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miércoles, 4 de marzo de 2026

EL VACIADERO

Víctor Lowenstein


El doctor Morales arrastraba el carrito de rulemanes con su carga algo incómoda para ser llevada por esas dunas llenas de pedregullo. Un poco más adelante la pendiente bajaba hasta el vaciadero; un estanque de aguas poco profundas con salida al río de corriente rápida que bajaba desde el monte. En el vaciadero podía encontrar fácilmente a Rolfo, el encargado de deshacerse de todo lo que le llevaban los de la ciudad; desde productos contaminados hasta automóviles robados. A nada se negaba por una o dos monedas de plata. De eso vivía…

Morales se detuvo para un breve descanso. Extrajo el pañuelo de seda del viejo abrigo que su mayordomo le había prestado para la ocasión, y con él se enjugó su frente perlada de sudor. Miró sus pantalones raídos y las botas de pesca. Buena elección de vestuario para aparentar ser una persona común, clase media baja.

Volvió a mirar el bulto que cargaba en el carrito. Poco más de medio metro de largo y muy poco ancho apretado en una bolsa negra de residuos. Sintió dolor y lástima. Con cuidado ocultó el pañuelo y retomó la marcha, aferrando la soga con que llevaba su carga. Al borde de la pendiente lo vio: en medio del estanque, con el agua hasta los muslos. Sólo usaba unos pantalones cortos. El torso desnudo, la barriga y los brazos fláccidos estaban cubiertos por ese barro espeso y fétido que llenaba las aguas del estanque.

  “El rey del vaciadero” había sido apodado Rolfo sin mucha justificación; su reino era en todo caso una marisma de aguas negras donde iban a desaparecer los pecados ajenos. Rolfo no lo entendía así. La palabra rey le hacía sonreírse como un idiota y tocarse la cara regordeta para constatar esa identidad regalada. A menudo se rascaba la crespa cabellera negra siempre húmeda que mojaba a cada rato para protegerse del sol. Parecía sano, pese a pasarse el día con la mitad del corpachón hundido en aquel cenagal putrefacto. Como les decía a menudo a sus eventuales clientes: “esta vida me gusta mucho, el trabajo es fácil y no tengo de qué quejarme”.

Morales se acercó lo suficiente para que el otro pudiera verlo y para no tener que enlodar sus botas en la orilla pestilente del vaciadero. Rolfo estaba de espaldas a la orilla. En ese momento se agachaba para sacar algo de las aguas. Algo pequeño, que miró a trasluz, antes de llevárselo a la boca y chuparlo. Ahí vio al doctor, que aguardaba su atención desde la orilla, quieto y expectante.

—¿Qué le parece? —gritó Rolfo, vadeando las aguas estancadas hacia él, hasta que pudo ver su rostro—. Una moneda de un céntimo. Debió caerse de la última carga.

Morales asintió con los dientes apretados en una forzada sonrisa. Vio el brillo de la moneda chupada, los dientes opacos y el mofletudo rostro amable del rey de las aguas sucias del vaciadero. Sus ojos, no menos amables, fijaron su atención en el carrito y su carga.

—¿Qué es? —preguntó con total inocencia.

El doctor Morales se apresuró a extraer dos monedas de plata de un bolsillo de su abrigo, las colocó casi sobre las narices del otro que exhibió toda la opacidad de su dentadura al tomarlas. Se llevó una a la boca y la chupó largamente.

—Plata auténtica —fue todo lo que dijo, en voz baja. El doctor emitió otra de sus sonrisas incómodas, viendo a Rolfo abandonar las aguas con sus pies descalzos agrisados por el barro. Caminó despacio hasta el carrito. Observó de cerca el bulto encerrado en la bolsa de residuos y miró al doctor, sin esperar respuestas. Con hábiles manos levantó la bolsa y la cargó sobre sus hombros. Echando otra mirada al hombre de ciudad, se volvió a meter en las aguas.

Morales se quedó mirándolo entrar a las aguas, vadear de a pasos cortos el denso estanque hasta la zona más alejada donde la grisura se volvía algo más clara y las aguas se arremolinaban hacia la corriente del río. Hasta que oyó el chapoteo. Entonces, sin pensarlo demasiado se metió en las aguas y con torpeza fue acercándose hacia Rolfo. Sus botas se atascaban en el fango y comenzó a sollozar, no por el esfuerzo sino por algo que pugnaba por salirle de dentro. El encargado del vaciadero se volvió lentamente; observó al ciudadano y adivinó que esos pantalones ahora llenos de barro no eran suyos, ni el abrigo más propio de un mayordomo, ni seguramente las botas compradas en un mercado de ocasión; tampoco le sorprendieron las lágrimas del hombre. A un metro escaso de distancia levantó una mano en señal de prevención.

—Hasta aquí, señor —dijo casi en voz baja—. Más no se puede pasar.

Morales se detuvo y dejó caer los brazos, vencido. Comenzó a balbucear; el llanto le dificultaba hablar, pero se esforzaba en decir algo.

—Usted no entiende, buen hombre. Ella, la carga… ¡Era mi madre! ¡Mi madre!

Rolfo lo miró con gravedad, sin sorprenderse mucho. Años de vaciar vergüenzas ajenas lo habían dejado insensible, acostumbrado a ignorar sentimientos ajenos y propios. Usó su mano libre para señalar la línea arremolinada donde el vaciadero se volvía río correntoso.

—¿Ve esa trenza de agua? Lo que llega hasta ahí ya no vuelve, no se puede recuperar; ¿entiende?

La mirada del doctor se perdía en un extremo de la bolsa negra con la que una tolvanera de agua y polvo jugó hasta que se perdió de vista. La bolsa, el cuerpo muerto de su madre, ya le pertenecía al río y su misterio. Acabaría en su fondo con vehículos, armas, valijas comprometedoras y cosas impensadas con las que Rolfo no había confrontado una sola pregunta, un mísero reparo. Asintiendo, el doctor se dio la vuelta lentamente y regresó hasta la orilla, con la voz del encargado susurrando como un consuelo: “vaya, vaya…”

Al pasar de la orilla, miró el carrito como se observa algo culposo y ya ajeno a uno. Lo levantó por la soga y se lo ofreció al hombre que seguía en medio de las aguas.

—¿Lo quiere, le sirve para algo? —Con sorprendente agilidad, Rolfo vadeó las aguas hacia la orilla, salió y tomó el carrito entre las manos regordetas mientras su boca dibujaba una sonrisa infantil.

—A mis hijos les va a encantar —dijo.

—¿Tiene muchos? —preguntó el doctor.

—Ocho.

  Típico, pensó Morales, girando en redondo hacia la planicie, hasta la ciudad, su residencia, el orden. Ya no quiso mirar atrás. Lo último que escuchó fue la voz del bruto, sus palabras como esquirlas de agua sucia e infecta.

—Al menos mis niños tienen a su abuela. 

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.



miércoles, 4 de febrero de 2026

EL CHACAL Y LOS CANGREJOS

Víctor Lowenstein

 

Echó las redes antes que el sol asomara por Oriente y se sentó a esperar. Suya era la paciencia del añejo pescador. Luego encendió su pipa de marlo con su mano buena; la otra la había perdido en Tannenberg combatiendo contra los alemanes en la Segunda Guerra. Tras la primera pitada suspiró largamente y se quedó mirando el horizonte azul y eterno.

