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sábado, 22 de agosto de 2026

AQUÍ Y EN EL MÁS ALLÁ

Gerardo Horacio Porcayo

 

Levanta la vista con algo más que cansancio. Sus movimientos son discordantes, erráticos. Por el rabillo del ojo alcanza a distinguir una silueta conocida.

—Te hacía en Milton —comenta Jack Rompesoles, sin sorpresa, arrastrando las palabras. Su lengua torpe. Luego vuelve a hundir la mirada en el vaso de Láudano.

—Mmm... Lo mismo me dijeron los otros... Seguro que algo les pasó durante la transición por el hiperespacio. Tienen la mente torcida.

—Como si eso fuera novedad —barbota Jack, aburrido. —Es casi una exigencia tener el coco volado, mi querido Ruperto, para entrar en este maldito cuerpo de exploración.

—Un Infierno Verde doble —pide Ruperto al cantinero— y un Jim Beam de Chaser...

—El mismo Ruperto de siempre... La misma mierda de siempre... estoy harto de viajar en esas malditas teteras voladoras, de las pinches estaciones de tránsito, de sus alcoholes adulterados, de que jamás pase nada.

—Estás loco...

—Eso ya lo sabemos...

—Obtuvimos lo que queríamos. Viajar. Siempre en constante mudanza. Saltar soles, explorar mundos, enfrentar alienígenas monstruosos. Nuestra vida es puro cambio...

—Sí, sí. Por supuesto. Oh maravilla de maravillas.

—Mírate a ti mismo —dice Ruperto, obligándolo a enfrentar el azogue —. Estás lleno de cicatrices y condecoraciones. Tu traje raído. ¿Qué ya no recuerdas cuanto odiabas aquel uniforme inmaculado, de insignias brillantes? Tu traje es testigo del cambio y la transformación. Tu pelo largo, la barba, como te admiran los cadetes...

—Mierda, todo es mierda.

—Mira a tu alrededor. ¿Acaso imaginaste alguna vez un paisaje como este? —dice Ruperto, suspirando, girando 360 grados y señalando el horizonte que se extiende tras la esfera transparente que es el bar—. Es como estar en un mal viaje de LSD, caos de colores, volcanes ardientes, montañas que gravitan, se desplazan por el aire y derriban cohetes y platos voladores...

—Una mierda...

—Acuérdate de tus sueños infantiles, de...

—¿No te cansas de repetir el mismo casete? Don Ruperto el Empático. Alivio de los pobres y los deprimidos. Me das asco.

—Mírame Jack —dice Ruperto, concentrándose en su tono de voz.

—Guau. Viva. Hurra. Te cortaste el cabello, gran cambio.

—No dejes de mirarme —ordena Ruperto y su voz ya troca.

—Magnífico. Al fin conseguiste el deformador holográfico... También debiste conseguir un software de imágenes, para suplirte el cerebro. Tu sueño hecho realidad y lo único que se te ocurre es transformarte en demonio estilo Doré...

—Imbécil —dice Ruperto, y su voz cimbra la cristalería, la misma estructura del bar—, no me vas a aguar mi fiesta. A mí, lacayos —vocifera.

De todos los rincones, de cada una de las mesas, surgen figuras contrahechas, reptantes.

—Me has convencido, cantinero, sírveme otra — pide Jack con un atisbo de sonrisa.

—No es el Láudano, mi querido Jack Rompesoles...

—De todos modos sírvelo, cantinero...

—Tampoco es un proyector holográfico. Estás en el infierno...

—Que suenen las fanfarrias —dice Jack y bebe con lentitud, mientras explora sus alrededores. El horizonte ya no es cristal, visión caótica, sólo cuerpos deformes cerrando formación.

—Deberías estar asustado —comenta Ruperto.

—Esto no es mejor ni peor que la superficie del cuarto planeta de Algol.

—A él, lacayos.

Las figuras se ciernen sobre Jack. Múltiples manos lo apresan y elevan sobre cabezas cornadas.

—Ahora, ya sin más preámbulos, sufrirás la peor de las torturas. Entiéndelo de una vez Jack, esto es el infierno. Moriste durante el salto hiperespacial y te espera el tormento eterno...

Jack mira una vez más a Ruperto.

—Demonio. Y una lágrima escapa de su ojo derecho.

—¡Ah, al fin te ablandas!

—¡Dioses y demonios —clama Jack—, hasta en el más allá tenían que ser tan poco originales! 


Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

domingo, 19 de abril de 2026

EN SANTO MATRIMONIO

 Gerardo Horacio Porcayo

 

—Aquí hay gato encerrado —dijo la abuela Obdulia cuando llegó el carruaje, la gran Limo Hummer negra, minutos después de que su nieta arribara en un Licoln X-100 descapotable, justo del modelo en que muriera JFK.

—Dios, pero qué celos, mamá ... Deja de buscarle tres pies al gato— Son sólo estrategias para evadir a la prensa —contestó Lucinda.

Las calles empedradas, la pequeña capilla gótica, antiquísima. Era como haber escapado de la ciudad, de la misma modernidad hacia el interior de un bosque encantado. Todo, de hecho, parecía salido de un cuento de hadas. O casi todo, si uno se ponía a descontar la pandemia y la visión de la gente con sus máscaras en la calle.

Había sido una monserga mantener el secreto del lugar, mantener a raya a los parientes, a las habladurías todas... Convencer al mismo guía espiritual familiar de asistir a esa capilla y de la necesidad de supervisarlo todo y celebrar la misa a las cinco de la tarde, horario inusual que tras largos debates habían concebido como el único aceptable para las dos partes.

La orquesta de cámara, la caminata por la alfombra y las palabras del sacerdote hablando del sagrado ministerio del matrimonio.

Y ahí estaban los dos, juntos, contra toda expectativa.

—¿Puedes creerlo, mamá? —La emoción buscaba resquebrajarle su altiva, inconmovible pose, pero la práctica de Lucinda era amplia, imbatible.

—Lo veo y no lo creo —murmuró la abuela Obdulia, sordamente. Estaban en la consagración—. Aún puede salirnos con algo... no es posible que todo se arregle así de fácil... malditas peinadoras, ni el pelo punk, ni los miles de piercings se le notan... es como si se hubiera vuelto otra. Victoria, la oveja negra que se vuelve blanca ante sus propios ojos...

—El amor todo lo puede...

