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martes, 10 de febrero de 2026

PALOMAS ILIRIAS

Tihomir Jovanović

 

Un grupo de soldados alemanes descendió del jeep y avanzó por el polvoriento camino herzegovino mientras el sol, elevado en el cielo, ardía cerca de su cenit. Anto se secó las gotas de sudor de la frente y apartó el cabello al notar a los recién llegados. Lo extraño era que delante de los soldados caminaba un hombre vestido de civil, con un sombrero en la cabeza que lo protegía del sol, sin duda mucho mejor de lo que los cascos metálicos protegían a los soldados, en cuyos bordes ya se distinguía claramente el doble rayo en forma de S.

Más extraño aún era verlos allí, en aquel paraje perdido, lejos de la ciudad y lejos de los bosques donde –según decían– se ocultaban los rebeldes. Se desviaron del camino principal y tomaron una senda entre el trigo que conducía hacia él. El corazón de Anto comenzó a latir con más fuerza. Aquello no presagiaba nada bueno; tal vez sabían algo…

—Herr —se dirigió a él el hombre de civil—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¿Sí? —respondió Anto, aunque sonó más como una pregunta que como una afirmación.

El recién llegado alzó la cabeza y miró al cielo, donde se distinguían como pequeños puntos las aves que se elevaban hacia las alturas, rumbo al sol…

—Palomas —dijo, mientras los soldados, con ametralladoras en las manos y el dedo sobre el gatillo, vigilaban los alrededores.

—¡Sí! ¡Palomas! —respondió Anto—. Aquí hay muchas, es una tradición desde tiempos inmemoriales…

Colombe Illirice —susurró el recién llegado.

—¿Cómo dice?

—Así las llamaban los antiguos romanos, por los ilirios que habitaban estas tierras —respondió el alemán—. Según la leyenda, ellos soltaban esas palomas al cielo durante sus festividades, para que tocaran el firmamento y desde allí transmitieran a los hombres los mensajes de los dioses…

—¿De dónde…? —empezó Anto—. ¿Qué historia es esa…?

—Permítame presentarme primero. Otto Reinhard. No se sorprenda de que domine su lengua; mis antepasados vivieron durante generaciones en estas tierras, en Voivodina, donde los llaman Volksdeutsche. —Anto seguía sin comprender del todo, aunque asentía con la cabeza, esperando que el alemán le explicara finalmente de qué se trataba. Y Otto continuó—: Con la anexión de la antigua Yugoslavia al poderoso Tercer Reich, entré al servicio de un instituto llamado Deutsches Ahnenerbe – Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte, dedicado a la investigación de la cultura de los pueblos de esta región.

—Ah, ya veo… ¿y yo? ¿Cómo puedo ayudarle?

—Mostrándome el lugar donde se encontró esto.

Otto Reinhard sacó una fotografía del bolsillo interior de su chaqueta.

—¡Una fíbula! —observó Anto.

—Sí, una fíbula de plata… un broche utilizado por los antiguos ilirios para sujetar la vestimenta.

Lo inusual de aquella fíbula era la esvástica grabada en ella. Había sido hallada durante excavaciones arqueológicas en tumbas ilirias en Kočno, cerca de Bileća. La esvástica es un símbolo antiguo, manifestación del culto solar, pues representa el sol en movimiento.

—Ah, eso… —dijo Anto aliviado—. No queda lejos de aquí… me queda de paso, así que se lo mostraré. Además, ya hace demasiado calor para seguir segando.

—Sí —sonrió Otto, dejando al descubierto un diente de oro justo detrás del colmillo.

No era una sonrisa agradable, pensó Anto, mientras recogía la guadaña y se la echaba al hombro. Los tres soldados se sobresaltaron y retrocedieron un paso, como si aquel segador enjuto y el movimiento de su guadaña les recordaran las viejas ilustraciones en las que la muerte es representada de ese modo.

El lugar de las antiguas excavaciones era un campo abandonado. Los trabajos, iniciados tiempo atrás, habían sido interrumpidos por la guerra. Solo aquí y allá se veían vestigios del trabajo de los arqueólogos, ya que la maleza comenzaba a brotar y a conquistar el espacio.

Descendieron del vehículo. Reinhard se apoyó las manos en la cintura y contempló el claro. Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro al pensar que tal vez allí encontraría algo capaz de cambiar el destino del Reich… y con él, el suyo propio.

 

En el castillo de Wewelsburg reinaba una intensa actividad. Los teléfonos no dejaban de sonar, llegaban telegramas de todo el mundo, de aquellos lugares a los que Heinrich Himmler había enviado a sus emisarios en busca de objetos de poder. Todo ello bajo el amparo del Ahnenerbe, el instituto de investigación. Para ese fin había creado equipos formados por aventureros, místicos de sociedades secretas –que abundaban en la Alemania de entonces– y destacados científicos, especialmente arqueólogos.

Himmler estaba convencido de ser la reencarnación de un antiguo rey germánico, Enrique. En ese momento se hallaba sentado en su despacho, reclinado en un sillón de cuero, tras un enorme escritorio de roble. Detrás de él colgaba un retrato del líder del gran Reich alemán, Adolf Hitler. Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta.

Komm rein… —dijo, levantando la vista de los papeles extendidos sobre el escritorio.

En el marco de la puerta apareció Karl Maria Wiligut, su consejero personal. Sostenía un documento en la mano y en el rostro se le dibujaba una sonrisa apenas contenida.

—Herr Reichsführer Himmler, buenas noticias…

—¿De dónde? —preguntó Himmler con aparente indiferencia.

—De los Balcanes, de Yugoslavia… en relación con aquella fíbula iliria de plata con la esvástica. Se ha localizado el yacimiento. Solicitan autorización para continuar las excavaciones…

—Ah, sí… naturalmente. Autorizado. Que se transmita en media hora.

Wiligut sonrió, saludó con el brazo derecho en alto y un Heil Hitler, y salió del despacho. Justo antes de cerrar la puerta, le pareció ver que el líder en el retrato detrás de Himmler sonreía. Himmler simplemente asintió con la cabeza, como si ya estuviera cansado de aquella exaltación del líder de apariencia nada aria según los cánones del Gran Reich.

 

Otto Reinhard reunió para la investigación del yacimiento a un grupo de arqueólogos de Alemania y Austria. Se alojaron en una casa alquilada no lejos del sitio arqueológico. El lugar de las excavaciones estaba cercado con alambre de púas y carteles de advertencia: Achtung! Zugang verboten! Halt! Además, los soldados armados con ametralladoras y el dedo en el gatillo bastaban para disuadir incluso a los más curiosos de la población local de acercarse al trabajo de los arqueólogos. Los túmulos, bajo los cuales se ocultaban las tumbas, se habían hundido con el tiempo y apenas eran reconocibles.

Aquel día el cielo estaba lleno de aves, palomas, que parecían vigilar las excavaciones desde lo alto y que, esta vez, no transmitían a los hombres los mensajes de los dioses, sino que, por el contrario, su arrullo parecía informar a los dioses de lo que estaba ocurriendo en la tierra… a dioses antiguos.

