás escuchando. Estás tan acostumbrada a decirme que me case que sigues diciéndomelo aunque voy a casarme. Déjame ser clara: me caso mañana por la mañana. Din, don, las campanas van a repicar.

—¿Qué? ¿Qué campanas? Oy, mi hija se casa en una iglesia. Tu padre y yo no vamos a entrar en una iglesia. Podemos hacer la vista gorda acerca de que el novio sea shaygetz porque ya eres tan mayor que nuestra única exigencia es que te cases con un ser humano; pero una boda en una iglesia está fuera de toda discusión. Los judíos de Forest Hills no van a la iglesia. Tu padre y yo no somos una excepción.

—No. Nada de iglesia. Me caso mañana por la mañana en el Ayuntamiento de Queens, en Queens Boulevard. Pepe y yo pasaremos a recogerlos a ti y a Egor –a mi padre lo llamo Egor y a mi madre, Herbert– a las diez y media.

Después de terminar la llamada en la que anuncié mi boda a mi madre y de dedicar exactamente tres minutos a los preparativos –prestar atención a los detalles ceremoniales no es mi estilo–, volví al trabajo que tenía entre manos aquella noche.

La familia nuclear Lear –que estaba a punto de incorporar al lascivo historiador de arte francocanadiense Pepe Le Pew– entró en el edificio municipal de Queens y tomó asiento en la zona de espera reservada para las parejas a punto de casarse y sus acompañantes. Herbert examinó el terreno con esa mirada de «cásate con un hombre heterosexual» que había utilizado durante toda mi vida adulta.

—Mira a todas estas mujeres que están a punto de casarse. ¿Por qué tú no puedes casarte? ¿Por qué no puedes ser como todas estas mujeres? ¿Por qué no puedes ser normal, Sondra?

Como Pepe no estaba acostumbrado a las madres judías –y mucho menos a Herbert, que superaba todos los límites de lo intolerable–, intenté mantener la calma.

—Querida madre, por favor, reconoce que estoy aquí precisamente para casarme.

—Todos estos hombres ya están comprometidos. Pero fíjate en el funcionario que celebra las bodas. Tal vez esté soltero. Pregúntale si está soltero. Si lo está, yo les preguntaré a esos futuros novios si tienen amigos o hermanos solteros.

Y ahí terminó mi decisión de mantener la calma.

—Esto supera todo lo imaginable. Aquí estoy, esperando para casarme, y tú estás tan acostumbrada a decirme que me case que, aun cuando la boda es inminente, sigues sin poder dejar de insistir y hacerme la vida imposible. ¿Vas a seguir diciéndome que me case cuando termine la ceremonia? Y si decides desistir ante la evidencia indiscutible de que tus sermones ya no son necesarios, ¿con qué cosa nueva te obsesionarás? Estoy segura de que habrá algo nuevo. No puedes empezar con lo de los nietos porque soy demasiado mayor para tener un bebé. Egor, por favor, haz algo. Dile a Herbert que deje de decirme que me case y que encuentre marido cuando voy a casarme dentro de quince minutos y el marido que he encontrado está aquí mismo.

—Haz lo que dice tu madre. Escucha a tu madre —dijo Egor tranquilamente.

—¡Aaaaaargh! —dije.

—Discúlpenme. Voy al baño —dijo Pepe.

Pasaron cinco minutos y Pepe seguía sin regresar. Entré en pánico. Imaginé que Pepe, después de pensarlo mejor tras haber visto a Herbert en acción, había decidido no seguir adelante con la boda. Pensé que Pepe había puesto pies en polvorosa rumbo a las colinas de Forest Hills. Aunque las colinas de Forest Hills están pavimentadas, no dejan de ser colinas. Después de haber estado expuesto a Herbert, era perfectamente posible que Pepe hubiera decidido huir hacia ellas. Resolví guardarme mis temores. No alcanzaba a imaginar hasta qué punto Herbert podía hacerme sentir miserable si se enteraba de que yo sospechaba que Pepe había levantado vuelo.

—Siguientes. Boda Lear-Le Pew —dijo un empleado municipal.

—Mi prometido no está aquí.

—¿Dónde está?

—No tengo la menor idea. Salió de la sala y no ha vuelto.

Todas las parejas que esperaban y sus séquitos guardaron silencio y me miraron con compasión. Herbert rompió el silencio.

—Sondra, encuentra a tu marido. Encuéntralo inmediatamente, o antes si es posible.

Herbert me estaba diciendo que encontrara marido en mi propia boda... y ahora lo que decía tenía sentido.

