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martes, 21 de abril de 2026

HELICÓPTERO

Ramiro Gallardo

 



—Lo mejor es que nos vayamos. Espérenme afuera de mi despacho: voy a redactar la renuncia.

Plaza de Mayo era una hoguera, una batalla, una bomba que había explotado y estaba a punto de volver a explotar. Siendo las seis de la tarde ya se contaban varios muertos.

El presidente pidió papel membretado y una lapicera. Los pocos que lo acompañaban –sus hombres de confianza y uno de sus hijos– salieron. Una vez solo, observó el cuadro del general San Martín: la postura erguida, el sable corvo, la expresión enérgica del rostro. Este hombre murió en el exilio pensó. Intentaba auto convencerse de que su accionar tenía algo de incomprendido, o de heroico. Se sentó en el sillón de Rivadavia y cerró los ojos. Tenía el estómago vacío: así y todo, sintió ganas de vomitar. Ese mediodía apenas había almorzado un yogurt con gelatina. Lloró. Con la renuncia redactada a mano y ya firmada abrió la puerta de su despacho y fue al baño. Al regresar, el fotógrafo oficial lo retrató ordenando una vez más sus papeles.

—Gracias por todo, Víctor —dijo su voz conmovida. Abrazó al fotógrafo, firmó su último decreto y se dirigió al ascensor junto al canciller y al edecán.

Lo habitual era caminar hasta el helipuerto de la avenida Huergo, al otro lado de Alem, pero el jefe de la Casa Militar se había opuesto enérgicamente: no podía garantizar la seguridad siquiera para cruzar la avenida. Por eso, en lugar de hacer el trayecto como cada día, el presidente se dirigió hacia la terraza de la Casa Rosada. Isabel Perón había hecho lo mismo, veinticinco años atrás.

El mayor Zarza y el vicecomodoro Zarlongo, los dos pilotos, esperaban impacientes. Ya desde la mañana se venía anunciando que la rutina no sería la habitual. Desde la terraza observaban como espectadores de lujo todo lo que sucedía en la Plaza. Columnas de humo negro, manifestantes con piedras, policías a caballo, gritos, disparos. Cuando por fin aparecieron el presidente y su comitiva, el mayor les advirtió que debían bajar la cabeza porque las aspas estaban en movimiento. No habían apagado el motor en ningún momento: tenían prohibido posarse del todo sobre la superficie de la terraza: las tres toneladas y media del Sikorsky S76B podían hacer colapsar la losa endeble de la Casa Rosada, reparada tantas veces, repleta de fisuras y de goteras. El aire olía a caucho quemado, a nafta, a transpiración. El ruido del motor incrementaba la confusión reinante.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente, aturdido por el ruido de las aspas. El edecán lo tomó de la nuca y lo empujó hacia abajo. Ya adentro, a punto de despegar, el helicóptero comenzó a emitir un sonido poco común. Zarza y Zarlongo se miraron, confundidos.

—¿Qué pasa? —protestó el vicecomodoro.

—No sé, no sé… —respondió el mayor a los gritos—. Debe ser lo de siempre, la transmisión.

—La puta que lo parió. Iba a fallar, lo sabía, ¡pero justo ahora! —Zarlongo estaba que reventaba de bronca. Llevaba tiempo solicitando que revisaran el rotor de cola, pero los repuestos eran importados y del área de Logística argumentaban que no contaban con el presupuesto necesario. La crisis llegaba a todos lados. Se dio la vuelta y miró a los tres pasajeros.

—Señores, van a tener que descender —dijo sin titubear, y agregó—: sin ánimo de ofender, les pido que no se demoren. —Empezaba a salir humo, tenían el tiempo justo para volar hasta el helipuerto de Huergo.

—¿Qué dijo? —preguntó el Presidente a su edecán, aturdido por el ruido de las aspas.



Minutos más tarde estaban otra vez como al principio, en el despacho presidencial. Ahora, los tres solos: en la Rosada no quedaba más personal que el de limpieza, gente de seguridad y un ordenanza: el resto había partido apenas ellos habían subido al ascensor.

—A esperar otro helicóptero —sugirió el presidente, profundamente desganado.

—Imposible —respondió el canciller. A pesar de todo, era el único que conservaba algo de juicio—. No podemos permanecer acá un minuto más. La multitud está que arde, podrían tomar la Casa Rosada.

Un estremecimiento gélido recorrió vibrando los cuerpos del edecán y del presidente.

—¿Pero qué hacemos? —preguntó el edecán—. No podemos salir en auto, mucho menos caminando.

Entonces intervino el ordenanza, que hasta el momento se había limitado a observar la escena.

—Con todo respeto, si los señores me permiten, creo que valdría la pena que escuchen esto... —Hablaba mirando de frente, con una seguridad que ninguno de los otros tenía—. En la despensa de la cocina hay disfraces.

—¿Disfraces? Ja ja ja —rio con desgano el edecán—. Siga con sus cosas, por favor. Estamos resolviendo un asunto de extrema importancia.

