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viernes, 31 de julio de 2026

BARRO DE LA TIERRA

Ruben De Baerdemaeker

 

Para Finn, romántico hasta la médula

 

En lo más profundo de sí, Phineas Oudenwereldt era un alma romántica y creía (aunque jamás lo habría expresado con semejante pomposidad) que por el arte había que sufrir, al menos un poco. Un escritor no escribe para ganarse el pan; un escritor escribe porque necesita escribir. Y si no gana un centavo con ello, si por el contrario renuncia a su empleo de tiempo completo y a la comodidad económica, eso no hace más que engrandecer su condición de escritor. Lo que pierde en ingresos lo gana en integridad, y Oudenwereldt ya había hecho su elección.

Sin embargo, mañanas como aquella eran difíciles. Noviembre es, de todos modos, el mes más cruel (diga lo que diga T. S. Eliot; él nunca había sido pobre), y el brusco descenso de la temperatura le hizo pensar en la factura del gas. Cuando despertó, la mañana ya estaba bastante avanzada, pero la luz gris prometía uno de esos días que nunca llegan a aclarar del todo. El perro levantó la vista cuando Phineas bajó la escalera arrastrando los pies y volvió a echarse en su cama. Phineas interpretó aquella falta de entusiasmo como un reproche evidente; buen animal, aunque siempre había tenido algo de pasivo-agresivo.

Solo quedaban cereales en casa, y otra vez se había acabado la leche. En realidad, la leche se había acabado hacía varias semanas, pero era una de esas compras insignificantes que daba pereza hacer. Preferiría, al estilo de Bukowski, echar un resto de Jack Daniel's sobre los cereales, pero no le gustaban las bebidas fuertes y, además, ¿sabías cuánto cuesta una botella hoy en día?

Naturalmente, tampoco ayudaba que la noche anterior hubiera terminado otra vez demasiado tarde. Había sido el cumpleaños de alguien (siempre era el cumpleaños de alguien), así que había habido la fiesta obligatoria (siempre había alguna fiesta), y Phineas había vuelto a ser completamente Phineas. En su cabeza palpitaban, como bajos atronadores, fragmentos de recuerdos, unos más vergonzosos que otros. Lo que una pista de baile puede hacerle a una persona, a un escritor… No, esas fiestas, a partir de cierta edad, se pagan al contado, y la cuenta bancaria de su resistencia física llevaba ya tiempo entrando regularmente en números rojos.

El gran Phineas Oudenwereldt estaba descalzo junto a la encimera, intentando tragarse un puñado de cereales secos, sin éxito. Al final se inclinó sobre el grifo y empujó el engrudo hacia el estómago con agua del grifo.

Desayuno de campeones.

El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Al parecer, ya habían aparecido las fotos de la noche anterior. Vio una versión de sí mismo sin camisa, pero con un sostén rodeando su torso desnudo. Claro, una fiesta temática oben ohne; las fiestas temáticas siempre son las mejores. Si alguna vez había tenido una imagen pública, acababa de hacerse añicos. Ningún escritor serio desde Hemingway se había dejado fotografiar con el torso desnudo; y Hemingway, por lo menos, no llevaba sostén. ¡Ja! ¡Larga vida a los márgenes oscuros del mundo literario!

El teléfono volvió a iluminarse en su mano. Llamaba Alvo, su editor, nada menos. Aquel buen hombre llevaba una editorial por puro amor a los libros y, precisamente por eso, jamás había obtenido beneficios.

No, ahora no.

Los cereales se le pegaban a las cuerdas vocales y el desprecio hacia sí mismo se le adhería a la lengua.

El perro abandonó el tratamiento del silencio y se acercó trotando hacia él.

La nieve mezclada con lluvia golpeaba el cristal.

Por eso lo llaman un tiempo de perros.

El escritor y su perro caminaron lentamente junto al Escalda. Con aquel tiempo, por suerte, no había corredores y los ciclistas eran escasos. Avanzaron junto al largo muro del cementerio, cada uno perdido en sus pensamientos. Aquel brazo del Escalda era poco más que un arroyo fangoso en una llanura de barro marrón, llena de juncos y bolsas de plástico, y probablemente con suficientes metales pesados como para envenenar a todo Gentbrugge. La corriente que había engrandecido a Flandes. Explicaba muchas cosas y constituía una metáfora perfecta.

Oudenwereldt sintió el cosquilleo, el impulso, el deseo, la necesidad de escribir.

El Escalda muerto serpentea junto al cementerio. ¡Qué imagen! ¡Qué frase!

Tenía hambre de frases, de jugar con las palabras. Ah, la vida es un juego de palabras, un juego del destino, un juego de la ortografía, el tejido de una maraña verbal… ¡El sentido de la vida es la vida de una frase!

Phineas apresuró el paso de regreso a casa, persiguiendo a la musa, empujado por el gélido viento del norte de la inspiración. Hasta el perro comprendió que había prisa.

Ni siquiera se quitó el abrigo. Se sentó en su silla de escribir, ante su escritorio, que en realidad no era otra cosa que la mesa de la cocina, y abrió su vieja computadora portátil.

Sus dedos golpearon el teclado con frenesí.

«El Skaäldaa había engrandecido el reino de Goandabrugia, pero ahora no era más que una corriente fangosa junto al inmenso cementerio...»

Junto a la computadora comenzó a sonar el teléfono.

Sin pensarlo, Phineas deslizó el dedo por la pantalla.

Aceptar llamada.

Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Pasearse mientras hablaba por teléfono daba una agradable sensación de importancia.

—¡Alvo! Justamente estoy escribiendo un nuevo cuento. Fantasía, pero metafórica. Habla del mundo, aunque en realidad no. Tiene algo de cli-fi, algo de distopía, ¿sabes?

—¡Por fin contestas! ¡Intento llamarte desde anoche!

Anoche. Claro.

—¿Recuerdas que la semana pasada te hablé de unas posibilidades de publicación internacional? —Alvo, que en persona era más bien bajo de estatura, soñaba a lo grande. Eso era precisamente lo que Phineas apreciaba de él: su grandeza imaginativa—. Mientras tanto he hecho algunos contactos. Un viejo amigo en HarperCollins. Estaban entusiasmados.

—¿Entusiasmados? ¿Cómo que entusiasmados?

—Van a comprar los derechos para publicar el libro en inglés. Gran campaña de promoción, todo el paquete...

