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jueves, 9 de julio de 2026

CUCHILLOS DESAFILADOS

Víctor Lowenstein

 

Downing, el bar de Penny, no era el lugar más elegante de la zona portuaria de Liverpool, pero a fuerza de ser el puerto más activo y bullicioso de la costa oeste de la isla se podría decir que gozaba de alguna buena reputación. Su barra solía estar atestada de borrachos de a pie, y olía tan mal como ellos, pero por allí circulaba suficiente cerveza para llenar barriles de bodega y bolsillos como los de Penny, el obeso y grasoso dueño del bar, tan bebedor como cualquiera de sus buenos clientes, de los que había en cantidad pues los comerciantes ricos de la franja del Lane iban con frecuencia a calmar su sed a la atestada barra del bar de Penny, quizá el único donde se servía la cerveza acompañada por salame, que cada cliente podía cortar en el grueso de rodajas que quisiera, acompañado de pan del día. Ya dije que no era un mal bar, incluso contaba con un salón con mesas y sillas para los comensales que gustaban beber sentados. las mesas no tenían manteles ni estaban muy limpias, pero le otorgaban al Downing cierto prestigio de taberna medianamente decente, al menos.

Los sábados por la tarde el bar cobraba una inusual vida. Por allí se dejaban ver las caras conocidas. El enorme Gordon Henney, dueño de una cadena de mercerías y posiblemente uno de los hombres más ricos de Lane. Le seguían el licorero Chase y el sastre Malykan. Más lejos se ubicaban Doyle, levantador de apuestas, Del, aduanero, y Kevork, estibador retirado. Los tres se acodaban juntos para beber, conscientes de su menor rango social.

Cada cual tenía lo suyo. Henney era el más desaforado y aspaventoso. Podía repetir a los gritos y sin cansarse que era "el empresario más exitoso de todo Londres" y que tenía más dinero que todos los allí presentes, incluido Penny. Un asco de sujeto. Chase y Malykan lo detestaban por igual, pero eran lo bastante hipócritas para brindar en su honor cada una de las muchas veces que los invitaba con una nueva ronda de bebidas.

Doyle, Del y Kevork eran a fuerza los más discretos. vestían gastadas gabardinas y bebían callados y sin molestar a nadie. A Doyle y Del les tocaba el último lugar en la barra; a Kevork el cuchillo más desafilado de todos los que Penny repartía para cortar el salame, por lo que se hizo popular entre la muchachada por llevar el suyo propio; en rigor una pequeña navaja con mango de peltre, muy oxidada en los costados.

Entre Gordon Henney y Brian Kevork existía una relación muy peculiar. Eran, claramente, extremos opuestos de un mismo círculo social. Henney era el rechoncho burgués, vanidoso y extrovertido. Kevork, el flaco proletario, humilde y callado. Rara vez hablaba y pocos conocían su voz, que era grave y aguardentosa. Chasqueaba su lengua agrietada sólo para ordenar cervezas, que bebía hasta quedar casi inconsciente. En eso y sólo en eso se parecía a su contraparte, Henney: el obeso comerciante no paraba de hablar de sí mismo, de su posición, sus excelsos trajes y hasta de la delicadeza de sus rasgos de alcurnia. Al resaltar así su agraciada estampa, aprovechaba invariablemente para mencionar la nariz de Kevork. La nariz del ex estibador era carnosa y torcida, y lo afeaba bastante, razón por la que Henney lo acechaba con todo tipo de burlas.

—Eh, tú, portuario, no vayas a hundir mucho esa narizota en la jarra de cerveza, o se la beberá por ti —le gritaba, entre tremendas risotadas compartidas por los parroquianos chispeados del bar. Kevork toleraba las burlas sin un resoplido. incluso, cuando la tarde estaba avanzada y varios cabeceaban por la ebriedad, Henney solía acercarse a Kevork y rodearle los hombros con su brazo para seguir las chanzas, sin que el "portuario" mostrara el menor interés en responder las ofensas.

Henney no estaba desadvertido. Brian Kevork era un tipo indudablemente tranquilo, pero de buena estatura y robustos brazos. Sus manos eran como pinzas de cangrejo, grandes y fibrosas. Aunque nunca pronunciaba una queja, sobre aquella gibosa nariz suya brillaba lúgubremente una mirada gris de rencores apenas ocultos que nadie precavido hubiera tomado en solfa.

—¡Ya. déjale en paz, Henney! —le advertía Chase atusando sus finos bigotes—. ¡El tío Kevork te va a dar una paliza un día de éstos!

—¡Bah! ¡Vete a vender tu licor! —se mofaba el mercero.

—¡No lo provoque más! —susurraba Malykan a su oído, ahuecando sus finas manos— o te clavará su cuchillito donde menos te gusta, viejo aspaventoso...

—¡Hala! ¡A zurcir calzones, costurero! —le respondía despreciativamente Henney.

Hasta Penny, que presenciaba el descaro con el que el mercero le rodeaba la espalda al ex estibador, lo llamaba casi con asco "portuario", y acercaba su cara a esa otra cara ruda que apenas hacía un gesto, para escarnecerlo con sus burlas, podía observar cómo la expresión del viejo estibador se agriaba y endurecía y sus ojos iban adquiriendo una mirada torva cuando no temeraria. No obstante no movía un músculo, salvo para continuar bebiendo como si nada. Penny temía una desgracia y se lo hacía saber a su mejor cliente.

—Gordon, por amor de Dios, deja de molestarlo —le decía cerca de su oído, pero Henney lo despachaba entre risotadas y pedidos de escocés, que se iba a beber con sus amigos a alguna de las mesas, ya molesto por los recelos del cantinero.

 

El ataque nocturno a Gordon Henney, semanas después, conmocionó a buena parte del barrio de Lane. Los vecinos que oyeron sus alaridos aquel sábado a la medianoche afirmaban que lo encontraron al pie de una columna del Dorsey Street, con las menos conteniendo su cara ensangrentada. Al intentar examinar sus heridas, quienes lo habían encontrado fueron presa del horror, pues el agresor le había mutilado enteramente la nariz con un objeto cortante. Rayones de la misma arma afilada marcaban el frontis de la columna en buen número, lo que decía mucho sobre la furia del atacante. Fue llevado en andas a una sala de primeros auxilios de Doverty, donde lograron detener la hemorragia para trasladarlo a un hospital de clínicas. 

En el Downing la noticia corrió como pólvora encendida. El suceso fue objeto de múltiples comentarios por parte de todos los parroquianos del bar. Henney era, claramente, el tipo más odiado del vecindario. Lo repudiaban tanto deudores como acreedores, clientes estafados y comerciantes arruinados por su competencia desleal. Gordon Henney no era de los comerciantes honestos que saben ganar el afecto de sus conocidos. De hecho, su hijo mayor había sido recientemente desheredado durante un pleito familiar y se rumoreaba que le había jurado venganza.