Pero el canciller se interpuso.

—Momento —objetó—. No es mala idea. A ver —dijo ahora dirigiéndose al ordenanza— Traiga esos disfraces. ¿Hay caretas?

—Sobre todo caretas —respondió con entusiasmo el empleado devenido en protagonista del histórico momento. Una vez solos, el presidente hizo notar su desconcierto.

—Afuera está lleno de manifestantes —explicó el canciller— con pañuelos que les cubren la cara, máscaras, pancartas. Vestidos estrafalarios y de traje, ahorristas y militantes, hombres, mujeres, jóvenes, viejos: nada conserva el aspecto habitual—. Se detuvo, reflexionó. Intentaba ordenar las ideas—. Si logramos mimetizarnos, mezclarnos con la gente que protesta, podríamos salir caminando.

—Es posible… Habría que pedir que nos espere un auto, del otro lado de Alem— agregó el edecán.

—No —objetó el Presidente—. Cruzaremos la Plaza —La voz enérgica, ausente durante todo este tiempo, sorprendió a sus acompañantes.

—La plaza, ¿qué plaza, señor Presidente?

—La única Plaza— respondió sin que le temblase la voz—. Si la idea es pasar desapercibidos, debemos ir hacia donde haya más gente. No tiene ningún sentido salir por Alem: tres fantoches disfrazados llevando carteles de protesta. —Puso los ojos sobre el canciller, interponiéndose con la mirada a las objeciones que estaban por salir de su boca. El ordenanza apareció cargando algunas bolsas de consorcio.

Despejaron el escritorio –que quedó cubierto con ropa, antifaces, pelucas y caretas– y empezaron a cambiarse. Había indumentaria de trabajo, ropa deportiva, uniformes de granadero, policía y militares, blusas, guardapolvos y una campera de jean. El presidente apartó la campera. La colocó con ceremonia junto a un pantalón de jogging negro y zapatillas para hacer footing. El canciller y el edecán conservaron sus pantalones, pero cambiaron las camisas por remeras. La del edecán tenía un diseño batik multicolor: no necesitaba disfrazarse, llevaba apenas dos días en el cargo, pero si iba a acompañarlos no podía hacerlo de uniforme.

Faltaba lo más importante: las caretas. Había unas cuantas, la mayoría de personajes de Disney, monstruos, Yoda.

—Me quedo con esta— dijo el canciller agarrando la de Chewbacca. Una sonrisa infantil invadió por un momento su rostro. Continuaron: había caretas del Che Guevara, Gandhi, Perón, Menem, Felipe González. Envuelta con un repasador, una muy lograda máscara de caucho de De la Rúa. El presidente la tomó sin decir palabra. El ordenanza dio un indisimulable paso atrás.

—Alguno la habrá comprado para tener de recuerdo —murmuró.



El presidente y su máscara de caucho, el canciller Chewbacca, el edecán batik multicolor y el ordenanza –único integrante de esa comitiva estrafalaria que mantenía su aspecto original– caminaban en dirección a la Pirámide. Llevaban carteles con consignas políticas propias para la ocasión y jugo de limón para los gases lacrimógenos.

El sector de la Plaza más próximo a la Rosada se encontraba vacío de manifestantes. Aun así, la marcha resultaba difícil: el suelo estaba repleto de cascotes, botellas, vidrios rotos, trozos de madera y de hierro, vallados de protección y objetos de todo tipo. Montículos formados por restos de neumáticos y ruedas de bicicleta ardían más acá o más allá. Al aproximarse a la Pirámide –que apenas se distinguía a causa del humo– un jinete, cachiporra en mano, los amenazó tirándoles el caballo encima. Corrieron. Tenían que cruzar la Plaza, doblar por Bolívar y llegar hasta avenida Belgrano. Allí los esperaba un coche.

Divisaron el Cabildo. Esta parte de la Plaza era, literalmente, una batalla campal. Los manifestantes arrojaban piedras y todo lo que tenían a mano; la policía montada, sumida en un cóctel de violencia y miedo, no lograba contener a los caballos. Menos aún sus propios nervios. Motoqueros con la cara cubierta iban y venían haciendo rugir sus motores. Uno pasó rozando al canciller, llevaba una molotov que estalló cerca de un policía. La montada arremetió con todo.

El presidente observaba atónito detrás de su máscara de goma.

—Ohhh, qué se vayan todos… —clamaba un grupo de manifestantes desde el Cabildo, al albergue de los muros anchos de la galería.

—Vamos hacia allá —señaló el edecán. El presidente se dejaba llevar, aturdido. Uno de los manifestantes lo abrazó antes de que alcanzaran la galería.

—Aguante compañero. ¡Hay que tener huevos para llevar esa careta!

El ordenanza apareció por detrás y se sumó al abrazo. Temía que el presidente se deschavara.

—¡Hijos de puta, hijos de puta! —gritaba y saltaba como si estuvieran en la cancha. El presidente apenas se movía.