Me interné en las entrañas del laberíntico edificio municipal de Queens, dudando de que alguna vez consiguiera regresar al punto de partida. Acababa de escapar de la monstruosa Herbert y ahora estaba perdida en un laberinto. La suerte estaba de mi lado. Como profesora de mitología, sabía exactamente qué hacer. Lo que había funcionado para Teseo funcionaría para Sondra. Simplemente ataría un hilo al picaporte de una puerta y lo seguiría para regresar. Vuelta al principio. No tenía ningún hilo. En cambio, llevaba una galleta en el bolsillo. Adiós, Teseo. Hola, Hansel y Gretel. Dejaría un rastro de migas de galleta y lo utilizaría para orientarme. Mientras buscaba frenéticamente a Pepe y dejaba caer migas de galleta, sabía que, si regresaba sin él, Herbert me metería en un horno y me convertiría en pan de jengibre. Pensándolo mejor, Herbert no sabría preparar pan de jengibre ni aunque le fuera la vida en ello. A diferencia de las brujas malvadas de los cuentos de hadas, las madres judías no convierten a sus hijas en pan de jengibre. Simplemente las atosigan hasta la muerte.

Llegué a la balaustrada de una terraza del segundo piso que daba al vestíbulo.

—¡Pepe! ¡Pepe! —grité frenéticamente mientras mi voz reverberaba contra las paredes del vestíbulo.

Mi repetición no era menos desesperada que los reiterados gritos de «Elaine» de Dustin Hoffman durante la boda. Resonó por todas las zonas públicas del primer y segundo piso... sin obtener respuesta alguna de Pepe.

Lo único que me quedaba por hacer era investigar los baños. Asomé la cabeza en todos los baños de hombres que pude encontrar mientras gritaba «¡Pepe! ¡Pepe!» a pleno pulmón. Por suerte, «Pepe» suena en inglés como pee-pee. Tal vez pudiera evitar que me arrestaran si interpretaban mis gritos de «Pepe, Pepe» como los de una persona trastornada, con un extraño acento, que necesitaba orinar urgentemente. Ya podía imaginar la acusación: ensuciar un edificio municipal con migas de pan y hacer proposiciones en los baños de hombres. El veredicto: internamiento en el Hospital Psiquiátrico Bellevue. Bellevue era preferible al destino que me aguardaba a manos de Herbert si regresaba a mi boda sin haber encontrado a mi marido.

Intenté tranquilizarme y encontrar una salida racional a la situación. Recordé el episodio de Sex and the City en el que el novio de Carrie Bradshaw utiliza una nota adhesiva para comunicarle que quiere terminar con ella. Pepe, siempre tan correcto en cuestiones sociales, no se marcharía para siempre sin despedirse. Como mínimo, podía confiar en que utilizaría una nota adhesiva que dijera «adiós». Mi temor de que Pepe hubiera huido hacia las colinas de Forest Hills tenía que ser injustificado. Pepe debía de encontrarse en alguna parte del edificio municipal. Puesto que había pasado tantos años buscando marido, era lógico suponer que debía de poseer la capacidad de encontrar al mío dentro de un espacio específicamente delimitado.

Todos esos pensamientos lógicos se volvieron irrelevantes en cuanto vi a Pepe caminando despreocupadamente por el pasillo.

—¿Dónde estabas? Pensé que Herbert te había horrorizado hasta tal punto que habías decidido abandonarme para siempre. El funcionario pronunció nuestros nombres y nadie respondió. A pesar de mi habitual habilidad para eludir las reglas, no podía casarme sin ti. Herbert me ordenó que buscara marido en mi propia boda. Gracias a tu ausencia, por fin lo que decía tenía sentido.

—No conviertas esta situación en un drama. Me encontraste cuando nos conocimos y acabas de encontrarme otra vez. Todo está bien. Nunca te abandonaría, con Herbert o sin Herbert... aunque debo admitir que es un poco excesiva. Vamos a casarnos.

Cuando entré en la sala de ceremonias matrimoniales del edificio municipal llevando a Pepe conmigo, todas las personas presentes respiraron aliviadas.

Herbert y Egor nos contemplaron orgullosos mientras oía que por fin me dirigían las consabidas palabras de la ceremonia. Cuando el funcionario llegó a la parte en la que preguntaba si alguien tenía alguna objeción, Herbert, como siempre, no permaneció callada ni guardó silencio.

—El propósito de mi vida durante el último cuarto de siglo ha sido decirle a Sondra que se case. Ahora que finalmente, más vale tarde que nunca, va a casarse, aunque sea con un goy –y a estas alturas estoy dispuesta a hacer la vista gorda–, ¿cuál será ahora el propósito de mi vida? No puedo imaginarme sin decirle a Sondra que encuentre marido y se case. ¿Qué voy a hacer?

Por una vez en mi vida, me quedé sin palabras. Estaba tan avergonzada que deseé llevar puestos mis zuecos rojos mágicos en vez de los blancos. Los zuecos rojos me permitirían recurrir a mi amigo Ilya, el vampiro, para que me teletransportara y me sacara de aquella situación insostenible.

El siempre confiable Egor, que jamás dejaba de ayudar cuando realmente lo necesitaba, acudió al rescate.

