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sábado, 14 de febrero de 2026

MUDANZAS

Héctor García

 

A mí las mudanzas siempre me parecieron divertidas. Bah, salvo el último tiempo, que ya estaba un poco cansada. Bueno, papá le decía «irse de vacaciones», pero después de un tiempo yo empecé a darme cuenta; tan chiquita no soy, ocho años tengo. Creo que él les decía así para que nosotros no nos pusiéramos tristes por tener que irnos, o porque fuéramos a extrañar. Tampoco era que pudiéramos extrañar mucho, porque no alcanzábamos a quedarnos mucho tiempo en un mismo lugar, así que yo no alcanzaba a hacer ningún amigo en el barrio, tampoco me acuerdo de mis compañeros ni de las seños de cada clase… Y Tomasito… Tomasito seguro que no se acuerda, él era muy chiquito, si es más chiquito que yo.

No me acuerdo cuándo fue la primera vez que nos mudamos. Capaz que papá y mamá ya lo hacían desde antes que yo naciera. Sí me acuerdo de que las últimas veces a papá lo veía más cansado, más desanimado. Al principio no era así, podíamos organizarnos con tiempo, y papá y mamá estaban contentos. Pasábamos meses armando cajas, bolsos y valijas, y cuando llegaba el día cargábamos todo en el auto y salíamos de viaje. Bueno, en realidad eran papá y mamá los que cargaban más cosas; a mí me pedían que cuidara a Tomasito mientras ellos movían todo, y cada tanto me dejaban mover alguna mochilita o el equipo de mate.

Me acuerdo de que en uno de esos tantos viajes jugamos a adivinar qué era lo que más y lo que menos nos gustaba de «irnos de vacaciones». Conmigo fue fácil, a mí siempre me gustó armar las valijas, porque me ayudaba a darme cuenta de cuáles eran las cosas que de verdad quería y de verdad necesitaba, y cuáles eran las que podía dejar atrás sin mucha pena. Mamá se quejaba de que, con tanto movimiento, no podíamos tener un televisor, pero papá decía que era cuestión de pensarlo bien, en una de esas capaz que conseguíamos uno, aunque fuera usado.

—Pero, Horacio —decía ella, con un tono que a mí un poco me asustaba—, ¿vos viste lo que ocupan esos aparatos? Si compramos uno, la próxima vez no nos entran los nenes en el coche.

—¿Y entonces para qué te quejás tanto? —le contestaba papá. Y ahí a mamá cambiaba el tono, se ponía como más soñadora, decía que con todos esos viajes se sentía asilada del mundo (aunque yo no sé qué quería decir con eso), y que con un televisor iba a estar más enterada de todo, más conectada con todo. Y ahí, enseguida se ponía a contar, otra vez, cuando unos años antes se juntaron en la casa de los padres de unos amigos de ella a ver la llegada del hombre a la Luna, y que eso fue lo más maravilloso que había visto en su vida, y que se moría de rabia de solo pensar hasta qué otro lugar del espacio exterior había llegado el hombre en todo ese tiempo que ella no tuvo televisor.

En ese viaje también descubrimos que lo que papá más odiaba de las mudanzas era tener que ir a conocer, o reconocer, los mercados de cada barrio nuevo. Igual, creo que papá siempre odió los mercados. Cuando era chiquito como yo, lo tenía que acompañar al abuelo a hacer las compras, y pasaban horas y horas recorriendo despensas y almacenes y buscando cosas para comprar que fueran de buena calidad y que estuvieran a buen precio. Papá decía que cuando te acostumbrás a un mercado la cosa es más fácil, porque ya sabés dónde está todo y no perdés tanto tiempo, aunque últimamente perdía más tiempo buscando buenos precios que otra cosa.

—Y si con la inflación que hay, los precios están por las nubes, Marta, ¿te das cuenta? —le decía a mamá, para luego agregar—: Y con la manera como están manejando las importaciones, encima las góndolas están saturadas de productos que andá a saber qué son ni de dónde vienen, y vos sabés que a mí no me gusta comprar cualquier cosa.

Yo, la verdad, no entendía qué quería decir papá con eso de «inflación», ni tampoco sabía lo que eran las importanciones, pero sí sabía lo que eran las góndolas y por eso me parecía un poco raro que vendieran botes en los mercados, al menos en esos mercados donde papá iba a comprar fideos y mermelada y esas cosas. Lo que sí tuve que preguntar fue eso de que los precios estaban «por las nubes», y ahí mamá me explicó que eran precios que estaban muy altos y eran muy difíciles de alcanzar para gente como nosotros. «Y bueno, que los bajen así los alcanzamos», pensaba yo, pero para mis adentros, porque a pesar de la explicación todavía no estaba muy segura de entender cómo funcionaba la cosa.

Cuando le cuento estas cosas a la abuela, ella me mira con una mezcla de alegría y de tristeza que yo no sé si es mejor seguir contando o parar. Pero si paro, ella me pide que siga, así que yo sigo. Al principio los viajes eran más o menos tranquilos y organizados, pero de a poco todo se fue volviendo más y más complicado. En algún momento, sin que yo me diera cuenta, papá empezó a avisarnos de golpe que al día siguiente «nos íbamos de vacaciones» y que era mejor empezar a preparar el viaje cuanto antes, él decía que para agarrar la ruta despejada o porque había que llegar temprano o lo que sea, pero yo mucho no le creía. Y cuando hacía esos anuncios ya no lo veía tan bien como al principio, como en las primeras mudanzas, pero yo igual me ponía enseguida a juntar mis cosas y armar el bolso.