Un grupo de la brigada anti-disturbios comenzó a acercárseles. Unían sus escudos formando una especie de muro portátil. Llevaban cascos, máscaras anti-gas, chaleco antibalas y polainas de plástico. Amenazaban agitando los bastones. Parecían recién salidos de una película de terror.

Lejos de amedrentarse, los manifestantes no sólo se mantuvieron en su sitio, sino que se les sumaron otros, aguerridos, a hacerles el aguante. El presidente era el más firme de todos. Mantenía su posición duro como un poste.

—Así se hace, ¡a ponerles la jeta a estos hijos de la concha de su recalcada madre! —mascullaba su flamante compañero, apretándole el hombro. Los policías arremetieron con los escudos primero, con las cachiporras después. El presidente recibió un golpe en la frente de caucho y cayó hacia atrás. Antes de que tocara el suelo, el canciller alcanzó a retenerlo por los hombros.

Sangró, a pesar de que el espesor de la máscara amortiguó el impacto.

—Vamos, vamos —atinó a decirle el canciller—. Estamos a unos pasos de Bolívar.

Las puertas del Cabildo estaban abiertas, alguien había forzado la cerradura. Adentro, varios manifestantes –unos cuantos heridos de gravedad– se protegían de la represión. Otros juntaban fuerzas para salir a la calle. Atravesaron el hall sin detenerse. El canciller Chewbacca a la cabeza, el Presidente y el edecán detrás. Alcanzaron el patio trasero y salieron por Hipólito Yrigoyen. Cuando cruzaban Diagonal Sur, hacia Bolívar, se detuvieron: faltaba el ordenanza.

—¿Dónde está? —preguntó el canciller.

El edecán señaló hacia la Plaza. Tres policías lo llevaban a rastras mientras otro lo golpeaba y dos manifestantes pujaban por soltarlo. Lo lograron. Una lluvia de cachiporras cayó sobre los tres. El ordenanza sostenía en alto el cartel, único elemento de su disfraz: Que no quede ni uno solo.

Golpeados como estaban corrieron en dirección al presidente, que observaba todo haciendo caso omiso a los gritos del canciller.

—¡Vamos, vaaamos! —le gritaba desesperado. Uno de los heridos llegó jadeando hasta el desconcertado mandatario y se le colgó del cuello, colocándolo de barrera entre él y dos de los policías que venían detrás.

—Ayudame viejo. —La sangre que le chorreaba de la nariz manchaba la campera de jean del presidente, que empezaba a mimetizarse verdaderamente con el entorno. Uno de los policías levantó bien alto su escudo, como para tirárseles encima.

—¡Epa, culiau! —observó el hombre detrás de la máscara de De la Rúa. A continuación, con un movimiento torpe pero enérgico, se hizo un lado y le atestó a su agresor un tremendo puntapié en la ingle. El policía se dobló sobre sí mismo y, gritando de dolor, cayó al suelo.

—Buen golpe —festejó su protegido. El ordenanza los alcanzó junto con un nuevo grupo de apoyo, esta vez formado por chicas y chicos con pinta de universitarios que con ímpetu renovado se dirigían hacia el centro de la Plaza. Llevaban gomeras y mochilas repletas de cascotes.

—¡Vamos todos juntos, compañeros! —gritaba una piba de no más de veinte años.

—Aúpa carajo, ¡no podrán con nosotros! —gritó encolerizado el Presidente. Sus puños apretados sujetaban con fuerza el mango de la pancarta que llevaba en alto. Una chica giró la cabeza, sorprendida al escuchar el canto cordobés detrás de la máscara de caucho.

—¡Lo imitás muy bien!

—Aguante “Chupete” —agregó un pibe mientras lo tomaba de los hombros y lo empujaba hacia adelante. Se abrazaron los tres y, a los gritos, arrojando piedras, se perdieron en el humo de la protesta.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

martes, 2 de diciembre de 2025

-(CH2-CH2)-n

Ramiro Gallardo


A mi hija Clara, que junta cartón, envases de plástico y tapitas de gaseosa con la idea de hacer muñecos para el cumpleaños de Salvador.

 

Julián cerró la puerta del cubículo de “orgánicos” y abrió la de “reciclados”. Terminaba el año y la cantidad acumulada de papeles iba a ser la fiesta de los Recicladores. Depositó folios, cuadernos y fotocopias que ya no le servían en la picadora, atento a no incluir anillados ni forros protectores de plástico. Con una mezcla de alegría y algo de nostalgia observó cómo se pulverizaban algoritmos y estructuras de datos, ejercicios de simulación de sistemas y el trabajo sobre inteligencia artificial que tantos halagos le habían valido por parte de la titular de cátedra. Todo esto no le llevó más de tres minutos

Distinto era lo que se venía: el cubículo de “saneamiento ambiental” requería de mucha dedicación y cuidado. Un descuido, un olvido menor traería, como mínima consecuencia, una multa por parte del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable. Mucho peor eran las enfermedades que podrían generarse al contacto con alguno de estos residuos peligrosos.

