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sábado, 24 de octubre de 2026

DE LEY

Lucía Amanda Coria

 

El comisario Fuentes fue hacia los dos hombres esposados. Se plantó ante uno de ellos, señalándole con el dedo.

—Fuiste vos —lo increpó—. ¿Dónde las escondiste?

Allí fue que Alfredo, alias el Patón, perdió toda su arrogancia.

—Sí, señor —reconoció—. He sido yo.

El otro detenido, Mateo, alias El Mataco, respiró aliviado.

 Los dos hombres demorados en la comisaría, eran sospechosos de un ilícito. Adultos jóvenes, desocupados crónicos, tenían frondosos prontuarios por delitos contra la propiedad.

 El Patón había llegado desde una provincia vecina, atraído por el progreso que trajo la Promoción Industrial y se quedó a vivir aquí, donde se sentía feliz. El Mataco en cambio nunca había salido de la ciudad que lo vio nacer, y no tenía mayor interés en conocer otra cosa.

 Al verse descubierto, el culpable confesó su delito y condujo a los agentes hasta un terreno baldío ubicado en las afueras de la ciudad. Allí debajo de ramas y escombros había escondido las cosas robadas, dentro de una bolsa.

 Al abrirla, surgieron de ella numerosas chapas de bronce de distinto tipo y tamaño. Entre ellas una pesada pieza, arrancada al monolito levantado en homenaje a un conocido futbolista local.

—Qué bárbaro —dijo uno de los agentes—. Ni el Búfalo se salvó de este ladrón.

No se había salvado ninguno de los profesionales que vivían o tenían sus estudios en las cercanías de la plaza central. A todos les sustrajeron, en una sola noche, las placas de bronce colocadas en las paredes exteriores de sus propiedades.

Nadie había visto ni escuchado nada. Por más que allí la gente gustaba de circular hasta altas horas de la noche. Tal vez para compensar, la costumbre local de empezar las actividades diarias, alrededor de las diez de la mañana.

Corrido un poco por el prestigio social de los damnificados, el comisario Fuentes, a cargo de la investigación del robo, se dedicó personalmente a esclarecer el hecho. Interrogó a una docena de conocidos rateros, visitó las casas de compraventa, obtuvo algunos nombres y pudo demorar a dos sospechosos. Estaba seguro de que uno de ellos era el culpable. Pero ambos se habían negado a declarar y debería liberarlos por falta de pruebas.

 Las cosas cambiaron ese mediodía, cuando el comisario caminaba por la vereda de una de las casas despojadas.

—Qué barbaridad comisario —dijo alguien, a sus espaldas—. Ya no se puede vivir tranquila.

Era Doña Guillermina, la habitante más antigua del barrio, una viejecita lúcida y simpática a quien todos conocían como la “loca del agua” por su costumbre inveterada de lavar la vereda de su casa, todos los días al rayar el alba.

Quería conversar, se desvivía por hacerlo. Y aunque conocía vida y milagros de todo el mundo, en este caso no podía aportar ningún dato útil. El uniformado sólo le prestaba una distraída atención. Hasta que unas palabras de la anciana le hicieron reaccionar.

—Esa mañana, cuando salí a baldear yo vi las placas del doctor, acá al lado —decía—. Y pensé decirle a la empleada de ellos que las lustrara. Se veían sucias, sin brillo.

Las manchas descascaradas en la pared denotaban la ausencia de los elementos citados

—¿A qué hora sucedió eso? —preguntó el comisario.

—A las cinco y media. Yo lavo mi vereda todos los días a la misma hora —contestó ella, satisfecha del interés que había despertado—. Me gusta…

 Pero el hombre ya había subido al móvil policial. Creía tener el caso resuelto.

 El culpable confesó y se recuperaron los objetos robados. Antes de liberarlo, le pidió disculpas a El Mataco por las molestias causadas.

 Alguien le preguntó después cómo había hecho para determinar la inocencia de este sospechoso.

—El hecho ocurrió muy temprano, después de las cinco y media de la mañana y antes de las nueve —explicó.

—¿Qué tiene que ver? —preguntó su interlocutor.

—Este es un hombre nacido y criado en San Luis —declaró muy ufano—. Ningún puntano genuino va a levantarse temprano sólo para robar. Podrá hacerlo en cualquier otro momento, no digo que no. Pero levantarse exclusivamente a eso, va contra sus normas de vida.

 El hecho es anecdótico, pero acuñó una expresión muy precisa referida al carácter local, que hasta la fecha se cita como irrefutable en algunos círculos. Claro que los tiempos y las cosas han cambiado mucho desde entonces.

Aunque la mirada curiosa regresó una y otra vez no pudo ver nada en la calle solitaria. El pasajero de la sombra había desaparecido.


Lucía Amanda Coria vive en San Luis, Argentina. Es licenciada en Enseñanza de la Economía de la Universidad Nacional de San Luis. Se desempeña como docente del nivel medio y superior de su ciudad natal. Ha participado en congresos literarios nacionales e internacionales. Sus trabajos literarios están publicados en antologías de poesía y narrativa de Argentina, México, Perú, Chile, España y Canadá.