—¿HarperCollins?

—Sí, sí, pero eso es solo por el libro. También estamos negociando los derechos cinematográficos. Para tres de tus cuentos el acuerdo ya está cerrado; seguimos trabajando en otros dos.

—¿Los derechos cinematográficos?

—Sí. Bovenlijf, ese relato corto, ya deja por lo menos dos millones. Warner Bros. lo quería a toda costa. Para los demás estamos negociando con Netflix. En total –libro más películas– vas a ganar, como mínimo, quince millones. Y eso solo para empezar. ¿Te haces una idea?

Phineas tragó saliva. Los cereales le pesaban en el estómago. La lengua le parecía un lenguado hundido en el barro.

—Alvo, te llamo luego, ¿de acuerdo? Justo estaba inspirado con un cuento.

—Claro, déjalo reposar un poco. Yo me encargo del resto y te aviso cuando necesite tu firma.

Phineas volvió a dejarse caer en la silla. El cursor parpadeaba; primero de manera invitadora, luego, con el paso del tiempo, como un reproche y, finalmente, con burla. Se quedó mirando la pantalla.

El Skaäldaa, Goandabrugia... Lo había visto todo con absoluta claridad, pero la imagen había desaparecido. Solo quedaba una pantalla que se burlaba de él con su forma rectangular. Aquello no iba a ninguna parte. Un día perdido. El dolor de cabeza, que hacía un momento parecía haber remitido, regresó con fuerza. Phineas tragó saliva. Tomó el teléfono y abrió el chat del grupo. El cursor brillaba. Con dedos temblorosos escribió:

«¿Fiesta, alguien? Tema: ¡el dinero no da la felicidad! Traigan billetes y un encendedor. ¡Corran la voz, compartan el amor!»

El perro lo miró lleno de expectativa.

Sobre el suelo de la sala había quedado un rastro de huellas de perro y de suelas de zapatillas gastadas, dibujadas en la nieve derretida y el barro que empezaba a secarse.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

lunes, 20 de julio de 2026

PROBLEMA

Ruben De Baerdemaeker

 

Para Frank Roger

 

Todos los domingos voy a visitar al escritor. Es un poco mayor y hace ya tiempo que está jubilado, pero su mente sigue tan lúcida como siempre, su sentido del humor continúa siendo igual de seco y el brillo de sus ojos conserva un aire casi juvenil. Escribir mantiene joven a la gente, o al menos mantiene viva esa ilusión. Tomamos café, hablamos de libros y jugamos una partida de ajedrez. Casi siempre gana él; a veces me deja ganar, tanto en la conversación como sobre el tablero.

—Sirve tú el café —dice, mientras pone sobre la mesa unas galletas especiadas.

Tiene un hermoso juego de piezas grandes de madera, agradables y pesadas al tacto, pero el tablero, plegable, es de cartón recubierto de plástico. Alguna vez pensé en regalarle un tablero de madera, pero sospecho que prefiere ese de plástico porque ocupa poco espacio y cabe perfectamente en el aparador.

La primera vez que jugamos al ajedrez –hace ya unos años– la partida duró casi tres horas. Sospecho que tardaba tanto en cada movimiento para ir adormeciéndome poco a poco. Y lo consiguió bastante bien. A pesar del café, me fui sintiendo cada vez más somnoliento y empecé a hacer jugadas cada vez más torpes, hasta que de pronto me encontré en jaque mate.

—No es muy frecuente dar mate con un caballo —dijo, muy satisfecho de sí mismo.

Menos mal, pensé. Si hubiéramos llevado aquella partida hasta un final prolongado, no habría llegado a casa antes de la medianoche.

La semana siguiente llevé un reloj de ajedrez, de esos antiguos que hay que dar cuerda y que empiezan a hacer tic-tac en cuanto se ponen en marcha. En los últimos minutos, la aguja levanta una pequeña bandera metálica; cuando tu bandera cae, pierdes la partida. Lo observó con desconfianza.

—¿Para qué íbamos a usar una cosa así?

—Hace que todo sea más auténtico. Mucho más profesional.

Ese argumento bastó. Los escritores suelen ser bastante competitivos. Él también.

Puse media hora para cada uno, y desde entonces nunca hemos cambiado ese tiempo. Él siempre consume más minutos que yo, pero sigue ganando. A veces queda apurado por el reloj, pero su bandera nunca ha caído.

Le tiembla la mano cuando mueve una pieza. Lleva siendo así desde hace mucho; de hecho, creo que siempre fue así. Pero el temblor se ha vuelto más intenso y, cuanto más se internan sus piezas en mi mitad del tablero, más le cuesta levantarlas sin derribar otras.

—Caballo a c2 —dice, y soy yo quien ejecuta la jugada.

—Buena jugada —comento.

No responde. Apenas asiente con un leve movimiento de cabeza.

La semana pasada el tablero no estaba sobre la mesa. Solo el reloj de ajedrez, junto a las galletas.

—¿Esta semana no tiene ganas de jugar?

—Claro que sí —respondió el escritor—. Pero vamos a hacerlo un poco más difícil. e2-e4.

Pulsó el reloj. Lo miré con expresión interrogante, pero él había cerrado los ojos y descansaba reclinado en la silla.

—e7-e6 —dije, y pulsé el reloj.

—La Defensa Francesa. Otra vez la Francesa. Ya deberías saber que eso nunca termina bien para ti. d2-d4.

Después de cinco jugadas ya no estaba seguro de qué peón ocupaba qué casilla ni de si había desarrollado ya mi caballo. Dos movimientos más tarde hice la primera jugada imposible. No llevábamos ni diez minutos cuando propuso tablas. Tal vez sintió compasión por mí; o, más probablemente, se le había agotado la paciencia.

Hoy fui a visitar al escritor. Tomamos café y hablamos de libros. Sobre la mesa, el reloj de ajedrez descansaba de manera casi amenazadora junto a las galletas.

—¿Te apetece una partida? —preguntó.

—Sí, claro. ¿Saco otra vez el tablero?

—No hace falta —respondió, mirándome fijamente.

Puso su mano sobre la mía. No temblaba.

—Cierra los ojos. Usa tu imaginación. Es suficiente.

No entendía qué quería decir. Cerré los ojos. Levantó mi mano de la mesa y la colocó sobre el lugar donde, más o menos, debía de estar el reloj de ajedrez.