En la aldea le decían "Lobo de mar". Él sonreía con esa sonrisa triste que todos le conocían y corregía a sus compadres: "Chacal de barco… ¡llámenme así!" Veterano de la marina mercante de las costas Occidentales, pasado a retiro luego de dar parte de sí en el bando de los aliados, invirtió su pensión en la compra del bote de pesca que le daba sustento y refugio en la soledad del mar.

Vivía en una modesta choza de la ribera, algo lejos de la aldea, junto a una joven indonesa que le compró a unos gitanos en la ruta del cobre. Ella sabía hacer guisos y sonreír mansamente. Él no la amó nunca pero jamás la trató como a una esclava. Amila; así la llamó en recuerdo a una querida prostituta.

La mañana en que Samuel Méndez apareció en la playa, el viejo se afanaba por empujar con el pecho y su mano buena el bote semihundido en un banco de arena a la orilla del mar. El par de brazos recios del joven le auxiliaron, su voz le confió una historia: venía escapando de un terrible padrastro; no tenía dinero ni lugar donde vivir. El viejo pescador no le creyó, mas lo invitó a subir al bote y compartir la pesca. Se quedaría con un décimo de sus ganancias, y le daría refugio en una casamata abandonada en la playa.

—Amila te dará mantas y velas para que te quedes allí —le dijo.

—¿Quién? —preguntó el joven.

A ambos les convino el arreglo: Samuel tendría un humilde sueldo, suficiente para vivir, y hasta un techo bajo el que dormir cada noche. Al viejo le venía bien una mano y hasta pensó en aquel muchacho como el hijo que siempre quiso tener. Al menos llegaron a ser amigos.

Lo llevaba a su choza a menudo, para que el muchacho tuviera una buena comida de vez en cuando. Por encima del vapor de la sopa, el anciano creyó ver cómo la mirada del joven se volvía hacia su esposa quien, inclinada sobre los bártulos de cocina, dejaba ver su cuerpo sano y moreno.

Los sábados del hombre de mar se han hecho para descansar, beber y divertirse. El viejo pescador solía ir a una taberna donde encontraba a sus compañeros más queridos: el sueco Lars y el polaco Kolchak. Bebían hasta la madrugada y reían con las historias marineras de su vida. Samuel, adecentado como un mozo y hecho a la vida aldeana, iba a las cantinas para bailar con muchachas y hacer amistades. Al verlo pasar de casualidad frente a la taberna, el viejo pesador lo señaló como su ayudante y los otros dos se miraron entre sí, preocupados.

—Es joven, y como todos los jóvenes de hoy, es arrogante. Miren cómo camina.

—Ten cuidado, chacal —susurró el polaco Kolchak.

El viejo los miró por entre el humo de tabaco, pero no dijo nada.

Por la mañana del lunes, ya en alta mar, el viejo pescador descargó de la red tres cangrejos que dejó caer al fondo de una cubeta de madera sobre cubierta.

—Míralos —le sugirió a Samuel.

—No veo nada –dijo el joven.

—Ya verás, pero muy poco. Cuando uno de los cangrejos intente salir, los otros lo arrastrarán al fondo de la cubeta. Estos animales se comportan de esa manera.

Así ocurrió, y ambos observaron el curioso espectáculo dos veces seguidas. Cada ocasión en que uno de los animalejos elevaba sus pinzas con la intención de trepar al borde de la cubeta, los otros lo sujetaban por los flancos.

—¿Entiendes la lección que nos enseñan? —dijo el viejo.

—¡Estás loco! —exclamó Samuel, ahogándose de risa.

—Ríete, muchacho, ríete todo lo que quieras. Un sabio entendería que los hombres somos como los cangrejos; hay reglas que deben respetarse, aunque no nos gusten.

El joven poseía la fuerza; el viejo bien lo sabía. Pero el viejo contaba con la paciencia que el joven confundía con senilidad. Pasaron muchas mañanas, tardes de pesca, sábados de jarana. Los viejos marinos no miden el tiempo en horas. Lo hacen en oleajes de pensamientos que abarcan días enteros, semanas y meses; a menudo años… el viejo pescador oteaba el horizonte con ojos entrecerrados. Escuchaba el ruido del mar y el del viento. Y pensaba. Escuchaba a Lars y a Kolchak sin decirles nada. Y pensaba.

Un atardecer, el viejo asomó su mano buena fuera de la embarcación y hundió los dedos en el agua. La notó más fría que de costumbre. Conocía lo que traen las corrientes mediterráneas. El viento del oeste le traía en gritos de aire su anuncio salado.

—Lloverá mañana —dijo.

El joven miró el cielo límpido, sin una nube, y soltó la carcajada. “Viejo loco…”

La noche fue singularmente fresca. El viejo pescador le ordenó a Amila llevar mantas hasta la casamata de Samuel. Tardó en regresar. El vio la cabellera revuelta; su premura por acomodarse la falda al entrar y el rubor de sus mejillas. No dijo nada.

En la mañana…

—¿Embarcaremos hoy, anciano?

Jamás lo había llamado de esa manera. Esa mañana, cuando el viejo pescador echó los aparejos sobre cubierta, sus ojos se encontraron con los de Méndez. Era cierto lo de su arrogancia; juventud y fuerza se lo permitían. Miraba al mundo, y lo miraba a él como se mira a un extraño. A él, pescador y veterano de guerra, que había depositado esperanzas en el forastero, un hijo traído por la vida. Se atrevió a mirarlo también así; como se mira a un joven recio, amante de la vida e impaciente por vivirla. Mal compañero para un viejo solitario.

A media mañana estalló la lluvia. Tenue al principio, con nubes de tormenta asomando en la línea nublosa del horizonte. El viento agitó todo el maderamen de la vieja barca.

—¡Vámonos! —gritó Samuel, que ya comenzaba a arriar la velas. Le horrorizaba la idea de una tormenta en alta mar. De nuevo sus ojos encontraron los del viejo pescador y le dieron escalofríos. Lo miraba con piedad, casi con lástima. El joven volvió a gritar. El viejo no respondía, ni se movía de su lugar.

—¡Estás loco de remate! —gritó, por encima de las ráfagas de vientos que sacudían la embarcación. Al recoger las redes, fue cuando vio al viejo sacando un revolver del bolsillo de su abrigo.

—Pero… ¿qué te propones?

En medio del mar sonó un disparo. El cuerpo de Samuel cayó al agua con un corto chapoteo. Los vientos empezaron a calmar su furia y cesó la lluvia. El viejo y el mar sabían de temporales y no les sorprendió ver el cielo teñirse de nuevo de azul. El pescador guardó su revólver, secándose las lágrimas. Terminó de arriar las velas, juntar sus aparejos, y puso rumbo al puerto de la aldea.

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

LA ESPERA Y EL DESTIEMPO

Víctor Lowenstein

 

Son las tres de la tarde del sábado veintidós de enero de 2006. Es un día cálido y tranquilo. No vuela una mosca. Estoy sentado en la cama del cuarto que he alquilado sólo con un fin. Ese fin es esperar. No ignoro que desde el otro lado de la ciudad alguien se moviliza para venir a mi encuentro. Cruza en bote el Docke, o ya tomó el ómnibus hasta la General Paz, o quizá el treinta y nueve lo esté trayendo a provincia, donde le restará caminar las siete cuadras que lo separan del hotel en el que paro. Tal vez esté ya desandando a pie este último trayecto que lo conducirá hasta mí.