Chase y Malykan se dejaron caer por el bar una semana más tarde. contaron, entre tragos y risas que Henney se restablecía muy lentamente en su casa, fuera de peligro pero horriblemente desfigurado y sin intenciones de dejarse ver por nadie. Su buena esposa los había atendido en la puerta de su residencia, sin decirles mucho más. Malykan se lamentaba ya que Gordon ya no pagaría más cervezas, en tanto Chase confesó que echaría de menos los whiskies con que solía invitarlos el mercero después de las pintas. Penny los escuchaba rascándose la barbilla mal afeitada con sus dedos sucios, pensando que con amigos así, Henney no necesitaba enemigos, aunque debía tenerlos.

Era curioso que, habiendo tenido tantos enemigos, nadie debatiera abiertamente sobre  el responsable del ataque a Gordon Henney. Se notaba el rencor acumulado hacia el acaudalado mercero. Con apretadas sonrisas los parroquianos comentaban la partida de su primogénito a América, seguramente corrido por alejarse de toda culpabilidad por el ataque a su padre. También se hablaba como al pasar de algunos prestamistas que habrían decidido cobrarse a cuchillo las deudas de Henney. No lo decían en serio, claro está, todo terminaba en un coro de risotadas y eructos de cerveza. Penny, sin embargo, los escuchaba con atención, repasando la barra una y otra vez con el mismo mugriento trapo con el que se secaba las manos grasientas. Pensativo, volvía la mirada constantemente hacia el mismo bebedor al final de la barra: Kevork.

Con su gabarda gastada, las grandes manos aferradas al borde de la barra para sostenerse y tan taciturno como siempre, el viejo estibador pasaba las tardes frente a su cerveza, callado e inmóvil.

Con el tiempo, Chase y Malykan dejaron de frecuentar el Downing; ya no estaba el mecenas que pagaba los tragos. Doyle, Del y Kevork ganaron el dudoso privilegio de usar los cuchillos menos desafilados para poder cortar el salame servido en la barra.

Los días pasaron, pero mientras cada cual se ocupaba de sus asuntos y el ataque a Henney era ya un recuerdo, Penny no se podía sacar el tema de la cabeza. Algo no encajaba en sus razonamientos. Mirando a Kevork cortar un trozo de pan, una tarde de sábado, se acercó para darle un poco de conversación.

—Oye, Brian, ¿qué pasó con tu navaja de bolsillo? —preguntó con la mayor inocencia.

—La perdí —respondió Kevork sin dejar de masticar pan con salame.

 —Ah, la perdiste. Cuánto lo siento —remató Penny dando por finalizada la charla.

 

El siguiente sábado, el Downing permaneció extrañamente vacío. Del había fallecido en su casa de un paro cardíaco, razón de la ausencia de varios clientes y por la que el apostador John Doyle pasó sólo un rato para beberse un brandy y saludar al compadre Kevork, que se quedó toda la tarde bebiendo sobre la barra como era su costumbre. Cuando Penny lo vio buscando un cuchillo para cortar un pan, aprovechó la ocasión para volver a hablarle.

—¿Y tu cuchillo, estibador? Veo que ya no lo traes contigo.

—Te dije que lo perdí —murmuró Brian Kevork, como si su respuesta fuese la continuación de la misma pregunta formulada por Penny una semana atrás.

 John Doyle no volvió a aparecer en el bar. Ni Malykan ni Chase ni Shawn ni Cook ni ninguno de los que habitualmente cargaban su vejiga en los sábados del Downing. Londres empezaba a sufrir una de las peores crisis económicas del viejo siglo, y las estrecheces comenzaban a sentirse sobre todo en los barrios de las costas sureñas. En consecuencia, una semana más tarde, y las que seguirían, la población sabatina del Downing se redujo a cuatro o cinco bebedores, que tampoco bebían tanto como antes del crack.

Penny estaba más decaído que nunca. Llevaba varios días sin bañarse y tenía la barba crecida, ya que su tiento de afeitar estaba gastado y no tenía un penique de más para reemplazarlo. Tan abatido e irritado por el infortunio estaba que se acercó al incombustible estibador, con todo ánimo de molestarlo un poco. 

—Eh, portuario —le dijo acercándose—. ¿Sabías que todavía no encuentran al atacante de Gordon Henney?

—Mmm... —murmuró Kevork, con la boca llena de pan y cerveza.

—Me preocupa —prosiguió el cantinero, empinando los codos en la grasienta barra— pues el atacante no sólo se ensañó con su cara, sino que melló con su cuchillo la pared donde cayó Gordon luego de ser herido... hay que tener mucho odio para hacer algo así. ¿No crees?

El otro no respondió. A Penny no parecía preocuparle la falta de correspondencia en el diálogo.

—¿Y tu cuchillo? Hace tiempo que no lo usas, amigo portuario; ¿acaso lo perdiste?

Kevork dejó de beber, rebuscó en los bolsillos de su vieja gabarda hasta que pareció hallar lo que buscaba. Era la navaja de peltre, que el estibador dejó sobre la barra esta vez.

 —¿Qué te parece? —preguntó un animado Penny—. Ahí estuvo todo el tiempo...

Con toda parsimonia Kevork abrió su navaja. La hoja estaba picada y rota, saltada en varias partes. Como si alguien hubiera hecho chocar el filo contra un hueso al cortar carne, o la hubiese refregado contra una pared muchas veces.

—Como verás —comenzó a decir Kevork, con voz de aguardiente— ya no sirve para cortar nada...

Los ojos de Penny se encontraron con la lúgubre mirada del viejo estibador. Dicho lo cual, volvió a cerrar la navaja para hacerla desaparecer de nuevo en uno de sus bolsillos.

Penny, con mano trémula, le alcanzó el mejor cuchillo de la barra. Luego se corrió hasta el final, para enjugarse el sudor de la frente con el mismo mugroso trapo de cocina que utilizaba siempre.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

lunes, 8 de junio de 2026

BIG BOOM

Víctor Lowenstein

 

El “Big boom” o gran explosión nuclear acaecida sobre el hemisferio sur, ocurrió a la 5.00 de la madrugada en algún lugar del conurbano norte bonaerense, el veintinueve de abril de 2031. Brian lo recordaba bien pues había despertado a causa de la explosión mirando instintivamente el reloj de pared de su dormitorio. Ya no pudo dormir. Su mente registró la hora y por ello no le asombró percibir las primeras tenues luces del día a través de las celosías de su ventana. Recordaba vagamente haberse dormido pasada la medianoche luego de los videojuegos de Playstation y cenar varias botellas de Coke y una bolsa de Doritos. Al principio no veía casi nada; la penumbra en su cuarto era tal que atribuyó el fenómeno a su habitual somnolencia diurna, que lo mantenía bajo las sábanas hasta mediodía, por lo común.

