Raffaele Izzo
Tres hombres, tres
pistolas, sentados en el sofá con forma de herradura, en el centro del sofá la
mesa lisa y rectangular, baja y transparente, sobre la mesa el dinero, mucho, demasiado,
amontonado, desparramado, mezclado con sangre coagulada que llega hasta los
pantalones, hasta las camisas de los tres, las pistolas sobre la mesa, siempre
lo mismo, las manos de los tres colgando sobre el sofá, siempre lo mismo, los
tres sudados y destrozados, tres tipos que pueden describirse como peligrosos,
llenos de marcas de viruela, grandes y amenazantes, sus miradas son frías y
malas, y una cámara que los encuadrara así, desde arriba, en tres cuartos desde
la izquierda (o desde la derecha), los vería así, de un solo golpe de vista,
tres hombres destinados a grandes cosas o a un final trágico, sin término
medio, sin medias tintas, compromisos, pactos ni resbalones, los tres ahora
hablan.
—Sabes Bill, no creo que haya sido
una buena idea aceptar este trabajo, la propuesta, quiero decir, ahora estamos
en la mierda hasta el cuello, o me equivoco, eh, Bill, ¿me equivoco, eh, Bill?
—No, no te equivocas. —El rostro
del jefe, o del que debe ser el jefe, nuestro Bill, parece de acero; gira hacia
Mike, una mano le acaricia la cabeza, la otra, la que sostiene la pistola, se
endurece, piensa: Este hombre ya es peligroso, hay que eliminarlo, es mi amigo,
pero hay que eliminarlo, así es, hay que eliminarlo, y gira hacia su derecha,
el arma en la izquierda, levanta el arma, monta el percutor, levanta el brazo,
todo un movimiento que, aunque lo describamos con tanto detalle, dura una
fracción de segundo, y después el arma apuntando al rostro de Mike, el disparo,
y el rostro de Mike ya no tiene las características de antes, ahora es una fría
papilla de sangre y carne, la sangre ha salpicado por todas partes, da casi
asco escribirlo, pero la sangre sigue brotando de la cabeza, del rostro, el
rostro del otro, el de Al, es su primera vez, en este encargo especial, digo,
atónito, estupefacto, perplejo, todos sinónimos para decir: Qué carajo hiciste,
Bill, te volviste loco, y de inmediato el cañón gira hacia él, apunta, enfoca,
pero Al es más rápido que el otro, se lanza hacia la derecha, agachado, ahora
en el suelo, cuando oye el disparo, ya está cerca del televisor, que observa a
los tres con estupor, logra saltar el sofá, siente el proyectil que le golpea
el hombro y lo lanza hacia atrás, y entiende. Carajo, estoy jodido, o no,
izquierda o derecha, luego se mira el hombro izquierdo y ve la maldita mancha
de sangre que empieza a extenderse. No, no, no de esta manera de mierda, es
ridículo, no es posible, pero ahora advierte el otro detalle, fundamental,
aunque ya no piensa de manera coherente, vuelve a mirar el hombro y piensa:
Carajo, soy zurdo, soy zurdo, y ve su mano abrirse, la pistola empieza ahora un
lento movimiento rotatorio, en el sentido de las agujas del reloj, solo el dedo
la retiene todavía, la pistola gira, lenta, el cañón apunta al suelo, ahora,
lenta y blanda, cae sobre el sofá suave y mullido, sin hacer ruido. Carajo,
piensa Al, piensa rápido, pero no llega a completar el pensamiento; para eso
haría falta más tiempo, y el tiempo es el enemigo de siempre. Ahora Al gira a
la derecha, luego hacia arriba, ve sobre todo a Mike, la pistola de Mike, sobre
todo, y luego el fuego que sale del cañón, y oye el ruido fuerte, para él
ensordecedor, repentino, mientras cae al suelo, se da vuelta e intenta escapar
a cuatro patas. No es precisamente el final que los rostros de los tres
prometían, no, no, no exactamente, qué decepción, huir así, eh carajo, qué
decepción, el cuerpo ahora se desparrama por todas partes mientras Mike sigue
disparándole hasta vaciar todo el cargador, y sigue moviéndose, cómo carajo
hace. Ahora jadea de manera exagerada. Cómo puede alguien jadear así, y muérete
carajo, muérete de una vez. Ahora Mike ahora lo mueve con la punta del pie,
como si fuera un perro, lo mira a la cara, la cara de Al es solo sangre y dolor.
Y Al lo mira de manera interrogativa, todavía consciente por una fracción de
segundo, Por qué, por qué… por…
Estaba escrito en el contrato,
tendrían que haberlo leído antes de firmar, Mike y Al ahora giran ambos hacia
la TV. Al tiene solo un segundo, ve la TV, la sala llena de gente, la
presentadora, todos mirando la gran pantalla en la sala, y se ve a sí mismo,
mientras todos lo miran, y ahora entiende, entiende y muere en el mismo
instante.
Ahora apago esta puta televisión de
mierda y me voy a dormir, que mañana debo levantarme temprano, piensa John
mientras se levanta de la silla de la cocina, agarra el control remoto y mira
la última imagen, la gran inscripción final, The Criminal Reality Show,
y piensa: ya no hacen los realities como antes, mierda.
Raffaele Izzo, tiene 53 años, enseña
literatura en secundaria. Escribe novelas, cuentos y crítica literaria. Le
apasiona la no ficción, especialmente la del siglo XX, y le interesan diversos
géneros literarios, desde la vanguardia hasta la actualidad, incluyendo
diversos medios como el cómic y las series de televisión. Bloguero, gestiona el
grupo de Facebook "Tutto il fantastico italiano" para reunir al mayor
número posible de autores italianos de ciencia ficción, fantasía y terror.
Edita novelas y cuentos de forma independiente. También pinta en acrílico y
digital (su obra puede verse en la página de Facebook Izzo Raffaele arte
sperimentale). Sin embargo, la escritura sigue siendo una constante en su
vida: publicó una novela, Rorschach y tiene otras en mente para el
futuro.