—Empieza. Tú llevas las blancas.

Soltó mi mano y pulsé el reloj. Empezó a sonar el tic-tac.

—Buena jugada —dijo—. Es algo diferente.

Lo oí pulsar el reloj. Me tocaba mover. Pensé mucho más profundamente de lo que lo habría hecho en una partida normal. Pulsé el reloj.

—Ajá... —murmuró—. Nada mal.

Y así seguimos jugando. Creo que fue una partida magnífica. No sé dónde estaban las piezas, pero se sentía bien. Comprendí que no se trataba del juego. Nunca se trata del juego.

Pulsé el reloj.

Él.

Yo.

El tic-tac del reloj de ajedrez perforaba el vacío entre los dos. Sin un reloj, una partida así podría durar eternamente.

—Me rindo —dije.

—Haces muy bien —respondió—. Esta ya no puedes ganarla.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

 

viernes, 15 de mayo de 2026

EL ARQUITECTO

Ruben De Baerdemaeker

 

La casa era, en realidad, exactamente lo que buscábamos. Un poco deteriorada, pero perfectamente habitable por el momento, en un barrio tranquilo no demasiado lejos del centro de la ciudad y, sobre todo, apenas dentro del presupuesto que teníamos en mente. Merel se entusiasmó de inmediato, y con eso la decisión quedó tomada: con las mujeres embarazadas no se discute, eso lo sabe cualquier hombre, y si todavía no lo sabe, es una lección que solo necesita aprender una vez.

—El jardín es realmente muy pequeño —observé.

—Mejor eso que nada, cariño. Además, ¿para qué querrías un jardín grande? Ni siquiera te gusta la jardinería. No, un jardincito pequeño es perfecto para nosotros. Hay espacio justo para un arenero y una pileta inflable en verano.

—La señora tiene razón, sin duda. Una pileta inflable, en un día como hoy… ideal, ¿verdad? —Por supuesto que el agente inmobiliario pensaba que la señora tenía razón: para él, el instinto maternal de Merel era la garantía de una buena comisión, y notaba que el clima veraniego jugaba a su favor—. Y, además, mire, yo también lo veo en mi casa: cuando crecen, ya no juegan en el jardín. Se van a pasar el tiempo a cualquier otro lado. Y después todavía hay que pagarles para que corten el césped. Por suerte, ahora existen los robots para eso. Son más baratos que los hijos, ¡se lo aseguro!

Se rio a carcajadas y hasta me puso una mano en el hombro; hombres entre hombres. Merel sonrió con incomodidad, pero su mirada no prometía nada bueno.

—En fin, lo que quiero decir —intentó recuperar su simpatía— es que es un jardín pequeño, pero para este barrio tiene un tamaño bastante aceptable, y sin duda entra una mesa. Y una pileta, por supuesto.

Su sonrisa, blanca como pasta dental, resultaba inquietante, pero Merel asintió conforme y comprendí que ya no había nada que objetar.

 

Llevábamos viviendo allí más o menos un mes. Yo ya había vuelto al trabajo, pero Merel seguía con licencia por maternidad y estaba casi siempre en casa con el bebé. Nuestro Raphaël dormía mal, y ambos sentíamos el agotamiento sobre el que todo el mundo nos había advertido. Supusimos que era parte de la experiencia y nos arrastrábamos a través de los días, viviendo en un caos doméstico permanente.

Acababa de acostar a Raphaël en su cuna y me había desplomado en el sofá sin siquiera quitarme los zapatos, esperando echarme una siesta, cuando sonó el timbre. Raphaël ni se movió. Uf. Si otra vez eran niños scouts vendiendo golosinas horribles, ya iba a enseñarles lo que es la disciplina scout. El timbre sonó por segunda vez. Raphaël arrugó apenas la nariz y siguió durmiendo.

El hombre que estaba en la puerta parecía un oficinista perdido, pero salido de una comedia flemish de los años ochenta. Pantalones grises, camisa a cuadros, saco azul; todo ligeramente arrugado y gastado. Su cabello fino estaba prolijamente peinado con raya al costado y llevaba unos anteojos con montura solo en la parte superior.

Parpadeé. Él no parpadeó.

—Buenas tardes, señor. Soy el arquitecto.

En algún momento tendríamos que reformar la casa, eso sí lo habíamos hablado, pero habíamos pospuesto todo ese asunto para mucho más adelante. Me parecía difícil que Merel hubiera contactado a un arquitecto sin decirme nada. Aunque… últimamente hablábamos poco; sobre todo intentábamos recuperar sueño.

—El arquitecto paisajista, para ser exactos.

Entonces me eché a reír.

—Se ha equivocado de dirección, señor. Si viera nuestro jardincito, comprendería enseguida que ahí no hay mucho que diseñar. Con un par de matas de césped ya está lleno.

—Sí, precisamente, señor, por eso estoy aquí.

Levanté una ceja.

—Durante la compra de la casa usted manifestó que el jardín le parecía demasiado pequeño, ¿verdad, señor? Desde hace dos años, la inmobiliaria está obligada a informar a los servicios municipales, y nosotros seguimos el expediente dentro del marco de prevención y salud mental. En su caso demoró un poco más, porque el jardín, estrictamente hablando, no es inexistente y por lo tanto usted no pertenece a la categoría de máxima prioridad, pero aun así tiene pleno derecho a los servicios de… ejem… nuestros servicios. ¿Puedo echar un vistazo?

—Pase —murmuré, cuando él ya estaba entrando a la casa junto a mí.

Seguí al hombre por el pasillo hasta la sala de estar.

—No preste atención al desorden, señor… eh…

Miró rápidamente a su alrededor y registró a Raphaël, que precisamente ahora dormía plácidamente, con ambos brazos levantados como si se hubiera entregado con absoluta confianza a su siesta.

—El desorden es el estado natural de las cosas, señor. Los niños generan caos; es una ley de la naturaleza.

Sonaba demasiado serio como para estar bromeando, pero yo me reí torpemente.

—El jardín está allí, por supuesto.

El arquitecto lanzó una mirada a través de la puerta corrediza.

—Dos arbustos, unos pocos metros cuadrados de césped en mal estado, una terracita apenas lo bastante grande para una mesa pequeña. Sí. No es mucho, señor.