Espero, en silencio.

Estoy tan quieto que empiezo a verme como si estuviera dentro de una película. O dentro de una gran caja monitoreada. La cámara me enfoca de arriba, casi desde el techo (creo que en cine se le llama toma cenital) y veo al tipo sentado tocándose las rodillas y haciendo algunos movimientos nerviosos; todo el cuerpo lo tiene quieto y a la vez urgido por esos pequeños tics que denotan una zozobra interna.

La cara lo dice todo. Tiene los ojos como después de un largo insomnio, desorbitados en los mil puntos invisibles que llenan la vacuidad del cuarto. Ordinario, sin muebles más que la cama de una plaza sobre la que desespera. Veo sus mejillas transpiradas. La tensión en la carótida se hace visible al volver el rostro hacia la puerta en la que creyó oír un golpe. Falsa alarma. Aún no llega la hora en que deba levantarse para recibir a su visitante, y puede permanecer un rato más en la dudosa comodidad que me brinda el colchón.

Toda espera es una estrategia inocua para burlar la muerte. Torpe excusa que dota de un sentido pasajero a la inanidad de los hechos. Hoy espero, eso da propósito al día.

Camino; doy cortos paseos a lo ancho del espacio entre la cama y la pared, frente a la puerta. No se oye nada además de mis pasos. Los pensamientos se suceden en mi conciencia, que los descarta con la misma ansiedad con que busca otros.

Creo que el horror es esto: desesperar en pensares que se suceden en procura de no sé qué magia resolutiva; pretextar llegar quien sabe dónde sin haber salido de donde siempre estuvimos, es decir en la ignorancia.

Entonces concluyo que esperar es horroroso.

¿Y mi amigo, que no viene?

Por momentos me olvido completamente de él. Por consiguiente, de mi esperar. Entonces deja de existir. No en mi memoria, mas si en el presente en el que hasta la espera pasa a otro plano. Son instantes fugaces que no obstante constituyen mi vida, porque la vida son momentos, y éstos están llenos de matices, y el presente es un concepto ridículo ya que hace una hora estaba abúlico y hace dos segundos horrorizado; ahora mal que mal aburrido, y es en una de esas extrañísimas circunvoluciones que realizo entre la cama y la pared que siento que no existe otra cosa más que mis pasos en este rincón del cuarto, y lo que cuenta es el poder de duración que puedan tener algunos pensamientos con los que paso el tiempo, porque la mente trabaja sola y no sabría como parar de pensar todo lo que llega a mi conciencia.

Doy un paso detrás del otro pero no avanzo a ninguna parte. Mi inquietud en cambio se eleva en una in crescendo que sube no sé si hacia ningún lado o con trayectoria definida, quisiera de verdad especular un destino posible para mi sentimiento, pero ni eso puedo.

Me miro. Quiero decir lo que puede verse de mí, lo que creo ser. No será ninguna maravilla pero siempre estuve conforme con esta cara. Envejece con demasiada rapidez para mi gusto, pero basta un poco de descanso y un baño para verme mejor. Hoy es un mal día. La piel pálida, parece exudar un sudor frío; una especie de pátina grasosa que envuelve el semblante como una bolsa de plástico que se pegotea al rostro y le impide respirar. Me cuesta hacerlo.

El aire es rancio cuando la existencia se torna irrespirable.

La ventana no abre. La persiana se ha atrancado y la cinta para izarla está inutilizada. Probé, pero sólo conseguí ensuciarme las manos. Los marcos están herrumbrosos. La cortina hiede de podrida. Estoy en una maldita cárcel.

Padezco la tristeza del blues man. Me pregunto si el lapso que dura un rapto de melancolía puede ser infinito. Si existe un tiempo fijo, un estado de gracia donde no exista algo como un transcurrir, el después de hora. Conozco esos raros momentos poéticos, esos agujeros negros de la realidad en que como ahora, soy capaz de olvidar la cercanía de mi visitante; la estancia penosa en este cuarto rentado. La espera.

¿Y si lo que soy es este ambulante pasajero del hotel barato que ocupa un cuarto para esperar a un amigo que le traerá la mercancía o la mala noticia, me da lo mismo, no me produce más extrañeza que ver un perro muerto en la calle? Pobre perro, pero todos acabaremos muriéndonos.

Lo veo detenerse. Acercarse a la puerta boquiabierto. Mierda, tanto elucubrar me perdí de prestar atención a un posible golpe en la puerta. El hombre palidece, horrorizado. Se paraliza su corazón.                          

Es un antiguo miedo que emerge desde el fondo.

Se ha hecho ya muy tarde. Tal vez demasiado. Un destiempo inesperado o indeseado pudo haber estropeado la cita. Los minutos cuentan. Un error podría ser irreparable. Sin estar del todo seguros de que alguien ha golpeado por segunda vez a la puerta, ya que estoy bastante nervioso, veo cómo me apresuro por correr a abrirla.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

lunes, 8 de diciembre de 2025

CIGARRILLO SIN TERMINAR

Víctor Lowenstein

 

La herida en el antebrazo derecho se veía bien fea. Una especie de v corta trazada a estilete, con las puntas lanzando escupitajos de sangre hacia la cara interior del codo. Se la miraba como si ese brazo no fuese el suyo. Lo mismo que el otro; la mano izquierda temblaba, apoyada sobre la pierna. Los dedos cual piernitas ebrias temblorosas.

Y ese cigarrillo, humeando en el piso.

No se sentía en absoluto capaz de moverse. Su atención seguía ocupada en ese cigarrillo rubio, apenas comenzado, que consumía lentamente su brasa y que conservaba en el filtro una marca de rouge. ¿Rouge?

Intentó afinar la vista, pero los ojos le lagrimeaban demasiado para ver bien; si era carmín, bermellón o algún rosa suave. Elvira usaba el rosa suave para que sus labios lucieran como pétalos de rosa. Igual de delicados que ella. Porqué pensar en Elvira; en sus ojos claros, a esas horas de la madrugada cuando había tantas otras cosas de qué preocuparse como el entumecido antebrazo donde la sangre seguía resbalando hacia el porcelanato azul del piso.         

Por lo menos sabía que estaba en su nueva casa. El piso, lo había fijado él mismo losa por losa hasta asegurarse un emparejado perfecto a tabla rasa. Reconocía su mano, aunque ahora no pudiera mover ninguna de las dos. Esa puntillosidad; esa manía por la exactitud era propia de un buen arquitecto. Uno que no concedía en contratar colocadores de pisos porque él, claro, era el más indicado para hacer las cosas bien. “Si quieres hacer algo bien, asegúrate de hacerlo tú mismo” predicaba siempre que podía.

Era una verdad que suele funcionar para todos, excepto para los maníacos.  

