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lunes, 26 de octubre de 2026

ALREDEDOR DE LA MUERTE

Gerardo Horacio Porcayo

 

Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.

Tratando de construirlas.

Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.

Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.

Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.

Enfermeras. Techos asépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrevaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.

Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.

Habían crecido. En este día, en este corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.

Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.

Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.

Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colisión directa contra la escarpa rocosa.

Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos subversivos, quizá dinamitaban todo el país...

Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.

La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.

—Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.

—Gracias, no tengo hambre. —Estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caído una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.

El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.

Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.

Un unicornio cayendo en el abrevadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.

Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.

—Refúgiense. —Los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.

Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.

La clave alcanzó su cerebro en un instante.

Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.

—Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.

Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.

Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.

Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.

—Demasiado tarde —se burló.

Su mente ennegreciéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.

Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.

Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinosos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claroscuro perpetuo. El dolor...

Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.

Sueños colados, parajes imaginados.

—Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.

Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.

No hubo decepción.

La estampa de la parca era una copia extraída de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro cadavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.

—No sabes cuánto he luchado por este momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.

—Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.

—Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.

—Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.

Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.

—¿Lepra? —preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.

—Un caso perdido —alcanzo a oír que decía el leproso a la Muerte—. Jamás aceptará su condición.

—Gracias, de cualquier manera —dijo la Muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.

—Estúpidos programadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanasia.

Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.Alrededor de la muerte

Gerardo Horacio Porcayo

 

Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.

Tratando de construirlas.

Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.

Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.

Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.

Enfermeras. Techos asépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrevaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.

Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.

Habían crecido. En este día, en este corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.

Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.

Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.

Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colisión directa contra la escarpa rocosa.

Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos subversivos, quizá dinamitaban todo el país...

Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.

La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.

—Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.

—Gracias, no tengo hambre. —Estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caído una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.

El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.

Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.

Un unicornio cayendo en el abrevadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.

Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.

—Refúgiense. —Los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.

Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.

La clave alcanzó su cerebro en un instante.

Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.

—Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.

Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.

Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.

Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.

—Demasiado tarde —se burló.

Su mente ennegreciéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.

Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.

Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinosos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claroscuro perpetuo. El dolor...

Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.

Sueños colados, parajes imaginados.

—Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.

Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.

No hubo decepción.

La estampa de la parca era una copia extraída de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro cadavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.

—No sabes cuánto he luchado por este momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.

—Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.

—Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.

—Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.

Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.

—¿Lepra? —preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.

—Un caso perdido —alcanzo a oír que decía el leproso a la Muerte—. Jamás aceptará su condición.

—Gracias, de cualquier manera —dijo la Muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.

—Estúpidos programadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanasia.

Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.

 

Sus oscuras mansiones, volvió a pensar. A imaginarlas con detalle. Centrando toda su energía en la ensoñación.

Tratando de construirlas.

Abrió sus ojos y la decepción circuló por sus venas.

Tanto desear la muerte. Tanto convivir con ella. Su vida había sido un acto de seducción total. Elegir caminos, carrera, rutas citadinas, el mismo vehículo. Todo estructurado como un gran poema. Como una plegaria diaria.

Tanto rezarle, leer sobre ella. Y lo único que obtenía era este falso paraíso, este falso edén que de vez en cuando crepitaba en pixeles, que dejaba translucir el mundo fantasmagórico en que se había transformado la realidad.

Enfermeras. Techos asépticos, superponiéndose a esa larga estepa, a los remansos del río donde bestias mitológicas abrevaban junto a sus compañeros. Humanos pulcros, desnudos, bellos. Aunque en vida hubieran carecido de esos atributos estéticos.

Cursi, hubiera dicho, de no ser por las transparencias del mundo palpable.

Habían crecido. En este día, en este corto lapso de tiempo bajo un sol omnisciente, incansable, incronometrable; las filtraciones ya sumaban seis.

Una formación de ángeles cruzó el firmamento, sobre la enfermera que se movía afanosa, alrededor de él.

Quizá la planta de energía estaba agotándose, muriendo.

Trató de imaginar lo que sucedía en el exterior. México estaba al borde de la guerra civil, cuando su sandsurf perdiera estabilidad y lo llevara en colisión directa contra la escarpa rocosa.

Su última carrera. Un seguro millonario, manteniéndolo bajo ese entorno virtual, mientras los grupos subversivos, quizá dinamitaban todo el país...

Quizá... Y fue un pensamiento alegre. Eso lo sacaría de su estúpido estado vegetativo. Lo conduciría finalmente a las mansiones oscuras. A esos parajes de árboles muertos, castillos derruidos, bajo claros de luna estragados, rotos.

La membrana virtual volvió a recuperar consistencia.

—Te amo, hermano —dijo Laura Grant, ofreciéndole frutos, su mismo cuerpo.