Este “día” se presentaba tan anómalo para Brian que no pudo estarse acostado mucho tiempo más; se sentía particularmente inquieto debido al silencio reinante. Habían transcurrido algunas horas, sin moverse de la cama, atento a cualquier cosa. Ni una voz, ladrido o freno de coche llegaba desde la calle. Era raro. Vivía solo en un barrio populoso que solía ser ruidoso a todas horas; algo estaba pasando. “No será nada importante” razonó con su despreocupación acostumbrada. Tanteó las zapatillas bajo la cama y comenzó a vestirse. Saldría como siempre con su skate a recorrer el barrio, comprar unas cuantas latas de gaseosas para el día y esperar el llamado de sus amigos con quienes encontrarse en el Skatepark al atardecer.

En plena calle, montó su tabla en la dudosa semioscuridad de un paisaje urbano aparentemente diurno. Anduvo dos calles hasta toparse con un desparramo de escombros en medio de la acera. Mas allá, en el cruce con la avenida un inmenso cráter manaba humo y un olor sulfuroso que despertaba náuseas. El boquete debía ser inmenso pues comenzaba en la bocacalle de la última vereda pero se extendía –a juzgar por las humaredas que se perdían hasta las afueras del barrio– lo bastante lejos para presumirlo gigantesco. Brian quedó boquiabierto ante la silenciosa catástrofe admirando los focos ígneos que aun perduraban por sobre el suelo estallado y las rocas, donde descansaban extrañas manchas brillosas, quizá restos de la explosión o lo que fuera que había impactado justo a pocas cuadras de su casa.

Dobló hacia la avenida y detuvo sus ruedas antes las puertas automáticas del supermarket local. Portando su tabla bajo un brazo ingresó hacia las iluminadas góndolas, sorprendido por la ausencia de gente en toda la instalación. “Al diablo; vayamos por unas latas de refresco” pensó, caminando directamente al despacho de bebidas. Hasta ese momento nada lo había inquietado, ni la explosión de la madrugada ni un cráter gigante en mitad de una avenida vacía. Brian pertenecía a una generación de jóvenes descreídos que, ante un mercado restringido por las IA y la falta de oportunidades, caían en una anomia que los autoexcluía de todo sentido de pertenencia. Era un fenómeno social preocupante pero demasiado arraigado ya en los jóvenes.

Hubo un ruido detrás suyo. Quitándose las gafas de sol, Brian giró el torso hacia una estantería donde un anciano de mal aspecto rapiñaba todas las latas de conserva posibles y las dejaba caer en una bolsa plástica. Cuando sus ojos se encontraron, el joven pudo visualizar las ropas sucias del hombre, sus cabellos blancos revueltos y el rostro lleno de hollín. El viejo le habló entonces.

—Muchacho, apuúrate. Toma todo lo que puedas; aún no saquean este mercado. Pronto vendrán por todo…

—What? ¿Me estoy perdiendo algún open friday, abuelito?

—¡Que no escuchaste la explosión de la madrugada, pendejo! ¿No viste el cráter?

—¿Y qué?

—¡¿Y qué?! Sufrimos un ataque, cayó una bomba en este barrio, estamos en peligro…

—¿Quién tiraría una bomba en un barrio tan tranquilo, abuelito, y por qué?

El anciano dejó caer las últimas latas en la bolsa y lo miró, casi con lástima.

—El único tranquilo sos vos, nene. Desde temprano la radio anunció este desastre. Le llaman el “Big boom”. No se sabe quién, cada cual tiene una teoría… lo cierto es que estamos en estado de emergencia; tenés que recolectar todo lo que puedas. El mercado aún está lleno, aprovechá. —Brian sacó un celular del bolsillo de sus bermudas—. No te molestes, criatura —continuó el viejo—. No hay señal de internet.

—Ay, no. Eso sí que es un drama. No podré comunicarme con mis amigos.

—¡Olvidate de tus amigos! Deberías estar recolectando alimentos; ¿querés unas latas de atún?

—El pescado no me gusta. ¿Vos quien creés que tiró la bomba?

—Lo único lógico de pensar es que algún militar de una facción poderosa se le escapó un dedo apretando el botón rojo…

—¿Qué mierda es una facción?

El anciano, que ya había pasado los ochenta años, demostró una lucidez imbatible al reflexionar frente a ese anómico ejemplo de generación perdida.

—Escuchame: los poderosos, quienes dirigen este mundo, no son personas sanas. Estoy seguro de que se pasean nerviosos en privadísimas reuniones militares inhalando cocaína y tomando decisiones apuradas que involucran la seguridad de naciones enteras. No me extrañaría que un comandante norcoreano borracho o un marine yanqui hayan equivocado una orden y lanzado una bomba al diminuto pueblo de una nación neutral como la nuestra. Es la única explicación plausible. No me preguntes qué es “plausible” …ya me voy.

—¡Bah! Pudo ser un loco suelto, también.

—Lo dudo —dijo el anciano recogiendo su bolsa—; una bomba de ese tamaño requiere mucha tecnología… y recursos. Habrás notado la huella brillosa que dejó en las rocas…

—Ah, sí, ese flúo.

—No, qué flúo, es radiactividad. Mantenete lejos de esas huellas. Ahora llená tus bolsillos y andate. Adiós y suerte. Cuidate pibe…

Brian lo miró alejarse y abandonar las instalaciones. No pensaba; se lamentaba de la falta de señal. Ya no podría comunicarse con sus amigos para ir al Skatepark. Se sentía desolado. Sólo se sentiría mejor si tomaba un poco de Coke, por lo que llenó sus bolsillos de latas y salió del local, algo contento de no tener que haber pagado por las bebidas. Casi no tenía crédito.

Al volver se reencontró con el cráter humeante y sintió curiosidad por ver adentro. Trepó por los derribos de tierra y asfalto pero no llegó a alcanzar el borde; fragmentos de hierros y rocas agudas le impidieron subir más. Al descender, notó sus zapatillas cubiertas de fosforescencias verdeazuladas que el anciano había denominado “huellas”. Eran sus mejores Nike y se maldijo por el descuido quitando con los dedos aquella sustancia pegajosa. Llegó a su casa y se encerró esperando que quizá más tarde volviera la señal de Internet. Temía morir de aburrimiento durante esa misma jornada…

Despertó alterado. Un estruendo de gritos y disparos llenaba el aire de su cuarto. Le costó una eternidad levantarse de la cama. Le pesaban las piernas y tuvo que arrastrarse hasta la ventana que daba a la calle. Con manos temblorosas alcanzó el alféizar y asomó los ojos a través de las persianas.

El paisaje era alucinante. El cráter estaba sólo a unos metros de distancia y el supermarket justo frente a su vivienda. Desde allí salía multitud de gente cargando mercancías, atropellándose entre sí, pasando unas por encima de otras, gritando como enloquecidas. Las voces llegaban a sus oídos nítidamente… “Corré, Brian, corré, salvate…”. “Mantenete lejos de esas huellas, pibe”. “Sólo Dios redime los pecados…”. “¿Querés estas latas de atún?”. A cada voz le correspondía un rostro. El del anciano estaba igual: cubierto de hollín, el pelo revuelto y la misma expresión de amarga preocupación.