Otra cosa que cambió con el tiempo fueron los mismos viajes. Antes duraban menos. Después me empezó a parecer que nos íbamos a pueblos y ciudades que quedaban cada vez más y más lejos. Cuando yo preguntaba a dónde íbamos, mamá me decía unos nombres raros que yo no conocía, primero nombres de personas como Rosario, Rafaela, Santiago del Espero, y después nombre más raros como Gramilla, Tafí, Salta, Tilcara… En todos esos lugares raros conocimos gente rara que también hablaba raro, pero era gente buena que nos trataba bien y que muchas veces nos dejaba descansar en sus propias casas cuando necesitamos pasar la noche para seguir viaje al día siguiente.

La última mudanza sé que fue de noche, muy tarde, Tomasito y yo estábamos durmiendo y mamá nos despertó, estaba como asustada, y nos dijo que nos apuráramos porque papá estaba viniendo a buscarnos para «salir de vacaciones» cuanto antes, y que el que no terminaba se quedaba. Yo creo que llegué a armar una sola mochila con algo de ropa y la muñeca, y nada más, porque también la tuve que ayudar a mamá con las cosas de Tomasito porque él todavía era muy chiquito para preparar nada.

Ese último viaje con papá y mamá fue el más largo de todos. Todos estábamos muy cansados, la ruta estaba más oscura que nunca, no se veían ni la Luna ni las estrellas, con lo que a mí me gustaba ver el cielo cuando viajábamos de noche… Después amaneció, pero había mucha niebla así que se veía casi menos que de noche. Supongo que de a ratos me dormía y me despertaba, y me volvía a dormir y todo así, porque no tengo muchos más recuerdos. A diferencia de otras veces, esa vez no paramos en ningún lado, o sea, parábamos para ir al baño o para comprar algo para comer o para cargar combustible, pero no nos quedamos en la casa de nadie. Mamá le decía a papá que nos convenía parar, que era peligroso hacer tanto viaje de un tirón y sin descansar aunque fuera un poco, pero papá no le hacía caso, estaba apurado.

Solo sé que ya estaba oscureciendo de nuevo cuando reconocí las calles del barrio de los abuelos. Pero no fuimos derecho a su casa. Esperamos un rato largo adentro del auto, todos en silencio porque papá no quería que nadie dijera ni una palabra, mamá en un momento salió a comprar algo de pan y fiambre para preparar unos sanguchitos, y recién cuando se hizo bien de noche, ahí papá volvió a arrancar el auto y finalmente llegamos a lo de los abuelos.

Los abuelos parecía que nos estaban esperando, porque no fue necesario tocar el timbre para que nos abrieran la puerta, ya la habían abierto desde antes de que papá detuviera el auto en el portón de la entrada. Entonces entramos todos en la casa, y papá y mamá nos dijeron que esta vez Tomasito y yo teníamos que pasar unos días de vacaciones ahí mientras ellos arreglaban unas cosas, y después volvían. Yo veía a los abuelos a espaldas de papá y mamá, la abuela estaba llorando, pero el abuelo tenía una cara de serio que daba miedo, yo entre esas caras y las explicaciones de mamá y papá no sabía que pensar. Al fin nos mandaron a dormir y nosotros subimos al cuarto que los abuelos tenían para nosotros y nos acostamos. Pero papá y mamá no se fueron enseguida, yo escuchaba que hablaban con los abuelos, primero hablaban bajito, seguro que para no despertarnos, pero de a poco fueron subiendo la voz, y yo me asusté porque el abuelo le decía cosas feas a papá y mamá, cómo no iban a terminar así, que era obvio que estuviera pasando lo que estaba pasando, y que todavía no se daba cuenta de la suerte que habían tenido hasta ahora, y que tenían que pensar en nosotros, y papá le contestaba que no era su culpa, que él había hecho las cosas bien, que ese era el precio de haber hecho las cosas bien y que hacía lo que hacía justamente por pensar en nosotros, y la abuela, o mamá, o seguro que las dos, lloraban y trataban de frenarlos. Yo no sabía cómo cerrar los oídos para dejar de escuchar, así que me cubrí la cabeza con todas mis fuerzas usando la almohada, y esperaba que Tomasito no estuviera despierto o al menos no estuviera escuchando porque yo no quería que él escuchara esas cosas. No sé cuánto rato pasé así, no sé si me dormí o estuve despierta todo el tiempo, pero sé qué en cierto momento la puerta de la habitación se abrió muy suavemente, y escuché unos pies acercándose a nuestras camas y luego sentí sobre mi mejilla los besos y las lágrimas, primero de mamá y después de papá, y ahí no aguanté más y les devolví los besos con mis propias lágrimas y, les di el abrazo más fuerte que jamás les di en mi vida.

No sé cuánto tiempo pasó desde entonces, pero desde el primer día lo único que hacemos con Tomasito es mirar por la ventana esperando a mamá y papá. El abuelo no dice nada, y la abuela trata de distraernos y jugar un poco con nosotros, y a veces es divertido pero otra veces de verdad que no tenemos ganas. Un día que llovía mucho, Tomasito y yo estábamos entretenidos mirando como las gotas de agua caían sobre la vereda y hacían onditas y otros dibujos raros sobre los charcos que se formaban en los lugares donde faltaban baldosas. Era tanto lo que llovía que apenas se podía escuchar otra cosa que agua y más agua, por eso nos llamó la atención –yo diría que en realidad nos asustó– un sonido como un trueno, pero no venía del cielo sino de la esquina, que terminó siendo un auto que nunca antes había visto, el auto más feo del mundo, era muy grande y parecía un tanque de guerra chiquito, y tenía un color verde horrible, si tuviera que ponerle un nombre le pondría verde descompuesto. El auto pasó rápido e hizo tanto ruido que retumbaron los vidrios de las ventanas y hasta pude escuchar vibrando algunos vasos y platos en la alacena de la cocina, y el ruido permaneció en nuestros oídos incluso un rato después de que el auto pasó de largo. Tan aturdidos y concentrados estábamos, que nos sorprendió escucharlo al abuelo atrás nuestro.