—Rozie, esto no se trata de ti. No se trata de que tú preguntes: «¿Qué voy a hacer?». Se trata de que Sondra diga: «Sí, acepto». Por fin. No preguntes qué puede hacer por ti el «sí, acepto» de tu hija; pregúntate qué puedes hacer tú por el «sí, acepto» de tu hija.

El funcionario continuó sin pestañear. Probablemente ya lo había visto todo y Herbert no consiguió perturbarlo.

—Sí, acepto —dije.

—Sí, acepto —dijo Pepe.

El funcionario hizo lo suyo y nos declaró casados. Por fin estaba casada. Mientras besaba a Pepe y Herbert y Egor se besaban entre sí, el momento fue absolutamente mágico. O, expresado en términos de mi experiencia vital, fue mágico pero, aun así, real.

Los vulgares zuecos blancos, y no los sobrenaturales zuecos rojos, eran el atuendo más apropiado para mi particular pequeña y modesta boda no judía.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

domingo, 9 de agosto de 2026

UN PLATILLO VOLADOR PERTENECIENTE A UN CLON DE JOAN RIVERS ATERRIZA SOBRE EL TECHO DEL TEMPLE EMANU-EL DE NUEVA YORK (SIN VIOLINISTA)

Marleen S. Barr

 

«Fuera del templo [Emanu-El], admiradores y fotógrafos colmaban las aceras detrás de las vallas policiales... Las cámaras disparaban sin descanso mientras los invitados entraban, entre ellos Joy Behar, Mario Buatta, Kathie Lee Gifford, Whoopi Goldberg, Hoda Kotb, Rosie O'Donnell, el doctor Mehmet Oz, Sarah Jessica Parker y su esposo Matthew Broderick, Charlie Rose, Diane Sawyer, Chuck Scarborough, Paul Shaffer, Donald J. Trump y Barbara Walters... Howard Stern describió a Joan Rivers como "una alborotadora, una pionera, una precursora para todos los comediantes, alguien que jamás pidió disculpas ni se preocupó por lo que los demás pensaran". "Ella hizo todo a su manera", dijo Stern. "Luchó contra el estereotipo de que las mujeres no pueden ser graciosas, de que deben quedarse en su lugar, quedarse en casa." —James Barron, "At Joan Rivers's Memorial, Celebrities, Cameras and Crowd", The New York Times, 7 de septiembre de 2014.

 

El funeral en memoria de Joan Rivers celebrado en el Temple Emanu-El fue un acto privado.

La profesora Mimi Barrmiztvahwitz, especialista en ciencia ficción feminista, se mezcló con el público congregado a lo largo de la Quinta Avenida y de la calle Sesenta y Cinco Este. Contempló con lágrimas en los ojos la multitud de camiones de televisión, a los paparazzi disputándose el mejor lugar y al desfile de celebridades que llegaban con tiempo suficiente para ocupar sus asientos antes del comienzo de la ceremonia, previsto para las once de la mañana.

Exactamente a las diez y cincuenta, un platillo volador aterrizó sobre el techo del Temple Emanu-El.

Todos los asistentes judíos –incluidos Barbara Walters, Howard Stern y Mimi (Whoopi Goldberg, pese a su apellido, no pertenecía a esta categoría)– levantaron la vista y dijeron al unísono, casi en un susurro:

—Oyoyoy.

Barbara Walters ya estaba preparada para abandonar su retiro y conseguir la entrevista más importante de toda su carrera.

La nave descendió desde el techo y aterrizó frente a la entrada principal del templo.

La escotilla se abrió.

Cuando los presentes miraron hacia el interior, descubrieron una estancia opulenta, adornada con pan de oro, muebles de estilo provenzal francés y arañas dignas de la Galería de los Espejos de Versalles.

Mientras aguardaban la aparición del extraterrestre, esperaban ver a alguien con el aspecto de Luis XIV.

Aquella expectativa, aunque perfectamente lógica, resultó equivocada.

Del interior emergió una mujer menuda, de cierta edad, impecablemente peinada y maquillada. Vestía un blazer dorado de lamé cubierto de lentejuelas, una boa a juego, pantalones negros y un enorme collar resplandeciente.

¿De quién era su atuendo?

Nadie podía decirlo con certeza.

—¡Es Joan! —gritó Margie Stern, íntima amiga de Joan Rivers.

Charlie Rose se acercó a Margie, le tomó suavemente la mano y, con su habitual serenidad, dijo:

—No puede ser Joan. Joan está muerta. La incineraron ayer.

Donald Trump intentó tomar el control de la situación.

Le arrebató un micrófono a un reportero y gritó:

—¡Exijo ver el certificado de nacimiento de esa mujer! ¡Y quiero el original! Si no puede presentarlo, entonces no es estadounidense. Es una alienígena.

