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martes, 30 de diciembre de 2025

EL ATLAS DE OTRO MUNDO

Ak Welsapar


 

Del ciclo «El viejo Merv»

Juma, de Merv, estaba convencido de que el mundo era enorme. Pero sus vecinos de la calle lo dudaban. Él les decía que en el mundo había tantas ciudades como su Mаri natal (como ahora se llamaba) que no se podían contar. Y que existían otras que, comparadas con ellas, ni siquiera merecían llamarse ciudades. Apenas unos pueblitos…

Ya se había casado, tenía casa y, por supuesto, hijos. Pero sus vecinos, tanto de la derecha como de la izquierda, seguían sin creer que hubiera tantas ciudades como Mаri en el mundo. Incluso el profesor de historia Itálmaz, vecino dos casas más allá, dudaba más que nadie. Mucho más incluso que Allak, que en general no creía en nada en este mundo. Cuando los vecinos se enzarzaban en una discusión (y se reunían casi todas las noches, justo después de la cena familiar), Allak más de una vez expresaba su temor de que las estrellas no fueran otra cosa que las cabezas de clavos celestiales, y que, Dios no lo quiera, si se oxidaban y se soltaban, al cielo ya no habría forma de sostenerlo allá arriba.

Según una antigua tradición, los habitantes de Merv se reunían en pequeños grupos en casa de algún vecino y bebían té verde. El ritual del té era largo, ya que, conforme a la costumbre ancestral, la tetera se sostenía bien alta y el espeso té verde caía en hilo fino dentro de la piala. Aquellas tertulias sustituían no solo a internet, sino también a la televisión, ya que en aquellos tiempos los mervíes aún no tenían ni una cosa ni la otra. Por eso, la gente respetable disponía de mucho más tiempo para disfrutar tanto de la amistad vecinal como de las riñas entre vecinos…

Las discusiones eran variadas, pero casi siempre giraban en torno a lo que ocurría en otros países y a qué ciudades dignas existían en el mundo, además de Mari. Que Mari era grande, nadie en la ciudad, salvo Juma, se atrevía a ponerlo en duda. No es de extrañar que en aquellas disputas él se sintiera solo: no sabía cómo explicarles a sus vecinos que el mundo era mucho más grande de lo que ellos imaginaban.

Durante muchos años intentó hacerles entender la verdad de la vida, pero todo fue en vano.

«¿Acaso morirán sin haber comprendido cosas elementales?», se desesperaba a veces Juma. «No, estoy obligado a explicárselo. ¡Obligado!»

Pero aquellas discusiones casi siempre acababan de la misma manera: quién se había casado, a quién le había nacido un hijo, cuánto costaba tal cosa en el bazar… Y el tema principal, como sin darse cuenta, se apagaba, quedando sin respuesta.

—¡Entiéndanlo de una vez! —se exaltaba Juma—. Si la Tierra fuera tan pequeña como ustedes creen, si hubiera tan pocas ciudades, ¡todavía andaríamos con camisas tejidas en casa y viajaríamos en carretas! ¡Ustedes mismos ven que en Mari no se produce ni la centésima parte de lo que usamos a diario!

En esos momentos, cuando perdía la cautela y rozaba la grandeza de Mari, de inmediato recibía la irónica réplica del historiador escolar Itálmaz.

—A esas ciudades que mencionas aún les falta mucho para llegar a nuestro Mari. Tomemos Moscú, por ejemplo… Sí, es enorme, no lo discuto, la he visto en el cine. Pero ¿cuándo surgió? Hace relativamente poco, unos ochocientos años. Y de Nueva York ni hablemos: tendrá, como mucho, cuatrocientos años, ¿no? En cambio, nuestro Mari lleva aquí, a orillas del Murghab, al menos dos mil quinientos años. ¡Piénsenlo bien: dos mil quinientos años! Y tal vez más. Alejandro Magno aún no había nacido, ni existía su querida Macedonia, y nuestro Mary ya estaba aquí. ¡Y florecía!