Reinhard alzó la vista hacia las palomas y susurró:

—Esas aves… están aquí otra vez, siempre que comenzamos a excavar…

—Otto, son solo aves… palomas. Ellas vuelan, nosotros cavamos —respondió su colega Gerhard Ebel—. No veo nada extraño en ello.

—Tienes razón, Gerhard. Estoy demasiado absorbido por la importancia de nuestro trabajo y por la mística, así como por el mito de las palomas entre los antiguos ilirios. Para ellos eran una especie de ave sagrada; figuras estilizadas de palomas aparecen en muchos objetos cotidianos hallados en las excavaciones: broches, torques, copas…

—¡Eh, Ebel, Reinhard, vengan aquí! —gritó el joven colega Lehmann von Neumann, interrumpiendo su conversación—. ¡He encontrado algo interesante!

Otto y Gerhard se acercaron al joven, que se secó el sudor de la frente, dejando una mancha de tierra, sin que ello disminuyera la alegría reflejada en su rostro. Con un cepillo limpió el polvo de una piedra en el suelo…

—Algo parecido a una lápida —susurró—. Miren, está llena de grabados: palomas, serpientes y otras cosas…

—Interesante —susurró Ebel, inclinándose hacia la fosa—. La paloma y la serpiente, enemigos naturales, pero aquí no parecen serlo… como si se comunicaran entre sí…

—Sí. Probablemente la visión de algún artista de la época… Además, la propia palabra ilirio está de algún modo relacionada con las serpientes. Según la leyenda, el progenitor de los ilirios, Ilirio, nació como serpiente, descendiente del rey tebano Cadmo y Harmonía. Incluso ellos mismos se transformaron en serpientes tras su muerte. Y de las palomas ya sabemos que son mensajeras de los dioses…

—Supongo que esta es la tumba de algún miembro destacado de la tribu, un jefe o un sacerdote. Espero que bajo la losa encontremos algo mucho más interesante que simples restos óseos…

—Los ilirios creían en la vida después de la muerte y eran enterrados con muchos objetos de uso cotidiano.

—Entonces liberemos la losa y veamos qué se oculta debajo…

Tomaron paletas, escobillas y pinceles, aunque la mayor parte del trabajo la realizaron con las manos y los dedos para liberar la piedra del abrazo de la tierra, deteniéndose de vez en cuando para descansar y cruzar miradas.

—El Reichsführer Himmler estará sin duda satisfecho con este hallazgo. Miren, en las esquinas de la piedra vuelve a repetirse el símbolo de la esvástica, prueba de la presencia aria en estas tierras…

Natürlich… —respondió Ebel.

—Debajo de la piedra debería haber una cavidad, según mi criterio —observó Lehmann von Neumann—. Supongo que la tumba está construida con muros, lo que indica que se trataba de una persona importante.

Continuaron excavando hasta dejar la losa completamente al descubierto.

—Ahora despacio… tomémosla por los extremos —dijo Otto—. No la levantaremos, para que no se quiebre; es de piedra caliza…

Empujaron la losa a un lado, milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, hasta que apareció una abertura hacia la oscuridad. De ella emanó un olor extraño y acre, si es que así puede llamarse algo tan desagradable para las fosas nasales.

—¿A qué huele eso…? —empezó a decir Ebel, pero lo interrumpió un siseo y la cabeza de una serpiente que emergió de la abertura de la tumba.

—¡Cuidado! —gritó Reinhard, retrocediendo.

En algún rincón de su subconsciente recordó que, para los ilirios, la serpiente era la guardiana del hogar. Incluso de los eternos.

Cuando creyeron haberse puesto a salvo, desde el cielo descendió un estruendo, y la bandada de aves recordó a una enorme nube de granizo que se precipitaba hacia la tierra.

—¿Qué es esto, Himmel…? —gritó Gerhard—. ¿Qué les pasa a esas aves…?

Colombe Illirice… —susurró Reinhard.

Nadie lo oyó entre los chillidos de la multitud de aves que se abalanzaban hacia el suelo. Al frente del enjambre volaban varias palomas…

Palomas, halcones, águilas, cuervos, grajos… todas en una sola bandada, olvidando enemistades ancestrales, unidas contra un enemigo común, se lanzaron sobre los hombres y los atacaron con garras, picos y alas… revoloteaban a su alrededor buscando un punto libre sobre el que precipitarse…

Los soldados que custodiaban las excavaciones apuntaron sus armas al cielo y dispararon contra la bandada. Cayeron algunas aves, pero en general los disparos no tuvieron gran efecto, pues seguían llegando más y más. También atacaron a los soldados, picoteándoles los dedos y arrojándose contra sus rostros, por lo que se echaron al suelo para proteger los ojos y las manos, ya que cualquier otra defensa resultaba inútil y solo enfurecía aún más a las aves…

Mientras las aves revoloteaban y lo atacaban, Ebel intentó alcanzar la seguridad del automóvil. Con una mano se defendía de los ataques y con la otra buscaba la cerradura de la puerta, hasta que la encontró y logró meterse en el interior, a salvo tras el vidrio y la chapa. Varias aves entraron con él y continuaron atacándolo, tratando de alcanzarle los ojos. Los protegió con el antebrazo izquierdo mientras con la mano derecha buscaba la llave de contacto. Las puertas volvieron a abrirse y Otto y Gerhard se metieron en el vehículo, seguidos por más aves, mientras otras se estrellaban contra los cristales…

Finalmente lograron librarse de las aves dentro del automóvil: algunas estaban muertas, otras aún agitaban las alas rotas en el suelo, heridas, chillando de dolor o de furia impotente. Afuera, las aves seguían embistiendo, sin comprender que el vidrio, aunque transparente, era para ellas una barrera infranqueable…

—¡Conduce… conduce rápido…! —jadeó Otto Reinhard—. ¡Vámonos lo más lejos posible de aquí!

Erik pisó el acelerador, el coche dio un tirón y arrancó, seguido durante un tiempo por las aves que aún perseguían a su presa…

Desde la abertura de la tumba emergió el cuerpo de una serpiente de dibujos rojizos, que luego se enroscó sobre la losa de piedra, junto a la paloma grabada.

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

martes, 23 de diciembre de 2025

EL MANUSCRITO DE PISTORIUS

Tihomir Jovanović

 

—Se paga por adelantado —me dijo la casera. Era una mujer corpulenta, de amplias caderas, diría que no de parir hijos sino de pasar demasiado tiempo sentada y comiendo. De su barbilla sobresalían dos fuertes vellos. Pensé que podría habérselos arrancado antes de la llegada de un nuevo inquilino, simplemente para estar presentable.

—¿No confía en mí, señora? —Naturalmente, preferiría pagar a fin de mes, cuando me organizara y comprara todo lo necesario para continuar mis estudios.

—Ya me quemé la última vez. —Siguió hablando aún con un tono elevado, como si la rabia hacia el inquilino anterior se dirigiera ahora hacia mí, el futuro inquilino—. Y parecía tan decente, un hombre de mediana edad y encima sacerdote… quién lo diría.

—¿No le pagó? —pregunté, intrigado por lo que mi predecesor habría hecho.

—¡No! Simplemente desapareció sin pagar. Y yo que creía que era un señor fino, honesto, ¿verdad? Así deberían ser los sacerdotes. Nos predican una cosa y se comportan de otra manera.