—Gracias, no tengo hambre. —Estaba harto de aquellas manifestaciones, de la idiota programación de realidad virtual que dejaba a la vista huecos tan grandes, tan perceptibles. Laura había caído una semana antes que él. De sobredosis, en un hotel de Las Vegas, como correspondía a su figura de actriz cotizada.

El sol parpadeó en ese instante. No había otra forma de describirlo. Quizá era semejante a un foco que duda entre apagarse o permanecer encendido.

Tonos variando. Miedo. Los ángeles oteando en el horizonte, desorientados.

Un unicornio cayendo en el abrevadero. Sus carnes mutando, volviéndose rojizas, como la iluminación. Dos cuernos emergiendo a los costados del original, curvándose sobre él.

Un par de piernas extra, ayudándole a incorporarse, a embestir a los humanos.

—Refúgiense. —Los ángeles gritaban alterados, urgiendo a sus compañeros a la retirada.

Laura no dudó un instante, se unió a la estampida, buscando la espesura de los árboles, la seguridad inerme de las cabañas.

La clave alcanzó su cerebro en un instante.

Virus. Quizá intrusión terrorista, apoderándose de las computadoras, anulando el sistema de defensa de aquel edificio inteligente.

—Esta es tu oportunidad —dijo. Aquello era producto de la interfase, de nada más, una voz de alarma que los aislaría de posibles daños.

Corrió, de cara al transformado unicornio. La bestia no se detuvo.

Dolor. Los tres cuernos penetrando su carne, estragando su vientre... Y dolor real. Las viejas heridas volvían a estar en su lugar.

Se sintió arrojado por los aires, atrapado por los brazos marmóreos de un ángel.

—Demasiado tarde —se burló.

Su mente ennegreciéndose, transformándose en túnel. Oscuro, doliente.

Gemidos, levantándose de la tierra, mientras la tocaba, buscaba la senda.

Y allí estaba todo. Arbustos secos y espinosos. Enormes rocas de silueta retorcida... y la atmósfera: una tristeza concentrada, un claroscuro perpetuo. El dolor...

Pero había algo más. Extraño, demasiado familiar.

Sueños colados, parajes imaginados.

—Esto no es la muerte —bufó—. Malditos, lo están volviendo a hacer, reprogramaron esta porquería.

Sintió el tacto de dedos descarnados presionando su hombro. Giró, sabiendo lo que iba a encontrar.

No hubo decepción.

La estampa de la parca era una copia extraída de cintas fílmicas, de la tradición mortuoria universal. Ni un dejo de originalidad. Ahí estaba su rostro cadavérico, su sonrisa de dientes astillados y resecos.

—No sabes cuánto he luchado por este momento —dijo el esqueleto encapuchado—. Sólo tengo segundos... Un mensaje, una forma de agradecerte tu pasión por mí... Hace mucho que dejaste mis dominios, mi transición... Estás en el lugar que te correspondía. Está incredulidad tuya es tu tortura, tu infierno.

—Sí, claro. Por eso sabía exactamente lo que ibas a decir.

—Lo sabías porque te lo dije, porque te advertí en el breve momento que teníamos para conocernos.

—Por supuesto —se mofó, empezando a caminar.

Un hombre cubierto por vendas se arrastraba rumbo a la muerte.

—¿Lepra? —preguntó— Ah, claro, ahora me van a poner con gente de otras épocas, para que deje de sospechar.

—Un caso perdido —alcanzo a oír que decía el leproso a la Muerte—. Jamás aceptará su condición.

—Gracias, de cualquier manera —dijo la Muerte y él creyó distinguir cómo desaparecía, sin aspavientos, sin mayores trámites.

—Estúpidos programadores —masculló—. Estúpido gobierno que no acepta la eutanasia.

Y siguió buscando la verdadera senda, la ya recorrida, hacia la muerte.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

 


viernes, 2 de octubre de 2026

PAZ Y RUTINA

Gerardo Horacio Porcayo



 

I

Se dejó caer sobre la nada acolchonada pared de cromo-molibdeno.

Y no tuvo ganas de trepar, simplemente extrajo la cajetilla de Parisienes y encendió el último... El foco de 100 watts, desnudo y opaco por los restos carbonizados del filamento, lo remitieron a las costumbres añejas; allí, a contraluz, en arquitecturas retorcidas y primigenias, el humo moldeaba Necrópolis de poder, bestias mitológicas, simples quimeras capturadas por las paredes de su celda.

Su Conciencia era de otro tipo. No había furia, frustración o apatía. Podía esperar —de hecho lo hacía—; horas, minutos, días... Mucho más.

El reloj no. Se consumía en movimientos, en furiosos caminares cíclicos. Estaba exasperado. Más allá de lo recomendable.

