Mostrando entradas con la etiqueta Tihomir Jovanović. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tihomir Jovanović. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de julio de 2026

CLAUSTROFOBIA

Tihomir Jovanović

 

Bajé del autobús en Autokomanda. Algunos pasajeros más descendieron, recogieron su equipaje del compartimiento y siguieron su camino. Yo no llevaba equipaje. Había salido de mi casa, en la provincia, sin más que unos cuantos billetes rojos y arrugados en el bolsillo para comida y otros gastos mientras estuviera en casa de mi amigo Lazar. Se suponía que debía esperarme en la estación, pero no estaba.

Bueno... algo lo habría retrasado. Llegaría en cualquier momento.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, estaba cada vez menos convencido de ello. Mis intentos de comunicarme con él por teléfono móvil fueron inútiles. Una voz femenina robotizada repetía:

—El usuario llamado no se encuentra disponible en este momento. Por favor, inténtelo más tarde.

Miraba en vano la pantalla esperando que apareciera el mensaje: «El usuario llamado vuelve a estar disponible».

La noche era cada vez más oscura y fría. Cada vez quedaba menos gente. Se marchaban en los autobuses urbanos hacia el centro, rumbo a bares, cafeterías y clubes. Era viernes por la noche...

Y yo, qué idiota. Nunca se me ocurrió pedirle a Lazar la dirección. En mi pueblo todos se conocen y nadie necesita una dirección para encontrar a alguien. Belgrado está lleno de Lazar Petrović.

Caminé bajo el distribuidor vial, entre los edificios. Si no aparecía, tendría que encontrar algún sitio donde pasar la noche y regresar al pueblo al día siguiente. Era evidente que Lazar me había dejado plantado, como dicen aquí, en la ciudad. Había apagado el teléfono porque había cambiado de idea. Podría habérmelo dicho, en lugar de hacerme esto.

Estaba furioso. Más conmigo mismo que con él. Al fin y al cabo, era un imbécil por confiar en alguien con quien apenas había compartido un par de cervezas sentado en la escalinata de la tienda del pueblo...

Ahora solo buscaba un rincón tranquilo, un lugar donde pudiera esconderme para dormir. Mientras vagaba, apenas veía alguna muchacha que había sacado a pasear al perro para que hiciera sus necesidades. En mi pueblo los perros se ocupaban solos de eso y nosotros dormíamos.

Dormíamos...

Como si el cielo hubiera escuchado mis deseos, vi un viejo camión junto a una hilera de casas ruinosas. Me pareció que ya no estaba en Belgrado, o al menos no en el Belgrado moderno... Basta alejarse unos pocos cientos de metros de las avenidas principales para encontrarse con chozas miserables y montones de automóviles destrozados.

El camión era una especie de furgón. En la parrilla del motor llevaba un emblema que parecía un cohete. Probé la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave.

Maldición.

Fui hacia la parte trasera del vehículo. Tenía una puerta de dos hojas. La palpé y comprobé que no estaba cerrada. La abrí y me metí dentro.

No parecía un lugar tan malo. El piso estaba cubierto con rejillas de madera y las paredes interiores eran de chapa lisa. No era precisamente un hotel, pero sí un sitio aceptable para resguardarme de la calle y pasar la noche.

Me acurruqué sobre el piso e intenté llenar mi mente de buenos recuerdos, de algo que me alejara de aquella desagradable realidad. Y cuando ya me parecía que estaba a punto de dormirme, oí golpes en la puerta, gritos y, enseguida, cómo la abrían.

Primero entró una ráfaga del aire helado de la noche y después una multitud de personas.

Me puse de pie, desconcertado, y me refugié en un rincón.

La gente seguía entrando y entrando.

Estaban aterrados, desesperados.

Llevaban brazaletes amarillos sobre las mangas.

Desde afuera llegaban gritos:

—Schnell! Schnell!

Y ladridos de perros.

Al diablo, pensé. Me metí en un camión que forma parte del rodaje de alguna película sobre campos de concentración.

Pero desde afuera no llegaba la luz de los reflectores. Solo la pálida claridad de la luna y una mezcla de voces, gritos, lamentos y sollozos.

—¡Despacio, por favor! —grité cuando terminaron por aplastarme contra un rincón de la caja—. ¡Van a asfixiarme!

Pero seguían entrando, como si no me oyeran, como si yo no existiera, empujados por los culatazos de hombres vestidos con uniformes alemanes.

Durante un instante, un rostro bajo un casco apareció en el marco de la puerta mientras seguía empujando gente hacia el interior.

Entonces las puertas se cerraron de golpe y las aseguraron. Varios hombres intentaron abrirlas empujándolas, pero fue inútil. Respiraba con dificultad. Había demasiada gente para un espacio tan reducido. Poco después se oyó el rugido del motor y el camión comenzó a sacudirse sobre el camino. Demasiados saltos para circular sobre asfalto.

¿Qué demonios está pasando?, pensé. Aunque fuera para una película, ¿no bastaba con empujarlos dentro y luego hacerlos salir? Qué mala suerte la mía... Y qué estafador Lazar.

Pero entonces percibí otra cosa. El olor del humo. Dentro del vehículo. El camión era viejo y por algún sitio se filtraban los gases del escape. La gente comenzó a agitarse. Apretados unos contra otros, empujaban desesperadamente hacia las puertas. El camión dio un fuerte salto al pasar sobre una piedra, o eso supuse.

Las mujeres y los niños empezaron a gritar y a llorar. Se empujaban y se arañaban unos a otros luchando por un poco de aire. Aquella escena era demasiado convincente. Demasiado real para ser una actuación. Aquellas personas se estaban asfixiando de verdad.

Estaban muriendo.

La mujer que estaba a mi lado apretaba a su hijo contra el pecho, como si pudiera protegerlo de los vapores venenosos con su propio cuerpo. La gente luchaba, forcejeaba. Unas manos me arañaron la cara. Otras tiraban de mi ropa hasta desgarrarla. Con el tiempo todo se fue calmando. Dentro de la caja había tan poco espacio que incluso los muertos permanecían de pie. El camión siguió avanzando, dando tumbos por el camino irregular, hasta que por fin se detuvo. El motor se apagó. Unos instantes después oí a alguien manipular la cerradura desde afuera y las puertas se abrieron de par en par. Una bocanada de aire fresco irrumpió en el interior y la aspiré con avidez.

En el umbral volvió a aparecer un soldado alemán, seguido por otro. Comenzaron a sacar los cadáveres y a arrojarlos al suelo como si fueran sacos. Mientras tanto hablaban en aquel idioma gutural suyo y se reían, como si todo aquello les divirtiera.

Uno de ellos entró en la caja del camión y empezó a empujar los cuerpos hacia afuera, mientras el otro los recibía y los arrastraba. Rostros muertos, deformados por muecas de agonía. Ojos abiertos. Ojos que habían visto la muerte.

Mis propios ojos también estaban abiertos, y yo contemplaba toda aquella muerte. Esperaba que el soldado alemán me descubriera, me sacara de allí y me rematara con un disparo de su Luger. Pero eso no ocurrió. La luz de una linterna recorrió el interior del vehículo y el soldado salió refunfuñando. Permanecí acurrucado en un rincón, temiendo que al final terminara por verme. En mi cabeza solo daba vueltas una idea.

—Todo esto es un sueño... Todo esto es solo un sueño... —susurraba, como si por fin hubiera comprendido—. Es solo una pesadilla. Me despertaré y todo volverá a estar bien...

Pero ¿quién es consciente, mientras sueña, de que solo está soñando? Esperé un poco más y luego me asomé con cautela por la rendija de la puerta. No había nadie. Ni alemanes. Ni cadáveres. Salí del camión, miré a mi alrededor y eché a correr por el camino en dirección a las luces de la ciudad, alejándome de aquel bosque, alejándome de todo. Mientras corría sentí vibrar el teléfono en el bolsillo. Lo saqué y vi en la pantalla el número de Lazar.

—¡Pero dónde estás, hombre! —oí su voz, alterada.

—¿Dónde estoy yo? —grité—. ¡¿Y dónde demonios estás tú?!

—Perdóname. Tuve un accidente de tráfico... ¿Dónde estás ahora?

—¿Dónde estoy...? No tengo la menor idea. Ni siquiera sé qué me ha pasado —respondí—. Espera... veo algo conocido... el estadio del JNA...

—¡Hombre, qué haces tan lejos! Espérame debajo de la tribuna sur y no te muevas. Voy a buscarte.

 

Por fin vi los faros de un automóvil.

Hizo un cambio de luces al reconocerme y me acerqué.