De pronto sentí el impulso de defender nuestro jardincito. Sí, no era gran cosa, pero era mío. Nuestro. Yo tenía derecho a considerarlo pequeño y triste; me había ganado ese derecho con la escritura de propiedad. Pero que un extraño, un burócrata, emitiera un juicio sobre mi jardín me parecía inadmisible.

—Eso mismo dije yo, ¿no? ¿No era por eso que está aquí?

—Y le doy la razón, señor. ¿Puedo sentarme?

Tomó asiento a la mesa del comedor, apartó algunas migas y abrió un cuaderno sobre la mesa. Sacó una lapicera estilográfica del bolsillo interior de su saco.

—No es sencillo, ¿verdad, señor?… El bebé no duerme bien, en el trabajo esperan cada vez más de usted, la relación ya no es lo que era. No es como usted lo había imaginado.

—Escuche una cosa —empecé, pero él me hizo callar con un gesto de la mano.

—No estoy aquí para juzgarlo, señor, estoy aquí para ayudar. Ustedes necesitan un jardín.

—Tenemos un jardín. Está ahí.

—No termina de comprender; permítame aclarárselo. Lo que usted necesita, a falta de un jardín verdadero, es un jardín imaginario. Un poco de verde, un poco de belleza y, sobre todo, un poco de paz. Y antes de que proteste: no es solo para usted. Ese jardín también es para…

Hojeó hacia atrás en su cuaderno.

—…Merel y el pequeño Raphaël. Los niños necesitan espacio, señor.

—¿Un jardín imaginario? ¿Y usted piensa vendérmelo?

—No, señor, voy a diseñárselo. Después de todo, soy el arquitecto. Los gastos corren por cuenta del municipio.

Se puso de pie y guardó nuevamente el cuaderno y la lapicera.

—Me pondré a trabajar; en unas semanas tendrá noticias mías. Ya me retiro solo. Saludos a la señora.

Me dejó allí, desconcertado. Cuando Merel bajó después de su siesta de la tarde, me dio un beso.

—¡Has ordenado! Qué héroe eres. ¿Escuché el timbre o lo soñé?

No me gusta mentirle a Merel, pero no veía cómo explicarle lo del arquitecto paisajista sin provocar una serie de preguntas que jamás podría responder.

—Debió de haber sido un sueño, cariño.

Ella se apoyó contra mí y juntos contemplamos a Raphaël, que chasqueaba suavemente los labios mientras despertaba poco a poco.

Estaba sentado en el sofá con el bebé en brazos y una botella de whisky en la mano. Eran las tres y media de la madrugada y parecía que siempre serían las tres y media de la madrugada. Raphaël había llorado hasta quedarse dormido, pero estaba seguro de que, si ahora dejaba al mocoso en su cama, el alarido volvería a empezar. No es su culpa, me repetía como un mantra, no es su culpa. No es tu culpa. Bebí un trago del Chivas Regal que me habían regalado en Navidad. No era un gran whisky, pero ¿qué importaba?

Sobre la mesa ratona estaba la carpeta que había sacado del buzón ese mismo día y que todavía ni siquiera había abierto. El arquitecto había necesitado apenas unos diez días: eficiente sí que era. “Proyecto de jardín, calle Voorn 34. V-2495056”, decía la portada. Me incliné con cuidado hacia adelante en el sofá, dejé la botella y abrí la carpeta.

El jardín comenzaba en nuestra terracita, pero un sendero serpenteaba invitador entre los canteros. Reconocí malvas y espuelas de caballero, blancas y rosadas, aunque la mayoría de las flores no podía identificarlas. Crecían mezcladas en un equilibrio perfecto entre naturaleza y estructura, una despreocupación estudiada como en los más bellos jardines ingleses. Más Sissinghurst que Versalles, gracias a Dios.

Hacía un calor agradable y el jardín olía a verde, a sol y a verano. Había una pequeña huerta de hierbas aromáticas y la lavanda estaba florecida, pero también percibía el tomillo, el orégano, la melisa… Un muro de ladrillo rodeaba el conjunto, igual que en nuestro jardín real, pero este era muchas veces más grande. Era perfecto, era mágico, pero lo único que realmente me asombraba era que nada del jardín me asombraba. Todo en él era lógico, pensado, y cualquier pequeña modificación solo habría arruinado la impresión armónica del conjunto.

Seguí el sendero hasta el muro del fondo, donde una gran madreselva trepaba por la pared. Entre un pequeño huerto de árboles frutales y un arenero con una combinación de columpio y tobogán había un césped impecable. Ah, qué bien, pensé, también Raphaël tiene aquí su lugar. En el huerto, un mirlo se posó sobre un manzano donde diminutas manzanas verdes se escondían entre las hojas.

¡Raphaël! ¡Merel!

La carpeta cayó al suelo. Raphaël dormía profundamente sobre mi pecho y mi hombro. Ya eran las cuatro y media. Me maldije a mí mismo. Era peligrosísimo quedarse dormido con un bebé encima en el sofá. Si ya tienes falta de sueño, todavía échate whisky en la cabeza y seguro ocurrirá un accidente. Sentía el corazón martilleándome y me asombraba que Raphaël no pareciera notar nada.

Guardé la botella en el armario y subí tambaleándome. Acosté a mi hijo con suavidad, muchísima suavidad, en su cunita y volví a acostarme junto a Merel. Ambos respiraban muy tranquilos. Los tres dormimos hasta las ocho de la mañana, por primera vez en meses.

Merel ya había vuelto al trabajo y todavía no había regresado cuando el arquitecto volvió a presentarse en la puerta. Lo hice pasar de inmediato.

—Ya ha podido echar un vistazo al jardín.

No era una pregunta ni una afirmación; era apenas una formalidad. Asentí con entusiasmo. La carpeta estaba guardada en un cajón de mi escritorio y de vez en cuando la sacaba. Entonces paseaba por el jardín imaginario, a veces con Raphaël en brazos, a veces solo. A Merel todavía no le había mostrado el jardín. Ya habría ocasión más adelante, cuando encontrara el momento adecuado.

—Sí, el jardín es precioso. Exactamente lo que necesitábamos. También para Raphaël, por cierto. Ya le gusta mirar las flores; creo que son los colores los que le fascinan. Y en ese arenero se divertirá muchísimo cuando sea un poco más grande.

Raphaël estaba sentado erguido, como podía hacer desde hacía unas semanas, golpeando el suelo con un bloque de colores. Lanzó un chillido triunfal. El arquitecto apenas lo miró.