—Pero esas ciudades existen ahora y hace tiempo que superaron a nuestro Mari —intentaba replicar con cautela el profesor de geografía Sary.

—¿Y qué? —no cedía el historiador—. No podemos llamar ciudad, ejem… por decirlo con educación, a una simple aglomeración de gente. ¡Una ciudad es, ante todo, historia!

El vecino de la casa de la izquierda, Allak, de dos arshines de altura, que por eso no había servido en el ejército y nunca había salido de Mari, escuchaba esos relatos con extrema desconfianza:

—Puede que la Tierra sea grande, yo también tengo ciertas sospechas al respecto. Pero no crean que por ser campesino no entiendo nada en la vida. Cada persona piensa y sopesa las cosas. ¿Quieren saber cómo llego yo a la conclusión de que Mari es enorme? Se los diré: mis antiguos paisanos, cuando vienen a Mari, siempre se pierden. ¿Por qué creen ustedes que pasa eso? ¡Porque es una ciudad muy grande! ¿A quién se le ocurriría perderse en su propio pueblo? A nadie, ni siquiera a un niño. Y tú, Juma, pretendes afirmar que hay montones de ciudades como esta. ¡Ridículo! Ahora bien, que la Tierra es grande, con eso puedo estar de acuerdo: nunca he conocido a nadie que diga dónde termina la Tierra. Nadie la ha visto terminar. Eso quiere decir que es enorme de verdad. Pero, admítelo, tampoco puede ser tan grande como dices. Si hubiera tantas ciudades como afirmas, la Tierra no lo soportaría y se vendría abajo, de donde ya no podría levantarse jamás. Sí, es sensible y frágil, eso es cierto. Yo todavía tengo mi parcela en el pueblo y cada año siembro trigo; y quién, si no yo, sabe que la tierra es vulnerable, que respira, se duerme y despierta igual que las personas.

—Sí, eso es cierto —admitía Juma de mala gana—, pero ahora no estamos hablando de eso…

—¡Eh, eh, no digas eso! —insistía Allak, redondeando aún más sus ojitos—. Piénsalo bien: si no excavo la tierra en otoño y primavera, si no le pongo abono, no hay cosecha. ¡No existen las cosechas gratis! Y te diré más: todo lo que produzco alcanza solo para un puñado de personas; nunca alcanza para todos. Estoy seguro de que a los demás les pasa lo mismo. Así que todo en la Tierra está calculado y medido, y no puede haber tantas ciudades grandes como Mari. ¡La tierra no alimentaría a tanta gente!

Pero Juma no se rendía.

—Tú, Allak, nunca has salido de nuestra comarca; si vieras el mundo con tus propios ojos, no hablarías así. Sabes que yo serví cuatro años en el ejército cerca de Moscú. En Rusia hay ciudades enormes, llenísimas de gente, con tantas calles y casas que, comparadas con ellas, da vergüenza llamar ciudad a Mari.

En esos casos intervenía el vecino de la derecha, Vellek, y aportaba sus argumentos.

—Juma, no te calientes. Sabemos que el mundo es grande, pero como siempre exageras… No solo tú serviste en el ejército: yo también, aunque no en Rusia, sino en Kazajistán. Y te diré una cosa: juzgas la Tierra de manera algo unilateral, es tu carácter. Además, eso es hereditario en tu familia, así que no es culpa tuya. Y si es hereditario, no tiene sentido que nadie se ofenda contigo… En fin… Te diré que tierras deshabitadas hay muchas, todo lo que quieras. Pero en cuanto a las ciudades, creo que te equivocas. En Kazajistán, por ejemplo, hay muy pocas: de horizonte a horizonte solo hay estepa, casi no hay gente. Supongo que en Kirguistán será igual, aunque no he estado allí. Así que está claro que ciudades como nuestro Mari, con tantas calles que no se pueden contar ni en un día entero de luz, no pueden ser muchas. ¡Y las casas de Mari no se pueden contar ni en un año!

