Ramiro Gallardo
Las cubiertas rechinaron dejando rastros de caucho sobre el asfalto. Otra curva como ésta y no la contamos, pensó
el despachante de aduana mirando de reojo a la Princesa. Conocía muy bien estos
caminos. El Megane 95 no podía levantar demasiada velocidad, pero esto
importaba poco: ir a más de ciento veinte por esta ruta zigzagueante hubiera
sido comprarse un boleto de ida directo al cementerio.
Cuando terminó el asfalto soltó un poco el acelerador: a
partir de allí era todo ripio. Tenían que llegar al refugio de playa: sesenta kilómetros
de subidas, bajadas y curvas bordeando el acantilado. Contaba con el camino
como aliado para dejar atrás, por fin, al abogado y su estúpido auto deportivo.
Miró por el espejo: la nube de polvo que levantaba al avanzar ocultaba a su
perseguidor y lo obligaba a mantener distancia.
Transformado por la tensión de la huida, el camino –sinónimo
de vacaciones, sol y playa– se veía diferente. Los médanos cubiertos de yuyos y
el mar turquesa eran ahora un fondo apenas perceptible. La sombra de un águila
mora se deslizó apenas por entre los médanos y algo de verano regresó a su
mente, pero un grito de la Princesa lo obligó a despabilarse: el auto deportivo
del abogado apareció como un rayo por entre la nube de polvo, justo en la
bajada donde los médanos se abren y dejan ver el borde del acantilado. El
despachante de aduana aceleró a fondo e intentó una maniobra intrépida, pero el
ripio le jugó una mala pasada: el auto se desvió de la huella, patinó y salió despedido
hacia el abismo. Durante los pocos segundos que duró la caída se le cruzaron
por la cabeza mil y un pensamientos. Antes de estrellarse, reflexionó sobre lo
irónico que resultaba morir cayendo en este punto exacto: pensar que siempre quisimos bajar acá, justo acá. Había descubierto
estas playas años atrás, viajando con la Princesa. Ella era la secretaria del
contador de la oficina contigua a la suya, unas habitaciones cualunques con
divisiones de durlock y baño compartido en un edificio venido a menos del
microcentro. Se llamaba Silvia, pero cuando arribaron a estas playas se
despojaron de sus nombres. Él pasó a ser el Perro de las Praderas, medio hombre
medio bestia y metro sexual. Ella despejó de su mente todo lo relacionado con
la vida en la ciudad y se convirtió en la Princesa del Acantilado.
Fueron felices hasta donde pueda imaginarse y se
apropiaron para siempre de estos paisajes. De los médanos llegando al borde del
abismo, de los loros barranqueros, las águilas moras, los choiques y los lobos
de mar. Y de este lugar particular donde, pasando una serie de curvas, los
médanos se abrían hacia el oeste enmarcando la playa virgen que, con marea
baja, descubría escolleras de roca mágicas repletas de cangrejos, anémonas y
ostras fosilizadas. La gente de la zona se jacta de haber descendido acá o allá
con escaleras de soga: todos quieren
tener su propia bajada les había dicho el que atendía la despensa. Y ésta
iba a ser de ellos algún día: la bajada de la Princesa y el Perro.
Desde el pueblo, último lugar al que llegaba el asfalto, seguía
varios kilómetros de ripio y unas cuantas playas escondidas. Algunas con bajada
natural, otras con fallas artificiales y, en algún punto cualquiera, un sendero
que llegaba a un viejo faro de hierro oxidado. Allí, en medio de la nada, sin
electricidad ni internet y tres o cuatro casas con paneles solares, el Perro y
la Princesa habían reservado un lote sobre un médano con vista al mar. El lote se
pagaba en cuotas a un precio razonable y, si se contaba con el dinero necesario,
podía agregarse una mínima casa container con deck y pérgola. La casa se
montaba en tres meses, pero los ahorros alcanzaban apenas para las primeras
cuotas del lote. Terreno y casa implicaban un desembolso demasiado oneroso para
una secretaria y un despachante de aduana que trabajaban en unas oficinas medio
pelo en el microcentro porteño: ahí entró en juego el abogado.
