Tamikio L. Dooley
Era temprano en la
mañana de Navidad de 1996 cuando una nevada de siete pulgadas cayó sobre Aspen,
Colorado.
El aire helado congelaba a las
personas hasta los huesos. Los huesos también anhelaban sobrevivir en aquel
frío invernal.
Y el hombre seguía arrastrando a la
mujer por el bosque nevado, lejos de su cabaña.
Allí fue donde le había hundido el
hacha en el cráneo.
Después de sacar el hacha del
cráneo de la mujer en su cabaña, la miró a los ojos y la vio precipitarse al
abismo de la muerte. Estaban muy abiertos por el shock, y la sangre corría
entre ellos. Luego observó la enorme abertura en la parte superior de su
cabeza, donde el hacha había estado incrustada casi una hora antes. Su sangre,
que antes había circulado cálida por sus venas, se había congelado y ya no
fluía por ellas.
Se detuvo un momento y miró detrás
de sí mientras continuaba arrastrándola por el bosque cubierto de nieve. El
aire parecía volverse cada vez más gélido.
La arrastraba por su larga
cabellera rubia dorada, antes vibrante, ahora apelmazada de sangre y materia
cerebral. Le había abierto el cráneo y el contenido se había derramado sobre
aquellos ojos azules ya vacíos, junto con la sangre, que después se había
vuelto tan fría como la muerte misma.
El hombre pensó que el bosque
nevado era donde ella debía estar. Por eso la llevaba allí. O, más exactamente,
la arrastraba. Jamás la perdonaría por lo que le había hecho. Y verla mirándolo
con aquellos ojos azules después de aquello hacía hervir su sangre. Aquellos
ojos brillantes, ya no más brillantes, lo llenaban de furia. No soportaba
verlos. No soportaba verla.
Por eso había decidido matarla.
Esa era la razón por la que había
visitado su cabaña horas antes. Ella había confiado en él. Todas confiaban en
él. Había matado a otras mujeres antes que a ella. Y mataría a otras después. Todas
eran rubias doradas de ojos azules. Las odiaba a todas. Por eso esperaba al
invierno para asesinarlas. Llevaba demasiado tiempo. Pero no podía cambiar sus
planes. No podía cambiar la época del año en que las mataba. Y la mujer que
ahora arrastraba por el frío había sido la víctima perfecta para el día de
Navidad. Había pasado la noche en su cabaña. Había dormido con ella en su cama.
La había hecho gritar en la cama. Y había esperado la llegada de la madrugada
para despedazarla y arrastrarla. Había sido una de sus mejores víctimas. Así,
perdido en sus pensamientos, se internó más profundamente en el bosque nevado. Ni
siquiera se había molestado en cubrirla con una manta, una piel o una alfombra.
Estaba desnuda. Sus enormes pechos seguían balanceándose mientras la
arrastraba. La nieve se había acumulado en su vello púbico. Sus pies se habían
vuelto azules, igual que sus labios y sus rodillas.
Horas antes había estado
arrodillada sobre ellas.
Se detuvo junto a un árbol, aun
sujetando el cabello de la muerta con su guante negro de cuero, y dejó caer el
cuerpo casi congelado frente al enorme tronco. Se apoyó contra él y se dejó
resbalar hasta sentarse en el suelo. Agradeció llevar un traje para la nieve,
aunque tendría que lavarlo varias veces para quitar la sangre que había
salpicado sobre él durante el asesinato. Inspiró aire helado en sus pulmones
ardientes y, por un momento, olvidó dónde estaba. Después exhaló una nube de
vapor. Llevaba un gorro negro de lana sobre la cabeza cuadrada. Estaba muy
abrigado. Por desgracia para ella, no podía decirse lo mismo de la mujer muerta
y congelada que yacía a su lado.
La observó.
Aquellos ojos azules ya no lo
miraban a él. Miraban hacia el cielo, donde aquella noche había menos
estrellas. Y él sabía por qué. Porque había matado. Aquello era un regalo de
Navidad para el universo. Un universo en el que vivía desde los doce años. Desde
que su madre murió. Y desde que comprendió que nunca conocería a su padre. Volvió
a mirar a la mujer y la rabia regresó. Le dio un puñetazo en el rostro. Su cara
estaba helada. Y las manchas azuladas de su cuerpo se habían vuelto aún más
oscuras. Miró la rama de un árbol que se extendía sobre ellos. Pensó en
colgarla. Pero comprendió que no había llevado una cuerda. Se maldijo por ello.
Luego pensó en decapitarla. Pero recordó que no había traído el hacha. Ni
siquiera una sierra. ¿Con qué podría descuartizarla allí mismo?
Volvió a maldecirse.
Y terminó culpando de todo a la
mujer muerta, sin pronunciar jamás su nombre. No volvería a mencionarlo. No
entre sus labios cálidos. Porque los de ella estaban casi morados por el frío. No
quería dejarla allí. Sería un privilegio excesivo. Debía hacer algo antes de
que amaneciera por completo. Algo rápido. Pero para colgarla o descuartizarla
tendría que regresar a la cabaña en busca de una cuerda, el hacha o una sierra.
Y eso estaba fuera de discusión. Entonces recordó algo. Llevaba consigo un
cuchillo de caza. Se puso de pie, lo sacó, se arrodilló junto al cadáver y le
cortó la cabeza. La cabeza estaba casi congelada. Se alegró de haber comenzado
antes de que se endureciera por completo como el hielo invernal. Antes de que
amaneciera del todo, el hombre cortó cuanto pudo del cuerpo con el cuchillo de
caza, dejando tajos, arañazos, heridas y perforaciones porque no disponía de un
hacha ni de una sierra. Cuando terminó, volvió a maldecirse por haber ensuciado
otra vez su traje para la nieve. Todo para nada. Entonces llegó la plena luz
del día.
Tamikio L. Dooley es una autora
galardonada con múltiples premios. Ha publicado 170 títulos y 125 libros.
Escribe ficción y no ficción de géneros como crimen, suspense, misterio,
fantasía, historia, western, romance, apocalipsis zombi y paranormal. En su
tiempo libre, escribe cuentos, poesía, artículos, ensayos, libros sobre salud,
libros infantiles, diarios, libros de autoayuda, cultura, historia
afroamericana e historia. También es bloguera. Sus áreas de investigación y
estudio son la mentoría educativa, la salud y la historia.