—Donald —dijo Charlie Rose—, definitivamente no es estadounidense. De hecho, es una alienígena. Barbara y yo intentaremos entrevistarla.

—¿Qué carajo...? —intervino Howard Stern—. Aunque tenga la vagina más seca del universo, aunque parezca Joan y camine como Joan... no es Joan. Esta imitadora representa una posible amenaza para la seguridad nacional. Necesitamos que venga inmediatamente la máxima autoridad municipal de Nueva York. ¡Llamen al maldito de Blasio! —les gritó a los policías.

Cuando llegó, el alcalde examinó detenidamente el platillo volador, estacionado sobre uno de los terrenos más caros del planeta.

—Calculo que el espacio interior de este vehículo extraterrestre, ubicado en este barrio, vale por lo menos cuarenta millones de dólares. Quizá pueda expropiarlo mediante dominio eminente, venderlo y utilizar las ganancias para cumplir mi promesa de construir viviendas asequibles.

A Mimi la idea del alcalde no le pareció descabellada, al menos tratándose del mercado inmobiliario neoyorquino.

Mientras esperaba el comienzo de la ceremonia había estado leyendo un artículo de Curbed titulado "Sustainable Earthship Tries to Take Off on the Lower East Side".

Quizá el alcalde conociera el siguiente pasaje de Zoe Rosenberg:

La extravagante idea de levantar una "earthship" en un terreno baldío de Pitt Street, en el Lower East Side, sigue muy viva... Pero con su nueva estructura, tan pesada en la parte superior, el proyecto quizá esté condenado a permanecer en el reino de la imaginación. "Earthship in the Sky" es una creación del arquitecto Michael Reynolds, radicado en Taos, Nuevo México. Se trata de una vivienda completamente autosuficiente, capaz de calentarse y refrigerarse sin combustibles fósiles... Como ocurre con la mayoría de las cosas relacionadas con el espacio, todavía está por verse si esta idea despegará o nunca llegará a hacerlo.

Solo en Nueva York un platillo volador estacionado sobre la Quinta Avenida podía convertirse, "como la mayoría de las cosas relacionadas con el espacio", en una prometedora oportunidad inmobiliaria.

Whoopi Goldberg, Joy Behar y Barbara Walters intercambiaron opiniones sobre la extraterrestre desde la perspectiva de The View.

Las tres expresaron el sentir general de la multitud aterrorizada: En el funeral de Joan Rivers nadie debía hacerle daño a un clon de Joan Rivers... aunque fuera extraterrestre.

Fue entonces cuando Mimi comprendió que le correspondía intervenir para salvar la situación.

—Disculpe —le dijo al policía más cercano—. Soy profesora de ciencia ficción feminista. La extraterrestre podría ser una alienígena feminista. Este es un trabajo para la profesora Mimi Barrmiztvahwitz.

El agente le explicó al alcalde cuál era la especialidad académica de Mimi mientras la presentaba.

De Blasio le concedió autorización para intentar comunicarse con la Joan venida de las estrellas. Mimi se dirigió primero al rabino Joshua Davidson, encargado de la ceremonia.

—Rabino, ¿hay una alfombra roja guardada en algún depósito del templo?

—Sí, de hecho la hay.

—¿Sería tan amable de pedir que la desplieguen delante de la escotilla? Me gustaría que esta Joan descendiera por ella. Quizá, después de un viaje tan largo, la haga sentirse bienvenida.

Mientras buscaban la alfombra y la extendían frente al platillo, Mimi aprovechó para dirigirse a la visitante.

—¿Podemos hablar? —preguntó en voz alta a la Joan extraterrestre, que permanecía espléndida en la entrada de la nave.

—Io —respondió alegremente la alienígena, agitando su boa dorada.

Creyendo que hablaba español, el alcalde hizo llamar inmediatamente a los concejales de Manhattan Rosie Méndez e Ydanis Rodríguez.

—¿Dónde vive usted? ¿Cómo te llamas? —preguntaron ambos.

No obtuvieron respuesta.

La extraterrestre los miró desconcertada.

Para entonces, el personal del templo ya había extendido la alfombra roja frente a la nave.

La alienígena pareció animarse. Bajó por la rampa del platillo, saludó efusivamente al público y recorrió la alfombra roja.

—¿Quién la viste? —preguntó Mimi.

—Satamhcs —respondió la visitante con toda naturalidad.

Nadie entre la enorme multitud tenía la menor idea de qué significaba satamhcs.

Al comprender que no conseguía hacerse entender, la extraterrestre agitó una mano y chasqueó los dedos. Al instante apareció un gigantesco collar compuesto por enormes rubíes rojos intermitentes, de un lujo absolutamente extraterrestre. Se acercó a Mimi y le colocó el collar alrededor del cuello. Al comprender que aquella joya valía una fortuna, Mimi pensó que podría venderla para reunir el dinero suficiente y fundar una universidad enteramente dedicada a los estudios sobre ciencia ficción. Sopló un beso de agradecimiento a la alienígena y se volvió hacia el alcalde.