El “Compartimento tóxico” –así se lo conocía popularmente– era requerimiento obligatorio en todos los hogares desde la sanción del Decreto 592/2029. Se trataba de una ampliación del anterior, diez años más viejo, en el que el gobierno de turno había autorizado el ingreso de basura contaminante proveniente de otros países. Con el pretexto de que se trataba de elementos provechosos para algunas industrias locales, lo que otros descartaban se convertía en objeto de deseo de países como el nuestro. La culpa era de los chinos, decían, que el primero de enero de 2018, a raíz de una campaña en contra de la llamada yang laji o “basura extranjera”, habían prohibido la importación de casi todo tipo de desechos plásticos. A partir de entonces, los siempre ávidos “mercados” habían fijado sus ojos en otros destinos: primero Vietnam, Malasia y Tailandia; más tarde Camboya, Laos, Ghana, Etiopía y Kenia. En 2019 la varita mágica le había tocado a nuestro país, que llevaba años esperando con ansiedad el arribo de capitales extranjeros y derrame de dólares. Ni capitales ni derrame: desechos contaminantes. Sonaba a chiste de mal gusto.

Julián se puso los guantes de nitrilo doble capa y abrió el suministro de basura tóxica semanal obligatoria. Recordó a su mamá, que retiraba doce y hasta dieciséis bolsas al mes. Qué vieja loca, pensó, arriesgarse así por la conmutación del ABL. Ella decía que daba igual, que con la basura obligatoria ya se había contaminado, que unas pocas bacterias más… Además, el ABL se había multiplicado por diez. Gente como ella, madre soltera, desocupada y sin casa propia, no tenía demasiadas posibilidades de elegir.

—Tenés que ver el lado bueno Julián —le decía—. Gracias al Gobierno tenemos la posibilidad de este ingreso extra.

–Pero mamá, ¿no te das cuenta del negocio que hacen a costa de todos? Quisiera ver a alguno de esos ministros tan ambientalistas dándole de comer a las putas orugas…


—Cuchi cuchis, ocuchuchas, origuchas...

Clara Kahlo observó su criadero de lepidópteras  (CH2-CH2) n a través del doble vidrio térmico de la pecera. El contacto con esta variedad de orugas no revestía, hasta donde se informaba, ningún peligro, pero el hecho de que su dieta estuviera compuesta a base de polietileno no generaba confianza. Si bien la crianza de esta especie se venía poniendo en práctica desde hacía tiempo, los estudios no eran lo suficientemente certeros como para descartar posibles infecciones.

Varias décadas atrás, una apicultora de Cantabria se había dado cuenta de que la plaga de parásitos en sus colmenas podía ser la solución al problema de los desechos plásticos. El hallazgo había sido tomado con optimismo a lo largo y ancho de todo el planeta, aunque finalmente se había transformado en un beneficio para unos pocos: los países pertenecientes al Sector Ambiental Secundario (antes llamados “países en vías de desarrollo”, “periféricos” o “tercermundistas”) se convirtieron, decretos y leyes engañosas mediante, en importadores de la basura tóxica generada por las grandes potencias mundiales. 

Clara Kahlo era artista plástica. Su Monumento a la Madre Tierra, realizado con desechos tóxicos, iba a ser un despelote. Una trompada en medio de la jeta cómoda del mundillo del arte afirmaba su galerista: un grito de protesta vivo decía la artista que homenajeaba, con su apellido, a su referente mexicana.

La realización de esta obra no era para nada sencilla. Al tamaño –cinco veces la altura de la artista– se le sumaba la dificultad inherente al manejo de residuos contaminantes. Clara construía una figura femenina a gran escala, tomando como modelo su propio cuerpo. Cientos de orugas comeplástico –así se las llamaba popularmente– se alimentarían de ella durante los treinta días que tenía para el montaje y los tres meses que durase la muestra. Los excrementos serían utilizados para abonar una huerta orgánica en el mismo espacio de exposición.

—Mierda, otra vez. —Clara dejó la bolsa de basura colgada de uno de los soportes del andamio y bajó con cuidado. Había improvisado un obrador antiséptico cerca de la puerta de entrada de la galería, allí guardaba varios mamelucos aislantes y docenas de guantes. Se quitó los que llevaba puestos, no sin antes observar el tajo cerca de la palma de la mano derecha. No tenía heridas. De todas formas, sabía que en pocas horas la piel más próxima a la hendidura se le pondría morada.


Julián terminó de peinarse, acomodó el cuello de su camisa y se colocó dos gotas de perfume. Esa noche su mamá iba a ser parte de una performance en la inauguración de la muestra de la renombrada artista Clara Kahlo en defensa del medioambiente.

