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lunes, 29 de diciembre de 2025

EL COHETE ROJO

Jørund Fiskergård

 

El coche de Harry volaba a través de la tarde otoñal como un cohete rojo. La carretera era suya y solo suya, y todos los demás podían irse al infierno. Subió el volumen del equipo de música del coche y, de paso, miró el reloj del tablero: un poco después de las ocho y media. Había prometido estar en la fiesta hacía ya una hora. Pisó el acelerador a fondo.
Esto es libertad: conducir rápido y no preocuparse por nada, pensó Harry. Amaba la libertad. Al menos, su propia libertad.

Harry abrió una lata de cerveza y dio un par de grandes tragos. El cigarrillo en la comisura de la boca estaba a punto de apagarse. Subió la ventanilla, se quitó el cigarrillo de los labios y lo lanzó afuera. Una brasa roja salió dando vueltas hacia la gran silueta negra del bosque y se extinguió. Harry agarró la cajetilla que estaba sobre el tablero. Quedaba un solo cigarrillo. Ya no era lo mismo sin fumar: ni conducir ni beber. Maldición. Tenía que comprar más tabaco.

Y entonces ocurrió lo extraño. Como si una plegaria que no había formulado hubiese sido escuchada por un dios al que no veneraba, apareció una estación de servicio justo en el momento en que pensó en ello. Había recorrido esa carretera varias veces, pero no recordaba haber visto esa estación antes. Redujo la velocidad y se deslizó entre los surtidores para aparcar. Salió del coche. Más temprano había estado templado, pero ahora hacía un frío intenso; sentía como si tuviera escarcha en las yemas de los dedos y en las orejas. Miró a su alrededor: ya no podía ver el bosque, solo la estación y un tramo del camino; el resto era una noche absoluta que lo devoraba todo.

Harry se enorgullecía de ser intrépido y masculino, pero tuvo que admitir que ahora sentía algo desagradable en el cuerpo, una inquietud vibrante que no sabía explicar. No solo no había visto nunca esa estación: jamás había visto una parecida. La fachada roja y luminosa parecía, en principio, como cualquier otra, pero no tenía nombre, ni logotipo alguno. ¿Estaría abandonada? Harry se acercó al gran ventanal y miró dentro del kiosco. Había una mujer en penumbra detrás del mostrador, pero las estanterías a su espalda, los pasillos del local y los refrigeradores del fondo estaban completamente vacíos. Quizá la van a cerrar, pensó.

Aun así, Harry entró. No podía hacer daño. Tal vez tenían una o dos cajetillas en el almacén. Tenía muchas ganas de fumar. La mujer de la caja permanecía inmóvil en su puesto. Sus gafas estaban empañadas —o quizá sucias—, no estaba seguro, pero no podía ver sus ojos, y no saber si lo observaba o no le producía una sensación de pérdida de control que no le gustaba. Su rostro era pálido, casi gris. Los labios, secos. Pechos planos, anotó Harry mentalmente. No era su tipo. La camisa y la gorra tenían el mismo rojo intenso que la estación, pero sin logotipo alguno. La placa con su nombre no tenía nombre. Debía de haberse borrado en la lavadora o algo así. Sobre su cabeza colgaba un reloj detenido en cuatro minutos después de las ocho y media.

—Bueno, aquí no hay nada —dijo Harry, apoyándose sobre el mostrador.

—O quizá esto sea todo —respondió ella—. Depende de cómo se mire.

Una filósofa, pensó Harry. Uno entra a comprar tabaco y quizá una hamburguesa, y le devuelven filosofía y tonterías. Increíble. Alzó la vista hacia las pantallas que, en cualquier otra estación, mostrarían menús de perritos calientes, hamburguesas, patatas fritas y demás. Pero estaban negras. Intentó percibir si había algún olor a comida a la parrilla, pero no; lo que olía era a podredumbre, como a animal muerto.

—Huele como si algo hubiera muerto aquí —dijo Harry.

La empleada soltó una carcajada fuerte, abierta. Harry sabía que era gracioso, pero no creía que esta fuera una de sus mejores bromas.

—Pero algo ha muerto aquí —dijo ella.

De pronto, Harry sintió dolores que no había notado antes. Primero una leve molestia, luego más intensa, en todo el cuerpo, especialmente en la cabeza. Y en la mandíbula. Se pasó la mano por ella y notó un corte. Miró la mano: había sangre fresca. Se había afeitado justo antes de salir. Debía de haberse cortado sin darse cuenta. Pero el dolor de cabeza empeoraba: en la frente, en la mandíbula, en toda la cabeza. Le explotaba detrás de las órbitas.

—¿Tiene analgésicos?

