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lunes, 4 de mayo de 2026

PECADOS INFANTILES

Sándor Szélesi

 

También llegó el día en que ya no quedó lugar en el mundo para los pecados ni para los errores. Cuarenta mil millones de personas en esta pequeña bola de barro son demasiadas como para pasar por alto sus faltas.

Y había que empezar por los niños, porque a los adultos ya no se los podía corregir.

Dani fue uno de los primeros en quedar bajo el alcance de la nueva normativa legal. Hubo al menos cien testigos de su acto: los peatones, los conductores y los comerciantes detrás de los escaparates en el bulevar Szent István. Era una tarde de comienzos de junio, el sol brillaba, en el aire volaban drones móviles; al menos una docena registraba los acontecimientos y los subía automáticamente a la red. No había nada que negar: había ocurrido.

Dani acababa de cumplir tres años. Se hacía arrastrar por la acera; el pavimento estaba caliente, allí todavía no habían colocado los ladrillos solares, allí el viejo hormigón seguía irradiando su sequedad ardiente. El niño estaba fatigado, sin energía, como constaría después en los informes, y no le gustó que no le dieran helado. Szimi se lo negó. Pensaba que debía educar a su hijo, templar su carácter negándole lo que quería, porque tampoco de adulto obtendría todo; y si un padre ya ha dicho que no al helado, debe ser consecuente.

Dani, tras varios rechazos, empezó a hacer un berrinche. Gritaba, pateaba, giraba a un lado y a otro, hasta que, al caer de la acera, chocó contra un ciclista ecológico. El ciclista cayó y se hirió. Su madre ya sabía –para entonces ya había varios ejemplos en el mundo– lo que vendría después. A Dani lo mutilarían.

Un error o un pecado, y pierdes una parte del cuerpo. Dani pagó la lesión del ciclista con su dedo meñique. Pero su madre aprendió de aquel error… y aprendió mal, sacó una conclusión equivocada. A partir de ese día le permitió todo al niño, con tal de que no hubiera problemas.

Y de ahí surgieron problemas aún mayores.

Dani se volvió caprichoso, guiado solo por su propia voluntad.

En el jardín de infancia ya era agresivo con los demás. En el grupo de los más pequeños, eso le costó dos dedos.
—Pobre niño, yo no sé… —dudaba Szimi.

En el grupo intermedio le amputaron otros tres dedos.

—Esto no puede ser, es un error, mi hijo no es así…

Comenzó la escuela con solo dos pulgares. Aún eran suficientes para manejar la thinkpad.

Cuando en primer grado golpeó a un compañero con su propio teléfono inteligente, le cortaron el pulgar izquierdo. El derecho lo perdió por romper de una patada el vidrio de una puerta.

Y en segundo, ya en septiembre, tuvieron que amputarle el brazo izquierdo desde el codo.

Por entonces, en la Unión se debatía si cortar los dedos de los pies podía formar parte de la educación pedagógica, si tenía suficiente efecto disuasorio, si el niño en crecimiento aprendería de ello que hacer el mal es un pecado y que el pecado conlleva castigo, es decir, que debe asumir las consecuencias. ¿No son acaso demasiado pocos diez dedos para compensar diez faltas? En el debate, el lobby de los duros fue el más fuerte: el pie cuenta como uno, no como cinco. En Hungría lo llamaban simplemente la ley Kunta Kinte, por la que el ya considerado casi incorregible Dani pasó en tercer grado.

En cuarto perdió ambos brazos desde el hombro y la pierna izquierda desde la rodilla. Aun así logró garabatear la pared de la escuela. Por sus comentarios obscenos pagó con la pantorrilla derecha. Según los médicos que realizaron la amputación, el chico reía sobre la mesa de operaciones.

Para entonces todos sabían cómo terminaría. Todo el país, todo el mundo. Dos hemisferios, seis continentes, casi doscientos países.

A Dani solo le quedaban tres oportunidades. Szimi lloraba, se arrodillaba ante él, intentando hacerlo entrar en razón.

—¡Sé por fin un buen chico! ¡Sé un miembro útil de la sociedad!

Pierna izquierda: patear en los genitales al psicólogo. Un punto especialmente sensible tocado con la dureza del hueso de la rodilla.

Pierna derecha: orinar desde el tercer piso del reformatorio. Directamente sobre la delegación de Washington.

…y el último pecado de Dániel, a los once años: en la visita dominical, le dio un cabezazo a su propia madre.

Según la psicóloga asignada, simplemente perdió el equilibrio, ya que en ese momento el niño ya no tenía ni manos ni pies. Pero Dániel desmintió eso al confesar que actuó intencionalmente.

El tribunal aplicó la cláusula jacobina. La cabeza de Dániel fue separada de su cuerpo.

El niño se extinguió por completo.

Fue de los primeros, pero para entonces, en innumerables países, innumerables niños rebeldes habían tomado ese mismo camino. Los malos desaparecieron: algunos antes, otros después, pero al final todos los malos, los indisciplinados, los incorregibles desaparecieron… Y cada vez era más fácil hacer cumplir la ley.

Ya no quedó lugar en el mundo para los pecados ni para los errores, y se empezó por los niños, porque a los adultos ya no se los podía corregir. Se necesitan dos décadas, una o dos generaciones, pero el plan funciona, decían los diseñadores.

Y funcionó: al final, en el mundo solo quedó lo bueno y lo honesto. Adultos buenos y honrados, con dedos faltantes, sin dedos, sin manos o sin extremidades, sin manos ni piernas… pero solo quedaron los buenos.

Así fue como la Tierra se convirtió en un lugar habitable para todos nosotros.

Sándor Szélesi es escritor, poeta, editor y guionista, y dirige la Sección de Ciencia Ficción de la Asociación de Escritores Húngaros. Es autor de treinta y cinco novelas y aproximadamente ciento cuarenta relatos. Ha editado varias antologías y fue redactor jefe de la revista literaria de ciencia ficción y fantasía SF&F Átjáró entre 2002 y 2004, publicación que este año se relanza en formato de antología trimestral. A lo largo de su carrera ha trabajado también como director artístico en diversas editoriales. Por sus novelas y relatos de género fantástico ha recibido en ocho ocasiones el Zsoldos Péter-díj, y en 2007 la European Science Fiction Society le concedió en Copenhague el premio al mejor escritor de ciencia ficción. Junto a su pareja, escribe novelas románticas bajo el nombre Pálmai-Lantos Éva. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Novela Histórica. Además de su labor literaria, escribe guiones para cine y televisión, incluyendo series como En la línea de fuego y Hacktion, telefilmes como Pilato y Fiscal de la muerte, y largometrajes como La noche de los solteros. Es miembro de la Academia de Cine Húngara.

 

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