El capó estaba abollado, seguramente a causa del accidente que Lazar había mencionado.

Abrió la puerta y salió para saludarme, pero se quedó inmóvil al verme.

—¡Pero qué aspecto tienes! Estás lleno de arañazos y la ropa hecha jirones...

Instintivamente me llevé los dedos a la cara y sentí las heridas y la sangre reseca. Entonces yo mismo me quedé desconcertado. Si por un instante había pensado que todo aquello había sido solo una pesadilla o que había estado vagando dormido, las dudas desaparecieron. A menos que hubiera atravesado algún matorral. Así que eso fue lo primero que le dije a Lazar.

Él solo negó con la cabeza y me hizo subir al coche.

Cuando llegamos a su edificio, pulsó el botón para llamar al ascensor. En cuanto las puertas se abrieron y dejaron ver la cabina, sentí una oleada de angustia y de miedo.

Y un intenso olor a mi propio sudor.

—No... No puedo subir en ascensor. Vamos por las escaleras.

—Vamos... ¿Subir andando hasta el quinto piso? —me miró sin dar crédito a lo que oía.

—Te lo explicaré después.

Se limitó a encogerse de hombros, como diciendo «qué tipo tan raro», y empezamos a subir.

Más tarde, ya en su apartamento, mientras compartíamos un vaso de rakia y un cigarrillo, le conté todo lo que realmente me había ocurrido. Me escuchó incrédulo. Sacudió la cabeza y dijo:

—Parece una historia de La dimensión desconocida.

Asentí.

Entonces continuó:

—¿Sabes? En Autokomanda existió un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial: Topovske Šupe. Allí reunían a judíos, gitanos y comunistas antes de trasladarlos a Banjica, donde ya sabes cómo terminaban.

—¿Y aquel extraño camión?

—Una dušegupka. Seguro que has oído esa palabra alguna vez, aunque no supieras de dónde viene. Era precisamente ese tipo de camión. Un invento alemán para matar de forma barata. Utilizaban camiones Saurer y todo fue concebido por Heinrich Himmler —explicaba Lazar como si estuviera leyendo una enciclopedia o Wikipedia—. Los fabricaba la empresa Gaubschat Fahrzeugwerke GmbH y los llamaban Gaswagen. Bajo las rejillas de madera del piso había tubos perforados por los que se conducían los gases del escape del motor: dióxido y monóxido de carbono...

—Es espantoso... —murmuré.

Y seguía sin comprender por qué, ni cómo, había terminado allí; por qué ni los alemanes ni los prisioneros parecían verme y, sin embargo, sobre mi cuerpo habían quedado las huellas de su desesperación; ni cómo era posible que yo no hubiera muerto envenenado por aquellos gases. Se lo dije a Lazar.

—No tengo una explicación racional... Tal vez, de algún modo, tú no formabas parte de aquella realidad. Quizá atravesaste una especie de fisura temporal... Aunque, cuando leía sobre cosas así, nunca les creía. Me parecían solo lecturas entretenidas.

—Sí. A mí también... Pero ahora...

Callé y apuré de un trago el resto de la rakia.

—Ahora ve a dormir —dijo Lazar—. Mañana será otro día.

Asentí.

Me preparé para acostarme y, todavía con cierta inseguridad, me metí en la cama, temiendo lo que pudiera traerme el sueño: una mañana cualquiera, el regreso de la pesadilla... o cualquier otra cosa que hubiera sido aquello que me ocurrió.

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

 

miércoles, 24 de junio de 2026

LA CALAVERA DE CRISTAL

Tihomir Jovanović

 

La lluvia había caído durante todo el día sobre Clearville, de esa manera en que llueve en las viejas películas románticas francesas en blanco y negro, solo que no había parejas enamoradas en las calles. En lugar de ellas, corría el agua y salpicaba las aceras cuando pasaban los escasos automóviles y los aún más escasos peatones.

Solo quienes no tenían más remedio salían a la calle mientras el viento daba vuelta los paraguas. Más extraño todavía era que, con aquel tiempo, alguien se detuviera frente a la galería privada Frank Simon de Clearville.

Las capuchas de aquella pareja les cubrían la frente mientras las gotas, o mejor dicho los chorros de lluvia, corrían por sus impermeables. En la cara interior de la puerta de la galería había un cartel anunciando la inauguración, al día siguiente, de la exposición "Reliquias perdidas del Tercer Reich".

El hombre parecía menos interesado en el texto del anuncio que en la cerradura de la puerta y las cámaras de seguridad. No le preocupaba demasiado que las cámaras registraran su rostro; después de todo, aquel no era su verdadero rostro, sino el de un caballero mayor con el bigote amarillento por el tabaco.

Cuando regresara a su refugio y se quitara la máscara volvería a convertirse en un hombre de treinta y tantos años, de ojos negros y cabello peinado hacia atrás.

Volvería a ser Diabolik.

Y la anciana apoyada en un bastón volvería a ser quien realmente era: la deslumbrante rubia Eva Kant.

—¿Qué te parece? —preguntó Eva.

—La entrada está protegida de manera convencional. Cámaras, cerraduras de seguridad y rejas que descienden en cuanto suena una alarma. Mañana, cuando abran la exposición, veremos cómo está organizado el sistema de seguridad interior.

—Entonces volvamos cuanto antes. Esta lluvia no es precisamente agradable.

Diabolik asintió y ambos se dirigieron al garaje donde habían estacionado el Jaguar negro.

 

Las gotas seguían resbalando por los cristales de las ventanas mientras permanecían sentados, absortos en sus pensamientos.

Las ráfagas de viento estrellaban la lluvia contra los vidrios, pero el sonido parecía quedarse afuera.

Diabolik estaba pensativo. Había leído la lista de piezas que se exhibirían. Objetos ocultistas del Tercer Reich.

Objetos que los miembros de la organización Deutsches Ahnenerbe-Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte habían llevado a Berlín desde todos los rincones del mundo, convencidos de que poseían poderes especiales y de que asegurarían la victoria alemana en la guerra. También había piezas cuya existencia oscilaba entre la realidad y el mito. El Santo Grial. La Lanza del Destino, con la que supuestamente había sido atravesado Jesucristo antes de la crucifixión. Además, se exhibirían objetos que los nazis habían buscado obsesivamente sin llegar nunca a encontrarlos.

Lo que más interesaba a Diabolik era que, entre los visitantes, seguramente aparecería algún anciano nazi o algún simpatizante de la organización ODESSA, encargada de ocultar a numerosos nazis tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

También sentía curiosidad por algunas piezas de la exposición. Especialmente por una calavera de cristal de cuarzo que llevaba una esvástica grabada en la parte superior. Toda aquella información procedía de revistas, folletos promocionales y enciclopedias.

—¿Por qué no buscas algo en internet? Seguro que encontrarás más información sobre esa calavera —preguntó Eva.

—Lo sé. Estoy seguro de que la red está llena de datos. Pero... —Se interrumpió y miró a Eva a los ojos—. Cada búsqueda deja rastros —agregó—. Estoy convencido de que la policía y Ginko vigilan todo lo relacionado con esta calavera y con la exposición. Si ocurre un robo o un intento de robo, esas búsquedas serán una de las primeras pistas que examinarán.

—Ahora te entiendo —dijo Eva—. ¿Tienes algún plan?

—¿Un plan? Todavía no. Después de visitar la exposición veré cuáles son las posibilidades y cuáles los obstáculos que presenta la galería.

Cerró los ojos y se recostó en el respaldo flexible de la silla. Le preocupaba la posibilidad de que antiguos nazis se interesaran por la exposición, provocando un aumento de la seguridad o incluso un enfrentamiento. Pero los enfrentamientos no le daban miedo. Había aprendido a vivir con ellos desde la infancia. Recordó entonces el cambio que había transformado su vida, llevándolo de ser un niño común a convertirse en Diabolik. Había sido un huérfano rescatado tras un naufragio por un grupo de hombres que vivían en una isla gobernada por un individuo conocido como King. El jefe de una organización criminal. Allí creció, educado según las normas de aquellos delincuentes, con el propósito de convertirse en un criminal perfecto. Aprendió a manejar armas. Se entrenó físicamente. Trabajó en laboratorios. Fue allí donde desarrolló el material capaz de reproducir con exactitud la piel humana y los rasgos faciales: máscaras que imitaban perfectamente la apariencia, la temperatura y hasta las expresiones de una persona. King deseaba ese invento para sí mismo. Pero Diabolik ya era adulto. Más tarde estalló un conflicto entre ambos. Diabolik venció. Abandonó la isla y comenzó su vida independiente.