La parte racional de su mente aconsejaba reaccionar ante los hechos; tratar de parar la herida, ver la manera de hacer un torniquete. No era su cerebro racional sino un instinto, no el de supervivencia sino otro, más indiscernible, que lo detenía obligando a sus ojos a mirar el inacabado cigarrillo que moría sobre la losa azul del piso. Un pensamiento de fuga pasó por su cabeza. Tan tonto como todo lapsus irracional, que le hizo pensar que la ceniza ensuciaría el porcelanato. Quiso reírse, pero tenía los dientes apretados y el paladar entumecido. Además, quería seguir mirando el pucho. El pucho parecía querer comunicarle algo, algo que necesitaba saber en ese preciso momento en que estaba por morirse. De reojo miró la herida. Un lento coágulo empezaba a formarse en torno a los brazos de la v pero por debajo, un creciente círculo rojo se extendía hasta alcanzar los bordes de la losa del piso. Otra vez pensó que no podría limpiar toda esa sangre sin que quedaran rastros rojizos sobre la pastina azulada que tan prolijamente había alisado a los bordes de los grandes azulejos. La linfa humana posee un componente ferroso que no se quita con facilidad; de ahí que las manchas de sangre sean tan difíciles de sacar en las prendas de vestir o cualquier parte donde caigan unas gotas nomás; las paredes o el piso.

Quiso reír de nuevo pero la intención se agotó en una mueca. Parpadeó lentamente intuyendo que el sueño o el desmayo venían a abrazarlo desde el fondo de su cerebro y desde ese corazón que bombeaba con dificultad hacia arterias que se desangraban. Ya no podía pensar con claridad y hasta de eso se daba cuenta, ferozmente lúcido por unos instantes nada más. El tiempo se agotaba, como ese intento de sonrisa.

Recordó un jardín, el jardín de su infancia. Hermoso, irrecuperable. Como las fotografías mentales de su padre y de su madre, pero no pudo ni quiso recordar más. La realidad se imponía con más fiereza que ninguna auto conmiseración. Y no se perdonaba esa apatía, esa contrición absurda que lo inmovilizaba.

Seguro, en esa situación, otro ya habría reaccionado. Quizá pudiera levantarse, aunque cayera; el golpe de adrenalina del esfuerzo lo ayudaría a arrastrarse para buscar ayuda. La puerta no estaba demasiado lejos, la calle tampoco. Por qué no intentaba al menos arrastrarse, y que el instinto de supervivencia hiciera el resto.

La herida del antebrazo; ¡pucha! Se veía más que fea. La v corta amorataba su vértice en la piel del antebrazo que ya estaba pálida como la leche. Igual que la otra mano, muerta casi en estertores temblorosos que golpeteaban sobre el jean a la altura de su rodilla. Le empezaba a faltar el aire. Y ese cigarrillo humeando en el piso…               

Quizá fue un pensamiento de fuga que lo hizo moverse. Vio un sol, un trofeo, el cuerpo de la mujer que creía amar. Su propio impulso brutal lo proyectó hacia adelante. El dolor en el pecho fue atroz, como lo fue la quemazón en los pulmones. La sensibilidad en el brazo derecho se sintió como un tajo hasta el hueso. Sin embargo, sólo soltó un quejido cuando el cuerpo se le desplomó sobre el piso húmedo de sangre. No era más fácil respirar ahí, y ya no podía moverse en absoluto.

La osadía le sirvió apenas para comprobar, con toda la piel, que el charco de su propia sangre era lo bastante profuso para perder toda esperanza en salvarse. La vida se le iba escapando del cuerpo. Eso razonaba cuando entró Elvira caminando despacio, sin apuro. La vio recoger el cigarrillo del piso. La vio dar dos pitadas con sus labios rosados y la vio mirándolo, mirándolo con sus ojos claros con algo que parecía compasión.

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.  

viernes, 28 de noviembre de 2025

APOCALIPSIS FASE DOS

Víctor Lowenstein

 

Ya nadie se preocupaba por sonreír debajo de los obligatorios barbijos sanitarios. El mundo se había desmadrado tras la nueva pandemia del 2029 y los que aún estaban en pie se miraban los ojos enrojecidos y las ojeras sin disimular su propio agotamiento. El instinto de supervivencia triunfaba por encima de cualquier idea de felicidad.

Aquel mal, transmitido originariamente por vía sexual venía mutando desde su primera fase (casi diez años atrás) hasta convertirse en una perversa cepa disuelta en el oxígeno, capaz de contagiar su peste a cualquiera que la respirase. Y como toda peste, producía enfermos afiebrados, asténicos, gangrenados y finalmente muertos tras agonías luctuosas. No pudieron desarrollarse vacunas contra los virus mutágenos, que evolucionaban maliciosamente hacia formas cada vez más sutiles y contagiosas. Los infectados que se sabían condenados muchas veces elegían suicidarse antes que atravesar un deterioro que los descarnaba en vida. La fase dos era una variante especialmente cruel de una enfermedad que parecía dispuesta a devastar la integridad de la raza humana hasta la extinción. Y lo estaba logrando.

La epidemia mundial del 2029 fue comparada con la primera guerra mundial, pero en su ingenuidad original. El mundo de un siglo nuevo aseguraba que nunca se repetiría una masacre semejante… ¡y faltaba la segunda guerra, nada menos! Ya se mencionó la crueldad de esta nueva fase; hay que imaginar solamente el colapso de la industria, el comercio y la bolsa de valores… las relaciones internacionales paralizadas… gobiernos reducidos a la administración de menguadas reservas, recursos y servicios deficientes y un aumento de la ilegalidad y la barbarie…

El estado subsidiaba la manutención de las minorías aisladas en refugios esparcidos por el antiguo conurbano. En ese contexto, las nuevas comunidades –las que aun sobrevivían– sostenían su tejido social de maneras precarias, pero funcionando al fin. Las ciudades, diezmadas por la peste y los saqueos, estaban reducidas a villas de emergentes para los no infectados, que procuraban mantener cierta cohesión social.

Rose y su hijo Ernie eran una de las tantas familias emigradas a Villa Providencia, uno de los refugios más poblados de zona norte del Gran Buenos Aires. Y como tantas familias, había perdido a su padre y esposo por causa de la peste.

Ernie siempre lamentaba que su papá hubiera muerto. Lo lamentaba más cuando su poco afectuosa madre lo hería en su incipiente virilidad de muchacho de quince años al decirle: “ojalá tu padre estuviera vivo”. Sabía que la muletilla de su madre no estaba destinada directamente a él; era usual que la repitiera retóricamente, como si hablara con ella misma o con Dios, a quien se confiesa abiertamente y a diario, embebida de fervor religioso.

Ernie no la culpaba. La religión y la mística han sido una salvaguarda más de una humanidad socavada por la peste pandémica. En las calles de Villa Providencia, al igual que otros asentamientos, abundaban los santuarios y las capillas, así como harapientos iluminados que predicaban el nuevo apocalipsis agitando sus manos gangrenadas al cielo. Al igual que buena parte de la población, la mamá de Ernie solía referirse a su difunto esposo como si éste aun viviera; una dislocación mental que sufrían muchos viudos, especialmente en tiempos mistificados en que la prédica de nuevos profetas del fin de los tiempos anuncia resurrecciones prometidas en las sagradas escrituras.  "Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras" (Apocalipsis 20:11-12).