—Sí, como no, de la noche a la mañana olvida a su novio de parrandas, ese motociclista apestoso, para casarse con uno de los galanes más codiciados del año pasado...

—Shh —una de las monjas las miraba con indignación y hacía grandes aspavientos para que dejaran de hablar.

Trataron de disfrutar, sin más cuchicheos el resto de esa parte. A la hora de la verdad, tomaron los pequeños binoculares y apuntaron a su hija/nieta, respectivamente.

—Hermosa... y casándose con ese actor...

—Todavía falta que nadie se oponga...  Ya quiero verlo al motorista de cuero entrar y decir una sarta de barbaridades... como que ya le quitó lo virgencita y algunas otras atrocidades obscenas... —insistió la abuela Obdulia y el padre pareció escucharla.

—Si hay alguien que se oponga a esta boda, que hable ahora o calle para siempre...

Abuela y madre sintieron una corriente que vibraba por sus pieles, giraron la cabeza. Lo único nuevo era un par de reporteros de espectáculos, sus camarógrafos apuntaban al altar.

—Esto va a ser una bomba, mamá... Su imagen va a estar en todas las teles de todo el mundo... Como si fuera Lady Di... O su nuera, Kate Middleton...

—Los declaro, marido y mujer... Puede besar a la novia —anunció el padre.

Los binoculares volvieron a convencerlas. Sí, era el galán y aunque no se veía tan apasionado como en sus películas, aunque se veía torpe, era innegable su identidad; esperada su torpeza después de un accidente como aquel que había tenido al país en vilo y desvelado por su estado, hacía casi un año y luego pasara al anonimato, como lo hacen las grandes estrellas cuando tienen secretos que guardar.

—Su gran secreto —suspiró Lucinda.

—Malditos secretos —masculló Obdulia, afuera ya se escuchaban helicópteros y una manada de reporteros estaba ya a la puerta, como gallos de pelea esperando que los liberes—. Y pensar que preparamos una recepción tan pequeña...

—Mi yerno va a estar enojadísimo por esta filtración —comentó Lucinda, su sonrisa era mínima, pero de autocomplacencia.

Los flashes lo inundaban todo, mientras acababa la ceremonia y la orquesta de cámara interpretaba la salida nupcial. Las cámaras de televisión ya estaban montadas en las afueras y hacían cerco hasta el pequeño atrio y los puentes de madera a través de los que se accedía.

Todavía llegó, contra toda recomendación eclesiástica, la lluvia de arroz (alguna nueva moda sobre el hambre y el desperdicio de granos que se inventaran los sacerdotes).

Y esa pareció ser la señal definitiva: una horda de reporteros se abalanzó sobre la pareja... o mejor dicho, sobre el novio, con su ansia de obtener la primicia, y con los micrófonos tendidos, fueron haciendo a un lado a la novia, hasta que ésta se encontró al lado de su madre y abuela.

—¿Y cómo vieron? —preguntó Victoria, la novia, la desposada, la desplazada...

—Ay, hija, no te preocupes, luego vienen a entrevistarte a ti —dijo la abuela Obdulia.

—Como cuento de hadas, hija mía. Has dejado de ser mi princesita para ser la reina de tu propio feudo... —dijo Lucinda sin permitir que la sonrisa fuera exagerada, aunque su alegría en verdad era desbordante.

Entonces apareció la moto, silenciosa, avanzando en neutral, tras la novia. El conductor era un hombre alto, de smoking de cuero con estoperoles donde deberían estar los botones, cubierto con una máscara de luchador de trazo clásico y toda en negro. Su aroma no había mejorado en lo más mínimo, descubrió la abuela Obdulia...

—Sí, justo eso... y ahora les tomo la palabra... ya les di lo que querían, ya me casé a los ojos de Dios y de los hombres... Y ahora, me voy con el hombre que amo... —dijo Victoria, y el de la máscara la tomó de la mano y la ayudó a montar la moto.

—Que disfruten sus entrevistas, señoras... Va a ser interesante ver cómo explican que el novio esté catatónico... —dijo el enmascarado y teatralmente, tronó los dedos. Al centro del remolino de reporteros, se elevó un desconcierto, frases inconexas.

—Ayuda —dijeron, gritaron algunos...

—Llamen a una ambulancia...

La moto ronroneó su vuelta a la vida.

—Que pasen una buena fiesta, señoras... El show ya empezó...

—¿Y qué decimos si nos preguntan? —inquirió Lucinda, con su máscara de impasibilidad ya rota.

—La verdad, madre... —aseguró Victoria— que lo saqué del hospital con ayuda de mi novio vampiro... éste, con el que ahora me escapo.

La moto rugió y enfiló por uno de los puentes de madera, tras su paso, la limo Hummer, cerró el acceso.

Madre y abuela alcanzaron a escuchar una gran risotada, sobrenatural, como la de Bela Lugosi. Luego, cayó sobre ellas el ramo, inmediatamente después, la oleada de reporteros.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

lunes, 16 de marzo de 2026

IMÁGENES ROTAS SUEÑOS DE HERRUMBRE

Gerardo Horacio Porcayo

 

Para un par de Williams: Burroughs y Gibson.

 

—Era la diamantina de los tiempos. El sinsabor, los roces apenas percibidos en cardúmenes de humanos moviéndose entre neones, lásers y comida sintética. Una mierda, te lo juro. Mejor que la de hoy. Y mía, en todos los sentidos. Ciudad Guadalupe era la vía de acceso. Encontrabas de todo en los barrios podridos que nacen al pie del cerro de la silla, entre solares de autos robados y contrabando de bromocriptine, l-dopa, nootropil, diapid, arcalion, vinpocetine, sin dejar atrás la vieja heroína y las nuevas cajas de placer. Te volvías loco, de veras. Había de todo, porque Monterrey lo consumía todo. En esos tiempos los tiras podían olerte, mirarte a los ojos mientras agarrabas un viaje de coca ficticio, con los cables de la caja bien atados a tu cerebro. Y subías, realmente subías, sin que la tira jugara a matar.

El retro me mira con pesadez, casi con ostentación. Sopesa mejor sus sueños de electrones, sus quimeras informáticas; demencia cronometrada y casi siempre rebooteable. Se han vuelto parte de la computadora, como viles ratas de laberinto, adictas a los choques eléctricos, al veneno mismo. Como ella...