Sonrió al recordar que fue entonces cuando conoció a su compañera de aventuras, Eva Kant.

 

Al día siguiente todo era distinto.

Las nubes ya habían depositado toda su carga sobre la tierra y el sol volvía a cruzar libremente el cielo.

La gente se agolpaba en la entrada de la galería, molesta por los rigurosos controles de seguridad: revisión de documentos, detección de armas, cámaras fotográficas y cualquier objeto sospechoso.

—Como si fuéramos terroristas —comentó una mujer cuando terminó la inspección y entró en la galería.

Eva y Diabolik iban disfrazados de matrimonio de mediana edad. Ella era una morena elegante. Él, un hombre rubio con una barba de varios días. Pasaron los controles sin dificultad y comenzaron a recorrer la exposición. Los objetos estaban protegidos por cúpulas blindadas o vitrinas equipadas con sensores y cámaras. Mientras observaba las piezas, Diabolik estudiaba las posibles rutas de entrada y salida de la sala. Y también examinaba los rostros de los visitantes en busca de rasgos germánicos que pudieran delatar a algún miembro de ODESSA.

—Disculpe —dijo un caballero de edad avanzada dirigiéndose al conservador de la muestra—. Esa calavera de cristal... ¿de qué está hecha exactamente? Y esa esvástica en la parte superior, ¿es obra de los nazis o...?

—La calavera está tallada en cuarzo, un material extremadamente duro de trabajar. Resulta asombroso que los pueblos antiguos hayan sido capaces de crear algo semejante. Fue descubierta en Perú, dentro de una de las pirámides, hace apenas unos años, aunque los nazis la buscaron antes y durante la Segunda Guerra Mundial. No sabemos cómo obtuvieron información sobre su existencia, porque la pieza fue hallada por casualidad hace relativamente poco, cuando un terremoto provocó el derrumbe de algunos muros interiores de la pirámide. En cuanto a la esvástica, mucho antes de los nazis tenía significados completamente distintos y aparecía en numerosas culturas...

—Muchas gracias —respondió el hombre antes de alejarse hacia otras vitrinas.

Diabolik lo observó atentamente. El anciano contemplaba el resto de los objetos de manera superficial, como si no le interesaran o ya los conociera todos. Poco después se dirigió hacia la salida. Allí fue sometido a una nueva inspección de seguridad. Justo en ese momento se cruzó con otro hombre que lo observó brevemente antes de entrar. Diabolik lo reconoció de inmediato. Le hizo una seña a Eva para que se separaran; de ese modo llamarían menos la atención. La persona que acababa de entrar era el inspector Ginko. Su mirada recorría rápidamente los rostros de los visitantes mientras conversaba con los agentes de seguridad. Durante un instante sus ojos se cruzaron con los de Diabolik. Solo un instante. Pero suficiente para que Diabolik comprendiera que Ginko no estaba allí por casualidad. Buscaba a alguien capaz de intentar un robo. Tal vez a él. Tal vez a algún antiguo nazi. Después de todo, aquella era una exposición de alto riesgo.

Eva abandonó primero la sala.

Diabolik esperó a que varios visitantes salieran detrás de ella y luego se encaminó también hacia la puerta. Al pasar estuvo a punto de rozarse con Ginko. Salió sin detenerse. Eva lo esperaba varias manzanas más allá, cerca del garaje.

—¿Crees que Ginko está aquí por casualidad o te está esperando? —preguntó ella mientras regresaban.

—Ginko nunca hace nada por casualidad. Tiene intuición. Siente que algo va a ocurrir aquí. Y ahora mismo da igual si cree que seré yo u otra persona.

—¿Vas a abandonar el golpe?

—No. Creo que ya tengo un plan. Vamos al castillo de la colina. Desde allí se ve muy bien la ciudad y la galería.

Eva asintió.

El automóvil abandonó el asfalto y tomó un camino de grava que conducía al viejo castillo, una antigua propiedad de la nobleza convertida ahora en hotel, restaurante y mirador turístico.

—Ahí está la galería —dijo Diabolik señalando el edificio situado junto al río—. Como puedes ver, todavía hay personal de seguridad alrededor. A simple vista parecen paseantes despreocupados, pero no lo son. Creo que algunos permanecerán allí durante la noche.

—Entonces, ¿cómo piensas hacerlo?

—Sentémonos a tomar algo y te lo explicaré. —Cuando el camarero se alejó, Diabolik comenzó a hablar—. La seguridad es muy fuerte. Además está Ginko, que seguramente me espera y tiene hombres preparados para intervenir en cualquier momento. Por eso debo atraerlo hacia otro lugar.

—¿Cómo?

—Con un falso Diabolik. Mientras él crea que estoy robando en otro sitio, yo actuaré aquí.

—¿Dónde?

—Todavía sigue abierta en la ciudad la exposición de las Joyas de Opar. Reciben ese nombre porque fueron encontradas en una ciudad en ruinas de África que fue bautizada Opar, como en la novela de Edgar Rice Burroughs Las joyas de Opar. Es un objetivo suficientemente tentador para Diabolik. Al menos eso debería pensar Ginko. Si cree que voy a por esas joyas, concentrará allí sus fuerzas mientras yo trabajo en otro lugar.

—Pero siguen estando las puertas, los guardias, las alarmas... ¿Piensas entrar por el techo con un parapente? —preguntó Eva.

—No. Los sensores y las cámaras son demasiado sensibles. Me detectarían antes de que pudiera posar un pie en el tejado.

—Entonces, ¿cómo?

—Por el río. Es el único punto realmente desprotegido de esa fortaleza. Los dueños de la galería confían en el río igual que los habitantes de los castillos medievales confiaban en los fosos que rodeaban sus murallas.

—Y después...

—Después...

Diabolik sonrió.

Y le explicó todos los detalles del plan.

 

Dos días más tarde, el interés del público por la exposición había disminuido un poco, pero las medidas de seguridad seguían siendo las mismas que el primer día.

La noche estaba despejada. La luna nueva apenas proporcionaba algo de luz cuando aparecía entre las nubes dispersas. El río fluía lentamente, casi adormecido. Solo se agitaba cuando alguna barcaza cargada de carbón pasaba rumbo a una lejana central térmica.

Bajo la superficie avanzaba una figura.

Mientras nadaba, dependía más del tacto que de la vista y de la débil luz de su linterna. Finalmente encontró la tubería de desagüe del colector urbano y se acercó a la orilla. La entrada estaba cerrada por una puerta metálica y un candado. Al menos lo había estado hasta el día anterior. La noche previa Diabolik había roto el candado, debilitado por el óxido, y había escondido dentro de la tubería todo lo necesario para atravesar el suelo de la galería: ácido para disolver el hormigón, una sierra y herramientas para cortar las barras de refuerzo. Debido a la gran cantidad de agua que aún descendía de las colinas, le costó avanzar por la tubería y alcanzar el sendero que conducía a la galería.

Comenzó a inyectar ácido en los agujeros del hormigón.

Luego se apartó mientras la masa reblandecida se deshacía. Después cortó el acero. Y volvió a aplicar ácido. De vez en cuando consultaba el reloj.

Al otro extremo de la ciudad, Eva debía poner en marcha el resto del plan. Vestida con el traje de Diabolik –el ajustado mono negro ceñido al cuerpo–, Eva salió deslizándose de entre las sombras de unos arbustos y observó el edificio del museo donde se exhibían las Joyas de Opar.

No había vigilancia exterior, pero sí un guardia nocturno y un sistema de seguridad.

Según el plan acordado con Diabolik, debía inutilizar las alarmas y los sensores de movimiento, neutralizar al guardia y simular un robo. Después tendría que reactivar el sistema para atraer a la policía. Todo debía ocurrir exactamente a la una de la madrugada, momento en que Diabolik, según lo previsto, atravesaría el suelo de la galería y se apoderaría de la calavera de cristal.

No muy lejos del museo había una alcantarilla donde convergían varios cables eléctricos.

Si conseguía inutilizar el cable que alimentaba el edificio, el sistema de seguridad quedaría desconectado durante unos instantes, antes de pasar a la alimentación de emergencia por baterías. Esa breve confusión sería suficiente.

Levantó la tapa de la alcantarilla, iluminó el interior con una linterna y encontró el cable adecuado. Luego sacó de su mochila una botella de ácido. Era la forma más segura de destruir el aislamiento y provocar un cortocircuito. Volvió a inspeccionar los alrededores. Todo estaba tranquilo. Desenroscó el tapón y vertió el ácido sobre el cable. Un olor acre llenó el aire. Saltaron chispas.