—¡Perdoná, abuelito, debí escucharte! —clamó Brian antes de caer al suelo, exánime. Le dolían los brazos, las piernas estaban inmóviles y le costaba mucho respirar.

La sed empezaba a atormentarlo de nuevo. Había bebido ocho latas; sólo le quedaban dos. Al caer al piso seguía viendo el cráter abierto; todo estaba en silencio y… ¡allí estaban sus amigos! Kevin, Loan, Jonathan y los otros… no recordaba sus nombres, pero estaban todos, alrededor del cráter que no humeaba y en medio de un silencio incomprensible y atroz; podía verlos con sus skates haciendo parkour por sobre los escombros que a él le habían impedido el paso… veía sus rostros, sonrientes, pero no llegaba a escuchar sus risas, el silencio era atroz…y de pronto… de pronto… una sed horrorosa, la garganta completamente seca… Brian intentó palpar las latas de Coke pero empezaba a quedarse ciego… las latas, ¡las latas…!

Lo último que alcanzó a ver antes de quedarse ciego fueron sus manos intentando llegar a las latas de Coke. Manos ennegrecidas y burbujeantes, derramando ese pegote fosforescente que quemaba la piel…

—¡Ya voy! —gritó en la oscuridad sin saber dónde estaba. Gritó sonriendo, feliz de poder reencontrarse con sus amigos allá abajo, en las calles… ¡Voy, espérenme, chicos! Murmuró con sus últimas fuerzas, tomando entre sus manos quemadas una invisible tabla de skate.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL HOMBRE MÁS TACITURNO DE LA TIERRA

Víctor Lowenstein

 

Hubo en este mundo un hombre que fue único y fue a la vez todos los hombres; lo más sorprendente es que en el hecho mismo no acontece contradicción. Este hombre fue juzgado por los demás –probablemente demasiado a prisa– como el hombre más taciturno de la tierra. El apresurado juicio de quienes lo conocieron encierra una cuota de verdad: tal vez lo fue. Nuestro hombre (me tomo la libertad de nombrarlo así) que hablaba lo preciso sin perder nunca la amabilidad, tenía poca costumbre de mirarse al espejo. No obstante, cada vez que lo hacía veía algo distinto. A menudo se trataba de algún rasgo circunstancial; podía ser una nueva arruga en el entrecejo o un inusual rictus demarcando una línea del mentón. Por su mirada, entre lánguida y aguda, se sospechaba que su propio reflejo le revelaba otras cosas inéditas, invisibles a los demás, pero significativas a sus ojos.

 De pronto se observaba en el hall de entrada del departamento en que vivía y todos advertían su leve pero cierta sorpresa: algo nuevo venía a descubrir nuestro hombre. No hubo quien no prefiguró gesto similar cuando enfrentaba el espejo del botiquín cada mañana. Debía de afeitarse con una expresión de extrañeza fijada en ese rostro serio. De ahí que se aceptara todo lo que de taciturno tenía aquel hombre; que no era raro, ni malo, ni peligroso. Quizá un poco distinto del resto. A veces decía cosas como “el alba será el principio del día, yo sin embargo lo siento como el fin de otra cosa, un ocaso de algo más trascendente que una noche o incluso el simple comienzo de otro día” dicen que dijo una vez. Frases como esa dejaron perplejo a más de uno.

 En una inusual excursión a las sierras cordobesas, fue invitado a visitar el laberinto de un parque de diversiones. Aceptó, movido por la curiosidad, que es una de las formas más certeras del cumplimiento del destino. Alguien dijo, y posiblemente fue un filósofo cuyo nombre ha sido olvidado por la memoria pública, que extraviarse es iniciar el encuentro con uno mismo. Nuestro hombre intuía esa verdad íntimamente, al punto de evadirse apenas ingresaba en el recorrido sinfín, de las encantadoras muchachas que, como sacerdotisas de Isis lo habían animado a entrar. Se internó por un pasillo que lo condujo hasta una encrucijada con recodos que llevaban a otros tantos angostos pasillos abiertos entre hileras de informes y masivos ligustros. Con desconocido alborozo apuró sus pasos riendo, cerrando los ojos en plena caminata y olvidando todo lo que no fuera la inmediata felicidad que le producía perderse en esos silenciosos corredores verde oscuros.

 El placer, sin embargo, fue mezquino en su cortedad; no pudieron transcurrir más que poquísimos minutos de felicidad antes que nuestro caminante se hallara otra vez ante las puertas de entrada al laberinto. Reconoció los portales del umbral, el colorido letrero de bienvenida y los tenderetes sobre el mullido césped; fue como si de repente lo decepcionara la realidad conocida.

 Retornó a la ciudad más cambiado o mejor dicho en los principios de un cambio o transformación que lo acompañó en lo que le restó de existencia en el plano conocido. Pronto encaneció, y aunque en hombres de cuarenta y pico como él, la vejez comienza por presentarse con la dignidad de unas primerizas canas más que prontamente él perdía ese cabello ya blanco hasta quedarse calvo. Su deterioro era evidente. No sólo el rostro perdía lozanía al punto que conocidos que lo cruzaban o no lo reconocían o apostaban por una enfermedad terminal que lo consumía, sino que su dificultad para desplazarse era motivo de asombro. Apenas si podía caminar sobre sus piernas enclenques que sostenían una osamenta desgastada, y débil. Con voz temblorosa trató de decirle al conserje del departamento que estaba sufriendo a causa de que ya no se reconocía en el espejo del hall de entrada. El hombre no lo escuchó, o no supo entenderlo, y llamó a una ambulancia que lo trasladó al hospital municipal, donde pasó sus últimos días de vida.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.



domingo, 12 de abril de 2026

EL NUDO DE LA HORCA

Víctor Lowenstein

 

Salió a caminar como tantas tardes, urgido por el anhelo de llenar las horas libres. También, debido a esa suerte de paranoia que lo acompañaba a tiempo completo y que le llevaba a ver la existencia como una condena, a la ciudad como la cárcel del universo y a su destino, de una fatalidad inevitable e implacable.

Se había vestido al descuido con lo peor de su ropero. Alpargatas rotosas, suéter descolorido y pantalones deshilachados y emparchados. Su propia madre y su esposa siempre lo habían reprendido por el constante desaliño; Pedro se encogía de hombros y persistía en su dejadez. Ellas podían hasta entender el abandono del hombre. Era su actitud negativa la que las desconcertaba, tanto a ellas como a la mayoría de la gente que lo conocía. De alguna forma lo aceptaban tal como era; después de todo cada cual tiene su forma de ser.