—Los niños necesitan espacio, también en su imaginación. Así es.

—Solo me preguntaba…

—Diga, señor.

El arquitecto tenía la lapicera lista.

—¿Podría ser un poco más grande? ¿El jardín? Quiero decir, es un jardín imaginario, así que en principio podría ser… ilimitado, ¿no?

El arquitecto volvió a colocarle la tapa a la lapicera.

—En principio sí. —Suspiró—. Mire, señor, cuanto más grande es el jardín, más trabajo requiere y más mantenimiento necesita, eso lo comprende, ¿verdad?

Se me escapó una breve risa seca.

—¿Mantenimiento? ¿Cortar el césped con una cortadora imaginaria o algo así?

—¿Cortar el césped? No, ese tipo de tonterías no son necesarias. Por supuesto que no. Pero un jardín imaginario que no se visita intensamente se desvanece. Déjelo unas semanas abandonado y todas las flores empiezan a parecer iguales. Después de un año, lo mismo da empezar desde cero. Además…

Tamborileó con los dedos sobre la mesa y miró un momento nuestro jardín real, que lucía desnudo y triste, como si la primavera todavía no hubiera llegado hasta él.

—Además, señor —y no me lo tome a mal—, su imaginación es, efectivamente, limitada. No me refiero tanto a usted en particular: así ocurre con todo el mundo. En unos más que en otros, claro. Es una curva de Gauss, como tantas cosas.

—Ah, sí, ¿y yo dónde estoy en esa curva…?

—Usted está bastante en el medio, según nuestros datos. Un poquito hacia la izquierda, pero dentro de la zona normal, como aproximadamente el ochenta por ciento de la gente. No tiene de qué preocuparse. Pero un jardín más grande… en fin… no se lo recomendaría, señor. La ambición no es mala, pero la satisfacción es mejor. Esa, al menos, es mi experiencia.

Sentí que empezaba a enfurecerme con ese funcionario, ese burócrata mediocre, que pretendía medir mi imaginación. Por el rabillo del ojo vi acercarse a Raphaël. Avanzaba sentado sobre el trasero, deslizándose poco a poco mientras chupaba un bloque de madera. Mi hijo, mi hoja en blanco, mi tabula rasa que tendría todo mi potencial y ninguno de mis defectos.

—¿Y él?

—¿El bebé, señor?

—El bebé, sí. ¿Qué hay de su imaginación?

El arquitecto carraspeó.

—Demasiado pronto para decirlo, señor. Puede desarrollarse de cualquier manera. En cualquier caso, un jardín imaginario solo puede hacerle bien.

Pensé un instante.

—¿Y el nuestro? Bueno, el de su propuesta. ¿Es lo bastante grande?

Me miró con gravedad desde debajo de aquella única línea de montura de sus gafas.

—Es lo bastante grande, señor. Para usted, para su esposa, Merel…

Ese tipo lo sabía, estaba seguro de ello: sabía que Merel aún no había visto el jardín.

—…y para Raphaël. Para eso fue diseñado. La satisfacción es importante, como ya le dije. Nosotros no trabajamos por menos que eso.

Raphaël dormía cada vez mejor y, hacia el verano, eran más las noches en que no teníamos que levantarnos para calmarlo con un biberón que aquellas en que sí debíamos hacerlo. Se despertaba temprano, eso sí, pero ni siquiera nos molestaba. Para quien ha tenido que levantarse cuatro o cinco veces por noche durante meses, dormir de corrido hasta las seis es puro lujo.

Era mi turno de levantarme. Raphaël se había incorporado sujetándose de los barrotes de la cuna y brincaba de alegría cuando me vio. ¿Feliz de ver a papá o simplemente hambriento? Bah, ¿qué importa? Merel murmuró algo y se dio vuelta.

Prometía ser un día caluroso. Abrí de par en par la puerta corrediza y le di a Raphaël su papilla. Mientras preparaba café para mí, él exploraba gateando. Cruzó con cuidado el borde de la puerta corrediza, perdió el equilibrio y rodó hacia la terraza.

Corrí hacia él, pero ya se había puesto nuevamente en posición de gateo y parecía orgullosísimo de sí mismo. Lo levanté en brazos y bajé dos escalones hasta el césped. La hierba estaba verde y espesa, y nuestros dos arbustos habían crecido bastante. Las primeras flores rosadas comenzaban a abrirse en la hortensia y en dos grandes macetas había tomillo y orégano listos para cosechar.

—Buenos días, chicos —dijo Merel detrás de mí—. ¿Café para el grandote?

Sostenía dos tazas, el cabello todavía desordenado y una vieja camiseta de la que apenas sobresalían las piernas de su pantalón corto de pijama. Me dio un beso y una taza de café, en ese orden. Raphaël estiró los brazos hacia ella. Hijo de mamá.

—Ah, el sol sale sobre los campos… Mucho trabajo en la granja, padre?

—Bastante, madre, bastante.

—¿Sigues pensando que el jardín es demasiado pequeño? —preguntó de pronto, seria.

—¿Demasiado pequeño? Ah, sabes, en realidad ya no me importa demasiado.

—¿Entonces ya lo superaste?

—Mucho mejor que eso. Simplemente estoy satisfecho.

Una abeja zumbaba entre las ramas del tomillo, un pájaro se posó sobre el muro del jardín, Raphaël brincaba excitado y el sol resplandecía en los ojos de Merel. Todo olía a hierbas, a césped y a verano.

—Sí, claro que sí. Completamente satisfecho. Y, por cierto, quería mostrarte algo.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

miércoles, 15 de abril de 2026

STREAM

 Ruben De Baerdemaeker

 

…luz brillante luz sol *** vacaciones el año pasado en avión ese día *** la playa cuando me quemé me quedé dormido sobre una toalla como en el folleto con arena blanca y un cóctel la arena no era blanca no había cócteles ningún alcohol olor luz no así una lámpara olor médico alcohol no cóctel hospital un accidente una operación.

—¿Señor?

Enfermera ojos bonitos rubia nada más que ver completamente cubierta bata verde pero muy bonita médico también hospital…

—¿Señor Coopers?

Yo…

—Sí.

—Señor Coopers, el procedimiento ha salido bien. Sin complicaciones. Solo ha estado anestesiado un cuarto de hora.