Eva retrocedió y dirigió la mirada hacia el museo. Las ventanas habían quedado sumidas en la oscuridad. Arrojó lo que ya no necesitaba y corrió hacia la entrada. El guardia nocturno salió confundido al escuchar el apagón. Miró a su alrededor, sorprendido de que los edificios vecinos siguieran iluminados. Comprendió que algo iba mal y se dirigió apresuradamente hacia la portería para activar la alarma. Una voz lo detuvo.

—¡Alto!

Se volvió.

Frente a él había una figura vestida con un ajustado traje negro.

—¿Diabolik? —susurró mientras retrocedía.

Sintió un sudor frío recorrerle la espalda al ver el revólver apuntándole al pecho. No se oyó ningún disparo. Del arma no salieron balas sino pequeños dardos cargados con un sedante. El guardia sintió un pinchazo. Durante unos segundos pareció sorprendido de seguir vivo. Luego se desplomó. Eva entró en el museo. Faltaban cinco minutos para la una.

Sacó un aerosol negro de una bolsa que llevaba en la cintura y cubrió los sensores de movimiento. Después accedió a la sala principal. Contempló los tesoros expuestos. Durante un instante sintió la tentación de romper una vitrina y quedarse con algunas de aquellas piedras preciosas.

Pero resistió.

Esperó. Y cuando llegó el momento exacto, se limitó a romper una de las vitrinas. La alarma comenzó a sonar. Eva salió corriendo a la calle, se internó entre los arbustos y se dirigió hacia el automóvil.

—¡Robo en el museo! —gritó el operador de guardia en la central de policía—. ¡Envíen una patrulla inmediatamente!

Las sirenas comenzaron a aullar. Las luces giratorias proyectaban reflejos azules sobre las fachadas mientras los vehículos recorrían las calles desiertas. Los coches se detuvieron chirriando frente al museo. Los policías, con las armas desenfundadas, irrumpieron en el edificio. En el suelo, el guardia comenzaba a despertar y observaba todo con desconcierto.

—¡Que nadie se mueva! —resonaron las voces en las salas vacías.

Pero no había nadie. Solo una vitrina rota.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró uno de los agentes—. Alguien se está burlando de nosotros.

—¿Diabolik?

La pregunta se convirtió enseguida en una conclusión.

—Una falsa intrusión. Quiere alejarnos de otro sitio. Llamen a Ginko. La galería. La exposición. Que vaya allí inmediatamente.

Las patrullas abandonaron el museo a toda velocidad, dejando únicamente a dos agentes para atender al guardia y asegurar la escena.

 

Diabolik se deslizó por el agujero abierto en el suelo y corrió hacia la vitrina que contenía la calavera de cristal. El vigilante de la galería acudió al oír el ruido. También él fue detenido por un dardo sedante. Diabolik rompió la vitrina. La alarma comenzó a sonar. No le prestó atención. Sabía que todavía disponía de unos minutos de ventaja. Tomó la calavera y regresó apresuradamente hacia el agujero. Mientras descendía escuchó el estruendo de la puerta principal al ser derribada.

Se detuvo.

La policía había llegado demasiado rápido. Pero cuando miró hacia arriba no vio policías. Vio a cuatro desconocidos. Uno de ellos había bloqueado el mecanismo de la reja de seguridad con una estructura metálica. La reja descendió y chocó contra el obstáculo con gran estrépito.

—Nazis... —susurró Diabolik. Y desapareció por el agujero.

Los recién llegados quedaron desconcertados ante la vitrina rota y vacía.

—¡Zum Teufel! ¡Alguien se nos adelantó! —exclamó uno de ellos.

—¡Miren allí! —gritó otro—. ¡El agujero del suelo! ¡Por ahí escapó!

Todos corrieron hacia la abertura. La luz de sus linternas solo reveló agua escurriéndose por la tubería.

—¡Manos arriba! ¡Y no intenten nada! —ordenó una voz a sus espaldas.

Todos se volvieron. ¿Cómo era posible que la policía hubiera llegado tan rápido? Los intrusos quedaron paralizados. Y el inspector Ginko también se quedó perplejo cuando les arrancó las máscaras. No reconoció ninguno de aquellos rostros. Desde luego, no era el que esperaba encontrar. Revisó cuidadosamente cada cara, por si alguna ocultaba otra máscara. Nada. Finalmente negó con la cabeza.

—Inspector —dijo uno de los agentes—, parece que alguien se adelantó a estos tipos.

—¿Qué quieres decir?

—El agujero del suelo.

Ginko se volvió. Vio el boquete abierto en el hormigón.

—Ese demonio de Diabolik —murmuró—. A estas alturas ya debe de estar muy lejos. Envíen una lancha patrullera al río, aunque probablemente sea inútil. Al menos hemos atrapado a esta escoria.

—¿Quién cree que son?

—¿Quiénes podrían ser? Nazis. ¿A quién más podría interesarle esta colección de artefactos por los que aquel loco de Himmler y sus seguidores estaban obsesionados? Llévenselos.

 

—Lo conseguimos —dijo Diabolik sonriendo mientras acariciaba la calavera de cristal con una mano y abrazaba a Eva Kant con la otra.

—Tenía miedo por ti —confesó ella.

—No tanto como yo por ti.

—Pero conseguimos la calavera...

—Sí. Y ahora puedo contarte la verdadera razón del robo. No me interesaba poseerla.

—¿No?

Eva lo miró sorprendida.

—Lo que me preocupaba era que cayera en manos de esos fanáticos de ODESSA. Son extremistas. Seguidores del Tercer Reich y de sus cultos más oscuros. Con esta operación hemos obtenido un doble resultado. Se han quedado sin la calavera de cristal... y han terminado entre rejas.

—En realidad, Ginko debería estarte agradecido —dijo Eva sonriendo.

—Supongo que sí.

Diabolik sonrió a su vez. Y atrajo a Eva hacia sí. 

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

miércoles, 15 de abril de 2026

¿QUIÉN QUIERE VIVIR PARA SIEMPRE?

Tihomir Jovanović

 

Miraba a Mina y veía el pasado. ¿Cuántos años, décadas han pasado desde entonces? El lunar sobre su ceja derecha completaba el rostro que había intentado olvidar todo este tiempo. La niebla de los recuerdos y del vino se arremolinaba en mí hasta que su voz me sacó de allí.

—Oye, ¿en qué estás pensando otra vez? —Agitó la mano frente a mis ojos como si intentara disipar un velo invisible que me había cubierto por un instante.

—Lo siento, de verdad me distraje.

—Te pasa a menudo. —Había un poco de enojo en su voz—. Me pregunto en quién piensas, por qué estás siquiera conmigo, si de verdad me quieres...

—Oh, sí, incluso moriría por ti si fuera necesario... —susurré, y a ella probablemente le sonó como una frase de un melodrama, poco convincente, falsa...

Al decir esto sentí un cambio: la escena se transformó, no solo en el espacio sino también en el tiempo. Se encendió la luz del escenario y me hundí en los recuerdos, mientras hasta mí llegaba una voz femenina. Los recuerdos eran la realidad y su voz, la imaginación.

Se llamaba Olga. Una mujer, un ser vivo. Yo era lo mismo que ahora, de la estirpe nocturna. Aunque los humanos nos daban otros nombres: vampiros, strigoi, vurdalaks o, simplemente, horror, muerte; eso éramos para ellos. Ellos, para nosotros, eran la fuente de la eternidad. Esas criaturas temerosas a veces lograban reunir suficiente valor y lucidez para organizarse y unirse en la lucha contra nosotros.

Y entonces veía a los de mi estirpe, atravesados por estacas, decapitados, envueltos en llamas. Ni siquiera nosotros somos inmortales, solo longevos. Y entonces, cuando los veía morir, ni siquiera sospechaba que un día los envidiaría, por morir, por la muerte...

Mis pensamientos vagaban: tanto tiempo, tanta soledad, hasta que conocí a Olga. Ocurrió en Moscú, en el Teatro Bolshói. Me fascinó verla en el papel del cisne blanco. Ligera, etérea, irreal. En lugar de convertirse en mi presa, se convirtió en mi amor. Una unión inconcebible de luz y oscuridad, de furia y calma, de eternidad y fugacidad.

Sabía quién era y qué era yo, y aun así me amaba. A menudo me quedaba mirando su rostro. El lunar sobre su ceja izquierda y las arrugas que iban apareciendo. Envejecía, pero seguía siendo hermosa, hasta la muerte.

Después de tanto tiempo, Mina. Tocaba el violín, Vivaldi, cuando la vi por primera vez en el escenario de Kolarac. Estaba erguida, tensa, como si su cuerpo fuera el arco. Y el parecido con Olga era increíble.