 

miércoles, 26 de junio de 2024

EL PASAJERO DE LA SOMBRA

Lucía Amanda Coria

 

Los cerros se habían retirado de mala gana para hacerle lugar a la flamante Estación Terminal de Ómnibus, instalada como un estrafalario nido metálico en la hendija telúrica, allí donde el viento pampero se adelgazaba en agujas de frío y se volvía chorrillero.

Aquella noche, la última del mes de octubre, un enorme autobús llegó al lugar, depositó gran parte de su contenido sobre las flamantes plataformas del recién inaugurado edificio y se retiró velozmente, como si temiera algo. Tal vez en alguna oportunidad una ciudad le rechazó los pasajeros; vaya a saber.

A nadie le llamó la atención ese pasajero rezagado, que parecía buscar las zonas menos iluminadas. En realidad parecía invisible. La gente incluso podía atravesarlo, como si fuese una cortina de hilos.

El pasajero de la sombra acomodó su paso a la lunática circunstancia de no alcanzar el último taxi disponible. No tenía más equipaje que su desencanto, ya bastante ejercitado, así que siguió caminando sin ningún apuro.

—¿Taxi, señor? —dijo una voz amable a sus espaldas. —Al volverse encontró una anchísima sonrisa. Asintió en silencio y esperó a que el otro le abriera la puerta. Entró al vehículo esquivando el espacio visual que le otorgaba el espejo retrovisor, donde lo esperaban todas las miradas posibles. Una de ellas logró captarlo—. ¿Adonde lo llevo?

Con voz atiplada dio una dirección. Una calle bastante céntrica, en el casco antiguo.

La mirada del taxista siguió recorriendo la figura del pasajero. Era muy viejo, pero estaba vestido con un modernísimo equipo deportivo adornado con detalles de líneas plateadas, como es frecuente ver en los adolescentes. El calzado era del mismo estilo. Aunque siempre a la expectativa, lo apremió la necesidad de hablar. Al taxista, como la mayoría de quienes ejercen ese oficio, le gustaba conversar con sus pasajeros. Comentarios de diversos tonos poblaron el habitáculo, pero todos chocaron con el hermetismo del anciano, que ni siquiera se dignó mirarlo.

Este viejo es tonto o es mudo, pensó, bastante molesto. Aceleró la marcha y no habló más.

Siempre en silencio, llegaron a destino. El pasajero le extendió un flamante billete de cien pesos, con la imagen de Eva Perón. El taxista lo rechazó fríamente.

—Deme cambio, por favor —le dijo.

Sin contestar, el otro puso en su mano otro billete de menor valor, también flamante. Ya había descendido y con un gesto le dio a entender que se quedara con el vuelto.

Caminó despacio, saludando a los vecinos que tomaban mate en la vereda. Aspiraba el perfume de las madreselvas en flor, con los ojos muy abiertos. Sentía la sangre recorrer sus arterias con un ruido de acequia. El viento en sus piernas desnudas, y el ardor de las rodillas raspadas durante ese partido interminable. Tenía miedo. Pero igual golpeó con fuerza la gruesa puerta de madera, imaginando lo que vendría.

—Muchacho de porra —diría su madre entre coscorrones en la cabeza—. Que sea la última vez que te vas a jugar a la pelota sin mi permiso.

Y sabía también que le reprendería por llegar tarde a la cena. Tendría que contarle lo del accidente. Y del pacto que había hecho para poder venir. Golpeó de nuevo.

Finalmente la puerta se abrió muy despacio, con un quejido de bisagras oxidadas. En el vano se instaló la oscuridad, como un bostezo fantástico, interminable.

—Hola mamá, siento haberme demorado —dijo con voz contrita. Y entró rápidamente, cubriéndose la cabeza con ambas manos, para atajar los golpes.

Muy arriba, engarzada en un cielo purísimo, el increíble cielo de San Luis, la luna nueva, abría un paréntesis argentado. Su tenue luz alumbraba apenas un gran cartel que anunciaba: “Próximamente aquí. Edificio Torre SIGLO XXI”. Y detrás, los escombros de una casa en demolición, de la cual solo quedaba en pie un macizo marco de madera con su ruinosa puerta… que se abrió de golpe y empezó a moverse impulsada por el viento chorrillero.

Aunque la mirada curiosa regresó una y otra vez no pudo ver nada en la calle solitaria. El pasajero de la sombra había desaparecido.


Lucía Amanda Coria vive en San Luis, Argentina. Es licenciada en Enseñanza de la Economía de la Universidad Nacional de San Luis. Se desempeña como docente del nivel medio y superior de su ciudad natal. Ha participado en congresos literarios nacionales e internacionales. Sus trabajos literarios están publicados en antologías de poesía y narrativa de Argentina, México, Perú, Chile, España y Canadá.

 

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