—No diga eso, señora. —Intenté defender al que había vivido aquí antes que yo—. Quizá le ocurrió algo, algún accidente…

—El accidente lo va a tener en cuanto lo encuentre. —La casera se desahogó un poco, y luego se calmó, como si con aquellas palabras ya hubiera consumado su venganza.

A disgusto, metí la mano en el bolsillo y saqué la suma requerida para un mes por adelantado. Su ojo experto evaluó que la cantidad era correcta, así que guardó el dinero sin contarlo.

Por fin apartó su voluminoso cuerpo hacia un lado y me dejó paso hacia la escalera, hacia la parte alta de la casa donde se encontraban las habitaciones que me correspondían. Subí por los escalones crujientes de gruesas tablas.

La habitación daba al patio; la ventana estaba abierta y el viento traía olor a acacia y el canto de las aves. Una atmósfera agradable, como si no estuviera en la ciudad; ese era, al fin y al cabo, el principal motivo por el que había elegido esta pensión.

Dejé mi bolsa junto al escritorio y miré por la ventana. Sobre las copas de los árboles se elevaba la torre de la catedral de San Pablo. Eso me recordó al antiguo inquilino. Seguramente aquí la casera podría haberse informado sobre él. ¿Sería párroco en esa catedral o en otra? Simplemente no podía creer que alguien necesitara hacerse pasar por sacerdote para evitar pagar el alquiler.

Abrí el armario y saqué mis cosas de la bolsa para colocarlas en los estantes, y me sorprendió ver que aún había algo del inquilino anterior. Su bonete de tres picos, el cubrecabeza y la capa corta: parte de la vestimenta para oficiar misa. Moví sus cosas al estante inferior y coloqué mis camisas y sudaderas.

Lo siguiente era acomodar mis libros y cuadernos. El cajón del escritorio, junto a la ventana, era el lugar ideal. Lo abrí y metí la mano hasta el fondo para comprobar si estaba vacío. En lo más profundo, mis dedos tocaron algo parecido a una pequeña libreta de tapas duras.

Cuando la saqué, vi que en efecto era una libreta, muy antigua, con las tapas gastadas y envuelta en un paño parcialmente rasgado. Nunca había visto algo tan… arcaico. Me sentí como un arqueólogo que desentierra una moneda con el rostro de Adriano o de algún otro emperador romano. Abrí la libreta con cuidado, como temiendo que se deshiciera o que saltara de ella algún mal dormido…

Me sorprendí al observar las páginas amarillentas. Alguien había escrito sobre esos antiguos folios con bolígrafo. Parecería una profanación del papel si la letra no fuera tan legible, casi caligráfica, antigua, de esa forma en que escriben quienes acostumbran a dibujar cada letra…

Más curioso aún fue ver, en la parte superior de la primera página, una fecha: se trataba de un diario, y el primer día era el 28 de junio de 1789. Escrita con bolígrafo… hacía más de doscientos años.

Aquello exigía más atención y tiempo del que tenía en ese momento. Tenía que traer aún algunas cosas a mi nuevo alojamiento. Por si acaso, guardé la libreta en el bolsillo y bajé las escaleras. Allí, frente a la puerta, estaba la casera con las manos en las caderas. Había corrido desde su apartamento al oír el crujido de las escaleras, su alarma particular, que le avisaba si alguien subía o bajaba. ¡Cerbero! Tal vez sí me había equivocado al elegir este lugar… al menos por la casera.

—Voy por más cosas, vuelvo enseguida —dije antes de que me preguntara nada.

—Ah, bueno, ¿tienes hambre quizá? —Por fin había mostrado algo de buena voluntad y un gesto parecido a una sonrisa.

—No, gracias, he almorzado en la ciudad.

Fui al viejo apartamento, recogí el resto de la ropa y los libros y los llevé en tranvía, de pie junto a una barra y esperando inútilmente que alguien se apiadara de mi expresión fatigada y me cediera un asiento. Los mayores iban sentados leyendo el periódico, y cuando miraba hacia ellos veía las páginas de obituarios. Probablemente revisaban a quién no podrían invitar a tomar café mañana. Los jóvenes, en cambio, no dejaban de trastear con los teclados de sus teléfonos móviles.

Finalmente regresé al nuevo alojamiento, entreabrí la puerta y, por supuesto, allí estaba la casera al pie de la escalera.

—Disculpe… el inquilino anterior, ¿cómo se llamaba? —pregunté dejando la bolsa en el suelo.

Me miró entornando los ojos, como intentando adivinar mis intenciones. Incapaz de lograrlo.

—¿Y para qué quieres saberlo? —preguntó.

—Algunas de sus cosas quedaron en la habitación.

—Sí, lo sé, no las toqué, pensé que volvería, y luego me olvidé… Ah, sí, dijo que se llamaba Pistorius.

¿Que no las tocó? Vaya, con toda esa curiosidad y no haber tocado nada… Yo no soy curioso, pero sí deseo saber qué está escrito con aquella hermosa letra y desvelar el misterio de la fecha…

—Gracias, señora —dije; subí las escaleras y sentí todo el tiempo su mirada clavada entre mis omóplatos.

Por fin estaba en la habitación. Ordené mis cosas en el armario y el escritorio. Anochecía; encendí la lámpara de mesa y tomé la libreta del desaparecido sacerdote Pistorius. La hojeé rápidamente y vi que había ilustraciones en algunas páginas, cosas comunes: automóviles, tranvías, rascacielos, aviones… No entendía por qué las había dibujado. Luego volví a la primera página y comencé a leer.

 

28 de junio de 1789

He pecado, lo sé. El pecado no es propio ni de los hombres comunes y mucho menos de nosotros que hemos jurado castidad y celibato. Siempre, después de caer, me arrepentía de haber cedido a la tentación del placer carnal, del deseo, y me juraba a mí mismo: nunca más. Aquel día, el 28 de junio, estaba decidido de verdad a poner fin a aquello. Rogué fervientemente al Señor que me diera fuerzas para contenerme y que me castigara por mis pecados pasados. Cualquiera que fuera la pena, la soportaría con estoicismo. Estaba preparado para aceptar cualquier penitencia.

Cuando me levanté de mi posición de rodillas ante el crucifijo de Nuestro Señor Jesucristo, miré su rostro de bronce… y me sorprendí. De sus ojos caían gotas, directamente desde las comisuras. Lloraba. Sentí que el corazón me golpeaba con tal fuerza que parecía querer romper mi pecho. Me mareé, y desde lo alto, desde el campanario, apareció un rayo de luz. Un rayo de sol que de ningún modo podía caer desde allí justo ante mis pies. Recibí una señal y agradecí al Señor con todo mi corazón; fortalecido, salí empujando las pesadas puertas de madera de la catedral, listo para todas las tentaciones.

Pero no esperaba encontrar tentación alguna justo al salir… Ese afuera ya no era mi ciudad. ¡Era otro lugar completamente distinto! ¿O quizá no? Algunas casas me resultaban familiares, igual que las colinas detrás de la ciudad. ¿Qué estaba ocurriendo?