—Ningún hombre moriría por una mujer. —Su voz me sobresaltó. No pude entender de inmediato a quién pertenecía, si a Olga o a Mina.

Todo el recuerdo duró solo un instante. Apenas un parpadeo. Levanté la mirada hacia ella. Algunas arrugas en el rostro de Mina se habían profundizado, habían aparecido otras nuevas.

¿Debo pasar otra vez por todo esto? ¿Por qué me ocurre? ¿Es la aparición de Mina en el cuerpo de Olga un castigo que debo soportar por todas esas víctimas, por todas las vidas que arrebaté, solo para que mi memoria dure tanto tiempo? ¿Debo atravesar de nuevo lo que nunca pude olvidar: los años de envejecimiento, su muerte y otra vez solo recuerdos?

—Estás triste, ¿por qué? Hablas tan poco de ti —insistía Mina con sus preguntas, intentando sacar de mí secretos enterrados.

¿Pensaría que estoy loco o que bromeo si le dijera quién soy realmente? ¿Si le hablara de Olga, de quien ella es el doble?

Guardé silencio, sin conocer las respuestas ni a sus preguntas ni a las mías.

—Solo nos vemos de noche. De día estás en algún sitio, como si te escondieras de alguien. Y estás tan pálido, deberías tomar un poco de sol.

—¡El sol! —Se me escapó, y la miré directamente a los ojos, y por primera vez esa noche sonreí.

—Sí, ¿qué pasa con él?

—Esa será la solución...

 

Anoche volvió a insistir con preguntas, sobre todo y especialmente sobre lo que quise decir con el sol. No le respondí. Guardé silencio y miré el vaso en el que solo quedaban restos de vino. Lo sabrá todo en el correo de hoy. Cuando lo lea, ya todo habrá terminado.

Pasamos el resto de la noche juntos. La última vez que estuvo a mi lado. La última vez que hicimos el amor, y de algún modo ella sabía que era realmente la última. Cuando me fui, vi lágrimas rodar por sus mejillas. Sabía que no volvería a verme; las mujeres siempre lo saben de algún modo...

Me senté frente al ordenador y le escribí un mensaje de despedida y explicación, mientras de los altavoces llegaban los versos de la canción “Who Wants to Live Forever”. Música de la película Highlander. Era perfecto para este momento.

There’s no time for us

There’s no place for us

What is this thing that builds our dreams

Yet slips away from us...

 

El sol se alzaba sobre los tejados, húmedos de rocío, y se abría paso entre la neblina de la mañana. Es hora de irme. De caminar bajo el sol. Por primera y última vez. Para los humanos, el sol es fuente de vida; para mi estirpe, el final; para mí, la liberación.

Durante unos instantes mantuve el cursor sobre el botón “Enviar” y luego presioné el ratón.

Lo entenderá, lo superará, antes de que yo pudiera hacerlo. Cuando salí a la luz, el último pensamiento fue: quizá esto sea, después de todo, un poco egoísta…

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

martes, 10 de febrero de 2026

PALOMAS ILIRIAS

Tihomir Jovanović

 

Un grupo de soldados alemanes descendió del jeep y avanzó por el polvoriento camino herzegovino mientras el sol, elevado en el cielo, ardía cerca de su cenit. Anto se secó las gotas de sudor de la frente y apartó el cabello al notar a los recién llegados. Lo extraño era que delante de los soldados caminaba un hombre vestido de civil, con un sombrero en la cabeza que lo protegía del sol, sin duda mucho mejor de lo que los cascos metálicos protegían a los soldados, en cuyos bordes ya se distinguía claramente el doble rayo en forma de S.

Más extraño aún era verlos allí, en aquel paraje perdido, lejos de la ciudad y lejos de los bosques donde –según decían– se ocultaban los rebeldes. Se desviaron del camino principal y tomaron una senda entre el trigo que conducía hacia él. El corazón de Anto comenzó a latir con más fuerza. Aquello no presagiaba nada bueno; tal vez sabían algo…

—Herr —se dirigió a él el hombre de civil—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¿Sí? —respondió Anto, aunque sonó más como una pregunta que como una afirmación.

El recién llegado alzó la cabeza y miró al cielo, donde se distinguían como pequeños puntos las aves que se elevaban hacia las alturas, rumbo al sol…

—Palomas —dijo, mientras los soldados, con ametralladoras en las manos y el dedo sobre el gatillo, vigilaban los alrededores.

—¡Sí! ¡Palomas! —respondió Anto—. Aquí hay muchas, es una tradición desde tiempos inmemoriales…

Colombe Illirice —susurró el recién llegado.

—¿Cómo dice?

—Así las llamaban los antiguos romanos, por los ilirios que habitaban estas tierras —respondió el alemán—. Según la leyenda, ellos soltaban esas palomas al cielo durante sus festividades, para que tocaran el firmamento y desde allí transmitieran a los hombres los mensajes de los dioses…

—¿De dónde…? —empezó Anto—. ¿Qué historia es esa…?

—Permítame presentarme primero. Otto Reinhard. No se sorprenda de que domine su lengua; mis antepasados vivieron durante generaciones en estas tierras, en Voivodina, donde los llaman Volksdeutsche. —Anto seguía sin comprender del todo, aunque asentía con la cabeza, esperando que el alemán le explicara finalmente de qué se trataba. Y Otto continuó—: Con la anexión de la antigua Yugoslavia al poderoso Tercer Reich, entré al servicio de un instituto llamado Deutsches Ahnenerbe – Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte, dedicado a la investigación de la cultura de los pueblos de esta región.

—Ah, ya veo… ¿y yo? ¿Cómo puedo ayudarle?

—Mostrándome el lugar donde se encontró esto.

Otto Reinhard sacó una fotografía del bolsillo interior de su chaqueta.

—¡Una fíbula! —observó Anto.

—Sí, una fíbula de plata… un broche utilizado por los antiguos ilirios para sujetar la vestimenta.

Lo inusual de aquella fíbula era la esvástica grabada en ella. Había sido hallada durante excavaciones arqueológicas en tumbas ilirias en Kočno, cerca de Bileća. La esvástica es un símbolo antiguo, manifestación del culto solar, pues representa el sol en movimiento.

—Ah, eso… —dijo Anto aliviado—. No queda lejos de aquí… me queda de paso, así que se lo mostraré. Además, ya hace demasiado calor para seguir segando.

—Sí —sonrió Otto, dejando al descubierto un diente de oro justo detrás del colmillo.

No era una sonrisa agradable, pensó Anto, mientras recogía la guadaña y se la echaba al hombro. Los tres soldados se sobresaltaron y retrocedieron un paso, como si aquel segador enjuto y el movimiento de su guadaña les recordaran las viejas ilustraciones en las que la muerte es representada de ese modo.

El lugar de las antiguas excavaciones era un campo abandonado. Los trabajos, iniciados tiempo atrás, habían sido interrumpidos por la guerra. Solo aquí y allá se veían vestigios del trabajo de los arqueólogos, ya que la maleza comenzaba a brotar y a conquistar el espacio.

Descendieron del vehículo. Reinhard se apoyó las manos en la cintura y contempló el claro. Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro al pensar que tal vez allí encontraría algo capaz de cambiar el destino del Reich… y con él, el suyo propio.

 

En el castillo de Wewelsburg reinaba una intensa actividad. Los teléfonos no dejaban de sonar, llegaban telegramas de todo el mundo, de aquellos lugares a los que Heinrich Himmler había enviado a sus emisarios en busca de objetos de poder. Todo ello bajo el amparo del Ahnenerbe, el instituto de investigación. Para ese fin había creado equipos formados por aventureros, místicos de sociedades secretas –que abundaban en la Alemania de entonces– y destacados científicos, especialmente arqueólogos.

Himmler estaba convencido de ser la reencarnación de un antiguo rey germánico, Enrique. En ese momento se hallaba sentado en su despacho, reclinado en un sillón de cuero, tras un enorme escritorio de roble. Detrás de él colgaba un retrato del líder del gran Reich alemán, Adolf Hitler. Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta.

Komm rein… —dijo, levantando la vista de los papeles extendidos sobre el escritorio.

En el marco de la puerta apareció Karl Maria Wiligut, su consejero personal. Sostenía un documento en la mano y en el rostro se le dibujaba una sonrisa apenas contenida.

—Herr Reichsführer Himmler, buenas noticias…

—¿De dónde? —preguntó Himmler con aparente indiferencia.