—El sol está expandiendo su masa y va a comerse a la tierra —amenazó con voz de maquinaria suiza. Era un reloj conservador, había desdeñado las maravillas de la tecnología de punta, por no hablar de los preciosos Holodisplays o de las funcionales pantallas de cuarzo... Aún con su actual trabajo no se arrepentía del péndulo que oscilaba en su vientre.

—Sí, por supuesto —respondió el hombre desde la pared oeste, arrojándole la colilla.

—¡Hace falta disciplina! —bramó el reloj a través de cuatro canales de emergencia y del mismo aire.

—Eres un mentiroso —acusó el hombre, hundiendo ojos y cara entre las piernas—. Aún faltan ocho siglos antes de que el sol se vuelva gigante roja.

—Tic-Tac, tic-tac-tictactiiiiiiic —maldijo.

La escotilla chirrió con goznes podridos por el óxido y dio paso a un grupo militar.

—Baja de allí —exigió el jefe de patrulla desde el umbral. Era nuevo... Nuevo en el oficio de guardián. Su pectoral estaba lleno de cicatrices de guerra. Una coraza abatida por un desintegrador de largo alcance. Había perdido también los brazos. El izquierdo era más obsoleto que el derecho, ambos ajenos al diseño original.

—¡Qué te bajes! —gritó el sargento primero. Un robot de cuarta segregación. Primitivo hasta la ridículo. Los seis patrulleros restantes emitían luces de codicia a través de sus objetivos oculares.

—Quiero un cigarro.

—Enséñenle lo que son los modales —dijo el reloj—. Tengo que convivir con él cada puto eón.

—Grrr —dijeron los patrulleros, empuñaron sus armas e intentaron todas las tácticas conocidas... En realidad no fueron todas, querían preservar sus vidas. También la celda.

—Si me dan un paquete incluso les prometo sufrir —argumentó el hombre, luego de soportar, con una suerte de conmiseración, sus esfuerzos.

El sargento primero alargó tres cajetillas.

—¿Cobalto 1000? —se quejó, ofendido, leyendo las cubiertas— Por esto cuando mucho han de esperar unos cuantos gemidos.

El jefe de patrulla (un capitán de mierda), dio la señal. Lucía derrotado. Tres androides obedecieron al instante, entregando con solemnidad el tributo.

El hombre abrió el paquete de Parisienes y encendió uno antes de iniciar el descenso.

Los robots babeaban aceite. Estaban hambrientos.

—¿Ahora qué va a ser?

Los androides mostraron gustosos sus instrumentos de tortura.

El hombre los miró, compasivo.

—No otra vez. No nos tortures así... Aunque sea finge llorar...

—Bueno —dijo el hombre y se les adelantó rumbo a la cámara de tortura.

 

II

—Ayer emergió una flota de Cygnus X-1 —amenazó el reloj, cansado de mover el péndulo. Ya no era el mismo, los años lo estaban venciendo—. Vienen en son de guerra. Van a destruir el planeta.

—Mmmm —comentó el hombre y se dejó caer en el techo. Hacía calor. Sobre todo al lado del foco. Lo pateó. En realidad le había hecho un favor. La pobre bombilla agonizaba desde hacía tiempo.

—¡Eres un desconsiderado! —lloró el reloj— Me paso las horas alegrándote la vida y mira cómo me tratas.

—Quiero un cigarro —exigió.

El reloj, acostumbrado a su indiferencia, cesó su dramatismo. Aún tenía una misión que cumplir. Transmitió en 360,000 bandas.

Y pasaron dos días.

—¡Oh, excelso! —dijo el jefe de la comitiva. Pertenecía a la segregación racial ochenta y dos— Soy mensajero de los deseos de mi pueblo y...

—Al grano. ¿Qué ofrecen? —cuestionó el hombre, sin mirar al capitán de guardia. Ni siquiera estaba dispuesto a derrochar rencor. Se les habían acabado las reservas. Habían perdido una batalla. Era todo. Fin del drama.

El jefe de la comitiva chasqueó sus dedos metálicos. El sonido se produjo en su altavoz, no en los dedos. Cuatro robots descargaron el baúl y con una solemnidad extrema lo abrieron. Botellas de vino tinto, paquetes de cigarrillos y otras cuantas bagatelas destellaron bajo la luz del foco.

—¿Tienen más? —preguntó él, sin fijar la vista, sin un asomo de necesidad o alegría.

—Toneladas. Cientos de toneladas —dijo el jefe de la comitiva. En su voz asomaba un regocijo irreprimible—. Y aún más. De hecho hemos preparado una sorpresa en su honor.

Él torció el gesto.

—Sí, claro —dijo—. Pero no quiero caminar.