Ella volvió a reír. Era la risa de alguien a quien no le importa nada.

—¿De verdad crees que los analgésicos te ayudarán ahora?

Harry notó que tenía un diente flojo y lo movió con la punta de la lengua. No entendía nada. Lo tomó con los dedos y lo arrancó de un tirón; vio, incrédulo, cómo el diente caía al suelo. Tenía sabor a sangre en la boca. El hedor a muerte era más intenso.

—¿Qué demonios de comida tienen aquí? Huele asqueroso —dijo.

—No necesitas comida —respondió ella—. ¿Para qué la necesitarías?

—¿Tiene cigarrillos? —preguntó Harry.

—Por supuesto —dijo ella.

La dependienta se giró hacia las estanterías vacías mientras tarareaba una melodía, una especie de marcha lúgubre. Permaneció largo rato de espaldas, en actitud contemplativa, el tiempo justo para que Harry empezara a moverse inquieto. Cuando se dio la vuelta, lenta y teatralmente, sostenía, increíblemente, una cajetilla de cigarrillos entre las manos. Sonreía de forma rígida e intensa. ¿También era maga ahora? Harry estaba tan confundido por su comportamiento extraño que había olvidado decir qué marca fumaba. La cajetilla cayó sobre el mostrador. Nunca había visto una igual: completamente blanca, anónima, sin nombre ni logotipo. La levantó, arrancó la fina tira de plástico y abrió el paquete. Al menos parecía que había cigarrillos dentro. Uf. Por fin, algo de cordura en medio de la locura. Sacó uno. También era completamente blanco. No tenía parte naranja donde debería estar el filtro. Solo era una varilla blanca. La hizo rodar entre los dedos, la giró: era blanca de principio a fin. No había tabaco en ella. Era simplemente una cosa blanca con forma de cigarrillo.

—¿Te estás burlando de mí? —dijo Harry.

La dependienta sonrió con condescendencia. Harry golpeó el mostrador con los puños, fuerte, dos veces. No podía aceptar que lo trataran así. Odiaba a ese tipo de mujeres: obstinadas, desafiantes, que no se sometían. Maldita sea.

—¿Te estás burlando de mí o qué? —repitió.

—No. Hablo completamente en serio.

La sonrisa desapareció. Con un movimiento brusco, ella le agarró las muñecas y las presionó contra el mostrador. Harry no entendía nada. Era un hombre fuerte: entrenaba cuatro veces por semana, levantaba pesas, corría en la cinta; estaba en excelente forma, y aun así sus manos parecían pegadas. Tenía que ser algún truco. Por más que lo intentó, no logró soltarse.

—¿Te estás burlando —preguntó ella— cuando conduces tan rápido como lo haces? ¿Es una broma para ti?

—¿De qué demonios estás hablando?

—¿Los demás seres vivos son una broma para ti?

—¿Eh?

—El tráfico es un sistema, ¿lo entiendes? Tú formas parte de ese sistema, y para que funcione, todas las partes tienen que funcionar. Cada cual debe encontrar su lugar. Se trata de tener consideración.

—Otra vez: ¿eh? ¿De qué estás hablando?

—¿Te parece divertido conducir a toda velocidad por una carretera rural en plena oscuridad? ¿No piensas en el alce o en el erizo?

—¿Y qué carajo sabes tú de si conduzco rápido o no? No sabes nada.

—¿A qué velocidad ibas esta noche?

—Joder…

—Ni siquiera sabes a qué velocidad ibas, ¿verdad?

—No.

Joder, pensó Harry. Esto era lo que más odiaba: moralistas autosatisfechos que no soportaban que un hombre se divirtiera un poco al volante. Las normas de tráfico eran demasiado estrictas, y eso no era problema suyo, ¿o sí? Y a Harry no le gustaban las mujeres con opiniones demasiado firmes: siempre estaban fastidiando. Por eso salía: para librarse de la bruja de su mujer, quizá tener sexo sin compromiso con otras. Así quería vivir. En libertad.

—¿Cuánto has bebido? —preguntó ella.

—Eso no es asunto tuyo.

—No tenías el control esta noche, ¿verdad? No sabes a qué velocidad ibas, Harry. No lo sabes porque no te importa. Solo te importas tú, y tu necesidad egoísta de divertirte. Eres un egoísta, Harry, un narcisista irresponsable.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó él.

—Lo importante es que Lisbeth y la pequeña Mari estén bien —dijo ella.

—¿Lisbeth y Mari? ¿Quiénes son?

—Me alegro de que todo haya terminado —concluyó ella.