—Seguro que a sus padres ya los metieron hace rato en unos de esos Falcon —dijo, con mal genio, y la abuela, que justo pasaba por ahí y alcanzó a escucharlo de casualidad, empezó a retarlo por decir esas cosas, que para variar ni Tomasito ni yo entendíamos, y la abuela muchas veces lo había retado al abuelo, pero esta vez fue distinto, estaba como loca, nunca la habíamos visto así. Mientras tanto, el abuelo no decía nada, nomás miraba fijo la ventana, y la abuela, tal vez cansada de que el abuelo no le preste atención, nos agarró de las manos y nos llevó aparte, a la cocina.

—Escuchen, chicos —empezó a decirnos, y pude notar otra vez las lágrimas en sus ojos—, el abuelo en el fondo es una buena persona y los quiere mucho, un montón, tanto como yo, pero a veces dice cosas feas sin darse cuenta, así que ustedes no le hagan caso. —Entonces hizo una pausa larga, como si estuviera pensando si seguir hablando o no, y se ve que decidió seguir hablando, porque luego agregó—: Tal vez esto sea demasiado difícil para ustedes, pero también creo que es mejor que sepan las cosas cuanto antes. Independientemente de lo que piensen hoy o mañana, quiero que entiendan que sus papás dieron todo por ustedes, porque los aman hasta el infinito, y si hoy no están acá con nosotros es simplemente porque no pueden. Pero quédense tranquilos, estoy segura de que ellos los cuidan… Todo el tiempo, ellos los cuidan desde el Cielo.

—¿Papá y mamá están en el Cielo…? —pregunté, asombrada.

—Sí, tesoro… —respondió la abuela, con la voz ahogada en llanto.

—Pero eso es bueno —dije yo—, porque seguro que ahora ya alcanzaron los precios que estaban por las nubes.

La abuela se quedó como helada unos segundos, y luego, sin que yo lo esperara, se largó a reír. La mezcla entre la risa y las lágrimas la hacía ver como nunca la había visto. Tan sorprendida estaba que sin querer se me escapó un «Qué linda que sos, abu». Y ella nos abrazó, suave pero fuerte, y así nos quedamos un rato.

Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

lunes, 26 de enero de 2026

LA PLAGA

Héctor García

 

Era una noche como cualquier otra, salvo que hacía un calor insoportable, y don Arturo, el sereno de la cementera, tuvo que apagar todas las luces y abrir de par en par las ventanas y la puerta para evitar –o, al menos, retrasar– su deceso por asfixia. Afuera no corría ni una gota de viento, de hecho estaba más fresco adentro, así que la idea de hacer una sexta recorrida por el predio pronto se esfumó de su cabeza. Lo único que tenía para entretenerse era el televisor con cuatro canales de aire que se cortaban a cada rato. En uno de ellos dio con una película de terror, bastante mala por cierto, que habría cambiado de no ser porque no había otra cosa mejor para ver.

—Películas de terror eran las de antes —refunfuñaba mientras se hamacaba en una silla de madera que no se terminaba de romper por puro milagro. Entonces escuchó un grito desgarrador, que le perforó los tímpanos y lo dejó sordo por varios segundos. De más está decir que sufrió un susto de muerte, que terminó cayendo de coxis al piso, que le dolió hasta el último pelo de su bigote canoso, y que la silla, que tan estoicamente lo sostenía, vio su fin tras largos años de servicio. Lo primero que pensó fue que el grito provenía del televisor, pero la escena en pantalla no indicaba tal cosa. Lo segundo fue que provenía de afuera, por lo que miró hacia la puerta, y lo que vio lo dejó helado: se trataba de una mujer vestida de blanco, con el cabello enmarañado y una cara que daba escalofríos; lo miraba con ojos saltones y ojerosos. Antes de que don Arturo pudiera caer en la cuenta de lo que estaba observando, el fantasma –pues no podía ser otra cosa– pegó otro grito, todavía más terrorífico que el anterior, y se fue corriendo. Y el sereno, que casi padece un ataque al corazón, se orinó encima.

—Esto me pasa por pelotudo —decía en voz alta, como para alejar o atenuar la sensación de soledad, a la vez que cerraba herméticamente las ventanas y la puerta, y luego repetía la frase varias veces, haciendo énfasis en las sílabas de la palabra «pelotudo»—. ¿Quién me manda a mí a opinar sobre películas de terror? De ahora en adelante voy a opinar sobre películas románticas, en las que aparezcan Judy Garland o Brigitte Bardot.

Y dicho aquello, agarró el tubo del teléfono con una mano temblorosa, mientras con la otra marcaba el número de la comisaría.

 

El único motivo que llevó a los tres oficiales a la cementera era la necesidad de matar el aburrimiento. Y tuvieron éxito: cuanto más empeño le ponía el viejo sereno a la explicación de los hechos, más se descostillaban de la risa. Don Arturo, desesperado, iba de un lado a otro indicando la posición de la silla, la suya propia y la de la aparición, mientras agitaba los brazos y hacía muecas grotescas para representar lo mejor posible el terror que había sentido. Al fin, el pobre anciano terminó dándose por vencido y los policías optaron por volver a sus patrulleros, cuando escucharon, a lo lejos, un alarido salvaje y algo tétrico. Don Arturo al instante sonrió triunfal, y los oficiales se miraron entre ellos, palideciendo levemente. Si bien aquello no terminaba de confirmar la veracidad de la historia que habían escuchado, decidieron inspeccionar el lugar y darle así un poco de tranquilidad al sereno.