Ocho robots, ataviados al estilo de la Grecia antigua, entraron a la celda. En sus manos portaban una camilla real.

Se dejó caer al suelo y luego se acomodó en el diván Holywoodesco.

El reloj empezó a llorar.

—Voy a morirme de tristeza —amenazó—. Me voy a suicidar. Sin ti la vida no tiene sentido.

—Tráiganlo —dijo él.

El reloj no esperó confirmación alguna. Se descolgó de la pared y se abrió paso a través de la gimiente masa de sus colegas que suplicaban una venia semejante.

Hizo oídos sordos a las súplicas. Hacía tiempo que precisaba un cambio... Por mínimo que este fuera.

El sol constituyó la primera molestia. Los alabos la segunda. Durante todo el trayecto hubo de soportar pleitesías, batallas suspendidas para admirar su paso.

El estado de la tierra no lo sorprendió en lo absoluto. Era un inmenso caos: aire contaminado, tierra seca, arboles muertos, ciudades devastadas, cráteres, armatostes oxidados, robots agonizantes... Nada nuevo.

—Me estoy cansando —murmuró y los androides aceleraron la marcha.

 

III

La observó con cierta amargura. Habían dicho la verdad, era una sorpresa, una parte de sus sueños. Pero sus sueños ya no eran nada.

La congregación contenía el aliento. No lo necesitaban, simplemente habían aprendido a hacerlo.

—Hola, Norma Jean —dijo, encendiendo un cigarro.

La rubia sonrió, provocativa, mientras la parte inferior de su vestido blanco se inflaba bajo una ráfaga de aire.

No consiguió excitarse, se limitó a admirar la escena como si esta estuviera plasmada en la holovisión.

Una cama con colchas de damasco rojo, brotó del piso unos metros atrás de la rubia.

—He estado esperándote —dijo Norma Jean, sin dejar de sonreír. Su cuerpo se desvivía en movimientos voluptuosos que iban dejando atrás la ropa. Finalmente, dos altos y firmes senos lo miraron con fijeza y una suerte de lascivia.

Era una reproducción magistral. No pudo dejar de sentir un ramalazo de deseo. Se acercó lentamente a la rubia y tocó un seno. Cálido, terso, sediento...

La rubia no pudo esperar más. Su verdadera consistencia la traicionó. Lo izó como si fuera un muñeco de peluche. Estrujándolo, caminó hacia el lecho. La multitud se deshacía en vítores, sus objetivos oculares estaban en opción telescópica. No querían perderse un solo detalle.

Norma Jean lo cubrió de besos. Y no eran nada. Le parecía estar siendo explorado por unos tentáculos fríos, que dejaban a su paso un rastro viscoso. Se sintió asfixiado, pese a que ya nunca podría estarlo. Las manos de la rubia se movían expertas sobre sus zonas erógenas. La ropa iba abandonando su cuerpo en ese ritual casi olvidado. Sus instintos no olvidaban y pronto tuvo una erección.

Y fue el colmo.

La exasperación fluyó en sus venas. Estaba harto. Quiso acabar aquella molestia de una vez por todas. La rubia no estuvo dispuesta a cooperar, seguía sus propios deseos, su propio programa erótico.

Y la golpeó. Con saña y desesperación. La rubia se mostró sorprendida, por un momento permaneció rígida, luego se echó a llorar.

Y no lo conmovió ni un ápice. En lugar de ello siguió atacando, abrió sus piernas y la penetró con impulso asesino.

Ella gimió. La multitud también.

Se movió rápido, sobre el cuerpo de Norma Jean. Ni siquiera pensó en cambiar de postura. Le urgía matar la erección. La rubia, superada la duda, trató de alcanzarlo con los labios.

Y la volvió a golpear. Una y otra vez. Un asco mortal lo poseía. Quiso robarle cualquier símil de placer, cualquier vestigio de goce.

Ella se adaptó al ritmo.

—Sí, pégame. Más, más fuerte.

Y siguió las instrucciones. Sus puños se convirtieron en martillos indestructibles. Primero se vinieron abajo los dientes, luego los ojos botaron como canicas. Fue entonces cuando los sistemas de emergencia le dijeron a la rubia que debía defenderse. Contraatacó a ciegas. Él estaba preparado, sabía lo que podía pasar. Arrancó de cuajo ambos brazos y siguió golpeando su cara hasta transformar su belleza en una masa sanguinolenta e irreconocible, hasta hacer crujir el cuello. Luego sus dedos se posaron sobre los senos, exprimiéndolos, queriéndoles sacar una chispa de deseo. La sangre se coaguló en el damasco rojo y cuando finalmente eyaculó, de Norma Jean no quedaban sino fragmentos de carne y metal.

Se incorporó echo una furia dispuesto a arrasar con el auditorio.

