Lucía Amanda Coria
El comisario Fuentes fue hacia los dos hombres
esposados. Se plantó ante uno de ellos, señalándole con el dedo.
—Fuiste vos —lo increpó—. ¿Dónde
las escondiste?
Allí fue que Alfredo, alias
el Patón, perdió toda su arrogancia.
—Sí, señor —reconoció—. He
sido yo.
El otro detenido, Mateo, alias
El Mataco, respiró aliviado.
Los dos hombres demorados en la comisaría,
eran sospechosos de un ilícito. Adultos jóvenes, desocupados crónicos, tenían
frondosos prontuarios por delitos contra la propiedad.
El Patón había llegado desde una provincia
vecina, atraído por el progreso que trajo la Promoción Industrial y se quedó a
vivir aquí, donde se sentía feliz. El Mataco en cambio nunca había salido de la
ciudad que lo vio nacer, y no tenía mayor interés en conocer otra cosa.
Al verse descubierto, el culpable confesó su
delito y condujo a los agentes hasta un terreno baldío ubicado en las afueras
de la ciudad. Allí debajo de ramas y escombros había escondido las cosas
robadas, dentro de una bolsa.
Al abrirla, surgieron de ella numerosas chapas
de bronce de distinto tipo y tamaño. Entre ellas una pesada pieza, arrancada al
monolito levantado en homenaje a un conocido futbolista local.
—Qué bárbaro —dijo uno de
los agentes—. Ni el Búfalo se salvó de este ladrón.
No se había salvado ninguno
de los profesionales que vivían o tenían sus estudios en las cercanías de la
plaza central. A todos les sustrajeron, en una sola noche, las placas de bronce
colocadas en las paredes exteriores de sus propiedades.
Nadie había visto ni
escuchado nada. Por más que allí la gente gustaba de circular hasta altas horas
de la noche. Tal vez para compensar, la costumbre local de empezar las
actividades diarias, alrededor de las diez de la mañana.
Corrido un poco por el
prestigio social de los damnificados, el comisario Fuentes, a cargo de la
investigación del robo, se dedicó personalmente a esclarecer el hecho.
Interrogó a una docena de conocidos rateros, visitó las casas de compraventa,
obtuvo algunos nombres y pudo demorar a dos sospechosos. Estaba seguro de que
uno de ellos era el culpable. Pero ambos se habían negado a declarar y debería
liberarlos por falta de pruebas.
Las cosas cambiaron ese mediodía, cuando el
comisario caminaba por la vereda de una de las casas despojadas.
—Qué barbaridad comisario
—dijo alguien, a sus espaldas—. Ya no se puede vivir tranquila.
Era Doña Guillermina, la
habitante más antigua del barrio, una viejecita lúcida y simpática a quien
todos conocían como la “loca del agua” por su costumbre inveterada de lavar la
vereda de su casa, todos los días al rayar el alba.
Quería conversar, se
desvivía por hacerlo. Y aunque conocía vida y milagros de todo el mundo, en
este caso no podía aportar ningún dato útil. El uniformado sólo le prestaba una
distraída atención. Hasta que unas palabras de la anciana le hicieron
reaccionar.
—Esa mañana, cuando salí a
baldear yo vi las placas del doctor, acá al lado —decía—. Y pensé decirle a la
empleada de ellos que las lustrara. Se veían sucias, sin brillo.
Las manchas descascaradas en
la pared denotaban la ausencia de los elementos citados
—¿A qué hora sucedió eso?
—preguntó el comisario.
—A las cinco y media. Yo
lavo mi vereda todos los días a la misma hora —contestó ella, satisfecha del
interés que había despertado—. Me gusta…
Pero el hombre ya había subido al móvil
policial. Creía tener el caso resuelto.
El culpable confesó y se recuperaron los
objetos robados. Antes de liberarlo, le pidió disculpas a El Mataco por las
molestias causadas.
Alguien le preguntó después cómo había hecho
para determinar la inocencia de este sospechoso.
—El hecho ocurrió muy
temprano, después de las cinco y media de la mañana y antes de las nueve
—explicó.
—¿Qué tiene que ver?
—preguntó su interlocutor.
—Este es un hombre nacido y
criado en San Luis —declaró muy ufano—. Ningún puntano genuino va a levantarse
temprano sólo para robar. Podrá hacerlo en cualquier otro momento, no digo que
no. Pero levantarse exclusivamente a eso, va contra sus normas de vida.
El hecho es anecdótico, pero acuñó una expresión muy precisa referida al carácter local, que hasta la fecha se cita como irrefutable en algunos círculos. Claro que los tiempos y las cosas han cambiado mucho desde entonces.
Aunque la mirada curiosa regresó una y otra vez no pudo ver nada en la calle solitaria. El pasajero de la sombra había desaparecido.