Mientras don Arturo iluminaba el camino con su linterna, se dirigieron hacia el edificio más cercano, que era la sala de hornos, pero no notaron ninguna actividad extraña. Cambiaron de rumbo y fueron a las oficinas de atención al público, y allí tampoco advirtieron nada fuera de lo común. Desconcertados, miraron alrededor, y uno de los policías entrevió una sombra que, fugaz, se escondía en el depósito, a unos cincuenta metros de distancia. Cuando llegaron, con paso firme pero sigiloso, nuevamente los recibió un silencio sepulcral. Don Arturo miraba en todas direcciones, apuntando con su linterna, hasta que en cierto momento se detuvo y, temblando como una hoja, les hizo señas a los policías para que se dieran vuelta. Aquellos, girando de a poco vieron en la lejanía la silueta de una mujer que se acercaba lenta pero amenazadoramente, y al instante se les aflojaron los brazos y las piernas, de tal manera que dos de ellos cayeron al suelo. El que quedó en pie juntó coraje y habló, ofreciéndole llevarla a su casa o a un hospital. La mujer, por toda respuesta, pegó otro de sus gritos, esta vez más estruendoso y lastimero que todos los anteriores juntos y, huyendo, entró en uno de los sótanos del depósito. Tan estupefactos quedaron todos, que ninguno se atrevió a mover un dedo por varios minutos, hasta que don Arturo, cansado de tanto revuelo, puso pies en polvorosa y tomó la delantera.

—Vamos, señores —increpó a los oficiales—, terminemos de una vez por todas con esta locura. Si es preciso yo mismo los llevo a la rastra.

Los policías, avergonzados, se apresuraron a unirse al sereno, que maldecía porque el sótano al que se encaminaban era el único que, por falta de uso y de mantenimiento, se encontraba sin iluminación. Por este mismo motivo fue él quien los guio con la linterna, mientras los oficiales, haciéndose los valientes, apuntaban sus armas para todos lados. Una vez dentro, avanzaron en conjunto, observando con suma atención los barriles y las bolsas que decoraban aquel sitio mientras las abundantes telarañas se les pegaban por todo el cuerpo. Al fin escucharon un sonido raro, que los puso en alerta, y al llegar al lugar de donde provenía, encontraron a la mujer en cuestión, acurrucada detrás de unas cajas mal apiladas y rodeada de ratas enormes y espantosas. Estaba temblando, probablemente de fiebre y no de frío. La ropa blanca que llevaba puesta era un camisón raído y maloliente, y su piel no se distinguía de lo que vestía. Los pocos mechones de pelo que le quedaban estaban sucios y enredados. Para completar el cuadro, se estaba comiendo los dedos, motivo por el cual tenía las manos y la boca llenos de sangre. Y repetía sin cesar dos palabras que sonaban como «júter» y «vísbor».

 

Después de un baño relajante, don Arturo se recostó sobre el sofá de su living y se puso a escuchar la radio. El locutor justo hablaba sobre la mujer que habían hallado hacía una semana en la cementera. Luego de aquel episodio la llevaron a un psiquiátrico, donde le hacían estudios continuamente, manteniéndola atada de los pies a la cabeza y aislada de la luz del día. Don Arturo se había quedado absorto, pensando en todo lo que vivió aquella noche y en los misterios que escondería esa mujer, cuando un timbrazo lo despertó de sus cavilaciones.

—Disculpe que lo moleste a esta hora —le dijo el señor menudo, de aspecto pulcro, que encontró frente a su puerta—. Entiendo que, como sereno, debe aprovechar este momento de la tarde para dormir una siesta, pero créame que lo que tengo para contarle es de suma importancia. Ante todo, permítame que me presente. Soy Gustavo Botz, y quisiera hablarle sobre el incidente de la cementera.

—No se preocupe por la hora, hombre, hoy estoy de franco, pase. ¿Gusta unos mates?

Ante el asentimiento del señor Botz se instalaron en el comedor, y mientras don Arturo buscaba el mate y una bombilla, el otro comenzó su exposición.

—En caso de que no lo sepa, trabajo en la biblioteca municipal. Allí, aparte de las tareas típicas de un bibliotecario, organizo ciclos de cine, tanto en la biblioteca como en otros espacios sociales del pueblo. Esto ha generado en mí tal gusto por el séptimo arte que, desde hace un tiempo, vengo armando mi propia colección de películas. Actualmente cuento con más de quinientas cintas de todos los géneros y todas las épocas.

—Muy interesante lo suyo —acotó don Arturo, que parecía no prestarle mucha atención; ya había encontrado lo que necesitaba y se dirigía a la cocina. El señor Botz, que no había advertido la momentánea desaparición de su anfitrión, continuó con su monólogo.

—Cuando vi las noticias la semana pasada, me llamó la atención el caso de la cementera, pero solo porque fue un hecho atípico. Sin embargo, unos días después, cuando los noticieros dieron detalles sobre el suceso, comencé a preocuparme. La foto de la mujer que divulgaron los informativos me resultó familiar; recordaba su rostro de algún lado, pero en aquel momento no sabía de dónde. Lo que me dio la pista definitiva fueron las palabras que pronunciara sin cesar.

—¿«Júter» y «vísbor»? —vociferó don Arturo desde la cocina, temiendo no hacerse oír.

—Exacto —respondió Botz—. Solo que, en todo caso, eso es lo que usted y sus acompañantes creyeron entender entonces. Lo que en verdad quería decir ella era «Hutter» y «Wisborg».