—De los Balcanes, de Yugoslavia… en relación con aquella fíbula iliria de plata con la esvástica. Se ha localizado el yacimiento. Solicitan autorización para continuar las excavaciones…

—Ah, sí… naturalmente. Autorizado. Que se transmita en media hora.

Wiligut sonrió, saludó con el brazo derecho en alto y un Heil Hitler, y salió del despacho. Justo antes de cerrar la puerta, le pareció ver que el líder en el retrato detrás de Himmler sonreía. Himmler simplemente asintió con la cabeza, como si ya estuviera cansado de aquella exaltación del líder de apariencia nada aria según los cánones del Gran Reich.

 

Otto Reinhard reunió para la investigación del yacimiento a un grupo de arqueólogos de Alemania y Austria. Se alojaron en una casa alquilada no lejos del sitio arqueológico. El lugar de las excavaciones estaba cercado con alambre de púas y carteles de advertencia: Achtung! Zugang verboten! Halt! Además, los soldados armados con ametralladoras y el dedo en el gatillo bastaban para disuadir incluso a los más curiosos de la población local de acercarse al trabajo de los arqueólogos. Los túmulos, bajo los cuales se ocultaban las tumbas, se habían hundido con el tiempo y apenas eran reconocibles.

Aquel día el cielo estaba lleno de aves, palomas, que parecían vigilar las excavaciones desde lo alto y que, esta vez, no transmitían a los hombres los mensajes de los dioses, sino que, por el contrario, su arrullo parecía informar a los dioses de lo que estaba ocurriendo en la tierra… a dioses antiguos.

Reinhard alzó la vista hacia las palomas y susurró:

—Esas aves… están aquí otra vez, siempre que comenzamos a excavar…

—Otto, son solo aves… palomas. Ellas vuelan, nosotros cavamos —respondió su colega Gerhard Ebel—. No veo nada extraño en ello.

—Tienes razón, Gerhard. Estoy demasiado absorbido por la importancia de nuestro trabajo y por la mística, así como por el mito de las palomas entre los antiguos ilirios. Para ellos eran una especie de ave sagrada; figuras estilizadas de palomas aparecen en muchos objetos cotidianos hallados en las excavaciones: broches, torques, copas…

—¡Eh, Ebel, Reinhard, vengan aquí! —gritó el joven colega Lehmann von Neumann, interrumpiendo su conversación—. ¡He encontrado algo interesante!

Otto y Gerhard se acercaron al joven, que se secó el sudor de la frente, dejando una mancha de tierra, sin que ello disminuyera la alegría reflejada en su rostro. Con un cepillo limpió el polvo de una piedra en el suelo…

—Algo parecido a una lápida —susurró—. Miren, está llena de grabados: palomas, serpientes y otras cosas…

—Interesante —susurró Ebel, inclinándose hacia la fosa—. La paloma y la serpiente, enemigos naturales, pero aquí no parecen serlo… como si se comunicaran entre sí…

—Sí. Probablemente la visión de algún artista de la época… Además, la propia palabra ilirio está de algún modo relacionada con las serpientes. Según la leyenda, el progenitor de los ilirios, Ilirio, nació como serpiente, descendiente del rey tebano Cadmo y Harmonía. Incluso ellos mismos se transformaron en serpientes tras su muerte. Y de las palomas ya sabemos que son mensajeras de los dioses…

—Supongo que esta es la tumba de algún miembro destacado de la tribu, un jefe o un sacerdote. Espero que bajo la losa encontremos algo mucho más interesante que simples restos óseos…

—Los ilirios creían en la vida después de la muerte y eran enterrados con muchos objetos de uso cotidiano.

—Entonces liberemos la losa y veamos qué se oculta debajo…

Tomaron paletas, escobillas y pinceles, aunque la mayor parte del trabajo la realizaron con las manos y los dedos para liberar la piedra del abrazo de la tierra, deteniéndose de vez en cuando para descansar y cruzar miradas.

—El Reichsführer Himmler estará sin duda satisfecho con este hallazgo. Miren, en las esquinas de la piedra vuelve a repetirse el símbolo de la esvástica, prueba de la presencia aria en estas tierras…

Natürlich… —respondió Ebel.

—Debajo de la piedra debería haber una cavidad, según mi criterio —observó Lehmann von Neumann—. Supongo que la tumba está construida con muros, lo que indica que se trataba de una persona importante.

Continuaron excavando hasta dejar la losa completamente al descubierto.

—Ahora despacio… tomémosla por los extremos —dijo Otto—. No la levantaremos, para que no se quiebre; es de piedra caliza…

Empujaron la losa a un lado, milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, hasta que apareció una abertura hacia la oscuridad. De ella emanó un olor extraño y acre, si es que así puede llamarse algo tan desagradable para las fosas nasales.

—¿A qué huele eso…? —empezó a decir Ebel, pero lo interrumpió un siseo y la cabeza de una serpiente que emergió de la abertura de la tumba.

—¡Cuidado! —gritó Reinhard, retrocediendo.

En algún rincón de su subconsciente recordó que, para los ilirios, la serpiente era la guardiana del hogar. Incluso de los eternos.

Cuando creyeron haberse puesto a salvo, desde el cielo descendió un estruendo, y la bandada de aves recordó a una enorme nube de granizo que se precipitaba hacia la tierra.

—¿Qué es esto, Himmel…? —gritó Gerhard—. ¿Qué les pasa a esas aves…?

Colombe Illirice… —susurró Reinhard.

Nadie lo oyó entre los chillidos de la multitud de aves que se abalanzaban hacia el suelo. Al frente del enjambre volaban varias palomas…

Palomas, halcones, águilas, cuervos, grajos… todas en una sola bandada, olvidando enemistades ancestrales, unidas contra un enemigo común, se lanzaron sobre los hombres y los atacaron con garras, picos y alas… revoloteaban a su alrededor buscando un punto libre sobre el que precipitarse…

Los soldados que custodiaban las excavaciones apuntaron sus armas al cielo y dispararon contra la bandada. Cayeron algunas aves, pero en general los disparos no tuvieron gran efecto, pues seguían llegando más y más. También atacaron a los soldados, picoteándoles los dedos y arrojándose contra sus rostros, por lo que se echaron al suelo para proteger los ojos y las manos, ya que cualquier otra defensa resultaba inútil y solo enfurecía aún más a las aves…

Mientras las aves revoloteaban y lo atacaban, Ebel intentó alcanzar la seguridad del automóvil. Con una mano se defendía de los ataques y con la otra buscaba la cerradura de la puerta, hasta que la encontró y logró meterse en el interior, a salvo tras el vidrio y la chapa. Varias aves entraron con él y continuaron atacándolo, tratando de alcanzarle los ojos. Los protegió con el antebrazo izquierdo mientras con la mano derecha buscaba la llave de contacto. Las puertas volvieron a abrirse y Otto y Gerhard se metieron en el vehículo, seguidos por más aves, mientras otras se estrellaban contra los cristales…

Finalmente lograron librarse de las aves dentro del automóvil: algunas estaban muertas, otras aún agitaban las alas rotas en el suelo, heridas, chillando de dolor o de furia impotente. Afuera, las aves seguían embistiendo, sin comprender que el vidrio, aunque transparente, era para ellas una barrera infranqueable…

—¡Conduce… conduce rápido…! —jadeó Otto Reinhard—. ¡Vámonos lo más lejos posible de aquí!

Erik pisó el acelerador, el coche dio un tirón y arrancó, seguido durante un tiempo por las aves que aún perseguían a su presa…

Desde la abertura de la tumba emergió el cuerpo de una serpiente de dibujos rojizos, que luego se enroscó sobre la losa de piedra, junto a la paloma grabada.

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

martes, 23 de diciembre de 2025

EL MANUSCRITO DE PISTORIUS

Tihomir Jovanović

 

—Se paga por adelantado —me dijo la casera. Era una mujer corpulenta, de amplias caderas, diría que no de parir hijos sino de pasar demasiado tiempo sentada y comiendo. De su barbilla sobresalían dos fuertes vellos. Pensé que podría habérselos arrancado antes de la llegada de un nuevo inquilino, simplemente para estar presentable.

—¿No confía en mí, señora? —Naturalmente, preferiría pagar a fin de mes, cuando me organizara y comprara todo lo necesario para continuar mis estudios.

—Ya me quemé la última vez. —Siguió hablando aún con un tono elevado, como si la rabia hacia el inquilino anterior se dirigiera ahora hacia mí, el futuro inquilino—. Y parecía tan decente, un hombre de mediana edad y encima sacerdote… quién lo diría.

—¿No le pagó? —pregunté, intrigado por lo que mi predecesor habría hecho.