Las calles estaban repletas de gente vestida de manera extraña; corrían carrozas de metal sin caballos, demasiado ruido, demasiado apuro, la gente hablaba en unas cajas que sostenían junto a la cabeza. Ruido de la calle, ruido del cielo. Lloré, y nadie se dignó a prestarme atención…

 

27 de mayo de 2008

La fecha es otra, pero para mí es el mismo día, aunque hayan pasado más de doscientos años desde que entreabrí las puertas de la catedral. Es increíble lo que me ha sucedido. Y todo ocurrió en un instante…

Reuní valor y me acerqué a uno de los transeúntes que no parecía tan apresurado como los demás: un señor mayor con una camisa de mangas cortas y una pipa en la boca.

—Disculpe—dije, sintiendo que la voz me temblaba—. ¿Qué ciudad es esta?

Sacó la pipa, me miró sorprendido pero respondió.

—Pues claro, K. ¿Usted no es de aquí?

—No… verá… —Añadí otro pecado a mi cuenta: mentí. Sí conocía la ciudad, pero distinta—. ¿Y la fecha, cuál es? —pregunté.

Miró una cajita hecha de un material parecido al vidrio y me dio todos los datos, como si quisiera librarse de mí con esa única respuesta.

—Dieciséis horas, dieciocho minutos, 27 de mayo de 2008.

—¿Cómo dice? —grité al oír ese último dato—. ¿2008? ¡Eso es imposible!

—¡Posible, posible! —dijo moviendo la cabeza, y se marchó dejando tras sí el olor de su tabaco.

Sí, parece imposible, pero es la única explicación lógica. He sido lanzado a otro tiempo. Y entonces pensé en la única cosa buena en toda esta situación: mi vestimenta sacerdotal, que aparentemente no había cambiado demasiado en dos siglos. Si hubiera llevado mi ropa de civil, quizá habría parecido aún más extraño a la gente de hoy. Y eso era lo único bueno.

Todo lo demás era malo. Sin dinero, sin alojamiento, sin conocidos. ¿Volver a la catedral e intentar salir de nuevo? ¿Me devolvería eso a mi época? Volví sobre mis pasos hasta ver desde la acera a sacerdotes desconocidos saliendo de la catedral.

Renuncié a cualquier contacto. Sería peor si les contara lo que me había pasado. Sé perfectamente cómo nuestra… profesión… ve esas historias…

Tenía que encontrar dónde pasar la noche, si la noche me alcanzaba en este tiempo. Metí las manos en los bolsillos. Solo la libreta y el crucifijo de oro. La libreta no serviría de nada. Podría empeñar la cruz en alguna casa de empeños, si es que aún existían en esta época. Y fui a buscar una que en mi tiempo solía estar en cierto lugar.

Por las calles corrían las carrozas sin caballos. Supe que se llamaban automóviles. Lógico: auto y mobile. Observé el comportamiento de la gente para adaptarme a ellos, si quería sobrevivir en este mundo ruidoso y acelerado…

En el lugar donde antes estaba la casa de empeños –o donde yo creía que debía estar– ahora había un enorme edificio de vidrio y acero.

—Disculpe —pregunté al primer transeúnte que pasó a mi lado—, ¿aquí había antes una casa de empeños?

Se detuvo, desconcertado, se rascó la cabeza.

—Sí, creo que mi padre me habló de eso. Pero la demolieron durante la Segunda Guerra Mundial.

—¿Mundial? ¿Segunda? ¡Santo cielo…! —grité. Él me miró sorprendido y movió la cabeza al marcharse. Yo sabía bien lo que eso significaba. Sí: el mundo está lleno de locos…

En las Sagradas Escrituras se dice que habrá guerras, grandes y pequeñas, y más calamidades, y que luego vendrán los tiempos finales. ¿Había yo llegado a ese tiempo…?

Pero debía encontrar dónde dormir. Mi casa parroquial ahora pertenecía a otro. ¿Pedirle alojamiento? No, esta era mi penitencia…

Esperé largo rato a que la ciudad se calmara, a que el ruido bajara, pero verdadera noche no hubo. Las luces de calles y edificios convertían la oscuridad en un amanecer perpetuo. Dormí dos o tres horas, agotado, en un banco del parque. Y no fui el único en pasar allí la noche.

 

28 de mayo de 2008

Hoy he conseguido encontrar un alquiler, una habitación. Está en el piso superior de una casa en la calle Kingston. El alojamiento es bonito y tiene vista al jardín y a la catedral. La habitación me gusta mucho, pero la casera nada en absoluto. Si Dios quisiera castigarme, bastaría con ella…

 

Me reí. Este cura comenzaba a caerme bien. Pensábamos igual sobre la casera. Bebí un trago de cerveza y seguí leyendo.

 

Me vigila sin parar y me pregunta cuándo le pagaré la habitación y la comida. Le aseguro que será pronto, aunque ni yo mismo estoy seguro de ello.

Hoy empiezo a escribir realmente en la libreta, con un extraño bolígrafo que me dio la casera. Tiene una forma peculiar, y una propiedad aún más extraña: no necesita sumergirse en tinta. La tinta está dentro y sale cuando presiono. Parece que podría escribir eternamente con él. La casera sigue refunfuñando y pidiendo dinero. Le ofrecí mi crucifijo de oro, pero quiere dinero de verdad. No lo entiendo… ¿pensará que el crucifijo es de oro falso?

Salí a la calle para huir de sus quejas. Y allí me encontré con un nuevo horror. Muchos jóvenes se dirigían en masa a un lugar, una especie de arena que llamaban estadio. Allí se celebraba un concierto. Música la llamaban: rock, heavy metal. Todos los jóvenes estaban tatuados, con los labios o narices perforados por agujas. Llevaban camisetas negras con imágenes y lemas impíos. Algunos decían Black Sabbath o Sympathy for the Devil. En las imágenes, serpientes o personas disfrazadas de demonios, y debajo, el inocente nombre, escrito en letras puntiagudas, KISS.

La música cuyo eco escuchaba desde las cercanías era estruendosa e incomprensible, y con frecuencia interrumpida por los gritos del público. Quería irme lo antes posible. Si era un sueño, que terminara de una vez…

 

18 de junio de 2008

No escribo el diario cada día. Los acontecimientos se repiten. En la habitación y en la ciudad. La casera está nerviosa, pide dinero sin descanso. No puedo encontrar quién compre el crucifijo y parece que solo la ropa sacerdotal me mantiene a salvo de acabar en la cárcel. Pero no sé cuánto tiempo puede durar eso. Debo encontrar una solución, algún trabajo, pues me temo que me quedaré aquí para siempre, separado de la gente que conozco, que me quiere y respeta. Aun así, espero… sigo esperando poder volver, y por eso sigo dibujando y anotando cosas extrañas.

 

En las páginas siguientes había dibujos del estadio, vistas de la ciudad desde rascacielos, ropa de la gente, televisores, teléfonos móviles…

Y eso era todo. Allí terminaba el diario de Pistorius. Él había desaparecido, pero quedaban la libreta y algunas piezas de su vestimenta. ¿Había salido a dar un paseo sin ellas, pensando que volvería como siempre, o todo era una elaborada farsa, una historia destinada a insinuar que existen mundos y tiempos paralelos?