—¿Y esas palabras qué significan? Jamás las escuché en mi vida. —Don Arturo, que había dejado la pava calentándose en la hornalla, volvió al comedor. Botz estuvo a punto de reanudar su relato, pero algo lo interrumpió. Era un sonido extraño que provenía de arriba—. Oh, no se asuste —dijo el anciano sereno ante el semblante confundido de su invitado—, son solo ratones. Es común en estas casas viejas tener que lidiar cada tanto con alguna que otra alimaña. El año pasado me atacaron el techo de madera unos bichos taladro, y la fumigación me costó un dineral. Ahora tengo que ver cómo me deshago de estos roedores mugrientos, que dicho sea de paso, aparecieron de la noche a la mañana.

Este comentario, lejos de tranquilizar a Botz, lo hizo ponerse más nervioso. Aun así, prosiguió.

—Dígame, ¿le gusta el cine de terror?

—Alguna que otra película, sí. Pero de las viejas, no estas porquerías que pasan ahora por la televisión.

—¿Conoce alguna película de terror muda? En particular, ¿ha oído hablar del expresionismo alemán?

—Bueno, ciertamente que no, hombre. Está bien que me agrade el cine, pero usted me está hablando en chino. ¿Qué es toda esa jerigonza?

—Me explicaré. En 1922 se estrenó uno de los filmes de terror más emblemáticos de todos los tiempos. Hablo de Nosferatu, del célebre director Friedrich Murnau. La historia está basada en la novela Drácula, de Bram Stoker, y cuenta cómo el conde Orlok, un vampiro de Transilvania, se las ingenia para abandonar su desolado castillo para instalarse en una pujante ciudad llena de potenciales víctimas.

—¿Y qué hay con eso? No veo la relación entre su película y la mujer del loquero.

—El asunto es el siguiente: Orlok busca instalarse legalmente en su nueva residencia, por lo cual contrata los servicios de un agente inmobiliario, quien envía a Transilvania a uno de sus empleados, un muchacho de apellido Hutter. La ciudad de destino del conde, la misma de la que provenía Hutter, es Wisborg.

—Ajá —susurró más interesado don Arturo, que tenía los ojos abiertos como platos soperos.

—Aún hay más —dijo Botz, que al instante sacó de un bolsillo un pequeño portarretrato con la foto de una dama antigua.

—¡Es la mujer de la cementera! —exclamó sorprendido don Arturo—. ¡Mucho más bella, y arreglada, sí, pero es la misma!

—Esta mujer es Greta Schröder, quien interpretaba a Ellen, la esposa de Hutter. Yo también noté el espectacular parecido, y al instante hice imprimir esta imagen, que no es ni más ni menos que un fotograma cuidadosamente seleccionado de la película de la que le hablo.

—Bueno, ¿y a dónde quiere llegar con todo esto? ¿Cree usted que la loca de la cementera es una fanática de esa película? ¿O de esa actriz...?

—Me temo que la cosa no es tan sencilla. Comencemos por el principio. La película estuvo mal parida desde el vamos. Murnau originalmente quiso filmar la mismísima historia de Drácula, pero no pudo hacerse con los derechos de autor, así que tuvo que cambiar el nombre por Nosferatu, al igual que los nombres de los protagonistas, algunos lugares y algunos hechos puntuales. La viuda de Stoker lo demandó de todos modos por la similitud aún remanente con la novela de su difunto esposo, y le ganó el juicio. El tribunal ordenó quemar todas las cintas, y si no hubiera sido por algún visionario que tuvo la feliz idea de distribuir algunas pocas copias a lo largo del mundo antes de que se consumara el castigo, esta película no habría llegado a nuestros días. Murnau tuvo muchos otros problemas relacionados con la filmación de esta obra, la mayoría de los cuales no viene al caso mencionar. Sin embargo, me gustaría hablarle de aquellos en los que se vieron envueltas las estrellas principales: Orlok y Ellen.

—¿Qué sucede con ellos?

—El conde Orlok fue interpretado por Max Schreck, un actor hasta entonces poco conocido, pero con un talento muy inusual. Si usted viera la película entendería a qué me refiero. Su interpretación es impecable. La forma en que representó a Orlok, ya que sus gestos, sus movimientos, sus miradas, incluso la manera en que se quedaba estático cuando el guion así se lo exigía, hizo que su personaje se ganara un lugar permanente en el imaginario colectivo. Muchos creen que fue un excelente actor. Otros, en cambio, opinan que se obsesionó con el conde Orlok a tal punto que terminó creyéndose un vampiro hecho y derecho.

—Estaba loco de atar.

—Es una posibilidad, no lo niego. Hasta nuestros días han llegado diversas anécdotas que lo pintan como un maniático que vivía siempre disfrazado como el conde (algunos de sus compañeros de elenco nunca lo conocieron tal cual era), que dormía en ataúdes llenos de tierra y que se dejaba ver solo de noche. Esto último hizo que las tomas en las que él intervenía hayan tenido que filmarse, por supuesto, de noche, y la poca tecnología en iluminación de aquellos años causó muchos dolores de cabeza a Murnau y a todos en general. El ambiente se caldeó más de una vez, y el proyecto estuvo a nada de cancelarse.

—Un tipo conflictivo, este Max no sé cuánto. ¿Y qué hay de la actriz?

—Espere, todavía no he terminado con Schreck. Usted se imaginará que, con semejante historial a cuestas, no es raro que alguien haya visto en su actitud algo más que una obsesión, que se hayan desatado ciertos rumores y que, con el paso del tiempo, esos rumores se hayan convertido en leyenda. Lo cierto es que hay quienes sostienen que Schreck era un vampiro de verdad.

Aquello fue demasiado para don Arturo, que, mirando con escepticismo a Botz, se levantó y fue a buscar la pava. Cuando volvió, comenzó a cebar, no sin antes servir algunas galletas dulces en un plato que guardaba especialmente para las visitas.