—Había huido de Laredo, traía tras de mí cuatro sabuesos de la DEA, tres vendedores con Glock bajo el sobaco y sniftadores inundando sus bolsillos. Buscaba un poco de aire fresco, monedas y material para seguir subsistiendo.

—Te pasas, viejo, siempre fue igual. La misma mierda de siempre, sólo que ahora hay Sueño Eléctrico —dice y se larga del bar, tirando unos cuantos dólares podridos. Sé de que pie cojean. Lo negro no se separa de nuestra esencia. Es el estigma de quienes aborrecemos el mundo tal cual es.

Ahora cazan programas adictivos, laberínticos sueños de crimen y sexo prohibido, blasfemias reiterativas en un planeta en que día a día rige más un Dios cibernético, desde su cielo de silicio más allá de las estrellas. Se pierden en locales que apestan a semen, fluidos vaginales, a media luz, como en atardeceres desgarrados. Al mundo no le quedan rastros de virginidad, es una puta decrépita que circula, tristemente, al extremo de la vía láctea, sin encontrar cliente.

—Dame otro triple —le digo al barman y me mira con hastío. Conoce mi negocio: nulo, la espera, una cacería de consumidores que odían las historias, la cerveza y también su vida.

—Van a acabar por partirte el hocico —me advierte y la conmiseración se le sale por los ojos, le brota como pus añeja.

—¿Te conté de Cora?

El hijo de puta, me hace a un lado, se pierde entre la barra despostillada, los vómitos de marinos y obreros y busca el abrazo cálido de la tele, ahí donde no tiene que pensar. ¿Por qué ya no quedan? Sería más aceptable la antigua paranoia, las amenazas que te envuelven y te hacen abandonar Austin, Florida, el mismo Houston en trenes bala y autostop, pasando por los sangrados campos de Illinois o atravesando desiertos pedregosos más acá de TJ, con traficas de ojos saltones y manos sudorosas o agentes grasientos y nerviosos pisándote los talones.

Exploro el bar, buscando a mi contacto, otro escucha; quizá hasta un gato roñoso con la cola rota en cuatro, trepado en el marco de una pintura fractal o teseracta.

El retro vuelve a entrar en esos momentos. Y trae su carga. Una tipeja con los ojos bañados en tinta de aerógrafo, como un maldito mapache y cuatro bestias peludas que apestan a bencedrina y cables sobrecalentados. Los rizos de sus pelos son naturales; se chamuscan solos, allí arriba del cráneo, cerca de los soquets.

—Largate —me advierte—. No queremos moscas alrededor.

—Incluso conozco mejor que tú tu negocio. Me sé la historia —uno de los peludos se para frente a mí, carga una manopla Táser y sus labios están repletos de afiches postholocaustic.

—Vete a pasear, ruco. Me partiría el alma romperte la madre.

—Hasta tenía una banda como la suya —insisto. La vergüenza se aleja de mí, asqueada.

—Déjalo que hable, a lo mejor así terminas tú —le dice la mapache al retro, con una risita que suena a marmita picada.

—Apesta.

—Cuando llegué a Monterrey, sólo los Juniors le entraban al Sueño Eléctrico. Así, prendiditos y todo, con pantalones de 800 dólares y gabardinas inglesas que olían como el mismísimo Támesis.

—A este le botaron los tornillos a punta de chingadazos —asegura otro de los peludos.

—Conocí al Loquillo. Un bato de lapbody perpetuo y copete rojizo cubriendo su conector. Y él realmente se atascaba, no despreciaba una mierda que fuera alucinógena y apareciera en algún punto de la tierra —la mapache me mira con los ojos desencajados, cada uno para lugares distintos. Mapache bisco de olfato atrofiado.

—Ese era hacker y cableta. No químico —argumenta el retro. Ahora es la gran diferencia, el status no se adquiere más con sustancias neuroactivadoras, sino con tecnología, electricidad y conductores metidos hasta el fondo de tu cerebro. Saben de que les hablo y al menos la mapache arde en deseos de oír.

—80 verdes a que no sabes una chingada —amenaza uno de los peludos.

—Jugaba con la caja negra, al placer cerebral. La coca la movían cortada y a precios que te impedían una mediana adicción, así que tenías que sustituirla con descargas mínimas a los conductos propios y subías, subías realmente. Charly 29 la movía bien. Tenía un Lincoln descapotable, tarjeta internacional sin límite de crédito, a Roger, Isidro y Cora. Y buenos trepanadores, no como los de ahora que piensan que los medibots son lo mejor en cirugía de cerebro.

—A mí se me hace que tu implante hace un resto que valió madre, por eso tienes los sesos oxidados —asegura el retro—. Empezamos a los quince y cenamos software caliente todos los días.

—Charly nos consiguió la primera red. Entonces el Sueño Eléctrico era un complemento; lo mejor eran las calles, la adrenalina corriendo cuando a la tira la presionaban para mantener las apariencias o la PGR tenía que justificar su presupuesto. Cuando preparabas cócteles sin saber a que puerta te iban a arrojar...

—¿Y qué pasó con Loquillo? —aventura la mapache.

—Esa es historia tardía. Hasta ustedes la oyeron. Lo cazaron en la última gran revuelta contra el Dios-silicio —uno de los peludos me mira con los dientes apretados y la mano hundida en su chaleco de spandex—. Era de los míos y sabía que la buena época se moría con la aurora boreal del Cristorrecepcionismo. Y en parte luchaba también por Cora. Ella fue la primera en probar el Sueño de la Gaviota, en bautizarlo así.

—Eso es anticuado, viejo —gruñe el retro—. Ya nadie se fleta con las gaviotas. Ahora los fantasmas te tasajean si no estás a su altura, te sacan las tripas con motosierra en parajes de arboles construidos con defensas de autos, mares de polietileno reseco, montañas de basura plástica y ardillas llenas de chips y servomotores. O te pesca Dios en un recoveco y te refunde en infiernos de vísceras caníbales y pesadillas de dientes romos pero presurosos. Ahora hundirte en la computadora es como correr por tus calles con los sabuesos tras de ti y la paranoia de ser atrapado con material caliente. Ahora desafías a Dios en cada toque, en cada alucinación. A ti nunca te persiguió Dios.