La sonrisa condescendiente volvió, pero soltó sus manos, como si ya hubiera dicho lo que quería. Harry estaba a punto de exigirle cigarrillos de verdad y, si no se los daba, amenazar con quejarse a su jefe, cuando cayó en la cuenta de que no podía hacerlo: ni siquiera sabía el nombre de la estación. La dependienta desapareció por la puerta junto a las estanterías, de donde provenía el hedor. Harry saltó el mostrador y fue hasta allí, pero solo encontró un pequeño cuarto vacío, sin puertas que condujeran a ninguna parte. Lo único que había era un retrato enmarcado de la propia dependienta, con una plaquita debajo, como si fuera la empleada del mes, pero sin ninguna inscripción.

—¡Vuelve! —gritó Harry.

Pero no volvió. Eso tuvo que aceptarlo. Ahora Harry estaba furioso. Salió corriendo, se subió al coche y arrancó. Qué oscuro estaba todo. Tras conducir un rato, ya no sabía dónde se encontraba: solo había oscuridad, y no sabía hacia dónde iba. Además, le dolía todo el cuerpo, y sentía que la cabeza le iba a estallar. Le corría sangre por la boca y por la frente. La sangre le burbujeaba en la garganta y expulsó una masa espesa y viscosa que cayó en su regazo. Después de un tiempo, vio otra estación de servicio a unos cientos de metros, pero no: era la misma. Había vuelto. Debía de haber conducido en círculos. Se sacó un par de dientes con la lengua y los escupió. Le costaba admitirlo, pero ahora tenía miedo.

Entró a toda velocidad por un camino lateral. Tenía que ir al hospital. A lo lejos vio una estación de servicio, pero al acercarse comprendió que era la misma otra vez. Tomó otra dirección —o eso creyó—, pero la estación volvió a aparecer. Golpeó el volante con las palmas de las manos. Joder, joder, joder. Llevaba un buen rato dando vueltas en círculo; no sabía cuánto tiempo, porque el reloj del coche se había detenido en cuatro minutos después de las ocho y media.

Harry se rindió y aparcó junto a la estación. ¿Qué otra cosa podía hacer? Quizá el estrés lo hacía pensar mal. Entró. Sentía que más sangre le subía por la garganta.

—¿Hola? ¿Hola?

Nadie respondió. Harry estaba mareado. Con náuseas. Había un baño en un rincón, junto al mostrador. Cojeó hasta allí, pero cayó al suelo y tuvo que arrastrarse el resto del camino. Logró ponerse de pie y abrir la puerta. Había un cuarto, sí, con azulejos como un baño, pero el suelo no existía. En lugar del suelo, solo había un vacío negro que descendía hacia la nada, un abismo de oscuridad absoluta. Harry empezó a hiperventilar; la hiperventilación se convirtió en sollozos, y luego se desplomó frente al agujero negro hacia la nada, y lloró. Él, que era tan duro, no podía dejar de llorar. Solo veía negro ahora. Vomitó otro coágulo de sangre, que cayó en la negrura. Dios mío, qué profundo era aquello. Un único y negro vacío. Tan silencioso. Y helado. Lo envolvió, lo devoró, y él pasó a formar parte del abismo.

 

Lisbeth estaba en shock. El corazón aún le latía con fuerza en el pecho. Apretó con más fuerza la mano de Mari, de cuatro años. Apenas habían evitado que el coche deportivo rojo las atropellara. Tenía ganas de llorar y de vomitar; una de las dos cosas, o ambas. Volvían a casa después de un pequeño paseo nocturno y se habían retrasado un poco. Lisbeth había mirado el reloj: eran unos minutos después de las ocho y media, casi la hora de acostar a Mari, así que estaba algo distraída cuando apareció el coche, pero había logrado apartarse a tiempo y llevarse a Mari con ella. Oyeron un golpe a lo lejos.

Lisbeth acarició el cabello de su hija.

—Todo está bien, Mari. Todo está bien.

La ambulancia encontró al hombre con la cabeza destrozada contra la ventanilla del coche. El rostro era irreconocible.

Jørund Fiskergård nació en el noroeste de Noruega un martes lluvioso de la década de 1980. Se graduó de la Academia de Escritura Hordaland y de la Escuela de Arte de Bergen. Ha sido artista callejero, mago, improvisador teatral, podcaster y comediante de stand-up fallido, pero el arte y la literatura son sus pasiones más profundas. Anteriormente ha publicado relatos en las páginas web Nye NOVA y The Grim Reaper, además del relato “Blackpool”, disponible tanto en audiolibro como en texto en la página web de la editorial Publizm. Su obra "Død mann" es una novela corta en la que explora temas oscuros como la drogadicción, la vida en callejones y la decadencia, evocando comparaciones con el estilo de Charles Bukowski. 

 

TRES VENTANAS