Era un tipo bromista y algo jactancioso. Tenía su
despacho en el mismo edificio pero ocupaba un piso completo. Se conocían de
pasillo. Dos o tres veces el abogado había requerido tanto de los servicios del
contador –el jefe de Silvia– como del despachante. En alguna charla de ascensor
le habían comentado algo sobre estas playas y un día cualquiera, sin previo
aviso, apareció por el pueblo con su auto deportivo y una novia de labios
gruesos y cejas perfiladas que poco tenían que ver con los choiques, los loros
barranqueros y las anémonas. Ante su presencia, la Princesa y el Perro de la
Pradera volvían a ser la secretaria y el despachante de aduana. El abogado los
invitaba a tomar un cóctel en el parador de playa o un vermut a la puesta de
sol en la terraza de la hostería. Lo hacía de forma tan amable e invasiva que
resultaba imposible negarse. Las conversaciones giraban siempre alrededor de ese
lugar perdido y mágico sobre el que los había oído hablar alguna vez entre la
planta baja y el quinto piso del edificio de oficinas.
—Este lugar está bárbaro… —comentaba entre rebuscados
ademanes y miradas cómplices con su novia—. ¡Cómo será ese paraíso oculto del que
tanto me hablaron! —En momentos como ése afloraba el orgullo de la Princesa y
el Perro de la Pradera dejaba ver sus fauces de fiera defendiendo su territorio.
Respondían con miradas esquivas o bromas forzadas, actitud que exasperaba al
abogado: su obsesión por ese secreto tan bien guardado iba en aumento.
Finalmente les propuso el negocio.
—¿Cuánto les falta? —preguntó con aire triunfal. Él ponía
lo que faltaba y ellos irían devolviendo su parte mes a mes hasta completar el
cincuenta por ciento. El uso sería compartido, enero para ellos, febrero para
el abogado. El resto del año cada uno podría usar la casa cuando quisiera,
previo aviso, para no superponerse. Olía mal, pero la avidez por cerrar la
compra del lote y la casa container los hizo entrar como caballos. El abogado
puso billete tras billete sobre la mesa.
Iba a cagarlos, cualquier gil se hubiera dado cuenta, pero
no abrieron los ojos. Fue la novia de labios gruesos y cejas perfiladas quien lo
hizo por ellos.
—Es abogado —les dijo, solo eso, haciendo hincapié en la
palabra abogado. Ellos entendieron y, al rato, rajaban con la plata. Pensaron
que no iba a darse cuenta hasta la noche, pero algo sucedió –a estos tipos es
difícil cagarlos– y cuando pensaban que se habían salido con la suya, lo vieron
por el espejo retrovisor. El Perro aceleró con todo, pero el camino era
demasiado sinuoso y el auto patinó a la primera curva.
Las cubiertas rechinaron dejando rastros de caucho sobre
el asfalto. Otra curva como ésta y no la
contamos, pensó el despachante de aduana mirando de reojo a la Princesa.
Conocía muy bien estos caminos. El Megane 95 no podía levantar demasiada
velocidad, pero esto importaba poco: ir a más de ciento veinte por esta ruta
zigzagueante hubiera sido comprarse un boleto de ida directo al cementerio.
Cuando terminó el asfalto soltó un poco el acelerador: a
partir de allí era todo ripio. Tenían que llegar al refugio de playa: sesenta
kilómetros de subidas, bajadas y curvas bordeando el acantilado. Contaba con el
camino como aliado para dejar atrás, por fin, al abogado y su estúpido auto
deportivo. Miró por el espejo: la nube de polvo que levantaba al avanzar
ocultaba a su perseguidor y lo obligaba a mantener distancia.
Transformado por la tensión de la huida, el camino –sinónimo
de vacaciones, sol y playa– se veía diferente. Los médanos cubiertos de yuyos y
el mar turquesa eran ahora un fondo apenas perceptible. La sombra de un águila
mora se deslizó apenas por entre los médanos y algo de verano regresó a su
mente, pero un grito de la Princesa lo obligó a despabilarse: el auto deportivo
del abogado apareció como un rayo por entre la nube de polvo, justo en la
bajada donde los médanos se abren y dejan ver el borde del acantilado. El
despachante de aduana aceleró a fondo y el abogado intentó una maniobra intrépida,
pero el ripio le jugó una mala pasada: el auto se desvió de la huella, patinó y
salió despedido hacia el abismo. Durante los pocos segundos que duró la caída
al Perro de las Praderas se le cruzaron por la cabeza mil y un pensamientos. Atinó
a frenar el auto, pero una mirada de la Princesa lo hizo cambiar de opinión.
Antes de que el abogado se estrellase, reflexionó sobre lo irónico que
resultaba que cayera en este punto exacto del acantilado: pensar que siempre quisimos bajar acá, justo acá.
Siguieron camino. Con la plata del abogado comprarían el lote, la casa container y una escalera de soga. La bajada del Perro y de la Princesa estaba más cerca que nunca.

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