…dolor cabeza latidos dolor palpitante tan caliente que ahora sé lo que significa la enfermera de ojos bonitos se va bonita espalda pienso completamente cubierta con bata verde moverse levantarse no levantarse dolor *** peligro simplemente quedarse acostado acostado descansar hospital…

—Su stream está en línea y ya al 98 por ciento claro. Ese nuevo algoritmo es realmente rápido.

Alma mira concentrada la pantalla en la que, a gran velocidad, se añaden palabras a un bloque de texto cada vez más largo.

…mira una pantalla con sus bonitos ojos mira concentrada preocupada alarmada preocupada algo ha salido mal ha mentido mentir no está permitido ya no…

—No se preocupe, señor Coopers, todo se ve perfecto. Lo llevamos de inmediato de vuelta a su habitación.

Asiente a dos enfermeros, que hacen rodar la cama de Coopers con soltura y sin mucho interés fuera del quirófano.

Alfred saca la broca del brazo robótico, le enjuaga un poco de sangre y la tira en la bandeja de esterilización.

—De acuerdo, Alma. Tú ganas. Pero no has jugado del todo limpio, tengo que decir.

—Nadie ha dicho nunca que la máscara de pestañas y la sombra de ojos estuvieran prohibidas, ¿verdad? Quien juega, debe poder poner sus cartas sobre la mesa.

—Me alegra que por una vez no hayamos tenido que presenciar fantasías repugnantes al despertar. Este era bastante inocente en comparación con otros.

—¿Qué puedo decir? Soy irresistible.

—¿Qué puedo decir? Eres lo primero que ven cuando vuelven en sí. A falta de algo mejor, dirigen todos sus deseos hacia eso, claro. Como en El sueño de una noche de verano de Shakespeare.

—Otra vez con eso. ¿Ese Shakespeare escribió alguna vez algo sobre promesas?

I promise you, your kindred hath made my eyes water are now. Apropiado, ¿no?

—Mucho. Ya tengo ganas de nuestra cena prometida… y de que la cuenta te haga llorar.

—La cena está hecha. Esta noche, a las siete. Ponte algo más elegante que esa bata.

—Ya verás. Y si te gusta ser el objeto de deseo, siempre podemos intercambiar los papeles: yo les hago un agujero en la cabeza y tú miras en sus ojos cuando despierten.

—Con énfasis en sí. No lo creo… aquí viene el siguiente.

Alfred toma una broca estéril preparada y ajusta el portabrocas. Hay bastante más que hacer que simplemente perforar un agujero, piensa, aunque debe admitir que antes, en los inicios de la tecnología SPI, había bastante más desafío. Entonces aún tenía que determinar él mismo la trayectoria de perforación y estimar las ubicaciones exactas de los nanochips. Eso no se podía dejar a una computadora. Mucho menos a una enfermera con unas cuantas clases nocturnas extra. Además, se necesitaba un pequeño equipo de técnicos para calibrar los Stream Presentation Implants y obtener una señal limpia. A veces los implantes tenían que desplazarse varias veces hasta que el stream se volvía claramente legible, y una operación podía durar fácilmente todo un día, para una tarea rutinaria que ahora apenas lleva media hora.

Incluso él, que entonces marchaba en la vanguardia científica de la neurotecnología, se ha visto superado por los algoritmos que ayudó a desarrollar. Dale unos años más –si es que tarda tanto– y hasta Alma podrá hacer el procedimiento por sí sola. Hará falta, además, con el número creciente de solicitudes. Lo que antes era impensable ahora no solo se piensa, sino que se lee de inmediato. Según Alfred, es solo cuestión de tiempo antes de que todo el mundo tenga un SPI, con los más modernos y los seguidores a la cabeza. Y por qué no, al fin y al cabo… si no tienes nada que ocultar. Y mientras tanto, sus ingresos están garantizados, ¡sea científico o no!

…solo una cena no existe algo como una simple cena irresistible lo dice ella misma y tiene razón con ese cuerpo suyo quién podría resistirse querer resistirse poder resistirse qué planea qué quiere was will das Weib dijo alguien alguna vez típico de hombres típico hombre soy yo también pero cariño tengo una reunión será tarde no me esperes como un cliché en una película y mientras tanto con ella quién sabe quizá mejor ducharse y afeitarse por si acaso nunca se sabe y cuanto menos sabes más deseas…

Cuando entra deslizándose en el restaurante, sus pensamientos se desbocan. Su vestido negro ajustado cubre mucho, oculta poco, sugiere todo. Hay una nueva audacia en su mirada y una gracia despreocupada en sus movimientos. Alfred se levanta y se siente la personificación de la cortesía. El protagonista masculino de una película en blanco y negro: su Humphrey Bogart frente a su Lauren Bacall. Ella, por supuesto, no la conoce, pero él sí. Incluso le aparta la silla y la deja descender con elegancia. Percibe su perfume –nadie ha olido jamás mejor– y ese aroma disipa el último resto de culpa de su conciencia.

—Vuelves a ganar, Alma… esto es más elegante que tu bata verde.

—Cuidado, Alfred. Si de verdad quiero ganar, siempre lo hago.

—No, en serio, estás preciosa.

Sí, en serio, está preciosa. Irresistible, como ella misma había anunciado, aunque Alfred no se atreve a decírselo así; esa palabra podría cumplirse a sí misma como un hechizo.

La noche reduce a Alfred aún más al cliché que parece querer ser con tanto entusiasmo. Tras los cócteles (dos gin martini para él, un mojito sin alcohol para ella) viene vino blanco con entrantes demasiado pequeños, vino tinto con un plato principal apenas mayor, y una bebida dulce con un postre que parece una pintura abstracta y que apunta sobre todo a la satisfacción visual. Él bebe con avidez; ella, con moderación. Comen largo y despacio. Alfred se hunde cada vez más en una embriaguez semiconsciente, y no lo querría de otra manera ni por un segundo.

Paga con una sonrisa despreocupada, la ayuda a ponerse su abrigo largo y le ofrece el brazo camino a la puerta. Divertida, ella se enlaza con él, y el contacto entre sus cuerpos vibra a través de él.

—¿También me acompañarás a casa, caballero galante?

—¿No es eso evidente, bella doncella?

Se detienen frente a su edificio. La luz de las farolas vuelve casi inútil a la luna casi llena.