—Yo lo vi por primera vez con Cora. Habíamos corrido a través de fiestas universitarias con el ecstasys hasta la cumbre, recorriendo tu espina dorsal como una corriente galvánica, poniéndote el rabo tan tieso que creías poder inaugurar algún resquicio sexual. Y Charly 29 nos había conseguido la Red. Nos trepamos luego del bajón. No había más droga. El presidente visitaba la ciudad y la limpia había sido exhaustiva. Estábamos colgados. Tú sabes, la abstinencia es mortal. Así que nos metimos a la red. Los dos en un deck. Ya realizábamos orgías para entonces, los cinco juntos. Ese día sólo fuimos ella y yo. Y fue diferente. Sentimos la halitosis nauseabunda de Dios sobre nuestros hombros, su rostro se pintaba en fugaces graffitis en el asfalto y las paredes descarapeladas, la tristeza se nos pegó como plomo a las costillas. Apenas podíamos respirar. Su cuerpo parecía resquebrajarse, se me hundían los dedos en sus carnes como en barro seco. Abandonamos y ella me dijo que quería viajar en barco; tomamos un trasatlántico a la puerta del hotel, con chimeneas que desprendían vapores atómicos y cocteles de MDA, exodiprina, deprenyl, hydergine y deaner. Viajábamos al aire libre y el mar era más puro de lo que ahora son capaces de reproducir las máquinas nanotecnológicas. Las gaviotas nos orbitaban como satélites psicóticos. Tenían hambre. Cora quiso quitarles el ayuno con el pensamiento, luego intentó con sushi. Un sushi milagrosamente multiplicado para mil gaviotas que mantenían un vuelo errático al impulso del viento y chillaban cada vez que un trozo de pescado ascendía a su hábitat. Míralas, me dijo ella, son como los ángeles de la soledad, como la montaña que se mueve a través de valles y océanos, son como la fe y la felicidad. Y tenía razón. Volvimos ocho veces al mismo sueño, después fue sola y no regresó.

—¿Y Loquillo a qué juega en esto?

—La conoció después, cuando trataba de robar información a Laboratorios Mariano. Era material calientísimo. Cora se le metió hasta la médula de los huesos. Ya era un fantasma y seguía siendo especial, podía transferirte su belleza como si de archivos virales se tratara. Cuando pescaron al Loquillo la carnada era ella. No pudo negarse, nadie podía.

—Yo la conozco —dice el peludo de la manopla—. Me visitó en un cruce de exodiprina y un programa de red pirata. Y pude librarme. No es para tanto. Hoy en día cualquier software negro tiene mejores divas. Son vampiresas que te chupan hasta dejarte seco. Primero te roban los recuerdos, luego los ánimos sexuales y hasta las ganas de vivir.

—Esas nunca las han tenido —digo. Sé de que hablo, soy uno de sus pioneros.

La mapache ya no ríe. Sus ojos se han vuelto más obscuros y desorientados, son pozos de negrura, no destella vida en ellos. Va en descenso vertiginoso, cumbre abajo. Necesita cables...

—A Dios lo desafías nada más con vivir —asegura el retro—. El temor siempre ha estado presente, pero en el Sueño Eléctrico es palpable. La tortura viene por paquetes, como huracanes rabiosos; se ciernen sobre ti libélulas demoniacas, tu mismo estomago gruñe, tratando de abrirse paso al exterior y abandonarte a mitad de un callejón inexistente; los laberintos son sórdidos, más que los reales. Una vez encontré una pordiosera, sus ojos nunca habían conocido la luz, estaban marchitos, hundidos en las órbitas, cubiertos por un tejido membranoso semejante al de los reptiles, su mano izquierda era pequeñita, pero le crecían prótesis malsanas que supuraban esperma y cláusulas morales, su gordura era tan fenomenal que se mantenía erguida gracias a un sin fin de pequeñas muletas ancladas a su carrito. Y los cables brotaban de su cráneo, zumbaban imitando la cantaleta de auxilio, con su mano derecha esgrimía una vasija llena de embriones. Era la virgen. Te lo digo, te lo aseguro. Me persiguió a través de pantanos, cementerios de computadoras, buldozzers despanzurrados y cohetes borrachos que se precipitaban en llamas, desde el cielo, como ángeles desterrados. Y no puedes escapar, te persigue hasta cuando sales. Por las noches, a veces aún la sueño. Las calles son más seguras, la Brigada Antipecados es torpe pese a su soporte tech, a sus armas; los pierdes en cauces de ríos muertos, en alcantarillas secas o a través del metro. Y si lo haces bien nunca te descubren. Pero una vez que Dios te ha echado el ojo, siempre aparece, aún en las grabaciones más recientes, en programas estructurados en Tailandia, con graffitis ideogramáticos y zonas de tolerancia a la antigua. Su aliento es peor de lo que cuentas. Es como si nunca antes hubieras olfateado nada; todo queda opacado y el mero recuerdo de su hálito incluye alucinaciones a ojos abiertos. El cielo se cimbra y gotea como glicerina corrompida, bañándote, atascando tus huidas, nublando cualquier posibilidad de horizonte, cualquier chispa de esperanza... No sabes de lo que hablas —dice y hunde la vista en el interior del vaso. Sus manos tiemblan, frenéticas; quisieran salir aullando, alejarse de ese cuerpo.

Miro alrededor. El ángel ha pasado, soltando su peste. La mapache manipula la caja negra y sus ojos ya son nidos de murciélagos cósmicos que gritan blasfemias y maldiciones devastadoras. Los peludos se cobijan unos contra otros. Viven ya el síndrome de realidades, no saben donde están parados. El de la manopla parece creerme un ángel exterminador, me observa detenidamente, con una concentración mántrica: de seguro ve mi rostro carcomido por la estática y deforma mi silueta a base de pixeles que no están allí.

—Por eso digo que mis tiempos eran mejores —concluyo—. Allí no había nada aplastante, excepto el cuelgue, los temblores de la carencia, las vísceras gritando su hambre química.

El barman pastorea a las moscas. Lo siguen como si hubiera proferido un hechizo de sujeción, lo miran en sus malabares de copas y licores adulterados, en su reflejo perpetuamente tatuado en los espejos. Es múltiple como las moscas y está harto de nosotros. Me hace una seña, con resignación. Ya la ha hecho antes y no espera que responda al estímulo. Sigo la dirección. Tres Voces espera, atalayado en una mesa del fondo. El corsario blanco, se está incorporando en esos momentos.