Pedro —como dijo un amigo alguna vez—, no es mal tipo, al contrario, sólo un poco raro. Me ha confesado que la sociedad le desagrada pues le parece el nudo de una horca que se va cerrando sobre nuestras gargantas. Se puede ser un poco pesimista, pero mire que pensar de esa forma…

—De lo que yo estoy convencido —le habría dicho Pedro— es que vivimos bajo control de organizaciones o entidades que no comprendemos, pero que necesitan con desesperación mantenernos ocupados, idiotizados, conformes. Transitamos en calidad de esclavos por ciudades que poseen todos los instrumentos necesarios para prolongar ese estado de apatía común; desde alimentos insalubres, trabajos agobiantes y adicciones aceptadas y perniciosas, drogas, alcohol. Y mecanismos más perversos y sutiles que voy descubriendo cada día, que me convencen de que lamentablemente, estoy en lo cierto…

No hubo amigo, madre, esposa que lo hubiesen entendido cabalmente; era más fácil declararlo pesimista, lo que era cierto, pero no lo definía completamente. Nadie entendía metáforas como la del nudo de la horca; mucho menos aquello de los mecanismos perversos, “operaciones” como les llamaba a veces.

Dobló por la esquina de la calle de su casa en Munro, barrio en que supo vivir toda su vida, y caminó al azar tres o cuatro cuadras derecho sin pensar en un rumbo para su paseo. Tan enfrascado iba con sus pensamientos que atravesó las siguientes calles en zigzag, tan inconsciente de los pasos que daba como concentrado en los pormenores de aquellos descubrimientos que creía estar haciendo. La uniformidad de las calles, por ejemplo. Cada cuadra repetía una fisonomía urbana de casas enrejadas, perros guardianes tras las rejas, ladrando, y luces de sensores que se activaban a su paso por los frontis. Esa combinación de luces de alarma junto a los ladridos, y las rejas como símbolo carcelario, configuraban cierta clave que creía ser capaz de descifrar, si continuaba investigando lo suficiente. En tanto caminaba reflexionando y a paso de marcha, abstraído, dejando atrás las calles conocidas.

Al llegar a cierto cruce una ochava le pareció desconocida. Alzó los ojos hacia el cartel indicador de calles y no reconoció ninguna de las que iniciaban cada acera. Nombres extraños, de una ajenidad preocupante. Nada le decían, jamás había escuchado esas denominaciones. Gentilicios imposibles de vincular con algo familiar. Decidió que dicha preocupación era insignificante. Dada su distracción habitual, posiblemente había pasado por alto muchas veces esas calles, para reencontrar las conocidas a menos de dos cuadras.

A la quinta cuadra recorrida, vistos otros tantos carteles que anunciaban con nombres de próceres que no le sonaban o batallas que escapaban a los libros de historia, calles que no le recordaban nada visto ni recorrido, Pedro empezó a preocuparse seriamente. No quería admitirlo pero acabó murmurándolo: “estoy perdido”.

No sabía si sentirse furioso o simplemente curioso. Después de todo la cosa no podía pasar de ser una confusión pasajera, pronta a resolverse. No podía estar muy lejos de casa. Sin embargo, la furia se imponía en su ánimo, pues ya iba por la sexta o séptima cuadra (desde luego ya había perdido la cuenta) y la profusión de cosas nunca vistas –calles, frontis, plazoletas extrañas– lo estaba llevando a una crisis de nervios. Forzó una carcajada obligándose a creer que todo era obra de una sencilla desorientación. Sólo debía preguntarle a algún transeúnte por una avenida conocida, y de inmediato se ubicaría y volvería a las calles conocidas, riendo de su torpeza.

Pero era ya de noche. Noche cerrada, y ni un alma circulaba por aceras irreconocibles. Pensó en desandar el camino recorrido, no obstante, era tal su desconcierto que no recordaba por dónde había venido, si avanzaba o retrocedía en ese caos de calles nunca vistas. Las casas se veían normales, acogedoras, y se le ocurrió tocar algún timbre para preguntar a sus dueños la ubicación. Le daba vergüenza, cualquiera puede sufrir un extravío. Tras dudar un poco, llamó a la puerta de un bonito chalé. Tocó tres veces, ya que nadie se apresuró a atenderlo. Estaba un poco impaciente; después de todo sufría una emergencia y se creía con derecho a reclamar respuestas. Tan sólo quería saber en qué calle se encontraba; a cuanto de alguna avenida principal del barrio; simplemente en qué barrio estaba, si no era Munro, Florida o Carapachay, no había otras posibilidades. ¡No podía estar tan lejos de casa! La dama que abrió sigilosamente su puerta tras el grueso enrejado –una vetusta anciana de cabello recogido y rostro blanquísimo inexpresivo– no supo entender sus preguntas o no quiso responderle. Cerró la puerta con un golpe y no reaccionó ante un cuarto llamado, tras el que Pedro fue ganado por el desánimo y decidió probar suerte en otros domicilios.

Antes de rendirse por completo intentó el procedimiento en varias casas más, elegidas al azar. Eran diferentes tipos de vivienda, pero la reacción de sus dueños fue calcada de la primera, como un guion. Mutismo, incomprensión, portazo final.

Ya noche cerrada, se encontró en algún tipo de escalinata de una plaza pública. El silencio era casi irritante, y una resignación vaga lo llevó a recostarse sobre el frío cemento y se dejó caer para dormir un rato, aunque mas no fuera. Necesitaba un descanso para el cuerpo y sus nervios. Antes de caer en el sueño intentó animarse con un pensamiento optimista. “Mañana, todo se resolverá. Veré las cosas con claridad y volveré pronto al hogar”. Cerró los párpados tratando de convencerse de que iba a ser así, y la realidad abandonó al hombre perdido.

 

Un haz de luz sobre los párpados le hizo despertar… pero no veía mucho. Los dos oficiales de policía le ayudaron a incorporarse. Aun así, no distinguía bien las cosas ni supo responder las preguntas de los uniformados. Se sentía más confundido que la noche pasada, de la que no recordaba casi nada. Cierto extravío… Pasos hacia ninguna parte…y calles, calles que no terminaban más.