—¡No! Simplemente desapareció sin pagar. Y yo que creía que era un señor fino, honesto, ¿verdad? Así deberían ser los sacerdotes. Nos predican una cosa y se comportan de otra manera.

—No diga eso, señora. —Intenté defender al que había vivido aquí antes que yo—. Quizá le ocurrió algo, algún accidente…

—El accidente lo va a tener en cuanto lo encuentre. —La casera se desahogó un poco, y luego se calmó, como si con aquellas palabras ya hubiera consumado su venganza.

A disgusto, metí la mano en el bolsillo y saqué la suma requerida para un mes por adelantado. Su ojo experto evaluó que la cantidad era correcta, así que guardó el dinero sin contarlo.

Por fin apartó su voluminoso cuerpo hacia un lado y me dejó paso hacia la escalera, hacia la parte alta de la casa donde se encontraban las habitaciones que me correspondían. Subí por los escalones crujientes de gruesas tablas.

La habitación daba al patio; la ventana estaba abierta y el viento traía olor a acacia y el canto de las aves. Una atmósfera agradable, como si no estuviera en la ciudad; ese era, al fin y al cabo, el principal motivo por el que había elegido esta pensión.

Dejé mi bolsa junto al escritorio y miré por la ventana. Sobre las copas de los árboles se elevaba la torre de la catedral de San Pablo. Eso me recordó al antiguo inquilino. Seguramente aquí la casera podría haberse informado sobre él. ¿Sería párroco en esa catedral o en otra? Simplemente no podía creer que alguien necesitara hacerse pasar por sacerdote para evitar pagar el alquiler.

Abrí el armario y saqué mis cosas de la bolsa para colocarlas en los estantes, y me sorprendió ver que aún había algo del inquilino anterior. Su bonete de tres picos, el cubrecabeza y la capa corta: parte de la vestimenta para oficiar misa. Moví sus cosas al estante inferior y coloqué mis camisas y sudaderas.

Lo siguiente era acomodar mis libros y cuadernos. El cajón del escritorio, junto a la ventana, era el lugar ideal. Lo abrí y metí la mano hasta el fondo para comprobar si estaba vacío. En lo más profundo, mis dedos tocaron algo parecido a una pequeña libreta de tapas duras.

Cuando la saqué, vi que en efecto era una libreta, muy antigua, con las tapas gastadas y envuelta en un paño parcialmente rasgado. Nunca había visto algo tan… arcaico. Me sentí como un arqueólogo que desentierra una moneda con el rostro de Adriano o de algún otro emperador romano. Abrí la libreta con cuidado, como temiendo que se deshiciera o que saltara de ella algún mal dormido…

Me sorprendí al observar las páginas amarillentas. Alguien había escrito sobre esos antiguos folios con bolígrafo. Parecería una profanación del papel si la letra no fuera tan legible, casi caligráfica, antigua, de esa forma en que escriben quienes acostumbran a dibujar cada letra…

Más curioso aún fue ver, en la parte superior de la primera página, una fecha: se trataba de un diario, y el primer día era el 28 de junio de 1789. Escrita con bolígrafo… hacía más de doscientos años.

Aquello exigía más atención y tiempo del que tenía en ese momento. Tenía que traer aún algunas cosas a mi nuevo alojamiento. Por si acaso, guardé la libreta en el bolsillo y bajé las escaleras. Allí, frente a la puerta, estaba la casera con las manos en las caderas. Había corrido desde su apartamento al oír el crujido de las escaleras, su alarma particular, que le avisaba si alguien subía o bajaba. ¡Cerbero! Tal vez sí me había equivocado al elegir este lugar… al menos por la casera.

—Voy por más cosas, vuelvo enseguida —dije antes de que me preguntara nada.

—Ah, bueno, ¿tienes hambre quizá? —Por fin había mostrado algo de buena voluntad y un gesto parecido a una sonrisa.

—No, gracias, he almorzado en la ciudad.

Fui al viejo apartamento, recogí el resto de la ropa y los libros y los llevé en tranvía, de pie junto a una barra y esperando inútilmente que alguien se apiadara de mi expresión fatigada y me cediera un asiento. Los mayores iban sentados leyendo el periódico, y cuando miraba hacia ellos veía las páginas de obituarios. Probablemente revisaban a quién no podrían invitar a tomar café mañana. Los jóvenes, en cambio, no dejaban de trastear con los teclados de sus teléfonos móviles.

Finalmente regresé al nuevo alojamiento, entreabrí la puerta y, por supuesto, allí estaba la casera al pie de la escalera.

—Disculpe… el inquilino anterior, ¿cómo se llamaba? —pregunté dejando la bolsa en el suelo.

Me miró entornando los ojos, como intentando adivinar mis intenciones. Incapaz de lograrlo.

—¿Y para qué quieres saberlo? —preguntó.

—Algunas de sus cosas quedaron en la habitación.

—Sí, lo sé, no las toqué, pensé que volvería, y luego me olvidé… Ah, sí, dijo que se llamaba Pistorius.

¿Que no las tocó? Vaya, con toda esa curiosidad y no haber tocado nada… Yo no soy curioso, pero sí deseo saber qué está escrito con aquella hermosa letra y desvelar el misterio de la fecha…

—Gracias, señora —dije; subí las escaleras y sentí todo el tiempo su mirada clavada entre mis omóplatos.

Por fin estaba en la habitación. Ordené mis cosas en el armario y el escritorio. Anochecía; encendí la lámpara de mesa y tomé la libreta del desaparecido sacerdote Pistorius. La hojeé rápidamente y vi que había ilustraciones en algunas páginas, cosas comunes: automóviles, tranvías, rascacielos, aviones… No entendía por qué las había dibujado. Luego volví a la primera página y comencé a leer.

 

28 de junio de 1789

He pecado, lo sé. El pecado no es propio ni de los hombres comunes y mucho menos de nosotros que hemos jurado castidad y celibato. Siempre, después de caer, me arrepentía de haber cedido a la tentación del placer carnal, del deseo, y me juraba a mí mismo: nunca más. Aquel día, el 28 de junio, estaba decidido de verdad a poner fin a aquello. Rogué fervientemente al Señor que me diera fuerzas para contenerme y que me castigara por mis pecados pasados. Cualquiera que fuera la pena, la soportaría con estoicismo. Estaba preparado para aceptar cualquier penitencia.

Cuando me levanté de mi posición de rodillas ante el crucifijo de Nuestro Señor Jesucristo, miré su rostro de bronce… y me sorprendí. De sus ojos caían gotas, directamente desde las comisuras. Lloraba. Sentí que el corazón me golpeaba con tal fuerza que parecía querer romper mi pecho. Me mareé, y desde lo alto, desde el campanario, apareció un rayo de luz. Un rayo de sol que de ningún modo podía caer desde allí justo ante mis pies. Recibí una señal y agradecí al Señor con todo mi corazón; fortalecido, salí empujando las pesadas puertas de madera de la catedral, listo para todas las tentaciones.

Pero no esperaba encontrar tentación alguna justo al salir… Ese afuera ya no era mi ciudad. ¡Era otro lugar completamente distinto! ¿O quizá no? Algunas casas me resultaban familiares, igual que las colinas detrás de la ciudad. ¿Qué estaba ocurriendo?

Las calles estaban repletas de gente vestida de manera extraña; corrían carrozas de metal sin caballos, demasiado ruido, demasiado apuro, la gente hablaba en unas cajas que sostenían junto a la cabeza. Ruido de la calle, ruido del cielo. Lloré, y nadie se dignó a prestarme atención…

 

27 de mayo de 2008

La fecha es otra, pero para mí es el mismo día, aunque hayan pasado más de doscientos años desde que entreabrí las puertas de la catedral. Es increíble lo que me ha sucedido. Y todo ocurrió en un instante…

Reuní valor y me acerqué a uno de los transeúntes que no parecía tan apresurado como los demás: un señor mayor con una camisa de mangas cortas y una pipa en la boca.

—Disculpe—dije, sintiendo que la voz me temblaba—. ¿Qué ciudad es esta?

Sacó la pipa, me miró sorprendido pero respondió.

—Pues claro, K. ¿Usted no es de aquí?

—No… verá… —Añadí otro pecado a mi cuenta: mentí. Sí conocía la ciudad, pero distinta—. ¿Y la fecha, cuál es? —pregunté.

Miró una cajita hecha de un material parecido al vidrio y me dio todos los datos, como si quisiera librarse de mí con esa única respuesta.

—Dieciséis horas, dieciocho minutos, 27 de mayo de 2008.

—¿Cómo dice? —grité al oír ese último dato—. ¿2008? ¡Eso es imposible!