Abandono al grupo sin decir palabra. Los vellos se me han erizado como antenas de cucaracha, se inclinan hacia adelante, urgiendo mi encuentro.

—No es bueno parlotear tanto —dice Tres Voces, maniobrando con su sombrero de fieltro, conduciendo sus movimientos a través de él—. Nunca olvidan, ni siquiera lo viejo.

—Tenía que hacer algo —miento. Sé que no le importa, sólo realiza su trabajo. Los protocolos son estrictos y han de ser respetados. Alargo la mano, en ella viaja un verde. Uno de los grandes. Lo toma, dilatando el contacto. Y sus ojos dicen cosas abismales, terribles en su verdad.

—El resto mañana, en la macroplaza —promete, entregándome el diminuto cilindro plástico. Giro, sin decir palabra, sin querer abandonar el bar.

Uno de los peludos me da la mano. Percibo el billete, su textura raquítica, desastrosa; hojas podridas, excrecencias casi inútiles.

—Son los 80. Te los ganaste viejo. Yo sabía que al Loquillo no lo habían podido joder en la realidad. Sabía que no podía haber caído cuando pusieron la bomba en el establecimiento. Su muerte le pertenecía a la red.

Ya no hay más palabras, compartimos alcohol y soledad. Angustia que se acumula como ácido en el interior. Somos globos que poco a poco se inflan. Algún día reventaremos.

—Creo que ahora te entiendo —dice el retro, jalando a la mapache que nuevamente circula en la frecuencia de lo virtual.

Los veo perderse a través del espejo, de la penumbra interior, de la negrura externa. Y el silencio flota largo rato, como coágulos en gravedad cero. Llena el ambiente y refuerza mi paranoia.

—Van a acabar por partirte el hocico —dice el barman, recogiendo los dólares. Sus ojos están acuosos y opacos, tristes.

—Lo sé —respondo, abandonando la barra, dejando atrás el cobijo.

 

La ciudad se expande ante mí, un organismo hipertrofiado y agonizante. Los edificios se recortan contra la noche sangrienta como picas en un campo de batalla. Multitudes de antenas parabólicas, inclinan sus oídos buscando sintonizar la voz de Dios. Y el gusano del miedo empieza a corroer mis entrañas. Las catedrales son como ojos desorbitados y ciegos en la tiniebla infernal, se suceden cuadra a cuadra; como perros, vagabundos y alguno que otro yonqui de entrañas moviéndose al ritmo de la peristalsis, olvidando ignominias, aburrimiento, aprensión...

Ellos fueron aún mejores que yo. No temen. No a Dios, ni a la Brigada Antipecados. La pasma no existe más...

Camino y a cada paso añoro las viejas costumbres, la sirena gimiendo tu probable captura, agentes corruptos tan llenos de necesidades como uno mismo, mordiéndote los talones. La mierda ha cambiado. Las paranoias también. Ahora, como otras noches, presiento androides, tras de mí, enojados, sedientos de justicia, de una venganza largamente pospuesta, sangrando mientras se libran de clavos y cruz y siguen mis huellas, bañándolas con su crúor sintético. La corona de espinas como vector del recuerdo.

Y temo. Y engullo los comprimidos. La persecución podría no tener fin.

El hambre, al menos, no reconoce ninguno.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

  

viernes, 26 de diciembre de 2025

EL CAOS AMBIGUO DEL LUGAR

Gerardo Horacio Porcayo

 

El vómito podía quedar atrás...

Alicia miró por segunda vez la rayada esfera del reloj. Era uno grande, ciclópeo y añejo como el mismo universo. Su cadena se extendía como la cola de un ratón infinito, se perdía en la distancia, en el caos ambiguo del lugar... La entrada semejaba un árbol contrahecho y podrido. Quizás algo más, algo que no se concretaba: un diseño geométrico volcándose sobre sí mismo, generando un espectro de confusión.

El vómito no quedó atrás. De hecho empapó sus zapatillas y salpicó sus tobilleras.

—Te odio —le dijo al viento, a nadie en particular, inclinada, soportando los espasmos de las arcadas. El conejo asomó la cabeza por el borde de su bolsa. Parecía dispuesto al suicidio. Alicia lo captó con el rabillo del ojo. Sus dedos manchados de bolo alimenticio, presionaron, inmisericordes, la cabecita de peluche.

—¡Quédate allí! —regañó. Su estómago había quedado vacío. Buscó, instintivamente, un Kleenex. Terminó hundiendo los dedos en la arena como único recurso para la limpieza.

Y el reloj dio la hora. Fue un estruendo semejante al canto de las sirenas. Alicia se llevó las manos a los oídos. Sus palmas no resultaron efectivas contra la marea de decibeles.

—¡Cállate! —barbotó, doblándose sobre si misma, asumiendo una postura embrionaria. El escudo pectoral izquierdo talló su barbilla. Sus ojos buscaron el origen. Su cerebro no supo que concluir.

Esto no puede estar pasando, no puede ser, se dijo, observando detenidamente el ovoide de tela que, en un bordado deslucido, mostraba el corte transversal de un cerebro, híbrido de metal y materia orgánica. Lejos de asegurarle su estancia en el plano real, la remitía a un nuboso conjunto de experiencias disímiles.

Y algo tiró de la cadena. El sonido fue equiparable al reptar de un panzer destartalado.

Alicia lo ignoró. Finalmente había encontrado una luz de entendimiento e iba a seguirla hasta sus últimas consecuencias.

Se despojó de la chamarra de piloto y realizó una somera revisión. Ante sus ojos los escudos, la prenda misma, mutaron. En un momento estaba el emblema de su misión, al otro el perfil de Mickey Mouse. Su chamarra de kevlar también involucionó.

El tic-tac empezó a desvanecerse.

—Hay un patrón en todo esto —se dijo Alicia, volviéndose a poner la chamarra—. Lo que está cambiando son mis percepciones.

El mundo, sin embargo, parecía dispuesto a reafirmarse. Sintió como su carne se evaporaba, se enjutaba, haciendo de ella un despojo de los años. Sus piernas se flexionaron con el bloqueo doloroso de la artritis. Sus ojos apenas lograban captar cosa alguna en medio de aquella niebla atroz.

No cejó. Hizo de sus esfuerzos un paroxismo y siguió el camino del reloj.