Ernie lamentaba la muerte de su padre como se lamenta una injusticia. Había quedado solo en el mundo junto a una mujer endeble de cuerpo y mente. Se mudaron a la casilla de ese asilo municipal llamado Villa Providencia donde el estado proveía alimentos y algunos servicios básicos. Rose nunca lamentó la situación, pues consideraba, desde sus convicciones religiosas, que nuestra humanidad merece el castigo divino por haberse apartado de las sagradas escrituras; además, su difunto esposo descansaba en el cementerio de ese mismo refugio, a sólo tres calles de la casilla que ocupaba con su hijo. De más está suponer que lo visitaba muy seguido, cuando no iba a la iglesia en la que pasaba la mayor parte del día. Y lo seguiría visitando “hasta que regrese, como se promete al final del nuevo testamento” solía reiterar, para fastidio de su hijo.

Ernie creía que la vida en el refugio no era tan mala. El estado les proporcionaba los alimentos necesarios para subsistir; enlatados, agua potable y hielo para mantener los productos frescos en cajas de Telgopor. Se extrañaba la cerveza, los postres, pero a sus quince sabía que todo estaba por delante y lo malo pasaría alguna vez… podría retornar a la escuela en un año o dos, cuando el mundo se normalizara un poco. Su madre, entre rezos y persignaciones ayudaba con labores parroquiales. Ernie nunca había ido a ese ni a ningún templo; prefería quedarse en casa leyendo periódicos y boletines oficiales que el gobierno provincial envía para mantener a la población informada. Además, estaban las transmisiones televisivas, que duraban lo que el suministro eléctrico, es decir hasta mediodía. En ese lapso Ernie podía ver dibujos animados, el noticiero oficial o las prédicas de pastores evangelistas.

Desde hacía algunas semanas Ernie no salía de casa. Antes daba paseos esporádicos por el barrio, pero su madre le había advertido, igual que las noticias locales, que las salidas al exterior deben restringirse al máximo. Pululan las bandas de “muertos vivos”; sediciosos que sobrevivían fuera del sistema pernoctando en cementerios –de ahí el apodo– y robando comida de los cestos de basura. Siempre se había hablado de ellos, pero Rose le había mencionado haber visto de lejos estas hordas desharrapadas avanzando a tientas desde las periferias de la villa hacia las calles del centro. Además se hacía cada vez más usual la aparición de cadáveres en las vías públicas. Infelices que se suicidaban o caían muertos en las etapas más avanzadas de su contagio. Otra buena razón para permanecer encerrados. Nadie comentaba en profundidad ese fenómeno; porque nadie estaba libre de una peste que está en el aire… igualmente se evitaba especular aquello que vinculaba a los “muertos vivos” con la existencia de los cadáveres yacientes a cielo abierto…

La última semana, no obstante, venía siendo la peor para Ernie. Dejaron de repartir periódicos y boletines; las transmisiones televisivas quedaron suspendidas sin aviso. El canal de noticias proyectaba la imagen de un micrófono y una silla vacía, en un estudio que parecía haber sido abandonado. Como si todos se hubieran ido dejando las luces encendidas… lo mismo ocurrió con las transmisiones del pastor Jimmy Sweetheart. Se extrañaba su voz grave y ademanes bruscos; sólo quedaba el atril donde reposaba su biblia… que quedó abierta en la página que leyó antes de lanzar su última prédica… siete días atrás.

Al llegar al fin de la semana, Ernie comenzó por sentir palpitaciones y un leve mareo que lo asustó un poco. Su madre había salido temprano a la iglesia; estaba solo en el vestíbulo en medio de un silencio enorme y había apagado el televisor, tras buscar inútilmente algún canal activo. Se acercó a la ventana y miró al exterior en todas direcciones. Ni un alma recorría las calles de la villa. Entonces empezaron a temblarle las manos. Nunca una sensación de soledad extrema lo había invadido de esa forma. Hasta el viernes pasado, siempre había alguna presencia cercana. Un guardia de seguridad golpeando la puerta para preguntar si todo estaba en orden, alguna vecina pidiendo una taza de azúcar… y las transmisiones televisivas, por supuesto. Ahora lo embargaba la peligrosa impresión de estar sólo en el mundo, de ser el único habitante vivo de la villa. Por supuesto que era una ridiculez, pero a Ernie se le agitaba la respiración de sólo imaginar esa posibilidad. Era a medias consciente de estar sufriendo un ataque de pánico, y no sabía a quien recurrir. Maldijo a su madre en silencio. Luego oprimió el botón del intercomunicador de emergencias; inútil, nadie atendía la llamada. Con dificultad caminó hasta el sofá, se dejó caer en él.

Minutos más tarde, sintiéndose apenas un poco mejor, decidió salir a las calles. Era la mejor manera para despejar malos pensamientos. Fue reconfortante girar las llaves para salir del hogar. ¿Dónde iría primero? ¿A buscar a su madre a la iglesia? ¡Al diablo con ella!, se oyó decir, caminando en dirección a la avenida principal.

Fue agradable transitar esas calles conocidas, estar al aire libre, aunque no se cruzó con nadie en todo el trayecto. Viró en una esquina que se abría a un enorme predio; reconoció el cementerio donde estaba enterrado su padre, y entró. Vagó un rato por las veredas que franqueaban mausoleos y tumbas. Algunas tenían flores aún frescas bajo las lápidas. Sin embargo, no había visitantes esa mañana. Ni un deudo, ni una viuda honrando un fallecido. El paseo mismo lo llevó frente a la misma tumba de su padre, y ahí se detuvo. Sobre el mármol, una inscripción que en su momento no supo prestar debida atención llamó su curiosidad ahora. Intrigado, leyó: “Hasta que regreses del valle de la muerte, como prometen las sagradas escrituras; tu esposa y tu hijo”. La frase le produjo cierta tristeza mezclada con asco. La losa con su epitafio, las flores frescas, hasta el crucifijo, todo en su conjunto le pareció de pronto tan vil y carente de sentido que sintió la necesidad de dejar de mirar esa tumba. Alzó la vista por encima de todas ellas y sus ojos encontraron presencias vivientes más allá de las últimas sepulturas. Desde los fondos de la necrópolis una inconfundible masa de personas avanzaba con pasos vacilantes hacia el camino central que llegaba hasta la encrucijada donde Ernie estaba paralizado. Sus piernas comenzaron a temblar al reconocer en las siluetas desarrapadas, mujeres y hombres con ropas hechas jirones y rostros sucios, al descubierto, sin barbijos; eran los rebeldes o “muertos vivos” de los que tanto hablaban las noticias. El silencio sepulcral se quebró con una suerte de murmullo sibilante proveniente de esa gavilla de renegados que parecía indicar que ya habían advertido su presencia. Temiendo lo peor, Ernie escapó corriendo hacia la salida.  

Instintivamente tomó por la derecha, por donde había venido. Era la zona del barrio donde estaba su casilla y cien metros adelante, la iglesia donde encontraría a su madre. Hacia allá corrió. Le faltaba el aire de haber pasado tanto tiempo sin hacer ejercicio. Además, el camino que desandaba estaba jalonado por cadáveres que no había visto en su salida. Muertos boca abajo en sus harapos y miseria; suicidados o tal vez ultimados por los rebeldes… había que apurarse. Ernie hizo un esfuerzo adicional para ganar tiempo y pronto llegó al umbral de la pequeña capilla.