—No me piensa decir —dijo, mientras le pasaba un mate a Botz— que usted es de los que creen que ese tipo era un vampiro andante y sonante, ¿o sí?

—Permítame que prosiga mi exposición, y veremos a qué conclusión arribamos. Esta teoría tiene, hoy por hoy, algunos adeptos. Sin ir más lejos, Edmund Elias Merhige, en La sombra del vampiro, que trata sobre el rodaje de Nosferatu, pinta a un Schreck cuya condición sobrenatural termina inevitablemente saliendo a la luz. Según esta versión de los hechos, Murnau era consciente de la naturaleza de Schreck, y a cambio de su participación le ofreció la vida de Greta Schröder. Por supuesto, nadie más sabía de este pacto.

—¡Pero qué tipo basura! —se indignó el sereno.

—El problema fue, como le dije, que las cosas se le empezaron a ir de las manos a Murnau. Ni el elenco ni el equipo estaban conformes con Schreck, quien se volvía cada vez más taciturno, misterioso y exigente. La escena final, en la que el vampiro le chupa hasta la última gota de sangre a Ellen y luego perece iluminado por la luz del amanecer, fue filmada por el mismo Murnau. Nadie más presenció dichos eventos.

—¿Y qué fue lo que pasó con Greta? —preguntó don Arturo.

—En la película ella se sacrifica para distraer a Orlok y que así este sucumba expuesto al sol. Sin embargo, si por un momento suponemos que Schreck era un vampiro de verdad, existe la posibilidad de que realmente le haya chupado la sangre a Greta Schröder y esta se haya convertido en una vampira. Piénselo, no es tan descabellado: poco a poco sus papeles en películas posteriores pasan a ser secundarios, debido a los requisitos que impone para actuar (rodajes de noche, tratos especiales y otras cuestiones), y termina desapareciendo del mundo del espectáculo sin que nadie lo note. Usted mismo asoció a la mujer de la cementera con esta actriz. ¿Cómo es posible que una persona que nació a fines del siglo XIX siga viva en nuestros días? Además, fíjese cómo la tienen: encerrada, atada y aislada de la luz del sol. Y le digo más: por el estado calamitoso en que la encontraron, debe hacer bastante tiempo que no bebe sangre humana. Quizás la desesperación la llevó a masticarse los dedos. Ah, y no nos olvidemos de las ratas.

—¿Las ratas?

—Sí. A los vampiros suele atribuírseles todo tipo de vínculos con animales nocturnos y desagradables, como los murciélagos y las ratas. En la novela de Stoker, Drácula lanza una turbamulta de ratas sobre los protagonistas. En Nosferatu, el barco en que se traslada Orlok desde Transilvania a Wisborg está repleto de roedores de este tipo. Volviendo a nuestro pago, hoy anunciaron que iban a cerrar varios establecimientos públicos para desratizarlos. Hombre, vamos, deje de mirarme con esa cara. ¿Todavía no me cree?

Don Arturo, que se había quedado mudo de asombro, solo reaccionó cuando algo cayó adentro del mate, salpicando de verde todo el mantel. Eran heces que caían a través de las hendijas del techo. Entonces miró a Botz y no supo qué responder.

Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

martes, 25 de noviembre de 2025

TERAPIA EPISTOLAR

Héctor García

 

Ay, Luchito, todavía no entiendo cómo es que junté valor para escribirte estas líneas. Será tal vez la necesidad de hablar con alguien, de contarle las cosas que me pasan. Porque si no cuento nada a nadie, si me guardo todo lo que tengo adentro y que de yapa se está pudriendo feo, reviento, creeme, reviento. De todos modos yo sé que no me vas a leer, y mucho menos me vas a responder, pero no me importa; lo importante es que yo esté convencida.

Cuando me dijeron que hacía un mes que estaba acá, no te puedo explicar la desesperación que me agarró. El último recuerdo que tengo es el del camión que se nos venía encima, y luego el despertar en esta habitación, toda blanca, y darme cuenta de que estaba sola, que no veía a tu papá por ningún lado, que no le entendía nada a la enfermera ni al doctor. Pensé que me había vuelto loca, qué sé yo. Por suerte encontraron a otro paciente argentino que sí sabe portugués y que se ofreció a dar una mano como traductor. Así me enteré de que estuve todo este tiempo en coma, que Ariel todavía está delicado, que lograron comunicarse con tu abuela y con el tío Alejo… Por cierto, mamá debe estar hecha una fiera; tanto insistió para que no vengamos a Florianópolis, y ahora resulta que nos accidentamos y nos hicimos bolsa. Porque nos hicimos bolsa con todas las letras, eh: del auto, dicen, no quedó nada, ni del equipaje. Nada de nada. Y nosotros, la verdad es que no sé. Papá con suerte vuelve a caminar, y yo… Bueno, parece que va a ser difícil que tengas un hermanito.

Yo te digo todas estas cosas con esta liviandad, pero no sabés cómo se me encogió el corazón cuando me lo dijeron a mí. Lloré como una boluda, imaginate. Disculpame el vocabulario, mi amor, mamá tiene la boca «más sucia que una letrina», como solía decir tu bisabuela; pasa que te digo lo que me sale y como me sale, porque en estos momentos no tengo voluntad para nada, ni para hacerme la educada. Qué mal ejemplo te estaré dando…

Bueno, vos no me hagas caso, siempre fuiste un nene educado, y también muy fuerte; vos no vas a decir malas palabras ni a llorar como la boluda de tu mamá. Ahora me vas a tener que disculpar, pero necesito dejar de escribirte, porque si no empiezo con el llanto de nuevo.