Había una única forma de averiguarlo. Mañana. En la catedral de San Pablo seguramente sabrían algo del caso del padre Pistorius. Si realmente había existido.

Esa noche dormí intranquilo, con un sueño que se interrumpía y recomenzaba. Rostros clericales, la Inquisición, situada en el presente. Como si mi sueño fuera parte de una realidad paralela en la que sobreviven antiguas creencias y normas de la iglesia.

Al despertar, tomé mi mochila, puse dentro las pertenencias de Pistorius y me dirigí a la iglesia.

Por supuesto, en la base de la escalera me esperaba la casera. Desde su cocina llegaba el olor de huevos fritos y tocino. Se secó las manos en el delantal

—¿Adónde vas tan temprano? —me preguntó.

—A dar un paseo —respondí—. Me gusta caminar mientras el aire aún está limpio.

—Bien, bien —replicó—. ¿Y cuándo vuelves? ¿Te preparo el desayuno?

—Vuelvo pronto —dije y salí.

Llegué a la iglesia en unos diez minutos. Esperé a que terminara la misa y la gente se marchara, y entonces me acerqué al párroco.

—Buenos días, padre—, lo saludé, y fui directo al asunto: —¿Ha servido aquí alguna vez el padre Pistorius?

—Dios te ayude, hijo —dijo primero, y luego, tras pensar un momento, negó con la cabeza. —No desde que yo estoy aquí. No conozco a ninguno con ese nombre.

—No podría haberlo conocido. Vivió y trabajó hace más de doscientos años —dije.

El sacerdote se estremeció y palideció. A pesar de los siglos transcurridos, aquel caso seguía interesando a todos en la catedral. No desaparece un sacerdote así como así…

—¿Por qué lo preguntas? —dijo con voz ronca.

—Sé que desapareció, pero no sé si regresó.

—No deberíamos hablar de eso —respondió, dándose la vuelta para marchar hacia el altar.

—¡Espere! —dije en voz alta—. ¡Olvidó algunas cosas!

El sacerdote se detuvo y se volvió hacia mí. Yo sacaba de la mochila la libreta, el bonete y la capa corta. Vi cómo cambiaba de color nuevamente. Sabía que eran exactamente las cosas que Pistorius había dejado en el tiempo presente, en el futuro de él. Extendió la mano y las palpó, como comprobando si eran algún tipo de hechizo, y luego, tartamudeando, preguntó:

—¿De… dónde… sacaste esto?

—Entonces, ¿regresó? —pregunté en lugar de responder.

Asintió con la cabeza. Ya no tenía nada que ocultar.

—¿Lo llegaste a ver? —preguntó el sacerdote.

—Casi… casi lo vi —dije, y le entregué las cosas.

Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Y mientras la vista se le nublaba, aproveché el momento… y desaparecí de la catedral.

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

miércoles, 26 de noviembre de 2025

PIELES DE SERPIENTE

Tihomir Jovanović

 

Sábado por la mañana. Era un día cálido, sin nubes y sin una brisa. Stanko cargó sus cañas de pescar, cebos y todo lo demás que necesitaba para escapar del bullicio de la ciudad, lejos de su esposa y de sus hijos, en su viejo coche. Ese vehículo servía sólo para eso: para recorrer los caminos rurales llenos de baches rumbo al río y a un sitio llamado el Remolino de la Doncella.

Se detuvo en la tienda del pueblo, que también funcionaba como una especie de taberna donde los lugareños se reunían para beber cerveza e intercambiar historias. Los temas habituales eran sobre todo fútbol, política y mujeres… Frente a la tienda había un par de mesas con sillas. En una de ellas estaban sentados dos aldeanos bebiendo rakija de una botellita, aspirando de vez en cuando el humo de sus cigarrillos. Stanko se sentó en otra mesa y esperó a que el dueño de la tienda, que también era el camarero, Mile –conocido como “Dos cafés”– se acercara.

—¿La cerveza de siempre? —preguntó, de pie en el umbral.

—Sí, ¡y que esté lo más fría posible! —respondió Stanko.

Mile entró en la tienda y, tras unos segundos, regresó a la mesa de Stanko con dos botellas congeladas por el frío. Como la mayoría de los aldeanos, Mile disfrutaba charlando con la gente que venía de fuera.

—¿Vas otra vez al Remolino de la Doncella? —preguntó Mile.

—Sí, ¡los peces pican bien en esta época!

Stanko tomó la botella entre sus manos, comprobó que estaba bien fría y chocó los cuellos con Mile.

—¡Salud!

Mile dio un sorbo y luego preguntó:

—¿No te parece un poco lúgubre ese lugar? Los aldeanos lo evitan. Seguro que has oído las historias. Ha habido varios ahogamientos. Hace dos años, un joven del pueblo se ahogó… Estuvo sentado aquí antes, bebiendo. No parecía borracho. Fue allí a refrescarse… nunca encontraron su cuerpo, aunque lo buscaron durante días… como si algún abismo se lo hubiera tragado. No quiero asustarte… —terminó Mile.

—Lo sé, lo he oído, pero… —comenzó Stanko, pero Mile lo interrumpió.

—Y la abuela Jovana… —Hizo una pausa y miró a Stanko a los ojos, buscando su acuerdo.

—¿Sí? ¿Qué pasa con ella? —preguntó Stanko.

—Es rara. Sé que tú te llevas bien con ella, pero a los aldeanos no les gusta. Tiene algo que asusta a la gente. ¡Y ese olor extraño que sale de su casa!

Mientras hablaban, los dos aldeanos de la mesa contigua dejaron de conversar, tratando de escuchar lo más posible de lo que Stanko y Mile decían. Stanko meditó; había estado muchas veces en casa de la anciana y trató de recordar el olor, pero no pudo.

—Es cierto —continuó Mile—, sabía ayudar con algunas enfermedades usando hierbas, y a las mujeres en el parto, pero nunca logró ganarse el favor del pueblo…

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Antes que ella vivía allí otra anciana, creo que se llamaba Stojanka. Dicen que se marchó sin previo aviso ni explicación. Y entonces apareció Jovana. Era joven entonces; dicen que tendría unos cuarenta años.

—Perdona, pero tengo que irme —interrumpió Stanko, levantándose de la silla—. Está haciendo demasiado calor, déjame pagar…

—No hace falta, invita la casa —respondió Mile—. Y ten cuidado en el Remolino de la Doncella… y con la abuela Jovana.

Dijo esta última parte con una sonrisa. Stanko recordó visitas anteriores a la anciana. Una de sus historias favoritas era sobre el Remolino de la Doncella, el lugar donde a él le encantaba pescar. Le había contado que, mucho tiempo atrás, una joven pobre se ahogó allí por un amor no correspondido y que su espíritu suele aparecer para ahogar a los hombres que van a bañarse. Por eso –decía– se llamaba así el lugar.

Stanko miró a Mile, agitó la mano en despedida y subió al coche. El motor retumbó, las ruedas chirriaron sobre la grava dispersándola detrás del vehículo. Stanko saludó una vez más a Mile y luego subió la colina hacia la casa de la abuela Jovana.

Los aldeanos se volvieron hacia Mile y lo invitaron a sentarse con ellos, deseosos de escuchar los detalles de su conversación con Stanko.