Pero ya no podía hacer nada. Toda la congregación había quedado reducida a chatarra. En pleno éxtasis, lo habían imitado, todos y cada uno de los robots...

Suspiró. Podía deshacer la ciudad, pero no iba a servir de nada. Cabizbajo, desnudo y sin horizontes, caminó lentamente hasta la nueva celda.

Ya pasaría el tiempo.

 

IV

El problema era que aprendían demasiado rápido y nunca olvidaban. Era la historia de sus vidas. Desde el principio habían sido así. Nada los hizo cambiar.

Ahora lo descuidaban aún más. Ya no sólo era imitar las guerras interminables de la humanidad. Les había enseñado algo nuevo...

—Quiero un cigarro —dijo.

El reloj permanecía adormilado, incluso había dejado de mover el péndulo.

—¡Quiero un cigarro! —gritó.

El reloj despertó, exaltado. Su péndulo vibró con miedo. Luego identificó en qué lugar estaba. Hizo un repaso a sus bits de memoria y luego se quejó.

—Es el colmo, ni siquiera puedo tomar un sueño. Quiero un cigarro, quiero un cigarro... ¡Bah! —mientras hablaba, hizo contacto con la red informativa. Los resultados le hicieron torcer el gesto— No hay nadie disponible. Ayer fue día de tregua y hubo orgía en todas las ciudades...

—¡Necesito un cigarro! —vociferó el hombre.

—Sí, ya sé, ya sé —dijo el reloj, descolgándose—. Nunca hay descanso para mí. Nadie me tiene consideración... Estas reumas me están matando y...

Y se perdió en el pasillo, junto con su voz.

Regresó una semana más tarde.

—¿Los fuiste a sembrar? ¿O qué?

—Traigo noticias —respondió el reloj, dejando en el piso un costal lleno de Parisienes.

—Mmm —dijo el hombre, prendiendo un cigarro.

—La flota que salió de Cygnus X-1 está orbitando nuestro planeta. La invasión es inminente.

—Mmm —dijo y siguió aspirando.

—Ayudé a reconstruir a tres robots de cada ciudad. No van a estar listos a tiempo... Voy a ayudarlos —dijo el reloj y en un comportamiento inusual dio media vuelta.

 

 

V

—Quiero un cigarro —volvió a gritar.

El eco fue su única respuesta. El maldito reloj lo había abandonado. Tenía dos horas sin fumar, ocho días sin ver a nadie.

Se dejó caer en el piso, atravesó la escotilla abierta y se adentró en los túneles. El refugio parecía estar lleno de vida: fresadoras, sopletes, remachadoras y sistemas de ventilación.

—Así que aquí están —comentó al llegar a la nave industrial. Nadie volvió la vista. Cientos de robots trabajaban a marchas forzadas, construyendo réplicas de sí mismos, armas y vehículos de batalla.

Se alzó de hombros y siguió caminando. No conocía el complejo y gastó media hora antes de encontrar el almacén. Destapó una botella de vino tinto y la bebió de un trago. Luego se apoderó de cuatro paquetes de cigarrillos y emprendió el regreso.

Frente a los hangares se topó con el reloj. Su respuesta fue inmediata. Lo pateó.

—No te traje aquí para que perdieras el tiempo —regañó.

El reloj se incorporó, herido y avergonzado. Un relé chisporroteaba insistente en su pierna izquierda.

—Lo siento... Estamos desesperados la flota invasora ya arrasó con tres ciudades y... —y se paró en seco. El hombre había hecho un ademán. Uno sólo. Hacía mucho tiempo que no lo empleaba. El reloj inclinó su estructura, con humildad. Luego simplemente lo siguió.

 

VI

Temblaba de miedo. Su péndulo se movía con nerviosismo.

—Deja de hacer eso —dijo el hombre, aspirando con deleite el humo.

El reloj no pudo escucharlo. El sonido de la batalla era enloquecedor pese a la protección de las cimbreantes paredes de cromo-molibdeno.

—¡Vamos a morir! —chilló el reloj.

El hombre le arrojó el Parisienes y luego encendió otro.

—Sólo quedamos tres ciudades —argumentó, su péndulo como gelatina—. ¡Estamos perdidos!

—¡Cállate! —vociferó el hombre tirándole una botella vacía. El ruido que hizo al estrellarse contra su carátula fue excesivo... No era el único. Las paredes se vinieron abajo, rugiendo, coreando el sonido de los cristales rotos.

Lo peor no fueron las toneladas de escombro sobre su espalda. Había perdido la paz, su refugio... También sus cigarros. Estaba hecho una furia. Golpeó a diestra y siniestra, con toda su fuerza. Pronto alcanzó la superficie.