—No podemos comunicarnos con ella. Pero al menos sabemos que es amistosa. Me regaló este collar de valor incalculable. Puedo ponérmelo sin que me haya volado la cabeza con una pistola de rayos.

—Es cierto. Bien. No llamaré a Barack para pedirle que envíe al ejército. Pero tenemos que hablar con ella. ¿Qué propone, profesora Barrmiztvahwitz?

—Creo que debería consultar con Whoopi —respondió Mimi—. Señora Goldberg, usted interpretó a Guinan en Star Trek. Tiene credenciales Star Trek. Yo tengo experiencia académica en ciencia ficción feminista. Quizá la combinación de ambas cosas resulte eficaz. Gritemos juntas: "Beam down immediately if not sooner!" y veamos qué ocurre.

Las dos gritaron al unísono. La teniente Uhura apareció.

—Hola, Guinan. ¿Qué puedo hacer por usted? —le preguntó a Whoopi.

—No soy Guinan. Solo la interpreté en televisión. Soy Whoopi Goldberg. Esto es la Nueva York del siglo XXI. Pero, sea como sea, quizá pueda ayudarnos. Usted es oficial de comunicaciones. Nosotros tenemos dificultades para comunicarnos con una extraterrestre. Este clon de Joan Rivers habla un idioma alienígena que los terrícolas no entendemos. ¿Podemos conversar con ella? No. ¿Qué deberíamos hacer?

—¿Quién es Joan Rivers? ¿De qué planeta procede? —preguntó Uhura.

—No procede de ningún planeta. Venía de Larchmont. Fue uno de los mayores talentos cómicos de nuestra época —respondió Mimi—. Murió repentinamente hace unos días. Jamás volveremos a ver a alguien como ella sobre la Tierra. Aunque este clon sea pacífico y generoso, no es nuestra Joan. Pero necesitamos hablar con ella. ¿Cómo podemos hacerlo?

—La Prime Directive me impide hacer sugerencias. Aunque pudiera ayudarlos, no conozco lo suficiente su cultura popular como para resultar útil. Lo único que puedo decir es que deben atenerse a la realidad. Consulten a un experto en lenguas extraterrestres que ya exista. El capitán Kirk me necesita para abrir una frecuencia de comunicación con unos klingon invasores. Señora Goldberg, para mí usted siempre será Guinan. Ha sido un placer conocerlos. Buena suerte.

Uhura desapareció transportándose de nuevo a la nave.

—Profesora Barrmiztvahwitz... ¿y ahora qué? No podemos dejar eternamente a este clon de Joan Rivers plantado delante de una sinagoga sobre una alfombra roja —dijo el alcalde.

—Deberíamos seguir el consejo de Uhura. Conozco a una lingüista llamada Suzette Haden Elgin. Escribió una novela feminista de ciencia ficción sobre la comunicación con extraterrestres titulada Native Tongue. Elgin es la persona indicada.

Un asistente del alcalde consiguió localizarla por teléfono celular y le pasó el aparato a Mimi.

—Hola, Mimi —dijo Elgin—. Recuerdo cuando nos conocimos en el congreso de la Science Fiction Research Association celebrado en Chicago. ¿En qué puedo ayudarte?

Mimi le explicó la situación.

—No puedo introducirte dentro de Native Tongue para que te comuniques con extraterrestres como hace mi protagonista, Nazareth Chornyak. Pero quizá mis conocimientos de lingüística resulten útiles. ¿Qué dijo exactamente el clon de Joan?

—"Io" y "Satamhcs".

—¿"Io" y "Satamhcs"? La clave del código es absolutamente evidente. No necesitamos recurrir a mis novelas feministas de ciencia ficción para resolver esto. La alienígena habla una versión extraterrestre del yidis ligeramente distinta del yidis terrestre. Parece que leyó Through the Looking-Glass antes de viajar a la Tierra. Mimi, escribe esas palabras, sostenlas frente a un espejo... y mira el reflejo.

Mimi buscó un pequeño espejo en su bolso. Siguió las instrucciones de Elgin. En el reflejo aparecieron dos palabras: “oy” y “schmatas”.

El significado de las palabras de la extraterrestre dejó de estar perdido en la traducción. El yidis extraterrestre resultó ser simplemente el yidis europeo escrito al revés.

—Muchísimas gracias por tu ayuda, Suzette —dijo Mimi antes de cortar la comunicación. —Después se volvió hacia el alcalde—. Señor, ahora entiendo cómo hablar con el clon de Joan. Voy a comprobar mi hipótesis.

Subió por la alfombra roja hasta quedar frente a frente con la visitante.

—¿Sirust? —preguntó.

—¿Sirust? Hef. Hatacaf ehcsiyog shasmom iarezahc!