The moon, methinks, looks with a wat’ry eye, and when she weeps, weeps every little flower, lamenting some enforcèd chastity.

Ella lo besa y lo arrastra hacia dentro sin decir nada más. A él ni se le ocurre resistirse.

—Si supieras cuánto tiempo llevo pensando en esto —gruñe, mientras vive la realidad que sus visiones más salvajes le habían prometido.

Los límites entre sueño y acción, entre deseo y realización, presente y pasado, los límites entre Alfred y Alma se disuelven en una corriente salvaje y efervescente. Todo lo que ella hace refleja sus deseos más secretos, se siente como lo ha imaginado cientos de veces. Menos perfecto porque es real. Por eso, finalmente perfecto.

Se encuentran a sí mismos, varados en su cama, rodeados de restos de ropa y sábanas, aferrados el uno al otro. Respiran al unísono. Probablemente piensan al unísono. Ondas theta, en su corteza prefrontal igual que en la de él, neuronas que se extienden unas hacia otras como su mano hacia la cintura de ella.

Él es el primero en sentir la necesidad de levantarse; el vino, tal vez. Se vuelve a poner la ropa interior a trompicones, agradecido de que Alma parezca dormida, y se dirige tambaleándose al baño. Bajo la luz blanca del espejo, se ve cansado y más viejo de lo que se siente. Se lava el olor de ella de las manos y se echa agua en la cara. Debe irse a casa, y con urgencia.

En la penumbra del salón de Alma –la antesala de la cama donde ella, aún de espaldas a él, respira ligera y dulcemente– recoge su ropa y sus zapatos. Through the house give glimmering light, by the dead and drowsy fire. Se pone los pantalones y golpea la rodilla contra el escritorio junto a la ventana. La pantalla del ordenador de Alma cobra vida. Aparece un texto, al que las palabras parecen adherirse por sí solas, con facilidad juguetona.

… maldita sea qué golpe mi rodilla otra vez mi rodilla siempre la misma por qué tiene un stream abierto en su salón pacientes de hoy o seguimiento o trabajo extra sin nombre el formato es distinto pero es un stream otro software pero un stream pensamientos a ver qué dice a ver qué dice eso pensé hace un momento no pensé eso pensé hace un momento no no esto es no imposible cuándo cómo cuándo es esto…

—Más de un año ya, Alfred. Justo antes del verano.

Gira. Lleva un albornoz floreado y pasado de moda, del que la penumbra ha absorbido todo color; una diva en blanco y negro. Él guarda silencio. En la pantalla, el cursor parpadea. Su mano izquierda palpa su cráneo.

—Yo misma coloqué los chips. Y desarrollé el protocolo. Se llama SSPI; la primera S es de secreto. Hay bastante más que hacer que simplemente perforar un agujero.

Parece esbozar una sonrisa fugaz, o tal vez él lo imagina, pero su tono no es burlón; eso es lo que más le llama la atención a Alfred. No oye desprecio en su voz; sí compasión. Eso es, si cabe, aún peor. Ella mira por encima de su hombro la pantalla.

—No, Alfred, no siento compasión por ti. Eres lo bastante inteligente como para controlar tus pensamientos. O para no entregarte a tus fantasías conmigo. Aunque no diré que no me gustó, por una vez. Y tampoco que no apreciara tus recomendaciones de cine. Lauren Bacall es fenomenal.

—Lo sabías todo.

—Lo sabía todo. Tu esposa también, por cierto; al fin y al cabo fue idea suya. Y quiere hablar contigo. Ve a casa. Quizá ella sí sienta compasión. Trip away. Make no stay. Meet me all by break of day.

La luna sale de detrás de una nube y clava su luz estéril en la habitación. Alma apaga la pantalla. Las flores de su albornoz son rojas.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

lunes, 9 de marzo de 2026

AUTO DA FE

Ruben De Baerdemaeker

 

Cuanto mayor sea el desequilibrio, mayor sufrimiento debe causar el sacrificio. El oro es, al fin y al cabo, más pesado que el plomo y en la balanza del destino el peso sin significado no cuenta. Las generaciones más jóvenes nunca aprendieron esa lección. No han vivido ninguna guerra, no van a la iglesia, nunca han pasado hambre. No comprenden que nada pesa más que el sufrimiento, y es su incomprensión lo que las deja desconcertadas.

Ahora debo admitir que el primer invierno seco también me sorprendió a mí. Setenta inviernos había vivido en este pueblo y, en mi memoria, siempre había nieve. Lluvia también, claro: la vida no es una postal. Pero en lo más profundo del invierno las montañas se ponían su abrigo grueso, como decía mi madre. Las cumbres a lo lejos atraían las nubes hacia sí y retenían una capa blanca, y todos lo sabíamos: la nieve llega.

A mi edad, todos se vuelven nostálgicos. Ahí va el viejo otra vez, los veo pensar cuando cuento cómo de niños intentábamos fabricar trineos con tablas que encontrábamos en el granero, cómo jugábamos en la nieve para entrar en calor y secábamos la ropa junto al fuego. Solo Esperanza, mi ojito derecho, mi nieta, me mira con los ojos muy abiertos y nunca se cansa de mis historias.

—¡Cuenta, abuelo Ignacio! —grita mientras trepa a mis rodillas.

Nunca ha visto la nieve.

El primer invierno seco fue muy comentado en la taberna de Fulgencio. Era una novedad; un acontecimiento excepcional que duró meses pero que no tuvo consecuencias inmediatas. En invierno casi nunca venían turistas por aquí. Las pistas de esquí están demasiado lejos, y las casas de vacaciones y pensiones que habíamos construido en los últimos años porque con ovejas, ganado y agricultura ya casi no se ganaba nada, permanecían entre octubre y abril tan vacías como los prados y los campos que rodean el pueblo.

Pero cuando tampoco llegó la lluvia en primavera, las conversaciones se apagaron. Cuando los árboles frutales, recién cubiertos de hojas, amarillearon y murieron; cuando el río salvaje se convirtió en un arroyo parduzco y los muchachos ya no pescaban truchas, creció la desolación. Incluso los animales notaron que algo iba mal: ese año nacieron menos terneros y corderos. Los turistas no notaron nada. Aceptaban el paisaje seco y pardo tal como era, y los camiones cisterna con agua llegaban al amanecer, cuando ellos aún dormían.

