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martes, 26 de mayo de 2026

EL OTRO MOTIVO

Jorge Ortiz

 

El Abad se sentó, hizo a un costado la pila de libros para despejar el escritorio y abrió cuidadosamente el sobre. El autor de la carta lo había sorprendido y sintió curiosidad por leerla.

Buenos Aires, 30 de diciembre de... Sr. Abad del monasterio:

Sinceramente, no pensé que alguna vez en la vida iba a necesitar oír una opinión como la suya. Nunca creí que la palabra de alguien como usted podría tener algún significado para mí, pero, en vista de los hechos, esta carta es mi último y desesperado recurso.

Ignoro por completo si el estilo de vida que usted lleva (tan incomprensible para mí) le permite recibir información del mundo exterior. Por eso, y a causa de lo que voy a relatarle, creo necesario decir que soy uno de los hombres más poderosos de este empobrecido país, donde bastan unos pocos negocios con la «pantalla» adecuada para justificar fortunas injustificables.

No voy a entrar en detalles acerca de cómo comenzó todo; simplemente le bastará saber que durante muchos años, y sin el menor sentimiento de culpa, fui uno de los nexos más importantes en el país de un mercado internacional que, sin precedentes en la historia del mundo, crece vorazmente para beneficio de algunos pocos y se despliega donde se inclina la balanza a favor de la fama o de la insignificancia, del lujo o de la miseria, del placer sin límites o del dolor insoportable, produciendo riquezas incalculables que, en algunos casos, conviven detrás del poder político de países más pobres y más ricos que el nuestro.

Jamás quise ver el destino final. Nunca me interesó mezclarme con quienes dejaban todo para enriquecernos, arruinando sus vidas, las de sus familiares y amigos. Era fundamental dejar a mi propia familia fuera de esto y evitar que se ensuciara con el solo contacto de su presencia. Así me sentía limpio, y, sin inmutarme, gocé durante muchos años de este productivo negocio.

En los últimos meses las cosas se pusieron difíciles; a condición de ciertos gastos extras, hice desaparecer toda huella que pudiera incriminarme. A decir verdad, nunca sentí temor por el castigo de los hombres; solo tomé la precaución de decir lo contrario al rozarme con alguna acusación, o de hablar con la persona adecuada para que el asunto tomara otros caminos. Nunca sentí temor al castigo de la ley; es un privilegio de mi posición.

Todo fue muy bien hasta que sucedió algo terrible.

La noche del primero de noviembre, la de ese día que llaman «de todos los muertos», una pesadilla, una visión, me visitó en sueños. Sé que para ustedes los sueños han sido un modo de anunciar realidades extrañas al curso natural de la vida, un modo de anunciar misterios sobrenaturales. Esa noche me arrebató la oscura sensación de mi propia muerte.

Vi a mi lado a un hombre vestido de luz (juro que su figura me recordó a una vieja estampita del Ángel de la Guarda que alguna vez había visto siendo niño). Estaba vuelto de espaldas, tapándose el rostro con ambas manos, y se lamentaba profundamente de mi suerte. Frente a mí, una larga hilera de hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, se aprestaban a declarar como testigos de mi propio juicio. Aunque nunca los había visto antes, por sus rostros demacrados, sus cuerpos flacos, sus brazos marcados con una huella inconfundible, cargados de nuevas enfermedades, tuve la certeza de saber quiénes eran. Uno a uno expusieron su penoso alegato, y cada vez me sentí más culpable de su dolor y su desdicha.

Así transcurrió un momento sin tiempo, y al final todos lloraron amargamente. No escuché la sentencia, pero me sentí lejos de toda esperanza. Una terrible sensación de soledad me hizo transpirar sangre y me conmovió la certeza de una nueva y extraña muerte. Me sacudió el espanto de la muerte eterna.

Al despertar esa mañana no pude olvidar la angustia del vacío infinito. Desde ese día no hubo forma de cerrar esa herida abierta más allá del cuerpo y de la mente, esa herida del alma. Dejé pasar algún tiempo esperando que acabara esa pesadilla, pero crece en mi interior el peso insoportable de la desesperanza. No sé si queda algo que pueda hacer. Quizá pueda decirme si hay todavía alguna posibilidad, a pesar de lo hecho, de no morir para siempre.

 

Las campanas de la tarde, que anunciaban el Ángelus, sobresaltaron al Abad, absorto en la lectura. Salió de su celda en dirección a la capilla. Atravesó rápidamente el corredor, iluminado difusamente por la extraña luz coloreada que los vitrales dejaban pasar. Tenía necesidad de orar.

Más tarde presidió el rezo de vísperas y, colocándose en medio de los otros, dijo:

—Hermanos, bajo promesa de silencio, necesito contarles algo. A decir verdad, necesito de la oración y del consejo de todos ustedes para responder a un hombre desesperado...

Esa noche nadie durmió en el convento; permanecieron en oración hasta maitines. Luego, se reunieron en asamblea. Ya de mañana, después del rezo de laudes, el Abad regresó a su celda y escribió:

 

Doctor:

Nuestra vida está orientada a rezar por las necesidades del mundo y de los hombres; estamos bien informados y sabemos quién es usted. Lo ha dicho muy bien: un hombre como yo solo puede intentar darle una respuesta desde la fe y decirle que solo Dios sabe hasta dónde lo persigue la sombra de su oscura culpa o, tal vez, la luz de un claro designio que le ha dado la posibilidad de conocer lo que pudo haberle ocurrido de seguir con esa vida de corrupción, de pecado y de muerte. Solo Dios lo sabe.

Por mi parte, solo puedo agregar dos consejos, y creo que deberá ponerlos en práctica urgentemente. En principio, y si aún es posible, haga todos los esfuerzos necesarios para reparar el mal causado a tantos desdichados y dispóngase a cumplir la pena material y espiritual que por ello merece. Un hombre de leyes como usted sabe cuál es el camino.

En segundo lugar, creo que tiene una misión que cumplir. Un compromiso por el resto de su existencia. Haga una lista de la gente que usted conoce y que aún persiste en ese nefasto mercado, escríbales y reláteles lo ocurrido. Quiera Dios que, si no es por amor a los hombres, si no es por el temor de matar a la juventud que asegura el futuro del mundo, si no es por miedo a las leyes humanas, al menos la posibilidad cierta de tan terrible eternidad los haga detenerse y salvarse. Y rescatar a muchos de una muerte segura en esta y en la otra vida.

A lo mejor así haya alguien que lo defienda en el tribunal de su conciencia, o en el de su destino sobrenatural.

 

El sobre llegó el dos de enero en medio de la confusión, y fue apilado junto a tantos otros con el mismo e infortunado destinatario, muerto la noche anterior mientras dormía.

LA ÚLTIMA CARTA