La ciudad estaba deshecha. En sus ruinas un grupo de alienígenas celebraba su nueva victoria. Eran humanoides de piel translúcida y cuatro brazos. Las mujeres poseían además un par extra de senos.

No lo vieron hasta que estuvo en medio de ellos. Era un hombre alto, sucio y desaliñado. Sus ropas eran jirones de tela. Su ceño... Su ceño los hizo tomar las armas y encañonarlo.

—Ni un paso más, amigo —dijo el alienígena más alto. Seguramente era el comandante de la nave que los protegía bajo su sombra.

—Quiero un cigarro

—De este hablaban los robots —terció una extraterrestre de extraordinaria belleza.

—Ajá —dijo el comandante—. Así que tú eres el único sobreviviente de la raza humana.

—Quiero un cigarro.

—Los archivos dicen que fue el único que no se suicidó cuando, después de la cuarta guerra mundial, descubrieron que eran inmortales, invulnerables a cualquier cosa conocida —informó un alienígena decrépito—. Se llama Asterión.

—No seas idiota —dijo la alienígena—. Si eran invulnerables no pudieron suicidarse.

—Se arrojaron al espacio —refunfuñó el viejo.

—Quiero un cigarro.

—Pero entonces no están muertos —afirmó el comandante.

—El caso es que no están aquí. Los robot dicen que se hartaron de todo.

—¿Y este por qué no se fue?

—Pregúntale...

—¿Por qué no te fuiste? —curioseó la alienígena.

—¡Quiero un cigarro!

—¿Por qué se hartaron? —preguntó el comandante.

—¡QUIERO UN CIGARRO!

—¡A mí no me grites, imbécil! —bramó el comandante golpeándolo con la culata de su fusil. No estaba acostumbrado a que desobedecieran sus órdenes.

Y fue todo.

El hombre. El último hombre de la tierra, crispó los puños y empezó a repartir golpes. No hizo caso alguno a los láser, las bombas atómicas o al embiste de la nave. Simplemente golpeó hasta acabarlos.

Y no quedó conforme, fue en busca de los otros.

 

VII

Lo vieron llegar por el oriente.

Sus manos dejaron de temblar sobre los controles del armamento. Algo, en su actitud, les dijo que todo estaba bien, que ya no había más invasores.

Después, todo fue alegría. Salieron a recibirlo en un caos de voces, manos que se extendían para tocarlo, besos en los pies.

—Quiero un cigarro —dijo el hombre. Venía desnudo y cubierto de cenizas.

Los robots no paraban de agradecerle. Trataron de cargarlo en hombros y fue todo.

—¡QUIERO UN CIGARRO! —bramó.

No hicieron falta más palabras. Los robots corrieron a buscar viandas, tributos.

El hombre seguía con ellos.

Pronto todo fue paz y rutina.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

 


sábado, 22 de agosto de 2026

AQUÍ Y EN EL MÁS ALLÁ

Gerardo Horacio Porcayo

 

Levanta la vista con algo más que cansancio. Sus movimientos son discordantes, erráticos. Por el rabillo del ojo alcanza a distinguir una silueta conocida.

—Te hacía en Milton —comenta Jack Rompesoles, sin sorpresa, arrastrando las palabras. Su lengua torpe. Luego vuelve a hundir la mirada en el vaso de Láudano.

—Mmm... Lo mismo me dijeron los otros... Seguro que algo les pasó durante la transición por el hiperespacio. Tienen la mente torcida.

—Como si eso fuera novedad —barbota Jack, aburrido. —Es casi una exigencia tener el coco volado, mi querido Ruperto, para entrar en este maldito cuerpo de exploración.

—Un Infierno Verde doble —pide Ruperto al cantinero— y un Jim Beam de Chaser...

—El mismo Ruperto de siempre... La misma mierda de siempre... estoy harto de viajar en esas malditas teteras voladoras, de las pinches estaciones de tránsito, de sus alcoholes adulterados, de que jamás pase nada.

—Estás loco...

—Eso ya lo sabemos...

—Obtuvimos lo que queríamos. Viajar. Siempre en constante mudanza. Saltar soles, explorar mundos, enfrentar alienígenas monstruosos. Nuestra vida es puro cambio...

—Sí, sí. Por supuesto. Oh maravilla de maravillas.

—Mírate a ti mismo —dice Ruperto, obligándolo a enfrentar el azogue —. Estás lleno de cicatrices y condecoraciones. Tu traje raído. ¿Qué ya no recuerdas cuanto odiabas aquel uniforme inmaculado, de insignias brillantes? Tu traje es testigo del cambio y la transformación. Tu pelo largo, la barba, como te admiran los cadetes...

—Mierda, todo es mierda.