Entró sin preguntarse qué podría encontrar dentro del templo al que nunca había visitado y sin saber cómo justificaría su aparición frente a su madre, si es que aún estaba allí. Imposible saberlo, estando la nave y el altar vacíos de toda presencia humana. Aguzando el oído Ernie fue acercando sus pasos hasta la puerta de la sacristía, desde donde parecían provenir murmullos. Con el costado de su rostro sobre la madera, logró percibir bisbiseos que no llegaban a ser voces; gorgoteos apagados que despertaron en su ánimo un terror inexplicable. Lentamente separó sus manos de aquella puerta y enfiló sus pasos fuera de la capilla.  

De nuevo en las vacías avenidas, la sensación de angustia volvió a tomarlo no tan desprevenido como al principio. Decidió dar un rodeo por las calles laterales a su hogar, a fin de evitar la relativa cercanía al cementerio. Mas, al doblar la esquina notó, más allá de los últimos edificios visibles, siluetas humanas caminando hacia el centro de la villa, la zona más poblada, donde él mismo vivía.

Aquel modo de ambular parecía característico de aquellos “rebeldes muertos”; se arrastraban sobre sus pies, balanceando los cuerpos, amagando caerse y sin embargo, avanzando incesantemente cual si de una procesión religiosa se tratara…

Ernie quedó tan hechizado por la visión de la masa andante que se quedó inmóvil observando su lenta marcha. Pronto fue capaz de discernir las fisonomías y fachas de los renegados. Los hombres vestían camisas desgarradas, casi harapos, y las mujeres llevaban puestas remeras destrozadas, sus pechos asomaban libremente entre jirones de corpiños sucios. Sus rostros, desnudos de toda expresión, lo empezaban a mirar desde sus ojos vacíos.

Quizá fuese sólo una impresión suya. Seguramente estaba nervioso por todo el asunto ese de la pandemia, pero no era inteligente quedarse ahí mirando cómo los renegados ganaban terreno en cada paso, por lo que apuró el suyo rodeando las manzanas colindantes hasta su propio hogar, donde esperaba quizá por un golpe de suerte encontrar a su madre y volver a la normalidad de las semanas pasadas. Ernie corrió al trote los primeros doscientos metros, apenas dos cuadras, sólo para notar que había equivocado el giro en la última de las esquinas. Fastidiado, retomó por una calle que lo conducía en sentido de la manzana donde residían las casillas conocidas; la suya y de su madre, por supuesto.

Era ésta una callejuela muy poco frecuentada, sin asentamiento ni construcción alguna; un predio no ocupado aún por las cuadrillas de obra pública. La parcela de tierra sin rastrillar le produjo un malestar inesperado. Esparcidos, aquí y allá hasta el fin de la calle, cuerpos sin vida se pudrían a cielo abierto.  Entre los cadáveres, se erguían torpes altares hechos con trozos de lápidas y placas de bronce robadas del cementerio. Sobre los groseros mojones, blasfemas almas habían colocado urnas con flores o velas ya fundidas, en inimaginables rituales funerarios. Mientras ahogaba un llanto repentino, Ernie rebuscó en sus bolsillos hasta hallar el barbijo sanitario dado por los servicios de asistencia social. Apuradamente se lo ajustó al rostro y avanzó por el terreno procurando mantener distancia de los muertos aunque sin evitar mirar cada uno de esos rostros carcomidos por la peste, que parecían fijar sus ojos muertos sobre su vital humanidad. El interminable recorrido estuvo precipitado por pensamientos oscuros (donde no faltaba un cierto rencor inconfesado hacia su madre) tanto como por el enjambre de moscas que reinaban en la descomposición. Trotó los últimos tramos hipando entre temblores de una desesperación que ni él mismo osaba comprender.

Giró las llaves de la puerta de su casilla y ajustó los pestillos como última medida de seguridad. El silencio interno le indicaba que su madre no había vuelto aún de la parroquia. Era un silencio de una calidad desconocida; una sordina que brotaba de su propia cabeza, un murmullo de voces silenciosas que penetraban suavemente su entendimiento. Todavía temblando ligeramente, Ernie se echó sobre el sofá del recibidor y unió las manos instintivamente. Sus voces repetían, muy por debajo de su conciencia: “…y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían dormido resucitaron…” 

Por largo rato Ernie se dejó subyugar por los versículos apenas recordados de su catecismo. Así se mantuvo, ensimismado, hasta que unos golpes en la puerta lo trajeron de vuelta a la realidad.

—¿Madre…? —Madre nunca golpeaba la puerta. Quizá ya había probado utilizar su llave. De nuevo tres golpes. Entre largas pausas. Madre no llamaba así—. ¿Madre?

Nadie respondió.

Entre palpitaciones Ernie se incorporó y fue hasta la puerta metálica. Abrió la mirilla reconociendo alborozado a la figura que se recortaba en el exterior.

Quitó los pasadores, giró las llaves y desplegó la puerta hacia el sol de la primera tarde. El hombre permanecía de pie, inmutable, sin rostro ya pero con la memoria intacta en alguna recóndita zona de su estropeada psiquis.

—Papá… has regresado —gimoteó Ernie yendo a abrazarlo.   

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.                                                                                                                          

domingo, 23 de noviembre de 2025

LOS DIOSES DESNUDOS

Víctor Lowenstein

 

Se calzó las gafas lo más rápidamente que pudo y salió del edificio, hacia Libertador, pensando en perderse por cualquier calle aledaña. Perderse por un rato del mundo y sus embrollos.

Advirtió que había olvidado cepillarse los dientes antes de salir. Esas negligencias propias le resultaban irritantes, pero ya se había resignado un poco a dejar de luchar contra cada tira y afloje con que su alma enfrentaba cada día a día. Era la mar de frustrante.

Se detuvo en un kiosko por una barrita de Cherry Liptus. Le dio un mordisco a la primera pastilla caminando más lentamente, dirigiendo sus pasos por una calle cualquiera de las que bajan hasta la gran avenida. Se cerró el cuello del impermeable casi por instinto; que nadie descubriera que debajo llevaba el piyama. De nuevo las palpitaciones. Una puntada en el pecho, real o imaginaria. A respirar hondo…

Ahora no estaba tan agitado. El cafetín en una esquina le pareció buen refugio. Apresuró el paso sin darse cuenta y entró, buscando una última mesa, allá en el fondo. Esos cafés de paso eran todos iguales. Todos tenían una mesa reservada para él, en el rincón más oscuro de algo que no podía llamarse salón, que era un reducto, con un mozo que era siempre el mismo, un tipo grueso, que hablaba entre dientes, que no tenía vida ni alma propias. Que se acercaba sin siquiera dar los buenos días.

—Café, por favor.

—¿Sólo, o lo acompaña con algo?

—Nada.

—¿Quiere el diario?

—No.

Agradeció quedarse a solas con sus pensamientos. Ese rumor vicioso y suave, constante, que parasitaba su conciencia con la misma retahíla de ideas siempre similares. Pensamientos como nubes ligeras frente a las que se detenía a divagar, a perderse en sus formas… esa cosa casi física de las ideas, de sus texturas, que podía ver pero jamás tocar. Y luego esos otros pensamientos. Los procaces, urgentes e inevitables.

Los últimos diez mil dólares que Mamá le había dado ya se estaban agotando. De la semana de licencia pedida en la inmobiliaria quedaban tres días, nada más. No era para desesperarse, pero las preguntas volvían como saetas. Qué hacer. En qué dirección moverse.