—Y tú, Juma —decía Itálmaz—, lo sabes todo, pero olvidas una cosa: ¡existe la ciencia de la historia! Lee a los historiadores medievales si quieres conocer la verdad. Y la verdad es que cuando ni siquiera existían los nombres de las ciudades de las que hablas, en nuestro Mari ya se tejían las telas más finas de Oriente, se forjaba el acero más resistente y se fabricaban los sables más afilados. Estoy de acuerdo contigo en una cosa: fallamos, nos quedamos atrás y ahora no tenemos de qué presumir. Pero el orgullo lo tenemos intacto. ¿Acaso eso no basta? Es más: en esas ciudades de las que hablas, probablemente ni siquiera sepan que existimos. ¡Así que nosotros tampoco estamos obligados a saber de ellas!

Así pensaba casi toda la calle: Balsha, Kelte, Tutum, todos. Convencerlos era imposible, y pelearse con ellos, peor aún. Primero, en Merv no se acostumbra a pelearse con los vecinos; eso solo se lo permiten las mujeres pendencieras. Y segundo, si te peleas con los vecinos, ¿con quién vas a jugar por las noches al ajedrez o al duzzum? No, no podía pelearse con ellos solo porque supieran poca geografía. Además, ¿qué se les podía pedir a hijos de la generación de la guerra, criados casi sin educación, que pasaron su infancia y juventud trabajando y no sentados en un pupitre? ¿No sería por eso que el profesor de geografía siempre era prudente al hablar con ellos y no intentaba convencerlos, valorando su compañía más que los conocimientos geográficos?

A veces, Juma intentaba, en sus discusiones con la calle, apelar a la autoridad de los dirigentes soviéticos, por ejemplo del propio Stalin, pero entonces la gente le respondía:

—Conocemos a tu Stalin: no se le puede creer, era astuto y sanguinario. ¡La última guerra mundial son sus maniobras! No podía alimentar a toda la población de la URSS y a una parte del pueblo decidió, como un sultán malvado, simplemente mandarla a la muerte, empujándola a la carnicería.

Juma estaba casi desesperado cuando, un día, el destino le regaló un viejo Atlas del mundo. Más exactamente: se lo regaló un oficial ruso de paso, con quien se había hecho amigo en una casa de té del famoso Bazar Verde de Merv, donde, con una piala de té caliente, esperaban juntos la hora de más calor: el mediodía. El oficial compró aquella valiosa edición en una librería de viejo local, la hojeó, encontró lo que buscaba y después, al parecer por no necesitarla, se la regaló al primer buen hombre con el que se cruzó: Juma.

Ese día, al terminar el trabajo, Juma voló a su casa como con alas. Sus botas de lona, con suelas soviéticas auténticas de cuero duro, casi no alcanzaban a seguirle el ritmo. Apretaba con tanta fuerza el libro bajo el brazo, envuelto en el periódico Soviet de Turkmenistán, que el retrato de Nikita Jrushchov se corrió, manchando casi toda la página. Juma se apuraba, anticipando cómo esa misma noche por fin lograría iluminar a sus vecinos. A su juicio, aquel libro antiguo debía causar en ellos –tan enamorados sin remedio de su ciudad medieval– la impresión exacta que hacía falta. Pensaba: quizá respeten más al zar que a Lenin y Stalin. En consecuencia, a través de esa rara rendija podría introducir en sus cabezas la verdad sobre las ciudades del mundo.

Los vecinos, avisados de que se trataba de una rareza, empezaron a reunirse en su casa apenas terminaba la cena.

—Bueno, muéstranos… ¿de verdad es un “Atlas del mundo” auténtico? —preguntó con curiosidad el historiador Itálmaz apenas cruzó el umbral.

Juma sacó con cuidado el volumen de dura tapa marrón y lo abrió con delicadeza ante los vecinos asombrados. Su voz sonó orgullosa.