 

Luchito, corazón, qué ganas de escribirte que tenía. Hoy estuvieron toda la mañana haciéndome análisis y estudios y qué sé yo cuánto. ¡Estoy agotada! Empezaron con una tomografía (¡qué horror la sensación de encierro que me genera ese aparato, por Dios! No sé cuánto tiempo habrá sido, pero a mí me pareció una eternidad), después con una resonancia, después con análisis de orina y de sangre, después me hicieron preguntas, muchas, supongo que para ver si ando bien de la cabeza. Mirá, ya casi es medianoche y no me puedo dormir de lo alterada que quedé. En realidad, desde que salí del coma que no me puedo dormir, así que me tienen que pichicatear para que pueda descansar aunque sea un poco. Pero hoy parece que ni eso sirve.

De tu papi todavía no me dicen mucho. Nada más que está delicado, que perdió mucha sangre, que tiene la columna vertebral hecha polvo, y donde entran en detalles ven que a mí se me hinchan los ojos y dejan de hablar y se van, se van con alguna excusa, porque seguro que no soportan verme tan mal. Y yo, ¿cómo querés que me ponga? Si me dicen todo eso de él, y encima llega un punto en que hablan con palabras tan rebuscadas que no les entiendo nada, y no sé, mirá, no sé si no lo hacen para confundirme y para que después de todo piense que la cosa no está tan mal. Y a veces les sale bien, ¿vos sabés?, porque yo soy media lela, desde chiquita, en la escuela no me iba muy bien, sobre todo en matemática, y mamá se enojaba y yo le tenía que pedir ayuda a tu tío, que encima es menor que yo, no sabés qué bronca y qué golpe al orgullo, porque encima soy orgullosa...

 

Luchito, mi vida, hoy el médico me descubrió escribiendo y se puso contento, me dijo que eso me va a hacer bien. Eso, sabés, me alegro un poco el día. Aunque cuando me pidió ver lo que escribía, me negué rotundamente. Es privado, ¿qué se piensa? Yo le agradezco con el alma lo que hace por nosotros, pero tiene que respetar la intimidad de sus pacientes. Bueno, capaz que estoy exagerando un poco, porque no insistió cuando me negué a mostrarle estas cartas. Pero en el momento, te digo, se me prendió como un fuego adentro, que no sé cómo explicarlo. Como sea, te prometo que nunca nadie va a leer nada de lo que te escribo. De ahora en más, en lugar de guardar las cartas en el cajón de la mesa de luz, las guardo abajo de la almohada, y cuando me hagan salir de la habitación para los análisis y los estudios me las llevo conmigo. Es que esto que te escribo es solo para vos, y para nadie más. Aunque vos no lo vayas a leer. De verdad es como el médico me dijo, me hace sentir mejor. Pero mucho mejor sería poder abrazarte, y llenarte de besos, y cantarte las canciones de cuna que me cantaba tu abuela cuando yo era chiquita.

El otro día me acordaba de cuando estabas en mi panza. A veces me pongo nostálgica y se me da por extrañar tus pataditas, ¿sabés?, a pesar de que me molestaban un poco. Pero me hacían ilusionar, me hacían sentir toda la vida que había adentro mío, me hacían poner ansiosa porque faltaba cada vez menos para que llegaras y para que conocieras a tu familia. Cada vez que pegabas un puntapié lo llamaba a tu papá para que pusiera la mano y sintiera. A él se le llenaban los ojos de lágrimas (él también es medio llorón, ¿viste?), y decía que ibas a ser un jugadorazo de fútbol. A mí eso no me convencía, yo siempre preferí que mis hijos estudien, que tengan la posibilidad (esa posibilidad que no tuvimos ni tu papá ni yo) de ir a la universidad, que tengan un título que los respalde en este mundo que se está convirtiendo en una jungla, donde todos parecen estar en guerra con todos y con todo, donde se devoran los unos a los otros y no se dejan ni los huesos.

Pero mirá qué ideas más horribles te vengo a contar. Mejor cambio un poco de tema. A veces entrecierro los ojos y te imagino empezando la escuela, con el guardapolvo blanco impecable, la mochila llena de útiles, rodeado de amiguitos (y capaz que de alguna que otra noviecita, porque vos siempre fuiste muy pintón, como mi Ariel). Y después te veo en la secundaria, ya más crecido, más responsable, hecho un señorito bien prolijo (porque no te puedo imaginar todo barbudo y con la cabeza hecha un nido de culebras, como andan los adolescentes hoy en día; no me vayas a hacer eso nunca, Luchito, ¿entendiste?).

Y después, como te decía, la universidad. ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande? ¿Médico, como el hombre que nos cuida a tu papá y a mí en este momento? Es un hombre muy bueno, un poco rezongón a veces, pero fuera de eso es un pan de Dios. ¿O abogado? Tal vez te interesen más los números y la ciencia, y termines siendo científico. Ah, pero esos sí que andan todo el día despeinados, yo los vi en la tele y no me gusta, así que no seas científico. Bueno, mejor sí, o sea, mejor sé lo que vos quieras, nosotros no te vamos a poner limitaciones, siempre y cuando seas una persona buena y responsable. Pero creeme que papi y yo vamos a hacer todo lo que sea posible para que vos puedas cumplir tus sueños.

¿Pero qué pavadas estoy diciendo? Mirá cómo me entusiasmé, mirá cómo agarré viaje con la imaginación… Y los dos sabemos que nada de eso va a pasar. Ay, ya empecé a llorar de nuevo, ¡qué boluda que soy! Voy a cortar acá porque si no estropeo toda la hoja.