En la comisaría lo trataron bastante bien, pese a su mal aspecto. Le alcanzaron un café y una mujer policía se encargó de tomarle los datos, ya que no llevaba encima documentación alguna. Era una joven muy educada, bonita, hacía sus preguntas con delicadeza, mostraba paciencia ante la perplejidad del anciano. Pues si lo acompañaba desde la noche una sensación de incertezas con sonido a portazos y silencio de mutismo nocturno. Ahora era diferente, pero por poco…

Le costó reconocer que no había sabido responder una sola pregunta hecha por la mujer policía ni por los demás agentes de la ley. Ya lo trataban sin tanta condescendencia; como se trata a un vagabundo, o a un loco. Se avergonzó de sus pobres vestiduras. Fue la quinta o sexta pregunta sobre cómo era su nombre y apellido que cayó definitivamente en la amarga verdad; no sabía quién era. Se tomó de las sienes lloriqueando e intentando forzar su mente a recordar aquello que se había ido completamente de su cabeza. Nada de memoria, sólo imágenes borrosas de una caminata desquiciada, junto a la sensación de incertidumbre que parecía ser su única marca de identidad. Y, sí, una certeza profunda que seguía latiendo desde el fondo de su espíritu. Algo llegaba a su fin. Cierto círculo se cerraba, como se cierra el nudo de una horca. La imagen que lo había perseguido siempre disipaba su fuerza en su interior. Y el hombre sin nombre ni memoria se echó a reír, y los agentes de la ley se miraron entre sí, pero no comprendieron. El viejo reía y creía entender, en toda su turbación, que había conjurado la condena. Ya no había horca ni nudo ni control sobre su vida. Era otro, era él mismo, era nadie.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

EL VACIADERO

Víctor Lowenstein


El doctor Morales arrastraba el carrito de rulemanes con su carga algo incómoda para ser llevada por esas dunas llenas de pedregullo. Un poco más adelante la pendiente bajaba hasta el vaciadero; un estanque de aguas poco profundas con salida al río de corriente rápida que bajaba desde el monte. En el vaciadero podía encontrar fácilmente a Rolfo, el encargado de deshacerse de todo lo que le llevaban los de la ciudad; desde productos contaminados hasta automóviles robados. A nada se negaba por una o dos monedas de plata. De eso vivía…

Morales se detuvo para un breve descanso. Extrajo el pañuelo de seda del viejo abrigo que su mayordomo le había prestado para la ocasión, y con él se enjugó su frente perlada de sudor. Miró sus pantalones raídos y las botas de pesca. Buena elección de vestuario para aparentar ser una persona común, clase media baja.

Volvió a mirar el bulto que cargaba en el carrito. Poco más de medio metro de largo y muy poco ancho apretado en una bolsa negra de residuos. Sintió dolor y lástima. Con cuidado ocultó el pañuelo y retomó la marcha, aferrando la soga con que llevaba su carga. Al borde de la pendiente lo vio: en medio del estanque, con el agua hasta los muslos. Sólo usaba unos pantalones cortos. El torso desnudo, la barriga y los brazos fláccidos estaban cubiertos por ese barro espeso y fétido que llenaba las aguas del estanque.

  “El rey del vaciadero” había sido apodado Rolfo sin mucha justificación; su reino era en todo caso una marisma de aguas negras donde iban a desaparecer los pecados ajenos. Rolfo no lo entendía así. La palabra rey le hacía sonreírse como un idiota y tocarse la cara regordeta para constatar esa identidad regalada. A menudo se rascaba la crespa cabellera negra siempre húmeda que mojaba a cada rato para protegerse del sol. Parecía sano, pese a pasarse el día con la mitad del corpachón hundido en aquel cenagal putrefacto. Como les decía a menudo a sus eventuales clientes: “esta vida me gusta mucho, el trabajo es fácil y no tengo de qué quejarme”.

Morales se acercó lo suficiente para que el otro pudiera verlo y para no tener que enlodar sus botas en la orilla pestilente del vaciadero. Rolfo estaba de espaldas a la orilla. En ese momento se agachaba para sacar algo de las aguas. Algo pequeño, que miró a trasluz, antes de llevárselo a la boca y chuparlo. Ahí vio al doctor, que aguardaba su atención desde la orilla, quieto y expectante.

—¿Qué le parece? —gritó Rolfo, vadeando las aguas estancadas hacia él, hasta que pudo ver su rostro—. Una moneda de un céntimo. Debió caerse de la última carga.

Morales asintió con los dientes apretados en una forzada sonrisa. Vio el brillo de la moneda chupada, los dientes opacos y el mofletudo rostro amable del rey de las aguas sucias del vaciadero. Sus ojos, no menos amables, fijaron su atención en el carrito y su carga.

—¿Qué es? —preguntó con total inocencia.

El doctor Morales se apresuró a extraer dos monedas de plata de un bolsillo de su abrigo, las colocó casi sobre las narices del otro que exhibió toda la opacidad de su dentadura al tomarlas. Se llevó una a la boca y la chupó largamente.

—Plata auténtica —fue todo lo que dijo, en voz baja. El doctor emitió otra de sus sonrisas incómodas, viendo a Rolfo abandonar las aguas con sus pies descalzos agrisados por el barro. Caminó despacio hasta el carrito. Observó de cerca el bulto encerrado en la bolsa de residuos y miró al doctor, sin esperar respuestas. Con hábiles manos levantó la bolsa y la cargó sobre sus hombros. Echando otra mirada al hombre de ciudad, se volvió a meter en las aguas.

Morales se quedó mirándolo entrar a las aguas, vadear de a pasos cortos el denso estanque hasta la zona más alejada donde la grisura se volvía algo más clara y las aguas se arremolinaban hacia la corriente del río. Hasta que oyó el chapoteo. Entonces, sin pensarlo demasiado se metió en las aguas y con torpeza fue acercándose hacia Rolfo. Sus botas se atascaban en el fango y comenzó a sollozar, no por el esfuerzo sino por algo que pugnaba por salirle de dentro. El encargado del vaciadero se volvió lentamente; observó al ciudadano y adivinó que esos pantalones ahora llenos de barro no eran suyos, ni el abrigo más propio de un mayordomo, ni seguramente las botas compradas en un mercado de ocasión; tampoco le sorprendieron las lágrimas del hombre. A un metro escaso de distancia levantó una mano en señal de prevención.

—Hasta aquí, señor —dijo casi en voz baja—. Más no se puede pasar.

Morales se detuvo y dejó caer los brazos, vencido. Comenzó a balbucear; el llanto le dificultaba hablar, pero se esforzaba en decir algo.

—Usted no entiende, buen hombre. Ella, la carga… ¡Era mi madre! ¡Mi madre!

Rolfo lo miró con gravedad, sin sorprenderse mucho. Años de vaciar vergüenzas ajenas lo habían dejado insensible, acostumbrado a ignorar sentimientos ajenos y propios. Usó su mano libre para señalar la línea arremolinada donde el vaciadero se volvía río correntoso.

—¿Ve esa trenza de agua? Lo que llega hasta ahí ya no vuelve, no se puede recuperar; ¿entiende?

La mirada del doctor se perdía en un extremo de la bolsa negra con la que una tolvanera de agua y polvo jugó hasta que se perdió de vista. La bolsa, el cuerpo muerto de su madre, ya le pertenecía al río y su misterio. Acabaría en su fondo con vehículos, armas, valijas comprometedoras y cosas impensadas con las que Rolfo no había confrontado una sola pregunta, un mísero reparo. Asintiendo, el doctor se dio la vuelta lentamente y regresó hasta la orilla, con la voz del encargado susurrando como un consuelo: “vaya, vaya…”

Al pasar de la orilla, miró el carrito como se observa algo culposo y ya ajeno a uno. Lo levantó por la soga y se lo ofreció al hombre que seguía en medio de las aguas.