—Es una auténtica antigüedad. Está publicado todavía en tiempos del zar, así que saquen ustedes sus conclusiones…

—¡Lee qué dice sobre nosotros! —exclamó impaciente Vellek, rascándose los pelos ralos de la coronilla.

Juma empezó a leer y a traducir al turkmeno información de hacía medio siglo sobre la región Transcaspiana del Imperio ruso:

—Miren: aquí estamos nosotros, ¿ven? Aquí está el mar Caspio, está todo bien claro. Aquí Afganistán, Irán, y aquí nuestros Karakum…

—Sí… —se admiraban los vecinos—, esas son nuestras arenas, los Karakum.

—Bueno, ¿y dónde está aquí Mari? —preguntó Allak casi de inmediato, como si esperara ver primero Mari en el mapa y después, incluso, su propio rostro de bronce, con sus ojitos pequeños brillando con un entrecerrar astuto.

—Esperen, leamos desde el principio —dijo el feliz dueño del libro raro, intentando ganar tiempo para encontrar Mari en el mapa, y asegurando por eso que era más interesante leer todo seguido, no a saltos.

Así, los mervíes, bajo la luz tenue de una lámpara de los tiempos del deshielo político de Jrushchov, pasaron la noche entera inclinados sobre el mapa, aturdidos por la cantidad de nombres desconocidos y extravagantes. Les impresionó descubrir cuántas montañas y ríos distintos había en el mundo. En aquel libro de tapa dura marrón, con mapas en color, aunque de un formato apenas mayor que el de bolsillo, estaban señalados con escrúpulo cientos de países y ciudades. Juma los señalaba con el dedo, leía los nombres en ruso y luego los traducía al turkmeno.

—Y lo más interesante —dijo, mirando de reojo con picardía el reloj de pared— es que en este libro queda confirmado de manera definitiva que la Tierra es redonda.

Pero no era eso lo que los vecinos esperaban. Se morían por ver su ciudad natal en el mapa. Por eso, la decepción común se coló en la voz de Vellek.

—Que la Tierra es redonda lo vimos en la escuela; que gira alrededor del Sol también lo sabemos. No somos ignorantes como para no saber esas cosas simples. Pero otra cosa muy distinta es si eso nos gusta o no. ¿Queremos que sea así? Ahí está el asunto…

—¡Exacto! —añadió Allak—. A mí, por ejemplo, no me gusta del todo.

—Esperen —el cuerpo robusto de Juma se tensó como una cuerda—. ¿De qué están hablando? Si no les gusta, entonces… ¿qué hacemos?

Vellek no se desconcertó.

—Que cada uno lo decida por su cuenta —contestó—. Yo, por ejemplo, creo que sería mejor que el sol corriera alrededor de la Tierra, y no al revés. Sería más tranquilo. Ahora, en cambio, todo es tan inestable en la vida, no hay ninguna estabilidad. ¿Y por qué? Muy simple: nuestra Tierra, como se dice, no para de girar y dar vueltas. ¿De dónde va a salir la estabilidad entonces? A veces, de noche, me dan ganas de creer que la Tierra es redonda y que vuela por el espacio infinito sabe Dios hacia dónde. Si uno mira mucho el cielo estrellado, casi puede creerlo. ¿Y sabés por qué? Porque si la Tierra fuera plana, entonces en el universo todo lo demás también sería plano. Y las estrellas, incluido. Entonces, ¿brillarían sobre nosotros tan intensamente como ahora? ¿Qué: están allá arriba acostadas siempre “con la panza” hacia nosotros? No… no lo creo. Además, ¿por qué brillan de una manera tan rara, destellan con luz azul y parpadean? Les digo: ahí, seguramente, no todo es tan simple como enseñan en la escuela o escriben en los libros. Hoy se escribe cualquier cosa… Pero si ellas dieran un vuelco y se dieran vuelta, mostrándonos la espalda… ¿qué sería entonces del firmamento?