La exposición tenía como sede la nueva “Galería del Transbordador”, un moderno edificio acristalado construido en lo alto de la vieja estructura metálica del Puente Transbordador Nicolás Avellaneda. En los accesos, uno del lado de Capital y otro de Provincia, el público debía colocarse trajes protectores contra partículas contaminantes en suspensión. Amigos y familiares de Kahlo, turistas, unos cuantos políticos y toda la farándula del mundillo del arte ascendían por los ascensores luciendo mameluco gris plomo, cobertores de calzado, guantes, barbijo, anteojos de protección ocular y cofia. Más que una muestra, parecía una convención de científicos o de astronautas.

La sala estaba toda cubierta de tierra. Tomates, zapallos, cebollas, remolachas y un variado repertorio de hojas verdes crecían con vigor aprovechando la gran exposición solar y el agregado fertilizante generado por las  (CH2-CH2) n. En el centro de este invernadero temporal, las lepidópteras se alimentaban de la gran figura femenina contaminante. 

Julián mataba el tiempo parado al borde de uno de los grandes paños de vidrio. Abajo, las luces de la noche generaban reflejos danzantes sobre las aguas negras del Riachuelo. Alguien se le acercó. Llevaba una bandeja repleta de vasos de plástico con tapa y pajita.

—¿Una copa de vino, jugo, gaseosa? —ofreció la voz simpática de una chica.

Julián eligió la “copa de vino”. Una válvula incrustada en el barbijo permitía acoplar la pajita y beber sin quedar expuesto a posibles partículas contaminantes. El vino no estaba mal. Apuró el trago, como para pedir una segunda copa, pero el movimiento de un grupo de personas vestidas con algunas prendas de color amarillo produjo un revuelo general. Avanzaban hacia la figura femenina con paso de ceremonia. Al llegar, formaron un círculo alrededor, de cara al público. Julián se acercó. Intentaba, sin éxito, identificar a su madre.

Una de las personas que realizaban la performance –la única con mameluco amarillo– era la mismísima Clara Kahlo. Se cercioró de que todos sus compañeros estuvieran en el sitio prefijado, alrededor de la escultura, y se sacó cofia, anteojos protectores y barbijo. Los colocó uno al lado del otro, prolijamente, en el suelo. Luego, comenzó a dar indicaciones. Uno a uno, quienes formaban el círculo fueron quitándose la prenda que les correspondía. La mamá de Julián, los guantes: levantó ambas manos mostrando las palmas repletas de verrugas y de ampollas; otros se descubrieron hombros, brazos, piernas.

Julián sintió ganas de vomitar.

La artista observaba cada movimiento con suma atención. Las pecas que regaban su rostro eran un bálsamo al lado de las mutilaciones que iban quedando a la vista. Una vez que todos hubieron expuesto sus úlceras, sus llagas, sus tumores, sus cánceres, dejó caer el mameluco que la cubría. Su cuerpo desnudo acaparó todas las miradas.

Un murmullo general e inmediatamente el silencio. Un grito de horror. Un movimiento incómodo, un morbo, inundaron la sala.

El cuerpo de Clara estaba infectado. Las piernas, el vientre, los pechos, el cuello, mostraban enormes heridas en carne viva. Más bien, observó Julián: en plástico vivo. Todo lo que no tenía piel era polietileno. Músculos, venas, arterias, tejidos, membranas. En los intersticios, entre glándulas y riñones, entre tendones y ligamentos, colonias de orugas (CH2-CH2) n cumplían con avidez su ardua tarea de biodegradado.

Julián se acercó a su mamá, la agarró del brazo y la llevó sin que ella opusiera la menor resistencia. Lágrimas de plástico brotaban de sus ojos tristes y lo miraban empañando los anteojos de protección ocular. A la salida, la misma chica que, minutos atrás, le había ofrecido bebidas, repartía souvenirs. A Julián le tocó un racimo fresco de hojas de acelga recién cortada.

Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos o Habitante del espacio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus “Cuentos de terror playero” forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Ha escrito y colaborado, entre otros medios, con El Anartista entre 2017 y 2021, con la sección de cultura de Agencia Paco Urondo entre 2018 y 2022, y con revista Entredicha en 2024 y 2025.

sábado, 4 de mayo de 2024

SARA


Ramiro Gallardo

 

Nos acercamos hasta la calle Brasil. La ciudad era un hervidero, se decían muchas cosas feas. Yo caminaba pegada a papá. El barrio estaba convulsionado: el país estaba convulsionado. Pasados diez años de haber bajado del barco seguía viendo todo como desde afuera, el brazo de papá me apretaba fuerte. Llegamos hasta la casa del Peludo, así le decían. Hordas encolerizadas entraban corriendo, se escuchaban gritos y caían cosas desde las ventanas. Recuerdo especialmente la cama de hierro, la tiraron desde el primer piso y se estrelló contra el asfalto. Volaban remedios, ropa, libros. Sobre todo libros. También el reloj; se lo regalé a mi nieto años atrás, cuando nació su tercer hijo.

Poco antes de que arrojaran la cama yo había logrado soltarme para acercarme hasta un baúl de madera pintado de azul. Se habían zafado los herrajes y estaba a medio abrir. Papá me rescató antes de que unos fanáticos se abalanzaran a rapiñar lo poco que había adentro: libros, sábanas, colchas. Alcancé a agarrar el reloj. Cuando todo pase voy a devolverlo, pensé. Pero me lo quedé.