No se preocupó en un principio, cuando aquello era apenas una inquietud; cuando las penumbras invadían la habitación al atardecer, y las persianas filtraban juegos de claroscuros que llenaban su alma de un estupor desconocido; su cuerpo entero comenzaba a temblar y los brazos se le agarrotaban hasta provocar puntadas intolerables de dolor en los hombros. Se sentaba en el sofá e intentaba controlar sus pulsaciones. Respiraba hondo. Bajaba los párpados y ahí percibía el zumbido en sus oídos. Los sonidos más imperceptibles parecían amplificarse anormalmente. Abría los ojos entonces, casi asustado, sin saber qué esperar: el temblor bajaba hasta sus manos y ahí permanecía por largo tiempo. Los minutos se hacían agónicos. Cuando ya no lo soportaba, bajaba a las calles a perderse en algún bar.

Seguía pensando que no era para preocuparse de más. Unos temblores, algunos miedos, no podía ser tan grave. Tal vez la cuestión pasaba por no estar tan solo siempre y por darse tanta máquina. Se llevó dos dedos a la frente y notó la piel aceitosa. Ni se había lavado la cara al levantarse. Al volver al departamento se daría una buena ducha. No se dejaría vencer por ninguna depresión. Todavía faltaba transcurrir un día por delante. Después de aquel café…

Parecía fácil darse ánimo, pero aquello, de fácil, no tenía nada… una opresión imprecisa lo sujetaba a esa silla, le dejaba los brazos colgando con restos de ese agarrotamiento que nunca se iba del todo… y la cabeza. Los pensamientos pasaban por su conciencia sin voluntad para ser considerados, percibidos lejanamente, tardíos. El cansancio de costumbre. Cansancio acumulado, persistente, inamovible… y era más que eso, lo sabía. La lentitud en los reflejos, la vista nublada y los leves mareos, el zumbido en los oídos…

No se iba a levantar de esa mesa. No todavía. Dedicó unos minutos en recordar a Carla, y sus últimos días en la facultad. Ya debía ejercer como psicóloga, seguro. Carla y su cara de ángel y aquella última conversación que no podría olvidar y que marcó la ruptura definitiva. Las mujeres no saben comprender a un hombre de espíritu adolescente. La vida continuó como un cansancio eterno. Un eterno y solitario lunes. Y él seguía recordando la charla al pie de las escalinatas.

Lo tuyo es menos que misantropía. No es fobia social, es puro bajón, te das manija solo. No es lo que pensás; ni paranoia ni ninguna cosa rara. Tampoco entiendo bien eso que llamás síntomas. 

Luego aquella aseveración. Cruel, exasperante.

¿Sombras? ¿Qué sombras? ¿Cómo se puede tener miedo a…?

No se volverían a ver.

 

Abordó el ascensor y subió sin interrupción los once pisos hasta el suyo. Entró, cerró la puerta y se dejó caer sobre el sofá de la sala. Mentalmente bosquejó algunas inmediateces. “Voy a ducharme. A dejar de leer a Pessoa y escuchar más música. También a dejar de hablar sólo; no es bueno…”

Las sombras comenzaron a entrar por la ventana. Lánguidas, ondulantes. Subían por las paredes y se agrupaban en el techo, anidando como a la espera de algo. Otra sombra plana, suspendida en medio de la sala, levitaba ascendiendo hasta el cielorraso para reunirse con las otras. Juntas formaron una única masa gaseosa que giraba en rítmicas vueltas hasta detenerse por completo y quedar fija en el techo simulando una mancha de humedad gigantesca.

El cuerpo se le empezaba a acalambrar. De nuevo el agarrotamiento en brazos y piernas. Vanamente intentó mover los labios. Supo que no era un acto que obedeciera a su voluntad. No existía voluntad alguna.

No podía decidir nada ya. Su cuerpo no era su cuerpo, era un antiguo templo en ruinas, habitado por sombras. El silencio aplastaba las cosas hasta sus límites. El espacio de la sala no existía, olvidado del mundo, y qué era él sino la nada misma paralizada en algún punto impreciso de un mundo desconocido.

Otra sombra entró por la ventana, reptando desde la pared exterior. Se desmigajó en hilachas que proyectaban opacidades por todo el ambiente. Haces grisáceos se soltaban cual lágrimas; cierto centro de tormenta absorbía la lluvia de lágrimas y las escupía más ennegrecidas cada vez, y la gran mancha del techo se sacudía liberando sus partes.

Sin entender cómo consiguió ponerse de pie. Se dejó invadir por una tremenda angustia que no le era desconocida. Una fe que no entendía lo poseyó por entero y pudo ver en cada sombra una certidumbre, viva.

Espirituales, se movían en su dirección. Volaban, eran ángeles, eran eternos, Dioses desnudos. Adanes sin mácula, no caídos, puros. Los bienaventurados Dioses que venían a buscarlo. Y al fin pudo llorar y agradecer por su llegada.  

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

lunes, 17 de noviembre de 2025

LA TRÁGICA EPIFANÍA DEL PROFESOR REBBINGER

Víctor Lowenstein

 

Frente a la mesa de trabajo de su laboratorio, el profesor Elías Rebbinger contemplaba la culminación de su obra con un sentimiento de extasío en todo su ser y con las manos aferradas al bastón que sostenía la débil humanidad, pues Rebbinger era viejo ya; había dedicado toda su vida a sus investigaciones y descubrimientos. El resultado de tantos esfuerzos estaba ante sus ojos: las bobinas transformadoras con el cable a tierra por debajo, y por encima de ellas la cámara de resonancia conectada a un mástil que sobrepasaba el techo, donde se convertía en una sofisticada antena para recolectar energía de la atmósfera.

  Lo que contemplaba eran cincuenta años de denuedos, sudor y lágrimas, sin apoyos académicos ni subvención alguna, desde una comunidad científica que siempre había renegado de su heterodoxia, una virtud que eran incapaces de comprender desde su cerrado dogmatismo. A Rebbinger no le importaba demasiado; era un científico por encima de todo. La ciencia era su credo, sin exagerar. A menudo, en medio de una investigación o más ordinariamente, al finalizarla, sufría una visión o epifanía que venía desde lo alto para iluminarlo sobre alguna cuestión relativa a los aspectos más sutiles de aquello que lo venía desvelando desde el principio de su estudio. Luego de recibir esa divina (así lo entendía el profesor) intelección desde dimensiones inefables, el hombre de ciencia –y de fe– se hincaba apoyado en su bastón y agradecía al creador por otorgarle la gracia de su sabiduría. 

Y es que la razón principal de los afanes del profesor era ante todo humanitaria. Veía una sociedad que sufría los arrebatos de su propia ignorancia, bien manipulada por la eterna codicia de sus gobernantes. Veía un mundo devastado por el uso irracional de los recursos naturales en un camino sin retorno que la humanidad transitaba a prisa y sin conciencia de su irreflexiva autodestrucción. Y se veía a sí mismo como un hombre de ciencia que debía hacer su aporte para frenar tanto caos, contribuir desde su saber a una reinvención de esa sociedad enferma de la que formaba parte. Desde esa posición, había concentrado todos los esfuerzos de una vida, desde que era muy joven, para hallar una forma de energía limpia que reemplazara la quema de combustibles con su correspondiente contaminación. Una energía universal y gratuita que permitiría a todo el mundo liberarse del trabajo esclavo y florecer espiritualmente hacia una civilización que mereciera tal nombre.