—¡Posible, posible! —dijo moviendo la cabeza, y se marchó dejando tras sí el olor de su tabaco.

Sí, parece imposible, pero es la única explicación lógica. He sido lanzado a otro tiempo. Y entonces pensé en la única cosa buena en toda esta situación: mi vestimenta sacerdotal, que aparentemente no había cambiado demasiado en dos siglos. Si hubiera llevado mi ropa de civil, quizá habría parecido aún más extraño a la gente de hoy. Y eso era lo único bueno.

Todo lo demás era malo. Sin dinero, sin alojamiento, sin conocidos. ¿Volver a la catedral e intentar salir de nuevo? ¿Me devolvería eso a mi época? Volví sobre mis pasos hasta ver desde la acera a sacerdotes desconocidos saliendo de la catedral.

Renuncié a cualquier contacto. Sería peor si les contara lo que me había pasado. Sé perfectamente cómo nuestra… profesión… ve esas historias…

Tenía que encontrar dónde pasar la noche, si la noche me alcanzaba en este tiempo. Metí las manos en los bolsillos. Solo la libreta y el crucifijo de oro. La libreta no serviría de nada. Podría empeñar la cruz en alguna casa de empeños, si es que aún existían en esta época. Y fui a buscar una que en mi tiempo solía estar en cierto lugar.

Por las calles corrían las carrozas sin caballos. Supe que se llamaban automóviles. Lógico: auto y mobile. Observé el comportamiento de la gente para adaptarme a ellos, si quería sobrevivir en este mundo ruidoso y acelerado…

En el lugar donde antes estaba la casa de empeños –o donde yo creía que debía estar– ahora había un enorme edificio de vidrio y acero.

—Disculpe —pregunté al primer transeúnte que pasó a mi lado—, ¿aquí había antes una casa de empeños?

Se detuvo, desconcertado, se rascó la cabeza.

—Sí, creo que mi padre me habló de eso. Pero la demolieron durante la Segunda Guerra Mundial.

—¿Mundial? ¿Segunda? ¡Santo cielo…! —grité. Él me miró sorprendido y movió la cabeza al marcharse. Yo sabía bien lo que eso significaba. Sí: el mundo está lleno de locos…

En las Sagradas Escrituras se dice que habrá guerras, grandes y pequeñas, y más calamidades, y que luego vendrán los tiempos finales. ¿Había yo llegado a ese tiempo…?

Pero debía encontrar dónde dormir. Mi casa parroquial ahora pertenecía a otro. ¿Pedirle alojamiento? No, esta era mi penitencia…

Esperé largo rato a que la ciudad se calmara, a que el ruido bajara, pero verdadera noche no hubo. Las luces de calles y edificios convertían la oscuridad en un amanecer perpetuo. Dormí dos o tres horas, agotado, en un banco del parque. Y no fui el único en pasar allí la noche.

 

28 de mayo de 2008

Hoy he conseguido encontrar un alquiler, una habitación. Está en el piso superior de una casa en la calle Kingston. El alojamiento es bonito y tiene vista al jardín y a la catedral. La habitación me gusta mucho, pero la casera nada en absoluto. Si Dios quisiera castigarme, bastaría con ella…

 

Me reí. Este cura comenzaba a caerme bien. Pensábamos igual sobre la casera. Bebí un trago de cerveza y seguí leyendo.

 

Me vigila sin parar y me pregunta cuándo le pagaré la habitación y la comida. Le aseguro que será pronto, aunque ni yo mismo estoy seguro de ello.

Hoy empiezo a escribir realmente en la libreta, con un extraño bolígrafo que me dio la casera. Tiene una forma peculiar, y una propiedad aún más extraña: no necesita sumergirse en tinta. La tinta está dentro y sale cuando presiono. Parece que podría escribir eternamente con él. La casera sigue refunfuñando y pidiendo dinero. Le ofrecí mi crucifijo de oro, pero quiere dinero de verdad. No lo entiendo… ¿pensará que el crucifijo es de oro falso?

Salí a la calle para huir de sus quejas. Y allí me encontré con un nuevo horror. Muchos jóvenes se dirigían en masa a un lugar, una especie de arena que llamaban estadio. Allí se celebraba un concierto. Música la llamaban: rock, heavy metal. Todos los jóvenes estaban tatuados, con los labios o narices perforados por agujas. Llevaban camisetas negras con imágenes y lemas impíos. Algunos decían Black Sabbath o Sympathy for the Devil. En las imágenes, serpientes o personas disfrazadas de demonios, y debajo, el inocente nombre, escrito en letras puntiagudas, KISS.

La música cuyo eco escuchaba desde las cercanías era estruendosa e incomprensible, y con frecuencia interrumpida por los gritos del público. Quería irme lo antes posible. Si era un sueño, que terminara de una vez…

 

18 de junio de 2008

No escribo el diario cada día. Los acontecimientos se repiten. En la habitación y en la ciudad. La casera está nerviosa, pide dinero sin descanso. No puedo encontrar quién compre el crucifijo y parece que solo la ropa sacerdotal me mantiene a salvo de acabar en la cárcel. Pero no sé cuánto tiempo puede durar eso. Debo encontrar una solución, algún trabajo, pues me temo que me quedaré aquí para siempre, separado de la gente que conozco, que me quiere y respeta. Aun así, espero… sigo esperando poder volver, y por eso sigo dibujando y anotando cosas extrañas.

 

En las páginas siguientes había dibujos del estadio, vistas de la ciudad desde rascacielos, ropa de la gente, televisores, teléfonos móviles…

Y eso era todo. Allí terminaba el diario de Pistorius. Él había desaparecido, pero quedaban la libreta y algunas piezas de su vestimenta. ¿Había salido a dar un paseo sin ellas, pensando que volvería como siempre, o todo era una elaborada farsa, una historia destinada a insinuar que existen mundos y tiempos paralelos?

Había una única forma de averiguarlo. Mañana. En la catedral de San Pablo seguramente sabrían algo del caso del padre Pistorius. Si realmente había existido.

Esa noche dormí intranquilo, con un sueño que se interrumpía y recomenzaba. Rostros clericales, la Inquisición, situada en el presente. Como si mi sueño fuera parte de una realidad paralela en la que sobreviven antiguas creencias y normas de la iglesia.

Al despertar, tomé mi mochila, puse dentro las pertenencias de Pistorius y me dirigí a la iglesia.

Por supuesto, en la base de la escalera me esperaba la casera. Desde su cocina llegaba el olor de huevos fritos y tocino. Se secó las manos en el delantal

—¿Adónde vas tan temprano? —me preguntó.

—A dar un paseo —respondí—. Me gusta caminar mientras el aire aún está limpio.

—Bien, bien —replicó—. ¿Y cuándo vuelves? ¿Te preparo el desayuno?

—Vuelvo pronto —dije y salí.

Llegué a la iglesia en unos diez minutos. Esperé a que terminara la misa y la gente se marchara, y entonces me acerqué al párroco.

—Buenos días, padre—, lo saludé, y fui directo al asunto: —¿Ha servido aquí alguna vez el padre Pistorius?

—Dios te ayude, hijo —dijo primero, y luego, tras pensar un momento, negó con la cabeza. —No desde que yo estoy aquí. No conozco a ninguno con ese nombre.

—No podría haberlo conocido. Vivió y trabajó hace más de doscientos años —dije.

El sacerdote se estremeció y palideció. A pesar de los siglos transcurridos, aquel caso seguía interesando a todos en la catedral. No desaparece un sacerdote así como así…

—¿Por qué lo preguntas? —dijo con voz ronca.

—Sé que desapareció, pero no sé si regresó.

—No deberíamos hablar de eso —respondió, dándose la vuelta para marchar hacia el altar.

—¡Espere! —dije en voz alta—. ¡Olvidó algunas cosas!

El sacerdote se detuvo y se volvió hacia mí. Yo sacaba de la mochila la libreta, el bonete y la capa corta. Vi cómo cambiaba de color nuevamente. Sabía que eran exactamente las cosas que Pistorius había dejado en el tiempo presente, en el futuro de él. Extendió la mano y las palpó, como comprobando si eran algún tipo de hechizo, y luego, tartamudeando, preguntó:

—¿De… dónde… sacaste esto?

—Entonces, ¿regresó? —pregunté en lugar de responder.

Asintió con la cabeza. Ya no tenía nada que ocultar.

—¿Lo llegaste a ver? —preguntó el sacerdote.

—Casi… casi lo vi —dije, y le entregué las cosas.

Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Y mientras la vista se le nublaba, aproveché el momento… y desaparecí de la catedral.

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N