Stanko siguió por el camino polvoriento hacia el río. Un poco más adelante, detrás de unos olmos, el terreno ascendía y un pequeño altiplano dominaba la curva del río. Allí estaba la casa de la abuela Jovana. No sabía qué era más viejo, la casa o la anciana. Ambos estaban tambaleantes y deteriorados. La casa estaba recubierta de una mezcla de barro y serrín, que ofrecía un buen aislamiento térmico: los viejos artesanos sabían lo que hacían. En muchos lugares ese recubrimiento se había desprendido, revelando ladrillos sin cocer.

El tejado casi no se veía bajo una capa de musgo espeso, siemprevivas y hojas caídas de las ramas de los sauces que colgaban encima.

Stanko se detuvo al pie del sendero que conducía a la casa y comenzó a subir. Miró hacia los bajíos donde un enjambre de libélulas flotaba sobre el agua disfrutando de sus breves vidas. El olor del río permanecía detrás, pero al acercarse a la casa empezó a percibir ese otro olor mencionado por Mile. Intentó recordar a qué le recordaba.

¡Sí! Por fin lo recordó. El terrario del zoológico. Pero ¿qué tenía de extraño? Allí había río y terreno rocoso: un lugar ideal para guaridas de serpientes, la mayoría culebras inofensivas.

Continuó y, al llegar a la puerta, llamó.

—¡Entra! —oyó desde adentro.

La pesada puerta de grueso roble crujió al empujarla.

La abuela Jovana estaba sentada a la mesa, donde había una botella medio llena de rakija y dos vasitos. Las ventanas estaban cubiertas con cortinas gruesas que protegían del sol, creando una sombra agradable pero también una penumbra algo inquietante. Pese al aspecto descuidado exterior, dentro había objetos de buena calidad. Allí había tres habitaciones: una cocina que también era comedor y sala, un dormitorio amueblado con madera sólida, gastada por el uso pero sin señales de carcoma. Las paredes estaban amarillentas por el humo de la estufa de leña.

Stanko recorrió la habitación con la mirada y se detuvo en la puerta de la tercera habitación. Esa puerta siempre estaba cerrada con llave; varias veces había intentado averiguar qué había ahí dentro, pero nunca obtuvo respuesta. Sin querer, recordó cuentos donde un héroe recibe la advertencia de que puede abrir todas las puertas del castillo excepto una, pues esconde un terrible secreto…

—¡Sírvete un poco de rakija! —dijo la anciana interrumpiendo los pensamientos de Stanko.

—¡Ah, sí! Disculpa, me quedé pensando— dijo él, y llenó los vasos.

—¡Salud! —dijo la abuela, chocando el vaso con el suyo. Luego preguntó—: ¿Quieres café?

—No, gracias. Ya tomé esta mañana en casa.

Se sentaron en silencio unos minutos, sólo se oía el tic tac del gran reloj de pared.

—¡Sabes! —dijo la anciana rompiendo el silencio—. ¡No sería bueno que te bañaras hoy!

—¿Por qué? —Stanko se sorprendió.

—Hoy es la Fiesta de la Transfiguración de mi hijo —respondió la anciana. En ese momento, Stanko sintió que había enfatizado de manera extraña la palabra “Transfiguración”.

—No entiendo —dijo Stanko.

—Algunas de las personas ahogadas murieron en el Remolino de la Doncella precisamente en este día. ¿Nadie te lo mencionó?

—¡No! Pero no importa, no me meteré en lo profundo.

—Como quieras… —dijo la anciana, negando con la cabeza.

—Bueno, gracias por el aviso —dijo Stanko levantándose.

Una vez más lanzó una mirada rápida hacia la habitación con la puerta cerrada y el secreto que guardaba. O quizá sólo imaginaba cosas.

Salió de la casa, preparó los cebos y comenzó a pescar; primero bajo la sombra del sauce y luego adentrándose un poco en el río para intentar más lejos. Nada esta vez tampoco.

Lanzó una vez más el anzuelo y observó cómo las corrientes tiraban del flotador. Sólo las corrientes; los peces no picaban. Avanzó un poco más hacia el agua, hasta donde le permitían sus botas de pesca, y observó el flotador unos minutos más.

El paisaje era vibrante. A unos veinte metros detrás de él, el agua caía en una pequeña cascada, creando un ruido monótono que no le molestaba, y las finas gotas que formaban una neblina sobre la superficie refractaban la luz del sol, formando un pequeño arcoíris persistente.

En el maletero tenía unas salchichas listas para asar, por si acaso. Y en el agua se enfriaban varias botellas de cerveza.

Stanko salió del agua y se quitó las botas de goma. El agua estaba cálida, así que deseó volver a entrar, pero sin ropa, para bañarse en el río tibio y claro, como hacía a menudo después de pescar. Ya había sido suficiente por hoy. Se daría un chapuzón y luego asaría las salchichas y abriría una cerveza.

Puso su ropa sobre la gravilla. Dudó un poco sobre el bañador, pero también se lo quitó. No había nadie cerca y era mucho más agradable nadar desnudo, sentir cómo el agua se deslizaba entre sus piernas y cómo su cuerpo flotaba libre.

El agua era maravillosa, apenas un poco más fresca que el aire, y espumaba con cada brazada, dejando burbujas brillantes en la superficie. Avanzaba hacia el centro cuando, de repente, se sobresaltó. La historia de la anciana adquirió de pronto importancia. No sabía por qué, pero un temor supersticioso, primitivo, se despertó en su mente.

Nadó con fuerza hacia la orilla, como si un monstruo acuático lo persiguiera. Entonces se detuvo. En la orilla vio a la abuela Jovana, vieja y temblorosa, entrando al agua. Vestida de pies a cabeza con su ropa negra y gris. Caminaba hacia él con firmeza.

—¡Váyase, abuela, se va a ahogar! —gritó Stanko, sin atreverse a avanzar por estar desnudo.

La anciana siguió como si sus palabras se hubieran desvanecido en el viento. Algo en su mirada lo inquietó. Era distinta a la habitual. ¿Una mujer anciana deseando carne joven? No, no podía interpretarlo así. Lo que lo aterraba era que no lo interpretaba como deseo.

El chapoteo cesó. La anciana estaba ya en el agua hasta las rodillas. Sonrió, estirando los labios sin mostrar sus dientes rotos. Lo miró fijamente a los ojos y, al ver el miedo en ellos, comenzó a susurrar:

—Te lo dije y te lo dije, pero no sirve de nada…

Stanko intentó pasar junto a ella para correr hacia la orilla, pero la anciana lo agarró. Su mano era sorprendentemente fuerte. No como la mano temblorosa y débil con la que servía café o rakija.

—¡Suéltame, vieja bruja! —gritó Stanko, olvidando toda su antigua amistad mientras intentaba zafarse. Ella lo atrajo más y Stanko sintió cómo su pierna se tensaba bajo el agua, pese al miedo terrible. Sintió la mano de la anciana en su cuello y vio la otra acercándose. Y el anillo, con la punta hacia su palma.