En otoño llovería, sin duda, pero no llovió. Un segundo invierno seco, imposible, se volvió posible, se volvió real. Llegó la primavera; la lluvia no. Incluso las viejas coníferas, curtidas por el tiempo, crujían y caían abatidas; la caza desapareció lentamente de los bosques. Solo los lobos seguían allí, y aullaban de hambre o se reían de nuestra desgracia.

—Deberíamos hacer una ofrenda.

—Ah, sí, una ofrenda. Magnífica idea, Ignacio. La incluiré como punto “varios” al final de la reunión.

El ambiente en la taberna era amargo, cínico: la última máscara de la desesperación. Y aquí nadie me escucha. Sin dinero, sin influencia, y mucho menos en esa reunión, donde hombres que jamás habían estado en este pueblo venían a decirnos que no debíamos desperdiciar agua. Como si ya no lo supiéramos.

Al amanecer saqué la oveja del establo y la llevé al bosque. Me siguió como un perrito lanudo, confiando ciegamente en el viejo Ignacio que siempre daba comida y nunca golpes. Incluso cuando até al animal a un árbol, no protestó. Solo empezó a balar cuando yo ya había desaparecido de su vista. Haz que llueva, Dios, haz que llueva.

Aquella tarde se levantaron nubes. Nubes densas, grises, preñadas de lluvia. Pero la lluvia no cayó y el cielo solo amenazó. Cuando le conté a Fulgencio lo que había hecho, no se rio de mí. Guardó silencio, pensativo, y me llevó al establo. Al anochecer sacamos su vieja vaca hacia el bosque. Milagrosamente no nos cruzamos con nadie. Atamos al animal no muy lejos de donde los huesos roídos de la oveja blanqueaban en la penumbra. Un cuervo nos observaba desde arriba y graznó.

Al día siguiente llovió. Los habitantes del pueblo salieron como si nunca hubieran visto la lluvia. Festejaron bajo el aguacero, se empaparon hasta la piel, y cuando cayó la noche seguía lloviendo. Se pusieron ropa seca y continuaron la fiesta en la taberna.

Así fue aceptada mi ofrenda, así se cumplió mi deseo. Así comenzó de verdad nuestro tormento. La lluvia que tanto habíamos anhelado ya no se detuvo. En los primeros días agradecíamos cada gota, pero el barril de nuestra gratitud pronto se llenó y se desbordó junto con el río, que trepaba cada vez más por sus orillas y volvía intransitables los caminos fuera del pueblo.

Quienes habían sembrado al caer las primeras gotas vieron cómo la semilla se iba arrastrada junto con la tierra fértil. El ganado que había lamido con avidez el agua fresca de sus abrevaderos resbalaba en el barro y regresaba al establo con los flancos embarrados. Las truchas no volvieron. Los lobos se refugiaron en el bosque.

Después de tanto tiempo de sequía, nuestras casas resultaron incapaces de mantener fuera el exceso de agua. Se abría paso entre tejas y rendijas, penetraba en los muros y el yeso, entraba adherida a las suelas de las botas y se instalaba húmeda en camas frías.

—Abuelo Ignacio, ¿qué hacían antes cuando llovía?

—Jugábamos dentro, o salíamos y jugábamos bajo la lluvia.

—Pero, abuelo, ya hemos jugado a todo. Y mamá no me deja salir porque hay barro por todas partes.

No pude hacer otra cosa que apartar la mirada de Esperanza. ¿Qué le dices a un niño que, sin saberlo, se ahoga en la miseria que tú mismo has causado?

Tras un mes, la lluvia resultó ser un azote aún mayor que la sequía. El río arrastraba árboles. Algunos días parecía llevarse la tierra misma, mezclarse con ella. El suelo se desplazaba, los muros se agrietaban, las casas se hundían. Algunas de las casas de vacaciones vacías fueron plegadas por el agua creciente, y los viejos graneros empezaron a pudrirse de manera inconfundible.

Cada noche la taberna estaba más vacía, al igual que el pueblo. La mayoría de los jóvenes ya se había marchado –temporalmente– durante la sequía para trabajar en la llanura o en la ciudad. Ahora no regresaban. Los mayores permanecían dentro, tratando de expulsar la humedad de sus casas y el frío de sus huesos quemando los últimos leños secos en la chimenea. Una noche de abril, encontré a Fulgencio solo en su taberna junto a la iglesia, vacío y destartalado, pero limpio.

—Tenemos que hacerlo, Fulgencio. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Quizá los demás tengan razón, Ignacio: estás loco.

—¿Loco? Loco sería seguir como si todo fuera a arreglarse solo. ¿Tú crees en eso?

—La vez anterior se arregló.

—¡Sabes cómo ocurrió!

—No, no lo sé, Ignacio. No sé nada. Y tú tampoco. Solo sé que llevo dos años ganando casi nada, que me duelen todas las articulaciones y que este maldito pueblo se está desmoronando.

—Este maldito pueblo es donde nací, Fulgencio. Tú también.

—Nací aquí, pero no sé si quiero morir aquí.

Frotó la barra impecable hasta dejarla aún más limpia.

—Mi hijo y su esposa tienen trabajo en la ciudad. Tienen una casa. También hay sitio para mí.

No me miró. Bebí mi vaso y lo dejé sobre la barra. Un círculo húmedo quedó marcado en la madera.

—Hacemos lo que debemos hacer, Fulgencio.

Cerré la puerta tras de mí.

Toda la noche escuché el murmullo de la lluvia y el golpeteo de las gotas. Cuando salió el sol y la oscuridad se volvió un poco más clara, me levanté. Me afeité lenta y cuidadosamente y me puse una camisa limpia y mi viejo impermeable. Esperanza se removió en su camita; pronto despertaría, hambrienta e infinitamente curiosa.

La puerta de la pequeña iglesia siempre está abierta. Encendí una vela ante la imagen de la Virgen. Ruega por nosotros, pobres pecadores. La iglesia olía a humedad e incienso. Al levantarme, mis rodillas crujieron.

La luz de la mañana es ahora gris trucha y los adoquines brillan como escamas. Mis botas pisan terreno firme hasta el borde del pueblo y luego resbalan por el sendero del bosque. Aquí nadie ha estado en semanas. Mis huellas no son más que manchas sucias que pronto serán borradas. No vacilo; los lobos esperan. Haz que deje de llover, por favor.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

AL CANTO DEL GALLO