Esto me suena familiar, se dijo. Su mente quiso remontarse al pasado y sólo consiguió extraer una amalgama inerte, una piedra fundamental con sus secretos fielmente resguardados.

Sus pasos la guiaron hasta una encrucijada. Miró atónita el rastro nulo. Suspiró, sin entender nada.

—Yo sé por dónde se fue —canturreó el conejito de peluche.

Alicia lo miró incrédula.

—Te estás volviendo loca, muchacha —expresó, incontenible, incongruente: sus miembros ahora temblaban con algo parecido al mal de Parkinson.

Cerró los ojos y caminó. Supo que tomaba la senda de la derecha, pero quiso ignorarlo.

—Por aquí no es —dijo el conejo.

Alicia hizo de sus laberintos neuronales un dédalo perfecto.

 

La lógica no le decía nada.

Tal vez aquí la lógica está prohibida, razonó, abrió los ojos, sin mirar a su alrededor, dando media vuelta, regresando sobre sus pasos. Y la encrucijada había crecido. De hecho ya no podía llamarse encrucijada. Era un asterisco hipertrofiado. Los umbrales múltiples y llamativos, se extendían en seductores arcos de diferentes tendencias. Por aquí psicodelia, por allá surrealismo y otras, inclasificables.

—Yo sé por dónde por dónde se fue —volvió a canturrear el conejito. Alicia lo miró. l también había cambiado. Su ternura había trocado en acidez mortal.

Numerosas arracadas pendían de su oreja izquierda, sus pequeños ojos de botón estaban cubiertos por gafas llenas de leds y superficies de azogue. Lo demás era demasiado. Su cuerpo estaba exento de peluche y tela, sólo músculos inverosímiles y en su bajo vientre una erección enorme se combaba fuera de los bolsillos de su chamarra.

—¿Cuánto quieres? —dijo Alicia sin pensarlo—. ¿Cuánto por decirlo?

El conejo esgrimió una sonrisa lujuriosa

—Luego te digo —respondió, su glande hinchándose—, ahora tomá el rumbo teseracto.

Alicia rebuscó. Los umbrales se seguían multiplicando. Identificó la ruta cuando ya semejaba un fantasma, una proyección holográfica. Y se tiró de cabeza a ella. Sus miembros no respondieron con eficacia. Su brazo derecho crujió y tuvo que impulsarse con los dedos de sus pies para alcanzarlo.

—Mierda —exclamó, no sólo por el dolor; lo que había dejado atrás era poca demencia comparada con la actual; las paredes se apretujaban sobrepuestas, interminables. No podía conseguir ninguna sensación de profundidad o perspectiva—. ¿Y ahora que hago? —le preguntó al conejo, buscándolo con la mirada. Lo que encontró fue un esqueleto lleno de gusanos. Tuvo el impulso de arrancarlo de su protección, de librarse de esa promesa de muerte.

El conejo todavía pudo hablar:

—Es... es... el maestro del laberin...

Y luego sus huesos fueron polvo.

Grabó la secuencia de imágenes. Profundamente. Rebuscó en su conciencia el sentimiento de venganza, luego ató todo y arremetió.

—Arghhhh —exclamó. La pared cercana había cedido, no así la carátula del reloj que se ocultaba tras ella. No totalmente, al menos. Multitud de fragmentos vítreos se alojaban ahora en sus carnes y el dolor parecía a ser un restaurador, la fuente de la juventud... Exuberante tal vez. Tuvo que empezar a desprenderse de los cristales, cuando la adolescencia la alcanzó.

Pero ya era tarde. Sus ropas colgaban flojas de su actual anatomía. Se palpó. Senos muertos, inexistentes, como el vello púbico y...

Y tomó al reloj de la cadena.

—Ahora me vas a decir que pasa aquí, desgraciado —croó.

El reloj temblequeó. Intentó dos o tres timbrazos antes de caer a sus pies como una marea de pepitas de oro. Las recogió, no faltaba más; si podía sacar algún provecho de esta incursión demente lo iba a hacer.

La pauta estaba dada... Dadá. Sí, esa era la clave. Un mundo sin lógica, la sin razón pura. Y aún así toda demencia tiene su origen. Imágenes probables plagaron su materia gris: ojos desorbitados, boca espumosa, un dios babeante al final del laberinto.

Y era la pauta última y necesaria.

—Estás frito, imbécil —barbotó, las palabras encimándose, apresuradas, como sus movimientos.

Su mente se convirtió en una computadora. Fórmulas conformando el universo consensual.

Se abalanzó sobre la pared más cercana, sin cerrar los ojos. Y vio entes múltiples, miasmáticos, angelicales, artificiales, caóticos, mientras la atravesaba.

Y a cada uno robó su esencia.

Ya no había tañidos cronométricos; sólo un mugido profundo, colérico y melancólico. El minotauro-dios se dolía en el centro del laberinto...

Su edad volvió a ser la real, sus vestidos trocaron a voluntad. Un traje de luces, capote en la mano derecha, con una espada como asta bandera.

Y alcanzó el centro, con los ímpetus a punto, no minados en lo absoluto.

—Podríamos arreglarnos —dijo el dios-minotauro, disfrazado de ejecutivo, la calva brillando y la sonrisa inmaculada—. Te ofrezco el oro del mundo, las perlas de la virgen, lo que quieras.

Alicia sacudió el capote.

Y el Minotauro no pudo resistirlo. Embistió. Una y otra vez, incansable. A ratos, mientras aguardaba para retomar el aliento, prometía tesoros escondidos, bellezas recónditas, otredades subyugantes, felicidades totales, incluso fórmulas de vida.

Alicia hizo oídos sordos y siguió fintando. Sólo declinaba la falta de aplausos y hurras. El cansancio extremo del Minotauro fue su único anclaje.

—Te puedo dar la realidad —argumentó, antes de su última embestida, el híbrido de toro y hombre.

Alicia sólo agitó el capote.

La verónica fue magistral, como el remate. El toro-hombre cayó, con la espada entre la cruz y la nuca, con los nervios destrozados. Totalmente paralizado.

Y el cerebro de Alicia empezó a desprenderse de la niebla malsana. Su memoria estaba de vuelta, también su misión. Extrajo la espada. Cerró los ojos y se concentró en el frío acero hasta transformarlo en bisturí láser.

Lo demás fue sencillo.

Emergió agotada. Hastiada de su oficio.