Esa energía era la electricidad, pero no de la forma en que se utilizaba. Era cara, insegura y no había podido reemplazar el uso del petróleo y los hidrocarburos. Algo en esa maravillosa energía debía ser transformado para ser llevada a su máxima expresión. Aquella fuente guardaba secretos que debían ser descifrados aún. La desconocida que se ha dejado vencer sin desenmascarar, la fuerza misteriosa y cautiva, la inasequible aprisionada por nuestras manos, el rayo dócil encerrado en una botella y distribuido luego por los innumerables hilos que, formando una red, envuelven la tierra, la electricidad, prestaría su fuerza y su ayuda en todas partes donde haga falta: en las casas, en las habitaciones, en el hogar, donde el padre, la madre y los hijos vivirán sin separarse. No es un sueño. La maquinaria feroz que muele en las fábricas las carnes y las almas, será doméstica, íntima y familiar; pero de nada servirá que las garruchas, los engranajes, las bielas, las manivelas, las excéntricas y los volantes se humanicen si los hombres conservan su corazón de hierro.

En efecto, Rebbinger se sintió compelido desde su temprana juventud a ser quien descifrara los enigmas de esa fuerza indomable, hasta consumar el prodigio de arrebatarle los secretos a la desconocida que se dejaba vencer sin ser desenmascarada, para brindarla a una humanidad embrutecida por el trabajo esclavo.

Era la fuerza inasible del éter, la que sabe ocultarse entre los electrones guardando esa chispa sagrada de luz infinita. Y el sol, el mítico padre de la vida en la tierra emana rayos cósmicos cargados de esas chispas. A Rebbinger le tocó el honor de conocer los secretos que le permitieron recoger esas cargas estáticas de la atmósfera para convertirlas en energía limpia, libre, universal. La electricidad en su genuina forma, el secreto revelado, estaba casi listo para ser obsequiado ¡por sus manos! a sus semejantes, en un acto de filantropía que lo definía como humano.

Se acercó más a la mesa y acarició con dedos trémulos la broncínea cámara de resonancia, los conductores y la base de la poderosa antena externa. Le costaba reconocerse como el hombre que estaba a punto de cambiar el rumbo de la historia. No obstante, sabía el papel que le tocaba jugar en la comedia humana de su tiempo; efectuar el giro hacia la evolución de su misma especie, y era un paso inevitable que la ciencia estaba destinada a dar un día, fuera él u otra mente brillante. Cuántas veces osó declarar a viva voz ¡voglio fare miracoli! replicando al mismo Da Vinci. Ahora le tocaba a él, Elías Rebbinger, ser el nuevo Leonardo, el nuevo Marconi y el nuevo Tesla que podía no sólo ver el milagro ante sus ojos sino accionarlo a fin de rotar el gozne de la realidad conocida hacia otra, inefable y bienaventurada.

Podía conjeturar e imaginar a esa nueva humanidad. Gente feliz, caminando por ciudades iluminadas por energías libres, respirando aire puro y dedicada a aprendizajes espirituales y conquistas más allá de todo lo material. El delirio de un loco o de un visionario.

Pero los sueños del profesor solían adolecer de despertares ingratos. A menudo, observando los danzantes fluidos eléctricos dentro de sus generadores electromagnéticos, le daba por pensar qué pasaría si sus hallazgos llegaban a caer en las manos equivocadas. Procuraba alejar de sí esos pensamientos, enfocado en el futuro y el bien de la ciencia.

Esta vez no pudo hacerlo. Su corazón comenzó a palpitar más deprisa. Miró su mesa de trabajo, pero los objetos se desdibujaban ante sus ojos que apenas vislumbraban formas borrosas. Conocía esos síntomas, nunca tan fuertes, por lo que sus manos soltaron el bastón y buscaron la silla en que se dejó caer pesadamente. A continuación, un zumbido le llenó los oídos y perdió contacto con la realidad circundante.

Estaba sucediendo otra vez. Era una Epifanía, que venía a comunicarle un mensaje desde lo desconocido. Jadeando, Elías Rebbinger presenció un drama que podría ocurrir a partir de todo aquello por lo que había luchado una vida entera.

Vio sus peores conjeturas volverse realidad. A punto de cumplir su sueño dorado, la providencia venía a avisarle que podía estar dando un paso fatídico para la humanidad que amaba. Sus viejos temores no eran sino formas en que su conciencia se anticipaba a una realidad indeseada.

Se vio a sí mismo recibiendo condecoraciones y reverencias de aquellos que lo habían despreciado desde siempre. Y a su invento encumbrarse como el hallazgo científico del siglo. Un logro que podía no tener retorno si avanzaba en la dirección equivocada. Luego estaban los monopolios que ofrecían un precio por las patentes, y tras aplastantes coerciones acababan fijando un monto razonable a sus intereses. Se vio reducido a dar conferencias y escribir artículos que pasaban por censura académica antes de ser publicados. Un Rebbinger exitoso y asustado se enteraba de que las patentes pasaban a dominio de la inteligencia militar deseosa de convertir su energía libre en combustible de barcos y aviones de guerra…

El mundo no cambiaría como imaginaba el profesor. El mundo tenía sus propias reglas y un lugar en las sombras para subversivos del orden secular que mantiene el mundo tal como está y seguirá estando hasta su culminación. Y mejor que lo aceptase, pues el poder no tolera bien a los disidentes.

Emergió del trance con síntomas de ahogo, inhalando con toda su fuerza el aire que sus pulmones parecían necesitar desesperadamente. Entendía a la perfección lo que acababa de vivenciar, por lo que no tardó en recuperarse. Se le había advertido y prevenido que el fruto de sus labores iba a ser envenenado, y que debía salvarse al precio de enterrar su sueño en las cenizas. Consciente del desenlace dramático que los hechos podían tomar, y de la pérdida que estaba por afrontar, Rebbinger buscó a tientas el bastón en el suelo, lo recogió y con firmeza se incorporó y avanzó unos pasos hacia su mesa de trabajo.

Con decisión, elevó el bastón por encima de su cabeza y descargó un golpe brutal sobre la campana que contenía las bobinas. Resonó anunciando una suerte de juicio final, con un juez que continuó una andanada de golpes que destrozaron cámara, bobinas, cables y todo lo que cayó de la mesa, incluyendo la base de la antena, precipitada desde el techo hasta el piso en una nube de polvo y trizas. Incrédulo ante su propio vigor, El profesor finalizó la destrucción pisoteando cada pieza que había armado con sus propias manos, sin lamentarlo. Algún día su sueño se haría realidad, pero no era él el elegido para regalarlo a un mundo gobernado por necios.

Finalmente, Elías Rebbinger dejó caer el bastón al piso, se arrodilló y agradeció al altísimo y todos sus ángeles el privilegio de haber recibido una admonición divina. Largo rato permaneció así, meditando en silencio la tragedia y revelación puesta sobre su vida como un aprendizaje fatal pero necesario. Hasta que el dolor en las rodillas lo sacó del ensimismamiento. Se irguió, respiró profundamente sintiendo un alivio que no esperaba experimentar, la sensación de que lo único importante era lo aprendido, más allá de cualquier sacrificio. Esa noche y las que siguieron durmió muy bien, y vivió con la paz que los sabios conocen por gracia divina.    

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

FATA MORGANA