Los ojitos de Allak, al oír eso, se redondearon al máximo. Casi se asustó de lo dicho y se apuró a defender a las estrellas.

—¿Por qué tendrían que darse vuelta? ¡Eso sería peligroso! Que sigan en el cielo como siempre, ¡no hay que tocarlas!

—No, no es eso —lo cortó Vellek—. Lo importante es que no sabemos qué tienen del otro lado: ¿luz u oscuridad? ¿Entienden de lo que hablo? Les juro: a mí, como contable de oficina, de noche me da miedo tanta estrella. —Vellek puso una cara de terror primitivo—. Por eso intento dormirme cuanto antes. Y cuando llega el día, todo se ve distinto: yo le creo más a la luz del día. Que la Tierra sea redonda… no tengo plena confianza. Aunque, por respeto a ti, Juma, estoy dispuesto a admitir que tal vez lo sea. Pero dime: ¿dónde está, en este libro, si tiene una gota de verdad, nuestro Mari?

Y Juma no encontraba Mari en el mapa, aunque todavía no perdía la esperanza; se notaba en su voz.

—Estoy seguro de que lo encontraría —respondió—. Pero mañana, igual que ustedes, tengo que ir a trabajar ni bien amanezca. Mejor reunámonos mañana más temprano y seguimos buscando. ¿Qué dicen?

Al día siguiente, los vecinos volvieron a reunirse en su casa. Pronto aparecieron entre ellos las teteras de porcelana con té verde, y el Atlas del mundo fue examinado aún con más atención que la noche anterior, para no pasar nada por alto. Durante mucho tiempo vagaron por los espacios apretados de los continentes, alejándose de su tierra y regresando otra vez, hasta que finalmente quedó claro: Mari no estaba en el libro.

Juma buscó la ciudad también con su nombre antiguo, Merv, apoyándose en que incluso Ashjabad figuraba escrito a la manera antigua.

—Miren esto —señaló la capital de Turkmenistán—. ¿Ven cómo escriben aquí Ashjabad? ¡Como “Asjabad”!

—¿Cómo puede ser? —preguntó Allak, torciendo el gesto—. ¡Eso no puede! ¿Cómo van a escribir Ashjabad con un error en un libro tan valioso?

—No —respondió Juma con seguridad—, no es un error. En tiempos del zar Ashjabad se llamaba así; yo ya había visto esa grafía. Pienso que entonces todavía no sabían cómo escribir correctamente en ruso el nombre Ashjabad.

Y ahí se produjo la grieta. Se hizo evidente que los vecinos empezaban a perderle la confianza al atlas antiguo. Sobre todo cuando, sin que nadie lo notara de inmediato, Sary el flacucho profesor de geografía, rubio hasta las cejas, se pasó al bando de los críticos del “Atlas”.

—¿Y quieres que creamos en un libro donde hasta los nombres de nuestras ciudades están mal escritos? Entonces, ¿en qué es mejor este atlas que el de la escuela?

Juma se dobló sobre el libro, casi en tres, procurando no perderse nada de lo que allí estaba escrito.

—¿Será que se me escapó algo? —dijo, ya con fastidio—. Parece que en tiempos del zar, en lugar de “sh” solían escribir “s”. Vaya uno a saber por qué: cosas de otros tiempos… Pero ahora ustedes han visto con sus propios ojos que, como yo decía, el mundo está lleno de ciudades. ¡Hay tantas que ni se pueden contar!

—Pero entre ellas igual no está nuestro Mari —sentenció, triste, el alto Vellek con voz baja.

Juma, temiendo que la gente se desencantara por completo, intentó cambiar de tema con suavidad.

—Yo les diré otra cosa… Es posible que los mapas no alcancen a seguir el ritmo de la vida. Este mapa, ¿cuántos años tiene? Veamos… ¡Una locura! ¡Medio siglo, cincuenta años! Ya existe un mapa del mundo nuevo, más detallado; este hace rato debería haberse dado de baja. Tal vez solo valga como antigüedad.