Mimi recurrió a su libreta y al espejo. Comprendió perfectamente la respuesta. Y tuvo la sensación de que, por el momento, era mejor no revelar a nadie lo que la extraterrestre acababa de decir.

—Alcalde de Blasio, haga venir inmediatamente a especialistas del YIVO, ya sabe, el centro dedicado a la lengua yidis de la calle Dieciséis. Dígales que traigan espejos.

Los expertos llegaron poco después y comenzaron a conversar con la alienígena mediante el sistema de reflexión en los espejos.

Pronto descubrieron que la visitante procedía del Planeta de los Clones de las Brillantes y Deslenguadas Mujeres Judías Neoyorquinas Terrícolas.

La extraterrestre explicó que, cada vez que moría una mujer judía neoyorquina especialmente brillante y deslenguada, su clon extraterrestre viajaba a la Tierra para documentar sus logros.

Los clones de Bella Abzug, Nora Ephron, Susan Sontag, Wendy Wasserstein y Betty Friedan vivían entre los seres humanos.

Como Uhura, todos ellos respetaban la Prime Directive y jamás revelaban su presencia a los terrícolas.

Sin embargo, el clon de Joan Rivers era sencillamente demasiado extravagante para obedecer ninguna regla del universo.

La Joan extraterrestre comprendió que, por fin, podían entenderla. Intuyó que la respuesta a «¿podemos hablar?» era ahora afirmativa. Sin vacilar un instante más, recorrió la alfombra roja y se dirigió al público.

De sus labios brotó un auténtico torrente de palabras.

Armados con libretas y espejos, los especialistas en yidis pronto advirtieron que estaba expresando sus opiniones sobre la vestimenta de las celebridades.

El clon de Joan dijo que los zapatos rosados de Sarah Jessica Parker eran inapropiados para un servicio conmemorativo. Calificó las zapatillas deportivas, una azul y otra roja, de Whoopi Goldberg como una atrocidad de la moda, apropiada para una bandera estadounidense del «don't tread on me».

Según la traducción literal de los expertos en yidis, la alienígena afirmó:

—El enorme sombrero beige de Barbara Walters parece un platillo volador posado sobre su cabeza... ¿Y quién sabe más de platillos voladores y de cómo son que yo? ¡Oy gevalt! Las mujeres de la Tierra parecen venir de otro planeta. Estoy deseando volver al mío.

Mimi pidió a los traductores que preguntaran a la extraterrestre si estaría dispuesta a regresar varias veces al año para presentar The Fashion Police.

La respuesta fue afirmativa.

De hecho, la alienígena estipuló con E! Network que también conduciría el programa especial de The Fashion Police dedicado a la ceremonia de los Premios de la Academia.

Y, por cierto, añadió que los Clones de las Deslenguadas Mujeres Judías Neoyorquinas Terrícolas viven para siempre.

Los asistentes hicieron cuanto pudieron por dejar atrás aquel tumulto y rendir homenaje a la única e irrepetible Joan Rivers de la Tierra.

Mientras las celebridades ingresaban al Temple Emanu-El, Mimi, que no había recibido invitación por no pertenecer a la categoría de los V.I.P., permaneció fuera junto al resto del público.

La reconfortaba saber que los admiradores de Joan Rivers –y también sus descendientes– podrían seguir escuchando, por el resto de la historia de la humanidad, a un clon extraterrestre de Joan expresar la brillante meshagas verbal que había caracterizado a la verdadera Joan Rivers.

Después de todo, una Joan Rivers llegada de otro planeta y hablante de yidis extraterrestre era mejor que no tener ninguna Joan Rivers.

Mimi aferró el resplandeciente collar de rubíes que la alienígena le había regalado. Aunque no tenía precio, sabía que jamás lo vendería. El collar era más valioso para ella que la posibilidad de fundar una universidad enteramente dedicada a la investigación académica sobre ciencia ficción feminista. Comprendió que debía respetar la Prime Directive. Todo cuanto había aprendido estudiando ciencia ficción feminista la llevaba a una única conclusión: era demasiado peligroso que una deslenguada mujer judía neoyorquina terrícola alterara la realidad.

Joan Rivers era la heroína de la profesora Mimi Barrmiztvahwitz.

Admiraba su brillantez, su valentía, su ingenio, su capacidad para seguir siendo una octogenaria admirada y vigente, y su deslumbrante elegancia al vestir. Pensó que, si Joan había sobrevivido al suicidio de su esposo, al rechazo de Johnny Carson y a tantas decepciones profesionales, ella también podía mandar los torpedos al diablo y seguir adelante a toda máquina como especialista en ciencia ficción feminista. Podía continuar sin la fortuna verdaderamente extraterrestre que habría obtenido vendiendo el collar. Conservaría para siempre aquel regalo del clon de Joan. Pero, puesto que Mimi era, en efecto, una experta en literatura de género, no pudo evitar preguntarse si aquel collar de rubíes no tendría algo en común con aquellos legendarios zapatitos de rubí. Quizá pudiera hacer algo con él que provocara un acontecimiento extraordinario. Pero esa es otra historia. La historia de cómo Mimi viaja al hogar del clon de Joan, el Planeta de las Deslenguadas Mujeres Judías Neoyorquinas Terrícolas.