Benjamín retiraba con lentitud los electrodos.

—Pensamos que no lo iba a lograr —dijo, con la vergüenza tatuada en su rostro en tonalidades bermejas—. Ha salvado al Presidente...

—Y al mundo —completó Alicia, incorporándose, arrancando los últimos cables de su conector múltiple—. Necesito descansar. No estoy, no me pasen ninguna llamada, no quiero atender a nadie más... Al menos por un mes...

Saltó al suelo, sus pies desnudos resintieron el súbito frío. Su cuerpo, permanecía cálido, bajo el cobijo del overol reglamentario del hospital de servicios mentales.

Atravesó las salas con desgano y despotismo. Seguía odiando a los malditos pacientes, a sus familiares, sobre todo a esos burócratas que ahora se arracimaban sobre ella.

Dejó atrás todo y se encerró en su cuarto. Estaba harta de ser la experta en eliminación de traumas, de hundirse, vía computadora y realidad virtual, en psiques rebosantes de patologías.

Se tiró en la cama, exhausta. Revisó la carátula del reloj, sorprendida. ¡Tres horas en intervención! Demasiado tiempo, debía reposar. Se aflojó las ropas y trató de relajarse.

Algo le impidió el descanso necesario. Algo que acongojaba su costado izquierdo. Metió las manos en el bolsillo de su chamarra de piloto y cuando la sacó sostenía un buen número de pepitas de oro.

Las miró, estupefacta. No podía dar crédito a los que sus ojos veían. Recordó algo más. Acudió al bolsillo derecho.

Su contenido ya se hallaba frente a ella. Un conejo de dimensiones humanas se abalanzó. Ni siquiera se detuvo a despojarla de sus ropas, embistió, rompiendo su overol y pantaleta con el impulso.

La acometida sobrepasó todas sus espectativas. Alicia sintió que su cabeza giraba vertiginosamente mientras la enorme erección penetraba más allá de su capacidad incubadora.

Gritó con todas sus fuerzas. Pateó, queriendo alejar a su agresor, queriendo dejar atrás esa realidad lacerante; náusea y placer al mismo tiempo. La negrura empezó a invadir su visión...

El vómito podía quedar atrás...

Pero Alicia miró por segunda vez la rayada esfera del reloj. Era uno grande, ciclópeo y añejo como el mismo universo. Su cadena se extendía como la cola de un ratón infinito, se perdía a la distancia en el caos ambiguo del lugar...

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

domingo, 16 de noviembre de 2025

SESOS ENLATADOS

Gerardo Horacio Porcayo

 

 *Cuento en homenaje a Julio Cortázar, hoy que se cumple un siglo de su nacimiento*

 

Sin remedio, hijo mío. ¡Vomita! No hay remedio.

Federico García Lorca

 

...La frase vuelve a reverberar en la profunda bóveda de su cráneo. No es ofensiva en sí misma. No suena como tal. De hecho, le ha recordado a uno de sus viejos héroes: Cliff Steele, también conocido como Robotman, miembro de Doom Patrol, un hombre al que la definición le sienta de maravilla. Cerebro humano aprisionado en un cuerpo robótico, sin percepciones reales. Con sentimientos atrofiados, caducos...

Como yo, piensa Marín sin dejar de mover los pies sobre los adoquines del camellón central del Boulevard 5 de Mayo. Tiene ganas de hacer algo espectacular con su vida. Lo suficientemente espectacular. Tirarse bajo las ruedas de un trailer no suena en lo absoluto agradable u original, aunque de un recóndito rincón de sus circunvoluciones, la emisora de lo falaz lo urge a tomar esa medida.

 —Ni loco —murmura, como contraatacando a su consciencia. En su mente el soundtrack del mes empieza a ciclarse, corea su caminar pausado y melancólico.

 Stains on the carpet, stains on the memory, songs about happiness mourmured in dreams, when we both knew, how the end always is”, dice Robert Smith dentro de su cabeza.

Y se mira a sí mismo, como si estuviera en pleno viaje astral o tras la pantalla de un cine: su figura robusta y solitaria, en medio de un cardumen demente de automóviles escandalosos, con el cielo nublado, rojo y apocalíptico, llamándolo al suicidio.

Así, sin más, sin otro preámbulo. Hay cosas automáticas, interrelaciones aleatorias que encumbran la trascendencia o la mandan de vuelta al basurero de lo falaz.

 Se imagina trepando hasta la cumbre del edificio de muebles, con un altavoz. Sabe que abajo tendrá público cautivo, arriba reflectores para hacer todo más espectacular.

Se imagina en la caída. En el único grito, su nombre. El de ella. Alarido de guerra. Testimonio, heredad al futuro. Fantasía en crescendo...

Entonces recuerda al payaso. Al puto payaso inflable, ahí, en la cúspide, tras metros de trepado, tras escaleras hechizas de varilla doblada y guardias apenas librados. Él, el puto payaso, como gigantesco Gojiro, en su trono de cornisa y polvo, que reina, administra desde la azotea las ventas de aquella estúpida mueblería.

Y el ritmo, la quimera, se le caen a pedazos.

Cámara robada, un último performance transformado en obra ridícula, sin sentido; una obra para aparecer en casos de lo insólito, no en el Guiness, mucho menos en un recorte culpable, pegado en el espejo, al borde del cuarto de la desgraciada e imbécil de Rosalva.

Una mentada de madre en acorde automovilístico, lo saca de sus fantasías. Los semáforos se han vuelto a confabular para crear accidentes. Verde en aparatos contraesquinados. Rojo inexistente.

Definitivamente, el Boulevard no es la solución. Tampoco el mall de doradas adjetivaciones.

Necesita algo más. Acude a la voz ficticia de Steele, mientras sortea el caos de vehículos. No es el mejor asesor en materia. Lo comprende de inmediato. Aquel héroe nunca ha logrado suicidarse; es sólo otro de los condenados a seguir en esta pinchurrienta vida.

Disminuye el paso frente a los cinemas y aguza la vista, en busca de la deseada y conocida silueta.

Nada. Muchedumbre, algarabía. Carteleras nuevas.

Cruza la calle y su mandíbula cuelga floja varios segundos.