Llevaba grabada la insignia de Casa Escasany Hermanos, una importante joyería y relojería de Buenos Aires. Plata 900, dos tapas y corona, con cronómetro. Lo escondí entre mis vestidos, como un tesoro, pero un buen día apareció apoyado sobre la repisa del comedor.

Papá lo quería al Peludo. Todo mentira, habladurías para poner al pueblo en contra del Caudillo decía, la gente no es estúpida. Se ponía rojo cuando escuchaba algunas cosas, aunque callaba. Yo también callaba cuando bajé del barco, me decían gallega. No respondía. Mamá insistía con que teníamos que ser dos señoritas, mi hermana y yo: no había que contestar. La pasábamos mal. No entendía por qué nos trataban así, era muy chica. Después crecí y todo eso de la gallega se fue transformando en una broma, cuando mis nietos vienen a casa los domingos se ríen y yo también, pero todavía no entiendo. ¿Cuál es la gracia? Me angustio, porque me recuerda al pueblo, a los abuelos que quedaron allá, a la tía Dolores, a la tía Ana. Ninguna vino al puerto a despedirse, no querían que las viéramos llorar. Igual yo las vi, escondidas detrás de una ventana empañada. Tantas cosas… Así y todo amo tanto este país. Acá lo conocí a Alberto, tuve a mis tres hijas. Salimos adelante.

Cuando mamá me dijo que nos íbamos a Buenos Aires no lo podía creer. Me sentí feliz, pero también tuve miedo. Es que a papá no lo conocía, salvo por las cartas que llegaban muy cada tanto. Esas pocas letras flotaban en mi cabeza durante meses hasta que llegaba la carta siguiente. Papá decía que algún día íbamos a ir con él, y esa era para mí la fantasía más hermosa. Mamá no quería, pero el abuelo Paco le dijo que si no íbamos, papá podía formar otra familia en Argentina. La obligaron a hacer el baúl. Cuando subimos al barco supe que nada iba a ser como lo que había soñado. Me despedí de mis abuelos, nunca volví a verlos. El abrazo con Francisco voy a llevarlo en mi cuerpo hasta que muera. Y Gregoria, cuanto te quise, cuanto te extraño. Allá quedó, en Entienza, junto con la huerta, el molino, la iglesia, las casas de piedra. Dejé parte de mi alma. Pero la dejé allá, y allá quedó: me volví argentina de cabo a rabo. Mi patria es esta y la española que fui al nacer murió cuando bajé de aquel barco miserable y conocí a mi papá. Mi hermana, en cambio, nació en Buenos Aires. Siempre se sintió mucho más española que yo.

Mamá era tímida, y era tonta. El abuelo Paco había sacado pasaje en tercera, teníamos cama, pero otras mujeres se la quitaron y tuvo que dormir en el suelo. Todo el viaje estuvo vomitando. A mí me cuidaban unas señoras. En Buenos Aires seguía deprimida, papá la llevó a un doctor y a otro y hasta fueron a ver a una curandera, la Madre María. Un médico dijo que estaba enferma de melancolía y que si no regresaba a España se iba a morir. Como no teníamos dinero para el viaje y mamá no podía hacerlo sola, se tuvo que quedar. A mí me llevaron a casa de Dina y Rosa, mis primas, hasta que se puso mejor.

Papá era muy divertido. Le gustaba salir, ir de baile. Mamá era más de casa, así que lo acompañaba yo. Era su chaperona. De chiquita me llamaba, ¡vení, Sara! Yo iba corriendo, pero nunca jugó conmigo. El primer regalo que me hizo fueron unos soldaditos de plomo. Cuando empezó la guerra yo tenía 23 años. Papá iba a reuniones, habían formado un grupo, “Hijos de Entienza”, se juntaban en casas. Una vez lo acompañé a un encuentro más importante, en Iberia, un bar sobre Avenida de Mayo. Todos eran hombres, algunos muy jóvenes. Siendo la única mujer tenía mucha vergüenza. Se hablaba de lo que pasaba en España, los que podían comprar el diario contaban las últimas novedades. En casa no alcanzaba la plata, había que ir hasta La Prensa para enterarse de las últimas noticias que publicaban en la cartelera móvil. También estaba la radio. Pero en esos encuentros lo que parecía más importante era lo de acá, quiénes estaban de un lado y quiénes de otro. Se hablaba por turnos, con mucho fervor. Algunos juntaban plata para imprimir volantes y pancartas o para mandar, para ayudar a los que estaban allá, luchando. Se lanzaban consignas, se anunciaba el próximo baile. También estaban los que organizaban revueltas, casi siempre eran anarquistas. Papá se llevaba bien con ellos, pero nunca participó en nada violento. Hasta donde sé. Aquella noche me di cuenta de que tenía el reloj, lo llevaba en el bolsillo. Miró la hora y me dijo que nos íbamos, así, de repente, justo cuando un grupo corría hacia afuera con botellas vacías. Doblaban hacia la calle Salta, salimos hacia el otro lado pero alcancé a ver cómo se armaba la trifulca. Se tiraban con las botellas y piedras y cualquier cosa que tuvieran a mano. Lo miré a papá, como preguntando. Él tenía tanta rabia… Fascistas, balbuceó, y no dijo nada más. Masticaba bronca. A partir de esa noche, tuve claro que sabía a quién había pertenecido el reloj: lo llevaba cada vez que iba a alguno de estos encuentros. Yo lo adivinaba, por el vacío en la repisa del comedor.