—A mí también el otro día me cayeron los cincuenta encima —gruñó con desagrado Tutum, el vecino de tres casas más allá—. ¿Entonces a mí también hay que darme de baja?

—No, no quise decir eso —se apuró a calmarlo el dueño del atlas—. Digo que la vida avanza más rápido que la edición de libros. Miren nuestro Mari: ni siquiera aparece su nombre entre las ciudades del mundo, ¡y cuántos autos corren por sus calles!

—¡Sí, eso es verdad! —coincidieron los vecinos—. Pronto nuestros hijos ya no van a poder jugar al fútbol en la calle, ni nosotros sentarnos tranquilos un día de verano a la sombra de los árboles. Porque cada hora pasa un automóvil o una moto. ¿Se acuerdan cuando vivíamos tranquilos y no teníamos que estar cuidándonos de los autos?

—Nuestra Tierra pronto no va a soportar semejante carga —concluyó Juma, contento en secreto por el cambio de tema—. Se los juro: no la va a soportar. Piensen: si incluso en nuestro Mari hay tantos, entonces ¿cuántos habrá en otras ciudades?

En eso estuvieron todos de acuerdo. Pero el interés por el viejo Atlas del mundo empezó a apagarse visiblemente, porque no aparecía en él su ciudad natal. Es cierto que durante algunos días más los vecinos siguieron reuniéndose en casa de Juma por aquel libro, pero pronto volvieron a su entretenimiento habitual: jugar al ajedrez, al duzzum o hablar de sus asuntos cotidianos.

Y cuando, una semana después, volvió a encenderse entre ellos una discusión seria sobre el universo y Juma quiso citar lo que decía el viejo atlas, los vecinos lo detuvieron. El sentido común lo expresó Vellek.

—Tu libro, aunque sea antiguo, no es como pensábamos: no tiene verdad. Así que no nos marees con él. Y entiende que al zar tuyo le creemos todavía menos que a Lenin y Stalin. Porque está claro que los zares no dicen la verdad: a los zares la verdad no les hace falta. Así que nos quedamos con nuestra opinión: creemos que la Tierra no es tan redonda, ni tiene por qué girar alrededor del Sol, como vos quieres convencernos. Y tampoco puede haber muchas ciudades en la Tierra iguales a nuestro Mari. Así lo decidimos.

Ak Welsapar nació el 19 de septiembre de 1956 en Merv (Turkmenistán) y es un periodista y escritor sueco-turcomano. Es uno de los escritores contemporáneos más famosos de Asia Central, vive en el exilio desde 1993 y sigue siendo un escritor proscrito en Turkmenistán. Su nombre encabeza la lista negra de escritores turcomanos desde 1990. Obtuvo su maestría en Periodismo en la Universidad Estatal M. Lomonosov de Moscú en 1979, su maestría en Teoría Literaria en el Instituto de Literatura M. Gorki en 1989 y su maestría en Filosofía en la Universidad de Uppsala (Suecia) en 2019. Ak Welsapar es miembro honorario del PEN-Club Internacional desde 1993 y miembro de la Asociación Sueca de Escritores desde 1996. Escribe en turcomano, ruso y sueco, y es autor de más de veinte libros, publicados en numerosos idiomas. Su gran avance en el panorama literario internacional se produjo tras la publicación de su décimo libro: la novela Cobra. Este éxito se vio reforzado por la publicación en inglés de su novela El cuento de Aypi, que recibió decenas de críticas positivas en todo el mundo. A lo largo de los años, se han publicado información y reseñas sobre la obra literaria y el estilo de Ak Welsapar en libros y revistas en turcomano, ruso, inglés, sueco, turco, francés, ucraniano, español, indonesio, persa y otros idiomas.

 

 

TRES VENTANAS