—¿Lo quiere, le sirve para algo? —Con sorprendente agilidad, Rolfo vadeó las aguas hacia la orilla, salió y tomó el carrito entre las manos regordetas mientras su boca dibujaba una sonrisa infantil.

—A mis hijos les va a encantar —dijo.

—¿Tiene muchos? —preguntó el doctor.

—Ocho.

  Típico, pensó Morales, girando en redondo hacia la planicie, hasta la ciudad, su residencia, el orden. Ya no quiso mirar atrás. Lo último que escuchó fue la voz del bruto, sus palabras como esquirlas de agua sucia e infecta.

—Al menos mis niños tienen a su abuela. 


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.


miércoles, 4 de febrero de 2026

EL CHACAL Y LOS CANGREJOS

Víctor Lowenstein

 

Echó las redes antes que el sol asomara por Oriente y se sentó a esperar. Suya era la paciencia del añejo pescador. Luego encendió su pipa de marlo con su mano buena; la otra la había perdido en Tannenberg combatiendo contra los alemanes en la Segunda Guerra. Tras la primera pitada suspiró largamente y se quedó mirando el horizonte azul y eterno.

En la aldea le decían "Lobo de mar". Él sonreía con esa sonrisa triste que todos le conocían y corregía a sus compadres: "Chacal de barco… ¡llámenme así!" Veterano de la marina mercante de las costas Occidentales, pasado a retiro luego de dar parte de sí en el bando de los aliados, invirtió su pensión en la compra del bote de pesca que le daba sustento y refugio en la soledad del mar.

Vivía en una modesta choza de la ribera, algo lejos de la aldea, junto a una joven indonesa que le compró a unos gitanos en la ruta del cobre. Ella sabía hacer guisos y sonreír mansamente. Él no la amó nunca pero jamás la trató como a una esclava. Amila; así la llamó en recuerdo a una querida prostituta.

La mañana en que Samuel Méndez apareció en la playa, el viejo se afanaba por empujar con el pecho y su mano buena el bote semihundido en un banco de arena a la orilla del mar. El par de brazos recios del joven le auxiliaron, su voz le confió una historia: venía escapando de un terrible padrastro; no tenía dinero ni lugar donde vivir. El viejo pescador no le creyó, mas lo invitó a subir al bote y compartir la pesca. Se quedaría con un décimo de sus ganancias, y le daría refugio en una casamata abandonada en la playa.

—Amila te dará mantas y velas para que te quedes allí —le dijo.

—¿Quién? —preguntó el joven.

A ambos les convino el arreglo: Samuel tendría un humilde sueldo, suficiente para vivir, y hasta un techo bajo el que dormir cada noche. Al viejo le venía bien una mano y hasta pensó en aquel muchacho como el hijo que siempre quiso tener. Al menos llegaron a ser amigos.

Lo llevaba a su choza a menudo, para que el muchacho tuviera una buena comida de vez en cuando. Por encima del vapor de la sopa, el anciano creyó ver cómo la mirada del joven se volvía hacia su esposa quien, inclinada sobre los bártulos de cocina, dejaba ver su cuerpo sano y moreno.

Los sábados del hombre de mar se han hecho para descansar, beber y divertirse. El viejo pescador solía ir a una taberna donde encontraba a sus compañeros más queridos: el sueco Lars y el polaco Kolchak. Bebían hasta la madrugada y reían con las historias marineras de su vida. Samuel, adecentado como un mozo y hecho a la vida aldeana, iba a las cantinas para bailar con muchachas y hacer amistades. Al verlo pasar de casualidad frente a la taberna, el viejo pesador lo señaló como su ayudante y los otros dos se miraron entre sí, preocupados.

—Es joven, y como todos los jóvenes de hoy, es arrogante. Miren cómo camina.

—Ten cuidado, chacal —susurró el polaco Kolchak.

El viejo los miró por entre el humo de tabaco, pero no dijo nada.

Por la mañana del lunes, ya en alta mar, el viejo pescador descargó de la red tres cangrejos que dejó caer al fondo de una cubeta de madera sobre cubierta.

—Míralos —le sugirió a Samuel.

—No veo nada –dijo el joven.

—Ya verás, pero muy poco. Cuando uno de los cangrejos intente salir, los otros lo arrastrarán al fondo de la cubeta. Estos animales se comportan de esa manera.

Así ocurrió, y ambos observaron el curioso espectáculo dos veces seguidas. Cada ocasión en que uno de los animalejos elevaba sus pinzas con la intención de trepar al borde de la cubeta, los otros lo sujetaban por los flancos.

—¿Entiendes la lección que nos enseñan? —dijo el viejo.

—¡Estás loco! —exclamó Samuel, ahogándose de risa.

—Ríete, muchacho, ríete todo lo que quieras. Un sabio entendería que los hombres somos como los cangrejos; hay reglas que deben respetarse, aunque no nos gusten.

El joven poseía la fuerza; el viejo bien lo sabía. Pero el viejo contaba con la paciencia que el joven confundía con senilidad. Pasaron muchas mañanas, tardes de pesca, sábados de jarana. Los viejos marinos no miden el tiempo en horas. Lo hacen en oleajes de pensamientos que abarcan días enteros, semanas y meses; a menudo años… el viejo pescador oteaba el horizonte con ojos entrecerrados. Escuchaba el ruido del mar y el del viento. Y pensaba. Escuchaba a Lars y a Kolchak sin decirles nada. Y pensaba.

Un atardecer, el viejo asomó su mano buena fuera de la embarcación y hundió los dedos en el agua. La notó más fría que de costumbre. Conocía lo que traen las corrientes mediterráneas. El viento del oeste le traía en gritos de aire su anuncio salado.

—Lloverá mañana —dijo.

El joven miró el cielo límpido, sin una nube, y soltó la carcajada. “Viejo loco…”

La noche fue singularmente fresca. El viejo pescador le ordenó a Amila llevar mantas hasta la casamata de Samuel. Tardó en regresar. El vio la cabellera revuelta; su premura por acomodarse la falda al entrar y el rubor de sus mejillas. No dijo nada.

En la mañana…

—¿Embarcaremos hoy, anciano?

Jamás lo había llamado de esa manera. Esa mañana, cuando el viejo pescador echó los aparejos sobre cubierta, sus ojos se encontraron con los de Méndez. Era cierto lo de su arrogancia; juventud y fuerza se lo permitían. Miraba al mundo, y lo miraba a él como se mira a un extraño. A él, pescador y veterano de guerra, que había depositado esperanzas en el forastero, un hijo traído por la vida. Se atrevió a mirarlo también así; como se mira a un joven recio, amante de la vida e impaciente por vivirla. Mal compañero para un viejo solitario.