Esa noche del bar, cuando regresamos, mamá se enteró de que papá me había llevado… ¡Puso una cara! Pero no dijo nada. Dominga era de pocas palabras, introvertida, y prefería que yo lo acompañara. A veces iba mi hermana. Me acuerdo de aquella noche en el Luna Park, estaba de lo más paqueta con el vestido blanco y rubia como era. Le habían dado una canasta con claveles rojos y los repartía junto con su sonrisa tan linda.

Una vez encontré un cuaderno con tapa de cuero y divisores de papel de seda, muy cuidado, y adentro una revista. Era un número de El Agrario, impreso en marzo de 1919. En una de sus páginas, recortada y vuelta a pegar, había una foto en la que aparecía papá en medio de “un grupo de conocidos vecinos de aquella localidad”. Eran todos de Entienza, y fue ahí que terminé de corroborar que papá era anarquista. Yo no sé de política, nunca me involucré demasiado pero él sí creía, que las cosas podían cambiar, que este país tan nuevo y tan efervescente era una tierra de oportunidades. Y cuando estaba el Peludo trabajaba el doble, pero contento, y en casa todo parecía que iba mejor. El plato de puchero era el mismo de siempre, pero sabía más rico. Por eso aquel día, cuando se supo lo del golpe, salió a la calle y caminó con paso firme hasta la casa en la calle Brasil. Creo que esperaba que pasara algo, que el pueblo saliera a la calle a defenderlo. Nos quedamos un rato largo viendo cómo volaba de todo desde la ventana.


Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos, Un lugar para vivir cuando seamos viejos o Galpón Estudio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus Cuentos de terror playero forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Desde 2017 escribe en El Anartista, y desde 2018 en la sección de cultura de Agencia Paco Urondo.

 

miércoles, 24 de abril de 2024

CONSISTENCIA GELATINOSA

 Ramiro Gallardo



Llega un extraterrestre, baja de su astronave rodeado de curiosos, la prensa, el presidente. Es, contra lo que cabría esperar, verde. Y blando. Todo lo demás también parece sacado de una poco original historieta de ciencia ficción: nave chata y circular, parietales desproporcionadamente grandes, gran cantidad de ojos redondos, sin párpados. Desciende por la inconfundible rampa plateada.

Un equipo a cargo del primer contacto, compuesto por prestigiosos ufólogos y lingüistas, se acerca. El Ser los esquiva con sorprendente habilidad. Sus movimientos aluden a un amague futbolero: me mando por acá pero te paso por el otro costado. Desconcierto de los lingüistas, no tanto de los ufólogos, como es lógico. Queda cara a cara con el presidente, que extiende su mano. El alienígena duda, pero parece comprender y prolonga también él una extremidad. Gran momento. Quedará plasmado en los Anales de la Historia.

—Chocá esos ocho —esboza el primer mandatario.

—Pico largo nariz corta —responde el extraterrestre mientras enrolla cinco de sus largos tentáculos en los dedos del presidente. Con los tres restantes le hace cosquillas bajo la axila. Todos ríen. El Ser es un tipo de lo más agradable.

 

Fiestas, recepciones, agasajos. Inauguraciones de muestras en museos, apertura de festivales, entrevistas en la tele. El extraterrestre se codea con la crema de la ciencia, el arte y la farándula. Va a ver el clásico de Avellaneda. Visita el Planetario. Está alojado en la Suite Presidencial del mejor hotel de la ciudad.

En un té canasta organizado por la Sociedad de Beneficencia "Coronel Isidoro Peñaloza" de General Rodríguez, el exótico forastero del espacio sideral dice llamarse Nostromo. Se trata de una simple coincidencia, una mala jugada del azar, pero resulta inevitable pensar en el “Octavo Pasajero”. Automáticamente se gana la desconfianza general. Suspenden la visita al café Tortoni y, de más está decir, la partida de naipes queda trunca. Nostromo se retira indignado, no le gusta que hayan suspendido el juego por la mitad. Mucho menos cuando estaba a punto de robar el pozo.

El hotel 5 estrellas en el que se aloja lo declara persona non grata. Es desplazado a una pensión de medio pelo en el barrio de Monserrat.

 

El conserje se llama Daniel Méndez, un tipo al que no le va ni le viene. Exige la semana paga por adelantado. Una vez que se retiran los últimos reporteros y funcionarios, el Ser le pregunta qué hay por la zona. Para relajar, tomar algo, ver chicas lindas.