—¿Dónde chingados andabas? —dice entre dientes—. ¿En qué fregados estabas pensando? —Sus dedos recorren el cartel. Frases publicitarias e imágenes sugestivas, volcándose en un solo concepto. En una gran directora. Los recuerdos lo bombardean con escenas vampíricas de previa cinta. Y desea ver lo mismo, algo muy similar aunque ahora sustituyendo a los vampiros con chavos cyberpunk.

No lo piensa más. Compra el boleto, esquiva las tentaciones de la dulcería y se instala en primera fila, con la impaciencia creciéndole en el pecho.

Primero música y luces prendidas plagando la nave disminuida de aquel cinema ahora catapultado a 3D. Luego, semi penumbra. Anuncios... Una pareja de espalda en un café; los femeninos bucles oscuros y su mente ya vaga, ya vuelve al momento crítico y detonante.

Al pinche momento.

A aquella mesa en Los Portales. Él, entregando un ramo de flores, una declaración en labios vivos. Y ella, sonrisa socarrona, cabello flotando bajo ventiscas de febrero y collares tintineando ante el vibrar que confiere un autobús tipo tranvía de búsqueda y alcance turista.

—¿Es en serio, wey? ¿Te has visto al espejo? ¿Sobre todo a últimas fechas? ¿Has oído la sarta de idioteces que sueltas cada vez que abres la boca?

—¿Qué? —había respondido Marín, incrédulo.

—Eres un pinche sesos enlatados —dijo Rosalva y sin abandonar las flores se alejó del café.

Atrás quedó Marín, rabia indecisa, tristeza castrante.

Atrás y en perpetua deriva.

Hacía un día de eso. Miles de calles, de pensamientos.

Y este cine. Esta pantalla. Las imágenes desgranándose en flashazos, en sobreinformación.

Y Marín solo puede seguir atrás, viendo para adentro, reinterpretando las escenas a partir de esa ancla que podría llamarse dolor.

—Puta —masculla. Salto, asalto de imágenes. Las escenas se le pierden en asignificaciones que sólo cobran materia cuando ella aparece. Peor, cuando ella, la protagonista de cabellos enrulados y vestido como cota de malla, hecha de chaquiras que apenas tapan sus senos, grita: “I can hardly wait...

Y lo repite, lo reestructura, en pantalla y acordes. En su propia mente. En un pasado de veinticuatro horas que rápidamente reconfecciona en la apropiada estructura de máxima tortura.

Y es como si en la pantalla, su Doppelgänger, ese hombre de cabellos tan largos como los suyos, de barba tan crecida como la suya, presintiera sus movimientos, aunque de hecho los antecede... Tiempos de filmación, lo sabe... y sin embargo, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?

Maldita gallina, piensa en esos momentos en que todo llega a la cima, a la hondonada argumental que lo retrotrae.

“Sesos enlatados”... Y por más que intente quitarle el aspecto negativo, aquello alcanza nuevas significaciones. Triángulos amorosos. Añoranzas huecas...

Lo peor; sabe el origen de aquel rechazo, de aquellas palabras. Recuerda aquella fiesta vespertina. El flujo de los muppets y sus burbujas mareadoras... y los besos de ella. Aquellos no solicitados. Aquella cama que los mirara estar ahí, en entrega plena, ebria, borracha, pero plena... ¿Acaso la conciencia hace más válido el ardor sexual, el orgasmo, o mejor aún, la comunión de carne y alma?

Vuelve a preguntarse mientras mira a la diva roquera a tamaño de cinco metros, sudar y perder los rulos en ese sube y baja que la llena de sudor y laxitud, en ese pistoneo de máquina asesina que sabe va compenetrándosele tan hondo al vende sueños, a aquel protagonista, como al él mismo. A ese hombre, gemelo de sí, paralelo de sí... Doppelgänger...

Y su vuelta a Cortázar se transforma, entonces sí, en no inmotivada [¿y qué es la negación de la negación en una sentencia (porque aceptémoslo, también ya hibridamos el idioma) como esta?] sino plena.

Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos, recuerda y los laberintos de su psique lo guían por meandros rápidos, ora festivos, ora retantes, ora en ese vértigo de vomitiva materia. Chantajes, autochantajes, ping pong, rebote en bandas de un billar truqueado para hacer ganar a la casa. Problema número uno: ¿Él o ella son la casa?

En la escena, los dos ha vuelto a encontrarse y el desafío esta por dilucidarse.

Allá, acá, arriba, abajo. Todo es el mismo galimatías de sentido... Y aún más.

Empieza con una vibración, un mareo más consistente que lo hace sentir el mal del marinero. Mareo, marear. Y las alarmas y las sacudidas más consistentes que desenfocan y luego apagan el proyector. Silbatos, hombres con gorra y chalecos verdes con bandas reflejantes los van arreando hacia la salida lateral.

Huida de rebaño asustado. “Sesos enlatados”. Y camina hacia el boulevard, como si nada le hubiera mostrado la película. Más que caminar, corre. Alcanza el boulevard y levanta la mirada hacia el payaso mueblero que en la cima del edificio se convulsiona como un King Kong a punto de caer del edificio Chrysler.

Corre. Corre hacia él. De cada casa, cada negocio, va siendo vomitado un consistente fluido de carne humana que insiste en colisionarlo.

Evade, sprinta. El payaso se golpea los pectorales y el reflector sobre sí, parpadea en el estertor de una corriente eléctrica que parpadea hasta morir.

Como él, ese payaso que se precipita, se abalanza contra el asfalto, envidioso, artrero, para robarle el acto.

—No ma...

El golpe es seco, rueda, Los rulos se enredan en sus cejas, en sus pestañas, amordazan su nariz, casi suboca...

—¿Estás bien? —escupe. Cualquier paranoia transexual anulada con su aroma, con el tacto de sus chinos.

—Lo viste... no mames... el pinche payaso se tiró.

Y es ella y no. Parpadeo de luces, arbotantes municipales, iluminación vial.

Se miran. Y vuelven a sonreír.

—Pinche payaso —coincides.

—Ni ellos se libran del suicidio —dice ella. Y huele a Baileys. A mucho Baileys.

—Te invito otra para el susto.

—Va —dice ella.

Y ya no se preocupan más por las ambulancias, por el payaso inflable, por las luces que van y vienen y ponen una suerte de estrobo que...

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledadCiudad Espejo, Ciudad NieblaSombras sin tiempoSueños sin ventanasEl cuerpo del delirio y Plasma exprés.

INCIDENTE EN FLANDES