A media mañana estalló la lluvia. Tenue al principio, con nubes de tormenta asomando en la línea nublosa del horizonte. El viento agitó todo el maderamen de la vieja barca.

—¡Vámonos! —gritó Samuel, que ya comenzaba a arriar la velas. Le horrorizaba la idea de una tormenta en alta mar. De nuevo sus ojos encontraron los del viejo pescador y le dieron escalofríos. Lo miraba con piedad, casi con lástima. El joven volvió a gritar. El viejo no respondía, ni se movía de su lugar.

—¡Estás loco de remate! —gritó, por encima de las ráfagas de vientos que sacudían la embarcación. Al recoger las redes, fue cuando vio al viejo sacando un revolver del bolsillo de su abrigo.

—Pero… ¿qué te propones?

En medio del mar sonó un disparo. El cuerpo de Samuel cayó al agua con un corto chapoteo. Los vientos empezaron a calmar su furia y cesó la lluvia. El viejo y el mar sabían de temporales y no les sorprendió ver el cielo teñirse de nuevo de azul. El pescador guardó su revólver, secándose las lágrimas. Terminó de arriar las velas, juntar sus aparejos, y puso rumbo al puerto de la aldea.

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

LA ESPERA Y EL DESTIEMPO

Víctor Lowenstein

 

Son las tres de la tarde del sábado veintidós de enero de 2006. Es un día cálido y tranquilo. No vuela una mosca. Estoy sentado en la cama del cuarto que he alquilado sólo con un fin. Ese fin es esperar. No ignoro que desde el otro lado de la ciudad alguien se moviliza para venir a mi encuentro. Cruza en bote el Docke, o ya tomó el ómnibus hasta la General Paz, o quizá el treinta y nueve lo esté trayendo a provincia, donde le restará caminar las siete cuadras que lo separan del hotel en el que paro. Tal vez esté ya desandando a pie este último trayecto que lo conducirá hasta mí.

Espero, en silencio.

Estoy tan quieto que empiezo a verme como si estuviera dentro de una película. O dentro de una gran caja monitoreada. La cámara me enfoca de arriba, casi desde el techo (creo que en cine se le llama toma cenital) y veo al tipo sentado tocándose las rodillas y haciendo algunos movimientos nerviosos; todo el cuerpo lo tiene quieto y a la vez urgido por esos pequeños tics que denotan una zozobra interna.

La cara lo dice todo. Tiene los ojos como después de un largo insomnio, desorbitados en los mil puntos invisibles que llenan la vacuidad del cuarto. Ordinario, sin muebles más que la cama de una plaza sobre la que desespera. Veo sus mejillas transpiradas. La tensión en la carótida se hace visible al volver el rostro hacia la puerta en la que creyó oír un golpe. Falsa alarma. Aún no llega la hora en que deba levantarse para recibir a su visitante, y puede permanecer un rato más en la dudosa comodidad que me brinda el colchón.

Toda espera es una estrategia inocua para burlar la muerte. Torpe excusa que dota de un sentido pasajero a la inanidad de los hechos. Hoy espero, eso da propósito al día.

Camino; doy cortos paseos a lo ancho del espacio entre la cama y la pared, frente a la puerta. No se oye nada además de mis pasos. Los pensamientos se suceden en mi conciencia, que los descarta con la misma ansiedad con que busca otros.

Creo que el horror es esto: desesperar en pensares que se suceden en procura de no sé qué magia resolutiva; pretextar llegar quien sabe dónde sin haber salido de donde siempre estuvimos, es decir en la ignorancia.

Entonces concluyo que esperar es horroroso.

¿Y mi amigo, que no viene?

Por momentos me olvido completamente de él. Por consiguiente, de mi esperar. Entonces deja de existir. No en mi memoria, mas si en el presente en el que hasta la espera pasa a otro plano. Son instantes fugaces que no obstante constituyen mi vida, porque la vida son momentos, y éstos están llenos de matices, y el presente es un concepto ridículo ya que hace una hora estaba abúlico y hace dos segundos horrorizado; ahora mal que mal aburrido, y es en una de esas extrañísimas circunvoluciones que realizo entre la cama y la pared que siento que no existe otra cosa más que mis pasos en este rincón del cuarto, y lo que cuenta es el poder de duración que puedan tener algunos pensamientos con los que paso el tiempo, porque la mente trabaja sola y no sabría como parar de pensar todo lo que llega a mi conciencia.

Doy un paso detrás del otro pero no avanzo a ninguna parte. Mi inquietud en cambio se eleva en una in crescendo que sube no sé si hacia ningún lado o con trayectoria definida, quisiera de verdad especular un destino posible para mi sentimiento, pero ni eso puedo.

Me miro. Quiero decir lo que puede verse de mí, lo que creo ser. No será ninguna maravilla pero siempre estuve conforme con esta cara. Envejece con demasiada rapidez para mi gusto, pero basta un poco de descanso y un baño para verme mejor. Hoy es un mal día. La piel pálida, parece exudar un sudor frío; una especie de pátina grasosa que envuelve el semblante como una bolsa de plástico que se pegotea al rostro y le impide respirar. Me cuesta hacerlo.

El aire es rancio cuando la existencia se torna irrespirable.

La ventana no abre. La persiana se ha atrancado y la cinta para izarla está inutilizada. Probé, pero sólo conseguí ensuciarme las manos. Los marcos están herrumbrosos. La cortina hiede de podrida. Estoy en una maldita cárcel.

Padezco la tristeza del blues man. Me pregunto si el lapso que dura un rapto de melancolía puede ser infinito. Si existe un tiempo fijo, un estado de gracia donde no exista algo como un transcurrir, el después de hora. Conozco esos raros momentos poéticos, esos agujeros negros de la realidad en que como ahora, soy capaz de olvidar la cercanía de mi visitante; la estancia penosa en este cuarto rentado. La espera.

¿Y si lo que soy es este ambulante pasajero del hotel barato que ocupa un cuarto para esperar a un amigo que le traerá la mercancía o la mala noticia, me da lo mismo, no me produce más extrañeza que ver un perro muerto en la calle? Pobre perro, pero todos acabaremos muriéndonos.

Lo veo detenerse. Acercarse a la puerta boquiabierto. Mierda, tanto elucubrar me perdí de prestar atención a un posible golpe en la puerta. El hombre palidece, horrorizado. Se paraliza su corazón.                          

Es un antiguo miedo que emerge desde el fondo.

Se ha hecho ya muy tarde. Tal vez demasiado. Un destiempo inesperado o indeseado pudo haber estropeado la cita. Los minutos cuentan. Un error podría ser irreparable. Sin estar del todo seguros de que alguien ha golpeado por segunda vez a la puerta, ya que estoy bastante nervioso, veo cómo me apresuro por correr a abrirla.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

FLORET SILVA NOBILIS