—Mira a tu alrededor. ¿Acaso imaginaste alguna vez un paisaje como este? —dice Ruperto, suspirando, girando 360 grados y señalando el horizonte que se extiende tras la esfera transparente que es el bar—. Es como estar en un mal viaje de LSD, caos de colores, volcanes ardientes, montañas que gravitan, se desplazan por el aire y derriban cohetes y platos voladores...

—Una mierda...

—Acuérdate de tus sueños infantiles, de...

—¿No te cansas de repetir el mismo casete? Don Ruperto el Empático. Alivio de los pobres y los deprimidos. Me das asco.

—Mírame Jack —dice Ruperto, concentrándose en su tono de voz.

—Guau. Viva. Hurra. Te cortaste el cabello, gran cambio.

—No dejes de mirarme —ordena Ruperto y su voz ya troca.

—Magnífico. Al fin conseguiste el deformador holográfico... También debiste conseguir un software de imágenes, para suplirte el cerebro. Tu sueño hecho realidad y lo único que se te ocurre es transformarte en demonio estilo Doré...

—Imbécil —dice Ruperto, y su voz cimbra la cristalería, la misma estructura del bar—, no me vas a aguar mi fiesta. A mí, lacayos —vocifera.

De todos los rincones, de cada una de las mesas, surgen figuras contrahechas, reptantes.

—Me has convencido, cantinero, sírveme otra — pide Jack con un atisbo de sonrisa.

—No es el Láudano, mi querido Jack Rompesoles...

—De todos modos sírvelo, cantinero...

—Tampoco es un proyector holográfico. Estás en el infierno...

—Que suenen las fanfarrias —dice Jack y bebe con lentitud, mientras explora sus alrededores. El horizonte ya no es cristal, visión caótica, sólo cuerpos deformes cerrando formación.

—Deberías estar asustado —comenta Ruperto.

—Esto no es mejor ni peor que la superficie del cuarto planeta de Algol.

—A él, lacayos.

Las figuras se ciernen sobre Jack. Múltiples manos lo apresan y elevan sobre cabezas cornadas.

—Ahora, ya sin más preámbulos, sufrirás la peor de las torturas. Entiéndelo de una vez Jack, esto es el infierno. Moriste durante el salto hiperespacial y te espera el tormento eterno...

Jack mira una vez más a Ruperto.

—Demonio. Y una lágrima escapa de su ojo derecho.

—¡Ah, al fin te ablandas!

—¡Dioses y demonios —clama Jack—, hasta en el más allá tenían que ser tan poco originales! 


Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

domingo, 19 de abril de 2026

EN SANTO MATRIMONIO

 Gerardo Horacio Porcayo

 

—Aquí hay gato encerrado —dijo la abuela Obdulia cuando llegó el carruaje, la gran Limo Hummer negra, minutos después de que su nieta arribara en un Licoln X-100 descapotable, justo del modelo en que muriera JFK.

—Dios, pero qué celos, mamá ... Deja de buscarle tres pies al gato— Son sólo estrategias para evadir a la prensa —contestó Lucinda.

Las calles empedradas, la pequeña capilla gótica, antiquísima. Era como haber escapado de la ciudad, de la misma modernidad hacia el interior de un bosque encantado. Todo, de hecho, parecía salido de un cuento de hadas. O casi todo, si uno se ponía a descontar la pandemia y la visión de la gente con sus máscaras en la calle.

Había sido una monserga mantener el secreto del lugar, mantener a raya a los parientes, a las habladurías todas... Convencer al mismo guía espiritual familiar de asistir a esa capilla y de la necesidad de supervisarlo todo y celebrar la misa a las cinco de la tarde, horario inusual que tras largos debates habían concebido como el único aceptable para las dos partes.

La orquesta de cámara, la caminata por la alfombra y las palabras del sacerdote hablando del sagrado ministerio del matrimonio.

Y ahí estaban los dos, juntos, contra toda expectativa.

—¿Puedes creerlo, mamá? —La emoción buscaba resquebrajarle su altiva, inconmovible pose, pero la práctica de Lucinda era amplia, imbatible.

—Lo veo y no lo creo —murmuró la abuela Obdulia, sordamente. Estaban en la consagración—. Aún puede salirnos con algo... no es posible que todo se arregle así de fácil... malditas peinadoras, ni el pelo punk, ni los miles de piercings se le notan... es como si se hubiera vuelto otra. Victoria, la oveja negra que se vuelve blanca ante sus propios ojos...

—El amor todo lo puede...

—Sí, como no, de la noche a la mañana olvida a su novio de parrandas, ese motociclista apestoso, para casarse con uno de los galanes más codiciados del año pasado...

—Shh —una de las monjas las miraba con indignación y hacía grandes aspavientos para que dejaran de hablar.