—Mirá, pibe —dice Méndez mientras traslada con un peine calidad Mascardi el poco pelo que le queda hacia el centro de su calvicie—, con semejante jeta no te van a dejar entrar en ningún lado. Andá al “Madison”, acá a la vuelta: fútbol en directo, vino de cajita, y pool. Más no se puede pedir.

Pero el Ser necesita otra cosa, joda intensa. Sale a la calle y enfila para el lado de Constitución.

 

Se desplaza por la calle Salta hasta Brasil. Luce saco colorinche con flecos plateados, camiseta musculosa blanca, pantalones ajustados a sus múltiples piernas. Lo encaran putas y travestis, pero él jamás ha pagado por sexo y no será esta la primera vez: su experiencia le indica que bicho nuevo corre con ventaja entre chicas locales, por lo exótico, lo extravagante. Entra en un lugar ruidoso de luces bajas y tipos rudos. Se acoda contra la barra. Pide un Gancia, seco.

—Acá se sirve cerveza, vino o Fernet —indica el barman con cara de pocos amigos. El lugar no parece el adecuado para gente de su clase. Sin embargo, y gracias a sus múltiples ojos, cruza la mirada con la de una bella muchacha que anda por ahí, junto a otras chicas de cortas minifaldas y pechos turgentes.

Con el vaso de tinto enfila hacia el grupo de buenas mozas que cuchichean y se ríen y mueven sus sedosos cuerpos al compás de la cumbia.

—¿Solita, linda?

Ella sonríe, pero no responde.

—Noté que me estabas mirando —insiste. La chica gira hasta quedar frente a frente. Ojos con ojos y más ojos. Parece cautivada. Las amigas se distancian con disimulo y arranca el primer baile de la historia entre un ser humano y un alienígena. Suena Damas Gratis.

Acá llegaron los jamaiquinos,

acá llegaron los jamaiquinos,

avivate y pasame un fino.

Mirá esa zorra como baila,

mira esa zorra como baila,

hasta abajo mostrando la tanga.

Hasta abajo mostrando la tanga.

 La piba mueve el culo con potencia. Nostromo, que siente cómo se le activan los centros del hipotálamo, sacude el organismo desparramando virtuosismo sobre la pista de baile. Pocas veces se ha visto en el barrio tal despliegue de extremidades y tentáculos. No pasa mucho tiempo sin que se corra la bola, llega gente de todos lados, el boliche arde. Se baila al palo. Ella le enseña lo que es un buen perreo y el Ser descubre el “rozamiento”, práctica desconocida por sus latitudes. Se entusiasma; se desorienta; se descoloca. No puede parar de frotar, cosa que al principio resulta del agrado de la joven hasta que la cosa se va de mambo. El tipo va demasiado rápido. Ella intenta liberarse, pero son demasiados los apéndices que la sujetan. Cuando se libera de uno ya está avanzando otro y otro más que le toca las tetas, el culo, la concha. El Ser va volviéndose paulatinamente más viscoso y resulta imposible despegarse, está envuelta por toda una gelatina verde adhesiva y tambaleante. Entonces, en un intento desesperado, la muchacha lo muerde, arrancando un cacho de cuerpo. La carne se desprende más fácilmente de lo que ella hubiera imaginado. Distingue con claridad la marca de la mordida. El alienígena tiene gusto a gelatina de manzana. Muerde de nuevo. Otra vez. Una vez más.

Nostromo, a pesar de ser insensible al dolor, no es estúpido, y rápidamente se da cuenta de que lo están devorando. Se asusta, pero es tarde: la señorita, que a esta altura de la noche tiene hambre, mastica sin parar. Para peor se prenden las amigas y un pibe al que la gelatina de manzana no le agrada, pero que ve en la masticación conjunta una oportunidad para levantarse a una de las pibas, cosa que logra después de ingerir un cacho de tentáculo entre risas y más risas y pedazos de alienígena que pasan de boca en boca al ritmo de la cumbia.


Ramiro Gallardo nació en Buenos Aires en 1974. Es arquitecto y escritor, profesor en la FADU, UBA, e integrante de varios colectivos como Pequeños Urbanismos, Un lugar para vivir cuando seamos viejos o Galpón Estudio, siendo este último en el que desarrolla mayormente su actividad profesional. Sus Cuentos de terror playero forman parte de la antología del Cuento Digital Itaú 2012; “Bajo el agua tomando el té” resultó finalista de ese mismo concurso en 2014. En 2015 “La casa en el médano” obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Relatos Patricia Sánchez Cuevas. En 2016 quedó finalista con “Capítulo 89” en el XV Certamen de Relatos Pilar Baigorri. Su cuento “Dos veces en Bolivia” forma parte de Estaño y Plata, antología boliviano–argentina de ficción especulativa. Desde 2017 escribe en El Anartista, y desde 2018 en la sección de cultura de Agencia Paco Urondo.

JULIA DREAM