Fue como si lo hubiera picado una abeja. Sintió su piel separarse y la punta hundirse sin dolor en su carne, mientras él era incapaz de hacer nada. Alrededor de la picadura, sintió entumecimiento, como tras haber sido anestesiado por el dentista. Y luego, a través de la neblina, vio los dientes rotos de la anciana sobresalir de su boca abierta. Eso fue lo último que vio.

La abuela Jovana bebía la sangre de la herida en su cuello, mientras su corazón aún vivía y bombeaba. Cuando la vida abandonó el cuerpo de Stanko, lo soltó en el agua y regresó a la orilla con un paso mucho más firme del que tenía al entrar.

Al llegar a la casa, se sentó en una silla y su cuerpo comenzó a temblar, mientras el agua aún goteaba de su largo vestido. La cabeza le ardía y giraba. No se había sentido así en mucho tiempo. Stanko era tan sano y fuerte…

Y hoy es la Fiesta de la Transfiguración…

Mientras seguía temblando, empezó a quitarse la ropa mojada y sucia, revelando su cuerpo encogido. La piel colgaba de ella como un traje demasiado grande. Entonces dejó escapar una voz temblorosa, algo entre gemido y canto, entre agonía y éxtasis. Luego llevó la mano a su hombro, clavó las uñas y rasgó la piel. No hubo sangre ni dolor.

Debajo de la piel vieja y marchita apareció una nueva, tensa sobre músculos firmes. La anciana se desprendía de su piel seca como mudan la piel las serpientes.

Cuando terminó de salir completamente, se colocó frente a un gran espejo manchado y examinó su nuevo aspecto. Pasó la mano por la piel suave, por unos pechos que ahora eran llenos y firmes.

Abrió la habitación secreta y entró. Luego abrió un ropero de madera de palo rosa decorado con hojas y flores talladas. A la izquierda colgaban vestidos, faldas blancas y blusas bordadas; a la derecha, estantes repletos de pieles dobladas y resecas como pergaminos. Añadió a esa pila la que acababa de dejar atrás…

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

miércoles, 24 de abril de 2024

FIEBRE DEL VIERNES POR LA NOCHE

  

Tihomir Jovanović

 

La longevidad es sin duda el sueño de la mayoría de la gente. Tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. El barón Murdock conocía bien ambas cosas, pues había sobrevivido varios siglos. El lado bueno era que uno veía mucho más de lo que los simples mortales podían ver en sus cortas vidas, y la oportunidad de viajar por todo el mundo. En el caso de Murdock, el trotamundos, no siempre estaba impulsado por el deseo de visitar lugares exóticos. Murdock a menudo tenía que cambiar implícitamente de paradero para mantener la cabeza pegada al cuello... Esa era una forma de matarlo. La otra era una estaca de serbal en el corazón. Eso acabaría con su vida eterna de lujo y abundancia.

Murdock pertenecía a los abidings, que entre la gente eran conocidos como vampiros. Últimamente vivía en una mansión a las afueras de la ciudad. La mansión había pertenecido a un actor que tuvo que venderla después de que su carrera se disparara, es decir, se disparara hacia el fondo. Tenía piscina, un gran jardín y muchos balcones. Murdock, por supuesto, no tenía ningún uso para la piscina. Iba con la casa. No le gustaba mucho el agua... A veces tenía que entretener a la alta sociedad local. Cuántos cuellos hermosos, arterias seductoras y palpitantes... Aun así, tenía que mostrarse comedido.

Murdock siempre había vivido en edificios opulentos, castillos, villas, y eso requería sirvientes. ¡Un problema! Una larga vida significaba cambios frecuentes en el personal, que además debía ser fiable y leal a su amo. No se trataba sólo de dinero. Si las prebendas del trabajo no eran suficientes, había otras maneras. Chantaje, intimidación, amenazas.

Por tradición familiar, los sirvientes de los Murdock se llamaban invariablemente Igor. Por lo general, eran hombres jorobados, cojos o discapacitados de algún otro modo que se conformaban con ese servicio y agradecían la beneficencia de su amo. Por desgracia, esos Igor no duraban mucho.

En cuanto a ese problema, Murdock por fin podía respirar aliviado. Había encontrado un sirviente que le duraría todos sus largos años. No, el nuevo sirviente no era de su calaña, ni un humano que hubiera conseguido un elixir de la juventud.

La ciencia y la tecnología habían avanzado mucho. Robots, ¡eso era lo que necesitaba! Un robot con apariencia humana. Parecía un poco desgarbado, como el Hombre de Hojalata del Mago de Oz, moviéndose con torpeza y rigidez. Pero Frankenstein, hecho de carne humana revivida, tampoco podía moverse con fluidez. En cierto modo, el robot era guapo, alto, repleto de conocimientos necesarios para servir al hombre. Por supuesto, tenía implantadas en la memoria las tres leyes básicas de la robótica, tal y como las concibió Isaac Asimov, autor de muchas novelas sobre criaturas artificiales.

Esto encajaba perfectamente con Murdock. Un sirviente absolutamente obediente, al que no le molesta trabajar todo el día, que nunca sintiera curiosidad por lo que Murdock hacía fuera de casa a altas horas de la noche. Siempre capaz de preparar la comida perfecta. Que el Igor robótico supiera de los tratos nocturnos de Murdock causaría bastantes problemas. ¡Dañar a otro humano! Y en serio. Probablemente se lo impediría, aún en el caso de que hubiera sabido que su amo no era exactamente un ser humano. Pero Igor no lo sabía. Su memoria sólo contenía datos necesarios para un mayordomo, fiel y leal como Desmond lo es a Rip Kirby...

Y en caso de que tuviera que hacer algo contrario a los conceptos de Igor sobre la ley y la ética, podría simplemente apagarlo, a distancia, como un televisor. Y entonces se convertiría en un mero trozo de metal pulido y electrónica inactiva. Murdock podría haber elegido un modelo más avanzado, un androide. Un robot completamente humano. El problema era que eran exactamente eso: perfectos. Necesitaba un sirviente al que estuviera acostumbrado, jorobado, cojo o con algún otro defecto, no una copia humana aria...

Era una noche especial. La luna llena teñía de rosa la ciudad. Además, era viernes, la noche en que la mayoría de la gente trabajadora puede relajarse y quedarse más tiempo en el centro y beber más, volverse descuidada. Lo suficiente para satisfacer las necesidades de Murdock.

Esa era su segunda vez en esa ciudad. Había cambiado durante los últimos trescientos años. Los edificios habían crecido considerablemente, las calles eran más anchas, imperaba el ruido, con mucha más gente moviéndose por todas partes. La vez anterior tuvo que huir de la ciudad tras varias "comidas" que salieron un poco mal. La policía tenía otro nombre para eso: crímenes misteriosos sin resolver.

Ahora la ciudad era mucho más grande y rebosaba de criaturas capaces de saciar su sed. La sed que lo acosaba en las noches de luna. Pero la policía también había mejorado sus métodos de investigación. Las cámaras eran omnipresentes y lo grababan todo. Era algo más fácil en los viejos tiempos. Luces de gas, niebla en las calles. Velas en las casas, y las pobres almas que pensaban que se podía frustrar a Murdock exhibiendo un crucifijo o colgando una corona de ajos en las puertas y ventanas de sus casas.