Trataron de disfrutar, sin más cuchicheos el resto de esa parte. A la hora de la verdad, tomaron los pequeños binoculares y apuntaron a su hija/nieta, respectivamente.

—Hermosa... y casándose con ese actor...

—Todavía falta que nadie se oponga...  Ya quiero verlo al motorista de cuero entrar y decir una sarta de barbaridades... como que ya le quitó lo virgencita y algunas otras atrocidades obscenas... —insistió la abuela Obdulia y el padre pareció escucharla.

—Si hay alguien que se oponga a esta boda, que hable ahora o calle para siempre...

Abuela y madre sintieron una corriente que vibraba por sus pieles, giraron la cabeza. Lo único nuevo era un par de reporteros de espectáculos, sus camarógrafos apuntaban al altar.

—Esto va a ser una bomba, mamá... Su imagen va a estar en todas las teles de todo el mundo... Como si fuera Lady Di... O su nuera, Kate Middleton...

—Los declaro, marido y mujer... Puede besar a la novia —anunció el padre.

Los binoculares volvieron a convencerlas. Sí, era el galán y aunque no se veía tan apasionado como en sus películas, aunque se veía torpe, era innegable su identidad; esperada su torpeza después de un accidente como aquel que había tenido al país en vilo y desvelado por su estado, hacía casi un año y luego pasara al anonimato, como lo hacen las grandes estrellas cuando tienen secretos que guardar.

—Su gran secreto —suspiró Lucinda.

—Malditos secretos —masculló Obdulia, afuera ya se escuchaban helicópteros y una manada de reporteros estaba ya a la puerta, como gallos de pelea esperando que los liberes—. Y pensar que preparamos una recepción tan pequeña...

—Mi yerno va a estar enojadísimo por esta filtración —comentó Lucinda, su sonrisa era mínima, pero de autocomplacencia.

Los flashes lo inundaban todo, mientras acababa la ceremonia y la orquesta de cámara interpretaba la salida nupcial. Las cámaras de televisión ya estaban montadas en las afueras y hacían cerco hasta el pequeño atrio y los puentes de madera a través de los que se accedía.

Todavía llegó, contra toda recomendación eclesiástica, la lluvia de arroz (alguna nueva moda sobre el hambre y el desperdicio de granos que se inventaran los sacerdotes).

Y esa pareció ser la señal definitiva: una horda de reporteros se abalanzó sobre la pareja... o mejor dicho, sobre el novio, con su ansia de obtener la primicia, y con los micrófonos tendidos, fueron haciendo a un lado a la novia, hasta que ésta se encontró al lado de su madre y abuela.

—¿Y cómo vieron? —preguntó Victoria, la novia, la desposada, la desplazada...

—Ay, hija, no te preocupes, luego vienen a entrevistarte a ti —dijo la abuela Obdulia.

—Como cuento de hadas, hija mía. Has dejado de ser mi princesita para ser la reina de tu propio feudo... —dijo Lucinda sin permitir que la sonrisa fuera exagerada, aunque su alegría en verdad era desbordante.

Entonces apareció la moto, silenciosa, avanzando en neutral, tras la novia. El conductor era un hombre alto, de smoking de cuero con estoperoles donde deberían estar los botones, cubierto con una máscara de luchador de trazo clásico y toda en negro. Su aroma no había mejorado en lo más mínimo, descubrió la abuela Obdulia...

—Sí, justo eso... y ahora les tomo la palabra... ya les di lo que querían, ya me casé a los ojos de Dios y de los hombres... Y ahora, me voy con el hombre que amo... —dijo Victoria, y el de la máscara la tomó de la mano y la ayudó a montar la moto.

—Que disfruten sus entrevistas, señoras... Va a ser interesante ver cómo explican que el novio esté catatónico... —dijo el enmascarado y teatralmente, tronó los dedos. Al centro del remolino de reporteros, se elevó un desconcierto, frases inconexas.

—Ayuda —dijeron, gritaron algunos...

—Llamen a una ambulancia...

La moto ronroneó su vuelta a la vida.

—Que pasen una buena fiesta, señoras... El show ya empezó...

—¿Y qué decimos si nos preguntan? —inquirió Lucinda, con su máscara de impasibilidad ya rota.

—La verdad, madre... —aseguró Victoria— que lo saqué del hospital con ayuda de mi novio vampiro... éste, con el que ahora me escapo.

La moto rugió y enfiló por uno de los puentes de madera, tras su paso, la limo Hummer, cerró el acceso.

Madre y abuela alcanzaron a escuchar una gran risotada, sobrenatural, como la de Bela Lugosi. Luego, cayó sobre ellas el ramo, inmediatamente después, la oleada de reporteros.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

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