Llega vestida con un traje espacial de lamé dorado, complementado con una boa plateada y su amado collar.

—¿Quién la viste? —le preguntan en yidis invertido los clones reunidos.

—Barrmiztvahwitz —responde Mimi—. Para conseguir exactamente el aspecto que buscaba tuve que olvidarme de la NASA y diseñar yo misma mi traje espacial. —Entonces recorre una alfombra roja y dice—. Miahc'l.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

martes, 5 de mayo de 2026

ACTIVISTAS EXTRATERRESTRES POR LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES UTILIZAN EL “PIZZAGATE” COMO UN MEDIO PARA LOGRAR SUS FINES ECOLÓGICOS

Marleen S. Barr

 

La Ley de Especies en Peligro, que durante cuarenta y cinco años ha protegido a la fauna vulnerable al tiempo que ha bloqueado la ganadería, la tala y la perforación petrolera en hábitats protegidos, está siendo atacada por legisladores, la Casa Blanca y la industria en una escala no vista en décadas. Las acciones [diseñadas para debilitar la ley] incluyeron un proyecto de ley para eliminar las protecciones del lobo gris en Wyoming y en la región occidental de los Grandes Lagos; un plan para evitar que el urogallo, un ave del tamaño de una gallina que habita millones de acres ricos en petróleo en el oeste, sea incluido en la lista de especies en peligro durante la próxima década; y una medida para retirar de la lista de especies en peligro al escarabajo enterrador americano, un insecto con manchas anaranjadas que durante mucho tiempo ha sido la pesadilla de las compañías petroleras que desean perforar en la tierra donde vive”—Coral Davenport y Lisa Friedman, “Impulso para debilitar la ley que protege a la fauna en riesgo”.

New York Times, 23 de julio de 2018.

 

Kyra, Myra y Shyra –estudiantes de posgrado en biología del planeta Zoonotic que tenían como especialización secundaria la política estadounidense– viajaban por la Autopista Intergaláctica en busca de animales en peligro de extinción para preservarlos. Al entrar en la Vía Láctea, sabiendo que los humanos estaban deteriorando su entorno, se dirigieron directamente a la Tierra. Mientras flotaban sobre Washington D. C., Kyra se sintió desalentada.

—La fauna terrestre está amenazada hasta un punto que supera nuestros superpoderes y capacidades zoonoticianas para salvarla —dijo Kyra a sus compañeras.

—No es así —respondió Myra—. Podemos unir nuestras grandes cabezas y elaborar un plan. Podemos utilizar una conspiración estadounidense a nuestro favor. Pizzagate, por ejemplo.

—¿Pizzagate? —preguntó Shyra.

—Sí, Pizzagate —continuó Myra—. La conspiración sostiene que Hillary Clinton envió correos electrónicos que contenían mensajes codificados que conectaban a altos funcionarios del Partido Demócrata y restaurantes estadounidenses con una supuesta red de tráfico humano y explotación sexual infantil. Un restaurante de Washington D. C. llamado “Comet Ping Pong Pizzeria” ocupa un lugar central en las acusaciones. Los terrícolas estadounidenses no tienen idea de que “cometa” señala la participación de la directora de mi tesis. Ella utilizó la telepatía para instigar la conspiración para que pudiéramos usarla como cobertura para nuestra agenda de bienestar animal. Obligó a los conservadores a difundir la teoría conspirativa de Pizzagate en las redes sociales. Podemos usar Pizzagate para manipular a los terrícolas conservadores estadounidenses, hacerlos rebotar como en un juego de ping pong para que estén distraídos y no tengan idea de nuestro objetivo. Para intensificar la situación, mi directora hizo que un hombre de Carolina del Norte disparara dentro de la pizzería. Esta es nuestra oportunidad de secuestrar a un legislador conservador, encerrarlo en el almacén de la pizzería e inculcarle algo de conciencia ambiental.

—¿A qué conservador deberíamos secuestrar? —preguntó Myra—. Encerrar a uno es válido. Sé que eso es lo que los conservadores no dejan de decir que quieren hacer con Hillary. Pero hay tantos conservadores que, francamente, no les importa en absoluto la fauna.