Pero entonces creían en él y le temían. Ahora era diferente, sabiendo que la mayoría de la gente ni siquiera creyera en su existencia, que no era más que un personaje imaginario de las novelas de Bram Stoker o John Polidori. Un personaje de película, interpretado por Bela Lugosi, Boris Karloff, Klaus Kinski o Christopher Lee.

Se detuvo en un café del que salía música. Algo que hacía mucho tiempo que no escuchaba, algo que creía que ya nadie escuchaba, un género que pensaba que había pasado a mejor vida hacía dos o tres generaciones. Cómo le gustaban los locos Ozzy e Iommi. Alice Cooper, también. Todos esos raros imitadores de los abidings. Adoraba sus conciertos.

El café tenía un nombre apropiado: “Máquina del Tiempo”. Entró y se sintió exactamente así, como si una máquina del tiempo le hubiera trasladado a una época pasada. Tan retro. Mesas de madera, jarras de cerveza, humo de cigarrillo y olor a alcohol, todo mezclado. Se sentó en una mesa de la esquina e hizo balance. Gente joven en su mayoría, algunos de mediana edad, con vaqueros y chaquetas de cuero con tachuelas metálicas, tatuajes en los brazos.

—¿Puedo ayudarle? —Una agradable voz femenina lo sobresaltó. Levantó los ojos y miró a la dueña de la voz. Su exterior era aún más agradable que su voz. Sonrió y ordenó.

—¿Un Bloody Mary? ¿Sabes lo que es?

—Por supuesto —sonrió ella a su vez—. No tardaré ni un minuto.

La observó dirigirse a la barra, elegante, comedida. Menudo cuerpazo, y ninguno de los clientes le lanzaba las típicas miradas masculinas de desvestirse. Qué raro.

Cargó su pipa con tabaco y la encendió. El aroma se impuso a otros olores amargos. Observó a la camarera mientras mezclaba y le traía el cóctel y, de nuevo, nadie pareció fijarse en su elegante caminar, el contoneo de sus caderas, el rebote de sus pechos.

—Aquí tiene —dijo la camarera.

—¿Quiere también algo de beber? Invito yo, que tengo una noche especial —dijo él.

—No, gracias, no bebo —respondió ella.

—¿De servicio? —volvió a preguntar él.

—No, gracias. Pero gracias, es usted muy amable.

Murdock dio un sorbo a su bebida y miró a la multitud, estudiando a la heterogénea masa de gente. Algunos llevaban el pelo largo, con mechas grises y recogido en una coleta, otros eran completamente calvos. Vestían vaqueros y cuero, y de algún modo seguían respirando el mismo aire del pasado, lleno de humo y música. La música seguía sonando por los altavoces. Hard rock, heavy metal, grupos de otros tiempos.

 Led Zeppelin, Deep Purple, muchos otros. Y él, con su traje de tweed. Un cuerpo extraño.

Volvió a mirar a la camarera. Parecía seria y dedicada, lavando vasos y apilándolos en la barra. Guapa, pero como si no fuera consciente de ello. Tan jugosa. De pura sangre. Y aún así, tan delicada. Ni un gramo de grasa, delgada como una modelo de principios del siglo XXI. Un bocado fácil. ¿O debió decir más bien un sorbo fácil?

Estaba esperando su oportunidad. Que supiera, no había cámaras en el bar, y los clientes no están interesados en la camarera. Tampoco él, al menos no de la forma habitual en que los hombres se interesan por las mujeres. La vio caminar hacia los servicios con una botella de desinfectante químico entre las manos. Cuando las puertas se cerraron, él también se levantó. No tenía necesidad de ir allí, al menos no la necesidad del tipo ordinario. Pero tenía una oportunidad que no podía desaprovechar.

Solo unos segundos.

Los aseos estaban limpios y ordenados y olían a desinfectante. Se lavó las manos y se recogió el pelo con los dedos húmedos. Habría sido mucho más fácil si hubiera podido ver su reflejo en el gran espejo.

En lugar del suyo, vio otro reflejo en el espejo. El de una mujer. Giró de repente para mirar a la camarera que estaba junto a la puerta. Estaba confusa, él podía verlo en su cara. Y él sabía por qué. Vio a un hombre que no tenía reflejo. Y aún así, estaba tranquila cuando le preguntó.

—¿Qué es esto? ¿Un truco de magia?

—No. —Murdock sonrió—. Déjame explicarte...

Dio un paso hacia ella. Ella no retrocedió. Ni siquiera cuando él le puso las manos sobre los hombros. ¿Qué demonios está pasando?, pensó. ¿Por qué no se estremece, grita, lucha, como las chicas normales? ¿Parálisis por miedo? Pero entonces no parecería tan tranquila. ¿Curiosidad? Un rasgo muy femenino, seguro, pero no en estas circunstancias. Tanto mejor. Para él. Se inclinó hacia ella, como si fuera a besarla, pero en su lugar apretó los labios contra su cuello. Sintió las manos de ella sobre sus hombros. Realmente esperaba un beso. ¿Quién lo hubiera dicho? Muy amable por su parte, pero él no tenía segundas intenciones. Al menos no de ese tipo. Su piel era suave. Su arteria carótida era claramente visible. Un vaso sanguíneo. Abrió la boca y mordió con fuerza.

Hubo un destello, una descarga, y se encontró en el suelo, inconsciente.

Cuando la niebla se disipó ante sus ojos, vio a la camarera inclinada sobre él, con cara de preocupación. También vio la herida de su cuello. Un cableado desnudo asomaba a través de la piel desgarrada. Conductor, más que vaso sanguíneo. Ella era una… Acababa de darse cuenta. Todos los clientes del pub sabían que era un androide, y por eso la ignoraban. Por eso se comportaban tan raro. Programada para ser la camarera perfecta, amable incluso con los clientes insistentes. Y aquí, siguiendo las leyes de la robótica, está protegiendo su integridad y no permitiendo que un cliente salga perjudicado por su inacción. Lo ayudó a levantarse y le preguntó:

—¿Está todo bien, señor?

—¡Sí! Estoy bien...

Y sin embargo, no lo estaba. Tenía que seguir adelante, aprovechar la noche.

Pagó su copa y salió. La luna llena seguía brillando sobre la ciudad, más pálida por el resplandor de las farolas. Tendrá que encontrar una calle menos iluminada, con menos tráfico.

Dobló una esquina y encontró menos luces. Menos gente. Se fijó en dos chicas con faldas cortas y bolsos colgados de los hombros, apoyadas en una farola. Mujeres de la noche, muy parecidas, casi gemelas, una rubia y otra morena. Cuerpos perfectos, demasiado perfectos para ser naturales. Lo llamaron, pero él no les hizo caso. Al alejarse, oyó que una le decía a la otra:

—Tal vez prefiere a los chicos, hay tantas modelos perfectos ahora...

Murdock se adentró en la oscuridad. Formó parte de ella. La oscuridad estaba ahora a su alrededor y dentro de él. La clase de oscuridad que no había conocido en sus muchos siglos. Humillado, insultado, hambriento...


Título en inglés (traducción del autor): Friday Night Fever

Traducción del inglés: Sergio Gaut vel Hartman

 

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

FATA MORGANA