 

Ayer hablé por teléfono con tu abuela. Fue la primera vez desde que estoy acá. No sé por qué no hablé antes. No me animaba, supongo. Te imaginás cómo se puso ella: primero no paraba de llorar y de agradecerle a Dios y a María Santísima; pero la etapa de agradecimiento se pasó rápido, y enseguida empezó con los reproches, y que qué locura hacer semejante viaje en esa catramina, y que cómo no había llamado antes, y que ese Ariel se lo tiene merecido por vago y por caprichoso, y ahí corté, tuve que cortar porque si no (disculpame la expresión) la mandaba bien a la mierda. ¿A vos te parece? Toda la vida fue una sargenta, y ahora, con la desgracia que estamos viviendo, cuando más comprensiva y paciente tiene que ser, no, se pone peor. Y ni siquiera me dio noticias de tu tío Alejo, ¿podés creer? Yo quiero saber cómo está él, qué es de su vida, de sus proyectos, y también quiero que sepa que, mal que mal, acá estamos luchando por salir adelante, yo sé que él está muy preocupado (nunca conocí a nadie más preocupado por el resto que por sí mismo) y que eso lo va a animar.

Qué mal trago que me hizo pasar esa mujer, por Dios. Igual, yo sé que de alguna forma esa es su manera de preocuparse por nosotros y que no quiso decir lo que dijo de tu papá. Es que se deja llevar por la calentura. Qué le vamos a hacer. Y yo, a pesar de todo, la quiero así como es. Por favor, Luchito, te pido que la cuides mucho, ¿eh? Y al tío Alejo también. Mientras nosotros no estamos allá, te los encargo con todo mi corazón.

¡Ah, pero adiviná qué! Recién la enfermera me vino a dar una noticia que hizo desaparecer enseguida la bronca de la llamada telefónica. ¡Tu papá mejora, Luchito! Me dijeron que ya le sacaron el respirador artificial y que está consciente, y hasta dijo algunas palabras. El problema es que no sabe dónde está, eso lo tiene medio desorientado, y además parece que no se acuerda del accidente, ni del viaje, ni nada. Y el médico no quiere ponerse a explicarle nada porque dice que está muy débil, y que es mejor esperar un tiempo para, para no confundirlo todavía más. ¡No sabés las ganas que tengo de verlo! En cualquier momento me hago la pava y me escabullo hasta su habitación sin que nadie se dé cuenta. ¿De qué te reís? No te rías, zonzo, ¿no ves que me muero de ganas de abrazarlo, de verlo yo misma con mis propios ojos? Y de hablar también, y de contarle todo lo que te cuento a vos, y de llorar juntos, porque seguro que cuando nos veamos vamos a llorar, pero va a ser de felicidad, no de tristeza, estoy segurísima.

 

Luchito, te pido perdón por no haberte escrito en tanto tiempo. Para hacerla corta, tengo dos noticias, una buena y una mala. Voy a empezar con la buena porque todavía no sé cómo decirte la mala: finalmente en unos días me van a dar el alta. El doctor quiere asegurarse de que el accidente no me dejó secuelas graves, así que me van a hacer algunos estudios más, pero nada muy complejo ni muy duradero. Menos mal, ya estaba cansada de todo eso, y de estar postrada en esta cama, y del hospital, y de todo, bah. Bueno, de todo no, la verdad es que la gente acá ha sido muy amable conmigo, el médico, las enfermeras, el muchacho que se ofreció a traducir (¡qué paciencia tiene ese hombre!); no tengo palabras para agradecerles todo lo que han hecho por mí. Ojalá haya en el mundo más gente como ellos.

Bueno, mi amor, ya no puedo esquivar más la mala noticia. ¿Te acordás que te dije que papi había mejorado? Resulta que de golpe su estado de salud empeoró, nadie sabe cómo… Y hace dos días se fue al Cielo, ¿sabés? Ahora está con Dios, tranquilo y calmado, porque dejó de sufrir, seguro que dejó de sufrir, de sentir dolores y todas esas cosas feas que sienten los pacientes de los hospitales. Yo no me explico cómo terminó todo así, tan de golpe, si justamente me habían dicho que había mejorado, pero son cosas que pasan, eso me dice el médico para tratar de consolarme, y no hay nada que hacerle. La verdad, pobre, es que no me consuela para nada, al contrario, me hace sentir peor, pero sé que él no lo hace con esa intención, debe ser difícil estar en su lugar y tener que dar esas noticias, ojalá que yo nunca tenga que estar en una situación así, debe ser espantoso.

No te dije nada, Luchito, pero hace rato que estoy llorando, y esta vez es terrible, no puedo parar, no hay forma. Ya empapé la mitad de la carta y se borroneó la mitad de lo que escribí, mirá si habré llorado, pero no me importa, total cuando salga de acá quemo todas las hojas y listo, no quiero ni guardarlas, esto que al principio se había convertido en algo lindo, en una especie de descanso, ahora se volvió filoso y punzante como un cuchillo, y me está destruyendo, me causa un dolor atroz.

Tengo que dejar de escribir. Por mi bien, tengo que hacerlo. Eso sí, antes de soltar la lapicera, de hacer un bollo con todas las hojas y tirarlas al fuego, te quiero pedir que, así como cuidaste a la abuela y al tío mientras yo no estuve con ellos, que lo cuides también a papá Y él también te va a cuidar a vos, quedate tranquilo. Cuídense mutuamente allá en el Cielo, sean padre e hijo otra vez, sean amigos, compinches, compartan ese tiempo que Dios no quiso que compartieran en su momento. Pero no te enojes con Dios, Él hace las cosas con un propósito y nosotros no somos quiénes para cuestionarlo. Y te pido también que me cuides a mí, que los dos me cuiden a mí; yo sabré salir adelante, voy a sacar fuerzas de alguna forma, no sé cómo, voy a seguir luchando, pero necesito sentirlos a los dos al lado mío, si no me parece que nada tiene sentido.

Los amo y los extraño con locura.

Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

YO SOY LA ESPERANZA