—Yo voto por Mitch McConnell —sugirió Kyra—. Habitualmente realiza acciones conservadoras perversas. Además, está relacionado con los animales porque el elenco de Saturday Night Live lo representa como una tortuga. Permítanme ser específica. La Ley de Especies en Peligro, que protege a la fauna vulnerable, está siendo atacada por legisladores republicanos. Las acciones diseñadas para debilitar la ley incluyen un proyecto para eliminar la protección del lobo gris, el urogallo y el escarabajo enterrador americano. Podemos transformarnos en estas especies, materializarnos en la pizzería y desafiar a McConnell. Los operadores conservadores, que están ocupados acusando a Hillary de abuso infantil, no notarán lo que estamos haciendo.

—De acuerdo —coincidieron Myra y Shyra.

Las zoonoticianas transportaron a McConnell al almacén de la pizzería, se materializaron allí y lo enfrentaron.

McConnell quedó desconcertado al encontrarse encerrado en una pizzería acompañado por animales e insectos no humanos que hablaban.

—Siéntese —dijo Kyra/loba.

—Trump se quejó conmigo de cuánto odiaba a ese horrible Michael Wolff y su invectiva de fuego y furia. Ahora tengo que lidiar con una loba parlante con enormes colmillos. Voy a llamar a mi equipo de seguridad —gruñó McConnell.

—La resistencia es inútil. Si se queja, parecerá desequilibrado —dijo Kyra/loba.

—Soy el líder de la mayoría del Senado. ¿Eres el lobo feroz? ¿Estás relacionada con Wolf Blitzer? Eres noticias falsas.

—Sí, soy el lobo feroz en relación contigo. Prepárate para desempeñar el papel de mi oveja. Estoy aquí como acto de venganza. Debido a que estás destruyendo la Ley de Especies en Peligro, mis compañeras lobas grises están en peligro. Lo mismo ocurre con el escarabajo enterrador americano y el urogallo. Tu desprecio por la conservación hará que te veas inundado por lobos, urogallos y escarabajos sobrenaturales. Si no proteges a las especies en peligro, te devoraré. Además, soplaré y resoplaré y derribaré tu mayoría en el Senado. Siempre puedo traer de vuelta a tu abuela de entre los muertos y comérmela también. ¿Cómo te sentirías usando una capa roja y llevando una cesta?

—Déjenme salir de este almacén de la pizzería inmediatamente —exigió McConnell.

—De ninguna manera —chirrió Myra/escarabajo enterrador.

McConnell, agotado, se recostó sobre una pila de cajas de pizza desechadas. Al cerrar los ojos mientras Myra/escarabajo se replicaba, se dio cuenta de que las cajas apiladas albergaban un enjambre de escarabajos enterradores americanos. Comenzó a aplastarlos.

—Aplastarnos no te llevará a ninguna parte —dijeron Myra/escarabajos—. Somos inmortales. No podemos ser aplastados.

—Uso insecticida contra las cucarachas de Kentucky. ¿Quieres decir que ni siquiera eso funcionará?

—En absoluto. Debido al daño que estás causando a la fauna, nosotros, los escarabajos enterradores, te someteremos a un tormento peor que el de las diez plagas de Egipto. Somos más horribles que las plagas de piojos, moscas y langostas. Cuando nos arrastremos sobre ti, rogarás que te cambien chinches por escarabajos. Lo peor de todo es que eres la única persona que puede vernos y sentirnos.

Cuando McConnell buscó alivio subiéndose a cajas llenas de salsa de tomate, apareció una bandada de urogallos enfurecidos que volaron sobre su cabeza.

—Querías provocar nuestra extinción —tuiteó Shyra/urogallo—. Aunque la venganza es dulce, no lo es nuestro método de venganza. A la cuenta de tres, suelten —dijo a la bandada. Una gran masa de excremento de ave cayó sobre la cabeza de McConnell.

Molesto por estar cubierto de insectos y excrementos de aves, McConnell intentó limpiarse.

—¿Has tenido suficiente? ¿Estás listo para dejar de promulgar legislación perjudicial para la fauna? —preguntaron al unísono Kyra/loba, Myra/urogallo y Shyra/escarabajos enterradores.

—No. Solo me interesa servir a los intereses corporativos.

Las zoonoticianas volvieron a su forma habitual de grandes cabezas y regresaron a Zoonotic para rendir sus exámenes orales. No dejaron a McConnell en el almacén de la pizzería, y tampoco le permitieron conservar su forma humana. Lo transportaron del restaurante de Washington al metro de Nueva York.

El tiempo pasó. La atención al Pizzagate dio paso al meme de la “rata de la pizza”. Ningún humano estadounidense descubrió jamás que la rata que se hizo famosa por arrastrar una porción de pizza por las escaleras de entrada del metro era el desaparecido Mitch McConnell.

Las zoonoticianas publicaron su investigación en una revista académica. Su teoría se convirtió en práctica cuando aseguraron que los demócratas recuperaran la mayoría en el Senado. Los demócratas no promulgaron ninguna legislación perjudicial para la fauna. Kyra, Myra y Shyra comieron pizza para celebrarlo.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

DON RAMON EN LA ISLA